© Libro N°. 3062. No Te Buscaba. Tellado, Corín. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © No te buscaba (1983)
Versión Original: © No Te Buscaba. Corín Tellado
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NO TE BUSCABA
Corín Tellado
Argumento:
Ella
formaba parte de esa legión de mujeres resueltas que jamás creyeron que el
matrimonio fuese una meta… hasta que el azar —o el capricho— la situó ante una
decisiva encrucijada.
Capítulo
1
Hombre
de treinta y cuatro años. Buena presencia, buena salud económicamente bien
situado, culto, con ideales humanos definidos, dispuesto a la comprensión y a
una buena y honesta amistad, con vistas a un futuro amoroso matrimonial, busca
amiga culta, bien parecida, sana, educada y comprensiva, que esté dispuesta a
dar cuanto reciba, entre los veintiocho y los treinta años. Escribir al
apartado...
Es
curioso —comentó Marta, doblando d periódico—, nunca acabaré de entender esta
sección periodística. Ni comprenderé jamás qué tipo de hombre con todas las
virtudes que enumera busque esposa por mediación de esos anuncios.
María
Silva dejó de manipular en la tetera para mirar a su amiga.
—No
creas, a veces, ocurren cosas sorprendentes. Matrimonios felicísimos unidos
así, tan estúpidamente, como tú dices. Hombres solitarios, hombres tímidos,
hombres de negocios. Hombres, en fin, que carecen de tiempo para buscar una
mujer o se han acordado tarde y prefieren dar la cara con la verdad, que buscar
esposa en esta barahúnda humana que es el comercio de carne de la mujer actual.
—No
exageras tú nada.
María
servía el té a su amiga.
—Dos
terrones, ¿no?
—Como
siempre —dijo Marta y removió el azúcar en la tacita de porcelana—. Gracias,
María —y sin transición—: No estoy tan de acuerdo. Para un hombre tímido,
siempre existe un día propicio durante el cual encuentra a la mujer de su vida.
No concibo un matrimonio que se lleve a cabo por medio de estos anuncios
absurdos.
—Pues
yo te diré —dijo María, divertida— que me gustaría estar soltera, por una sola
semana, y escribirle a este fulano.
—Estás
loca.
Llevó
la laza de té a los labios.
Eran
jóvenes ambas, no más de veintisiete años, aunque a Marta bien podrían
calculársele cinco menos. María en cambio, ya tenía dos hijos de nueve y siete
años, un marido que no era precisamente un dechado de perfecciones y una vida
trabajosa, con la cual bregaba María con toda la firmeza de que era capaz. Y
María era capaz de mucho.
Marta
echó el periódico a un lado, dejó la taza vacía en el plato y encendió un
cigarrillo, del que fumó con fruición.
Luego
fue hacia un mueble y recogiendo un cenicero, volvió a sentarse en frente de su
amiga.
—Olvidando
un poco este asunto que, en realidad, nada nos concierne, tengo que decirte que
tu hijo Alvarito es un desastre. No avanza. Suspendió cinco asignaturas en la
última evaluación. No sé qué cosa voy a hacer con él. ¿Sabes lo que piensa con
respecto a tu hijo mayor? Sería conveniente que lo enviaras a un internado. Es
indisciplinado, listo; pero vago. Distraído, demasiado infantil para sus nueve
años, pero sólo infantil cuando le conviene. Yo en tu lugar, te repito, tomaría
medidas. Los estudios no están ahora para tomárselos a broma.
—Dile
todo eso a Juan. Tú sabes bien que aunque aparento que mando en mi hogar, el
que rompe y raja es mi marido. Y no creo que un tipo como Juan sea capaz de
sacrificarse por sus hijos. Sabes, asimismo, que él me entrega una cantidad al
mes y ahí se queda todo. Lo que yo haga con ella le tiene muy sin cuidado,
aunque jamás me permite que no me alcance. Él tiene sus cotos de caza y pesca.
Él va todos los días al club a jugar la partida. Él viste y vive como un pachá,
pero en casa yo me multiplico para administrar lo poco que me entrega, dado el
coste de vida actual. Juan piensa que yo me arreglo hoy con la misma cantidad
que me arreglaba hace seis años y tú sabes que eso es imposible. Pero vete y
díselo a Juan. En seguida me llama mala administradora —suspiró—. Mira, Marta,
¿sabes lo que te digo? El amor es muy bonito, tal como lo escriben los
novelistas y los poetas. Mueve montañas, según ellos: endereza bosques de pinos
torcidos. Todo, con que les dé la gana, pero a veces, como en mi caso, es un
desastre.
Marta
miró el reloj. Tenía dos clases a aquella hora y, luego, la clase nocturna para
los hombres del pueblo que nunca pudieron cursar estudios y que algunos se
empeñaban, casi después de viejos, en adquirir el título de graduado escolar.
—Otro
día seguiremos hablando de esto —dijo, riendo—. Mañana volveré a merendar
contigo. Pero de todos modos ya te adelanto que no me interesa Germán para
marido.
Ernesto
Ruiz aún no había dejado de reír. Tenía las dos manos sujetando el vientre y
apoyado contra la vitrina del instrumental, estaba a punto de derribarla. En
cambio, David Escalante miraba a su cuñado con expresión muy seria. Se diría
que la risa de Ernesto le empezaba a sacar de quicio:
—¿Quieres
decir que el anuncio es tuyo?
—¡Deja
de reír, que me crispas! —gritó David, exasperado—. Es mío y no me interesa
negarlo y nadie me obligó a venírtelo a decir.
Ernesto
dejó de reír y volvió a leer el anuncio y vio bajo el brazo de David el montón
de cartas recibidas.
—¿Las
has leído todas? —preguntó Ernesto, guasón.
—O
lo tomas en serio o dejamos de hablar de ello. Vengo a ti a desahogarme y
resulta que me tomas a risa.
—¿Y
cómo no he de tomarte, hombre? Conoces a montones de mujeres, todas bien
situadas, hermosas, jóvenes, y vienes a poner un anuncio en el periódico…
—Es
distinto —dijo David, enojado—. Muy distinto. Las mujeres que conozco no me
van. No me casaría con ninguna de ellas por nada del mundo. Recuerda aquella
vez que estuve a punto de casarme, y un día descubrí que se entendía con mi
mejor amigo. Recuerda aquella otra vez que, cuando ya disponía mi matrimonio,
viene tu mujer, mi hermana, y me dice qué hacía yo esquiando con mi novia
cuando jamás me había puesto un esquí. Yo no era. Entonces, mi novia también me
engañaba. Tengo mala suerte, Ernesto. Con casi todas las novias que tuve, me
acosté a la semana de conocerlas.
—Bueno,
¿y qué? Mejor, así las conocías en su intimidad, que no creas, es peliagudo
casarse y no saber si la mujer que has elegido te va sexualmente.
—No
seas bestia. Yo estoy chapado a la antigua.
Ernesto
soltó la carcajada.
—¿Estás
chapado a la antigua y pones un anuncio de ese tipo en el periódico?
—Habrá
montones de mujeres que como yo buscan una verdad sin florituras. Las hay y por
esa razón yo las busco así. Tengo conocimientos de grafología. Por los rasgos,
yo conozco algo de ellas. Alguna existirá que me vaya a mi temperamento.
¿Entiendes?
—No.
Nunca he creído en la grafología. Y por otra parte, encuentro extraño que un
hombre mundano, casi perfecto como tú eres, busques ese método para casarte.
—Nadie
dijo que me fuera a casar, sin conocerla. Primero leeré estas cartas, después
las seleccionaré y. más tarde, me entrevistaré con alguna candidata. Después
vendrá lo demás. Te digo que en el mundo hay montones de mujeres honestas que
nadie ha conocido aún. Sin ir más lejos, Miguel Sanata se casó así, por medio
de un anuncio y todos los días me dice que es inmensamente feliz y es verdad
que lo es.
Ernesto
miró a su cuñado de una forma pensativa. Después se quitó la bata blanca y
dijo:
—Mi
consulta, por hoy ha terminado. Si quieres, presto estoy a ayudarte a leer toda
esa montaña de correspondencia. ¿Te mandan fotografías?
—No
las he solicitado, pero en alguno de estos sobres sí que creo que viene una
foto grafía. Agradezco que me ayudes.
Juntos,
uno al lado del otro se fueron a una salita contigua y se sentaron en torno a
una mesa de centro, sobre la cual David depositó sus cartas.
—Entretanto
—dijo Ernesto, aparentando una seriedad que no sentía—, tomaremos un whisky. Tú
lo quieres sin agua.
—Con
hielo, nada más —dijo.
Y
empezó a abrir sobres.
Al
cabo de una hora habían sido leídas, por ambos, más de tres docenas de cartas.
Algunas fotografías de mujeres, saltaban sobre la mesa, bajo la mirada
analítica, maliciosa y burlona de Ernesto y bajo la expresión seria, madura de
David.
—Bueno,
descansemos un rato. ¿Has sacado alguna conclusión. David? Mira esta monería de
muchacha. Joven, linda, con ojos vivaces…
David
la apartó de un manotazo.
—No
me va. Es vanidosa, inculta y presumida. Y, además, demasiado joven. Esa se ha
acostado ya con dos docenas de hombres y a cada uno les ha dicho que era una
inocentita.
Ernesto
abrió la boca de un palmo.
—¿Te
lo dice ella? —preguntó, asombrado.
—No
es preciso. Lo veo ya mira esta otra.
Mostró
la carta y la fotografía adjunta.
—Un
bombón.
—Es
una embustera.
—Pero,
David…
—Sólo
tengo tres cartas seleccionadas de las tres docenas que he leído. Mira esta joven.
Es una lindeza y, sin embargo, es tan inculta, que ni siquiera sabe quién fue
Colón.
—No
irás a decirme que todo eso lo sabes por la grafología.
David
se echó a reír de buena gana. Era un hombre de estatura más bien corriente.
Moreno, los ojos oscuros, entre marrones y negros. Las cejas algo juntas, la
boca algo relajada. Ancho, fuerte. Un tipo que no llama en la calle la atención
de una mujer, pero, en el fondo, todo un hombre, todo un tipo, con los sentidos
en su verdadero sitio, pese a aquella nueva modalidad, si se quiere un poco
infantil, de buscar esposa por medio de un anuncio.
—Y
por sus faltas de ortografía, que no son pocas.
Ernesto
le miró fijamente.
—Una
pregunta. David —dijo, a media voz—. Me pica una tremenda curiosidad. Dime,
¿nunca te has enamorado de veras? Siempre fuiste un hombre con los sentidos
aquí —señaló su propia frente—, de modo que no te dejaste llevar jamás por las
emociones naturales de un hombre de tu edad.
David
no respondió en seguida. Poco a poco, y como distraído, iba rompiendo las
cartas y los sobres e incluso las fotografías, e iba tirándolas a un cesto que
hacía las veces de papelera, colocado a sus pies.
—Una
vez —dijo al rato, de una forma algo ronca—. Una vez y de verdad. No era
ninguna belleza, tenía diecisiete años, ella, se entiende; yo veinticuatro. De
eso hace, por lo menos, diez años, contando desde que nos conocimos. El padre
de ella era maestro del pueblo y el mío era el médico… —se alzó de hombros,
como si desistiese de meterse en honduras, en recuerdos pasados—. ¡Qué sé yo!
Transcurrió mucho tiempo desde entonces. Las veces que intenté casarme, después
de aquello, fue debido a mi soledad, para paliarla, pero no para vivir
enamorado. Debo de ser un tipo bastante particular. Algo muy complejo… en fin
—se levantaba—. He elegido tres cartas y tres fotografías… De momento, voy a
empezar. Estoy seguro de que mañana recibiré otras cuantas docenas. ¿Sabes? —se
echó a reír, cachazudo—. Nunca pensé que hubiera en España tantas mujeres
solteras, con ganas de pillar un marido. Gracias por tu ayuda. Ernesto.
—Oye,
oye…
—Voy
a pensar en esto —dijo y tranquilamente, mostró las cartas.
Capítulo
2
María
Silva pensó que podía comentar todo aquello con su marido, pero sabía, asimismo
que Juan hubiera dado la vuelta en el lecho, hubiera bostezado y la hubiera
mandado a paseo sin demasiadas consideraciones.
Juan
no era un sentimental. Juan no era un compañero con el cual se pudiera departir
una hora seguida. Juan cumplía sus funciones de marido, hacia el acto sexual y
se ponía a roncar, como si en la vida existiera cosa mejor. Y para él, dado su
modo de ser egoísta y práctico, seguramente no existía.
Pero
María era más sensible y después del acto sexual, que la mayoría de las veces
ni le satisfacía, se ponía a pensar mientras su marido roncaba.
La
verdad es que casi siempre pensaba en sus hijos, en el egoísmo de Juan, en sí
misma, en su mala suerte, pero como era muy comprensiva, al final de tanto
pensar, se decía si no sería ella algo responsable de aquella egoísta actitud
de Juan.
Así
era María.
Así
de honesta, para sí y para los demás.
Pero
aquella noche no pensaba María en sus hijos, ni en su vida llena de
sobresaltos, ni en el acto sexual que la había dejado como estaba antes, ni en
su propio marido.
La
verdad es que pensaba en su fiel amiga, Marta Fernández Gordon, aquella chica
maestra de escuela que conoció cinco años antes, cuando por primera vez llevó a
la escuela a su hijo Alvarito. Nunca sabría decir María por qué se hicieron tan
amigas, pero el caso es que existía aquella sincera y profunda amistad.
Marta
era una chica completa, profunda. De amplios horizontes. Se hallaba de maestra
en el pueblo, pero siempre decía que a la primera oportunidad, solicitaría
escuela en Madrid o en Barcelona o en cualquier capital donde fuese algo más
que la «señora maestra». Fuese, al menos, una mujer. Ella no sabía muchas cosas
de Marta. La verdad es que María era bastante comunicativa, pero de sí misma no
hablaba nunca.
En
el pueblo todo el mundo sabía que Germán, el hijo del boticario, seguía los
pasos de la maestra como los suyos propios, pero nadie ignoraba que Germán
jamás se casaría, ni con la maestra ni con ninguna otra mujer, porque todos
sabían que una vez muerto su padre, que era el farmacéutico. Germán se vería
obligado a renunciar a la farmacia y apenas si le quedaría dinero para vivir y
menos para mantener un hogar, porque, la verdad sea dicha. Germán jamás pasó de
un Bachillerato superior o unas oposiciones a la Hacienda Pública, que jamás
consiguió.
Dicho
lo cual, quedaba bien claro que en el pueblo no había más hombre soltero que
Germán y, la verdad, no era ningún mirlo blanco como marido, salvo que se
limitara la esposa a mantenerlo, y a María le constaba que Marta jamás
mantendría a su marido.
De
lo que Marta había hecho antes de adquirir en propiedad titular la escuela de
aquel pueblo, María no sabía nada. Marta nunca hablaba de su pasado y hasta
María había llegado a creer que sería tan simple, que por esa razón no lo
mencionaba.
Es
por esa razón que decidió que hablaría con Marta, al día siguiente, cuando
fuese a hablarle de Alvarito y aprovecharía el recreo de los niños para abordar
con ella aquel asunto.
Les
unía una amistad suficiente como para abordar el asunto sin ambages. Al fin y
al cabo, ella le contaba toda su vida. Incluso le contaba la mayor intimidad
con su marido y cuando hablaba de aquella intimidad. Marta le decía alguna vez:
«Es que tú serás una frígida y entonces Juan tal vez no se sienta satisfecho en
su matrimonio.»
A lo
cual ella respondía que, de frigidez nada; que lo que ocurría, era que Juan era
un soberano egoísta y que no la entendía. Sobre este tema, la polémica a veces
llegaba a acalorarlas, y María pensaba que confianza tenía ella para hablarle a
Marta de sus desengaños amorosos y secuelas, tanta tendría o debía tener Marta,
para contarle a ella algún pasaje de su vida pasada.
Porque
dicho en verdad, y pese a la vulgaridad existente en su matrimonio en el fondo
María era una casamentera y tenía un alto concepto del matrimonio, separándolo,
desde luego, de un tipo tan egoísta como su propio marido, porque sabía que
existían otros maridos, esposos de sus amigas, que eran verdaderos cielos.
A
través de todo esto que pensaba. María llegó a la conclusión de que Marta
estaría mejor casada, y en aquel pueblo, por más que ella buscaba, no
encontraba un marido apropiado para su amiga y, en cambio, le rumiaba en la
cabeza, desde el punto y hora en que le oyó a Marta leer el anuncio, escribir
al desconocido que pedía esposa culta, bien parecida y llena de comprensión.
Ya
sabía que era una barbaridad, y que Marta se iba a enfadar mucho, pero… Bueno,
antes tendría que conocer algún pasaje de la vida de Marta antes que ésta
llegara como maestra titular a aquel pueblo, a unos cien kilómetros de la
capital de España.
Se
durmió tarde y hasta no le molestó demasiado el ronquido de su marido. En el
fondo ella vivía con Juan por las mismas causas que muchas mujeres viven con
los suyos, pero maldito lo que le amaba.
Y
bien sabe Dios que cuando se casó con él le amaba más que a su vida. Pero… ella
no creía tener toda la culpa de su íntimo desastre matrimonial.
Se
levantó temprano, hizo el desayuno para sus hijos y para su esposo, llamó a
unos y otros y envió a los niños a la escuela y a Juan a su oficina de seguros.
A las once en punto se vistió, y se fue camino de la escuela.
Juntos,
los niños jugaban en el jardín y Marta no aparecía por allí. Sus dos hijos
corrieron hacia ella al verla y Alvarito le dijo que la «señorita maestra»
estaba dentro de la escuela, a lo cual María, dio dos besos a sus dos hijos,
les pidió que siguieran jugando y se deslizó hacia el interior del local.
Marta
se hallaba sentada ante su mesa de trabajo, sobre cuyo tablero había más de
veinticinco cuadernos pendientes de ser corregidos. Al ver a su amiga se
apresuró a ponerse en pie.
—¿Tú
por aquí a estas horas, María? —preguntó, asombrada—. ¿Te ocurre algo especial?
—No,
nada importante —dijo María.
—¿No?
¡Ven, ven! —se apresuró a rogar—. Siéntate y cuéntame.
—Vengo
a hablar de ti.
Marta
dio un respingo.
—¿Y
de… Germán?
María
hizo un gesto vago.
—Dios
me libre. Sé que Germán no es marido para ti y si un día decides casarte con él
es porque no tienes más esperanza en la vida. ¿Me equivoco?
—Verás,
algo de eso existe. Pero es que debemos empezar por decir que mi meta en la
vida no es precisamente el matrimonio. Es decir, no lo considero indispensable
para continuar viviendo y ser feliz. Yo, con viajar por el mundo en mis
vacaciones, con disponer de mi auto, de mis libros, de mi hogar y de mis
aficiones musicales y demás…, lleno mi vida.
A
lodo esto. María se había sentado y sacaba un cigarrillo de la caja que Marta
tenía sobre la mesa.
—Dame
lumbre —dijo, riendo—. Dirás que soy idiota al venir a verte para hablarte de
ti, precisamente.
Marta
le ofreció el mechero encendido, al tiempo de exclamar asombrada:
—¿De
mí? ¿Qué vienes a hablar de mí?
—Pues
sí. ¿Qué cosa sé yo de tu vida pasada?
Marta
le miró asombradísima.
—¿Es
que por fuerza tienes que saberlo?
María
se echó a reír.
Marta,
cuando oía a María contarle sus penas, y sus desengaños, y sus fracasos
sexuales, se preguntaba cómo era posible que una persona como ella, como María,
pudiera pasar por la vida de un hombre sin pena ni gloria. Y lo peor de todo es
que María pasa por la vida de Juan como una sombra que no mancha nunca, pero
que tampoco produce satisfacción tocar.
María
era una muchacha preciosa resignada, femenina, capaz de despertar una pasión
sincera y verdadera y lo que es mejor, perdurable, lo cual, y visto su fracaso
que palpaba casi todos los días, llegaba al convencimiento del por qué muchas
mujeres engañan a sus maridos y se prostituyen…
—Bueno
—rió, algo nerviosa, dejando de pensar—, yo no tengo pasado ni historia alguna.
María. Soy como un pueblo feliz.
María
meneó la cabeza de un lado a otro, denegando.
—No
hay mujer sin historia, así que no me vengas con ese tópico de los pueblos
felices sin historia. Tú no eres un pueblo. Tú eres un ser humano sensible.
—¿A
qué viene todo esto?
—Verás.
Es bien simple. Ayer noche no dormí. Juan se comportó como tantas y tantas
veces, y eso me pone los nervios de punta. Al fin y al cabo, y aun después de
diez años de casada, creo que sigo siendo una mujer sensible. De modo que como
no podía dormir, empecé a pensar y me viniste tú a la mente. No pensé, hasta
esta noche, en que yo te contaba toda mi vida y tú nunca tenías nada que contar
y como hace sólo cinco años que llegaste aquí, pensé que antes de venir habrías
tenido tus problemas.
—¿Y
quién no los tiene?
—Por
eso, porque como todo el mundo los tiene, unos que se sepan y otros que se
ignoren, pero existen siempre, es por eso que picada por una súbita curiosidad,
estoy aquí.
Marta,
automáticamente, abrió uno de aquellos cuadernos que se amontonaban sobre la
mesa. Los ojeó distraída y, de repente dijo:
—No
me gusta hablar de mi misma y tú lo sabes.
