© Libro N°. 3061. No Sé Si Volveré A Verte. Tellado, Corín. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © No sé si volveré a verte (1998)
Versión Original: © No Sé Si Volveré A Verte. Corín Tellado
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NO SÉ SI VOLVERÉ A VERTE
Corín Tellado
Argumento:
Tres
meses antes de casarse, cuando todo les sonreía, un accidente laboral le dejó sin
vista. Chema, ingeniero de Caminos, no quería ser un peso muerto en la vida de
Nina y prefirió «eliminarse» para que ella se alejara y se sintiera libre. Ella
marchó a Londres. Él, tras una odisea de clínicas e intentos, al fin recuperó
la vista. Tres años después, ella regresa a la ciudad, aunque casada…
Capítulo
1
Nina
Vigil recibió la noticia de boca de su propio hermano. Fue tan grande la
impresión, que, de donde estaba de pie, pegada al mostrador donde Tony
manipulaba en las probetas, cayó sentada en la primera banqueta que encontró. Y
la tenía allí mismo. Tony acababa de dejarla para ir a buscar un ácido a la
vitrina.
—Los
papás ya lo saben —dijo éste con sordo acento—. Y como no quieren decírtelo, te
lo estoy diciendo yo. Y no porque ellos me lo hayan pedido. Pero vivir en
engaño es una soberana estupidez. Además hermana es mi mejor amigo, y tú eres
mi hermana.
Nina
estaba tan sumamente callada, que Tony, sin moverse y manipulando aun en la
probeta que levantaba para ver mejor su contenido parduzco, giró la cara.
—¡Nina!
La
joven se quedó muy impresionada; tanto, que su hermano dejó lo que estaba
haciendo y se acercó a ella. La sujetó por los hombros.
—No
suponíamos, Nina, ¿entiendes? Ni su madre ni nuestros padres, y menos aún los
médicos, esperaban ese resultado. Por favor, di algo; no me mires con esos ojos
secos inmóviles.
Nina
no podía abrir los labios. Lo intentaba, pero, según se abrían, se volvían a
cerrar con desesperación.
—Hay
que resignarse, Nina. Eso no es definitivo, pero, de momento, es así.
¿Entiendes? Así…
Nina
se desprendió de las manos de Tony y buscó un cigarrillo e n el bolsillo de su
camisa a rayas.
Tony
le dio lumbre. Observó que los dedos femeninos que sujetaban el cigarrillo
temblaban perceptiblemente.
—Nina,
no podía callármelo. Un día u otro, y además muy pronto, lo tendrías que saber.
A Chema se lo han dicho esta mañana. Merche, su madre, también lo sabe.
—Menos
yo… todos.
—Nadie
se atrevía. Yo decidí que no te tendría más tiempo engañada. Eh, ¿adónde vas?
Y
fue tras ella, que se marchaba fumando, como si fuese una estatua.
La
sujetó por un codo y la retuvo.
—Oye,
si vas a llorar, y lo necesitas, hazlo aquí.
Nina
lloraba por cosas triviales, pero por las serias no era capaz de hacerlo. Ojalá
pudiera. Se hubiera desahogado rápidamente.
Tony
sabía eso, como sabía que Nina era una chica sensible y enamorada.
Tenía
veintidós años. No era una cría. Tiempo atrás, una chica, a los veintidós años,
estaba aún en las faldas de su madre. Pero, ahora, una chica a esta edad es una
mujer, máxime teniendo un novio como Chema, de veintiocho.
Por
otra parte, pensaba Tony, que sujetaba aún a su hermana, de espaldas a él, ésta
llevaba tres años de relaciones con Chema.
Él
era amigo de Chema de toda la vida. Fueron juntos al parvulario, después
hicieron el bachillerato, y si bien en cierto modo les separaron los diferentes
estudios universitarios, jamás, en Madrid, dejaron de verse. Terminaron, al
fin, por ocupar el mismo piso, compartido con otros dos compañeros.
—Nina,
hay que ser fuerte. Y tú lo eres.
Una
cosa era ser fuerte, y otra saber que cuanto decía Tony era irreversible.
Porque si Tony la conocía a ella, ella conocía a Tony y sabía que no le daría
aquella noticia si no estuviera plenamente seguro de lo que decía.
—Me
voy a casa —le oyó decir con acento hueco.
—Nina…
estás bien aquí en el laboratorio. Te estoy hablando con sinceridad. Estoy
tratando de que el golpe sea menos duro…
Se
volvió al fin.
Sus
ojos verdes despedían llamaradas.
—¿Menos
duro? ¿No te das cuenta de que toda mi vida se está desmoronando en un segundo?
—¿Y
preferías que me callase?
—No
—su voz se apaciguó, pero el desgarro íntimo se apreciaba fácilmente—. No.
Sería una tontería.
Logro
desprenderse de la férrea mano que la sujetaba y salió del laboratorio a toda
prisa. Tony quedó de pie en la puerta y vio cómo Nina se perdía a paso ligero,
casi corriendo, en la perfumería de sus padres, ubicada al lado del
laboratorio.
Había
clientes en la perfumería.
Habitualmente,
Rufo y Raquel, con la ayuda de dos dependientes y un encargado, atendían
personalmente el negocio de superlujo. Allí, además de grandes escaparates, no
había más que exclusivas. Perfumes carísimos, aguas de baño, bisutería cara… y
todo lo que abarca una perfumería de lo más elegante y depurado.
Vieron
entrar a Nina. Rufo miró a su mujer significativamente. Había varios clientes.
Raquel dejó al que atendía, pidiéndole perdón, y se fue al interior de la
tienda.
Por
la escalera interior, Nina subió al piso.
Raquel
no dudó en seguirla. Si Nina tenía aquella expresión contraída y venía del
laboratorio de Tony, había que suponer que su hermano se lo había dicho.
Era
una desgracia terrible, ya lo sabía, pero peor sería para Chema. Nina tenía que
hacerse cargo de la realidad y aceptarla, mal que le pesara.
Desembocó
en el amplio y lujoso piso cuando Nina se cerraba en su alcoba.
Inés,
que andaba por allí limpiando, con un delantal blanco, dijo, asombrada:
—Es
la primera vez que Nina no me saluda. Señora, presiento que ya sabe lo del
señorito Chema.
Raquel
asintió y caminó aprisa, dentro de su vestido de seda natural y sus zapatos de
medio tacón, con su aire casi juvenil y su aspecto de lo más distinguido.
Tocó
en la puerta del cuarto de su hija y, como nadie le respondía, intentó abrir.
Se
había cerrado por dentro.
Inés,
desde el fondo del pasillo, aún con el plumero en ristre, aguardaba.
Raquel
le hizo una seña y la servidora se escurrió hacia el salón.
—Nina
—la voz de Raquel cobró una fuerza rara—, si no abres llamo a tu padre, y ten
por seguro que derribará la puerta.
—Necesito
estar sola —dijo la voz hueca de Nina—. Por favor, déjame.
—En
la vida hay momentos en que la soledad es perjudicial, Nina. Soy tu madre, y
sabes que si me lo callé ha sido por evitarte el tremendo disgusto y la pena
tan grande que sé que sientes. Lo hemos discutido mucho tu padre y yo antes que
el mismo Tony lo supiera. No debimos decirle nada a tu hermano, pero, al fin y
al cabo, el asunto no tenía espera; pronto sería del dominio público.
—Te
digo que no tengo nada contra ti, mamá, ni contra papá ni contra Tony —dijo
Nina desde dentro, con voz desgarrada—. La tengo contra la vida, contra el
destino, contra todo lo que me ha llevado a esta situación, pero aún más siento
el horror de Chema. ¿Entiendes? Ahora déjame estar sola. Necesito pensar.
—Una
persona trastornada por una inesperada noticia no puede estar sola, Nina. Una
madre es necesaria en tales casos.
Nina
no abrió. Las súplicas de su madre se perdieron en el más absoluto vacío.
Entonces
Raquel descendió de nuevo hacia la perfumería y advirtió a su marido.
Afortunadamente
era la hora de cerrar. Tony entraba ya sin su bata blanca, y él mismo, en
silencio, comprendiendo lo que sucedía, cerró la puerta y puso el cartelito de
«Cerrado».
—Tony
—dijo Rufo con angustia—, pudiste esperar un poco más.
Tony
se dejó caer en una silla y lanzó sobre sus padres una mirada desesperada.
—Tenía
que saberlo. Aun cuando Chema lo ignorase… pero Chema lo sabe ya, y se lo diría
a Nina esta tarde cuando fuera a verle. ¿No lo comprendéis? Mejor que la pena
la sufra ahora, que se desahogue, si puede, y en vez de ser una inquietud para
Chema, por lo menos, en parte, que le sirva de consuelo.
Capítulo
2
Los
padres se miraron entre sí con extrañeza.
—¿Nina
un consuelo para Chema, Tony?
—Sí,
papá. No creo que el resultado cambie en nada la forma de sentir y de pensar de
Nina.
Raquel
dio un paso al frente.
Adoraba
a su hija, y le parecía bien que fuese novia de Chema, pero… las cosas habían
cambiado.
Tony
podía ser un soñador; ellos, desde luego, ni por sus años, ni por sus vivencias
y sus luchas, eran unos idealistas, sino todo lo contrario.
—No
pensarás que Nina y Chema, después de saber lo que sabemos…
—Mamá,
mira bien lo que dices.
—Un
momento, Tony, un momento —le atajó el padre—. Que nos entendamos. ¿Estás
hablando de ti o por tu hermana?
—Estoy
hablando con la razón, el amor y el deber.
—Oh…
—se lamentó Raquel—, tú eres un soñador.
—Yo
soy un hombre honrado, mamá.
—Hijo
—intervino de nuevo el padre—, que la honradez nada tiene que ver con todo
esto.
—¿Qué
es entonces la honradez, papá?
—Ser
justo, ser flexible y ser un hombre. Una persona. Pero que una vida entera se
sacrifique por lo que tú llamas honradez y un amor se mantenga de ese modo,
quítatelo de la cabeza. Y no ya por Nina: por tu amigo, el pobre Chema. Tarde o
temprano la cosa no marcharía. ¿Cómo puede marchar? Tu hermana es demasiado
joven, y cargar toda su vida con un marido ciego, me parece demasiado.
—¿Ha
dicho eso Nina? —preguntó Tony apaciguándose.
—No.
Pero… lo dirá, lo pensará.
—Será
mejor que subamos a casa y que hablemos con ella. La única que puede decir aquí
lo que hará será ella.
—Te
olvidas de que, como padres, tenemos el deber de aconsejarle.
—Mamá,
que seas sensible y noble y digas eso…
—No
vivimos de novelerías, Tony —adujo el padre, tomando la palabra a su mujer—.
Hay que sentir el suelo bajo los pies, y evidentemente tu madre y yo hablamos
de ello. No vamos a impedirlo, desde luego, pero tenemos todo el deber del
mundo de darle nuestro parecer.
—Lo
mejor es que sea Nina quien decida.
—Es
que Nina es muy joven y no sabe aún lo que quiere.
—Papá
—la voz de Tony volvió a elevarse, indignada—. Ni Nina es una niña ni ignora lo
que quiere. No sé aún lo que pensará, pues cuando se lo dije ni siquiera
parpadeó. Y se fue de mi lado sin casi decir palabra. Pero el asunto, penséis
lo que penséis los dos, no es cosa vuestra. Es cosa de Chema y ella.
—Chema,
si tiene sentido común, cortará esas relaciones.
—¿Es
eso lo que vosotros deseáis, mamá?
—Es
lo humano. Sacrificar toda la vida de una joven por algo que no tiene arreglo…
—Será
mejor subir —atajó Tony.
—Mira,
Tony —iba diciendo el padre con suma lentitud, mientras ascendía por la
escalera interior—, tú eres un joven impetuoso. Eres, además, íntimo de Chema.
Siento lo que le ocurre a tu amigo como si le ocurriera a un hijo. Nada mejor
deseaba para mi hija que un tipo formidable como Chema, pero…
—Pero
ahora es un ciego. ¿No es eso?
—Tú
comprende…
—Yo
sólo comprendo que, si tengo una novia tres años y me deja por quedarme ciego,
me mato. ¿Queréis que Chema se mate? ¿Si a Chema le falta Nina, qué le queda?
—Su
madre —adujo Raquel aún, con voz temblorosa.
Tony
se giró en mitad de la escalera. Iba el primero; sus padres le seguían.
Lanzó
sobre ellos una mirada desesperada.
—El
cariño de una madre, mamá, no se puede comparar al de una novia que has
cortejado tres años y a la que quieres y con la cual tienes ya muchos recuerdos
en común. Merche se desvelará por su hijo —añadió con suavidad, como si
admirara mucho a la madre ausente—. De eso doy fe. Vosotros poseíais un negocio
floreciente, y pagarme a mí los estudios en Madrid no os costó sacrificio
alguno. Pero ser la viuda de un alto mando del ejército con la exigua paga que
antes tenían los militares y mantener un hijo en Madrid estudiando ingeniería
no es tan fácil. Y ella lo hizo. Pero ella no es el amor de Chema. Es su madre.
Y él la admira, la respeta y la quiere, y encima le agradece lo que hizo por él
para convertirlo en un hombre de provecho, pero sólo eso, ¿no es así?
Pregúntale a papá, querida mama, a quién quiso más, si a su madre o a ti, que
eres su mujer.
—Si
desorbitamos las cosas hasta ese extremo —dijo el padre algo acogotado—, no
vamos a ninguna parte. Una madre con pocos recursos tiene el deber de
multiplicarlos para ayudar a su hijo.
—Pues
yo veo muchas madres como ella que viven de recuerdos del pasado y les importa
un pito el porvenir de sus hijos.
Dicho
esto, subió los escalones que le faltaban para desembocar en la casa.
Inés
corrió hacia ellos sofocada.
Ya
no llevaba el enorme delantal puesto, sino un delantalito blanco pequeño con
los bordes rizados, lo que indicaba que tenía puesta la mesa para almorzar y
que esperaba por ellos.
Pero
en la crispada cara de Inés apreciaron los tres que algo desusado ocurría.
Fue
Raquel, intuitiva, quien avanzó hacia ella.
—Inés,
¿Nina?
—Se
ha ido.
—¿Cómo?
—Por
la puerta principal.
—Al
sanatorio —dijo Tony.
Y se
dispuso a ir tras ella.
Pero
el padre lo sujetó de un brazo.
—Déjala,
Tony. El problema, al fin y al cabo, por mucho que nos apena, es de ella; no
nuestro. Nina es impulsiva, y por introvertida que parezca, sabe siempre lo que
debe hacer, aunque en este caso —meneó la cabeza—, me temo que no lo sepa
demasiado bien y la pena le aconseje una estupidez.
—¿Estupidez
ir a ver a un novio con el cual pensaba casarse este año?
—Tony,
no volvamos a desorbitar las cosas.
—Lo
siento por vosotros, papá, pero ahora mismo voy detrás de Nina. Además de ser
mi hermana y comprender su dolor, soy amigo de Chema. Y quiero estar a su lado
cuando se vean.
—Eso
de verse…
—Mamá,
no hagas un chiste ahora, porque sería de muy mal gusto.
Raquel
lo sabía.
Por
eso se mordió los labios.
—Iba
muy pálida —dijo Inés, acongojada—, y muy resuelta al mismo tiempo, y
seguidamente, como cumpliendo un deber que le dolía, añadió—: La comida está
lista, y la mesa puesta.
Por
lo menos apreció en la familia falta de apetito y un silencio absoluto a su
invitación.
Fue
el señor quien lo dijo.
—Luego,
Inés. Ahora no podríamos.
Inés
se retiró discretamente, y los tres miembros de la familia pasaron al amplio
salón. Tony cerró las puertas correderas del comedor y se miraron unos a otros.
—Pienso
que debes ir, Tony —dijo Raquel, angustiada—. Una cosa es que nosotros demos
nuestro parecer en este asunto, que no pasa de ser un parecer realista, y otro
que dejemos sola a Nina con su problema.
—Merche
—añadió el padre, tras la pausa de su mujer—, vino esta mañana a vernos. Nada
más abrir la perfumería, apareció. Nos pidió que Nina no fuese a ver a Chema.
—¿Y
por qué?
—Chema
prefiere estar solo estos días. Dice que no asimila lo sucedido y que prefiere
reflexionar.
—De
todos modos, Chema ha de suponer que Nina no iba a quedarse quieta.
—Sí,
sí, Tony. Pero es que Merche añadió que no le dijéramos nada aún. Al fin y al
cabo, Chema tiene puestas las vendas, y sólo él, nosotros, su madre y los
médicos conocen el resultado de la operación. Se conoce que Chema no lo ha
aceptado aún, y pretende serenarse.
—Chema
es un hombre con todas las de la ley, papá. Lo conozco bien. Mucho mejor que
vosotros. He vivido con él toda la vida. He sido niño con él, adolescente, y
después hombre hecho y derecho.
Rufo
se dirigió al bar y sacó vasos y una botella.
—¿Un
Martini, Tony?
—No.
—¿Raquel?
—No,
Rufo.
El
marido se lo sirvió para sí. Le añadió, sacándolos de un cubo, dos cubitos de
hielo, que removió rítmicamente.
Por
supuesto, su corazón no iba al mismo ritmo.
Una
cosa era la sensatez y la realidad; otra, el amor. Él lo sabía, como sabía que
Nina se casaría con Chema contra viento y marea, lo cual, también sabía él, a
la larga le pesaría.
Capítulo
3
Chema
—empezó a decir con lentitud—, siempre fue un chico estudioso, formal y noble.
Yo no estoy discutiendo eso, Tony. Líbreme Dios. Siempre estuve de acuerdo con
esas relaciones. El día que acompañamos a Nina a ver cómo jurabais bandera los
dos, en las milicias, ten por seguro que nada más lejos de nuestro pensamiento
que ella y Chema se enamoraran. En realidad ignorábamos que tu amigo estuviera
también haciendo el servicio militar. Sin embargo, al verle hecho un hombre y
con la carrera de ingeniería terminada y siendo aún tu amigo, lo recordamos
perfectamente de cuando venía a buscarte para ir al colegio —bebió un sorbo,
sin que ni su mujer ni su hijo lo interrumpieran—. Evidentemente, el hecho de
que Nina y Chema simpatizaran no nos disgustó. Muy al contrario, cuando nos
presentaste a su madre, que también estaba allí, como recordarás, nosotros
mismos la trajimos en el coche de regreso a la ciudad, satisfechos de conocer a
la madre de tu amigo y serle útil.
—¿Adónde
vas a parar, papá?
—No
lo sé. Estoy reflexionando en voz alta. Lo necesito para aclarar mis propias
ideas. Deja a Nina que se entreviste con Chema en el sanatorio y que se digan
ambos lo que proceda. Pero, entretanto, yo quisiera pensar en el pasado y en el
futuro, y se me antoja que el futuro es más importante que el pasado, y hasta
que el presente.
—Los
sentimientos…
—Yo
no estoy en contra de ellos, Tony. Me parece perfecto que Nina corra al lado de
su novio. Pero mi visión del futuro es más amplia, y tengo el deber de
analizarlo como persona madura que ha pasado por demasiadas cosas. Si piensas
que mi postura es egoísta, te equivocas. Es, más bien, precavida. Yo no voy a
ir, ni tu madre, aquí presente, tampoco, en contra de lo que Nina haga, pero sí
que, como padres, tenemos el deber de orientarla sobre cuánto puede ocurrir.
—¿Y
si no ocurre nada?
—Siempre
tiene que ocurrir algo en una pareja tan desigual. ¿No has pensado en eso,
Tony?
—No,
mama.
—Es
que eres demasiado joven —adujo el padre con lentitud y comprensión. En la vida
todo te ha ido bien. Fuiste un niño feliz, un adolescente acomodado y, por
tanto, dichoso. Un estudiante al que nunca le faltó nada. Un hombre que, al
terminar la carrera de química hizo la especialidad en el extranjero y montó su
propio laboratorio, y, tiene más clientes de los que necesita. Eres, pues,
independiente. Como ves, la vida no te enseñó su cara mala, pero yo te digo que
la tiene. Y, si quieres, te refresco la memoria.
—¿Con
respecto a vosotros dos?
—Pudiera
ser una forma de hacerlo.
Tony
dio una patada en el suelo.
—Si
me vas a decir que tú y mamá, cuando os casasteis, teníais un puesto de
periódicos en un barrio, ya lo sé.
—Para
llegar después a tener una perfumería en el mismo barrio dijo la madre con
súbita energía—, pasamos mil apuros, y hasta hemos evitado los hijos a nuestra
manera, no a la manera fácil de hoy cuando decidimos tenerte a ti, ten por
seguro que ya empezábamos, después de miles de penurias y necesidades, en una
perfumería más céntrica.
—No
añadas que, cuando yo tenía un año escaso, pedisteis un préstamo que os costó
un ojo de la cara pagarlo, para mantenerlo en el mismo centro y a todo lujo,
porque eso también lo sé.
—Pero
tal vez ignoras que, para alcanzar la absoluta propiedad de la perfumería que
tenemos hoy, pasamos noches en blanco y noches sin comer. Eso hoy parece una
estupidez, pero, cuando se pasa, es una tragedia. Afortunadamente, tú, de eso,
no sabes nada, Tony, lo cual celebramos.
—¿Y
qué tiene que ver eso con lo que les ocurre a Nina y a Chema?
—Según
se mire, mucho. Y te lo voy a explicar —bebió otro sorbo y removió el vaso de
nuevo—. Las cosas hechas impulsivamente pueden salir bien, o pueden salir mal.
Lo mejor es reflexionarlas antes. De momento, Chema y Nina se podrían casar.
Nina puede querer a Chema hasta el extremo de casarse con él siendo ciego. No
vamos a entrar en el detalle de que lo haga o no, ni de que nosotros estemos de
acuerdo o no. Entremos sólo en el futuro. El mismo Chema adquirirá complejos
que no tiene. Se desesperará viéndose inútil, y todo ello puede desatar una
guerra sorda entre los dos. Y amargará sus vidas y su felicidad.
Se
sentó.
Miró
al frente. Su mujer lo escuchaba sin parpadear. Tony se había dejado caer en el
borde del brazo de un sillón.
Sólo
el padre hablaba, y lo hacía cuidadoso y analítico.
—Hemos
de tener muy en cuenta que Chema es ingeniero de caminos. Que se siente
orgulloso de serlo. Que tienen, ambos, comprado un piso, que amueblaron entre
los dos. Que la boda estaba acordada para dentro de tres meses… también hemos
de tener en cuenta que la madre de Chema, con mucha vista y con muy buen
juicio, había decidido quedarse a vivir sola, como siempre ha vivido, en
realidad. Ahora, su paga como viuda de un general es espléndida y no necesita
de nadie para vivir. Otras madres menos comprensivas no hubieran actuado así,
pero Merche, de hecho, no quería irse a vivir con la pareja, lo cual es de un
gusto exquisito y de una cordura nada corriente.
—Papá,
¿adónde vas a parar?
—No
lo sé, Tony. Estoy mirando la vida objetivamente. Nunca seré subjetivo, porque
la realidad se impone a las fantasías. Tu amigo estaba feliz, no sólo con su
noviazgo con Nina, a quien nos consta que quería de verdad, sino con su carrera
y el desempeño de ésta. Pero la desgracia acecha en cualquier parte, y una grúa
en plena carretera pilló debajo al ingeniero, y éste resultó ser Chema.
¿Consecuencias? Muy graves. Pero las ha superado. Sin embargo, nadie esperaba
que el mayor peligro estuviera en los ojos. Pero ahí tienes el resultado. De
momento, ciego. No definitivamente, según los médicos, aunque ahora, según se
presentan las cosas, sí. ¿Cuántas operaciones necesitará Chema para volver a
ver? Eso es lo desconcertante, la propia incógnita. La sensatez impone
prudencia y tregua. Nina no necesita casarse ya, sólo porque sí, porque iba a
hacerlo. Sería peor mañana el amor. Un tipo como Chema no se resigna, aunque
aguante el chaparrón con estoicismo aparente, porque la marea anda revuelta por
dentro. ¿Quién sufrirá las consecuencias de sus depresiones? ¿Quién soportará
los silencios cerrados de Chema ante una impotencia que no puede salvar su
energía vital? Nina. ¿Quien se va muriendo en desilusiones? Nina. Porque Chema,
Tony, porque para todos esos efectos, ya está muerto.
—¡Papa!
—Muerto.
Un hombre de su vitalidad condenado a la absoluta impotencia no se soporta, y
Chema llegará a no soportarse a sí mismo. No, no me digas que la paciencia, el
amor, la perseverancia… todo eso es muy bonito, y suena de maravilla. Pero,
repito, la realidad es muy distinta.
—No
se puede ser tan realista, papá.
—Mira,
Tony, tú no sabes nada de la vida. Tu madre y yo, en muchas penurias pasadas,
estuvimos dispuestos, más de una vez, a irnos cada uno por nuestro lado. No lo
hicimos porque existías tú… por eso tardamos seis años en tener a Nina. No
fuimos por ella, porque entendimos que los terceros no tenían la culpa de
nuestras desesperanzas, y lo que ellas implicaban… te digo esto para indicarte
que la desesperación mata el amor, la ilusión, la felicidad…
—Pero
vosotros estáis ahí, y sois ricos y felices.
—Ahora
—cortó el padre, bebiendo lo último que quedaba en el vaso—. Pero, para llegar
a este status social y económico, hemos luchado mucho, y por eso anteponemos la
realidad a cualquier fantasía por bonita que sea. Te diré más. Si algo destruye
el amor es el silencio, la falta de comunicación. Chema jamás será el mismo
hombre, y su amargura puede convertir su unión con Nina en algo terriblemente
penoso. Y no ya para Nina sólo, sino para él mismo. Si Chema es como yo
supongo, no querrá casarse.
—Pero…
—No
me mires así. Piensa en ti mismo. De tener novia y amarla, ¿tolerarías que se
casara contigo estando ciego?
Tony
se llevó los dedos al pelo.
—Iré
a ver si encuentro a Nina.
—Piensa
mucho en todo lo que hemos hablado, Tony. Y piensa que no lo decimos sólo por
Nina, sino por Chema y por todo el complejo que, para un tipo vital como él,
puede significar esta situación, y más aún en el futuro.
Cuando
Tony se fue, Raquel dijo quedamente:
—No
debimos ser tan duros, Rufo.
—Es
que no veo cómo podemos ser, Raquel. La realidad se impone, y uno tiene que ser
realista, porque de esas realidades vivió. Las demagogias déjalas para los
políticos soñadores, que, además, aunque no lo sean, necesitan hacer ver al
pueblo que lo son y que las ilusiones nunca mueren. Y todo se muere, Raquel,
hasta las más vivas ilusiones.
—Vamos
a comer, Rufo. O, por lo menos, a intentarlo. La perfumería no espera. Y, mal
que nos pese, hemos de bajar.
—Ésa,
ésa es la realidad —apuntó el marido, yendo con ella hacia el comedor.
Capítulo
4
Silenciosamente,
sabiendo lo que ocurría y viviéndolo como ellos, aunque de otro modo, Inés
sirvió el café. Casi al mismo tiempo, sonó el timbre de la puerta.
—Yo
iré, Inés —dijo Raquel con aquel aire suyo elegante, pero algo amargo—. Tú,
termina de servir el café.
Tomó
a Inés a su servicio, años antes, cuando ya poseían aquella tienda de lujo y
Tony empezaba a necesitar el parvulario y nació Nina.
Desde
entonces, Inés, más que sirviente, era un miembro de la familia.
Raquel
abrió y se encontró con Merche.
—Pasa
—dijo sin asombrarse—, pasa. Tomaremos un poco de café.
—He
venido ahora porque me llaman del sanatorio.
—Por
favor, Mercedes —dijo Raquel, asiéndola por un codo—. No llores así.
—Si
pudiera remediarlo… toda mi vida luchando por hacerlo un hombre de bien…
—Y
lo has conseguido.
—¿Quién
es, Raquel?
No
respondió ésta, porque entraban las dos en el comedor. Rufo se levantó con
presteza.
—¡Mercedes!
—Se
lo habéis dicho a Nina.
—Fue
Tony, Mercedes. Ya sabes lo que quiere a tu hijo y lo que quiere a su hermana.
Pensó que callarlo más tiempo era una tontería.
—Nina
tenía que saberlo. Además, como va todos los días al sanatorio, hoy mismo lo
tendría que saber.
—No
—dijo Merche, sentándose y secando su llanto—. No lo iba a saber, porque los
médicos, que son amigos de Chema, le hubieran dicho hoy que, debido a una
transfusión, estaba recluido y no recibía visitas.
Rufo
le sirvió café.
—Toma
y cálmate, Merche.
Era
una dama elegante. De planta arrogante, pero dolida y amargada. Sus cabellos
grises denotaban a una mujer que sufrió lo suyo, pues, si bien su cara tenía
pocas arrugas, en torno de los ojos se apreciaban ojeras.
