© Libro N°. 3063. Noche De Luz. Farmer, Philip Joseph. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Night of Light
Versión Original: © Noche De Luz. Philip Joseph Farmer
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NOCHE DE LUZ
Philip Joseph Farmer
PRIMERA
PARTE
En
la Tierra hubiera resultado algo horrible ver a un hombre correr calle abajo
tras la piel de un rostro humano, una fina película de tejido arrastrada por el
viento como una hoja de papel.
En
el planeta de la Alegría de Dante aquella visión apenas reclamaba la curiosidad
de los pocos transeúntes. Y si se mostraban interesados era debido a que el
perseguidor era un terrestre y, en consecuencia, resultaba una curiosidad en
sí.
John
Carmody corría bajando la larga calle rectilínea, pasando ante las imponentes
fachadas de las torres construidas con enormes bloques de granito estriado con
cuarzo, con gárgolas y pesadillescas figuras sonriendo desde los tenebrosos
interiores de numerosos nichos y las bendiciones de dioses y diosas
observándole desde los innumerables balcones.
Siendo
como era un hombre de corta talla, se veía aún más empequeñecido por las altas
paredes y los majestuosos contrafuertes, mientras corría calle abajo en una
frenética persecución tras la flotante y transparente piel que revoloteaba
arrastrada por el fuerte viento, y revoloteaba, y volvía a revolotear,
mostrando ahora los orificios de los ojos, ahora los de los oídos, la ávida
cavidad de la boca, y arrastrando tras de sí unos pocos y largos cabellos
rubios que partían del extremo de la frente, ya que el cuero cabelludo en sí
había desaparecido.
El
viento aullaba tras él, pareciendo añadir su furia a la del hombre. Súbitamente
la piel, que había flotado casi hasta su alcance, se vio arrastrada en la
esquina de un edificio por un fuerte soplo de aire.
Carmody
maldijo y saltó, y sus dedos casi la rozaron. Pero se le escapó y fue a
aterrizar en un balcón a unos tres metros de altura como mínimo, cobijado entre
los pies de una imagen en diorita del dios Yess.
Jadeando,
sujetándose los costados con las manos, John Carmody se apoyó contra la base de
un contrafuerte. Hasta hacía poco se había sentido en perfectas condiciones
físicas, como correspondía a un ex campeón amateur de boxeo de peso medio de la
Federación, pero últimamente su barriga había aumentado tanto como su apetito,
y la grasa anidaba bajo su barbilla, como si fuera un dogal.
De
todos modos, eso no tenía mucha importancia ni para él ni para los demás. Visto
en su conjunto, no era tampoco demasiado agraciado. Tenía una greña de pelo
negroazulado, recio y alborotado, que recordaba irresistiblemente las púas de
un puercoespín. Su cabeza tenía forma amelonada, su frente era demasiado alta,
su párpado izquierdo caía lo suficiente como para darle a su rostro un aspecto
asimétrico, su nariz era excesivamente larga y afilada, sus labios demasiado
delgados, sus dientes demasiado separados.
Levantó
la vista hacia el balcón, inclinando la cabeza hacia un lado como un pájaro, y
vio que le era imposible escalar el áspero pero demasiado liso muro. Las
ventanas estaban aseguradas con pesadas contraventanas metálicas, y la masiva
puerta de hierro estaba cerrada con llave. En su picaporte había colgado un
cartel. En él estaba escrita una simple palabra en el alfabeto de los
habitantes del continente septentrional de Kareen: dormimos.
Carmody
se alzó de hombros, sonrió indiferentemente, en contraste con su alocada
persecución de la piel, y echó a andar. Bruscamente el viento, que había
cesado, volvió a soplar, y le golpeó como un brutal puñetazo.
Trastabilló
bajo el golpe como lo hubiera hecho en el ring bajo los efectos de un directo,
conservó a duras penas el equilibrio, e inclinó la cabeza para resistir el
embate mientras sus ojos, de un azul brillante, no dejaban de mirar hacia
arriba. Nadie le había sorprendido nunca con los ojos cerrados. Había una
cabina telefónica en la esquina, una masiva caja de mármol que podía contener
cómodamente a veinte personas. Carmody vaciló a su lado pero, impelido por la
rugiente furia del viento, penetró. Se acercó a uno de los seis teléfonos y
descolgó el auricular. Pero no se sentó en el amplio banco de piedra,
prefiriendo permanecer inquietamente de pie, mirando nervioso a uno y otro
lado, con la cabeza inclinada y un ojo fijo en la presencia de posibles intrusos.
Marcó
su número, el de la pensión de la señora Kri. Cuando ella respondió, dijo:
—Hermosa,
aquí John Carmody. Desearía hablar con el padre Skelder o con el padre Ralloux.
La
señora Kri resopló, tal como esperaba, y dijo:
—El
padre Skelder está aquí al lado. Un segundo.
Hubo
una pausa, y luego una profunda voz masculina:
—¿Carmody?
¿Qué ocurre?
—Nada
alarmante —dijo Carmody—. Creo que...
Aguardó
un comentario al otro lado de la línea. Sonrió, pensando en Skelder de pie
allí, preguntándose que había ocurrido, incapaz de decir gran cosa debido a la
presencia de la señora Kri. Podía ver el alargado rostro monjil, con sus
arrugas y sus altos pómulos y sus mejillas hundidas y su reluciente cráneo
calvo, con sus labios parecidos a las pinzas de un cangrejo cerrándose hasta
desaparecer casi por completo.
—Escuche,
Skelder. Tengo algo que decirle. Puede o no puede ser importante, pero es más
bien extraño. —Se interrumpió de nuevo y aguardó, sabiendo que el monje estaba
ardiendo bajo su impasible apariencia exterior, que haría todo lo posible por
no aparentarlo y que se odiaría a muerte si no lo conseguía y le preguntaba a
Carmody qué era lo que tenía que decirle. Pero cedería; se lo preguntaría.
Había demasiadas cosas en juego.
—Bien,
bien, ¿qué ocurre? —restalló finalmente—. ¿No puede decirlo por teléfono?
—Claro
que sí, pero no quería molestarle si era algo que no le interesaba. Escuche,
¿hace unos cinco minutos no le ha ocurrido nada extraño ni a usted ni a nadie a
su alrededor?
Hubo
otra larga pausa, y luego Skelder dijo con voz tensa:
—Sí.
El sol pareció parpadear, cambiar de color. Yo me sentí mareado y febril. La
señora Kri también, y el padre Ralloux igualmente.
Carmody
aguardó hasta asegurarse de que el monje no tenía nada más que añadir.
—¿Eso
fue todo? ¿No ocurrió nada más, ni a usted ni a los otros?
—No.
¿Por qué?
Carmody
le habló de la piel del inacabado rostro que había parecido materializarse de
pronto en el vacío aire ante él.
—Pensé
que quizá usted hubiera sufrido una experiencia similar.
—No;
excepto esa sensación de náusea, no ocurrió nada.
Carmody
creyó detectar una vacilación en la voz de Skelder. Bueno, ya vería más tarde
si el monje estaba ocultando algo. De momento...
De
pronto, Skelder dijo:
—La
señora Kri acaba de irse de la habitación. ¿Qué es lo que quería realmente,
Carmody?
—Realmente
quería comparar impresiones acerca de ese parpadeo del sol —dijo
crispadamente—. Pero también quería decirle algo acerca de lo que he
descubierto en el Templo de Boonta.
—Tiene
que haberlo descubierto todo o casi todo —interrumpió Skelder—. Ha estado fuera
mucho tiempo. Al no verle aparecer la última noche, pensé que quizá le había
ocurrido algo.
—No
habrá llamado a la policía.
—No,
por supuesto que no —chirrió la voz del monje—. ¿Cree usted que por el hecho de
ser clérigo soy estúpido? Además, creo que no merece usted que se preocupen por
su persona.
Carmody
soltó una risita.
—Ama
a tu prójimo como a ti mismo. Bueno, yo nunca me he preocupado demasiado de mi
prójimo... ni de nadie. De todos modos, la razón de mi tardanza, aunque solo
haya sido de una veintena de horas, es que decidí tomar parte en el gran
desfile y las ceremonias que le siguieron. —Se rió de nuevo—. Esos kareenianos
aman realmente su religión.
La
voz de Skelder era fría.
—¿Tomó
usted parte en la orgía del Templo?
Carmody
soltó una carcajada.
—Seguro.
Cuando estés en Roma, ya sabe. De todos modos, no era sensualidad pura. Parte
de ella era auténtico ritual de lo más aburrido, como todos los rituales; no
fue hasta el anochecer que la alta sacerdotisa dio la señal para mêlée.
—¿Tomó
usted parte?
—Seguro.
Con la propia alta sacerdotisa. Todo está bien; esa gente no tiene la misma
actitud que usted con respecto al sexo, Skelder; no creen que sea algo sucio o
un pecado; lo contemplan como un sacramento, un gran don de la diosa; lo que a
usted le parece infinitamente asqueroso, un espectáculo indigno, es para ellos
algo puro y casto que merece las bendiciones de la diosa. Por supuesto,
considero que su actitud es tan equivocada como la de usted: el sexo es tan
solo una fuerza, y uno debe aprovecharse del de los demás; pero debo admitir
que al respecto las ideas de los kareenianos son mucho más divertidas que las
suyas.
La
voz de Skelder tenía el tono ligeramente impaciente y aburrido de un maestro
sermoneando a un alumno no demasiado brillante. Si estaba irritado, consiguió
disimularlo.
—Usted
no comprende nuestra doctrina. El sexo no es en sí mismo una fuerza repugnante
o indigna. Después de todo, es el medio designado por Dios para que las formas
superiores de vida se perpetúen. El sexo en los animales es tan inocente como
beber agua. Y en el círculo sagrado del matrimonio un hombre y una mujer pueden
usar esa fuerza donada por Dios, pueden, a través de ese sagrado y tierno
éxtasis, hacerse uno, pueden acercarse a tal éxtasis, o tener una insinuación
de tal éxtasis, que es la comprensión y quizá incluso el destello de...
—¡Cristo!
—dijo Carmody—. ¡Ahórrame todo esto! ¿Qué es lo que deben murmurar sus
feligreses para sí mismos, qué deben gruñir cada vez que lo ven subir al
pulpito? ¡Dios, o Quienseas, ayúdales!
De
todos modos, me importa un pimiento lo que diga la doctrina de la Iglesia. Es
en absoluto evidente que usted cree que el sexo es algo sucio, incluso cuando
tiene lugar dentro de los límites permisivos del matrimonio. Es algo
repugnante, y cuando antes se termine con ese mal necesario y antes pueda uno
irse a dar un baño, tanto mejor.
Pero
me estoy alejando del tema, que es que para los kareenianos esas crisis de
frenesí religioso-sexual son manifestaciones de su gratitud hacia el Creador,
quiero decir la Creatriz, por darles la vida y las alegrías de la vida.
Normalmente, su comportamiento es más bien aburrido...
—Mire,
Carmody, no necesito que me sermonee; después de todo, soy antropólogo, conozco
perfectamente bien cuál es el pervertido punto de vista de esos nativos y...
—Entonces,
¿por qué no estaba usted ahí para estudiarlos? —dijo Carmody con una nueva
risita—. Es su deber de antropólogo. ¿Por qué me envió a mí? ¿Tenía miedo de
contaminarse por tan solo mirar? ¿O estaba aterrado ante la posibilidad de que
pudieran convertirle a su religión?
—Cambiemos
de tema —dijo Skelder fríamente—. No tengo ningún interés en oír los detalles
depravados; solo deseo saber si ha descubierto algo pertinente con respecto a
su misión.
Carmody
sonrió ante la palabra misión.
—Claro
que sí, papi. La sacerdotisa dijo que la Diosa en sí no se aparece nunca,
excepto como una fuerza en los cuerpos de sus adoradores. Pero sostiene, como
lo hacen muchos de los laicos con los que he hablado, que el hijo de la diosa,
Yess, existe encarnado, que lo han visto y que incluso han hablado con él.
Estará en esta ciudad durante el Sueño. Se dice que viene aquí porque aquí es
donde nació y murió y resucitó.
—Sé
eso —dijo el monje, con voz exasperada—. Bueno, ya veremos cuando nos
enfrentemos con ese impostor qué es lo que tiene que decir. Ralloux está
trabajando con nuestro equipo de grabación para tenerlo todo a punto.
—De
acuerdo —dijo Carmody con indiferencia—. Estaré en casa dentro de media hora, a
menos que me tropiece con algunas hembras interesantes. Lo dudo; esta ciudad
está muerta... casi literalmente.
Colgó
el teléfono, sonriendo de nuevo al pensar en la expresión de intenso disgusto
que podía imaginar luciría el rostro de Skelder. El monje permanecería de pie
ante el aparato durante al menos un minuto, enfundado en sus negras ropas, los
ojos cerrados, los labios musitando una silenciosa plegaria por la extraviada
alma de John Carmody, luego se giraría y subiría las escaleras para encontrarse
con Ralloux y contarle lo que había ocurrido. Ralloux, con su hábito rojo
oscuro de la orden de San Jairo, chupando su pipa mientras trabajaba en las
grabadoras, le escucharía sin excesivos comentarios, no expresaría ni disgusto
ni alegría con respecto al comportamiento de Carmody, luego diría que era una
lástima que se vieran obligados a trabajar con Carmody pero que quizá pudieran
conseguir algo bueno para Carmody y para ellos también. Mientras tanto, como no
había nada que pudieran hacer para alterar las condiciones en la Alegría de
Dante o cambiar el carácter de Carmody, lo mejor era trabajar con lo que tenían.
De
hecho, pensaba Carmody, Skelder detestaba a su compañero científico y
correligionario tanto como el propio Carmody. Ralloux pertenecía a una orden
que era muy sospechosa a los ojos de la organización de Skelder, mucho más
antigua y por ello mucho más conservadora. Además, Ralloux se había declarado a
favor de la adopción del Dogma de la Flexibilidad Histórica, o Evolución de
Doctrina, la teoría que había sido presentada por algunas tendencias de la
Iglesia y que se pretendía convertir en dogma. Tan fuerte había sido la
controversia que se había suscitado que la Iglesia se había visto ante el
peligro de un nuevo Gran Cisma, y algunas autoridades sostenían que los
próximos veinte años iban a ver profundos cambios y quizá una ruptura crucial
en la propia Iglesia.
Los
dos monjes hacían esfuerzos por mantener sus relaciones a un nivel de
compromiso, pero Skelder había perdido en una ocasión su compostura, mientras
discutían la posibilidad de autorizar a los clérigos a que se casaran... una
simple evolución de disciplina más que de doctrina. Pensando en el enrojecido
rostro de Skelder y en sus rabiosas lamentaciones, Carmody se echó a reír. Él
mismo había contribuido a la irritación del monje con algunos punzantes
comentarios aquí y allá, riéndose para sí mismo, burlándose despectivamente al
mismo tiempo de un hombre que se tomaba tan en serio cosas como aquella. ¿Acaso
aquel asno estúpido no comprendía que la vida era tan solo una gran broma y que
la única forma de soportarla era compartirla con el Bufón?
Era
cómico el que los dos monjes, que se odiaban visceralmente, y él, que los
detestaba a ambos y los despreciaba profundamente, pudieran estar juntos en
aquel proyecto. "El crimen reúne extraños compañeros", le había dicho
en una ocasión a Skelder, en un esfuerzo de hacer surgir la rabia que anidaba
constantemente en el huesudo pecho del monje. Su comentario había fallado en su
finalidad, ya que Skelder había respondido fríamente que en aquel mundo la
Iglesia tenía que trabajar con las herramientas de que disponía, y Carmody, por
malo que fuera, era el único disponible. Y además, no creía que fuera un crimen
el poner al descubierto el fraude de una falsa religión.
—Mire,
Skelder —había dicho Carmody—, usted sabe que usted y Ralloux fueron
comisionados conjuntamente por la Sociedad Antropológica de la Federación y su
Iglesia para llevar a cabo un estudio de la llamada Noche de Luz en la Alegría
de Dante, y también, si era posible, entrevistar a Yess... contando con que
existiera. Pero ustedes se han propuesto ir más lejos que esto. Ustedes
pretenden capturar a un dios, inyectarle chalarocheil y hacerle confesar todo
el engaño. ¿No creen que van a verse en problemas cuando regresen a la Tierra?
Skelder
había respondido a eso que estaba preparado para hacer frente a todos los
problemas con tal de tener la oportunidad de matar aquella religión en sus
raíces. El culto de Yess se había extendido a la Alegría de Dante y a muchos
otros planetas; su parodia del ritual de la Iglesia y los Sacramentos, además
de las orgías, que habían sido sancionadas por la religión, habían provocado
numerosas deserciones entre los fieles de la Iglesia; ahí estaba la fantástica
pero auténtica historia de la diócesis del planeta de Venaquiya. El obispo y
todos los miembros de su congregación, cuarenta mil, habían cometido apostasía
y...
Recordando
aquello, Carmody sonrió de nuevo. Se preguntó qué diría Skelder si sabía lo
literales que eran sus palabras acerca de "matar la religión en sus
raíces". John Carmody tenía su propia interpretación al respecto. En su
bolsillo llevaba el diminuto asesino del Auténtico Lanzaagujas Azul, calibre
.03, capaz de lanzar un centenar de balas explosivas una tras otra antes de
necesitar un nuevo cargador. Si Yess estaba hecho de carne y de sangre y de
huesos, entonces la carne podía desgarrarse, la sangre brotar, los huesos
romperse, y Yess podía tener otra oportunidad de resucitar de entre los
muertos.
Le
gustaría ver aquello. Si lo veía, entonces podría creer en cualquier cosa.
¿Podría
realmente? ¿Qué ocurriría si creía? ¿Qué entonces? ¿Qué cambiaría? ¿Qué
milagros ocurrirían? ¿Qué? ¿Qué relación establecería todo aquello con John
Carmody, que existía fuera de los milagros, que no resucitaría jamás de entre
los muertos, que por ello estaba decidido a sacarle el mayor provecho de todo
lo que aquel universo pudiera ofrecerle?
Un
poco de buena comida, filetes y cebollas, un poco de buen escocés, un poco de
embriaguez para que uno pudiera estar algo más cerca pero nunca lo
suficientemente cerca de la verdad que uno sabía existe justo al otro lado de
las paredes de este rígido universo, un poco de placer contemplando los dolores
y las ansiedades de los demás y las estúpidas preocupaciones que los atosigan y
que tan fácilmente hubieran podido evitar, un poco de burla, la mayor alegría
de uno, realmente, ya que tan solo riéndose puede decirle uno al universo que
le importa un pimiento... no una falsa burla, ya que realmente no le importaba
un pimiento, no le importaba nada de lo que los demás parecían valorar tan
desesperadamente... una pequeña risa, y luego el gran sueño. El que reiría
último sería el universo, pero John Carmody ya no lo oiría, y así uno podía
decir que realmente él sería el que reiría el último, y...
Y en
aquel momento oyó que alguien que pasaba por la calle pronunciaba en voz alta
su nombre.
—¡Venga
aquí, Tand! —gritó John Carmody en kareeniano—. Creía que ya se había ido al
Sueño. Así que no va a correr el Riesgo, ¿eh?
Tand
entró en la cabina, le ofreció un cigarrillo nativo, encendió uno para él,
sopló el humo por sus estrechos orificios nasales y respondió:
—Tengo
un asunto muy importante que terminar. Necesitaré un cierto tiempo para dejarlo
listo. Así que... voy a tener que retrasar el Sueño tanto como me sea posible.
—Es
extraño —dijo Carmody, anotando mentalmente que Tand había respondido en los
términos más vagos que le había sido posible—. Había oído que ustedes, los
kareenianos, pensaban tan solo en términos de ética y de la naturaleza del
universo y de mejorar sus resplandecientes almas, y no en algo tan sucio como
el viejo dinero.
Tand
sonrió.
—No
somos diferentes de la mayoría de los demás pueblos. Tenemos nuestros santos,
nuestros pecadores y nuestros personajes intermedios. Pero parece que tenemos
una reputación galáctica más bien contradictoria. Algunos nos pintan como una
raza de ascetas y de santos; otros, como el más vil y sensual de los pueblos
llamados civilizados. Y, por supuesto, corren extrañas historias acerca de
nosotros, principalmente a causa de la Noche de Luz. Cada vez que viajamos a
otros planetas somos tratados como algo absolutamente único. Supongo que lo
somos, pero tan solo como lo es cualquier otra raza.
Carmody
no hizo ninguna pregunta acerca de la naturaleza del importante asunto que
impedía a Tand sumirse inmediatamente en el Sueño. Aquello hubiera sido
contrario a las normas kareenianas. Lo examinó por encima de la humeante punta
de su cigarrillo. El hombre medía aproximadamente metro ochenta, y era
agraciado según los estándares de su raza. Como la mayor parte de los seres
inteligentes de la galaxia, podía pasar a distancia por un miembro de la
especie del Homo Sapiens, ya que sus antepasados habían evolucionado a lo largo
de líneas paralelas a las terrestres. Solo cuando uno estaba más cerca de él
podía apreciar que su rostro, aunque humanoide, no era en absoluto humano. Y
sus cabellos parecidos a plumas y sus azuladas uñas y dientes provocaban una fuerte
impresión cuando uno se encontraba por primera vez con un nativo de la Alegría
de Dante.
Tand
llevaba una especie de sombrero gris, cónico y sin ala, parecido a un casquete
de asno, inclinado precariamente hacia un lado; llevaba el cabello muy corto
excepto encima de sus lobunas orejas, donde colgaba ocultándolas; su cuello
estaba rodeado por un alto cuello de encaje, pero su larga y brillante túnica
violeta era más bien austera. Un largo cinturón de terciopelo gris la sujetaba
a la cintura. Llevaba las piernas al aire, y sus pies, provistos de cuatro
dedos, estaban enfundados en sandalias.
Carmody
había sospechado desde hacía tiempo que el hombre pertenecía a las fuerzas de
policía de aquella ciudad de Rak. Siempre se le veía rondando, y se había ido a
alojar al mismo sitio que Carmody precisamente al día siguiente de que el
terrestre firmara su estancia.
No
importaba, pensó Carmody. Incluso la policía estaría Durmiendo dentro de un día
o dos.
—¿Y
usted? —preguntó Tand—. ¿Sigue insistiendo en correr el Riesgo?
Carmody
asintió y dirigió a Tand una confiada sonrisa.
—¿Qué
es lo que perseguía? —añadió Tand.
Repentinamente,
las manos de Carmody temblaron, y tuvo que metérselas en los bolsillos para
ocultarlas. Sus labios formaron silenciosamente una respuesta para sí mismo.
Vamos,
vamos, Carmody, tranquilízate. Sabes que no te importa nada. Pero si es así,
¿por qué este temblor, por qué esta fría náusea en el centro mismo de tu
barriga?
Ahora
fue el turno de Tand de sonreír, revelando sus humanos pero azules dientes.
—He
captado un destello de lo que estaba persiguiendo tan desesperadamente. Era el
esbozo de un rostro, quizá kareeniano o terrestre, no he podido discernirlo.
Pero tal como lo ha concebido usted, debía ser humano.
—¿Qué...
qué es lo que quiere decir, concebido? ¿Yo, concebido...?
—Oh,
sí. Lo vio formarse en el aire ante usted, ¿no?
—¡Imposible!
—No,
no tiene nada de fantástico. El fenómeno, aunque no es común, ocurre de tanto
en tanto. Usualmente, se produce un cambio en el cuerpo del que lo concibe, no
fuera. Su problema debe ser extraordinariamente fuerte, si la cosa ha ocurrido
fuera de usted.
—Yo
no tengo problemas que no pueda resolver —gruñó Carmody con la comisura de su
boca, el cigarrillo colgando al otro lado como un desafiante estoque.
Tand
se alzó de hombros.
—A
su gusto. Mi único consejo es que tome una espacionave ahora que aún está a
tiempo. La última parte dentro de cuatro horas. Tras ella, no llegará ni
partirá ninguna hasta que haya transcurrido el Sueño. Y entonces, ¿quién
sabe...?
Carmody
se preguntó si Tand estaba siendo irónico, si sabía que él no podía abandonar
la Alegría de Dante, que sería arrestado en el momento mismo en que tocara un
puerto de la Federación.
Se
preguntó también si Tand tenía alguna idea de lo que él estaba planeando como
un medio de abandonar la Alegría de Dante en completa seguridad. Recuperando
finalmente el pleno control de sus manos, las sacó de sus bolsillos y tomó el
cigarrillo de su boca. Maldita sea, dijo, formando silenciosamente las palabras
en su boca, ¿por qué dudas, Carmody, viejo compañero? ¿Has perdido arrestos?
No, tú no. Eres tú contra el universo, como siempre, y nunca has tenido miedo.
O atacas un problema, y lo destruyes, o simplemente lo ignoras. Pero esto es
tan extraño que no consigues atraparlo. Bueno, ¿y qué? Aguarda a que lo extraño
desaparezca y entonces... ¡BLAM!, lo pillas entre tus manos y lo haces migajas,
lo destrozas, tal como hiciste con...
Sus
manos se crisparon recordando lo que había hecho, y sus labios se curvaron en
el inicio de una silenciosa sonrisa. Aquel rostro revoloteando en el aire. ¿No
tendría un cierto parecido...? ¿Era posible que...? ¡No!
—Me
está pidiendo que crea en lo imposible —dijo—. Sé que ocurren muchas cosas
extrañas aquí en este planeta, pero por lo que he visto, bueno, no puedo pensar
realmente que...
—He
visto a muchos de ustedes, terrestres, enfrentados con esto anteriormente
—interrumpió Tand—. A ustedes les parece algo surgido de uno de sus cuentos de
hadas o de sus mitos. O quizá de ese increíble fenómeno que ustedes llaman una
pesadilla, y que los kareenianos no han experimentado nunca.
—No
—dijo Carmody—. Sus pesadillas se producen fuera de ustedes, cada siete años. E
incluso entonces la mayoría de ustedes escapan de ellas gracias al Sueño,
mientras que nosotros los humanos no podemos encontrarlas excepto precisamente
soñando.
Hizo
una pausa, sonrió con su sonrisa rápida y fría, y añadió:
—Pero
yo soy distinto a la mayor parte de los terrestres. Yo no sueño; yo no tengo
pesadillas.
—Comprendo
—respondió Tand, tranquilamente y en apariencia sin la menor malicia—; es por
eso por lo que usted difiere de la mayor parte de ellos, y de nosotros, ya que
usted no tiene conciencia. La mayor parte de los terrestres, a menos que me
hayan informado mal al respecto, sufrirían terribles remordimientos de
conciencia si hubieran matado a su mujer a sangre fría.
Las
delgadas paredes de la cabina retumbaron con la risa de Carmody. Tand le miró
sin emoción hasta que la risa se convirtió en una risita y entonces dijo:
—Ríe
fuerte, pero mucho menos que esto —levantó una mano para indicar el viento que
ululaba afuera en la calle.
Carmody
no comprendió lo que quería decir. Se sentía decepcionado; había esperado la
habitual reacción violenta a su reacción con respecto a su "crimen".
Quizás aquel tipo fuera un policía. Si no, ante la risa de Carmody, ¿cómo
explicar su rígido autocontrol? Pero quizá fuera algo que no le concernía, ya
que el asesinato se había producido en la Tierra y entre terrestres. Un
individuo de una especie tenía dificultades en excitarse ante el asesinato de
una persona perteneciente a otra especie, principalmente si esta se hallaba a
diez mil años luz de distancia.
De
todos modos, existía una profunda empatía universalmente admitida en los
nativos de la Alegría de Dante; se admitía que eran los seres más éticos del
universo, los más sensitivos.
Bruscamente
cansado, Carmody dijo:
—Regreso
con Madre Kri. ¿Viene?
—¿Por
qué no? Esta noche será la última cena que servirá por algún tiempo. Se
sumergirá en el Sueño inmediatamente después de haberla servido.
Echaron
a andar calle abajo, en silencio por un tiempo, hasta que el viento, errático
como siempre, cesó e hizo posible la conversación. A su alrededor se erguían
los masivos edificios recargados con gárgolas y dioses, construidos para durar
siempre, para resistir a todos los embates del viento, fuego o cataclismos,
mientras sus ocupantes Dormían. De tanto en tanto se cruzaban con algún
solitario y silencioso nativo, apresurándose en resolver algún asunto antes de
hundirse en el Sueño. Las multitudes del día anterior habían desaparecido, y
con ellas el ruido, la animación y la vida.
Carmody
observó a una mujer joven atravesando la calle, y se dijo que si se le echaba
un saco sobre la cabeza uno no podría distinguirla de una terrestre. Tenía las
mismas esbeltas piernas, amplia pelvis, seductoras y cimbreantes caderas,
cintura esbelta, prominentes senos... repentinamente la luz cambió de color,
parpadeó. Levantó la vista hacia el sol del mediodía. De un blanco cegador
hacía tan solo un momento, ahora era un enorme disco de color violeta pálido
aureolado de rojo oscuro. Se sintió mareado y febril, tenía calor, y el sol
parpadeó y se difuminó y le pareció que se fundía como una bola de melcocha que
goteara lentamente desde el cielo.
Y
luego, tan repentinamente como había venido, el mareo y la debilidad pasó, el
sol brilló de nuevo cegadoramente en el cielo, y tuvo que desviar la mirada.
—¿Qué
infiernos es eso? —dijo a nadie en particular, olvidando que Tand estaba con
él.
Se
dio cuenta de que estaba temblando de frío y que se sentía repentinamente
débil, como si lo hubieran zarandeado fuertemente y le hubieran extraído la
mitad de su sangre.
—¿Qué,
en el nombre de Dios? —dijo de nuevo, con voz ronca. Entonces recordó que se
había producido algo parecido hacía menos de una hora, que el sol había
cambiado de color —¿violeta? ¿azul?—, y que había sentido calor, como si
hubieran prendido fuego en sus entrañas y todo se difuminara. Pero la sensación
había sido mucho más rápida, apenas un destello. Y el aire a un metro por
delante suyo había parecido endurecerse, volverse brillante, como si de las
moléculas del aire se estuviera formando un espejo. Y luego, por fuera de aquel
aire aparentemente mucho más denso, había aparecido aquel rostro, aquel medio
rostro, la primera capa de la piel, un tejido tremendamente delgado que
inmediatamente había sido arrastrado por el viento.
Se
estremeció. El viento se estaba levantando de nuevo, y aquello no iba a
contrarrestar el frío que sentía.
Luego
gritó. A unos tres metros ante él, moviéndose paralelamente al suelo,
deslizándose calle abajo y enrollándose hasta formar una bola, había otro trozo
de piel. Dio un paso adelante, preparándose para echar a correr tras él, pero
se detuvo. Agitó la cabeza, se rascó su afilada nariz con aire de perplejidad,
y luego, insospechadamente, se echó a reír.
—Esto
puede desmoralizarle a uno en poco tiempo —dijo en voz alta—. Pero no va a
meter sus zarpas sobre John Carmody. Esa piel, o cualquier otra cosa que sea,
puede irse flotando hasta la alcantarilla más próxima. No me importa en
absoluto.
Sacó
otro cigarrillo, lo encendió, luego miró a Tand. El nativo estaba en mitad de
la calle, inclinado sobre la muchacha. Esta yacía de espaldas, con los brazos y
piernas rígidas pero temblorosos, los ojos muy abiertos y vidriados, la boca
mordiéndose furiosamente los labios y escupiendo saliva y sangre.
Carmody
echó a correr hacia allá, miró y dijo:
—Convulsiones.
Está haciendo usted lo correcto, Tand. Impídale que se muerda la lengua. ¿Ha
estudiado medicina también?
Inmediatamente
deseó haberse mordido él también la lengua. Ahora el tipo iba a saber algo más
de su pasado. Aquello no iba a ayudar mucho a Tand a acumular evidencias sobre
él, pero no sentía el menor deseo de revelar nada de su persona. No sin ser
pagado de una u otra forma. ¡Nunca des nada sin recibir algo a cambio! Era algo
contrario a las leyes del universo; para mantenerse con vida uno debe recibir
siempre tanto o más de lo que da.
—No
—respondió Tand, sin mirarle, atento a que el pañuelo enrollado formando una
bola que había metido en la boca de la muchacha no la asfixiara—. Pero mi
profesión requiere que tenga algunos conocimientos de primeros auxilios. Pobre
chica, hubiera debido empezar el Sueño hace al menos un día. Pero supongo que
no sabía que podía verse afectada de esta manera. O quizá lo sabía pero estaba
tanteando su Riesgo para ver si se curaba por sí misma.
—¿De
qué está hablando?
Tand
señaló hacia el sol.
—Cuando
se decolora así parece provocar una tormenta en las ondas cerebrales. Entonces
las tendencias epilépticas quedan al descubierto. A condición de que la persona
esté despierta. De todos modos, este es un espectáculo que no se ve muy a
menudo. Las tendencias hereditarias de un tal comportamiento han sido
prácticamente eliminadas; aquellos que confían en correr el Riesgo resultan
generalmente muertos, aunque no necesariamente. Si consiguen superarlo, se
curan para siempre.
Carmody
contempló incrédulamente el cielo.
—¿Una
erupción solar, a cien millones de kilómetros, puede causar esto?
Tand
se alzó de hombros y se puso en pie. La muchacha había dejado de convulsionarse
y parecía dormir pacíficamente.
—¿Por
qué no? En el planeta de usted, por lo que me han dicho, la gente está muy
influenciada por las tormentas solares y por otras fluctuaciones de las
radiaciones del sol. Su gente, al igual que la nuestra, ha calculado incluso
los ciclos climáticos, psicológicos, físicos, económicos, políticos,
sociológicos y otros que dependen directamente de los cambios en la superficie
del sol, y que pueden ser predichos con cien años o más de anticipación.
Entonces, ¿por qué sorprenderse de que nuestro propio sol haga lo mismo, a un
nivel mucho más intenso?
Carmody
empezó a esbozar un gesto de perplejidad e impotencia, pero detuvo su mano ya
que no debía dejar que nadie pudiera pensar ni por un momento siquiera que
dudaba acerca de nada.
—¿Cuál
es la explicación de toda esta... esta hibernación, estas increíbles
transformaciones fisiológicas, esa... esa proyección física de imágenes
mentales?
—Me
gustaría saberlo —dijo Tand—. Nuestros astrónomos han estudiado el fenómeno a
lo largo de miles de años, e incluso su propia gente ha establecido una base en
uno de los asteroides para examinarlo. Pero, tras su primera experiencia con el
Riesgo, los terrestres abandonan ahora su base cuando llega el tiempo del
Sueño. Lo cual hace prácticamente imposible realizar un examen en proximidad.
Nosotros tenemos los mismos problemas. Nuestros científicos están demasiado
ocupados luchando contra su propia tensión física durante ese período como para
realizar un estudio.
—Sí,
pero los instrumentos no resultan afectados durante ese tiempo.
Tand
sonrió con su sonrisa azul.
—¿No
resultan afectados? Registran una alocada mezcolanza de ondas, como si las
propias máquinas se hubieran vuelto epilépticas. Quizá esos registros resulten
muy significativos, pero ¿quién puede traducirlos? Nadie, hasta ahora.
Hizo
una pausa, y luego dijo:
—Eso
no es cierto. Hay tres que podrían explicarlo. Pero no lo harán.
Carmody
siguió la dirección que señalaba el dedo del kareeniano y vio el grupo
escultórico de bronce al final de la calle: la diosa Boonta protegiendo a su
hijo Yess del ataque de Algul, el dios negro, su hermano gemelo, en la
metamorfosis de un dragón.
—¿Ellos...?
—Sí,
ellos.
Carmody
rió burlonamente y dijo:
—Me
sorprende ver a un hombre inteligente como usted admitiendo una creencia tan
primitiva.
—La
inteligencia no tiene nada que ver con las creencias religiosas —respondió
Tand.
Se
inclinó sobre la muchacha, abrió sus párpados, comprobó su pulso, luego se
irguió de nuevo. Se quitó el sombrero con una mano y con la otra hizo un signo
circular.
—Está
muerta.
Hubo
una pausa de al menos quince minutos. Tand telefoneó al hospital, y casi
inmediatamente llegó la enorme ambulancia roja movida a vapor. El conductor
saltó del alto sillín de la parte delantera del vehículo, que tenía una forma
muy parecida a un landó, y dijo:
—Son
ustedes afortunados. Esa es la última llamada a la que acudimos. Dentro de una
hora entraremos en el Sueño.
Tand
había rebuscado en los bolsillos de la chica y había sacado sus papeles de
identificación. Carmody observó que había actuado con una eficiencia
sospechosamente policial. Tand se los entregó a los hombres de la ambulancia y
les dijo que lo mejor sería esperar a que finalizara el Sueño antes de
notificar a los familiares.
Más
tarde, mientras andaban calle abajo, Carmody dijo:
—¿Quién
se hace cargo del departamento de bomberos, del trabajo de la policía, de los
hospitales, de los suministros?
—Nuestros
incendios son escasos debido a la construcción de nuestros edificios. Almacenar
provisiones para siete días no constituye ningún problema; hay tan poca gente
que vaya arriba y abajo. En cuanto a la policía, bueno, no existe la ley
durante ese período. Ninguna ley humana, se entiende.
—¿Y
qué hay con el policía que corre el Riesgo?
—He
dicho que las leyes quedan entonces en suspenso.
En
aquellos momentos estaban pasando del distrito comercial al residencial. Aquí
los edificios no estaban apretujados los unos contra los otros sino que estaban
construidos en medio de amplios jardines. Todo estaba lleno de espacio libre.
Pero la sensación de masividad, de poderío, de eternidad congelada en piedra
seguía flotando en el aire, ya que todas aquellas casas tenían como mínimo tres
plantas y estaban construidas con masivos bloques pétreos y tenían pesadas
protecciones de hierro en puertas y ventanas. Incluso las casetas de los perros
estaban construidas para resistir un asedio.
Fue
tras ver varias de ellas que Carmody recordó la repentina interrupción de toda
vida animal. Los pájaros, que el día anterior habían llenado el aire con sus
trinos, habían desaparecido; los lyans y los kins, animales domésticos
parecidos a los perros y a los gatos, y que normalmente se veían en gran número
incluso en las calles del centro, habían desaparecido. Y las ardillas parecían
haberse retirado a los agujeros de sus árboles.
Tand,
respondiendo a una observación de Carmody al respecto, dijo:
—Sí
los animales duermen instintivamente durante la Noche, lo han venido haciendo,
según todas las evidencias, desde la aparición de la vida aquí. Solo el hombre
ha perdido la habilidad instintiva, solo el hombre posee la elección o el
conocimiento de utilizar drogas para someterlo a un estado próximo a la
animación suspendida. Aparentemente, incluso los hombres prehistóricos conocían
la planta que proporciona la droga que induce este sueño; existen pinturas
rupestres que describen el Sueño.
Se
detuvieron ante la casa perteneciente a la mujer que Carmody llamaba Madre Kri.
Era allí donde, de buen o mal grado, eran alojados los visitantes terrestres
por el gobierno kareeniano. Era una casa circular de cuatro plantas, construida
de piedra caliza y mortero, cubierta con un grueso techo de pizarra, y situada
en medio de un jardín que tenía al menos cien metros cuadrados.
Un
largo y sinuoso camino bordeado de árboles conducía hasta el gran porche, que
rodeaba toda la edificación. A la mitad del camino, Tand se detuvo junto a un
árbol.
—¿No
nota nada peculiar en él? —le preguntó al terrestre.
Como
era su costumbre cuando estaba meditando, Carmody respondió en voz alta, sin
mirar a su interlocutor sino con la vista desviada hacia un lado, como si
estuviera hablándole a alguien invisible.
—Parece
como un árbol maduro, y sin embargo es demasiado pequeño, apenas tiene dos
metros de alto. Algo así como un álamo enano. Pero tiene un doble tronco que se
une en uno solo aproximadamente a un tercio de su altura. Y dos ramas
principales, en lugar de varias. Como si tuviera brazos y piernas. Si tropezara
con él en una noche oscura, podría pensar que es un árbol que se está
preparando para echar a andar. —No se equivoca demasiado —dijo Tand—. Compruebe
la corteza. Auténtica corteza, ¿eh? Lo parece a ojo desnudo. Pero bajo el
microscopio, la estructura celular es más bien peculiar. Ni la de un hombre ni
la de un árbol. Y sin embargo parecida a la de ambos. ¿Y por qué no?
Hizo
una pausa, sonriéndole enigmáticamente a Carmody, y dijo:
—Es
el marido de la señora Kri.
—¿Realmente?
—respondió fríamente Carmody. Se echó a reír—. Tiene un carácter más bien
sedentario, ¿no?
Tand
frunció sus pobladas cejas.
—Exactamente.
Durante su vida como hombre prefirió permanecer sentado, observando los
pájaros, leyendo libros de filosofía. Taciturno, evitaba a la mayor parte de la
gente. Como resultado de todo ello nunca tuvo éxito en su trabajo, que más bien
detestaba.
La
señora Kri tuvo que sacar dinero para sobrevivir instalando esta pensión; y se
vengó haciéndole la vida imposible con sus sarcasmos, aunque nunca pudo
insuflarle sus entusiasmos y ambiciones. Finalmente, y en parte para escapar de
ella, imagino, él intentó correr el Riesgo. Y esto es lo que ocurrió. Casi todo
el mundo dice que fracasó. Bueno, yo no lo sé. Obtuvo lo que deseaba realmente,
su más profundo anhelo.
Rió
suavemente.
—La
Alegría de Dante es el planeta donde uno obtiene lo que realmente desea. Es por
eso por lo que ha sido prohibido para la mayoría de los pueblos de la
Federación. Es peligroso que los anhelos inconscientes se vean realizados en
todos sus más mínimos detalles.
Carmody
no comprendió todo lo que le estaban diciendo, pero respondió desenvueltamente:
—¿Alguien
lo ha radiografiado? ¿Acaso tiene... un cerebro?
—Sí,
en cierto modo, pero creo que nadie sabe cuan frondosos son sus pensamientos.
Carmody
rió de nuevo.
—Vegetal
y/o hombre, ¿eh? Mire, Tand, ¿qué es lo que pretende, asustarme para que
abandone el planeta o me sumerja en el Sueño? Bueno, no va a funcionar. No hay
nada que me cause miedo, nada en absoluto.
Bruscamente,
su risa se truncó en un sonido sollozante, y se envaró, mirando fijamente ante
él. Su fuerza lo abandonó, y su cuerpo irradió calor desde su vientre hacia el
exterior. A un metro ante él había una reverberación parecida a una ola de
calor, y luego, como si el aire se solidificara en un espejo, las vibraciones
se condensaron en materia. Lentamente, como un balón deshinchándose a medida
que el aire escapaba por múltiples agujeros, el saco de piel que había
aparecido se contrajo sobre sí mismo.
Pero
no antes de que Carmody reconociera el rostro.
—¡Mary!
Necesitó
cierto tiempo antes de atreverse a tocar la cosa que yacía en el camino. En
primer lugar, no tenía la fuerza necesaria. Algo se la había sorbido
completamente.
Tan
solo su reluctancia a mostrar miedo ante alguien lo empujó a inclinarse y
tomarla.
—¿Auténtica
piel? —dijo Tand.
De
algún lugar en el tremendo vacío de su interior Carmody consiguió extraer una
risa.
—Al
tacto parece exactamente como la de ella, tan suave, tan perfecta. Poseía la
más hermosa textura de todo el mundo.
Frunció
el ceño.
—Cuando
las cosas empezaron a ir mal...
Abrió
la mano, y la piel se deslizó de entre sus dedos y cayó al suelo.
—Tan
vacía como ella, esencialmente vacía. Nada en la cabeza. Nada en las tripas.
—Es
usted un tipo sereno —dijo Tand—. O superficial. Bueno, ya veremos.
Tomó
el saco y lo mantuvo entre sus dos manos, de tal modo que la brisa lo hinchó
como una bandera. Carmody vio que no solo era el rostro en sí, sino que también
estaba toda la cabellera, completa, y la parte delantera del cuello y algo de
los hombros. Además, muchos de los largos cabellos rubios flotaban como hilos
de araña, y la primera capa de los globos oculares había empezado a formarse
bajo los párpados.
—Está
empezando a captar el significado de todo esto —dijo Tand.
—¿Yo?
Yo no soy el causante de eso; ni siquiera sé lo que ha sucedido.
Tand
le tocó la cabeza y el corazón.
—Ellos
lo saben —dijo. Hizo una bola entre sus dedos con el tejido y lo arrojó a una
papelera del porche.
—Polvo
eres y en polvo te convertirás —dijo Carmody.
—Ya
veremos —respondió Tand de nuevo.
Por
aquel entonces habían aparecido algunas nubes dispersas, una de las cuales
enmascaró el sol. La luz que se filtraba a su través volvía todas las cosas
grises, fantomáticas. Dentro de la casa el efecto era aún peor. Fue un grupo de
fantasmas el que los recibió cuando penetraron en el comedor. Madre Kri, un
vegano llamado Aps, y dos terrestres, sentados todos a la mesa redonda en la
gran habitación penumbrosa iluminada por la vacilante luz de siete velas
colocadas en un candelabro. Tras la anfitriona había un altar con una escultura
en piedra de la Diosa Madre cobijando en sus brazos a Yess y Algul bajo la
apariencia de bebés gemelos. Yess chupaba plácidamente su seno derecho, Algul
mordía el izquierdo y lo arañaba con unas garras que nada tenían que ver con
las uñas de un bebé, mientras la Madre Boonta los contemplaba a ambos
imparcialmente con una beatífica sonrisa. En la mesa, dominando el candelabro y
los platos y vasos, había los símbolos de Boonta: la cornucopia, la espada
llameante, la rueda.
Madre
Kri, pequeña, gruesa, con pechera prominente, sonrió a los recién llegados. Sus
azules dientes parecían negros en la penumbra.
—Bienvenidos,
caballeros. Llegan justo a tiempo para la Última Cena.
—La
Última Cena —gritó Carmody dirigiéndose hacia el lavabo—. ¡Ja! Yo seré mi
homónimo, el buen viejo Juan. ¿Pero quien hará el papel de Judas?
Oyó
al padre Skelder gruñir indignado y al padre Ralloux bramar:
—Hay
un pequeño Judas en cada uno de nosotros.
Carmody
no pudo resistir la tentación de detenerse y decir:
—¿También
tú estás en estado, cariño? —y siguió andando, riéndose a grandes carcajadas.
Cuando regresó y se sentó a la mesa, Carmody se sometió con una sonrisa a la
acción de gracias de Skelder y a la petición de bendiciones de Madre Kri. Era
más fácil permanecer en silencio por un momento que buscarse complicaciones
insistiendo que se sirviera inmediatamente la comida.
—Cuando
estés en Roma... —le dijo a Skelder, y se sonrió a sí mismo ante la perplejidad
del monje—. Páseme la sal, por favor —prosiguió—, pero no la derrame.
Estalló
en una risotada cuando Skelder hizo eso precisamente.
—¡Judas
resucitado!
El
rostro del monje enrojeció. Frunció el ceño.
—Con
su actitud, señor Carmody, dudo mucho de que sobreviva al Riesgo.
—Más
vale que se preocupe por usted mismo —dijo Carmody—. En lo que a mí respecta,
tengo la intención de encontrar alguna chica apetitosa y concentrarme en ella
con tal intensidad que no me daré cuenta hasta mucho después de que hayan
pasado los siete días. Eso es lo que debería intentar también usted, Prior.
Skelder
se pellizcó el labio. Su largo y delgado rostro estaba diseñado para expresar
desaprobación; las numerosas y profundas arrugas en su frente y mejillas, las
protuberancias óseas de los pómulos y mandíbula, la larga y carnosa nariz
apuntando hacia abajo, llevaban el sello del juez severo, mostraban la huella
de un Creador que había modelado aquella carne de arcilla a imagen de la
virtud, y luego la había puesto a cocer hasta adquirir la dureza de la piedra.
Pero la piedra daba ahora señales de humanidad, ya que estaba tensa y
enrojecida por la caliente sangre que fluía bajo la piel. Los pálidos ojos
grisazulados relampagueaban bajo las cejas color oro pálido.
La
suave voz del padre Ralloux se desparramó como una bendición por la estancia.
—La
cólera no es precisamente una de las virtudes.
Era
un hombre extraño, aquel clérigo de rasgos tan contradictorios, las enormes
orejas en forma de asas de cántaro, el pelo rojo, la nariz respingona, y los
labios sonrientes de un irlandés de caricatura, todo ello desmentido por los
enormes ojos oscuros y sus largas pestañas femeninas. Sus hombros eran amplios
y su cuello fuertemente musculoso, pero sus poderosos brazos estaban rematados
por unas delicadas y hermosas manos de mujer. Sus suaves y líquidos ojos lo
miraban a uno grave y honestamente, y sin embargo uno tenía la impresión de que
había algo turbador en ellos.
Carmody
se había preguntado por qué aquel hombre era el ayudante de Skelder, ya que no
era excesivamente conocido como podía serlo el viejo. Pero había sabido que
Ralloux tenía una buena reputación en los círculos antropológicos. De hecho,
estaba situado en un plano tan alto como su superior, pero Skelder estaba al
cargo de la expedición debido a su renombre en otros campos. El delgado monje
estaba a la cabeza de la facción conservadora de la Iglesia que intentaba
reformar la actual moralidad de los laicos; su imagen y su voz grabadas habían
aparecido en todos los planetas de la Federación donde existía un reproductor;
había retumbado denunciando la desnudez en casa y en las playas públicas, las
relaciones matrimoniales bajo contrato a corto plazo, las actitudes sexuales
polimorfas y perversas, todo aquello que antiguamente había sido prohibido por
la sociedad occidental terrestre y especialmente por la Iglesia pero que ahora
era tolerado, si no aprobado, entre los laicos debido a que era socialmente
aceptable. Deseaba usar las más potentes armas de la Iglesia para forzar el
regreso a los estándares anteriores; cuando los liberales y los moderados de la
Iglesia lo acusaron de Victoriano, adoptó alegremente ese título, declarando
que esa era la época a la cual deseaba regresar. Eran esos antecedentes los
responsables ahora de la furiosa mirada que lanzó al padre Ralloux.
—¡Nuestro
Señor se encolerizó cuando la ocasión se lo exigió! ¡Recuerde los mercaderes en
el templo y la higuera! —Apuntó a su compañero con un largo dedo—. ¡Es un error
pensar en Él como en el dulce Jesús! Uno tiene que tomarse tan solo la molestia
de leer los Evangelios para comprender inmediatamente que era un hombre duro en
muchos aspectos, que...
—Dios
mío, qué hambre tengo —dijo Carmody con voz fuerte, interviniendo no tan solo
para cortar el torrente de palabras sino porque realmente estaba hambriento.
Tenía la impresión de no haber estado nunca tan vacío.
—Durante
los próximos siete días se dará cuenta de que necesitará comer una enorme
cantidad de alimentos —dijo Tand—. Su energía va a verse drenada tan
rápidamente como sea capaz de acumularla.
Madre
Kri se levantó y salió de la estancia para regresar rápidamente llevando una
bandeja llena de pastelillos.
—Caballeros,
hay siete, cada uno de ellos hecho a la imagen de uno de los Siete Padres de
Yess. Se hacen siempre en ciertas fiestas religiosas, una de las cuales es la
Última Cena antes del Sueño. Espero, caballeros, que no les incomode
compartirlos. Un bocado de cada uno de los pastelillos y un sorbo de vino con
cada uno de ellos es la costumbre. Esa comunión simboliza no solo que están
compartiendo ustedes la carne y la sangre de Yess sino que han recibido el
poder de crear su propio dios, como hicieron los Siete.
—Ralloux
y yo no podemos hacer esto —respondió Skelder—. Cometeríamos un sacrilegio.
La
señora Kri pareció apesadumbrada, pero volvió a animarse cuando Carmody y Aps,
el vegano, dijeron que ellos participarían. Carmody pensaba que sería un signo
de buena política para el caso de que necesitara usar a la señora Kri más
tarde. —No creo —dijo la mujer— que le reporte ningún perjuicio, padre Skelder,
el conocer la historia de los Siete.
—La
conozco —dijo el hombre—. Estudié su religión antes de venir aquí. No me
permito el permanecer ignorante de ningún tema si puedo ponerle remedio. Si
comprendí bien, el mito dice que en el principio de los tiempos la diosa Boonta
tenía dos hijos, concebidos por sí misma. Al llegar a la edad adulta, uno de
los hijos, el malvado, mató al otro, lo cortó en siete pedazos y los enterró en
lugares muy distanciados para que su madre no fuera capaz de reunidos de nuevo
y devolverle la vida a su hijo. El hijo malvado, o Algul como lo llaman
ustedes, reinó sobre el mundo, y no destruyó a la humanidad por completo
gracias a que su madre lo frenaba. El mal estaba en todas partes; los hombres
eran visceralmente perversos, como en los tiempos de nuestro Noé. Entonces les
fue dicho a los pocos seres buenos que aún le rogaban a la Madre que resucitara
a su hijo bueno que si era posible que siete hombres buenos se reunieran en un
mismo lugar y a un mismo tiempo, el hijo podría ser resucitado. Se presentaron
voluntarios que intentaron resucitar a Yess, pero ninguno era lo
suficientemente calificado como para que siete de ellos existieran en ese mundo
a un mismo tiempo. Transcurrieron siete siglos, y el mundo se hundía cada vez
más en la depravación.
Y
luego, un día, se reunieron siete hombres, siete hombres buenos, y Algul, el
hijo malvado, en un esfuerzo por frustrarlos, hizo que todo el mundo se
durmiera excepto siete de sus más malvados seguidores. Pero los siete hombres
buenos lucharon contra el Sueño, tuvieron una unión mística, una especie de
relación psíquica con la Madre —el rostro de Skelder se crispó con disgusto—,
convirtiéndose cada uno de ellos en su amante, y los siete fragmentos del hijo
Yess fueron reunidos, juntados y reanimados, y volvieron a vivir. Los siete
demonios se convirtieron en toda suerte de monstruos, y los siete hombres
buenos se transformaron en dioses menores, consortes de la Madre. Yess devolvió
el mundo a su anterior estado. Su hermano gemelo fue despedazado en siete trozos,
que fueron enterrados en distintos lugares a lo largo de todo el planeta. Desde
entonces, el bien ha dominado al mal, pero queda todavía mucho mal en el mundo,
y la leyenda dice que si siete hombres absolutamente malvados consiguen
reunirse durante el tiempo del Sueño, pueden ser capaces de resucitar a Algul.
