© Libro N°. 3059. Ni Muerta Ni Acabada. Davidson, Maryjanice. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Ni Muerta Ni Acabada. Maryjanice Davidson
Versión Original: ©
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2014/08/ni-muerta-ni-acabada-maryjanice-davidson.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2014/08/ni-muerta-ni-acabada-maryjanice-davidson.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NI MUERTA NI ACABADA
MaryJanice Davidson
Para
Sarah y Sherrilyn y Jen y Lisa
y
Vicky y Marissa,
que
me ayudaron a llevar mi yo malo
de
vuelta a mi yo malo,
y ni
una vez me preguntaron nada.
ARGUMENTO
En
Ni muerta ni acabada, la novena novela de las aventuras de Betsy Taylor, la
Reina Vampiro, Betsy hace un trato con el diablo. Betsy tendrá la habilidad de
leer el Libro de los Muertos sin volverse loca y conseguir finalmente la
oportunidad de descubrir los oscuros misterios que encierra. A cambio, tendrá
que visitar el Infierno con Laura. Cuando la visita al Infierno se convierte en
un viaje en el tiempo lleno de encuentros arriesgados, Betsy acaba consiguiendo
más de lo que se proponía. Con sus intervenciones en el pasado, Betsy causará
un impacto en el futuro que ni ella misma entiende.
Reconocimientos
Vale,
muy bien, estamos a final del día, cuando es hora de escribir un libro, sólo yo
y mi ordenador... yo, mirando perniciosamente al mismo; el ordenador negándose
a establecer contacto visual de ese modo infantil tan suyo.
(Probablemente
debería reescribir eso: Debería ser el ordenador y yo, ¿verdad? Porque estoy
intentando escribir buen material. Ejem.: Ya he perdido interés).
¡Pero!
¿Por qué tengo tiempo para posar mi gran culo blanco en el asiento y conseguir
que se haga el trabajo? Toneladas de gente me ayudan con ello. Y dado que les
ignoro voluntariamente la mayor parte del tiempo, cuando no intento averiguar
cómo encarcelarles por asalto con felonía, seguiré adelante y dejaré caer
algunos nombres.
Primero,
gracias a mi valiente aunque modesta asistente, Tracy Fritze. La pobre mujer no
dudó en asumir, hace cosa de un año, el que sería un típico trabajo de oficina.
Trabajar para una escritora probablemente es como trabajar para un contable:
suena importante pero al final es tremendamente aburrido.
Desde
luego, su lugar de trabajo es mi propia casa, ¿pero qué diferencia habría entre
conducir hasta una oficina tres días por semana?
Probablemente
Tracy asumió que sus tareas caerían en el tramo de procesar textos, arreglar
reuniones, fijar entrevistas, leer galeradas, reservar conferencias, trabajar
con editores, y ocasionalmente dar vueltas de campana.
En
vez de eso, la pobre mujer se ha visto forzada, en sucesión bastante rápida, a
soportar: ser saludada por mi hijo en paños menores en más de una ocasión, ser
entrevistada para una revista alemana (ellos: ¿Cuán terrible es trabajar para
MaryJanice Davidson? Tracy: Um...), luchar por librarse de nuestros
extremadamente afectuosos perros, soportar los olores a nuggets de pollo de
McDonalds y cuencos de chocolate Matl O'Meal cuando está intentando comer como
un adulto (y hacer que yo haga lo mismo), e intentar incesantemente animarme a
sentarme y tomar decisiones (en cuestión de relaciones públicas, firmas de
libros, responder a preguntas de los lectores, acudir a entrevistas el día en
que estuve de acuerdo en hacerlo así, sobre por qué no debería tragarme de
golpe media docena de Reese's Cups a las 9:30 a.m.) como una adulta.
Sin
mencionar el estar encerrada en mi casa cuando me arrastro de vuelta a la cama
con una migraña (ver arriba: saludada por mi hijo en paños menores: “Hola,
Tracy. Mamá está enferma. ¿Puedo tomar un Malt O'Meal?”) y mantener su terreno
cuando le echo encima a los perros cruelmente (encuentro que mis perros son
especialmente amables con ella si froto grasa de tocino en sus zapatos mientras
está trabajando duro en la oficina).
Tracy
es una asistente tal y como lo define el diccionario: contribuye al
cumplimiento de una necesidad; asume algunas de mis responsabilidades. Me
rescata de las minucias que casi todo el mundo tiene que soportar si quiere ser
un miembro funcional de la sociedad. Es lista, es rápida, nunca necesita que le
digan nada dos veces, es discreta (nadie sabía lo de mi hijo en paños menores o
el Malt O'Meal hasta que lo metí justo en mi página de reconocimientos).
Además, huele estupendamente.
Debo
dar las gracias también, como siempre, al más maravilloso de los maridos
maravillosos, Anthony Alongi (también co-escribe conmigo la serie Jennifer
Scales). Lee incansablemente, sugiere, edita, se burla, se enfurece, inspira, y
molesta. Sin él, no habría absolutamente nada para mí.
Mis
padres y mi hermana, por ser completamente inquebrantables en su apoyo, el
ciento por cien del tiempo. No abandonarían esa postura ni aunque les metiera
un arma en la oreja. No me preguntéis cómo lo sé.
Las
Viudas Mágicas, que me soportaron durante años y fingieron que yo valía tantas
molestias.
El
mejor de los agentes, Ethan Ellengerg, que me dedicó el cumplido último de
llamarme “de bajo mantenimiento”. ¡Qué maravillosa mentira!
La
siempre estupenda Cindy Hwang, que lee mis sugerencias de libro y sinopsis,
edita mis manuscritos, exuda copioso entusiasmo por ello, y no se machaca la
frente cuando yo lo puedo ver, u oír. (Aunque ocasionalmente oigo sonidos raros
de fondo cuando estoy al teléfono con ella).
Y a
Leis Pederson, duro asistente de editor, que repetidamente se ve forzado a
perseguirme y acorralarme como a una rata para sacarme las ediciones, pero con
tanto estilo que me siento deseada, no acechada.
Gracias
también a los Yahoos, mis fans del Facebook, los lectores que son tan amables
de escribirme, y a los lectores que no se acercan al Facebook a o la Red, que
no tienen ordenador pero que me escriben, a través de mi publicista, con
auténticos bolígrafos y papel real. (Me extrañó recibir uno de esos correos
caracol e instantáneamente asumí, como sugirió el comediante Jim Gaffigan, que
alguien había sido secuestrado).
Escribo
para mí misma... como siempre. Creo que si escribiera para otra gente, al final
resultaría un fiasco, para mí y para ellos.
Pero
tíos, vosotros hacéis que escribir sea mucho más divertido, por lo cual me
siento continuamente humillada y servilmente agradecida.
MaryJanice
Verano
2009
Nota
de la autora.
No
tengo nada contra Claes Oldenburg o su esposa, Coosje Van Bruggen. Y no tengo
nada contra el Jardín de Esculturas de Minneapolis.
Pero
al final del día, es simplemente una gigantesca cuchara.
¡Una
cuchara!
La
historia hasta ahora
Betsy
(“Por favor no me llames Elizabeth”) Taylor fue atropellada por un Pontiac
Aztek hace casi tres años. Despertó como la reina de los vampiros y en rápida
sucesión (pero no en su auténtico orden), mordió a su amigo el Detective Nick
Berry, se mudó de un suburbio de Minnesota a una mansión en St. Paul, resolvió
varios asesinatos, asistió a los funerales de su padre y su madrastra, se
convirtió en tutora de su medio hermano, todavía evita la habitación que aloja
el Libro de los Muertos (Libro de los Muertos, sustantivo: biblia vampírica
escrita por un vampiro loco, que causa locura si se lee demasiado de una
sentada), curó el cáncer de su mejor amiga, visitó a su abuelo alcohólico (dos
veces), resolvió un buen número de secuestros, comprendió que su marido/rey,
Eric Sinclair, podría leer sus pensamientos (ella siempre podía leer los de
él), averiguó que los Demonios se habían desmadrado (Demonio, sustantivo: un
vampiro al que se le ha dado sólo sangre animal [muerta], un vampiro que se
vuelve rápidamente feroz).
Además,
su compañera de casa Antonia, una hombrelobo de Cape Codd, aceptó una bala en
el cerebro en lugar de Betsy, salvándole la vida. Las historias sobre que las
balas no hieren a los vampiros no son ciertas; mete suficiente plomo en la
materia cerebral y ése ciudadano no-muerto en particular nunca volverá a
levantarse. Garret, el amante de Antonia, se mató en el instante en que
comprendió que ella estaba muerta.
Como
si eso no fuera suficiente mierda, Betsy se encontró pronto reclamada en Cape
Cod, Massachusetts, donde vivía el líder de la Manada de Antonia. Aunque en
vida les era indiferente la cáustica hombrelobo, ahora que Antonia había muerto
al servicio de un vampiro, varios cientos de hombreslobo cabreados tenían unas
cuantas preguntas que hacer.
Mientras
Betsy, Sinclair, BabyJon, y Jessica estaban en Cape respondiendo a esas
preguntas, Marc, Laura, y Tina permanecían en Minnesota (Tina para hacerse
cargo de todo mientras los monarcas estaban fuera, Marc porque no pudo coger
vacaciones, y Laura porque estaba perdiendo la cabeza en silencio).
No
pasó mucho hasta que Tina desapareció y Marc notó que seguían apareciendo
adoradores del diablo para alabar a Laura, el Anticristo.
En
un intento embrollado y desencaminado de ayudar (posiblemente provocado por el
estrés de su escasa vida amorosa... Marc, un médico de urgencias que trabaja un
número de horas que harían encogerse de miedo al gerente de un sindicato),
sugirió que Laura pusiera a sus “servidores” a trabajar ayudando en comedores
sociales y cosas así.
Como
ocurre a veces, Laura abrazó la sugerencia con tremendo celo. Luego la llevó
más allá, finalmente decidió que sus ilusos adoradores podrían ayudar librando
al mundo de todo tipo de malos elementos... prestamistas, quebrantadores de
fianzas, contratistas que cargan la factura, y... vampiros.
Entretanto,
en Cape, Betsy pasaba el tiempo enfrentada a Michael Wyndham, el líder de la
Manada responsable de trescientos mil hombreslobo en todo el mundo, y haciendo
de canguro de Lara Wyndham, futura líder de la Manada y actualmente alumna de
primero de primaria.
Con
la ayuda de Sinclair (y con Jessica cuidando alegre-pero-a-regañadientes a
BabyJon), Betsy convenció finalmente a los hombreslobo de que no había tenido
intención de que Antonia recibiera ningún daño, y que de hecho le había gustado
y había respetado a la mujer, que lamentaba que Antonia estuviera muerta e
intentaría ayudar a Michael en el futuro... no era exactamente una deuda, más
bien un reconocimiento de que apreciaba a Antonia, la echaba mucho de menos, y
estaba dispuesta a ayudar a su Manada.
También
descubrió que BabyJon, su mediohermano y tutelado, era insensible a cualquier
interferencia paranormal o mágica. Esto se reveló cuando un joven hombrelobo
Cambió por primera vez y atacó al bebé, quien encontró toda la experiencia
divertida, tras lo cual vomitó leche como si nada y se tomó una siesta.
Por
tanto, el niño no podía resultar herido, no podía ser dañado por el mordisco de
un hombrelobo, el sarcasmo de un vampiro, el hechizo de una bruja, la maldición
de un hada, la caspa de un leprechaun... etc. Betsy estaba sombrada...
sospechaba que pasaba algo con el bebé, pero no había tenido ni idea de qué
podía ser.
Sinclair,
que hasta el momento sólo toleraba al niño, instantáneamente se volvió
orgullosamente atontado (“Ese es mi chico, ya sabes”) y comenzó a hacer
planes... uh, pensando en la educación del niño y otros detalles necesarios...
Allá
en el rancho (técnicamente la mansión de Summit Avenue en St. Paul), Laura
había sufrido más o menos una crisis. Había arreglado la cosa para que Marc no
pudiera llamar pidiendo ayuda (cuando Marc descubrió que los teléfonos móviles
de todo el mundo no funcionaban, se escabulló para encontrar otra vía de
establecer contacto, solo para ser perseguido implacablemente por adoradores
del diablo que evitaron cortés pero firmemente que lo hiciera), y ella y sus
seguidores estaban cazando vampiros.
Betsy
comprendió finalmente que algo iba mal (un email malamente redactado enviado en
secreto por un Marc histérico) y volvieron a la mansión a tiempo para una
bronca vampiros-versus-satánicos.
Betsy
ganó, pero sólo porque Laura contuvo el golpe aniquilador en el último momento.
Le
gente tomó caminos separados, por un tiempo. Y nadie tenía ganas de hablar.
Tres
meses más tarde, todavía no había habido una auténtica discusión sobre los
amenazadores eventos del verano.
*****
Estoy
aquí, con la nariz pegada a la tierra desde que empezó todo el asunto. He
nutrido cada sensación con la que el hombre se ha inspirado. Me he preocupado
por lo que deseaba y nunca le he juzgado. ¿Por qué? Porque nunca le he
rechazado. A pesar de todas sus imperfecciones, soy un admirador del hombre.
SATAN,
EL DEFENSOR DEL DIABLO.
*****
¿Puedes
imaginar cómo fue? ¿Diez billones de años proporcionando a los mortales muertos
un lugar donde torturarse a sí mismos? Y como todos los masoquistas, ellos
llevaban la voz cantante. “Quémame”. “Congélame”. “Cómeme”. “Hazme daño”. Y lo
hacíamos. ¿Por qué me culpan a mí por todos sus pequeños fallos?
Utilizan
mi nombre como si yo me pasara el día entero sentado sobre sus hombros,
obligándoles a cometer actos que de otro modo encontrarían repulsivos. “El
Diablo me hizo hacerlo”. Yo nunca he hecho que ninguno de ellos hiciera nada.
Nunca. Viven sus propias vidas diminutas. Yo no las vivo por ellos.
LUCIFER
ESTRELLA DE LA MAÑANA, DIABLO A LAS PUERTAS
*****
No
es fácil ser la Barbara Streissand del mal, ¿sabéis?
SATAN,
COMPLACIDO.
Prólogo
Archivos
de audio de Elizabeth, la Única, Reina de los Vampiros, alrededor del 2010.
Vale,
bueno, ahí van varios repugnantes extractos diversos del Libro de los Muertos.
Bostezo, odio esa cosa.
“La
hermana de la reina será la Amada de la Estrella de la Mañana, y tomará el
control del mundo”.
Esa
sería mi hermana, Laura. Es una gran chica... estudiante universitaria en la U.
de M. Además, es el anticristo.
“Y
la Reina verá a los muertos, todos los muertos, y estos no se ocultarán de ella
ni le guardarán secretos”.
Sí.
Esa divertida delicatessen se traduce como “Acecharán zombies en tu sótano, y
te perseguirán fantasmas por todos lados dándote el coñazo. Mucho”.
“...
y la Estrella de la Mañana aparecerá ante su propia hija, la ayudará a tomar el
mundo, aparecerá ante la Reina con todas las galas de la oscuridad”
¿Esto?
No tengo idea. Podría ser el fin del mundo, podría ser una visita de los Boy
Scouts vendiendo coronas de flores. Y es enloquecedor, realmente enloquecedor,
porque no puedo leer demasiado de este puñetero tomo horrible del infierno
(probablemente literalmente del infierno) de una sentada porque me vuelvo loca.
Todo el que lo lee demasiado rato se vuelve loco. ¿Y además? No puedo librarme
de esta cosa.
Me
encuentra. Siempre me encuentra, algunas veces vía operadores demoníacos de
United Parcel Service. Como dijo Ferris Bueller “¿Es por haber nacido bajo un
mal signo?”
“Y
la Reina acogerá a los muertos y los sustentará”.
Sí,
eso me lo he figurado. Vivo con vampiros y hablo con ellos, y disfruto de un
sexo fabuloso con uno de ellos. Además estábamos montando un sistema de
impuestos, todo un logro para ser gente muerta.
Y en
cuanto a lo de sustentar a los muertos... tengo un trillón de compañeros de
casa, ninguno de los cuales me preguntó si podía mudarse aquí, por si a alguien
le interesa.
“Y
la Reina tendrá un hijo vivo, y le será dado por un hombre vivo”.
Otro
tanto para el Libro de los Muertos. Mi medio-hermano, BabyJon, es ahora mi
tutelado legal debido a las recientes muertes grotescas de mi padre y mi
madrastra. Yo había perdido la esperanza de ser madre... ya no sudo, no digamos
si menstrúo... cuando BabyJon aterrizó de lleno en medio de mi vida
(no-muerta).
¿Qué
es peor, que no pueda leer esta cosa bastante rato para encontrarle sentido, o
que siempre tenga razón?
“Para
desafiar a la Reina, deberás profanar el símbolo”.
Al
menos esto no era raro.
“La
Reina dominará sobre todos los muertos, y ellos tomarán de ella, como ella toma
de ellos, por eso es por lo que es la Reina”.
Ahora
la cosa se ponía rara. Veamos, um, uno de mis superespeluznantes poderes
vampíricos es que puedo sacar energía de otros vampiros, luego fomentarla y
devolvérsela. Lo hice una vez. Apesta, y casi me mata (otra vez).
Dios,
por favor, que no tenga que repetirlo nunca.
Hazle
un favor a una dama, ¿vale, Dios?
“La
Reina verá océanos de sangre, y desesperación”.
¿Y
esto? Esto es lo que realmente me asusta.
Capítulo
1
En
primer lugar, nunca habría ido al infierno si el anticristo no hubiera sido
elocuente en cuanto a lo de acompañarme. Hablando de la tormenta perfecta de
rareza paranormal... y en Halloween, además.
Vale,
de acuerdo, empezaré por el principio. Todo este lío comenzó de forma bastante
simple (siempre, siempre es así): Bloomingdale tenía rebajas de zapatos y por
una vez, el giro temporal de la venta al por menor jugaba a mi favor.
Vale,
retrocederé más. ¿Sabéis cuántos almacenes van en realidad cuatro meses por
adelantado del calendario actual? Como con decoraciones de Halloween el día
después de Pascua (perdonad mientras tiemblo de horror). De ese tipo. Como sea,
aunque era Halloween, estaban en rebajas de zapatos de primavera (porque cuando
hay treinta centímetros de nieve en el suelo, todo el mundo quiere comprar
sandalias, ¿verdad?). Y el anticristo preguntó si podía apuntarse, así que dije
que sí.
¡Dije...
que... sí! No creáis que no he estado prestando atención durante los últimos
cuatro años. Vale, no lo he hecho. Aún así: ¿cómo pude no ver el desastre
inminente? No debería haber importado que el anticristo necesitara un nuevo par
de mocasines. Debería haber comprendido que la búsqueda inocente de un buen
calzado de piel terminaría conmigo en el infierno y el anticristo volviéndose
majara.
Vale.
El anticristo. Debería explicar eso también. Mi hermanastra, Laura, fue
engendrada por mi, uh, padre. El Viejo Querido Papi, lamiendo las botas a mi
madrastra, la zorra anteriormente conocida como Antonia y a la que siempre
llamé la Toña, y el Viejo Papi Atontado no notó que estaba poseída por Satán.
Apuesto a que la Toña poseída por el demonio no era mucho peor que la no
poseída, lo cual supone un triste comentario sobre el gusto de mi padre en
cuanto a segundas esposas.
La
cuestión es que Satán odió el embarazo, la entrega, y la lactancia. Así que
llevó a cabo todo ese rollo de “bebé en los escalones de la entrada” y puso
pies en polvorosa hacia el infierno.
Por
tanto mi hermana, que fue criada por un ministro, no sólo es el anticristo,
sino que se ha predicho que controlará el mundo. Posiblemente lo haga entre
donar sangre y enseñar en la escuela dominical.
¡Pero!
Seré la primera en admitir que el anticristo es agradable. Trabaja en refugios
para indigentes, organiza campañas de donación de sangre (bastante hilarante,
dado que su hermana es vampiro), hace pastelitos para ventas de pasteles de la
iglesia. De chocolate. Con auténtica escarcha de cabello de ángel. Cabello de
ángel, no esa cosa coloreada de Crisco que se vende en las tiendas intentando
hacerlo pasar por escarcha. Ummm.
Dios,
hecho de menos la comida sólida.
Por
supuesto, Laura tiene genio. ¿Y quién no? Y, ocasionalmente, lo pierde y
entonces mata a todo al que le pone las manos encima. Es un poco vergonzoso, o
algo así. Y tiene un conflicto total con los no-muertos. Lo cual es una
reacción perfectamente normal hacia los vampiros.
Su
genio y ocasionales incursiones en la rabia psicopática, son las razones por
las que nos reuníamos esa noche en el Mall de América. Laura había intentando
matarme más o menos hacía un par de meses, y todavía se sentía mal por ello.
Ella detestaba el consumismo desatado y también comprar, por tanto su oferta de
acudir a mi Graceland personal era una rama de olivo.
Yo
me había alzado de mi tumba impía (cama, en realidad, con sábanas de franela
azul marino de Target... era noviembre, y no soy una salvaje), devorado un
desayuno inocente (un smoothie tripleberry; una ventaja de ser la Reina de los
no-muertos era que no tenía que chupar sangre cada día, aunque para ser
honesta, siempre quería hacerlo), luego tomé mi siniestro auriga (Ford Escape
Híbrido) y me fui por patas.
Aparqué
en el Aparcamiento Este, segundo piso... muchas de mis tiendas favoritas están
en ese lado, incluyendo William Sonoma y Coach... y no es que nunca haya
soltado cuatrocientos pavos por una mochila que parecía haber sido diseñada por
un alegre estudiante de segundo de primaria. Además, Tiger Susi estaba allí, y
Laura era seriamente adicta a sus Pelotas Tiger. Sí, correcto, he dicho
pelotas. Madura, por favor.
Así
que forcé una sonrisa mientras marchaba hacia un restaurante que vendía algas,
arroz, y pescado crudo con un margen de beneficio de un porcentaje de varios
cientos. El sushi. No lo entiendo y nunca lo entenderé. Pesqué demasiado de
cría; no podría obligarme a comer cebo crudo. Sin importar lo fresco que esté.
Divisé
a Laura cuando todavía estaba a diez metros, y no tuvo nada que ver con mis
super guays poderes vampíricos. Laura era sencillamente ridículamente guapa,
todo el tiempo. Es tan molesto.
Mirad,
no es envidia, ¿vale? Bueno, no envidia extrema. Seré la primera en admitir que
no soy una de esas chicas que fingen no tener ni idea de que son mega-guapas.
Soy guapa, lo confieso libremente. Alta y rubia (qué sorpresa en Minnesota...
somos tan raras como nieve amarilla en la zona de ejercicios para perros); piel
pálida, ojos claros. En realidad nunca he tenido que luchar contra la gordura,
y estar no-muerta significa que seré delgada para siempre. La frase “Estoy en
mi peso invernal” ya no tiene ningún poder sobre mí. Mi último año de instituto
fui concursante en el desfile Miss Burnsville y me fui a casa con la banda de
Miss Simpatía, una especie de “no eres la más guapa ni la más talentosa, pero
las demás chicas creen que eres agradable” premio de consolación. No es que
beba exactamente mi agua en un plato de perro.
Laura,
sin embargo...
Corta
la respiración. Preciosa, Y, como diría mi amigo Marc, “para babear”.
Mi
amigo gay Marc.
Y
ahí estaba ella, de pie con alguien a quién yo no conocía, gesticulando
salvajemente según la costumbre de los nativos de Minnesota (o, tal vez, al
estilo La Profecía). Y mientras me aproximaba recordé la auténtica razón por la
que el Engrendro de Satán y de Mi Madrastra Muerta me ponía tan nerviosa.
Era
molestamente despampanante, todo el tiempo. Una de esas (vomito) bellezas
naturales. Cabello largo hasta el codo del color del maíz sedoso. Grandes ojos
azules. Azul primer día de primavera. Azul día sin nubes. Un azul realmente,
realmente hermoso. Oh, y delgada... ¿no os lo había dicho? Probablemente no
hacía falta decirlo.
Unas
tetas geniales, por supuesto, y siempre primorosamente aseguradas en un
sujetador 95-B... es sólo un pelín más baja que yo, y yo mido alrededor de
metro ochenta... embutida en vaqueros azules verdaderamente descoloridos. No
vaqueros prelavados y descoloridos... la madre de Laura los compra nuevos (sí,
su madre adoptiva todavía le compra la mayoría de la ropa, aunque la chica es
estudiante en la U de M). Luego Laura se los pone y se los pone y se los pone
hasta que están realmente descoloridos, desgastados, etc. Malgastar era un
pecado, después de todo. ¡Oh! Y no nos olvidemos de la inmaculada complexión
cremosa del Engrendo de Satán, cortesía de Noxema.
Y
deportivas desgastadas, comprendí cuando conseguí acercarme. También de Targer.
¡Deportivas! ¿Quién lleva eso a comprar sandalias! Iba a tener que sentarse y
quitarse los zapatos y calcetines cada vez que... argh, me volvía loca sólo de
pensarlo. No me sorprendió que el anticristo estuviera hablando con alguien; lo
que suponía una sorpresa era que no la estuvieran persiguiendo manadas de
hombres, mujeres y niños pequeños, todo el rato. Además de ser preciosa, la
gente se congregaba de forma natural alrededor de Laura. Como ya he dicho...
para ser el anticristo, es bastante agradable.
Excepto,
comprendí cuando me acerqué lo suficiente como para que reparara en mí, que no
estaba hablando con la mujer. Y no hacía aspavientos hacia ella tampoco. Ambos
juegos de manos estaban volando... O Laura se había quedado sorda, o
recientemente se había aficionado al Lenguaje de Signos.
Capítulo
2
¡Oh,
y aquí está ella! —Las manos de Laura, con sus dedos largos y esbeltos y uñas
cortas redondeadas, volaban mientras me presentaba—. Esta es mi hermana, Betsy,
ella es Sandy Lindstrom. —Sandy, una mujer pequeña y regordeta en la treintena,
se apartó los rizos alborotados de los ojos oscuros y almendrados y me sonrió—.
Se estaba preguntando cuándo tenía Macy sus próximas rebajas de za...
—Dos
de septiembre —repliqué automáticamente—. Empiezan a las 8 a.m., una hora antes
de que abran normalmente sus tiendas. Aparcamiento en la rampa oeste.
Las
manos de Laura se movieron con la traducción... Como siempre me asombró lo guay
y misterioso que parecía el lenguaje de signos... mientras farfullaba trucos de
rebajas de zapatos como un robot enloquecido.
—Vale,
gracias —formó con la boca Sandy Lindstrom mientras hacía signos.
—No
hay problema —dije, pero ella ya se daba la vuelta, así que comencé a alzar la
voz, luego comprendí que estaba a punto de gritar “¡No hay problema!” a una
persona sorda. Que patético. En vez de eso, me volví hacia mi hermana—. ¿Quién
era esa?
—¿Eh?
Sandy Lindstrom.
—Oh.
¿Quieres decir que no la conoces, o...?
—No,
pero sabía que tú eras la persona perfecta para responder a su pregunta. —Laura
sonrió y entrelazó su brazo con el mío. El anticristo era muy aficionada a
tocar y abrazar, ¿lo he mencionado?
—¿Así
que sólo era una persona al azar?
—Claro.
—Un ceño fruncido plegó la frente cremosa de Laura—. ¿Por qué?
—Por
nada. —La tranquilicé mientras comenzábamos a marchar pasando frente a Crabtree
y Evelyn, con los brazos entrelazados como la mitad del reparto de El Mago de
Oz. La mitad sin cerebro y en la inopia. (“Esto no es el Mall de Brunsville,
Toto”)—. Simplemente no sabía que conocieras el lenguaje de signos, eso es
todo.
—Oh.
—Esa réplica corta era completamente impropia de Laura; al igual que el período
de silencio que la siguió. De hecho, estábamos pasando ya el Daniel's Leather
antes de que dijera—: ¿Entonces éste es el camino a Payless?
—¿Payless?
—casi grité, deteniéndome tan bruscamente que el anticristo casi se estampó
contra un pilar cercano—. ¿Qué boca sucia ha hablado de esa porquería?
—La
mía —replicó el engendro de Satán, enderezándose y asegurándose de no haber
dejado caer su bolso en la casi colisión. Laura era una luchadora terrible
contra los no-muertos (Armas infernales, hija de Satán, etc), pero no muy buena
compradora de gangas—. Ya sabes que no tengo presupuesto, Betsy. No todas
podemos casarnos con millonarios.
—Millonarios
no-muertos. —Le recordé sólo para verla sobresaltarse... y el sobresalto llegó,
tal como esperaba. Es lo que hace un montón de gente cuando menciono a mi
marido, Sinclair, rey de los vampiros. Demonios, la mitad del tiempo hasta yo
me sobresalto, pero normalmente de irritación en vez de miedo—. Y seamos
justas... sabes endemoniadamente bien que compraba zapatos de diseño con el
salario de una administrativa. —Como mis preciosísimas botas de lluvia
Burberry, un robo a doscientos pavos, y me llevó casi nueve semanas ahorrar
para ellas.
—Sí,
bueno. —Se quejó un poco, luego divisó un directorio del centro comercial—.
Um... Zapatos Payless... Podrías pagar más, pero ¿por qué?
Ahora
fue mi turno de sobresaltarme ante el sonido del temido eslogan. Podrías pagar
más, pero ¿por qué? Pero ¿por qué? ¿Qué tal porque la calidad cuesta,
imbéciles? ¿Qué tal...?
—¡Aquí
está! Jardín Uno Cincuenta Norte.
—Jardín
Vómito. —Desde luego, fue infantil. Demandadme.
¿Se
puede demandar a los muertos? Tal y como habían ido los últimos tres años,
probablemente lo averiguaría para Acción de Gracias.
Un
asco, no me hagáis empezar con lo de Acción de Gracias.
—Oh,
vamos. —Me agarró el brazo de nuevo... ugh... y tiró hacia las escaleras—.
Puede que veas algo que te guste.
—Es
casi tan probable como que corras a comprar algo para el próximo Día de la
Madre.
Ella
jadeó y languideció, y tuve que aferrarle el brazo para evitar que resbalara
hacia el fondo de la escalera mecánica.
—Qué
mezquino —me reprochó, mientras la gente de arriba nos miraba con educada
curiosidad del medioeste.
—Oh,
por favor. ¿Desde cuando fingimos que no es tu madre? ¿Tú crees que es
vergonzoso? Yo admito que tu otra madre es mi madrastra.
—Tu
madrastra muerta.
—Sí,
bueno, ahora la veo con más frecuencia que antes. —Desventaja número 235 de ser
reina de los vampiros: ver a gente muerta molesta.
—Insinuar
que alguna vez le compraría una tarjeta del Día de la Madre.
—Sí,
bueno, por eso era una broma, porque no es probable que... ¡oye!
Laura
se había recuperado y había divisado... algo, porque ahora me arrastraba lejos
de la escalera y me conducía hacia... un niño lloroso de alrededor de tres
años, vestido con los típicos vaqueros de niño y una camiseta MoA.
¡Oh,
por... otra vez no! Laura siempre encontraba/presentía/empatizaba con niños
perdidos. Era uno de sus superpoderes, junto con el no tener nunca una
espinilla, mal aliento u ojeras.
Mirad.
No tengo nada contra los niños. Incluso tengo uno propio, más o menos. Era mi
hermanastro, pero también mi tutelado, así que yo era su hermana/madre.
Sinclair y yo tenemos nuestra propia deducción fiscal. Me gustan los críos,
¿vale? Pero no los encuentro como si fuera un misil teledirigido. Laura siempre
lo hace. Por eso ya no voy con ella al zoo.
Ahora
estaba arrodillándose delante del chiquillo moreno, charlando en... um... otro
idioma que yo no conocía. Jesús. Probablemente no debería haber abandonado la
U; aparentemente tenían un programa de idiomas extranjeros feroz para
estudiantes.
¡Ah!
Predeciblemente, Chiquillo Perdido Número 32 se había olvidado del todo de
llorar y ahora balbuceaba hacia mi hermana, que estaba escuchando y asintiendo
a cada palabra ininteligible, y... ¡ah!
Un
grito de felicidad/estrés de Madre de Perdido Número 32, que también había
divisado a Laura la Guapa y se veía atraída por su belleza olvidándose de su
hijo, o había oído el balbuceo de su hijo y se había apuntado hacia él como...
bueno, como otro misil teledirigido.
Ahora
Mamá de Perdido y Chiquillo Perdido eran Familia Reunida Número 6, charlando en
respuesta a lo que sea que Laura estaba diciendo, ahora venía el apretón de
manos, luego el pegajoso aunque fervoroso abrazo del crío, ahora gratitud
fervorosa de la madre y... ¡se iban!
—¿Qué
pasa contigo? —pregunté mientras el anticristo venía dando saltos hacia mí.
—Sólo
tú podrías hacer que ayudar a un niño perdido sonara como un defecto de
carácter. —Sonrió mientras lo decía, así que no tomé en cuenta la ofensa. Laura
intentaba con empeño no ofender a los vampiros, cuando no estaba intentando
matarlos.
—No,
pero... ¿qué fue eso?
—¿Qué?
—Lo
que hablabas con ellos. ¿Qué fue eso?
—Tagalo.
—Otro informe cortante, y ahora tiraba de mí hacia el odiado Zapatos Payless.
Hago
cualquier cosa por evitar ser absorbida por esa boca infernal de saldos, así
que pregunté:
—¿Tagalon?
¿Eso qué es?
—Tagalo.
Es un idioma.
—Bueno,
no creía que estuvierais improvisando. ¿Qué idioma, específicamente? —No sólo
no conocía el idioma, tampoco había oído nunca hablar de él.
—Se
habla en la Pooooolineeeesia.
Ahora
no estaba tirando; estaba jalando. Esta era la chica que no jalaría de ti si un
camión de basura estuviera a punto de arrollarte porque pensaba que empujar a
la gente era grosero. Muy curioso.
Planté
los pies, esperando, yo, intrépida reina vampiro, no caer en una guerra de
tirones con el anticristo fuera del Zapatos Payless. ¡Mi reputación! Por no
mencionar mi cordura.
—No
lo capto. ¿Quieres dejar de refunfuñar? ¿Y de tirar?
—Se
habla en las Filipinas —casi gritó—. Lo hablan casi veintidós millones de
personas.
—Veintidós
millones más uno —bromeé—. Y en serio. Me estás cortando la circulación de la
muñeca. Si todavía tengo alguna. —Entonces me asaltó la idea. El por qué la
conversación la estaba poniendo tan incómoda... cuando normalmente sólo una
cosa la ponía incómoda—. Espera. No has aprendido Tagalon, ¿verdad?
—Tagalo.
—Ni
lenguaje de signos, ¿no? Oh, Dios mío. No los has aprendido, ya los sabías.
Quiero decir, simplemente lo sabes. Los conoces todos. Cada idioma... conoces
cada idioma del mundo.
Capítulo
3
Se
encogió de hombros malhumoradamente hacia mí e intentó transportar mi cadáver
no-muerto hacia la Boca del Infierno de las rebajas, pero yo no iba a
permitirlo. Y no sólo por las razones obvias.
—¡Habla,
Laura! No te importa hacerlo cuando hay por ahí niños desconocidos. ¿Por qué
cerrarte como una almeja ahora? Es parte de lo que puedes hacer, ¿no? No te
gusta hablar de tu madre, no te gusta que los demás hablen de tu madre... y
desde luego no te gusta hablar de lo que heredaste de tu madre. Simplemente...
conoces todos los idiomas. De la Tierra.
¡Los
tratos que podría regatear en París! Quedé momentáneamente mareada al pensarlo.
Cada idioma. De la Tierra. Todos los idiomas hablados en la Tierra... así que
hablaba un latín fluido y todo tipo de otras lenguas muertas. ¡Guau! Y típico
de Laura, no había dicho una mierda. Cualquier idioma.
—¡Igual
que en aquella película!
—¿Qué
película!
—El
abogado del diablo, esa en la que Al Pacino es el diablo. —El diablo más
asombroso de la historia.
Ella
apartó la mirada. Si era posible para alguien tan guapa, amable, lista y
ocasionalmente majareta, estaba escurriendo el bulto.
—Nunca
la vi. Mis padres no me dejaron... y luego yo no quería... iba de... ya sabes.
¡Ella!
Iba de ella... o de ella si ella hubiera sido Keanu Reeves en esa película. No
sólo le disgustaban las películas sobre Satán, le disgustaban las películas
sobre sus retoños. Le disgustaban las películas protagonizadas por... ¡sí
misma!
—Así
que no has visto ninguna...
Sacudió
la cabeza, haciendo que sus rizos rubios brillantes le ocultaran la cara. Su
cara demoníacamente libre de espinillas.
—¿La
Profecía? ¿La Profecía II? ¿La Profecía III: El conflicto final? ¿O El bebé de
Rosemary? ¿O Little Nicky? ¿O Al diablo con el diablo? No, tú no sales en esa,
sólo tu...
—¡No,
no las he visto!
Solo
que no sonaba cabreada. Bueno, sí, pero también sonaba... ¿interesada?
La
miré de reojo. Conocía esa mirada. Era mi mirada
¡Dios-mío-esos-Prada-están-de-rebajas!
—Bueno,
vas a hacerlo —decidí, agarrando con fuerza su palma demoníacamente húmeda y
tirando de ella... ¡Alabado sea Jesús!... lejos del Payless—. Tengo al menos la
mitad de ellas, y pagaremos en netflix por el resto. Vas a aprenderlo todo
sobre tu herencia... al menos, lo que opina Hollywood de ella. Lo cual, dado
que dieron luz verde a las secuelas de Speed, Teen Wolf, Una rubia muy legal,
Dos tontos muy tontos, Tiburón, y La mosca, deberías tomarte con ciertas
reservas.
—¿Has
visto todas esas...?
—Uno
de mis muchos superpoderes —la tranquilicé, alejándola de la Boca del Infierno.
Capítulo
4
Tengo
que ser sincera —dijo el Anticristo con la boca llena de palomitas—. Al Pacino
es un Satán asombroso.
—Dímelo
a mí. —Yo iba por mi diecisieteavo smoothie de fresa, sorbía furtivamente
porque la rata cursi de mi marido pensaba que las fresas congeladas eran peor
que la misa mañanera. En verano estaba bien; todas las cosas buenas pasaban en
esa estación. En invierno, tenía que ser sigilosa con mi fijación por los
smoothies—. Aunque dime algo en lo que Al Pacino no sea asombroso... ¡ah!
Genial, me encanta esta parte. Mira, va a meter el dedo en agua bendita y hacer
que puedas hervir un huevo en ella.
—¿Cuál
es el propósito de eso? —preguntó Laura, consternada y divertida.
—¿A
quién le importa? ¡Es el jodido Al Pacino!
Mmmmm.
Ñaaaammm.
—Es
el jodido Al Pacino.
Habíamos
pasado por La Profecía (“No temas, pequeño. Estoy aquí para protegerte”). El
Bebé de Rosemary (“Somos tus amigos, Rosemary. No hay nada que temer. ¡Honesta
y verdaderamente!”), y ahora estábamos llegando a la recta final con el Gran
Al.
Laura,
tras su resistencia inicial, engullía estas películas como yo los batidos de
chocolate (o los smoothies de fresa fuera de temporada). Definitivamente
parecían la fruta prohibida. Y siempre que oíamos una puerta cerrarse en otra
parte de la casa, Laura saltaba un poco, como si temiera que la pillaran.
Sus
padres... sus padres adoptivos, quiero decir... sabían que era la hija del
diablo. Laura se lo había dicho. Satán se lo había dicho (el diablo es una gran
creyente en lo de la divulgación parcial en el peor momento posible).
Y
creo... creo que Laura intentaba resarcirlos de ser el anticristo fingiendo
indiferencia o incluso disgusto hacia cualquier referencia del anticristo en la
cultura pop.
Porque
desde luego ahora no podía tener bastante de estas películas. Presumiblemente
esto no se revolvería y me mordería el culo. ¿Verdad? Verdad.
Seguro.
—¿Cuál
es tu favorita?
—Elizabeth
Hurley. Al diablo con el diablo, “La mayoría de los hombres creen que son Dios.
En el caso de este simplemente ocurre que tiene razón”. Además es una policía
de tráfico genial. ¡Y la striper! Dando M&Ms a los pacientes en vez de sus
medicamentos... es una especie de miembro de un HMO realmente chungo.
—Mi
madre...
—¿Sí?
¿Tu madre? —Intenté no sonar demasiado ansiosa por animarla; Laura nunca
hablaba de estas cosas. Yo temía incluso moverme, me quedé despatarrada sobre
el love seat tal como estaba, con uno de mis zapatos bocabajo sobre el suelo y
el otro colgando de mi dedo gordo del pie... no quería romper el hechizo—. Tu
madre, Satán...
Laura
sacudió la cabeza tan fuerte que no pude verle la cara con todos esos mechones
rubios girando alrededor.
—¡Vamos!
Laura, tú eres el anticristo y yo la reina de los vampiros. Todavía eres virgen
y yo perdí mi virginidad después del baile de graduación con un tipo llamado
Buck. ¡Buck! Golpeaste a un asesino en serie hasta matarlo y yo una vez tomé
una imitación de un par de Louboutins por auténticos. Soy tan retorcida y
malvada como tú. No estoy en posición de juzgar.
—Oh.
—Luego—. ¿Buck?
—Bueno,
Jesús, no me juzgues tú tampoco.
—Oh,
nunca. Um. ¿De verdad, tu virginidad? Bueno. La he estado viendo.
—A
tu madre biológica.
Laura
sonrió burlonamente.
—Ni
siquiera estoy segura de que eso sea así. No nací de su cuerpo; nací del cuerpo
de tu madrastra. El diablo huyó de vuelta al infierno después de que yo
naciera.
Asentí
con la cabeza.
—Sí,
vivir con un recién nacido debe ser increíblemente horrible si el infierno te
parece un respiro. —Memorándum para mí: agradece que tienes a BabyJon y deja de
quejarte por no poder quedarte nunca embarazada y obligar a otro ser humano a
atravesar tu útero para venir al mundo.
—No
soy su hija biológica en absoluto.
—¿A
ti te parezco una genética experta? ¿O una teóloga experta? Es simplemente un
montón de jodienda sobrenatural. ¿Quién sabe cómo funciona? Yo no; todavía
estoy intentado repasar el manual de reina vampiro. Te volverás loca si
intentas forzar todo esto... anticristo, vampiros, hombreslobo, fantasmas, y
medio hermanos que son tutelados, y bodas y funerales y suicidios y reyes y
reinas y golpes de Estado... a tener sentido. Entonces, ¿tu madre ha estado
apareciendo sin invitación?
—Siempre
aparece sin invitación.
—Sí,
dímelo a mí. —El diablo también se deja caer de vez en cuando ante mí. Peor
aún: ¡esa vaca sin corazón me tienta con zapatos! Zapatos maravillosos,
hermosos, pecaminosamente deliciosos y difíciles de conseguir. Oh, es una bruja
diabólica. Además, extrañamente se parece a Lena Olin: sexy, con cabello oscuro
de marta salpicado aquí y allá con hebras grises. Piernas matadoras. Trajes
geniales. Y los zapatos... no me dejéis empezar con los zapatos...
—Me
ha estado contando cosas.
—¿Eh?
—Oh. Vale. Laura se estaba abriendo con respecto a su madre. Probablemente
debía prestar más atención—. Vale. —Estaba bastante segura de que esto iba a
ser malo con mayúsculas.
—Y...
y yo siento curiosidad por ella. —Laura casi susurró lo último. Qué malo era
eso. Qué vergonzoso; como ella.
Me
reí.
—Oh,
cielo, ¿eso es lo que te está carcomiendo? Mierda. ¿Qué niño adoptado no ha
sentido curiosidad por sus padres? ¿Qué pasa, crees que eso te convierte en una
mala hija? ¿Qué es irrespetuoso con los padres que te han criado? —Me volví a
reír. No quería, pero era divertido, y me sentía aliviada—. Deja de patearte el
culo por ser normal, ¿quieres?
Mi
hermana se relajó instantáneamente... sus hombros perdieron el aspecto hundido
de alguien que atraviesa un serio estrés. Se inclinó hacia delante y se apartó
el cabello de los ojos.
—De
acuerdo entonces, Baal sostiene que...
—Guau,
guau. Voy a tener que pedir a la audiencia una repetición de esa jugada. ¿Baal?
—Un
viejo nombre para mi madre...
—Realmente
viejo, porque nunca lo había oído. Supongo que es ligeramente menos ofensivo
que “puta yonki”.
—Ligeramente.
—Personalmente,
prefiero Belzebú.
—Llámala
Vieja Tramposa si quieres. Llámala Señora de las Mentiras. Llámala Señora
Tiggy-Winkle. Sea cual sea el nombre que utilice, quiere que vaya a visitarla.
A verla.
—Vale.
—Ver
su mundo. Sus tierras.
—Tu
madre quiere que te vayas al infierno. —Hice una pausa, masticando eso—.
Literalmente.
Jesús.
Y yo que pensaba que mi madre era un tostón cuando me hacía ir a uno de esos
cocktails de la facultad a los diecisiete. No hay grupo más aburrido que una
panda de académicos con complejo de inferioridad. Y no eran historiadores
cualquiera. Historiadores jactanciosos.
—Y
no voy a negar que me siento tentada. Me... me gustaría verlo. Me gustaría...
no sé. Sólo siento curiosidad, todo el tiempo. Tengo tantas preguntas. Y pensar
que si no te hubiera conocido nunca habría pensado que estaba bien...
—Ey,
ey. Mmmmm. Esto no es culpa mía... no voy a dejar que me eches la culpa. No me
arrastres a esto.
—No
te estoy culpando. Te estoy agradeciendo...
—¡Bueno,
déjalo! Pase lo que pase a partir de este momento, pase lo que pase durante el
resto de noviembre, nada será culpa mía. —Llevar muerta el último par de años
me había vuelto paranoica más allá de todo crédito. Y estaba empezando a olerme
las situaciones desastrosas que comenzaban de modo inocente y terminaban
conmigo casi muerta, o mi marido casi muerto, o uno de mis amigos muertos de
verdad. O un padre muerto, o miles de hombreslobo cabreados conmigo.
¿Qué
puedo decir? Al destino le gusta mantenerme ocupada.
—Sólo
creí que sería un viaje interesante.
—Error,
oh, dulcemente ilusa hermana mía. Chicago es un viaje interesante. La Boundary
Waters es un viaje interesante, si no te importa ocultar tu comida en un árbol.
El infierno es una sentencia de por vida. Más aún, en realidad. —Ella abrió la
boca, y yo hice un movimiento cortante con la mano—. Jamás. No voy a hablar de
eso contigo... soy lo bastante lista como para no intentarlo... y
definitivamente no voy a ir contigo. Nunca en mi vida he hecho nada para
garantizarme un viaje de campo al infierno.
Esta
parte era una gran mentira. Se me ocurrían varias razones por las que podría
haberme ganado un pase de día al Inframundo, comenzando por enterrar el bolso
de mi madre en el patio trasero cuando tenía cinco años, imaginando que sin su
carnet de conducir, no podría conducir para llevarme al Payless. Como maniobra
de distracción, fue arriesgada. En cuanto a castigos, el que siguió fue largo.
Y
terminamos yendo al Wall-Mart. Jesús, compadécete de tu humilde sierva
no-muerta.
Capítulo
5
¡Asquerosa,
horrible, retorcida, tremendamente malvada, puñetera pedazo de mierda
asquerosa!
—Pude
oír tu dulce tono desde la puerta delantera —comentó Sinclair, mi marido,
mientras entraba en nuestro dormitorio oliendo a secretos y sangre—. Sin
embargo, pareces más, ah, agitada de lo normal.
—Agitada
es quedarse corto.
—Sí,
mi amor, pero echar espuma por la boca no es romántico en lo más mínimo. ¿Era
Laura la que salía?
—¿Eh?
Sí.
—No
parecía inclinada a charlar.
—Asuntos
maternales.
Sinclair
hizo una mueca, su equivalente emocional a gritar histérico y tirarse del
cabello con las dos manos. Un hombre taciturno, el amor de mi vida.
—¿Asuntos
con la madre de Laura? Un pensamiento sobrecogedor. —Se encogió de hombros para
quitarse el abrigo azul marino, se acercó a nuestro vestidor, y lo colgó a
regañadientes en una percha de madera—. Te eché de menos esta noche, amor mío.
—¿Ah,
sí? —Yo estaba impertérrita. Gran, gran ventaja de ser la reina vampiro: no
tengo que alimentarme cada día. Así que cuando puedo, ahogo mi sed con galones
de té helado y licuadoras de smoothies. No ayuda. No en realidad. Pero me hace
sentir mejor. Menos freaky. No tanto como un monstruo de película—. Yo no te
eché de menos, ni siquiera un poquito... ¡aggghhh! —Caí derrumbada en nuestra
cama, riéndome, mientras el rey de los vampiros me acribillaba con sus dedos
malvados haciéndome cosquillas a muerte.
—Entiendo
que admitir que tienes cosquillas es admitir que no tienes fuerza de voluntad
de ninguna clase.
—Oh,
tú, gamberro. Yo-no-tengo-cosquillas, siempre sales con esas. Como si ser una
especie de raro monstruo genético fuera, no sé, prueba de fuerza de voluntad o
algo.
—Lo
es —dijo él con una sonrisa absolutamente malvada, y luego sus dedos comenzaron
otra vez a pasar sobre mis costillas. Yo me agité, pateé y aullé. ¿Otras reinas
tienen que soportar esta mierda? ¿Lo hizo Victoria? ¿Lo hizo Ana Bolena?
¿Isabel II? Parecía improbable. No es que envidiara a Ana Bolena, pero aunque
Henry Nunca-Satisfecho Tudor planeó su asesinato legal, nunca le hizo
cosquillas hasta sentir que iba a mearse en los pantalones.
—No,
para, tengo una... ¡para ya! —Me contoneé, empujé y me las arreglé para
liberarme de su agarre de cemento.
Vale.
Mentira. Me dejó escapar. Yo soy fuerte como una chica muerta, pero Eric Sinclair
es uno entre un millón. Literalmente.
—Tengo
un problema de órdago.
—¿Ah,
sí? —También él se levantó de la cama, se desvistió metódicamente y lo colgó
todo. No lo culpaba... una vez había visto su factura de la American Express y
casi caí fulminada en el acto. Yo también lo colgaría todo si gastara más de
cien pavos en una simple corbata.
Éramos
bastante ricos... él lo era, quiero decir, y Jessica... mi mejor amiga... desde
luego.
Lo
más que ganaba yo era cuarenta mil dólares, y eso al año como secretaria
ejecutiva con siete años de experiencia y antes de ser atropellada por un
Pontiac Aztek. Pero vivíamos en una mansión en la súper a tono Summit Avenue.
Nuestra mansión, de hecho, parecía a juego con todas las demás mansiones de la
calle. Nuestra mansión podía dar a las demás mansiones una lección en cuanto a
dinero. Nuestra mansión podría mofarse libremente de las demás mansiones. (Sin
embargo nuestra mansión no era muy madura; fue construida en 1860, creo).
Veréis,
la cosa fue así... ¿sabéis qué?, en realidad no tengo tiempo para la historia
completa. La resumiré: desperté muerta, pateé culos, me convertí en reina de
los vampiros, me enganché con Eric Sinclair y lo hice rey de los vampiros
(todavía me pongo como loca cuando pienso en cómo acostarse conmigo fue el
principio, medio y final de su coronación... ¿qué tipo de patético enfermo
social planea algo así?), me mudé a Central Vampiro hace un par de años cuando
mi vieja casa se vio asaltada por las termitas, y tengo, en cualquier momento
dado, alrededor de media docena de compañeros de casa (sin haberlos invitado a
quedarse), vivos, muertos, y entremedias.
¿Veis?
Si escupiera toda la cosa, nos pasaríamos aquí todo un mes. El mes más
horroroso. Noviembre.
(Eran
las 3:18 a.m., 1 de Noviembre. El principio del mes infernal. El mes más
horroroso. Noviembre).
—¿Tiene
esto algo que ver con tu irrazonable odio a Acción de Gracias? —preguntó
Sinclair el Inamovible, quitándose cuidadosamente los gemelos (judías de oro de
Elsa Peretti, y sí, has leído bien, el tipo lleva judías de oro en las muñecas
y luego se burla de mí por permitirme la joyería de Target) y colocándolos en
el cajón de sus gemelos.
Sí.
Ese es el tipo de hombre con el que estaba condenada a vivir durante cinco mil
años.
—¡Colega!
¿Irrazonable? De eso nada, capullo despiadado. Mi odio a Acción de Gracias es
extremadamente razonable.
—¿Cómo
es que te conozco desde...?
—Una
eternidad.
—...
no, sólo lo parece, querida. Te conozco desde hace tres años...
—Absoluta
y completamente una eternidad.
—...
pero nunca dejan de sorprenderme tus absurdos prejuicios, en particular tu
disgusto por unas vacaciones básicamente inofensivas.
—¿Inofensivas?
Hablas como un viejo tipo blanco y rico. —Molesta, balanceé mi dedo del pie
hacia una de las patas de la cama y casi me lo fracturé por mis esfuerzos. La
fuerza y la velocidad no-muerta no significaban dedos de los pies
invulnerables.
—No
lo entiendo.
—Por
supuesto que no lo entiendes, eres un tío. Un blanco rico, si no lo captas.
Todo lo que has tenido que hacer en Acción de Gracias es cometer un genocidio
en masa, ver fútbol, y llevar pantalones pavo.
Sinclair
parpadeó lentamente hacia mí. Como una lechuza. Una gran lechuza pálida,
atractiva y musculosa.
—¿Pantalones
pavo?
Ondeé
la mano desechando su pregunta.
—Ya
sabes. Como los pantalones de chándal. Pantalones con toneladas de elásticos
para que puedas comer pavo hasta vomitar.
—Acción
de Gracias era algo diferente en mi casa —dijo él, con aspecto asombrado.
—Eso
es una gran mentira, colega.
—Además,
odio cuando te refieres a mí como colega.
—¡Colega,
como si me importara! Escucha: desde el primer Acción de Gracias hasta el que
llegará dentro de tres semanas, toda la presión de Acción de Gracias recae
sobre las mujeres. Cocinar, limpiar, rellenar, comer... apenas; estamos
demasiado ocupadas saltando arriba y abajo con más salsa y salsa de
arándanos... limpiando, cayendo en hinojos y rezando por fuerzas para llegar a
Navidad, levantarse y repetir. Es inhumano, yo debería saberlo. Además es una
conspiración para mantenernos encadenadas a nuestras fregonas.
—¿Tenemos
una fregona?
—Debemos
tenerla. —La cocina era tan grande como un campo de fútbol; los mostradores
siempre estaban brillantemente limpios, los suelos siempre destellantes. El
lugar olía a limones y madera vieja. Probablemente teníamos una docena de
fregonas. Un batallón de fregonas. Y un discreto y bien pagado personal de
limpieza.
—Pero,
mi reina, tú no tienes que hacer nada de eso: cocinar, limpiar, rellenar...
recitas de memoria esa letanía, espero. Francamente, estoy seguro de que nunca
has hecho esas cosas.
—Esa
no es la... escucha, estoy intentando asentar una base para el feminismo aquí.
—¿Feminismo?
—Sí,
ya sabes, esa forma de pensamiento tan molesta que asume que las mujeres son
iguales a los hombres. No digas “feminismo” como si nunca hubieras oído la
palabra, bastardo represivo.