Vestía
de oscuro.
Tenía
las manos finas, y su voz era educadísima.
Se
notaba que siempre vivió en un ambiente refinado y que, para sostenerlo, debió
de sufrir lo suyo.
—No
tomo café, Rufo —dijo—. Me pondría más nerviosa. Como os decía, me llamó ahora
mismo Pablo Lafuente. Ya sabéis lo amigo que es de Chema y Tony. Estudiaron
juntos y compartieron el mismo piso en Madrid al final de la carrera. Nina está
en la antesala, y no le dejan entrar, pero ella se empeña, y Chema dice que
necesita unos días para hacerse a la idea, para reflexionar.
—No
te preocupes —dijo Rufo, comprensivo—. Tony fue a buscar a Nina.
—Pero
es que Nina no quiere dejar el sanatorio sin ver a Chema.
—Y
tu hijo…
—De
momento, no puede. Dice que tiene que hacerse a la idea…
—Tony
convencerá a Nina —dijo Raquel sin convicción—. Esperemos eso, al menos.
—Yo
quería hablaros de ellos dos.
—¿De
Chema y de Nina?
—Sí.
Creo que se impone ser realista.
Por
eso la querían, porque Merche sabía de duras realidades y comprendería sus
puntos de vista, y quizás los compartiera.
—Toma
café y hablemos. Raquel, tú ve y llama a Matías, el encargado. Dile que
tardaremos en bajar.
Raquel
hizo lo que le pedía su marido. Regresó en seguida.
—No
te preocupes. Matías lo entiende. Además, a estas horas, nadie en la capital
ignora lo que pasa, porque tanto Chema como Nina son muy conocidos.
Merche
no tomó el café; aunque ni cuenta se dio de que Rufo se lo servía.
Sentada
en el comedor ante la mesa, apoyó los brazos cruzados en el borde.
Yo
no sé lo que vosotros pensaréis de la boda que se iba a celebrar dentro de tres
meses.
—Pensamos,
Merche —dijo Rufo—. Dinos qué piensas tú.
—Yo
creo que debe posponerse. No sé si Nina lo aceptará, pero me parece que Chema
también piensa lo mismo. No es que me haya dicho nada. No. Chema recibió la
noticia aparentemente tranquilo. La procesión andará por dentro. Es duro.
¡Tremendamente duro verse así después de saberse seguro en un puesto de
responsabilidad! Además, ya sabéis lo que le costó alcanzarlo. El trazado de
esa carretera le llevó noches y días en vela. Eligieron su proyecto entre
cientos…
—Sabemos
todo eso, Merche.
—Es
que un hombre como Chema no se va a resignar. Hará como que se resigna. Yo lo
conozco bien. Pero dentro de sí hay una rebeldía insufrible, indescriptible.
—Pero
lo que sucede no es definitivo.
—No,
Raquel, ya sé. Pero tampoco te olvides de las veces que tendrá que ir a
Barcelona y las operaciones que sufrirá antes de llegar a ver, si es que
realmente llega a ver, porque eso nadie lo aseguró. A otro enfermo cualquiera
no se le dan demasiadas explicaciones. Chema las quiso todas cuando se dio
cuenta de que, tras quitarle el vendaje, no veía y, tras la segunda operación,
tampoco.
—Nina
no sabe lo de las operaciones, Merche.
—No
lo sabía, Rufo. Ahora lo sabe todo, porque Pablo se vio obligado a decírselo
para que entendiera las causas por las cuales no podía pasar.
—Ya.
—Sé
lo mucho que Nina ama a Chema, y cómo él le corresponde, pero se obliga una
tregua.
—Tony
dice que estamos locos.
—Es
decir, que pensáis como yo.
—Pues
sí.
—Se
destrozarían el uno al otro —dijo Merche con desesperación—. Sería peor el
remedio que la enfermedad. Y destruirían también lo mejor que los dos tienen.
—¿Y
qué podemos hacer? Nina es mayor de edad.
—Nina
ha pasado algunos veranos en Londres o en París. Que se marche.
Los
padres se miraron.
No podían
tomar a mal las expresiones rotundas de Merche.
La
conocían.
En
aquel caso concreto suponían, y suponían bien, que lo hacía por el amor de los
dos muchachos.
—Todos
estos últimos años —siguió Merche, sin duda con su idea—, Nina se fue a
estudiar a Londres. O a París. Pero frecuenta más Londres, por su carrera de
filología inglesa. Por tanto, un verano allí, una vez más…
—Eso
tendrá que decidirlo ella, Merche, y se nos antoja que no lo decidirá así.
—Tal
vez vosotros podáis influir.
—¿Nosotros?
Nina es autónoma, independiente. Ellos habían decidido casarse este mismo
verano. Está comenzando, y en agosto pensaban casarse, tomar Chema el permiso e
irse a Londres un mes.
—Todo
eso lo sé. Pero no sé cómo vamos a evitarlo.
—Tú
tienes el mismo miedo que nosotros, Merche.
—No
sé qué miedo os acucia, pero el mío lo tengo claro. Un hombre con toda su
vitalidad no soportará su ceguera. ¿Quién se destrozará? Él, y de paso ella. No
se darán cuenta, pero ocurrirá así.
—La
experiencia nos abre los ojos, mi querida amiga.
—Tony
no piensa así, ¿verdad?
—No.
Ni sabemos si lo pensará Nina. Todo es cuestión de cómo lo enfoque Chema.
—Pablo
me pidió que fuera a ver a Chema, pero mientras esté Nina allí, no podré,
porque ella querrá entrar conmigo.
—Pues
espera aquí a que regrese Nina con Tony.
—¿No
sería mejor que fuéramos tú y yo a buscarlos, Rufo?
Éste
se levantó.
—Tengo
el coche aquí delante de la tienda. Vamos, Merche. Y gracias por tu
comprensión. Se impone una espera, y Nina debe aceptarla.
Capítulo
5
Pablo
miró a Tony significativamente.
Nina
no lloraba, que era lo peor que podía ocurrirle, cuando tanto Pablo como Tony
sabían que lloraba por cualquier trivialidad.
Aquel
asunto era muy serio.
Pero
Pablo conocía perfectamente a Chema y sabía que lo que había decidido era lo
normal.
—De
momento, es imposible, Nina. ¿No lo entiendes?
Nina
no entendía.
Era
una chica lindísima. Morena, de cabellos negros lacios, bastante largos; ojos
verdes; esbelta; joven, parecía más joven de lo que era en realidad, pero con
la expresión madura en la hondura de sus ojos.
En
aquel instante vestía unos pantalones azules, con bolsillos ladeados, y las
perneras, estrechas, un poco más arriba del tobillo. Una simple camisa haciendo
juego, y un cinturón que le ceñía la breve cintura.
Calzaba
mocasines planos, con un solo lazo en medio.
Parecía
una niña, pero ella sabía que era mujer.
La
mujer que hizo Chema para él.
Su
único novio.
Empezó
con él cuando tenía diecinueve años.
Sabían
demasiadas cosas uno del otro, y aquel piso que iban a compartir, decorado con
toda coquetería, también sabía de sus intimidades apasionantes.
¿Cómo
podían impedirle que entrara?
Había
estado allí desde que Chema sufrió el accidente.
Cuando
él estaba en cuidados intensivos, ella se pasó con la cara pegada al cristal
días y horas.
Ahora
que ya todo iba bien, aquella horrenda noticia.
¿Dejarlo
solo?
—Pero
si es él quien ha decidido no verte de momento, Nina —insistió Pablo.
—No
verme. ¿Es eso una ironía, Pablo?
—Bueno,
ha decidido no recibir a nadie.
—Yo
no soy nadie.
—No
hizo distingos en esa cuestión —dijo Pablo secamente—, y como médico te prohíbo
que entres. Es más, no vas a entrar, porque, de hacerlo, te toparías con otros
enfermos en ese cuarto.
—Necesito
verle ahora, ¿comprendes?
—Vamos,
Nina. Ya estás oyendo. De momento, Chema necesita reflexionar.
—¿Solo?
¿Y por qué no conmigo?
Pablo
se había retirado. Volvió con un vaso lleno de algo que parecía agua.
—Bebe
esto, Nina. Lo necesitas.
Tony
lanzó una mirada sobre su amigo, y Pablo hizo un signo afirmativo.
Nina,
ajena a todo, tomó aquel brebaje.
—Ahora
—dijo Pablo—, te irás. Serás buenecita. Cuando Chema decida, yo mismo te
llamaré.
Como
Nina parecía mareada, Pablo dijo al oído de Tony:
—Es
de efectos rápidos. Llévala al coche. No se rebelará. Después, si quieres,
vuelve solo.
—¿Chema?
—No
quiere verla aún. Déjale pensar.
—Pero,
Nina…
—Mírala;
se está cayendo en tu hombro. Llévala al coche.
—Chema
estará destrozado.
—Ya
lo conoces. Lo más expresivo de su cara lo tiene tapado. De modo que no es
fácil saber lo que está pensando, pero sin lugar a dudas lo está haciendo.
—Dile
que me llevo a Nina, pero que yo volveré.
Cargó
con la joven, y en la puerta del sanatorio se topó con Rufo y Merche.
—¿Qué
ha pasado, Tony? —se asustó el padre.
—Pablo
le ha dado algo. Se empeñaba en ver a Chema, pero él prefiere estar solo de
momento.
—Vete
con él, Rufo. Yo iré a ver a Pablo.
—De
acuerdo.
La
besó en la mejilla siseando:
—Gracias,
Merche.
—Ya
os veré en otro momento.
Al
verla por los pasillos mirar aquí y allí y dirigirse a control, se adelantó
Pablo.
—Ven
conmigo, Merche.
Le
pasó un brazo por los hombros.
—Mi
opinión no es suficiente, ¿sabes? He reunido al equipo y el jefe que es el que
manda; piensa que debemos enviarlo a Barcelona lo antes posible.
Como
ya estaban en el despacho, la ayudó a sentarse.
—He
tenido que suministrarle a Nina un calmante.
—Lo
sé. La encontré al entrar.
—Es
una tragedia para los dos.
—Para
mí también, Pablo.
—A
ti ya te doy por descartada, mamita. ¿No era así como te llamábamos cuando nos
hacías aquel chocolate con churros cuando éramos colegiales y llovía, y no nos
apetecía salir?
Ella
sonrió tibiamente.
—Chema
está destrozado.
—Mucho.
Pero, como bien sabes, no se le nota.
—¿Por
qué no quiere ver a Nina? Tarde o temprano…
—No
lo sé.
—Pero
Nina le ama.
—Y
él a Nina.
—¿Entonces?
—Mira,
los hombres, a veces, somos un misterio y, otras, libros abiertos en los que
lee todo el mundo. Hasta la fecha, Chema fue de los últimos, pero ahora las
cosas han cambiado para él. Es posible que no desee arrastrar a Nina a una
oscuridad eterna. Para mí, tiene cura, pero… de momento no ve, y eso es tan
obvio como que tú y yo estamos aquí, mamita.
—¿No
puedo verle yo?
—Primero
dijo que quería verte, y hace cosa de dos horas me llamó para decirme que no,
que prefiere estar solo. Es más, para que nadie lo vea, lo hemos cambiado y no
vamos a decir dónde está. Lo siento, pero, de momento, es Chema antes que
nadie.
—Sin
embargo, Nina ha pasado muchos días junto a él.
—Cuando
no sabíamos aún el resultado de la operación.
—¿Está
deformado?
—No,
no. Lo exterior no tuvo mucha importancia. En principio pensamos que sería más,
pero, como sabes, no fue casi nada. Lo esencial es la vista, y de eso nos dimos
cuenta al final, después de la primera operación, porque no dio el resultado
que se esperaba. Es por eso por lo que el equipo acordó enviarlo a Barcelona,
intentarlo allí y que decidan los que saben más que nosotros. Todo esto es
carísimo, pero tú, tranquila, porque la compañía se hace cargo de todos los
gastos. A ellos les interesa Chema casi tanto como a nosotros, por otras
causas, pero para ellos es igualmente un pilar profesional importante. Para
decirte esto te he llamado, mamita. Yo sé que tú aguantarás sin ver a Chema y
sé también que, antes de decidir su marcha, Chema te verá y verá a Nina.
—Nina
está destrozada.
—Se
irá haciendo a la idea.
—¿Y
de casarse?
—¡Ah!
—hizo un gesto vago—. Eso es cosa de ambos. Ni tú, ni yo, ni los Vigil podemos
interceder, ni aprobar o rechazar. Son adultos, y como tales han de arreglar
sus cosas.
—Pero
tú, conociendo tanto a Chema, sabes ya que no se casará. Condenaría a Nina a
vivir con un ciego toda su existencia.
—No
creo que Chema se resigne, no. Es grave la situación, pero más grave en lo
psíquico que en lo físico. Dejemos que Chema disponga de su propia vida, y, de
paso, de la de Nina. Yo no sé aún cómo va a reaccionar. Está solo en un cuarto.
En la sexta planta, y vigilado, aunque él no lo note. Siempre se teme que un
hombre de éstos, impotente para soportar ciertas situaciones, haga una locura.
—¿Qué
debo hacer yo, Pablo?
—Irte
a casa, mamita, y esperar.
—Una
espera desesperada.
—Sí,
no cabe duda, pero mucho más desesperada será la de él. Entiende eso y
confórmate.
¡Qué
remedio le quedaba!
Capítulo
6
Era
inútil hablarle.
Ni
siquiera estaba acostada. No lloraba y menos aún sollozaba.
La
perfumería, aquel día, había sido atendida por el personal subalterno, dado que
ni Raquel ni Rufo, ni siquiera Tony, se habían movido del salón.
Nina
estaba allí, vestida aún con la misma ropa y rígida como una estatua.
El
que su padre hablara, le siguiera su madre y después Tony, de poco le servía.
Conocía
su situación, y amaba a Chema. Ciego, sin ojos, manco, sin pies, igual le
amaba. Que nadie le hablara de dejar a Chema solo en aquella adversidad. Ni lo
entendía ni quería oírlo por nada del inundo.
Por
supuesto que sus padres no se lo decían. La conocían demasiado para meterse en
honduras. Además, Tony les había advertido: «Nada de decir cuánto pensáis del
futuro. Que lo arreglen ella y Cherna. Vosotros no tenéis ningún derecho».
En
efecto.
Dada
la situación, de nada servían los consejos, y menos aún los que fueran en
contra de unos sentimientos nobles y profundos como los de Nina.
Sin
embargo, sus frases de aliento tampoco surtían efecto. Por eso, pasada casi la
media noche, Tony hubo de llamar de nuevo a Pablo, y éste le recomendó un
sedante.
«Mejor
tenerla sedada, mientras no reaccione Chema».
Tony
preparó el sedante y se lo suministró a su hermana, más con el fin de llevarla
al lecho y que descansara, que por dormir él y sus padres.
Lo
consiguió a los diez minutos.
La
estatua que parecía Nina, erguida en el sillón donde había caído y de donde no
se había movido, torció la cabeza y abatió los párpados.
Tony
cargó con ella y le pidió a su madre que le siguiera.
—No
se despertará en horas, mamá. Desnúdala y que se quede ahí relajada. Quizá
cuando despierte rompa a llorar. No lo entiendo. Una chica que llora por
cualquier cosa, cuando tiene algo verdadero por qué hacerlo se queda con los
ojos secos.
—El
dolor cierra el torrente de sus lágrimas, Tony.
—Ponla
cómoda.
Y
salió del cuarto de su hermana cerrando la puerta tras de sí.
Se
reunió con su padre en el salón.
Inés
revoloteaba todavía por allí. Eran casi las tres de la madrugada, pero es que
el dolor de aquella familia era su propio dolor. Casi no habían comido ni
cenado en absoluto.
—Vete
a descansar, Inés —le dijo Tony con ternura—. Nina duerme, y dormirá hasta bien
entrada la mañana. Nosotros también necesitamos descansar. La vida sigue; por
mucho que la gente se muera o reviente.
Raquel
retornó al rato.
—Duerme
profundamente.
—La
he sedado —dijo Tony—. Lo necesita. Son demasiadas horas en silencio, con el
cerebro lleno de amargura.
—Merche
nos ha llamado —dijo Rufo—. Dice que Chema también se niega a verla a ella.
—Iré
yo.
—Ahora
no, Tony. Espera que sea de día. Pienso que, pese a todo y como tú bien dices,
la vida sigue, y hay que descansar.
Se
fueron a la cama, y si bien no durmieron, por lo menos conversaron
apaciblemente y descansaron en posición horizontal.
A
las nueve, Tony no abrió su laboratorio y se fue a la clínica. Pablo le había
llamado momentos antes.
No
dijo a sus padres adónde iba, pero sí advirtió a Inés que le dijera a su madre
que no permitiera que Nina saliera de casa hasta su regreso.
—Suponiendo
que se despierte pronto —añadió.
Inés
susurró:
—Tony,
¿qué va a suceder ahora?
—Ojala
lo supiera. Cómo reaccionará Nina lo sabemos, pero cómo reaccionará Chema, no.
—El
amor…
—El
amor —le cortó Tony—, es, además de una bella fantasía, una horrible realidad a
veces, Inés. Papá tiene razón. Me temo que la tenga.
Pablo
le esperaba en el control, con aire taciturno.
—¿Qué
sucede, Pablo?
—Ven
a mi despacho.
—Algo
malo, ¿no?
—No
lo sé. Los tres fuimos amigos siempre, y yo creía conocer a Chema, pero ya no
estoy tan seguro. Pasa.
Lo
hizo. Cerró él mismo.
—¿Por
qué me dices eso?
—Chema
pide ver a tu hermana a solas.
—¿Ahora?
—Cuando
sea. Lo antes posible.
—¿Y
a mí?
—No
dijo que no pasaras. Con su madre quiere hablar después de hacerlo con Nina.
—Tú
estás pensando algo, Pablo.
—Bueno,
dado el tipo de hombre que es Chema, me parece que ha pensado ya cuanto tenía
que pensar y ha sacado su conclusión.
—¿Y
bien?
—No
lo sé. Pero me temo lo peor.
—¿Que
se mate?
—No,
no. No seas loco. Chema no se matará mientras tenga una esperanza de volver a
ver, y ésta existe. Se irá a Barcelona uno de estos días. Quizá la semana
próxima.
—¿Solo?
—Con
su madre.
Tony
se desconcertó. Tanto es así, que se sujetó al respaldo de la silla que tenía a
dos pasos.
—¿Y
Nina?
—Eso
es lo que te quería decir.
—¿Lo
sabe Merche?
—No.
Aún no la vio. La verá después de ver a Nina.
—Iré
yo a su cuarto, Pablo.
—Me
parece bien.
—¿Qué
esperas que descubra?
—No
lo sé. Yo no he descubierto más que una gran serenidad. Un grado exagerado de
apaciguamiento.
—Y
supones que eso es malo.
—Para
el futuro, sí. El futuro referente a sus relaciones con Nina, se entiende.
—Supongo
que…
—No
me hagas suponer, Tony. Ve a verlo, y después ven a reunirte conmigo. Está en
la seis cero seis de la sexta planta. Entra y dile que eres tú.
—¿Su
vida, por lo demás, es normal?
—Totalmente.
Las heridas han curado, los injertos han cicatrizado y en el rostro no tiene
nada más que las vendas en los ojos, y eso porque él dijo que prefería
tenerlas.
—Ya.
Tony
se dirigió a la puerta.
Pablo
fumaba distraído, pero Tony no llegó a salir.
Giró
de súbito.
—Pablo,
cuando Chema quería ser enigmático o divertido lo conseguía.
Pablo
asintió.
—Y
lo peor es que casi siempre ocultaba algo amargo cuando adoptaba tal postura.
—¿Está
muy irónico?
—No.
Está divertido.
—Por
eso me has mandado llamar.
—Por
eso y porque tienes que traer a Nina tan pronto se le pase el efecto del sedante.
La quiere ver.
—¿Por
qué permites que yo pase antes que Nina?
—Porque
tú lo conoces bien y quiero que al salir me digas si piensas lo que estoy
pensando yo.
—Y
no me dices lo que piensas —dijo sin preguntar.
—No
quiero influir en nada.
—Bien.
Hasta luego.
Atravesó
desde el control, que estaba situado a la altura del despacho de su amigo,
hacia el ascensor. Iba pensando. Pensaba en otros días, cuando a Chema las
cosas no le salían como él esperaba.
Capítulo
7
Aunque
la ceguera de Chema partía de tres meses antes, cuando se consideraba aún
pasajera y que se superaría con una operación (e iban ya dos), debía de tener
bien despierto el sentido del oído porque, nada más abrirse la puerta,
preguntó:
—¿Quién
es?
—Hola,
Chema —saludó Tony dándole una palmadita en la mano, que el enfermo dejó
fláccidamente estirada a lo largo del lecho—. Ya sabes quién soy.
—Tony,
chico, no te esperaba…
—Esperabas
a Nina.
—Pues,
sí. No entiendo por qué no ha venido estos días.
Una
mentira ya.
Tony
acusó el impacto.
—Pensé
que tú lo habías ordenado así, Chema.
—¿Sí?
No recuerdo. Esos medicuchos me dan tantos brebajes para que duerma que termino
por no acordarme de nada. ¿Has visto a Pablo? Ya sabes que me voy a Barcelona.
Me pondré bien enseguida. Una operación más, y listo. ¡La vida, a veces, es
como una broma de mal gusto! Yo que pensaba hacer un largo viaje por Europa
cuando terminase la carretera… en fin, uno se aguanta. No vienen mal tampoco un
mes o dos de relax.
Tony
lo miraba fijamente, pero lo más expresivo del rostro de su amigo eran los
ojos, y en ellos él sabía leer, pero aquellos ojos estaban cubiertos por una
odiosa venda.
Así
que se encontró diciendo:
—No
tenías más que un mes de permiso, y eso por tu matrimonio. Chema.
—Ah…
mi matrimonio. Es verdad. ¡Si seré tonto! Lo había olvidado.
—No
me digas que pensabas hacer solo ese viaje…
—Mira,
yo qué sé. Uno sueña. No puede evitar soñar. ¿No crees? Las realidades son
demasiado duras, y de vez en cuando uno decide dejarlas a un lado y vivir esas
fantasías en soledad.
—Pero…
Nina esperaba que os casarais en agosto.
—Claro,
claro… bueno, dime, ¿qué tal tu asunto con Isabel?
¿Quién
se podía acordar de Isabel en aquel momento?
Sin
duda, Chema.
Él
no, desde luego.
—Ese
asunto pasó a la historia.
—Tú
sabes vivir, Tony. Siempre has sabido. Siempre envidié tu forma formidable de
ser con las mujeres, escurridizo y aventurero, pero nada serio. Sin embargo,
las chicas te siguen como si te fueras a casar mañana.
—Tú
sabes que yo no tengo pensado casarme, de momento, Chema.
—Por
supuesto. Eso es saber vivir la vida.
Otra
mentira.
Chema
era un tipo serio.
Él
también: para qué negarlo. Sólo fallaba con las mujeres.
Chema,
ni siquiera en eso. Chema era de los de una novia y el matrimonio.
Y si
no se casó antes con su hermana era porque no tenía asegurado el porvenir.
Tampoco Chema era de los que se casaban a lo loco.
¿Qué
pasaba allí?
¿Qué
cosa iba a decirle Chema a su hermana?
—Chema
—dijo inclinándose—, si piensas zanjar la situación mintiendo, no lo hagas. Sé
sincero.
—No
sé de qué me hablas.
También
tenía esa faceta. Si quería mentir o fingir nadie que no le conociera, como él
o Pablo, podría dudar de la veracidad de sus palabras.
Por
tanto, Nina iba a sufrir una doble desilusión.
—No
la dañes tanto como tú estás dañado, Chema —dijo.
El
enfermo meneó la cabeza.
—No
sé de qué me hablas, Tony.
—De
Nina.
—Ah,
es verdad. ¿La traerás hoy?
—¿Quieres
que venga con ella?
—Eso
es cosa tuya —se notaba que su voz era apacible, lo cual, para Tony, suponía
que era la menos apacible del mundo—. Lo que si deseo es que pase sola, y no me
engañes, pues, habituado a la oscuridad como estoy, tengo muy fino el oído.
—Yo,
lo que te digo, Chema, es que no juegues con la felicidad hasta el extremo de
destruirla. Ten eso muy presente y recuerda que le lo dice tu mejor amigo.
Por
el aire, Chema le buscó la mano y se la apretó.
—Tú
tranquilo, Tony. En tres meses, la vida de un hombre cambia se despierta su
egoísmo, su razón única de sobrevivir. Se pasa uno una vida entera o casi
entera pensando en que esto está bien, y esto y esto, y en unos minutos se da
cuenta de que todo era mentira y de que lo único que deseaba era acomodar su
vida a una tranquilidad falsa.
—Chema,
¿qué me quieres decir?
—Pues
no lo sé. Pensaba, Tony, pensaba.
—A
mí me dan miedo tus pensamientos actuales, Chema, que no concuerdan con los
anteriores.
—Ya
te digo que a veces se vive equivocado y que lo bueno es comprenderlo a tiempo.
Tony
decidió salir.
Llevaba
en mente, casi una por una, todas las palabras que iba a oír su hermana, y se
estremecía sólo de pensarlo, pero también entendía que no podía ni debía
intervenir.
Cuando
alcanzaba la puerta, aún le dijo Chema:
—Oye,
no te olvides de decirle a Nina que necesito verla. A ser posible, hoy mismo.
—De
acuerdo.
—¿Y
la traerás? —preguntó Pablo casi espantado, después de oír todo cuanto Tony le
dijo.
—Sí
—rotundamente.
—Pero
la destrozará. Nina creerá lo que le diga.
—Tal
vez sea la única forma.
—No
tiene derecho. Él está destrozado, pero destrozar a los demás…
—Es
su forma de ser, y tú lo sabes, Pablo.
—¿Y
Nina?
—Se
curará.
—¿Y
si él recupera la vista dentro de unos meses?
—Que
recoja, si puede, los trozos de su existencia, esparcidos por doquier. Quizá tú
también lo harías, Pablo. Piensa un poco. Yo no estoy seguro de nada, pero, de
querer a una mujer, preferiría que se despreocupara a que me compadeciera.
—Es
horrible.
—Esto
debe quedar entre nosotros, Pablo.
—Nina
sufrirá.
—Se
le pasará.
—Es
tu hermana.
—Por
eso mismo. Ningún amor es eterno.
—Tú
lo dices porque eres un picaflor, pero si a mí me dices que tengo que dejar a
mi mujer con amargor en la boca y odio en el corazón, me mato antes.
—Es
que tú eres menos cerebral que Chema.
Se
levantó para irse. Pablo fue tras él.
—¿Qué
dirán tus padres?
—Nada.
Mis padres opinan, pero no deciden.
—¿Y
Nina?
—Decidirá.
—¿Por
qué lo sabes?
—Porque
Chema la empujará a decidir. Chema se pasó estos días reflexionando, y, o yo no
le conozco, o reflexionó concienzudamente con la intención de perder, para
ganar.
—¿Perder
lo que más quiere, y ganar qué?
—Evitar
sufrimientos y decisiones drásticas.
—Que
lo serán, de todos modos, para Nina.
—Pero
pasarán. Eso es lo que Chema espera.
—¿Y
él?
—Él
no se cuenta. ¿No lo has entendido?
—Y
siendo así los dos, ¿lo vamos a tolerar?
—¿Es
que quieres ver a tu amigo hecho una piltrafa?
—¿Y
tú, una hermana desgraciada?
—No
hagas caso. Nadie olvida mejor que quien odia o desprecia, eso lo sabe Chema.
—Un
drama odioso —farfulló Pablo.
—Un
drama que presenciaremos los dos, inmutables. ¿Entendido Pablo?
—Sí.
El
ascensor bajó y Tony salió a la calle.
Hacía
calor, pero no tanto como para que la frente le sudara y le empapara el pelo.
Subió
a su coche y enfiló hacia el centro. Iba pensando.
Llevaba
el ceño fruncido, pero en el pensamiento el más absoluto convencimiento de que
permitiría que los acontecimientos se desarrollaran como Chema había decidido.
Por
Chema y por su propia hermana.
Es
más, se estaba dando cuenta de que su padre tenía razón cuando hablaba de
realidades aplastantes.
Llegó
a casa a media mañana, cuando sus padres estaban ya los dos en la perfumería.
—Chema
quiere ver a Nina —espetó—. ¿Estará despierta?
—Inés
quedó en llamar y no ha llamado aún.
—Iré
yo a buscarla.
—Tony…
¿qué pasa?
—Pues
no lo sé, mamá. Sólo que Chema quiere ver a su novia, y me parece lo más lógico
del mundo.
—No
sé hasta qué punto. Merche llamó y dice que también quiere verla a ella —bajó
la voz—, pero después de ver a Nina.
—También
eso es lógico, mamá.
