© Libro N°. 3058. Nervios.
Del Rey, Lester. Colección E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Nerves
Versión Original: © Nervios. Lester Del Rey
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NERVIOS
Lester Del Rey
1
El
zumbido discordante del teléfono importunó el sueño del doctor Ferrel. Los
esfuerzos de éste para aislarse, hundiendo la cabeza bajo la almohada, no
hicieron sino despertarte más ante aquel ruido ingrato. Un poco más allá, oyó a
Emma que se agitaba inquieta. A la tenue luz de la madrugada apenas podía
distinguir su cuerpo bajo las sábanas.
¡Aquellas
no eran horas de despertar a nadie!
Ya
en las últimas brumas de sus sueños, fue invadiéndole una sensación de
resentimiento. Se levantó y buscó a tientas algo que ponerse. Un hombre que se
acerca a los sesenta, con canas y tripa que lo demuestran, debería tener
derecho a descansar en paz. Sin embargo, el teléfono seguía insistiendo. Salió
de la habitación y, al llegar a la escalera, empezó a temer que dejara de sonar
en cualquier momento. Llegar demasiado tarde sería ya el colmo de los males.
Estuvo
a punto de caerse por las escaleras antes de llegar al aparato.
―Ferrel
al habla.
Al
otro lado, la voz parecía una mezcla de alivio y fatiga.
―Soy
Palmer, doc. ¿Te he despertado?
―Si
te parece, íbamos a empezar a cenar a estas horas ―respondió Ferrel en tono
cortante. Palmer era el gerente de la planta atómica en la que el doctor
trabajaba y, por lo menos nominalmente, era también su jefe―. ¿Qué sucede?
¿Acaso tu nieto tiene dolor de estómago, o tal vez la planta ha estallado por
fin? ¿Qué es eso de llamarme a estas horas? Sea lo que sea, creía que me habías
dicho que hoy podía olvidarme por completo del trabajo.
Palmer
suspiró casi imperceptiblemente, como si hubiese temido aquella reacción del
doctor y se hubiera preparado para ella.
―Ya
lo sé. Por eso te llamo. Si has hecho algún plan que no puedas modificar no
puedo pedirte que lo hagas, por supuesto. Dios sabe que mereces este descanso,
pero...
Dejó
aquella frase sin terminar. Ferrel se dio cuenta de que era un cebo. Si
demostraba algún interés, habría picado el anzuelo. Calló, y al cabo de unos
instantes Palmer volvió a suspirar.
―Muy
bien, doctor. Comprendo que no tengo derecho a molestarte. Lo que sucede es que
no confío demasiado en el tacto del doctor Blake. De todos modos, intentaré
convencerle de que sus chistes no son la mejor manera de enfrentarse con la
visita de un grupo de congresistas. Vuelve a la cama. Lamento haberte
despertado.
―Espera
un momento ―atajó Ferrel inmediatamente. Movió la cabeza y pensó en lo bien que
le iría en aquel momento una taza de café para aclarar las ideas―. Creía que el
comité de investigación no vendría hasta la semana que viene.
Como
buen pescador, Palmer le concedió todavía unos segundos antes de tirar del
sedal.
―En
efecto, pero me han llegado rumores de que han cambiado los planes. Llegarán
aquí esta mañana, acompañados de una cohorte de expertos y periodistas. Y con
el proyecto de ley presentado en el congreso... En fin, que pases un buen día,
doctor.
En
su fuero interno, Ferrel soltó un juramento. Sabía que todo lo que tenía que
hacer era colgar. Habérselas con el comité era responsabilidad de Palmer; era
su central la que se tendría que trasladar a alguna zona desértica si el
proyecto de ley era aprobado. El trabajo del doctor tan sólo consistía en
ocuparse de la salud y la seguridad de los hombres.
―Tendré
que consultarlo con Emma ―gruñó por fin―. ¿Dónde estarás dentro de diez
minutos? ¿En tu casa?
―No,
estoy en la planta.
El
doctor miró el reloj. Acababan de dar las seis. Si Palmer se tomaba todo
aquello con tanta seriedad... Pero, por otra parte, aquel día era el último de
las breves vacaciones que Dick pasaba en casa antes de volver a la facultad de
Medicina, y, desde hacía una semana habían estado haciendo planes para salir.
Emma había empeñado su corazón en que resultara un día familiar lleno de
felicidad.
Un
ruido, procedente de lo alto de la escalera, le hizo volver la cabeza. Emma
estaba allí, con un albornoz de algodón y unas zapatillas viejas. Con el
cabello suelto y sin maquillar parecía una chiquilla que hubiera crecido en una
noche sin que todavía alcanzara a comprenderlo. En su rostro no se reflejaba
expresión alguna; había aprendido a disimular sus sentimientos en la época en
que Ferrel ejercía la medicina general. Sin embargo, la rigidez de los músculos
del cuello y la manera en que ceñía el cinturón a su figura, quizás un poco
demasiado delgada, revelaban claramente que había escuchado la conversación y
que no le había gustado nada.
Desde
lo alto de la escalera se encogió de hombros, movió la cabeza y trató de
sonreír al tiempo que empezaba a descender los escalones ayudando a su cadera
enferma.
―El
desayuno aún tardará ―dijo con calma―. Trata de dormir un rato. Yo despertaré a
Dick y le explicaré la situación.
Y se
dirigió a la cocina mientras él volvía al teléfono:
―Bien,
Palmer. Iré. ¿Te parece bien a las nueve?
―Gracias,
doc. A esa hora irá bien ―repuso Palmer.
Emma
ya estaba preparando café en la cocina. El doctor se volvió hacia ella y dudó.
Tenía razón: necesitaba un rato más de sueño.
Pero
el sueño no iba a venir. La capacidad de adaptación de su juventud había
desaparecido hacía tiempo e incluso los hábitos más firmes de su vida adulta
parecía que empezaban a fallar. Quizá Jake acertaba con sus bromas y
efectivamente se estaba haciendo viejo. Se había descubierto a sí mismo
observando la figura firme y musculada de su hijo y le recordaba la suya a la
edad del muchacho, tan distinta de la que ahora se reflejaba en el espejo.
La
situación en que se encontraba la planta le seguía preocupando. No le había
prestado atención a la reacción cada vez mayor de la gente contra las
actividades atómicas. Finalmente, se habían visto forzados a reconocer la
atmósfera de tensión entre los obreros ocasionada por el repentino aumento del
miedo a las plantas atómicas tras tantos años de conformismo.
Ahora
se celebraban mitines de protesta y se habían remitido al Congreso una serie de
propuestas de ley mal redactadas e imprudentes que pretendían obligar a las
plantas atómicas a ubicarse lejos de las zonas habitadas. A pesar de todo, el
doctor no les había otorgado más importancia que la de los ruidosos escándalos
que de vez en cuando se producían. Sin embargo, si Palmer se lo tomaba todo tan
en serio tal vez debería reconocer que se había equivocado. Quizá las cosas
habían empezado a ir mal unos meses antes, cuando la crisis de la central
atómica de Croton. En realidad, sólo fue un incidente de poca importancia, pero
tuvo como resultado la contaminación radiactiva, en un grado muy pequeño, de
unos doscientos cincuenta kilómetros cuadrados; parecía no ser culpa de nadie,
pero todo ello generó un escándalo que ocupó las páginas de los periódicos
durante nueve días y sirvió como blanco de todas las supersticiones y miedos ya
enterrados sobre el poder atómico.
Ferrel
se levantó por fin y empezó a vestirse, sorprendido del tiempo que ya había
transcurrido. El aroma de las galletas calientes llenaba la casa y advirtió que
Emma estaba preparando la última comida que iba a hacer toda la familia junta
en las únicas vacaciones que su hijo podría conseguir. Pudo oír cómo despertaba
a Dick y cómo le explicaba la situación mientras se afeitaba. El muchacho
pareció mucho menos disgustado ante el cambio de planes de lo que había dado a
entender Emma; parece que los hijos siempre se preocupan menos que los padres
en lo referente a estas cosas.
Cuando
el doctor bajó, el muchacho ya estaba sentado a la mesa y ojeaba las páginas de
la edición de la mañana del Republican de Kimberly. Levantó la mirada y le pasó
la mitad del periódico.
―Hola,
papá. Lástima lo de hoy. Pero mamá y yo hemos decidido llevarte en mi coche al
trabajo para que todavía podamos vernos un ratito más. Me temo que esa
chifladura antiatómica se está poniendo seria, ¿eh?
―Palmer
está preocupado, eso es todo. Tomar todas las precauciones es parte de su
trabajo.
En
aquellos momentos, el doctor se sentía más interesado por las galletas y la
miel.
Dick
agitó la cabeza.
―Mira
el editorial ―le advirtió.
Ferrel
lo buscó, aunque por lo general no se dignaba leer los monótonos editoriales de
los periódicos de la cadena Guilden. Vio que iba firmado y escrito como si
definiera la línea política del periódico. Trataba del proyecto de ley de
traslado de todas las plantas dedicadas a la trasmutación atómica o a la
creación de isótopos radiactivos a zonas situadas por lo menos a setenta y
cinco kilómetros de cualquier población de más de diez mil habitantes.
Aparentemente, se trataba de un estudio objetivo del proyecto, pero situaba en
la misma balanza los beneficios que aportaba a la industria y el peligro para
la salud de los niños expuestos a fugas radiactivas accidentales. Demostraba, a
la luz de la razón, que las plantas atómicas debían permanecer donde estaban,
pero desde el punto de vista emotivo argüían todo lo contrario. Y muchos, los
más de los lectores, preferirían ajustarse a las emociones antes que a la
razón.
En
la primera página llamaba la atención la noticia de un mitin público a favor
del proyecto de ley. El número de asistentes y la lista de oradores había
producido una segunda sorpresa. Antes de constituirse la Compañía de Productos
Atómicos National en las cercanías de la ciudad, Kimberly no había sido más que
una pequeña población como tantas otras de Missouri. Ahora, el número de
habitantes ascendía a cerca de cien mil, y su bienestar dependía casi por
completo de la National; existían otras industrias, pero no eran sino empresas
filiales de la National. Incluso aquellas que no dependían de los isótopos
artificiales seguían necesitando de aquella energía barata que se podía
considerar como producto de desecho del átomo.
No
le importaba lo que gritaran los demás periódicos de Guilden, ni lo histéricas
que se pusieran las ciudades, pues consideraba casi increíble encontrar una
reacción de aquel tipo en aquella población. Disgustado, apartó el periódico
sin preocuparse siquiera por los resultados deportivos. Miró la hora con
malhumor.
―Creo
que será mejor irnos ya.
Emma
volvió a llenarle la taza y a continuación subió cojeando la escalera para
terminar de arreglarse. Ferrel observaba sus lentos pasos algo preocupado.
Hubiera sido preferible comprar una de esas casas de un solo piso que ahora
volvían a ponerse de moda. Mejor aún hubiera sido un ascensor interior, pero la
educación de Dick no les dejaba suficiente dinero para ello. Quizás el año
siguiente, pensó, cuando el chico acabe los estudios...
―Papá
―dijo Dick, con el semblante serio en esta ocasión y la voz suficientemente
baja para que su madre no pudiera oírle―. Papá, en la escuela hemos estado
discutiendo sobre este tema. Después de todo, la medicina tiene que usar
algunos de los isótopos que fabrica la National, por lo que nos incumbe a todos
nosotros. Hay algo que me preocupa: supón que te llamaran al Congreso a
declarar sobre el peligro que se corre.
Ferrel
no había pensado en ello. «Supongámoslo.» Podía suceder; y él era uno de los
más conocidos especialistas en la materia.
―Bueno,
no tengo nada que ocultar. A mí no me perjudicaría contarles toda la verdad.
―Si
es eso lo que buscan. Y si el hombre que lleva el caso no va tras una buena
publicidad en los periódicos de Guilden.
La
respuesta de Dick estaba cargada de indignación, pero al instante se volvió
hacia las escaleras y se apaciguó. Emma le contemplaba desde arriba.
El
doctor terminó el resto del café y salió tras su hijo en dirección a su pequeño
convertible impulsado por una turbina. Normalmente prefería el autobús de la
central, más lento pero totalmente seguro, pero hoy no podía oponerse a los
deseos de Emma. Subió a la parte de atrás, murmurando entre dientes. El viento
le azotaba. Casi era imposible mantener una conversación entre el silbar del
aire contra el parabrisas deportivo y el rugido sordo de la turbina, a la que
había cortado la mitad del silenciador para dar una falsa sensación de
potencia. Bueno, quizá las muchachas que parecían encontrar divertidos los
coches trucados crecerían y dejarían de prestar atención a tales nimiedades,
pero tenía serias dudas al respecto. O quizás era ―volvió a pensar― que simplemente
se estaba haciendo viejo. Observó, a lo largo de aquellos veinte kilómetros de
carretera, cómo las casas de pisos se iban transformando en hileras
interminables de parcelas urbanizadas que habían ocupado todos los rincones de
Kimberly, cajas prefabricadas con techos convertibles que se repartían en
pequeños grupos, todos iguales. La mayor parte de aquellas casas mostraban
señales de que el remolque había sido su antepasado más próximo, y en algunas
todavía se podían ver las ruedas que llevaban al salir de la fábrica, lo que
probablemente indicaba lo poco que confiaban sus dueños en permanecer en su
empleo una larga temporada.
Había
un gran atasco y en algunos puntos avanzaban a paso de tortuga. El doctor oyó,
procedentes de un coche que se encontraba a su lado, varios insultos típicos de
los habitantes del estado. Alguien tocó la bocina y otro conductor gritó:
―¡Apartaos,
atómicos de mierda! ¡No os queremos aquí!
¡Atómicos!
Tres años antes, ser un «atómico» equivalía casi a un seguro de respeto y buen
nombre. Los tiempos, al parecer, estaban cambiando.
Al
acercarse a la central fueron apreciando otros muchos cambios. En las puertas
de las casas se veían más y más letreros de «se vende». En otros tiempos se
concedían primas extras a los que se alojaban junto a la carretera que llevaba
a la planta. En la actualidad, el temor por la salud de las familias de los
operarios parecía ser más fuerte que el deseo de tener fácil el camino hasta el
trabajo. Quedaba claro que ni siquiera los que estaban más íntimamente ligados
a la National eran inmunes a la creciente preocupación.
Cuando
por fin dejaron la carretera principal y tomaron el camino privado que llevaba
a la entrada principal, se sintió casi aliviado. El racimo extenso y casi sin
pies ni cabeza de edificios públicos, oficinas y convertidores cubría varias
hectáreas a poco más de un kilómetro de la carretera principal. En aquel punto
el terreno era casi desértico, y estaba cuidado por una brigada de operarios
que mantenían en buenas condiciones las plantaciones de flores ornamentales.
Las leyes ordenaban que existiera una zona de seguridad alrededor de las
plantas atómicas, pero aquello no había sido una gran dificultad para la
National. Más allá se extendía una gran zona de tierra estéril, que iba hasta
un salobre lago y un pantano situado junto a él.
Al
menos, esa zona era útil, puesto que servía como depósito para los desechos no
radiactivos. Incluso el ramal del tren que salía de la línea principal distaba
a casi tres kilómetros de los edificios de la planta.
Anteriormente,
al principio, sólo había existido la central nuclear de energía eléctrica, una
de las primeras que se construyeron para suministrar la energía que necesitaba
St. Louis. Se conseguía gracias a la fisión atómica, en lugar de usar petróleo
o carbón. Pero posteriormente dos jóvenes científicos, llamados Link y Hokusai,
habían descubierto un nuevo campo de aplicaciones para el átomo y habían sido
destinados allí para desarrollar sus teorías.
En
los inicios de la ciencia nuclear se había descubierto que el plutonio no era
el elemento más pesado que podía existir; se podían crear otros de mayor peso
atómico ―como el plutonio y el neptunio― introduciendo mayor número de
neutrones en los átomos. Pero tales elementos tendían a hacerse cada vez más
inestables a medida que se les añadía masa. Varios de estos elementos se
desintegraban casi instantáneamente. Pero los dos científicos descubrieron que,
si se podía conseguir que esta desintegración no tuviera lugar aunque se
aumentara el número de electrones, se llegaba finalmente a un nuevo nivel en el
que los elementos producidos se volvían progresivamente estables otra vez.
Tales átomos ―superpesados― no habían existido nunca en la naturaleza, pero en
la mayoría sus características les hacían extremadamente valiosos.
La
National había llegado a su potencia actual gracias al desarrollo y producción
de isótopos pesados, y la energía que producía era ahora solamente un
subproducto, a pesar de que la planta cubría todas las necesidades energéticas
de Kimberly.
Ferrel
notó cómo Emma se ponía rígida al acercarse a la puerta principal, pero Dick
recordó lo que su madre pensaba y se dispuso a frenar. Emma tenía un temor casi
patológico a entrar en la central, basado en el convencimiento, totalmente
falso, de que había perdido su segundo hijo debido a la radiación. Sus peores
pesadillas tenían como centro la planta. Sin embargo, el doctor había
abandonado hacía tiempo cualquier tentativa de razonar con ella, igual que ella
había aprendido a aceptar que su esposo siguiera trabajando allí.
Salió
del coche, estrechó con calor la mano de Dick y les observó partir a toda
velocidad. Entonces, súbitamente, la sólida familiaridad de cuanto le rodeaba
hizo que desapareciera el temor en el que se había visto inmerso. La planta era
un mundo completo, atareado y densamente poblado. Nada iba a desarraigarla de
allí. Saludó con la mano al guarda, que le dedicó una sonrisa, y se encaminó
hacia el interior, absorto ante la visión, el sonido y el aroma de aquel lugar.
Los
caminos de grava se hallaban transitados por la masa habitual de jóvenes
fornidos que a aquella hora, las nueve de la mañana, se dirigían a su turno
laboral. La cafetería se encontraba repleta de hombres que tomaban la última
taza de café antes de dirigirse a sus puestos. Le abrieron paso entre sonrisas
cuando se mezcló entre ellos. Aquello complacía al doctor, sobre todo porque no
se molestaban en interrumpir sus típicas peleas amistosas, como deberían hacer
ante cualquier otro miembro de la directiva de la central. Hacía ya mucho
tiempo que para todos aquellos hombres él era simplemente el doctor.
Les
fue dirigiendo saludos, se coló entre ellos y volvió a salir del local en
dirección a la enfermería con paso calmo. A su edad un hombre empezaba a darse
cuenta de que la comodidad y el relajamiento eran cosas que valía la pena
cultivar. Además, no veía razón alguna para desperdiciar la magnífica comida
que llevaba en el estómago en unas prisas que sólo le podían producir una mala
digestión. Se dirigió a la entrada y fue apagando el cigarrillo en un gesto
reflejo adquirido mucho tiempo atrás, aunque ya hacía años que había
desaparecido de la pared el cartel de «prohibido fumar», y pasó ante la
consulta hasta llegar a la puerta en la que se leía:
ROGER
T. FERREL
Médico
jefe
Como
siempre, un penetrante olor a aire viciado llenaba la sala, repleta de restos
de esto y de aquello. Su ayudante ya estaba allí, revolviendo el escritorio de
Ferrel con el descaro habitual en él. Ferrel no ponía ninguna objeción a que lo
hiciera; las poderosas y roqueñas manos de Blake y su mente preclara eran
siempre una lección de eficacia.
Blake
levantó la mirada y sonrió con confianza.
―Hola,
doctor. ¿Dónde demonios guardó usted el gas para el mechero? ¡No se preocupe,
ya lo he encontrado! Pensaba que iba a tomarse el día libre.
―Mala
suerte ―Ferrel volvió a colocarse el cigarrillo en la boca y se instaló en la
anticuada silla forrada de piel, al tiempo que movía la cabeza―. Palmer me
llamó esta madrugada. Volvemos a tener una emergencia.
―Y
tenemos que cargar con ella. No sé ni por qué venimos, si no ocurre nunca nada
en serio. Fíjese ayer, por ejemplo. Tuve tres casos de pies de atleta ―creo que
sería conveniente redactar un memorándum sobre las duchas para que se utilice
más desinfectante―, un muchacho con supuraciones en la nariz, los
hipocondríacos habituales y un tipo con una astilla clavada en el dedo pulgar.
Nos vienen con todo menos partos, y si no hay de éstos es porque no pueden
tenerlos. No hay nada que no pudiera esperar una semana o un mes en tratarse
―chasqueó los dedos―. ¡Ah, casi lo olvidaba! Si no tiene nada que hacer esta
noche, Anne y yo celebramos el décimo aniversario de vida en común y
quisiéramos que vinieran usted y Emma. Dejemos que el muchacho lleve la
consulta esta noche.
―Es
una buena idea, pero será mejor que deje de llamar muchacho a Jenkins.
Ferrel
torció los labios con una media sonrisa al recordar la época en que siempre
estaba tan serio como el nuevo médico; tras sólo una semana de prácticas no
podía haber aprendido todavía que el destino no le había designado precisamente
a él para salvar el mundo.
―En
realidad, tuvo el primer caso auténtico anteayer y lo atendió él solo, así que
ya se merece que le llamemos doctor Jenkins.
Blake
también tenía sus recuerdos.
―¿Lo
cree de verdad? Me parece que acabará dándose cuenta de que todo lo que hizo
por sí mismo fue gracias a usted. Además, ¿qué fue lo que hizo?
―Lo
de siempre: quemaduras simples por radiación. Por mucho que les insistamos a
los hombres que vienen por primera vez al trabajo, la mayor parte no comprenden
la razón de usar tres escudos protectores de una eficacia del noventa y cinco
por ciento cuando el escudo protector del convertidor absorbe el noventa y
nueve coma nueve por ciento de la radiación.
Matemáticamente,
se comprobaba que los tres escudos protectores rebajaban la radiación a un
simple ochenta por mil de lo que se escapa del escudo principal, pero era
difícil convencer a los obreros de que la protección multiplicada del escudo
principal más los personales la hacía bajar a cotas insignificantes.
―El
tipo se las arregló para deshacerse de dos de los escudos y en seis horas
recibió la misma radiación que se recibe en un año. Probablemente ahora estará
en su casa, sudando y esperando que no le despidamos.
El
accidente tuvo lugar en el número Uno, el primer convertidor, alrededor del
cual la National había construido el actual control de radiactividad
artificial, que se había levantado hacía ya tiempo, antes de que Wemrath y
Caltech encontraran el modo de utilizar algunos de los isótopos superpesados
como protectores ultraeficaces. El número Uno tenía un inmenso escudo de
cemento, pero los convertidores eran muy caros y todavía los reservaban para
reacciones más suaves; no había entonces ningún peligro serio si se tomaban las
debidas precauciones.
Blake
se echó a reír.
―Se
está volviendo viejo, doctor. ¡Antes se limitaba a darles algo que les hiciera
sudar! Bueno, será mejor que me vaya a ver si ha venido todo el equipo médico.
Puede que alguien llegue un minuto tarde y en ese caso ¿qué haremos?
Ambos
salieron de la sala y descubrieron a Jenkins en su oficina, volcado sobre un
libro. El muchacho les saludó con una ligera mueca de los labios. El doctor se
la devolvió, poniendo cuidado en no entrometerse en lo que estaba estudiando.
Jenkins tenía, por lo menos, afán de trabajo e inteligencia. En una semana no
había tiempo de apreciar si reunía condiciones para quedarse en aquel equipo,
pero era casi seguro que así fuera si los nervios no le traicionaban. No
parecía ser más que un manojo de tendones cubiertos de una tersa epidermis; un
mechón de cabello rubio caía sobre sus ojos, los más azules que el doctor
hubiera visto en su vida. Parecía un joven poeta muerto de hambre que viviera
en una buhardilla. Sus nervios daban la impresión de estar bien templados. A
pesar de su físico, contaba con una experiencia práctica sorprendentemente
buena.
Por
un momento, al doctor Ferrel le pasó por la cabeza ir a echar un sueñecito en
su vieja silla del despacho. Nada de cuanto sucediera escaparía al control de
Blake: la enfermería funcionaba tal como él quería y no veía la necesidad de
cambiar ningún detalle para la inspección. Tenía tiempo de echar una cabezadita
antes de que Palmer le llamara. Empezó a dirigirse hacia el despacho, pero
luego titubeó ante la presencia de Jenkins. A su edad, el muchacho no iba a
comprender en absoluto aquello de ponerse a dormir en las horas de trabajo.
―Si
alguien me necesita, estaré en el despacho de Palmer ―dijo.
Jenkins
asintió, y Ferrel salió por la puerta lateral. Anduvo la larga senda que
llevaba al edificio de Administración, a la sombra de la fea cúpula de la
planta de energía eléctrica, el edificio más antiguo de todo el complejo. Era
desproporcionadamente bajo y compacto, y el cemento que lo cubría había
adquirido con el tiempo una suciedad uniforme que hacía patente su antigüedad.
Los convertidores más modernos también estaban encerrados en escudos de
cemento, pero el uso de las protecciones de metal superpesado habían permitido
la construcción de bóvedas más pequeñas y de formas más agradables.
El
despacho de Palmer se había construido para que pareciera el lugar de trabajo
de un ejecutivo, incluido el mueble―bar. Sin embargo, en medio, sirviendo de
escritorio, se hallaba una mesa de delineante cubierta de gráficos, manchada de
tinta y repleta de clasificadores. Una de las esquinas mostraba las señales de
los muchos años que Palmer había pasado allí afilando improvisados palillos. Él
mismo venía a ser como su oficina. Sus vestidos caros y elegantes, su afeitado
perfecto, y su patente inteligencia sugerían la imagen de un competente
ejecutivo. Sin embargo, en aquel momento, su chaqueta reposaba en el sofá de
cuero y llevaba puesta una ajada chaqueta de piel. Sus manos mostraban el duro
trabajo que había realizado, por las abultadas venas y los nudillos hinchados.
Seguía teniendo un cuerpo tan musculoso y ágil como el de un ingeniero de la
construcción. Saludó a Ferrel y le indicó una silla con un gesto de la cabeza,
pero él siguió de pie.
―Gracias
por venir, doctor. La primera noticia la tuve ayer por la noche. Entre los
visitantes hay incluso un inspector de la Comisión Nacional de Control Atómico
dispuesto a retirarnos la licencia de producción de energía si no nos portamos
como buenos chicos. No me preocupa, porque la CNCA juega más limpio que ninguna
otra sección del Gobierno. Pero los demás, los periodistas de Guilden sobre
todo, seguramente pretenderán crearnos problemas. Necesito tener aquí a los
mejores miembros de nuestro equipo.
―Pero
eso no tiene sentido ―protestó el doctor―. No pueden parar las plantas ahora;
todos los hospitales del país se volverían locos si se cortara la producción, y
lo mismo sucedería con el resto de consumidores de nuestros productos. No se
pueden trasladar las centrales a donde los obreros no puedan llegar.
Palmer
suspiró audiblemente.
―Tampoco
podían aprobar la Ley Seca y lo hicieron, doctor.
―¡Pero
las centrales atómicas no son tan peligrosas!
―Por
desgracia, hay algunas que sí pueden serlo ―respondió Palmer. Parecía muerto de
cansancio; sus ojos enrojecidos indicaban que posiblemente no había dormido en
toda la noche―. Hace ya mucho que disponemos de energía de fisión. Eso
significa que algunas de las primeras plantas, construidas antes de que
supiéramos con qué estábamos tratando, yo colaboré en más de un proyecto, están
probablemente en malas condiciones. Eso significa también que toda una
generación de obreros, ingenieros e inspectores han venido dándolas por buenas
y despreocupándose de ellas. Algunas centrales, construidas cuando la antigua
Comisión de Energía Atómica era una orgía de construcción de reactores,
estuvieron siempre un poco fuera del control adecuado. Desde el accidente de Croton,
las inspecciones realizadas han mostrado la existencia de un grado de
contaminación demasiado elevado en media docena de tales centrales. En general,
todas ellas necesitan una gran cantidad de revisiones.
―Parece
que estás casi de acuerdo con los editoriales de Guilden ―protestó el doctor.
Palmer
se encogió de hombros.
―Mira,
doctor: si el traslado de las centrales pudiera resolver algo, votaría por
ello. Pero no se puede estar seguro. Una vez se construye y se pone en marcha
un reactor, ya está demasiado caliente para moverlo. Y seguirá estando
demasiado caliente durante miles de años. Y si al final es abandonado y no se
le proporciona el mantenimiento adecuado, se irá deteriorando cada vez con
mayor rapidez, aumentando el peligro. Es un problema parecido al de los
desechos radiactivos de los reactores de fisión. Desde que Fermi dividiera el
átomo, nadie ha logrado encontrar una respuesta segura. Cualquier ingeniero o
científico honrado que trabaje en la energía atómica lo sabe. Hasta que no
consigamos plantas de fisión más eficaces, plantas que sean lo suficientemente
reducidas para que no puedan escapar de nuestro control, seguiremos al borde
del desastre.
El
doctor frunció el ceño.
En
muy contadas ocasiones había hablado de este tema con Palmer, y algunas de las
actitudes de aquel hombre le sorprendían.
―Pero
si en la actualidad estamos utilizando equipamiento de fisión en algunos
convertidores... Las instalaciones no me parecen tan masivas como pretendes dar
a entender.
―En
éstas tan modernas tienes razón ―concedió Palmer―. Nos podernos permitir usar
la fusión de un modo no eficaz. Por ejemplo, utilizamos el hidrógeno en fusión
para conseguir un suministro mayor de neutrones con destino a la protección de
los convertidores, no para producir energía.
Se
dejó caer en el sofá, apartó de un manotazo montones de boletines del Gobierno
y se acarició las sienes.
―Yo
creo que aquí la seguridad es total, doctor. Pero tenemos la mala suerte de que
el viejo Guilden recibió una ligerísima dosis de envenenamiento de uno de
nuestros antiguos productos al usarlo erróneamente. Ahora nos quiere fusilar,
utilizando ese arma como bandera, y se apoya en una gran fuerza. Maldita sea,
no te he llamado porque me guste tu compañía. Quiero que averigües si se trata
de un posible oportunista.
Durante
los primeros tiempos de las centrales atómicas, las compañías habían sufrido
una plaga de juicios por supuestas enfermedades debidas a envenenamientos por
radiación. Unas cuantas habían resultado ser ciertas, pero en su mayor parte
habían sido farsas con las que se pretendía chantajear a las compañías bajo la
amenaza de darlas a la publicidad. A estos individuos se les llamaba
oportunistas.
―¿Crees
que haya sido un empleado de la central? ―preguntó el doctor. Si era así, iba a
ser muy difícil descubrirlo, pues casi todos los trabajadores podían mostrar
ligeras trazas de contaminación.
―No.
Es una empleada de una charcutería de Kimberly. Anoche hablé con ella en su
trabajo y asegura que está contaminada. Pero lo cierto es que alguien la está
utilizando. Tiene un abogado muy caro y no nos quiere dar el nombre del médico
que la atiende. Le pedí que me explicara sus síntomas, y parecen ser
auténticos.
Le
entregó una hoja de papel escrita con su letra, cuadrada y monótona. Ferrel la
estudió, tratando de descubrir qué parte de todo aquello podía ser utilizado
por el abogado como evidencia. Sin embargo, aquello no le iba a ser de mucha
ayuda.
―Necesitaría
algo más que esto ―protestó―. Al menos, tendría que disponer de una muestra de
sangre para empezar a investigar.
―La
tengo. Me llevé a una de tus enfermeras, Dodd, como si fuera mi secretaria.
Pudo convencer a la mujer de que nos cediera una muestra sanguínea mientras yo
estaba fuera, con la excusa de una inexistente reunión con el abogado. Aquí
está.
Le
tendió una ampolla, y el doctor observó que Dodd había tenido cuidado de hacer
una buena extracción. Era un buen trabajo, como lo había sido el convencer a la
mujer de hacer algo importante sin consultar con su abogado.
―Espero
que me des un informe exhaustivo una vez que haya pasado todo este lío de la
inspección, pero, dime, ¿que te parece?
El
doctor dio su opinión a regañadientes.
―Puede
que sea radiación. No podemos esterilizar todo lo que utiliza nuestro personal,
pero probablemente sea leucemia. Si encuentra algún médico poco escrupuloso con
ganas de frenar el progreso y que se olvide de la ética profesional, puede
creer que con esto se puede engañar a un jurado; aunque, por supuesto, no sea
así.
―O
no debería ser así. Pero en estos momentos no podemos llevar a los tribunales
nada de esto. La publicidad nos arruinaría aunque más tarde resultáramos
inocentes. Y tampoco podemos llegar a un acuerdo: tal cosa sólo nos haría
aparecer como culpables.
Palmer
se levantó y empezó a pasear por la sala.
―Y
ése es el problema. Ha ocurrido un pequeño accidente, o puede que haya
ocurrido. Es suficiente para que haya una prueba de peligro. Lo malo es que no
existe ningún modo de probar la ausencia de peligro en los reportajes
espectaculares de tanto éxito en la prensa. Además, ni siquiera se puede jurar
que no lo haya... Leucemia... Cáncer en la sangre.
―Algo
así. Antes era mortal en un ciento por ciento de los casos. Y todavía puede
serlo si esa chica la tiene y no se pone pronto en tratamiento.
Palmer
exhaló un prolongado suspiro de alivio.
―¡Uf!
Entonces, al menos existe alguna posibilidad. Si resulta ser verdad, podemos
conseguir que un especialista la asuste con lo que se le puede venir encima.
Seguro que despediría inmediatamente a su abogado si le prometiéramos
tratamiento gratuito. Gracias, doctor. Y hazme saber los resultados en cuanto
llegues a una conclusión definitiva.
Ferrel
se dirigió de nuevo a la enfermería con el gesto huraño. Si algún matasanos
estaba intentando utilizar a aquella mujer quería saber quién era. Unos cuantos
médicos así eran suficientes para echar por tierra la buena fama,
cuidadosamente edificada, de toda la profesión. Estaba a punto de dar la vuelta
al edificio cuando vio a Jenkins. El joven doctor estaba en el paseo y discutía
con Jorgenson, uno de los directores de producción. Jorgenson era un hombre
enorme, de casi dos metros diez de estatura, con la complexión de un toro y
casi tan fuerte como uno de ellos, según todo lo que se decía de él. Además, su
inteligencia corría pareja a su apariencia física.
Jenkins
acababa de decirle algo con gran rapidez, al tiempo que señalaba una cuartilla
que llevaba en la mano, pero Jorgenson lo apartó con un rápido movimiento de la
mano.
―¿Y
sabes qué te digo, hijo? que te vayas al infierno hasta que puedas demostrarlo.
Vete por ahí con tus cuentos.
El
ingeniero dio media vuelta y se alejó con paso airado. Jenkins le siguió con la
mirada excitada, y finalmente entró de nuevo en la enfermería.
El
doctor no pudo saber de qué estaban discutiendo, pero el asunto no le gustó
nada. Si el muchacho era un buscalíos... Pero, por el momento, no tenía motivos
para seguir con tal idea en la cabeza. Mientras no supiera algo más, no era
asunto de su incumbencia.
Cuando
Ferrel hizo su entrada, Jenkins parecía haber vuelto a su calma usual. Alzó la
mirada hacia el doctor y le habló en tono normal.
―Les
he dicho a las enfermeras que se preparen para un incremento de los accidentes
de menor importancia, doctor Ferrel. Pensé que sería lo que usted querría
después de entrevistarse con el señor Palmer.
Ferrel
estudió detenidamente al joven.
―¿Cómo?
¿De qué se supone que he estado hablando con Palmer?
Jenkins
controló con un esfuerzo su impaciencia ante la estupidez de Ferrel, pero su
voz seguía manteniendo un tono de respeto.
―De
la inspección, claro. El rumor corre por toda la planta. Me enteré al llegar
esta mañana. Y no cuesta mucho deducir que se notará en algo la tasa de
accidentes.
―Así
es. ―El doctor sonrió ante su propia estupidez. Realmente se había portado como
un tonto―. Bien hecho, hijo. Tienes toda la razón.
Iba
a haber accidentes, por supuesto. Los hombres, al sufrir aquella inspección
completa en las condiciones de tensión en que se encontraban, iban a ser un
caldo de cultivo ideal para que hubiera más accidentes. Con un poco de suerte,
sólo se producirían contratiempos rutinarios, pero no había modo de asegurarse
de que la buena suerte estuviera de su lado. Podía suceder casi cualquier cosa.
Palmer
acababa de indicarle que cualquier accidente podría considerarse como prueba de
falta de seguridad. Por supuesto, no podrían impedir que hubiera alguna
anotación negativa en los libros del comité, pero casi se podía asegurar que,
en una operación tan delicada y complicada como la creación de isótopos
superpesados y con los hombres trabajando casi al borde de la crisis nerviosa,
algo iba a ir mal.
¡Debiera
haber enviado al infierno a Palmer y haberse quedado en casa!
2
Ferrel
encontró a Meyers en el dispensario, en pleno trabajo, tratando los casos
rutinarios con su habitual eficacia. En la sala de operaciones prefería a la
huraña y seria Dodd, pero en el dispensario era mejor Meyers. Era una mujer de
unos treinta años, que incluso hubiera sido bonita de no ser porque su cara era
pálida como la cera. El cabello, la piel y los ojos de la enfermera eran tan
apagados que no había maquillaje capaz de darles vida.
En
el momento de entrar Ferrel estaba limpiándole el ojo a un empleado, y siguió
con su trabajo hasta el final antes de volverse hacia el doctor.
―Se
ha quemado el ojo con un cigarrillo cuando se iba a poner las gafas ―le
informó―. No es nada grave. Ya llevo once casos en la última media hora. Ahí
están los informes.
El
doctor observó las tarjetas y vio contestada su pregunta. Jenkins había estado
en lo cierto: el índice de accidentes era el triple de lo normal. A pesar de
todo, ningún caso hasta aquel momento había revestido gravedad.
―Hasta
ahora no ha habido nadie que fingiera estar enfermo ―dijo la muchacha.
Por
lo general, siempre había alguien que llegaba a la conclusión de que la mejor
manera de tomarse un día libre era fingir alguna enfermedad. La enfermera dejó
escapar una tímida risa.
―El
doctor Jenkins se ha encargado de algunos, pero creo que no les ha hecho mucha
gracia que les diera laxantes. Hoy ni siquiera ha venido la telefonista.
―Esta
sólo viene con el cuento cuando se aburre. Hoy, en cambio, seguramente espera
que haya fuegos artificiales ―repuso Ferrel.
Durante
años, se había habituado a conceder a la telefonista cada tres o cuatro meses,
un día de baja para animarla a hacer funcionar su imaginación. Era la única en
toda la planta que se las ingeniaba para presentarse con algún síntoma
interesante cada vez que pretendía conseguir un día de descanso extra.
―Jenkins
la trató ayer. Le diagnosticó una lethargica gravas galopante y le dio no sé
qué y los labios de la chica comenzaron a ponerse azules y siguieron así
durante varias horas ―dijo Meyers.
La
enfermera parecía admirar al muchacho. Era la primera prueba que tuvo el doctor
de que Jenkins poseía un cierto sentido del humor.
Ferrel
se dirigió de nuevo a la parte principal del edificio. Disponían del equipo y
del personal más completo que había habido nunca en central alguna, con una
riqueza de medios casi embarazosa. Además de Dodd y Meyers, había otras tres
enfermeras, dos celadores masculinos, dos conductores para los pequeños
triciclos que llevaban las camillas en las emergencias, una recepcionista y una
secretaria para los médicos. La sala de operaciones tenía de todo y había
incluso dos pequeñas habitaciones donde los pacientes podían esperar en caso de
que surgiera la necesidad.
Dio
una vuelta por el equipo de hipotermia y crioterapia y pasó revista a lo que
había. La mayor parte del instrumental de la sección médica era calificado como
imprescindible por las leyes estatales, pero aquellos aparatos en concreto
habían sido una idea del propio Palmer. Se utilizaban para disminuir la
temperatura del cuerpo o de cualquiera de sus partes hasta que la respuesta al
dolor fuera inexistente. Aquella era una antigua teoría de la medicina que
había sido probada en gran número de enfermedades, incluso para intentar curar
el cáncer, sin resultados. Al final, sin embargo, se había perfeccionado el
sistema y se había desarrollado una técnica que lo hacía útil. En las
operaciones urgentes resultaba muchísimo mejor que la anestesia habitual. En el
vehículo de urgencias había incluso un accesorio que permitía empezar a helar
el tejido durante el transporte al centro médico.
La
inspección no preocupaba gran cosa al doctor. Las normas estatales sobre
plantas atómicas se habían vuelto muy exigentes, hasta el punto de que eran
mucho más severas que cualquiera de las normas que la Comisión Nacional de
Control Atómico había sugerido, pero había pasado la inspección hacía menos de
un mes.
Blake
se acercó, entre risas, y se detuvo mientras señalaba a Ferrel.
―Ya
está aquí el comité de inspección, doctor. ―Reía de oreja a oreja―. ¡Pero los
periodistas no! El viejo Palmer es un zorro. Ha puesto a trabajar al número Uno
esta mañana en algo que nos ha encargado el Ejército. Es un asunto lo bastante
secreto como para que se declare la planta zona restringida, pero no lo
suficiente como para que se impida la visita de los congresistas. Así que los
periodistas están dando vueltas en un intento de conseguir que se les franquee
la entrada. Con un poco de suerte lograrán entrar cuando ya haya terminado
todo.
El
doctor también sonrió, aunque tenía sus dudas. Los hombres de la cadena Guilden
iban a escribir de todos modos lo que quisieran y con aquellas medidas sólo
lograrían enfrentarse a aquellos que pudieran haberse comportado de un modo
amistoso hacia la central. También iban a proporcionar complicaciones un par de
congresistas que sólo parecían estar en el comité por la publicidad que
pudieran conseguir. Para los más, que probablemente eran sinceros, aquella
medida iba a crear la sospecha de que se intentaba encubrir al público lo que
sucedía en el interior de la planta.
Palmer
tenía generalmente buenas razones para actuar de un modo determinado, pero el
doctor no veía en aquella ocasión la lógica por ninguna parte. Casi parecía que
el gerente se había equivocado e intentaba hacerse enemigos y perder amigos.
Pero
por lo menos era una buena historia. Hasta Dodd se reía cuando sospechó lo que
ocurría. Con un súbito presentimiento, Ferrel salió al exterior y se dirigió a
la cafetería. En aquellos momentos sólo había allí pequeños grupos, pero
mientras esperaba el café oyó retazos de conversaciones. La mayor parte de la
charla parecía girar en torno al destino de los periodistas. La impresión
general era que Palmer había hecho su mejor jugada en mucho tiempo.
El
doctor volvió a salir con un café extra para Meyers, ya que seguramente iba a
necesitarlo. En el fondo, y hasta aquel momento, ella era la única que había
estado trabajando. La encontró sola.
―¿Ya
va mejor el trabajo? ―le preguntó, al tiempo que le entregaba el pequeño vaso
de papel.
―Gracias,
doctor Ferrel. ¡Es usted un resucita muertos! ―Se echó azúcar suficiente para
que pareciera almíbar concentrado y bebió a sorbos el líquido caliente con
expresión de placer―. Me parece que estoy perdiendo la popularidad. No se ha
presentado nadie por aquí en los últimos veinte minutos.
Ferrel
siguió dando vueltas por allí unos minutos y luego se marchó convencido de que
su presentimiento había sido acertado. Palmer se había dado tanta cuenta como
Jenkins de que entre los hombres se había difundido la noticia de la inspección
y que aquello afectaba en gran manera a la moral de trabajo. Se había preparado
para ello y había efectuado su único movimiento de contraataque posible: darles
a sus hombres algo de qué reírse en lugar de inquietarse. Quedaba por ver si
aquello iba a dar resultado cuando la verdadera inspección se iniciara.
Dodd
llevó algunos informes de la inspección. Según parecía, el grupo era mayor de
lo que el doctor había pensado. Había media docena de congresistas y cierto
número de «expertos» que les acompañaban. En el exterior, otros varios se
movían con sus instrumentos, comprobando en diversos puntos si la atmósfera y
el suelo estaban o no contaminados. Aquello era, al menos, una precaución muy
valiosa, aunque no hacía más que repetir las pruebas que la National realizaba
periódicamente por sí misma.
Ya
habían visitado dos de los convertidores sin que hubiera el menor accidente o
dificultad que emborronara el informe. Todavía no daban ninguna muestra de
acercarse a la enfermería, aunque el doctor había creído que iba a ser uno de
los primeros lugares que visitarían. Echó una mirada al reloj y vio que ya era
mediodía.
Salió
a localizar a Dodd y a pedirle más detalles, pero a muchacha poco pudo añadir a
su relato anterior. Los miembros de la comisión se estaban moviendo al azar por
las instalaciones, y en aquel momento aparentemente estaban examinando el
departamento de envasado de productos.
Durante
quince minutos más siguió echando pestes. Al final descubrió su propio
nerviosismo en el puro que estaba fumando. Había estado mordiendo el cigarro
hasta que al fin se le hizo trizas en la boca. Masculló unas palabras fuertes
en voz baja y escupió las hebras.
No
iban a ser los empleados que estaban pasando en aquel momento la inspección los
que iban a dar problemas, ni los que ya la habían pasado. Los que le
preocupaban eran los que continuaban esperando sin saber cuándo les llegaría el
turno. El mismo no tenía nada que temer, y a pesar de ello estaba empezando a
ponerse...
Se
dirigió a la oficina principal con el pensamiento de que quizás allí alguien
sabría qué era lo que venía a continuación. Por lógica, eran el recepcionista y
la secretaria los que habían de tener algún compinche en Administración, y
cualquier insinuación podía ser útil. En el mismo momento en que iba a salir
entró un hombrecito delgado y nervudo que se quitó el sombrero y se atusó un
bigote también delgado al tiempo que se dirigía hacia el recepcionista. Ferrel
le reconoció al verle.
―¡Hola,
Ferrel! ―exclamó el hombrecito.
―¡Busoni!
¿Qué haces aquí? ―repuso el doctor, aunque podía adivinarlo con toda claridad.
En
efecto, se trataba de lo que pensaba.
―Vengo
en calidad de experto. Soy tu inspector. Estoy intentando encontrarte desde que
me he enterado de que estabas trabajando aquí. ¿Qué tal tus lavados de sangre?
―Olvidados
por la medicina general, o al menos así era hasta que has aparecido,
rompehuesos.
Busoni
había asistido a las clases de Ferrel en la escuela médica y se había
especializado en fracturas. Había logrado cierta fama por su técnica de
tratamiento de fracturas antiguas mal soldadas, mediante una nueva rotura y la
posterior corrección. A continuación alcanzó gran renombre por sus
investigaciones, que le llevaron a descubrir el medio de limpiar de iones
radiactivos el calcio de los huesos sin dañar los propios depósitos de calcio.
En cierta ocasión el doctor le había enviado un paciente en el que falló el
tratamiento habitual de cambios de sangre y medicación con el grupo químico de
los versenos.
Le
sostuvo la puerta al recién llegado mientras éste pasaba al interior. Busoni
dio algunas vueltas, examinó el equipo, estudió los aparatos y se dirigió al
vestuario de las enfermeras. Allí realizó una inspección completa, asintió y
comenzó a garabatear notas en las hojas que llevaba.
―Aprobado,
Ferrel. Todo hombre que consigue mantener limpia la sala de las mujeres se
merece una buena puntuación en mi libro.
Al
decir esto dejó escapar una sonrisa, pero el doctor no se sintió muy seguro de
qué significaba. Con aquello, el hombre se las había ingeniado para cubrir los
puntos clave de la revisión. Tras ello, cerró el libro de un golpe y se relajó.
―He
terminado deprisa contigo, Roger. Ya les había dicho que te conocía, y ellos
creyeron que ibas a cagarte en mí más que nadie. Yo te conozco mejor, pero
¿para qué desilusionarles? Lo que me temo es que esta planta reciba un trato
muy malo. La mayor parte de los componentes del comité son hombres muy
honestos, pero les han llenado la cabeza con tal cantidad de rumores
malintencionados acerca de Palmer que... ¿Y qué hay de él? ¿Huele mal o merece
una oportunidad?