Hizo
una pausa, sonrió en una tranquila burla del mito, y dijo:
—Hay
otros aspectos, pero esto es lo esencial. Obviamente, es un relato simbólico
del conflicto entre el bien y el mal en este universo; muchos de sus elementos
son universales; pueden ser hallados en casi todas las religiones de la
galaxia.
—Simbolismo
o no, universal o no —dijo la señora Kri—, queda el hecho de que siete hombres
crearon a su dios Yess. Lo sé porque le he visto andar por las calles de
Kareen, lo he tocado, le he visto realizar sus milagros, aunque a él no le
guste. Y sé que durante el Sueño hay hombres malvados que se reúnen para crear
a Algul. Puesto que saben que si él vuelve a la vida, entonces ellos, de
acuerdo con la antigua promesa, reinarán sobre este mundo y tendrán todo lo que
deseen.
—Oh,
vamos, señora Kri. No quiero desprestigiar su religión, pero ¿cómo puede usted
saber que ese hombre que proclama ser Yess lo es realmente? —dijo Skelder—. ¿Y
cómo unos simples hombres podrían modelar un dios a partir del aire?
—Lo
sé porque lo sé —dijo ella, ofreciendo la antigua e indiscutible respuesta del
creyente. Se tocó el ampuloso pecho—. Hay algo aquí que me dice que es así.
Carmody
dejó escapar su prolongada e irritante risa.
—Le
ha ganado, Skelder. Lo ha quemado con el propio petardo de usted. ¿No es esta
la última defensa de su propia Iglesia cuando todas las demás se han
derrumbado?
—No
—respondió fríamente Skelder—. No lo es. En primer lugar, ninguna de lo que
usted llama nuestras defensas se ha derrumbado. Permanecen firmes como una
roca, impávidas a las burlas de los mezquinos ateos y a los golpes de los
gobiernos organizados. La Iglesia es imperecedera, como lo son sus enseñanzas;
su lógica es irrefutable; la Verdad es su más preciosa posesión.
Carmody
se echó a reír de nuevo, pero se negó a seguir hablando del asunto. Después de
todo, ¿qué diferencia planteaba lo que pudiera pensar Skelder o cualquier otro?
Lo que él quería ahora era acción; estaba cansado de palabras estériles.
La
señora Kri se había levantado de la mesa y estaba retirando los platos. Carmody
deseando extraerle más información y no queriendo que los otros lo oyeran, dijo
que le ayudaría a lavarlos. La señora Kri se mostró encantada; le gustaba
Carmody debido a que siempre tenía pequeños detalles hacia ella y de tanto en
tanto le hacía delicados halagos. Aunque era lo suficientemente astuta como
para comprender que tras todo aquello había un propósito, no dejaba de
gustarle.
En
la cocina, Carmody dijo:
—Vamos,
Madre Kri, dígame la verdad. ¿Realmente ha visto a Yess? ¿Como me está viendo a
mí ahora?
Ella
le tendió un plato para que lo secara.
—Lo
he visto a él más veces que a usted. Lo he tenido incluso una vez a cenar.
Carmody
tuvo dificultades en asimilar aquel prosaico contacto con la divinidad.
—Oh
—dijo—. ¿Realmente?
—Realmente.
—¿Y
luego fue también al baño? —preguntó, pensando que aquella era la última
prueba, la distinción básica entre el hombre y el dios. Uno podía imaginar a
una deidad comiendo, quizá para hacer su presencia más familiar a sus
discípulos, quizás incluso para saborear las cosas buenas de la vida, pero la
excreción parecía tan innecesaria, tan poco divina que, bueno...
—Por
supuesto —dijo la señora Kri—. ¿Acaso Yess no está hecho de sangre y entrañas
como usted y yo?
Skelder
entró en aquel momento, ostensiblemente para beber un poco de agua pero
realmente, pensó Carmody, para escucharles.
—Claro
que sí —dijo el monje—. ¿No lo son todos los hombres? Dígame, señora Kri,
¿cuánto tiempo hace que conoce usted a Yess?
—Desde
que era niña. Ahora tengo cincuenta años.
—¿Y
no ha envejecido nada, sigue siendo siempre joven, intocado por el tiempo?
—dijo Skelder, con su voz teñida por el sarcasmo.
—Oh,
no. Es un viejo ahora. Puede morir en cualquier momento.
Los
dos terrestres enarcaron las cejas.
—Quizá
haya algún malentendido aquí —dijo Skelder, hablando tan rápidamente que daba
la impresión de un buitre rondando en torno a la señora Kri—. Alguna diferencia
en la definición, o en el lenguaje quizá. Un dios, según entendemos nosotros el
término, no muere nunca.
Tand,
que acababa de entrar en la cocina a tiempo para captar las últimas palabras,
dijo:
—¿Acaso
el dios de ustedes no murió en la cruz?
Skelder
se mordió el labio, luego sonrió y dijo:
—Debo
pedirles que me perdonen. Y debo confesar que soy culpable de un lapsus de
memoria, culpable porque he permitido que un segundo de rabia ofuscara mi
pensamiento. He olvidado por un instante la distinción entre las Naturalezas
Humanas y Divinas de Cristo. Estaba pensando en términos puramente paganos, e
incluso entonces estaba equivocado, ya que los dioses paganos son mortales.
Quizá ustedes los kareenianos hagan la misma distinción entre la naturaleza
humana y la divina de su dios Yess. No lo sé. No llevo el tiempo suficiente en
este planeta como para determinarlo; hay muchas otras cosas que asimilar antes
de que pueda estudiar los puntos más sutiles de su teología.
Hizo
una pausa, respiró profundamente y luego, como si se preparara para sumergirse
en el mar, adelantó su cabeza, arqueó los hombros y dijo:
—Sigo
creyendo que hay una enorme diferencia entre su concepción de Yess y la nuestra
de Cristo. Cristo resucitó y luego subió al Cielo para reunirse con Su Padre.
Además, Su muerte era necesaria si Él quería cargar con todos los pecados del
mundo y salvar así a la humanidad.
—Si
Yess muere, renacerá de nuevo algún otro día.
—No
me entienden. Existe la diferencia muy importante de que...
—¿De
que su historia es cierta y la nuestra falsa, un mito pagano? —respondió Tand,
sonriendo—. ¿Quién puede decir lo que es realidad, lo que es mito, o que un
mito no es algo tan real como, digamos, esta mesa de aquí? Todo lo que actúa
provocando una acción en este mundo es real, y si un mito engendra acción,
entonces ¿no es real? Las palabras pronunciadas aquí ahora morirán en
vibraciones decrecientes, pero ¿quién sabe qué efecto inmortal pueden provocar?
Repentinamente
la estancia se ensombreció y todos sus ocupantes se sujetaron en lo que
tuvieron más a mano, el respaldo de una silla, el borde de una mesa, cualquier
cosa que les permitiera mantener el equilibrio. Carmody sintió que lo invadía
una oleada de calor y vio que el aire ante él se endurecía, parecía convertirse
en un espejo.
La
sangre brotó del espejo, lanzada contra su rostro como el chorro de una
manguera, cegándole, inundándole, entrando por su abierta boca, deslizándose
por su garganta y dejándole un gusto salado.
Se
produjo un grito, no producido por él sino por alguien a su lado. Dio un salto
hacia atrás, sacó su pañuelo, se limpió la sangre de sus ojos, vio que la
apariencia espejeante había desaparecido al igual que el chorro de sangre, pero
que la mesa y el suelo junto a él tenían un color carmesí. Deben haber sido al
menos cinco litros, pensó; exactamente lo que uno esperaría de una mujer que
pesara unos cincuenta kilos.
No
tuvo oportunidad de seguir aquella línea de pensamiento ya que tuvo que dar un
salto de costado para evitar a Skelder y a la señora Kri que estaban
forcejeando por toda la cocina; quien dominaba era la señora Kri, ya que era la
más pesada y, quizá, la más fuerte. Ciertamente era la más agresiva, ya que
estaba haciendo todo lo posible por estrangular al monje. Este se aferraba a
las manos que apretaban su cuello y gritaba:
—¡Quite
sus sucias manos de encima mío, especie de... de... hembra!
Carmody
rugió una risotada, y el sonido pareció romper el maníaco conjuro que poseía a
la señora Kri. Como si se despertara sobresaltada de un sueño, se detuvo,
parpadeó, dejó caer sus manos y dijo:
—¿Qué
es lo que estaba haciendo?
—¡Estaba
intentando estrangularme! —gritó Skelder—. ¿Qué infiernos le ocurría?
—Oh,
Dios —dijo ella, sin dirigirse a nadie en particular—. Es más tarde de lo que
creía. Será mejor que me vaya a dormir inmediatamente. De repente me ha
parecido que era usted el hombre más odioso del mundo, debido a lo que había
dicho sobre Yess, y he deseado matarle. Realmente, me ha irritado un poco lo
que ha dicho usted, pero no hasta tal punto.
—Aparentemente
—dijo Tand—, su rabia es mucho más profunda de lo que usted cree, señora Kri.
Usted la ha enterrado en su inconsciente, se niega a admitirla, y así...
No
terminó. Ella se había girado para mirar a Carmody y se había dado cuenta por
primera vez de que estaba cubierto de sangre y de que había sangre por toda la
cocina.
Chilló.
—¡Cierre
su maldita boca! —dijo Carmody, casi desapasionadamente, y la abofeteó en los
labios. Ella dejó de chillar, parpadeó de nuevo, y dijo con voz temblorosa:
—Bueno,
será mejor que limpie toda esa porquería. Odiaría despertarme y tener que
rascarlo todo una vez se haya secado. ¿Está seguro de que no está usted herido?
Él
no respondió; salió de la cocina y subió a su habitación, donde empezó a
quitarse sus empapadas ropas. Ralloux, que lo había seguido, dijo:
—Estoy
empezando a tener miedo. Si tales cosas pueden ocurrir, y obviamente no son
alucinaciones, entonces ¿quién sabe lo que va a ser de nosotros? —Pensaba que
teníamos un aparatito que nos iba a mantener a salvo —dijo Carmody, quitándose
la última de sus viscosas prendas y dirigiéndose a la ducha—. ¿O no está usted
seguro de ello? —Se echó a reír al ver la expresión desesperada de Ralloux, y
dijo desde detrás de la cortina de agua caliente que caía sobre su cabeza—:
¿Qué ocurre? ¿Realmente está asustado?
—Sí,
lo estoy. ¿Usted no?
—¿Asustado
yo? No, nunca he tenido miedo a nada en toda mi vida. Y no lo digo por decir,
ya lo sabe. Realmente no sé lo que es sentir miedo.
—Sospecho
fuertemente que usted no sabe lo que es sentir nada —dijo Ralloux—. A veces me
pregunto si tiene usted un alma. Debe estar evidentemente en algún lugar, pero
tan enterrada que nadie, ni siquiera usted mismo, puede verla. De otro modo...
Carmody
rió y empezó a enjabonarse el pelo.
—El
arreglacabezas de John Hopkins decía que yo era un psicópata congénito, que
había nacido incapaz de comprender siquiera un código moral, que estaba más
allá de toda culpabilidad, más allá de toda virtud, no que hubiera nacido con
una enfermedad mental, entiéndalo, sino tan solo con algo menos, eso que hace
que un ser humano sea un ser humano. No me ocultó el decirme que yo era una de
esas rara avis ante las cuales la ciencia del Año de Nuestro Señor 2256 era
completamente impotente. Lo sentía, me dijo, pero probablemente tendrían que
internarme para el resto de mi vida, probablemente bajo sedantes suaves para
hacerme inofensivo y dócil, e indudablemente me convertiría en el sujeto de
miles de experimentos encaminados a determinar qué era lo que crea al psicópata
constitucional.
Carmody
hizo una pausa, salió de la ducha, y empezó a secarse.
—Bueno
—prosiguió, sonriendo—, puede imaginar que yo no iba a soportar aquello. No
John Carmody. Así que... escapé de Hopkins, escapé de la Tierra, llegué a El
Trampolín... en el extremo de la galaxia, el último planeta colonizado de la
Federación; permanecí allí un año, hice una fortuna contrabandeando peras
sodomitas, estuve a punto de ser atrapado por Raspold, ya sabe, ese Sherlock
Holmes galáctico, pero lo eludí y me vine aquí, donde la Federación no tiene
jurisdicción alguna. Pero no tengo intención de quedarme aquí; no porque sea un
mal mundo, aquí podría ganar también mucho dinero, la comida y los licores son
buenos, y las mujeres son lo suficientemente inhumanas como para atraerme. Pero
deseo demostrar lo que es realmente la Tierra, un establo para asnos estúpidos.
Tengo la intención de regresar a la Tierra para vivir allí en completa
inmunidad de arresto. Y hacer todo lo que me plazca, aunque por supuesto seré
discreto en algunas cosas.
—Si
cree usted que puede hacer eso, está completamente loco. Será arrestado en el
momento mismo en que descienda de la nave.
Carmody
se echó a reír.
—¿Lo
cree de veras? Supongo que sabe que la Oficina Federal Antisocial depende para
su información y parcialmente para sus directrices del Boojum.
Ralloux
asintió.
—Bien,
después de todo, el Boojum es tan solo un monstruoso banco de memoria
proteínico y un computador de probabilidades. Contiene almacenada en sus
células toda la información disponible acerca de un tal John Carmody, e
indudablemente ha enviado órdenes de que todas las naves que abandonen la
Alegría de Dante sean registradas en su busca. ¿Pero y si le llega la prueba de
que John Carmody está muerto? Entonces el Boojum cancelará todas las órdenes
relativas a Carmody, y retirará la información de sus archivos mecánicos. Así
pues, cuando un colono de digamos Wildenwooly, que ha hecho fortuna y desea
gastarla en la Tierra, acuda a su planeta natal, ¿quién va a molestarle, aunque
se parezca notablemente a John Carmody?
—¡Pero
eso es absurdo! En primer lugar, ¿cómo obtendrá el Boojum la prueba positiva de
su muerte? Y en segundo lugar, cuando aterrice en la Tierra, sus huellas
dactilares, retínales y circunvoluciones cerebrales van a ser tomadas e
identificadas. Carmody sonrió alegremente.
—No
tengo la menor intención de revelarle cómo me las arreglaré para lo primero. En
cuanto a lo segundo, ¿qué importancia tiene el que todas mis huellas sean
registradas? No van a ser comparadas con nada; serán simplemente las de un
inmigrante, alguien nacido en un planeta-colonia, que son registradas por
primera vez. Ni siquiera me tomaré la molestia de cambiarme el nombre.
—¿Y
si alguien le reconoce?
—¿En
un mundo de diez mil millones de habitantes? Correré el riesgo.
—¿Quién
me impedirá a mí decírselo a las autoridades?
—¿Acaso
los muertos hablan?
Ralloux
palideció, pero no se echó atrás. Su expresión seguía siendo la del educado
monje de rostro grave, con sus grandes y brillantes ojos mirando honestamente a
Carmody, pero dándole una apariencia en cierto modo grotesca enfrentados con
aquel conjunto nariz respingona labios carnosos grandes orejas.
—¿Tiene
intención de matarme? —dijo.
Carmody
rió jovialmente.
—No,
no será necesario. ¿Tanto usted como Skelder creen por un momento salir de la
Noche vivos y en su sano juicio? Ya han visto lo que ha ocurrido durante los
escasos breves destellos que hemos tenido. Eso no son más que preludios,
puestas a punto. ¿Qué ocurrirá en la auténtica Noche?
—¿Y
qué le ha ocurrido a usted? —dijo Ralloux, todavía pálido.
Carmody
se alzó de hombros, se pasó la mano por su negroazulado cabello parecido a las
púas de un puercoespín, ahora limpios de sangre.
—Aparentemente
mi subconsciente o como usted quiera llamarlo está proyectando fragmentos del
cuerpo de Mary, reconstruyendo el crimen, si puede decirse así. El cómo puede
tomarse un fenómeno puramente subjetivo y transformarlo en una realidad
objetiva, no lo sé. Tand dice que hay varias teorías que intentan explicarlo
científicamente, dejando a un lado lo sobrenatural. No tiene importancia. No me
importó cortar a Mary en pedacitos, y no me importa tampoco ver como algunos de
esos pedazos vuelven ahora flotando a mi vida. Podría nadar a través de su
sangre, o de la de cualquier otro, con tal de alcanzar mi meta.
Hizo
una pausa, miró con los ojos entrecerrados pero sin dejar de sonreír a Ralloux,
y dijo:
—¿Qué
es lo que ha visto usted durante esos destellos?
Ralloux,
más pálido que nunca, tragó saliva. Hizo la señal de la cruz.
—No
sé por qué tendría que decírselo. Pero se lo diré. Estaba en el Infierno.
—¿En
el Infierno?
—Ardiendo.
Con los demás condenados. Con el noventa y nueve por ciento de todos los que
han vivido, están viviendo o vivirán. Millones y millones.
Su
rostro se humedeció.
—No
era algo imaginario. Sentía el dolor. El mío, y el de los demás.
Permaneció
en silencio, mientras Carmody inclinaba la cabeza hacia un lado como un pájaro
perplejo intentando comprender a otro. Luego murmuró:
—Un
noventa y nueve por ciento.
—Así
—dijo Carmody— que eso es lo que más le inquieta, esa es la premisa básica de
su pensamiento.
—Si
es así, yo no lo sabía —murmuró el monje.
—¡Qué
ridículo puede llegar a ser! Incluso su propia Iglesia ha dejado de insistir en
el concepto medieval de las llamas literales. Aunque, no sé. Por lo que veo de
la mayor parte de la gente, merecen freírse. Me gustaría ser el supervisor de
los hornos; me he encontrado con alguna gente a lo largo de mi corta vida cuyo
gordo egotismo me gustaría hacer arder junto con ellos... Incrédulamente,
Ralloux dijo:
—¿Usted
odia a los egotistas?
Carmody,
ya limpio y vestido, sonrió y empezó a bajar las escaleras.
El
estropicio, anunció la señora Kri, había sido limpiado, y ahora iba a bajar a
la cripta para el Sueño. Dejaría la casa abierta para su conveniencia, dijo,
pero esperaba que cuando despertara no encontraría nada demasiado sucio, que se
limpiarían los pies antes de entrar y que vaciarían los ceniceros y lavarían
los platos. Luego insistió en darles a cada uno un beso de paz, y después se
echó a llorar y a gemir diciendo que tal vez nunca volvería a verles de nuevo,
y pidiéndole a Skelder que la perdonara por su ataque anterior. Él se mostró
magnánimo y le concedió su bendición.
Cinco
minutos más tarde, la señora Kri, habiéndose inyectado la dosis necesaria de
hibernativos, cerró la gran puerta de hierro de la cripta y aseguró los
cerrojos por dentro.
Tand
les dijo adiós.
—Si
el trance me llega antes de que alcance mi propia cripta, deberé pasar la
Noche, lo quiera o no. Una vez se inicia, no se puede volver atrás. Todo es
blanco y negro entonces; uno sobrevive o no sobrevive. Al final del séptimo
día, eres un dios, un cadáver o un monstruo.
—¿Y
qué se hace con los monstruos? —preguntó Carmody.
—Nada,
si son inofensivos, como el marido de la señora Kri. En otro caso, los matamos.
Tras
algunas otras observaciones, estrechó sus manos, sabiendo que era una costumbre
terrestre, deseándoles, no suerte, sino una recompensa conveniente. A Carmody
fue al último que le dijo adiós, apretando su mano más largamente mientras le
miraba directamente a los ojos.
—Esta
es su última oportunidad de llegar a ser algo. Si la Noche no rompe las heladas
profundidades de su alma, si sigue siendo un iceberg de la cabeza a los pies,
como lo es ahora, entonces estará definitivamente perdido. Si existe la menor
chispa de calidez, de humanidad, déjela convertirse en una llama y que le
consuma, sea cual sea el dolor. El dios Yess dijo una vez que para ganar la
vida uno debe perderla. No hay nada de original en ello... otros dioses, otros
profetas, en cualquier lugar donde haya seres sentientes, han dicho lo mismo.
Pero es cierto en varias maneras, en inimaginables maneras.
Tan
pronto como Tand se hubo ido, los tres terrestres subieron silenciosamente la
escalera y tomaron de una gran maleta tres cascos, cada uno de ellos con una
pequeña caja en su parte superior, a la que estaba fijada una larga antena. Los
colocaron sobre sus cabezas, luego giraron un dial justo debajo de su oreja
derecha.
Skelder
frunció sus delgados labios dubitativamente y dijo:
—Espero
realmente que los científicos de Jung estén en lo cierto en su teoría. Dicen
que desde el momento en que este aparato detecta una onda electromagnética,
emite otra onda que la anula; que no importa lo intensas que sean las energías
de la tormenta magnética, deberemos ser capaces de andar a través de ella sin
vernos afectados.
—Yo
también lo espero —dijo Ralloux, con aire abatido—. Ahora me doy cuenta de que,
pensando que podía vencer lo que hombres mejores que yo han considerado
invencible, estaba cometiendo el peor de todos los pecados, el del orgullo
espiritual. Quiera Dios perdonarme. Le doy las gracias por estos cascos.
—Yo
también le doy las gracias —dijo Skelder—, pero pienso que no deberíamos tener
que recurrir a ellos. Nosotros dos tendríamos que depositar nuestra confianza
en Él y descubrir nuestras cabezas, y nuestras almas, a las fuerzas maléficas
de este planeta pagano.
Carmody
sonrió cínicamente.
—No
hay nada que les impida hacerlo. Adelante. Quizá con ello consigan una aureola.
—Tengo
órdenes de mis superiores —respondió Skelder rígidamente.
Ralloux
se puso en pie y empezó a pasear arriba y abajo.
—No
acabo de comprenderlo. ¿Cómo unas tormentas magnéticas, incluso de una
violencia sin paralelo, pueden excitar los núcleos atómicos de unos seres
situados en un planeta a cien millones de kilómetros de distancia, y al mismo
tiempo sondear y activar la mente subconsciente hasta tal punto que ponga un
férreo dogal a la consciencia y provoque inconcebibles cambios psicológicos? El
sol se torna violeta, extiende su invisible varilla mágica, y despierta la
imagen de la bestia que vive en las oscuras cavernas de nuestras mentes, o del
dios de oro que duerme en ellas. Bueno, puedo comprender algo de ello. Los
cambios en las frecuencias electromagnéticas del sol de la Tierra no solo
influyen en el clima y el tiempo, sino que también controlan el comportamiento humano.
¿Pero cómo puede esta estrella actuar sobre la carne y la sangre de tal modo
que la tensión de la piel disminuya, que los huesos se ablanden, se doblen, se
endurezcan en formas desconocidas que no se hallan impresas en los genes...?
—Todavía
no sabemos lo suficiente sobre los genes como para decir qué formas se hallan
implícitas en ellos —interrumpió Carmody—. Cuando yo era un estudiante de
medicina en Hopkins, vi algunas cosas realmente extrañas. —Guardó silencio,
pensando en aquellos días.
Skelder
se sentó, envarado y con los labios prietos, en una silla, con su casco dándole
un aspecto más de soldado que de monje.
—No
va a ser largo —dijo Ralloux, sin dejar de pasear arriba y abajo—. No tendremos
que esperar mucho a que comience la Noche. Si es cierto lo que dice Tand, las
primeras veinte horas o así sumirán a todos los que permanezcan en pie, excepto
nosotros que estamos protegidos por nuestros cascos, en un profundo coma.
Aparentemente, los cuerpos de los durmientes adquieren una resistencia parcial,
de tal modo que poco más tarde se levantan. Una vez despiertos, están tan
cargados de energía o de no sé qué tipo de impulso, que no pueden dormir hasta
que finalice la fase violenta del sol. Es mientras estén durmiendo que
nosotros...
—¡...haremos
nuestro trabajo sucio! —dijo Carmody alegremente.
Skelder
se puso en pie.
—¡Protesto!
Estamos aquí efectuando una investigación científica, y nos hemos asociado con
usted simplemente porque hay un cierto trabajo que nosotros...
—...no
queremos mancharnos nuestras blancas e inmaculadas manos con él —dijo Carmody.
En
aquel momento la luz de la estancia se oscureció, adquiriendo un tono violeta
profundo. Hubo un vértigo, luego una debilitación de todos sus sentidos. Pero
duró tan solo un segundo, lo suficiente sin embargo para que les fallasen las
rodillas y cayeran los tres al suelo.
Carmody
se levantó a cuatro patas, tembloroso, agitó la cabeza como un perro al que
acaban de apalear y dijo:
—¡Huau,
vaya sacudida! Es bueno llevar estos cascos. Parecen habernos protegido.
Se
puso en pie, los músculos agarrotados y doloridos. La habitación parecía estar
llena de velos violetas, tan oscura y silenciosa estaba.
—Dígame,
Ralloux, ¿qué le ocurre? —preguntó.
Ralloux,
blanco como un fantasma, su rostro crispado por la agonía, saltó en pie, gritó,
se arrancó el casco de la cabeza, y atravesó corriendo la puerta. Pudieron oír
sus precipitados pasos resonando en el pasillo, luego bajando los escalones. Y
la puerta de entrada resonó violentamente.
Carmody
se giró hacia el otro monje.
—Él...
¿qué le ocurre a usted?
La
boca de Skelder estaba abierta, y miraba fijamente al reloj de la pared.
Repentinamente, se giró hacia Carmody.
—¡Aléjese
de mí! —restalló.
Carmody
parpadeó, luego sonrió y dijo:
—Seguro,
¿por qué no? Nunca pensé que su piel fuera agradable de acariciar, de veras.
Observó divertido como Skelder empezaba a deslizarse a lo largo de la pared en
dirección a la puerta.
—¿Por
qué cojea?
El
monje no respondió, pero salió de la estancia andando como un cangrejo. Un
momento más tarde la puerta de la casa resonó otra vez. Carmody, ahora solo,
permaneció pensativo un instante, luego examinó el reloj que había estado
mirando el monje. Como la mayor parte de los instrumentos kareenianos que
marcaban el tiempo, señalaba la hora del día, el día, el mes y el año. El
ataque de violeta se había producido a las 17:25 horas. Ahora eran las 17:30.
Habían
pasado cinco minutos.
Mas
veinticuatro horas.
—¡No
es sorprendente que me duelan todos los músculos! —dijo Carmody en voz alta—.
¡Y que esté tan hambriento!
Se
quitó el casco y lo arrojó al suelo.
—Bueno,
ya está hecho. Un noble experimento. —Bajó a la cocina, medio esperando verse
sorprendido con un nuevo chorro de sangre a la cara. Pero no había nada
anormal. Silbando alegremente, tomó algo de comida y un poco de leche del
refrigerador, se hizo él mismo los bocadillos, comió con apetito, luego
comprobó el buen funcionamiento de su pistola. Satisfecho, se levantó y se
dirigió hacia la puerta delantera.
El
teléfono sonó.
Vaciló,
luego decidió responder. Si es que valía la pena, se dijo.
Descolgó
el auricular.
—¿Sí?
—¡John!
—dijo una encantadora voz femenina.
Echó
bruscamente la cabeza hacia atrás, como si el receptor fuera una serpiente.
—¿John?
—repitió la voz, ahora sonando más lejana, espectral.
Inspiró
profundamente, cuadró los hombros, apoyó de nuevo resueltamente el auricular en
su oído.
—John
Carmody al habla. ¿Quién es?
No
hubo respuesta.
Lentamente,
depositó el auricular en su horquilla.
Cuando
salió de la casa, se halló sumergido en una oscuridad iluminada tan solo por
las farolas de la calle, situadas a intervalos de treinta metros, y por la
enorme luna, que colgaba difusa y violeta y malévola sobre el horizonte. El
cielo estaba claro, pero las estrellas parecían muy lejanas, manchas imprecisas
que intentaran perforar la purpúrea bruma. Los edificios eran como icebergs
surgiendo entre la niebla, amenazadores, pareciendo a punto de derrumbarse
sobre uno. Solo cuando uno se acercaba mucho a ellos cristalizaban
estabilizándose.
La
ciudad estaba silenciosa. Ni el ladrido de un perro, ni el chillido de un
pájaro nocturno, ningún claxon, ninguna sirena, ninguna tos, ni el cerrarse de
una puerta, ni el seco taconeo de unos pasos en la acera, ni una risa. Si la
visión estaba amortiguada, el sonido estaba muerto.
Carmody
vaciló, preguntándose si podría tomar el coche que había visto parado junto a
la acera. Seis kilómetros hasta el Templo era una larga caminata cuando uno
pensaba en lo que podía acechar entre las brumosas y violetas tinieblas. No era
que sintiera miedo, pero no tenía por qué tropezar con obstáculos innecesarios.
Un coche le daría velocidad para escapar; pero por otro lado era mucho más
detectable.
Decidiendo
que conduciría los primeros tres kilómetros, y luego caminaría, abrió la
portezuela. Retrocedió, y su mano se crispó sobre su arma. Pero la dejó caer.
El
ocupante, tendido boca abajo en el asiento, estaba muerto. La linterna de
Carmody, enfocada sobre el rostro del hombre, reveló una masa de llagas secas.
Aparentemente, el conductor había sido uno de los que habían intentado correr
el Riesgo o quizá había tardado demasiado en sumirse en el Sueño. Algo, quizá
una explosión de cáncer, lo había carcomido, había devorado incluso los globos
oculares y engullido la mitad de su nariz.
Carmody
sacó el cuerpo y lo tiró en la calle. Tardó varios minutos en calentar el agua
de la caldera y luego se puso en marcha lentamente, con todas las luces
apagadas. A medida que avanzaba, vigilando a ambos lados en busca de extraños,
manteniéndose cerca del bordillo de su izquierda para mantener el contacto con
algo sólido, pensó en aquella voz al teléfono, intentando analizar cómo había
podido producirse.
Para
empezar, se dijo, tenía que aceptar absolutamente que él, John Carmody, a
través del poder de su mente, había creado de la nada algo sólido y objetivo.
Al menos, él era el transmisor de la energía. No creía que su cuerpo contuviera
el poder suficiente como para transmutar la energía en materia; si sus propias
células tenían que proporcionarla, arderían por completo antes incluso de que
se iniciara el proceso. Por lo tanto, él debía ser no el motor, sino el
transmisor, el transformador. El sol proporcionaba la energía; él, el
catalizador.
De
acuerdo. Así pues, si algo que no podía controlar —un pensamiento odioso pero
que no podía negar—, si algo que no podía controlar estaba reconstruyendo a su
esposa muerta, él al menos era el ingeniero, el escultor. Lo que ella resultara
dependía de él.
La
única explicación que podía dar era que aquel proceso utilizaba de alguna
forma, no el conocimiento consciente del cuerpo humano, sino el
autoconocimiento subconsciente de su cuerpo. A través de algún medio, sus
células se reproducían por sí mismas directamente en el cuerpo renacido de
Mary. ¿Eran entonces las células del cuerpo de ella las imágenes de las suyas
en un espejo, como las células de un gemelo lo son de las del otro?
Eso
podía comprenderlo. Pero ¿y los órganos que eran peculiarmente femeninos? Era
cierto que su memoria contenía un minucioso inventario de la anatomía interna
femenina. Había diseccionado bastantes cuerpos; y en lo que se refería a los
órganos particulares de ella, los conocía lo suficientemente bien, ya que los
había ido separando científica y cuidadosamente antes de irlos echando uno tras
otro al triturador de basuras. Incluso había examinado el embrión de cuatro
meses, la causa originaria de su ira y revulsión hacia ella, la creciente cosa
en su interior que la transformaba de la más hermosa criatura del mundo en un
monstruo de vientre deforme, que finalmente exigiría de modo inevitable una
parte del amor que ella sentía por John Carmody. Incluso una pequeñísima parte
sería mucho; él poseía la más preciosa, exquisita, absolutamente perfecta obra
de arte; y era suya, de nadie más.
Y
luego, cuando él le había propuesto desembarazarse de aquel creciente estorbo,
y ella había dicho que no, y él había insistido, y había intentado obligarla, y
ella había luchado contra él, y luego había gritado que él no la quería como
antes y que ese hijo ni siquiera era de él sino de un hombre que era un hombre,
no un monstruo de egoísmo; entonces, por primera vez en su vida, que recordara,
se había sentido furioso. Furioso era poco. Había perdido completamente el
dominio de sí mismo, literalmente lo había visto todo rojo, había pensado todo
rojo, se había ahogado en un flujo carmesí.
Bueno,
había sido la primera y la última vez. Y ahora estaba aquí a causa de aquello.
¿Aunque había sido realmente así? Aunque la pasión no le hubiera cegado en
aquel momento, ¿no habría terminado matándola luego, simplemente porque la
lógica se lo exigía? Y simplemente porque no podría aceptar la idea de que la
más hermosa joya del universo se viera mancillada y deformada, monstruosa...
Quizá.
No importaba lo que hubiera podido ocurrir. Lo que había ocurrido era lo único
que debía tener en cuenta un espíritu realista.
Había
el asunto de las células de ella, que deberían ser femeninas pero que no lo
serían si eran imágenes reflejadas de las de él. Y había el asunto de su
cerebro. Incluso si su cuerpo podía ser creado femenino a causa de su
conocimiento de los órganos y de la estructura de los genes, el cerebro no
sería el de Mary. Su configuración original, más los miles de millones de
submicroscópicas circunvoluciones creadas por sus recuerdos, todo aquello
estaría más allá de su poder, consciente o inconsciente.
No,
si ella tenía un cerebro, y debería tenerlo, entonces sería el suyo, el cerebro
de John Carmody. Y si era así, entonces contendría sus recuerdos, sus
actitudes. Se sentiría desconcertado de hallarse en el cuerpo de Mary, no
sabría qué hacer, qué pensar. Pero, siendo John Carmody, hallaría el modo de
extraerle el máximo partido posible a la situación.
Sonrió
ante aquel pensamiento. ¿Por qué no iba a su encuentro? Sería la mujer
perfecta, su incomparable belleza y además su propia mente, que estaría siempre
absolutamente de acuerdo con él. Un sublime autoabuso.
Rió
de nuevo. Mary había utilizado aquel mismo término en el último fulgurante
momento antes de que él perdiera completamente el control. Había dicho que para
él ella no era una mujer, una esposa, sino tan solo un instrumento superior
para amarse a si mismo. Ella nunca había experimentado aquella gloriosa
sensación de ser ambos una sola carne que en buena ley debe sentir una esposa
amante y apasionada, no, ella siempre se había sentido sola. Y se había visto
obligada a buscar a otro hombre, y tampoco entonces había experimentado
realmente la maravilla de ser dos-hechos-uno debido a que sabía durante todo el
tiempo que estaba pecando y que debería limpiar su conciencia a través de la
confesión y el arrepentimiento. Incluso aquella sensación a la que tenía derecho
le había sido negada. De todos modos, se había sentido más esposa y mujer con
aquel hombre que con su propio marido.
Bueno,
se dijo como siempre, lo hecho hecho está. Olvidemos el pasado. Pensemos en la
cosa que se parece a Mary.
(Se
sentía feliz de que aquella cosa tomara forma fuera de él, no en él, como
ocurría con los demás. Quizá tenía realmente un alma de hielo, pero si era así,
era bueno que la tuviera. El hielo repelía la subjetividad, hacía que el
inconsciente surgiera fuera de él, y podía luchar contra aquello, contra una
multitud de Marys, mientras que se hubiera sentido impotente si se hubiera
hallado como aquella chica epiléptica o el marido de la señora Kri o el
conductor de aquel coche devorado por el cáncer.)
Gracias
a la cosa que se parece a Mary.
Si
ella —ello— ha sido concebida fuera de tu cabeza, como Atenea de Zeus, entonces
en el momento de su nacimiento tenía, por lo que tú puedes saber, tu propia
mente. Pero desde ese momento, empieza a ser una criatura independiente, con
pensamientos y motivaciones propias. Así que, John Carmody, si te hallaras de
alguna forma desposeído de tu cuerpo original, alojado en la carne de una mujer
a la que tú has matado, y supieras al mismo tiempo que el otro tú estaba en tu
primer cuerpo, ¿qué es lo que harías?
—Yo
—dijo, murmurando para sí mismo— aceptaría inmediatamente el hecho de que era
lo que era, de que no podía salirme de ello. Definiría las limitaciones dentro
de las cuales debería moverme, y me pondría al trabajo. ¿Y qué es lo que haría?
¿Qué es lo que querría? Querría abandonar la Alegría de Dante e ir a la Tierra
o a algún otro planeta de la Federación, donde podría encontrar fácilmente
algún marido rico, donde podría insistir en convertirme en su esposa número
uno. ¿Por qué no? Sería la mujer más hermosa del mundo.
Dejó
escapar una risita ante aquel pensamiento. Más de una vez se había imaginado a
sí mismo como mujer, pensando en lo que realmente representaría eso, envidioso,
en la medida en que le era posible envidiarlo, ya que una mujer hermosa con su
cerebro tendría todo el universo agarrado por la cola, lo tendría tan fuerte
como puede sujetarse por la cola un universo tan profundamente machista como
aquel.
Y
entonces sus manos se crisparon sobre el volante, y se envaró como si la nueva
idea fuera un hierro al rojo hundido en sus carnes.
—¿Por
qué no habré pensado antes en ello? —dijo en voz alta—. Dios mío, si ella y yo
pudiéramos llegar a algún tipo de acuerdo... y aunque no lo consigamos seguro
que encontraré algún medio de forzarla... entonces, entonces, ¡eso sería la
coartada perfecta! Yo nunca confesé que la hubiera matado, no a las
autoridades, al menos. Y ellos nunca hallaron el menor rastro de ella. Así, si
regreso a la Tierra con ella y les digo: "Señores, aquí está mi esposa.
Como les había dicho, había desaparecido, y lo que ocurrió es que tuvo un
accidente, recibió un golpe en la cabeza, perdió la memoria, y de alguna manera
fue a parar a la Alegría de Dante... Sí, ya sé que esto suena como una novela
romántica, pero recuerden que esas cosas ocurren de tanto en tanto. Qué ¿no se
lo creen? Está bien, caballeros, tomen sus huellas dactilares, fotografíen el
esquema de sus vasos sanguíneos en su retina, analicen su grupo sanguíneo,
háganle un electroencefalograma..."
Oh,
pero ¿no serían aquellas marcas de identificación las de John Carmody, si las
células de ella eran reflejo de las de él? Posiblemente. Pero también había la
posibilidad de que fueran las propias de ella. Las había visto fotografiadas,
más de una vez, y aunque no podía reproducirlas conscientemente sí pudiera
hacerlo tal vez inconscientemente, ya que presumiblemente su inconsciente
poseía un registro exacto de todas ellas, que podían ser reconstruidas en esa
cosa Mary...
Pero
el electroencefalograma. Si esa materia gris en su cabeza era la de él...
Bueno,
a veces ese esquema puede cambiar si el cerebro ha resultado dañado, y aquel
detalle desconcertante podría ser la prueba que testificara su historia. ¿Pero
y la onda zeta? Aquello indicaría que ella era un ser masculino, y una mirada
de las autoridades hacia cualquier otro detalle de su anatomía lo desmentiría
inmediatamente. El nuevo paso debería ser entonces insistir en que la
examinaran. La única posibilidad de que la onda zeta cambie su ritmo de
femenino a masculino o viceversa es cuando el sujeto cambia de sexo. Y un
examen demostraría que ella era femenina, que sus hormonas eran
predominantemente femeninas. ¿Y si no? Si sus células eran reflejo de las de
él, entonces los genes serían masculinos, y quizá las hormonas también. ¿Y qué
ocurriría con el examen interno? ¿Mostraría órganos femeninos, o interiormente
sería también un duplicado de él?
Por
un segundo se sintió abatido, pero su fértil cerebro se aferró a otra coartada.
¡Por supuesto! Ella había estado en la Alegría de Dante durante los siete días
del Riesgo, ¿no? Y eso significaba que probablemente habría sufrido algún
cambio extraño, ¿no? Así, las discrepancias reveladas en el laboratorio, las
ondas cerebrales, las hormonas, incluso los órganos internos contradictorios,
todo ello sería resultado del Riesgo que habría corrido. Aquello atraería
probablemente una considerable publicidad, y él se ocuparía de construir una
historia sólida e irrefutable, de tal modo que si ella tenía una voluntad firme
y unos nervios de acero (y los tendría), podría mantenerse firme y exigir sus
derechos como ciudadana de la Federación, y por muy reluctantes que fueran
deberían concederle la libertad. Tras lo cual, ¡vaya equipo formarían ella y
John Carmody!
Pero,
si ella se inclinaba a ser cooperativa, entonces ¿por qué no había mantenido su
teléfono en contacto con él, por qué no había concertado un encuentro? Si ella
poseía su cerebro, ¿por qué no había tenido la misma idea que él?
Frunció
el ceño y silbó suavemente entre sus dientes. Existía también otra posibilidad
que él no podía permitirse ignorar, aunque no le gustara en absoluto. Tal vez
ella no fuera un John Carmody femenino.
Quizá
simplemente fuera Mary.
Tendría
que encontrarse con ella para saberlo. Mientras tanto, sus planes originales
resultaban cambiados tan solo ligeramente, a fin de ajustarse a las realidades
de la situación. La pistola en su bolsillo podía ser utilizada para
proporcionarle el único, el original placer que se había prometido a sí mismo.
En
aquel momento vio vagamente, a través del halo púrpura de una farola callejera,
a un hombre y a una mujer. La mujer iba vestida, pero el hombre estaba desnudo.
Estaban apretadamente abrazados, la mujer apoyada contra el poste de hierro de
la farola, echada hacia atrás como obligada por el apasionado abrazo del
hombre. ¿Obligada? Parecía estar cooperando entusiásticamente.
Carmody
se echó a reír.
Aquel
seco sonido, abofeteando en pleno rostro el pesado silencio de la noche, hizo
que el hombre se sobresaltara y girara bruscamente la cabeza, mirando con ojos
desorbitados al terrestre.
Era
Skelder... pero un Skelder difícilmente reconocible. Sus alargados rasgos
parecían haberse alargado aún más, su rapada cabeza estaba cubierta con un ralo
y dorado vello que parecía dorado incluso a la escasa luz, y su cuerpo,
desprovisto de sus monjiles ropas, mostraba una monstruosa deformidad en una de
sus piernas, un aspecto retorcido que estaba a mitad de camino entre la pierna
de un hombre y la pata de un animal. Parecía como si sus huesos se hubieran
ablandado y en aquel período de flaccidez sus articulaciones se hubieran
invertido. Sus desnudos pies se habían convertido en una prolongación de sus
piernas, de tal modo que se apoyaba tan solo sobre las puntas, como una
bailarina, y parecían estar recubiertos con una sustancia córnea amarillenta que
les daba el aspecto de pezuñas.
—¡El
pie del macho cabrío! —dijo Carmody en voz alta, incapaz de resistir su
alegría.
Skelder
soltó a la mujer y se giró por completo hacia Carmody, revelando en su rostro
los rasgos definitivamente caprinos y en su cuerpo las repulsivas pero
fascinantes formas anormales de un sátiro.
Carmody
echó la cabeza hacia atrás para soltar otra carcajada, pero detuvo su
movimiento, la boca muy abierta, paralizado por la impresión.
La
mujer era Mary.
Mientras
él la miraba, paralizado, ella le sonrió, agitó alegremente su cabeza, luego
tomó el brazo de Skelder y echó a andar con él hacia la oscuridad, ondulando
exageradamente sus caderas al antiguo ritmo de las prostitutas callejeras. El
efecto fue, o lo hubiera sido en otras circunstancias, semicómico, a causa de
los seis meses de grasa acumulados en torno a su cintura y nalgas.
Al
mismo tiempo, Carmody se sintió asombrado por un sentimiento que nunca antes
había experimentado, una lancinante palpitación, una alocada sensación dirigida
a Skelder, mezclada con una fría burla hacia sí mismo. Sintió un invencible y
vehemente deseo hacia aquel monstruoso clérigo, pero supo también que él se
mantenía apartado observándole desde una esquina y riéndose burlonamente de él.
Y al mismo tiempo y bajo todo aquello sentía la presencia de una suave marea
ascendente, que con el tiempo amenazaba sumergir a todos sus demás
sentimientos, una irrefrenable lascivia hacia Mary, teñida por un horror hacia
sí mismo por lo que esa misma lascivia representaba.
Contra
aquella multitud de invasores no había más que una defensa, y la adoptó
inmediatamente, saltando fuera del coche, dándole la vuelta, levantando su arma
y disparando contra la neblina roja que había reemplazado a la púrpura.
Skelder,
gimoteando, se arrojó al suelo y rodó varias veces sobre sí mismo, un confuso
montón de ropa sucia a la incierta luz, arrastrado por los vientos de la
desesperación, desapareciendo en las oscuras sombras de un enorme contrafuerte.
Mary
se giró, con la boca abierta en una muda O en medio de su pálido rostro, sus
manos blancos pájaros implorando piedad, y luego se dejó caer pesadamente.
Y
John Carmody vaciló mientras recibía golpe tras golpe en su pecho y estómago,
sentía que su corazón y sus vísceras estallaban, notaba que se derrumbaba,
caía, mientras la sangre caía en catarata sobre él, mientras se sumía en la
oscuridad.
Alguien
había disparado repentinamente sobre él, pensó, y aquello era el fin de todo y
adiós y ahí os pudráis y el universo se reía el último...
Y
entonces se dio cuenta de que estaba consciente, tendido boca arriba, pensando
en todo aquello, mirando hacia arriba hacia la borrosa forma púrpura de la
luna, un monstruoso guantelete arrojado al cielo por algún monstruoso
caballero. Así que arriba, Sir John Carmody, gordo hombrecillo enfundado en tu
delgada armadura de carne, entra en liza. —Siempre al ataque —murmuró para sí
mismo, y se puso vacilantemente en pie, sus manos palpando incrédulamente su
cuerpo, buscando los enormes agujeros que estaba convencido tenía que tener.
Pero no estaban; su carne estaba intacta, sus ropas vírgenes de sangre.
Empapadas sí, pero de sudor.
De
modo que así es como se muere, pensó. Es horrible debido a que lo hace a uno
tan impotente, como un bebé entre las garras de un adulto que lo está
estrangulando, no porque lo odie sino porque tiene que matarlo pues ese es el
orden de las cosas, y que estrangularlo es la única forma que conoce de cumplir
con lo que le ha sido ordenado.
Sorprendido
en un primer momento, fue recuperando poco a poco su lucidez. Obviamente,
aquellas sensaciones que debían ser evitadas a toda costa, incluso a la de su
temperamento, eran las mismas que experimentaban Skelder y la cosa-Mary, y el
impacto de las balas penetrando en su cuerpo había sido comunicado de algún
modo por ellos, provocando un shock tan grande que había perdido el
conocimiento o bien su cuerpo había sido engañado por un momento y se había
considerado muerto.
¿Y
si él hubiera insistido en seguir creyéndolo? ¿Hubiera muerto realmente?
¿Y
qué hubiera ocurrido entonces?
—No
te hagas ilusiones, Carmody —se dijo—. Sea como sea, no te hagas ilusiones. Tú
te asustaste... a morir. Llamaste a alguien en tu ayuda. ¿A quién? ¿A Mary? No
lo creo, pero podría ser. ¿A tu madre? Pero su nombre es Mary. Bueno, no
importa; el hecho es que yo, esta cosa de aquí —se golpeó el cráneo— no era
responsable, era John Carmody el niño el que pedía ayuda, el pequeño que hay en
mí y que llamaba a mamá en vano porque mamá generalmente estaba fuera,
trabajando, o con algún hombre, pero siempre fuera, y yo, yo estaba solo, y
ella no acudía a mí salvo para decirme el pequeño monstruo que yo era...
Se
acercó a Mary y le dio la vuelta.
Un
grito en la oscuridad le hizo ponerse en pie de un salto. Se giró, con la
pistola dispuesta, pero no vio a nadie.
—¿Skelder?
—llamó.
Otro
terrible grito le llegó como respuesta, más de un animal que de un hombre.
La
calle avanzaba recta por un centenar de metros frente a él, para luego girar en
ángulo recto. En la esquina había un alto edificio, con cada una de sus seis
plantas sobresaliendo de la de abajo, dando así la impresión de un telescopio
cuyo extremo pequeño estuviera clavado en el suelo. De entre sus sombras surgió
Ralloux, el rostro convulsionado por el dolor. Al ver a Carmody, retuvo su
marcha.
—¡Échese
a un lado, John! —gritó—. ¡No tiene usted por qué mezclarse en ello, aunque yo
lo esté! ¡Apártese de esto! ¡Yo ocuparé su lugar! ¡Quiero ocuparlo! ¡Hay sitio
tan solo para uno, y ese sitio está reservado para mí!
—¿De
qué infiernos está usted hablando? —gruñó Carmody. Desconfiado, mantuvo su
automática apuntada en el monje. Era imposible saber qué maniobra ocultaban sus
caóticas palabras.
—¡El
Infierno! Estoy hablando del Infierno. ¿No ve usted esa llama, no la siente? Me
quema cuando estoy en ella, y quema a los demás cuando no estoy. Quédese a un
lado, John, y déjeme aliviarle de ese dolor. Permanece inmóvil el tiempo
suficiente para consumirme por entero, y entonces, cuando ya estoy acostumbrado
a ella, se aparta y debo perseguirla, porque se instala alrededor de alguna
otra alma torturada, y no la suelta hasta que yo me ofrezco de nuevo para tomar
su lugar. Y lo hago, sea cual sea el dolor.
—Está
realmente loco —dijo Carmody—. Usted...
Y
entonces se puso a gritar, soltó su arma, empezó a palmear sus ropas, se tiró
al suelo y se revolcó por él.
Tan
pronto como había acudido, aquello cesó. Se puso de nuevo en pie, tembloroso,
sollozando incontrolablemente.
—¡Dios,
creí que estaba ardiendo! Ralloux había avanzado hacia el lugar que antes
ocupaba Carmody y ahora se mantenía inmóvil allí, con los puños cerrados y los
ojos mirando desesperadamente hacia todos lados como buscando alguna
escapatoria a su invisible prisión. Pero viendo a Carmody avanzar hacia él, le
miró fijamente y dijo:
—¡Carmody,
nadie merece esto, sea cual sea su perversidad! ¡Ni siquiera usted!
—Tanto
mejor —respondió Carmody, pero apenas quedaba nada del antiguo tono burlón en
su voz. Ahora sabía de qué estaba sufriendo el monje. Era el como lo que lo
preocupaba. ¿Cómo podía Ralloux proyectar una alucinación subjetiva hacia otra
persona, y hacer que esa persona la sintiera tan intensamente como la sentía
él?
Lo
único que podía pensar era que la curiosa acción del sol desarrollaba
enormemente en algunas personas sus poderes PES, o, si no era eso, que podía
transmitir las actividades neurales de una a otra persona sin contacto directo.
Realmente, no había ningún misterio en ello; era algo que estaba dentro de los
límites conocidos del universo. Las transmisiones radiofónicas, por ejemplo, o
las imágenes de televisión; lo que uno oía o veía no era la persona original,
pero el efecto era el mismo, o equivalente. Aunque no supiera cómo se producía,
era efectivo. Recordó cómo había sentido en sí mismo las balas que alcanzaban a
Mary, como había experimentado el terror a la muerte... y no importaba el que
fuera su terror o el de Mary, y... ¿acaso todos los que encontrara a lo largo
de las siete noches le transmitirían sus sensaciones, y él sería incapaz de
resistirlas?
No,
no incapaz; podía matar a los autores de las emociones, a los generadores y
difusores de ese poder.
—¡Carmody!
—gritó Ralloux, como intentando que la potencia de su voz apagara el dolor del
fuego—. Carmody, tiene que entender que yo no estoy obligado a permanecer en el
centro de esta llama. No, la llama no me sigue, soy yo quien la sigue a ella y
no la permito escapar. Yo deseo estar en el Infierno.
Pero
no entienda con ello que he perdido mi fe, he renegado de mi religión, y en
consecuencia me he visto arrojado de cabeza al lugar donde moran las llamas.
No, creo más firmemente que nunca en las enseñanzas de la Iglesia. No puedo ser
no creyente. Pero... me he entregado voluntariamente a la llama, puesto que no
puedo creer que sea cierto que esté bien el condenar al noventa y nueve por
ciento de las almas creadas por Dios al Infierno. O, si eso está bien, entonces
yo debo estar entre los malos.
Creyendo
absolutamente cada ápice del Credo, me niego pese a todo a ocupar el lugar que
me corresponde por derecho entre los elegidos, si tal lugar ha sido reservado
alguna vez para mí. No, Carmody, prefiero colocarme entre los condenados por
toda la eternidad, como protesta contra la divina injusticia. Si solo una
fracción es perdonada, o incluso si las cosas se invierten, y el noventa y
nueve coma nueve nueve nueve y tantos nueves como sean posibles son salvados, y
tan solo una solitaria alma merece el Infierno para ella sola, yo renunciaría
al Cielo y me quedaría entre las llamas con esa alma desgraciada, y le diría:
"Hermana, no estás sola, porque yo estoy aquí contigo por toda la
eternidad hasta que Dios se arrepienta de su rigor". Pero nadie oiría
ninguna blasfemia de mis labios, nadie oiría una palabra implorando
misericordia. Simplemente me quedaría allí y ardería hasta que aquella única
alma fuera liberada de sus tormentos y pudiera ir a reunirse con las otras
noventa y nueve coma nueve nueve nueve y tantos nueves como sean posibles.
Yo...
—Loco
de atar —dijo Carmody, pero no estaba tan seguro. Ciertamente el rostro de
Ralloux estaba contorsionado por la agonía, pero el aspecto disonante, la
sensación de fractura, como de dos fuerzas en conflicto, había desaparecido.
