© Libro N°. 3044. Mundo De Dioses. Marín Trechera, Rafael. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Mundo De Dioses. Rafael Marín Trechera
Versión Original: © Mundo De Dioses. Rafael Marín Trechera
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MUNDO DE DIOSES
Rafael Marín Trechera
1.a edición: septiembre 1997
©Rafael Marín, 1997
© Ediciones B, S.A., 1997
Bailén 84 - 08009 Barcelona (España)
Printed in Spain
ISBN: 84-406-7646-8
Depósito legal: B. 27.268-1997
Impreso por PURESA, S.A.
Girona, 139 - 08203 Sabadell
PRESENTACIÓN
Poco
me atrevo a decir de Rafael Marín, uno de los más seguros valores de la ciencia
ficción española. Esforzado traductor y devoto guionista de cómics, cuando el
tiempo se lo permite, Marín escribe también su propia obra con esa riqueza
estilística que le caracteriza y que constituye, como él mismo reconoce, su
mayor seña de identidad en el panorama de la ciencia ficción española.
De
momento les dejo con las líneas que él mismo escribió a requerimiento mío. En
realidad yo le pedía datos para la reseña de autor que incluimos al final del
libro, pero Rafa abordó esa petición de forma tal que no me atrevo a tocar ni
una coma de ese texto, y lo dejo aquí como la mejor presentación de un autor
que, pese al tópico, en realidad no necesitaría presentación. Habla el autor:
Rafael
Marín (Cádiz, 1959). Licenciado en filología inglesa. Ejerzo de profesor,
traductor, escritor y guionista de cómics. Entre otros pecados veniales están
haber hecho algún pinito como actor de teatro, locutor de radio, crítico de
cine y cómics...
Empecé
a escribir muy jovencito, con trece o catorce años. Antes de descubrir la
ciencia ficción, por cierto. Luego todo se me fue mezclando: los tebeos, la
poesía, el cine, la Transición, los primeros colectivos literarios, las novelas
de Stephen King y Francisco Umbral (no puedo dejar de pensar que soy un cruce
algo bastardil de uno y otro). Después, claro, ya me resultó imposible salir
del gueto: Nueva Dimensión y Star Wars fueron una influencia demasiado fuerte.
Soy
un cruce de muchísimas influencias, de dentro y de fuera de la ciencia ficción.
Mi formación (¿deformación?) universitaria me llevó a buscar en mis escritos
una carga literaria que quizá sea mi seña de identidad, aunque a algunos les
resulte estomagante. Posiblemente, de forma inconsciente, pensé que si mis
ideas no iban a ser muy allá, en estilo no me iba a ganar nadie. Posiblemente,
claro, me equivoqué en las dos cosas.
Lo
primero que escribí fueron dos obritas de teatro para representarlas en el
colegio. No se representaron. Luego pasé directamente a escribir novelas de
ciencia ficción, space operas infumables sobre un personaje llamado Scott
Danger, de las cuales nunca más se supo. Después, entre desengaños amorosos
adolescentes y deseos de comerme el mundo, creé una réplica de Conan el
Bárbaro, al que llamé Shalter. Escribí cinco o seis relatos de este personaje,
que también fueron a parar a la basura (de lo que se libran ustedes, oiga).
A
partir de 1977, tras haber fundado un colectivo literario, «Jaramago», llego a
convencerme de que la literatura es un arma cargada de futuro y me planteo
dedicarme en serio a este oficio. Como soy cobarde y conservador por
naturaleza, antes me aseguro la vida por otra parte.
Publico
relatos y novelas cortas en Kandama y Nueva Dimensión, a la que he bautizado en
otro sitio como «Atlántida del género». Una de ellas, NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES
A UN EXTRAÑO, obtuvo cierta resonancia. A continuación, con apenas veintiún
añitos, me lío la manta a la cabeza y redacto LÁGRIMAS DE LUZ, lanzado a tumba
abierta a un novelón de cuatrocientas páginas con ciertas ínfulas de
trascendencia. Publicada por Ediciones Fénix en 1984 (pero escrita, ojo, en el
81), se reeditó por Orbis en el 87. No se encuentra por ninguna parte,
constantemente me escriben o me llaman para preguntar dónde comprarla, pero
nadie se atreve a reeditarla (¿estás mirando, Miquel?).
Me
quedé seco de palabras con LÁGRIMAS DE LUZ, y tardé casi dos años en volver a
coger la máquina de escribir. Cuando lo hice, tardé otros cinco en escribir una
novela de fantasía heroica realista y diferente, LA LEYENDA DEL NAVEGANTE,
donde recuperaba a aquel personaje Shalter de mi adolescencia, que sigo
considerando lo mejor de mi producción y que tiene defensores a muerte entre
los más inteligentes. La publicó Miraguano en tres partes y la acaban de
saldar. Si se dan ustedes prisa, la encontrarán sin problemas. Que la
disfruten.
Otra
novela juvenil, EL MUCHACHO INCA, también en Miraguano, parece que tuvo mayor
éxito de ventas (je), y encandila bastante al público adolescente, aunque en el
mercado de la ciencia ficción le hayan hecho luz de gas.
En
el 91, escribí lo que son las setenta u ochenta primeras páginas de esta
novela, MUNDO DE DIOSES, que ganó la UPC ex aequo con Ángel Torres Quesada. Es
quizás mi novela más descaradamente intrascendente y, al mismo tiempo, la más
declaradamente literaria: el abuso de la sinestesia y la hipérbole, como si
fuera un tebeo escrito, no son cosa fácil, lo aseguro. También estructural y
narrativamente me parece por encima de las novelas-río que había hecho
an-tes... ¡y además no está escrita en primera persona y hay tiros a mansalva!
Mi
tesis de licenciatura versó sobre los cómics de la Marvel, publicada por Global
Ediciones hace un par de años (está agotada pero me han prometido que se
reeditará, actualizada). Tengo también publicados dos libros de relatos:
UNICORNIOS SIN CABEZA y OZYMANDIAS. En los últimos tiempos, tras un paso más
anecdótico que real por Marvel UK, la sucursal británica de la poderosa
editorial americana, escribo los guiones para las series IBERIA INC. y TRIADA
VÉRTICE (para Planeta-Agostini, línea Laberinto), y ando a la espera de que su
supuesto y aparente éxito de ventas me saque de pobre. Junto con algún título
posterior, son un intento (ya una realidad) de crear superhéroes en España, sin
caer en la desmitificación fácil ni en la parodia. Incluso me planteo escribir
una novela sobre esos personajes que han alcanzado cierta popularidad. Después
de MUNDO DE DIOSES, sería fácil.
He
traducido hasta la fecha un centenar de libros, novelas y de ciencia ficción en
su mayoría. Son el complemento vitamínico-económico que necesito, me permiten
estar en contacto con el mundillo editorial y me quitan el tiempo necesario
para invertirlo en novelas propias. A lo mejor eso salen ganando los lectores.
Si
están ustedes interesados en conocer más detalles de mi vida, he escrito una
especie de memoria literaria de mi adolescencia, EL ANILLO EN EL AGUA, que
permanece inédita aunque es enormemente divertida. La pega es que mis amigos no
son famosos. Si no, arrasaría (¿oigo por ahí la voz de algún entusiasmado
editor diciendo mía?).
Aunque
pontifico mucho por escrito y en el género me han colocado el sambenito de
ególatra (alguien tenía que tomar la antorcha de Asimov y de Harlan Ellison),
la verdad es que soy buena persona, muy charlatán pero muy mío, y quienes de
verdad me conocen saben que ni a mis boutades ni a mí hay que tomarnos
demasiado en serio. Eso sí, mi ego es sólo mío y no me lo toca nadie.
Rafael
Marín
PS:
Tengo dos hijos preciosos, Daniel y Laura, por quienes merece la pena mandar la
ciencia ficción y la literatura a tomar viento.
Presentado
ya el autor, por su propia pluma esta vez y sin que sirva de precedente,
acerquémonos ahora a la obra.
MUNDO
DE DIOSES nadó, según parece, deprisa y corriendo, en 1991, para concursar en
el entonces incipiente Premio UPC de ciencia ficción. En aquel momento fue una
novela corta apresurada, a la que el mismo autor gusta llamar: «un episodio
piloto de una serie inconclusa». Concebida como argumento para un guión de
cómic que tenía que ser dibujado por Carlos Pacheco (parece ser que realizó
unas ocho o nueve páginas), se convirtió, por obra y gracia del Premio UPC, en
un curioso ejercicio literario: verter en un texto toda la riqueza de un arte
narrativo distinto, como es el cómic.
Es
obvio que Marín lo logró con creces, como demuestra el reconocimiento que le
diera el jurado del Premio UPC de 1991. La acción trepidante y la aventura bien
descrita se amparaban en un misterio suficiente para mantener en suspense al
lector y obligarle a pasar páginas y más páginas hasta ese final, entonces,
inconcluso.
Con
el tiempo, abandonada (espero que sólo provisionalmente) la idea de convertir
ese argumento en cómic, Rafael Marín se ha atrevido a completarlo en su nueva
versión literaria, lo que ha dado lugar a este MUNDO DE DIOSES que hoy
presentamos.
He
de decir que, antes de leerla, me llegaron diversas noticias de algunos de los
privilegiados primeros lectores de esta nueva y original novela de Rafael
Marín. En concreto Juan Miguel Aguilera, buen narrador donde los haya, me
comentó varias veces las excelencias de MUNDO DE DIOSES, lo que no suele ser
habitual en una persona tan discreta y educada como él.
Finalmente
logré poner mis manos en el original del libro (un impresionante «mamotreto» de
460 páginas a doble espacio). Una trepidante historia de aventuras que logró
mantenerme en vela casi toda una noche. Experimenté gran satisfacción y, todo
hay que decirlo, cierta opresión por el peso de ese libraco en mi pechera
(desde entonces mi médico me ha desaconsejado que lea en la cama textos como
ése: su trama me mantiene despierto y, por si ello fuera poco, no respiro
bien...) Inconvenientes de dedicarse a eso de editar novelas de ciencia
ficción.
Bromas
aparte, he de reconocer que me sorprendo con algunos de los comentarios que el
mismo Rafael Marín hace de MUNDO DE DIOSES. Por provenir de una idea de cómic,
le parece que es su obra «más declaradamente intrascendente». No estoy de
acuerdo. Sólo aceptaría decir que es, sin duda, la más divertida.
Por
si hiciera falta, hipérbole es exageración, y sinestesia (en este caso tras
consultar con el diccionario, que yo soy una persona normal...) es un «tropo
que consiste en unir dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentes
dominios sensoriales» y el mismo DRAE pone dos ejemplos: «soledad sonora» y
«verde chillón».
Con
eso creo que se aclara lo que apunta el mismo Marín al considerar también MUNDO
DE DIOSES como la «más declaradamente literaria» de sus obras, precisamente por
«el abuso de la sinestesia y la hipérbole, como si fuera un tebeo escrito».
Yo
me temo que ésas son las explicaciones que puede ofrecer un autor sumamente
interesado en el aspecto estilístico, cuando teme que una de sus obras sea
«distinta» de lo esperado.
No
ha ocurrido así en mi caso. Conozco desde hace años a Rafael Marín y sé lo bien
que escribe. Y me atreveré a decir que si bien LÁGRIMAS DE LUZ era un verdadero
tour de force en la que un joven autor encerraba muchas de sus posibles
aspiraciones, la verdad es que MUNDO DE DIOSES nos muestra a un gran narrador
en el completo dominio de su oficio y su técnica.
La
temática, en realidad, es mucho menos intrascendente de lo que parece; al menos
ésa es la sensación que a mí me transmitió la lectura de esta última novela de
uno de los autores revelación de la ciencia ficción española en los años
ochenta. Una promesa que se ha convertido ya en realidad y de quien sólo cabe
esperar que encuentre tiempo para nuevas aventuras como este MUNDO DE DIOSES
que hoy presentamos. Y con el mayor orgullo.
Que
ustedes lo disfruten.
MlQUEL
BARCELÓ
A
Stan Lee, Jack Kirby
y
Víctor Mora
No
sólo forja el hombre a imagen propia
su
Dios, aún más se le asemeja su demonio.
LUIS
CERNUDA
JUECES
Corría.
Un trazo gris difuso contra el brillo cegador de la noche. Agazapado en las
sombras, iba dejando jirones de plástico en cada gárgola y cada alero; la
angustia, la inseguridad, el miedo. Y entonces, relámpagos de carne y oro sobre
el trazado exacto de los edificios, escorpiones de acero dibujando estelas de
plasma tras su paso, como perros de caza, los Centinelas.
Dos
docenas de pantallas resplandecían en silencio, como desafiando con su parpadeo
a las hogueras que salpicaban la calma falsa de la noche. Detrás de su
escritorio, bajo los veinticuatro monitores mudos, Klaus Vildmann terminó de
sorber su café ya tibio y contempló sin decir nada a la mujer recortada contra
el metacristal transparente. Sacudió la cabeza, soltó la taza. Miró con desgana
el donut a medio consumir y se llevó por acto reflejo el lápiz óptico a los
labios. Abrió la boca, se contuvo; con un esfuerzo, no lo mordió.
Davinia
Cross estudió su reflejo en la lisa superficie plateada y negra. Dibujada
contra la pirámide del Templo de Kent, su silueta le pareció una vez más el
esbozo de un fantasma, recargada de tristeza y carente de substancia. Delgada,
vestida de cuero negro y falda, la imagen inexacta que le ofrecía la ventana
mostraba a una mujer joven, ensimismada, melancólica. Todo lo que ella no era,
cuanto se negaba a ser. Davinia alzó la manzana todavía verde que tenía en la
mano, olvidada, y se la acercó a la boca.
—De
acuerdo, Klaus —dijo, y dio a la fruta un mordisco agresivo, como si dentro de
ella se encontrara la respuesta a todos sus enigmas, la solución a su afán de
curiosidad—. Vivimos en un paraíso. Eso dicen, ¿no? Gran negocio.
—Siempre
has sido una buena periodista, Dave —reprendió amablemente el editor en jefe—.
Has aprendido bien los trucos del oficio, es algo que he mantenido desde que te
conozco. Pero no caigas ahora en el error de dar nombres gratuitos. Cierto que
no vivimos en un mundo malo, pero sabes tan bien como yo que nadie en su sano
juicio estaría dispuesto a admitir que lo hacemos en un paraíso.
—¿Y
por qué no, Klaus? ¿Qué es un paraíso sino un mundo de dioses? Y a fin de
cuentas —añadió la mujer amargamente—, ¿no existe acaso una raza de dioses que
campa por sus respetos sobre esta desgraciada Tierra?
Una
voltereta en el aire y aterrizó en la cornisa del edificio. Tras una frenética
evaluación, comprendió que aquél no sería un buen punto de defensa. Se zambulló
otra vez, de cabeza, se agarró a la testa de una gárgola y de esa forma se
detuvo. El monstruo de piedra le miró con sus ojos ciegos. El fugitivo vio que
tenía un colmillo roto, un cuerno gastado. Miró otra vez alrededor, abajo, al
cielo. Notaba el corazón acelerado, como el motor sin freno de una caldera.
Iban a encontrarle, y pronto, eso era fijo. Los reflectores picoteaban la
noche, buscándole donde no estaba, pero sin duda los Centinelas tendrían más de
una forma de dar con él, de exterminarle.
Un
relámpago rayó la armonía desigual de los edificios, de abajo arriba, rojo,
invertido. Davinia Cross lo observó un instante, entornó los ojos, comprobó su
reloj de pulsera.
—De
acuerdo, Klaus. Tienes razón como casi siempre, jefe. Se acabaron los problemas
y prácticamente no existen las guerras, vale. La línea oficial lo deja todo muy
claro.
—Ha
habido muchas otras épocas de la historia, prácticamente todas, que aceptarían
la situación que nosotros vivimos sin leer siquiera la letra pequeña —recordó
Vildmann, sin acabar de creerlo tampoco, innecesariamente.
—Quizá
la gente sea más feliz —comentó la mujer, intrigada por el juego de luces que
se alzaba al otro lado de la arcología, bajo la negra bóveda del cielo—. ¿Pero
sabes qué es lo que te digo, Klaus? No me gusta. Y debe de haber alguien igual
que yo en todo el maldito mundo, ¿no? Es imposible que sea yo sola.
Vildmann
sonrió sin alegría.
—Si
hay alguien más, es de esperar que tenga al menos la mitad de cerebro que tú,
Dave. ¿Quién puede estar tan loco para enfrentarse a los Centinelas?
El
líder de la patrulla ajustó los sensores de su visor y corrigió la trayectoria
de su vuelo. Veía la ciudad en rojo y malva, pero sabía que pronto su objetivo
destacaría contra las lentes en forma de mancha azul. Volando a su cola, los
otros cinco miembros de su equipo abrieron la formación lo suficiente para
poder trazar una red capaz de ampliar el alcance de su radio de búsqueda.
—De
Oro Uno a todos —chirrió su voz en los cascos de los hombres y mujeres de su
escuadrilla—. Los monitores indican presencia sospechosa en el sector A3.
Preparados para el asalto.
—Roger,
intrépido líder —replicó una voz burlona.
—Déjate
de coñas, Murdock, y procura cubrir bien tu flanco. Vas haciendo más eses que
un cohete de feria.
—Debo
de tener problemas con el retropropulsor izquierdo —contestó el aludido, Oro
Cinco—. Pero no te preocupes, Kincaid. Me las apañaré.
—Más
nos vale. Ese jodido derivante puede ser peligroso.
—De
Oro Cuatro a todos —instó una voz entre el estrépito de los jets y la estática
de la comunicación. El chisporroteo y la máscara facial impedían reconocer su
tono femenino—. Lo tengo. Coordenada A3-4YT-K2. Está solo.
—Roger,
Oro Cuatro. Murdock y tú podéis encargaros de cubrirnos —ordenó el primero—.
Los demás, vamos a freír a ese hijo de puta antes de que volvamos a perderlo.
¿Armas en ready?
—Oro
Dos, preparado.
—Oro
Tres, preparado.
—Oro
Seis, preparado.
—Oro
Cinco y Oro Cuatro a la espera, Oro Uno.
—Adelante,
muchachos. Vamos a darle una alegría al cabrón de Quebrantahuesos.
La
formación se disolvió en un abanico multicolor. Cuatro trazos dorados se
zambulleron en picado mientras los otros dos permanecían sobrevolando el futuro
campo de batalla. Como aves de presa, los Centinelas se internaron entre los
edificios, tiburones voladores al encuentro de su víctima.
Davinia
Cross miró el reflejo doblemente mudo de los monitores en la ventana.
