© Libro N°. 3064. Noche De Paz. Higgins Clark, Mary. Colección
E.O. Agosto 27 de 2016.
Título original: © Noche De Paz. Mary Higgins Clark
Versión Original: © Noche De Paz. Mary Higgins Clark
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NOCHE DE PAZ
Mary Higgins Clark
Para
Joan Murchson Broad,
y a
la memoria del coronel Richard L. Broad,
con
cariño y gratitud por todos
los
maravillosos momentos que compartimos.
San
Cristóbal, patrón de los viajeros, ruega por nosotros y protégenos del mal.
Era
Nochebuena en Nueva York. El taxi avanzó lentamente por la Quinta Avenida. A
las cinco de la tarde había un tráfico denso, y las aceras estaban repletas de
gente que hacía las compras navideñas de último momento, empleados que se
dirigían a casa, turistas ansiosos de ver los escaparates cuidadosamente
arreglados y el mítico árbol de Navidad del Rockefeller Center.
Era
de noche ya y el cielo empezaba a llenarse de nubes oscuras, una aparente
confirmación del pronóstico meteorológico: unas Navidades blancas. Pero las
luces parpadeantes, el sonido de los villancicos, las campanillas que los Papá
Noel agitaban en las aceras y la alegría de la gente daba un clima de
Nochebuena perfectamente festivo a la famosa avenida.
Catherine
Dornan iba sentada, erguida, en el asiento trasero del taxi, sus brazos
rodeando los hombros de sus dos hijos. Por la rigidez que sentía en el cuerpo
de los pequeños, sabía que su madre tenía razón. El mal humor de Michael, de
diez años, y el silencio de Brian, de siete, eran signos inequívocos de que los
niños estaban muy preocupados por su padre.
Esa
tarde, cuando había llamado a su madre desde el hospital –todavía llorosa a
pesar de que Spence Crowley, médico y viejo amigo de su marido, le había
asegurado que la operación de Tom había salido mejor de lo esperado, e incluso
le había sugerido que los niños visitaran a su padre a eso de las siete, ella
le había dicho con firmeza:
–Catherine,
será mejor que hagas un esfuerzo. Los niños están muy alterados, y tú no
ayudas. Creo que no sería mala idea que intentaras distraerlos un poco.
Llévalos al Rockefeller Center a que vean el árbol de Navidad, y después id a
cenar por ahí. Si te ven tan preocupada pensarán que Tom está a punto de morir.
–Eso
no tiene por qué suceder, pensó Catherine. Ojalá pudiera volver atrás y
eliminar aquellos últimos diez días. Lo deseaba de todo corazón, empezando por
el momento terrible en que había recibido aquella llamada del hospital de St.
Mary.
–Catherine,
¿puedes venir de inmediato? Tom se ha desmayado mientras hacía la guardia. Lo
primero que pensó fue que debía de tratarse de un error.
Los
hombres delgados, atléticos, de treinta ocho años, no se desmayan. Y Tom
siempre bromeaba con aquello de que los pediatras, por derecho propio, eran
inmunes a todos los virus y gérmenes que llegaban con sus pacientes. Pero Tom
no estaba inmunizado contra la leucemia, que exigía la inmediata extirpación
del inflamado bazo. En el hospital habían dicho a Catherine que seguramente Tom
debía de tener síntomas desde hacía meses, pero que no había hecho caso de
ellos.
–Y
yo, tan estúpida, ni siquiera lo noté pensó mientras intentaba evitar que le
temblaran los labios. Miró por la ventanilla y vio que pasaban por delante del
hotel Plaza, donde, once años atrás, cuando ella tenía veintitrés, habían
celebrado la boda.
Se
supone que las novias se ponen nerviosas –pensó–, pero yo no lo estaba. Casi
llegué corriendo al altar.
Diez
días más tarde festejaban la Navidad en Omaha, donde Tom había aceptado un
puesto en la prestigiosa sala de pediatría del hospital local.
Compramos
de liquidación ese absurdo árbol artificial, pensó mientras, recordaba cómo Tom
lo había levantado para decir:
Atención,
clientes de Kmart.... El árbol que ese año habían escogido con tanto interés se
hallaba en el garaje, con las ramas atadas, porque habían decidido ir a Nueva
York para la operación.
Spence
Crowley, el mejor amigo de Tom, se había convertido en un famoso cirujano del
Sloan–Kettering. Catherine se estremeció al recordar lo alterada que estaba
cuando al fin le permitieron ver a Tom. El taxi se acercó al bordillo.
–¿Aquí
le va bien, señora?
–Sí,
perfecto –respondió Catherine obligándose a parecer alegre mientras sacaba el
billetero y se dirigía a sus hijos–: Papá y yo os trajimos aquí la Nochebuena
de hace cinco años. Ya sé que eras muy pequeño, Brian; pero Michael se acuerda,
¿verdad?
–Sí
–respondió éste con tono seco mientras miraba cómo Catherine sacaba cinco
dólares de un fajo de billetes–. ¿Por qué llevas tanto dinero, mamá?
–Ayer,
cuando ingresaron a papá en el hospital, me dieron su cartera con todo lo que
llevaba. Lo dejaré en casa de la abuela cuando volvamos. Catherine bajó detrás
de Michael y sostuvo la portezuela abierta para que Brian saliera. Estaban
delante de Saks, cerca de la esquina de la calle Cuarenta y nueve con la Quinta
Avenida. Una ordenada fila de espectadores esperaba paciente para ver de cerca
el escaparate de Navidad.
Catherine
llevó a sus hijos al final de la cola. –Primero miraremos los escaparates;
después cruzaremos la calle para ver mejor el árbol de Navidad. Brian suspiró
con fuerza.
¡Menudas
fiestas! Detestaba hacer cola, para todo, y decidió jugar a su juego de siempre
cuando quería que el tiempo pasara deprisa: fingir que había llegado ya al
lugar donde quería ir; y esa noche era la habitación de su padre en el
hospital. Estaba deseando ver a su padre para darle el regalo que lo curaría,
según le había dicho la abuela. Brian tenía tantas ganas de acelerar el paso
del tiempo, que cuando le llegó el turno de acercarse a los escaparates, avanzó
con paso rápido y casi no prestó atención a las escenas con la nieve
arremolinándose sobre los muñecos, los elfos y los animales que bailaban y
cantaban. Se alegró cuando al fin abandonaron la cola.
Después,
cuando se encaminaban hacia la esquina para cruzar la avenida, vio que un
hombre se disponía a tocar el violín mientras un grupo de gente lo rodeaba. De
pronto, el aire se llenó con las notas del villancico Noche de paz y la gente
empezó a cantar. Catherine, cerca del bordillo, se volvió.
–Quedémonos
un momento a escuchar– dijo a los niños.
Brian
oyó la voz ahogada en la garganta de su madre y supo que se esforzaba por
contener el llanto. Casi nunca la había visto llorar hasta aquella mañana de la
anterior semana cuando alguien llamó desde el hospital para decirles que papá
estaba muy enfermo.
Cally
caminó despacio por la Quinta Avenida. Eran poco más de las cinco y estaba
rodeada de los compradores de última hora, los brazos llenos de paquetes.
En
otra época, también ella hubiera compartido todo aquel entusiasmo, pero lo
único que sentía ese día era un cansancio doloroso. Todo había resultado muy
duro en el trabajo. La gente quería pasar las Navidades en casa, por eso muchos
pacientes del hospital estaban deprimidos o fastidiosos. Sus desolados rostros
le recordaban vívidamente su propia depresión de las dos últimas Navidades
pasadas en la cárcel de mujeres de Bedford.
Delante
de la catedral de San Patricio vaciló un instante mientras recordaba a su
abuela llevándoles, a ella y a su hermano Jimmy, a ver el belén. Pero de eso
hacía veinte años ya, cuando ella tenía diez y él seis. Sintió un deseo fugaz:
volver a aquella época, cambiar las cosas, impedir que sucediera todo lo malo,
evitar que Jimmy se convirtiera en lo que era.
El
simple hecho de recordar su nombre bastó para que temblores de miedo le
recorrieran todo el cuerpo. ¡Dios mío, haz que me deje tranquila!, rogó.
Esa
mañana, con Gigi agarrada a ella, había atendido a los enfadados golpes a su
puerta del detective Shore y de otro policía que se presentó como el detective
Levy. Los dos estaban en el mugriento pasillo del edificio en que vivía, en la
calle Diez Este y la avenida B.
–Cally,
¿estás escondiendo a tu hermano otra vez? Los ojos de Shore registraron la
habitación detrás de ella en busca de algo que indicara la presencia de Jimmy.
Aquella
pregunta fue la primera noticia que tuvo Cally de que su hermano había huido de
la cárcel de Riker Island.
–Se
le acusa de haber intentado asesinar a un guardián de la cárcel –le comunicó el
detective, la voz llena de amargura–. El guardián está muy grave. Tu hermano
disparó contra él y le quitó el uniforme. Esta vez, si lo ayudas a escapar,
pasarás mucho más de quince meses en la cárcel. Encubrimiento reiterado, y
ahora hablamos de intento de asesinato (o de asesinato) de un agente de la ley.
Cally, te caerán un montón de años.
–Nunca
me he perdonado haber dado dinero a Jimmy la última vez –dijo Cally en voz
baja.
–Sí,
y las llaves de tu coche –le recordó el policía–. Cally, te lo advierto: no lo
ayudes de nuevo.
–No
lo haré. Se lo aseguro. Además la otra vez no sabía qué había hecho. –Cally
miró los ojos del policía, que recorrían la habitación–.
¡Pase
y registre! –le gritó–. No está aquí. Y si quiere, pinche mi teléfono. Me
gustaría que oyera cómo digo a Jimmy que se entregue. Porque es lo único que
pienso hablar con él.
¡Pero
espero que esta vez Jimmy no me encuentre!, Suplicó mientras se abría paso
entre la multitud de compradores y paseantes.
Después
de cumplir la sentencia, se llevó a Gigi de la casa de acogida. La asistenta
social le había buscado aquel apartamento diminuto y le había conseguido el
empleo de auxiliar de clínica en el hospital St. Luke's–Roosevelt.
¡Esa
sería la primera Navidad con Gigi en dos años! Ojalá hubiese podido comprarle
un par de regalos decentes, pensó. Una niña de cuatro años se merecía un
cochecito de muñeca nuevo, en lugar de aquel destartalado que ella había
conseguido. La colcha y la almohada que le había comprado no ocultaban que era
un trasto viejo. Quizá encontrara al vendedor de muñecas ambulante que había
visto por allí la semana anterior. Sólo costaban ocho dólares, y Cally
recordaba que una de ellas se parecía a Gigi. Ese día no llevaba suficiente
dinero, pero el hombre le había dicho que en Nochebuena estaría en la Quinta
Avenida, entre las calles Cuarenta y siete y Cincuenta y siete, así que era
probable que lo encontrara.
¡Dios
mío, que detengan a Jimmy antes de que haga daño a nadie –rogó–. Hay algo que
no funciona bien en su cabeza, que nunca le ha funcionado!
Delante
de ella, un coro cantaba Noche de paz. Pero mientras se aproximaba, se dio
cuenta de que no eran cantantes de villancicos, sino un grupo de personas
rodeando a un violinista callejero que tocaba villancicos.
...Noche
de paz. Noche de amor... Brian no se unió a las voces, aunque Noche de paz era
su canción favorita en el coro de niños de la iglesia de Omaha. Ojalá se
encontraran allí, y no en Nueva York, y estuvieran a punto de adornar el árbol
de Navidad en su sala de estar, y todo fuera como había sido siempre.
Nueva
York le gustaba, y siempre esperaba el verano para visitar a su abuela. Se
divertía. Pero esa visita no le agradaba. Y menos en Nochebuena, con su padre
en el hospital, su madre terriblemente triste y su hermano mandoneándole,
aunque sólo tenía tres años más que él.
Brian
se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Las tenía frías pese a que
llevaba los mitones. Miró con impaciencia el gigantesco árbol de Navidad, al
otro lado de la pista de patinaje. Sabía que al cabo de un instante su madre
diría: "Muy bien, ahora vayamos a echar un buen vistazo al árbol".
Era
muy alto, con luces brillantes y una enorme estrella en la punta. Pero a Brian
no le importaba ya el árbol, ni los escaparates que acababan de ver. Tampoco
quería escuchar al individuo aquel que tocaba el violín, y no tenía ganas de
quedarse mucho rato allí.
Estaban
perdiendo el tiempo. Quería llegar pronto al hospital y ver cómo mamá le daba a
papá aquella gran medalla de San Cristóbal que había salvado la vida al abuelo
cuando era soldado en la Segunda Guerra Mundial. Su abuelo la había usado
durante toda la guerra, y hasta tenía la marca dejada por una bala.
La
abuela había pedido a mamá que se la diera a papá. Su madre, a pesar de que
casi se había reído, prometió hacerlo.
–Vamos,
mamá, Cristóbal era sólo un mito. Ya ni siquiera lo consideran un santo, y a
quienes únicamente ayuda es a los que venden esas medallas que la gente pone en
los salpicaderos –dijo su madre.
–Catherine
–replicó la abuela–, tu padre creía que la medalla lo había ayudado a salir de
algunas batallas terribles, y eso es lo que cuenta. El creía en eso, y yo
también. Por favor, dásela a Tom y ten fe.
Brian
estaba impaciente. Si la abuela creía que su papá se pondría bien con la
medalla, entonces su mamá tenía que dársela. Estaba seguro de que la abuela
tenía razón.
...a
un infante de faz celestial. El violín dejó de sonar, y la mujer que había
dirigido el improvisado coro pasó una cestita. Brian miró mientras la gente
depositaba monedas y billetes dentro.
Su
madre sacó el monedero del bolso y cogió dos billetes de un dólar.
–Brian,
Michael, echad esto en la cesta. Michael cogió el billete y trató de abrirse
paso entre la gente. Brian, que empezaba a seguirlo, se dio cuenta de que su
madre no había metido de nuevo el monedero en el bolso que llevaba colgado al
hombro, y lo vio caído en el suelo. Se volvió para recogerlo, pero antes de que
lo consiguiera, una mano se le adelantó. La mano pertenecía a una mujer con una
larga coleta y una gabardina oscura.
–¡Mamá!
–gritó ansioso, pero todo el mundo había reanudado los villancicos y su madre
no lo oyó. La mujer que había cogido el monedero se escurrió entre la multitud.
Brian, instintivamente, comenzó a seguirla, temeroso de perderla de vista. Se
volvió de nuevo para llamar a su madre, pero ésta seguía cantando con los
demás.... y los ángeles velando están...
Todo
el mundo cantaba tan alto, que Brian supo que no lo oiría. Mientras miraba a su
madre por encima del hombro, dudó un instante.
¿Debía
volver corriendo a buscarla? Pero se acordó de la medalla que pondría bien a su
padre. Estaba dentro del monedero, y no podía permitir que alguien la robara.
En
ese momento, la mujer doblaba la esquina. Y Brian echó a correr para
alcanzarla.
¿Por
qué‚ lo he cogido?, Pensaba Cally frenética mientras avanzaba a toda velocidad
por la calle cuarenta y ocho en dirección a la avenida Madison. Había
abandonado la idea de ir por la Quinta Avenida en busca del vendedor de muñecas
ambulante, y se dirigió hacia la estación de metro de la avenida Lexington.
Sabía que era más rápido subir hasta la calle cincuenta y uno para coger el
metro, pero el monedero le quemaba en el bolsillo como una brasa ardiente y le
parecía que todo el mundo la observaba con mirada acusadora. La estación Grand
Central estaría abarrotada; cogería el metro allí. Era el sitio más seguro.
Mientras
doblaba a la derecha y cruzaba la calle, un coche patrulla pasó por su lado. A
pesar del frío, Cally empezó a sudar.
Tal
vez el monedero perteneciera a aquella mujer con dos niños pequeños. Estaba en
el grupo que tenía al lado. Volvió a repasar mentalmente el momento en que
había "birlado" el billetero a la mujer delgada de la gabardina rosa
forrada de piel (lo sabía por los puños que llevaba vueltos). Evidentemente era
un abrigo caro, así como el bolso y las botas. El oscuro cabello que le caía
sobre el cuello del abrigo estaba brillante y cuidado. No parecía que tuviera
ninguna clase de problemas.
Ojalá
mi aspecto fuera como el suyo –había pensado Cally–. Tiene más o menos mi edad
y mi talla, y casi el mismo color de cabello. Bueno, quizá el año que viene me
sea posible comprar ropa bonita para Gigi y para mí.
Después
había vuelto la cabeza para echar un vistazo a los escaparates de Saks.
En
realidad, yo no he visto que se le cayera el monedero.
Pero
al pasar junto a la mujer había golpeado algo con el pie, bajó la mirada y lo
vio allí tirado.
¿Por
qué no le he preguntado si era suyo?, Pensó Cally desesperada. Pero en aquel
instante recordó un día en que su abuela había vuelto a casa muy molesta y
avergonzada. Se había encontrado un monedero en la calle y, al abrirlo, vio el
nombre y la dirección de su dueña. Anduvo tres manzanas para devolvérselo, a
pesar de que por entonces ya tenía artritis y le dolía cada paso que daba.
La
dueña del monedero lo revisó y le dijo que allí faltaba un billete de veinte
dólares. Ese recuerdo acudió a la memoria de Cally en el momento de recoger el
monedero.
¿Y
si pertenecía a la mujer de la gabardina rosa y ésta creía que Cally se lo
había robado o que se había quedado con dinero? ¿Y si avisaba a la policía y
descubrían que estaba en libertad condicional? No la creerían, como tampoco la
creyeron cuando les dijo que había prestado dinero a Jimmy y le había dado las
llaves del coche porque su hermano le había contado que si no salía al instante
de la ciudad, uno de la pandilla de la otra calle lo mataría.
Dios
mío. ¿Por qué no he dejado el monedero donde estaba?", Pensó. Contempló la
posibilidad de echarlo en el siguiente buzón que encontrara. No, no podía
arriesgarse. Durante las vacaciones había demasiados policías de paisano por el
centro. ¿Y si uno la veía y le preguntaba qué hacía? No, se iría a casa
corriendo. Aika, que cuidaba a Gigi y a su nieto cuando cerraban la guardería,
le llevaría la niña de un momento a otro. Se le estaba haciendo tarde.
Meteré
el monedero en un sobre, con la dirección que encuentre dentro, y más tarde lo
echaré en un buzón –decidió al fin–. Es lo único que puedo hacer.
Llegó
a la estación Grand Central. Tal como se imaginaba, la encontró llena de gente
que se apresuraba de un lado a otro para coger el tren o el metro y llegar
pronto a casa para celebrar la Nochebuena. Se abrió paso a codazos hasta la
terminal principal, y logró bajar la escalera hasta la entrada de la avenida
Lexington.
Mientras
metía la ficha en la ranura y se apresuraba para coger el metro hasta la calle
Catorce, no advirtió al chiquillo que se colaba por debajo del molinete y le
seguía los pasos.
Y
los ángeles velando están... Esas palabras familiares parecían burlarse de
Catherine, recordándole las fuerzas negativas que amenazaban la complaciente
vida feliz que ella había supuesto que tendría siempre. Su marido estaba en el
hospital con leucemia. Esa mañana le habían extirpado el bazo, inflamado, como
prevención contra una rotura.
Y
aunque era pronto para decirlo con certeza, parecía que se recuperaba bien. Sin
embargo, Catherine no podía evitar el miedo a perderlo, y la idea de vivir sin
él le resultaba casi paralizadora.
¿Por
qué no me di cuenta de que Tom estaba enfermo?, Se preguntó desesperada.
Recordó que tan sólo dos semanas antes, cuando ella le pidió que sacara del
coche las bolsas de la compra, Tom dudó ante la bolsa más pesada, y luego, con
una mueca de dolor, la cogió. Catherine se burló de él.
Ayer
jugaste al golf y hoy te portas como un viejo. ¡Menudo atleta!
–¿Y
Brian? –preguntó Michael después de echar el dólar en la cesta de la cantante.
Catherine,
arrancada de sus pensamientos, miró hacia abajo, a su hijo.
–¿Brian?
–preguntó distraída–. Estaba aquí. –Miró a su lado y después recorrió el lugar
con la mirada–. Tenía un dólar. ¿No ha ido contigo a echarlo en la cesta?
–No
–dijo Michael cortante–. Quizá se lo haya guardado. Es un gilipollas.
–No
hables así –lo corrigió Catherine mientras miraba a su alrededor, con súbita
alarma–.
¡Brian,
Brian! –llamó. El villancico había terminado y la gente se dispersaba. ¿Dónde
estaba Brian? No se habría ido así, sin más.
–¡Brian!
–repitió. Aunque ya en voz bastante alta, claramente alarmada. Algunas personas
se volvieron hacia ella y la miraron con curiosidad.
–Un
niño pequeño –explicó asustada–. Lleva un anorak azul marino y un gorro rojo.
¿Alguien ha visto hacia dónde ha ido? –preguntó con dificultad.
–¿No
habrá ido junto al árbol? Quizá ha cruzado la calle para verlo de cerca
–sugirió una mujer. –O tal vez se haya dirigido hacia la catedral –se le
ocurrió a otra.
–No,
no, Brian no hace esas cosas. Íbamos a visitar a su padre y estaba loco por
verlo. Mientras lo explicaba, Catherine supo que algo muy grave había pasado.
Sintió que las lágrimas le brotaban y rodaban por sus mejillas. Rebuscó en el
bolso un pañuelo y se dio cuenta de que faltaba algo: el conocido bulto del
monedero.
–¡Dios
mío! ¡No tengo el monedero! –exclamó.
–¡Mamá!
–Michael había perdido aquel aire de seguridad que se había convertido en su
forma de ocultar la preocupación que sentía por su padre. De pronto era un
chico de diez años asustado–. Mamá, ¿crees que lo han secuestrado?
–¡Cómo
van a secuestrarlo! Nadie ha podido llevárselo a rastras. Es imposible.
–Catherine sintió que se le aflojaban las piernas–. ¡Avisen a la policía!
–exclamó–. ¡Mi pequeño ha desaparecido!
La
estación estaba repleta. Cientos de personas iban de un lado a otro. Había
adornos navideños por todas partes, y un bullicio terrible. Ruidos de todo tipo
retumbaban por el enorme vestíbulo y rebotaban contra el techo. Un hombre con
un montón de paquetes dio un codazo a Brian en el oído. –Perdona, chico.
Le
costaba seguir a la mujer que había cogido el monedero de su madre. La perdía
constantemente de vista. Se esforzó por esquivar a una familia con niños que le
bloqueaban el paso. Al fin lo consiguió, pero chocó contra una anciana que lo
miró de arriba abajo.
–¡Mira
por donde andas! –exclamó ella.
–Disculpe
–respondió Brian mirándola.
En
aquel instante casi perdió a la mujer que seguía, pero volvió a alcanzarla
mientras ella bajaba por la escalera y se apresuraba por el largo pasillo que
llevaba a la estación de metro. Cuando ella pasó por el molinete, Brian se
agachó, pasó por debajo y la siguió hasta el tren.
El
vagón iba tan lleno que apenas logró entrar. La mujer estaba de pie, cogida a
la barra que recorría el vagón en sentido transversal a los asientos. Brian se
situó cerca de ella, y se agarró a una barra. Recorrieron sólo el largo
trayecto hasta la siguiente estación donde ella se abrió paso hacia las puertas
que se abrían. Había tanta gente que Brian casi se quedó en el tren. Después
tuvo que correr para alcanzarla. La siguió mientras la mujer subía por las
escaleras que enlazaban con otra línea.
El
otro vagón no iba tan lleno. Brian se quedó al lado de una anciana que le
recordaba a su abuela. La mujer de gabardina oscura bajó en la segunda estación
y él siguió, con la vista fija en la coleta, mientras ella subía casi a la
carrera por la escalera de salida a la calle. Emergieron en una esquina muy
transitada. Los autobuses circulaban a toda velocidad en ambas direcciones
cruzando una avenida antes de que el semáforo se pusiera rojo. Brian se volvió.
Por lo que veía, solamente había edificios de apartamentos con cientos de
ventanas iluminadas.
La
mujer del monedero esperó que cambiara el semáforo para cruzar. Apareció la luz
verde y Brian siguió a su presa. Cuando llegaron a la otra acera, ella dobló a
la izquierda y caminó deprisa por la acera en pendiente. Brian, detrás de ella,
echó una rápida mirada al cartel de la calle. El verano anterior, mientras
visitaban a la abuela, su madre había inventado un juego para enseñarle a
orientarse en Nueva York.
''La
abuela vive en la calle Ochenta y siete. Estamos en la calle Cincuenta.
¿Cuántas manzanas faltan hasta su apartamento?", Le había preguntado.
Brian leyó calle Catorce. Debía recordarlo, se recomendó sin perder de vista a
la mujer que llevaba el monedero de su madre.
Sintió
los copos de nieve sobre el rostro. Empezó a soplar un viento frío que le
azotaba las mejillas. Ojalá se encontrara con un policía, para pedirle ayuda,
pero ninguno apareció.
De
todas formas, sabía lo que tenía que hacer: seguiría a la mujer hasta su casa.
Todavía tenía el dólar que su madre le había dado para el violinista.
Conseguiría cambio, llamaría a su abuela desde una cabina, y ella mandaría un
policía para recuperar el monedero de su madre. "Es un buen plan",
pensó. De hecho, estaba seguro de que funcionaría. Tenía que recuperar el
monedero, y la medalla que había dentro. Se acordó de cómo su abuela había
puesto la medalla en manos de su madre, después de que ésta le hubiera dicho
que no serviría para nada.
Por
favor, dásela a Tom y ten fe, dijo la abuela.
La
expresión de su rostro era tan tranquila y segura que Brian supo que tenía
razón. Cuando él recuperase la medalla y se la dieran a su padre, éste se
pondría bien. Brian lo sabía.
La
mujer de la coleta empezó a andar más deprisa. Él la siguió mientras cruzaba
una calle y caminaba hasta la otra esquina, donde dobló a la derecha.
En
la calle en que entraron no había escaparates adornados como en las otras.
Algunas zonas estaban tapiadas, los edificios llenos de graffiti y muchas de
las farolas, rotas. Cuando Brian pasó, un hombre barbudo, sentado en el
bordillo cogido a una botella, tendió la mano.