Ahora parecía, a través de su dolor, no formar más que una entidad consigo
mismo. Lo que había parecido desgarrarlo interiormente ya no existía.
Carmody
no podía comprender qué era lo que había hecho que la escisión se desvaneciera,
especialmente ahora que, debido a las circunstancias, esta debería haber sido
más profunda que nunca. Alzándose de hombros, dio la vuelta y regresó al coche.
Ralloux le gritó algo más, una advertencia al mismo tiempo que una plegaria.
Al
segundo siguiente, Carmody notó aquella terrible sensación de fuego en su
espalda; sus ropas parecieron humear, y su carne lanzó un silencioso grito.
Se
giró, disparando en la dirección aproximada del monje, incapaz de verle debido
al resplandor de la llama.
Repentinamente,
la deslumbrante luz y el ardiente calor desaparecieron. Carmody parpadeó,
reajustando sus ojos a la penumbra violeta, buscando el cuerpo de Ralloux,
pensando que la alucinación había muerto junto con el cuerpo que la proyectaba.
Pero tan solo había un cadáver, el de Mary.
Al
final de la calle, algo oscuro se deslizó por la esquina. Sonó un grito agudo.
Ralloux en su ardiente persecución de su tortura y de su justificación.
—Dejémosle
irse —dijo Carmody—, siempre que se lleve la llama con él. —Pero, pensó, era la
llama la que llevaba tras ella al monje.
Ahora
que Mary estaba muerta, era el momento de determinar para sí mismo algo acerca
de lo cual había estado pensando mucho.
Necesitó
un cierto tiempo. Tuvo que ir a buscar a la caja de herramientas del coche un
martillo y una herramienta parecida a un escoplo que probablemente era
utilizado para sacar el tapacubos de las ruedas. Con aquello consiguió abrir el
cráneo. Dejando las herramientas a un lado, se puso de rodillas y se inclinó
sobre la abierta caja craneana, sujetando su chaqueta por encima para
resguardarla de la luz directa. Encendió la linterna, apuntándola directamente
al orificio, acercándose tanto como le fue posible al cerebro. Sabía que no iba
a ser capaz de distinguir entre un cerebro de hombre, el suyo, y de una mujer,
el de Mary. Pero se sentía curioso de ver si había algún cerebro o si, tal vez,
tan solo se encontraba con una amplia red de nervios, un nexus para recibir las
órdenes telepáticas procedentes de él. Si la vida y el comportamiento de ella
eran de alguna forma dependientes de su propio subsconsciente, entonces...
La
luz brotó.
No
pudo ver ningún cerebro. Tan solo pudo ver que había algo que no tuvo tiempo de
determinar, tan solo tiempo de ver una figura agazapada de brillantes ojos
rojos, unas fauces muy abiertas con blancos colmillos, y luego un movimiento
impreciso cuando la cosa atacó.
Cayó
hacia atrás, y la linterna escapó de sus manos y rodó por el suelo, lanzando su
rayo de luz hacia la noche. Ni siquiera se preocupó de ello, ya que su rostro
empezó a hincharse inmediatamente. Era como un globo, hinchándose como si le
inyectaran aire a una gran velocidad. Y al mismo tiempo un intenso dolor se
expandió por todo él, corriendo a lo largo de su cuello y por sus venas. El
fuego invadió su cuerpo, desparramándose como si su sangre se hubiera
convertido en plata fundida.
No
había forma de huir de aquella llama como lo había hecho de la de Ralloux.
Gritó,
y gritó, y gritó, se puso en pie de un salto y, medio loco, clavó su tacón con
una furia histérica y un dolor insoportable en la serpiente cuyos colmillos se
habían clavado en su mejilla y cuya cola emergía del racimo de nervios de la
base de la médula espinal de Mary, crecía de ellos. Había vivido alojada en su
cráneo, seguramente aguardando el momento en que John Carmody abriría su nido
óseo. Y había derramado su mortal veneno en la carne del hombre que la había
creado.
Carmody
no dejó de golpear hasta que la horrible cosa quedó completamente aplastada
bajo su tacón, reducida a una pulpa de donde emergían todavía dos largos
colmillos curvilíneos. Luego se dejó caer al suelo al lado de Mary, los tejidos
de su cuerpo parecidos a leña seca ardiendo en llamas, y el terror de
disolverse para siempre arrancando un ahogado grito inarticulado de una
garganta que parecía llena de un rugiente terror a punto de desbordarse de
nuevo...
Había
un solo pensamiento, la única forma definida en medio del caos, la única cosa
fría en medio del fuego. Se había matado a sí mismo.
Desde
algún lugar entre la bruma violeta del claro de luna estaba sonando una
campana. Muy lejos, el árbitro estaba cantando lentamente:
—...cinco,
seis, siete...
Alguien
entre la multitud —¿Mary?— estaba gritando:
—¡Levántate,
Johnny, levántate! ¡Tienes que ganar, chico Johnny, levántate, golpea a ese
bruto, déjalo fuera de combate! ¡No dejes que te cuente, Joh-oh-oh-oh-nyyyy!
—¡Ocho!
John
Carmody gimió, se irguió e intentó, en vano, ponerse en pie.
—¡Nueve!
La
campana seguía sonando. ¿Por qué tenía que levantarse, si había sido salvado
por la campana?
Pero
entonces, ¿por qué el arbitro no había dejado de contar?
¿Qué
tipo de combate era aquel, en el que el round no se detenía cuando sonaba la
campana?
¿O
acaso estaba anunciando el comienzo de un nuevo round, no el final del
anterior?
—Vamos,
levántate. Lucha. Envía al infierno a ese gran bastardo —murmuró.
—¡Nueve!
—resonó aún el aire a su alrededor, como si hubiera sido lanzado a la bruma y
colgara allí, reluciendo, violentamente fosforescente.
¿Contra
quién estaba luchando?, se preguntó, y se puso en pie, vacilante, abriendo por
primera vez los ojos, el cuerpo encogido, su puño izquierdo adelantado,
tanteando, su mentón protegido por su hombro izquierdo, su mano derecha en
guardia, esa derecha que le había proporcionado en otro tiempo el título de
campeón de los pesos medios.
Pero
no había ningún adversario. Ni árbitro. Ni público. Ni Mary dándole ánimos.
Sólo él.
Sin
embargo, en algún lugar, pensó, había el sonido de una campana.
—El
teléfono —musitó, y miró a su alrededor. El sonido provenía del masivo teléfono
público de granito situado media manzana más abajo. Automáticamente echó a
andar hacia él, observando al mismo tiempo que tenía un terrible dolor de
cabeza y que sus músculos estaban como agarrotados y sus intestinos se
retorcían desgraciadamente en su vientre, como serpientes acabadas de despertar
por el sol matutino.
Descolgó
el receptor.
—¿Sí?
—dijo, preguntándose al mismo tiempo por qué estaba contestando, sabiendo que
era imposible que aquella llamada fuera para él.
—¿John?
—dijo la voz de Mary.
El
receptor cayó, quedó colgando de su hilo, y luego la cabina telefónica estalló
cuando Carmody vació un cargador contra ella. Trozos de plástico rojo volaron
hacia su rostro, y la sangre, auténtica sangre, la suya, chorreó por sus
mejillas y goteó desde su mentón, trazando cálidos surcos a ambos lados de su
cuello.
Vacilante,
casi a punto de caer, echó a correr calle abajo, mientras cargaba su arma y se
decía una y otra vez:
—Estúpido,
idiota, imbécil, podías haberte quedado ciego, haberte matado, asno imbécil,
asno imbécil. Perder así la cabeza.
Repentinamente
se detuvo, se metió de nuevo la pistola en el bolsillo, sacó el pañuelo y se
limpió la sangre del rostro. Las heridas, aunque numerosas, eran solo
superficiales. Y su rostro ya no estaba hinchado.
No
fue hasta entonces que captó plenamente el significado de aquella voz.
—¡Santa
Madre de Dios! —gimió.
Incluso
en su turbación, una parte de él permanecía apartada del resto, observando
fríamente, y comentando que no había blasfemado desde su infancia, pero ahora
que estaba en la Alegría de Dante parecía estarlo haciendo constantemente.
Desde hacía mucho tiempo había renunciado a utilizar términos blasfemos ya que,
en primer lugar, casi todo el mundo lo hacía, y en segundo lugar, si uno
blasfemaba, demostraba que creía en aquello contra lo cual blasfemaba, y él no
era creyente.
El
frío observador dijo: —Vamos, John, anímate. No te dejes engañar así. No nos
dejemos vencer nunca, ¿eh?
Intentó
reír, pero lo único que consiguió fue emitir algo semejante a un graznido, y
sonaba tan horrible que prefirió olvidarlo.
—Pero
yo la maté —se susurró.
—Dos
veces —dijo.
Se
irguió; se metió la mano en el bolsillo, empuñó la culata de la pistola.
—De
acuerdo, de acuerdo, así que ha resucitado de nuevo, y yo soy el responsable de
ello. ¿Y qué? Puedo matarla de nuevo, una y otra vez, y cuando hayan
transcurrido las siete noches, habrá desaparecido para siempre, y yo me habré
librado de ella para siempre. Así que si he de llenar esta ciudad de uno a otro
extremo con sus cadáveres, está bien, lo haré. Claro que luego la cosa va a
heder espantosamente. —Consiguió esbozar una débil sonrisa—. Pero tampoco voy a
tener que preocuparme de limpiar toda la porquería; ya se encargará de ello el
servicio de limpieza.
Regresó
al coche, pero decidió ir a echar antes una última mirada al cuerpo de Mary.
Había
dos enormes manchas de sangre negruzca en el pavimento y un sangrante rastro de
huellas de pasos que se perdían en la noche, pero la mujer muerta había
desaparecido.
—Bueno,
¿por qué no? —se susurró a sí mismo—. Si tu mente puede producir carne y sangre
y huesos del simple aire, ¿por qué no puede con la misma facilidad reparar la
carne desgarrada y la sangre derramada y los huesos aserrados y reparar el
cuerpo muerto? Después de todo, ese es el Principio de la Menor Resistencia, la
economía de la Naturaleza, la navaja de Occam, la Ley del Mínimo Esfuerzo. No
hay ningún milagro en eso, John, viejo compañero. Y todo tiene lugar fuera de
ti, John. Tu yo interior está seguro, incambiado.
Subió
al coche y lo puso en marcha. Como fuera que la noche parecía algo más
luminosa, avanzó un poco más aprisa. Su mente, también, parecía estar
emergiendo del torpor inducido por los recientes shocks, y estaba pensando con
su anterior fluidez.
—Digo,
"levantaos de entre los muertos", y se levantan —dijo—. Como la hija
de Jairo. Talitha cumi. ¿No soy acaso un dios? Si pudiera hacer esto en algún
otro planeta, sería un dios. Pero aquí —añadió, con una risita que tenía algo
de su antiguo vigor—, aquí soy tan solo un viejo tonto, uno más de esos chicos
que vagabundean por la noche con los demás monstruos.
La
avenida frente a él se ofrecía recta como un rayo láser a lo largo de dos
kilómetros. Normalmente, hubiera debido ser capaz de ver el Templo de Boonta al
final de la avenida. Pero ahora, pese al enorme globo de la luna, a medio
camino allí en el cielo, no podía discernir la estructura más que como una masa
de un color púrpura más oscuro surgiendo de otra masa púrpura más generalizada.
La masa sugería apenas un indicio de que estaba formada de piedra y no de
sombras, que era en sí misma una sustancia y no una sombra. Y era ominosa.
Sobre
ella, la luna brillaba con un color púrpura dorado en el centro y púrpura
plateado en los bordes. Era tan enorme que parecía estar cayendo, y esta
impresión de caída estaba reforzada por la ligera variación de matiz en su halo
púrpura. Cuando Carmody miraba directamente a la Luna, se hinchaba. Cuando
miraba a un lado, se comprimía.
Decidió
no seguir mirando a través del parabrisas a aquel globo ambiguo. No era el
momento de perderse en aquel monstruo, de sentirse infinitamente pequeño y
desamparado bajo aquella masa dominante. Era peligroso concentrarse en algo en
aquellas amenazantes tinieblas. Todo parecía dispuesto a tragárselo. Era un
ratoncito pequeño en medio de gigantescos gatos púrpuras, y aquella sensación
no le gustaba en absoluto.
Agitó
la cabeza intentando despertarse, lo cual era el término correcto. Aquellos
pocos segundos de contemplar la luna casi lo habían adormecido. O, al menos,
aquel breve instante había succionado buena parte de su conciencia. La luna era
una esponja púrpura que absorbía mucho... tremendamente, demasiado. Ahora
estaba a tan solo medio kilómetro del Templo de Boonta, y no recordaba haber
recorrido el último kilómetro y medio.
—¡Hey,
John! —murmuró—. ¡Las cosas están yendo demasiado aprisa!
Detuvo
el coche al pie de la estatua en medio de la avenida. El vehículo quedaría
oculto por la enorme base de la vista de cualquiera que se hallara ante el
Templo. Y también quedaría fuera de campo de cualquiera que estuviera dentro
del Templo y mirando por alguna de las ventanas.
Salió
del coche y se asomó con precaución por un lado de la base. Tan lejos como
podía ver —una distancia limitada entre aquellos velos púrpuras— no se veía
nada viviente. Aquí y allí había algunos pocos cadáveres en el pavimento y
algunos otros más desparramados por la rampa que conducía al gran pórtico del
Templo. Pero nada que ofreciera peligro. No, absolutamente nada, a menos que
alguien se estuviera haciendo el muerto, en la confianza de que el descuidado
transeúnte no sospecharía siquiera que el cuerpo inmóvil, aparentemente sin
vida, podía saltar sobre él y convertirse en el asesino.
Se
acercó prudentemente. Antes de llegar junto a cada uno de los cuerpos, se
detenía para observarlo. Ninguno presentaba el menor signo de vida. Por
supuesto, la mayoría de ellos era imposible que estuvieran aún con vida.
Estaban destrozados, o tan mutilados o desfigurados por las excrecencias o
deformaciones, que no podrían sobrevivir de ninguna manera.
Pasó
por entre los cuerpos y ascendió la rampa. Los oscuros pilares de piedra del
pórtico se erguían majestuosos, con su parte superior oculta por las volutas de
bruma. Las partes inferiores estaban esculpidas en forma de enormes piernas.
Algunas de ellas eran femeninas, otras masculinas.
Más
allá de las enormes piedras no había más que sombras... sombras y silencio.
¿Dónde estaban los sacerdotes y las sacerdotisas, el coro, los porteadores, las
aullantes mujeres rojas de la cabeza a los pies por su propia sangre,
esgrimiendo los cuchillos con los cuales se laceraban? Antes —¿cuánto tiempo
antes?—, cuando había asistido a los rituales, había sido un hombre perdido
entre cientos de hombres, sumido en un aplastante ruido. Ahora, la oscuridad y
un canturreante silencio...
¿Vivía
realmente el dios Yess en el Templo, como insistían todos los kareenianos con
los que había hablado? Estaba aún Yess en el Templo, aguardando a que
transcurriera otra Noche de Luz? Se decía que Yess no podía estar nunca seguro,
durante este período de tiempo, de que su Madre no fuera a retirarle su gracia.
Si
Algul vencía, entonces Algul, o más bien uno de sus discípulos, mataría a Yess.
Algunas veces, decía el mito, un seguidor de Algul podía hacerse tan fuerte
—tan malvadamente fuerte— que podía ser capaz de matar al dios Yess. Luego,
cuando terminara la Noche y los Durmientes despertaran, reinaría el nuevo dios.
Y los seguidores de Algul serían quienes dominarían hasta que empezara la
próxima Noche.
El
corazón de John Carmody latía fuertemente. ¿Qué otro acto había más grande que
matar a un dios? ¡Un deicidio! Hasta ahora era una cosa que tan solo un hombre
entre muchos millones podía vanagloriarse de haber hecho. Un deicidio. Y si su
reputación había sido grande antes, conocida en toda la galaxia, ¿cuál iba a
ser a partir de ahora? Su robo del Fuego Perenne del Starinof no fue nada
comparado con esto. ¡Nada!
Hasta
ahora, se dijo, no había hecho nada. Aferró la culata de su pistola, luego
relajó su mano porque la había crispado en exceso. Anduvo entre los tobillos de
una mujer de piedra. El color violeta se condensó en negro, pero siguió andando
lentamente, paso a paso, hacia adelante. No podía ver nada frente a él. En un
momento dado se giró para mirar atrás. Había luz allí, o al menos una cierta
luminosidad, un resplandor cerúleo entre las piernas de las estatuas. Más allá,
las tinieblas no parecían intensificarse. De todos modos, la luz oscilaba, como
una vela ondulando al viento.
Se
enfrentó de nuevo a la oscuridad del Templo. No sabía lo que significaba
aquella oscilación de la luz, pero había conseguido transmitirle el sentimiento
de una amenaza que superaba en mucho los numerosos peligros con que se había
enfrentado durante aquella larga noche.
¿A
menos que fuera proyectada por alguien para forzarle a penetrar en el Templo?
Hizo
una pausa. No le gustaba en absoluto la idea de que alguien sabía que estaba
allí, estaba esperándole y tenía la intención de capturarle.
—No
dejes que te asusten ahora, John —murmuró—. Infiernos, ¿alguna vez te has
sentido tan nervioso? Entonces, ¿por qué tienes que estarlo en este momento?
Incluso si ahora se trata de Lo Grande, no dejes que te avasalle. No tienes que
permitírselo. Además, ¿cuál es la maldita diferencia, lo mires por donde lo
mires? O lo consigues o no lo consigues, y punto.
De
todos modos, me gustaría conseguirlo. Mostrárselo a todos esos bastardos.
No
sabía lo que quería decir exactamente con esta última observación, y no se
preocupó en averiguarlo. ¿Qué había de malo en pasarles la mano por la cara a
todos los demás? Y por otro lado ¿qué importancia tenía?
Apartó
la idea de su cabeza. Tenía que hacerlo, ahora y aquí, y eso era todo. Se había
comprometido, así que adelante.
Repentinamente,
sin ninguna indicación sensorial, supo que había pasado del pórtico al interior
del Templo. No se produjo la más mínima modificación, ni en más ni en menos, de
luz ni sonido. Pero supo que estaba dentro. Sin ser capaz de verlo, pudo visualizar
el suelo de pulida piedra rojiza que se extendía al menos a lo largo de medio
kilómetro desde la entrada hasta la pared del fondo. Los lados de la estancia
tenían también la lisura del cristal. Se inclinaban imperceptiblemente, en una
ligera curva que le hacía adoptar la forma de una esfera. En contraposición a
la estructura externa, que era una borrachera de imágenes de piedra, las
paredes interiores eran tan lisas y desnudas como la cáscara de un huevo.
Avanzó
con lentitud. Sus rodillas temblaban ligeramente; estaba tenso, preparado para
saltar al menor sonido o al primer contacto. Las tinieblas se congelaban a su
alrededor. Eran densas, y parecían penetrar en sus oídos y ojos y nariz,
haciendo la negrura que anidaba en su cuerpo más densa todavía. Cuando se giró
para mantener una idea de la dirección por la cual había penetrado, ya no pudo
distinguir el contorno del pórtico. Era una mota de polvo en un rayo de no luz.
Pero
él no estaba flotando, él conservaba su poder de decisión. Nada lo movía
excepto él mismo, y tenía un destino.
Pese
a todo, estaba necesitando mucho tiempo para alcanzarlo. Paso a paso, a lo
largo de medio kilómetro, con frecuentes pausas para escuchar, es algo que toma
tiempo. Finalmente, cuando se estaba preguntando si no se estaría apartando de
su rumbo, los dedos de sus pies tocaron algo sólido. Se inclinó para palparlo
con su mano. Era el primer peldaño. Levantó su pie, lo apoyó contra la roca,
avanzó. El segundo peldaño detuvo su cauteloso tanteo. Lo subió y siguió
arrastrando sus pies hasta que tropezó con el trono.
—Veamos
—murmuró—. El trono mira hacia ese lugar, hacia la entrada. Así, si avanzo en
línea recta a partir de su respaldo, llegaré a la pequeña entrada que hay en la
pared. Y tras ella...
Tras
aquella pared, le habían dicho, estaba el Arga Uboonota, el Santo de los
Santos. Para entrar en él, uno empujaba la pared, y una puerta de piedra se
abría hacia dentro. Se suponía que la cámara a la que daba acceso esa puerta
estaba reservada únicamente a los elegidos de entre los elegidos. Eso
significaba los altos sacerdotes y sacerdotisas, los grandes hombres de estado
y, por supuesto, los arrshkiim. Esa palabra kareeniana podía ser traducida como
los que han pasado", aquellos que habían sobrevivido a la Noche de Luz.
En
aquella cámara se celebraban los más altos misterios. También en ella, si uno
creía a los kareenianos, habían nacido los dioses Yess y Algul. En aquella
estancia, la Gran Diosa Boonta daba a conocer a veces su presencia. Y allí se
producía la comunión mística de los Siete Buenos o de los Siete Malvados para
procrear a Sus hijos. La propia puerta, por lo que había entendido, no estaba
nunca cerrada. Ningún kareeniano que no se considerara digno se atrevería a
abrirla ni a echar siquiera una mirada dentro si la hallaba accidentalmente
abierta. Y los elegidos la cruzaban con un sentimiento de extremo peligro.
—Boonta
no se preocupa demasiado de lo que come, y a menudo está hambrienta —era un
proverbio kareeniano. El que lo pronunciaba nunca lo desarrollaba, quizá porque
no sabía más que el proverbio en sí y nunca había considerado sus
implicaciones. Quizá tenía miedo de considerarlas. Pero el que lo pronunciaba
siempre hacía la señal del círculo mientras lo decía, como si aquello lo
protegiera.
John
Carmody se había convencido de que la religión kareeniana estaba basada en un
fraude que utilizaba la superstición para extenderse, como hacían todas las
demás religiones. Ahora ya no estaba tan seguro de que no existieran algunos
elementos genuinos en el boontismo. Demasiados acontecimientos que podían ser
considerados como increíbles se habían producido ya.
Su
mano derecha extendida, la que tenía libre, tocó la pared. La piedra le pareció
caliente, demasiado caliente. Era como si hubiera fuego al otro lado.
Empujó
y la pared cedió. La puerta se estaba abriendo. Ninguna luz surgió del otro
lado. Estaba tan oscuro dentro como fuera.
Durante
un largo momento permaneció inmóvil, con su mano apoyada contra la pared que
era puerta, sin desear entrar ni quedarse allí. Si entraba y dejaba que la
puerta se cerrara a sus espaldas, quizá se encontrara atrapado.
—¡Al
infierno! —murmuró—. O todo o nada.
Empujó
más fuerte y entró, y la puerta cedió sin el menor sonido. Aunque mantuvo su
mano lo más cerca de ella que le fue posible, o al menos lo intentó, no
consiguió notar ningún desplazamiento de aire cuando se cerró. Pero se cerró,
sin que conociera ningún medio para abrirla de nuevo. Lo intentó, pero no
consiguió moverla en lo más mínimo.
Por
un momento dudó de si usar su linterna. Con ella podría ser capaz de detectar a
cualquiera que avanzara hacia él, que intentara sorprenderle, dar el primer
golpe. Pero, si su presencia no era conocida, sería una locura revelarla. No,
seguiría moviéndose en la oscuridad, que hasta ahora había sido su aliada. Él
era el gato; los otros hombres, los ratones.
Avanzó
lentamente, deteniéndose a cada tres pasos para escuchar. El silencio zumbaba.
Podía oír el pulsar de su sangre en sus oídos e incluso, creía, los latidos de
su corazón.
¿Pero
era realmente su corazón?
Había
un thum-thum de palillos envueltos en lana golpeando contra el parche de un
lejano tambor. Y sin embargo, algo en el ruido le indicaba que estaba muy
próximo, tanto como para ser el eco de un corazón muy cerca del suyo.
Se
giró lentamente, intentando localizar el origen del sonido. ¿O era el fantasma
de un sonido? ¿O podía ser alguna especie de maquinaria girando lentamente, o
un pistón ligeramente fuera de fase con el resto de la maquinaria en el
interior de su propio pecho?
Quizá,
pensó, esta cámara posea una resonancia que detecte, amplificados y
reproyectados, los ruidos de las lentas convulsiones de mi corazón.
No,
aquello era absurdo.
Entonces,
por Dios, ¿qué era aquello?
El
aire reptaba sobre él, helándole mientras discurría sobre el sudor de su
rostro. La temperatura de la propia estancia no era ni demasiado cálida ni
demasiado fría. Pero él estaba transpirando como si se hallara en un lugar muy
caliente, y al mismo tiempo temblaba como si tuviera frío. Además, estaba
captando ahora un olor como el que nunca había olfateado antes. Era el olor de
la piedra antigua; de alguna forma, reconocía su identidad.
Maldijo
silenciosamente y se obligó a sí mismo a dejar de temblar. Lo consiguió, pero
ahora era el propio aire el que parecía estar temblando.
¿Era
el equivalente físico de las manifestaciones psíquicas que ya se habían
producido varias veces antes? ¿Cuándo el aire había parecido endurecerse,
reverberar como transformándose en una espejeante jalea? ¿Se estaba Mary
formando de nuevo ante él? ¿En aquella oscuridad?
Sus
ojos brillaron, y su boca se abrió en un gruñido.
La
mataré, pensó. ¡La mataré! No va a quedar nada de ella... nada excepto grumos
de sangre. La destruiré de tal forma que nunca más volverá a aparecer.
Sin
preocuparse de lo que podía resultar si revelaba su presencia, tomó la linterna
del bolsillo de su chaqueta. El rayo brotó a través de un enorme espacio, y su
círculo se proyectó en la pared del otro lado. Piedra veteada de rojo oscuro
que formaba espirales sobre un blanco carnoso.
Paseó
el rayo por la enorme estancia. Lo detuvo. Una estatua de piedra se erguía
hacia el techo. Tendría unos sesenta metros de alto, una mujer titánica,
desnuda, con numerosos e hinchados senos. Una de sus manos estaba petrificada
en el acto de arrancar un chillante bebé de su vientre. Su otra mano apretaba
un segundo niño. Este estaba gritando mudamente de terror, ya que la boca de la
mujer estaba abierta —una boca repleta de colmillos— y estaba a punto de morder
la cabeza del niño.
Otros
niños estaban esparcidos en torno a su cuerpo. Algunos estaban mamando de sus
múltiples pechos. Algunos caían de ellos, sorprendidos petrificadamente en su
caída, intentando agarrarse a los pezones sin conseguirlo.
El
rostro de la diosa Boonta era un estudio perfecto de doble personalidad. Un
ojo, fijo en el bebé que estaba a punto de ser devorado, era cruel y salvaje.
El otro estaba entrecerrado, calmado, maternal, y estaba posado en el bebé que
se agarraba plácidamente en su más próximo pecho. Un lado de su rostro era
amante, el otro maléfico.
—Muy
bien —murmuró Carmody—. Entiendo el mensaje. Así que esta es la gran Boonta. El
asqueroso ídolo de una asquerosa bandada de asquerosos bárbaros.
Bajó
el rayo de su linterna. Agarrado a cada una de sus piernas había un niño de
piedra, ambos de unos cinco años de edad, comparando sus proporciones con las
de Boonta. Yess y Algul, supuso. Ambos miraban hacia arriba, y su expresión era
de esperanzado miedo o de amedrentada esperanza.
—Podéis
esperar de ella un montón de amor maternal —dijo Carmody—. Tanto como yo recibí
de mi madre... ¡la mala puta!
Al
menos, pensó, su madre no se había materializado de repente en el aire.
Lástima. Hubiera sentido tanto placer reventándole las tripas como lo había
sentido tras la materialización de Mary.
Continuó
paseando el rayo por el recinto. Lo detuvo cuando iluminó un altar de piedra
cubierto a medias por una especie de terciopelo rojo vino. Sobre aquel altar,
en el centro, había un enorme candelabro dorado. Tenía una base redonda y un
grueso pedestal con una serpiente dorada enrollada justo hasta debajo del lugar
previsto para la vela. La vela, sin embargo, no estaba.
—Me
la estoy comiendo —dijo un kareeniano.
Carmody
dio un salto, y estuvo a punto de apretar el disparador de su automática. Su
linterna iluminó al hombre desnudo que estaba sentado en una silla. Era alto y
bien proporcionado. Su rostro era, según los cánones kareenianos e incluso
humanos, agraciado.
Pero
era viejo. Sus cabellos azules, muy finos, eran casi blancos, al igual que su
vello púbico. Su rostro y su cuello estaban llenos de arrugas.
El
kareeniano dio otro mordisco a la semicomida vela. Sus mandíbulas se movieron
vigorosamente mientras sus azules ojos permanecían fijos en Carmody. El
terrestre se detuvo a unos pocos pasos de él.
—El
gran dios Yess, supongo —dijo. —Conozco la referencia de la frase —dijo el
kareeniano—. Es usted un tipo frío. Para responder a su pregunta, sí, soy Yess.
Pero no por mucho tiempo.
Carmody
decidió que el kareeniano no representaba un peligro inmediato. Siguió su
examen de la estancia a la luz de la linterna. En uno de los extremos había una
arcada con una escalera ascendente. Arriba, proyectándose a partir de la pared
y a una altura de unos cuarenta metros, había un balcón. Era lo suficientemente
grande como para alojar una cincuentena de espectadores cómodamente sentados en
hileras de sillas. La pared del otro lado tenía la misma arcada y el mismo
balcón. Eso era todo. La sala contenía tan solo la gigantesca estatua de
Boonta, el altar con el candelabro, la silla, y el hombre —¿dios?— en ella.
¿Yess,
o un señuelo?
—Soy
realmente Yess —dijo el kareeniano.
Carmody
se sobresaltó.
—¿Puede
usted leer mi mente?
—No
se deje dominar por el pánico. No, no puedo leer su mente. Pero puedo percibir
sus intenciones.
Yess
tragó su bocado. Tras un suspiro, dijo:
—El
Sueño de mi pueblo es turbado. Están teniendo una pesadilla. Los monstruos
surgen de las profundidades de su ser. De otro modo, usted no estaría aquí.
¿Quién sabe lo que verá esta noche? ¿Quizá... el tiempo del triunfo de Algul?
Está impaciente tras su largo exilio. —Hizo la señal del círculo—. Si Madre lo
quiere.
—Mi
curiosidad me causará la muerte —dijo Carmody. Se rió, pero cortó bruscamente
su risa cuando el eco regresó brutalmente hasta él desde las masivas paredes.
—¿Qué
quiere decir con eso? —preguntó Yess.
—No
mucho —respondió Carmody. Estaba pensando que debería matar a aquel hombre
—dios— en cuanto tuviera una oportunidad. Si aparecían los servidores de Yess,
podrían ponerle difíciles las cosas al hombre que proyectaba matar a su dios.
Por otro lado, ¿y si el kareeniano no era Yess sino tan solo un impostor o un
señuelo? Lo mejor sería aguardar y asegurarse. Además, aquella podía ser su
única oportunidad de charlar con una deidad.
—¿Qué
es lo que desea? —dijo Yess. Mordió un pequeño trozo de la vela y empezó a
masticar.
—¿Puede
proporcionármelo? —dijo Carmody—. No es que me importe realmente. Estoy
acostumbrado a obtener lo que deseo. La caridad, darla o recibirla, no es uno
de mis vicios.
—Entonces
debe ser uno de los pocos vicios que no posea —dijo Yess. Miró calmadamente al
terrestre, luego sonrió—. ¿Qué es lo que desea?
—Eso
me recuerda la historia del príncipe mago —respondió Carmody—. Lo deseo a
usted.
Yess
alzó sus plumosas cejas.
—No
realmente. Resulta obvio que es usted un discípulo de Algul. Es algo que brota
de cada poro de su piel, es irradiado con cada latido de su corazón. Hay maldad
en su aliento.
Yess
inclinó la cabeza, sin dejar de mirarle. Luego cerró los ojos.
—Y
sin embargo... hay algo.
Abrió
los ojos.
—Pobre
diablo. Pobre miserable cucaracha engreída y doliente. Morirá envaneciéndose de
haber vivido como ningún otro hombre se ha atrevido a vivir. Usted...
—¡Cállese!
—gritó Carmody. Luego sonrió y dijo suavemente—: Es usted muy bueno irritando,
¿no cree? Pero nunca lo hubiera conseguido si yo no hubiera pasado antes por
todo lo que he tenido que pasar, por los infernales efectos de esta Noche.
Suficientes para volver loco a un hombre.
Apuntó
a Yess con su pistola.
—No
va a conseguir que me irrite de nuevo. Pero puede felicitarse por haberlo
conseguido hace un momento... aunque esos de ahí no estén con vida para poder
congratularse por ello.
Hizo
un gesto con la pistola hacia la vela que Yess tenía en la mano.
—¿Y
en nombre de qué locura está comiendo eso? Seguro que los ratones de la iglesia
son más bien pobres, pero ¿acaso los dioses que viven en los templos son pobres
también?
—Usted
no ha comido nunca nada tan delicioso —respondió Yess—. Esta es la vela más
cara del mundo. Está hecha con los huesos molidos de mi predecesor, una harina
mezclada con la cera excretada por el divino pájaro trogur. El trogur es
sagrado para mi Madre, como ya debe saber. Tan solo existen veintiuno de esos
incomparablemente hermosos pájaros viviendo en mi planeta o en todos los demás
planetas del universo, y son cuidados por las sacerdotisas del templo de la
isla de Vantrebo.
Cada
siete años, precisamente antes de que empiece la Noche, una pulgarada de polvo
de los huesos del Yess que murió hace 763 años es amasada en la cera de trogur.
La vela así formada con el polvo de los huesos del dios y la cera es colocada
en esta mesa, y es prendida. Yo me siento aquí y aguardo mientras los millones
de Durmientes dan vueltas y se agitan y gruñen en su drogado Sueño. Y mientras
las pesadillas revolotean y atacan y matan en las calles de Kareen.
Cuando
la vela ha ardido un poco, soplo la llama. Y, según un ritual viejo de eones,
me como la vela. Haciendo eso, entro en comunión con el dios muerto, que al
mismo tiempo está vivo, y comparto su divinidad. Me alimento con su divinidad.
Algún
día, quizá esta Noche, moriré. Y mi carne será arrancada de mis huesos. Mis
huesos serán molidos hasta formar como una harina, y esa harina será mezclada
con cera de trogur y convertida en una vela. De septenio en septenio, una parte
de mí será así quemado en una ofrenda a mi pueblo y a mi Madre. El humo de la
vela ardiendo ascenderá y se filtrará por los sistemas de ventilación y saldrá
al aire de la Noche. Y no solo seré quemado, sino también comido por el dios
que me seguirá. Eso es, si el dios es Yess.
Ya
que un Algul nunca comerá a un Yess, al igual que un Yess nunca comerá a un
Algul. El mal se alimenta del mal, y el bien del bien.
Carmody
sonrió ampliamente y dijo:
—¿Cree
realmente en todas estas estupideces?
—Las
sé.
—Todo
eso es magia primitiva —dijo Carmody—. Y usted, un ser que se autoproclama
civilizado, está embaucando a sus discípulos, esos pobres, ciegos y
supersticiosos estúpidos.
—En
absoluto. Si yo estuviera en la Tierra, su acusación podría estar justificada.
Pero usted ha sobrevivido hasta este momento a través de la Noche, un mal
presagio para mí, y tiene que saber que cualquier cosa es posible.
—Estoy
seguro de que todo es explicable por medios físicos todavía desconocidos.
Además, no me preocupa. Le diré tan solo una cosa. Usted va a morir.
Yess
sonrió y dijo:
—¿Y
quién no va a morir?
—¡Quiero
decir ahora! —restalló Carmody.
—Habré
vivido 763 años. Empiezo a sentirme cansado, y un dios cansado no es bueno para
el pueblo. Además, mi madre no quiere tampoco un hijo débil. Así que, gane Yess
o Algul esta noche, yo deberé morir igualmente.
Estoy
preparado. Si no es usted el instrumento de mi muerte, otro lo será.
—¡Yo
no soy el instrumento de nadie! —aulló Carmody—. ¡Hago lo que quiero, y los
planes que preparo son absolutamente míos! ¡Sólo míos, ¿entiende?!
Yess
sonrió de nuevo.
—Entiendo.
¿Está usted intentando irritarse lo suficiente como para lograr la decisión de
matarme?
Carmody
apretó el disparador. Yess y la silla en la cual estaba sentado saltaron hacia
atrás bajo el impacto del chorro de balas explosivas. Carne y sangre salpicó en
pequeños fragmentos, se condensó en pequeñas masas, revoloteó a su alrededor y
cayó como una lluvia sobre él. Su cabeza saltó en pedazos. Sus brazos se
levantaron y gesticularon, sus pies se agitaron como movidos por invisibles
hilos. El movimiento lo volcó a él y a la silla, y cayó con un crujido.
Carmody
dejó de hacer fuego tan solo cuando el cargador estuvo vacío. Entonces se
inclinó y depositó la linterna en el suelo. A su luz, hizo saltar el cargador
vacío y lo reemplazó por otro lleno.
Su
corazón latía salvajemente; sus manos temblaban. Aquella era la culminación de
su carrera, su obra maestra. Le gustaba considerarse como un artista, un gran
artista en el crimen, si no el más grande. Algunas veces se reía ante esta
idea, burlándose de sí mismo. Pero pensaba en ello demasiado a menudo, de modo
que seguramente creía en ello. Si existían los artistas, él era uno. Y nadie
podía superarle ahora. ¿Quién otro había matado a un dios?
Sin
embargo, se sentía un poco triste. ¿Qué podía hacer ahora que fuera superior a
aquello?
Se
dijo que ya pensaría algo. En un universo tan amplio, algo mucho más soberbio
que aquello le estaría esperando. Todo lo que tenía que hacer era salirse de
esta situación y buscar otro desafío de mayor envergadura.
Por
un lado, no podía contar aquello como un éxito absoluto hasta que no se hubiera
salido de ello vivo y sin ser capturado. Una auténtica obra de arte debía de
ser rematada hasta su último detalle. No lo capturarían. No era como una
polilla que se deja quemar en la llama de la belleza del acto.
Carmody
tomó de su bolsa de cintura un pequeño recipiente plano. Tras quitarle el tapón
lo apretó, y el líquido que contenía se derramó sobre el cadáver. Tras
comprobar que el cuerpo quedaba cubierto por una fina película del fluido, se
apartó de él. Otro recipiente, mucho más pequeño que el primero, salió de su
bolsa. Un chorro pulverizado surgió de la finísima abertura de su extremo y
tocó la película del líquido. Yess ardió en llamas. Humo, y el acre olor de
carne quemándose, surgió y se extendió por la sala.
Carmody
sonrió. Los kareenianos no serían capaces de fabricar una vela sagrada con la
harina de los huesos de su dios. El panpírico no dejaría de actuar hasta que
todo el cuerpo quedara reducido a cenizas.
Pero
había la vela semicomida que había soltado Yess cuando las balas lo alcanzaron.
Carmody se inclinó y la tomó. Al primer momento pensó en quemarla también.
Luego sonrió. Y comió la vela. La sustancia cerúlea tenía un gusto ligeramente
amargo, aunque no desagradable. La engulló fácilmente, sonriendo ante el
pensamiento de que estar comiendo aquella vela era un acto único, mientras que
el asesinato tenía tan solo una importancia histórica. Otros Yess anteriores
habían sido muertos, aunque no por un terrestre. Pero nunca, al menos por lo
que sabía, nadie aparte el hijo-dios de Boonta había comido la vela-dios.
Mientras
comía, buscó alguna salida a la luz de las llamas, a través de las movientes
ventanas formadas por los remolinos de humo. Vio, entre las piernas de Boonta,
una abertura en la pared. De algún modo le había pasado desapercibida antes,
cuando había barrido la pared con el rayo de su linterna. No era más alta que
su cabeza y muy estrecha. De hecho, mientras andaba hacia ella se dio cuenta de
que tendría que colocarse de lado si quería pasar por ella.
Ahora
pagaba por sus pasados excesos. Su barriga era demasiado prominente; y aquello
hizo que quedara encajado en la abertura como un tapón demasiado grande en el
cuello de una botella de vino.
Mientras
maldecía y se debatía, se preguntó cómo pasarían los demás por aquella
abertura. Luego se le ocurrió que muchos hombres simplemente no podrían
utilizarla. Así pues, no era la puerta habitual que conducía al otro lado.
Entonces, ¿qué otra clase de puerta era?
¡Una
trampa!
Se
extrajo violentamente y echó a correr alejándose unos pasos. Cuando se giró,
vio que la arcada, que le había parecido ser de piedra como la pared en la que
había quedado atrapado, se estaba cerrando lentamente.
Así
pues, al menos una parte de la pared estaba compuesta de pseudosilicona. Pero
aquel conocimiento no le servía de nada. No poseía la llave necesaria para
abrirse un camino.
Surgieron
voces tras él. Hombres y mujeres gritaron. Se giró, para ver que la puerta por
la que había entrado, y que se había cerrado tras él, estaba de nuevo abierta
de par en par. Varios kareenianos la habían franqueado. Otros les seguían. Los
primeros señalaban horrorizados el cadáver ardiendo.
John
Carmody gritó y se lanzó contra ellos a través del humo. Algunos intentaron
detenerle, pero los derribó. Los que estaban en la puerta saltaron dentro,
gritando y apartándose de su camino, o retrocedieron corriendo, sumergiéndose
de nuevo en la bruma púrpura.
Carmody
corrió tras ellos. Tosía, y sus ojos le ardían y lagrimeaban. Pero siguió
corriendo hasta que hubo cruzado las puertas exteriores y sus pulmones se
vieron libres del humo y del hedor. Entonces refrenó su marcha, convirtiéndola
en un andar rápido. Un cuarto de kilómetro más adelante se detuvo. Algo yacía
en la avenida ante él. Parecía un hombre, pero estaba rígido y duro, y había
una cualidad en él y en la rigidez de sus miembros que lo impulsaron a
investigar de más cerca.
Era
la estatua a tamaño natural de Ban Dremon, caída de su pedestal.
Miró
hacia arriba del pedestal. Ban Dremon —otro— estaba de pie en lo que tendría
que ser un lugar vacío.
Se
agarró al borde de la base de mármol, que estaba a unos treinta centímetros por
encima de su cabeza, y con un movimiento a la vez suave y poderoso se izó. Un
momento más tarde, pistola en mano, se enfrentaba nariz contra nariz con la
estatua.
No
era ninguna estatua. Era un hombre, un nativo.
Estaba
en la misma actitud que el desalojado Ban Dremon, el brazo derecho levantado en
un saludo, el izquierdo sujetando un bastón, la boca abierta como si estuviera
dando una orden.
Carmody
tocó la piel de su rostro, mucho más oscura que lo normal en los kareenianos,
pero no tan oscura como el bronce de la estatua.
Era
dura, lisa y fría. Si no era metal, podía pasar por él. Tanto como podía
determinarlo a la incierta luz, los ojos habían perdido su color brillante.
Apretó sus pulgares en ellos y comprobó que eran tan resistentes como el
bronce. Pero cuando metió un dedo de su mano izquierda en la abierta boca, notó
que la parte posterior de la lengua cedía un poco, como si la carne bajo el
revestimiento metálico fuera aún blanda. La boca, sin embargo, estaba tan seca
como la de cualquier estatua.
Veamos,
pensó, ¿puede un hombre convertir su protoplasma, que según recuerdo tiene tan
solo unos pequeñísimos indicios de cobre y nada de estaño, en una aleación
sólida? Incluso aunque esos elementos estuvieran presentes en cantidades lo
bastante importantes como para formar bronce, ¿qué cantidad de calor
necesitaría para que la aleación se formara?
La
única explicación en que podía pensar era que el sol había proporcionado la
energía y el cuerpo humano había proporcionado el proceso y, de algún modo, las
materias primas necesarias. La psique tenía carta blanca durante las siete
noches del Riesgo; utilizaba, aunque fuera inconscientemente, fuerzas que
debían existir en todo momento a su alrededor pero de las cuales no tenía
ningún conocimiento.
Si
era así, pensó, el hombre podía ser, potencialmente, un dios. O si dios era un
término demasiado fuerte, entonces podía ser un titán. Un titán más bien
estúpido, de todos modos, ciego, un Cíclope afectado de cataratas. ¿Qué hacía
que un hombre no pudiera detentar ese poder en otros momentos más que durante
la Noche? ¿Ese inmenso poder de doblar el universo a su voluntad? Nada sería
imposible, nada. Un hombre podría trasladarse de un planeta a otro sin
espacionave, podría saltar de la Avenida del Templo de Boonta en la Alegría de
Dante a 1.500.000 años luz de allí, a Broadway, en pleno Manhattan, en la
Tierra. Podría convertirse en cualquier cosa, hacer cualquier cosa, quizá
proyectar soles a través del espacio tan fácilmente como un muchacho lanza una
pelota de béisbol. El espacio y el tiempo y la materia no serían ya muros
infranqueables, sino puertas susceptibles de ser cruzadas.
Un
hombre podía convertirse en cualquier cosa. Podía convertirse en un árbol, como
el marido de la señora Kri. O, como aquel hombre, en estatua de bronce, cavando
de algún modo con invisibles manos hasta las profundidades de la tierra,
extrayendo los minerales, fundiéndolos sin ayuda de las paredes de un horno ni
del calor, y depositándolos directamente en sus células sin matarse
inmediatamente.
Había
un impedimento. Eventualmente, habiendo conseguido lo que deseaba, moriría. Aún
siendo capaz de realizar el milagro de la metamorfosis, no era capaz de
realizar el milagro de seguir viviendo.
Aquella
semiestatua moriría, al igual que moriría Skelder cuando su demente lujuria
hubiera hinchado aquel monstruoso miembro que había hecho crecer para
satisfacer su avidez, se hinchara hasta convertirse en algo tan grande como él
mismo, y él, convertido entonces en apéndice del miembro, se hallara
inmovilizado, incapaz de hacer nada excepto alimentarse y utilizar su corazón
para bombear la sangre suficiente para mantenerse con vida, él y el parásito
que había crecido hasta convertirse en algo tan grande como su huésped.
Moriría, como moriría Ralloux en el calor de su imaginaria llama del Infierno.
Todos ellos morirían a menos que invirtieran el salto de sus mentes y el fluir
de la carne que los precipitaba en tan ricos mares de cambios.
¿Y
qué ocurre contigo, pensó, qué ocurre contigo, John Carmody? ¿Es Mary lo que
deseas? ¿Por qué? ¿Y qué daño puede hacerte su resurrección? Los otros
obviamente sufren, están condenados, pero tú no puedes ver ninguna condena en
el hecho de dar nacimiento de nuevo a Mary, ningún sufrimiento. ¿Por qué eres
una excepción?
Yo
soy John Carmody, susurró. Siempre he sido, soy y seré una excepción.
Desde
detrás y debajo de él le llegó un fuerte rugido, como el de un león. Algunos
hombres gritaron. Otro rugido. Un gruñido. Un hombre gritó como en una agonía
de muerte. Otro rugido. Luego un extraño sonido como el estallido de un enorme
saco. Vagamente, Carmody notó que sus tobillos estaban húmedos.
Miró
sorprendido a su alrededor y vio que la luna se había puesto y que el sol había
salido. ¿Qué había estado haciendo durante toda la noche? ¿Había estado de pie
allí en aquel pedestal soñando durante las horas violetas?
Parpadeó
y agitó la cabeza. Se había dejado atrapar por los pensamientos de bronce de
aquella estatua, había sentido lo que ella, había frenado el tiempo y lo había
dejado que chapoteara a su alrededor suave y soñadoramente, tal como había
experimentado la dura lujuria escarlata de Skelder, los movimientos líquidos y
fundentes de Mary hacia el clérigo-sátiro, el impacto de las balas penetrando
en ella, el terror de la muerte, de la disolución, y la agonía carnal de
Ralloux en su muralla de llamas y la agonía de su alma ante la condenación
humana... al igual que había sentido todo aquello, se había dejado atrapar
ahora en la filosofía mineral de aquella criatura; y quizá hubiera terminado
como había terminado ella si algo no lo hubiera arrancado de la fatal
contemplación. Incluso ahora, emergiendo de su ¿coma?, se sentía tentado por la
silenciosa paz, por el dejar que el tiempo y el espacio fluyeran, suave y
blandamente.
Pero
al segundo siguiente estuvo completamente despierto. Acababa de intentar
apartarse y había descubierto que estaba anclado más que mentalmente. El dedo
que había metido en la boca de la estatua estaba estrechamente aprisionado
ahora entre sus dientes. Por muy violentamente que tirara, no conseguía
liberarlo. No sentía ningún dolor en él, solo un entumecimiento. Eso era
debido, supuso, a que la circulación de la sangre había quedado interrumpida.
Sin embargo, debería sentir algún dolor. Si aquella ambivalencia de
pensamientos había ido tan lejos que su propia carne había cambiado...
El
hombre-estatua no debía estar aún completamente transformado; debía quedarle
aún alguna sensación en la base más blanda de la lengua. Reaccionando
automáticamente —o quizá maliciosamente—, había cerrado lentamente sus
mandíbulas durante la noche, y cuando el sol selló el proceso de fundir la
carne en completo bronce, sus mandíbulas estaban casi cerradas. Ninguna fuerza
conseguiría abrirlas de nuevo, ya que el alma que albergaba aquel cuerpo en su
interior había desaparecido. O, al menos, Carmody no podía detectar ningún
sentimiento ni pensamiento emergiendo de él.
Miró
a su alrededor, ansioso no solo debido a que todavía no sabía cómo librarse de
aquella trampa sino también por su expuesta situación. Lo peor era que había
dejado caer su pistola. Yacía a sus pies, pero aunque flexionara sus rodillas y
tendiera todo lo que le fuera posible su mano izquierda, sus dedos quedaban aún
a unos pocos centímetros de distancia.
Poniéndose
de nuevo en pie, se permitió el lujo de lanzar una retahíla de maldiciones.
Aquella explosión verbal era ridícula, sin el menor uso práctico. Pero
ciertamente sirvió para distenderle algo.
Miró
a ambos lados de la calle. Nadie a la vista.
Miró
hacia abajo, recordando entonces que había sentido la impresión de que sus
piernas se habían mojado durante la noche. Sangre seca manchaba sus sandalias y
salpicaba las rayas verdes y blancas de sus elegantes pantalones.
—Oh,
no, no de nuevo —murmuró, pensando en el chorro de sangre en la cocina de la
señora Kri. Pero un examen más detallado le mostró que esta vez Mary no era la
responsable. El chorro había brotado de las heridas infligidas al cuerpo de un
monstruo, que yacía boca arriba en la base del pedestal, con sus muertos ojos
fijos en el purpúreo cielo. Era dos veces más grande que un kareeniano medio y
estaba recubierto de velloso pelo azulado. Aparentemente los pelos de su
cuerpo, anteriormente no más densos que los de un terrestre, se habían espesado
hasta formar una apretada mata. Sus piernas y pies se habían ensanchado, como
los de un elefante, para soportar su peso. De sus ancas surgía una larga cola
afiladamente ahusada, que con el tiempo se hubiera parecido a la de un
tiranosaurus rex. Sus manos habían degenerado en garras, y su rostro asumido un
perfil bestial, alargado, las mandíbulas más recias, provistas de grandes
músculos, equipadas con afilados dientes. Estaban apretadamente cerradas en
torno a un brazo que debía haber sido arrancado de algún infeliz, probablemente
uno de los que lo habían matado durante la lucha que debía haberse producido.
Pero de los demás no había ninguna otra señal excepto grandes rastros en la
calle y en la acera.
Los
seis hombres giraron en aquel momento la esquina y se detuvieron al verle.
Parecían estar desarmados, pero había algo en la concentración de sus
expresiones que lo alarmó. Tiró violentamente de su dedo, una y otra vez, hasta
que jadeando, sudando, no pudo hacer otra cosa más que mirar directamente al
frío rictus y a los rígidos ojos de la estatua y maldecirla. Antes, pensó, esta
cosa había sido humana, y por lo tanto se podía forcejear con ella, ya que
estaba hecha de débil carne y de sangre. Pero ahora, muerta y convertida en
resistente, indiferente metal, estaba más allá de toda argumentación, más allá
de cualquier palabra.
Rechinó
sus dientes en una silenciosa agonía, y pensó: Si no quieren ayudarme, y no hay
ninguna razón para que quieran, entonces deberé sacrificar mi dedo. Es lógico;
es lo único que puedo hacer si quiero verme libre. Puedo tomar mi cuchillo del
bolsillo y...
Uno
de los hombres dijo burlonamente, como si hubiera estado leyendo los
pensamientos de Carmody:
—¡Vamos,
terrestre, adelante, córtalo! ¡Hazlo, si te ves con fuerzas para mutilar tu
preciosa carne!
Por
primera vez, Carmody reconoció a aquel hombre: era Tand.
No
tuvo oportunidad de replicar, ya que los otros se echaron a reír, burlándose de
que se hubiera dejado atrapar de una forma tan ridícula, preguntándole si
siempre se dedicaba a dar tales espectáculos de sí mismo. Se carcajeaban y se
daban palmadas en los muslos y se sacudían unos a otros en los hombros en la
típica forma desinhibida de los kareenianos.
—¡Ese
es el mequetrefe que creía que podía matar a un dios! —aulló Tand—. ¡He aquí al
gran deicida, atrapado como un niño cualquiera con el dedo metido en el bote de
la mermelada!
Tranquilo,
Carmody, no pueden tocarte.
Podían
seguir hablando de lo mismo, no significaba absolutamente nada. Estaba cansado,
cansado, su fanfarrón orgullo desaparecido con la fuerza que parecía haberle
sido extraída de su cuerpo. Si su dedo no le dolía porque estaba hecho de frío
metal, sus pies realmente lo compensaban. Tenía la impresión que soportaban su
peso desde hacía varios días.
Repentinamente,
sintió pánico. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba en este pedestal? ¿Cuánto tiempo
había transcurrido? ¿Cuánto tiempo le quedaba antes de que terminara la Noche
de Luz?
—Tand
—dijo uno de los hombres—, ¿crees honestamente que esa pseudoestatua puede
tener el Poder?
