© Libro N°. 3060. No Me Burlo De Ti. Tellado, Corín. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © No Me Burlo De Ti. Corín Tellado
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NO ME BURLO DE TI
Corín Tellado
Capítulo
1
VICTORIA
Rendle disfrutaba de unos días de descanso alejada de las complicaciones que
habían hecho aparición en su vida a raíz de su primer gran éxito como
novelista. En poco tiempo había dejado de ser una joven promesa para
convertirse en una escritora consagrada, en un nombre importante en la
literatura argentina, pero estaba agotada y, a los dos meses de la aparición de
su libro en el mercado, huyó de Buenos Aires para refugiarse en la estancia de
sus padres. Aunque el viaje hasta allí era largo y cansado, estaba dispuesta a
tomarse un mes de vacaciones y a afrontar los inconvenientes de su
desplaza—miento.
Como
siempre, aquella mañana se levantó temprano, abrió de par en par la ventana de
su habitación y, tras comprobar que el cielo estaba despejado y el sol brillaba
con intensidad, se vistió adecuadamente para cabalgar y bajó al comedor. La
casa de los Rendle era una mansión del más puro y tradicional estilo inglés,
que se reflejaba hasta en el más mínimo detalle. La arquitectura y decoración
del Cottage, así como las costumbres, estilo y manera de vestir de sus
habitantes podían hacer creer a cualquiera que viera una foto de su fachada y
de su interior que estaba situada en plena Inglaterra. Ése era el ambiente en
el que se había criado Victoria, ésa la manera de vivir que le gustaba y de la
que se sentía orgullosa.
Paul
Rendle estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de comedor y Ann, su
esposa, servía distraídamente zumo de naranja en altos vasos. Al oír los pasos
de Victoria acercándose por el salón, Paul levantó la mirada del ejemplar
atrasado de The Times que leía y la dirigió a la esbelta figura de su hija.
—Buenos
días, Victoria —saludó Paul, ladeando la cara para que Victoria le besara la
mejilla—. ¿Ha descansado bien la famosa escritora?
—¡Maravillosamentel
—contestó Victoria, besando a su padre—. Creo que nada ni nadie podría
conseguir que yo no durmiese bien y, menos aún, cuando estoy aquí.
—Me
alegro, hija —contestó la madre sonriente—. Siéntate junto a tu padre, te
serviré el desayuno.
—No
te molestes, mamá, lo haré yo misma —fijo Victoria después de besarla—. No
quiero comer demasiado y si me lo sirves tú no podré negarme a hacerlo.
—¡Con
lo delgada que estás...! Deberías comer un poco más —comentó el padre pasando
la hoja del periódico—. Las mujeres sois unas maniáticas.
Sin
hacerle caso a su hija, Ann se levantó de la mesa y se dirigió al aparador
sobre el que estaban las bandejas del desayuno sosteniendo un plato en las
manos y sin dejar de mirarla. La extrañaba sobremanera cuando pasaban tantos
meses separadas, sobre todo desde que Paul decidió vivir todo el año en la
estancia y reducir al mínimo sus idas a Buenos Aires. Hacía dos meses que no la
vela., justamente desde la fiesta de presentación de su libro y la encontraba
más delgada que nunca, lo que probablemente se debía al ajetreo de aquellas
semanas. Sin embargo, la veía tan linda como siempre, vestida de manera
impecable con una chaqueta de pequeños cuadros en tonos marrones que se
ajustaba a la cintura, unos pantalones de montar de una tonalidad más oscura y
llevaba las botas de piel por encima de los pantalones hasta casi llegar a la
rodilla. Su pelo rojizo y liso, sujeto en la nuca con una coleta, era el marco
perfecto para las suaves y perfiladas facciones que conferían a su rostro una
personalidad y seguridad indudables. Las cejas finas y arqueadas dibujaban el
comienzo de unos amplios párpados, suavemente maquillados. que finalizaban en
pobladas pestañas. Sus ojos eran grandes y verdes, el sello de familia de los
Rendie; sin embargo s.u boca era fina y bien dibujada, como la de la mayoría de
los miembros de su familia materna. La figura de Victoria, alta v delgada, de
porte elegante y distinguido, parecía reunir en sí misma los siglos de
tradición inglesa de su apellido, algo que siempre la había enorgullecido, que
había esgrimido como un estandarte que la diferenciaba de los demás.
Pese
a desear una familia numerosa, Ann y Paul sólo pudieron tener a Victoria y
habían volcado en ella todo su amor y cariño, todas sus ilusiones... En
aquellos veinticinco años nunca habían sido capaces de negarle nada, ni el más
pequeño de sus caprichos. Sabían que eso la había convertido en una muchacha
caprichosa y altiva, quizá demasiado soberbia, pero adorable cuando quería.
Ann
puso el plato con huevos revueltos y bacon delante de su hija, sirviéndole
después un vaso de zumo de naranja y sentándose al lado de Paul, frente a ella.
—¿Lo
ves, mamá? —dijo Victoria, señalando el plato con tina sonrisa—. ¡Sabía que
debía servirme yo misma!
—Deja
ya de quejarte, Victoria —contestó Paul Rendle, cerrando definitivamente el
diario—. Tienes que alimentarte, al menos cuando estás con nosotros... Y si
además vas a cabalgar esta mañana, con más razón.
—Estaré
estupenda en las entrevistas de televisión redondita y sonrosada como una
paisana —protestó Victoria, comenzando a dar buena cuenta de su desayuno—.
Estaré muy elegante...
—No
ha sido precisamente la historia de un noble inglés la que te ha hecho alcanzar
el primer lugar en la lista de best—sellers —dijo Ann, observando a su hija
mientras comía——, así que no sería tan terrible esa posible semejanza.
—Tu
madre tiene razón, Victoria —intervino Patil sonriendo irónicamente—. Esa
historia que escribiste, supuestamente ficticia, sobre un hombre que se hace a
sí mismo, que llega hasta lo más alto desde la nada, es digna de admiración..,
Seguramente él también sería redondito y sonrosado. Pero no te preocupes —dijo
simulando gesto de seriedad—, tus sarcasmos y tu irónico sentido del humor al
describir su vida impedirán que te consideren como una muchacha simple.
—¿Qué
os ocurre? —preguntó Victoria, limpiándose los labios con su servilleta — ¿No
os ha gustado mi libro?
—¡Claro
que nos ha gustado! —exclamó Ann—. La historia de tu protagonista es digna de
alabanza y está escrita con un estilo intachable...
—Sí,
hija —interrumpió Paul a su esposa—, lo que a tu madre y a mí nos ha parecido
fuera de lugar han sido los comentarios que has hecho posteriormente sobre tu
propia obra. Te burlas de los esfuerzos de un luchador, de alguien que merece
respeto.
—¡Vamos,
papá! —protestó Victoria, mirando a su padre sorprendida—. Yo no me burlo de
que alguien prospere... ;Es el prototipo del sueño americano! De vendedor de
periódicos a presidente... De miserable a multimillonario... Eso le encanta a
la gente, les hace mantener viva su ilusión. Pero una persona así nunca podrá
ver la vida igual que yo, nunca podrá tener la misma sensibilidad o cultura, en
definitiva; seríamos de mundos opuestos... Por más dinero que llegase a tener,
esa persona seguiría disfrutando de lo vulgar, nunca podría apreciar lo
exquisito... Es de eso de lo que me río, de un burro vestido de rey; es casi
tan dramático como una princesa vestida de harapos.
—En
eso te equivocas, Victoria —contestó su madre tomándole la mano—. Lo importante
son las personas, su fondo, su manera de ver la vida, sean ricas o pobres. Eso
te lo enseñará la vida y recuerda siempre que de todos tenemos algo que
aprender.
—Eso
es lo que hemos intentado enseñarte siempre tu madre y yo —dijo Paul,
frunciendo el entrecejo—, no sé de dónde has sacado esas ideas...
—Papá—dijo
Victoria poniéndose en pie—, tú mismo me lo has enseñado sin darte cuenta
durante estos años. Tú nunca has invitado a casa a tus trabajadores, ni has
compartido con ellos una fiesta sin mantener las distancias. ¿Qué más pruebas
necesito?
—Creo
que no he sido tan claro como creía —contestó Paul Rendle, bajando la mirada—.
Esas son tradiciones, maneras de trabajar que siempre se han observado en
nuestra familia desde el principio, pero no quiere decir que no profese respeto
a las personas que trabajan para mí o que no haya aprendido mucho de cada uno
de ellos durante estos años.
—Lo
sé, papá —sonrió Victoria, acercándose a su padre para besarle—, pero esto es
diferente. Es admirable que mi personaje haya conseguido triunfar en la vida,
pero nunca po—drá entender un poema o cabalgar con elegancia,.. Son cosas
distintas: sobrevivir haciendo cualquier cosa o vivir disfrutando lo bello. Me
voy a pasear. Estaré de vuelta antes del almuerzo —después de besar también a
su madre, Victoria salió del comedor caminando erguida y con paso elástico,
dispuesta a disfrutar de una agradable mañana cabalgando a lomos de la yegua
que su padre le había regalado unos años antes. Paul y Ann se miraron
perplejos. Era evidente que su hija era una mujer segura de sí misma e
inteligente, pero la vida aún le debía enseñar muchas cosas. De lo único que
estaban seguros era de que Victoria tendría la suficiente fortaleza para
encajarlas y aprender de ellas.,. o al menos así lo esperaban.
El
sol brillaba con intensidad y se reflejaba en la nieve que, pese a lo avanzado
del verano, aún cubría parte de los árboles y el suelo. La estancia de los
Rendle estaba situada al sur de Argentina, en la Patagonia andina,
relativamente cerca del Parque ¡Nacional Los Glaciares y del manto de nieves
eternas que cubren esa parte del país. Por estar situada algo más al norte era
posible disfrutar de una temperatura agradable en verano unida a los
maravillosos paisajes multicolores de la zona. Victoria era feliz cabalgando
por las estepas y bosques en los que, en esa época del año, bril.laban por
doquier los riachuelos y las alegres cascadas que alimentaba el deshielo. La
estancia era inmensa, miles de hectáreas de terreno que ni tan siquiera ella
había conseguido conocer en su totalidad. Uno de sus lugares favoritos, donde
solía ir— con más asiduidad, era un pequeño lago, escondido entre sauzales y
juncos, en el que podía observar los movimientos de los cisnes de cuello negro,
flamencos y una gran variedad de patos. Victoria siempre se había mantenido
bastante alejada en lo que se refería a la actividad económica de la estancia,
la parte de la que se encargaba principalmente su padre. Sin embargo, siempre
se había sentido más próxima al interés de su madre por la naturaleza de la
zona y las especies tanto vegetales como animales que se podían encontrar,
aunque nunca llegó a aprender demasiado de todo aquello... Le parecía hermoso y
por eso le gustaba disfrutarlo, admiraba la inquietud intelectual de su madre que
la había llevado incluso a publicar un libro al respecto, sin embargo, ella se
había dirigido más hacia otro tipo de literatura.
Al
llegar junto al lago, bajó de su montura. ató a la yegua a una rama con
descuido y se dispuso a disfrutar del espléndido panorama que se podía
vislumbrar desde allí. El día era claro, hasta la última gota de rocío, hasta
la más pequeña de las hojas de cualquier arbusto, brillaba al recibir la luz
del sol. Victoria respiró profundamente; la hermosura y tranquilidad de
aquellos parajes la hacían sentirse en paz consigo misma. A Victoria le gustaba
el ambiente de Buenos Aires, donde vivía sola desde hacía más de tres años,
aunque sus padres intentaban visitarla con frecuencia. Disfrutaba de su
ambiente cosmopolita, de las tertulias en los elegantes cafés y de las fiestas
de sociedad pero, de vez en cuando, necesitaba huir de todo aquello y vivir de
nuevo la paz de su hogar, disfrutar de la belleza de aquellos parajes
solitarios. Sobre todo después del revuelo causado con la publicación de su
libro.
Al
verse rodeada de tanta belleza se decía a sí misma que nadie que no hubiese
sido educado para ello podría disfrutar como ella de la poesía que lo invadía
todo. Un hombre vulgar, un hombre como el que ella había descrito en su
libro... ese hombre que ella sabía que existía y que no había sido capaz de
verse reflejado en sus páginas, nunca podría ver aquello como lo veía ella, eso
era evidente. Absorta en sus pensamientos comenzó a caminar hasta subir a la
cima de la ladera que había a un lado del lago; desde allí, y en un día
despejado como aquél, podían verse a lo lejos las cumbres nevadas de los cerros
Fitz Roy y Torres, dos bellas montafias a las que su padre la había llevado en
más de una ocasión cuando era pequeña... Su padre sí que era un caballero,
alguien que se había educado en la tradición y en el orgullo de su apellido,
tal y como sus padres lo habían sido y como después fue educada ella, como lo
serían sus hijos. Las arraigadas tradiciones inglesas transportadas al Nuevo
Mundo con todas sus consecuencias, algo que evidentemente siempre les
diferenciaría de los demás, que siempre acompañarían a los Rendle... Y eso era
algo que hacía de Victoria Rendle una mujer diferente.
Ann
disponía el servicio del té en la salita unos minutos antes de que fueran las
cinco de la tarde, cuando Victoria bajó de su habitación después de haber
descansado un rato. Paul había salido para ultimar algunos detalles de la
salida de algunos envíos de la estancia, así que las dos mujeres terminaron de
prepararlo todo y se sentaron en el sofá para esperar la llegada del cabeza de
familia.
—Dime,
Victoria —dijo Ann mirando a su hija después de poner la últimas bandejas sobre
la mesa—. ¿Has conocido a alguien especial?... ¿Algún hombre en especial?
—¡Mamá!—exclamó
Victoria divertida—. Eres una casamentera. Estoy muy bien sola, ¿no crees?
—Pues
no, hija, no lo creo —contestó Ann con convicción—. Me gustaría que conocieses
a un hombre que te hiciera feliz y con el que pudieses formar una familia. Yo
soy tan feliz con tu padre que me gustaría que tú vivieses algo semejante... Y
tarde o temprano eso tendrá que suceder, no me creo que no hayas conocido a
nadie que...
—Mamá
—interrumpió Victoria acercándose a su madre como si le contase un secreto—,
encontrar a un hombre como papá no es nada fácil, te lo puedo asegurar.
—Lo
sé —contestó Ann, sonriendo con complicidad—, pero no tiene por qué tratarse de
alguien igual a él. Tú tienes tus propios gustos, has vivido una vida
completamente distinta a la mía, los tiempos han cambiado y en el ambiente que
te mueves en Buenos Aires tiene que existir algún hombre que merezca la pena.
—Yo
no lo he encontrado, te lo aseguro —dijo Victoria, recostándose sobre el
respaldo suspirando—. No voy a negarte que he salido con varios hombres, tú lo
sabes, y que incluso alguno ha llegado a ilusionarme, pero sólo durante poco
tiempo.
—Has
probado a darles una oportunidad? —preguntó la madre, acariciando el pelo de su
hija—. Eres demasiado tajante y exigente.
—No
lo creo, mamá. Ése no es el problema. Les he dado más de una oportunidad, pero
siempre me decepcionan. Sólo he conocido niños tontos, de buenas familias, pero
demasiado blandos. No hombres de verdad —Victoria se incorporó y dirigió la
mirada hacia su madre—. Luego están los que juegan a ser intelectuales u
hombres de negocios pero que, en realidad, ni saben nada ni hacen nada más que
seguir apegados a las faldas de sus madres. Por último están los vulgares, los
que tienen acceso a ciertos círculos por el dinero que han acumulado, pero que
estarían mejor en un establo, así que... no hay mucho dónde elegir.
—No
creo que sea para tanto —contestó Ann riendo—, siempre has sido algo exagerada.
El último tipo de hombre que me has descrito es bastante parecido al de tu
libro, ¿no?
—Bastante
—aceptó Victoria, inclinándose hacia la mesa de centro para tomar una pasta.
—Es
alguien en concreto, ¿verdad? ¿Le conociste personalmente;
Victoria
miró sorprendida a su madre. Era la persona que mejor la conocía y,
evidentemente, lo demostraba una vez más. Había veces que incluso le parecía
que podía leerle el pensamiento. Ann Rendle era una mujer de cincuenta años, de
aspecto elegante y distinguido a la que nunca había oído pronunciar una palabra
más alta que otra. Su discreción y diplomacia eran cualidades que Victoria
siempre había admirado en ella; su presencia nunca resultaba molesta. Había
ocasiones en las que parecía no estar atenta a lo que sucedía a su alrededor y,
sin embargo, siempre se daba cuenta de todo. Aunque Victoria estaba
acostumbrada a ella, nunca dejaba de sorprenderla, y ahora estaba a su lado,
con un brillo especial en sus ojos azules y una media sonrisa en sus finos labios,
esperando una respuesta.
—Lo
he adivinado, ¿verdad? —preguntó Arin, triunfante, interpretando acertadamente
el silencio de su hija—. Por eso hablabas con tanta seguridad esta mañana.
—¡Eres
increíble! —exclamó Victoria poniéndose en pie, sonriente—. De acuerdo, tú
ganas —dijo con aire resignado—. Te contaré la historia.
Cuando
Victoria se disponía a comenzar a hablar, oyeron cómo se abría la puerta
principal e, inmediatamente después, la voz de Paul que avisaba de su llegada y
que en unos instantes se uniría a ellas. Ann le hizo un gesto a su hija para
que se apresurase a contarle la historia que le había prometido, antes de que
la presencia de su padre pudiese coartarla.
—Está
bien —contestó Victoria a los gestos de su madre, acercándose a ella—. En
realidad no le conozco personalmente. Se trata de un hombre bastante
introducido en los cír—culos financieros. Su historia ene la contó por
casualidad alguien que le admira mucho y al que conocí en una fiesta. Su estado
de embriaguez era tal, que probablemente no se acuerde tan siquiera de mí, pero
la historia me pareció curiosa y me inspiré en ella para mi novela. La persona
que me lo contó me lo puso como ejemplo de alguien que logra hacerse a sí
mismo, como ejemplo de alguien muy especial y eso me pareció un buen argumento.
—Pero,
si no le conoces, ¿cómo te atreves a dar opiniones tan rotundas sobre su
vulgaridad? ¿No te parece arriesgado? —preguntó Ann con gesto preocupado.
—No
me hace falta conocerle, estoy segura de que es igual a los que ya tengo el
gusto de conocer. Por otra parte es una novela, no una biografía y como tal se
ha publicado y, por último, no creo que se moleste en leer ni mi libro ni
ningún otro... Y, en el caso poco probable de que lo hiciera, nunca sería lo
suficientemente sagaz como para saber que se trata de su vida o para captar mis
ironías.
—Si
tú lo dices, Victoria —dudó la madre.
—De
eso puedes estar segura... —afirmó Victoria, convencida. Sin embargo, sería
divertido conocer su reacción en el caso de que lo supiese.
Al
oír los pasos de Paul que entraba en el saloncito, las dos mujeres se pusieron
en pie para recibirle, como era su costumbre. Después, los tres se sentaron
alrededor de la mesa para compartir como tantas otras veces el té y las
deliciosas pastas y emparedados que Ann cónfeccionaba personalmente. El té de
cada tarde era una más de otras tantas tradiciones que ellos, corno otras
familias inglesas propietarias de las más importantes estancias, conservaban
pese a la gran distancia que les separaba de su tierra de origen.
—Por
cierto —comentó Paul distraídamente, dando un sorbo de la humeante taza—. He
hablado con John Bridges. Al parecer esperan a un invitado especial y quieren
ofrecer una cena en su honor. Por supuesto cuenta con nosotros y me ha pedido
expresamente que vengas tú también, Victoria.
—¡Papá!
—objetó Victoria, mirando a su padre sin ocultar su contrariedad—. No me
apetece ir, seguro que sale el tenia del libro y me acosarán a preguntas... Ya
sabes cómo es Mildred Bridges.
—Eso
puedes darlo por supuesto, Victoria. Precisamente el que hables de tu libro es
una de las razones principales de que vayas. ¡Eres un miembro importante de la
comunidad y eso es un acontecimiento! —bromeó Paul, pellizcando la mejilla de
su hija—. Prepárate, van a estar allí todos nuestros amigos, Mildred se va a
encargar de comprar varios ejemplares de tu novela para que los firmes y
quieren que hagas una corta lectura. Disfrutaremos de una velada intelectual.
—¿Es
imprescindible? —preguntó Victoria, pidiendo con la mirada el apoyo de su
madre.
—Me
temo que sí, Victoria —contestó Ann, sonriente, a su mirada—. No te hagas la
remolona. Además, a ti te gustan ese tipo de reuniones.
—De
acuerdo —transigió Victoria—. ¿Cuándo será la cena—.
—Aún
no lo saben —contestó Paul, dejando la taza sobre la mesa—. Su invitado ha de
confirmarles cuándo llegará, pero será en breve.
—¿Quién
es? —preguntó Ann, curiosa—. ¿Le conocemos? Para que Mildred ponga tanto
interés debe ser alguien especial.
—La
verdad es que John no me ha dicho su nombre y yo tampoco se lo he preguntado.
Ya sabes que soy poco curioso. A mí me parece que se trata tan sólo de una
excusa para poder jugar una buena partida de bridge —contestó Paul. mirando de
reojo a su mujer.
—Eso
estaría bien —contestó Ann. fingiendo no per la mirada de su marido—, hace
tiempo que no jugamos.
El
sonido del teléfono interrumpió la conversación del matrimonio. Victoria, que
les observaba divertida, fue la primera en levantarse para ir a contestar. Aún
sonriendo, levantó el auricular sin poner mucha atención.
—Dígame
—contestó distraidamente.
—¿Victoria?
—preguntó una voz femenina que le resultó familiar.
—¡María!
—exclamó Victoria con alegría—. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo va todo?
—Muy
bien —contestó la. mujer con tono animado—. Tu libro se sigue vendiendo una
barbaridad. Estamos preparando ya una segunda edición.
—¿De
verdad? —preguntó innecesariamente Victoria, complacida—.¡Es estupendo!
—Desde
luego que si, yo estoy encantada. Pero te llamaba por otra cosa —Maria cambió
la entonación de su voz—. ¿Sabes quién me llamó por teléfono ayer?.
—Quién?
—preguntó Victoria despistada.
—Santiago
Gascón —contestó rotunda la voz de María.
La
expresión de Victoria se tornó sorprendida.
—¿Qué?
¿Qué quería? —preguntó, titubeando.
—Hablar
contigo, conocerte personalmente... No fue excesivanmente concreto acerca de
sus intenciones.
—¿Qué
le dijiste —preguntó Victoria, recuperando la compostura después de su sorpresa
inicia!.
—La
verdad —afirmnó María—. Que estás de vacaciones en la estancia de tus padres...
Pareció conformarse con la respuesta.
—¿No
te dijo nada más? —insistió Victoria. disimulando a duras penas su nerviosismo.
—Nada.
Fue extremadamente correcto y amable. Ni siquiera llegó a concretar la ra,ón
por la que tenía interés en verte.
—¡Qué
sorpresas nos depara a teces la vida' —exclamó Victoria sonriendo—. Tal vez
cuando regrese a Buenos Aires tenga la oportunidad de conocer personalmente
nada más y nada menos que a Santiago Gascón... mi héroe.
Capítulo
2
Despues
dee colgar el auricular, Victoria se sentó denuevo junto a sus padres, quienes
la miraban expectantes. Habían oído las expresiones de sorpresa de su hija y,
si bien no habían prestado mucha atención a la conversación, suponían que algo
extraordinario bahía ocurrido... No era fácil que Victoria se alterase, en
general era perfectamente capaz de controlar sus reacciones.
—¿Quién
te llamaba, Victoria —preguntó Ann, sirviendo de nuevo té en las tazas.
—María
Albarello, mi editora —contestó Victoria con una sonrisa—. Me ha llamado para
decirme que la primera edición de la novela está prácticamente agotada y que
están preparando la segunda.
—¡Eso
es estupendo! —exclamó Paul con gesto orgulloso—. Tu primera novela larga es
todo un éxito, desde luego no puedes pedir más.
—La
verdad es que yu no me esperaba todo esto. María es una buena profesional y
sabe cómo hacer las cosas —respondió Victoria, levantando su taza—. Organizó
una presentación estupenda y mantiene buenas relaciones con la prensa. Me han
hecho entrevistas en casi todos los medios del país, lo que supongo que habrá
ayudado a que las ventas hayan sido tan rápidas.
—A
mi me pareció una mujer encantadora —intervino Ann con expresión complacida—.
Estuve hablando con ella un buen rato en la fiesta de presentación... Te
aprecia mucho, hija.
—Lo
sé. mamá. Nos hemos hecho buenas amigas, yo también le tengo mucho cariño. La
considero alguien muy especial.
Después
de cenar, la familia Rendie disfrutó de una corta velada repasando viejas fotos
de familia y leyendo algunos de los versos favoritos de los tres. Después de
despedirse de sus padres, Victoria se retiró a su habitación. Quería descansar
para levantarse temprano al día siguiente. ya que su padre había prometido
acompañarla en su paseo a caballo y enseñarle algunas de las novedades de la
estancia. Se metió en la cama y apagó la luz intentando obligarse a dormir, sin
embargo su conversación con María volvía una y otra vez a su memoria. ;Santiago
Gascón la había llamado' ¿Qué querría%
Después
de dos meses desde la aparición del libro en el mercado, se ponía ahora en
contacto con la editorial... Tal vez se tratase únicamente de una casualidad.
Se dijo a sí misma que era el comportamiento normal de un nuevo rico.
Probablemente, querría invitarla a cualquier reunión que tuviera prevista en su
casa para que sus conocidos le considerasen un hombre culto, aunque ni tan
siquiera hubiese terminado el bachillerato. Sintió ganas de reír ante esa
posibilidad, sería el colmo (le la ironía. El hombre sobre el que ella había
escrito y sobre cuya historia había hablado desde una evidente posición de
superioridad en todos los medios de comunicación, invitándola a su casa.
Pero.., después de todo, tal vez hubiese leído la novela, tal vez la hubiese
oído hablar en cualquier entrevista y quizá hubiese sacado la conclusión de que
se trataba ,de su propia vida. Realmente a ella esa posibilidad le resultaba
graciosa, incluso interesante.,. Una nueva posibilidad de ratificarse en su
teoría sobre ese tipo de hombres, la oportunidad de mantener una conversación
con él y hacerle patente la diferencia existente entre ambos, de modo que no
tuviese más remedio que aceptar su propia realidad... Se trataba de un desafio
atractivo, pero de momento tendría que esperar a su regreso a Buenos Aires para
saber qué era lo que ocurría realmente.
Victoria
no dejaba de dar vueltas en la cama, cerraba los ojos intentando dormir, pero
le resultaba imposible. Se sentía inquieta y nerviosa. Se dio cuenta de que,
pese a conocer bastantes detalles de la vida de aquel hambre, pese a que había
sido la inspiración de su mejor libro, no sabía cómo era fisicamente. Era un
hombre rico e importante en ciertos círculos, pero nunca había coincidido con
él en ninguna fiesta de sociedad ni había visto su foto en ninguna parte. El
hombre que le contó su historia le había dicho que se trataba de una persona
sin ningún tipo de vanidad. personal pese a lo que había conseguido, pero eso
era algo que ella no podía creer aunque, en cierto modo, se lo demostraba la
evidencia de no haberle visto nunca.
Debía
reconocer que Santiago Gascón era indudablemente un hombre listo, si bien ella
no lo calificaría de inteligente. Era de ascendencia española, de padres
sencillos y sin cultura que se habían dedicado a trabajar el campo de otros
desde su llegada a Argentina. Aquellos humildes campesinos murieron jóvenes,
dejando huérfanos a Santiago y a su hermana a temprana edad, por lo que él dejó
la escuela del pueblo, preparó su exiguo equipaje y se marchó con su hermana a
Buenos Aires. Allí comenzó su verdadera aventura. Según la historia que le
habían narrado con detalle, su primer trabajo fue el de vendedor de periódicos,
luego consiguió un trabajo fijo atendiendo un pequeño carrito de helados...
Consiguió que su hermana estudiase y él aprendió lo que pudo por su cuenta.