—Claro
que lo sé.
—Entonces…
—Si
tanto te molesta…
—No,
no. María, no es eso. He vivido mi vida. Me enamoré a los diecisiete años.
Después todo rodó así, a lo tonto. Él se fue de aquella ciudad… Yo estudiaba,
él me escribió durante algún tiempo… Después ya no supe nada más de él. Todo
empezó y acabó así.
—¿Y
así empezó y acabó tu vida sentimental?
—No.
¡Qué disparate! He tenido amigos, otros novios…
—¿Quieres
decir que nunca olvidaste aquel amor?
—No
fue así precisamente. Nos cortejamos durante tres años.
María
casi dio un salto.
—¿Tres
años? Dado tu carácter si te ha cortejado tres años, es porque tú le amabas.
—¿Te
he dicho que no?
—No.
por supuesto. Pero… estoy entendiendo o mucho me equivoco, que le amaste mucho
más de lo que él supo jamás.
María
abrió otro cuaderno.
No
le gustaba hablar de aquello.
Había
pasado.
Había
dolido.
Pero
ya no quedaba nada. Absolutamente nada.
—Le
he querido —dijo, evasiva—. Tenía veinte años cuando me dejó.
—¿Sin
explicaciones?
—Sí.
A lo tonto. Destinaron a su padre a otra ciudad. Él se fue con su familia. Él
quedaba allí, en la capital… Unas cartas, que se fueron espaciando y después,
nada. Eso es todo —se echó a reír—. Pero no creas que eso me traumatizó al
principio, sí. Después enseguida terminé la carrera y empecé a recorrer pueblos
casi ignotos. Creo que sólo veo la civilización cuando disfruto mis vacaciones
y me lanzo al extranjero.
—Marta
—se agitó María—, ¿No te gustaría amar de nuevo y casarte?
—No
lo sé. A veces pienso que sí y otras prefiero mi libertad… —y riendo—, María lo
siento, pero ya pasó la hora del recreo. Mañana iré a merendar contigo. Yo vivo
feliz como vivo. Tengo una visión de la existencia más amplia que tú.
María
salió de allí con una idea obsesiva en el cerebro. ¿Por qué no? Que luego Marta
le llamara absurda. Tal vez el destino estaba jugando a Marta, y a aquel
hombre, una buena baza favorable.
Sí…
¿por qué no?
Y
cuando llegó a casa, ni corta ni perezosa se puso a escribir al hombre de aquel
anuncio.
Capítulo
3
La
enfermera le dijo: «El último cliente de la tarde está en consulta. Si quiere
usted esperar, señor Escalante…»
Él
estaba allí, esperando. Era curioso que una cosa así le pusiera nervioso.
Perdido en el sillón, desplegó de nuevo la carta y la leyó por décima vez:
«Sólo dos letras respondiendo a su anuncio… Soy maestra y estoy destinada en un
pueblo… Me gustaría conocerle. Creo responder a los «requisitos» que solicita
en el mencionado anuncio. Aquí va mi número de teléfono, advirtiéndole que aun
cuando interne averiguar quién soy a través de él le será difícil, porque estoy
dándole el de una amiga. Y también le doy una hora concreta para que me llame,
pues de no ser a esa hora, no me hallaré a su disposición telefónica. Debo
advertirle, también, que no estoy segura de que me agrade usted… Un saludo.»
Nervioso,
David cerró la carta en el puño Ni siquiera le daba opción a conocerla un poco,
puesto que la carta había sido escrita máquina. ¿Alguien que pretendía tomarle
el pelo?
Fue
en aquel preciso momento que apareció Ernesto, aún enfundado en la bata blanca.
—¿Qué
pasa? —entró, preguntando—. La enfermera me ha dicho que esperabas muy
nervioso. ¿Elegiste ya definitivamente, la media naranja?
David
pasó, maquinalmente los dedos por el pelo. Él no era un tipo nervioso ni se
excitaba con facilidad. Era, por el contrario, más bien cachazudo, y si buscaba
por aquel medio esposa, era precisamente para evitarse líos.
Le
había llegado la hora de casarse. Andaba siempre de la Ceca a la Meca. Carecía
de hogar y vivía en un apartamento alquilado, amueblado, porque pensaba que no
le merecía la pena comprar un piso para vivir solo. Comía la mayoría de los
días que se hallaba en la capital, en casa de su hermana Elvira cuyo marido era
Ernesto, y él siempre fue un buen amigo de aquel galeno que, además de ser
cuñado, era un excelente amigo, aunque en aquellos días se burlaba de su forma
de buscar mujer.
Pero,
pese a todo lo antes dicho, en aquel momento David daba muestras de un
indescriptible nerviosismo, lo cual no dejó de parecerle muy extraño a Ernesto,
dado que conocía perfectamente el cachazudo carácter de su cuñado.
—Toma
—dijo—. Lee.
Ernesto
se echó a reír.
—¿Más
cartas? ¿Cuántas, desde el día que apareció el anuncio?
David,
que se había puesto en pie se derrumbó de nuevo en el sillón y murmuró,
desalentado:
—Mil
doscientas justamente y ésta, la más curiosa, la que más me intriga, hace el
número mil doscientas una.
—¡Ajajá!
Dame, dame —y se caló los lentes. Pero nada más ver la carta, levantó los ojos
y miró burlonamente a su cuñado—. ¡Caramba, chico!, ésta viene escrita a
máquina. Curioso, ¿no? —y fijando los ojos en el escrito, lo leyó de un tirón.
Permaneció
silencioso, mirando a David, cuya figura parecía enterrarse, más y más, en el
muelle sofá.
—¿Qué
dices? —preguntó, roncamente, ante el silencio de Ernesto.
—Curioso.
Digo eso: Curioso en verdad. La chica 110 parece tonta. Y, por supuesto, dice
que antes, debe asegurarse si tú le gustas a ella. ¿Alguna otra te dice cosas
parecidas?
—Ninguna
—sudó David.
—Entonces,
la llamarás por teléfono.
David
se levantó de un salto y empezó a pasear el saloncito de parte a parte.
Ernesto
le seguía con los ojos. Unas veces pensativamente, otras burlonamente, las más
con creciente curiosidad.
—¿Quieres
un consejo, David?
No
lo quería.
—Te
lo daré —continuó Ernesto, siguiendo con los ojos los precipitados pasos de su
cuñado—. Deja esto. Olvida esto. Busca esposa si tanto deseas casarte. Búscala
como se debe. Entre tus amigas. Entre las amigas de tu hermana. Entre tantas
mujeres hermosas y jóvenes que andan por Madrid. Pero no sigas con este juego
absurdo.
—No
tengo tiempo de conocer, a fondo, a una mujer. Es decir, quiero conocerla sin
que ellas sepan de qué vivo, quién soy, lo que hago…
—Tú
estás acomplejado.
—No
sé lo qué estoy. Te digo que la pienso encontrar así y ésta —agitó la carta
escrita a máquina—, por lo que sea, me ha impresionado. No me preguntes por
qué. No lo sé. Ni pienso detenerme a averiguarlo. Pero si sé que a la hora en
punto, la hora que ella cita, hoy, ¡hoy mismo!, pienso llamarla por teléfono.
Al fin y al cabo, es maestra de escuela. No necesita mi dinero para vivir. No
sabe a qué me dedico y yo sé, en cambio, a qué se dedica ella, que ya es algo.
—¡Ji!
David
detuvo sus precipitados pasos.
Miró
a Ernesto con expresión furiosa.
—¿De
qué te ríes ahora?
—Me
pregunto qué cosa harás, si cuando la conozcas compruebas que tiene los dientes
postizos, nariz de águila y cuarenta años. Y además le sudan los pies y tiene
un tic nervioso en un ojo y legañas.
—¡¡Ernesto!!
—¿No
puede ocurrir?
Podía.
Clara
Muchas cosas podían ocurrir y no siempre ocurrían.
—¿Por
qué has venido a verme? —preguntó Ernesto sin guasa—. Si has venido es para que
te de mi parecer ¿Te lo digo?
—No
me ofendas —bramó David—. Pienso buscar mujer por este medio y es inútil cuanto
digas.
—La
persona que escribió la carta —murmuró Ernesto pensativo, con más madurez
—pretendía excitarte, impresionarte y lo ha logrado. Llama, pues, y ya me dirás
que ocurre. ¿Quieres llamar desde aquí?
—No
—salió, furioso—. Sigues pensando que estoy loco. Pues no lo estoy. ¿Entendido?
No lo estoy. Ni soy un joven inmaduro. Tengo treinta y cuatro años y estoy
harto de encontrarme con pendones. Al menos, si me caso con un pendón, que yo
no lo sepa, y ojalá encuentre una mujer lo bastante hábil para no hacérmelo
saber.
Salió
dando un portazo.
Media
hora después. Ernesto comentaba con su hermana Elvira:
—Yo
creo que tu hermano se ha infantilizado de poco tiempo acá.
—Lo
dices por lo del anuncio.
—¿Y
te parece poco?
Elvira
se alzó de hombros.
Era
una mujer de unos treinta y pocos años. Bien parecida, seria, de grave
continente. No se asombraba por poca cosa. Estaba de vuelta de todo y vio en la
vida demasiadas cosas raras para asombrarse por aquella tan pequeña, aunque no
habitual en un hombre serio y formalote como su hermano.
—Me
alegro de tener dos hijas, en vez de dos hijos varones —dijo, con lentitud—.
Recuerdo a mi madre decir: «¡Qué pobre mujeres a la hora de escoger marido.» Yo
digo ahora lo contrario: ¡Pobres hombres, a la hora de elegir mujer. No te
extrañe que David esté algo escamado. Siempre dije que debió casarse con la
primera novia que tuvo. ¿Sabes lo que pienso de mi hermano? Que toda su vida
buscó en las mujeres aquella primera novia.
—Pero
la dejó él. ¿No?
—Ni
la dejó ni la retuvo —sonrió Elvira, con indiferencia—. La vida, el destino,
como quieras llamarle, les separó. En aquella época. David tenía veinticuatro
años, y a los veintiuno aún no había iniciado una carrera. A los veinticuatro
seguía pensando qué cosa estudiaría y cuando se dio cuenta, no pasó del
Bachillerato Superior. ¿Qué podía ofrecer a una mujer?
—A
eso le llamo yo comodidad.
—Nadie
lo apuraba —sonrió Elvira, indulgente—. Papá se ocupaba de todo. Pienso que la
culpa de que David no llegara a nada, la tuvo él. Decía que si bien le
fascinaba su profesión, era tremendamente ingrata. Y en ese ambiente fue
creciendo David. ¿Si quiso a aquella novia? ¡Cualquiera lo sabe! Yo entiendo
que no. Que era su novia como podía ser su mascota. A los veintiséis años,
cuando falleció papá. David miró en torno desolado. ¿Qué hacer? No sabía hacer
nada, y gracias a unos amigos de papá, consiguió una representación
farmacéutica. Ya ves como acertó. No creas que es fácil acertar siempre, cuando
se vive en una desorientación así. De aquel laboratorio pasó a otro y después a
otro, y hoy es un representante que, si bien gana mucho dinero, no visita a nadie,
porque las concesiones en exclusiva las tiene él y dispone de visitadores
propios, los cuales ganan y trabajan para él. Yo no digo que David no trabaje,
pues tú sabes lo mucho que trabaja, pero es un trabajo cómodo que le hace ganar
un capital sin apenas romperse la cabeza. Ahora me pregunto: ¿Realmente quiso
David a su primera novia? Pues no lo sé. Pero esta noche, cuando venga a comer,
si lo deseas, le preguntaremos.
—O
sea, que tú ves bien lo que ha hecho.
—¿El
anuncio? Sí, ¿por qué no? Allá él. ¿Nos molestó alguna vez? No. ¿No es un buen
amigo tuyo? ¿No es un buen tío para nuestras hijas? ¿No es un buen hermano? Su
vida le pertenece. Que haga con ella lo que le dé la santa gana. Si me dice que
se casa con la hija del portero, yo tranquila. David sabe lo que se hace. ¿Si
decide casarse con Rosina la del tercero que hace números por él. Yo también
tranquila, aunque pensaría que David es tonto de remate cargando con una mujer
tan caprichosa como Rosina. Por otra parte, aún recuerdo cuando le confundí
aquella vez, en la nieve. ¿Tú crees que una mujer que se va a casar, tiene
derecho a engañar así a su novio? No. Pues no me extraña que David esté harto
de mujeres conocidas.
—Si
continúas, vas a convencerme.
—No
lo pretendo, ni es ésa mi intención. Tú me dices una cosa y yo te contesto lo
que creo más lógico, no en defensa de la actitud de David, sino en defensa de
cualquier persona que ventile su vida a su manera, importándole un rábano la
opinión de los demás. Cuando tú decidiste solicitar la titularidad de un
pueblo, ¿pediste consejo? No. Dijiste que era lo mejor para ti. Que deseabas
tranquilidad y allá nos fuimos contigo. Luego decidiste regresar a la capital.
Creo que has tenido toda la razón, pero si no la tuvieras, y así lo consideraba
yo, jamás me hubiera inmiscuido en lo que tú habías decidido. Es por esa razón,
que tampoco considero ahora que David esté equivocado. Si ha decidido casarse
así, pues que se case; lo esencial es que encuentre lo que busca, y, ya ves,
eso sí que lo dudo.
—¿Por
qué lo dudas?
—Porque
no estoy segura de que las mujeres que merecen la pena de ser tenidas en
cuenta, estén a la orilla de un periódico esperando que aparezca un señor que
se ofrezca para casarse.
—Yo
también lo creí así, pero hoy pienso que al fin apareció una que medio
convenció a tu hermano.
Elvira
prestó suma atención.
—¿Quién
es?
—¡Quién
sabe! Sé únicamente que es maestra de escuela y que da el teléfono de unos
amigos y que además, dice en su carta, escrita a máquina, que tiene que saber
primero si el hombre que se ofrece le gusta también a ella.
—¡Ah!
—¿Tan
raro te parece?
—Curioso.
—Eso
es lo que yo he dicho.
—David
siempre fue un poco particular y algo raro. Quiera Dios que por medio de ese
vulgar anuncio encuentre una mujer que no sea tan vulgar como el anuncio mismo.
¡Una maestra! —sonrió, apenas—. Es posible que el hecho de que sea maestra le
empuje, aun sin darse cuenta él mismo, a conocer a la candidata por razones de
afinidad.
Ernesto
elevó una ceja.
—¿Afinidad?
—La primera
novia que tuvo David, que le duró desde los veintiuno hasta los veinticuatro
años, estudiaba Magisterio.
Capítulo
4
María
estaba algo inquieta. La verdad es que no sabía si lo que había hecho era un
disparate o una sensatez, pero se inclinaba a creer que era una soberana
insensatez.
No
obstante allí estaba, en espera de que llegase su amiga Marta y en espera, a la
vez, de que sonara el teléfono. Y fue esto lo primero que ocurrió.
María
dio un salto, y se colgó materialmente del auricular.
—Diga.
Un
silencio.
Después,
María, insistiendo con voz chillona:
—¡Diga,
diga…!
Al
otro lado hubo como un carraspeo y, después, una voz masculina algo vacilante.
¿Algo? Pues, no. Muy vacilante.
—Verá…,
he recibido una carta… Yo… Usted dice… Bueno, quiero decir…
«Es
un tímido», pensó María, desilusionada.
No
servirá para Marta. Un tipo tímido no va con la personalidad de Marta. Estuvo a
punto de colgar, pero prefirió oír de nuevo su voz.
—Sí,
sí —se apresuró a decir—, usted es el hombre del anuncio.
—Eso…
eso es… ¿Y usted es la… bueno, la chica, la señora…?
—No
—cortó María, sofocada—. Yo no soy la señora ni la chica. Yo soy amiga de mi
amiga.
—¿Cómo
dice?
El
hombre parecía menos tímido.
Tenía
una voz potente.
Una
voz que se impacientaba.
—Dice
usted que no es la maestra…
—Yo
soy amiga de la maestra.
—Pues
yo le ruego que me ponga en comunicación con ella.
María
casi dio un salto de gozo. El hombre tenía voz autoritaria. Una voz muy
varonil. Como la tenía Juan, cuando era novio de ella. Después. Juan dejó de
tener aquella voz y de tener otras muchas cosas. Pero ella no debía pensar en
Juan en aquel momento, sino en Marta, sólo en Marta.
—Mire
usted, señor, el caso es que la señora maestra…
—¿Señora?
—gritó el hombre, con voz tonante—. Oiga…
—Aguarde.
La maestra viene aquí. Y eso de señora es un decir. No, no. la maestra es
soltera, y señorita por la edad. Sólo tiene veintisiete años.
—Dice
usted que…
María
veía avanzar a Marta a través del pequeño jardín. Con su aire de muchacha moderna,
desenvuelta de caminar elástico, sin miedo. Con sus cabellos castaños claro,
sus ojos entre verdosos o azules, su piel mate, su boca sensitiva…
Su
falda, de un tono marrón liso, altas botas y una chaquetita corta…, sobre su
blusa verde… linda en verdad. Madura, con una mirada expresiva, su boca
sonriente…
Esbelta…
—Aguarde
un segundo. Le pondré en contacto con ella. Es decir, le diré que le llama
usted por teléfono.
—Gracias
—dijo el hombre, algo impaciente.
María
no pensó que estaba cometiendo un disparate soberano. María sólo pensó que
Marta era demasiado joven, demasiado atractiva y demasiado femenina y si no la
forzaban un poco, como no tenía una meta en el matrimonio, igual se quedaba
soltera esperando, que Germán enriqueciese de repente. Y lo peor de todo es que
a ella le constaba que ni siquiera amaba a Germán.
Nerviosa,
asustada ante sí misma por lo que estaba haciendo, pero tratando de
envalentonarse, salió al encuentro de Marta.
—¡Corre!
—le dijo—. Te llaman al teléfono.
Marta
enarcó una ceja.
—¿A
mí? —preguntó, asombrada—. Si nadie sabe que vengo a tu casa…
—Aun
así. Un señor quiere hablar contigo. Pregunta por la maestra y aquí no hay más
maestra que tú.
—Pero…
—Anda,
anda, que la conferencia es desde Madrid y corren los minutos.
—¿Estás
segura de que es para mí?
—Seguro,
seguro.
Marta
miró el auricular con las cejas algo fruncidas. Después lo acercó al oído,
preguntando:
—¿Quién
es?
—¡Hola!
—dijo el hombre—. Soy el del anuncio.
—¿El
de… qué? —Marta abría los ojos como platos.
—Recibí
su carta.
—¿Cómo
dice?
María
iba y venía entretanto con las manos tan pronto bajo la barbilla, como tras la
espalda, como crispándolas.
La
cosa no iba a salir bien. Marta iba a enfadarse.
Marta
no le perdonaría…
La
voz alteradísima de Marta produjo en María un soberbio sobresaltó.
—¡Óigame!
No entiendo nada. ¡Nada! Yo no he escrito ningún anuncio.
—No,
no, señorita. El anuncio lo escribí yo. Salió en el periódico del domingo.
Usted me envió el recorte y el número de teléfono. Es por eso que quisiera
hablar con usted.
Marta
separó el auricular del oído como si fuese un aparato fantasma y lo miró y
remiró, en menos de dos segundos. Después miraba a María, interrogante y luego
acercó de nuevo el auricular al oído.
—Óigame,
aquí debe de haber una confusión. No he escrito ninguna carta, no cité ningún
teléfono. ¿A qué anuncio se refiere usted?
El
hombre, al otro lado, parecía sofocado. Jadeaba.
—Verá
—decía el hombre, aún jadeante—. Yo puse un anuncio en el periódico del domingo
(hoy estamos a viernes) solicitando una amistad con vistas al matrimonio.
Marta
dio un salto.
Miró
a María.
María
se iba hacia el jardín.
Marta
gritó fuera de sí:
—¡¡María!!
—No
soy mujer —decía el hombre, al otro lado—. Le estoy diciendo que soy un hombre.
Marta
separó el auricular y gritó nuevamente:
—¡María,
ven inmediatamente! ¡¡María!!
—Señorita
—decía el hombre—. ¿Se ha vuelto loca?
Marta
frenó su ímpetu, su ira, su rabia. Su… vergüenza. La vergüenza que debía y
tenía que sentir María, por meterse a redentora. Porque la cosa estaba clara,
si no ¿por qué se iba y andaba por el jardín como si la persiguiera el
mismísimo demonio?
—Oiga,
señor —se tranquilizó Marta, de repente—, me parece que aquí hay un equívoco.
El
hombre la atajó.
Tenía
una voz varonil, algo ronca. Marta creyó estar oyendo otra voz. Después de
tanto tiempo aún creía oírla muchas veces. ¡Tonterías!
—Es
usted la maestra de escuela de ese pueblo.
—Si
—dijo Marta, ya apaciguada—. ¿Qué tiene eso que ver?
—Mire
usted, no puede existir equívoco. Tengo ante mis ojos una carta suya, escrita a
máquina. Me da ese teléfono.
—Señor…
—dijo María, observando cómo María al otro lado del jardín, daba con la cabeza
en la verja—. Es posible que haya recibido una carta, pero ésa no la he escrito
yo.
Hubo
un silencio larguísimo.
Marta
ya iba a colgar, pero sentía el jadeo del hombre al otro lado del aparato
telefónico y no quería colgar sin aclarar antes aquel asunto tan absurdo.