Por
primera vez, Brian se sintió asustado, pero aun así no apartó la mirada de la
mujer. La nieve caía más aprisa y la acera se ponía resbaladiza. Se escurrió
una vez, pero se las arregló para no caerse. Estaba sin aliento, tratando de no
perder de vista a la mujer. ¿Adónde iba?, Se preguntó. Al cabo de cuatro
manzanas tuvo la respuesta. Entró en el sendero que llevaba a un viejo
edificio, metió la llave en la cerradura y abrió. Brian corrió para llegar a
tiempo antes de que la puerta se cerrara detrás de ella, pero llegó tarde. La
puerta estaba cerrada. No sabía qué hacer. En aquel momento, a través del
cristal vio un hombre que se dirigía hacia él. Mientras el individuo abría la
puerta y salía deprisa, Brian se escurrió por la abertura y entró.
El
vestíbulo estaba oscuro y sucio, y un olor a comida rancia impregnaba el aire.
Delante de él oyó unos pasos que subían por la escalera. Tragó saliva para
aguantarse el miedo y, tratando de no hacer ruido, subió hasta el primer
rellano. Vería dónde entraba la mujer; cuando lo supiera saldría y buscaría un
teléfono.
Pensó
que en lugar de llamar a su abuela, llamaría al 091. Eso le había enseñado su
madre a hacer, si necesitaba ayuda "de verdad". Pero hasta aquel
momento no era el caso.
–Muy
bien, señora Dornan, descríbame a su hijo –dijo el policía mientras esperaba
que se calmara.
–Tiene
siete años y es bajo para su edad –respondió Catherine.
Notaba
el tono chillón en su voz. Estaban sentados en un coche patrulla, delante de
Saks, cerca del lugar donde se habían detenido para escuchar al violinista.
Sintió la mano de Michael que, tranquilizadora, le cogía la suya.
–¿De
qué color tiene el cabello? –preguntó el policía.
–Como
el mío–contestó Michael–. Algo pelirrojo. Ojos azules, pecas... y le falta uno
de los dientes de delante. Llevamos los pantalones y las chaquetas iguales,
salvo que la suya es azul y la mía, verde. Y es flaco.
El
policía miró a Michael con expresión aprobadora.
–Eres
muy útil, muchacho. Muy bien, señora, ¿ha dicho que le falta el monedero? ¿Cree
que se le ha caído o que alguien se acercó a usted? Me refiero a si piensa que
ha sido un carterista.
–No
lo sé –respondió Catherine–. No me importa el monedero. Pero cuando di dinero a
los niños para el violinista, tal vez no lo metí bien en el bolso.
–Estaba
bastante lleno, y quizá se me cayó.
–¿Es
posible que su hijo lo recogiera y decidiera hacer unas compras...?
–No,
no, no –lo interrumpió Catherine con cierto enfado al tiempo que sacudía la
cabeza con fuerza–. Por favor, no pierda el tiempo contemplando esa
posibilidad.
–¿Dónde
vive usted, señora? Lo digo por si desea avisar a alguien.
–El
policía vio la alianza en la mano de Catherine–. ¿A su marido?
–Mi
marido se encuentra ingresado en el hospital Sloan–Kettering, muy enfermo. Se
preguntará dónde nos hemos metido. De hecho, tenemos que ir a verlo enseguida.
Nos está esperando. –Catherine puso la mano en la manija de la portezuela del
patrullero–. Soy incapaz de seguir aquí sentada. Tengo que buscar a Brian.
–Señora
Dornan, difundiré de inmediato la descripción de Brian. Dentro de tres minutos,
todos los policías de Manhattan lo estarán buscando. Ya sabe, quizá se haya
alejado un poco y se ha perdido. A veces pasa. ¿Viene al centro a menudo?
–Vivíamos
en Nueva York, pero nos fuimos a Nebraska –le explicó Michael–. Venimos a
visitar a mi abuela todos los veranos. Vive en la calle Ochenta y siete.
Llegamos la semana pasada porque mi padre tiene leucemia y tenían que operarlo.
Fue a la facultad de medicina con el cirujano que lo ha operado.
Aunque
Manuel Ortiz hacía sólo un año que era policía muchas veces había estado en
contacto ya con el dolor y la desesperación, y vio ambas cosas en los ojos de
aquella joven señora. Tenía a su marido muy enfermo, y ahora había desaparecido
su hijito. Era evidente que en cualquier momento podía sufrir un shock.
–Papá
se dará cuenta de que ha ocurrido algo –dijo Michael preocupado–. Mamá, ¿por
qué no vas a verlo?
–Señora
Dornan, ¿qué le parece si deja a Michael con nosotros? Nos quedaremos aquí, por
si Brian trata de volver mientras todos nuestros efectivos lo buscan. Pediré
que se haga un rastreo por la zona y usaremos megáfonos para que se ponga en
contacto con nosotros, si está perdido por aquí. Haré que un coche la lleve al
hospital y la espere allí.
–¿Se
quedará usted aquí?
–Por
supuesto.
–Michael,
¿tendrás los ojos bien abiertos por si ves a Brian?
–Claro,
mamá, buscaré a ese gilipollas.
–No
lo llames... Pero en aquel momento Catherine vio la expresión en los ojos de su
hijo. "Trata de convencerme de que Brian esté bien, y él también."
Rodeó
al chico con sus brazos y sintió el abrazo breve y reticente que éste le
devolvía.
–Animo,
mamá –dijo.
Jimmy
Siddons maldijo en silencio mientras cruzaba el patio oval del bloque de
apartamentos Stuyvesant Town, cerca de la avenida B. El uniforme que le había
quitado al guardián de la cárcel le daba un aspecto respetable, pero resultaba
demasiado peligroso llevarlo por la calle. Se las había arreglado para birlar
un abrigo roñoso y un gorro de lana del carrito de un indigente. Ayudaban un
poco, pero tenía que encontrar otra ropa, algo más decente.
También
necesitaba un coche. Alguno que nadie echara de menos hasta la mañana
siguiente; uno que estuviera aparcado por toda la noche, el típico coche de los
residentes de clase media de Stuyvesant Town: tamaño mediano, marrón o negro,
con la misma pinta que cualquier otro Honda, Toyota o Ford de la carretera.
Nada elegante.
Aún
no había encontrado el apropiado. Vio que un tipo salía de un Honda y decía a
su acompañante:
–¡Qué
bien volver casa!
Pero
era uno de esos bólidos de un rojo brillante que llamaban la atención.
Un
chico joven pasó en un trasto viejo y aparcó a unos metros. Por el ruido del
motor, Jimmy no iría ni hasta la esquina en aquello. Sólo le faltaba estar en
la autopista y tener una avería, pensó.
Hacía
frío y empezó a sentir hambre. Diez horas en coche, se dijo, y llegaría a
Canadá, donde Paige se reuniría con él y los dos desaparecerían de nuevo. Era
la primera novia de verdad que tenía, y lo había ayudado mucho en Detroit.
Jimmy sabía que el anterior verano no lo habrían pillado si hubiese estudiado a
fondo aquella gasolinera. Tendría que haber inspeccionado mejor el lugar y
darse cuenta de que había un lavabo al lado de la oficina, en lugar de dejarse
sorprender por un poli fuera de servicio cuando apuntaba al empleado.
Al
día siguiente estaba de regreso en Nueva York, a enfrentarse al juicio por el
asesinato de un policía.
Se
cruzó con una pareja de ancianos que le sonrió.
–Feliz
Navidad –dijeron ambos.
Jimmy
respondió con una amable inclinación de cabeza, y prestó atención a las
palabras de la mujer:
–Ed,
¿cómo no has dejado los regalos para los niños en el maletero? En los tiempos
que corren, ¿quién deja las cosas a la vista en un coche toda la noche?
Jimmy
dobló en la esquina y se internó en las sombras, sobre el césped, mientras
observaba cómo la pareja se detenía junto a un Toyota oscuro. El hombre abrió
la portezuela y del asiento trasero sacó un caballito de balancín que tendió a
la mujer y otra media docena de paquetes envueltos en papel de regalo. Con su
ayuda, metió todo en el maletero, cerró el coche y regresó a la acera.
–Espero
que el teléfono esté bien en la guantera–oyó Jimmy decir a la mujer.
–Por
supuesto. Aunque para mí es una pérdida de dinero. Me muero por ver la
expresión de Bobby cuando abra los paquetes mañana.
Luego
volvieron la esquina y desaparecieron. Lo que significaba que desde su
apartamento no verían que el coche había desaparecido.
Esperó
diez minutos y se encaminó hacia el vehículo.
Unos
copos de nieve se arremolinaban a su alrededor. Al cabo de dos minutos salía de
allí conduciendo. Eran las cinco y cuarto. Se dirigió al apartamento de Cally,
en la Diez y la B. Sabía que su hermana se sorprendería de verlo, y que no se
alegraría de ello. Probablemente pensaba que él no sabía su dirección. ¿Acaso
creía que él no tenía forma de seguirle la pista, incluso desde Riker's
Island?, Se preguntó.
Hermana
mayor –pensó mientras conducía por la calle Catorce–, ¡prometiste a la abuela
que cuidarías de mí! "Jimmy necesita que lo orienten. Anda en malas
compañías, y se deja arrastrar con mucha facilidad", había dicho la
abuela. Sin embargo, Cally no había ido ni una vez a la cárcel a visitarlo. Ni
una sola vez. El ni siquiera había tenido noticias de ella.
Debería
andarse con mucho cuidado. Estaba seguro de que la policía vigilaría el
edificio de Cally. Pero eso también lo tenía calculado. Conocía aquel barrio, y
sabía cómo entrar en el edificio por los tejados desde el otro lado de la
manzana. Había llevado a cabo un par de robos allí cuando era un muchacho.
Conociendo
a Cally, sabía que aún guardaría ropa de Frank en el armario. Había estado loca
por él, y seguramente tendría fotografías suyas por toda la casa. Nadie diría
que su marido había muerto antes del nacimiento de Gigi.
Y
sabiendo cómo era ella, se imaginó que al menos tendría algo de pasta para que
su hermanito pagara el peaje de la autopista. El encontraría la manera de
convencerla de que mantuviera la boca cerrada hasta que se encontrara a salvo
en Canadá, con Paige.
Paige.
La imagen de ella pasó por su mente. Lujuriosa. Rubia. Veintidós años. Loca por
él. Ella lo había arreglado todo, consiguiendo que el arma le llegara a la
cárcel.
Nunca
lo abandonaría ni le volvería la espalda.
Jimmy
esbozó una desagradable sonrisa. "Nunca me ayudaste mientras me pudría en
Riker's Island, hermanita. Pero ahora me ayudarás una vez más, te guste o
no."
Aparcó
el coche a una manzana de la parte trasera del edificio de Cally y fingió
revisar un neumático mientras echaba un vistazo alrededor. Aunque tuvieran el
domicilio de Cally bajo vigilancia, seguramente no sabían que se podía entrar
por aquellas ruinas tapiadas. Mientras se ponía de pie, soltó un taco. Maldita
pegatina, llamaba demasiado la atención. NOS ESTAMOS GASTANDO LA HERENCIA DE
NUESTROS NIETOS. Se las arregló para arrancarla casi por completo.
Quince
minutos más tarde, Jimmy había abierto la frágil cerradura del apartamento de
Cally y estaba dentro.
Había
un poco de humedad, pensó mientras observaba las grietas del techo y el gastado
linóleo del diminuto recibidor, pero todo estaba limpio. Cally siempre había
sido muy ordenada. Debajo del árbol de Navidad, en un rincón de lo que
pretendía ser la salita, había dos paquetes envueltos en papel brillante.
Jimmy
se encogió de hombros y pasó al dormitorio.
Allí
revolvió en el armario hasta que encontró la ropa que sabía que estaría allí.
Se cambió y registró todo el apartamento en busca de dinero, pero no lo
encontró. Abrió violentamente las puertas que separaban la cocina, la nevera y
el fregadero de la salita y buscó sin éxito una cerveza. Se conformó con una
Pepsi y se hizo un bocadillo.
Según
sus informes, Cally estaba a punto de llegar del hospital. Sabía que de camino
pasaba por casa de la canguro a recoger a Gigi. Se sentó en el sofá, los ojos
fijos en la puerta y los nervios a flor de piel.
Se
había gastado en comida los pocos dólares que había encontrado en los bolsillos
del guardián. Necesitaba dinero para el peaje de la Thruway y para llenar el
depósito de gasolina.
Venga,
Cally–pensó–. ¿Dónde diablos estás?
A
las seis y diez oyó la llave en la cerradura. Se levantó de un salto, en tres
zancadas llegó al recibidor y se apoyó contra la pared, a un lado de la puerta.
Esperó a que Cally entrara y cerrara detrás de ella, para taparle la boca.
–¡No
grites! –murmuró, mientras ahogaba el chillido de terror de su hermana–. ¿Me
has entendido?
Ella
asintió con la cabeza. Tenía los ojos abiertos de par en par por el miedo.
–¿Dónde
está Gigi? ¿Por qué no viene contigo?
La
soltó un instante para dejarla respirar y que le respondiera.
–Está
en casa de la niñera –dijo ella con una voz casi inaudible–. Hoy se queda un
rato más para que yo pueda ir de compras. Jimmy, ¿qué haces aquí?
–¿Cuánto
dinero tienes?
–Toma,
mi bolso.
Cally
se lo tendió, rogando que no se le ocurriera registrarle los bolsillos del
abrigo. "Dios mío, por favor, que se largue."
–Cally,
voy a soltarte –le dijo en voz baja con tono amenazador mientras cogía el
monedero–. No intentes nada, o Gigi se quedará sin una madre que la espere. ¿Me
comprendes?
–Sí,
sí.
Cally
esperó a que la soltara del todo y luego, muy despacio, giró sobre sus talones
hasta quedar frente a él. No veía a su hermano desde aquella noche terrible,
hacía casi tres años, en que, cuando regresaba a casa con Gigi en brazos,
después del trabajo y de recogerla en la guardería, se lo encontró esperándola
en su apartamento del West Village.
Tiene
más o menos el mismo aspecto–pensó–, a no ser por el cabello un poco más corto
y el rostro algo más delgado.
En
sus ojos no quedaba el mínimo rastro de amabilidad que en una época le había
hecho tener esperanzas de que algún día se enmendase. Ya no. Nada quedaba de
aquel asustado niño de seis años que se había agarrado a ella cuando la madre
los dejó en casa de la abuela para desaparecer de sus vidas.
Jimmy
abrió el bolso de Cally, rebuscó dentro y sacó el monedero, verde brillante.
–¿Dieciocho
dólares? –preguntó enfadado tras contar rápidamente el dinero–. ¿Es esto todo?
–Jimmy,
me pagan pasado mañana. Cógelos, por favor, y lárgate –suplicó Cally–. Déjame
tranquila, por favor.
El
coche tiene medio depósito de gasolina–pensó Jimmy–. Aquí hay dinero para otro
medio depósito y el peaje. Podré llegar a Canadá. Necesitaba mantener a Cally
callada, y eso no le resultaría muy difícil. Sólo debía advertirle que si ponía
a la policía tras su pista y lo cogían, juraría que ella le había facilitado la
pistola con que había disparado contra el guardián.
De
pronto, un ruido fuera lo obligó a volverse con rapidez. Apoyó el ojo contra la
mirilla de la puerta, pero no vio a nadie. Con un gesto amenazador indicó a
Cally que se mantuviera callada, giró en silencio el picaporte y abrió la
puerta. Apenas una rendija, justo para ver un chiquillo que se levantaba, se
volvía y se alejaba de puntillas hacia la escalera.
Con
un rápido movimiento, Jimmy abrió de golpe y lo cogió de la cintura. Le tapó la
boca con la otra mano, lo arrastró al interior del apartamento y lo dejó
violentamente en el suelo.
–¿Has
caído del cielo, chico? Cally, ¿quién es?
–Jimmy,
déjalo tranquilo. No sé quién es. Jamás lo he visto–exclamó ella.
Brian
estaba tan asustado que apenas podía hablar. Pero se dio cuenta de que aquellas
dos personas estaban muy enfadadas entre sí. Pensó que quizá el hombre lo
ayudaría a recuperar el monedero de su madre.
–Tiene
el monedero de mi mamá –dijo, señalando a Calli
Jimmy
lo soltó.
–Esta
sí que es una buena noticia –comentó con una sonrisa mientras se volvía hacia
su hermana–. ¿No te parece?
Un
policía de paisano en un coche sin distintivos condujo a Catherine al hospital.
–La
esperaré aquí, señora Dornan. Tengo la radio conectada. Así pues, en cuanto
encuentren a Brian nos enteraremos de inmediato –dijo.
Catherine
asintió. "Si lo encuentran", pensó angustiada. Sintió que la garganta
se le cerraba por el terror que semejante idea le producía.
El
vestíbulo del hospital tenía adornos navideños: un árbol en el centro, ramas de
muérdago en las paredes y plantas de hojas rojas al pie del mostrador de
recepción.
Le
dieron un pase de visita y le dijeron que Tom estaba en la habitación 530.
Anduvo hacia los ascensores y entró en uno de ellos, casi lleno con personal
del hospital médicos con bata blanca, una pluma y un bloc en el bolsillo del
pecho; empleados de la limpieza y un par de enfermeras.
Hace
dos semanas –pensó Catherine–, Tom hacía sus visitas en el St. Mary de Omaha, y
yo las compras de Navidad. Esa noche llevamos a los niños a una hamburguesería.
La vida era normal, alegre, y bromeamos sobre los problemas que Tom había
tenido el año pasado para poner el árbol de Navidad artificial en su base. Yo
le prometí que este año compraría un árbol natural. Entonces pensé otra vez que
parecía muy cansado, pero nada hice al respecto. Tres días después se desmayó.
–¿No
ha apretado usted el botón de la quinta planta? –preguntó alguien.
Catherine
parpadeó.
–Ah,
sí, gracias.
Salió
del ascensor y se quedó inmóvil por un instante, para orientarse. Al fin
encontró lo que buscaba: una flecha en la pared indicaba las habitaciones 515 a
530.
Mientras
se acercaba al control de enfermeras, vio a Spence Crowley. Catherine tenía la
boca seca. Esa mañana, inmediatamente después de la operación, el cirujano le
había asegurado que todo había salido bien, y que su ayudante haría las visitas
de la tarde. ¿Por qué estaba Spence allí? Se preocupó. ¿Acaso algo iba mal?
El
la vio y le sonrió. "Dios mío, no me sonreiría de esa forma si Tom
estuviera..." Fue otro pensamiento que no pudo terminar.
Crowley
rodeó el escritorio rápidamente y salió a su encuentro.
–Catherine,
¡si vieras tu expresión! Tom está bien. Bastante atontado, por supuesto, pero
sus signos vitales son normales.
Catherine
levantó la mirada deseando creer las palabras que oía, creer en la sinceridad
que veía en aquellos ojos marrones detrás de las gafas con montura al aire.
El
médico la cogió resueltamente por el brazo y la condujo al cubículo que había
detrás del control.
–Catherine,
no quiero presionarte, pero me gustaría que comprendieras que Tom tiene
bastantes probabilidades de salir adelante. Muy buenas probabilidades. Hay
pacientes que llevan una vida satisfactoria y plena con leucemia. Existen
diferentes tratamientos para controlarla. A Tom pienso darle Interferon, que ha
hecho milagros con algunos pacientes míos. Al principio, eso supondrá varias
inyecciones diarias, pero una vez que ajustemos la dosis, se las aplicará él
solo. Cuando se recupere por completo de la operación, volverá al trabajo. Te
juro que es la verdad. Pero hay un problema –añadió en voz baja–. Esta tarde,
cuando has estado con Tom en la UVI –dijo con severidad–, parecías bastante
alterada.
–Sí
–respondió ella.
Aunque
se había prometido no llorar, no pudo evitarlo. Había estado tan preocupada,
que, al enterarse de que la operación había salido bien, sintió un alivio tan
grande que le resultó imposible contenerse.
–Catherine,
Tom acaba de pedirme que le sea franco. Él piensa que te he dicho que no hay
esperanzas. Empieza a preguntarse si no estaré ocultándole algo, sospecha que
quizá las cosas sean peores de cuanto le digo. Pero no es así, y tu tarea es
convencerlo de que esperas tener una larga vida a su lado. Quítale de la cabeza
la idea de que sus expectativas de vida son muy limitadas, no sólo porque
resulta perjudicial para él, sino porque no creo que sea verdad. Para ponerse
bien, Tom necesita tener fe en que va a mejorar, y buena parte de ella debe
recibirla de ti.
–Spence,
tendría que haberme dado cuenta de que estaba enfermo.
El
médico le puso las manos en los hombros y le dio un ligero abrazo.
–Escucha
–dijo–, hay un viejo proverbio: "Médico, cúrate a ti mismo". Cuando
Tom se encuentre mejor, le daré un buen rapapolvo por ignorar los avisos que su
cuerpo le daba. Pero ahora entra tranquila y con una son– risa. Sé que puedes
hacerlo.
Catherine
se obligó a sonreír.
–¿Así?
–Mucho
mejor –asintió Spence–. Sigue sonriendo.
Recuerda
que es Navidad. Pensaba que vendrías con los niños.
Era
incapaz de hablar de la desaparición de Brian. No en aquel momento. En cambio
practicó qué le diría a Tom.
–Brian
ha estado estornudando, y quiero asegurarme que no haya pillado un resfriado.
–Bien
hecho. De acuerdo. Mañana nos vemos. Y ahora recuerda, no dejes de sonreír.
Estás preciosa cuando lo haces...
Catherine
asintió y se dirigió por el pasillo rumbo a la habitación 530. Abrió la puerta
con cuidado. Tom dormía con una bolsa de suero puesta. Tenía sendos tubos de
oxígeno en los orificios de la nariz. Estaba pálido como la funda de la
almohada, con los labios color ceniza.
La
enfermera de guardia privada se puso de pie.
–Ha
preguntado por usted, señora Dornan. Esperaré fuera.
Catherine
acercó una silla a la cama. Se sentó y cogió la mano que Tom tenía sobre la
colcha. Estudió el rostro de su marido. La frente alta; el cabello castaño
rojizo, que Brian había heredado; unas cejas espesas que siempre parecían un
poco despeinadas; la nariz, bien formada, y los labios, que, por lo general,
tenía separados en una sonrisa. Pensó en sus ojos, más azules que grises, y en
el calor y comprensión de su mirada. El daba confianza a sus pacientes.
"Ay, Tom, quisiera contarte que nuestro pequeño ha desaparecido. Ojalá
estuvieras bien, y conmigo, para que lo buscáramos juntos."
Tom
Dornan abrió los ojos.
–Hola,
cariño –dijo con voz débil.
–Hola.
–Se inclinó y lo besó–. Siento haberme comportado como una tonta esta tarde.
Llámalo síndrome premenstrual, o el viejo alivio de siempre. Sabes que soy una
boba sentimental; lloro hasta con los finales felices.
–Se
irguió y lo miró a los ojos–. Estás muy bien, de veras.
Vio
que Tom no la creía. "Todavía no, pero lo haré", pensó con
determinación.
–Creí
que traerías a los niños.
Su
voz era débil y entrecortada.
Catherine
se dio cuenta de que sería incapaz de pronunciar el nombre de Brian sin que su
voz se quebrara.
–No
quería que corretearan a tu alrededor–respondió–. Me pareció mejor que
esperaran a mañana.
–Tu
madre ha llamado –comentó él, adormilado–. La enfermera ha cogido el recado.
Dice que te ha dado un regalo especial para mí. ¿Qué es?
–Sin
los niños no. Quieren dártelo ellos.
–De acuerdo,
pero tráelos mañana. Tengo tantas ganas de verlos.
–Claro.
Pero puesto que estamos solos, podría aprovechar la ocasión y meterme en la
cama contigo.
Tom
abrió los ojos de nuevo.
–Así
se habla.
Esbozó
una sonrisa antes de quedarse dormido.
Catherine
reposó la cabeza en la cama por un buen rato, y la levantó cuando la enfermera
regresó de puntillas a la habitación.
–¿Verdad
que tiene un aspecto estupendo? –preguntó Catherine con tono alegre mientras la
mujer tomaba el pulso a Tom.
Sabía
que aunque se hubiese dormido, él la escucharía. Luego, echándole una última
mirada, abandonó deprisa la habitación y se dirigió al ascensor. Cruzó el
vestíbulo y se acercó al coche de policía que la aguardaba.
El
agente de paisano respondió a su pregunta no formulada.
–Hasta
ahora no hay noticias, señora Dornan.
–¡Te
he dicho que me lo des! –exclamó Jimmy Siddons con tono áspero.
Cally
trató de desafiarlo.
–No
sé de qué habla este niño, Jimmy.
–Sí
que lo sabe –intervino Brian–. La he visto coger el monedero de mi mamá, y la
he seguido hasta aquí porque necesito recuperarlo.
–Qué
chico tan listo –se burló Siddons–. Siempre tras el dinero. –Su expresión fue
torva cuando miró a su hermana–. Cally, no me obligues a quitártelo.
Era
inútil fingir que no lo tenía. Jimmy sabía que el niño decía la verdad. Cally
seguía con el abrigo puesto. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el bonito
monedero de piel. Se lo tendió a su hermano en silencio.
–Es
de mi mamá –dijo Brian, desafiante.
La
mirada que el hombre le echó hizo que se estremeciera. Había estado a punto de
coger el monedero; pero en aquel momento, asustado, se metió las manos en el
bolsillo.
Jimmy
Siddons lo abrió.
–Vaya,
vaya... –exclamó con tono de admiración–. Cally, me sorprendes. Superas a
algunos carteristas que conozco.
–No
lo he robado –protestó ella–. Alguien lo había perdido y yo lo he encontrado.
Pensaba depositarlo en un buzón.
–Muy
bien, pues olvídate de eso, porque ahora es mío y lo necesito –replicó Jimmy.
Sacó
un grueso fajo de billetes y empezó a contarlos.
–Tres
billetes de cien, cuatro de cincuenta, seis de veinte, cuatro de diez, cinco de
cinco y tres de uno. Seiscientos ochenta y ocho dólares. No está mal... en
realidad está muy bien.
Se
metió el dinero en la chaqueta de ante que había sacado del armario ropero y
empezó a registrar el monedero.
–Tarjetas
de crédito, ¿por qué no? Carné de conducir... No, dos carnés: Catherine Dornan
y doctor Thomas Dornan. ¿Quién es el doctor Dornan, muchacho?