—Mira
lo que ha conseguido hasta ahora —respondió Tand. Habló dirigiéndose a
Carmody—: Has matado al viejo Yess, amigo. Él sabía que era algo que le iba a
ocurrir, y me lo dijo antes de que se iniciara la Noche.
Ahora,
nosotros seis estamos buscando al séptimo para formar los Siete Amantes de la
Gran Madre, los Siete Padres del bebé Yess.
—¡Así
que me mentiste! —restalló Carmody—. ¡Así que no te sumiste en el Sueño!
—Si
recuerdas mis palabras exactas —dijo Tand—, verás que no te mentí. Te dije la
verdad, aunque ambiguamente. Tú elegiste una interpretación en particular.
—Amigos
—dijo otro hombre—, creo que estamos malgastando nuestro tiempo aquí y dándole
al enemigo una ventaja que tal vez no podamos superar. Ese hombre, pese a su
tremendo poder, que puede sentir sin necesidad de sondearle... ese hombre,
digo, es una de las almas mancilladas. De hecho, dudo que tenga un alma. O, si
la tiene, es un fragmento, un jirón, una cosa minúscula, inapreciable,
acurrucada en las profundidades y en la oscuridad, temerosa de comprometerse en
algo con el cuerpo, dejando que el cuerpo opere como quiera, negándose a tomar
ninguna responsabilidad, rehusando admitir siquiera su propia existencia.
Los
otros parecieron encontrar aquello muy divertido, ya que se echaron a reír
inconteniblemente y añadieron observaciones a cual más mordaz.
Carmody
tembló. Aquel divertido desprecio le golpeaba como seis martillazos, uno tras
otro, luego todos a la vez, luego uno tras otro, como un coro de yunques. Y se
intensificaba varias veces ya que él lo compartía al mismo tiempo que sentía su
impacto, como si fuera a la vez transmisor y receptor. El que siempre había
pensado que estaba por encima de verse afectado por cualquier burla o
desprecio, había descubierto de pronto que no era una altitud la que lo
protegía, sino una barrera edificada a su alrededor. Y esa barrera se había
derrumbado.
Cansadamente,
sin esperanzas, empezó a tirar de su dedo, y luego, al ver a otros seis
extraños andando calle abajo hacia él, se detuvo de nuevo. Aquellos hombres
también estaban desarmados, y andaban con la misma orgullosa seguridad que el
otro grupo. Ellos también se detuvieron ante él pero ignoraron a los primer
llegados.
—¿Ese
es el hombre? —dijo uno.
—Creo
que sí —respondió otro.
—¿Deberíamos
liberarlo? —No. Si desea ser uno de los nuestros, deberá liberarse por sí
mismo.
—Pero
si desea ser uno de ellos, también deberá liberarse por sí mismo.
—Terrestre
—dijo un tercero—, tú has sido honrado por encima de todos los demás... quiero
decir que eres el primer hombre no nacido en este planeta que es honrado de
esta manera.
—Ven
—dijo un cuarto—, vayamos todos al Templo y acostémonos con Boonta y concibamos
a Algul, el verdadero príncipe de este mundo.
Carmody
empezó a sentirse algo menos humillado. Aparentemente, era importante, no solo
para el segundo grupo, sino también para el primero. Aunque, si el primero le
necesitaba para algo tenía una forma muy extraña de congraciarse con él.
Lo
que volvía tan peculiar el proceder de todos ellos era que no había ningún
hombre en los dos grupos que se distinguiera por algún signo convencional de
bondad o de maldad. Todos eran agraciados, vigorosos, y aparentemente seguros
de sí mismos. La única diferencia en su comportamiento era que los primeros,
aquellos que hablaban en nombre de Yess, parecían estar muy contentos, y no
tenían miedo de perder su dignidad con las risas. Los segundos estaban
uniformemente serios y en cierto modo envarados.
Deben
necesitarme condenadamente, pensó.
—¿Qué
me daréis? —dijo muy alto, abarcando a los dos grupos con una sola mirada.
Los
hombres del primer grupo se miraron los unos a los otros, se alzaron de
hombros, y Tand dijo:
—No
te daremos nada que no puedas darte tú a ti mismo.
El
portavoz de los recién venidos, un hombre joven y alto, casi demasiado bello,
dijo:
—Cuando
vayamos al Templo y nos acostemos con Boonta en su encarnación de la Madre
Oscura, y engendremos a Algul, su Oscuro Hijo, experimentarás un éxtasis que no
puede ser descrito porque nunca habrás sentido algo parecido antes. Y durante
los años que tarde el bebé en crecer hasta convertirse en un hombre adulto y un
dios adulto, serás uno de sus regentes, y no habrá nada en este mundo que te
sea negado...
—Ni
siquiera —interrumpió Tand— el miedo de que esos otros te maten para que no
tengan que compartir contigo ninguna de las riquezas que aunque quieran no
podrán gastar durante el tiempo de sus vidas. Porque lo cierto es que cuando
los siete Padres malvados triunfan, siempre terminan completando entre ellos
desde el nacimiento de Algul. Se sienten forzados a ello, ya que no pueden
confiar los unos en los otros. Y siempre ocurre que tan sólo uno de ellos
sobrevive, y cuando Algul llega a la edad adulta, mata a éste, ya que no puede
soportar el tener un Padre mortal.
—¿Qué
es lo que impide que Algul sea muerto por alguno de sus Padres? —preguntó
Carmody.
Incluso
en la luz violeta, pudo ver a algunos hombres del segundo grupo palidecer. Se
miraron mutuamente.
—Aún
siendo un bebé que debe ser alimentado y lavado y cuidado, Algul es ya un dios
—dijo Tand—. Eso quiere decir que, siendo un dios, es el summum y la esencia
del espíritu de aquellos que lo han creado. Y, como la mayor parte de los
hombres anhelan la inmortalidad, él, que los representa, es inmortal. Eso
quiere decir que vivirá eternamente mientras sus creadores vivan también. Pero,
siendo como es malvado, no puede confiar en sus padres, y así estos deben
morir. Y cuando esto ocurre, él empieza a envejecer y finalmente muere también.
Así que siendo potencialmente inmortal, empieza a morir desde el día de su
nacimiento, ya que las semillas de la maldad están en él, y las semillas crecen
entre la desconfianza y el odio.
—Todo
esto está muy bien —dijo Carmody—. Pero entonces, ¿por qué Yess, que se supone
que es un dios bueno, envejece y muere también?
Los
hombres de Algul se echaron a reír, y su líder dijo:
—Bien
hablado, terrestre.
Pacientemente,
como si le estuviera hablando a un niño, Tand respondió: —Yess, aún siendo un
dios, es también un hombre, un ser de carne y sangre. Como tal, es limitado, y
actúa entre esos límites impuestos por la carne y la sangre. Como todos los
hombres, debe morir. Además, es el summum y la esencia del espíritu
predominante de la gente que vivió en la época de su nacimiento... o de su
creación, si así lo prefieres. Aquellos que Duermen tienen tanto que ver con la
formación y el temple de su cuerpo y espíritu como los siete Veladores. Los
Durmientes sueñan, y la fuerza colectiva de sus sueños decide qué dios será
concebido durante la Noche, y también cuál será su espíritu... o lo que tú
llamas su personalidad. Si la inclinación del pueblo que Duerme durante los
años que preceden a la Noche ha sido hacia el mal, entonces lo más probable es
que sea Algul el que nazca. Si ha sido hacia el bien, entonces lo más probable
es que nazca Yess. Nosotros, los Padres potenciales, no somos realmente
factores determinantes. Somos los agentes, y los Durmientes, los dos mil
millones de personas que pueblan nuestro mundo, son la voluntad.
Tand
hizo una pausa, miró duramente a Carmody, como si intentara transmitirle su
sinceridad, y dijo:
—Voy
a ser franco. Tú eres tan importante en parte porque eres un terrestre; un
hombre de otra estrella. Sólo últimamente nosotros los kareenianos hemos
empezado a ser conscientes de las religiones alienígenas, y de lo que su
existencia implica. Hemos tomado consciencia de que la Gran Madre, o Dios, o la
Causa Primordial, o comoquiera que desees llamarle al Creador del universo, no
está limitado en Su interés a nuestra pequeña nube de polvo, que Ella ha
dispersado a Sus criaturas por todas partes.
En
consecuencia, los Durmientes, sabiendo que el hombre no está solo, que tiene
hermanos de sangre en todas partes donde la vida tiene oportunidad de existir,
en el infinito y en la eternidad, desean tener como Padre a uno de esos
extranjeros procedentes de las estrellas. Yess, renacido, no será igual al
viejo Yess. Será tan diferente del viejo que acaba de morir, su predecesor,
como lo es cualquier bebé de su padre. Será, esperamos, en parte alienígena,
debido a su herencia alienígena. Y durante su reinado nos permitirá comprender
y acercarnos y unirnos a esos extranjeros de las estrellas, y seremos mejores
gracias a él y a su herencia. Esa es una de las razones, Carmody, por las que
te necesitamos.
Tand
señaló a sus enemigos.
—Y
esos seis te quieren también como séptimo, pero no por la misma razón. Si tú
eres uno de los Padres de Algul, entonces quizá Algul pueda extender sus
dominios más allá de este planeta, a las estrellas. Y ellos, a través de Algul,
se repartirán ese botín cósmico.
Carmody
sintió que la esperanza —y el ansia— surgían en su interior, haciendo brotar
fuerzas de algún lugar de su agotada carne. ¡Tomar para sí los más ricos
planetas, como si fueran los mejores diamantes de un collar! ¡Enhebrarlos en un
hilo de espacio y colocarlos en torno al cuello de uno! ¡Con los enormes
poderes que indudablemente recibiría como regente de Algul, podría hacer
cualquier cosa! ¡Nada le estaría vedado!
Fue
entonces cuando el segundo grupo debió decidir que había llegado el momento
adecuado, ya que repentinamente arrojaron sobre él la fuerza colectiva de sus
sentimientos. Y él, abierto completamente a la recepción, vaciló bajo aquel
terrible impacto.
Oscuridad,
oscuridad, oscuridad...
Éxtasis...
Él,
John Carmody, sería para siempre el John Carmody que conocía, inviolado,
fuerte, desafiante, obligando a doblegarse o destruyendo a cualquier cosa que
se interpusiera a su voluntad. No había ningún peligro de cambio, de
convertirse en algo distinto a lo que era ahora. Cuerpo, mente, y alma, todo
ardería en la llama de aquel oscuro éxtasis para hacerse duro como un diamante,
resistente a cualquier cambio, permanente, John Carmody para siempre. La raza
de los hombres podría morir a su alrededor, los soles enfriarse, los planetas
frenar sus órbitas y caer en sus estrellas, pero él, John Carmody, viajaría
hacia afuera con los universos en expansión, aterrizando en planetas recién
nacidos, viviendo allí mientras crecieran y se hicieran viejos y murieran, y luego
partiendo de nuevo. Y siempre y eternamente sería el mismo, hoy y mañana, sin
cambiar nunca, el mismo duro-y-brillante-como-un-diamante John Carmody.
Y
luego el primer grupo se abrió también. Pero en lugar de proyectar sobre él su
concentrada esencia, como una lanza, simplemente se contentaron con bajar la
barrera y dejarle que atacara o hiciera lo que quisiese. No había el menor
indicio de asalto o fuerza, ninguno de los sentimientos que daban los padres de
Algul de estar ocultando profundamente algo, en reserva, dentro de ellos
mismos. Estaban simplemente abiertos de par en par, transparentes hasta lo más
profundo de sus seres.
John
Carmody no pudo resistir el atacar como un tigre hambriento que ve a una cabra
atada a un poste.
Luz,
luz, luz...
Éxtasis...
Pero
no el endurecido, permanente éxtasis de los otros. Este era amenazante,
estremecedor, ya que lo hacía estallar, disolverse, volar en mil pedazos en
todas direcciones.
Gritando
silenciosamente, en una agonía mental, intentó reunir los cien mil fragmentos,
hacerlos regresar, recomponerlos de nuevo en la imagen del viejo John Carmody.
El dolor de destruirse a sí mismo era insoportable.
¿El
dolor? Era idéntico al éxtasis. ¿Cómo podían ser lo mismo el dolor y el
éxtasis?
No
lo sabía. Todo lo que sabía era que había retrocedido ante los seis de Yess.
Sus murallas caídas eran su defensa. Por nada del mundo los atacaría de nuevo.
¿Destruir a John Carmody?
—Sí
—dijo Tand, aunque Carmody no había dicho nada—. Antes deberás morir; deberás disolver
esta imagen del viejo John Carmody, y edificar una nueva imagen, una imagen
mejor, al igual que el recién nacido Yess será mejor que el viejo dios que
acaba de morir.
Bruscamente,
Carmody se giró de los dos grupos y, metiendo su mano en el bolsillo, tomó su
cuchillo automático. Su pulgar pulsó el botón del mango y la hoja surgió como
una lengua grisazulada, como la lengua de la serpiente que le había mordido.
Tan
solo había un medio de liberarse de aquellas mandíbulas de bronce.
Lo
hizo.
Le
dolió, pero no tanto como había esperado. Como tampoco sangró tanto como
imaginaba. Mentalmente ordenó a los vasos sanguíneos que se cerraran. Y estos,
como flores a la llegada de la noche, obedecieron.
Pero
el esfuerzo de aserrar carne y hueso le dejó jadeante como si hubiera recorrido
varios kilómetros. Sus piernas temblaban, y los rostros bajo él fluctuaban,
confundiéndose con dos siluetas blancas, sin rasgos. Se dijo que no aguantaría
mucho.
El
líder de los hombres de Algul avanzó y le tendió los brazos.
—Salta,
Carmody —dijo alegremente—. ¡Salta! Yo te sujetaré; mis brazos son fuertes.
Luego ahuyentaremos a esa banda de flojos llorones e iremos al templo y allí...
—¡Esperen!
La
voz femenina tras ellos, seca y autoritaria, pero al mismo tiempo musical, los
inmovilizó.
Carmody
miró por encima de las cabezas de los otros hombres.
Mary.
Mary,
viva y entera de nuevo, tal como la había visto antes de vaciar el cargador de
su pistola contra su rostro. Sin ningún cambio, excepto por una cosa. Su
vientre se había hinchado enormemente; había crecido desde que la había visto
por última vez, de modo que ahora estaba a punto de dar a luz a la vida que
llevaba en su interior.
El
líder de los hombres de Algul le dijo a Carmody:
—¿Quién
es esa terrestre?
Carmody,
de pie en el borde de la base, preparado para saltar, vaciló y abrió la boca
para responder. Pero Tand habló antes. —Es su esposa. Él la mató en la Tierra y
huyó hasta aquí. Pero la creó de nuevo durante la primera noche del Sueño.
—¡Ahhh!
Los
seis de Algul exhalaron aire como deshinchándose y retrocedieron.
Carmody
parpadeó, mirándoles. La información de Tand parecía tener implicaciones que él
no conseguía entender.
—John
—dijo ella—, es inútil que me asesines de nuevo una y otra vez. Renaceré
siempre. Siempre lo haré. Y estoy lista para dar a luz al niño que tú no
querías; lo haré dentro de la próxima hora. Al amanecer.
Lentamente,
pero con un temblor en su voz fue traicionaba la gran tensión que lo poseía,
Tand dijo:
—Bien,
Carmody, ¿qué decides?
—¿Qué?
—dijo Carmody, sonando estúpido incluso a sus propios oídos.
—Sí
—dijo el jefe de Algul, regresando al pedestal—. ¿Qué es lo que decides? El
bebé, ¿será Yess o Algul?
—¡Así
que eso es! —dijo Carmody—. La economía de la Diosa, o de la Naturaleza, o de
Lo-que-vosotros-queráis. ¿Para qué crear un bebé cuando se tiene uno a mano?
—Sí
—dijo Mary con voz fuerte, aún musical pero ahora exigente, el sonido de una
campana de bronce—. John, tú no querrás que nuestro bebé sea como eras tú ¿no?
¿Un alma fría y oscura? Querrás que sea un ser de calor y luz, ¿no?
—Hombre
—dijo Tand—, ¿no ves que ya has elegido de qué va a ser el bebé? ¿No comprendes
que ella no posee un cerebro propio, que lo que ella dice es lo que tú piensas,
lo que piensas realmente y realmente deseas en las profundidades de tu alma?
¿No te das cuenta de que eres tú quién está poniendo las palabras en su boca,
que sus labios se mueven como si tú los estuvieras dirigiendo?
Carmody
estuvo a punto de desvanecerse, pero no de debilidad ni de hambre material.
Luz,
luz, luz... Fuego, fuego, fuego... Dejemos que se disuelva. Como el fénix,
volverá a elevarse...
—Cógeme,
Tand —susurró.
—Salta
—dijo Tand, riendo sonoramente. Un rugido de risas y de gritos que sonaban como
aleluyas brotó de entre los hombres de Yess.
Pero
los hombres de Algul gritaron su alarma y se desparramaron corriendo en todas
direcciones.
Al
mismo tiempo la tenebrosa neblina púrpura empezó a hacerse más diáfana, se
volvió violeta pálido. Luego, súbitamente, la bola de fuego estaba sobre el
horizonte, y la luz violeta era de nuevo blanca, como si alguien hubiera
corrido bruscamente a un lado un velo.
Y
aquellos de entre los hombres de Algul que aún eran visibles trastabillaron,
cayeron al suelo, y murieron entre convulsiones que los arrojaron de un lado a
otro rompiendo todos sus huesos. Durante un tiempo se agitaron como pollos
degollados, hasta inmovilizarse finalmente con las bocas llenas de
sanguinolenta espuma.
—Si
te hubieras decidido por la otra elección —dijo Tand, que seguía sujetando a
Carmody tras el salto de éste—, seríamos nosotros los que yaceríamos en el
polvo de la calle.
Echaron
a andar hacia el templo, formando un círculo alrededor de Mary, que avanzaba
lentamente y se detenía de tanto en tanto cuando los dolores la alcanzaban.
Carmody, andando junto a ella, rechinaba los dientes y gemía suavemente, ya que
también él sentía los dolores. No era el único: los demás se mordían los labios
y crispaban sus manos sobre sus vientres.
—¿Y
qué le va a ocurrir luego a ella... a ello? —le susurró a Tand. Habló en voz
muy baja debido a que, aunque sabía que aquella cosa-Mary no era consciente,
estaba realmente manipulada por los pensamientos de él —y ahora por los de los
otros también—, se había vuelto de repente sensitivo a los sentimientos de las
demás personas. No quería correr el riesgo de herirla, aunque aquello pareciera
imposible.
—Su
misión habrá terminado cuando Yess haya nacido —dijo el kareniano—. Morirá. Se
está muriendo ahora, comenzó a morir cuando terminó el Sueño. Ha sido mantenida
con vida gracias a nuestras energías combinadas y a la voluntad inconsciente
del niño que hay en su interior. Apresurémonos. Muy pronto los Despiertos
empezarán a salir de sus criptas, sin saber si en esta ocasión habrá ganado
Yess o Algul, sin saber si deben alegrarse o lamentarse. No debemos dejarles
mucho tiempo en la duda, debemos llegar al Templo. Allí entraremos en la cámara
sagrada de la Gran Madre, nos acostaremos con Ella en el amor y la procreación
místicos, en este acto que no puede ser descrito sino tan solo experimentado.
El hinchado cuerpo de esa creación tuya de tu odio y de tu amor entregará su
bebé y morirá. Y entonces deberemos lavarlo y arroparlo y prepararlo para que
pueda ser mostrado a la adoración de la gente.
Apretó
afectuosamente la mano de Carmody, luego crispó sus dedos cuando el dolor lo
aferró de nuevo. Pero Carmody no sintió aquella tenaza estrujando sus huesos ya
que estaba luchando con su propio dolor, ardiente y duro en su propio vientre,
creciendo y decreciendo en oleadas, el terrible dolor y el inimaginable éxtasis
de estar alumbrando una divinidad.
Aquel
dolor era también la luz y el fuego en él estallando y disolviéndose en un
millón de fragmentos. Pero ya no sentía pánico, tan solo una alegría que nunca
había experimentado aceptando aquella luz y aquel fuego y con la seguridad de
que al final de aquella destrucción él seguiría siendo una entidad completa,
seguiría siendo uno como muy pocos hombres lo son.
Junto
con aquel dolor, aquella alegría, aquella certeza, había una resolución
subyacente de que debería pagar por lo que había hecho. No pagar en el sentido
de que se hallaría sumergido para siempre en el autocastigo, en las tinieblas y
los remordimientos y el odio a sí mismo. No, no era una enfermedad, no era la
manera saludable de pagar. Debería compensar lo que había sido y lo que había
hecho. Aquel universo, aunque seguía corriendo como una máquina dura y fría y
no presentaba realmente ningún rostro sonriente a la humanidad, aquel mundo
podría ser cambiado.
Qué
medios emplearía y qué tipo de objetivo elegiría era algo que aún no sabía.
Aquello vendría más tarde. En aquel momento, estaba demasiado ocupado
participando en el último acto del drama del Sueño y del Despertar.
Repentinamente,
vio los rostros de dos hombres que nunca hubiera esperado ver de nuevo, Ralloux
y Skelder. Los mismos, pero transfigurados. La agonía del rostro de Ralloux
había desaparecido, reemplazada por la serenidad. La dureza y la rigidez habían
desaparecido del rostro de Skelder, reemplazadas por la dulzura de una sonrisa.
—Así
que los dos habéis salido bien librados —dijo Carmody estranguladamente.
Sorprendido,
observó que uno de ellos seguía llevando sus ropas monjiles, mientras que el
otro se las había quitado y las había sustituido por un atuendo nativo. Le
hubiera gustado saber por qué exactamente aquel hombre había sido aceptado y
aquel otro rechazado, pero estaba seguro de que ambos tenían sus propias buenas
y suficientes razones, o de otro modo no hubieran sobrevivido. La misma
expresión azorada en ambos rostros, y de momento no importaba qué camino habían
elegido para su futuro.
—Así
que ambos lo habéis logrado —murmuró Carmody, casi sin poder creerlo.
—Sí
—dijo uno de ellos, sin que Carmody pudiera determinar cuál, tan irreal le
parecía todo aquello, excepto la realidad de las oleadas de dolor en sus
entrañas—. Sí, ambos hemos atravesado el fuego. Pero hemos estado al borde de
ser destruidos. En la Alegría de Dante, ya sabes, uno obtiene lo que realmente
desea.
SEGUNDA
PARTE
—¿Y
ahora debo regresar a Kareen? —dijo el padre John Carmody—. ¿Después de
veintisiete años?
Permaneció
sentado calmadamente mientras el cardenal Faskins le decía lo que la Iglesia
esperaba de él. Pero ya no pudo mantener por más tiempo su compostura. Aunque
de pie no era mucho más alto que sentado, se alzó vivamente de su sillón, los
brazos en alto y abiertos, como si pretendiera volar. Y aquella postura
expresaba lo que realmente deseaba hacer en aquel momento... volar lejos del
cardenal y de todo lo que representaba.
Empezó
a pasear arriba y abajo por el finamente pulido suelo de madera de goma, las
manos cruzadas a la espalda durante un momento, luego descruzadas tan sólo para
volver a cruzarlas sobre su estómago. Aparentemente, no había cambiado mucho;
seguía pareciendo más bien un puercoespín que un hombre. Pero ahora llevaba el
hábito marrón de los miembros de la Orden de San Jairo.
El
cardenal Faskins permaneció sentado en su silla, con sus ojos grises brillando
bajo la nariz tremendamente aguileña. Giró su cabeza para seguir la andadura de
Carmody. Parecía como un viejo halcón inseguro de su presa pero decidido a
lanzarse sobre ella a la primera oportunidad. Su rostro era apergaminado; sus
cabellos blancos. Hacía media década, había renunciado voluntariamente a las
jerries, y sus ciento veintisiete años pesaban sobre sus hombros.
Repentinamente,
John Carmody se detuvo ante el cardenal. Frunció el ceño y dijo:
—¿Cree
realmente que soy el único cualificado para esta misión?
—El
mejor cualificado —dijo Faskins. Se envaró un poco y apoyó sus manos en los
brazos del sillón como si se preparara para saltar en pie—. Ya le he dicho una
vez el por qué es tan urgente. Una vez debería bastar; usted es un hombre
inteligente. Además, su dedicación a la Iglesia es completa. De otro modo, no
hubiera sido considerado para un puesto episcopal.
El
reproche, aunque no formulado, fue detectado y considerado brevemente por el
sacerdote. Carmody sabía que su decisión de casarse de nuevo, casi
inmediatamente después de que la Iglesia hubiera relajado su disciplina sobre
el celibato, había decepcionado al cardenal. Faskins había trabajado mucho para
asegurarse de que Carmody fuera nombrado obispo de la diócesis del planeta
colonial de Wildenwooly. Había tenido que librar una batalla política con
aquellos que creían que Carmody no era lo suficientemente ortodoxo en sus
métodos como para llevar a buen término una política cristiana. Nadie
cuestionaba la ortodoxia de sus creencias; era su desenvoltura, o su
liberalismo en su modo de proceder, lo que creaba dudas. ¿Era conveniente que
un tal excéntrico" —una de las palabras más suaves utilizadas— llevara la
mitra de obispo?
Y
luego, cuando la investidura de Carmody parecía ya segura, se había casado, y
aquello parecía haberle alejado de todas las posibilidades. Las acusaciones de
sus enemigos parecieron verse confirmadas. Pero el cardenal nunca se lo había
reprochado directamente.
Ahora,
John Carmody se preguntaba si el cardenal no estaría utilizando su
"traición" como palanca. ¿O acaso era él mismo el que se sentía tan
tremendamente culpable por lo que estaba proyectando?
Faskins
echó una ojeada a las letras amarillo pálido que pasaban en rápida sucesión por
la pantalla al otro extremo de la gran habitación.
—Tiene
usted dos horas para prepararse —dijo—. Tiene que empezar ahora si quiere
llegar a tiempo al puerto.
Calló,
con la mirada fija en el reloj.
Carmody
se echó a reír suavemente y dijo: —¿Qué puedo hacer? Nadie me está ordenando
nada, tan sólo se me pide que me presente voluntario. Muy bien. Lo haré. Usted
sabía que lo haría. Empezaré a preparar las maletas. Pero tengo que decírselo a
Anna. Va a ser una impresión infernal para ella.
Faskins
se removió inquieto.
—La
vida de un sacerdote no es siempre fácil. Ella lo sabía.
—¡Sé
que lo sabía! —dijo Carmody ceñudamente—. Ella me dijo lo mismo que acaba de
decirme ahora usted cuando pedí el permiso para casarme. ¡Realmente, ha pintado
usted un cuadro may negro!
—Lo
siento, John —respondió Faskins con una débil sonrisa—. La realidad no es
siempre dorada.
—Sí.
Y usted es conocido por su reticencia... "Pocas-frases" Faskins, le
llaman... pero usted le habló más bien como un tornado.
—De
nuevo, lo siento.
—Olvídelo
—dijo Carmody—. Ya está hecho. No me estoy quejando por Anna. Mi única queja es
no haberme podido casar con ella hace años. Yo la bauticé, usted ya lo sabe, y
ha vivido toda su vida en mi parroquia.
Vaciló,
luego añadió:
—Además,
está en estado. Esa es otra razón por la que odio darle esta impresión.
El
cardenal no dijo nada. Carmody murmuró:
—Discúlpeme.
Tengo sólo diez minutos para hacer las maletas. Telefonearé a Anna par decirle
que vuelva a casa. Podrá venir al puerto con nosotros.
El
cardenal, incapaz de dominar su alarma, se puso en pie.
—No
creo que sea conveniente que yo venga con usted, John. Ustedes dos desearán
estar a solas un rato, y el único momento que tendrán será durante el viaje
hasta el puerto.
—Nada
de eso —dijo el sacerdote—. Usted sufrirá conmigo. Además, no tengo intención
de ir solo. Anna puede venir conmigo hasta El Trampolín. Allí habrá una larga
espera, y entonces podremos estar solos. ¡Usted vendrá al puerto con nosotros!
El
cardenal se alzó de hombros. Carmody le echó otro escocés en su vaso y penetró
en el dormitorio. Sacó una maleta y la abrió sobre la cama. Una pequeña sería
suficiente. Anna, aunque su viaje iba a ser corto, probablemente insistiría en
llevarse dos grandes para ella. Le gustaba estar preparada para las emergencias
más insospechadas. Tras abrir dos maletas más para ella, pulsó un pequeño botón
en el disco plano sujeto con una correa a su muñeca derecha. Su centro brilló:
un suave campanilleo llegó a sus oídos.
Continuó
preparando las maletas, no deseando perder tiempo y sabiendo que ella
respondería pronto a su llamada. Pero cuando hubo metido toda su ropa y notó
que habían transcurrido diez minutos, empezó a preocuparse. Se dirigió al
teléfono de la mesilla de noche y marcó el número de código de la señora
Rougon. Esta respondió inmediatamente. Al verle, su rubicundo rostro se
iluminó.
—¡Padre
John! ¡Ahora precisamente iba a llamarle! ¡Bueno, quiero decir a Anna! Habíamos
quedado que ella pasaría por aquí hace más de media hora, después de hacer sus
compras. He pensado que tal vez se olvidó y había vuelto directamente a casa.
—No,
no está aquí.
—Quizá
se quitó su señal de llamada por alguna razón y olvidó volver a ponérsela. Ya
sabe como es ella, un poco distraída a veces, especialmente cuando está
pensando en el bebé. ¡Oh, cielos, Alice está llorando! Debo dejarle, padre.
¡Pero no deje de llamarme cuando localice a Anna! ¡O dígale a ella que me llame
cuando regrese a casa!
Carmody
llamó inmediatamente a la tienda de ropas Rheinkord. La vendedora le dijo que
la señora Carmody se había ido hacía unos quince minutos.
—¿Por
casualidad dijo dónde iba?
—Sí,
padre. Mencionó que iba a pasar un minuto por el hospital. Quería reconfortar
un poco a la señora Augusta; dijo que no va a quedar bien del todo después de
su accidente.
Carmody
suspiró aliviado y dijo: —Gracias, muchas gracias.
Llamó
a la centralita del San Jairo, y le contestaron inmediatamente. La telefonista
pareció ligeramente impresionada al ver al fundador del hospital en persona.
—La
señora Carmody se ha ido hace cinco minutos, padre. No, no ha dicho donde iba.
Carmody
llamó de nuevo a la señora Rougon.
—Me
temo que tendrán que dejar su charla para otro momento. Dígale a mi mujer que
me llame inmediatamente; es muy importante.
Cortó,
pero seguía sin estar satisfecho. ¿Por qué no había podido localizarla con la
señal de llamada? ¿Una avería en el instrumento? Posible, pero no muy probable.
Los localizadores no se gastaban, y no tenían partes delicadas que pudieran
estropearse. No podía dejarse fuera de uso más que utilizando algo así como un
golpe de martillo pilón. Pero podía ser olvidado. Quizá la señora Rougon
estuviera en lo cierto. Anna podía habérselo quitado para lavarse las manos,
pese a que ni el jabón ni el agua ni siquiera los sónicos podían estropearlo. Y
luego quizá se había olvidado de volver a ponérselo.
También
existía la posibilidad de que se lo hubieran robado, ya que incluso en aquel
país de abundancia existían todavía hombres que robaban, siempre por razones
suficientes para ellos.
Volvió
a sus maletas. A Anna no iba a gustarle ni su elección de la ropa ni su forma
de doblarla, pero ya no había tiempo de dejarla dudar en la elección de su
vestuario.
Una
vez llena y cerrada la primera maleta, empezó con la segunda. Sonó el teléfono.
Tiró la blusa que estaba doblando. Precipitadamente, pronunció el código de
activación y se acercó a la pantalla, aunque esto no era necesario. Pero le
gustaba estar cerca de cualquiera que hablara con él, incluso a través del
teléfono, y especialmente cuando se trataba de Anna.
Apareció
el rostro de un policía municipal. Carmody gruñó, y su vientre se contrajo como
ante el impacto de un cuchillo.
—Sargento
Lewis, padre —dijo el policía—. Lo siento, pero... tengo malas noticias...
acerca de su esposa.
Carmody
no respondió. Miraba fijamente el duro y nudoso rostro de Lewis, notando al
mismo tiempo, incongruentemente, que había una mosca zumbando por encima de la
cabeza de Lewis. Nunca nos libraremos de ellas, pensó. Toda la ciencia del
siglo XXII en nuestras manos, y sin embargo las moscas y las otras criaturas
que reptan y se arrastran se multiplican incansablemente por encima de todos
los esfuerzos humanos...
—...su
tatuaje ha desaparecido, así que oficialmente no podemos identificarla, aunque
su rostro sea reconocible y haya sido identificada por algunos de sus amigos
que estaban allí —estaba diciendo el sargento—. Lo siento terriblemente, pero
tendrá que venir para hacerlo oficialmente.
—¿Qué?
—dijo Carmody, y luego las palabras del policía fueron penetrando en él. Anna
había abandonado el hospital en su coche. Unas pocas manzanas más adelante una
bomba colocada bajo el asiento del conductor había hecho explosión. Sólo había
quedado la parte superior de su cuerpo, y al menos un brazo había desaparecido,
ya que su tatuaje de identidad había quedado destruido.
—Gracias,
sargento —dijo Carmody—. Vendré ahora mismo. —Se apartó del teléfono y penetró
en el salón. El cardenal, al ver su rostro pálido y sus hombros hundidos, se
puso en pie de un salto, derribando estrepitosamente el vaso de sobre la
mesilla.
Con
voz átona, Carmody le explicó a Faskins lo ocurrido.
El
cardenal se echó a llorar. Más tarde, cuando Carmody se hubo recuperado de su
shock, comprendió que había tenido acceso a la profunda estima que Faskins
sentía hacia él, ya que todo el mundo decía que Faskins no tenía en su cuerpo
más elementos líquidos de los que podía tener un hueso viejo. El propio Carmody
había sido incapaz de llorar; nada en él parecía funcionar excepto sus brazos y
piernas y, de tanto en tanto, su boca.
—Iré
con usted —dijo el cardenal—. Pero antes debo llamar al puerto y anular su
pasaje. —No —dijo Carmody. Regresó al dormitorio, tomó su maleta y, mirando las
otras dos maletas, una abierta, la otra cerrada, salió de la habitación. El
cardenal lo miraba fijamente.
—Iré
—dijo Carmody.
—No
está en situación de hacerlo.
—Lo
sé. Pero iré.
La
campanilla de la puerta sonó. Entró el doctor Apollonios, maletín en mano.
—Lo
siento, padre. Tome, esto le ayudará. —Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y
extrajo una píldora. Carmody agitó la cabeza.
—Estoy
bien. ¿Quién lo ha llamado?
—Yo
—dijo Faskins—. Creo que debería tomarla.
—Su
autoridad no se extiende a cuestiones médicas —respondió Carmody. Un ligero
zumbido resonó en la habitación. Dejó la maleta en el suelo y se dirigió a la
pared. Abrió una puertecilla y retiró un pequeño cilindro delgado.
—El
correo —dijo, a nadie en particular. Miró al interior del cubículo para ver si
había sido registrado algún otro correo. La pequeña lucecita roja estaba
apagada. Cerró la puertecilla y regresó junto a su maleta, metiéndose la carta
en su bolsa de cintura.
En
camino hacia el depósito de la policía, el cardenal dijo:
—No
tengo corazón para pedirle que vaya a Kareen, John. Pero si usted desea ir
voluntariamente, no pondré objeciones. Anna...
—...es
sólo un ser humano, y el destino de miles de millones de otros depende de mí
—terminó Carmody por él—. Sí, ya lo sé.
El
cardenal dijo que él tampoco partiría aquella tarde tal como había planeado.
Pese a la urgencia de regresar a Roma, se quedaría allí para ocuparse de los
funerales de Anna. Se encargaría de todo lo que fuera necesario, incluida la
investigación policial. Cuando Carmody hubiera llegado a Kareen, recibiría
noticias, por correo, respecto a los resultados de la investigación.
—La
policía —dijo Carmody, ausente—. Me pregunto quién puede odiarme lo suficiente
como para matar a Anna. Ella nunca ha tenido enemigos. ¿No me va a retardar la
policía con sus preguntas lo bastante como para hacerme perder la nave?
—Confíe
en mí —dijo Faskins.
Más
tarde, Carmody no pudo recordar claramente muchas de las cosas que ocurrieron a
continuación. Levantó la sábana sin aprensión ni dolor, y contempló durante un
momento el rostro calcinado y la boca abierta. Repitió al capitán de la policía
lo que le había dicho al cardenal. No, no tenía la menor idea de quién había
podido colocar la bomba. Alguien había vuelto de un pasado que Carmody había
esperado que estuviera olvidado para siempre y había matado a Anna.
Los
dos sacerdotes partieron en taxi hacia el puerto. Pasaron ante la sede de la
Orden de San Jairo en Wildenwooly. Hacía veintitrés años, el edificio había
estado situado en las afueras de una pequeña ciudad. Hoy estaba en el corazón
de la gran capital del planeta. Allá donde antes no había edificios de más de
dos plantas se levantaban ahora docenas con más de veinte plantas de altura.
Donde antiguamente un hombre podía andar del centro de la ciudad hasta sus
límites en veinte minutos, ahora necesitaría del alba al atardecer. Todas las
calles estaban pavimentadas, y la mayor parte de las carreteras que conducían
al campo estaban recubiertas con griegite. Cuando John Carmody había llegado
por primera vez allí, como hermano lego de la orden, había manchado de polvo
sus sandalias desde el momento mismo en que había puesto el pie fuera del
recinto del espaciopuerto.
Y
las casas de la ciudad estaban hechas con troncos de madera y mortero...
Anna.
Si no se hubiera casado con ella, ahora estaría sentado tras el enorme
escritorio de madera barnizada del arzobispo. Sería el supervisor de los
asuntos eclesiásticos de su Iglesia en un planeta tan grande como la Tierra. De
acuerdo, Wildenwooly tenía una población de tan solo cincuenta millones, pero
esto era cincuenta veces el número de cuando Carmody había puesto por primera
vez el pie en él. Era un paraíso de espacio vital. La Tierra estaba atestada
con gente que se despellejaba los codos en su intento por hacerse un poco de
sitio.
Anna.
Si no se hubiera casado con ella, quizá aún estaría viva hoy. Pero cuando él le
había dicho que no estaba seguro de estar haciendo lo correcto casándose con
ella, ella le había dicho que entraría en un convento si no se casaba con él.
Entonces él se había reído y le había dicho que era una mujer romántica y poco
realista. Ella necesitaba un hombre. Si no podía tenerlo a él, podía buscar
eventualmente a otro.
A
raíz de aquello se había producido una furiosa disputa, tras la cual habían
caído el uno en brazos del otro. Al día siguiente, él había tomado una nave con
dirección a la Tierra para hacer su informe anual. Había estado dos semanas
allí y luego se había ido, contento de abandonar la Tierra y deseoso de ver a
Anna de nuevo. El Vaticano era ahora un cubo de poco menos de un kilómetro de
lado. Albergaba no solamente al Santo Padre sino también a los millones de
seres necesarios para hacer funcionar el complejo gobierno de la Iglesia en la
Tierra y en los cuarenta planetas coloniales de la Tierra, y a la gente que
prestaba sus servicios y sus familias. También contenía un titánico ordenador
proteínico cuyo tamaño era ganado tan solo por el Og Boojum de la Federación.
El
resto de Roma era un cuadrilátero de tres kilómetros de alto alrededor del
Vaticano. Las eternas Siete Colmas habían sido niveladas desde hacía mucho
tiempo; el Tiber discurría por el interior de un tubo de plástico en las
entrañas de la Tierra.
El
cambio era la única constante en los asuntos humanos y, por supuesto, en el
universo. Los hombres y las mujeres nacían y morían y... ¡Anna!
Lloró
y sollozó como si en su interior grandes manos estuvieran estrujando sus
pulmones, cortándole la respiración y haciendo brotar las lágrimas. El cardenal
estaba rígido y azarado, pero atrajo la cabeza de Carmody hacia su pecho y
palmeó el cabello del sacerdote mientras murmuraba tímida y desmañadamente
algunas palabras de consuelo. Luego, su cuerpo se relajó, y sus propias
lágrimas cayeron sobre Carmody.
Cuando
llegaron al puerto, Carmody estaba sentado de nuevo, envarado y secándose los
ojos con un pañuelo.
—Todo
está en orden. Por el momento, al menos. Estoy contento de tener una excusa
para irme. Si me hubiera quedado, seguro que me hubiera derrumbado. ¿Qué
ejemplo hubiera dado a aquellos a quienes he intentado consolar en su dolor? ¿O
a aquellos que me han escuchado predicar que la muerte es más una ocasión para
alegrarse que para entristecerse, ya que es la gloria lo que espera a los
muertos y se hallan más allá de las tentaciones y las maldades de este mundo?
Mientras pronunciaba todas esas palabras sabía condenadamente bien que apenas
significaban nada. Que hasta que el shock y el dolor no se van mitigando uno no
encuentra ningún consuelo.
El
cardenal no respondió. Un momento más tarde, llegaron al puerto. Era un
edificio de cinco plantas que se extendía por más de quince hectáreas, y
construido con abundante mármol extraído de las canteras de las montañas
Whizaroo, situadas a unos noventa kilómetros de la capital. El enorme salón
principal estaba repleto de seres humanos procedentes de todos los planetas de
la Federación y buen número de otros sentientes. Muchos de ellos estaban allí
por asuntos oficiales o negocios; la minoría eran aquellos que tenían
suficiente dinero como para pagarse un billete de primera clase. La sección de
inmigración se hallaba en otra parte del edificio, y allí la gente no iba tan
bien vestida ni se mostraba tan despreocupada.
Los
dos sacerdotes se abrieron lentamente paso entre la multitud, muchos de cuyos
componentes iban tocados con "medusas" o con "pelucas
vivientes" que se reajustaban a tiempos determinados para formar nuevos
peinados y a cada hora recorrían todo el espectro de 100.000 colores. Algunos
llevaban medias capas con llameantes hombros "bartizan", hechos de un
material tintineante cuyas notas variaban constantemente de acuerdo con los
cambios de la temperatura y de la presión del aire. Unos pocos de más avanzada
edad llevaban las piernas pintadas, pero el resto llevaba medias
"boswells", en cuya superficie aparecían escenas móviles del portador
en diversas etapas de su vida, y estadísticas personales o biografías
resumidas. Una mujer elegantemente vestida llevaba unas "boswells"
que mostraban en dibujos animados los momentos más importantes de su vida.
Carmody
le dijo adiós a Su Eminencia, que deseaba regresar a la ciudad y tomar las
disposiciones para el funeral. Tenía que dictar también algunas cartas a las
autoridades en el Vaticano, a fin de explicar su retraso. Las formalidades
requeridas para cada viaje interestelar tomaban una media hora. Carmody se
desvistió, y sus ropas fueron llevadas a esterilizar. En el cubículo de examen
físico, permaneció sin moverse durante dos minutos, mientras los diversos
aparatos sondeaban imperceptiblemente su cuerpo. Finalmente le fue entregado un
certificado de buena salud. Sus ropas fueron devueltas con otro certificado. Se
metió su tricornio de borde bajo, su cuello blanco almidonado, su sencilla
blusa, y el resto de su modesto atuendo marrón sin adornos. Desde aquel momento
hasta que entrara en la nave, no podía volver a penetrar en la otra parte del
edificio.
Sin
embargo, le fue entregada una carta, también esterilizada, vía tubo. Una voz de
mujer surgió de un altavoz para informarle que la carta acababa de llegar con
la Mkuki, directamente de la Tierra. Carmody miró el sello, que llevaba su
nombre y dirección y el del expendedor: R. Raspold. La metió en la misma bolsa
que la otra.
Mientras,
su pasaporte y sus demás papeles fueron puestos al día, verificados y sellados.
Tuvo que firmar un descargo según el cual ni el gobierno de Wildenwooly ni la
Federación se hacían responsables si moría o resultaba herido en Kareen. Tomó
también un seguro para el vuelo hasta El Trampolín. La mitad a su propio
beneficio, una cuarta parte para su hija (concebida dos años después de su
ordenación como sacerdote), y la otra cuarta parte para la agencia
gubernamental que supervisaba las reservas para los aborígenes sentientes pero
primitivos de Wildenwooly.
Terminó
pocos minutos antes del anuncio del despegue de su nave, la Mula Blanca, una
pequeña nave de línea perteneciente a la compañía privada Saxwell. Así que tuvo
poco tiempo para examinar a sus compañeros de viaje. Eran cuatro, tres de los
cuales iban a otros planetas distintos de Kareen. El único cuyo destino era el
mismo que el suyo era Raphael Abdu. Era un hombre de talla media, metro noventa
de altura, complexión media, pero con unas manos y unos pies enormes. Tenía un
rostro largo y carnoso, una piel oscura, rizado pelo marrón y rasgos
fisonómicos que indicaban antepasados mongólicos. Según los registros, era
nativo de la Tierra y acababa de pasar varias semanas en Wildenwooly. Sus
negocios habían sido registrados como importación-exportación, un término que
cubría multitud de intereses.
Una
voz desde el altavoz les pidió que se sentaran. Un minuto más tarde, la sala en
que estaban sentados los viajeros se desprendió por sí misma del edificio
principal y avanzó hacia la Mula Blanca. La nave de línea era un hemisferio
cuya parte plana reposaba sobre un círculo de aterrizaje pavimentado con
griegite. Su casco de plástico blanco irradiada relucía al sol del mediodía de
Wildenwooly. Al acercarse la habitación móvil, la aparentemente lisa superficie
del costado de la Mula Blanca se abrió cerca del suelo, transformándose en una
portilla redonda. La sala móvil, dirigida por control remoto, se encajó
suavemente en la entrada, y su puerta frontal se replegó sobre sí misma. Un
oficial con el uniforme verde de las líneas Saxwell entró y les dio la bienvenida.
Los
pasajeros entraron en fila en una pequeña salita con únicamente una alfombra
verde como todo mobiliario, y de allí a otra sala más grande. Era el bar, ahora
cerrado. Pasaron a través de otra sala, donde les entregaron a cada uno un
pequeño folleto. Carmody le echó un vistazo para ver si le había sido añadido
algo con respecto a anteriores ocasiones, y luego se lo metió en el bolsillo de
su blusa. Contenía una historia resumida de las líneas Saxwell y una lista del
reglamento de pasajeros, todo lo cual le era ya familiar.
Había
tres niveles abiertos a los pasajeros, primera, segunda y tercera clase.
Carmody tenía un billete de tercera clase, de acuerdo con las normas de
economía estipuladas en su orden. Su nivel era una enorme sala que parecía más
bien un teatro que otra cosa, excepto que la pantalla mostraba en aquel momento
el paisaje que rodeaba la nave. Los asientos estaban dispuestos por parejas,
con una separación intermedia. La mayor parte de los ochocientos sillones
estaban ocupados, y la habitación zumbaba con las conversaciones. En aquel
momento Carmody lamentó no estar en una cabina de primera clase, donde tendría
algo más de intimidad. Pero aquello quedaba fuera de lugar, así que se sentó al
lado de un sillón vacante.
Una
azafata verificó que se hubiera atado correctamente el cinturón de seguridad, y
le preguntó si había leído el reglamento. ¿Deseaba una píldora contra el mareo
espacial? Dijo que no necesitaba ninguna.
Ella
le sonrió y se dirigió hacia el siguiente pasajero. Carmody le oyó pedir a la
azafata que le dejara otra píldora por si acaso.
El
sonriente rostro del piloto apareció en la pantalla. Dio la bienvenida a sus
pasajeros a bordo de la Mula Blanca, una excelente nave que nunca había tenido
un accidente, ni siquiera un retraso, en sus diez años de servicio. Los avisó
que el despegue se efectuaría dentro de cinco minutos, y repitió las
instrucciones de la azafata de no soltarse los cinturones hasta que recibieran
el aviso de que podían hacerlo. Tras unas pocas palabras relativas a su próxima
escala, desapareció.
La
pantalla quedó ciega por un segundo, y luego la proyección en 3-D de Jack
Wenek, un humorista muy conocido, surgió bruscamente en el aire a un metro
frente a la pantalla. Carmody no sentía el menor deseo de escucharle, así que
ignoró el botón que le hubiera traído hasta él la voz de Wenek. De todos modos,
sentía que necesitaba algo que lo distrajera. O algo más fuerte que una
diversión, algo que le permitiera situar su dolor y sus problemas en otra
perspectiva Necesitaba la inmensidad, temor y maravilla para situarlo en su
lugar.
Buscó
bajo su sillón y tomó del pequeño estante una especie de casco con un visor
abatible. Tras colocárselo en la cabeza, bajó el visor sobre su rostro.
Inmediatamente oyó la voz de un oficial de la Mula Blanca.
—...es
entregado individualmente a fin de que sus compañeros de viaje no tengan que
verlo si no lo desean. Algunas personas, enfrentadas con este espectáculo por
primera vez, caen en un estado de shock o de histeria.
El
curvado interior del visor se animó bruscamente. Carmody pudo ver el
espaciopuerto fuera, los blancos edificios con murales decorados
resplandeciendo a la brillante luz del sol de media tarde, a la gente mirando
por las ventanas de los edificios del puerto a la Mula Blanca.
—Una
docena de espacionaves despegan cada día de este puerto. Pero el espectáculo,
aún y no siendo espectacular, sigue atrayendo a centenares, a veces incluso a
millares, de espectadores, cada día, en cada planeta de la Federación. Y
también en los planetas que no forman parte de la Federación, ya que los
sentientes son exactamente tan curiosos como los terrestres. Incluso los
pasajeros habituales, los empleados del puerto, y las tripulaciones de las
otras naves, no acaban de acostumbrarse nunca a este truco aparentemente
mágico.
Carmody
tamborileó con sus dedos en el brazo del sillón, ya que había oído discursos
semejantes muchas veces. De pronto, una voz interrumpió:
—¿Se
encuentra bien, señor?
—¿Huh?
—dijo Carmody. Luego dejó escapar una risita—. Sí, sí, me encuentro bien. Tan
solo estaba algo impaciente con el discursito. Llevo casi cien saltos ¿sabe?
—Muy
bien, señor. Lamento haberle molestado.
Hizo
un esfuerzo por calmarse, y se reclinó en su asiento para contemplar la escena
en el visor.
La
primera voz regresó:
—...tres,
dos, uno, ¡cero!
Carmody,
sabiendo lo que iba a ocurrir, refreno su parpadeo. El puerto había
desaparecido. El planeta de Wildenwooly y el resplandor de su sol habían
desaparecido. Copas de ardiente vino se derramaban sobre una mesa negra: rojo,
verde, blanco, azul, violeta. Las tuertas bestias de la jungla del espacio
llamearon.
—...aproximadamente
50.000 años luz en, cito, un parpadeo, fin de la cita. El planeta de tamaño
terrestre que acabamos de abandonar está ya demasiado lejos como para ser
visto, y su sol es tan solo uno más de los millones de estrellas prodigalmente
esparcidas por todo el universo a nuestro alrededor "las chispas eternas
de los pensamientos de la mente de Dios", como dijo el gran poeta
Gianelli.
Un
momento. Nuestra nave está girando ahora a fin de alinearse para el próximo
salto. El computador proteínico que les he descrito brevemente hace tan solo un
instante está comparando los ángulos de luz de una docena de estrellas
identificables, cada una de las cuales irradia su único complejo de colores
espectrales y cada una de las cuales posee una relación espacial conocida con
relación a las otras. Después de que, cito, el cerebro artificial, fin de la
cita, del computador determine nuestra posición, situará la nave para el
próximo salto.
Finas
líneas horizontales y verticales aparecieron en el visor frente a Carmody.
—Cada
cuadro de este enrejado está numerado para su conveniencia. El cuadro 15, cerca
del centro, contendrá el astro de Wildenwooly dentro de unos pocos segundos.
Ahora está en el número 16, derivando en un ángulo de 45 grados. Obsérvenlo,
damas y caballeros. Se está haciendo más brillante, no porque se acerque a
nosotros, sino porque hemos amplificado su luz a fin de que puedan
identificarlo más fácilmente.
Un
destello amarillo pasó a una luminosidad más grande para adoptar luego un tono
azul pálido más difuso, luego entró en la esquina del cuadrado quince. Se
deslizó a través de la cuadrícula, se detuvo en medio, y se quedó allí inmóvil
en el centro.
Carmody
recordó la primera vez que había visto aquello, hacía ya tantos años. Entonces
había sentido un dolor muy definido en el vientre, como si su cordón umbilical
hubiera sido conectado de nuevo tan solo para ser arrancado después brutalmente
y alejarse derivando a través del espacio. Se había sentido perdido, más
perdido de lo que nunca se había sentido en su vida.
—La
posición del sol de Wildenwooly con respecto a las demás estrellas-puntos ha
sido determinada y registrada por el computador. Hace ya varios millones de
microsegundos que la nave está preparada para dar su próximo salto en lo que se
ha venido a llamar el subespacio o el noespacio. Pero el capitán ha retrasado
la nave porque las líneas interestelares Saxwell se preocupan por la
distracción de sus pasajeros. La Saxwell desea que sus clientes puedan ver por
sí mismos lo que ocurre fuera de la Mula Blanca.
El
próximo salto será también de 50.000 años luz, y, cito, emergeremos, fin de la
cita, del noespacio o extraespacio, a cien kilómetros de distancia de los
límites extremos de la atmósfera de nuestro próximo destino planetario, Mahoma.
Esta
precisión es posible tan solo gracias a los numerosos vuelos que ha efectuado
la Mula Blanca entre Wildenwooly y Mahoma. Por supuesto, las posiciones
relativas de ambos han cambiado desde el último viaje. Pero hay un reloj de
cesio coordinado con el computador, y la distancia y ángulos atravesados por
los planetas pertinentes desde el último viaje han sido calculados y comparados
con nuestra actual posición. Cuando el capitán active el control adecuado, dará
la orden a todo el complejo de navegación de la Mula Blanca para que empiece
los cálculos, que le llevarán un microsegundo, y luego haga que la nave dé
automáticamente el salto.