Mi
marido tenía una expresión en la cara que yo conocía bien: estaba divertido, y
molesto, y con aspecto de estar cayendo en una migraña de tres días.
—Sí
he oído la palabra, cariño, y...
¡Demasiado
tarde! Yo estaba hundida hasta la cadera en mi modo sermón.
—Nosotras
las feministas tuvimos que inventarlo para detener tanta represión extendida y
todo eso.
—¿Cómo
estás siendo reprimida tú?
Jadeé.
—¿Cómo
estoy...? ¿No has visto mis tetas, lo cual me clasifica definitivamente como
miembro de pleno derecho de esa gente reprimida?
—Pero
no lo estás. Eres rica.
—Es
tu dinero. —Hice una pausa—. Y antes de ti, era el dinero de Jessica.
—Muy
bien. Tienes acceso al dinero, ¿podríamos dejarlo así? Tu padre tuvo una vida
excelente, y tú siempre has tenido acceso a fondos. Nunca te he visto limpiar
una ventana ni rellenar un ave.
—Oh,
¿así que porque Sinclair el Grande no ha visto que ocurriera, no ha ocurrido?
—Mi
amor, juraré reverenciarte y dejar toda esta línea entera de debate, con tal...
—Reverencia,
impresionante, me gusta como suena eso. Me gustarían grandes cantidades de
reverencia, pero es raro que te rindas tan rápido en...
—Con
tal de que me digas dónde se guardan las fregonas.
Dejé
de hablar. Parpadeé. ¿Tenía que hacerlo? Ya no meaba, ni menstruaba, ni sudaba,
ni vomitaba. No necesitaba parpadear, mis cuencas no-muertas simplemente se
humedecían por sí mismas, ¿y por qué estaba pensando en líquido ocular ahora
mismo?
—Aunque
agradezco el silencio momentáneo, no negaré que la idea de tu refutación me
llena el pecho de terror.
—Colega,
¿podemos tener una charla marital sin hablar de tus tetas?
—¿La
fregona, amor mío? —Ajustó los pliegues de su supertraje Savile Row, luego se
desabrochó el cinturón y, vale, digresión mayor aquí, pero me encanta
absolutamente el sonido del cinturón de Sinclair desabrochándose. Es sexy,
aunque práctico. ¡Aunque erótico!
Sea
como sea, se estaba desabrochando el cinturón, clink-clank, bajándose la
cremallera, y ahora se estaba quitando los pantalones y parloteando todo el
rato.
—¿Sabes
dónde reside dicha fregona? ¿Sabes cuántas tenemos? ¿Sabes... —Dobló los
pantalones en una de sus elegantes perchas de madera; donde hubo una vez un
orgulloso bosque pluvial, ahora había colgadores para los pantalones de mi
marido—... dónde se guarda la Mop & Glo ?
—Ni
siquiera tú lo sabes —supuse. Fue un tiro al azar, pero me sentía bastante
confiada.
—Me
tomaré eso como un no.
—Vale,
no sé dónde están exactamente las fregonas. Eso no significa que no esté
reprimida.
—De
hecho, significa eso, querida.
—Porque
yo... —Porque tengo un cerebro lleno de pensamientos, y todos quieren salir a
la vez.
Vale.
Dejadme pensar en esto.
Nunca
había tenido que hacer una comida o una cama. Ni había cosido un botón desde la
clase de economía doméstica en séptimo. Ni pagaba ninguna factura. Ni siquiera
tenía que ir a la compra, aunque todavía lo hacía.
Pero
Sinclair era blanco, y viejo... en los setenta. O noventa. Francamente, nunca
me acordaba, y francamente nunca lo intentaba demasiado. Si pensaba en el hecho
de que estaba retozando y follando frecuentemente con alguien lo bastante viejo
para ser mi abuelo, el tipo no podría desabrocharse el cinturón hasta el final
de los tiempos y todavía no sería lo bastante rápido para mí.
¡Pero!
Era viejo, era blanco. Desde luego, había crecido en una granja, pero se había
hecho rico no mucho después de morir. Creo que no mucho.
Hmm.
Esto era un poco embarazoso. ¿Pensándolo bien, cuánto sabía del amor de mi
vida?
Capítulo
6
Veamos.
Nació y se crió en el medio oeste.
Sus
padres eran granjeros.
Perdió
a sus padres y a su hermana pequeña en algún horrible accidente... estaba
bastante segura de que había sido un accidente... y conoció a Tina (en un
ratito algo más sobre ella) la noche del funeral.
Sabía
que prefería los zapatos Kenneth Cole, en color negro.
Sabía
que adoraba las fresas.
Sabía
que me amaba.
Sabía
que amaba el poder por encima de todo.
Y
eso era casi todo lo que sabía. Si esto fuera un libro, y no mi vida, lo que
sabía de mi marido ni siquiera llenaría una página.
Capítulo
7
Mi
reina, pareces inmersa en tus pensamientos. O quizás estás sufriendo un
calambre en el pie.
—Lo
primero —admití— y escucha, recuérdame preguntarte si fuiste presbiteriano. Y
cuál era tu comida favorita cuando eras niño. Y qué edad tenías cuando te
enteraste de que no existía Santa. Y cómo perdiste la virginidad. Y si abrías
los regalos en Nochebuena o la mañana de Navidad. Y... otras cosas, cuando
piense en ello.
Sinclair
pestañeó de nuevo.
—Mi
amor, ¿me estás haciendo una encuesta?
—Con
el tiempo. Pero tengo que dejarlo aquí, porque los tipos blancos no pueden
decir a los negros o a las mujeres o a los luteranos que no están reprimidos.
—Pero
no lo están. Más bien, tú no lo estás. Y dudo mucho que Jessica haya estado
reprimida por más de medio momento. —Hizo una pausa y luego admitió—: No puedo
hablar por los luteranos.
—Así
que no cocino ni limpio. Ni hago camas. Ni compro comida excepto por gusto, ni
llevo mi coche al mecánico. Ni lo llevo a cambiarle el aceite. Ni friego
lavabos. Ni... —Hmm. Puede que él pudiera tener razón—. Pero tú aún has estado
incluso menos reprimido que yo. ¡Vamos a ver cómo niegas eso!
—¿Esto
no será una forma de distraerte a ti misma de la muerte de Antonia y Garrett,
no, amor mío?
Me
senté de golpe en nuestra cama. Mierda.
Y
mierda otra vez.
Capítulo
8
Escarbar
en eso —me senté en mi cama. Sinclair acababa de ganarse seis semanas en el
sofá—, no es justo —dije, y me encogí de miedo al oír que mi voz realmente
temblaba de dolor. Amaba al maldito tarado, pero no era muy divertido para mí
parecer vulnerable y desvalida ante alguien, mucho menos si era alguien a quien
amaba y quería impresionar.
Él
dejó de trasegar con su ropa, vino a sentarse a mi lado y pasó cuidadosamente
un brazo alrededor de mis hombros, como si se preguntara si iba a clavarle un
codo en los intestinos. O en los dientes.
—Me
preguntaba cuándo sería el momento apropiado para discutir esto contigo.
—No
lo intentes nunca. Eso sí que sería apropiado.
—Los
acontecimientos que desembocaron en sus muertes fueron tremendamente
estresantes y peligrosos; hubo pocas oportunidades de considerar cuidadosamente
las consecuencias de sus acciones.
—Vale,
eso es hablar con precisión —admití.
—Nuestro
viaje a Massachusetts fue tan azaroso que no tuviste tiempo de guardar un luto
adecuadamente.
—¿Azaroso?
No es la palabra que yo hubiera escogido.
—Has
evitado cuidadosamente toda mención a ellos, y ahora te estás aferrando a cosas
como vacaciones inofensivas, feminismo, y a Laura queriendo emprender una...
¿cómo lo llamaste? Una excursión al infierno.
—Bueno.
Son asuntos de los que tengo para ocuparme. No puedo evitarlo. Un momento.
¿Cuándo te mencioné el viaje al infierno? Estaba preparando el terreno para
eso.
—¿Ves
qué bien te conozco, amor mío?
Me
estudiaba tan fijamente que realmente podía sentir su mirada sobre mi piel.
—De
hecho, así es.
De
hecho, vete a freír espárragos. Traté de aplastar mi irritación.
—Están
muertos. Se fueron, y no pudimos impedírselo a ninguno de ellos. Luego, para
empeorarlo, casi perdemos nuestras cabezas a manos de un montón de hombreslobo
cabreados con acento de Massachusetts. —Era difícil decidir qué daba más miedo.
Me habían llamado espabilada y había tardado algunos segundos en descifrar el
cumplido. Su acento me había sonado tan extraño como mi gangueo del medio oeste
sin duda les había sonado a ellos.
Tomé
aliento y seguí lamentándome.
—Ahora
tengo al diablo fastidiando a mi hermana cada diez minutos y las peores
vacaciones de mi vida surgiendo amenazadoramente en el calendario.
—Y
no pudiste salvarlos.
Yo
poyaba mi barbilla sobre su hombro, así que miraba directamente a su oreja
izquierda.
—¿Qué
tiene que ver eso con todo lo demás?
—Todo,
la más encantadora de las reinas. Tiene todo que ver con lo demás.
Capítulo
9
El
bocazas con el que me casé no estaba enteramente equivocado. No, no habíamos
hablado realmente de lo sucedido. Y sí, por supuesto que no lo había discutido
con nadie... ni siquiera con él. Ni siquiera con mi mejor amiga.
Eso
era porque yo sabía algo que mi marido y mi amiga no sabían: era una cobarde.
Nunca
miraba hacia las escaleras.
Jamás
miraba los barrotes perfectamente reparados de la barandilla completamente
reparada.
Nunca
miraba la baldosa donde Antonia cayó, donde se desangró, donde murió.
Jamás
usaba la puerta principal en absoluto; la última vez que lo había hecho, a Antonia
le habían metido una bala en el cerebro y su amante, Garrett, se había metido
los barrotes de madera en el pecho, vientre y garganta.
Nunca.
Bueno,
vale ya con todos esos nunca y todos esos jamás, sí, bien. Nunca pienso en eso.
A propósito, por supuesto. Muy al contrario, lo confieso: por supuesto que
nunca pienso en eso a propósito. ¿Quién podría nunca pensar en eso por
accidente?
Así
que el Capitán Aguafiestas tenía algo de razón.
Pero
eso no quería decir que el Día de Acción de Gracias no pintara fatal, porque
desde luego lo hacía.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
tu sentido de la responsabilidad está afrontando el problema en lugar de
desdeñarlo.
Salí
de la cama de un salto.
—Oh,
ya estamos. Las responsabilidades de la realeza. El liderazgo. La justicia. No
importaba el hecho de que el vampiro medio tenga aproximadamente noventa y ocho
años de edad. Ellos deberían guiarme a mí. En años vampiro, soy todavía una
niña pequeña.
Vale,
aquí estaba la enorme mascota malhumorada. Podía ver por la expresión de
Sinclair que ya había oído esto antes y lo dejaba impertérrito. Y sí, es muy
infantil lloriquear por circunstancias que nunca, jamás podré cambiar.
Pero
odiaba que se esperara que liderara a todos los que me rodeaban y que eran: a)
lo bastante viejos como para ocuparse de sí mismos, b) lo bastante viejos como
para tener mejor criterio, y c) tan, tan viejos como para no necesitar una
reina vampiro que lo controlara todo. Abandoné toda esa mierda cuando me
despidieron de mi último trabajo como administrativa.
Pero
aquí estábamos. Y otra vez: mis responsabilidades. Mías, mías, ciertamente
cumplía del todo mi voto de “Si me convierto en Miss Reina Vampiro trabajaré
hasta la extenuación por la paz mundial”. El anticristo se había vuelto loca.
Mi padre había muerto. Mi madrastra murió y comenzó a atormentarme. Al diablo
le gustaba dejarse caer por aquí. ¡Garrett se mató porque Antonia atrapó una
bala con su cerebro... tres veces! Mi mejor amiga había roto con el amor de su
vida, que insistía en que eligiera entre él y yo.
Oh
todo mío, sí. Todo era fantástico.
Estaba
ya en la puerta, medio esperando que Sinclair estuviera justo detrás de mí. No
lo estaba. Todavía estaba sentado en la cama.
—Estoy
harta de discutir esto.
—¿Cómo
es posible —preguntó serenamente—, cuándo nunca lo hemos hecho?
¡Ay!
—Si
salgo por esa puerta —amenacé—, yo... —Vale. Que nunca regresaría era mentira y
él lo sabía. Pero al fin y al cabo, no regresar no tenía el tono amenazador que
yo esperaba—... ¡estaré realmente cabreada contigo!
Él
bostezó.
Yo
me fui.
Capítulo
10
Bajé
pisando fuerte por el tramo de escaleras al estilo de Lo que el Viento se Llevó
(tapizadas en felpa de un rojo profundo, como las verdaderas de Escarlata) y
pasé por un par de pasillos. (Este lugar tenía más baños que la Casa Blanca,
por no mencionar aparadores, armarios para la ropa blanca, montaplatos,
salones, habitaciones y alacenas... había encontrado tres hasta el momento).
Por
centésima vez me pregunté qué estaba haciendo yo, Elisabeth no-me-llames-así
Taylor, viviendo en una mansión llena de rarezas paranormales como mi marido.
De hecho, ¿no era yo, Elizabeth Taylor, una rareza paranormal en primer lugar?
No
había pasado tanto tiempo desde que estaba libre y sin compromiso, viviendo por
mi cuenta, en mi propia casa, sin estar casada, sin hacer de canguro para
no-muertos o chupasangres, ocupándome simplemente de mi propia mierda y
permitiéndome ocasionalmente unos zapatos de la nueva temporada de primavera de
Beverly Feldman.
Quizás
ese fuera mi problema. No podía recordar la última vez que me había comprado yo
misma un par de zapatos.
Cómo...
¿cómo podía haberle pasado esto a mi vida? ¡No era de extrañar que todo
estuviera jodido! Dios mío, estaba todo tan claro...
Había
deambulado hasta el interior de la cocina, no del todo por accidente. La
habitación era como un gran estadio pero cálida y acogedora... encimeras
grandes y largas, un par de neveras siempre abastecidas de cosas para picar,
taburetes de bar grandes y muchas revistas y periódicos esparcidos por todo el
mostrador de mármol que Tina usaba ocasionalmente para estirar la masa para
galletas (lo cual resultaba curioso ya que ella no podía comérselas. Ninguno de
nosotros podía, excepto Jessica, que estaba siempre morbosamente preocupada por
ganar peso y adentrarse lentamente en el terrible territorio de los 46 Kilos.
¿Adónde demonios iban a parar todas esas galletas?)
Como
medio-esperaba, Tina ya estaba allí. Estaba recién duchada... no era ninguna
sorpresa, porque olía como a sangre. Acababa de volver de caza, entonces.
Tina
y mi marido tenían que alimentarse diariamente (cada noche, supongo). La regla
no escrita era que sólo nos alimentábamos de chicos malos. Por lo que si fueras
un asaltante, o un violador, o un asesino, o un ladrón, o un desfalcador, ten
cuidado. Serías elegible para nuestro programa nocturno de
toma-tú-tentempié-y-vete. Nosotros conseguiríamos nuestro tentempié, y tú
simplemente... te irías. ¿Adónde?, nos tendría sin cuidado.
Estaba
de pie ante el frigorífico, sosteniendo la puerta abierta, llevaba su uniforme
post-ducha consistente en un pijama hasta los pies de un precioso y grueso lino
color crema. Con su cascada de cabello rubio y sus grandes ojos marrones
parecía una extra de la Casa de la Pradera. Una extra buenorra.
De
repente me di cuenta de algo que sabía acerca de Tina... ¿sabéis cuando no
sabes que sabes algo hasta que te das cuenta de que lo sabes? (A callar. Tiene
sentido si piensas en ello.) Lo que ahora sabía era que Tina siempre vestía tan
modestamente como una institutriz. El conjunto más atrevido con el que la había
visto nunca era un par de pantalones cortos de lino con una camiseta de manga
larga.
Era
partidaria de las faldas y pantalones largos. Cuellos altos y pijamas largos...
nunca nada frívolo o insinuante. La recordé diciéndome una vez que se había
convertido en vampiro durante la Guerra Civil (¿o había nacido durante la
guerra? No puedo acordarme...); al parecer los viejos hábitos de modestia
tardaban en morir. O, en caso de Tina, no morían en absoluto.
Sabía
que estaba ojeando su enorme y extraña colección de vodka. Como cualquier
vampiro, estaba continua y compulsivamente sedienta. Como yo, intentaba ahogar
ocasionalmente esa sed con potingues además de con sangre. También como yo,
fallaba cada vez... pero disfrutaba intentándolo.
Aquí
estaba sacando una botella... ¡puaj!, vodka con sabor a pimiento picante. Cómo
si una bebida hecha de patata no fuera ya suficientemente asquerosa.
No,
no quería sabor a pimiento. De vuelta al interior del frigorífico que iba. Ahí
va canela. Algo mejor, supongo, pero no, tampoco quería ese. Ahí va... ¡oh, no!
¡Bacon! ¡Vodka con sabor a Bacon! (Juro por Dios que no me lo estoy inventando.
Wikipedia si no me crees.)
Iba
a vomitar ahora mismo. Justo aquí en la cocina, junto a los pies de uno de mis
más leales acólitos vampiro. Nada iba a detener el Vómito Express. Excepto
posiblemente el hecho de que no había vomitado desde que me levanté de la
muerte en ese funeral tres años atrás.
Concéntrate.
Piensa en todas las cosas bonitas que hace Tina. Piensa en lo insensible y
terrible que sería vomitar sobre sus pies. Piensa en... piensa en el hecho de
que ni siquiera te permitiría limpiarlo.
Capítulo
11
Era
la mayordomo de Sinclair, una palabra elegante para describir lo majestuosa que
era Tina; la súper secretaria y asistente administrativo de los condenados.
Pero era más que eso.
Sabía
dónde estaban enterrados los cuerpos... lo cual no era una frase baldía en esta
casa. Conocía todos los números de cuenta y las contraseñas. Se sabía todos los
cumpleaños y fechas de fallecimiento. Conocía las comidas favoritas y las
alergias. Era prácticamente un genio con las armas de fuego —un ardid muy bueno
para alguien que había nacido durante la Guerra Civil. O había sido convertida
durante la misma.
Ella
había hecho a mi esposo... lo había convertido. Y se había quedado con él desde
entonces, y cuando me conoció instantáneamente volcó su lealtad sobre mí.
Era...
ya sabéis. Era Tina. Tina, ciudadana no-muerta de los no-muertos con una
afición por el alcohol hecho a base de patatas y con sabor a embutidos.
En
realidad, todo lo que sabía de ella era que había convertido a Sinclair en
vampiro la noche del funeral triple de la familia de él, y supongo que después
de eso nunca miraron atrás.
Tina
y mi esposo no se habían emparejado, lo cual yo encontraba a la vez un alivio y
algo extraño... habrían hecho una hermosa y poderosa pareja. Francamente, me
sorprendía un poco que él se hubiese resistido a ella. Tina era supremamente
hermosa, y lo que era incluso mejor, extremadamente inteligente. Inteligente
como El Encantador de Perros.
No,
los dos se habían dedicado simplemente al negocio de amasar dinero y
propiedades y... esto va a sonar condenadamente engreído incluso para mí, pero
básicamente habían pasado numerosas décadas esperando a que yo, vuestra atenta
servidora, apareciera.
Aparece
moi, recientemente fallecida y cabreada (lo primero nada nuevo, lo segundo
extremadamente nuevo). La noche que conocí a Tina ella me salvó el culo. He
logrado devolverle el favor una o dos veces.
¿La
cuestión? Supongo que la cuestión era que amaba, admiraba, vivía y dependía de
personas de las que en realidad sabía muy poco. No es que fueran taciturnos...
solo que yo normalmente no me preocupaba por ello. ¿A quién le importaba que
Sinclair hubiera sido criado como presbiteriano o luterano? ¿A quién le
importaba que su abuela alguna vez le hubiera hecho comer Lutefisk en
Nochebuena? ¿A quién le importaba si Tina se había casado alguna vez, o incluso
si había sido mamá?
Bueno.
Probablemente a ellos.
Y yo
debería haberlo sabido.
Capítulo
12
Majestad,
¿cuánto tiempo va a estar merodeando junto a la puerta?
Por
supuesto. Sabía que yo estaba allí, probablemente lo sabía desde antes de que
yo supiera que me iba a dirigir a la cocina. Yo podía ser silenciosa cuando
quería, pero Tina era más un fantasma que un vampiro, y no se le escapaba nada.
—Por
favor no cojas ése —rogué, y ella rió entredientes.
—No,
no estoy de humor para ése... —Me esforcé en escuchar; ¿Tenía acento sureño?
No. Estaba segura de que nunca lo había tenido... al menos, no en los tres años
que hacía que la conocía. Es posible que se le hubiese gastado tras sesenta y
tantos años viviendo en Minnesota.
Espera.
¿Era siquiera sureña? ¿O sólo lo estaba asumiendo porque había hecho referencia
a algún hecho de la Guerra Civil?
Podría
haberle preguntado sin más, pero estaba demasiado avergonzada.
—Creo...
—un pequeño tintineo mientras movía las botellas—. Hmmm... —Sacó... cerveza de
raíz. Cerveza de raíz con sabor a jugo de patata.
—Tan
solo me estás torturando.
—Nunca,
Majestad. Vivo y muero a cada orden suya. —¡Clank! La botella de cerveza de
raíz volvió dentro. Y aquí venía... uf, tenía miedo de mirar...
Menta.
Exhalé
con alivio, un hábito de haber estado viva del que aún no me había deshecho.
Tina se rió entre dientes otra vez, tenía una risa baja genial, casi como
terciopelo desgarrado.
—Creo
que, sí —dijo, posando la botella congelada en el mostrador—. ¿Me acompañas, mi
reina?
—Ni
de broma. —Lo bebió cuidadosamente—. ¿No es más barato engullir alcohol
isopropílico sin más?
—De
hecho, sí, pero es menos satisfactorio.
—¿Buena
caza? —tan pronto como pregunté hice una mueca. De quien fuese que Tina hubiese
tomado su tentempié, eran seres humanos. No el plato gourmet de la semana de
Rainbow foods.
Sólo
que en algunas ocasiones, eso era lo más que podían aspirar a ser. Había muchos
mierdas corriendo por ahí todo el tiempo.
Aún
recuerdo una comida de hacía una año... sucedió con una pedófila que justo
estaba bajándole los pantalones a su víctima. Yo pretendía golpearla y salvar
al alumno de secundaria. En vez de eso, casi la hice atravesar la pared. Una
pared de ladrillos. La buena noticia fue, que cuando volvió en sí estaba tan
desconcertada que empezó a confesar compulsivamente... todo. Pero la mala fue,
que después de que sucedió, apenas podía dejar de pensar en esa vaca inútil.
No
es que me sintiera mal. Me sentía mal porque no me sentía mal. Nada que
provocara una migraña.
—...
pero después, prometió entregarse y devolver todas las copias piratas de
Ironman 3 y Spiderman 8.
—Y
la población duerme en paz. Piratería. Sí, esa palabra. Apuesto a que te lleva
atrás... a noches bajo la luz de la luna en el profundo sur, cuando destilabas
alcohol ilegalmente para tus numerosos primos...
—¿Majestad?
—A
menos por supuesto que no sea así. Que no te traiga recuerdos quiero decir.
Entonces, ¿lo hace?
Las
cejas de Tina estaban unidas, tanto que por un aterrador momento pareció tener
una sola ceja.
—¿Disculpe
Majestad?
—No
importa. Bueno, probablemente te ibas a dormir.
Tina
bajó la mirada como asegurándose de que estaba limpia y recién bañada; y
también que llevaba un camisón en vez de, digamos, un vestido de cóctel.
—Sí,
así era, pero si requiere algo...
—No,
no. No, yo... —¿Qué exactamente? ¿Enfurruñarme y esperar a que Sinclair
escupiera una disculpa? ¿Preocuparme por mi hermana? ¿No usar el salón
principal para no tener que pensar en Antonia y Garrett?—. Voy a usar la
puerta, ¡eso es lo que voy a hacer!
Tina
había retrocedido hasta que su (permanentemente torneado) trasero estuvo
presionado contra el refrigerador.
—Como...
como desee su Majestad.
—¡Maldita
sea, así es!
¡Sí!
Nadie podría acusarme de no usar mi propia puerta delantera. De ningún modo,
nena.
Iba
a usar hasta la mierda la puerta delantera.
Capítulo
13
Odio
la puerta delantera.
Bueno,
es la verdad, y así era ya antes de Eso. Primer punto, era prácticamente del
tamaño y grosor de una secoya. Pesada como el demonio, hasta con bisagras. Sin
mirilla... y dado que la mayoría de los vampiros sabían donde vivía, esto era
peligrosamente estúpido. Más o menos como el imbécil ocasional que venía buscándome.
Además,
se abría hacia un enorme vestíbulo de mármol, muebles antiguos y, en los días
libres del ama de llaves, pelusas de polvo del tamaño de orangutanes. La casa
olía como a madera antigua, cera para suelos y flores muertas. Todo era más
grande que la vida... Altas entradas. Mármol por todos lados. Mesas con
capacidad para veinte. Sillas para las mesas que parecían tronos (Target no
tiene sillas así, lo he comprobado). Alguien que no supiera nada de los
residentes de la casa instantáneamente sentiría que no nos llevábamos nada
bueno entre manos.
Sutil
no era. ¿Y qué pasa cuando la señora de lo obvio repara en que algo no es
sutil? Hermano, es momento de hacer el petate y salir de la ciudad porque la
lluvia de fuego está a punto de empezar.
Oh.
Cierto. Había otra cosa que no me gustaba de la entrada principal. La
biblioteca (una de las bibliotecas) estaba justo al lado de la mencionada
entrada, y la biblioteca era, en casi cualquier modo posible, peor que el
vestíbulo.
El
Libro de los Muertos se guardaba en la biblioteca. Lo cual era muy parecido a
decir que la bomba se guardaba en el garaje junto al quitanieves.
Caminé
sigilosamente hacia esa cosa horrible. ¿Y por qué no? Apenas era noviembre y el
mes ya apestaba. Qué iba a hacerme, ¿un corte de papel demoníaco?
No.
Necesitabas papel para cortarte con él. El Libro de los Muertos había sido
escrito (con sangre) por un vampiro (loco) sobre piel humana.
¡Hazte
con toda la colección!
Podía
sentir mi boca intentando contener un fruncimiento poco atractivo a medida que
me acercaba. No es que tuviese que preocuparme por las arrugas. Solo por
volverme malvada y observar impotente como mis compañeros de casa morían. Y, ya
sabes, por los impuestos.
Todas
las respuestas estaban ahí. El Libro de los Muertos nunca se equivocaba. Esa
maldita cosa simplemente estaba ahí en un viejo soporte que nunca estuvo de
moda; burlándose de mí. Si mi fallecida madrastra fuese un libro, sería este.
Todas mis preguntas podían ser respondidas. No más preocupaciones... no más
preguntas.
Sí.
Todo justo ahí, si no me importaba volverme loca. Ahora bien, no soy del tipo
quisquilloso y la locura de una chica es demasiados daiquiris durante fin de
semana para otra, pero la última vez que me dejé llevar, asusté (y mordí) a mi
mejor amiga y violé a mi esposo. (Nunca acabé de decidir qué había sido peor:
que abusara agresivamente de él, o que él pareciera no notar que me había
vuelto malvada en todo el fin de semana).
¿Alguna
vez mencioné que la horrible, horrible cosa era a prueba de fuego? ¿Y a prueba
de agua? Cada vez que trataba de tirarla o destruirla, volvía. Era como estar
en uno de esos clubs de compre-diez-DVD´s-por-$2.99, sólo que más malvado y sin
tanto correo los fines de semana.
Aún
así, era tentador. Claro que lo era. A pesar de saber que era peligroso... ¿o
porque sabía que era peligroso? Porque si de verdad me ponía a pensarlo, yo...
—Qué
ceño tan poco atractivo. Ya que no puedes depender de tu inteligencia, cariño,
deberías intentar conservarte hermosa el mayor tiempo posible.
El
corazón me dio un GRAN vuelco en el pecho y de verdad me tambaleé. Conocía esa
voz dulce y maliciosa. Primero el libro.
Ahora
el diablo.
Capítulo
14
Me
di la vuelta
—¡Tú!
—Yo
—estuvo de acuerdo Satán. En contra de cada instinto de conservación que había
desarrollado en treinta y tantos años, instantáneamente miré a sus pies. Y
gemí.
—Ah.
—La Niña Problemática de Dios sonrió con afectación, batiendo sus largas
pestañas—. Lo has notado.
Por
supuesto que lo había notado. Podría haberse puesto botas de piel encima y lo
hubiese notado. Podría haber estado disfrazada del hombre Michelin y lo habría
notado.
El
diablo llevaba un par de tacones de aguja de Stuart Weitzman. Estaban
delineados con 1.420 diamantes Kwiat (¡más de treinta quilates!) montados en
platino. Anika Noni Rose (la otra Dreamgirl) los usó en los Oscar del 2007 y
había sido una ganga a medio millón de dólares.
—Dime.
¿Cómo le van las cosas a mi treinteañera muerta favorita?
Yo
estaba demasiado sobrecogida para responder, o reparar en el insulto. O
siquiera notar algo. Estaba... deslumbrada. El Libro de los Muertos podría
haberse convertido en un desnudo Robert Downey Jr. y ni siquiera habría echado
un vistazo al más caliente nuevo/viejo chico malo de Hollywood.
Satán
sonrió hacia sus bellos, bellos, bellos, bellos, bellos, bellos, bellos,
bellos, bellos zapatos y ¿cómo podía yo culparla?
Ya
que estamos, ¿he mencionado que el Diablo se parece a Lena Olin? ¿Como la más
caliente tía buena en la historia de las mujeres mayores sexys? ¿Una tía buena
que seduce a todos tus amigos pero luego te lleva a tomar un trago y te hechiza
para que la perdones a regañadientes?
La
maldad pura me acosaba en mi propio hogar, usando tacones altos y un severo
traje hecho a medida con un gran escote. El traje, lo supe al momento, estaba
hecho de lana de vicuña, la tela más costosa del planeta. Se cotiza a unos
1.780 dólares el metro. Lo sabía porque ella había usado otro traje con un
corte y color diferente el año pasado, un profundo y exquisito negro, y yo
había sentido la suficiente curiosidad como para investigarlo.
Traje
severo en azul medianoche, zapatos geniales, mínimo maquillaje, sin perfume,
sin joyas (quien las necesitaba con zapatos así) y las medias más finas, más
como tejido de seda que algo artificial. Satán prefería los ligueros (desearía
no saber eso). Y también tentar puñeteramente a la amigable reina vampira del
vecindario.
—...
un favor.
—¿Ah?
—Dije
que tienes el aspecto de alguien que necesita un favor.
—¿Yo
qué? ¿No? Mm.
—Pareces
menos locuaz de lo habitual. Vamos. Sé que tú y mi hija tuvisteis una bonita
charla viendo películas de Al Pacino y comiendo palomitas de microondas.
También sé que tienes un problema. Varios, uno de los cuales es tu anémico CI,
pero en uno de ellos puedo serte útil. Incluso mejor, en uno de ellos deseo ser
de alguna ayuda. Y estoy dispuesta a asistirte, pero en pago debo insistir...
—Discúlpame.
Tengo que recostarme. —Me tambaleé hacia el sofá (recientemente retapizado en
un profundo terciopelo color verde musgo, después de que uno de mis compañeros
de habitación vomitara vodka de pasto de búfalo encima) y traté de recostarme.
Pero no pude lograrlo antes de que mis rodillas se doblaran así que
simplemente...
Simplemente...
Um...
simplemente...
—Bueno
golpéame en la cara y arrójame del cielo. —El rostro de Satán apareció sobre el
mío; el diablo estaba tan preocupado como la hubiera visto alguna vez—. Te has
desmayado. ¿Sabes lo raro y anticuado que es desmayarse en estos días? Pareció
como un salto de barriga a cámara lenta. ¿Quieres una almohada? Confío en que
esta alfombra no esté tan sucia como parece. Y huele.
—Son
realmente unos zapatos geniales y asombrosos —logré decir, parpadeando hacia el
Lucero del Alba.
—Y
los obtuve a cambio de una canción —replicó—. O más específicamente a cambio de
un alma. Pero pueden ser tuyos por el módico precio de...
—¿Qué
demonios está sucediendo aquí?
Satán
giró la cabeza y oí un bufido de irritación. O tal vez tan solo tuviera una
fuga por alguna parte. Mi mejor amiga, Jessica, estaba parada en el pasillo con
los brazos en jarras. Lo cual era bastante alarmante porque era más que huesuda
y sus codos podrían haber sido registrados como armas mortíferas. Podía
destrozar ventanas de coches con ellos.
—Nada
de tu interés, señorita Watson. ¿Por qué no corres a gastar más dinero que no
ganaste?
—¿Y
tú porque no te vuelves al infierno? —Jessica lo estaba haciendo bastante bien
dado que: a) nunca había conocido al diablo y b) de hecho estaba gastando
dinero que no había ganado. Diariamente incluso—. No es que sea tu maldito
problema pero sangré por ese dinero. Ahora bien, no sé por qué estás aquí...
—Seguramente
porque nunca me molestaría en informártelo.
—...
pero no hay forma de que sean buenas noticias para nadie de mi casa.
—Tu
casa —contraatacó el Adversario, apuntando un dedo de perfecta manicura
francesa hacia mí—. La escritura está a nombre de ella y su esposo.
—¿De
verdad? —Oh. Cierto. Creo que Sinclair había mascullado algo al respecto hacía
un par de meses. Yo estaba demasiado ocupada evitando el vestíbulo y esta
habitación para prestar mucha atención—. Así que somos los dueños la casa... ¿y
qué? Es sólo semántica.
—¿De
verdad sabes qué significa esa palabra?
—Significa
que Jessica ha sido dueña de bastantes lugares que yo he alquilado o donde he
vivido. Así que si la escritura esta a su nombre o al mío o al de Tina o al del
gato, es su casa tanto como lo es mía.
—Excepto
desde el punto de vista legal —dijo Baal, poniendo los ojos en blanco.
—¡Fuera!
—Jessica realmente golpeó el suelo con el pie. También aterrador... calza un
cuarenta y tres pero sus pies no tienen casi anchura. Parece como si caminara
sobre reglas. Eran reglas afiladas además. Cuando golpeaba uno contra mi
espinilla me dolía como el demonio. Los superpoderes de los no muertos no
podían prevenir esos dolores—. ¡Ahora mismo!
—¿O
qué? ¿Se le dirás a tu papi? Él está bien por cierto, mi querida y aburrida
señorita Watson. En realidad, no es verdad. ¡Está condenado! Está
verdaderamente no-bien.
La
piel de Jessica era demasiado bellamente oscura para palidecer cuando tenía
miedo. En vez de eso, cuando está asustada su rostro parece tensarse. Eso
rompió la neblina en la que yo había estado inmersa desde que había visto el
calzado demoníaco.
—Déjala
en paz —quise que sonara como una fuerte orden. Pero salió débil. Y flojo.
El
diablo ni siquiera me miró. Y no se había movido, no había dado un paso hacia
Jess. Pero parecía que lo hubiese hecho. Se sentía como si lo hubiese hecho.
Sólo con su voz, parecía estar acechando a Jessica. Parecía... emborronarla.
Lo
cual, realmente, realmente me molestó.
—Es
un patrón aburrido, ¿no es así? A la sombra de tu famosa madre hasta que murió.
Y ahora a la de Betsy. Quien, por supuesto nunca envejecerá y se volverá fea,
solo menos y menos inteligente.
—¡Oye!
—¿Escoges
mujeres hermosas a propósito para vivir con ellas? —sonaba genuinamente
interesada, lo cual era sólo otra forma de mentira—. ¿O sólo lo reconoces
muuuuuuuuuy profundamente en el fondo de tu cerebro, donde viven las
serpientes? —el diablo sonrió burlonamente—. Y yo, por supuesto. Yo visito ese
lugar. —Pausa—. Me encanta estar allí.
—Sal
de aquí —logró decir Jessica, casi siseándolo. Creo que en su cabeza creía que
estaba gritando.
—¡Por
supuesto! Pero antes de irme, ¿tienes algún mensaje para tu querido y condenado
papi? ¿O para tu madre, que escogió el dinero de su esposo por encima de la
seguridad de su hija? Aún es una corista en mi reino, sabes. Y aún no puede
conseguir trabajo. ¡Y aún a la sombra de tu padre! Deberías verla Jessica,
deberías verlos a ambos. Se odian mutuamente. Casi tanto como te odian a ti.
Satán
sacudió hacia atrás su largo y elegante cuello y rió. Las carcajadas
retumbantes llenaron la habitación como un enjambre de murciélagos... lo
intentó al menos, porque un crujido de madera y cráneo cortó el festival de
risas justo cuando comenzaba.
Jessica
sonrió, pero sus labios estaban temblando.
—Oh,
Bets. Esto te pesará uno de estos días.
El
diablo se estaba frotando la parte de atrás de la cabeza y me miraba fijamente.
Yo había logrado sacudirme de mi estupor, levantarme del suelo, tomar el atril
(el Libro de los Muertos salió volando, pero no era como si pudiera pasarle
algo) y coronar a Satanás con él. Como me estaba moviendo a súper velocidad
vampírica, había sido capaz de lograr algo de impulso antes del golpe.
¿Y
el crujido sonó bien?
¡Demonios,
sí! Bien como una devolución de impuestos. Tan bien como
todas-tus-pruebas-dan-negativo. Tan bien como
no-puedo-terminarlo-quieres-el-resto-de-mi-postre.
—El
próximo —le advertí, blandiendo el atril roto como si fuera un bate de béisbol
dentado— pasa a través de tus dientes. Saca tu flácido culo de mi casa.
Satán
terminó de sacudirse astillas de su cabello perfectamente moldeado.
—Mi
trasero no está flácido.
—¿Ah
sí? Deberías verlo desde donde estoy yo parada —dije despectivamente, lo cual
fue toda una bravuconada. Su trasero era fabuloso—. Ahora lárgate. ¿O tengo que
llamar a un cura para que haga un exorcismo?
—Tentador.
No me he echado unas buenas risas en ochenta y siete segundos. Una eternidad
con vosotras. —Lucifer Lucero del Alba dobló sus brazos revestidos en lana
sobre sus perfectamente moldeados pechos y se miró la punta de sus hermosos,
hermosos, hermosos, hermosos, hermosos, hermosos, hermosos, hermosos, hermosos,
hermosos, hermosos, hermosos zapatos—. Me largaré, como deseas. Pero Betsy,
cuando necesites ponerte en contacto conmigo, y lo harás, sabrás lo que pido a
cambio.
—¿Qué
es lo que vas a exigir? —preguntó Jess, con un ceño de sospecha en el rostro.
—La
reina sabrá —dijo con la voz de Lena Olin—. Solo necesita pensar en la
tentación.
—Ahora
mismo sólo estoy pensando en trincharte la cara. De nuevo. ¡Ja! Chúpate esa.
—Ah,
y Betsy. Ya te he perdonado por este pequeño asalto, así que para mañana ya
quedará en el pasado. No debes temer llamarme.
—¿Sí?
De nuevo equivocada, perdedora ángel caído estilo diablo porque yo te...
—Entonces simplemente desapareció. ¡Incluso se oyó un agudo pum! El cual,
comprendí, era el sonido del aire apresurándose a llenar el espacio que ella
había estado ocupando—. Odio cuando hace eso. Justo en mitad de una frase. En
eso es como Batman. Solo que más perra.
Jessica
aún parecía asustada, pero su expresión se estaba relajando un poco y sus ojos,
aunque brillantes, no estaban derramando lágrimas. El día que sus inútiles y
repugnantes padres habían muerto no había sido exactamente el peor día de su
vida. Parafraseando a Stephen King, a veces un accidente puede ser el mejor
amigo de una mujer infeliz.
Pongámoslo
así: si no hubiesen muerto, tarde o temprano yo hubiese tenido que matarlos. Y
¿quién necesita eso en su lista de tareas pendientes?
—Cielos,
Betsy. —Miró el libro, las astillas y el atril convertido en un palo de limbo—.
Eres toda una rompeculos.
—Oye.
La única persona que puede menospreciarte y mofarse de ti con secretos
familiares hasta casi hacerte llorar soy yo. Además, esos zapatos ni siquiera
eran de mi talla —mentí, sabiendo exactamente cómo se había sentido la zorra
cuando no pudo alcanzar las uvas.
Capítulo
15
Entonces
le dijo algo personal a Jessica, así que le estampé un libro en la parte de
atrás del cráneo. Luego se fue. Luego se fue Jess. Y luego me fui yo. —Tomé
otro trago de mi naranjada Julius. Un noviembre eterno y de vuelta al Centro
Comercial. ¿Patrón? ¿Qué patrón?—. Oh, y ahora mismo no me hablo con el rey de
los vampiros, pero es posible que le perdone en un par de horas más.
Acerté
a mirar hacia arriba y pillé a un par de adolescentes mirándome fijamente.
—¿Qué?
¿Tengo algo en la cara? —Me toqué furtivamente la nariz, la barbilla y las
cejas. ¿Estaba chorreando naranjada Julius por algún lado?—. Dejad de mirarme
—les dije y como robots de diecisiete años repletos de testosterona, ambos
volvieron a sus hamburguesas Big Mac.
No
es que yo sea un icono sexual, ni siquiera una especie de Miss América. Tengo
ése atractivo de los no-muertos. No tenía nada que ver conmigo y todo con Por
qué cuesta un rato acostumbrarse a ser un vampiro. Sí, ocasionalmente hice mal
uso de ello para eludir una multa por exceso de velocidad. Pero ésa era toda la
extensión de mi maldad. ¡Lo juro!
—Hey,
dales un respiro. Has dicho, en medio de un área de restaurantes, que el diablo
es una hija de perra y que no estás follando con el rey vampiro. Me sorprende
que sólo dos personas lo hayan notado.
Mi
compañero de casa (uno de entre una multitud) estaba repantigado en su silla de
plástico en nuestra pegajosa mesita del área de restaurantes. Marc era, creo
que ya lo he mencionado, médico de urgencias, sin embargo esta noche estaba
disfrazado como un tío bueno que necesitase un afeitado, falto de sueño con
ropa de hospital descolorida que olía a algodón, sudor, sangre seca y
desodorante masculino. (Fuerza Alpina... ¿se puede ser más estúpido que eso?
¿Fuerza Alpina? ¿Quién inventa esas mierdas?)
Bueno,
iba disfrazado de médico de urgencias. Veía a Marc con ropa de hospital tantas
veces, que no creo que lo reconociera con pantalones vaqueros, o de algodón.
Además
es muy guapo si te gusta el tipo aguileño, compasivo, de ojos verdes,
afectuoso, divertido y moreno.
—Sabía
que no debería haber cambiado el turno con Ren. —Gimió Marc y se mesó su pelo
esquizofrénico. En los dos años que hacía que le conocía, había probado el
largo hasta los hombros, afeitado, cortado al rape, corto y revuelto, cortado
al dos, cola de caballo, a lo César, a lo Beckham, de punta, rapado, a lo Keith
Urban, a lo Josh Holloway, e incluso, durante un período de diez días del que
nadie en casa hablaba nunca, estilo armadillo (con rayas blancas y todo).
Hoy
lucía un corte a lo Christian Bale relativamente benigno. Yo lucía mi habitual
rubio con reflejos cobrizos, al que estaba predestinada a ser fiel durante
cinco mil años. Gracias a Dios que me había hecho un retoque un par de semanas
antes de morir. Un mal peinado... para siempre. Eso es simplemente mezquino. Y
muy, muy malo. Nadie merece eso.
—Pero
se estaba quejando de que su chico había hecho la maniobra Heimlich a otro
chaval en la cafetería... supongo que la escuela le entregará una placa por
hacer que una animadora escupiera una patata frita. Como si el mundo fuera a
echar de menos a una animadora.
—Qué
ruin —comenté.
Marc
descartó mi crítica con un gesto de la mano.
—Ren
me puso contra las cuerdas cuando estaba débil por no tener mi quinta
Coca-Cola, y lo dejé convencerme para el cambio. ¿Y dónde estaba yo? ¿Eh? ¿Eh?
Vale —añadió como si yo hubiera dicho algo—. Cosiendo cueros cabelludos y
esquivando a bebés con sarpullido, desimpactando seniles, ganándome una
vomitona encima y dentro de mis zapatos, y fingiendo que tengo una relación
significativa para que Dan-Dan-el-tipo-de-la-ambulancia deje de invitarme a
salir.
—Suena
bastante puaj —reconocí.
Marc
tomó un trago de Coca-Cola.
—La
serie Urgencias mentía, Betsy. Todo lo que la televisión muestra sobre los
médicos es mentira. No hay nada de encantador en trabajar en un servicio de
urgencias. Ni una sola cosa. La única razón por la que solicité entrar en la
facultad de medicina fue porque soñaba con estar en un emparedado entre George
Clooney y Eriq La Salle.
—¿Puedo
preguntar qué es la desimpactación? ¿O un senil? —En cuanto a emparedado, podía
rellenar los espacios vacíos. Francamente, había oído peores ideas.
Él
sacudió la cabeza.
—Ya
sabes que te contestaré.
—Vale.
Entonces, no pregunto.
Yo
había aceptado su desafío en una ocasión.
Una
vez.
—Sea
como sea —continué—, en realidad no te perdiste mucho.
Él
bufó.
—Vale,
de acuerdo, te perdiste un montón. Fue extraño, espeluznante e interesante.
—Como
todas las visitas del diablo.
—Uf.
—O
un juicio ante jurado. —Se estremeció—. ¿Cómo está Jess?
—Oh,
ya sabes. Estresada. Ha perdido a Nick. Y empiezan las fiestas. Mal momento.
—Así
que sus padres arden en el infierno. Literalmente arden en el infierno.
Me
encogí de hombros.
—Bueno,
¿qué dijo Jessica de eso?
Me
encogí de hombros otra vez. No culpaba a Marc por adorar los cotilleos o ser
curioso. Pero eso no quería decir que tuviera que escribirme Información en la
frente con un rotulador permanente de color púrpura.
Marc
se reclinó, estiró un brazo a través del respaldo de la silla que tenía al lado
y me dirigió una larga mirada. Yo sorbía y él esperaba. Habían pasado los días
en que una mirada intencionada me inquietaba hasta que confesaba impulsivamente
mi talla de sujetador. Era una roca de paciencia. ¡Una roca!
—No
sé, Betsy, no hay muchos tipos negros muertos que vivieran en Minnesota y
tuvieran una hija, se casaran con una showgirl, y acumularan un billón de
dólares antes de su trigésimo quinto cumpleaños.
Entonces
yo, la roca, casi escupí el Julius por toda la cuajada de mi amigo.
Capítulo
16
No
dejes que mi preciosa cara te engañe —dijo Marc, limpiándose de las cejas la
naranjada Julius—. Ocasionalmente tengo que recurrir al trabajo de detective.
Incluso a la investigación. Y esas cosas... bueno, salió en todos los
periódicos locales en su momento. El tipo era el orgullo de Minnesota, el mayor
filántropo del estado, orgullo de sus orígenes granjeros (así que a los
palurdos les gustaba también), y tenía mejor prensa que Tiger Woods antes del
escándalo.
—Sí
—mascullé a través de los dientes apretados. Odiaba incluso escuchar el jodido
nombre, mucho más pensar en su disfraz de padre que no era un ególatra
narcisista pervertido—. Tenía buena prensa en vida.
—Al
menos hasta que su hija salió en los titulares cuando consiguió la
emancipación. Y tras su fatal accidente de coche junto a su esposa el mismo
día.
Miré
con anhelo a mi vaso de Julius. Otros cuatro o cinco de estos bajarían
estupendamente. ¿Además? Me sentí llena de remordimientos y estúpida, cosa que
odio. Debería haber sabido que Marc habría averiguado todas esas cosas,
probablemente unos diez minutos después de conocer a Jessica por primera vez.
Señaló
con el dedo en mi dirección.
—Deberías
haber sabido que averiguaría esas cosas.
—Estaba
pensando eso mismo.
—Sé
por qué odias el mes de noviembre... y no había necesidad de volcar el
expositor de Cocina Fácil de Barnes and Noble.
—No
pude soportarlo. Sesenta fotos de dorados pavos gigantes asados. Ellos... me
amenazaron, prácticamente.
—Aún
así. Si no hubieras hipnotizado al gerente, ahora mismo estaríamos sentados en
la oficina de seguridad. De cualquier manera, sé que eres anti-acción de
gracias y anti-familia...
—¡No
soy anti-familia! —Golpeé la mesa con la palma de mi mano, luego me sobresalté
cuando oí el crujido. Estúpidas y baratas mesas de plástico—. Soy pro-familia.
Estoy totalmente a favor de las familias. Pero nuestra situación no es de
familia. Es un cómic. Tenemos al anticristo, mi marido muerto de ochenta años,
mi madrastra muerta que se deja caer por mi habitación cuando estoy explorando
con Sinclair el maravilloso mundo del jarabe de chocolate...
—Agg,
Dios. —Marc se restregó los ojos—. ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que
tuve relaciones sexuales?
—...
mi padre muerto que no se me aparece por alguna razón...
—Un
momento. ¿Estás quejándote de que esté muerto o de que no sea uno de los
fantasmas que te dan la tabarra?
—...
mi mejor amiga huérfana que recientemente ha salido de un cáncer, mi
hermanastro/ hijo que es inmune a cualquier rareza paranormal...
—No
es el peor superpoder que se puede tener.
—...
un médico de urgencias homosexual igual de obsesionado con el sexo, los SMS y
Beyoncé...
—Lo
que me hace completamente normal, pero con muy buen gusto.
—...
y una compañera de habitación/secretaria/guardaespaldas que conoce a mi marido
mejor que de lo que yo podré nunca...
—No
olvides lo impresionantemente buena que está. Es decir, tú eres mona, Betsy,
pero Tina... —Marc silbó y miró al techo— ¿Crees que se cortaría el pelo y me
lo daría?
Me
sobresalté pero continué:
—Esa
es mi familia, ¿de acuerdo? Norman Rockwell nunca hizo un retrato semejante.
Porque, si lo hubiera hecho, todo el mundo saldría gritando del cuarto. Justo
como estoy pensando hacer yo ahora mismo.
—Buah,
buah. Tienes una salud perfecta...
—¡Estoy
muerta, doctor Doofus!
—Y
eres rica...
—Pero
no es mi dinero.
—Son
bienes gananciales, cariño. Y estás casada con un tipo guapísimo que te adora,
y te ocurren toda clase de aventuras del tipo escuadrilla Scooby...
—Que
ocasionalmente terminan con una amiga atrapando balas con su lóbulo frontal.
—Sólo
estoy diciendo —continuó, impertérrito a pesar de mi creciente histeria—, que
mejor encuentra otro hombro sobre el que llorar, cariño.
—Lo
haré. —Me levanté de un salto. A tiempo de irme antes de que decidiera ver cada
cuánto rebotaría Marc si lo tirase por encima de la verja al parque de juegos—.
Haré eso exactamente.
—Nos
vemos —contestó él, admirablemente despreocupado.
Le
arrebaté su lata de Coca-Cola sin abrir, obteniendo un placer malicioso de su
mueca de desagrado... probablemente no me había visto moverme.
—Y
me llevo esto. ¡Hala! Recoge tempestades.
Me
fui pisando fuerte hacia las escaleras mecánicas, sin darme por enterada de su:
—¡No
te olvides, dijiste que limpiarías el arenero de Giselle esta noche!
Como
disparo de despedida, fue bastante bueno.
Capítulo
17
No
pasa nada, querido guapetón mío. He decidido perdonarte.
Estaba
sonriendo a Sinclair desde el umbral de la puerta de nuestra habitación. Sí,
hora de perdonarle lo que quiera que fuera que hubiera hecho, y echar un polvo.
Habían sido... Jesús, ¿era cierto? ¿Cuatro días? ¿Cuatro? No me extrañaba estar
de tan mala leche y fuera de control.
—Mmm,
el amor de mi (no) vida —tatareé. Él estaba de espaldas a mí, sentado en el
pequeño escritorio estilo shaker de la esquina, trabajando en su portátil.
Normalmente teníamos la norma de
por-favor-nada-de-papeleo-en-nuestra-habitacion-¿qué-tal-sexo-oral-en-su-lugar?,
pero se hacían excepciones una y otra vez. Quiero decir, él era un chico del
tipo rey rico y poderoso. Cuando no estábamos apuntando con los pies al techo,
había que leer memorándums. O escribirlos. O lo que demonios fuera que hiciera
con esa cosa.
—Bueno,
no te vi por aquí ayer noche cuando volví.
Nada.
—De
hecho, no te he visto mucho en los últimos uno o dos días. ¿Qué pasa con
nuestro pequeño, uh, ya sabes, y la visita del diablo?
Tap-tap-tap
de dedos golpeando el teclado.
—Bueno,
el diablo. La visita. Pero me ocupé de ello. —Sí, nunca subestimes el poder de
negociación de un buen asalto.
—Que
suerte que ninguna de nuestras acciones irreflexivas vayan a regresar para
perseguirnos. O herirnos.
Tap,
Tap-tap.
—Esto...
vale. ¿Estás bien?
Tap,
TAP-TAP-TAP, me pregunté si las puntas de sus dedos iban a perforar el teclado.
—No
—replicó Sinclair—. No lo estoy. Tengo una cantidad exorbitante de papeleo.
Debo limpiar otro de tus estropicios. Te he pedido no menos de cuatro veces que
estés a mi lado en una significativa obligación social...
—Qué,
¿eso otra vez? Vamos, Sinclair, ¿té con vampiros? Vomitivo. Y una vez más, digo
vomitivo.
—No.
Había. Terminado. —Todavía no me había mirado. ¿Por qué no habría de girarse y
mirarme? Aún más: ¿por qué no estábamos practicando sexo justo ahora? —. Dices
que quieres que nuestra gente sea más independiente, menos depredadora, y...
¿cómo lo expresaste tan encantadoramente? Ah. “Menos coñazo en todos los
aspectos, va con segundas”.
—Eh.
—Esa era buena.
—Pero
te resistes a cualquier oportunidad de darles un refuerzo positivo. Te resistes
a cualquier oportunidad de aparecer a mi lado como demostración de nuestra
continua y combinada autoridad reinante. Te...
—Me
estaba preguntando quién te mordió en el culo.
Sabía
que no había sido yo, ni literal ni figuradamente. ¿Puede que tuviera un dolor
de cabeza? ¿Un dolor de colmillos? ¿Quizás demasiado trabajo? Difícil de
imaginar... Sinclair vivía para esta mierda. ¿Malhumorado porque llevaba la
misma racha de cuatro-días-sin-sexo que yo? Bingo.
Crucé
la habitación y le puse las manos sobre los hombros, sorprendida de encontrar
que sus músculos estaban vibrando como cables de acero.
—Sí,
estás gruñón esta noche. Pero yo tengo la cura, la cual te implicará a ti
haciendo ese tintineo tan sexy cuando te desabrochas el cinturón, y luego yo
haré ese sonido de Oh-Dios-métemela-dentro-ahora, y...
—¡No
digas eso!
—¿Qué?