—Señorita…
tengo una carta ante mí. Le aseguro que no soy tonto. Ni soy infantil. He
escrito ese anuncio solicitando una amistad sincera con vistas al matrimonio,
porque lo considero así mejor para mi futuro.
—He
leído su anuncio —cortó Marta, con toda la delicadeza de que era capaz, pero
furiosísima con su amiga María—, entre otros muchos. Despiertan mi curiosidad.
Es más, lo comenté con mi amiga, pero sepa usted que yo jamás hubiera pensado
en responder a él. Ni creo que el matrimonio sea una meta, ni me interesa
buscar marido. Lo siento, señor. Pero seguramente mi amiga tendrá respuesta
para sus interrogantes. Con ella le dejo.
—Pero…
Aguarde. Un segundo tan sólo. ¿Su amiga también es maestra?
—No
—replicó Marta, secamente—. Es esposa de un señor respetable y madre de dos
niños. Pero seguramente pensó que yo, su amiga, necesitaba un marido y si yo le
hiciera caso hace más de cuatro años que me hubiera casado sin necesidad de
responder a un anuncio tan…
—Dígalo.
—Pues
sí, se lo digo. Tan absurdo como el suyo. Tenemos en España casi dos docenas de
mujeres por cada hombre, y es ridículo que un hombre recurra a un anuncio para
buscar mujer.
Dicho
lo cual gritó, sin escuchar la respuesta del desconocido:
—¡María,
atiende el teléfono, que la llamada es para ti!
María,
que no sabía ni dónde posar los ojos, ni dónde meter las manos.
La
voz dura de Marta, dijo:
—María,
si un día deseo casarme, te aseguro que no necesito escribir a ningún
anunciante. Discúlpate con ese señor, que al fin y al cabo, no tiene culpa de
nada.
—Marta
—oyó David, que decía María—: Marta, perdóname. Me parecía a mí que estabas
demasiado sola.
—¿Y
no lo estás tú teniendo tanta compañía?
—Marta…
te aseguro…
—No
me agrada esta broma. María. No te la voy a disculpar. Jamás se me hubiera
ocurrido responder a un anuncio así. Es ridículo. Toma el aparato —pero
rápidamente lo acercó al oído, añadiendo—: Señor… quienquiera que sea usted,
disculpe todo esto. No le he escrito ninguna carta ni tengo, creo, necesidad de
decirle que disculpe a mi amiga porque, por encima de sus bromas, por supuesto
que sigue siendo mi amiga.
Sin
esperar respuesta entregó el auricular a la pobrecita María que temblaba como
si hubiese cometido un asesinato.
—Señor
—balbuceó, atragantada—. Señor, yo…
—No
tiene importancia. Pero dígame, por favor…, ¿cómo se llama su amiga?
María
parpadeó.
—No
se lo puedo decir.
—¿Y
por qué no puede decir, si abogó por ella?
—Pensé
que ella… lo tomaría más filosóficamente. Se ha enojado. Lo siento, señor.
Tiene razón mi amiga. Estoy casada y tengo dos hijos y la verdad, es que no me
explico por qué tengo tanto interés en que se casen mis amigas, si yo no soy lo
que dice verdaderamente feliz.
—Lo
siento por usted. Pero yo estoy convencido que si la gente quiere, puede y debe
ser feliz.
—Eso
es cuando dos están de acuerdo, ¿no?
—Desde
luego. Dígame, por favor, ¿dónde puedo hablar yo con su amiga?
—¡Hum…!
Lo veo difícil. Se va. ¿Sabe? Está subiendo a su auto y se va. No sé si volverá
a hablarme en toda su vida. Pero como es tan buena persona, seguro que me
perdona uno de estos días.
A
David le interesaban un pepino los problemas de aquella mujer. Pero si empezaba
a interesarle la maestra y aprovechó la oportunidad que sin proponérselo, le
brindaba aquella buena señora que tenía al otro lado del teléfono.
—¿No
quiere usted ver contenta y feliz a su amiga?
—Qué
sé yo lo que daría —decía María, embobada.
—Pues
dígame su nombre.
—Eso
sí que no.
—¿Por
qué tiene usted tanto interés en casarla?
—Porque
es maestra, porque sale de vacaciones y se va por esos mundos. Porque está sola
y porque es buena y bonita y muy femenina y muy sensible, y porque hay aquí, en
el pueblo, un tipo que no sabe hacer nada y un día cualquiera pilla el punto
flaco de Marta y la convence para que se case con él.
—¿Se
llama Marta?
—¡Oh…!
—Si
ya lo ha dicho usted antes.
—¿Si?
—Gracias,
de todos modos. Por el número del teléfono sé dónde queda el pueblo. Me parece
que iré a por Marta.
—¡Dios
mío!, creo que he perdido su amistad para siempre. Si sabe esto mi marido, me
mata. ¿Quién me manda a mí meterme a redentora?
—Gracias
de todos modos.
—De
nada, Señor.
Colgó.
Quedó temblando, pensando en que había perdido, para siempre, la amistad de
Marta.
Capítulo
5
David,
boquiabierto, tenía toda la información ante él.
Miraba
al detective privado y se preguntaba una vez más qué jugarreta le estaba
jugando el destino.
Preguntó
al informador cuánto le debía, le pagó y con todos los papeles en el bolsillo
de su loden verde, se fue a casa de su hermana.
Esta
vez no le interesaba hablar con Ernesto sino, a solas, con Elvira.
Elvira
no estaba visible a aquella hora y la criada le dijo que tuviera la bondad de
esperar, que la señora bajaba en seguida. En efecto, al rato. Elvira bajó.
—¿Qué
te ocurre?
—Una
cosa peregrina —dijo David, derrumbándose en un butacón del salón—. Ten
peregrina y sorprendente, que no sé aún por dónde aferraría.
—¿Quieres
explicarte?
—¿Te
acuerdas de Marta Fernández Gordon?
—Anda
—rió Elvira—. Claro. Tu primera novia.
Y se
lo refirió todo, desde el principio. Desde que recibió la carta de una amiga de
Marta haciéndose pasar por ella, es decir, por Marta, hasta el momento de
haberla llamado por teléfono y luego, todo lo averiguado por mediación del
detective privado.
—Y
resultó ser María Fernández. Es curioso. David, ¿qué vas a hacer?
—No
es que yo sea amigo de pedir consejos, porque si bien los pido alguna vez,
termino por hacer lo que me da la gana. Pero esta vez, te pregunto, ¿qué hago?
—Chico,
¿y me lo preguntas a mí? Tú sabes cómo terminó aquello tuyo con Marta. Además,
¿sabe ella que el hombre del anuncio y su antiguo novio, son la misma persona?
—Desde
luego que no.
—Entonces…,
no sé. David. ¿Es que te interesa, como posible esposa?
—Sí.
Lo digo como lo siento. Me doy cuenta ahora de que fue la mujer que siempre
busqué.
—¿Que
tú buscaste a Marta?
David
se impacientó:
—A
Marta, no. por supuesto, pero a una chica como ella, desde luego que sí.
—No
pensarás que la Marta de aquella época es la misma en relación a ésta, ¿eh?
—¿En
qué puede existir la diferencia?
—¿Eres
tú el mismo?
Quedó
cortado.
—Elvira,
iré a ese pueblo.
—Y
te vas a presentar como el hombre del anuncio.
—No.
—¿Entonces…?
—Es
que no sé aún lo qué haré ni cómo lo haré.
—Hay
una cosa que tienes a tu favor, según este informe privado. Marta sigue
soltera. Es maestra. Tiene un galán que puede casarse con ella el día que Marta
lo desee. Y puedes empujar tú ese deseo.
—¡Quizá!
—¿Cómo
dices?
—Que
no. Escucha lo que dice aquí. El chico, se llama Germán, es hijo del boticario,
pero no es farmacéutico. El boticario corre sus buenas juergas, lo cual quiere
decir, a su vez, que no existe fortuna privada. Que el muchacho, que ya no es
un muchacho, puesto que ha cumplido sus buenos treinta años, le salen callos si
trabaja y que no está dispuesto a dar golpe y que la maestra, dada su dignidad,
que según parece mucha, creo que la de siempre, porque jamás me escribió si no
era en respuesta a mis cartas, por eso las relaciones se cortaron, porque ella
nunca me buscó, no es como para mantener a un vago. ¿Está claro, Elvira?
—Me
pregunto —dijo Elvira, riendo—, por qué hoy me buscas a mí para contarme tus
penas y no a mi marido.
—Porque
tu marido, a fuerza de diagnosticar enfermedades mortales, tiene de humanidad
lo que yo tengo de don Juan. ¿Está claro? Díselo tú cuando venga a casa, porque
lo que es yo, me marcho al pueblo.
Se
iba.
Elvira
le retuvo con un…
—David,
¿y qué vas a buscar tú al pueblo? ¿Qué pretexto buscarás?
—Soy
representante de farmacia, ¿no?
—No.
Eres concesionario.
—Pero
allí no lo saben. ¡Chao, Elvira! Deséame suerte.
Era
la tercera vez que María iba a la escuela a la hora del recreo y la tercera,
asimismo que trataba por todos los medios ablandar la ira de Marta.
Aquella
tercera vez. María no se sentía ni medianamente feliz. Sus cosas con Juan iban
peor. No es que empeoraran, pues casi siempre iban «peor» de por sí, pero
aquellos días, al faltarle su confidente, que era Marta, le parecía a ella que
Juan se había convertido en un egoísta por partida doble.
Los
niños jugaban en el pequeño patio, y María, después de besar a sus dos hijos,
que al verla corrieron hacia ella, se deslizó hacia el interior de la clase.
Como
todos los días. Marta, serena, apacible, indiferente y casi ausente, se hallaba
sentada tras su mesa de trabajo.
—Marta
—llamó María.
La
maestra elevó los ojos.
A
María le parecieron más azules que otras veces, o más verdes. Nunca eran del
mismo color. Era según movía la cabeza. Tenía una melena semilarga, de un
castaño claro y una piel tostada, tal vez por estarse al sol algunos minutos
todas las mañanas, diariamente.
—¡Hola,
María! Ya ves —con la misma sonrisa de siempre, apacible, serena—, tengo mucho
trabajo pendiente.
—No
me has perdonado, Marta.
La
maestra elevó una ceja.
¿Perdonado?
Pues
sí.
Había
sido un episodio tonto. Ella bien conocía a María.
Por
supuesto que de haber sido otra persona jamás la disculparía.
Pero
María, le constaba a Marta, estaba llena de buena voluntad.
—Claro
que no lo he olvidado. María. No digas tonterías.
María
casi lloraba.
Y en
el fondo de su ser lloraba a mares.
—Pero
no has vuelto por casa. ¿Sabes lo que eso supone para mí? Mira —se afanaba,
animada por la mirada apacible de su amiga— yo lo hice guiada por un buen deseo
hacia ti. Me pareces estar sola. ¡Si, si, ya me lo has dicho el otro día! No
debiste decírmelo. Me dolió. Marta. Que yo estoy acompañada y, sin embargo, más
sola que un palillo. Lo sé, lo sé. Pero yo tengo la vida trazada así y tengo
que apechugar con ella. De nada serviría que me rebelara. ¿No ves dónde
vivimos? En un pueblo y, además, en España. Una se casa y se caga y lista. Aquí
no hay alternativa. Tenemos unos principios, unos prejuicios, y estamos ligados
a ellos, como otros están ligados a la propia vida. ¿No lo entiendes? ¿No
comprendes? Yo quería echarle a ti de este grupo absurdo que somos el montón de
mujeres que hemos caído en la trampa. Ya sé que yo debiera tener valor y dejar
a Juan, si no tuviera hijos, yo dejaba a Juan, pero tengo dos hijos y carezco
de valor. Eres joven aún. Marta. Divinamente joven. Pero un día verás en tu
pelo la primera cana, y seguramente, te dará mucho miedo, y pensarás en el
futuro de tu soledad o en la soledad de tu futuro e igual te da por casarte con
ese vago de Germán y le mantienes toda su vida y te sientes más pobre que una
mendiga y tu arrepentimiento llegará demasiado tarde. Lo entiendes, ¿verdad?
Por eso le escribí. Te aseguro que no hubo en mi mala intención. Tú me conoces…
Claro
que la conocía.
Por
eso eran amigas.
Marta
agitó la mano en el aire y dijo, al mismo tiempo:
—Olvida
eso, María.
María
respiró profundamente.
—¿Lo
has olvidado tú?
—Te
aseguro que lo estoy intentando de verdad. De modo que procura no mencionarlo
más.
—Pero…
nuestra amistad, ¿seguirá como antes?
—Espero
que sí.
María
juntó las dos manos.
Las
metió nerviosamente bajo la barbilla mirando a su amiga.
—Lo
esperas nada más —murmuró desalentada—. ¿Qué hago yo sin ti, Marta? ¿No lo
entiendes? Yo todo lo hice por tu bien. ¿Qué culpa tengo yo si soy así de
ingenua? Yo, que podría asegurar que el matrimonio es una mierda, me empeño en
buscar marido para mis amigas. ¿Te das cuenta del contraste?
Marta
se puso en pie y dio la vuelta a la mesa.
—Olvídalo
todo María. Ya sé qué intención te guió y sé también, que tantas ganas tienes
de ser feliz en tu hogar, que no crees que en todos haya el desbarajuste que
existe en el tuyo. En efecto, debe y tiene que ser así. Pero a ti te tocó la
peor parte, y en muchos otros también hay lo suyo, aunque se lo callen. Yo he
llegado al convencimiento de que el que dijo «matrimonio» dijo fatiga y
desilusión. No es que no me case por falta de un hombre que me siga. María, eso
es lo que tú no has entendido aún. Cada vez que salgo de este pueblo y tomo un
avión o un barco, encuentro media docena de hombres dispuestos, unos a casarse
de inmediato, y otros a conquistarme, y algunos me piden que me acueste con
ellos sin demasiados preámbulos. Hay de todo. María. Pero yo me hice egoísta.
Hizo
una pausa y siguió:
—A
mí me aterra la atadura: el arrepentirme después, y no tener oportunidad de dar
un giro a mi vida. Un giro de noventa grados, ¿comprendes? No me voy a casar
con Germán, pierde cuidado. De momento, el hecho de que salga con él alguna vez
no quiere decir, en modo alguno, que esté dispuesta a casarme con él. Ya ves, a
veces pienso que tú casada, y yo soltera, te doy veinte vueltas en experiencia.
Tú sigues con tu ingenuidad pensando y esperando que ocurra un milagro: yo sé
que los milagros no existen. ¿Ves tú la diferencia?
—Entonces
—decía María, casi a punto de llorar—, ¿vendrás a tomar el té conmigo esta
tarde?
Sin
pensarlo.
—Iré.
Estoy preparando el pasaje para irme estas vacaciones de Navidad. Me voy a Roma
y tengo que pasar por la agencia, pero después iré a tomar el té contigo.
—Gracias.
Gracias, Marta.
Capítulo
6
Marta
la vio alejarse y pensó muchas cosas a la vez. Pensó en la infelicidad de
María. Pensó que ni Juan era su hombre adecuado, ni María la mujer adecuada
para Juan.
Con
ella no le hubiera servido a Juan ser así, porque lo primero que haría sería no
darle de comer, ni acostarse en su cama.
Pero
cada uno es como es, y María ya no tenía arreglo y no decía nada de Juan,
porque ése, por lo visto nunca lo tuvo.
A
las seis despidió a los niños y luego se quedó en clase un rato, dispuesta a
corregir los cuadernos de lengua.
Fue
cuando vio que un auto color mostaza se detenía ante el edificio de la escuela.
Miró con curiosidad.
Un
hombre no muy alto, fuerte y ancho de espaldas, enfundado en un loden verde,
tipo austríaco, descendía del auto y caminaba mirando a un lado y otro.
Marta
pensó que aquella figura, algo maciza le era familiar, pero dejó de pensar en
ello y empezó a recoger los cuadernos. Anochecía ya y hubo de encender la luz
para ponerse el abrigo y recoger su cartera de piel, en el interior de la cual
llevaba algunos cuadernos que pensaba corregir en casa.
El
hombre, con gran asombro de Marta, avanzaba por el patio, lo cual le indicó
que, o la buscaba a ella, o venia equivocado y buscaba a alguien que no
encontraba.
El
hombre se recostó en la puerta y dijo:
—Buenas
tardes.
Tenía
una voz potente.
Marta
elevó los ojos, rápidamente, y los fijó en el semblante del desconocido.
Casi
dio un salto.
¿No
era David González Escalante, su antiguo novio?
—¡Hola!
—dijo él.
—¡Hola!
—dijo Marta, cortada—. Pero…
—¡Dios!
—rió David, como si acabara de encontrarse con un fantasma—. Pero si eres…
Marta Fernández.
—Y
tú… David González.
—El
mismo que viste y calza.
Y
riendo, con una risa nerviosa que Marta no percató, fue hacia ella con la mano
extendida.
—¡Qué
casualidad! —exclamó él—. ¿Qué haces aquí?
Y
miraba en su torno con creciente curiosidad. Al menos, eso pensó Marta.
—Soy
la maestra de este pueblo —dijo, dominando su nerviosismo—. ¿Y tú? ¿Qué haces
tú aquí?
—He
venido por la carretera general y me detuve a dos pasos de la escuela. Busco
farmacias. Ya sabes…
Se
detuvo de pronto, como si realmente se aturdiera.
—Bueno
—añadió sin que Marta dijera nada—. ¡Qué vas a saber tú si nos separamos cuando
yo no daba ni golpe! Ya sabes, algo hay que hacer. Falleció mi padre y me puse
a trabajar.
—¡Ah!
—¿Y
el tuyo?
Marta
abrió mucho los ojos.
—¿Mi
padre?
—Claro.
—Ha
muerto también. Casi en seguida…
—En
seguida de haberte dejado yo, ¿no?
Marta
apretó la cartera bajo el brazo.
No
es que le molestase ver de nuevo a David.
Pero
sentía una cosa.
Como
si aquella cosa despertara otras mil cosas dentro de sí.
Recuerdos.
Rencores. Añoranzas. Iras. Vergüenza…
En
aquel instante le hubiera gustado estar casada, podérselo decir a David. E
incluso, presentarle un hijo o dos.
Fue
el único momento de su vida que deseó estar casada.
—Sí,
claro —dijo tan sólo.
David
se alzó de hombros, murmurando:
—Bueno,
yo no te dejé, Marta. Fue la vida.
—¿Y
qué importa eso ya?
—Es
verdad. Yo vengo extraviado. Entro en un pueblo desconocido y ¡hala!, busco a
una persona que me guie y resulta que me encuentro con mi antigua novia. Es
curioso, ¿verdad?
—Un
poco. Casualidades. Claro que eso de novios…, hace mucho tiempo. ¿Lo fuimos
realmente?
—Me
alegro que no me guardes rencor —dijo David, satisfecho.
Se
lo guardaba.
Y
mucho.
Creyó
en él.
Recibió
de él los primeros besos, los primeros contactos amorosos, los primeros
pecados…
La culpa
de su soledad la tenía él, pero no iba a decírselo, por supuesto.
—¿Y
por qué iba a guardártelo?
—Gracias,
Marta —miró en torno, después la miró de nuevo a ella—. Estás guapísima.
Marta
ni se ruborizó.
—Estoy
como siempre, con unos diez años más, que no es poco.
—Mírame
a mí —rió David, cachazudo—. ¿Qué dices? Antes era delgado y esbelto. Ahora,
luego me sale panza. Uno envejece quiera o no. De nada servirá que cometiera la
idiotez de quitarme media docena de años. Además, yo no parezco joven.
Si
esperaba el halago femenino, se equivocó. Marta apagó la luz y dijo tan
solamente:
—Ya
salgo. Estoy invitada con una amiga a tomar el té. Si quieres, de paso para el
centro te dejo ante la farmacia.
—¿Conoces
al farmacéutico? —y nervioso o aparentando que lo estaba—. Ya sabes, uno no
puede introducir sus productos si el farmacéutico se niega en redondo a ver los
prospectos. Uno vive de eso.
—Lo
conozco, pero supongo que en esa farmacia, y aquí no hay más que una, tengan ya
sus propios proveedores. Ya sabes cómo marcha ese mecanismo.
—Así
se nos para a nosotros en nuestras funciones. —Y de súbito le espetó—: ¿Te has
casado?
Era
la pregunta que Marta esperaba y la que hubiera querido responder de otra
manera. Pero respondió serena y apaciblemente:
—No.
—¡Qué
raro!
—¿Por
qué? ¿Te has casado tú?
—No,
no… Yo no me he casado… Pero tú… es diferente. Eres muy guapa.
—Y
crees que sólo se casan las guapas. ¿También tú me sales con esos tópicos?
—Me
alegro de que no me guardes rencor.
—Pues…
Parecía
cortado.
Lo estaba
un poco.
Él
esperaba encontrarse con una chica como aquella que dejó, algo vacilante, algo
confusa. Algo pavita. Pero hete aquí que se encontraba con una mujer completa,
personal, hermosa y altiva. ¿Altiva?
No.
No era eso. Estaba a la defensiva. Eso sí era.
Decidió
que sería su mujer.
Aquélla
era.
Y no
otra.
Quitaría
el anuncio del periódico y conquistaría de nuevo a Marta.
No
era fácil.
Estaba
viendo que no lo iba a ser. Pero quedaba un pasado y alguna raíz tendría y él
estaría prendido de alguna de aquellas raíces por débiles que fueran…
—Podemos
ir en mi auto —decía David, abriendo la portezuela.