Después de algún tiempo, cuando ya tenía más de dieciocho años, el dueño del
carrito de helados murió, dejándole su miserable herencia a Santiago y ése fue
precisamente el punto de partida de su fortuna. ¿Se trataba de un hombre
arriesgado, con afán de mejorar o tan sólo de un inconsciente? Eso era algo de
lo que no podía estar segura, lo cierto es que vendió el carrito e invirtió
inmediatamente parte del poco dinero obtenido en las acciones de una empresa
que a él le parecía prometedora pese a su baja cotización en el mercado en
aquel momento. Un par de meses después las había revendido con un alto
beneficio y continuó con sus inversiones. Victoria no pudo evitar sonreír al
pensar que, doce años después, al publicar su novela, aquel vendedor ambulante
de helados se había convertido en un hombre millonario, al que se consideraba
un genio de las finanzas, aunque muy poca gente le conocía personalmente. Hasta
ese punto, la vida de aquel hombre le parecía incluso digna de cierta
admiración. Lo que Victoria no podía aceptar es que el que le había contado la
historia, cuyo nombre no era capaz de recordar, le considerase un hombre culto,
interesado por el arte y de gran sensibilidad. Eso sólo evidenciaba una pose de
nuevo rico, una actitud típica de arribista que utilizaba una falsa inquietud
intelectual para ser aceptado por la gente con la que se relacionaba. Victoria
no dudaba de que tuviese olfato para los negocios, de que se hubiese esforzado
por mejorar, pero ella sabía que nunca podría estar al mismo nivel que las
personas de una clase social superior, acostumbradas a vivir en esos ambientes
desde su nacimiento. Probablemente, seguiría bebiendo mate v comiendo asado con
los peones de algunas de sus propiedades... Ése era su verdadero ambiente y le parecía
ridículo que pretendiese pertenecer a otro.
Victoria
logró dormirse después de varias horas en lela; casi deseaba que llegase el
momento de conocerle personalmente para demostrarse a sí misma, para
demostrarle a él cuál era el verdadero lugar de cada uno. Durante algunos
instantes llegó a pensar que tal vez estuviese siendo injusta, incluso le
pareció sentir remordimientos pero, inmediatamente, alejó esos pensa—mientos de
su mente y cerró los ojos...
Cuando
Victoria y su padre regresaron de su matutino paseo por la estancia, Ann les
esperaba con la mesa preparada para el almuerzo, en el que dieron buena cuenta
de un jugoso roast—beef y algunos de los deliciosos postres que su madre solía
preparar a Victoria cuando era más pequeña. Las fresas silvestres que Ann
cuidaba con mimo en la parte trasera de la casa se convertían en un pastel que
le resultaba imposible rechazar, aunque quisiese cuidar su figura.
—¡Mamá!
—protestó Victoria, relamiéndose con anticipación—. Me vas a hacer engordar
varios kilos antes de que me vaya. Sabes que con otras cosas puedo contenerme,
pero el dulce...
—Vamos,
vamos —contestó Ann, sonriente, sirviéndole un gran pedazo de pastel—, deja que
te mime. No tengo la oportunidad de prepararte las cosas que te gustan muy a
menudo y tú estás delgada, así que te puedes permitir ciertos caprichos.
—Tu
madre tiene razón., Victoria Y, por favor, no conviertas cada comida en una
lucha sin cuartel. Bastante ]ata nos diste ya cuando eras pequeña.
—De
acuerdo —transigió Victoria con fingida resignación mientras se llevaba a la
boca con delectación el primer bocado de pastel.
—Hoy
me ha llamado Mildred Bridges —dijo Ann, sentándose después de que la doncella
sirviese a su marido—. Mañana tendrá lugar la cena que habían previsto, así que
no hagáis planes.
—¿No
has visto la posibilidad de librarme de ese compromiso, mamá? —preguntó
Victoria.
—Ni
lo sueñes, hija. Mañana iremos los tres juntos a esa cena. Te prometo que
intentaré echarte una mano para que no te resulte muy pesada —sonrió Ann—.
Además, Jane ha ve—nido a pasar también unos días con sus padres y tiene ganas
de verte.
—Eso
no es un gran consuelo, mamá. Jane es insoportable.
—¿Se
puede saber por qué te has vuelto tan arisca, Victoria? —preguntó Paul,
mirándola sorprendido—. ¿Es que nadie te resulta simpático?
—Tú
sí, papá —sonrió pícaramente Victoria—, y mamá también.
—Vaya,
muchísimas gracias —contestaron Ann y Paul a un tiempo.
—Es
una suerte contar con tu aprobación, ¿verdad, Paul?—bromeó Ann.
—Desde
luego. Siempre he sabido que mi princesa es muy exigente.
Paul
abrazó a su hija y se despidió de su mujer hasta la hora del té.
La
estancia de los Bridges estaba situada a más de dos horas de camino de la de
los Rendie. La carretera hasta allí no era mala y en aquella época del año esa
distancia se convertía en un agradable paseo. Un paisaje cambiante y multicolor
hacía casi imposible separar la mirada de la ventanilla. Cuando los Rendle
llegaron a su destino habían visto algunos grupos de ñandúes y guacanos que le
brindaron a Ann la oportunidad de hablar de los nuevos estudios que estaba
realizando en sus horas libres, por lo que los tres llegaron a casa de los
Bridges animados por la interesante conversación mantenida durante el viaje y
por la oportunidad de hacer de nuevo excursiones juntos.
La
casa de los Bridges estaba situada relativamente cerca de la carretera, erigida
en medio de un precioso y cuidado jardín que resaltaba su arquitectura de
estilo típicamente inglés. Ésa era una característica más o menos común en
todas las estancias de la región ya que aquellos que las fundaron intentaron
sentirse lo más cerca posible de su hogar, pese a los miles de kilómetros que
les separaban de Gran Bretaña. Los miembros de la colonia inglesa de aquellas
tierras solían conocerse entre sí y reunirse en cuanto tenían una excusa para
ello, como era el caso de la cena de esa noche. Incluso en los pueblos y
ciudades de los alrededores eran típicos los salones de té en los que
habitualmente se detenían las familias cuando iban a hacer compras.
Mildred
y John Bridges recibieron a los Rendle sonrientes y con su amabilidad
característica. Eran tos primeros en llegar y estaban deseando contar con su
compañía. Les hicieron pasar directamente al salón para ofrecerles un aperitivo
mientras llegaba el resto de los invitados. Después de que John Bridges
sirviese unas copas de jerez seco para todos, se sentaron distri—buyéndose
entre el sofá y las butacas que había frente a la chimenea. Cuando Mildred
estaba a punto de explicarles a Ann y a Victoria dónde estaban ,Jane y el
invitado en honor del cual se celebraba la cena, la voz de su hija se oyó clara
y aguda en la puerta principal.
—Creo
que nos lo podrán contar ellos mismos —dijo Victoria al identificar la voz de
su amiga de la infancia.
—Han
querido aprovechar antes de que llegaseis para dar un paseo por los alrededores
de la casa —contestó Mildred, sonriente—. Jane ha llegado hoy mismo y estaba
deseando ir a los establos para ver a su yegua. Creo que cuando está fuera de
casa siente más nostalgia por ella que por nosotros.
—Debe
de ser algo inherente a nuestras hijas —intervino Ann en tono de broma—. Desde
que Victoria llegó ha pasado más tiempo con Vanity que conmigo.
—¡Qué
exagerada eres, mamá': —exclamó divertida Victoria—. Lo que ocurre es que con
ella no puedo hablar nunca por teléfono...
—Sigues
igual que siempre, Victoria —aseguró Mildred—. Mantienes tu sentido del humor.
Paul
y John habían dejado solas a las mujeres y charlaban animadamente en un extremo
del salón, junto a la vitrina de las escopetas, contemplando la última
adquisición del señor Bridges. Ellas bebían a cortos sorbos sus copas de jerez,
mientras esperaban que los recién llegados se uniesen a ellas.
—¿Quién
es vuestro invitado? —preguntó Victoria a Mildred sin poder reprimir su
curiosidad—. ¿Es el novio de Jane?
—¡Victoria!—exclamó
su madre contrariada—. Te estás volviendo bastante indiscreta.
—No
te preocupes, Ann —contestó Mildred Bridges, sin dejar de sonreír——. No ha sido
correcto por mi parte no informaros antes acerca de quién cenaría con nosotros
esta noche, pero puedo excusarme.
—No
tiene importancia... —interrumpió Ann, algo violenta por la situación.
—La
verdad es que nosotros no le conocemos directamente, pero un socio de John en
Buenos Aires nos pidió expresamente el favor de que le acogiésemos en casa
—dijo Mildred bajando el tono de voz como si se tratase de una confidencia—. Al
parecer es un hombre de muy buena posición que deseaba conocer esta parte del
país y al preguntarle al socio de John sobre buenos alojamientos y el mejor
modo de llegar, éste le ofreció nuestra casa ya que están a punto de hacer
negocios juntos... Pero si te soy sincera, Victoria —Mildred tocó el brazo de
la joven con suavidad—, no me importaría que fuese el novio de Jane, es un
hombre encantador.
—Parece
que será una cena interesante —sonrió Victoria mirando a su madre,
disculpándose con la mirada—. ¿Cómo se llama
—Santiago
—contestó Mildred en el mismo tono—. Es de ascendencia española. No sé muy bien
a qué se dedica, la verdad, pero parece un hombre muy culto... Además de ser
muy atractivo.
Al
oír ese nombre, el corazón de Victoria comenzó a palpitar con inusitada
violencia. Desde que recibió la llamada de María Albarello no había dejado de
pensar en él. ¿Y si se tratase del mismo... Santiago Gascón? Victoria intentó
mantenerse imperturbable y que su estado de nervios no se traicionase en
ninguno de sus gestos. De pronto, pasó de sentirse abrumada por esa posibilidad
a creerse ridícula porque eso pudiese alterarla. En primer lugar, se trataría
de una increíble casualidad que ese hombre fuera a parar a casa de unos amigos
y, desde luego, era imposible que hubiese ido a buscarla expresamente, así que
resultaba absurdo considerar la remota posibilidad de que pudiese ser él... Su
nerviosismo sólo se debía a que el saber que la había llamado la había
sorprendido. Nada más. Victoria respiró rítmicamente, obligándose a serenarse y
se dijo a sí misma que aun en el caso de que fuera él, no tenía por qué
sentirse incómoda, a fin de cuentas ella había llegado a desear esa
posibilidad.
Los
pasos y la voz de Jane la sacaron de su breve ensimismamiento. Levantó la vista
y dirigió su mirada hacia el lugar de donde provenía la voz de su amiga. Allí
estaba Jane Bridges, saludando a los dos hombres que seguían charlando junto al
armario de las armas. Victoria se puso en pie para ir a saludarla. Hacía al
menos un año que no coincidía con ella, pero estaba exactamente igual. Era una
muchacha alta, aunque algo menos que ella, de rasgados ojos azules y cabello
intensamente rubio y bastante rizado que siempre había llevado largo, hasta la
mitad de la espalda. Tenía un año menos que ella y, dada la relación de amistad
de los padres de ambas, se vieron casi obligadas cuando eran niñas a hacerse
amigas, aunque en realidad ninguna de las dos sentía un especial apego por la
otra. Jane siempre había sido la niña dulce, bonita y mimada y Victoria la
inteligente y descarada. Aquel reparto de papeles no siempre fue del agrado de
Victoria. Durante una época llegó a sentir celos del rizado y rubio cabello de
Jane, de su boca grande y sonrosada y de los ojos azules que sabía entornar de
una mariera especial cuando quería conseguir algo. A su lado Victoria se sentía
como el patito feo. sobre todo cuando se miraba al espejo y veía su liso
cabello rojizo. Sin embargo, con el tiempo, lo había superado sin problemas.
Llegó a darse cuenta de que ella también era atractiva y de que no todas las
miradas de los chicos se dirigían a Jane, sobre todo cuando la habían oído
hablar. La voz de Jane era la voz aguda de una niña mimada y sus únicos temas
de conversación se reducían, a la moda, las fiestas de temporada y la relación
de hombres solteros. Victo—ria, con el tiempo, agradeció que le hubiesen
adjudicado el papel de inteligente.
Ahora,
observando los movimientos de su antigua amiga, se daba cuenta de que, aunque
sólo hacía un año que no la veía, realmente habían transcurrido varios más
desde que no charlaban o pasaban varias horas juntas... Tal vez había
cambiado... La característica risita chillona de Jane a medida que Victoria se
acercaba a ella para saludarla, confirmó a la joven que realmente nada había
cambiado.
—¡Victoria!
—exclamó alegremente Jane, acercándose a ella para besarla—. ¡La famosa
escritora! Tenía muchísimas ganas de verte para que me cuentes todo lo que te
ha ocurrido últirnarnente, la gente que has conocido...
—No
hay demasiadas cosas interesantes que contar, Jane —la interrumpió Victoria con
una paciente sonrisa—. Pese a ello, te contaré lo que quieras y prometo no
aburrirte demasiado.
—Tú
nunca me has aburrido —contestó Jane con su encantadora sonrisa y, luego,
acercándose más a Victoria—: Recuerda que tú has sido siempre la inteligente,
me gusta escucharte. Luego yo te hablaré sobre las últimas novedades de
cosmética, corno hacíamos antes.
En
el momento en el que Jane le decía esas palabras una imponente figura masculina
había entrado en el salón y se había situado lo suficientemente cerca de ellas
como para escuchar el comentario. En otras circunstancias, Victoria no se
hubiese molestado por las palabras de Jane, de hecho no tenían la más mínima
importancia, pero saber que aquel hombre las había oído la hizo sentirse de
nuevo como el patito feo.
Al
ver que la mirada de Victoria se dirigía hacia alguien que estaba a su espalda,
Jane se giró para ver de quién se trataba y, emitiendo una de sus agudas
risitas, tomó al hombre del brazo y lo acercó hacia sí.
—Victoria,
te presento a Santiago Arqués —dijo Jane, mirándole con coquetería—. Es nuestro
invitado.
Victoria
acertó a tenderle la mano sin poder apartar la mirada de los profundos ojos
negros de aquel hombre que parecía hipnotizarla. Se sintió aliviada al
comprobar que sus temo—res de que se pudiese tratar del protagonista de su
novela eran infundados. Evidentemente, sólo se había tratado de una
coincidencia. Sin embargo, la manera en que la miraba el recién llegado casi le
hizo perder el aliento. Era indudable que M. ildred Bridges tenía razón, su
invitado era muy atractivo. Santiago Arqués era un hombre alto y fuerte, de
mentón decidido y rasgos angulosos. Pese a estar perfectamente afeitado, se
podía intuir que tenía una barba poblada y oscura, como su ondulado cabello,
que llevaba más corto por el cuello y algo más largo, aunque muy cuidado, en la
parte superior de la cabeza. Su tez morena destacaba debido al contraste con el
elegante traje color arena, de corte italiano, que vestía. Pero sin duda, y
pese a que a primera vista no le encontraba ningún defecto, lo que más la había
impresionado había sido la intensidad de su mirada. Si existía algún prototipo
de hombre latino, desde luego ése era Santiago Arqués.
—¡Santiago!—dijo
Mildred, acercándose al grupo de los jóyenes del brazo de Ann—. Espero que el
paseo te haya resultado agradable...
—Desde
luego —afirmó Santiago, con grave voz masculina—. No nos ha dado tiempo a ver
demasiado, pero su estancia parece muy hermosa... —dirigió su mirada a Jane—.
Aunque permítame decirle que al lado de su hija la belleza de sus ardines me ha
pasado absolutamente inadvertida. Victoria fue víctima de un violento ataque de
celos al ver la sonrisa seductora con la que le respondía Jane y la manera en
que entornaba los ojos para mirarle... Sólo le faltaba caer rendida entre sus
brazos.
—Santiago
es todo un caballero español, de eso no hay duda —dijo Victoria mordaz,
forzando un gesto de indiferencia.
—¿Ya
les has presentado? —pregunto Mildred, dirigiéndose a su hija.
—Estaba
haciéndolo justo cuando has llegado, mamá —contestó Jane, sin soltar el brazo
de Santiago y mirándole después—. Te presento a Victoria Rendle y a su madre,
Ann. Los Rendle son amigos de toda la vida, ¿verdad, Victoria?
—Desde
luego —contestó Victoria con ironía.
—Encantado
de conocerlas —Santiago le tendió la mano a Ann, haciendo una leve inclinación
de cabeza—, aunque en cierto modo ya las conocía a ambas.
Ann
le miró sorprendida y sonriente, para después dirigir su mirada a su amiga
Mildred.
—La
señora Bridges me habló ayer de ustedes —contestó Santiago con una sonrisa—,
pero no es por eso por lo que digo que las conozco. He leído los libros de las
dos y, aunque ab—solutamente diferentes, ambos ocupan un lugar de honor en mi
biblioteca.
—Es
usted muy amable —contestó Ann. riendo complacida—. No me encuentro con mucha
gente que haya leído mi libro. Las obras sobre plantas y animales no suelen
tener mucho éxito comercial.
—Pues
precisamente su libro es el que comenzó a despertar mi interés por esta parte
del país, por eso estoy ahora aquí—dijo Santiago con convicción—. En él
describía de un modo tan bello los paisajes de la zona, desde aquí hasta los
glaciares, que siempre he tenido deseos de conocer esta región personalmente.
—Espero
que no le defraude —respondió Ann, casi ruborizada.
—No
lo creo —contestó Santiago. fijando de nuevo su mirada en Victoria—. Por el
momento todo lo que he visto es hermoso.
Victoria
sintió que su corazón se desbocaba al sentir de nuevo en los suyos la fuerza de
los penetrantes ojos negros de Santiago. Al oírle pronunciar esas palabras
mientras la miraba únicamente a ella, se quedó paralizada. Se sentía como una
colegiala.
La
voz de él era masculina y dura, pero a la vez suave y susurrante. Su magnetismo
parecía tener atrapadas a las cuatro mujeres a su alrededor. Antes de que
ninguna de ellas pudiese responder a su último cumplido, Paul y John se
acercaron al grupo.
—Santiago,
esto n.o es justo —dijo John Bridges en tono de broma—, has acaparado la
atención de todas nuestras mujeres. Te presento a mi buen amigo, Paul Rendle.
—Encantado
de conocerle, señor Rendie —contestó Santiago, tendiéndole la mano—. Imagino
que estará usted encantado de tener a dos mujeres bellas e inteligentes en su
casa.
—La
verdad es que no me puedo quejar —rió Paul, estrechando la mano que le tendía—.
Pero le aseguro que eso a veces trae muchos quebraderos de cabeza.
—Santiago
es un adulador —intervino John riendo también—. Temo el día que se marche
porque entonces Mildred se habrá acostumbrado a oír cumplidos y me traerá de
cabeza para que le diga cosas lindas.
—Les
aseguro que no suelo hacer cumplidos gratuitos —contestó Santiago con una media
sonrisa y mirando alternativamente a las cuatro mujeres para detenerse en
Jane—, pero admiro la belleza y me resulta difícil no alabarla.
—¿Y
la inteligencia?—preguntó Victoria, punzante, deseando inconscientemente que la
mirase a ella y esperando con curiosidad su respuesta.
Santiago
clavó de nuevo su mirada en la de Victoria y se dirigió a ella con voz suave
para contestarle escuetamente: —La inteligencia me cautiva.
Capítulo
3
El
resto de los invitados a la cena de los Bridge no tardó demasiado en llegar, En
poco tiempo. el salón estaba lleno de gente que se saludaba alternativamente
haciéndose las mismas preguntas sobre la :familia y las cosechas para comentar
después la situación económica del país. A Victoria le parecía en ocasiones que
volvía a ser de nuevo una niña y que asistía a una de las cenas de sus padres:
las mismas conversaciones y la separación entre hombres y mujeres se repetía,
si bien en esta ocasión la diferencia era que ella era uno de los centros de
atención.
A
ninguna de las familias de la colonia inglesa de la región le había pasado
inadvertido el éxito literario de Victoria Rendle y las preguntas y
felicitaciones se sucedían sin parar. Debía reconocer que esa situación
halagaba su vanidad, sobre todo en presencia de Santiago, aunque en muchas
ocasiones hubiese preferido no tener que hablar con tanta gente y tener más
tiempo para charlar con él. No podía evitar buscarle con la mi—rada cuando le
perdía de vista. Le gustaba la manera en la que se presentaba a todo el mundo y
el modo en que movía las manos al hablar. Estaba claro que no se trataba de un
noble inglés, no era excesivamente refinado ni moderado, pero su espontaneidad
y seguridad en sí mismo delataba cierta elegancia innata.
Cuando
al buscarle instintivamente se encontraba de pronto con su mirada, se sentía
inusualmente excitada y nerviosa, incluso temía sonrojarse sin poder hacer nada
para evitarlo, lo que la hacía sentirse vulnerable y débil. Por el contrario;
cuando veía a Jane cerca de —él, tornándole del brazo y coqueteando
descaradamente, sentía una indignación indescriptible y tenía que luchar por no
ceder al impulso de ignorar a la persona con la que estuviese hablando e ir
directamente a separarla de él. ¿Por qué tenía que ser tan atractiva y mover
los ojos de aquella manera? ¿Por qué tenía que llevar un vestido tan ajustado y
ella uno tan elegante, pero discreto?
En
el primer momento que tuvo una oportunidad, Victoria se disculpó
convenientemente con la señora con la que conversaba y se encerró en el amplio
cuarto de baño floreado. Apoyó ambas Ruanos en el mueble de mármol del
lavamanos y se miró fijamente al espejo para comprobar que sus mejillas, tal y
como temía, estaban sonrojadas. Pacientemente, se incorporó para sacar del
pequeño bolso de raso azul verdoso, que colgaba de su hombro y que hacía juego
con sus zapatos y vestido, la polvera para retocarse. A medida que daba ligeros
golpes con la suave borla sobre su rostro se comprendía menos, a sí misma. ¿Qué
le estaba pasando? Nunca se había sentido así antes. Parecía que la mirada de
aquel hombre la hubiese hechizado, que su manera de hablarle la hubiese conquistado.
Se repetía una y otra vez que las sensaciones que estaba experimentando eran
impropias de ella. ¿Cómo podía sentirse celosa de Jane a esas alturas? ¡Era
absurdo! ¿Cómo podía sentirse insegura por la presencia de un hombre al que no
conocía de nada? Después de repasar su maquillaje volvió a mirarse de nuevo
fijamente en el espejo, tal y como había hecho al principio, intentando
infundirse ánimos para controlar sus reacciones. Ella nunca se había permitido
esas niñerías y no iba a empezar ahora. Seguramente, ese hombre tenía bastante
que aprender de ella, De pronto, el sonido de unos leves golpes en la puerta la
distrajeron de sus pensamientos.
—Victoria,
¿estás ahí? —preguntó la voz de Jane desde el otro lado.
—Sí
—contestó Victoria, después de respirar profundamente—. Ahora mismo salgo,
Jane.
—¡Ábreme!
—rogó mimosa Jane.
Victoria
abrió la puerta de inmediato y Jane pasó al cuanto de baño cerrando
rápidamente.
—Te
buscaba porque ya se están sentando todos a la mesa —dijo Jane, mirando a su
amiga con una sonrisa—, pero quería hablar contigo a solas un momento.
—Tú
dirás —contestó Victoria, intentando mostrarse amable.
—¿Qué
te ha parecido Santiago; Es un sueño de hombre, ¿verdad? —preguntó Jane con
gesto ilusionado—. ¡Es tan guapo... y amable! Además es soltero y rico. ¿Qué
más se puede pedir?
—Desde
luego nada más —respondió Victoria forzando una sonrisa—, pero ya sabes que tú
y yo no tenemos los mismos gustos en lo que a hombres se re%ere.
—Me
alegro de que no te guste —dijo Jane sin sorprertderse—, porque a mí me
encanta. Así nre ayudarás, como cuando éramos unas adolescentes.
—Haré
lo que pueda —y con repentina prisa añadió—: Será mejor que nos unamos a los
demás; no empezarán a cenar sin nosotras.
—Tienes
razón —contestó Jane despreocupada.
Mientras
Jane caminaba delante de ella, hacia el comedor, Victoria pensaba en lo absurdo
de la conversación que acababa de mantener con Jane. Se preguntaba por qué le
habría mentido asegurando que a ella no le gustaba Santiago y, lo que era aún
peor, ¿cómo era posible que ella se sintiese atraída por un hombre que le
gustaba a Jane? Siempre habían sido opuestas en ese aspecto. Victoria temió por
un momento estarse volviendo tan tonta como Jane. Era imposible que a ambas les
atrajesen las mismas cosas de un hombre. Victoria se dijo para sus adentros que
todo aquello no era más que el producto de la vieja rivalidad que existía entre
ambas. Cuando llegaron al comedor se sentía mucho más tranquila y capaz de
dominar la situación, después de haber encontrado una explicación lógica para
las reacciones que había experimentado al principio de la velada.
Había
unos treinta comensales sentados a la mesa v, evidentemente, Jane obligó a su
madre a cambiar la disposición de algunos de los invitados para sentarse junto
a Santiago. Vic—toria se sintió aliviada al comprobar que le había tocado en el
mismo lado que a ella y que estaban separados por una persona. por lo que era
bastante difícil que sus miradas se encontrasen. Sin embargo, aunque eso le
resultó relajante, a los pocos minutos de comenzar a cenar se dio cuenta (le
que no servía de nada, al menos para distraer su atención. La única persona que
le separaba de él era un hombre bastante mayor que reo hablaba ni se interesaba
en absoluto por lo que ocurriese a su alrededor. Los comensales del otro lado
eran más o menos de las mismas características, dos señoras que no tenían la
menor intención de introducirla en su conversación. Así pues, de pronto se
sorprendió atendiendo a la conversación que mantenía Santiago con las personas
que tenía cerca y entre las que se encontraba su padre. Llegó un momento en el
que estaba tan concentrada escuchándoles hablar que no prestaba ninguna
atención a las breves palabras que le dirigían sus compañeros de mesa.
Pese
a que las conversaciones que se mantenían en ese tipo de reuniones solían ser
irrelevantes y normalmente las mismas, Santiago las conducía hacia temas más
comprometidos para al—guien a quien no le gustase aportar demasiadas opiniones
que diesen a conocer sentimientos auténticos. Sin embargo, a él no parecía
importarle demasiado expresar sus opiniones, algo que, extrañamente, para ese
círculo de personas fue cautivando a sus interlocutores. No hablaba de su vida
en concreto, ni de sus riquezas, empresas o relaciones sociales sino de su
manera de ver la vida y de disfrutar de ella e intentaba que los demás hiciesen
lo mismo con un cierto éxito por su parte. Evidentemente, nada de lo que decía
acerca del modo de valorar las cosas más sencillas o de su poco apego a los
convencionalismos sociales tenía mucho que ver con Victoria o con las rígidas
reglas inglesas que ella acataba Y. sin embargo, su manera de hablar hacía que
sus palabras le parecieran incluso lógicas, por más que intentase resistirse a
ellas.
—¿De
dónde es su familia, Santiago'— —preguntó Paul Rendle casi a los postres,
después de haber mantenido una larga c agradable charla.
—Mis
padres eran españoles —contestó con desenvoltura—, Gente muy humilde, pero
buena y honrada que vino a trabajar a estas tierras hace muchos años.
—Debió
de ser gente muy especial cuando han conseguido que su hijo no llevase la misma
vida que ellos —dijo Pata¡, admirado.
—Realmente
era gente especial —contestó Santiago con una melancólica sonrisa—. Por
desgracia murieron cuando yo era aún muy pequeño; sin embargo nunca les he
olvidado. Siem—pre he recordado la razón por la que decidieron emigrar: por
darme una vida mejor, un futuro más alentador. Siempre hablábamos de lo que
estudiaría, de cómo cambiaría nuestra vida entonces y ese recuerdo ha sido
siempre el motor de mis días. aunque no todo haya sido como ellos deseaban.
—Lo
siento —se disculpó Paul, dándose cuenta de la indiscreción que había cometido
al preguntar por su familia—. pero como padre le digo que estoy seguro de que
estarían orgullosos de usted...
Victoria
palideció al oír la última parte de la conversación entre Santiago y su padre.
¿Cómo era posible que, tratándose de otro hombre, hubiese tantas coincidencias
con su novela? Realmente él provenía de una familia humilde, se había quedado
huérfano joven y, por su aspecto y los comentarios de Mildred. parecía haber
triunfado en la vida a los treinta años de edad. ¡Era increíble) Victoria se
dio cuenta en ese momento de que probablemente serían muchas las personas que
habían vivido unas circunstancias parecidas a las suyas y que habrían
conseguido salir adelante. Sin embargo, ahora no sabía cómo sentirse. Por una
parte estaba violenta ya que, después de conocer a Santiago, su teoría parecía
desmoronarse en parte. No tenía aspecto de patán, ni se le podía calificar de
un hombre vulgar. Por otra, se sentía ingenua porque un hombre tan diferente a
ella, justamente su opuesto, hubiese podido atraerla. Se autoconvenció de que
tan sólo se había dejado llevar por una voz agradable y una mirada de
magnetismo animal, lo que era absurdo en una mujer como ella...
Victoria
permanecía abstraída en sus pensamientos, por lo que no se dio cuenta del
momento en que la persona que la separaba de la mirada de Santiago se levantó
de la mesa. Tenía la mirada perdida en un punto indefinido del comedor mientras
escuchaba de fondo la voz cantarina de Jane.
—Estoy
deseando escuchar la lectura que va a hacer de su libro, Victoria —sonó
profunda y masculina la voz de Santiago—. En cierto modo me siento identificado
con la bella historia que narra y será un placer oírla de sus labios.