¿Qué? —Estaba atónita; él lo había rugido más que gritado. Entonces comprendí
que se me había escapado un “Dios”, cosa que la mayoría de los vampiros sentían
como un corte con papel. En los genitales.
—Oh,
Santo Dios, Yo... oh, ¡Jesús! Quiero decir, perdón. Uh, perdón. Simplemente se
me escapó.
—Se
te escapa continuamente. No tienes ningún interés en modificar tu conducta
incluso cuando daña a aquellos más cercanos a ti. Has tenido años para poner en
práctica estos ajustes y no te has molestado. Eso mientras los que te rodean
arriesgan sus vidas. O las pierden. Lo encuentro... deshonroso.
¿Era
posible que nunca hubiera abandonado Zapatos Payless con Laura el otro día? En
vez de volver aquí para la Fiesta de Películas del Sábado Satánico, quizás me
había desmayado en Payless y todo lo que había pasado desde entonces era una
especie de sueño inducido por la fiebre del zapato cutre provocada por una
carencia de sexo y un noviembre inminente.
Supongo
que se estaba cansando de verme ahí plantada, de pie con la boca en suspensión,
ya que dio el golpe final a su látigo verbal de nueve colas con...
—Requiero
tu ausencia.
—Uh
¿qué?
—Quita
tus manos. Luego saca el resto de ti. En silencio, si puedes lograr tal hazaña.
Retiré
bruscamente las manos mientras pensaba que Sinclair había entrado en erupción.
Entonces di un pequeño paso hacia atrás. Luego otro.
Algo
estaba gravemente jorobado. ¿Habría sido lo del otro día mucho más que una
chiquillada? Bueno, seguro que sí. Pero eso no era nada nuevo. Desde luego no
era ninguna novedad para Sinclair, que se había tropezado contra mi auto
enrevesada carencia de modales unos ocho segundos después de conocernos.
—Pareces...
um... disgustado. ¿Quieres un smoothie? ¿O un tranquilizante? —Me pregunté si
Marc habría vuelto ya de su reunión de alcohólicos anónimos; tenía la sensación
de que necesitaría su hombro otra vez, y había sólo una cierta cantidad de
cargas que me atrevía a poner sobre Jessica en esta época del año.
Marc
tenía una relación de amor-odio con AA. Tal y como él lo describía, AA era como
una novia del instituto que estaba buena, a la que conocías desde hacía mucho
tiempo pero que también te había engañado. Por eso Marc y AA rompían por lo
menos una vez al año, pero siempre volvían a estar juntos. ¿Y por qué demonios
estaba pensando ahora en el alcoholismo de quita y pon de Marc?
Torcí
mis pensamientos hacia una ruta más relevante.
—¿Cuándo
te alimentaste por última vez?
Me
sorprendí al sentir mis omóplatos golpear la puerta del dormitorio. Le había
dejado al otro lado de la habitación. O, mejor dicho, me había permitido a mí
misma retroceder hasta el otro lado de la habitación.
Había
visto a Sinclair furioso, abatido, alegre, cachondo, aburrido, irritado,
tierno, motivado, acosado, molesto, aterrado, hambriento y provocador. Pero,
¿qué desconocido llevaba puesto el traje de mi marido? Nunca antes le había
visto. Frío y odio eran sentimientos que nunca soñé que el amor de mi corazón,
mi único amor, volcaría sobre mí.
Además:
no se había molestado en contestar a mi pregunta. Por un extraño momento pensé
que quizás esta vez, era yo el fantasma.
—Tal
vez debería... —¿Qué? ¿Matarle? ¿Matarme a mí misma? ¿Correr a por la colección
de vodka de Tina? ¿Incendiar la casa? ¿Abofetearme a mí misma en la cara hasta
despertarme? Probablemente ese último no fuera el peor plan del mundo.
—¿Por
qué sigues todavía aquí? —Esta vez no se molestó en levantar la voz. Y por
supuesto no se había dado la vuelta para mirarme. Estaba de nuevo absorto en su
trabajo; yo ya no merecía emociones tan fuertes.
Entonces
un salvavidas se cruzó en mi camino cuando nunca antes había deseado más una
escotilla de escape: “Living Dead Girl” comenzó a atronar en mis pantalones. Mi
tono de llamada. Mis manos salieron disparadas al interior del bolsillo de mis
pantalones cargo (¡hurra por los dieciocho bolsillos de diferentes tamaños,
aunque el color caqui hacía que pareciera haber escapado recientemente de un
curso básico de entrenamiento militar!) mientras me abría camino hasta Rob
Zombie... el atronador salvavidas.
—Oh,
gracias, Dios. Quiero decir, ¿hola?
—¿Betsy?
—Una voz queda y desmoronada. Una voz llorosa—. Betsy, ¿estás ahí?
Claro,
Laura. Quien iba a ser sino ahora que mi marido estaba canalizando a Joey
Buttafuoco.
—¿Pasa
algo? Pareces...
—Estoy
desnuda.
—Uh,
en sentido figurado, o...
—¡Simplemente
me desperté aquí! —susurró-gritó—. No sé como llegué hasta aquí. Todo lo que
recuerdo es irme a la cama anoche en mi habitación, ¡y ahora estoy desnuda en
la cuchara!
Como
alguien nacido y criado a una hora de viaje del Walter Art Center de
Mineapolis, supe inmediatamente cual era el problema, e incluso mejor, dónde
estaba Laura.
—Voy
para allá —le dije, dejando caer el teléfono de nuevo en mi bolsillo y casi
saltando de cabeza por la puerta de mi habitación.
No
estaba escapando. Claro que no era una retirada. Un miembro de la familia
necesitaba ayuda. Tenía que ir, sin importar lo que estuviera pasando con mi
marido, sin importar lo mucho que quisiera quedarme y tratar de resolver esto.
Sí.
Esa era mi historia. Hasta tenía la ventaja de que sonaba casi cierta.
Capítulo
18
La
avenida Hennepin no estaba tan mal... eran sólo las diez de la noche... lo cual
me hizo preguntarme por qué Laura iba caminando por ahí a una hora tan extraña
(y desnuda, nada menos). Era una estudiante de la U de M; con tendencia a
pegarse al típico horario de día de nueve a cinco. Ya habría tiempo más que
suficiente para interrogarla una vez la rescatara de la cuchara.
La
cuchara era una de las cosas por las que eran conocidas las Ciudades Gemelas
(además de por las temperaturas bajo cero que harían chillar a una comadreja).
Era
una escultura enorme de una cuchara con una cereza colocada en la concavidad de
dicha cuchara, y era el orgullo del jardín de esculturas. El equipo de marido-y-mujer
que la crearon fue aclamado como genios artísticos y gran cantidad de gente iba
a contemplar esa cosa cada año.
Aunque
yo no. Una vez fue suficiente (la excursión de noveno curso, la cual se volvió
incluso más emocionante cuando Jessica vomitó su Dilly Bar sobre mi suéter
nuevo). Vale, era una cuchara gigantesca muy bonita. Y una preciosa cereza muy
brillante.
Esto...
¿genios? ¿Los que idearon esto eran genios? El tío, el marido, incluso admitió
que hizo el bosquejo mientras comía. Le llegaría la inspiración. Mientras
comía. No me extraña que pensara en hacer una cuchara gigante. Seguramente
estaría engullendo un helado en ese momento. Quizás incluso una copa de helado.
¿Adivina con qué encima, grande y rojo? Supongo que tenemos suerte de que no
esculpiera una copa gigante de pudin. O un enorme atún descongelado.
Vale,
es que como colectivo, nosotros los del medio oeste somos fácilmente
impresionables. Todo lo que alguien tiene que hacer es examinar el jardín de
esculturas para averiguarlo. Por no hablar del tipo que hizo la escultura de un
banco. Utilizó tres clases de materiales para la escultura. De un banco. El
cual la gente sigue insistiendo en que es arte. Cuando es un banco.
Seguramente
por eso mi especialidad fue el estudio del cine, tan opuesto a la historia del
arte, antes de que abandonara. No importa, tenía cosas que hacer y un
Anticristo que sacar de la cereza gigante.
Aparqué
(mal), y luego puse los pies en polvorosa hacia el jardín de esculturas.
Llevaba unos buenos zapatos, por supuesto, pero eran unas sandalias estampadas
con flores de Dolce y Gabbana, lo cual significaba que eran bellísimas,
carísimas y planas. Realmente podía correr con ellas.
De
milagro... al menos era una noche fresquita... no había parejas intentando
colarse para practicar sexo en la cuchara. Así que encontré a Laura sola,
temblando y desnuda, no había exagerado para dramatizar el efecto, aunque yo lo
había esperado.
—¿Qué
pasó? —pregunté, ya quitándome la chaqueta. Le tendí una bolsa arrugada de
Target... no había habido tiempo para comprar, o envolver... la cual contenía
uno de mis miles de pares de leggings. (¿Sabes cómo, hace un par de años, todo
el mundo dio el mérito a Lindsay Lohan por volver a poner de moda los leggings?
Una cruel y detestable mentira. Yo los volví a poner de moda. Yo.)
No
me había molestado en traer zapatos, ella usaba dos números más que yo.
—¿Estás
bien? ¿Estás herida?
—¡No
lo sé! Me desperté aquí. Y tenía frío y esta cosa... ¡esta cuchara está tan
fría! Y...
—Espera.
¿Te despertaste así? ¿Justo así? —Observé mientras ella tiraba de mis
leggings—. Debería haberme acordado de traerte ropa interior —y se cerró la
chaqueta de golpe sobre los pechos—. ¿Cómo me llamaste?
—Había
un tío con un bloc de dibujo... dijo que había dejado de hacer bosquejos porque
estaba oscuro, pero todavía estaba por aquí..., y me ofreció su teléfono. Dijo
que podía usarlo. Y luego él... —echó una ojeada alrededor de la cuchara—.
Supongo que se acaba de ir.
—No
me crucé con nadie. —Y no podía oler u oír a nadie. Mmm... una preocupación a
la vez—. ¿Qué es lo último que recuerdas?
—Pues
estaba diciendo “supongo que se acaba de ir”—espetó el Anticristo. Una rara
muestra de mal genio; supongo que despertarse en una gran pieza de arte la
había puesto gruñona.
—Antes
de despertarte, quiero decir.
—¡Te
lo dije! —Los dientes le repiqueteaban como castañuelas de marfil—. Me fui a la
cama. Otra vez no me sentía bien...
—¿Otra
vez?
—¿Puedo
terminar?
—No
me arranques la cabeza porque tengas problemas de control de impulsos.
—Lo
siento —dijo malhumorada—. Me fui a la cama justo antes de la hora de la cena.
Me sentía un poco mal, pero nada como...
—Espera.
¿Has estado enferma?
Asintió,
temblando e infeliz.
—No
te lo conté... son sólo calambres. Y dolores de cabeza. Supongo que debería
haber...
Solté
una carcajada.
—¿Qué?
¿Vaticinado que te despertarías como la última exhibición del jardín de
esculturas?
Ella
sonrió. Fue pequeñita, no completa del todo, pero una sonrisa.
—Cuando
lo pones así...
Extendí
la mano y tomé la suya, que estaba tan fría como la mía... un buen truco, ya
que mi corazón sólo bombeaba unas cuatro veces por minuto.
—Vamos,
salgamos... —Erguí la cabeza.
—¿Qué
pasa? ¿También te duele el estómago?
—No,
pero creo que ya sé lo que tu Buen Samaritano ha estado tramando. —Mientras
hablaba, un rubio alto y bien formado salió de detrás de uno de los grupos de
árboles. Iba vestido con pantalones oscuros, holgados, una camisa de vestir
blanca y una chaqueta azul marino. Iba bien afeitado, llevaba gafas de montura
metálica y nos sonreía.
—Gracias
por... —empezó Laura, luego se detuvo cuando otros dos hombres salieron de
detrás del primero.
—...
la frustrada violación en grupo —Terminé yo. No parecían el tipo, ropas caras,
expresiones agradables y sinceras. Recién duchados. Pero bueno, había
descubierto una cosa: los violadores no siempre acechaban en callejones,
bebiendo licor en bolsas marrones de papel. Y los asesinos no siempre se
arrastraban por los márgenes de las cosas, jugando a ser Dios con pistolas y
reescribiendo sus manifiestos.
—Vi
llegar a tu hermana —dijo el primero. Siiiiiiiiií; incluso sonaba como el
vecino de al lado—. Primero el dinero. Luego la fiesta.
Yo
resoplé y Laura dijo:
—Eso
no está bien, tú... tú, pedazo de alcornoque.
—Menos
charla —dijo el otro—. Más desnudo.
—Oh,
chico —dije. Era el perfecto toque surrealista a una visita a altas horas de la
noche al Walker—. Pobre tonto del culo. Escogiste a las chicas equivocadas.
El
único que había permanecido en silencio, un pelirrojo con la tez cremosa llena
de pecas idénticas, habló:
—¿Por
qué estás todavía vestida?
Me
dio la risa tonta, lo cual fue una sorpresa para todo el mundo excepto para mí.
Intenté amortiguarla, pero pronto exploté en verdaderas carcajadas.
Laura
dejó de temblar y casi gritó con los ojos abiertos de par en par por la
sorpresa.
—¿A
qué viene eso? Aparte de porque esté desnuda en una gran cuchara.
Me
carcajeé más alto.
—Oh,
¡es... en parte... pero estos chicos! ¡Por Dios! ¡No tienen ni idea de lo que
vamos a hacerles! ¡Quie... quiero decir... estaban espiando entre los
arbustos... listos para saltar sobre nosotras... excepto que s-sus víctimas...
sus v-víctimas son la reina de los vampiros y... el anticristo! ¡Y estoy...
estoy tan hambrienta!
Mientras
nuestras puñeteras parejas del baile de graduación intercambiaban miradas
perplejas, Laura dejó que la situación le calara y empezó a carcajearse.
—Escuchad,
gilipollas...
—Cállate,
B positivo. Estaré contigo en un minuto.
Hambrienta
era un eufemismo. No me había alimentado en tres días. Tres estresantes e
insólitos días. ¿Hambrienta? Intenta famélica. Pero, olé por los
insignificantes pensamientos criminales de los Neandertales bien vestidos, allí
estaban mis tentempiés.
Los
tomé, uno por uno. Normalmente Laura se habría ido o apartado la mirada, no le
gustaban los vampiros, y seguro que no le gustaba observarme comer. Pero esta
noche sólo se paseó entre mis tentempiés y yo. Los otros dos estaban demasiado
asustados para escapar, no es que hubieran conseguido pasar al anticristo en la
oscuridad. Así que ella merodeó por las inmediaciones y esperó a que terminara,
controlando el reloj.
Después,
yo estaba llena y amodorrada. Y Laura logró introducirse en la chaqueta azul
marino, que era en la que se veía menos la sangre, de camino a mi coche.
Capítulo
19
¿Cuánto
tiempo lleva sucediendo esto?
Laura
no respondió. No podía culparla; había sido una noche rara. Estábamos de vuelta
en mi casa, pensando en hacer smoothies. Digo pensando porque yo estaba llena y
Laura no se sentía con ánimo de limpiar fresas. La cocina era un lugar donde
gravitábamos incluso cuando no teníamos hambre.
Y la
casa estaba tranquila, lo cual era un pequeño milagro. Tina estaba pillando en
alguna parte, esperad a que le contara lo de mi comida de tres platos de
violadores de cuello blanco, y Marc estaba utilizando a mi medio hermano para
pescar citas.
Sí.
Lo sé. Puag ¿verdad? Se lo había dicho. Pero él permanecía impasible y sin
remordimientos.
—¿De
qué otra forma voy a conocer chicos? —cuestionó—. Cuando no estoy trabajando,
estoy corriendo por la ciudad con la reina de los vampiros. O tratando de
impedir que el anticristo se apodere del mundo. Mira, he conocido a un grupo de
padres solteros que trabajan en horarios extraños. Hoy es noche de
cocktails-falsos y citas. Tengo que tener la utilería. Así que entrégamelo...
no me mires así. Estará perfectamente a salvo. Soy médico, y él es inmune a
todo lo raro.
Tuve
mis dudas en el momento... no sobre las habilidades como niñero de Marc, que
eran geniales. Pero habíamos tenido aventuras extrañas que se habían
desarrollado a partir de eventos aún más inocuos que este. Me estaba volviendo
taaaan paranoica en la treintena.
Ahora
bien, por supuesto que estaba encantada de que el bebé estuviese fuera de la
casa, y lo estaría toda la noche. Mi madre estaba fuera de la ciudad,
asistiendo a una convención sobre la Guerra Civil en Virginia. Lo cual estaba
bien... no le gustaba que le tiraran en el regazo al infante de su ex-marido
muerto.
Y en
cuanto a Sinclair, no tenía idea de en dónde estaba... y no quería saberlo. No
estaba de humor para otra confrontación. Aunque no estoy tan segura de que
confrontación fuese la palabra adecuada, ya que casi toda la charla había sido
por mi parte. Él casi no se había molestado en discutir conmigo. Nunca había
visto a alguien tan distante y aterrador al mismo tiempo.
Pero
afortunadamente... desafortunadamente quiero decir; lo siento, un pequeño
desliz, ¡desa, desa, desa!... fortunadamente mi hermana necesitaba mi ayuda.
Los problemas maritales tendrían que esperar. Dejé de preguntarme por la
conveniente ausencia de todos y en vez de ello comencé a agradecerla.
—¿Laura?
Dijiste que llevabas un tiempo enferma. Así qué ¿cuánto tiempo?
—Cuando
no estoy enferma, sueño. A veces las dos cosas.
—¿Disculpa?
—Dudo que hubiese atrapado eso último si no fuese por mi audición vampírica—.
¿Sueñas?
—Con
mi madre. Con el infierno.
—¿Cuándo?
—Mmmms
prbbbl insll.
—¿Qué?
—Casi
cada noche.
La
miré fijamente desde el otro lado del mostrador de mármol. Ella empezó a
mordisquearse las uñas, cuando normalmente sus manos son hermosas y sus uñas
están cuidadosamente recortadas y limadas... ¿cuántos nuevos hábitos había
desarrollado? ¿En qué más no me había fijado?
Hasta
hacía un año, habría estado hundida hasta el culo en esto y aún así no habría
sido en absoluto consciente del peligro. Pero nunca había comprendido que todo
lo que la experiencia podía hacer por mí era asegurarme cada día, que por muy
malas que fueran las cosas, siempre podían ir peor.
La
experiencia no iba a sacarme del apuro. Sólo me dejaba asustada y nerviosa.
¿Entonces para qué servía?
—Sueñas
con el infierno. Cada noche.
Ella
escupió una uña, lo cual tomé como una afirmación.
—Y
ahora te estás despertando dentro de esculturas. Cuando no estás usando tu
poder demoníaco secreto para hablar cada idioma del planeta.
—Mmmm.
No
podía creerme que lo fuera a hacer. No podía creerme estar pensándolo siquiera.
Pero todo esto pendía sobre mi cabeza. Mierda, todos los asuntos vampíricos
pendían sobre mi cabeza. Y no era lo suficientemente inteligente para pensar en
otra forma de solucionarlo. Quiero decir, podías sacar a ésta al banquillo,
casi siempre.
—Creo...
creo que tenemos que hablar con tu madre.
Ella
suspiró.
—Sí.
—Ahora
bien, antes de que te alteres, sólo piensa en... ¿qué?
—Estoy
de acuerdo. Creo que es lo único que podemos hacer. A mí tampoco se me ocurre
nada más.
Rayos.
Esperaba que estallara en una tormenta de protestas estridentes. O que me
golpeara en la cabeza hasta que me desmayara.
—Creo
que ella puede ayudarte. —Probablemente—. Puede ayudarnos a ambas.
—Probablemente.
La
pregunta era: ¿Lo haría?
La
pregunta más aterradora era: ¿Por qué lo haría?
Ya
te he perdonado por este pequeño asalto, así que para mañana ya habrá quedado
en el pasado. No debes temer llamarme.
¡Mierda!
—No
voy a mentir. No me gusta adónde conduce esto.
—Entonces
está bien que no hayas mentido.
—Hilarante.
Pero esto apenas ha comenzado y ya no me gusta como huele. Creo que va a ser
una de esas cosas que empiezan medianamente preocupantes y se convierten en
gritos y alaridos de muerte para al menos media docenas de personas.
El
anticristo suspiró:
—Creo
que tienes razón. Tal vez tendrías que haberme dejado en la cuchara y esperar
que sucediera lo mejor.
—No,
no, no. Me alegró salir de la casa. Fue un placer. Necesitaba algo de aire. Y,
esto, pone más kilómetros en mi coche. Así que estuvo bien que me llamaras
desde el móvil de un violador para decirme que tus nalgas estaban pegadas a una
cuchara gigante.
Laura
se rió tan fuerte que se cayó del taburete en un enredo de miembros largos y
elegantes, lo cual me hizo sentirme mejor. Estaba bastante segura de que las
risas descontroladas se estaban acabando para mí, así que tomaría lo que
pudiera.
—De
acuerdo, parece que estamos de acuerdo. Venga.
Mi
hermana parecía aliviada, lo cual era mejor que suicida (u homicida, puestos a
pensar en ello).
—¿Ahora
mismo?
—Sólo
un segundo... déjame ir a preparar un bolso.
El
anticristo parpadeó.
—¿Por
qué?
—¿Por
qué? Laura, vamos al infierno. Por voluntad propia. No se me ocurre un lugar
donde necesite más llevar equipaje.
—Pero...
Yo
ya me había bajado del taburete y me dirigía hacia la puerta batiente.
—¿Debo
llevar una muda de ropa al gimnasio pero no al infierno? Dios mío, Laura, ¿qué
pasa contigo?
—Muchas,
muchas cosas. —Me estaba mirando de la forma más extraña, probablemente porque
a ella no se le hubiera ocurrido. Bueno, puede que llevara un par de leggins
extra para ella. ¡Pero sólo si era amable! Y no conquistaba el mundo en medio
de una siniestra lluvia de sangre y fuego.
Preparar
el bolso no llevó mucho tiempo. Cogí mi nuevo bolso Burberry, que había sido un
regalo justo-estaba-pensando-en-ti de mi esposo el mes pasado. Ni siquiera le
había quitado las etiquetas aún, situación que rectifiqué ahora. Luego cogí
cosas al azar hasta que me pareció que tenía suficiente para pasar la noche en
el infierno. E iría a la moda y aún así práctica, además.
Adoraba
el color rojo intenso del bolso, tamaño práctico y patrón acolchado. Eso sin
mencionar el material de nylon, tiendo a agitar bebidas excitadamente mientras
hablo, y había empapado más de un bolso por accidente.
No
era ni de cerca tan exigente con los bolsos y las carteras como con los
zapatos... mierda, la cuestión de los zapatos era un agujero negro más que
suficiente en mis finanzas... así que acostumbrarme a bolsos realmente bonitos
era algo nuevo para mí.
Al
parecer igual que acostumbrarme a un esposo quedamente resentido conmigo.
Tendría que enfrentar esa tonada tarde o temprano, y no me atrevía a darle más
de un día o dos.
Tendría
que averiguar qué era lo que le había dado a Sinclair, o que había explotado.
Perdona. Juro por Dios que nunca volveré a jurar por Dios.
Probablemente
debiera trabajar un poco esa disculpa.
Eché
un último vistazo a nuestra habitación, y fue cuando lo vi: un sobre color
crema del número 10 (lo siento, los años de entrenamiento secretarial a veces
salen a la superficie en momentos inesperados... quiero decir, un sobre de
tamaño oficina, el tamaño más común) con mi nombre garabateado en el frente con
tinta negra.
La
escritura de Sinclair.
Oh,
no. No estaba para esto esta noche. Nop. Sinclair lo sentía o no. Lo cual
quería decir que entonces yo lo lamentaría o no. De cualquier forma: ahora no
tenía tiempo para esto.
Metí
el sobre en mi bolso color rojo intenso y estuve tan lista como lo estaría
alguna vez. Eché otro vistazo y me di cuenta de que estaba retrasándolo. Muy
patético y cobarde.
¡De
acuerdo! Estaba lista. Habitantes del infierno, tengan cuidado: una antigua
secretaria iba a patearles el trasero por todo el Inframundo.
Y
ahora: ¡al infierno! Lo cual no fue tan genial como sonaba.
Capítulo
20
Laura
y yo nos encontramos en la biblioteca, lo cual era interesante. No lo habíamos
dicho con tantas palabras como: “Después de que haga la maleta y esconda una
misiva probablemente furiosa del tío muerto con el que me acuesto cuando no
está gélidamente furioso conmigo, encontrémonos en la biblioteca cerca del
apestoso Libro de los Muertos”. Pero aquí estábamos las dos. Ah, hermandad.
El atril
del libro aún estaba roto, lo cual era extraño. Entre los dos, Jessica y
Sinclair tenían un batallón de empleados a su disposición y un largo etcétera.
Normalmente las cosas se arreglaban tan rápida y eficientemente que era como
vivir con elfos. Elfos que limpiaban coches y mantenían la nevera llena de
fruta, yogurt, zumo, vodka y (para aquellos ocupantes de Central Vampírica que
respiraban, comían y defecaban) carne y productos cárnicos. También mitad y
mitad. Yo ponía mitad y mitad de todo. Té. Malteadas. Alcohol...
Así
que fue una pequeña sorpresa ver algo en la casa que no había sido arreglado.
De
todas formas, para abreviar, el Libro de los Muerto estaba tirado poco
ceremoniosamente en la mesita auxiliar cercana a la ventana más lejana. Debería
haber tenido un aspecto ridículo, este gran, oloroso y antiguo tomo escrito en
sangre y encuadernado en (arghhh) piel humana tirado en una mesita auxiliar
como una guía de TV. Pero no era así. Parecía amenazador y extraño.
—Así
que. —Miré en dirección al libro, luego miré a mi hermana. Se había cambiado de
ropa, lo cual por mí estaba bien, el conjunto que se había puesto en el jardín
de esculturas desentonaba, por decirlo suavemente. Nadie debería tener que
confiar en la ropa de violadores con una contusión cerebral para ir arreglada.
Por suerte, guardaba un par de conjuntos nuevos aquí desde que se recuperó de
casi matarme—. Llámala.
—¿A
quién? ¿A mi madre?
—Sí.
Pégale un grito. O la contraseña malvada secreta, o lo que sea.
—No
puedo.
Yo
suspiré.
—Laura,
ya hemos pasado por esto. Ambas estuvimos de acuerdo en que apesta, y también
en que había que hacerlo. Así que adelante, hazlo de una vez.
—No
sé cómo llamarla. ¿Qué te hace pensar que lo sé? —Se echó a temblar—. Ni
siquiera me gusta hablar con ella.
—Oh.
—No había pensado en eso—. Así que... estás diciendo que el diablo viene cuando
quiere, no cuando la llaman. Como un gato. Un gato muy, muy, muy malvado.
Como
si los hubiese de otra clase. Llevaba liada con la gata Giselle desde antes de
morir, y la despreciaba cordialmente. Nuestro hogar era lo suficientemente
grande como para que pasaran semanas enteras sin verla, aunque ocasionalmente
aún tenía que ocuparme de su caja de arena. Los elfos evitaban las cajas de
arena sucias.
Laura
se encogió de hombros.
—Ella
es muy... ya sabes.
—Muy
bien. Uh. ¿Tal vez un sacrificio? —Mi alma se encogió con las palabras. ¿Ya
había dicho antes que no me gustaba esto? No me gustaba para nada. Ni siquiera
era media noche y estábamos hablando de sacrificios—. Así es como lo hacen en
las películas. Un grupo de calenturientos adolescentes despistados sacrifican a
una virgen...
—No
voy a dejar que me sacrifiques.
—...
y ¡poof! el Diablo aparece. —Miré a mi hermana—. Probablemente eres la única
virgen en un radio de quince manzanas.
Ella
cruzó los brazos sobre el pecho.
—Me
niego.
—Sí,
sí; que las bragas prestadas no se te hagan un nudo. Resultaría
contraproducente al objetivo, sacrificarte para que podamos llamar al diablo
para que te ayude.
—Ahí
tienes. —Laura pareció aliviada.
Yo
me froté la frente y aplasté la urgencia de tirar el libro a la chimenea.
—Además,
ella dijo algo. Algo que probablemente pensó que sería siniestro pero aún así
útil aunque críptico. Algo que por supuesto no puedo recordar. Algo sobre que
yo sabría.
—¿Que
sabrías qué?
—No
lo sé. Sabía que lo de que el diablo dependiera de mí para recordar algo raro y
fuera de contexto iban a ser malas, malas noticias. Cuanto mayor me hago
—agregué en tono grave—, menos disfruto detener la razón todo el tiempo.
—Ella
no te habría dado una pista si no creyera que podías recordarla.
La
fe de Laura era conmovedora, aún así insensata y desencaminada.
—¡Ja!
En todo lo que puedo pensar es en esos hermosos, hermosos, hermosos, hermosos,
hermosos, hermosos, zapatos que... oh, mierda.
—¿Qué?
Suspiré.
—Ya
sé que hacer. Sé cómo podemos atraerla.
—Ahí
está ¡ves! —Laura sonaba deleitada—. ¡Sabía que lo averiguarías! Ves, ella
tenía razón al darte una pista.
—Es
posible que odie a tu madre más de lo que la odias tú.
—Es
muy amable por tu parte decir eso —dijo Laura, y me apretó la mano.
Capítulo
21
Arrastré
a Laura hasta mi cuarto... aún sin rastro de Sinclair, aleluya hermanos... y
caminé hasta mi armario con la velocidad y urgencia de un condenado colgando de
la cuerda. Sabía exactamente dónde estaban, por supuesto.
Fui
al estante derecho al fondo del armario, el punto exacto. Saqué la caja y la
abrí. Aparté capa tras capa de papel de seda cuidadosamente doblado, y con
delicadeza retiré...
—Pareces
uno de esos tipos que tienen que manipular varillas de combustible usadas en
plantas nucleares. Los que llevan esos guantes gigantes y toman todas esas
precauciones de seguridad para... ohhh.
—Esto.
—Me giré y caminé hacia Laura, acunando la caja como si fuese mi hermano
Babyjon—. Esto era lo que estaba buscando.
Ella
me siguió fuera del armario, hacia abajo por la escalera, a través de varios
pasillos y de vuelta a la biblioteca donde yo había encendido el fuego antes de
galopar a mi habitación.
—Esto
es lo que debo hacer.
Laura
gimoteó y las manos le volaron hasta la boca. Sus ojos color azul bebé se veían
enormes mientras me miraba fijamente sobre los dedos.
—Oh...
no, Betsy. Por favor, no.
—Debo
sacrificar... mis Valentino de alta costura sin punta de encaje negro y medio
tacón.
—¡No!
—Hechos
en Italia. Costaron casi mil dólares.
—Oh,
Dios mío...—Laura se tambaleó ante mí—. Esto no está sucediendo...
—Me
llevó tres años de horas extras ahorrar para ellos.
Laura
gimió a través de los dedos.
—Nunca
los he usado.
Un
sollozo apagado del anticristo. O tal vez fuera yo la que estaba sollozando.
—Son
negros. Así que combinan... con todo. Los puedo usar... ¡con todo!
—¡Por
favor! ¡Se nos ocurrirá otra cosa! Betsy, no sabes lo que dices. ¡No puedes
hacer esto! ¡No hay vuelta atrás!
—No
tengo opción. ¿Crees qué el Diablo va a aparecer por unas zapatillas de deporte
medio usadas del año pasado?
—No
me importa, ¡No lo vale! ¡Piensa en lo que estás haciendo! ¡Por favor, no hagas
algo que nunca vas a poder deshaceeeeeeeeeeeeeer!
Los
había tirado al fuego. Laura chilló. No... esa fui yo. Grité como si fuera yo
la que se estuviera quemando.
Laura
trató de pasar corriendo a mi lado.
—¡Podemos
salvarlos! ¡Pueden repararse y quedarán como nuevos! ¡No! Suéltame, Betsy.
¡Puedo salvarlos!
Fui
capaz de atraparla por el codo y apartarla de los ardientes zapatos altos.
—Tiene
que hacerse. —Mi hermana y yo nos abrazamos sollozando—. El sacrificio tiene
que llevarse a cabo.
—Guau
—dijo alguien detrás de nosotras. Laura se tensó en mis brazos, y nos giramos.
—No
voy a negarlo, querida. No creí que pudieras hacerlo. —El diablo reparó en
nuestros rostros manchados de lágrimas y sonrió abiertamente—. Debería haber
traído una caja de Kleenex.
Capítulo
22
No
me alegra que Betsy haya tenido que pasar por esta terrible experiencia sólo
para que aparecieras —comenzó el anticristo—. ¡Y pasó por eso por mí! Nunca voy
a poder agradecérselo lo suficiente. Así que no seas cruel y no te burles de
ella.
—¿Pero
cómo ocuparé entonces mi noche? —Satán sonrió burlonamente—. ¿O la tuya? Ah, mi
querida y tonta hija, Betsy lo hizo sobre todo por sí misma.
—¡Oye!
—aullé.
—No,
tienes razón. —El diablo hizo una pausa—. No es que seas tonta, Laura. Es que
sólo conoces este singular plano de existencia.
—Está
bien, eso es m... espera, aún estoy ofendida de parte de las dos.
—Pero
ella conoce sólo este plano. Y tú pasaste por todo esto sólo para escapar de tu
propia tediosa realidad.
Por
pura fuerza de costumbre abrí la boca para protestar, luego lo pensé mejor y me
encogí de hombros.
—Sí,
bueno. Es verdad. Pero eso no hace que siempre tengas razón, Lena Olin.
Laura
me miró, sus grandes ojos azules estaban perplejos. Creí que debía dar más
detalles, pero antes de poder hacerlo la Niña Problemática de Dios me pisó,
verbalmente hablando.
—Disfrazándolo
de estar ayudándote, Betsy puede huir del lío de vías ferroviarias que ha hecho
con su vida.
—¡Oye!
No insinúes que he tenido algo que ver con ningún tren ni ningún desastre tu...
—Los
compañeros de casa muertos, por supuesto. El medio hermano. Los padres muertos.
—La
Toña —escupí entre unos dientes que querían rechinar hasta hacerme polvo las
muelas— no era mi madre.
—Su
mejor amiga está deprimida, y no porque recientemente haya comprendido que sus
padres son mis invitados permanentes. La vida amorosa de Jessica se ha ido,
como decimos nosotros, por el desagüe.
—¿Quién
es nosotros?
—Luego
está el ilógico y patológico odio a todo lo que tiene que ver con el Día de
Acción de Gracias...
—Oye,
¡no estoy sola en eso! Pregunta sino a los Nativos Americanos. Si es que puedes
encontrar uno. ¿Ves? ¿Ves? Tengo razón.
—Y
no olvidemos al rey vampiro...
—¿Quién
es nosotros? ¿Quiénes son esas personas?
—...
que se ha pasado los últimos días demostrando una rabia fría hacia su esposa. O
tal vez hacia sí mismo, por casarse con ella. La cuestión es, hija, que no
debes atribuir a tu hermana cualidades que no posee.
Laura,
aterrada, me miró. Yo abrí la boca... luego me encogí de hombros otra vez.
—Nada.
Tiene razón. Mi vida es una mierda tal que ahora mismo un viaje al infierno me
parece una buena idea.
Lo
tenía. Lo había entendido. Esto, esto era lo que significaba la experiencia. No
significaba que fuera más capaz de evitar meterme en desastrosos problemas,
sólo que sabía qué coche estaba conduciendo. ¿El que no tiene frenos? También
se estaba quemando. Se dirigía a un orfanato. El cual también estaba
quemándose. Y era perseguido por patrullas de policía, las cuales estaban
ardiendo.
—La
experiencia apesta —les expliqué a mi hermana y a su madre—. Eso es todo lo que
significa.
Capítulo
23
Eso
fue... esto... ¿Cuál es la palabra? ¡Ah! Inútil. Una palabra que llega sin
esfuerzo a la mente en cualquier momento en el que la reina de los vampiros
expresa una opinión.
—Bueno,
¡discúlpame por tener un momento de autoconsciencia!
—Estás
disculpada; sé muy bien cuan raros y maravillosos son tales momentos para ti.
Ahora. —El Diablo dio una palmada, como una maestra de jardín de infancia
atrayendo vivazmente la atención de los muerde-tobillos que tenía bajo su
mando—. Ya que ambas habéis aceptado entrar en mis dominios, hay unas cuantas
reglas elementales que debéis...
—No.
El
Demonio parpadeó.
—¿Disculpa?
—Nosotras.
Decidimos. No. Tú. Porque sé algo que probablemente desearías que no supiera.
Nos necesitas. —Hice una pausa, saboreando las deliciosas, deliciosas palabras
que estaban a punto de salir de mi boca maquillada (Drop Dead Red de Too
Faced)—. Me necesitas. ¡Ja! ¡Recoge lo que sembraste Satanás!
—¡Sí!
—hizo eco Laura, pero era una jugadora de póquer malísima porque llevaba la
duda escrita con mayúsculas en la cara, como dicen por ahí—. Me necesitas. Eh.
A ella.
—Huelo
una lista de demandas —dijo Satanás, pero para mi alivio no parecía molesta, ni
siquiera fastidiada—. Habla Reina de los Vampiros.
—Ladra
todo lo que quieras. Quieres que Laura vea tus dominios, o como demonios sea
que los llames.
—¿Se
suponía que eso era un juego de palabras?
—No
a propósito. Y sabes que Laura no iría sola. Así que voy a llevarla al
Inframundo por ti. Y a cambio, tú vas a arreglarlo todo para que pueda leer el
Libro de los Muertos sin volverme loca.
Laura
lanzó un chillido ahogado, una especie de jadeo cruzado con un suspiro.
—¡El
libro! Betsy, no creo que eso sea una buena idea.
—Estoy
enferma hasta la muerte de que la maldita cosa esté en mi casa y que siempre
tenga razón, mientras al mismo tiempo nadie puede leer esa estupidez.
—Pero
Betsy... es malo. Sabes que lo es. Cualquiera que lo mire durante más de
segundo y medio puede sentir cuán malo es. ¿Cómo poder ser capaz de leerlo
puede suponer una mejora? Piensa en lo que puede costar.
—Lo
vale. ¿Te imaginas toda la mierda que pudo haberse evitado en los tres últimos
años si hubiésemos podido leer esa maldita cosa? Estoy cansada de adivinar y
preocuparme. Quiero saber. Necesito saber. Posiblemente tu madre sea la única
que puede... este. —Probablemente había dicho demasiado—. De todas formas
—terminé de decir tosiendo—, ese es mi precio por llevar a tu hija a la Semana
del Viejo Hogar.
—Trato
hecho —dijo al instante. Y la forma en que lo dijo... las palabras salieron tan
rápidamente que casi pisaron el final de mi oración... era un tono que nunca le
había escuchado al Diablo. Tenía el aire de una persona que sabía que estaba
saliendo bien parada.
—¿Pero
qué ganas tú? —Como si nos lo fuera a decir. Pero por lo menos iba a preguntar.
Por lo menos cuando todo esto se saliera de control, sabría que había
preguntado. Lo habría intentado—. ¿Qué te importa si Laura ve el infierno?
Obligaciones maternales no es exactamente la frase que salta a la mente cuando
hablamos de ti.
—Quiero
que vea mi hogar porque no verlo va a volverla loca eventualmente.
Se
produjo un doloroso silencio mientras Laura y yo lo digeríamos. Luego tosí otra
vez (lo cual sonó más bien como un graznido) y dije:
—Quieres
decir loca. Realmente encabronarla. Como se pone la gente cuando la arrastran a
su reunión de instituto. ¿No? Es a eso a lo que no quieres arriesgarte.
¿Verdad?
—¿Crees
que los sueños son malos ahora? ¿Crees que los dolores son malos ahora? —le
preguntó Satán a su hija. El ángel caído parecía más preocupada de lo que nunca
la había visto. El Diablo era una madre amorosa; ¿quién iba a decirlo?—. No
tienes idea, Laura. Y quiero que las cosas se queden así. Quiero que nunca
tengas idea. Que nunca sepas cuán malos se pudieron haber vuelto. No estoy aquí
por ella. Ni siquiera estoy aquí por mí. Estoy aquí por ti.
—Quieres
decir... ¿que no has sido tú? ¿No lo hiciste para hacerme venir?
—¡Por
mi padre, no! Nunca podría hacerte daño, e incluso si pudiera, no lo haría. Que
resultes herida... daño serio y permanente... ¿en qué me beneficia eso?
Era
lo bastante lógico para ser verdad.
—Laura,
pareces humana. Suenas como humana, hablas como humana. Hueles, hablas y
excretas como humana. Menstruas y...
—¡DI!
Satán
me ignoró.
—Pero
no lo eres. Sólo eres en parte humana. Y todo lo que es mío dentro de ti, esa
parte de ti añora mi hogar y siempre será así. La parte de ti que no es humana
anhela la dimensión donde mi voluntad moldea la realidad.
—No
lo entiendo —admití.
—Laura
es un caballo árabe —explicó Satanás— que fue criado en una granja de cerdos y
cree que es un cerdo.
—Tus
analogías son espantosas. —¿Eso me convertía en la reina de los cerdos? ¿O sólo
en la reina de los cerdos que ya estaban muertos?—. Casi tan espantosas como...
—la miré de arriba a abajo—. Casi tan espantosas como... espera.
—Prefiero
no esperar a que tu tediosa velocidad mental se ponga al corriente. Ahora bien,
cuando vayamos a mi dimensión necesitaréis...
—¡Espera!
Había
estado tan enredada en entender quién iba a hacer qué, y quién iba a recibir
qué, y quién no iba a volverse loco, que casi no me había fijado en el conjunto
de Satanás. Pero ahora...
Ahora,
no podía evitarlos.
—Tus
pies.
—...
prestad mucha atención a...
—Tus.
Pies.
—...
por el bien de vuestras inmortales...
—¡Tus
pieeeees! —grité, y me lancé hacia la malvada, malvada, malvada, malvada,
malvada madre de mi hermana que llevaba un vestido sin mangas a cuadros grises
y negros con una cintura fruncida y cuello redondo, un vestido sutil y hermoso
que era el conjunto perfecto para usar...
...
con...
...
¡mis sacrificados Valentinos de encaje negro!
Me
imagino que Satán no estaría acostumbrada a que vampiros de mala leche le
saltaran encima, porque cayó como si estuviese hecha de plumas. Incluso logré
encajar un golpe en su demoníaca mandíbula antes de que miles de petardos
estallaran detrás de mis ojos y los ladrillos de encima de la chimenea saltaran
hacia delante y me golpearan en la espalda.
Las
buenas noticias son que no dolió en lo más mínimo...
Capítulo
24
Veo
que puedo pasar por alto la parte de mi discurso de
el-infierno-es-otra-dimensión-y-no-se-visita-con-facilidad.
—Te
odio —dije sin abrir los ojos. No parecía tener sentido echar un vistazo para
ver dónde estaba ni qué estaba sucediendo—. Muchísimo.
—Si
fuese humana —se quejó Satanás—. Tendría un antiestético ojo negro. ¿Así es
cómo tratas a los invitados en tu casa?
—Invitado
es una palabra fuerte —repliqué.
—¿Estás
bien? ¿Cuántos dedos hay aquí?
—Hija,
no ha abierto los ojos.
—Es
verdad, Laura. No lo he hecho.
—¿Sientes
cómo si tuvieras algo roto?
Era
bonito, Laura sonaba súper preocupada.
—Sólo
mi sentido del raciocinio, propósito e inocencia infantil. —Abrí los ojos. Y
parpadeé. Mucho—. ¿Dónde infierno estamos?
—Sí
—dijeron Laura y el diablo al unísono. Seguido por el diablo añadiendo—. Me
sorprende que lo hayas adivinado a la primera. Había estimado unos veinte
minutos hasta que finalmente atinaras, y luego que necesitarías que te lo
explicaran todo por lo menos dos veces. Empezamos hace dos minutos. Y mira, ya
ves, mi calendario de la noche ha quedado despejado.
—Sí,
bueno, que eso te sirva de lección. —Me senté haciendo una mueca de dolor y
luego me levanté. La espalda me dolía del cuello al trasero, y tenía un enorme
dolor de cabeza, probablemente porque el diablo me había lanzado de cabeza
contra los ladrillos de encima de la chimenea. Por suerte me había alimentado
recientemente, gracias otra vez, aspirantes a violador.
Muerta
o no, todavía podía dolerme. Todavía podía morir (otra vez); difícil de matar
no quería decir invulnerable. Quería decir difícil de matar. Me recuperaba
bastante rápidamente, y nunca me alegré más de ello que cuando desperté en el
infierno.
Lo
cual estaba realmente bien, ya que apostaba a que Satán probablemente me había
fracturado el cráneo y posiblemente por diversión me había fracturado la
columna. Así que, ¿llevaba en el infierno cuánto? Setenta segundos y ya estaba
horriblemente lisiada.
—¡Y
dejé mi bolso en el estúpido salón al lado del estúpido Libro de los Muertos!
—Genial. Este viaje de campo ya apestaba—. Sin brillo labial. —No sé si todos
los vampiros tenían propensión a tener los labios secos o sólo era yo, y no
había forma de saberlo porque había vivido a punta de crema de cacao desde que
tenía seis años—. ¡Y sin ropa interior de repuesto!
—¡Bah!
No puedo decirte cuánto... —Satanás se detuvo y una mirada peculiar apareció en
su rostro. Parecía estar escuchando voces. Lo cual era probable. A diferencia
del ciudadano medio de los condenados, las voces en su cabeza probablemente
fueran reales—. Bueno, esto es simplemente genial. Disculpadme señoras, debo
volar. Ha surgido algo.
—Pero...
—comenzó Laura, dejándose llevar por el pánico. ¿En el infierno desde hacía un
minuto y medio y ya descartadas por el diablo? No molaba nada.
—Mi
asistente puede responder vuestras preguntas y ofreceros una visita guiada.
Sólo atravesad esa puerta.
Miramos,
estábamos de pie en un cuarto de nada.
Muy
bien, voy a elaborarlo; estábamos en una habitación insulsa con techos altos y
alfombras baratas. Todo era asqueroso, gris. Sin ventanas, sin puertas. Sin
sonidos. Sin fuente de luz. Era casi como estar de pie en un banco de niebla
que tenía paredes. Era una habitación de nada.
—Pero
Baal... —empezó Laura.
—Soy
buena, querida, pero no puedo estar en dos lugares a la vez. Como dije, mi
asistente estará al cargo hasta que regrese. Está por ahí. No os preocupéis;
aquí nadie os molestará. A menos que yo se lo diga. —Satán sonrió abiertamente,
y desapareció en un parpadeo.
—Bueno,
es un comienzo de mierda. —Lo asombroso es que me oí a mí misma, y de verdad
sonaba sorprendida.
—Puede
que no le importe si tu mueres —dijo Laura, intentando claramente sonar
tranquilizadora, lo cual le habría salido mejor si no hubiera parecido
aterrada— pero parece importarle si me pasa algo a mí. Así que si te quedas
conmigo, Betsy, creo que estaremos a salvo.
—Y
yo creo que estoy espantada. —Gesticulé—. Eso es una puerta.
—Esto...
sí. Es una puerta. ¿Ves? Yo no estoy asustada, tú tampoco deberías estarlo.
—Laura,
pareces un episodio de Barrio Sésamo. No había una puerta ahí hace tres
segundos. No había nada ahí hace tres segundos.
—¿Deberíamos...?
La
miré y luego a la puerta. El pomo brillaba inocentemente. Estaba bastante
segura.
—Supongo
que es mejor que lo hagamos —dije.
Di
un paso adelante y cogí el pomo con cautela. Esperaba que estuviera caliente.
Ya sabéis... infernal. Pero simplemente se movió cuando lo giré.
Así
que entramos.
Capítulo
25
El
infierno era una sala de espera con luz fluorescente atenuada y viejas revistas
de Buena Ama de Casa y RedBook. Además olía como la oficina de un médico, ese
olor agudo y persistente que prometía que ibas a sentir dolor de una forma u
otra antes de que terminara la visita.
—Uh.
—Laura miró alrededor con los ojos tan abiertos como los míos—. Esto es
inesperado.
—Por
ponerlo suavemene. —Bajé la mirada a un ejemplar de Redbook de abril de 1979.
¡Esos pantalones acampanados! ¡Esos artículos sobre
como-satisfacer-a-tu-hombre! Cuando la urgencia de vomitar se volvió demasiado
intensa, supe exactamente adónde apuntar.
La
habitación estaba amueblada con mobiliario maltratado y barato arrojado por
doquier; no había nadie sentado en la recepción. La alfombra era una mezcla
perfecta de verde moco y gris legaña. Y había puertas, puertas con
aproximadamente cinco centímetros de separación por todas las paredes excepto
donde estaba el escritorio.
—Sutil
—observé, examinando nerviosamente una de las puertas—. Supongo que recorres el
infierno con estas cosas.
—¿Puertas
en una sala de espera?
—Eso
es todo lo que es. —Miré hacia el techo mientras otra luz fluorescente empezaba
a parpadear—. La gente espera. En uno de los lugares más desagradables. Con
sólo estar en esta habitación puedes saber que hay cosas desagradables justo a
la vuelta de la esquina. Como una auditoría que crees que está terminada, hasta
que sacan más papeleo. —Me estremecí—. Es brillantemente malvado.
—Gracias
—dijo mi madrastra muerta.
Por
supuesto. Por supuesto que la Toña estaba aquí. Por supuesto que era la mano
derecha del Diablo. Con la posible excepción de Eva Braun, nadie podía ser más
apta para el trabajo.
—Bueno,
genial —dije, mirándola—. La buena noticia es que estar muerta no ha hecho
ningún tipo de mella en tu ecléctico estilo personal. Siendo ecléctico otra
palabra para horrible.
—¡Dice
el vampiro! —gritó mi madrastra muerta, sus manos sobrecargadas y llenas de
anillos volaron para palmear su brillante cabello rubio. Su cabello estaba como
siempre: el mismo tono, consistencia y forma de una piña madura—. Sólo tú
podrías haber sido más coñazo para tu pobre padre después de morir.
—Ah.
Guau —dijo Laura, mirando a la Toña y después a mí—. Al menos esto no es
estresante. O extraño.
—Así
que, la sirvienta del diablo es en realidad... ¡la sirvienta del Diablo! ¡Ja!
Píntame lo opuesto a sorprendida. Argh, ¿qué llevas puesto? No puedes decirme
que todos los diseñadores de ropa fueron al cielo. No puedes recurrir... no
sé... ¿a Yves Saint Laurent? No. Espera. Él sólo era un adicto a la cocaína al
que le gustaba beber. No es realmente la clase de cosa por la que la gente se
quema en el infierno. Qué pena que no matara a alguien y lo encubriera.
¿Cavalli? Estoy bastante segura de que era un blasfemo cuando no estaba
produciendo bragas al por mayor... Ah, rayos. No está muerto.
—Quizás
podamos seguirle el rastro —comenzó Laura.
—Oooh,
¡Donna Karan! ¿Verdad? Toda la cuestión de las pieles. Maldición, creo que ella
también está viva todavía. Uh...
La
Toña soltó un bufido agobiado, al parecer no había notado que su cabello jamás
de los jamases se movía. (Me resultaba interesante que las personas mantuvieran
hábitos como respirar y suspirar cuando ya no los necesitaban).
—Me
alegro de verte otra vez, Laura.
—Gracias
señora T...
—No,
no, no, por favor, mi nombre es...
—Lodosa
—sugerí—. Lodosa Bolsa de Vómito Taylor. Llámala Caraculo para abreviar.
—...
Antonia.
Laura
estiró un brazo por sobre el escritorio de la Toña (el infierno no
proporcionaba Post-it, noté) y se estrecharon las manos.
—Sólo
quería que supiera, Lodosa Bols... um, Antonia, que aunque entiendo que Baal es
mi madre, usted me llevó durante nueve meses y... Luego arrastró a mi padre al
altar, se acostó con él y después le arrancó la cabeza y devoró su cuerpo aún
tembloroso.
—¡Oh,
Betsy, de verdad! —Laura frunció el ceño—. Madura.
—¿Ves?
Ya te estás volviendo malvada. Este lugar va a ser una mala influencia para ti;
ya puedo verlo. Puedo sentirlo, como siento que la Toña necesita un cambio de
estilo.
—Cuando
oí que ibas a visitarnos —estaba parloteando la Toña—, por supuesto que le
pregunté a Lucero del Alba si podía ayudar. Pero no creí que pudiera hacerlo
tan pronto. Espero que entiendas que estás en primer lugar en sus
pensamientos...
—Vómito
—dije al techo. Interesante que ahora hubiese uno. Y se parecía a cualquier
otro techo de sala de espera que hubiera visto: un techo rugoso capaz de
producir bostezos, lleno de pequeños hoyos producidos por los lápices que había
lanzado la gente—. Y de nuevo digo vómito.
—...
incluso aunque fue convocada. Pero yo me ocuparé de ti. —Sentí que me miraba
con los ojos entrecerrados—. De las dos. Supongo. Mmm..., mientras tanto si
puedo responder alguna pregunta, por favor, no dudéis en preguntar.
—Excelente.
Porque tengo muchas preguntas. ¿Cuándo decidiste prostituirte con el propósito
de romper el matrimonio de mi madre? ¿Lo hiciste porque eras una perra amoral o
porque no tuviste suficiente atención de tu padre cuando eras pequeña? ¿O un
extraño combo pervertido de los dos? ¿Y cuando lo hacías con el esposo de mi
madre, le hablabas de toda la ropa fea y malos tratamientos para el cabello que
querías que te comprara o sólo gruñíais como animales?
—¡Betsy!
—Madre e hija chillaron al unísono.
—Sí,
eso es lo que pensé. —Bostecé—. ¿Entonces nos vamos de paseo o qué?
Capítulo
26
Seguímos
a mi madrastra muerta mientras nos ofrecía una visita guiada por el infierno.
Laura estaba mirando fijamente alrededor, con lo ojos bien abiertos y
fascinada, pero yo estaba mayormente fastidiada. Sabía que el infierno iba a
ser horrible, pero nadie me advirtió que iba a estar lleno de clichés.
Habían
fosas de aceite hirviendo, completas con sus almas gritonas tratando de nadar a
estilo braza. Estaba toda la cuestión de
subir-una-piedra-colina-arriba-sólo-para-que-te-aplaste-cuando-ruede-cuesta-abajo
(Supongo que éste también era el infierno de los antiguos griegos).
Había
gente corriendo sólo para ser arrollada por carrozas, caballos, tanques, casas
rodantes.
Había
personas ahogándose y gente siendo enterrada. Había personas siendo atacadas
por perros, osos, águilas, hurones y whippets salvajes. Ah, y... ¡qué asco!
—¿Nutrias?
—pregunté, sin esperar una respuesta—. ¿Esas son nutrias?
Esperaba
sentir muchas cosas en el infierno, pero nunca aburrimiento (Aunque la cuestión
de las nutrias era un poco inusual).
Me
asustaba, para ser sincera. Ver sufrimiento y considerarlo una desilusión. No
llevaba mucho tiempo siendo vampiro, pero empezaba a ver por qué los mayores,
los que eran incluso más viejos que mi esposo... estaban aburridos de todo.
Gritos y dolor, desesperación y horror, los dejaban bastante impasibles.
Terminaban causando montones de problemas ya que por lo menos eso era algo
diferente.
No
me asustaba estar en el infierno. Me asustaba no estar asustada de estar en el
infierno.