—Puedes
ir tú —dijo ella—. Pero yo tengo que pasar por mi casa.
—¿Vives
lejos?
Marta
rió.
Y
David vio su dentadura blanca y perfecta.
La
de siempre. No tenía ni una caries, de eso estaba seguro.
Lo
más hermoso de Marta era su risa, pues la risa había crecido con los años en
belleza y perfección.
David
sintió un montón de cosas.
Algunas
diáfanas.
Otras
pecadoras.
Recordó
cuando empezó a salir con ella. Se aburría. Marta no era habladora. Apenas si
contestaba sí o no. Después fue abriéndose un poco y al cabo de seis meses
(¡qué tiempos aquellos. Señor!) le dio el primer beso.
Un
beso largo y tímido.
Después
fueron más largos y menos tímidos.
—Aquí
no hay distancias —dijo Marta, deteniendo los pensamientos de David.
Es
más, David casi dio un salto como si no esperara oír la voz de Marta.
—No
me daba cuenta de que estoy en un pueblo —dijo, evasivo—. De todos modos, te
llevo hasta tu casa y por si me quedo en este pueblo unos días…
Le
saltó en seguida.
Por
lo visto no quería tenerle cerca.
—¿Y
por qué vas a quedarte, si no hay más que una farmacia?
—¡Sube!
—invitó David y cuando Marta estuvo acomodada, él se sentó al volante diciendo—:
Pero hay otros pueblos cercanos y si encuentro un hotel adecuado, me quedo y,
desde aquí, recorro los pueblos del contorno.
—No
veo negocio aquí para ti.
—A
veces ocurre que donde no se ve, existe. Yo vivo de eso. Ya te he dicho que
como no llegué a médico ni a abogado, me quedé en representante de farmacia. Y
tengo que vivir —y de súbito—. Me alegro haberte encontrado, Marta —la miró un
segundo—. Lo hemos pasado bien juntos, ¿no? Después yo me fui cuando
trasladaron a mi padre. Te escribí bastantes cartas y tú las contestaste todas,
pero un día dejé de escribirte, no sé aún por qué y a ti… ni se te ocurrió
preguntarme si tenía anginas.
—No
creo que las anginas te privaran de escribir.
—Eso
es verdad. Las cosas —se alzó de hombros—, las quiere uno con toda el alma y,
sin olvidarlas, las abandona… ¡Yo qué sé! ¡La vida es una puñeta, Marta! Juega
cada pasada que te deja cojo cuando menos lo esperas. ¿Sabes? Elvira se casó
con un médico. Viven en Madrid. Yo también vivo en Madrid. Elvira tiene dos
hijas.
—¿Ah,
sí? Me alegro.
Pero
maldito lo que le interesaban todas aquellas historias.
Y le
molestaba haberse encontrado con él.
Prefería
marginarlo de su vida. Haberlo olvidado ya.
Por
supuesto. No pensaba hacerle ningún reproche. Si eso esperaba David, equivocado
estaba.
Pero
era molesto oírle decir «Lo pasamos bien juntos.» Eran cosas que ella hubiera
querido tener olvidadas. No las tenía, y eso era lo que más la humillaba.
—Pues
seguro que me quedo aquí algún tiempo. Una o dos semanas —soltó la mano del
volante y fue a asir los dedos femeninos, pero no los encontró—. Perdona. Da
gusto encontrarse con gente que te hace recordar cosas.
—Vivo
aquí —dijo Marta—. Esta es la casa de la maestra.
Era
una casita pequeña, especie de chalecito, con una verja, una valla y un jardín
diminuto.
—¿Vives…
sola?
—¿Y
con quién voy a vivir? Tengo a Martina.
—¿La
vieja Martina.
—Sí,
la vieja Martina.
—Oye,
ya me dejarás pasar a saludarla, ¿no?
—En
este momento seguro que está en el rosario. Ven otro día.
—Marta,
tal se diría que estás enfadada conmigo.
O
era un cínico, o un fresco. Y cualquiera de las dos cosas que fuera, lo era.
—¿Y
por qué iba a estarlo? Buenas tardes. David.
—¿No
nos vamos a ver en el resto del día?
—Claro
que no —descendía—. No pensaras que esto es Madrid. Aunque quieras invitarme a
cenar, aquí no hay ni una mala posada. Hay un hotel y casi siempre está vacío,
y por supuesto, no dan comidas más que a los huéspedes. Buenas tardes. David, y
gracias por haberme traído en el coche.
Capítulo
7
¡Oh.
oh, oh! —exclamó María, mirando a su amiga Marta, la cual, dicho en verdad,
refería lo ocurrido sin una gota, al menos aparentemente, de resquemor o
añoranza—. Lo cuentas como si estuvieras diciendo que está lloviendo, Marta
—María se exaltaba—. ¿Quieres decirme, que te encontraste con tu novio de hace
siete años, y te quedas tan fresca? No lo concibo —continuaba María, obviamente
alterada—. No lo comprendo. O eres de hierro o nunca has querido a David.
Lo
había querido.
Y
por supuesto no era de hierro.
Pero
el encuentro sorprendente, casual, sin duda la había sepultado en un pasmo
total.
La
había menguado y a la vez, la había dejado lasa o perdida en sí misma, o tal
vez humillada porque, por primera vez en su vida, hubiera deseado estar casada,
ser feliz y poderle presentar a David a su marido e incluso una recua de hijos.
—No
tiene demasiada importancia —comentó al tiempo de azucarar su té con una gota
de leche—. Te aseguro que David siempre fue muy inconsciente y el hecho de que
volviera a encontrarlo así, tan de repente, ni a él le emocionó, ni a mí me
intranquilizó en absoluto.
—¿Cómo
lo has encontrado?
Marta
pensó un segundo.
No
para responder sinceramente a María. Sino para responderse a sí misma. Más
maduro. Es decir, maduro totalmente. Algo más grueso, por supuesto, pero
siempre interesante.
—Con
siete años más. Pero yo digo diez, porque desde que empezamos a ser novios
hasta hoy, han transcurrido diez años, justamente.
—¿Y
qué dice él de esa separación? ¿Cómo se ha disculpado ante ti?
—¿Y
por qué tenía que disculparse? A fin y al cabo, tampoco a mí me interesó si
vivía o moría. Dejó de escribirme y se acabó. Nunca se me ocurrió averiguar las
causas —se ponía en pie—. Son cosas que pasan, María. Pasan y se olvidan…
—Pero
tú sigues soltera —decía María, medio en serio medio en broma— precisamente
porque aunque no parezcas dispuesta a confesarla en el fondo algo te
traumatizó.
Marta
se ponía el abrigo con mucha calma.
Estaba
nerviosa.
—Tenía
diecisiete años —dijo pensativa, sin dejar por ello de sonreír—. A esa edad se
cree en muchas cosas que luego te causan risa. Si me remonto ahora a mis
diecisiete años, por supuesto que me produce una pequeña pena, pero ya tengo
veintisiete, María, y estoy de vuelta de muchas cosas.
—Y
si él se queda aquí —preguntó María, asombrada—, y desea verle am frecuencia o
intenta reanudar las relaciones, ¿qué vas a hacer?
—No
sé —dijo, sin que María dijese palabra—. No sé. Nada. ¿Queda algo que deba
hacer?
—Puede
despertar amor en ti.
Marta
sonrió.
Mostró
las dos hileras de perfectos dientes.
—El
amor es un condimento que te alimenta y te agrada a los diecisiete años. Con
diez más encima, es todo completamente diferente.
—No
te entiendo, Marta.
Lo
sabía.
María
no podía entenderla. En modo alguno.
Si
no se entendía ella misma, que era inteligente, más que María, ¿cómo iba a
entenderla su amiga?
—Me
marcho —dijo—. Ya seguiremos hablando de esto.
—¿Cuándo?
—Mañana,
pasado. ¡Qué sé yo!
Se
fue.
Entró
en su casa empujando, apenas, la verja. Como si pretendiera que aquélla no
cediese y a la vez la mantuviera en la oscuridad, firme, con el cerebro lejos
de allí, en alguna parte, junto a un David juvenil que, de hecho, con mentiras
o verdades llenaba toda su vida.
Pero
la verja cedió y ella se deslizó hacia su casita y entró en ella deteniéndose
en el vestíbulo, colgando el abrigo en el perchero y llamando a la vez:
—Martina,
¿estás ahí?
Martina,
de pelo blanco, menuda, sana, pero con muchos años sobre si, apareció ante sus
ojos con un plato en una mano y un paño en otra.
—Ya
pensé que no venias —dijo—. Te tengo la cena lista. ¿Es que hoy no vas a la
escuela, a dar tu clase nocturna?
—¡Claro!
—Pues
a la mesa —la anciana giraba sobre sí—. Fui al rosario y me entretuve en la
rectoría, con el señor cura. ¿Sabes lo que quiere, ahora?
—¿Que
digas tú la misa?
Martina
la miró severamente.
—No
seas sacrílega, Marta. A veces, hasta parece que no crees en Dios. Lo que me ha
dicho el señor cura es que ahora ni enseñáis siquiera catecismo a los niños, en
la escuela.
Marta
sonrió, apenas.
—Enseñamos
lo que nos mandan y te aseguro que el catecismo de antes se queda pequeño ante
los libros de religión y moral de ahora. Dile al cura que vaya aprendiendo, que
está muy anticuado.
Martina
no se quedó muy convencida.
Fue
al rato, cuando comían, una sentada enfrente de la otra, cuando Marta lo dijo.
Lo dijo como al descuido:
—He
visto a David. ¿Te acuerdas de David Fernández Escalante?
Martina
tenía sus años y sus muchas arrugas, pero tenía, también, una memoria
prodigiosa. Y, sobre todo, tratándose de algo relacionado con la vida intima de
Marta. Por eso levantó vivamente la cabeza. Miraba a la joven con expresión tan
asombrada que provocó la risa, falsa, de Marta.
—Me
miras como si acabara de anunciarte una catástrofe.
Martina
elevó el vaso y bebió un sorbo de agua.
Después
tosió.
Luego,
sin dejar de mirar a Marta fija mente, murmuró, interrogante:
—¿Y
no lo es?
Marta
esbozó una sonrisa. Una débil y cuajada sonrisa.
—No
creo que lo sea No tiene por qué serlo. No debe serlo, ¿verdad?
—¿Me
lo preguntas a mí…?
No.
Se
lo preguntaba a sí misma.
Era
obvio que el súbito encuentro con David producía íntimas inquietudes, pero eso
no tenía por qué saberlo Martina.
Como
Marta no dijera nada en alta voz, Martina insistió, con voz algo trémula:
—Querida…,
¿cómo ha sido? ¿Dónde ha sido? ¿Cuándo?
Marta,
a media voz, sin temblor, pero sintiendo que si bien el encuentro, al pronto,
la había dejado como inmunizada, de repente todo se estremecía dentro de sí.
Refirió el encuentro y casi todo lo que hablaron durante él.
Después
concluyó con un dejo algo vibrante:
—Lo
tendrás por ahí, en cualquier momento. Al decirle que vivías conmigo, ya en
aquel mismo instante pidió que le permitiera saludarte…
—Marta
—la voz de Martina tenía, también una cierta vibración extraña—, ¿no se ha
disculpado por su comportamiento? ¿No te ha dicho las causas que motivaron su
silencio?
Marta
manipuló el cubierto, con cierta precipitación. Mas, sin embargo, su voz era
apacible al responder.
—No
interesa eso. Ya… no interesa en absoluto —agitó la cabeza, algunos cabellos se
le fueron hacia los ojos—. Tengo que irme. Martina.
La
mujer le miraba fijamente.
—Marta…,
estás inquieta.
Era
lo peor.
Que
Martina la conocía demasiado. Que para sus viejos ojos, ella fuera como un
cristal transparente.
—No
es tan fácil mirar ante una… —dijo—. Miras, y parece que la vista se extravía.
Pero tampoco eso tiene mucha importancia.
Se
ponía en pie.
Martina
también.
—Marta…
¿qué le digo si viene a verme? ¿No puedo hacerle, yo un reproche?
La
joven se volvió en redondo. Había un color azuloso en sus mejillas, después
rojo, luego pálido.
—No
—con arranque, casi con ímpetu—. No. Eso pasó. No debemos mirar hacia atrás.
Martina. El tiempo pasado no debe moverse; el presente se vive sin más. y el
futuro no nos pertenece. Eso es todo.
Marta
entró en el baño. Sonó el timbre de la puerta.
Martina
casi dio un salto y Marta quedó envarada.
Martina
reaccionó rápidamente y fue hacia la puerta. Abrió y se topó con David
Fernández Escalante.
—Martina
—dijo él, y su voz tenía un dejo raro, de emoción, de inquietud, y a la vez,
podía ser de alegría simplemente.
Marta,
desde el baño, sintió una sensación rara.
Oída
la voz de David desde lejos, le daba la sensación de haberla oído pocos días
antes.
No
sabía dónde ni cuándo.
Pero
sacudió la cabeza. Era una tontería. ¿Imaginación?
¿El
secreto deseo de haberla oído todos los días?
Eso.
No otra cosa.
Martina
preguntaba por Elvira, por el padre muerto, por el esposo de Elvira a quien no
conocía.
David
respondía un poco precipitadamente.
No
preguntaba por ella.
Pero
de repente, la voz de David murmuró algo roncamente:
—¿Y
Marta? ¿No está?
—¡Claro!
—decía Martina—. Claro. Está en el baño. Ya sabes, tiene escuela.
—¿Escuela?
—Nocturna.
—¡Ah…!
No lo sabía.
—Es
lógico.
—Dirás
que fui un ingrato, ¿verdad, Martina?
—Yo
no soy nadie para juzgar tus actos. David. Pero eras tanto de la casa del
maestro… Tanto eras para Marta, en aquella época. Tanto para todos nosotros… No
sé, tú sabes tus cosas. Todo el mundo sabe las suyas, ¿no? —Marta, desde su
encierro, notaba como Martina se evadía; pese a sus años sabía responder—. Pero
el tiempo ha pasado y nunca pasó así por las buenas, sin notarse que pasa —y
sin transición—: ¿No te sientas un rato?
En
aquel momento. Marta decidió salir del baño.
Lo
hizo sin apresuramiento.
—¡Hola,
David! —saludó.
Y
nadie diría que la presencia de David en su casa, le inquietaba o entorpecía.
David
se volvió en redondo. Entretanto, Marta, como quien obra automáticamente, se
ponía el abrigo que había descolgado del perchero.
—Tengo
que irme —decía Marta a media voz—. Ya te veré otro día, David.
Capítulo
8
Emparejaron
juntos, camino de la escuela. La calle era lisa, recta y asfaltada.
Había
casitas a ambos lados. Jardines con flores.
El
cielo azul, cuajado de estrellas, y allá lejos, como perdida, como
escondiéndose en una esquina, la media cara de la luna.
—Entonces,
tú crees que es distinto —murmuró David, como si en aquel momento respondiera
al comentario de Marta—. Crees que nada puede ser como antes.
—No
me digas que lo crees tú.
—¿Por
qué no? Estamos más maduros, los dos. Somos distintos, de acuerdo, pero sólo
aparentemente. Yo entiendo que jamás podemos dejar de ser los mismos.
—El
tiempo nunca transcurre en vano, David. ¿Nunca te has dicho eso? Es un tópico
pero es la pura verdad.
Caminaban,
y se miraban de vez en cuando para hablarse.
David
parecía perdido dentro de su loden. Ella parecía segura de sí misma, y la
verdad es que era, de los dos la más insegura.
La
que más a ciegas estaba. Porque, si bien David sabía lo que buscaba y por qué
lo buscaba. Marta no sabía si buscaba algo o si deseaba, realmente, encontrar
algo concreto en todo aquel encuentro que consideraba casual.
—O
puedo ser sincero, ¿verdad, Marta?
Ella
se detuvo ante la pregunta que consideraba desorbitada o absurda.
—¿A
qué fin viene eso David?
—Perdona.
A ti no te habrá inquietado el encuentro. A mi sí. Fue como si diera marcha
atrás y no pasaran siete años. Puedes reírte. Mofarte de mí. Mira. Marta, ya no
soy un niño. Sigo soltero. ¿Por qué? No lo sé. Pero es obvio que esperaba algo
de la vida. Algo que había dejado hace mucho tiempo. Fue como si me detuviera
muy cansado y me durmiese y tardara siete años en despertar. Puede, digo,
parecerte de risa. Pues no lo es. Tú sigues soltera. No creo que aquel amor
juvenil, en el cual mientras lo vivimos los dos creíamos, nos separe ahora por
rencor, por un mal entendido. ¿Qué puedo decirte yo de mi silencio? Nada. Sería
todo una farsa.
—¿Adónde
vas a parar?
—Muy
fácil. El encuentro contigo ha despertado en mi antiguas y dormidas ansiedades.
¿Pasiones locas? No. Pasiones olvidadas únicamente. Deseos de convivir, de
formar un hogar…
—¡Alta
David! Seria de tontos pensar que yo te estaba esperando.
—Pues
no sería ninguna cosa rara, porque al fin y al cabo, al verte de nuevo, noté en
mí que sin darme cuenta, subconscientemente, te buscaba. ¿Por qué tú,
subconscientemente no podías estar esperándome?
—Eres
un vanidoso. En eso no te pareces en nada al simple David, inconsciente, de
antes. Antes pensabas que si te amaban, te conformabas. Te bastaba eso, sin
más. Ni mirabas hacia atrás ni hacia adelante. Pero ahora los años, te hicieron
vanidoso.
—No
acabo de comprenderte, Marta. Es la verdad. Ya ves, no te pregunto qué has
hecho, en qué ocupaste tus días en estos siete años ni si has tenido amores,
hombres.
Marta
se detuvo casi al pie de la escuela.
Miró
a David como si aquél fuera un animal de rara especie y de súbito se echó a
reír de buena gana.
—Sería
el colmo, David. Seria sencillamente el colmo, que después de tanto tiempo y
sólo porque el destino nos ha juntado de nuevo, frente a frente, quieras saber,
o creas tener derecho a saber, qué he hecho yo con mi vida en este tiempo.
David
se mordió los labios.
Creyó
que la cosa iba a ser más fácil.
No
es que sintiera un loco amor por Marta. En modo alguno. Buscaba mujer, y Marta
era la media naranja ideal: lo demás eran tontas pamplinas.
Creyó,
además, que era más fácil conquistar a una mujer. Él en cuestiones amorosas o
sexuales, más sexuales que amorosas, nunca encontró obstáculo y de repente, al
ver a Marta tan tiesa, tan indiferente, sintió que, de súbito, la añoraba como
era antes. Dócil, suavecita, obediente…
La
evocó, sin querer, en aquellos prados de la ribera.
En
aquellas llanuras, bajo su cuerpo, agitada, bonita, dócil…
Pasional.
Era apasionada.
Él
conocía bien a Marta.
En
aquella época era una chica emocional, vehemente, sensible.
—Marta
—dijo de modo raro—. Ha habido otros hombres, ¿verdad?
—Y
sigues pensando que tienes derecho a preguntarlo.
—No.
No lo tengo. Sé que no debo tenerlo —era sincero—, pero de repente siento, y lo
siento profundamente, que deseo saber, ti como si sintiera dentro de mí una
mordedura —miraba al frente como si hablase solo; como si ella no le estuviera
escuchando—. Sentía que la vida te hubiese azotado. Te hubiese enseñado lo que
no sabías.
—Me
ha enseñado —dijo Marta secamente—. Pero tú el primero y después… poco me
quedaba que aprender.
—O
sea que he sido un desalmado.
—No
tanto. Pero, para mí, tal vez en aquel instante fuiste un criminal. Pero
aquello pasó —señaló la escuela—. Montones de hombres ignorantes hubieran sido
más considerados que tú, que no eras ningún ignorante. Cuando te conocí, no
sabía ni lo que era la vida ni lo que era el hombre ni lo que era un goce
físico. Después, de súbito, lo supe todo a la vez y sentí pena.
—Marta,
eso es un reproche.
—No
lo sé. Si tú al verme a mí sentiste que renacía tu ilusión, yo al verte a ti,
siento que renace mi pena. ¿Qué más quieres? ¿Puedo evitar yo eso? ¿Puede
evitarlo alguien? Lo siento. David. Tengo que dejarte. Mi deber me espera ahí y
ahí sí que hay hombres ignorantes que en su afán de cultivarse acuden a la
escuela después del trabajo de todo un día.
Los
dedos de David, súbitamente, aferra ron los dedos femeninos.
Estaban
fríos.
Helados.
—Marta
—apretó aquellos dedos, hasta hacerle daño—, de repente siento que despierta en
mí una rabia loca, hacia mí mismo, hacia ese vacío de siete años, hacia esa
laguna que no sé cómo has llenado tú.
—Como
tú seguro —y rescató sus dedos—. No soy una prostituta, por supuesto. No
practico el amor sólo por deseo físico. Pero si una persona me gusta y siento
afecto hacia ella y esa persona me demuestra sentirlo hacia mí…
—¡Marta!
—Lo
siento, David. ¿No quieres saber? ¿No me has adiestrado en una vida que
desconocía? ¿No te has ido, y has escrito unas cartas que no decían nada para
un futuro en común? ¿No has dejado de enviar esas cartas? No pensarás que el
mundo se acabó para mí en el momento que tú dejaste de usar la pluma para
dirigirte a mí. ¿Quién eres para hacerme reproches?