–Mi
papá. Está en el hospital.
Brian
observó cómo Jimmy abría el compartimiento donde estaba la medalla y la sacaba.
la levantó por la cadena y se rió con incredulidad.
–¡San
Cristóbal! Hace años que no entro en una iglesia, pero hasta yo sé que lo han
echado del santoral hace mucho tiempo. Cuando pienso en todas esas historias
que nos contaba la abuela sobre cómo llevó al niño Jesús a hombros para cruzar
el arroyo o el río o lo que fuera...
¿Recuerdas,
Cally? –tiró la medalla al suelo con gesto desdeñoso.
Brian
se agachó a recogerla y se la colgó al cuello.
–Mi
abuelo la llevó durante toda la guerra, y volvió sano y salvo. Curará a mi
papá. El monedero no me importa, puede quedárselo. Esto es lo único que yo
quería. Ahora me voy a casa.
Giró
sobre sus talones y echó a correr hacia la puerta.
Ya
había abierto cuando Siddons lo cogió, le tapó la boca con una mano y lo
arrastró dentro.
–Tú
y San Cristóbal os quedáis aquí conmigo, colega –le dijo mientras lo tiraba con
rudeza al suelo.
Brian
suspiró al golpearse la frente contra el cuarteado linóleo. Se incorporó con
lentitud y se frotó la cabeza.
Sentía
como si la habitación diera vueltas, pero oyó cómo la mujer a quien había
seguido suplicaba al hombre.
–Jimmy,
no le hagas daño. Por favor, déjanos tranquilos. Llévate el dinero y lárgate.
Pero vete ya.
Brian
se cogió las rodillas con los brazos tratando de no llorar. No debió haber
seguido a la señora. Ahora se daba cuenta. Tendría que haber gritado en lugar
de salir detrás de ella, quizá alguien la hubiese detenido. Aquel hombre era
malo. No dejaría que se fuera de allí. Y nadie sabía dónde estaba. Ni dónde
buscarlo.
Sintió
la medalla colgada contra su pecho y la apretó dentro del puño. "Por
favor, haz que vuelva con mamá –rezó en silencio, así podré entregarte a
papá."
No
levantó los ojos y no vio cómo lo miraba Jimmy Siddons. No sabía que la mente
de Jimmy sopesaba la situación a toda velocidad. "Este chico ha seguido a
Cally cuando ella cogió el monedero –pensó–. ¿Lo habrán seguido? No, porque ya
estarían aquí."
–¿Dónde
estaba el monedero? –preguntó a su hermana.
–En
la Quinta Avenida, frente al Rockefeller Center.
–Cally
sentía auténtico terror. Jimmy no se detendría ante nada para escapar. Era
capaz de matarlos, a ella y al niño–.
Debió
de caérsele a la madre. Porque estaba en la acera. Supongo que el niño me vio.
–Eso
creo yo. –Jimmy miró el teléfono que estaba sobre la mesita, junto al sofá.
Sonrió y sacó el teléfono móvil que había encontrado en el coche robado, y el
revólver que llevaba. Apuntó a Cally con él–.
Es
posible que la poli tenga pinchado tu teléfono–. Voy a marcar tu número para
decirte que quiero entregarme, y que llames al abogado de oficio que me
representa. Limítate a hacer lo que digo y a mostrarte nerviosa. Comete un solo
error, y este chaval estará muerto. –Bajó la mirada hacia Brian y añadió–: Una
palabra y...
No
terminó la frase.
Brian
asintió para mostrar que había comprendido. Estaba demasiado aterrado para
contestarle con palabras.
–Cally,
¿me has entendido?
La
hermana hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. "Qué estúpida he sido
–pensó–. Lo bastante tonta como para creer que había logrado alejarme de él. Y
eso es imposible. Sí hasta sabe mi número de teléfono."
Cuando
Jimmy terminó de marcar en el portátil, el teléfono de la mesita empezó a
sonar.
–Diga
–respondió en voz baja, sofocada.
–Cally,
soy Jimmy. Escucha, estoy en apuros. Es probable que ya lo sepas. Siento
haberme escapado. Espero que el guardián se ponga bien. No tengo un céntimo y
estoy asustado. –La voz de Jimmy era un murmullo–.
Llama
a Gil Weinstein. Es el abogado de oficio que me asignaron. Dile que me reuniré
con él en la catedral de San Patricio cuando acabe la Misa del Gallo. Dile que
voy a entregarme, y que quiero que esté conmigo. El número de su casa es el
5550267. Cally, siento haberlo echado todo a perder.
Jimmy
apretó el botón del teléfono móvil y observó a Cally mientras ésta colgaba el
auricular.
–No
pueden localizar las llamadas de los teléfonos móviles, ¿lo sabías? Ahora llama
a Weinstein y cuéntale la misma historia. Si los polis están escuchando, habrán
saltado de alegría.
–Pensarán
que yo...
Jimmy
se le acercó en dos zancadas y le puso el cañón del arma en la cabeza.
–Haz
esa llamada.
–Quizá
tu abogado no se encuentre en casa, o no quiera reunirse contigo.
–No,
lo conozco. Es un imbécil, y lo único que desea es publicidad. Llámalo.
Cally
no necesitó que le metiera prisa. En el momento en que Gil Weinstein atendió,
ella se apresuró a decir:
–Usted
no me conoce, soy Cally Hunter. Mi hermano, Jimmy Siddons, acaba de llamarme.
Quiere que le diga...
–Con
voz temblorosa le dio el mensaje.
–Me
reuniré con él–respondió el abogado–. Me alegra que Jimmy haya decidido
entregarse, pero si el guardián de la cárcel muere, lo llevarán a juicio y
pedirán pena de muerte para él. Pude conseguir una perpetua sin condicional por
el primer asesinato, pero esta vez...
–Su
voz se desvaneció.
–Creo
que lo sabe. –Cally vio la seña de Jimmy–. Ahora tengo que dejarlo. Adiós,
señor Weinstein.
–Eres
una cómplice formidable, hermana mayor –dijo Jimmy, y echó una mirada a Brian–.
¿Cómo te llamas, chico?
–Brian
–susurró el pequeño.
–Vámonos,
Brian. Nos largamos de aquí.
–Jimmy,
no te lo lleves. Por favor, déjalo conmigo.
–Ni
hablar. Siempre existe la posibilidad de que salgas corriendo a avisar a la
poli, e incluso que tengas problemas serios en cuanto hablen con este chico.
Después de todo, has robado el monedero de su madre. No, el chico se viene
conmigo. Nadie busca a un hombre con su hijito, ¿verdad? Lo soltaré mañana
temprano, cuando llegue a mi lugar de destino. Después podrás contar lo que
quieras sobre mí. Hasta el chico te respaldará, ¿no es cierto, hijito?
Brian
se encogió contra Cally. Tenía tanto miedo del hombre que comenzó a temblar.
¿Lo obligaría a irse con él?
–Jimmy,
déjalo aquí, por favor–repitió Cally, protegiendo a Brian detrás de ella.
Jimmy
Siddons torció la boca, enfadado. La cogió del brazo y se lo dobló
violentamente a la espalda.
Cally
lanzó un grito y soltó a Brian mientras ella caía al suelo.
Con
ojos que desmentían cualquier vestigio de afecto entre ellos, Jimmy se inclinó
sobre su hermana apuntándola a la cabeza con el revólver.
–Si
no haces lo que te digo, lo pasarás realmente mal. No me cogerán vivo. Ni tú ni
nadie me mandará a la cámara de gas. Además, tengo una novia que me espera.
No
se te ocurra abrir la boca. Hasta haré un trato contigo: si no dices nada,
soltaré al niño vivo. Pero si la poli trata de acercarse a mí, le meteré un
tiro en la cabeza. Así de sencillo. ¿Lo has entendido?
Se
guardó el arma en la chaqueta, se agachó y levantó a Brian de un tirón.
–Tú
y yo vamos a ser verdaderos colegas, hijito –dijo–. Verdaderos colegas.
–Sonrió–. Feliz Navidad, Cally.
La
furgoneta sin identificación aparcada frente al edificio de Cally era el puesto
de vigilancia de los agentes que hacían guardia por si Jimmy Siddons aparecía.
Habían visto a Cally, que llegó un poco más tarde de lo habitual.
Jack
Shore, el agente que había visitado a Cally por la mañana, se quitó los
auriculares y maldijo entre dientes.
Se
volvió hacia su compañero.
–¿Qué
piensas, Mort? No, espera un momento. Te diré qué pienso yo. Es un truco. Trata
de ganar tiempo para alejarse todo lo posible de Nueva York mientras nos
dedicamos a buscarlo en la catedral.
Mort
Levy, veinte años más joven que Shore –y menos cínico–, se frotó la barbilla,
un claro signo de que estaba enfrascado en hondos pensamientos.
–Si
es un truco, no creo que la hermana sea su cómplice por propia voluntad. No
hace falta ser un genio para medir el nivel de nerviosismo que había en su voz.
–Escucha,
Mort, tú has estado en el funeral de Bill Grasso. Tenía treinta años, cuatro
niños pequeños y un tiro entre las cejas disparado por ese cabrón de Jimmy
Siddons. Si Cally Hunter hubiese sido honesta contándonos que había dado dinero
y las llaves de su coche a la rata asquerosa del hermano, Grasso habría sabido
con qué se enfrentaba cuando lo paró por saltarse un semáforo en rojo.
–Sigo
creyendo que Cally se tragó aquella historia de Jimmy de que intentaba huir
porque se había metido en una pelea callejera y la otra pandilla lo perseguía.
Creo que ella no sabía que su hermano había herido al dependiente de una tienda
de licores. Hasta entonces, él no había tenido problemas serios.
–Querrás
decir que hasta entonces no lo habían pillado –soltó Shore–. Fue una lástima
que el juez no condenara a Cally por cómplice de asesinato, en lugar de hacerlo
por ayudar a un fugitivo. Salió al cabo de quince meses. Esta noche, la viuda
de Grasso está decorando el árbol de Navidad, sola. –Su rostro enrojeció de
ira–. Avisaré a la central. Si ese canalla hablaba en serio, tendremos que
cubrir la catedral. ¿Sabes cuánta gente va a misa esta noche? Adivina.
Cally
se hallaba sentada en el gastado sofá de pana, las manos cogiéndose las
rodillas, la cabeza gacha y los ojos cerrados. Le temblaba todo el cuerpo.
Estaba más allá de las lágrimas, más allá de la fatiga. "Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me ocurren estas cosas? ¿Qué debo hacer?"
Si
algo le sucedía a Brian, ella tendría la culpa. Había cogido aquel monedero,
por eso el niño la había seguido.
Y si
el pequeño decía la verdad, su padre estaba muy enfermo. Recordó a la atractiva
mujer de la gabardina rosa y cómo había pensado que todo le iba bien en la
vida.
¿Soltaría
Jimmy al muchachito cuando llegara a su destino? ¿Cómo iba a hacerlo?, Razonó.
Dondequiera que fuese, la policía empezaría a buscar a Jimmy por aquella zona.
"Y si lo suelta, Brian les dirá que me siguió porque cogí el
monedero", se recordó a sí misma.
Pero
Jimmy había asegurado que mataría al niño si la policía lo acorralaba. Y ella
estaba segura de que hablaba en serio. "Así pues, si aviso a la policía,
Brian no tiene ninguna posibilidad", pensó.
Y si
no lo denuncio y Jimmy lo suelta, entonces podré decir honestamente que no los
avisé porque él había amenazado con matar al niño si la policía se le acercaba.
Y yo sabía que lo decía en serio. Y sé que es así, además; eso es lo peor de
todo.
El
rostro de Brian apareció en su mente. El cabello castaño rojizo cayéndole sobre
la frente; los ojos tan azules, grandes e inteligentes; las pecas, dispersas
sobre la nariz y las mejillas. Cuando Jimmy lo había arrastrado al interior del
apartamento, la primera impresión de Cally fue de que no tenía más de cinco
años; pero, por la forma de hablar, estaba segura de que era mayor. Estaba muy
asustado cuando Jimmy lo obligó a salir por la ventana y a subir por la
escalera de incendios. El pequeño se había vuelto para mirarla con expresión
suplicante.
Sonó
el teléfono. Era Aika, la adorable negra que cuidaba de Gigi y de sus propios
nietos todas las tardes después de la guardería.
–Llamo
sólo para ver si estás en casa, Cally –dijo Aika con voz alegre y cálida–. ¿Has
encontrado al hombre de las muñecas?
–Me
temo que no.
–Qué
lástima. ¿Necesitas hacer más compras?
–No,
ahora mismo voy a buscar a Gigi.
–No
te molestes en venir. Ya ha cenado con los míos, como de todas formas tengo que
salir porque necesito leche para el desayuno, dentro de una media hora te la
llevo
–Gracias,
Aika.
Cally
colgó el auricular, consciente de que el apartamento estaba a oscuras, salvo
por la luz del pequeño recibidor, y que aún llevaba puesto el abrigo. Se lo
quitó, entró en la habitación y abrió el armario. Suspiró cuando vio que Jimmy,
al coger la chaqueta y unos pantalones marrones de Frank, había dejado otras
ropas en el suelo: una chaqueta, unos pantalones y un abrigo sucio.
Se
agachó y levantó la chaqueta. El agente Shore le había dicho que Jimmy había
disparado contra un guardián y le había quitado el uniforme. Evidentemente, ése
era el uniforme, y había unos agujeros de bala en la chaqueta.
Con
movimientos desesperados, Cally envolvió la chaqueta y los pantalones con el
abrigo. ¿Y si entraba la policía con una orden de registro? Jamás creerían que
Jimmy había entrado allí por la fuerza. Estarían seguros de que ella le había
proporcionado la ropa. La meterían otra vez en la cárcel..., ¡y perdería a Gigi
para siempre! ¿Qué debía hacer?
Miró
alrededor del armario buscando una solución. La caja que tenía en el estante de
arriba... En ella guardaba la ropa de verano. La bajó y la abrió. Sacó lo que
contenía y lo echó sobre el estante. Metió el uniforme y el abrigo en la caja,
y la cerró. Corrió hacia la cama y buscó debajo el papel de regalo que tenía
escondido allí.
Con
dedos nerviosos envolvió la caja con aquel papel de celofán y le puso un gran
lazo. Luego la llevó a la salita y la puso debajo del árbol de Navidad. Acababa
de terminar la tarea cuando el portero electrónico sonó. Se echó el cabello
hacia atrás con la mano, se obligó a recibir a Gigi con una sonrisa y fue a
atender.
El
agente Shore y el otro que había estado allí con él esa mañana subían por la
escalera.
–¿Otra
vez haciendo jugarretas, Cally? –preguntó Shore–. Espero que no.
Brian
se acurrucó en el asiento del pasajero mientras Jimmy Siddons avanzaba por East
River Drive.
Nunca
había estado tan asustado. Tuvo miedo cuando el hombre lo hizo subir por la
escalera de incendios hasta el tejado. Luego, casi lo arrastró de un tejado a
otro hasta la otra esquina de la manzana. Al fin, por un edificio vacío
salieron a la calle en que tenía aparcado el coche.
El
hombre empujó a Brian dentro y le puso el cinturón de seguridad.
–Si
alguien nos para, recuerda que debes llamarme papá.
Oró
porque su padre se pusiera bien. Y también que él volviera sano y salvo a casa.
Estaba seguro.
Jimmy
Siddons echó una ojeada a su pequeño invitado. Empezaba a relajarse por primera
vez desde que había huido de la cárcel. Seguía nevando, pero el tiempo no
empeoraba, no había de qué preocuparse. Cally no avisaría a la poli. Estaba
seguro. Lo conocía lo bastante bien para saber que hablaba en serio cuando
aseguraba que mataría al niño si lo detenían.
No
pienso pudrirme en la cárcel el resto de mi vida –pensó–, ni tampoco darles la
oportunidad de que me jodan vivo. O me escapo, o la palmo. Pero escaparé.
Sonrió.
Sabía que habría una orden de busca y captura, y que todos los puentes y
túneles de salida de Nueva York estarían vigilados. Pero no tenían ni idea de
adónde se dirigía, y no buscarían a un padre con su hijo viajando en un coche,
cuyo robo aún ignoraban.
Había
sacado los regalos que el matrimonio llevaba en el maletero. Los paquetes
navideños estaban apilados en el asiento trasero. Esos regalos, junto con el
niño que viajaba a su lado, significaban que ni siquiera los empleados de las
cabinas de peaje se molestarían en mirarlo dos veces, aunque les hubieran
avisado que se mantuvieran alertas.
Y
ocho o nueve horas más tarde cruzaría la frontera y entraría en Canadá, donde
Paige lo esperaba. Y después buscaría un bonito lago profundo, que sería el
destino final de aquel coche y de todos los preciosos regalos que había en el
asiento trasero.
Y
del niño con su medalla de San Cristóbal.
La
impresionante maquinaria del Departamento de Policía de Nueva York estaba en
marcha, y se trazaban planes metódicos para garantizar que Jimmy Siddons no se
les escapara, por si, en el último momento, se asustaba y decidía no entregarse
después de la Misa del Gallo.
En
cuanto los aparatos que intervenían el teléfono de Cally grabaron las llamadas
efectuadas por Jimmy y por Cally al abogado, Jack Shore hizo una de consulta.
Informó a sus jefes de qué opinaba exactamente de aquella repentina
"decisión" de entregarse.
–Es
un cabrón consumado –gruñó–. Pondremos un par de cientos de hombres hasta la
una y media o dos de la madrugada, y él estará a mitad de camino de Canadá o
México antes de que nos demos cuenta de que nos ha hecho quedar como una panda
de idiotas.
–Muy
bien, Jack, ya sabemos tu opinión. Ahora sigamos. ¿Hay rastros de Jimmy por los
alrededores de la casa de su hermana? –le soltó el suplente del comisario, a
cargo de la pesquisa.
–No,
señor.
Jack
Shore colgó, y después fue con su compañero a visitar a Cally. De regreso en la
furgoneta, informó de nuevo a la jefatura.
–Acabamos
de ir al apartamento de Hunter, señor. La mujer está enterada de las
consecuencias de ayudar a su hermano. La canguro dejó a la niña cuando nos
marchábamos. Supongo que Cally no saldrá esta noche.
Mort
Levy frunció el entrecejo mientras escuchaba la conversación de su compañero
con el ayudante del comisario. Había visto algo extraño en aquel apartamento,
pero no conseguía descubrir qué. Dibujó mentalmente el plano: el pequeño
recibidor; el lavabo al lado; la estrecha combinación de sala de estar y
cocina; el dormitorio tipo celda, con apenas espacio para una cama individual,
una cuna para la niña y una cómoda de tres cajones...
Jack
había pedido permiso a Cally para echar otro vistazo, y ella accedió con un
movimiento de cabeza. Sin duda no había nadie escondido en el lugar. Abrieron
la puerta del lavabo, miraron debajo de la cama, y echaron una ojeada dentro
del armario. Levy, muy a su pesar, sintió lástima por los intentos de Cally
Hunter de alegrar el deprimente apartamento. Las paredes estaban pintadas de
amarillo y había cojines floreados sobre el desvencijado sofá. El árbol de
Navidad se hallaba escasamente adornado con guirnaldas brillantes y unas luces
verdes y rojas. Debajo, algunos regalos envueltos en papel de celofán.
¿Regalos?
Mort no supo por qué esa palabra activaba algo en su subconsciente. Pensó por
un instante, y sacudió la cabeza. "Olvídalo", se dijo.
Ojalá
Jack no hubiera intimidado a Cally Hunter. Se veía que ella le tenía pánico.
Aunque Mort no había llevado aquel caso, que había tenido lugar dos años antes,
creía que Cally honestamente pensaba que su problemático hermano había tomado
parte en una pelea callejera y que los miembros de la otra pandilla lo
perseguían.
¿Qué
trato de recordar sobre el apartamento? –se preguntó–. ¿Qué hay de diferente en
él?
Se
suponía que terminaban el servicio a las ocho; pero ese día, Jack y él tenían
que volver a la jefatura. Como muchos otros, debían hacer horas extras, al
menos hasta después de la Misa del Gallo. Quizá, aunque era bastante
improbable, Siddons apareciese como había prometido.
Levy
sabía que Shore se moría por detenerlo personalmente. "Reconocería a ese
tipo aunque fuera vestido de monja", repetía su compañero una y otra vez.
Oyeron
un golpe en el portón trasero de la furgoneta, y eso significaba que el relevo
había llegado. Mort se desperezó y saltó a la calle. Se alegraba de haber dado
su tarjeta a Cally Hunter antes de abandonar el apartamento.
–Si
quiere hablar con alguien, señora Hunter, aquí tiene el número donde puede
encontrarme.
El
gentío de la Quinta Avenida había disminuido, aunque todavía quedaban algunos
curiosos cerca del árbol de Navidad del Rockefeller Center. Algunas personas
seguían haciendo cola para ver los escaparates de Saks, y una afluencia de
visitantes constante entraba y salía de la catedral de San Patricio.
Pero
mientras el coche en que iba se detenía detrás del patrullero en que el agente
Ortiz y Michael esperaban, Catherine vio que los compradores de última hora se
habían retirado.
Han
ido a casa, a envolver los últimos regalos, diciéndose que éste será el último
año que van a comprar con prisas el día de Nochebuena, pensó Catherine.
Dejar
todo para último momento. Ese había sido su lema hasta doce años antes, cuando
un médico que hacía el último año de residencia, el doctor Thomas Dornan, entró
en la oficina de administración del hospital y le preguntó: "Eres nueva
aquí, ¿verdad?".
Tom,
con tan buen carácter, y tan organizado. Si hubiese sido ella la enferma, Tom
no habría metido todo el dinero y el carné de identidad en un monedero ya
repleto. No se lo habría guardado en el bolsillo del abrigo con tanto descuido
como para que cualquiera se lo quitara o se le cayera al suelo.
Se
torturaba con esa idea mientras abría la puerta y corría unos pasos hasta el
coche patrulla debajo de la nieve que se arremolinaba. Tenía la seguridad de
que Brian era incapaz de alejarse por las buenas. Estaban tan ansiosos por ver
a Tom que ni siquiera quería perder unos minutos en echar un vistazo al árbol
del Rockefeller Center. Seguramente se había alejado por algo. Si no lo habían
secuestrado, algo muy improbable, era posible que hubiese visto a la persona
que le había robado el monedero –o que lo había recogido del suelo– y la
hubiera seguido.
Michael
estaba sentado en el asiento delantero, junto al agente Ortiz, bebiendo un
refresco. Delante de él, en el suelo, había una bolsa de papel con restos de
ketchup. Catherine se apretujó en el mismo asiento que él y le acarició el
cabello.
–¿Cómo
está papá? –preguntó ansioso–. No le habrás contado lo de Brian, ¿verdad?
–Por
supuesto que no. Como estoy segura de que lo encontraremos pronto, no
necesitamos preocuparlo. Y se encuentra muy bien. He visto al doctor Crowley.
Está muy contento con papá.
–Miró
al agente Ortiz por encima de Michael–. Ya han pasado casi dos horas –dijo en
voz baja.
Este
asintió.
–Estamos
pasando la descripción de Brian cada hora a todos los policías y coches
patrulla de la zona. Señora Dornan, Michael y yo hemos estado charlando y él
opina que Brian no se fue a propósito.
–Tiene
razón. Puedo asegurárselo.
–¿Habló
con la gente que había alrededor cuando se dio cuenta de su desaparición?
–Sí.
–¿Y
nadie vio que se llevaran a algún niño?
–No,
la gente recordaba haberlo visto, pero de pronto había desaparecido.
–Voy
a serle sincero. No conozco a un solo violador que se atreva a raptar a un niño
delante de la madre, arreglándoselas después para abrirse paso entre el gentío.
Pero
Michael cree que quizá Brian siguió a la persona que cogió su monedero.
Catherine
asintió.
–Yo
he pensado lo mismo. Es la única respuesta lógica.
–Michael
me ha dicho que el año pasado Brian enfrentó a un niño de nueve años que empujó
a uno sus compañeros.
–Es
muy valiente –repuso Catherine.
En
aquel momento, el significado de las palabras del policía la sobresaltó.
"Piensa que si Brian siguió a la persona que se llevó el monedero, quizá
se enfrente a el –Dios mío, no!"
–Señora
Dornan, si le parece bien, creo que sería buena idea pedir la ayuda de los
medios de comunicación Podemos ponernos en contacto con algunos canales de
televisión locales y enseñar la foto de su hijo. ¿Tiene alguna?
–Sólo
la que llevaba en el monedero –respondió Catherine con voz monocorde.
Imágenes
de Brian enfrentándose a un ladrón desfilaban por su mente. "Mi pequeño.
¿Alguien sería capaz de hacer daño a mi pequeño?", Pensó.
¿Qué
decía Michael? Hablaba con el policía.
–Mi
abuela tiene un montón de fotografías nuestras –Levantó la vista hacia su
madre–. De todas formas mamá, tienes que llamar a la abuela. Si no volvemos
pronto a casa, empezará a preocuparse.
De
tal palo, tal astilla –pensó Catherine–. Brian tiene el mismo rostro de Tom,
pero Michael piensa como él.
Cerró
los ojos para reprimir las oleadas de pánico que la embargaban–. Tom. Brian.
¿Por qué?
Sintió
que Michael le metía la mano en el bolso y sacaba el teléfono móvil.
–Llamaré
a la abuela–dijo él.
Bárbara
Cavanaugh, en su apartamento de la calle Ochenta y siete, atendió el teléfono y
casi no podía creer las palabras de su hija. Pero no había dudas respecto a la
horrible noticia que la voz queda y casi sin emoción de Catherine le
comunicaba: hacía más de dos horas que Brian había desaparecido.
Bárbara
se las arregló para no perder la calma en su tono de voz.
–¿Dónde
estáis ahora, querida?
–En
un coche patrulla entre la Cuarenta y nueve y la Quinta Avenida. Estábamos aquí
cuando Brian... desapareció de pronto de mi lado.
–Enseguida
voy para allí.
–Mamá,
trae las fotos de Brian más recientes que tengas. La policía quiere dárselas a
los medios de comunicación. Y el informativo de una radio local va a
entrevistarme dentro de unos minutos para que haga una llamada especial. Y...
mamá, telefonea a las enfermeras. Diles que se aseguren que Tom no encienda el
televisor de su habitación. No tiene radio. Si se entera de que Brian ha
desaparecido... –Su voz se apagó.