El
oficial hizo una pausa, y luego dijo:
—¿Están
preparados, señoras y caballeros? Voy a iniciar la cuenta...
El
salto mínimo, por alguna razón que Carmody no podía comprender, era la longitud
de la espacionave. El salto máximo dependía del número de generadores de
translación utilizados y de la energía disponible. La Mula Blanca podría haber
pasado de la Galaxia a cualquier punto de Andrómeda en un solo salto. Un millón
y medio de años luz podían ser franqueados tan rápidamente como el recorrido de
un electrón a lo largo de un hilo. Y la distancia desde Wildenwooly hasta una
posición exactamente fuera de la atmósfera de Kareen podía ser recorrida en
cuatro maniobras, en un tiempo total real" de sesenta segundos. Pero los
propietarios de la Mula Blanca estaban más interesados en ganar dinero que en
exhibir la potencia de la nave. Así que había aún otras dos escalas planetarias
antes de Kareen.
La
oscuridad y las esferas ardiendo parpadearon. Ante Carmody estaba ahora la gran
giba de un planeta, siempre tensa por la atracción de la gravedad, la luz del
sol reflejándose en un océano, la oscuridad de un continente con forma de
tortuga, la blancura de una masa de nubes como una enorme y antigua cicatriz en
el caparazón de la tortuga.
Pese
a sus anteriores experiencias, Carmody se sobresaltó. La masiva joroba estaba
cayendo hacia él. Luego se perdió en su admiración, como siempre, ante la
aparente sencillez y precisión de la maniobra. El complejo de células
artificialmente cultivadas, de solo tres veces el tamaño de su propio cerebro,
había situado a la Mula Blanca en su rumbo correcto. Había dirigido el salto de
tal modo que la nave había saltado como un conejo de un sombrero,
peligrosamente cerca de la atmósfera exterior de Mahoma, tangente al curso del
planeta en torno a su sol y moviéndose a la misma velocidad. Además, la Mula
Blanca estaba sobre el hemisferio donde tenía que aterrizar.
Carmody
parpadeó. La curva saltó hacia él. Otro parpadeo. El visor estaba ocupado por
un amplio lago, una cadena de montañas, y unas pocas nubes. La nave osciló
durante unos breves segundos, luego se estabilizó cuando los cohetes
compensadores entraron en funcionamiento.
Un
parpadeo. La cadena montañosa era ahora una docena de montañas, y el lago había
aumentado de tamaño. En la orilla occidental del lago se divisaba la tela de
araña de las calles de una ciudad y un número determinado de enormes manchas
redondas, blancas como huevos de araña —los círculos de aterrizaje— en el
centro de la tela.
Allá
abajo en la superficie, aquellos que miraban hacia arriba debían ver a la Mula
Blanca, si la veían, tan solo como un punto de luz. Pero en unos pocos segundos
oirían un bum producido por el primer desplazamiento de! aire cuando la Mula
Blanca pasara del "no-espacio" a la atmósfera. Entonces, cuando la
nave se hiciera visible como un gran disco, otro bum seguiría al primero. Y
luego un tercero.
La
nave frenó su marcha muy pronto y, ligera como un globo deshinchándose
lentamente, apoyó su plana parte inferior en el Círculo de Aterrizaje Seis.
Pese
a las dos horas de escala, Carmody no abandonó la nave. No sentía el menor
deseo de pasar de nuevo por el proceso de descontaminación para volver a entrar
en la nave; deseaba leer las dos cartas que tenía en la bolsa de cintura y,
ante todo, deseaba estar solo. En el bar, ordenó un bourbon largo y luego cerró
la puerta del cubículo. Tras varios profundos sorbos a la bebida, sacó las
cartas. Durante varios minutos jugueteó con los cilindros, falto de su habitual
decisión. ¿Cuál leer primero?, pensó, como si aquello fuera una trascendental
decisión. Finalmente ganó la curiosidad, y por fin insertó la carta no
identificada en la abertura del inductor, una cajita pequeña fijada a la pared.
Había
también colgado un "lector", un ligero hemisferio de plástico con un
visor. Se lo puso en la cabeza, bajó el visor ante sus ojos, y pulsó el botón
que haría pasar ante sus ojos el contenido de la carta.
El
interior del visor se iluminó. Apareció algo que hizo que Carmody retrocediera
en un movimiento reflejo. Ante él había una máscara... una máscara que parecía
querer representar un rostro desfigurado por un accidente.
Una
profunda voz de hombre habló:
—Carmody,
esta carta es de Fratt. En este momento, tu esposa habrá muerto. Tú no sabes
por qué la han matado ni quién lo ha hecho, pero voy a explicártelo.
Hace
ya muchos años tú mataste al hijo de Fratt y dejaste a Fratt ciego. Lo hiciste
deliberada y maliciosamente, puesto que no era necesario, puesto que hubieras
podido llevar adelante tus tenebrosos planes sin necesidad de hacerle daño ni a
Fratt ni a su hijo.
Ahora,
si queda algo de humanidad o sentido del amor en ti, lo cual es dudoso, sabrás
exactamente la magnitud de lo que le hiciste a Fratt, cuánto ha sufrido Fratt
por la muerte de su hijo.
Y
vas a seguir sufriendo. No solo a causa de tu mujer, sino a causa de que no
sabrás cuándo ni de qué modo morirás. Porque vas a morir en manos de Fratt.
Pero
no esperes una muerte fácil o rápida, como la que ha tenido la suerte de sufrir
tu esposa. Tú morirás lenta y dolorosamente, y así pagarás por lo que hiciste.
Vas a experimentar los mismos sufrimientos que Fratt, tu inocente víctima,
experimentó.
Y
entonces sabrás quién ha matado a tu mujer y durante todos esos años no ha
pensado en nada más que en devolverte el pago adecuado.
¡Verás
a quien no te ha perdonado nunca, criatura inmunda y despreciable!"
La
pantalla se apagó y la voz cesó.
Carmody
levantó el visor con una mano temblorosa y miró al mural que había en la pared.
Respiraba pesadamente. Así pues, sus sospechas habían sido exactas. Algún
antiguo enemigo, alguien a quien había perjudicado en los lejanos y malignos
días no le había olvidado. Y por lo que había hecho entonces había perdido
ahora a su mujer y su mayor dicha. Anna, pobre Anna...
Volvió
a bajar el visor e hizo pasar de nuevo la carta. Ahora comprendió por la
peculiar forma de hablar que el que la había dictado no era Fratt. Tampoco daba
el menor indicio sobre el sexo de Fratt. La carta había sido pensada para
evitarlo, para evitar dar ninguna especificación sobre la época o el lugar del
crimen del cual era acusado.
—¿Fratt?
¿Fratt? —murmuró—. ¿Fratt? El nombre no me dice nada. No recuerdo ningún Fratt,
y sin embargo debería hacerlo. Tengo una memoria excelente. Pero esos pocos
años estuvieron tan llenos de acontecimientos, y yo me preocupaba tan poco de
la identidad de mis víctimas. Yo, Dios me perdone, maté e incluso torturé a
gente cuyos nombres nunca llegué a conocer.
Así
que es probable que no recuerde a ningún Fratt debido a que nunca llegué a
saber su nombre, fuera él o ella. ¿Fratt hijo? Eso tendría que darme alguna
pista. Pero quizá ni siquiera supiera que ese Fratt tenía un hijo. ¡Dios mío!
Bebió
un nuevo sorbo y deseó que aquello pudiera borrar todo recuerdo de su pasado.
Él no era el John Carmody que Fratt había conocido. El nombre y el cuerpo
podían parecer los mismos, pero tras ellos no estaba aquel John Carmody. Aquel
hombre había muerto tan realmente como si hubiera perdido la vida en Kareen.
Pero
otros no habían muerto, y no habían olvidado ni perdonado.
Bebió
otro sorbo del bourbon. No había nada que pudiera hacer por el momento. Pero al
menos estaría en guardia. Fratt vería que no iba a ser fácil sorprenderle. No
iba a encontrar a una víctima pasiva, debilitada por la contrición y la
vergüenza, y esperando pagar con su muerte las otras muertes, alguien dispuesto
a ser sacrificado en el altar de su propia conciencia.
Dio
un puñetazo a la superficie de la mesa y estuvo a punto de hacer volcar el
vaso. ¡Al infierno con Fratt! Si Carmody había sido malvado, ahora estaba
despojado de esa maldad. Era más de lo que podía decir Fratt de sí mismo. Si
Fratt había sido en su tiempo una víctima inocente, ahora ya no era inocente.
Luego
pensó: pero entonces soy el responsable de haber inculcado la maldad en Fratt.
Si yo no hubiera hecho lo que hice, no hubiera generado este odio en Fratt.
Quizá presioné tanto a Fratt que lo despojé de todo lo bueno que pudiera haber
en él, y luego yo abandoné la maldad, mientras que él se convertía en el
monstruo que yo había sido. Acción y reacción. Es algo que está en las reglas
del juego. Haya pasado lo que haya pasado o pase lo que pase, yo seré siempre
el culpable.
Sin
embargo, notó que algo del antiguo vigor fluía de nuevo por sus venas. La
venganza es mía, dijo el Señor. Pero Él usa todo tipo de armas para llevar a
efecto su venganza.
—No
—se dijo a sí mismo, y agitó la cabeza—. Estoy racionalizando. Debo perdonar y
amar a mi enemigo como a un hermano. Esto es lo que he estado predicando
durante todos estos años. Y creo en ello. O al menos creía.
Dio
un nuevo puñetazo a la mesa.
—¡Pero
odio! ¡Odio! ¡Oh, Dios mío, cómo odio!
¿Odio
a sí mismo?
—¡Oh,
Dios! —dijo—. ¡Déjame ver que estoy equivocado!
Vació
el vaso y pulsó el mando del autobar para otro.
Cuando
llegó el segundo bourbon, retiró la carta de Fratt del inductor y colocó la de
Raspold. En la pantalla del visor vio el salón del apartamento de Raspold en el
nivel sesenta de la ciudad de Denver. El propio Raspold no estaba sentado para
hacer frente a la cámara. Tan nervioso y enérgico como Carmody, se le hacía
difícil permanecer mucho tiempo en un mismo lugar.
Raspold
era un ave de rapiña revestida de carne, un hombre alto y muy delgado con
engomado cabello negro, ojos marrón negro tan agudos y penetrantes como dos
tomahawks. Tenía una nariz grande y bulbosa, como un perro sabueso. Llevaba el
mono escarlata y el cuello negro de un empleado de las Líneas Interestelares
Prometeo. Carmody no se sorprendió de ello, ya que había visto al detective
bajo numerosos disfraces.
Raspold
dejó de andar arriba y abajo tan sólo el tiempo suficiente para saludar a
Carmody con la mano, Y dijo:
—Hola,
John, viejo renegado. Perdóname si esta es una carta breve.
Siguió
andando arriba y abajo, mientras hablaba alto con su profunda voz de barítono.
—Debo
irme dentro de pocos minutos, así que no sé cuanto tiempo voy a estar sobre
esta pista en particular. Además, la nave que debe llevarse esta carta parte
dentro de media hora.
John,
mientras estaba en este caso, para el cual me ves vestido así, he entrado en
conocimiento accidentalmente de algo que no tiene nada que ver con el caso,
pero que es muy grave. Créeme, muy grave. Un grupo de ricos y fanáticos laicos,
de tu religión, lamento tener que decirlo, han decidido asesinar a Yess, el
dios de Kareen. No lo hará ninguno de sus miembros, sino que han contratado a
un asesino, quizás a varios, para ejecutarlo. Es uno de los mejores
profesionales en el asunto. No conozco su identidad. Pero creo que el asesino
será un terrestre. De todos modos, tanto si el asesino tiene éxito como si
falla y es capturado, las repercusiones serán enormes.
Yo
no puedo hacer nada por mí mismo, porque estoy atado aquí hasta que este caso
quede resuelto. He notificado a 3-E, e indudablemente enviarán agentes a
Kareen. Probablemente también advertirán a Yess. Aunque quizá no, ya que no
quieren que se sepa que son terrestres los que están intentando eso.
Pero
creo que tú podrías hacer algo al respecto, echar una mano. Digo esto porque el
asesino puede que sea un hombre que ha superado la Noche, se haya convertido en
un algulista, y que por eso sea un hombre terriblemente peligroso. Se
necesitará a otro que haya corrido el Riesgo y sobrevivido para oponérsele, y
uno terrestre podrá comprenderle mejor. Naturalmente, el que sea un algulista
es sólo una suposición, en pocas palabras un rumor. Quizá ni siquiera sea
posible. No conozco lo suficiente las cosas de Kareen como para estar seguro.
Si
el asesino no es alguien que haya sobrevivido a la Noche, entonces deberá
realizar su trabajo antes de que la Noche empiece. Así pues, no tiene mucho
tiempo, y tú tampoco.
Quizá
prefieras ignorar todo esto. Quizá Yess sea perfectamente capaz de cuidar de sí
mismo. De todos modos, aquí están los nombres de algunos asesinos
profesionales, los mejores. Tú no debes conocer a ninguno de ellos. Todos los
grandes chicos de tu tiempo están ahora muertos, en prisión, perdidos o, como
tú, metamorfoseados.
Raspold
enumeró diez nombres, los deletreó, y añadió una breve descripción de cada uno
de ellos. Terminó:
—Buena
suerte y mis bendiciones para ti, John. La próxima vez que vengas a la Tierra
espero estar allí también. Me gustará ver de nuevo tu agradable fea cara, y tú
podrás gozar de la contemplación de mis nobles rasgos romanos y escuchar mis
brillantes palabras y mi enorme erudición. Pero ahora debo irme. ¡Adiós!
Carmody
se quitó el lector de la cabeza y tendió la mano hacia su segundo bourbon.
Antes de tocarlo, su mano se inmovilizó. No era el momento de empezar a
emborracharse. No sólo debía tener en cuenta a Fratt —por lo que sabía podía
estar incluso en aquella nave— sino que tenía otro problema aún mucho más
importante. El cardenal debía ser informado de aquel giro de los
acontecimientos. Si lo que decía Raspold era cierto —y normalmente uno podía
creer en él— entonces la Iglesia estaba en un peligro mucho mayor del que había
predicho el cardenal. El asesinato de Yess por miembros de la propia Iglesia
podía causar una erupción que se convirtiera en un cataclismo.
—¡Los
estúpidos! —maldijo Carmody en voz baja—. ¡Los ciegos estúpidos llenos de odio!
Insertó
dos stanleys es una hendidura; una hoja de papel para cartas en blanco surgió
del orificio situado sobre ella. Carmody se giró hacia la pantalla en la pared
al lado de la mesita, introdujo la hoja en blanco en el interior, metió tres
stanleys en la hendidura y pulsó el botón DIC. Tras dictar la carta al
cardenal, llamó a la camarera y le preguntó si la carta podía ser enviada en la
próxima nave que partiera hacia Wildenwooly. Ella trajo un talón de cargo para
que lo firmara y pusiera en él sus huellas dactilares, ya que las cartas eran
muy caras y no llevaba encima moneda suficiente para pagarla.
Luego
Carmody fue a los servicios y tomó un oxidante para quemar el alcohol que había
pasado a su sangre. La otra única persona que había allí era Abdu, el hombre de
negocios de importación-exportación que había subido con él en Wildenwooly.
Abdu
no respondió a las maniobras de Carmody de iniciar una conversación. Excepto
"Sí" y "¿Oh, sí?" y algunos gruñidos inconcretos,
permaneció en silencio. Carmody renunció y regresó a su asiento en la sala de
pasajeros.
Llevaba
apenas diez minutos sentado, con los ojos entrecerrados e ignorando la película
que pasaba por la pantalla, cuando fue interrumpido.
—¿Está
libre este asiento, padre?
Un
joven sacerdote de la orden de los jesuitas estaba de pie frente a él,
sonriéndole y mostrándole unos dientes algo largos. Alto y delgado, poseía un
rostro ascético, ojos azules muy claros, pelo negro, y una piel muy pálida. Su
acento era irlandés, y un momento más tarde se identificaba a sí mismo como el
padre Paul O'Grady, del Bajo Dublin. Había servido en la parroquia de México
Capital, Nivel Medio Occidental, durante tan sólo un año tras haberse graduado
en el seminario. Luego había sido enviado a El Trampolín para ayudar en la
situación de allí.
O'Grady
fue franco respecto a su extremo nerviosismo.
—Me
siento perdido, no solamente con relación a la Tierra sino también con relación
a mí mismo. Tengo la impresión de que me estoy desmenuzando en montones de
piececitas diminutas. Me siento pequeño, muy pequeño; todo lo demás parece tan
grande.
—Agárrese
a algo —dijo Carmody. No deseaba hablar con nadie, pero no podía ignorar al
pobre hombre—. Mucha gente siente lo mismo que usted, casi la mitad de los
pasajeros de esta nave, apostaría. ¿Quiere beber algo? Aún tenemos tiempo antes
del despegue.
O'Grady
agitó la cabeza.
—No.
No deseo depender de una muleta.
—¡Muleta,
infiernos! —dijo Carmody—. No sea ridículo, hijo. Si la necesita, la necesita.
Eso pasará pronto; cuando tenga de nuevo los pies apoyados sobre suelo sólido y
vea sobre su cabeza un cielo azul parecido al de la Tierra. ¡Azafata! —Debe
usted pensar que soy un bebé horrible —dijo O'Grady.
—Sí,
lo pienso —respondió Carmody. Se echó a reír cuando el joven sacerdote le miró
desconcertado—. Pero no creo que sea un cobarde. Si hubiera usted rehusado una
vez llegado aquí, entonces sí. Pero no lo ha hecho. Así que crecerá.
O'Grady
permaneció en silencio durante un rato, rumiando las observaciones de Carmody.
Finalmente dijo:
—Bueno,
estaba tan nervioso que he olvidado preguntarle su nombre, padre.
Carmody
se lo dijo.
Los
ojos de O'Grady se desorbitaron.
—¿No
será usted el padre Carmody que... el padre de...
—Dígalo.
—¿Del
falso dios Yess de Kareen?
Carmody
asintió.
—Se
dice que va usted con una misión a Kareen —dijo O'Grady con voz temblorosa—. Se
dice que va usted a denunciar a Yess y a demostrar que el boontismo es una
religión falsa.
—¿Quién
dice eso? —dijo Carmody, casi en un susurro—. Y baje la voz.
—Oh,
todo el mundo lo sabe —dijo O'Grady, haciendo un gesto con la mano que indicaba
aparentemente la totalidad del universo.
—Al
Vaticano le agradaría saber cómo son custodiados sus secretos mejor guardados
—dijo Carmody—. Bien, para su información, no estoy yendo a Kareen para
desenmascarar a Yess.
O'Grady
sujetó a Carmody por el brazo y dijo:
—No
irá usted para renunciar a nuestra fe por el boontismo.
Carmody
soltó su brazo.
—¿Es
este otro rumor? —dijo fríamente—. No. Admitiré que hay algunos aspectos
desconcertantes en el boontismo. Pero mi fe es inquebrantable. Confusa, quizá,
y cuestionable en algunos aspectos, pero inquebrantable. Y puede decírselo a
todo el mundo, si quiere.
—Hemos
tenido muchos problemas en El Trampolín —dijo O'Grady—. El número de
componentes de nuestro rebaño que nos han dejado por el boontismo es alarmante.
No puedo revelarle la cifra, pero sí puedo decirle que es alarmante.
—Ya
lo ha dicho dos veces —respondió Carmody.
—Padre,
quizá pueda quedarse usted en El Trampolín lo suficiente como para predicar un
poco. Necesitamos un hombre como usted, un hombre que haya ido a Kareen y pueda
exponer la falsedad de sus pretendidos milagros y de su pretendido dios.
—No
tengo tiempo de quedarme —respondió Carmody—. Además, probablemente les
decepcionaría bastante. Los pretendidos milagros son reales, y el que Yess sea
o no el verdadero salvador de ese planeta es una cuestión que ni siquiera el
propio Santo Padre puede responder actualmente. Todavía no.
Carmody
se irguió y se inclinó hacia adelante, miró a la pantalla sin ver realmente las
siluetas que se movían en ella, y dijo:
—Le
advierto que hará mejor no diciendo nada a nadie de nuestro encuentro y de
nuestra conversación. Se supone que esta misión es secreta. Sólo yo y algunas
altas esferas de la Iglesia saben presumiblemente de ella, aunque puedo ver que
el teléfono de los rumores ha funcionado rápidamente otra vez. Es la única cosa
en el universo que es más rápida que la luz. Pero si usted susurra a alguien
una sola palabra de esto, le advierto que recibirá una severísima reprimenda y
que eso será un freno tan grande en su carrera que lo mantendrá en el mismo
sitio durante más de veinte años. Así que mantenga su boca cerrada.
O'Grady
parpadeó, y su rostro se empurpuró y palideció a la vez. Para alivio de
Carmody, la señal de aviso zumbó, y el capitán empezó de nuevo su discurso
habitual. Durante el resto del camino hasta El Trampolín, O'Grady estuvo lo
suficientemente preocupado controlando su temor como para hablar.
Cuando
la Mula Blanca hubo aterrizado, Carmody decidió abandonarla por unos instantes.
Necesitaba desentumecer las piernas, echar una nueva mirada a aquel lugar que
en otro tiempo le había sido tan familiar. Además, era el último planeta
"normal" que iba a ver por algún tiempo.
El
puerto había cambiado mucho en diez años, al igual que la ciudad que había tras
él. Los blancos conos brobdingnagianos, erigidos por los casi extintos
castoristas —animales de sangre caliente que emulaban a las termitas de la
Tierra en comer madera y construir edificios con excrementos cementados— aún
eran numerosos. Los primeros colonos habían matado a los castoristas y se
habían instalado en los rascacielos prefabricados. Luego las casas hechas con
troncos o piedra artificial habían ido ocupando los espacios entre los conos.
Pero las construcciones originales humanas habían desaparecido, reemplazadas
por amplias estructuras de piedra y travesaños de plástico.
Había
muchas más naves en los círculos de aterrizaje que en su última visita. Carmody
dio gracias a Dios por haber tenido el privilegio de ver los planetas cuando
aún estaban relativamente intocados por manos humanas. Evidentemente, había aún
muchos otros que todavía tenían que ser descubiertos y explorados. Pero
últimamente sus asuntos lo habían llevado por caminos muy hollados.
Paseó
durante una media hora por los edificios del puerto, luego regresó a su
terminal para el proceso de descontaminación. Una enorme multitud en el salón
principal le cortaba el paso. Por un momento no pudo determinar qué era lo que
ocasionaba los enfurecidos gritos, los enrojecidos rostros, los amenazantes
puños. Luego vio que un grupo, algunos de cuyos componentes llevaban pancartas
con la enseña: Sociedad Protectora Cristiana, rodeaban a una docena de hombres
y mujeres. Esos, dejando aparte su actitud defensiva, no se diferenciaban
aparentemente de sus perseguidores.
Tan
sólo cuando decidió emplear los codos para abrirse camino entre la multitud y
consiguió llegar lo suficientemente cerca pudo ver los anchos anillos de oro en
los dedos índices del grupo sitiado. Los anillos estaban grabados con un
círculo que dominaba dos lanzas entrecruzadas de aspecto fálico. Había visto ya
varios de aquellos anillos en Wildenwooly, y supo que aquellos que estaban
siendo atacados eran conversos al boontismo. Se habían agrupado cerca de las
ventanillas de la aduana y hacían todo lo que podían por ignorar las burlas y
los insultos que les llovían de todos lados. En la primera fila de los de la
Sociedad Protectora Cristiana se hallaba un sacerdote corpulento, de hirsuto
pelo y enorme nariz. Carmody lo reconoció inmediatamente, aunque no lo había
visto en doce años. Era el padre Christopher Bakeling, y había entrado en el
sacerdocio y en la Orden de San Jairo el mismo año que Carmody.
Carmody
se abrió camino hacia él, con la multitud dejándole paso a la vista de su
atuendo sacerdotal. Se detuvo entre el enorme sacerdote y los boontistas.
—Padre
Bakeling, ¿qué ocurre aquí?
Los
ojos de Bakeling se abrieron enormemente.
—¡John
Carmody! ¿Qué está haciendo usted aquí?
—¡No
provocar disturbios, puedo asegurárselo! ¿Cuál es su queja contra esa gente?
—¡Queja!
—resopló el enorme sacerdote—. ¡Queja! ¡Carmody, le conozco bien! ¡Usted está
aquí para crear problemas, tan seguro como que su apodo es
"Metomentodo"!
Gesticuló
y babeó por unos instantes, y finalmente consiguió recuperar su autocontrol.
Señaló a un hombre alto y agraciado que estaba de pie junto a la ventanilla de
admisión.
—¡Mírelo!
¡Es el padre Gideon! ¡Se ha convertido en un seguidor del asqueroso ídolo
Boonta, y ahora se está llevando a tres de sus propios fieles directamente con
él al Infierno! ¡Y además a dos de mis propios fieles!
Una
mujer entre la multitud aulló.
—¡Gideon
es un Anticristo, eso es lo que es, un Anticristo! ¡Y era mi propio confesor!
Habría que meterle en prisión y encerrarlo allá donde no pudiera seguir
divulgando todos sus secretos.
—¡Habría
que lapidarlo! —gritó Bakeling—. ¡Lapidarlo! ¡O colgarlo aquí mismo, como a
Judas! Ha traicionado a nuestro buen Señor por un diablo, ha seducido...
—Cállese,
Bakeling —dijo duramente Carmody—. ¡Está convirtiendo una situación
comprometida en algo mucho peor con su bocaza y sus incongruencias públicas!
Creo que lo que debería hacer sería intentar tapar esto de la mejor manera
posible. ¡Ese tipo de publicidad, tanto para ellos como para nosotros, debería
ser evitada!
Bakeling,
con los puños fuertemente apretados, se lanzó contra Carmody y obligó al
pequeño sacerdote a retroceder.
—¿Se
pone usted de su lado? ¡Le conozco, Carmody! ¡Usted mismo se ha visto infectado
por el boontismo! ¡He oído decir incluso que había fornicado con la sacerdotisa
de Boonta o hecho algo igualmente perverso, y que el hijo de Boonta es también
su hijo! No he querido creerlo; ningún hombre del clero podría ser tan inicuo,
¡ni siquiera un monstruo como usted! ¡Pero ahora ya no estoy tan seguro!
—Apártese
de mí, Bakeling —dijo Carmody. Sentía que su cólera ascendía en su interior
como el mercurio de un termómetro en plena canícula—. ¡Apártese, e intente
comportarse como un siervo de Dios!
Hizo
una pausa, luego no pudo contener por más tiempo su ira.
—¡No
me empuje! ¡Se lo advierto!
—¡Oh,
es usted un gallito de pelea, cree en su propia reputación de hombre peligroso!
¡Es usted tan pequeño para mí que me basta con escupirle encima! ¡Y ni siquiera
es usted digno de que me tome esa molestia!
La
mujer que había denunciado a Gideon intervino de nuevo:
—¿Qué
clase de sacerdote es usted? ¿Tomando partido contra nuestra propia religión,
nuestra propia gente?
Carmody
se esforzó en calmarse. En voz baja, dijo:
—Estoy
intentando conducirme como cristiano, intentando impedir que su gente actúe
movida por el odio. Recuerde: Ama a tu enemigo.
—¡Y
la próxima vez nos va a decir que presentemos la otra mejilla e invitemos a esa
basura a comer! —gritó la mujer—. ¡Son malvados, padre, malvados! ¡Y el padre
Gideon es Satán en persona! ¿Cómo puede... cómo puede...? —Y se lanzó a una
retahíla de insultos y maldiciones que Carmody, en sus viejos días, hubiera
admirado. Fuera lo que fuera lo que poseía a aquella mujer, tenía realmente
imaginación y un auténtico don para la blasfemia.
—¡Apártese
de mi camino, Carmody! —rugió el enorme sacerdote—. ¡Voy a hacer que Gideon se
retracte aunque para ello tenga que retorcerle el cuello!
—¡Ese
no es el camino! —dijo Carmody.
—¡Infiernos
no lo es! —gritó Bakeling, y se arrojó sobre Carmody. Mientras el pequeño
sacerdote se inclinaba bajo el empuje de aquel poderoso puño, la rabia y la
frustración que ardían en él desde la muerte de Anna subieron a la superficie.
Hundió los dedos rígidos de su mano izquierda en el enorme y blando vientre
ante él, y Bakeling se llevó ambas manos a su estómago, boqueó, se dobló, y
recibió de lleno un puñetazo en la nariz. La sangre salpicó sus zapatos y las
piernas de Carmody.
Un
único grito brotó de la multitud. Empujaron hacia adelante, arrastrando a
Carmody con la muralla de sus cuerpos, apretándole contra los aterrorizados
boontistas. Sonaron algunos silbatos de la policía. Varios puños golpearon a
Carmody, y perdió el conocimiento.
Cuando
abrió los ojos, su cabeza, mandíbula, costillas y hombros le dolían. Un policía
con el uniforme blanco y negro y el casco cónico de las fuerzas municipales de
El Trampolín intentaba reanimarle. Antes de que Carmody pudiera decir nada fue
puesto bruscamente en pie por dos fornidos hombres y arrastrado por la gran
sala hasta el exterior. Allí varios coches celulares le aguardaban a él y a los
demás manifestantes que no habían escapado lo suficientemente aprisa o habían
sido lo bastante heridos como para no poder correr. Sin embargo, él recibió un
trato de favor. Mientras la mayor parte de los demás eran metidos por la fuerza
en las camionetas celulares, él fue metido en la parte de atrás de un coche de
patrulla. Un teniente se sentó a su lado. Al otro lado estaba el padre
Bakeling, con un pañuelo apretado contra su nariz.
—¡Ya
ve la que ha armado, especie de buscaproblemas! —murmuró Bakeling—. ¡Ha
desencadenado un disturbio, y ha deshonrado a su Iglesia y a su diócesis!
—¿Yo?
Carmody
lo miró sorprendido, luego se echó a reír, pero se interrumpió cuando sus
costillas lanzaron una oleada de dolor a través de todo su cuerpo.
—¿Vamos
a ser acusados de algo? —le preguntó al teniente.
—El
padre Bakeling ha presentado cargos contra usted. —El policía le tendió un
teléfono de muñeca—. Tiene usted derecho a llamar a su abogado.
Carmody
lo ignoró y se dirigió a Bakeling.
—Si
me veo retenido y pierdo la nave a Kareen, va a tener que responder de ello a
las más altas autoridades. Y cuando digo a las más altas me refiero
precisamente a las más altas.
Bakeling
se apretó el pañuelo contra la nariz y gruñó:
—No
me amenace, Carmody. Recuerde, le conozco, sé quién es, un pequeño mentiroso
embaucador.
—Creo
que después de todo voy a hacer esa llamada —dijo Carmody. Tomó el teléfono—.
¿Cuál es el antecódigo?
El
teniente le dijo los números, y Carmody los repitió. La medialuna gris de la
parte superior del disco de 5,08 centímetros se volvió luminosa.
—¿Cuál
es el número del obispo Emzaba?
Bakeling
se sobresaltó; el teniente abrió mucho los ojos.
—No
se lo diré —dijo Bakeling.
—De
acuerdo; teniente, dígamelo usted.
El
policía suspiró, pero sacó una libretita de su bolsa de cintura y la hojeó.
—606.
Carmody
dijo el número, y un segundo más tarde el rostro de un joven sacerdote apareció
en la pequeña pantalla. Carmody hizo girar la parte superior móvil del disco, y
el rostro pareció salir fuera de la pantalla y flotar, muy ampliada, a
dieciséis centímetros delante del disco.
—Al
habla el padre Carmody de Wildenwooly. Debo hablar con el obispo.
Inmediatamente. Es una emergencia.
El
rostro se esfumó; la pantalla permaneció ciega, aunque sin perder su
luminosidad. Bruscamente, los rasgos de un mulato danzaron ante Carmody. El
parpadeante rostro tenía el ceño fruncido, y su voz era profunda y dura.
—¿Carmody?
¿En qué lío se ha metido usted ahora?
—Uno
que no ha sido en absoluto culpa mía, Su Eminencia —dijo Carmody—. De hecho, yo
estaba simplemente intentando llevar a cabo una acción cristiana, sin mencionar
la caridad cristiana. Pero fracasé. Y aquí estoy, camino del puesto de policía,
a punto de ser inculpado y encarcelado.
—He
oído hablar de los disturbios en el espaciopuerto y de su participación en
ellos —dijo Emzaba—. Ya he empezado algunas acciones por iniciativa propia.
Quizá no sea cristiano, pero se trata de algo de extrema necesidad.
Carmody
giró el teléfono de modo que el obispo pudiera ver a Bakeling.
El
ceño de Emzaba se frunció aún más.
—¡Bakeling!
¿Es cierto que se ha enfrentado usted a otro sacerdote? ¿Y que estaba
capitaneando una manifestación de sus propios fieles contra los conversos
boontistas?
Bakeling
gruñó inconcretamente por un instante y luego dijo:
—¡Estaba
solamente intentando que el padre Gideon y su gente vieran el error que estaban
cometiendo, Su Eminencia! ¡Pero ese, ese Metomentodo de aquí, ha venido a
ponerse en su favor! ¡Incluso me atacó, a un hermano sacerdote, a un miembro de
su propia orden, para proteger a los herejes boontistas!
—¿Es
eso cierto? —dijo Emzaba—. ¡Carmody, gire el teléfono de modo que pueda ver su
rostro!
Carmody
giró el teléfono y dijo:
—Es
una larga historia, Su Eminencia, y haría falta mucho tiempo para separar los
varios hilos de la verdad de los de la pasión. Pero no tengo tiempo de
explicarlo. ¡Debo proseguir mi camino hacia Kareen! ¡Inmediatamente! ¡Llevo una
misión de la más alta importancia, autorizada por el Santo Padre en persona!
—Sí,
lo sé —dijo Emzaba—. Ayer me llegó un correo informándome de que debía ayudarle
a seguir su camino, por irrazonables o extrañas que fueran las demandas que
usted pudiera hacerme. He comprendido algo de su misión, y estoy preparado para
ayudarle. ¡Pero Carmody, un alboroto! ¡Debería comprender mejor que nadie la
necesidad de no verse envuelto en algo que pueda retrasarlo!
—Lo
sé, y lo siento. Pero aquí estoy. Ahora, ¿cómo puedo regresar al puerto a
tiempo de tomar la Mula Blanca antes de que despegue? ¿Puedo conseguirlo
realmente?
Emzaba
pidió hablarle al teniente. Carmody giró de nuevo el teléfono para que el
policía y el obispo pudieran hablar frente a frente. El teniente enumeró los
cargos que habían sido hechos contra Carmody. Al oírlos, el obispo frunció tan
fieramente el ceño que se asemejó a uno de los ídolos de ébano esculpidos por
sus antepasados en aquellos lejanos tiempos.
—Le
llamaré de nuevo, teniente. O lo hará algún otro —dijo Emzaba.
Su
rostro se disolvió, pero el fantasma de su irritación colgó en el aire.
Bakeling pareció incómodo, mirando de reojo a Carmody.
—Si
sale usted con bien de ésta, especie de rata de cloaca, y si soy injustamente
acusado... si tengo que sufrir por su causa... le juro que...
—¿Qué
hará? —dijo Carmody—. ¿Negarse a aprender su lección y volver a cargar como un
toro en celo para golpear de nuevo su gorda cabeza contra las paredes?
—Es
usted repugnante, Carmody, un insulto a su sagrado oficio.
—Las
situaciones violentas exigen un lenguaje violento —dijo Carmody—. ¿Pero no se
le ha ocurrido pensar que el obispo hubiera estado aún mucho más furioso contra
usted si hubiera hecho unos mártires de los boontistas? Eso es lo que la
Iglesia desea evitar a toda costa, y eso es precisamente lo que estaba haciendo
usted.
—Yo
estaba actuando según los dictados de mi conciencia —dijo rígidamente Bakeling.
—Haría
mejor en tomar su conciencia y sacudirle un poco el polvo —dijo Carmody—.
Límpiela, haga que brille como un espejo, y échese una buena mirada a usted
mismo en ella. Admito que el espectáculo será nauseabundo, pero a veces se
necesitan unas cuantas náuseas para poner en forma a un hombre.
—¡Usted,
sucio pequeño hipócrita bocazas!
Carmody
se alzó de hombros por toda respuesta. Estaba empezando a sentirse de nuevo
deprimido, ya que sabía que el obispo tenía razón.
El
coche se detuvo ante el puesto de policía. Se hallaba en uno de los conos de
los castoristas ocupados por los primeros colonos, una estructura gris blanca
en su exterior, de unos cien metros de diámetro en su base y una altura de
cuatrocientos metros hasta su cúspide. Antiguamente el cono había albergado a
la organización central de policía de todo el planeta. Pero en sus cincuenta
años de colonización, El Trampolín había aumentado de tal modo su población que
ahora el edificio albergaba tan sólo la jefatura de puestos. La base planetaria
había sido trasladada a una nueva estructura a veinte kilómetros de distancia,
un rascacielos construido por el hombre.
La
entrada original, lo suficientemente amplia como para dejar pasar tan sólo a
dos castoristas hombro contra hombro, había sido ampliada hasta convertirla en
un amplio arco. Carmody lo franqueó en compañía del teniente y de Bakeling,
entrando en un enorme y abovedado vestíbulo cuya blanca desnudez había sido
recubierta con fórmica verde. De aquel vestíbulo pasaron a una gran habitación.
Había allí un curioso olor, compuesto por los rastros, de cincuenta años de
antigüedad, de los castoristas, mezclado con el inmemorial efluvio de los
edificios de la policía y los tribunales: humo de cigarrillos y orina. Bajo la
pintura verde, sabía Carmody, había manchas y rastros de sangre, ya que los
castoristas no se habían dejado desposeer pacíficamente.
Carmody
y Bakeling se sentaron en un banco mientras el teniente iba a hablar con sus
superiores. Cinco minutos más tarde regresó con el rostro pálido y los labios
apretados.
—¡El
obispo ha interferido en el procedimiento policial! —dijo—. Tiene que haber
hecho realmente una buena presión. Acabo de recibir órdenes de olvidar todos
los cargos y soltarlos a los dos. Y como si esto no fuera poco, tengo que
escoltarle a usted, Carmody, hasta el puerto.
Los
dos sacerdotes, en silencio, se levantaron y le siguieron fuera del edificio.
Esta vez, Carmody fue instalado en un aerocoche. El vehículo se elevó en
vertical y salió disparado hacia las espiras del puerto, haciendo sonar todas
sus sirenas y destellando todas sus luces.
El
teniente, sentado delante de Carmody, se giró repentinamente y le tendió el
teléfono.
—El
obispo —dijo, y se giró nuevamente de espaldas.
El
rostro de Emzaba brotó de la pantalla, y se detuvo tan sólo a unos pocos
centímetros del de Carmody. Estaba tan cerca que el sacerdote podía percibir
las líneas ondulantes que formaba la proyección. Aquello le daba aún más fuerza
a las palabras del obispo.
Poco
después, Carmody, debidamente escarmentado y contrito, se excusó. No dijo nada
acerca de la muerte de su esposa. Pero el obispo debía saber de ella, ya que
inmediatamente después de su discurso se ablandó.
—Ya
sé que arrastra usted consigo un pesado fardo, John. Bajo circunstancias
normales, no me hubiera contentado con una simple reprimenda. Pero nada debe
desviarle de su misión.
—Hay
veces en que las cosas escapan a todo control —dijo Carmody—. Bueno, pronto
estaré en Kareen y dedicado por completo a mi tarea.
El
obispo guardó silencio durante un minuto, y luego dijo:
—¿Será
presuntuoso por mi parte pedirle más detalles acerca de su misión? Tengo una
idea general, pero no me ha sido dicho nada específico. De todos modos, no
pienso que tiene usted que contármelo todo tan sólo porque yo sea curioso.
Considéreme como un correligionario que se siente gravemente preocupado y que
sabe mantener la boca callada.
Carmody
se entretuvo encendiendo un cigarrillo, y luego dijo:
—Puedo
decirle, Su Eminencia, que mi misión es doble. Por un lado, debo intentar
disuadir a Yess de que envíe a sus misioneros a otros planetas. En segundo
lugar, debo intentar convencer a Yess de que no obligue a toda la población de
Kareen a pasar la Noche de Luz.
Emzaba
pareció impresionado.
—No
sabía que Yess tuviera la intención de mantener a sus seguidores Despiertos.
—Todavía
no está decidido. Aparentemente, aún lo está considerando, y no dará a conocer
su decisión hasta que la Noche esté a punto de empezar.
—¿Pero
por qué querrá hacer eso?
—Me
han dicho que desearía hacer una criba de todos los adoradores secretos de
Algul y también de los tibios y de los indiferentes. Quiere un planeta lleno de
fanáticos.
El
obispo asintió.
—Y
entonces Yess enviará a esos fanáticos como misioneros, ¿correcto?
—Correcto.
—¿Y
Yess tiene el poder de hacer esto, de obligar a todo el mundo a exponerse a los
terribles peligros de la Noche?
—Tiene
el poder. El obispo vaciló, frunció el ceño, y luego dijo:
—Nuestros
superiores deben creer que tiene usted alguna posibilidad de éxito. De otro
modo, no lo enviarían junto a Yess.
—Quizá
sea también un acto de pura desesperación —dijo Carmody—. Las incursiones que
ha hecho el boontismo en nuestra fe, en todas las religiones no kareenianas,
han sido devastadoras. Y cada vez será peor.
—Entiendo.
Sin embargo... usted ha pasado la Noche... se dice incluso que es uno de los
Padres de Yess... pero que no se ha convertido usted en un adorador de la
diosa. Así pues, hay esperanzas. Pero no comprendo que no haya sido utilizado
publicitariamente por nuestra Iglesia. Es usted el mayor testimonio viviente de
nuestra fe.
Carmody
sonrió amargamente y dijo:
—Hay
un gran peligro en mi testimonio. ¿Qué pensaría el hombre medio si yo jurara, y
tendría que hacerlo, que los fenómenos de la Noche son reales? ¿Que el dios
Yess es formado realmente del aire por la unión mística entre la Gran Madre y
los Siete Padres? ¿Que los denominados milagros son cosa corriente en Kareen,
que el boontismo puede ofrecer la prueba viviente de lo que dice, resultados
sólidos y visuales de la práctica de su religión?
¿O
que yo era un criminal de la peor calaña, varias veces asesino, ladrón,
pervertido, lo que usted quiera... y que sin embargo tras haber sobrevivido a
la Noche no he necesitado ni siquiera un tratamiento de reeducación en la John
Hopkins?
—Dirían
que el boontismo ha hecho eso y darían aún más crédito a los misioneros
kareenianos. Pero usted no se ha convertido en un seguidor de Boonta.
—Creo
que hubiera podido llegar a ocurrir si me hubiera quedado en Kareen —dijo
Carmody—. Pero regresé o la Tierra casi inmediatamente después de la Noche. Y
mientras estuve en Hopkins tuve una experiencia de cuyos detalles no voy a
hablar ahora. Aquello fue suficiente para decidirme a entrar en la Iglesia, y
convertirme en hermano laico y luego en sacerdote.
—Sigo
sin comprender —dijo el obispo—. Usted afirma la validez de Yess y de Boonta, y
pese a ello declara la veracidad de su fe. ¿Cómo pueden reconciliarse dos
conceptos tan opuestos?
Carmody
se alzó de hombros y dijo:
—No
pueden. Yo me hago mis propias preguntas, estoy lleno de ellas. Pero hasta
ahora siguen sin respuesta. Quizás esta visita a Kareen me permita hacerlo.
El
aerocoche se posó en el aparcamiento. Carmody le dijo adiós a Emzaba, recibió
su bendición, luego se entretuvo un poco más para pedirle al obispo que no
fuera severo con Bakeling. Emzaba replicó que intentaría ser tan justo como le
fuera posible. Pero antes de soltarlo le haría comprender a Bakeling
exactamente lo que había hecho y le haría prometer que evitaría tales errores
en el futuro.
Carmody
ocupó su asiento en la Mula Blanca tan sólo un minuto antes de que las
portillas fueran cerradas para las comprobaciones previas al despegue. Vio que
la mayor parte de los boontistas conversos que se habían visto mezclados en el
altercado habían conseguido llegar a tiempo a la nave.
Uno
de los pasajeros, que había entrado pisándole los talones a Carmody, no era un
boontista. Era un hombre pequeño y musculoso, que parecía tener la misma edad
psicológica de Carmody, es decir, entre los treinta y cinco y los cien años.
Tenía una pelambrera negra, espesa y muy rizada, un ancho rostro amerindio con
una gran nariz aquilina, labios delgados y un mentón agresivo. Iba vestido
enteramente de blanco: un sombrero cónico con una amplia ala blanda, una camisa
ceñida con mangas abombadas, un amplio cinturón de similpiel con una hebilla
metálica hexagonal, una bolsa de cintura blanca, y un pantalón ajustado en los
muslos pero amplio en las pantorrillas. Sus zapatos, sin ninguno de los adornos
habituales de frunces y festones, eran sencillos pero resistentes.
Aferrado
en una de sus manos llevaba un grueso libro encuadernado en blanco. En su
cubierta, en el antiguo alfabeto no fonético, había escritas unas palabras en
negro: Versión auténtica - Sagradas Escrituras. Por ello y por sus blancos
hábitos, Carmody comprendió que el hombre pertenecía a un grupo religioso cada
vez más poderoso. Los miembros de la Iglesia Profunda de Dios —a veces llamados
Culosduros por sus enemigos— eran fundamentalistas que creían haber vuelto a la
fe original de los principios del cristianismo. Carmody había encontrado a
varios de ellos en Wildenwooly.
Sin
embargo, no fue la religión de aquel hombre lo que hizo que Carmody desorbitara
los ojos. Fue la impresión del reconocimiento.
¡Así
que todos los antiguos profesionales no habían desaparecido! Aquel hombre era
Al Lieftin, y en una ocasión había trabajado con Carmody durante una fase del
robo del Staronif.
Los
ojos de Lieftin también se abrieron enormemente al ver el rostro de Carmody.
Los abrió aún más cuando los descendió y vio las ropas marrones de un sacerdote
de la Orden de San Jairo.
Lieftin
levantó la mano como para defenderse de algo, dio un paso atrás, y se giró.
Pero el sacerdote lo llamó en voz alta:
—¡Al
Lieftin! ¡Ven y siéntate a mi lado! No necesitas evitarme. No tengo nada que
ocultar. Y parece que ambos hemos cambiado mucho.
Lieftin
vaciló. El color regresó a su rostro; sonrió, y con un andar casi fanfarrón fue
a sentarse en el asiento al lado del de Carmody.
—Me
has dejado asombrado —dijo—. Hace tantos años. Tú... ¿tú eres el padre Carmody
ahora?
—Padre,
sí —dijo Carmody—. ¿Y tú?
—Soy
un diácono de la Verdadera Iglesia —dijo Lieftin—. ¡Loado sea el Señor! Los
días de maldad han desaparecido para siempre; vi la luz a tiempo. Me arrepentí,
pagué por mis pecados. Y ahora predico la Palabra Fundamental.
—Estoy
muy contento de que estés en paz —dijo Carmody—. Al menos, presumo que lo
estás. Hemos seguido caminos algo divergentes, pero ambos han sido, creo,
buenos caminos, los caminos adecuados. Dime —prosiguió—, si no tienes ninguna
objeción, ¿para qué vas a la Alegría de Dante? La Noche de Luz se aproxima. No
creo que estés planeando pasarla.
—¡Nunca!
No, voy allí porque mi Iglesia me ha enviado a hacer un informe sobre los
rituales pre-Noche, y luego tomar la última nave que salga. Hubiera preferido
no tener que observar esas cosas Satánicas, pero el Principal en persona me
pidió que lo hiciera.
—¿Para
qué quiere tu Iglesia un informe? Seguro que hay los suficientes datos acerca
de Kareen en las librerías de la Tierra.
—La
amarga verdad —dijo Lieftin— es que hemos perdido más cantidad de gente que se
ha pasado al falso dios Yess de lo que nos gustaría admitir. Muchos hombres y
mujeres de los que nunca hubiera creído que pudieran desviarse de la Palabra
Fundamental han sucumbido ante las falacias Satánicas de los misioneros
kareenianos.
Así
que debo hacer un informe detallado, descubrir las cosas que no constan en los
libros, obtener un relato de primera mano. He de tomar también película, y
usarlo todo ello en ciclos de conferencias en la Tierra. Debo mostrarles a las
gentes de la Tierra qué clase de pecadores son realmente los kareenianos.
Cuando los actos indescriptiblemente obscenos y maléficos que cometen los
kareenianos en nombre de su religión sean puestos en evidencia, entonces los
terrestres se mostrarán menos ansiosos de convertirse al boontismo. Verán por
sí mismos qué abominaciones se practican en el nombre de Boonta.
Carmody
no le dijo a Lieftin que aquel método había sido intentado ya más de una vez.
Algunas veces, funcionaba. Pero la mayor parte de las veces conseguía tan sólo
el efecto contrario. Despertaba la curiosidad, incluso el deseo.
Carmody
encendió un cigarrillo. Lieftin resopló. Carmody dijo: —Antes encendías un
cigarrillo con la colilla del anterior. ¿Cuan difícil te ha sido apartarte del
hábito?
—Nada,
loado sea el Señor. No he sentido ni una tentación momentánea desde el instante
en que vi la luz. ¡Nunca! Renuncié a los pecados del tabaco, del alcohol y de
la fornicación. Y doy gracias al Señor que me ha protegido desde entonces de
toda tentación.
—El
tabaco y el alcohol pueden ser malos si se abusa de ellos —dijo Carmody—. Pero
la moderación es también una virtud. En general, al menos.
—Tú
no crees en ello, Carmody. Cuando se lucha contra el mal, es todo o nada.
Vaciló,
y luego dijo:
—De
hecho, quizá no debería escarbar en los viejos días. Pero ¿qué fue lo que le
ocurrió al Staronif? Recuerdo que tuvimos que salir por piernas aquella noche.
Yo apenas conseguí escapar de los guardias y de su wego. Oí más tarde que
Raspold casi estuvo a punto de cogerte, pero que lo burlaste. Pero nunca volví
a saber qué le había ocurrido al Staronif. ¿Escapaste con él?
—Logré
escapar de Raspold porque él se vio obligado a refugiarse en un árbol
perseguido por un logar —dijo Carmody, refiriéndose a un enorme felinoide
carnívoro del planeta Tulgey—. Yo casi conseguí llegar a nuestra nave, pero
también tuve que refugiarme en un árbol; el logar venía tras mis huellas. No
creas esas historias acerca de gente que está demasiado gorda como para trepar
a un árbol. Yo no tenía más que un arma, ya que había vaciado todos mis
cargadores durante la persecución y la batalla con los guardias. Esa arma era
el Staronif.
Se
lo hundí al logar en la garganta, y el bicho se tragó el Staronif. La última
vez que vi al logar estaba corriendo por el bosque, aullando como si fuera
presa del más grande de todos los cólicos.
—¡Dios!
—dijo Lieftin. Y luego—: Lo siento. No debo usar el nombre del Señor en vano.
¡Pero el Staronif! Diez millones de giffords perdidos en el estómago de un
gato. ¡Vaya fortuna hubieras podido obtener! ¡Y todos esos meses de planear las
cosas y todo ese dinero gastado en organizarlas!
Carmody
soltó una risita y dijo:
—En
aquel momento no me pareció en absoluto divertido. Pero ahora me río de ello.
En algún lugar de aquel enorme y umbrío bosque, la más valiosa joya de la
galaxia reposa en medio del esqueleto de un logar.
Lieftin
se secó la frente con un pañuelo que sacó de su manga. Carmody se lo quedó
mirando, preguntándose si aquel pañuelo contendría aún la pequeña bola de acero
cosida en una de sus esquinas. Lieftin se había hecho famoso hacía tiempo por
su habilidad en lanzarla al ojo de un hombre durante una lucha, haciéndoselo
saltar muy a menudo. Ahora no había ninguna señal de ella.
La
azafata anunció el despegue. Diez minutos más tarde, tiempo de la nave, la Mula
Blanca estaba en la atmósfera de Kareen. En otros diez minutos, había
aterrizado a la luz del sol del atardecer.
Una
vez más tuvo que pasar Carmody por la inspección. Perdió de vista a Lieftin
hasta que estuvo camino de la salida del espaciopuerto. Cuando pasó delante de
la puerta de los servicios (diseñados para los machos bípedos de origen no
kareeniano), la puerta se abrió. Y vio a Lieftin aplastando un cigarrillo en un
cenicero.
Lieftin
levantó la vista al mismo tiempo. Se sobresaltó, luego salió precipitadamente y
sujetó a Carmody por el brazo.
—Perdóname,
Carmody, te he mentido. Caigo en la tentación de tanto en tanto. Pero
generalmente resisto a ella con la ayuda del Señor. Sólo que esta vez he caído.
Quizá debido a que este viaje me ha puesto muy nervioso. Ya sabes, venir a un
lugar tan dominado por el mal.
—Este
lugar no está más dominado por el mal que cualquier otro lugar —dijo Carmody—.
No te preocupes. No te estoy juzgando. No me voy a reír ni le voy a decir nada
a nadie al respecto. Olvídalo. Y perdóname. Creo que la delegación oficial está
aquí para recibirme.
Había
visto a su viejo amigo Tand penetrar en la enorme sala. No se le veía mucho más
viejo de cuando se habían separado. Había algunos rastros grises en el plumoso
cabello de su cabeza, y parecía un poco más grueso de como Carmody lo
recordaba. Pero era el mismo individuo alegre, con sus azules dientes siempre
expuestos en una sonrisa. Su actual e importante posición no había cambiado su
modo de vestir. Seguía llevando sus habituales ropas sencillas y conservadoras.
Tand
avanzó hacia él, los brazos abiertos, llamando:
—¡John
Carmody! ¡Bienvenido!
Se
abrazaron. Tand dijo, en inglés:
—¿Cómo
estás, padre?