―Bueno,
yo todavía estoy aquí ―le contestó Ferrel―. De hecho he venido aunque podía
haberme tomado el día libre.
Busoni
sonrió.
―Me
apuntaré esta respuesta, aunque no creo que pueda influir para nada. Ha
cometido un grave error al excluir a los periodistas de la visita. Bueno, yo lo
comprendo, pero hay un par de tipos en la comisión a los que ha sentado muy mal
y...
Del
exterior llegó hasta ellos el sonido estridente de una sirena eléctrica que
subió de tono hasta alcanzar un tono agudo que atravesaba las paredes y
penetraba profundamente en los oídos para destrozarlos. ¡Emergencia! Y por el
tipo de sonido, se trataba de una emergencia relacionada con material
radiactivo fuera de control.
―Doctor
Ferrel ―aulló el altavoz―. Al teléfono.
Ferrel
descolgó el aparato:
―¡Ferrel
al habla!
―¡Punto
veinte! ―repuso la voz de Palmer, que colgó a continuación. Sin embargo,
aquella información fue suficiente.
El
«Punto Veinte» era el que les proporcionaba la energía que lo movía todo, y
para el doctor era exactamente el peor sitio para que se produjera un
accidente.
Recogió
de la pared el maletín de urgencias y se dirigió a la puerta de atrás. Dodd le
acompañaba con la bata de cirujano en la mano. Ferrel le hizo un gesto con la
cabeza, pero la enfermera la siguió sosteniendo tenazmente al tiempo que
corría. En la sala de recepción de la parte trasera del edificio, Beel ya
estaba disponiendo el vehículo equipado con dos camillas gemelas y ponía en
marcha el motor. Aguardó hasta que Ferrel y Dodd se asieron a los manillares y
salió disparado mientras el otro conductor esperaba todavía al doctor Blake y a
su enfermera. El doctor Ferrel le echó un vistazo al instrumental que se había
dispuesto y asintió. Jones ya había probado muchas veces anteriormente su
preparación como celador, y seguía siendo un valioso elemento en el equipo.
Entonces,
por primera vez, se dio cuenta de que Busoni iba con él en el vehículo.
―¡Material
radiactivo! ―le gritó el doctor por encima del aullido de la sirena. Sin
embargo, se alegraba de tener un médico más a su lado.
Una
muchedumbre se dirigía al convertidor, sin hacer caso del riesgo, llevados de
la atracción que representaba asistir a un desastre. La presencia de la gente
podía dificultar aún más las tareas de rescate, pero los guardianes entraron en
acción y les obligaron a echarse hacia atrás. Pasó a toda velocidad un vehículo
que parecía un coche de bomberos con escalera y garfios. Su complicada
superestructura le daba una apariencia de pinza de langosta gigantesca y
multiarticulada. En cada extremo había un hombre enfundado en un pesado traje
protector.
El
camión de urgencias frenó junto a la entrada lateral del enorme edificio que
albergaba la pila. En su época, aquella pila había sido el reactor nuclear de
fisión para usos comerciales más grande que existía, y todavía en la actualidad
seguía siendo uno de los mayores. Desintegraba el U―235, y utilizaba parte de
los núcleos fisionados para convertir el U―238 corriente en plutonio, del que
derivaba la mayor parte de la energía que proporcionaba la pila. Al contrario
que muchas de las plantas primitivas, aquella pila no sólo era una fuente de
energía, sino que también servía para alimentar otras fuentes, lo que la hacía
muy útil para la producción de pequeñas cantidades de otros elementos, como el
potasio radiactivo que se procedía a separar en el momento del accidente.
El
calor que generaba era conducido en primer lugar por sodio líquido, luego
transformado en vapor y por último llegaba a las enormes turbinas que producían
los miles de kilovatios necesarios para el funcionamiento de la planta y el
consumo de Kimberly. Todavía restaba la energía suficiente para servir de
fuente auxiliar para otros sectores.
Pero
en aquel momento se había alzado la bandera roja, lo que significaba que todos
los extintores automáticos iban a entrar en acción, en espera solamente de que
los hombres atrapados escaparan por las puertas de emergencia.
Una
de las puertas, sin embargo, parecía presentar problemas. El complicado garfio
se preparaba junto a la entrada en el momento en que el vehículo médico llegaba
al lugar. El garfio tenía que introducirse en el edificio, con un escudo
protector de gran eficacia para los que lo manejaban ―y que también llevaban
trajes protectores― y adaptarse luego a los ángulos del pasadizo. Como en todas
las pilas atómicas, las salas de escape estaban construidas por cierto número
de ángulos rectos, según la teoría de que la radiación liberada viaja en línea
recta y que sólo una pequeña parte rebota en las paredes, dando la oportunidad
a los trabajadores de correr en zig zag retirándose a lugares cada vez más
seguros.
De
repente, el garfio comenzó a avanzar por el corredor con la rapidez que podían imprimirle
los hombres que lo manejaban. Había otros guardas con escudos protectores que
mantenían lejos a los mirones, y uno de ellos se acercó a Ferrel con un traje
enorme y muy pesado en la mano. El doctor hizo una mueca, pero comenzó a
ponérselo inmediatamente.
―¿Qué
ha sucedido?
―Sólo
sé algunas cosas ―informó el guarda―. Parece que estaban retirando un
recipiente de material radiactivo con destino al hospital de Kimberly. A uno de
los hombres le fallaron las tenazas. El material cayó al suelo o algo así. Uno
de los hombres no pudo salir.
El
doctor observó que Dodd, Busoni y Blake se habían enfundado ya los trajes y
cerró de golpe el casco. El garfio regresaba ya con un cuerpo fláccido entre
sus pinzas. Dio la vuelta y colocó el cuerpo en el interior de una caja
acorazada y acolchada.
Cuando
el doctor Ferrel se adelantó hacia la caja, Busoni se puso a su lado. Beel, que
acababa de ponerse también el traje, estaba acercando el vehículo y el equipo e
instrumental aparecieron antes incluso de que el doctor llegara hasta la
víctima.
―¿Cuánto
tiempo? ―preguntó.
Mervin,
el superintendente de la pila, lo había estado comprobando y respondía ahora,
con la voz apagada, por el diafragma de su casco.
―Seis
minutos. No sé por qué, la alarma no funcionó en seguida. Lo que he sabido es
que el muchacho vio que el recipiente iba a caer, lo tomó entre sus guantes, lo
echó a la pila, le puso la tapa y se dirigió luego a la puerta que había
quedado abierta para salir. Al menos debe haber recibido radiación durante
medio minuto.
El
doctor se sintió mal. ¡Medio minuto! Hubiera sido mejor para el muchacho morir
en la cámara.
En
aquellos momentos todos trabajaban en equipo, Dodd, Busoni, Blake y él mismo.
Le colocaban a aquel cuerpo inconsciente todos los accesorios para sustituirle
la sangre; le extraían la vieja y la reemplazaban hasta la última gota por otra
fresca del grupo sanguíneo que el joven llevaba tatuado en la muñeca. Dodd se
dedicaba a desnudarlo y la caja acorazada se llenó de espumas especiales para
liberar su piel de la contaminación externa, si es que la había.
Entonces
el doctor hizo un alto y miró al paciente con más detenimiento. Aquel hombre
era Clem Mervin, ¡el hijo del superintendente! La cara del viejo Mervin era
casi invisible tras el casco, pero devolvió la mirada interrogativa del doctor
con un lento movimiento de la cabeza. Lo había sabido desde el primer momento.
―Le
salvaremos ―prometió el doctor.
Eso
era cierto, al menos en cuanto se refería a la vida. En la actualidad, los
hombres podían salvarse de dosis tremendas de radiación. Sin embargo, seguir
con vida no lo era todo; el muchacho, para empezar, pasaría un año infernal, y
desde luego iba a quedar estéril. Por otra parte, su cerebro tenía muchas
probabilidades de verse afectado irreparablemente.
No
tenía objeto esconder aquella situación a Mervin padre; además, el
superintendente se daba perfecta cuenta de lo que iba a suceder.
Un
minúsculo coche en forma de tanque se había introducido en el corredor con
varias mangueras destinadas a limpiar la cámara. En aquel momento acababa de
salir al exterior y la bandera roja que ondeaba en lo alto del edificio donde
ocurriera el accidente fue arriada. En apariencia, la radiación había bajado a
niveles considerados seguros en la cámara de la pila, gracias al sacrificio
efectuado por Clem Mervin. Al recoger el recipiente de aquel material
radiactivo tan precioso como mortífero, echarlo en la unidad de recogida de
desperdicios y cerrar la portilla que daba acceso a la pila, Mervin había
logrado que el nivel de radiación no subiera demasiado.
Mervin
padre pareció reunir fuerzas.
―Doctor,
haga lo que pueda. Yo tengo que volver al trabajo y recuperar ese potasio antes
de que muera alguien en el hospital de Kimberly porque se haya terminado.
Dicho
esto, se retiró y reunió a sus hombres. Ferrel señaló la ambulancia que
aguardaba cerca de allí y varios hombres alzaron la pesada caja, parecida a un
ataúd, que contenía al inconsciente Mervin. Mientras tanto, Ferrel y los demás
se despojaron de sus armaduras. Aquel caso era ya para la sala de radiación del
hospital de Kimberly, que era más pequeña que la enfermería de la central, pero
que estaba mejor equipada para el lento y largo proceso de mantener a aquel
hombre con vida.
El
doctor se dispuso a montar en la ambulancia, pero Blake le tomó del brazo.
―Quédese,
doctor. Yo iré.
Tanto
daba quién fuera. El doctor volvió sobre sus pasos y observó al vehículo con su
penetrante sirena. Más adelante, de vez en cuando, se dejaría caer por el
hospital, pero de momento ya no había nada más que hacer. Los tejidos tan
dañados sólo podían recuperarse con meses y meses de tratamiento.
Busoni
anduvo a su lado en silencio mientras se dirigían al vehículo sanitario. Un
grupo de media docena de hombres les cerró el paso. Uno de ellos se adelantó.
―¿Es
así como resuelve normalmente sus casos, doctor? ―preguntó furiosamente―. ¿Les
hace una caricia y una promesa y se los envía a otro?
Los
demás hombres jadearon y se dirigieron hacia el que había hablado, pero Busoni
llegó antes hasta él.
―¡Cállese,
maldito! ―gritó con aspereza.
Aquel
hombrecito sacudía al hombretón cuadrado y de amplias mandíbulas con una fuerza
extraordinaria, y lo fue empujando hasta apartarlo del camino del doctor
Ferrel. A continuación, ambos montaron en el vehículo y dejaron plantados a los
miembros de la comisión del Congreso, que se quedaron mirando. Cinco de ellos
se volvieron hacia el que había hablado, pero el doctor Ferrel ya no prestaba
atención a lo que pudieran decir o hacer.
―Ese
tipo querrá mi cabeza durante un rato, pero Morgan le calmará, Roger ―dijo
Busoni, que sonreía ahora con cierta ironía―. Y mañana ambos tendremos que
pedirnos disculpas y estrecharnos la mano. Y lo más divertido es que, en lo que
a ellos se refiere, el asunto terminará ahí. Yo no me meteré en ningún
problema, así que olvídalo. Como mucho, da las gracias de que la mayor parte de
nuestros representantes no sean como éste. El comité me dará la razón cuando
les explique que hiciste un trabajo perfecto, y probablemente se asegurarán de
que Mervin reciba una medalla.
El
doctor asintió cansinamente; no le importaba mucho. En ningún momento le había
preocupado cualquier tipo de informe que se hiciera sobre su intervención en el
asunto. Técnicamente había sido un accidente rutinario y su intervención había
sido normal y efectiva. Él lo sabía, y sabía que su equipo estaría totalmente
de acuerdo. Lo único que había sucedido era que no habían podido hacer el
milagro de proporcionar una absoluta e inmediata seguridad de curación a aquel
muchacho que había dado muestras de merecer recuperar su vida y su salud. No
había aún conocimientos médicos que lo permitieran. Sin embargo, para Ferrel,
mientras no se pudieran conseguir milagros de aquel tipo las recompensas por su
trabajo siempre le parecerían demasiado pequeñas.
Luego
empezó a quitarle importancia y lo enterró entre los otros casos amargos que
tenía almacenados en sus recuerdos. Algún día serían más de los que pudiera
tolerar, y aquel día sería ya un viejo, pero hasta entonces los seguiría
soportando. Cuando el vehículo llegó a su destino le estrechó la mano a Busoni
con las habituales expresiones sin sentido de quedar en verse pronto, en la
siguiente convención médica. Lo más probable era que tal cosa nunca sucediese.
La diferencia entre un médico de medicina general y un investigador de fama
mundial era demasiado grande.
Ferrel
dispuso con todo cuidado que el material que había estado cerca del joven
Mervin fuera llevado a la cámara de descontaminación. Por último, se dirigió al
edificio de Administración a informar a Palmer. Lo más probable era que el
gerente hubiese recibido ya el informe general, pero estaba seguro de que
Palmer querría saber las posibilidades del muchacho y lo que se podía hacer por
él.
Y
quizá necesitara también a su lado a alguien que conociera, puesto que debía
darse cuenta de que acababa de tener lugar el único accidente que podía dar al
traste con cualquier posibilidad de dar la impresión de seguridad en la planta.
Para la gente que trabajaba allí no había pasado de ser un accidente rutinario,
pero para aquellos hombres, que nunca habían visto un accidente atómico con
anterioridad, lo ocurrido no era sino una prueba definitiva de que todo lo
relacionado con la energía atómica era peligroso y que las centrales no eran lo
bastante seguras para seguir cerca de la civilización.
El
doctor se preguntó cómo se tomaría Emma el traslado... si es que la planta
podía trasladarse.
3
Hacía
ya mucho tiempo que Allan Palmer había aprendido que el lugar de un gerente es
su despacho.
Había
sido una lección que le había costado mucho tiempo y dinero aprender, pero al
final había aceptado la evidencia. Desde su despacho podía llevar a cabo el
único trabajo que nadie podía realizar y que sólo desde allí se podía hacer:
¡dirigir! Si salía de allí para visitas informales o actos protocolarios, quizá
los hombres le querrían pero también lo pasarían mal, porque ¿quién se ocuparía
de hacer aquel trabajo?
Aquel
era uno de los secretos que le había llevado a ascender de ingeniero en la
construcción, sometido a las decisiones de varios jefes y superiores, a
convertirse en la cabeza de su propia compañía constructora de pilas atómicas,
y de allí a asumir la dirección absoluta de la National cuando una mala gestión
administrativa estuvo a punto de hundirla. Había sido desde su escritorio desde
donde había convencido a Link y Hokusai de que probasen sus innovadoras ideas
de producir isótopos superpesados en gran escala y desde donde había autorizado
las increíbles sumas que fueron necesarias para construir y poner en marcha el
primer convertidor. Era aquél el lugar desde el que había esperado que Hokusai
diera con el combustible que hiciera posible el viaje del hombre a los planetas
exteriores.
Ahora
escuchaba en silencio el informe de Ferrel, reprimiendo el viejo deseo de
volver a la carga en un esfuerzo final por demostrar la seguridad de la planta
antes de que el comité se marchase. Notó la tensión que reflejaba el rostro del
doctor; su larga experiencia junto a aquel hombre le permitía adivinar cuál era
la razón principal: Ferrel estaba preocupado por él. El doctor todavía no se
había dado perfecta cuenta de que lo que estaba en juego era su propio trabajo
y el de todos los demás empleados.
Palmer
se recostó en su sillón y echó una mirada a Kimberly. Si ganaban los chiflados
que pedían el traslado de la central, aquella ciudad moriría en cinco años; no
había razón alguna para la existencia de una ciudad de aquel tamaño en aquel
punto del país si no disponía de la energía barata que proporcionaba la planta.
Además, la mayor parte de las industrias locales dependían de la central. ¿Qué
iba a hacer entonces el doctor de su casa? ¿Cómo iba a mandar a su hijo a la
universidad con lo que pudiera ganar un doctor de medicina general en una
ciudad moribunda? ¿Y qué sucedería con la esposa de Ferrel, parcialmente
paralítica, si de repente tenía que trasladarse a una población semisalvaje con
la cantidad de restricciones que la ley proponía relativas a las plantas
atómicas?
Ni siquiera
el doctor iba a escapar a algo parecido. Si ganaban los chiflados, cualquier
hombre relacionado con lo atómico se convertiría en un paria. El doctor tenía
todavía la edad suficiente para entrar a trabajar en un hospital, pero no
podría soportar el estigma que llevaría consigo. Y había otros mil hombres en
el complejo de la central en las mismas circunstancias que el doctor. A ellos
les parecía que era un problema suyo, del director, pero él era el único que
estaba asegurado contra todo, en el caso de que escogiera arrojar la toalla y
deshacerse por cuatro ochavos del equipo y el material que había allí. Su
dinero particular estaba bien seguro. Podía irse a Europa, retirarse...
Y
además, ¡que dejaran a aquellos locos que hablaban de trasladar las plantas
atómicas mover una pila con veinticinco años de funcionamiento, que llevara
todo ese tiempo produciendo continuamente radiactividad! ¡Que dejaran sin el
mantenimiento necesario la pila y que ésta se desgastara hasta que el infierno
que contenía estallara, y la gente sabría entonces lo que significaba la
contaminación!
―Doctor
―dijo por fin―, hemos estado juntos por lo menos veinte años. ¿Te he mentido
alguna vez en todo este tiempo?
No
necesitaba ni aquel amago de sonrisa para saber la respuesta. Otra de las
muchas lecciones que Palmer había aprendido hacía mucho tiempo era la necesidad
de la sinceridad absoluta, no importaba lo que doliera. En aquel momento,
recostado en el sillón, pretendía que su rostro reflejara una tranquilidad de
la que carecía.
―Muy
bien. Por el amor de Dios, deja de pensar que estoy acabado. Quizás eso del
accidente me haya afectado, y quizá no pueda recuperarme, pero estaba
convencido de que algo así sucedería. En estas condiciones, era inevitable; lo
máximo que podíamos desear era que nadie resultase herido, o por lo menos no
demasiada gente. Quizá cueste más de lo que nos podemos permitir, pero acabaré
por encontrar una manera de salir de ésta. Todavía no nos han trasladado, ¡y
mientras viva no nos van a mover de aquí! Es una promesa. Ahora, doctor, vete a
casa y descansa un rato, o por lo menos descansa aquí y deja de pensar en mis
problemas.
Observó
alejarse al doctor camino de la enfermería y se dio la razón a sí mismo. Si
había mentido por primera vez en veinte años, había sido por una buena causa.
El doctor parecía ahora doce años más joven que el hombre cansado y derrotado
que había llegado a informarle. Y a lo mejor resultaba que no le había mentido.
Quizá hubiera todavía alguna manera de evitar lo que se venía encima. En caso
contrario...
Se
levantó y se dirigió al archivo donde guardaba la lista de los clientes de la
National, junto con las cifras de ventas. La estudió detenidamente.
A la
cabeza de la lista se encontraban los hospitales, no por las cantidades que
compraban, sino porque sus necesidades eran siempre prioritarias. Tras ellos
estaban las distintas ramas del ejército, los servicios públicos, los
experimentos con cohetes que necesitaban los isótopos superpesados para
recubrir sus reactores, pues no había ningún otro material que pudiera tolerar
las temperaturas de los combustibles más modernos. Debajo, todas las empresas
humanas de gran envergadura. En los últimos veinticinco años, los isótopos
superpesados se habían convertido en parte integral del edificio completo de la
civilización. Y ahora querían extirparlos, como si se pudiera alejar todas las
grandes industrias de cualquier ciudad de más de diez mil habitantes. Seis meses
después de instalar la planta en cualquier otro lugar se alzaría junto a ella
una nueva ciudad tres veces mayor que Kimberly; así tenía que ser, para que
cupieran los empleados de la planta y los tenderos, panaderos y zapateros que
tales empleados necesitarían; ¡y eso sin contar las industrias auxiliares de
las que dependía la National para seguir en funcionamiento!
La
voz suave de su secretaria le llegó por el intercomunicador:
―El
congresista Morgan quiere verle, señor Palmer.
―Hágale
pasar, Thelma ―contestó.
Morgan
era el mejor de los miembros del comité, el único que entendía perfectamente el
estado de la cuestión. Lo primero que le pasó por la cabeza a Palmer fue un
pensamiento sobre el cabello blanco de aquel hombre, y se preguntó si acaso se
lo teñía para lograr un efecto tan llamativo.
Sin
embargo, el resto de la apariencia del congresista era casi tan impresionante
como su cabello. Enterrado entre montones de archivos, Palmer casi había
olvidado que Morgan había sido artista de teatro durante casi siete años, bajo
otro nombre, antes de convertirse en un destacado hombre de las leyes y la
política. Cuando quería se comportaba aún como un consumado actor, y sus
discursos eran siempre un acontecimiento. En aquella ocasión, no obstante, se
estaba comportando lo más humildemente posible. Parecía cansado, y la mano que
le tendió parecía falta de su cordialidad y vigor habituales.
―¿Tengo
que suponer que los demás ya se han ido? ―preguntó Palmer.
Morgan
asintió.
―Se
han ido hace quince minutos. Ya han conseguido lo que querían, mira, Allan, la
mayor parte de ellos son honrados. Hasta Shenkles cree de verdad en las memeces
que dice, pero ese accidente va a facilitar excusas que den la razón a todos
los votantes de sus estados que están manteniendo la campaña en favor de la
ley. Ha sido un golpe muy duro.
―Puede
ser, pero al menos los periódicos de Guilden no tienen fotografías de lo
ocurrido, de lo que me alegro mucho ―dijo Palmer―. Llámele riesgo calculado.
Cuando me dijo usted anoche que pensaban llevar a cabo esta inspección no supe
decidir si era mejor ahora o más adelante, e incluso ahora no lo sé. De todos
modos es un poco tarde para cambiar de idea. ¿Un bourbon?
Ante
el gesto de asentimiento de Morgan, sirvió las bebidas, y le echó a la suya un
toque de color que la hizo más fuerte en apariencia de lo que era de hecho.
―¿Qué
planes tiene, Phil? ―preguntó.
Morgan
se echó a reír. Era una de las risas ricas y cálidas que se le acusaba haber
estado perfeccionando durante años, pero le salía demasiado espontánea como
para creer que no fuera natural. Se correspondía con la voz suave y el hablar
lento y arrastrado del Sur, que se convertía en un fuerte acento sureño cuando
iba a dar mítines electorales por los condados.
―Ser
reelegido ―admitió con toda frescura―. Y al mismo tiempo impedir que un puñado
de estúpidos se nos coman por la ventaja que nos han cogido aquí. ¿Qué
sucedería si el proyecto de ley quedara retenido en el comité una buena
temporada, Allan? ¿Digamos un par de años?
Tal
cosa acabaría con aquel proyecto estúpido. Eso creía Palmer. El accidente de
Croton y el descubrimiento de algunos otros restos de contaminación habían sido
manipulados por los relativamente escasos fanáticos. En un plazo de un par de
años las plantas podían recobrar su seguridad absoluta, la gente empezaría a
sentirse tranquila otra vez y todo aquel movimiento antiatómico desaparecería
como la mayor parte de las locuras lo habían hecho. Aquella era la respuesta,
claro: la tranquila respuesta indirecta que había salvado repetidamente al país
de varias locuras, mientras los periódicos aullaban los errores del sistema que
había hecho posible aquel mismo país. Morgan era el presidente del comité que
tenía que someter al Congreso el proyecto de ley con sus recomendaciones.
―Le
escucho ―dijo Palmer―. Pero ¿podrá usted hacer tal cosa?
―No
directamente, pero puedo convocar reuniones, atascar el proceso, discutir
planes alternativos y cosas así. El único problema es el tiempo.
Morgan
estudió el vaso que tenía entre las manos y le dio lentas vueltas al whisky que
hicieron que sus gotas reflejaran la luz del sol. Movió lentamente la cabeza.
―Quizá
no crea lo que voy a decirle, Phil, pero he llegado a la conclusión de que el
bienestar del país es más importante que el mío propio. Si puedo intervenir
para sabotear este proyecto de ley, no le quepa la menor duda de que lo haré.
Pero para llevar este plan a cabo, tengo que salir reelegido dentro de cuatro
meses, si lo logro, dispondremos de esos dos años. En cierto modo, tengo
suerte. El estado de Mississippi es básicamente agrícola, y no dispone de mucha
energía atómica, por lo que quizá mis electores me den su voto aunque deje de
lado el asunto del proyecto de ley sobre instalaciones atómicas.
Tomó
otro sorbo y suspiró, tanto por el placer de la bebida como por sus propios
pensamientos.
―Puede
ser, pero no puedo estar seguro a menos que pueda presentarme ante ellos y
mostrarles que estoy haciendo por el estado algo más importante que apoyar un
viejo proyecto de ley como éste. Y ahí es donde interviene usted.
―¿De
qué modo?
―Tenga
en cuenta que no le puedo garantizar que consiga lo que le he dicho. Si las
cosas se ponen muy mal, todavía podrían forzar el paso del proyecto de ley por
mucho que me esfuerce en detenerlo. Lo único que le pudo prometer es intentar
que no se llegue a votar.
―Lo
sé, lo sé ―asintió Palmer. Quedaban claras las reservas del congresista.
―¿Dispone
de un ejemplar de ese boletín informativo interno que han editado?
Palmer
encontró uno en el escritorio y se lo tendió, al tiempo que se preguntaba si
Morgan se daba cuenta de que aquel boletín interno era uno de los periódicos
científicos más importantes sobre aquellas materias. Se quedó asombrado cuando
vio el artículo que le señalaba el político. O bien Morgan sabía mucho más de
matemáticas e ingeniería de lo que había supuesto o bien alguno de sus
colaboradores era el experto en aquellos temas.
―Resulta
enormemente difícil exterminar de la tierra de labor la última especie mutante
de gorgojo ―dijo Morgan―. He aquí algo que necesito resolver en cuatro meses.
Para entonces, si he logrado mostrar a los agricultores un terreno libre de esa
plaga y listo para un nuevo uso, me votarán aunque me vean escupir en el
retrato de Lee o descubran que me he vuelto ateo. Puedo conseguir el dinero
para ese proyecto, no se preocupe por ello. Y ni siquiera es necesario que
dispongamos de 4.000 Ha. para el experimento. Lo único que necesito es producto
suficiente para tratar un territorio así y acabaré con el proyecto de ley.
El
gerente estudió el mapa que le tendió Morgan y calculó la cantidad necesaria.
Era suficiente para poner a trabajar en ello todo un convertidor, dos para
estar más seguro.
―Es
que todavía no está en fase de producción ―protestó―. Jorgenson ha realizado
las pruebas y ahora está ocupado con las técnicas de ingeniería necesarias para
los convertidores. Todavía no podemos garantizar la eficacia de la conversión,
ni...
―Si
dispone aunque sea sólo de un cuarto de potencia para empezar, esperaré al
resto y todavía tendremos tiempo.
Palmer
volvió a estudiar aquella idea. Le hubiera gustado comentarlo con Hokusai y
consultarlo con algunos de los demás, pero no disponía de tiempo. Si quería
hacer algo para las elecciones tenía que comenzar inmediatamente a alimentar
los depósitos de material.
―Permítame
llamar a Jorgenson y discutirlo ―sugirió―. Si hay alguna posibilidad de
hacerlo, empezaré a cambiar ahora mismo los convertidores y dispondremos un
turno extra esta misma noche. ¿Le parece bien?
―Todo
lo que quiero es su palabra. ―Morgan se levantó, apuró el whisky y le tendió la
mano―. Y ahora será mejor que regrese con mis colegas no sea que empiecen a
sospechar algo.
Palmer
le vio marchar y se quedó contemplando el papel. Finalmente se encogió de
hombros y le ordenó a Thelma que buscase a Jorgenson y le hiciera venir. Las
matemáticas que había en aquel proyecto superaban su conocimiento de la moderna
tecnología de convertidores; iba a tener que fiarse de su ingeniero de
producción, pues no disponía del tiempo suficiente para estudiar el proyecto
como hacía con los demás, una costumbre que tenía para formarse siempre una
opinión del trabajo a realizar.
Por
centésima vez maldijo el hecho de que Kellar hubiera muerto. Aquel hombre había
sido su principal competidor e incluso había estado a punto de convertirse en
algo más que eso. Pero también había sido un genio, el único hombre que él
conociera capaz de combinar un gran talento para la ingeniería con grandes
facultades para razonar en el campo de la matemática pura, típico de un
científico abstracto, y de realizar ambas cosas de un modo casi instintivo.
Hubiera dado cualquier cosa por poder llamar a Kellar y que éste le diera un
juicio instantáneo. Pero Kellar había muerto y el único hombre que había
trabajado con él era Jorgenson.
Jorgenson
llegó en seguida y pareció llenar la habitación con su gran corpulencia.
Escuchó atentamente mientras le describía la situación.
―Será
un trabajo duro ―dijo con voz suave―. Requiere que se efectúen unos cambios
radicales en la estructura de los convertidores, y necesitaré un par de horas
para aleccionar a los supervisores y encargados. ¿Qué convertidores usaremos?
―Escógelos
tú. Todos están en condiciones menos el Uno y el Seis.
―Entonces,
el Tres y el Cuatro. Va a ser difícil manejar dos al mismo tiempo en un
experimento nuevo, pero creo que podremos. Bueno, también van a presentar
problemas algunos de los materiales que necesitaré.
Palmer
sonrió con ironía. Siempre resultaba costoso. Si se dejara a los ingenieros
carta blanca en algún proyecto, seguro que en diez años no habría beneficios en
ninguno. Sin embargo, y por una vez, el coste no importaba. Jorgenson no podría
gastarse en él ni una fracción de lo que supondría el éxito de aquella empresa.
―Olvídate
del coste, Jorgenson; haz todo lo que consideres necesario y ya veremos la
forma de financiarlo. ―Hizo una pausa―. Si es que quieres hacerte cargo.
El
enorme ingeniero le miró con el ceño fruncido.
―Naturalmente
que quiero hacerme cargo. ¿Por qué no?
―Porque
tendrás que ponerte a trabajar con un montón de hombres que acaban de
presenciar un accidente hoy mismo. Estarán cansados a causa de esto, de la
tensión a la que se han visto sometidos y por el interrogante que les plantea
qué sucederá con ellos cuando se haga público el informe del comité. En este
momento esos hombres no son nuestros empleados de siempre, y no debes
olvidarlo. Puedo concederte el doble del número que creas necesario para
facilitarte el trabajo, pero lo que no puedo es darte hombres frescos y
despreocupados. Con todo, ¿quieres seguir adelante?
―Sí,
yo lo llevaré todo.
A
continuación, Jorgenson hizo una pausa, como si dudara en tomar alguna
decisión. Finalmente adelantó sus enormes hombros.
―Mira,
Palmer, he repasado todos los cálculos cien veces y he tratado seis zonas de
terreno en el invernadero. No encuentro nada que pueda fallar o ir mal, pero ya
que estamos hablando de todo esto, creo que tengo que mencionar que hay una
opinión contraria al proceso para conseguir ese isótopo. Es sólo uno, pues
nadie más ha encontrado pegas, pero he creído que era mejor que lo supieras.
―Desde
luego ―asintió Palmer―. ¿Quién es?
―Un
aficionado, que estudia la ciencia atómica como pasatiempo, supongo. Pero
afirma que podemos encontrarnos con el isótopo R.
Palmer
notó que la piel de la espalda se le erizaba. La simple posibilidad de la
existencia del isótopo R podía ser suficiente para que todo el país apoyara la
propuesta de ley, hasta el mismo Morgan quizá. En ocasiones tenía pesadillas en
que la noticia llegaba hasta la prensa de Guilden, pero hasta aquel momento los
que conocían su existencia serían los últimos en acudir a los periodistas y
contarlo.
―¿Un
aficionado que sabe cosas como ésa? ―preguntó ásperamente.
―Su
padre estaba en el ajo ―repuso Jorgenson. Frunció el ceño otra vez y se volvió
a encoger de hombros―. Mira, desde que me lo ha dicho no he cesado de repasar
esos números una y otra vez. Si yo creyera que hay una posibilidad entre un
millón de que podamos toparnos con el R no lograrías ni por todo el oro del
mundo que me acercara a la pila. Y ya sabes que no es la primera vez que
sucede.
Jorgenson
acertaba en esto. Palmer había perdido una vez su oportunidad de desarrollar un
proceso muy provechoso porque simplemente un profesor había sugerido una
posible cadena que podía conducir al temido isótopo. Las pequeñas plantas
nucleares que le hacían débilmente la competencia la habían desarrollado sin
ninguna dificultad y usaban el producto obtenido como columna vertebral de sus
negocios.
Se
quedó mirando el gráfico de sus productos y clientes otra vez. Si aquel asunto sólo
significase una pérdida de beneficios, frenaría el proyecto hasta que se
repasara de nuevo cincuenta veces cada cifra. Pero aquella vez se trataba de
contrapesar un temor vago y probablemente ridículo por parte de un tipo que
sólo era aficionado a aquel tema, contra el destino de todas las centrales y
quizás incluso de la civilización durante la siguiente década.
―Muy
bien ―dijo por fin―. Adelante.
Pero
antes de que Jorgenson acabara de salir se precipitó sobre el teléfono.
―Póngame
con Ferrel ―le dijo a la telefonista.
No
tenía sentido pedirle al doctor que se quedara hasta el último turno, por
supuesto, pero no hizo ningún gesto por anular la llamada. Su decisión no era
lógica, pero había aprendido a seguir lo que la intuición le decía cuando se lo
decía con tanta fuerza.
Al
menos los hombres se sentirían mejor si sabían que el doctor estaba allí.
Habían aprendido a confiar en él, y en aquellas circunstancias necesitaban de
todo lo que les pudiera proporcionar comodidad.
4
El
silbido que anunciaba el final de uno de los turnos sonó mientras Ferrel
terminaba su apresurada cena y se dirigía de nuevo a su despacho. La cafetería
se había llenado otra vez con las habituales prisas de las horas punta, pero en
esta ocasión había un poco mas de bulla por parte de los que iban a cubrir el
turno extraordinario de noche. No resultaba difícil reconocer a los padres de
familia que discutían de la cantidad de horas de más que iban a padecer,
mientras los solteros murmuraban y maldecían por las citas que quedaban rotas y
los planes arruinados. Si quedaba algo de tensión de toda la jornada, no lo
parecía. Sin embargo, tampoco podía probarse que no existiera.
Entró
por la puerta lateral. Blake se encontraba sentado en una de las esquinas del
escritorio, sobre los pocos historiales del día. Blake hizo un gesto solemne
con la cabeza, al tiempo que cloqueaba y hacía ruiditos con la lengua.
―Te
estás haciendo viejo, doctor. ¡Tomarse descansitos a estas horas! Y se te ha
olvidado el informe de desinsectación de las duchas. Si sigues así pronto
necesitarán aquí sangre nueva que rija todo esto ―se levantó y sonrió―. Venga,
vámonos, que todavía tenemos que celebrar el aniversario.
―Lo
siento, Blake. Ahora no puedo.
Había
olvidado por completo que aquel día era el décimo aniversario del matrimonio de
Blake, pero ya era demasiado tarde para decirle que no a Palmer. Se volvió
hacia Blake y dijo:
―La
planta va a tener un turno extra esta noche y me han elegido para que me quede.
Es algún pedido urgente del Tres o el Cuatro.
Blake
frunció el ceño.
―¿Y
por qué no se lo dejas todo a Jenkins? Anne cuenta contigo y con Emma.
―Compréndelo,
es un trabajo para mí. De hecho, también Jenkins se quedará.
Blake
suspiró y se rindió.
―Anne
se va a disgustar, pero creo que lo entenderá. Si sales temprano, déjate caer
por allí con Emma un momento, aunque sea pasada la medianoche. Bueno, que te
vaya bien.
―Buenas
noches.
Ferrel
le observó marchar y le sonrió afectuosamente. Algún día Dick acabaría los
estudios de medicina y Blake sería un hombre magnífico para iniciarle y
comenzar a subir la vieja escala de siempre. Al principio, igual que el joven
Jenkins, Dick se sentiría lleno de su dedicación a la humanidad, lleno de
tensión e incertidumbre, pero sin saber cómo iría pasando al estado de Blake y
más aún, hasta el del propio doctor, donde los mismos problemas de siempre se
resolvían del mismo modo de siempre y la vida se convertía en una cómoda rutina
con sólo ciertos días malos ocasionales, como había sido aquel.
Naturalmente,
había peores modos de vida, aunque no era nunca como la masa de asesinatos,
secuestros y fantasías científicas que había visto días atrás en una película
antigua que pasaron por televisión. En ella aparecían convertidores cromados
cubiertos de bellos tubos de neón que explotaban misteriosamente al segundo día
de funcionamiento y envolvían a los hombres en unas llamas azuladas, y que se
curaban al instante en cuanto lograban apagar las llamas con las manos
desnudas.
Durante
un momento se preguntó si tales películas habían contribuido a fomentar el
miedo general de los hombres a la ciencia atómica o simplemente lo habían
reflejado. Probablemente era un poco de ambas cosas, decidió mientras se dejaba
caer en su silla.
Entonces
oyó a Jenkins, que estaba en el quirófano ordenándolo todo con extraños
ruiditos nerviosos. No le importaba que el muchacho le descubriera
tranquilamente repantigado en su sillón mientras el destino del mundo estaba
pendiente tan claramente de lo alerta que estuviera. Los jóvenes médicos tienen
que irse desilusionando poco a poco o se vuelven amargados y su trabajo se
resiente. A pesar de todo, a pesar de lo divertido que le resultaba el joven
doctor y su estado nervioso, no podía dejar de sentir una ligera envidia por
aquel joven de cara delgada, de sus hombros erguidos y de su estómago plano.
Quizá Blake tenía razón; quizá se estaba haciendo viejo.
Jenkins
se alisó una arruga de la bata blanca y levantó la mirada.
―He
estado en el quirófano ordenándolo todo por si se necesita su uso urgente,
doctor Ferrel. ¿Cree que es suficientemente seguro tener sólo a la señorita
Dodd y a uno de los celadores aquí? ¿No deberíamos disponer de más del mínimo
establecido legalmente?
―Dodd
es un equipo completo ella sola ―respondió Ferrel―. ¿Es que espera más
accidentes de lo normal esta noche?
―No,
señor. No exactamente. Pero ¿sabe usted algo de lo que se está ocurriendo?
―No.
―Ferrel no se lo había preguntado a Palmer; desde antiguo sabía que no podía
meterse con los progresos de ingeniería atómica, y ya hacía tiempo que había
dejado de intentarlo―. ¿Es algo nuevo para el ejército?
―Peor
aún, señor. Están fabricando por primera vez el isótopo atómico 713 tanto en el
convertidor Tres como en el Cuatro.
―¿Sí?
Creo que he oído algo de eso alguna vez. Se usa para eliminar los gorgojos,
¿verdad?
Ferrel
recordaba vagamente el proceso de sembrar polvo radiactivo en un círculo que
rodeara al gorgojo para aislar la plaga y luego se avanzaba lentamente hacia el
interior. Si se utilizaba con lo debidas precauciones, lograba erradicar el
gorgojo y lo reducía la mitad del territorio que anteriormente había ocupado.
Jenkins
intentó parecer disgustado, sorprendido y ligeramente superior.
―Hubo
un artículo sobre eso en la Natomic Weekly Ray de la semana pasada, doctor.
Posiblemente sabrá que el problema que hubo con el isótopo atómico 544 que
estaban utilizando fue su vida media de más de un mes. Aquello hacía que la
tierra de labor no pudiera plantarse al año siguiente, por lo que tenían que ir
muy despacio. El isótopo 713 tiene una vida media de una semana y alcanza los
límites de seguridad cuatro meses después, por lo que se pueden desinsectar
zonas de cientos de kilómetros en invierno y la tierra ya está en condiciones
de ser usada la primavera siguiente. Los experimentos en zonas piloto han
tenido un éxito total y hemos recibido un pedido enorme de un estado que quiere
una partida inmediatamente.
―Tras
seis meses en los salones políticos discutiendo si usarlo o no ―aventuró
Ferrel, con un tono de voz lleno de experiencia―. Parece algo muy interesante,
si es que consiguen recoger suficientes gusanos y otros animalitos para
soltarlos después y poner la tierra condiciones satisfactorias. ¿Y a qué viene
tanta preocupación?
Jenkins
movió la cabeza con gesto de indignación.
―No
estoy preocupado. Pienso simplemente que tenemos que adoptar todas las
precauciones posibles y prepararnos para hacer frente a cualquier accidente;
después de todo, se está trabajando en algo nuevo y un producto con una vida
media de una semana debe ser bastante fuerte, ¿no cree? Además, he repasado
algunos de los esquemas de la reacción a efectuar en el artículo que le digo
y... ¿Qué ha sido eso?
De
algún lugar situado a la izquierda de la enfermería llegaba un rumor apagado
acompañado de un ligero temblor de tierra, que dio paso a continuación a un
silbido ininterrumpido, casi inaudible a través de los muros insonorizados del
edificio. Ferrel lo escuchó unos instantes y se encogió de hombros.
―No
hay de qué preocuparse, Jenkins; lo escuchará una docena de veces al año. Desde
que entré a trabajar aquí siempre he visto a Hokusai empeñado en conseguir un
combustible atómico que pueda emplearse en los cohetes. No está satisfecho con
los progresos alcanzados en la estación espacial: lo que él quiere es ver
enviadas al espacio verdaderas supernaves de gran capacidad de carga. Algún día
nos traerán el cuerpo de ese hombrecillo sin cabeza, pero hasta ahora no ha
logrado nada que funcione y que pueda mantener bajo control. ¿Qué me decía de
los esquemas de la reacción del isótopo 713?
―Nada
definido, me temo ―Jenkins no dejó de atender al rumor sin esfuerzo, mientras
seguía con el ceño fruncido―. Sé que funcionaba en pequeñas cantidades, pero
hay algo en uno de los pasos intermedios de lo que desconfío. Creí haberlo
reconocido y se lo dije al ingeniero Jorgenson, o al menos lo intenté, pero ya
se puede imaginar usted lo que sucedió. Ni siquiera quiso discutir tal
posibilidad.
Al
ver la pálida cara del muchacho sobre los tensos músculos de su mandíbula, a
Ferrel le desapareció la sonrisa. Asintió levemente. Si aquello era lo que
había producido los exabruptos de Jorgenson, lo encontraba bastante
comprensible. Pero el conjunto de la situación parecía no tener ningún sentido.
Era seguro que el orgullo de Jenkins se había visto herido, pero no se
comprendía que lo hubiera sido hasta aquel punto. Había algo muy curioso tras
todo aquello, y algún día Ferrel tendría que averiguar de qué se trataba;
pequeños asuntos como aquel podían dar al traste con la sensatez de un hombre
ante el instrumental si no eran resueltos de un modo u otro. Mientras tanto, lo
mejor sería olvidarse de aquel tema.
La
voz de la telefonista, que pronunciaba cuidadosamente cada sílaba, saltó del
altavoz interrumpiendo sus pensamientos.
―¡Doctor
Ferrel! Se requiere al teléfono al doctor Ferrel. Doctor Ferrel, por favor!
La
cara de Jenkins palideció por completo. Su mirada se clavó en su superior. El
doctor gruñó:
―Probablemente
Palmer está aburrido y querrá explicarme cómo manejó a la comisión O querrá
contarme algo de su nieto. Cree que el niño es un genio porque ya sabe un par
de palabras.
Sin
embargo, al entrar en su despacho hizo un alto para secarse el sudor de las
manos antes de contestar. Había algo de contagioso en los temores apenas
reprimidos de Jenkins, y la expresión de Palmer al otro lado del teléfono era
también muy desacostumbrada. Sonreía con una mueca falsa, como si fuese una
máscara. Ferrel sospechó que junto a Palmer se hallaba alguien más, fuera del
campo de visión del aparato.
―Hola
Ferrel.
La
voz de Palmer tenía también un tono de falsa cordialidad, y el que usara su
apellido era un claro síntoma de que había alguna dificultad.
―Me
han comunicado que ha habido un pequeño accidente en convertidores. Te van a
llevar a la enfermería a algunos que necesitan tratamiento, aunque es posible
que tarden ¿Se ha ido ya Blake?
―Hace
media hora más o menos. ¿Crees que es lo bastante grave para hacerle venir o
seremos suficientes Jenkins y yo?
―¿Jenkins?
Ah, sí, el nuevo médico ―dijo Palmer, con una a voz, mientras sus brazos
mostraban la inquietud con estar moviendo las manos, fuera de visión―. No, no
es necesario llamar a Blake, supongo... Por lo menos, no lo llames o se
alarmaría a quien le viera regresar precipitadamente. Tú podrás hacerte cargo
de todo.
―¿De
qué se trata? ¿Son quemaduras por radiación o heridas por accidente?
―Principalmente
radiación, creo. Quizás haya también algún traumatismo. Alguien se ha
descuidado otra vez. Ya sabes qué quiero decir; ya sabes lo que pasa cuando se
rompe alguna de las líneas de alta presión.
Sí,
el doctor ya tenía experiencia en aquello, si es que se trataba de aquello.
―Claro.
Seguro que podremos hacernos cargo de algo así, Palmer. Pero creía que ya
habías terminado el trabajo del número Uno hacía una hora. ¿Y cómo ha sido que
no han puesto los relés de presión? Creía que los habían instalado hace seis
meses.
―Yo
no he dicho que haya sido el número Uno o que haya sucedido nada con las líneas
de alta presión. Sólo lo estaba comparando con algo que te resultara familiar.
Con los nuevos productos tenemos que utilizar nuevos equipos.
Palmer
alzó la mirada a otra persona, en confirmación de lo que el doctor había
supuesto, y alzó los brazos en un ligero movimiento antes de volverse otra vez
hacia la pantalla.
―No
puedo adelantar nada más por ahora, doctor; este accidente rebasa todos los
planes previstos y los detalles se amontonan ante mí. Luego podremos hablar.
Estoy seguro de que ahora tendrás que hacer varios arreglos y preparativos.
Llámame si quieres algo.
La
pantalla se oscureció y el teléfono se cortó con brusquedad, en el mismo
instante en que comenzaba a hablar alguien con voz apagada. Aquella voz no era
la de Palmer. Ferrel tensó el estómago, se volvió a secar el sudor de las manos
y se dirigió al quirófano con una estudiada despreocupación. ¡Maldito Palmer!
¿Por qué no le había dado aquel chalado la información suficiente para hacer
los preparativos necesarios? Estaba seguro de que sólo estaban en
funcionamiento los convertidores números Tres y Cuatro, y se suponía que ambos
eran totalmente seguros. ¿Qué había sucedido, pues?
Al
verle salir, Jenkins pegó un salto del taburete en el que estaba sentado, con
los músculos del rostro tensos y los ojos llenos de un terror total. Allí donde
había estado sentado se veía un ejemplar del Weekly Ray abierto por una página
llena de gráficas y símbolos que no representaban nada para Ferrel, excepto la
línea marcada a lápiz en una de las reacciones. El joven tomó la revista y la
puso de nuevo en una mesa.
―Un
accidente de rutina ―le informó Ferrel con toda la naturalidad que pudo,
maldiciéndose a sí mismo por tener que forzar la voz. Gracias a Dios, las manos
del muchacho no parecían temblar de un modo visible mientras volvía las páginas
de la revista; todavía resultaría de utilidad en el caso de que se hiciera
necesaria una intervención quirúrgica. Palmer no había dicho nada de eso,
claro, pero en realidad no había dicho casi nada de nada―. Van a traer a
algunos hombres con quemaduras por radiación, según Palmer. ¿Está todo
dispuesto?
Jenkins
asintió herméticamente.
―Totalmente,
señor... todo lo que podemos estar para un accidente de rutina de los números
Tres y Cuatro. El isótopo R... Lo siento, doctor Ferrel, no quise decir tal
cosa. ¿Llamamos al doctor Blake y al resto de enfermeras y asistentes?
―¿Eh?