Pero
aquí estaba, y juré prestar atención y aprender lo que pudiera. Luego podría
volver a casa y pasar los próximos cincuenta años reprimiendo esta semana.
Lo
consideré y luego decidí que era tan buen plan como cualquier otro. Prestar
atención, aprender, obtener lo que necesitaba para terminar, hacer que el
Diablo pagara lo que había prometido, y luego irme como alma que lleva el
Diablo, sin pretender hacer un juego de palabras, a casa.
Ese
era mi plan, y me iba a apegar a él.
Sí,
por supuesto no creí que fuera a ser tan simple. Nunca había sido miembro de la
Mensa, pero eso no quería decir que necesitara leer las instrucciones de una
caja de cereales para hacerme el desayuno.
Capítulo
27
Os
diré una cosa: el infierno era como una gran colmena de tortura. Si retrocedías
alejándote un poco de ella, podías ver que había toda clase de cámaras, hacia
abajo y abajo y hacia atrás y más atrás, demasiadas incluso para contarlas, con
algo mega asqueroso o aburrido o estúpido o aterrador o extraño ocurriendo en
cada celda individual. Cuando te acercabas, podías distinguir caras y cosas por
el estilo. Si te retirabas, no podías ver nada en concreto, pero tenías la
sensación de que montones y montones de cosas ocurrían a tu alrededor.
Infierno:
otra colmena de la naturaleza.
Podía
oír a la Toña y a Laura charlando tranquilamente. Yo había estado tan ocupada
reflexionando y mirando alrededor que me había quedado retrasada unos seis
metros. Debieron pensar que si mantenían las voces lo suficientemente bajas no
podría oírlas por encima de los gritos, gemidos, quejidos y rabietas del
condenado.
—Por
supuesto que acepté sin pensar la oportunidad —decía la Toña. La cabeza de
Laura se dobló atentamente hacia su madre de nacimiento. Medía aproximadamente
trece centímetros más que la Toña. Laura parecía casi protectora a su lado—.
Tenía una carta a mi favor, ya sabes. Un tanto porque
me-poseíste-para-tener-un-hijo y en todo este tiempo nunca la había jugado.
Nunca quise hacerlo. Pero entonces oí que venías. Que estabas viva, quiero
decir, y en camino, y Lucifer dijo que podría ayudar enseñándote todo esto.
—¿Es
amable contigo? ¿Relativamente hablando?
—Por
supuesto. Son todo exageraciones, ya sabes.
—No,
no sé, Antonia. ¿Podrías explicarlo?
—Lucifer
no pasa todo su tiempo ideando modos de torturar las almas de quienes acuden a
ella. El infierno es... es casi un negocio. Uno en el que ella ha estado
participando durante decenas de miles de años, sin vacaciones ni bajas por
enfermedad. Ni días libres. Ni siquiera baja por maternidad. —Y luego ella...
ella... ¿Lo hizo? ¡Lo hizo! Realmente le dio un codazo a mi hermana, una
especie de codazo asquerosamente asqueroso.
Puse
los ojos en blanco. Bla, bla, bla. Pobre Satán. Todo trabajo y nada de seguro
dental. Sonaba horroroso.
—¿Te
lo puedes imaginar? —exclamó la Toña con lo que pareció genuina compasión.
Aunque no podía estar segura. Ya que en realidad nunca le había oído ese tono,
entenderéis mi confusión—. Yo pensaba que la línea de atención al cliente de
O’Hare era terrible. Esa es en parte la razón por la que estás aquí, ya sabes.
—¿Qué?
¿Qué quieres decir?
La
Toña se calló, del modo en que sólo ella se callaba: siguió hablando.
—Yo,
hum, probablemente no debería haber... no es apropiado por mi parte hablarte de
ello.
—Pero...
—¡Oh,
mira!, allí está Ted Bundy siendo violado y estrangulado otra vez hoy.
—¡Aaarrrggh!
—Laura se tapó los ojos con las manos—. ¡Antonia, no quiero ver eso! Por favor
no llames mi atención sobre cosas así. Y ahora, por favor, termina tu
pensamiento...
¿Qué
pensamiento? Reí disimuladamente, pero logré no decirlo en voz alta.
—Realmente
tengo que terminar este tour —dijo la Toña, pareciendo agitada y nerviosa.
—No
quiero que te metas en problemas, así que lo dejaré por el momento. ¿Pero... es
eso parte de la razón por la que la ayudas? ¿Es Baal...? Esto parecerá
sumamente tonto, pero ¿está Baal abrumada trabajando demasiado?
—Creo
que no tan abrumada como sola —dijo la Toña tras una larga pausa. Madre e hija
habían bajado más las voces y decidí despiadadamente no mencionar que aún podía
oírlas—. Ella es la única de su especie, ya sabes. Y lleva haciendo esto mucho,
mucho tiempo. Después de la terrible lucha con ya-sabes-quién.
¿El
súper constructor? ¿Su mecánico?
—Sí
—concluyó la Toña—. Yo diría que está sola.
Laura
se detuvo en seco y volvió la mirada hacia mí.
—Oh,
mira —dije, fingiendo que no había estado escuchando a escondidas—. Kenneth Lay
está siendo sepultado vivo en Krugerrands. Puf, eso debe doler... ¡Mira los
moratones! ¿Le hacen eso desnudo? Oh, mmm, ¿Has visto dónde estaban algunos de
esos Krugerrands? ¡Oye! —grité—. ¿Qué te parece si en tu siguiente vida,
vuelves como alguien que no estafa millones a la gente?
—No
te burles del condenado, Betsy —reprendió el anticristo— ¿No es bastante malo
que estén atrapados en este lugar?
—Lo
malo es que nosotras estemos atrapadas aquí.
—Atrapados
no es en realidad la palabra correcta —dijo la Toña—. Nadie está aquí contra su
voluntad.
—¿Qué?
—Abandoné todo intento de fingir que no podía oír—. ¿Ni siquiera él? —gesticulé
hacia Enrique VIII que estaba de rodillas suplicando a Ana Bolena que no dejase
que un espadachín francés le cortara la cabeza por brujería. La vieja Ana no
parecía muy indulgente—. Como que no conozco ningún cerdo ególatra de ese
calibre... y no es un gran chiste, aunque debe haber Maestros de la Escalera en
el infierno.... alistados por propia voluntad.
—Pero
así es en su caso. En el caso de todos nosotros.
—¿Pero
por qué? —preguntó Laura, y confieso que yo misma estaba interesada en la
respuesta.
—Esto
no es un lugar —comenzó la Toña. Hablaba despacio, pero no me daba la sensación
de que estuviera mintiendo. Sólo intentando explicarlo de modo que lo
entendiéramos. Prueba de que estaba en el infierno: la Toña sabía muchas cosas
que yo no sabía y tenía que desmembrarlas para entenderlas—. No un lugar como
África o el Mall de América. No puedes meterte en el coche y encontrarlo. El
infierno es una zona, un avión, que los espíritus pueden visitar. Cualquier
espíritu. En cualquier momento. Vosotras dos sois especiales porque todavía
tenéis vuestro cuerpo. Nosotros... —gesticuló vagamente—... ya no lo volveremos
a tener. En el infierno sólo estás limitado por tu imaginación... igual que en
el cielo.
—No
lo entiendo —confesé, y chico, eso dolía.
Ante
mi asombro, la Toña no aprovechó la oportunidad de poner a prueba y aplastar mi
ego o mutilar mi voluntad de vivir.
—No,
no creo que ninguna de vosotras pueda ahora mismo. Es realmente, realmente
complicado de explicar.
—Sin
embargo —dijo Satán, apareciendo de ninguna parte—, lo intentaré. Gracias,
Antonia, eso es todo por el momento.
—Señora
—dijo la Toña y desapareció de la vista.
—¡Espera!
Mierda.
—No
tengas miedo ni te preocupes, Betsy, la verás otra vez.
—No
me amenaces, Satán. Es sólo que había cosas que quería preguntar. —¿Por qué se
me había aparecido justo después de que ella y mi padre murieran? ¿Por qué se
marchó? ¿Por qué había jugado a la guía turística? ¿Dónde estaba mi padre? ¿Por
qué había decidido tener un pelo horrible en el infierno? Eran preguntas que
resonaban en mi cerebro en busca de respuestas.
—¿Es
verdad, madre?
—¿El
qué, querida?
—¿Mi
madre de nacimiento tiene razón? ¿Te sientes sola?
—Por
supuesto —sin negarlo. Sin sarcasmo. Sólo una simple declaración. No intentaré
negarlo, estaba impresionada. ¿Por qué no podía Satán ser así todo el tiempo?—.
He vivido mucho, mucho tiempo. Por eso te tuve.
—¿Qué?
—pregunté, porque Laura de repente parecía temerosa de decir algo.
—Quiero
que te encargues del negocio familiar —le dijo Satán, como si hubiera sido
Laura quien hiciera la pregunta—. Me gustaría retirarme.
Capítulo
28
¿Retirarte
a dónde? —pregunté, porque no pude evitar imaginarme al diablo en un condominio
en Boca Ratón. Podría pasar entonces de ángel a ángel caído, a ama y señora del
infierno; a jubilada, a residente temporal e, inevitablemente, a residente loca
de un asilo de ancianos.
—No
lo sé. Pero eso es lo bello de la jubilación. —Satanás de verdad parecía
nostálgica—. Opciones. Tienes opciones.
—Madre,
no tenía ni idea. —Laura estaba mirando al diablo con simpatía grabada en su
complexión libre de espinillas y arrugas—. Debes estar... no lo sabía.
—¿No
vas a ser una de esas madres de escenario, verdad? Ya sabes... no ganan el Miss
Pequeña lo que sea, así que crían a sus hijas para ser Miss Pequeña...
—No
obligaría a Laura —interrumpió Satanás—. Pero sí se lo pediré. Una madre puede
hacer eso.
Ahora
los enormes ojos de Laura estilo animé se estaban llenando de lágrimas.
—¡Pobrecita!
—gritó— pobre, pobrecita...
La
interrumpí de nuevo. Que Laura sintiera lástima por Satanás no estaba en el
plan. Que Laura se encargara del infierno definitivamente noooooo estaba el
plan. No sabía cuál era el plan, pero estaba segura que no era ninguno de los
anteriores.
—Pero
si llevas haciendo esto miles de millones de años como puedes... oh.
—¿Qué?
—preguntó Laura.
—¿Esa
extraña mirada en su rostro? —preguntó Satanás—. No está estreñida. Se está
dando cuenta de algo por primera vez.
—Eso
demuestra lo que sabes. No he echado una cagada desde que morí, así que por
definición estoy estreñida todo el tiempo.
Laura
frunció el ceño.
—Uh,
no estoy segura...
—¿Cuánto
tiempo esperas que viva Laura? —pregunté, luchando por mantener el control de
mi voz y no chillar. Porque nada de esto se me había ocurrido antes—. ¿Ella
será como tú? ¿Eres inmortal?
—Por
mi padre que no. —Satanás de veras se estremeció. Pensar en qué podría darle
escalofríos a la Dama de las Mentiras me daba escalofríos a mí—. Sólo longeva
como toda mi raza.
—¿Ángeles?
—preguntó Laura.
—Sí,
a falta de una palabra mejor. Desde luego se nos puede matar. Pero nunca
enfermamos y envejecemos lentamente.
—Eso
diría yo. No pareces un siglo mayor de los ocho mil. —Por supuesto, los zapatos
robados la ayudaban a parecer joven, la muy odiosa...
—Cuando
Padre nos creo, sabía que necesitaría ayudantes que tuviesen una larga vida. Un
niño puede crecer en una década y morir ni siquiera diez décadas después de
eso. —Satanás chasqueó los dedos—. ¡Así como así! Puff. Las luces se apagan.
—Sí,
las mocas de fruta de la humanidad —dije—. Esos somos nosotros. ¿Pero para qué
necesitas vivir tanto en primer lugar? Especialmente cuando el período de vida
aproximado en estos días es... uh... —¿Setenta y cinco? Eso sonaba bajo.
¿Noventa? Muy alto. ¿Dónde estaba Marc cuando lo necesitaba?
—Setenta
y cinco para los hombres —facilitó el Diablo—. Ochenta para las mujeres.
Bastante mejor a, digamos, la era Neolítica en la cual eran veinte. ¿Puedes
imaginarte ser considerado un anciano decrépito antes de poder siquiera beber
legalmente?
—¡Basta
ya!
Satanás
parpadeó.
—¿Disculpa?
—Deja
de ser tan servicial. Me estás volviendo loca. —Un pensamiento me golpeó, y por
un momento pensé que iba a caerme—. Retirarte... para que Laura... como... —lo
intenté de nuevo—. ¿Cuánto esperas que viva Laura? Tú misma, tú has vivido...
Laura
pareció palidecer ante mis ojos.
—¿M-madre?
Yo... ¿Seré tan longeva como tú?
Veamos,
algunas personas podrían emocionarse al averiguar que podrían vivir miles de
años. Pero Laura, quien ocasionalmente era un completo misterio para mí,
parecía horrorizada. Casi podía sentirla contando a todos los que amaba
muriendo de vejez, sus padres, sus amigos, su futuro esposo e hijos, y sus
hijos, y los hijos de sus hijos, mientras ella seguía... y seguía... y
seguía...
—No
lo sé —replicó Satanás, sin bromear, sin sonrisa de suficiencia, sin gesto
malvado—. No sé cuánto vivirá Laura. Nadie lo sabe, excepto tal vez nuestro
padre. —El fantasma de una sonrisa—. Y él es bastante famoso por esconder sus
cartas.
Las
cosas estaban comenzando a tener sentido, pero en vez de gustarme me estaban
dejando más intranquila. El Diablo podría tener una razón perfectamente
legítima para hacer que yo trajera a Laura al infierno.
O
podía ser que no.
O
podían ser ambas cosas. De cualquier forma probablemente estábamos metidas en
un inmenso problema. Si ésta fuese una película de gran presupuesto yo, la
intrépida heroína, haría algo fabuloso y heroico. Pero no era una película y yo
no era una intrépida heroína. Ni siquiera sabía qué significaba intrépido.
Me
giré hacia Laura.
—De
acuerdo, ya disfrutamos del paseo y el Diablo quiere retirarse y es posible que
tengas la esperanza de vida de Japón, los Estados Unidos y Francia combinados.
Retirémonos a la Tierra y considerémoslo. Durante años.
—Ah.
—Satanás ladeó la cabeza—. Un momento por favor, señoras. —Luego desapareció en
un parpadeo.
—Genial.
—Yo estaba que echaba humo—. Atrapadas en el infierno. Lástima que no lo haya
visto venir. Oh, espera, sí que lo vi.
—Ella
no nos atraparía aquí —dijo Laura, que sonaba bastante razonable para ser una
psicópata medio ángel con un temperamento asesino y un odio a las barritas de
limón—. Si acaso, me necesita ¿verdad? Quiere que tome el control. ¿No es
cierto?
—¿Qué
parte?
—¿Viviré
mucho tiempo? ¿Miles de años?
—No
lo sé. Pero estoy pensando en el Libro de los Muertos.
—El
que predice que reinarás durante cinco mil años.
—Ese
mismo.
Nos
miramos fijamente, rodeadas por los condenados, hermanas que no tenían control
sobre lo que pasaba e incluso algunas veces, sobre sí mismas.
—Ella
me necesita —aventuró Laura tras un largo momento—. Así que tiene que ser
amable. Con ambas.
—Eso
es verdad —concedí. Y probablemente por eso la Dama de las Mentiras estaba
siendo taaaaaan amable hoy—. Un terrible montón de cosas han pasado en un
tiempo muy corto.
—Juntas
en este mal trago, ¿verdad? —Laura tenía una expresión peculiar en el rostro...
estaba tratando de echar un vistazo a las celdas del infierno sin que la gente
de las celdas lo supieran—. No puedo agradecerte lo suficiente el aceptar venir
aquí.
—Apúntaselo
al daño cerebral. Daño cerebral en proceso, porque creo que definitivamente
estoy en estado de shock.
—¿Necesitas
recostarte? Supongo que podríamos pedirle un catre a uno de los condenados. ¿O
tal vez un edredón? Um, disculpe. Disculpe, señor... no, no usted señor, el que
está en la celda al lado de la suya disfrutando de lo que parece ser una
cirugía dental involuntaria...
—Algo
está severamente jodido —anuncié.
Laura
se acercó a mí, sus manos revoloteaban ineficazmente.
—¿Te
sientes débil?
—Sí.
Definitivamente estoy en estado de shock. Porque estoy teniendo problemas para digerir
todo esto.
—Está
bien Betsy. —El anticristo me tocó la frente—. Es difícil para las dos, creo.
—Por
ejemplo Laura, te han brotado unas alas enormes. Creo que probablemente debería
haberlo notado antes. Sí, definitivamente.
—¿Qué?
—Sí.
Estoy bastante segura de que debería haberlo hecho. Extraño. Éste está siendo
un día muy extraño.
Capítulo
29
¿Que
tengo qué?
—Alas.
—Laura no las había notado tampoco. Me sentí menos estúpida.
—¿Dónde?
—Laura se giró a un lado y al otro, lo cual tuvo el efecto de alguien que
llevara una mochila intentando verse su mochila... cada giro y vuelta
simplemente la ponía en un ángulo diferente. Así fue como terminé...
—¡Pfff...!
...
con un montón de plumas en la cara.
Le
aparté la mano lejos de mí, escupiendo plumas de vuelo (¿Quién me iba a decir
que aquel trabajo que hice sobre la migración de los gansos azules en octavo
tendría una aplicación práctica en el infierno?)
—¿Están
ahí? ¡No puedo creerlo! ¿Qué aspecto tienen? ¡No sentí nada! —¡Zas! ¡Zas!
Intenté
apartarla con la mano.
—Basta,
basta, ¡no puedo ver nada excepto plumas primarias y secundarias!
—¿Sabes
de aves?
—Octavo
grado. No importa. —Me recordó la mejor película de navidad con gente muerta
del mundo, Los fantasmas atacan al jefe, cuando el asombroso fantasma de la
navidad presente, interpretado por Carol Kane, está brincado y saltando
alrededor y continúa golpeando a Bill Murray en el rostro con las alas. Esto
era exactamente igual, excepto que no era diciembre, era noviembre. Noviembre
en el infierno—. ¿Quieres verlas? Sácalas. Ya sabes... extiéndelas.
Fue
bastante estúpido porque estaba de pie exactamente en el punto equivocado. Así
que más o menos en ese mismo segundo me di cuenta de que Laura tenía una
envergadura de cerca de dos metros, su ala derecha extendida golpeó contra mí.
Esas
malditas eran fuertes. Imagínate a un gorrión, esbelto y fuerte de mantenerse
ocupado todo el día. Y también con cabello rubio y vaqueros.
—¡Oh,
Dios mío! ¡Betsy!
—¿Podrías
ayudarme a levantarme, por favor? —gruñí desde el suelo. Desde la alfombra
infernal. Entrañas del infierno. Lo que sea.
Se
apresuró hasta mí y me levantó. Sus alas no eran las estereotípicamente blancas
como la nieve que ves en las pinturas de ángeles. Eran de veras como
gigantescas alas de gorrión... una sencilla pero bonita mezcla de marrón
veteado, poderosas y prácticas.
—Lamento
haber desaparecido así; admito ser una administradora controladora. Oh, bien,
habéis estado explorando.
—¡Madre!
Tengo alas. ¡Alas!
—Por
supuesto que sí —dijo Satán, mirando a Laura con orgullo maternal—. Tu madre es
un ángel.
—Es
tan espeluznante que te refieras a ti misma en tercera persona.
—Silencio.
Satanás no desea escuchar nada de la reina vampiro en este momento.
—¡Espeluznante!
—grité.
Pero
el diablo no me estaba prestando atención; solo tenía ojos para Laura, quien
fastidiosamente era incluso más guapa con hermosas y aún así prácticas alas
brotando de su espalda.
—Como
estaba diciendo antes de que como se llame abriera la boca...
—¡Estás
siendo desagradable! —dije, manteniendo un ojo avizor sobre la envergadura de
mi hermana.
—...
eres mitad ángel. Mi linaje no cambió cuando me fui del cielo.
—Cuando
te echaron a patadas querrás decir.
No
me sorprendió mucho descubrir que mis pies estaban a centímetros del suelo, ya
que Satán había cruzado metro y medio de distancia en medio pestañeo y me había
alzado por la pechera de la camiseta.
—No.
Me. Echaron. A. Patadas. Me fui yo. Por mis propios pies.
—¡Un
punto sensible! ¿Te importa? Solo he usado esta camiseta dos veces; además es
de Eddie Bauer, lo cual quiere decir que es prácticamente indestructible. —Por
tanto, una excelente elección para una excursión a través de Ciudad Demoníaca.
Oh, Eddie Bauer, solo tú entiendes mis necesidades en ropa para vacaciones.
—¡Suéltala!
Genial.
Dos fenómenos con alas batallando por el cielo, infierno y mi cuello de
tortuga.
—Laura,
estoy bien. —Intenté sonreír para mostrar al anticristo que ser alzada en el
aire y estrangulada por el diablo no era para tanto. Había estado en citas
menos placenteras—. No es como si necesitara respirar. O que me importe colgar
a medio metro del suelo. Pero si tengo que hacer que me vuelva a crecer la
laringe, ¡lo vas a lamentar!
—Valdría
la pena —murmuró Satanás y me soltó.
Al
instante, me incliné y revisé mis zapatos.
—Tienes
muuuucha suerte de que no tengan arañazos, tú, ¡gran e imbécil ángel caído!
—Tiemblo
al considerar lo cerca que estuvo —dijo Satanás, bostezando.
—¿Funcionarán?
Quiero decir ¿puedo volar?
—¿Qué?
¿Otra vez con lo de las alas? ¿Después de que yo haya tenido que soportar otro
asalto de tu madre? Mi camisa Eddie Bauer está bien, gracias por preguntar.
Las
alas de Satanás aparecieron de la nada con tanta rapidez como lo habían hecho
las de Laura. Esa vaca maliciosa esperó hasta que estuve fuera de la línea de
fuego de Laura y en la de ella antes de mostrarnos su condenada (literalmente)
envergadura.
—¡Ya
he tenido suficientes —me aparté y escupí plumas otra vez— plumas en mi cara!
¡Una frase que nunca, jamás pensé tener que decir! El infierno simplemente
apesta, y eso es lo que hay.
—Las
tuyas son tan negras como las alas de un cuervo —dijo Laura maravillada. Alargó
una mano tentativamente y acarició las alas de su madre.
—O
como unas alas realmente sucias. Como si pasaras mucho tiempo trepando por
chimeneas. O en las chimeneas de las refinerías Koch.
Los
pseudoángeles me ignoraron. Lamenté reparar en que esa estaba comenzando a ser
una tonada común por aquí.
—Por
supuesto que funcionan —estaba explicando Satanás—. Pero como todo, necesitarás
práctica. Aunque te equivocas al asumir que sólo ahora han “aparecido”. Siempre
han sido una parte de ti, al igual que tus armas de Fuego Infernal. Pero tan
solo pueden ser vistas por todos los ojos en esta dimensión.
—Así
que cuando estoy en casa, en St. Paul quiero decir, están ahí, pero nadie puede
verlas.
—Sí.
Es demasiado para el ojo humano. No estoy segura de que pueda explicarte esto,
pero lo intentaré. Nuestras alas cambian entre realidades. Tu espada de Fuego
Infernal y tu arco siempre están contigo pero tan solo pueden ser vistas bajo
las circunstancias correctas, por ejemplo, en la Tierra pueden ser vistas
cuando estás estresada, cuando te sientes vengativa. Las llamas y ellas vienen.
Pero siempre están ahí. No las haces aparecer, simplemente las usas. Tus alas
son bastante parecidas.
—Como
cuando Jessica no siempre puede conseguir un taxi. Si está en un sitio tarde y
está desierto, los taxis no siempre la ven. Ni siquiera creen estar siendo
intolerantes al respecto, pasarían un examen con detector de mentiras
asegurando que nunca la ven. —Ambas me miraron—. ¿Qué? Estoy tratando de
contribuir a la conversación más extraña del mundo.
—Bueno,
muy bien. Admitiré que no hiciste un paralelismo completamente estúpido o
terrible —admitió el diablo.
—Ay.
Me ahoga la emoción y todo eso.
—Pues
ahógate de una vez —murmuró el diablo.
¡Por
Dios! Satanás era hoy la Señora Cascarrabias.
Capítulo
30
Ya
es hora de acabar con esto —dijo Satanás, y yo me las arreglé para no gritar
¡ya era hora, malvada psicópata angélica!—. Puedo hablar...
—Y
hablar. Y hablar —añadí—. Y todavía: hablar. Hablar, hablar, hablar.
—...
pero la experiencia es el mejor maestro.
—¡Basta!
¡De! ¡Hablar!
El
diablo dejó escapar un sonido que fue un cruce entre un bufido y un gruñido.
—Has
pasado dos décadas en la tierra aprendiendo lo que es ser humana. Ahora tienes
que explorar el ser un ángel, a falta de una palabra mejor. Tienes que dominar
el moverte de las tierras de tu padre a las mías y de vuelta otra vez. En este
lugar, en mis dominios... que con suerte algún día serán tus dominios... podrás
hacerte una idea más precisa de tu potencial, tus habilidades. Estoy segura de
que has notado que yo voy y vengo a mi placer, y me imagino que te preguntas
cómo puedo hacerlo.
—En
realidad no.
—Calla,
Reina Vampiro. Estaba hablando con la hermana lista. Desde el infierno, Laura,
puedes viajar a cualquier lugar de la Tierra, y a cualquier momento. Pero la
exactitud y el control precisan experiencia. Para ponerlo de otro modo, podrías
leer una docena de libros sobre cómo montar en bici pero todavía no sabrías
como hacerlo cuando la bici estuviera realmente ante ti. Así que quiero que
empieces a viajar.
No
me gustó en absoluto como sonaba eso.
—¿Viajar
adónde?
—A
donde sea que sus habilidades la lleven.
—Aguarda,
Dama de las Mentiras. Estuve de acuerdo con traerla aquí. No firmé para viajes
de campo a través del tiempo.
—¿Por
qué crees que todavía participas en esta conversación? ¿Entonces, querida,
juegas? ¿Lo intentarás?
—No
—dije yo en el momento exacto en que Laura decía sí. Me giré hacia ella—. ¡Oh,
vamos! ¿De verdad no ves adónde lleva esto? ¿Sabes que terminaremos
accidentalmente hundidos hasta el cuello entre Demonios o asesinos o zombies o
bebés u hombres lobo? Y luego nos pondremos todos en plan “Debería haberlo
visto venir”. ¡Bueno, pues podemos! ¡Podemos ver venir esto absolutamente y lo
sabes! En mi opinión...
—Que
nadie te ha pedido —espetó el demonio.
—Es
un momento perfecto para escapar como una perra cobarde. Yo soy pro-perra
cobarde. Seamos perras juntas.
Laura
estaba sacudiendo la cabeza con auténtico pesar, y con una sensación de
hundimiento comprendí que estaba a punto de tener dos elecciones: pedir al
diablo que me devolviera a mi propio tiempo en mi propia casa, o quedarme con
el anticristo. Lo cual no era una elección en absoluto; no tenía ninguna
intención de abandonar a Laura mientras ella intentaba aprender nuevas
habilidades. El aprendizaje era esencial para su cordura.
Además,
mi hermana era formidable pero ella no lo veía. Dios sabía el tipo de
personajes desesperados con los que podía toparse (literalmente... Dios lo
sabía; yo no) Probablemente se la comerían viva. Como si quisiera eso sobre mi
conciencia este mes de entre todos los meses. O en cualquier otro momento, en
realidad. Dos compañeros de casa muertos a mi servicio eran suficientes.
Y
Satanás, esa miserable perra engañosa, lo sabía. Incluso sonrió burlona hacia
mí cuando Laura no estaba mirando. Muy madura. Y me conocía lo bastante a mí
misma para comprender que si yo pensaba que alguien estaba siendo inmaduro, era
hora de que esa persona reexaminara su vida.
—Betsy,
tengo que aprender. No puedo... los sueños son... tengo que hacer esto. Pero tú
no tienes que venir. De hecho, creo que deberías...
—Cierra
el pico. Por supuesto que iré. No seas una perra estúpida. —Vale. Más afilado
de lo que pretendía, desde luego. Pero estaba cabreada. Y asustada. Y
cabreada—. Espero que estés contenta.
—Pues
lo estoy, Betsy. Absolutamente. Y no me sorprende. Llevo ya cierto tiempo
tentando a la gente, ¿cómo podría resistirse mi propia hija?
—Eso
suena un poco espeluznante —admitió Laura.
—¡Un
poco! Agh. Satanás, eres terrible. Y no en el buen sentido. Pero no seas
creída.
—Yo
definí la palabra creída, idiota. Y qué típico de ti subestimarme.
—Y
qué típico de ti ser incapaz de resistirte a contarme lo lista que eres,
exacto, Satanás... lúcete...
—Puedo
tentar a cualquiera, Betsy. Se parece a lo que fue intentar convencer a Jesús
para que cambiara de bando.
—¿Tú
tentaste a Jesús? —No me molesté en ocultar mi sorpresa... y esperaba haber
ocultado la admiración.
—Por
supuesto. Y lo consideró seriamente. No quería morir, ya sabes. —Por un
momento, el diablo pareció pensativa y un poco triste—. Sabía lo que se
avecinaba y sabía que sería horrible. Le ofrecí cambiar todo eso.
Comprendí
que estábamos en medio del infierno en vez de en la periferia... todo tipo de
nuevas torturas y degradaciones tenían lugar a nuestro alrededor. Pero yo no
podía apartar la mirada del diablo.
Su
cara. La pinta de su cara.
—Le
dije que podría gobernar la Tierra entera, subordinado sólo a mí, si renunciaba
a su padre controlador. Quien, si recuerdas de las lecciones de la escuela
dominical, también es mi padre controlador. Incluso ofrecí invulnerabilidad al
daño físico. Eso fue lo que realmente le tentó. A nadie le gusta la idea de una
mala muerte.
—¿Pero
dijo que no? —Estúpida pregunta. Por supuesto que dijo que no.
Ella
sonrió, una sonrisa invernal sin calidez alguna.
—Ya
lo creo. Me dijo que rezaría por mí. Me citó las sagradas escrituras; menudo
imbécil. Me dijo que pidiera el perdón de su padre. Y yo le dije que moriría
con el hedor de su propia mierda en las fosas nasales. Y tuve razón.
—¡Madre!
—Laura sonaba conmocionada.
—Desde
luego no te gusta perder. —Dios. ¡Pobre Jesús! Es raro pensar en el Salvador
como un adolescente de carne y hueso que tenía miedo a morir, y más, miedo a
morir malamente—. Por eso te cabreaste tanto con él al final. Montaste el
numerito del perdedor resentido.
—Cariño,
en realidad nunca he perdido. No cuando era importante. No cuando era algo que
deseaba mucho.
Umm,
pensé pero no dije “¿se supone que tenemos que creer que querías que te
pidieran que abandonaras el cielo?”. Arreglé mi cara en una cortés expresión de
adelante-sigo-escuchando.
—El
chico habría sido una compañía divertida, pero su traición y muerte no me
afectaron, así que todo acabó bien.
Decidí
fingir que no sentía escalofríos bajando por mi espalda.
—¿Así
que lo que estás diciendo es que fue Jesús quien se lo perdió?
Satanás
resopló a través de sus delicadas fosas nasales.
—Yo
soy uno de los tres enemigos de la humanidad, junto con el pecado y la muerte.
—No
olvides los impuestos.
—¡Ja!
Ni siquiera yo soy tan implacablemente avariciosa y malvada.
—Ahí
le has dado —concedí.
—Soy
una simple dadora de conocimiento.
—En
realidad, eres una dadora de mierda. Una dadora de dolores de cabeza y
calambres menstruales.
El
demonio me ignoró, estaba claramente más interesada en llegar hasta Laura que
en enzarzarse con moi.
—El
conocimiento es como un martillo, ya sabes. Ni bueno ni malo. Lo que importa es
cómo lo aplicas. Mi padre no estaba de acuerdo.
—¿Quieres
decir Dios?
—Por
supuesto, cabeza hueca.
—Nadie
me contó —comenté—, que habría tantos insultos en el infierno.
—De
hecho, tuvimos algo así como un enfriamiento de relaciones a causa de esa
diferencia de opinión. —Satanás hizo una pausa, examinando la punta de sus
preciosos, preciosos zapatos—. En retrospectiva, yo podría haberlo llevado
mejor.
—¿Tú
crees? —En retrospectiva, la Peste Bubónica no sonaba tan complicada y
desagradable comparada con una guerra en el cielo. Satanás: el amo de la
declaración comedida. Me recordaba al personaje de David Carradine en Kill
Bill—. Y puede que yo haya exagerado. ¡Sí!
—La
cuestión es, Laura, que lo que aprendas en tus viajes no es bueno o malo.
Simplemente es. Y probablemente tú seas la única persona en varios planos de
existencias que pueda aprender nada de esto. Mis hijos —añadió secamente—, no
crecen precisamente en los árboles. Laura es un rubí.
—Uh-huh,
y yo una capricornio. Así que ayúdame a comprender esto. Laura nació de la
Toña... y muchas gracias por arreglar esa pequeña reunión, arpía asquerosa...
así que eso convierte a Laura en su hija, no la tuya.
—En
realidad, no. Yo no tengo cuerpo físico. Nunca lo tuve; ningún ángel lo tuvo.
Tomamos la forma que mejor sirva para complacer a nuestro padre... o no. Es así
como puedo poseer a mortales. Así que sea quien sea al que esté conduciendo en
ese momento... esa persona soy yo, con todos mis pensamientos, pesares y
habilidades. De ese modo, soy tu madre, Laura... y fui, por un tiempo, la
madrastra de Betsy.
—Ahora
sí que estás siendo mezquina.
—¿Eso
abarca cualquier momento al igual que cualquier lugar? —preguntó Laura,
momentáneamente distraída cuando las tres pasamos a Lincoln gritando a John
Wilkes Booth a pleno pulmón—. ¿Realmente quieres decir eso? ¿Puedes viajar en
el tiempo y tal vez yo también?
—No
hay un tal vez, Laura. ¿Por qué crees que he vivido tanto? ¿Por qué crees que
probablemente vivirás bien cuanto tengas mil años?
—No
lo capto —confesé, haciendo una mueca cuando Lincoln dio otra colleja a John.
—No
me sorprende.
—No
tienes que ser tan zorra al respecto. No es culpa mía haberme ido tanto de
juerga en la universidad y que me echaran antes de poder... oh. Espera. Es del
todo culpa mía. Vale, mal ejemplo. Pero aún así eres una zorra.
Satanás
se frotó la frente con la punta de sus dedos perfectamente manicurados, como si
temiera una migraña, o una auditoría fiscal.
—No
te estoy hablando con desdén, Betsy, aunque desde luego estoy preparada para
hacerlo en un momento dado. En realidad... tu cerebro humano no puede captarlo.
Einstein no podía captarlo.
—Oh,
como si Einstein fuera taaaaan genial. —Hice un esfuerzo hercúleo por no
enfurruñarme.
Ella
suspiró.
—Muy
bien. Presta atención. El tiempo no se mueve. Nos movemos nosotros. Y algunos
podemos volver atrás al igual que ir adelante. Si el saco medio de carne,
sangre y pus pudiera llevar a cabo el truco, podría vivir lo suficiente para
volver a revivir su niñez, e incluso su nacimiento.
—Espera.
¿Qué? Oh, ¿y eso del saco-de-pus? Asqueroso.
—Estás
diciendo que si vives lo suficiente, podrías reentrar en tu propio pasado
—preguntó Laura.
—Sí.
Razón por la cual ningún humano ordinario podría realizar nunca este trabajo.
La vida humana pasa —chasqueó los dedos—, así.
—Sí,
bueno. Igual de rápido que vamos a estar hundidas hasta el cuello en la mierda.
—Chasqueé los míos—. Así.
Capítulo
31
Debo
advertirte una cosa... aunque en teoría puedes viajar a cualquier momento y
cualquier lugar, te verás atraída hacia aquellos eventos que tuvieron un
impacto significativo en tu... en ella —Satanás me señaló... ¡maldita sea!... a
mí—. Porque Betsy también es parte de tu aprendizaje. Y entenderé tu
desilusión. Bastante malo es que compartas su sangre, ¿no?
—No
hables así de ella —dijo Laura, pero tenía una expresión peculiar en la cara.
Como si alguna otra cosa la preocupara, pero no estuviera en absoluto aquí.
Creo que, en su cabeza, Laura estaba ya viajando a otras zonas y otros
tiempos—. No es muy amable.
—Sólo
quería hacerte una última advertencia. Mientras maduras, no estarás
necesariamente al antojo de Betsy. Pero eso podría llevar su tiempo.
—Por
suerte todo esto no sonaba lo bastante horrendo y espeluznante —dije—. Me
alegro de que hayas dejado lo peor para el final. —Estábamos juntas en esto
porque mi hermana y yo somos dos de las pocas personas del planeta con una vida
potencial de cinco mil años, yupi.
¿Llevaba
tiempo? ¿Cómo qué? ¿De cuánto tiempo estábamos hablando exactamente? ¿Una
temporada de béisbol? ¿Un año escolar? ¿Una década? ¿Un siglo? ¿Por qué tenía
la sensación de que pasar unos cuantos siglos con el anticristo podría tener
efectos perjudiciales para mi cordura? Por no mencionar para mi guardarropa.
Sacudí
la cabeza pero me guardé estos pensamientos para mí misma.
—Y
una vez más, muchas gracias.
El
diablo se encogió de hombros.
—No
fue una coincidencia que te estampara contra la pared de la sala para que
pudieras despertar aquí. Tenía que hacerte una demostración. El hecho de que tu
cabeza hueca y vacía se hiciera una contusión fue solo un plus.
“Verás,
Laura sólo es en parte ángel, algo que siempre te ha contenido pero con lo que
creo que podría arreglármelas. Desafortunadamente, dado que yo soy completa en
mí misma...”
—¿Completa
en ti misma? —Empecé a reírme.
—...
mi sangre, mis habilidades, no están diluidas por una fuerza humana. Pero las
de Laura sí. Yo puedo moverme de aquí para allá y otra vez de vuelta aquí
simplemente con mi fuerza de voluntad. Laura no puede... al menos, aún no. Para
moverse de lugar en lugar, o de tiempo en tiempo, necesita tener un fuerte
contacto físico con un pariente sanguíneo. Su padre está muerto.
—Nada
de cadáver —supuse—, sólo su espíritu. Así que no hay posibilidad de contacto
físico con él. —Satanás alzó las cejas—. ¿Qué? Presto atención a veces.
—Mmmm.
Así que eso me deja a mí. O a ti. Lo cual significa tú, Betsy, porque no
aprenderá si simplemente va de paquete conmigo.
—¿Qué
significa fuerte contacto físico? —pregunté—. ¿Compartir el aliento? ¿Bailar el
cha-cha-cha? ¿Guerra de pulgares? ¿Qué?
—Significa
fuerte contacto físico. Ahora debería darte unos momentos para deducir lo que
quiere decir.
—Eso
demuestra lo mucho que sabes. No necesito unos pocos... eh. Ah. ¿Qué? ¡Ay!
¡Demonios!
—Ahora
puedes maldecirme durante veinte segundos.
—¡Traidora
vaca tramposa robazapatos! ¡Perra! ¡Eres tan falsa! ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué
tienes que ser tan maquiavélica... y espeluznante? Aggg, que te follen. —Tomé
un aliento innecesario y aullé—. ¡Odio todo!
—Y...
tiempo.
—¡Especialmente
a ti, Satanás! ¡Especialmente a ti!
—Mmmm.
—Satanás cerró los ojos, con una mirada soñadora en la cara—. Esas palabras son
comida y bebida para mí.
Capítulo
32
Estábamos
de nuevo en la sección chula de la sala de espera del infierno. El diablo no
bromeaba en lo de que ella moldeaba la realidad aquí. No es que fuera muy dada
a bromear de todos modos. Aunque parecía que hubiéramos estado caminando y
hablando durante horas y horas, ella nos dio la vuelta y dio algo así como tres
pasos completos y ¡boom! Allí estaba la sala de espera otra vez.
—Como
Betsy sospechaba, este alojamiento es un símbolo de tu habilidad para viajar.
Como ya dije, tu cerebro simplemente no puede...
—Puesto
que ya lo dijiste, unas cuantas veces, creo, ¿por qué estás diciéndolo otra
vez? Acabemos con esta monstruosidad.
—Vigila
tu lenguaje —dijo Laura, que parecía irritada.
—Lo
siento. Supongo que estar en el infierno donde mi hermana tiene que darme una
bofetada para teletransportarnos a través del espacio y el tiempo y así evitar
volverse loca me haya puesto un poco gruñona.
—Ya
basta, reina del drama —dijo Satanás, bastante educadamente.
—Es
reina de los vampiros. Y yo juzgaré cuándo es suficiente, si no te importa. Y
aunque te importe. —Sonreí—. Especialmente si te importa.
—Para
salir, abre una puerta y da un paso —señaló Satanás.
Me
acerqué e inspeccioné la puerta más cercana. Bastante normal. Incluso tenía una
luz roja de SALIDA encima y un picaporte pasado de moda. Había al menos media
docena de ellas en la habitación, separadas entre sí por unos setenta
centímetros.
—Para
regresar, Laura, debes usar tu espada de fuego para abrir un portal que debes
volver atravesar.
Laura
asintió.
—Bien,
Madre. No soy muy buena en eso...
—Aún
—dijo Satanás.
—Intento
no usarla.
—Confío
en que eso cambiará. —Satanás estaba seria, incluso un poco tensa—. Tu vida
dependerá de ello.
—Cielos,
Satanás. Nunca había visto este lado sentimental de ti. Y no negaré esto: me
siento animada. No suena como que algo pudiera salir mal en todo este asunto.
Vale, estaba nerviosa al principio del viaje. Pero ahora todas mis
preocupaciones han caído completamente en el olvido.
—Puedes
necesitar varios intentos hasta hacer todo el camino de vuelta —advirtió
Satanás— pero ya sabes que dicen que la práctica lleva a la perfección.
—No
—dije—. Absolutamente nada saldrá mal. ¿Cómo podría? Es todo tan simple. Tan
fácil. Así que déjate de desastres potenciales.
—Mi
esperanza —continuó Satanás, ignorándome—, es que finalmente te moverás por
todo el universo sólo con pensar en ello. Que no necesitarás apoyo... —un gesto
ambiguo hacia mí—... ni ningún arma.
—Hablando
como el apoyo —dije— ¿no vas a darnos un botón del pánico o algo por el estilo?
¿Qué pasa si nos quedamos atrapadas en algún lugar peligroso?
—Oh,
espero que así sea —dijo Satanás, aterrorizándome—. Pero no aprenderéis si os
rescato.
—Pero
podríamos... —Espera. Ése no era el camino hacia su negro, negro corazón—. Pero
Laura podría resultar seriamente mutilada. O muerta. O secuestrada por unas
monjas y forzada a casarse con Jesús. O exponerse a... eh... boy-scouts
cachondos.
—Lo
sé. Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
¿La
parte espeluznante? Que no estaba bromeando. En absoluto. Realmente había
pensado y sopesado la posible defunción de Laura contra lo que su hija podría
aprender y había juzgado que merecía la pena el riesgo.
Y yo
que creía que los instintos maternales de la Toña eran venenosos.
Capítulo
33
De
acuerdo —dije, golpeando una de las puertas—. ¿Quieres empezar con el
teletransporte, o averiguamos lo horribles que son los restaurantes del
infierno?
—Supongo
que será lo mejor. Lo primero, quiero decir. —Laura parecía y sonaba dudosa. ¿Y
quién podía culparla? Nunca una sala de espera me había parecido tan siniestra
y eso incluye la vez que había tenido que pasar dos días haciendo fila en la
oficina de tráfico para hacer mi examen de conducir—. Entonces... tan sólo...
—Extendió una mano y giró el pomo. Que no se movió.
Lo
intenté yo, lo cual fue tan estúpido como pulsar el botón del ascensor cuando
acabas de ver hacerlo a otro. Es como si todos pensáramos que nuestros dedos
mágicos harán que el truco funcione.
—Bueno.
Prueba con un fuerte contacto físico.
Laura
extendió la mano hacia mí con los dedos curvados. Los apoyó sobre mi pecho y me
empujó un poco, luego probó la puerta otra vez. No hubo suerte.
—Un
fuerte contacto físico —nos recordó el diablo.
—Se
supone que ibas a dejar que resolviera esto por sí misma, así que retrocede.
Vamos, Laura. Puedes hacerlo. —Pero no estaba segura de quererlo. Si no podía
conseguirlo, si era demasiada humana, ¡podríamos irnos a casa! ¡Antes de que
hubiera más muerte y más cosas raras! Podría brindarle a Tina unas buenas risas
descubriéndole el infierno.
Respecto
a eso, si hubiera podido volver a la mansión y haber traído a alguien con
nosotras (asumiendo que Satanás nos hubiera obsequiado con un taxi
interdimensional), esa sería a Tina. Ella era superlista y no hablaba sin
parar, dos calidades que yo no tenía y por eso admiraba.
—Um...
—Laura me dio un toquecito amistoso en el hombro. No funcionó.
—Creo
que voy a irme —dijo el diablo, suspirando—. Si tengo que ver más de esto,
puede que vomite. U os mate a una de las dos.
—Quédate
ahí atrás. Laura, ¿he mencionado que esas pesadillas que has estado sufriendo
han hecho estragos en tu cutis? Tienes grandes bolsas bajo los ojos.
—Oh,
ya lo creo. Es una de las razones por las que estamos aquí. No puedo
agradecerte lo bastante el que estés aquí conmigo.
Vale,
estupendo.
—Y
tu ropa no combina. Y tus zapatos me parecen espantosos.
—¿De
verdad? Sé que no crees que deba comprar zapatos en ebay, pero son muy bonitos
y baratos. Aunque, ¿qué tiene de malo mi ropa?
Bajó
la mirada hacia sí misma: una conservadora camiseta marinera de manga larga y
vaqueros azules, descoloridos. Un ajado cinturón ancho de cuero de hombre,
supongo que uno de los de su padre (su padre adoptivo, quiero decir), hacía que
su cintura pareciera aun más pequeña de lo que era.
Si
yo hubiese intentado llevar eso me hubiera parecido a Owen Wilson. Pero el
toque masculino en la cintura de Laura sólo la hacía parecer más bella y
femenina. Me pellizqué la nariz y sacudí la cabeza. Algunos días, realmente no
convenía salir de la cama. Tal vez Laura podría dominar el viaje en el tiempo
realmente rápido y llevarnos dos días atrás, y entonces no estaría en el
infierno tratando de inducir al anticristo a que me diera un puñetazo en el
ojo.
—Admito
que los vaqueros son un poco grandes, pero como papá dijo que podía coger
prestado...
—No
hay nada malo en ellos —suspiré—. Estás preciosa. —Maldita suerte— Pero... ¡tu
acento del medio oeste! Suenas como un cruce entre Frances McDormand en Fargo y
la secretaria de Ed Rooney en Todo en un día.
—¿No
estaba fantástica en Fargo? Tan vehemente y agradable, pero realmente lista,
también. Tiene taaanto talento. ¿La viste en En tierra de hombres?
—¡Diablos,
sí! ¿Puedes creer que está basada en una verdadera... ¡Maldita sea! Intentemos
centrarnos.
—Vale.
—Tienes
mal aliento. Y... tu pelo... es estúpido.
Pareció
conmocionada y se cubrió la boca con sus largos y estilizados dedos. Esto no
nos llevaba a ninguna parte. Sabía que mi hermana era bondadosa, bordeando lo
comatoso, pero esto era simplemente estúpido. Igual que me sentía yo justo
ahora.
—¿Crees
que debería cambiar de dentífrico?
—Joder
—dije, y sin ningún motivo, la abofeteé. El ruido del golpe pareció llenar la
habitación. Hubo un ruido aún más fuerte cuando su puño chocó contra mi nariz.
Creo
que acabo de tener mi segunda conmoción de la noche, pensé, observando cómo la
habitación ondulaba y... ¿estaba bien? Sí. La habitación desaparecía.
Adiós,
extraño vestíbulo del infierno, adiós...
La
risa de Satanás fue lo último que oí antes de que el infierno desapareciera.
Capítulo
34
Detenme
si ya has oído esto antes —dije, demasiado asustada para abrir los ojos—, pero
lo odio todo.
—¡Lo
lamento tanto! ¡Me sorprendiste! ¡Y realmente dolió! Pero no estás sangrando.
Por si, um, eso te hace sentir mejor.
Abrí
la rendija de un ojo. Laura estaba inclinada sobre mí, posiblemente iniciando
lo que en el futuro sería una pata de gallo, de tanto que fruncía el ceño. Oh,
¿a quién quería engañar? Ella nunca tendría ni una arruguita.
—Pues
no. Se te va a quedar la cara así. ¿Dónde estamos?
Me
senté.
E
instantáneamente deseé que me hubiera golpeado más fuerte, así podría haber
disfrutado de una hora o dos de inconsciencia.
Muy
bien, estábamos en el pasado. Su primer salto y había bordado el viaje en el
tiempo. Si la enorme iglesia de aspecto antiguo no era una pista, y tampoco los
ochenta trillones de caballos y carretas, lo que no veía u oía me habría dado
la respuesta.
Había
demasiado silencio. Nada de coches. Ni ruido de motores de fondo... ni bocinas,
ni teléfonos, ni timbres. Ni farolas. Ni motocicletas o ciclomotores. Ni bicis
de diez velocidades.
Podía
oler el océano, pero, más sorprendente aún, nada apestaba realmente. No negaré
que me sorprendió; además de no haber motocicletas, no había desodorante, laca
para el pelo, o crema de fresa para el cuerpo de Body Shop. Pero el aire salado
estaba sorprendentemente limpio y refrescante. Y la ciudad parecía diminuta y
dulce. En los viejos tiempos se tomaban en serio lo de mantener el lugar
ordenado.
Me
pregunté si todo en América olería así ahora mismo. Olía auténtico, a antes de
que olvidáramos lo que incluso los perros sabían y empezáramos a cagar donde
comíamos.
Tampoco
se oían los ruidos del bosque, aunque había árboles enormes al otro lado de la
calle principal o el sendero o la carretera o lo que fuera. Únicamente la
llamada ocasional de un pájaro, pero eso era todo.
Principalmente
lo que llegaba a mis oídos eran voces alzadas. Voces furiosas y voces
asustadas. Gritos y amenazas. Súplicas. Llantos. Bravatas.
Y
todo venía de la iglesia, que resulta que era el foco de la ciudad... no estaba
relegada a un costado o a las afueras. Estaba incrustada en el centro de todo,
y parecía que casi todos los habitantes del pueblo estaban dentro. Lo cual
tenía sentido, ya que había un gran número de caballos atados justo fuera del
gran edificio blanco. Montones de carretas “aparcadas”. Y nadie excepto
nosotras, las viajeras del tiempo, en la calle. No, la acción transcurría
dentro de la iglesia, lo cual era un enorme respiro para nosotras.
—Vale,
entonces... ¿deberíamos entrar? —Dejé que Laura tirara de mí para ponerme de
pie—. ¿Sabes dónde estamos?
—Claro.
Estamos en Salem, Massachusetts —dijo ella.
—No
soy tan ignorante. —Bueno, había estado segura que era un estado con M, aunque
mi primera suposición podría haber sido Michigan—. ¿Ese es uno de tus malvados
poderes supersecretos? ¿Saber siempre dónde estamos?
—No.
—Laura señaló sobre mi hombro izquierdo. Miré.
Plasmado
en lo que sería un tablón de anuncios si hubiera sido de corcho estaba la
portada del Salem News.
17
BRUJAS COLGADAS; 58 MÁS ARRESTADAS.
HOY
JUICIO.
10
de Junio, 1692.
—Ohhhh,
mierda.
Laura
asintió con la cabeza.
—Uh-huh.
—Este
no es un buen lugar para dos churris guapas y sin compromiso como nosotras.
—Betsy,
estoy contigo al trillón por ciento.
—¡Excelente!
Entonces. Sabemos que puedes viajar en el tiempo. Buen trabajo, por cierto.
Recuérdame mencionar tu nombre al comité del Nobel. Ahora corta una puerta con
tu malvada espada del infierno y llevamos de vuelta a casa de tu madre. En el
Infierno.
—Vale.
—Laura cogió aliento y asintió—. Nunca antes había hecho esto. Pero ahora sería
un buen momento para aprender, creo.
—¡Por
favor! ¡No es cierto! ¡Por favor!
—Un
muy buen momento —añadió. Y al instante, tenía la espada en la mano derecha.
Fue como verla sacar un conejo de la chistera. Un malvado y horrible conejo de
una chistera del mal más puro. Y como siempre, su espada relucía tan
ferozmente, que yo apenas pude echarle un vistazo. Era deslumbrante y
peligrosa. Muy parecida a mi hermana pequeña.
—¡No
soy una bruja! ¡Soy inocente! ¡No sé nada de eso!
Eché
un vistazo a las puertas cerradas de la iglesia.
—No
hago daño a niños. ¡Desprecio esas cosas!
Los
labios de Laura se estaban moviendo.
—¿Qué?
—pregunté, la mayor parte de mi concentración estaba en otra parte.
De
nuevo esa misma voz, el tono agudo de una mujer con la espalda contra la pared
y nada más que hienas delante.
—Si
debo decirlo, lo diré. No era un hechizo, era un salmo.
—Vale,
Betsy. Ya estamos.
—Genial,
bien, eso está bien, cuando quieras.
—¡Es
todo falso! ¡Estoy limpia! —Quien fuera que estaba hablando todavía tenía miedo
pero ahora estaba empezando a enfadarse también. Lo cual, pensé yo, estaba
bastante guay.
—Nunca
he infringido daño a un niño. Nunca en mi vida. ¡Y todos aquí lo sabemos!
Laura
estaba ondeando su espada por ahí y hablando. Probablemente a mí. Estaba
bastante segura de que era a mí. Probablemente estaba lista para llevarnos de
vuelta al infierno, o tal vez quería robar un caballo.
—No
conocéis mi corazón. Pero yo conozco el vuestro. Una cosa triste, vuestra
venganza. Una cosa penosa.
Tenía
huevos, esta mujer antigua de un trillón de años atrás.
—El
único demonio que he visto nunca eres tú, William Putnam. Y tú sólo viste el
demonio en mí cuando no te vendí nuestra granja.
—¿Qué?
—¡Por todos los dioses! Sabía que lo de las brujas de Salem había sido cosa de
un montón de idiotas obsesos religiosos de mente estrecha y hambrientos de sexo
que mataron a docenas de hombres, mujeres y niños inocentes, pero no sabía que
a algunas personas las mataron... ¡las colgaron!... porque otros lugareños
codiciaban su propiedad.
—Si
soy culpable, Dios me descubrirá. Así que cuélgame, cobarde. Mátame, carnicero.
Envíame con Dios, ladrón. Pero nunca admitiré un pecado que no he cometido.
—¡Asombroso!
—Luego a Laura—. Deja de sacudir esa cosa. Vamos a quedarnos unos minutos más.
Mi
hermana bajó su arma al momento.
—¿De
qué estás hablando?
—¿No
oyes eso?
—¿Oír
qué?
—Por
el horrible crimen de brujería, que has practicado y cometido contra varias
personas, es decisión de este tribunal que seas colgada por el cuello hasta tu
muerte.