Veinticuatro rectángulos de imágenes en movimiento y gestos a todo color les
azuzaban a comprar, a disfrutar de unas vacaciones de ensueño o curarse la
miopía o el agotamiento, o desenrollaban eternos melodramas repuestos ya una y
mil veces. En media docena de pantallas asomaban los bustos característicos de
los presentadores de los noticiarios, anunciando con cara de muerto noticias
insoportables o sonriendo de oreja a oreja ante alguna catástrofe, como
siempre. Tres programas de música, cinco guerras a escala (como llamaba a las
retransmisiones de deportes), algún que otro desfile de imágenes indescifrable.
Toda la vida parpadeando igual, insistiendo de la misma forma, sin decir nada,
sin descubrir ningún valor. Desventajas de ser un simple humano en un mundo de
dioses perfectos.
—¿Qué
demonios te pasa hoy, Dave? —preguntó Vildmann, los ojos entornados, calibrando
a la muchacha, aunque sabía perfectamente lo que le sucedía: También él había
sido joven, y como la propia Davinia quiso un día cambiar el mundo antes de que
el mundo lo cambiara a él, sin querer o por capricho—. Tranquilízate.
Cualquiera puede tener un día de perros.
—Y
unos más que otros, Klaus. —La mujer se dio la vuelta—. Lo siento, debe de ser
la proximidad de la tormenta. Pero no es sólo un día. Es esta vida...
—Esta
jodida vida de hormigas. ¿Otra vez estás con eso?
Eres
periodista, Dave. No un mesías. Tu función no es descubrir un quinto evangelio
ni guiar a nadie a través del Mar Rojo. Tu trabajo es informar de lo que pasa.
—Ése
es el problema, ¿no lo ves? Ése es el problema, Klaus. Nunca dejan que pase
nada.
Escuchó
primero el estrépito y en seguida vio las cuatro formas humanas que se
precipitaban hacia él, cómo ángeles sin alas caídos de los cielos. El brillo de
las armaduras era una llama entre las fauces de la noche. Se cubrió con el
brazo el rostro, en un vano intento de ocultarse, de apagar su resplandor.
Entonces, el impacto, la explosión. El mundo se estremeció de arriba abajo y
una salva verde y oro brotó entre los edificios, alarmando a los vecinos.
Luchando contra la náusea, el fugitivo se agarró al cuerpo que le impulsaba y
los dos se desplomaron a saco desde lo alto del tejado.
Con
los dientes apretados, el fugitivo llegó a ver el brillo de determinación en
los ojos de su contrincante, la expresión de odio mal encaminado al otro lado
del visor. Cerró el puño. Sin dar tiempo a que interviniera ningún otro
Centinela, aplastó la placa transparente, salpicando de sangre todo el interior
del casco. El Centinela soltó un grito que se confundió con el bramido de la
estática. El cortocircuito le frió en un instante, pero el fugitivo apenas
sintió un leve estremecimiento erizarle los vellos de los brazos. Algo le quemó
entonces la espalda: Una bala de plasma. Se dio la vuelta y saltó a ciegas,
consumido por el pánico, loco en su ansia de escapar, hacia el segundo guardián
que se le echaba encima. Hombre y titán se encontraron a mitad de camino, en
pleno aire, y el impacto multicolor fue apagado por el estrépito repetido de la
carne contra el metal. La mano desnuda se abrió paso entre la coraza
sobrehumana, desgajando vísceras y esqueleto artificial. El Centinela ya se
desplomaba cuando el fugitivo advirtió que se trataba de una mujer. Cerró los
ojos, dio una voltereta en el aire, jadeó. Tanto peor para ella. Todavía tenía
que librarse de los otros dos.
En
una de las pantallas apareció sonriente el rostro de uno de los dioses. Davinia
lo miró con cierto recelo, casi con admiración. ¿De quién se trataba? No podía
decirlo. Tal vez un Bunyan, o un Wayne. Se parecían tanto unos a otros en su
perfección que ya hacía tiempo que había dejado de interesarse por ellos. De
niña había coleccionado sus cromologramas y sus muñecos articulados, igual que
en otra época otros niños lo habían hecho con las estrellas del cine o del
béisbol. Pero eso fue antes de que abriera los ojos, de que comprendiera lo
crudo de su situación. Los dioses moraban entre los hombres, viviendo en su
hermoso anillo edén, superiores a la media, tranquilos, hermosos. ¿Quién sabía
si ahora mismo no los estarían observando, vigilando, controlando? No era
agradable despertar por la mañana y descubrir una raza paralela viviendo encima
de ti, gozando de tus sueños, cumpliendo todo aquello que la humanidad había
ansiado a lo largo de los siglos. Oh, sí. Klaus podía estar en lo cierto. Había
paz, ¿no? Vivían en un paraíso.
Pero
era triste ser manzana y no serpiente. Tal vez tuvieran la tranquilidad, pero
no la sabiduría. Tal vez habían entregado los sueños a cambio de la vida.
—No
dejes que tu amor por este oficio te nuble la mente, Dave —suspiró Vildmann—.
Sabes que hay cosas que es mejor no tocar.
—¿Por
qué? ¿Qué pueden hacerme? Venga ya, jefe. Comparadas con las cosas que son
capaces de hacer esos tipos, lo que los pobres humanos de a pie tenemos ni
siquiera puede considerarse vida. Pero me enerva esta maldita inactividad.
—Tu
artículo de hoy era bueno.
—¿Sí?
¿Y qué decía? Lo mismo que ayer. Igual que el de siempre. Los Centinelas libran
a la indefensa raza humana de un nuevo derivante.
Pulsó
un botón y las pantallas dejaron de emitir las señales en movimiento para
reproducir dos docenas de primeras planas del videoperiódico para el que ambos
trabajaban. Pese a la distinta distribución de holos y de textos, el contenido
parecía idéntico, como si se tratara de diferentes pruebas para un número cero,
lo que en argot periodístico llamaban el muerto.
Con
una mueca de disgusto, Davinia Cross las apagó. Inmediatamente, la señal del
satélite substituyó las galeradas por las insulsas imágenes de publicidad y
noticiarios.
—Te
duele tanto esta profesión como a mí, Klaus. Sabes lo que es que te hiervan las
noticias en la sangre. ¿Pero qué noticias, por el amor de Dios? Si todo va
bien, no se venden periódicos. Es tu queja. Siento que en algún lugar del
mundo, ahora mismo, debe de estar sucediendo algo importante.
Una
docena de cráteres humeantes se abrió paso a los pies del hombre, fundiendo el
asfalto como si fuera gelatina. Los otros dos Centinelas que le acosaban, a la
vista del fracaso de sus compañeros, habían decidido no forzar la batalla a un
cuerpo a cuerpo, pues el vigor del derivante sobrepasaba a casi todo lo que
habían visto hasta ahora.
—Oro
Uno a Oros Cuatro y Cinco —murmuró el líder de la escuadrilla, la estática
apagando lo alterado de su voz—. Oro Tres y yo vamos a intentar freírlo desde
aquí. Ese hijo de puta es duro. Permaneced a la expectativa, y si todo va mal,
pedid refuerzos.
—¿Refuerzos?
¿Estás loco, Kincaid? —protestó Oro Cinco—. No es más que un jodido fugitivo
que no tiene dónde caerse muerto.
—Llámalo
como quieras, Murdock. Pero acaba de cargarse a Lorena y a Gershwin con las
manos desnudas. Una bala de plasma le estalló en la espalda y sigue corriendo
como si tal cosa.
—Madre
de Dios —susurró Oro Cinco. Sin duda, no sabía que precisamente se trataba de
todo lo contrario.
—Oro
Tres, vamos a por él antes de que tenga tiempo de organizarse —instó Kincaid—.
Andrea, Murdock, ya sabéis lo que tenéis que hacer si no volvemos.
—Roger,
Oro Uno. Pero espero que no haga falta.
—Dímelo
a mí, Andrea. Prepárate para ponerle una vela al diablo.
Oro
Tres y Oro Uno cabriolaron en el aire, zigzagueando entre los restos humeantes
de sus compañeros caídos. De pie, apoyado en una pared de hierro, el derivante
esperaba un nuevo encuentro con su destino.
No
podía quitarse de la cabeza la idea de que el mundo en el que vivían, en vez de
estabilizarse, se había paralizado. La aparición de aquellos seres perfectos
había sido saludada como un nuevo paso evolutivo, la superación del homo
sapiens. ¿Pero de dónde habían salido? ¿De las estrellas? ¿De los propios genes
de los seres humanos? ¿Eran de verdad dioses o eran hombres?
Ésas
eran las preguntas que torturaban a Davinia Cross, como también habían
torturado en su momento a Klaus Vildmann. Cinco, seis, siete siglos atrás una
nueva forma de vida había aparecido sobre la Tierra, hombres y mujeres más
perfectos que los demás, y por algún quiebro del destino la supervivencia del
más fuerte había instaurado el mundo que ahora todos compartían. La perfección
detentaba el poder, y la raza humana simple y sin atributos la obedecía. Había
paz, y hasta cierto punto se habían superado las injusticias. Pero en el
corazón de Davinia Cross anidaba el ansia de saber. Vivían en un mundo de
dioses y demonios, ¿pues qué otra cosa era aquella extraña amenaza que los
propios dioses pregonaban? ¿Cómo los llamaban ahora... derivantes? ¿Malformaciones
genéticas? ¿Involutivos? Todos vivían en un mundo que, en cualquier caso, había
dejado de ser exclusivo de los hombres. Un edén. Un paraíso. Ja. Davinia Cross
lo había dicho muchas veces. Un paraíso no tiene cerrojos. Un edén carece de
barreras.
Quemaban.
Concentrados, los rayos de plasma acabarían por destrozarle algún punto vital,
y entonces la regeneración no podría operar tan rápido. Media docena de puntos
humeantes asomaban entre sus ropas, por debajo del tabardo desgajado, sobre los
hombros y en los músculos de las piernas. Por muchos que esquivara, los
brazaletes de muñeca de los Centinelas siempre estaban dispuestos a rociarlo
con más. Tenía las palmas de las manos quemadas de repelerlos, apartándolos del
blanco que buscaban en sus ojos. Los perros de presa de los dioses sabían que
tendrían más posibilidades de exterminarlo si antes. conseguían dejarlo ciego.
El
derivante tenía que actuar, y rápido, sin conceder a sus perseguidores tiempo
para pensar. Se encaramó a la pared, abriendo con los puños agujeros donde
poder meter los pies, y como un gorila diminuto escaló la torre vertical del
edificio. Los rayos de plasma siguieron chapoteando anaranjados y violeta
contra su espalda, causándole más rabia que dolor. Todavía no acababa de
cerrársele una herida cuando ya otras tres más pugnaban por romperle el cuerpo.
El derivante apretó los dientes y siguió escalando hasta lo alto de la torre.
Se
plantó en ella, las piernas abiertas, la boca desencajada, justo a tiempo de
contemplar, ensangrentado y ennegrecido, el pelo al aire, que uno de los dos
Centinelas había caído en su trampa: Aprovechando el paréntesis producido por
su escalada, uno de los dos policías decidió imprudentemente pasar al cuerpo a
cuerpo.
Le
agarró el puño antes de que pudiera descargar un golpe atronador en su rostro
de piedra. El vuelo en picado del hombre quedó interrumpido, como una
serpentina lanzada demasiado pronto. El Centinela gritó un segundo antes de
tiempo, como si supiera de antemano que el derivante iba a arrancarle de cuajo
el brazo. No tuvo tiempo de sentir dolor. Un codo hundido en el visor hizo
asomar fragmentos de plastimetal por su nuca.
Frenético
ahora, pues en el cielo un par de manchas de oro avisaban que no le quedaba
sólo un Centinela a la caza, sino tres, el derivante soltó la abrazadera
ensangrentada y se la calzó mientras arrojaba al suelo el resto del miembro
desgajado.
—Oro
Uno a Oros Cuatro y Cinco. Ese cabrón tiene el disparador de Rowinski. Pedid
refuerzos. No lo perdáis de vista, pero que no se os ocurra pasar al ataque.
Un
rayo anaranjado brotó por encima del puño del derivante acosado, y el líder de
los Centinelas apenas tuvo tiempo de deflectarlo al cubrirse con el escudo
transparente que apareció como por ensalmo en su mano izquierda. Con todo, el
impacto le desequilibró peligrosamente, y sintió la mordedura de fuego en el
impulsor de sus tobillos. Un segundo trazo encendido le quemó las entrañas, y
apenas consiguió advertir, mientras se precipitaba al vacío, que el derivante
había saltado hasta su altura y le había descerrajado un tiro en plena
garganta.
—Los
derivantes —continuó Davinia Cross, mientras tiraba al reciclador orgánico el
corazón roído de su manzana. En las pantallas, el superhombre de rostro rubio y
sonriente parecía ejecutar una extraña tabla gimnástica—. ¿Qué sabemos de
ellos, Klaus? Nada. Menos aún que de los dioses. De vez en cuando aparece
alguno, y de inmediato los perros de la guerra caen sobre ellos y los eliminan
sin problemas. Después de todo, no se puede desobedecer al amo, ¿no es así? No
es sensato. Han advertido que sus atributos incontrolados pueden ser un
problema, y ya sabemos que los problemas en este planeta no se solucionan, sino
que se cortan. De raíz.
—Ya
has oído a Kincaid, Murdock —dijo Andrea Vanderbilt, Oro Cuatro, a su compañero
de escuadrilla—. Ese derivante es peligroso. Sabe luchar. Llama a
Quebrantahuesos y pídele un destacamento entero de refuerzos.
—Se
nos volverá a escapar si no actuamos de inmediato, Andrea —se quejó Oro Cinco—.
Lo mejor sería actuar en fuego cruzado.
—No
es ningún novato, Oro Cinco. Pide refuerzos antes de que sea demasiado tarde.
Ya has visto cómo ha tratado a los demás. No intentes jugar al héroe y obedece.
A
regañadientes, Murdock Fisk tecleó en el metal de su antebrazo la señal que
alertaría a los otros Centinelas en el Cuartel General más cercano.
De
inmediato, una lucecita verde anunció la conformidad con su petición.
—Vienen
de camino, Andrea, como querías. Ahora, será mejor que le lances una trazadora
antes de que vuelva a escaparse.
—De
acuerdo. Pero nada de actuar hasta que tengamos a los demás aquí.
—Órdenes
son órdenes.
—Acción
indirecta. Fuego cruzado mientras le envío una sonda. Y por el amor de Dios,
ten cuidado con ese láser que empuña.
Como
gimnastas forrados de acero, los Centinelas se zambulleron al encuentro del
derivante. Éste los esperaba, a pie firme, confiado en la seguridad de su arma
robada. El cuerpo entero le ardía, consumido por medio centenar de aguijonazos.
Los
Centinelas revolotearon a su alrededor, manteniéndose siempre fuera del alcance
de sus rayos. Algo frío y metálico se le adhirió a la espalda, y por un momento
pensó que podría tratarse de una bomba en miniatura. No, demasiado
espectacular. Su vida no valía tanto como para destrozar una manzana entera de
casas. Se trataba de una sonda. La arrancó, la destrozó entre sus dedos negros.
Uno
de los dos Centinelas hizo una pirueta y le disparó una ráfaga que erró por más
de una docena de metros. Cobardes. Tenían miedo de acercarse. Ya habían visto
lo que sucedía cuando se enfrentaban directamente, cuerpo a cuerpo. Y ahora que
también él tenía fuego en las manos la situación podía alargarse
indefinidamente. No, no tanto. Al menos se prolongaría hasta que otra docena de
perros de caza apareciera dispuesta a morderle los talones.
Estudió
el arma en su muñeca. Con las yemas enrojecidas de sus dedos tecleó un programa
único, modo sobrecarga. Entonces, enfocando hacia arriba todo el poder del
disparador, abatió como a una mosca a uno de sus perseguidores.
—¡Andrea!
—fue lo único que tuvo tiempo de gritar Oro Cinco antes de desplomarse como una
piedra. El disparo había alcanzado directamente su generador de energía. Cayó.
El impacto contra la torre le hizo perder el conocimiento.
Sin
tiempo a pensar, el derivante volvió a cargar el arma. Sólo hay energía para un
disparo, advirtió la voz metálica de la pistola. Mierda. El último Centinela se
hundió en picado, al parecer alertado por la caída de su compañero.
Extrañamente, no descargó su arma. Se encontraba a menos de dos metros de él,
revoloteando como una mariposa. Había algo extraño en sus ojos protegidos por
la escafandra de plastimetal. Antes de que pudiera volver el brazo hacia
aquella súbita aparición, el derivante advirtió que una vez más se enfrentaba a
una mujer.
Estiró
el brazo mientras la Centinela se posaba a su lado, casi graciosamente, como si
no pesara nada. Unos dedos forrados de metal dorado le agarraron la muñeca,
deteniendo el movimiento de apuntar que había comenzado. Forcejeó con la mujer.
Su mano libre se cerró en torno al peto y logró arrancarlo como si fuera un
trozo de plástico mal adherido. La tenaza en su muñeca se redobló. El derivante
disparó casi sin mirar, pero el olor a armadura perforada y carne quemada le
advirtió que había hecho blanco.
La
Centinela se tambaleó, pero no soltó su presa de muerte sobre el brazo. El
hueso de la muñeca chasqueó, el brazalete saltó hecho trizas. Con los ojos
desorbitados de espanto, el derivante estudió la herida que había abierto, el
negro círculo de carne quemada que asomaba como una flor marchita bajo la
clavícula izquierda de la mujer.
La
herida abierta burbujeó un segundo, como si los pétalos de aquella misma flor
se agitaran un instante bajo un viento inexistente. Y entonces empezó a
cerrarse, primero muy despacio, luego a toda velocidad, cubriendo con una nueva
capa de células sanas el destrozo causado por el último estertor del arma.
—¡La
regeneración! —exclamó el derivante, aturdido, mientras sus ojos estudiaban el
rostro anónimo al otro lado del casco. Una nueva mano ajena se engarfió
alrededor de su cuello, apretando la glotis como si quisiera exprimir una
naranja—. Tú... tú eres igual que yo. Eres una de los nuestros.
Andrea
Vanderbilt continuó apretando. El derivante, espantado, no supo o no quiso
reaccionar. Aquello era algo completamente nuevo para él, como también lo era
en cierto modo para la propia Andrea.
—Silencio
—susurró, con un tono que por sí solo podría ya causar la muerte—. Sobre todo,
silencio mientras te mato. No hables.
Los
dedos se hundieron hasta adentro, desgarrando tejidos y aplastando cartílago.
El derivante la miró con los ojos espantados, la sangre corriéndole por la
boca.
—¿Por...
por qué?
El
derivante no tuvo tiempo de oír la respuesta. La presión de la mano de acero le
arrancó la garganta de cuajo, destrozando órganos más rápidamente de lo que el
poder regenerativo que ambos compartían podría reponer. En un instante, el
enemigo se convirtió en un peso muerto que sangraba, un guiñapo.
—Porque
eres tú o yo, hermano —dijo la mujer en un suspiro—. Tú o yo, simplemente.