Bueno, probablemente no podríamos localizar a Blake, y además Palmer cree que
no le necesitaremos. Dígale a Dodd que localice a Meyers. Las demás, si es que
las conozco un poco, estarán disfrutando de sus citas, y en cuanto a celadores
nos acompañará Jones; con éstos lo haremos mejor que con todos los demás del
equipo.
¿El
isótopo R? Ferrel recordaba aquel nombre, pero no tenía idea de qué se trataba.
Era algo que había mencionado una vez un ingeniero, aunque no podía recordar en
qué contexto. ¿O había sido Hokusai? Vio salir a Jenkins y con un repentino
impulso regresó a su despacho, desde donde podría llamar por teléfono en una
razonable intimidad.
―Póngame
con Matsuura Hokusai.
Se
quedó ante la mesa y tamborileó con los dedos sobre ella con impaciencia hasta
que finalmente la pantalla se iluminó y apareció la figura del pequeño japonés.
―Hoku,
¿sabe qué se está cociendo en los números Tres y Cuatro?
El
científico asintió levemente, y su cara llena de arrugas siguió tan
impertérrita como su manera de pronunciar el inglés.
―Sí.
Están produciendo I―713 para combatir el gorgojo. ¿Por qué lo pregunta?
―Por
nada, por simple curiosidad. He oído rumores sobre un cierto isótopo R y me
preguntaba si existe alguna relación con lo que están haciendo allí. Parece que
ha habido un pequeño accidente y quiero estar dispuesto para lo que se pueda
presentar.
Durante
una fracción de segundo los pesados párpados de Hokusai parecieron cobrar vida,
pero su tono de voz siguió neutro, sólo que ligeramente más rápido.
―No
hay ninguna relación, doctor Ferrel. No están produciendo isótopos R, se lo
aseguro absolutamente. Es mejor que olvide el isótopo R. Lo siento mucho,
doctor. Tengo que ir rápidamente a ver ese accidente. Gracias por llamar.
Adiós.
La
pantalla quedó nuevamente en blanco, como la cabeza del doctor Ferrel.
Jenkins
se encontraba en el quicio de la puerta, pero o bien no había escuchado nada o
parecía no demostrarlo.
―La
enfermera Meyers viene de camino ―dijo―. ¿Tengo que disponer inyecciones de
curare?
―Puede
ser una buena idea...
Ferrel
no tenía intención de verse sorprendido de nuevo, no importaba lo que aquellas
palabras significasen. El curare, uno de los grandes venenos, conocido por los
pueblos primitivos sudamericanos durante siglos antes de que fuera sintetizado
por la química moderna para el tratamiento de ciertas enfermedades
espasmódicas, era el recurso final en los casos de radiación que quedaban
obviamente fuera de las posibilidades de tratamiento de la medicina. Aunque en
la enfermería lo había habido durante mucho tiempo, en los largos años de
práctica del doctor sólo se había usado un par de veces; en ninguna de las dos
la experiencia había sido agradable. O Jenkins estaba totalmente asustado, o se
mostraba celoso en grado sumo, a no ser que supiera algo que no fuera de su
incumbencia como médico.
―Parece
que tardan bastante en traer a los heridos; no puede ser tan grave, Jenkins, o
de lo contrario se hubiesen dado más prisa.
―Quizá.
―Jenkins prosiguió con los preparativos, disolviendo plasma tiofilizado en agua
destilada. Añadió los ingredientes necesarios para rastrear la anemia por
plutonio y la degeneración del hígado de un vistazo―. Ya se oye la sirena del
vehículo ambulancia. Será mejor que se esterilice mientras yo me hago cargo de
los pacientes.
El
doctor prestó atención al ruido que llegaba hasta ellos como un zumbido apagado
y sonrió ligeramente.
―Debe
de ser Beel al volante; es el único hombre lo bastante estúpido para hacer
sonar la sirena con las calles vacías. Sea como fuere, notará por la sirena que
ahora se dirige hacia el lugar del accidente. Por lo menos tardará otros cinco
minutos antes de que vuelva.
Tras
esto, se dirigió al lavabo, se metió bajo el agua caliente y empezó a
restregarse con vigor con el jabón desinfectante.
¡Maldito
Jenkins! El tipo se estaba preparando ya para intervenciones quirúrgicas antes
incluso de que hubiera razón alguna para sospechar que se tuviera que utilizar
el quirófano, y además lo disponía todo a su propia comodidad, como si
estuviera dotado de un conocimiento superior. Quizá fuera así. O tal vez estaba
simplemente medio loco a causa de los viejos temores ante cualquier cosa
relacionada con las reacciones atómicas, pero éste no parecía ser el caso.
Cuando entró Jenkins, el doctor se enjuagó, abrió el chorro de aire caliente,
se secó los brazos y topó con una barra de la que colgaban unos guantes de goma
sostenidos de unas pequeñas pinzas.
―Jenkins,
¿me puede explicar qué es todo ese asunto de los isótopos R? He oído algo sobre
ello, probablemente a Hokusai, pero no logro recordar nada con claridad.
―Naturalmente:
resulta que no hay nada claro. Ése es el problema.
El
joven médico se limpió las uñas antes de levantar la cabeza. Entonces vio al
doctor Ferrel colocándose su mono de cirujano, que había surgido de un
colgador, y esperó a que terminara de vestirse.
―El
isótopo R es uno de los grandes interrogantes de la ciencia atómica. Es algo
puramente teórico y todavía no se dispone de ningún dato fidedigno. O es
imposible su existencia o no se puede experimentar en zonas reducidas que den
una seguridad absoluta. Esa es la dificultad, como digo; nadie sabe nada
respecto a su comportamiento excepto que, si es que existe, puede degradarse en
un tiempo realmente breve hasta convertirse en el isótopo de Mahler. De éste sí
habrá oído hablar, ¿verdad?
Así
era. El doctor había oído aquel nombre en un par de ocasiones. La primera,
cuando Mahler y la mitad de su laboratorio habían desaparecido acompañados de
un tremendo estrépito; Mahler estaba experimentando con una cantidad
comparativamente ridícula de un nuevo producto ideado para actuar como
fulminante para otras reacciones. Su ayudante, Maicewicz, desarrolló el
experimento con unas cantidades aún menores y en aquella ocasión sólo se habían
convertido en polvo dos salas y tres hombres. Cinco o seis años después, la
teoría atómica alcanzó un grado de desarrollo tal que cualquier estudiante
podía descubrir por qué aquel producto aparentemente seguro había decidido
convertirse en helio puro y energía en aproximadamente una billonésima de
segundo.
―¿Y
cómo está el asunto ahora?
―Hay
media docena de teorías, pero no datos auténticos. Mire, hay dos áreas de las
matemáticas que no podemos averiguar por qué dan los resultados que tenemos.
Una de ellas está en el punto de la escala donde el átomo deja de ser cada vez
más inestable para empezar a hacerse nuevamente estable en forma de isótopos
superpesados. Y ahí es donde se encuentra el isótopo de Mahler. Por suerte, al
construirse los convertidores, se ha logrado una zona en blanco: el átomo se va
haciendo más y más pesado, paso a paso, hasta llegar a cierto nivel; entonces
recibe un puñado de neutrones de una sola vez y se convierte en superpesado.
Nadie sabe exactamente el porqué. En el otro extremo de la escala se encuentran
el I―713 y el isótopo R, en donde nos empezamos a acercar al peso atómico
máximo que se puede alcanzar. Más allá, los núcleos atómicos son tan
complicados que de hecho pueden determinar todo tipo de reacciones imposibles
en los átomos normales. Según parece, al menos en algunas teorías, hay una
posibilidad de que se descompongan en isótopos de Mahler. Por lo menos los
experimentos de Mahler apuntaban en esa dirección.
Jenkins
terminó su conferencia y se encogió de hombros. Acababan de salir del lavabo y
sólo les faltaban las mascarillas para estar totalmente dispuestos. Jenkins
apretó con el codo el interruptor que ponía en marcha los rayos ultravioleta
que teóricamente esterizaban el quirófano, y luego se volvió con una mirada
interrogante.
―¿Qué
hacemos con las ondas supersónicas?
Ferrel
las puso en marcha y se estremeció cuando un zumbido subarmónico que calaba
hasta los huesos indicó que se había puesto en marcha. Los técnicos habían
revisado el aparato de ultrasonidos dos veces por lo menos, pero el zumbido
seguía estando ahí. A pesar de todo, no se podía quejar del equipo de que
disponía. Desde el último accidente de importancia, cuando el congreso del
Estado había desarrollado nuevas ideas de protección, se habían adquirido
aparatos suficientes para llenar siete pequeños hospitales. Se pretendía que
los ultrasonidos penetraban en todos los cuerpos sólidos de la sala,
esterilizando todo aquello que no limpiara la luz ultravioleta. Un silbido del
generador le recordó que había habido algo atacando su subconsciente durante
varios minutos.
―¡En
todo el rato no ha sonado la sirena de emergencia, Jenkins! Me resulta difícil
creer que hayan pasado por alto una cosa así si el accidente ha sido tan grave.
Jenkins
gruñó con escepticismo y elocuencia.
―Palmer
estaría loco si anunciara con las sirenas que se ha registrado un nuevo
accidente con todos los tipos esos tratando de conseguir del Congreso que se
deporten todas las plantas atómicas a pleno desierto de Mojave.
Otra
vez la ambulancia.
Jones,
el celador, la había oído y llevaba ya una camilla lista para cambiarla por la
que estuviera ocupada en el vehículo que se acercaba. La dejó junto a la
entrada de atrás. Medio minuto después, Beel entró arrastrando la parte
desmontable del vehículo.
―Dos
―anunció―. Vendrán más tan pronto como puedan traerlos.
Sobre
la sábana había una gran mancha de sangre, y una inspección más detenida indicó
que procedía de una vena yugular seccionada, que se mantenía en su lugar
mediante un pequeño alfiler de seguridad que unía ambos vértices de la herida
con una serie de pequeñas punzadas a cuyo alrededor la sangre se había
coagulado lo suficiente como para detener la hemorragia y evitar una pérdida
mayor de sangre.
El
doctor desconectó el aparato de ultrasonidos con un ligero respiro e indicó la
garganta del hombre.
―¿Por
qué no me han dicho que fuese allí en lugar de traerlo a él aquí?
―Diablos,
doctor. Palmer dijo que los trajera y yo los he traído. No sé nada. Supongo que
alguien se ocupó de hacerle este remiendo a su compañero y creyeron que con
esto aguantaría. ¿Va algo mal?
Ferrel
hizo una mueca.
―Cuando
se trata de una yugular seccionado, cualquier cosa que pare la hemorragia,
ortodoxa o no, vale perfectamente. ¿Cuántos más hay? ¿Qué es lo que va mal ahí
afuera?
―Dios
sabe, doctor. Yo sólo los traigo hasta aquí. No hago preguntas. ¡Hasta ahora!
Colocó
la camilla preparada en el vehículo y salió raudo en el pequeño tractor que
arrastraba las camillas. Ferrel volvió a desviar su atención adonde más
necesaria era y se fijó en el primer caso, mientras la enfermera Dodd se
ajustaba la mascarilla. Jones acababa de desnudar a ambos hombres, los limpió
precipitadamente y los condujo en las mesas de operaciones al quirófano.
―¡Plasma!
Un
rápido examen permitió al doctor percatarse de que no había ninguna herida más
en el sujeto de la yugular seccionada, y se limitó a introducirle rápidamente
un catéter. Según parecía, el sujeto sólo estaba inconsciente debido al shock
causado por la pérdida de sangre, y, a medida que el líquido fue rellenando los
vasos sanguíneos que habían quedado deprimidos, la respiración y el movimiento
cardiaco fueron recuperando su ritmo normal. Trató la herida con un antibiótico
en una acción rutinaria, limpió y esterilizó los vértices de la herida con
delicadeza, aplicó los puntos con cuidado, extrajo el alfiler y empezó a
suturar con la complicada aguja eléctrica, uno de los pocos aparatos por el que
sentía verdadero aprecio.
―Guarde
el alfiler, Dodd. Para la colección. Ya he terminado con éste. ¿Cómo va el
otro, Jenkins?
Jenkins
señaló la nuca del sujeto, indicando un pequeño objeto azulado que sobresalía
de la misma.
―Un
fragmento de acero, directo a la medula oblongata. No hay pérdida de sangre,
pero murió en el mismo instante en que fue alcanzado. ¿Quiere que lo saque de
aquí?
―No
es necesario. Ya lo hará el forense si quiere... Si éstos son sólo unos
ejemplos, sospecho que se trata de un simple accidente industrial, en lugar de
algo relacionado con la radiación.
―También
habrá de eso, doctor ―dijo el primer hombre, que estaba en apariencia
consciente y normal, excepto por su extrema palidez―. Nosotros no estábamos en
el convertidor. ¡Vaya, si estoy bien! Creí...
Ferrel
sonrió al ver la sorpresa que reflejaba la cara del hombre.
―¿Pensaba
que estaba muerto, eh? Bueno, pues está usted perfectamente, pero tómeselo con
calma. Tiéndase y deje que la enfermera le dé algo para dormir, y cuando
despierte ni sabrá lo que le pasó.
―¡Dios
mío! Salían cosas despedidas por los tubos de toma de aire como si fueran
disparos de ametralladora. Creí que era sólo un rasguño, y entonces vi a Jake
que balbuceaba como un chiquillo y gritaba que le dieran un alfiler. Todo
estaba cubierto de sangre... Y aquí estoy, como nuevo.
―Vamos...
―Dodd se lo llevaba ya hacia la sala de espera, con su adusta cara arrugada en
una expresión casi burlona tras la mascarilla―. El doctor ha dicho a dormir,
¿verdad? Pues vamos...
En
cuanto Dodd desapareció, Jenkins tomó asiento y se llevó las manos al gorro; en
las partes de su rostro no ocultas por completo por la mascarilla y los
anteojos se veían gotas de sudor.
―Cosas
despedidas por los tubos de toma de aire como disparos de ametralladora
―repitió lentamente―. Doctor Ferrel, estos dos casos estaban fuera del
convertidor. Son accidentes casuales. Dentro...
―Sí.
―Ferrel se estaba haciendo su propia idea de lo sucedido, y no era tampoco muy
agradable. Fuera, materiales despedidos por los conductos del aire; dentro...―
dejó el pensamiento sin acabar. ―Voy a llamar a Blake. Probablemente vamos a
necesitarle.
5
Mal
Jorgenson maldecía mientras iba y venía enfundado bajo el peso aplastante del
enorme traje Tomlin. El volumen de su gran cantidad de escudos y el absurdo y
complicado sistema interior de respiración hubieran acabado con un hombre de
talla inferior en cuestión de minutos, y por eso le habían utilizado como
conejillo de indias para probarlo. Para empeorar más las cosas, estaba su
estatura. Volvió a maldecir y mentó a la raza de pigmeos que lo había parido,
cuyas mentes canijas todavía eran más pequeñas que aquellas tonterías que
llamaban cuerpos.
El
interior del convertidor era todo confusión. De los laterales cilíndricos hasta
el centro de la cúpula, a cinco pisos del suelo, estaba todo repleto de equipo
que se había llevado allí apresuradamente y se había dispuesto de un modo
provisional también por las prisas en comenzar el proyecto.
Se
introdujo con dificultad en la cabina de prueba superior del número Tres y
trató de introducir sus hombros lo suficiente como para acomodarse en su
posición. No había dispuesto de tiempo para instalar el adecuado banco de
instrumentos de prueba. Para ello se hubieran requerido semanas ¡y esperaban
que él lo hiciera en una sola noche!
Finalmente
recurrió a la matemática pura y encontró el modo de colocarse en una posición
desde la cual llevar a cabo la prueba. Los resultados coincidieron con los que
tenía, por supuesto. Tal vez aún hubiera alguna posibilidad de salir con bien
de aquello, en el caso de que Palmer acabara de desprender de su cabeza las
dudas que se advertían en su rostro. ¡Había unas cuantas cosas que Jorgenson se
reservaba para él!
Se
cogió la hombrera, que se le caía hacia atrás, y maldijo repetidamente sin
preocuparse de cerrar el comunicador del traje. Maldita sea, Palmer no tenía
razón al insistir en que todos los empleados llevaran traje. Sólo complicaba
más las cosas y mostraba a los hombres que el gerente no confiaba en ellos. Sin
embargo, este trabajo era muy especial y se hacía en las peores condiciones de
todo tipo. ¡Debería hacer algunas concesiones!
Bajó
de su puesto con su disgusto y su malhumor encima. Tenía razón al sentirse
disgustado en un mundo en el que nada le iba bien, donde el viajar era una
experiencia penosa, y donde hasta las ropas que llevaba tenían que hacerse a
medida y a un precio que le recortaba totalmente los ingresos y le dejaba sin
esperanzas para el futuro. Y las mujeres...
Estuvo
a punto de escupir, pero recordó a tiempo el visor que le cubría la cara.
Briggs
se encontraba con un grupo de hombres junto a la cámara de seguridad situada al
sur del convertidor. La gran mole del convertidor estaba construida en el interior
de un edificio, aún mayor, de grueso cemento. Las cámaras estaban dispuestas en
las paredes externas y se utilizaban en caso de accidente. Nunca se habían
tenido que utilizar para salas de reunión, pero todos los estúpidos se habían
reunido junto a ella, como si no tuvieran fe en él.
―Briggs,
llévate a todos esos enanos tuyos a que trabajen ―ordenó―. No los quiero volver
a ver paseando por aquí. Maldita sea, esto es nuevo. Si tengo que hacer nuevos
ajustes o si esos indicadores empiezan a dispararse, quiero ver a los hombres
donde se puedan mover. Ya has trabajado conmigo antes. Ya sabes lo que quiero.
―Lo
que quieres es encontrarte cualquier noche con un cuchillo en la tripa
―respondió Briggs con voz tranquila y fría―. Tú maneja bien este proceso y
déjame a mí a los hombres. Palmer me dijo que los retuviera cuanto pudiera.
Jorgenson
no podía hacer nada respecto a esto. Si pegaba a aquel estúpido por su
insolencia, todo el grupo de pigmeos le abandonaría para quedarse con el
inferior. Anteriormente ya había tenido dificultades, aunque nunca tan
acusadas. Si Palmer le respaldara... Pero el gerente no iba a hacerlo. Hasta
Kellar había resultado un tipo malísimo para el trabajo, siempre débil ante los
hombres.
Comprobó
la lectura de los imanes gigantes y del láser que controlaba la inyección de
los neutrones. ¡Maldito fuera aquel condenado Jenkins! El joven doctor tenía
que estar equivocado con sus innecesarios temores. A pesar de ello, Jorgenson
se descubrió manteniendo al mínimo la inyección, con lo que amenazaba con una
pérdida de eficacia en la conversión. Tenía que... Se encogió de hombros y dejó
que las cosas siguieran como estaban. Al menos el encargado de los controles
estaba en su puesto. Sería mejor no variar sus órdenes. Jorgenson echó una
última mirada al convertidor y movió la cabeza con desaliento.
Se
alejó a grandes pasos, cruzó la puerta enorme, lenta y pesada del edificio
exterior y se dirigió hacia el número Cuatro. La comprobación se retrasaba como
resultado del tiempo perdido en el traslado de algunos instrumentos que no
cabían en ningún lugar. Un buen lector de instrumentos le hubiera sido de gran
ayuda, pero no había encontrado nunca uno en el que poder confiar. Se detuvo
echando chispas mientras los motores del segundo convertidor abrían la puerta
lo suficiente para que pudiera entrar.
En
el interior del número Cuatro, Grissom presentaba las cosas mejor que Briggs.
El encargado había protestado pero en aquel momento ya tenía a todos sus
hombres en los lugares que les correspondían. Parecían temerosos, pero eso les
iría bien. Un poco de adrenalina en la sangre quizá les proporcionara un poco
de vitalidad.
―Coloquen
bien ese alimentador ―le dijo a Grissom. Lo habían ensamblado mal a pesar de
los incentivos que se habían ofrecido aquella tarde, y se había abierto
parcialmente, con lo que no cesaba de vibrar debido a los cambios de presión
que se desarrollaban en el interior del convertidor. Pero ya era de esperar que
se hicieran trabajos poco cuidadosos, pues el disecador del convertidor había
insistido en colocar aquellos edificios a su alrededor, para amortiguar los
efectos en caso de accidente, según habían dicho, en lugar de dejar las
máquinas al aire libre, donde se las pudiese alcanzar con rapidez.
Subió
trabajosamente hasta el centro de control y repasó de nuevo toda la operación,
ideando un modo de extender los brazos para poder leer los indicadores. Los
contempló mecánicamente y de repente fijó en ellos los ojos.
Las
agujas no estaban fijas.
Iban
de lado a lado, en un baile errático. Sus periódicas oscilaciones le recordaron
algo más. Sobresaltado, indagó en la memoria y examinó lo que halló.
El
ritmo era el mismo que el del alimentador reparado.
Las
presiones interiores eran variables, y era algo que esperaba que así fuese,
pero aquello no debería afectar a las restantes lecturas. Sin embargo, la
fluctuación era obvia.
Recorrió
con la mente sus páginas de anotaciones, repasándolas con la misma rapidez que
si las tuviese escritas delante. No había nada en ellas que pudiera predecir
aquel comportamiento. Sólo podían darse en el caso de una reacción totalmente
diferente a la planificada.
Rehizo
las nuevas ecuaciones, que cuadraban, y las ajustó a los hechos de que
disponía. Era un trabajo opresivo, que le iba a dejar la cabeza dolorida
durante horas. Odiaba tener que trabajar de aquel modo, y nunca había logrado
que un trabajo realizado en aquellas condiciones fuera totalmente digno de
confianza. Pero en aquel momento algo le gritaba desde el fondo de su cerebro
que aquellas nuevas ecuaciones eran totalmente ciertas.
¡Jenkins!
¡Aquel maldito impertinente había apuntado la posibilidad de una ecuación
parecida a aquella! Había tenido el valor de sugerir que había una segunda
posibilidad de la que Jorgenson no había querido hablar. Y ahora incluso los
hados se aliaban con el temor de aquellos pigmeos para demostrar su razón y que
el hombre que había planificado todo el proceso se había equivocado.
Gritó
a través del casco y llamó la atención de los hombres que estaban bajo él.
Todavía tenían tiempo, si trabajaban con rapidez. Iba a ir justo, pero podían
hacerlo.
Se
echó hacia adelante, casi a punto de perder el equilibrio, hasta alcanzar el
desconectador de emergencia de la unidad de fusión. Con el otro brazo, indicó
al supervisor que fuera a la estación de emergencia.
Grissom
se quedó mirándolo como un conejo acobardado. Los demás observaron sus gestos
sin dar señales de comprenderlos.
―¡Muévanse!
―les aulló Jorgenson, poniendo al máximo el volumen del altavoz de su casco y
gastando rápidamente la batería―. Empuje a tope los imanes lastrados
principales, a tope. ¡Auméntenme la corriente por las inductancias primarias!
¡Maldita sea, muévanse! ¿Quieren que les estalle en la cara todo esto? ¡Dentro
de treinta segundos nos las vamos a ver con el isótopo R!
Grissom
se movió entonces, pero hacia donde no debía.
Con
un grito frenético que amplió el diafragma de su casco, se precipitó en la
cámara de seguridad norte del convertidor. Durante unos segundos los demás
vacilaron. Luego dejaron lo que estaban haciendo y se reunieron a Grissom en su
loca carrera.
Tras
aquello ya era demasiado tarde para salvar nada.
Jorgenson
observó cómo la puerta de una cámara se estaba ya cerrando. Hizo un cálculo y
comprendió que iban a poder cerrarla a tiempo. También comprendió que él mismo
se podía poner a salvo antes de que se cerrara, aun con el peso de aquel traje
protector. Ordenó a sus piernas que echaran a correr.
Y le
respondieron, pero no como él esperaba. Le lanzaron lejos del muro interior,
aterrizó y comenzó una carrera enfermiza y en dirección contraria a los demás
hombres que se encontraban en la otra parte del convertidor. Vio que algunos de
ellos miraban, y que probablemente no habían oído lo que había dicho, pero se
estaban asustando al ver correr a sus compañeros.
―¡A
la cámara! ―aulló. Con el volumen a tope, el altavoz apenas transmitía sus
palabras, pues la batería se estaba agotando―. ¡A la cámara!
Cuando
comprendieron lo que decía se comportaron como corderos desvalidos. Aquellos
estúpidos sin voluntad no podían ni salvarse a sí mismos. Tenían que esperar a
que otro hombre mejor se sacrificara por ellos.
Les
vio dirigirse hacia la cámara y se dio cuenta de que era casi demasiado tarde.
En aquel momento hervía en él la ira, que corría por sus venas y las llenaba de
adrenalina hasta el punto de dejar de sentir el peso agobiante del traje
protector. Cogió a uno de los rezagados y lo arrojó materialmente al interior
de la cámara. Pero no había tiempo de que todos se salvaran, pues corrían en
dirección contraria a donde él pretendía llegar.
Si
uno solo de ellos se quedaba atascado en la puerta cuando ésta se cerrase,
nadie sobreviviría; la puerta tenía que quedar herméticamente cerrada, lo que
resultaría imposible con alguien atrapado en la entrada. En aquel momento
apenas quedaba espacio para que él mismo pudiera colarse en la cámara. Si
saltaba y se deshacía de los dos que amenazaban con bloquear la entrada, aún
tendría una posibilidad de entrar.
Pero
no saltó. Balanceó sus enormes brazos y empujó adentro a uno de aquellos
desgraciados. Para el otro no había posibilidad de entrar, y fuera de aquella
cámara no había ninguna esperanza de supervivencia para nadie, no importaba qué
protección llevase. El hombre se debatía junto a la enorme puerta, demasiado
cerrada ya para que nadie pudiera entrar, e intentaba colar un brazo al
interior.
Todo
el odio que había ido llenando a Jorgenson explotó de repente. Alzó el puño,
golpeó el casco del infeliz y lo dejó convertido en un amasijo de metal.
Continuó moviéndose y apartó por fin el cuerpo de aquel hombre de la entrada
que se terminaba de cerrar lentamente, dejándola libre.
Los
estúpidos que se encontraban en el interior gritaban y lloraban, pero no les
prestó atención. Sabía el segundo exacto en el que se encontraba, como lo había
sabido durante casi toda su vida. Sabía exactamente la fracción de tiempo que
le quedaba. Era el último pensamiento racional qué le quedaba.
Exactamente
como había previsto, escuchó el primer estallido sobre él como un soplo que
parecía torturarle los oídos, incluso a través de la pesada armadura. Pero no
se detuvo a mirar. La puerta se había cerrado por fin. Aplicó su hombro contra
ella, bien apoyado sobre los pies, y embistió. La puerta avanzó un poco más de
prisa bajo el esfuerzo combinado del motor y de sus músculos, y algunos de los
que quedaban fuera reaccionaron al menos con un poco de cordura y empujaron
también, sumando sus escasas fuerzas a las del ingeniero.
¡El
convertidor se resquebrajó y su contenido se derramó al exterior! Lo vio volar
a su alrededor. La carga de la pila salía despedida por el punto donde se había
partido la pila. El impacto le despidió del lugar en que se encontraba y se
golpeó de costado. El resplandor que despedía la pila hacía innecesarias todas
las demás luces, y al cabo de pocos instantes la luz fue tan intensa que le
impidió la visión. Se arrastró por el suelo y luchó contra la presión hasta que
de nuevo advirtió la puerta. Encontró otro punto en el que hacer palanca y
empezó a empujar otra vez, tratando de dejar totalmente cerrada aquella puerta.
Finalmente, la pequeña hendidura que quedaba desapareció. Ya no podía hacer
más. Los idiotas encerrados en aquella cámara vivirían o morirían, pero ninguna
de ambas cosas sería ya responsabilidad suya.
Entonces
se relajó, sorprendido ante el rugido y el silbido que se escuchaban. Notó algo
pegajoso junto a una de las junturas de su armadura. El material emitía
pequeñas explosiones que parecían tener la suficiente potencia para atravesar
su coraza protectora.
Luchó
por ponerse de pie e hizo caso omiso de las señales agónicas que recibía de sus
nervios y de las contracciones de sus músculos. En aquel momento todo él era
rabia y furor, y era aquella emoción la que le hacía moverse. Sabía que iba a
morir y ya no le preocupaba aquella certeza. Pero aquel proceso atómico fuera
de control era obra suya, y tenía que demostrar que era él quien mandaba.
¡Aquel convertidor no iba a vencerle!
Zarandeado
y golpeado, con un infierno lloviendo a su alrededor y en ocasiones casi sobre
él, luchó por seguir avanzando, al tiempo que se hacía una representación
mental completa de la cámara del convertidor y de todo lo que contenía en aquel
momento. Vio las herramientas que los hombres habían abandonado y les hizo una
fotografía mental. Vio el cadáver del hombre que había matado por una razón tan
idiota como la salvación de otros que tampoco la merecían. Y entonces lo
descubrió. Se trataba de la gran caja de plomo que se había traído para guardar
las primeras pruebas de los resultados hasta que se pudieran comprobar.
La
cabeza le dolía terriblemente, mientras intentaba hacer que su cerebro rindiera
al máximo. Trataba de introducir la máxima cantidad posible de factores para
hacerse una imagen cuatridimensional más auténtica de lo que le rodeaba. Nunca
antes había forzado tanto su pensamiento. Tenía que darse cuenta de cada uno de
los movimientos de su propio cuerpo, luego sentir las corrientes y pulsaciones
que se agitaban en su derredor y hacerlos corresponder a continuación con el
movimiento de la caja. No podía estar muy lejos, pero en los pocos segundos de
energía que aún le quedaban no podía dedicarse a perseguirla.
Entonces
las imágenes se hicieron concretas. Con el cerebro se pudo ver a sí mismo y el
punto en que estaba localizada la caja, e incluso el punto en que estaba la
tapa de la misma. Se movió hacia allí y alargó los brazos hasta localizarla.
Pero
en aquel momento el destino le hizo una jugarreta, como durante toda su vida
había sucedido. Había localizado la caja, pero la cubierta estaba en un ángulo
diferente al de la imagen que se había hecho. Gritó y maldijo de frustración al
darse cuenta de que su mente, trabajando al máximo, sólo había podido construir
una imagen imperfecta.
Sus
dedos recorrieron la superficie de la caja como animalitos dotados de vida
propia, y la probaron a base de golpes que proporcionaban mensajes al cerebro.
Acabó por localizar la tapa y la levantó dando gracias de que estuviera en la
parte superior y no tuviera que darle la vuelta. Con sus últimos rastros de
energía se introdujo en ella y resolvió el problema de cuál era la mejor
posición que podía adoptar dejándose caer simplemente. Luego volvió a cerrar la
tapa e intentó ajustarla al máximo. Notó que la caja se movía bajo las activas
fuerzas externas de aquel nuevo material, pero ya no pudo preocuparse más.
Su
mente quedó en blanco.
Despertó
en un infierno, con el aire caliente y espeso en el interior de su traje y el
sudor chorreándole por encima, aunque sentía el cuerpo seco hasta los huesos.
Había un ligero movimiento de balanceo en la caja en la que se encontraba, como
si un extremo fuera impulsado hacia arriba y los demás estuvieran anclados a
algo.
Pero
no fue darse cuenta de dónde estaba o de la situación en que se encontraba lo
que le produjo la mayor impresión al despertar. Los espasmos de los músculos y
su muerte cierta que iba a producirse tan pronto no representaban nada para él.
Lo
que le anonadó, lo que se impuso por encima de todo, fue el descubrir que
durante años había estado loco. Le dio vueltas a ello en la cabeza, intentó
asumirlo, aceptarlo. Había estado loco desde que había alcanzado la
adolescencia. Antes de terminar la universidad ya lo estaba del todo. Había
vivido en un mundo imposible donde lo único que contaba era la perfección
absoluta, y donde se había negado a aceptar que tal perfección fuera posible,
incluso en sí mismo. Había ido construyendo su odio contra aquel imposible
hasta convertirlo en una fuerza imparable que había invadido cada célula de su
cuerpo durante toda su vida.
¡Había
perdido totalmente la razón! Y a pesar de ello, la suya había sido una locura
fría y dura, capaz de ser disimulada cuando se hacía necesario. Había mantenido
su furia para sí, la había apartado de los hombres que quedaban por encima de
él y la había mantenido por lo menos en límites tolerables para sus inferiores.
Nunca había considerado a nadie igual a él. Siempre había reservado para él
solo aquella locura que escondía en su cerebro.
Y
ahora aquella furia había explotado, incapaz de soportar el enorme peso de los
últimos segundos transcurridos allí fuera y la muerte a la que tenía que
enfrentarse. Su mente se sentía vacía, aunque más lúcida de lo que había estado
nunca. Todavía tenía presente aquel truco del recuerdo visual completo. Aún era
capaz de ver cada una de las páginas que había leído en su vida. Y tenía más
desarrollada que nunca la facultad de imaginar toda una nueva imagen con el
cerebro. Había construido toda su vida sobre aquellos trucos, y éstos le habían
llevado a la locura cuando descubrió que aquella habilidad sólo daba como
resultado el rechazo de su persona o pequeños diseños decorativos. Ahora eran
sólo medios para llegar a un fin, no un fin en sí mismos. Eran talentos
especiales que le podían ayudar a pensar, no pensamientos en sí.
Dolía
el descubrir de repente que era sólo un hombre y no un dios doliente y
encadenado, pero lo aceptó.
Volvió
los pensamientos a su propia situación otra vez y un ligero asomo de miedo le
rozó. Lo hizo desaparecer, como estaba haciéndolo con todo el dolor y toda la
angustia que trataban de invadir su cabeza. Estaba en la caja, todavía por
encima del material radiactivo que debía estar hirviendo en la sala del
convertidor, protegido por los fuertes muros recubiertos y acorazados de plomo.
Mientras siguiera estando por encima del material, donde éste no pudiera
penetrar en la caja, dispondría de un poco de seguridad. Viviría hasta que se
le terminara el aire, o hasta que el sudor le deshidratara, o hasta que el
calor le rindiera por fin. Cualquiera de aquellas tres cosas no iba a tardar
mucho en producirse.
Pensó
en aquellos hombres. No los había conocido y no podía sentir simpatía por
ellos, pero sentía curiosidad por saber si el comportamiento con ellos en
aquellos últimos segundos fatídicos había sido el adecuado. Loco o no, había
tratado de salvarlos, y al hacerlo había destruido su propia locura, aunque
había acabado también con la posibilidad de probar su propia cordura.
Notó
que la caja volvía a deslizarse y contuvo la respiración, pero aquello no tenía
sentido alguno. Con la masa de plomo que le cubría no tenía ninguna importancia
cualquier movimiento que realizara.
El
isótopo R, pensó. Aquella era la respuesta: el isótopo R o una mezcla que lo
contuviera en un alto porcentaje. Se sentía capaz de descifrar con el cerebro
el tortuoso proceso de determinar la fórmula exactamente, pero no se preocupó
de hacerlo. Se preguntó qué podía suceder si se trataba efectivamente del
isótopo R la conclusión a la que llegó le hizo gritar mentalmente que no podía
ser. Trató de encontrar algo que negara la evidencia, pero no encontró nada.
Tenía
que tratarse del isótopo R, y si era así ya no importaba si moría entonces, si
le rescataban milagrosamente o si sobrevivía hasta el momento inevitable en que
aquella sustancia traspasara el punto crítico de su proceso en cadena y se
autodestruyera.
Entonces
revisó de nuevo la situación. Sí que podía tener importancia que un milagro le
rescatara a tiempo de allí. Si disponía tiempo, si disponía de conciencia, su
cerebro podía todavía completar la investigación y encontrar la respuesta que
pondría fin a la amenaza del isótopo R.
Nadie
que no fuera él podría encontrar aquella respuesta a tiempo. Tendría que salir
de su cerebro, pero éste no soportaría bajo ningún concepto las fuerzas que
rodeaban la caja y que la inundarían en el momento en que su cápsula protectora
naufragara.
La
caja se estaba ladeando ya. Parecía deslizarse y volcar. Algo la golpeó por
debajo, la elevó y la volvió a golpear. Esperó con curiosidad, tratando de
calcular cuánto tardaría. Al cabo de unos cuantos segundos tuvo la respuesta.
Cuando, por fin, la caja se deslizó como acababa de prever, se sintió casi
feliz. Naufragó y se hundió, y apenas pudo darse cuenta del magma que se colaba
por las hendiduras de la tapa, pero no tenía ya ningún interés en abrir los
ojos con la esperanza de que fuera lo bastante brillante para iluminar su
visión.
Una
parte de su cerebro quedó en blanco, luego otra siguió el mismo camino y
finalmente quedó sólo una débil chispa de conciencia. Por último, logró su
última victoria cuando aquella chispa parpadeó y se apagó, dejándole
inconsciente.
6
Póngame
con la residencia del doctor Blake, Maple 2337 ―le dijo con urgencia el doctor
Ferrel a la telefonista. Ésta palideció unos segundos, mientras empezaba a
moverse, y luego reprimió un gesto puramente automático en dirección a las
clavijas―. He dicho Maple 2337.
―Lo
siento, doctor Ferrel, pero no puedo darle ninguna línea con el exterior. Todas
las líneas principales están fuera de servicio. ―Se oía un zumbido constante en
el panel, pero no había nada que indicase si se trataba de las luces blancas de
las comunicaciones interiores o las rojas de las líneas con el exterior.
―Pero
es que se trata de una emergencia, señorita. Tengo que ponerme en contacto con
el doctor Blake.
―Lo
lamento, doctor Ferrel. Todas las líneas con el exterior están fuera de
servicio. ―La muchacha hizo el gesto de ir a desconectar la comunicación pero
Ferrel la detuvo.
―Entonces,
comuníqueme con Palmer... Si tiene la línea ocupada, córtela y póngame. Yo
cargaré con la responsabilidad.
―Muy
bien. ―Se volcó sobre las clavijas―. Lo lamento, una llamada de emergencia del
doctor Ferrel. Manténgase a la espera y le volveré a comunicar.
Tras
esto la cara de Palmer llenó la pantalla y en aquella ocasión el gerente no
hizo ningún esfuerzo por ocultar su expresión preocupada.
―¿De
qué se trata, Ferrel?
―Quiero
que venga Blake. Vamos a necesitarle. La telefonista me ha dicho...
―Sí,
sí ―asintió Palmer, atajándole―. Yo he estado tratando de localizarlo ya, pero
en su casa no responden. ¿Tienes alguna idea de dónde encontrarlo?
―Prueba
en el Bluebird o en cualquiera de esos clubs nocturnos. ¡Maldita sea! ¿Por qué
tenía que ser precisamente hoy el aniversario de bodas de Blake? Y marcharse
sin decir dónde se le podría localizar...
Palmer
volvió a hablar.
―Ya
he llamado a los clubs y restaurantes, pero no hay manera. Ahora lo
intentaremos con los cines y teatros; un segundo... No, tampoco está ahí,
Ferrel, últimas noticias: no hay respuesta.
―¿Y
si hiciéramos una llamada general por la radio?
―Me
gustaría, Ferrel, pero no puedo hacerlo. ―El gerente había dudado una fracción
de segundo, pero su respuesta había sido firme―. ¡Ah!, también avisaré a tu
esposa de que no vas a ir a casa. ¡Señorita! ¿Está ahí? ¡Póngame otra vez con
el gobernador!
No
tenía sentido ponerse a discutir con una pantalla en blanco, concluyó el
doctor. Si a Palmer le parecía mal una llamada por radio, sería por algo,
aunque ya se había hecho alguna vez. «Todas las líneas principales fuera de
servicio... Avisaremos a tu esposa...»
El
gobernador... ¡Ni siquiera estaban preocupándose de ocultar lo sucedido!
La
cara de Jenkins hizo una especie de mueca y dijo:
―Así
que estamos aislados, ¿eh? Ya lo sabía; Meyers acaba de llegar con unos cuantos
detalles.
Le
hizo un gesto con la cabeza a la enfermera, que salía en aquel instante del
vestuario y trataba de arreglarse un poco el uniforme. Su cara, casi bonita,
parecía estar más confusa que preocupada.
―Estaba
a punto de dejar la central, doctor, cuando oí mi nombre por los altavoces,
pero tuve que esperar mucho hasta que me dejaron entrar en el recinto otra vez.
¡Estamos realmente encerrados aquí! He visto en todas las puertas hombres
armados con pistolas que hacían volver sobre sus pasos a todo el que intentaba
salir sin dar ninguna explicación. Simplemente tienen órdenes de que nadie
entre o salga de la central hasta que el señor Palmer lo autorice. Es como una
prisión. ¿Cree usted que...? ¿Sabe usted lo que está pasando?
―Sé
tanto como usted, Meyers. Todo lo que sé es lo que me ha dicho Palmer, que ha
habido algún descuido en una de las puertas del Tres o del Cuatro ―respondió
Ferrel―. Probablemente se trata de medidas de precaución. Sea como sea, tendrá
usted paga doble. Yo no me preocuparía demasiado todavía.
―Sí,
doctor Ferrel.
La
muchacha asintió y se volvió en dirección a la sala principal, pero su mirada
no reflejaba confianza alguna. El doctor se dio cuenta de que ni él ni Jenkins
daban una impresión de confianza en aquel momento.
―Jenkins
―dijo en cuanto la enfermera abandonó el lugar―, si sabe algo que yo no sepa,
suéltelo, por el amor de Dios. Nunca he visto algo parecido a esta situación.
Jenkins
pareció vacilar. Luego se asintió a sí mismo y, por primera vez, trató al
doctor de tú.
―Doctor,
no lo sé. Sé sólo lo suficiente para no tener la seguridad que tú tienes. ¡Lo
cierto es que estoy asustado como una gallina!
―Déjame
ver tus manos, ―contestó Ferrel. Aquello era una manía suya, y él lo sabía,
pero también sabía que no era una medida exenta de justificación. Jenkins se
las mostró de inmediato, y el doctor comprobó que no temblaban. El muchacho
alargó el brazo de modo que la ancha manga de la bata se le deslizó hasta más
atrás del codo, y Ferrel asintió; de sus sobacos no se desprendía sudor alguno
que denotara que su estado nervioso fuera peor de lo que su cara reflejaba―.
Muy bien hijo; ya no me preocupa lo asustado que te encuentres. Yo también lo
estoy. Pero sin Blake y sin las demás enfermeras y auxiliares aquí, voy a
necesitar todo lo que puedas dar de ti.
―Doctor...
―¿Sí?
―Si
confía en mí, puedo conseguir que venga otra enfermera, y además muy buena. Los
pacientes que van a venir no van a ser menos graves ni menos difíciles, y ella
no trabaja en este momento. No pensé que pudiera hacemos falta, pero si se
entera de que la hemos necesitado y no la hemos llamado, me arrancará la piel a
tiras. ¿Quiere usted que la llame?
―No
se pueden efectuar llamadas telefónicas al exterior ―le recordó el doctor. Era
la primera ocasión en que veía en los ojos del muchacho un auténtico entusiasmo
y, fuera buena o mala enfermera, aquella mujer sería obviamente de gran valor
para darle ánimos a Jenkins―. Pero si puedes ponerte en contacto con ella,
hazlo; en estas condiciones cualquier enfermera será bien recibida. ¿Es tu
novia?
―No,
mi esposa ―Jenkins se dirigió al despacho―. Y no necesito la línea exterior.
Cuando la llamé para decirle que me quedaría aquí el tumo de noche, dijo que
vendría a esperarme, así que en este momento está en el aparcamiento de ahí
fuera.
―Pues
llevará un buen rato esperando ―observó el doctor con sequedad.
Jenkins
sonrió brevemente y por un segundo su rostro pareció casi infantil.
―Ya
lo esperaba. Además, si le preocupa su capacidad, le diré que es enfermera de
quirófano del doctor Bayard, en la clínica Mayo. Gracias a ella pude estudiar
en la escuela de medicina.
La
sirena se aproximaba otra vez cuando Jenkins regresó. Todavía seguía con sus
pequeñas muestras de tensión en la cara, pero su aspecto general era más
relajado. Asintió.
―Se
lo he pedido a Palmer, y él está de acuerdo en transmitir la orden y dejarla
entrar sin más preguntas. La telefonista tiene órdenes estrictas de pasar
cualquiera de nuestras llamadas a Palmer con prioridad absoluta, por lo que
parece...
El
doctor asintió y aguzó el oído ante el zumbido de la sirena, que fue
acercándose y que finalmente se apagó con un silbido acre.
Al
darse cuenta de que Jones se dirigía apresuradamente hacia la puerta trasera
notó que su estado de tensión se relajaba de repente; el trabajo, aun bajo la
presión de la emergencia, era siempre mejor que estar sentado mano sobre mano
esperando que se presentaran las dificultades. Vio entrar las dos camillas,
cada una de ellas con dos heridos y escuchó a Beel balbucearle algo al celador,
totalmente perdida la flema habitual del conductor de la ambulancia.
―Lo
dejo. Mañana me despido. No soporto seguir viendo cómo sacan cadáver tras
cadáver para que me los lleve. No, así no. Ni siquiera sé por qué vuelvo allí;
aunque puedan, no sé por qué siguen metiéndose en esa ratonera. De ahora en
adelante me dedicaré a conducir camiones, ya lo veréis.
Ferrel
dejó que siguiera despotricando, consciente de que el hombre se encontraba al
borde de la histeria. No tenía tiempo ahora para hablar con Beel, pues un
amasijo de carne roja le esperaba bajo el visor de una de las armaduras de
protección.
―Quíteles
toda esa ropa en cuanto pueda, Jones ―ordenó―. Por lo menos quíteles el traje
protector. ¿Ha preparado la crema de ácido tánico, enfermera?
―Sí,
doctor ―respondió Meyers.
Jenkins
estaba ayudando activamente a Jones a despojar a los heridos de los trajes y
cascos.
Ferrel
puso en marcha de nuevo los ultrasonidos para esterilizar los trajes metálicos,
pues no se podía perder mucho tiempo en hacer una asepsia demasiado delicada;
en teoría, los ultrasonidos y los rayos ultravioleta proporcionaban la
suficiente y Ferrel tenía que confiar en ello, aunque no le gustara mucho.
Jenkins acabó lo que estaba haciendo, se volvió en busca de unos guantes
limpios, apenas estuvo un momento bajo el líquido antiséptico y por último se
secó apresuradamente. Dodd le siguió, mientras Jones introducía tres de los
heridos en el quirófano, que ya estaba preparado. El cuarto hombre había muerto
por el camino.
Iba
a ser un trabajo difícil y confuso. En los puntos en que la carne había tocado
el metal de los trajes, e incluso en los que habían estado cerca del mismo, las
quemaduras eran graves; la carne casi estaba carbonizada. Pero aquello era lo
menos importante; había pruebas clarísimas de quemaduras por radiación de
tercer grado, que probablemente no se habían detenido en la epidermis sino que
habían penetrado a través de la carne y de los huesos hasta afectar algunos
órganos vitales. El doctor dirigió una mirada dubitativa a Jones. Este le
mostró uno de los distintivos que había arrancado del traje del sujeto; estaba
totalmente negro, lo que significaba que el margen de seguridad se había
sobrepasado con mucho.
Y
todavía peor, las contracciones musculares espasmódicas y dolorosas indicaban
que el material radiactivo había invadido la carne y actuaba directamente sobre
los nervios que controlaban los impulsos motores. Jenkins echó una mirada
impaciente al cuerpo que se retorcía bajo sus ojos y su rostro adquirió un
color blanco amarillento; o era el primer ejemplo auténtico de las
posibilidades de un accidente atómico o se trataba de algo nuevo que aprender
sobre el tema. Su débil voz no tradujo ningún tono de sorpresa.
―Primero
fue un chorro de radiación gamma. Ahora es un emisor de rayos beta.
¡Imagínense!
Apretó
las manos y lanzó una mirada involuntaria en la dirección en que se encontraban
los convertidores. Luego pareció reaccionar:
―Curare
―dijo finalmente, en tono forzado, pero firme.