Eso
es lo que tú te crees, capullo.
Capítulo
35
¡Betsy,
no! ¡No puedes! —Laura comenzó a correr a toda prisa tras de mí—. Nadie nos ha
visto y podemos salir de aquí a salvo, e incluso si no pudiésemos, no debemos
interferir. ¿Estás loca?
—¡Todo
tipo de hombres, mujeres y niños!, ¡niños, Laura! Colgados sin ninguna razón en
absoluto. No. Peor que eso. Colgados porque nadie se molestó en levantarse y
decir, “Cortad con esta mierda, jodidos puritanos”. Bueno, pues yo voy a
hacerlo.
Había
subido exactamente un escalón hacia las puertas de la iglesia cuando Laura me
placó por la espalda.
—¡Ay!
Laura, si pillo el tétanos por las astillas voy a tener que caminar bastante
para encontrar unas urgencias apropiadamente surtidas. —Intenté levantarme...
me había caído sobre los escalones... pero ella colgaba de mis pantorrillas
como la muerte sombría.
—¡No
podemos interferir!
Ahogué
la urgencia de macharle los nudillos.
—¿Por
qué no?
Laura
abrió la boca, pero no salió nada. Desafortunadamente, eso no tuvo ningún
efecto en su agarre. Para ser una monada en vaqueros y con el cinturón de su
padre, tenía el agarre de una anaconda con mono de crack.
—Vamos,
¿nunca has visto una película o leído un libro sobre viajes en el tiempo? Las
cosas siempre empeoran cuando la gente se entromete.
—¿Entrometerse?
—Me puse en cuclillas y comencé a apartar sus dedos de mí—. Suena como si
estuvieras sintonizando a un villano de Scoobydoo: “habría salido bien, si no
fuera por vosotros mocosos entrometidos y vuestro estúpido gran danés
parlante”.
—¡Podrías
empeorar las cosas!
—¿Peor
que esto? —Gesticulé hacia la iglesia, supuestamente un símbolo de luz y amor,
pero que ahora mismo no era nada más que una prisión controlada por capullos.
—Podrías
fastidiar realmente las cosas. ¿Y si matas accidentalmente a... um... al abuelo
de Benjamin Franklin?
—Jesús,
Laura, no voy a matar a nadie. —Probablemente—. Sólo voy a echar una mano a esa
bruja asombrosa. No es que sea una auténtica bruja. —Probablemente.
—¡Por
favor, no lo empeores!
—Oh,
¡qué bonito! ¿Me recuerdas pasando la mayor parte de nuestro viajecito por el
infierno explicándote, múltiples veces, que no debíamos viajar en el tiempo,
que no debíamos teletransportarnos, que no debíamos hacer que nos crecieran
alas, que no debíamos ir al infierno en primer lugar? ¿Eh? Porque yo lo
recuerdo todo muy vívidamente, Laura. Así que no te cruces en mi camino a menos
que quieras aspirar a la hipócrita del año.
Me
incliné para volver a luchar contra su garra, pero, sorprendentemente, ella me
soltó. Sus grandes ojos brillaban... no estaba llorando, pero casi, y al
instante me sentí seriamente como una mierda.
—No
lo había visto de eso modo. Pero tienes razón. Es bastante mezquino por mi
parte no apoyarte cuando tú has estado haciendo tanto por ayudarme.
Bueno,
caray. Esto consiguió desinflarme las velas. Llamadme imbécil, pero odio cuando
la gente se disculpa sinceramente mientras yo todavía estoy como loca. Estás
toda lanzada y cabreada, cuando... ups. Y no puedes seguir cabreada después de
recibir una disculpa. No es nada guay.
—Muy
bien —dije, porque tampoco es guay no reconocer la disculpa que no querías en
ese momento—. Sólo, ya sabes. Vigila. O algo.
—Pero
no voy a entrar ahí contigo. —Lo cual habría sido más amenazante si no me lo
estuviera diciendo mientras me seguía escaleras arriba—. Me limitaré a quedarme
atrás.
—Buena
idea. Esto no llevará mucho. Luego podemos volver a arrastrar los pies hasta el
infierno.
Capítulo
36
Levanté
el pie, tuve una fracción de segundo para admirar mi mocasín azul marino
(Mocasín Neblina, Beverly Feldman, 265 dólares, porque las sandalias no me
había parecido una opción sensible para el infierno) antes de que mi pierna
saliera disparada y las puertas de la iglesia se abrieran de par en par,
golpeando contra las paredes de dentro con un satisfactorio doble golpe.
—Ni
lo menciones —dije, mientras Laura se acobardaba detrás de mí, gemía, y se
cubría los ojos—. Esto soy yo siendo sutil, y ni se te ocurra decir nada. ¡Ey!
¡Capullos! —Bajé a zancadas el pasillo, lista para patear el tieso trasero de
algún bigotudo peregrino—. Tíos. Todos sois blancos. Y también vuestras tiesas
esposas. ¿Y por qué hay niños aquí? ¿Queréis que vuestros hijos os vean mentir,
poneros histéricos, inventar cargos y asustar y colgar a gente inocente?
Dejadme suponer: habrá una gran comilona después.
La
mujer enjuiciada... tenía que ser ella, estaba de pie delante... me miró con
ojos enormes. Y lo primero que noté fue lo guapa que era.
No
os equivoquéis, no es como si yo me rodeara de deformes. Si acaso, normalmente
me encuentro rodeada de hombres y mujeres obscenamente bien parecidos (aún no
había conocido a un vampiro feo). Demonios, sólo Tina podría haber ganado Miss
América con los ojos cerrados, con dos ojos morados y la nariz acatarrada. ¡Y
granos! Vale, puede que con granos no.
La
presunta bruja era bastante pequeña... su coronilla estaba bastante, bastante
más abajo de mi barbilla. Pero bueno, yo era alta para ser una pagana
no-muerta.
Su
cabello, de un ondeante y primoroso castaño rojizo, estaba apilado en lo alto
de su diminuta cabeza. Tenía mucho, parecía como si el peso de todas esas
trenzas fueran a tirar de su cabeza hacia atrás si las dejaba caer.
Su
piel estaba pálida, excepto por dos llamaradas frenéticas de color en las
mejillas... no era colorete. (Estaba bastante segura de que Revlon no había
sido incorporado aún). Era el color frenético de la cólera, el miedo, o la
excitación... o los tres a la vez. Y sus ojos casi parecían ocupar la mitad de
su cara, enormes y de un castaño tan profundo que eran casi negros, con cejas
oscuras y pestañas largas.
Su
traje parecía salido de una exhibición de museo: una gran falda gorda... gorda
a causa del miriñaque. Bastante modesta, además; no exponía mucho más que un
hoyuelo del codo. Además, el vestido enfatizaba su diminuta figura y sus rasgos
delicados, parecía una niña jugando a vestirse de mayor.
Su
vestido era azul pálido; el pañuelo era de encaje transparente. Mangas largas,
falda larga... apenas pude divisar la punta de sus zapatos cuando bajé la
mirada.
Olía
genial, como a algodón limpio y rayos de sol. Si pudiera embotellar esa
fragancia y llevármela de vuelta al siglo veintiuno, Sinclair y Jessica podrían
tirar a la basura sus trillones.
Llevaba
dos piezas de joyería que yo pudiera ver: una cinta negra atada alrededor de su
muñeca, y colgando de ella una pequeña pintura de una mujer mayor. Era tan
pequeña que sólo pude divisar el cabello grisáceo de la mujer y la cara
diminuta.
Dado
que reparar en la ropa de museo de la supuesta bruja sólo me había llevado un
par de segundos, lo cual estuvo bien porque significaba que la gente todavía
estaba atónita, nadie estaba colándose por detrás para romperme la crisma con
un libro de himnos.
Señalé
al residente de Massachussetts primorosamente equivocado que miró la punta de
mi dedo y retrocedió un paso.
—¿Crees
que ésta es una bruja? Ésta no es una bruja, pajero.
—¡Sal
de aquí, desgraciada, y cúbrete!
—Vale,
um, no. ¿Y esa es forma de presentarse?
—Para
ser justos —gritó Laura desde la parte de atrás de la iglesia—, según sus
estándares llevas el equivalente puritano a un liguero y un wonderbra.
—¿Ah,
sí? —Miré a la otra persona que estaba de pie. Me figuré que era el tío que iba
tras la granja de la dama. Él también parecía salido de una exhibición de ropa
de la América colonial (“Tienda de regalos a la izquierda, y sí, validamos el
ticket del parking), con una camisa de lino blanco, culottes negros (o como sea
que se llamen los pantalones de corte de hombre que sólo llegan a la rodilla),
y un abrigo negro a juego con botones deslumbrantes de oro.
Aferraba
su bastón tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Al igual que su cara,
pero si era de miedo o rabia yo no lo había averiguado aún. Estaba oliendo un
montón de miedo aquí, eso seguro, pero llegaba de la morena guapa, por no
mencionar a las treinta personas sentadas en los bancos a nuestra espalda.
—Dime,
¿mis asombrosos leggins y mi camisa Eddie Bauer te ponen nervioso? ¿Eh?
—Retorcí mis hombros adelante y atrás, sacudiendo mis tetas hacia la cabeza del
capullo, cuya cara se puso más roja. Guay. Si le deslumbraba, probablemente
podría darle un golpe. Y, buena suerte—. ¿O es la sexualidad femenina en
general lo que te cabrea?
La
congregación estaba demasiado alarmada como para hacer mucho más que murmurar,
y estaban sacudiendo sus dedos zigzagueantes hacia mí. Al principio pensé que
estaba observando la invención del lenguaje de signos. Luego comprendí que
todos estaban haciendo la señal del mal de ojo hacia mí. ¡Ja! Si no le había
funcionado a mi vieja canguro, desde luego a ellos no iba a ayudarles.
—¿Esto
es lo que hacéis? ¿Porque la tele e internet no se han inventado? ¿Inventáis
mentiras y luego colgáis a vuestros vecinos? ¿O los torturáis? ¿O los aplastáis
hasta morir bajo grandes rocas? Patético, con P mayúscula.
Silencio
de muerte. Nadie cambiaba ni siquiera el peso de su cuerpo.
—Guau,
¿de verdad? ¿Nada que decir? Porque he oído bastante desde fuera. ¿Os ha comido
la lengua el gato? ¿O tal vez el demonio?
—¿Queréis
una bruja? ¿Creéis que torturar a gente salvará vuestras mohosas almas negras?
¿Realmente creéis que cuando aparezcáis en las Puertas del Cielo, Dios no
tendrá preguntas serias para vosotros? Y especialmente para ti, cabrón.
El
hombre del traje negro estaba, sólo ahora lo noté, aferrando una biblia, lo
cual me hizo reír.
—¿Crees
que ir por ahí aferrando esa cosa significa que Dios no va a querer darte el
viejo uno-dos y enviar tu culo al infierno? ¿Vas a justificarte diciéndole que
mentiste y sentenciaste a una inocente a morir... para. Poder. Quedarte. Con
una granja? ¡Una granja! ¡Cuando hay, como... un centenar de personas en todo
el país ahora mismo y trillones de acres de los que apropiarse! ¡Cuando vives
en una época en la que hay tierra y recursos más que suficientes para cada
persona del planeta, pedazo de mierda!
Estaba
considerando seriamente hacer una apuesta privada sobre cuándo se desmayaría.
Estaba de pie cada vez más y más tieso, y más y más blanco.
—¡No
hablarás así, bruja!
—Oh,
eso hiere mis sentimientos —bostecé.
Blandió
la biblia. De hecho, la había estado aferrando con tanta fuerza, que sus dedos
dejaron marcas en el cuero. Estaba dispuesta a apostar a que a Mr. Pez Gordo
nunca le había hablado nadie así, y menos una zorra descarada vestida con lo
que él asumía que era su lasciva ropa interior.
(Por
supuesto yo tenía ropa interior lasciva. Pero él nunca iba a verla. Ese era
estrictamente dominio de Sinclair. Mmm. Mejor no pensar en él, o empezaría a
preocuparme por esa estúpida y extraña pelea).
—¡...
a los intestinos del infierno!
—¿Qué?
Lo siento, me despisté unos segundos. ¿Asumo que predijiste que iré al
infierno? ¿Crees que eso me asusta, con el día que he tenido?
Me
giré hacia la mujer.
—Y
tú. ¿Estás bien? ¿No empezaron con la tortura antes de que yo llegara, verdad?
—Eso...
es correcto, madame.
—En
realidad, puedes llamarme B... —Laura hacía movimientos frenéticos con las
manos... hmmm, muy cierto—. Beverly —terminé—. Beverly Feldman, sí, esa soy yo.
—Ojalá.
Me
giré hacia la congregación, que estaba congelada por la sorpresa, o el miedo, o
la rabia, o tal vez las tres cosas.
—No
era retórica, por cierto —dije, dirigiéndome a ellos al igual que al capullo—.
En realidad no quiero saber cómo reconciliáis una religiosidad profunda y
honesta con esto. —Señalé a la diminuta morena—. ¿Qué se supone que ha hecho,
por cierto? ¿Lo sabéis al menos?
Nadie
dijo una palabra, y entonces tuve otra sorpresa. Ella habló.
—Reclaman...
—Su voz tembló, e hizo un esfuerzo visible por estabilizarla. Pude ver su
garganta trabajando mientras tragaba y volvía a intentarlo—. Dijeron que
embrujé su queso y su leche.
—¿Embrujar?
—Descomponer.
Volver mala. Ellos... dicen que lo hice a propósito.
Jadeé,
luego me giré.
—¿Decidisteis
que es una bruja porque nadie ha inventado el frigorífico? ¿Los productos
perecederos se ponen malos porque los guardáis en alacenas calientes y eso es
brujería?
—A
mí me parece flojo —gritó Laura desde atrás.
Estaba
tan furiosa que realmente me mareé. Había tantas observaciones maliciosas y
sarcásticas que hacer, y yo estaba sufriendo un ataque de sarcasmo.
—¡Dios
mío! ¡Gente! Sois... sois tan estúpidos que se me salen los ojos de las
órbitas. ¡Se me salen, maldita sea!
La
supuesta bruja elegida soltó una risa, la cual ahogó colocándose ambas manos
sobre la boca.
—No,
no —dije—. No estés nerviosa. ¿Reír? ¿Ahora? Es totalmente la respuesta
correcta. Si no puedes hacerte con un arma, quiero decir. ¿Qué más?
—No
accedo a casarme.
—Uh-huh.
Déjame suponer. Con Capullo McGee aquí presente, ¿verdad? —Eché un pulgar hacia
Traje Negro.
—Se
llama Will...
—¡Silencio,
bruja! —rugió él, y finalmente su cara cogió algo de color.
—William
Putnam —dijo ella, y ahora su voz no temblaba en absoluto, nada. Por la mirada
con la que lo evaluó, yo medio esperaba que Putnam estallara en llamas. Esa
habría sido una forma guay de terminar nuestro viaje—. Fundó la construcción de
esta iglesia. Cree que es su iglesia y su ciudad y que todos somos suyos, y no
le gusta que yo no lo sea.
—Mmm,
guau, no hay nada más atractivo que un perdedor resentido que además es un
matón. Las damas deben adorarte, Putnam.
—Es
cierto —gritó Laura—. Eso es terrible, señor Putnam. Los niños tienen mejor
juicio que eso.
—Sí,
bueno, tal vez no en este momento y lugar. Eso explica por qué no estás tú
aquí, monina.
Yo
caminaba de acá para allá casi paseándome, mientras daba voz a mis
pensamientos.
—¿Pero
qué hay de los otros? ¿Los que habéis matado? ¿Los que habéis arrestado y vais
a matar? ¿Los retenéis en alguna parte? ¿La cárcel, supongo? ¿Y por qué? ¿Para
que aparezcan vuestros nombres en el periódico como grandes y malos cazadores
de brujas? Bueno, ¿por qué?
Eché
otro vistazo a Traje Negro. Sí, parecía bastante pulcro y próspero. De hecho,
era el mejor vestido de la habitación. Construía una iglesia. Le gustaba
salirse con la suya.
—Déjame
suponer. ¿Aspiraciones políticas?
La
congregación pareció suspirar al mismo tiempo.
—Ah.
Qué encantador. —Miré a Laura, que estaba haciendo movimientos en plan
hora-de-marcharse. Y tenía razón, desde luego habíamos estirado nuestra suerte
más que suficiente. Pero yo no estaba satisfecha. No quería marcharme ahora.
Esto sonará raro, pero esperaba que el capullo intentara algo realmente
estúpido para poder...
Dio
tres pasos rápidos (más bien zancadas, en realidad) hacia adelante y blandió su
bastón.
—¡Bruja!
¡Basura! ¡Puta del diablo!
—Bueno,
mira quién habla —exclamé.
—¡Abandona
este lugar! ¡Cubre tu desnudez, cubre tu carne lasciva, no sea que tientes a
hombres honestos a abandonar la senda de Dios!
—Oh,
gracias —lloré, dando tumbos hacia atrás para que no me abriera la cabeza... la
punta de latón de su vara era fácilmente de dos centímetros de ancho, y la
balanceaba como si tuviera algún sobrepeso. Oí el silbido suave cuando pasó a
alrededor de tres centímetros de mi nariz—. Me has hecho tan feliz.
Capítulo
37
Cogí
el bastón. De un tirón lo arranqué de sus manos y oí un diminuto crujido como
un palillo fino siendo partido por la mitad. Putnam chilló como un cachorrito,
y comprendí que había tirado tan fuerte y tan rápidamente que le había roto un
dedo.
Awww.
Partí
el bastón por la mitad con las manos desnudas (nada de romper sobre la rodilla
para esta nena vampiro). Lancé los trozos sobre el hombro izquierdo, donde
golpearon las tablas del suelo con un traqueteo que probablemente sonó más
fuerte de lo que realmente fue.
Luego
agarré a Putnam por las solapas y tiré de él hacia delante.
Ahí
estaba. Ahora podía olerlo. Lo que había estado buscando. Lo que necesitaba de
Putnam antes de poder largarme.
Miedo.
—Esta
es la cuestión, muñeco. —Estábamos cara a cara otra vez, y tengo que
concedérselo a los Neandertales... podía oler más algodón, lino y madera que
otra cosa. Yo había asumido que todo lo anterior a, digamos, 1930 o así olería
a barro y mierda—. Ninguno de aquellos a las que has matado eran brujas. Y
ninguno de los que has arrestado son brujas. Y la joven dama de aquí...
—Caroline
Hutchinson —ofreció la presunta bruja.
—Sí,
ella. Tampoco es una bruja. Verás, Putnam, no podrías reconocer a una bruja si
esta se ofreciera a desnudarse y se sentara en tu cara.
—¡Qué
grotesco! —dijo Laura.
—Los
momentos duros requieren lenguaje duro —dije, lo cual era una mierda total;
simplemente quería sacudir la jaula de Putnam. Era como un enorme gusano gordo
y yo quería pinchar y pinchar. Y luego prenderle fuego.
—¿Sabes
cómo sé esas cosas, bastardo? —comencé a sacudirle como a una maraca—. Porque
soy un vampiro. ¿Y la rubia guapa de atrás? Es la hija del diablo.
—Tienen
ustedes una iglesia encantadora —gritó el anticristo.
—¿Y
cuál es la cuestión? ¿Aunque soy un vampiro? Comprueba. —Le solté con una mano
para arrebatarle la biblia y sostenerla en alto sobre mi cabeza—. Por favor,
toma nota de que estoy de pie en una iglesia y la única razón por la que me
siento enferma es porque sois estúpidos. Por favor, toma nota de que la biblia
no me abrasa. Eso es porque creo en Dios y le amo. Aunque a veces pasemos un
tiempo sin hablarnos porque el buen Señor insiste en hacer siempre las cosas a
su manera. ¿Mi hermana de allá atrás? Ella también cree. Y no quemaría a una
mujer inocente hasta la muerte ni aunque le metieras un arma en la oreja.
—¡Que
amable por tu parte, Beverly! —El anticristo estaba radiante.
—¿Qué
te dice eso, Putman? ¿Eh? Para aquellos de vosotros que no estéis al tanto, lo
dejaré claro: dice que vas a tener que responder a muchas, muchas, preguntas
cuando mueras. Lo que con suerte será en la próxima media hora.
—¡Hazlo
lo mejor que sepas, engendro infernal!
—No
seas tonto. Prometí al anticristo que no te mataría. Caray, ¿quién sabe cuánto
tiempo estarás dando la lata por aquí? —Wikipedia, tal vez, si había sido un
pez gordo. Probablemente habría una lista entera de las fiestas involucradas en
la campaña finjamos-que-nuestros-vecinos-son-brujas.
—Me
alegro de que recuerdes tu promesa —dijo Laura.
—Podrías
aguantar un par de décadas. Pero antes o después, va a haber una revancha. Tú,
y estas ovejas... —Tiré de él hacia los bancos, luego volví a tirar de él hasta
que estuvimos de nuevo cara a cara—. Verás, no estoy amenazando, estoy
advirtiendo. Nadie vive para siempre. Así que, tíos, puede que todos queráis
enderezar vuestras historias.
Luego
le dejé caer. Golpeó el suelo con el culo por delante y levantó la mirada hacia
mí como un hombre que se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Supongo que
así era.
Le
ofrecí su biblia, y él la sostuvo en alto como para repelerme. U ocultarse
detrás de ella.
—Cortad
con esta mierda —sugerí—. Soltadlos a todos. Dejad de mentir para incrementar
vuestras propiedades. Confiad en mí: no querréis que vuelva. Nunca.
—Es
cierto —dijo el anticristo—. Probablemente Beverly Feldman será menos cortés la
próxima vez. —Añadió en un murmullo—. Si tal cosa es posible.
—Lo
he oído —exclamé—. Así que, en resumen, todo el mundo, comportaos o, ya sabéis,
enfrentad nuestra furia y todo eso. —Agarré el brazo de Caroline—. Sal fuera
con nosotras un segundo.
Eché
una última mirada a la buena gente de Salem, sacudí la cabeza con disgusto, y
seguí a Laura saliendo por la puerta y bajando los escalones, llevándome de
paso a Caroline.
Capítulo
38
Vale,
escucha. —Las tres habíamos vuelto a la calle tranquila y desértica. Yo podía
oír murmullos excitados y urgentes dentro, pero nadie se había levantado para
seguirnos—. Ahora tenemos que irnos, Cathy...
—Caroline.
—Sí.
Pero la cuestión es, que no puedo dejar que esto arruine tu vida.
Caroline
parpadeó con sus preciosos ojos grandes hacia mí.
—Han
salvado mi vida. Creo que son brujas. Aunque mi idea es que pueden haber brujas
buenas en un mundo tan extraño como el nuestro.
Cariño,
no sabes cuán extraño. Aún así, admiré sus agallas. Sólo podía asumir que la
mayor parte de la gente en su lugar estaría ahora mismo babeando como un mono
borracho.
—Cierto,
un mundo extraño, sí, brujas buenas, vale. Sólo quería decirte que ésta
cubierta no siempre estará tan atestada.
—¿Cubierta?
¿Como en un barco?
Yo
miré fijamente a Laura, quien se encogió de hombros. Tomé un innecesario
aliento.
—Vale,
esto va a llegar un rato realmente largo que no tengo. Todo lo que diré es, las
mujeres no siempre van a estar en el fondo del montón de estiércol de la vida.
Así que no puedes dejar que un día como este te haga pensar que no hay razón
para seguir las reglas si todo lo que vas a conseguir es que te quemen viva.
»Llegará
un tiempo en que podáis votar. Podáis ser médicos, podáis ser mayores y
gobernadores y podáis optar a ser presidentas. Quiero decir, tú no lo verás, y
tampoco tus hijas, pero confía en mí cuando digo que hay mejores tiempos en
camino.
»No
tienes que casarte y tener hijos si no quieres. Puedes decidir por ti misma si
quieres unirte al ejército o quedarte en casa y hacer bebés o huir y unirte al
circo. Sólo... solo tienes que mantenerte firme, ya sabes.
Caroline
asintió con la cabeza una vez, cautelosamente.
—¿Lo
que quiere decirme es que no caiga en la desesperación?
—¡Sí!
Exacto. No caigas. En absoluto. Así que... ya sabes. Sigue siendo valiente y
guapa y las cosas se arreglarán.
—Es
muy amable al mentir, pero una mentira dicha por amistad sigue siendo falsa: No
soy valiente.
Me
reí, pero amablemente. Y Laura le sonrió.
—Uh,
claro que sí, cariño. De hecho, eres tan valiente que llamaste a la cara ladrón
al hombre más rico de la ciudad y le desafiaste a que te matara. Si eso no es
valentía en tu libro, no puedo esperar a ver qué es.
—Fue
mi vanidad de mujer, mi orgullo. —Caroline prácticamente mascullaba, claramente
embarazada o avergonzada—. No hablé por ser valiente; estaba enfadada.
—Lo
sé. La mayoría de la gente en tu lugar se habría meado encima. Caroline
Henderson, eres una entre un millón.
—Hutchinson
—dijo ella—. Y gracias, buena señora, por sus esfuerzos en mi beneficio y su
gran amabilidad.
—Bueno,
si volvemos a encontrarnos, puedes comprarme un frapuccino y estaremos en paz.
Tomé
su mano tentativamente ofrecida, la estreché amablemente, y la solté. El
diminuto retrato alrededor de su muñeca dio contra mi mano; así que se puso
ambas manos a la espalda, como si temiera haberme ofendido.
—Tal
vez deberías abandonar la ciudad, Caroline —sugirió Laura—. No estamos diciendo
que estés equivocada, pero podrían recuperar el sentido y castigarte por lo que
hemos hecho nosotras.
Nosotras,
eso sí que era clase. Ya que no había sido nosotras en absoluto; había sido yo.
—Yo
misma me había dado ya su sabio consejo —dijo ella secamente—. Y la verdad, no
me quedaría aquí ni aunque todos ellos cayeran de rodillas y juraran por sus
almas ser amables. Tengo dinero ahorrado. Iré al oeste.
—¿De
verdad?
—Mi
corazón lleva mucho, mucho tiempo allí —dijo, pero no especificó más. ¿Y por
qué iba a hacerlo? Era asunto suyo.
—Vale.
Bueno. Buena suerte en el oeste y todo eso.
—Buena
suerte con el trabajo del Señor.
—Uh.
¿Qué?
—¿No
es eso lo que está usted haciendo, usted y su pariente? Están salvando a los
condenados injustamente; hacen su trabajo.
—No
exactamente —repliqué, aunque Laura estaba luchando con una sonrisa—. Pero
apreciamos el sentimiento. ¿Verdad, hermanita?
—Sí,
desde luego, Beverly. —Laura estrechó la mano de Caroline—. Que le vaya bien
con Dios, señorita Hutchinson.
—Y a
usted —replicó ella, y extendió sus faldas y se dejó caer en una reverencia
perfecta, tan bonita como un baile.
Eso
fue Salem, Massachusetts.
Capítulo
39
No
puedo creerme que funcionara tan bien.
—Algo
es algo, muy bien.
—Y
la cinta azul va para el Anticristo —dije, sin hacer ningún secreto de mi
alivio y admiración—. Viaje en el tiempo y el espacio logrado simplemente por
tu fuerza de voluntad, y en alrededor de setenta segundos.
—No
fue para tanto.
—¡Estoy
de acuerdo! Las películas nos han mentido, Laura. El viaje en el tiempo es pan
comido, y acabamos de probarlo. No lo negaré: Estoy impresionada. Y también un
poquito asustada.
—Betsy...
—comenzó Laura con una reprimenda.
—Pero
es normal, ¿verdad? ¿Cuándo las hermanas mayores averiguan que sus hermanitas
pueden retorcer las reglas del espacio y el tiempo como si fueran un montón de
toallitas húmedas? Sería raro si no estuviera alucinada. De un modo comprensivo
—añadí, manteniendo en alto las manos en un gesto tranquilizador—. Alucinada de
una forma amorosa y respetuosa. Amablemente alucinada, supongo, es una forma
mejor de decirlo. Suavemente alucinada. ¿Dulcemente alucinada...?
La
expresión de Laura se relajó a una sonrisa seca.
—Vale.
Lo admito, todo esto, um... ¿cómo llamarlo de forma que no sea...?
—Todo
este asunto del viaje-en-el-tiempo-desde-el-infierno-y-vuelta. No hay forma
bonita de ponerlo, Laura. No hay forma de decir nada de forma que no lo resalte
y parezca raro.
—Fue
bastante mejor de lo que pensaba.
—Mucho
mejor.
—En
cierto modo, podrías describir los últimos treinta y cinco minutos como...
—Terror
inspirador...
—Anticlimático.
—¡No!
—ambas chillamos al mismo tiempo. Yo acallé el grito de la hija de Satán.
—Terror
inspirador da la sensación de que todas nuestras aventuras deberían haber sido
así. Deberíamos aspirar a más días donde hay un montón de apuros pero ningún
daño real de ningún tipo. ¡Deberíamos sentir temor de no haber averiguado antes
de ahora que esas cosas raras que seguían ocurriendo venían con una cuenta de
cadáveres!
—No
me malinterpretes; me alegro de que nadie resultara herido. No quiero que le
gente resulte herida. La mayor parte de la gente —añadió con un murmullo que yo
encontré un poquito aterrador—. Pero parece estar mal, en cierto modo. Como si
hubiéramos olvidado hacer algo. Si esto fuera una película de acción,
estaríamos metiéndonos en la segunda hora.
—Pero
no lo es. Así que no lo estamos. Y ¿qué, nos quedamos aquí de pie todo el día o
qué? Vamos. Vayamos en busca de tu madre y digámosle que accidentalmente
dejamos Salem convertido en un cráter humeante. Luego, mientras todavía esté
gritando, le diremos que no puede hacer planes para retirarse durante al menos
ocho mil años más. ¡Oooh, la pinta de su cara! digamos diez mil.
—¿Qué
quieres decir?
—Ocho
mil no suena bastante mal.
Laura
sacudió la cabeza.
—Eso
no. ¿Qué quieres decir con quedarnos aquí de pie todo el día?
Clavé
la mirada en mi hermana. Habíamos estado teniendo esta conversación entera,
dándonos palmadas en la espalda la una a la otra, en la sala de espera del
infierno. ¿Necesitaba un teatro de marionetas? ¿Signos?
Una
vez desaparecimos de la vista, una vez la iglesia estuvo más allá de la colina
y Catherine o Carol o lo que sea no podía vernos, Laura había sacado de un
tirón su espada infernal... ¡bink!... cortó un gran semicírculo a través del
aire, nos cogimos de las manos, ella se adelantó, yo me adelanté, ambas
cruzamos, y aquí estábamos, en la sala de espera.
¡Ta-ta!
—Estaba
aquí de pie hablando contigo porque asumí que tenías algo que decir, tarde o
temprano, y que cuando terminaras, finalmente, podríamos pasar por la puerta y
entrar en el infierno propiamente dicho —dijo Laura.
—Vale,
bueno, tenemos que hablar de esa pequeña impertinencia de tarde o
temprano-finalmente que acabas de mencionar, pero lo haremos luego. ¿Qué
decías?
—No
hay ninguna puerta.
—¿Qué?
Hay toneladas de ellas.
—Sí,
esas. Pero ya no hay ninguna salida. Mira alrededor.
No
había forma de negar la sensación de ansiedad... lo cual era interesante, dado
que mi sangre apenas se movía y mi corazón apenas latía, pero el estrés y la
adrenalina seguían sintiéndose como una súbita y ansiosa desilusión.
Pero
sí. Laura tenía razón.
No
había ninguna puerta.
Capítulo
40
Muy
bien, ¡que no cunda el pánico!
—Betsy.
—¡Tan
sólo necesitamos apaciguar el infierno!
—De
acuerdo.
Cogí
a mi hermana por los hombros y la sacudí enérgicamente.
—¡Tú
sólo no te pongas toda histérica conmigo, Laura! ¡Permanece tranquila!
Permanece enfocada.
—Me
resulta difícil cuando haces eso —señaló educadamente el anticristo, y pude ver
lo que quería decir. Debido a todas esas sacudidas, el cabello le flotaba
alrededor como algodón de azúcar rubio.
—¡Lo
siento! ¡He perdido un poco el control! —La dejé y deambulé por la habitación,
luchando contra el impulso de rasgarme la ropa o mesarme el pelo—. De acuerdo,
veamos. Tranquilicémonos y veamos.
Excepto
que no había mucho que ver. Era la misma vieja sala de espera. Pero no había
forma de salir de la habitación. Allí estaban la alfombra sucia, los
fluorescentes parpadeantes y el estropeado mostrador de la recepcionista. Y las
puertas, por supuesto. Montones de puertas cerradas. Montones de puertas
cerradas.
—Creo
—dijo Laura, estudiando el cuarto—, que nuestra celebración fue un poco
prematura.
—No
jodas.
—Y
pienso que se supone que debemos escoger otra puerta.
—¡Ya!
¿Estamos realmente agudas hoy, verdad?
—Mejor
aguda que borde.
—¡Oye!
—Ella me miró y esperó, con las cejas arqueadas, pero me encogí de hombros—.
Vale, no digo nada. Estaba siendo borde. Es mi superpoder.
Laura
pareció animarse un poco.
—Así
que podemos dar vueltas alrededor de este pequeño cuarto apestoso, gritar y
ponernos histéricas. O podemos volver al trabajo.
—Supongo
que hacer ambas cosas no es una opción.
—Lo
es, pero me parecía tan estúpida y borde que apenas merecía la pena
mencionarla.
—Te
estás regodeando.
Se
encogió de hombros y sonrió.
—No...
del todo.
—Uf.
Estupendo, estupendo. ¿Sabes qué? Mi estúpido error fue ser lo bastante
estúpida como para pensar que podríamos ir al infierno y viajar a través del
tiempo, y que estaría chupado. —Alcé las manos de nuevo—. Escoge una puerta al
azar, que nos meterá en un rincón al azar del infierno. O de la Tierra. O del
pasado de la Tierra. Lo bueno es que tenemos la garantía de que nada irá mal.
¡Oh, un momento! No la tenemos.
Laura
asió un picaporte. Lo sacudió enérgicamente: nada, cerrada. Entonces sus ojos
se ampliaron y señaló:
—¿Que
le ha pasado a tu zapato?
Un
terror como raramente habría sentido a menos que alguien me prendiera fuego, y
aún antes de mirar ya tenía un chillido listo. Pero fue extraño, porque no
podía ver mi zapato en absoluto.
Todo
lo que podía ver era...
...era...
Todo
lo que podía ver era el puño de Laura y eso porque se me acercaba a cámara
lenta y de pronto la cabeza me dolió un montón, aunque menos mal que yo era una
rápida rápida rápida...
¡Una
rápida curandera! ¡Eso era! Eso es lo que era.
Ups.
Definitivamente.
¿No
es así?
Capítulo
41
Esta
vez, tan sólo me quedé donde estaba. Ni siquiera abrí los ojos.
—Hey,
¿Laura?
—¿Sí?
—¿No
había nada en mi zapato, verdad?
—Verdad.
—Gracias
a Dios. Una bonita trola.
—Lo
siento mucho. —Aunque... ¿era una risilla amortiguada lo que oí? Ella podía
pensar que lo sentía, pero en lo más profundo de su ser, probablemente no lo
hacía. ¿Eso era bueno o malo para mí?
¿Y
dónde estábamos ahora?
Abrí
los ojos... y chillé.
—¡Agg!
¡Estoy ciega! Esa podrida hija de puta que tienes por madre se las arregló para
dejarme...
—Betsy.
—...cruelmente
ciega porque está celosa...
—¡Oh,
Betsy, por Dios!
—...de
mi magnificencia en general y también de mi colección de zapatos, que...
—Por
amor del cielo.
—...
¡nunca será suya, nunca, te lo aseguro! Colocaré cada par en el fuego yo misma
si tengo que hacerlo. Oh, Dios, mis pobres bebés. Los quemaré y luego les daré
a todos un baño de ácido...
—¿Quieres
callarte y mirar?
—...que
es lo mínimo que voy a hacerle a esa maldita... oh, vaya, ya no estoy ciega.
Me
levanté, parpadeando. Laura había cruzado el cuarto y tirado de lo que
identifiqué como contraventanas interiores. Hubo un estrépito, la luz
polvorienta cayó sobre el suelo, y me percaté de que estábamos en el primer
piso de un granero. Un granero viejo... había vacas y gatos sueltos. Olía a
mierda antigua, polvo, suciedad y maíz.
—Fuera
está atardeciendo —explicó Laura, mientras yo me ponía en pie de un salto y
cruzaba el espacio para asomarme a la ventana veteada de mugre—. Te arrastré
aquí dentro... no estaba segura de si te despertarías o no.
—A
rastras —me miré por encima del hombro y gemí. Sí, había suciedad desde mis
hombros hasta mis pantorrillas. ¿Dónde iba a encontrar un par de mallas de mi
talla, en un color que no me hiciera pensar en vomitona reseca y lo bastante
largas como para acomodarse a mi extrañamente larga silueta?—. Puag, mierda.
Preveo problemas inmediatos, nenita. Para empezar, según dónde estemos, es
posible que el inventor de las mallas aún no haya nacido. O que lo haya hecho,
pero no haya terminado la escuela secundaria.
Laura
se encogió de hombros.
—Lo
siento. Fue todo lo que se me ocurrió hacer.
—Y
fue perfecto. —Me asomé a la ventana otra vez. Otro pequeño pueblo. Y ninguna
farola. Ningún poste telefónico o cable que pudiera ver. Y ninguna luz
eléctrica... no que pudiera ver, en cualquier caso—. Ya sé, estás acostumbrada
a que yo grazne durante más tiempo, pero el tiempo es precioso, mi pequeña
renacuajo viajera en el tiempo. Arrastrar mi enorme culo aquí dentro fue
delicado y rápido. No necesitamos hablar del daño en mis mallas en este
momento.
—Oh.
Bien. —Laura agachó la cabeza, y pude ver, aún a la luz tenue del granero, que
se sonrojaba. Podía ser adorable cuando no mentía sobre zapatos y provocaba a
su amada única hermana su segunda nariz ensangrentada del día—. Gracias. Yo...
ya sabes, me siento estúpida, pero nunca se me ocurrió. Sé que no arderás a la
luz del sol, pero...
—Pero
hay algo más de lo que preocuparnos, ¿no?
—Sin
intención de ofender —agregó precipitadamente.
—Vale,
sé que soy un vampiro, Laura. No tienes que preocuparte por mencionar cosas
como ésa. Bien, solía perder completamente el conocimiento de sol a sol.
Luego... —había comenzado a sacudirme el polvo y la suciedad de la ropa, y me
había tragado dos estornudos en medio segundo.
—Luego
leíste el libro.
—Sí.
Gran error... Jessica mordida, mi marido violado...
—¿Qué?
—Y
comencé a despertar un par de horas antes de la puesta del sol. No era
exactamente el cambio que andaba buscando, pero... —me encogí de hombros.
—De
acuerdo, bien. —Laura estornudó, y como todo lo que hacía, fue primoroso y
delicado. Como estornudan los conejitos—. Me gustaría volver a eso de la
violación de Sinclair.
—Pervertida.
Ella
se rió.
—¡No
niego nada!
—Las
vírgenes son siempre igual. Eso es lo único en que te fijaste. —Normalmente
hacía un esfuerzo decidido por no pensar en la vida amorosa del anticristo,
pero un día de éstos, mi hermana menor de edad para beber iba a perder su
virginidad, y sería genial si nada parecido al fin del mundo ocurría esa misma
semana.
¿Y
por qué estaba pensando en la inevitable madurez sexual de Laura cuando
estábamos viajando en el tiempo y tenía suciedad que quitar de mi blusa?
Porque,
me contesté a mí misma, es algo de lo que preocuparse que no incluye viajes en
el tiempo, o el infierno.
Pues
sí. Mi cerebro es como el del resto del mundo... cuando me estreso, no puedo
evitar pensar en cosas que no son tan importantes respecto de los
acontecimientos del día.
—Pero
tal vez —decía Laura—, pueda preocuparme por la violación de mi pobre cuñado...
—No
fue una violación exactamente. Quiero decir, él estaba totalmente a favor de
ello. Aunque no notó que yo era malvada.
Laura
asintió educadamente, luego volvió a la carga donde lo había dejado.
—...una
vez que estemos en nuestro propio siglo.
—Ya,
tú también notaste la falta de tráfico, contaminación, electricidad, e iPods,
¿eh?
—Sí.
También la falta de un océano.
—Así
que no es Salem otra vez.
—Lo
más probable es que no.
—¿Crees
que esto es como los episodios de El coche fantástico?
—No
sé qu...
—No
importa. Odio que me recuerden lo joven y estúpida que eres.
—¿No
querrás decir joven y guapísima? —Laura me sonrió.
Comenzaba
a sonreír a mi vez, siempre dispuesta a las bromas amistosas, cuando me detuve.
Había algo que no me gustaba en esa sonrisa. ¿Y desde cuándo poseía de hecho
Laura ese esplendor?
Viajar
en el tiempo —o tal vez simplemente quedarse colgada en el infierno— le estaba
proporcionando toda clase de confianza. Estaba recordando otros incidentes,
diablos, esta vez me había pateado el culo antes que me hubiera percatado
siquiera de que estábamos saliendo del infierno. Algo muy diferente a sus
anteriores e indecisos intentos... el diablo había sido tan desdeñoso con ellos
que había amenazado con marcharse.
Muy
bien, vale. Estaba ansiosa y cada vez más. ¿El problema era que me sentía
amenazada porque ella era joven, fresca y lista? ¿O me sentía amenazada porque,
¡Ja, ja!, se suponía que ella asumiría el control del mundo un día de éstos?
—Supongo
que mi planteamiento era, ¿crees que se supone que tenemos que hacer trabajitos
cada vez que saltamos a través de la puerta del tiempo, como quien dice? ¿O es
suficiente sólo con estar aquí, antes de que intentemos irnos a casa?
Laura
se encogió de hombros.
—No
lo sé.
Y no
parecía particularmente preocupada, en cualquier caso.
¿De
qué tiene que preocuparse? Susurró mi lagarta interior. Ella es la que puede
moverse de mundo en mundo, y de tiempo en tiempo. Tú eres la que va de paquete.
Entonces ¿qué ocurrirá cuando Laura se dé cuenta de que eres un puñetero peso
muerto?
Al
infierno si lo sabía.
Tal
vez literalmente.
Capítulo
42
Entonces,
¿qué? ¿Salimos?
—¿Para
hacer qué?
Hice
un gesto, pero no estoy segura de porqué. Frustración, quizás. De todos modos,
estaba agitando mis brazos en un granero oscuro y sucio, dejando una nube de
polvo por donde quiera que paseara.
—¿Buscar
a alguien a quién ayudar, quizás?
—Estás
asumiendo que ayudamos a Caroline —señaló Laura—. Podríamos haber estropeado la
corriente temporal. Ella podría haber estado predestinada a morir y en vez de
ello vivirá para ser la tatarabuela de otro Hitler.
—Sí,
y si mi abuela tuviera pelotas, sería mi abuelo. Pero no las tiene. Y no lo es.
Mira: podemos hacer el baile del podía-debería-habría hasta que nuestras
rodillas se bloqueen, y eso no ayudará. Así que, nos quedamos aquí en Ciudad
Granero e intentamos regresar, o salimos, damos una vuelta, salvamos a alguien
(o no), y luego lo intentamos.
—Bien,
vale, pero estás asumiendo...
—¿Niños?
¡Niños! Poned esa vagoneta en el granero, ¡luego venid y ayudad a vuestra madre
a empacar!
Debí
de haberme estremecido bastante, ya que Laura pareció sorprendida.
—¿Qué?
¿Viene alguien?
—Una
pareja de álguienes —dije justo cuando las puertas dobles del otro extremo del
edificio se abrían—. Pero no creo que estemos todavía en la sopa.
La
pareja de álguienes eran bajos. Y jóvenes. Y una monada. Estaban arrastrando un
carrito de madera... la versión casera del Radio Flyer, me figuré... y pararon
a una corta distancia cuando nos vieron.
—Oh,
hola —dijo el chico.
Tenía
exactamente la misma estatura que su hermana, y eran retratos idénticos de
extrema ricura.
Los
dos tenían el cabello oscuro, cuidadosamente recortado de tal manera que los
flequillos hacían juego. El de la chica era largo y estaba trenzado; la trenza
era suficientemente larga como para tocarle el trasero.
Aparte
de eso, y del hecho que la chica llevaba un vestido a cuadros amarillo (con los
pies asquerosamente descalzos... una precaución cómoda y práctica en una
familia que probablemente guardaba sus zapatos para la iglesia), eran retratos
de idéntica ricura.
¡Gemelos!
Como cualquiera que no tuviera un gemelo, yo creía que eran fascinantes y a
pesar de ello, espeluznantes. Estos dos no habían huido chillando, lo cual no
pude evitar admirar.
—Hola,
niños —dije.
Laura
continuó con:
—No
somos peligrosas —lo cual pensé que era más bien una gran mentira.
—¿Qué
le ha ocurrido a vuestras ropas? —preguntó la niña, pareciendo más sorprendida
que asustada.
—¿Por
dónde empezar? —respondí. A Laura—: Creía que estábamos en un pueblo, no en
alguna...
—Nuestra
granja está en la linde del bosque —explicó el chico. Llevaba una camiseta de
lino de un color azul oscuro jaspeada de mugre y pantalones negros. ¡Y pequeños
tirantes! También con los pies descalzos. Sus ojos eran tan oscuros que no pude
distinguir el iris de... de las otras cosas en el ojo que no eran la parte
blanca. (No era la primera vez que había llegado a lamentar sacar una C en
Biología)—. Pasada nuestra casa simplemente está el campo. El pueblo está hacia
el otro lado.
—¿Qué
pueblo? —preguntó Laura.
El
chico abrió la boca para contestar justo cuando un grito desgarrador nos hizo
saltar a los cuatro. Laura no tuvo ningún problema en escuchar éste; ninguno de
nosotros lo tuvo.
—¡Erin!
¡Eric! ¡Vosotros dos, venid aquí y sacad estos cachorros de mi cocina!
—Oh,
Dios —gemí. Me había olvidado del todo de ese desastre en potencia. Cachorros.
Miré a mi hermana—. No queremos que anden sueltos si captan mi olor.
Laura
negó con la cabeza pero no pudo evitar que una gran sonrisa apareciera en su
cara. Ella sabía que una de las más molestas consecuencias de que yo estuviera
no-muerta era el hecho de que los perros babeaban y baboseaban sin poder
remediarlo cuando me veían o me olían. Eso habría dado al final del asunto de
Salem el toque surrealista: brujas libertadoras, peleando con los ancianos del
pueblo y después siendo perseguidas desde la iglesia por manadas de aullantes y
babosos cánidos. Ugh.
—Perdón
por molestaros —dijo Laura a la niña—. Nos quitaremos de vuestro camino.
—Pero,
vuestras ropas... —seguía insistiendo la niña... ¿Erin?—. ¿Por qué lleváis esa
ropa interior tan graciosa? No tenéis la adecuada...
—¡Erin
y Eric Sinclair! ¡Traed vuestros culos a esta casa ya! ¡Estos perros no van a
salir por sí mismos!
—Ops
—dijo Erin Sinclair, sin parecer demasiado asustada—. Mamá se está volviendo
loca.
—Supuestamente
tenemos que empezar a mudarnos a Minnesota mañana —dijo al anticristo el que
era mi futuro marido—. Aun no hemos empacado. Pero ya casi estamos.
—No
está enfadada por tener que empacar —explicó Erin Sinclair a las frikies
desconocidas de su granero—. Simplemente no quiere irse a Minnesota. La tía
Tina está haciendo de las suyas.
—Son
asuntos privados —dijo su gemelo, logrando parecer intrigante y escandalizado
al mismo tiempo—. Se supone que no se han de contar a extraños.
Laura
no contestó. Yo contribuí al vacío diciendo... nada. La conmoción tenía mis
cuerdas vocales selladas al vapor.
—Bueno...
adiós —dijo mi próximamente-muerta cuñada, dedicándome un corto saludo con la
mano.
¿En
cuanto al chico? Me sonrió, una sonrisa tímida, luego trotó tras su gemela.
Miró a su espalda una vez.
—¿Os
iréis ahora?
Efectué
una negación con la cabeza. Obtuve otra sonrisa mona de mi “problema”, y luego
las puertas de madera se cerraron con un violento portazo.
Lo
cual fue bueno, ya que iba a derrumbarme más o menos en cualquier segundo.
Capítulo
43
Bien
—Conseguí decir después de que lo que parecieron noventa minutos—. Bien.
¿Está... bien?
—¡Estamos
en la granja de tu marido! —Laura había agarrado mi brazo, y sus uñas
sensatamente cortas estaban con la elegante tarea de hundirse en mi blanda piel
de vampiro—. ¡La granja de la familia de tu marido!
—No
por mucho tiempo. ¡Argh, quita de ahí! —Aparté sus garras de mi carne—. Se
mudan, ¿recuerdas?
—¿Así
que los padres de Sinclair fueron granjeros? —Laura me miró con ojos
desorbitados—. ¿Granjeros? Creía que era... no sé... un bebé con un fondo
fiduciario. O algo por el estilo.
—Sí.
También a mí me pareció extraño. Cuando nos conozcamos, quiero decir. —Sacudí
la cabeza. Jodido viaje en el tiempo; hacía imposible mantener una conversación
educada—. En el futuro, quiero decir. Fue extraño. Tenemos este enormemente
rico y espeluznante vampiro, y empezó labrando la tierra. Siempre pensé que era
una especie de chiste. Es decir, si no estoy equivocada... la ropa de Sinclair
es la de un chico de ciudad.
Laura
asintió.
—Seguro
que sí. ¿Y no me dijiste que toda su familia...?
—Sí.
Murieron. De hecho, Tina lo encontró en el cementerio el día del entierro de
sus padres. Creo...
Mierda.
¿Qué me había dicho Tina de aquella noche? Habían pasado un par de años, y
apenas había prestado atención en su momento. En mi defensa diré que me habían
arrojado a un hoyo y estaba algo más preocupada por salir que por oír los
balbuceos de mi nueva amiga.
—Bueno.
Ella me dijo que lo convirtió esa noche. Recuerdo haberme sorprendido, porque
el Sinclair que conocía no era un tipo que inspirara simpatía, ¿sabes?
—Y...
siempre pensé que fue así como se conocieron, que Tina lo había conocido la
noche en que ella le dio dos buenos mordiscos. Pero los niños, los pequeños
gemelos, hablaban de la tía Tina. —Nos miramos—. Los conocía desde antes. Era
amiga de la familia. Desde antes.
Laura
había palidecido, por el miedo, o los nervios, o ambos.
—¿Entonces
qué ocurrió?
—Entonces...
nada. Es decir, esa es toda la historia que conseguí. Ella lo vio, lo convirtió
y han sido amigos desde entonces.
Una
pequeña mentira. En realidad, esa era toda la historia que me había tomado la
molestia de conocer. Perdí todo interés en La Historia de Eric Sinclair una vez
me enteré de que se suponía que debía pasar cinco mil años gobernando vampiros
con él. A pesar de no superar la selectividad cuando estaba en la Escuela
Secundaria de Burnsville.
En
mi defensa, el Sinclair que conocí había sido conspirador, manipulador, sexy,
astuto, solapado, cachondo, sexy, intrigante y veleidoso. ¡Me había engañado!
Había conseguido que tuviera relaciones sexuales con él mediante engaños. ¡Y
todos esos orgasmos fueron con engaños, también!
—Salgamos
de este infierno —dije, pero Laura iba muy por delante de mí. Su espada estaba
ya encendida, cortando un círculo a través del aire polvoriento del granero.
Justo
como la última vez, regresar a la sala de espera fue la parte fácil: unimos
nuestras manos y dimos un gran paso juntas, y el granero, los gemelos y el
polvo desaparecieron de nuestra vista. Pan comido.
—Menos
mal —dije—, estamos de regreso en el infierno.
No
era una frase que pensara que diría nunca.
Capítulo
44
Ambas
buscamos la puerta que llevaba de vuelta al infierno correcto, no quedé
exactamente asombrada cuando no apareció. El diablo no había terminado de
enseñarnos los fundamentos del viaje en el tiempo.
—¿Y
ahora qué?
—Ahora
nos encontramos con la misma decisión que teníamos la última vez que estuvimos
en esta habitación que no es una habitación. O nos quedamos aquí y esperamos a
que mi madre se apiade de nosotras...
—Vale,
eso es probable.
—O
elegimos otra puerta. Y descubrimos lo que sea que se supone que debemos
encontrar.
—Sí.
Entonces no hay elección en absoluto. ¡Pero escucha... espera, un momento!
—Retrocedí. Laura se había vuelto realmente rápida con los puños, y si yo no
hubiera estado muerta tendría dos ojos morados y contando. O dos hemorragias
nasales y... eh, joder. A nadie le importaba salvo a mí—. ¿Al menos podemos
intentar limpiarnos la ropa mientras estamos aquí?
—¡O
tal vez conseguir la ropa adecuada para la época! ¡Oh, Betsy, nunca, jamás
habría pensado en eso!
No
mentiré: eso me animó. Laura parecía tan independiente y tranquila estos días,
como si no me necesitara demasiado.
Me
resultaba extraño sentirme así... no había sabido de la existencia de Laura
hasta hacía un par de años. Entonces, ¿por qué quería ser necesaria? Era no
sólo patético, era patético nivel-Toña. ¡Patético nivel-Uno! ¡Oh, dioses!
—Me
alegra tanto que hayas mencionado eso. Me vendría bien algo más apropiado que
unos vaqueros. En alguno de estos saltos en el tiempo podríamos ser acusadas de
brujería. Vamos... —Laura echó un vistazo a su alrededor—. Eh... no estoy
segura de cómo podemos hacer esto.
—Yo
tampoco estoy segura. ¿Y si agitas tu espada a través de, no sé, mis mallas
sucias?
—¡No!
Podría lastimarte. O incluso matarte. —Negó con la cabeza, una enfática serie
de chasquidos: izquierda, derecha, izquierda—. Matarte no forma parte del plan
de Viaje en el Tiempo en Diez Fáciles Lecciones.
—Vale,
tienes razón... aniquilarme jodería de veras nuestra semana de mierda. Mira, tu
espada sólo desestabiliza la energía paranormal, ¿no? Así que si un hombrelobo
salta sobre ti, tú podrías cortarlo en rodajas...
—Y
volvería a ser humano, sí. Pero nuestra ropa es real. No es energía paranormal.
No hay nada que mi espada pueda desestabilizar.
—Vale,
es una chifladura. —¡Y yo sin mi bolso! Sabía que había hecho bien preparando
uno. Y no sólo porque fuera un buen lugar donde guardar la carta de Sinclair.
Me
incliné, sacudiendo tanto polvo y suciedad de mis piernas como pude, luego me
enderecé. Pensé en Sinclair, y no pude reprimir una sonrisa. Ese querubín
sincero había desaparecido hacía tiempo... había muerto hacía tiempo... para la
época en que yo había conocido a su yo adulto. Pero todavía sentía el
sobresalto de haber conocido al amor de mi corazón como un niño. Un hermano. Un
gemelo.
—De
acuerdo, entonces, vamos a ello.
—¿Estás
segura de que estás lista?
Hice
una seña a Laura con los dedos, un gesto de ven y pégame como el que podría
hacer a un contrincante. Si esto fuera una película de artes marciales. Y
estuviera atrapada en ella.