–Las
llamaré ahora mismo, Catherine. Pero no tengo fotos recientes de Brian. Las
únicas que puedo llevar son las que hicimos el verano pasado en la casa de
Nantucket.
–En
aquel momento se hubiera mordido la lengua. Había estado pidiendo fotografías
de los niños, y no se las habían mandado. Pero el día anterior, Catherine le
había dicho que su regalo de Navidad para ella (retratos de los niños
enmarcados) se le había olvidado, con las prisas por llevar a Tom a Nueva York
para la operación–. Llevaré las que encuentre –se apresuró a decir–. Ahora
mismo salgo.
Después
de dar el mensaje al hospital, Bárbara Cavanaugh se hundió en una silla y apoyó
la frente en una mano. Es espantoso –pensó–, espantoso."
¿Acaso
no tenía siempre la sensación de que todo era demasiado perfecto para ser real?
El padre de Catherine había muerto cuando ésta tenía diez años, y hasta que
conoció a Tom, a los veintidós, su hija había tenido cierto aire de tristeza en
la mirada. Eran tan felices, tan perfectos. "Igual que Gene y yo desde el
primer día", pensó.
Por
un instante, su mente viajó hasta aquel día de 1943 cuando, a los diecinueve
años y en primer curso de universidad, le presentaron a un joven y guapo
oficial del ejército, el teniente Eugene Cavanaugh. Desde aquel momento, ambos
supieron que estaban hechos el uno para el otro. Se casaron al cabo de dos
meses, pero pasaron dieciocho años hasta que nació su primera hija.
Con
Tom, ella encontró el mismo tipo de relación que yo tuve la suerte de tener,
pero... Se levantó de un salto.
Tenía
que reunirse con Catherine. "Brian debió de alejarse y perderse –se dijo–.
Catherine es fuerte, aunque ahora estará al borde del colapso. Ay, Dios mío,
haz que lo encuentren!"
Recorrió
el apartamento a la carrera y recogió retratos enmarcados de las repisas y las
mesas. Se había mudado de Beekman Place hacía diez años. Y aún tenía más
espacio del que necesitaba: comedor, biblioteca, una suite para los
invitados... Pero su propósito era que cuando Tom, Catherine y los niños
llegaran de Omaha, hubiera espacio suficiente para todos.
Bárbara
guardó las fotos en el bolso de piel grande que Catherine y Tom le habían
regalado en su último cumpleaños, cogió un abrigo del armario del recibidor y,
sin molestarse en cerrar la puerta con las dos llaves, salió deprisa a tiempo
de apretar el botón del ascensor cuando éste bajaba del ático.
Sam,
el ascensorista, era un viejo empleado. Cuando le abrió la puerta, cambió la
sonrisa por una mirada de preocupación.
–Buenas
noches, señora Cavanaugh. Feliz Navidad. ¿Tiene alguna noticia del doctor
Dornan?
Bárbara,
temerosa de hablar, meneó la cabeza.
–Tiene
usted unos nietos preciosos. El pequeño, Brian, me dijo que usted le había dado
una cosa a su mamá que curaría a su papá. Ojalá sea verdad.
Bárbara
trató de decir: "¿Ah sí?", Pero sus labios se negaron a pronunciar
palabra.
–¿Por
qué estás triste, mamá? –preguntó Gigi mientras se sentaba sobre las rodillas
de Cally.
–No
estoy triste, Cally. Cuando te tengo a mi lado, siempre me siento alegre.
Gigi
sacudió la cabeza. Llevaba un camisón de Navidad con dibujos de angelitos con
velas. Los ojazos marrones y el cabello castaño dorado eran un legado de Frank.
"Cuanto más crece, más se parece a él", pensó Cally abrazándola
instintivamente más fuerte.
Se
encontraban acurrucadas, juntas, en el sofá delante del árbol.
–Me
alegro mucho de que estés en casa conmigo, mami –dijo Gigi con una voz que de
pronto pareció asustada–. No me dejarás otra vez, ¿no?
–No,
cariñito, tampoco quería dejarte la última vez.
–No
me gustaba ir a visitarte a aquel lugar.
Aquel
lugar. La cárcel de mujeres de Bedford.
–A
mí tampoco me gustaba aquello. –Cally trataba de hablar con un tono
despreocupado.
–Los
hijos tienen que estar con sus madres.
–Sí,
estoy de acuerdo.
–Mami,
¿es para mí ese regalo grande? –preguntó Gigi señalando la caja con el uniforme
y el abrigo que Jimmy había dejado.
–No,
cariño, es para Papá Noel –respondió Cally con la boca seca de repente–.
También le gusta que le hagan regalos por Navidad. Ahora, vamos, que es hora de
acostarse.
–No,
no quiero ir a... –empezó a decir Gigi automáticamente, pero se interrumpió de
pronto–. Si me voy a la cama ahora, ¿llegará la Navidad más rápido?
–Sí,
sí. Vamos, te llevaré a cuestas.
Una
vez hubo arropado a Gigi y vio cómo se abrazaba a su gastada mantita, la
indispensable compañera de sueños de su hija, Cally volvió a la sala y se
hundió de nuevo en el sofá.
Los
hijos tienen que estar con sus madres... Las palabras de Gigi la perseguían.
Cielo santo, ¿dónde se había llevado Jimmy al pequeño? ¿Qué le haría? ¿Y qué
debía hacer ella?
Cally
miró la caja envuelta en papel de celofán. "Es para Papá Noel." El
vívido recuerdo de su contenido le pasó por la mente: el uniforme del guardián
a quien Jimmy había disparado, con el costado y la manga todavía manchados de
sangre; el abrigo roñoso... Dios sabía de dónde lo había sacado, o a quién se
lo había robado.
Jimmy
era malo. No tenía conciencia ni piedad. "Enfréntate a la verdad –se dijo
Cally, impulsiva–. No dudará en matar al niño si eso le sirve para tener más
probabilidades de escapar."
Encendió
la radio para escuchar el informativo de las siete y media. La primera noticia
fue que el guardián de la cárcel seguía grave, aunque estable. Los médicos eran
moderadamente optimistas.
Si
vive, Jimmy no se enfrentará a la pena de muerte –pensó–. No pueden ejecutarlo
ahora por el asesinato del policía de hace tres años. Es listo. No se
arriesgará a matar al niño cuando se entere de que el guardián no va a morir.
Lo soltará.
Esta
tarde, el niño de siete años, Brian Dornan –decía el locutor en aquel momento–,
se separó de su madre en la Quinta Avenida. La familia está en Nueva York
porque el padre...
Cally,
helada delante de la radio, escuchó cómo el locutor daba la descripción del
pequeño, y decía a continuación: "Aquí hay una llamada de la madre,
solicitando la ayuda de todos".
Mientras
Cally oía la voz queda y ansiosa de la madre de Brian, visualizó a la mujer
joven que había dejado caer el monedero. Tendría poco más de treinta, como
mucho.
El
negro y brillante cabello le llegaba al cuello del abrigo. Cally había
vislumbrado su rostro sólo un instante, pero estaba segura de que era bonita.
Muy bonita, bien vestida y segura de sí.
Al
oír cómo pedía ayuda, cómo suplicaba, se tapó los oídos con las manos, corrió
hacia la radio y la apagó de un manotazo. Entró en el cuarto de puntillas. Gigi
estaba dormida, respiraba suave y tranquilamente, con una mano debajo de la
mejilla y la otra cogida a la vieja mantita de la muñeca.
Cally
se arrodilló junto a ella. "Si tiendo la mano, la acariciaré –pensó–, pero
esa mujer no puede tocar a su hijo." ¿Qué debo hacer? Si llamo a la
policía, y Jimmy hace daño a ese chiquillo, dirán que yo soy la responsable de
ello. Lo mismo que dijeron cuando mató a aquel policía. Quizá Jimmy lo suelte
en alguna parte. Me prometió que... Ni siquiera Jimmy sería capaz de hacer daño
a un niño pequeño, ¿no es cierto? Esperaré y rezaré."
Pero
la oración que intentó susurrar: "Dios mío, protege a Brian..."
parecía una burla y no pudo terminarla.
Jimmy
había decidido que lo mejor era ir por el puente George Washington hasta la
ruta 4, después cogería la Ruta 17 hasta la autopista Thruway. Era un camino un
poco más largo que ir por el Bronx hasta Tappan Zee, pero su instinto le decía
que saliera de Nueva York lo antes posible. Por suerte el puente, que era donde
podían pararlo, no tenía peaje para salir.
Brian
miró por la ventanilla mientras pasaban el puente. Sabía que cruzaban por
encima del río Hudson. Su madre tenía primos que vivían en Nueva Jersey, cerca
del puente, y el verano anterior, cuando Michael y él habían pasado una semana
extra con la abuela después de volver de Nantucket, habían ido a visitarlos.
Eran
muy agradables y tenían hijos de su edad. Al pensar en ellos, tuvo ganas de
echarse a llorar. Ojalá pudiera abrir la ventanilla y gritar: "¡Estoy
aquí! ¡Venid a buscarme, por favor!".
Tenía
mucha hambre, y necesitaba ir al lavabo. Levantó la mirada tímidamente.
–Po...
podría... yo.... tengo que ir al lavabo.
Ya
que lo había dicho, temía tanto que el hombre le dijera que no, que empezó a
temblarle el labio. Se lo mordió enseguida, porque oyó la voz de Michael cuando
lo llamaba llorón. Pero incluso eso lo entristeció, y pensó que echaba de menos
a su hermano.
–¿Tienes
pis?
El
hombre no parecía muy enfadado con él. Quizá, después de todo, no le hiciese
daño.
–S...
sí.
–De
acuerdo. ¿Y hambre?
–Sí,
señor.
Jimmy
empezaba a sentirse un poco más seguro.
Estaban
en la carretera 4, el tráfico era abundante pero fluido, y nadie buscaba aquel
coche. El dueño, por entonces, debía de encontrarse en pijama mirando ¡Qué
bello es vivir! Por centésima vez. Al día siguiente, cuando su mujer y él
empezaran a gritar por su Toyota robado, Jimmy estaría en Canadá con Paige.
Estaba loco por ella.
Paige
era la primera cosa segura que tenía en toda su vida.
Jimmy
no quería parar aún a comer; pero, por otro lado, le convenía llenar el
depósito en aquel momento para no correr riesgos. No sabía qué gasolineras
tendrían abierto en Nochebuena.
–De
acuerdo –dijo–, dentro de unos minutos nos detendremos a poner gasolina, iremos
al lavabo y luego compraremos refrescos y patatas fritas. Después pararemos en
un McDonald's y comeremos una hamburguesa.
Pero
recuerda, si en la gasolinera intentas llamar la atención... –Sacó la pistola
de la chaqueta, apuntó a la cabeza de Brian y dijo–: Pum!
Brian
apartó la mirada. Estaban en el carril del centro de la autopista. Un cartel
señalaba la salida de la avenida Forest. Un coche patrulla que iba a la par de
ellos dobló hacia el aparcamiento de un restaurante.
–No
hablaré con nadie. Lo prometo –consiguió decir.
–Lo
prometo, papá –soltó Jimmy.
Papá.
Brian, involuntariamente, apretó la medalla de San Cristóbal. Llevaría esa
medalla a su padre y se pondría bien. Entonces su padre buscaría a ese hombre,
Jimmy, y le pegaría por haber sido tan malo con su hijo. Brian estaba seguro de
ello.
–Lo
prometo, papá –dijo con voz clara mientras sus dedos recorrían la imagen en
relieve de aquella alta figura que llevaba al niño Jesús.
En
la comisaría del Lower Manhattan, el puesto de mando de la búsqueda de Jimmy
Siddons, la creciente tensión era evidente. Todo el mundo sabía perfectamente
que Siddons no dudaría en matar otra vez si con ello facilitaba su huida.
También sabían que llevaba el arma que le habían pasado en la cárcel.
Armado
y peligroso era el pie impreso bajo su fotografía en las octavillas que estaban
siendo distribuidas por toda la ciudad.
–La
última vez recibimos dos mil pistas inútiles, y seguimos infructuosamente cada
una de ellas. Y lo cogimos el pasado verano sólo porque fue lo bastante idiota
para asaltar una gasolinera en Michigan justo cuando había un policía en el
lugar –dijo Jack Shore a Mort Levy mientras observaba con disgusto cómo un
equipo de agentes respondía al incesante flujo de llamadas de denuncia.
Levy
asintió distraído.
–¿Hay
algo más sobre la novia de Siddons? –preguntó a Shore.
Hacía
una hora, uno de los presos, compañero de celda de Siddons, había dicho a un
guardián que Jimmy hablaba siempre de una novia llamada Paige, que, decía, se
dedicaba al strip–tease.
Trataban
de encontrarla en Nueva York, pero Shore tuvo la corazonada de que quizá
hubiese estado liada con Siddons en Michigan, y se puso en contacto con las
autoridades de allí.
–No,
hasta ahora no hay nada nuevo, es probable que se trate de otro callejón sin
salida.
–Jack,
lo llaman de Detroit –gritó una voz por encima del bullicio de la habitación.
Los
dos hombres se volvieron rápidamente. En dos zancadas, Shore llegó a su
escritorio y cogió el auricular.
Su
interlocutor no perdió tiempo.
–Jack,
soy Stan Logan, nos conocimos el año pasado, cuando viniste para llevarte a
Siddons. Quizá tenga algo que te interese.
–Veamos.
–¿Recuerdas
que nunca supimos dónde se ocultaba Siddons antes del atraco a la gasolinera?
Pues bien, tal vez la pista de Paige sea la respuesta. Tenemos un informe de
detención a nombre de Paige Laronde, que se presenta como "bailarina
exótica". Abandonó la ciudad hace dos días. Comentó con una amiga que no
sabía si volvería o no, que iba a encontrarse con su novio...
–¿Dijo
dónde? –lo interrumpió Shore.
–En
California y que después irían a México.
–¡California
y México! Coño, si llega a México nunca más lo encontraremos.
–Nuestros
hombres están investigando en las estaciones de trenes y autobuses, así como en
el aeropuerto, a ver si damos con su pista. Te mantendremos informado –prometió
Logan, y añadió–: Te mandaré por fax el informe de detención y sus fotografías
publicitarias. No se las enseñes a tus hijos.
Shore
colgó el teléfono.
–Si
Siddons se las ha ingeniado para salir de Nueva York esta madrugada, tal vez
esté ya en California o en México.
–No
creo que haya conseguido billete de avión a última hora en Nochebuena –le
recordó Levy con cautela.
–Escucha,
alguien le hizo llegar un arma a la cárcel. Quizá esa misma persona le tenía
preparados ropa, dinero y un billete de avión. Es posible que se las haya
arreglado para llegar a un aeropuerto de Boston o de Filadelfia, donde no lo
buscan. Supongo que se ha encontrado con su novia, y ahora mismo se dirigen al
sur, a la frontera, si es que no están ya comiendo enchiladas.
Y
sigo diciendo que, de un modo u otro, la intermediaria tuvo que ser la hermana
de Siddons.
Mort
Levy, con el entrecejo fruncido, siguió con la mirada a Jack Shore, que se
dirigía a la sala de comunicaciones a esperar el fax de Detroit. El siguiente
paso sería enviar las fotos de Siddons y de su novia a la patrulla de fronteras
en Tijuana, con el aviso de busca y captura de los dos.
Pero
todavía tenemos que cubrir la catedral, con una probabilidad entre un millón de
que Jimmy haya sido honesto con su oferta de entrega, pensó Mort. Por alguna
razón, ninguna de las dos posibilidades –México y entregarse– le parecía
verosímil. Esa Paige, ¿no sería lo bastante lista para mentir a su amiga por si
la policía la interrogaba?
Acababan
de traer el café y los bocadillos que habían pedido. Mort se agachó para coger
el suyo de jamón y pan de centeno. Dos mujeres policías conversaban entre sí.
Oyó
que una de ellas, Lory Martini, decía:
–Todavía
no hay rastro de ese niño desaparecido. Seguro que se lo habrá llevado algún
loco.
–¿Qué
niño desaparecido? –preguntó Levy. Escuchó tranquilamente los detalles. Era la
clase de asunto en que nadie del departamento era capaz de trabajar sin
comprometerse emocionalmente. Mort, que tenía un hijo de siete años, sabía cómo
lo estaría pasando la madre. Y el padre, tan enfermo que ni siquiera le habían
hablado de la desaparición del pequeño. Y todo eso en Navidad. "Dios mío,
a algunas personas les suceden cosas espantosas", pensó.
–Te
llaman, Mort –gritó una voz desde el otro extremo de la sala.
Mort,
con el café y el bocadillo, volvió a su escritorio.
–¿Quién
es? –preguntó mientras levantaba el auricular.
–Una
mujer. No me ha dicho el nombre.
–Agente
Levy al habla–dijo Mort.
Entonces,
oyó el sonido producido por una respiración asustada, y a continuación el clic
que dejó la línea muerta.
El
periodista de la WCBS, Alan Graham, se acercó al coche patrulla en que había
entrevistado a Catherine Dornan hacía una hora, al dar la noticia de la
desaparición del niño.
Eran
las ocho y media, y las ráfagas de nieve intermitentes se habían convertido en
una regular nevada de copos grandes.
Graham
escuchó por los auriculares las últimas noticias sobre el preso fugado.
"El estado de Mario Bonardi, el guardián herido, todavía es extremadamente
grave. El alcalde Giuliani y el comisario de policía Bratton han hecho una
segunda visita al hospital donde la víctima, tras una delicada operación, se
encuentra en cuidados intensivos. Según los últimos informes, la policía sigue
una pista según la cual el agresor, el sospechoso de asesinato Jimmy Siddons,
podría reunirse con su novia en California para dirigirse a México. La patrulla
de fronteras de Tijuana ha sido alertada."
A
uno de los periodistas le habían informado de que el abogado de Jimmy afirmaba
que Siddons pensaba entregarse en la catedral de San Patricio después de la
Misa del Gallo. Alan Graham se alegraba de que la información no hubiera sido
difundida. Ninguno de los altos mandos de la policía lo creía, y no querían que
los fieles fueran perturbados con ese rumor.
En
aquel momento quedaban pocos transeúntes en la Quinta Avenida, y Graham pensó
que abrir los informativos de Nochebuena con esas noticias tenía algo obsceno:
un asesino fugitivo; un oficial de prisiones al borde de la muerte; un niño de
siete años desaparecido, y que se sospechaba que era víctima de algún abuso
sucio.
Golpeó
el cristal de la ventanilla del coche patrulla.
Catherine
levantó la mirada y la abrió a medias. Graham se preguntó al verla por cuánto
tiempo mantendría su notable compostura. Estaba sentada en el asiento del
pasajero, al lado del agente Ortiz. Su hijo Michael se encontraba en el asiento
trasero junto a una bella anciana que lo rodeaba con un brazo.
Catherine
respondió a la pregunta sin formular.
–Sigo
esperando –dijo en voz baja–. El agente Ortiz ha tenido la amabilidad de
quedarse conmigo. No sé por qué, pero siento que, de algún modo, encontraré a
Brian aquí mismo. –Se volvió ligeramente–. Mamá, este señor es Alan Graham, de
la WCBS. Me ha entrevistado después de hablar contigo.
Bárbara
Cavanaugh vio la compasión en el rostro del joven periodista. Aunque sabía que
si tenía algo que decirles ya lo sabrían, no pudo evitar preguntarle.
–¿Alguna
novedad?
–No,
señora. En la emisora recibimos montones de llamadas, pero todas expresando
solidaridad.
–Se
ha esfumado –dijo Catherine con voz monótona–.
Tom
y yo educamos a los niños para que confíen en la gente, pero también para que
sepan qué hacer en una emergencia. Brian sabe ir a buscar a un policía si se ha
perdido. Y también marcar el número de la policía.
Alguien
se lo ha llevado. ¿Quién es capaz de llevarse a un niño de siete años y
retenerlo como no sea un...?
–Catherine,
hija, no te tortures–dijo su madre–. Todos aquellos que te han escuchado por
radio están rezando por Brian. Debes tener fe.
Catherine
sintió que la frustración y la ira brotaban en su interior. Sí, se suponía que
debía tener "fe". Sin duda Brian la había tenido, creía en aquella
medalla de San Cristóbal, tal vez lo suficiente como para seguir al que cogió
el monedero, y pensó que tenía que recuperarlo.
Volvió
la cabeza y miró a su madre y a Michael. Sintió que su ira se disipaba. Su
madre no tenía la culpa de cuanto sucedía. No, la fe (incluso en algo tan
inverosímil como una medalla de San Cristóbal) era algo bueno.
–Tienes
razón, madre –dijo.
Por
los auriculares, Graham oyó al locutor:
–Adelante,
Alan.
Se
alejó un paso del coche y empezó.
–La
madre de Brian Dornan sigue esperando en el lugar donde su hijo desapareció
poco después de las cinco de la tarde. Las autoridades creen en la teoría de
Catherine Dornan acerca de que quizá su hijo viese a la persona que le robó el
monedero y decidiera seguirla. El monedero contenía una medalla de San
Cristóbal que Brian estaba desesperadamente ansioso por llevar a su padre al
hospital.
Graham
tendió el micrófono a Catherine.
–Brian
cree que la medalla ayudará a su padre a ponerse bien. Si yo hubiese tenido la
fe de Brian, habría guardado el monedero con más cuidado por la medalla que
llevaba dentro. Quiero que mi marido mejore. Quiero que mi hijo vuelva –dijo
con voz firme, pese a la emoción–. Por el amor de Dios, si alguien sabe qué le
ha sucedido a Brian, quién lo tiene o dónde esté, por favor, por favor, que nos
llame.
Graham
se apartó del coche patrulla y añadió:
–Si
alguien que escucha el dolor de esta joven madre sabe algo sobre el paradero de
Brian, le rogamos que llame al siguiente número: 2125550748.
Con
los ojos llenos de lágrimas y los labios temblorosos, Cally apagó la radio.
"Si alguien sabe algo sobre el paradero de Brian..."
Lo
he intentado –se dijo–. Lo he intentado. Había marcado el número del detective
Levy, pero cuando oyó su voz, la enormidad de lo que estaba a punto de hacer la
abrumó. La detendrían. Le quitarían a Gigi otra vez y se la darían en adopción
a una familia. "Si alguien sabe algo sobre el paradero de Brian..."
Tendió
la mano para coger el teléfono.
Un
sollozo le llegó desde el dormitorio. Gigi tenía otra pesadilla. Entró deprisa
en la habitación y se sentó en la cama. Cogió a su hija entre los brazos y
empezó a mecerla.
–Chist,
no pasa nada, todo está bien.
–Mami,
mami, he soñado que te ibas otra vez. No te vayas, mami, por favor. No me
dejes. No quiero vivir con otra gente, nunca más.
–Eso
no sucederá, hijita, te lo prometo.
Sintió
cómo Gigi se relajaba. Se apoyó suavemente en la almohada y le acarició la
cabeza.
–Ahora
vuelve a dormir, ángel mío.
Gigi
cerró los ojos, pero los abrió de nuevo.
–¿Puedo
ver cómo abre Papá Noel su regalo? –murmuró. Jimmy Siddons bajó el volumen de
la radio.
–Tu
madre está armando mucho jaleo por ti, chaval.
Brian
tuvo que contenerse para no inclinarse hacia el salpicadero y tocar la radio.
Mamá parecía tan preocupada. Tenía que volver a su lado. Estaba seguro de que
ahora ella también creía en la medalla de San Cristóbal.
En
la autopista había muchos coches, y, aunque nevaba copiosamente, todos iban a
bastante velocidad. Pero Jimmy avanzaba por el carril de la derecha, por ello
no había coches del lado de Brian, y éste empezó a hacer planes.
Si
lograba abrir la portezuela muy rápido, se tiraría a la carretera y rodaría
hacia el lado derecho, para así no ser atropellado. Apretó la medalla de San
Cristóbal y deslizó la mano a hurtadillas hasta la manija de la portezuela. La
apretó suavemente y se movió. Tenía razón: Jimmy no había echado los seguros
después de abandonar la gasolinera.
Estaba
a punto de abrir cuando recordó el cinturón de seguridad. Tenía que
desabrochárselo en el momento en que abría la portezuela. Con cuidado de no
atraer la atención de Jimmy, apoyó el índice de la mano izquierda en el botón
del cinturón.
En
el momento en que iba a mover la manija y apretar el botón, Jimmy lanzó un
taco. Un coche que coleaba intentaba adelantarlos por la izquierda. Al cabo de
un instante, los pasó tan cerca que casi rascó el Toyota. Luego se cruzó
delante de ellos y obligó a Jimmy a frenar de golpe. El coche patinó y coleó,
mientras se oyó el ruido de metal contra metal. Brian contuvo el aliento.
"Choca" –rogó–. "¡Choca!" Alguien lo ayudaría después.
Pero
Jimmy enderezó el coche y esquivó a los demás. Justo delante, Brian oyó el
sonido de las sirenas y vio el resplandor de las luces giratorias reuniéndose
alrededor de otro accidente, que también adelantaron rápidamente.
Jimmy
esbozó una sonrisa satisfecha.
–Tenemos
bastante suerte, ¿no, chaval? –preguntó a Brian mientras lo miraba.
El
niño seguía cogido a la manija de la portezuela.
–No
me digas que pensabas saltar si teníamos que detenernos –exclamó Jimmy mientras
accionaba el cierre centralizado de las portezuelas–. Quita la mano de ahí. Si
vuelvo a verte tocando esa manija, te rompo los dedos –le dijo en voz baja.
Brian
no tuvo la menor duda de que lo haría.
Eran
las diez y cinco. Mort Levy estaba sentado detrás de su escritorio, sumido en
sus pensamientos. Sólo encontraba una explicación para la llamada interrumpida:
Cally Hunter. La furgoneta de la policía, aparcada fuera de la casa de Cally, y
que tenía intervenido su teléfono, le confirmó que ella lo había llamado. Los
hombres que estaban de guardia se ofrecieron, si él quería, a hablarle.
–No
–ordenó–, dejadla tranquila.
Sabía
que sería inútil. Cally se limitaría a repetir lo que les había dicho antes.
"Pero sabe algo y tiene miedo de contarlo", pensó. La había llamado
por teléfono dos veces y, aunque Levy sabía que estaba en casa, ella no había
contestado. Si hubiese salido, los que vigilaban desde la furgoneta se lo
habrían comunicado. ¿Por qué no contestaba entonces? ¿Debía ir a verla
personalmente? ¿Para qué?