Meyers
le tendió la hipodérmica y él la introdujo con los dedos totalmente serenos,
más incluso de lo que normalmente los tenía, con la falta absoluta de temor que
embarga a un hombre bajo la tensión de una emergencia. Ferrel dirigió la mirada
a su propio caso, confortado y preocupado al mismo tiempo. Era demasiada
coincidencia que Jenkins hubiera sugerido la necesidad del curare con tanta
precisión.
Por
la envergadura de las convulsiones musculares sólo había una explicación
coherente: de alguna manera, la radiactividad se había abierto paso no sólo
entre los filtros de aire sino también entre las junturas del traje protector,
casi herméticas, y había actuado directamente sobre la carne del sujeto.
Había
sólo unos cuantos isótopos superpesados capaces de emitir radiaciones beta
―electrones de alta energía― en cantidades masivas, y aquella sustancia era una
de ellas. Ahora aquellas partículas radiactivas estaban saturando las
terminaciones nerviosas de aquella radiación y bloqueaban los impulsos normales
del cerebro y de la médula espinal, lo que producía órdenes anárquicas que
obligaban a los músculos a retorcerse y saltar sin armonía, sin estructura ni
razón, sin seguir ninguna de las normas habituales del cuerpo humano. Era como
si los controles de respuesta negativa de los nervios se hubieran convertido en
positivos. El paralelo más cercano que podía establecerse era el del hombre
esquizofrénico bajo un shock de metrozol, o el de los casos graves de
envenenamiento por estricnina.
El
doctor inyectó el curare con precaución, ajustando la dosis del mejor modo que pudo
calcular. Jenkins había trabajado a toda presión y ya había terminado de
aplicar la segunda inyección cuando Ferrel levantó la vista de su primer
paciente. A pesar de todo, y pese a la rápida acción de la droga, todavía
proseguía en parte el descontrol motor.
―Curare
―repitió Jenkins.
El
cerebro de Ferrel se tensó aún más. Todavía dudaba en arriesgarse a una
sobredosis, pero no indicó ninguna contraorden, al tiempo que se sentía
aliviado por no tener en sus manos a aquel herido. Jenkins volvió al trabajo y
aplicó las inyecciones hasta el límite absoluto de seguridad, e incluso un poco
más allá. Uno de los heridos había empezado a gemir de un modo extraño y
entrecortado, pues sus pulmones y cuerdas vocales empezaban a perder
sincronización, pero bajo el efecto de la droga se calló y al cabo de unos
minutos yacía tranquilo, con la debilidad en la respiración que es común en el
tratamiento por curare. Los demás todavía se movían ligeramente, pero las
violentas convulsiones que eran capaces de romper los huesos habían quedado
reducidas a un temblequeo espasmódico, semejante al tiritar normal.
―Que
Dios bendiga al hombre que sintetizó el curare ―murmuró Jenkins mientras
empezaba a limpiar la carne dañada.
El
doctor Ferrel podía dar también gracias; con el producto natural había
resultado casi imposible su verdadera estandarización y su dosificación exacta.
Si se aplicaba un mínimo exceso, la acción en el cuerpo resultaba fatal: el
paciente moría por «agotamiento» de los músculos pectorales en cuestión de
minutos. Si se aplicaba demasiado poco, su efecto era prácticamente nulo. Ahora
el peligro de la sobredosis y de sus efectos mortales ya no existía, y se podía
atender a asuntos de relativa menor importancia como la agonía de aquel hombre,
que todavía seguía, pues el curare no ejercía su efecto particular sobre los
nervios sensitivos. Inyectó paramorfina y empezó a limpiar las zonas quemadas y
a tratarlas con la solución de ácido tánico habitual, al tiempo que le
administraba antibióticos que eliminaran una posible infección. De vez en
cuando levantaba la mirada hacia Jenkins.
No
tenía de qué preocuparse; los nervios del muchacho se habían helado en una
especie de calma innata y trabajaba a una velocidad que Ferrel no intentó
siquiera emular.
El
doctor hizo un gesto y Dodd le tendió el minúsculo indicador de radiaciones,
que empezó a pasar sobre el cuerpo, centímetro a centímetro, en busca de restos
de material radiactivo casi microscópicos; no esperaba encontrarlos todos en
aquel momento, pero sí podía localizar los depósitos más peligrosos y
eliminarlos.
Después,
las enfermeras se encargarían del proceso, más lento, de lavar los restos que
quedaran con los versenos y demás productos químicos, así como de sustituir la
sangre caso de estar contaminada. Por fortuna hacía ya años que se había
desarrollado la técnica de tratamiento de las dosis masivas de radiación.
También tenían suerte de que la mayor parte de aquella radiación fuera de rayos
beta, en lugar de neutrones, mucho más peligrosos.
―Jenkins
―preguntó―, ¿qué hay de la acción química del I―713? ¿Es básicamente venenoso
para el organismo?
―No.
Salvo por la radiación, es perfectamente neutro. Todo se queda en la cubierta
exterior de protección de electrones. Químicamente es inerte.
Al
menos, aquello era un descanso. Las radiaciones ya eran bastante malas por sí
solas, pero cuando se añadía el envenenamiento metálico, como en los antiguos
casos de radio o mercurio, las cosas eran aún peores. Por otra parte, un
elemento inerte disponía también de menos posibilidades de tener afinidad con
cualquier tipo de tejido o de establecerse en el calcio de los huesos. Era
probable que los versenos eliminaran del cuerpo la mayor parte, y su corta vida
media ayudaría a acortar las largas hospitalizaciones y sufrimientos de los
hombres. Empezó a moverse hacia el armario donde se almacenaban aquellos
productos, pero Jenkins agitó la cabeza.
―¡No
va bien! No pueden eliminarse los elementos inertes con agentes congelantes.
El
doctor asintió, molesto consigo mismo. Tenía que haberlo sabido; de hecho, se
hubiera dado cuenta en seguida si se hubiera parado a pensarlo. Así que lo
único que podían hacer era eliminar todo lo que pudieran a mano y dejar que lo
restante fuera expulsado por el propio cuerpo de un modo natural. Al menos,
tenían suerte en que la vida media fuera bastante corta.
Jenkins
se reunió con él ante el último paciente, y reemplazó a Dodd como
instrumentista. El doctor hubiera preferido a su enfermera, que estaba
acostumbrada a sus mínimos gestos, pero no dijo nada y se asombró más tarde al
comprobar la eficacia del muchacho.
―¿Qué
hay de otros elementos peligrosos? ―preguntó.
―¿Del
isótopo 713? Son bastante inertes en su mayoría, y los que no lo son no están
lo bastante concentrados como para preocupar. Eso si todavía se trata del
I―713, porque si no...
Si
no, terminó mentalmente la frase el doctor, no merecería la pena preocuparse de
un posible envenenamiento. El isótopo R, cuyo período de degeneración era
desconocido, se convertiría en el isótopo de Mahler, que se descomponía en una
billonésima de segundo. Tuvo una visión dantesca de multitud de hombres llenos
de una fina ducha de aquel elemento, y cuyos cuerpos explotaban de repente con
una violencia indescriptible; Jenkins debía haber estado pensando en aquello
mismo. Durante un segundo se quedaron quietos y se miraron en silencio, pero
ninguno de los dos osó hablar.
Ferrel
se movió en busca de la sonda, Jenkins se encogió de hombros y ambos volvieron
a su trabajo y a sus pensamientos.
Era
una visión imposible de imaginar y que quizá verían o no; si ocurría tal
explosión atómica, sería problemático lo que pudiera suceder con aquella
enfermería. Nadie sabía cuál era la cantidad exacta que había utilizado
Maicewicz en su experimento, excepto que era la mínima que podía utilizar para
sus trabajos, por lo que no se pudo hacer un cálculo estimativa de los daños
que producía. Los cuerpos que había sobre las mesas de operaciones, las
pequeñas tiras de carne quemada extraídas que contenían los minúsculos glóbulos
de la sustancia radiactiva, incluso los instrumentos que habían estado en
contacto con los cuerpos eran bombas de tiempo que esperaban para explotar. Los
propios dedos de Ferrel tomaron la misma apariencia que antes había helado a
Jenkins. Siguió con su trabajo, obligando a su mente a concentrarse en las
dificultades que tenía delante.
Podían
haber sido minutos u horas más tarde cuando el último vendaje quedó listo y los
tres huesos rotos del caso más grave estuvieron colocados. Meyers y Dodd, así
como Jones, se hacían cargo de los hombres y les colocaban en las pequeñas
salas de espera. Los dos médicos se quedaron solos, evitando cuidadosamente
cada uno los ojos del otro, y esperaron sin saber exactamente qué.
Fuera,
el zumbido continuo llegó hasta sus oídos junto con el ruido sordo de algo que
se movía por las avenidas de la central. Con un impulso involuntario corrieron
hacia la puerta lateral y miraron al exterior. Había caído la noche pero las
luces brillantes de las enormes torres que rodeaban la valla hacían
resplandecer los detalles luminosos de toda la planta. Vieron cómo un tanque se
alejaba y los demás edificios les obstaculizaron la visión.
Desde
la puerta principal de la central cortó el aire un penetrante silbido y se
oyeron las voces de varios hombres, aunque sus palabras eran incomprensibles.
Siguieron unas sílabas cortantes y crispadas, y Jenkins se hizo a sí mismo un
gesto de asentimiento.
―Diez
a uno ―empezó― a que... No, no hace falta apostar. Ahí están.
Quedó
a la vista una escuadra de hombres que desfilaba desde la esquina de uno de los
edificios, en un intento de lograr un poco de precisión en sus movimientos.
Llevaban uniformes de la milicia estatal y cada uno llevaba su fusil. Bajo la
dirección de un sargento, se repartieron de modo que quedó cada uno de guardia
a la entrada de cada edificio. Uno se dirigió hacia la enfermería. Ferrel se
abalanzó sobre el teléfono para ponerse en contacto con Palmer y protestar,
pero el soldado siguió adelante hasta otro edificio. Llevaba la cara sin
afeitar y en sus ojos se leía una especie de miedo.
―Así
que era de eso de lo que estaba hablando Palmer con el gobernador ―murmuró
Ferrel―. No vale la pena preguntarles nada, supongo; deben saber menos del
asunto que cualquiera de nosotros. Vamos adentro, sentémonos y descansemos un
poco. Me pregunto qué puede hacer aquí el ejército, a no ser que Palmer crea
que alguien de la planta se vaya a volver loco y cause problemas.
Jenkins
le siguió al despacho y aceptó un cigarrillo con gesto automático mientras se
dejaba caer en un sillón. El doctor estaba paladeando lo bien que le sentaba
dar a los músculos y huesos de su cuerpo aquella posibilidad de descansar, y
empezaba a darse cuenta de que habían permanecido en el quirófano mucho más de
lo que había imaginado.
―¿Qué
te parece una copa?
―Uf...
¿Cree que será conveniente, doctor? A lo mejor dentro de un minuto tenemos que
estar listos otra vez.
Ferrel
sonrió y asintió.
―No
te irá mal. Estamos tan cerca de la crisis que nos sentará mejor quemarnos un
poco por dentro que dejar que nuestros nervios estallen.
Vertió
dos generosos tragos de bourbon, que bastaron para que de inmediato un suave
calorcillo les recorriera el cuerpo y relajara sus nervios, sometidos a una
tensión excesiva.
―Me
pregunto por qué Beel llevará tanto rato fuera.
―Quizás
ese tanque que hemos visto sea la explicación. Se habrá hecho demasiado
peligroso que los hombres sigan trabajando sólo con sus ropas y deben haber
empezado a excavar en los convertidores con los tanques. Si es así, sea lo que
sea lo que estén haciendo será una tarea ardua y lenta. Debe de haber gran
cantidad de radiación o de calor, si es que no pueden hacerle frente con los
trajes protectores. Tenía la esperanza de que pudieran abrirse paso rápidamente
por la puerta principal y acercarse al convertidor, pero no parece que vaya a
ser así. Si lo logran podrán empezar a tomar las medidas pertinentes antes de
que... ¡Sue!
Ferrel
alzó la mirada hacia la recién llegada, que ya iba preparada para entrar en el
quirófano, y se sintió lo bastante viejo como para reprimir la pequeña
vibración de agrado que le recorrió. No le extrañaba que la cara de Jenkins se
iluminara al hablar de ella. Sue no era alta, pero tenía la figura esbelta de
una chica de mayor estatura y carecía de las redondeces y curvas que poseen la
mayor parte de las chicas no muy altas. Su expresión de profunda competencia
profesional no escondía en absoluto la hermosura de su rostro. Se veía con
claridad que era varios años mayor que Jenkins, pero cuando éste se levantó
para darle la bienvenida su cara adquirió una expresión suave que la hizo
parecer llena de juventud al lado del muchacho.
―¿Es
usted el doctor Ferrel? ―preguntó la chica, mientras se volvía hacia él―. Temo
que llegue tarde. Tuve ligeros problemas para que me dejaran entrar, así que
fui directamente a prepararme antes de molestarles. Si quiere usted ver mis
credenciales, aunque sólo sea para que no dude de mi competencia...
Las
extrajo de una cartera de piel y las depositó sobre la mesa. Ferrel les echó un
vistazo; parecía que aquella enfermera era mejor de lo que aparentaba. En la
práctica no era una enfermera, sino lo que venía a ser una doctora en
enfermería. Durante años se precisaron profesionales―puente entre el médico y
la enfermera que dispusieran de técnica y habilidad generales en ambas cosas,
pero la carrera actual sólo había sido reconocida en la década anterior y
todavía era limitado el número de graduados. Asintió y le devolvió los papeles.
―Nos
servirá, doctora...
―Brown.
Es mi nombre profesional, doctor Ferrel. Y todo el mundo acostumbra llamarme
simplemente enfermera Brown.
Jenkins
interrumpió las formalidades.
―Sue,
¿has oído ahí fuera algo de lo que está pasando?
―Sólo
rumores, pero eran confusos y además no tuve oportunidad de oír mucho. Los que
más explicaciones me dieron fueron los guardias que empezaron a despejar el
aparcamiento. Todo lo que sé es que hablan de evacuar la ciudad y todas las
casas en un radio de setenta y cinco kilómetros, aunque no hay nada oficial.
Uno de los guardias me dijo que iban a enviar a las tropas federales para
declarar la ley marcial en toda la zona, pero por la radio no han dicho nada.
Jenkins
se la llevó luego a que conociera la enfermería y presentarla a Jones y a las
enfermeras. Ferrel se sentó a esperar que sonara nuevamente la sirena e intentó
adivinar qué estaba sucediendo fuera de la central. Trató de desentrañar el
artículo del Weekly Ray pero finalmente se rindió; la teoría atómica había
avanzado demasiado desde que dejara de mirar los libros de estudio y todos
aquellos signos le resultaban prácticamente desconocidos. Era capaz de entender
la conducta de los elementos normales y la fisión del uranio, pero todo el
moderno proceso de compresión de los átomos hasta formar los nuevos y
complicados isótopos sólo le producía dolores de cabeza. Al parecer, tenía que
confiar en Jenkins. Y mientras, ¿qué debía estar entreteniendo tanto la
ambulancia? Hacía ya mucho rato que tendría que haber sonado aquella estridente
sirena.
Sin embargo,
no fue una camilla lo que se presentó a continuación, sino un grupo de cinco
hombres, de los que dos transportaban a un tercero en unas angarillas, mientras
el cuarto sostenía en pie al quinto. Jenkins recogió al que sus compañeros
llevaban y Brown le ayudó; era parecido a los anteriores casos pero sin
aquellas brutales quemaduras por el contacto con el metal caliente. Ferrel se
volvió hacia los recién llegados.
―¿Dónde
están Beel y el vehículo?
Mientras
formulaba la pregunta examinaba la pierna del transportado, y empezaba a
trabajar con él sin trasladarlo a la mesa de operaciones. En apariencia, un
fragmento de material radiactivo del tamaño de un guisante le había penetrado
un poco más de un centímetro en la carne blanda del bajo muslo, y el hueso se
había roto a consecuencia de las violentas contracciones musculares del propio
sujeto debidas al estímulo de la radiación. No era una fractura limpia pero, al
parecer, la fuerza de aquellos movimientos había agarrotado los nervios de la
zona y la pierna estaba fláccida e insensible; el sujeto estaba echado y
observaba, desde el relajado estado semicomatoso en que se encontraba, con los
labios forzados en una extraña sonrisa, pero no se acobardó cuando le rasparon
la herida. Ferrel trabajaba a través de un pequeño escudo de plomo y con los
brazos enfundados también en pesados guantes del mismo material. Los retazos de
carne e isótopo que extraía los depositaba también en una caja del pesado
metal.
―Beel
está fuera de este mundo, doctor ―respondió uno de los hombres a la anterior
pregunta del médico cuando fue capaz de retirar los ojos de la exploración―. Se
volvió loco y rompió una camilla ante nosotros antes de salir corriendo con el
vehículo. No pudo resistir el vernos sacando a estos desdichados de allí
dentro. ¡Tuvimos que ir tras él con éste a cuestas sin poder beber siquiera ni
una gota de líquido!
Ferrel
levantó la vista y advirtió que Jenkins había hecho lo mismo en cuanto había
advertido su movimiento.?
―¿Quiere
decir que ustedes los estaban sacando? ¿No han salido ustedes de allí dentro?
―No,
diablos. ¿Tan mal aspecto tenemos? Estos dos estaban entrando cuando eso se
decidió a explotar y les alcanzó. Les atravesó limpiamente la armadura. Yo
tengo también algunas espléndidas quemaduras, pero no me quejo. Le he echado un
vistazo a un par de cadáveres y ya estoy curado de espantos.
Ferrel
no se había detenido a observar a los tres que habían llegado por su propio
pie, pero ahora les reconoció cuidadosamente. Todos estaban quemados, y de
gravedad, por la radiación y el calor, pero las quemaduras todavía eran lo
bastante recientes para molestarles tan sólo ligeramente, y era probable
también que lo que les había quemado hubiera suprimido en ellos temporalmente
la sensación de dolor, como si a un soldado le hiriesen en medio de una batalla
y no se enterase hasta que la acción finalizara. De todas maneras, los
trabajadores de las centrales no se distinguían precisamente por asustarse ante
un pequeño rasguño. No eran precisamente señoritas...
―Hay
casi un litro de buen whisky allí, en la mesa ―les dijo―. Sólo un trago por
cabeza, no más. Luego sigan hacia la parte delantera del edificio y les enviaré
a la enfermera Brown para que les cure las quemaduras lo mejor que podamos, por
ahora.
Brown
podía aplicarles los ungüentos y administrarles los sueros para contrarrestar
la radiación normal tan bien como él mismo, y se hacía necesaria una mínima
organización racional de las cosas.
―¿Hay
alguna posibilidad de encontrar a alguien con vida en el recinto del
convertidor?
―Es
posible. Alguien dijo que la cosa soltó un gruñido treinta segundos antes de
reventar, así que muchos deben haber tenido la posibilidad de llegar a las dos
cámaras de seguridad y refugiarse allí. Pretendemos volver aunque sea a empujar
nosotros mismos los tanques a no ser que nos lo prohíba usted; dentro de cerca
de media hora llegaremos a las cámaras y entonces lo sabremos.
―Bien.
Y no es necesario que nos envíen aquí a todos los que tengan alguna quemadura,
o pronto no cabremos; ésos pueden esperar, y me temo que vamos a tener por aquí
casos muy graves que atender. Doctora Brown, me temo que ha resultado elegida
para salir con estos hombres. Que uno de ellos lleve la camilla que queda.
Jones le dirá dónde está. Aplique ungüentos e inyecciones en los casos de
quemaduras, deje aparte a los que estén peor y envíe a los que tengan espasmos
musculares. Encontrará mi equipo de urgencias en aquel despacho. Alguien tiene
que ir ahí fuera, administrar los primeros auxilios y seleccionar los casos
graves de los leves; aquí no tenemos sitio para toda la central.
―De
acuerdo, doctor Ferrel ―dijo, al tiempo que dejaba que Meyers le sustituyera
como ayudante de Jenkins y salía un momento para recoger el maletín―. Vámonos,
caballeros. Subiré a la camilla y les iré curando las quemaduras por el camino.
Queda usted nombrado conductor, caballero. Alguien debería haber informado
sobre el estado de Beel y se hubiera evitado que esa camilla se rompiera y el
vehículo desapareciese.
El
portavoz del grupo volvió boca abajo el vaso que acababa de apurar, tragó y
sonrió a la doctora.
―Es
cierto, doctora, pero es que ahí fuera no hay tiempo para pensar, hay que
actuar. Gracias por el trago, doctor. Le diré a Hoku que manda usted a la
doctora allí.
Desfilaron
tras Brown y Jones fue a recoger la camilla que faltaba. El doctor volvió sobre
la pierna rota y le aplicó un vendaje plástico de rápida acción que se
convirtió en seguida en un molde como el que anteriormente se hacía con
escayola. Era una lástima que no existieran más de aquellas doctoras
enfermeras. Tendría que hablar de ello con Palmer cuando todo pasara... si es
que Palmer seguía allí. Se preguntó por los hombres encerrados en las cámaras
de seguridad, de las que se había olvidado por completo. ¿Cómo les habría ido?
Había dos cámaras de seguridad en cada convertidor, y estaban construidas como
refugio de los obreros en caso de accidente. Se suponía que estaban a prueba de
casi cualquier cosa. Si los hombres las habían alcanzado, quizás estuviesen
bien, aunque no hubiera apostado por ello. Con un ligero movimiento de hombros
terminó el trabajo y se volvió a ayudar a Jenkins.
El
muchacho señaló con la cabeza la figura quieta que yacía en la mesa, y que ya
mostraba signos de haber sido limpiada y curada.
―Hay
mucho material de ese que le ha atravesado limpiamente la coraza ―comentó―. Lo
que han dicho esos hombres me ha dado una idea del infierno que está hirviendo
ahí fuera. ¡El isótopo 713 no puede producir esas heridas!
―Uhmmm
―rezongó el doctor, que no estaba de humor para profundizar en el tema.
Se
descubrió a sí mismo mirando la caja a la que se echaba el tejido quemado que
extraían de las heridas y apartó los ojos en seguida. En cuanto se levantaba la
tapa se podía observar en el interior un ligero resplandor. Jenkins se las
ingeniaba para mantener siempre apartados los ojos de allí.
Si
se llegaba a convertir en el isótopo de Mahler, la cantidad era suficiente para
volar por lo menos toda la enfermería.
7
El
intercomunicador de Palmer sonó suavemente.
―El
alcalde Walker al teléfono otra vez ―anunció la voz cansada de Thelma.
Palmer
soltó una maldición y tragó, sin masticar siquiera, lo que le quedaba de un
bocadillo sin gusto a nada. Era la tercera llamada del alcalde desde que el
tipo había vuelto a Kimberly, y Palmer estaba harto ya de oír hablar de los
proyectos de la ciudad.
―Dígale
que vuelva a llamar dentro de diez minutos ―repuso―. Dígale lo que se le
ocurra. No quiero hablar con él ahora.
Lo
primero que debía haber hecho era negarse a recibir a Walker. La petición de
que se suprimiera el servicio de autobuses que iba a la ciudad no tenía ninguna
importancia. Si aquel hombre no se hubiera encontrado en el despacho de Palmer
cuando surgió lo del accidente muchas cosas se hubieran llevado a cabo de un
modo muy diferente. Pero el alcalde Walker había conseguido una línea con el
exterior cuando Palmer todavía estaba intentando enterarse de lo que había
sucedido, y el gobernador ya estaba al aparato antes de que pudiera evitarse.
Ahora, Palmer no sólo tenía encima sus propios problemas sino también los de la
ciudad y los del Estado que se le echaban encima.
Contempló
desde lo alto el laberinto de avenidas que había bajo la ventana. No había nada
que ver, pues los convertidores estaban al otro lado del edificio. Sólo se
observaba a un miembro de la milicia, de uniforme, que caminaba arriba y abajo
bajo la luz cruda de los focos, agarrando con torpeza su fusil. Palmer sabía
que había muchos más por la central y todavía más fuera de la valla. Quizá
servirían de algo si la chusma antiatómica se mostraba tan inquieta como Walker
parecía pensar, pero en aquel momento no representaban más que una molestia
allí dentro.
Echó
una mirada al reloj, y se sorprendió al ver la hora. Ya hacía mucho que Peters
tenía que haber informado de los últimos detalles sobre los trabajos de
emergencia. Pulsó el mando del intercomunicador:
―Thelma,
llame ahí fuera y entérese de lo que está pasando.
―Sí
señor. ―La voz de la muchacha parecía preocupada, y él comprendió que también
ella había advertido el largo tiempo transcurrido―. Briggs al habla.
Tomó
el teléfono y la cara cansada e inquietante de Briggs llenó la pantalla. El
hombre asintió.
―Hemos
cerrado, señor. Todo lo que queda por hacer es vaciarlo y probarlo.
En
el número Tres no había habido problemas de ningún tipo. Todo había
transcurrido tal como el programa de Jorgenson había previsto y Palmer había
decidido seguir adelante, pues no había modo de saber lo que sucedería en el
caso de que la conversión se interrumpiese antes de que estuviese acabada.
―Buen
trabajo, Briggs ―le dijo Palmer―. ¿Cree que puede controlar lo que queda hasta
el final?
Briggs
asintió y colgó. La prueba que acababa de realizar no resultaría de utilidad
para el registro, en el caso de que alguien se interesase alguna vez por ello,
puesto que carecía de un título que añadir a su nombre. Pero tendría que haber
servido. El supervisor sabía lo suficiente como para que se confiara en él.
Había entrado en la National como estudiante en período de prácticas cuando se
autorizó por primera vez que las centrales nucleares expendiesen títulos
académicos, pero por lo visto le había gustado el cargo de supervisor y no
había querido proseguir la carrera.
Palmer
salió al antedespacho, harto del impersonal altavoz.
―¿Qué
hay de esa llamada? ―le preguntó a la chica.
―No
contestan.
Casi
agradeció la noticia. Estaba cansado de controlar el tiempo desde aquella
posición, esperando sabía Dios qué, intentando encajar aquel rompecabezas de
noticias inconexas. Sin embargo, debía haber una buena razón para aquella falta
de noticias y de respuestas.
―Muy
bien ―decidió―. Voy a salir. Si alguien pide por mí, trate de atenderle usted
misma; si no, envíe un mensajero.
Sin
esperar el ascensor, tomó las escaleras. Al llegar afuera, el guarda se le
quedó mirando con cara de sospecha y empezó a avanzar hacia él, luego pareció
reconocerle y volvió a su inútil aseo. Palmer se dirigió a los convertidores,
mientras escuchaba la confusión de gritos y ruidos de máquinas y trataba de
encontrarles sentido. Entonces llegó al punto desde el que podía verlo todo con
sus propios ojos.
El
magma del interior del convertidor se había abierto paso por la portezuela
hasta la sección de control. Los operarios heridos que habían sido rescatados
eran los de aquella sección. Todo el lugar era una completa ruina, un amasijo
de puertas destrozadas que las excavadoras habían reventado en su camino hacia
el convertidor. El trabajo de salvamento se había detenido allí. En aquel
momento se disponían a atacar la puerta principal, cuya enorme plancha estaba
casi fundida, impidiendo la apertura mecánica. Al mismo tiempo, otras
cuadrillas trabajaban en los muros exteriores que les separaban de las cámaras
de seguridad.
Sin
embargo, lo que se ofrecía a sus ojos no era el trabajo ordenado que había
supuesto, sino un caos enervante. Cada uno de los focos iluminaba una escena de
hombres y máquinas que se interponían en sus respectivos caminos, que daban
vueltas inútiles y que por lo general no hacían sino empeorar más las cosas. La
entrada principal tendría que haberse abierto un cuarto de hora antes para
dejar paso a todo tipo de material que se necesitase para dominar el magma
radiactivo. Sin embargo, daba la impresión de que las dos excavadoras que
trabajaban en ello no realizaban ningún progreso.
Divisó
a un hombre que conocía de vista y a su lado a una mujer pelirroja que no había
visto nunca, pero que parecía dirigir una especie de tosco hospital de campaña.
Se abrió paso a empellones hasta que pudo asir al hombre del brazo y tirar de
él.
―¿Dónde
está Peters? ¿Quién lleva todo esto? ¿Porqué diablos no me han dado ningún
informe?
―Peters
tuvo un accidente hace veinte minutos ―contestó el hombre, mientras señalaba a
una figura que yacía en una camilla con la cabeza cubierta de vendas―. Hoku ha
tomado el mando de la operación.
Palmer
gruñó, aunque aquella revelación explicaba el inmenso lío que se había creado.
Hokusai era uno de los mejores físicos teóricos en su especialidad, pero era
una completa nulidad para dirigir a muchos hombres, lo que aún ponía peor las
cosas, pues se consideraba a sí mismo todo lo contrario. El gerente salió a
toda prisa en dirección al número Tres. Vio que se habían apagado las luces
rojas, lo que indicaba que el trabajo del vertido ya había finalizado, y pulsó
el botón de la entrada a la espera de que la puerta se abriera lo suficiente
para permitirle el paso. En el interior, Briggs y su equipo estaban reunidos
alrededor de la pesada caja de plomo situada junto al banco de pruebas.
―Es
I―713 ―informó el supervisor―. Totalmente comprobado. Y además es totalmente
puro.
Por
lo menos, aquello era un descanso. Si es que llegaban a salir de aquel lío, la
National iba a necesitar toda la ayuda que Morgan pudiera conseguir, y quizá
más. El comité de congresistas había anunciado horas antes que cancelaba su
gira y volvía a Washington. Sin duda, el doble accidente había vuelto
impopulares a sus ojos las centrales nucleares, pero sospechaba que debían
tener más que ver con su marcha el montón de telegramas de demanda de acción
que debieron recibir.
Habría
suficiente I―713 para iniciar el experimento de Morgan en procura del voto en
cuanto hubiera algún modo de transportarlo hasta su destino, y aquello
reforzaría posiblemente las convicciones del congresista.
Pero
simplemente asintió con la cabeza sin detenerse a hacer ningún comentario.
―Peters
está fuera de combate, y es Hoku el que lleva el rescate ―le dijo a Briggs―.
¡Deje todo esto y venga afuera!
―¡Dios
mío! ―La cara de Briggs reflejaba desazón ante el lío que ya se imaginaba.
Se
volvió a dar algunas órdenes a varios de sus hombres, reunió a los demás y
salió en dirección al convertidor accidentado. Como supervisor podría desplazar
del mando de la operación a Hokusai sin ningún problema, pues se trataba de un
trabajo que le correspondía. En cambio, a Palmer le hubiera costado más
discusiones de lo que le había costado conseguir al supervisor.
Para
cuando Palmer se fue, Briggs ya se había encaramado a la improvisada plataforma
y llamaba a gritos al equipo de rescate. Las calles empezaron a ordenarse y las
excavadoras empezaron a salir, mientras otros hombres empezaban a echar atrás a
los que estaban demasiado cerca. Un camión salió a toda velocidad como si
llevara pegado al parachoques la perdición eterna y se dirigió a los edificios
de mantenimiento.
―¡Vuelva
aquí! ―gritaba Briggs―. Vamos a quemar esa puerta dentro de tres minutos. ¡Hey,
los de los martillos! Dispérsense, dejen sitio a los sopletes. Saquen el plomo.
¡Que ahí dentro quizás hay hombres a punto de morir!
Hubo
muchas más órdenes, pero Palmer ya respiró tranquilo, dentro de lo que cabía,
al observar el intento de rescate de los hombres. Ahora que las cuadrillas
estaban organizadas, empezaron a avanzar en las gruesas paredes de hormigón y
acero. Aunque se forzara primero la puerta principal, resultaría imposible que
los hombres que se hallaban en las cámaras del convertidor llegaran hasta allí.
La
única esperanza consistía en abrir un boquete en las paredes.
Se
maldijo a sí mismo por aquello. Las cámaras habían sido concebidas para
proteger a los hombres de los humos y las filtraciones del mejor modo posible,
con la idea de que los que se encontrasen en su interior pudiesen ser
rescatados por el mismo equipo que entrara a repasar los posibles daños. El
problema de dotar a las cámaras de una entrada interior y de otra abertura al
exterior había parecido demasiado difícil de realizar, por los posibles daños
que pudiera causar en la capacidad protectora del edificio. ¡En el futuro
debería buscarse una solución para aquel problema!
Los
martillos neumáticos y las sierras eléctricas fueron avanzando lenta pero
incesantemente, mientras Briggs ordenaba que los distintos equipos se turnasen
cada cierto tiempo. Entonces se oyó un grito de advertencia a todo el mundo
para que se volvieran de espaldas. La cuadrilla que atacaba la puerta principal
había adosado a la misma un puñado de pequeñas latas cilíndricas que acababan
de bajar del camión. Ahora la cuadrilla corría hacia algún lugar protegido. Uno
de los hombres arrastraba un cable.
Por
fin iban a utilizar explosivos termodinámicos para volar la entrada principal.
En las cámaras no podrían usarlos pues el calor hubiera resultado probablemente
fatal para los hombres que estuviesen encerrados allí. Por lo menos, con la
explosión que iban a probar tendrían la posibilidad de abrir las pesadas losas
semifundidas y hacer un cálculo aproximado de la situación en el convertidor y
de los daños.
El
trabajo de abrirse paso por las paredes externas del convertidor hasta las
cámaras estaba ya casi finalizado, pero todavía se tardaría un poco más que en
la entrada principal.
Palmer
se volvió en el último momento, pues aunque sabía que no había peligro alguno
al quedarse de cara al calor de la bomba térmica, no quería correr riesgos
estúpidos. Aquellas bombas se debieron utilizar mucho antes, en cuanto quedó
claro que la puerta no estaba atascada, sino sellada. Hubo un estampido
momentáneo y el suelo tembló ligeramente. Se volvió de nuevo a contemplar el
material de la puerta, al rojo blanco, que se fundía, que se convirtió en un
enorme charco. Había caído entera hacia atrás, y ya las máquinas se acercaban,
mientras los hombres luchaban por acercarse lo suficiente para echar una ojeada
y volver atrás precipitadamente.
Una
sola mirada al interior fue suficiente para comprender que no había posibilidad
alguna de sacar a los encerrados en las cámaras de seguridad por el orificio
abierto. El convertidor había desaparecido; en el lugar que había ocupado no se
veía más que una masa informe y montones de escorias. El magma se agitó y
comenzó a fluir con un aspecto viscoso en cuanto se hizo saltar la puerta. A
una orden de Briggs, se dispusieron los restos de ésta de modo que contuviera
el avance del magma mientras otros grupos iban a por bloques de piedras para
construir un camino por el que pudieran avanzar los tanques.
Palmer
contempló el magma y observó que se agitaba y hervía como nada que hubiera
visto antes. Aquel no era el producto normal de una reacción fuera de control.
¡Tenía que tratarse del isótopo R, el precursor del isótopo de Mahler, la
sustancia más mortífera que se hubiera creado!
Hokusai
había subido hasta el lugar que ocupaba y contemplaba a su lado aquella
confusión, helada su cara llena de arrugas en una mirada de incredulidad.
―Malo
―dijo en voz baja―. Muy malo. Tenemos que intentarlo, pero creo que vamos a
tener muchos problemas.
Se
volvió boqueando y llevándose las manos al estómago. Palmer acudió a ayudarle
pero el hombrecito se repuso y le sonrió a duras penas.
―No
es nada. Es el vapor, creo. Tengo el estómago mal, pero no es nada serio.
El
propio Palmer no se sentía tampoco muy bien. ¡Dan Jorgenson! Era uno de los
mejores ingenieros de la industria del país, creador de más patentes que
cualquier otro, pero su exacerbado ego había merecido siempre la desconfianza
del gerente. Quedaba claro que había estado repasando sus cálculos con la
esperanza de que estuvieran bien en lugar de buscar los posibles fallos que
pudieran contener.
La
injusticia de aquella reflexión hirió profundamente a Palmer, que hizo una
mueca de disgusto y desprecio. Era cierto que no tenía una total confianza en
Jorgenson, pero al menos le creía honrado. Había advertido a Palmer y éste
había tomado sobre sus hombros la responsabilidad, obligando al ingeniero a
acometer un trabajo no experimentado. Y ahora Jorgenson se encontraba de las
cámaras o...
Dejó
la frase sin terminar. Tenía que estar en una de las cámaras. Y lo mejor era
llegar pronto hasta él. Aquella situación iba a requerir toda la habilidad y
conocimiento que se pudiera reunir, y era un asunto que estaba más próximo al
campo de conocimientos de Jorgenson que del de Hokusai.
Los
tanques empezaron a adentrarse en el magma y vio que Hokusai se estaba poniendo
el traje de protección. Sin embargo, su mayor preocupación era en aquellos
instantes el grupo que trabajaba en las cámaras de seguridad. Empezaba a
alcanzar la sección más profunda, la situada al norte, y caminó hasta situarse
en un lugar desde el que tener una mejor visión. Ya no conocía nada allí, y de
hecho tenía que regresar al despacho, pero le resultaba imposible irse sin
saber cómo terminaría el rescate.
Entonces
los obreros se retiraron de repente y un garfio eléctrico avanzó hasta
colocarse en posición y empezó a abrir los paños del muro que quedaba. Al
retirarse el garfio comenzó a salir un puñado de hombres, algunos de los cuales
sostenían a otros, pero la mayoría por su propio pie.
Ninguno
de ellos era Jorgenson, pues el tamaño de éste le hubiera hecho sobresalir
inmediatamente entre los demás, y su traje de pruebas le habría permitido
moverse más que ningún otro. Palmer se disponía a dirigirse hasta el
improvisado puesto de primeros auxilios cuando advirtió que la mujer que allí
se encontraba ya iba a estar suficientemente ocupada sin que nadie le fuera a
hacer preguntas.
Briggs
resolvió la situación. Un mensajero salió corriendo de la unidad médica y llegó
hasta la plataforma desde la que el supervisor dirigía la operación. Desde el
suelo, le gritó algo. Briggs asintió y asió el micrófono del circuito de
emergencia.
―La
doctora Brown dice que algunos tienen quemaduras y padecen shocks o
deshidratación por efecto del calor, pero que todos se repondrán.
Aquello
provocó un rugido de entusiasmo entre los hombres, pero sus gritos se apagaron
rápidamente y todos se dirigieron a la otra cámara. Por alguna razón había
costado un poco más abrirla, pero casi habían terminado. Los garfios aguardaban
la orden, dispuestos a entrar en acción. Palmer se movió hasta conseguir una
posición desde la que ver lo que sucedía.
Un
momento después, los garfios arrancaban lo que quedaba por extraer, pero esta
vez no salió ningún hombre por el boquete. Un hilillo de magma rezumó por él.
Un foco mostró el interior y se vio la puerta firmemente cerrada, pero ninguno
de los cuerpos se movía, estaban todos quietos, subidos en lo primero que
encontraron para no caer en el magma que cubría el suelo. Algunos habían
utilizado los cuerpos de sus propios compañeros.
Varios
hombres con corazas empezaron a entrar con suma precaución y trataron de abrir
un camino para que vinieran otros con camillas. Otros comenzaron a trabajar de
nuevo en las paredes para abrir el boquete hasta que pudiera penetrar uno de
los pequeños tanques. Sin embargo, Palmer no esperó a ver lo que encontraban.
Aun en el caso de que hubiese algún hombre vivo todavía, no se podría hacer
nada por él. Ningún ser humano que saliera de aquella cámara estaría en
condiciones de trabajar en la tarea imposible de frenar aquella terrible
confusión hasta mucho después de que todo terminara. Tachó a Jorgenson de la
lista.
Luego,
al observar el magma de la sala principal del convertidor, rompió la lista en
pedazos, dejando solamente un interrogante y una plegaria.
8
Ferrel
y Jenkins estaban acabando de suturar al último herido cuando la recepcionista
anunció una llamada. Antes de contestar realizaron los últimos toques y a
continuación se dirigieron uno detrás del otro hacia el despacho. En la
pantalla estaba el rostro de Brown, con grandes manchas rojas en las mejillas.
Otra mancha rojiza apareció en su frente cuando apartó sus cabellos de los ojos
con un movimiento de la muñeca.
―Han
abierto las cámaras de seguridad del convertidor, doctor Ferrel. La cámara
norte resistió perfectamente, descontando unas cuantas quemaduras y asfixias
por calor de carácter leve, pero algo sucedió en la otra. Creo que una válvula
de oxígeno falló. La mayor parte de los hombres están inconscientes pero vivos.
El magma debe de haberse colado por la puerta, pues hay dieciséis o diecisiete
casos que padecen temblores musculares, y hay alrededor de una docena de
hombres muertos. Algunos otros necesitan más cuidados de los que les puedo
prestar desde aquí; le he pedido a Hokusai que mande a algunos hombres para que
se lleven a aquellos que no puedan meterse en las ambulancias, así que dentro
de poco le van a empezar a llegar un buen montón de pacientes.
Ferrel
gruñó y asintió.
―Bueno,
supongo que pudo haber sido peor. No se mate ahí fuera, Brown.
―Lo
mismo le digo.
Le
envió un beso a Jenkins y desapareció de la pantalla en el mismo instante en
que la sirena de la ambulancia llegaba a sus oídos.
―Quíteles
los trajes protectores como pueda, Jones. Hágase con alguien que le ayude.
Dodd, curare. Y no se aleje de mí. Ya nos preocuparemos de todo lo demás en
cuanto Jenkins y yo terminemos de calmar a los que sufran trastornos
musculares.
Estaba
claro que aquello iba a ser una especie de trabajo en cadena, no por cuestiones
de eficacia, sino por absoluta necesidad. Y de nuevo Jenkins, con su extraña y
tensa seriedad, realizaba su labor a una velocidad dos veces superior a la de
Ferrel. El rostro de Jenkins estaba intensamente pálido, y sus ojos eran casi
vidriosos, pero sus manos se movían sin nervios y sin descanso, concentradas en
su labor.
En
algún momento de la noche Jenkins alzó la mirada a Meyers y le hizo señas de
que se retirase un momento. A continuación le dijo:
―Váyase
a dormir, enfermera; si el doctor Ferrel y yo trabajamos juntos ya nos
arreglamos con la señorita Dodd. Tiene usted los nervios agotados y necesita
descansar. Dodd, llámela dentro de dos horas y vaya usted entonces a dormir un
poco.
―¿Y
usted, doctor?
―Yo...
―Sonrió por la comisura de los labios, con gesto torcido―. Mi cabeza no querría
dormir, y además soy necesario aquí.
Terminó
la frase con una inflexión aguda que sonó a falsa al oído de Ferrel, que se
quedó mirando pensativamente al muchacho. Jenkins se dio cuenta de aquella
mirada y añadió:
―Estoy
bien, doctor. Ya le haré saber cuándo estoy al borde del desfallecimiento. Es
correcto enviar a Meyers a descansar, ¿no cree?
―Estaba
más cerca de ti que de mí, así que lo sabrás mejor que yo.
En
teoría, todas las enfermeras estaban bajo el control directo del médico jefe,
pero aquellos tecnicismos ya hacía mucho que habían sido abandonados por los
médicos. Ferrel se rascó la parte más estrecha de la espalda y volvió a coger
el escalpelo.
Cuando
se hubo terminado lo mejor que se pudo con el último caso, una luz grisácea
asomaba por el este. Las salas de recuperación se habían desbordado, y los
pacientes ocupaban ya hasta el vestíbulo. Durante la noche el convertidor había
continuado escupiendo de vez en cuando, e incluso había destrozado la coraza
protectora de uno de los tanques, pero en aquel momento disfrutaban de un
intervalo de calma mientras esperaban la llegada de nuevos accidentados. El
doctor envió a Jones a que encargara desayunos para todos en la cafetería y
luego se dirigió a su despacho, donde Jenkins ya se había dejado caer
pesadamente en el viejo sillón de piel.
El
muchacho se encontraba casi en el límite de la extenuación debido a la acción
conjunta del trabajo realizado y de sus propios temores apenas reprimidos, pero
alzó la mirada con una expresión de ligera sorpresa cuando vio que Ferrel se
subía la manga de la camisa. Parpadeó a la vista de la aguja, pero no hizo
ninguna observación. El doctor tomó otra hipodérmica y se puso otra inyección.
―Es
una de esas nuevas drogas que me presentó uno de esos visitadores médicos
―explicó Ferrel al joven doctor―. Nos rebajará la tensión y nos permitirá
continuar.
Jenkins
asintió con una sonrisa difuminada.
―Es
la maldición de los médicos: demasiada fatiga y demasiadas drogas a mano. Me
han contado que antes usaban morfina auténtica...
―Sí,
pero eran muy pocos. He oído que todavía hay unos cuantos que lo hacen. Sea
como fuere, ahora el problema es mucho mayor que cuando yo era joven, antes de
que se descubriera el agente que eliminaba casi todas las tendencias que
llevaban a la formación de un hábito. Hace cinco años, cuando todavía no
existía ese producto, la morfina era incluso bastante útil, bien lo sabe Dios,
aunque todos aquellos que la utilizaban sin que fuese el último recurso contra
una enfermedad dolorosa, como el cáncer, se merecían el infierno en el que se
condenaban a vivir. Sería mucho mejor disponer de un auténtico sustituto del
sueño, por supuesto. Espero que algún día terminen el trabajo que están
llevando a cabo en Harvard con el eliminador de la fatiga. Las anfetaminas son
demasiado limitadas. Bueno, comamos un poco.
Jenkins
hizo una mueca ante el desayuno que Jones le había dejado delante, pero sabía
tan bien como el doctor que era necesario comer y movió el plato hacia sí.
―No
daría un ojo de la cara, doctor, por un sustitutivo, sino por media hora de esa
cosa antigua y pasada de moda que se llama dormir. Sólo que, aunque tuviera
tiempo, no podría conciliar el sueño con ese isótopo R burbujeando y
extendiéndose ahí fuera.
Antes
de que el doctor Ferrel contestara, el altavoz rugió:
―Doctor
Ferrel al teléfono. ¡Emergencia! La doctora Brown llama al doctor Ferrel.
―Doctor
Ferrel al habla.
El
rostro de la telefonista dejó paso en la pantalla a una Sue Brown con cara de
cansancio y que les miraba.
―¿Qué
sucede, doctora?
―Se
trata de ese tipo japonés, Hokusai, el que ha estado dirigiendo las cosas por
aquí, doctor Ferrel. Le mando para allá con un ataque agudo de apendicitis.
Prepare el quirófano.
Jenkins
casi se atraganto con el café que intentaba beber, y su voz sofocada pareció a
medio camino entre el disgusto y una risa histérica.
―¡Apendicitis,
doctor! ¿Qué más vamos a tener?
Podía
haber sido peor. La doctora había conectado la pequeña unidad de congelación de
la ambulancia y había bajado la temperatura del abdomen tanto para preparar a
Hokusai para la intervención como para frenar la infección de modo que el
apéndice no se rompiera antes de ingresar en el quirófano. La arrugada cara
oriental de Hokusai tenía un tono grisáceo bajo su color oliváceo, pero se las
ingeniaba para mantener una leve sonrisa.
―Siento
mucho molestarle, doctor Ferrel. Lo siento mucho. Por favor, nada de éter, ¿eh?
Ferrel
soltó un gruñido.
―No
lo necesitamos, Hoku; usaremos hipotermia, que ya hemos empezado a aplicar. Por
ahí, Jones... Jenkins, si quieres, vete por ahí a descansar un rato.
La
doctora Brown se estaba esterilizando y entró de repente en la sala, lista para
asistir a la operación.
―Creo
que le tendremos que atar, doctor Ferrel. Insiste en que lo único que necesita
es un poco de aceite mineral y un poco de menta para el dolor de estómago. ¿Por
qué será que las personas más inteligentes son las más estúpidas en estas
cosas?
También
resultaba un misterio para Ferrel, quien muchas veces se había formulado
idéntica pregunta. Rápidamente comprobó la temperatura mientras ponía en
funcionamiento con toda rapidez un equipo de crioterapia. Lo encontró todo
correcto y empezó.