Se
echó a reír, y Carmody comprendió que Tand estaba usando aquel título con un
doble sentido.
—Estoy
bien —respondió Carmody en kareeniano—. ¿Y tú, Padre Tand?
Utilizó
la palabra pwelch, que estaba reservada para Padre de Yess.
Tand
dio un paso hacia atrás y dijo:
—Me siento
tan feliz como pueda estarlo bajo las actuales condiciones. Oh... —Se giró
hacia los otros kareenianos que estaban tras él—. Permíteme presentarte...
Carmody
saludó a cada uno de ellos con la formal combinación de apretón de manos y
ligera flexión de las rodillas. Los cuatro eran miembros del gobierno: un
oficial de la policía secreta, un sacerdote, un etnólogo, y un secretario del
jefe del gobierno mundial.
Todos
parecían interesados en saber qué era lo que había traído a Carmody de vuelta a
su planeta. Abog, el secretario de Rilg, el jefe del gobierno, era un hombre
joven, muy bien parecido, pero había algo en su actitud —¿o quizás en su voz?—
que puso en guardia a Carmody.
—Todos
nosotros esperamos que haya venido a anunciar públicamente su conversión al
boontismo —dijo Abog.
—He
venido a hablar con Yess —dijo Carmody.
Tand
se hizo cargo de la situación.
—¿No
prefieres ir primero a tu hotel? Como sea que eres uno de los Siete, el
gobierno te ha reservado una de las mejores suites. A cargo del estado, por
supuesto.
Tand
hizo un gesto a los demás que sugería que todos ellos estaban muy ocupados.
Comprendieron la alusión y se despidieron. Pero Abog, antes de irse, insistió
en que Carmody le concediera una entrevista, aquella misma tarde si era
posible. El sacerdote respondió que se sentiría muy feliz de hablar con él.
Tras
la marcha de los oficiales, Tand condujo a Carmody a su coche. El vehículo era
una unidad de baja gravedad, como la mayor parte de los que se veían por la
calle.
—El
cambio —dijo Tand—. Está por todas partes en el universo, incluso en nuestro
planeta alejado de todos los caminos. La población se ha cuadruplicado. Nuevas
industrias, basadas en la tecnología de la Federación y a veces también gracias
a los préstamos de la Federación, han brotado a miles.
Tand
condujo: Carmody miraba por la ventanilla. Las masivas estructuras de piedra
con sus gárgolas burlonas o amenazantes seguían siendo siempre las mismas.
Había más gente en las calles, y se veían atuendos de un estilo claramente
influenciado por las modas de la Federación.
—La
ciudad que tú conoces —dijo Tand— es casi la misma. Pero a su alrededor,
cubriendo lo que antes eran granjas y bosques, se ha erigido una gran ciudad
nueva. No está hecha de piedra, no está hecha para durar siempre. Demasiada
gente y demasiado pronto. No hemos tenido tiempo de tomarnos nuestro tiempo en
edificar.
—Es
como en todas partes —respondió Carmody—. Dime, ¿sigues estando en relación con
la policía? —Ya no. Pero tengo influencias. Cualquier Padre las tiene. ¿Por
qué?
—Un
hombre llamado Al Lieftin ha venido conmigo en la Mula Blanca. Hace años, era
un asesino a sueldo. Viaja bajo su propio nombre, así que presumo que fue
readaptado en Hopkins o en alguna otra institución similar. Ahora proclama que
es un diácono de la Iglesia Profunda de Dios. Su historia puede ser cierta. Si
tuviéramos tiempo, podríamos investigar acerca de él. Pero no lo tenemos. Y
existe la posibilidad de que sea el asesino enviado por los fanáticos de la
Tierra para matar a Yess. Estás al corriente, ¿verdad?
—He
oído algo. Pondré a la policía sobre la pista de Lieftin. Pero van a perder
mucho tiempo manteniéndolo vigilado, a menos que lo arresten. Una vez se mezcle
entre la multitud en el festival de la pre-Noche, podrá despistarlos
fácilmente. O desaparecer sin dejar huella.
—¿Qué
posibilidades hay de arrestarlo?
—Ninguna.
Podría crearnos muchos problemas. Las autoridades no desean ofender a un
ciudadano de la Federación a menos que tengan razones muy poderosas.
Carmody
permaneció en silencio unos instantes, luego dijo:
—Hay
otro hombre que me gustaría que fuera vigilado. Pero dudo en hablar de él. Es
una cosa muy personal, importante para mí pero pequeña en relación con el
complot contra Yess.
Le
contó a su amigo las amenazas que había recibido del hombre que se llamaba a sí
mismo Fratt. Tand permanecía pensativo. Finalmente dijo:
—¿Crees
que el terrestre llamado Abdu pueda ser Fratt?
—Es
posible, pero no es muy probable. El elemento tiempo está contra él. ¿Cómo
podría saber de mi repentina decisión de venir aquí?
—La
explicación podría ser muy sencilla si supieras qué es lo que hace. Haré que
alguien lo vigile. La policía va a estar demasiado ocupada con la gente para
dejarme a alguien, pero contrataré a alguien particular.
Tand
detuvo el coche frente a su destino. El equivalente kareeniano de un botones
llevó la maleta de Carmody en una gravicarretilla, y los dos subieron
directamente a la suite de Carmody. Como fuera que Tand había hecho todos los
arreglos necesarios, no hubo que pasar por el registro. Pero un grupo de
periodistas intentó entrevistar a Carmody. Tand les hizo señas de que se
fueran. Pese a que eran tan agresivos como sus colegas terrestres, obedecieron
a Tand, uno de los Padres de Yess.
Mientras
que en otro tiempo los dos hombres hubieran tenido que subir por la gran
escalera curvilínea, ahora subieron a un graviascensor. El hueco de la escalera
era tan enorme que no fue necesario realizar ninguna obra en ella para instalar
la batería de elevadores.
—Este
edificio ha sido siempre un hotel —dijo Tand—. Es probable que sea el hotel más
antiguo del universo, fue construido hace más de cinco mil años. —Hablaba con
orgullo—. Ha sido ocupado durante tanto tiempo que se dice que un hombre con un
buen olfato podría detectar el olor de la carne absorbido por las piedras
durante tantas eras de habitación.
El
ascensor se detuvo en la séptima planta, un número de suerte elegido
precisamente en honor a Carmody como uno de los Siete Padres. Su habitación
estaba a unos doscientos metros por el largo corredor de paredes de piedra. Las
puertas de las habitaciones eran de hierro, casi tan gruesas como las de la
caja fuerte de la bóveda de un banco. Como muchas puertas kareenianas, no
tenían goznes a un lado sino que pivotaban sobre ejes en su centro. Las
habitaciones tras aquellas puertas eran tan seguras que sus ocupantes se
quedaban en ellas durante su Sueño en lugar de ir a las enormes bóvedas
públicas proporcionadas por el gobierno.
Carmody
investigó su suite de tres habitaciones. Las camas estaban excavadas en la
pared, y las mesas talladas en proyecciones de granito de los bloques del
suelo.
—Ya
no se construye así —dijo Tand con una sombra de tristeza. Echó un poco de un
vino rojo oscuro en dos multifacetadas copas de madera veteada de blanco y
rojo. El vino descendió lentamente, como si él también fuera granito
pulverizado.
—A
tu salud, John.
—A
la tuya. Y a los hombres y mujeres buenos de todo el universo, sea cual sea su
forma, y a la redención de los perdidos, y que Dios bendiga a los niños.
Bebió,
y notó que el licor no era dulce, como había esperado. Estaba muy cerca de ser
amargo. Le agradó. Tenía un cierto regusto que dejaba en la boca un sabor muy
placentero, y un calor que nacía dentro de uno, se extendía, y luego brotaba al
exterior. La penumbra de la habitación se volvió dorada.
Tand
le ofreció otra copa. Carmody la rechazó dando las gracias.
—Deseo
ver a Yess. ¿Cuan pronto podré hacerlo?
Tand
sonrió.
—No
has cambiado tu impetuosidad. Yess está tan deseoso de verte como tú puedas
estarlo de verlo a él. Pero tiene múltiples deberes; ser un dios no le exime de
los trabajos de un mortal. Iré a verle, a su secretario, por supuesto, y
concertaré una entrevista.
—Cuando
quiera —dijo Carmody. Dejó escapar una risita—. Aunque no demostrará mucha
devoción filial si hace esperar mucho a su Padre tanto tiempo ausente.
—Tú
eres tres veces bienvenido, John. De todos modos, tu presencia es un tanto
embarazosa... o podría serlo. Entiéndelo, la población sabe de ti pero no sabe
mucho acerca de ti. Muy pocos han oído hablar de que no eres un creyente de
Boonta. Cuando este conocimiento se haga general, puede crear muchas dudas y
confusión en las mentes sencillas. E incluso en las más sofisticadas. ¿Cómo
puede un Padre no ser un seguidor de Boonta?
—Mi
propia Iglesia me ha preguntado lo mismo. Y no he sabido dar una respuesta. He
visto docenas de auténticos milagros aquí, los suficientes para convencer a
sextillones de infieles. Los suficientes a buen seguro para convencer a los más
endurecidos materialistas. Pero no siento ningún deseo de convertirme.
A
decir verdad, yo no era un ateo cuando abandoné Kareen por la Tierra. No tenía
ninguna inclinación hacia ninguna religión en particular. Mientras estuve en
Hopkins, tuve una experiencia muy extraña... y esencialmente inexplicable. Fue
aquello lo que me empujó a la Iglesia. Pero lo olvidaba. Ya te escribí acerca
de todo ello.
Tand
se puso en pie de su silla.
—Voy
a ver a Yess inmediatamente —dijo—. Te telefonearé más tarde.
Besó
y abrazó al sacerdote, y se marchó.
Carmody
deshizo su maleta y luego tomó un baño en una bañera cuyas paredes interiores
estaban ya gastadas por la fricción de cinco milenios de agua deslizándose y de
cuerpos frotando. Apenas había vuelto a vestirse cuando la pesada aldaba de la
puerta resonó. Abrió el cerrojo y empezó a abrir la puerta, empujando uno de
los lados para que girara hacia afuera. Aunque masiva, la puerta estaba
perfectamente equilibrada y giraba tan fácilmente como un bailarina sobre las
puntas de sus pies.
Carmody
retrocedió y alargó su mano para detener la mitad de la puerta que giraba hacia
adentro. Al mismo tiempo, el kareeniano que estaba en el pasillo metió la mano
en su abierta bolsa de cintura. Carmody no aguardó. Los viejos reflejos
actuaron de nuevo. Saltó hacia adelante, arrojándose contra el lado de la
puerta que se abría al pasillo. El kareeniano, sacando una automática de su
bolsa, había empezado a entrar ya por el lado que se abría a la habitación.
Aparentemente, su intención era entrar y disparar contra Carmody confiando en
quedar oculto el tiempo suficiente por la propia puerta y confundir así a su
víctima.
Pero
el otro lado de la puerta, empujado por el hombro de Carmody, anuló su
maniobra. Todo el pesado conjunto giró sobre sí mismo mucho más rápidamente de
lo que el asesino había planeado. Y el lado derecho le golpeó mientras él se
recobraba de su sorpresa y se giraba. Carmody vio su expresión de sorpresa
antes de que la puerta, dando una rotación completa, perdiera su impulso y
cerrara de nuevo la entrada. Luego la puerta empezó a girar de nuevo cuando el
kareeniano, dentro de la habitación, la empujó de nuevo violentamente, quizá
furioso o dominado por el pánico ante la idea de que su víctima pudiera
escapársele echando a correr por el pasillo. Carmody sabía que no podía correr
lo suficientemente rápido como para alcanzar la distante esquina antes de que
el kareeniano volviera a salir. El pasillo estaba desierto, y no había otras
puertas abiertas para ofrecerle un refugio tras ellas.
Saltó
de nuevo, aprovechando la parte otra vez entreabierta de la puerta. Oyó el
grito de sorpresa y rabia. Rápidamente, Carmody detuvo el movimiento rotatorio
de la puerta y cerró con precipitación el cerrojo. Estaba a salvo, al menos por
el momento. Corrió al teléfono y llamó a Recepción. Al cabo de un minuto la
policía del hotel estaba al otro lado de su puerta. El asesino, por supuesto,
había desaparecido.
Carmody
contestó a las preguntas de la policía del hotel y, un poco más tarde, de la
policía municipal. No, no conocía al kareeniano. Sí, había sido amenazado por
un hombre llamado Fratt. Carmody describió la carta que había recibido de él y
dijo que Tand le había prometido ocuparse del asunto.
La
policía se fue, pero dos guardias quedaron apostados fuera de la puerta. Era
impensable que un Padre quedara expuesto a un ataque, ahora que se sabía que su
vida estaba en peligro. A Carmody no le gustaba la presencia de los guardias,
ya que coartarían sus movimientos. De todos modos, pensó, si era necesario no
le costaría mucho despistarlos.
Mientras
calmaba sus nervios con otra copa de vino, reflexionó. ¿Había sido el
kareeniano contratado por Fratt? No parecía muy probable. Fratt quería una
venganza personal; tenía que ser su propia mano la que infligiera la tortura y
la muerte que estaba planeando.
Pensó
en Lieftin. Si el hombre no era lo que parecía ser, si sus palabras y su
apariencia de diácono eran un disfraz, si era el asesino alquilado por los
fanáticos de la Tierra, desearía apoderarse de Carmody. Podría sacarle a
Carmody alguna información acerca de Yess.
Carmody
se acabó el vino y se puso a pasear arriba y abajo. No podía abandonar su
habitación, ya que no quería perderse la llamada de Tand, pero la espera lo
ponía nervioso.
El
teléfono sonó. Pasó su mano por delante de la pantalla y ésta cobró vida. Abog,
el secretario del jefe del gobierno, le miró desde el otro lado.
—Es
un poco pronto, Padre. Pero tengo verdadera urgencia da hablar con usted.
¿Puedo subir?
Carmody
asintió. Unos pocos minutos más tarde, la aldaba sonó. Carmody abrió un poco la
puerta y echó una mirada. Los guardias parecían haber quedado muy impresionados
por las elegantes ropas de Abog y sus credenciales, ya que estaban rígidos en
su posición de firmes.
El
secretario entró, y casi inmediatamente el teléfono volvió a sonar. Esta vez
era el rostro de un terrestre el que estaba en la pantalla.
—Job
Gilson —dijo en inglés—. De la SET. Me han dicho que deseaba usted verme.
Gilson
era un hombre de mediana edad. Era de complexión media, piel clara y pecosa,
cabello marrón. Sus rasgos eran tan regulares que resultaban inexpresivos. Era
un rostro fácil de ser olvidado... una virtud para un agente de la Seguridad
Extraterrestre.
—¿Puede
esperar? Tengo una visita.
—Estoy
acostumbrado a esperar —dijo Gilson. Sonrió—. Soy tan sólo un piesplanos algo
glorificado.
Carmody
pasó su mano por delante de la pantalla, y Gilson desapareció. Ofreció a Abog
algo de beber; el kareeniano aceptó.
—Normalmente,
no suelo precipitarme tanto —dijo Abog—. Pero por desgracia el tiempo no
permite las usuales esperas diplomáticas. Así que espero no ofender al Padre
yendo directamente al grano.
—Por
el contrario. Me ofendería si girara en torno al asunto como una serpiente
sobre el aceite, es decir, como un político. Me gusta ir directo al asunto.
—Muy
bien. De todos modos, primero tengo que decirle algo acerca de la autoridad de
que estoy investido. Y también algo acerca de la estructura de nuestro
gobierno, y acerca del hombre que está a su cabeza. Creo...
—Creo
que sus buenas intenciones acerca de ir directamente al grano se ven
traicionadas por su condicionamiento. No nos preocupemos de nada que no tenga
relación directa con el asunto.
Abog
pareció desconcertado, pero se recuperó con una rápida sonrisa de sus azules
dientes.
—De
acuerdo. Lo único que quería era que se diera usted cuenta de que mi gobierno
no se atrevería nunca a entrometerse en su vida privada ni en sus creencias...
al menos en circunstancias normales. Ahora, desearía preguntarle...
—Pregunte.
Abog
inspiró profundamente y luego dijo:
—¿Ha
venido usted, sí o no, a anunciar su conversión al boontismo?
—¿Eso
es todo? No, no pienso convertirme. Me siento firme en mi fe.
—Oh.
Abog
pareció decepcionado. Tras un silencio y una prolongada mirada más allá de
Carmody, dijo:
—Quizá
pueda usted usar su influencia como Padre para, esto, uh, disuadir a Yess.
—Ignoro
si poseo alguna influencia sobre él. Y disuadirlo, ¿de qué?
—Francamente,
mi jefe, Rilg, está preocupado. Si Yess toma la decisión de que todo el mundo
permanezca Despierto, el efecto será catastrófico. Aquellos que sobrevivan
puede que sean "buenos", "purificados", ¿pero cuántos
sobrevivirán a la Noche? Los estadísticos predicen que más de las tres cuartas
partes de la población morirán. Piense en ello, Padre. ¡Tres cuartas partes! La
civilización kareeniana será aniquilada.
—¿Sabe
Yess esto?
—Se
le ha dicho. Acepta que los estadísticos pueden estar en lo cierto. Pero no
cree que tenga que ser necesariamente así. Mantiene que hay una buena razón por
la cual generalmente Yess triunfa sobre Algul durante la Noche. La mayoría de
los Durmientes son, cito textualmente, buenos. Su estado de sueño refleja sus
auténticos deseos. Y esos deseos afectan de algún modo a aquellos que
permanecen Despiertos. Consecuentemente, Yess vence.
Siguiendo
este razonamiento, si todos permanecen Despiertos, el efecto será el mismo que
si la mayor parte Duerme. Sólo que los esencialmente buenos" tendrán una
posibilidad de verse completamente purificados de los elementos de mal
presentes incluso entre los mejores.
—Puede
que tenga razón —dijo Carmody.
—Yess
podría también estar muy equivocado. Nosotros creemos que lo está. Pero incluso
si está en lo cierto, ¡piense en lo que ocurrirá! Aunque las predicciones sean
erróneas, al menos una cuarta parte de la población resultará muerta. ¡Qué
devastación, qué carnicería! ¡Hombres, mujeres, niños!
—Realmente,
parece horrible.
—¡Horrible!
¡Es terrorífico, salvaje! ¡Ni siquiera Algul podría imaginar algo tan
alucinante! Si no estuviera seguro de que no es así, diría...
Se
interrumpió, se levantó, y se acercó al terrestre. Susurró:
—Han
corrido rumores de que no fue realmente Yess quien nació durante aquella Noche.
Fue Algul. Pero Algul, con su maldad innata, proclamó que era Yess. Un engaño
muy propio de un Mentiroso como él.
Carmody
sonrió.
—Espero
que no dirá esto en serio —observó. —Por supuesto que no. ¿Me toma usted por
uno de esos pobres estúpidos? Pero ese tipo de rumores muestran la confusión
del pueblo. No pueden comprender cómo su gran y buen dios exige esto de ellos.
—Sus
escrituras predicen exactamente un acontecimiento así.
Abog
pareció estremecerse, y hubo un asomo de pánico en su voz.
—Cierto,
pero nadie ha esperado nunca que ocurriera. Sólo un puñado de superortodoxos
han creído en ello, incluso han rogado por ello.
—Hay
algo que no comprendo —dijo Carmody—. ¿Qué les ocurrirá a aquellos que se
nieguen a pasar la Noche?
—Cualquiera
que se niegue a obedecer una orden de Yess será automática y legalmente
clasificado como un seguidor de Algul. Puede ser arrestado y metido en prisión.
—¿Pero
no tendrá que someterse a la Noche?
—Oh,
sí, tendrá que hacerlo. No le serán entregadas las drogas que lo sumen en el
Sueño, y tendrá que afrontar lo que ocurra en una celda de la prisión.
—Pero
supongamos una resistencia masiva. El gobierno no tendrá ni tiempo ni
posibilidad de enfrentarse a tan gran cantidad de gente, ¿no cree?
—Usted
no comprende a los kareenianos. Por muy aterrados que puedan sentirse, la
inmensa mayoría de ellos considerarán impensable la idea de desobedecer a Yess.
Cuanto
más pensaba en ello Carmody, menos le gustaba. En una cierta medida, podía
comprender que hombres y mujeres se vieran forzados a pasar por aquello, ¡pero
los niños! Los inocentes iban a sufrir; la mayor parte de ellos morirían. Si un
padre odiaba a su hijo, consciente o inconscientemente, lo mataría. Y los
padres que defendieran a sus hijos de los ataques de los otros serían muertos,
y sus hijos morirían también.
—No
puedo comprenderlo —dijo—. Pero como dice usted muy bien, yo no soy kareeniano.
—¿Pero
intentará usted persuadirle de que no intente algo así?
—¿Ha
hablado usted con los demás Padres?
—Con
algunos de ellos —dijo Abog—. Y no he conseguido nada. Todos ellos harán lo que
desee Yess.
Carmody
permaneció en silencio unos instantes. Tenía intención de discutir con Yess,
por supuesto, pero no estaba seguro de lo que era prudente decirle a Abog.
¿Quién
sabía qué partido sacarían Abog y aquellos a quienes representaba de lo que él
pudiera declarar? ¿Y qué resentimiento podría experimentar Yess si las
intenciones de Carmody eran hechas públicas?
—Tendré
que afrontar las consecuencias —dijo finalmente Carmody en voz alta—. De
acuerdo, intentaré disuadir a Yess de que tome la decisión que tanto usted como
muchos otros temen. Pero no quiero ser citado en la televisión ni que esta
conversación aparezca impresa en los periódicos. Si eso ocurre, lo negaré todo.
Abog
pareció satisfecho. Sonriendo, dijo:
—Muy
bien. Quizás usted consiga tener éxito donde los otros han fracasado. Hasta
ahora él no ha hecho todavía ninguna declaración oficial. Aún estamos a tiempo.
Dio
las gracias a Carmody y se fue.
El
sacerdote llamó a Gilson abajo y le dijo que subiera; luego indicó a los
guardias que dejaran pasar al terrestre cuando llegara.
El
teléfono sonó por tercera vez. El rostro de Tand apareció en la pantalla.
—Lo
siento, John. Yess no puede recibirte esta noche. Pero te verá mañana por la
noche en el Templo. Mientras tanto, ¿qué piensas hacer para pasar el tiempo?
—Creo
que me voy a poner una máscara y me uniré a los celebrantes en la calle.
—Tú
puedes hacerlo, porque eres un Padre —dijo Tand—. Pero tus compatriotas de la
Tierra, esos hombres de los que me hablaste, Lieftin y Abdu, no podrán. He
conseguido que la policía los confine en su hotel a menos que acepten pasar la
Noche. Además, todos los no kareenianos se ven confinados por la nueva
reglamentación. Me temo que haya un buen número de turistas y científicos
irritados esta noche. Pero así son las cosas.
—Tienes
realmente mucho peso, Tand.
—No
abuso de mi poder. Pero creo que esta reglamentación es una buena idea. Me
gustaría salir contigo, John, pero me veo retenido por demasiados deberes
oficiales. El poder trae también consigo responsabilidades, ya sabes.
—Sí,
lo sé. Buenos noches, Tand.
Su
mano pasó por delante de la pantalla, y se giró para alejarse de ella. El
teléfono sonó de nuevo. Esta vez no fue un rostro sino una horrible máscara la
que apareció en la pantalla. La máscara bloqueaba completamente todo lo que
había tras ella. Por el ruido Carmody supuso que se trataba de un teléfono
público de una de las calles principales.
La
voz que surgió de los rígidos labios de la máscara estaba distorsionada.
—Carmody,
aquí Fratt. Sólo quería echarte una buena mirada antes de tu muerte. Quería ver
si estabas sufriendo, aunque nunca podrás sufrir tanto como hemos sufrido mi
hijo y yo.
El
sacerdote se obligó a permanecer tranquilo. Con voz calmada, dijo:
—Fratt,
ni siquiera sé quién es usted. Ni siquiera puedo recordar el incidente que
alega ocurrió. Así que, ¿por qué no viene a mi habitación y habla conmigo?
Quizá yo pueda cambiar su forma de pensar.
Hubo
una pausa tan larga que Carmody llegó a la conclusión de que había impresionado
a Fratt. Luego:
—Supongo
que no pensarás que soy tan idiota como para ponerme en manos de un hombre como
tú. ¡Estás loco!
—De
acuerdo. Dígame la hora y el lugar. Iré yo solo a reunirme con usted;
hablaremos de todo esto.
—Oh,
no te preocupes, te aseguro que me encontrarás. Pero será cuando y dónde menos
te lo esperes. Al menos, te he hecho sudar un poco. Y suplicar.
Un
guante parecido a una garra pasó por delante de la máscara, y la pantalla se
apagó. Carmody se dirigió a la puerta en respuesta al golpe de aldaba. Gilson
entró.
—Me
temo no ser capaz de ayudarle mucho, padre —dijo coléricamente—. Acaban de
notificarme que quedo confinado dentro de este hotel.
—Es
culpa mía —dijo Carmody. Le contó a Gilson lo ocurrido, pero Gilson no pareció
muy feliz de oírlo, especialmente después de que Carmody le relató la
conversación por teléfono con Fratt.
—Creo
que lo mejor que puedo hacer es tomar la próxima nave que salga de aquí —dijo.
—Bajemos
al comedor y comamos algo —dijo Carmody—. Le invito. Y he oído que el hotel
tiene un cocinero terrestre para aquellos que no pueden adaptarse a la dieta
kareeniana. El único problema es que es mexicano. Si a usted no le gustan las
enchiladas, las tortillas ni los frijoles, entonces...
En
el comedor, se encontraron con Lieftin y Abdu sentados a la misma mesa. Los dos
hombres apenas picoteaban su comida y parecían bastante irritados. Carmody se
invitó a su mesa, y Gilson siguió su ejemplo. Gilson fue presentado como un
hombre de negocios.
—¿Te
han negado la autorización para entrevistar a Yess? —preguntó Carmody a
Lieftin.
Lieftin
gruñó.
—Han
sido muy amables, pero han dejado bien claro que no voy a poder verle hasta
después de la Noche —dijo.
—Puedes
sumirte en el Sueño —dijo Carmody, e hizo una pausa—. Hummm, si Yess prohíbe el
Sueño, ¿acaso esta disposición no será aplicable también a los no kareenianos?
—¿Quieres
decir que yo podría Dormir y luego entrevistar a Yess? —dijo Lieftin, con el
rostro congestionado—. ¡Qué más quisiera!
Carmody
se preguntó por qué se mostraba Lieftin tan vehemente. Si Lieftin era el
asesino, evidentemente querría terminar su trabajo antes de que se iniciara la
Noche. —¿Va usted a regresar? —le preguntó Carmody a Abdu—. No podrá cerrar
ningún trato por ahora.
—Esta
restricción me crea impedimentos —admitió Abdu—, pero puedo cerrar algunos de
mis tratos por teléfono.
—No
creo que pueda hacer mucho durante el festival. La mayor parte de las casas
comerciales estarán cerradas.
—Los
kareenianos son como los terrestres. Siempre hay algunos que están dispuestos a
hacer negocio pase lo que pase, incluso durante un terremoto.
Lieftin
apuntó un dedo hacia la entrada del hotel.
—¿Ves
esos dos tipos vestidos con plumas azules y rojas? Son polis. Quieren
asegurarse de que no salgamos de esta maldita tumba.
—Todo
está muy tranquilo —dijo Carmody. Miró a su alrededor. Excepto un camarero que
permanecía de pie diez mesas más allá, eran los únicos en el comedor. Además,
el vestíbulo que había más allá estaba ocupado tan sólo por algunos empleados y
botones, todos ellos silenciosos y ceñudos.
—No
puedo soportar quedarme en mi habitación —dijo Lieftin—. Es como estar en un
mausoleo. Toda esa fría piedra y ese mortal silencio. ¿Cómo, hum, como pueden
los kareenianos vivir en lugares como éste?
—En
cierto modo se parecen a los antiguos egipcios —dijo Carmody—. Piensan mucho en
la muerte y en su breve estancia en este planeta. Les gusta que les recuerden
que esto no es más que una escala.
—¿Cuál
es su idea del cielo? —dijo Abdu—. ¿Y del infierno?
Carmody
empezó a hablar, luego esperó a que contestara Lieftin. Si Lieftin era
realmente lo que pretendía ser, al menos conocería los elementos de la religión
kareeniana. Seguro que su iglesia no habría enviado a un hombre ignorante hasta
allí en una misión como la suya; los viajes espaciales eran tremendamente
caros.
Lieftin
empezó a comer, con los ojos fijos en su plato. Cuando se hizo evidente que no
iba a contestar a Abdu, Carmody dijo:
—El
boontismo tiene dos niveles de cielo. El nivel inferior es para aquellos que
son seguidores de Yess, que se esfuerzan en ser "buenos", pero que no
tienen el valor de probarse a sí mismos pasando la Noche. Esos viven
eternamente en un lugar similar a su existencia mortal. Es decir, deben
trabajar, dormir, conocen las incomodidades, el dolor, la frustración, el
aburrimiento, etc. Pero viven eternamente.
El
nivel superior es para los seguidores de Yess que han desafiado con éxito a la
Noche. Se supone que gozan del éxtasis eterno, un éxtasis místico. La
experiencia, puede suponerse, es como la que gozan los elegidos de la religión
Cristiana. Ven a Dios cara a cara, solo que en este caso es el rostro místico
de Yess, la gloria tras la máscara carnal de Yess. Nadie ve a Boonta, ni
siquiera Su propio hijo.
—¿Y
con respecto a su infierno? —dijo Abdu.
—También
hay dos infiernos. El nivel inferior es para los religiosamente indiferentes,
los tibios, los hipócritas, los que se engañan a sí mismos. Y también para
aquellos que han desafiado a la Noche y han fallado. ¿Entiende?, esa es una de
las razones por las cuales tan pocos yessitas permanecen Despiertos. Es cierto
que la recompensa por el éxito compensa el riesgo. Pero el fracaso te arroja
directamente al infierno. Y siempre hay un gran número de fracasos. Es más
seguro no correr el Riesgo y así alcanzar al menos el nivel inferior del cielo.
El
nivel superior del infierno está reservado para los auténticos algulistas. Y
esos gozan de su propio éxtasis, análogo al que gozan los yessitas del nivel
superior. Sólo que es un éxtasis sombrío, el orgasmo del mal. Inferior al del
cielo, pero, si uno es un genuino algulista, lo preferirá. El mal aspira al
mal, no desea otra cosa excepto el mal.
—Es
una religión demente —dijo Lieftin.
—Los
kareenianos dicen lo mismo de nosotros.
Carmody
se disculpó, dejando a Gilson a sus propias expensas, y regresó a su
habitación. Hizo llamar a Gilson al teléfono.
—Voy
a salir un momento. Quiero ver a una vieja amiga, una kareeniana. Y también
quiero darle a Fratt una posibilidad de golpear. Quizás así pueda echarle la
mano encima, quizá neutralizarle o tal vez razonar con él. Me gustaría
descubrir quién es y qué es lo que le hice para atraer de tal modo su venganza.
—Él
puede golpear primero.
—Lo
tengo en cuenta. Oh, otra cosa. Voy a telefonear a Tand y ver si puede utilizar
de nuevo su influencia. Desearía que lo liberara a usted de toda restricción.
No por el caso Fratt. Tendrá que vigilar usted a nuestro primer sospechoso,
Lieftin. Si intenta escapar, lo cual tengo grandes sospechas que hará, no
quiero que se vea usted impedido para seguirlo.
—Gracias
—dijo Gilson—. Mantendré un ojo fijo en él.
Carmody
corto la comunicación y pronunció el número de Tand ante el auricular. El
rostro de Tand apareció en la pantalla.
—Tienes
suerte —dijo—. En este momento me iba. ¿Qué puedo hacer por ti?
Carmody
le dijo lo que deseaba. Tand respondió que no había ningún problema para ello.
Daría la orden inmediatamente.
—Realmente,
necesitamos cualquier ayuda que se nos pueda prestar. No tenemos a nadie para
seguir a Lieftin si se nos escapa, como puede hacer, si es lo suficientemente
ingenioso.
—El
viejo Lieftin lo era —dijo el sacerdote.
—Te
diré la verdad. No son tan sólo los asesinos de la Tierra los que nos
preocupan. Los algulistas van a intentar también algo antes de que empiece la
Noche. Y cuando digo los algulistas no me refiero tan sólo a aquellos que han
pasado la Noche. Estoy hablando de toda la sociedad secreta, que está compuesta
en su mayor parte por aquellos que no han corrido el Riesgo. Nuestro gobierno
está infestado de ellos, y no me extrañaría que toda nuestra conversación
estuviera siendo interceptada.
—Hay
algo que no acabo de comprender —dijo Carmody—. ¿Por qué esos algulistas que
pasaron la Noche durante el reinado de Yess siguen aún con vida? ¿Recuerdas
cuando yo estaba aprisionado por la estatua y no sabía aún qué camino iba a
seguir, si seguiría a los seis de Yess o a los seis de Algul? Bien, cuando hice
mi elección, y quedó establecido definitivamente que el bebé de Mary sería
Yess, los potenciales Padres de Algul intentaron huir. Pero todos ellos
murieron.
Bien,
siempre pensé que los algulistas sobrevivirían a la Noche tan sólo si dominaba
Algul. Y sin embargo he oído decir a ti y a otros que algunos algulistas que
pasaron la Noche sobrevivieron, y que aún hoy siguen con vida. ¿Por qué?
—Aquellos
que viste murieron porque nosotros, los seis Padres, conscientemente, y tú
inconscientemente, quisimos que murieran. Pero había otros algulistas, no
Padres, que sobrevivieron. No murieron porque nosotros no los conocíamos.
Es
ilegal ser algulista, ya sabes. La pena es la muerte. Por supuesto, si Algul
llegara a vencer alguna vez, Boonta no lo quiera, entonces puedes estar seguro
de que cualquier yessita que sea atrapado será ejecutado. Y mucho más
dolorosamente de lo que actualmente muere ningún algulista.
—Gracias,
Tand. Voy a ir a visitar a la señora Kri. Supongo que seguirá con vida y
habitando el mismo lugar.
—Realmente
no puedo decírtelo. No la he visto ni he oído hablar de ella desde hace varios
años.
Carmody
pidió que le subieran un vestido, uno con una amplia máscara, la de un pájaro
togur. Se lo puso y salió del hotel, tras mostrar sus credenciales a los
guardias estacionados en la puerta principal. Antes de salir, echó una ojeada
al comedor y vio que Gilson, Lieftin y Abdu se habían ido. Ahora había
aproximadamente una docena de no kareenianos comiendo. Ellos también parecían
deprimidos.
Afuera,
el sepulcral silencio del hotel se convirtió en un tornado de música, gritos,
risas, silbatos, pirotecnia, tambores y megáfonos. Las calles estaban
atiborradas de un ruidoso y alegre caos de personas disfrazadas.
Carmody
avanzó lentamente abriéndose paso entre la multitud. Tras casi quince minutos
de esfuerzos y empujones, consiguió llegar a una calle lateral que estaba mucho
menos llena. Anduvo durante otros quince minutos antes de encontrar un taxi. El
conductor no se mostró muy feliz de haber hallado un cliente, pero Carmody
insistió. Gruñendo para sí mismo, el taxista puso en marcha el coche con mil
precauciones y fue abriéndose paso entre la muchedumbre, y finalmente llegaron
a una zona donde pudo circular a una velocidad más razonable. Pese a ello, el
taxi tenía que pararse de tanto en tanto para dejar pasar cortejos de máscaras
que iban en busca de las calles principales.
Al
cabo de media hora el taxi se detuvo ante la casa de la señora Kri. Por aquel
entonces, la enorme luna de Kareen ya se había asomado, derramando sus
plateados confeti en las piedras grises y negras de las masivas casas. Carmody
descendió, pagó el conductor, y le pidió que aguardara. El conductor, que
aparentemente se había resignado a perderse el jolgorio, asintió.
Carmody
ascendió el camino, y se detuvo para mirar el árbol que en otro tiempo había
sido el señor Kri. Había crecido mucho desde que lo había visto por última vez.
Tenía casi treinta y cinco metros de alto, y sus ramas se derramaban por encima
de todo el jardín.
—Hola,
señor Kri —dijo el sacerdote.
Siguió
su camino, ya que evidentemente el hombre-planta no le respondió, y golpeó la
pesada aldaba de la gran puerta de hierro. No había luces en las ventanas, y
empezó a preguntarse si no habría sido demasiado impulsivo. Tendría que haber
telefoneado antes. Pero la señora Kri debería ser muy vieja ahora, ya que la
geriatría terrestre estaba tan sólo al alcance de los kareenianos muy ricos.
Había dado por supuesto que ella raramente abandonaría su casa.
Golpeó
de nuevo la aldaba. Silencio. Desanduvo el camino, y había dado ya unos pasos
cuando oyó la puerta chirriar a sus espaldas. Una voz preguntó:
—¿Quién
es?
Carmody
se giró, quitándose la máscara.
—John
Carmody, de la Tierra —dijo. La puerta se abrió y la luz brotó del interior. En
el umbral había una mujer vieja. Pero no era la señora Kri.
—Viví
aquí hace tiempo —dijo Carmody—. Hace mucho tiempo. Había pensado saludar a la
señora Kri.
La
vieja y arrugada mujer pareció estremecerse al encontrarse ante aquel hombre
venido del espacio interestelar. Cerró la puerta hasta que solamente dejó ver
una parte de su rostro, y dijo con voz vacilante:
—La
señora Kri ya no vive aquí.
—¿Podría
decirme dónde puedo hallarla? —preguntó amablemente Carmody.
—No
lo sé. Decidió pasar la última Noche, y desde entonces nadie ha sabido nada más
de ella.
—Lamento
oír eso —dijo Carmody, y realmente lo sentía. A pesar de su irascibilidad y su
frivolidad, apreciaba a la señora Kri.
Regresó
al taxi. Se estaba acercando a él cuando los faros de otro coche giraron la
esquina más próxima, y un vehículo se lanzó sobre él. Carmody se lanzó bajo el
taxi, pensando mientras lo hacía que probablemente se estaba comportando como
un idiota. Pero habitualmente no discutía con sus presentimientos.
Esta
vez tampoco se equivocó. Sonó una ráfaga; volaron cristales hechos añicos. El
conductor del taxi gritó. Luego el coche desapareció calle abajo, acelerando a
toda velocidad. Sus neumáticos chirriaron cuando tomó la otra curva, y
desapareció.
Carmody
empezó a levantarse. Algo restalló exactamente encima de su cabeza, a través de
la ventanilla del coche. Se sintió proyectado hacia atrás, cegado y
ensordecido.
Cuando
finalmente consiguió ponerse de nuevo en pie estaba rodeado de un acre y espeso
humo. Las llamas brotaban del interior del coche y revelaban, a través de la
portezuela de su lado, abierta de par en par, el semicolgante cuerpo del
conductor.
Echó
a correr de vuelta hacia la casa y golpeó repetidamente la aldaba de la
sólidamente cerrada puerta. No se oyó ningún ruido dentro. No podía reprocharle
a la vieja mujer que no le respondiera; probablemente debía estar llamando a la
policía.
Recogió
su máscara, volvió a colocarla sobre su cabeza, y echó a andar. Sus oídos
dejaron de zumbar y las mariposas desaparecieron de sus ojos. Dos minutos más
tarde estaba en el interior de una cabina telefónica. Llamó a Gilson al hotel,
pero el detective no respondió. Probó con Lieftin. Esta vez, un policía
kareeniano apareció en la pantalla.
A
petición del policía, Carmody se quitó la máscara. Los ojos del kareeniano se
abrieron desmesuradamente al ver al Padre Terrestre de Yess, y sus modales se
volvieron tremendamente respetuosos.
—El
terrestre, Lieftin, ha escapado hará cosa de una hora —dijo—. Aparentemente ha
utilizado alguna especie de termita para fundir los barrotes de las ventanas y
ha descendido utilizando una cuerda que debía llevar en su equipaje. Hemos
transmitido una llamada general de busca y captura, pero va disfrazado. El
disfraz le ha sido suministrado por un botones.
—Compruebe
si el terrestre Raphael Abdu está ahí, ¿quiere? —dijo Carmody—. ¿Y sabe donde
está Gilson?
—Gilson
salió poco después de la huida de Lieftin. Espere. Comprobaré si está Abdu,
Padre.
Carmody
comprobó que transcurrían cinco minutos antes de que el rostro del oficial
apareciera de nuevo.
—El
terrestre Abdu está en su habitación, Padre —dijo.
Su
rostro desapareció, pero su voz dijo:
—Un
momento.
Aparentemente,
debía estar hablando con alguien. Se oyó un "De acuerdo" apenas
murmurado. Luego su rostro apareció de nuevo.
—Gilson
acaba de transmitir un mensaje para usted. Pide que le llame a este número.
Carmody
pronunció el número en el receptor. El rostro de Gilson apareció en la
pantalla. Por el receptor llegaba el sonido de ruidosas voces y risas.
—Estoy
en una taberna en el cruce de las calles Wiilgar y Tuwdon —dijo Gilson—. Espere
un minuto, me pondré de nuevo la máscara. Me la he quitado para que usted
pudiera comprobar que era realmente yo.
—¿Qué
ocurre? —dijo Carmody—. Ya estoy al corriente de la huida de Lieftin.
—¿Sí?
Bueno, lo tengo localizado. Está aquí, en la taberna, hablando con otro tipo.
Un kareeniano, estoy seguro. Le he echado una buena mirada a sus uñas y a su
cogote. Lieftin lleva un disfraz marrón que se supone debe representar algún
tipo de animal. El equivalente kareeniano de un ciervo, imagino. Su máscara es
un rostro de animal con cornamenta. Su amigo va vestido de gato o algo así.
Probablemente
Ardour y Eeshquur, pensó Carmody. Conocía bastante bien las figuras principales
de la mitología kareeniana, lo suficiente como para poder identificarlos. Pero
no perdió tiempo en comunicarle a Gilson aquellos detalles.
—¿Puede
quedarse por ahí hasta que encuentre un taxi? Ya le contaré luego lo que me ha
ocurrido.
Cortó
y pidió un taxi por teléfono. Pasaron diez minutos antes de que llegara. De
todos modos, estimulado por el abundante montón de dinero que Carmody le
ofreció, el conductor violó todas las leyes de tráfico apenas se le presentó la
ocasión. Carmody no pudo quejarse de que el trayecto fuera más largo de lo
deseado.
La
Taberna Tiiwit estaba alejada de las calles principales de la ciudad de Rak,
pero aquella noche estaba atestada. La festiva multitud se había desbordado
hacia aquella parte tras el desfile. Gilson, vestido con un disfraz de trogur
parecido al del sacerdote, estaba esperando fuera. Carmody habló con él durante
un minuto, luego lo siguió al interior.
Lieftin
y el kareeniano estaban sentados ante una mesa al fondo, en un rincón poco
iluminado. El kareeniano estaba gesticulando de un modo que a Carmody le
recordó a alguien al que había visto recientemente. Cuando el kareeniano se
puso en pie y se dirigió hacia los servicios, su forma de andar lo traicionó.
—Es
Abog —le dijo Carmody a Gilson—. El secretario de Rilg. Ahora, ¿qué infiernos
estará haciendo aquí hablando con Lieftin?
Abog
no debía estar actuando por iniciativa propia, por pura diversión. ¿Acaso su
jefe, Rilg, era un miembro clandestino de la facción algulista? Podía haber
oído hablar del asesino enviado por los fanáticos de la Tierra y decidido
utilizarlo para sus propios fines.
—Escuche,
Gilson —dijo Carmody—, será mejor que actuemos prudentemente a partir de ahora
cuando tengamos que ponernos en contacto con la policía. Algunos de sus
miembros puede que estén trabajando para Rilg. Váyase y regrese al hotel. Si yo
soy arrestado, tengo más posibilidades de ser tratado con guante blanco. Me
quedaré cerca de Lieftin.
—No
me gusta que haga usted esto —dijo Gilson.
—Conozco
este mundo mucho mejor que usted. Además, a menos que planee usted pasar la
Noche, no podrá quedarse aquí mucho tiempo más.
El
detective se marchó, deseándole a Carmody buena suerte. El sacerdote se quedó
en el bar un rato, sorbiendo lentamente una cerveza kareeniana. Cuando una
pareja se levantó de una mesa cercana a la de Lieftin y salió, Carmody la
ocupó. La taberna estaba tan llena de ruido que no podía oír lo que Lieftin y
Abog estaban hablando. Lamentó no haber traído un escucha con él. Hubiera
podido enfocarlo a los dos hombres y escuchar todo lo que decían.
Bruscamente,
los dos hombres se pusieron en pie y se dirigieron a paso rápido hacia la
puerta. Carmody dudó un instante antes de seguirles. Evidentemente estaban
sobre alerta, ya que Abog miraba a menudo tras él. Ambos cruzaron la puerta
mientras Carmody estaba todavía a medio atravesar el local.
Un
momento más tarde, tres policías aparecieron en la puerta, bloqueándola.
Carmody se detuvo y miró hacia atrás. Más policías estaban entrando por la
puerta trasera.
¿Habían
podido Abog y Lieftin reconocerle a él o a Gilson? Carmody no lo consideraba
probable. Lo más seguro era que simplemente estuvieran tomando precauciones...
asegurándose de que cualquiera que intentara seguirles sería retenido por la
policía.
Carmody
se desvió hacia un lado y se dirigió con paso vacilante hacia los lavabos.
Cruzó la puerta en el preciso momento en que los silbatos empezaban a sonar y
eran coreados por los gritos de los alarmados clientes. Sin ser observado,
salió por la abierta ventana de los servicios.
Mientras
se dejaba caer como un gato en la pavimentada calle, una voz dijo:
—¡Alto
ahí! ¡Las manos sobre la cabeza!
Levantando
las manos, Carmody se giró. Vio a un policía de pie, apuntándole con una
pistola.
—¡Dé
media vuelta! ¡Las manos contra la pared! ¡Aprisa!
—¡No
estaba haciendo nada, oficial! —gimió Carmody en kareeniano bajo. Empezó a
obedecer, luego se quitó la máscara, la arrojó contra el rostro del policía y
terminó su giro violentamente.
—¡Ugh!
—dijo el policía. El arma ladró, y la bala estalló contra la pared de piedra.
Fragmentos de piedra llovieron sobre Carmody. Se dejó caer y rodó contra las
piernas del policía, haciéndole caer boca abajo. Antes de que el oficial
pudiera ponerse de nuevo en pie, Carmody estaba sentado sobre sus espaldas. Se
derrumbó de nuevo pesadamente cuando el sacerdote le apretó con sus pulgares
justo detrás de las orejas.
Carmody
recogió la pistola y la máscara. Mientras corría hacia el extremo de la
callejuela, se puso la máscara y se metió la pistola en la cintura. Hubo
silbatos a su espalda, luego gritos. Mientras Carmody se tiraba de plancha
contra el suelo, sonaron disparos, y trozos de piedra volaron ante él. Rodó
sobre sí mismo hasta la esquina, saltó en pie y echó a correr de nuevo. Al cabo
de un minuto estaba en medio de la calle, mezclado con la muchedumbre. Un coche
de la policía se abrió paso a duras penas, haciendo sonar insistentemente su
sirena. Carmody se detuvo y se lo quedó mirando hasta que se alejó.
Ya
no le quedaba gran cosa que hacer; había perdido a Abog y Lieftin. Lo mejor
sería regresar al hotel.
Desde
el vestíbulo, llamó a la habitación de Gilson. No contestó nadie. Llamó a Tand,
y un sirviente le dijo que no estaría de vuelta hasta primera hora de la
mañana. Carmody subió a su planta con dos policías, abrió la puerta de su
habitación, y les pidió que registraran la suite. Informaron que no había
ningún intruso y que no parecía contener nada sospechoso. Les dio las gracias y
cerró y aseguró la puerta tras ellos.
Tras
beber una copa de vino, Carmody arregló la cama de modo que pareciera que
alguien estaba durmiendo bajo las sábanas. Echó una manta bajo una mesa y,
oculto por el pesado mantel, se acurrucó y se durmió.
Lo
despertó el timbre del teléfono en la mesa bajo la cual estaba. En lugar de
salir y tomar el teléfono, levantó prudentemente una esquina del mantel. La luz
de la mañana se filtraba entre los barrotes de hierro y el doble cristal de las
ventanas. Todo parecía correcto, así que se arrastró fuera de la mesa. Sus
músculos estaban doloridos y agarrotados por los ejercicios de la noche
anterior y su forzada posición.
Era
Tand quien llamaba. Parecía como si hubiera dormido aún peor que Carmody. Su
rostro estaba tenso, y había duros surcos frunciendo su rostro entre las aletas
de su nariz y las comisuras de sus labios. Sin embargo, sonreía.
—¿Ha
sido buena tu primera noche de estancia en el hotel?
—No
me he aburrido —respondió Carmody. Miró el reloj de la pared—. Es casi la hora
de comer. Me he perdido el desayuno.
—Tengo
buenas noticias —dijo Tand—. Yess te verá esta noche. A la hora del thrugu.
—Estupendo.
Ahora dime, ¿crees que hay alguna posibilidad de que nuestra línea esté
intervenida?
—¿Quién
sabe? Es posible. ¿Por qué?
—Querría
hablar contigo. Inmediatamente. Es muy importante.
—No
he dormido en toda la noche —dijo Tand—. Pero al fin y al cabo, ¿quién duerme
en estos momentos? De acuerdo. ¿Por qué no vienes a mi casa? ¿O quizá prefieres
algún otro lugar?
—Tu
casa puede estar atestada de escuchas.
Tand
perdió su sonrisa.
—¿Tan
malo es? Muy bien. Conduciré yo mismo, te iré a buscar frente al hotel. Estaré
ahí en media hora.
Mientras
aguardaba en su habitación, Carmody paseó arriba y abajo, agitando
violentamente los brazos como si estuviera haciendo marcha atlética en mitad
del campo. El nombre de Fratt resonaba como un mazo en su cabeza. ¡Fratt!
¡Fratt! ¿Quién era Fratt? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
Tenía
una memoria excelente, sin ninguna laguna, sin ningún blocaje. Recordaba muy
bien los horribles crímenes que había cometido. Había habido un tiempo en el
que había pensado que la única forma en que sería capaz de dejar de recordarlos
sería suicidándose. De aquello hacia mucho tiempo. Ahora, podía visualizar todo
lo que había hecho, pero era como si estuviera viendo a otra persona.
¿Pero
por qué no podía hacer resurgir a aquel hombre Fratt de su pasado?
Recorrió
los nombres de todas las víctimas que podía recordar. Eran muchas. Luego
intentó visualizar los rostros anónimos, que también eran muchos. Cuando llegó
el momento de abandonar su habitación había renunciado a seguir buscando. Tenía
incluso un ligero dolor de cabeza, algo que no había sufrido desde hacía varios
años. ¿Era ocasionado por su conciencia? ¿Quedaba aún algo agazapado en su
subconsciente, cuando creía haber quedado limpio de toda clase de culpabilidad
y remordimientos?
Cruzó
la puerta del hotel justo en el momento en que llegaba Tand, al volante de un
largo y reluciente coche negro. Su portezuela de la derecha se abrió antes de
que Carmody estuviera a su lado, y se cerró una vez se hubo sentado junto a
Tand en el asiento delantero.
—Es
un Ghruzha —dijo Tand, con un cierto orgullo—. Observarás que está inspirado en
el GM Stego de la Tierra.
Tand
abandonó la calle principal y condujo en dirección a un distrito residencial.
Detuvo el coche junto a un terreno de juego para niños.
—No
te preocupes por los escuchas enfocados hacia nosotros —dijo—. Tengo un
interferidor funcionando.
Carmody
contó a su amigo todo lo ocurrido la noche anterior.
—Había
supuesto algo parecido —dijo Tand—. Pero no hay nada que podamos hacer. No
tenemos ninguna evidencia concreta que nos permita actuar. Supongamos que
podamos confrontar a Abog con tus acusaciones; ¿qué conseguiremos con ello? En
primer lugar, no puedes afirmar con toda seguridad que el hombre disfrazado de
Eeshquur fuera realmente Abog. Puedes tener la compleja seguridad en tu fuero
interno, pero en términos legales no puedes identificarlo positivamente. Más
aún: supongamos que pudieras. Estaba hablando con un terrestre en una taberna.
¿Es eso algo inusual durante el festival de la pre-Noche? Y él podría
argumentar que ni siquiera sabía que Lieftin fuera un terrestre.
—No,
no podría hacerlo —dijo Carmody—. Dudo que Lieftin pueda hablar el kareeniano
como un nativo.
—No
puedes probar nada —dijo Tand en inglés—. De todos modos, como decís vosotros
los terrestres, un hombre advertido es un hombre cuatro veces armado.
Carmody
se rió, captando el juego de palabras. Tand había hecho el signo que utilizaban
los niños kareenianos y los campesinos supersticiosos para alejar el malvado
espíritu Duublow, que se suponía tenía cuatro brazos con los cuales agarraba a
los viajeros desprevenidos en los cruces de caminos antes de devorarlos.
—Puede
que Rilg no sea siquiera un algulista —prosiguió Tand—. Puede que se considere
a sí mismo como un devoto yessita. Pero es el jefe de nuestro gobierno, y su
primera preocupación debe ser la supervivencia del estado y el bienestar de
Kareen. No le envidio su posición. Debe estar desgarrado entre su inclinación
religiosa de aceptar lo que diga su dios y su deseo de preservar el status quo.
Sin tener en cuenta sus dudas acerca de su propia habilidad de sobrevivir a la
Noche. Este último elemento debe ser, estoy seguro, el más fuerte en él, como
en la mayor parte de la gente.
De
todos modos, lo que él no puede ver, como no puede ver la mayoría, es que va a
ser necesario afrontar una purga en algún momento. Entonces ¿por qué no ahora,
por doloroso que pueda ser? Créeme, la resistencia que tanta gente ha expresado
ilustra lo poco profunda que es la fe de la mayoría. Es muy sencillo seguir la
religión más popular, adorar al dios victorioso. Pero cuando eres llamado a la
prueba suprema, es distinto.