Victoria
se sobresaltó al oír su voz, volvió inmediatamente la cabeza y se encontró de
nuevo con sus ojos negros que parecían querer adivinar sus pensamientos. De
pronto se sintió empequeñecer, sus mejillas volvían a sonrojarse de súbito...
Todos sus razonamientos, todas las evidencias que le presentaban como una
persona objetivamente incompatible con ella se desmoronaban cuando sentía
aquella mirada sobre sí.
—Nos
comentará algo sobre su libro, ano es así, —volvió a decir Santiago al ver que
ella no contestaba.
Victoria
pudo captar cierta ironía en la voz y en los ojos de Santiago. Se dio cuenta de
que probablemente él la habría visto en alguna de las entrevistas que le habían
hecho en televisión o habría leído las publicadas en las revistas, por lo que
conocía su opinión acerca del protagonista con el que él se sentía
identificado. El corazón volvía a latirle a toda velocidad, tenía que encontrar
una salida si no quería quedar como una tonta. Su orgullo y sensación de
superioridad vinieron en su auxilio.
—Por
supuesto, Santiago —contestó Victoria con una me dia sonrisa y la barbilla
elevada—Atenderé gustosa las preguntas que desee hacerme, lo que no me gustaría
es aburrir al resto de los invitados con una tediosa lectura.
—Vas
a tener que leer —dijo Jane, acercándose de nueva al costado de Santiago—. Mamá
se lo está diciendo a todos los invitados que están ya en el salón y que, por
cierto, nos esperan.
—¿Lo
ve, Victoria? —dijo Santiago ayudándola a levantarse—. Nadie teme aburrirse con
usted.
—¡Claro
que no! —corroboró Jane, haciendo un gesto con la mano—. Es muy inteligente,
¿sabes? —miró a Santiago—.Estarnos muy orgullosos de ella.
—Sé
que es inteligente, Jane. La he oído hablar en público en varias ocasiones y
sus opiniones son muy interesantes. Estoy deseando que comience la tertulia.
Mientras
Santiago le ofrecía un brazo a Jane y otro a ella para acompañarlas hasta el
salón, Victoria hubiese deseado que se la tragase la tierra. Estaba convencida
de su teoría, nunca había temido defenderla ante nadie, pero por más que se lo
negaba a sí misma n.o podía evitar que la presencia de Santiago Arqués la
alterase y que sus principios se tambaleasen. Hubiese preferido no tener que
hablar de su libro, no leer ni una sola línea y evitar cualquier pregunta. Casi
deseaba ser como Jane, colgarse de su brazo, pestañear de vez en cuando y
dejarse llevar por él. La lucha que se desencadenaba en su interior entre su
atracción por Santiago y el desprecio por su situación se convertía en una
auténtica tortura.
Antes
de que pudiese darse cuenta estaba en el centro del salón, con un ejemplar de
su novela en la mano y leyendo uno de los primeros capítulos, en el que
describía un atardecer en los campos interminables en los que trabajaban los
padres del protagonista mientras él y su hermana se perseguían el uno al otro.
Una fuerza nueva y extraña le hacía pronunciar las palabras de un modo
distinto, darle a las frases que había leído tantas veces una entonación
diferente... Sabía que la atención de Santiago estaba completamente centrada en
ella, que la estaría recorriendo con sus ojos, que pararía en su escote y en
sus labios para obserilar el ritmo de su respiración y el modo en que su boca
dibupaba cada sílaba y esa sensación la hacía sentirse diferente. Sin embargo,
al terminar de leer, cuando todos los invitados comenzaron a aplaudir y
Santiago se puso en pie, recuperó su postura arrogante y fría, como si el modo
en el que había leído aquello no tuviese nada que ver con él.
Ella
nunca había sido una persona sentimental o impulsiva y odiaba sentirse de
aquella manera.
Después
se entretu\o firmando un ejemplar para cada uno de los invitados, ejemplares
que Mildred Bridges se había preocupado de repartir entre ellos. El último en
acercarse a la butaca en la que estaba sentada fue Santiago.
—Sería
un honor para trií tener su autógrafo —dijo tendiéndole lentamente su ejemplar
sin dejar de mirarla—. Me gusta la idea de tener dos ejemplares de su libro en
mi biblioteca.
—¿Es
usted siempre tan galante? —preguntó Victoria, intentando dibujar una media
sonrisa de superioridad en su rostro—. ¿O se trata tan sólo de una manera de
actuar en este tipo de reuniones?
—Me
gusta valorar lo hermoso, bien se trate de una mujer o de un libro —contestó
Santiago sin apartar su mirada de ella, con voz tranquila que denotaba doble
intención—. Siempre lo hago, en una lujosa estancia o en un miserable poblacho.
Yo soy el mismo en cualquier situación... Resulta mucho más cómodo no tener
caretas. ¡Pruelbe alguna vezl
Victoria
escribió algunas rápidas y sencillas frases sobre la parte interior de la
cubierta del libro. La respuesta de Santiago había sido amable, pero dura,
evidentemente referida a la contradicción existente entre las páginas de su
libro y las opiniones que había dado a los distintos medios de comunicación.
Tenía que admitir que se trataba de un hombre de mente ágil, al que no era
fácil dejar sin respuesta. Era rápido y correcto, capaz de decir lo que quería
sin ofender...
—En
eso coincidimos —contestó Victoria poniéndose en pie y alargándole el libro—.
Yo también suelo dar mis opiniones en cualquier lugar y no tengo miedo a
criticar, incluso mi propia obra.
—¿Quiere
que nos sentemos? —preguntó Santiago, tomándola del brazo con una encantadora
sonrisa—. M1e gusta charlar con usted.
—¡Desde
luego! —contestó Victoria, sonriendo también.
Se
dirigieron hacia el sofá en silencio. Victoria no podía evitar que el roce de
la mano masculina sobre la piel de su brazo desnudo la hiciese estremecer. Su
instinto la hacía desear sentarse junto a él y perderse en su compañía, pero lo
que su cabeza realmente quería era mantener con él una conversación que le
descubriese a sí mismo lo que realmente era, que él mismo llegase a aceptar las
diferencias entre ambos y que esa incipiente sensación de culpabilidad
desapareciese de su estómago.
En
el momento en el que tomaban asiento, cuando Santiago apoyaba su brazo en el
respaldo del sofá por detrás de ella y pudo sentir su perfume y ver de nuevo
sus labios bien dibujados, deseó salir corriendo, huir de él... Casi no se
sentía capaz de razonar.
—Tiene
unos ojos maravillosos, Victoria —dijo Santiago, fijando en ella su mirada—. Es
curioso, son del mismo color de su vestido.
—Una
feliz coincidencia, ¿no le parece? —contestó ella con una falsa sonrisa,
intentando hacerse fuerte frente a él.
¡Desde
luego! —exclamó él, burlón—. Pero no más feliz que el hecho de que el color de
su cabello sea el complemento perfecto para sus atractivos rasgos.
—¡Cosas
de la naturaleza! —contestó ella fríamente, e Ínniediatamente después—: ¿A qué
se dedica?
Santiago
rió por la contestación y, en el momento en que iba a responder a su pregunta,
Jane se acercó y pasó su mano de modo insinuante por la parte superior de la
pechera de la chaqueta.
—Ahora
me toca a mí demostrar mis habilidades, Victoria —dijo, mirando coqueta a
Santiago—. Así que venid al otro lado del salón, voy a interpretar un par de
piezas al piano.
—Luego
continuaremos nuestra conversación —se disculpó Santiago, poniéndose en pie.
Antes
de que Victoria pudiese darse cuenta, Jane ya había arrastrado a Santiago hasta
situarle lo más cerca posible del piano, mientras que ella se ¡labia quedado
sola en pie junto al sofá. Las contradicciones que la atormentaban desde el
principio de la velada volvían de nuevo a ella. Hubiese deseado reaccionar como
una mujer normal ante sus piropos, sonreírle, animarle a que continuase con
ellos... Sin embargo, no podía evitar ser brusca y sentirse en inferioridad de
condiciones con respecto a Jane, que reaccionaba sin dificultad, corno una
perfecta muñeca de salón. Por otra parte, Victoria quería destrozarle, hacerle
evidente que ella era muy superior a él por más dinero que hubiese conseguido
acumular en pocos años. Victoria estaba confusa. No sabía si amarle o
despreciarle.
Sus
reacciones físicas eran más fuertes que las cerebrales. Al ver a Santiago junto
al piano, admirando la belleza de Jane, al percatarse de las continuas miradas
que ésta prodigaba a aquel hombre, Victoria sentía que la sangre le hervía en
las venas, que el corazón le latía tan deprisa que incluso llegaba a dolerle.
Todo lo que le estaba pasando no era lógico, así que decidió que, en cuanto
terminase la actuación de Jane, le pediría a sus padres que se marchasen a casa
y olvidaría aquella absurda noche y a Santiago Arqués.
Después
de los nutridos aplausos que celebraron la interpretación que a Victoria le
pareció más que deficiente, ésta fue en busca de sus padres. Jane y Santiago
estaban junto al ventanal del porche... Pensó con rabia que él probablemente le
estaría hablando del color de sus ojos, aunque unos segundos después no pudo
evitar sonreír al pensar en la expresión de Jane cuando le dijese que eran del
mismo color de su vestido... ¡rojo!
Al
cabo de unos minutos encontró a sus padres charlando con los Bridges. Su padre
parecía algo cansando y ojeroso, así que pensó que era la excusa ideal para que
se marchasen.
—
¡Victoria! —exclamó su madre al verla—. Precisamente iba a buscarte ahora. Tu
padre no se encuentra muy bien y...
—Nos
vamos cuando queráis —interrumpió Victoria a su madre sintiéndose mucho más
tranquila—. ¿Le pido las chaquetas al mayordomo, Mildred?
—No
hace falta —contestó la aludida, sonriente—. Os quedaréis aquí esta noche. Es
una tontería que a estas horas tengáis que recorrer tanto camino cuando aquí
hay habitaciones de sobra.
—Gracias,
Mildred —contestó Victoria, intentando dibujar una gran sonrisa en sus labios y
disimular una sombra de disconformidad en sus ojos al mirar a su madre—, pero
no es ne—cesario. Aunque papá esté cansado yo puedo llevarlos en el auto hasta
allí y así...
—Nos
quedaremos, Victoria —le dijo Paul Rendle a su hija con suavidad—. Se nos ha
hecho bastante tarde y me quedo más tranquilo si ninguno de tos tres ha de
conducir ahora. Mildred y John han sido muy amables.
—De
acuerdo, papá —se conformó Victoria, muy a su pesar—. Si no es ninguna
molestia...
—Por
supuesto que rro, tonta —contestó Mildred, haciéndole una carantoña en la
mejilla como si fuese una niña—. Jane y tú dormiréis juntas... Así os podréis
contar vuestras cosas.
—¡Estupendo!
——exclamó Victoria con un fingido y poco conseguido gesto de alegría.
Victoria
se separó del lado de sus padres mientras algunas de los invitados comenzaban
ya a despedirse para retirarse a sus casas. ¡Era el colmo de la mala suerte!
Cuando por fin creyó que la ridícula situación que de pronto se le había
planteado iba a tocar a su fin, ésta se prolongaba hasta el día siguiente.
Tendría que quedarse un buen rato más en el salón, hasta que se fuera el último
de los asistentes, dormir con Jane y soportar su charla sobre su hombre
maravilloso y, lo que era peor aguantar el martirio de tener cerca a ese hombre
que a ella también le parecía especial... ¡Qué tontería!
Victoria
se despedía de los que se acercaban a ella sin poner mucha atención, prodigando
frases corteses maquinalmente y dejando vagar su mirada más allá de la ventana
por la que se veía el jardín iluminado.
—Me
han dicho los señores Bridge% que esta noche se queda con nosotros —dijo
Santiago a sus espaldas mientras miraba hacía afuera.
Victoria
sintió que la piel de su cuello y sus hombros se erizaba al sentir la
proximidad de su voz y su aliento.
—Sí
—contestó girándose para mirarle de frente, sin sonreír—. Parece ser que mi
padre está algo cansado.
—Siento
que su padre no se encuentre bien, pero me alegro de que se queden aquí esta
noche —respondió sonriéndole—. Podremos continuar nuestra conversación
tranquila—mente.
—Yo
también estoy bastante cansada, Santiago —dijo Victoria, intentando mantenerse
fría ante su proximidad—, así que no creo que tarde mucho en retirarme.
—¡Vamos,
Victoria! No sea así —le pidió Santiago de un modo encantador—. Jane también
quiere quedarse a charlar y a oír música; con usted lo pasaremos mejor.
—¿Usted
cree? —preguntó Victoria con una sonrisa irónica.
—No
lo dude —contestó él sin pestañear.
Victoria
no quería seguir sufriendo los altibajos que le provocaba aquel hombre pero,
por otra parte, no podía soportar la idea de que Jane pasara unas horas esa
noche a solas con él, así que se apresuró a aceptar el ofrecimiento con una
amplia pero distante sonrisa... Tenía un morboso deseo de seguir sufriendo la
tortura de su mirada, el desafío de sus palabras y sentir cómo el corazón te
palpitaba con rapidez. Todo aquello resultaba interesante v desesperante para
una mujer como ella, que nunca había sentido nada parecido. Quería sentirlo y
ser capaz de no demostrarlo en ningún momento... Victoria se autodisculpó,
convenciéndose de que lo único que quería en realidad era demostrar su
superioridad.
Capítulo
4
SANTIAGO
Arqués era un hombre madrugador, incluso cuando estaba de vacaciones, así que
aquella mañana no fue una excepción. Se levantó haciendo el menor ruido
posible, ya que supuso que los demás dormían Y, después de una corta y
tonificante ducha de agua fría, bajó a la cocina para salir por la puerta de
atrás y dar un paseo. Hacía tiempo que no se tomaba unos días libres. Era
cierto que viajaba con frecuencia pero siempre se trataba de asuntos de
negocios que nunca le dejaban disfrutar de algo de tiempo libre ni de los
lugares que visitaba. También hacía mucho que no disfrutaba del campo, que no
se tumbaba en la hierba a contemplar el vuelo de los pájaros o a sentir el roce
de la brisa en su rostro. Visitaba las dos estancias de las que era propietario
sólo cuando era nece—sario atender algún asunto del ganado o de las cosechas de
los frutales, pero esas visitas eran su mayor distracción; un par de días en
cualquiera de ellas eran para él el mejor de los relajantes. Le encantaba ir a
ver los rebaños con los peones, pasar el día entre las reses y luego tornar un
buen asado con ellos. Después, el mate y viejas canciones cuando se había
terminado el trabajo... Siempre recordaba a sus padres en esas ocasiones,
pensaba en lo mucho que hubiesen disfrutado de la situación que él había
logrado alcanzar. Había trabajado mucho para conseguirlo, muchas veces sin
descanso y, justo antes de emprender esas cortas vacaciones, había decidido
tomarse las cosas con más calina. Quería tener algo de tiempo para visitar los
lugares que deseaba conocer, para ver a su sobrino corretear por los prados de
sus estancias... Poner realmente en práctica el concepto de vida ideal en el
que creía y por el que había trabajado.
Desde
que sus padres murieron, su única distracción fueron el estudio y la lectura.
Tal vez, precisamente por no haber tenido la oportunidad de hacerlo de otro
modo, su ilusión por saber se había ido incrementando día a día y nunca, aunque
fuese en sus pocas horas de descanso, había dejado de saciar su sed de
conocimientos hasta entonces.
Salió
de la casa y caminó sin un rumbo fijo, abstraído en sus pensamientos, hasta que
se dio cuenta de que debía de haberse alejado bastante. Había bajado una
pequeña loma y, cuando se dio la vuelta para comprobar a qué distancia estaba
realmente de su punto de partida, pudo ver la mansión de los Bridges elevándose
majestuosa sobre el montículo. Fue entonces cuando pensó en lo diferente que
había sido su vida de la de las personas que había conocido la noche
anterior... Sobre todo en lo que se refería a Jane y a Victoria. Ambas eran los
perfectos prototipos de las hijas de familias adineradas inglesas. La una era
la chica guapa y mimada que no ponía ninguna objeción a vivir en la casa
paterna hasta que encontrase un marido que pudiese mantenerla, y que vivía
hasta entonces pendiente de las últimas novedades de la moda y de los rumores
de la alta sociedad. Vivía en Buenos Aires estudiando ternas que no le
interesaban en absoluto haciendo tiempo hasta que apareciese su «príncipe
azul». Victoria era distinta y era consciente de ello; sin embargo, tenía más
puntos en común con.Jane de los que creía. Ella era inteligente, luchaba por
conseguir mantenerse a sí misma sin tener que recurrir a sus padres o a una
buena boda y tenía convicciones firmes. Victoria estaba segura de estar en
posesión de la verdad absoluta. Ése era precisamente su nexo de unión con Jane.
Aunque de un modo más sutil, resultaba ser también una niña mimada. Para ella
era tan importante la sociedad en la que vivía como para su amiga, pese a que,
en cierto modo, se negase a aceptarlo.
Allí,
sentado en la hierba, asistiendo corno espectador de primera al despertar del
día y mirando fijamente aquella casa, recordó a las dos mujeres. Victoria no le
habla decepcionado en absoluto, era tal y como se la había imaginado: bella,
inteligente, aguda e irónica. Una combinación de características que, unidas,
conformaban a una mujer altiva y orgullosa, pero irresistiblemente atractiva.
Jane poseía una belleza tnás sensual y estudiada en lo que a atraer a los
hombres se refería, era mucho más simple y despreocupada, aunque capaz de hacer
cualquier cosa por obtener lo que consideraba suyo por derecho. Victoria era
una compañía interesante, con ella era difícil aburrirse, era capaz de hablar
de cualquier tema con la mayor seguridad y resultaba un interesante desafío
estar atento al más mínimo de sus comentarios y agudas observaciones. Por su
parte, Jane era la mujer ideal para hacer que un hombre se sintiese importante
y fuerte... Ambas resultarían una grata compañía para sus vacaciones.
Victoria
abrió de súbito los ojos cuando, entre sueños, se dio cuenta de que no estaba
en su casa. Las cortinas de la alcoba estaban corridas y la habitación
permanecía en una penumbra que invitaba a seguir durmiendo. Había cerrado de
nuevo los ojos al darse cuenta de que estaba en casa de Jane, sintiéndose como
cuando era una adolescente y pasaba una noche cualquiera en la estancia de los
Bridges, cuando todo lo ocurrido la noche anterior acudió de golpe a su
memoria. No pudo evitar incorporarse de inmediato, casi de un salto y con el
corazón palpitándole a toda velocidad. Poco a poco se fue calmando, consultó su
reloj de pulsera, que estaba sobre la mesilla, y al ver que eran más de las
nueve y media de la mañana se levantó despacio y entró en el cuarto de baño.
Jane aún estaba dormida Y pensó que podía aprovechar para darse una ducha antes
de que su anfitriona se levantase.
Abrió
los grifos y se sentó de medio lado en el borde de la bañera con la mano debajo
del agua, esperando a que ésta saliese caliente. Las imágenes que había vivido
la noche anterior volvieron a su recuerdo con nitidez. Las sensaciones que
había tenido junto a Santiago... Casi podía sentir nuevamente su penetrante
mirada sobre ella...
Cuando
todos los invitados se hubieron ido y los padres se retiraron a sus
habitaciones, Santiago, Jane y ella se quedaron para charlar un rato tal y como
habían previsto... Él había con—seguido sorprenderla. Hablaron sobre música y
poesía, pusieron algunos viejos discos y departieron sobre la vida. Jane
intentó acaparar la atención de Santiago en varias ocasiones con zalamerías
propias de ella y, al ver que no daban el fruto deseado, se recostó sobre su
hombro y se quedó dormida, probablemente aburrida de tanta charla y esperando
enternecer el corazón de su invitado. Sin embargo, éste parecía encantado con
la conversación que mantenía con Victoria. Ésta había intentado repetidamente
ponerle en evidencia calibrando su rapidez y sus verdaderos conocimientos, pero
en ningún momento recibió una réplica que no fuera digna de un contrincante
preparado. Tomaron dos copas de vino, poco a poco la conversación se fue
apagando por sí misma y la mirada de Santiago pareció volverse más brillante e
intensa, más atractiva e intrigante... Fue entonces cuando ella tomó la
iniciativa y, fingiendo darse cuenta en ese momento de lo avanzado de la hora,
encontró una excusa para que se retirasen a sus habitaciones respectivas.
Victoria
tenía la mirada fija en los azulejos de la pared, sintiendo cómo su corazón se
aceleraba al pensar en Santiago, cuando el intenso calor del agua en su mano la
hizo reac—cionar.
Se
rió de sí misma al darse cuenta de que se sentía como una jovencita inexperta y
soñadora mientras se desnudaba y se metía en la ducha. Cuando empezaba a
enjabonarse oyó la voz de Jane:
—Buenos
días, Victoria —dijo ésta medio bostezando—. ¿Has descansado bien?
—Sí,
muchas gracias, Jane.. ¿Y tú? —preguntó Victoria, elevando la voz sobre el
ruido del agua—. Anoche estabas totalmente dormida cuando te subimos a la
habitación —comentó con cierta sorna que sabía que Jane no iba a captar—. Por
cierto, tomé un camisón prestado de tu armario. Espero que no te importe.
—¡Claro
que no! —contestó Jane, mientras ponía pasta en su cepillo de dientes—. Lo que
siento es no habértelo dado yo misma, pero estaba tan cansada que no me di
cuenta de nada. ¿A qué hora subirnos a la habitación?
—Creo
que eran las cuatro de la madrugada —respondió Victoria cerrando los grifos—.
Al final se hizo tardísimo. A esa hora nos dio pena verte tan dormida y
Santiago te ayudó a subir hasta aquí...
—Creo
recordar algo entre sueños —dijo Jane sin empezar a cepillarse los dientes—. Tú
entraste conmigo, ¿no?
Victoria
sonrió antes de abrir las cortinas de la bañera. Sabía que Jane le mentía y que
recordaba perfectamente cómo había subido las escaleras.
Desde
luego no había perdido la ocasión de desmoronarse sobre Santiago e ir
completamente apoyada en él desde el salón hasta arriba. Incluso apostaría que
mantuvo un ojo abierto para comprobar cómo se despedían...
—¡Claro
que entré contigo! —contestó Victoria finalmente, saliendo de la bañera—. No
iba a quedarme sola con él y mucho menos permitir que te subiera hasta aquí sin
compañía, estando tú tan dormida... No sabemos cómo es realmente. Parece un
hombre educado, pero nunca se sabe —dijo Victoria mientras se secaba,
intentando mantener su expresión grave y no sonreír.
—Muchas
gracias, Victoria. Es imperdonable que me haya quedado dormida de ese modo. Al
fin y al cabo yo era la anfitriona y debía haberos atendido correctamente —el
rostro de —Jane mostraba una forzada sonrisa que intentaba ser encantadora—.
Gracias a Dios tú eres de confianza en la casa y pudiste atender a nuestro
invitado correctamente. Lo último que querría sería darle una mala impresión.
—No
te preocupes, querida —contestó Victoria, envuelta en la toalla y mirando a
Jane a través del espejo—. Estoy segura de que le has causado una impresión
excelente. Cuando te duermes estás aún más encantadora.
Cuando
Victoria salió del cuarto de baño, Jane se quedó sola frente al espejo N•
comenzó —t cepillarse los dientes casi con rabia. ¿Por qué su madre había
tenido que invitar a tos Rendle a que se quedasen esa noche? Todo hubiese sido
mucho más fácil para ella si Victoria y su «inteligente» conversación no
hubiesen estado allí. Santiago Arqués era un hombre guapo, em—prendedor,
soltero y millonario... Nadie la había impactado tanto como él desde hacía
tiempo. No se podía negar que era un partido maravilloso y, con la oportunidad
a su alcance de tenerle para ella sola durante esa primera noche, tuvo que
compartirle con la «brillante» Victoria. Si hubiesen estado solos, ella no le
hubiese aburrido con charlas...
Jane
se enjuagaba la boca gesticulando frente al espejo, sin poder evitar que sus
pensamientos se leyesen en su expresión. ¡Si al menos la hubiese dejado sola
cuando Santiago la ayudó a subir a la habitación! Pero no. Victoria no lo podía
permitir... No hicieron más que hablar de cosas absurdas toda la noche mientras
ella se aburría como una ostra y, después, como marcaban los cánones, la
acompañó hasta el último momento. ¡Qué chica tan aburrida: Además., ya que
reconocía que no le gustaba Santiago, podría haberse subido a la habitación con
sus padres y haberle dejado el campo libre... Pero eso tampoco lo podía
permitir. ¡Siempre le había hecho lo mismo! Aunque no tuviese ningún interés en
una persona, le gustaba acaparar su atención.
Mientras
se metía en la ducha, se tranquilizó pensando que su amiga de la infancia se
marcharía en unas horas y que, con un poco de suerte, no volvería a encontrarse
con Santiago. Él aún permanecería unos citas en su casa así que... tenía tiempo
de sobra.
Cuando
Jane y Victoria estuvieron arregladas, bajaron juntas al comedor. Los padres de
ambas ya se habían levantado y desayunaban charlando animadamente con Santiago
Arqués. Parecía que habían sido las últimas en despertarse aquella mañana...
—¡Buenos
días, hijas! —las saludó Mildred cariñosamente—.:Habéis dormido bien
—Maravillosamente
—contestó Victoria, sonriente—. Buenos días a todos.
—¡Buenos
días! —contestaron los demás al unísono.
—Siento
muchisimo haberme quedado dormida anoche —dijo Jane con voz suave, entornando
los párpados al encontrarse con la mirada de Santiago. que había girado la
cabeza para saludarlas—, pero estaba tan cansada...
—No
tiene importancia —contestó Santiago con seguridad—. La culpa fue mía, que soy
un charlatán incansable. Espero no haberos aburrido mucho.
—En
absoluto —contestó Victoria, adelantándose a la respuesta de Jane—. Resultó una
charla muy instructiva.
—Lo
aceptaré como un halago —dijo Santiago con una media sonrisa—, teniendo en
cuenta que un hombre de campo consiguió mantener despierta a una escritora
consagrada.
—De
cualquier situación se pueden aprender cosas nuevas... Incluso de las que nos
parecen más incongruentes —respondió Victoria sin pestañear, encajando el
ataque de su interlocutor.
—¿Qué
os parece si os sentáis a desayunar? —intervino Ann, que conocía bien las
respuestas hirientes de su hija y quería evitar una situación violenta—. Vais a
tomarlo todo frío.
—Tienes
razón, Ann —dijo Jane sonriendo, agradecida por la oportunidad que se le
brindaba de intervenir.
Victoria
siguió a Jane hasta el aparador donde estaban las bandejas, sirviéndose en un
plato algo de huevos revueltos y bacon y en otro algo de fruta, uric itras
entre todos intercambiaban comentarios intrascendentes sobre la cena del día
anterior.
Después,
las dos se sentaron a la mesa, donde Mildred ya tenía preparados dos vasos de
zumo de naranja para ellas. Jane se apresuró a elegir el sitio que quedaba
libre frente a Santiago, mientras que Victoria se quedó junto a su padre y
John.
—Estáis
las dos preciosas —comentó galante Paul Rendle, mirando a su hija.
—¿Verdad
que son unos conjuntos divinos% —preguntó dicharachera Jane—. Los compré en ni¡
último viaje a Nueva York —recalcó las palabras —con malicia—. No hay nada como
la Quinta Avenida para ir de compras...
—Jane
ha tenido la gentileza de prestarme algunos trapitos para poder pasar el día
—la interrumpió Victoria, aclarándole a los demás la razón de que Jane hablase
en plural—. No le pareció muy adecuado in¡ traje de raso para la mañana.
—Encantada
de hacerlo, Victoria —continuó diciendo Jane—. No hay nada más incómodo que
ponerte la misma ropa dos días seguidos.
Victoria
dejó que Jane siguiese hablando sobre la Quinta Avenida y se refugió en su
desayuno. No podía soportar la manera descarada en la que la muchacha
coqueteaba con Santiago.
Había
llegado a pensar que por la mañana lo vería todo de un modo diferente, que
aquel hombre la afectaría mucho menos de día, que las extrañas sensaciones que
había experimentado se debían únicamente al hechizo de la noche... pero en ese
momento se daba cuenta de que no era así. Cuando entró en el comedor y Santiago
giró la cabeza para saludarlas, le pareció que su magnetismo se había
incrementado en unas horas. Llevaba un tino jersey de cuello alto de color
verde oliva y, por lo que había podido intuir al verle sentado, unos pantalones
tejanos del mismo color con unas botas de cuero marrón. Aquel color hacía su
tez más aceitunada y sus ojos más profundos. La luz del sol que entraba por los
ventanales hacía su mirada más brillante... Fue entonces cuando Victoria se dio
cuenta de que aquella irracional atracción no iba a desaparecer próximamente,
al igual que la rabia que sentía cuando era a Jane a la que miraba. Sentía
celos de la manera en que le sonreía, mientras que a ella le dirigía miradas
desafiantes... Debía reconocer que ella misma se lo buscaba, era a ella a la
que le gustaba ese juego y él lo seguía con la ventaja de conocer de antemano
sus opiniones sobre ciertos temas. Era precisamente esa capacidad de Santiago
para contestarle con el mismo sarcasmo depurado que utilizaba ella lo que más
le irritaba y le gustaba de él.