Hokusai
se encogió a la vista del bisturí sobre su piel, pero luego abrió los ojos con
Sorpresa al no sentir el dolor que esperaba. Una de las mayores ventajas del
trabajo quirúrgico bajo temperaturas adecuadamente bajas consistía en la
ausencia total de respuesta nerviosa y la consiguiente ausencia de shocks
postoperatorios. Ferrel separó la carne, cortó con precisión y rapidez el
apéndice y lo extrajo con una mínima incisión. Luego, con uno de los numerosos
accesorios, realizó una sutura mecánica de la herida y se echó para atrás.
―Ya
está listo, Hokusai. Ha tenido suerte de que no se haya perforado. La
peritonitis no es muy divertida, aunque podamos cortarla a base de
antibióticos. Las salas de la enfermería están llenas, así que tendrá que
quedarse unas horas en esta mesa de operaciones hasta que encontremos un lugar
para acomodarle; tampoco tendrá a ninguna de estas bellas enfermeras hasta que
lleguen por la mañana las dos que faltan. No sé qué haremos con los pacientes.
―Pero
doctor Ferrel, dicen que con las intervenciones actuales ya podría levantarme.
Y tengo muchísimo trabajo que hacer.
―Ha
oído usted que los recién operados de apendicetomía ya no son internados, ¿eh?
Bueno, eso sólo es verdad en parte. Johns y Hopkins empezaron a investigar hace
ya mucho sobre ese tema. Sin embargo, mientras la temperatura vuelve a la
normalidad tiene que permanecer aquí tumbado. Y después, si quiere moverse un
poco, puede hacerlo, pero no puede salir hacia el convertidor. Un poco de
ejercicio hace probablemente más bien que mal, pero ha de evitar cualquier tipo
de esfuerzo.
―Pero
la situación...
―Hágase
a la idea, Hokusai. Ahora no puede ayudar en nada, al menos durante unos días.
Hasta que se disuelva por completo la sustancia que forma la sutura en los
fluidos corporales está usted de baja, y eso lleva alrededor de dos semanas.
El
hombrecito se rindió bien a su pesar.
―En
ese caso creo que dormiré un poco. Será mejor que llame cuanto antes a Palmer y
le comunique la situación. Tiene que enterarse de que no estoy en el
convertidor.
Palmer
se tomó muy a mal la noticia, con cierta propensión a culpar a Hokusai y a
Ferrel de lo que sucedía, cosa por otro lado bastante natural.
―Maldita
sea, doctor. Esperaba que Hoku encontrase algún modo de hacer frente a la
situación y dominarla. Es uno de los mejores cerebros en esta materia. ¡Lo que
faltaba! Bueno, supongo que no hay nada que hacer. Ya comprendo que no se
encuentra en condiciones de trabajar con precisión. Quizá Jorgenson pueda
decimos cómo actuar, aunque sea desde una silla de ruedas de convaleciente.
¿Cómo se encuentra? ¿Está en condiciones de poder dar las órdenes precisas a
los supervisores para efectuar el trabajo?
―Espera
un momento ―le cortó Ferrel con la mayor rapidez―. Jorgenson no está aquí.
Tenemos en la enfermería treinta y un pacientes, y no está entre ellos; y en el
caso de que fuera uno de los diecisiete muertos ya nos habríamos enterado.
Tampoco sabía que Jorgenson estuviera en este proyecto.
―Tenía
que estar, puesto que se trataba de su propio trabajo.
―Escucha,
Ferrel: alguien me ha asegurado que Jorgenson estaba entre los heridos, pues
vieron cómo se lo llevaban en una ambulancia. Compruébalo, y rápido. Si Hokusai
sólo está a media capacidad de trabajo, tendré que recurrir a Jorgenson.
―No
está aquí. Si estuviera, le reconocería a primera vista por el traje protector.
El que te informó lo debió confundir con un tipo enorme de la cámara de
seguridad situada al sur, que llevaba un protector normal, no un Tomlin. ¿Qué
hay de los que sólo estaban inconscientes o de los que estaban en las
inmediaciones del convertidor? No sabes siquiera si estaba dentro cuando
ocurrió el accidente, ¿verdad?
Palmer
tensó los músculos de la mandíbula.
―¡Tendría
que haber sido informado de su paradero por lo menos cincuenta veces! Todo el
mundo sabe que le ando buscando. Tiene que estar en tu edificio.
―¡Que
no está, te digo! Otra cosa, ¿qué opinas de enviar a los pacientes que tengo al
hospital clínico de la ciudad?
―Ya
lo he probado, pero deben haber escuchado algún rumor sobre los efectos
radiactivos del I―713 en la carne y se niegan a aceptar el ingreso de uno solo
de los pacientes.
Palmer
hablaba solamente con la parte externa de su cerebro; las mejillas se le
hinchaban como si estuviera mascando sus propios músculos faciales y los
encontrara duros.
―Jorgenson,
y ahora Hokusai. Y Kellar murió hace ya muchos años. Aparte de éstos, no
conozco a nadie más en todo el país capaz de saber exactamente lo que se ha de
hacer. Yo lo he intentado y me he perdido en la sexta página. Doctor Ferrel,
¿crees que un hombre enfundado en un traje Tomlin tiene tiempo de desplazarse
desde, digamos, el costado del convertidor hasta una de las cámaras de
seguridad en un tiempo de unos veinte segundos?
Ferrel
lo calculó rápidamente. El traje Tomlin pesaba unos ciento cuarenta kilos y,
aunque Jorgenson tuviera una constitución espléndida, era sólo un hombre.
―Bajo
la tensión de una emergencia resulta imposible saber lo que un ser humano es
capaz de hacer, Palmer, pero no creo que pudiera hacer siquiera la mitad de esa
distancia.
―Lo
suponía. Y, en el caso de que no haya resultado aplastado por algún
desprendimiento, ¿crees que tiene alguna posibilidad de seguir con vida? Esos
trajes están diseñados a prueba de toda radiación, o por lo menos así se cree.
Llevan aire para veinticuatro horas y son herméticos como los trajes de los
astronautas. Absorben mediante filtros el exceso de dióxido de carbono y de
humedad. No tienen ningún tipo de abertura. Se supone que deben proteger a un
hombre que se halle en el interior de un convertidor de casi cualquier
accidente que pueda producirse.
―No
le daría más de una oportunidad entre mil millones, pero repito que no hay
manera de conocer el límite exacto de lo que se puede hacer; todos los días
ocurren milagros. ¿Quieres intentarlo?
―¿Y
qué puedo hacer si no? No hay alternativa. Me reuniré contigo en la entrada del
número Cuatro lo más pronto posible. Trae todo lo que pueda resultar necesario
para empezar a trabajar en seguida. ¡Los segundos cuentan!
El
rostro de Palmer se desplazó hacia un lado de la pantalla mientras alargaba la
mano hacia el botón, y Ferrel no perdió tiempo en imitar el movimiento.
Según
toda lógica no había ninguna posibilidad, ni siquiera teniendo en cuenta el
traje Tomlin. Sin embargo, y hasta que tuvieran la total seguridad de que no
había nada que hacer, tenían que seguir intentándolo. No se podía despreciar
ninguna posibilidad cuando todo un proceso atómico había quedado fuera de
control y sobre todo cuando se tenía la certeza casi absoluta de que el
resultado de todo ello era el isótopo R (pues Palmer no había ocultado lo
desesperado de la situación, aunque tampoco había afirmado nada
específicamente). Lo único que estaba totalmente claro era que si Hokusai no
podía hacerse cargo del trabajo ningún otro hombre de la National ni de las
demás empresas menores que dependían de aquélla disponía siquiera de un
cincuenta por ciento del conocimiento de aquel pequeño japonés sobre el tema.
Así
pues, todo dependía de Jorgenson. Y éste se encontraba probablemente en algún
lugar de aquel infierno semiderruido que en cualquier momento podía partir un
tanque y enviar a los hombres a la enfermería con los huesos rotos por su
propio caos muscular.
El
rostro de Ferrel debía mostrar lo que pensaba, a juzgar por la expresión
alarmada de Jenkins.
―Jorgenson
todavía está en algún punto del convertidor ―dijo Ferrel.
―¡Jorgenson!
¡Pero si es el hombre que...! ¡Dios mío!
―Exacto.
Quédate aquí y cuídate de los casos musculares que puedan ir llegando; Brown,
quiero que venga allí conmigo otra vez. Traiga todo lo que podamos necesitar en
el caso de que no le pudiéramos traer inmediatamente; prepare uno de los
vehículos, póngalo todo dentro y salga para allá el doble de rápido que pueda.
Yo voy por la ambulancia.
Aceptó
el botiquín de urgencias que Brown le tendió, se metió en la boca una tableta
estimulante sin preocuparse de acompañarla con un trago de agua y salió
disparado hacia la ambulancia.
―¡Vamos
al número Cuatro, y rápido!
Palmer
acababa de bajar de la motocicleta que le había conducido hasta allí en el
momento en que los médicos daban la vuelta al edificio del número Tres y
quedaban frente a la valla de seguridad que mantenía a los curiosos a distancia
del número Cuatro. El gerente divisó al doctor, le hizo un gesto con la cabeza
y se dirigió hacia él apartando a los hombres que se arremolinaban a su
alrededor. Mientras, gritaba órdenes a diestro y siniestro. En cuanto la
ambulancia paró, saltó junto a Ferrel.
Bien
Ferrel, ve por ahí y métete en un traje protector lo más deprisa que puedas.
Vamos a entrar con los tanques, se pueda o no. Briggs, saca todo eso de ahí
delante, despeja una vía hacia el interior como puedas y utiliza otra vez la
grúa grande. Necesitaremos a todos los hombres que podamos. Dales varas de
acero y diles que busquen todo lo que sea suficientemente sólido y grande para
ser un hombre. Que cada uno pase dentro sólo cinco minutos. Creo que lo podrán
resistir. Volveré dentro de un momento.
El
doctor advirtió la masa confusa de máquinas y tanques de todo tipo que se
apretujaban frente a las paredes ―o lo que quedaba de ellas― del convertidor.
Vio cómo sacaban por un lado todo lo que podían encontrar en el interior y
dejaban una abertura en el lugar donde había estado la puerta principal del
edificio, y que ahora se estaba limpiando para que la grúa atacara los
obstáculos más difíciles. Resultaba obvio que habían estado ocupados en algún
intento de apagar el fuego atómico del interior, pero el conocimiento que
tenían de la técnica atómica no era mucho y no podía comprender muy bien lo que
estaban haciendo. El equipo empleado fue apartado por los tanques sin
desmantelarlo y muchos hombres corrieron hacia la sección acotada por las
vallas, algunos de ellos ya acorazados y los otros colocándose las últimas
piezas mientras corrían. Ferrel se introdujo en uno de los trajes con la ayuda
de uno de los empleados y se preguntó qué podría hacer encerrado allí dentro en
el caso de que fuera necesario hacer algo.
Palmer
ya se había colocado también el traje y esperaba junto al tanque. Era un
vehículo bajo y fuertemente acorazado, equipado en su parte delantera con una
pala excavadora y un garfio, del que colgaban unos brazos móviles.
―Por
aquí, doctor.
El
doctor le siguió al interior de la máquina y Palmer asió los mandos al tiempo
que conectaba la radio de onda corta y empezaba a gritar órdenes por ella a los
demás tanques que comenzaban a avanzar tras sus pesadas huellas. El rumor
apagado del motor aumentó de volumen y el tanque inició la marcha bajo la
dirección del gerente.
―No
había conducido uno de éstos desde una demostración que hicimos en un picnic
hace unos siete años ―refunfuñó, mientras asía con fuerza los controles e
iniciaba un prolongado giro hacia la izquierda―, aunque cuando era un simple
ingeniero era muy buen conductor. Esa maldita estática de ahí fuera hace casi
inservible la radio, pero creo que podremos entendernos mínimamente. Según los
cálculos más aproximados, Jorgenson debía estar cerca del control principal
cuando empezó el jaleo, y debió dirigirse hacia la cámara sur. Calculaste que
le encontraríamos a mitad de camino entre esos puntos, ¿no?
―Posiblemente.
Quizás un poco más cerca del segundo ―asintió el doctor.
―¡Bien!
Y hemos de contar también que el magma lo haya arrastrado un poco. Tenemos que
intentar llegar hasta ese lugar ―prosiguió. Conectó otra vez la radio―. Briggs,
haga que esos hombres se acerquen lo más que puedan. Que sondeen con las varas
a unos diez metros del pilar que todavía se sostiene. ¿Es posible acercarse
más?
La
respuesta llegó llena de interferencias y no se pudo escuchar todo lo que decía
el supervisor, pero Palmer captó el sentido general de lo que decía. Frunció el
ceño.
―Está
bien, está bien. Si no se puede, no se puede; manténgalos fuera del alcance del
magma y a la espera de entrar... No, a la mierda con la seguridad. Páseme el
altavoz general.
Esperó
hasta que la voz de Briggs le avisó de que ya podía hablar y entonces se
inclinó hacia adelante como si se fuera a comer el micrófono.
―¡Necesito
voluntarios! Jorgenson está en algún punto de ese caos y la única esperanza que
nos queda es encontrarlo. Necesito unos cuantos malditos locos que sean lo
bastante estúpidos para arriesgarse cinco minutos ahí dentro cada uno. Casados
o solteros, no me importa. Cualquier idiota que... ¡Cuidado, estúpido!
Dirigió
esta última exclamación a uno de los componentes de la cuadrilla de veinte o
más hombres que habían empezado a avanzar. El que iba en cabeza subía hacia lo
que parecía una posición idónea para contemplar el interior del convertidor,
pero el suelo casi se hundió bajo su peso. El hombre tuvo tiempo de pegar un
salto y caer sobre otro montículo de ruinas, donde puso firmemente los pies y
comenzó a sondear en el magma.
―¡Eh!
¡El de la grúa! ¡Sujétela donde pueda servir de ayuda a los que van detrás!
¡Así! Doctor, ya sé tan bien como tú que no es nada conveniente que los hombres
entren aquí en estas condiciones ni siquiera durante cinco minutos, pero si
ayuda a encontrar a Jorgenson no dudaré en hacer entrar a cien hombres más.
El
doctor no respondió; sabía que probablemente habría cien o más de aquellos
locos que se presentarían voluntarios y comprendía que de todas maneras era una
acción totalmente necesaria. Los tanques no podían investigar a fondo aquella
masa revuelta de elementos radiactivos, maquinaria, muros derruidos, escombros
y destrucción, aparte de ser demasiado lentos en una búsqueda tan delicada como
aquella. Era una tarea que sólo podían realizar los hombres, provistos de las
largas sondas que portaban. Mientras pensaba en todo ello, la actividad del
magma explotó de repente en una erupción, y uno de los hombres perdió su
pértiga, se desequilibró y finalmente cayó en la masa radiactiva. El que estaba
a cargo de la grúa llevó el garfio hasta allí con toda rapidez, lo dejó caer
sin fortuna a la primera ocasión, lo probó de nuevo y lo levantó con el cuerpo
del caído asido por el brazo derecho. Inmediatamente, la grúa volvió sobre sus
pasos y salió del campo de visión del doctor en dirección al exterior.
El
calor del ambiente se hacía notar a pesar de los muros del tanque y de la
protección del traje acorazado. Empezaban a sentir una ligera sensación de
ardor en aquellas partes donde el aislamiento de la armadura era menor. El
doctor se colocó lo mejor que pudo para evitarlo en el interior de su traje
mientras Palmer ajustaba el acondicionador de aire a su potencia máxima; uno de
los controles parecía haberse atascado, pero finalmente cedió con un ruido
sordo. Ferrel se acomodó en el asiento e intentó no pensar en lo que estarían
pasando los hombres que sondeaban el corazón de aquel infierno sólo con sus
armaduras. Ni siquiera tenía ganas de ver lo que hacían. Palmer trató de hacer
avanzar un poco la máquina, pero los obstáculos le hacían muy difícil la progresión.
En dos ocasiones algo golpeó el tanque, pero no produjo ningún daño.
―Ya
van cinco minutos ―dijo Ferrel a Palmer―. Será mejor que al salir vayan
directamente a ver a la doctora Brown, que en estos momentos debe estar ya ahí
fuera preparada para someterlos a tratamiento.
Palmer
asintió y transmitió las órdenes pertinentes.
―¡Recoja
con la grúa a todos los que pueda y sáquelos! Briggs, mande otra tanda. Maldita
sea, doctor; esto puede llevarnos todo el día. Tardaremos una hora en explorar
toda esta zona en la que estamos, y luego resultará que Jorgenson estará en
otro sitio. Además, parece que el magma se está poniendo cada vez peor por
aquí, por lo que me han contado hace un rato. Me pregunto si se puede echar
abajo esa chapa de acero.
Embragó,
se apañó para poner el tanque en dirección a la chapa y avanzó con dificultad.
Las cadenas del tanque resbalaron un poco quedaron por fin bien apoyadas y a
continuación el morro empujó con energía; casi sin esfuerzo, el fragmento de
edificación resbaló de su posición inclinada y se deslizó hacia adelante. El
tanque gruñó y echó humo, subió encima de la plancha y avanzó por ella otros
seis metros hasta donde terminaba. El trozo de acero que los sostenía se iba
hundiendo lentamente, pero algo situado debajo lo detuvo y quedaron inmóviles
una vez más. Palmer maniobró con el garfio delantero del tanque y apartó un
trozo de mampostería para que dos hombres empezaran a sondear aquel punto con
las puntas de sus pértigas. Sin resultado alguno. Hubo un nuevo relevo, y otro
más.
Por
los cascos escucharon otra vez la voz de Briggs entre las interferencias.
―Palmer,
tengo aquí a un loco que pretende montar con un garfio en el extremo del brazo
de su tanque.
―¡Que
entre inmediatamente!
Palmer
empezó a mover otra vez los controles y el tanque se levantó, dio la vuelta,
avanzó y volvió a repetir todo el proceso mientras la plancha que lo sostenía
se balanceaba de un lado a otro en precario equilibrio.
El
doctor contuvo la respiración y empezó a rezar. Su admiración por el valor del
hombre que iba a situarse en medio de aquel caos y por la habilidad de Palmer;
iba en aumento a pasos agigantados.
El
aguilón de la grúa que llevaba en aquel momento al voluntario avanzó en
dirección al tanque de Palmer, al tiempo que de éste surgía la pértiga desplegable:
pero no alcanzaban a cruzar el espacio que había entre ambos aparatos. El
tanque era relativamente ligero y maniobrero, pero Palmer ya lo había llevado
hasta el punto más adelantado que podía, y casi se encontraba al borde de la
plancha que lo sostenía. Todavía había un metro entre ambas pértigas.
―¡Maldita
sea! ―dijo Palmer. Abrió la portezuela del tanque, saltó hacia adelante y echó
una ojeada antes de regresar al interior―. ¡No puedo acercarme más! ¡Desde
luego, estos hombres se ganan el sueldo!
Sin
embargo, el hombre que llevaba la grúa tenía sus propios recursos: empezó a
mover hacia arriba y hacia abajo el garfio del que colgaba el voluntario, que
iba de un lado a otro como un péndulo, y logró acercar poco a poco el extremo
al vértice de la pértiga del tanque. El hombre extendió el brazo, cogió por fin
el extremo que le esperaba y se soltó del que le había llevado hasta allí.
Durante un segundo quedó suspendido en el aire, al tiempo que balanceaba el
cuerpo para colocarse en una posición mejor, hasta lograr montarse sobre el
extremo de la pértiga y quedar bien sujeto con las piernas.
El
doctor respiró entonces y Palmer hizo girar lentamente el tanque hasta ponerlo
frente al punto que deseaba explorar. En aquella posición, el voluntario podía
sondear una amplia zona que había frente a ellos, lo que empezó a hacer
rápidamente.
―Ganemos
o perdamos, ese hombre se merece lo que quiera como premio ―murmuró Palmer―.
¡Eh!
La
sonda había localizado algo y lo estaba tanteando para determinar su tamaño; el
voluntario les miró y señaló el hallazgo frenéticamente. El doctor se abalanzó
hacia una ventanilla mientras Palmer alargaba el garfio y empezaba a sumergirlo
en el material semiderretido; encontró alguna resistencia, pero al fin los
dientes del garfio penetraron en el magma y asieron algo que se negaba a salir.
Las manos de Palmer movieron los controles con suavidad, tirando de un lado y
otro del objeto; a regañadientes, el objeto cedió y se movió hacia ellos, y al
final surgió ante ellos, que al fin pudieron observar su aspecto general.
¡Estaba claro que no era un traje Tomlin!
―Una
caja de plomo de tolva. ¡Maldita sea! Aguarda. Jorgenson no es tonto; cuando se
dio cuenta de que no iba a llegar a ninguna de las cámaras de seguridad, a lo
mejor pensó en... Puede ser...
Palmer
dejó caer otra vez el garfio contra la tapa de la caja, que se encontraba
cerrada, pero el utensilio resultaba demasiado grande para levantarla. Sin
embargo, el voluntario captó la idea y se deslizó hasta la caja. Empezó a
limpiar rápidamente una de las esquinas de la tapa. Allí sí pudo asirse el
garfio, que alzó el resto del plomo y dejó al descubierto el interior. El
hombre intentó levantarse para descubrir lo que había pero le resultó
imposible.
El
gerente observó sus movimientos, alzó la caja por uno de los extremos con el
garfio y la trasladó a un lugar más cercano al tanque; del interior salía
magma, pero se veía el brillo de algo más.
―¡Empieza
a rezar, doctor! ―gritó Palmer. Luego volvió a salir por la portezuela, por la
que penetró la radiación y el despiadado calor. Sin embargo, nada de ello
preocupaba en aquel instante al doctor, que le siguió hasta la caja de plomo
para ayudar a los otros dos a sacar el cuerpo de un hombre enorme encerrado en
un traje Tomlin con cinco capas protectoras.
Sin
saber cómo, sostuvieron los más de doscientos cincuenta kilos, los sacaron de
la caja y los dejaron en el suelo de la plataforma, donde apenas cabían todos.
El voluntario se metió en el tanque, cerró la puerta y se dejó caer hacia
adelante; se había desvanecido.
―¡Déjelo!
¡Atienda a Jorgenson!
La
voz de Palmer sonó pesada a consecuencia de la tensión acumulada, pero dio la
vuelta y condujo el tanque hacia la salida a toda velocidad, sin pararse a
pensar en lo arriesgado de su actitud. Cruzó la zona de escombros a una
velocidad todavía mayor de la que había desarrollado al entrar en la parte ya
limpia de cascotes.
Ferrel
desatornilló la parte delantera de la armadura de Jorgenson lo más deprisa que
pudo, aunque se había dado cuenta ya de que aquel hombre seguía con vida de
milagro. Los cadáveres, pensó, no tenían fuerza suficiente para mover de un
modo apreciable un traje de ciento cincuenta kilos con las crispaciones
musculares. Una mirada de reojo al pasar frente a las ruinas del edificio de
protección del convertidor le hizo fijarse en que los operarios estaban
empezando a preparar de nuevo el material necesario para dominar otra vez
aquella reacción nuclear, pero por fin la parte delantera del traje de
Jorgenson quedó suelta y el doctor volvió los ojos a su trabajo sin poder
apreciar los detalles de la acción que transcurría en el exterior. Cortó una
parte de las ropas del gigante y dispuso las inyecciones necesarias: primero
curare, luego plasma, aminas, paramorfina y otra vez curare, aunque sin
atreverse a inyectar la cantidad que parecía necesitar aquel paciente. Ya no se
podía hacer nada más hasta sacar totalmente al individuo del traje Tomlin. Se
volvió entonces hacia el voluntario, quien ya estaba sentado y apoyado contra
el respaldo del conductor.
―No
es nada, doctor ―le dijo el hombre―. No tengo espasmos, sólo son unas cuantas
quemaduras y ese maldito calor. ¿Y Jorgenson?
―Vivo,
al menos ―repuso Palmer con un poco de alivio.
El
tanque se detuvo y Ferrel vio a Brown que se acercaba presurosa junto al
camión. Luego, dirigiéndose al voluntario, le dijo:
―Bueno,
quítese ese traje, cuídese esas quemaduras y suba a mi despacho. Quizá le
podamos conseguir un mes de vacaciones pagadas en Hawai o algo parecido.
En
el rostro del hombre surgieron la sorpresa y la duda. Luego sonrió y movió la
cabeza.
―Si
lo dice de verdad, jefe, me complacería mucho más un descuento en la compra de
una casa que sea suficiente para todos mis hijos.
―Si
eso es lo que quiere, escójala y será suya limpia de polvo y paja. Se la ha
ganado usted. Y quizá podamos añadir a eso una medalla o una botella de whisky.
¡Eh, ustedes, vengan a echar una mano!
Ferrel
se quitó el traje con la ayuda de la doctora Brown y aspiró una bocanada de
aire puro y fresco que le supo a gloria. A continuación se dirigió hacia el
camión sanitario. Jenkins salió a recibirle cuando se aproximó. El joven doctor
se dirigió a un grupo de hombres y les pidió que subieran a bordo del camión
dos camillas que ocupaban unos obreros heridos. Luego saludó efusivamente a
Ferrel.
―Al
ver el camión preparado para cualquier emergencia hemos decidido venir hasta
aquí e intentar solventar los problemas que se puedan presentar. Sue y yo
estamos trabajando a toda velocidad y tratamos de hacer las curas más urgentes,
y ya nos ocuparemos de lo demás cuando dispongamos de más tiempo. Ahora podemos
prestarle toda nuestra atención a Jorgenson. ¡Todavía sigue vivo!
―De
milagro. Brown, quédese por aquí hasta que terminemos con estos hombres. Luego
intentaremos encontrarle un buen sitio para que descanse un poco.
Los
tres operarios que llevaban a Jorgenson lo colocaron sobre la mesa de primeros
auxilios y empezaron a regar la voluminosa armadura con una solución de verseno
antes de proceder a quitársela. Cuando terminaron, todo el camión se puso en
acción. De un pequeño esterilizador surgieron unos guantes nuevos y ambos
médicos empezaron a trabajar al unísono en la curación de aquella carne
intensamente quemada y en la localización y extracción de los fragmentos más
dañinos de material radiactivo.
―No
merece la pena ―dijo el doctor, al tiempo que se echaba atrás y movía la cabeza
en gesto de desaliento―. Lo tiene repartido por todo el cuerpo, y posiblemente
en algunos puntos haya penetrado hasta lo más hondo de los huesos. ¡Si
quisiéramos quitárselo todo tendríamos que filtrarlo!
Palmer
se encontraba en el camión observando aquel montón de carne cruda con la típica
reacción de asco de cualquier profano ante semejante visión.
―¿Podrás
salvarlo, doctor? ―preguntó.
―Vamos
a intentarlo, eso es todo. La única explicación lógica que puedo encontrar de
que todavía esté vivo es que la caja de plomo debe de haber estado por encima
del magma, quizá flotando, hasta muy poco antes de que lo descubriéramos, y que
el magma no le ha afectado hasta que se ha hundido. En estos momentos está
prácticamente deshidratado, según parece, pero está claro que, aislado o no, no
hubiera podido sudar lo suficiente para no morir de calor en el caso de que
hubiera estado una hora en estas condiciones.
En
los ojos del doctor se reflejaba la admiración cuando dirigía la mirada a aquel
enorme hombre.
―Y
además es duro de pelar; si no, se hubiera muerto de cansancio cuando se
hubiera iniciado el descontrol muscular, aunque hubiera estado en ese traje y
dentro de la caja. Y ha estado cerca de que así fuera. Mientras no encontremos
un modo de quitarle del cuerpo todo ese material radiactivo que lleva encima no
podremos dejar de tenerle totalmente drogado con curare. Jenkins, póngale otra
intravenosa de solución salina y glucosa. Aunque logremos salvarlo ahora,
Palmer, las posibilidades de que su mente haya quedado afectada son, según mi
opinión, de un cincuenta por ciento.
El
camión se había detenido y los hombres bajaron la camilla y la llevaron adentro
mientras Jenkins terminaba de ponerle la inyección. El joven se fue también
hacia la enfermería mientras Ferrel aceptaba un cigarrillo que Palmer le tendía
y se quedaba con él al aire libre.
―¡Alegría!
―El gerente sacó otro cigarro de la petaca y se encogió de hombros―. He estado
repasando mentalmente los nombres de los que podrían ayudarnos en este mal
trago, doctor, y no he encontrado ninguno por ninguna parte. Después de lo que
he visto, estoy seguro de que Hokusai no podría hacerse cargo de este problema.
Kellar sí podría pero está muerto desde hace bastantes años. Kellar era un
fenómeno, capaz de sacar una respuesta del sombrero en un par de horas. Tenía
un instinto genial en estas cuestiones, y era sin duda el hombre más grande que
ha habido jamás en esta ciencia, aunque sus trucos amenazaron con quitar de
nuestras manos el control y ponerlo todo en las suyas. Pero ahora tenemos a
Jorgenson, tanto si salimos con bien como si no.
El
doctor asintió, aunque apenas había prestado atención a las palabras del
gerente. Se estaba cayendo de cansancio. El cigarrillo le ayudaba a
despabilarse, pero lo que más le apetecía en aquellos momentos era una buena
taza de uno de aquellos fuertes y olorosos tés de Emma. Emma...
El
grito frenético de Jenkins les llegó a los dos repentinamente:
―Doctor,
¡Jorgenson está muerto! ¡No respira en absoluto!
9
Emma
Ferrel había pasado la noche sentada frente a la radio y el televisor,
alternándolos, abrazada a su bata de ir por casa. Sólo se había levantado una
vez para hacerse un poco de té bien cargado en una ocasión en la que se había
descubierto a sí misma dando cabezadas.
Pero
no había noticias de ningún tipo. A primera hora había habido rumores e incluso
se había hablado de un principio de disturbios en la planta atómica que había
obligado al gobernador a llamar a la milicia. Ahora sólo se veía, cada hora,
una nota filmada en la que el alcalde Walker aseguraba que había estado en la
central y que no había nada que temer. En aquella nota apelaba a la calma y a
que los trabajadores acudieran a su trabajo como habitualmente. Todo lo que
había sabido durante aquella madrugada era que la carretera que conducía a la
central estaba cerrada «por obras» y que se necesitaba mucha sangre en el
hospital local. La sangre, según sabía, era muy necesaria en los casos de
envenenamiento grave por radiación. Frunció el ceño e intentó recordar algo que
la había despertado ligeramente durante el breve lapso que había pasado
dormitando. Era algo sobre Blake, pero no recordaba qué era lo que habían dicho
exactamente, aunque lo tenía en la punta de la lengua.
Todo
lo que podía asegurar era que alguien la había llamado para notificarle que
Roger se iba a quedar en la central durante el turno de noche. Más tarde habían
vuelto a llamar para decirle que su marido se retrasaría por causa de una
operación de urgencia. Sospechaba que le estaban ocultando algo y no le hacía
la más mínima gracia. Ya había oído demasiadas conversaciones sobre los
misteriosos pedacitos de átomo que podían salir despedidos, que eran invisibles
pero mortíferos si penetraban y se fijaban en los tejidos inermes. En ocasiones
se los había imaginado como pequeños «gusanitos» microscópicos con dientecillos
salvajes y agudos, aunque ya sabía que no eran precisamente así.
Habían
sido aquellos «bichos» los que se habían llevado a su segundo hijo antes
incluso de nacer, dijera lo que dijese Roger, y ahora era a éste, a su marido,
al que se querían llevar.
Intentó
otra vez comunicarse con la planta. Se produjo una larga espera y a
continuación la telefonista le dijo en tono cortante que la línea estaba fuera
de servicio.
Por
pura costumbre, puso agua a hervir para preparar otra taza de té. En aquellos
momentos era lo único que la hacía mantenerse con ánimos. Una vez preparado, se
sentó y se lo tomó a tragos cortos, sin advertir, hasta que ya lo hubo
terminado, que se le había olvidado echar la leche con la que acostumbraba
tomarlo... ¿Por qué no había recibido ya el periódico? Ya hacía mucho rato que
tenía que haber pasado el muchacho del reparto.
En
la pantalla de la televisión apareció uno de sus informadores preferidos, por
lo que se apresuró a subir el sonido. Aquella mañana el periodista no parecía
en nada diferente de los demás; leyó las noticias sin levantar la vista del
guión y anunció a todos que no había nada de qué preocuparse. En resumen, nada
que no supiera ya Emma Ferrel.
Ésta
recordaba haber oído casi el mismo tono de voz y casi las mismas palabras
cuando era una chiquilla y vivía con su familia en una granja a orillas del
Missouri. Recordó que estaba sentada en el tejado de la granja contemplando el
agua y el barro que arrasaba todo lo que la familia poseía mientras una radio
de transistores anunciaba que todo estaba bajo control, que el río había sido
detenido y que las barcas iban a recoger a todos los damnificados casi
inmediatamente.
Su
madre había muerto de frío y neumonía cuando todo se anunciaba ya como
«controlado».
Emma
desconectó el aparato ligeramente perturbada por los ruidos procedentes de la
calle. Casi no circulaban coches, y los pocos que lo hacían no parecían emitir
los sonidos habituales. Se dirigió a la puerta otra vez en busca del periódico.
No estaba, pero vio la razón de que la calle pareciera tan tranquila; no se
veía a ningún niño jugando en las aceras ni en los jardines. La calle estaba
prácticamente desierta, a excepción de dos mujeres que se apresuraban hacia sus
casas con paquetes de comida y un hombre de robusta constitución que se
pavoneaba detrás de ellas y que volvía repetidamente la vista atrás. Las voces
de aquellas personas llegaron hasta ella y se quedó en el quicio de la puerta
escuchándoles.
―...y
su marido ni siquiera pudo acercarse al lugar. Está todo lleno de guardias con
ametralladoras, ¿sabes?, que hacen retroceder a quien se acerca. Ni siquiera le
escucharon cuando les dijo que su hijo trabajaba allí. Como decía Paul, se lo
merecía por haber dejado que el chico se metiera a trabajar en aquel sitio.
La
que así hablaba era la mujer de más edad. La segunda empezó a decir algo, pero
el hombre la interrumpió:
―Como
sigan así las cosas voy a empezar a estar de acuerdo con esos que hablan de
subir ahí y acabar con esa planta antes de que un día nos levantemos todos
muertos de algo raro. Sabe Dios qué estarán haciendo. Como decía ese tipo en el
mitin...
―¡Estúpidos
ignorantes! ―replicó la mujer más joven―. Si esos atómicos de mierda hubieran
obedecido las leyes y se hubieran largado cuando era el momento...
Emma
cerró la puerta y trató de distinguir entre aquella sarta de palabras llenas de
odio lo que en realidad había acontecido. Desde luego, aquella conversación le
había resultado más instructiva que todo lo que había escuchado por la radio.
La planta se hallaba rodeada por guardias de no sabía qué tipo y nadie podía
entrar. O bien era peligroso acercarse o la gente que estaba dentro estaba
recibiendo protección de personas como el marido de aquella mujer, o lo que
aquel hombre fuese. Y aquello también quería decir que todavía proseguía en la
planta algún tipo de actividad o de trabajo.
De
repente recordó la frase de la radio que había escuchado a medias: «Se requiere
al doctor Blake que se presente en el trabajo inmediatamente». Sólo eso. Pero
no debía haber muchos doctores Blake en la ciudad; además, ¿a cuántos se les
podía requerir «en el trabajo»? Los médicos tenían prácticas o acudían a
hospitales o consultas, no «al trabajo». Quizás aquello significaba que nadie
había podido encontrar al doctor Blake.
Descolgó
nuevamente el teléfono. Hubo otra prolongada espera hasta que se oyó el tono
para marcar. Luego, el teléfono sonó varios minutos sin que nadie contestara,
lo que significaba que o bien Blake ya había salido o que Roger todavía estaba
solo en la planta. Entonces recordó que era el aniversario de bodas de los
Blake, y que las celebraciones de aquel matrimonio no solían ser muy
«normales». Quizá les había sucedido algo o simplemente habían decidido no
contestar el teléfono. En ocasiones como aquella eran capaces de cualquier
cosa.
Cruzó
cojeando el salón y desde la cocina echó una mirada al garaje. En alguna
ocasión, antes de su operación de la cadera, había conducido el automóvil.
Quizá no bien del todo, pero sin que nunca tuviera un accidente, e incluso en
ocasiones había conducido con Roger al lado sin que éste pusiera demasiadas
objeciones a su manera de llevar el coche. Incluso tenía aún el carnet de
conducir, que había ido renovando cada cierto tiempo y que probaba su habilidad
en la conducción de automóviles. Además, no se trataba de uno de aquellos
vehículos a turbina tan difíciles. Quizás era un poco torpe al volante, pero
con aquel tráfico tan fluido...
Decidida,
se dirigió a las escaleras tras encender el hornillo del café. No le gustaba,
pero había oído que el café iba muy bien antes de conducir; quizá fuera lo
mismo que con el té, pero no lo sabía. Subió las escaleras con la mayor
velocidad que su cojera le permitía, se puso la primera blusa que encontró y
una falda cualquiera y se calzó unas sandalias bien fuertes. Omitió las medias
y el maquillaje. Casi se olvidó de la ropa interior, pero al pensarlo se sintió
mal y finalmente se puso unas bragas. Luego se pasó el peine por los cabellos,
se hizo un pequeño moño sin adornos y se colocó un par de pasadores para
sostenerlo.
Cuando
bajó el café estaba hirviendo, pero se las ingenió para enfriarlo un poco y se
lo bebió.
Perdió
algunos minutos buscando las llaves de repuesto antes de descubrir que Roger
había dejado las suyas puestas en el coche, como acostumbraba a hacer casi con
demasiada frecuencia. Comprobó los mandos, vio que el coche arrancaba con
facilidad y respiró con alivio al ver que los cambios de marcha seguían como
los recordaba. Sin embargo, el indicador de la gasolina marcaba casi vacío. Se
echó hacia atrás en el asiento con cautela, preocupada por los guardabarros. No
podía dominar bien el pedal del freno con su pierna mala, pero siempre podía
recurrir al freno de mano en caso de apuro. Salió a la calle y dobló la esquina
a velocidad moderada. Se quedó sorprendida al ver la tienda de comestibles
llena de gente. Una rápida mirada le mostró que aquellas personas estaban
interesadas sobre todo en comprar alimentos envasados. Junto a la tienda, el
salón de belleza estaba cerrado, al igual que la barbería. Sin embargo, la
ferretería estaba abierta y se veía en el exterior un rótulo pintado
recientemente que anunciaba la venta de armas en el interior.
En
la gasolinera estaban haciendo un buen negocio, pero sólo estaba allí el
propietario. Le llenó el depósito, pero movió negativamente la cabeza al ver la
tarjeta de crédito que Emma sacó de la guantera.
―Hoy
sólo acepto dinero en metálico. Hay demasiada gente que está haciendo las
maletas y se va. Ya han pasado por aquí al menos un par de docenas en ese plan.
― Luego, mientras Emma contaba las monedas, el hombre se aproximó más a la
ventanilla y le habló en voz baja―. ¿Quiere un periódico de hoy?
Sacó
uno de debajo del mono y señaló la fecha.
―Sólo
por un pavo. No crea, es barato. Esos soldados o lo que sean han secuestrado
casi todos los que han salido de las rotativas.
―Sí,
no he recibido el mío esta mañana.
Emma
consideró lo que debía hacer. Pudo ver sólo una parte del titular de la primera
plana, pero no llegó a leer nada. Un dólar le parecía mucho, pero...
―Quizá
también secuestraron el suyo. Hasta los han recogido de los porches en algunos
lugares, según he oído. A pesar de todo, un amigo que tengo en el Republican me
pasó algunos. ¿Lo quiere?
Emma
asintió y lo dejó en el asiento mientras se preguntaba qué debía decir para que
se hiciera toda una tirada y luego fuera retirada de la venta y distribución.
El titular hizo desaparecer de su mente todo lo demás:
¡EXPLOTA
UNA CENTRAL NUCLEAR!
Edificio
demolido.
Obreros
retenidos a la fuerza en la planta.
Indicios
de que el alcalde está involucrado.
Se
veía una fotografía de la central desde el aire que parecía una mala
instantánea conseguida con las primeras luces de la mañana, y en ella se
indicaba con una flecha el punto en que había tenido lugar la supuesta
explosión. Leyó rápidamente el texto y se apoderó de ella el temor, al que
reemplazó inmediatamente la angustia. ¡Todo aquello no era sino una enorme
especulación! Los del periódico no sabían más que ella misma, y no había nada
comprobado. No le extrañaba ahora que se hubiera secuestrado aquella edición.
¡No volvería a leer aquel periodicucho! En los últimos tiempos sólo lo compraba
por los editoriales, e incluso éstos habían ido de mal en peor cada día, sobre
todo desde que había pasado a formar parte de aquella cadena de periódicos
contra la que siempre echaba pestes su marido.
Puso
de nuevo en movimiento el coche y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Echó
el periódico por la ventanilla al doblar la primera esquina. Luego deseó
haberlo quemado o algo así; vio a un muchacho que se precipitaba a rescatarlo y
a una multitud que se reunía en torno a él mientras se alejaba del lugar.
Había
muy poco tráfico. Todos los bares estaban haciendo buen negocio, pero muchas de
las otras tiendas estaban cerradas o desiertas. Sólo se veía a unos cuantos
chicos, muy pocos y de la peor ralea, e incluso entre los adultos se notaba muy
escaso movimiento; la mayor parte de la gente estaba reunida en grupos,
discutiendo. La calle principal parecía fantasmagórica, y ni siquiera estaba el
guardia urbano habitual en la esquina de los atascos.
Pasó
por una calle que había sido cerrada con cuatro bloques de piedra y en la que
una apiñada multitud escuchaba los gritos que un amplificador recogía de la
intervención de alguien en cuya voz se advertía una gran cólera. Había una
pancarta que indicaba que la reunión era de «Protesta Ciudadana».
Emma
salió del sector comercial. De nuevo las cosas aparecían calmadas. Unos cuantos
coches la adelantaron, dos de ellos cargados con toda clase de utensilios y
toda una familia. Asimismo eran menos frecuentes las grandes marcas en forma de
equis que había visto en gran número por el centro adheridas a las ventanas,
acompañadas de frases muy duras contra los empleados de la planta atómica, a
los que se pedía que se marcharan. ¡Como si no fueran ellos los que estaban en
su casa, aquí, en Kimberly!
Se
fijó en una muchacha que corría por la acera arrastrando con ella a dos niños
que lloraban desconsoladamente. La cara de la muchacha también estaba llena de
lágrimas. Emma frenó con suavidad y sacó la cabeza por la ventanilla.
―¿Puedo
ayudarla? Suba...
La
muchacha le pidió que la llevara a una dirección que murmuró. Subió al coche
con sus hijos y se dedicó a mirar taciturna por la ventanilla. Finalmente, en
señal de desafío, anunció:
―Soy
la esposa de un empleado de la central.
―Muy
bien, yo soy la esposa del doctor ―le contestó Emma.
Aquella
respuesta pareció contentar a la muchacha; inmediatamente empezó a tranquilizar
a los niños, e incluso intentó un amago de sonrisa cuando por fin llegaron a un
bloque de pisos, donde bajaron tras cerciorarse de que no había nadie cerca.
Efectivamente, no había nadie a la vista.
Emma
suspiró, pero ya no le preocupaba aquella situación. Cuando tenía ocho años le
había sucedido algo parecido: había pasado algo que no recordaba con exactitud,
muchos hombres se habían empezado a disfrazar con sábanas blancas y fundas de
almohada sobre las cabezas mientras la gente de color se retiraba en todas
partes donde una se los encontraba. Había ocurrido algo terrible y siguieron
pasando cosas parecidas durante una temporada, hasta que por fin todo se calmó.
No recordaba muchos detalles, pero todavía sentía la impresión que le había
producido el pánico, no el miedo de algo que está frente a una sino el temor a
algo desconocido que deja notar su presencia. Emma comparó la situación en que
se encontraba con su experiencia anterior. El temor a lo desconocido era como
una neblina que lo cubría todo.
En
aquel momento divisó la casa de los Blake y respiró aliviada. Tenían el coche
aparcado frente a ella, y puso el suyo detrás, con la esperanza de no haber
hecho el recorrido en vano. A continuación pulsó el timbre de la puerta, o al
menos esa fue su intención, ya que el timbre no sonó. Fue a la puerta de la
cocina, pero no obtuvo más éxito. Dio varios golpes en la puerta, pero no
contestó nadie. Tampoco obtuvo mejor resultado en la puerta de la cocina,
aunque allí no estaba corrida la cortina y se podía ver el interior. Se veía un
revoltijo de botellas y vasos rotos y en la cocina ardía el fuego bajo un
recipiente chamuscado y quebrado.
Regresó
a la parte delantera, se quitó una de las sandalias y golpeó con ella el panel
de la puerta. Hizo un ruido espantoso, pero no respondió nadie.
De
repente se abrió una ventana de la casa de enfrente y la voz de un hombre le
gritó de mala manera:
―¡Eh,
usted! ¡Lárguese de aquí! ¡No queremos problemas en este lugar! ¡Largo, me oye!
Tengo una escopeta y voy a usarla...
Se
estaban abriendo otras ventanas. Emma notó que se le enrojecía la cara mientras
bajaba los escalones y regresaba al coche. ¿Cómo se les podía ocurrir que
deseara meterse en problemas? Por todos los demonios...
Entonces
se calmó y comprendió que aquellas gentes debían estar haciendo lo correcto, si
era verdad que había tipos creando problemas en aquella zona. Se metió en el
coche y lo puso en marcha bajo la mirada recelosa del vecindario. Luego se fue
a más velocidad de la que pretendía. No se veía todavía ningún signo de vida en
casa de los Blake.
Casi
sin pensar, se dirigió hacia la carretera. Puso la radio y la apagó otra vez,
disgustada. Sólo unos cuantos coches y algún camión circulaban a aquella hora,
y todos los camiones parecían ir cargados de hombres de uniforme y bien
armados. En un punto del recorrido divisó unas señales que indicaban que la
carretera estaba cortada, pero Emma siguió adelante tras uno de los camiones y
nadie la paró. Ya hacía mucho tiempo que había descubierto que viajar con una
chapa de identificación como médico en el automóvil ahorraba muchos problemas
con sólo actuar espontáneamente como si realmente se estuviera de servicio.
Luego
vio a lo lejos el asta que presidía el edificio principal de la planta, en el
que ondeaba la bandera. Al menos todavía quedaba algo de la central.
Nuevamente
volvió a su cabeza la imagen de los microscópicos gusanos de dientes afilados.
Intentó convencerse de que todos ellos habían nacido desdentados, incapaces de
devorar y roer sus tejidos, pero no lo consiguió. Notó que le empezaban a sudar
las manos, como siempre que se acercaba a aquel lugar. Pero siguió adelante y
se aproximó al cruce de la carretera privada de la central. Tenía que llegar
allí aunque le mordieran los gusanos. Quizá después de un rato ya no la
molestarían más. Al menos, a Roger no parecían atacarle.
En
parte ya esperaba que hubiera guardias en la intersección de las carreteras, y
ya tenía pensado el único modo de poder pasar. Si la detenían no lo lograría
jamás, pero quizás...
Se
aproximó todo lo que pudo al camión de los hombres uniformados, bajó la
ventanilla y señaló el símbolo de la compañía que llevaba en el parabrisas.
―¡Ferrel,
emergencia! ―gritó.
Los guardias
no pertenecían a la central y con toda probabilidad no sabían si Ferrel era un
o una médico.
Antes
de que pudieran decidir pararla o no ya los había dejado atrás. Emma miró por
el retrovisor y, por lo menos, no la venían siguiendo.
El
camión que llevaba delante giró a un lado, se salió de la carretera y se
dirigió bamboleándose sobre el césped y la hierba hacia la cima de una colina
cercana. Entonces vio que junto a la entrada principal, al final del camino,
había otro control. Allí no serviría el truco, pues con toda seguridad habría
gente de la planta haciendo guardia. No merecía la pena intentar ninguna treta.
Simplemente llegaría hasta allí y vería lo que pasaba.