No
pudo hablar más con ella, debido a que entraban clientes. Por la puerta
interior se fue a casa y se topó con Inés, que se disponía a llamar por
teléfono.
—Si
es para advertir a mamá que Nina ha despertado, estoy yo aquí.
—Para
eso era. Está en su cuarto vestida ya. Parece una muerta.
Se
dirigió al cuarto y vio a Nina vestida para salir.
Mejor.
—Chema
quiere verte, Nina. Ya ha reflexionado y se ha habituado a la soledad. Me
gustaría que tuvieras paciencia con él.
Nina
respiró hondo.
—¿Le
has visto tú?
—Sí.
—¿Cómo
está?
—Yo
lo vi bien, con la venda en los ojos, pero normal. Diría que en tres meses ha
cambiado bastante, pero… serán figuraciones mías.
Pretendía
prepararla, suponiendo lo que Chema iba a decirle, a tenor de lo que le había
dicho a él.
—Hasta
hace cuatro días, Chema era el de siempre —dijo Nina saliendo de la alcoba con
él—. De modo que, si cambió, sería en ese tiempo.
—Uno
no se da cuenta de que cambia hasta que se pone a reflexionar.
—¿Qué
quieres decir, Tony?
—Yo,
nada. Pienso. En su lugar, quizás intentara vivir más intensamente.
—Sigo
sin entenderte.
—Vamos
en mi coche. Te llevo. Te quiere ver a solas.
Ya
en el interior del vehículo Nina dijo, más animosa que el día anterior:
—Nos
casaremos, Tony. Nos iremos a vivir a nuestro piso. Yo desistiré de la cátedra
de inglés y consagraré mi vida a Chema. Verás como todo se arregla. Su ceguera
no puede ser definitiva. Nadie lo supuso así.
—Y
seguro que no es irreversible, Nina. Seguro que no —dijo Tony apretando el
volante con firmeza—. Pero sin duda se irá a Barcelona y se internará allí
hasta que le hagan un trasplante o algo así.
—Iremos
los dos y estaremos muy unidos.
Tony
prefirió no responder.
Presentía
que el viaje de regreso con Nina iba a ser muy distinto.
Sabía,
además, que, si Chema era peculiar, a la hora de la verdad, Nina no lo era
menos.
Capítulo
8
¿Quien
anda ahí?
Lo
sabía. La pregunta era puro formulismo. El perfume de Nina no podía pasarle
inadvertido. Aquel perfume se relacionaba con todos sus momentos de amor con
Nina.
La
sintió, en aquel momento, correr y tirarse sobre él. También sintió en su
propia boca el beso que ya conocía. La forma de besar de Nina, como él le
enseñó, para extraer del beso el mayor goce.
No
correspondió a él, y Nina se quedó rígida.
—Chema,
cariño, amor…
—Siéntate,
Nina.
—Te
estaba besando.
—¡Como
si no se percatara!
—Sin
embargo, nadie lo diría.
—Ya,
ya. Pero hay cosas más serias de que hablar que besamos ahora a lo loco.
Nina
se quedó como tensa. Se fue levantando poco a poco.
—Chema,
¿qué dices? Nuestro mayor placer era besarnos.
—Era.
—¿Era?
—Bueno
—rio, y sólo se le veía la risa en la boca, porque los ojos, delatores de su
estado de ánimo, seguían tapados.
—Hay
que ser consecuentes, Nina. Ceñirse a la realidad.
Nina
cayó sentada junto a la cama.
Parecía
una momia.
—No
te entiendo, Chema. No sabía lo que te pasaba. Me tenían engañada. Yo creí…
ayer no me dejaron entrar. Tony me dijo lo que estaba pasando… yo… yo pensé
volverme loca.
—En
realidad no es para tanto, Nina. Hay que ser realistas. A veces estas cosas han
de ocurrir para que uno se dé cuenta de muchas otras… muchas de las que ya han
pasado, y otras que pudieran pasar aún.
—No
te entiendo.
—Es
lógico. Mira —parecía una momia en la cama, pero su voz era clara y diáfana, y
estaba diciendo lo que quería decir y que tanto trabajo le costaba hacer, pero
él era hombre y sabía aguantarse y fingir y mentir en casos necesarios como
aquél—. La soledad, en cambio, ayuda a reflexionar y aclarar las ideas… y esas
ideas no siempre son como uno piensa. Uno se mentaliza para algo concreto, y de
súbito surge una situación que obliga a reflexionar con más cordura.
—Chema…
yo no te entiendo.
—Procuro
que me entiendas, Nina. Y no sabes cuánto siento no verte para que en mis ojos
leas lo que me sucede.
—Te
sucede lo que podría suceder a cualquier ser humano en tu lugar.
—No,
no creas. Yo recuperaré la vista. Eso lo tengo claro —no lo tenía en absoluto—,
pero mi cerebro funciona mejor sin ver, y éste es el que me dicta la realidad.
—Sigo
sin entender.
—No
creas que es fácil decir lo que pienso. No es nada fácil, Nina. Lo siento por
ti. Yo te estimo lo suficiente para no desear dañarte, pero la realidad y mi
sinceridad me empujan a ser cruel.
—¿Qué
dices?
—Verás,
yo estudié ingeniería, y no veas lo que a mi madre le costó pagarme esos
estudios. Fui consciente de ello. ¡Cómo no iba a serlo! Pero pasé mis penas.
Por favor, no te marches, oye hasta el final. La realidad, me impone en estas
circunstancias, ser sincero al máximo, quitarme de encima fantasías y
ambiciones y, sobre todo, egoísmos. Soy más puro. Sí, sí, creo que, ciego, soy
más puro, y me obligo confesándolo.
—Chema,
¿qué me quieres decir?
—Que
no te quiero, no. Se les toma afecto a las personas con el trato. Yo sé cuánto
diste en todo esto, Nina. ¡No voy a saber! Pero creo que no fui limpio ni
honesto. Tu posición social y económica mucho mejor que la mía. Recuerda que tú
mismo padre influyó para que me dieran ese proyecto… piensa un poco.
—¡Chema!
—Perdona
—siguió él como si le dieran cuerda. Nina se iba aplastando más y más en la
silla—. Pero uno, cuando ve y siente, con todos los sentidos alerta, es
egoísta, y cuando no ve se da cuenta. Se hace más puro, más limpio. El caso es…
sí, sí, ya te imagino mirándome espantada, pero me obligo a mí mismo a ser
sincero y realista. Por favor, no digas nada. Noto o presiento o escucho que te
mueves, que vas a insultarme. Lo merezco, Nina. ¡No voy a merecerlo! Yo sé que
merezco todos los epítetos que gustes lanzar. Pero tampoco desde esta pureza de
pensamiento y sentimiento que impone mi ceguera, puedo seguir diciendo
mentiras, fingiendo pasiones… ya sé que fuiste mía. Que te hice feliz… pero es
que los hombres como yo, hacemos felices a las mujeres que nos gustan. Pienso
que el amor es diferente. El placer es una cosa, y el amor entrañable es otra,
perdóname, Nina.
No
le oía.
Se
levantaba poco a poco.
Estaba
viendo a un monstruo odioso, no al hombre cabal, al hombre que ella tanto había
amado. El único hombre de su vida.
—Nina,
no te enfades. Yo sé que merezco tu desprecio. Pero debo ser honrado. Por una
vez, al menos. Sí, sí, seguramente te haría feliz. ¿Por qué no? Eres joven,
bonita, estás bien relacionada, eres culta… yo pensaba casarme, y si quieres lo
hacemos, pero desde mi mente pura de hoy, que nada tiene que ver con mi mente
engañosa de ayer, estoy obligado a ser leal…
—¡Basta!
—Nina,
¿qué te pasa?
—Basta
—volvió a decir.
—Perdona.
No sabía que mi sinceridad te dañara tanto.
—Eres
un tipo asqueroso.
—Es
verdad. Es verdad, Nina. Pero ahora estoy siendo verdaderamente sincero. Cuando
uno no ve a las personas y los objetos, ve su propio cerebro, estudia en él,
reflexiona; entonces es cuando aparece la verdad de todo. Podemos casarnos, si
quieres, Nina. ¡Qué más quisiera yo, que tú me cuidaras! Pero ante todo, estoy
obligado a decirte la verdad.
—Y
la verdad —dijo, Nina, con un raro acento que tanto hería, pero que él superaba
empeñado en desilusionarla—, es que todo fue mentira.
—A
medias. Verdad del todo tampoco fue, pero puede ser en el futuro. La ceguera le
hace a uno egoísta y necesita compañía. Entiende, Nina…
No
entendía.
Sólo
veía en aquella cama a un ser despiadado y frío.
Un
tipo asqueroso.
Tanto
como ella le había querido, y tanto como le había dado.
¿Todo
mentira?
—Nina
—extendió la mano buscándola—, ¿dónde estás?
No
estaba.
Nina
había ido retrocediendo hacia la puerta y se pegó a ella como espantada.
—Nina,
¿me dejas solo? Nina, por favor, cuando más te necesito…
No,
no.
Imposible
soportar por más tiempo aquello.
—¡Nina!
—Debo
irme, Chema. Ya sé cuanto tenía que saber.
Chema
oyó un portazo.
Se
llevó los dedos a los ojos, a la cabeza, a la cara.
Los
apretó contra el mentón.
Después
quedó relajado.
Respiraba
mejor.
Tony,
que se hallaba conversando con Pablo Lafuente no lejos del control, la vio
aparecer desmadejada, deshecha, como un ser de otro mundo.
Pablo
susurró en voz baja a su amigo:
—Ya
le dio el tiro de gracia, Tony.
El
hermano lo sabía.
Sabía
también cuánto le costaba a Chema haberlo hecho.
¿Razones?
No podía buscarlas.
Quizás
el en su lugar…
—Ya
lo veo —dijo únicamente.
Y
avanzó al encuentro de Nina.
—¿Vamos?
—preguntó ella.
Tony
pensó, con amargura, cómo se sentiría. «Peculiar como él. «Le ha creído…».
—Sí,
Nina.
Y la
asió por el codo, temiendo que ella se cayera. Pero la conocía poco, o menos de
lo que suponía. Nina se desprendió de sus dedos y caminó segura.
Él
aún miró a Pablo como diciendo: «Se parecen. Son iguales…». Después caminó
junto a Nina.
—¿Qué
tal Chema? —preguntó.
—Llévame
a casa.
—¿Ocurre
algo?
—No…
supongo que no.
—Estás
rara.
—No
lo creas.
La
veía caminar erguida, estirándose demasiado.
—Nina,
si estás apenada por lo que le ocurre a Chema, no debes perder la confianza.
Se
veía o se oía fingido.
Pero,
en bien de Nina, de Chema, de la situación.
—Chema
está bien, verá… algún día verá.
—Lo
dices como con desgana.
Estaba
herida.
Profundamente
dañada.
¿Para
qué contarlo?
Ni
Tony, con ser su hermano y su mejor amigo, podría comprender el dolor que
llevaba dentro, el odio, el rencor, la ira. La pena.
Sí,
la gran pena que suponía renunciar a todo en lo que había creído.
—Llévame
a casa, Tony.
—¿No
puedo saber qué te pasa?
—No
me voy a casar.
Y
subió al coche.
Tony
entendió.
Y si
pena le daba Nina, pena le daba Chema, pero, ¿cómo evitarlo?
¿Desdecir
él lo que Chema había dicho?
No
sabía qué le habría dicho a Nina para verla él tan altiva, tan fría, tan
cerebral, cuando momentos antes iba ilusionada a ver a su único amor.
Él
se imaginaba muchas cosas. Otras las sabía.
Porque
una cosa era hacer que no sabía, y otra, saber.
Él
lo sabía. Lo sabía porque conocía a Chema.
Y
conocía o creía conocer a su hermana, pues, incluso en aquella reacción casi
helada, se daba cuenta de lo mucho que suponía el desengaño que Chema había
producido en ella.
—Le
estaría bien empleado quedarse ciego —dijo Nina con voz tensa.
—¡Nina!
—¿Por
qué no? Uno se merece lo que ha buscado.
—Tú
le amas.
—Le
amaba.
—¿Lo
amabas?
—Es
todo en pasado, Tony, y tener la certidumbre de que es así mengua y desgasta.
—Si
puedo ayudarte en algo…
—Sólo
que me lleves a casa.
—Sí,
sí.
La
llevaba.
Conducía
el coche como alucinado.
¿Qué
podía decir para calmar el dolor que veía agrio en la voz de su hermana?
Nada.
Nada, porque a la vez dañaría a Chema, y si éste había puesto las cosas así,
para que así fueran, ¿quién era él para cambiarlas?
Capítulo
9
Lo
dijo por la noche. Se pasó encerrada en su cuarto todo el día, y ni los padres,
advertidos por Tony, fueron a verla.
Tony
no dijo lo que sospechaba, pero sí dijo lo que sabía, y lo que sabía era tanto
o más de lo que sospechaba.
—Nina
no se casa con Chema.
—¡Ahhh!
Las
dos exclamaciones sonaron casi al unísono.
—¿No
os ha llamado Merche?
—No.
—Pues
ha visto a su hijo después de verlo Nina.
—¿Y
dices que no se casa?
—No,
mamá. Y, por favor, deja a Nina en su cuarto. Que piense. Debe reflexionar.
—Pero,
¿qué ha ocurrido? ¿Tú sabes más que nosotros?
La
conversación, casi siseante, tenía lugar en el salón.
Los
padres habían subido tarde de la perfumería.
Tony
no había trabajado en todo el día en su laboratorio.
Pero,
como decían sus padres, «la vida seguía».
Y
seguiría, sin duda, al día siguiente.
—No
he visto a Nina desde que fue a visitar a Chema.
—Lo
sé, mamá.
—¿No
puedes decirme tú qué ha ocurrido?
—No
lo sé.
Y
decía la verdad, aunque tenía fundadas sospechas. Pero, de sus sospechas,
obviamente, no pensaba hablar.
—Nina
no se casa; eso es evidente. Supongo que bajará a cenar. Si quieres, le
preguntas, y si prefieres seguir mi consejo, deja que ella hable, si quiere.
—¿Y
qué supones tú que puede decir? —preguntó el padre.
—Lo
ignoro. Cuando se trata con personas de difícil carácter, nunca se sabe a
ciencia cierta.
—Tú
has llevado y traído a Nina.
—Sí,
mamá. Yo he llevado a una Nina y he traído a otra Nina.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
la que llevé era diferente de la que traje. Eso es todo.
—Si
no eres más explícito.
—Papá,
si es que no puedo. Te diré para mayor aclaración, que Nina cuando íbamos al
sanatorio, pensaba casarse, y, a la vuelta, pensaba todo lo contrario.
—Se
desilusionó.
Mejor
que no lo supieran.
Nina,
los padres, Merche misma, y hasta Chema.
Pero
quizás el menos ciego de todos fuera, precisamente, Chema.
—No
lo sé, mamá. Lo que entiendo es que dejéis a Nina obrar, hablar o decidir.
—¿Sola?
—¿Por
qué no ha de estar sola una persona adulta y madura?
—Nina
no es madura.
—Mamá,
tú, a su edad, no lo eras. Nina hoy, a la suya, lo es totalmente.
Y
fue cuando apareció Nina.
Los
tres la miraron expectantes.
Rufo
apreció en su hija una frialdad escalofriante.
Raquel,
una indecisión encubierta.
Tony,
un dolor oculto, pero, al mismo tiempo, una resolución que iba a estallar de un
momento a otro.
Sabía
también que sus padres no iban a entenderla, si bien sí sabrían adaptarse a
ella sin ser siquiera receptivos, pero sí sumamente humanos.
Él,
en cambio, sin considerarse superior a nadie, creía que la entendería
plenamente.
Y la
entendería porque entendía a Chema y su posición.
Nina
entendería menos, o nada, la postura de Chema.
Pero
era así.
Y
nadie podría evitar ya lo que fuera a suceder.
Inés
apareció en el umbral anunciando que la mesa estaba puesta para la cena.
Raquel
se levantó.
Miró
a Nina, y ésta paso su mirada sobre los tres.
Se
notaba que iba a decir algo.
Y algo,
pensaba Tony casi desolado, que no admitiría réplica. Esperaba de sus padres
comprensión y sensatez.
¡Si
él pudiera hablar!
Pero
no podía, ni debía.
No
ya por su hermana, sino por los dos, por Chema y Nina.
Por
la situación creada por Chema, que, además, consideraba humana y razonable,
pese a que Nina la pudiera considerar despiadada.
Su
padre esperaba de Nina una explicación, y Tony sabía que vendría, aunque en su
momento. Pero es que sería en el momento más inesperado.
Fue,
justamente, cuando pasaban silenciosamente todos al comedor, cuando sonó el
teléfono.
Raquel
dijo apresurada:
—Un
segundo.
Y se
fue.
Retornó
al rato demudada.
—Era
Merche —dijo.
Nadie
preguntó qué deseaba.
Tony
lo sabía. Nina lo sospechaba. Los padres eran los únicos que no entendían nada,
pero es que, en el fondo, tenían miedo de entender.
—¿Qué
le ocurre? —preguntó Rufo cuando se sentaron todos a la mesa.
—Se
va a Barcelona con su hijo.
Así.
Temblándole
la voz.
Casi
incoherente.
Y es
que no entendía.
Ellos
no querían que Nina se casara con un ciego, pero allí no era Nina la que
decidía, sino Chema.
—Yo
también me voy —dijo Nina. Su voz parecía quebrarse. Hubo un silencio.
Tony
tuvo ganas de gritar, de decir mil cosas, de defender a su amigo y defender a
su hermana.
Pero…
¿cómo compaginarlo todo?
—Te
vas tú —dijo el padre, sin preguntar.
—Sí.
A Londres.
—¡Oh!
—¡Ah!
—Bueno,
pues ya dirás a qué vas —matizo Tony, deseoso de que sus padres comprendieran
una situación que, para ellos, era anómala.
—De momento,
a estar allí —dijo Nina con una voz que, para Tony, era hueca y, para sus
padres, ausente—. Daré clases de español. Me será fácil.
Un
silencio mayor aún.
Tenso,
cortante.
Tony
decidió romperlo:
—No
está mal. Si no te casas…
—¡No!
Fue
rápida la respuesta de Nina.
Tony
se preguntaba cómo podía ser Nina tan fría, tan cerebral. ¿Qué ocultaba tras
aquella obvia rebeldía? ¿Aquel resentimiento? Y aquel dolor oculto.
Aquel
dolor, más que nada, que se cubría con una desolación incomprensible para sus
padres, pero para el obvia, sin duda. Obvia, porque conocía a Chema. Su férrea
voluntad.
Su
forma de ser íntegra, por muy mal que Nina lo entendiera. Pero, mejor así.
Mejor
que Nina sufriera desprecio, que pena o piedad.
—Sin
contrato de trabajo, Nina —dijo el padre, casi siseante.
—Lo
encontraré, una vez en Londres. Lo conozco, sé por dónde ir, qué hacer…
Tony
comía con desgana.
—Estas
resuelta —dijo la madre.
Y
Tony observó cómo también intentaba comer, hablar, y no conseguía ninguna de
ambas cosas.
—Sí.
Me voy mañana.
—No
te casas —dijo el padre, titubeante, sin preguntar.
—No.
Así.
Con
una sencillez que parecía natural.
Tony
pensó: «Como Chema. Igual. Se parecen tanto… el orgullo los corroe. Pero, en
este instante crucial de sus vidas, es lo mejor que les puede ocurrir».
Capítulo
10
Por
lo visto —dijo Raquel, menos metida en el problema hondo que decidía aquellas
dos vidas—. Chema tampoco tiene interés en casarse.
—No
se lo he preguntado, mamá.
—¡Ah!
—Tony
—dijo Nina mirando a su hermano—, ¿me sacarás el billete para mañana en el
avión de la noche? Iré a Madrid, dormiré allí y pasado mañana por la mañana, me
iré a Londres.
—Sí,
Nina.
—Gracias,
Tony.
Y
siguió comiendo. Era la única que comía. Poco; pero, al menos, algo.
Inés
revoloteaba alrededor.
Se
apreciaba en ella que pretendía entender y no entendía. El único que entendía
algo allí era Tony. Los padres lo miraban. Anhelantes.
Como
buscando respuestas. Cuando Inés servía los postres. Nina se levantó.
—Me
voy a dormir —dijo—. Buenas noches.
Se
fue.
Nadie
la retuvo.
Los
padres parecían momias.
Tony,
no.
Tenía
expresión humana, y sentía en sí que deseaba confiarla, compartirla.
Cuando
se oyó el portazo, Rufo dijo roncamente:
—Tony,
dinos, explícanos…
—No
tengo nada que explicar.
—¿Por
qué?
—¿Por
qué, qué, mamá?
—Merche
estaba desolada, descompuesta. Como si no entendiera nada.
—No
entenderá.
—Pero…
¿tú entiendes?
—Todo.
Sin
embargo, dijo:
—Yo
acepto las cosas como se presentan.
—Pero
Nina está cambiada.
Claro.
No obstante,
dijo únicamente:
—Habrán
llegado a un acuerdo ella y Chema.
—¿Para
dejarse así? —dijo su padre, desconcertado. No entendía.
Su
juventud había sido diferente. La actual era, obviamente, distinta. Él la
vivía. Nina también.
Ellos
no podían vivirla ni comprender situaciones semejantes, pero tendrían que
aceptarlas.
—¿Por
qué no os margináis de esos problemas?
—Tony,
son los de nuestra hija.
—Que
es adulta, mamá.
—A
su edad…
—No
me digas que tú eras una niña. Lo entiendo. Lo sé. Pero es que no erais
vosotros, era un sistema que os tenía alienados, sojuzgados… hoy, la juventud
funciona a su manera, y hay que dejarla funcionar como guste y quiera.
—Yo
pensé…
—Di,
di, papá.
—No,
nada. Yo pensaba que todo dependía de Nina.
—Y
de súbito descubres que depende de Chema.
—Tan
honrado, tan noble, tan caballero, tan enamorado de Nina…
¿Quién
decía que todo aquello no siquiera siendo lo mismo?
Se
levantó.
Encendió
un cigarrillo.
Pensaba
que hubiera podido decir allí muchas cosas.
Pero
no iba a decir ninguna.
Mejor
que todo funcionara así.
Que
Nina, como Chema, supiera fingir.
Lo
peor de todo es que Nina se iba a Londres dolida, odiando, despreciando.
Pero
si Chema había decidido que fuese así, ¿por qué tenía él que ser el árbitro
conciliador?
Ni
quería ni podía.
Y no
lo hacía así por favorecer a su amigo, sino a ambos.
A
Nina y a Chema.
Entendía
que la solución era la tregua.
Lo
peor, quizás, es que la tregua que había elegido Chema, después de su
reflexión, fuera la peor para sí mismo, y de hecho, de rechazo, para Nina.
Pero
él no era adivinador, ni tampoco parcial.
O se
entregaba a ambos y respetaba sus decisiones o no era nada.
—Tony
—dijo la madre con voz velada—, ¿no sabes tú lo que ha ocurrido a través de esa
conversación que has sostenido?
—Yo
respeto siempre la opinión ajena, mamá.
—Pero
es tu hermana.
—Papá
—su voz se acentuó súbitamente—, ¿no eras tú el que hablaba el otro día de
realidades?
—Una
cosa es ser real y otra frustrar así el futuro.
—¿Cómo?
—Rufo,
cállate.
—Es
que…
—Hemos
de respetar la decisión de Nina y, de hecho, la de Chema.
—Mamá
tiene razón, papá.
—Quieres
decirme que Nina se marcha a Londres.
—Lo
has oído como yo.
—¿Y
hemos de callarnos?
—Supongo
que es lo que procede.
Tony
decidió ausentarse.
Y es
que no quería ser más explícito.
Serlo
más, sería tanto como confesarse.
Y no
quería.
Dañaría
a Chema y dañaría, de rechazo, a su hermana.
Y
más que nada, descubriría lo que obviamente sospechaba.
¿Hablar
con Chema a solas, decirle que estaba loco?
Eso
tampoco.
Él
era humano, y respetaba y comprendía la postura de su amigo, que era, a no
dudar, peor que la de su hermana. Nina se iba a Londres llena de resentimiento,
de rencor. Pero Chema se quedaba solo y desolado.
Dejó,
pues, a sus padres, con sus amarguras interiores, sus luchas, sus desilusiones,
sus realidades y sus triunfos, después de tantas luchas que, evidentemente sin
olvidarlas, satisfacían con sus actuales triunfos.
Se
entrevistó con Pablo aquella misma noche.
Hablaron,
se entendieron.
—Es
decir —dijo Pablo, acogotado—, que Chema se salió con la suya.
—Plenamente.
—¿Tan
poco lo conoce tu hermana?
—Tanto
lo conoce que no entiende su postura.
—Sí,
sí. Ya sabemos los dos cómo actúa Chema cuando quiere actuar y convencer. Tony…
¿no podíamos hablarle los dos?
—¿Derribar
así su fortaleza?
—No,
ya sé.
—Pues,
déjalo como está. Él ha resuelto así el problema, le ha dado carpetazo. No etiquetemos
nada.
—¿Y
Nina?
—Resentida,
fría, cerebral… al fin y al cabo, es digna discípula de él.
—Le
dolerá.
—Imagínate.
—¿Y
tus padres?
—No
entienden nada, pero si ellos, en su momento, hablaron de realidades… lógico
que acepten éstas.
Capítulo
11
Merche
miró a su hijo una vez más. Todo estaba dispuesto para la marcha de ambos a
Barcelona. ¿Días, meses, años? Eso era lo que Merche no sabía.
—Chema…
Nina se marcha mañana a Londres.
—¡Ya!
Lo
suponía.
Era
la salida que le había dado él. La imaginaba resentida, ofendida,
despreciativa. Lógico todo.
Él
lo había preparado para que fuera así.
¿La
piedad de Nina?
No.
La
había querido como mujer, y mujer la había hecho con su amor.
No
podía atarla, de ninguna manera. ¿Salvar la situación? La había salvado como
había podido. Mejor no era posible.
—Quiero
descansar, mamá.
Sabía
que estaba obrando como un egoísta, pero no porque lo fuera. Es que necesitaba
dar esa imagen.
Sólo
así sería odiado y no compadecido.
—¿No
te importa que se vaya, Chema?
¿Por
qué los padres, a veces, tenían que comprender tan mal a los hijos?
Las
épocas, las situaciones, los sistemas.
—No,
mamá. Hace bien.
—Pero
te deja.
—Sí.
—¿Y
no le duele?
—Puede
que me duela, pero es su vida, y yo tengo la mía.
—Iban
unidas, Chema.
No.
no.
Unidas
si, cuando los dos eran normales.
Nina
seguía siéndolo. Él era un ser desvalido, un pobre diablo ciego.
—Me
gustaría descansar. Relajarme un poco. Piensa que pasado mañanas… a ser
posible, mañana mismo, según diga el equipo, nos marchamos a Barcelona.
—Nina
te deja así…
—Es
ley de vida, mamá.
—¡Qué
mala ley, Chema, qué mala ley…!
Se
quedó solo. Sentía el beso de su madre en la frente, y lo sentía frío.
Era
como si algo le helara.
Pero
él prefería aquel hielo filial y maternal que la piedad de la mujer que amaba y
que fue suya y que se recreó apasionada en la posesión mutua.
Lo
demás, todo era el pasado.
Y
aquel pasado dolía demasiado para hacerlo posible con nebulosas imágenes que no
tenían consistencia presente ni futura.
—Estás
segura…
No
preguntaba.
Lo
decía él.
Los
padres, mudos, apretados el uno contra el otro, incapaces de dar opiniones.
—Sí,
Tony.
—¿Qué
harás en Londres?
—Tengo
conocidos. Dar clases de español.
—Todo
queda atrás, Nina.
—Sí,
Tony, queda.
—¿Lo
has decidido tú?
—¿Qué
importa eso?
—Es
verdad. No importa demasiado.
Miró
a Tony con los ojos agrandados, verdes, con ojeras. Besó a sus padres. Las
puertas hacia el avión se abrían.
Hacía
cola la gente que viajaba en el.
—¿Me
tendrás al tanto, Nina? Me refiero a tu vida laboral.
—Te
tendré, Tony.
—Todo
queda atrás.
—Queda.
—¿Así?
—¿No
debe quedar así?
—Sí,
sí, pienso que sí.
—Te
escribiré, Tony —dijo, mientras marchaba con el maletín de mano—. Cuida de papá
y mamá. No entienden que me vaya sola para quedarme allí… pienso quedarme,
Tony.
—Te
entiendo.
—Ellos,
no.
—Lo
sé.
—Cuida
de que entiendan mi actitud.
—Sí.
Pero
no estaba seguro.
Al
rato, pegado al cristal, veía el avión remontarse.
Sentía
a su madre llorando, a su padre desconsolado.
Él, sosegado
en apariencia.