–¿Qué
te ocurre? ¿Estás sordo? –preguntó Jack Shore impaciente.
Mort
levantó la mirada. El regordete agente lo observaba con el ceño fruncido.
"No me sorprende que Cally te tenga miedo", pensó Mort recordando el
terror en los ojos de la mujer ante la ira y hostilidad de su compañero.
–Estoy
pensando –contestó con tono seco, reprimiendo el impulso de sugerirle que él
también podía pensar de vez en cuando.
–De
acuerdo, pero piensa con nosotros. Tenemos que seguir adelante con el plan de
cubrir la catedral. –La reprimenda de Shore se suavizó–. Mort, ¿por qué no te
tomas un descanso?
Intenta
parecer peor de lo que es, pensó Levy.
–Tú
tampoco lo haces.
–Porque
odio a Siddons más que tú.
Mort
se levantó lentamente. Seguía con la idea fija de que algo importante se le
había pasado por alto; algo que sabía que estaba allí, delante de él, pero que
no lograba ver. Habían visitado a Cally Hunter a las siete y cuarto de esa
mañana. Ya estaba vestida para ir al trabajo. La vieron de nuevo casi doce
horas después. Parecía agotada, y muy preocupada. Ahora probablemente estaría
durmiendo, pero todo su ser le decía que debía hablar con ella.
A
pesar de que Cally lo negaba, Mort sabía que la mujer tenía la clave.
En
el momento que se apartaba del escritorio, el teléfono sonó. Cuando descolgó el
auricular oyó otra vez aquella respiración aterrorizada. Entonces tomó la
iniciativa.
–Cally–dijo
apremiante–. Cally, hábleme. No tenga miedo. Sea lo que sea, trataré de
ayudarla.
A
Cally ni se le ocurría irse a la cama. Estuvo escuchando la emisora de noticias
con la esperanza, pero también con miedo, de que la policía hubiera cogido a
Jimmy, mientras rezaba para que el pequeño Brian se encontrara sano y salvo.
A
las diez encendió el televisor para ver las noticias locales de la Fox, y se le
encogió el corazón. La madre de Brian se hallaba sentada al lado del
presentador Tony Potts. Tenía el cabello más revuelto –como si hubiese estado
fuera, al viento o bajo la nieve–, el rostro muy pálido y en la mirada una
expresión de dolor. A su lado, sentado, había un niño de unos diez u once años.
El
presentador decía:
Seguramente
habrán escuchado las peticiones de ayuda para encontrar a su hijo Brian que
Catherine Dornan ha realizado. Les hemos pedido, a ella y a Michael, el hermano
de Brian, que esta noche estén con nosotros. Esta misma tarde, poco después de
las cinco, había muchísima gente en la Quinta Avenida y la calle Cuarenta y
nueve.
Quizá
usted se encontraba allí. Tal vez vio a Catherine con sus dos hijos, Michael y
Brian. Escuchaban a un violinista que tocaba villancicos mientras el público
cantaba.
El
niño de siete años, Brian Dornan, que estaba al lado de su madre, desapareció.
La madre y el hermano necesitan la ayuda de todos ustedes para encontrarlo. –El
presentador se volvió hacia Catherine–. ¿Tiene alguna foto de Brian?
Cally
miró la foto, mientras escuchaba a la madre.
Como
no es una foto muy clara, voy a explicarles un poco cómo es. Tiene siete años,
pero parece más pequeño porque es bajito. Tiene el cabello castaño rojizo, ojos
azules y pecas en la nariz... La voz se le quebró.
Cally
cerró los ojos. No soportaba la terrible agonía en el rostro de Catherine
Dornan.
Michael
cogió una mano a su madre.
Mi
hermano lleva una chaqueta azul marino como la mía, salvo que la mía es verde,
y un gorro rojo. Le falta uno de los dientes de delante. –Y en aquel momento
soltó de golpe–. Necesitamos que vuelva. No podemos decir a mi padre que Brian
ha desaparecido, porque mi padre está muy enfermo y no puede preocuparse. –La
voz de Michael se hizo aún más urgente–. Conozco a mi padre y estoy seguro de
que intentaría hacer algo. Se levantaría de la cama para salir en busca de
Brian, y no podemos dejar que lo haga. Está enfermo, muy enfermo.
Cally
apagó el televisor. Se dirigió de puntillas al cuarto donde Gigi dormía al fin
con un sueño tranquilo, y se acercó a la ventana que daba a la escalera de
incendios.
Vio
los ojos de Brian, el chiquillo que la miraba por encima del hombro rogándole
que lo ayudara, con una mano en la de Jimmy y la otra cogida a la medalla de
San Cristóbal, como si ésta fuera a salvarlo de algún modo.
Sacudió
la cabeza. "Vino en busca de esa medalla –pensó–. El dinero no le
importaba." La había seguido porque creía que la medalla curaría a su
padre.
Cally
regresó deprisa a la salita y cogió la tarjeta de Mort Levy.
Cuando
éste respondió a la llamada, su determinación casi se vino abajo otra vez, pero
la voz del agente sonó llena de bondad cuando le dijo:
–Cally,
hábleme. No tenga miedo.
–Señor
Levy –balbuceó–, ¿puede venir aquí enseguida? Tengo que hablar con usted de
Jimmy y... de ese niño que ha desaparecido.
Lo
único que quedaba de las compras que Jimmy había hecho cuando se detuvieron a
poner gasolina eran las latas vacías de Coca Cola y las bolsas arrugadas de
patatas fritas. Jimmy había tirado la suya en el suelo, delante del asiento de
Brian; éste había metido la suya en la papelera de plástico que había debajo
del salpicadero. Ni siquiera recordaba el gusto de las patatas. Tenía tanta
hambre y tanto miedo que sólo era capaz de pensar en el hambre que sentía.
Sabía
que Jimmy estaba muy enfadado con él. Y, desde el momento en que estuvieron a
punto de chocar y Jimmy se dio cuenta de que él planeaba saltar del coche,
parecía muy nervioso. No paraba de abrir y cerrar los dedos sobre el volante y
darle golpecitos con un ruido inquietante. La primera vez que lo hizo, Brian se
sobresaltó y dio un salto. Su acompañante lo cogió del hombro y le regañó,
advirtiéndole que se separase de la portezuela.
La
nieve caía más copiosamente. Alguien frenó delante de ellos. El coche hizo un
viraje brusco y luego continuó la marcha. Brian se dio cuenta de que no habían
chocado porque todos los conductores evitaban acercarse demasiado a los otros
coches.
Aun
así, Jimmy empezó a soltar una catarata de palabrotas en voz baja, muchas de
las cuales Brian nunca había oído, ni siquiera en Skeet, el chico de su clase
que más tacos sabía en el mundo.
El
coche que había patinado confirmó a Jimmy la creciente sensación de que algo
podía salir mal en cualquier momento, aunque estuviera a punto de largarse del
país.
No
parecía que el guardián al que había disparado fuera a sobrevivir. Si moría...
Jimmy hablaba en serio cuando había dicho a Cally que no lo cogerían vivo.
Después
trató de tranquilizarse. Disponía de un coche que seguramente nadie había
echado en falta todavía.
Tenía
ropa decente y dinero. Si hubiesen quedado detenidos cuando aquel imbécil
chocó, el chico habría saltado del coche. "Si el gilipollas de ese
vehículo que patinó hubiese tocado el Toyota, podría haberme hecho daño –pensó
Jimmy–. Y si hubiese ido yo solo, habría soltado un rollo; pero llevando al
chico conmigo, no podía."
Por
otro lado, nadie sabía que tenía al niño, y ningún policía del mundo buscaba a
un sujeto con un bonito coche, un montón de juguetes en el asiento trasero y un
chiquillo a su lado.
Ya
se encontraban cerca de Syracuse. Dentro de tres horas estaría al otro lado de
la frontera, con Paige.
Vio
un cartel de McDonald's a la derecha. Jimmy tenía hambre, y era un buen lugar
para pedir algo de comer.
Aguantaría
con eso hasta llegar a Canadá. Entraría por la parte de servicio para coches,
pediría algo para los dos y volvería rápidamente a la carretera.
–¿Qué
te gusta más para comer, chaval? –preguntó en un tono casi amable.
Brian,
que había visto el cartel de McDonald's, había contenido el aliento con la
esperanza de que fueran a comer algo.
–Hamburguesa
con patatas fritas y Coca Cola –dijo tímidamente.
–Si
paro en McDonald's, ¿te harás el dormido?
–Lo
prometo.
–Entonces
hazlo. Apóyate contra mí, con los ojos cerrados.
–De
acuerdo.
Brian,
obediente, se apoyó contra el hombro de Jimmy y apretó los ojos. Trataba de que
no se le notara lo asustado que estaba.
–Veamos
qué tal actor eres –dijo Jimmy–. Y espero por tu bien que seas bueno.
La
medalla de San Cristóbal se le había deslizado hacia un lado. Brian se la
enderezó para sentirla sobre el pecho, pesada y tranquilizadora.
Le
daba miedo estar tan cerca de aquel hombre. No era como cuando se dormía
mientras su padre conducía y sentía su mano acariciándole el hombro.
Jimmy
abandonó la autopista. Tenía que hacer cola en la entrada para vehículos. Se
quedó helado cuando vio cómo un coche patrulla se detenía detrás de ellos, pero
no tenía más alternativa que permanecer en su puesto si no quería llamar la
atención. Cuando le tocó el turno e hizo su pedido y pagó, el empleado ni se
molestó siquiera en mirar dentro del coche. Pero cuando tuvo que recoger los
bocadillos y las bebidas, la mujer miró por encima del mostrador a Brian,
iluminado por la luz de detrás.
–Tendrá
unas ganas locas de ver qué le va a traer Papá Noel, ¿no? –dijo, señalando al
niño.
Jimmy
asintió con la cabeza y trató de sonreír mientras tendía la mano para recoger
la bolsa.
La
mujer se asomó un poco más y echó un vistazo dentro del coche.
–Dios
mío, ¿lleva una medalla de San Cristóbal? Mi padre se llama así, y siempre da
mucha importancia a ese asunto, pero mi madre se burla de que hayan echado a
San Cristóbal del santoral. Mi padre dice que es una lástima que mi madre no se
llame Filomena, que es otra santa que el Vaticano ha dicho que no existe.
La
mujer lanzó una carcajada y le tendió la bolsa.
Mientras
volvían a la autopista, Brian abrió los ojos. Sintió el olor de las
hamburguesas y las patatas fritas, y se incorporó con lentitud.
Jimmy
lo miró, los ojos fríos, el rostro tenso. A través de los labios apenas
entreabiertos, le ordenó en voz baja:
–Quítate
esa maldita medalla del cuello.
Cally
tenía que hablar con él sobre su hermano y el niño desaparecido. Mort Levy,
después de prometerle que enseguida iba para allá, colgó el auricular con gesto
perplejo. ¿Qué vínculo habría entre Jimmy Siddons y el niño desaparecido en la
Quinta Avenida?
Llamó
a la furgoneta de vigilancia.
–¿Lo
habéis grabado?
–¿Está
loca, Mort? Es imposible que se refiera al niño Dornan. ¿Quieres que nos la
llevemos para interrogarla?
–¡Eso
es justamente lo que no quiero que hagáis! –estalló Levy–. Ya está demasiado
asustada. Quedaos quietos hasta que yo llegue.
Tenía
que informar a sus jefes, empezando por Jack Shore, sobre la llamada de Cally
Hunter. Vio que éste salía del despacho del inspector jefe en ese momento y se
dirigía a su escritorio.
–Entra
otra vez –le dijo cogiéndole del brazo.
–Te
he dicho que te tomes un descanso –replicó Shore dando un tirón–. Acabamos de
tener noticias de Logan, de Detroit. Hace dos días, una mujer que coincide con
la descripción de la amiguita de Siddons alquiló un coche con chofer para
dirigirse a la frontera, a Windsor. Los hombres de Logan creen que comentó con
su amiga lo de California y México para despistar. Han interrogado a la chica
de nuevo y esta vez ha recordado que le ofreció comprarle el abrigo de pieles a
Laronde, ya que en México no lo iba a necesitar, pero que ella no quiso
vendérselo.
Nunca
me he tragado lo de México, pensó Mort Levy mientras casi arrastraba a Shore,
sin soltarle el brazo, hacia el despacho del inspector.
Cinco
minutos después, un coche patrulla se lanzaba a toda velocidad por East Side
Drive hacia la avenida B y la calle Diez. A Jack Shore, amargamente frustrado,
le habían ordenado esperar en la furgoneta de vigilancia, mientras Mort y el
jefe, Bud Folney, subían para hablar con Cally.
Mort
sabía que Shore nunca le perdonaría su insistencia de que se quedara fuera.
Jack–le
había dicho–, cuando fuimos a su casa, yo sabía que ella nos ocultaba algo. La
has asustado de una manera terrible. Cree que eres capaz de cualquier cosa para
verla otra vez entre rejas. Por todos los santos, ¿no puedes tratarla como a un
ser humano? Tiene una niña de cuatro años, su marido ha muerto, fue encerrada
sin la menor piedad cuando cometió el error de ayudar al hermano que
prácticamente había criado.
Mort
se volvió hacia Folney.
–No
sé cómo Jimmy Siddons puede estar relacionado con el niño desaparecido, pero sí
sé que Cally tenía demasiado miedo para hablar. Si ahora nos cuenta lo que sabe
es porque cree que el Departamento... usted... no la encerraran.
Folney
asintió. Era un hombre de voz suave, delgado, de casi cincuenta años y rostro
de docente. En realidad había sido profesor de instituto durante tres años,
antes de descubrir que su pasión era la actividad policial. En el cuerpo de
policía, todos pensaban que un día llegaría a comisario jefe. Y, de hecho, ya
era uno de los hombres más poderosos del Departamento.
Mort
Levy sabía que si alguien podía ayudar a Cally, suponiendo que ésta se hubiera
visto obligada a encubrir a Jimmy otra vez, era Folney. Pero el niño
desaparecido... ¿qué relación tendría con Siddons?
Era
una pregunta que todos estaban impacientes por hacer.
Cuando
el coche patrulla se detuvo detrás de la furgoneta de vigilancia, Shore hizo un
último intento:
–Si
no abro la boca...
–Sugiero
que te quedes, Jack –respondió Folney–. Ve a la furgoneta.
Pete
Cruise estaba a punto de dar por terminado el día.
Había
descubierto dónde vivía Cally Hunter cuando trató de entrevistarla después de
que ésta saliera de la cárcel, y ahora esperaba que su hermano apareciera. Pero
nada había que observar, salvo la nieve que caía y paraba a intervalos. Al
menos parecía que había parado del todo.
La
furgoneta, sin duda de la policía, seguía aparcada enfrente del edificio de
Cally, pero seguramente lo único que hacían era grabar las llamadas. La
probabilidad de que Jimmy Siddons se presentara en casa de su hermana era casi
tan remota como que dos desconocidos tuvieran el mismo código genético.
Todas
esas horas rondando el edificio de Hunter habían sido una pérdida de tiempo,
decidió Pete. Desde que Cally llegó, poco después de las seis, y los dos
agentes entraron a eso de las siete, nada había ocurrido.
No
cesaba de mover el dial de su poderosa radio entre la banda de la policía; la
WYME, la emisora en que él trabajaba, y la emisora de noticias WCBS. Nada se
sabía de Siddons. Y era una lástima lo del niño desaparecido.
Cuando
la WYME difundió el informativo de las diez, Pete pensó por centésima vez que
la locutora parecía una idiota. Pero al hablar de la desaparición del niño de
siete años notó auténtica emoción en su voz. "Quizá necesitemos que
desaparezca un niño todos los días", se dijo Pete, sarcástico, pero
enseguida se avergonzó de sí mismo.
Había
mucha actividad en el edificio de Cally, con gente entrando y saliendo. Muchas
iglesias habían trasladado la Misa del Gallo de las doce a las diez de la
noche.
Pero
citaran a la hora que fuera, algunas personas llegaban siempre tarde, pensó
Pete mientras veía a una pareja de ancianos que salía deprisa del edificio y
doblaba por la avenida B, probablemente en dirección a Saint Emeric.
La
mujer que había llevado a la hija de Hunter apareció por la esquina. ¿Iba a
casa de Cally? ¿Acaso ésta pensaba salir?, Se preguntó.
Pete
se encogió de hombros. Quizá Hunter tuviera alguna cita o pensara ir a la
iglesia. Resultaba obvio que ése no era el día en que lograría la noticia que
lo convertiría en un periodista famoso.
Pero
lo conseguiré –se prometió–. No pienso pasarme la vida trabajando en esta
emisora de mala muerte.
A un
amigo que trabajaba en la WNBC le encantaba tomarle el pelo con lo de su
empleo. Su broma favorita era que la audiencia de la WYME estaba compuesta por
dos cucarachas y tres gatos callejeros.
Pete
puso el motor en marcha. Estaba a punto de arrancar cuando vio que un coche
patrulla se detenía delante del edificio de Cally.
Entrecerró
los ojos. Vio que tres hombres bajaban del vehículo. Uno de ellos, que
reconoció como Jack Shore, cruzó la calle y entró en la furgoneta. Después, con
la luz del vestíbulo, vio a Mort Levy. No distinguió al tercero.
Algo
iba a pasar. Apagó el motor, súbitamente interesado otra vez.
Mientras
esperaba a Mort Levy, Cally sacó los regalos para Gigi de detrás del sofá,
donde los tenía escondidos, y los puso delante del árbol de Navidad. Decidió
que el cochecito de segunda mano para la muñeca, con la colcha y la funda de
almohada azul de satén, no tenía ya tan mal aspecto. Le pondría la muñequita
que le había comprado por un par de dólares el mes anterior, a pesar de que no
era tan bonita como la que hubiese comprado al vendedor de la Quinta Avenida,
que tenía el dorado cabello castaño de Gigi y llevaba un vestidito de fiesta
azul. Si no hubiese buscado a aquel vendedor, no habría visto el monedero, y el
niño no la habría seguido, y...
Dejó
aquellos pensamientos a un lado. Ya estaba hecho. Apiló cuidadosamente los
regalos envueltos en papel de celofán de brillantes colores: unos pantalones y
un polo; un libro y lápices para colorearlo; unos diminutos muebles para la
casita de muñecas. Todo, hasta la ropa, estaba envuelto en su correspondiente
paquete, al menos así parecería que Gigi tenía un montón de regalos para abrir.
Trató
de no mirar el paquete más grande que había debajo del árbol, el que Gigi creía
que era para Papá Noel.
Al
final llamó a Aika por teléfono. Los nietos de Aika se iban siempre a su casa a
dormir, así que Cally estaba segura de que la mujer podría quedarse con Gigi,
en el caso de que la policía la detuviera después de que les contara lo de
Jimmy y el pequeño.
Aika
atendió al primer timbrazo.
–Diga.
–Su voz era tan cálida como siempre.
Si
me meten de nuevo en la cárcel, ojalá dejaran a Gigi con Aika, pensó Cally,
tragando el nudo que tenía en la garganta.
–Aika,
tengo un problema. ¿Puedes venir dentro de una media hora y quizá quedarte a
pasar la noche?
–No
lo dudes. –Aika no hizo preguntas y se limitó a colgar.
Mientras
Cally dejaba el auricular en su sitio, el timbre del portero electrónico resonó
por todo el apartamento.
–Nuestro
centro de control está que arde, señora Dornan –dijo Leigh Ann Winick,
productora del informativo de las diez de la Fox, a Catherine mientras ésta y
Michael se retiraban del plató evitando cuidadosamente los cables que había por
el suelo–. Es como si todos nuestros espectadores quisieran que usted supiera
que la apoyan y rezan por Brian, y por su marido.
–Gracias.
Catherine
trató de sonreír. Bajó la mirada hacia Michael. Su hijo se había esforzado en
darle ánimos en bien de ella. Cuando oyó hacer su petición ante las cámaras,
comprendió cuánto significaba para él lo que sucedía.
Michael
tenía las manos en los bolsillos y los hombros encorvados. Era la misma postura
que Tom adoptaba cuando estaba preocupado por un paciente. Catherine se irguió
y cogió a su hijo mayor por los hombros mientras la puerta del plató se cerraba
a sus espaldas.
–Nuestros
operadores están agradeciendo a todo el mundo sus llamadas en nombre de ustedes
–dijo la productora–. Pero ¿hay algo en especial que quisiera usted que nuestro
público supiera?
Catherine
respiró hondo y apretó más a su hijo contra su cuerpo.
–Me
gustaría que les dijera que yo creo que el monedero se me cayó y que Brian
debió de seguir a la persona que lo recogió. La razón de que estuviera tan
ansioso por recuperarlo es que mi madre acababa de darme una medalla de San
Cristóbal que mi padre había llevado durante la Segunda Guerra. Mi padre creía
que esa medalla le había salvado la vida. Incluso tiene la marca de una bala
que rebotó contra ella y que pudo matarlo. Brian tiene la misma fe maravillosa
en que San Cristóbal, o lo que éste representa, cuidará de nosotros otra
vez..., y yo también lo creo. San Cristóbal nos traerá a Brian sobre sus
hombros y ayudará a mi marido a ponerse bien. –Sonrió a Michael–. ¿Estás de
acuerdo, colega?
Los
ojos de Michael brillaban.
–Mamá,
¿de verdad lo crees así?
Catherine
respiró hondo. "Creo, Señor, y ayúdame en mi incredulidad."
–Sí,
lo creo –respondió con decisión.
Y
quizá porque era Nochebuena, aquélla fue la primera vez que creyó.
El
policía de tráfico Chris McNally escuchaba mientras Deidre Lenihan le contaba
que acababa de ver una medalla de San Cristóbal, y que su padre se llamaba así.
Era una buena chica, pero cada vez que él se detenía a tomar un café en aquel
McDonald's, ella parecía estar de servicio y siempre quería charlar con él.
Esa
noche, Chris estaba ansioso por volver a casa.
Quería
dormir un poco por lo menos antes de que sus hijos se levantaran para abrir los
regalos de Navidad.
También
pensaba en el Toyota que había tenido delante del coche. Había estado pensando
en comprarse uno igual, aunque sabía que a su mujer no le gustaba el marrón. Un
coche nuevo significaba la preocupación de los plazos mensuales. Cuando el
Toyota arrancó, vio el resto de una pegatina encima del parachoques con la
palabra herencia. Sabía que el adhesivo original decía: "Estamos
gastándonos la herencia de nuestros nietos".
–Y
mi padre dice...
Chris
se obligó a prestar atención. "Deidre es agradable, pero habla
demasiado." Tendió la mano para coger la bolsa que ella le daba; pero
estaba claro que no pensaba abandonar todavía, al menos hasta que le explicara
que su padre creía que era una lástima que su mujer no se llamara Filomena. Y
aun así, ella no terminó.
–Hace
años –prosiguió–, mi tía trabajaba en Southampton y pertenecía a la parroquia
de Santa Filomena.
Cuando
tuvieron que cambiarle el nombre, el sacerdote hizo una encuesta para ver qué
nombre elegían y por qué.
Mi
tía propuso una santa que era la patrona de los locos porque la mayoría de los
fieles estaban como una cabra.
–Bueno,
a mí también me pusieron el nombre por San Cristóbal –dijo Chris mientras se
las ingeniaba para cogerle la bolsa–. Feliz Navidad, Deidre.
Y si
no me doy prisa, será Navidad antes de que consiga hincarle el diente a la
hamburguesa, pensó mientras volvía a la autopista. Abrió la bolsa con una mano,
sacó la hamburguesa y, satisfecho, le dio un buen bocado. El café tendría que
esperar hasta que llegara a su puesto.
Terminaba
la guardia a medianoche, y después, pensó sonriendo para sí, cerraría los ojos
al fin. Eileen intentaría que los niños no se levantaran antes de las seis...,
eso con suerte. Conociendo a sus hijos como los conocía, no había sucedido así
el anterior año, y ése tampoco sucedería.
Condujo
hasta la salida 4c, desde donde veía a los infractores. Nochebuena no era como
Nochevieja, en cuanto a detener conductores ebrios, pero Chris estaba decidido
a no dejar pasar a nadie que llevara exceso de velocidad o que serpenteara por
la autopista. Había presenciado un par de accidentes en los cuales unos
borrachos habían convertido aquellas fiestas en la pesadilla de gente inocente.
Si él podía evitarlo, esa noche no ocurriría. Además, la nieve convertía la
carretera en algo mucho más traicionero.
Mientras
abría la tapa del café, frunció el ceño. Un Corvette, a ciento sesenta por lo
menos, avanzaba por el arcén.
Encendió
las luces giratorias y la sirena, metió primera, y lanzó el coche patrulla
detrás del infractor.
El
inspector Bud Folney escuchó sin más expresión que un atento silencio, mientras
una temblorosa Cally Hunter contaba a Mort Levy lo del monedero que se había
encontrado en la Quinta Avenida.
Folney
conocía los antecedentes básicos del caso: hermana mayor de Jimmy Siddons,
había estado en la cárcel porque un juez no creyó su historia de que pensaba
que ayudaba a su hermano a huir de una pandilla rival que quería matarlo. Levy
le había dicho que Hunter parecía una de las personas con la peor mala suerte
del mundo. Criada por una abuela anciana, que había muerto cuando ella era
apenas una chiquilla, trató de enmendar a su descarriado hermano menor.
Después, cuando ella estaba embarazada, el marido murió atropellado por un
conductor que se dio a la fuga.
De
unos treinta años, con unos kilos más hasta sería guapa, pensó Folney. Todavía
tenía la palidez y aquella expresión perturbada que había visto en otras
mujeres que habían estado en la cárcel y arrastraban el terror de ser
encerradas de nuevo.
Miró
alrededor. El ordenado apartamento, las agrietadas paredes pintadas de un
amarillo alegre, el pobre pero cuidadosamente adornado árbol de Navidad, la
colcha nueva sobre el cochecito destartalado... Todo aquello le decía algo
sobre Cally Hunter.
Folney
sabía que Mort Levy estaba tan desesperado como él por saber qué podía decirles
Cally sobre la relación de Jimmy Siddons con el niño desaparecido. Le pareció
correcta la suave aproximación de Mort. Cally Hunter tenía que contarlo a su
manera. "Ha sido buena idea no traer con nosotros al toro furioso",
pensó. Jack Shore era un buen detective pero, a menudo, su agresividad sacaba a
Folney de quicio.