Se
fijó que el guardia que salió llevaba el uniforme de la National. Apartó los
ojos de la planta, donde todos los edificios parecían estar bien excepto uno de
los que nunca le habían gustado por su inquietante estructura. Notaba las
cositas radiactivas de afilados dientes que la esperaban justo en la parte de
dentro de la verja, pero luchó contra ellas y trató de mantener una apariencia
natural cuando el guardia se aproximó.
―¡Señora
Ferrel! No puede pasar. Son órdenes terminantes. No comprendo cómo ha logrado
llegar hasta aquí.
―¿Cómo
está mi marido? ―preguntó ella. Se quedó mirando al hombre intentando recordar
el nombre por el que le había llamado Roger. Al fin le vino a la memoria―.
¿Está bien, Murphy?
El
guardia movió una mano nerviosa en el interior de la gorra mientras observaba a
la milicia que se estaba instalando en la cima de la colina.
―¿Podemos
estarlo alguno de nosotros, señora Ferrel? El doctor está ahí, en alguna parte.
Que Dios tenga piedad de él. Señora, lo siento pero no puede pasar.
―Muy
bien ―asintió ella―. Pero no voy a dar la vuelta. Llevaré el coche a un árbol o
algo parecido si me hace regresar. ¿Cómo están los niños de su hija, Murphy? ―
Por fin había logrado identificarle como uno de los pacientes que recibían
ayuda médica de su marido fuera de la central.
Él
se la quedó mirando, luchando consigo mismo. Finalmente asintió.
―Si
no fuera usted la esposa del doctor Ferrel, la enviaría de una patada a
Kimberly ―dijo, y añadió en tono misterioso―: pero supongo que ahora ya ha
visto usted demasiado, así que se queda. Y no me eche a mí la culpa cuando las
cosas se pongan feas. Esos muchachos de la milicia están más asustados por
quedarse aquí que de jugarse el pescuezo por deserción... En fin, usted lo ha
querido. Lo único que le pido es que no salga del coche para nada, o no me hago
responsable de lo que le pueda suceder.
Le
hizo una seña a otro de los guardias y le dijo:
―Bill,
lleva a la señora al aparcamiento de allí, si es que cabe otro coche.
―Hacia
delante ―dijo Emma con calma―. Tengo que estar donde pueda entrar tan pronto
como vuelvan a abrir las puertas.
El
segundo guardia levantó las manos y asintió.
En
cuanto el hombre la hubo dejado en el aparcamiento entre una asombrosa retahíla
de juramentos, se acomodó en el coche y se dispuso a observar la única esquina
de la enfermería que podía ver desde aquella posición. Después de todo, no le
había resultado tan difícil llegar hasta allí. Sólo le había costado un poco de
firmeza y un poco de conversación con Murphy.
10
Dodd
estaba a cargo de la respiración artificial, y Jenkins tenía en las manos la
mascarilla de oxígeno, que ajustaba a la cara de Jorgenson, antes de que Ferrel
llegara a la mesa. Le buscó el pulso que había ido manteniéndose débil pero
constante, lo sintió una vez, luego desapareció durante el espacio de tiempo de
tres pulsaciones normales, volvió otra vez, más débilmente, y cesó por
completo.
―¡Adrenalina!
―¡Métala
directamente en el corazón, doctor!
Jenkins
empezó a golpear el pecho de Jorgenson, tratando de obligar al corazón a
funcionar otra vez. Su voz estaba cerca de la histeria. Palmer avanzó hacia
Ferrel, con el puño cerrado.
―Doctor,
tienes que...
―¡Largo
de aquí!
Las
manos de Ferrel adquirieron de pronto vida propia mientras asía frenéticamente
los instrumentos, arrancaba los vendajes pectorales del hombre y empezaba a
trabajar contra el tiempo, cuando éste llevaba todas las ventajas. No se
trataba de cirugía; era más bien una carnicería: los huesos que cortaba con tan
poca delicadeza, con golpes salvajes de aquel instrumento, jamás quedarían
completamente bien. Pero en aquel momento no podía preocuparse por detalles
menores.
Apartó
el pedazo de carne y nervios que acababa de abrir.
―Jenkins,
contenga esa hemorragia.
A
continuación, metió la mano en la cavidad torácica, abriéndose paso apenas
entre Dodd y Jenkins; en un momento, las manos se tornaron extraordinariamente
delicadas al localizar el corazón y empezar a trabajar en él, con el masaje
experimentado y exacto del que conoce cada función del órgano vital. Presión
aquí, descanso allí; presión otra vez, con calma, sin precipitarse... No haría
ningún bien dejarse llevar por el mismo estado febril que le exigían sus
emociones. El oxígeno puro alimentaba sus pulmones y el corazón podía trabajar
a menor ritmo con total seguridad. Tranquilo, un latido por segundo, sesenta en
un minuto.
Había
pasado quizá medio minuto desde que el corazón se parase hasta que el masaje
hizo circular de nuevo la sangre; era demasiado poco tiempo para preocuparse
por el cerebro, la primera parte que se veía afectada siempre por el colapso
circulatorio. A partir de aquel momento, si el corazón latía por sí mismo en un
tiempo razonable, la muerte sería burlada de nuevo. ¿Durante cuánto tiempo? No
tenía idea. Cuando era estudiante le habían enseñado que diez minutos, luego se
había encontrado con un caso de veinte, y mientras estaba de interno había
alcanzado un récord de poco más de hora y media, en un enfermo que todavía
estaba en pie; pero se trataba de un caso excepcional. Jorgenson, a la vista
estaba, era un espécimen normalmente sano y vigoroso, y había estado en unas
condiciones físicas de primer orden, pero con la tortura de aquellas largas
horas precedentes, con la radiactividad, los narcóticos y el curare luchando
contra él, todavía se necesitaba un milagro más para que siguiera viviendo.
Presión,
masaje, relajación; sin darse mucha prisa. ¡Ahí! Por un instante, sus dedos
notaron un ligero latido, y luego otro; se volvió a parar. Aun así, mientras el
corazón siguiera dando aquellos signos había esperanza, a menos que sus dedos
quedaran tan cansados que tuviera que abandonar antes de que el corazón se
pudiera poner en acción por sí mismo con total seguridad.
―¡Jenkins!
―Dígame.
―¿Ha
hecho alguna vez masaje cardiaco?
―He
hecho prácticas en la escuela, en un maniquí, pero nunca de verdad. Bueno, en
la disección de un perro, cinco minutos. Yo... creo que es mejor que no confíe
en mí.
―Quizá
tenga que hacerlo. Si lo hizo con un perro durante cinco minutos, lo podrá
hacer con un hombre. Probablemente. Ya sabe lo que nos va en esto.
Jenkins
asintió, con el mismo gesto tenso que había utilizado antes.
―Ya
lo sé. Por eso no me atrevo. Le dije que le avisaría cuando estuviese a punto
de desfallecer; pues bien, ¡no voy a tardar mucho!
¿Era
posible que un hombre pudiera medir su debilidad, cuánto le faltaba para
desmoronarse? El doctor no lo sabía; sospechaba que la propia conciencia de su
estado nervioso aceleraría todavía más su desfallecimiento, si es que tenía
lugar, pero Jenkins era un caso singular, con los nervios tensos que asomaban
por todo su cuerpo, con una apariencia de serenidad que pocos hombres más
adultos podrían igualar. Si tenía que utilizarlo, lo haría. No había otra
respuesta.
Los
dedos del doctor comenzaban a resultar pesados; no cansados aún, pero ya con
signos de próxima fatiga. Unos cuantos minutos más y tendría que parar. Volvió
el latido: uno..., dos..., tres... Luego, nada. Tenía que haber alguna solución
para aquello, era imposible resistir el tiempo que aquello podía durar, aun si
se turnaban él y Jenkins. Sólo Michel de Mayo podría... ¡Mayo! Si pudieran
traer a tiempo el aparato que había visto experimentar en la última convención
médica, tenía la respuesta.
―Jenkins,
llama a Mayo... Me temo que tendrás que conseguir permiso de Palmer... Pregunta
por Kubelik, y pásame comunicación donde pueda comunicar con él.
Escuchó
la voz de Jenkins, a un nivel bastante alto al principio, y luego con una
profundidad emotiva que hubiera juzgado imposible en un muchacho. Dodd le miró
rápidamente e inició una sonrisa, aunque sin dejar la respiración. Nada podía
hacerla sonrojar, aunque debiera.
Jenkins
irrumpió en el quirófano.
―¡No
hay nada que hacer, doctor! No se puede localizar a Palmer y esa estúpida de la
centralita no quiere hacerme caso.
El
doctor se estudió las manos en silencio, cavilando, y de repente supo qué
hacer. Si volvía a dejar salir al muchacho, no iba a resistir mucho más con el
masaje.
―Bien,
Jenkins. En ese caso tendrás que ponerte en mi lugar. Bueno, listo. Acércate
lentamente a esta posición y pon tus dedos sobre los míos. Ahora, coge el
ritmo, con calma. No corras. Lo harás, ¡tienes que hacerlo! Hasta ahora lo has
hecho todo mejor de lo que yo podía esperar, y no tienes por qué desconfiar de
ti mismo. ¿De acuerdo?
―De
acuerdo, doc. Lo intentaré pero, por el amor de Dios, no sé qué está tramando,
pero vuelva pronto. ¡No le miento en lo del desfallecimiento! Será mejor que
llame usted a Meyer para sustituir a Dodd y que haga volver a Sue; es el mejor
tónico nervioso que conozco.
―Dodd,
hágalo.
―El
doctor tomó una jeringa hipodérmica, la llenó rápidamente de agua a la que una
gota de iodina le daba un color marrón amarillento, obligó a sus cansadas
piernas a un ligero trote al dirigirse a la puerta lateral y se dirigió a
Comunicaciones. Quizá la telefonista fuera tozuda, pero siempre había maneras
de tratar a la gente.
Sin
embargo, no había contado con la guardia instalada en el exterior de
Comunicaciones.
―¡Alto!
―Es
asunto de vida o muerte. Soy el médico.
―No
entre. Son órdenes.
La
amenaza de la bayoneta no fue suficiente, al parecer; se llevó el rifle al
hombro y adelantó la barbilla con la terquedad estúpida que da la autoridad de
poca monta y la fe en las órdenes.
―No
hay nadie enfermo aquí, y hay muchos teléfonos por ahí. ¡Dé media vuelta,
rápido!
¡El
doctor dio un paso hacia delante y se escuchó un ligero cuando saltó el seguro;
aquel estúpido era capaz de hacer lo que decía. Ferrel le esquivó y alargó la
jeringa hasta el rostro del guardia.
―¿No
has visto nunca una de éstas lanzar el curare? Te tocará antes de que tu bala
me mate.
―¿Curare?
―Los ojos del guardia echaron una rápida mirada a la aguja y la duda asomó a
ellos. El hombre frunció el ceño―. Es ese veneno que se pone en las flechas,
¿no?
―Así
es... Veneno de cobra, ¿sabes? Una gota sobre la piel y mueres en diez
segundos. ―Tales afirmaciones eran notorias falsedades, pero el doctor contaba
con la ignorancia supersticiosa del hombre medio respecto a los venenos―. Con
esta aguja: te puedo rociar muy fácilmente, y resultará una muerte rápida, pero
no agradable. ¿Quieres bajar el rifle?
Un
tipo normal hubiera disparado, pero aquel miliciano ni protestó. Bajó el rifle
con ademán asustado y los ojos puestos en la aguja, y luego lo dejó caer a un
lado siguiendo las instrucciones del doctor. Ferrel se acercó, con la aguja
alzada amenazadoramente, y el hombre se echó para atrás, lo que le permitió
hacerse con el fusil para evitar ser tiroteado por la espalda. Se había
retrasado, pero por lo menos sabía adónde se dirigía, y fue directo a la
centralita.
―¡Arriba!
La
voz de Ferrel le llegó a la muchacha directamente desde detrás de sus hombros,
y se volvió para encontrarse con el fusil en una mano y la aguja en la otra,
ambas cosas casi tocándole la cara.
―Ésta
está cargada de curare, que es un veneno mortal. Tengo que hacer una llamada
tan importante que no puedo irme con juramentos médicos y monsergas. ¡Arriba!
¡Nada de tocar las clavijas! Muy bien; ahora retírese hacia allí, fuera de los
mandos... Ahí, échese de cara al suelo, ponga las manos en la espalda... Muy
bien. ¡Bueno, si se mueve, no será por mucho rato!
Aquellas
películas de gángsters que había visto le resultaban muy útiles. La muchacha se
mostraba totalmente asustada y dócil. Pero no quería arriesgarse a saber si le
ponía bien la llamada o le engañaba con las clavijas. Tenía que ser él mismo
quien la pusiera. ¡Maldita sea! Las luces rojas eran las líneas principales,
pero ¿qué clavija...? Lo más lógico era probar la más directa. Alguna vez había
visto conectar una llamada, pero era incapaz de recordarlo. Ahora bajar ese
interruptor... ¡no, no!, al revés. Llegó hasta él una señal que le indicó que
había acertado y marcó rápidamente el número de la telefonista de conferencias,
echando rápidas miradas a la muchacha que seguía en el suelo con las piernas
abiertas. En su mente rondaba Jenkins y el tiempo que estaba perdiendo.
―Señorita...
esto es una emergencia. Soy Walnut 7654; quiero poner una conferencia de larga
distancia al doctor Kubelik, Hospital Mayo, Rochester, Minnesota. En el caso de
que el doctor Kubelik no estuviera hablaré con quien responda en su
departamento. La rapidez es esencial, señorita.
―Comprendido,
señor.
Las
telefonistas de larga distancia eran, gracias a Dios, muy eficientes. Se oyeron
los clics y las señales habituales al ir avanzando la línea, la respuesta del
hospital, más tiempo perdido, y por fin apareció una cara en la pantalla. Sin
embargo, no era la de Kubelik, sino la de alguien mucho más joven.
Ferrel
no perdió mucho tiempo en la introducción.
―Tengo
una emergencia aquí donde me encuentro, y, maldita sea, el caso es
tremendamente importante para todo el mundo pues todo depende de que salvemos a
un hombre, lo que no se puede realizar sin el aparato del doctor Kubelik; él me
conoce, si es que está ahí. Soy Ferrel, y le conocí durante una convención
donde me enseñó el funcionamiento de su aparato.
―Kubelik
todavía no ha llegado, doctor Ferrel; yo soy su asistente. Si está usted
hablando del excitador cardiaco―pulmonar, está en estos momentos empaquetado y
listo para ser transportado esta misma mañana a Harvard. Tienen un caso muy
urgente y quizá lo necesiten...
―No
tanto como yo...
―Tendré
que consultar... Espere un poco. Doctor Ferrel, me parece que le recuerdo. ¿No
es usted el jefe médico de la National?
―El
mismo ―asintió el doctor―. Respecto a esa máquina, si pudiera ahorrarse las
formalidades...
La
cabeza que se veía en la pantalla asintió una vez, demostrando una
determinación instantánea y una expresión subyacente que indicaba algo más.
―Se
lo enviamos inmediatamente, doctor. ¿Tiene por ahí un aeródromo donde
aterrizar?
―El
aeropuerto de Kimberly está a unos doce kilómetros. Tendré un camión allí
esperando. ¿Cuánto tardará?
―Demasiado.
Si lo tiene que llevar con un camión no llegará a tiempo. Mire, ya está cargado
en un avión de despegue y aterrizaje vertical. ¿No disponen por ahí de algún
lugar donde pueda tomar tierra?
Con
un avión que podía posarse en cualquier sitio la cosa cambiaba.
―Hay
un terreno al sur de la enfermería que tendré dispuesto con antorchas «por lo
menos», pensó. Y, en último caso, Jones podría improvisar señales de algún
tipo―. ¿Sirve eso?
―Muy
bien. Un momento.
La
cara del hombre se desvaneció de la pantalla, se oyó marcar otro número, al que
siguió una corta conversación. Luego se oyó otra voz mucho más fuerte y en un
tono mucho más alto, seguido de otro demasiado distante para la atención de
Ferrel. El hombre volvió rápidamente y miró a Ferrel.
―Muy
bien, le será enviado el avión y lo van a hacer todo con la mayor rapidez
posible. Calculan que llegarán ahí dentro de cuarenta minutos.
Era
mejor de lo que el doctor esperara. Empezó a dar las gracias precipitadamente y
se dispuso a retirar la clavija del tablero.
―Un
momento, doctor Ferrel ―el joven se había dado cuenta de la intención del
doctor― ¿Ya sabrá utilizar usted el excitador cuando lo tenga ahí? Es un asunto
bastante lioso... más bien muy lioso.
―Kubelik
me hizo una demostración y además estoy bastante acostumbrado al trabajo lioso.
Lo intentaré... tengo que hacerlo. Es demasiado urgente para que el propio
Kubelik pueda venir, ¿no?
―Probablemente.
Bueno, ya tengo el telex del aeropuerto. El aparato ya está en el avión y listo
para despegar. ¡Que tenga suerte!
Ferrel
repitió su agradecimiento y se quedó pensativo. Era magnífico disponer de aquel
servicio, pero no era para él nada reconfortante saber que la mera mención de
la National provocara tal cambio de actitud. Por lo visto, se debían estar
extendiendo los rumores a toda velocidad, pese a los mejores deseos de Palmer.
Dios, ¿qué debía estar sucediendo? Había estado demasiado ocupado para pensar
realmente en lo que se avecinaba, o para darse cuenta de... Bueno, había
conseguido el excitador y debía sentirse satisfecho de ello.
Intentó
comunicar con Palmer y esperó que el gerente se hallara de nuevo en su
despacho. Por una vez, tuvo suerte y Palmer se mostró dispuesto a dejar
aterrizar el avión sin discutir. El gerente prometió poner balizas en el
terreno de aterrizaje y un hombre dispuesto para encenderlas.
En
el momento en que el doctor salía el guardia estaba todavía dudando en el
exterior sobre si ir a buscar refuerzos o no, lo que le mostró a éste que la
conferencia, en apariencia interminable, no había pasado de ser una corta
orden. Lanzó el fusil lo más lejos que pudo de su alcance y se dirigió de nuevo
a la enfermería a toda prisa, al tiempo que se preguntaba qué tal lo estaría
haciendo Jenkins. ¡Tenía que haber ido bien!
No
era el joven médico el que estaba volcado sobre el cuerpo de Jorgenson; en
lugar de Jenkins estaba Brown, con los ojos húmedos y la cara pálida, blanca
junto a la nariz, que estaba dilatada al máximo. La doctora alzó los ojos, le
hizo un gesto con la cabeza mientras Ferrel se le acercaba y prosiguió su
trabajo sobre el corazón de Jorgenson.
―¿Y
Jenkins? ¿Se ha derrumbado?
―¡Qué
estupidez! Este es un trabajo femenino, doctor Ferrel, y yo sólo le he
relevado. Eso es todo. Ustedes los hombres se toda la vida utilizando la fuerza
bruta y luego se preguntan por qué pasan las mujeres hacen los trabajos con el
doble de delicadeza que ellos en aquellos momentos en que la fuerza de los
músculos no sirve para nada. Le he dicho que fuera a descansar y le he
relevado, eso es todo.
Sin
embargo, su voz tenía un tono al hablar que le sorprendió, observó que Meyers
estaba totalmente atenta, demasiado quizá, las indicaciones del aparato de
oxigenación.
―¡Hola,
doctor! ―Era la voz de Blake la que irrumpió―. Sal de ahí. Cuando esa doctora
Brown necesite ayuda yo estaré al quite. He estado durmiendo toda la noche como
un condenado desde las cuatro de la madrugada. Creo que acabamos totalmente
borrachos. Decidimos desconectar el timbre y poner el teléfono bajo una
almohada, no sé por qué. No hemos oído maldita cosa hasta que algún idiota
apareció tratando de entrar por la fuerza y los vecinos la expulsaron. Ve a
descansar.
Ferrel
suspiró con alivio; quizá fuera cierto que Blake se había ido a la cama
completamente borracho, y ello explicaría aquellas extrañas cosas de los
timbres, pero su virilidad animal le había repuesto de la borrachera sin que le
quedara ningún signo visible. El único cambio apreciable era que le había
desaparecido la sonrisa engreída habitual. Le vio moverse al lado de Brown para
comprobar el estado general de Jorgenson.
―Gracias
a Dios que estás aquí, Blake. ¿Cómo está Jorgenson?
La
voz de Brown respondió con palabras monótonas acompasadas al movimiento de sus
dedos.
―El
corazón da signos de latir alguna que otra vez de tanto en tanto, pero no se
mantiene. Sin embargo, y por lo que puedo decir, tampoco está peor.
―Bien.
Si logramos mantenerlo cuarenta minutos así, lo podremos dejar todo en manos de
una máquina. ¿Y Jenkins?
―¿Una
máquina? ¡Ah, claro! El excitador de Kubelik. Estaba trabajando en ello cuando
estuve con él. Mantendremos con vida a Jorgenson de todas todas.
―¿Y
Jenkins? ―repitió Ferrel, al ver que la doctora callaba y no mostraba intención
de responder a la última pregunta.
Blake
señaló la consulta del doctor, cuya puerta estaba cerrada.
―Está
ahí dentro. Pero déjele en paz, doctor. Yo lo vi todo, y el muchacho está
desmoralizado. Es un buen chico, pero sólo un chico, y eso le puede pasar a
cualquiera.
―Ya
sé todo eso ―repuso el doctor dirigiéndose hacia el despacho, más que nada para
fumar un poco. La cara de Blake, tan descansada, suponía una isla de
tranquilidad y seguridad en aquel mar de fatiga y nervios―. No se preocupe,
Brown, no voy a echarle una bronca, así que no tiene por qué defender a su
hombre con tanto celo. Fue culpa mía por no escucharle.
Los
ojos de la muchacha tenían una patética expresión de agradecimiento en la breve
mirada que le dirigió, y el doctor se sintió ligeramente mal por el malhumor
que había exteriorizado ante la ausencia de Jenkins. Sin embargo, si aquello
seguía así, todos ellos se encontrarían a no tardar en mucho peor estado que el
muchacho, cuya espalda se encontró al abrir la puerta. La figura silenciosa y
agobiada no levantó la cabeza del brazo en que la apoyaba ni siquiera cuando
Ferrel le puso una mano en el hombro. Su voz parecía muda y distante.
―Me
derrumbé, doctor... Me desmayé cuan largo era en el suelo. ¡No lo resistí!
Allí, de pie, con Jorgenson quizá muriéndose porque yo no era capaz de
controlar mis nervios, y toda la central volando después, todo por mi culpa.
Seguía diciéndome que me encontraba bien, que tenía que seguir, y entonces me
derrumbé. ¡Llorando como un niño! ¡El doctor Jenkins, el especialista en
sangrefría!
―Bueno...
Qué, ¿vas a tomarte esto por las buenas o tendré que taparte esa maldita nariz
y echártelo directamente en la garganta?
Era
burda psicología, pero dio resultado. El doctor le tendió la bebida, aguardó a
que el joven lo bebiera y le ofreció un cigarrillo antes de hundirse en su
sillón.
―Me
lo advertiste, Jenkins, y yo me arriesgué bajo mi propia responsabilidad, así
que nadie dirá nada. Sin embargo, me gustaría hacerte un par de preguntas.
―Adelante...
Qué importa...
Era
obvio que Jenkins se había recuperado ya ligeramente, a juzgar por la nota de
desafío que había surgido en aquella frase.
―¿Sabías
que Brown podía hacer ese tipo de trabajo? ¿Quitaste la mano del corazón de
Jorgenson antes de que ella pudiera remplazarte?
―Fue
ella quien me dijo allí mismo que sabía hacerlo. Antes no lo sabía. De lo
otro... no sé... Creo que... Sí, doctor, Sue ya tenía sus manos sobre las mías
cuando...
Ferrel
asintió, satisfecho de sus preguntas.
―Ya
lo pensaba. No te derrumbaste, como tú dices, hasta que tu mente tuvo la
absoluta seguridad de que podía hacerlo, y en aquel momento simplemente cediste
el turno. Según esa definición, yo también me he derrumbado. Estoy sentado
aquí, fumando un cigarrillo, mientras hay un hombre ahí al lado que requiere
atención. El hecho de que le estén prestando atención otros dos, uno de ellos
prácticamente fresco y el otro en mucho mejor estado al menos de lo que lo
estamos nosotros no tiene nada que ver ¿verdad?
―Pero
no se trata de eso, doctor. No quiero que nadie me defienda.
―Ni
nadie lo hace, hijo. Esté bien, te pusiste a llorar, ¿no? ¿Y por qué no? Seguro
que no te hizo ningún mal. Yo le gruñí a Brown cuando entré en el quirófano por
ese mismo estado de tensión brutal que arrastramos. Si ahora tuviera que salir
ahí y remplazarla empezaría también a llorar o a morderme la lengua. Los
nervios deben tener una salida. Físicamente no les hace ningún bien, pero
psicológicamente es una necesidad vital.
El
muchacho no estaba muy convencido y el doctor se arrellanó en su sillón,
mientras le miraba con expresión pensativa.
―¿Te
has preguntado alguna vez por qué estoy aquí?
―No,
señor.
―Pues
bien, debieras haberío hecho. Hace veintisiete años, cuando tenía más o menos
tu edad, no había cirujano en este país o en el mundo, casi, que tuviera mejor
fama que yo en operaciones delicadas de cerebro. Todavía hoy en día se utilizan
algunas de mis técnicas... Sí, creí que lo recordarías cuando asociaras el
nombre... Entonces tenía otra esposa, Jenkins, y esperaba un bebé. Tenía un
tumor cerebral, y tenía que operarlo yo, pues era el único que sabía. Lo hice,
pero salí de aquel quirófano en un estado de confusión que no se me pasó hasta
que tres días después me anunciaron que ella había muerto; no fue culpa mía,
ahora lo sé a ciencia cierta, pero entonces no pude sobreponerme al sentimiento
de culpabilidad que me invadió. Por eso intenté convertirme en médico de
medicina general. Pude sobrevivir gracias a que tenía bastante buen
diagnóstico, cosa que pocos cirujanos acostumbran tener. Luego, cuando esta
compañía necesitó un médico, presenté una solicitud y me admitieron; yo tenía
todavía un poco de fama y eso me ayudó. Era un campo nuevo, que requería
estudio e investigación y casi cada una de las facultades que se requieren en
cualquier otro campo de la medicina más los de la medicina general, por lo que
encontré actividad suficiente para vencer mi fobia contra la cirugía. Comparado
conmigo, no tienes ni idea de lo que significan los nervios o las crisis. Ese
sollozo no debió ser más que un accidente de poca importancia.
Jenkins
no hizo ningún comentario, pero encendió el cigarrillo que había mantenido
entre los dedos. Ferrel se acomodó más en el sillón, con la certeza de que si
era necesaria la colaboración de Jenkins podría llamar con la satisfacción de
haber eliminado de su mente, al menos en parte, la imagen de Jorgenson.
―Es
difícil encontrar al hombre adecuado para trabajar aquí, Jenkins. Este trabajo
abarca demasiados campos y demasiadas facultades, aunque se pague tan bien.
Revisamos muchas peticiones antes de escoger la tuya, y no me arrepiento de la
elección. De hecho, eres mejor tú de lo que lo era Blake cuando se integró en
el equipo. Los registros dan la impresión de que escogiste este empleo
deliberadamente.
―Así
fue.
Aquella
era la respuesta que menos podía esperar el doctor; en toda su experiencia no
había conocido a nadie que hubiera intentado conseguir un empleo en la National
como médico por el trabajo a realizar. Normalmente trataban de integrarse en
aquella empresa al comparar sus ingresos anuales con el sueldo que pagaba la
National.
―Así
que sabías lo que se requería para entrar y te dedicaste a estudiarlo todo.
¿Puedo preguntarte por qué?
Jenkins
se encogió de hombros.
―¿Por
qué no? Nos sentará bien desahogarnos un poco. Es una historia algo complicada,
pero lo esencial no es difícil de explicar. Papá, mi padrastro, en realidad,
era el propietario de una planta atómica. Bastante buena, doctor, aunque no
llegara a ser como la National. Cuando tenía quince años trabajaba allí de
mecánico y aprendiz de ingeniero, y nos encontrábamos en una precaria situación
en cuanto al desarrollo de la medicina radiactiva, por lo que papá insistió en
que estudiara medicina en la universidad. Allí fue donde conocí a Sue, que
estaba en el último curso. Entonces tenía dinero para mantenerla, aunque al año
siguiente ella dejara la facultad por un magnífico trabajo en la Mayo, mientras
yo seguía con los estudios. Sea como fuere... Papá tenía un gran contrato con
un nuevo proceso que estaban elaborando. Le costó ciertos equilibrios, pero se
procuró el equipo y lo instaló... Sospecho que uno de los controles falló por
defecto de fabricación, puesto que el proceso estaba bien preparado. Lo habíamos
estado vigilando demasiado para olvidar cualquier posibilidad de accidente.
Pero cuando se limpió el solar, tuve que dedicarme exclusivamente a la
medicina. Sue era quien nos mantenía a los dos, y todavía fue capaz de
conseguirme una plaza de interno en Mayo. No se trataba de medicina nuclear,
pero pensé que era capaz de utilizar lo que allí aprendiera, en caso de entrar
aquí. Entonces, usted me contrató.
―La
National otorga un título en medicina atómica ―le recordó el doctor. Todavía
era una rama demasiado moderna para tener ya una facultad organizada, y no
había mejores maestros en el mundo que Palmer, Hokusai, Jorgenson, etcétera―.
Además, te pagan un sueldo mientras estudias.
―Ya...
Así se estará bien dentro de diez años. Además, el salario es sólo para una
persona soltera. No; cuando me casé con Sue fue con la intención de que no
trabajara más; pues bien, Sue lo hizo hasta el día que terminé el internado,
pero yo sabía que con un empleo aquí podría seguir manteniéndola. Tratar de ser
ingeniero y entrar en las escalas más altas de la pirámide no parecía ser una
perspectiva muy agradable. Ahora ya hemos ahorrado un poco y quizá dentro de un
tiempo hagamos algo... Pero, doctor, ¿qué significa todo esto? ¿Es que se cree
que soy un niñato y me ha de aliviar de una depresión de adolescente?
Ferrel
le sonrió.
―Nada
de eso, hijo, aunque tenía curiosidad por saberlo. Además, ha dado resultado,
¿no? ¿Acaso no te sientes mejor?
―Casi
del todo. Lo único que me preocupa es lo que se está cociendo ahí fuera
―repuso―. Desde el camión me hice una idea de la catástrofe. Bueno, quizá me
iría bien dormir un poco, pero vuelvo a sentirme bien.
―Perfecto.
Al
doctor le había hecho tanto provecho como a Jenkins aquella conversación fuera
de lo normal; le dejó también mucho más relajado que todas las vueltas que
estaba dándole a sus propios pensamientos.
―Imagínate
que ahora vamos ahí dentro y nos quedamos observando cómo va Jorgenson. ¿Has
pensado qué podría pasarle a Hokusai?
―¿Hokusai?
En este momento está en mi despacho y ya que no le dejamos ir a su puesto, se
ha dedicado a hacer cálculos sobre un papel. Me pregunto...
―¿Sobre
asuntos de la investigación? Si entras y hablas con él no te mentirá porque es
un buen tipo. Según parece no ha habido nadie más en esta central que haya
sospechado la posibilidad de todo eso del isótopo R, así que les llevas una
buena delantera. Además, con el doctor Blake y las enfermeras y los auxiliares,
y sin agobios ni preocupaciones aparte de los tanques, creo que poco puedes
hacer por aquí.
Ferrel
se sentía mucho más en paz con el mundo que cuando saliera de telefonear a
Palmer al ver ahora a Jenkins dejar el quirófano en dirección a su despacho; la
mirada que lanzó Brown, primero hacia el muchacho y luego hacia el doctor,
reafirmó el buen ánimo en que se sentía. Aquella chica decía con los ojos mucho
más que los demás con la boca. Se dirigió hacia la mesa de operaciones, en la
que ahora estaba trabajando Blake en el masaje cardiaco mientras una de las
enfermeras recién llegadas se cuidaba del respirador que silbaba rítmicamente
mientras los pulmones lo inhalaban y lo expelían. El cuerpo resistiría de este
modo un rato más, pero ya estaban llegando al límite que parecía normal según
las experiencias anteriores.
Blake
alzó la mirada con expresión preocupada.
―No
va muy bien, doctor. Durante los últimos minutos no ha hecho nada por sí solo.
Iba a llamarte. Yo...
Las
últimas palabras se vieron apagadas por un rugido cada vez más potente que
venía de encima de sus cabezas, el sonido característico de los aviones de
despegue y aterrizaje vertical de gran capacidad durante sus maniobras. Ferrel
asintió a la mirada interrogante de Brown, pero no se le ocurrió ponerse a
gritar cuando depositó sus manos sobre las de Blake para efectuar el relevo en
el delicado trabajo de estimular la acción natural del corazón. Mientras Blake
se retiraba, el sonido fue apagándose y el doctor le indicó que saliera con un
gesto de la cabeza.
―Es
mejor que salgas y supervises el transporte del aparato, y llévate a todos los
hombres que puedas reunir para transportarlo, o mejor aún envía a Jones por
ellos. Esta máquina es un modelo experimental y muy incómodo; por lo menos debe
pesar unos noventa kilos o más.
―Yo
mismo lo haré. Jones está ocupado.
El
doctor no notaba bajo su mano el menor síntoma de que el corazón diese algún
latido por su cuenta bajo sus hábiles manipulaciones, aunque estaba poniendo en
ello la máxima habilidad de la que era capaz.
―¿Cuánto
hace del último latido?
―Unos
cuatro minutos. Doctor, ¿queda todavía alguna posibilidad?
―Es
difícil de precisar. A ver qué pasa ahora con la máquina.
El
corazón seguía resistiéndose a moverse, aunque la presión y el movimiento
mantenían la circulación sanguínea y al menos impedían que las células quedaran
privadas de oxígeno y murieran. Con todo cuidado, con toda delicadeza,
transmitió todo su pensamiento a los dedos e intentó notar el más ligero
latido. Quizás en una ocasión creyó encontrarlo, pero no podía asegurarlo. Todo
dependía de lo que tardaran en instalar la máquina y de lo que pudiera
sobrevivir un hombre con la simple manipulación. Sobre esto último aún no había
estadísticas científicas.
Pero
no cabía duda de que una chispa de vida anidaba aún, débil y casi invisible, en
el interior de Jorgenson, mientras en el exterior el infierno puesto en marcha
por el hombre seguía consumiendo los minutos que le separaban de convertirse en
el isótopo de Mahler. Normalmente el doctor era agnóstico, pero en aquel
momento, de modo inconsciente, su mente volvía atrás a la fe simple de la
niñez, y escuchaba a Brown que servía de eco a la plegaria que salía de su
boca. La segundero del reloj todavía dio vueltas y vueltas antes de que oyeran
el sonido de los pies de los hombres por la entrada trasera; mientras, todavía
no había notado ningún latido definitivo de aquel corazón. ¿De cuánto tiempo
disponía para realizar la operación difícil y nada acostumbrada de poner en
funcionamiento el aparato?
Echó
una mirada a un lado para ver si ya se había desprovisto a la máquina de su
envoltorio protector. El doctor Blake y un par de hombres que con toda
seguridad habían llegado en el avión empezaron a trasladar la mole de aspecto
pesado del aparato hasta dejarla colocada junto al cuerpo de Jorgenson.
Otra
mirada a la máquina le mostró el panel de control, que llevaba una innumerable
serie de carretes de inducción y de haces de cable terminados en delgadísimos
filamentos de platino que tenían que insertarse adecuadamente para gobernar el
movimiento del corazón y de los músculos respiratorios de Jorgenson. Todo
estaba cuidadosamente codificado, aunque la complejidad de la máquina casi
asustaba. Sobre la consola había unas cuantas hojas que detallaban los códigos,
y aquí volvía a aparecer, temible, el número de conceptos. Todo aquello tenía
que haberse memorizado con anterioridad, de modo que las hojas sólo fueran
guías para cualquier duda que surgiera, pero el doctor no disponía de tiempo y
tenía que contentarse con un somero estudio. Si se equivocaba en algún punto,
lo único que ocurriría sería que no habría oportunidad de intentarlo de nuevo;
si los datos le traicionaban o sus ojos cansados se oscurecían por un instante,
no quedaría ya ninguna esperanza para Jorgenson, y éste moriría.
11
Aplique
de nuevo el masaje, Brown ―ordenó el doctor―, y manténgalo pase lo que pase.
Muy bien. Dodd, ayúdeme, y esté atenta a mis señas. Si sale bien, ya
descansaremos después.
Se volvió
a la máquina y su precipitada ojeada le mostró que los técnicos ya habían
efectuado las conexiones eléctricas. Los apartó a un lado con brusquedad y puso
en funcionamiento las ondas supersónicas y los rayos ultravioleta... Se había
hecho imposible mantener el teatro de operaciones en el debido estado de
asepsia.
―¡Doctor
Ferrel! ¡Espere un...
Uno
de los hombres que seguramente procedían del avión avanzaba hacia el doctor.
Este no tenía tiempo que perder en instrucciones de última hora. Se volvió
hacia Jorgenson, al tiempo que, presa de los nervios, señalaba a Jones.
―Quite
a esos hombres de en medio. ¡Y empiece a preparar sangre para remplazar la de
Jorgenson cuando se termine!
―No.
Espere un momento, doctor Ferrel ―se escuchó de nuevo al mismo hombre, esta vez
con más insistencia.
El
doctor frunció el ceño al tiempo que trataba de estudiar la primera hoja de
instrucciones.
―Blake,
eche una mano a Jones con estos hombres. Y si insisten en crear problemas,
llame a los guardias. Bien, Brown, muy bien. Preparada, Dodd.
Ferrel
se preguntó, en un rincón de su mente alejado de la acción que en aquel momento
tenía lugar, si iba a poder enorgullecerse de haber sido uno de los mejores
cirujanos del mundo como poco antes había hecho ante Jenkins; en otros tiempos
había sido verdad, lo sabía sin necesidad de acudir a falsas modestias, pero de
aquello hacía mucho, y en la presente ocasión se trataba de otro trabajo
endiabladamente más difícil. Sentía en su interior una chispa de la antigua
fascinación con que Kubelik había hecho su demostración con un perro en la
convención, y sentía que conservaba todavía un buen recuerdo de lo efectuado en
aquella ocasión. Sus manos también parecían hábiles como en los mejores
tiempos. Sin embargo, para ser un gran cirujano era preciso poseer un «algo»
muy especial, y Ferrel desconfiaba de conservarlo todavía.
Luego,
cuando sus dedos empezaron a efectuar los movimientos microscópicos necesarios
y Dodd se convirtió en dos manos suyas más, dejó de preocuparse por todo ello.
Fuera lo que fuese, notaba que surgía de su interior, y que en algún lugar se
convertía en una pura alegría que iba mucho más allá de la urgencia de su
labor. Era probablemente la última ocasión en que lo sentiría, y si la
operación tenía éxito, sería probablemente algo que conservaría con los pocos
tesoros mentales que le quedaban todavía de su antiguo éxito. El hombre que
tenía ante sí dejó de ser Jorgenson, la enfermería, excesivamente llena, se
convirtió de nuevo en el centro principal de operaciones de la misma clínica
Mayo que había producido a Brown y aquella extraña máquina, y sus dedos fueron
otra vez los del Gran Ferrel, el muchacho prodigio de Mayo que cada mañana
realizaba un par de operaciones imposibles antes del desayuno sin que se le
despeinara un solo cabello.
En
parte, sus sentimientos se debían a la propia máquina. Ésta estaba construida a
mano y mostraba señales de haber sido repasada y retocada innumerables veces.
No disponía de cubierta decorativa, ni de simetría que le proporcionara más
adelante un poco de gracia, ni ningún diseño comercial. Enorme, compacta, con
algunas partes en el desorden más absoluto, semejaba más un artilugio de una
cámara de torturas de la inquisición que un prodigio de la ciencia. Pero
funcionaba, él lo había comprobado. En aquella masa ingente de piezas varias se
generaban pequeñas corrientes eléctricas que se modulaban para simular los
impulsos normales de los nervios, que se integraban para producir la
respiración y la circulación que necesitaba el cuerpo; había dispositivos de exploración
que se colocaban sobre ciertos vasos sanguíneos y que comprobaban el porcentaje
de oxígeno y la dilatación de venas y arterias. Tenía también una especie de
cerebro, un complejo calculador que remplazaba las órdenes que debiera dar el
cerebro que ya no estaba en funcionamiento o que no podía enviar los mensajes
adecuados a los órganos que debía controlar.
Los
periódicos se habían referido a él como el «supermarcapasos», pero tal
definición era una estupidez. El marcapasos controlaba sólo el corazón,
induciendo una respuesta en éste. El aparato de Kubelik regulaba al mismo
tiempo el corazón y los pulmones, exigiendo una respuesta. En el caso de
Jorgenson, un marcapasos normal no hubiera servido de nada.
El
excitador era el producto de una combinación genial de la medicina y la
electrónica. Sin embargo, pese a lo maravilloso que resultaba, tan sólo
representaba algo secundario en comparación con la técnica desarrollada por
Kubelik para seleccionar y conectar únicamente aquellos nervios y haces
nerviosos que resultaban necesarios, y que abría grandes posibilidades
quirúrgicas para lo que a priori se podía considerar un imposible. Y en aquel
momento, con el esfuerzo que representaba seguir el código que Kubelik debía
conocer, con toda certeza, de carrerilla, Ferrel trataba de duplicar la
tremenda tarea desarrollada por otro hombre.
Brown
le interrumpió, y tal interrupción en mitad de aquella operación tan delicada
indicaba con toda claridad la tensión bajo la que se encontraba.
―El
corazón acaba de emitir un latido, doctor.
Ferrel
asintió sin que la interrupción le molestara. Las palabras, que a algunos
cirujanos tanto molestaban, eran algo habitual entre su reducido equipo, y
Ferrel siempre disponía de una parte de su mente reservada para ellas, mientras
el resto de su atención seguía en su trabajo sin desviarse un ápice.
―Bien.
Eso significa que disponemos del doble de tiempo del que creíamos.
Sus
manos siguieron trabajando en primer lugar en el corazón, que era lo que más
peligro ofrecía. Se preguntó si la máquina funcionaría en Jorgenson. El curare
y la radiactividad que se enfrentaban en el cuerpo de aquel hombre resultaban
una combinación muy extraña. La máquina tenía que controlar los nervios
cercanos al órgano vital y enviar su mensaje a los músculos, mientras que el
curare ejercía una acción muy complicada de paralización de los nervios y de
bloqueo de los impulsos nerviosos procedentes del cerebro. ¿Sería capaz la
máquina de superar aquel bloqueo químico y transmitir los impulsos nerviosos al
corazón? Era posible, pues se podía graduar la potencia de tales impulsos. El
único modo de saberlo a ciencia cierta era probarlo.
Brown
retiró la mano del corazón y se quedó contemplándolo con expresión atónita.
―¡Late,
doctor Ferrel! ¡Late por sí solo!
Ferrel
asintió otra vez, aunque la mascarilla ocultó la sonrisa que distendía sus
labios. Su técnica quirúrgica no le había fallado.
¡Había
realizado correctamente la operación con una única experiencia previa sobre un
perro! ¡Todavía existía algo del Gran Ferrel! Inmediatamente controló el estado
eufórico en que se encontraba y volvió a la normalidad, aunque en lo más hondo
de su ser siguió presente su estado de exaltación, y centró todas sus energías
en el problema más grave que se le presentaría a continuación a Jorgenson; en
aquel momento parecía haber al menos algunas posibilidades, aunque el doctor
prefería no hacerse ilusiones todavía sobre el estado en que pudiera quedar el
paciente cuando fuera revivido.
El
problema de conectar los músculos respiratorios a la máquina para su control
era una tarea que requería menos esfuerzo pero que llevaba más tiempo. Durante
aquella parte de la operación Brown dio muestras de su valía; parecía que casi
le leía el pensamiento, que sabía con antelación lo que iba a necesitar, que
tenía el cerebro sincronizado totalmente con las manos del doctor. Cuando por
fin los pulmones empezaron a moverse por sí solos, ambos tenían casi la certeza
de que sería así. El doctor movió la cabeza en gesto de satisfacción y empezó a
conectar los sensores que se harían cargo de todo lo necesario y que
controlarían la operación desde la máquina, que ya estaba totalmente ajustada,
siguiendo probablemente las instrucciones del asistente de Kubelik, que se
había mostrado en todo momento un magnífico colaborador.
Los
detalles que restaban se ultimaron pronto. Ferrel le indicó a Blake que se
hiciera cargo de las suturas y el trabajo final. A continuación observó las
constantes vitales hasta asegurarse de que podría quitar la mascarilla de
oxígeno del rostro de Jorgenson sin peligro, hizo unos ligeros ajustes finales
en los controles de la máquina y por último se echó atrás, se quitó la
mascarilla estéril y se despojó de los guantes.
―¡Felicidades,
doctor Ferrel! ―dijo la voz que había intervenido antes de la operación, en un
tono gutural y extraño―. Una operación verdaderamente espléndida, magnífica.
Estuve a punto de detenerle pero me alegro de no haberlo hecho; ha sido un
placer observarle, señor.
Ferrel
levantó la mirada sorprendido hacia el rostro barbado y sonriente del hombre
que le interrumpiera al principio de la delicada intervención, y de repente se
dio cuenta de que era el propio Kubelik en persona. Empezó a murmurar unas
palabras de excusa por no haber reconocido antes al famoso cirujano, pero
Kubelik no dio muestras de esperar que le ofreciera explicaciones, sino que le
palmeó la espalda con toda vehemencia.
―Sí,
ya ve. Vine yo mismo; no tenía confianza en que nadie más que yo supiera hacer
funcionar ese aparato de forma adecuada, y por fortuna me encontraba en el
aeropuerto. Ahora, aquí, cuando me ha echado a un lado antes de poder ofrecerle
mi colaboración, he visto que no había tiempo para discusiones. Además, parecía
usted tan seguro, se le notaba con tal confianza... Me he quedado quieto en un
rincón, maldiciéndome a mí mismo. Ahora ya me puedo ir, puesto que ya no me
necesita para nada; y me voy enormemente satisfecho de haberle visto actuar...
No, no me diga nada. No destruya el milagro que acaba de realizar con una frase
bonita. El avión me espera, señor, pero queda para siempre mi admiración hacia
usted.
Ferrel
todavía seguía con la vista fija en sus manos cuando el aire fue cortado por el
rugido del avión al despegar. Luego observó el cuerpo que de nuevo volvía a
respirar y la yugular que latía con regularidad. Aquello era todo lo que
necesitaba; había sido admirado por Kubelik, aquel hombre que creía que todos
los demás cirujanos eran estúpidos y bobos de remate. Durante apenas un segundo
apreció aquellas palabras como un tesoro, pero casi de inmediato le quitó
importancia al asunto.
―Ahora
―les dijo a los demás, al tiempo que notaba sobre sus hombros la fatiga
acumulada tras todos aquellos acontecimientos de las últimas veinticuatro
horas― lo único que nos resta es esperar que el cerebro de Jorgenson no se haya
visto afectado por las horas que pasó dentro del convertidor o por el rato que
ha permanecido con la vida mantenida artificialmente. Luego intentaremos
ponerle en condiciones de que pueda hablar antes de que sea demasiado tarde.
¡Que Dios nos dé tiempo! Blake, tú ya sabes lo que hay que hacer tan bien como
yo mismo y no podemos estar ambos dedicados al mismo asunto. Hazte cargo de
todo con las enfermeras que estén más descansadas y dedícate sobre todo a
Jorgenson. A los demás que están repartidos por salas y pasillos dales lo mínimo
que necesiten. ¿Ha llegado alguno más?
―Desde
hace rato, no; creo que ya no han dado con más cuerpos ―dijo Brown.
―Así
lo espero. En ese caso, doctora, váyase a buscar a Jenkins y descansen donde
les parezca, Dodd y Meyers, ustedes también. Blake, despiértanos dentro de tres
horas. Hasta entonces no son de esperar nuevos sucesos, y ahorraremos tiempo
luego si dormimos un poco. ¡Atento sobre todo a Jorgenson!