Abrió
la mano. El derivante, como un globo vacío, se vino al suelo. Andrea vio que
entre los dedos salpicados de rojo se le había quedado prendida una cadena de
la que pendía una figurita extraña, parecida a un pez de plata. Una nueva
presión de sus dedos la convirtió en una mancha de polvo que quedó olvidada en
el suelo, recortada en la noche contra un borbotón de sangre.
De
alguna manera, en algún momento indeterminado del pasado más o menos remoto, la
supremacía del homo sapiens sobre las demás criaturas de la Tierra se vio
anulada por la aparición inesperada del homo maximus. Igual que el resto de la
humanidad, convertida ahora en exponente de lo que algunos llamaban con cierto
sarcasmo el homo impotens, Davinia Cross ignoraba qué cadena de acontecimientos
había desembocado en la actual situación, cómo habían encajado los engreídos
hombres y mujeres de generaciones pasadas el ser despojados de los atributos
que un día habían querido equiparar a los del mismo Dios, pero sí sufría, hora
tras hora, la carga de sus consecuencias. Ya no llevaba la cuenta de los meses,
los años enteros, que había pasado a solas en la seguridad relativa de su
apartamento, investigando en libros, redes de información y bibliotecas de
datos virreales, buscando en aquellos modernos jeroglíficos la pista mínima que
le permitiera desembocar en una interpretación de la historia hasta ahora
inexistente. La situación, de puro incómoda, había dejado de ser puesta en
entredicho. Existía, y eso era todo. Las cosas eran de esa manera, simple y
llanamente, gustara o no, y la costumbre repetida había clavado los dientes de
su cepo en la frustrada sociedad humana. Era el signo de los tiempos.
Hasta
ahora. Hasta ahora mismo. Con los dedos todavía temblorosos Davinia Cross
volvió a contemplar las imágenes que su colibrí pirata había traído a casa
aquella misma noche. El pequeño aparato electrónico, no más grande que un
dedal, indetectable a los radares y los otros tipos más sofisticados de
sensores que eran dominio exclusivo de los Centinelas, había llenado la
pantalla de su videordenador con unas imágenes capaces de provocar más revuelo
que la onda expansiva de una bomba.
Por
cuarta o quinta vez, el desfile de cuerpos forrados de metal danzó arriba y
abajo en la pantalla plana, describiendo las piruetas voladoras de los
servidores de la ley y el orden y la huida a la desbandada del pobre
desgraciado al que perseguían. El sonido no se reproducía con demasiada
nitidez, y de vez en cuando las imágenes perdían profundidad de campo o sufrían
un deterioro en el color: señal inequívoca de que ni siquiera la más
sofisticada tecnología pirata estaba a salvo de las interferencias producidas
por los uniformes metálicos de los Centinelas. Pero lo que el diminuto
registrador había captado estaba más allá de sondas y trucajes. Era dinamita
pura, y le pertenecía sólo a ella.
En
el transcurso de la refriega, el fugitivo había sido capaz de eliminar a cinco
de sus oponentes, para ser destruido a su vez, sin contemplaciones, por el
sexto Centinela, una mujer, aunque ese dato apenas tuviera importancia.
—Alto
—dijo, en medio del silencio sordo de la habitación en sombras. Inmediatamente,
la escena se bloqueó—. Primer plano del disparo.
La
imagen se centró en el impacto de la descarga de plasma en el peto abierto de
la Centinela. Con plena nitidez, sin perder definición pese a los grados de
aumento, el colibrí reprodujo el chisporroteo del metal y la carne chamuscados,
la sangre escapando a borbotones, la tensión de los músculos cercenados. Y
entonces, tras un instante de vacilación, la herida que empezaba a cerrarse.
—Primer
plano de la boca del fugitivo —ordenó Davinia, mientras buscaba a tientas la
taza de té y mordisqueaba los restos de su sándwich. El videordenador obedeció
de inmediato. Davinia cogió un lápiz medio roído y dio golpecitos sobre la mesa
hasta que se dio cuenta de que no conseguiría más que romperle la punta.
El
sonido había vuelto a fallar en la grabación, pero la educación de periodista
de Dave incluía las diversas variantes del lenguaje para sordos. Lo que el
fugitivo derivante decía a su asesina no le producía ninguna duda.
—¿La
regeneración? —murmuró Dave, y las palabras se dibujaron en los labios
ensangrentados que ocupaban toda la pantalla—. La regeneración —aseveró.
En
su intento de revolotear alrededor de los dos últimos personajes del drama para
así ofrecer una panorámica más completa de la situación, el colibrí había
perdido las siguientes palabras y la respuesta de la Centinela, ignorante de
que el sonido iba a quedar defectuoso en la proyección final. Pero, por lo
demás, el asunto estaba claro. El derivante había resistido las descargas y los
golpes de sus cazadores gracias a una de las cualidades que lo situaban por
encima de la humanidad común y corriente, y esta mujer guerrero la compartía
también. ¿Cómo si no explicar su milagrosa recuperación tras un disparo a
bocajarro? Otro misterio más. Así pues, en el mundo de hoy existían los dioses,
los derivantes... y esta Centinela desconocida. Consultó la placa de su peto
destrozado: «A. Vanderbilt.» Los galones anunciaban su graduación de cabo.
Pero, evidentemente, aquella mujer era algo más de lo que parecía.
Un
sonido suave, casi un chasquido imperceptible, le hizo volver la cara hacia la
izquierda. Supo, antes de enfocar la mirada, de qué se trataba. Su receptor de
televisión. Miró de reojo la hora. Justo a tiempo para las últimas noticias. El
sistema de grabación del vídeo había empezado a funcionar, programado como
siempre para cribar más adelante las noticias que no prometieran nada
interesante.
—Imagen
—pidió Davinia. Una de las pantallas del televisor se iluminó, mostrando los
rasgos familiares de Werner Balance, que repetía la hazaña una vez más. El
flequillo canoso, los ojos brillantes, las manos pausadas. Nada hacía suponer
que no se tratara de un presentador real, sino de una simulación holográfica.
El verdadero Balance había donado sus órganos a la ciencia después de que el
quinto infarto se lo llevara al horno crematorio justo diez minutos antes de
salir en antena. Eso debió de ser allá por la Edad Media, cuando su madre
todavía era una niña. Pero las encuestas de Habilidad seguían siendo las que
mandaban. Y nadie era más digno de confianza que el viejo y equilibrado Werner
Balance.
—Un
hecho sin precedentes se ha producido hace unas horas cuando un terrorista
derivante atacó a seis miembros de las fuerzas del orden y mató en el acto a
cuatro de ellos —anunció el falso presentador, sin dar las buenas noches por
razones obvias: todavía era de día en la otra mitad del mundo que contemplaba
el programa.
Vaya,
pensó Davinia, al menos van a informar sobre el tema. Me pregunto qué dirán de
la cabo Vanderbilt.
Era
una esperanza vana, naturalmente. La mujer policía había zanjado la pregunta
abierta del derivante antes de que tuviera tiempo de reponerse de la sorpresa,
sin duda para ocultar... lo que quería que se ocultase. Diez años de profesión
habían enseñado a Davinia a no apresurarse a la hora de dar cuerpo y forma a
las conjeturas.
Para
su sorpresa, el plano medio del presentador fue sustituido por una panorámica
nocturna de la arcología. Entre los puntos de luz de torres y ventanas apareció
una figura grotesca, deforme, como surgida de una pesadilla. Formando un arco
iris cojo, seis estelas le siguieron los pasos, anunciando la llegada de los
Centinelas. La imagen era nítida, bastante más de lo que Davinia había
conseguido con su colibrí, pero a pesar de algunos cortes imprevistos y las
salidas de ángulo de los siete protagonistas de la historia, no hacía falta ser
un lince, ni tener una grabación paralela de la anécdota, para comprender que
la escena ; era falsa. Las «reproducciones dramáticas» eran norma aceptada en
los medios de comunicación de masas desde hacía siglos, y a la opinión pública
no parecía importarle un pimiento que lo que veía no fuera verdad, que
estuviera mediatizado por las ideas y tendencias de los sponsors de un
programa, o que creara corrientes de opinión a partir de unas premisas
absolutamente falsas.
El
derivante era más feo, más brutal, y casi parecía sacado de una de las tiras de
cómics que cualquier escolar leía en su ordenador personal. Incluso el
movimiento era también entrecortado, afectado y anguloso. La diferencia se
hallaba en que la simulación era perfecta y no parecía vacilar antes de llegar
a un hipotético «cambio de página» que le llevara, por decisión del lector, a
una situación determinada u otra.
—Vuelve
a reproducir —ordenó Davinia al colibrí, y comprobó punto por punto cómo
difería la versión «oficial» de la que tenía en sus manos, la verdadera.
De
algún modo, los anónimos artistas encargados de dar vida a la simulación habían
conseguido que los Centinelas, a pesar de su evidente superioridad numérica,
parecieran en desventaja ante la sensación de poder bruto que emanaba del falso
derivante. Davinia se subió las gafas y contempló, entre indignada y divertida,
cómo la historia remendada seguía de forma aproximada los hechos reales, salvo
que los Centinelas fueron cayendo a traición, por la espalda o gracias a tretas
sucias, dignas del peor espectáculo de lucha sobre barro.
—El
terrorista —anunció la imagen siempre paternal de Werner Balance cuando se
asomó a una esquina de la pantalla—, cuyo nombre y filiación no han sido
facilitados, pudo ser finalmente reducido gracias a la valiente intervención
del agente Murdock Fisk y la cabo Andrea Vanderbilt. Como resultado, el agente
Fisk recibió graves heridas de las que se recupera en el hospital Siegel
Memorial.
Davinia
sonrió y apuró el té. Los derivantes eran oficialmente «terroristas», aunque
jamás se había apuntado cuál podría ser la hipotética causa que defendían. En
un mundo que había superado a la fuerza la lacra de las ideologías, la aureola
romántica que el término pudiera haber tenido para algunos en otra época, toda
la parafernalia añadida para querer considerarlos en el fondo luchadores por la
libertad o revolucionarios que combatían por el bien común, no importaba que
hubieran perdido el norte y optado por métodos poco ortodoxos, se convertía
ahora en una actitud absurda, más digna de una ópera bufa que de una mala
novela por entregas. Pero, una vez más, era lo que la gente quería. Una vez
más, era aquella imagen de fábrica lo que vendía.
En
la pantalla, una figura de oro se precipitó al suelo cabriolando. Davinia
supuso que se trataba de la simulación del agente Fisk en su derrota. El otro
Centinela se abalanzó contra la jorobada masa del derivante de ficción, quien
no vaciló en disparar sobre ella una descarga de plasma. En esta versión, sin
embargo, la cabo Vanderbilt tenía tiempo de conectar el escudo de fuerza antes
de que el impacto le reventara el pecho, y una cascada de flores incandescentes
cayó sobre su armadura y resbaló sobre su casco. Entonces, mientras se posaba
en tierra, abrió los brazos y descargó un poderoso puñetazo contra el rostro
deforme del derivante. Davinia imaginó los aplausos de medio millón de niños al
ver la limpia manera en que la agente de policía aseguraba una vez más la
tranquilidad de su sueño. Por el rabillo del ojo, volvió a observar cómo los
dedos ensangrentados de la mujer aplastaban la laringe del fugitivo,
exprimiéndole la vida como si sacase las vísceras del interior de un pájaro. En
el más puro estilo de los héroes de antaño.
La
simulación ofreció un radiante primer plano del rostro sereno de Andrea
Vanderbilt, que se alzaba el visor como un paladín tras haber derrotado en
buena lid a un monstruoso dragón o al más pérfido sarraceno. Entonces, en un
alarde de malabarismo técnico, sin que hubiera ninguna diferencia apreciable
entre imagen informática y realidad, el rostro de la Centinela ocupó las
dimensiones completas de la pantalla.
—Sólo
cumplí con mi deber, señores. No hay más comentarios.
El
ángulo de la cámara se retiró lo suficiente para mostrar a una nube de
periodistas con sus grabadoras al hombro. Dave volvió a sonreír. Todos podían
correr tras el premio: Ya era demasiado tarde para que llegaran a ninguna
parte.
—Cabo
Vanderbilt, ¿es cierto que el terrorista puede pertenecer a una estructura
organizada de tipo paramilitar? —preguntó algún imbécil. Dave creyó reconocer
la voz de uno de sus compañeros del vidiario.
—He
dicho que no hay comentarios.
Todo
un dechado de modestia y simpatía, la cabo Vanderbilt, decidió Davinia. Sin
hacer caso al puñado de ineptos que intentaban en vano sonsacarle una
información que ninguno merecía, la poderosa mujer soldado se dio la vuelta y
terminó de subir unas escaleras. Sin duda, se trataba del hospital que el
simulacro de Balance había mencionado. El rostro afable del presentador
sustituyó a la imagen real, hizo un comentario in-trascendente y pasó a otro
tema que a Dave no le interesaba en este momento.
—Vuelve
atrás —ordenó al televisor—. Congela la imagen anterior.
Una
vez más, los rasgos de Andrea Vanderbilt cubrieron el rectángulo de la
pantalla. Davinia la observó, como si leyera un mapa. Era una mujer hermosa,
pero su belleza no tenía un ápice de debilidad, como sucede tantas veces en
muchas mujeres más dotadas para la pose que para la charla. Debía de tener
aproximadamente la misma edad que Dave, tal vez un poco más joven, y sus
cabellos rubios cortados al estilo militar le daban un tono anguloso que
cuadraba muy bien con sus frases cortantes. Era una mujer fuerte, pero
equilibrada. En tensión, pero bajo control. Davinia estudió las hermosas
facciones hasta que le quemaron las retinas.
—¿Y
tú, cabo Vanderbilt? —preguntó en voz alta—. ¿A qué clase de organización
perteneces?
Se
giró en la silla, abrió el maletín y desplegó el teclado. Conectó uno de sus
rastreadores, especialmente modificado por los mejores piratas de los bajos
fondos para inmiscuirse en cualquier sistema de seguridad, y escribió
rápidamente la orden de búsqueda. Apenas un segundo después, otra de las
pantallas del televisor se llenó de datos e imágenes.
—Tendría
que haberlo imaginado —se reprochó Davinia mientras procedía a archivar el
caudal de datos—. ¿Es divertido ser la reina de la fiesta, cabo Vanderbilt?
El
rastreador había traído de vuelta lo primero que había encontrado en los bancos
de datos de la Central de los Centinelas. Y, evidentemente, tras la acción de
hoy, la cabo Vanderbilt se había convertido en la mejor relaciones públicas del
cuerpo de nuevos centuriones. Su biografía y demás datos personales, archivados
y de acceso reservado en condiciones normales, estaban ahora disponibles para
cualquier curioso que quisiera co-nocer a fondo la historia de la mujer capaz
de vengar la masacre de sus camaradas y librar al mundo de una amenaza
intolerable. Naturalmente, Dave sabía que tenía que haber más datos,
clasificados y reservados para los ojos del personal militar, los cónsules del
Sector o incluso los propios dioses. Pero, de momento, lo que había asomado en
sus pantallas le bastaba: Tenía intención de sacar el resto de la información
de labios de la propia Andrea.
Memorizó
los detalles de su ficha. VANDERBILT, ANDREA M. Se preguntó qué querría
significar la inicial. ¿Margretta? ¿María? No importaba. Ya lo averiguaría más
adelante. Siguió leyendo. Los impresionantes datos de su altura, su peso, sus
medidas. Era soltera, claro. Con aquel cuerpo (y aquellas tendencias homicidas,
dijo una voz burlona en el interior de la periodista), ¿quién iba a querer las
complicaciones de matrimonios, hijos, riñas, amantes y divorcios? No ella,
desde luego. En ese punto, Davinia Cross había quedado más que servida.
La
edad de la mujer policía la sorprendió. Tan sólo veintidós años. Cuatro menos
que ella misma. Con cierta sorna, decidió que la armadura y el uniforme la
hacían parecer mayor. La falta de maquillaje y el rapado militar tampoco harían
de ella una modelo, desde luego.
Vamos,
Dave, escuchó mentalmente la voz de Klaus Vildmann. No seas envidiosa. ¡Ya
quisieras tener el tipo de esa mujer!
—Y
no sólo el tipo, Klaus querido —murmuró entre dientes, aunque aceptaba la
crítica—. Si pudiera curarme los catarros con la rapidez con que ella se
recupera de las heridas...
El
resto del informe consistía en menciones honoríficas, datos escolares y otras
tonterías sin importancia. Davinia certificó que a menos que alguien
descubriera su secreto, la popularidad de la cabo Vanderbilt no sería más que
flor de un día.
Hubo
un par de detalles que le llamaron la atención. Su padre era catalogado como
«desconocido» y su madre aparecía como «fallecida». Nada fuera de lo común,
ciertamente, pero una campana de alarma resonó en la cabeza de Dave. Instinto
de periodista, viejo Klaus. Sé captar como nadie dónde se encuentra el hilo que
me conduzca al ovillo de una noticia.
Davinia
mordió el lápiz, se concentró unos instantes y empezó a teclear a toda
velocidad. Una sonrisa inefable se le fue abriendo camino entre los labios.
Aburrido
hasta la saciedad, Murdock Fisk contemplaba las pantallas de la pared de su
habitación, intentando encontrar algún atractivo en la sucesión de anuncios y
programas repetidos. Al final tuvo que contentarse con una insulsa competición
deportiva que acabó por despertar su interés cuando la lucha pasó de las
canchas a las gradas y el deporte se convirtió, como de costumbre, en una
batalla campal sangrienta y aparentemente desorganizada. Por la actuación de
los servicios de orden y efectivos policiales y la réplica de los aficionados
enfebrecidos, Murdock supo que el partido de esta noche no se cerraría con
menos de una cincuentena de muertos. No era mala cifra. Por lo demás, resultaba
imposible predecir cuál sería el resultado final del encuentro, ni suponía que
a estas alturas de la refriega le importara ya a nadie.
Una
enfermera acudió para tomarle la temperatura y comprobar con su escáner de
muñeca la precisión con que seguían cicatrizando sus tejidos. Murdock sonrió en
todo momento y no opuso ninguna resistencia cuando la joven palpó con poco
disimulo la tensión de sus músculos reformados.
—¿Duele?
—Pica.
Murdock
era consciente de su éxito con las mujeres, y temía que su reciente popularidad
fuese a acabar acarreándole más de un problema. A fin de cuentas, era un hombre
guapo, una casualidad como cualquier otra, por ventajosa que fuera, y su rostro
aparecía ahora cada cinco minutos en todos los informativos y videoperiódicos
del continente, sólo superado por el de su compañera Andrea. Murdock suspiró
mientras la enfermera se marchaba. Últimamente pensaba mucho en la joven cabo.