Cuando
ya había terminado su zumo y Mildred le servía un café con leche, se repitió
así misma que todo aquello estaba a punto de terminar. En unas horas estaría de
nuevo en la estancia de su familia, se olvidaría de todo y volvería a sentirse
tranquila. Probablemente, no volvería a ver a Santiago Arqués y, con un poco de
suerte, no se encontraría con Jane durante muchos meses. Lo único que temía era
que no le resultara tan fácil como creía olvidarse de aquel hombre. Nunca se
había sentido así con nadie y no soportaba la idea de que eso la pudiese
descentrar.
Se
tranquilizó recordando la gran autodisciplina de la que era capaz: si quería
olvidarlo lo olvidaría, no debía hacer nada más que proponérselo...
Después
de tomar varias tazas de café, mientras hablaban de las estancias y de sus
rendimientos de los últimos años, Victoria decidió que había llegado el momento
de marcharse. Podía ver en la mirada de Jane que estaba deseando perderla de
vista tanto como ella, así que era una tontería alargar más esa situación.
—Papá
—dijo Victoria, llamando la atención de Paul—. Creo que debemos marcharnos —y,
bromeando—No creo que a Mildred le apetezca darnos también el almuerzo.
—Por
mí, encantada —rió Mildred—. Me encanta teneros aquí. Hacia mucho tiempo que tu
madre y ya no teníamos tiempo de charlar.
—Es
verdad, Míldred —sonrió Arin—, pero Victoria tiene razón. Ya hemos abusado
bastante de vuestra hospitalidad.
—¡Tonterias!—objetó
John—. De todos modos sé que tenéis cosas que hacer allí, así que os dejaremos
marchar... Pero antes de que te vayas —dijo mirando a Victoria—, Santiago tiene
algo que proponeros a Jane y a ti.
—¡Es
verdad! —exclamó Paul—. Lo había olvidado. A nosotros nos ha parecido una buena
idea. Además, como ha tenido la amabilidad de consultarlo antes con nosotros,
no pode mas poner la más mínima objeción de padres preocupados —rió mirando a
Santiago, animándole a que comenzara a hablar.
Las
expresiones de Victoria y de Jane se tornaron sorprendidas y, después de un
intercambio de interrogantes miradas, esperaron a que Santiago se decidiese a
hablar.
—Se
trata de lo siguiente —dijo mirando a ambas alternativamente—: tengo previsto
realizar un viaje de algunos días por la región. Me gustaría visitar los
glaciares y los cerros... En fin, conocer los sitios que tan maravillosamente
describe Ann en su libro —sonrió. mirando a la señora Rendle—. He pensado que
tal vez os apetezca acompañarme a las dos ya que estáis de vacaciones. Vosotras
aprovecharíais para pasar unos días untas y hacer una bonita excursión y yo no
podría desear unas mejores guías... No quiero que os sintáis comprometidas.
Para mí seria un placer que fuésemos juntos, pero comprendo que tal vez no os
apetezca.
Jane
se quedó de una pieza. ¿Es que nunca iba a poder deshacerse de Victoria? Ella
habla pensado en la posibilidad de pasar unos días con él pero, desde luego.
sin la incómoda com—pañía de su querida amiga. Sin embargo, no le quedaba más
remedio que aceptar. Si no lo hacía y Victoria y él se marchaban solos habría
perdido cualquier oportunidad con Santiago, así que lo mejor sería permanecer a
su lado.
—Yo
estaré encantada de acompañarte —se apresuró a contestar Jane con una amplia
sonrisa—. Hace años que no voy tan al Sur y puede ser divertido. ¿Tú que dices,
Victoria? —le preguntó, cruzando los dedos bajo la mesa para que su respuesta
fuese negativa.
Victoria
estaba paralizada, no sabía qué decir. Cuando había comenzado a convencerse de
que no volvería a ver más a Santiago Arqués, se le presentaba en bandeja la
oportunidad de pasar con él varios días, de conocerle mejor, aunque en compañía
de Jane.
Por
una parte deseaba aceptar el desafío que le estaba planteando y por otra sabía
que lo lógico era que corriese a su casa y se encerrarse allí para evitar el
peligro. Su cabeza le decía que debía contestar negativamente si quería dominar
esa si tuación desde un principio, pero su corazón deseaba continuar la
aventura..,
—Me
encantaría —contestó mirando a Jane, reponiéndose con rapidez de su sorpresa
inicial—, pero no estoy segura de poder ir.
—Por
qué —preguntaron a la vez su padre y Santiago.
—Porque
he de llamar a mi editora —improvisó Victoria, intentando hablar con
naturalidad—. El otro día me comentó, cuando hablé con ella por teléfono —miró
a su padre— que tal vez tendría que volver con antelación a Buenos Aires.
—¿Sí?
—preguntó extrañado Paul Rendle.
—Sí,
querido. ¿No lo recuerdas —intervino rápidamente Ann en auxilio de su hija,
fingiendo hablarle con gesto paciente a su esposo—. Como están preparando la
segunda edición...
—¡Es
verdad! —exclamó Paul, haciéndose el despistado—. Tengo una memoria horrible.
—¿Cuándo
lo sabrás? —se interesó Santiago, mirando fijamente a Victoria.
—Supongo
que esta misma noche —contestó Victoria, sin saber bien qué decir e incómoda al
advertir que Santiago se dirigía a ella con familiaridad, tuteándola.
—¡Estupendo!
—contestó él—. Tengo previsto salir mañana por la mañana. Llámanos en cuanto lo
sepas con certeza y, si te es posible venir, te pasaremos a buscar. Está de
camino, ¿no?
—Así
es —respondió John por Victoria—. La estancia de los Rendle está a algo más de
dos horas de camino hacia el Stir. así que no te desviarías en absoluto.
—Espero
que hagas todo lo posible por venir —dijo Santiago, buscando los ojos de
Victoria—. Me gustaría contar con tu compañía.
—Sí,
Victoria. Sería estupendo —mintió Jane, intentando mostrar una gran sonrisa—.
Pasaríamos varios días juntas.
Jane
había lanzado al aire esa última frase casi como una amenaza y Victoria lo
sabía. El tener que convivir varios días con Jane podía convertirse en un
verdadero tormento, aunque tal vez no tan duro como el de saber que la había
dejado sola
con
Santiago mientras ella no hacía más que dar paseos con su yegua. De momento y,
gracias a la ayuda de su madre, había logrado dilatar unas horas :su respuesta.
Tendría tiempo suficiente para sopesar fríamerRte los pros y los contras de
continuar arriesgándose a tener a su lado a un hombre como Santiago Arqués...
Capítulo
5
Los
tres miembros de la familia Brídges, así corno su invitado, insistieron en
acompañar a los Rendie hasta su auto todo terreno. Desde que Santiago habló del
viaje que tenía previsto hasta que llegaron al automóvil, más de una hora
después, no hubo entre ellos otra conversación. Tanto Paul como Ann le
explicaron detenidamente la belleza de los parajes que tenía previsto recorrer
así como las visitas que no podía dejar de hacer. Santiago se mostraba
encantado con todos los detalles que le facilitaban y hacía preguntas al
respecto, con lo que dejaba patente su interés. Victoria observaba la
situación, percatándose de la habilidad de Santiago para conseguir aquello que
pretendía. Sabía perfectamente que si tenía a Paul y a Ann de su parte éstos
intentarían convencerla de que fuese al viaje. Sin embargo, lo hacía de una
manera tan sutil y encantadora que no se podía sentir ni molesta ni halagada,
va que no parecía que ése fuese su objetivo final. Citando Paul estuvo sentado
al volante y su mujer y sre hija dentro de] auto, Santiago se acercó a la
ventanilla de su portezuela.
—Me
gustaría que pudiese venir con nosotros, Victoria —dijo suavemente—, Todavía
nos queda mucho de lo que charlar para conocernos mejor...
—Agradezco
que muestre tener interés por conocerme mejor —contestó Victoria, conteniendo
la respiración para que no le temblase la voz. Él volvía a poner distancia
entre ellos y Victoria se sintió secretamente encantada—. De todos modos noise
preocupe, estoy segura de que en caso de que yo no pueda , Jane se encargará de
hacerle el viaje muy agradable.
—Eso
nunca lo he dudado.
Santiago
respondió esbozando su media sonrisa característica, con la que le demostraba a
Victoria que captaba perfectamente el sentido de sus insinuaciones. Entonces
vio una sombra en la carrocería del auto, y presintió que se trataba de Jane,
que se acercaba sigilosamente por detrás. Él alargó su brazo y la atrajo hacia
sí hasta situarla junto a la ventanilla de Victoria.
—Es
imposible que con una mujer como ésta —continuó diciendo Santiago, mirando a
Jane—, un viaje resulte aburrido... Pero aún así, sería agradable que nos
acompañases.
—Os
llamaré esta misma noche —dijo Victoria apresuradamente, conteniendo a duras
penas su indignación—. Espero que paséis un buen día.
—¡Graciasl
—dijo Jane, emitiendo una aguda risita y diciéndole adiós con la mano—. ¡Vamos
Santiago! Todavía tenemos tiempo para dar un paseo a caballo.
Cuando
Paul arrancó el auto y comenzó a maniobrar para dar la vuelta, Jane tiraba de
la manga del jersey de Santiago para llevarle hacia la casa mientras él
permanecía firme, mirando a Victoria fijamente y haciendo un breve gesto con la
mano. Paul hizo sonar el claxon dos veces, se despidió del matrimonio amigo y
emprendió el camino de regreso a su estancia.
Durante
la primera hora de trayecto, los padres de Victoria no le hicieron el menor
comentario sobre su actitud de esa mañana. Se limitaron a charlar entre si
sobre los amigos con los que se habían encontrado la noche anterior, las
novedades que había introducido John en la estancia y lo exquisito de las
atenciones de Mildred. Victoria se sentía aliviada por aquella situación. No
tenía ganas de hablar de nada, sólo quería cerrar los ojos y pensar, intentar
rebuscar dentro de sí misma para encontrar una solución al dilema que se le
presentaba. Sin em—bargo, corno era lógico, el nombre de Santiago Arqués
terminó por salir a relucir. Tanto a Ann como a Paul les había parecido un
hombre encantador y educado, digno de la mayor admiración. Bien era cierto que
no provenía de una buena familia y que probablemente había tenido que hacer de
todo para llegar hasta donde estaba, pero evidentemente se había preo—cupado de
pulirse y de mejorar y poseía una sensibilidad que parecía innata.
—¿Qué
te ha parecido Santiago Arqués. Victoria? —preguntó finalmente Ann, girándose
en su asiento para mirarla. —Es agradable —contestó Victoria escuetamente.
—¿Sólo
es agradable un hombre con el que estuviste charlando hasta las cuatro de la
madrugada? —intervino Paul. mirándola con expresión incrédula a través del
espejo retrovisor—. Ja, ja, «agradable».
—Pues
sí, papá —dijo Victoria, un tanto airada—. Sólo «agradable»... Nada rnás.
—Lo
que tú digas, hija —aceptó Paul, sin cambiar la expresión de su rostro .y
luego, sonriendo—: Recuerda que estás hablando con tus padres, te conocemos
bien...
—¿Qué
quieres decir con eso? —preguntó Victoria, bajando la mirada.
—Que
piensas que Santiago es algo más que agradable —contestó Paul, mirando un
instante a su mujer. que asistía divertida al resultado de su pregunta
inicial—. Lo que ocurre es que te molesta adrr ítirlo.
—:Por
qué iba a molestarme?
—Tu
padre tiene razón, Victoria —ahora fue Ann quien tomó la palabra—. Los dos
pensamos que no quieres admitir tu error. Toda esta historia parece una de esas
fábulas con moraleja... Tú escribes un libro sobre un hombre cuya vida podemos
considerar paralela a la de Santiago, ironizas sobre las personas que se hacen
a sí mismas, sobre aquellos que provienen de familias humildes... Crees que
nadie que no sea como nosotros puede ser sensible e inteligente y lo que es
peor, lo aseguras en todos los medios de comunicación...
—Y
de pronto —continuó la frase Paul—, irrumpe un buen día. en tu vida alguien que
es la palpable demostración de que tu teoría es falsa...
—En
todo caso —intervino Victoria, molesta porque sus padres adivinasen parte de
sus pensamientos—, podría tratarse únicamente de la excepción que confirma la
regla. Nada más.
—¿Admites
entonces que Santiago es diferente? —preguntó Ann, sorprendida.
—¡Ni
mucho menos' —respondió Victoria de inmediato, con una sonrisa de
superioridad—. Sólo digo que es agradable, pero yo nunca he dudado que un
campesino pueda serlo. Eso no quiere decir que considere dignas de admiración
sus costumbres. Sin embargo, es cierta, he de admitir que él parece distinto,
aunque sólo en unas horas es dificil saberlo. Un tipo listo como él siempre
aprende una serie de poses que le sacan de apuros. Pero sólo el tiempo
demuestra quién es realmente...
—Entonces
—dijo Paul, mirándola de nuevo a través del retrovisor—. ¿Por qué no quieres ir
al viaje?
—Yo
no he dicho —comenzó a excusarse Victoria, intentando parecer segura— que...
—¡Vamos,
hija! No soy tonto —rió Paul, mientras intentaba esquivar un bache de la
carretera—. Sé que lo de llamar a María no es más que una excusa que, gracias a
tu madre, sonó algo más creíble.
—Es
verdad —admitió Victoria—. Gracias, mamá.
Aun
miraba a su hija y permanecía atenta a sus reacciones a las preguntas de su
padre. Desde la cena del día anterior, tanto Paul como ella se dieron cuenta de
que, pese a que Victoria era una actriz perfecta para ocultar su verdadero
estado de ánimo, se sintió incómoda en determinados momentos, sobre todo al
darse cuenta de que Santiago Arqués no coincidía con el estereotipo que ella
misma había fabricado, Intentó ponerle a prueba, desafiándole con sus frases
mordaces y su agudo sentido del humor, pero él siempre le supo contestar
manteniéndose a su altura y ambos sabían que eso era algo que Victoria
admiraba. Lo que más les había llamado la atención fue el modo en que Victoria
levó uno de los capítulos de su libro. Lo hizo con más intensidad y fuerza, con
más sentimiento que nunca. Ambos pensaron que tal vez se tratase de un modo
sutil de disculparse con aquel hombre del que indirectamente se habla burlado.
—¿Por
qué no quieres ir, hija —preguntó Ann, cariñosa, al ver que su hija se quedaba
en silencio—. Podría ser un viaje agradable. Además esa zona siempre te ha
gustado.
—Mamá,
Jane es insoportable.
—Te
planteo un desafío —dijo Paul con voz firme—. Dices que no estás segura de que
realmente Santiago Arqués sea diferente, que le conoces poco... Si realmente
quieres demostrarte a ti misma tu teoría, si quieres empezar a hablar con
conocimiento de causa, ¿no crees que lo correcto sería llegar hasta él final?
Me gustaría que fueses a ese viaje y que, a la vuelta, nos comentases a tu
madre y a mí tus conclusiones, He de admitir que Jane será una pequeña
molestia, pero eso hace aún más interesante el asunto.
—;Sólo
una pequeña molestia? —contestó Victoria, sin poder evitar una sonrisa—. ¡Es
insoportable!
—¡Qué
exagerada eresl —exclamó Ann, riendo también—.
Bueno,
¿aceptas o no?
—Tendré
que pensármelo.
—No
me imagino a mi hija soslayando un desafío —habló Paul sin dirigirse a ella,
sabiendo el efecto que te iban a causar sus palabras—, pero a —veces la gente
nos sorprende...
Victoria
se sentía como una fiera enjaulada dentro de su habitación. Después de llegar a
la estancia habían tomado un ligero almuerzo e inmediatamente después se
encerró en su cuarto. Ni siquiera había bajado a tomar el té. Tenía un nudo en
la boca del estómago que casi le impedía respirar... Sólo le quedaban un par de
horas para dar su respuesta y aún no había tomado una decisión. Había levantado
el auricular del te—léfono en innumerables ocasiones y, cuando estaba a punto
de marcar, pensaba que lo más correcto era lo contrario a lo que había
decidido.
Encendió
la radio que tenía sobre la mesilla y se tumbó sobre el floreado edredón de su
cama. Aquella habitación le traía infinidad de recuerdos de su niñez. Estaba
decorada en tonos pastel, tomando como base el color marfil en el que estaban
tapizadas las paredes. En la parte superior de éstas, unos cuantos centímetros
más abajo del techo, se dibujaba una primorosa cenefa de flores rosas y azules
a la que, irregularmente, se acercaba una mariposa de vivos colores. La cama
era alta y estaba cubierta con un dosel cuya suave tela se ataba con dos
grandes lazos a ambos lados del colchón. Los muebles de la habitación eran de
recia madera inglesa, de un tono rojizo que constituía, junto a las mariposas,
el único toque de color del ambiente. Aunque los gustos en decoración de
Victoria habían variado desde que diseñó junto a su madre aquella habitación,
nunca había querido cambiarla... Allí estaba guardada una etapa importante de
su vida y quería que permaneciese así.
Tumbada
sobre la cama no hacía más que dar vueltas y repetirse una y otra vez la misma
pregunta. ¿qué debía hacer? Su intuición le decía que era peligroso para su
estabilidad natural, para su seguridad y sus principios estar mucho tiempo
junto a ese hombre. Indudablemente era peligroso que se sintiese tan atraída
por él... Se decía a si misma que no merecía la pena perder el tiempo en
conocerle, al fin y al cabo siempre había estado segura de que un hombre como
él no tenía nada que ofrecerle a una mujer como ella... ¡Era absurdo'. Aunque
llevase un traje elegante v supiese citar algunos poemas no deaba de ser un
hombre vulgar hasta la médula, su cuna así lo demostraba. Lo único que la
atraía de Santiago era esa especie de magnetismo animal que poseía y que era
precisamente propio de hombres primarios y eso... No era digno de una mujer
como ella.
Cuando
casi había logrado convencerse de esa supuesta verdad, volvían a su memoria las
palabras de su padre. Tenía que reconocer que tenía razón. Si tan segura estaba
de sí misma y de sus conclusiones, ¿qué importancia podía tener hacer uta viaje
con él? Ella se rcafirrnaria en sus convicciones y él se daría cuenta de la
diferencia existente entre ambos... Sin duda eso era lo mejor para ella.
Levantó
de nuevo el auricular del teléfono y, cuando estaba a punto de marcar, la voz
de su madre, desde otro de los teléfonos de la casa, le pidió que la dejase
llamar primero a ella. Victoria colgó con rabia y de nuevo reaparecieron sus
dudas... ¿Y si ese magnetismo animal se convertía en algo superior a ella?
¿Sería capaz de soportar sin inmutarse las miradas de San—tiago, su voz
susurrante y masculina, la manera que tenía de pronunciar su nombre...: ¡Claro
que sería capaz! Estaba segura de estar muy por encima de esas cosas. Sin
embargo. su seguridad disminuía cuando pensaba en la rabia irracional que le
causaba ver a Jane coqueteando con él.
Cuando
su madre la avisó de que ya podía disponer del teléfono, el corazón comenzó a
latirle a toda velocidad. Levantó el auricular y marcó el número sin pensarlo.
Cuando la voz de Jane sonó al otro lado del teléfono creyó que no iba a poder
hablar. ¡Se alegraba tanto de que no pudiesen verla¡ Sentía que las mejillas le
ardían y que el pulso le temblaba. Las ideas en su cerebro parecían agitarse al
mismo ritmo que los latidos de su corazón.
—¡Hola,
Jane! —la saludó, sin que su voz dejase traslucir su estado de ansiedad—. Soy
Victoria.
—Victoria,
querida —sonó falsa la voz de Jane—. Precisamente estábamos hablando de ti en
este momento.
—Espero
que diciendo cosas buenas —acertó a decir Victoria, intentando dibujar una
sonrisa en sus labios.
—Por
supuesto, querida —contestó Jane después de emitir una de sus risitas—.
Terminamos de tomar el té hace un buen rato y nos hemos quedado charlando los
cuatro —Jane remarcó la última palabra, como si con ello le quisiese decir que
Santiago estaba junto a ella—. Precisamente le estaba comentando a Santiago lo
mucho que me apetece que te unas a nuestro viaje. ¿Has logrado hablar con
Buenos Aires?
—Sí
—contestó Victoria escuetamente.
—Bien
—titubeó Jane—. Espero que tengas buenas noticias.
Victoria
se dio cuenta entonces de que había llegado el momento de dar una respuesta, de
decidirse. El sí y el no bailan en su mente como los símbolos de una máquina
tragaperras. 1 Ni siquiera ella misma sabía qué palabra pronunciaría antes. Se
sentía como si estuviese en un restaurante con una carta interminable y un
camarero impaciente. Sabía que debía contestar con rapidez, que no podía darle
a Jane el gusto de saberla dubitativa...
—Por
suerte puedo acompañaron —Victoria se sorprendió a sí misma pronunciando esas
palabras—. Finalmente se han retrasado los temas que tenía pendientes. En la
editorial sabían que necesitaba unas vacaciones.
—¡Estupendo!
—contestó Jane sin mucho entusiasmo—. A Santiago le alegrará la noticia..
De
pronto Jane parecía atender a una voz que reclamaba su atención a sus espaldas.
Jane tapó el micrófono del teléfono para destaparlo inmediatamente.
—¡Victoria!
—dijo Jane para comprobar que seguía al teléfono.
—¿Sí?
—preguntó ella, suponiendo que había surgido algún inconveniente.
—Te
paso a Santiago —dijo con voz seca—. Quiere hablar contigo.
La
poca calma que Victoria había recuperado después de dar su respuesta se
desvaneció al saber que Santiago se iba a poner al teléfono. No quería que
pensase que estaba deseando acompañarle en aquel estúpido viaje, ni mucho menos
que sentía la menor atracción por él. Sin embargo, la sangre volvía a
desbocarse por sus venas y su respiración se agitaba...
—¿Victoria?
—sonó la voz masculina de Santiago al otro lado de la línea.
—¡Santiago?
—exclamó Victoria, intentando aparentar normalidad—. Ya te habrá dicho Jane que
finalmente puedo acompañaros.
—Sí,
me lo ha dicho y me alegro muchísimo —afirmó él con voz tranquila—. Lo
pasaremos muy bien.
—Eso
espero —contestó Victoria—. Hace años recorrí con mis padres esa zona, así que
creo conocerla bien, espero ser una buena guía.
—Tal
vez descubras algo nuevo en este viaje —insinuó Santiago sin cambiar su tono de
voz.
—Lo
dudo, aunque todo es posible —se apresuró a decir Victoria.
—Ten
en cuenita que un hombre de campo ve las cosas de otra manera y eso....
—Un
glaciar es un glaciar —le cortó Victoria—, lo mire quien lo mire.
—Ya
lo veremos, Victoria —rió Santiago y luego, cambiando de tenia—: Jane y yo
hemos pensado que no es necesario que madruguemos mucho, no tenemos prisa. Te
pasaremos a buscar a las diez y india más o menos. ¿Te parece bien?
—Me
parece estupendo —contestó con sequedad—. Entonces, hasta mañana.
—Hasta
mañana, Victoria.
Victoria
colgó el teléfono de golpe. No quería volver a oírle pronunciar su nombre de
aquel ¡nodo. Lo que era evidente es que él parecía estar resuelto a
demostrarle, cada vez que tuviese una oportunidad, que era consciente de que
para ella no era más que un hombre de campo, un gaucho con suerte. Incluso
parecía hacerle gracia... Eso excitaba la curiosidad de Victoria y a la vez
llegaba a molestarla, aunque tenía que reconocer que él no hacía más que
pagarle con su propia moneda: la ironía y la altivez. El día anterior no le
había hecho el más mínimo comentario sobre las opiniones que ella había
expresado en las entrevistas sobre el protagonista de su libro y estaba segura
de que las conocía perfectamente. Así lo demostraban sus continuas y sutiles
indirectas. Entre ambos se había entablado una guerra fría y lo que estaba
claro era que en aquel viaje se proclamaría un vencedor.
Jane
estaba en su habitación preparando el equipaje con sumadre. Santiago le había
advertido que no llevase mas de una maleta,que lo que tenía previsto era
realizar excursiones a pie y disfrutar de la naturaleza y de los lugares
sencillos que encontrasen por el camino y para eso no era necesario un amplio
vestuario. Con el armario abierto, la dulce Jane iba tirando despectivamente
diversas piezas sobre la cama, demostrando así su mal humor.
—¿Qué
te ocurre, hija? ¿No te apetece irte de viaje? —preguntó Mildred mientras
doblaba la ropa que su hija tiraba.
—Con
Victoria, no —contestó Jane rotunda, sin mirarla—. No la soporto ni ella a mí,
así que esto es absurdo.
—Todavía
estás a tiempo de no ir —respondió Mildred pacientemente—. Si quieres le diré a
Santiago que te sientes indispuesta.
—¿Estás
loca? —exclamó Jane, dejándose caer sobre la cama—. ¿Y dejarle solo con
Victoria? ¡Ni hablar!
Mildred
no pudo evitar reírse al escuchar el comentario de su hija. Aunque ya lo
suponía, eso confirmaba el interés de Jane por Santiago y debía admitir que no
le extrañaba en absoluto.
—¿De
nuevo las viejas rencillas? —preguntó con suavidad, acariciándole un mechón de
cabello—. Ya sois mayorcitas para esto, ¿no te parece?
—Mamá,
tú la has visto... Con sus aires de intelectual, pavoneándose delante de mí...
—Es
una chica muy inteligente y eso no tiene nada de malo —le dijo Mildred
conciliadora—. Y si es Santiago quien te preocupa, olvídalo.
—¿Por
qué? —preguntó Jane sorprendida, incorporándose de inmediato.
—Victoria
es muy bonita, pero no tanto como tú, hija —y, acercándose a ella como si fuese
a decirle un secreto—: A los hombres no suelen gustarles las mujeres que
intentan quedar por encima de ellos... Les gusta que les admires. que les des
la razón. No quieren sentirse acosados por un continuo desafío intelectual..
—¿Tú
crees? —preguntó Jane tímidamente.
—Estoy
segura —sonrió Mildred—. El único caso diferente que conozco es el de Paul y
Ann. Él siempre ha preferido que su mujer se mantenga activa y le obligue a
pensar.
—¡Debe
de ser cosa de familia! —rió Jane—. Tienes razón.
Yo
siempre conseguía quitarle a Victoria los chicos que le gustaban.
—¿Lo
ves?
Mildred
continuó doblando la ropa, contenta al comprobar que había logrado cambiar el
humor de su hija. La verdad era que no estaba muy segura de que a Santiago le
gustase su hija, ni tampoco de que pudiese gustarle Victoria. Era un hombre
bastante enigmático. De lo único que estaba segura era de que no le importaría
en absoluto tenerle por yerno.
—La
verdad —dijo Jane, sentándose de nuevo sobre la cama—, es que por lo único que
me apetece este viaje es porque va Santiago. No me hace ninguna gracia tener
que ir de caminata, meterme en cualquier sitio del camino...
—Sí
—estuvo de acuerdo Mildred—. La verdad es que nunca has sido muy deportista.
Debes tener mucho cuidado. Tú no estás muy acostumbrada a estas cosas y no
quisiera que te hicieses daño.
—Eso
espero —llevantó las cejas Jane—. ¡Sería una alegría para Victoria!
—¡Qué
tontería! —protestó la madre—. De todos modos me quedo tranquila. Estoy segura
de que si algo te ocurriese Santiago se ocuparía de ti.
En
los labios de ,Jane se dibujó una pérfida sonrisa.
—Sí,
es verdad —dijo tumbándose y acariciándose el pelo—. Él se ocuparía de mí...
Ann
no molestó a Victoria durante toda la tarde. Suponía que deseaba estar sola.
Sabía que había llamado por teléfono y se imaginaba que había sido a la
estancia de los Bridges... Ni siquiera se atrevió a preguntarle qué había
decidido hacer. Victoria se debía estar debatiendo en un mar de dudas aunque no
lo quisiese admitir. De todos modos, y conociendo a su hija, seguramente no
podría soportar la tentación de aceptar el desafío de su padre y, mucho menos,
de demostrarle a todo el mundo, sobre todo a sí misma, que estaba en posesión
de la verdad.
Guando
la vio bajar a la hora de la cena, con la gran mochila de montañismo que
llevaba años sin utilizar cargada al sombro, Ann sonrió para sus adentros... Un
desafío era algo que Victoria no podía dejar pasar. Tal vez, por una vez, un
"hombre sería capaz de demostrarle a su hija qué era lo realmente
importante en la vida... Y si ese hombre existía, seguramente seria Santiago.