Hunter
les contaba que había visto el monedero en la acera.
–Lo
recogí sin pensar. Supuse que era de aquella señora, pero no estaba segura. Les
prometo que no estaba segura –repitió–, y pensé que si se lo devolvía, diría
que faltaba algo (eso le ocurrió a mi abuela), y que ustedes me mandarían de
nuevo a la cárcel y...
–Cally,
tranquila–intervino Mort–. ¿Qué sucedió después?
–Cuando
llegué a casa...
Contó
cómo se había encontrado a Jimmy en el apartamento, vestido con la ropa de su
difunto marido. Señaló la caja grande debajo del árbol.
–Ahí
está el uniforme del guardián y el abrigo –dijo–. Fue el único lugar donde se
me ocurrió esconderlos por si ustedes volvían.
¡Eso
era! –pensó Mort–. La segunda vez que registramos el apartamento, en el armario
faltaba la caja del estante y una americana.
A
Cally se le crispó la voz cuando les explicó que Jimmy se había llevado a Brian
Dornan y había amenazado con matar al niño.
Sonó
el timbre. "Si es Shore...", pensó Folney mientras se ponía de pie
para abrir la puerta.
Era
Aika Banks. Cuando entró en el apartamento, observó a los policías con mirada
escrutadora, corrió hacia Cally y la abrazó.
–Querida,
¿qué ocurre? ¿Algo malo? ¿Por qué necesitas que me quede con Gigi? ¿Qué busca
esta gente?
Cally
hizo una mueca de dolor.
Aika
le remangó el suéter. Las marcas que Jimmy le había hecho al cogerla estaban
horriblemente moradas.
Todas
las dudas de Folney sobre la posible colaboración de Cally con el hermano
desaparecieron.
–Cally,
no tendrá problemas por esto –dijo poniéndose de pie–. Se lo prometo. Creo en
su palabra de que se encontró el monedero y de que no sabía qué hacer. Pero
ahora nos ha ayudado. ¿Tiene idea de adónde se habrá dirigido Jimmy?
–Cally,
¿cree que Jimmy cumplirá su palabra de soltar a Brian? –preguntó Levy.
–Me
gustaría creer que sí –respondió con voz monótona–. Por eso no los llamé
enseguida. Pero Jimmy está desesperado, y hará cualquier cosa para no volver a
la cárcel.
–¿Y
por qué nos ha llamado? –preguntó Folney.
–He
visto a la madre de Brian por televisión, y me he dado cuenta de que si Jimmy
se hubiese llevado a Gigi, yo habría querido que me ayudaran a recuperarla.
–Cally se apretó las manos. Balanceaba el cuerpo adelante y atrás, en un típico
movimiento de dolor–. El rostro del niño, la forma en que se puso la medalla al
cuello y cómo la cogía..., parecía que fuera a salvarle la vida... Si le sucede
algo, yo tendré la culpa.
Diez
minutos más tarde, cuando se marcharon del apartamento de Cally, Mort Levy
llevaba la enorme caja con el uniforme del guardián.
Shore
subió con ellos al coche patrulla y acribilló a Mort a preguntas. Mientras se
dirigían al centro, coincidieron en que la búsqueda de Jimmy Siddons debía
basarse en la suposición de que su destino era Canadá.
–Tiene
que ir en coche –dijo Folney resuelto–. Es imposible que viaje en un transporte
público con el niño.
Cally
les había dicho que Jimmy, desde que tenía doce años, sabía abrir coches y
hacerles el puente. Estaba segura que tenía un auto preparado cerca de su
apartamento cuando fue allí.
–Mi
idea es que Siddons querrá salir del estado de Nueva York lo antes posible
–dijo Folney–, lo que significa que ha de cruzar Nueva Inglaterra hasta la
frontera.
Pero
sólo se trata de una suposición. También es posible que haya cogido la Thruway
hasta la 187. Es la carretera más rápida.
Y
era probable que la amiguita de Siddons estuviera ya en Canadá. Todo encajaba a
la perfección.
También
coincidían con Cally en su certeza de que Jimmy no se dejaría coger vivo, y que
su acto de venganza final sería matar al rehén.
Así
pues, se enfrentaban a un asesino fugitivo con un niño, que posiblemente
viajaba en un coche que no podían describir, rumbo al norte en medio de una
tormenta de nieve. Sería como buscar una aguja en un pajar.
Siddons
era demasiado listo para llamar la atención por exceso de velocidad. En
Nochebuena, la frontera estaba siempre repleta de coches.
Folney
dictó un mensaje para que fuera transmitido a la policía de Nueva Inglaterra,
así como a la de Nueva York, e hizo hincapié al acabar: "Ha amenazado con
matar al rehén".
Calcularon
que si había salido del apartamento de Cally Hunter poco después de las seis,
según las condiciones de la carretera, estaría a trescientos o cuatrocientos
kilómetros. En el mensaje enviado a la policía del estado, se añadía la
información aportada por Cally: "Es posible que el niño lleve al cuello
una medalla de bronce con la imagen de San Cristóbal del tamaño de un dólar de
plata".
Pete
Cruise vio que los policías salían del edificio de Cally unos veinte minutos
después de haber entrado. Observó que Levy llevaba un paquete voluminoso. Shore
salió al instante de la furgoneta y se les unió.
Esa
vez, Pete vio bien al tercer hombre, y soltó un silbido silencioso. Era Bud
Folney, el inspector, y el posible futuro comisario. Algo pasaba, y grande.
El
coche patrulla arrancó con la luz giratoria encendida. Después de pasar una
manzana, la sirena empezó a sonar. Pete se quedó sentado por un momento
preguntándose qué hacer. Si intentaba ver a Cally, quizá los polis de la
furgoneta lo parasen, pero era evidente que algo serio sucedía, y estaba
decidido a sondear a cualquiera para enterarse.
Mientras
se preguntaba si no habría otra entrada por la parte de atrás, vio que salía la
canguro de la hija de Cally.
Bajó
del coche como una exhalación y la siguió. La alcanzó al doblar la esquina, fuera
de la vista de los polis de la furgoneta.
–Soy
el agente Cruise–dijo–. Me han ordenado que la acompañe hasta su casa para que
llegue bien. ¿Cómo está Cally?
–Ay,
pobrecita–empezó Aika–. Agente, sus compañeros tienen que creerla. Ella pensó
de veras que era mejor no llamarlos para decirles que su hermano había
secuestrado al chiquillo...
Aunque
Brian tenía hambre, le costaba tragar la hamburguesa. Sentía la garganta como
obstruida, y sabía que Jimmy era el causante. Tomó un buen trago de Coca Cola e
intentó pensar en cómo pegaría su papá a Jimmy por haber sido tan malo con él.
Pero
pensando en su padre, lo único que no resultaba difícil recordar fue los planes
que habían hecho para Nochebuena. Su padre había planeado volver a casa
temprano para que adornaran juntos el árbol. Después cenarían y recorrerían las
casas vecinas cantando villancicos con un montón de amigos.
Sólo
podía pensar en eso, porque era lo único que quería: estar en casa con papá y
mamá, muy sonrientes, como hacían siempre que estaban juntos. Al llegar a Nueva
York, porque su papá estaba enfermo, mamá les había dicho, a Michael y a él,
que los regalos grandes, los que ellos deseaban de verdad, estarían en casa
esperándolos cuando regresaran, que Papá Noel los guardaría en el trineo hasta
que se enterara de que habían vuelto.
Michael
le había dicho en voz baja: "¿Y quién se cree eso?". Pero Brian creía
en Papá Noel. El año anterior, su papá les había enseñado las marcas que había
dejado el trineo al aterrizar sobre el tejado del garaje y las huellas del
reno. Michael le contó que había oído cómo mamá decía a papá que había tenido
suerte de no romperse la cabeza al subir al tejado helado para hacer marcas por
todas partes. Pero a Brian no le importaba lo que decía Michael, por la
sencilla razón de que no lo creía. Así como tampoco le importaba que Michael a
veces lo llamara "el Bobo", porque él estaba convencido de que no lo
era.
Sabía
que las cosas tenían que andar muy mal si él deseaba que el pelmazo de su
hermano, que a veces era un auténtico latazo, estuviera allí con él; y eso era
precisamente lo que quería en aquel momento.
Mientras
tragaba, a pesar de la sensación de que tenía algo en la garganta, casi se le
cayó de la mano el vaso de plástico. Se dio cuenta de que Jimmy había cambiado
de repente de carril.
Jimmy
Siddons maldijo en voz baja. Acababa de pasar junto a un coche patrulla de
tráfico detenido detrás de un deportivo. La vista del policía lo hizo sudar;
pero, de todas formas, no debía haber hecho ese cambio de carril tan brusco.
Empezaba a ponerse nervioso.
Brian,
sintiendo la animosidad que brotaba de Jimmy, metió el resto de la hamburguesa
y el refresco en la bolsa y, moviéndose con lentitud para que Jimmy viera qué
hacía, se agachó y la dejó en el suelo. Volvió a su posición, se acurrucó en el
asiento y se cruzó de brazos. Los dedos de la mano derecha tantearon hasta que
se cerraron sobre la medalla de San Cristóbal, que había dejado al lado, sobre
el asiento, cuando abrió la bolsa de la comida.
Apretó
la mano con una sensación de alivio, y se imaginó al corpulento santo que
llevaba al Niñito sobre sus hombros para cruzar el río, y que había cuidado de
su abuelo, y que haría que su papá mejorara y que... Brian cerró los ojos... No
terminó el deseo, pero se vio mentalmente a hombros del santo.
Bárbara
Cavanaugh esperaba a Catherine y Michael en la sala verde del Canal 5.
–Habéis
estado formidables –dijo en voz baja. Entonces, viendo el agotamiento en el
rostro de su hija añadió–: Catherine, por favor, volvamos a casa. La policía
nos avisará en cuanto sepan algo de Brian. Pareces a punto de desmayarte.
–No
puedo, madre,–dijo Catherine–. Sé que es una locura esperar en la Quinta
avenida. Brian no volverá allí solo; pero mientras estoy fuera siento que hago
algo para encontrarlo. No sé muy bien lo que digo, excepto que cuando salí de
tu apartamento, mis dos hijitos iban conmigo, y que ellos entrarán conmigo
también cuando regrese.
Leigh
Ann Winick tomó una decisión.
–Señora
Dornan, ¿por qué no se queda aquí, al menos de momento? Esta sala es muy
cómoda. Le mandaremos un poco de sopa, un bocadillo o lo que quiera. Pero como
usted misma ha dicho, es absurdo que esperen en la Quinta Avenida.
Catherine
lo pensó.
–¿Y
me encontrará la policía aquí?
–Por
supuesto –respondió Winick señalando el teléfono–. Ahora dígame qué quiere
comer.
Veinte
minutos más tarde, Catherine, su madre y Michael tomaban una sopa caliente
mientras miraban el monitor de la sala. El avance informativo hablaba de Mario
Bonardi, el guardián herido. Aunque seguía grave, se había estabilizado.
El
periodista estaba en la sala de espera de la unidad de vigilancia intensiva,
con la mujer de Bonardi y sus hijos adolescentes. Cuando la entrevistaron, una
agotada Rose Bonardi dijo:
Mi
marido sobrevivirá. Quiero dar las gracias a todos cuantos han rezado hoy por
él. Nuestra familia ha pasado muchas Navidades felices, pero ésta será la mejor
porque sabemos lo que hemos estado a punto de perder.
–Eso
será lo que nosotros también diremos, Michael –dijo Catherine llena de
determinación–. Papá sobrevivirá y encontraremos a Brian.
Conectamos
de nuevo con los estudios, Tony, dijo el periodista del hospital.
Gracias,
Ted. Me alegra saber que todo va bien. Es la clase de relato de Navidad que
todos queremos contar.
–La
sonrisa del locutor se desvaneció–. No hay rastro de Jimmy Siddons, el agresor
de Mario Bonardi, que estaba a la espera de juicio acusado de asesinar a un
policía. Fuentes policiales manifiestan que podría dirigirse a México para
reunirse con su amiga Paige Laronde.
Aeropuertos,
estaciones de tren y terminales de autobuses están bajo estricta vigilancia.
Hace
casi tres años, Siddons, mientras huía de un robo a mano armada, hirió de
muerte al policía William Grasso, que lo había parado por una infracción de
tráfico. Siddons va armado y está considerado como extremadamente peligroso.
Mientras
el locutor hablaba, la pantalla mostraba fotografías policiales de Jimmy
Siddons.
–Parece
malo –comentó Michael mientras estudiaba los fríos ojos y los despectivos
labios del fugitivo.
–Sin
duda–coincidió Bárbara Cavanaugh. Miró el rostro de su nieto y le sugirió–:
Mike, ¿por qué no cierras los ojos y tratas de descansar un rato?
–No
quiero dormir –respondió él, sacudiendo la cabeza.
Faltaba
un minuto para las once.
No
tenemos más información sobre el paradero del niño de siete años Brian Dornan
–decía el locutor–, que ha desaparecido poco después de las cinco de hoy. En
esta noche tan especial les rogamos que continúen rezando para que Brian vuelva
sano y salvo con su familia, y les deseamos, a ustedes y a todos sus seres
queridos, una muy feliz Navidad.
Dentro
de una hora será Nochebuena –pensó Catherine. Brian, tienes que volver, han de
encontrarte.
Tienes
que estar conmigo por la mañana para que vayamos a ver a papá. Brian, vuelve,
por favor, vuelve.
En
aquel momento, la puerta de la sala se abrió y Winick entró, acompañaba a un
hombre alto, seguido del agente Manuel Ortiz.
–El
agente Rhodes quiere hablar con usted, señora Dornan –dijo Winick–. Si me
necesitan, estaré ahí fuera.
Catherine,
que vio la expresión grave en el rostro de los dos hombres, sintió que el miedo
la paralizaba. No podía hablar ni moverse.
Ambos
se dieron cuenta de ello.
–No,
señora Dornan, no es eso –se apresuró a decir Ortiz.
–Vengo
de la jefatura, señora Dornan –intervino Rhodes–. Tenemos información sobre
Brian. Pero, antes que nada, he de comunicarle que, por lo que sabemos, se
encuentra bien.
–Pero
¿dónde está? –exclamó Michael–. ¿Dónde está mi hermano?
Catherine
escuchó con atención mientras el agente Rhodes les explicaba que la hermana de
Jimmy Siddons había encontrado su monedero. Su mente se negaba a aceptar que
Brian hubiera sido secuestrado por el asesino cuyo rostro acababa de ver en la
pantalla del monitor.
No,
eso es imposible, pensó.
–Acaban
de informarnos que es probable que ese hombre se dirija a México –dijo
señalando el monitor–. Brian desapareció hace seis horas. Ahora mismo podría
encontrarse en aquel país.
–En
la jefatura no creemos esa historia –le explicó Rhodes–. Pensamos que se dirige
a Canadá en un coche robado. Y hemos dirigido la búsqueda en esa dirección.
De
pronto, Catherine no sintió nada. Fue como si estuviese en la sala de partos,
acababan de ponerle una inyección y todo el dolor desapareció como por arte de
magia.
Levantó
la mirada y vio a Tom, que le guiñaba el ojo. Tom, siempre a su lado. "Así
está mejor, ¿no es cierto, cariño?", Le preguntó. Y su mente, sin el peso
del dolor, se aclaró. En ese momento le ocurrió lo mismo.
–¿En
qué coche van?
Rhodes
se sintió incómodo.
–No
lo sabemos –respondió–. Suponemos que van en coche, aunque estamos casi seguros
de ello. La policía de tráfico de Nueva York y de Nueva Inglaterra está avisada
y busca a un hombre que viaja con un niño con una medalla de San Cristóbal
colgada al cuello.
–¿Lleva
la medalla? –exclamó Michael–. ¡Entonces se salvará! La abuela dijo a mamá que
la medalla cuidaría de Brian como cuidó de mi abuelo.
–Armado
y peligroso –repitió Catherine.
–Señora
Dornan, si Siddons va en coche es probable que escuche la radio. Es muy listo.
Ahora que Bonardi está fuera de peligro, Siddons sabe que no se enfrentará a la
pena de muerte. La pena capital no había sido restablecida todavía hace tres
años, cuando mató al policía. Y le dijo a su hermana que dejaría a Brian en
libertad mañana temprano.
La
mente de Catherine estaba tan clara...
–Pero
usted no lo cree, ¿verdad?
No
le hizo falta ver la expresión de su rostro para saber que el agente Rhodes no
creía que Jimmy Siddons liberara a Brian de manera voluntaria
Señora
Dornan, si estamos en lo cierto, y Siddons se dirige a la frontera con Canadá,
tardará otras tres o cuatro horas en llegar. Aunque en algunas zonas ha dejado
de nevar, las carreteras seguirán nevadas durante toda la noche. No puede
viajar muy rápido, y él ignora que sabemos que lleva a Brian consigo. No lo
comentaremos con los medios de comunicación. En la mente de Siddons, el pequeño
Brian es su garantía, por lo menos hasta que llegue a la frontera. Y lo
encontraremos antes de que eso ocurra.
El
monitor de televisión seguía encendido con el volumen bajó. Catherine, que
estaba de espaldas al aparato, vio cómo cambiaba la expresión del agente Rhodes
y oyó una voz que decía:
Interrumpimos
este programa para dar una noticia de última hora. Según una información de la
emisora WYME, el niño de siete años, Brian Dornan, desaparecido esta tarde, ha
caído en manos del acusado de asesinato Jimmy Siddons, quien dijo a su hermana
que mataría al niño de un tiro en la cabeza si la policía se le acercaba.
Seguiremos informando.
Después
de que Aika se marchara, Cally se preparó un té, se envolvió en una manta,
encendió el televisor y le quitó el sonido con el mando a distancia. "Así
sabré si hay alguna noticia", pensó. Puso la radio y buscó una emisora con
música navideña, pero mantuvo el volumen bajo.
Noche
de paz, noche de amor... "Recuerdo cómo la cantábamos Frank y yo mientras
decorábamos el árbol", pensó. Hacía cinco años. La única Navidad juntos.
Acababan
de enterarse de que ella estaba embarazada. Se acordó de todos los planes que
habían hecho. "El próximo año tendremos ayuda para adornar el árbol",
le había dicho Frank.
Sí,
claro, una criatura de tres meses será una gran ayuda¯, había respondido ella
riendo.
Recordó
que Frank la había levantado en brazos para que pusiera la estrella en la punta
del árbol.
¿Por
qué?
¿Por
qué había salido todo tan mal? No hubo ningún "próximo año". Al cabo
de una semana, un conductor que se dio a la fuga atropelló a Frank y lo mató.
Volvía a casa; había salido a comprar leche.
Tuvimos
tan poco tiempo, pensó Cally sacudiendo la cabeza. A veces se preguntaba si
esos meses no habían sido sólo un sueño. Le parecían tan lejanos...
Ayer,
sin ir más lejos, ¿no me sentía contenta con la vida?, Se preguntó. En el
trabajo, la administradora del hospital le había dicho: "Cally, he
recibido excelentes informes sobre usted. Me han dicho que tiene todas las
cualidades de una enfermera nata. ¿Alguna vez ha pensado en estudiar
enfermería?".
Cally
le había prometido enterarse de la cuestión de estudiar.
Dios
mío, no permitas que Jimmy le haga daño. Tendría que haber llamado al detective
Levy enseguida. Sé que debí hacerlo. ¿Y por qué no lo hice? –se preguntó.
Porque no sólo temía por Brian –se contestó–, también por mí, y eso puede
costarle la vida al niño.
Cally
se levantó y entró a ver a Gigi. La pequeña, como siempre se las había
arreglado para sacar un pie fuera de la cuna. Ocurría lo mismo todas las
noches, incluso cuando hacía frío. Se inclinó y arropó a su hija, le tocó el
pie y se lo tapó.
–Mamá
–dijo Gigi adormilada, estoy aquí.
Volvió
a la sala, echó un vistazo al televisor y tras subir el volumen escuchó. ¡No!
¡No!", Pensó mientras escuchaba al locutor explicando que la policía tenía
información acerca del niño desaparecido: que había sido raptado por el asesino
fugitivo Jimmy Siddons. "La policía me acusará a mí de esa filtración
–pensó enloquecida seguramente creerán que se lo he contado a alguien. Estoy
segura.
En
aquel momento, el teléfono sonó. Cuando descolgó comenzó a chillar y escuchó la
voz de Mort Levy, las emociones contenidas que parecían congeladas surgieron
violentamente.
¡Yo
no he sido! –sollozó–. No se lo he contado a nadie. Se lo juro, se lo juro, yo
no he sido...
El
lento y regular movimiento del pecho de Brian indicó a Jimmy Siddons que el
niño dormía. "Perfecto –pensó–, mejor para mí." El problema radicaba
en que el chico era demasiado listo. Tanto que se había dado cuenta de que
tirándose del coche al arcén, no corría el riesgo de ser atropellado. "Si
ese gilipollas no hubiese patinado y armado todo aquel jaleo, ahora todo habría
acabado para mí. El chico habría escapado y yo tendría a la policía de tráfico
pisándome los talones otra vez."
Eran
poco más de las once. El niño debía de estar cansado. Con suerte dormiría un
par de horas. Aun con la carretera nevada, tardaría tres o cuatro horas, como
mucho, en llegar a la frontera. "Y todavía me quedarán unas buenas horas
de oscuridad", pensó con satisfacción.
Sabía
que podía contar con que Paige lo esperaría al otro lado de la frontera. Habían
concertado la cita en un lugar del bosque, a unos cinco kilómetros de la
aduana.
Jimmy
se debatía sobre dónde dejar el Toyota. Si lo abandonaba limpio de huellas
dactilares, nada lo relacionaría con el vehículo. Quizá lo dejase en algún
lugar del bosque.
Por
otro lado... También pensó en el río Niágara, que sería por donde cruzaría la
frontera. Tenía mucha corriente y era muy caudaloso, así pues, cabía la
posibilidad de que no estuviera congelado. Con suerte, el coche se hundiría en
él para siempre.
Y
con el chico, ¿qué? Incluso mientras se hacía la pregunta, Jimmy sabía que no
correría el riesgo de que la policía lo encontrara cerca de la frontera y que
les hablara de él.
Paige
había dicho a todas sus amigas que se iba a México. "Lo siento, chico,
pero es allí donde quiero que la policía me busque."
Reflexionó
durante un rato y decidió que el río se ocuparía del coche..., y del niño.
Aquella
decisión alivió parte de la tensión que sentía en el cuerpo. Con cada kilómetro
que avanzaba, se sentía más seguro de lograrlo; de que tenía a Canadá, Paige y
la libertad a su alcance. Y a cada kilómetro estaba más ansioso, y más decidido
a que nada ocurriera que jodiera las cosas.
Como
había sucedido la última vez. Todo estaba planeado. Tenía el coche de Cally,
cien dólares en el bolsillo y se dirigía a California. Entonces se saltó un
maldito "ceda el paso" en la Novena Avenida, y lo pararon. El poli,
un tipo de unos treinta años, se creía alguien. Se acercó a la ventanilla del
conductor y le dijo en un tono de lo más sarcástico: "Carné de conducir y
documentación del coche, señor".
Era
lo único que le hubiera faltado ver –pensó Jimmy recordando el momento como si
hubiese ocurrido un instante antes–, un carné de conducir a nombre de Jimmy
Siddons. No tenía alternativa, lo hubieran detenido allí mismo. Se metió la
mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacó la pistola y disparó. Antes
de que el cuerpo del policía tocara el suelo, Jimmy estaba fuera del coche,
confundido entre el gentío en la terminal de autobuses.
Miró
el tablero de salidas y compró un billete para el autobús que partía al cabo de
tres minutos, destino: Detroit.
Fue
una decisión afortunada, pensó. Conoció a Paige la primera noche, se fue a
vivir con ella y consiguió un carné de identidad falso y un trabajo en una
empresa de seguridad de mala muerte. Por un tiempo, Paige y él habían tenido
hasta una especie de vida normal. Las únicas peleas serias surgían cuando él se
molestaba por la forma en que ella animaba a los tipos a que le hicieran
insinuaciones en el local de strip–tease. Pero Paige decía que formaba parte de
su trabajo conseguir que ellos se insinuaran.
Por
primera vez, las cosas le iban bien. Hasta que cometió la estupidez de robar en
aquella gasolinera sin haber estudiado el terreno lo suficiente.
Volvió
a concentrarse en la nevada carretera que tenía delante. Se dio cuenta de que
empezaba a helarse cuando comenzaron a deslizarse las ruedas. "Por suerte,
este coche lleva neumáticos especiales para la nieve", pensó.
Recordó
a los dueños del vehículo. "¿Qué le había dicho el tipo a la mujer? ¿Algo
de que estaba loco por ver la expresión de Bobby? Sí, eso era", se dijo
mientras sonreía al imaginar las de ellos cuando se encontraran vacío el lugar
donde habían dejado el coche, o quizá ocupado por otro.
Llevaba
la radio puesta, con el volumen bajo, sintonizada en una emisora local para
tener noticias del tiempo.
Pero
en aquel momento, a causa de la estática, la señal se fue haciendo cada vez más
floja. Jimmy movió el dial con impaciencia hasta que encontró una emisora de
noticias, y se quedó helado cuando oyó una voz que decía: "La policía ha
confirmado con reticencias la noticia difundida por la WYME acerca de que el
niño de siete años, Brian Dornan, desaparecido desde las cinco de la tarde, ha
caído en manos del acusado de asesinato Jimmy Siddons. Se cree que se dirigen
hacia Canadá".
Jimmy
lanzó una maldición y apagó la radio de un manotazo. Cally. Seguro que había
llamado a la policía.
Es
probable que la autopista esté llena de polis... todos buscándome... y buscando
al niño, razonó enloquecido.
Miró
a su izquierda, al coche que estaba adelantándolo en ese momento. Seguro que
estaba llena de vehículos oficiales sin identificación.
Calma.
Tranquilo, se dijo. Ignoraban qué coche llevaba, y él no iba a ser tan idiota
como para empezar a correr o, lo que era peor, a circular lo bastante despacio
como para despertar sospechas.
Pero
el niño suponía un problema. Tenía que deshacerse de él, de inmediato. Sopesó
deprisa la situación.