—No
te preocupes por mí, voy a encogerme de miedo, asustarme y gemir como una perra
hasta que me despierte en Stillwater, alrededor de 1961... ¡ay!
Capítulo
45
Si
esta es la idea que tiene alguien de una broma —dije restregándome ligeramente
el palpitante labio inferior—, dejó de ser divertida hace ya como un centenar
de años.
—Nunca
fue divertido —mintió mi hermana lealmente—. Creo que te lo estás tomando muy
deportivamente.
—Y
yo creo que estoy siendo lentamente conducida a la locura. Entonces esto es...
lo que quiera que sea. —Estaba mirando alrededor y supuse que debía sentirme
excitada e interesada y, no sé, ansiosa de entender. Si fuera una película, mi
personaje probablemente tendría que haber estado sintiendo todas esas cosas y
más. En vez de eso estaba más bien “¿qué humillación me esperaba en este
infernal flujo temporal?”.
Nunca
dije que no fuera una mala perdedora.
Esta
era la primera vez que estaba consciente (en su mayor parte) y en las afueras.
Al mismo tiempo, quiero decir. Se parecía a cualquier otro pequeño pueblo, pero
no habían tropecientos caballos. Tampoco había vacas. O volkswagens. Por lo que
podrían haber sido los Felices Años Veinte. O la Depresión. ¡O ambos! O
ninguno.
En
realidad, pensé, echando un vistazo más de cerca a los edificios, parecía como
si hubiéramos caído, una vez más, en la zona céntrica del pueblo. Pero el lugar
parecía familiar. Quizás porque todos estos preciosos pueblecillos parecían
iguales después de un tiempo. O quizás continuaban usando el mismo escenario de
todos los viejos westerns que había visto alguna vez.
—¿Alguna
idea de dónde narices...?
—Hastings.
Minnesota —agregó el anticristo como si yo no fuera a reconocer el nombre de un
pueblo a menos de cuarenta kilómetros de donde vivíamos. ¡El pueblo donde vivía
mi madre!
—Creo
que estamos a principio de los años veinte.
—¿Cómo
lo...?
Ella
señaló. Me giré, imaginando toda suerte de horrores. La soga de un ahorcado. Un
pelotón de fusilamiento. La apertura del primer Wal-Mart. Espera, eso no sería
posible, ¿no?
Entonces
fue cuando me fijé en el Puente en Espiral, una de esas imágenes clásicas de
cosas que perduran en el tiempo y de las que Minnesota estaba misteriosamente
orgullosa. Y gracias a que había crecido y había ido a la escuela por la zona,
sabía dos cosas que la mayoría de los viajeros en el tiempo procedentes del
infierno no sabía.
Se
levantó en 1895.
Y no
se vino abajo hasta 1951.
Capítulo
46
¡Chicas!
¡Si vais a nadar, deberíais avergonzaros de vosotras mismas! ¡Y si no es así,
id a casa y cubríos!
—¿Ah,
sí? Bien, que te jo... —Que te jodan, y el caballo que montas sería lo que yo
utilizaría literalmente para hacerlo. Pero el anticristo tenía los reflejos de
una mangosta rabiosa en una madriguera de reptil, así que hizo esa cosa de
rodearme el cuello con el brazo que normalmente ves que los hermanos mayores
les hacen a los hermanos pequeños, me tapó la boca con los dedos y exclamó
alegremente:
—¡Sí,
señor! ¡Desde luego que lo haremos!
—Voy
a babearte los dedos como una bestia. Voy a empezar a babear en cualquier
momento a partir de ahora. En cuento consiga producir algo de saliva. Entonces
lo lamentarás. Entonces desearás haber viajado en el tiempo con otra persona.
—Es
demasiado tarde para eso, Betsy. Si confundieron la ropa moderna con trajes de
baño...
—Merecen
que les prendan fuego —terminé—. ¿Por qué el que vayamos o no a nadar es asunto
suyo, para empezar? ¿Avergonzarnos de nosotras mismas? ¿Quién nombró a ese
gilipollas general de la Guardia Nacional de la Moral? Ya entiendo que es la
antigua América y todo eso, pero todavía es América.
—Sí,
y somos mujeres en la antigua América. Los negros tuvieron derecho a votar
antes que nosotras, recuerda que hubo un tiempo en que pensaron que esos pobres
tipos eran propiedades. Las propiedades consiguieron el voto antes que
nosotras. Es como si el Café Levee consiguiera votar antes que nosotras. Así
que muéstrate comedia, maldita sea.
—No
tengo ni idea de qué expresión poner en mi cara. ¿Comedida? Eso ni siquiera es
una auténtica palabra, ¿no?
—Seria
—propuso el anticristo.
—Ni
en un trillón de años. Oye, ¿sabemos al menos qué año es? Todavía no veo ningún
coche. ¿Cuándo demonios asumió la familia Ford el control del país?
—No
hasta finales del siglo diecinueve —explicó Laura—. No los Ford. Fue cuando se
inventaron los coches. Nadie tiene una fecha definitiva, se cree que fue a
finales del siglo. Empezaron a surgir por aquel entonces.
—Estupendo.
Y yo aquí temiendo que esta vez esto del viaje en el tiempo fuera a ser
odiosamente peligroso y aburrido. Pero sólo es odiosamente peligroso. ¿Cómo
sabes cuándo empezaron a aparecer los coches?
—Escogí
historia del medioeste americano como segunda especialidad.
—¿Hiciste
una segunda especialidad? —Probablemente sería grosero preguntar a mi hermana
cuál fue su primera especialidad. Eso era algo que una hermana mayor debería
saber, ¿no? Un momento. Creo que lo sé. Veamos... si yo fuera una anticristo
virginal y tuviera una beca parcial para la Universidad de Minnesota, ¿cuál
sería mi primera especialidad?
¿Administración
de empresas de alimentación? ¿Zoología? No es lo bastante malvado. ¿Economía
aplicada? Bastante malvado, pero no demasiado virginal. ¿Ingeniería civil?
¿Diseño medioambiental? Ninguno de ellos parecía bastante...
—Y
fue en Nueva Jersey, creo.
—¿El
qué?
—Ese
primer coche, por favor presta atención. Pero, mira, no habrían llegado a un
pequeño pueblo de Minnesota en años y años. Así que supongo que estamos en
algún punto de los años 20.
—¿En
el que hay un tablón de anuncios en la calle, con el periódico del día
amablemente clavado en él? —Entrecerré los ojos ante el sol de la tarde y me
recordé a mí misma contar mis bendiciones. Era el único vampiro que podía estar
afuera, entrecerrando los ojos bajo el sol y era mejor conservar ese tipo cosas
en mente—. Añoro Salem.
Laura
rió con disimulo.
—Muérdete
la lengua.
—Me
gustaría morder a alguien. Odio añadir un problema cuando tenemos la alforja
llena, pero me siento un poco hambrienta. ¿Y notaste cómo deslicé un
coloquialismo de los años veinte en mi conversación? ¡Está bien, cariño! Que no
se diga nunca que la reina de los no-muertos no sabe mimetizarse.
Eso
fue una mentira considerable. (Tan mimetizada). Porque la verdad era que estaba
hambrienta todo el tiempo. Vale, sedienta. Cada vez que abría los ojos. Y cada
vez que los cerraba. Y a menudo durante los largos períodos intermedios.
La
mayoría de las veces tan sólo apretaba los colmillos y aguantaba. Pero
ocasionalmente tenía que ceder a mi malvado anhelo de sangre humana. Los
violadores me habían mantenido algún tiempo, pero...
—Uh...
—la mano de Laura había acudido al cuello de su camisa, que manoseaba
distraídamente. Dudo que ni siquiera fuera consciente de ello. Así que opté por
no llamar su atención sobre el asunto—. Eso podría ser un problema.
—¿Para
el equipo de viajeras en el tiempo más grande desde Lewis y Clark? Ni soñarlo,
cariño. —Ignorando el bufido de risa de Laura, continué esbozando mi plan
siniestro—. Lo ideal sería atrapar a algún bigotudo maltratador de esposas en
acto de cometer un delito. O en medio de un coma. Normalmente intento limitar
mis mordiscos a violadores, ladrones, asesinos, y piratas de DVD. Y al
ocasional funcionario de préstamos para estudiantes. Así que vigila por si ves
que se comete un delito mayor. O una tasa de interés estúpidamente alta.
—Creo...
—Eh,
¿a quién intento engañar? Cuando hay hambre no hay pan duro. Busca delitos
menores, también.
—Creo
que podríamos haber tenido suerte otra vez —dijo Laura, sonando cautelosamente
optimista—. El pueblo parece casi desierto. De hecho, aún no he visto a nadie
en la calle desde que ese hombre... nos... gritó.
Se
había detenido porque había visto lo que yo había oído hacía algunos minutos...
el cascabeleo de muchos caballos.
Tres
parejas de dos, de hecho. Vestidos de negro... bueno, con como sea que se llame
eso que lleven los caballos (¿riendas? ¿correas?), en los años veinte
(probablemente), en Hastings, Minnesota. Y los caballos tiraban de tres grandes
carretas negras.
Cada
una llevaba un ataúd.
Docenas
y docenas de ciudadanos entraban ahora a raudales en el pueblo; era obvio que
casi todos habían estado en el velatorio y tras él volvían al pueblo. Fui
incluso capaz de percibir retazos de conversaciones por encima del cascabeleo,
el ruido de los cascos de los caballos y el chirrido de las ruedas.
Laura
contuvo el aliento, luego lo expulsó en un lento jadeo.
—Oh,
Dios mi...
—Cállate.
Se
calló. Sentí mucho haber tenido que lanzarle un exabrupto, pero necesitaba mi
concentración para escuchar.
—...
pobres...
—...
después de perder a la hija...
—...
pobre chico, tan solo ahora...
—...
atraparlos?
—...
no, hace demasiado tiempo ahora...
—...
el sheriff no pudo siquiera...
Hubo
más murmuraciones, pero había captado el meollo del asunto. Y el meollo
apestaba.
—Ay,
maldita sea.
Laura
ya negaba con la cabeza.
—No.
—Esto
es malo.
—No.
—Es...
—¡No!
—Laura realmente se había tapado las orejas con las manos—. ¡No puedo oírte!
—Sí.
Puedes. Y no hay nada que decirte, puesto que ya lo dedujiste.
Ella
bajó las manos y su cara... estaba tan conmocionada. Se sentía tan mal como yo.
—¿Son
ellos, no es así? Son los padres de Eric.
—Y
su gemela, Erin. —Observé cómo la fila de coches fúnebres tirados por caballos
pasaba junto a nosotras. Estábamos de pie bajo uno de esos anticuados porches,
un lugar perfecto para observar la procesión. Para observar el paso de
prácticamente toda la ciudad—. Un triple entierro para la familia Sinclair.
Suben los ataúdes por la colina hacia el cementerio.
—No
es de extrañar que el hombre nos gritara.
—Sí.
Yo habría hecho lo mismo si viese un par de niñatas en traje de baño dispuestas
a saltar al Mississippi el día de un triple entierro.
—De
acuerdo. —Laura se aclaró la voz—. Esto es malo, pero podemos zafarnos de ello.
Yo... no quise decirlo de esa forma.
—Sé
que no.
—De
acuerdo. Una vez que todos hayan pasado, deberíamos poder encontrar... ¡oye!
Yo
le había agarrado la mano y me encaminaba hacia la calle.
—Vamos.
—¿De
regreso al infierno?
—Peor.
—Le hice un gesto a un hombre solitario que conducía una carreta vacía—. Vamos
al entierro.
Capítulo
47
¿Has
perdido la maldita cabeza? —siseó Laura—. ¡Has incitado a este pobre hombre
y... y lo has seducido! ¡Con tu maldad! ¡Para poder colarnos en el funeral de
tus suegros muertos!
—Cualquier
cosa suena mal cuando lo dices así. Mira al frente, Mikey.
—Vale.
—Nuestro conductor, Michael algo (era Smith o Thompson o Freidricksson... algo
pegadizo pero olvidable) miró obedientemente adelante chasqueando la lengua a
los caballos, y nuestra carreta saltó hacia delante. Éramos los últimos de la
procesión, lo cual era justo lo que yo quería.
¿Y
sabéis? Mi reino por unos amortiguadores. No me extrañaba que alguien se
hubiera hartado e inventado el coche.
—Eres
muy, muy, muy bonita.
—Es
mi acondicionador —le tranquilicé—. No creo que se haya inventado aún. Por eso
te sientes atraído hacia mí. Sexualmente, quiero decir. Además, soy un vampiro
y te he embrujado para que nos des una vuelta hasta el funeral, como ha dicho
el anticristo, de mis suegros muertos.
—Cualquier
cosa suena mal cuando lo dices así —dijo Laura, sarcástica. Tenía los brazos
cruzados sobre el pecho y estaba en modo mocosa.
—¿En
realidad no crees que esto sea una coincidencia, verdad? Tu propia madre lo
dijo... necesitas mi sangre, y luego había algo sobre como yo te arrastraría.
No, no era eso. Cómo te verías arrastrada hacia cosas de mi vida que eran
estúpidas o raras.
—No...
—No
puede decirse que no nos lo advirtiera, pero definitivamente minimizó todo el asunto.
Podría haber dicho “Durante un tiempo, parecerá que estáis atrapadas en un mal
episodio de “Perdidos” y yo habría entendido perfectamente. Pero sí, se supone
que te ves atraída por estúpidas cosas raras de mi vida.
—No
creo que esa sea una cita precisa. —Pero Laura estaba asintiendo con la cabeza;
pude ver, de hecho, que había estado pensado que todo esto era una coincidencia
pero estaba revisando rápidamente su opinión—. Ya veo lo que quieres decir.
Hemos visto a tu marido, y ahora hemos visto a su pobre familia. Y si se supone
que Tina le convirtió...
—¡Entonces
también ella está aquí ahora! Está en la ciudad ahora mismo, y esta es una
oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. ¡Mira! —Señalé y Michael giró
obediente los caballos en esa dirección. Desafortunadamente, el río más largo
del país también estaba en esa dirección—. ¡Argh, cuidado! ¡Llévanos al
cementerio, al camposanto, imbécil!
—Lo
siento, señorita.
—Y
mantennos fuera del río Mississippi, si no es mucho pedir.
—Sí,
señorita.
—Más
te vale.
Laura
estaba sacudiendo la cabeza. Estábamos apiñadas junto a Michael, intentando
mantenernos calientes. Estúpidas carretas abiertas sin calefacción.
—Si
todo esto significa algo, ¿de qué iba el asunto de Salem?
—¿Qué,
me lo preguntas a mí? Olvídalo, tengo tan poca idea como tú. Salem era
práctica, tal vez, o tal vez tu madre perdió una apuesta, ¿quién sabe? Lo
importante es que ahora estamos aquí. Apuesto a que se supone que tenemos que
hacer algo. O arreglar algo. O averiguar algo. O matar a alguien.
—Pero
esto no es un programa de TV. Soy sólo yo, cogiendo práctica para un día poder
dirigir el infierno si quiero. Todo este extra... —Gesticuló vagamente hacia
Michael, que había (una vez más) dejado de observar la carretera y en vez de
eso me miraba a mí. No se me ocurría cómo evitar terminar en una zanja esta
noche, o en un río, de veras que no.
—¡Ojos
al frente, Michael!
—Vale.
—No
—dijo Laura, todavía trabajando en su tren de pensamiento—. Es práctica seguro,
pero estamos empantanadas bajo las cotidianidades humanas.
—¿Empantanadas?
Eso es poco decir.
—Bueno,
si yo no fuera medio humana, a mi madre se le habría ocurrido alguna otra forma
de enseñarme estas cosas. Pero lo soy. Así que te necesitaba. Y como te
necesito para aprender, me estoy empantanando en cosas como el asesinato de tus
parientes políticos y todo eso.
—Tal
vez no percibiste mi tono chillón malicioso, así que lo intentaré de nuevo:
¿empantanadas?
Sacudió
una mano para mostrar lo que pensaba de mi tono malicioso.
—Ya
sabes lo que quiero decir. No lo conviertas en otra cosa.
—Lo
convertiré en lo que me de la gana... ¿Michael, te importaría conducir estos
jodidos caballos en línea recta antes de que mate a uno de ellos para ahogarte
en su sangre?
—Eres
realmente, realmente guapa.
—¡No,
no lo soy! Estoy asquerosa, y no llevo ningún maquillaje, no he visto un
cepillo en unos buenos cien años, estoy cubierta de polvo viejo de la granja de
mis suegros muertos, y antes alguien pensó que parecía tan espantosa que se
figuraron que iba a nadar. Soy el opuesto polar de realmente, realmente guapa,
y duele, Michael, duele. Una ciudad fronteriza entera llena de gente —gemí,
enterrando la cara en mis manos—, y tuve que escoger al tonto del pueblo.
—En
realidad, ciudad fronteriza es un nombre inapropiado, ya que...
—Oh,
basta, chica historiadora. ¿Entiendes que si cometiera asalto con felonía en
toda tu jeta, ningún jurado del mundo me condenaría? Entiendes que... bueno,
¡al fin! —Pude captar vistazos de lápidas de piedra asomando entre los
árboles... habría sido capaz de divisarlas antes si alguien hubiera movido su
perezoso trasero e inventado los faros. Y los faros para carretas. Y las luces
de freno para carretas—. Y mira esto... ¡casi de noche!
—Es
raro. Normalmente los funerales son durante el día. No es como si pudieran
sacar un montón de focos y encenderlos dentro de una hora.
—Tal
vez tienen prisa por poner a los Sinclair bajo tierra.
—Sí
—dijo el anticristo—. Tal vez. —Luego se estremeció—. ¡Brrr! Yo misma me he
provocado escalofríos con eso. ¿Sabemos cómo murieron?
Sonreí
burlonamente.
—No
—admití—. Sólo sabemos que fueron asesinados la misma semana que la hermana.
Puede que incluso el mismo día. Pero no conozco las circunstancias ni nada.
Oye, Michael, ¿sabes lo que le ocurrió a Erin Sinclair, y al señor y la señora
Sinclair?
—Sí.
Esperamos
un largo rato, pero Michael había empezado a canturrear por lo bajo. Una
criatura simple, nuestro conductor, para nada abrumado por las muchas cargas de
la vida.
—¿Y
bien? —preguntamos.
—Oh.
Sí, a Erin se le metió en la cabeza que quería ir a la universidad. Y a los
Sinclair, ya saben, Henry y Bobbi, siempre les gustó consentirla... era la
pequeña, ya saben, por casi cuatro minutos. Así que la llevaron allá arriba
para los exámenes. ¡Y supongo que no era la primera mujer en presentarse a
ellos! ¡Sí!
—¡Sí!
—le hicimos eco cumplidoramente.
—Pero
estaba ese tío, no trabajaba en la universidad pero decía que sí, e intentó
yacer con Erin pero ella no era de esas, así que la golpeó, y nos figuramos que
cayó, porque se rompió el cuello.
Laura
parecía enferma. Probablemente yo también, pero estaba más cabreada que
enferma.
—¿Luego
qué?
—Debió
haberse quedado en casa. Todos se lo advertimos.
—Oh,
¿quieres decir quedarse en la granja, parir unos cuantos bebés y no intentar
nunca aprender nada nuevo o visitar nada nuevo o ver nada nuevo?
—Ahora
no está viendo nada nuevo.
—Touché,
Mikey. Busquemos a Susan B. Anthony —sugerí a Laura—, y besémosla en la boca.
—Gracias, gracias, Susie B, por meternos en la cabeza la idea de que las
mujeres valíamos para algo más que para tener niños teóricos. Sabía que
estábamos en los viejos tiempos y todo eso, pero caray, este tipo de charla me
ponía como loca.
Y si
Erin era sólo la mitad de independiente que su gemelo, y la mitad de
testaruda... bueno. No me sorprendía que quisiera ir a la universidad. Yo creía
que era bastante guay que el señor y la señora Sinclair le hubieran dado una
oportunidad, pensándolo bien.
—¿Luego
qué, Pedro Picapiedra?
—Bueno,
ya conocen a Henry.
—Sí,
conocemos a Henry —dijo Laura, animándole a seguir para no estrangularle—.
Bastante amable, ese Henry. Desde luego.
—Sí,
bueno, estuvo a punto de perder la cabeza cuando encontró a Erin toda rota y
eso, y cargó escaleras arriba a por el tipo, y en realidad nadie está seguro de
lo que pasó a continuación, pero él y Bobbi terminaron los dos muertos.
Machacados. —Gesticuló hacia su propia cabeza—. Los huesos de su cabeza estaban
todos destrozados.
—¿Perdón,
dijiste destrozados?
—¿Saben
quién lo hizo? —interrumpió Laura antes de que Michael pudiera elaborar lo de
“destrozados”.
—Sabemos
quién lo hizo... ese tipo afirma que estaba en la junta que fundó la
universidad allá arriba. Solo que es una mentira, porque la universidad comenzó
allá por el cincuenta y uno y este tipo no parecía más viejo que Erin.
Los
ojos de Laura se abrieron de par en par y formó con la boca hacia mí la palabra
“vampiro”. Yo asentí con la cabeza.
—Eso
es... eso es muy interesante, Michael, gracias por contárnoslo. Laura, mira,
ahí está la multitud... nos quedaremos en los alrededores, veremos lo que
podemos averiguar. Michael, puedes dejarnos aquí.
—Pero
eres tan bonita.
—Sí,
una de mis muchas cargas.
—Pero
eres tan...
—Adiós,
Mikey.
—Pero
eres... —gimió cuando saltamos fuera de la carreta y corrimos hasta los
arbustos como grandes ardillas rubias. Rompiendo corazones allá por donde voy,
ese era el lema de la reina vampiro. Además de: nunca dejes tu propia época sin
un cepillo y una muda de ropa.
Capítulo
48
Llevábamos
acechando, y congelándonos más de una hora. El ministro había venido y se había
ido; los ciudadanos habían venido y se habían ido. Era completamente de noche y
ambas estábamos temblando.
Finalmente,
sólo Eric Sinclair permanecía junto a las tumbas.
Yo
no estaba realmente segura de por qué estaba aquí afuera. Vale, me sentía como
una mierda por el pobre tipo... todo su mundo arrasado, ¿en cuánto? ¿Media
hora? ¿Menos? Pero lo único que podría hacer quedándome era alterar la línea
del tiempo.
Supongo
que era tan simple como esto: sabía que mi amor estaba sufriendo. Y aunque no
podía ayudar directamente, sólo quería mirarlo. Para, como dijo Stephen King,
«refrescar mi corazón».
Lo
chocante era que siempre había asumido que Sinclair había sido convertido a los
veintimuchos o a principios de la treintena. Pero Erin, según su lápida, había
tenido sólo diecinueve años. («Territorio de solteronas» me había dicho Laura.
«Probablemente una de las razones por las que había querido ir a la
universidad. Sabía que nadie en los alrededores del pueblo estaba esperando
para casarse con ella. O ella los había rechazado a todos, lo cual era otra
muesca a favor del señor y la señora Sinclair. Sin mencionar a Erin».)
Nunca
me había parecido que Eric Sinclair tuviera diecinueve años, y ahora sabía por
qué: La conmoción le había envejecido, tenía arrugas alrededor de los ojos y
boca que se suponía no aparecerían hasta pasados otros quince abriles.
Y
sí. No lo negaré. También me sentía culpable. Nunca me había molestado en
averiguar nada de esto. Podía escudarme tras el argumento «lo extremadamente
reservado que es Sinclair», pero era poco convincente incluso para mí. Él me lo
habría contado si alguna vez hubiera sacado mi cabeza de mi propio culo lo
suficiente como para preguntar.
Era
extraño verlo vivo, ¿sabéis? No teníamos que ser especialmente sigilosas; él
estaba en su propio mundo. Un mundo donde su audición era normal y no tenía el
más mínimo interés en beber sangre. Un mundo donde él era mortal, sufría y, a
partir de esta semana, estaba completamente solo.
Laura
me dio un codazo y miré. Tina había aparecido de la nada, o eso parecía, y
observaba a Sinclair con sus grandes ojos oscuros. Él no la había visto; ella
estaba varias filas de lápidas más atrás y permanecía tan quieta que me
sorprendí un poco de que Laura hubiera logrado verla.
Y me
sorprendió ver que Eric no sólo no la había visto, sino que no podía verla. Se
había dado la vuelta e iba casi a tientas hacia la entrada del cementerio.
¡Y
Tina lo observaba marcharse!
—¿Qué
diablos? —siseé, luego chillé cuando Laura me agarró de la oreja y me arrastró
bocabajo junto a ella.
—¡Ten
cuidado! Recuerda la audición vampírica.
—Me
gustaría recordar mi propia audición... ¡ay, ay, ay, ay! —Me aparté de un salto
y me restregué la oreja que ahora palpitaba. Ostras, al menos todavía la tenía
pegada. Apenas—. ¿Desde cuándo eres tan bruta?
—Creo
que debes haber oído la historia equivocada —susurró Laura, tan quedamente que
apenas pude entender las palabras y eso que estaba justo a su lado—. ¿Lo ves?
Lo
veía, vale. Sinclair se iba, y Tina no estaba haciendo una mierda.
—De
ninguna manera —dije, agarrando la mano del anticristo mientras comenzaba a
correr hacia Tina—. Lo entendí bien. Ella lo convierte. Ambos me contaron la misma
historia en momentos diferentes. Y vamos a rectificar esto bien rectificado.
¡Ahora mismo! —Hmm, esos eran un montón de bienes en pocas frases.
Ya
me preocuparía por igualarlos más tarde.
Capítulo
49
¿Qué
demonios crees que estás haciendo?
Tina
pareció más que sobresaltada... pareció al límite del horror.
—¿Y
bien? No te quedes ahí examinando mi impresionante aunque sucia camisa y mis
leggins asquerosos. ¡Ve a convertir a Sinclair en vampiro!
—Se
me ocurren al menos otras cinco formas de hacer esto de un modo más eficiente.
Y más silencioso.
—Tú
cállate. Tina, vamos. —Me adelanté, agarrándole el brazo sobre el codo, y
tirando de ella hacia Sinclair—. Muerde ya. Roe. Mastica como nunca antes has
masticado.
—¿Quién
eres?
Abrí
la boca... y me detuve. ¿Qué debía decirle exactamente? ¿Que era la largamente
profetizada reina vampiro de la que nunca había oído hablar? ¿Que era la esposa
del actual adolescente que salía tambaleándose del cementerio? ¿Que sabía que
el asesino de sus amigos era un vampiro, y, oh, por cierto, sabía que ella
también lo era, así que adelante y muerde a ese viejo amigo de la familia, no
me mates?
En
realidad no se me ocurría nada que decirle que no me ganara un golpe en la
boca. O un cuello roto.
—Tienes
que ayudarle. —Oye, eso sonaba razonable. Probablemente la razón por la cual a
Laura se le había ocurrido decirlo—. Te necesita.
—Le
he fallado —dijo Tina, visiblemente molesta, prácticamente llorando... no con
lágrimas, los vampiros no tienen superávit de humedad esparcidos por ahí para
excretar, pero captáis la esencia—. Les he fallado a todos. ¿Cómo podría volver
a mirarlo a la cara?
—¿Cómo
podrías abandonarlo?
¡Oooooh,
muy buena, Laura! Gracias a Dios que la había traído a estos estúpidos viajes
en el tiempo.
—Es monstruoso.
Yo nunca podría.
—¿Entonces
vas a abandonarle así sin más? ¿Dejarlo con su pena? —me quejé—. Ya le has
visto. Se meterá un arma en la boca para finales de semana.
Tina
se sobresaltó. Al contrario que Laura y yo, ella estaba apropiadamente vestida
para la época. El vestido gordo que se llevaba en Salem había desaparecido, y
gracias a Dios. En vez de eso, Tina vestía una falda hasta el tobillo, que era
recta como un lápiz y le apretaba las rodillas juntas de forma que casi le
impedía caminar. En la parte alta, una blusa larga completaba la apariencia de
lápiz (asumí que buscaba parecer un lápiz); parecía flaca como un (¡lápiz!)
palo, pero el rojo cereza profundo de la blusa y el estampado de cerezas sobre
lo blanco de la falda la hacían parecer más sustancial de lo que era. ¿Una
rubia grandota como yo? Si yo llevara un estampado así, me habrían confundido
con un cerezo. Las mujeres pequeñas tenían mucha suerte.
Su
cabello estaba recogido, las grandes ondas rubias estaban cuidadosamente
prendidas con alfileres y alejadas de su cara. Sus ojos oscuros eran cautos y
estaban llenos de dolor. Lo cual era triste y todo eso, ¡pero sus zapatos!
¡Tenía unos zapatos rojos estilo charlestón de lo más adorables! Robustos,
tacones gruesos y rechonchos y delicadas correas de tobillo que completaban la
vestimenta, y como no Tina presentaba una imagen bonita y elegante.
Los
zapatos no ayudaban mucho... no estaba vestida al estilo charlestón, pero
llevaba ese tipo de zapatos. Así que sería fácil asumir, vale, probablemente
estábamos en los años 20. Solo que esto era Hastings, Minnesota. No era
exactamente el centro de la moda. Así que podría ser principio de los 30, o
como máximo 1935. No había forma de decirlo.
—...
¡tienes que morderle! Díselo, Betsy.
—¿Eh?
Oh, sí. Claro que tiene que morderle. Morderle y morderle y luego morderle un
poco más. Sinclair va a querer coger al asesino.
—Yo
atraparé al asesino —dijo Tina, y por un segundo no pareció mona, hermosa y
dulce; por un segundo sentí un escalofrío muy auténtico, y no porque estuviera
vestida con un traje de baño (algo así). El aspecto de alguien era engañoso, ¿y
quién lo sabía mejor que una antigua Miss Simpatía? Tina era una depredadora,
una mujer hermosa que conseguía hacer su mierda mientras estaba rodeada de
hombres que asumían que era estúpida, incompetente, o ambas cosas. Su camuflaje
era excelente.
Era
algo que probablemente debíamos mantener en mente todo el tiempo.
—Escucha,
tienes que morderle, luego, cuando se alce, te convertirás en su leal
compañera, su colega, su supersecretaria tranquila, y entonces estarás
perfectamente posicionada para... para... ¿qué, Laura?
—¿Quieres
dejar de balbucear cosas que no tienes forma de saber?
—¿De
qué otro modo voy a doblegarla a mi voluntad?
—Espera
un momento —interrumpió Tina—. Cuando se alce, dado que parece claro que
entendéis de vampiros, será una bestia sin raciocinio durante años, conducido
sólo por el hambre y la necesidad. ¿Por qué me iba a convertir en la asistente
de semejante bestia?
—¡Porque
emmm! —Cerré los dientes hacia los dedos de Laura como un bulldog cabreado—. No
me agarres, y no me metas los dedos en la boca. Escucha, Tina, la cuestión es
que sé todas estas cosas porque ya las has hecho. Te... te conozco... —¿Crearía
una paradoja? Estaba bastante segura de que la respuesta era no, pero... no era
sólo mi futuro el que estaba liando. Era también el de Sinclair—.
Definitivamente sé...
—¡Tu
nombre completo! —animó Laura—. No nos habías visto nunca antes de esta noche,
¡verdad? ¿Así que cómo sabe la loca misteriosa tu nombre completo?
—¿Oh,
oh? —Tina me miró.
Yo
me giré hacia Laura, tan cabreada que sólo podía verla a través de una especie
de neblina roja.
—¿Me
conoces en lo más mínimo? —siseé—. ¡Por supuesto que no sé su nombre completo! ¡Tengo
suerte de recordar “Tina”!
—Bueno
—replicó Tina, nada impresionada.
—Inténtalo
—animó Laura—. Piensa. Ejercita ese diminuto cerebro.
—Cuando
esto acabe, voy a golpearte hasta la muerte. Veamos. Estamos en el pozo...
—¿El
qué?
—Sí,
ya sabes. Los vampiros me tiraron a un pozo. Luego Tina saltó dentro de él.
—Eso
no suena muy propio de mí.
—Mira,
yo no cuestioné tus motivos en aquel momento, así que no cuestiones tú los
míos. Y... ella dijo... dijiste... que era lo menos que podías hacer. Y dado
que yo estaba teniendo una especie de día de mierda, me figuré que tenías
razón. Y... uh...
—Sospecho
que podrías estar mentalmente enferma.
—No
me hablarías así si el anticristo me dejara contarte quien soy —lloriqueé—.
sólo... ¡conozco un nombre!
Tina
cruzó los brazos sobre el pecho y alzó una ceja cortés.
—Y
yo aquí pensando que no podrías hacerlo peor —observó Laura—, y aun así, cuan
equivocada estaba.
—¡Nostro!
¿Qué tal ese nombre?
Mi
plan semi-cutre funcionó; Tina parecía sorprendida y sus ojos estaban abiertos
de par en par, como si la hubiera abofeteado.
—¡Correcto!
—cacareé—. ¡Hice que ese idiota mordiera el polvo! El tipo realmente hacía que
tu vida apestara; yo acabé con su culo. Y lo hice con tu ayuda. —Me giré hacia
mi hermana—. Ahí tienes, ¿ves? Sabe cosas, pero no lo suficiente para destruir
su propio futuro, probablemente.
—Sólo
podrías saber ese nombre si estuvieras aliada con él, cosa —dijo, mirándome de
arriba a abajo con toda la calidez de un inspector de aduanas sobreexplotado—
que no creo. O si estás diciendo la verdad. Así que supongo que debo asumir que
dices en serio lo que dices.
—¡Correcto!
—Así
que el único hijo vivo de mis queridos amigos debe ser condenado a una
existencia exánime.
—¿Exánime?
—Estaba claro que nunca se había acostado con un Sinclair no-muerto. Exánime no
era la palabra que te venía a la cabeza—. No entiendes. Esto cambiará... —Vi a
Laura sacudir la cabeza—. Muchísimo —terminé—. Cambiará muchísimo. Cambiará
todo.
Y
por primera vez, entendí el asunto de la-reina-de-los-no-muertos. Porque yo lo
había cambiado todo. No sola, por supuesto. Con la ayuda de toda la gente móvil
de este cementerio (Michael no, pero asumí que ya estaba de vuelta en casa), le
daría una patada en el culo a un dictador capullo, salvaría a los Demonios,
derrotaría a varias formas del mal, mientras mantenía una residencia donde
todos (todo tipo de) eran bienvenidos, casada con el amor de mi vida,
convertida en madre (algo así), formando una alianza con setenta y cinco mil
hombreslobo... ¿qué puedo decir? Habían sido un par de años ajetreados.
—Genial.
¿Entonces lo harás? ¿Morderás a Sinclair?
—¿Hay
una razón por la que nunca te refieres a él por su nombre propio? ¿Lo has
olvidado como has olvidado el mío?
—No
tenemos tiempo para tus preguntas selectivas e irritantes, Tina. Ahora ve a
morder.
—Primero
tenemos que volver a encontrarlo —observó Laura—, porque mientras estabas
convenciendo a Tina de que eres una amiga íntima que no sabe su nombre
completo, tu chico se ha ido de paseo.
Miramos.
Maldije. Laura tenía razón: Sinclair se había largado.
Capítulo
50
No
puede ser tan difícil seguirle la pista —opiné—. ¿Cuántos chicos de diecinueve
años ahogados en la pena vagan alrededor de los años veinte por Hastings,
Minnesota, en este mismo minuto?
—Muy
cierto. Así que crees que es el Hastings de 1920, ¿verdad?
—No
respondas a eso —dijo Laura rápidamente.
—Jo,
Laura. Oye, mira, ¿es Satanás esa de ahí? ¿En qué año estamos exactamente? —le
susurré a Tina cuando Laura de veras... ¡chúpate esa! ... picó. Idiota.
—Eres
rara —observó Tina, manteniéndonos el paso mientras abandonábamos el
cementerio—. Tú y tu hermana.
—¿Cómo
sabes que somos hermanas?
—El
parecido familiar es notable.
—¿De
veras? —Eso fue escalofriante como no lo había sido nada en toda esta loca
desventura de viajes en el tiempo. ¡Laura estaba buena! Sería asombroso que yo
también lo estuviera. Tener a la gente mirándola y luego mirándome a mí sería
algo en plan “claro, se ve que la hermosura es cosa de familia”. Haría que
tener al diablo de madrastra casi no apestara—. Bueno, Sinclair se fue por ahí.
—Lo
sé. Su olor es distintivo. Le conozco desde... hace algún tiempo.
—Eso
he oído... quiero decir, sé que los críos pensaban en ti como tía Tina. —No era
el momento de mencionar que hacía unas cuantas horas (al menos en mi cabeza)
habíamos visto al pequeño Sinclair y la pequeña Erin, y lo único que tenían en
mente era lo gruñona que estaba su madre porque era Semana de Mudanza—. Debes
ser una amiga muy allegada de la familia.
—Conocía
a su madre. —Larga pausa—. Y a su abuela.
—Sí,
apuesto a que eras muy amiga. De esas damas. —Enmendé—. ¿Y no notaban que no
envejecías, o fingían creer que eras tu propia hija y nieta?
—Mis
amigos... a mis amigos no les importaba. Cuando mi abuela se mudó a Minnesota,
la tatarabuela de Eric era su mejor amiga. Parece que los Sinclair siempre me
han dado la bienvenida; parece que siempre haya estado en sus vidas. —Se
produjo un largo silencio mientras las tres caminábamos juntas. Luego—: Sabían
que yo era, um, diferente. Nunca hablaban de ello. Y... me concedieron el honor
de ser la guardiana de sus hijos.
—¿Así
que ahora eres la guardiana legal de Sinclair? No. Espera. Es un adulto...
apenas.
—Él
es... es lo más cercano que tendré nunca a un nieto propio.
Prácticamente
oí el click cuando una pregunta largamente incontestada recibió respuesta: ¿Por
qué se había quedado Tina a su lado, tan leal, todos esos años? ¿Por qué nunca
se habían liado? Tenían más en común que Sinclair y yo, y nadie lo sabía mejor
que yo. (Francamente, siempre había considerado el interés de Sinclair por mí
un auténtico misterio). ¿Y por qué se mantenía en la periferia del poder? ¿Por
qué nunca había hecho un movimiento para coronarse ella misma?
No
es que la corona (por así decirlo, en realidad no había ninguna corona,
hablando de publicidad engañosa), fuera tan genial. Pero un montón de gente
parecía pensar que lo era.
—Debes
estar muy furiosa por lo que les ocurrió a tus amigos y a Erin —dijo Laura.
—Furiosa.
Sí, estoy furiosa —dijo con todo el calor de visto de amarillo—. Y él lo pagará
y pagará.
—Por
lo que hemos oído, parecía un vampiro.
—Sí.
Eso es lo que parece. Pero no actuó solo. Y Erin Sinclair fue sólo la
herramienta para llegar a un fin.
Hmmm.
Ésta siniestra y espeluznante Tina era algo nuevo. Por supuesto, ella y
Sinclair tenían mucho en común. Los dos había perdido prácticamente a toda su
familia en cuestión de horas.
—¿Crees
que tal vez fueran a por ti?
—Ya
antes he tenido tratos con esos hombres —replicó llanamente.
—Vale.
Entonces, convierte a Sinclair y él podrá ayudarte. Puede ser todo venganza,
todo el tiempo. Puede ser Jungla de Cristal: Los primeros años.
Laura
resopló mientras Tina decía:
—No
te entiendo. Y esta es la segunda vez que haces referencia a que Eric sea capaz
de ayudarme. Pero creo que hay una cosa que no entiendes sobre los vampiros.
—¿Sólo
una? —se burló el anticristo. Le enseñé el dedo cuando Tina no estaba mirando.
—Eric
será inútil para todos, incluyéndose a sí mismo, durante al menos cinco años
tras su alzamiento. Los no-muertos recientes son salvajes. En lo único que
piensan es en la sed. Lleva años tratar con tales cosas. Y semejante
conocimiento es difícil de ganar.
—Estás
equivocada. —Por lo siguiente, yo lo recuerdo. Recuerdo estar en ese pozo
asqueroso y oír a Tina explicar que algunos vampiros despiertan fuertes. Era
muy raro, pero de vez en cuando, un vampiro se alzaba fuerte.
De
hecho, sólo había dos vampiros de los que hubiera oído hablar que volvieran a
la vida fuertes.
Mi
marido, Eric Sinclair.
Y
yo.
Capítulo
51
PSSt.
—¿Entonces,
cómo te convertiste en vam...?
—¡Pssst!
Suspiré.
—Perdona,
pero mi hermana puede ser muy grosera y egoísta a veces. Es la cruz que debo
soportar cuando no estoy viajando en el tiempo y salvando al mundo. Mundos, tal
vez. Tal vez debería conseguir una placa por todas estas penurias de salvar el
mundo.
—¡Pssst!
—Dos
placas. ¿Qué? —Dejé que Tina se adelantara un par de pasos para que Laura y yo
quedáramos caminando lado a lado—. ¿Qué pasa?
—Creo
que deberíamos irnos.
—¿Por
qué? —Estaba genuinamente sorprendida.
—Lo
arreglaste para que Tina le convirtiera. Si había una forma de destruir
absolutamente el futuro... nuestro presente... te has asegurado de que
volveremos a un cráter humeante donde solía estar la Gran Avenida. Es hora de
marcharse.
—Pero
tengo que asegurarme de que se ocupan de él.
—¿Por
qué?
—¿Por
qué? —jadeé. Normalmente Laura no es tan obtusa—. Porque... ¡porque tengo que
hacerlo! ¿A qué viene eso de por qué?
—Sólo
lo haces porque es él. Tu amor está nublando incluso más de lo normal tu
habitualmente terrible visión a largo plazo.
—No
puedo volver dando alegres saltitos al infierno sin saber que él va a estar...
uh... —Vale, probablemente no fuera la palabra correcta. Poner a tu amor tras
el rastro de una fría venganza, soportando décadas de soledad y aislamiento
hasta que cayeras de culo en su vida sonaba simplemente raro—. Mira, veo tu
punto de vista, pero...
—¡Shhhh!
—siseó Laura, agarrándome la mano y tirando de mí fuera de la carretera
polvorienta. ¡Lo sabía, lo sabía! Era inevitable acabar en una zanja esta
noche.
Estábamos
acurrucadas fuera del camino de grava, agachadas o algo así en la zanja
superficial, y pude ver a Tina alcanzar a Sinclair.
—¿Qué
está...?
—¡Shhh!
Y vamos, está claro que le está hablando.
—...
lamento profundamente.
—Ahora
eso no importa —dijo Sinclair, y me estremecí. Sonaba como un robot. Un robot
increíblemente deprimido—. Se han ido. Ella se ha ido.
—Eric,
te lo prometo, se hará algo. Esos hombres no se saldrán...
Sinclair
se sobresaltó.
—¿Hombres?
Creía... creía que había sido violada... y que hubo un accidente...
—Hay...
hay más cosas en marcha aquí de las que tú conoces.
—Explícamelas.
—Eric...
—Ahora
mismo.
Comencé
a animarme. Ahora empezaba a sonar como el Sinclair al que me encantaba odiar.
U odiaba amar. Sólo necesitaba una misión. Todas esas películas de justicieros
no podían equivocarse.
—Eric,
no hay tiempo. Tengo que seguir su rastro esta noche. Sólo vine para los
funerales. Pero no podía marcharme sin decir adiós.
—¿Fue
otro vampiro?
Tina
no habló durante un momento, y Laura y yo intercambiamos miradas. Pude ver que
Laura estaba aturdida porque él hubiera salido con algo así. ¿Eres un vampiro?
¿Las historias sobre monstruos son ciertas? ¿Qué te pasó? ¿Y qué le pasó a mi
familia?
¿Y
cuánto de ello es culpa mía por no haber preguntado nunca nada?
—Yo...
sí. ¿Cómo lo sabes?
Eric,
embarcado en la última noche de su vida, comenzó a reír. Nunca le había oído
reír así y esperaba no volver a oírlo nunca.
—¿Que
cómo lo sé? ¿Que cómo lo sé? Dios mío, mejor sería preguntar cuándo Erin y yo
no lo sabíamos. ¿La mejor amiga de nuestra abuela? ¿Que siempre parece hermosa
y astuta y nunca pierde el ingenio o su buena apariencia?
—Muy
buena pista —admití, y Laura asintió con la cabeza.
—Una
amiga que nunca parecía abandonar sus años adolescentes, que siempre parecía
congeniar con los mayores con más facilidad que con la gente de su propia edad.
Gente que parecía de su propia edad —calificó él.
—Tú
nunca...
—Nuestra
madre nos lo dijo, cuando empezamos a hacer preguntas. Antes de que fuéramos
investido en el secreto de la familia Sinclair. Dijo que eras un ángel. Un
ángel oscuro, enviado a protegernos y cuidar de nosotros. —Sus manos aletearon,
y de repente estaba aferrando los hombros de Tina y gritándole en la cara—. ¡Un
ángel!
—Mintió,
por supuesto —dijo Tina con calma, como si no estuviera siendo sacudida como
una coctelera sobre un camino de grava de una pequeña ciudad en medio de
ninguna parte en 1920 (probablemente)—. Mintió porque no podía reconciliar la
verdad con su educación religiosa. No podía entender cómo un vampiro podía ser
también una amiga de la familia. No podía entender cómo una criatura de
oscuridad y sangre podía disfrutar de la compañía de granjeros, cómo podía
cuidar de los niños e irse de vacaciones con vosotros. Cómo podía amaros.
»Y
en vez de cuestionarlo, creó un cuento de hadas conveniente, como había hecho
su madre para ella, y la madre de ésta antes.
—¿Entonces
por qué no pudiste salvarlos? —gritó él, y su voz se rompió como la del
adolescente que todavía era, aunque tener diecinueve en la década de los (tal
vez) veinte era el equivalente a los treinta y cinco en el siglo veintiuno.
—Porque
soy un vampiro, no una diosa, y no somos infalibles. Al contrario, si acaso.
Nuestros apetitos con frecuencia nos meten en problemas. Incluso nos conducen a
nuestra destrucción. La única ventaja que supone nuestra condición es la
liberación de la vejez para nuestros cuerpos, una sed interminable, una gran
fuerza y velocidad. Son útiles muchas veces. Pero no son una promesa. No son
ninguna garantía.
—Entonces
te vas. Tras los asesinos.
—Sí.
—Sola
no. No dejaré un trabajo desagradable como éste a una mujer.
Ahhh,
ahí estaba el encantador machista al que frecuentemente fantaseaba con
estrangular. Y no de una forma autoerótica.
A su
favor, hay que decir que Tina no estalló en galeradas de risa humillante.
—Aprecio
tu preocupación, querido mío. Pero ya antes me he visto involucrada en tareas
desagradables, mucho antes de que nacieras.
—Exactamente.
Por eso vas a convertirme en uno de vosotros. —Sinclair tomó un profundo
aliento—. Y a enseñarme. Todo. Me lo mostrarás todo. Y ellos pagarán. Pagarán y
pagarán, y cuando haya acabado con ellos... entonces... tal vez haya algo más
por lo que vivir aparte de la venganza y una muerte en vida.
Hubo
otro silencio corto, y podría haber jurado que Tina miró hacia nuestro
seudoescondite en la zanja.
—Sí,
eso... parece ser lo que hay que hacer, ¿verdad? Eric, debes entender...
—Venganza.
Entiendo la venganza. Si me condeno a causa de ella, que así sea.
De
nuevo una mirada en nuestra dirección.
—No
estoy segura de que condenado sea... exactamente... la palabra apropiada.
—Debemos
irnos —susurró Laura—. No hay nada más que podamos fastidiar.
—Aún
no.
—¿Por
qué?
No
lo sabía. No podía averiguarlo yo misma, mucho menos explicárselo a Laura. No
podía sacudirme la sensación de que sería un desastre personal marcharme justo
ahora. Pero no... sabía... por qué.
—Déjame
contarte cómo será.
Él
hizo un gesto cortés.
—Irrelevante.
Nada se resiste a la venganza. Perder mi alma es lo de menos.
¡Sin
embargo no lo harás!, casi grité. Sin alma no es como describiría a Sinclair.
Se mostraba muy frío e indiferente, hasta que se quitaba los pantalones. Quiero
decir que había llegado a conocerle.
—El...
acto en sí mismo no es placentero. Te cansarás. Dormirás. Y, como tengo
intención de llevarme tu cuerpo, no tendrás que preocuparte por despertar en un
ataúd a dos metros bajo tierra. No puedo decirte lo molesto que es eso
—masculló Tina.
Jesús.
Podía imaginarlo. Estaba descubriendo más sobre Tina en una noche que en tres
años.
—Pero
estarás... desorientado. Tú... podría llevar un tiempo... aprender... cómo ser
fuerte...
Salté
sobre mis pies. ¡Fuerte! ¡Por eso estábamos aquí todavía!
Me
arrastré fuera de la zanja. Laura se abalanzó hacia mí pero, dado que yo estaba
en modo vampiro super rápido, falló por un kilómetro (casi literalmente). Me
movía tan eficientemente que Sinclair sólo empezaba a girarse hacia el jaleo
que yo estaba haciendo. Y Tina, que podía haberme detenido, parecía congelada
por la sorpresa, o tal vez por la incredulidad.
Eric
no se giró lo bastante rápido. Le acometí desde atrás, lo monté hasta hacerlo
caer en la grava, y hundí mis caninos en su cuello.
Capítulo
52
¿Qué
haces?
—¡Oh,
Betsy! Esto es tan inapropiado —regañó el anticristo.
El
Eric adolescente también intentó protestar, probablemente, pero como estaba
bocabajo sobre la grava no pude dilucidar qué estaba diciendo.
No
mentiré: ¿su sangre? Su sangre viva, eléctrica por la dieta saturada en grasas
de los años veinte (probablemente). Increíble. Su sangre viva valía la pena el
enorme grano en el culo que había sido nuestro viaje en el tiempo. Al menos,
eso creía yo. Probablemente Laura no estaría de acuerdo.
No
te equivoques: siempre me ha gustado el sabor de Sinclair, con frecuencia
pasamos días y días en los que sólo nos alimentamos el uno del otro. ¿Pero
Sinclair vivo, jugoso de electrolitos y una saludable dieta del medioeste?
Su
sangre cantaba a carne asada, pato asado, galletas de mantequilla, cordero,
pollo, huevos rellenos, ensalada de patatas, pavo, harina de avena, ternera,
frijoles, jalea, pastel de migas, jamón, pan de jengibre, chuletas de cerdo,
arroz con leche y oh, Dios mío, ¿qué es esto? El Sinclair adolescente estaba en
una excelente forma, por todo ese trabajo de granja y siendo tan guapo y todo
eso.
Mecachis.
Sinclair
levantó la cabeza.
—Uh,
¿señorita? Creo que debe haberse caído sobre mí por accidente.
—Duérmete
—le dije, sentándome. Luego chillé y empujé las manos hacia adelante para que
su cabeza no se diera un porrazo bocabajo en la grava, sino sobre mis palmas.
Probablemente debería habérseme ocurrido antes.
—Vale
—dije, levantando la mirada hacia Tina y Laura, que nos miraban como si
hubieran visto a una mujer en la treintena molestando a un adolescente... oh.
Huh. Ew—. Ahora puedes morderle.
—Muy
bien —dijo Tina cautelosamente—. No estoy del todo segura de cómo proceder. ¿Te
ataco por cazar a un amigo, un chico en el que pienso como mi nieto?
—¿Podrías
dejar lo de “chico”? Es un hombre adulto. ¿Vale? No ha sido vulgar ni
inapropiado. ¿Vale?
—¿O
debería morder al chico...?
—¡Maldita
sea!
—¿...
y enseñarle las costumbres de un muerto viviente?
—Confía
en mí, no ha sufrido ningún daño. Pero desde luego está KO. ¡Uff! Laura, voy a
bajarle cuidadosamente la cabeza y luego a levantarme, así que si pudieras...
—¡Espera!
—Oí un diminuto tintineo, y Laura se inclinó y recogió algo mientras yo me
ponía en pie tambaleante. La rica sangre deliciosa de Sinclair hacía que me
diera vueltas la cabeza—. Esto cayó de su bolsillo.
—¡Oh!
—Me las arreglé para no arrebatarla de su garra, solo la cogí gentilmente—. No
va a querer perder esto; es de Erin. Quiero decir, era de Erin. —Ofrecí la
diminuta cruz en la cadena de oro a Tina. Sería mía, casi cien años a partir de
ahora. Sinclair me la daría, su posesión más preciada, y él no sabría por qué
me la daba.
En
ese momento, yo no lo sabría tampoco. Solo sabría que el vampiro capullo del
que al parecer no podía librarme me estaba dando algo de gran, gran valor
personal. Y cuando lo hizo, por primera vez fui capaz de verle como a una
persona en vez de como a un grano en el culo.
Tina
retrocedió muy, muy lentamente.
—Yo
no puedo tocar eso. Pero tú puedes. —Se inclinó hacia delante y pareció
examinarme—. ¡Eres un vampiro! Antes no pude verlo.
—Probablemente
te descubrió cuando saltaste sobre él y le agarraste como si fuera tu Chef-eez
personal.
—No
eres muy atractiva cuando te pones así de sarcástica e irritable.
—¿Quién
eres? —preguntó Tina. Parecía tan intrigada como sobresaltada... tal vez
incluso asustada. O sólo realmente alucinada.
—Nadie
importante —dije, robando cruelmente una frase de La Princesa Prometida—.
Bueno, salgamos de aquí.
—¡Oh,
gracias a Dios! Ya he tenido suficiente de Hastings.
—¿Qué
tienes contra Hastings, Laura? Es una ciudad ribereña perfectamente agradable.
Um, ahora. Porque no sé como de agradable será en el futuro ni nada. No tengo
ni idea.
—Palabras
muy ciertas —masculló Laura.
—Así
que, buena suerte con todo. Con la conversión y el entrenamiento y tal.
—Ah...
gracias, señorita.
Me
arrodillé, metí el colgante de Erin de vuelta en el bolsillo de Sinclair, le
aparté el cabello de la mejilla sucia, y lo besé.
—Te
veo en el futuro —susurré, y habría sido un momento asombroso y conmovedor, de
no ser porque Laura me agarró del brazo y tiró de mí a lo largo del camino de
grava, así que lo último que oyó Tina fue a la reina vampiro chillando como un
cachorrillo apaleado.
Capítulo
53
¡Oh,
vamos! —No podía créelo. De vuelta en la sala de espera otra vez, y todavía
ningún camino a la puerta delantera. O trasera. O lo que coño fuera—. No
recuerdo a tu madre mencionando en Viaje en el Tiempo 101 que esto fuera a
llevar, bueno, ¡los mejores años de mi vida!
—Es
cierto —dijo Laura, ya de pie delante de una nueva puerta que intentar. No
parecía terriblemente ofendida, era molesto de ver. Parecía estar ganando
confianza con cada hora que pasaba. Con cada puerta, más bien—. No lo mencionó.
Pero se las guarda cerca del chaleco, ¿no lo dirías?
—Lo
diría.
—Entonces,
¿lista?
—Ugh,
no. ¿Qué es lo siguiente? ¿Salvamos a Laura Ingalls de ser atacada por
vampiros?
—Sólo
hay una forma de averiguarlo.
—¿Sabes
qué es raro?
Ella
había extendido la mano hacia un nuevo picaporte pero ahora me miró y sonrió
ampliamente.
—¿Tengo
que escoger sólo una cosa?
Yo
le devolví la sonrisa. Sí, esto era peligroso. Sí, era molesto. Pero nunca
había tenido oportunidad de pasar tanto tiempo con Laura, y encontraba la
experiencia bastante guay.