Capítulo
6
PESE
a que había dejado preparado su exiguo equipaje la noche anterior y que la
pasarían a buscar bastante tarde, Victoria se despertó por primera vez casi
antes del amanecer. Se sentía nerviosa y excitada y odiaba experimentar aquella
sensación de angustia continuada. Aunque no se lo demostrase a los demás, para
ella quedaba cada vez más claro que no estaba tan segura de sí misma como creía
y eso era algo realmente sorprendente y nuevo en Victoria Rendie. Sorprendente
y desquiciante.
Se
obligó a dormir de nuevo, consiguiéndolo durante una hora y media más, después
se desveló definitivamente. Eran sólo las siete y media de la mañana. Ni tan
siquiera su madre se ha—bría levantado... pero era del todo absurdo seguir en
la cama, ya le resultaba imposible volver a conciliar el sueño. Se levantó sin
hacer ruido y entró en el cuarto de baño de su habitación. Al menos intentaría
aprovechar el tiempo haciendo algo útil. Abrió los grifos del agua, puso el
tapón de la bañera y dejó que ésta se fuese llenando mientras se ponía una
mascarilla hidratante en la cara. ¡No le vendria mal un tratamiento a su piel
antes de iniciar la excursión)
Victoria
se untaba la crema en el rostro mirándose sin verse en el espejo que había
sobre el lavabo... Sólo podía pensar en lo que le depararía aquel viaje, cómo
sería capaz de soportar a Jane durante varios días y cómo se sentiría viendo a
Santiago a todas horas. Después de extender la mascarilla y lavarse las manos,
consultó distraídamente el reloj de pulsera que había dejado sobre la repisa la
noche anterior—.. ¡Las ocho menos cuartel Se llamó tonta a sí misma pensando
que Jane y Santiago se estarían levantando entonces, teniendo por delante más
de dos horas de camino y sin embargo ella... Dejó de nuevo el reloj en su sitio
y, al levantar la vista, se encontró con su imagen en el espejo. No pudo evitar
reírse a carcajadas. ¡Parecía un marciano con aquella pasta verde sobre el
rostro! Intentó imaginarse lo que diría cualquiera que la conociese siempre
impecablemente vestida y maquillada, si la vieran con aquel aspecto.
Inmediatamente le vino a la cabeza Santiago. Casi podía ver su cara de
sorpresa, incluso pensó en guardar la mascarilla entre su equipaje y ponérsela
la primera noche que pasaran fuera... ¡Seguro que Jane se pondría muy contenta,
él nunca podría verla ya de otro modo, era imposible! Victoria no podía evitar
reírse cada vez más, repitiéndose en voz alta que el estado de nervios de los
dos últimos días debía estar afectándola. No era normal que se riese por esa
tontería, pero no podía evitarlo.
Intentando
calmarse, cerro los grifos del agua y se metió en la bañera repleta de espuma.
Tenía tiempo de sobra para darse un baño e iniciar su aventura con los músculos
relajados lo que. en su estado, va era más que suficiente. Al cabo de unos
minutos sonaron en la puerta del bario unos suaves golpes.
—Victoria,
¿estás ahí? —preguntó en voz baja la voz de Ann.
—Sí,
mamá, pasa —contestó Victoria sintiendo que la risa acudía de nuevo a ella.
Ann
entró y cerró la puerta. Llevaba una bata larga de terciopelo granate y unas
zapatillas del mismo color. Aún tenía cara de sueño, pero cuando se sentó en la
banqueta que estaba junto a la bañera y vio a su hija intentando contener la
risa, ella comenzó a reírse también.
—He
oído ruidos y he venido a ver si te pasaba algo —dijo Ann, sonriente—. ¿Se
puede saber qué te hace reír así.
—No
lo sé, mamá —respondió Victoria entre carcajadas—. Me he visto tan ridícula con
esta mascarilla que... con ternura—. Deberías hacerlo más a menudo. Tienes la
risa más contagiosa que he oído nunca.
—Mamá
—objetó Victoria, intentando contenerse—. Sabes tan bien como yo que no es
correcto reír de esta forma, pero hay veces que no puedo evitarlo...
Victoria
rompió a reír de nuevo, chapoteando con los brazos y las piernas en el agua,
secundada por su madre que sentía cómo le caían las lágrimas de los ojos.
Cuando reía, los ojos verdes de Victoria se iluminaban de una manera especial,
su rostro perdía esa rigidez que tenía la mayoría de las veces y se
transformaba haciéndola parecer más niña.
—Sí
es verdad que la risa da vida —dijo Ann consiguiendo dominarse—, esta mañana
hemos ganado unos cuantos años
—Más
vale que lo aprovechemos, porque esto no me ocurre muy a menudo...
De
nuevo se volvieron a oír golpes en la puerta, pero esta vez fue la voz de Pa ul
la que mencionó los nombres de su hija y —de su mujer.
—Sí
papá. Estarnos las dos aquí —contestó Victoria entre risas.
—¿Estás
bien? —.preguntó Paul, extrañado.
—Sí
papá, no te preocupes. Estoy perfectamente...
Cuando
a las once menos cuarto de la mañana sonó el timbre de la puerta principal de
la casa de los Rendle, Victoria estaba mucho más tranquila. Estuvo riendo y
bromeando con su madre hasta que el agua del baño se quedó fría y eso la habla
puesto de buen humor. Desayunaron con Paul y aún estaban de charla cuando Jane
y Santiago entraron en el comedor precedidos por el ama de llaves. Después de
las oportunas recomendaciones de última hora de Paul y Ann, los tres jóvenes
subieron al auto todo terreno que les había facilitado John Bridges y se
pusieron en camino. Evidentemente, Jane se había apoderado del asiento
delantero, relegando a Victoria a sentarse junto a parte de su equipaje.
—¿Se
puede saber qué llevas en todas estas bolsas? —preguntó Victoria sonriente, sin
dar crédito a lo que estaba viendo.
—Cosas
que me harán falta —contestó Jane malhumorada—. Al fin y al cabo no sabernos
qué tiempo va a hacer, ni a dónde iremos.
—Vamos
de campo, Jane, no a tu querida Quinta Avenida —respondió Victoria sin dejar de
sonreír—, pero si así te sientes mejor...
—Además
—replicó Jane, intentando disculparse—, en una de las bolsas está el almuerzo
que nos ha preparado mi madre.
—¡Ah,
bueno'. —exclamó Victoria, fingiendo tranquilizarse—. Eso ya es otra cosa.
;Ahora lo entiendo!
Al
volver la vista para mirar a Jane, Victoria se encontró con la mirada sonriente
de Santiago en el espejo retrovisor. Parecía estar disfrutando con la
conversación de las dos mujeres que le acompañaban y, por el guiño que le hizo,
Victoria supuso que estaba de acuerdo con su observación.
—Parece
que estás de buen humor esta mañana —dijo Jane molesta—. ¿Es que ocurre algo
especial?
—No
—contestó escuetamente Victoria, mirando por la ventanilla—. Me he levantado
así.
—Eso
es bueno —intervino Santiago sonriendo—. Para el éxito de un viaje el buen
humor es fundamental.
Santiago
conectó la radio y durante un buen rato se hizo cl silencio en el interior del
auto. Escucharon la música alegre que emitía y cada uno se perdió en sus
propios pensamientos hasta que el mismo Santiago inició de nuevo la
conversación. Él también se sentía alegre, al igual que Victoria. Por una
parte, el día era claro y luminoso y por otra 1e divertía viajar en compañía de
dos mujeres diametralmente opuestas. Jane era el prototipo de la coquetería. Se
había vestido con tinos ceñidos pantalones de cuero marrones a .juego con un
chaleco del mismo tono, del que sobresalía un delicado jersey de punto de
algodón y seda de color beige. Calzaba unos finos botines de piel y, por
supuesto, llevaba el bolso a juego. Su maquillaje también era llamativo, en tonos
naranjas y marrones, llevaba el pelo suelto v su aspecto general no era el de
una mujer dispuesta a darse una caminata de cinco horas por un bosque.
Victoria, por el contrario, era el prototipo de la corrección. Desde luego iba
bien coinbiriada, en tonos ocres y verdes, pero su vestuario era mucho más
apropiado para la ocasión, mucho más montañero, incluyendo las gruesas botas de
suela de goma. Llevaba el cabello sujeto en una trenza y, aunque iba algo
maquillada, su aspecto era absolutamente natural, por lo que pese a llevar ropa
mucho más deportiva que la de Jane, resultaba mucho más elegante.
—Os
contaré el recorrido aproximado que he pensado que hagamos —Santiago rompió el
silencio, hablando animadamente—. Aunque ya sé que vosotras conocéis todo esto.
—Yo
no —se apresuró a contestar Jane con una sonrisa—. Mi padre intentó traerme en
varias ocasiones, pero yo nunca encontré el momento.
—Bien
—dijo Santiago con naturalidad y mirando a Victoria por el espejo retrovisor—,
entonces puedo estar seguro de que tú no podrás criticar mis planes.
Victoria
esbozó una sonrisa admitiendo con ella que captaba la indirecta de Santiago. Se
sentía bien, así que estaba dispuesta a no reiniciar por el momento sus ataques
a Santiago. Pretería esperar a escuchar sus planes para dar una opinión al
respecto.
—De
acuerdo —Santiago admitió la silenciosa respuesta de Victoria—. Ahora nos
dirigimos hacia el lago Viedma que, si no me equivoco y John no me ha engañado,
está relativamente cerca.
—No
te han engañado —dijo escuetamente Victoria.
—Nos
detendremos en un pueblecito que se llama El Chaltén —prosiguió Santiago
sonriendo—, donde ya me be permitido reservar alojamiento. Cuando lleguemos,
preguntaremos si podemos realizar alguna excursión.
—No
creo que tardemos mucho en llegar —intervino de nuevo Victoria, consultando su
reloj—. La carretera hasta allí no es excesivamente mala y ya hemos recorrido
más de la mitad del camino. No creo que nos dé tiempo a hacer una excursión
larga, pero sí a dar un paseo y planear el día de mañana.
—¡Vaya!
—exclamó Jane intentando sonreír—. Parece que llevamos una buena guía.
—En
su día acepté la invitación de mi padre y te aseguro que mereció la pena
—contestó Victoria con voz calmada—. Por cierto, Jane, en cuanto lleguemos a la
hostería lo primero que tienes que hacer es cambiarte de ropa. Aunque estemos
en verano en esta zona hace frío y la tierra está húmeda. Podrías ponerte
enferma.
—Gracias
por tu interés, pero ya lo tenía previsto —mintió Jane sonrojándose de
indignación.
—¿Qué
más has planeado, Santiago? —preguntó Victoria, gnorando la respuesta de Jane.
—La
verdad es que no mucho más —reconoció Santiago—. Me gustaría que fuésemos
decidiendo sobre la marcha.
—Y
le parece una buena idea —admitió Victoria—. Además, visitando esta región no
se pueden hacer muchos planes. Ahora hay un sol resplandeciente, y tal vez
dentro de una hora haya una ventisca.
—¡Qué
horror!——exclamó Jane en voz baja—. ¿Una ventisca? —se. giró en el asiento para
mirar a Victoria.
—En
esta época del año no es habitual, pero puede suceder —contestó Victoria,
divertida al ver la mirada atemorizada de Jane.
—Esperemos
que eso no ocurra —intentó tranquilizarla Santiago—. Además, estoy seguro de
que tendremos buena suerte.
Al
entrar en una zona en la que el firme de la carretera era muy irregular,
Santiago le pidió a Jane que desplegase el mapa de carreteras que llevaban,
para que fuese comprobando que iban por el camino correcto. Mientras oía sus
voces y el ruido del papel al extenderse, Victoria se quedó mirando en silencio
a través del cristal de la ventanilla. Siempre le había encantado aquella zona,
sus contrastes de color, la sensación de que algo nuevo acechaba al salir de
cada curva... Hacía muchos años que no pasaba por esa vieja carretera, pero le
pare—cía que todo estaba igual. No sabía por qué exactamente, pero se sentía
mucho más cómoda y tranquila. No podía negarse que, tanto al ver entrar a
Santiago en su casa, como cada vez que se cruzaban sus miradas a través del
retrovisor su pulso se aceleraba, pero la sensación de angustia había
desaparecido. A medida que transcurrían los minutos estaba más segura de que
había hecho lo correcto al aceptar la invitación de Santiago. Poco a poco iba
recuperando el control de sí misma y eso le gustaba.
—Victoria
—la llamó Jane, haciéndola volver a la realidad.
—Qué?
—preguntó Victoria, despistada.
—No
soy capaz de aclararmee con este mapa —admitió Jane entre dientes—. ¿Quieres
echarle un vistazo?
—Creo
que será mejor que ella se ponga delante, Jane —rió Santiago mientras frenaba
para detener el auto a un lado de la carretera—. Entre tú y yo vamos a
conseguir pasarnos a Chile.
—De
acuerdo —refunfuñó Jane.
Victoria
intentó borrar la sonrisa que estaba a punto de aflorar a sus labios. Por una
vez la caída de ojos de Jane y su dulce sonrisa no !e servían de nada. Estaba
segura de que hubiese preferido atravesar !a frontera antes que cederle su
asiento, pero era do suficientemente lista como para no ponerse en evidencia
delante de Santiago.
Cuando
el auto se hubo detenido, las mujeres cambiaron sus asientos y Victoria
desplegó el mapa sobre sus rodillas mientras volvían a ponerse en marcha. Al
llegar al primer cruce no tuvo ninguna duda en ciarle a Santiago las
indicaciones oportunas, lo cual molestó aún más a Jane. Sin embargo, ella no se
conformaba con un puesto en segunda fila, así que no dudó en echarse hacia
delante y poner la cabeza entre las de Santiago y Victoria, aprovechando de vez
en cuando para rozar descuidadamente el cuello de él y dejarle oler su perfume.
Incluso se convenció de que el cambio había sido positivo para ella. De todos
modos, no podía dejar de pensar que la presencia de Victoria no era más que un
molesto inconveniente y, para colmo de males, ese día precisamente había
amanecido de buen humor. ¡Parecía que lo hacia a propósito para molestarla! Era
un verdadero fastidio, así que tendría que ingeniárselas para que la molestase
lo menos posible en su plan de conquistar al hombre al que consideraba tan buen
partido. Estaba segura de que no le costaría demasiado acaparar su atención, ya
que no había olvidado las palabras de su madre acerca de lo que opinaban los
hombres sobre las mujeres excesivamente listas, pero no dejaba de ser un
escollo en su camino: un escollo excesivamente atractivo.
Después
de tres horas de camino, mientras Jane dormitaba en el asiento trasero,
llegaron al pequeño pueblo donde Santiago había reservado alejamiento. Se
trataba de una minúscula villa constituida por unas veinte casas, un par de
hoteles. algunas tiendas pequeñas y la parada de autobús. Entraron por la calle
principal a poca velocidad, fijándose en los carteles de las casas hasta
encontrar el hotel. Frente a él, Santiago detuvo el auto y, antes de bajar,
despertó a Jane llamándola con voz suave. Cuando ésta abrió los ojos, miró a su
alrededor con gesto extrañado.
—Cuánto
falta para llegar? —preguntó, aún somnolienta.
—Ya
hemos llegado, querida —contestó Victoria con una sonrisa maliciosa—. El pueblo
es pequeño, pero acogedor, te lo aseguro.
—Me
han hablado bastante bien de este hotel —dijo Santiago intentando disculparse—.
Dentro de las posibilidades de la zona es de lo mejor.
—¡Pues
cómo será lo demás! —dijo Jane en voz baja y evidentemente desencantada.
—La
regenta una familia inglesa —contestó Santiago, sonriendo al oír el comentario
de Jane—, así que os sentiréis como en casa.
Victoria
fue la primera en bajar del automóvil. Se puso la gruesa chaqueta acolchada y
esperó junto a la puerta trasera a que saliese Santiago para sacar el equipaje.
Cuando éste bajó del auto, lo primero que hizo fue abrir la portezuela del lado
de Jane que llevaba algunos minutos esperando a que terminase de doblar los
mapas para que lo hiciese. En cuanto lo tuvo frente a ella, se apoyó en su
hombro y, dando un saltito, se bajó de golpe con una gran sonrisa antes ele que
Santiago tuviese tiempo de advertirla del gran charco que había en ese lado. Al
oír el chapoteo, la sonrisa de Jane se tornó en una expresión sombría y
malhumorada, sobre todo al comprobar que sus elegantes botines habían quedado
llenos de barro.
Al
ver la escena, Victoria tuvo que esconderse detrás del auto para que Jane no
pudiese ver la sonrisa que irremediablemente se dibujaba en sus labios. No
quería ser desagradable con ella, pero tenía que reconocer que Jane le daba
oportunidades de sobra para hacerlo. Lo único preocupante de eso es que a
Santiago parecía gustarle el modo de actuar de su amiga, que aprovechaba
cualquier ocasión para estar lo más cerca posible de él. Ésa era una actitud
que no la asombraba en exceso, ya que los hombres que eran como el protagonista
de su novela, como Santiago, solían preferir mujeres tontas que les hiciesen
sentir importantes... Lo peor del asunto es que cada vez le resultaba más
doloroso pensar que él era realmente así.
Después
de ayudar a salir a Jane de su incómoda situación, intentando animarla y
quitarle importancia, Santiago se dirigió a la parte trasera del auto para
abrir la portezuela. Allí se encontró con la mirada divertida de Victoria
quien, extrañamente, aun no había hecho ningún comentario sobre el incidente.
Victoria sacó su mochila de inmediato y se la colgó al hombro sin darle
oportunidad para que la ayudara, mientras que él sacaba la suya y las
innumerables bolsas que Jane había Llevado consigo.
Al
entrar en el hotel acudieron a la memoria de Victoria los recuerdos del viaje
que había realizado con sus padres, hacía ya bastantes años. Todo parecía igual
que entonces. Un mobiliario sencillo, pero bien cuidado, decoraba las rústicas
habitaciones. Incluso sin hablar con los dueños se podía apreciar fácilmente
que estaba regida por ingleses. Cada detalle y cada tela o encaje constituía
una clara evocación del origen de sus propietarios.
Un
amable matrimonio de mediana edad les recibió v, mientras el marido subía el
equipaje a las habitaciones, la mujer les indicaba qué datos de las fichas de
registro debían rellenar. Dado que el hotel estaba al completo, Jane y Victoria
tendrian que compartir una habitación con baño, mientras que Santiago
dispondría de una para él solo, pero sin la última comodidad. Antes de que
subiesen a sus respectivas habitaciones, la señora Clearmoni les mostró el
comedor y el salón de la televisión, confirmándoles que a las cinco de la tarde
se servía el té y a las ocho la cena.
Una
vez hubieron llegado a su habitación y antes de que Victoria pudiese repetirle
nada, lo primero que hizo Jane fue cambiarse de ropa, vistiéndose con algo
menos provocativo pero bastante más práctico, sobre todo en lo que a calzado se
refería. Sin embargo. ella no se sentía cómoda con aquellas prendas que, en
principio, ni tan siquiera tenía previsto llevar. Fue únicamente por la
insistencia de su madre por lo que metió las botas impermeables dentro de una
de las bolsas.
A
los pocos minutos de subir, los tres estaban reunidos en el salón de la
televisión para decidir cuáles serían sus primeros pasos y lo primero que iban
a hacer era informarse sobre las posibilidades que les quedaban para aquel
primer día. Desde el teléfono del mostrador de recepción, el señor Clearmont
tuvo la amabilidad de llamar al guardaparques del lago Viedrna, para que les
informase sobre la climatología prevista y las condiciones del terreno,
conocimientos éstos fundamentales para emprender cualquier excursión.
—Parece
que les espera a ustedes un tiempo estupendo —sonrió amablemente el señor
Clearmont después de colgar el auricular—. Sin embargo, hoy ya es demasiado
tarde para que puedan hacer algo —consultó —el reloj que llevaba en uno de los
bolsillos del chaleco para confirmar su opinión.
—¿Qué
podríamos hacer? —preguntó Santiago, algo desilusionado
—Yo
les aconsejo lo siguiente —contestó animadamente Clearmont—: Vayan hacia la
parada del autobús, justo en la casa que hay detrás de ella vive un .rherpa
experimentado, se llama Adolfo Bustamante. Él conoce perfectamente la región,
los caminos más fáciles para las señoras... No creo que esté dispuesto a
acompañarles en su excursión, pero seguramente no tendrá inconveniente en
señalarles el trazado que deben seguir en su mapa. Además, les dará diferentes
opciones...
—Parece
una buena idea —aprobó Victoria mirando a Clearrnont satisfecha—. De ese modo
estaremos seguros de que nuestro paseo será el más lxMnito.
—También
a mi me parece una buena idea —Jane buscó los ojos de Santiago y se apoyó en su
brazo—. No rne gustaría perderme por aquí.
—¡De
acuerdo! —sonrió Santiago—. Las mujeres mandan —y dirigiéndose a Clearrnont—:
Avise a su señora de que volveremos a tiempo para la hora del té. Hoy
aprovecharemos para descansar.
El
sherpa del que les habían hablado en el hotel era un hombre menudo de unos
treinta y cinco años, de piel curtida por el sol y el aire. Pese a que no era
excesivamente alto, su cuerpo parecía estilizado y ágil, sin duda debido a su
dedicación absoluta a acompañar a los alpinistas en sus ataques a los cerros
próximos. Tal y como les había adelantado Clearrnont, el guía no podía
acompañarles en su paseo, ya que esperaba a un nuevo grupo de escaladores, pero
no tuvo inconveniente en ayudarles a decidir el recorrido que les sugería
emprender al día siguiente. Había varias opciones, pero ni Santiago ni Victoria
dudaron en elegir el circuito que les llevaría hasta la base del cerro Fitz
Rov.
Jane
palideció al comprobar que se trataba de una caminata de cinco horas... Sabía
que podía aguantarla, pero si todo el viaje iba a ser igual iba a convertirse
para ella en una verdadera tortura.
Al
comprobar el aspecto frágil de las dos mujeres que acompañaban a Santiago,
Adolfo no tuvo inconveniente en contactar por radio con cl campamento base del
cerro y pedir que les reservasen un lugar en alguno de los rústicos refugios de
montaña que allí se encontraban, algo que nunca se solía hacer.
Muy
agradecidos por su amabilidad y con el trazado de su excursión marcado en un
mapa, regresaron al hotel pocos minutos antes de las cinco de la tarde, tal y
como habían previsto. Sin duda lo mejor sería que se toniasen ese día de
descanso para poder lograr si dificultades sus objetivos al día siguiente. Su
aventura estaba a punto de empezar.
Capítulo
7
SANTIAGO,
Jane y Victoria estaban sentados e n el salón de televisión esperando a que
llegase la hora de la cena. Victoria estaba instalada en una butaca
independiente, mientras que Jane se las había ingeniado, como siempre, para
sentarse junto a Santiago en el pequeño sofá de dos plazas que estaba situado
cerca de la chimenea. Habían tornado el té que la señora Clearmont preparaba
con el más puro estilo inglés y veían distraídamente los programas que emitían
los canales locales.
De
pronto, Victoria palideció al oír que, en uno de los programas, el locutor
mencionaba su nombre haciendo alusión a que se había agotado la primera edición
y que había llegado un teletipo de la editorial en el que anunciaban que habían
recibido algunas ofertas para llevarlo al cine. La voz del locutor seguía
hablando...
—Lamentarnos
no poderles ofrecer la opinión de la señorita Rendle a este respecto ya que,
según nos han confirmado, se encuentra de vacaciones fuera de Buenos Aires. Sin
embargo, les ofrecernos la repetición de una de las últimas entrevistas que
concedió antes de marcharse...
—¡Victoria,
eres tú! —exclamó Jane riendo y acercándose aún más a Santiago.
Victoria
no contestó. Mantenía la mirada fija en la pantalla mientras sentía que el
corazón le latía cada vez a mayor velocidad. Podía sentir los ojos de Santiago
clavados en ella, como si supiese lo que iba a decir en esa entrevista y
esperase que se lo dijera a él frente a frente. Precisamente, emitieron una de
las entrevistas más agresivas que había realizado. En ella le contestaba a su
entrevistador que comprendía que al público le gustasen ese tipo de historias,
que se trataba del prototipo del «sueño americano» hecho realidad y trasladado
a otro país en el que, si cabía, era todavía más difícil verlo materializado. A
la pregunta de si podría enamorarse de un hombre corno el proragonista de su
novela, Victoria reía con superioridad, contestando que eso era del todo
imposible. Comentaba que podía admirar en cierto modo a una persona que lograba
salir de la miseria por sí misma. pero que el dinero no le cambiaría en
absoluto. Decía que había algunas cualidades que provenían de la cuna, que eran
fundamentales para ella y que no se podían adquirir con dinero... La vulgaridad
nunca termina de desaparecer.
Victoria
no sabía qué hacer. Casi no se atrevía a mirar a Santiago y no sabía por qué.
El hecho era que seguía creyendo que sus opiniones eran correctas, pero estando
al lado de ese hombre su seguridad parecía naufragar. Evidentemente, con su
desprecio hacia el protagonista de su libro le estaba despreciando a él
también... Y eso ya no le parecía tan acertado, al menos sintiéndose tan
atraída por él.
—Te
felicito por tu éxito —dijo Santiago al concluir la entrevista—. Incluso lo van
a llevar al cine...
—Eso
ya lo veremos —contestó mirándole finalmente a los ojos—. Los proyectos no son
nada hasta que no hay un contrato firmado.
—¡te
desenvuelves bien ante las cámaras! —contestó él con una media sonrisa—. No
dudes un momento antes de responder cuando te preguntar. ¿so es bueno.
—Gracias
—Victoria le devolvió la sonrisa con una inclinacicén de cabeza—. No tiene
mucho mérito. Cuando estás realmente convencida de lo que dices, las respuestas
surgen de manera natural...
Victoria
no podía permitir que él la viese dudar. Sabía que con su penetrante manera de
mirarla y sin llegar a abordar directamente el terna, pretendía que ella
buscase alguna excusa, verla flaquear, pero desde luego no iba a conseguirlo.
Se repitió de nuevo que su atracción hacia él era puramente física o al menos
algo similar, pero que nunca estarla a su nivel ni in—telectual ni social...
Sin embargo era positivamente consciente de que él no parecía un hombre vulgar.
—Es
realmente admirable —dijo Santiago con fingido gesto de aprobación—. Ya que
tengo la suerte de estar cerca de ti, te agradecería que cuando adviertas que
soy imperdonable—mente vulgar me lo hagas saber. Me gustaría corregirme...
Dentro de lo posible, claro, ya que nunca lograré alcanzar ciertos niveles.
—Estaré
encantada de hacerlo —contestó Victoria con seguridad, sintiendo cómo se le
sonrojaban de nuevo las mejillas. Pero no sé qué tal se me dará hacer de
Pigmalión.
—Estoy
seguro de que no me defraudarás —Santiago se puso en pie deshaciéndose de la
compañía de Jane y añadió—: ¡Nunca me defraudas!
Santiago
se disculpó y salió del salón con la excusa de ir a buscar algo a su
habitación. Había cambiado su tono de voz al pronunciar la última frase, como
si la conversación con Victoria le sacase de sus casillas y hubiese decidido
marcharse para no decirle lo que pensaba realmente. Victoria se quedó más
erguida que nunca en su butaca, en un intento de que su actitud exterior no
revelase sus verdaderos sentimientos. La falsa humildad de aquel hombre hacía
que su orgullo se rebelase aún más. Tal vez si le hubiese hablado directamente,
si hubiese intentado discutir con ella, habría depuesto en parte su actitud...
Pero lo que nunca iba a permitir era que un tipo como aquél le hablase con ese
tono de cnperioridad. La guerra entre ambos había vuelto a comenzar y la
tranquilidad con la que Victoria había comenzado el viaje se transformó de
súbito en un recuerdo.
Jane
se levantó de su asiento y fue a sentarse de medio lado en el brazo de la
butaca de Victoria. ¡No comprendía a esa mujer! Aunque su actitud se convertía
en una gran ventaja para ella... ¿Cómo iba a fijarse un hombre en una mujer que
le hablaba de aquel modo? Íntimamente, se sintió satisfecha: Victor;a le
allanaba el camino...
—¿De
verdad te parece vulgar Santiago? .—preguntó Jane con expresión sorprendida.
—Desde
luego —contestó escuetamente Victoria.
—A
mí me parece un hombre de verdad —respondió Jane con expresión soñadora—.
Siempre va tan bien vestido y es tan galante...
—La
ropa se compra con dinero, Jane —dijo Victoria, elevando el tono de voz.
—¿Y
qué? —se atrevió a replicar la muchacha, pese al incipiente enojo de su amiga.