—¿Yess
está separando a los buenos de los mediocres?
—Es
una forma de decirlo.
—¡Pero
y los niños!
Tand
hizo una mueca.
—A
mí tampoco me gusta la idea. Pero el conjunto podría fracasar si ellos no
fueran sometidos a la Noche.
—Eso
no es lógico —dijo el sacerdote—. Supón que la Noche no deje más que a los
buenos para reproducirse. ¿Y sus niños? No puedes decir que la bondad, sea cual
sea tu definición al respecto, es un rasgo genético.
—No,
pero los niños tienden generalmente a ser lo que son sus padres. En cualquier
caso, no tendrá importancia. Porque, una vez Yess decrete la Vigilia general,
entonces ya no habrá más Sueño. Todo el mundo deberá pasar todas las Noches.
—De
acuerdo. Puedo ver que es inútil discutir sobre este punto en particular. Así
que, ¿qué es lo que piensas hacer acerca de Rilg y Abog?
—Reforzar
las precauciones tomadas para salvaguardar a Yess. Y salvaguardarte a ti. Ya he
hecho trasladar tus pertenencias a una habitación de la planta catorce. Los
hombres que te protegen serán reemplazados por hombres en los que sé que puedo
confiar. No darás un paso fuera de tu habitación sin una protección adecuada.
—Eso
parece razonable, aunque restrictivo —dijo Carmody—. Oh, a propósito, ¿podríais
tomar medidas con respecto a la viuda y los huérfanos del pobre taxista? No soy
realmente responsable de su muerte, pero, de no ser por mí, seguiría aún con
vida.
—Ya
me he ocupado de ello —respondió Tand. Sonrió amargamente—. De todos modos,
quizás el dinero no les sirva de mucho alivio. Depende de cómo consigan pasar
la Noche. Y si luego el dinero seguirá teniendo valor o no.
Tand
puso en marcha el coche y regresó al hotel. Carmody permaneció en silencio
durante un largo rato. Su cardenal le había dado instrucciones para que
intentara persuadir a Yess de que no forzara una Vigilia universal. Pero
parecía como si aquello fuera precisamente lo más deseable, desde el punto de
vista de la Iglesia. Si la civilización kareeniana se colapsaba, los
kareenianos no proseguirían su labor misionera durante mucho tiempo.
Pero
desde el punto de vista humano el cardenal estaba en lo cierto. Aunque Carmody
dudaba de que el cardenal y su superior hubieran tomado aquello en
consideración. Para ellos, a un millón y medio de años luz de distancia de una
cultura alienígena, los resultados de la decisión de Yess podían no ser
aparentes. Debían estar pensando tan sólo en lo que podía hacer un pueblo
absolutamente yessado y probablemente henchido de celo. Debían estar imaginando
enjambres de fanáticos descendiendo sobre la Tierra y los planetas coloniales.
¿Qué
era lo que debía decirle a Yess? ¿Acaso, contrariamente a las instrucciones del
cardenal, debía animar la decisión de que todo el mundo pasara la Noche? ¿O
debía obedecer las órdenes y actuar contrariamente a los intereses de la
Iglesia, incluso aunque la Iglesia no supiera la realidad?
No
había ninguna duda en la mente de Carmody. Prevenir la carnicería y el dolor y
la miseria. No podía ser cristiano y actuar de otra manera. Sus superiores
tendrían que comprender que tan sólo un hombre en el lugar mismo de los hechos
era capaz de conocer y comprender bien la situación. Y un hombre tal, si era
realmente un hombre, desobedecería. Si sus superiores no estaban de acuerdo,
entonces que lo castigaran como consideraran más correcto. Estaba dispuesto a
admitir el castigo.
Tan
sólo quedaba una duda. ¿Y si las cosas no era tan malas como Tand y muchos
otros pensaban? Yess, un ser superior a los mortales ordinarios, podía saber
mucho más que ellos.
Tand
le dejó a la entrada del hotel. Tres kareenianos con traje civil se apresuraron
hacia el coche para escoltar a Carmody.
—Enviaré
un coche a buscarte esta noche —dijo Tand—. Te esperaré en el exterior de las
dependencias de Yess en el Templo y te tendré al corriente antes de la
audiencia.
Carmody
le dio las gracias y regresó a su habitación, ahora en la planta catorce. Los
hombres de Tand se estacionaron en el pasillo. Llamó por teléfono a la
habitación de Gilson, pero no respondió nadie. Entonces telefoneó a recepción y
preguntó si Gilson había dejado algún mensaje para él. El recepcionista
respondió que el señor Gilson no había regresado desde que saliera la pasada
noche.
Carmody
se inquietó. Tras efectuar varias llamadas y no conseguir comunicarse con
Tand,
pidió hablar con el largh, el teniente a cargo de los policías que lo habían
custodiado antes. Los policías habían sido destinados a otras tareas, pero
había sido designado un largh para que prosiguiera la investigación.
El
largh Puñal estaba en el vestíbulo. Subió inmediatamente para hablar con
Carmody en su habitación. Puñal era un kareeniano joven, muy alto, delgado y
solemne.
—¿Sospecha
usted juego sucio? —dijo.
—Hay
una posibilidad —dijo Carmody. No le había contado a Puñal todo sobre los
incidentes de la noche anterior. Su historia había sido que Gilson había
localizado a Lieftin en la taberna Tiiwit. Carmody había acudido allí tras la
llamada telefónica del detective, y había espiado a Lieftin por un tiempo. No
mencionó sus sospechas sobre Abog. Gilson había seguido luego a Lieftin cuando
éste salió de la taberna, pero Carmody no había podido ir con él. Había vuelto
al hotel para esperar la llamada de Tand. No mencionó tampoco el incidente con
el policía en el callejón.
—Puedo
intentar poner algunos hombres en el caso —dijo Puñal—. Pero debe comprender
que el festival restringe nuestras posibilidades. Además del hecho de que las
calles están repletas de gente enmascarada a todas horas. La gente baila y bebe
y hace el amor hasta caer rendida, y luego duerme algunas horas y continúa. De
modo que va a ser muy difícil identificar a alguien, aunque sea un terrestre.
—Comprendo
—respondió el sacerdote—. Creo que debería realizar yo mismo la búsqueda.
Podría reconocer la forma de andar y los gestos de Gilson aunque llevara puesta
una máscara.
—Tengo
órdenes de garantizar su seguridad —dijo el largh—. No podré hacerlo si se
mezcla usted con la multitud. Lo siento, Padre, pero así son las cosas.
—El
Padre Tand me ha dado tres hombres para que cuiden de mí —dijo Carmody.
—Pido
disculpas, Padre, pero no puede salir. Los hombres del Padre Tand pueden
protegerle, pero yo tengo autoridad sobre ellos.
Sonó
el teléfono. Puñal, que estaba cerca, fue quien respondió. Apareció el rostro
de un policía.
—Windru
informado, señor —dijo—. Es acerca del terrestre, Gilson. Ha sido hallado; está
muerto. En un callejón cerca del Bloque Thrudhu. Hace unos diez minutos.
Apuñalado dos veces en la espalda y degollado.
Carmody
gruñó.
—Windru,
¿ha sido efectuada una identificación positiva? —dijo.
Windru
miró a su superior, y el largh dijo:
—Todo
está correcto. Responda.
—Sí,
Padre. Sus papeles estaban en su bolsa de cintura. Sus huellas y su foto han
sido comprobadas.
Puñal
se disculpó, diciendo que debía tomar medidas para el envío del cuerpo.
Aparentemente, la SET tenía un acuerdo con las autoridades kareenianas para que
todos sus agentes muertos fueran embarcados en una nave a la Tierra para ser
enterrados allí. Carmody pensó que Puñal se sentía feliz de poder utilizar
aquello como una excusa para cortar su conversación con él.
Irritado,
llamó una vez más a Tand, sólo para oír que no era posible contactar con él.
Empezó a pasear arriba y abajo por la habitación. Era terriblemente frustrante
el tener que permanecer encerrado allí; deseaba poder hacer algo. Estaba seguro
de que Lieftin tenía alguna conexión con la muerte de Gilson. Probablemente también
Abog era culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, nada. ¿Y dónde estaba
Lieftin? Estuviera donde estuviera, seguro que debía estar trabajando en la
realización de su tarea: el asesinato de Yess.
Carmody
se enfureció lo suficiente como para maldecir al grupo de terrestres, sus
propios correligionarios, que habían contratado a Lieftin. ¡Qué extraño que los
discípulos de Algul y los discípulos de Cristo siguieran el mismo camino! La
aldaba sonó, ahogada por el grueso hierro. Carmody descorrió el cerrojo y
empujó un lado de la puerta para mirar y decirles a los policías que podían
entrar. La puerta siguió girando, y dos kareenianos penetraron en la
habitación. Llevaban pistolas en la mano. Tras ellos, fuera en el pasillo,
había otros dos. Estaban arrastrando los cuerpos de los guardias.
Carmody,
los brazos alzados, retrocedió. Mientras un hombre mantenía la pistola apuntada
hacia él, el otro regresó al pasillo para ayudar a los otros con los policías.
No estaban muertos, como Carmody había pensado al principio. Estaban
inconscientes, como drogados.
Un
kareeniano le tendió al sacerdote un disfraz y una máscara.
—Póngaselas
—dijo.
Carmody
obedeció.
—¿Trabajan
para Fratt? —preguntó, pero ninguno de los cinco le respondió.
Una
vez vestido y puesta la máscara, una astada cabeza de Ardour, le dijeron que
siguiera a los demás. Estarían tras él. Si intentaba echar a correr o gritar
pidiendo ayuda, le dispararían a las piernas.
Los
kareenianos, ahora también enmascarados, parecidos a cualquier otro grupo de
alegres concelebrantes, lo llevaron hasta el final del pasillo. Allí, le
dijeron que subiera las escaleras. En la planta quince, fue empujado por el
pasillo hasta una habitación exactamente encima de la suya. Uno del grupo dio
dos rápidos golpes con la aldaba, y tras una pausa de cinco segundos tres
golpes más.
La
puerta se abrió, y una pistola se clavó en la espalda de Carmody. No podía
hacer otra cosa más que entrar. En ninguno de los pasillos había visto a otro
huésped o algún empleado del hotel.
La
puerta fue cerrada a sus espaldas, y el cerrojo resonó sordamente. Le quitaron
la máscara del rostro, y entonces pudo examinar la habitación. Estaba amueblada
como la suya; las puertas que conducían a las otras dos habitaciones de la
suite estaban abiertas.
Junto
a la mesa de piedra, en el centro de la habitación, Raphael Abdu permanecía de
pie. Una mujer terrestre de avanzada edad estaba sentada al otro lado. Llevaba
ropas que habían estado de moda hacía treinta años, pero había algunos detalles
en ellas que le daban un aire colonial. Carmody no pudo situar su origen. La
mujer tenía largos cabellos blancos trenzados y enrollados en una enorme corona
en la parte superior de su cabeza. Su apergaminado rostro tenía huellas de una
antigua belleza. Sus ojos quedaban ocultos tras unas grandes gafas de sol
hexagonales.
—Están
ustedes absolutamente seguros de que es John Carmody? —preguntó a Abdu en un
inglés no terrestre.
Impacientemente,
Abdu dijo:
—¡No
sea ridícula! ¿Quiere que hable, para que así pueda reconocer su voz?
—¡Sí!
—Hable
alto, Carmody —gruñó Abdu—. Diga algunas frases de cualquiera de sus sermones.
La señora desea oírle.
—Oh,
Fratt —dijo Carmody—. Cometí un error natural. Imaginé que era un hombre.
Obviamente, hizo que un hombre dictara aquella carta por usted.
—¡Es
él! —gritó la mujer. ¡No he olvidado esa voz! ¡Ni siquiera después de todos
estos años!
Apoyó
una mano de prominentes venas sobre la de Abdu.
—Pague
a los otros. Dígales que nos dejen solos.
—Encantado
—dijo Abdu. Entró en la habitación a la derecha de Carmody y regresó
inmediatamente con un grueso fajo de dinero kareeniano. Contó la parte de cada
hombre y aguardó mientras estos verificaban la cuenta. Cuatro de ellos se
fueron, pero uno se quedó dentro. Le quitó la ropa a Carmody y le ató los
brazos a la espalda con cinta adhesiva. Hizo sentar a Carmody en uno de los
grandes sillones y le ató los tobillos juntos. Sacó una cuerda de bajo su capa
y la usó para atarlo al sillón. Dos nuevos trozos de cinta adhesiva por sobre
los hombros de Carmody y por debajo de sus sobacos lo aseguraron al respaldo
del sillón.
—¿Su
boca? —dijo el kareeniano. Abdu se lo tradujo en inglés a la mujer.
—No
—respondió ésta—. Siempre podré hacerle callar si lo deseo. Sólo deje la cinta
adhesiva aquí, sobre la mesa.
—Sigo
sin saber quién es usted —dijo Carmody.
—Su
memoria está tan repleta de acciones inmorales —dijo ella—. Pero yo no he
olvidado. Eso es lo importante.
El
kareeniano se marchó, y Abdu cerró la puerta tras él. Hubo un largo silencio.
Carmody estudió los rasgos de la mujer. Repentinamente, los recuerdos nadaron
por fin hacia la superficie.
Era
la mujer que le había facilitado el acceso a la fortaleza donde estaba
custodiada aquella joya, el Fuego Perenne del Staronif.
Él
había ido al planeta colonial de Beulah para ocultarse. Raspold y otros estaban
tras sus talones en El Trampolín, pero él había conseguido escapar. En Beulah
un planeta colonizado principalmente por ingleses y escandinavos, había
representado el papel de prospector. Había ignorado el desafío del Staronif
durante mucho tiempo porque había decidido no buscarse problemas.
Pero
cuando pareció como si Raspold hubiera perdido su pista, estableció su
identidad asumida; ya no podía seguir resistiendo a la tentación. Su minucioso
plan le llevó cuatro meses, no mucho tiempo realmente si se tenía en cuenta la
magnitud del trabajo. Reunió a un cierto número de criminales, entre ellos
Lieftin. Tras garantizarse una escapatoria de Beulah con una nave, sobornó a
uno de los guardias del Staronif, un logro considerable en sí mismo, ya que los
guardias eran famosos por su honestidad. El guardia debía abrirles las puertas,
tras haber silenciado el mecanismo de alarma. Les dio un plano de las
habitaciones y de los dispositivos de alarma instalados en la bóveda donde por
la noche era depositado el Staronif.
Pero
el demo que gobernaba uno de los pequeños estados de Beulah había decidido que
las cosas estaban demasiado calmadas. Hizo despedir a todos los guardias,
contrató a otros nuevos, hizo alteraciones en los mecanismos de protección e
incluso en la distribución interna del edificio. Carmody temió que el guardia
pudiera hablar si pensaba que, siendo ya inútil, iba a verse separado de su
parte del botín. Había que matarlo, y Carmody lo mató.
Los
otros componentes de su grupo quisieron entonces abandonar el robo, pero
Carmody insistió en continuar. Además, debían respetar su plan. Tras alguna
investigación, descubrió que la secretaria del demo no había sido ni despedida
ni transferida a otro trabajo. Además, corría el rumor de que era también la
amante del demo; él no podía resistir la idea de verse abandonado por ella.
Carmody penetró en la casa de la mujer la noche antes del robo.
La
señora Geraldine Fratt, así era como se llamaba, estaba con un hombre... su
hijo. Vivía en otro estado, y estaba de visita en casa de su madre. Cuando la
madre probó su resistencia incluso a las torturas de Carmody, y cuando éste vio
que iba a morir incluso antes que revelar nada, empezó a trabajar con su hijo.
Ella no pudo soportar el ver como destrozaban lentamente a su hijo, pese a que
él le suplicaba que no dijera nada por su causa.
La
señora Fratt les condujo al interior de la fortaleza. Su hijo fue llevado
también, cargado por Lieftin y otro hombre, a fin de asegurarse de que no iba a
traicionarles. Tras sacar el Staronif de su bóveda, Carmody metió en ella a la
madre y al hijo. Luego lanzó dentro una granada y cerró la puerta de la bóveda.
Fue
la explosión lo que activó el sistema de alarma y obligó a Carmody y a sus
hombres a correr, en lugar de dirigirse tranquilamente tal como estaba planeado
a la nave. Raspold, que recién acababa de llegar a Beulah en su búsqueda, se
unió a la caza.
Durante
la huida, Carmody robó un graviplano. Obligado a aterrizar en el lindero del
Gran Bosque Espino, tuvo que continuar a pie. Y fue en aquel bosque que se vio
obligado a hundir el Staronif en las fauces del logar. Más tarde, consiguió
escapar de Beulah y finalmente llegó a la Alegría de Dante.
—Confieso
que ni en un momento pensé en usted, señora Fratt —dijo—, debido a que, uno,
pensé que era un hombre quien me había enviado aquella carta, y dos, pensaba
que tanto usted como su hijo habían muerto.
—Mi
hijo me protegió con su propio cuerpo —dijo ella—. Murió. Mi rostro resultó
terriblemente dañado, y mis ojos quedaron destruidos por la metralla. Hice que
recompusieran mi rostro, pero mis ojos...
Se
quitó las gafas, y Carmody pudo ver las vacías órbitas.
—¡Pero
podía obtener nuevos ojos! —dijo Carmody.
—Juré
que no volvería a ver de nuevo hasta que usted hubiera pagado por lo que nos
hizo a mí y a Bart. Gasté mucho tiempo y dinero buscándole. Mi fortuna era
grande, ya que el demo me legó todos sus bienes al morir. Pero había
desaparecido casi por completo cuando supe finalmente que se había convertido
en un sacerdote en Wildenwooly. Por aquel tiempo, había dejado de comprar
jerries, ya que deseaba reservar todo mi dinero para la búsqueda. Es por ello
por lo que ahora parezco tan vieja. Temía morir antes de encontrarle. Pero,
gracias a Dios, finalmente lo he conseguido.
—¿Y
ha tardado todos esos años en encontrarme? —dijo Carmody—. Señora Fratt, ¿qué
tipo de hombres contrató usted para que me buscaran?
—Raphael
Abdu condujo la búsqueda para mí. ¡No diga nada contra él, monstruo de lengua
viperina! Es un hombre bueno y fiel; ha trabajado incansablemente para mí
durante mucho tiempo. Le conozco y tengo confianza en él.
—Así
que ahora, cuando ya le ha chupado todo su dinero y sabe que ya no puede
recibir más, me ha descubierto muy convenientemente —dijo el sacerdote—. Bueno,
hay que felicitarle por ello. Al menos al final se ha portado honradamente. Le
ha dado algo a cambio de los veintiocho o veintinueve años de trabajo cómodo y
bien pagado que imagino le ha sacado a usted. ¡Oh, el bueno y leal servidor!
—¿Le
cierro la boca, señora Fratt? —dijo Abdu—. Podría hundirle todos los dientes.
Sería un buen comienzo.
—No,
déjele hablar. No me preocupa lo que diga; no podrá cambiar mi mente.
—Señora
Fratt, Abdu podría haberme encontrado fácilmente en cualquier momento después
de que abandoné este planeta. Estuve en John Hopkins durante un año. La policía
sabía donde estaba, y mi Iglesia no tenía ninguna razón para ocultar mi
identidad o mi residencia. Abdu la tomó a usted por la gallina de los huevos de
oro.
—Es
usted escurridizo —dijo ella—. Escapó al primer hombre que Abdu envió tras
usted, e hizo todo lo posible para dificultar el que pudiéramos hallarlo. Pero
ahora está aquí, y nada ni nadie podrá librarlo de esto.
Carmody,
pese a la frialdad de mausoleo de la habitación transpiraba.
—Señora
Fratt —dijo, sin ninguna inflexión que evidenciara la desesperación que
sentía—. Puedo comprender que usted desee vengarse de mí. Puedo comprenderlo en
parte, al menos, pese a todos esos años transcurridos y al hecho de que ya no
soy el hombre que usted conoció... ¡De todos modos, no puedo ni comprender ni
olvidar el que haya asesinado usted a una mujer inocente, mi esposa!
Ella
crispó las manos sobre los brazos de su silla.
—¿Qué?
¿De qué está usted hablando?
—¡Sabe
usted condenadamente bien de qué estoy hablando! —dijo él duramente—. ¡Usted
hizo asesinar a mi Anna! Y al hacerlo, se convirtió usted en tan culpable y
execrable como ese John Carmody al que tanto odia. Es usted tan perversa como
yo era, ¡y usted no tiene derecho a hablar ni de justicia ni de venganza!
—¿Qué
quiere decir con esto? —chilló ella, girando su ciega cabeza primero hacia Abdu
y luego de nuevo hacia Carmody—. ¿Qué es eso acerca de su esposa? ¡Ni siquiera
sabía que estuviera casado! ¿Asesinada, dice? ¿Asesinada?
Abdu
habló desapasionadamente, incluso con una risita divertida, pero sus ojos
llameaban cuando miró a Carmody.
—Ya
le dije que tenía que tener cuidado con él, señora Fratt. Es tan retorcido como
el propio Satán. Está diciendo lo de su esposa tan sólo para desconcertarla,
para confundir sus ideas. E implantar en su mente sospechas hacia mí. Su esposa
está sana y salva. La vi darle el beso de despedida cuando él se marchó de
Wildenwooly.
La
expresión de la señora Fratt era colérica.
—¡Está
mintiendo, Carmody! ¡Daría cualquier cosa con tal de salvar su piel!
—¡Estoy
diciendo la verdad! —gritó Carmody—. Mi mujer fue muerta por una bomba. Y poco
después de que ella muriera, recibí una llamada telefónica de un hombre que
llevaba una máscara. ¡Dijo que era usted responsable del asesinato de Anna!
—¡Está
mintiendo!
—Entonces
quizá pueda usted explicarme otra cosa. Si me deseaba vivo, ¿por qué entonces
sus hombres intentaron matarme delante de la casa de una vieja amiga mía, aquí
en Rak?
Ella
palideció; su boca se movió sin que brotara ningún sonido.
—En
su odio hacia mí, usted no sólo ha matado a mi esposa, sino que también ha
causado la muerte de un hombre inocente, a alguien que no tenía nada que ver
conmigo excepto que condujo el taxi que me llevó hasta la casa de la señora
Kri. Fue muerto por la bomba a mí destinada.
—¡Está
mintiendo de nuevo! —gritó Abdu salvajemente—. Dirá cualquier cosa con tal de
retrasar lo inevitable, lo justificadamente inevitable, juraría.
La señora
Fratt adelantó un brazo, tocó a Abdu, recorrió su mano a lo largo de su costado
y sujetó la mano del hombre.
—Usted
no ha hecho ninguna de esas terribles cosas, ¿verdad? Usted no ha matado a su
esposa y a ese hombre, ¿verdad? Ni ha intentado matar a Carmody y robármelo.
—Estoy
diciendo la verdad, señora Fratt. Creo que lo mejor sería que dejara de
escucharle. Es capaz de convencer a una serpiente hambrienta para que no se
coma a un pájaro. —Miró su reloj—. Señora Fratt, tenemos diez horas antes de
que parta la última nave. Será mejor que empecemos. Usted no quería que la cosa
fuera rápida, ¿recuerda?
—¡Oh,
cometí un error no haciéndome poner unos ojos antes de esto! —dijo ella—.
¡Hubiera deseado verle sufrir! ¡Pero no había tiempo para ello!
—No
importa, podrá oírlo. Y sentirlo.
—Señora
Fratt —dijo Carmody, incapaz de hacer que su voz sonara como algo más que un
graznido—. Estoy apelando por última vez. Usted ha hablado de Dios hace muy
poco. Le ha dado las gracias. ¿Cree usted realmente que Él aprobaría esto? Si
es usted cristiana, entonces, en nombre de Dios, ¡no haga esto! Aunque yo
siguiera siendo el hombre que tanto la hizo sufrir. Él no desearía que usted me
torturara. Mía es la venganza, dijo el Señor. Pero yo ya no soy...
—¡Mía
es la venganza, dijo el Señor! —casi siseó la señora Fratt—. El Diablo puede
citar las Escrituras, y yo lo creo. ¡Pero adelante! ¡Gima, suplique, implore
misericordia! ¡Yo supliqué por mi hijo, y usted se echó a reír! ¡Ría ahora de
nuevo!
Carmody
guardó silencio. Estaba determinado al menos a intentar morir con dignidad. No
iban a arrancarle ni súplicas ni gritos de dolor, al menos mientras pudiera
resistirlo. De todos modos, no podía dominar los estremecimientos de su cuerpo.
—Señora
Fratt —dijo—, mientras aún puedo hablar y pensar racionalmente, quiero decirle
que la perdono. Espero que tenga la oportunidad de que Dios la perdone también.
De modo que, sin importar lo que pueda decir más tarde, recuerde que estos son
mis verdaderos sentimientos. Que Dios le conceda Su gracia.
La
señora Fratt se había puesto en pie. Empezó a andar lentamente hacia él, con
Abdu sujetando su mano. Se detuvo y se puso una mano sobre su corazón.
Permaneció en silencio hasta que Abdu dijo:
—Es
tan sólo otro truco, señora Fratt.
—Ayúdame,
Raphael —dijo la señora Fratt en voz muy baja—. Ayúdeme.
—Yo
seré su fuerza —dijo Abdu. Se dirigió hacia la mesa y echó a un lado el mantel.
El acero destelló bajo la luz. Largos y afilados cuchillos, escalpelos, tenazas
y sierras de cirujano. Había también astillas de durul kareeniano, una madera
parecida al bambú; una jeringa de caucho con una larga y curvada punta;
suturas; un par de tijeras; un par de pinzas de afilado y puntiagudo extremo;
una porra, y un martillo.
Abdu
tomó un escalpelo, se dirigió hacia la señora Fratt, y lo depositó en su mano.
—Creo
que para empezar debería marcarle un poco la cara. Convendría que sintiera un
poco del dolor que sintió usted, señora Fratt.
Ella
rozó ligeramente el escalpelo y retiró la mano.
—Si
usted siente escrúpulos ahora, señora Fratt, habrá malgastado todos esos años.
¿Se quedó usted ciega para nada?
Ella
agitó la cabeza.
—Déjeme
palpar su rostro. No puedo ver, pero quizá, si puedo verlo a través de mis
dedos, pueda odiarle tanto como lo vi por primera vez. ¡Dios! ¡Nunca llegué a
pensar que retrocedería ante esto! ¡Muchas veces he llorado porque aún no lo
tenía en mi poder!
Se
acercó a Carmody. Adelantó su mano derecha, tocó su frente. La retiró, luego
volvió a adelantarla, la paseó por su rasgos.
Carmody
cerró fuertemente sus dientes sobre aquella mano. Ella lanzó un grito e intentó
retirarla, pero las mandíbulas la sujetaban. Él levantó los pies; aunque sus
tobillos estaban atados entre sí, no lo estaban al sillón. Sus pies juntos
ascendieron entre las piernas de ella y, en un espasmo de fuerza, la levantaron
unos pocos centímetros. Ella gritó de nuevo ante el golpe. Abdu chilló y echó a
correr para ayudarla.
Carmody
replegó sus piernas hacia su pecho en una contorsión que le dolió
terriblemente. Su boca se abrió; la mujer retiró su mano liberada y retrocedió.
Él distendió violentamente sus piernas; sus pies la golpearon en el centro del
estómago. Doblándose sobre sí misma, cayó hacia atrás, contra Abdu. Luego se
enderezó y se derrumbó al suelo.
Abdu
miró fijamente el ensangrentado escalpelo en su mano y la sangre que brotaba de
la espalda de ella. Soltó el cuchillo y cayó de rodillas junto a la señora
Fratt.
La
llamó en vano, escuchó su corazón, y finalmente se levantó.
—El
escalpelo no ha penetrado lo suficiente como para matarla. ¡Usted la ha matado
al golpearla, bastardo!
—No
era mi intención —jadeó Carmody—. No lo hubiera hecho de no ser por usted.
¡Pero que me condene si iba a quedarme aquí tranquilo mientras ella me hacía
pedacitos!
—Está
condenado de todos modos —dijo Abdu lentamente—. Ese truco no le va a servir
una segunda vez.
Recogió
el escalpelo y avanzó por un lado de Carmody.
—¿Cuál
es su interés, Abdu? Se ha ganado bien la vida gracias a ella. ¿No es
suficiente? ¿Por qué desea torturarme?
—Oh,
seguro, la he engañado, y gracias a ella me he dado una vida de rey. Pero en el
fondo me gustaba la vieja señora, aunque no fuera más que una obsesa. Además,
siempre he deseado saber de qué demonios estaba hecho usted.
Ahora
estaba tras el sillón; enrolló su brazo izquierdo en torno a la cabeza de
Carmody para inmovilizarla. Su escalpelo se clavó en la mejilla de Carmody y
descendió.
—¿Duele
eso, Carmody? —dijo Abdu en el oído del sacerdote.
—Bastante
—siseó Carmody.
—Déjeme
ver lo tierna que es la piel de sus labios.
El
escalpelo cortó un lado de su boca. Carmody se envaró, pero encajó los dientes
para no gritar. Abdu colocó la hoja contra la yugular de Carmody.
—Un
golpecito, y todo terminaría. ¿Le gustaría eso?
—Me
temo que me gustaría mucho —dijo Carmody—. Dios me perdone.
—Sí,
sería una especie de suicidio, ¿no? Bien, si existe un Infierno, espero que
vaya a parar allí. Pero no demasiado aprisa.
Abdu
regresó a la mesa y tomó varias astillas de la madera parecida al bambú.
—Probemos
a quemar algunas de estas bajo las uñas de sus pies. ¿No las ha usado ninguna
vez?
Carmody
tragó saliva y dijo:
—Que
Dios me perdone de nuevo.
—¿De
veras? Bueno, creía que todo eso había quedado detrás de usted, ¿no? Esto
prueba que uno no puede escapar nunca por completo de sus crímenes; le siguen
como perros olisqueando un viejo hueso.
Abdu
se acercó por un lado, se puso de rodillas, y apoyó todo su peso sobre las
piernas de Carmody. Le quitó un zapato y el calcetín. Carmody intentó
debatirse, pero no podía mover sus piernas. Lanzó un grito cuando la astilla se
hundió bajo la uña de su dedo gordo.
—Adelante,
grite —dijo Abdu—. Nadie podrá oírlo a través de estas paredes.
Tomó
una caja de cerillas kareenianas y encendió una en el suelo de piedra. Cuando
la astilla hubo prendido, se puso en pie.
—Esa
madera está empapada de aceite —dijo—. Arde como el infierno, ¿no?
La
aldaba de la puerta resonó. Abdu se giró bruscamente y sacó la pistola de una
funda bajo su capa. La aldaba siguió golpeando durante un instante, luego se
detuvo. Abdu lanzó un suspiro de alivio, sólo para dar un nuevo salto cuando el
teléfono sonó.
El
sacerdote observaba el humo que brotaba del fuego que avanzaba lentamente.
Aunque había dejado de gritar, sentía que iba a desvanecerse. No podía imaginar
un dolor más intenso que aquel que sentía ahora, pero sabía que no podría
compararse con el que iba a experimentar cuando el fuego alcanzara los nervios.
—¡Deja
de sonar, maldita sea! —le dijo Abdu al teléfono.
—Creo
que me están buscando —gimió Carmody—. Deben haber encontrado a los oficiales
que dejaron fuera de combate. Y saben que no he abandonado el hotel.
—Bueno,
dejemos que busquen. No podrán entrar aquí mientras la puerta esté cerrada.
Carmody
siseó a causa del dolor, y luego dijo:
—¿Y
qué hará usted luego? Le esperarán. Además, saben que esta es la habitación de
la señora Fratt, y que ella no contesta. Y que usted no está en la suya. Y que
no ha abandonado el hotel. Ya sabe que llevan el control de todos los que
entran y salen.
Abdu
frunció el ceño y miró al teléfono. Se dirigió a la mesa y tomó un trozo de
cinta adhesiva. Tras aplicarla sobre la boca de Carmody, regresó al teléfono.
Carmody
hubiera deseado oír la conversación, pero no pudo. El fuego empezaba a prender
en la madera bajo su uña. No podía oír nada excepto sus propios gritos,
confinados dentro de su boca por la cinta adhesiva y resonando agudamente en el
interior de su cabeza. El dolor no enturbiaba sin embargo su visión, y así pudo
ver la primera fina voluta de humo surgiendo del cerrojo de acero de la puerta.
Abdu no podía verlo, ya que estaba vuelto de espaldas, hablando por el
teléfono.
Una
línea apareció en el cerrojo, se alargó y se ensanchó. El cerrojo se separó en
dos piezas. Al mismo tiempo, Abdu se giró, vio el humo y la hendida barra de
acero, y sus labios se retorcieron en una muda maldición.
La
puerta giró sobre su pivote; Abdu levantó su pistola y disparó. Un objeto
redondo voló al interior de la habitación, rebotó hacia Abdu, y estalló en una
densa nube de amarillento humo que lo envolvió. Su cuerpo se convirtió en una
silueta que levantó unos fantasmagóricos brazos para llevárselos a su
fantasmagórica garganta. Se derrumbó pesadamente. Un segundo más tarde, unos
kareenianos equipados con máscaras de gas penetraron. Uno de ellos se apresuró
hacia Carmody, e intentó extraer la astilla de su dedo, sin conseguir otra cosa
que romper la parte ya quemada. Se levantó e hizo una seña a otro, que extrajo
una hipodérmica de algún lugar y la clavó en el brazo de Carmody. Unos pocos
segundos más tarde, una benefactora inconsciencia le envolvía.
Se
despertó en una cama desconocida. El dolor en su dedo y en su rostro habían
desaparecido. Tand estaba inclinado sobre él. El alivio y la inesperada
presencia de su amigo se tradujeron en lágrimas. Tand no se mostró embarazado,
ya que los hombres kareenianos eran tan propensos al llanto como las mujeres
terrestres. Sonrió y palmeó la mano de Carmody.
—Todo
está bien ahora. Estás en mi casa, sano y salvo, por el momento al menos.
Kaseramos la puerta y el cerrojo justo a tiempo. Tuvimos suerte. Aparentemente,
Abdu no descubrió lo que estábamos haciendo con el tiempo suficiente para
matarte.
—¿Abdu
simplemente perdió el conocimiento?
—Sí,
está vivo, y ahora está siendo interrogado.
—¿Ha
dicho si tenía algún contacto con Lieftin y Abog?
—Hemos
usado chalarocheil, y lo ha soltado todo. Abdu había hecho un trato con Lieftin
para hacerte matar; fueron los hombres de Lieftin los que intentaron asesinarte
frente a la casa de la señora Kri. Sin embargo, estamos seguros de que Lieftin
no sólo actuó independientemente de Abog, sino que tomó mucho cuidado de
ocultarle a Abog su parte en el complot contra ti. Abog deseaba mantenerte con
vida, ya que él y Rilg confían en tu ayuda para hablarle a Yess en contra de
una Noche universal.
Tú,
querido amigo, estabas atrapado en las redes de la conspiración.
—¿La
señora Fratt está muerta?
—Desgraciadamente
sí. Abdu nos contó cómo resultó muerta.
Tand,
viendo a Carmody sobresaltarse, se apresuró a tranquilizarle.
—¿Qué
otra cosa podías hacer?
—Te
conozco lo suficiente como para saber qué es lo que estás intentando averiguar
—dijo Carmody—. Te estás preguntando por qué yo, un hombre que pasó la Noche,
pude luchar tan salvajemente. Por qué no continué intentando razonar con la
señora Fratt para que no me torturara cuando estaba tan obviamente flaqueando.
—Me
lo he preguntado. Pero comprendo por qué tu deseo de sobrevivir se impuso a
todo lo demás. Un hombre que ha pasado una Noche no es ni con mucho
"perfecto". Yo he pasado muchas, y si bien soy "mejor" cada
vez, me queda aún mucho camino por recorrer. Además, ¿quién soy yo para juzgar?
Creo que yo en tu caso tuviera hecho lo mismo.
Hizo
una pausa, y luego dijo:
—Pero
hay una cosa que no comprendo. Tú tienes el poder de disociar tu mente del
dolor. ¿Por qué no usaste ese poder?
—Lo
intenté —respondió Carmody—. Y, por primera vez, no pude conseguirlo.
—Hummm.
Entiendo.
—Algo
en mí cortó los hilos —dijo el sacerdote—. Y es obvio el qué. Sentí, o la parte
subconsciente de mí sintió, que tenía que sufrir por lo que le había hecho a la
señora Fratt y a su hijo. No era un sentimiento lógico, porque mi dolor no iba
a alterar la situación de la señora Fratt o sus sentimientos o los míos. Pero
el subconsciente posee su propio lógica, como tú bien sabes.
Agitó
el dedo gordo de su pie.
—Ningún
dolor —dijo.
—Te
dolerá cuando pase el efecto del anestésico. Pero deberías ser capaz de
controlar el dolor, después de todo. A menos que aún sigas determinado a
infligirte remordimientos.
—No
lo creo.
Se
sentó en la cama. Se sentía un poco débil y mareado y, sorprendentemente,
hambriento.
—Me
gustaría comer algo. ¿Qué hora es?
—Debes
ir a ver a Yess dentro de una hora. ¿Crees que podrás? —Me encuentro
perfectamente. Ahora, ¿qué es lo que piensas hacer acerca de Abog y Rilg?
—Eso
depende de Yess. Es una situación muy complicada. Se necesita tiempo para
decidir lo que es conveniente hacer y montar un plan al respecto. Y el tiempo
es precisamente lo que nos falta. De hecho, aún no hemos localizado a Lieftin.
Carmody
se levantó de la cama. Una vez hubo comido, se hubo bañado y vestido, volvió a
sentirse el mismo de siempre.
Tand
estaba satisfecho.
—Quiero
que te veas como nunca cuando estés en presencia de tu hijo —dijo—. Nuestro
hijo, mejor, aunque creo que realmente tú eres mucho más su Padre que el resto
de nosotros.
—¿Estarán
allí los otros?
—No
esta vez. Vámonos. Necesitaremos más tiempo del normal para llegar allí debido
a la gente.
Tand
estaba equivocado. Había muy poca gente en las calles, y ésta se mostraba mucho
menos ruidosa o activa de lo habitual.
—Nunca
he visto nada así antes —dijo—. Debe ser el temor a la decisión de Yess. La
gente preferirá quedarse en casa, viendo la televisión, para el caso de que
Yess haga su anuncio.
El
coche rodeó el enorme Templo, un lado que Carmody no había visto nunca. Faltaba
el pórtico con sus cariátides, y había muy pocas estatuas en los nichos. Tand
estacionó el coche cerca de la entrada y condujo a Carmody hacia una pequeña
puerta en la esquina sudoeste del edificio. Un pelotón de centinelas lo
saludaron, y un oficial le abrió la puerta con una enorme llave que colgaba de
una cadena de plata de su ancho cinturón.
Tras
la puerta había una pequeña sala de espera con unas cuantas mesas y sillas y un
cierto número de revistas, libros y cintas grabadas tanto kareenianas como no
kareenianas. La única otra puerta conducía a otra habitación que albergaba el
extremo inferior de una estrecha escalera con escalones de cuarzo y la pequeña
cabina de un graviascensor. Todo ello estaba en el fondo de un pozo excavado en
la piedra.
Tand
y Carmody penetraron en la cabina; Tand pulsó el botón de puesta en marcha y el
botón con el ideograma correspondiente al siete.
—No
iré contigo —dijo—. Obviamente, no necesitas ser presentado, aunque normalmente
el protocolo lo requiera. Él ha visto tu foto. Además, ¿qué otra persona podría
ser?
Carmody
se sentía nervioso. La cabina se detuvo. Tand abrió la puerta y penetraron en
otra pequeña antecámara. Metió la llave en la cerradura de una puerta ovalada y
le hizo dar una vuelta. Luego sacó otra llave parecida de su bolsa de cintura y
se la tendió a Carmody.
—Cada
Padre tiene una de ellas.
Carmody
dudó.
—Adelante
—dijo Tand—. Yess tiene que estar en la habitación siguiente a la próxima. Te
aguardaré abajo.
Carmody
asintió y entró. Se halló en una habitación mucho más amplia, iluminada tan
sólo por una pequeña lámpara. Rojos tapices cubrían la pared; una alfombra
verde claro, muy gruesa y blanda, cubría el suelo. Aunque no había ventanas, un
aire frío rozó su ligeramente húmeda piel. En la pared opuesta había otra
puerta ovalada, entreabierta.
—Entra
—dijo una profunda voz de barítono en kareeniano.
Carmody
entró en otra habitación aún más amplia. Sus paredes estaban cubiertas con yeso
de color verde claro. Algunos murales, describiendo escenas de la mitología
kareeniana, habían sido pintados en las paredes. El mobiliario era sencillo;
una mesa de brillante madera negra, algunos sillones de aspecto liviano pero
confortable, y una cama en un nicho. Había también un videofono, un enorme
aparato de televisión, y una alta y estrecha librería de la misma brillante
madera. La mesa estaba llena de cintas grabadas, algunos libros, útiles de
escritorio, y una antigua estilográfica hecha de piedra pulida con estrías
blancas y verdes.
Yess
estaba de pie junto a la mesa. Era un hombre alto; la cabeza de Carmody no le
llegaba más arriba de su pecho. Su cuerpo soberbiamente musculoso estaba
desnudo. Su negro cabello parecía terrestre, pero una inspección más detenida
mostraba un ligero vello kareeniano. Su rostro era agraciado y también
kareeniano, pero Carmody sintió que algo se le apretaba en la garganta cuando
vio los rasgos de Mary reflejados en los de Yess. Sus orejas eran como las de
un lobo; sus dientes tenían un color azul muy pálido. Pero tenía cinco dedos en
cada pie.
Un
dolor agudo se apoderó de Carmody, ascendió por su pecho, forzó un sollozo, y
se derramó en lágrimas. Llorando violentamente, avanzó tambaleándose hacia Yess
y lo abrazó. Yess también estaba llorando.
Luego
Yess se desasió del abrazo e hizo sentarse a Carmody en uno de los sillones.
Abrió un cajón de la mesa y sacó un pañuelo con el que se secó los ojos.
—He
esperado tanto tiempo este momento —dijo—. Pero sabía que iba a ser difícil.
Somos dos extraños, y no importa lo mucho que lleguemos a conocernos
mutuamente, me temo que siempre habrá una cierta barrera entre nosotros.
Por
primera vez en su vida, a Carmody le fue difícil hablar. ¿Qué podía decir?
—Como
puedes ver, Padre —siguió Yess—, soy medio terrestre, realmente tu hijo. Y este
es precisamente uno de nuestros argumentos a favor de la universalidad del
boontismo. Restringido hasta ahora a este planeta, el boontismo está destinado
a esparcirse por todo el universo. Su destino empezó a hacerse manifiesto desde
el momento en que fui concebido por una madre y por un Padre extrakareenianos.
Boonta realizó esto con un propósito muy específico.
Carmody,
sintiéndose mejor, sonrió.
—Tú
posees realmente una de mis características: vas directo al grano. Y estoy
seguro de que también posees otra: la agresividad. Pero debo decir que esto
último no me satisface demasiado.
Yess
sonrió y se sentó en el sillón al otro lado de la mesa.
—Así
pues, iré directo al grano. Una pregunta. ¿Por qué tú, que experimentaste la
mística unión con Boonta, te convertiste a otra religión? Hubiera creído que tú
te habrías sentido tan iluminado por el sentido de la verdad de Boonta y por
las experiencias de la Noche, que no hubieras podido hacer otra cosa que
venerar a Boonta.
—Otros,
principalmente mis superiores en la Iglesia, me han hecho la misma pregunta
—respondió Carmody—. Quizá, si me hubiera quedado en Kareen, me hubiera
convertido al boontismo. Pero creo sinceramente que un Algo —Destino, Azar, o
Dios, y este último es el término que prefiero— me dirigió hacia otro lado.
Mientras estaba bajo observación en Hopkins, viví una experiencia, tan mística
y convincente como cualquiera de las que viví aquí. Me convenció, y nada de lo
ocurrido después ha podido convencerme de que la fe que yo elegí no es la única
para mí.
La
voz de Yess era tranquila, pero estudió el rostro de Carmody con gran
intensidad.
—Entonces,
¿crees que Boonta es una deidad falsa?
—En
absoluto. O mejor, podría decir que para mí Ella es la manifestación que toma
el Creador en Kareen. Es otro de sus aspectos. Al menos, me gusta pensar esto.
Pero realmente no lo sé, y no creo que pueda llegar a estar seguro nunca. Mi
propia Iglesia no ha hecho ninguna declaración oficial, y puede que pase mucho
tiempo antes de que la haga.
—Yo
no estoy menos inseguro —dijo Yess. Abrió de nuevo el cajón y extrajo una
botella y un paquete.
—El
vino es kareeniano; los cigarrillos, terrestres. Ambos me gustan. Y cuando los
saboreo, pienso en mi origen. Ya no soy tan sólo Yess, el dios de Kareen. Soy
Yess, el dios de todos los planetas.
Hablaba
como exponiendo una verdad absoluta.
—¿Lo
crees realmente?
—Lo
sé.
—Entonces
es inútil discutir —dijo Carmody—. De todos modos, no tenía intención de
hacerlo. Pero seré franco. He venido aquí para intentar disuadirte de que des
un paso en particular. Yo...
—Sé
por qué estás aquí. Tu Iglesia te ha enviado para argumentarme lo mismo que me
argumentó Rilg. De hecho, Rilg, aunque él no quiere que se sepa, es un
algulista. Hace mucho tiempo que lo sé, pero no he hecho nada al respecto
debido a que nunca, o muy raramente, interfiero en los asuntos gubernamentales.
Además, casi todos los políticos de este planeta, y probablemente muchos otros,
son algulistas. Conscientemente o no.
—Entonces,
¿ya has tomado tu decisión?
—Desde
el año pasado. De todos modos, no tengo intención de hacer el anuncio hasta el
último momento. Si la gente tiene demasiado tiempo para pensar en ello, podría
haber una revuelta.
Por
supuesto, no podría reprochárselo. Demasiados de ellos saben, muy al fondo, que
no van a pasar la Noche. Pero ya ha pasado el tiempo de los que pueden mentirse
a sí mismos. Si son realmente algulistas tras su fachada de seguidores de Yess,
entonces deberán reconocerlo.
—¿Pero
y los niños? —dijo Carmody. Sabía que su rostro se estaba congestionando y que
Yess era consciente de su cólera.
—La
vida es prodigalidad. La vida es lucha. Algunos sobreviven, otros no. Boonta
da, pero nunca toma. Deja que las cosas ocurran por sí mismas.
Carmody
permaneció sentado en silencio, abrumado por la convicción de que nada de lo
que pudiera decir haría cambiar a Yess de opinión.
—Cuando
la Noche haya transcurrido y nos hayamos reorganizado —estaba diciendo Yess—,
iniciaremos una campaña intensiva de proselitismo extrakareeniano. Tengo
intención de visitar yo mismo otros planetas.
—¿No
será peligroso? —dijo Carmody—. Si eres asesinado por algún fanático religioso
de otro planeta, quedarás desacreditado.
—En
absoluto. Otro Yess aparecerá. El que un Yess pueda ser asesinado no invalidará
su divinidad, al igual que el asesinato de Cristo no invalidó la Suya.
—Ahora
vas a decirme que cada planeta tiene su salvador local, lo suficientemente
buenos a su manera, pero tan sólo sustitutos temporales hasta la llegada del
super-salvador... tú.
—Exactamente
—respondió Yess—. Es la evolución de lo divino. Tal como el Nuevo Testamento
fue añadido al Antiguo Testamento para formar un nuevo libro, y tal como el
Libro de los Mormones y el Corán y las Llaves de la Ciencia y la Salud fueron
secuelas de la Biblia, así aparecerá otro Libro que los superará a todos.
Estoy
dictando el Libro de la Luz. Lo terminaré muy pronto. Es una historia resumida
de Boonta y sus pueblos. También presenta en una forma organizada y auténtica
el dogma de nuestra religión. Y se atreve a lo que ninguna otra de las
escrituras se ha atrevido nunca. Da una profecía detallada de las cosas que han
de venir. No en una forma simbólica y vaga, que permita mil interpretaciones
distintas. Es claro y específico.
Cuando
este Libro sea traducido a las muchas lenguas de las galaxias y sea accesible a
todos, se convertirá en nuestro mayor misionero.
Yess
miró a Carmody directamente a los ojos, a través de la mesa, y Carmody sintió
que los pelos de su nuca se le erizaban. Era el aura, aunque mucho más
atenuada, que había sentido cuando penetró en el Templo con los otros Padres
para el nacimiento de Yess... cuando Boonta dejó sentir Su presencia.
Bruscamente,
la sensación desapareció. Yess se puso en pie y dijo:
—Volveré
a verte, Padre.
Carmody
se puso también en pie. —¿Soy libre de dar a conocer tu decisión?
—No.
No dirás nada al respecto.
Yess
rodeó la mesa, abrazó a Carmody y lo besó.
—No
te aflijas, Padre. Hay cosas que están más allá de tu conocimiento. Debes
aceptarlas, al igual que aceptaste las cosas de la Noche y mi concepción por
una criatura de tu mente.
—Querría
que fuera así —respondió Carmody—. Pero no puedo aceptar el sufrimiento y la
muerte inútiles.
—No
son inútiles. Que Boonta sea contigo.
—Y
Dios contigo... hijo.
Tand
avanzó hacia el sacerdote cuando éste penetró en la sala de espera en la planta
baja.
—¿Cómo
ha ido, John? ¿Cómo lo has notado?
—Abatido.
Y turbado. Me ha dado la sensación de un actor que acaba de entrar en escena
solo para darse cuenta de que se ha equivocado de teatro y de obra.
—Has
cumplido con tu misión. ¿Por qué no regresar a casa?
—No
sé por qué, pero no puedo. Algo me dice que tengo una tarea inacabada aquí.
Quizá sea descubrir la verdad, si ello es posible. Te diré algo. La teoría de
Yess de un único salvador universal me perturba enormemente. ¿Las verdades
divinas son reveladas poco a poco, a medida que los seres sentientes se hallan
preparados para recibirlas? ¿Y está Yess a punto de revelar una, y una verdad
válida?
Carmody
regresó a su casa y a su cama. Durmió hasta tarde a la mañana siguiente, algo
raro en él. Cuando descendió al comedor del hotel para el desayuno, lo halló
vacío de todos los no kareenianos excepto un escaso número de terrestres
convertidos al boontismo. Comió solo y triste su desayuno. Justo antes de
terminar fue interrumpido por un sacerdote de Boonta.
Carmody
miró los verdes hábitos y el peinado en cola de pavo real, y pasaron varios
segundos antes de que reconociera a Skelder.
Carmody
se levantó y lo abrazó alegremente. Hubo una indicación del cambio que se había
producido en el sacerdote antes severo y adusto en su respuesta igualmente
alegre.
—Deseaba
verle antes de que empezara la Noche —dijo Skelder—. Después de todo, ¿quién
sabe?
—Creo
que no es necesario que le pregunte si sigue pensando que eligió correctamente
—dijo Carmody.
—No.
Soy perfectamente feliz acerca de mi decisión. Nunca lo he lamentado. ¿Y usted?
—Lo
mismo. Bueno, ¿nos sentamos y hablamos?
—Me
gustaría —dijo Skelder—. Pero debo ir al Templo. Yess hará su anuncio al
mediodía, ya sabe.
—No,
no lo sabía. ¿Y luego?
—Lo
que ocurra está en manos de Boonta. Tand me dijo que usted sabe mucho de las cosas
que ocurren tras la escena. Así que usted debe saber que no sería sorprendente
que Rilg intentara evitar que Yess hiciera público su anuncio. No que se
atreviera a poner las manos sobre Yess... oficialmente al menos. Pero puede
intentar un fallo general de la energía o una interferencia en la emisión.
—Debe
estar desesperado.
—Lo
está. Bien, debo irme. Oh, sí. Tand me ha dicho que Lieftin sigue sin ser
hallado. Y debe estar desesperado también. La última nave ha partido, ya no
puede abandonar el planeta. De todos modos, puede tener la esperanza de ser
sumido en el Sueño durante la Noche y escapar así de sus efectos. Creemos que
intentará llevar a cabo lo que tenga planeado antes de la emisión. Quizá sea
esto lo que esté esperando Rilg.
Skelder
dijo adiós y se fue con un revuelo de largos hábitos verdes. Carmody firmó el
volante del crédito gubernamental por su desayuno y salió a la calle. No iba
acompañado, puesto que ya no parecía haber ninguna razón para mantenerlo bajo
protección. Había mucha gente por las calles. Permanecían inmóviles en las
esquinas, frente a las grandes pantallas públicas de televisión, evidentemente
aguardando a Yess. Muchos se habían quitado sus máscaras.
Carmody
intentó hablar con algunos de los que permanecían aguardando en la acera frente
al hotel. Tras algunos intentos, abandonó. No solamente no querían hablar con
él, sino que fruncían el ceño y se giraban murmurando para sí mismos.
Tras
vagabundear un poco por el vestíbulo, regresó a su habitación. Intentó sin
éxito interesarse en un libro sobre la historia kareeniana. Llegó el mediodía,
y con una sensación de alivio se giró hacia la televisión. El locutor hizo un
breve y familiar discurso. Aparentemente, y pese a los avances de la ciencia
tanto de la Tierra como de Kareen, habían surgido algunas dificultades
técnicas. Si los telespectadores eran un poco pacientes, las cosas se
arreglarían en muy poco tiempo. Mientras tanto, allí tenían un interesante...
Pasó
una media hora, con varias intervenciones más y un breve documental sobre el
aterrizaje del primer terrestre en Kareen. Por aquel entonces, Carmody
comprendía que algo no iba bien. Intentó llamar a Tand, pero no obtuvo más que
la señal de ocupado. Transcurrió otra media hora con más intervenciones
tranquilizadoras y documentales que no tenían nada que ver con la aparición de
Yess. Llamó a Tand tres veces más, sólo para recibir más señales de ocupado.
Por aquel entonces, supuso, los sistemas telefónicos debían estar colapsados
por las llamadas de la gente que deseaba saber qué era lo que no marchaba.