Pensaba
también que al día siguiente, en un vuelo más corto, se iría Chema, con su
madre, a Barcelona.
¿El
futuro? Era eso… vaivenes y desganas, incoherencias… titubeos, pero algo firme
quedaba de todo aquello. Un orgullo indomable. Un deseo infinito de no ser
compadecido y un deseo loco de ser desdeñado…
Capítulo
12
«Querido
Tony —leía éste con voz sosegada en el silencio del amplísimo salón—. He
llegado sin novedad. Ya os diría Inés que llamé al llegar, pero como no vine en
plan de turista ni estoy dispuesta a gastar mucho dinero, ni quiero que me
mantengan mis padres, prefiero escribir, y así ser más explícita y ahorrarme el
dinero que me costaría el teléfono».
—Pero
sí nosotros no le hemos negado nada, Tony.
—Lo
sé, mamá. Sin embargo, Nina no va de paseo ni a estarse en Londres un mes. Va a
vivir su vida, a ganar para mantenerse.
—Nunca
creí que las cosas terminarían así —se lamentaba el padre—. Una cosa era
casarse en circunstancias delicadas, y otra marcharse dejándolo todo atrás.
Merche me ha llamado de Barcelona. Está herida, dolida por la soledad de su
hijo, pero no me ha reprochado nada. Sin embargo, nosotros tenemos que pensar
que Nina merece muchos reproches.
—Papá,
¿termino de leer o lo dejamos así? Porque, si mal no recuerdo, tú eras el
primero que estaba en contra de la boda de Nina.
—Es
que una cosa es no casarse en esa situación, y otra esperar que los médicos se
pronunciaran. Además, querido Tony, mis matices, que expuse abiertamente, se
debían, más que nada, al temor lógico de que, casados, llegaran a odiarse por
la situación que iban a vivir. No creo que sea fácil que un tipo como Chema
acepte la ceguera resignadamente, y cuando no hay una plena resignación, la
mujer es la que recibe los golpes, que, además, para mayor dolor, no son
debidos al desamor, sino, a veces, a todo lo contrario.
—Pero
las cosas —intervino la esposa—, ya están así, Rufo. De modo que permite que
Tony termine la lectura de la carta.
—Algo
dirá de Chema. Por lo menos manifestará el lógico deseo de conocer su estado.
Tony
no hizo comentarios. Continuo leyendo con voz monótona, como si el contenido de
aquel escrito lo supiera de memoria, y en cierto modo así era:
—«La
niebla de Londres, su silencio y austeridad no me son ajenos. Pienso que,
afortunadamente para mí el conocimiento del idioma y de sus costumbres me
favorece en este arribo, que no será tan pasajero como los anteriores. No he
ido a un hotel, Tony. El dinero que me diste tú y el que me dio papá tendrá que
ser bastante y suficiente hasta que encuentre un empleo. No es fácil, pero,
dado mi correcto español y mi licenciatura, es posible que un día de éstos
tenga algo en qué entretenerme. Londres, como sabes, es umbrío y triste, por lo
que aquí más parece sufrirse un eterno invierno que un verano a ratos. Pero
tampoco eso me sorprende. He alquilado un cuarto con cocina y baño. Sólo eso, y
no es caro. Lo alquilé en un barrio comercial bastante céntrico desde el cual
tendré fácil acceso a lugares que en cierto modo me son familiares. Me siento
bien aquí. Me estoy encontrando a mí misma, y hasta me agrada sentir en mí que
voy a hacer algo por mi cuenta y buscar la forma de mantenerme. Ya tengo
contactos, por eso tardé un mes en escribiros, porque si bien dirijo la carta a
ti, es para los tres. Cerca de donde vivo hay un instituto de lengua española,
y amigos míos que conocí en otras épocas mejores me están buscando unas clases.
Si consigo entrar en él, habré dado un gran paso adelante. Diles a los papás
que los recuerdo y que no teman por mí, y añade lo agradecida que les estoy por
haberme enviado en verano a este lugar, porque nada me es desconocido y, en
cambio, mucho me es familiar. Hasta pronto, Tony. Un abrazo muy fuerte para los
tres. Como observaras la dirección la pongo al dorso».
Un
silencio que interrumpió la madre hablando quedamente quejosa:
—Ni
una palabra de Chema.
—Lógico,
mamá.
—¿Cómo
que lógico? —se alteró la madre—. Al menos preguntar por él es humano. ¿no?
—Es
posible que en cualquier otra caria lo haga. Por otra parte —Tony intentaba
defender una causa pérdida—, quizás se cartee con él.
—Chema
está en estudio, según su madre, y tú lo sabes muy bien, Tony. No lo operan en
seguida. Además, es casi seguro que se espere un trasplante. Siendo así, tendrá
para meses en Barcelona. Su madre ha tomado allí una habitación con el fin de
estar más cerca de él.
Todo
eso, y más, lo sabía, como sabía que Nina nunca, ¡jamás!, preguntaría por
Chema, ni quizá le interesara saber de él…
En
agosto, Chema aún no había sido operado, y Merche continuaba en Barcelona.
Las
cartas de Nina seguían llegando regularmente. En una de las últimas, casi a
finales de septiembre, daba una buena y excelente noticia, según Tony.
La
carta que Tony leía decía así: «Querido Tony: No puedo decirte que tenga la
mejor suerte del mundo. Pero lo cierto es que casi estoy feliz. He encontrado
trabajo. Doy clases en una escuela, especie de liceo o instituto para adultos.
Tengo la clase de gramática española, y no veas lo bien que me siento en este
trabajo que me permite afianzarme en Londres. Empieza a hacer un frío tremendo,
pero tampoco eso me pilla de sorpresa. Afortunadamente, he traído ropa de
abrigo y, tapada hasta los dientes, me voy por las mañanas a las ocho y trabajo
hasta las dos, luego almuerzo, y vuelvo hasta las seis. Me pagan bien, y con el
sueldo que gano me arreglo divinamente. No echo de menos las comodidades de
casa, ni el piso grande, ni siquiera el auto. Mi cuarto, con cocina y baño y el
living que me sirve de estar y de estudio, me hace sentir casi millonaria. Por
lo menos muy independiente, que era lo que pretendía. Diles a los papás que no
me envíen dinero, porque, sintiéndolo mucho, se lo devolvería. Y no por ofenderles
ni despreciarles, Tony, tú ya lo sabes, sino porque me gusta ser independiente
en un todo por todo, y si por una causa monetaria me sintiera presa o en deuda,
no sería feliz. Cada uno es dichoso a su manera. Y a mí me parece que todos han
de respetar la forma de ser de los demás sin sentirse por eso ofendidos. Tengo
amigos. ¿Sabes, Tony? Muchos. Compañeros de profesorado; otros que, como yo,
luchan por la supervivencia. Tengo la sensación, por primera vez en mi vida, de
ser una persona autónoma e independiente, y eso me produce una sensación muy
especial. Españoles no conozco más que a un matrimonio, que, además, son casi
ingleses, por los muchos años que tienen de residencia aquí. Él es técnico en
una compañía de aviación, y ella supervisora en un supermercado, tienen un niño
a quien doy clases de español, porque, al vivir en la misma casa, una vez me
han conocido, me pidieron ese favor. Me hice amiga suya y les estimo lo
suficiente. Estas Navidades tendré vacaciones, pero no iré a España, pues
estamos preparando un viaje por América y no tenemos ni idea de cuándo
finalizará. Diles a los papas que les recuerdo y que, de donde quiera que esté
por esas fiestas tan familiares, les enviaré una tarjeta y un abrazo. Te diré,
Tony, que cada vez se me hace más cuesta arriba escribir, pues a veces me muero
de sueño por lo mucho que trabajo y lo poco que descanso. De todos modos, una
vez al mes, por lo menos, os escribiré. Hasta la próxima, querido Tony. A los
papás todo mi cariño».
—No
entiendo —rezongó el padre—, que, disponiendo de una posición económica
solvente, tenga que pasar apuros y falta de sueño. ¿Tú lo comprendes, Raquel?
—No
demasiado.
—Mamá,
papá —dijo Tony con la paciencia que le caracterizaba—, vosotros no entendéis
eso, ni que una chica como Nina viva de su trabajo en Londres. En vuestros
tiempos, las cosas eran muy distintas. La juventud actual es feliz luchando y
buscándose su propia vida, y nadie puede ni debe interferir en ella.
—Pero
¿dónde va su amor por Chema, que ni siquiera pregunta? Es deslealtad, Tony.
—O
comodidad, mamá. Si lo han dejado, y claro está que ha sido así, ¿por qué ha de
preguntar ella por algo que no le interesa?
—Pero
Chema sigue sufriendo la incertidumbre de volver a ver. Según tengo entendido
por su madre, que me telefonea de vez en cuando, está decaído, anímicamente
destruido y le cuesta aceptar una realidad tan cruel.
—Más
a mi favor —apuntó Tony, impertérrito, pues cuanto le pudieran decir sus padres
de Chema, más, infinitamente más, sabía él—. Supón que Nina está a su lado y se
ha casado con él. A estas alturas no habría un enfermo psíquico, sino dos.
Vosotros mismos lo predijisteis.
—Pero
nunca imaginamos que la reacción de Nina fuese tan drástica. Nosotros hablamos
de posponer la boda, no de cortar unas relaciones de tres años…
—La
vida es así —decidió Tony, levantándose y guardando la carta.
Capítulo
13
Pablo
le llamó a finales de aquel invierno.
Este
llegó muy frío. Las nieves invadieron los campos y valles y casi rozó la costa.
No
fue al sanatorio, sino a su casa, siempre con el fin de hablar mejor y sin
testigos que pudieran interrumpirles.
—Se
trata de Chema —le dijo Pablo, dolido—. Estuve en un congreso y pasé a
visitarle.
—Como
siempre, ¿no?
—Peor.
Los médicos siguen haciendo filigranas, pero Chema continúa ciego. Es
insoportable ver su estado anímico. Pienso que es una experiencia que jamás
olvidara, aunque viva mil años. Nuestro querido amigo, cada día se mete más en
sí, habla menos que nunca, y nunca fue demasiado elocuente. Me he pasado a su
lado horas, y te puedo contar las pocas y breves frases que nos cruzamos. Los
médicos me dijeron que su estado anímico impide más que nada que llegue a él la
esperanza.
—¿Nina?
—Ni
preguntar por ella.
—Tampoco
Nina en sus escasas cartas lo menciona.
—¿Sabes
que, además, para mayor desesperación, Merche no está nada bien? Los médicos
aseguran que su corazón flaquea y que la lesión, que era un soplo mínimo, ahora
es como un boquete que cualquier día estalla y deja de latir.
—¿Lo
sabe Chema?
—No
se lo quieren decir, pero si Merche va a verle cada día, imagínate el día que
no acuda a la visita reglamentaria.
—¿Tanto
es así?
—Peor.
Yo, de tus padres, tomaba carta en el asunto. Merche no tiene más familia que
Chema, y este se ha negado a salir de la habitación. Se pasa días sin aparecer
por la puerta, ni siquiera levantarse. Ha perdido la esperanza. Y si bien
tienen previsto un trasplante, en ese estado anímico no podrá efectuarse la
operación.
—Pablo,
¿por qué me has llamado?
—Díselo
a tu madre. Siempre, desde que Chema y Nina empezaron a salir juntos, fueron
amigas. Que vayan ambos, me refiero a tus padres, a visitarla.
Lo
dijo en casa, y aquel fin de semana Raquel y Rufo se fueron a Barcelona.
Regresaron
desolados.
—No
sabemos ni cómo anda —dijo Raquel sollozando—. No lo entendemos. Su ansia de
ver al hijo, su tremendo dolor de madre… Tony, debes escribirle a Nina y
decirle lo que pasa. Chema la necesita, y no digamos nada Merche. La hemos
invitado a venir con nosotros, pero se ha negado en redondo, debido a que no se
sabe aún lo que se hará con Chema. Por otra parte, tampoco se sabe si quedará
bien una vez operado por tercera vez. Se tienen esperanzas, pero… sólo
esperanzas.
Si
sabría él lo de Chema…
Pero
lo de contarle a Nina lo que ocurría… era distinto.
—Si
tú no le escribes, lo haré yo —dijo la madre—. Nina debe saber lo que está ocurriendo.
Tony
pensó que tal vez fuese una solución.
Y
decidió que escribiese la madre.
Pero
un mes después, Tony recibió la carta de todos los meses, y Nina ni siquiera
daba acuse de recibo de la de su madre.
Sin
embargo, Tony la leyó, y el asombro de sus padres parecía el mayor
desconcierto.
—¿Y
mi carta? Ni siquiera la menciona. Tony, ¿no la habrá recibido?
Tony
lo comentó con Pablo días después.
—Por
supuesto que la ha recibido —dijo seguidamente—, lo que pasa es que Nina ha
borrado de su mente la existencia de Chema, y lógicamente la de Merche. ¿Tú lo
entiendes, Pablo?
—Yo
sólo puedo decirte que Chema, cuando quiso hacerse odioso, lo consiguió. De
modo que no hemos de esperar que Nina acuda a su lado.
En
el otoño, Merche falleció.
Sin
decir palabra, sin quejarse.
Sin
dejar un solo día de visitar a su hijo. El día de su entierro, que tuvo lugar
en la ciudad, Chema acudió con sus gafas negras, su aspecto flaco, su semblante
crispado. A su lado estaban sus dos inseparables amigos, Raquel, Rufo y muchas
otras personas que en su día admiraron y quisieron a Merche.
Una
vez enterrada Merche, Chema, sin una palabra, retornó al sanatorio y se internó
en él sin dar desde entonces señales de vida.
La
noticia llegó como un pistoletazo a traición.
Al
menos eso pensaban los padres, aunque Tony no aceptara tal cosa.
La
carta era una más en casi un año.
Tony
la leyó hallándose solo con su gente en el laboratorio, y pensó que no podía
callarse su contenido.
Para
entonces sabía que Chema había sido enviado por la compañía a una clínica
alemana, y no se sabía nada de él. Lo poco que sabía de tal gestión era a
través de Pablo.
—Lo
van a someter a un trasplante. La compañía sigue considerándole un elemento de
valía… se preocupa por él. Sé también que le ha tratado un psiquiatra a raíz de
la muerte de su madre y, por lo visto, han decidido enviarlo a Alemania.
—Tú,
¿qué esperanzas tienes? —le preguntó Tony.
—La
esperanza es lo último que se pierde… siempre existe, pero si la medicina hace
mucho, infinitamente más debe hacer el enfermo. Todo es cuestión de esperar.
Desde
entonces, el contacto de Chema se perdió.
En
cambio, la carta de Nina llegaba quizás en el momento más inoportuno,
precisamente por la marcha de Chema de España.
Tenía
que leerla, y así lo estaba haciendo después de comer.
—Para
que la carta no os espante —les dijo a sus padres—, debo advertiros que Nina se
ha casado.
El
sobresalto fue doble.
La
exclamación de ambos, ahogada.
Tony
no pareció inmutarse, porque ya había superado la sorpresa.
—«Querido
Tony —leyó cuando los padres se calmaron un tanto, si bien lo miraban con
expresión espantada—, te voy a dar una noticia. A los papás se la das
gradualmente, si te apetece; si no se lo dices de sopetón. Eso lo dejo a tu
parecer. De todos modos, me creo independiente y tengo todo el derecho del
mundo a elegir mi camino. ¡Me he casado! Sí, sí. Estás leyendo bien. Me he
casado. No se trata de un inglés, sino de un español residente aquí y
catedrático de historia en una escuela superior. Nos conocimos hace tiempo y
estábamos viviendo en régimen de pareja. No te hablé de esto porque, como te
conozco, sé que tu sinceridad te obligaría a decirlo a los papás, y ellos esta
situación no la hubieran entendido. Félix y yo somos, aproximadamente, de la
misma edad; andábamos por aquí, desangelados. Salimos juntos en varias
ocasiones y terminamos viviendo juntos».
—Eso
es una desvergüenza…
—Mamá,
por el amor de Dios, escucha. No te espantes tanto. En tus tiempos, esto
escandalizaba, pero ahora, y ve enterándote, está a la orden del día. Además,
cada pareja tiene todo el derecho del mundo a realizarse como guste.
—Estás
hablando de dos personas católicas, Tony.
—Papá,
no extrememos las cosas. Católicas o no, somos seres humanos y vulnerables a
las tentaciones. Hay que ser comprensivo, y el que no lo es en estos tiempos,
no tiene más remedio que hundirse en sí mismo y ver el toro desde la barrera y
esconderse sí salta.
—¿Hablas
en metáfora?
—Digo
las cosas de modo que las entendáis, pero como, por lo visto, vuestras
entendederas aún siguen anquilosadas, el problema es vuestro; no mío, ni de
Nina. ¿Sigo o no sigo?
—Si
es para leer esas porquerías, no sigas.
—De
todos modos, mi deber es continuar, y lo voy a hacer, mal que os pese, y si no
queréis escuchar, os marcháis. Pero no olvidéis nunca que, por encima de
vuestros prejuicios, la persona que escribe esto es vuestra hija. Y que casada
o soltera, será siempre vuestra hija.
—Continúa
—dijo el padre sordamente.
—«Félix
es becario. Estará en Londres un año o dos más y retornará a España, con lo
cual yo tendré que hacerlo con él. Nuestra meta futura es Madrid. Pero me
parece que eso está muy lejos y que, de momento, hemos decidido unir nuestras
vidas y lo hicimos ayer ante un juez».
—¿Un
juez? ¿Quieres decir, Tony, que se ha casado por lo civil?
—Eso
parece, mamá.
—¡Dios
nos ampare!
—También
eso es razonable, si ellos lo han decidido así.
Capítulo
14
Los
padres se levantaron a la vez, como si una fuerza superior los impulsara.
Se
miraban entre consternados y desesperados. Pero Tony no parecía nada alterado.
—Será
mejor que os sentéis. No he terminado. No es que quede mucho, pero las noticias
de un hijo, sean o no agradables al parecer de los prejuicios de los padres,
deben oírse.
—Nos
estás llamando anticuados, Tony.
—No,
papá. Os estoy diciendo, lo más piadosamente que puedo, que el tiempo no se ha
detenido. El inmovilismo no existe. Ya no funcionan los mismos códigos que en
vuestra época, y es normal que esto ocurra.
—Tú
estás hablando como un degenerado.
—Yo
estoy hablando como portavoz del género humano y creo que tengo toda la razón.
Lo más lamentable que ocurrió en vuestra generación fue que os vaciaron el
cerebro. No os permitieron ser vosotros mismos. Eran tiempos en que las
personas tenían que ser recatadas en todo. Comprendo vuestros temores pero las
cosas ya no son, ni pueden ser, así. Vivir el amor con tapujos y aceptar los
hijos que Dios nos mande…
—Nosotros
—se sofocó la madre—, tuvimos dos hijos tan sólo.
—¿Porque
os lo propusisteis así? No lo creo, porque, por no saber, no sabíais siquiera
regiros por un sistema sexual adecuado.
—¿Estás
oyendo, Rufo?
—Tú
eres un revolucionario.
—Soy
un defensor de la libertad y quiero vivir en ella, y sí me da la gana me caso
y, si no, vivo con alguien, y si no me llevo bien con la compañera que elija
civilizadamente, nos decimos adiós y aquí no ha pasado nada.
—¡Dios
mío, Rufo, qué hijos hemos criado!
—Me
gustaría que me respondieras, papá, tú, tú, que al fin y al cabo eres el cabeza
de familia, aunque a mi modo de ver, afortunadamente, tampoco hay tanta rigidez
en cuanto a eso.
—Qué
ideas…
—Mamá,
ahora estoy hablando con papá. ¿Has tenido dos hijos porque te lo has planteado
así, o no has tenido más porque no llegaron?
—No
llegaron —dijo el padre, ceñudo.
—Será
mejor que siga con la carta de Nina. Os advierto ya, para puntualizar y
dejarnos de matices incoherentes, que estoy de acuerdo con ella.
El
silencio fue para él un otorgamiento, confuso, pero otorgamiento al fin y al
cabo.
En
cierto modo le producía pena el rubor de su madre y la rabia contenida de su
padre.
Apostaba
que lucharon toda su vida, pero que jamás disfrutaron de la sexualidad, ni
buscaron el goce lógico de una pareja actual.
Pero
eso era agua pasada. Él no iba a desatascar el pozo cenagoso en el cual vivían
sus padres con sus íntimas represiones.
—«Félix
es un chico estupendo y nos entendemos muy bien, Tony. Hablamos el mismo
lenguaje, tenemos las mismas ideas y juntos vivimos más holgadamente. El amor
apasionado de la adolescencia es una mentira; lo importante es entenderse
sexualmente y comprenderse en su totalidad. No sé si el sentimiento profundo es
tan necesario. Félix y yo compartimos la misma ideología y la misma sinceridad,
y por supuesto, la misma civilización. No creo que de momento vayamos a España,
pero dentro de dos años, todo lo más, Félix terminara su beca y regresará, con
lo cual supongo que me decidiré a acompañarlo. De momento no pensamos tener
hijos. Hemos de planificar nuestras necesidades, y la venida de los hijos
podría dar al traste con lo previsto».
Sabía
que el estallido iba a surgir de nuevo y, naturalmente, surgió.
Su
padre, no.
Tal
vez, aunque mal, algo entendía.
Raquel,
por el contrario, gritó:
—No
sigas, no sigas. Me pongo mala. Mañana empezaré una novena para que Dios la
perdone por todo.
Tony
dobló la carta y los miró mansamente.
—En
realidad no dice nada más importante, salvo que se despide y os envía un
abrazo. Añade tan sólo que ahora ya no escribirá tanto ni tan a menudo porque
ella y Félix trabajan mucho y comparten todas las faenas de su vida.
—Dios
la perdone, Dios la perdone.
—Mamá,
quiero que sepas que, si para ti Dios es tan justo y tan hermoso y tan cargado
de bondades, le será fácil aceptar las situaciones de los seres humanos, porque
no todos hacen voto de castidad. A mí, particularmente, me parece que un
sacerdote elige su vida, y si hace voto de castidad, casto ha de morir, si es
honrado, pero que sea casto yo, que no hice voto de nada y que tengo
tentaciones, lógicamente he de vivir a tono con mi situación.
—Todo
eso es irreversible.
Tony
se levantó sin apresuramiento.
—Será
mejor, papá —dijo como despedida—, que convenzas a mamá de que todo cuanto está
ocurriendo es normal, y que conducirse de otra forma es engañarse uno mismo y
de paso engañar a los demás, porque el estado social de la persona ha de
funcionar como la persona desee y prefiera. Yo me voy. Tengo mucho que hacer.
Rufo
no intentó convencer a su mujer de lo que él mismo no estaba convencido, pero,
en los días sucesivos, Tony se dio cuenta de que, bien o mal, iban aceptando la
situación de Nina.
Mejor.
Él
no pensaba casarse.
Vivía
a su manera. Unas veces tenía dos amigas; otras, ninguna. Pero las mujeres
sabían, afortunadamente, por dónde andaban, y habitualmente eran ellas las que
lo buscaban y quienes más disfrutaban con él. Aquello de que la mujer en casa y
el hombre disfrutando su virilidad había pasado a la historia. Como había
pasado que la mujer aprendiera a bordar y a cocinar, y el hombre a jugar a las
cartas en las tabernas. La mujer ya no paría todos los hijos que marido
concebía. La pareja no criaba hijos traumatizados, porque antes de que eso
ocurriera había un divorcio que solucionaba los problemas y evitaba traumas
inútiles. Las mujeres, entendía Tony, habían comenzado a conquistar posiciones
y ya no podían ser relegadas, reducidas, exclusivamente, a ser madres y
esposas. Todo era cuestión de comprender y asimilar…
El
tiempo fue pasando.
Poco
o casi nada se supo de la felicidad de Nina, pues en sus cartas se limitaba,
unas veces, a narrar trivialidades, y otras eran confusas, de tal forma que
nunca se sabía lo que realmente sentía su hermana.
Al
cabo de un tiempo, Pablo le llamó con toda urgencia.
Desde
el día del accidente hasta aquel momento, habían transcurrido tres largos años.
Dejó
el laboratorio en poder de sus colaboradores y se fue al sanatorio, donde, a la
sazón, Pablo Lafuente era ya jefe de equipo.
Nada
más verlo, Pablo le espetó:
—Chema
me ha llamado por teléfono.
—¿Qué?
—Se
ha curado.
—¿Cómo?
—No
me mires con esa expresión. Se ha curado. Pasa, pasa aquí, que te lo cuente.
Tony
cruzó el umbral del despacho de su amigo como si alguien le persiguiera, tal
era su ansiedad y su nerviosismo.
—Fuma
y relájate —dijo Pablo con un brillo especial en los ojos—. La noticia es como
para no desperdiciarla.
—Pero
¿dónde está Chema?
—Aquí.
—¿Aquí?
—En
la ciudad, quiero decir. En la casa que fue de su madre.
—Dios…
¿cómo no me ha llamado a mi?
—Te
digo que te sientes. Te contaré qué pasó y después nos reuniremos con él, pues
estoy citado, contigo, a comer en su casa.
Tony
cayó sentado.
Algo
le pasó por la mente como un relámpago… «Nina. Nina…».
Capítulo
15
Como
sabes, lo llevaron a Alemania. La compañía se encargó de todos los gastos.
Primero le curaron psíquicamente, pues estaba destrozado. Después se procedió
al trasplante de córnea. No fue fácil. Se hicieron pruebas, vino el rechazo, se
volvió a operar. Así fue pasando el tiempo.
—Pero…
—Tony no salía de su asombro—, ¿curado del todo?
—Y
tanto. Está colocado de nuevo aquí, en la misma empresa.
—¿Cuándo
ha llegado?
—Hace
cosa de dos meses. Pero no nos dijo nada. Andaba como escapado. Después de
tantas dudas y tantas operaciones, sentía el lógico miedo al retroceso. Además
estuvo trabajando seis meses en Madrid. Y cada tres días iba a Alemania. Ahora
ha vuelto de allí. No ha de volver en un año.
—Pero
dices que dos meses aquí…
—Sí.
Arregló la casa de su madre. Ya sabes que era un piso céntrico, no muy grande,
pero sí muy bonito. Acuérdate cuando íbamos a merendar chocolate y churros.
—Sí.
Claro, claro.
—Bueno,
pues llegó y empezó a decorar la casa. Es conocido en la ciudad, como bien
sabes, pero con gafas y, como nadie lo esperaba, lo tomaron por forastero. El
caso es que se acomodó, y de Madrid pidió volver a su ciudad natal. Nosotros no
somos foráneos, Tony. Nos gusta el lugar donde nacimos, y nos pegamos a
nuestras raíces, a nuestros orígenes, y fue lo que hizo Chema. Una vez le
concedieron el traslado, lo han nombrado director de las obras de una presa muy
importante.
—¿Por
qué no me ha llamado a mí, Pablo?
Pablo,
que aún estaba de pie, se sentó.
—No
lo sé. No me lo dijo.
—Le
has dicho tú lo de… Nina.
—No
me preguntó.
—¿Que
no te preguntó por ella?
—Sólo
por ti y por tus padres. Dijo que un día de éstos iría a visitarlos.
—Les
va a doler.
—Ya.
—Pablo…
—Dime,
Tony.
—¿Dónde
está ahora?
—Trabajando,
supongo. Me ha llamado y estuve hablando con él por teléfono. Verle, no le vi.
Me citó, contigo, para cenar esta noche en su casa.
—Iré
a verlo ahora.
Se
levantó.
—Tony,
¿por qué ahora?
—Prefiero
verle antes, Pablo. Me gustaría que supiera por mí que Nina se ha casado.
—Tal
vez lo sepa, Tony. Tú ya sabes cómo es. Cuando quiere, sabe fingir como nadie.
—De
todos modos te digo que iré a verlo antes.
—¿Qué
sabes de Nina?
—Pues
que va a volver pronto con su marido.
—¿Aquí?
—Se
impone que venga a visitar a sus padres, ¿no? Me parece, Pablo, que se nos
viene encima un doble problema.
—¿Por
qué? ¿Qué temes, Tony?
—No
lo sé. Desde el día que Nina me anunció su boda con ese Félix, no vi en sus
cartas ilusión, sino un convencimiento superficial de que era feliz con lo que
había decidido ella misma.
—Y
temes que el amor despierte.
—Temo
que se dé cuenta de que no es feliz de verdad, y eso sería fatal.
Pablo
hizo un gesto ambiguo.
—El
tiempo no pasa en vano, Tony —adujo, sosegado—. Tres años y pico es mucho
tiempo. Tampoco es Nina de un carácter tan extrovertido como para estar
contándote todos los días lo dichosa que es. Si se casó, sería porque ese Félix
llenó su vida.
—¿Y
si sólo la llenó en parte?
—No
seas agorero.