—¿Es
que no entiendes nada? —la miró Victoria incrédula—. Ese hombre confesó la otra
noche cuál era su verdadera ascendencia. Hasta hace pocos años era pobre. ¿Lo
entiendes? Pobre —dijo masticando cada sílaba—. ¿Te hubieses fijado en él
entonces?
—Probablemente
no le hubiese conocido —contestó Jane despreocupada y sonriendo pícaramente—.
Aun así creo que sería el pobre más guapo que nunca hubiese conocido... Es una
suerte que ya no sea po—bre.
Jane
se puso en pie riendo. En ese momento estuvo casi segura de que Victoria no era
un peligro para ella,
—Voy
a arreglarme para la cena. ¿Me acompañas? —le preguntó Jane.
—Sí
—contestó Victoria secamente—. Yo también me cambiaré de ropa.
La
cena transcurrió con normalidad, debido en gran parte a que se sentaron a la
misma mesa con otros huéspedes. Antes de retirarse, Santiago le alquiló al
dueño del hotel los sacos de dormir y algún material extra que les hacía falta
para el día siguiente, mientras las mujeres subían a su habitación después de
despedirse.
Mas
tarde, se acordaba todavia de las continuas miradas de Santiago que la hacían
es—tremecer... Quería dormirse, pero no lo conseguía. Oía todos los movimientos
de Jane en el baño y la luz encendida la desvelaba aún más.
De
pronto, su estado de nervios se convirtió en una risa Irrefrenable cuando vio
salir a Jane del cuarto de baño. Llevaba un ligero camisón de raso color rosa y
la cara cubierta por una mascarilla verde... Aunque quería reprimir sus
carcajadas no podía conseguirlo, Victoria reía y reía ante una Jane atónita que
probablemente nunca la había visto reír de aquel modo. Victoria se disculpó
como pudo y salió de la habitación, ya que no le parecía oorrecto ofender a
Jane de aquel modo. Apoyada junto a la puerta de su habitación, en el pasillo,
Victoria intentaba dominar su ataque de risa sin ningún éxito, tapándose la
cara con la.s manos, hasta que oyó la voz de Santiago a su lado.
—¿Te
ocurre algo? —le preguntó preocupado al no poderle ver el rostro.
La
risa de Victoria cesó de repente pero, al quitarse las enanos de la cara y
verle, —volví(> a imaginarse su expresión horrorizada si las viese a los dos
con aquella crema verde. De nuevo las carcajadas acudieron a su garganta,
irrefrenables.
—¿Se
puede saber qué te pasa? —volvió a preguntar Santiago, contagiado por su risa.
—Nada
—contestó Victoria como pudo—, es una tontería, pero...
Después
de algunos segundos en los que ambos reían sin parar, Santiago logró dominarse.
Veía a Victoria diferente, con los ojos iluminados y mostrando su blanca
dentadura entre sus labios húmedos.
—¿Sabes
que estás preciosa cuando te ríes? —dijo acercándose a ella, acorralándola
contra la pared.
Victoria
pudo sentir sobre ella la respiración de Santiago, su mirada penetrante clavada
en sus ojos y en sus labios, el calor de su cuerpo y la intensidad de su
magnetismo que la atraían irremediablemente. Su risa fue desapareciendo poco a
poco para dar paso a una sensación de atracción irrefrenable que le hacía
desear que él se acercase cada vez más, quería sentirle más y más cerca... Como
si pudiese leer sus pensamientos, Santiago acercó lentamente sus labios a los
de Victoria, rozándolos con suavidad hasta advertir que ella los entreabría
ligeramente dejándose llevar por la pasión. La rodeó con sus brazos y la besó
con más fuerza, hasta hacerla estremecer. Entonces la separó de sí y la miró
fijamente a los ojos.
—Disculpa,
Victoria —dijo en un tono de absoluta normalidad, como si no hubiese ocurrido
nada entre ambos—. Sé que esto ha sido una vulgaridad propia de un tipo corno
yo. Te agradecería que lo olvidases...
Victoria
sintió ganas de abofetearle. La rabia se apoderaba de ella hasta casi hacerla
temblar. ¡La había besado sólo para humillarla, para ponerla en evidencia! Y
ella había sido tan tonta como para desearlo, se dejó arrastrar por sus
instintos, no fue capaz de cumplir las órdenes de su cerebro...
—Intentaré
olvidarlo —contestó Victoria dominándose y mirándole con altivez—. Desde luego
esto no ha sido propio de un caballero, pero ya sabía con qué tipo de hombre
ene en—frentaba, así que no me sorprende.
Antes
de que él le contestase, abrió la puerta de la habitación y entró sin mirar
atrás. Hubiese querido llorar y gritar, pero respiró profundamente hasta que
consiguió tranquilizarse. Jane estaba ya acostada y la siguió con la mirada
hasta que ella hizo lo mismo.
—¿Te
ha ocurrido algo? —preguntó Jane cuando ya estuvo en la cama.
—No
—contestó secamente—. He estado charlando con Santiago.
Jane
esperó despierta hasta que comprobó que Victoria se había dormido. Las voces
que oyó al otro lado de la puerta le habían permido intuir que algo ocurría
entre ellos. Primero las risas... luego una frase de Santiago que no había
podido entender, pero que pronunció en un tono especial y finalmente el
silencio durante algunos momentos. Había tenido que reprimirse para no salir de
la habitación hecha una furia. ¡Al fin Y al cabo parecía que con Victoria
corría más peligro del que pensaba! No estaba dispuesta a permitir que le
ganase la partida, así que debía actuar con rapidez. Se levantó sin hacer
ruido, se sujetó el cabello con una pinza del mismo color rosa del camisón y
salió de la habitación. En la oscuridad del pasillo y el silencio que reinaba
en la casa, pudo oír el lejano murmullo de una radio y ver una rendija de luz
que salía por debajo de la puerta de la habitación de Santiago. Se acercó a
ella lentamente y llamó con golpes suaves. A los pocos segundos. él abrió la
puerta en pijama y la invitó a pasar con una sonrisa...
A
las siete en punto de la mañana, Victoria estaba en el comedor tomando el
desayuno que amablemente le sirvió la señora Clearmont. No despertó a Jane, ni
tan siquiera lo in—tentó... Deseaba estar sola al menos unos minutos antes de
tener que reunirse con sus 'compañeros de viaje. Había pasado una noche
intranquila, desde luego no había disfrutado de un sueño reparador. No había
hecho más que soñar una y otra vez con el beso de Santiago, con su proximidad y
con su mirada. Él no era el primer hombre que la besaba, pero nunca había
sentido nada igual. Por más que odiase reconocerlo, aquello había sido
diferente. ¡Todo era diferente desde que le conocía' Nunca había dudado hasta
entonces, siempre sabía qué hacer o decir en cada momento, convencida de qué
era lo correcto. Sin embargo, desde hacía tres días dudaba hasta de sí misma y
eso la ponía nerviosa.
¿Qué
sentía realmente por aquel hombre? ¿Sería un error suyo el prejuzgar a la
gente? ¿Debería reconocer su error o mantenerse en su postura? ¿Y si él amase a
Jane...? Las preguntas la atormentaban sin conseguir pensar en nada más. Era
absurdo que aquello le estuviese ocurriendo precisamente a ella.
Media
hora más tarde entraron en el comedor Jane y Santiago, cuando Victoria
terminaba su taza de café con leche. Saludándola, se sentaron frente a ella a
esperar que les sirviesen el desayuno.
—¿Por
qué no me has despertado, Victoria? —preguntó ane, sonriente—. Ha tenido que
hacerlo Santiago...
—Él
se he levantado muy temprano —contestó Victoria intentando sonreír a su vez—.
Estabas tan dormida que me dio pena despertarte. Supuse que Santiago se
encargaría de hacerlo.
—Tal
y como prometí —dijo él levantando las cejas—. a las siete en punto llamé a
nuestra puerta para despertaras. ¿No has descansado bien? —le preguntó a
Victoria con algo de sorna.
—Maravillosamente
—mintió ella—. Siempre suelo levantarme temprano y hoy con más motivo. Me gusta
digerir el desayuno antes de hacer deporte. ¿Y tú? —le preguntó ella en el
mismo tono.
—He
dormido como un niño —intercambió una sonrisa con Jane—. Siempre suelo hacerlo,
pero esta noche con más motivo. Después del viaje hasta aquí.
Victoria
sintió celos de aquella sonrisa de complicidad entre ambos... Jane parecía
encantada mirándole y sonriéndole abiertamente, mientras que ella no podía
hacer lo mismo. Sólo quería que terminasen su desayuno y emprendiesen la
marcha. Una buena caminata y el aire fresco de la mañana siempre habían
ejercido sobre ella un efecto sedante p' eso era justo lo que necesitaba.
Al
comenzar su excursión, lo primero que contemplaron con detenimiento fueron las
tonalidades azules y blancas del lago Viedma, sobre cuyas aguas discurrían dos
glaciares que no eran rnás que una pequeña muestra de los que podían verse más
al Sur. Después se int.errtaron en un pintoresco bosque, lleno (le color en
aquella época del año, que debían cruzar para llegar hasta su destino. Tal y
armo había predicho el guardaparques el día anterior, el día era claro y
luminoso y, aunque la brisa era fresca, el sol calentaba cada vez con mayor
intensidad. Después de un par de Doras de ejercicio tuvieron que quitarse los
chaquetones acolchados, con los que se habían abrigado los tres a primera hora
de la mañana y Santiago tuvo que hacerse cargo de la mochila de Jane, que cada
vez se iba quedando más retrasada.
Como
Victoria ya sabía, la suave brisa de la montaña y el paseo por aquel bosque
multicolor consiguió tranquilizarla poco a poco. Los comentarios sobre los
paisajes que atravesaban y sobre los animales que descubrían a su paso iban
logrando suavizar la tensión que había entre ella y Santiago. El miraba con
ojos ávidos hacia todas partes, animado y feliz como un niño ante la belleza de
lo —que estaba viendo. A medida que observaba sus reacciones, Victoria se
planteaba la posibilidad de que estuviese equivocada con él, reconociendo para
sus adentros que estaba demostrando ser un hombre sensible y delicado... Quizá
toda la culpa fuese suya por creerse tan autosuficiente, quizá él no estaba
haciendo más que defenderse. Mientras avanzaba la mañana y el camino que les
quedaba por recorrer era más corto, su temor de que sintiese por él algo rnás
que una simple atracción se iba acrecentando. Cada vez que le veía reír con
Jane o que ella se acercaba a él del modo insinuante en que solía hacerlo,
sentía que el corazón le daba un vuelco, que no podía respirar. Hubiese gritado
que él era diferente, que lo admitía... Hubiese dado cualquier cosa por sentir
de nuevo el calor y la humedad de sus labios, la fuerza de su cuerpo y el ardor
de su mirada que la traspasaba hasta llegarle directamente al corazón, a la
sangre que corría desbocada por sus venas...
Los
picos montañosos del Fitz Roy iban apareciendo, imponentes y orgullosos entre
las nubes, a medida que iban avanzando. Al llegar a lo alto de una pequeña
loma, se detuvieron a descansar un poco. Jane se sentó agotada sobre una
piedra, mientras que Santiago y Victoria dejaban las mochilas en el suelo y,
como si mediara un acuerdo tácito entre ellos, se dirigieron al mismo punto
para contemplar el magnífico y sobre—r cogedor panorama. Delante de ellos se
erguían las montañas y a su espalda el lago, en el que se reflejaba brillante
la luz del sol. Sus ojos se encontraron sin querer y, durante unos segundos,
una mirada penetrante, casi eléctrica se cruzó entre ambos... Una mirada de
ataque y defensa, de deseo y odio y temor y necesidad. Jane, que estaba atenta
a las reacciones de ambos, se puso en pie apresuradamente y, llegando hasta
ellos, se colgó del brazo de Santiago.
—Es
maravilloso, ¿verdad? —dijo Jane buscando la mirada de él y apartándole de
Victoria—. ¿Has visto el color de esa montaña?
—Es
impresionante —contestó él, mirando a Jane y buscando luego los ojos de
Victoria—. Tanta belleza hace que me sienta insignificante, que me sienta
atraído hacia ella irresistiblemente.
Victoria
escuchaba ensimismada sus palabras. Se las decía a ella, mirándola directamente
a los ojos, haciéndola sentir igual que cuando la tomó entre sus brazos para
besarla con ternura y pasión... Pero la que estaba a su lado seguía siendo
Jane.
—¡Qué
cosas más bonitas dices¡ —dijo Jane llamando la atención de Santiago y
acercándose más a él—. ¿Continuamos? Tengo ganas de llegar a ese campamento
base.
—Si,
será mejor que reemprendamos la marcha —contestó Victoria, regresando al lugar
donde había dejado su mochila.
Se
pusieron de nuevo en marcha y esta vez Jane se mantuvo más atenta a la posible
cercanía de Victoria. Pese a que se sentía agotada, hizo todo lo que pudo por
seguir el mismo ritmo de Santiago, permaneciendo continuamente a su lado y
haciéndole preguntas sobre todo lo que veía. Lo que más le dolía a Victoria era
que a él no parecía importarle ese acoso,
No
entendía a qué estaba jugando, Primero la besaba para luego rechazarla. después
la miraba hablándole como si quisiera, traspasarla para luego admitir los
coqueteos de Jane... Era desquiciante, pero maravillosamente intenso y la
intensidad no era algo a lo que Victoria estuviese acostumbrada.
Cuando
llegaron al campamento base, lo primero que hicieron fue dirigirse al
responsable del mantenimiento de los refugios para presentarse y que les
especificase en cuál de ellos les había reservado un lugar. Los refugios eran
rústicas cabañas de madera en las que no había ninguna comodidad a excepción de
una chimenea y una especie de pila que hacía las veces de lavabo y fregadero.
Los aseos comunes, tan rústicos como los propios refugios, se hallaban en el
exterior. Jane no podía creer lo que estaba viendo. Imaginaba que no iban a
hospedarse en el Ritz. pero no creía que pudiese existir un lu—gar como aquél y
que alguien fuese allí por gusto. A Victoria nunca le habían resultado cómodos
ese tipo de sitios, pero no tenía inconveniente en utilizarlos durante un par
de noches. Por último, Santiago se mostraba feliz. Todo era aún más bonito de
lo que se había imaginado.
Después
de dejar parte de lo que llevaban en las mochilas en el interior de la cabaña,
salieron al exterior para tornar al sol las provisiones que llevaban para el
almuerzo y, a continuación, pasear por los alrededores de la base del cerro y
recorrer, mientras hubiese luz, parte de los bosques y lagunas en los que
diversos glaciares rompían en cascadas creando irnágenes paradisíacas ante los
ojos de los visitantes.
Antes
de que la noche se cerrase sobre ellos, volvieron al campamento con la idea de
cenar algo ligero y acostarse. Los tres estaban cansados y al día siguiente
tenían que madrugar de nuevo, ya que Santiago quería visitar otra laguna
próxima antes de emprender el regreso al pueblo. Sin embargo, cuando llegaron,
se encontraron con varios grupos de alpinistas que durante el día se
encontraban en la montaña y que, a esa hora, habían encendido fogatas y cenaban
al calor de una hoguera. Justo a la entrada de la cabaña en la que ellos
dormirían, un grupo de montañeros españoles acababa de encender el fuego y se
disponía a cenar cuando les vieron aparecer. Después de los saludos iniciales
les invitaron a que se uniesen a ellos, sobre todo al saber que Santiago era de
ascendencia española. Las canciones al son de una guitarra. las historias sobre
montañas de distintos países y los recuerdos niás diversos se sucedieron
durante toda la noche haciendo las delicias de Santiago, que participaba
animadamente, sobre todo al ver que las dos mujeres que le acompañaban reían y
disfrutaban igual que él.
Cuando
el fuego de la hoguera comenzó a apagarse, el grupo se fue dispersando poco a
poco, hasta que sólo quedaron frente a las brasas Victoria y Santiago; ya que
Jane había entrado a la cabaña para buscar algo.
—Ha
sido un día estupendo, ¿verdad? —preguntó Santiago, moviendo los rescoldos con
un palo.
—Creo
que ha sido más que ese —contestó Victoria con voz suave—. Lo he pasado
realmente bien.
Cuando
Victoria levantó la mirada, Santiago pudo ver en sus grandes ojos verdes aquel
leve reflejo anaranjado que la hacia resplandecer. Sus suaves y perfiladas
facciones parecían trazadas con cuidado, con el amor con el que un escultor
trata de hacer aún más perfecta su obra maestra dándole la vida cota esos
toques. Le miraba de una manera diferente, de un modo que le atraía hacia ella.
De
pronto, la voz de Jane rompió la magia de aquel nromento en el que parecía que
cualquier cosa podía suceder.
—¡Santiago,
querido! —exclamó Jane desde la puerta de la cabaña con una entonación
fórzadamente cariñosa—. ¿Has visto mi pinza del pelo?— Creo que anoche me la
dejé en tu habitación.
Aquellas
frases fueron corno un jarro de agua fría para Victoria, quien, sin dar tiempo
a la respuesta de él, dijo:
—Creo
que es mejor que nos retiremos. Es tarde.
Capítulo
8
Tal
y corno tenían previsto, y pese a haberse acostado algo tarde la noche
anterior, madrugaron lo suficiente como para poder visitar algo más antes de
reemprender el regreso. Guardaron de nuevo las cosas que habían sacado de sus
mochilas y, después de despedirse de los alpinistas y del encargado, se
pusieron en marcha.
Jane
estaba harta, cansada de los paseos y de que Victoria le estuviese causando
tantos problemas. Ya no se trataba de conquistar o no a Santiago, hasta cierto
punto incluso eso le resultaba ya indiferente, pero lo que no podía permitir
era que fuese precisamente ella la que se lo arrebatase. Victoria quería
aparentar indiferencia, simular que estaba por encima de cualquier coqueteo o
interés por él, pero ella había visto en sus ojos un brillo especial al
mirarle... Estaba segura de que esa noche había estado a punto de ocurrir algo
entre ellos aunque por suerte llegó a tiempo para evitarlo.
A
medida que caminaba, cansada de andar entre piedras e incómoda maleza, la idea,
de vengarse de Victoria de una vez por todas se iba fraguando con mayor
intensidad. Aunque ella intentase fingir lo contrarío, nunca la había visto tan
interesada por un hombre... Por otra parte, Jane tampoco quería descartar la
idea de convertirse en la señora de Arqués, así que debía pensar en algo con lo
que consiguiese ambas cosas y algo que le había dicho su madre le dio una idea
con la que podría al menos dar un primer paso para conseguirlo...
Aún
no se habían alejado mucho del campamento. Los tres caminaban en silencio por
el sendero rocoso que les llevaría hasta la laguna a la que se dirigían. De
pronto Jane comenzó a corretear por delante de Santiago, juguetona, haciéndole
guiños y riendo de la manera encantadora en que solía hacerlo cuando quería
conseguir algo.
—¡Vamos,
chicos! —les animó, invitándoles a que la siguiesen—. ¡Qué aburridos estáis
hoy¡
—Ten
cuidado, Jane —dijo Victoria con voz pausada—. Puedes hacerte daño.
—¡Oh,
Victoria: No seas aguafiestas —contestó Jane, reemprendiendo sus carreras.
—¡Victoria
tiene razón! —elevó la voz Santiago, ya que Jane se había alejado—. ¡Vuelve!
—Siempre
decís que me retraso, ¿no? Pues hoy pienso llegar antes que vosotros.
Durante
unos segundos, Santiago y Victoria perdieron a ane de vista. justo antes de que
lograsen verla de nuevo, oyeron un grito. Ambos salieron corriendo hacia el
lugar por el que la habían visto desaparecer, angustiados por la posibilidad de
que hubiese podido caer por algún barranco. Cuando recorrieron los pocos metros
que les separaban de ella, la vieron en el suelo, sujetándose el tobillo
derecho con ambas manos y quejándose sin cesar. Santiago soltó las mochilas y
se arrodilló de inmediato a su lado para comprobar qué le había sucedido. Al
ponerse a su altura, Jane se abrazó a su cuello sollozando. Fue entonces
Victoria la que se arrodilló para tantear la parte dolorida y a cada roce de
sus dedos las quejas de Jane eran mayores y más profusas sus lágrimas...
—¡Santiago,
ayúdame!. Me he torcido un tobillo —dijo Jane abrazada a Santiago—. Me duele
muchísimo.
—No
se te ha hinchado, Jane —le dijo Victoria con gesto de preocupación—. Te lo
vendaré, así te sentirás mejor ' podrás caminar.
—¡No!
—gritó ella entre lágrimas—. No puedo soportar que me roces.
—Pero
debemos vendarte —apoyó Santiago a Victorias—Vamos, yo lo haré.
Jane
aceptó que Santiago fuese el que la vendase, aunque no dejaba de quejarse
continuamente y de hacer gestos que demostraban que sufría un dolor
insoportable. Cuando estuvo vendada y la ayudaron a ponerse en pie, sufrió un
ligero desvanecimiento al apoyarse en el suelo.
—Creo
que nuestra excursión de hoy ha terminado aquí —dijo Santiago, al ver que
habían transcurrido varios minutos y el estado de Jane era el mismo.
—¿Y
cómo vamos a llegar hasta el pueblo? —preguntó Victoria con gesto preocupado—.
Estamos a más de cinco horas de camino.
—Iremos
hasta el campamento —contestó Santiago, tomando a Jane en brazos—. Veremos si
el encargado o algún alpinista nos puede llevar hasta allí en un todo terreno.
¡le visto varios estacionados al otro lado de las cabañas. Hasta allí la
llevaré en brazos.
—¡Cuánto
lo siento, Santiago! ——dijo Jane abrazándose a él y sin dejar de sollozar. Lo
he estropeado todo.
—No
te preocupes ahora —la tranquilizó Santiago—. Todo se arreglará.
Santiago
cargó con Jane y con su mochila, pero Victoria tuvo que cargar con el resto.
Después de más de media hora de penoso recorrido lograron llegar hasta el
campamento. Casi inmediatamente después de su llegada, uno de los alpinistas
que no tenía previsto subir al cerro esa mañana se ofreció para llevarles al
pueblo en el todo terreno del equipo y tres horas después les dejaba en la
puerta del hotel en el que habían estado alojados.
El
plan de Jane había dado el resultado deseado. Evidentemente, ella se ocuparía
de que el dolor de su tobillo fuera lo suficientemente insoportable como para
que Santiago tuviese que ocuparse de ella... Tal y como había dicho su madre.
El viaje quedaría definitivamente suspendido, ya que él tendría que llevarla a
casa. Victoria se quedaría por fin en su estancia, junto a sus padres y ella
tendría de nuevo a Santiago por completo. De momento había conseguido
deshacerse de las ¡ncomodidades de ese estúpido recorrido y fastidiar a
Victoria a la que, según sus cálculos, le quedaban pocas horas de estar junto
al hombre que tanto le gustaba. ¡Era perfecto! Lo único que le quedaba por
solucionar era encontrar un modo de retener a Santiago a su lado cuando llegasen
a casa, pero tenía tiempo para pensar en eso... y, seguramente, cuando
estuviesen solos, todo resultaría mucho más fácil.
En
el pueblo no había más que un auxiliar médico que contaba en su pequeña
consulta con medios muy escasos para hacer algo que no fuese una cura de
primeros auxilios. Fue él quien visitó a ,Jane en el hotel. Examinó el tobillo
de Jane y, después de untarle una pomada analgésica, volvió a vendarlo de
nuevo.
—A
simple vista no parece que sea nada grave —dijo el auxiliar al terminar la
cura—, pero si le duele tanto como dice, lo mejor será que se la lleven a un
lugar donde puedan hacerle unas radiografias. Esto es lo máximo que yo puedo
hacer en estas condiciones.
Santiago
acompañó al auxiliar hasta la salida y volvió a la habitación en la que estaba
Jane tumbada sobre la cama y Victoria sentada a su lado sobre el colchón.
—Creo
que nuestro viaje ha tocado a su fin —dijo Santiago con gesto de conformidad,
sentándose al otro lado de la cama—. Debemos ponernos en camino hacia tu casa
lo antes posible —miró a Jane—. Es una tontería que nos quedemos aquí sin poder
hacer nada.
—¡Cuánto
lo siento, Santiago! —Jane bajó la mirada para luego volver a fijarla en él con
los ojos inundados de lágrimas. Sé la ilusión que te hacía este viaje yy por mi
culpa...
—No
te preocupes, ya habrá otros —la tranquilizó Santiago—. De todos modos, voy a
llamar a tus padres antes de ponernos en camino. Creo que es lo mejor.
—Como
quieras —dijo Jane entornando los ojos—. Me siento tan avergonzada...
—No
te preocupes —contestó Santiago levantándose y abriendo la puerta—. Ahora
vuelvo.
—Lo
siento, Victoria —la voz de Jane sonó con mentido pesar. Sé que estabas
disfrutando del viaje y...
—¡Qué
tontería —la interrumpió Victoria, hablando con suavidad—. Ahora descansa y
deja de culparte.
Victoria
se levantó de la cama y fue a sentarse en la butaca que había junto a la
ventana de la habitación hasta que llegase Santiago. Desde allí podía verse el
bosque por el que habían caminado hasta el cerro que se suponía constituía el
principio de una aventura y que había sido también su final. Se sentía triste.
Ni tan siquiera tenía fuerzas para estar enfadada con Jane. Sabía que realmente
no se sentía tan mal como decía, en el supuesto caso de que se hubiese hecho
daño de verdad, pero no podía culparla por ello. La noche anterior, Jane se
había encargado de dejarle claro que entre ella y Santiago había algo, así que
no era de extrañar que quisiese perderla de vista. En ese momento había sentido
rabia, se había odiado a sí misma por estarse enamorando de un hombre que,
aunque pareciera lo contrario, no era más que un patán por jugar con dos
mujeres a la vez. Sin embargo, en ese momento, mirando por la ventana, cuando
ya estaba segura de que en unas pocas horas se despediría de él y probablemente
no le vería más, sólo podía sentirse triste. Deseaba que el tiempo
transcurriese despacio para poder seguir sintiéndole cerca, pero también
deseaba que pasase lo antes posible para que su vida volviese a la normalidad,
para poder sentirse de nuevo la Victoria Rendle de siempre...
Santiago
regresó a la habitación cuando había transcurrido media hora aproximadamente
desde que se marchase a llamar por teléfono a los padres de Jane. Aunque
intentaba mantener un gesto serio, sus ojos brillaban de una manera especial.
—¡Ya
he regresado! —exclamó, buscando la mirada de Victoria y luego, sentándose
junto a Jane—. He hablado con tu padre y me ha dicho que prefiere que no nos
pongamos en viaje hoy... Al parecer ya están acostumbrados a tus problemas con
los tobillos. Me ha dicho que los tienes muy frágiles.
—Sí
—contestó Jane con expresión de culpabilidad—. No es la primera vez que me
ocurre.
—Bueno,
no te preocupes —le sonrió Santiago. —Entonces, ¿nos vamos mañana? —preguntó
Jane devolviéndole la sonrisa.
—En
cierto modo sí —contestó él.
—¿En
cierto modo? —preguntó Victoria extrañada, mirando a Santiago por vez primera
desde que había entrado en la habitación.
—Veréis
—comenzó a decir Santiago, hablando pausadamente y con gesto serio—, tu padre,
Jane, se ha negado a que te llevemos a casa. No me ha permitido, bajo ningún
concepto, que por esto anulemos el viaje. Él pensaba tomarse mañana el día
libre, así que saldrá de madrugada para venir a buscarte y luego llevarte a
casa. Me ha convencido al decirme que tú no vas a poder moverte en varios días
y que te haré sentir menos culpable si yo continúo el viaje con Victoria...
Ambas
mujeres le miraron sorprendidas. Jane hubiese deseado gritar de rabia. ¿Cómo se
le habría ocurrido a su padre esa estupidez? Todos sus planes se derrumbaban de
pronto y, lo que era aún más dramático, se volvían en su contra. Ahora Victoria
tendría un montón de días por delante para estar con Santiago, recorriendo esos
lugares bonitos que a él parecían inspi—rarle tanto y ella no podía hacer nada
para evitarlo. Ya no la echar a correr por el pasillo para demostrarle que
podía ir con ellos, menos aún cuando su padre estaba al tanto de todo y sabía
que cuando se hacía daño de verdad pasaba al menos una semana hasta que se
recuperaba. ¡Todo estaba perdido!
Santiago
miraba alternativamente a Jane y a Victoria. Ambas parecían haberse quedado
mudas después de lo que les había dicho.
—Todo
esto —comenzó a hablar de nuevo buscando los ojos de Victoria para ver su
expresión—, suponiendo que quieras acompañarme, Victoria, De no ser así puedes
regresar con ellos, si quieres.
—No,
no tengo ningún problema en ir contigo —respon dió Victoria, sin pensar en lo
que decía—. Ya que estamos aquí es una pena volver atrás.
—¡De
acuerdo! —dijo Santiago, animado por su respuesta—. Después pensaremos en el
resto del recorrido. Te echaremos mucho de menos, Jane.