Vale.
Para ser justos: nunca había buscado la oportunidad de pasar tanto tiempo con
ella.
—Ahí
le has dado. Lo raro es que el pasado no apesta. Huele, no te equivoques, pero
no mal. Me imaginaba que sin agua corriente o duchas regulares y tal, no
habiendo sido inventado el ambientador, o el jabón antibacteriano, todo el
mundo apestaría, pero no. Las cosas estaban polvorientas, ya sabes, pero no
sucias ni asquerosas. Espera a que se lo cuente a mamá. —Mi madre era profesora
universitaria especializada en la Guerra Civil. Bebería cada palabra pero sería
demasiado cortés para decir en voz alta “¡Si al menos hubieras estado expuesta
a la muerte y el peligro durante la batalla de Gettysburg!”.
—No
lo diría, pero lo pensaría —mascullé.
—Fascinante.
Entonces, ánimo y al tajo, hermana mía. Próxima parada, quién sabe. ¡Mira el
pajarito!
—¿Qué?
¡Maldita sea! —Me aferré el ojo ahora palpitante, el picaporte giró con
facilidad bajo la mano de Laura, y estábamos de nuevo en marcha como Magellan y
Columbus. O Abbott y Costello.
Capítulo
54
¿En
serio? ¿Todavía tienes que golpearme para moverte a través del tiempo? Asumo
que todo esto es porque Dios me odia este mes.
—Sí,
Betsy. Todo gira en torno a ti.
—Algunas
veces sí —lloriqueé.
—Y
algunas veces no. Sea como sea, abofetearte por el bien mayor es un sacrificio
que estoy dispuesta a hacer.
—Sí,
auténtica buena disposición, no creo que lo hayas notado. —Capté un vistazo de
mi reflejo en la ventana. Afortunadamente, todavía era asombrosamente guapa—.
Bueno, ¿qué fuego tenemos... que... apagar?
Me
interrumpí porque nos habíamos materializado junto a una casa en los suburbios.
¡Una casa moderna en unos suburbios modernos! ¡Con luces eléctricas y todo! De
hecho...
—¿Esta
no es tu antigua casa? La que tenía termitas... ¡whoof!
Jadeó
porque yo la había levantado y le daba vueltas y vueltas.
—¡Sí,
sí, sí! Es mi morada plagada de bichos. Es la casa en la que vivía antes de que
Jessica y yo nos mudáramos a la mansión. ¡Hemos vuelto! ¡Laura, hemos vuelto!
—¿Pero
por qué estamos en tu vieja casa? Aquí no pasó nunca nada.
—Para
nada, niña ignorante. —La bajé, pero podría haber bailado con ella y recorrer
la manzana durante una hora y media—. Vivía aquí durante el debut de Ferragamo.
Y no olvidemos la resaca del 2000; puag, creí que iba a vomitar el hígado y la
seudoviolación del 2002, y digo seudo porque le di tal patada en las pelotas
que se estaba estrangulando con ellas para cuando los polis aparecieron.
Ahhhh... buenos tiempos.
—¿Pero
por qué estamos aquí? ¿Esto significa que hemos vuelto? Tal vez deberíamos
coger un taxi de vuelta a la avenida Summit.
—Supongo...
espera.
—No
necesitamos un taxi —observó Laura, mirando al coche que aparcaba en lo que una
vez fue mi entrada—. Porque aquí vienes tú con uno. ¿Crees que nos darías un
paseo?
—Oh...
—Mierda
—estuvo de acuerdo el anticristo, y luego ambas nos apartamos de la vista
mientras yo salía de mi coche y me dirigía por mi caminito hacia la puerta
principal.
Capítulo
55
¡Estúpida!
—Echaba humo mientras acechábamos detrás de mi vieja casa—. ¡Vi el maldito
coche y ni siquiera se me ocurrió!
—¿Qué?
—Laura estaba agachada detrás de los ocho trillones de cebollinos que yo no
había tenido intención de que crecieran... ¿sabes cuando plantas algo así como
dos semillas de cebollinos, y tres años después tienes un acre lleno de mala
hierba? Yo tampoco—. Guau, sí que huele a cebollas aquí atrás.
—¡Nick
Berry está aquí!
—¿El
poli? ¿El ex de Jessica...? —Laura se interrumpió, y no la culpé. El asunto con
Nick era algo respecto lo que todos nos sentíamos mal. Y del que yo estaba
profundamente avergonzada.
—Sí,
el ex de Jessica, al que mordí, y luego le jodí, y Sinclair lo “arregló”
violándole la mente. ¡De lo cual nunca se recuperó, y cuanto más recordaba, más
pesadillas tenía y más se asustaba hasta que hizo elegir a Jessica, cosa que
nunca habría hecho si no nos hubiéramos metido con él en primer lugar, y él
perdió y rompieron!
—¡Shhhhhh!
—¡Shhh
tú! ¡Está ahí ahora mismo! —dije, aplastando la urgencia de sacudirla hasta que
se le cayeran los dientes—. Y estúpida, recién alzada y hambrienta de mí voy a
caer sobre él como si el pobre fuera una trufa Godiva de metro ochenta.
—Ooooh,
no digas eso. ¿Comprendes que no hemos comido en todo este tiempo?
—Pero
no esta vez, malvada secuaz. Esta vez no voy a permitirme a mí misma la
oportunidad de morder al pobre tipo.
—En
realidad, creo que tú eres mi secuaz...
—Vamos
a arreglarlo —dije, y Laura debió ver algo en mi cara que no le gustó (o estaba
teniendo retortijones de hambre), porque al momento empezó a sacudir la cabeza.
—Vale.
Tienes que entretenerme... a la yo más joven y tonta... y mientras lo haces, yo
voy a agarrar a Nick y sacarlo a toda prisa de la casa infernal de los
suburbios.
—¡No,
Betsy, no puedes!
—Mírame
—dije, con una especie de tono acerado, como Ellen Ripley diciendo a una reina
alien “apártate de ella, puta”, ¡oooooh, sí! Eso sería...—. ¡Ay, no pellizques!
—¿Ellen Ripley había lloriqueado alguna vez? Estaba bastante segura de que
no... aunque si alguien se había ganado el derecho...
—Escucha,
accedí a salvar a esa tía de Salem. Y ayudar a Tina a ayudar a Sinclair. ¡Pero
te estás enredando con cosas muy serias! ¡Sólo porque no hemos notado...
consecuencias... aún... eso no significa que no haya ninguna! No puedes hacer
esto. No te ayudaré... intentaré... intentaré detenerte. —El anticristo parecía
asustada pero decidida—. Simplemente no puedo permitir que embrolles con el
flujo temporal. ¿Quién sabe los daños que hemos causado ya? También es culpa
mía, por no plantarme. Tal vez es eso lo que mi madre quería que aprendiera.
Pero esta vez no, Betsy.
—Laura,
no hay tiempo, y no puedes detenerme, pero piensa en esto mientras entretienes
a la otra yo: ya somos el producto de un flujo temporal embrollado, y una vez
me ayudes con esto, lo probaré. Ahora entretenme; o entretén a la otra yo, pero
sea como sea, mantente fuera de mi camino.
Puede
que ella fuera el anticristo, pero todavía era, al final del día, una humana, y
no era rival para la fuerza del vampiro.
Creo
que ella lo comprendió también, o no estaba dispuesta a acabar a puñetazos
conmigo. Porque cuando rodeé la casa agachada, dirigiéndome hacia el patio
trasero, no intentó detenerme. De hecho, fue por el otro lado. Hacia la puerta
principal.
Hacia
la otra yo.
Capítulo
56
Corrí
por la parte de atrás, levanté la tomatera muerta (aparte de cebollinos y
dientes de león, nada crecía nunca en mi viejo patio), rebusqué entre la tierra
de la maceta, y encontré la llave de repuesto.
No
es que la necesitara; estaba tan nerviosa que podría haber arrancado la puerta
de los goznes. Pero no hacía falta montar un estropicio. Si la otra yo no lo
notaba, seguramente el Detective Nick lo haría.
Me
permití a mí misma entrar... ¿nunca has reparado en lo difícil que es darse
prisa y estar callada? Sí. Yo tenía la ventaja de ser mucho, mucho más fuerte y
rápida de lo que Nick esperaría, pero aún así. Tendría que pasar un montón de
mierda si iba a arreglar uno de mis peores errores postmuerte. Y una terrible
cantidad de cosas podían salir mal. ¡Debería ser martes!
Entré
lentamente en mi vieja cocina, y me vi enormemente ayudada por mi hermana, que
había prendido fuego a una manada de leopardos. Al menos dado el escándalo que
provenía de mi garaje, ya que era así como sonaba.
—¿Qué
demonios? —El Detective Nick salió a toda prisa del baño, donde pude oír el
agua del inodoro corriendo... ¡muy bonito! Habíamos sido amigables a estas
alturas, no amigos, pero aún así... ¿nunca has oído hablar de las órdenes de
registro, Ponch?
Recordé
lo que él había dicho cuando le pregunté eso mismo exactamente.
—No
la necesitaba, dado que estabas muerta.
Nota
para mí misma: una vez muerta, los derechos civiles salen volando por la
ventana.
—¡Bueno,
mira quién está aquí!
Nick
se sobresaltó, sacó su arma, luego comprendió que la propietaria legítima de la
casa en la que estaba, sin orden de registro, estaba en casa, y se relajó.
—Jesús,
Betsy, me has dado un susto de muerte.
Colega,
no tienes ni idea de lo aterrador que podría llegar a ser este encuentro.
—¿Sí?
¿Qué pasa?
—¿Qué
pasa? Estás muerta, Betsy. Solo que según Jessica, vas caminando por ahí.
—¿Una
broma pesada? —sugerí.
—¿No
sé cuántas leyes has quebrantado?
—Hoy
producto de un divorcio. Ten piedad. —Podía oír a Laura golpeando cosas en el
garaje, presumiblemente la otra yo estaba ocupándose del estropicio—. Estoy
bien, vete.
—Para
tu información —comenzó, ignorando mi gemido—. No creí a Jessica, pero le
prometí que lo comprobaría. ¡Y aquí estás! Tienes mucho valor para caminar por
ahí estando muerta.
—Dímelo
a mí.
—Sé
que las cosas no han sido fáciles desde tu asalto, pero Betsy, sencillamente no
puedes salir con mierdas así.
Ah,
el asalto. Esos habrían sido los Demonios, vampiros feroces que saltaron sobre
mí cuando salía del Kahn's Mongolian Barbecue (todo lo que puedas comer por
14,99$). Mi aliento a ajo les asustó (no estoy bromeando). Pero yo no sabía en
ese momento que me habían infectado con el virus vampírico. Así que cuando fui
atropellada por un Pontiac Aztek, no me quedé muerta.
Informé
del asalto como una buena ciudadana, y el Detective Nick había tomado nota de
mi declaración. Habíamos permanecido en contacto... amigablemente, como he
dicho. No amigos.
—No
sé qué pasó —mentí, improvisando rápidamente—. Creo que fue algún tipo de broma
pesada de mi madrastra.
—Tras
haberla conocido en el funeral —masculló él—, puedo creérmelo.
—Pero
estoy bien, todo el mundo está bien, ahora lárgate. —Lo agarré por la corbata y
comencé a arrastrarlo hacia mi puerta trasera—. Gracias por comprobar que estoy
bien. Bueno, um, ¿por qué no le pides salir a Jessica?
—¿Eh?
—Parecía estar teniendo problemas para mantener el ritmo de la conversación, el
pobre, pobre hombre. Me quedaba totalmente sin palabras al pensar en lo
estresante que estaba siendo esta semana. Para él—. Ah, de ningún modo.
—¿Por
qué? No estás interesado en mí. —Y nunca lo estuvo, hasta que bebí su sangre la
noche en que volví. Y no había sido a mí a quien deseaba. Pero mi mojo
no-muerto le había engañado bien—. Y ella te gusta.
Sonrió
ampliamente. Era tan mono... de mi altura, con un cabello brutalmente corto y
ojos azules. Constitución de nadador, y esos hombros... y si no estuviera
muerta, o casada, lo habría intentado con él. Pero lo estaba. ¡Y lo estaba!
—¿Eso
crees?
Sí,
me pasó una nota en la sala de estudio.
—Claro.
Definitivamente deberías pedirle salir.
—Ah,
no. Ella es...
—¿Rica?
—No.
Quiero decir, lo es, pero yo también.
—¿Lo
eres? —Eso explicaría los trajes realmente buenos que vestía. Y también el BMW.
Yo simplemente había asumido que era un poli corrupto.
—Sí,
es una herencia... pero ella cena en el Oceanaire seguido por una noche en The
Grand, mientras yo juego a los bolos en Burnsville seguido por un desayuno de
madrugada en Perkins.
—Sí,
sí. —Yo tenía la mano entre sus hombros y lo empujaba firmemente por la puerta
trasera. Podía oír pasos en el porche delantero. Este no era lugar para
demorarse, para ninguno de los dos—. Ve a preguntarle. Gracias por pasarte.
Todo está super. Adiós.
—¿Crees
que debería llevarle flores? —preguntó antes de que yo le pusiera una mano en
la cara y lo empujara por la puerta.
—Tulipanes
—siseé, permití que se me escapara. Nick se fue directamente; yo cerré la
puerta y me esfumé.
Laura
llegó por el lado más alejado del garaje, con una mano en el costado del
cuello.
—Te
entretuve —jadeó, ondeando una mano—. Pero estabas... realmente... hambrienta.
La
cogí mientras caía.
Capítulo
57
¡Oh,
Dios mío!
—¿Has
podido... sacar... a Nick?
Apreté
una mano sobre el costado del cuello de Laura, ignorando su aullido
amortiguado.
—¡Jesús,
estás sangrando de verdad!
—Bueno...
estabas... realmente... hambrienta.
Podía
sentir su sangre goteando contra mi palma y, para mi vergüenza, sentí brotar
los colmillos.
—¡Lo
ziento mucho!
Laura
soltó una risita.
—Me
matas cuando haces eso. ¡La otra tú lo hizo también!
—Laura,
no zé que dezir. —Casi estaba llorando de remordimiento y mortificación. Había
salvado a Nick... y a cambio había conseguido que asaltaran a mi hermana. ¡Oh,
bien hecho, Reina Vampiro! Próxima parada: Armagedón.
Levanté
a Laura en brazos y la llevé hasta la parte delantera del garaje como un mozo
sucio y no-muerto.
—No
pasa nada. Ya no estás aquí fuera. Estás dentro. Creo... durmiendo.
—Bien
—dije cortante. Probablemente ir a buscarme a mí misma y luego darme una paliza
era una idea terrible, pero, oh, chico, me sentía tentada.
La
bajé y golpeé el puño contra la ventanilla del acompañante, abrí el cerrojo, y
dejé a Laura apresuradamente en el asiento delantero. Luego me escurrí
alrededor del coche y recordé tardíamente que guardaba una llave de repuesto en
una diminuta caja magnética bajo el guardabarros delantero izquierdo. La cogí,
salté al asiento delantero, y arranqué el coche. Era abril, en Minnesota. Así
que encendí la calefacción.
—No
puedes robar un coche —dijo Laura, incorporándose bruscamente—. ¡Ay! ¿Por qué
no recordaste la llave de repuesto antes de romper mi ventana?
Me
animé al instante. Incluso mejor, mis colmillos estaban bajando.
—Suenas
mucho mejor.
—Sí,
todo el asunto fue una especie de... raro hipnotismo. Hay algo realmente
impactante en ti, Betsy. Quiero decir, parpadeé y al momento estaba sangrando y
habían pasado casi diez minutos.
—Lo
sieeeeento.
—Lo
sé. —Me palmeó la rodilla, lo cual fue una mejora comparado con la espada
infernal atravesándome la rodilla—. Y funcionó, ¿verdad? ¿Valió la pena?
No
respondí. El plan no había sido cambiar la víctima de mi asalto.
—¿La
estúpida y ávida yo te vio la cara?
—No.
Así que cuando me conozcas un año más tarde o así, no tendrás un déjà vu, estoy
bastante segura. —Miró por el parabrisas y sacudió la cabeza desaprobadora—. No
puedo creer que robes un coche.
—¡Es
mi coche!
—¿Pero
qué vas a pensar cuando te levantes mañana por la noche y tu coche no esté?
—Tendré
que preocuparme por ello entonces. O hace tres años. Lo que sea.
Laura
sacudió la cabeza con desaprobación
—Estoy
haciendo una lista, Betsy. Robo de coche a gran escala, allanamiento y
entrada...
—¡Es
mi coche!
—...
a la fuerza e irrumpir en una casa...
—¡Es
mi casa! Y no rompí, ni allané; tenía una llave.
—Asalto...
espera. ¿Lo que hizo la otra tú cuenta como asalto? —Ondeó una mano—. Lo que
sea, sólo llevamos aquí veinte minutos y ya nos hemos ganado alrededor de
veinte años en Stillwater. Si es que encarcelan mujeres allí. ¿Y por qué vamos
en coche?
—¿De
qué estás hablando? Tenía que alejarte de allí.
—Sí,
¿pero por qué en coche? Hiciste lo que querías, salvaste a Nick. Así que
volvamos al infierno.
Apreté
los frenos y pensé en ello.
—No
me puedo creer que esto esté a punto de salir por mi boca, pero volver al
infierno me parece una gran idea.
Así
que fuimos.
Capítulo
58
Déjame
verte otra vez el cuello.
—Cluck-cluck
—se burló el anticristo. Luego sonrió, y recordé que cuando no quería
abofetearla, creía que era bastante terrorífica. Desde luego había estado
bastante asombrosa durante el viaje. Viajes. La mayoría de la gente estaría
babeando en la esquina, no perfeccionando el cruce correcto—. De verdad, está
bien. Vamos, deja de machacarte.
—Ese
es mi trabajo —dijimos al unísono—. Ugh, no me lo recuerdes —continué—. Pero,
¿soy yo o no has tenido que golpearme tan fuerte esta vez? —Me froté la nariz,
que había dejado de latir casi inmediatamente.
—Oh,
definitivamente me estoy acostumbrando —replicó alegremente—. No querría tener
que garantizar un viaje si dependieran vidas de ello, pero sí, creo que le
estoy pillando el tranquillo.
—Aterrador.
Tal vez tu madre nos deje salir una vez decida que has aprendido lo que tienes
que aprender.
—¿Así
que asumes que no estamos de vuelta en nuestro tiempo?
—Demonios,
no. No después del último viaje. No me creeré que estoy donde suponemos hasta
que vea una copia del Tribune con la fecha correcta.
Laura
asintió con la cabeza.
—Dos
de noviembre. A menos que el tiempo pase en nuestro tiempo mientras nosotras
andamos de correrías, en cuyo caso podría ser el día tres o incluso el cuatro.
—Saltarse
el mes de noviembre entero no sería lo peor que podría ocurrir. ¿Te he contado
cuánto...?
—Odio
noviembre, sí, sí, tus extraños prejuicios son interminablemente extraños. Lo
cual me recuerda que has dicho que probarás que ya somos el producto de un
flujo temporal embrollado.
Eché
un rápido vistazo alrededor. No estaba del todo segura de dónde estábamos...
otro maldito cementerio espeluznante, pero las farolas eléctricas me aseguraban
que estábamos más cerca del tiempo correcto. No veía ninguna cara familiar...
la calle a ambos lados estaba desierta de gente... aunque había docenas y
docenas de coches aparcados.
Punto
para mí: al parecer teníamos un par de minutos para hablar, y me alegraría
aprovecharlos a fondo.
—Sí,
lo somos. He pensado mucho en esto, cuando no estaba intentando sanarme
hemorragias nasales infringidas por mi hermana.
—¡Ni
lo menciones! —gritó ella, señalándose el cuello.
—Esa
no fui yo... espera. Supongo que lo fui. Escucha: ¡Tina habría abandonado la
ciudad sin morder a Sinclair si no la hubiéramos detenido! Estaba. Abandonando.
La. Ciudad. Tuvimos que convencerla.
—Somos
buenas con las palabras —masculló.
—Ahora
pensemos en la Tina que ya conocemos. Nunca cuestionó que yo fuera la reina,
seamos honestas, la misma idea era tan estúpida que casi resulta divertida. No
me conocía... no nos habían presentado cuando saltó a ese pozo para ayudarme.
—Esa
es una historia que no he oído aún.
—Sí,
luego. Quedo un poco rastrera y cobarde en ella. Escucha: Siempre he pensado
que Tina era superagradable y leal, pero nunca me pregunté por qué. Nunca me
pregunté a mí misma un montón de cosas.
Laura
me tocó amablemente el codo.
—No
es como si estuvieras todo el día tendida mordisqueando bombones. En realidad
no has tenido tiempo de...
—Eso
es muy amable, Laura, y también una auténtica chorrada. Nunca me tomé tiempo.
Es lo que hay. Pero volviendo a Tina... ella me contó que Sinclair se alzó
fuerte pero nunca me explicó por qué. Ahora sabemos por qué: porque yo le mordí
primero. Porque la largamente profetizada reina le tuvo antes que Tina. Pero él
nunca me vio la cara.
“Escucha:
Tina me ha sido devota desde el segundo en que saltó al Pozo Lastimoso. Y
Sinclair siempre supo que yo era la reina, siempre supo que terminaría conmigo.
¿Por qué? Porque yo se lo dije, porque estamos viviendo en un flujo temporal
que yo ya había jodido.
Laura
me miraba fijamente.
—Nunca
has sido más lógica.
—Bueno,
gracias. —Resistí la urgencia de arrastrar un dedo del pie por el polvo y hacer
lo del “no es para tanto”.
—Ni
espeluznante.
—Lo
siento. —Me encogí de hombros—. ¿Pero ves? Dije que lo probaría.
—Claro,
y me has convencido. ¿Pero qué significa todo eso? ¿Por qué crees...? Uh-oh.
Conozco esa mirada.
La
cogí por el codo y la empujé amablemente hacia atrás. Entramos en el cementerio
propiamente dicho, acechando junto a enormes lápidas de mármol... ¡casi metro
ochenta de alto! Podríamos haber ocultado un desfile allí atrás. Algún muerto
estaba forrado, o su familia.
—Espera
—Sinclair.
—¿Qué
pasa? —Yo. Alrededor de una semana después de no morder a Nick, según la nueva
línea temporal—. Tengo que irme; ya he desperdiciado bastante tiempo en ese
agujero.
—Es
mi primer encuentro con Sinclair —susurré a Laura—. Va a ponerse borde, y yo
voy a lanzarle contra una gran cruz de piedra, luego me voy corriendo a salvar
a Marc de suicidarse y luego Sinclair me sigue a una cafetería, donde Marc se
colará al instante por él.
—Entonces,
la historia se repite —susurró Laura en respuesta, y rió disimuladamente.
Podía
oírme a mí misma quejándome con voz chillona. Supongo que era interesante ver
esas cosas desde la perspectiva de... bueno, desde la mía, solo que tres años
más vieja. Pero sin volver a la ansiedad y el miedo que sentí cuando desperté
en la funeraria y comprendí que las cosas nunca, nunca serían igual.
Recuperé
la pura incredulidad de comprender que todo tipo de gente muerta iba por ahí
deseándome muerta (permanentemente) sin ninguna razón en absoluto. Estaba
acostumbrada a no gustar por ser chillona o irritante o por haber golpeado a
alguien por un par de los últimos Manolos. El no gustar porque la gente decidía
que era demasiado peligrosa para que me dejaran en paz era algo nuevo y
terrorífico.
—Me
pregunto —la voz de mi marido me alcanzó y me estremecí. No podía esperar a
volver a mi propio tiempo... tenía algunas disculpas que ofrecer. Y quería que
él me hablara de Erin. De sus padres. Qué había adorado y qué no le gustaba.
Las cosas que lo ponían como loco. Los mejores recuerdos. Los peores recuerdos.
Cosas de familia. Porque ¿qué éramos ahora sino una familia?—. ¿Me pregunto
cómo lo sabrás?
Me
estremecí de nuevo porque sentía como si me hubiera susurrado justo entre las
piernas. ¿Cómo me había resistido al muy capullo durante tanto tiempo?
Alimentando el cabreo que me había mantenido fuera de su cama un buen rato.
Todos esos orgasmos potenciales, desperdiciados. Como polvo al viento...
—Bazta.
Por última vez, ¡déjame en paz!
¡Al
fin! Mi rabieta.
Se
produjo una explosión amortiguada cuando Sinclair salió volando y aterrizó
contra la cruz de piedra. Laura silbó, observando la escena de rodillas.
—¡Oh,
Dios mío! ¡Eres aterradora!
—Una
mala noche —refunfuñé.
—¡Ohhhh!
Está inconsciente. Va a ponerse como loco contigo cuando despierte.
—Sí,
lo sé. —Me estaba rezagando junto a la enorme lápida que ella y yo habíamos utilizado
como cuartel general temporal—. Ojalá se despertara ya. Una vez salga de aquí,
lo haremos nosotras. Menos mal que...
—¡Se
levanta! —interrumpió Laura, asomada a la piedra—. ¡Guau, vosotros los vampiros
os recuperáis muy rápidamente! Cualquier otro tendría una contusión. Y la
espina dorsal hecha trizas. Y... uh. ¿Eso está bien?
—¿Qué?
—me asomé.
Sinclair
estaba totalmente de pie y salía a zancadas del cementerio.
Pero
iba en la dirección equivocada.
Capítulo
59
¡No
intentes detenerme! ¿No lo ves? A menos que interfiera nunca irá tras de mí.
¡Nunca estará por ahí y me engañará para que le convierta en rey y me acueste
con él bocabajo en la parte honda de una piscina! ¡Y si no hacemos eso, nunca
nos enamoraremos y nunca reinaremos juntos sobre los no-muertos como buenos
tipos y no como capullos como Nostro! ¡Así que suéltame para poder decirle que
sea una peste enorme!
—Lo
sé. Bueno, no todas esas... cosas... —Comprendí que Laura, lejos de estar
intentando detenerme, estaba en realidad empujándome en la dirección que había
tomado Sinclair—. Así que vete. ¡Vete!
—Oh.
—Necesité un segundo para recuperar el equilibrio, física y mentalmente. Había
esperado que surgiera una pelea, así que tuve que repensar mi estrategia—.
¡Vale! Quédate aquí. Volveré tan rápido como pueda.
Y me
fui corriendo en la dirección en que se había marchado Sinclair.
No
llevó mucho alcanzarle; había tomado el atajo largo a través del cementerio y
estaba a punto de hacer el salto del Hombre-de-los-seis-millones-de-dólares
sobre la valla y hasta la calle cuando le agarré del hombro y le di la vuelta.
—Ah,
sabía que no serías capaz de... ¿eh?
—Lamento
mucho, mucho lo de Erin y tus padres —lloré. Mis manos habían resbalado y
colgaban de las mangas de su abrigo de invierno color madera oscura mientras él
parpadeaba hacia mí con asombro—. Parecía realmente agradable cuando tenía
cinco años. Creo que tenía cinco.
—Llevas
ropa diferente. Ropa sucia —observó—. ¿Y cómo has conseguido rodear todo el
cementerio?
—¡No
lo he hecho! Así que tienes que ir tras de mí. Escucha. Tienes que seguirme a
la cafetería después de que impida que Marc se suicide. Tienes que ser tan
molesto como puedas, todo el tiempo, hasta que me engañes para que me acueste
contigo en la piscina de Nostro.
—Pero
¿y si yo tengo otros planes? —preguntó amablemente, todavía mirándome de arriba
a abajo.
—No
es momento para tu extraño sentido del humor, Sin Clara —exclamé—. Si quieres
pasar los próximos cinco mil años reinando a mi lado, me escucharás ahora.
—Sería
una pena dejar que semejante oportunidad se deslizara entre mis dedos.
—¡Ese
es el espíritu! Sé así, sé muy así. Venga, ve a por mí y sé totalmente tenaz e
irritante, e ignora todas las veces que voy a decirte que te vayas a paseo y te
tires de un muelle, y te llame capullo. Oh, y zapatos. Tendrás que sobornarme
con zapatos. Y sé un enorme grano en mi culo hasta que comprenda que estoy
enamorada de ti. —Sacudí las mangas de su abrigo—. ¿Me estás prestando
atención?
—Oh,
sí.
Las
palabras eran correctas, pero el tono (medianamente condescendiente) y la
expresión (medianamente interesada) eran totalmente equivocados.
—¡Dios!
—maldije, y cuando él se sobresaltó, recordé. Nuestra pelea. Nuestra estúpida
pelea. Y las cosas que yo podía hacer y él no. Que ningún otro vampiro podía.
—¡Mira!
—dije, y me abrí la camisa de par en par.
—Realmente
excepcional —comentó.
—Más
arriba, imbécil. Eso es, como a tres centímetros por encima del canalillo.
Miró,
y la expresión apenas interesada abandonó su cara como si la hubiera eliminado
de una bofetada. Lo que en cierto modo había hecho. Por supuesto yo llevaba la
cruz de oro de Erin Sinclair. Lo significaba todo para mí; sólo me la quitaba
cuando hacíamos el amor.
—Es
de mi hermana... pero tú eres una...
—¡Ha
visto la luz! ¡Aleluya!
—¿Cómo...?
—Me miró fijamente—. Es... todo cierto, entonces. Todo lo que balbuceaste en un
quejido penetrante mientras ensuciabas mi abrigo.
—¡Balbucear!
Capullo. ¡Quiero decir, sí! Así que tienes que mover los pies fuera del
cementerio e ir a mi encuentro en la cafetería. Probablemente ya he salvado a
Marc —pensé en voz alta—. Y él y yo nos dirigimos a por un tentempié.
—¿Esa
es tu práctica habitual tras salvar una vida? ¿Café y pastel?
—Odio
el café, ¿y por qué no debería permitirme una coca-cola helada tras convencer a
un saltador de que baje de un tejado la semana en que vuelvo de la muerte?
Además, casi suicidarse le abrió a Marc el apetito. De un muffin, creo. Puede
que fuera un bagel; en realidad no estaba prestando atención. Así que hay
tiempo para que me encuentres. Justo.
—¿Pero
y si yo no deseo ser tu rey?
—Por
favor. —Puse los ojos en blanco—. Uno, amas el poder. Dos, me amas a mí. O lo
harás. Porque aunque puede que necesite una ducha, ni siquiera unos leggings
sucios pueden disimular mi atractivo esencial.
—Touché,
querida mía —rió, lo cual fue chocante en un cementerio oscuro y espeluznante,
pero también algo así como agradable—. Parece que me conoces bastante bien. Y
es bueno tener la seguridad de tu atractivo esencial.
—Sí,
menuda suerte tienes. Y qué suerte tengo yo. Así que vete ya. —Hice movimientos
como para espantarle—. Vete. Ve a seducirme. Ya sabes, al final.
—Esta
es la conversación más rara que he tenido nunca —comentó.
—Desearía
poder decir lo mismo.
—¿Me
tomo el que desees que haga esas cosas como que disfrutas estando conmigo?
—¡Estoy
enamorada de ti, idiota! Te amo. Imbécil. Aunque seas arrogante. Y lento para
aceptar directrices. Y tienes que salirte con la tuya, como... todo el rato. Y
posees más granjas que ningún hombre que haya conocido nunca. Y tienes ideas
extremadamente raras sobre los esposos en el lugar de trabajo. Además, cuelgas
toda tu ropa en perchas de madera. Es como vivir con Joan Crawford. “¡Nada de
perchas de alambre, nunca!”. Y tienes otra manía rara sobre comprar fruta fuera
de temporada.
—Simplemente
no puedes hacerlo —dijo él, abrumado—. El sabor... ¡atroz!
—Punto
para mí, Farmer Brown. ¡Lo que digo es que eres un enorme grano en mi culo y
estamos enamorados y morir valió la pena porque de otro modo nunca te hubiera
conocido, así que ve a buscarme y seducirme ya!
—Aún
no casado pero ya mangoneado —comentó. Sus dedos largos estaban en mi camisa de
botones, me la estaba abotonando solícitamente. Supongo que tenía miedo de que
me constipara. Puedes apartar al cortés chico del medioeste de la granja, pero
no puedes apartar la granja del chico, o como fuera que dijera el viejo dicho—.
Aún así, las alegrías del matrimonio probablemente compensarán tus dulces
tonterías estridentes.
Luego
me besó. Momento en el cual yo, que nunca fui candidata a Mensa en el mejor de
mis días, comprendí que me había estado abotonando la camisa para cubrir la
cruz y poder así morrearme sin ganarse una quemadura de tercer grado.
Supongo
que debería haber intentado darle una patada en sus gónadas no-muertas, una
especie de mensaje no-soy-ese-tipo-de-vampiro, pero ¿a quién estaba engañando?
Estaba caliente y echaba de menos a mi marido, estaba enamorada y estábamos
casados. Algo así. En otras palabras: era ése tipo de vampiros. Además, de
todas las cosas sobre Sinclair que estaban bien, sus besos probablemente fueran
lo mejor.
Así
que me aferré a él en vez de darle una patada, y le devolví el beso en vez de
darle un severo sermón sobre, no sé, ¿la abstinencia?
Su
boca estaba inclinada sobre la mía, sus brazos a mi alrededor, yo necesitaba un
champú de mala manera, y ¿a quién le importaba?
Entonces
se me ocurrió. Estaba ayudando a mi marido a engañarme... ¡conmigo!
Me
liberé a mí misma con dificultad... habría sido más fácil forcejear para
liberarme de Laffy Taffey. Afortunadamente Sinclair pareció inclinado a dejarme
ir, o habría llevado mucho más tiempo.
—Bueno.
Vete ya. —Agité las manos hacia él—. Ponte con la seducción para que nos
enamoremos. ¡Zape!
—Sí,
parece sensato —dijo él, que sonaba aturdido—. Me pondré a ello ya mismo.
Sabes, hay algo en ti. Tal vez el gel de baño sabor a fresa.
Demonios.
¿Podía olerlo bajo mis estratos de mugre? ¡Menudo semental!
Entonces
se marchó... en la dirección correcta esta vez.
Capítulo
60
Corrí
rápida y ligera hacia el escondite de mi hermana.
—¡Funcionó!
¡Va a hacer mi vida un infierno hasta que me enamore de él!
—Lo
sé. Fue asqueroso.
—¿Mirabas
a hurtadillas? Pervertida.
—Tenía
que asegurarme de que lo tenías todo bajo control —refunfuñó—. ¿Y si hubiera
echado espuma por la boca, ladrado como un loco e intentado matarte?
—Le
habría pateado el culo.
—¡Ja!
—Hasta
que él decidiera contraatacar, en ese punto habrías tenido que rescatarme.
—Ahí
tienes.
—¿Sabes
lo que significa esto?
—¿Vas
a ponerte más arrogante de lo normal?
—¡Demonios,
sí! ¡Lo hemos hecho todo! ¡El siguiente salto será el que nos lleve a casa!
Maldita sea.
—¿Qué?
—Finalmente
me he sacado lo del Salto Cuántico de encima. ¿Y por qué estamos todavía
acurrucadas aquí atrás? Vamos.
La
cogí por la muñeca y tiré de ella fuera de la cobertura de la gran lápida
brillante.
—Saca
la espada infernal y córtanos una puerta de vuelta a casa.
—¿Estás
segura de que has acabado? ¿No quieres liar tu propio pasado un poco más? Cuando
mi madre dijo que me vería arrastrada a tu historia, no comprendí que
significaba que aprovecharías la oportunidad para darle la vuelta a todo.
—Sí,
nunca pensé que diría esto, pero le debo un favor a Satanás. He arreglado las
cosas de forma que sucederán como se supone que deben. Y deshecho el morder a
Nick y arruinar su vida amorosa. Pero Laura, no sabía que caería sobre ti. No
habría deseado morderte.
—Está
bien. Tenía que saber cómo era.
Vale,
eso era raro.
—¿Por
qué demonios tenías que saber eso?
Se
encogió de hombros, extendió la mano hacia su cintura... y ya estaba
sosteniendo su espada.
—Conoce
a tu enemigo y tal. —Luego me guiñó un ojo—. No es que seas mi enemiga.
—No,
por supuesto que no.
No
me gustaba ese guiño.
En
absoluto.
—¡Si
deshicimos lo del mordisco de Nick, tal vez podamos deshacer la muerte de
Antonia y Garrett!
—No.
—Sí,
sería... ¿qué?
Habíamos
vuelto detrás de la tumba; probablemente Laura no quería arriesgarse a que
alguien nos viera cuando cortara un umbral de la nada.
—No,
Betsy. Eso no puedes deshacerlo, y no deberías intentarlo. Y si lo intentaras,
yo intentaría detenerte.
Casi
me reí, luego recordé que mi puritana y religiosa medio hermana era, ¿cuál era
la frase? Oh, sí. El engendro del demonio. Probablemente fuera una idea
excepcionalmente mala reírse. Nunca.
—¿Pero
por qué? Vamos, Laura, tú eres una de las mayores blandengues que he conocido
nunca, cuando no estás rebanando vampiros y asesinos en serie.
Se
puso colorada.
—Gracias.
—Me
imaginaba que serías la primera en unirte a la idea de salvar vidas.
—Entonces
no has estado prestando atención. No es que esté en contra de salvar vidas,
Betsy, eso ya lo sabes. Pero deshacer las cosas malas no es necesariamente
garantía de cosas buenas.
—Pero...
—Sé
que te sientes culpable. Sé que desearías que no hubiera ocurrido. Pero si
deshaces sus muertes, nunca conocerás a los hombreslobo. Nunca harás buenas
migas con los Wyndhams. No te aliarás con setenta y cinco mil hombreslobo. Si
Antonia y Garrett no mueren, los vampiros no se aliarán con los hombreslobo.
Eso es demasiado importante para deshacerlo. Sin importar lo miserable que te
sientas.
La
miré fijamente, consternada. Que pudiera ser tan fría al respecto, tan lógica,
era bastante asqueroso. Que tuviera razón era incluso peor.
—¿Por
qué no te callas y nos llevas a casa ya?
—No
te pongas de mala leche porque sepas que tengo razón.
—Yo
no tengo mala leche. ¡Necesito una ducha, demonios! ¡Y deja de viajar por mi
pasado!
—Mala
leche —refunfuñó el anticristo, y obsequiosamente cortó una puerta de la nada.
Justo
a tiempo, además. Ya había tenido suficiente de esto. Menos mal que habíamos
acabado. Menos mal que nos dirigíamos de vuelta. Laura estaba aprendiendo las
cosas equivocadas o aprendiendo demasiado. O las dos cosas.
Sea
como sea: sería mejor volver.
Capítulo
61
¡No,
no, no, no, no, no, no, no, no!
—Vale,
espera. No es tan malo como piensas.
Empecé
a dar patadas y golpes a la puerta más próxima a mí. Porque estábamos, por
supuesto, todavía atascadas en la maldita sala de espera.
—¡Lo
odio todo! ¡Satán, perra, déjanos salir! ¡Tu hija no puede encargarse del
negocio familiar si la estrangulo con mis asquerosos leggings! ¡Y lo voy a
hacer! ¡Si no nos dejas salir!
—Betsy,
deja de gritar y mira.
—¿Por
qué? —Se me estaban entumeciendo los puños. Tenían buena madera en el
infierno—. ¿Mirar qué?
Laura
señaló. Yo miré.
—Sólo
queda una puerta. Todas las demás han desaparecido.
Me
detuve a medio puñetazo.
Tenía
razón. Cuando empezamos esta serie de correteos por los saltos en el tiempo, la
habitación entera había tenido puertas de pared a pared, a medio metro de
distancia la una de la otra. Las otras habían desaparecido; sólo quedaba una.
—Mejor
que signifique lo que creo que significa.
—Seguro
que sí. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?
—Sí.
Por qué querría el Diablo joder a la gente sólo por...
—Está
bien, está bien, has dejado claro tu punto de vista. En realidad a voz en
grito, como siempre. Ven aquí, así puedo golpearte en la cara para poder viajar
un poco más.
—Sólo
deseo que eso sea tan guay como suena. —Me enderecé y me puse delante de ella—.
Adelante. Literalmente, supongo.
—No,
¡observa! —Me dio un ligero empujón... ¡y el picaporte giró!—. ¿Ves?
—¡Le
estás cogiendo el tranquillo a esto! —No lo negaría; me alegraba por ella y
estaba encantada por mí—. ¡Maldición, Laura! ¡Bieeeeeeen!
—Sí,
lo averigüé después de que volviéramos de rescatar a Nick.
—Bien,
esto es... espera. ¿Qué?
—No
estaba del todo segura de no tener que pegarte...
—Buen
intento. Recuérdame que sin querer te dé una patada en la espinilla dentro de
un par de horas. —La puerta se abrió y miramos al abismo—. Adelante y al tajo.
Capítulo
62
Bueno.
Esto es... frustrante.
Laura
nunca había dicho palabras más ciertas. Estábamos en una pequeña habitación
revestida de cemento, tal vez de veinte por veinte. Sin ventanas. Con
considerables puertas dobles... puertas metálicas, a cada extremo de la
habitación. No había nada en esta gran y aburrida habitación excepto nosotras
dos. Ni mesa, ni sillas, ni alfombra. Ni siquiera un zapatero.
Nos
miramos la una a la otra. Laura se encogió de hombros y yo di un paso hacia
delante para probar las puertas más próximas a nosotras. Se abrieron con
idéntico siseo neumático, eficientes y frías como las rebajas de la vuelta al
cole de Kohl.
Pudimos
ver un pasillo con puertas, y al final del pasillo otra serie de puertas, éstas
fabricadas con alguna clase de madera oscura. Cerezo, tal vez, o caoba.
Laura
y yo nos miramos la una a la otra de nuevo y esta vez, ambas nos encogimos de
hombros. Extendí un brazo para abrir la puerta de madera, pero también se abrió
por sí sola. El lugar estaba plagado de células fotoeléctricas.
Entramos
en una oficina divina y la primera cosa que vi fue el enorme escritorio de
madera oscura. Casi ocupaba la mitad de la lujosa oficina.
La
segunda cosa en la que me fijé fue en la mujer sentada detrás del escritorio.
Yo
estaba sentada detrás del escritorio.
Capítulo
63
Oh,
por fin estás aquí —dijo mi otra yo con tono de reproche.
—¿Eh?
—dije, porque pongo a Dios (o la madre de Laura) por testigo, no tenía ni idea
de qué decir. En absoluto.
—Creía
recordar que llegabais un día antes. —Mi otra yo suspiró—. Pero ya estáis aquí.
Supongo.
Laura
me estaba mirando, y luego a mí. Y yo también me estaba mirando. Parecía la
misma... el mismo cabello rubio, las mismas mechas rojas. El mismo rostro de
treinta años. Llevaba un vestido tubo de color gris acero con cuello de corte
cuadrado. Sin joyas... ni el collar de Erin, nada.
Ni
el anillo de compromiso, ni el de casada.
—Tienes
buen... aspecto.
—Y
tú apestas —dijo la otra yo, abriendo un cajón y hurgando en él—. Dioses. No
puedo creer que no me tomara cinco minutos en medio de uno de esos saltos en el
tiempo para lavarme. El río Mississippi estaba justo ahí en uno de ellos y no
me hubiera costado mucho darme un chapuzón rápido.
—No
seas tan dura contigo misma —le solté en respuesta, y la mano de Laura subió
deprisa para pellizcarse los labios. Pero las sacudidas de sus hombros contaban
la historia y restauraron algo de mi equilibrio—. Entonces, ¿dónde estamos?
—¿No
querrás decir cuándo?
—¿Vas
a decírnoslo, o tendremos que escuchar más de tu monólogo? —Sí, era una
verdadera perra. Por duplicado.
—Estáis
en Minnesota, por supuesto. Estoy completamente atada a esta parte del mundo
—farfulló mi otra yo—. Aunque intenté que me gustara Hawai antes de que las
cosas se pusieran escalofriantes. —Había sacado una especie de ordenador
pequeño del cajón: era plano como una alfombrilla y de sólo veinte centímetros
de alto y diez de ancho, como un Kindle, pero complejo. Sin clavijas ni
botones. Ahora estaba deslizando los dedos por él, hablándonos sin levantar la
mirada. Que mal educada—. Estamos a tres de julio y si la memoria no me falla,
estáis aquí para observar, que os de un ataque de pánico, armar un jaleo, ser
una molestia, hacer muchas preguntas innecesarias, empezar un par de peleas,
juzgar nuestro estilo de vida sin sugerir cómo podríamos mejorarlo, y luego
marcharos jurando salvar el mundo. Como puedes ver —dijo mi otra yo, dejando a
un lado su extraña alfombrilla eléctrica—, fallaste. Porque me acuerdo de estar
aquí, hablando conmigo. Te recuerdo. —Señaló a Laura, y al fin mostró una
expresión que parecía cálida: sonrió—. Recuerdo estar consternada ante lo que
encontré aquí y recuerdo haber jurado encontrar el modo de arreglarlo. Como
puedes ver, no lo hice.
Ni a
Laura ni a mí se nos ocurrió nada que decir.
—Ahora
que ya sabes que no puedes arreglar nada —dijo esperanzada mi otra yo—, tal vez
puedas saltarte todas estas tonterías y simplemente volver al infierno. Lo cual
me recuerda... —Otra cálida sonrisa para Laura—... Saluda a tu madre de mi
parte cuando vuelvas.
—De
acuerdo —contesté con los ojos abiertos de par en par.
—Ahora
mismo estoy liada —dijo mi otra yo, pasando los dedos distraídamente por sus
fabulosas mechas—. Pero os he preparado un tour. Para que tus muchas inútiles y
pesadas preguntas sean contestadas.
—Bueno,
ostras, no he pillado nada.
—Sí,
muy divertido.
La gran
puerta de madera se abrió y un tipo guapísimo asomó la cabeza.
—Hola,
¿llamaste? ¡Oh!
—Sí,
por fin están aquí, ¿podrías....? —Mi otra yo volvió al trabajo, sin levantar
la mirada de esa-cosa-que-no-era-un-Kindle.
—Claro
—contestó el Tipo Guapísimo con una amplia sonrisa—. Vamos. Os ofreceré el tour
de cincuenta dólares.
—Mi
madre siempre lo llamaba el tour de cinco centavos.
—¡La
mía también! —dijo Laura, animándose—. Mi madre adoptiva. Quiero decir.
—Bueno,
la inflación —dijo él, y nos hizo salir a Laura y a mí de vuelta al pasillo.
Capítulo
64
¡Vale!
Así que, ¿qué puedo deciros chicas?
—¿Qué
tal tu nombre? —preguntó Laura—. Yo soy Laura y esta es mi her...
Tipo
Guapísimo estalló en carcajadas.
—Jesús,
ya sé quiénes sois, chicas. O tal vez no te diste cuenta de que ella tiene
exactamente el mismo aspecto que la ajetreada dama de la oficina.
—No
se me escapó —admitió Laura.
Nos
estaba mirando, de ella a mí y de mí a ella, su sonrisa era tan abierta y
alegre que las pasé canutas para no sonreírle en respuesta. Pero la mayor parte
de mí todavía se tambaleaba en estado de shock, mentalmente hablando. Había un
montón de información que asimilar y sin mucho tiempo para hacerlo.
Nuestro
guía turístico era más alto que las dos, unos buenos cinco centímetros más que
Laura (sí, mi hermana: más bonita, más lista, más delgada, más alta... ¡perra!)
y esbelto, con amplios hombros y una cintura estrecha. Llevaba pantalones color
caqui y una camiseta azul, ropa práctica que no disimulaba su estómago plano y
(suponía y comprobaría a la primera oportunidad que tuviera) un imponente
trasero.
Era
pálido... no enfermizo o sin salud, pero el chico no había tomado mucho el sol,
lo cual hacía que su melena de cabello negro pareciera más oscura y a los ojos
azules parecer más azules. En la mandíbula tenía una incipiente barba oscura,
pero a pesar de la ligera barba, desprendía una aire de juventud, exuberancia
y... era difícil de explicar... buen rollito.
Mucha
gente simplemente parece alegre en todo momento, y cuando estás alrededor de
alguien así, es difícil permanecer preocupada o gruñona.
—Vamos
—se burló—. ¿Chicas, no adivináis quién soy? Ambas me conocéis, de vuestro
cuando.
Así
que nos conocía (obviamente) y sabía que estábamos viajando en el tiempo.
(También obvio, ya que estaba claro que mi otra yo lo había preparado). Pero a
quién podíamos conocer que estuviera por aquí ahora... cuando... diablos...
fuera ahora... pero que también... también...
—¡Por
el amor de Dios! —grité. En realidad fue por el pelo. Esa mata de pelo negro,
asombrosa en alguien de piel tan blanca. Fue la primera cosa que noté en él.
En
mi hermano.
—¡BabyJon!
—Ay,
hombre. —El guapísimo y adulto BabyJon se cubrió el rostro, luego dejó caer las
manos y sacudió la cabeza—. Hace tiempo que dejé atrás ese apodo, mamá.
—¿Mamá?
—casi grite.
—Está
bien, técnicamente eres mi hermana mayor, como eres la hermana mayor de tía
Laura.
—Tía
L...
—...
pero crecí llamándote mamá. Pero si te flipa, ya que todavía me cago en la cuna
de donde vienes...
—Esa
es una manera extraña de expresarlo —dijo Laura.
—Mira,
intentaré llegar a dominar ese asunto del váter tan pronto como pueda, pero en
conclusión, ahora mismo en vuestro cuando, estoy padeciendo un caso de
incontinencia fecal y urinaria. —Lanzó las manos arriba—. Me responsabilizo de
ello, ¿de acuerdo? No me juzgues.
Fue
demasiado. Estallé en carcajadas. Y BabyJon... Jon, supongo, se unió a mí. Fue
agradable. Lo recordé durante mucho tiempo, porque fue el único momento
agradable que tuvimos en los noventa minutos que pasamos allí.
Capítulo
65
¿Entonces
en qué año estamos? Debe ser al menos veinte años después de nuestro presente
—dije, examinando a mi hermano/tutelado/guía—. Eres adulto, y no eres un
vampiro.
—No
tengo esa apariencia enfermiza, pálida e irritada, ¿eh?
—Bingo.
Así que tal vez... ¿2030? ¿Más?
—Uh...
bueno, has hecho una suposición lógica, pero...
—Oh,
Díos. Envejeces horriblemente y sólo han sido diez años, ¿verdad? Lo siento. Se
te ve estupendo. Nada decrépito ni envejecido en absoluto. ¿Tienes una
deficiencia vitamínica?
—No
hay forma de suavizarte esto...
—¡Tienes
una deficiencia vitamínica! ¿Por qué la otra yo no hizo algo al respecto? —Miré
a Laura—. Tal vez deberíamos llevarle de vuelta con nosotras. ¡Esa vaca sin
corazón está dejando que su hijo y hermano vaya por ahí con una deficiencia
vitamínica!
—...
excepto decirlo sin más. 3010.
—¿Tres
mil diez qué?
—El
año —dijo Laura, abrumada—. Quiere decir que estamos en 3010.
—No.
¡Vamos! —me reí y señalé a mi alto y guapo hijo—. ¡No es un vampiro! Así que no
puede tener mil...
—...
siete años —añadió John servicial.
—¡Exactamente!
Así que... ah, mierda. No te estás quedando con nosotras, ¿verdad?
—Lo
siento.
—¿Pero
cómo...? Jesús. —Mi otra yo parecía igual. Mi otra yo parecía exactamente
igual. Todo era cierto. Iba a reinar durante cinco mil años. En este cuando,
llevaba ya una quinta parte del camino. ¡No me sorprendía que fuera distante,
severa y vistiera de gris y superocupada! (Sin embargo, eso no explicaba la
falta de joyería marital)—. Pero Jon, ¿cómo es que todavía vives?
—No
puedo decírtelo, mamá. Lo siento. La otra mamá fue bastante clara al respecto.
Embrollaría el flujo temporal y/o provocaría el armagedón definitivo. Y además,
acabaría realmente, realmente cabreada si me fuera de la lengua.
—¿Es
a causa de tu poder? ¿Porque no puede herirte nada paranormal?
Se
encogió de hombros y pareció compungido.
—Lo
siento, tía Laura. La otra mamá me hizo prometerlo. ¿Recuerdas la parte de
realmente, realmente cabreada, verdad?
—Oh,
vamos —protesté—. ¡Eres un hombre adulto! Muy adulto, supongo. Así que no
tienes...
—Um,
sé que no estás diciendo a tu hijo que desobedezca a una de vosotras cuando no
sabemos nada de él o de sus poderes o de ella y lo que está tramando —dijo
Laura, todo en un solo aliento.
—Maldito
sea tu sentido común, anticristo —maldije.
—Esto
es algo molesto —dijo Jon compungido. Sonrió de nuevo—. Míralo así; podrás
mirar adelante anhelando al menos una sorpresa, ¿verdad?
—¿Por
eso no hay ninguna ventana? ¿Y por eso todo es de acero o cemento excepto la
oficina de la otra Betsy? ¿Hubo una guerra nuclear?
—Oh,
no —dijo Jon apresuradamente—. Nada parecido.
—¿Entonces
qué?
—Supongo
que debería mostrároslo.
—Oh,
argh. Ya he visto esta película —dije, siguiendo a Laura y John—. Habrá un
paisaje bombardeado plagado de mutantes radiactivos, y lo único que habrá de
comer serán Twinkies y Snow-Balls —añadí, recordando la segunda película más
asombrosa de todos los tiempos, después de Shan de los Muertos.
—Referencia
Zombieland —dijo Jon, asintiendo.
—¿Cómo
lo sabes? ¡Es una referencia de hace mil años! —Miré a Laura—. Yo no me acuerdo
de ni una sola película de hace mil años.
—Uh...
Betsy...
—No
lo digas. —¿Sabes cuando no sabes lo estúpido que es algo hasta que te oyes a
ti mismo decirlo? A mi me ocurría muy a menudo.
Jon
se había detenido en el otro extremo del pasillo, en la gran habitación vacía y
aburrida en la que Laura y yo habíamos aparecido en primer lugar. Fue hasta el
otro par de puertas de metal y ondeó la palma delante de lo que yo creía que
era otro bloque de cemento pero obviamente no lo era (en el lugar y tiempo de
donde yo venía, los bloques de cemento no soltaban pitidos y destellos de luces
diminutas).
Las
puertas se abrieron, y Laura y yo nos pusimos los brazos sobre las caras, no a
causa de la radiación o para capear a los mutantes.
Era
tan brillante. Increíblemente brillante. El sol iluminaba una extensión
interminable de nieve. Miramos, y pudimos ver que los ojos de Laura realmente
se humedecían por el brillo. Sólo había nieve. Ningún edificio que pudiéramos
ver. Ni farolas, ni líneas de teléfono. Ni árboles. Ni coches, ni casas. Sólo
nieve, nieve por todas partes.
3 de
julio de 3010.
Capítulo
66
¿Qué
demonios pasó?
Laura
estaba más allá de las palabras; sólo me señalaba a mí y asentía vigorosamente.
El mensaje estaba claro: ¡Qué me había dicho!
—Lo
siento. —Jon agachó la cabeza y cerró las puertas exteriores. Habíamos notado
que había una enorme pared de cristal entre nosotros y toda la nieve...
aparentemente fuera se estaba a cuarenta bajo cero. Tan enorme que era un ventanal
del techo al suelo. Muy limpio y claro, ninguna de nosotras notó que estábamos
tras ocho centímetros de cristal. Cristal del futuro (supongo), porque no creo
que tuviéramos cristal como este de donde yo venía... o más bien, de cuando yo
venía.