El
viejo sillón de cuero le sirvió de cama y, a pesar de lo fatigado que se
encontraba, apenas pudo sacar provecho de aquellas tres horas de descanso,
aunque puso toda su voluntad en lograrlo. Se preguntó ociosamente qué pensaría
Palmer de sus medidas de seguridad tan celosas si se enterara de que Kubelik
había entrado y salido con tanta facilidad de la planta. No era que le
importara mucho, pues le parecía que no debía haber casi nadie que quisiera
acercarse siquiera a las instalaciones.
Al
parecer, en esto último estaba totalmente equivocado. Habían pasado mucho menos
de las tres horas cuando le despertó el rugido de un avión de despegue y
aterrizaje vertical que tomaba tierra donde lo había hecho el anterior. Sin
embargo, el sueño pudo a la curiosidad. Su mente se nubló de nuevo y volvió a
caer en la inconsciencia. A continuación otro ruido rasgó el aire y le hizo
salir de la modorra. Era el prolongado tableteo de una ametralladora que
provenía de la puerta de entrada de la planta. Hubo una pausa y otra ráfaga; un
vago recuerdo entre su dormida conciencia le indicó que los disparos habían
empezado antes de que el avión tomara tierra, por lo que no era posible que
fuera éste el objetivo. Nuevos problemas a la vista, pensó, y aunque no parecía
ser un asunto que le concerniera no pudo volver a dormirse. Se levantó y se
dirigió al quirófano en el mismo momento en que un hombrecito de aspecto
fantasmal irrumpía por la puerta trasera de la enfermería.
El
individuo se dirigió directamente a Ferrel tras lanzar una mirada timorata a
Blake, y balbució unas palabras con un sorprendente tono ceremonial que pudiera
parecer divertido, pero que no llegaba a serlo por un estrecho margen; bajo la
superficie de sus palabras asomaba una sensación de sinceridad innegable.
―¿Doctor
Ferrel? Bueno..., el doctor Kubelik, de Mayo, nos informó que estaba usted
falto de personal y de medios, que sus pacientes se amontonaban por todas
partes. Venimos algunos voluntarios: yo, otros cuatro médicos y nueve
enfermeras. Probablemente debimos consultar antes con usted, pero no hubo
manera de comunicar por teléfono. Nos hemos tomado la libertad de acudir
directamente con toda rapidez. Traemos todo el material disponible y lo tenemos
en el avión. Ahora lo están descargando.
Ferrel
se acercó a la ventana y observó que habían bajado la rampa de cola del avión y
que por allí empezaba a aparecer el equipo médico y el material. Se reprendió a
sí mismo por no haber pedido ayuda cuando llamó a Mayo en busca del excitador,
pero se había acostumbrado desde hacía tanto tiempo a trabajar con su reducido
equipo que acaso había olvidado la pronta respuesta que los miembros de su
profesión le podían brindar en ocasiones como aquella.
―¿Saben
ustedes lo que se arriesgan al venir aquí? En ese caso, se lo agradezco mucho a
todos ustedes y al doctor Kubelik. Tenemos por aquí unos cuarenta pacientes,
todos los cuales requieren una considerable atención, aunque francamente dudo
de que dispongamos de espacio suficiente para que puedan trabajar.
El
hombrecito levantó el pulgar de un tirón.
―No
se preocupe por eso. Cuando Kubelik interviene, lo hace a fondo. Traemos con
nosotros todo lo necesario, prácticamente todo el material de un hospital
atómico, aunque es posible que tengamos que instalarnos en otro lugar.
Disponemos incluso de un hospital de campaña y de salas portátiles para todos
los pacientes que pueda usted tener. ¿Prefiere usted que trabajemos aquí dentro
o que traslademos a los pacientes al hospital de campaña y le dejemos este
edificio a su equipo? ¡Ah! Kubelik le envía sus respetos, lo que es algo raro
en él.
Kubelik,
por lo visto, tenía una idea muy tangible de lo que eran los respetos, y los
expresaba de un modo ciertamente espectacular; si era él quien dirigía aquella
fuerza voluntaria, lo extraño era que no estuviera ya todo dispuesto para
trabajar.
―Creo
que es preferible que yo me quede en este edificio ―decidió Ferrel―. Los que
están por las salas recibirán mejores cuidados en su hospital portátil, y los
que están por los pasillos también; aquí estamos magníficamente dotados para
trabajos de emergencia, pero no acostumbramos tener a los pacientes durante
mucho tiempo, por lo que no hay ninguna comodidad para tratamientos largos. El
doctor Blake les acompañará y les ayudará en todo lo que pueda, además de
aleccionarles sobre la rutina que seguimos aquí. También les conseguirá ayuda
para montar el hospital de campaña. Una cosa más: ¿ha escuchado usted la
conmoción de la entrada a la central cuando aterrizaban ustedes?
―Sí,
perfectamente. Lo vimos todo: había un grupo de hombres de uniforme que
disparaban ametralladoras, aunque apuntando al suelo. También había otros
grupos de gente retirándose de la entrada con los puños levantados. Esperábamos
un recibimiento parecido, pero, al parecer, no nos han hecho ningún caso.
Blake
pegó un bufido, medio divertido.
―Seguramente
les hubieran disparado si nuestro gerente no hubiera olvidado dar órdenes para
repeler también cualquier intento de aproximación a la central por el aire;
deben haber creído que se trataba de un asunto oficial ―le hizo un gesto al
hombrecito para que se le aproximara y volvió la cabeza para dirigirse a Brown
por encima de su hombro―. Querida, enséñele a Ferrel los resultados mientras
estoy fuera.
Ferrel
se olvidó de su nuevo recluta y se abalanzó sobre la muchacha.
―¿Algo
va mal?
Sue
no hizo ningún comentario, pero asió un escudo protector de plomo y lo colocó
sobre el pecho de Jorgenson para suprimir toda la radiación de la parte de
abajo del cuerpo del ingeniero, y luego aplicó el contador de radiación sobre
la garganta del paciente. El doctor echó una mirada, y no fue necesario más.
Estaba claro que Blake ya había hecho todo lo posible por extraer la
radiactividad de todas las partes del cuerpo que resultaban necesarias para
hablar, con la esperanza de poder mantener las demás a un nivel aceptable y
bloquearlas mediante anestesia local; por último, contaba con que el curare
contrarrestara mientras fuera necesario los efectos de la radiación;
evidentemente, Blake se había equivocado. No tenía ningún sentido tomarse el
trabajo de neutralizar el efecto de la droga sólo para mantener bajo control la
radiactividad que todavía seguía presente. El material radiactivo se había
dispersado demasiado para intentar extraerlo mediante cirugía. ¿Qué se podía
hacer entonces? El doctor no halló respuesta a su propia pregunta.
La
nervuda mano de Jenkins le quitó el indicador de la mano para leerlo. Cuando el
doctor levantó la cabeza, el muchacho, sorprendido, ya fruncía el ceño con
preocupación. La cara de Ferrel no se movió, y Jenkins asintió gravemente.
―Sí.
Ya me lo había figurado. Y eso que lo que usted hizo fue un trabajo excelente,
pero Jorgenson estaba demasiado mal. Estuve observando la operación desde la
puerta y casi me convencí de que tenía posibilidades de recuperación por el
modo en que se comportó usted. Sin embargo... Tendremos que hacerlo todo sin
él; y Hokusai y Palmer no tienen casi ninguna experiencia práctica de lo que
hay que hacer. ¿Quiere venir a mi despacho, doctor? No hay nada que podamos
hacer aquí.
Ferrel
siguió a Jenkins a su pequeño despacho y cruzaron la sala de espera, ahora
vacía. Por lo que veía, los recién llegados trabajaban a toda velocidad.
―¿Así
que no has dormido nada, eh? ¿Y Hokusai, cómo está?
―Está
ahí fuera, con Palmer; si le sirve de algo, le diré que me ha prometido
portarse bien... Es un tipo agradable, ese Hokusai; ya me había olvidado de lo
que era hablar con un ingeniero atómico sin que se riera de mí. Y Palmer
también. Me gustaría...
La
cara del muchacho se iluminó un segundo con el primer indicio de orgullo que el
doctor notaba desde que lo conocía. Luego, Jenkins se encogió de hombros y su
expresión se desvaneció en su habitual mueca, mejillas tensas y ojos
enrojecidos.
―Hemos
realizado la parte más difícil, pero no se han acabado los problemas.
La
voz de Hokusai venía de la puerta; el hombrecito entró en el despacho y se
sentó con sumo cuidado en una de las tres sillas.
―No,
no se han terminado. Están más bien a punto de explotar. ¿Y Jorgenson?
―Todavía
nada. ¿Qué ha sucedido?
Hokusai
abrió los brazos y mantuvo los ojos cerrados.
―Nada.
Ya sabíamos que no iba a dar resultado, ¿no es cierto? Pronto vendrá el señor
Palmer y trazaremos nuevos planes. Creo que sería mejor salir de aquí. Palmer y
yo somos principalmente teóricos y, perdóneme doctor Jenkins, también usted lo
es. Jorgenson tenía a su cargo la producción. Sin Jorgenson, no hay nada que
hacer.
En
su interior, Ferrel estaba de acuerdo en lo de salir de allí, y rápido. Sin
embargo, comprendía el punto de vista de Palmer; rendirse no era su
especialidad. Además, en el caso de que la planta volara finalmente por los
aires, con el consiguiente peligro para un área todavía no determinada, los
grupos de presión gozarían de una oportunidad dorada para sus fines. Incluso
estarían en posición de forzar al comité senatorial a ir más allá de lo
previsto en el proyecto de ley que se tenía que discutir, y obligar al traslado
de todas las centrales a lugares donde no se pudiera persuadir a los obreros a
ir a trabajar; eso sería el triunfo total de la banda de chiflados que se
empezaban en terminar con toda posibilidad de progreso en la ciencia atómica;
en cambio, si por algún golpe de suerte se conseguía que la planta quedara
controlada sin que se registraran mayores pérdidas en vidas o propiedades de
las ya lamentadas, Palmer lograría demostrar que la manipulación de los
elementos y productos atómicos podía llevarse a cabo con total seguridad, y los
beneficios que los productos de la National reportarían al país volverían a
imponerse a las voces discrepantes y a todos los demás riesgos. Sin embargo...
―¿Qué
pasaría si explotara ese material? ―preguntó.
Jenkins
se encogió de hombros y se mordió el labio inferior mientras se volcaba sobre
el escritorio cubierto por los símbolos garabateados de los cálculos atómicos.
―Nadie
lo puede decir. Suponga que tres millones de toneladas de ese último explosivo
del ejército explotaran en una billonésima de segundo. En estado normal, ese
material atómico arde como el fuego, lenta y tranquilamente, dando a sus gases
todo el tiempo del mundo para que se vayan desparramando de un modo ordenado.
Se pueden realizar varios cálculos; según uno, el de que explota todo en el
mismo momento, nos dará que el material ahí acumulado produciría un agujero que
abriría el continente desde la bahía de Hudson hasta el golfo de México, y
convertiría todo lo que es el Medio Oeste en un precioso mar. Según el otro,
sólo arrasaría la vida en un radio de setenta y cinco kilómetros a la redonda.
Podemos calcular basándonos en estos dos extremos. Esto no es una bomba de
hidrógeno, ¿se da cuenta?
El
doctor se estremeció. Se había imaginado la central por los aires, e incluso
algunos edificios de las cercanías arrasados, pero no algo así. No había sido
para él sino un asunto meramente local, pero aquella descripción no cuadraba
con sus previsiones. Ahora no le extrañaba que Jenkins se encontrase en aquel
estado de tensión; no se trataba de que tuviera una imaginación desbordante,
sino de que había dado muestra de gran dominio de sí mismo. El muchacho tenía
un conocimiento descarnado y frío de lo que podía suceder. Ferrel miró sus
rostros volcados sobre los símbolos, y decidió dejarles a solas mientras
efectuaban los cálculos y los comprobaban una y otra vez para descubrir alguna
rendija en el proceso.
Al
parecer, el problema era insoluble si no se contaba con Jorgenson, y éste era
responsabilidad suya; si la planta podía sobrevivir, él era quien tenía que
proporcionar al hombre indispensable. Sin embargo, aparentemente no había
solución alguna. Si hubiera ayudado en algo, habría abierto un canal de
comunicación entre el cerebro y los órganos de fonación, atando fuertemente el
resto del cuerpo y bloqueando todos los nervios situados por debajo del cuello,
e incluso utilizando una laringe artificial en lugar de la vibración normal por
las cuerdas vocales. Sin embargo, el indicador mostraba claramente la futilidad
de tal esfuerzo; no habría modo de hacer pasar los impulsos cerebrales por la
cantidad de material radiactivo que los deformarían. Además, tampoco podía dar
por seguro que el propio cerebro no estuviera afectado.
Por
fortuna para Jorgenson, la materia radiactiva se encontraba finamente repartida
por toda la cabeza, y en ningún lugar había la concentración suficiente como
para resultar destructivo en exceso para su cerebro; sin embargo, aquella misma
buena fortuna era un inconveniente pues según la medicina no había modo de
eliminar tal radiactividad. Ni siquiera tenían la esperanza de algo tan simple
como que Jorgenson leyera las preguntas y las contestara mediante pestañeos.
¡Los
nervios! Los de Jorgenson estaban controlados, pero Ferrel se preguntaba si los
de todos los demás no se encontraban en un estado tan deprimente como los del
gigantón. Era posible que en algún punto de su interior hubiera alguna solución
que no se manifestaba, del mismo modo que los nervios de todos los que se
hallaban en la planta estaban atenazados por un temor y una presión que les
resultaba imposible dominar. Jenkins, Palmer o Hokusai, cada uno de ellos podía
lograr la solución ―en el plano puramente teórico―, pero la necesidad imperiosa
de hallarla podía ser lo que la ocultara. Y con el tratamiento de Jorgenson
debía estar pasando lo mismo. Aunque había intentado relajarse y dejar que su
mente vagara de una cosa a otra sin ninguna coacción, para ver si así se
serenaba, la necesidad de hacer algo, y de hacerlo inmediatamente, volvía una y
otra vez a primer plano.
Ferrel
oyó a su espalda unos pasos fatigados y al volverse se encontró con Palmer que
entraba por la puerta principal. No había ninguna razón para que el gerente
penetrara en el quirófano, pero aquel tipo de detalles ya se había descuidado
desde hacía mucho rato...
―¿Y
Jorgenson? ―preguntó de entrada con su tono habitual. La cara del doctor le
respondió sin palabras que no había novedades―. ¿Están ahí dentro todavía
Hokusai y Jenkins?
El
doctor asintió y se dirigió tras Palmer al despacho de Jenkins; era inútil,
pero todavía creían que si se llenaban la cabeza con otros temas quizá
descubrirían algo que se les hubiera pasado por alto en su tarea específica.
Además, en el doctor funcionaba todavía la curiosidad, las ansias de saber qué
estaba sucediendo. Se sentó en la silla que quedaba libre y Palmer lo hizo en
una esquina del escritorio.
―¿Conoce
a algún médium de confianza, Jenkins? ―preguntó el gerente―. Porque si es así,
estoy dispuesto a evocar el espíritu de Kellar, que era el número uno de la
ciencia atómica y que tuvo que morir antes de que apareciera ese maldito
isótopo R, abandonándonos sin que dispusiéramos de una buena pista sobre cuándo
se nos puede escapar el problema de las manos. ¿Bueno, qué sucede?
El
rostro de Jenkins estaba tenso, y su cuerpo se apoyaba rígido en la silla, pero
movió la cabeza al tiempo que una mueca extraña aparecía en sus labios.
―Nada.
Los nervios, supongo. Hokusai y yo hemos determinado más o menos el tiempo que
tardará todo esto en saltar. No lo sabemos con total exactitud, pero por las
informaciones que poseemos y la teoría general que ya existía, creemos que la
explosión se producirá dentro de un período entre seis y treinta horas; lo más
seguro es que sean unas diez.
―Sí,
no puede tardar mucho más. ¡Ya están obligando a salir a los hombres que están
allí dentro! Ni siquiera los tanques pueden colocarse en los lugares óptimos,
así que estamos utilizando el edificio protector del número Tres como cuartel
general; quizá dentro de media hora no nos podamos acercar ni siquiera ahí. Los
indicadores de radiación ya no pueden medirla, y se está esparciendo por todas
partes casi constantemente. Hace un calor terrible; ha subido a alrededor de
trescientos grados y por ahora se mantiene ahí, pero es una temperatura lo
bastante alta para calentar demasiado incluso el número Tres.
El
doctor levantó la mirada.
―¿El
número Tres?
―Sí.
A ese convertidor no le ha sucedido nada; realizó todo el proceso como estaba
previsto y nos ha proporcionado una buena cantidad de I―713 ―Palmer sacó un
cigarrillo, advirtió que tenía otro en los labios y arrojó el paquete sobre el
escritorio―. Es un dato significativo, doctor; si es que salimos de ésta
dispondremos de datos para saber qué fue lo que hizo reaccionar así al
convertidor número Cuatro... ¡Si es que salimos de ésta! ¿Hay alguna
posibilidad de hacer encajar esos factores variables, Hokusai?
Hokusai
hizo un gesto de negación con la cabeza y fue de nuevo Jenkins el que contestó
siguiendo las anotaciones.
―No,
ninguna. En teoría, por lo menos, el isótopo R necesita un período que varía
entre doce y setenta horas antes de convertirse en el isótopo de Mahler,
depende de qué cadenas o subcadenas utilice para dar ese paso; todas ellas
parecen igualmente buenas, y es posible que se estén dando todas en este
momento, depende de la absorción de neutrones por el material que los rodea, de
la concentración y cantidad de isótopo R que se amontone, e incluso de las
temperaturas altas o bajas que influyan en la masa y que incidan en su
actividad. Es una de esas variables, pero no hay modo de saber cuál.
―Si
pudiéramos dividir la masa en porciones microscópicas... ―añadió Hokusai.
―Sería
fabuloso, pero hay demasiada masa, y no la podríamos deshacer en porciones lo
bastante pequeñas para que resultara segura y no esparciera su energía como una
lluvia de radiactividad. En el instante en que una partícula de esta masa se
convierta en el isótopo de Mahler, estallará con la suficiente fuerza para
hacer que otra partícula acelere su proceso y se convierta en lo mismo, y así
puede proseguir tal reacción a una velocidad cercana a la de la luz. Si
pudiéramos encontrar un catalizador que hiciera que primero explotaran unos,
luego otros, al cabo de unos instantes, etcétera, sería fantástico... Sólo que
no podemos hacerlo a menos que nos aseguremos de aislar partículas no
superiores a la décima de gramo y así hasta deshacer toda la masa. Y en el caso
de que nos decidamos a empezar con este sistema, estaremos expuestos a que en
cualquier momento una partícula explote y se inicie el infierno; si contamos
con que las cadenas más cortas no pueden convertirse en isótopos Mahler,
podemos eliminarlas, pero de cualquier modo no podemos ir cortando milímetro a
milímetro toda la masa ardiente que hay ahí. ¡Sería demasiado arriesgado!
Ferrel
conocía vagamente la existencia de cosas como las variables, pero la teoría en
que se basaban era demasiado reciente y compleja para él; había aprendido lo
poco que sabía cuando los productos radiactivos iban generalmente desde el
radio al plomo y tenían una vida media fija y definida; no tenía idea de los
átomos superpesados que se usaban en aquellos días y que podían recorrer siete
caminos diferentes para dar como resultado lo mismo. Se lo habían explicado,
pero si ya resultaba complejo hablar de las corazas extras de electrones, mucho
peor era lo de los escudos; los ingenieros hablaban de núcleos dobles, cadenas
mesónicas y un montón de cosas parecidas, y luego volvían a estudiarlas y
negaban que nada de lo anteriormente dicho fuera verdad. En una ocasión había
creído entender algo a dos ingenieros que hablaban de bonos fraccionados, pero
al final resultó que cada bono ―fuera lo que fuese― se consideraba en términos
cuánticos, y por tanto era indivisible. Hokusai y Jenkins parecían convertir
todas las anteriores conversaciones que Ferrel había escuchado en balbuceos de
párvulos.
No
entendía nada. Así pues, se levantó y se dirigió de nuevo a donde se encontraba
Jorgenson. La voz de Palmer le hizo detenerse.
―Lo
sabía, claro, pero esperaba estar equivocado. En ese caso, voy a ordenar la
evacuación. No vale la pena que sigamos preocupándonos más. Llamaré al
gobernador e intentaré que limpie la zona alrededor de la central. Hokusai,
diles a los hombres que se larguen de aquí. Sólo necesitábamos una buena
cantidad de isótopo que contrarresta los efectos del isótopo R y no hay ninguna
posibilidad de tenerla. Antes no tenía ningún sentido fabricar miles de kilos
de I―631. En fin...
Se
dirigió al teléfono, pero Ferrel se le interpuso.
―¿Y
los que tengo en las camillas? Van cargados de radiactividad, y la mayoría
tiene más de un gramo distribuido por su cuerpo. Están en la misma situación
que el convertidor, pero no podemos dejarlos aquí y abandonarlos.
El
silencio cayó sobre la sala, hasta que Jenkins lo rompió con un susurro casi
inaudible.
―¡Dios
mío! Qué estúpidos somos. Llevamos horas hablando del I―631 y no había caído.
¡Y ahora casi se me pasa por alto la clave mientras vosotros dos me dabais
todas las pistas!
―¿El
I―631? Pero no hay suficiente. Sólo diez o doce kilos, menos quizá ―dijo
Hokusai―. Tardaríamos tres días y medio en producir más. No haremos nada con lo
poco que tenemos, doctor Jenkins. Ya lo hemos descartado.
Hokusai
aplicó una cerilla a una de las hojas garabateadas, le echó una gota de tinta y
siguió viéndola arder durante unos instantes, después de lo cual la dejó caer.
―Es
algo parecido. Una gota de agua para detener un incendio forestal. ¡Imposible!
―Se
equivoca, Hokusai. Es una gota que pone en marcha una palanca que puede
convertirse en una esperanza real, si todo va bien. Mire, doctor Ferrel, el
I―631 es un isótopo que reacciona a nivel atómico con el R, lo cual ya está
comprobado. Simplemente se mezclan en la masa y se convierten en elementos no
radiactivos con una pequeña pérdida de calor. Es una de tantas reacciones
atómicas, pero ésta es de las del tipo no violento. Simplemente se limitan a
intercambiarse partículas de un modo pacífico y dan como resultado átomos más
simples que resultan estables. Tenemos a mano unos cuantos kilos, y no podemos
fabricar más a tiempo de auxiliar al número Cuatro, pero tenemos suficientes
para tratar a todos los pacientes de la enfermería, incluido Jorgenson.
―¿Cuánto
calor desprende? ―el doctor despertaba de su letargo con el meticuloso
pensamiento de un buen médico―. Aunque sea referido a aplicación atómica ¿lo
podrá soportar el cuerpo humano?
Hokusai
y Palmer casi empujaban el lápiz que Jenkins empuñaba para realizar los
cálculos.
―Digamos
cinco gramos para Jorgenson, para no pasarnos, y un poco menos en los demás...
Tiempo para la reacción... Bueno, aquí tiene el calor total desprendido y el
tiempo probable que tardará en producirse la reacción en el cuerpo humano. El
isótopo es soluble en agua y lo podremos aplicar con el cloruro, así que no hay
problema en cuanto a la dispersión. ¿Qué le sale, doctor Ferrel?
―Así
por encima calculo que la subida de la temperatura puede ser de quince a
dieciocho grados. ¡Malo!
―Sí,
es demasiado. Jorgenson no soportaría un aumento de más de diez grados en su
estado actual. ―Jenkins frunció el ceño ante las cifras, al tiempo que con la
mano daba nerviosos golpecitos sobre la mesa.
El
doctor agitó la cabeza en una expresiva negación.
―No,
no es demasiado. Podemos hacer bajar la temperatura de su cuerpo a veintiocho
grados con un baño hipotérmico y luego puede subir incluso por encima de los
cuarenta, si es necesario, sin peligro alguno. Gracias a Dios, disponemos del
equipo para hacerlo. Si nos hacemos con el equipo de refrigeración de la
cafetería e improvisamos unos baños, los médicos voluntarios del hospital de
campaña pueden empezar con los demás mientras nosotros nos cuidamos de
Jorgenson. Así, al menos, salvaremos a los hombres si es que la planta resulta
destruida.
Palmer
se quedó mirándolos con la cara perpleja antes de saltar como galvanizado.
―¿Unidades
de refrigeración... voluntarios... hospital de campaña? ¿Qué...? Está bien,
doctor. ¿Qué quieres exactamente?
Se
lanzó al teléfono y empezó a impartir órdenes para que se enviara el I―631
disponible al quirófano, para que se efectuara el traslado del equipo de la
cafetería y para unas cuantas cosas más que le iba apuntando Ferrel. Jenkins
había salido ya a dar instrucciones parecidas a los médicos recién llegados,
pero se presentó de vuelta en el quirófano antes incluso de que Palmer, Ferrel
y el japonés Hokusai en su silla de ruedas llegaran allí.
―Blake
está a cargo de todo ahí dentro ―anunció el muchacho―. Dice que si quiere a
Dodd, Meyers, Jones o Sue, las encontrará ahí durmiendo.
―No
será necesario. Vosotros ―dijo, dirigiéndose a Hokusai y Palmer―, quedaos por
ahí, fuera del paso, si queréis ver cómo va.
Al
tiempo que decía esto, Jenkins empezaba a conectar las unidades de
refrigeración y el baño a la cama en que reposaba Jorgenson. El doctor Ferrel
siguió dando instrucciones:
―Prepara
la sangre, Jenkins. Le vamos a enfriar hasta donde podamos sin amenazar su
seguridad. Tendremos que registrar permanentemente la temperatura y regular los
impulsos cardiacos y respiratorios a lo normal en tales condiciones. Por lo que
sé, Kubelik debe haber puesto reguladores en alguna parte de ese aparato, pero
no sé dónde. Sea como sea, en este momento Jorgenson se está manteniendo por sí
mismo.
―Vale
más que recemos ―añadió Jenkins.
Irrumpió
en la sala un hombre con la caja que contenía el isótopo, y el muchacho se la
arrebató de las manos antes de que el mensajero hubiera terminado de cruzar el
dintel. A continuación preparó una solución, midiendo cuidadosamente el polvo
blanquecino y la cantidad de agua necesaria, sin que la tensión restara
perfección a sus movimientos, casi automáticos.
―Doctor,
si esto no funciona, si Jorgenson ha sufrido daños irreversibles en el cerebro,
creo que va a tener que cuidarse de un caso más de locura: el mío. Una
esperanza falsa más terminará conmigo.
―No
serás el único. ¡Los cuatro nos derrumbaremos! Estamos todos metidos en lo
mismo. La temperatura está descendiendo muy bien; voy un poco demasiado rápido
pero no hay peligro. Estamos ya en treinta y cuatro.
El
termómetro de lectura por control remoto que había insertado en el recto de
Jorgenson era especial para el trabajo de crioterapia y daba una respuesta
inmediata, en lugar del lento proceso de los termómetros normales para medir la
fiebre. Poco a poco, con una lentitud exasperante, la aguja descendía a treinta
y dos, y seguía bajando. El doctor tenía clavada en ella los ojos, al tiempo
que iba reduciendo el pulso y la respiración a la velocidad adecuada. Había
perdido ya la cuenta de las veces que había tenido que obligar a Palmer a
echarse atrás, hasta que por fin dejó de intentarlo.
Mientras
esperaban, se preguntó cómo les iría a los del hospital de campaña. Ellos
todavía disponían de un amplio margen de tiempo para efectuar los arreglos
pertinentes en el equipo criogénico y tratar a los hombres por grupos. Les
quedaban por lo menos unas diez horas, y además la hipotermia era ya algo
normal que se realizaba en todas partes. El único caso que resultaba
verdaderamente urgente era el de Jorgenson. La temperatura seguía bajando con
mucha rapidez, aunque para el doctor tardara siglos. Finalmente llegó a
veintisiete grados.
―Listo,
Jenkins. Inyecta. ¿Vale así?
―No.
Creo que será suficiente, pero tengo que ir despacio para equilibrarlo
adecuadamente. Demasiado de esto puede ser tan malo como de lo otro. ¿Sube ya
la temperatura, doctor?
En
efecto, y mucho más deprisa de lo que Ferrel hubiera deseado. Al penetrar el
líquido en las venas y dispersarse por los imperceptibles depósitos de
radiactividad, la aguja empezó a subir, pasó los treinta, los treinta y
cinco... Al llegar a treinta y siete dejó de subir y poco a poco empezó a bajar
de nuevo mientras el baño criogénico absorbía de las células corporales el
calor de la radiación. El contador de radiactividad registraba todavía la
presencia de isótopo R, aunque ya mucho más débilmente.
La
siguiente inyección fue más pequeña, y la tercera todavía más.
―Ya
casi está ―comentó Ferrel―. Con la próxima lo habremos logrado.
Habían
tenido que utilizar varias inyecciones, lo que les había permitido no tener que
someter el cuerpo de Jorgenson a una temperatura demasiado baja, aunque todavía
seguía siendo un poco arriesgado. Finalmente, cuando la última gota minúscula
de la solución de I―631 hubo entrado en las venas del ingeniero y se dio por
terminado el trabajo, el doctor Ferrel hizo un gesto con la cabeza:
―No
queda signo alguno de actividad. Acabo de cortar la refrigeración y el cuerpo
ha subido a treinta y ocho, y todavía va a subir un poquito más enseguida. Pero
estará listo para cuando podamos contrarrestar el efecto del curare, que será
dentro de unos treinta minutos. ¿Palmer?
El
gerente asintió, les observó desmantelar el equipo hipotérmico y se quedó a
presenciar la rutina de eliminar los efectos del curare. Era algo que costaba
más tiempo que su aplicación, pero una parte de la tarea era realizada por los
propios procesos corporales del paciente, y éste terminó descansando tranquila
y normalmente. Por fortuna no se les había ocurrido utilizar paramorfina, pues
ésta resultaba mucho más lenta y difícil de eliminar.
―Llamada
para el señor Palmer. Señor Palmer, acuda al teléfono.
La
voz de la telefonista carecía de su habitual y artificiosa exactitud, y parecía
una salmodia nerviosa. Se la veía atenazada, cosa anormal en aquella cara,
generalmente inexpresiva.
―Se
requiere al teléfono al señor Palmer.
―Aquí
Palmer. ―El gerente asió el primer teléfono que encontró a mano; no disponía de
pantalla y no tenía ninguna indicación de quién era el que llamaba, pero Ferrel
advirtió que la tenue esperanza que había aparecido en la cara del ejecutivo
tras la recuperación de Jorgenson volvía a desaparecer bajo una expresión de
desasosiego―. ¡Compruébenlo! Salgan de ahí y prepárense para evacuar, pero
sigan en sus puestos hasta que les dé nuevas órdenes. Díganles a los hombres
que Jorgenson está a punto de recuperarse. Así tendrán algo de qué hablar y no
se pondrán más nerviosos.
Luego
se volvió al equipo médico.
―Me
temo, doctor, que todo esto no haya servido de nada. La masa radiactiva ha
empezado a calentarse otra vez y van a tener que abandonar también la zona
número tres. Esperaré a que Jorgenson esté bien, pero me temo que incluso si
está en condiciones de ayudarnos y conoce la clave del asunto no habrá manera
de ponerla en práctica.
12
Palmer
se dirigía hacia Briggs y la brigada que iba con éste, dejando atrás el
edificio de Administración, cuando de repente se detuvo. Se daba cuenta de que
si se presentaba ante todos aquellos hombres sin una auténtica esperanza de
controlar la situación, no serviría de nada. Tal como estaban las cosas, Briggs
era capaz de dominar a sus hombres y de hacer todo lo que estuviera en su mano
en aquellas circunstancias. E incluso, desde la distancia a la que se
encontraba, se observaba fácilmente que no había ya mucho que hacer, como no
fuera apartarse lo más posible de aquella masa ardiente. Ya no había
posibilidad alguna de que los hombres se acercaran al número Cuatro por el
intensísimo calor que despedía el material radiactivo.
Lo
único que quedaba por hacer era encontrar la respuesta ―bien él mismo, bien
Jorgenson― y fuera ésta la que fuese resultaría inútil si no se podía llevar a
cabo desde una distancia prudencial y mediante uno de los tanques pesados. Por
supuesto, de haber habido el suficiente I―631 podrían haber rociado el magma
desde arriba, pero no disponían de suficiente cantidad de aquella especie de
antídoto.
Dio
la vuelta rápidamente y se cruzó con un grupo de obreros que transportaban
escudos protectores adicionales que debían acoplarse a los tractores y a los
tanques ligeros. Todos aquellos hombres empezaban a presentar síntomas de
desfallecimiento. Hasta aquel momento, todo el mundo había hecho lo posible por
aceptar el reto que se les presentaba y encontrar la solución dentro de sus
posibilidades, pero ahora empezaban a abandonar la esperanza. Ya le había
llegado a Palmer un informe sobre un grupúsculo que había intentado escapar del
recinto de la planta por la puerta de carga, y de otro que aparentemente había
intentado forzar la puerta principal. Hasta el momento, los guardas no habían
tenido muchas dificultades, pero si los hombres querían realmente escapar de
allí, con un sólo tanque tendrían el camino despejado en un instante. Además,
en el caso de que se dividieran las opiniones y unos intentaran escapar y otros
permanecieran leales, se formarían disturbios y desórdenes que contribuirían a
hacer de la zona un infierno. Y aquello sería el caos. La tensión que cualquier
hombre era capaz de soportar sin estallar tenía un límite.
Palmer
notaba su propio estado de excitación nerviosa. Prueba de ello era que no
cesaba de pensar en más y más planes fantásticos, aunque la parte de su cerebro
que todavía funcionaba con lógica le decía que cualquier solución acertada
debía buscarse en lo más simple, en lugar de en lo más complicado. La
transmutación no se había logrado mediante unos pases mágicos, sino con el
estudio y la aplicación de los elementos correctos en los momentos precisos. El
mecanismo que regía el convertidor era más sencillo que el del antiguo
ciclotrón, y sin embargo era capaz de fabricar neutrones a kilos y mesones en
el grado de concentración que desearan.
Se
dirigió a su despacho. Se le pasó por la cabeza darse una ducha rápida allí. No
por relajarse haría más, pero sí estaría en situación de hacer que sus hombres
rindieran más.
En
cuanto entró en el antedespacho se dio cuenta de que se había equivocado de
lleno. La cara de Thelma, su secretaria, era todo un poema. Todavía aguardaban
ante ella todas las llamadas dirigidas a él, y que sólo la habilidad de la
muchacha había logrado esquivar.
―¿Qué
hay? ―preguntó agriamente.
―El
alcalde Walker otra vez ―repuso ella―. Es el peor de todos.
Palmer
descolgó en su despacho, al tiempo que tomaba una botella del cajón inferior.
No era lo mismo que una ducha pero necesitaba algo para seguir funcionando.
―Muy
bien, Walker ―dijo―. Tiene usted línea, pero hay mucha gente esperando, así que
vaya rápido. ¿Qué le pasa?
El
gerente todavía maldecía la mala suerte que había llevado a Walker a su
despacho en el mismo instante en que se había iniciado todo el fregado pero, al
menos, el hombre estaba haciendo todo lo posible por ceñirse al tema y esbozar
la situación exterior con la mayor brevedad posible.
La
ciudad de Kimberly se le estaba escapando ya de las manos. Palmer se sentía
razonablemente seguro de que Guilden, el director de la cadena de periódicos,
no había sido el responsable de las patentes falsedades contenidas en la
primera plana del periódico, ni del reparto clandestino de ejemplares una vez
el número de periódicos fuera secuestrado mediante una orden tajante del
gobernador; aquella maniobra tenía la apariencia de ser llevada a cabo por
algún fanático, y Guilden no había llegado nunca a tanto en su nivel
informativo habitual. Pero aquello poco importaba. El secuestro había
convencido a los detractores de las centrales de que lo que contaba era
verdadero, y el hecho de que la información no diera ningún tipo de detalles
les impulsaba a leer cualquier cosa que imaginaran en los ejemplares que
circulaban bajo mano. Las reuniones multitudinarias hacían el resto. Hasta el
momento no se habían registrado escenas de auténtica violencia, pero el nivel
del miedo no tardaría en subir hasta tal extremo que sería inevitable una
explosión en todas direcciones, aunque de modo principal en contra de la
central.
Palmer
interrumpió a Walker.
―Lo
siento, pero no puedo hacer nada, Walker. Y tal como están las cosas quizá no
quede nadie mañana que pueda lamentarlo. ¡Estamos apunto de rendimos!
El
alcalde palideció y pareció a punto de derrumbarse, pero sorprendentemente se
rehizo en unos instantes. Dio un fuerte suspiro, sonrió y movió la cabeza con
gesto grave.
―Supongo
que nos avisará usted si lo hacen, ¿no? ¿Cree que una situación favorable aquí
en la ciudad podría servirles de algo?
―No
lo sé. Quizás ayude, con la débil esperanza que nos queda.
―Muy
bien ―Walker parecía de repente dueño de sí mismo otra vez―. En ese caso nos
las apañaremos para mantenerlo todo en orden. Si hay algo que pueda hacer, no
dude en hacérmelo saber.
Luego
cortó la comunicación.
Aquella
conversación le demostró a Palmer algo de lo que había estado seguro desde el
principio. Si se informaba verazmente de la situación, un hombre era capaz de
casi todo. Pero cuando el ataque surgía de las sombras y no se sabía contra qué
se estaba luchando, cualquiera se derrumbaba y se volvía loco. Todo aquel
encubrimiento de la situación que había exigido el gobernador había resultado
un error desde el primer momento. Probablemente aquello se podía hacer en los
asuntos urgentes de poca importancia o en la política habitual, pero no en una
situación tan grave como aquella.
Sin
embargo, no había sido culpa sólo de los políticos. Todo había empezado con las
propias centrales. No se había intentado explicar al público los hechos reales,
sino que se les había llenado la cabeza con palabras incomprensibles y con
matemáticas abstrusas; no se había tenido en cuenta que siempre hay modos de
explicar una cosa para que resulte comprensible para la gran mayoría de las
personas, si se les concede un poco de tiempo. En lugar de buscar a aquellos
que pudieran exponer con claridad las teorías atómicas, se las había convertido
en secretos cada vez más lindantes con el esoterismo. Y en cuanto había
aparecido un problema se había intentado ocultar, remitiéndose a trucos y
engaños. La propuesta del congresista Morgan podía dar resultado, pero no
siempre. A largo plazo la única manera de enfrentarse a la propuesta de ley que
colgaba sobre la cabeza de las centrales atómicas no era sino exponer de un
modo claro y sin ambages la realidad.
Se
sonrió a sí mismo con amargura. Le había explicado los hechos al alcalde con
toda claridad, pero él mismo todavía no había aceptado aquella situación.
Todavía intentaba encontrar una fórmula milagrosa que los salvara.
―El
congresista Morgan al teléfono ―anunció Thelma.
Palmer
parpadeó, sorprendido. Por todos los demonios, Morgan no tenía nada que hacer
allí. Había logrado incluso encontrar el método de sacar de la planta todo el
material que le encargara, el del número Tres, que no había sufrido daño,
mediante la milicia y el uso de un mínimo de engaños. Lo había dejado todo casi
a punto para su utilización.
Sin
embargo, Morgan no hizo ninguna referencia a aquel asunto.
―Palmer
―dijo sin preámbulos―, ¿qué sucedería si se hiciera caer una bomba de hidrógeno
sobre la planta en la situación actual?
―Sería
una verdadera masacre ―repuso Palmer, al tiempo que miraba fijamente el rostro
que le ofrecía la pantalla. La expresión del político era de una seriedad
mortal.
―No
me refiero al personal de la planta. Habría tiempo suficiente de evacuarlos a
todos ―añadió Morgan.
Palmer
sonrió con amargura.
―Yo
tampoco me refería al personal de aquí. Hablaba de que desaparecería la mitad
de los Estados Unidos.
Esa
era, en efecto, la consecuencia previsible. En cuanto la energía de fusión del
hidrógeno entrara en contacto con la masa de isótopo R del convertidor, el
nivel de energía subiría inmediatamente y convertiría todo el material
radiactivo en isótopo Mahler. Toda la energía que no se liberara en el preciso
instante de la explosión se desprendería de la explosión en cadena que se
produciría a continuación, y toda la masa de materia radiactiva que estaba
fuera de control en la planta se convertiría en un lapso de tiempo casi
inexistente ―una billonésima de segundo― en energía pura, acompañada de
variados fragmentos de materia.
Morgan
emitió un gruñido.
―Es
lo que me imaginaba. Me imaginaba algo así, o, mejor dicho, me lo temía, pero
no he dispuesto de tiempo para consultar con los expertos locales. ¿Está usted
seguro de lo que dice?
―Hokusai...
Matsuura Hokusai, ya habrá usted oído hablar de él, lo calculó hace bastante
tiempo ―le explicó Palmer―. El material que tenemos aquí explota con sólo la
décima parte de la energía necesaria para que lo haga la reacción del
hidrógeno, y libera seis veces más que éste con la misma masa. Además, lo peor
es la velocidad con la que explosiona el isótopo de Mahler. Si los comparamos,
el hidrógeno resulta de combustión muy lenta, ¿comprende? ¿Por qué lo pregunta?
Morgan
hizo una pausa para secarse la frente con un pañuelo que estaba totalmente
mojado, como si el congresista hubiera estado haciendo una carrera.
―Porque
ésa es la brillante idea a la que han llegado aquí hace un momento. Ya se la
están contando incluso al Presidente ―hizo otra pausa, como si intentara
convencerse a sí mismo―. Pretenden darle a usted hasta mañana por la mañana
para sacar de la zona a sus hombres y luego enviar unas cuantas bombas
estratégicas de fusión y enviarlo todo al infierno. Han llegado a la conclusión
de que si lo hacen así lo podrán controlar todo de modo que Kimberly no sufra
demasiados daños. Yo ya no puedo convencerles de nada. Sólo sigo en las
discusiones por tolerancia, pero si supieran que le he llamado me cortarían el
cuello.
Era
la típica solución mediante la fuerza bruta que atraía a los hombres que
acostumbraban a tratar con asuntos materiales que no se salían de la
normalidad. Acaba con lo que sea un problema y ya no tendrás que preocuparse.
Echa suficiente DDT en una habitación y acabarás con las chinches. Luego ya te
ocuparás de deshacerte de los depósitos venenosos de DDT que queden. La única
diferencia en este caso era que el asunto con el que se enfrentaban no admitía
una solución de aquel tipo. Aquello se encontraba en la peligrosa frontera
entre la materia y la energía, y por tanto no se podían aplicar de un modo
estricto soluciones meramente materiales. Sí, en efecto, se acabaría con el
problema del isótopo R, pero tras la explosión, no quedarían seres humanos que
se tuvieran que preocupar por los efectos secundarios.
―¿Qué
puedo hacer? ―preguntó Palmer.
―Dígame
el nombre del individuo que pueda hablar más razonablemente con todos estos
locos de aquí.
―Morgenstein,
del M.I.T. ―repuso Palmer―. O, en el caso de que necesite a alguien con mayor
urgencia todavía, acuda a Hazleton, del NACC. Seguro que él les podrá
convencer.
El
congresista dio un bufido por el aparato.
―No
sabe usted lo que dice, Palmer. Usted cree que con los hechos desnudos se va a
alguna parte, pero se equivoca. Esa gente no podrá creer que su idea más
luminosa no tenga ninguna utilidad. Además, serán totalmente incapaces de
hacerse una idea de las bases de esta ciencia en media hora. Todavía piensan en
analogías: combatir el fuego con el fuego, combatir el átomo con el átomo.
Maldita sea, Hazleton lleva años y años discutiendo con ellos sobre todo lo
relacionado con la ciencia atómica y nunca ha logrado que le crean un sola
palabra. Le haré venir, pero no espero gran cosa.
Palmer
se volvió hacia las ventanas mientras consideraba de nuevo la situación. Morgan
no estaba haciendo teatro en esta ocasión, estaba claro. El tipo se estaba
jugando algo que significaba tanto para él como la planta para sí mismo. Y
además era tan experto en el campo de la política como Hokusai en el de la
teoría atómica. Cuando volvió a colocarse frente a la pantalla, el gerente
acababa de tomar una determinación final.
Se
había estado saltando en las últimas horas todas las normas que habían sido su
vida hasta aquellos momentos. Por tanto, bien podía saltarse la última que le
quedaba.
―Muy
bien ―dijo―. Dígales que se tranquilicen. No va a ser necesario que utilicen
las bombas, porque ya disponemos de un modo de resolver el problema. Jorgenson,
el ingeniero que descubrió este proceso, estaba en el convertidor cuando tuvo
lugar el accidente. Tenía allí sus instrumentos en el segundo mismo que el
proceso escapó de control. Y estuvo ahí dentro, en un traje protector Tomlin,
hasta que lo rescatamos. Ahora se ha recuperado ya lo suficiente para esbozar
un sistema de comprobación de cómo se produjo la reacción y mis hombres van a
ponerse a trabajar en la solución ahora mismo.
―¿Le
va a servir esto de algo?
Morgan
asintió mientras lo consideraba.
―Quizá.
En especial eso de que estuviera dentro cuando tuvo lugar el accidente y que
haya sobrevivido. Es la mayor mentira que he escuchado, pero creo que es una de
las cosas que desean escuchar y que son capaces de tragar. Por lo menos, nos
dará un poco de tiempo. Pero que Dios nos ampare a ambos si llegan a
descubrirlo.
Palmer
colgó y se dirigió a la puerta antes de que el intercomunicador le atrapara con
una nueva llamada. Tras aquellas dos conversaciones se sentía capaz de hacer
frente a cualquier noticia que Hokusai le fuera a proporcionar, y que desde
luego no imaginaba muy optimista.
13
El
doctor Ferrel observó a Jorgenson y a continuación dirigió la mirada a la
pantalla del excitador que mostraba las gráficas de las constantes vitales del
ingeniero. Movió la cabeza con gesto dubitativo.
―Es
posible que pudiéramos desconectarlo ahora mismo pero, no obstante su aparente
recuperación física, creo que sería mejor mantener el excitador por lo menos
veinticuatro horas más. ¡Vaya carnicería le hice en el pecho! ―añadió con una
mueca―. La recuperación va a resultar un proceso largo y difícil, a pesar de lo
bien que lo ha remendado Blake. Podremos unirle satisfactoriamente las
costillas, pero desde ahora nunca va a salir muy bien en los rayos X. En fin,
no importará mucho si logramos que se recupere.
Jenkins
se quedó mirando el enorme cuerpo del paciente con expresión tensa.
―Doctor,
¡tiene que recuperarse!
Ferrel
volvió a mover la cabeza.
―Ha
pasado por un infierno peor de lo que cualquier hombre podría resistir. En este
momento su estado general es mucho mejor de lo que se pudiera esperar, pero no
hay modo de saber el daño que ha sufrido su cerebro. No esperes gran cosa...
―Tenemos
que hacer que se recupere, doctor. Si Hokusai y Palmer confirman que las cosas
están tan mal como parece, tendremos que adoptar la mejor solución que se nos
ocurra. Estoy seguro de que en alguna parte hay una solución para esta crisis;
tiene que haberla. Pero me temo que sin Jorgenson no podremos dar con ella.
―Mmm...
Me parece que estás dándole vueltas a algún plan, hijo. Mira: hasta ahora has
acertado en todas tus previsiones, Y en el caso de que Jorgenson no sea capaz
de ayudarnos...
El
doctor dio por terminada su inspección y se dejó caer pesadamente en una silla.
Sabía que lo único que cabía esperar era que las drogas que le habían
suministrado a Jorgenson hicieran efecto y el gigantón se recuperara. En aquel
instante de respiro, el cansancio se abatió sobre él con toda su fuerza; le
temblaron los dedos al quitarse los guantes.