—Y
yo a vosotros —contestó Jane, sin poder evitar que su respuesta sonase seca y,
mirando a Victoria—: Espero que lo paséis muy bien. Mi padre tiene razón, ahora
me siento mucho más tranquila.
A la
nueve y media de la mañana, John Bridges llegaba al hotel para llevar a su hija
de vuelta a casa. Desayunaron todos juntos antes de ponerse en marcha, aunque
en direcciones opuestas. El mal humar de Jane era más que evidente, por lo que
su padre, que la conocía bien, apuró su café lo más rápidamente que pudo para
evitarles a Santiago y a Victoria una situación desagradable.
Santiago
la llevó en brazos hasta el auto en el que había venido John y, sin que pudiese
decir nada, Jane le besó en los labios antes de que su padre llegase, pero
asegurándose de que Victoria lo veía todo.
—Espero
que te acuerdes de irá —susurró Jane al oído de Santiago.
—No
te preocupes, Jane —sonrió Santiago—. ¡No eres fácil de olvidar!
—Estaré
en casa cuando vuelvas —habló sobre los labios de él, observando por encima de
su hombro la expresión de Victoria.
—Entonces
nos veremos contestó él, separándose de ella y cerrando la portezuela del
automóvil.
John
salió finalmente del hotel desde donde estaba telefoneando a su esposa y,
después de despedirse de Santiago y Victoria, subió en el auto y arrancó.
Victoria lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el horizonte. Fue
entonces cuando se dio cuenta de que se había quedado sola junto a Santiago. La
noche anterior había aceptado su invitación para continuar el viaje junto a él
sin pensarlo, sin creer realmente que eso fuese a ocurrir. Habían estado
estudiando los mapas juntos para decidir cuál sería su próxima parada, pero
realmente no se dio cuenta de que iba a estar absolutamente sola con él hasta
que Jane no se hubo marchado. Creyó que ocurriría una curación milagrosa, que
John no podría ir a buscarla... Cualquier cosa excepto que se iba a ir de verdad
dejándola junto a Santiago.
En
realidad, la lejana posibilidad de que eso ocurriese le parecía una idea
atractiva y apetecible, la había deseado en innumerables ocasiones, pero ahora
que era cierto sentía miedo. Se animó a sí misma diciéndose que no tenía nada
que temer, sobre todo después de haber visto cómo se despedía Jane de
Santiago... Sería una tonta si después de que Jane se había encargado de
informarla de que había pasado una noche con él y después de aquellos tiernos
besos de despedida caía en las redes que él le tendía... Aunque realmente ya no
sabía lo que sentía. Rabia o tristeza, deseos de humillarle y castigarle por su
juego o deseos de amarle... Todo era confuso. Lo único que sabía es que estaba
sola con él, que estaría a su lado durante varios días y que seguía sintiendo
que sus mejillas se sonrojaban cuando él se acercaba o pronunciaba su nombre.
Lo que ocurriese a partir de entonces era una incógnita, como era habitual en
su vida desde que conocía a ese hombre.
Santiago
saldó la cuenta pendiente con los Clearmont y, después de cargar algunas
provisiones y de que Victoria se despidiese de ellos, emprendieron de nuevo el
viaje con dirección Sur. Habían decidido ir al otro extremo del Parque Nacional
Los Glaciares, para lo que tenían que recorrer unos trescientos kilómetros
hasta llegar a la villa El Calafate, que era el punto estratégico para planear
sus excursiones por la zona. Victoria nunca había visitado aquella parte del
país, pero su madre se la había descrito con detalle en innumerables ocasiones.
Aquel parque estaba cubierto eternamente por un inmenso manto de nieve que
recibía el nombre de hielo continental patagónico; desde allí descendían casi
cincu.enta glaciares que se habían ido desprendiendo de esa enorme masa helada,
para desembocar en los distintos lagos de la zona.
Durante
todo el trayecto, Santiago y Victoria charlaron animadamente sobre todo lo que
iban a ver. Victoria se quedó sorprendida al comprobar que Santiago era un
verdadero conocedor teórico de aquellos parajes. Los comentarios que había
intercambiado con su madre la noche en que le conoció no habían sido sólo
fragmentos aprendidos para impresionarla, sino verdadero interés por el tema.
Los dos se mostraban contentos e ilusionados. En ningún momento hicieron
alusión a Jane o a su marcha, tampoco a lo ocurrido entre ellos ni a ninguna de
las situaciones violentas que se habían producido entre ambos. Simplemente, se
dejaban llevar por las sensaciones agradables que tenían al recorrer aquellos
caminos, por el deseo de pasarlo bien y de conocerse mejor.
Como
si de dos niños se tratase, iban enumerándose el uno al otro la cantidad de
cosas que podrían hacer. A Santiago le apetecía navegar por el lago Argentino,
mientras que Victoria estaba deseando cabalgar por las estepas y bosques de la
zona. Pero en lo que ambos estaban de acuerdo era en que lo primero que harían
sería visitar el más conocido de los glaciares: El Perito Moreno.
Todo
aquello resultaba tan nuevo como excitante para ambos y, desde que se habían
separado de Jane, parecían sentirse más cómodos el uno con el otro, más
dispuestos a compartir lo suficiente como para comprenderse mejor.
Cuando
llegaron a El Calafate ya eran más de las dos de la tarde, así que hicieron lo
mismo que en su parada anterior. Buscaron un lugar donde alojarse, consultaron
cuáles eran las excursiones más recomendadas y cuál era el mejor modo de
hacerlas y buscaron el equipo y las provisiones que necesitaban para llevarlas
a cabo. Tres horas después estaban en un salón del hotel en el que pasarían esa
noche, repasando en el mapa el recorrido del día siguiente delante de una
humeante taza de té.
Victoria
se sentía bien. La compañía de Santiago resultaba grata y divertida. Lo único
que la incomodaba era la posibilidad de haberse equivocado con él... Cada vez
dudaba más de sus propias convicciones a medida que pasaban más horas juntos.
Tenía una manera diferente de ver la vida, de disfrutar de las pequeñas cosas
que había a su alrededor, logrando transmitirle a ella, con esa intensidad que
siempre se había negado, unos sentimientos diferentes.
Esa
tarde rieron y charlaron sobre los más diversos temas olvidándose de quiénes
eran. Victoria llegó a reír abiertamente sin que eso le pareciese una
incorrección, incluso Santiago había logrado convencerla de que no hacía falta
que se cambiase pata la cena, ya que estaban en un lugar sencillo y, como tal,
no eran necesarias muchas de las premisas protocolarias que ella respetaba
tanto... Todo parecía nuevo y diferente.
Cuando
Santiago la acompañó hasta la puerta de su habitación esa noche después de la
cena, ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer. Victoria deseaba íntimamente
que la besara, que sellara de aquel modo lo que había sido un día maravilloso;
sin embargo, le tendió la mano antes de que él hiciese nada. Fue un movimiento
instintivo de autodefensa... Su fuerte nunca había sido la coquetería y, en el
caso de Santiago, aunque su corazón desease otra cosa, su cabeza le decía que
debía mantener las distancias si no quería que su corazón se rompiese en
pedazos. Al fin y al cabo y, pese a no haberla mencionado durante todo el día,
Jane se interponía entre ellos.
Santiago
tomó entre las suyas la mano que le tendía Victoria y, clavando sus profundos
ojos negros en los verdes de ella, permaneció en silencio durante unos
segundos, acariciando su mano y observándola. Después, con un breve «hasta
mañana», la soltó suavemente y se dio la vuelta para dirigirse a su
habitación...
Capítulo
9
A la
mañana siguiente, Victoria bajó al comedor unos minutos antes de la hora que
habían acordado, Había descansado mucho mejor que las noches anteriores, pese a
que la última mirada de Santiago antes de irse a su habitación la había hecho
estremecer. Deseaba emprender aquella excursión para visitar el famoso glaciar
del que tanto había oído hablar a su madre, y más si era junto a él... Era
consciente de que pisaba arenas movedizas, un terreno extremadamente peligroso,
si dejaba fluir sin ningún impedimento sus sentimientos hacia Santiago... Pero,
de momento, creía tener el control de la situación. En unos días' se
despedirían y probablemente no volverían a verse, así que no tenía que hacer
más que seguir como hasta entonces un poco más.
Puntualmente,
Santiago entró en el comedor buscándola con la mirada. A Victoria le pareció
que estaba más atractivo que nunca. Vestía un conjunto de pantalón y jersey
negro que hacía que su aspecto resultase aún más varonil de lo que era
generalmente. Cuando finalmente la vio, sonrió abiertamente v se acercó a la
mesa.
—Puntualidad
inglesa, ¿eh? —bromeó Santiago, sentándose a su lado—. ¿Nunca me vas a dejar
esperarte?
—Reconozco
que eso va a resultar algo dificil —sonrió Victoria—. A diferencia —de la
mayoría de las mujeres, suelo ser bastante puntual.
—Eres
muy diferente de las demás mujeres en todo, así que eso no me sorprende
—Santiago contestó con desparpajo, desplegando la servilleta sobre sus
rodillas.
—¡Espero
que eso sea un halagol —rió Victoria haciendo lo mismo.
—No
lo dudes ni por un instante —se acercó a ella como si le hiciera una
confidencia—. Las demás son bastante más aburridas —volviendo a su posición
inicial—. Disculpa que no me haya afeitado. El aire frío hace que se me irrite
la piel.
Victoria
ya había reparado en que no se había rasurado esa mañana, pero realmente no le
importaba. Aquella media barba le hacía aún más atractivo y, por otra parte,
para su desgracia, era poco probable que llegase a pincharla así que...
Victoria no pudo evitar sonreír por sus propios pensamientos. Ella era capaz de
controlar sus reacciones y sus movimientos, su manera de actuar, pero de lo que
era incapaz desde la Fiesta de los Bridges era de dominar sus pensamientos. Al
principio esa sensación llegaba a desesperarla, pero después de acostumbrarse a
ella incluso le hacía gracia. Era como contarse chistes a ella misma.
—¿De
qué te ríes? —preguntó Santiago, sonriendo extrariado—. Los hombres vulgares
como yo tenemos derecho a tener una epidermis sensible, ¿no crees?
Victoria
dejó de sonreír. Aquélla era la primera vez, desde que llegaron al tácito
acuerdo de no molestarse el uno al otro, que Santiago volvía a hacer referencia
a su despectivo modo de denominar a los hombres como él. La verdad era que no
sabía cómo reaccionar— Por una parte, su. respuesta le parecía ocurrente y, por
otra, le dolía, porque le recordaba sus propias equivocaciones...
—Lo
siento —se disculpó Santiago al ver su cambio de expresión—. Lo he estropeado,
¿verdad?
—No
te preocupes —se apresuró a contestar Victoria, sintiendo que las palabras le
fluían solas—. Al fin y al cabo yo me lo he buscado —bajó la mirada—. Tal vez
me haya equivocado contigo. Tú eres diferente a los demás que han...
—No
sigas, Victoria —la interrumpió Santiago, haciendo un gesto de negación con la
man.o—. ¿Qué vas a decir? ¿Que soy diferente a los demás hombres que de pobres
han pasado a ser ricos? ¿Que soy diferente al tipo de tu libro, a ése del que
nunca te podrías enamorar?
—Yo...
Yo —titubeó por vez primera Victoria.
—Escúchame
—la interrumpió de nuevo—. Yo soy diferente porque me llamo Santiago Arqués,
porque soy un individuo y como tal me diferencio de los demás, pero no por nada
más. Igual que tú eres distinta a Jane y pertenecéis a la misma clase social,
yo soy igual a cualquier gaucho, o al camarero que nos va a servir el desayuno.
Ahora comamos algo y pongámonos en marcha. Es mejor que no hablemos de esto.
Nunca nos, pondríamos de acuerdo.
Victoria
no intentó decir nada más. Por primera vez en su vida no encontraba palabras
para contestar, para dar una respuesta adecuada al razonamiento que le había
hecho Santiago. Además, no deseaba hacerlo, ya no estaba segura de nada.
Lamentaba sobremanera que hubiese surgido ese roce entre ambos, pero era
consciente de que, aunque no hablasen de ello, ése era uno de los principales
problemas que les separaban en aquel momento... que les separaría siempre. Así
que lo único que deseaba era disfrutar el tiempo que le quedaba de estar junto
a él, sin más discusiones.
Se
sintió aliviada al comprobar que el comportamiento de Santiago durante el
desayuno fue completamente normal. Hablaba y actuaba como si no hubiese
ocurrido nada y ella hizo lo mismo. Cuando se pusieron en camino hacia el
glaciar Perito Moreno, el ambientee era totalmente distendido. Debían recorrer
unos ochenta kilómetros hasta llegar a su destino, bordeando la mayor parte del
trayecto, disfrutando desde el automóvil de los tonos plateados del agua y del
navegar a la deriva de algunos de los témpanos que se desprendían de los
glaciares y que eran de los más diversos tonos de azul. El trayecto hasta la
Península de Magallanes, desde cuyas plataformas de observación contemplarían
el glaciar, les pareció mucho más corto de lo que en realidad era. Cuando sus
miradas se cruzaban accidentalmente mientras intercambiaban algún comentario,
Victoria instintivamente intentaba rehuirla, mantener la calma y disfrutar de
cosas intrascendentes.
Al
llegar a uno de los puntos recomendados para dejar los automóviles, decidieron
abrigarse convenientemente y recorrer el resto del trayecto a pie. Aunque había
algunas nubes en el cielo, el día era soleado y merecia la pena vivir ese
espectáculo de la naturaleza lo más cerca posible. Mientras se dirigían a una
de las plataformas de observación, iban oyendo los comentarios de dos hombres
que caminaban en la misma dirección, y que no parecían ser turistas, sobre un
posible derrumbe, lo que hizo que Santiago se aproximase a ellos para
preguntarles sobre qué hablaban y asegurarse de que no existía ningún riesgo.
Aquellos hombres les explicaron algo sobre lo que ellos ya tenían cierta
información. El glaciar que se erguía majestuoso de más de cinco kilómetros de
frente y cuyas paredes emergían en algunos puntos más de ochenta metros,
avanzaba sobre el agua hasta interrumpir el curso del lago Argentino. Se
convertía así en un enorme dique para el caudal de uno de los brazos del lago
haciendo que el nivel de sus aguas subiese unos veinte metros. Este aumento de
nivel producía una gran presión sobre la parte del glaciar que ejercía de tapón
consiguiendo al fin, cada tres o cuatro años, derrumbarlo. Al parecer se
trataba de un acontecimiento de fuerza inconmensurable que precisamente de
tener lugar era en esa época del año, en los meses de febrero o marzo, durante
el verano argentino. Ese año se cumplían cuatro años desde el último
derrumbamiento y, aunque eran muy pocos los afortunados que lograban presenciar
ese momento, aquellos lugareños no cejaban en su entpeño de conseguirlo,
acudiendo a aquel lugar cada día que les era posible para contemplar el
glaciar.
Santiago
y Victoria siguieron a aquellos hombres hasta el lugar en el que ellos solían
detenerse para su espera. Aun sin derrumbamiento, el espectáculo que ofrecía el
Perito Moreno era realmente impresionante. El día era claro, las pocas nubes
que había en el cielo eran demasiado altas como para impedir la contemplación
de la lengua de hielo en toda su inmensidad. Mirando hacia el horizonte se
podían ver los treinta y cinco ki lómetros que recorría desde el hielo
continental hasta el lago Argentino, deteniéndose finalmente a poca distancia
de donde ellos estaban situados.
Santiago
pasó el brazo sobre el hombro de Victoria corno si así pudiese transmitirle
mejor la impresión que le causaba lo que veía.
—¿Ves
esto. Victoria? —le preguntó mientras seguía mirando hacia el frente,
conmovido—. Sería maravilloso vivir uno de esos derrumbamientos.
—Creo
que me daría miedo —contestó ella con voz suave—. Esto ya me parece lo
suficientemente impresionante.
—Tal
vez tengas razón —dijo él, volviéndose para mirarla—. La fuerza de la
naturaleza es algo que hay que temer... Muchas veces es irrefrenable y, quizá,
no tengamos derecho a ser testigos de su curso.
Victoria
sentía de nuevo el calor de Santiago, la profundidad de su voz y la intensidad
de su mirada. Hablaba sobre la fuerza de la naturaleza acercándose a ella cada
vez más, corno si con sus palabras se refiriera a ellos, a la electricidad
existente entre ambos. Cuando sus labios estaban a punto de rozarla, un fuerte
estruendo sonó frente a ellos, les pareció incluso que la tierra temblaba.
Ambos miraron inmediatamente hacia el lugar de donde provenía aquel sonido.
impresionados por su intensidad, para ser testigos del desplome de parte del
frente del glaciar. El espectáculo resultaba sobrecogedor... De nuevo sus
retiradas volvieron a encontrarse para sentir la irremediable fuerza que les
llevaba el uno hacia el otro, que hacia que sus labios se aproximasen.
La
boca de Santiago buscó con avidez los labios de Victoria, que se entreabrian
lentamente para recibir su calor. Los brazos de ella se deslizaron por la
espalda de él hasta que sus ruanos alcanzaron su cuello, acariciándolo con
suavidad al mismo ritmo de sus besos. Santiago humedeció con su lengua la boca
de Victoria, dibujando con ella su perfilado contorno, ansiando su contacto,
estrechándola contra su cuerpo hasta sentirla temblar,
Victoria
cerraba los ojos intentando que lo que Santiago le hacía sentir y que llegaba
hasta lo más profundo de su ser quedase impreso en ella para siempre. El fuego
que corría desbocado por sus venas pedía a grritos el contacto de sus pieles,
el sentirse moldeada por sus varoniles manos, saberse suya aunque sólo fuese un
instante era suficiente...
Santiago
se separó de ella unos centímetros, lo justo para susurrar sobre su boca las
palabras que plasmaban sus sentimientos, la necesidad que sentía de ella...
—No
sé lo que soy para ti, Victoria, pero quiero que mte veas como a este glaciar
—dijo Santiago estrechándola de nuevo, como si quisiese fundirse con ella—.
Aguanta firmemente la presión que las aguas ejercen sobre él hasta que un buen
día se desploma, demostrando con ello su fuerza, arrebatándose sin freno —la
miró fijamente. con aquella mirada que Victoria sentía como una quemadura—. No
soy un lord ni quiero serlo, soy un hombre, un hombre de verdad que se desploma
ante ti, que ya no puede resistir durante más tiempo tu proximidad sin caer
vencido y amarte hasta enloquecer.
La
abrazó de nuevo, buscando otra vez sus labios, buscando con su boca la boca de
ella para después volver a acariaciarla con ternura...
Victoria
creía que no iba a poder seguir respirando. Era tal la intensidad de lo que
estaba sintiendo que hubiese deseado que ese momento no terminase nunca, ser
suya en ese mismo instante, entregarse a su pasión, a su desbordante e
incalculable fuerza que la hacía creerse en medio de un torbellino, un
maravilloso huracán de consecuencias impredecibles.
Permanecían
abrazados, unidos como si su necesidad del otro nunca pudiese ser saciada,
cuando unas enormes nubes negras cubrieron el cielo. No se dieron cuenta de
ello hasta que los grandes copos de nieve, que al principio caían blandamente
sobre ellos, se convirtieron en proyectiles que el viento movía a su antojo.
Cuando volvieron a mirar a su alrededor parecía que estaban en otro lugar. Las
aguas del lago empezaban a agitarse furiosas. mientras que una cortina de nieve
y viento impedía ver el glaciar. Santiago tomó a Victoria de la mano e,
intentando protegerla cle la imprevista inclemencia con sir cuerpo, comenzó a
avanzar hacia el lugar donde habían dejado estacionado el auto.
Los
dos hombres —que les habían estado hablando sobre el glaciar pasaron por su
lado, cubriendo sus Baberas con las capuchas de sus impermeables, al ver a los
dos jóvenes que corrían, se detuvieron a su altura.
—¡Eh,
amigo¡ —exclamó el mayor de ellos dirigiéndose a Santiago en voz alta para que
pudiese oírle—. ¡Amigo!
—¡Dígame!
—contestó Santiago en el mismo tono, ya que el sonido del viento hacía dificil
la comunicación.
—¿Adónde
se dirigen? —preguntó el mismo hombre, acercándose más a ellos.
—A
nuestro automóvil —explicó Santiago, sin soltar a Victoria—. Lo hemos dejado un
kilómetro más atrás del lugar donde nos hemos encontrado con ustedes.
—¡No
llegarán! —exclamó el hombre más joven—. Esta ventisca es de las fuertes.
Además, en el caso de que lograsen alcanzar el auto, ¿dónde tienen alojamientos
—En
El Calafate —contestó Santiago—. ¿Qué ocurre?
—Será
mejor que vengan con nosotros —ofreció el mayor de ellos—. Si llegasen hasta el
auto, después sería imposible que llegasen hasta el hotel. Es muy peligroso
quedarse aislado por aquí.
—¿Cree
que esto durará mucho? —preguntó Victoria asustada—. Tal vez lleguemos, aún es
temprano.
—Es
mucho más de mediodía y la carretera es mala. ¡Esto no tiene aspecto de cambiar
hasta mañana¡ Es imposible que lleguen.
—Pero...
—intentó objetar Santiago.
—Vamos,
amigo —le instó el más joven—. No podremos salir de aquí si no se deciden.
¿Vienen o no?
Victoria
le hizo un gesto de aprobación a Santiago. Realmente el día había adquirido un
aspecto horroroso. Incluso parecía que era de noche.. Debían haber estado horas
allí sin darse cuenta. No se veía a ningún otro turista por los alrededores. El
viento les azotaba con fuerza el rostro y la temperatura habla descendido
considerablemente haciendo que la nieve fuese acumulándose a gran velocidad,
convirtiendo en más penoso y lento su caminar.
—¡Les
seguimos! —dijo Santiago, estrechando a Victoria contra su costado—. ;Muchas
gracias¡
—¡Pues
en marcha: —animó el mayor—. Nos queda bastante camino y esto está cada vez
peor.
Victoria
estaba realmente asustada. Cada vez había menos luz y el frío calaba su ropa
hasta que parecía entumecerle los huesos. Santiago la ayudaba a avanzar,
tirando de ella, sin soltarla en ningún momento. El viento no dejaba de soplar
arrastrando a su paso la nieve que les golpeaba el rostro, aunque quisiesen
ocultarlo entre sus ropas. Ni Santiago ni ella habían tenido la precaución de
sacar del automóvil ni las gorras ni los abrigos de sobra que habían llevado,
por lo que los copos se pegaban a su cabello. Uno de los hombres que les
guiaban se acercó a Victoria, poniéndole sin preguntarle nada su gorra de lana,
para después ofrecerle la capucha que había separado de su impermeable.
—¡Póngase
esto, señorita! —exclamó colocándole las piezas que le ofrecía—. Usted no está
acostumbrada a esto y no es muy agradable.
—¡Gracias!
—acertó a decir Victoria, mirando a Santiago con gesto atemorizado.
—¿Adonde
vamos? —preguntó Santiago, aprovechando la proximidad de uno de ellos.
—A
la estancia en la que trabajamos. Nuestras casas están cerca de aquí si se
cruza en línea recta. Sólo se puede ir a pie —contestó el hombre, adivinando la
pregunta que le iba a hacer Santiago acerca de su automóvil.
Después
de lo que a Victoria le pareció un camino interminable, cuando creía que estaba
a punto de derrumbarse y no poder moverse más, Santiago advirtió su debilidad y
la levantó en brazos. La apretó fuertemente contra su pecho y reinició la
marcha como si no realizase ningún esfuerzo, siguiendo de cerca a los dos
hombres que iban delante de él y que les animaban haciendo gestos con los
brazos. Finalmente, cuando lle garon a la cumbre de un pequeño montículo,
Santiago vio las luces de lo que parecían varias casas.
—Mira,
Victoria. Ya estamos llegando —susurró suavemente en su oído—. Sólo un poquito
más y habremos llegado.
Uno
de los hombres miró hacia atrás cuando estaban relativamente cerca de las casas
y, al ver la expresión contraída de Santiago y ¡a inactividad de Victoria se
acercó hasta ellos, diciéndoles que ya estaban en casa, que pronto se
encontrarían mejor. Intentó llevar él a Victoria, pero Santiago la estrechó más
contra su pecho., demostrando que podía llegar hasta allí.
Aquellos
últimos metros parecían eternos pero, finalmente, consiguieron alcanzar lo que
minutos antes sólo parecía un sueño. La puerta de una de las casas se abrió
para dejarles pasar, cerrándose inmediatamente después. Santiago dejó a
Victoria en el lugar que le indicaba la mujer mayor que les había abierto,
sobre una butaca junto a la chimenea. El calor del hogar encendido les infundía
poco a poco la vida a los recién llegados que se acercaban al fuego ansiando su
calor. La mujer no permitió que ninguno de ellos se acercase a Victoria y,
amorosamente, la despojó del gorro y la capucha, así como de su abrigo,
acercándola más al hogar para que fuese reaccionando. Su rostro amoratado fue
adquiriendo poco a poco un tono sonrosado que indicaba que volvía a la
normalidad, mientras que frotaba sus manos una contra otra y se quitaba ella
misma las botas, deseosa de sentir de nuevo que la sangre circulaba por sus
venas.
—Soy
Humberto Guerra —se presentó el mayor de los hombres, tendiéndole la mano a
Santiago cuando todos se sentían mejor—. Ella es mi señora, Anita —señaló a la
mujer que inclinó la cabeza—, y éste mi hijo, también se llama Humberto.
El
hijo de Humberto Guerra le tendió también la mano a Santiago, que la estrechó
con fuerza.
—Yo
soy Santiago Arques y ella, mi esposa, Victoria —aseguró Santiago, con una
sonrisa—. Les estamos muy agradecidos por lo que han hecho por nosotros.
Victoria
miró sorprendida a Santiago mientras respondía a los saludos de los tres
miembros de la familia Guerra. La casa era humilde, pero limpia y bien cuidada.
Anita colocaba apre—suradamente al fuego de la cocina de leña una tetera para
calentar agua. A su vez, los dos hombres situaban varias sillas alrededor de la
mesa redonda que debía servirles de comedor e invitaban a Santiago y a Victoria
a sentarse junto a ellos.
—¡Qué
barbaridad! —exclamó Santiago, ayudando a sentarse a Victoria y sentándose él
después en la silla que estaba a su lado—. ¿Cómo ha podido ocurrir esto de
repente?
—Aquí
nunca se sabe —dijo el padre, encendiendo un cigarrillo—. Puede ocurrir
cualquier cosa en unas horas, pero hacía mucho que el tiempo no se volvía tan
loco en verano.
—Un
buen mate nos entonará el cuerpo —rió el hijo, ofreciéndole tabaco a Santiago—.
¿Se encuentra usted mejor, señora?
—Mucho
mejor, gracias.
Anita
Guerra sacó la tetera del fuego antes de que el agua comenzase a hervir.
Victoria siempre había considerado el rito del mate como una vulgaridad propia
de las gentes de baja ca—tegoría social y nunca se había preocupado por
conocerlo. Lo había visto de lejos, entre los peones de su estancia y algunos
conocidos de Buenos Aires, pero nunca había aceptado sus invitaciones ni se
había fijado en qué debía hacerse. Ahora se vela en el compromiso de
participar; aquella buena gente les había salvado la vida, se habían preocupado
por ella ofreciéndole todo aquello de lo que disponían, así que no podía
hacerles un desaire. Ella, que tan correcta era habitualmente, que siempre
sabía qué hacer, ahora se daba cuenta de que al salir de su círculo se
encontraba perdida, de que no sabía cómo actuar correctamente en esa ocasión.
Santiago
advirtió su expresión de desconcierto mientras el marido de Anita dejaba la
tetera sobre la mesa y preparaba en el mate la yerba para después verter algo
de agua en su interior.
—Deben
disculpar a mi esposa —dijo Santiago, dirigiéndose a la familia Guerra—. Es de
familia inglesa y ha pasado la mayor parte de su vida fuera del país, así que
no sabe cómo debe tomarse el mate.
—¿Hace
pocó que están casados? —preguntó sonriente Anita al percatarse del evidente
sonrojo de Victoria.
—Sí
—afirmó Santiago sonriente—. Menos de una semana, ¿verdad, querida? Ésta es en
realidad nuestra luna de miel.
Padres
e hijo les felicitaron y, sonriéndole a Victoria, condescendientes con su
ignorancia, prepararon mate dulce, en lugar del amargo que ellos solían tomar,
para que a Victoria le resultase más suave.
—¿Ves,
Victoria? —comentó Santiago, mientras Humberto succionaba la bombilla después
de añadir por vez primera agua al mate—. Humberto es el cebador, es decir, el
que sirve el mate. Él bebe primero porque el primer mate nunca es demasiado
bueno, de este modo los que le acompañan siempre tomarán lo mejor. Ahora
volverá a rellenarlo y lo pasará a uno de nosotros, que debemos succionar la
infusión igual que lo ha hecho él.