Repentinamente,
el locutor dijo:
—Kareenianos...
¡vuestro dios!
Yess
apareció en la pantalla, visible de cintura para arriba. Sonrió y dijo:
—Mis
bienamados, Yo...
La
pantalla se oscureció. Carmody lanzó una maldición. Quitó el cerrojo de la
puerta, corrió por el pasillo y bajó a saltos las catorce plantas hasta el
vestíbulo. Este se hallaba atestado de gente que hablaba en voz muy alta.
Carmody agarró a un botones del brazo y preguntó:
—La
emisora. La emisora de televisión. ¿Está cerca?
—Tres
manzanas, Padre. Hacia el este —respondió el botones. Parecía aturdido.
Carmody
se abrió camino a codazos entre la multitud y cruzó corriendo la puerta. La
calle estaba atestada ahora y, toda la gente mostraba expresiones asombradas.
Muchos hablaban incoherentemente. Ellos también sabían que algo le había pasado
a su dios. Y, aunque habían estado temiendo u odiando lo que iba a decirles,
ahora habían olvidado por completo ese sentimiento. Estaban asombrados o
asustados, embotados o excitados. Nadie se opuso al paso de aquel hombrecillo
terrestre que volaba abriéndose camino entre ellos, contentándose con
quedárselo mirando tras su paso.
Una
manzana antes del edificio de la televisión, Carmody vio las humaredas
surgiendo de las ventanas de las primeras dos plantas. Una alterada multitud
impedía los esfuerzos de los policías y las ambulancias por entrar. Carmody
luchó y forcejeó por abrirse paso, pero no consiguió moverse.
Una
mano palmeó su hombro. Se giró y vio a Tand.
—¿Qué
ha ocurrido? —preguntó.
—Lieftin
debió instalar explosivos tan hábilmente que la policía no consiguió
encontrarlos —dijo Tand—. O quizá no quisieron encontrarlos. La emisión fue
retrasada una hora mientras se realizaba la búsqueda de bombas por toda la
emisora. Luego vino Yess y... Ya viste la pantalla apagarse. Yo hubiera estado
allí con él si mi coche no hubiera colisionado con otro. A mí no me pasó nada,
pero mi conductor resultó herido.
Miró
al edificio.
—¿Crees
que está muerto?
—No
lo sé —dijo Carmody—. ¿Qué es eso?
Un
gran grito había surgido de cien mil bocas. Repentinamente, como si un vehículo
invisible avanzara entre ellos, la multitud abrió un paso. Yess, ennegrecido
por el humo y sangrando por varias heridas pero indemne, avanzaba hacia ellos.
Le
hizo una seña a Tand, que acudió corriendo, con Carmody tras sus talones.
—Busca
un coche y llévame a la Emisora Fuurdal —dijo Yess.
—Tengo
un coche cerca de aquí —dijo Tand—. No es el mío; el mío resultó accidentado.
Ven.
Lo
precedió calle abajo, mientras la gente se apartaba. Todos lloraban de alegría
al ver a su dios vivo; algunos echaron a correr, cayeron de rodillas, e
intentaron besar la mano de Yess. Este les hizo un gesto para que se apartaran,
sonriendo, y siguió andando. Un minuto más tarde, los tres, Tand conduciendo,
enfilaban hacia los otros estudios de televisión.
—No
comprendo como Lieftin, o quien haya sido, consiguió esconder los explosivos
—dijo Yess—. La policía y los sacerdotes examinaron cada pieza del equipo,
cualquier cosa que pudiera ocultar una bomba. Y lo más extraño es que fue Abog
precisamente quien insistió para que la emisión fuera retrasada mientras el
edificio era examinado.
—Quizá
deseara proporcionarle al gobierno una coartada —dijo Carmody.
—Probablemente.
Él no estaba en el edificio cuando estalló la bomba. Todos los que estaban a mi
alrededor resultaron muertos o gravemente heridos. Los demás Padres murieron.
Tú y Carmody sois los únicos supervivientes ahora.
Yess
lloró. Luego, sin ningún rastro de la emoción que todavía debía sentir, dijo:
—Llama
a tus mejores, Tand. Vamos a necesitar protección para regresar al Templo.
Tand
tomó el teléfono del coche y empezó a hacer llamadas. Cuando se detuvieron
frente a su destino, se había asegurado de que una cincuentena de hombres
armados estarían disponibles dentro de poco. Además, un buen número de
sacerdotes armados les seguían.
Carmody
siguió a los dos dentro del edificio, pero no los acompañó al estudio donde
Yess iba a hacer su anuncio. Pensaba que Yess no estaba a salvo de otros
atentados. Si alguien intentaba cruzar aquella habitación para alcanzar a Yess,
tendría que entendérselas primero con Carmody.
Apenas
unos segundos después de que Yess hubiera salido al aire, sonaron disparos en
el vestíbulo. Un kareeniano irrumpió en la habitación, pistola en mano.
Carmody, de pie a un lado, lo derribó con una estatuilla de bronce.
Tras
tomar el arma soltada por el inconsciente hombre y metérsela en su cintura,
salió al vestíbulo. Tres presuntos asesinos muertos y dos policías muertos y
otros dos heridos yacían en el suelo. Un empleado de la emisora permanecía a
cubierto tras un sillón. Carmody lo sacó de su refugio y lo envió a llamar a
una ambulancia. Luego regresó a la habitación y volvió a montar guardia.
Tres
minutos más tarde Yess y Tand salieron del estudio, ambos con expresión grave.
—Ya
está hecho —dijo Yess—. Ahora, lo que Boonta deje caer que caiga.
En
el camino de vuelta al Templo, la gente en la calle se apartó ante la escolta
armada de Yess. Carmody, contemplando los rostros y las máscaras con que se
cruzaban, gritó de pronto:
—¡Alto
el coche!
Yess
ordenó al conductor que se detuviera y se giró para preguntarle a Carmody qué
ocurría, pero el pequeño terrestre ya había saltado fuera.
Carmody
había visto a un hombre enmascarado cuya forma de andar lo identificaba sin
lugar a dudas como Lieftin. Temeroso de que Lieftin pudiera escapársele, había
saltado fuera del vehículo sin decirle a nadie tras de quien iba.
—¡Lieftin!
—gritó—. ¡Está arrestado! —sin darse cuenta en su excitación de que los otros
no le seguían. El hombre se giró y echó a correr. Durante un segundo Carmody lo
perdió en la multitud; luego lo vio metiéndose en una tienda de ropas. Lo
siguió. Era una tienda espaciosa, reservada a la clientela rica. Una única
dependienta estaba de pie con la nariz apretada contra el cristal del
escaparate, sin duda para ver a Yess cuando pasara por allí. Carmody la llamó,
y ella se sobresaltó. Pudo ver por su asombrada expresión que no había visto a
Lieftin entrar en la tienda. Ignorando sus preguntas, se dirigió hacia el
fondo. Había tres puertas. Abrió la primera de la izquierda, atravesó varias
habitaciones y fue a salir a una callejuela. Estaba desierta. Cuando se giró
para volver a entrar en la tienda, oyó un ruido de pasos a sus espaldas y el
dolor estalló en su cabeza.
Cuando
recobró los sentidos, estaba tendido sobre las desiguales losas de la
callejuela. Había un enorme y sensible hinchazón sobre su oreja. Las calles a
su alrededor estaban tranquilas; la Noche había empezado.
Se
sintió aterrado ante lo que vio en las calles. Los cadáveres yacían en todas
direcciones hasta tan lejos como podía ver. Había hombres, mujeres y niños
entre ellos, destrozados por balas y cuchillos, algunos partidos en dos por
rayos kaser. Un carro de combate yacía volcado, con su cañón kaser reventado a
un lado por una bomba, probablemente dejada caer desde una ventana. Los
soldados que habían manejado el kaser estaban muertos.
La
sangre formaba arroyos en los canalones.
Carmody
recogió una pistola, comprobó el cargador, y echó a correr precipitadamente por
la calle. Antes de que pudiera ir muy lejos, sintió como un mareo y un tremendo
calor; su vista se enturbió. Luego el parpadeo del sol, perceptible incluso
desde más allá de la curva del planeta, hubo pasado.
A
algunas manzanas calle abajo, encontró el equivalente kareeniano de una
motocicleta volcada a un lado. Todavía estaba en situación de funcionar, aunque
parte del sillín había sido arrancado junto con su conductor. Fue una
serpenteante y meticulosa carrera zigzagueando por entre los numerosos
cadáveres, pero se las apañó. Luego, al girar una esquina, la motocicleta
patinó sobre algo resbaladizo, golpeó contra el bordillo, y el se vio lanzado a
la acera. Fue a dar duramente contra la pared de un edificio, pero el golpe no
fue lo suficientemente fuerte como para que no pudiera volver a ponerse en pie.
La rueda delantera de la moto se había doblado, así que tuvo que seguir a pie,
cojeando.
A
medida que se acercaba al Templo de Boonta, oyó el sonido de disparos y vio a
varios hombres corriendo. Se metió en una oficina, se ocultó tras el cristal
roto de una ventana, y observó. Ante la turba corría un hombre, un tipo delgado
que agitaba tras de sí los harapos de lo que antes había sido un hábito. Corría
tan aprisa como le permitían sus largas piernas, pero jadeaba y se le notaba al
borde de sus fuerzas.
Carmody
se irguió y llamó al hombre. Los disparos cubrieron su voz. Levantado y
empujado por las balas, el hombre se derrumbó boca abajo.
A la
luz de las farolas que aún funcionaban, Carmody pudo ver que el hombre era
Skelder.
Así
que aquel era para Skelder el final de la Noche que había empezado hacía tantos
años.
Una
bala acabó de romper el cristal de la ventana. Carmody dio la vuelta y echó a
correr por el oscuro interior hacia una callejuela trasera.
Tras
él sonaron pasos precipitados. Carmody se arrojó de bruces al suelo. Su
perseguidor cayó sobre él, y Carmody levantó su arma dispuesto a tirar.
—¡No
dispares! ¡Soy yo, Tand!
Carmody
bajó de nuevo la pistola, respirando aliviado. Tand se puso en pie, arrojó algo
por encima de Carmody hacia la salida trasera de la oficina. Empujó a Carmody
al suelo, y ambos permanecieron tendidos en el pavimento de la callejuela. Hubo
una violenta deflagración y una onda de choque que rasgó sus vestiduras.
Ambos
saltaron en pie y echaron a correr callejuela abajo hacia la siguiente puerta
abierta. Allí, entre jadeos, hablaron.
—Estaba
escondido en la oficina cuando tú entraste —dijo Tand—. No sabía quién era, tan
sólo podía ver una silueta. Pero cuando te giraste, distinguí lo suficiente tu
perfil como para reconocerte. Corrí tras de ti...
—Es
extraño que los tres nos hayamos ido a reunir a este lugar —dijo Carmody—. El
que ha muerto fuera de la tienda era Skelder.
Tand
hizo la señal del círculo.
—Bueno,
sus últimos años fueron felices. Te estaba buscando cuando empezaron los
disturbios, y tuve que buscar refugio. El Templo está rodeado por algulistas,
pero están muy desorganizados. Cada vez que hay un parpadeo, luchan entre
ellos.
—¿Cómo
podemos entrar? —dijo Carmody.
—Conozco
un camino. Pero tenemos que ir con mucho cuidado para no revelarlo. Si el
Enemigo lo encuentra, podría sorprender a los de dentro del Templo.
Abandonaron
la tienda y, pegados a la pared, anduvieron tan solo otra manzana. Tand
precedió al sacerdote al interior de un mercado que había sido saqueado. Había
cuatro muertos junto a las estanterías o tras los mostradores, uno de ellos un
niño. Tand hizo una mueca y penetró en las oficinas del fondo, donde un cadáver
sin cabeza estaba de bruces sobre un escritorio. Lo rodeó y abrió una puerta
tras el escritorio, que daba a un amplio cuarto trastero. Había sido un
archivo, pero los papeles y el material de escritorio estaba tirado por todos
lados, las máquinas de escribir volcadas y los archivadores esparcidos.
Carmody
siguió al kareeniano tras una pila de grandes cajas de cartón, alguna de las
cuales habían sido reventadas. Tand se detuvo, tanteó los desnudos bloques de
piedra de la pared, y apretó. Un enorme bloque al extremo de la pared se
deslizó hacia dentro. Tand se puso a gatas y se arrastró por la abertura, con
el terrestre tras él. El interior estaba oscuro excepto por la luz que
penetraba por el orificio practicado. Tand se puso en pie e hizo algo; el
bloque se movió de nuevo a su anterior posición.
La
luz inundó el lugar. Tand apartó su mano de una plaza encajada en la pared.
Estaban en una pequeña habitación en cuyo extremo había un estrecho arco.
—El
túnel es estrecho y muy bajo —dijo Tand—, y desciende muy pronunciadamente. Hay
las suficientes eternaluces como para que podamos ver nuestro camino. Sígueme,
pero no demasiado pegado a mí. Puedo detenerme en seco, y no quiero correr el
riesgo de que me empujes y me hagas caer. Podría ser fatal para los dos.
Mientras
seguía a Tand, Carmody miró hacia atrás y hacia adelante, y vio que había tan
sólo algunas huellas de pasos muy borradas por el denso polvo. Preguntó a Tand
al respecto.
—Nunca
he venido antes aquí, pero he estudiado los mapas de este túnel y de otros.
Sólo Yess, los Padres, y los más altos sacerdotes y sacerdotisas los conocen,
sólo aquellos que han pasado la Noche. Sin embargo...
Tand
se detuvo y levantó una mano. Carmody examinó la pared y el suelo ante él sin
poder ver nada extraño.
—¿Qué
ocurre?
Tand
indicó uno de los bulbos luminosos del techo.
—¿Ves
eso? Tiene un pequeño punto negro que tiene aspecto de ser suciedad. Es una
señal. Ahora fíjate bien, y haz lo mismo que yo haga.
Tand
trazó una línea en el polvo ante él, luego retrocedió diez pasos, se agachó y
echó a correr. Justo antes de llegar a la línea en el polvo, se desvió y siguió
corriendo por la curvada pared del lado del túnel, aprovechando su impulso para
recorrer así varios metros. Cuando dejó la pared y regresó al suelo, frenó su
marcha y se detuvo. Se giró hacia Carmody.
—De
acuerdo, ahora tú. No resbales.
Carmody
echó a correr imitándole. Cuando se hubo reunido con Tand, preguntó:
—¿Qué
hubiera ocurrido si simplemente hubiéramos seguido andando por el suelo en este
lugar?
—Nada
necesariamente fatal —respondió Tand—. El techo sobre este punto, que parece
sólida piedra, es una trampilla. Se hubiera abierto, y una gran cantidad de
viscosa gelatina hubiera caído y nos hubiera aprisionado. Al mismo tiempo,
hubiera sonado una alarma en el Templo y se hubiera encendido una luz en un
panel de control, indicando dónde se había producido esta alarma. Hubiéramos
permanecido inmovilizados hasta que hubieran llegado los guardias del Templo y
hubieran disuelto la gelatina. Pero podríamos estar igualmente muertos; puede
ocurrir que la gelatina cubra tu boca y nariz.
Siguieron
durante otros cincuenta metros. Tras ellos, el túnel empezó a subir en
pronunciada pendiente. A su final, se hallaron ante una puerta de hierro. Tand
sacó una llave de su bolsa de cintura y la insertó, no en la cerradura de la
puerta, sino en un agujero a un lado de la pared. La puerta se abrió.
Penetraron
en una pequeña habitación, desnuda de muebles y con una espesa capa de polvo en
el suelo. Otra puerta, abierta con la misma llave en la pared, les permitió
acceder a otra pequeña estancia. Una tercera puerta, que pivotaba como las del
hotel, les dio acceso a un salón cuyo suelo estaba igual de polvoriento. De
nuevo la llave abrió otra puerta, y finalmente se hallaron en la antesala donde
había estado antes Carmody, aquella en la que había tomado el ascensor que lo
había conducido hasta Yess.
La
puerta se cerró suavemente tras ellos y pareció hacerse una con la pared.
—Sube
—dijo Tand. La cabina ascendió. Al final del viaje, salieron y anduvieron por
un corredor de al menos medio kilómetro de largo. Había varias puertas a ambos
lados, todas ellas cerradas. Al final del pasillo subieron a otro ascensor. Les
llevó de nuevo abajo, a la planta baja. Cruzaron otras dos habitaciones, y
finalmente se hallaron en la gran estancia donde, tantos años antes, Carmody
había asesinado al viejo Yess.
El
nuevo Yess estaba allí. Dejó de hablar con los sacerdotes y sacerdotisas
reunidos a su alrededor para recibir a los recién llegados.
—Aún
no había abandonado las esperanzas de que estuvierais vivos y pudierais llegar
hasta aquí. Pero empezaba a tener dudas.
—¿Cuál
es la situación? —preguntó Tand.
—Rilg
y sus algulistas nos están asediando. Tienen algo de artillería pesada y
kasers, pero no los han usado contra el Templo, y dudo que lo hagan. Su guerra
es contra mí; no se atreverán a causarle mucho daño a la casa de la Propia Gran
Madre. Pero impiden que nadie entre o salga. Creo que planean atacar más tarde
en la Noche.
Yess
puso su mano sobre el hombro del sacerdote y dijo:
—Ven
a mis apartamentos, Padre. Tengo algo que quiero mostrarte.
—¡Allí
arriba! —gritó en aquel momento Tand, señalando hacia el techo.
Lieftin
estaba de pie en la galería de arriba. Estaba apoyado contra la balaustrada y
apuntaba contra Yess un bazuca firmemente sujeto a su hombro. Carmody sacó su
pistola y disparó. Sólo más tarde fue capaz de reconstruir lo que había pasado.
Un estallido de fuego y humo recubrió a Lieftin. El rugiente aire sacudió a
Carmody y a todos los que le rodeaban, excepto Yess, haciéndoles caer. Carmody
se levantó de nuevo, aturdido, todavía incapaz de comprender el que Lieftin
hubiese desaparecido de alguna manera. Pero sus sentidos se fueron aclarando, y
pudo ver que la galería estaba esencialmente igual que antes de que Lieftin
apareciera por ella, excepto una gran mancha roja, como la sombra de un
destrozado pulpo, que cubría algunos de los tallados bancos de piedra.
Subió
rápidamente los peldaños que conducían hasta la galería y examinó los bancos.
El retorcido bazuca, con una de sus extremidades destrozada, yacía bajo un
banco. Algunos jirones de piel, sangre, y huesos destrozados, era todo lo que
quedaba de Lieftin.
Tand,
que lo había seguido, dijo:
—Creo
que tu bala golpeó contra el proyectil justo en el momento en que salía del
tubo. Estalló, y... bueno, ya puedes ver el resultado.
—Apunté
a él, no al tubo —dijo Carmody—. Fue un tiro de suerte, tan sólo una afortunada
casualidad.
—¿Estás
seguro? —dijo Tand—. Yo no.
—¿Quieres
decir que alguien... Yess o Boonta, han guiado mi puntería?
Tand
se alzó de hombros, y dijo:
—No
la Madre —hizo la señal del círculo—. Ella nunca toma partido. Pero Yess...
¿quién sabe? Él no lo dirá.
—Fue
la suerte.
—Como
quieras. No hay ninguna forma de probarlo o de dejar de probarlo.
Tand
subió hasta la última hilera de bancos y cruzó una arcada. Carmody, tras sus
pasos, lo halló contemplando una puerta tallada en la piedra de la pared.
—Lieftin,
o aquellos que lo contrataron, encontró otra de nuestras entradas secretas
—dijo Tand—. Era de esperar. Me pregunto cuánto tiempo hace que la conocían.
—¿Acaso
no van a usarla de nuevo, cuando sepan que Lieftin ha fracasado?
—Dudo
que lo intenten. Confiaron en que pasara un solo hombre, y eso fue juicioso por
su parte, ya que un mayor número de ellos hubiera hecho funcionar las alarmas.
Y saben que no vamos a permitirles emplear de nuevo los mismos túneles. Voy a
asegurarme inmediatamente de que todos ellos sean cerrados.
Tand
salió. Carmody regresó junto a Yess, que repitió su invitación de ir a sus
apartamentos. Cuando llegaron allí, Yess sacó de uno de los cajones de su
escritorio una grabadora.
—He
dictado esto hace una hora. Es el último capítulo del Libro de la Luz. Ni yo
mismo sé lo que está dicho aquí, ya que me hallaba en presencia de la Madre.
Ella hablaba, y yo era Su voz.
Tendió
la cinta a Carmody.
—Llévatela
contigo; escúchala. Cuando la Noche haya terminado, verás si lo que he dicho no
se revela cierto.
—¿Has
predicho el curso de los acontecimientos futuros?
—Con
todos sus detalles.
—¿Cómo
lo sabes si no puedes recordar lo que has dicho?
Yess
sonrió.
—Lo
sé.
Carmody
metió la cinta en su bolsa de cintura.
—¿Por
qué me la das a mí? ¿Esperas que te ocurra algo?
—No
sé nada excepto que tú debías tener el último capítulo. ¿Prometes que lo harás
publicar?
—¿Te
das cuenta de lo que me estás pidiendo? Soy un sacerdote de la Iglesia que está
siendo amenazada por tu religión. ¿Por qué debería hacerlo publicar?
—Porque
es a ti a quien ha sido confiado. Es todo lo que te puedo decir.
—No
te puedo prometer nada —dijo Carmody—. Primero debo consultarlo con mis
superiores. Indudablemente ellos querrán escucharlo primero, y lo que hagan
luego ya no lo sé.
—Muy
bien. Pero al menos prométeme que lo escucharás antes que nadie. Luego actuarás
como mejor te dicte tu conciencia.
—De
acuerdo. Ahora me gustaría estar a solas por un rato. El único lugar es la
parte superior del tejado. ¿Cómo puedo llegar hasta allí?
Yess
le dio las indicaciones. Cuando Carmody iba a irse, Yess lo abrazó y lo besó.
—Tú
eres mi Padre —susurró.
—En
un cierto sentido lo soy —dijo Carmody—. Pero me pregunto qué revelaría una
comparación científica del grupo sanguíneo y de los tipos de células. Dime, ¿te
sientes solo? ¿Piensas que has podido cometer un tremendo error ordenando a
todo el mundo que pasara la Noche?
—Estoy
solo pero no me siento solitario. No confundas mi expresión de amor hacia ti
como debilidad o petición de ayuda. Soy Yess, un ser al que no puedes
comprender, alguien a quien tan sólo otro Yess podría comprender. O, lo cual
puede parecerte extraño, otro Algul.
Yess
se alejó. Carmody se lo quedó mirando y tuvo que admitir que era admirable su
espléndida belleza de dios desnudo. Y pensó en la imposibilidad de la
existencia de Yess. Sólo un milagro, o alguna especie de poder sobrenatural,
podían haberlo creado.
Aquel
era un factor fundamental en la expansión del boontismo; aquello era lo que lo
había hecho tan peligroso para las demás religiones, no tan sólo para las de la
Tierra.
Cuando
salió fuera del graviascensor al tejado superior, Carmody se sintió
desconcertado. Subconscientemente, había esperado encontrar una extensión plana
y sin salientes. La mayor parte de los edificios de la Confederación estaban
provistos de techumbres llanas y sin salientes para permitir al aterrizaje de
los aparatos aéreos. Pero había olvidado que estaba no sólo en el planeta de la
Alegría de Dante sino también en la parte más alta del mismo Templo de Boonta.
Y ante él, detrás, debajo y arriba no había más que un malestrom de formas
pétreas, una pesadilla mimetomántica.
Originariamente,
la techumbre debía tener varios metros de espesor, una sólida placa de mármol
veteada con numerosos colores. En ella algún Titán loco había esculpido un
infierno de figuras rampantes. Y debía haber empezado a hacerlo en el lugar
mismo donde ahora se hallaba Carmody, ya que el flujo y el tropel y el
torbellino de roca partía de aquel centro en todas direcciones, como si las
figuras fueran olas retorcidas por las fuerza de un remolino y él estuviera en
el fondo de un pozo creado por el vórtice en el mar de mármol.
Sin
embargo, pese a la primera impresión de un impenetrable caos, había avenidas, y
Carmody se abrió lento y prudente camino a través de una de ellas, hacia el
borde de la techumbre.
Cosas
salvajes y de largos cuellos y rampantes, provistas de colas planas,
tentaculadas, se retorcían y se crispaban para morderse las unas a las otras e
incluso a sí mismas. Muchas de ellas estaban enzarzadas en furiosos combates o
en incluso más furiosas copulaciones, sin distinción de especies.
Carmody
tuvo que inclinarse para pasar por debajo de una enorme cabeza que le barraba
el camino. Los largos y prominentes colmillos rasgaron los bordes de su capa.
Bruscamente, se encontró en medio de una gigantomaquia de monstruos terrestres.
Esos, al igual que las cosas talásicas que había dejado a sus espaldas, se
estaban devorando o persiguiendo mutuamente o copulando con un frenesí que tan
sólo un maestro podía haber evocado partiendo del inanimado mármol. Sin
embargo, los rostros de las criaturas, independientemente de su salvajismo,
contenían más inteligencia y, de alguna manera, más anhelo que cualquiera de
las bestias que Carmody había encontrado primero.
Más
allá de ellas, había un grupo de estatuas aisladas, de pasados Yess y Algul.
También tenían joyas por ojos, encastradas de tal modo que parecían seguir a
Carmody con la mirada cuando pasaba a su lado. Uno de los Algul le hizo
estremecerse, tanta maldad había en su mirada.
Se
apresuró a rebasar el Algul en dirección a la balaustrada que cerraba el borde
del tejado, cerca de la estatua de un Yess. Este también le hizo estremecerse,
ya que reconoció los rasgos del dios al que había matado hacía tantos años.
Sólo que ahora no le parecían tantos años. Era como si apenas acabara de
abandonarlo, puesto que Yess llevaba en su mano una vela medio comida y tenía
una rojiza herida en su frente y una oreja le había sido arrancada por una
bala. Carmody intentó ignorar aquel recuerdo del hombre que había sido antes.
Miró
más allá de la balaustrada a la ciudad de Rak.
De
horizonte a horizonte brotaban distantes y violentos incendios. La bruma por
encima de las llamas tenía una luminosidad púrpura, y parecía retorcerse y
torbellinear. Serpientes, pulpos, fragmentos de rostros aparecían, se
disolvían, y volvían a formarse en nuevas imágenes. Los fuegos, lo sabía, se
habían iniciado en los suburbios recientemente construidos que rodeaban el
masivo corazón de piedra de la vieja ciudad. Las casas de madera ardían hasta
los cimientos, y los bomberos estaban muertos, luchando por sus vidas y almas,
o habían ayudado incluso a prender las llamas.
De
allá abajo le llegaban gritos. Había aullidos, bramidos, lamentos, sollozos y,
aquí y allá, la puntuación de los disparos de pequeñas armas. Los disparos de
los asediantes algulistas que estaban inmediatamente debajo suyo habían cesado.
Quizá se habían vuelto los unos contra los otros y estaban luchando con las
armas con las cuales habían nacido... o con las que habían desarrollado en la
metamorfosis que a veces provocaba la Noche.
El
parpadeo del sol alrededor de la curva del planeta lo aferró entonces, como si
las enormes manos de la estrella hubieran retorcido una cuerda a su alrededor y
luego hubieran tirado de ambos extremos. Se sintió ahogar, y pensó que iba a
estallar.
—¡John
Carmody! —gimió una voz, lejana y quejumbrosa—. ¡Maldito John Carmody!
Era
la voz de la señora Fratt.
Miró
a su derecha, ya que parecía que la voz sonara como procedente de algún lugar
en la lejana esquina de la techumbre. Pero no había nadie allí.
—¡Carmody!
¡Quiero que mi hijo vuelva! ¡Mis ojos!
Empezó
a temblar, ya que esperaba que con toda seguridad se materializase de un
momento a otro en el aire como lo había hecho Mary. Pero no hubo ningún
endurecimiento de la atmósfera, sólo el parpadeo malva.
La
voz gimió de nuevo:
—¡Eres
un asesino, John Carmody! ¡Así comenzaste y así terminarás!
—Señora
Fratt —dijo en voz alta, y luego se interrumpió. Abandonó el tejado y descendió
con el graviascensor al lugar donde había muerto Lieftin.
Los
otros estaban sentados en sendas sillas alrededor de una gran mesa redonda que
antes no había estado allí.
Carmody
le pidió permiso a Yess para hablar y le contó lo de la voz.
—Te
sientes culpable con relación a la señora Fratt —dijo Yess—. Sabes que tendrías
que haber continuado intentando disuadirla de su venganza. Pero el pánico te
venció y permitió que tus antiguos reflejos tomaran la delantera.
—No
podía seguir persuadiéndola —dijo el sacerdote precipitadamente—. No estaba
sola. Abdu hubiera insistido en que llegara hasta el fin, y si ella se hubiera
negado hubiera actuado él mismo.
—Si
en el fondo de ti mismo creyeras esto, no estarías oyendo ahora a la señora
Fratt —respondió Yess.
—¡No
soy un santo! —dijo irritadamente Carmody.
Yess
no respondió. Hubo un largo silencio.
Los
hombres y mujeres sentados a la mesa permanecían ensimismados, con los ojos
fijos en sus copas de vino y los pastelillos a medio comer hechos a la imagen
de los Siete Padres. Los sacerdotes y sacerdotisas sentados a un lado de la
mesa y esparcidos en la enorme estancia permanecían mudos o conversaban en
susurros.
Finalmente,
Tand levantó la cabeza y habló.
—No
desesperes, John. Todos los que hemos pasado más de una Noche hemos
experimentado esas mismas cosas. Nosotros las llamamos "residuos". Tú
podrías pasar siete Noches y no haberte liberado por completo de ellos.
De
hecho, y no te digo esto para asustarte sino para ponerte en contacto con la
realidad, que es en esencia una variedad de potencialidades...
Se
detuvo, carraspeó, y sonrió.
—Intentaré
no alargarme demasiado. Ha habido casos, extremadamente raros, de lo que
nosotros llamamos retroconversión. El más famoso, o mejor dicho más infame, es
el de Ruugro. Fue uno de los Padres del anterior Yess. Durante la séptima Noche
después de que fuera concebido el anterior Yess, Ruugro cambió de bando. Nadie
sabe cómo ni por qué, pero se convirtió al algulismo. Y estuvo a punto de
engendrar un nuevo Algul antes de que fuera muerto.
—Entonces,
¿nunca estamos a salvo? —dijo Carmody.
—Cada
soplo de vida aspira tanto el bien como el mal —dijo Yess—. El conflicto
acompaña al hombre a cada paso. No existe tregua.
—¿Alguna
vez se ha convertido un Yess en Algul? —preguntó el sacerdote.
—Nunca
—respondió Yess—. Pero también los hijos de Boonta, aunque pueden morir, no son
mortales.
A
medida que transcurría la larga Noche, Carmody intentó poner en orden sus
pensamientos respecto a Yess, y se dio cuenta de que era incapaz. ¿Cómo podía
el dios del bien", si era lo que proclamaba ser, causar una tal
devastación? Fue apartado de sus pensamientos por un sacerdote que se dirigió a
Yess:
—Hijo
de Boonta, los algulistas se están congregando ante el Templo. Puede que se
estén preparando para atacar.
Yess
asintió y se dirigió hacia la mesa donde se hallaba el candelabro de oro en
forma de serpiente enrollada. La vela que debería hallarse allí no estaba.
Aquella otra vez, hacía tanto tiempo, Carmody había destruido tan completamente
con su panpírico el cuerpo del Yess asesinado que tan sólo habían quedado unas
pocas cenizas. Esas habían sido mezcladas con la cera del pájaro trogur, pero
el actual Yess había terminado de comerse todas las minúsculas velas hacía ya
varias Noches.
Viendo
el vacío candelabro, Carmody se sitió culpable por un instante. Era consciente
de que los kareenianos creían que el nuevo Yess se embebía de divinidad y poder
espiritual alimentándose con los restos del anterior Yess, y que la acción de
Carmody les había privado de ese sacramento. Sin embargo, aunque sabía que los
kareenianos estaban al corriente de lo que él había hecho y sus consecuencias,
nunca había oído una sola palabra de reproche.
Yess,
de pie ante la mesa, tocó el candelabro con su mano como si así pensara al
menos absorber algo de la fuerza de sus antiguos recuerdos. Levantó la cabeza,
cerró los ojos, y empezó a cantar, rezando así en la antigua lengua permitida
tan sólo a los dioses.
Tand
tomó una de las manos de Carmody, y una sacerdotisa tomó la otra. Todos excepto
Yess se unieron así. Permanecieron de pie lado a lado, una línea formando un
creciente cuyo centro estaba detrás de Yess y cuyos curvados cuernos lo
rebasaban ligeramente. Desde el comienzo del canto, Carmody había sentido que
un ligero estremecimiento corría por sus manos, ascendía por sus brazos y
recorría todo su cuerpo, como una débil corriente eléctrica. Mientras Yess
proseguía, su voz haciéndose más y más fuerte y las frases que pronunciaba
convirtiéndose en más y más largas, el cosquilleo se acentuó en Carmody. Las
antorchas en la pared parpaderon y oscilaron cada vez más, o al menos así lo
parecieron. Sin embargo, cuando Carmody se concentró en una sola antorcha, constató
que su llama ardía enseguida. El aire en la parte superior de la cámara se
oscureció, el resplandor púrpura menguó y se intensificó hasta que se formaron
barras y volutas. Derivaban lentamente, retorciéndose, descendiendo, volviendo
a ascender, enrollándose. La estancia se enfrió tan repentinamente que pareció
como si el calor hubiera sido arrojado de ella por algo amenazador.
El
sudor resbaló por los sobacos de Carmody y corrió por sus costados. La glacial
frialdad y la carga estática —el aura de pánico— se hicieron más intensas. Su
corazón retumbó, sus piernas temblaron. Tuvo la impresión de que las paredes
iban a desmoronarse en un fluir de luz tremendamente fría... una luz que no tan
sólo cegaría sus ojos, sino que llenaría los más profundos y oscuros rincones
de su cuerpo y de esa entidad que él llamaba su alma con una tal cantidad de
helada luminiscencia que la razón y los sentidos no podrían tolerarlo.
—¡Cálmate!
—murmuró Tand—. Yo también lo siento, ¡pero debes calmarte! ¡Si no lo
consigues, estás perdido! ¡Y nosotros también! ¡Boonta no perdona nunca la
debilidad!
La
puerta saltó y se abrió, y una turba de kareenianos penetró en tromba. La mayor
parte de ellos tenían su forma humanoide original, pero algunos pocos se habían
metamorfizado. Su líder, un hombre al que Carmody no reconoció, exhibía dos
tigrunos caninos proyectándose sobre su labio inferior, y una larga nariz
endurecida hasta convertirse en un afilado pico. Blandía una enorme espada
chorreante de sangre. La levantó por encima de su cabeza y abrió su boca para
lanzar un grito. Y entonces él y todos los que iban con él se inmovilizaron.
Sus brazos permanecieron levantados, la espada cayó de su mano, y resonó contra
el suelo.
Yess
siguió cantando. Los que formaban el creciente se soltaron de las manos, se
dirigieron hacia los hombres y mujeres inmovilizados, tomaron sus armas y,
desapasionadamente, los mataron. No se detuvieron hasta que el último de ellos
yació muerto. Carmody fue el único que no tomó parte en la carnicería, aunque
no pudo evitar el sentir el deseo de matar.
Yess
dejó de cantar. Lentamente, demasiado lentamente para Carmody, la Presencia se
retiró.
El
dios examinó los cuerpos. Agitó la cabeza.
—Rilg
y Abog no están aquí. Deben hallarse aún fuera, esperando hasta reunir a los
Siete Padres de Algul. Los han enviado a tantear el estado de ánimo de la
Madre. Ella nos favorece a nosotros en este momento. La próxima vez, esperan
que la Madre les permita matarme. Entonces, y sólo entonces, Algul podrá ser
concebido y nacer.
Carmody
abandonó la estancia para subir de nuevo a la techumbre. Allí rezó, pero tenía
la sensación de que las extrañas estrellas que se veían tan débilmente a través
de la remolineante bruma no eran las que había hecho Dios. No podía apartar de
sí el sentimiento de desolación que le abrumaba. ¿Era posible que existiera más
que un Dios, una multitud de Creadores?
Quizá
Yess tenía razón. Había salvadores locales, y había también un supersalvador.
Cuando apareciera el supersalvador, los locales deberían desaparecer. Eso no
quería decir que la religión de Carmody fuera falsa; había sido verdadera hasta
ahora. Pero ahora era revelado otro aspecto, y un nuevo elemento de verdad
había sido añadido al rompecabezas del universo.
—¡Ayúdame
en mi duda! —gritó en voz alta.
Una
estrella cayó en el cielo púrpura. Muy lejos, algo enorme se echó a reír y a
reír.
No
prestó atención a ninguna de las dos cosas. Había visto varias meteoros en el
cielo kareeniano antes, y sabía que era tan sólo una coincidencia el que el
monstruo estuviera riendo. Además, si fuera lo suficientemente supersticioso
como para tomarlo como una señal o un presagio, el uno quedaba anulado por el
otro.
No,
era un signo interno lo que deseaba. Pero no había respuesta, ni dentro ni
fuera.
Repentinamente
llegaron gritos de abajo. Sonaron disparos. Carmody dio media vuelta y echó a
correr hacia la gravicabina. Empezó a descender, pero apenas había recorrido
unos metros cuando estallaron balas contra el fondo de la cabina. Carmody saltó
por encima de la protección y se arrojó al suelo por el que estaba pasando en
aquel momento. Se produjeron nuevos disparos abajo, luego otra vez gritos. Los
disparos cesaron y fueron seguidos por un terrible ruido de derrumbe.
Miró
hacia abajo por el pozo y vio la cabina hecha pedazos en el suelo del fondo.
Varios cuerpos habían sido aplastados entre ella y la pared; piernas y brazos
surgían por entre el retorcido metal.
Sonaron
más disparos en algún otro lugar. Yess y sus discípulos no estaban todos
muertos. Quizá los invasores podrían ser rechazados de nuevo. Corrió hacia los
disparos, luego perdió el sonido a causa de las gruesas paredes de piedra, y
decidió avanzar más cautelosamente. Tras un momento, oyó de nuevo la batalla.
Al extremo de un corredor, descubrió a Tand y algunos sacerdotes intercambiando
disparos con los algulistas a lo largo de una escalera en espiral. El Enemigo
apuntaba los cañones de sus armas hacia todos los rincones y disparaba
ciegamente escaleras arriba.
Reuniéndose
con Tand, Carmody dijo:
—¿Crees
que tengan kasers?
—Si
los tuvieran, los utilizarían.
—¿Dónde
está Yess?
—En
su apartamento —Tand miró a su reloj de pulsera—. La Noche terminará pronto.
Vaciló.
—No
lo comprendo —dijo.
—¿No
comprendes qué?
—Como
pueden ser tan fuertes, y en la Casa de Boonta. Bien, dejemos que la profanen.
Cuando termine la Noche, Boonta los atrapará como ratas en una trampa.
Hubo
una explosión en mitad de la escalera. Los defensores retrocedieron ante la
onda de choque y el humo subsiguiente. Se oyeron gritos a través del humo, y
los algulistas tropezaron contra ellos en la espesa nube. El combate era rápido
y violento, pero los algulistas iban cayendo.
Tand,
Carmody y los tres sacerdotes seguían aún en pie. Corrieron escaleras arriba
hasta la planta superior y tomaron posiciones. Dos granadas autopropulsadas
aterrizaron cerca y empezaron a escupir un humo verdoso.
Tand
lanzó una granada hacia los de la escalera, y la explosión les hizo rodar
escalones abajo. Inmediatamente después, Tand ordenó a Carmody y a los
sacerdotes que se retiraran hacia la planta siguiente.
Entonces
Yess apareció con veintiocho sacerdotes y sacerdotisas.
—Son
demasiados —dijo—. Van a venir de todos lados. Debemos organizar nuestra
defensa en el tejado.
—¿Y
los aparatos voladores? —dijo Carmody—. ¿No seremos vulnerables allí?
—Imagino
—dijo Tand— que los aparatos voladores, al igual que los kasers, han sido todos
destruidos.
Yess
abrió camino lentamente y con dignidad. Carmody, sudando y esperando en
cualquier momento ser atacados por la retaguardia, hubiera deseado que se
apresurara un poco.
Cuando
hubieron alcanzado la techumbre, ayudó a los demás a disponer algunos muebles
que habían traído consigo formando barricadas en los siete escalones que daban
acceso al tejado. Yess andaba nerviosamente arriba y abajo, entre las salvajes
figuras de piedra, mientras los demás trabajaban. De tanto en tanto, miraba
hacia arriba, hacia los jirones de bruma que flotaban sobre sus cabezas.
Estaban empezando a palidecer, y el sol podía ser distinguido como un gran
globo lechoso.
—Boonta
va a hacer pronto Su aparición —le dijo Tand a Carmody—. Entonces bajaremos y
veremos lo que debemos hacer para reconstruir nuestro mundo.
Yess
se había detenido. Sus ojos estaban fijos hacia arriba, pero su cabeza estaba
inclinada como si escuchara.
—Madre
está aquí.
Sus
rasgos se contrajeron dolorosamente. Gritó en voz alta:
—¡Todavía
no La he llamado! ¡Pero Ella viene!
Los
demás permanecían en silencio. Uno de los sacerdotes, pálido, les hizo señas de
que se acercaran. Carmody se detuvo tras el hombre que los había llamado y
escuchó. Lejos, débilmente a través del hueco de la escalera, les llegaba el
sonido de cantos. Las palabras no eran inteligibles, pero el tono era
triunfante.
—¡Están
aclamando el nacimiento de Algul! —dijo Tand.
Miró
a Yess.
—¡Pero
esto es imposible! ¡Tú aún estás vivo!
—Calla
—respondió Yess—. Escucha.
El
canto se había interrumpido. No se oía nada más procedente de abajo, ni tampoco
procedente de la ciudad que rodeaba el Templo. Tand abrió la boca, y la volvió
a cerrar cuando Yess hizo señas de que guardara silencio. Pasaron varios
minutos mientras Carmody se preguntaba qué era lo que estaba escuchando Yess.
Un
momento más tarde recibió la respuesta a su pregunta. Débilmente al principio,
luego más fuerte, un bebé se echó a llorar.
Yess
suspiró lenta y profundamente.
—¡Aah!
Una
voz masculina kareeniana llegó hasta ellos.
—¡Escucha,
dios caído, y vosotros que le servís! ¡Escuchad! ¡El recién nacido hijo de
Boonta, Algul, grita vuestra condena! ¡Escuchad!
—Ponte
de pie donde podamos verte —gritó Yess—. ¡Déjame ver a mi hermano!
Se
oyó una risa. El algulista respondió:
—¿Me
tomas por un estúpido? ¡Me matarías y, lo que es peor, también al niño Algul!
—Es
la voz de Abog —dijo Tand. Gritó—: ¡Abog! ¡Espíritu del mal! ¿Dónde está tu
jefe, Rilg?
—¡Lo
maté durante el segundo ataque! ¡El estúpido está muerto ahora, y yo soy el
jefe de los Padres que han sobrevivido!
—¡Que
te aproveche! —gritó Tand—. ¡Vete, y llévate contigo a tu abominación! ¡No
vivirás lo suficiente para disfrutarla!
Se
produjo otra risa. El lloro del bebé se hizo más débil y luego se apagó.
Todos
los que estaban en el tejado dirigieron sus miradas hacia Yess. Su rostro
estaba pálido al naciente sol.
—Es
la primera vez desde el comienzo —dijo—, la primera vez que Algul y yo hemos
vivido al mismo tiempo.
Se
giró hacia Carmody.
—Fue
un día funesto aquel en que viniste a nuestro mundo, Padre. Fuiste el primer
terrestre que pasara nunca la Noche entera. Fuiste también el primer terrestre
en convertirse en un Padre. Desde entonces, las cosas no han sido iguales en
Kareen. Ahora la noche ha terminado. Y la lucha también debería haber
terminado. El curso de los próximos siete años debería ser claro. ¡Pero él, mi
hermano en el mal, ha nacido! ¡Y yo sigo vivo!
—Hijo
de Boonta —dijo Tand—, ¿qué vamos a hacer ahora?
Yess
se giró y se alejó. Carmody lo siguió y dijo:
—Hijo,
¿qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer?
Yess
se detuvo y le hizo frente.
—Quizá
tú y tu Iglesia hayáis vencido esta batalla, tal como la ha vencido Algul.
Somos dominados por el número, y no podemos seguir ocupando esta techumbre.
—¿Cómo
sabes que ellos son más numerosos que nosotros? —preguntó Carmody.
—Mira
abajo —señaló Yess.
Carmody
se inclinó sobre la balaustrada para examinar la calle. Jadeó, ya que vio a
miles de hombres y mujeres, e incluso algunos niños. Mientras miraba, les oyó
iniciar su canto.
—¿Dónde
estás mis seguidores? —dijo Yess.
—No
pierdas la esperanza —respondió Carmody. Tomó una pequeña cajita metálica de su
bolsa de cintura, pulsó un botón y empezó a hablar. No hubo respuesta al
principio; luego, una voz brotó del receptor. Carmody miró hacia arriba. El sol
se reflejaba en un enorme hemisferio metálico que descendía lentamente hacia el
espaciopuerto a unos treinta kilómetros de distancia.
—El
Argus —dijo—. Una nave de investigación astrofísica de la Federación. Ha
permanecido en órbita mientras la tripulación y todos sus científicos Dormían.
Ahora vienen para investigar las consecuencias de la Noche. Responderán a
nuestra llamada de ayuda, estoy seguro. Tendremos una forma de escapar de este
tejado.
La
nave se inmovilizó, luego se desvió hacia el Templo. Un minuto más tarde, su
inmenso vientre plano estaba a medio kilómetro de altura sobre la techumbre. Se
abrió una portilla, y de ella surgió un gravitrineo. Unos minutos más tarde,
Yess, Carmody, Tand y los sacerdotes y sacerdotisas se hallaban a borde del
Argus.
Una
hora después, la nave aterrizaba cerca de la playa en la costa occidental del
continente.
John
Carmody dijo adiós a Yess justo antes de que él y sus discípulos abandonaran la
nave.
—Voy
a emprender la lucha desde aquí —dijo Yess—. Este lugar está lo suficientemente
lejos de Algul como para darme tiempo a organizarlo todo antes de que él
averigüe dónde estoy y pueda enviar a sus asesinos.
—Me
gustaría quedarme contigo —respondió el sacerdote—. Pero debo informar a mis
superiores en Roma, y luego deberé ir allá donde ellos me manden.
Yess
sonrió.
—Ah,
¿y qué dirá tu informe?
—Sólo
la verdad. O más bien, todo lo que he oído y visto, que es tan sólo una pequeña
faceta de la verdad. Pero debo decirte esto. Voy a dar mi honesta opinión, que
es que el boontismo no es todo lo que pretende ser. No es la super religión que
desplazará a todas las demás. No desplazará a mi Iglesia ni destruirá ninguna
fe cristiana firme. Puede crear algunos conversos, pero el boontismo no es la
fe auténtica, universal.
—¿Por
qué dices eso? —preguntó Yess, aún sonriendo.
—¿Podría
un auténtico dios ser derrotado por las fuerzas del mal? O, ¿cometería un dios
"bueno" una acción tan malvada, bajo mi punto de vista al menos, como
tu orden de que todo el mundo pasara la Noche?
—Yo
soy el Hijo de la Creatriz —respondió Yess—, al igual que Cristo era el Hijo
del Creador. Sin embargo, no soy más omnipotente u omnisciente de lo que lo fue
Cristo en su encarnación humana. No soy perfecto ni absolutamente
"bueno". Recuerda que fue tu propio Cristo quien le reprochó a un
hombre el haberle llamado bueno. Dijo que Él no era bueno; tan sólo Dios era
bueno.
Yo
no soy la Madre Boonta. Pero soy Su hijo de la mano derecha, y la mano derecha
es la mano favorecida. Creo que estoy destinado a vencer... al menos por un
largo tiempo. Venceré, no solamente aquí sino en todos los demás mundos. Madre
ha permitido esta aparente victoria de Algul por razones que sólo Ella conoce.
Yo las conoceré a su debido tiempo.
Por
supuesto, Ella puede mostrarse realmente indiferente al resultado, en cuyo caso
deberé confiar enteramente en mí mismo. Si es así, me siento confiado. No
pienses que, debido a que la civilización kareeniana ha quedado destruida y el
mal ha ganado la batalla, el boontismo quedará fuera del esquema de la galaxia
durante mucho tiempo. Cosas sorprendentes pueden producirse, y mucho más
rápidamente de lo que tú puedas soñar. Tu propia historia habla de muchas
naciones que fueron destruidas, totalmente aplastadas; sin embargo, en unos
pocos años, se recuperaron y dominaron a sus conquistadores.
Señaló
la bolsa de cintura de Carmody y dijo:
—¿Escucharás
el última capítulo del Libro?
—Durante
el camino de regreso a la Tierra.
—No
sé por qué yo no debo leerlo ahora. Pero lo haré a su debido tiempo. Que Boonta
te sonría, Padre. Deseo que podamos encontrarnos de nuevo en mejores y más
felices condiciones. Te quiero.
Abrazó
a Carmody y lloró. Carmody sintió sus propias lágrimas a punto de brotar. Le
devolvió el beso a su hijo y dijo:
—Dios
sea contigo.
Yess
atravesó la portilla. Un pájaro, una pequeña criatura amarilla y provista de un
largo pico con círculos negros alrededor de sus ojos, voló hacia él y emitió
largas notas. Yess hizo la señal del círculo hacia él pero no se giró para
mirar de nuevo a Carmody. La portilla se cerró. El sacerdote se apresuró a
ocupar su asiento y atarse el cinturón, ya que la señal de alarma de despegue
estaba sonando.
Deslizó
la cinta en la ranura a un lado de su asiento, se colocó el auricular en el
oído, y se acomodó para escuchar.
Una
hora más tarde, la cinta había terminado Con manos temblorosas, Carmody
encendió otro cigarrillo.
Con
detalles exactos, a veces citando nombres e incluso el minuto preciso, Yess
había predicho todo lo que ocurriría. Allí estaba todo: la primera invasión de
los algulistas, su derrota, la segunda invasión, y el nacimiento sin
precedentes de Algul, el asesinato de Rilg a manos de Abog, la aparición del
Argus (correctamente nombrado por Yess y especificado el momento de su
llegada), y la huida hacia la costa occidental.
Luego,
utilizando apocalípticas y coloridas imágenes, Yess hablaba del renacimiento de
los boontistas de las cenizas de la Noche y sus triunfos en otros planetas del
universo. Por todos lados se erigirían templos en honor a Boonta, y los templos
de los demás dioses se derrumbarían.
La
última frase era:
—Escuchad
a Boonta. La mano izquierda no puede luchar eternamente contra la mano derecha.
¿Qué
significaba aquello? ¿Qué Algul sería vencido por Yess? ¿O Yess por Algul? O
bien —horrible pensamiento— que ambos unirían sus fuerzas y lo arrasarían todo
ante ellos?
Carmody
volvió a colocar la cinta en su bolsa de cintura. Por un momento pensó en
destruirla Agitó la cabeza; no, la entregaría a sus superiores. Después de
todo, a ellos les correspondía decidir si publicarla o mantenerla en secreto.
Pero
si suprimían el Libro, entonces admitirían que existía una razón para temer su
contenido. Y si lo temían, sería porque, conscientemente o no, creían que podía
contener la Verdad.
Rezó
para que no lo temieran.
Tras
varias horas, cayo en un sueño intranquilo. Una voz lo despertó. Se sobresaltó,
imaginando por un segundo que la voz era la de la señora Fratt. Se había
desvanecido durante la última parte de la Noche. ¿Estaba volviendo de nuevo
para atormentarlo? ¿O era la Diosa habiéndole a través de la señora Fratt,
actuando sobre su sentimiento de culpabilidad para minarle?
No.
Era su propia voz que había murmurado mientras remontaba de las profundidades
de su inquieto sueño.
—¿Qué
es lo que despertará con el despertar de esos Durmientes? ¿Algo
inconmensurablemente bueno o inconmensurablemente malo?
Fue
entonces cuando un pensamiento que debía haber estado barrenando las barreras
de su mente emergió a través de todos los muros, y su propia negra noche se
abatió sobre él.
¿Cómo
podía haber visto todo lo que había visto y no creer en la omnipotencia de
Boonta? ¿Cómo podía creer que era tan sólo una coincidencia que él fuera el
primer Padre alienígena del dios kareeniano Yess, de Yess que decía que Carmody
había abierto un nuevo camino para los seguidores de la Gran Madre, y que este
camino llevaba a todo el universo? ¿Cómo podía creer que era tan sólo una
casualidad el que el profético libro escrito por Su hijo llegara hasta sus
manos y que él fuera el instrumento para difundirlo por todo el mundo? ¿Por qué
había sido elegido como testigo de todo aquello?
Aquel
curioso suceso en John Hopkins que lo había convertido a la fe de la auténtica
Iglesia... ¿había sido inspirado y dirigido por Boonta, de tal modo que pudiera
establecerse firmemente como sacerdote en la Iglesia? Sus creencias, que habían
sido tan fuertes durante todos aquellos años... ¿habrían sido inculcadas en él
no por Dios Padre, sino por Boonta Madre, para que él, Carmody, representara
eventualmente el papel de Judas?
—¡Padre
todopoderoso! —rezó en voz alta—. ¡Tú sabes por qué ha ocurrido todo esto!
¡Ayúdame, puesto que yo no sé! ¡He visto cosas demasiado fuertes y grandes como
para que yo las resista! ¡Debes darme una respuesta! ¡Si alguna vez he
necesitado Tu ayuda, es ahora!
FIN
Título original: Night of Light
Traducción: Sebastián Castro
© 1966 by Philip José Farmer
© 1979 Ediciones Acervo
Julio Verne 5 - Barcelona
ISBN: 84-7002-274-1


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