Logró
librarse de la tenaza que la sujetaba y con sonrisa atenta, afable, se despidió
ante la muda y estática figura de David.
—Eres
muy dura.
—No
lo soy sólo para ti, David. También lo soy para mí misma.
Y
desapareció.
—Pero…
—susurró Martina, algo cortada ante la muda figura de David en la puerta de la
casa—, tú has vuelto. ¿Dónde ha quedado Marta?
David,
como un autómata, entró en la casa sin que Martina le invitara. Puso los dedos
en la cara rugosa de la anciana y después, automáticamente, se quitó el loden y
lo colgó en el perchero.
—Está
en la escuela —dijo—. Yo sentí… sentí… —sacudió la cabeza—. Te voy a parecer un
tonto, Martina.
—¿Si?
—preguntó la anciana yendo tras él hacia el saloncito—. ¿Por qué me puedes
parecer tonto?
—No
lo sé exactamente, Martina. De repente, siento la ansiedad de una sonrisa
amiga. De una persona que me disculpe. Yo sé que… Estoy desorientado. A mí
mismo me parezco absurdo.
—Siéntate.
Si quieres tomar algo… ¿Te preparo café?
—¿A
qué hora sale Marta de esas clases nocturnas?
—A
las once en punto.
David
cayó sentado en un sillón, se hundió en él como si se perdiera en un muelle
asiento.
—Volveré
después a buscarla.
—Marta
siempre viene sola.
—Ya
sé que Marta es valiente, ya sé que no se pierde —dijo, impaciente—, pero yo
iré. Tengo con ella una conversación pendiente —alzó la cabeza y miró fijamente
a la anciana—. ¿Sabes, Martina? Me llegó la hora de casarme y siento que me
gustaría desposar a Marta. Es una tontería, ¿verdad?
—Yo
no soy Marta, David. No lo sé.
—Pero
la conoces.
—No
siempre —rió Martina, aturdida—. Unas veces creo conocerla y, otras veces, creo
que no la conozco en absoluto.
—Era
distinta.
Lo
dijo de una forma rara.
Algo
cortante.
Martina
inclinó su débil figura hacia él.
—David,
no pensarás que los años pasan en vano; que no dejan huella al pasar. Que la
gente se estaciona física y moralmente, ¿verdad?
—A
ti te lo puedo decir —murmuró David con cierto dejo amargo—. No me di cuenta
del daño que había hecho, hasta encontrarme con Marta de nuevo. Puede parecer
tonto o considerárseme un inconsciente. Creo que tengo de ambas cosas. De
súbito, al ver a Marta, todo despierta, todo se recrudece, y me doy cuenta de
que he sido absurdo. Y también puedo decirle sinceramente que no recordé a
Marta más que a ratos y eso, al principio de haberle dejado de escribir.
Después no. Si existía, era en mi subconsciente y ahora irte doy cuenta de que
siempre la tuve prendida ahí. Que no me satisfacía ninguna mujer, porque sin
darme cuenta yo buscaba la reproducción de Marta. ¿Entiendes eso?
—No.
—Yo
tampoco —miró el reloj—. Dime, Martina, ¿viaja mucho Marta?
—En
vacaciones.
—¿Te
lleva?
—No.
—¿Va
sola?
—¿Adónde
vas a parar, David?
No
lo sabía.
Era
como si, dentro de sí le mordiera un gusano venenoso.
Como
si el deseo de saber fuera más fuerte que su cordura de ignorarlo.
—¿Y
ese Germán?
Marina
dio un salto.
—¿Te
habló Marta de él?
David
se mordió los labios.
—No…
Claro que no. Lo oí…, por ahí.
—¿Por
ahí?
David,
nervioso, se puso en pie.
—Iré
a buscar a Marta.
—David…,
¿qué cosa te dijeron por… «ahí»?
—Nada.
No tiene importancia. Pero dime, dime tú… ¿ama Marta a ese Germán?
—No
lo sé. Yo nunca sé lo que siente Marta por un hombre. David. Sé lo que siente
por ti. Sé las veces que oculté a su padre sus escapadas contigo. No sé hasta
dónde llegó vuestro amor y vuestra forma de manifestároslo mutuamente, pero me
temo que… ha llegado lejos, hondo, caló de verdad. Tu pecado fue peor aún.
David, ¿o es que nunca has pensado en ello, hasta ahora? ¿Qué clase de mujer
creíste tú que era Marta cuando la amabas o decías amarla?
—Calla.
Martina.
—¿Verdad
que acierta David? No preguntes —dijo la mujer con dura voz—. No trates de
indagar. Marta fue y es lo que quiso y quiere ser. Tú puedes hacer otro tanto.
¿Quieres un consejo, David? Márchate por dónde has venido. Si has venido por
casualidad olvídate de esa jugarreta que te jugó el destino. Y si has venido
sabiendo a lo que venias, gira sobre tus pasos porque creo que nada de lo que
buscabas está aquí.
Capítulo
9
Tuvo
miedo de encontrarse con Marta, de nuevo.
Había
que evitarlo y si pretendía defender y amparar su tranquilidad, lo mejor era
poner tierra por medio. Por eso regresó a Madrid.
Y
por eso estaba allí, al día siguiente, bien de mañana, antes de que su cuñado
Ernesto abriera su consulta. La enfermera le miró asombrada.
—¿Viene
en calidad de enfermo, don David?
—No
—rió David, algo aturdido—. Pero pretendo hablar con mi cuñado antes de que
empiece a recibir a sus clientes.
—Ahora
mismo, el doctor está en la Seguridad Social. No vendrá en media hora. Si aun
así desea esperarle…
—Lo
esperaré.
Y se
perdió hacia el despacho de su cuñado.
No
había ido a ver a Elvira.
Había
cosas que Elvira nunca entendería. Al fin y al cabo, era mujer y, por otra
parte, seria duro oírle decir lo que él sentía en aquellos momentos. En cambio
Ernesto si podía oírle e incluso aconsejarle.
Nunca
pensó que el anuncio puesto en el periódico trajera para él tanta cola, tanta
añoranza…
Sabía
que había puesto una laguna por medio, pero una laguna corta, de horas, de
días. Sabría que pronto tendría que volver a aquel pueblo y ver a Marta y
añorarla con ansiedad, tal como era antes y no porque ahora le pareciera peor.
Al contrario, le parecía mejor, más madura, más completa, más capaz de
corresponder a una pasión fuerte como él sentía.
—¡Caramba,
tú aquí…!
Dejó
de pensar y se puso en pie.
—Ya
pensé que te quedabas en la Seguridad Social.
—Tengo
aquí mis propios clientes —y riendo, mirándolo de arriba abajo—. Oye, ¿qué tal
te fue por ese pueblo? Elvira me contó lo que te pasaba.
—Vaya
casualidad, ¿eh? —se rió de sí mismo.
—Mucha,
sí. La vida suele jugar esas malas pasadas. Dime… ¡pero siéntate, hombre! Me
gusta lodo lo que te pasa, me da risa y me da pena. Dime, dime, ¿ha accedido
Marta al matrimonio?
—Si
lo tomas a burla, me largo.
—Te
digo que te sientes —Ernesto se ponía serio—. No me burlo. Es que me produce
una serie de curiosidades algo malsanas. ¿Cómo la has encontrado? ¿La has visto
siquiera?
Le
refirió todo lo ocurrido.
Ernesto
parecía aún más grave.
Miraba
a David y luego juntaba las cejas.
—O
sea que es la misma chica de antes, sólo que con siete años más.
—Muchos
más que siete. Pero sigue hermosa. Es más, puedo asegurarte que infinitamente
más hermosa que antes. Desenvuelta, arrogante… —pasó los dedos por el pelo—.
Ernesto, me ocurre algo terrible.
—Que
ya ha dejado de ser un juego, ¿no?
—Lo
ha dejado de ser. Es… una necesidad ferviente. ¿Puede eso ocurrir?
—¿A
quién se lo preguntas? ¿Al médico o al amigo?
—¡Mierda!,
a los dos, claro está. No me tomes el pelo.
—No
suelo jugar con los sentimientos de los demás. Dime, ¿qué más cosas?
—Si
te parecen pocas… Volveré allí. He venido… No sé si para hablar contigo, o si
para saber de qué forma necesito a Marta.
—David,
¿me dejas hurgar en tu pasado? ¿En vuestro pasado?
David
sintió que, a su pesar, se le coloreaban las mejillas. Y recordó la frase de
Marta: «Has sido como un criminal.»
Lo
había sido, sí.
Pero…,
¿tuvo él toda la culpa?
—David,
te hice una pregunta.
—No
me la has hecho aún. Puedes hacerla.
—¿Hasta
qué punto entraste tú en la vida intima de Marta?
—Tanto
como tú pudiste entrar en la de Elvira.
Ernesto
se tensó.
—Y
eras su primer amor —dijo roncamente.
David
asintió.
—Y
lo has olvidado así…, ¿qué fuiste? ¿Un inconsciente, un loco o un malvado?
—Eso
es lo que me pregunto, ahora. Pero… ¿qué pasó en la vida de Marta, después de
dejarla yo?
Ernesto
se inclinó hacia adelante.
Miró
a David sin pestañear.
Después
dijo, bajo, de una forma acusadora:
—No
soy nadie para hacer reproches, pero si yo fuese Marta…, haría lo que me diera
la gana de hacer, lo que tuviera gana de hacer, ¿entiendes, David? Si te vas a
hacer esas preguntas, más vale que dejes de ver a Marta… Es un ser humano, ¿no?
No pensarás que has hecho tuya una piedra Y al fin y al cabo, tú sabrás mejor
que nadie si lo era.
—No
lo era —dijo David a punto de estallar.
—Pues
entonces, si quieres a Marta de veras, mira hacia adelante y olvídate de la
laguna de esos siete años.
—¿Estás
loco?
—No,
a mí me parece que lo estás tú. O sea, que tú te olvidas de ella y, después de
siete años, pretendes hurgar en su vida y verla inmaculada. Pero si tú ya le
habías hecho perder la inocencia, si tú le abriste un camino, si tú…, te
olvidaste de su edad, de su ingenuidad. ¿Qué cacho de hombre eres tú, David?
—¿Le
perdonarías tú a Elvira?
—¿Quieres
callarte? Yo fui más honesto que tú. Para tener a Elvira me casé con ella.
¿Está claro? ¿Ves la diferencia?
—¿O
sea que yo soy lo que Marta ha dicho, un criminal?
—No
sé lo que ella habrá dicho que fuiste, pero todo lo que te haya dicho, a mi
modo de ver, es poco.
—He
venido a buscar un consuelo, un buen consejo —dijo David, desalentado—, y te
encuentro hecho una furia.
—Una
furia humana, con una humana furia. Lógico, ¿no? Ya veo que yo he sido un
hombre honrado David. ¿Quién crees que tiene la culpa de que muchas mujeres
dejen de ser honestas? Nosotros, los hombres. No le des más vuelta de hoja.
Tratamos a las mujeres como objetos, y no pensamos que son seres humanos,
emotivos, sensibles, débiles…
David
no respondió en seguida.
Se
diría, viéndolo allí apoltronado, como perdido en el sofá, que más que un ser
humano era una cosa.
—¿Te
quieres callar de una vez? —gritó, al fin.
—Es
que si me callo, no te digo todo lo que pienso. Es decir, tú haces de Marta tu
novia amante. Disfrutas de ella. La conoces cuando es una niña y ahora, después
de haberla dejado, te inquieta, te encela te descompone pensar que otros
hombres tocaron lo que tú tocaste y besaron la boca que tú enseñaste a besar,
David, que no estamos en la Edad de Piedra, que no somos seres incivilizados.
¿O es que tú sigues viviendo en el año catapúm?
—¿Quieres
callarte de una puñetera vez, Ernesto?
—Si
no puedo, hombre: si yo tengo hoy la tensión más alta que mis clientes. Si es
que me sacas de quicio. Yo puedo pedir a mi mujer honestidad y fidelidad. Pero…
¿cómo te atreves ni siquiera a nombrarla tú?
—Bueno
—cortó David, poniéndose en píe—. Empieza con tu trabajo y olvida este asunto.
No volveré a ver a Marta, y aquí se acabó todo.
Ernesto
se plantó delante de él.
—La
volverás a ver. Ya no eres el niño de ames y le roe las entrañas saber que ella
te haya olvidado, para cambiarte por otro. David, amigo mío, querido cuñado,
has encontrado la horma de tu zapato. Has escupido al cielo y el escupitajo te
cayó a ti en plena cara. Has jugado a buscar mujer, como si en vez de
convertirse un día en madre de tus hijos, fuera un florero. Pues, ¡hala, hala!,
a buscar el florero sin el cual, me parece, ya no vas a poder vivir… ¿No te das
cuenta? Antes cuando pensabas que querías a Marta, sólo la hacías tuya. De
súbito pasan los años y tú sin darte cuenta, buscabas a la misma mujer en todas
las mujeres, buscabas a la chiquilla inocentita que creía en tus mentiras…
—¿Qué
más cosas quieres decirme?
—¿Decirte?
¡Dios santo, muchacho!, muchas podría añadir. Pero se me antoja que tienes
bastante con el bárbaro deseo que te inspira Marta, una chica que puede ser de
media docena de hombres, antes que darte a ti el placer de ser tuya una sola
vez. ¿Qué tal?
—¡Vete
al carajo!
—Una
salida estúpida y de mal gusto, querido David. ¡Chao, muchacho! Cuando hayas
echado de ti el trauma, me lo dices, y si quieres visitar a un psicoanalista,
yo te acompañaré.
—O
sea, que para ti yo soy un loco.
—Aún
no. La verdad es que en este momento te considero más cuerdo que nunca.
Pero
existe esa ansiedad, esa duda y ese temor… ¿No es todo consecuencia de lo que
tú has dejado atrás como un lastre inservible? Yo no soy un sinvergüenza.
David, ni un sádico, ni un progre pero soy un ser humano y me gusta juzgar las
cosas con toda la humanidad posible. Hasta ahora Marta fue para ti un pasado,
un pasado en el cual has pensado sólo de tarde en tarde y sin ningún
arrepentimiento. Pero todo aquello se viene ahora contra ti. Y tú ya has
aprendido mucho. Ya no eres el hijo vago del médico. Sólo eres un hombre y como
hombre sientes.
Te
vas a hacer más pequeño ante ti mismo. Hombres como tú. hay muchos, pero la
mayoría tienen la suerte de olvidar. Tú no debes de ser tan ruin, porque
afloraste a la primera mujer que tal vez has tenido y la única que de verdad
has querido.
—No
era la primera —gritó David, furioso.
—Pero
si era la mejor, ¿qué más da?
—O
sea, que crees que voy a volver a ella. Que no soy capaz de olvidar lo que
recordé en un día y tuve olvidado siete años.
Ernesto
se echó a reír.
—Te
digo que no la vuelvo a ver —aseguró David.
—Ya
me lo repetirás mañana.
David
salió de allí, dando un portazo. La enfermera enarcó una ceja y nunca supo por
qué encontró al doctor riendo aún.
Capítulo
10
Se
fue a su oficina y se enfrentó con sus empleados. Riñó con todos, puso cosas en
orden y, cuando menos lo esperaba él mismo, se encontró diciendo:
—Atienda
bien esto. Manolo, que me voy de viaje ý no sé cuándo volveré.
Y
así sin darse cuenta, se encontró metido en su auto camino del pueblo donde
vivía Marta.
¿Era
absurdo?
¿Tanto
había calado en él lo dicho por su cuñado?
Claro
que no.
Necesitaba
ir, eso era todo.
Lo
necesitaba como la vida. Ernesto sabía más de la vida humana, de los deseos de
la vida, de las necesidades y los dolores que cualquier otro hombre profano en
la materia de la medicina y del alma.
Para
Ernesto todo iba unido.
El
alma y el cuerpo.
Ernesto
era un hombre honrado. Un médico cabal. Todo un hombre, sano de espíritu y de
cuerpo.
El,
en cambio… ¿El, qué? Nunca se consideró malo ni ruin ni malvado.
Él
era un tipo tranquilo.
Vivió
la vida y nunca se detuvo a pensar en las consecuencias.
Y
allí estaba, quisiera o no, en mitad de la carretera que, salvo el primer día
que fue y el regreso del día anterior, no había recorrido nunca.
Al
atardecer llegó al pueblo y se fue a la fonda donde había dormido el día
anterior. No visitó al farmacéutico, que dicho de paso era un botarate, y su
hijo un inútil, y aún no comprendía por qué las gentes del pueblo no estaban
muertas con sus potingues, porque, lo que es de farmacia, el pobre boticario
sabía ya poco.
No
necesitaba buscar pretextos para estarse en el pueblo. Su objetivo era Marta y
nada más. Y no era preciso engañarse a sí mismo para considerarlo así y saberlo
así y admitirlo así.
Por
eso una vez aseado, se fue directamente a la escuela. Suponía que Marta aún no
habría salido y, que a pie, hacia mejor el camino hasta la escuela, porque al
regreso acompañaría a Marta y le sería más fácil abordar el tema.
Pero…
¿qué tema? ¿Acaso tenía algún tema objetivo?
Al
llegar junto a la escuela vio que los niños salían corriendo. El sol se metía
ya, y unas nubes oscuras parecían dar al césped un color ceniciento.
David
giró hacia un lado para que la avalancha de niños no lo derribara, así salían
de eufóricos, gritando.
Fue
cuando vio al hijo del boticario.
Estaba
sentado en el primer escalón, que, del patio, conducía al interior de la
escuela. Tenía las piernas algo separadas y entre las rodillas un bastoncito de
avellano. Daba golpecitos en el cemento y parecía esperar pacientemente.
Era
un tipo aún joven. David le calculó unos treinta años, si llegaba a ellos.
Rubio, de pelo algo crespo, ojos azules, largo y delgado.
Vestía
una camisa a cuadros bajo una cazadora de piel marrón y unos pantalones
vaqueros sin más.
Retrocedió
hacia unos arbustos y esperó, apostado como un ladrón. Se miró a sí mismo. Y se
preguntó si seguía siendo el David desocupado que burlaba la vigilancia del
maestro para perderse con su hija, por picos y prados. O era un hombre con
todas las de la ley, una situación económica estable, una personalidad
definida, o un pobre ente jugando a jovenzuelo.
Sintió
rabia de no ser nada de aquello. De ser un hombre y comportarse como un niño. Y
se preguntó si Marta podía significar tanto en su vida como para inquietarlo
así. Y se preguntó también, por qué no regresaba a Madrid y se casaba, de una
maldita vez, con cualquiera de las amigas de su hermana.
Pero
seguía allí.
Desde
allí vio salir a Marta y reunirse con el macaco del hijo del boticario, el
cual, al asomar Marta, se puso en pie, recogió con sus manos la cartera de piel
que ella portaba y los dos tranquila y sencillamente, después de cerrar Marta
la puerta de la escuela, se fueron camino del pueblo.
Para
él aquella visión le produjo como una mordedura en las entrañas.
¿Qué
relación tenía aquel hombre con la vida intima de Marta?
¿Alguna?
¿Ninguna?
Imaginó
a Marta en los brazos de Germán. Un Germán con mil caras diferentes, y le
produjo tal trauma que hubo de asirse a los arbustos.
Cuando
se dio cuenta, caminaba por el sendero que conducta al pueblo con el puñado de
hierbas de espinos entre los dedos.
¿Qué
le pasaba a él?
¿Cómo
podía ser él tan débil que estaba de nuevo allí?
¿Qué
buscaba? ¿Acaso la redención de sus muchos pecados o una pureza que ya no iba a
existir, ni en él, ni en Marta?
Cuando
quiso darse cuenta, se hallaba ante el chalecito de la maestra y no dudó en
empujar la verja y deslizarse por el pequeño jardín.
Iba
a pulsar el timbre, cuando apareció Martina ante la puerta.
—Te
vi llegar —dijo—. Pasa, pasa. Pensé que te habías ido. Le pregunté a Marta por
ti esta mañana y me dijo que ni te había visto a ti, ni a tu auto, ante la
fonda.
—Es
que fui a Madrid.
—¿Y
ya estás de vuelta? Pasa, no te quedes ahí parado.
Cruzó
el umbral y maquinalmente se quitó el loden verde. Él mismo lo colgó en el
perchero. Quedó enfundado en el clásico traje gris y la camisa blanca con
corbata. In mente se comparó a Germán y se pareció un hombre pasado de moda.
Sin
darse cuenta, él no había avanzado en indumentaria y tal vez por eso. también
se estacionó su cerebro y si bien vivía el ambiente no había entrado de lleno
en él.
—Pareces
alelado, David. ¿Te ocurre algo?
—No.
no —sacudió la cabeza y avanzó por el pasillo hacia el saloncito—. ¿Y María?
¿No ha… vuelto aún de la escuela?
—Como
hoy no tiene clase nocturna, tal vez se haya ido al cine.
A
espaldas de Martina, David cerró los ojos. Imaginó a Marta en la oscuridad del
cine. La mano de Germán tocándola.
Fue
como si le propinaran un puñetazo.
—¿Suele
ir? —se encontró preguntando.
Martina
en vez de responder, dio la vuelta en torno a él.
Le
miró a los ojos.
—David,
parece que te pasa algo. ¿Puedo ayudarte?
—¿Me
ayudarías, Martina?
—Supongo
que sí, si es que puedo.