Cogería
la siguiente salida. Se ocuparía del crío, tirándolo lejos de allí, y volvería
a la autopista. Echó una mirada al niño que dormía a su lado. "Lo siento,
chaval, pero así son las cosas", se dijo.
A la
derecha vio un cartel de salida. "Muy bien –pensó–. Esta es la mía."
Brian
se movió como si empezara a despertarse, pero se durmió otra vez. Adormilado,
pensó que había oído su nombre, aunque quizá lo hubiese soñado.
Al
Rhodes vio la perturbada expresión en el rostro de Catherine Dornan cuando ésta
se dio cuenta de qué significaba el hecho de que Brian estuviera con Jimmy
Siddons. La observó cerrar los ojos, listo para sostenerla si se desmayaba.
Pero
Catherine, en cambio, abrió los ojos y se apresuró a tender los brazos para
apoyar las manos sobre los hombros de su hijo mayor.
–No
debemos olvidar que Brian lleva la medalla de San Cristóbal –dijo, sin añadir
nada más.
La
máscara de adulto valiente que Michael había logrado mantener durante la
confusión de aquella tarde comenzó a desmoronarse.
–No
quiero que le ocurra nada a Brian –empezó a sollozar.
Catherine
le acarició la cabeza.
–Nada
le ocurrirá –replicó su madre, con voz tranquila–. Créelo y aférrate a ello.
Rhodes
vio el enorme esfuerzo que le costaba hablar. ¿Quién demonios habra filtrado a
los medios de comunicación la noticia de que Brian Dornan está con Jimmy
Siddons?", se preguntó enfadado. Rhodes sintió que las ganas que tenía de
partirle la boca al canalla que con tanta inconsciencia había puesto en peligro
la vida del niño iban en aumento. La idea de que, si estaba escuchando la
radio, Siddons lo primero que haría sería deshacerse del niño contribuyó a
alimentar su ira.
–Madre
–decía Catherine en ese momento–, ¿recuerdas la historia que nos contaba papá
sobre aquella Nochebuena, cuando sólo tenía veintidós años y, en medio de la
batalla, llevó a unos soldados de su compañía a un pueblo que estaba cerca del
frente? ¿Por qué no se la cuentas a Michael?
La
anciana continuó con la historia.
–Habían
recibido un informe sobre movimientos enemigos que resultó ser falso. Cuando
regresaban al batallón, pasaron por delante de la iglesia del pueblo. La Misa
del Gallo acababa de comenzar y vieron que la iglesia estaba repleta. Pese al
miedo y al peligro, todos los habitantes habían salido de sus casas para
asistir a misa. Cantaban Noche de paz, y sus voces llegaron hasta el escuadrón.
Tu abuelo decía que era la canción más bella que había oído nunca. –Bárbara
Cavanaugh sonrió a su nieto–. Entonces, el abuelo y los soldados entraron en la
iglesia.
El
solía decirme que todos habían tenido mucho miedo hasta que vieron la valentía
de aquellos aldeanos. Allí estaban, en medio de una batalla feroz. No tenían
casi comida. Sin embargo creían que algo los había ayudado a sobrevivir en
aquellos tiempos terribles. –El labio inferior le tembló, pero su voz no perdió
firmeza mientras continuaba–: El abuelo me dijo que en aquel momento supo que
volvería a casa conmigo. Y, una hora más tarde, la medalla de San Cristóbal
evitó que una bala penetrara en su corazón.
–¿Sería
tan amable de llevarnos a la catedral? –preguntó Catherine al agente Ortiz,
mirándolo por encima de la cabeza de Michael–. Quiero ir a la Misa del Gallo, y
me gustaría sentarme en un lugar en que ustedes me encuentren enseguida si hay
alguna noticia.
–Conozco
a Ray Hickey, el sacristán. No se preocupe –dijo Ortiz.
–¿Me
informarán de inmediato si hay alguna novedad? –inquirió al agente Rhodes.
–Por
supuesto –respondió éste, y no pudo evitar añadir–: Es usted muy valiente,
señora Dornan. Y le aseguro una cosa: todos los policías de la zona noreste
están trabajando para devolverle a Brian, sano y salvo.
–Le
creo, y la única forma que tengo de ayudar es rezar.
–La
filtración no ha salido de nosotros –informó brevemente Mort Levy al inspector
jefe Folney–. Al parecer, un enterado de la WYME vigilaba el apartamento de
Cally, nos vio entrar y se dio cuenta de que ocurría algo.
Siguió
a Aika Banks, que iba camino de su casa, le dijo que era policía y le sacó la
información. Se llama Pete Cruise.
–Qué
suerte que no haya sido uno de los nuestros. Cuando todo esto termine,
echaremos el guante a ese Cruise por suplantar a un policía –dijo Folney–.
Pero, mientras tanto, hay mucho que hacer.
Se
hallaba de pie, delante de un enorme mapa de la región noreste pegado a la
pared. Las carreteras estaban marcadas con colores distintos. Bud Folney cogió
un puntero.
–Nos
encontramos en este punto, Mort. Debemos suponer que Siddons tenía un coche
preparado cuando dejó el apartamento de su hermana.
Según
ella, se marchó poco después de las seis. Si no nos equivocamos y se puso en
camino enseguida, hace unas cinco horas y media que está en la carretera. –El
puntero se movió–. La capa de nieve fina se extiende desde la ciudad hasta
cerca de Herkimer, salida treinta de la Thruway. Por Nueva Inglaterra es más
espesa. Pero aun así, probablemente Siddons esté a unas cuatro o seis horas de
la frontera.
–Folney
dio un golpe contra el mapa–. Una extensión tan grande que será como buscar una
aguja en un pajar.
Mort
esperó. Sabía que su jefe no quería comentarios.
–Hemos
puesto a toda la frontera en estado de alerta especial –continuó Folney–. Pero
con el tráfico tan denso que hay, no le resultará difícil pasar, y es seguro
que alguien como Siddons sabe entrar en Canadá sin cruzar por un puesto
fronterizo.
En
aquel momento esperó los comentarios.
–¿Y
si fingimos un accidente en las principales autopistas y reducimos la
circulación a un solo carril, unos treinta kilómetros antes de la frontera?
–sugirió Mort.
–Yo
no lo haría. Es lo mismo que poner una barrera, se formarían colas en dos
minutos, y Siddons trataría de largarse por la primera salida que encontrara.
Si lo hacemos, tendríamos que poner barreras de control en todas las salidas.
–Y
si se siente atrapado... –dudó Mort Levy–. Siddons tiene un tornillo flojo,
señor. Cally Hunter cree que su hermano es capaz de matar a Brian y de
suicidarse antes que dejarse coger. Y creo que ella sabe de qué habla.
–Si
hubiese tenido el valor de avisarnos en cuanto Jimmy se marchó de su
apartamento, ese canalla no habría salido de Manhattan.
Los
dos hombres se volvieron. Jack Shore estaba en la puerta; su mirada pasó de
Mort Levy a Bud Folney.
–Hay
una novedad, señor. Un policía de tráfico, Chris McNally, compró una
hamburguesa hace unos veinte minutos en un área de servicio que hay entre
Syracuse, en la salida 39, y Weedsport, en la salida 40, de la Thruway.
No
prestó mucha atención a la hora, pero la mujer que atiende el negocio, una tal
Deidre Lenihan, le habló sobre una medalla de San Cristóbal que llevaba un
niño.
–¿Dónde
está esa mujer ahora? –preguntó Bud Folney.
–Ha
terminado el turno a las once. Su madre nos ha dicho que el novio pasaría a
recogerla. Ahora están buscándolos. Pero si Cally Hunter nos hubiese avisado
antes, nada de esto habría ocurrido, hubiéramos estado vigilando todas las
áreas de servicio entre...
Bud Folney
casi nunca levantaba la voz, pero su creciente frustración ante las terribles
dificultades de la persecución de Jimmy Siddons le hizo alzar el tono.
–¡Cállate
ya, Jack! Eso en nada nos ayuda. Así pues, haz algo útil. Llama a todas las
emisoras de radio locales de aquella zona para que pidan a Deidre Lenihan que
llame a su madre. Que digan que la necesitan en casa o algo así. Y, por todos
los santos, que nadie relacione a esa chica con Siddons o con el niño.
¿Entendido?
Desde
una elevación a un lado de la autopista, Chris McNally vigilaba a todos los
coches que pasaban. Por fin había dejado de nevar, pero el asfalto seguía
helado. Por lo menos, la gente conducía con cuidado, pensó, aunque seguro que
lo hacían entre maldiciones por verse obligados a circular a menos de sesenta
por hora.
Desde
que había comprado la hamburguesa, sólo había puesto una multa, a un idiota de
un deportivo.
Pese
a que tenía toda la atención puesta en la circulación de la autopista, no podía
quitarse de la cabeza el informe sobre el niño desaparecido. Cuando se enteró
de que el asesino de un policía había raptado a un niño con una medalla de San
Cristóbal, llamó al McDonald's en que acababa de estar y preguntó por Deidre
Lenihan, la mujer que lo había atendido. Aunque no le había prestado atención,
recordó que Deidre le había hablado de una medalla, y de un niño pequeño.
Lamentaba no haber estado de humor para charlar más tiempo con ella, sobre todo
cuando le dijeron que se había ido con el novio.
Aunque
no era una pista muy sólida, decidió ponerlo en conocimiento de su supervisor,
quien, a su vez, lo comunicó a la jefatura. Allí decidieron que valía la pena
seguirla y pidieron a la emisora local que difundiera una llamada a Deidre para
que ésta se pusiera en contacto con su madre. Gracias a ésta, consiguieron la
descripción del coche del novio, entonces buscaron el número de matrícula y
alertaron a todas las unidades para que los buscaran.
No
obstante, la madre de Deidre les había dicho que pensaba que esa noche debía de
ser muy especial para la joven porque el novio de su hija le había comentado en
secreto que el regalo de Navidad iba a ser un anillo de compromiso. Así pues,
era poco probable que estuvieran en la carretera, sino en un sitio algo más
romántico.
Pero
incluso si Deidre escuchaba la radio y llamaba, ¿qué iba a decirles? ¿Que había
visto a un niño con una medalla de San Cristóbal? Eso ya lo sabían. ¿Acaso se
había fijado en la marca o el modelo del coche? ¿Había visto el número de la
matrícula? Por lo que Chris pensaba de Deidre, y por muy buena chica que fuera,
no se la veía demasiado observadora, y sólo se fijaba en algo que llamara la
atención. No, era bastante improbable que les diera alguna información
significativa.
Y
todo eso hizo que se sintiera más frustrado aún.
Hasta
es posible que yo mismo haya estado cerca del niño –pensó–. Tal vez estuviese
en el McDonald's, detrás de ellos. ¿Por qué no he notado algo raro?
La
idea de que quizá hubiese estado cerca del chico secuestrado lo perturbaba por
completo. "Ahora, mis hijos están durmiendo, y ese niño también debería
hallarse entre su familia." Pensando en su conversación con Deidre, se dio
cuenta de que el problema era que el coche con el niño podía haber estado allí
pocos minutos antes, o una hora. Aun así, era la única pista que tenían, y por
lo tanto debían tratarla con seriedad.
En
aquel momento, la radio del coche sonó.
–Chris
–le avisó el operador–, el jefe quiere hablar contigo.
–Adelante.
–Chris
–dijo el capitán con voz nerviosa–, la policía de Nueva York cree que tu pista
es lo más cercano que tienen para salvar la vida al niño.
Seguiremos
removiendo cielo y tierra para encontrar a Lenihan; pero, mientras tanto,
intenta recordar por todos los medios si ella te dijo algo más, algo que nos
sea útil...
–Eso
trato de hacer, señor. Ahora me encuentro en la Thruway. Si le parece bien, me
gustaría ir hacia el oeste. Si el sujeto estaba en la cola del McDonald's más o
menos a la misma hora que yo, en este momento debe de hallarse a unos diez o
quince minutos de aquí. Si así empiezo a ganar tiempo, quizá me encuentre más
cerca de ellos cuando sepamos algo de Deidre. Y me gustaría estar allí cuando
lo cojamos.
–De
acuerdo, adelante. Y, Chris, por todos los santos, piensa. ¿Estás seguro de que
la chica no te dijo algo más concreto sobre el niño con la medalla de San
Cristóbal o acerca del coche en que iba?
¡Acabo!
La
palabra acudió a su mente en ese instante. ¿Era su imaginación o Deidre había
dicho: "acabo de ver a un niño con una medalla de San Cristóbal"?
Sacudió
la cabeza. No podía asegurarlo. Sabía que el coche que estaba delante del suyo
en el McDonald's era un Toyota marrón con matrícula de Nueva York.
Pero
en aquel coche no viajaba ningún niño, o por lo menos él no lo había visto. De
eso sí que estaba seguro.
A
pesar de todo.... aunque Deidre hubiese dicho "acabo", no significaba
que se refiriera al Toyota. ¿Qué número de matrícula tenía el coche? No lo
recordaba.
Pero
sabía que había visto algo especial en él. ¿Qué era?
–¿Chris?
–La voz del supervisor era severa y lo arrancó de su ensoñación.
–Lo
siento, señor, trataba de recordar. Creo que Deidre dijo que
"acababa" de ver a un niño con una medalla. Si se refería en concreto
al coche que yo tenía delante, entonces era un Toyota marrón con matrícula de
Nueva York.
–¿Recuerdas
el número?
–No,
se me ha quedado la mente en blanco. Debía de estar pensando en otra cosa.
–¿Y
seguro que había un niño en el coche?
–Yo
no lo vi.
–Eso
no nos sirve de mucho. Probablemente, uno de cada tres coches en la carretera
sea un Toyota, y con una noche tan mala como ésta, ni se distinguen los
colores. Es posible que todos parezcan marrones.
–No,
éste era marrón, de eso estoy seguro. Ojalá recordara con exactitud las
palabras de Deidre.
–Bueno,
no te tortures. Ojalá encontremos a la señorita Lenihan. Entretanto, otro coche
patrulla cubrirá tu puesto. Dirígete al oeste, y ya hablaremos más tarde.
Al
menos siento que estoy haciendo algo, pensó Chris mientras dejaba la radio,
ponía el motor en marcha y apretaba el pedal del acelerador.
El
coche patrulla arrancó deprisa. "Si hay algo que sé bien, es
conducir", pensó, adelantando por el arcén a los conductores cuidadosos.
Trató
de recordar qué había visto delante en el McDonald's. Tenía la certeza de que
estaba allí, grabado en su mente.
Ojalá
lo recordara. Mientras se esforzaba, tenía la sensación de que algo en su
subconsciente pugnaba por trasmitirle a gritos esa información. ¡Si lograra
escucharla!
Entretanto,
cada centímetro de su metro noventa y dos de estatura le advertía que el tiempo
se acababa para el niño desaparecido.
Jimmy
hervía de impaciencia. ¿Que sucedía con todos aquellos coches? Parecían
conducidos por ancianas. Hacía media hora que se acercaba a la siguiente
salida, y sabía que tenía que abandonar la autopista en aquel preciso instante.
Un cartel le indicó que faltaban quinientos metros para la salida 41, que
llevaba a un pueblo llamado Waterloo.
Waterloo,
buen nombre para el chaval, pensó, con una sonrisa satisfecha.
Había
dejado de nevar; pero no estaba seguro de que eso le favoreciera. El aguanieve
estaba convirtiéndose en hielo, y eso lo obligaba a ir más despacio aún.
Además, a los polis que pasaran por allí, buscándolo, les sería más fácil verlo
sin nieve.
Pasó
al carril de la derecha. Al cabo de un minuto saldría de la Thruway. De
repente, unas luces rojas de freno se iluminaron en el coche que tenía delante,
y Jimmy vio con creciente enfado y frustración que aquel vehículo empezaba a
colear.
–¡Gilipollas!
–chilló–. ¡Gilipollas! ¡Gilipollas!
Brian
se enderezó, con los ojos abiertos de par en par, completamente despierto.
Jimmy comenzó a maldecir con una ininterrumpida serie de groserías mientras se
percataba de lo ocurrido. Un vehículo quitanieves, cinco o seis coches más
adelante, acababa de pasarse al carril de salida, y él, de manera instintiva,
había girado el volante del Toyota hacia el carril del centro, esquivando a
duras penas al coche que coleaba delante. Mientras adelantaba al quitanieves,
se pasó la salida.
Dio
un puñetazo contra el volante. Tendría que esperar hasta la salida 42 para
abandonar la Thruway. ¿A qué distancia estaba?, Se preguntó.
Pero
cuando miró por el retrovisor la salida que acababa de saltarse, se dio cuenta
de que había tenido mucha suerte. En la rampa había un montículo; por eso el
quitanieves había invadido aquel carril. Si hubiese intentado salir, quizá se
hubiera quedado atascado durante horas.
Por
fin vio el cartel indicador de que la siguiente salida estaba a diez
kilómetros. Incluso a esa velocidad, tardaría más de quince minutos. Notó que
los neumáticos se agarraban mejor al asfalto. Seguramente habían limpiado aquel
trecho. Jimmy palpó el arma debajo de la chaqueta. ¿Debía sacarla y esconderla
debajo del asiento?
No,
decidió, si un poli trataba de pararlo la necesitaba donde la llevaba. Miró el
cuentakilómetros parcial. Lo había puesto a cero al salir. Indicaba que habían
recorrido poco más de cuatrocientos ochenta kilómetros.
Aún
faltaba bastante, pero el simple hecho de saber que estaba más cerca de la
frontera canadiense y de Paige le producía una sensación tan excitante que casi
la saboreó.
Esa
vez le saldría bien, y no importaba qué hiciera, no sería tan tonto como para
dejarse coger por la bofia.
Notó
que el niño se movía a su lado, tratando de acomodarse para volver a dormir.
"¡Qué horror! –pensó–. Debería haberlo abandonado a los cinco minutos de
salir. Tenía el coche y el dinero, ¿para qué lo necesitaba?"
Ansiaba
que llegara el momento en que pudiera deshacerse del chico y sentirse a salvo.
El
agente Ortiz acompañó a Catherine, la madre de ésta y Michael a la entrada de
la calle Cincuenta de la catedral de San Patricio. Un guardia de seguridad los
aguardaba fuera.
–Tenemos
asientos para ustedes en la sección reservada, señora –dijo a Catherine
mientras le abría la pesada puerta.
El
majestuoso sonido de la orquesta encabezada por el órgano y acompañada por el
coro llenaba la gran catedral, que estaba repleta de fieles.
Aleluya,
aleluya, cantaba el coro.
Aleluya,
aleluya –pensó Catherine–. Dios quiera que esta noche termine así.
Pasaron
junto al pesebre. Las figuras de la Virgen, José y los pastores, todas de
tamaño natural, rodeaban la cuna de heno vacía. Sabía que la imagen del Niño
Jesús sería puesta dentro durante la misa.
El
guardia de seguridad les mostró los asientos que tenían en la segunda fila del
pasillo central. Catherine indicó a su madre que pasara primero.
–Tú
ponte entre nosotras, Michael –susurró a su hijo, porque ella quería estar en
el extremo de la fila, para así ver cuándo se abría la puerta.
–Señora
Dornan –dijo el agente Ortiz, inclinándose–, vendré en cuanto tengamos
noticias. Si no, cuando la misa termine, el guardia los acompañará y yo estaré
esperándoles fuera.
–Gracias
–respondió Catherine, y se hincó de rodillas.
La
música se transformó en un brioso himno triunfal cuando empezó la procesión:
coro, acólitos, diácono, sacerdotes y obispos precedían al cardenal, que
llevaba el cayado en la mano.
Cordero
de Dios –rezó Catherine–, ten piedad, ten piedad, salva a mi corderito.
El
inspector jefe Folney, que seguía con la vista clavada en el mapa de la Thruway
en la pared de su oficina, sabía que las posibilidades de encontrar a Brian
Dornan con vida disminuían con cada minuto que pasaba. Mort Levy y Jack Shore
estaban delante de él, al otro lado del escritorio.
–Canadá
–dijo recalcando la palabra–. Se dirige a Canadá, y cada vez está más cerca de
la frontera.
Acababan
de recibir más noticias de Michigan. Paige Laronde había liquidado todas sus
cuentas bancarias al irse de Detroit. Y, en un arranque de confianza, había
comentado con otra bailarina que había conocido a un hombre que era un genio en
la falsificación de carnés de identidad.
Según
el informe, había dicho que, con los papeles que tenía, ella y su novio podían
"desaparecer" sin más.
–Si
Siddons consigue cruzar la frontera... –murmuró Bud Folney, más para sí que
para los otros–. ¿Se sabe algo de los muchachos de la Thruway? –preguntó por
tercera vez en quince minutos.
–Nada,
señor–respondió Mort en voz baja.
–Llámalos
otra vez. Quiero hablar con ellos personalmente. Cuando se enteró por sí mismo
a través del supervisor de Chris McNally de que no había novedad, decidió
hablar con McNally.
–Sí,
como si eso sirviera de mucho... –murmuró Jack Shore a Mort Levy.
Pero
antes de que Folney hablara con McNally, entró otra llamada.
–Una
buena pista –exclamó un agente que se precipitó en el despacho de Folney–. Un
policía de tráfico ha visto a Siddons y al niño hace una hora en un área de
descanso de la Carretera 41, en Vermont, cerca de la desembocadura del White
River. Dice que el hombre coincide perfectamente con la descripción de Siddons,
y que el niño lleva una medalla.
–Olvida
a McNally –ordenó Folney tajante–. Quiero hablar con el policía que los vio.
Ahora mismo. Llama a la policía de Vermont y que pongan controles en todas las
salidas hacia el norte del lugar. Por lo que sabemos, es posible que la chica
esté escondida, aguardándolo en alguna casa de campo, a este lado de la
frontera.
Mientras
esperaba, miró a Mort.
–Llama
a Cally Hunter y cuéntale lo que acabamos de saber. Pregúntale si Jimmy ha
estado alguna vez en Vermont. Si es así, ¿adónde solía ir? Tal vez se dirija a
algún lugar en particular.
Brian
se dio cuenta de que el coche iba más deprisa. Abrió los ojos, pero los cerró
al instante. Era más fácil seguir tumbado y acurrucado en el asiento, como si
estuviese dormido, en lugar de fingir que no estaba asustado cuando Jimmy lo
miraba.
También
había oído la radio. Aunque el volumen estaba bajo, oyó lo que decían acerca de
que Jimmy Siddons, el asesino de un policía, había disparado contra un guardián
y secuestrado a Brian Dornan.
Su
madre les había leído, a él y a Michael, un libro que se titulaba Secuestrado.
Y le había gustado mucho, pero Michael había dicho que era una estupidez, que
si alguien intentaba secuestrarlo, le daría una patada y un puñetazo, y se
escaparia.
Escaparme
no puedo, pensó Brian. Y estaba seguro de que lo del puñetazo no funcionaría
con Jimmy. Ojalá hubiese podido abrir la portezuela y tirarse del coche, como
había planeado. Se habría hecho un ovillo, igual que les enseñaban en la clase
de gimnasia, y no se habría hecho nada.
Pero
la portezuela estaba con el seguro echado, y sabía que Jimmy lo cogería antes
de que pudiera quitar el seguro y abrirla.
Estaba
a punto de echarse a llorar. Sintió que se le hinchaba la nariz y que los ojos
se le llenaban de lágrimas.
Pensó
que Michael lo llamaría llorón. A veces, cuando intentaba no llorar, eso le
daba resultado.
Pero
en ese momento no le sirvió. Seguramente hasta Michael lloraría si estuviese
asustado y necesitara ir al lavabo otra vez. Y por la radio habían dicho que
Jimmy era peligroso.
Pero
aunque lloraba, se aseguró de no emitir sonido alguno. Sintió que las lágrimas
corrían por sus mejillas, pero no hizo intención de secárselas. Si movía la
mano, Jimmy lo vería y sabría que no dormía. Y, de momento, tenía que seguir
fingiendo.
En
cambio, apretó la medalla de San Cristóbal con mayor fuerza, y se obligó a
pensar en cómo montarían el árbol y abrirían los regalos cuando su padre
volviera a casa. Justo antes de irse a Nueva York, la señora Emerson, la vecina
de al lado, se había despedido de ellos, y él oyó como decía a su madre:
"Catherine, no te preocupes, sea cuando sea, la noche que pongáis el
árbol, vendremos todos y cantaremos villancicos bajo vuestra ventana".
Después
abrazó a Brian y le dijo: "Yo sé cuál es tu villancico favorito: Noche dé
paz".
Él
la había cantado solo en la representación escolar de primer grado del curso
anterior.
En
ese momento trató de cantarla mentalmente, pero... no pudo pasar de Noche de
paz, noche de amor... Y supo que si seguía pensando en ello, no lograría
impedir que Jimmy se diera cuenta de que estaba llorando.
Entonces,
casi dio un salto. En la radio hablaban otra vez de Jimmy y de él. El locutor
decía que un policía de tráfico de Vermont afirmaba haber visto a Jimmy Siddons
y a un niño en un viejo Dodge o Chevrolet en una zona de descanso de la
Carretera 91 de Vermont, y que la búsqueda se había centrado allí.
La
torva sonrisa de Jimmy se desvaneció tal como había aparecido. El alivio
inicial que sintió cuando oyó el boletín informativo fue seguido de inmediato
por una sensación de cautela. ¿De verdad había un idiota que afirmaba haberlos
visto en Vermont? Decidió que era posible. Cuando se escondió en Michigan, un
imbécil de poca monta juró que lo había visto en Delaware. Después de cogerlo
en el atraco a la gasolinera y de llevarlo de vuelta a Nueva York, supo que
hacía meses que la policía lo buscaba en Delaware.
Aun
así, seguir en la Thruway empezaba a enervarlo de verdad. La autopista estaba
bien, y ganaría tiempo por ella, pero cuanto más se acercara a la frontera, más
policía podría haber. Decidió que cuando cogiera la siguiente salida y se
deshiciera del niño, seguiría por la Carretera 20. Como ya no nevaba, también
ganaría tiempo por aquel camino.
Sigue
tu corazonada, se recordó Jimmy. La única vez que no lo había hecho, fue en
aquel intento de robo a la gasolinera. Y todavía recordaba que algo le advirtió
de que allí había algún problema.
Muy
bien, después de éste, ya no habrá más, pensó mirando a Brian. Levantó la vista
y sonrió. El cartel que apareció delante anunciaba: SALIDA 42. GENEVA: 1,5 KM.