Demasiado, tal vez. Las reglas eran tajantes al respecto: Nada de relaciones
amorosas entre miembros del Cuerpo de Centinelas. Sin embargo, no conseguía
desprenderse de la cabeza la idea de que, por ser fruta prohibida, Andrea
Vanderbilt le atraía de una manera que podía acabar siendo peligrosa. Por
desgracia, mientras ella acaparaba la atención de los medios de comunica-ción y
la reverencia del público, él tenía que continuar postrado en este maldito
hospital, con las dos piernas rotas y media docena de costillas hechas pedazos.
La
puerta de la habitación volvió a descorrerse. Murdock apartó la mirada de las
pantallas, donde hombres y mujeres se enzarzaban en un cuerpo a cuerpo
incontrolado y salvaje, y vio en el umbral a la propia Andrea, puntual como
cada tarde alterna, vestida con el uniforme de paseo reglamentario.
—Mira
quién tenemos aquí, la heroína de todos los noticiarios.
—No
me lo recuerdes, Murdock —contestó la mujer, mientras se quitaba la boina y le
besaba formalmente en la mejilla—. He tenido periodistas para el resto de mis
días. Y a ti, ¿qué tal te sienta la popularidad?
—Mi
madre está encantada. Ya sabes, tener un hijo héroe debe de ser aún mejor que
tenerlo cura. Pero al menos me he librado del acoso de los periodistas. Lo malo
es que las enfermeras de este hospital son todavía peores que el sargento
Bloccher. Una mirada se cruzó entre los dos. Murdock pensó de nuevo, como había
hecho un centenar de veces ya, que parte del indudable atractivo de Andrea
Vanderbilt quedaba reforzado por lo esquivo y huraño de su carácter.
—¿Cómo
está, por cierto? —preguntó, un poco incómodo por el instante de silencio. A
veces, tenía la impresión de que la tensa reserva de Andrea procedía de una
mala canalización de sus propios sentimientos hacia él. Otras, se reprendía a
sí mismo porque una especie de deformación profesional le impulsaba a pensar
que la mujer escondía algún tipo de secreto.
—¿El
viejo Quebrantahuesos? ¿Cómo quieres que esté? Más gruñón que nunca.
Matará
de agotamiento a los sustitutos de Paula, Jean-Marie y los otros.
—Como
siempre, ¿eh?
—Más
o menos.
Los
dos se echaron a reír con cierta tristeza mal disimulada en recuerdo a los
compañeros caídos. Otro momento de silencio se abrió entre ellos. Murdock se
volvió hacia la videopantalla, que estaba mostrando otra vez un enésimo
noticiario sobre el incidente.
—No
recuerdo que fuera así exactamente.
—Ya
sabes cómo son los periodistas. Todo lo exageran o lo endulzan —contestó
Andrea, ausente.
—Es
absurdo —comentó Murdock—. Nuestras armaduras llevan deflectores y aparatos
para interferir cualquier cámara espía sofisticada. La red televisiva tiene
prohibido seguir nuestras misiones con sus unidades portátiles. Y al final
acaban emitiendo una simulación gráfica de la batalla que se parece poco o nada
a la realidad.
—Tal
vez eso sea lo que se pretende.
—Lo
sé, lo sé. Sabes que me gustan los derivantes tan poco como a cualquiera. Más
de una vez he sido testigo de cómo dan rienda suelta a su crueldad. No son
humanos, en eso todos estamos de acuerdo. Tal vez hayan salido del infierno o
sean los infiltrados de una invasión de otro planeta, como comentan las
revistas sensacionalistas. Pero su aspecto no es tan exageradamente deforme
como el que describen en los noticiarios.
—Tampoco
nosotros cumplimos nuestras misiones con la limpieza que las pantallas
reproducen. Acuérdate del incidente de Genova el verano pasado.
Murdock
se encogió de hombros.
—Hay
que combatir el fuego con el fuego. Por cierto, ¿cómo acabaste con ése?
—Más
o menos como se ve en la reproducción —mintió Andrea, sin dejar de juguetear
con la boina negra y verde—. El impacto de la descarga de plasma rebotó en mi
escudo y le derribó. Aproveché el momento de ventaja y le arranqué la garganta.
En televisión lo ponen más bonito, pero eso fue todo. Supongo que tuve suerte.
—Los
dos la tuvimos. El hijo de perra sabía luchar.
—Díselo
a los otros cuatro.
—Andrea,
no he tenido tiempo de decirte...
—Hoy
por ti mañana por mí, muchacho —interrumpió ella, antes de que él tuviera
tiempo de dar forma coherente a sus pensamientos—. ¿Qué querías que hiciera?
¿Dejarle que te rebanara el cuello? Además, así no tengo que soportar yo sola
el peso de la fama.
Las
imágenes trucadas desaparecieron de la pantalla. Murdock murmuró una palabra y
desconectó el aparato, al tiempo que una musiquilla relajante ocupaba la banda
de sonido.
—¿Sabes
por fin cuándo te echarán de aquí? —preguntó Andrea después de otro par de
segundos de silencio.
—Dentro
de dos o tres días, si los tejidos regeneran como es de esperar. Me temo que la
semana que viene estaremos otra vez sobrevolando tejados y deflectando lásers
en la sala de entrenamiento, sin que nos hayan dado una medalla ni un aumento
de sueldo en reconocimiento a la dureza de nuestra piel. Milagros de la
medicina moderna.
—Recupérate
pronto, Murdock.
—Es
lo que pienso hacer, mi cabo.
Con
una timidez impropia de una mujer capaz de desempeñar con plena soltura su
mortífero oficio, Andrea Vanderbilt se inclinó hacia delante y besó fugazmente
a su compañero en los labios. Cuando Murdock quiso responder a la caricia, sólo
fue consciente de que la puerta se cerraba con un susurro y ella se había
marchado.
El
tono aséptico del hospital la ponía nerviosa. Su limpieza le parecía falsa,
forzada, un barniz que ocultaba el drama de los cuerpos dolientes y las úlceras
abiertas que se desarrollaba imparable al otro lado de cada una de aquellas
puertas. Sin mirar a ningún sitio, procurando no oler siquiera el frío aire
desinfectado, Andrea Vanderbilt apretó el paso y se dirigió a la salida
trasera. Sentía la tensión en sus músculos, el cosquilleo nervioso ante la
posibilidad de ser reconocida, señalada, acorralada una vez más por los
cretinos humanos capaces de considerarla una salvadora de su raza y no una
mercenaria a sueldo del poder de los dioses. Si unos y otros supieran... Cerró
el mismo puño derecho con el que, tan sólo unos días antes, había extirpado de
raíz la vida del fugitivo derivante, el origen de su actual situación bajo los
focos de la fama y la popularidad, lo último que habría deseado en este o
cualquier otro universo de probabilidad. De todas formas, la situación era ya
irreversible. No podía volver atrás. El fugitivo la había descubierto, y la
fuerza de sus dedos se encargó de permitirle continuar disfrutando de la
seguridad de su secreto.
Llamó
al ascensor. Apenas diez segundos más tarde, la doble puerta de plastimetal se
descorrió. Andrea estudió la cabina en una décima de segundo, el tiempo
suficiente para comprobar que no había nadie dentro. Dio un paso al frente. Sin
mirar a la célula receptora, murmuró las palabras planta baja. La puerta empezó
a cerrarse y por el espejo la Centinela vio una mano que se interponía justo a
tiempo para cortar su avance. Se volvió, fastidiada, molesta, conteniendo la
respiración, fuego en los ojos y disgusto en los labios. Si tenía que compartir
el trayecto de bajada con algún enfermo...
No.
Era una mujer joven, como ella. Tal vez una visitante. Por instinto, Andrea
miró hacia el techo, dando tiempo a la recién llegada a instalarse en el otro
rincón de la cabina.
—¿Cabo
Vanderbilt? —dijo la mujer; no era una pregunta de inseguridad. Andrea parpadeó
irritada. La había reconocido, después de todo. No se molestó en ofrecer una
falsa sonrisa—. Soy Davinia Cross, de VlDNEWS INC. Quisiera hacerle un par de
preguntas.
Andrea
miró a la mujer como desde lo alto de una montaña. Giró la cabeza y trató de
olvidar su molesta presencia, igual que haría si se encontrara en el paso de un
conocido al que resultaba más conveniente ignorar. Sin apenas movimiento
perceptible, el ascensor comenzó su largo viaje hacia la planta solicitada.
—Lo
siento, señorita Cross —contestó con un susurro que era puro hielo—, ya he
dicho todo lo que tenía que decir a los periodistas.
La
otra mujer aguantó su mirada, como intentando taladrar su expresión. Andrea
supo que no iba a aceptar una negativa fácil a su estúpida curiosidad.
—Creo
que encontrará mis preguntas un poco más... interesantes.
Andrea
la miró con disgusto.
—¿Qué
me puede decir de esto?
Casi
con desprecio, la mujer morena le arrojó media docena de fotografías a la cara.
El corazón de Andrea Vanderbilt se paralizó en su pecho cuando en un destello
captó lo que eran: De algún modo, esta periodista entrometida había conseguido
un reportaje sobre la batalla contra el derivante de días atrás. Allí estaba,
el estrangulamiento implacable, la caída y derrota de Murdock Fisk, el cadáver
del fugitivo recortado contra un océano de sangre oscura.
—¿Se
dedica a hacer simulaciones dramáticas por ordenador, señorita Cross? —preguntó
con forzado desdén—. No veo qué sentido puedan tener unas imágenes trucadas
como éstas.
—Esas
imágenes son reales, como muy bien sabe, cabo Vanderbilt —contestó la otra
mujer, sin inmutarse—. Tengo una grabación donde aparece punto por punto el
encuentro de su escuadrilla con ese individuo, el acoso y derrota de sus
compañeros, y la forma poco ortodoxa en que se deshizo de él. Conozco su
secreto.
Las
manos de Andrea Vanderbilt temblaron levemente, pero su rostro continuó siendo
de acero. Midió la determinación de la mujer y supo que tendría que matarla
antes de que el ascensor llegara a su destino.
—No
sé de qué está hablando —musitó, retirando la mirada de su oponente,
vigilándola por el espejo. Un segundo. No tardaría más que un segundo en
descargarle un manotazo que le partiera el cuello.
—¿No?
—se burló la otra mujer—. Entonces, ¿qué explicación tiene para esto?
Un
fogonazo de plata en el espacio cerrado de la cabina, repetido en los cuatro
espejos que multiplicaban las imágenes como en una pesadilla. Andrea Vanderbilt
apenas sintió el picotazo taladrante de la aguja en su mejilla, el surco
caliente de la sangre liberada de la presa de contención de carne y piel, la
quemazón momentánea del objeto que la marcaba desde la boca al párpado.
Reaccionó como una máquina de combate y agarró a la otra mujer por el cuello
con la muerte sonriendo en sus pupilas. La levantó un palmo, se preparó para
ejercer presión, para aplicar mortal justicia.
—No...
sea... estúpida —jadeó la periodista, alzando una mano en la que sostenía un
aparatito electrónico—. No puede hacerme daño. Todos los videoperiódicos del
mundo publicarán esas imágenes dentro de treinta minutos si me sucede algo.
En
el espejo, Andrea Vanderbilt comprobó la medida de su propio miedo, de su odio.
La cicatriz se había cerrado con la misma mágica rapidez con que se había
abierto en su mejilla. Sólo una mancha de sangre en su uniforme era testigo de
un suceso borrado de su rostro como si nunca hubiera existido. Sin soltar su
presa sobre el cuello de Davinia Cross, aflojó la presión.
—Si
estornudo, si tropiezo, si me rompo una uña o me tuerzo un tobillo, cabo
Vanderbilt, el mundo entero conocerá su secreto —anunció con mortífera
precisión la periodista.
—No
tengo dinero. Su chantaje no le reportará ningún beneficio.
—¿Quién
ha hablado de chantaje, cabo Vanderbilt? No he mencionado el dinero. No lo
quiero. Busco información. Sobre usted, sobre los dioses y los derivantes.
Quiero su cooperación, su ayuda en la palma de la mano. Una pista falsa, un
accidente fortuito, y la gloria de su éxito actual se le convertirá en un
infierno. El mundo entero sabrá que no es usted humana, cabo Vanderbilt. ¿Me ha
entendido? Suélteme.
La
Centinela obedeció sin decir una palabra.
—Como
ve, le propongo un canje razonable. Su colaboración a cambio de silencio. Y
ahora, ya que para las dos será más saludable continuar la conversación en otro
lugar, lo mejor es que hagamos caso a lo que dicen en las viejas películas:
¿Vamos a su casa o a la mía?
Andrea
Vanderbilt estudió a la mujer, buscando mil formas de matarla en el acto, de
retroceder en el tiempo, de encontrar la manera de interferir la cadena que
dispararía su amenaza si llevaba a cabo lo que más ansiaba en el mundo. Supo
que, tarde o temprano, el cadáver de la periodista yacería a sus pies. Pero
tendría que esperar. No había llegado el momento todavía.
Davinia
Cross se alisó la camisa con una mano mientras con la otra se arreglaba el pelo
en desorden. Le dolía la garganta, pero no estaba dispuesta a demostrar su
inferioridad física a la otra mujer. Extendió la mano para recuperar las fotos
con las que había amenazado a la policía, pero no pudo hacerlo: Las fotografías
empezaron a humear, hasta que se convirtieron en una antorcha entre los dedos
de la Centinela, como la llama de ad-vertencia de un dragón a quien hubiera
sorprendido en el laberinto prohibido de su cueva.
Tenían
todo lo que la humanidad había deseado siempre: belleza, inteligencia,
fortaleza, astucia, energía. Entre ellos y un atleta normal se alzaba, el mismo
abismo evolutivo que diferenciaba una escultura renacentista de una pintura
rupestre. Eran hermosos, y lo sabían. Eran inteligentes, y estaban orgullosos
de ello. Su fortaleza no tenía rival. Su astucia sólo era equiparable a la de
los depredadores más sofisticados de la jungla. Y su energía era prácticamente
inagotable. A los ojos de los hombres, del cielo y de sí mismos, eran dioses. Y
poseían el mundo. Y se aburrían.
Nadie
sabía con exactitud cuántos eran. Se les identificaba vagamente: un destello en
el cielo, una sonrisa deslumbrante, un cuerpo perfecto. Los más avezados
conocían los apellidos y los escudos de las familias más destacadas de entre
ellos: Los Bunyan, los Munroe, los Schmidt o los Wayne. Ningún humano normal
era capaz de apreciar las sutiles diferencias que había entre un alto Stanovi y
un poderoso Kent, el tono de piel ligeramente variado o la estructura facial
que distinguían a las diosas Summers de las Maximoff. De un tiempo a esta
parte, los propios dioses habían empezado a parecerse entre sí, reforzando unos
lazos de sangre que los aunaban por encima de las frágiles criaturas humanas.
Y, de cualquier forma, nadie vivía lo suficiente para comprender que el lapso
de vida de los seres superiores era más largo de lo que cabría esperar incluso
para ellos. Algunos dioses eran muy, muy viejos. No era algo que se notara a
simple vista. Jonathan Bunyan, por ejemplo, estaba a punto de cumplir ciento
cuarenta años. Si se le pudiera comparar con un hombre normal, su aspecto no
haría pensar en más de cuarenta. Y aun así, hacía cosas que ningún homo
impotens sería capaz de imaginar ni aun estando drogado o borracho. Nadie había
visto jamás el anillo edén por dentro, ni siquiera los cónsules de más
confianza. Y el servicio era completamente automático. Por eso, los humanos
sólo podían especular qué clase de paraíso habitaban sus superiores, en qué
invertían las horas de sus días o los meses de sus años los deslumbrantes
hombres y mujeres que habían aparecido en la Tierra sin duda para doblegarlos y
sustituirlos. Jonathan Bunyan no prestaba atención al olimpo en que habitaba,
ni a las proezas físicas que su cuerpo perfecto ejecutaba con la sencillez con
que un oficinista se anuda la corbata. No tenía sentido. Para él, como para sus
hermanos dioses, perfección y comodidad eran una sola cosa. Y si había que
combatir el tedio con riesgo o perversión, tanto daba. ¿Quién podría hacerlos
plegarse a unas reglas morales que, por su propia existencia, habían quedado
obsoletas, inaplicables para todo un nuevo modo de concebir la vida?
En
este momento, dos docenas de cuerpos de ambos sexos flotaban en una sala
esférica, encendida desde dentro como una bengala. No iban desnudos, aunque la
suavidad de las ropas que vestían, ajustada a sus pieles como uniformes
circenses, hiciera parecerlo. Aunque de ellos emanaba perfección y sensualidad,
no se trataba de una orgía: Hacía tiempo que los dioses invertían sus anhelos
sexuales en otras empresas más divertidas, pues la búsqueda de diversidad en el
placer les había hecho romper las ataduras de su propio círculo perfecto. Era
un juego. Un deporte brutal, arriesgado, sangriento, implacable y peligroso.
Naturalmente, les encantaba.
Una
sección de la pared curva se abrió y escupió con un alarido un trozo de fuego
ardiente. El proyectil tomó forma antes de chocar con la pared opuesta y
rebotar disparado hacia arriba, donde fue deflectado por uno de los cuerpos
metahumanos. El impacto hizo que el jugador, un superhombre rubio de ojos tan
encendidos como el objeto que perseguían, fuera despedido hacia la pared más
cercana, donde quedó atrapado como una mariposa en una telaraña de plata.
—Uno
a cero, Dmitri —rió una mujer, cabriolando en caída libre y corriendo hacia el
objeto, que había adquirido la forma de una pelota celeste acuosa— ¡La tengo!
Agarró
la pelota con su mano derecha y hundió las uñas en la pared, el tiempo
suficiente para cambiar de trayectoria. No había pasado un segundo todavía y
los veintidós jugadores restantes se abalanzaron ya hacia ella, dispuestos a
arrebatarle la pieza de buen grado o por la fuerza. La diosa quedó aplastada
bajo la potencia de cuatro hombres que se cebaron como perros de presa sobre
sus esbeltas formas.
—No
debiste reír tan pronto, Sabine —se burló el dios atado a la pared. Una
descarga roja le hizo volver a cerrar la boca. Incapaz de aflojar la fuerza
magnética que le sujetaba, observó el juego del que había sido eliminado tan
rápidamente.
La
pelota estaba ahora en poder de un hombre de piel oscura: Luther Munroe,
respetable jefe de su propia casa. Un negro testarudo, fuerte como un dios
mitológico, con cuello de toro y voz de volcán. El joven rubio inmovilizado no
pudo por menos que soltar una carcajada cuando la pelota se convirtió en una
estrella de seis puntas que le taladró la mano un segundo antes de que se
decidiera a soltarla. La sangre del superhombre negro quedó flotando en el
aire, como marcando una estela roja del paso de los dioses hacia su meta.
La
pared volvió a desplegarse. Un ariete se abrió como un puño, alcanzando a
cuatro hombres y una mujer, que quedaron ensangrentados en el aire, aturdidos y
sin posibilidad de continuar el juego de momento. Una red de recogida los
retiró de la cancha un momento después.