—De
todos modos, voy a ver a Chema. He dejado a la gente en el laboratorio y no
tengo nada que hacer en este instante. Independientemente de la cena, prefiero
verlo antes a solas. Quizás me diga por qué Nina se fue o de qué forma la
empujó a irse.
—¿Se
lo vas a preguntar?
—No
lo sé aún. Lo que sí sé es que deseo verle.
Y
fue.
En
seguida vio la presa y un montón de hombres trabajando y creyó reconocer a
Chema, con la cabeza cubierta con un casco y los ojos tras unas gafas ahumadas.
Paró
junto a una hilera de media docena de vehículos y, de piedra en piedra, saltó
gritando el nombre de Chema.
Éste
giró la cabeza y, al ver a Tony, salió presuroso a su encuentro.
El
abrazo fue fuerte. Sincero y verdadero.
—Muchacho,
muchacho —dijo Tony roncamente, palmeando el hombro de Chema—. Muchacho…
—Ven,
Tony —dijo Chema, desprendiéndose emocionado y asiéndolo por un codo—, aquí
cerca tenemos una cantina.
—Ya
sé que estamos citados para cenar.
—Verás
qué casa más linda he puesto. Oye, no os avisé de nada porque no estaba seguro
de mí mismo. Entiende. Cuando pasas años esperando, te parece imposible que la
esperanza se haga realidad.
—Lo
entiendo, Chema.
—¿Te
has casado, Tony?
—No,
sigo viviendo a mi modo.
—Nunca
pierdes tus hábitos.
—¿Te
has casado tú?
—¿Yo?
—y Chema puso cara de asombro—. No, claro que no. Realmente no he tenido
tiempo.
Entraron
en la cantina y se recostaron en la pequeña barra improvisada.
—¿Estarás
aquí mucho tiempo?
—Imagínate…
están empezando las obras. Después que todo esto haya terminado, buscaré de
hacer algo por aquí. No me gusta vivir lejos de mi ciudad. He pasado en Madrid
un tiempo y creí que me ahogaba. No soporto las grandes aglomeraciones.
Pidió
dos Martinis. El cantinero los sirvió con una sonrisa afable.
Todos
le saludaban. Se diría que nadie le desconocía y que le tenían afecto y
respeto.
Chema
había cambiado poco en aquel tiempo. Tal vez algunas hebras de plata perdidas
como al descuido en sus cabellos negros, pero ni una arruga, y el color moreno
de su piel haciendo resaltar los blancos dientes.
—Ya
sé que Nina se ha casado —le dijo de pronto, sorbiendo un trago de Martini.
Tony
con el ancho vaso en la mano.
—Ah…
¿lo sabes?
—Claro.
—Pues…
—El
caso es que sea feliz —comentó—. Eso es lo importante.
«¿Qué
queda por decir?», pensaba Tony.
Nada.
Y
así empezaron a hablar de cosas triviales.
Cuando
volvió a su casa a la hora de almorzar, lo dijo:
—Ha
vuelto Chema. Se ha curado y está de director en una obra muy importante.
Raquel
no parpadeaba mirándole. Rufo pestañeaba.
—Se
ha curado… —repitió—. Se ha curado.
La
noticia los dejó como mudos.
—Sí.
Se ha curado y, además, bien. Le vi los ojos. Ni se le nota. Son negros y
vivos, y si bien lleva gafas ahumadas, es por precaución, no por necesidad. Nos
invitó a Pablo y a mí a cenar con él esta noche.
—Qué
lástima, Tony. Ahora Nina hubiera sido feliz con Chema.
—¿Y
por qué? Ha pasado mucho tiempo, y Nina es feliz con su marido.
¿Feliz?
¿Estaba
seguro él de lo que decía?
Quizá
sus propios padres lo estuvieran más que él.
Fue
a la cena con Pablo y pudo apreciar y admirar la reforma que Chema había
efectuado en su piso. Les gustó la cena que les había preparado su amigo.
La
conversación entre los tres versó sobre el pasado, la adolescencia. Cómo se
formaron los tres en Madrid y las mujeres que conocieron.
Chema
dijo, divertido:
—¿Te
acuerdas de nuestra primera experiencia, Tony? Cómo nos divertíamos queriendo
parecer unos hombres muy experimentados ante las chicas.
—Yo
no participé en eso —dijo Pablo, lamentándose.
—Porque
tú ya tenías novia y estabas en babia. Estabas ciego por ella y venías los
fines de semana a la ciudad.
Tony
añadió riendo:
—Apuesto
a que, pese a todo, te acostabas con ella, Pablo. Porque regresabas siempre muy
contento.
—Eso
pertenece al secreto del sumario —rió Pablo—. De modo que punto. Continuad con
vuestros recuerdos y dejadme a mí en mi vida.
Fue
una velada feliz.
Recordar
tiempos pasados siempre era interesante.
Ni
una palabra de Nina, alusiva a su matrimonio. Ni un solo recuerdo en alta voz
relacionado con ella. Lo cual, al salir Pablo y Tony, provocó la interrogante
de los dos:
—No
ha olvidado, Tony.
—Lo
sé.
—De
haber olvidado, hubiera hablado de todo eso sin resquemor.
—No
ha tocado el tema.
—Conociendo
a Chema, hay que suponer que la llaga sangra. Pero la llaga la hizo él; de modo
que no tiene a quien reprochar nada.
Capítulo
16
Una
semana después, un ayudante le dijo que le llamaban por teléfono.
Levantó
el auricular, sin dejar por eso de menear una probeta.
Encaramado
en la banqueta, sujetó el teléfono entre la barbilla y la garganta.
—Dígame.
Casi
dio un salto.
—¡Nina!
—¿Tanto
te ha sorprendido?
—Pues…
¿dónde estás?
—En Chamartín.
—¿Cómo?
—Verás,
llegué hace una semana. Pensamos que Félix podría ir, pero le han dado cátedra
de historia aquí. En realidad él ya vino a exámenes hace cosa de seis meses, y
estábamos en espera del resultado. Nos llamaron y vinimos a toda prisa. Sólo
nos dio tiempo de hacer las maletas y pagar el cuarto, entregando las llaves al
casero.
—¿Quieres
decir que no vuelves a Londres?
—Claro
que no. Félix tiene cátedra aquí, y ya efectiva. Nuestra vida será en Madrid,
aunque a mí no me guste en absoluto. De todos modos, yo salgo en el tren de
esta noche. Llegaré ahí mañana por la mañana.
—¿Sola?
—Sí,
claro. Félix se ha hecho cargo de la cátedra y no podrá ir, y como aquí estamos
sin acomodar… vivimos en un piso viejo, con la madre de Félix.
—Ah.
—Parece
que no te agrada la noticia.
—Oh,
sí.
Pero
no añadió que Chema estaba en la ciudad y, además, curado.
¿Para
qué?
Prefería
decírselo en persona.
—Iré
a buscarte mañana a la estación —dijo—. Dime, Nina, ¿no viene Félix a conocer a
vuestros padres?
—Si
puede y no tiene ocupación, irá la semana próxima. El fin de semana.
—Tú…
¿no volverás con él?
—Pues…
—¿No
lo harás?
—Tony,
parece que me estás confesando.
—No,
no —Tony se apaciguó. Se había olvidado de la probeta que había dejado en el
mostrador de cristal—. Te lo pregunto.
—Bueno,
pues no sé. Quizás no. La madre de Félix, no… no sé cómo decirte. No me es
simpática.
—Pero
es tu suegra.
—Claro,
claro. Bueno, de momento tengo deseos de hogar paterno. Iré y estaré una
temporada en casa con vosotros.
Tony
sintió que un frío sudor, le empapaba el pelo.
—Además,
si encuentro una clase de inglés, y no creo que me sea difícil, me quedo en la
ciudad. Mira, Tony, una se cansa por esos mundos y echa de menos el lugar donde
nació, donde tiene sus raíces, sus orígenes.
A
Tony ya le chorreaba el sudor.
¿Decírselo?
Quizás
frenara a Nina.
O
quizás adelantara su venida.
¿Cómo
suponerlo?
—Pues,
como gustes, Nina. Los papás están bien, y desde luego, si deseas dar clases de
inglés en un instituto, lo encontrarás. Todo es cuestión de que tu marido esté
de acuerdo.
—Somos
muy liberales e independientes, Tony. La vida en Londres curte. Te enseña mucho
a vivir.
—Iré
a esperarte.
—Me
alegraré de verte allí, Tony.
Lo
dijo a la hora de almorzar.
No
era fácil, no, enfrentarse a una realidad así. El pasado no había muerto; se
diría que se precipitaba de súbito. Sus padres no lo entenderían. Jamás se
podrían imaginar, dada su mentalidad, que aquel pasado pudiera hacerse presente
con todas las consecuencias, con todas las renunciaciones.
Pero
tenía que decir que Nina volvía, que llegaba a la mañana siguiente y lo iba a
decir añadiendo muchas cosas más.
Lo
oyeron los tres (porque Inés también estaba revoloteando por allí) como si
dijera una barbaridad o una blasfemia.
Como
padres, sin duda, deseaban ver a su hija. ¡Qué duda cabe! Los conocía, y sabía
que, desde su simplicidad, eran dos personas entrañablemente amantes. Dudarlo
sería no conocerlo, pero… estaba casada por lo civil, y eso nadie lo ignoraba.
Y si bien el mundo pensaba que el asunto carecía de importancia y le tenía sin
cuidado tal situación, para ellos era una ofensa, un estigma, un dolor
insoportable y, lo peor de todo, una vergüenza indescriptible y además… Chema,
Chema, curado y viviendo en la ciudad.
—Bueno,
pues ya lo sabéis. Mañana iré a buscarla a la estación. Viene por algún tiempo.
Está deseosa de vivir en su hogar, junto a sus padres.
—Entonces
es que no es feliz.
—Mamá,
no empecemos ya. Y te aseguro —le apuntó con el dedo enhiesto—, que te librarás
muy bien de hacer preguntas raras, ni de instarla a que se case por la iglesia,
ni a hacerle reproches fuera de toda lógica. Tú has hecho de tu vida lo que has
querido. Has hecho bien, o has hecho mal, ese es tu problema. Tu hija tiene
todo el derecho del mundo a hacer lo que le plazca. Si la amas de verdad,
abstente de mencionar para nada su forma de vivir, su marido y su hipotética
boda religiosa —miró a su padre—. Convéncela, papá. Sería de muy mal gusto.
—¿Y
Chema? —preguntó el padre—. ¿Sabe Nina que Chema está curado y vive en esta
ciudad?
—Se
lo diré yo mañana, pero no creo —mintió—, que, a estas alturas, aquel amor
tenga nada que ver con la vida actual de Nina. El pasado es historia, papá, y
sólo sirve para recordarlo como anécdota. Lo importante es el presente.
—¿Y
por qué viene sola y no la acompaña su marido?
—Él
sacó cátedra de historia en Madrid; por eso no dispondrá de su vida a su gusto.
Ya vendrá.
—¿Piensa
Nina estar con nosotros mucho tiempo, Tony?
Eso
era lo tremendo.
Suponía
que toda la vida.
O
quizás no. Quizás él se equivocaba.
—No
lo sé —se fue en ambigüedades, para evitar explicaciones inútiles—. Eso lo dirá
ella. De todos modos —puntualizó con deseo de dejar las cosas bien sentadas—,
si encuentra trabajo como profesora, que es para lo que estudió y de lo que
estuvo viviendo en Londres, puede quedarse. Los jóvenes de hoy son muy
liberales. Se separan y se juntan según les acomoda.
—¿Cómo
va a vivir aquí sin su marido?
—Mamá,
que tenemos aviones, coches, trenes… las distancias se acortan. No es como
cuando los viajeros iban en coches de caballos.
—¿Es
una ironía, Tony?
—No,
papá. Es lo que yo pienso.
—Es
que tu forma de pensar es libertina.
—Si
ser sincero es ser libertino, ya me dirás qué ocurría antes, en que había hijos
naturales, y por lo visto nacían por obra y gracia del espíritu santo.
—¡Tony!
—¿Acaso
no es cierto? El amor es tan viejo como la vida, y la forma de hacerlo es casi
más. Porque por amor se fue formando esa vida. No entremos en honduras, que
habría mucho que decir. Vosotros sois padres, y sólo os queda una razón de
vivir, aparte de las que tengáis entre vosotros dos, pero, como padres a secas,
es tolerar, ver y callar.
—Como
tontos.
—Mamá,
es que os criaron para serlo. ¿No lo entiendes?
Los
dejó discutiendo solos y se fue al laboratorio.
Fue
un día malo, pesado y tenso.
Ni
se lo dijo a Pablo ni buscó a Chema donde sabía que podía encontrarlo, que
sería, sin dudar, en el círculo militar, lugar donde, según él le dijo, pasaba
parte de sus horas libres.
Por
la noche, sus padres aún continuaban discutiendo, pero los hizo callar.
—Os
pido, por favor, que si deseáis conservar el amor de vuestra hija, no la
atosiguéis ni preguntéis demasiado por el marido.
—¿Es
que supones que no es feliz con él?
—Yo
no supongo nada. Pero las personas tienen todo el derecho lógico del mundo de
callarse lo que les apetece y no verse sometidas a estúpidos interrogatorios,
que muchas veces están, más que llenos de interés, llenos de vaciedad.
—Nos
vuelves a llamar tontos, Tony.
—No,
papá. Gracias a ti soy lo que soy; eso sí que no voy a olvidarlo. Pero no
cambies ahora y pierdas todo lo que ganaste en mi estimación. Acepta una
situación y acepta un cambio que, sin lugar a dudas, se ha operado ya en la
sociedad y seguirá operándose.
—Tony…
—Mamá,
sólo si aceptáis estas situaciones, os seguiré admirando. Y os quiero mucho,
pero no me vengas ahora con prejuicios fuera de época. Y permitid que Nina haga
lo que le dé la gana.
Les
hizo callar. Incluso creyó que los convencía. Hasta le pareció estar seguro de
haberlo logrado.
Nina
estaba más linda que nunca. Más mujer. Mucho más madura.
La
estrechó contra sí. La quería una barbaridad. Además, la comprendía hasta
extremos insospechados.
No
apreció en su mirada melancolía o resentimiento, pero allí, en el fondo, muy en
el fondo de sus pupilas, sí atisbo una tristeza. Como una negación a algo, como
un anhelo.
Traía
dos maletas y un maletín y, como era verano, vestía de blanco, pantalón y algo
que parecía una casaca. El pantalón, muy pegado a la altura del tobillo.
Zapatos de tiritas negras por las cuales asomaban las uñas lacadas de un rosa
pálido. En torno al cuello, muy pegadas a la garganta, dos cadenas enlazadas,
con un abalorio colgando. El cabello negro brillante y sedoso, lacio como
siempre, formando una melena semilarga, suelta, cubriendo parte de una mejilla.
Sus verdes ojos eran los mismos, sólo que quizás se atisbaba en ellos un leve
inconformismo.
De
su hombro colgaba un bolso, y todo su aspecto era el de una chica supermoderna.
Tony
lo cargó todo en el auto y luego se sentaron ambos juntos. Tony conducía.
—Nina…
debo decirte algo.
—¿Sí?
¿Los papás?
—No,
no. Están bien.
—Ya
me has contado cómo tomaron lo de mi matrimonio civil…
—Debiste
suponerlo.
—Y
lo supuse. Pero yo no puedo vivir como ellos, Tony. Ni quiero ni puedo. Ellos
me han educado de una manera, pero la sociedad me hizo de otra. Ocurre siempre;
no nos vamos a engañar —hablaba animada—. Los padres siempre esperan que sus
hijos crezcan a su imagen y semejanza, y eso no es posible, como no lo ha sido
que ellos mismos vivieran como los suyos.
—Por
supuesto.
—Se
les pasará. Son cariñosos. El amor filial es el más sincero y el que más
aguanta y el que disculpa y perdona.
—Nina,
quería decirte algo que seguramente ignoras.
—Pues
dilo.
—Chema
se ha curado.
Apreció
su estremecimiento.
Observó
su parpadeo.
Después,
el silencio más absoluto. En realidad, no lo había roto.
—Está
aquí, Nina. ¡Aquí!
La
miró.
El
coche cruzaba una calle corta, como casi todas las de la ciudad, que
desembocaba en una plaza donde se ubicaba la lujosa perfumería.
Apreció
palidez en el rostro moreno.
Un
raro brillo en la mirada.
Y la
pregunta formulada con sordo acento:
—¿Soltero?
—Sí.
—¿Curado
del todo?
—Desde
luego. Ha sufrido varias operaciones, ha habido rechazo de córnea, pero ya no.
Ya está totalmente bien, sometido únicamente a una revisión anual en Alemania.
—Ya
llegamos —dijo—. Mamá nos espera. Mírala en la puerta.
Tony
sintió que dos gotas le mojaban parte de la nuca.
La
misma o parecida a la reacción de Chema.
De
haberlo olvidado, todo sería distinto.
Aquello
estaba allí, oculto, vivo quizás, aunque ella procurara enterrarlo.
—Nina…
—¿Sí?
—Me
gustaría que fueras más sincera conmigo… ¿eres dichosa con Félix?
No.
Lo
notó en seguida.
Pero
ella, en cambio, decía reiterativa:
—Mira,
ahí están los papás. Oye, como siempre, ¿eh? Igualito… como si los días no hubiesen
transcurrido.
Y
cuando él detuvo el coche, Nina saltó y se fue hacia los padres, a los cuales
abrazó a la vez.
Tony
sentía que se le ponía un nudo en la garganta. Y no era por la emoción de ver a
la hija y a los padres juntos. Por algo muy diferente.
No
obstante, nadie lo diría viéndole sacar las maletas del coche, con ayuda de un
dependiente que salió a echarle una mano.
Cuando
entró en la perfumería, Nina hablaba por los codos. Mucho, pero, según pensaba
Tony, no decía nada…
Capítulo
17
El
encuentro no fue casual, seguro.
Sin
duda lo sabían los dos.
Cuál
de ellos lo había provocado, sería difícil de averiguar. Pero la realidad
estaba allí.
Además,
en tres días en su ciudad natal no podía pasar inadvertida, porque no se detuvo
en casa casi nada.
Los
padres, con la alegría de verla, apenas si habían preguntado, y ella no se fue
en explicaciones, y si surgían las ahogaba con verborrea atropellada.
Tal
vez el único que lo observaba todo era Tony, pero no hacía comentarios. Tony seguía
siendo el hombre independiente, cariñoso, amable, pero correcto y respetuoso de
la vida ajena.
Había
dicho una sola vez que Félix, su marido, aparecería cualquier día, pero ni
había precisado el día ni si sería antes o después. Afortunadamente, los
padres, con tenerla a ella, parecían satisfechos, felices y conformados.
Su
ciudad, sus gentes, sus raíces, sus orígenes. Todo ello era algo que llenaba al
ser más exigente, y ella no era precisamente muy exigente, porque la vida
tampoco fue con ella magnánima, se pensara lo que se pensara.
Fue
en una cafetería a una hora de la tarde. Por allí habían ido ellos muchos años
antes. Era su punto de reunión. Solían meterse en aquel rincón y besarse en la
boca. Aquellos largos y prolongados besos que los excitaban; terminaban por
dejar aquel rincón para irse a su futuro hogar.
Tardes
enteras.
¿Cuántas
veces engañó ella a su madre? Miles. ¡Pobres papás, en medio de todo eran
inocentes, y es que quizás ellos nunca engañaron ni imaginaron jamás que una
hija como ella les engañara! Pero los había engañado.
Le
bastaba llamar a una amiga y pedirle el favor: «Si llama mi madre, di que paso
la noche en tu casa». Sólo eso. Qué poco, ¿verdad? La madre no llamaba nunca,
porque la creía. Pero la realidad es que ella estaba con Chema en el piso.
Lo
vio encaramado allí, ante la barra, en una alta banqueta, delante de un whisky
y entre los dedos un periódico desplegado. No llevaba gafas. Vestía un traje de
alpaca, claro, tono beige, sin corbata. Camisa azul claro.
El
pelo, como casi siempre, con pelusa en la nuca, por pereza, por no ir al
barbero… negro, sí, tan negro como siempre, pero con hebras de plata salpicando
su negrura. Hebras plateadas, blancas.
—Hola,
Chema.
Él
giró la cara y después saltó de la banqueta.
—¡Nina!
—¿Cómo
estás?
Así,
como si se hubieran visto el día anterior.
Y
hacía ya casi tres años.
Casi
cuatro, porque mediaba mayo, y ella se fue a Londres en junio, dos meses antes
de cuando tenían proyectado casarse.
—Nina,
no esperaba verte…
Le apretó
las manos entre las suyas. Se las juntó.
Todo
era una evocación: recuerdos y más recuerdos, posesiones compartidas,
estremecimientos, goces infinitos.
Rescató
las manos al fin y sonrió.
—Estás
muy linda —ponderó Chema—. Muy linda…
Y
tal se diría que no sabía decir otra cosa.
—¡Muy
linda!
Nada
había muerto. ¡Nada! Todo estaba vivo.
Si
las cosas fuesen de otro modo… pero habían sido de aquél.
Y la
suerte no la acompañó en la elección.
Sacudió
la cabeza, y su perfume…
El
de siempre. La colonia de baño fresca de cuando la conoció jurando bandera, la
del beso primero, la de la playa después, la del prado luego, la de los bailes,
las mentiras, las caricias hurtadas… las que luego se compartían intensamente.
—Vamos
a aquel rincón —dijo él, súbitamente, asiéndola del brazo.
Y
ella fue.
Pensó
si lo había buscado allí y por qué tenía que suponer que Chema estaría.
Quizás
por la misma razón que estaba ella.
—Supe
de tu regreso. ¿Estarás mucho tiempo? Pero, toma asiento, Nina.
¡Si
lo conociera menos! ¡Si tuviera los ojos vendados!
La
boca de Chema podía decir muchas cosas, pero los ojos… los ojos de Chema nunca
mentían.
Y
los tenía allí, sin gafas, le brillaban, y eran los de siempre. Se sentó.
—¿Fumas?
¿0 has dejado de fumar?
—No,
no, claro.
—¿Qué
tal tus cosas, Nina?
Se
sentó enfrente de ella, no a su lado. La única diferencia era ésa.
Puso
su whisky delante y, sin esperar respuesta, preguntó:
—¿Qué
tomas?
—Otro.
—¿Whisky
tú?
Ella
rió.
Los
dientes blancos, reluciendo en su cara morena, los verdes ojos brillantes…
—No
te asustes. No es hábito. De vez en cuando… la hora es propicia.
Lo
pidió. El camarero, al verlos, los reconoció. Les sonrió diciendo:
—Cuánto
tiempo sin verles… ya tendrán hijos, ¿no?
Chema
sonrió tibiamente. A ella se le cuajó la sonrisa en los labios, y el camarero
se fue sin respuesta…
—Ciertamente
no los tienes, Nina. ¿No han llegado?
—Los
he evitado —replicó con sinceridad.
—Ah…
—Tú
no te has casado.
—No…
no. No tuve tiempo. Bueno —esbozó una sonrisa forzada—, tampoco sé si lo haría,
de tenerlo… fueron meses horribles. Días interminables. Pienso que, si tuve
ocasión en algún momento de ganar el cielo, en esos días he perdido mi
oportunidad… no te rías, es la verdad. Renegué de todo, me fui contra todo… me
volví resentido y odioso. Contestón… yo que siempre fui correcto, apacible…
estaba soliviantado al máximo… bueno, eso hay que vivirlo para conocerlo.
—Y
para renegarlo, Chema, ¿verdad?
—Pues
sí. Si hoy me preguntan qué quiero, volverlo a vivir o morir, hubiera dicho
morir sin titubeo… pero estoy aquí.
Sacó
las gafas del bolsillo superior de la americana y se las puso.
Nina
sintió dentro de ella que lo prefería. Viéndole los ojos tapados era capaz de
recordar por qué se había ido, por qué lo había dejado, por qué había llorado
ella, que no lloraba más que por tonterías. Pero aquello no lo había sido. Nada
trivial, nada. Todo muy profundo.
—Nunca
fui santo —añadió Chema con lentitud y fumando, mirando vagamente no sabía Nina
dónde, porque las gafas cubrían sus ojos—. Y resentido y maltratado, menos aún.
No me resigné nunca. Fue muy duro… muy duro. Pero, bueno, ¿qué hablo de mí?
Cuéntame de ti, Nina… qué tal estás, cómo te ha ido en el matrimonio, estarás
mucho tiempo en la ciudad…
—También
he luchado —confesó ella con sinceridad—. No es fácil hallarte a ti misma en
una ciudad hostil, donde no conoces más que el idioma, donde el carácter de las
gentes es distinto, donde todo funciona de otro modo.
De
súbito él preguntó algo concreto:
—No
eres feliz, Nina, ¿verdad?
Nina
sacudió la cabeza.
De
nuevo aquel perfume.
Aquellos
recuerdos recopilados que nunca se disiparon, que siempre se añoraron.
—Una
intenta conocerse a sí misma y su capacidad amatoria a través de otra persona…
suele acertarse, y si no se acierta, una siente la necesidad de vivir su vida a
solas.
—¿Físicamente?
—De
alguna manera, pero más anímica que físicamente, porque lo físico puede superar
la necesidad anímica.
—¿Lo
has logrado?
—Algo
se logra siempre.
—Y
se añora mucho, ¿no es cierto?
—A
veces… —y rápidamente—: Oh, ¿qué hora es?
—Nunca
mirabas la hora. ¿Qué tienes que hacer?
Ir
al piso.
A su
piso.
A la
casa que un día pensó compartir con él. Necesitaba ver sus rincones, toparse
con sus recuerdos, palparlo todo, cerciorarse de que aquello fue cierto,
palpitante, vital. Pero no dijo eso. Dijo, en cambio:
—Ando
buscando un empleo.
—¿Tú?
¿Aquí?
—Pues
sí. Siempre me gustó dar clases. Es lo que estuve haciendo en Londres… de eso
he vivido, de eso me he alimentado…
—¿Sólo
de eso?
—Fue
una parte física importante.
—Que
no disipó otros anhelos íntimos.
—A
veces, sí; a veces, no.
—No
quieres hablar de ello, ¿verdad, Nina?
—No
demasiado.
—¿Estás
divorciada?
—No…
Y
aún añadió, tras un breve silencio:
—Aún
no.
—Ocurrirá…
—Es
posible…
—Tus
padres…
—Lo
sé… lo sé…
—Ellos
seguramente esperaban que te casaras por la iglesia.
—El
matrimonio ni se certifica en la iglesia ni en el juzgado. Tiene que ser la
pareja, en sí, con sentimiento y profundidad. Sin egoísmos, sin preámbulos
contractuales.
—Pero
la sociedad impone sus leyes.
—De
las cuales no vive el sentimiento.
—Eso
es verdad.
Se
levantó.
Había
bebido el whisky.
Allí
quedaba la punta del cigarrillo aún encendido.
—Debo
irme.
—Te
vas porque quieres, Nina. No porque debas. Tú no eres de las que se ciñen a
deberes.
—Es
que me expliqué mal. Tengo algo pendiente.
—¿Lo
digo?
Le
miró.
Odió
sus gafas.
Era
como si llevara las vendas.
Eso
les salvó a los dos de decirse allí mismo demasiadas cosas. Se levantó él
también, pero sus gafas ocultaban la realidad, la verdad…
—Te
veré otro día, Chema.
—Sí,
Nina.
Capítulo
18
Estaba
en su cuarto cuando sintió los pasos de Tony.
Prefería
no verle en aquel instante, pero, por otra parte, necesitaba alguien con quien
hablar, alguien en quien desahogarse.
Había
estado en el piso.
Todo
como ella lo dejó. Ni más viejo ni más ajado. Limpio. Tony había pagado mes a
mes a la limpiadora, por tanto tenía que saber que ella, un día, al llegar a la
ciudad, iría.
Y
había ido.
Fue
como revivirlo todo, como palparlo, como volver a disfrutarlo, con la
diferencia de que el transcurso del tiempo y sus vivencias habían despertado
los recuerdos con más profundidad.
Por
lo que faltaba, por lo que sobraba, por lo que nunca había vuelto a alcanzar.
—Nina…
¿estás ahí?
Estaba.
Tirada
en la cama fumando.
En
el cenicero había amontonadas puntas de cigarrillos a medio consumir. Los
ventanales abiertos permitían que el aire se renovara. Una brisa primaveral
entraba y salía por ambas ventanas que, al estar las dos abiertas, dejaban
limpia la estancia.
No
tenía luz y la alcoba que nadie tocó nunca por respetar sus pertenencias, y
quizá su cariño, se iluminaba apenas por un reflejo procedente de la calle y
por los focos de neón que adornaban la fachada de la perfumería.
—Nina…
La
luz del pasillo iluminaba la flaca silueta de Tony.
—Pasa,
Tony.
—¿A
oscuras?
—No,
no enciendas la luz.
—Pero
necesitas que alguien oiga tus lamentos, ¿verdad?
—No
sé. Puede que sí.