—Haces
más que yo.
—¿Qué
dices? ¿Qué quieres decir?
—Nada…
Hablaba solo. ¿Puedo sentarme, Martina?
—Claro,
hombre. Te serviré un whisky.
—No
te molestes. Martina.
Martina
se sentó, de golpe. Retiró un poco el delantal blanco que rodeaba su vestido
negro y miró de nuevo a David con cierta conmiseración.
—David
—susurró—. Me parece que pierdes el tiempo. ¿Por qué no te vas? ¿Por qué no
olvidas el camino de este pueblo?
No
respondió, en seguida. Se diría que reflexionaba la respuesta. Pero no era así.
Su respuesta estaba reflexionada. Y no por él sino por la fuerza en que
«aquello», sus sentimientos por Marta, era ya superior a su propia voluntad.
—Eso
es imposible —dijo. Su parquedad animó a Martina.
—Ella
no tiene una meta en el matrimonio, David. Te lo digo porque la conozco. No
creas que tuviste tú toda la culpa; mucha sí, pero no es hora de hacer
reproches. Yo soy de las que digo, tal vez por mis años y mi experiencia, que
las cosas son como son y es inútil perfeccionarlas o destruirlas. Se presentan
así y así hay que tomarlas. Marta se habituó a su libertad. A su vida, a su
modo de hacer. Da clases a los niños y en vacaciones, por pequeñas que sean, se
va. Ya ves, ahora mismo tiene ya preparado en estas Navidades un viaje a Roma.
—¿Sola?
—David,
¿otra vez?
David
se levantó.
Dio
unos pasos nervioso por el saloncito. Tenía aún alguna hierba en las uñas. Las
sacó con rabia.
—Dirás
que soy imbécil.
—Yo
no digo nada nunca, David, salvo si me preguntan.
—Yo
te pregunto. ¿Me crees imbécil?
—No.
Sólo que a tu edad las pasiones son más fuertes. Más tensas. Yo no sé si haces
bien en quedarte. Creo que no. No es porque yo considere que Marta te odia. Ni
te odia ni te ama, entiendo yo, y eso sí que es peor que si te odiara.
¿Entiendes la diferencia?
—¿Ama
a otro? ¿A ese chico de la farmacia?
—Marta
siempre prefirió la amistad masculina que la femenina. Siempre le he oído decir
que el hombre ofrece una más leal amistad que la mujer. Eso es todo, David.
Puede ser Germán, como puede ser cualquier otro hombre. A decir verdad sólo le
he conocido una amiga desde que tú la dejaste.
—¿Cómo
puede vivir Marta sin el amor de un hombre?
—¡Qué
cosas tienes. David! ¿Cómo puede una monja vivir en un convento? No pensarás
que, por fuerza, la mujer para subsistir necesita la compañía de un hombre.
—No
es eso. Martina, ¡maldita sea!, no es eso. Yo digo que una mujer joven,
hermosa, inteligente, culta, sin el amor de un hombre…, ¿por qué?
—¿Y
qué sé yo si Marta vive, o no, sin amor?
—Es
verdad, Martina, ¡qué sabes tú! —aliso los cabellos con ademán maquinal—. Yo
quiero a Marta, ¿sabes? No me preguntes si nunca la olvidé. De eso hablamos tú
y yo el otro día. Tus años te conceden el don de la respuesta, de escucharme,
de saber si soy un idiota, un iluso o un farsante. Yo no sé lo que soy,
Martina, te lo aseguro, no quisiera estar aquí —dio una patada en el suelo—,
pero estoy. ¿Sabes por qué? Yo buscaba una esposa. La estaba buscando ahora. A
mi edad, un hombre debe estar casado. Mi hermana Elvira tiene su vida. Sus
hijas, su marido. Te recibe, claro que con la sonrisa en los labios, pero mil
veces piensa que no tiene ganas de reír y que ríe para que tú, que la visitas,
pienses que te complace su sonrisa. ¿Entiendes eso? Por eso buscaba esposa.
Porque me había cansado de estar solo y de repente me encuentro con Marta. Yo
no sé por qué te cuento esto. Será porque hace diez años nos ayudabas a escapar
a escondidas del maestro. ¿Recuerdas?
—Lo
recuerdo, David, y siento algo de miedo. Dime, ¿habré estado en mis cabales, al
ocultarle al padre de Marta vuestras escapadas por el bosque? ¿No habré sido yo
con mi inconsciencia y mi amor a los dos, quien fomentó un dolor para Marta?
Porque Marta lloró cuando tú la dejaste, David. Yo la vi mil veces con la
frente pegada al cristal, esperando al cartero, con su bicicleta, seguía camino
adelante sin dejar nada en el buzón. ¿Entiendes, hijo? Después, poco a poco, la
vi dejar de llorar y luego de sonreír y cuando falleció su padre y ella empezó
en su peregrinar de escuela en escuela…, me dio mucha rabia de ti. Dime David,
ahora que sabes que Marta recorrió tantas escuelas, ¿por qué no le dices,
aunque sea mentira, que la buscaste mil veces?
Había
un tremendo patetismo en los ojos de la anciana. Pero David, por primera vez en
su vida consciente, empezaba a ser honesto consigo mismo.
—No
puedo mentir —dijo, casi a gritos—. No puedo. Sería como arrancar de cuajo la
verdad que ahora siento. ¿No comprendes tú, Martina?
—Entonces…,
¿por qué no te vas, David? Vete, hombre. Olvídate de esa carretera que conduce
a este pueblo. Yo creo que le harás a Marta más bien, que si te quedas.
Se
oyó un ruido en la puerta.
Y,
en seguida, la voz suave de Marta preguntando:
—¿Estás
ahí, Martina?
—Sí,
sí —dijo Martina sin dejar de mirar a David—, estoy aquí. Marta.
Capítulo
11
No
entró en seguida.
David
la imaginó quitándose el abrigo. Y la imaginó con aquella expresión suya
inmóvil. No había vivacidad en sus ojos, como antes. Eran, tal vez, unos ojos
más bellos por la madurez que denotaban, pero no brillaban confiados como
antes.
—Está
aquí David —le oyó decir a Martina.
Fue
cuando ella apareció.
Gentil.
Esbelta.
Una
mordedura en los labios. Una expresión quieta en los ojos. Una suave
palpitación en los senos que se apreciaban bajo la blusa.
—¡Ah!
—dijo—, estás aquí… —alargaba su fina mano. Su mano expresiva. Su mano tan
humana, tan viva. David la oprimió entre las suyas: pero ella la rescató al
instante, diciendo, a la vez, como al descuido—: Creí que te habías ido…
—He
vuelto.
—¡Ah!
Sólo
eso.
—¿Estarás
aquí por mucho tiempo? —preguntó con la misma simplicidad.
—No
lo sé —respondió David.
Martina
les interrumpió diciendo:
—Prepararé
la comida —y mirando a Marta, algo suplicante—: Si no te parece mal, invito a David.
Otra
vez apoyando los encuentros.
Otra
vez Martina cometiendo la insensatez de apoyar a un hombre que nunca lo
mereció.
Pero
no dijo lo que pensaba.
Ya
no era la niña de entonces.
Sabía
lo que quería.
Cuándo
lo quería y cómo debía quererlo.
Ya
nadie iba a engañarla.
—Puedes
invitarle, si él lo desea.
David
pensó que debía negarse.
Que
debiera irse.
Pero
se encontró diciendo:
—Acepto…
vuestra invitación.
—La
de Martina —rió Marta, divertida.
Pero
la situación no le divertía nada.
En absoluto.
Martina,
feliz, se fue hacia la cocina cerrando la puerta. Y ella miró a David desde su
rincón de la chimenea.
—La
pobre Martina piensa que todo vuelve atrás.
Lo
dijo con cierto desdén.
David
prefirió decir a su vez: —Fui a esperarte a la escuela.
Ella
alzó una ceja.
—¿Si?
Su
voz tenía un matiz sarcástico.
—Sí,
sí, fui. Salías con Germán, el de la farmacia.
—¡Ah!
—Es
tu novio.
No
preguntaba.
Afirmaba
más bien.
—Pues
no. Es un amigo.
—Con
el que te ves todos los días.
Lo
miró entre severa y censora.
—Cuando
quiero y como quiero, David.
El
aludido se puso en pie.
Tenía,
entre los dedos, el vaso vacio.
Lo
dejó en la mesa y la miró fijamente.
—Sabes
que eso duele.
—Ah…,
¿sí?
—Marta…,
vengo a casarme contigo.
Marta
sintió que un temblor la sacudía.
Pero
nadie lo hubiera dicho.
—Marta,
no te busqué. No quiero mentirle. Casi no te recordé en estos años, pero, sin
duda, en cada mujer que hacía mía buscaba la comparación, la muchacha que tú
habías sido para mí.
También
María se levantó.
Tenía
una mano caída a lo largo del cuerpo.
La
otra se crispaba en el borde del sofá.
—Prefiero
hablar de otra cosa —dijo—. ¡Lo prefiero!
Su
voz tenía una vibración rara. Contenida.
David
dio dos pasos al frente. Era más alto que ella. La dominaba. La miró así, casi
cuerpo a cuerpo.
Pero
ella no se retiró.
Sabía
mucho más que siete años antes. Eso era obvio. Y por lo visto en aquel instante
se gozaba en ver a David crispado, apasionado, tal vez sincero.
—David
—dijo, y su aliento rozó el rostro masculino—, te digo que prefiero hablar de
otra cosa.
Fue
cuando David levantó una mano y la asió por un brazo.
La
pegó a él.
Marta
no se separó, pero su cara cayó un poco hacia atrás.
No
había en su ademán, ni coquetería, ni deseo de incitación.
Pero
sin darse cuerna coqueteaba, incitaba.
Y
David no era de los que soportaban ciertas cosas.
Fue
brusco, casi brutal.
Levantó
el otro brazo.
Así
la cerró en su cuerpo sintiéndola palpitar toda, entre sus músculos.
Le
buscó la boca.
No
con ira, entonces.
Ya
no.
Con
una ansiedad extraña. Como si quisiera tomar para si lo que tuvo abandonado en
siete años.
Le
abrió la boca con la suya.
Fue
así todo.
Así
de simple.
Así
de extraño.
La
besó mucho sin que ella se alejara.
Sintió
aquellos labios cálidos, diluidos en los suyos y después, rabioso, imaginándola
así en miles de brazos masculinos, la soltó. La miró despavorido.
—Cuántas
veces lo habrás hecho —dijo.
Su
voz era tan ronca como de ira tenía su mirada.
Marta
alisó el cabello. Sus senos, bajo la blusa, oscilaban, pero no había en su
semblante ni un reproche, ni calor, ni ansiedad.
Era
la cara más inexpresiva del mundo.
—Así
con todos —volvió a decir él.
—¿A
qué vienes? ¿Si lo sabes, a qué vienes? ¿Por qué vuelves?
David
dio una patada en el suelo.
Giró
después sobre sí.
De
espaldas a ella, que pasaba la mano por el cabello, maquinalmente la voz de
David sonaba muy ronca.
Era
como si algo se desgarrara dentro:
—No
sé por qué vuelvo. O si, lo sé. ¡Pero qué más da! Vuelvo a recoger las migajas
que yo dejé. Venía a buscar tu ternura la de antes. No tu pasión ni tu miseria.
No tengo derecho a reprocharte nada. ¡Nada! Lo sé —volvía a mirarla. Su
semblante se crispaba y su voz se apaciguaba con amargura—. Te necesito. Es
doloroso llegar a estas conclusiones —y furioso consigo mismo y con ella—: Pero
debo de tener algo de dignidad aún. Sin duda te hice daño, pero tú te cobras
con creces el que yo te haya hecho.
—No
te he buscado. David.
—Tu
voz lasa, tu acento suave me saca de quicio. Marta. ¿Es que aún no lo has
entendido? ¿Es que no sabes aún que te quiero? Que no deseo quererte y sin
embargo te quiero y te necesito y te deseo y daría la mitad de mi vida por
hacerte mía. Pero no esperaba encontrarme con lo que eres ahora…
Marta
no contestó en seguida.
Se
inclinó sobre la chimenea.
Removió,
con las tenazas, las rojas cenizas.
Fue
cuando él se acercó y se inclinó sobre la figura inclinada. El cabello dejaba
al descubierto parte de la nuca. La besó allí.
Fue
cuando Marta dio un salto.
Cuando
la afinidad del pasado se convertía en presente.
Su
punto flaco.
Él
lo conocía.
Sabía
cómo vencerla, cómo dominarla.
—¡No
lo hagas más! —gritó Marta.
Y
fue cuando se vio en ella una señal de vida, de vida de aquel pasado que sin
querer, o queriendo, él había tentado para hacer presente.
La
vio palpitar.
Oscilar
sus senos.
Como
si una indoblegable emoción la embargara. Por eso fue tras ella cuando se
acercó a la puerta.
—Martina
—le oyó decir con voz apaciguada—. ¿Vienes luego?
La
voz de Martina respondió, desde la cocina:
—Unos
segundos Marta. Estoy terminando.
—Si
quieres que te ayude…
Él
estaba tras ella. La asió por un brazo y sintió que Marta quedaba tensa.
Inmóvil, pero sin volver la cara hacia él.
—No
trates de huir de lo que está tan cerca de ti, Marta.
La
respuesta de Marta fue muda.
Rescató
su brazo, caminó unos pasos por el saloncito, buscó en una caja de cigarrillos
y de espaldas aún, encendió uno.
—Supongo
—dijo, como si todo lo ocurrido careciera de importancia—, que no vendrás mucho
por estos pueblos. Casi todo el mundo pertenece a la Seguridad Social de la
Agricultura y los pedidos vienen directamente de la capital.
De
él.
Precisamente
sus viajantes eran los que servían los pedidos.
Pero
no era el momento para aclarar la cuestión.
—No
me quejo —dijo, evasivo—. Dime, Marta, descubramos nuestra cara, nuestro
espíritu, nuestra verdad que existe, tiene que existir.
—Yo
no sé —le atajó ella—, qué cosa puede existir en ti. En mi, no cabe duda.
—¿Duda
de qué?
—De
que existen muchas cosas, pero ninguna ligada a ti. Un pasado… Ya sabes lo que
pienso sobre el particular.
—Admito
que fui un criminal en potencia. Marta.
—¿Es
tu disculpa?
—Es
la verdad para iniciar un futuro.
—¡Futuro!
—rió Marta, desdeñosa—. No es preciso pensar en el futuro. David. Ese futuro
llega, quieras o no. No es preciso ir a por él. Aparece solo.
—No
me interesa tu filosofía.
—Ni
a mi tu cariño tardío.
—Lo
necesitas —dijo con fiereza—. Acabo de saber que… lo necesitas. Y acabo de
saber, también, que ningún hombre te conoció lo bastante, ni tú has tenido
confianza con él como para saber lo que te agrada y complace.
—¡Cállate!
—¿Lo
ves? Meto el dedo en la llaga.
—David,
o cambias de conversación, o te despido sin ninguna consideración. Estoy
cansada. Me gusta la vida fácil, la vida tranquila. Sin complicaciones. Aprendí
a vivirla así y así seguiré viviéndola.
—Buscando
de ella lo que físicamente te agrade.
Le
miró desafiadora.
—¿Puedes
tú reprochármelo?
—No
debiera. Pero me duele. Me rasca en las entrañas. ¿No te parece ridículo? ¿Qué
tipo de hombre soy que me atrevo a pedirte cuentas de un pasado que yo mismo
abandonó? Lo sé, todo lo sé. Pero dejaría de ser hombre si pensara o sintiera
de otra manera.
—Te
digo que calles.
—Las
cosas se callan, pero nadie puede evitar que se piensen.
—David,
te digo…
Martina
entró en ese momento cargada con una bandeja.
—La
cena —dijo.
Capítulo
12
Fue
una comida casi silenciosa.
Martina
hablaba al principio, pero luego dejó de hablar.
Se tomó
el café. Martina fue recogiéndolo todo y ayudada por Marta, los restos de la
comida fueron pasando a la cocina.
Cuando
ella regresó, vio a David en el pasillo, poniéndose el abrigo.
—Adiós,
David.
Él
giró sobre sí.
—Volveré
mañana.
—¿Un
consejo, David?
—Dalo,
si puedes.
—Puedo.
No vuelvas. Puedes hacerte daño, y hacérmelo a mí. Olvídate de todo y márchate.
Tu vida está en otro sitio.
—¿Me
das un consejo porque te conviene a ti que lo escuche, o porque me conviene a
mi?
—Por
los dos. Hubo sentimientos. Existieron. Fuertes y arraigados. Está claro que
fueron así, tanto para ti como para mí. No podemos hacer un drama de un pasado
que ya está lejos. No podemos cimentar un futuro en un montón de dudas. Y así
como yo no te pido cuentas de lo que hayas vivido en esa laguna de siete años,
así considero que yo soy dueña de mi propia laguna. Y aun así, dado y empujado
por tu pasión hacia mí, quisieras entender que la olvidas, yo sí que, en el
fondo, sigues siendo un moro. Yo soy una progresista, tú eres un retrógrado…
¿Entiendes la diferencia actual entre tú y yo? Por eso te doy el consejo.
—¿Y
si te aceptara, con laguna y todo?
—Te
ahogarías en ella al día siguiente de nuestra boda y yo soy tan sincera, y
quiero seguir siéndolo, que podría salvarte de ella. He vivido, y que nadie me
pregunte cómo lo he hecho… Sólo así, David, podrías volver al pasado y esa
forma de volver, a ti no te interesa porque aunque digas que te interesa yo sé
que te engañas a ti mismo y eso a mí mi me convence.
Sin
darse cuenta ninguno de los dos, ambos iban uno hacia el otro. Ella, sin dejar
de hablar. David, sin dejar de escucharla. Los ojos parecían inmovilizárseles
en las órbitas. La voz de Marta era cada vez más tenue, más apagada.
—Sería
—añadía Marta, bajísimo, como si se diera una razón a sí misma—, tanto como
darte lo mejor que aún queda en mi vida. Porque queda. David. Al margen de todo
de lo vivido, de lo que haya apreciado o pudiera apreciar, en esa vida que he
vivido, queda aún mucho de bueno y seria como ofrecerte un regalo que no te
mereces. No sería capaz de hacerte feliz, en pago a la tremenda y bárbara
infelicidad que yo he vivido durante tanto tiempo.
Los
dedos de David, aun sin que él mismo se diera cuenta y sin que Marta casi se
percatara, habían llegado al brazo de la joven. A través de la fina blusa
verdosa, aquellos dedos más que apretar, acariciaban.
Tenían
aquellos dedos como una ansiedad incontenible. Como si, de repente, tuvieran
boca y hablasen, tuvieran sentimientos y palpitasen.
—Nunca
supe que te hiciera tanto daño —susurró David a media voz—. Nunca, Marta, nunca
lo imaginé… Y lo peor es que ahora me doy cuenta, asimismo, que todo el daño
que te hice a ti me lo hice a mí mismo.
Fue
cuando un dedo levantó la barbilla. Los ojos en los ojos. Las miradas Como
paralizadas.
—Marta
—dijo él, bajísimo—. Marta…
La
muchacha vio aquellos labios cerca de los suyos.
Como
antes.
Como
cuando Martina hacia de alcahueta, como cuando papá preguntaba, después:
«¿Dónde has estado…?»
Como
cuando se apostaban detrás de la puerta y se apretaban uno contra otro y se
robaban el aliento de los labios, y los besos casi lastimaban y, a la vez,
producían un goce indescriptible.
Cerró
los ojos.
Fue
en aquel momento que quiso retroceder, huir, ocultarse en el rincón más
abstruso de la casa.
Pero
los dedos de David, acariciantes, temblorosos, le asían el mentón, lo acercaban
a su rostro.
La
besó así.
Plenamente.
Evocativamente.
Hurgó
en sus labios. No supo el tiempo. Supo, tan sólo, que ella cerraba más y más
los ojos y que los dedos de David se aferraban cálidamente a su barbilla y que
la mano libre se deslizaba como antes, como cuando ella era una jovencita y él
apenas sabía de amor: como ladrones buscando el placer del contacto.
Dio
un paso atrás.
Quedó
tensa, jadeante.
Femenina
mil veces dentro de su última rebeldía. De su placer sofocante. De sus
recuerdos.
—¡Márchate!
—dijo.
Y su
voz tenía una vibración honda.
Como
si la vida le fuera en ello. Como si la voz representara la vida, la amargura
toda de aquella vida.
David
no dijo nada.
Sus
ojos la miraban fija y quietamente. Tal se diría que pretendía grabarla en su
retina.
—Todo
es inútil, ¿verdad? —dijo después—. Lo es y no te das cuenta de lo mucho de
destructivo que tiene para los dos este encuentro, este revivir otros momentos.
Para mí, porque siento con más fuerza lo que sentía antes. Para ti, porque ya
no eres la misma y sientes que odias el amor que me tienes.
—¿Te
asombra? —la voz de Marta era casi un gemido—. Di, di, ¿te asombra?
—Me
desquicia.
—Y
aún tienes derecho a decir que te desquicia. ¿Te desquicia mi negación, o el
recuerdo de lo que yo haya hecho durante estos años?
—Marta,
te gozas en humillarme, ¿verdad?
Hubo
otro silencio.
Era
duro todo.