La
pelota rebotó otra vez, cayó al suelo, salió despedida hacia el techo como un
surtidor de oro. Otro jugador la atrapó al vuelo, soportando la descarga
eléctrica que habría matado a cualquiera menos preparado. Inmediatamente, cruzó
el aire en busca de la portería donde debía insertarla. Una doble patada
cruzada lo detuvo.
La
pelota se comprimió, deseando escapar de los dedos todavía cerrados del hombre.
Se convirtió en una masa gelatinosa y chorreó entre las uñas, dejando un rastro
púrpura sobre los nudillos y la palma. Una mujer la recogió y la aplastó contra
sus pechos, donde volvió a adoptar su forma esférica.
No
le sirvió de mucho. Un centenar de venablos de luz la clavaron a la pared,
dejándola inconsciente. Otra mano estaba al quite. Una muchacha también negra,
Galenne, la hija de Luther Munroe, perfecta con sus ojos gris claro y sus
cabellos blancos. Con una pirueta que dejó clavados a los demás participantes,
logró cruzar la pista y hundir la pelota en el círculo central que indicaba que
había marcado un tanto.
No
tuvo tiempo de celebrar su victoria. Dos pelotas de fuego aparecieron esta vez,
eliminando a jugadores a diestra y siniestra, cabriolando y danzando en un
baile obsceno. Las paredes se abrieron de nuevo: Redes y bolas aturdidoras,
látigos de acero, un hilo de láser que taladró la mejilla de una mujer rubia y
asomó tiznado de rojo por el otro lado de su hermoso rostro.
Jonathan
Bunyan agarró una de las dos esferas vibrantes. La empuñó con fuerza en la mano
comprimida, flotó en el aire hasta que otros dos dioses lo rodearon. No tuvo
contemplaciones con ninguno de ellos. Descargó un puñetazo contra el estómago
del primero que consiguió agarrarlo, abriendo la mano lo justo para ampliar con
una descarga eléctrica el impacto de su propia fuerza. Repitió la operación,
aplicando esta vez la palma abierta contra la entrepierna de la mujer que le
seguía los pasos. Los cabellos de miel de la diosa se erizaron y los ojos se le
pusieron en blanco. Había quedado eliminada del juego, y una máquina la retiró
del terreno entre espasmos.
Libre
de sus dos perseguidores más inmediatos, Bunyan se precipitó hacia el suelo,
para desde allí impulsarse y recorrer la sala con una voltereta perfectamente
cronometrada con las trampas abiertas de las paredes. Esquivó las boleadoras
que pugnaban por enroscársele en las piernas, no tuvo problema ninguno para
quebrar como si fuera un hilo el cable de acero que le buscaba el cuello, y
capturó la segunda de las esferas mágicas en el momento justo en que llegaba a
la portería. Unió las dos pelotas en sus manos y un rayo de luz multicolor
brotó de entre sus dedos, anegando la estancia de sonido y energía. La gravedad
regresó al cumplirse el objetivo del encuentro y uno por uno los dioses fueron
cayendo al suelo, entre risas y goterones de sudor y sangre.
—Tienes
un ingenio diabólico, Jonathan —saludó una de las mujeres, el sudor marcando
una ruta cárdena entre sus pechos perfectos.
—No
tiene ninguna gracia —rezongó uno de los hombres, todavía envuelto en trozos de
metal que coleteaban por su esbelto cuerpo como serpientes vivas—. Si él mismo
diseñó el sistema, no es extraño que resulte imposible vencerle.
—¿Acaso
no jugamos todos para ganar, Fenric? —sonrió Jonathan Bunyan mientras a una
orden susurrada las ropas se deshacían en esporas casi invisibles. Un baño de
aire y espuma envolvió a los jugadores, hombres y mujeres por igual, que se
entregaron al placer de la limpieza después de la satisfacción de la violencia.
—No
lo creo —intervino la voz oscura de Luther Munroe, mientras su propietario se
entretenía en sacarse gotas de sangre de la mano herida que cicatrizaba
rápidamente—. A veces es más divertida la emoción de la caza que la cabeza de
la presa.
—Hablando
de cazas —dijo una de las mujeres, el vello púbico resplandeciendo en oro bajo
la espuma y la presión—. ¿Habéis prestado atención a los últimos noticiarios?
—¿Quién
se molesta en una tontería semejante? ¿Qué nos puede importar lo que digan o
hagan ahora los humanos? —desdeñó el joven dios rubio, Dmitri.
—No
lo olvides nunca, muchacho —reprendió Jonathan Bunyan, haciendo valer su
posición de anfitrión y jefe de una de las casas más importantes—. El desprecio
a los inferiores es un error que puede llevarte a la perdición. Tus antepasados
y los míos jamás dejaron de comprender que nuestra superioridad se basa en la
vigilancia de todos y cada uno de los actos y sueños que ellos puedan tener.
Nuestro gran poder exige una enorme responsabilidad, Dmitri. Ellos son nuestros
inferiores pero un día fueron nuestros iguales, y si queremos que no vuelvan a
serlo no podemos ignorar nada de lo que hacen. No olvides que nos superan en
número.
—Nunca
se atreverían a volverse contra nosotros, Jonathan. Lo sabes. El único
resultado posible sería su genocidio.
—Y
solos en el planeta tendríamos que ejercer las funciones que ahora ejecutan
para nosotros, joven estúpido —estalló Luther Munroe, molesto por la jactancia
de las nuevas generaciones que un día recogerían la antorcha de su herencia.
—¿Qué
viste en ese noticiario, Seline? —preguntó Bunyan. Una intervención suya y el
tema volvió a encarrilarse hacia su destino original.
—Sucedió
hace unos días —comentó la mujer—. Encontré los datos por casualidad esta
mañana, mientras intentaba contactar con mi programa asesor financiero. Los
videoperiódicos repiten una y otra vez nuevos enfoques sobre el tema. Al
parecer un derivante en fuga se enfrentó a una patrulla de Centinelas y acabó
con cinco de ellos a manos limpias antes de ser abatido por el sexto.
—¿Sería
el cachorro de Bianca? —comentó Dmitri, provocando una risa burlona en los
otros dioses jóvenes.
—Si
se hubiera tratado de mi cachorro, como lo llamas, Dmitri, ten por seguro que
habrían sido seis los Centinelas muertos, no cinco —cortó una hermosa diosa
rubia, seguridad en los ojos y armonía en el porte—. El ojo protésico de tu
hermano el cíclope puede atestiguarlo, ¿no?
—Me
resultó chocante ese detalle. Hasta ahora los derivantes no plantaban cara tan
a la desesperada a los Centinelas —continuó Seline, ajena al ruborizado rostro
del joven dios rubio.
—Será
que la sangre mejora —rezongó Dmitri. Una mirada de Bunyan le hizo morderse los
labios. Una nueva intervención y la cólera de su anfitrión se traduciría en
algo más que meros reproches a su imprudente conducta.
—Quisiera
ver la grabación de ese suceso, Seline, si la conservas —pidió Jonathan,
sabiendo que la noticia estaría perdida en medio millar de redes de datos a las
que tenía acceso inmediato.
—Por
supuesto. ¿También te llama la atención que se hayan vuelto tan belicosos?
—No
—respondió lacónicamente el superhombre—. Simplemente me estaba preguntando...
Si el derivante fue capaz de destruir con facilidad a cinco Centinelas armados
hasta los dientes, ¿por qué no logró acabar también con el sexto? ¿Qué tenía de
especial ese Centinela para poder superarlo?
Davinia
Cross contempló los rasgos cuasi perfectos de la mujer que tenía enfrente. Era
grande, fuerte y poderosa, y el rapado militar, en efecto, no la favorecía
demasiado, pero aun sin maquillaje ni prendas a la última moda su presencia
exudaba un magnetismo que de algún modo la ponía nerviosa. Era algo que
sobrepasaba las fronteras de lo sexual, una sensación de perfección y armonía
físicas que le hizo recordar aquel poema adoles-cente que había escrito una
vez, cuando todavía no había canalizado hacia la prensa sus anhelos literarios,
una ingenua oda de la que se sentía completamente orgullosa hasta que descubrió
a Keats y con él la impotencia de haber sido superada sin esperanza de
redención casi mil años antes. Andrea Vanderbilt era todo eso, pero en carne y
hueso, la plasmación física de una frustración propia. Su simple existencia
reforzaba el conocimiento de que ella, como muestra de la raza humana a la que
pertenecía, se encontraba en un callejón sin salida que jamás ascendería de
nicho ecológico.
La
Centinela alzó la cabeza, estudiando una vez más la disposición del cuarto y
las pantallas donde se repetían una y otra vez, como en una tortura muda, las
imágenes falsas del reportaje emitido en todas las emisoras y la grabación
pirata obtenida por el colibrí de su enemiga. Finalmente, habían decidido
dirigirse a casa de la periodista, como era predecible. Ahora, le gustara o no,
todo lo que tenía que hacer era cooperar con ella.
—¿Una
taza de café? ¿Té? ¿Cianuro? —invitó burlona Davinia.
—Guárdese
el sarcasmo, periodista —contestó Andrea—. No estoy aquí por gusto y las dos lo
sabemos. ¿Qué quiere saber? Tengo prisa.
—Tranquilícese,
cabo Vanderbilt. He comprobado su hoja de servicios. No tiene que presentarse a
su unidad hasta dentro de dos días. Podemos charlar sin problemas.
—Repito,
¿qué quiere saber?
—¿Por
qué no me lo cuenta todo?
—¿Cree
que soy Dios? Mi conocimiento del universo es limitado.
—Ahora
es usted la que emplea el sarcasmo, cabo Vanderbilt. Pero de acuerdo, seamos
más específicas. ¿Quién es usted, Andrea? ¿De dónde sale?
—Eso
que aparece en aquella pantalla es mi historial. Debe de conocerlo todo sobre
mí, incluso la talla de ropa interior que uso.
—Bastante
grande, por cierto. Pero hay cosas incompletas en ese informe, como bien sabe,
cabo Vanderbilt. En ningún sitio se explica de dónde ha sacado esa pasmosa
habilidad para recuperarse de las heridas.
—¿Y
qué le hace suponer que yo lo sé?
Por
un momento, Davinia estuvo a punto de contestar con otra nueva ironía. Entonces
se dio cuenta, al ver la expresión de odio concentrado, la cabeza gacha, los
poderosos dedos entrelazados, que tal vez la otra mujer decía la verdad. Quizá
ni siquiera ella misma conocía todos los detalles de su historia.
—De
acuerdo, volvamos a empezar. Es usted Andrea M. Vanderbilt, ¿cierto?
—Ahora
sí que no la entiendo.
—No
está usted suplantando una personalidad falsa, ¿no? No ha estrangulado a la
verdadera Andrea y ha ocupado su puesto, ¿verdad?
—Por
favor, no sea ridícula.
—Bien.
Cosas más extrañas me han pasado por la cabeza. Por cierto, ¿qué significa la
inicial?
—¿Es
pertinente para lo que desea saber?
—¿Quién
sabe? Ya le he dicho que quiero conocerlo todo.
—María.
—Lo
habría jurado. De algún modo, es el segundo nombre que más le va. Pero
dejémonos de disquisiciones, cabo Vanderbilt. Ya ve que acepto su palabra.
Considero que hasta el momento está siendo razonable.
—Muchas
gracias.
—¿Dónde
nació usted?
—¿Volvemos
a lo mismo? Mi ficha lo dice bien claro. En Ginebra.
—¿Su
madre ha muerto?
—Sí.
—¿Y
su padre?
Silencio.
—¿Su
padre?
—¿No
sabe leer? ¡No conozco a mi padre! ¡No tengo la menor idea de quién puede ser!
¿Satisfecha su curiosidad?
—Sabe
que no. ¿Su madre poseía las habilidades que usted posee?
—No.
—¿Y
su padre?
—¿Es
que no me ha oído?
—Escúcheme,
cabo Vanderbilt. Es usted capaz de hacer cosas muy raras. Cosas que sólo hacen
los dioses y los derivantes. El planeta no es tan grande como para albergar a
cuatro tipos distintos de razas inteligentes. Es usted una cosa u otra. ¿Me
entiende?
—La
entiendo.
—Volvamos
a la pregunta. ¿Su padre tiene o tenía esas mismas habilidades?
—Ya
le he dicho que no sé quién es mi padre.
—¿Pero
sabe lo que es?
—¡Debe
de ser uno de ellos, maldición! ¿Es usted tonta o sádica? ¿Adonde diablos
quiere ir a parar?
—No
perdamos la compostura, Andrea. ¿Su padre es uno de quiénes?
—No
lo sé con seguridad. No lo he visto nunca. Mi propia madre tan sólo lo vio una
vez.
—¿Derivante
o dios?
—¿Usted
qué cree?
—Por
su aspecto, está claro, ¿no? Es usted hija de un dios y una humana mortal y
simple.
—Igual
que el resto de los derivantes.
Davinia
parpadeó.
—¿Cómo
dice?
—Veo
que la sorprendo, señorita Cross. Me alegro. Al menos así me doy cuenta de que
no es tan inteligente como cree. ¿De dónde ha supuesto que salen los
derivantes? ¿De verdad que se ha tragado el cuento de que son derivas
genéticas, involuciones de la raza humana, cruces mutados producidos por la
radiación solar o una lluvia de meteoritos?
—También
he llegado a pensar que tal vez fueran alteraciones producidas por el mal
estado de la carne y otros productos alimenticios —trató de bromear Davinia,
sin el más mínimo éxito. Una lucecita minúscula asomó al final del largo túnel
de la duda de sus veintiséis años.
—Pues
ya ve que no. Que yo sepa, son todos bastardos, herederos sin fortuna de la
gloria de los dioses.
—Eso
no tiene sentido. ¿Es usted una Centinela y se dedica a matar a sus semejantes?
—¿Tiene
usted vocación de santa? ¿No se matan también los humanos unos a otros?
—Pero...
Recapitulemos. Menos mal que estoy grabando todo esto. Confieso que me ha
pillado por sorpresa, cabo Vanderbilt. Admite usted que es una derivante.
—No
sé de dónde derivo, pero si esa palabra le agrada, aplíquemela. Me da lo mismo.
—Los
derivantes están perseguidos.
—Como
leprosos, cierto.
—¿Por
orden de quién?
—¿Quién
ordena y manda en este mundo de nuestros pecados? Por orden de los dioses,
naturalmente.
—¿En
base a qué?
—¿Por
qué sale el sol por el este? ¿Por qué es usted morena y yo rubia? ¿A quién se
le ocurrió que la semana tuviera siete días y no ocho?
—Pero
si son sus hijos...
—Se
equivoca de palabra, señorita Cross. Son sus bastardos. Cruce de dios y humano.
De humana, más concretamente, según tengo entendido. A sus ojos,
imperfecciones. Como los subnormales que tampoco nacen ya entre su raza.
Digamos que los Centinelas practicamos un aborto con carácter retroactivo.
—Absurdo.
¿Por qué no hacerlo cuando hay tiempo?
—Tal
vez sea imposible. ¿Ha intentado romper un vaso con un martillo? ¿Y con un
dedo?
—¿Adonde
quiere ir a parar?
—A
ningún sitio. Lo que le estoy contando son meras suposiciones. Deduzco que mi
padre es un dios. O lo fue, si es que no sigue vivo. A los ojos del mundo, si
lo supiera, yo no sería más que otra derivante. Una amenaza.
—¿Una
amenaza para quién? ¿Qué pecado han cometido los derivantes?
—Decididamente,
tiene usted vocación de santa, amiga. Piense un momento. Considere que es una
diosa. Ya sé que es difícil, pero póngase en el pellejo de una de ellas.
Reflexione. ¿Qué tiene usted?
—Lo
tendría todo.
—¿Y
qué querría hacer con eso?
—Supongo
que conservarlo.
—¿Por
qué lo tiene usted todo? Adelante, dígalo sin temor. Ahora es una diosa —se
burló la Centinela.
—Porque
soy superior —murmuró Davinia con un hilillo de voz. No le gustaba el sesgo que
había tomado la conversación. Prefería llevar la voz cantante y el peso de las
preguntas.
—¿En
qué sentido?
—Podría
hacer cosas que los humanos no podemos.
—Siga
suponiendo. Entro yo en escena. Y un centenar, dos centenares, un millar de
individuos como yo. Capaces de hacer esas mismas cosas, o cosas parecidas. ¿Qué
seríamos?
—Una
amenaza para mi estabilidad.
—Pues
ya lo tiene. ¿Cómo reaccionaría? Eliminándonos.
—Sigo
perdida, cabo Vanderbilt. Si los derivantes son bastardos de los dioses, una
involución con respecto a sus atributos perfectos, un peligro para su
estatus... ¿Por qué destruirlos? ¿Por qué, simplemente, no dejar de
procrearlos?
—¿Quiere
usted poner cortapisas al poder de un dios? No hay una sola ley que se les
aplique, ni una sola regla que sea válida para su superioridad.
—¿Ni
siquiera existen normas entre ellos mismos?
—Eso
ya no lo sé, señorita Cross. No olvide que a todos los efectos soy una
indeseable. Jamás he visto a un dios de cerca. Huyo de ellos.
—Es
decir, que su uniforme es un disfraz.
—En
cierto sentido.
—Pero
usted mata a sus semejantes.
—No
son mis semejantes —replicó la Centinela, puro hielo en la voz, veneno en los
ojos—. No tengo semejantes. Usted pertenece a una raza. Yo soy un cruce de dos,
quizá de alguna más. Soy única, señorita Cross. No lo olvide. No tengo iguales.
No tengo rival. Los derivantes y yo sólo compartimos la hipótesis de unos
progenitores similares. Nada más. Si soy una mutación, entonces por definición
soy singular.
—¿Por
eso no tiene escrúpulos en matar?
—Porque
la mejor manera de seguir adelante con mi disfraz es ejecutando mi trabajo a la
perfección, si le parece una explicación más razonable. Mato para vivir. Como
lo haría usted en mi caso.
—¿La
ley de la jungla?
—La
ley de la supervivencia, en la jungla o en la ciudad. No me venga con sermones,
señorita Cross. Alguien tiene que hacer mi trabajo. Simplemente, estoy mejor
cualificada para ello que muchas personas de su raza. Y de paso me aseguro el
cuello. No veo nada malo en eso.
—Dígaselo
al pobre diablo que masacró la otra noche.
—Olvida
que ese pobre diablo mató a cuatro compañeros míos y dejó malherido al quinto.
Y que me disparó a bocajarro. Fue una lucha justa y ganó el mejor.
—Pero
ese hombre no había hecho nada.
—Ese
hombre existía, y su raza existe simplemente para ser aniquilada.
—¿Los
dioses los procrean para que sirvan de cortina de humo?