Cuando
Chris pasó por delante del desvío de la salida 41, vio que ya había dos coches
patrulla apostados; así pues, decidió que no era necesario que se detuviera.
Había avanzado a una buena velocidad, y pensó que a esa altura habría alcanzado
ya a todos los coches que estaban delante de él en la cola del McDonald's.
Siempre
y cuando, por supuesto, no hubiesen tomado una de las salidas anteriores.
Un
Toyota marrón. Eso buscaba, y sabía que era la única oportunidad. ¿Qué ocurría
con la matrícula? Apretó los dientes, intentando de nuevo recordar. Había algo,
algo en la placa... "¡Piensa, maldición, piensa!", se dijo.
Ni
por un instante había creído que alguien hubiera visto a Siddons y el niño en
Vermont. Su intuición le decía que estaban cerca.
Se
aproximaba a la salida 42, en dirección a Geneva. Y eso significaba que la
frontera se hallaba a poco más de ciento sesenta kilómetros. En aquellos
momentos, la mayor parte de los vehículos circulaba a ochenta o noventa
kilómetros por hora. Si Jimmy Siddons andaba por allí cerca, seguramente
saldría del país en menos de dos horas.
¿Qué
ocurría con la matrícula del Toyota?, se preguntó una vez más.
Chris
frunció en entrecejo. Un Toyota oscuro avanzaba deprisa por el carril de
adelantamiento. Cambió de carril, se puso junto a él y echó un vistazo a su interior.
Rogó
que hubiera un hombre solo o un hombre con un muchacho. "Sólo una
oportunidad para encontrar a esa criatura. Dame una oportunidad", rogó.
Sin
poner la sirena ni las luces, adelantó al Toyota.
Había
visto a una joven pareja dentro. El hombre conducía con un brazo rodeando los
hombros de la mujer. No era muy apropiado con la carretera cubierta de hielo.
En otra oportunidad lo habría obligado a detenerse.
Pisó
el acelerador. La autopista estaba despejada y el tráfico era más fluido. Pero
todo avanzaba más y más deprisa, todo se acercaba más y más a Canadá.
Chris
tenía la radio baja cuando entró una llamada para él.
–¿Agente
McNally?
–Sí.
–Soy
Bud Folney, inspector de Nueva York. Acabo de hablar otra vez con su
supervisor. La pista de Vermont ha sido un fracaso y no encontramos a Deidre
Lenihan. Infórmeme acerca del Toyota.
Sabiendo
que su jefe había obviado esa información, Chris se dio cuenta que ese Folney
debía de haberlo presionado.
Le
explicó que si Deidre se refería al coche que estaba justo antes que el suyo en
la cola del McDonald's, entonces se trataba de un Toyota marrón con placas de
Nueva York.
–¿Y
no recuerda el número?
–No,
señor. –Chris quiso ahogar las palabras en su garganta pero no pudo–. Sin
embargo, vi algo raro en la placa.
Estaba
casi en la salida 42. Mientras observaba, un vehículo, dos coches más adelante,
se desplazó al carril de salida. Su mirada de indiferencia se convirtió en una
mirada alerta.
–¡Dios
mío! –exclamó.
–¿Agente?
¿Qué sucede? –Bud Folney, en Nueva York, intuyó que algo ocurría.
–¡Ahí
está! –dijo Chris–. No era la placa lo que me llamó la atención, sino un
adhesivo medio arrancado del cual sólo queda la palabra "herencia".
Señor, ahora me dispongo a seguir al Toyota por la rampa de salida.
¿Puede
comprobar la matrícula?
–No
lo pierda de vista –ordenó Bud–, y permanezca a la escucha.
Al
cabo de tres minutos, el teléfono sonaba en el apartamento 8C, del número 10 de
Stuyvesant Oval, en el Lower Manhattan. Un tal Edward Hillson, medio dormido y
preocupado, cogía el auricular.
–Diga–respondió
mientras su mujer le agarraba del brazo nerviosa–. ¿Qué? ¿Mi coche? Lo aparqué
sobre las cinco, en una esquina... No, no se lo he prestado a nadie... Sí, es
un Toyota marrón... ¡Cómo dice!
Bud
Folney volvió a Chris.
–Muchacho,
creo que lo tiene. Pero, por el amor de Dios, recuerde que ha amenazado con
matar al niño antes de dejarse coger. Actúe con mucho cuidado.
Michael
tenía tanto sueño que lo único que deseaba era apoyarse contra su abuela y
cerrar los ojos. Pero todavía no podía hacerlo, al menos hasta estar seguro de
que Brian se encontraba a salvo. Se esforzó por reprimir su reciente miedo.
"¿Por qué no me dijo que había visto a esa mujer coger el monedero de
mamá? Yo hubiese corrido tras ella y lo hubiera ayudado cuando aquel hombre lo
pilló."
En
ese momento, el cardenal estaba en el altar. Pero cuando terminó la música, en
lugar de oficiar la misa, empezó a hablar:
–En
esta noche de alegría y esperanza...
A la
derecha, Michael vio cámaras de televisión.
Siempre
había pensado que sería muy emocionante salir por la tele, pero cada vez que
pensaba en ello, las circunstancias que imaginaba tenían algo que ver con un
premio o con ser testigo de un acontecimiento importante.
Resultaría
divertido. Pero esa noche, cuando él y su madre aparecieron juntos, nada tenía
de divertido.
Fue
horrible oír a mamá suplicar para que la gente la ayudara a encontrar a Brian.
–En
un año que ha traído tanta violencia contra los inocentes...
Michael
se irguió. El cardenal hablaba de ellos; de papá, que estaba enfermo; de Brian,
que había desaparecido y creían que se lo había llevado aquel asesino fugitivo.
–La
madre, la abuela y el hermano de diez años de Brian Dornan están con nosotros
en esta misa. Recemos de manera especial por la pronta recuperación del doctor
Thomas Dornan y para que Brian sea hallado sano y salvo.
Michael
vio que su madre y su abuela lloraban. Movían los labios, y se dio cuenta de
que estaban rezando. Su oración fue el consejo que habría dado a Brian si éste
hubiese podido oírlo: "¡Huye, Brian, huye!".
Una
vez fuera de la Thruway, Jimmy sintió cierto alivio, a pesar del desagradable
presentimiento que tenía de que las cosas empezaban a ir mal.
Se
le estaba acabando la gasolina, pero temía detenerse en una estación de
servicio con el niño en el coche. Se encontraba en la Carretera 14, que a unos
diez kilómetros conectaba con la 20. Y ésta, a su vez, llevaba a la frontera.
Había
mucho menos tráfico que en la Thruway. Casi todo el mundo estaba en su casa,
durmiendo o preparándose para la Navidad. Era poco probable que alguien lo
buscara en aquel lugar. De todas formas, razonó, sería mejor que entrase en
alguna calle de Geneva y buscara un lugar donde hubiera un aparcamiento, como
una escuela, o un bosque; un sitio donde parar sin que nadie lo viera y hacer
lo que tenía que hacer.
Mientras
doblaba a la derecha, echó un vistazo por el retrovisor. Su antena registró
algo. Pensó que había visto unos faros reflejados en ella mientras doblaba,
pero en aquel momento ya no los vio.
Estoy
demasiado alterado, pensó.
Pasada
una manzana pareció que hubiera llegado al fin del mundo. Hacia cualquier lugar
que mirara, no veía ningún coche. Había entrado en una zona residencial,
silenciosa y oscura. Casi todas las casas estaban a oscuras, salvo algunas en
que aún brillaban las luces de los árboles de Navidad a través de los arbustos
de los jardines cubiertos de nieve.
Jimmy
no sabía si el niño estaba dormido o si se lo hacía. Tampoco importaba. Aquélla
era la clase de lugar que él necesitaba. Condujo seis manzanas más y encontró
lo que buscaba: una escuela, con un sendero largo que conducía hasta un
aparcamiento.
Lo
recorrió cuidadosamente con la mirada, en busca de algún coche que se acercara
o de alguien que caminara por allí. Luego detuvo el coche y abrió la ventanilla
y escuchó con atención buscando cualquier indicio de peligro.
Con
el frío, su aliento se transformó en vapor al instante. Sólo oyó el ronroneo
del motor del Toyota. Fuera todo permanecía tranquilo, silencioso.
A
pesar de todo, decidió dar otra vuelta a la manzana, para cerciorarse de que
nadie lo seguía.
Mientras
pisaba el pedal del acelerador y arrancaba con lentitud, clavó la mirada en el
retrovisor. ¡Maldición! ¡Qué razón tenía! Había un coche más atrás, con los
faros apagados. También avanzaba, y las luces de un árbol muy iluminado se
reflejaron en su techo.
–¡Un
coche patrulla! ¡La bofia! ¡Cabrones! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean!
Apretó
el acelerador. Tal vez aquél fuese su último viaje, pero lo haría en grande.
Bajó
la mirada.
–¡Deja
de hacerte el dormido! ¡Sé que estás despierto! –gritó a Brian–. ¡Siéntate,
maldito seas! Tendría que haberte despachado en cuanto salí de la ciudad, niño
mierdoso.
Apretó
el pedal del acelerador a fondo. Una ojeada al retrovisor le confirmó que el
coche patrulla también había acelerado y ya lo perseguía sin disimulos. Pero,
al parecer, había un solo poli dentro.
Sin
duda, Cally había dicho a la bofia que tenía al niño, pensó. Y también les
había dicho que lo mataría en cuanto se acercaran a él. Eso explicaba que el
poli que llevaba detrás no hubiera intentado detenerlo antes.
Echó
un vistazo al velocímetro: ochenta... noventa y cinco... ciento diez.
"¡Vaya mierda de coche!", pensó deseando conducir algo más potente
que un Toyota. Se inclinó sobre el volante. No podría huir de ellos, pero aún
le quedaba una oportunidad.
El
tipo que lo perseguía no había recibido refuerzos todavía. ¿Qué haría si veía
que disparaba contra el niño y lo tiraba del coche? Se detendría e intentaría
auxiliarlo, razonó Jimmy. "Será mejor que lo haga ahora, antes de que
tenga tiempo de llamar pidiendo ayuda."
Metió
la mano dentro de la chaqueta para sacar el arma. En aquel momento, el coche
pasó sobre un trozo de hielo y empezó a patinar. Dejó la pistola en su regazo,
giró el volante y consiguió enderezar el vehículo a unos centímetros de un
árbol al borde de la acera.
Nadie
conduce mejor que yo –pensó con una sonrisa. Cogió el arma otra vez y le quitó
el seguro–. Si el poli frena para ayudar al niño, llegaré a Canadá , se
prometió.
Oprimió
el botón del cierre centralizado y tendió el brazo por delante del aterrorizado
niño para abrir la portezuela de su lado.
Cally
necesitaba llamar a la jefatura de policía para saber si tenían alguna noticia
del pequeño Brian. Le había dicho al detective Levy que no creía que Jimmy
intentara llegar a Canadá por Vermont.
–A
los quince años tuvo problemas allí –le explicó–. Nunca estuvo preso en
Vermont, pero creo que siente verdadero pánico a un sheriff de allí que le dijo
que su memoria era excelente, advirtiéndole que jamás volviera a aparecer por
Vermont. Aunque eso ocurrió hace diez años al menos, Jimmy es muy
supersticioso. Creo que irá por la Thruway. Sé que viajó un par de veces a
Canadá hace tiempo, y en ambas ocasiones cogió ese camino.
Levy
la había escuchado con gran atención. Cally sabía que el detective quería
confiar en ella, y rogó que esa vez lo hiciera. Rogó también no equivocarse, y
que encontraran al niño sano y salvo. Así sentiría que había ayudado en algo.
Atendió
el teléfono otra persona y le dijeron que esperara.
–¿Qué
ocurre, Cally? –preguntó Levy al fin.
–Sólo
quería saber si había alguna novedad de... He estado rezando para que eso de
Jimmy y la Thruway les fuera de utilidad.
La
voz de Levy se suavizó, aunque su tono siguió siendo rápido.
–Sí,
Cally, nos ha resultado muy útil, y le estamos muy agradecidos. Ahora me es
imposible hablar con usted; pero siga rezando, que sus oraciones ayudan.
Eso
significa que han debido de localizar a Jimmy, pensó. Pero ¿qué ocurría con
Brian?
Cally
se arrodilló y rezó:
No
importa qué me suceda a mí, pero detén a Jimmy antes de que haga daño a ese
niño.
Instantáneamente,
Chris McNally se dio cuenta de que Jimmy lo había visto. Estaba en comunicación
permanente con la central y la jefatura de Manhattan.
–Sabe
que lo siguen –informó, conciso–. Ha salido disparado como una exhalación.
–No
lo pierda –dijo Bud Folney en voz baja.
–Tenemos
un montón de coches en camino, Chris –explicó el operador–. Circulan en
silencio y con las luces de situación. Te rodearán. También mandaremos un
helicóptero.
–¡Que
se mantengan fuera de la vista! –Chris apretó el acelerador–. Va a ciento diez.
No hay muchos coches en las calles, pero no están completamente vacías. El
asunto empieza a volverse muy peligroso.
Mientras
Siddons cruzaba una bocacalle, Chris vio, horrorizado, que casi había chocado
contra otro coche. Conducía como un loco. Estaba seguro de que causaría un
accidente.
–Cruzamos
la avenida Lakewood –informó.
Dos
manzanas más adelante, el Toyota patinó y casi se estrelló contra un árbol.
–¡El
niño! –gritó al cabo de un minuto.
–¿Qué
ocurre? –preguntó Folney.
–Acaba
de abrir la portezuela del copiloto. Se ha encendido la luz interior y veo que
el niño forcejea. ¡Dios mío... Siddons ha sacado el arma! ¡Parece que va a
disparar contra el pequeño!
Kyrie
Eleison, cantó el coro.
Señor,
ten piedad de nosotros, rezó Barbara Cavanaugh.
Salva
a mi cordero, suplicó Catherine.
Huye,
bobo, huye de él, gritó Michael mentalmente.
Jimmy
Siddons estaba loco. Brian nunca había visto a nadie correr tanto. No sabía muy
bien qué ocurría, pero debía de haber alguien siguiéndolos.
Apartó
por un instante la vista del camino y miró a Jimmy. Había sacado el arma.
Sintió que forcejeaba con su cinturón de seguridad y se lo soltaba. Después
pasó el brazo por delante de Brian y le abrió la portezuela. Brian sintió una
ráfaga de aire frío.
Se
quedó paralizado de miedo por un momento, pero enseguida se incorporó y se
sentó muy erguido. Se dio cuenta de qué iba a pasar: Jimmy dispararía contra él
y arrojaría su cuerpo del coche de un empujón.
Debía
huir. Todavía tenía la medalla apretada en la mano derecha. Sintió que Jimmy le
clavaba el arma en el costado izquierdo y lo empujaba hacia la portezuela
abierta y la calle, que pasaba veloz por debajo del coche.
Se
cogió al cinturón de seguridad con la mano izquierda mientras agitaba con
fuerza la derecha. La medalla voló, colgada de la cadena, y golpeó a Jimmy en
el rostro, justo en el ojo izquierdo.
Jimmy
gritó, soltó el volante e, instintivamente, pisó el pedal del freno. Al
llevarse la mano al ojo, la pistola se le disparó y la bala silbó junto a la
oreja de Brian. El vehículo, fuera de control, empezó a girar como un trompo.
Se
subió al bordillo, entró en un jardín y chocó contra un arbusto. Sin parar de
girar, arrastró el arbusto por el jardín y volvió al borde de la calzada.
Jimmy
maldecía, con una mano en el volante y la otra empuñando el arma. Le entraba
sangre en el ojo de un arañazo que le cruzaba la frente y la mejilla.
Vete,
vete. Brian oyó la orden en su cabeza como si alguien se la gritara. En el
momento en que una segunda bala le pasaba por encima del hombro, agachó la
cabeza, saltó por la portezuela y rodó sobre el jardín cubierto de nieve.
–¡Dios
mío, el niño está fuera del coche! –exclamó Chris. Apretó el pedal del freno;
el coche patinó y se detuvo detrás del Toyota–. Se está levantando. ¡Dios mío!
–¿Está
herido? –gritó Bud Folney, pero Chris no lo oía. Se encontraba fuera del
patrullero y corría hacia el pequeño.
Siddons
había retomado el control del Toyota y daba la vuelta, con la clara intención
de pasarle a Brian por encima. En lo que le pareció una eternidad, pero que
sólo fueron unos segundos, Chris cruzó el espacio entre él y Brian y levantó al
chiquillo en brazos.
El
Toyota avanzaba veloz contra ellos, con la portezuela todavía abierta y la luz
interior encendida, de modo que la maníaca ira de Jimmy Siddons se veía con
claridad.
Chris
apretó al niño con fuerza contra su pecho, se lanzó hacia un lado y rodó cuesta
abajo por una pendiente nevada mientras las ruedas del Toyota pasaban a pocos
centímetros de sus cabezas. Al cabo de un instante, con un espantoso ruido de
metal y cristales rotos, el vehículo arremetió contra el porche de la casa y
volcó.
Por
un momento, sólo hubo silencio, y, de repente, el gemido de las sirenas rompió
la calma nocturna. Las luces de montones de coches patrulla iluminaron la
calle, mientras un enjambre de policías corría para rodear el vehículo volcado.
Chris se quedó unos segundos sobre la nieve, abrazando a Brian, mientras oía la
confusión de ruidos. En aquel momento, una vocecita aliviada le preguntó:
–¿Es
usted San Cristóbal?
–No,
pero ahora mismo me siento como si lo fuera, Brian –respondió Chris,
emocionado–. Feliz Navidad, hijo.
El
agente Manuel Ortiz entró con sigilo por la puerta lateral de la catedral e
instantáneamente se encontró con la mirada de Catherine. Sonrió y asintió con
la cabeza. Ella se levantó de un salto y corrió a su encuentro.
–¿Está...?
–El
niño está bien. Viene hacia aquí en un helicóptero de la policía. Llegará antes
de que la misa haya acabado.
Ortiz,
al ver que una de las cámaras de televisión los enfocaba, levantó la mano e
hizo un círculo con los dedos pulgar e índice, un gesto que en ese momento y en
el más especial de los días, significaba que todo había terminado bien.
Los
que estaban sentados cerca se percataron del cambio y empezaron a aplaudir
suavemente. Los demás se volvieron, se pusieron de pie, y, poco a poco, un
aplauso se extendió por la gigantesca catedral. Pasaron cinco minutos antes de
que el diácono pudiera comenzar a leer el Evangelio de Navidad.
–Y
sucedió que...
–Voy
a llamar a Cally para contarle lo ocurrido –dijo Mort Levy a Bud Folney–.
Señor, sé que ella debería habernos llamado antes, pero espero que...
–No
te preocupes. Esta noche no pienso causarle más problemas. Ha colaborado con
nosotros y creo que se merece un descanso –repuso Folney, tajante–. Además, la
señora Dornan ha dicho que no presentará denuncia contra ella. –Se interrumpió
por un instante, después prosiguió–: Oye, seguro que debe de haber un montón de
juguetes que sobran en las comisarías. Di a los muchachos que se ocupen de ello
y recojan algunos para la pequeña de Cally, y que nos los traigan a su edificio
dentro de cuarenta y cinco minutos. Mort, tú y yo iremos a llevárselos. Shore,
vete a casa.
Era
el primer viaje en helicóptero de Brian, y aunque sentía un cansancio
increíble, la excitación no le permitía cerrar los ojos. Era una lástima que el
agente McNally –Chris, como le había dicho que lo llamara– no hubiera podido
acompañarlo. Pero él estaba con Brian cuando habían cogido a Jimmy Siddons, y
le había dicho que no se preocupara porque era un sujeto que nunca más saldría
de la cárcel. Y después le había cogido la medalla de San Cristóbal de dentro
del coche y se la había dado.
Mientras
el helicóptero descendía, parecía que iban a aterrizar en el mismo río.
Reconoció el puente de la calle Cincuenta y nueve y el tranvía de Roosevelt
Island. Papá lo había llevado una vez a dar una vuelta. De repente se preguntó
si él sabía lo que le había pasado.
Se
volvió hacia uno de los policías.
–Mi
papá se encuentra en un hospital cerca de aquí. Tengo que ir a verlo. Quizá
esté preocupado.
–Lo
verás pronto, hijo –le dijo el policía, que conocía bien el problema de la
familia Dornan–. Pero ahora, tu madre te espera. Está en la Misa del Gallo, en
la catedral de San Patricio.
Cuando
el timbre sonó en el apartamento de Cally en la avenida B, ella fue hacia la
puerta con la resignada seguridad de que iban a detenerla. El detective Levy la
había llamado por teléfono para decirle que él y otro agente pasarían por allí.
Pero cuando abrió se encontró con dos radiantes Papá Noel, cargados de muñecas,
juguetes y un cochecito de mimbre, blanco y brillante.
Mientras
los miraba, incrédula, ellos dejaron los regalos debajo del árbol de Navidad.
–La
información que nos dio sobre su hermano nos ha resultado muy útil –dijo Bud
Folney–. El niño Dornan está bien, y viene de camino a la ciudad. Jimmy va de
camino a la cárcel. De nuevo se halla bajo nuestra responsabilidad, y le
prometo que esta vez no dejaremos que se escape. Espero que, de ahora en
adelante, las cosas vayan mejor para usted.
Cally
se sintió como si le hubiesen quitado un peso gigantesco de encima.
–Gracias...
gracias –apenas alcanzó a susurrar.
–Feliz
Navidad, Cally –dijeron a coro Folney y Levy, y se marcharon.
Cuando
se hubieron ido, Cally supo que al fin podía irse a la cama, a dormir. La
respiración de Gigi era una plegaria atendida. A partir de entonces la
escucharía todas las noches, sin temer que le quitaran otra vez a su pequeña.
"Todo irá mejor –se dijo–. Ahora lo sé."
Antes
de quedarse dormida, lo último que pensó fue que cuando Gigi viera que el
enorme paquete con el regalo de Papá Noel no estaba ya debajo del árbol, podría
responderle sin mentir que Papá Noel se lo había llevado.
El
himno del final de la misa estaba a punto de empezar cuando la puerta lateral
se abrió de nuevo y el agente Ortiz entró. Pero en esa ocasión no iba solo. Se
inclinó hacia el niño que estaba a su lado y le señaló algo. Antes que
Catherine llegara a ponerse de pie, Brian estaba en sus brazos, con la medalla
de San Cristóbal que llevaba colgada al cuello apretada contra su corazón.
Nada
dijo mientras lo abrazaba con fuerza, pero sintió cómo lágrimas de alivio y
felicidad le corrían por las mejillas, y supo que volvía a creer con fe y
determinación que Tom se recuperaría.
Bárbara
tampoco habló, pero se inclinó y puso la mano sobre la cabeza de su nieto.
Fue
Michael quien rompió el silencio con unas palabras de bienvenida.
–Hola,
bobo –susurró con una sonrisa.
Día
de Navidad
El
día de Navidad amaneció frío y despejado. A las diez de la mañana, Catherine,
Brian y Michael llegaban al hospital.
El
doctor Crowley los esperaba cuando salieron del ascensor en la quinta planta.
–Cielo
santo, Catherine, ¿estás bien? –preguntó–. No me he enterado de lo ocurrido
hasta que he venido esta mañana al hospital. Tienes que estar exhausta.
–Gracias,
Spence, pero me encuentro bien. –Miró a sus hijos–. Todos nos encontramos bien.
Pero ¿cómo está Tom? Esta mañana, cuando he llamado esta mañana temprano, lo
único que me han dicho es que había pasado una buena noche.
–Y
así ha sido. Un signo excelente. Ha pasado una noche muy buena. Mucho mejor que
la vuestra; de eso estoy seguro. Espero que no te importe, pero decidí que era
mejor contarle a Tom lo de Brian. Los periodistas han estado llamando toda la
mañana al hospital, y no quería arriesgarme a que se enterara por boca de un
extraño.
Empecé
por el final feliz, eso desde luego.
Catherine
sintió una oleada de alivio.
–Me
alegra que lo sepa, Spence. No sabía de qué forma contárselo. Y no estaba
segura de cómo reaccionaría.
–Se
lo ha tomado muy bien, Catherine. Tom es mucho más fuerte de cuanto la gente
cree. –Crowley miró la medalla que Brian llevaba al cuello–. Sé que te ha
costado mucho poder dar esa medalla a tu padre. Te prometo que entre San
Cristóbal y yo nos ocuparemos de que se ponga bien.
Los
niños tironearon de Catherine.
–Es
cierto. Os espera –dijo Spence con una sonrisa.
La
puerta de la habitación de Tom se hallaba entreabierta, Catherine terminó de
abrirla y se quedó allí de pie, mirando a su marido.
La
cabecera de la cama estaba levantada. Cuando Tom los vio, en su rostro brilló
la sonrisa de siempre.
Los
niños corrieron hacia él, pero se detuvieron a pocos centímetros de la cama. Ambos
tendieron los brazos y le cogieron una mano cada uno. Catherine vio que los
ojos se le llenaban de lágrimas al mirar a Brian.
Se
le ve tan pálido... –pensó–. Estoy segura de que le duele, pero se pondrá
mejor. No tuvo que obligarse a que sus labios esbozaran una radiante sonrisa
cuando vio cómo Michael le sacaba a Brian del cuello la cadena con la medalla
de San Cristóbal y los dos hermanos se la ponían a Tom.
–Feliz
Navidad, papá –dijeron a coro.
Mientras
su marido la miraba por encima de las cabezas de sus hijos, formando con sus
labios en silencio las palabras "Te amo", un verso de la canción
Noche de paz flotó dentro de su ser:
...
claro sol brilla ya...
Fin
AGRADECIMIENTOS
Esta
historia empezó en una cena, cuando mis editores Michael V. Korda y Chuck Adams
comenzaron a pensar en la posibilidad de una novela de suspenso ambientada en
Nochebuena en Manhattan. Y me interesó.
Michael
y Chuck, muchas gracias por aquella conversación inicial y por toda la
maravillosa ayuda a lo largo del camino.
Mi
agente Eugene Winick y mi promotora Lisi Cade me brindaron ayuda y apoyo
constantes. Merci y Grazi, Gene y Lisi.
Y,
por último, muchas gracias a los lectores, que son lo bastante amables como
para esperar mis libros. Mis mejores deseos de paz, felicidad y tranquilidad en
las vacaciones navideñas.


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