Tony
avanzó.
A
paso lento, como arrastrando un poco los pies. Pero eso no asombraba a Nina.
Era la forma de caminar de Tony, siempre flemático, siempre cerebral, siempre
amoroso, pese a su poder receptivo y su capacidad de relación.
—¿Me
puedo sentar, Nina?
—Sí.
Lo
hizo en el borde del lecho.
Ella
vestía pantalones rojos estrechos, tipo vaquero, camisa a rayas, estaba
descalza; los zapatos descansaban como caídos de sus pies en la alfombra.
—Nina,
muchas cosas te atormentan.
—No
muchas, Tony.
—Algunas
muy profundas.
—Eso
sí.
—¿Tu
marido?
—Una
más.
—El
pasado.
—Más
que nada.
—Has
visto a Chema.
—Y
he visto el piso en el cual íbamos a vivir.
Tony,
en la penumbra iluminada sólo por una parpadeante luz que procedía de la calle,
escurriéndose como robada o a hurtadillas, le asió los dedos. Se los apretó con
mucha ternura.
—Eso
es lo peor, ¿verdad?
—Supongo
que sí.
—Los
recuerdos se amontonan. Se agolpan como puñales que clavan, y duelen, y no
sangran…
—No
debiste hacerme caso cuando te pedí que pagaras a la limpiadora. Debió quedar
todo como lo dejé y no verlo hoy como lo vi, limpio. Si lo hubiera visto
cubierto de polvo, eso sería como una muerte condenada, como un fin del pasado,
como un futuro distinto.
—Qué
mal te conoces, Nina. Sucios o limpios, los recuerdos son sombras que perduran
y persiguen… —y como si temiera saber demasiado, preguntó quedamente—: ¿Tiene
Chema su llave?
—Nunca
se la he pedido.
—Ya.
—Tony…
—Dime,
si quieres.
No
quería hablar.
Y es
que tenía demasiadas cosas que decir.
Y lo
peor es que no sabía si culparse a sí misma, a Félix o al mundo entero.
A
nadie.
Sólo
a ella, su soledad, su vida anómala, su fracaso, su credulidad.
—No
puedo culpar a nadie de nada, Tony. ¡A nadie! El destino quiso o fraguó mi
vida, me envolvió en sus tentáculos. Unas veces decides ir por este sendero, y
de repente te desvías, y todo lo que la Providencia tenía trazado para ti se
vuelve humo, sombras, incredulidades… Félix no es una persona ruin. Es un tipo
estupendo, pero no me va a mí, no nos acoplamos, o será que yo… yo… tenía algo
dentro, algo afluyendo con poderío, con decisión, con dependencia… no sé, no
sé.
—Si
te duele hablar ahora…
—No
es que me duela, Tony; es que no sé qué decir.
—¿Te
ama él?
—¿Félix?
—Claro.
—No
sé. Sí, supongo que sí. Es un tipo inteligente. Un tipo honesto, pero un tipo
que no concuerda con mi personalidad, ni mis pasiones ocultas, ni mis
emociones… es un hombre muy culto. Un tipo que vive para su trabajo
intelectual. Yo no reniego de todo esto, pero necesito algo físico que llene
mis vacíos.
—¿No
será que Félix es pasivo, y sólo inteligente para realizarse intelectualmente?
—Yo
no soy tonta.
—Pero
no es tonto sólo el que es inculto. Es culto el que lo abarca todo, el que todo
lo vive, el que sabe complacer a su pareja. La cultura también se refleja en
eso, Nina.
—Sí,
sí —se pasó los dedos por el pelo, y la luz mortecina que afluía del exterior
iluminó su mano sin anillo—. Pero Félix se extasía ante un cuadro, y yo
también; sin embargo, yo necesito vida, vitalidad física y psíquica. Félix, no,
¿entiendes? Félix es dichoso leyendo, dando clases. Yo soy feliz así, pero
necesito más.
—Eres
una mujer vital. Necesitas pasión, excitación, fuego.
—Sí,
sí, puede que sea eso.
—Félix,
en cambio, prefiere un libro a una mujer. No es capaz de compaginar ambas
cosas.
—Así
es.
—¿Y
tu suegra?
—No
existe, Tony.
El
hermano casi dio un salto.
—¿No
existe? Me has dicho…
—Algo
tenía que decir. Debía volver. ¡Volver! Todos los pretextos son buenos para
volver, Tony. Éste es uno.
—Que
te has inventado.
—Que
me servía para volver a mis raíces, a lo que abandoné, a mis orígenes… a ese
mundo que dejé un día. Tony, ¿por qué me dejaste ir?
—¿Dejarte
yo? ¿Me has preguntado?
—Tú
sabías que lo de Chema y mío era hondo, era físico, era psíquico, era amoroso…
era mucho, Tony. Tú te harías el tonto, pero sabías. Sabes, porque vives con
toda la humanidad de que estás dotado.
—Sí,
Nina.
—Y
me dejaste marchar.
—Yo
no sé aún por qué te fuiste, Nina.
Claro
que lo sabía.
Lo
sabían los dos. Él, en el momento; Nina lo estaba averiguando ahora.
—Nada
—dijo Tony con voz hueca—, se ha disipado de todo aquello. Vuelve peor, con más
bríos, con más ansiedades, y es que has fracasado. De ser Félix ese hombre que
llenaba tus huecos, tú volverías, pero sólo de visita, y te irías otra vez.
—Pero
yo no puedo culpar a Félix de nada. Hizo cuanto pudo. ¿Qué culpa tiene él de
que yo pida a la vida y al amor el máximo que puede dar?
—También
es cierto.
Pero
como Nina no respondía, Tony dijo, algo decisivo:
—Te
viste sola. Te aferraste a lo que se te daba, pero nunca a un sentimiento que
habías dejado aquí. Nina, ¿no será eso más que otra cosa? —y después de una
breve pausa, que ella no interrumpió, añadió quedamente—: ¿Me permites encender
la luz? No lloras, Nina. ¿O es que en este tiempo transcurrido has aprendido a
no llorar por banalidades?
No.
Eso no.
No
podía llorar.
—Enciende
la luz, Tony. Si te place y quieres ver mi cara seca, enciende.
No
lo hizo. Le palmeó la mano.
—Te
dejo sola, Nina, en tus oscuridades iluminadas. Te dejo sola.
Se
iba ya Tony cuando de repente volvió a su lado.
Se
quedó de pie ante ella.
—Nina,
¿qué dice Félix a tu decisión de dejarlo? Porque lo has dejado, ¿verdad?
—Félix,
además de culto, inteligente y noble, es civilizado, Tony. Me deja aquí. Me
deja para que elija mi propia vida. Sabe cuánto tiene que saber de mí y mis
añoranzas. En Londres, todo era más fácil. Estaba sola y le tenía a él… pero él
me tenía sólo a medias. Un hombre como Félix sabe cuándo una mujer entrega
muchas cosas, menos los sentimientos que se reserva. Eso me ha ocurrido.
—Los
sentimientos siguen siendo de Chema.
Asentía.
Pero
en silencio y como no veía su cara, Tony aguardaba.
—Será
duro para los padres conocer en profundidad una decisión así… estoy casada…
para ellos es como si lo estuviera por la iglesia. Pero yo nunca podré casarme
así con Félix, Tony. ¿Lo entiendes?
—Si
Félix lo entiende, yo, por supuesto que sí.
—Félix
sabe que me falta algo. Algo que dejé atrás.
—Vete
a dormir al piso, Nina. Es mejor que lo hagas. Que dejes esta casa, que lo
dejes todo atrás. Empieza de nuevo y de forma diferente.
—Sin
Félix…
—Sola,
Nina. Y si un día necesitas eso que te falta, sabes bien dónde hallarlo.
—¿Y
él?
No
se necesitaba decir quién.
Se
sobreentendía.
La
voz de Tony era algo lejana, vaga quizás, aunque, en el fondo, muy en el fondo,
firme.
—Chema
nunca dejó de ir a ese piso, Nina.
—¿Nunca?
Y su
voz vibraba.
Tony
entendió.
Lo
que entendió siempre.
Lo
que comprendió cuando ella se fue, lo que quedaba detrás en Chema, lo que aún
sentía Chema como un latigazo sentimental del cual sólo les separaban unas
tristes gafas ahumadas.
—No
me lo dijo nadie, ni él, cuyo silencio respeto. Aquel día, sin duda, te engañó.
Quiso alejarte. Que le odiaras, mejor que compadecerle. Es una actitud muy
masculina. No la entiendo, pero en casos particulares y especiales existe. ¿Qué
te separó del ayer, Nina? Nada. Sólo tres años de vacío, de silencio, buscar un
porqué… y el porqué, lamentable o afortunadamente para ti, está aquí, aquí,
aquí donde lo dejaste, porque no comprendiste la dádiva de un hombre honrado y
orgulloso.
Se
quedó tensa.
—Tony,
yo no puedo decir a nuestros padres…
—Ellos
viven su vida, Nina. Una vida tranquila y sencilla. Lo importante es que tú
hagas lo mismo, y pienses sólo en lo que tus decisiones pueden suponer para
Félix, para Chema o para ti misma.
La
ayudó a levantarse.
—Los
padres nunca me perdonarán esto.
—Sí
te perdonarán. No perdonan los hijos a los padres, Nina, pero los padres a los
hijos siempre los disculpan y perdonan.
—Félix
sabe que yo vengo aquí a buscar mis orígenes; a renunciar a ellos o a
aceptarlos.
—Un
buen hombre ese Félix. Un tipo civilizado, que entiende al género humano.
—Pero
al que no amo con la pasión que yo siento, que soy capaz de manifestar, Tony.
—Es
que el sentimiento es muy tuyo, y ése no supo Félix ganarlo.
—No,
no; tampoco es eso. Es que el sentimiento lo dejé aquí hace cuatro años.
—Tus
primeras experiencias las viviste con Chema, Nina, y tus pasiones y
sentimientos no fueron superficiales, fueron sinceros y verdaderos. Por eso,
cuanto camines, luches y bregues está siempre dentro de ti.
Era
eso.
¡Cómo
la conocía Tony!
—Vete
al piso. Relájate allí. No digas nada a nuestros padres aún. Ellos saben que
tienes el piso y no les parecerá raro que vayas… que busques tu propia vida. A
eso ya les habitué luchando contra sus sistemas retrógrados… de tu divorcio en
puertas, que veo llegar sin que me lo digas, cállate. Es mejor, para ellos y
para ti…
Capítulo
19
Estaba
allí buscando en cada rincón, en cada esquina, en cada palpitación
fantasmagórica su pasado. No supo cuándo oyó el llavín. Quedó tensa.
No
expectante, porque en el fondo esperaba aquello. Como si todo el riego
sanguíneo se metiera en su cerebro y lo embarullara.
Oyó
sus pasos.
Vacilantes,
primero; seguros, después.
Y le
vio. De pie.
Erguido
en el living, en el umbral, mirando aquí y allí como si sus ojos, al
descubierto, buscaran el pasado.
—Nina
—susurró.
Y su
voz era apenas audible. Ella también sintió la suya hueca. Confusa.
—Chema…
Pero
los dos sabían que era igual que si se besaran. ¿Cuánto tiempo sin besos? Años,
y parecían días.
Es
que el tiempo que se cuenta parece no correr, y a ellos les sucedía eso.
Se
vieron avanzar uno hacia el otro. Sin poderse contener.
Evidentemente,
algo les ocurría: era el pasado, que volvía con toda su vitalidad, su emoción,
su ímpetu. ¿Pensar ella en detenerse? ¿Pensar en frenar su ansiedad? No podían,
ni querían.
No
supo cuándo, ni quiso saber; los labios de Chema se metieron en lo suyos.
Reconocer
aquellos besos y diferenciarlos de todos era el puro sentimiento porque los
empujaba una fuerza mayor.
¿Las
palabras de Chema aquel día, bajo las vendas? Pasaban al olvido.
Las
de ella respondiendo asustada, confusa, eran vaivenes de una inmadurez que ya
no existía.
—Chema…
—Calla,
Nina.
—¿Callar?
—¿No
puedes?
—¿Debo?
—Debemos
los dos.
—¿Por
qué?
—¿No
está claro?
Lo
estaba.
Regresaban
al pasado, y lo peor es que se hacía presente imperioso.
Sin
embargo, ella quería ser sincera. Consigo misma, y con él, y más con Félix. ¿A
quién traicionaba? ¿A sí misma? ¿A Félix? ¿A Chema?
Pero,
sobre todo, a sus sentimientos, que se volcaban locos en aquella voluptuosidad
que retornaba sin poderlo contener.
Pero,
más que eso, ¡mucho más!, era la ternura que retornaba como una avalancha, como
algo necesario e insuperable. Se apretó contra él. No buscaba ya, ¡oh, no!, el
placer. Eso era algo añadido.
Una
culminación de sus pasiones reprimidas. La ternura mezclada con la pasión era,
a no dudar, lo que ella necesitaba.
Lo
que recibía.
Los
besos apretados que resucitaban un pasado recopilado allí.
Lo
demás era todo banal.
Lo
importante eran ellos dos.
¿Decirse
cosas?
No;
de momento, la emoción de confundir sus sentimientos no obligaba a nada más.
Y
fue después, relajados, tendidos allí donde tantas veces estuvieron en
silencio, donde tanto se pertenecieron donde acababan de empezar después de
aquella larga tregua, cuando él preguntó quedamente:
—Tú
nunca has podido ser feliz con otro hombre, ¿verdad?
Una
tenue luz partía de una esquina y se desdibujaba en las tinieblas iluminando
rincones insospechados, pero dejándolos a ambos en una sólida semipenumbra. En
una de aquellas esquinas se escurría la ropa de Chema, y en el suelo, aquí y
allí, estaba la de ella.
Chema
no llevaba gafas, pero, de cualquier forma, ella no le veía los ojos, porque,
al ser Chema más alto, la cara femenina se perdía tibiamente en su cuello.
—Nunca
hubo más hombre que Félix —siseó ella, como si reflexionara en alta voz y
midiera cada palabra—. Y no ha sido mi hombre. Ha sido, y es, un hombre noble
que sabe perfectamente que me aferré a él buscando lo que había dejado tras de
mí. Félix es un tipo supercivilizado. Cuando retornamos a España me dijo: «Ve a
tu tierra, busca lo que has dejado. Yo siempre seré el mismo, pero la felicidad
es patrimonio de la esperanza y del amor, de la pareja y de la vida. No se da
casi nunca, y completa, jamás. Pero si de esa poca que nos está reservada,
puedes hacerte con una migaja, no la desperdicies.» Y yo he venido… tenía que
venir. Podían ocurrir dos cosas: que me diera cuenta de lo absurdo que era lo
que pedía a la vida, o que pidiera lo que necesitaba y a lo cual tenía derecho.
No sé, creo que cuando me fui me cegaba la ira, el despecho, la rabia. El deseo
infinito de volar y olvidar mi fracaso. No me di cuenta, no, de que me ofrecías
en bandeja la libertad y matabas conscientemente mis recuerdos. Que lo pretendías,
al menos, y yo me lo creí. Pero, en vez de creer en la realidad, me creí esa
mentira que habitualmente dice el hombre que ama y se ve menguado, cuando
pretende que donde hubo amor no haya piedad, y sí olvido.
—¿Cuándo
te diste cuenta de eso, Nina?
—No
lo sé. Puede que ahora, al volver, al verte, al ver en tus ojos mi propia cara.
Aquel día tenías vendas, y yo no veía más que un rostro inexpresivo y sólo oía
una voz lejana… no me percaté de que me decías aquello sólo porque deseabas que
me alejara de ti.
—Nos
hubiéramos odiado, Nina. Piensa un segundo; piensa que hubieras sufrido conmigo
mis penas, mis desazones, mis iras contenidas, mis tremendas rebeldías. Yo te
amaba, y te amé siempre, pero, sin duda, ese amor, el mío y el tuyo, se iría
muriendo solo, paulatinamente. Yo lo habría matado y tú me odiarías. En cambio,
nos vemos después de tanto tiempo, y todo es como si en medio de los dos no
cundiera un vacío, una lejanía. Mi madre —añadió atrayendo hacia su pecho
desnudo el cuerpo frágil y cálido de Nina—, murió de pena. Una pena que la fue
royendo sin darse cuenta. Una mujer, una esposa, una amante no es una madre.
Dicen que el amor no es egoísta; pero sí lo es, Nina. Lo es porque, cuando da,
necesita recibir otro tanto. La madre, no. La madre da cuanto tiene y no espera
nunca nada. Ésa es la diferencia. Pero lo terrible de todo es que el hombre es
desagradecido: desea a su mujer y sólo quiere a su madre. Ama con locura a su
pareja, pero sigue queriendo a su madre tan sólo. Y la madre se muere por la pena
de ver al hijo impotente, y la esposa, la amiga o la amante se busca otro que
la complazca. Ya ves si hay diferencia. Y los humanos somos tan necios y tan
egoístas que no nos damos cuenta de ello. Lo reconocemos, pero ni nos complace
ni traumatiza. Lo aceptamos como algo humano y normal, y en el fondo nada de
eso es tan normal como para sentirnos complacidos.
—Pero
eso es ley de vida, Chema. Y nos ocurrirá a nosotros si un día tenemos un hijo,
y a todas las parejas de este mundo.
—Pues
claro. Pero es triste llegar a esas conclusiones.
—Nos
vamos a poner sentimentales los dos, dramáticos, Chema.
—Mira,
es que nunca dejamos de ser sensibles. Eso nace con la persona y se alimenta
con el trato y la comprensión… tú has vivido con Félix, te aferraste a él en un
momento de desolación espiritual y esperaste, quizá con ansiedad ferviente, que
él cubriera todas tus necesidades físicas y anímicas, espirituales y
pasionales. Pero no debes culpar a Félix. Eras tú misma la que habías dejado
atrás algo que nadie iba a poder darte, porque iba contigo misma, porque
formaba parte de la vida de los dos, de los recuerdos, de las ansiedades
vividas y compartidas.
—Chema,
¿te ocurre a ti?
Le
buscó la boca. Amanecía.
Una
noche entera queriéndose, y todo parecía poco. Como si el hambre moral, física
y espiritual no se saciara nunca.
La
besó, sí, en plena boca, con aquel hacer suyo recreativo que la estremecía a
ella de pies a cabeza; por eso le cruzó el cuello con el dogal de sus brazos.
—Sí
que me ocurrió. Pensé casarme. No tenía a nadie. Ni un pariente siquiera, y la
soledad es un mal enemigo. Saciar mis necesidades fisiológicas era lo de menos;
no dejaba huellas, ni raíces ni recuerdos. Eso es como tomar un vaso de vino
cuando te apetece, o un vaso de agua cuando tienes sed, y después de saciada te
dices asombrado: «Qué fácil. Ya no tengo sed, ni bebería otro vaso de agua». Es
todo muy simple, Nina. Pero esto no es simple, y no lo es porque entre nosotros
todo está vivo, y es necesario, es vital. Yo estaría contigo aquí horas y horas
y no te poseería. Eso también forma parte de un momento, y uno casi se vuelve
irracional. Pero después la vida continúa y la pareja necesita de su expansión
espiritual…
—Chema,
iré a Madrid y le diré a Félix que me divorcio. Sé lo que va a dolerles a mis
padres, pero es mi vida y tu vida.
—Déjalo
de mi cuenta, Nina. En realidad, nunca di la cara con la valentía que el caso
requería, pero la voy a dar ahora. Es posible que ellos no comprendan, que se
aferren a sus principios, a sus esquemas, a sus sistemas, pero la vida, que es
tan nuestra, no les corresponde y no pueden decidirla ellos. No me parece justo
que, si ambos hemos llegado a la verdad, engañes tú a tu marido. Por lo que me
dices, presiento que ese hombre prefiere darte la libertad antes que saberse
engañado vilmente. Y tú tampoco eres de las que tienen una doble vida, ni yo
deseo tenerla.
Fue
así, sin más, como Chema se presentó en el piso de los Vigil aquel mediodía.
Nina
había llegado tarde. Su madre le había preguntado dónde había pasado la noche.
No fue explícita, pero tampoco ocultó, del todo, la verdad.
—En
mi piso.
—¿Tu
piso?
—El
que un día iba a ocupar con Chema cuando me casara.
—¡Qué
cosas más raras haces, Nina!
Capítulo
20
Pero
no fueron tan raras cuando, al mediodía, casi a los postres, apareció Chema.
Antes
era habitual verle, pero, después que quedó ciego, nunca había vuelto por allí.
Tony
presintió la catástrofe y se dispuso a ayudar a su amigo y a su hermana. Es
más, aquel mismo día se había puesto al habla con Félix. No lo conocía de nada,
cierto, pero se presentó y reclamó al teléfono a Félix, de parte de su cuñado
Tony Vigil.
La
conversación fue breve. Notó la educación de Félix, por su forma de hablar,
reconoció en él al hombre razonable y moderno que le había descrito Nina.
Rufo
y Raquel se alegraron de ver a Chema, pues, para ellos, el pasado no tenía que
ver con el presente, y lo que justificaba la presencia de Chema allí podía ser,
y de hecho era, el que fue hijo de una persona a la que, en su día, todos
estimaron mucho y, por otra parte, fue amigo de Tony desde niño.
Pero
el rostro de Chema, sin gafas, no admitía lugar a dudas, y tras besar a los
padres, se acercó a Nina y le puso una mano en el hombro.
—Vengo
a daros una noticia —empezó diciendo.
—Pero
¿no te sientas?
—Gracias,
Raquel; pero prefiero quedarme de pie.
Tony
fumaba. Los miró y entornó los párpados. Veía la mano de Chema cálidamente
apoyada en el hombro de Nina, como diciendo: «Tú tranquila, que lo que haya que
decir lo diré yo, y terminaré en seguida, les parezca bien o les parezca mal».
—La
noticia no necesita retórica —añadió, amable, pero enérgico, y a la par sus
dedos presionaban el hombro de Nina—. Como sabéis, Nina se ha casado por lo
civil y ha descubierto que no ama a su marido. Por lo tanto, ese matrimonio
canónico que esperáis no se producirá; en cambio, se producirá un divorcio.
Chema
era así, pensaba Tony sin sonreír, pero muy divertido por dentro. Nunca se
anduvo con medias palabras, ni con prosas innecesarias.
Raquel
tenía tal expresión de asombro, que tal se diría iba a caer sobre el flan de un
momento a otro.
Rufo,
en cambio agrandó los ojos de una manera que su hijo Tony temía que se le
rasgaran las cuencas.
—No
vengo aquí —prosiguió Chema—, sólo porque me dé la gana o porque me goce en
provocaros. Nada más lejos de mi intención. Nina y yo lo tenemos pensado, lo
deseamos. Nada ha muerto en nosotros. Como veis, tanto que despotricasteis
contra el divorcio en su día, para algo sirve, y para algo, además, muy
valioso. Para que la pareja se entienda y pueda tener opción a rectificar sus
equivocaciones.
—Pero…
—Nosotros…
—Raquel,
vosotros sois felices juntos. Vivís a vuestra manera —la voz de Chema era firme
y afectuosa al mismo tiempo—. No me mires así, Rufo. Nuestra vida, la de Nina y
la mía, es lo que importa, y el hecho de que prefiráis que nos amemos a
escondidas no soluciona nuestra situación.
—No
pensarás —se espantó Raquel—, que preferimos eso…
—Yo
no sé cómo funciona ya la gente ceñida a esquemas anacrónicos. Esa cuestión no
me preocupa. Lo que sí tenemos claro Nina y yo es que nos hemos equivocado o
que quizás no fue equivocación, sino una tregua para afianzar más nuestros
sentimientos.
—Pero
su marido… está casada, aunque sólo sea por lo civil…
—Mamá
—aquí intervino Tony, y todos le miraron—, su marido está de acuerdo. Tú vives,
con papá y otros muchos padres del mundo, en otra galaxia. La que os ha
fabricado a vuestra medida y entendimiento, lo que no deja de ser una asquerosa
manipulación, pero la aceptasteis, y no podéis pretender que nuestra generación
os imite.
—Tú,
con tus ideas…
—Mamá,
Chema y Nina van a vivir juntos, ¿entendido? Que quieras tú o no, que papá se
ponga furioso o no se ponga, es lo de menos. Lo importante son ellos dos, y por
encima de todo están de acuerdo, y lo curioso es que también lo está el marido.
Me he comunicado con él —sintió en su cara la saeta de los ojos de su hermana—.
Félix es un hombre apacible, civilizado, que tiene sus ilusiones puestas en mil
cosas diferentes. Un hombre cabal que supo desde el primer instante que Nina no
le amaba, pero que lo necesitaba, y, de alguna forma, también él necesitaba en
una ciudad hostil, la compañía de Nina. Es decir, que cubrieron una etapa, pero
la vida tiene muchas distintas etapas, y Nina y Chema nunca han vivido la suya.
En apariencia, sí; en la realidad, jamás. Eso es todo —se levantó lentamente,
sin ninguna prisa—. Chicos, el asunto con Félix está arreglado. Un divorcio
rápido, porque ambas partes están de acuerdo, y después del tiempo
reglamentario, vuestra boda —miró a sus padres, que se habían quedado como paralizados—.
Por lo civil, si os place, por supuesto. Mamá y papá tienen su negocio, sus
propias inquietudes, desgraciadamente para ellos muy limitadas, porque así les
han educado, pero vosotros dos jamás podréis compartirlas, aunque los queráis
mucho.
Raquel
preguntó ahogándose:
—Chema
—parecía ignorar a Tony y cuanto había dicho—, ¿y mientras la ley no os
autorice a casaros?
Fue
Nina la que replicó con lentitud y, si bien con inmenso afecto, con el clásico
egoísmo de una hija que, por encima de la opinión materna o paterna, iba a
defender su felicidad.
—Nos
iremos al piso juntos, mamá.
Rufo
se levantó.
Raquel
quiso hacerlo.
Chema
asía por los hombros a Nina.
Tony
lo veía todo como si allí se estuviera casi, casi jugando al parchís y él fuera
el ganador.
—Será
mejor que aceptes la situación, mamá. Tómatelo con calma. Un día yo también me
iré a vivir con una mujer. No creo que los papeles garanticen nada. Además, lo
estás viendo por ti misma. Vosotros habéis vivido en una época, pero las épocas
no se eternizan. Las nuevas generaciones buscan sus propias salidas. Ponerte a
llorar o a gritar no servirá de nada. Yo te aconsejaría que te hicieras la
desentendida. No sabes lo fácil que es y las ventajas que tiene.
—Eres
un entrometido —gritó el padre.
Chema
lo apaciguó suavemente.
—Nina
y yo tenemos experiencias de nuestro cariño, lo hemos sometido a duras pruebas.
Renunciar ahora a esta realidad sería tanto como sacrificar de nuevo unos
sentimientos que tenemos muy claros. Tanto Nina como yo os queremos mucho, pero
es nuestra vida y nuestra felicidad lo que está en juego. Dentro de dos años
nos casaremos, y os aseguro que, si podemos, os daremos el gusto de hacerlo por
la iglesia, si bien, claro, tememos que tampoco nos sirva de nada si falta lo
esencial, que es la comprensión, el amor y la perseverancia y hasta la
paciencia para soportar una vida en común, que no siempre es soportable. Pero
el amor y esa comprensión que menciono lo pueden todo…
Lloró
Raquel, se desesperó Rufo, pero todo fue inútil. Aquel mismo día, sin esperar
treguas ni leyes, Nina se fue con Chema. Tony les ayudó a llevar el equipaje de
Nina.
Y
mientras entraban en el piso que debían haber ocupado casi cuatro años antes,
Tony dijo conciliador:
—Se
les pasará. Será como siempre ha sido. Te duele una muela, y lo pasas mal y
reniegas contra todos los dentistas, pero, si de súbito, te rompes una pierna y
andas loco buscando un traumatólogo, te olvidas del dolor de muelas. A todo se
habitúa uno, chicos. ¡A todo! Y los padres viven en otro mundo, pero son
padres, al fin y al cabo. Por anticuados que sean, o aceptan las cuestiones de
la juventud actual o no les queda más remedio que cerrarse en casa, abrazarse
uno a otro y abrir la espita del gas. Y eso no ocurre, porque, por más que algo
así los escandalice, no tomarían nunca medidas tan drásticas.
—Gracias,
Tony —dijo Nina, mirándole con ojos humedecidos.
—¿Ves?
—rió él, con gran regocijo de Chema, que los miraba a su vez divertido y muy
emocionado, aunque él no se lo creyera—. Ahora vas a llorar. Sin embargo, el
asunto, que parece trivial, no lo es.
Nina
se abrazó a él.
—Hay
que romper con todo para ser feliz, Tony. Eso es lo que me desespera.
—Cuando
hay que romper se rompe. Eso fue lo que tu actual marido me dijo cuando llame.
—¿Cómo
estaba Félix?