—¿Quiénes
somos nosotros para juzgar los deseos y caprichos de un dios? Supongo que los
dioses los procrean porque les divierte hacerlo, y allá las madres humanas y
los bastardos que luego nazcan con sus consecuencias. ¿Y qué necesidad tendrían
los dioses de crear ninguna cortina de humo? ¿Para qué? ¿Cree que se molestan
con ustedes... con nosotros? No. Los dioses procrean bastardos porque sus vidas
son largas y como a todo el mundo les gusta divertirse.
—¿Sólo
existen madres humanas?
—No
lo sé. Le repito que gran parte de lo que le estoy contando son sólo
conjeturas, obtenidas a través de mi experiencia y la de algunos otros
derivantes que he llegado a conocer un poco. Pero me parece lógico. Los
derivantes existen porque a los dioses no les importa lo más mínimo que sus
apetencias sexuales puedan dar fruto. Calculo que las diosas no serán estatuas
frígidas. Si les gusta copular con hombres humanos, supongo que no esperarán a
que su relación produzca una vida no deseada.
—¿Y
las mujeres humanas?
—Sólo
conozco el caso de mi madre. Sé que intentó abortar de mí cuando supo que
estaba embarazada y que el hermoso varón que la sedujo era un dios disfrazado.
—¿Y?
¿Se arrepintió en el último momento?
—No.
Llevó adelante sus deseos. Intentó abortar un par de veces. No pudo
conseguirlo.
—¿Se
lo dijo ella?
—Y
lo noté yo.
—¿Bromea?
—¿Quién
sabe? Soy superior en muchos aspectos. ¿Cómo sabe que no tuve una infancia
precoz, consciencia ya en el mismo útero?
—¿Cuándo
se dio cuenta de que era distinta?
—Siempre.
Mi madre y yo nos pasamos media vida viajando de un lado a otro. Supongo que, a
sus ojos, estábamos huyendo. Tal vez deseaba protegerme de las patrullas de los
Centinelas. Desde dentro del Cuerpo, sus esfuerzos por cambiar de nombre y
profesión me parecen ahora ridículos. Si no nos capturaron y nos eliminaron en
el acto fue simplemente porque una de mis «habilidades», como usted las llama,
es la capacidad para no dar positivo en los sensores.
—¿Por
eso decidió enrolarse en el Cuerpo de Centinelas?
—Usted
ha sido niña. ¿Nunca ha jugado al escondite? ¿Qué mejor lugar para ocultarse
que en donde ya se ha mirado? Si te están persiguiendo, la mejor forma de
burlar a quien te busca es infiltrarte en el grupo que va a por ti. Hasta
ahora, me ha dado buen resultado.
—Hasta
ahora. ¿Nadie ha sospechado nunca nada?
—No.
—¿Qué
habilidades tiene usted, Andrea? Ese extraño poder de curación, ¿y qué más?
—No
lo sé. Tengo tanta fuerza sin el exoesqueleto como con él, pero es algo que
puedo controlar sin problemas. Resistencia física, velocidad mental.
Prácticamente lo que puede hacer un ser humano normal aumentado diez veces.
—¿Y
el numerito de las fotos ardiendo?
—Eso
no sé cómo funciona. Mi teoría es que puedo aumentar la temperatura de mi
cuerpo a voluntad. Nunca he pillado un resfriado. En el caso de sus
fotografías, simplemente dejé que las yemas de mis dedos se calentaran lo
suficiente para que el papel saliera ardiendo.
—¿No
le hizo daño?
—Tengo
una gran resistencia al dolor. Y mucha paciencia.
—Ya
lo veo. Los demás derivantes que ha encontrado...
—Están
todos muertos.
—¿Qué
poderes...?
—Inferiores
a los míos. O a la fuerza de mis armas. Es lo mismo.
—¿Ha
eliminado a muchos de ellos?
—Los
suficientes. Escuche, no soy una cazadora de recompensas. No soy una asesina a
sueldo. Soy policía. En la mitad de los casos esos derivantes eran inadaptados
a quienes su alienación había vuelto locos.
—Terroristas,
vaya.
—Terroristas,
sí. Capaces de hacer reventar las calderas de un gran hotel o de hacer volar
una presa para conseguir llamar la atención. Chalados a quienes había que
detener a cualquier precio.
—¿Y
el de la otra noche?
—El
de la otra noche tuvo la desgracia de descubrirme. Por tanto, obré en
consecuencia.
—Y
su secreto es más importante que todo lo demás.
—Ya
se lo he dicho. Es cuestión de matar o morir. Usted sabe que está en peligro.
—Y
usted que mientras yo continúe con vida su secreto seguirá a salvo. Hasta que
alguien más lo descubra. El problema, cabo Vanderbilt, es que me temo que el
círculo se estrecha. Tarde o temprano, la descubrirán. Sólo es cuestión de
tiempo.
—Muchas
gracias por darme ánimos.
—Para
eso estamos, cabo Vanderbilt. ¿Quiere ahora un poco de té antes de continuar
charlando?
A
solas en la tranquilidad de su suntuoso aposento, Jonathan Bunyan estudió una
vez más el video falso de la captura y muerte del último derivante. Un
cosquilleo de algo parecido al orgullo, incontrolable, le sacudía cada vez que
un Centinela mordía el polvo y desaparecía de la pantalla entre vísceras
desparramadas y explosiones de sangre. En cierto modo, incluso rebajada su
potencia por la mezcla humana de sus genes, sus bastardos seguían siendo
adversarios a tener muy en cuenta, a años luz de los seres humanos normales
arropados por la tecnología que ellos mismos habían dispuesto a su servicio.
Naturalmente, pese a su vigor, el derivante estaba perdido desde el principio.
Las balas de plasma y las armaduras de los perros de la guerra acabarían con él
tarde o temprano, pues para eso y no otra cosa existía el Cuerpo de Centinelas
que sus antepasados habían creado. Sin embargo, aunque las imágenes trucadas
hablaban de una muerte limpia, un puñetazo justiciero, Bunyan sabía que el
sexto Centinela nunca habría podido eliminar a uno de sus retoños de una forma
tan simple.
Volvió
a pasar las imágenes del rostro de la mujer. Andrea María Vanderbilt. Joven,
hermosa, fuerte, impetuosa. Estudió sus rasgos con interés científico, como un
botánico estudia los pliegues de una hoja o un entomólogo las patas de una
hormiga. El puro deseo sexual hacia aquellas hermosas formas se fundió con la
curiosidad de conocer algo más sobre la Centinela. Sus facciones eran finas,
cinceladas en metal noble. Sus movimientos parecían seguros, confiados. No
obstante, su pose anunciaba que la mujer nunca dejaba de estar alerta. Había en
ella una pasión contenida, un anhelo animal que Bunyan había visto ya otras
veces, incluso entre sus mismos compañeros dioses.
¿Era
posible, entonces? ¿Podría ser la cabo Vanderbilt uno de sus retoños? ¿Una
bastarda inteligente, capaz de burlar los sistemas de detección y pasar al
bando de los perseguidores en vez de consumirse con toda una vida en fuga?
No
tenía más que pulsar una tecla y mañana mismo la Centinela sería evaluada por
medio centenar de máquinas sofisticadas que examinarían hasta el último
componente de su ADN. ¿Pero dónde quedaría entonces el riesgo, la emoción?
Andrea Vanderbilt suponía un giro con respecto a todo lo que los derivantes y
dioses habían supuesto hasta ahora. Hacer que otros se encargaran de descubrir
quién o qué era mataría todo rastro de emoción. Y la vida era larga y aburrida.
¿Qué había dicho el viejo oso de Luther Munroe hacía tan sólo unas horas? A
veces la emoción de la caza es superior a la cabeza de la presa, o algo así.
Por muchas diferencias que hubieran tenido en el pasado, a pesar de todos los
enfrentamientos que pudieran esperarles a ambos en el futuro, Jonathan Bunyan
sabía que en este caso el dios oscuro tenía razón. Andrea Vanderbilt era un
reto. Y para saber más sobre ella sólo tenía que trazar una trampa. El propio
Bunyan sería el cebo. La Centinela, la presa. Las próximas semanas, al fin,
prometían ser divertidas.
Anticipando
la emoción de la caza, Jonathan Bunyan se masturbó mirando la pantalla.
Era
una mujer extraña. En cierto modo, Davinia Cross sentía hacia ella un atisbo de
piedad, de comprensión. No le gustaría nada colocarse ni por un segundo en su
lugar, pero a pesar de su superioridad física y posiblemente intelectual, la
mujer soldado, eso se notaba claramente, era un mar de dudas y contradicciones,
un ser metahumano al borde de la ruptura. La tensión se notaba en cada una de
sus palabras, en sus gestos, en su mirada. No era extraño que los derivantes
fueran individuos inestables. La propia Andrea Vanderbilt lo había dicho: Una
vida bajo presión los convertía en presas asediadas, fieras rabiosas a las que
había que exterminar de buen grado o por la fuerza. Y la presión que sufría la
Centinela era doble, más intensa que ninguno de sus renegados compañeros de
raza.
Davinia
todavía se maravillaba de la relativa facilidad con que la otra mujer había
aceptado ofrecerle su colaboración. En cierto sentido, aunque la entrevista
forzada le había abierto más interrogantes de los que deseaba, lanzándole a un
abismo de conjeturas y dilemas para los que no tenía respuesta alguna, parecía
como si la cabo Vanderbilt se le hubiera confesado más de lo que ella misma
habría podido esperar. Entre las dos mujeres se labró al instante un lazo
mutuo, teñido de antipatía, ciertamente, pero único. Posiblemente, Davinia
Cross era la primera persona del mundo a la que Andrea Vanderbilt comentaba los
detalles secretos de su vida.
Sacudió
la cabeza. No creía que la otra mujer tuviera amigos, ni amantes siquiera. Un
paso en falso y revelaría su secreto al mundo, exponiendo la maldición que era
a la vez su fuerza y su debilidad. Un simple corte en una mano, una caída, una
palabra a destiempo... El nido de víboras del Cuartel General de los Centinelas
le rebanaría el cuello antes de que tuviera tiempo de comprender dónde había
metido la pata.
Era
su problema, por supuesto. Respecto a aquello, no había nada que Davinia Cross
pudiera hacer. La mujer soldado había decidido aquella vida, y era consciente
de todos los riesgos que corría al hacer uso de su disfraz. Ahora ella había
descubierto su secreto, por azar, y había obtenido una información a la que muy
pocos seres vivos tenían acceso.
Volvió
a poner en marcha el vídeo-reproductor. La imagen de Andrea Vanderbilt, casi en
escorzo, contestaba a regañadientes su segunda andanada de preguntas.
—Ya
sabemos cuál es su origen, cabo Vanderbilt. Pero yo quisiera ir más lejos. Me
interesa el premio mayor. Los propios dioses.
—Me
temo que en eso no puedo ayudarla. Ya le he dicho que jamás he visto a uno de
cerca.
—¿No
están ustedes los Centinelas en contacto con ellos?
—¿Ha
visto cuáles son mis galones? Si esos contactos existen, están muy por encima
de mi nivel.
—Y
su madre...
—Escuche,
mi madre murió hace cuatro años, sin comprender siquiera qué maldición le había
caído encima. Vio a mi padre una sola vez, y el resultado fue tener que cargar
conmigo. ¿Qué es lo que pretende, destruir a los dioses? No sea ingenua.
—Ya
le he dicho que sólo quería saber.
—Y
yo le he dicho todo cuanto sé. No tengo la menor idea del origen de esos seres
a los que todo el mundo llama dioses. La raza de mi padre, si lo prefiere. Por
las circunstancias que sean están ahí y, se lo aseguro, han venido para
quedarse.
Davinia
apagó el aparato. Borró la cinta, destruyó toda posible pista que la uniera al
secreto de Andrea Vanderbilt, excepto lo indispensable para asegurar su
supervivencia. Había aprendido muchas cosas, pero su presa seguía siendo
inalcanzable. Sabía algo nuevo, pero la duda continuaba royendo su corazón.
Había dado un paso importante, pero todavía estaba muy lejos de llegar a
conocer qué cúmulo de circunstancias había dado origen a aquel extraño mundo
poblado por modernos dioses.
Era
una mujer extraña. Mientras regresaba a su propio apartamento, enfurruñada y
con el corazón en un puño, Andrea Vanderbilt no dejaba de preguntarse por
aquella criatura delgada, pequeña, tan diferente a ella misma, tan inflexible.
Su celo profesional era equiparable al de los oficiales de interrogatorios que
ella misma había conocido en su duro oficio de policía. No había duda de que
había algo envidiable en su testarudez, en su constancia, pero al mismo tiempo
Andrea Vanderbilt no dejaba de reconocer que la otra mujer, su oponente, su
enemiga, era una ingenua. ¿Qué esperaba arrancar de sus palabras, aparte de
toda una vida de escondrijos y de farsas? ¿De verdad esperaba que su secreto
fuera a llevarla a las puertas mismas de la génesis de los dioses? Se echó a
reír, una mueca triste y rabiosa que le lastimó la boca. Apretó los dientes,
recordando el trato vejatorio y comprensivo a la vez, mitad piedad mitad
intimidación, con que la otra mujer la había asaltado durante horas. Sin duda,
la periodista era su rival. Su descubrimiento sólo podía acabar con la muerte
de una de ellas. Y, sin embargo, le había dicho más cosas de las que podría
haber supuesto, le había confiado detalles sobre los derivantes que nadie más
sabía, ni siquiera sus compañeros Centinelas.
—En
esa escena, en la verdadera —había señalado la periodista—. Hace usted un gesto
extraño.
—¿Llama
extraño a un simple estrangulamiento?
—Déjese
de sarcasmos sádicos, cabo Vanderbilt. Parece que algo se le queda prendido en
la mano, y luego lo rompe. ¿Qué era?
—Un
pez.
—¿Un
pez?
—Ya
me ha oído. El derivante llevaba al cuello una cadenita con un pez de plata.
—¿Significa
algo para usted?
—Que
tenía muy mal gusto en cuestión de abalorios.
—Estoy
hablando en serio.
—Yo
también.
—Si
no significaba nada, ¿por qué lo destruyó?
—¿Por
rabia?
—Era
usted mucho más cooperativa antes.
—Me
habré quedado sin baterías.
—¿Por
qué destruyó ese pez de plata? ¿Lo había visto antes? ¡Contésteme!
—Lo
había visto antes, sí —reconoció Andrea a regañadientes—. Otro derivante que
acosamos en Berna tenía uno parecido. Y una pareja de gemelos de Newcastle
tenía tatuados otros dos peces similares.
—¿Dónde
nos lleva eso?
—A
ningún sitio. No sé lo que significan esos símbolos.
—Pero
destruyó usted la prueba.
—Por
si acaso me involucraba de algún modo. Recuerde que estaba protegiendo mi
secreto.
—¿Alguien
más sabe de la existencia de esos peces?
—Supongo
que no. Destruí también el pez del de Berna. Y los tatuajes ardieron junto con
los gemelos.
—No
hay nada mejor que una descarga láser, ¿eh?
—A
veces también puede valer un puñetazo en la cara.
Andrea
cerró el puño, anulando los recuerdos, la tensión de saberse extorsionada,
descubierta. Había puesto a la periodista tras la pista de los peces, fuera lo
que fuese aquello. Seguía sin saber qué la impulsaba a destruir aquellas
pruebas que, de algún modo, hablaban de una relación entre derivantes situados
en extremos distantes del mapa. ¿Sentimiento de clase surgido a última hora?
¿Deseos de asegurar paranoicamente que nunca iba a ser descubierta? Demasiado
tarde, pues. Davinia Cross tenía ya su vida en la palma de la mano. Y había una
buena dosis de razón en su ominoso presentimiento: No pasaría mucho tiempo
antes de que alguien más turbara su paz y rompiera la cobertura que había
labrado con tantos años de esfuerzo y de miedo.
Observaba
la arcología como un depredador que estudiara los movimientos condenados de
antemano de su presa. Encaramado a la más alta torre, contemplaba con desapego
mal disimulado el incesante ir y venir de luces azules y rojas, los sonidos
enmudecidos por la altura y la distancia, el aliento nocturno de la metrópolis
humana. Debajo, como hormigas, pululaban aquellos seres inferiores, limitados,
ridículos en su concepción del mundo. Todos corrían, pero jamás llegaban a
objetivo alguno. Las luces se apagaban, se encendían, volvían a apagarse, como
sus propias vidas. La madrugada se acercaba y muchos de ellos buscaban un
descanso necesario, el reposo apenas suficiente para recargar de nuevo la pobre
dosis energética de sus cuerpos condenados a la degradación y la muerte, algo
que a los suyos había parecido siempre tan lejano.
Pero
en la noche también pululaban otros hombres y mujeres antaño entregados al
placer, e incluso al vicio, y que ahora en su mayoría deambulaban sumidos en el
vacío existencial que la aparición de los nuevos dioses había supuesto en sus
vidas, buscando una cura, un consuelo, un torpe remedio. Entre ellos se
encontraban los acólitos.
Jonathan
Bunyan observó la negra pirámide del Templo de Kent. Cómo aquel puñado de
tarados de bellas formas había conseguido hacerse un hueco entre las turbas de
locos adoradores de los hombres era algo que siempre había fascinado a su
familia. En cualquier caso, las veleidades mesiánicas de los Kent tenían bien
poco que ver con los negocios e investigaciones secretas de su propia casa,
pero si creer de verdad que eran auténticos dioses y que en su mano estaba el
poder de obrar milagros suponía un estorbo menos en la consecución de sus
fines, tanto mejor. Los Kent eran ya una familia menor, y como tal estaba
sujeta al consejo que gobernaba sin problemas la Casa Bunyan.
Naturalmente,
las reglas de cortesía que existían desde sus orígenes entre las distintas
castas de dioses habían aconsejado a Jonathan informar de sus intenciones al
viejo Richard Kent, quien por supuesto nada pudo objetar a su acción planeada,
ni a su capricho.
El
templo brillaba inundado de luces rojas, blancas y azules. Un par de centenares
de acólitos, ataviados con trajes que les conferían un aspecto ridículo y
enfermizo, porque el volumen de sus cuerpos no alcanzaba a rellenar el tejido
elástico que tan bien encajaba con las esbeltas formas de los dioses, bailaban,
copulaban y rezaban en una orgía mística que quizás alguno de ellos imaginaba
como un medio para entrar en contacto con los planos superiores que los dioses
habitaban. Por una vez, sin embargo, sus súplicas iban a ser escuchadas. Un
dios de carne aparecería entre ellos esta noche, pero no repartiría
bendicio-nes, sino sangre.
Jonathan
Bunyan se bajó la capucha de su traje harapiento. Había tiznado su piel,
ocultado sus rasgos, arruinado a propósito su porte lascivo y altanero. Esta
noche no era un dios, sino una mantis confundida entre el follaje a la espera
de su víctima. Esta noche no era el jefe supremo de la más importante familia
de dioses, sino un simple y desesperado derivante.