Para
ella, porque volvía a ser presente. Porque tal le parecía que el pasado no
existía y, sin embargo, estaba allí plasmado, fijo, como clavado en la figura
menos esbelta de David, en sus diminutas arrugas, en el cansancio de los ojos,
en aquel rictus amargo de sus labios que se crispaban en las comisuras.
Hasta
los besos eran distintos y, sin embargo, ella los había vivido como si todo
empezara en aquel instante.
Era
ella que no le perdonaba a David, que fuera el mismo. No obstante, de hecho
fuese diferente y su madurez produjera en ella la misma emoción de la antigua
inocencia.
Dio
un paso atrás y quedó con la espalda pegada a la pared.
—Vete.
David —dijo—. Vete, por favor.
—Y
aunque me vaya, me da la sensación de que quedo dentro de ti. dentro de tu
vida, de tus sentimientos.
Marta
fue hacia la puerta, silenciosamente. y la abrió de par en par.
—Una
cosa le quiero decir. Marta, y per dona la crudeza de mis palabras. Los
sentimientos nos unen, de eso no cabe duda. Hemos estado sin vernos siete años,
pero al vernos ahora, es como si no transcurriera ni un minuto. Eso es
terrible, porque la conclusión de que es así, produce en mi más desazón que
miedo. Y una cosa quiero decirte, Marta, es posible que en efecto, me marche y
que no vuelva o que vuelva mañana o pasado, ¡no sé! Y no sé tampoco si un día
no te pediré que me ames, que me aceptes en tu intimidad. Pero sé, a la vez,
que aunque me aceptes no tendría valor para tomarte. O es que mi madurez me ha
purificado, o es que te amo tanto y te necesito tamo, que te tengo miedo.
—Eso
es todo. Yo también estoy segura de que sería así. Pero hay algo que no sabes
aún. No te aceptaría en mi intimidad aunque para mi, ser luya significara la
redención de todos mis grandes o pequeños pecados. No te daría ese goce. David.
Sería… como una revancha a todo lo que he sufrido. Como un recoger la venganza
y recrearme en ella.
—Eres
muy dura.
—No
me culpes a mí de ello.
—Pero,
sin embargo, mis besos le emocionan como si tuvieras diecisiete años.
—Eso
es contra lo que yo lucho.
—¿Y
lo confiesas?
—¿Y
por qué no? ¿Acaso dejo de ser mujer por confesarlo?
—Marta
—la voz de David tenía una rara vibración—, siento como si tu sinceridad me
desgarrara. Eso es lo que más me duele. Que no puedo echarle de mí de mis
sentimientos, de mis necesidades físicas y morales.
—No
te has dado cuenta aún de que ésa y no otra es mi revancha.
Mostraba
la pena.
—Es
decir, que jamás serás mi mujer.
—No
lo seré.
—¿Por
miedo, Marta? ¿Por miedo a mis dudas o por una venganza, que si bien merezco,
no…?
—Por
las dos cosas —le atajó ella.
Y
como David ya estaba en el umbral, cerró la puerta y quedó pegada a la madera.
Oyó
sus pasos.
Lentos.
Podía contarlos. Uno, dos, tres…
Se
iba. Mejor.
Para
los dos, siempre mejor.
—Marta
—decía Martina a media voz, desde el otro extremo del pasillo—. No sé si has
hecho bien.
Lo
había hecho.
Era demasiado
todo aquello.
Demasiado
escarnio. Demasiado evocar lo que nunca volvería a ser como antes.
Demasiado
para ella que necesitaba evadirse, vivir tranquila. Olvidarse de que un día
estuvo a punto de pillar la felicidad entre los dedos.
—Marta…
estás llorando.
No
quería llorar.
Hacía
años que no lloraba. ¿Cuántos? ¿Cinco, dos? ¿Un mes?
—Me
voy a la cama —dijo con voz temblona.
—María,
¿puedo ayudarte en algo?
Nadie
podía ayudarla.
Se
fue a su cuarto y se tiró en el lecho.
Fue
cuando sonó el timbre del teléfono que tenía sobre la mesita de noche.
¿El?
Sus
dedos temblorosos asieron el auricular.
—Diga…
—silencio al otro lado—. Diga… diga…
Capítulo
13
Oía
aquella voz ahogada y sus dedos, en el auricular, se crispaban más y más.
—Diga…
diga… diga…
No
diría nada.
Si
pronunciaba una sola palabra estaba seguro de que ella le asociaría
inmediatamente al hombre del anuncio.
Sería
como delatarse, como demostrarle una vez más, pero burlona y descarnadamente.
que no la recordó ni a la hora de buscar mujer para casarse, puesto que
solicitaba esposa a través de un absurdo anuncio en un periódico.
—Diga…
diga…
David,
sentado en el borde del lecho de aquella fonda, miraba al frente. Tenía el ceño
fruncido, una arruga crispada en las comisuras de sus labios. Y en la mirada,
el apagón súbito de todas sus ilusiones que había deseado, y que poco a poco se
iban muriendo una tras otra.
—Diga…
Colgó.
Quedó
laso. Él buscaba el amor, el placer, el goce de cada día. Y cuando, por fin,
decidió casarse, no se le ocurrió buscarla a ella. Apareció en su vida por
casualidad, por azar; jamás supo que estaba allí hasta que oyó su voz a través
del teléfono. Luego, entonces sí, el recuerdo de Marta existió en él, no fue en
su cerebro concretamente, sino tan sólo en su subconsciente…
De
súbito recordó a la mujer, la amiga de Marta que escribió la carta.
Aceleradamente buscó en los bolsillos de la americana el número de teléfono. La
mujer no tenía por qué saber que él se hallaba en el pueblo. Los teléfonos eran
automáticos. De donde quiera que llamara, podía decir que se hallaba donde le
diera la gana.
No
sabía aún por qué de aquel interés en hablar con la amiga de Marta. ¿Para saber
lo que aquélla no le dijo?
Sería
absurdo.
Sabía
de Marta cuanto se puede saber.
Casi
inconscientemente se puso a marcar el número.
En
seguida oyó la voz.
La
voz de la amiga.
Sí,
era fácil conocer una voz por teléfono, desfigurarla, incluso, pero no para
Marta, si él le hubiese hablado momentos antes.
—Diga…
—Soy
el señor del anuncio.
—¡Oh!
—oyó la exclamación de María—, ¡Oh…!
—¿Por
qué se asusta? ¿O es que sólo se asombra?
—Pues…
—notaba el titubeo femenino. La imaginó joven. Por ahí, como Marta—. Verá,
señor. Lo que yo hice me costó un gran disgusto. Mi mejor amiga es Marta,
¿comprende? Y estuve a punto de perder su amistad.
—Pero
usted abogó por ella.
—Indebidamente,
señor.
—¿Indebidamente?
—Yo
creí que Marta estaba muy sola. Y su anuncio me gustó. No sé. Lo discutimos las
dos… En realidad, fue ella quien vio el anuncio, primero. Quien me lo leyó a
mí. Se reía. Yo pensé que el hombre que pedía esposa, bien podía amar a Marta…
Marta es una mujer joven, bella, culta, sensible. Muy sensible, señor.
¡Que
se lo dijeran a él!
—Pero
ella no quiso saber nada conmigo —dijo en alta voz—. Verá, señora… Yo creo ser
también un hombre sensible. Busco mujer, una esposa honesta que sepa
comprenderme. Ya sé que es una forma algo infantil o si quiere mejor, estúpida,
de buscar esposa. Pero soy hombre de negocios. Tímido, poco habituado a tratar
mujeres. ¿Me comprende?
—Sí,
sí, creo que le comprendo.
—Por
favor, háblele a Marta —no supo por qué pedía aquello—. Dígale que soy un
hombre dispuesto a ser feliz, y hacer feliz a mi esposa. Dígale que mi
situación económica es estable. Que…
María
le atajó:
—Marta
no busca situación económica, señor, Marta tiene la suya. Su independencia, su
libertad. Estoy por asegurar que es lo que más estima de sí misma, de su
existencia. Yo no pensaba así cuando le escribí la carta. Se lo aseguro.
Pensaba que Marta estaba muy sola, que los años pasaban, que merecía ser muy
amada. Pero luego ella me demostró que es feliz como vive.
—Quisiera
conocer el concepto que su amiga tiene del matrimonio.
—No
cree que sea fundamental para la felicidad femenina y masculina.
—Tendrá
sus amigos…
Lo
dejó caer con cuidado. Mansamente.
Pero
María no le entendió.
—Ella
es así, señor. Lo siento. De todos modos, mañana cuando venga a tomar el té
conmigo, intentaré sondearla…
—¿La
llamo mañana, a esta hora?
—Un
poco antes, por favor. Tengo que acostar a los niños, cosas que hacer. Ya sabe.
Un poco antes, a las nueve, por ejemplo, estoy totalmente desocupada.
—De
acuerdo. Por favor, abogue por mí. Dígale que soy un hombre joven aún, que
deseo fervientemente hacer feliz a una mujer.
Se
encontró mirándose a sí mismo con expresión pasmada. ¿Por qué lo hacía? ¿Es que
acaso tenía él la ridícula esperanza de que así podría llegar mejor a Marta? Y
para ser sincero…, ¿deseaba de verdad llegar a Marta?
—Te
llamé a la oficina —le dijo Elvira, al verlo—, y me contestó tu secretario que
estabas de viaje. Luego comenté con Ernesto lo de tu viaje, y él se rió mucho.
Por lo visto, estuviste a verlo.
—El
«charrán» de Ernesto siempre diciéndolo todo —farfulló—. Estuve de viaje, si.
De viaje a cien kilómetros escasos de aquí… He venido a cambiarme de ropa, y
pienso regresar para estar en ese pueblo a las nueve de la noche.
—Pero…
¿no te has dado a conocer a Marta? Si Ernesto dice…
—Ya
sé que Ernesto lo dice todo.
—Cómo
yo se lo digo a Ernesto.
—Esa
es la causa de que yo ande buscando mujer, ¿te enteras? Vuestra auténtica
felicidad me hizo pensar seriamente en mi soledad y quise llenarla. Y. ¡hala!,
la patada en plena boca, en pleno estómago.
Elvira
se inclinó un poco hacia adelante. Lo miró asombrada.
—Marta
no… quiere —dijo sin preguntar—. No te perdona.
David,
que se hallaba sentado, se levantó de un salto y fue al mueble-bar. Se sirvió
una copa. La bebió de un trago.
—Pero
Elvira, ¿no comprendes? Yo nunca engañé a Marta. Yo nunca dije que la amaba, no
siendo cierto. Yo la quería en aquella época. La quería con toda mi alma, y si
nuestro padre se queda destinado allí, yo me caso con Marta, y en paz. ¿Pero
qué era yo, entonces? ¿No lo entiendes, mujer? ¿Qué podía yo ofrecerle? Además,
era un inconsciente. Me olvidé de ella. Pero no temas, si Marta pidió al cielo
un castigo para mi, ahí lo tiene. La tomo como es, con todo lo que haya o no
haya hecho.
—Cálmate,
anda. Hazme el favor de reflexionar un poco. Dime concretamente, si Marta te ha
rechazado. Lo demás, lo dejo para ti y para ella y para vuestra mutua
comprensión.
—Me
ha rechazado, sí. Decididamente rechazado. Abierta y contundentemente
rechazado.
—Entonces,
olvídate de eso. Márchate de viaje. Es hora de que dejes tus negocios y te des
una vueltecita por esos mundos de Dios. Deja el pasado a un lado y dedícate al
futuro.
—Habla
tú con Marta.
Así.
De
súbito.
Elvira
le miró, desconcertada.
David,
desesperado, se sentó de nuevo.
Metió
las dos manos entre las rodillas y apretó éstas con fuerza.
Elvira
dijo, bajo:
—David…
¿la quieres hasta ese extremo?
—La
quiero así. Sí. Para alejar las dudas. Para tomarla como es. Para hacerla como
antes… ¿Entiendes? Vuelvo a repetir, y esta repetición me tiene loco, porque me
la hago a mí mismo todos los días, que no la recordé. Lúcidamente, no la
recordé. Concretamente, nunca la recordé. Alguna vez de pasada, pero nunca
pensando en ir a por ella, en ir a buscarla, ¿entiendes? Y de repente la veo o
la oigo. Porque lo primero que hice fue recordarla, al oír su voz. La evoqué
tal como la quise, como la tuve. Elvira, entiende esto. Es humano que ocurran
cosas así. Mis sentidos se alteraron, todas mis pasiones dormidas se
despertaron. Todos mis deseos, mis ternuras, mis sentimientos, en un globo tal
que me destrozaron. Eso es lo que pasó.
—Me
asustas tanto… —dijo Elvira, aún con voz ahogada—. ¡Cómo me asustas, David!
Nunca te vi así. Sólo cuando te escapabas por los prados y por los riscos,
asiendo en tus dedos los juveniles dedos de Marta. Nunca sospeché que vuestras
relaciones fueran…, fueran como sé ahora que fueron.
—¡También
ésas son cosas humanas! —gritó David, palidísimo—. Suceden. No las buscas.
Llegan, y cuando llegan sientes que te hacen feliz y las repites. Eso fue todo.
Pero había más hondura de lo que yo pensaba, y ahora ya sé por qué a mis
treinta y cuatro años sigo soltero. Yo la buscaba y no lo sabía.
—¡Calla,
calla. David! Le hablaré yo. No sé qué voy a decirle, pero creo que debo
decirle lo mucho que la quieres.
—Eso
no es nuevo. Ya se lo he dicho.
—¿Entonces
qué quieres de mi? ¿Qué quieres tú que le diga?
—Dile
si ha amado a algún hombre, después de amarme a mí. Dile si ha sentido la
necesidad afectiva de ser de otro hombre. Dile…
—¡Estás
loco. David! Yo no puedo meter me en las intimidades de la vida de otra mujer,
aunque sea la que tú amas.
Capítulo
14
Acababa
de regresar de la escuela.
Eran
escasamente las seis de la tarde. Estaba allí, hundida en un sofá cuan larga
era, ante la chimenea encendida. Sentía frío y sabía que no lo hacía. Era el
frío de dentro, como si el alma se le fuera filtrando por los huesos.
Tenía
un libro en la mano, pero no leía. Se miraba a sí misma. Por dentro, no su
físico. Lo sabía de memoria, pero por dentro no era tan fácil conocerse, aunque
se tratara de su propia persona.
Se
había ido, estaba segura. Regresaría a Madrid y no volvería jamás. Era lo
mejor. Para ella, para él.
—Marta…
Ojalá
nunca volviera. Ojalá…
—¡Marta!
—gritó Martina.
Marta
la miró, como si se tratara de un fantasma.
—Marta,
te estoy llamando y no me oyes.
—¡Oh,
perdona…!
—Es
que te llaman por teléfono.
Se
sentó en el diván.
Miró
a Martina, interrogante.
—¿Quién?
—No
lo dijo. Es una voz femenina. Una voz fina…, delicada.
—¿María?
—No.
Se
fue poniendo en pie. Caminó hacia su pequeño despacho y se sentó tras la mesa.
Asió el auricular y apoyó el codo en el tablero de la mesa.
—Diga
—preguntaba, en el mismo momento en que Martina cerraba la puerta—. Diga… diga.
—Marta.
¿Eres Marta?
—Sí,
pero…
—Ya
sé, no me conoces. Después de tanto tiempo… Soy Elvira Fernández Escalante.
—¡Oh…!
—Dirás
que soy una impertinente al atreverme a llamarte.
—No…,
no…
Estaba
como aturdida. Como ida. Como si su voz no le perteneciera.
Reaccionó.
Intentó por todos los medios serenarse.
—Dime,
Elvira. Sí que ahora recuerdo tu voz… Era así de pastosa… Así de tenue. Ya sé
que te has casado, ya sé que tienes dos hijas…
—Y
tú, Marta…
—Yo
sigo aquí… Es decir, he recorrido muchos pueblos. Ya sabrás que soy maestra de
escuela. Para el próximo año tal vez me marche a Madrid. Es posible que pueda
solicitar escuela ahí. A decir verdad estoy un poco cansada de los pueblos.
Viajo mucho, ¿sabes?
—Marta…
es inútil. Te voy a hablar igual de lo que he decidido hablarte.
Quedó
cortada.
—Hace
un rato que David salió de aquí. Regresaba al pueblo.
—No…
no sabía que había vuelto a Madrid.
—Sólo
ha venido a verme… Está desesperado. No acabo de entender cómo pudo estar siete
años esperándote, y a la vez llevarte tan dentro. Pero el destino, como
siempre, suele jugar malas pasadas… ¿Quién iba a decirle a él que un anuncio en
el periódico diera tales resultados?
¿Un
anuncio?
¿El
hombre del anuncio… era él?
Por
eso su voz le parecía familiar, como de haberla oído poco tiempo antes… Pero…
pero…
—María,
¿te has caído?
—No,
no —su voz tenía un temblor convulso—. No, Elvira. Es que me resbaló… el codo.
Lo tenía apoyado en la mesa.
—Ya
se lo decía yo a David. Lo que menos él imaginó es que tu amiga iba a pensar en
ti para el hombre del anuncio. Imagínate la sorpresa de David… Fue algo
tremendo. Sorprendente.
No
le cabía en la cabeza.
No
entendía bien.
Oh,
no, no, lo entendía todo perfectamente. El hombre del anuncio y David, era la
misma persona, y María… ¡Bendita María! ¿Bendita? ¿Estaba loca? ¿Qué cosas
pensaba?
—Así
que no te extrañe que haya corrido a conocer a la maestra. No sé por qué
sospechó. Bueno, eso ya te lo explicarla él. Fue de gracia. Ernesto y yo casi
lloramos de risa, de emoción, porque nos dimos cuenta de que David, sin saberlo
él mismo, buscaba en cada mujer a la muchachita que había querido y que no
creía recordar. Pero, sin duda, la recordaba.
Guardó
silencio.
Marta
no respondía. Estaba allí, como aplastada contra la mesa, aún paralizada.
¿Cambiaba las cosas aquello? ¿Las cambiaba?
No,
y sin embargo… cedía la dureza en sus sentimientos. Sentía que cedía. Era
absurdo, pero era así.
—Marta…
no me dices nada.
—Luego
vendrá David… ¡Si dices que está camino de aquí!
—Sí,
por supuesto…
—Hablaré
de nuevo con él, Elvira. Tal vez… No sé… No sé. Ya veremos. Te llamaré mañana.
Si vuelve por ahí, no le digas que has hablado conmigo.
—Te
doy mi palabra. Pero, por favor…, ayúdale a encontrarse a sí mismo. Piensa en
olvidar el pasado. Reanúdalo únicamente y piensa en el futuro. Que él olvide y
que tú te olvides…
—Lo
intentaremos, Elvira. Gracias por llamarme.
Colgó.
Quedó
tensa.
De
repente se puso en pie. Tenía que contárselo a María. Le diría… No sabía aún
cómo se lo diría.
Los
dos niños andaban por el pequeño jardín. y al ver a la señorita maestra
corrieron hacia ella.
María
los asió por un brazo.
—Te
brillan los ojos Marta —le dijo, y mirando á sus dos hijos ordenó—: Estaos
quietos. ¡Qué niños más revoltosos sois! Oye, Marta, pasa. Tengo que contarte
algo. Ya sé que vas a decir que soy ridícula, pero hasta casi me emocioné ayer
noche.
Marta
iba a contárselo, pero nunca sabría decir por qué razón guardó silencio,
esperando que María le contara lo que la había emocionado.
¿Tal
vez Juan, al fin, había conseguido destruir la frigidez de María?
Pero
la voz suave de María la sacó de dudas.
—Ayer
noche, antes de que llegara Juan, me llamó, por teléfono, el hombre del
anuncio.
Marta
se tensó.
Pensó
mucho en pocos segundos.
Infinidad
de cosas.
Y
estuvo a punto de decir muchas otras, pero al fin de cuentas no dijo nada, y
miraba a su amiga como si talmente fuese un fantasma.
—¡Marta!
—exclamó María, asombrada—. ¡Cómo me miras…!
Marta
sacudió la cabeza.
—Sigue,
¿qué te ha dicho?
—Me
pidió que hablase contigo, que te convenciese. Yo ya le dije…, ¡qué sé yo lo
que le dije!, pero él insistía e insistía…
—Y
tú te ofreciste a convencerme —dijo, suavemente.
María
enrojeció.
—No,
no. Le dije que no tenías un buen concepto del matrimonio. Cosas así. Ya sabes.
La verdad, al fin y al cabo.
—Él
te preguntaría si yo había tenido otros amores, ¿no?
—Pues…
oye, parece que no te enfadas.
Marta
se alzó de hombros.
—Te
escucho únicamente. Sigue. María. ¿Te preguntó eso?
—No,
no. Sólo me dijo que estaba solo, que si situación económica era estable. Yo le
dije que a ti eso no te importaba en absoluto. Que tú también la tenías, pero
que no pensabas casarte. Es decir, la cosa discurrió por ahí. De todos modos
insistió mucho en llamarme hoy, para saber lo que tú me respondías.
—Dile
que… lo estoy pensando.
María,
sorprendida, dio un salto en el sofá.
—¿De
veras? —Tenía expresión feliz—. ¿De veras, Marta, que vas a pensarlo?
—En
realidad, mi soledad… Ya sabes. Yo creo que él tiene un poco de razón. El amor
para mí, es tabú. Yo no creo en los grandes amores, ni en los chicos. Yo creo
más bien en que dos personas de distinto sexo se gustan, se comprenden y basta.
Atraerse es importante, por supuesto. Si él me gusta físicamente, ¿por qué no?