—Dando
clase de historia. Se puso al teléfono porque le llamaba su «cuñado», lo cual
no deja de ser irónico. Ahí os dejo. Por los papás, tranquilos. Y por Félix,
más. Me ha dicho que él mismo pondrá en marcha el divorcio. Por lo tanto, en
menos de un mes lo tenéis.
—¿Te
vas sin tomar una copa?
Tony
los miró riendo.
—Dejadme
que os diga que en el fondo estoy emocionado. Yo soy un materialista, un
egoísta empedernido, pero hay cosas que me sensibilizan, como vosotros dos que
habéis pasado por tantas situaciones adversas y las salvasteis. Si un día me
ama así una mujer y yo la amo a ella, me caso. Y hasta para darle gusto a mi
madre, lo hago por la iglesia.
Los
dejó solos.
Nina,
al cerrar la puerta, quedó algo tensa, y al mismo tiempo, anhelante.
Chema
fue hacia ella y la tomó en sus brazos.
La
apretó hasta fundirla en ellos.
Le
buscó la boca.
Era
un recreamiento profundo, un vivir de realidades, un darse cuanto tenían y
deseaban y eran capaces de recibir los dos.
El
pasado en sí, y aquella tregua, eran como la confirmación de la posesión mutua.
Deseaban
compartir cuanto tenían y cuanto de receptivo vivía en ellos.
Los
labios en los labios, los ojos en los ojos.
Y
los cuerpos perdidos en el anhelo que había quedado a medias en la noche y en
aquel amanecer revelador.
Fue
así.
Lo
demás… era obvio.
Se
palpaba, se sentía.
En
la penumbra, decía ella quedamente, temblándole la voz:
—Ten
cuidado. Los hijos, no. Después. No les demos ese disgusto a mis padres de
tener un hijo ilegítimo, sin regular nuestra situación.
Él
rió.
La
risa de Chema.
Tranquila
y elocuente.
Contagiosa.
—¿Te
preocupan aún tanto?
—Son
mis padres.
—Y
yo tu marido.
—Mi
pareja.
—¿Es
menos eso?
No.
No. Lo era todo.
Era
mucho más.
Todo
unido. Pareja, matrimonio, dos seres que habían pasado por demasiadas pruebas y
valoraban la sensación física, juntamente con la moral. Como hombre y mujer se
realizaban; como pareja únicamente, eran ellos; como marido y mujer mañana, no
dejarían por eso de amarse intensamente.
El
goce infinito era una recreación de los tiempos muertos, y un revivir el
presente y un manifestarse tal cual se conocían para el futuro, que no dejaba,
por eso, de ser pasado.
¿Félix?
Lo
aceptaba todo.
Vivía
en este mundo ceñido a sus exigencias, a sus vivencias, a sus esquemas propios,
que nada tenían que ver con el ayer. Y si le tocaba perder, perdía, que otra
mujer vendría qué pensaría y sentiría como él. ¿Los padres? Aceptando
situaciones contra las cuales no podían rebelarse, porque, de hacerlo, se
convertirían en títeres vivientes, y esa postura pasiva tampoco la aceptaban.
Pero
ellos, al margen de todo, estaban allí. Vivían, se acoplaban.
Los
besos eran resucitar vivencias que en su día fueron sólo adolescentes y ahora
razones vivas del ser que compartían, de los placeres físicos que formaban
parte de su vida.
Y es
que Chema, le decía buscando la caricia en la comisura de la boca femenina:
—Hoy
nos amamos más porque sabemos más. Nos entendemos mejor porque somos maduros y
porque el que diga que el amor es celestial que se cuelgue en los altares. Lo
nuestro, como lo de cada pareja, tiene tanto de sexual como de espiritual. ¿No
crees, Nina?
Se
pegó a él.
La
respuesta era baldía.
El
afán estaba allí, en la posesión mutua, en el disfrute, en la entrega sin
reservas, en vivir igual, pero mejor, porque los dos habían dejado lejos las
niñerías.
—No
hemos cenado, Chema.
—¿No?
—¿No
lo sabes?
—Hemos
cenado, Nina. Estamos cenando. ¿No te gusta esta cena amorosa?
Se
pegó a él instintiva. Y supo que sí, que le bastaba aquella cena que eran besos
y caricias, y el ayer actualizado con mayor madurez, y que le ofrecía el goce
infinito de ser suya y saberlo a él tan entregado…
Tony,
aquella noche, tenía su juerga. Félix, en Madrid, en una reunión de
intelectuales.
Rufo
tranquilizaba a su mujer.
La
perfumería seguía allí, iluminada con luces de neón…
Y en
aquel cuarto, apenas iluminado por una tenue luz, dos personas jóvenes,
pletóricas, afines, se entregaban al más viejo placer del mundo. Poseerse…
Capítulo
21
De
haber vivido en una gran ciudad, las cosas quizá hubiesen sido diferentes. Pero
se trataba de la capital de una provincia, donde todos se conocían, en
particular aquellos que pertenecían al círculo social reducido.
Ésa
era la razón de que Raquel y Rufo no aceptaran la situación de la convivencia
de su hija Nina, y mucho menos de que todos sus amigos supieran que ella
continuaba casada.
Tony,
con su indiferencia hacia el matrimonio, vivía tranquilo, pero cuantas veces
iba a comer a casa de sus padres otras tantas se tenía que colgar del teléfono
para localizar a Félix en Madrid, lo cual, no era nada fácil. Y de siete
llamadas, conseguía al fin una promesa de que el señor catedrático lo llamaría
tan pronto dispusiera de tiempo. Y, la verdad, es que debía disponer de muy
poco, porque jamás le llamaba, y la promesa de divorcio se quedaba sólo en eso.
Una
o dos veces visitó a su hermana en el piso que en su día ésta decoró para
casarse con Chema. Pero él no veía en la pareja tanto entusiasmo como al
principio, y eso le llenaba de inquietud, pese a que él, tal inquietud, jamás
la manifestaba, pues era un tipo alegre en apariencia, desenfadado, y vivía a
su manera, hoy con una amiga y mañana con otra… si bien jamás parecía lo que
era en realidad, salvo que su hermana lo conocía en profundidad, pero no así
sus padres que, si aceptaban su soltería recalcitrante, ignoraban que Tony se
lo pasaba divinamente con sus amigas, las cuales conocían su modo de pensar y
su independencia, y jamás le pedían más de lo que él se ofrecía a dar, y, la
verdad, casi nunca daba más, excepto placer, goce y sesiones de cálido y
divertido erotismo.
Pero
el asunto de su hermana Nina le tenía preocupado. Y no por los padres,
machacones en verdad, pero fáciles de engañar y de convencer en espera de
tiempos mejores.
Pero
sí por Nina y su mejor amigo, y compañero de ella, Chema. Chema, que volvía a
trabajar y que esperaba poder casarse con Nina tan pronto ella consiguiera el
divorcio, divorcio que, pese a la gran civilización de Félix, parecía no
llegar, lo que indicaba, sin lugar a dudas, que la política, la cátedra y sus
despistes le entretenían tanto que carecía de tiempo para tratar el asunto con
sus abogados.
Aquel
día Tony había ido a comer con sus padres y estaba oyendo a su madre
despotricar contra Chema y su hija. Rufo, su padre, asentía en silencio, pero
las facciones de su cara parecían talladas en piedra, lo que indicaba su mal
talante y lo descontento que estaba, dada la vida de pareja que llevaba su
hermana.
—Yo
creo que ese Félix te está tomando el pelo —dijo la madre, cada vez más
irritada—. Se puede ser despistado, estar muy metido en política y atender una
cátedra, pero hay cosas de inmediata solución, que pueden afectar a la vida de
otra persona, como en este caso es mi hija. Te digo, además, Tony, que tú
siempre has tenido un gran ascendiente sobre Chema y Nina y que debieras
convencerlos para que cada cual viva en su casa, y cuando llegue la hora de la
libertad, se casen y se unan. Y te diré más, yo ya sé que la gente en la
capital vive como le gusta y le da la santa gana. Pero nosotros vivimos en una
pequeña ciudad, somos gente muy conocida y se me cae la cara de vergüenza cada
vez que una cliente, amiga o conocida me pregunta por Nina.
Tony
oía con paciencia.
—Nosotros
—añadió el padre, que había guardado un duro silencio—, no recibiremos a Nina
en casa entretanto no se case. Y te diré que no nos bastará que lo haga por lo
civil, pues, ya que se casó por esos mundos con un auténtico desconocido, lo
lógico es que ahora se demuestre la nulidad claramente.
Tony
solía aflojarse el nudo de la corbata y desabrochar el primer botón de la
camisa.
Conociendo
a Félix como lo conocía, que no era demasiado, pero sí lo suficiente, dudaba
que quisiera meterse en asuntos de la iglesia. Además, como había sido un
matrimonio civil, bastaría que se diera por nulo aquél para que Nina se casara
como le diera la gana, lo cual acallaría para siempre las retóricas vanas de
sus padres.
—Intentaré
llamar de nuevo a Félix. Y, si es preciso, iré a Madrid, pero os advierto ya
que es un hombre muy despreocupado y, por otra parte, muy ocupado en sus cosas.
—Tu
hermana ha sido una estúpida casándose así.
—Mi
hermana hizo lo que procedía hacer en aquel momento, papá. Y nada más. Vosotros
adorasteis siempre a Chema. El novio de Nina de siempre. ¿Por qué ahora le
pedís el sacrificio de vivir lejos de ella si la ha amado siempre?
—En
esta casa no entrará ninguno de los dos mientras no se casen como Dios manda.
—Mamá,
que los tiempos son otros.
—Para
nuestro modo de pensar, nada ha cambiado, y menos referente a la estabilidad
religiosa, la que siempre profesamos todos en esta casa.
Tony
saboreaba la comida, y el postre no estaba nada mal, así como el Rioja, de
buenísima calidad, y prefería no hablar de cosas pasadas o de las futuras. A
fin de cuentas, a él nada le interesaban, pues, puesto a pensar, evidentemente
no pensaba como sus padres, sino como su hermana. Su forma de pensar era la
misma que la de Félix y Chema.
Se
lo contó a Nina. Había ido a verla. Chema, incorporado ya al trabajo, se
marchaba a primera hora y no volvía hasta la tarde, pues tenía una contrata en
las nuevas autopistas.
—Localizar
a Félix, es casi como buscar una aguja en un pajar —dijo molesto—. Se te pone
una secretaria al teléfono o sale el contestador automático. Yo pensé siempre
que Félix haría lo que me prometió. Poner el asunto en manos de un abogado, y,
dada la situación, todo marcharía sobre ruedas. Los papás están muy enfadados.
Nina
bebía una cerveza. Se le notaba algo desmadejada. Habitualmente iba por la
perfumería, donde se ganaba su sueldo, pero ahora sus padres preferían que no
fuera, y ello le estaba ocasionando traumas y desazones.
Tony,
a pesar de ser tan despreocupado y parecer ajeno a muchas cosas, aunque
estuviera menos de lo que aparentaba, miró a Nina con ansiedad.
Le
parecía que, por la razón que fuera y después de aquellos cinco meses, las
cosas no le iban a su hermana como él había supuesto.
—Dilo
ya —le instó.
Nina
abatió los párpados. Estaba más hermosa que nunca, si cabe, pero también más
delgada. Y su tez morena parecía tener cierta palidez.
—Nina,
¿ocurre algo?
—Siempre
ocurren cosas, Tony.
—¿Con
Chema?
—Bueno…
yo creo… digo yo…
—Pero
no dices nada —le cortó Tony ante su vacilación.
Nina
se levantó.
Fue
hasta el bar y llenó de nuevo su vaso de cerveza.
—Nina,
¿me quieres decir si lo vuestro va mal?
No
iba bien.
La
demora de Félix estaba ocasionando fricciones.
—Chema
—se atrevió a decir, pues con nadie tenía ella más confianza que con su
hermano—, no se siente a gusto. No sé cómo explicártelo. Yo me expuse a todo
por vivir con él. Ya se sabe que esto es una ciudad pequeña, y nosotros, los
Vigil, somos muy conocidos, y no te digo Chema, por su puesto de ingeniero de
caminos en una empresa del Estado. Todo eso va minando, aunque no se quiera.
Chema vive retraído, y salvo el trabajo y la casa, todo lo demás le queda
grande o demasiado absurdo.
—No
me digas que tiene celos de Félix.
—No,
no sé lo que es. Pero lo nuestro no marcha… no como al principio. O quizá sea
que la pasión se agotó y no queda demasiado cariño —se alzó de hombros—. Yo me
cierro en casa, como ves. Salgo al mercado, me limito cada día más. Te diré
que, a veces, cuando veo a Chema tan metido en sí mismo, me dan ganas de subir
al auto e irme a Madrid y poner un cohete o dar un empujón en la espalda de
Félix. Yo le conozco y sé lo despistado que es. Lo metido en política que está.
Lo que le gusta su cátedra.
—Nina,
dime, ¿has sido feliz alguna vez a su lado, como mujer?
—No.
Nos conveníamos; eso fue todo. Nunca dejamos de ser amigos, pero casi nunca
fuimos amantes.
—Te
prometo que hablaré con Chema.
Nina
se crispó.
—Eso
jamás.
—Pero…
—No,
necesito que reaccione por sí solo. De nada serviría empujarle. Siempre
pensaría que, gracias a ti, él entendió lo que tiene el deber de entender solo.
De no ser así… jamás aceptaré ser su mujer.
—¿Y
qué harás?
—Lo
ignoro aún. Lo estoy madurando.
—Pues
buscaré a Félix donde sea, aunque tenga que ir a buscarlo al Congreso. No creo
que sea un mal hombre, sino todo lo contrario, pero está demasiado ocupado, y
para él casarse o divorciarse es cosa secundaria. Por tanto, considerando que
tú vives con el hombre que amas… para él tendrá poca importancia arreglar el
asunto legal.
—Pero
es imprescindible, ¿no te haces cargo? Tal se diría que soy yo la que no me
preocupo.
—No
me digas que Chema te culpa de eso.
Nina
hizo un gesto vago. Se la veía desencantada, y eso, para Tony, era semejante a
un fracaso sentimental.
—Chema
es demasiado educado y nunca hace reproches. Pero una mujer nota cosas y sabe
de dónde proceden.
—Y
supones que de los celos.
—No
estoy segura. Pero sí te puedo asegurar que lo nuestro se enfría, se hiela.
Esta misma noche me quedé dormida en la alcoba de visitas… Chema no me reclamó.
—Eso
es grave, Nina.
—Sí,
por eso te lo digo. Me preguntas qué me pasa. Pues me pasa eso.
—Buscaré
a Félix donde sea y le contaré lo que sucede. Noté, cuando vi que te apreciaba
como persona, que estaba dispuesto a todo con tal de que tú alcanzaras la
felicidad. Por eso me asombra su silencio y la falta de noticias, cuando es un
tipo que antepone su palabra por encima de todo.
Nina
hizo un gesto vago como diciendo: «Haz lo que gustes, pero no sé si lo nuestro
tendrá ya arreglo».
* *
*
Chema,
como siempre durante aquellas últimas semanas, llegó tarde. Parecía cansado. Y
si bien sus ojos estaban totalmente curados, se apreciaba en el fondo de sus
pupilas una nebulosa confusa.
Nina,
que lo oyó llegar, corrió hacia la puerta. Lo hacía siempre así, aunque de dos
semanas a esta parte, se diría que Chema vivía en otra galaxia.
—Chema
—gritó ella eufórica.
Sin
duda pretendía engañarse a sí misma y aceptar a Chema tal cual se mostraba, que
no era ni mucho menos como antes.
—Hola
—saludó él.
Y la
besó en los labios ligeramente.
Nina
intentó apretar el beso, pero Chema la separó de sí con cuidado, sin violencia,
porque Chema era incapaz de ser violento, desconsiderado, pero su silencio era
peor que todo lo demás junto.
—Estoy
cansado —dijo despojándose de la corbata y la chaqueta y quedando en mangas de
camisa—. Las carreteras son como comedores de pies y sudores… ah, ya he cenado.
—Pero…
yo tenía una cena estupenda, Chema.
—No
sabes cuánto lo siento, Nina.
—¿Qué
nos pasa? —preguntó ella.
Chema
la miró con sus ojos negros penetrantes.
—¿Pues
nos pasa algo?
—Yo
creo que la cosa no marcha.
—No
demasiado, no.
—¿Y
tengo yo la culpa?
—No,
Nina.
—¿La
tienes tú?
—Pues
tampoco.
—¿Entonces
quién la tiene?
—No
lo sé.
—¿Hemos
dejado de amarnos?
—¿Qué
dices?
—Te
pregunto.
Chema
se pasó los dedos por el pelo y lo alisó maquinalmente hacia atrás.
—He
visto a tu padre —dijo de súbito. Nina ya suponía lo que eso significaba. Pero,
aun así, preguntó:
—¿Y
bien?
—No
me ha visto.
—Pues
si no te ha visto…
Chema
se adentró en el living.
—Una
cosa es no ver y otra no querer ver. A tu padre le ocurrió esto último.
—No
tienes derecho a decirlo así, tan rotundamente. Papá es despistado.
—En
este caso no lo fue.
Y
cayó desplomado en un butacón; estiró las piernas.
—Me
siento muy cansado. Cada día la ocupación es más intensa, y las contrariedades
laborales mayores, y la falta de dinero acaba por convertirlo todo en una
locura.
Nina
cayó sentada, a su vez, en un sofá, enfrente de su amigo.
No
se miraban. Chema encendió un cigarrillo. Nina le ofreció lumbre, que él ya no
necesitaba, porque fumaba con fruición.
—Si
has comido, como yo no lo hice, traeré aquí mi bandeja y comeré.
—Yo
me retiro ya Nina. Lo siento.
Nina
no pudo contener su ímpetu y se plantó delante de la puerta por la cual debía
cruzar su compañero.
Tenía
en mente saber qué cosa le sucedía a Chema. Y sólo ella podía preguntarlo, y él
decirlo.
—Recuerda
que lo dejé todo por seguirte. Que tú, a fin de cuentas, me hiciste odiarte
para que no te compadeciera. Si a estas alturas me reprochas el que en ese
tiempo me haya casado, no tienes derecho a hacerlo. Una cosa tengo clara,
Chema, el silencio en una pareja es peor que una asfixia, y yo no lo voy a
soportar. Ayer noche me quedé dormida. Sí, sí, no me mires de ese modo
incrédulo. Me quedé dormida, y me tiré en lo primero que encontré. ¿Se me puede
reprochar algo? ¿Has ido tú a buscarme como hacías al principio? ¿Qué cosa se
está muriendo en los dos?
—No
te pongas histérica. No vale la pena. Si te apetece, vuelves a tu casa y yo me
quedo aquí, o me voy yo y te quedas tú.
—Así
de sencillo, ¿verdad?
—No
entiendo lo de tu marido —dijo él, de súbito y con voz ronca—. No lo entenderé
jamás. No os habéis amado. Os habéis compenetrado como amigos. ¿A qué fin no
tramita el divorcio? Me molesta vivir así. Unidos como si fuéramos amantes. Y
yo no me tengo por tal. No quiero ofenderte, Nina. Nunca podría ofenderte
amándote tanto. Pero hay situaciones que resultan penosas. No es porque yo crea
más o menos en un certificado matrimonial, pero tenemos un status social que
nos obliga a cubrir apariencias.
—¿Eso
es todo?
—¿Y
te parece poco?
—Nada.
Ella
retrocedió, dejando a Chema plantado en el umbral.
Capítulo
22
Nina
no comió. Dejó la cocina tal cual estaba y se fue al cuarto de huéspedes. Se
dio una ducha. Ella amaba a Chema, como siempre lo amó, y el que faltaba allí
era él. ¿Celoso de un tipo al que nunca le interesó el matrimonio? No lo
concebía.
Volver
a casa con sus padres era ceder en algo que no creyó tener que hacer. Pero
soportar vivir con un Chema ajeno le costaba. Y le costaba tanto que le dolía
físicamente.
Tras
la ducha se puso un camisón corto y, descalza, andaba por el cuarto de
huéspedes sin saber qué hacer. No pensaba ir a buscar a Chema, eso no. Pero…
soportar sola una noche más era demasiado. Volver con sus padres, derrotada,
nunca. Buscar de nuevo a Tony para que localizara a Félix, le parecía una falta
total de sentimiento amoroso con Chema.
De
repente sintió sus pasos. Lentos, cuidadosos, apagados en la moqueta.
Lo
vio plantado en el umbral. Vestía su pijama azul de popelín y tenía el cabello
revuelto, aún húmedo después de la ducha.
—Nina…
yo creo que debemos arreglar la situación.
La
joven se volvió del todo.
Estaba
lindísima con aquel camisón de encaje que dejaba apreciar sus armoniosas
sinuosidades.
Chema
sintió en sí como un escalofrío. ¿Qué importaban las miraditas de sus
compañeros, la falta de saludos en el club? La gente parecía vivir con mil años
de retraso. Pero él… ¿cómo vivía él?
Los
celos le roían. Pensaba que el silencio de Félix indicaba que había amado más a
Nina de lo que aparentaba.
Eso
le roía. No podía remediarlo. Al principio no, pero después, ante aquel
silencio y falta de actividad del marido, se sentía celoso del pasado de Nina,
vivido con Félix. Un tipo al cual no conocía, pero que consideraba inteligente,
listo, hábil político, pero dentro de todo ello también hombre. Y no concebía
que un hombre pasara por la vida de Nina sin amarla, desearla, poseerla y
recrearse eufórico en su posesión.
Eso,
y sólo eso, le contenía.
Pero
en aquel instante no sabía ya si era contenido o se desbordaba.
Avanzó
hacia ella. Esta parecía esperarle, medio desnuda en mitad del cuarto de
huéspedes.
—Ven
a nuestra alcoba —le dijo él.
Su
voz era opaca. Como huidiza.
—Me
quedo aquí, Chema.
—Entonces
no me amas.
—¿Y
tú a mí?
Chema
la atrajo hacia sí. La adoraba, pero…
Le
tocó los senos. Nina dio un paso atrás, espantada. Una cosa era el amor, y otra
el deseo, y sólo eso parecía empujar a Chema.
—Así
—le gritó ella como histérica—, no. ¡Jamás!
—Nina,
¿qué te pasa?
—¿Y
qué te pasa a ti?
—Pues…
Intentó
de nuevo atraparla contra sí.
Le
ardía la sangre. Tanto haber renunciado a ella por temor al suplicio de la
compasión, y de repente… todo le parecía absurdo.
Pero
los celos le comían. ¡Si pudiera disiparlos!
Como
no pudo alcanzarla, se dejó caer en el borde del lecho, mientras Nina, apresuradamente,
como si de repente fuera una extraña, se puso una bata que hacía juego con el
camisón.
—Nina,
mejor es aclarar las cosas. Siéntate. Algo se rompe, y yo sé que ni tú ni yo
deseamos que se rompa. Es mejor hablar. Romper el silencio que nos envuelve. La
convivencia es preciosa, y en el fondo lo sigue siendo, pero la actitud de tus
padres, de los amigos… de todo cuanto nos rodea me hiere, me descompone —se
sujetaba las sienes con ambas manos—. Te explicaré. Si fuéramos dos personas
anónimas en esta capital de provincia, quizá no sucediera nada. Pero los dos
somos muy conocidos, y tu familia, que antes era como si fuera mía, me ignora.
Todo ello, unido al silencio de tu marido, me destroza. Tengo que decírtelo y
te lo digo.
Nina
cayó sentada en un sillón no lejos del borde del lecho donde Chema parecía de
nuevo un ciego, un pobre diablo dominado por una situación que creía
irreversible.
—Me
gustaría que me contaras, querida Nina, cómo fue tu matrimonio.
—¿Ahora?
—¿Y
por qué no? ¿A qué se debe el silencio de tu marido? Le prometió a Tony que
todo se solucionaría en un mes, y van seis… y este silencio es sepulcral, y sé
que Tony no ha dejado las cosas así, que ha insistido, y no porque él crea en
el matrimonio, que nada significa, y yo tampoco creo, sino porque ese Félix no
rompe las amarras que legalmente te atan a él.
—Y
me culpas de ello.
—Al
menos creo pensar que algo significó en tu vida.
—Lo
lógico en mi soledad.
Chema
se levantó. Se volvió a pasar los dedos por el pelo.
—Hay
algo que existe en mí —dijo en voz baja y contenida—. Mi amor. Mi afán de
tenerte, mi vida, que a tu lado es feliz.
—Y
entonces… ¿por qué ocultas tus sentimientos?
—Es
que son confusos.
Y
acto seguido se fue caminando aprisa, como si no pudiera soportar por más
tiempo la situación de ambos en aquella intimidad de un hogar que compartían
los dos.
Nina,
suspensa, contenida casi la respiración, oyó detenerse sus pasos en el salón
contiguo.
Y
caminó como si alguna fuerza le moviera los pies.
Lo
vio hundido en un sofá. Parecía perdido en él.
Una
tenue luz arrinconada le iluminaba. Nina no pudo menos que acercarse por la
espalda. Se situó tras el respaldo del sillón y se dio cuenta de que Chema no
notaba su presencia.
Se
quedó así un rato. Después, en un impulso que no podía dominar, echó los brazos
adelante y asió la cabeza de su amigo.
Ni
palabras, ni promesas.
Sólo
ese movimiento.
Él
alzó una mano y asió con ella las de Nina, que cruzaban su cuello.
Estuvieron
así un rato. Después, de repente, Chema tiró de las dos manos de ella, que, del
respaldo, fue a dar a sus rodillas.
La
sujetó contra sí.
Le
buscó la boca en aquel hacer suyo silencioso, pero tremenda y
estremecedoramente elocuente.
La
besó.
Parecía
que la besaba por primera vez y que sus labios se movían sin tregua, eróticos y
fascinantes.
Nina
hubiera deseado escapar y sentir a Chema apasionado y tierno, pero no tan
deseoso y tan sensual.
Pero
era su amigo, su compañero, su pareja, y pensaba que un día sería su esposo.
Por
eso se quedó quieta en sus brazos.
Ni
una sola promesa. Una sola necesidad, eso sí. La de estar juntos, la de
sentirse y palparse por encima de todo.
Chema,
sin dejar de besarla, la levantó en vilo, como hacía otros días, y la llevó a
través del salón hacia el cuarto que compartían. Toda nube parecía
desvanecerse, aunque en el fondo los dos sabían que todo aquello lo despertaba
el deseo de una necesidad enfervorecida, que una vez saciada volvería a
sumirlos en el más terrible silencio.
Mucho
después, cuando ya casi amanecía, Chema preguntó con voz contenida, tensa:
—¿Vivías
así con él?
Nina
se crispó.
Se
deslizó del ancho lecho y se quedó frente a él, erguida, tras ponerse la bata
sobre su gozosa desnudez.
—¿Otra
vez, Chema? ¿Es que no te di pruebas suficientes de que tú, para mí, eres el
primero? ¿Quién, a fin de cuentas, me alejó de tu lado? ¿Quién, di, quién?
Chema,
con el tórax desnudo, se pasaba las manos por el cabello alisándolo con un
gesto de impotencia.
—Perdona.
—Es
que, si vamos a tener esta comedia cada día, renuncio ya.
—Nina…
—No,
Chema, no. Calmar tus deseos físicos me parece demasiado mezquino. Cuando
decidimos vivir juntos, en espera de mi divorcio, nada de esto existía. ¿A qué
fin ahora? ¿Y por qué? Es lo que me saca de quicio. No te olvides que las
fricciones traen detrás de sí desilusiones, vacíos, silencio y una ruptura
final. Si quieres, rompemos ahora mismo y cada cual vuelve a su vida.
—Eso
no.
—¿Quién
te entiende, Chema?
—Perdona,
perdona… yo no sé lo que me digo. Tengo un volcán dentro. Un deseo, un amor de
toda mi vida y un temor a que aún me quieras, temiendo que pueda atacarme de
nuevo la ceguera o que sea yo el consuelo de tus desilusiones.
—¿Sabes?
Lo estoy decidiendo ahora mismo. Nos separaremos, viviremos un tiempo cada cual
como guste, y veremos lo que sucede después. Pero antes quiero decirte algo. Yo
te amo, te deseo, te necesito. ¿Entendido? Tú, en cambio, te dejas guiar por un
pasado casual que nada dijo a mis sentimientos, pero sí a mis soledades… eso es
todo.
—No
me dejes solo, Nina.
—Y
es que quieres que consuele tu llanto interior.
—Existe,
aunque pienses que no.
—Es
decir, que eres tan anticuado como mamá y papá y todos los amigos falsos que
nos rodean. ¿Sabes lo que yo pienso? Que mis padres están apegados a un pasado
de represión y no entienden la actualidad, pero los amigos sólo sienten
envidia. ¡Pura envidia! De que nos hayamos saltado las normas y vivamos como
nos gusta vivir. Pero tú, de repente, te vuelves como ellos, y así, en una
situación falsa, yo no vivo.