Saltó
al vacío, dominando como un pájaro sin alas la negra mancha de la ciudad. Los
propulsores de su anillo de gravedad lo detuvieron en plena caída,
estabilizaron su trayectoria, convirtieron su muerte inmediata en el más
plácido vuelo. Tras cubrirse el rostro con la muralla de piedra de sus puños,
Jonathan Bunyan cargó contra la cúpula de cristal de la torre. Un estrépito
ensordecedor se repitió por toda la nave de la gran catedral pagana,
despertando con su eco la vigilia de los adoradores.
—¡Ha
venido! ¡Ha venido! ¡Uno de los dioses ha respondido a nuestras plegarias!
—exclamó una mujer semidesnuda, embriagada de alcohol y lubricada de sexo.
Jonathan la apartó de su camino con un bofetón que la mató antes de que sus
pies volvieran a tocar el suelo.
Sin
perder un segundo, Jonathan esparció muerte a derecha e izquierda, volcando
altares, atravesando cuerpos deprimentes con puños y candelabros, destrozando
muros y aplastando huesos. En medio del delirio místico, la mitad de sus
víctimas ni siquiera llegó a ser consciente del regalo de muerte que les estaba
haciendo.
La
catedral ardía ya por los cuatro costados antes de que Jonathan Bunyan
arrancara de cuajo sus dobles puertas. Un centenar de sirenas ululaba en todas
direcciones, avisando de la destrucción que sólo podían achacar a lo que más
temían: De un momento a otro, los Centinelas acudirían a la cita, prestos una
vez más para eliminar de la faz de la Tierra la amenaza de un nuevo y temible
derivante.
Y él
se había asegurado que Andrea Vanderbilt estuviera con ellos.
Hacía
cuatro días que Murdock Fisk había conseguido el alta médica y desde entonces,
como había supuesto, no había hecho otra cosa que recuperar el tiempo perdido
en la sala de entrenamiento del Cuartel General del Cuerpo de Centinelas.
Afortunadamente, los implantes en sus músculos operaban con la misma precisión
que habían tenido sus ligamentos anteriores, y a todos los efectos seguía
siendo el mismo hombre.
Quien
no le parecía la misma, y era incapaz de deducir por qué, era Andrea
Vanderbilt. La notaba ensimismada, abstraída, más tensa que de costumbre. En
los entrenamientos había cometido un par de errores que podrían costarle la
vida en una si-tuación de fuego real. Pero su reserva continuaba siendo la
misma de siempre. De alguna manera, Murdock había esperado una bienvenida
distinta, un anuncio de que la camaradería existente entre ellos podría, al
fin, desembocar en algo más. Pero la mente y el cuerpo de Andrea parecían estar
en otro sitio.
El
propio Quebrantahuesos, el sargento mayor de su división, lo había notado. Y en
sus reprimendas no se había andado con chiquitas: El escuadrón al que ambos
pertenecían había quedado deshecho después del incidente con aquel maldito
derivante, y los dos únicos supervivientes del encuentro debían conservar la
cabeza bien fría sobre los hombros si no querían que su actual equipo siguiera
los tristes pasos del primero. Ella tenía la fama y la experiencia, maldición.
No era cuestión de dormirse en los laureles y dejar que los abatieran de nuevo.
Ahora
las sirenas los habían puesto en marcha sin tiempo apenas de cruzar un par de
palabras. Un derivante enloquecido había arrasado el Templo de Kent hacía unos
minutos, para luego darse a la huida y perderse en la noche. Parecía más
poderoso y más rabioso que los derivantes que estaban acostumbrados a seguir, y
por eso Quebrantahuesos había obrado con prudencia y decidió enviar dos
destacamentos en su búsqueda.
—De
Halcón Uno a todos —anunció el sargento Bloccher, las palabras cargadas de
virutas de hierro—. Esta vez no quiero acciones individuales, sino fuego
conjunto. Ese hijo de puta ha tardado cinco minutos escasos en destruir la
pirámide de Kent, y seguro que quiere sangre. ¿Estás despierta, Halcón Nueve, o
todavía las burbujas de la fama no se te han despejado de la cabeza?
—Estoy
despierta, Halcón Uno —contestó Andrea, agradecida por tener al fin un poco de
acción real en la que descargar su abatimiento.
—¿Armas
en ready?
—Y
el gatillo a punto.
—No
intentes hacerte el héroe otra vez, Murdock. Me han dicho que en la clínica han
agotado tu cupo de puntos.
—Muy
gracioso, Donovan. Enfréntate primero con ese monstruo de circo y después dime
a qué huele tu mierda.
—¡Silencio
en el aire! —ladró la voz metálica de Quebrantahuesos—. Halcón Siete, ¿lo
captas?
—Su
rastro es difuso, señor. ¡Ese cabrón ni siquiera aparece claramente en los
sensores!
La
pirámide de Kent humeaba, como un rompecabezas de madera roto. Andrea reprimió
un escalofrío cuando advirtió el alto edificio de VlDNEWS INC al otro lado de
la ancha avenida, nada menos que el lugar de trabajo de su reciente enemiga. Se
preguntó si ahora no los estaría viendo asomada a una ventana, o si habría
puesto en marcha otro colibrí perseguidor indetectable a su equipo para no
perder hilo de lo que ocurriera.
—Ya
no está aquí, es inútil seguir perdiendo el tiempo en este sitio —rezongó
Halcón Uno—. ¿Halcón Siete?
—El
hijo de puta corre que se las pela. Ya debe de estar en la otra punta de
Megaciudad, señor.
—Lo
tengo en el radar —anunció Halcón Cuatro—. Se dirige al Holograma.
—No
hay nada que pueda destruir allí —comentó Murdock—. La Torre se cayó sola hace
un buen montón de años.
En
dos minutos, las doce figuras de oro alcanzaron el punto donde el supuesto
derivante había sido visto por última vez: el lugar al que siglos atrás había
sido trasladada la torre inclinada característica de la zona exterior a
Megaciudad, la antigua Pisa. Ahora, entre los edificios modernos y el brillo
metálico de las ventanas, sólo la reproducción en holograma de la Torre se
alzaba como el recuerdo absurdo de una obra de arte perdida y rescatada sólo
como proyección visual.
Los
Centinelas atravesaron el holograma como si fuera una nube, para salir por el
otro extremo una décima de segundo más tarde. Se abrieron en una uve invertida,
Halcón Uno en cabeza, los demás a sus flancos.
—Vuelvo
a captarlo, señor. Si no fuera imposible...
—Diría
que el derivante se retrasa a propósito, sargento. Es como si estuviera
esperando a que lo alcanzáramos.
—¿Está
muy lejos?
—Camino
del Sector R, señor. Rumbo a Sant'Angelo.
—¿Ya
ha llegado al Vaticano? ¿Es que va volando?
—Eso
parece.
—Entonces
doble precaución todos. Esto no me gusta nada.
—A
nosotros menos, sargento.
—Pues
aprieta el culo y apunta bien, Murdock. No vaya a ser que esta vez no tengas la
misma suerte.
El
lecho del Tíber, convertido ahora en una megautopista, apareció pronto bajo
ellos. Lo siguieron, serpenteando entre los vestigios de los antiguos puentes,
hasta que la silueta casi intacta del castillo papal apareció frente a ellos.
Aún no habían recorrido la distancia que los separaba cuando las piedras
milenarias se vinieron abajo.
—¡Allí
está! —anunció Halcón Once—. A las cuatro.
—Lo
vemos, tranquilo, muchacho —murmuró Andrea, el corazón latiéndole con fuerza
contra la protección de la coraza. El falso derivante se precipitó hacia el
suelo, echó a correr, se perdió entre los edificios y los vehículos espantados
por su presencia.
—Enfila
hacia la Basílica. ¿Cómo vamos...?
—Si
el hijo de perra quiere destruirla, lo hará con nuestra intervención o sin
ella. Halcones Dos, Tres, Cuatro y Cinco, remontad vuelo y cortadle el paso
antes de que llegue a la Columnata.
—¿Y
los demás?
—Los
demás rezad para que Dios esté de humor esta noche y no quiera quedarse sin
casa.
Toda
aquella violencia insensata era atractiva, embriagadora. Como un puro juego de
niños. Jonathan Bunyan no recordaba cuándo se había divertido tanto por última
vez. De hecho, su férreo autocontrol y la dirección de su Casa apenas le habían
dejado tiempo para entregarse a los placeres mundanos que otros dioses más
jóvenes encontraban tan atractivos.
Divisó
al fondo la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la doble columnata
perfectamente medida y conservada. Con ironía, pensó que aquél era un buen
lugar para dejar claro quién era el nuevo dios en la Tierra en este momento de
la historia. No lo había pretendido al iniciar su maniobra de destrucción, pero
la alusión le resultó cautivadora.
Cuatro
siluetas se recortaron en el cielo, adelantándose a su avance. Los Centinelas.
Jonathan comprendió que esquivaban un enfrentamiento directo, escarmentados por
sus últimas bajas. Bien, había que poner remedio a aquello. Se desvió a la
derecha, internándose entre las columnas. Comenzó a golpearlas, como un Sansón
enfurecido sin cadenas y con vista. Las columnas empezaron a desmoronarse,
arrastrándose unas a otras, convirtiendo en polvo el esfuerzo y el ingenio de
los hombres de hacía tantos cientos de años. Ajeno a la destrucción que
provocaba, pues el trabajo de los humanos no significaba nada para su raza, el
dios viviente continuó esperando el primer encontronazo con la avanzadilla de
Centinelas.
Éstos
le salieron al paso inmediatamente, incapaces de refrenar por más tiempo el
entrenamiento al que se debían. Trescientos metros más arriba, Quebrantahuesos
y el resto de la patrulla aguardaron impacientes el resultado del primer
encuentro entre hombres metálicos y bestia.
No
tenía sentido. Un cosquilleo nervioso les avisaba de que algo iba mal. Andrea
Vanderbilt carecía de puntos de referencia para expresar su intranquilidad,
pero en el ambiente notaba que una pieza no encajaba. La figura embozada y
harapienta saltaba de columna en columna, provocando una destrucción tanto más
dolorosa por insensata, esquivando los rayos de plasma que intentaban cortarle
el avance. Sin éxito.
—Ese
tipo es listo —murmuró Murdock, a su diestra—. Si no lo supiera bien, diría que
hasta es posible que haya visto el vídeo que nos ha hecho famosos. Parece que
sigue una estrategia.
—Sí,
no dejarse matar y destruir cuanto pueda antes de que lo detengamos —contestó
Quebrantahuesos, quien sin duda notaba la existencia de un factor más: Ningún
derivante que hubieran conocido era capaz de volar. De hecho, nadie podía
ejecutar tal proeza. Ellos mismos debían la habilidad a los propulsores de sus
corazas. Sin embargo, el individuo que perseguían revoloteaba entre las
columnas como una libélula, usando el mismo templo que quería destruir como
escudo contra los rayos de plasma de los Centinelas. Este hombre estaba
preparado para la lucha. Igual que Andrea, el sargento mayor comprendió también
que su presencia en este lugar no se debía a la casualidad.
—Sigue
avanzando. Si no le cortamos el paso pronto llegará a la misma Basílica
—anunció la voz desasosegada de Halcón Dos.
—Formación
de ataque, entonces —ordenó Quebrantahuesos—. Intentad sacarle del pórtico.
Llevadlo al centro de la plaza.
Fue
más fácil decirlo que llevarlo a la práctica. Uno de los Centinelas quedó
aplastado entre las columnas de piedra cuando la carambola provocada por el
renegado lo atrapó sin remedio. Los otros tres restantes lanzaron la plena
descarga de sus brazaletes, pero ninguno consiguió más que hacer cosquillas al
ser que avanzaba imparable como una máquina.
Entonces,
cuando ya la patrulla en el aire se disponía a caer en picado, dispuesta a
destruir la obra de Bernini por salvar acaso el interior de la Basílica, el
superhombre salió a campo abierto y corrió en zigzag hacia el Obelisco.
Uno
de los Centinelas le cortó el paso, cronometrando su impulso con el tiempo
justo para quedar aplastado como una mosca contra la piedra egipcia. El tercer
miembro de la avanzadilla se posó con la gracia de una mariposa en lo alto de
la aguja, buscando el ángulo de tiro desde el que poder freír a su adversario.
No tuvo tiempo de apuntar siquiera. Los poderosos puños del metahumano
destrozaron el Obelisco como si fuera un castillo de arena, sepultándolo en su
desmoronamiento.
—No
va a dejar nada en pie —masculló Murdock—. Sargento, hay que ir a por él, en
equipo o en picado individual. Si tardamos un minuto más, no quedará piedra
sobre piedra.
—Es
listo, desde luego —murmuró Quebrantahuesos—. Me pregunto qué pretende.
—Eso
es fácil —respondió Andrea—. Yo diría que más que destruir la Columnata o la
Basílica, lo que quiere es que nos echemos encima de él.
—Vamos
a darle gusto entonces.
Los
nueve Centinelas restantes se reagruparon en el cielo, mientras el fugitivo
daba un brinco poderoso y se encaramaba al cuello del más cercano.
A
través de las ondas los demás pudieron oír el chasquido del cuello bajo la
tenaza de hierro y el alarido de dolor de Halcón Diez. Luego, las dos figuras
cayeron a pico sobre la zona izquierda de la Columnata, levantando el polvo de
siglos de las figuras de los apóstoles.
Andrea
dio un golpecito a su escáner de muñeca. Pese a la proximidad del derivante, la
señal seguía sin registrarlo con nitidez. Esquivó una piedra que pasó ululando
por su mejilla y acabó impactando contra la espalda de la otra Centinela que
guardaba su retaguardia, donde cortocircuito el sistema y rompió el mecanismo
que la ayudaba a desafiar la gravedad, que contraatacó con toda su fuerza.
Más
de medio centenar de combates anteriores la habían enseñado a evaluar a sus
enemigos sobre la marcha. Decididamente, este individuo no actuaba con la
desesperación característica de los otros derivantes, tan inestables
psicológicamente. No estaba segura de que su violencia correspondiera en efecto
a una planificación, pero la figura encapuchada parecía, más dedicada a la
amputación sistemática de los aleros de piedra que a la huida típica en los
miembros de su raza. Extrañamente, el derivante continuaba su lucha desarmado.
Había tenido más de una oportunidad de arrebatar las armas a los Centinelas que
había derribado en su imparable acometida. Pero la destrucción seguía siendo su
objetivo primordial, espantando de su camino a los centuriones de acero como si
fueran insectos insignificantes que no merecieran un tiro de gracia. Diez
Centinelas habían caído ya. El escáner anunciaba que, aun fuera de combate,
ocho de ellos continuaban con vida.
—Esto
sigue sin gustarme nada, sargento —insistió Murdock, notando el sabor de la
bilis revolverle las entrañas—. Nos está dejando fuera de combate como si
estuviéramos en un partido de rugby. Parece que el hijo de perra está
acostumbrado a jugar en la arena.
—¿Por
qué demonios no huye? ¿Qué es lo que quiere?
—Creo
que lo sé —anunció Andrea—. Usted mismo se burló de nosotros hace unos minutos,
sargento. Debe de saber quienes somos, lo que hicimos la otra noche. Está
buscando enfrentarse a Murdock y a mí. Nos quiere a nosotros.
—Me
parece que tienes razón, Andrea. Debe de ser el precio de la fama.
—Bien.
Halcones Nueve, Ocho, Cuatro y Trece. En posición de ataque norte, sur, este y
oeste. Yo iré por el centro. Vamos todos contra él. Y sin contemplaciones.
Los
cinco Centinelas se abrieron en el aire como los brazos de una medusa. El falso
derivante esperaba entre las blancas estatuas de piedra caliza. Arrancó una de
ellas, un santo inmóvil ajeno a la masacre. Utilizándolo como una pala
matamoscas, abatió a Halcón Cuatro y retrocedió un par de pasos para repeler
los rayos de Halcón Trece. Entonces Quebrantahuesos, Halcón Uno, se le clavó en
los brazos en su busca del cuerpo a cuerpo.
La
armadura se le abrió como una almendra bajo la presión de los dedos del
superhombre. El sargento se golpeó la barbilla contra la cabeza de una de las
estatuas y el chasquido de su mandíbula resonó en toda la plaza. Usando la mano
abierta, vencido por el éxtasis de la batalla, Jonathan Bunyan le clavó los
dedos en la garganta y le arrancó de cuajo media cara.
Halcón
Trece disparó otra vez. Un impacto en plena espalda hizo tambalear al monstruo
que intentaban contener. De entre sus omóplatos humeantes surgió una catarata
carmesí que se secó casi al instante, un geiser de sangre que se coaguló antes
de que el Centinela tuviera tiempo de lanzar otra descarga. Un giro del torso,
un proyectil arrojado sin apuntar: la insignia de líder de Quebrantahuesos, que
se clavó en el visor de Halcón Trece y le hizo explotar en pleno aire.
—Sólo
quedamos nosotros, Murdock —susurró Andrea.
—Como
siempre.
—Lánzale
una descarga a los pies. Intenta que caiga de ese alero. Se acerca a la cúpula
a pasos de gigante.
—¿Tú
crees que vamos a poder impedírselo?
—¿Bromeas?
Creo que nos va a hacer pedazos. Pero ya sabes: Todo sea por el honor y la
paga.
—Maldición.
Ni siquiera me queda ya saliva para gritar Jerónimo.
Jonathan
Bunyan se cubrió el rostro con las manos y avanzó como un juggernaut sobre el
tejado de la Columnata, dirigiéndose imparable hacia la pieza apetecida de la
cúpula de la Basílica. Ya tenía el juego en donde quería: Sólo quedaban dos
Centinelas en pie, dispuestos a frenarle empleando todos los recursos a su
alcance, y sabía que uno de ellos era Andrea Vanderbilt.
Saltó
hacia el cielo, remontando en su vuelo la trayectoria de los dos centuriones.
Incapaces de girar con su misma pericia, los Centinelas tardaron unos segundos
en reestructurar su estrategia. Demasiado tarde. Cuando quisieron darse cuenta,
el dios disfrazado estaba ya en lo alto de la cúpula, contemplando los restos
de la ciudad de Roma desde la perspectiva única soñada por el genio de Miguel
Ángel.
El
deseo de conservar aquella obra de arte ahora inservible les impedía utilizar
la destructiva potencia de fuego de sus brazaletes láser. Como los halcones de
su clave de radio, los Centinelas cayeron contra él, confiados en poder
arrancarlo del suelo convexo y continuar la batalla en otra parte.
Pretensión
inútil. Jonathan Bunyan hundió los dos puños en el techo de la cúpula, abriendo
un boquete que le permitió ver el altar mayor largamente abandonado y el oscuro
bronce del baldaquino de Bernini. Uno de los Centinelas se le echó encima. Un
hombre, comprendió por la fuerza del impacto y la violencia de su peso. Lo
agarró por los hombros, lo volteó como si fuera un saco, golpeándolo contra las
piedras deshechas hasta que la presión de su abrazo se aflojó como una cuerda
suelta. Entonces lo arrojó al vacío, roto su poder de mantenerse en el aire.