Siempre será algo más potable que Germán. Y no creas, la situación económica
también es importante. Se debe tener en cuenta.
—Marta
—murmuró María, desilusionada—. Has cambiado.
—Los
años. Yo digo que los años obligan a una a reflexionar. Lo extraño es que
siendo tú una mujer incomprendida por tu marido, intentes casar a la gente por
amor.
—Nada
tiene que ver uno con el otro. Tengo amigas que son felicísimas y otras que les
ocurre lo que a mí, pero ya te he dicho que una vive pegada y obligada a sus
deberes y el que acierta, ¡mira qué bien!, y el que no acierta, pues se
aguanta. No tiene más remedio. La sociedad está montada así.
Marta
miró el reloj.
Se
puso en pie.
—Tengo
que irme. Hoy ni siquiera tomo el té contigo.
—Oye,
¿entonces qué le digo?
—Dile
eso, que bueno, que me gustaría conocerle. Que, al fin y al cabo, su situación
económica es sólida y si no es demasiado viejo y es relativamente atractivo…
—se alzó de hombros—. Pues sí, que intentaré aceptar su proposición.
—Marta,
¿estás segura de que quieres que se lo diga?
—No
le quites ni le pongas nada. Puedes añadir que me estoy cansando de ser soltera
y que he tenido hace ya años un novio, que ahora, de repente, ha aparecido en
mi vida y me está molestando de continuo para que continuemos nuestras
relaciones.
María
tenía los ojos tan abiertos como si le fueran a sallar de las órbitas.
Marta
rió.
—Marta,
¡estás tan desconocida!
—¿Tú
crees?
—Opuesta.
Tú tan delicada, tan así…, de repente no te importa nada o no parece importante.
Marta
iba hacia la puerta con andar elástico. Como si jamás cusa alguna le importara
un pito.
—Una
termina cansándose de ser espiritual, chica. Tú le dices eso. ¿Eh? Lo del no
vio se lo dices muy clarito. Si aun con el lastre de ese amor me acepta, que
vaya a mi casa.
—Marta,
Marta… ¡qué distinta estás hoy de otros días!
Claro.
La cosa no era para menos… Diente por diente. La ley del Talión. Pero… ¿iba a
servir de algo darle aquel golpe bajo a David?
Capítulo
15
Vio
su auto color mostaza detenido ante su chalecito.
Y
vio asimismo la ventana del saloncito iluminada. Imaginó a David perdido en un
sillón, teniendo enfrente a Martina. ¡La buena y querida Martina!
¡Qué
cosas más raras ocurrían! ¿Quién iba a decirle a David que la amiga, aquella
solitaria maestra de escuela, era la chica de las coletas, la muchachita
ingenua que creyó en él?
Absurdo.
Él
no la buscaba, pero la encontró. Eso era lo más raro, lo más terrible y lo más
sublime.
No
apretó el paso.
Se
diría que, al contrario, lo acortaba. No sabía qué iba a decirle a David. Por
supuesto que sabía lo ocurrido, no.
Y se
preguntó cómo fue tan ingenuo David que al hablarle a su hermana de ella, se
olvidó de advertirle que ella, Marta, no lo relacionaba en absoluto con el
hombre del anuncio. No lo concebía.
Entró
en la casa y, como siempre, preguntó desde el perchero, al tiempo de colgar el
abrigo:
—Martina,
¿estás ahí?
—Sí.
Ha… llegado David.
—Ya
vi su coche.
Y al
tiempo de decirlo entraba en el saloncito.
—¡Hola,
David! Pensé que te habías ido del pueblo.
—Fui
y volví —dijo él, poniéndose en pie.
Marta
le miró casi divertida.
—Has
rejuvenecido —dijo—. ¿Y eso, David? ¿Dónde has dejado tus clásicos trajes
grises, o marrones, o azules? Es la primera vez que te veo con un polo de
cuello alto y con una zamarra de ante. Chico, estás más atractivo.
David
notó que se burlaba de él. Que lo hacía sin saña, pero lo hacía. Incluso,
oyéndola a ella, que al fin y al cabo no decía más que la verdad, sentía como
se le coloreaban las mejillas.
—Hoy
soy tu mono, ¿verdad, Marta?
—No,
hombre. Es que me hace gracia —iba de un lado a otro del saloncito, bajo los
pensativos ojos de Martina, ¿qué le pasaba a Marta? ¿Estaba distinta? ¿Mejor?
¿Peor? No lo sabía, pero distinta sí que lo estaba, y el pobre David estaba que
casi no cabía en sí de ira y de humillación—. De repente te has dado cuenta de
que tus trajes clásicos ya sólo se los ponen los políticos y los grandes
hombres de negocios.
—Marta
—reconvino Martina—, deja a David en paz.
—¡Oh!,
es verdad que estás ahí, Martina. ¿Por qué no hacemos como el otro día y le
ofreces a David la cena? Yo tengo apetito…
Martina
giró sobre sí, diciendo:
—La
dispongo en un instante. Siéntate, David, y no le hagas mucho caso. Hoy parece
que tiene ganas de fastidiar a todo el mundo.
Dicho
lo cual se perdió en la cocina y cerró la puerta.
Marta,
entonces, miró a David.
—Perdona.
No intento burlarme de ti —dijo, indiferente—. Es que me haces gracia.
—Pues
ya ves, no soy gracioso. Nunca he sido demasiado gracioso. Oye. Marta, vengo a
hablarte otra vez. Ayer noche, cuando me marché, te llamé por teléfono.
—Lo
sé —dijo ella, y se puso de espaldas sirviendo el whisky—. ¿Quieres hielo?
—preguntó como si antes no dijera nada.
—Así,
solo. ¿Por qué lo sabes, si no pronuncié palabra?
Estaba
tras ella. Marta manipulaba en el bar.
—Lo
sé porque nadie me llama a esas horas.
—¿A
otras, si?
—Puede.
Las
dos manos de David cayeron en los hombros de Marta. Metió la cabeza en su
cuello.
—Marta,
podíamos hablar de nosotros. Podías permitirme que le dijese… todo lo que
intentaba decirte ayer por teléfono y no pude decirte… No me atreví a decirte.
Marta
sentía la sangre como si le diera saltos por todo el cuerpo.
La
voz de David, la voz de antes, cuando al principio intentaba convencerla, la
voz suave que luego prometía. La voz que le decía cosas. ¡Mil cosas!
—Marta,
no me oyes.
Lo
sentía y lo oía.
Lo
sentía pegado a ella por la espalda, sus manos, arrugándose, oprimiéndole los
hombros.
Sentía
su aliento quemarle la mejilla. Sentía sus labios rodar por su cara.
—Para.
David. Para, te digo…
Fue
a girar sobre sí.
Los
dos vasos se quedaron en alto. David la apretó por la cintura.
—David…
deja.
Ojalá
pudiera.
Le
buscó la boca. Así. Sintió que ella abría la suya.
Fue
de locura.
La
besó como un loco. Se apoderó de sus labios y estuvo así…
—Marta.
Marta
se deslizaba de sus brazos.
Tenía
aún los dos vasos en las manos.
Le
miraba. Le decía, como si no fuese casi poseía minutos antes.
—Tu
whisky, David.
Este
lo cogió entre sus manos y exclamó:
—¡Maldita
sea! —gritó él—. ¡Maldita sea! ¿Qué tipo de mujer eres? ¿Por qué has cambiado
tanto? ¿Por qué has de ser así de incitante y luego…, luego…?
Le
arrebató un vaso de la mano y lo bebió de un golpe.
—¡Maldita
sea! —murmuró otra vez—. ¡Maldita sea…!
Mana
estaba al otro extremo del saloncito.
Parecía
tan ausente y tan lejana y tan allí al mismo tiempo, que David sintió de súbito
una exasperación indescriptible.
Furioso,
fue hacia el bar y se sirvió de nuevo el dorado licor amargo.
Lo
bebió de un trago.
Apretó
los labios.
—O
muy habituada estás a amar o mentir amor, o…
—Ya
hablamos de eso en otra ocasión, David. Y no creo que ni a ti ni a mí nos haya
dado gran resultado. A mí no me interesa nada de oír lo tengas que decirme
referente a tu pasado con otras mujeres. Yo he vivido mi vida y puede que no lo
creas, pero intenté enamorarme miles de veces sin conseguirlo. Tampoco creerás
si te digo que si bien he sido amiga de muchos hombres, nunca he llegado a la
intimidad con ellos. Y no te digo esto para tranquilizarte. Allá tú y lo que
pienses.
—Has
sido besada por muchos hombres —dijo él entre dientes.
—Mira.
David, todo eso es ridículo. Pues claro que sí. Incluso estuve a punto de
casarme con un inglés. Pero me resultaba tan rubio y tan pecoso, que un buen
día me fui y le dejé plantado.
—Como
yo a ti.
—Peor
—dijo ella, con sequedad—. ¿Quieres hacer el favor de tirar de la punta de ese
mantel? Gracias. Te digo peor, porque yo no había destruido la vida de aquel
hombre. Ni él estaba tan seguro de amarme a mí, como para que mi huida le
traumatizara. Él me deseaba, como me desean muchos otros, como me deseas tú
mismo.
—Yo
te amo.
—Y
me deseas —le cortó ella.
—¿Qué
es el amor sino deseo?
—Lo
has dicho muy claro. Mira, viene Martina. Y no pongas esa expresión feroz. Me
importa un pito. David. Ya no hay más explicaciones ni sobre mi pasado ni sobre
mi futuro. Es más, posiblemente me case.
—¿Qué?
—Todo
depende de que un hombre me guste lo bastante. El amor, para mí, ya es un
cuento tártaro. Mi aparición, para ti fue una revelación del pasado. Para mí,
fue enterrarlo. ¿Te das cuenta de la diferencia?
Martina,
plantada en la puerta, dijo, enojada:
—¿Aún
seguís discutiendo? Tengamos la fiesta en paz y sentaos a la mesa.
Los
dos obedecieron.
Uno
de cada lado de la mesa y Martina en medio, fue una comida tan silenciosa como
aquella otra.
Casi
en seguida de comer. David dijo que se iba.
—Acompáñalo
a la puerta, Marta.
La
aludida caminó delante de él.
Tan
aturdido estaba que se iba sin ponerse el loden.
—Te
dejas tu única prenda moderna, David —rió Marta, divertida.
—¡Oh!
—Aunque
hoy —siguió la joven con acento jocoso— estés como un «ligón» de esos que se
pasean por las calles, esperando la primera oportunidad.
David
soltó el abrigo que ella le daba.
El
loden cayó al suelo, y como un energúmeno, en aquella oscuridad, David la asió
por un brazo, tiró de ella y antes de que la joven pudiera decir nada la
prendió con los brazos contra todo su cuerpo.
La
estrujaba con ira. Se diría que, a la par que se destrozaba él, pretendía
destrozar la a ella.
Pero
el cuerpo de Marta era blando y suave, se dejaba apretar. Él dijo algo entre
dientes. Algo terrible.
Y
después le tomó la boca en la suya.
No
supo, eso sí, que Marta no le huía.
¿Qué
tipo de mujer era Marta? ¿Qué tipo de pasiones sentía? ¿Y cómo las manifestaba?
¿Acaso era aquélla su venganza?
¿Darse,
para luego negarse?
¿Incitarle
para luego destruirle?
—Eres
una…, una…
No
pudo terminar.
La miraba
a los ojos.
Al
no hablar la mirada femenina, otra vez, como loco, prendió su boca en la de
ella y sus dedos la apretaron y su cuerpo se perdió en el suyo hasta que de
súbito, Marta le empujó:
—Eres
un…
—¡Como
tú! —gritó—. ¡Igual que tú…!
Se
zaherían. Se destruían.
Y él
no podía decir lo que pensaba ni lo que sentía.
No
podía permitir convertirse en un muñeco endeble, por su culpa.
No
era un «machista» ridículo, pero era un hombre y a su lado se sentía en
contraste, más hombre que nunca, y es porque ella era una mujer de verdad. Una
mujer lastimada que hería tanto más de la medida en que ella fue herida.
Por
eso huyó.
Capítulo
16
Dígame.
—María.
Soy el hombre del anuncio.
—¡Oh,
sí! —se agitaba María, al otro lado—. He hablado con Marta. Sí, creo que
acepta.
David
dio un respingo.
¿Qué
decía aquella mujer?
—Señor,
¿me oye? ¿Le ocurre algo?
¿Ocurrirle?
Todo.
¿Cómo
podía aceptar Marta al hombre del anuncio, si minutos antes estuvo en sus
brazos, perdida en ellos con goce, con placer, con ansiedad? ¿O qué pasaba
allí? ¿Qué tipo de mujer había hecho él de aquella dulce y confiada Marta?
—¡Señor…!
—exclamaba María, asustada—, ¡Señor…!
David
se repuso.
Pasó
los dedos por el pelo.
—Perdone,
diga, diga…
—Verá.
María me dijo que si usted tenía una posición económica sólida, que era cosa de
pensar.
—¿Cómo?
—¿Le
ocurre algo, señor?
—No.
no. Perdone. Continúe…, por… por favor.
—Verá,
es que dijo también que tenía aquí a su novio. Un novio que tuvo ella hace años
y le aseguro que sobre esto insistió mucho. Dijo que no fuese luego a buscar
usted cinco pies al gato o algo así. Es decir, que ese novio le está dando
mucha lata y que a ella le cae gordo. ¿Dijo gordo? Sí, sí, pues dijo gordísimo.
Esa fue la palabra. Luego dijo que no es porque fuese gordo, sino que a ella le
cansaba. De modo que yo creo que éste es un buen momento, señor. Dijo que
esperaba que fuese atractivo; que ella estaba un poco cansada de estar tanto
tiempo sola y que el amor, como para ella no tenía demasiada importancia…
María
tomó aliento.
Esperaba
que él dijera algo. Pero como pasaban los minutos y David no sabía abrir la
boca o la tenía ya del todo abierta, María insistió:
—Señor,
¿me ha oído bien?
—No.
Es decir, si, si. Diga, diga.
—Es
que creo que ya se lo he dicho todo, señor. Añadió Marta cuando ya se iba, que
si estaba dispuesto a casarse, pues que pasara por su casa. Eso es todo lo que
ha dicho.
—¿De
verdad?
—Pues
sí, señor.
—Gracias.
—¿Se
casará con ella, señor?
—Desde
luego.
—Ya
le he dicho lo del novio, ¿eh? Marta insistió mucho en que se lo dijera.
—Y
no le habló de otros novios.
—No,
de otros no. Sólo de ése. Me pareció que le caía muy mal. Que la tenía muy
cansada.
—Gracias.
Y
cortó. Quedó mirando al frente.
Jadeante.
Furioso. De modo que…
¡Ah,
pues no! Claro que no.
¡Vaya
plancha la de Marta cuando él llegara y le dijera que era el tipo del anuncio!
Se morirla de vergüenza. Porque él iba en aquel momento. No fallaba más. En
aquel mismísimo momento iba a poner a Marta colorada.
Que
se riera después de él. Le diría:
«Mira
rica, éste soy; el tipo del anuncio. ¿Qué te parece?» Y luego se iría.
Pero…
¿podría irse?
De
modo que para ella el amor era una cesta de mimbre o algo parecido. ¿Entonces
qué era? ¿Sólo una erótica repugnante?
Pues
vería. Claro que vería.
Diente
por diente… ¡Vaya que sí…!
—¿No
te acuestas, Marta?
—No,
Martina, pero tú si puedes irte a la cama.
—Es
algo pronto, ¿no?
—Un
poco, si. Pero yo espero visita de un momento a otro.
Martina
abrió los ojos como platos.
—¿Visita?
—A
David.
—¿Qué?
—Me
voy a casar con él, Martina.
—Dios
nos ampare. ¿De verdad, de verdad?
—De
verdad. Pero ahora vete a la cama. O yo no conozco a David o está a punto de
llegar y, si oyes que nos pegamos, te aguantas en tu cuarto.
—¿Qué?
¿Que os vais a pegar?
Marta
rió.
Una
risa diáfana.
Parecía
la risa de la chiquilla de antes.
La
que se iba por los riscos y los prados asida de la mano del gandul de David
Fernández.
La
chiquilla confiada, que aún esperaba sus cartas.
La
que era aún, cuando las esperaba.
—Marta…
¿he entendido bien?
—Es
un juego, Martina —dijo con voz tenue, profunda, emocionada—. Ya estuvo bien.
Te digo que ya estuvo bien. Si para él soy necesaria, él, para mí, es la propia
vida. ¿Lo entiendes, verdad? Pues eso. Pero vendrá peleón. Te digo que le di un
golpe en el bajo vientre y vendrá dispuesto incluso a matarme.
Martina,
asustada, sin comprender nada, se fue a su cuarto y sintió, de inmediato, el
prolongado timbrazo. Era un timbrazo bestial. Sin duda tenía razón Marta. David
llegaba peleón, dispuesto a comerse cruda a la gente.
Marta,
en el saloncito, en aquel momento se ponía en pie.
Se
iba hacia el pasillo.
Y
abría la puerta.
Un
huracán pareció entrar dentro.
Pero
Marta hizo que no lo veía, y riendo dijo:
—Ah,
vienes a por el loden. Es una prenda preciosa. Me gustan estas prendas
masculinas. Te da un aire de cazador.
—Marta,
tu amiga María —la voz de David parecía un trueno estallante—, me dijo que
estabas dispuesta a casarte conmigo. Es que yo soy el hombre del anuncio.
Marta
quedó tan fresca.
Le
miraba entre sonriente y diáfana. Una diafanidad que a David se le antojó
extraña. ¿Qué pasaba allí?
—Bueno,
David, pues si eres el hombre del anuncio…, ¿qué quieres que te diga? ¿De modo
que buscabas mujer así, por las buenas, de una forma tan… absurda?
Toda
la ira de David se desplomó.
Se
dio cuenta.
Ella
lo sabía.
Pero…
¿quién podía habérselo dicho?
Se
acercó despacio. La miraba muy fijamente.
—Te
llamó Elvira.
—Sí
—dijo Marta, con simplicidad.
—¡Qué
burro soy! ¡Pero qué burro! No le advertí que tú no sabías…
Guardó
silencio.
Marta
tenía la expresión de niña.
De
niña dulce, de niña ingenua. Pero era una mujer. Una mujer apasionante,
vehemente, incitante.
Era
una niña como entonces, con diez años más. Tres de experiencia, siete de
soledad. Y era suya. Iba a ser su mujer. De eso no cabía duda.
La
atrajo hacia sí. En silencio. Sin decir palabra. Ni uno ni otro sabían decir
nada. ¡Nada! Se miraban.
—Marta…
No
más. Eso sólo.
Marta
se apretó contra él.
Le
rodeó la espalda con los dos brazos, alzada la cabeza.
—Has
ganado tú —dijo—. Has ganado. Por mucho que quise apartarte de mí, has ganado.
—Hemos…,
hemos…
La
besaba.
Plenamente.
Largamente.
Como
si la vida empezara allí, y acabara allí. Y todo se centrara en aquel instante.
Los
labios se abrían, se entregaban. Se apasionaban. Se reconocían…
—Mar…
—¡Calla!
—Es
que…
—No.
—No
sabes lo que voy a decirte.
Lo
sabía.
Sabía
lo que él sentía.
Lo
que sentía ella.
Como
despertar de un letargo, y volver a vivir y volver a actualizar el pasado y
desear ambos las mismas cosas, las mismas caricias, los mismos deseos, los
mismos besos abiertos, hondos, calantes…
—¡Vete!
Vuelve mañana. Nos casamos mañana.
—Hoy.
Ahora.
—Mañana.
David. Por…, por favor.
—¿Lo
deseas?
Se
apretó contra él.
Sólo
un momento. Bastaba aquello. Él ya sabía.
Sabía
ella.
Sabían
los dos.
—David…,
vete.
—¿Lo
deseas?
—No,
pero vete ahora. Mañana nos casamos.
—Hoy,
ahora, te digo…
Le
empujaba. Su voz, la de ella, sonaba suplicante.
—Si
me lo pides, te quedas. Y no quiero. No he vivido nunca con ningún otro. Han
pasado cosas. Esas cosas que pasan entre hombre y mujer. Lo tuyo y lo mío, sólo
entre los dos. Pero ahora no… ¡No!
La
dejaba.
Costaba,
pero la dejaba.
Era
la primera vez que ella se lo pedía casi sollozando, débil, deseando todo lo
contrario.
Pero
ahora eran un hombre y una mujer, y él se comportaba como hombre, y ella como
mujer.
—Mañana.
Nos casamos mañana. Te digo…
—Sí,
sí.
Pero
seguía hurgando en sus labios.
Allá
arriba. Martina se preguntaba por qué había aquel silencio.
Después
oyó un portazo.
Y
luego asomó su blanca cabeza por la escalera.
Y respiró.
—Marta.
Marta
estaba llorando y decía:
—Mañana
nos casamos. Martina. ¡Mañana!
—Sí.
Marta, si. Mañana. Dios es bueno. Marta. Dios es bueno.
Ella
no decía nada. Estaba allí, pegada.
Fin
No te buscaba (1983)
Incluido en el dueto “No te buscaba / Mis pretendientes”
Título Original: No te buscaba (1983)
Editorial: Bruguerra S.A.
Sello / Colección: Corín Tellado 6
Género: Contemporáneo
Protagonistas: David Escalante y Marta Fernández Gordon


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