—Espera,
Nina.
No,
ya no más.
Salió
de la alcoba a toda prisa y se perdió en la habitación de los huéspedes. No
esperaba siquiera que Chema la siguiera. Tanta fricción llevaba al olvido, a la
sequedad y a la mezquindad.
Se
iría a casa de Tony.
Quizá
él la ayudase, y si no lo hacía, se iría a vivir a otra ciudad, y allá cada
cual.
Valía
más vivir sola, libre, que amando y pegada a unos prejuicios estúpidos que, si
bien vivían en Chema, no tenían cabida en ella.
Mientras
se vestía a toda prisa, oyó la voz de Chema llamándola desde la alcoba que los
dos habían compartido hasta el amanecer. Había sido precioso, pero sólo
mientras se estaba viviendo. ¿Y después?
Los
celos absurdos de Chema, y sus prejuicios. Ella no los tenía, ni los soportaba.
Por
ello, conociendo a Tony, ya sabría cómo podía obrar en el futuro, porque Tony
la ayudaría a escapar de aquella trampa.
—Nina.
No.
Ya
estaba, vestida, en la puerta y salía hacia el rellano.
Llevaba
en si muchas palpitaciones. Muchas vivencias, muchos goces, pero ¿bastaba?
No. Vivir,
después de un goce, una cruz era demencial, y ella no estaba dispuesta a
soportarlo.
—Pero…
—Tony parecía atónito—. ¿Tú?
Nina
cruzó el umbral aprisa.
—Has
roto con Chema.
No
preguntaba, afirmaba, al ver lo desencajado del semblante de su hermana.
—Vengo
a pedirte una cama para esta noche.
—¿Y
mañana?
—No
sé lo que haré.
—¿Chema
te ha permitido marcharte?
—No
le pregunté. Vivir en vilo no es bueno, y así se mata todo sentimiento —entró
en el salón. Casi amanecía. Tony la siguió boquiabierto—. Chema ha cambiado. No
es el mismo. No entiendo que, después de una sinceridad como la mía y bien
demostrada además, se deje roer por unos celos absurdos. Yo no aguanto más.
—Nina,
sé razonable.
—¿En
qué sentido?
Y
cayó cuan larga era en un canapé. Respiró hondo. Tal vez se diría que le iba a
faltar el aliento. Así de decepcionada estaba y así de desmadejada. Tony corrió
a su lado.
—No
puedo comunicarme con Félix, Nina, pero te prometo que mañana dejo mi
laboratorio y me voy a Madrid.
—¿Y
qué más da ya?
—¿Cómo
que no? Chema fue el amor de toda tu vida, y el irte fuera de España fue
accidental. Lo lógico en tu caso. Te empujó él y te ayudé yo; le ayudé a él
creyendo ayudaros a ambos. No te excites. Ten un poco de calma y de cordura.
Nina
no la tenía.
Había
dado tanto de sí, incluso exponiendo toda su personalidad, para recibir, a
cambio, reproches y celos. Y eso sí que no.
—Mira
—añadió Tony, armándose de paciencia ante el evidente desasosiego de su
hermana—. Mañana mismo salgo para Madrid. Te puedes quedar en mi apartamento, y
espera. Es lo único que te queda.
—¿Y
Chema?
—Lo
has dejado, ¿no?
—Es
que, después de ser tan liberal, ahora me sale que si mis padres, que si sus
amigos, que si esto y que si aquello. Y yo me he arriesgado, porque lo
consideraba obligado para defender mi amor. Tony, piensa, reflexiona conmigo.
Yo me fui porque Chema estaba ciego y él no me dijo nada de eso. Lo supe
después. ¿Cuándo? ¿Y qué más da ya? Fueron tiempos pasados, pretéritos, que no
van a volver. La situación actual es conflictiva y así, un día tras otro, en
silencio, el amor se va matando. ¿Que hay una comunicación física de vez en
cuando? Oh, no, eso no es para mí. Mi sensibilidad pide mucho más y exige tanto
como doy, y estoy dispuesta a darlo todo. Hasta mi honestidad, que si bien mis
padres y los amigos de Chema consideran por ese rasero, yo no.
—Ni
yo —dijo Tony resuelto—. ¿Pero qué pretendes que haga?
—Nada
de momento.
—¿Ni
ir a Madrid?
—Eso
sí. Pero no sé si cuando tenga mi libertad me casaré con Chema. No estoy segura
de nada.
—Tú
le amas.
—Y
mucho.
De
súbito rompió a llorar.
Tony,
en pijama y batín, se acercó a ella.
La
quería demasiado. Le ayudó en momentos terribles. Ahora pensaba él, los
momentos eran mejores, pero los nervios de Nina estaban como desatados.
No
había forma de contenerla ni de evitar su llanto.
Le
apretó la cabeza contra su pecho, de tal modo que Nina, tan independiente ella,
se sintió súbitamente protegida y se calmó.
—Quédate
aquí. Mañana iré a Madrid. Veré a Félix, aunque tenga que ir a buscarlo al
Congreso, y yo mismo lo llevaré al abogado. Te puedo decir, y tú, además, lo
sabes por haberlo tratado más que yo, que Félix es una gran persona. Lo que
ocurre es que es despistado, y que, se ocupa en demasiadas cosas a la vez. Y
como, por otra parte, él se ríe de los casamientos, considera quizá que tú no
tienes prisa.
—Yo
no la tengo —respondió Nina, dejando paulatinamente de llorar—. Son nuestros
padres y Chema.
—Pero
si Chema nunca se preocupó de semejante cosa.
—Pero
ahora sí.
—Déjame
a mí todo este asunto. Ahora acuéstate y duerme. Mañana no salgas si no
quieres, o si te da la gana sal y levanta bien la cara, que a fin de cuentas no
has matado a nadie ni has cometido delito alguno, más que el lógico consuelo de
estar enamorada. Dime, Nina, ¿no será que por amaros tanto os herís sin daros
cuenta?
Sí,
ella lo consideraba así, pero quizá Chema no se percatara de ello. Cuando
estaba en silencio en la alcoba, todo color de púrpura o rosa; el amor lo
limaba todo. Pero una vez vivido, volvía aquel terrible silencio que presagiaba
una separación, si no definitiva, sí a pequeños intervalos, y para ella vivir
en esa indecisión no servía.
—Anda
—le dijo Tony sin esperar su respuesta—, vete a dormir. Me da la sensación de
que estás muy cansada, muy nerviosa y fuera de ti.
—Es
que Chema sólo me desea y me busca cuando me necesita.
—No
digas eso.
—Te
lo digo, te lo digo, te lo digo.
Y
mientras gritaba repitiendo lo mismo. Tony la empujó hacia el cuarto.
La
dejó tendida en el lecho y él mismo la tapó.
Después,
sigiloso, apagó la luz. Empezaba a clarear.
Tony
decidió darse una ducha, pensar y después obrar en consecuencia.
Desde
su laboratorio intentó contactar con Félix durante buena parte de la mañana.
Sólo existía el contestador automático. Dejó allí, pues, su mensaje.
No
tenía grandes esperanzas de que Félix se acordara, después, de solucionar la
papeleta de Nina. Tampoco él fue a ver a sus padres. Tenía en mente algo mejor.
Así sabría si Chema se había cansado de su hermana, si el amor se lo había
llevado el tiempo o si, por el contrario, la seguía amando. De Nina, sabía que
amaba a Chema y que no iba a cambiar sus sentimientos, por mucho que Chema
guardara silencio o la poseyera, como ella decía, cuando le diera la gana.
Y
tampoco era eso.
Por
eso él seguía soltero y vivía sus aventuras como le apetecía y cuando le
apetecía, pero sin ligarse con compromisos que nada le garantizaban, dado que
él era un tipo cerebral y apasionado sólo a ratos.
Sin
embargo, lo de su hermana era muy diferente, ya que él, precisamente, fue quien
la empujó a marcharse fuera de España pensando que Chema jamás recobraría la
vista. Pero hete aquí que todo había vuelto a la normalidad, y el único
anormal, por lo visto, era Chema, tan liberal en apariencia, tan dado a vivir a
su manera, y de repente todo se le hacía cuesta arriba.
¿Por
qué?
Si
había dejado de amar a Nina, que se lo dijera a él. Por eso conducía su coche
en dirección a las obras que se estaban realizando en la autopista y donde
sabía que encontraría a Chema.
Lo
vio en seguida, dentro de sus ropas azules de trabajo, con un casco en la
cabeza y un portafolios apretado contra el pecho y sujeto con una mano,
mientras con la otra hacía números o gráficos, que tampoco en ese detalle se
fijó Tony, ni le interesaba.
Paró
en el arcén y saltó del vehículo.
Casi
en seguida, Chema lo vio y avanzó hacia él, dejando el portafolios en poder de
un empleado.
—Hola,
Tony —saludó contrito—. ¿Está Nina contigo?
—¿Te
importa mucho?
—Tony,
me gustaría que nos comprendiéramos, como siempre nos hemos comprendido. Ven —y
lo llevó hacia un bar cercano ubicado en el arcén izquierdo de la carretera—.
Nina se fue de casa. Estaba tan nerviosa que preferí no retenerla.
—¿Y
qué te sucede a ti, Chema, para que Nina se ponga tan nerviosa? Porque mi
hermana no es nerviosa, salvo que algo le haga saltar como un polvorín.
—Me
duele por ella, Tony.
—¿Dolerte?
—La
situación.
—Te
refieres a vivir sin casarse, a que ella sea esposa de un señor…
—Pues
sí.
Y
Chema bajó la cabeza.
—Pero
eso se cuenta, se habla, Chema. Se discute. Pero jamás se calla, amigo mío.
Chema
se sentó. Se agarró el mentón con una mano.
Se
le notaba inquieto. Más bien desolado.
—Dile
que vuelva a casa.
—¿Sola,
sin que tú vayas a buscarla?
—Si
te parece mejor y sabes que no me rechazará, iré por ella.
—Seamos
sensatos, Chema, ¿qué os sucede? ¿Es por el qué dirán? ¿Es que de repente tú te
has vuelto un conservador, o no toleras la forma de vivir que vosotros, los dos
juntos, habéis elegido? Porque, si es así, comprendo que Nina no soporte la
situación.
Chema
meneó la cabeza denegando.
—No,
no se trata de eso. Se trata sólo de Nina.
—¿Cómo?
Explícamelo.
—Tus
padres, mis amigos, nuestros conocidos de siempre… nos hacen el vacío, Tony. Y
a mí me duele. Y después, la actitud pasiva del marido de mi mujer. Entiende.
—Me
gustaría entender, pero no lo consigo. Nina te ama, y tú la amas a ella, por lo
que veo. ¿Qué cosa os separa y os obliga a un silencio odioso o a una relación
absolutamente física?
Chema
enrojeció.
—Esta
situación física está sólo en la mente de Nina. Yo la adoro.
—Pues
mira, no entiendo.
—A
mí —dijo Chema a media voz, algo tensa—, el matrimonio me tiene sin cuidado. Es
el sentimiento el que impera y el que deseo. Y ése existe. En mí, al menos. No
es tan seguro de que impere en Nina. Estamos incómodos, y pienso que toda la
culpa la tienen tus padres y mis amigos…
—¿Tienes
mucho que hacer ahora, Chema?
—Yo
siempre tengo, pero también siempre puedo dejar para mañana lo que me acomode.
—Pues
vente conmigo.
—¿Adonde?
—A
Madrid. Estamos en ruta. No me mires con tanto asombro; a fin de cuentas, si
vuestra relación, la tuya y la de Nina, depende de lo que haga Félix, iremos a
verlo personalmente y lo llevaremos al abogado. Dado que es un hombre muy
ocupado y despistado, si no lo agarramos por el codo, nunca irá, porque lo
recordará todas las noches cuando conecte el contestador, pero se olvidará a la
mañana siguiente.
—Yo
amo a Nina, por encima de todo eso.
—Pero
os estáis haciendo la vida imposible por la situación creada. Y es conveniente
romper con el ayer y empezar de cero.
—Tony…
—¿Amas
a Nina de verdad?
—Con
todas mis fuerzas.
—Pues
anímate. Vamos los dos a Madrid, y malo será que no localicemos a Félix. Él no
quiere a Nina. Es decir, sí la quiere, pero como amiga y camarada. Aunque dada
su situación de político progresista, todo lo que tú y Nina pensáis de vosotros
mismos le dará risa. Pero si a vosotros no os da… lo importante es acabar
cuanto antes con esta situación.
—Pues
vamos.
Chema
parecía tan decidido como Tony.
Y es
que Tony defendía el sentimiento de su hermana, pero Chema defendía el suyo
propio.
Nina
se despertó a media mañana y se miró a sí misma, y después alrededor. Casi no
recordaba nada, pero, al ver la habitación se dio cuenta de que se hallaba en
casa de Tony. Su hermano.
Decidió
no pensar demasiado ni salir, de momento. Dentro del baño, estuvo demasiado
tiempo bajo la ducha. Al salir vio escrito en el espejo del salón unas
palabras:
«Nos
vamos a Madrid a buscar a Félix, Chema y yo. Confía en todo, y si puedes y
quieres, vuelve a tu casa».
No
firmaba.
Ya
sabía que era de Tony.
Su
letra, su desigualdad de rasgos de un químico que hacía anotaciones a cada
instante. Sonrió apenas. Volvería a casa. Era su casa, la de ella y Chema.
La
de su amor y sus deseos, sus comprensiones y sus silencios. Tal vez, Félix, al
fin, se acordara que estaba casado y que jamás amó a su esposa, pero sí que la
amparó cuanto pudo y como pudo, y pudo lo suficiente. Ella le tenía afecto. No
amor, eso no.
Lo
dejó en España al marcharse y lo encontró al regreso. Diferente quizá, pero tan
intenso como cuando lo dejó y lo añoró.
Por
eso, reflexiva, decidió volver. Chema también volvería, con divorcio o sin él,
y ellos dos se entendían al menos físicamente y si su sensibilidad se resentía,
ya sabía Chema cómo recuperarla.
Baches
se tienen siempre. Ella estaba sufriendo con Chema una de tantas crisis.
¿Renunciar a todo? No podía, ni quería, ni tenía fuerzas.
Se
vio en plena calle y evocó la noche con Chema. Había sido plena y apasionante.
Intensa a más no poder, pero aquellos silencios después… era lo que condenaba,
lo que le dolía, lo que la desangelaba.
Pasó
no lejos de la lujosa perfumería de sus padres, pero no quiso entrar.
Para
ella, entre sus padres y Chema, la elección era obvia, por mucho que se pensara
y pensara ella de sí misma.
Volver
al hogar, ver cada rincón, cada detalle, las plantas trepadoras, el amor con
que ella y Chema, antes de todo lo sucedido, decoraron aquella casa…
Era
evocado cada detalle, cada rincón, el enorme lecho que habían elegido ambos…
Todo
se dejaba sentir, y el hecho de que Chema fuera con Tony a Madrid resultaba,
sin duda, el final de aquel problema.
Tal
vez Félix, por despistado u ocupado, se olvidara, pero, si Chema iba, se le
iría a la vez la pesadilla y conseguiría que su marido pidiera el divorcio que
ella de suyo ya tenía previamente aceptado.
Había
que ser consecuente, y ella deseaba serlo. Es decir, que, después del divorcio,
todo volvería a su aire, a su normalidad, habitual, a convivir sin pesadillas
ni celos, ni malos entendidos…
Tony,
su hermano, era el árbitro de aquella incipiente felicidad, y lo sería de la
felicidad completa.
Una
cosa tenía clara.
Chema
y ella se entendían, se deseaban, se amaban, no podían pasar uno sin el otro.
¿Para qué engañarse? Todo estaba claro. Y si Félix, al fin, aceptaba la
cuestión, que por aceptada la daba ella, nada habría ya qué enturbiara su
convivencia.
Sin
embargo, tenía también muy claro que así, de aquella forma confusa,
maltratándose el uno al otro sin desearlo, pero ocurriendo, como sin duda
ocurría, tampoco se podía convivir.
O
mucho había cambiado ella o mucho había cambiado Chema, y, por lo visto, habían
cambiado los dos sin percatarse, por la situación insegura que vivían. No
obstante, decidió volver a casa.
Cuando
llegó al rellano, al detenerse el ascensor, se topó de manos a boca con su
madre.
Quedó
tensa. Ella adoraba a sus padres, aunque no compartiera su modo de vivir y de
pensar. Pero ver a su madre allí la desconcertó, la maltrató incluso, pues
debido a ellos y a otros seres parecidos, Chema no aguantaba la forma de vivir,
y más por ella que por él.
—Mamá
—murmuró a media voz—. Mamá, ¿por qué?
—Tony
vino a verme —dijo la dama dominando su íntima emoción, pues ver a Nina después
de tanto tiempo no podía dejarla impasible—. Ya sé que él y Chema se han ido a
Madrid. Tony fue a decirme, antes de irse, que pasara a verte, que arrojara la
toalla.
—Pasa
—invitó Nina sin responder—. Vayamos a un lugar tranquilo. Tomaremos algo si te
parece.
—Es
que no estoy sola, Nina.
—¿No?
—y la joven miró de un lado a otro algo tensa, buscando a la otra persona.
Vio
a su padre separarse de la pared donde estaba como pegado, como pillado en
falta, como no queriendo delatar su claudicación.
Muda
y absorta, vio cómo su padre avanzaba a paso corto, rojo como la grana y muy
nervioso.
—Una
cosa —dijo la madre—, es que deseéis ser libres para casaros, y otra que
después de dar este escándalo os separéis. Que abandones a Chema.
Ah,
era eso.
—Será
mejor que paséis los dos —dijo algo rígida, como si la voz se le volviera
hueca—. Tratar ciertas cosas en el rellano nunca fue mi estilo. Por favor…
Y
con la mano les mostró la entrada, cuya puerta abrió ella de par en par. Notó
la vacilación de ambos, la duda, el temor quizá a ser convencidos. «En
realidad», pensaba Nina, «si han venido es porque aún les duelo algo, y más les
duele que haya dejado a Chema».
Se
daba cuenta, además, al verlos allí contritos de que nunca dejaron de amar a
Chema, y que a ella le seguían con el pensamiento día a día y hora a hora,
aunque aparentemente le censuraran el vivir con un hombre sin casarse.
Por
eso, ella no esperó que dijeran nada y les abordó con mayor fuerza de la que
creía tener, pues en el fondo se daba cuenta de las vacilaciones de Chema, y
cuanto acontecía en su unión se debía más que nada a la inseguridad, pero nunca
a la falta de amor, consideración y respeto.
—Mirad,
os agradezco que hayáis venido a verme, pero si lo hacéis pensando que os voy a
seguir a casa, perdéis el tiempo. Una cosa son mis asuntos con Chema, y otra,
muy distinta, que me sienta culpable de algo. Me uní a él por amor, y por
desamor me fui por el mundo. Vuelta ya, nada ni nadie hará cambiar mi
situación. Ni mi forma de pensar y de sentir. Vosotros pertenecéis a una
sociedad caduca; yo os amo, y, si me apuráis, os adoro, pero eso no quiere
decir, ni mucho menos, que os siga a vuestro hogar, que deponga mi actitud, que
abandone a Chema. Casada o no con él, es mi pareja, y le querré aún más por la
situación inestable que soportamos. No somos nosotros los infelices, ni los que
discutimos, ni los que guardamos silencio. Me estoy dando cuenta ahora de que
todo se debe a la situación que vosotros y los amigos habéis creado en torno a
nosotros dos, y eso no lo soporto. Por mí —añadió, cada vez más acalorada—, ni
siquiera esperaría la decisión de Félix. Me uniría ya para siempre sin casarme.
¿Qué dice un papel cuando falta el sentimiento? Nada, y lo sabéis. Conocéis
parejas separadas, que se detestan el uno al otro y que viven juntas para
acallar los comentarios de los demás, lo cual sí que condeno rotundamente.
Veros ahí silenciosos me hace pensar que ya sé lo que le ocurre a Chema, y no
por él, sino por mí, por vosotros, por todos los que estáis en contra de
nuestra forma de vivir. Pues se acabó. Cuando vengan Tony y Chema de Madrid,
traigan o no los documentos arreglados, me quedaré a vivir con Chema y trataré
de entenderlo y suavizaré las asperezas que, como en todo matrimonio, acucian
de vez en cuando. No me digáis que vosotros siempre habéis sido felices. Que no
habéis tenido crisis, porque entonces pensaré que no sois humanos.
Algo
se destacaba en la sombra del salón, y si bien Nina no lo veía, los padres sí,
y más que oír a Nina, lo que hacían era mirar con estupor la figura de Chema.
Porque era él, y estaba allí oyendo a Nina y mirándose a sí mismo como si se
viera por primera vez en aquel momento.
—Ya
lo sabéis, mamá, papá. Me quedo aquí, y aquí estaré cuando vengan Chema y Tony.
Tanto si traen las cosas arregladas como si no, yo seguiré viviendo como lo
estoy haciendo.
Cayó
sentada en un sillón ante sus padres, que parecían rígidos, pero su expresión
era más humana o, se diría, humana de verdad, lo cual jamás hasta entonces
había ocurrido.
—No
debes ponerte así, Nina —dijo el padre, como cobrando aliento—. En realidad,
estamos aquí porque han ido a buscarnos.
—¿Ido?
Chema
avanzó.
Nina,
del salto, quedó de pie, agarrada al brazo del sillón, tensa y, a la vez, temblando
por dentro.
—¿Tú?
¿Tú? —gritó—. Pero… ¿no estabas en Madrid con Tony?
—A
última hora Tony decidió que iría solo, y Chema vino a vernos. Él piensa que te
has ido de casa y que la culpa de tu reacción es de él, y de paso nuestra y de
algunos amigos que censuran vuestra forma de vivir. Pero nosotros lo hemos
entendido, y estamos aquí para demostrarte que, ante todo, eres nuestra hija, y
que Chema siempre fue como un hijo para nosotros, y que la forma como viváis es
cosa vuestra.
—Pero…
mamá.
—Yo
también lo pienso, Nina —añadió el padre con expresión compungida—. No podíamos
más. Por eso, cuando llegó Chema, apenas si le permitimos hablar. Cada cual
debe vivir como le guste y le acomode, y nosotros aceptamos ya, sin más,
vuestras decisiones, y si los amigos no las aceptan, tanto peor para ellos.
—Nina
—dijo Chema asiéndola por los hombros—, no llores. Recuerda que tú no eres
llorona —la sujetó contra sí—. Cuando me dejaste, me di cuenta de demasiadas
cosas, y no soportaba perderte. Lo nuestro no es un devaneo ni una veleidad. Es
algo que forma parte de nuestras vidas, de todo cuanto nos rodea. Que tus
padres nos olviden, pues peor para ellos. Que los amigos cuchicheen a mi paso,
me importa un rábano. Lo único que no soporto, ni me tolero a mí mismo, es
vivir sin ti.
Nina
no podía dejar de llorar. Tenía razón Chema, no era llorona, pero todo aquello
calaba muy hondo, y no soportaba el deseo de desahogar en llanto cuanto estaba
sintiendo.
—No
fui con Tony. Cuando nos íbamos me di cuenta de que, de cualquier forma que
fuera, no podía vivir sin ti. Y regresé en un taxi desde no sé qué lugar, y
como sabía lo que sufrías por la actitud de tus padres, me tragué mi orgullo y
fui a verlos. Pienso que, antes que anticuados y personas apegadas a estúpidos
prejuicios, son padres, y lo están demostrando viniendo a verte…
—Chema…
—No
me importa que ese Félix tan distraído u ocupado te dé el divorcio. Sea como
sea, nosotros dos sabemos que estamos casados y que no hay solidez mayor que la
ternura, el amor y tantos años de involuntario olvido. Que, además, no fue
olvido, sino el destino, que quiso probarnos a los dos.
—¡Oh,
Chema…!
Él
la apretó contra sí. También de sus ojos se veían resbalar dos lágrimas.
Parecía de repente delirante, emocionado al máximo, y decía entrecortadamente
una y otra vez:
—Yo
no les pedí que vinieran, Nina. Te juro que no se lo pedí, pero después de
hablar y casi quedar afónico, ellos, silenciosamente, se unieron a mí.
Los
padres se levantaron como tambaleándose y se acercaron a la pareja.
—Nina,
puedes volver a la perfumería y que todo siga como antes. Si te casas, te
casas, y si no lo haces, pues no lo haces. Mamá y yo estábamos pensando en
venir a verte, en decirte todo esto, cuando apareció Chema. Es verdad que los
tiempos cambian, que la sociedad debe evolucionar. ¿Qué podemos decir nosotros
de vuestra situación? Es una más de tantas.
—Papá,
que tú digas eso…
—Es
que soy padre, Nina, y eso sí que no se puede olvidar jamás. Y entre ideas
arcaicas y la ternura de una hija amante, las ideas se van al diablo. Y el que
no os quiera así es que no os estima nada. Hace tiempo, mucho tiempo, que tu
madre y yo llegamos a esta conclusión… y si no hemos venido antes es porque…
porque temíamos que no nos recibierais.
—¡Oh,
mamá, mamá!
Y se
soltó de Chema para abrazarse a sus padres. Los cuatro tenían los ojos húmedos.
Rufo Vigil dijo de súbito:
—Para
demostrar que estamos bien de acuerdo con vosotros, os invito a comer esta
noche. Nos vamos los cuatro por ahí. Tony nos lo agradecerá.
—Chema,
¿quieres tú?
—Claro.
—Y
se fueron. Cuando se separaron, después de una cena en la que fueron vistos por
muchos amigos que, al presenciar la armonía de los cuatro, saludaban con
timidez, pero sin rencillas, Nina casi saltaba de gozo.
Chema
—le dijo a su compañero ante sus propios padres, ya en el portal de la casa que
compartían, y que con tanto amor decoraron antes de todos aquellos
acontecimientos—, no tengo prisa alguna en casarme. Ya sé que todo lo que te
pasaba y guardabas en tus silencios no eran celos, sino temor de ir conmigo y
que alguien me humillara con su mirada o una palabra ofensiva.
—Calla.
Olvídate de eso ya. Ha pasado. Un mal trago, una crisis… aún tendremos muchas
en el futuro.
—Os
dejamos —intervinieron los padres—. Sed felices, sólo os pedimos eso, y si
tenéis crisis las arregláis entre los dos, y eso sí, os pedimos a ambos que el
día que podáis casaros lo hagáis. Mientras tanto, vamos a vivir como el destino
quiso que vivierais.
Se
despidieron. Los padres de Nina caminaron hacia su auto a toda prisa. Chema y
Nina, bien apretujados, se perdieron en el portal y después en el ascensor.
Allí, al mirarse, rompieron a reír emocionados y se apretaron uno contra otro
buscándose los labios. ¡Aquellos besos! Aquellos largos y apasionados besos que
eran como llamas, como promesas, como fuego.
Cuando
llegaban al rellano, Chema, titubeante, siseó:
—¿Me
dejas?
—¿Meterme
en casa en brazos? Es cursi, ¿no? Pero me gusta. Hazlo, sí.
No
se detuvo en el vestíbulo. Cerró la puerta con el pie y llevó su preciosa carga
a la alcoba, cayendo con ella en el ancho lecho que tanto sabía de sus
secretos.
—Oye…
¿tú sabes lo que yo sentí cuando te fuiste esta mañana?
—Sí.
—¿Lo
sabes?
—Si
no dejas de besarme y de desvestirme, no podré decírtelo.
—Dilo
igual.
—Es
que sé cómo me fui yo, y si comparo mi estado de ánimo con lo que dejaba atrás,
me hago cargo de tu desesperación.
Más
tarde sonó el teléfono, pero ni el uno ni el otro podían levantar el auricular.
—Déjalo
—siseó Chema.
Y
ella, riendo, susurró a su vez:
—Dejémoslo,
sí, dejémoslo.
Más
tarde volvió a sonar el teléfono. Chema, lo levantó.
—Es
Tony —casi gritó—, y dice… dice…
—¿Qué
dice?
—Que
está comiendo con tu marido, que al fin dio con él, que ya tienen todo el
papeleo en el juzgado.
—Dale
a Tony un abrazo —rió Nina colgando ella misma el teléfono que quitó de la mano
de su compañero.
—Pero…
lo dejé con la palabra en la boca, Nina.
—¿Y
no estamos nosotros con el ansia en el pecho?
—Oh,
sí, sí.
—Y
si podemos casarnos, nos casamos, y si no podemos, pues no pasa nada.
Se
casaron al cabo de tres meses. Fue una boda muy íntima. Con Tony, unos pocos
amigos y los padres.
Después
emprendieron su viaje de novios, con la misma ilusión de siempre, como cuando
él empezó a cortejar a su querida Nina…
Fin
No sé si volveré a verte (2001)
Título Original: No sé si volveré a verte (1998)
Editorial: Bruguera S. A.
Sello / Colección: Corín Tellado 11
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Chema y Nina Vigil


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