―Sea
lo que sea, lo sabremos dentro de unos cinco minutos. ―Y que el cielo nos
ayude, doctor, si es que yo tengo que hacerme cargo de la lucha contra el
isótopo R. Siempre he tenido una especie de instinto natural en la teoría
atómica, pues nací y crecí entre ella, pero Jorgenson es el hombre práctico que
ha trabajado con los elementos atómicos día a día y, además, es el autor del
proceso que combatimos... ¡Ahí vienen otra vez! ¿Les damos permiso para que
entren en el quirófano?
Pero
Hokusai y Palmer no esperaron a que les dieran permiso para pasar. En aquel
instante Jorgenson era el centro nervioso de la planta. Los recién llegados se
acercaron hasta donde se encontraba, se inclinaron para verle y luego se
retiraron a unos asientos desde los que no se les escaparía el menor signo de
que el ingeniero recobrase la conciencia.
Palmer
retomó la conversación donde la había dejado y se dirigió a Hokusai y Jenkins.
―¡A
la mierda con el postulado Link―Stevens! De vez en cuando falla, aunque no hay
manera de saber el porqué. ¡Sólo faltaba esto! ¡Parece más magia negra que un
postulado científico! Si salgo de ésta contrataré a alguien para que descubra
la razón de este comportamiento tan anormal de las sustancias. Hokusai, ¿está
seguro de que se trata de una cadena theta? La posibilidad de que eso ocurra es
de una entre diez mil, ¿sabe? Es inestable, le cuesta empezar a reaccionar y
tiende a convertirse en cadenas más simples con el más mínimo cambio.
Hokusai
extendió las manos y dirigió a Jenkins una mirada interrogativa, y a
continuación asintió con la cabeza. La voz del muchacho sonó opaca, casi falta
de interés:
―Eso
es lo que pensé que sucedería, Palmer. No hay ninguna otra cadena que en el
estado en que se encuentra ese magma despida un calor tan intenso, por lo que
describe que sucede ahí fuera. Es posible que lo último que se hizo por apagar
la masa diera como resultado la formación de esta cadena molecular y que además
la concentración en que se encuentra sea ideal para que se mantenga estable.
Nos imaginamos que disponíamos de unas diez horas, así que ahora podemos
calcular que dentro de seis horas se convertirá en la cadena molecular más
corta, en la mortífera.
―Así
es. ―Palmer paseaba de nuevo arriba y abajo, con los nervios desatados y los
ojos fijos en Jorgenson desde cualquier posición en la que se encontrara―. No
sé si en seis horas habrá tiempo de evacuar a todo el personal de los
alrededores. Puede que sí o puede que no, pero tendremos que intentarlo.
¡Doctor, en estas circunstancias no puedo siquiera esperar a la recuperación de
Jorgenson! ¡Tengo que decirle al gobernador que inicie la operación
inmediatamente!
―Ten
en cuenta que esos alborotadores saben aplicar muy bien la ley del
linchamiento, y que la siguen practicando con asiduidad ―le recordó Ferrel con
una sonrisa. Había presenciado en una ocasión los resultados de uno de aquellos
casos de violencia de las turbas cuando ejercía la medicina privada, y sabía
que la gente no cambia mucho de un año para otro; si les obligaban, evacuarían
la zona, pero antes exigirían un sacrificio cruento―. Será mejor que hagas
salir primero a todos los de la planta, Palmer, y si quieres mi consejo, pon
una buena distancia entre tú y ellos; he oído que ha habido algún problema en
la puerta principal, pero eso no va a ser nada comparado con lo que puede
desencadenar una orden de evacuación.
Palmer
gruñó.
―Mira,
Ferrel, quizá no me creas pero en este momento no me importa un rábano lo que
me suceda a mí o a la planta.
―¿Ni
a los hombres? Si se acerca por aquí una turba en busca de tu sangre los
tendrás a todos de tu lado, porque todos ellos saben que lo sucedido no ha sido
culpa tuya y todos te han visto ahí fuera jugándote el tipo como los demás. Por
otro lado, una muchedumbre enfurecida no va a considerar mucho los objetivos
que pueda alcanzar y en cuanto queden sin control vas a encontrarte con todo
esto en pleno jaleo. Espera antes de llamar al gobernador. Además, Jorgenson
está ya casi a punto.
El
doctor tenía claro que unos cuantos minutos más poco significarían en el plan
de evacuación, y tampoco tenía ningunas ganas de ver a su esposa medio
paralítica mezclada en la algarabía de un traslado en masa; por otro lado,
estaba seguro de que Emma se negaría a irse hasta que él regresara. Sus ojos
repararon en la caja que Jenkins tenía entre las manos y con la que jugueteaba
nerviosamente. Por unos momentos no dijo nada, y luego le dijo al joven doctor:
―Creía
que habías dicho que resultaba arriesgado romper el material radiactivo en
pedazos pequeños, Jenkins. Pues esa caja contiene material de ése en varias
medidas, entre ellas un pedazo grande que extirpamos de uno de los pacientes,
además de todo el instrumental contaminado. ¿Por qué no ha explotado ya?
La
mano de Jenkins soltó la caja de un salto como si fuera un clavo ardiente, y el
muchacho dio un paso atrás antes de recuperarse. A continuación cruzó la sala
en dirección al recipiente de I―631, tomó un poco y lo esparció por todos los
rincones de la caja con un inusitado frenesí. Los ojos de Hokusai se abrieron
desmesuradamente y corrió a echar agua para extender el I―631 a los puntos más
inaccesibles de aquella caja de residuos radiactivos. Casi al instante, y pese
a la poca cantidad de material que contenía la caja, surgió de ella una nube de
vapor blanca que inundó la sala a mayor velocidad de lo que el acondicionador
de aire podía absorber; sin embargo, pronto se desvaneció y desapareció.
Hokusai
se secó la frente con gesto pausado.
―Los
trajes... Las armaduras de los operarios...
―Ya
hace rato que los llevé al convertidor y los eché al magma para evitarnos
contratiempos ―respondió Jenkins―. Pero, estúpido de mí, me había olvidado por
completo de la cajita. O hemos tenido una suerte increíble o todo el material
que hizo de metralla era de una composición molecular razonablemente larga de
la que ni sé ni tengo intención de saber...
―¡Oh!
¿Qué...?
―¡Jorgenson!
Todos
corrieron como un solo hombre desde el otro extremo del quirófano, pero Jenkins
fue el primero en llegar a la mesa en que yacía el ingeniero. Jorgenson tenía
los ojos abiertos y su mirada parecía a medias normal. Sus manos se movían con
considerable lasitud. El muchacho se inclinó sobre el rostro del paciente, y el
suyo casi resplandeció por la intensidad de la radiación que quemaba al que
tenía debajo.
―Jorgenson,
¿entiende usted lo que le digo?
―¡Uh!
Los
ojos del gigante se centraron en Jenkins. Se llevó una mano a la garganta y se
la asió, mientras con la otra trataba inútilmente de incorporarse. Al parecer,
los efectos secundarios de todo lo que había padecido le habían dejado
semiparalizado.
Ferrel
todavía no osaba asegurar que aquel hombre se encontrara en el uso de su razón,
y por ello tenía la expresión dubitativo. Apartó un poco a Palmer y movió la
cabeza negativamente.
―No,
espera. Échate un poco atrás y deja que el muchacho lo haga. Él sabe cómo
impedir que un hombre en estas condiciones caiga en shock, y tú no. No se debe
ir demasiado deprisa...
―Yo...
¿El joven Jenkins? Tenía razón. Yo estaba... equivocado por completo ―en algún
rincón oculto del enorme corpachón de Jorgenson quedaba todavía alguna reserva
de energía y de voluntad. Intentó incorporarse otra vez, con los ojos fijos en
Jenkins y la mano puesta aún en aquella garganta que se negaba a obedecer.
Jenkins
lo contuvo con suavidad, al tiempo que apartaba los delicados cables del
excitador del alcance de aquellas enormes manos.
―Tranquilícese.
Se pondrá bien, pero necesita descansar. No se esfuerce.
Jorgenson
pareció hacerle caso, pues sus esfuerzos cesaron. Sin embargo, no dejó de
asirse la garganta, como si intentara arrancar de allí las palabras que se
negaban a brotar de sus labios. Tomó una bocanada de aire más profunda, lo que
motivó un salto en las señales del excitador. En aquella ocasión, con gran
esfuerzo, unas cuantas palabras confusas y casi inaudibles salieron de su boca.
―Su
padre me lo dijo...
―Mi
padre ha muerto. Ahora...
―Sí,
y usted ya es un hombre. A los doce años, cuando... ¡La planta!
―Tranquilo,
Mal.
La
voz de Jenkins pretendía ser natural, aunque sus manos, apretadas la una contra
la otra, bajo la mesa, habían empalidecido.
―Mal,
atienda a lo que voy a decir y no me interrumpa hasta que termine. La planta
está bien, pero necesitamos que nos ayude usted. He aquí lo que pasa...
Ferrel
no pudo comprender muy bien la serie de frases crípticas que el muchacho soltó
a continuación, aunque le parecieron ser parte de alguna extraña forma de
taquigrafía para ingenieros; por las apariencias, y por el signo aprobatorio de
Hokusai, aquellas palabras resumían la situación con brevedad pero con todo
detalle, y Jorgenson prestó mucha atención hasta el término del resumen, con
los ojos clavados aún en el joven.
―Maldito
lío. Tengo que pensar. ¿Han probado...?
Su
garganta pareció no resistir aquella tensión. Empezó a mover la cabeza, como si
intentara liberarse de algo. Jenkins colocó una mano en la frente del ingeniero
para tranquilizarle. Jorgenson volvió a relajarse, y descansó unos instantes
antes de hacer un nuevo esfuerzo.
―¡Uh!
Se necesita... ¡Ah! ¡Maldita garganta! Se...
―¿Tiene
la solución?
―¡Uh!
El
tono era afirmativo, no había duda, pero las manos del gigante asidas a la
garganta explicaban claramente lo que sucedía. Aquellos residuos de energía de
que disponía se habían agotado y ya era incapaz de articular una respuesta.
Jorgenson yacía en la cama respirando pesadamente, agitándose. Al cabo de un
momento se relajó otra vez y susurró unas cuantas palabras más, ninguna de
ellas articulada inteligiblemente.
Palmer
tiró de la manga de Ferrel.
―¿No
puedes hacer nada, doctor?
―Lo
intentaré ―repuso éste. Dispuso una cantidad mínima de droga, tomó el pulso de
Jorgenson y decidió por fin aplicar sólo la mitad de la dosis preparada―. Pero
no tengo muchas esperanzas; este hombre ha pasado por un verdadero infierno y
no le resulta nada conveniente verse sometido a este interrogatorio antes de
recuperarse un poco. Si seguirnos presionando un poco más caerá en el delirio y
ya no nos dirá nada. De todos modos, creo que se trata tanto de la garganta
como de los centros cerebrales del lenguaje.
Sin
embargo, casi al instante Jorgenson inició una leve recuperación e intentó
hablar otra vez, reuniendo todas las fuerzas que le quedaban para un último
intento. Silabeó las palabras que pronunciaba con aspereza y con una forzada
claridad, pero sin inflexión de voz alguna.
―Primera...
variable... a los... doce... el agua... lo para...
Sus
ojos, centrados todo el rato en Jenkins, se cerraron de nuevo, y el gigante
quedó tranquilo, sin intentar ya luchar contra la inconsciencia que le vencía.
Hokusai,
Palmer y Jenkins se echaron un poco atrás, mirándose entre ellos con expresión
interrogativa. El pequeño japonés hizo al principio signos negativos con la
cabeza, frunció el ceño y repitió aquellas palabras incomprensibles, todo lo
cual fue imitado casi exactamente por el gerente.
―¡Desvaríos
debidos al delirio!
―¡Jorgenson,
la gran esperanza blanca!
Jenkins
tenía los hombros abatidos y el sudor bañaba su rostro, cadavérico de fatiga y
desesperación.
―¡Maldita
sea, doctor, deje de mirarme así! ¡No puedo sacarme un milagro de la manga!
―Quizá
no, pero resulta que de todos los presentes tú eres quien ha demostrado tener
una imaginación más activa, siempre que dejas de utilizarla para atemorizarte a
ti mismo. Pues bien, ahora te veo en un apuro y todavía confío en ti. ¿Quieres
apostar algo a que al chico se le ocurre algo, Hokusai?
Aquello
era una estupidez para subnormales y el doctor lo comprendía, pero durante
aquellas largas horas que habían pasado juntos le había adquirido un misterioso
respeto al muchacho y una cierta dependencia de aquel estado de nervios del
joven que no se podía asimilar al temor, sino más bien a los preparativos de un
caballo pura sangre para lanzarse desde atrás en la recta de llegada. Hokusai
era demasiado lento y metódico, y Palmer había tenido demasiadas preocupaciones
con las autoridades de fuera de la planta para poder destinarle su completa
atención a lo que era la fase más urgente de todo el problema; sólo quedaba el
muchacho, atenazado por la falta de confianza en sí mismo.
Hokusai
no daba muestras de haber entendido en absoluto el juego del doctor, pero alzó
ligeramente las cejas.
―No,
no apuesto. Doctor Jenkins, estoy a su disposición.
Palmer
observó brevemente al muchacho, cuyo rostro reflejaba una incrédula confusión,
pero él carecía tanto de la ignorancia de Ferrel sobre la técnica atómica como
del fatalismo oriental de Hokusai. Echó una última mirada al inconsciente
Jorgenson y cruzó la habitación hasta alcanzar el teléfono.
―Si
quieren ponerse a jugar, háganlo. Yo voy a ordenar inmediatamente la
evacuación.
―¡Aguarde!
―Jenkins despertaba, tanto física como mentalmente―. ¡Espere, Palmer! Gracias,
doctor. Ha logrado usted sacarme el miedo del cuerpo, y me ha hecho recordar
algo que sucedió hace mucho tiempo. Creo que sé lo que Jorgenson estaba
tratando de decirnos. Y quizá sea la respuesta. Tiene que serio, pues a estas
alturas no hay ya nada más que nos pueda salvar.
―Señorita,
comuníqueme con el gobernador.
Palmer
había escuchado las palabras de Jenkins, pero no parecía dispuesto a dejar en
paz el teléfono.
―Jorgenson
no ha dicho nada. Era incapaz de hacerlo. ¡Si se le ha ocurrido a usted alguna
de sus brillantes ideas, olvídela! Ya no hay tiempo para jugar a
presentimientos, o, por lo menos, hasta que se haya puesto a salvo todo el
personal. Admito que es usted un aficionado muy inteligente, pero no es un
especialista.
―Si
envía fuera a los hombres no habrá nada que hacer, no habrá nadie para hacer el
trabajo ―la mano de Jenkins alcanzó el receptor telefónico y lo arrancó de las
manos de Palmer―. Señorita, cancele la llamada; no es necesaria. Palmer, tiene
que escucharme: no se puede evacuar medio continente, ni podemos esperar a que
se produzca la explosión para saber cuál es el área exacta que necesitaríamos
evacuar. Se trata de una apuesta, pero usted trata de jugarse cincuenta
millones de personas contra unos simples cientos de miles. ¡Deme una
oportunidad!
―Le
doy exactamente un minuto para que me convenza, Jenkins, y más le vale que sea
así. ¡Es muy posible que la explosión no afecte a un área superior a los
setenta y cinco kilómetros a la redonda!
―Es
posible. Además, no se lo puedo explicar todo en un minuto ―rugió el muchacho,
tremendamente tenso―. Bueno, le he oído quejarse de que un hombre llamado
Kellar hubiera muerto. ¿Depositaría usted su confianza en él si estuviera aquí?
¿Lo haría en un hombre que hubiera trabajado a sus órdenes en casi todos sus
proyectos?
―Por
supuesto, pero usted no es Kellar y resulta que éste era un lobo solitario; el
único que trabajó con él fue Jorgenson, y cuando ambos se pelearon y Jorgenson
vino a trabajar aquí no admitió a nadie más en su laboratorio. ―Palmer volvió a
coger el teléfono―. No sirve, Jenkins.
La
mano de éste se hizo de nuevo con el aparato y lo puso fuera del alcance del
gerente.
―Yo
no fui a trabajar con él, Palmer. Cuando Jorgenson temió realizar uno de los
experimentos, yo tenía doce años; tres años después los asuntos se le pusieron
tan complicados a papá que ya no pudo llevarlos a cabo él solo, pero decidió
realizarlos en familia, y por eso me inició. Yo soy hijastro de Kellar.
Todas
las piezas encajaron entonces en el pensamiento del doctor, que se reprendió a
sí mismo mentalmente por no haber comprendido antes lo que resultaba obvio.
―¿Así
que por eso te conoce Jorgenson, eh? Ya decía yo que era chocante. Jaque,
Palmer.
Hubo
un ligero instante de duda en el gerente. Luego hizo un gesto con los hombros y
se dio por vencido.
―Muy
bien; soy un estúpido al hacerle caso, Jenkins, pero me temo que sea demasiado
tarde para intentar cualquier otra cosa. Y que conste que nunca olvidé que
estaba arriesgando esta ciudad contra medio continente. ¿Qué necesita?
―Hombres;
sobre todo albañiles, y unos cuantos voluntarios para un trabajo sucio. Quiero
todos los teléfonos, extractores de tubos y conductores huecos y todo humo,
repetidores telefónicos, lo que se pueda trasladar de los demás convertidores;
que los conecten lo más cerca que puedan del número Cuatro. Que los coloquen de
manera que se puedan llevar hasta encima mismo del magma mediante grúas. No sé
cómo, pero los hombres de los talleres lo sabrán mejor que yo. Hay una especie
de riachuelo cerca de la central; haga salir de las proximidades a todo el que
esté ahí y haga conectar al agua todas las salidas telefónicas. ¿Dónde termina,
en una especie de marisma?
―Sí,
a un par de kilómetros al sur; no nos hemos preocupado en absoluto del
funcionamiento del equipo de drenaje porque a nosotros no nos importa en
absoluto la tierra y las marismas sirven de vertedero como cualquier otra zona.
Cuando
la planta empezó a utilizar el riachuelo como salida para sus productos de
desecho, se armó un jaleo tan impresionante que la National se vio forzada a
adquirir todo el terreno adyacente y a apaciguar los temores de los
propietarios sobre la radiactividad mediante fuertes sumas de dinero. Desde
entonces todo el terreno había pertenecido sobre todo a las hierbas y a los
conejos.
―Supongo
que en unos cuantos kilómetros no habrá nadie, excepto algunos pescadores o
tramperos que no saben que lo utilizamos. Enviaré a la milicia a que los asuste
un poco.
―Perfecto.
Resultará ideal, porque las marismas retendrán mejor el material radiactivo.
Bueno, ¿qué hay de aquel material supertérmico que se producía el año pasado?
¿Queda algo por ahí?
―En
la central no mucho, pero en el almacén quedan varias toneladas que esperan
todavía que el ejército se haga cargo de ellas. Es un material muy peligroso.
¿Sabe algo de cómo funciona?
―Lo
suficiente para saber qué es lo que necesito ―respondió Jenkins indicando el
ejemplar del Weekly Ray que todavía seguía donde él lo había dejado.
El
doctor recordó que había echado una ojeada a la parte divulgativa del artículo.
El material supertérmico estaba confeccionado por dos tipos de átomos
superpesados que se mantenían separados el uno del otro. Ninguno de ambos era
activo o importante por sí solo, pero juntos reaccionaban atómicamente
liberando una tremenda cantidad de calor y, en comparación, muy pocas
radiaciones perjudiciales.
―Es
la fuente de calor más concentrada de que se puede disponer, y es precisamente
calor lo que más voy a necesitar. ¿Cómo se guarda? ¿Cómo lo distribuyen?
―Envasado
en botes de cinco kilos. Algunos de esos botes tienen cables de contacto, otros
conexiones eléctricas y otros unas frágiles separaciones que se rompen con el
impacto, iniciando la reacción. Hokusai se lo puede explicar. Es el padre de
ese producto. ―Palmer se dirigió al teléfono y se volvió un instante―. ¿Algo
más? Pues si ya está salga para allá enseguida. Cuando llegue usted al número
Cuatro ya tendrá a los hombres dispuestos. Yo también iré en cuanto haya dado
las órdenes.
El
doctor vio marchar a Hokusai y Jenkins, a los que siguió a los pocos instantes
Palmer, y se quedó solo en la enfermería con Jorgenson y sus propios
pensamientos, que no eran muy agradables. El doctor se sentía demasiado lejos
del círculo de iniciados para saber qué tramaban, pero estaba demasiado metido
en él para ignorar los peligros que corrían. En aquel momento pensó que le
haría bien un poco de trabajo.
Dio
un gruñido de disgusto y tomó una de las muestras sanguíneas que se tenían que
analizar. No le costó mucho esfuerzo prepararla y ponerla en el microscopio.
Estudió las células. No había posibilidad de error: el exceso de leucocitos y
el estado de muchas de las células jóvenes no daba lugar a dudas. Todo indicaba
una leucemia mielítica crónica. Si la mujer cuya sangre estaba observando no se
sometía pronto a tratamiento, moriría irremediablemente en unos cuantos meses.
Aquello
de quedarse solo en la enfermería era una clara muestra de que Palmer no tenía
ya nada allí que le preocupara y que el trabajo había terminado. Se arrellanó
en el sillón de cuero y cayó en el error de querer forzar el sueño, mientras su
mente estaba atenta al menor sonido que llegaba del exterior. Se oía el rugido
de las grúas y de los motores que volvían a la actividad, los gritos de algunas
órdenes presurosas y por encima de todo ello el ruido desagradable de los
martillos neumáticos que golpeaban sobre metal. Cada uno de aquellos sonidos le
hacía imaginar algo nuevo sin que su mente viera con claridad mucho más. El
Decamerón se le hacía aburrido, el whisky que se preparó estaba fuerte y
rancio, y ni siquiera valía la pena hacer solitarios.
Por
último se dio por vencido y se dirigió al hospital de campaña. Pensó que
Jorgenson estaría mejor atendido allí fuera, bajo los cuidados del equipo
médico de Mayo, e incluso pensó que podía ser útil allí. Al salir por la puerta
trasera de la enfermería oyó el ruido de unos helicópteros que se acercaban con
pesadas cargas bajo sus cuerpos. Los observó mientras desaparecían uno tras
otro por encima de los edificios. De alguna parte surgió un grupo de hombres
presurosos que corrían en dirección a los helicópteros de carga. Se preguntó si
habría alguno de aquellos hombres que obedeciera si se le obligaba a regresar
al magma y salir repleto de radiactividad; luego pensó que no era algo muy
preocupante, ahora que podía eliminarla sin recurrir a la cirugía.
Blake
se encontró con él a la entrada del hospital de campaña, y no disimuló el gran
orgullo que sentía al dirigir a los demás médicos.
―¡Lárgate,
doctor! Aquí no eres necesario, y además necesitas descansar. No quiero verte
entre las bajas, ¿me entiendes? ¿Cuáles son las últimas noticias del alto
mando?
―Jorgenson
no logró recuperarse, pero al muchacho se le ha ocurrido algo y ahora trabajan
en ello ―el doctor trataba de parecer más optimista de lo que se sentía―.
Estaba pensando que será mejor que traslademos a Jorgenson aquí; todavía sigue
inconsciente, pero no parece haber nada de lo que preocuparse. ¿Dónde está
Brown? Si no está dormida querrá conocer con todo detalle los últimos
acontecimientos.
―¿Dormida
ésa no estándolo su marido? Ya, ya. Tiene complejo de madre: no puede estar sin
preocuparse por él ―dijo entre risas Blake―. Le vio correr con Hokusai pegado a
sus talones y lo dejó todo para seguirle inmediatamente. ¡Cómo me gustaría
tener así alguna vez a Anne! ¡Vaya con el chico listo ese, Jenkins! Bueno, se
aparta de mi manera de actuar. Yo no intento siquiera preocuparme por algo
hasta que me lo ordenan. Muy bien, doctor, traeremos a Jorgenson dentro de un
par de minutos, así que ¿por qué no coges una de esas camas y te echas un rato?
El
doctor soltó un gruñido al tiempo que miraba con curiosidad los refinamientos y
el interior magníficamente equipado de aquel hospital de campaña.
―Ya
me lo he recomendado, Blake, pero el paciente parece negarse al tratamiento.
Creo que iré en busca de Brown, así que hazme llamar por los altavoces si
sucede algo anormal.
Se
dirigió al lugar donde transcurría la acción principal y se dio cuenta de que
era lo que había estado deseando todo el rato. Lo único que le había frenado
había sido el temor a convertirse en una molestia, pero ahora que sabía que
Brown estaba por allí ya no encontraba razón alguna para no acercarse. Pasó
frente al taller de maquinaria, donde advirtió la apresurada actividad reinante
y llegó al número Dos, donde otras brigadas estaban ocupadas en arrancar largas
secciones de enormes cañerías y de otros varios aparatos. Mucho antes de llegar
al número Tres se encontró frente a una zona acordonada y anduvo junto a ella
buscando a Palmer o a Brown. Ésta fue la primera en verle.
―¡Eh,
doctor Ferrel! Aquí, en el camión. Estaba convencida de que no tardaría en
aparecer. Desde aquí disponemos de una buena plataforma de observación por
encima de las cabezas de todos los demás, y además nos ahorraremos bastantes
pisotones.
La
muchacha le tendió una mano y sonrió ligeramente al ver que él la rechazaba y
se encaramaba con unos gestos más bruscos de lo que deseara. El doctor no se
sentía tan viejo como para permitir que una mujer le ayudara a subir.
―¿Sabe
qué es lo que sucede? ―preguntó a Brown, al tiempo que se deslizaba sobre la
plataforma del camión y observaba a los hombres que bajo el mismo se dirigían
hacia el convertidor. Parecía haber una docena de puntos en los que la
actividad era desenfrenada, y los grupos se cruzaban en completa confusión. Sin
embargo, era incapaz de comprender el significado global de todo aquel
movimiento.
―No
más que usted. No he visto a mi esposo, aunque sí al señor Palmer, al que le
faltó tiempo para ordenarme que me retirara de aquí.
El
doctor prestó atención a los helicópteros vacíos que iban a buscar más material
y volvían para dejarlo cerca de su posición. Llegó a la conclusión de que
aquellas cajas contendrían las diminutas bombas termodinámicas. Era lo único
que le resultaba comprensible de toda aquella confusión, y por tanto era lo que
menos le interesaba.
Había
otros hombres ocupados en unir las grandes secciones de tubos que antes había
visto arrancar, y que ponían uno tras otro hasta hacer un larguísimo tubo que
se perdía de vista, al tiempo que varios tanques lo asían y lo disponían en
dirección al riachuelo que corría por las cercanías de la central.
―Supongo
que esos son los extractores ―le dijo a Brown, mientras se los señalaba―. Lo
que no comprendo es cómo se podrá hacer circular por ese viaducto todo el
material que queda.
―Yo
sí lo sé; a veces estuve en la planta atómica que tenía el padre de Bob
―respondió la muchacha con una encantadora caída de ojos. Al ver que el doctor
asentía con la cabeza, prosiguió―: Los tubos son para los gases que se
expulsan, y esas cosas grandes y cuadradas son los motores y ventiladores;
ponen uno cada doscientos metros de tubo más o menos. Y lo que están colocando
sobre el tubo deben ser calentadores para mantener a elevada temperatura los
gases que se desprendan. ¿Es que van a tratar de llevárselo todo?
El
doctor no supo qué responder, pues todo lo que sabía era lo que sus ojos veían,
pero se preguntó cómo solventarían el problema de aproximar lo suficiente al
magma aquellos aparatos para que trabajaran con eficacia.
―He
oído que su esposo ha hecho traer varias bombas termodinámicas, por lo que creo
que intentarán gasificar el magma, y luego lo verterán en el río.
Mientras
hablaba hubo un frenesí de actividad en uno de los extremos y sus ojos se
volvieron inmediatamente hacia aquella dirección. Vio que una de las grúas
extendía su brazo delantero y sostenía una gran sección de tubo en cuyo extremo
se había situado una tobera. La grúa se balanceó en precario equilibrio, aunque
se habían colocado en su base pesados sacos que servían de contrapeso.
Centímetro a centímetro fue alzando la carga y empezó a avanzar, siempre con la
tobera en la parte de delante y a suficiente altura.
Debajo
del extractar principal había otro más pequeño. Cuando llegó al límite externo
de la zona de peligro, del extractor pequeño saltó un pequeño objeto que dio en
el suelo. De repente todo se transformó en un infierno abrasador de luz
blanco―azulada mucho más brillante de lo que parecía a juzgar por el efecto en
los ojos. El doctor cerró los suyos al tiempo que alguien le colocaba en la
mano un objeto.
―Póngaselas.
Palmer dice que esa luz es actínica.
Oyó
a Brown que se agitaba junto a él, luego se le aclaró la visión y echó una
nueva ojeada a través de las gafas especiales hasta ver una nube
resplandeciente que surgía del magma, se desparramaba por el suelo y se iba
haciendo más estrecha a medida que ascendía, hasta que el extractor principal
la fue engullendo. Finalmente desapareció. Del tubo más pequeño cayó un nuevo
envoltorio que también explotó con una reacción térmica fortísima. Una ligera
mirada a otra parte le mostró a un reducido grupo de operarios que preparaban
otra grúa y que se cuidaban de pasarle unos trapos mojados en aceite. A su lado
había más de aquellas pequeñas bombas. Quizá no habían encontrado tubos de las
medidas exactas y estaban rellenándolo para que la presión las hiciera salir
hacia delante y hacia abajo. Cuando estuvo dispuesta soltó tres bombas más, una
cada vez, y los ventiladores se pusieron en marcha uno por uno entre gruñidos y
rugidos, sorbiendo el vapor que se elevaba de aquel material incandescente y
enviando los residuos al río.
A
continuación la grúa se retiró unos centímetros hacia atrás con todo cuidado
mientras unos operarios desacoplaban de la línea principal el tubo que
sostenía. Una segunda grúa ocupó su lugar. El doctor llegó a la conclusión de
que el calor que generaban las bombas termodinámicas debía ser tan fuerte que
las máquinas no podían tolerarlo sin sufrir graves daños. Por eso no se podía
mantener a ningún hombre en la cabina de mando más que un instante, ni siquiera
con los trajes protectores más resistentes. Desde otro lugar se acercaba ya una
nueva grúa, dispuesta a tomar el relevo. La tarea se convirtió entonces en una
rutina de grúas entrando y saliendo, y de hombres preparándoles el material,
uniendo y separando los tubos y cambiando aquellos que ya habían estado
expuestos al terrible calor. El doctor empezó a sentirse como un espectador en
un partido de tenis que siguiera el movimiento de la pelota sin conocer las
reglas del juego.
Brown
debía haber tenido la misma idea, pues cogió a Ferrel del brazo y le indicó una
cajita forrada de piel que sobresalía ligeramente de su bolso.
―¿Juega
usted al ajedrez, doctor? Me parece que para estar aquí mirando sin entender
nada sería mejor que jugáramos unas partidas. Según dicen, es un buen tónico
para los nervios.
El
doctor asintió, agradecido, sin explicarle a la muchacha que había sido el
campeón de la ciudad tres años seguidos; jugaría tranquilo, observaría el juego
de la doctora, se frenaría lo suficiente para hacer interesante la partida, se
dejaría ganar deliberadamente una torre, un alfil, un caballo, lo que fuera
necesario para ir igualando las fuerzas... Seguía pensando: «Supongamos que
logran sacar todo el magma y lo echan al río. ¿Queda resuelto así el problema?»
Lo único que harían sería eliminarlo de la planta, pero quedaría a mucho menos
del límite de seguridad mínimo de setenta y cinco kilómetros...
―Jaque
―anunció Brown. El doctor enrocó y echó una ojeada a la media docena de grúas
que estaban en acción en aquel momento―. ¡Jaque! ¡Jaque mate!
Ferrel
miró el tablero sin reflexionar y vio que la dama cubría todas las escapatorias
posibles mientras un alfil daba el jaque. Luego sus ojos se fijaron en el fondo
del tablero.
―¿Sabía
que ha tenido a su rey en jaque durante las últimas seis o siete jugadas? Yo ni
me había fijado...
Ella
frunció el ceño, movió la cabeza y empezó a colocar otra vez todas las piezas.
El doctor salió con el peón de dama, miró una vez más a los operarios y sacó el
alfil de dama, para ver cómo ella se lo comía con el peón de rey. No había
visto siquiera el movimiento que ella realizara y había contado con que
correspondería a su jugada con la misma de peón dama. En aquel tablero portátil
se requería prestar una mayor atención a los movimientos. Los obreros se movían
a toda prisa y se iba haciendo un claro cada vez mayor, pero a medida que
avanzaban sobre el terreno que habían batido las bombas caloríferas, la
violenta acción de éstas quedaba expuesta en el terreno, lleno de socavones
pese al cuidado que habían puesto en el uso de las bombas. Cada vez resultaba
más difícil avanzar, y el tiempo empezaba a correr cada vez más deprisa.
―¡jaque
mate! ―El doctor se volvió a encontrar en una ratonera y empezó a asentir―.
¡Oh, lo siento! He estado jugando con el rey en lugar de la dama. Doctor,
veamos si podemos hacer por lo menos una partida un poco correcta.
Antes
de que terminaran la siguiente se hizo patente que no sería posible. Ninguno de
los dos dedicaba mucha atención al juego. Los peones y las figuras hacían
malabarismos a cuál más extraño, mientras los caballos no dudaban en saltar
seis cuadros en lugar de la ele que tenían que señalar. Lo dejaron correr, en
el preciso momento en que una de las grúas perdía su precario equilibrio y se
inclinaba hacia delante, haciendo que el largo tubo extendido se sumergiera en
la masa humeante que había debajo. Los tanques llegaron al instante y tiraron
hacia delante y hacia atrás hasta que cayó con gran estruendo al tiempo que el
tubo se fundía. La grúa fue retirada y otra tomó su lugar. El conductor, por
suerte, había saltado de la cabina con tiempo suficiente y hacía gestos con el
brazo cubierto por la pesada armadura para indicar que se encontraba bien. De
rutina nuevo volvieron las cosas a la excitada que parecía proseguir
indefinidamente, aunque los segundos pasaban ahora con gran rapidez y se
convertían en minutos que amenazaban transformarse en horas con toda presteza.
―¡Oh!
―La doctora lo había visto todo durante un rato, pero de repente dio unos
golpecitos con los pies y se enderezó con una mano sobre la boca―. Doctor,
acabo de pensar que nada de todo lo que están haciendo servirá para nada.
―¿Cómo?
Resultaba
imposible que la muchacha supiera más que él, pero de todos modos notó que las
ligeras esperanzas que conservaba disminuían rápidamente. Tenía los nervios
embotados, pero aún dispuestos para saltar al menor aviso.
―Porque
el material que estaban haciendo era superpesado... ¡Se hundirá en cuanto toque
el agua, y se amontonará ahí! ¡No podrá flotar río abajo!
Era
obvio, pensó Ferrel; demasiado obvio. Quizás ésa era la razón de que los
ingenieros no hubiesen pensado en principio en aquella solución. Empezó a bajar
de la plataforma en el mismo momento en que Palmer se disponía a subir, y la
mano del gerente le obligó a volver atrás.
―Calma,
doctor, no pasa nada. Conque ya os enseñan algo de física a las mujeres en la
actualidad, ¿no es cierto, señora Jenkins, Sue, doctora Brown o como quiera que
se haga llamar? No se preocupen: el viejo principio del movimiento browniano
mantendrá suspendido cualquier coloide, en el supuesto de que sea lo bastante
fino como para ser un coloide auténtico. Cogemos ese magma, lo aspiramos, y lo
mantenemos bien caliente hasta que toca el agua. Entonces se enfría tan deprisa
que no tiene tiempo de convertirse en partículas lo bastante grandes como para
naufragar. Además, recuerde que algunas partículas del polvo que flota en el
aire son más pesadas también que el agua. Si no les molesta, me uniré a los
mirones y me quedaré aquí. Desde esta posición se puede observar todo mejor que
desde ahí abajo. Por ahora los hombres lo tienen todo bajo control.
La
momentánea desesperación del doctor desapareció y le dejó más seguro de que las
cosas estaban en buenas manos. Volvió a la plataforma e hizo sitio para que
Palmer cupiera a su lado.
―¿Y
qué harán para que la planta no vuele por los aires, Palmer? ¿Con qué se
protegerá?
―Con
nada. ¿Tienes fuego? ―Palmer dio una chupada al cigarrillo y se relajó cuanto
pudo―. No tiene sentido intentar engañarte, doctor, y menos a estas alturas.
Estamos metidos en una gran apuesta, y las posibilidades son inciertas; Jenkins
cree que son de noventa contra diez a su favor, pero él está obligado a pensar
así. Nuestra esperanza consiste en convertir el material radiactivo en gas y
por tanto hacerlo pasar de la máxima concentración molecular ―que es su estado
actual― a la más liviana posible. Si conseguimos hacerlo llegar al agua en
estado coloidal, esperamos que en ningún sitio tenga la densidad suficiente
para explotar. El problema más grave es asegurarse de que eliminamos de la
central todo el material radiactivo. Un solo pedazo que se nos quede aquí puede
provocar la explosión de la planta y de los alrededores, incluida una parte de
la ciudad. Por lo menos ha dejado de provocar erupciones, con lo que lo único
que puede preocupar a los operarios son las quemaduras.
―¿Cuál
es el daño aproximado que puede hacer, en el caso de que no explote y se lo
lleve el agua?
―Posiblemente
ninguno, aparte de elevar un poco el nivel de radiactividad en el aire. Si
dispones de un millón de toneladas de dinamita y logras mantenerla en
combustión a ritmo lento, su peligrosidad no es más que la de un bosque
ardiendo, mientras que un solo barreno que explote te puede causar la muerte.
Por supuesto, en el caso de que finalmente no explote violentamente, todo el
terreno de las marismas será mortífero durante unos cuantos meses, pero eso no
nos preocupa. ¡Por todos los diablos!, ¿por qué no me diría Jenkins que estaba
interesado en trabajar en atomología? Si nos hubiera dicho de entrada que había
estado entrenado en parte por Kellar le hubiéramos fichado inmediatamente.
¡Cuesta tanto encontrar hombres en estas condiciones!
Brown
cobró nuevos ánimos, olvidándose del problema que tenía delante, y entró con
entusiasmo en la conversación, en la que incluyó detalles sobre cómo se las
había ingeniado Jenkins para proseguir sus estudios sobre teoría atómica.
Ferrel no prestaba mucha atención. Seguía con la mirada sobre el terreno
cubierto por el magma, que cada vez se hacía menor. Sin embargo las manecillas
de su reloj iban dejando caer los minutos sin descanso, y cada vez el tiempo se
hacía más escaso. Hasta aquel momento no se dio cuenta del rato que llevaba
sentado en aquella plataforma. Tres de las grúas estaban ya casi tocándose, y a
su alrededor se extendía el suelo quemado en el que no se apreciaba ni rastro
del convertidor, de la edificación protectora ni de cosa alguna; el calor de
las bombas termodinámicas había convertido en gas todo lo que éstas habían
alcanzado, sin distinción alguna.
―¡Palmer!
―El aparato ultrasónico portátil situado alrededor del cuello del gerente se
puso en marcha de repente―. Eh, Palmer. Esos aspiradores están a punto de
reventar, y el tubo tampoco está en muy buenas condiciones. Hemos hecho todo lo
posible por remplazarlos, pero el material radiactivo trabaja más deprisa de lo
que nosotros podemos reparar los aparatos. No aguantará más de un cuarto de
hora.
―Intente
mantenerlos en funcionamiento lo mejor que sepa Briggs.
Palmer
manipuló un botón y se volvió a mirar en dirección a un tanque apostado tras
las grúas.
―¿Has
oído eso, Jenkins?
―Sí.
Ya me sorprendía que resistieran tanto. ¿Cuánto queda para el momento decisivo?
La
voz del muchacho carecía de tono alguno, y no mostraba ni nervios ni esperanza,
sino sólo el abatimiento completo del que llega al límite de sus fuerzas.
Palmer
echó una mirada y silbó.
―Unos
doce minutos, según el mínimo calculado por Hokusai. ¿Cuánto les queda por ahí?
―Estamos
a punto de terminar, y en este instante comprobamos que no quede ningún
residuo; creo que ya lo podemos dar todo por resuelto, pero no prometo nada.
Podría enviarnos ahora todo el I―631 que quede mientras hacemos arder el tubo
para que no quede en él residuo alguno. ¿No se han dejado ningún objeto o parte
que haya estado en contacto con el isótopo R?
―No.
Los últimos los ha quemado usted, y las grúas no han estado en contacto directo
con el magma. Vaya un montón de dinero que se ha evaporado por el tubo ese,
¿eh? El convertidor, la maquinaria, todo...
Jenkins
hizo un ruido que expresaba claramente lo que pensaba del asunto.
―Voy
a empezar a limpiar el tubo. ¿Para qué ha estado pagando las pólizas de
seguros?
―¡No
me hable! ¡Bastante me han costado! Pero hasta hace un rato no tenía esperanza
alguna de librarnos del isótopo de Mahler, así que cualquier cosa que suceda
aparte de eso será una ganga. Bueno: sáquenos de ésta, joven, y le prometo que
podrá empezar a buscar el título de ingeniería atómica para unirlo al de
medicina en cuanto quiera. Su esposa me ha explicado sus calificaciones y creo
que con eso ha pasado la prueba definitiva, por lo que le voy a nombrar
ingeniero atómico graduado por la National.
Brown
tosió y sus ojos brillaron a través incluso de las gafas protectoras, pero la
voz de Jenkins sonó desafinada.
―Muy
bien. Si no volamos todos le pediré ese título que me promete, pero antes
tendrá que consultar con el doctor Ferrel sobre el asunto; tiene un contrato
conmigo para practicar la medicina, y tengo que seguir con él una temporada.
Habían
transcurrido ya nueve de los doce minutos anunciados cuando Jenkins llegó
adonde estaban reunidos los observadores, mientras se secaba parte del sudor
que le bañaba. Palmer no cesaba de observar el reloj. Fueron pasando lentamente
varios minutos más, mientras se desvanecía el último sonido y los hombres
vagaban a la espera de acontecimientos con la mirada puesta en el riachuelo o
en el agujero de lo que había sido el número Cuatro. Silencio. Jenkins se
agitaba y gruñía.
―Palmer,
se lo quise decir cuando se me ocurrió. Jorgenson trataba de hacérmelo
entender, no deliraba. Lo que pasó es que no se me ocurrió hasta que el doctor
despertó mis ideas. Se trataba de la primera variable utilizada por mi padre.
Yo tenía doce años, y la teoría de mi padre era que el agua era capaz de
deshacer las cadenas más grandes y acabar así con el peligro. ¡Sólo que papá no
estaba muy seguro de que funcionara, como más tarde me dijo!
Palmer
no elevó la mirada del reloj, pero el muchacho advirtió su respiración alterada
y sus juramentos.
―¡Maldita
sea! ¡A buena hora lo dice!
―Sea
como sea, mi padre no disponía de los isótopos que aquí son normales para
comprobarlo ―respondió Jenkins con tranquilidad―. Levante la vista y eche una
mirada al río por un momento.
Al
levantar los ojos, el doctor se dio cuenta de repente de que entre los hombres
se escuchaba un rugido. Por el sur, como una enorme masa, había una nube de
vapor que se esparcía hacia arriba y adelante ante sus ojos. Llegaron hasta él
las primeras notas de un sonido silbante. Palmer se asió a Jenkins y se puso a
gritar hasta que Brown logró entrometerse y alejarlo.
―Vapor,
consecuencia del calor... Vapor, no explosión. ¡Doctor, son cinco kilómetros o
más de río, más las marismas! ―Palmer gritaba estas palabras a la oreja a
Ferrel―. ¡Todo el magma está bien disperso, y va a arder lentamente desde este
momento hasta que la última cadena se convierta en energía, átomo a átomo! La
cadena theta se ha dividido en una totalmente inestable, y ahora todo el magma
está ahí y en unas condiciones tales que no puede estallar. Dejará calcinado el
cauce del río, pero ahí acabará todo.
El
doctor todavía se sentía confuso e inseguro de cómo tomarse aquella
reconfortante nueva. Quería echarse a llorar y gritar o bailar con los
operarios y dar saltos hasta que le doliera la cabeza. En vez de ello, se sentó
y se quedó observando la nube.
―¡Así
que me voy a quedar sin el mejor ayudante que he tenido! Jenkins, no voy a
hacer nada por retenerte; eres libre de aceptar cualquier cosa que Palmer te
proponga.
―Hokusai
quiere que trabaje con él en el estudio del isótopo R. Cree que dispone de un
nuevo punto de partida para sus investigaciones sobre el combustible para
cohetes que persigue desde hace tanto tiempo ―el gerente palmeaba las manos
como un muchachito excitado que observara una excavadora a vapor.
―Bueno,
doctor, hazte con otro ayudante, el que quieras hasta que tu propio hijo tenga
la licenciatura el año próximo. Querías que se le concediera una oportunidad de
trabajar aquí, y ahora te la aseguro. ¡En este momento te concedo todo lo que
quieras! Ni la cadena Guilden podrá manipular la verdad en esta ocasión.
―Mira
lo que se puede hacer con los heridos que requieran hospitalización, y atiende
también a los que hay en el hospital de campaña contiguo a la enfermería. Creo
que le voy a pedir a Brown que se quede conmigo en lugar de Jenkins. Además, me
reservo el derecho de exigirle su colaboración durante este año si se
presentara alguna emergencia que así lo requiriera.
―Hecho
―repuso Palmer al tiempo que daba unas cuantas palmadas en la espalda del
muchacho, mientras Sue le hacía un guiño―. A tu esposa le gusta trabajar,
muchacho; ella misma me lo ha confesado. Además, en este lugar trabajan
multitud de mujeres que de este modo pueden vigilar los movimientos de sus
maridos; hasta mi propia esposa lo hace a veces. Doctor, vete a casa con esa
pareja, que yo también voy a descansar. ¡Y no vuelvan hasta que estén
totalmente recuperados y dispuestos para el trabajo! ¡Y no dejes que nadie
perturbe tu sueño esta vez!
El
doctor se bajó del camión y emprendió el camino seguido de Brown y Jenkins, con
los que pasó entre los hombres de la planta, que gritaban, contentos y
satisfechos. Ellos tres estaban demasiado agotados para hacer demostraciones de
cualquier tipo, pero experimentaban aquellos mismos sentimientos. Hombres y
guardias acudían también desde las puertas y se unían alegres a la celebración.
Unos cuantos coches intentaban abrirse paso lentamente entre los grupos de
gente.
Uno
de ellos estaba ya casi a la altura del doctor Ferrel cuando se abrió la
portezuela y apareció una mujer ojerosa que empezó a salir trabajosamente del
coche gritando su nombre. El doctor se detuvo, y la miró con expresión de
incredulidad mientras ella se arrastraba hacia él.
―¡Emma!
Ella
se asió a él un instante y, al caer en la cuenta de la pareja que iba junto a
su marido se separó de él con las mejillas sonrosadas. Se echó a reír e hizo un
movimiento en dirección al coche, incapaz de hablar. Pero no importaba. Las explicaciones
vendrían más tarde.
El
doctor se apoyó en el guardabarros y con una de sus manos retuvo las de ella.
La vida, decidió, no era tan mala después de todo; sería mejor cuando se
deshicieran de aquella multitud y se fueran a casa.
Luego
se puso a reír y se incorporó de nuevo.
―Esperadme
aquí un instante los tres, ¿queréis? Si me voy sin dar esa orden para que
desinfecten de nuevo las duchas, Blake jurará que me estoy volviendo viejo y
débil mental. ¡No puedo consentírselo!
¿Viejo?
Quizás un poco cansado, pero eso ya le había sucedido antes, y con suerte
volvería a ocurrir. No le preocupaba eso. Sus nervios estaban en condiciones de
aguantar veinte años y cincuenta accidentes más, y para entonces el propio
Blake estaría ya tan achacoso como él.
FIN


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