Humberto,
que sonreía al escuchar las explicaciones de Santiago, cebó de nuevo el mate y
se lo pasó a Victoria.
—¡Gracias!
—sonrió ella, tomándolo entre sus manos.
—No,
cariño —sonrió Santiago, disculpándose con los presentes—. No debes decir
gracias. Eso sólo se dice cuando no vas a querer tomar más. El te seguirá
sirviendo cuando llegue tu turno hasta que digas «gracias», entonces sabrá que
no quieres más y, en la siguiente ronda, le pasará el mate al siguiente.
—¡Es
más complicado de lo que parecía! —rió Victoria, que se sentía más tranquila
por las explicaciones de Santiago y porque hubiese sabido disculparla frente a
la familia Guerra—. ¿Ahora qué debo hacer?
Anita,
su marido y su hijo, contemplaban divertidos la escena. Los tres miraron a
Santiago para escuchar cómo le explicaba el resto.
—Veamos
—contestó Santiago, alegremente—, no debes succionar con demasiada fuerza,
debes hacerlo suavemente. Nunca debes dejar agua dentro del mate ni mover la
bombilla de su sitio y, por último, debes terminar haciendo un par de ruidos
secos cuando el agua se haya terminado. Creo que no se me olvida nada.
—¡Allá
voy! —exclamó Victoria, haciéndole un guiño a Santiago.
Cuando
Victoria finalmente sorbió en seco dos veces, tal y como le había indicado su
sorprendente marido, se encontró con las miradas sonrientes de aprobación de
sus compañeros de mesa.
—¿Lo
he hecho bien? ——preguntó tímidamente.
—Muy
bien, querida —contestó Santiago, haciéndole una caricia—. Ahora debes
entregarle de nuevo el mate a Humberto.
La
ventisca parecía que no iba a terminar nunca. Después de tomar el mate, el hijo
de los Guerra se despidió de ellos y salió de la casa para ir a la suya, a
pocos metros de allí, donde le esperaba su mujer. Victoria y Santiago pasaron
la tarde con Humberto y Anita al calor de la chimenea. Charlaron sobre el
campo, las cosechas y el ganado, sobre la belleza de aquellos parajes y su
supuesta luna de miel. Después, Victoria ayudó a Anita a preparar la cena,
mientras los hombres salían a buscar la leña que tenían junto a la casa para
alimentar de nuevo el fuego.
Victoria
lo pasaba realmente bien. Sus anfitriones eran gente humilde pero muy amable y
cariñosa que hacían que se sintieran como en su propia casa. Cerraron
churrascos y una pasta de maíz que a Victoria pareció deliciosa, ofreciéndoles
de postre el mejor dulce de leche que nunca habían probado. Pese a que por el
sonido del viento Victoria supuso que el momento de marcharse de allí no estaba
cerca, no le importaba en absoluto. Se sentía cómoda, alegre y feliz. No estaba
mal ser de pronto la esposa de Santiago y se sorprendía a sí misma disfrutando
de las cosas sencillas que les ofrecían.
Después
de la cena, cuando se acercaba la hora de dormir, Anita y Humberto entraron un
momento en su habitación, para salir unos minutos después abrigados y con una
bolsa en la mano.
—¿Adónde
van? —preguntaron Santiago y Victoria a un tiempo.
—Vamos
a dormir a casa de nuestro hijo —contestó Hurnberto, acercándose a Santiago y
palmeándole la espalda—. Su casa está justo al costado y tiene sitio de sobra.
—Pero
no es necesario —objetó Victoria—. Si nos dejan un par de mantas, nosotros
dormiremos aquí, en el suelo. Han sido ustedes muy amables y no queremos que se
tengan que ir de su propia casa.
—No
es ningún sacrificio, hija —sonrió Anita—. ¡Claro que cabemos los cuatro aquí!
Pero estáis de luna de miel y eso es algo sagrado, nieve o no.
Antes
de que pudiesen decir nada más, Humberto tomó a su mujer del brazo, se
despidieron y salieron de la casa.
Capítulo
10
SANTIAGO
y Victoria se quedaron solos, sentados frente a la chimenea de la pequeña casa
de madera y piedra. El ruido del viento se colaba por las rendijas de tas
ventanas y una cortina de nieve caía al otro lado del cristal.
—¿Por
qué les has dicho que soy tu esposa? —preguntó Victoria, rompiendo el silencio
en el que se habían quedado.
Santiago
miró a Victoria sonriendo, viendo el reflejo del fuego chisporrotear en su
rojizo cabello. Llevaba puesta una gran camisa de franela a cuadros de Humberto
que Anita le había prestado, unos pantalones que tampoco eran de su talla y
unos gruesos calcetines de lana. Con su lisa melena suelta, sin maquillar y un
brillo alegre en sus ojos, parecía otra mujer... La verdadera Victoria, la
sensible y divertida, la que deseaba vivir la vida intensamente aunque se lo
negase, iba saliendo poco a poco a la superficie con un aspecto más infantil,
más sensible y cercano. Estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas,
sobre tina alfombra de piel de vaca que había junto a la chimenea. Allí parecía
ajena a los convencionalismos sociales que tanto respetaba, parecía distinta...
—¿Me
estás escuchando, Santiago? —preguntó de nuevo Victoria sonriendo.
—Sí,
te escucho —contestó Santiago, saliendo de su abstrairniento—. Si no les
hubiese dicho que estábamos casados se hubiesen sentido mucho más violentos. No
hubiesen sabido qué hacer con nosotros..
—Tienes
razón —aceptó Victoria, bajando la mirada para luego volver a dirigirse a él—.
Es una gente encantadora. Muchas gracias por tu ayuda, no tenía la menor idea
de cómo se tomaba el mate y lo último que hubiese querido era ofenderlos
después de lo que han hecho por nosotros.
—No
te preocupes —contestó él, estirando su brazo para acariciarle el pelo—. Lo
supuse cuando vi tu expresión. Dime la verdad, no ha sido tan terrible
compartir un mate y algo de tu tiempo con gente sencilla, ¿no?
Santiago
estaba sentado en la butaca y Victoria, que le miraba desde su posición en el
suelo, se acercó más a sus piernas, apoyando su cabeza en las rodillas de él,
para ocultar el sonrojo que le causaban sus palabras.
—En
realidad, creo que es lo mismo que tomar el té, aunque de un modo diferente
—admitió Victoria, levantando de nuevo la vista y fijándola en él—. La actitud
de esta gente es sincera y abierta... No sólo no ha sido terrible, sino que te
puedo garantizar que he pasado uno de los mejores días de mi vida. A excepción
del trayecto hasta aquí, claro.
Santiago
bajó la cabeza poco a poco hasta ponerse a la altura de ella. Con su mano
acarició las sonrosadas mejillas de Victoria para luego sentarse junto a ella
en la alfombra, El mismo imán que les había atraído mientras contemplaban el
glaciar parecía volver a ejercer su influjo con fuerza renovada.
Victoria
de nuevo sentía en los suyos la mirada intensa de los negros ojos de Santiago,
que parecían querer leer en su corazón. Como si adivinase sus sentimientos, los
labios de él volvieron a acercarse a los de Victoria, que esperaban palpitantes
e impacientes ese contacto, que necesitaban sentir de nuevo la dulce calidez de
sus besos. Aquellas sensaciones la hacían sentirse otra mujer, una mujer
diferente que vivía la intensidad que él le ofrecía como el más preciado de los
dones, como algo que nunca antes había experimentado y que quería que se
quedara con ella para siempre.
Poco
a poco, mientras se sentían sumergidos en la nube de su mutua pasión y ternura,
las manos de Santiago buscaron lentamente las suaves fiormas de Victoria por
encima de la gruesa camisa de franela, modelando su cuerpo, buscando su
proximidad. La nueva mujer que había surgido de Victoria se separó tinos
centímetros de Santiago y fue desabotonando uno a uno los botones de su propia
camisa, hasta que su blanca piel pudo verse por la abertura. Cuando terminó con
los botones, con un suave movimiento la dejó caer, sacando sus brazos de las
mangas y ofreciendo su torso completamente desnudo a Santiago, que la
contemplaba como si de un sueño se tratase. Las manos de Victoria buscaron las
de él, llevándolas con pulso tembloroso hasta sus erguidos y redondos pechos
que ansiaban ser acariciados. Ella cerró los ojos al percibir el dulce contacto
de los dedos masculinos que se deslizaban sobre su piel haciéndola estremecer,
obligándola a sentir cada vez más una insaciable necesidad de él.
Las
manos de Victoria parecían moverse solas hacia el cuerpo de Santiago,
desabotonando su camisa igual que había hecho antes con la suya, para poder
saciar la sed acuciante del roce de sus pieles. Santiago se despojó finalmente
de la prenda y tumbó a Victoria sobre la alfombra con suavidad. La besó primero
despacio, como si estuviese saboreando sus rojos labios. como si nunca quisiese
separarse de su boca, para después besar su barbilla y recorrer su cuello
mientras sus manos viajaban sinuosas por cada centímetro de la piel de ella.
Victoria
sentía cómo se estremecía su cuerpo con las caricias de Santiago, cómo cada
milímetro de ella pedía cada vez más, cómo su respiración se aceleraba al igual
que los latidos de su corazón. La intensidad de las sensaciones que la
embargaban era tal, que creía perder el control, volverse loca con la humedad
de los besos de Santiago que movía con parsimonia la lengua sobre sus pechos,
mojándolos con calidez, con el fuego de su pasión, deshaciéndose a la vez de
los pantalones que cubrían las piernas de Victoria y haciendo lo mismo con los
suyos.
La
sala estaba oscura, sólo la iluminaba la luz anaranjada del fuego, únicamente
se oían los suaves gemidos de Victoria y las palabras de amor de Santiago
arrulladas por el silbido del viento... Eran dos seres alimentados por su amor,
dos sombras fundidas en una que deseaban no separarse jamás, que necesi taban
su mutuo contacto para seguir vivas, para no desvanecerse, que se buscaban
entre sí para seguir aferradas a la realidad de su sueño de amor.
Santiago
tomó a Victoria entre sus brazos apasionadamente, con la fuerza de un amante
que quiere que su amada sienta la irrefrenable necesidad de su deseo de
sentirla suya, besándola con ansiedad. acariciándola sin tregua, hasta tumbarla
sobre la recia mesa de madera que estaba tras ellos.
El
blanco y suave cuerpo de Victoria parecía resplandecer y Santiago lo
contemplaba con chispas de deseo brillando en sus ojos, consciente de lo
irremediable del sentimiento de saberse suyo,.. Victoria, tumbada, podía
advertir los ojos de Santiago en ella, sus martirizadoras caricias que lograban
que hasta el más escondido pliegue de su piel pidiese a gritos más, que
buscase, primero despacio y luego de manera imperiosa lo único que saciaría su
sed de él.
La
manera en que Victoria se movía buscando su contacto, sus ojos verdes que se
entrecerraban para luego volver a abrirse hasta encontrar su mirada, el modo en
que sus finos y rojos labios se humedecían paliando así la sequedad que su
acelerada respiración les causaba„ el contacto de sus manos que le perseguían
hasta hacer que su piel se contrajese, que todos sus músculos estuviesen en
tensión, hicieron que no pudiese negarse ni un segundo más a fundirse con ella,
a entrar en su calidez...
Victoria
se entregó a él sin dudas, sin temores. El saberse suya, el sentirle dentro de
ella no hacía más que aumentar su necesidad de no separarse nunca de él, del
hombre que en sólo unos días había cambiado su vida. Se entregó a Santiago
sabiendo que nunca volvería a ser la misma, disfrutando de la intensidad del
momento en el que su hombre, su amante, volvió a tomarla en brazos,
manteniéndola pegada a su cuerpo, sin querer separarse de ella... Luego volvió
a dejarla sobre la alfombra, abrazándola, fundiéndose con ella, logrando que
ninguna célula de su cuerpo escapase de su calor, de su amor.
Se
amaron hasta el amanecer. Arropados en la calidez de la cama, enlazados sus
cuerpos cansados, se quedaron dormidos mientras una suave se filtraba por la
ventana iluminando sus sueños de amor, la placidez de su deseo saciado...
Anita
llamó a la puerta cuando ya era casi mediodía. Sus golpes suaves despertaron a
Victoria que, tras consultar su reloj de pulsera, se levantó sobresaltada y
después de buscar camisa para cubrirse con ella, fue a abrir.
—Perdóneme,
Anita —se disculpó Victoria—. No tenía la menor idea de la hora que era. Creo
que hacía años que no dormía tan bien.
—Me
alegro mucho, hija —sonrió la mujer entrando en la casa. Por eso no he venido
antes. Imaginamos que estaríais cansados y no había motivo para despertaros.
—Parece
que ha dejado de nevar, .no? —dijo Victoria, cerrando la puerta y mirando por
el vidrio de la ventana.
—De
momento parece que sí, pero el cielo sigue nublado... quién sabe... —Anita se
quitó la chaqueta v puso la tetera al fuego, y al ver que Victoria se dirigía a
la habitación añadió—: No le despiertes todavía, deja que duerma... es bueno
para los hombres —sonrió con complicidad.
Victoria
se sonrojó por la sonrisa de Anita más que por su comentario. Miró a su
alrededor algo alterada, buscando con la mirada algún detalle que pudiese
delatar lo que había ocurrido en aquella parte de la casa la noche anterior.
Anita rió al ver la reacción de Victoria...
—No
te preocupes, hija —dijo con voz calmada, invitándola a que se sentase junto a
ella—. Llevo muchos años casada y sé lo que se siente al estar con el hombre
que se arria. El brillo de tus ojos me dice que estás muy enamorada y que
Santiago te hace feliz.
—Sí...
Muy feliz —titubeó Victoria con una sonrisa soñadora.
—Es
un buen hombre, eso se ve a la legua —afirmó Anita moviendo la cabeza—. Es
inteligente y trabajador y, lo más importante. te ama.
—¿Cómo
lo sabe? —preguntó Victoria, extrañada.
—Es
un hombre transparente. ¿Todavía no te has dado cuenta? Hacéis una buena
pareja.
—Muchas
gracias —contestó Victoria, bajando la mirada—. De todos modos, debo
despertarle. No podemos seguir invadiendo su casa y tendremos que marcharnos.
—Creo
que eso va a ser imposible —contestó Anita sin dudar—. Estamos incomunicados
por la nieve. No podéis llegar a ningún sitio y el cielo indica que tal vez
vuelva a nevar.
—Pero...
—Pero
nada —se levantó de nuevo Anita, anudándose un delantal a la cintura—. Vamos a
preparar la comida para nuestros hombres. Os podéis quedar aquí hasta que todo
vuelva a la normalidad.
Victoria
había pasado los cuatro mejores días de su vida en aquella humilde cabaña.
Durante el día disfrutaban de la compañía de la familia Guerra al completo,
incluido el bebé, el primer nieto de Humberto y Anita. Por la noche vivía la
pasión y el amor de Santiago, temblaba bajo las caricias de sus manos y se
entregaban el uno al otro como si realmente fuesen marido y mujer. Cuando llegó
la hora de las despedidas hubiese querido que otra ventisca viniera a impedir
que aquel sueño se rompiese... Quería quedarse allí con Santiago, no tener que
regresar a la realidad de sus vidas, a todo lo que les había separado en un
principio.
Los
dos hombres de la familia Guerra les llevaron hasta su automóvil en uno de los
camiones de la estancia. Les convencieron de que no fuesen solos caminando por
si la batería del auto les jugaba una mala pasada. Cuando comprobaron que éste
arrancaba sin problemas, se despidieran definitivamente y emprendieron el
regreso a El Calafate.
A
Victoria le parecía que había transcurrido mucho tiempo desde que llegaron a
visitar el Perito Moreno, desde que se despidieron de Jane.... Jane... Pensó en
Jane de nuevo cuando estuvo sentada en el auto, con la mirada fija en la
carretera. A partir de ese instante comenzaba una nueva etapa en su vida.
Santiago
y ella no habían hablado una sola palabra sobre el futuro en aquel tienipo,
simplemente se habían dejado llevar como si en realidad hubiesen estado en su
luna de miel pero, ¿qué ocurriría ahora? Tal vez él volvería junto a Jane, al
fin y al cabo también había pasado una noche con ella y esa idea la martirizaba
a medida que se acercaban a su destino.
—¿Qué
te ocurre, Victoria? —le preguntó Santiago finalmente al percatarse de su
silencio.
—¿Te
puedo hacer una pregunta? —se atrevió a decir Victoria.
—Por
supuesto —afirmó Santiago, mirándola de reojo.
—¿Qué
es Jane para ti?
Al
oír la pregunta. Santiago detuvo el automóvil a un lado de la carretera sin
pronunciar ni una palabra. Se giró en su asiento y clavó su mirada en Victoria
para después atraerla hacia sí y besarla apasionadamente.
—¿Crees
que esa pregunta es necesaria? —preguntó Santiago sobre sus labios después de
besarla—. Creo que esta contestación es más que suficiente.
—Pero...
—intentó protestar Victoria, perdida entre sus brazos.
—No
sé lo que pasará mañana —susurró él—, pero tú eres la única mujer que
significas algo para mí. Te quiero, ¿me oyes? No lo dudes nunca.
Cuando
llegaron a su hotel, Victoria llamó a sus padres y Santiago hizo una llamada a
Buenos Aires. Iban a tener que regresar antes de tiempo por problemas de
trabajo que le habían surgido a él, así que pasaron la noche allí, la última
noche de aquella maravillosa semana y a la mañana siguiente emprendieron el
regreso a casa.
Victoria
sentía ganas de llorar. No quería separarse de él, tenía miedo del futuro.
Amaba a Santiago con todo su corazón, con toda su alma y tenía miedo de
perderle. Realmente no sabía nada sobre él, a excepción de que era un hombre
que se había hecho a sí mismo. Cuando llegaron a la puerta de su casa se
fundieron en un cálido e interminable abrazo y se be—saron hasta casi no poder
respirar.
—¿Qué
pasará ahora? —preguntó Victoria, intentando leer en el fondo de aquellos
intrigantes ojos negros—. ¿Qué será de nosotros?
Santiago
sonrió y la estrechó fuertemente contra su pecho.
—He
de volver a casa de los Bridges a buscar mis cosas y devolver el auto. Hoy
mismo partiré hacia Buenos Aires. Yo te llamaré.
—Si
me das tu teléfono yo...
—No
—la interrumpió Santiago mirándola a los ojos y levantando su barbilla con los
dedos—. Yo te llamaré, Recuerda siempre que me has hecho muy feliz y que te
quiero.
—Yo
también te quiero —se abrazó Victoria a él, sintiendo Ya la soledad de su
separación—. Por favor, llámame pronto.
Victoria
se quedó en medio del camino que llevaba a la puerta de la casa de sus padres
siguiendo el arito con los ojos hasta que lo vio desaparecer. Por una parte se
sentía la mujer más feliz del mundo, estaba enamorada, más enamorada de lo que
nunca soñó que fuese posible. Había vivido la pasión, había disfrutado de otra
vida completamente diferente a la suya, la que ahora regresaba era otra
persona, una Victoria Rendle diferente, una mujer distinta. Sin embargo. tenía
miedo. Se había entregado a Santiago Arqués sin condiciones ni caretas, había
derrumbado todos los muros con los que solía protegerse pero, ¿y si no la
llamaba? Su manera de despedirse no había sido clara, no sabía lo que había
querido decir con aquellas palabras, tal vez se había despedido para siempre y
ella no lo había salido ver...
Habían
transcurrido diez días desde que Santiago la dejó en la puerta de su casa. Diez
largos días que le habían parecido interminables. los peores días de toda su
vida. La esperada llaniada del hombre que amaba no llegaba nunca. Vagaba por—
la casa día tras día lanzándose al teléfono cada vez que éste sonaba. Sus
padres eran testigos silenciosos de su ir y venir que se había convertido en
una tortura para todos. No quería salir de casa. Ni tan siquiera cabalgar sobre
su yegua o pasear con su padre lograban calmarla. Se sentía desdichada y
hundida, al borde de la desesperación. ¿Por qué no la llamaba? ¿Es que todo lo
que habían vivido había sido mentira? Tal vez no la amaba... Las frases con las
que se había despedido Santiago volvían a repetirse una y otra vez en su
memoria, haciéndole cada vez más insoportable aquella infructuosa espera...
«Recuerda siempre que me has hecho muy feliz y que te quiero», «Recuerda
siempre...» Cada vez estaba más segura de que en aquel mo—mento no quiso darse
cuenta de que aquello era una despedida definitiva, aunque su corazón se lo
estuviese diciendo. Se recordaba a sí misma en el camino, viendo cómo se
alejaba el automóvil en el que iba su único amor y sentía pena de sí misma...
Él se había ido y no volvería más.
Aquel
día, el décimo desde que Santiago saliese definitivamente de su vida, Victoria
comunicó a sus padres su intención de regresar a Buenos Aires. Necesitaba
reincórporarse a su vida normal, volver a trabajar si no quería volverse loca.
Ann y Paul apoyaron su idea e incluso decidieron ir con ella. Le dijeron que
aprovecharían para resolver algunos asuntos pendientes y, pese a que Victoria
era consciente de que sólo querían asegurarsee de que estaría bien, aceptó
gustosamente su compañía. A pesar del desengaño que había vivido, la nueva
Victoria Rendle se había afincado con fuerza en su espíritu y no temía mostrar
sus sentimientos, reconocer sus debilidades e intentar superar los escollos del
camino...
A su
llegada a Buenos Aires lo primero que hizo fue ir a visitar a su amiga y
editora, María Albarello. [.a había advertido por teléfono de su llegada y de
su necesidad de hablar con ella, por lo que María había anulado todas sus citas
y la esperaba en su despacho. María era una mujer de unos treinta y cinco años,
de cabello moreno y aspecto elegante que, pese a ser algo baja y redondeada,
resultaba atractiva. "Tenía un mar cado acento italiano heredado de sus
padres y una habilidad especial para escuchar y subir el ánimo de cualquiera.
—¡Querida
Victorial —exclamó al verla, levantándose de inmediato para abrazarla—. ¿Cómo
estás? Quiero que me lo cuentes todo.
—¡Oh,
daría: Tenía tantas ganas de verte —contestó Victoria, con los ojos arrasados
en lágrimas—. Eres la única persona a la que le puedo contar cómo me siento
realmente. Mis padres están demasiado preocupados por mi y...
—Cálmate,
Victoria. Cálmate v cuéntame lo que te pasa.
Las
dos mujeres se sentaron en un pequeño sofá de cuero que había en el despacho.
María ordenó que les sirvieran dos cafés y escuchó con calma el relato de
Victoria. Era evidente que se había enamorado de verdad, que su postura de
mujer fría e indiferente había quedado atrás para siempre y, curiosamente, no
sentía rencor hacia el hombre que la había abandonado.
—He
aprendido la lección, María —afirmó Victoria al terminar su historia—. Él me
enseñó que nadie es más que nadie, que lo que realmente hay que valorar en una
persona es su interior, sea quien sea... Campo o ciudad, rico o pobre... ¡Qué
más da! —sonrió con melancolía—. Los días más felices de mi vida los he pasado
junto a personas a las que yo nunca había considerado, cuyo esfuerzo nunca
había valorado. Él nunca me lo echó en cara directamente, pero imagino que no
debe ser fácil estar junto a una mujer que en varias ocasiones afirmó
despreciarle.
—Pero
tú no le despreciaste a él —dijo María, ofreciéndole un pañuelo a su amiga.
—Sí
lo hice. María —aceptó Victoria, bajando la mirada—, Lo hice al burlarme del
héroe de mi libro, lo hice al no disculparme con él, al no querer bajar de mi
pedestal y no con—siderarle como se merecía...
—Le
quieres, ¿verdad— —dijo María en voz baja.
—Creo
que nunca ¡he amado tanto a nadie —Victoria la miró de frente, sonriendo pese
al dolor que sentía—. Nadie me ha enseñado tanto corno él... Al menos me queda
eso. Lo primero que voy a hacer es disculparme públicamente por todo lo que he
dicho. He de ser consecuente con la nueva Victoria —dijo animadamente.
—Bien
—contestó María, levantándose—. Tienes una oportunidad de oro para hacerlo. Me
ha llamado Santiago Gascón. Esta noche da una cena en su casa y quiere que
vayamos. Le dije que hoy estarías en Buenos Aires.
—No
me apetece mucho ir de cena, pero desde luego es con el primero con el que
tengo que hablar —dijo Victoria con tranquilidad—. Le explicaré cómo conocí su
historia y me desharé en disculpas por mi actitud. No creo que nunca llegue a
perdonarme, pero al menos lo intentaré...
—Tal
vez las acepte, Victoria. Parece un hombre razonable.
—Seguro
que lo es —contestó Victoria—. ¿Te importa venir a buscarme a casa? No querría
aparecer sola.
—De
acuerdo —aceptó María—. A las ocho estaré en la puerta.
Victoria
se arregló lo mejor que pudo. Al fin y al cabo el señor Gascón se merecía que
asistiese a su cena luciendo sus mejores galas y reconociendo que merecía todo
su respeto. Se puso un escotado vestido de seda de un tono cobrizo similar al
de su cabello, Sus hombros quedaban totalmente al descubierto y la falda, que
llegaba hasta un poco más arriba de sus rodillas, dejaba ver sus largas piernas
cubiertas por unas brillantes medias de color marfil y unos zapatos de tacón
forrados de la misma tela del vestido. Llevaba el cabello sujeto en un moño
italiano y un ligero echarpe de gasa de color crudo que iba de un lado al otro
de su espalda, por debajo del escote y que sujetaba con los brazos. Salió de
casa después de besar a sus padres y subió en el auto de María.
Cuando
llegaron a la puerta de la casa que Santiago Gas—_ eón tenía a las afueras de
la ciudad. Victoria sintió deseos de marcharse, pero respiró hondo y llamó al
timbre ante la ex pectante mirada de su amiga. Abrió la puerta una mujer, joven
y elegantemente vestida que las recibió con una sonrisa.
—Las
estábamos esperando —dijo haciéndolas pasar—. Son ustedes la señorita Albarello
y la señorita Rendle, ¿no es asi?
—Sí
—dijo Victoria tendiéndole la mano—. Yo soy Victoria Rendle y ella María
Albarello.
María
estrechó también la mano de la mujer que las había recibido.
—No
sabe las ganas que tenía de conocerla, Victoria —dijo la joven sin dejar de
sonreír—. Pero entremos, mi hermano y e! resto de los invitados nos esperan, yo
soy Mayte Gascón.
María
v Victoria siguieron a Mayte por el recibidor hasta la puerta del salón en el
que los asistentes a la cena tomaban el aperitivo. Cuando la abrió y Victoria
entró, sintió que su corazón daba un vuelco y que sus latidos se aceleraban
hasta no dejarla oír otra cosa que no fuesen esos rítmicos golpes. Santiago
Arqués estaba allí, con su mirada fija en ella, como tantas otras veces,
acercándose con una media sonrisa.
—Buenas
noches, señoritas —dijo Santiago cuando estuvo a su lado—. Soy Santiago Gascón,
su anfitrión, supongo que usted es la señorita Rendle...
Victoria
no podía hablar, casi no podía respirar... El hombre del que estaba enamorada
era también el protagonista de su libro, el mismo que la había abandonado y que
ahora volvía a aparecer en su vida. Antes de que lograse articular una sola
palabra, Santiago la tomó entre sus brazos y la besó con ternura, con pasión,
como si no pudiese soportar un segundo más sin sentir el contacto de la mujer a
la que amaba. Victoria se sentía desfallecer entre sus brazos, sentía ganas de
llorar y reír, de gritar y de amarle, de amarle hasta la muerte.
—Quiero
disculparme contigo —susurró Victoria entre sus brazos—. Estaba equivocada en
todo lo que decía, tú me lo has enseñado...
—Yo
también debo disculparme —dijo Santiago sin dejar de abrazarla—. Fui a la
estancia de los Bridges sólo para conocerte, para demostrarte que estabas
equivocada... Utilicé mi segundo apellido para comprobar si me conocías de
verdad, para tener un argumento más que echarte en cara... Sin conocerme te
atrevías a burlarte de mí... Pero en cuanto te vi algo me sucedió, creo que me
enamoré y después no encontré el momento de decirte la verdad, hasta hoy.
—Nunca
podría burlarme de ti —dijo Victoria besándole—. Te quiero y te querré
siempre... Esa es mi única verdad.
—Espero
que no te parezca una vulgaridad que te bese delante de nuestros invitados
—dijo Santiago, mirándola a los ojos—... Y que te pida que te cases conmigo en
esta situación, tal vez no sea lo correcto.
—Creo
que podré soportarlo —contestó Victoria, sonriendo y abrazándose a él, hablando
sobre sus labios—. Además aceptaré tu propuesta; cada vez me gustan más los
hom—bres vulgares...
FIN


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