Al
parecer casi nadie se aventurara fuera, dadas las tres cifras de sensación
térmica, pero todavía les gustaba mirar. Me pregunté si Tina y Sinclair podrían
disfrutar de la vista teniendo que contentarse con mirar por ese gran ventanal
grueso por la noche.
La
mayor parte del complejo en el que estábamos estaba bajo tierra. La otra yo era
la jefa y controlaba todo el espectáculo. Me figuré que Sinclair y Tina también
tenían que estar por aquí en alguna parte, tramando cómo abrir una cadena
nacional de camas de bronceado.
—Lo
siento —dijo Jon—. No puedo entrar en ese tema. Mamá me lo hizo prometer.
—¿Pero
no quieres que intentemos arreglarlo? ¡Jon, podemos volver y arreglarlo! ¡No
tienes que vivir bajo tierra como un gran y apuesto roedor!
Jon
me miró, y no creo que hubiera visto nunca una mirada más simpática en una
cara.
—Lo
siento, mamá. Hay... no pretendo ser desdeñoso. Es sólo que aquí están pasando
un montón de cosas que tú no vas a entender. Y un montón que no podría contarte
aunque pudieras entenderlas. —Luego—: ¿Roedor?
—Vale,
genial, gracias por la excursión. ¿Se te permite contarnos cuánto tiempo
estaremos aquí?
Jon
pareció un poco tomado por sorpresa por el súbito cambio de humor.
—¿Estás
bien?
—Claro.
Fue una sorpresa, ya sabes, hace ocho segundos, pero nos ajustamos rápidamente.
¿Verdad, Laura?
Laura
me lanzó una mirada tal-vez-deberíamos-echar-el-freno.
—Entonces
otra pregunta, Jon-Jon... ¿cuánto hace que estamos aquí? ¿Lo sabes?
—Uh...
no vuelvas a llamarme así, por favor. Y un par de horas, creo. No toda la noche
ni nada. ¿Por qué? —John nos dirigió una sonrisa perpleja—. ¿Hay algún sitio
donde se suponga que debáis estar?
—No,
pero deberías ir a averiguar dónde se supone que vamos a dormir —dijo Laura—.
Por si queremos echar una cabezada.
—¿Estáis
seguras? Iba a mostraros la máquina de autoservicio de helados en la cocina
principal. Y todavía hacemos toneladas de smoothies —me tranquilizó.
—¿A
quién le importa? —grité. ¿Smoothies? Parafraseando a mi heroína, Liz Lemon
“¿Qué, qué?”—. ¿Qué tal si en vez de eso nos muestras cómo arreglar el mundo?
¿Sólo por diversión? Smoothies. Jesús.
—¡Ohhh,
es una cita! —gritó Laura. No creía haberla visto nunca parecer más embelesada.
Tío, había todo tipo de cosas perturbadoras que temer en el futuro—. Ve, vamos.
Averigua dónde podemos echarnos. Ver lo diezmado que está el planeta nos ha
cansado. ¿Verdad, Betsy?
Bueno,
no, de hecho estaba bastante segura de que Laura estaba teniendo algún tipo de
crisis nerviosa. ¿Es una cita? Puag, era su tía. ¡Y su hermana! Lo cual
definitivamente equivalía a un doble puag. Pero me encogí de hombros y me las
arreglé para bostezar.
—Sí,
estoy exhausta tras todo este... no he dormido últimamente. De hecho,
técnicamente no he dormido en los últimos catorce siglos. —¡Ni me he duchado!
Gah, ¿qué pasaba conmigo?
Jon
salió disparado a hacer el recado de Laura.
—¿Qué
ha sido todo eso? A menos que estés realmente cansada. ¿Estaría fatal que me
importara más una ducha que la tierra baldía congelada de nuestro futuro?
—Betsy,
¿y si lo hicimos?
—¿Hacer
qué? —dejé de ir tras ella, y ella se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Y
si nosotras causamos esto? Causado, quiero decir, en pasado. En su pasado, no
el nuestro. Ya oíste a la otra tú. Ella recuerda esto. Y recuerda volver e
intentar arreglarlo. Pero no lo hizo.
Parpadeé,
pensando en ello.
—Tal
vez por eso nadie nos cuenta nada.
—Sí,
tal vez. ¿Pero quién no puede resistirse a ti nunca?
—¿Qué,
es un acertijo? Porque hay un vendedor de zapatos en Macy's. Y el Detective
Nick, postmordido. Y Jon Davidson de los Blade Warriors. Y...
—¡En
esta línea temporal, idiota!
—¡Oh,
muy bonito, engendro del demonio! Yo... —Me callé un segundo. Luego, dije
esperanzada—. ¿Sinclair?
—¡Justo!
Así que vamos a buscarlo. Estoy segura de que puedes traspasar sus defensas con
un deslumbrante despliegue de tu falta absoluta de ingenio, luego hacer algo
inapropiadamente sexual y doblegarle a tu voluntad.
Me
habría gustado negar apasionadamente lo que acababa de decir la cabrona
engendro de Satanás, pero era a) un desperdicio de tiempo y b) innegable.
—Pero
tiene a la otra yo para eso.
—Sí,
¿y qué hay de ella? —Laura parecía molesta—. Fría, distraída y algo distante.
Ni una vez pronunció el nombre de Jon, sólo que alguien nos daría una vuelta.
Es como un director general que no sabe los nombres de ninguna de las
secretarias o los chicos del correo. La futura tú es más o menos el tipo de
ejecutiva para la que odiabas trabajar cuando estabas viva.
—Todo
lo que has dicho es cierto. Lo cual me lleva a la pregunta, ¿debería estar
cabreada o asustada? ¿O sólo abrumada?
—Averígualo
luego. Así que, sí, Sinclair tiene a la otra tú, pero ¿quién dice que es eso lo
que quiere? Tenía que conformarse con la otra tú cuando ella eras tú. Ahora,
hay una tú joven, vital y anti-director general, apuesto a que Sinclair no ha
visto a esa desde hace tiempo. —Hizo una pausa—. ¿Tiene sentido? No estoy
segura de que tenga sentido.
—Es
genial —la tranquilicé—. Vamos. Vamos de excursión y busquemos a mi marido.
Llamadme
rara, o perversamente curiosa, pero no podía esperar a ver al Sinclair
ancestral.
—Entonces,
si lo he captado bien, estoy a punto de ayudar a mi marido a engañarme de
nuevo, conmigo. Otra vez.
Laura
se encogió de hombros.
—Yo
no hago las reglas.
Capítulo
67
La
otra yo y el Sinclair ancestral debían tener un dormitorio por aquí en alguna
parte. Probablemente una suite entera. Una fresca y gélida suite subterránea
donde aporrearían computadoras flacas y no podrían recordar quién les hacía la
cama. No es que Sinclair hubiera sido conocido nunca por remolonear en los
dormitorios en horas de trabajo. La otra yo estaba trabajando en su oficina...
él también debía tener una.
—¿Crees
que Jon nos llevará allí?
—Claro,
¿por qué no? Es taaaan dulce. Y, oh, Dios mío, me duele decir algo agradable de
la Toña, pero ¿mi padre y ella hicieron un crío guapísimo o no? ¡Además! ¡Es
amable porque le crié yo! Verdaderamente me sorprendo a mí misma con mi
asombrosidad. De vez en cuando, quiero decir.
—Tienes
razón sobre todo eso, pero recuerda: él hace lo que le dice la otra tú. Si ella
no quiere que veas a Sinclair...
—Hmmm.
Sabe como pienso. Y probablemente recuerda cómo piensas tú. ¿Sabes qué? Acabo
de comprender... también debe haber una antigua tú por aquí.
—Lo
sé —dijo Laura, con pinta sombría—. Intento no pensar en ello.
No
la culpaba. Si yo me había vuelto frígida y aburrida en mil años, ¿qué le
habría pasado a Laura? Mi mente se retraía sólo de intentar visualizarlo, y lo
dejé correr.
—Entonces
tú mantén a Jon ocupado. Yo intentaré desenterrar a mi marido. ¿Entretenido?
¿Desenterrar?
—Ugh.
—Pero
primero tendremos...
—¡Oh,
Dios mío, los rumores son ciertos!
Conocía
esa voz, la pura fuerza del hábito me hizo girarme con una gran sonrisa. Una
sonrisa que cayó de mi cara como un yunque desde un acantilado.
Marc.
Marc
era un vampiro.
Corrió
hacia nosotras con una velocidad casi cegadora, y Laura se retiró sobresaltada,
con fuerza. Él me dio un apretón de partir el espinazo y un beso frío en ambas
mejillas. Tuve que apretar los puños para evitar frotarme para borrar su marca
de la cara. Ambas marcas.
—¿Y
no pareces un día mayor de treinta? ¡Sin importar qué siglo sea!
Sonaba
bien. Incluso tenía buen aspecto. Pero se le sentía del todo mal. Se le sentía
mal. Una palabra simple y estúpida, pero que encajaba. Supe, con sólo mirarle,
que estaba mal. Tal vez fuera una cosa de reina.
No.
No lo era. Laura parecía tan horrorizada como yo.
Él
sonrió, mostrando colmillos. Cosa que yo sabía no era necesario. Los colmillos
sólo salían cuando olíamos sangre o nos íbamos a alimentar. Él lo hacía para
asustarnos.
—¿Qué
demonios te ha pasado? —exclamé, no estaba de humor para fingir felicidad al
verle. Laura se puso incluso más blanca si era posible. Yo no estaba segura de
por qué. No me importaba que esta cosa que hubiera sido mi amigo hacía mil
años. Ni siquiera me importaba el haberlo salvado de tirarse de una azotea
hacía mil años. Esto que era ahora, no era mi amigo. Si me jodía a mí o a Laura
de algún modo, jugaría al Hacky Sack con sus pelotas.
—¿No
querrás decir quién me ha ocurrido, cariño? —sonrió ampliamente, pero la
sonrisa no alcanzó sus ojos. Nada alcanzaba sus ojos. Miré directamente en
ellos, luego aparté la mirada.
No
había nadie en casa.
—¿Entonces
qué estás diciendo, Marky Mark y la Panda Psico? ¿Estás diciendo que yo te
hice? ¿O Tina o Sinclair? No seas esquivo, pedazo de mierda. Escúpelo.
—¡Tina
o Sinclair? ¡Eso es asombroso! —La cosa-Marc echó la cabeza hacia atrás (había
muerto con un corte a lo bestia, y era de lo más molesto que todavía tuviera un
aspecto estupendo) y se rió, como mi madrastra muerta hubiera dicho, “listo
para cortar”—. Tina o Sinclair, esa es la pregunta, ¿no? De hecho, es mi
pregunta favorita. Porque...
—Marc.
La
cosa-Marc ahogó su risa como si alguien le hubiera plantado un hacha entre los
dientes. Lo cual, creedme, resultaba tentador.
Miramos.
La otra yo estaba de pie en el otro extremo del pasillo, temporalmente liberada
de su oficina. Noté que llevaba medias gris metálico a juego con bailarinas
negras. Estaba demasiado lejos para ver el diseñador. Dado que era invierno
todo el tiempo, supongo que debería agradecer que en el futuro yo no fuera
chancleando por ahí en pantuflas.
¿Quedaba
algún diseñador en el mundo? No estaba segura de querer vivir en un mundo si
ellos ya no estaban en él. El invierno eterno podía ser tolerable,
especialmente si mi familia estaba conmigo, pero... ¿sin diseñadores? Eso era
demasiado para pedirle a cualquiera.
—¿No
tienes algún sitio adónde ir, Marc? —preguntó la yo ancestral.
—En
realidad no —admitió él, pero se giró y se alejó rápidamente antes de que la yo
ancestral pudiera decir nada más.
—Buen
perro —grité yo—. Guau, guau.
Los
hombros de Marc se tensaron. Pero no desaceleró ni miró atrás.
Capítulo
68
Observaba
a mi yo infantil; como había esperado y planeado, mi yo infantil estaba
abrumada por todo lo que había visto, estaba reaccionando, no pensando.
Excelente.
Ahora
bien, la joven Laura estaba pensando. Tenía esa mirada en la cara que yo
conocía bien. Una vez más, nada que no hubiera esperado. Nada que no hubiera
planeado.
Sin
embargo, Marc se había vuelto tan inestable a lo largo de los siglos que era
una carta al azar. Por milésima vez, me dije a mí misma que debía matarlo.
Todavía
me quedaba alguna humanidad residual. Debilidad residual. Esa debilidad era la
única razón por la que Marc todavía caminaba y hablaba. Sabía que debía atender
ese asunto incómodo y hacer algo al respecto, como sabía que hacerlo pondría el
clavo final a mi ataúd.
Sinclair
nunca habría...
Aparté
ese pensamiento. Encerrado en la esquina más alejada de mi cerebro, donde
ocultaba toda la debilidad remanente.
No
negaría que me sentía intrigada viendo a mi joven yo, y a la joven Laura. Pero
ver lo tonta que había sido era descorazonador. Y deprimente. Llevaba largos
años esperando a mi yo idiota, y ahora que estaba aquí, andando a traspiés por
ahí como un cachorro, sólo deseaba que se fuera.
De
todos modos nunca habría podido hacer que entendiera. Tendría que convertirse
en mí para entender.
Tenía
que ver lo que la esperaba. Tenía que volver decidida a cambiar su futuro.
Tenía
que fracasar, y convertirse en yo.
Tenía
que aprender a ser despiadada por el bien mayor. Y tenía que aprender que sólo
podía confiar en sí misma desde el principio. Y que sólo se tendría a sí misma
al final.
Entretanto,
yo tenía una nación que regir. Más de medio millón de vampiros se arrastraban
como hormigas bajo Norteamérica y necesitaban dirección. Necesitaban dirección
todo el tiempo. El mundo, lo había descubierto hacía mucho, no se regía a sí
mismo.
—Ocúpense
de sus asuntos, señoras —dije, y volví a mi oficina.
Capítulo
69
Mi
yo decrépita se desvaneció dentro de su jaula forrada de madera, y que le fuera
bien. Además, el gris era un color demasiado severo para nuestra complexión.
Mejor
aún, la cosa-Marc se había escurrido como una rata. Buen viaje.
Espera.
¿Buen viaje? ¿Gran viaje? ¿Asombroso viaje?
—Demonios
—masculló Laura, un juramento extraño —. La vieja tú dijo salta, y él saltó,
¿no?
—Dime
que no fui yo la que le hizo eso.
—¿Qué,
te sentirías mejor si hubiera sido Tina o Sinclair?
—No,
pero me gustaría preguntárselo a ellos de todos modos.
Laura
dejó de caminar otra vez. Entre todas las idas y venidas y el mini-tour y la
cosa-Marc, sólo nos la habíamos arreglado para dar unos once pasos. Menos mal
que no planeábamos tomar el control del lugar.
—No
sirve de nada buscar a Sinclair —dijo Laura, con las manos en las caderas.
—Vale,
es raro, porque hace más o menos doscientos segundos, diste con el gran plan,
¿recuerdas? Dijiste...
—Por
supuesto que lo recuerdo, Betsy, y fue hace tres minutos.
—¿Estás
segura? porque me parece como que no.
—No
encontraremos a Sinclair. No está aquí, o no va a verte.
—Pero...
—¡Ella
lo sabe, Betsy! Sabe qué estás pensando, y sabe lo que dije. Y habrá hecho
planes para todo eso. Recuerda: sabía que veníamos. No hay sorpresas para la tú
ancestral.
—Tal
vez ese sea tu gran problema —dije —. No negaré que me da escalofríos, pero
siento un poco de pena por ella. Muy poquita.
—Yo
no —dijo Laura a secas —. Me asusta a morir. Todos tus poderes de reina en ti
ya son bastante malos. Todo tu poder en ella... guiada por el intelecto. ¡Por
la lógica de un contable! Está mal, Betsy, y es terrorífico.
—Bueno,
cálmate, no tengo planeado convertirme en ella en la próxima media hora.
¡Utilicemos esta oportunidad! Averigüemos lo que podamos, y luego podremos...
Laura
ya estaba sacudiendo la cabeza.
—Lo
primero es salir de aquí, lo mejor. Por eso no nos quedamos aquí mucho tiempo.
Lo comprendimos. Y nos marchamos.
—Para
ser justas, no nos hemos quedado mucho en ningún período de tiempo.
—Cierto,
pero ella sabrá que no tenemos que quedarnos. Recuerda: ella ya ha estado en
este baile. Conoce todos los pasos.
—Y
así es como vamos a pillarla. —¿Pillarla? ¿Estaba planeando mi propia caída?
¡Odiaba el viaje en el tiempo! Como mínimo, nunca sabía qué tiempo verbal
utilizar. ¿Y por qué exactamente estaba intentando cambiar las cosas? La yo
ancestral era una trabajoadicta bastante fría, pero eso no la hacía malvada más
allá de toda comparación. ¿Verdad?—. Porque mi yo decrépita ha olvidado cómo es
sacarse planes directamente del culo sin pensar.
—Eso
podría funcionar —admitió Laura —. Está acostumbrada a planear. Y tiene la
ventaja de saber lo que ocurrirá. Tal vez en vez de intentar parar lo que sea
que pasó, lo está planeando.
—Así
que tal vez tendríamos que intentar sacarle información en vez de quedarnos
tendidas y dejar que ocurra. Tal vez se imagina que lo que sea que ocurrió no
puede detenerse. Así que se asegura de que los vampiros estarán bien. ¡Si ahora
es julio cómo será el invierno! Los vampiros no pueden congelarse hasta morir,
así que ¿quién mejor para asumir el control cuando el puto calentamiento global
arrase el planeta?
—Tiene
sentido. Así que vamos a...
Alcé
una mano.
—Uh-uh.
No pudo decírtelo. De ese modo, en el futuro, no podrás contárselo a la
marchita y reseca yo. Voy a intentar...
—No
me lo digas.
—Después
de no contarnos la una a la otra lo que haremos, nos encontraremos... o no...
algo después. Probablemente.
—Bueno,
buena suerte, creo.
—Y
para ti, probablemente.
Nos
abrazamos, luego salimos disparadas en distintas direcciones.
Capítulo
70
Levanté
la vista cuando mi yo infantil atravesó de una patada ¡mis puertas de caoba!
Esta niña idiota no comprendía lo que costaban esas cosas en estos días.
—Ah,
sí, te vas. No, no voy a decirte dónde están Jessica y Tina. Y como estoy
segura de que te dijo Marc, Sinclair no está disponible para ti en este
momento.
—Marc
no me dijo una mierda. Estaba demasiado ocupado canalizando a Ted Bundy, George
W. Bush, y los tíos de Queer Eye. Tiene el bonito sello de un sociópata.
Ah,
qué desafortunado. Estos días Marc era poco más que una herramienta. Pero el
cincel puede revolverse en la mano del escultor. Había abandonado la reserva,
mentalmente hablando, antes de impartir la información que yo necesitaba que
tuviera mi yo juvenil.
—Está
teniendo un mal siglo —dije, fingiendo desinterés —. Gracias por pasarte por
aquí. Lamento mucho que no puedas quedarte, adiós... ¡argggh!
Dije
argghh porque mi yo loca se había lanzado a través de la alfombra, se había
abalanzado sobre mi escritorio (¡mi escritorio!), y me había levantado del
suelo por la garganta. No me importó tanto como me preocupó por mi vestido
boucle. Tales cosas eran difíciles de conseguir estos días, y no importaba qué
año fuera: una vez la lana se estiraba, nunca volvía a ser la misma.
—¡Para
ya! —gorgojeé, pateando. Sentí como uno de mis pies flameantes golpeaba contra
un archivador y me recordé a mí misma que esos archivos tenían más valor que la
leña.
—¿Qué
hiciste? —gritó mi yo bebé —. ¡O qué no hiciste! ¡Dime!
—¡Esto...
no es... correcto! —¿Cómo podía estar haciendo esto? ¡Yo no recordaba hacer
esto!—. No... te limitas... al guión.
—Entonces
apesta ser tú, supongo —dijo mi yo preescolar con una notable falta de
simpatía.
¿Lo
más enloquecedor? No me atrevía a luchar. No podía arriesgarme a causar una
herida fatal. Yo tenía tanta experiencia, siglos de conocimientos valiosos, sin
mencionar el ser el vampiro más poderoso de la historia de los no-muertos.
Sería demasiado fácil matarla. Y como había descubierto a lo largo de los años,
era difícil alzar a los no-muertos.
Alzar
la muerte.
Sí.
Sabía cómo manejar esto. Y daría a la estúpida niña algo que ponderar cuando
estuviera de vuelta en el siglo veintiuno, luchando con un puzzle sudoku.
Aparté
las manos de sus muñecas, nos retorcí de lado, y me las arreglé para apretar el
botón del lado izquierdo de mi papel secante electrónico. Se deslizó la puerta
de mi oficina, y como siempre, el zombie fue precedido por el olor.
Betsy
me dejó caer y retrocedió todo a una, como yo había anticipado.
—¡Oh,
Dios mío! —chilló, con las manos sobre la boca—. ¿Qué demonios es eso?
—Uno
de los no-muertos torpes, naturalmente. —Enderecé el escote de mi vestido—.
Tienes suerte de no haberme ensuciado. Y por cierto, ¿no se te ha ocurrido
darte una ducha? Da vergüenza, haragana.
—¿Avergonzada
yo? ¿Avergonzada yo? ¿Por qué tienes un zombie acechando en un compartimento
secreto detrás de tu oficina que se abre cuando aprietas un botón en tu enorme
y feo escritorio?
Le
di al zombie una subunidad lógica (del tamaño de unos diez céntimos, para
conocimiento mundano) y dije:
—Lleva
esto a Operaciones.
Al
zombie se le cayó uno de los dedos cuando aferró la subunidad, podíamos oír los
dedos que le quedaban rezumando y aplastándose. Sonreí al oír el gemido
horrorizado de Betsy. Mi zombie... la mujer de uno de nuestros técnicos de
calefacción, ¿no era estúpido que después de todo este tiempo aún no hubiera
cura para el cáncer?... pasó arrastrando los pies junto a Betsy y salió por las
puertas dobles.
—¿Qué,
debería haber dejado a los muertos bajo tierra? ¿Cuando no pueden congelarse
hasta morir? ¿Cuando aceptan órdenes tan bien, no sienten dolor, y no llaman
para decir que están enfermos? ¿Quieres que malgaste un humano en tareas como
esa?
—¿Malgastar
un humano? ¿Te has oído a ti misma?... espera. ¿De dónde salen?
—Lo
siento —dije, lo cual fue una pura mentira—. Privilegios del rango. Lo
averiguarás tarde o temprano. La reina llamará a los muertos, a todos los
muertos, y ninguno se ocultará de ella ni le guardará secretos.
La
sonrisa desapareció de mi cara cuando ella exclamó:
—Sí,
y ninguno de los muertos seguirá muerto. ¿Así es como interpretaste ese libro
horroroso? ¿Averiguaste cómo levantar zombies? Detenme si has oído esto en los
últimos cientos de años, pero ¿qué pasa contigo?
—Vete
—dije fríamente—, nunca podría hacerte entender.
—¿Sí?
Bueno, entiendo que puedo patearte el culo si quiero, y no te atreverías a
devolvérmela.
—Me
atreveré. Me atreveré y más —mascullé—. Siempre hay modos de mantenerte lejos
de mí que no sean matándote.
—Entonces
adelante, vaca.
Intenté
recordar la última vez que alguien se había atrevido a insultarme a la cara. O
incluso a la espalda (entre otras funciones, los zombies más frescos podían
repetir conversaciones oídas literalmente.... eran mis ojos en todas partes,
esos encantadores putrefactos).
Para
mi disgusto, ella había calado mi farol. Me senté detrás del escritorio, con la
mano descansando cerca del botón zombie. Eso, al menos, no era un farol. Había
alzado otra docena o así la semana pasada. Tardarían al menos otros tres días
en estar demasiado putrefactos para moverse.
—Vete,
pequeña.
—¿Qué
has hecho con mi marido, jodida groupie zombie enferma?
—El
paradero de mi marido no es asunto tuyo. —¿De verdad me había llamado groupie?
—¿Dónde
están Tina y Jessica? ¿Y la vieja Laura? ¿Y por qué dejas que Marc vaya por ahí
así? Puede que estés muerta por dentro, puede que tengas una habilidad de mala
muerte para combinar colores a tu decrépita edad, pero tienes que ver que es
peligroso, es impredecible, y probablemente será tu ruina.
Buenos
argumentos, todos. Era refrescante ver los destellos ocasionales de lógica de
los que era capaz mi yo infantil. Desde luego sólo un vampiro muy viejo tendría
alguna esperanza de matarme. Afortunadamente, Marc estaba demasiado lejos de
poder congregar a cualquier tropa. Y en el uno contra uno, como había
averiguado hacía novecientos años, no tenía posibilidades.
En
retrospectiva, no debería haberle sellado tanto tiempo en un ataúd envuelto en
rosarios. Le quería roto, pero no había esperado que se volviera loco. Habían
sido sólo cincuenta años, por amor de Dios. Todavía recordaba el disgusto que
sentí cuando comprendí que había sobrestimado su resolución, valor y
disciplina. Había esperado más de un médico...
—¿Qué
quieres, Betsy?
—¿Qué
crees que quiero, cabrona psicópata? —grité. No me gustaba admitirlo, pero ser
insultada así era casi refrescante—. ¡Quiero que no seas una cabrona psicópata!
¡Quiero que vuelvas atrás en el tiempo y deshagas lo que sea que le pasara a
Marc! ¡Era tu amigo, vaca asquerosa! ¡Te adoraba!
Me
miré fijamente a mí misma, mi estúpida, infantil y tonta yo. Tenía la cara roja
(un buen truco para alguien que en el mejor de los casos no tenía movimiento
sanguíneo). Estaba fuera de control. Si hubiera sido capaz de llorar, habría
estado haciéndolo a mares.
—¡No
sé si lo hiciste tú o Tina o Sinclair, pero deberías haberlo salvado! Y si no
podías, deberías haberle arrancado la cabeza al que se atrevió a tocar al amigo
de la reina vampiro.
—Has
notado la ausencia de Tina —dije quedamente, arreglando las plumas antiguas
sobre mi escritorio.
Eso
la calló. Desafortunadamente, no por mucho tiempo.
—No
te creo. O tal vez sí. No puedo hacer nada al respecto. Pero eres tú quien
debería sentirse avergonzada, no yo. Permitiste que todo esto ocurriera, ¿y
para qué? ¿Para poder permanecer a salvo?
—En
absoluto. —Hice una pausa. ¿Iba a hacer esta locura? No tenía ningún recuerdo
de esta conversación. Mis recuerdos de esta época caótica eran de comprender
que vivíamos todos en una línea temporal manoseada. Mis recuerdos eran de ver
el futuro con horror y huir de vuelta a mi propio tiempo tan rápidamente como
fue posible. No me enfrenté a mí misma. Esta sucia escenita nunca ocurrió.
Laura y yo nos habíamos ido furtivamente a casa cuando pensábamos que nadie
estaba mirando—. Para que mi hijo pudiera estar a salvo.
Ella
hizo una pausa, luego sacudió la cabeza.
—No
finjas que hiciste todo esto porque intentabas ser la madre del año.
—Nunca
finjo —dije seriamente —. Perdí el gusto por hacerlo cuando los muertos
alcanzaron los diez millones.
¿Qué
estaba haciendo? Si iba a igualar su imprudencia, ¿por qué no contárselo todo
sin más? La traición de Tina, la debilidad de Sinclair. Lo que yo había
permitido que le ocurriera a tanta gente.
El
grandioso y último regalo de Satanás para mí. Una página del Libro de los
Muertos destelló en mi ojo mental.
“La
Estrella de la Mañana aparecerá ante su propio hijo, le ayudará a tomar el
control del mundo, y aparecerá ante la reina y todo se revestirá de oscuridad”.
Lo
había hecho. Desde luego que sí. Y más.
“La
hermana de la reina será la Amada de la Estrella de la Mañana, y controlará el
mundo”.
Y no
nos olvidemos de mi truismo preferido: “La reina verá océanos de sangre y
desesperación”.
Cierto.
Y cierto.
¿Y
qué estaba haciendo ahora? ¿Por qué estaba tolerando su interferencia? Pensar
que había una alternativa... era más que una debilidad residual. La última
parte de mí que todavía se retorcía y vivía. La última parte a ser machacada
como una serpiente.
El
último especialista medioambiental había difundido sus descubrimientos a un
mundo conmocionado. Y cuando hubo terminado, había dicho algo que yo nunca
olvidaría: Este es un mundo para animales de sangre fría.
Idiota.
Capítulo
71
Hubo
un golpe firme en la puerta y la yo decrépita pareció casi aliviada.
—Esa
debe ser Laura, que viene a incitarte a marchar. Luego os escabulliréis como
ladronas.
—¡Pasa,
colega ladrona! —aullé. Laura entró, con aspecto de estar sacudida—. Vigila que
el zombie de fuera no se coma la alfombra.
—Así
que no me he vuelto loca por el horror. Pasó junto a mí por el pasillo
(parecemos destinadas a no pasar del pasillo). Vine para asegurarme de que
estabas bien. Por lo tuyo.
—Una
idea muy bonita, pero esa pobre cosa asquerosa salió de aquí. Entre mis otros
maravillosos hobbies, como permitir que abusen de mis amigos, en el futuro me
dedicaré a crear zombies.
—Infantil
—masculló mi yo psicópata.
—¡Y
tú! —adelanté un dedo hacia mi yo capulla—. No me engañas en lo más mínimo,
arpía. Cuando entré aquí y me puse como una perra...
—Tú
no...
—Calla,
vieja zorra. La tú más joven, guay y asombrosa tiene la palabra. Te
sorprendiste cuando lo hice. Estabas alucinada. Puede que las cosas no sean tan
llanas y secas como intentas fingir.
Se
hizo un silencio, roto por la vieja y marchita yo diciendo tranquilamente:
—Tal
vez. ¿Por qué no os quedáis un rato y lo discutimos? Hay cosas...
—¿Sabes
qué? Me importa una mierda. Nos largamos.
Laura
me miró fijamente, preocupada.
—Betsy,
tal vez tu yo dinosaurio tenga razón. Podríamos...
—Me
sigue importando una mierda. Llévanos de vuelta al infierno. Ahora mismo.
—Pero...
—Laura,
este no es buen momento para hacer que me repita. ¡Espada! ¡Umbral místico!
¡Sala de espera del infierno! ¡Ahora!
Ya
tenía la espada en la mano cuando yo todavía escupía “místico”. Eso me gustaba
más.
—Ta-ta
—dijo mi yo prehistórica.
—Que
te jodan.
—Que
te jodan dos veces —añadió el anticristo.
Laura
cortó. Nos adelantamos.
Adiós,
futuro. Espero no volver a verte.
Capítulo
72
Nunca
pensé que me alegraría de ver este lugar.
—Amén.
—¡Ey!
De vuelta tan pronto. —La Toña estaba en el mostrador de recepción, todavía
muerta y con el pelo fatal—. ¿Cómo fue?
Le
enseñé el dedo. Después de enfrentarme a mi yo jodida no estaba de humor para
bromas.
—Trae
a la otra madre de Laura. Ahora mismo.
Para
mi sorpresa, la Toña desapareció de la vista. Tal vez estaba cumpliendo mi
petición o tal vez buscaba unas cuantas miles de boas constrictor con que
llenar la sala de espera. De una forma u otra, dejó de incordiar unos minutos.
—Creo
que se puede arreglar.
Laura
asintió.
—Por
lo menos, vale la pena intentarlo. ¿Dijiste que estaba flipando?
—Completamente.
Y dijo cosas... cosas que no quería decir. Parecía sorprendida. Y... no
esperanzada, no mucho, pero tal vez menos... ¿resignada?
Laura
todavía asentía.
—Vale.
Eso es mejor que nada. Fuimos capaces de demostrarle a ella... y lo que es más
importante, a nosotras... que el futuro no está establecido.
—No
hay destino excepto el que nos hacemos nosotros mismos.
—Eso
es de Terminator.
—Sí,
que a partir de ahora será conocido por Viaje en el Tiempo 101.
—Creo...
creo que una de las cosas que tenemos que hacer es lo que mi madre quiere.
Tomar el mando del infierno; tomar el control de su trabajo. Pero no como ella
piensa No como tu yo del futuro pensaba. Me haré cargo del infierno; pero será
con mis propias condiciones, no las de Satán.
Yo
también estaba asintiendo, a mi pesar. Odiaba la idea de que Laura soportara
ese trabajo horrible, pero si íbamos a salvar el mundo de mí, necesitábamos
algo de poder en todo su apogeo. No veía al diablo levantando un dedo. Así que
tendría que ser Laura quien los levantara, por así decirlo.
Además,
parecía humana pero no lo era. No más que yo. No podía ocultarse de su destino
en los suburbios como había intentado yo.
—Quizás
eso es lo que quiere decir el Libro. Quizás en vez de apoderarte de nuestro
mundo, te apoderarás del infierno.
—Estamos
en sintonía —coincidió.
—Tengo
que decirlo, no estar preocupándome de que te apoderes de este mundo será una
liberación para mí.
—Um...
¿Betsy? ¿Soy sólo yo, o...? —gesticuló Laura.
Se
dio cuenta de lo que yo había visto en el instante en que me percaté de que
estábamos de vuelta en la sala de espera. Todas las puertas cerradas habían
desaparecido; sólo quedaba la puerta de salida. La única que conducía hacia el
infierno propiamente dicho, a falta de una palabra mejor.
—Por
supuesto —dijo el demonio, materializándose detrás de la mesa.
—¿Por
supuesto, qué? —No lo negaría: viajar por el tiempo me había vuelto gruñona—.
Odio cuando eres tan enigmática.
—Lo
siento —bostezó Satán.
—¿Por
qué ahora? —preguntó Laura—. Intentamos e intentamos salir antes.
—La
salida apareció porque tenía que aparecer. Antes, sólo queríais que apareciera.
—Oh,
basta de chorradas tipo Zen-en-el-infierno —gemí.
—Lo
siento —dijo Satán—. Yo no hago las reglas. —Luego se rió alegremente—. ¡No es
verdad! ¡Hago las reglas!
—Es
tan espeluznante cuando te ríes —comenté.
—Casi
tan espeluznante como cuando no lo hago. Así qué ¿preguntas? ¿comentarios?
Ah... —Se fue apagando ante mi expresión ansiosa—. Tal vez sin comentarios.
Quizás deberías irte a casa.
—Tal
vez lo haga —estuve de acuerdo.
Así
que con la ayuda de Laura, lo hice.
Capítulo
73
Acabó
donde empezó para mí: en la biblioteca donde guardábamos el Libro de los
Muertos. Lo curioso era, que ahora que sabía lo que iba a pasar, ahora que
tenía una misión completamente nueva, ya no necesitaba leer esa estupidez.
Aún
así, saberlo hacía que vivir en la misma casa con esa cosa fuera algo más
soportable.
¡Y
una ducha! ¡Podía ducharme! ¡Podía estar limpia! ¡Podía no darme asco! ¡O a los
demás!
Descubrí
mi bolsa roja al lado de una de las mesitas de café y me abalancé sobre ella.
¡Cambiarme de ropa! ¡Ropa interior limpia! ¡Oh, adoraba, adoraba, adoraba el
presente!
Oí
cerrarse de un portazo la puerta principal, oí el grito de un alegre barítono,
y me importó una mierda. Enderecé la mesita de café (debió caerse cuando Satán
me lanzó como a una ficha de parchís), arramblé con mi bolsa y...
Vi
al detective Nick Berry de pie en la entrada de la sala.
—Como
dije, en Rainbow había rebajas en frambuesas. Así que compré cinco kilos. Lo
que Sinclair no sepa no le hará daño, ¿no?
Dejé
caer la bolsa y lo miré fijamente. Este, este Nick sonriente, amistoso,
relajado, éste era el Nick que había conocido antes de morir.
—No...
no puedo creérmelo —tartamudeé.
—¿El
qué? ¿Crees que dejaría a mi vampira favorita sin frambuesas? ¿Lo captas? ¿Sin
frambuesas? Tengo un millón de ellas. ¿Sabes que tienes la nariz sucia?
—¿Soy
tu vampira favorita?
Suspiró
y miró al techo.
—Tu
vanidad no tiene límites, pero haces que parezca guay en vez de molesto, así
que te consentiré: sí, por supuesto que eres mi vampira favorita. No me
malinterpretes, Sinclair es un hombre atractivo y Tina desde luego es un regalo
para la vista, pero admitámoslo: soy un lameculos.
—¿Eh?
Se
inclinó hacia atrás y echó un vistazo al pasillo.
—¡Ah!
Ahí estás. ¿Te apetecen? —Se enderezó y me sonrió—. De acuerdo, vale,
técnicamente soy el lameculos de tu mejor amiga, perdón por la ordinariez. —Se
inclinó hacia atrás en el pasillo—. Podemos quedarnos en casa si quieres.
—¿En
casa? —Estaba teniendo un momento espantoso siguiendo la/s conversación/es.
—Sí,
en casa, nuestro domicilio... técnicamente tu domicilio, pero la última vez que
lo comprobé, aún estando Jessica y yo aquí, todavía quedan unas treinta
habitaciones de invitados. Hey, guapísima.
—Estoy
famélica —gimió Jessica, apareciendo en la entrada al lado de Nick—. Oh, hey,
estás de vuelta. ¿Quieres salir a cenar? ¿A Manny’s? Puedes verme comer un
bistec y yo puedo observarte beber daiquiris.
La
miré fijamente.
—¿Betsy?
La
miré fijamente.
—No
es que me importe sea como sea, pero llevas un tiempo sin alimentarte... ¿tengo
razón?
Señalé
la enorme barriga de Jessica. Era como un palo con una pelota. Siempre lo supe,
cuando estuviera embarazada, sería como un palo con una pelota.
—Eso...
eso...
—¿Qué?
Dije que te daría la ecografía. Y dije que podrías grabar el nacimiento si
prometías no echar espuma por la boca gritando como una loca cuando olieras
toda esa sangre. Ahora, ¿vienes a cenar o no?
—No
—dije a través de los labios entumecidos.
Nick
le acarició el estómago e hizo gestos en dirección al vestíbulo principal.
—Su
carruaje la espera, mi diosa embarazada del amor.
—Qué,
¿estás intentado hacerme vomitar? ¿He pasado seis meses con náuseas matutinas y
tú estás intentando hacerme vomitar? Los polis sois raros. —Se dieron la vuelta
para irse; Jessica echó un vistazo atrás y añadió—: Bienvenida.
—Es...
es agradable estar de vuelta. —Pude notar una incrédula y estúpida sonrisa
extendiéndose por mi rostro—. De verdad, de verdad está bien estar de vuelta.
Capítulo
74
Está
bien. No iba a fingir que tenía idea alguna de lo que acababa de suceder. Pero
todo estaba bien, así que ya me pondría con los detalles sangrientos más tarde.
Por un lado, Jessica estaba preñada, y Nick feliz como una lombriz con su
insignia de detective, pero ninguno de ellos llevaba anillo de boda.
Había
toneladas de chismes para ponerse al día, y no podía esperar. Pero primero, mi
bolsa, mi ducha, y mi...
—¡Te
oí! —Tina entró con una adorable falda larga hasta el suelo de lana negra y una
camiseta lila de manga larga. Llevaba el cabello recogido en una coleta. Unas
sandalias de gladiador negras de Christian Dior (mi regalo de Navidad del año
pasado) en sus delicados pies completaban el cuadro.
Y el
pequeño retrato, desde luego. La pequeña pintura, de no más de dos centímetros
de largo, colocada de su muñeca por una cinta de raso azul.
El
retrato que ya había visto una vez antes. El retrato que nunca había visto...
en la muñeca de Tina.
—Me
alegro de que hayas vuelto, Majestad. Ah, te ves hermosa, pero tienes la nariz
sucia. Cuando tengas un momento, me gustaría que firmases algunas cuentas a las
que Su Majestad quiere que puedas acceder. Lo sé —añadió, sosteniendo en alto
la pequeña mano, con la palma hacia afuera, como un policía de tráfico—. Lo que
es de él es de él, y lo que es tuyo es tuyo, y no le perteneces, y él debería
guardarse su propio dinero, sí, sí. Pero quiere que tengas acceso legal a todo
lo que tiene, y ahora que la venta de la plantación de piña de Brasil ha
concluido, tiene otra fuente de ingresos que le gustaría que utilizaras. Ah,
¿Majestad? ¿Por qué me miras así?
—Yo
no lo sabía. Tina, te juro que no lo sabía. —Di un paso tambaleante hacia ella
y tan completamente perdida estaba mi capacidad de controlar mis pies, que
terminé en cuclillas delante de ella. Pareció sorprendida y avergonzada, y
trató de moverse para ayudarme (quedaba claro que no estaba acostumbrada a
tener reinas a sus pies), le cogí las manos y apreté, aferrándome a ella como a
una cuerda que me salvaría de un ahogamiento seguro—. ¡Yo no lo sabía!
—Mi
reina...
—Nunca
hice la conexión. No podía entenderlo, ninguna de las dos podía entender por
qué terminamos en Salem, donde no conocíamos a nadie.
—Majestad...
—Yo
no tenía intención de jugar a ser Dios con tu tatara-
tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara... ¿cuántos serían?... ni importa, no
tenía intención de destruir su vida, Tina, aunque probablemente lo haya hecho.
Yo sólo quería ayudar, pero metí la pata en todo. Creo que la ayuda tal vez
haya arruinado el futuro. Pero tal vez no, no sé, esa es la parte horrible,
pero yo nunca te habría hecho daño. Digo, a ella. De verdad que quería ayudar,
y es mi metida de pata, no de Laura. Laura intentó detenerme. Lo juro por mi
vida.
—¿Arruinar?
Oh, tú... ¿arruinar? —Sus ojos, sus grandes y hermosos ojos se hicieron aún más
grandes ante esa idea, fue prácticamente como si se convirtiera en una
caricatura anime allí mismo, delante de mí—. Nunca podrías... no lo hiciste.
Creí que lo habías entendido. Su Majestad explicó que estarías de regreso
pronto y que podríamos contarte lo que sabíamos. No deseábamos ocultarte nada.
—Estudió mi rostro con ansiedad—. Lo entiendes, ¿verdad?
—¿Que...
podías contarme lo que sabías?
—Caroline
os recordó, por supuesto. A ambas. Mi tatarabuela recordaba a las dos rubias
preciosas y muy altas que vestían de forma extraña y hablaban de forma aún más
extraña.
»Recordó
todo lo que los ángeles... porque eso es lo que creyó que erais... todo lo que
los ángeles dijeron. Se fue sacudida pero agradecida. Abandonó Massachusetts y
se estableció más al oeste, feliz de conservar su vida y su ingenio.
»Y
contó a su hija lo que le pasó. Cómo la fe puede convertirse primero en un
escudo, y luego en un club. Contó a su hija cómo los ángeles la habían salvado
de una turba cruel y una muerte aún más cruel. Y su hija se lo contó a su hija,
y ella a mí. Era mi cuento favorito para dormir, el único que no me cansaba de
oír. —Hizo una pausa—. También era el favorito de Erin.
Yo
todavía estaba aferrada a sus manos, sin dejar de mirarla y deseando ser lo
bastante humana para llorar lágrimas de verdad. Pero no lo era, y nunca
volvería a serlo. En su lugar, lo que me esperaba tras el largo túnel de los
siglos era una mujer que no tenía amigos, sólo soldados. La mujer que había
hecho a la cosa-Marc, o permitido que la hicieran, y que no sabía dónde estaba
su marido o si estaba, y no le importaba.
—Tina,
no debería haberlo hecho. Yo no lo sabía, pero esa es exactamente la cuestión.
No lo sabía, lo cual tenía que haber sido razón suficiente para no interferir
en la vida de otro.
Tina
liberó una de sus manos de mi presa, y yo se lo permití. Por un instante, pensé
que iba a darme un buen y merecido gancho en la mandíbula. En cambio, giró
cuidadosamente una de mis manos entre las suyas, con la palma hacia arriba, se
inclinó y la besó. Luego cruzó los dedos sobre su beso y clavó en mí su mirada
oscura. Sus ondas de cabello largo y rubio se habían soltado, estaban por todas
partes, pero yo estaba demasiado ocupada mirándola a los ojos para distraerme.
—Mi
querida reina oscura —dijo, y me regaló la más cálida sonrisa que jamás había
visto en su cara—. Siempre lo he sabido.
Me
dejó llorar en su regazo durante un largo rato.
Capítulo
75
Tras
un rato embarazosamente largo, me recompuse, acepté un abrazo de Tina, me pasé
los dedos por el cabello (sucio), y suspiré.
—Vale.
Esto ha sido catártico.
—¡Vaya!
Ahora tu cara está incluso más sucia.
—No
tienes que sonar tan contenta por ello.
—No,
supongo que no. —No se estaba riendo de mí... apenas—. ¿Te gustaría un
smoothie?
—Me
encantaría un smoothie, y luego tenemos que hablar. Quiero decir, primero tengo
que encontrar a Sinclair y disculparme, pero luego tenemos que hablar. Cuando
abandoné la casa, Jessica no estaba embarazada y Nick me odiaba.
—¿De
verdad? —Los ojos de Tina se abrieron de par en par, curiosos—. Eso es...
difícil de imaginar. Vaya. Tienes historias que contar, ¿no?
Ah...
algunas historias, sí. Pero no todas.
—Iré
a empezar con algo... Nick dejó lo que parecen ser tres docenas de bolsas de la
tienda en la cocina. Con tu permiso, majestad. —Se marchó, mascullando para sí
misma—. Cómo nos lo comeremos todo sin que su majestad lo averigüe o algunas de
las frambuesas se pongan malas es algo que no sé...
Vale.
Hora de llevar mi culo arriba, tomar una ducha, cambiarme de... de...
¡Mi
carta!
Me
dejé caer de rodillas, abrí a zarpazos la bolsa y rebusqué a través de bragas
limpias hasta encontrar la carta que Sinclair me había dejado. Dado que sabía
que la había cagado y quería disculparme, este era el momento de leerla. Y dado
que él y Tina parecían saber exactamente a dónde había ido, y lo que había
estado haciendo...
Desgarré
el sobre con dedos temblorosos y la leí allí mismo, en el suelo de la sala.
Mi
vida, mi adorada reina,
Han
sido menos de cuatro horas y apenas puedo soportarlo. Me disgustó evitarte y
dejarte partir a tu viajes a través del tiempo sin saber que tienes mi apoyo y
admiración y, siempre siempre, mi amor. No me gustó, aunque sabía que era
necesario tanto para mi pasado como hijo de granjeros asesinados y hermano de
una gemela asesinada, como para mi futuro como monarca reinante.
Más
aún: era necesario para traerte a mi vida. No hay nada que no soportaría miles
y miles de veces para tener la seguridad de que eso sucedería.
Mi
hermana te habría adorado, como te adoro yo. Lamentaré hasta el final de mis
días que ella y tú no os pudierais conocer... una vez más. ¡Qué bien
recordábamos tu visita cuando éramos niños! ¡Cuánto encantaste a mi amada
gemela y cómo lanzaste tu hechizo sobre mí!
Qué
agradecido estoy de que me hicieras fuerte.
Elizabeth,
tu encanto y tu poder provienen del simple hecho de que no tienes ni idea de lo
poderosa que has sido siempre. Éste es el tipo de cosas que me hacen amarte
mientras lucho contra la urgencia de estrangularte.
¡Tenía
razón! Conocía exactamente esa expresión. La había visto un trillón de veces en
los últimos años. Una especie de estreñimiento emparejado a una ráfaga de
azúcar.
A
estas fechas muchas de tus preguntas sobre mi pasado probablemente hayan
recibido respuestas.
Sí,
se podría decir que sí.
Pero
si queda alguna, las responderé. Si necesitas alguna información sobre
cualquier tema con el que yo esté familiarizado, te la proporcionaré con todo
lo que necesites del mejor modo que pueda.
El
tiempo de los secretos contigo se ha acabado, se pueden encontrar tus pisadas a
través de nuestras vidas; siempre has estado en nuestras vidas; y al fin puedes
saberlo, para nuestra gratitud y alegría. Sabiendo esto, hemos contado los
minutos hasta que volvieras a tu lugar apropiado en el tiempo.
Si
esto resulta poco claro, lo diré sin rodeos: tu lugar está a mi lado; y siempre
lo estará, ya sea sesenta años atrás o cinco mil a partir de ahora.
En
esto, como en todas las cosas, soy tu devoto marido, siervo, y monarca.
Mi
vida, cómo te echo de menos.
SinClara.
Mi
mano sufrió un espasmo y la nota se arrugó en mi puño. Me quedé sin aliento e
intenté alisarla, lo cual habría sido complicado aunque no hubiera estado
llorando. ¡El apodo que él odiaba! ¡La había firmado con el apodo que odiaba!
Más
aún: me había dejado ir al infierno, aunque sabía que iba a estar hundida hasta
la cadera en todo tipo de mierdas. Para un macho controlador y anticuado
machista como mi marido, quedarse atrás y dejar que todo ocurriera, permitirme
enfrentar todo tipo de peligros y malos olores... bueno.
—Ah,
no sólo oí tu dulce voz sino que seguí el olor a mugre. —Levanté la mirada.
Sinclair estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre
el pecho—. Tu cara está sucia, amor mío. Y debo disculparme por escoger un
argumento tan feo y sin sentido para hacerte pensar...
—¡Calla!
Parpadeó.
—Como
desees.
—¡Y
fóllame!
Parpadeó
de nuevo. ¿Había desarrollado un tic nervioso mientras yo no estaba?
—Como
desees.
Y
así sin más, estaba en mis brazos. Así sin más, fuimos tambaleándonos por toda
la sala, besándonos hambrientos, mordiendo, lamiendo, tirando de nuestra ropa,
cayendo sobre el extremo de la mesa (dos veces) y el sofá (una vez), hasta que
finalmente comprendimos que debíamos quedarnos en el suelo sin más.
Mis
leggins destrozados estaban más destrozados, y Sinclair estaba intentando
arrancarse la corbata sin estrangularse más de lo que yo había hecho
accidentalmente. No estaba segura de por qué se molestaba, ya que su camisa
blanca de vestir estaba esparcida en varios trozos sobre la alfombra.... ¿la
fuerza del hábito, quizás?
—Mi
vida, mi amor, mi Elizabeth, mi Elizabeth, cuánto te he echado de menos.
—Menos
charla —jadeé, levantando mis caderas del suelo para encontrar las suyas—. Más
polla.
Él
rió en mi boca.
—Como...
ah. Eso es... bastante adorable.
—Gawd,
suena como si hubiera aquí un rebaño de jaguares cabreados. ¿Qué...? ¡ah,
demonios!
Marc
estaba en la puerta, con los brazos en jarras.
—¡Oh,
vamos! ¿Sabéis cuánto hace que no echo un polvo? ¡He arrastrado a BabyJon por
todos los Gymboree de la ciudad sólo para conocer a alguien que será mi mala
opción favorita!
—¡Fuera!
—rugió Sinclair, sin ni siquiera mirar.
—¡No
es justo! —lloriqueó él, retirándose con ambas manos sobre los ojos—. ¡Bastante
malo es que seáis tan ridículamente apasionados como para que todos asumamos
que tenéis un sexo de monos asombroso, pero para eso tenéis un dormitorio!
¡Para que el resto no tengamos que toparnos con escenas como ésta! ¡Basta, esa
mesa tiene casi trescientos años! Oh, ahora sólo estáis presumiendo de vuestros
superpoderes de vampiro y vuestra vida sexual. —Su voz se debilitaba—. El resto
de nosotros tenemos que vivir aquí, sabéis. Quiero decir yo. Tengo que vivir
aquí. Aw, maldita sea...
Epílogo
Justamente
acababa de comprobar mi nueva “tinta” y estaba decidiendo quién descansaría en
paz, y quién sería mi nuevo proveedor, cuando un portal familiar realizado con
fuego infernal comenzó a recortar su camino hasta mi oficina.
Me
recliné hacia atrás, abrí el cajón superior, extraje la pluma que acababa de
hacer para la ocasión, luego sonreí cuando el diablo se dejó caer a través de
la puerta del techo hasta la alfombra.
—Qué
dramático —comenté—, incluso para ti.
Laura
Estrella de la Mañana sonrió abiertamente.
—¿Qué
puedo decir, hermana mayor? Estoy de un humor flameante.
—¿Otro
de tus presuntos herederos ha atravesado la adolescencia? —pregunté
ociosamente—. ¿U otro tonto se ha permitido seducirte? ¿O se te ha ocurrido
algo más maravillosamente horrible que hacer a nuestro padre?
—¡Las
tres cosas! —respondió mi hermana, abrazándose con regocijo. Todavía era, como
yo, una mujer hermosa. De hecho, con solo mil años de edad, estaba lejos de
estar en la flor de la vida.
Lo
cual a mi me iba bien. No la necesitaba en la flor de la vida, pero ella me
necesitaba a mí en la mía.
—Me
alegro de verte —dije, y no era nada más que la verdad.
—Estoy
segura. —Se dejó caer en la silla opuesta a mi escritorio—. ¿Aliviada de que se
hayan ido?
—No
hay palabras —repliqué fervientemente—. Qué asunto más desagradable.
—Simplemente
no te gusta recordar cómo solías ser.
—Entre
otras cosas, sí. Pero no importa, hermanita. No importa.
—Y
hablando de los viejos malos tiempos, he terminado con tu marido.
—Excelente.
Porque yo estoy lista para recuperarle.
—Ooooh,
suena pervertido. ¿Puedo mirar?
—No
lo es, y no, no puedes.
Laura
tendió las manos. Un pequeño círculo de fuego infernal... incluso después de
todos estos siglos, todavía no podía mirarlo directamente... se abrió a
alrededor de sesenta centímetros sobre ella, y un enorme libro aterrizó en sus
manos con un trompazo distintivo.
—Contempla
al rey de los vampiros. —Laura dejó caer el libro sobre mi escritorio—. Llevó
más de lo que esperaba acallarlo, desollarlo, y atarlo, no mentiré: quedé
impresionada. Nunca emitió un sonido. Ni una vez en setenta y cinco años.
Suspiré...
un aliento innecesario, pero los viejos hábitos son difíciles de olvidar.
Caso
en cuestión: mi marido.
Al
principio yo no le había gustado. Luego se mostró locamente enamorado. Luego
devoto. Y luego decepcionado. Finalmente: desencantado.
Nunca
me habría ayudado a mantener las cosas como estaban, como yo sabía, por mis
viajes con el diablo, que tenían que ser.
En
realidad, sólo había una forma de que pudiera ayudarme ahora.
—Llevará
un tiempo dejarlo exactamente como debe. Hay bastante que recordar.
Laura
bostezó. Nunca le habían preocupado los detalles.
—Pero
una vez esté terminado, ¿podrás llevarlo de vuelta? Es un viaje de más de mil
años, como recordarás.
—¿Si
lo recuerdo, por qué me lo recuerdas? Y mil años bien podrían ser seis meses,
después de todo este tiempo. ¿U olvidas que la práctica lleva a la perfección?
—sonrió—. Comencé a cargar contigo alrededor de Salem, ¿recuerdas?
—Vívidamente.
Recogí
mi pluma, abrí la cubierta del libro en blanco, sumergí la punta de la pluma en
sangre, y comencé a escribir sobre mi marido.
Capítulo
uno, página uno.
El
Libro de los Muertos.
Fin


Publicar un comentario