—¡Murdock!
—gritó una voz. La mujer. Su presa.
Un
golpe lo hizo tambalearse, y comprendió que como un rayo la Centinela se había
precipitado al rescate de su compañero, lanzándose al picado negro que conducía
a la cruz de la basílica. Lo logró en un segundo, pero el peso añadido del otro
centurión fue demasiado para sus propulsores, que la hicieron ladearse
peligrosamente.
—No
podremos volver los dos ahí arriba —murmuró Murdock, aturdido por la serie de
golpes, sangre manando por su nariz y sus labios—. Suéltame, Andrea.
—Déjate
de heroicidades estúpidas, Murdock.
—¡Nos
vamos a estrellar los dos! ¡Y ese hijo de puta podrá zambullirse desde ahí
arriba y cazarnos como a un par de patos despistados!
—Está
bien. Te dejaré en esa ventana. Pero no te muevas de ahí. Es una orden.
—No
te preocupes. Creo que no podré hacerlo.
Apurando
los últimos estertores de su circuito volador, Andrea regresó a la cúpula,
donde Jonathan Bunyan la esperaba con los brazos abiertos.
Disparó
una ráfaga a quemarropa. El enemigo se cubrió con la mano, despertando una
lluvia de chispas azules que iluminaron su silueta como un fuego fatuo. Un
salto al cielo, una pirueta, un golpe con el canto de la mano izquierda. Andrea
chocó contra las rocas desentrañadas de la cúpula, abriendo una grieta que
ascendió sobre la piedra como un rayo.
Se
volvió, con la rabia de una leona acosada. El derivante le arrancó el visor de
un manotazo, lo aplastó entre sus dedos como si fuera papel de estaño. Sonreía.
Andrea
lo miró a los ojos poderosamente azules, encendidos. Los rasgos tiznados sólo
reforzaban aún más el blanco claro de sus dientes, la radiancia de sus pupilas.
Comprendió que el enemigo la estaba midiendo, observando. Un cosquilleo
inexplicable le erizó los vellos de la nuca y le taponó los oídos. Por un
momento, sintió un estremecimiento, como si hubiera recibido una mínima
descarga eléctrica.
Alzó
la mano derecha, consciente de que la mitad del uniforme se le había hecho
pedazos, sabiendo que tenía un pecho al aire, absurdamente cohibida en este
momento tan cercano a la muerte por verse indefensa ante la mirada taladrante
de aquel ser. Le apuntó a los ojos con el brazalete de muñeca. Tan cerca, el
disparo borraría aquella mirada, apagaría la hiriente sonrisa. Extendió más el
brazo, se preparó para abrir fuego.
—No.
Fue
una única palabra, apenas un susurro, pero lo sintió en sus entrañas como un
mazazo. Supo entonces que sería incapaz de disparar, que no había forma posible
de rebelarse contra la autoridad de aquella voz. La mano dorada de su enemigo
le arrancó el brazalete, lo arrojó lejos. Andrea cerró los ojos y descargó un
puñetazo inútil contra aquel rostro irreconocible.
Un
nuevo revés la dejó inmóvil, aturdida, casi aterrada. Tenía sangre en la boca,
le costaba trabajo respirar. Cuando trató de llevarse la mano al cuello,
comprendió que era la presa del hombre lo que le cortaba su conexión con la
vida. Sintió que sus pies colgaban en el aire, el frío del vértigo taladrándole
la piel. No quiso mirar hacia abajo. Supo que pendía del brazo extendido de su
enemigo, en paralelismo inequívoco con su propio gesto de aquella aciaga noche
en que su secreto quedó descubierto. Todo lo que cabía esperar ahora era el
silencio, la oscuridad propiciada por el golpe de gracia.
Jonathan
Bunyan observó aquellos rasgos, calibró el contorno de los músculos, la
suavidad de la piel. La mujer colgaba de su mano extendida como un estandarte
reseco bajo el sol. Un poco de presión y la garganta estallaría bajo sus dedos.
Sonrió. Apreció el olor de la sangre y el sudor de la Centinela, acarició con
la vista el contorno del pecho ensangrentado. Sí, era una de ellos. Fuera cual
fuese su juego, a pesar de su profesión o su disfraz, como había supuesto,
Andrea Vanderbilt era uno de sus bastardos.
Una
partida interesante. Un giro no menos atractivo por esperado. Jonathan abrió la
mano y la mujer cayó al suelo, medio inconsciente. Había decidido regalarle la
vida. Había venido a resolver una duda y se encontraba con un enigma cuyo
desenlace prometía ser divertido. Fuera cual fuese el juego de la mujer, era
interesante. Observaría con atención su desarrollo en el futuro.
Andrea
abrió los ojos, sintiendo el frío de la piedra contra su espalda. Una mano
amable le limpió la suciedad de los párpados.
—¿Murdock?
—Estoy
aquí, tranquila. ¿Te encuentras bien?
—Creo
que sí. ¿Tu costado...?
—Voy
tirando. Ten cuidado al ponerte en pie. Estamos muy alto y ni tus propulsores
ni los míos nos salvarían de la caída.
»No
te preocupes por el derivante. Se ha marchado.
Amanecía
en la antigua ciudad de Dios. Andrea Vanderbilt se incorporó, sacudiendo de su
cuerpo el polvo de la cúpula destrozada. Se apoyó en la mano amiga de Murdock
Fisk. Miró al cielo. Suspiró. Y supo con seguridad plena que el ser con el que
ambos acababan de enfrentarse no era, en modo alguno, un derivante.
Una
pista débil, sin duda, era mejor que nada. Pero la circunstancia de los peces
de plata seguía sin llevarla a ninguna parte. Sus programas de búsqueda
revolvían las redes de datos en busca de información pertinente, pero aparte de
interminables listas de nombres en latín y clasificaciones ictiológicas,
Davinia Cross había sido incapaz de sacar nada en claro. Y mientras tanto, el
mundo a su alrededor parecía haberse vuelto loco. Tan sólo dos noches atrás, un
derivante lleno de furia homicida había destrozado el Templo de Kent situado
justo frente al edificio de su videoperiódico y luego había trazado un reguero
de destrucción hasta que, según decían, los Centinelas pudieron pararle los
pies sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.
No
había vuelto a tener noticias de su amiga la derivante, la Centinela, la
bastarda de los dioses o como quisiera llamar a Andrea Vanderbilt. Ni tampoco
había intentado volver a contactar con ella. ¿Para qué? La mirada de la otra
mujer le daba miedo. Era consciente de que ya le había sonsacado toda la
información posible, y la experiencia le decía que había asuntos que era mejor
no menear ante el riesgo de que acabaran por estallarle en la cara.
Tenía
una pista: Al menos cuatro derivantes llevaban figuras similares, signos donde
aparecía un pez de plata. ¿Simple coincidencia? No podía ser. Pero en la marea
enloquecida de los servicios informáticos era imposible pescar un nuevo indicio
que ligara aquellos peces con algo más sólido.
Como
siempre, fue la ayuda de Klaus Vildmann la que acabó por hacerse indispensable.
—¿Qué
sabes de peces, Klaus?
—Que
tienen escamas. Y que algunos se comen, si puedes pagártelos, claro. ¿Por qué
lo preguntas?
—Preferiría
no decírtelo, Klaus, si no te importa.
—¿Has
vuelto a meterte en un lío?
—Todavía
no. Pero casi.
—Si
es peligroso, no lo hagas. Ningún reportaje vale lo que tus dos piernas, Dave.
—Muchas
gracias, jefe. ¿Y como símbolo?
—¿Tus
piernas como símbolo de qué?
—No
seas ganso. Los peces. Como símbolo de algo... no sé. ¿Tienes idea de qué
podrían significar? Una secta secreta, un culto a los dioses, un grupo
terrorista.
—El
símbolo de Piscis es lo que primero me viene a la cabeza. Ya sabes, los dos
pescaditos de la historia del zodíaco. Y el yin y el yang siempre me han
parecido dos peces mordiéndose las colas. Igual que la «S» del pecho de
Supermán.
—¿De
quién?
—Oh,
un personaje de cuando los cómics se imprimían en papel y no se movían
siquiera, una antigualla de hace más de quinientos años, anterior sin duda al
Apagón histórico. Lo descubrí cuando preparaba mi tesis de licenciatura. Lo más
parecido a uno de nuestros actuales dioses, supongo.
—Muy
instructivo, pero todo eso no me sirve de nada.
—También
está el IKHTHYS de los primeros cristianos.
—¿El
qué?
—Ya
sabes. Cuando el viejo Nerón, que seguramente fue un derivante, ordenó
incendiar las siete colinas de la ciudad de Roma sobre la que ahora nos
encontramos. Era un símbolo que los primeros cristianos usaban para
identificarse.
—¿No
era la cruz?
—La
cruz y el pez también. Como la cruz era muy evidente y no auguraba un futuro
demasiado halagüeño, para reconocerse entre sí y no acabar actuando en el fin
de fiesta del circo máximo usaban también el pez. No olvides que Cristo era
pescador de hombres. Y me parece haber leído que las iniciales de la palabra
pez en griego coincidían con su nombre. ¿Puede ser algo parecido a eso lo que
andas buscando, Dave?
—Tiene
que serlo, Klaus. Tiene que serlo.
Esta
vez, los informativos no habían dado más que una falsa y escueta noticia del
incidente. En ningún lugar se habló de la humillante derrota sufrida por dos
escuadrones de Centinelas, de la huida del misterioso derivante, de la muerte
de cinco policías y las graves heridas que dejaron incapacitados para el
servicio a otros cuatro. En ningún lugar se comentó la sospecha que Andrea
Vanderbilt atesoraba como el corazón de una manzana podrida: El hombre al que
se habían medido, su vencedor, era un dios. No podía ser otra cosa.
Andrea
nunca había visto a un dios en persona, y el disfraz con que el ser de la otra
noche se embozaba hacía imposible cualquier posible deseo de reconocimiento,
pero aquella sonrisa, la fuerza de sus dedos, la audacia de sus gestos, el
susurro imperioso de su voz no abrían espacio a otra teoría.
Murdock
y ella habían sobrevivido al capricho de un dios. Y si había sido así, si el
encuentro entero había tenido lugar, la casualidad como factor desencadenante
quedaba descartada. El dios viviente había venido a por ella. A enfrentarse con
Andrea. A estudiarla. A reconocerla.
Nunca
olvidaría la llama celeste de aquellos ojos, el escalofrío eléctrico del
contacto de su piel. El dios había venido a reconocer lo que era parte de sí.
Por
segunda vez, Andrea Vanderbilt había sido descubierta.
Una
sensación ominosa e inclasificable le advertía que el tercer mal paso sería ya
el definitivo.
Si
hubiera querido buscar una justificación para esta nueva decisión suya, sin
duda que la tensión acuciante que la embargaba, la proximidad de saberse
cercana a una muerte más que intuida, la angustia de comprender que el tiempo
le iba en contra habrían resultado buenos recursos. Siempre era agradable en el
temor de los últimos momentos aferrarse al dulce vino de la vida. Pero no. La
decisión de ceder por fin a los deseos de su cuerpo y de su alma no había sido
improvisada, sino largamente sopesada, meditada, asumida. Tenía veintidós años
y jamás había conocido el amor de un hombre. Su adolescencia malgastada en
plena huida, el disfraz que había adoptado después, el caparazón de hierro con
el que protegía sus sentimientos del mundo exterior la habían apartado de
cualquier plasmación física de la palabra amor. Su cuerpo perfecto ardía. Y la
situación abierta en las últimas semanas le había hecho comprender que, en
efecto, tanto Murdock como ella podían tener los días contados. Una nueva
batalla y quizá ninguno de los dos volviera a saborear el néctar de la mutua
compañía.
Sabía
que Murdock se había llevado una sorpresa. En realidad, hasta cierto punto, la
sensación había sido mutua. Tantos meses de trabajo conjunto habían labrado un
profundo lazo de atracción y afecto entre los dos, severamente cortado por la
cortapisa de su disfraz autoimpuesto, del control hiriente con que manejaba su
vida. Pero si había sido capaz de dominar su cuerpo, sus sentimientos
demostraron no estar dispuestos a dejarse someter por ninguna brida. Lo había
captado por fin cuando vio a Murdock caer a plomo desde lo alto de la cúpula de
la Basílica cuatro noches antes. En ese momento supo que no podría refrenar por
más tiempo la atracción que sentía hacia su compañero.
Hicieron
el amor despacio, controlando el ansia tan largamente reprimida. En la
tranquilidad del apartamento de Andrea, la Centinela descubrió un mundo nuevo,
un caudal de sensaciones rabioso y pleno. Un fogonazo en el remolino que era su
mente le recordó el interrogatorio de días pasados, la curiosidad y el afán de
conocimientos de Davinia Cross, la periodista que había desentrañado su
secreto. En brazos de Murdock Fisk acababa de descubrir ahora una nueva
característica maravillosa de sus atributos metahumanos: lo mismo que sus
umbrales de dolor se reducían, los de placer se ampliaban hasta unos límites
que ni siquiera en su virginidad habría sospechado nunca.
Arropada
en las brumas de terciopelo del primer orgasmo, fue incapaz de comprender que
su decisión había acabado por desgarrar la frágil cortina de su secreto.
Sin
sospecharlo, sin entenderlo, había dado por fin el último y definitivo tercer
paso en falso.
El
mundo, de repente, quedó sumido en el caos. En un instante Murdock culminaba
una segunda ronda de placenteras caricias y al siguiente saltó de la cama como
si lo hubiera mordido una víbora.
—¿Murdock...
qué? —preguntó Andrea, aturdida. Advirtió que algo iba mal, pero sus órganos
todavía vibraban, danzando arriba y abajo en una cabalgada indescriptible.
—No
te muevas de donde estás, Andrea. No quisiera hacerte daño.
La
voz de Murdock era gélida, espantada. Luchando por controlar un regreso a la
consciencia, Andrea advirtió que rebuscaba en su uniforme. Un arma, sin duda.
—Murdock,
no comprendo. ¿Qué...?
—No
digas ni una palabra, Andrea. No sé cuál es tu juego, pero ha quedado
descubierto. Eres una de ellos.
La
habitación pareció dar vueltas alrededor de su cabeza, el corazón se replegó en
el interior de su pecho. Andrea se incorporó en la cama.
—¿Qué
tontería estás...? —intentó murmurar, la voz disuelta en un hilo.
—Eras
virgen hace un rato, Andrea —susurró Murdock, apresuradamente, la pistola en la
mano, el pene súbitamente encogido y flácido.
—Yo
misma te lo he dicho, sí. ¿Hay algo de especial en eso?
—Eras
virgen hace un rato, Andrea —repitió Murdock, frío en los ojos, tensión en la
voz—. Y ahora... ahora vuelves a serlo.
Devuelta
a la realidad, arrancada del sueño, Andrea Vanderbilt comprendió por fin.
—Tus
tejidos se regeneran, ¿no es así? —continuó diciendo Murdock Fisk—. Como los de
los derivantes que tantas veces hemos perseguido. Por eso nuestras balas de
plasma no les hacen apenas daño. No sé cuál es tu juego, Andrea. Pero no cabe
duda de que has cometido un error.
—No
hay juego ninguno, Murdock —dijo Andrea tristemente—. No es mi culpa si soy lo
que soy. Jamás he pretendido otra cosa sino seguir viviendo.
—Infiltrada
entre los seres humanos. No puedo creer nada de lo que digas, Andrea. ¿Cuántos
meses, cuántos años nos has tenido engañados a todos? Éramos tus camaradas, tus
compañeros. Hemos sufrido juntos. Has aprendido nuestras técnicas de combate.
Eres muy buena en la lucha cuerpo a cuerpo. ¿Para qué querías todo ese
conocimiento? Para nada digno, sin duda.
—Te
lo repito, Murdock. Sólo buscaba vivir. Nunca he hecho nada malo.
—Ni
lo volverás a hacer, desde luego. Lo siento, Andrea. Había confiado en ti. Te
creía un ser humano, no un monstruo.
—No
pensabas lo mismo hace unos minutos.
—Hace
unos minutos todavía llevabas puesta la máscara, Andrea. Ahora ya no puedo
estar seguro de nada. Sabes tan bien como yo que me debo a una disciplina, a un
juramento.
—Di
más bien a un adoctrinamiento. De acuerdo, es absurdo pretender seguir
fingiendo más. Supongo que a tus ojos soy lo que llamas una derivante. ¿Qué
piensas hacer?
—No
quisiera hacerte daño. Llamaré al Cuartel General y...
—¿Vas
a entregarme, Murdock? He sido tu compañera, tu amante. ¿Cómo puedes hacerme
una cosa así?
—¿Tanto
te extraña, Andrea? ¿No eres tú quien te has pasado la vida eliminando a tus
iguales?
—Touché
—reconoció Andrea, mordiéndose los labios. Justicia poética, sin duda, aunque
maldita la gracia que le hacía experimentarla en su propia piel. Tenía que
actuar rápido, antes de que el trastornado Murdock ejecutara su amenaza de
pedir refuerzos o, peor todavía, acabara por disparar la pistola que empuñaba
en la mano.
—No
te muevas, Andrea.
—Suelta
esa pistola, Murdock —susurró Andrea, y por un momento su voz sonó similar a la
del dios que la había inmovilizado en la cúpula de la Basílica de San Pedro en
el Vaticano—. No vas a llamar a nadie. Déjame escapar.
Murdock
Fisk se tambaleó un momento, pero apenas el lapso de un parpadeo. Era inútil.
En la carga genética que la ponía por encima de los seres humanos corrientes no
venía incluido el extraño fenómeno de la Voz. Andrea comprendió que si quería
salir con vida de su propio apartamento tendría que hacerlo matando al hombre
al que podría haber amado.
—Imagen
—dijo, con fuerza, sorprendiendo a Murdock por lo absurdo del contenido de la
palabra. Lo que él no fue capaz de interpretar lo entendió la maquinaria
inteligente de la habitación. La docena de videopantallas situadas detrás del
Centinela desnudo se encendieron al unísono, inundando su espalda de luz
azulina, aturdiendo sus oídos con el estrépito de la música y los comentarios.
Fue
apenas un segundo, pero bastó. Murdock giró la cabeza un instante y fue todo lo
que Andrea necesitó para cruzar la habitación de un salto. Una patada en el
vientre, un puñetazo en el torso. Quiso contener la fuerza de sus golpes, pero
en la oscuridad no lo consiguió plenamente. La pistola de Murdock se disparó,
abriendo un feo abismo en su pecho izquierdo, justo por encima del corazón.
Andrea acusó el impacto, notó el sabor salado de la sangre. Un empujón, un
golpe con el codo. Murdock perdió el equilibrio y se estrelló contra la docena
de pantallas, causando una explosión que volvió a lanzarle contra la pared
opuesta.
Sin
detenerse a comprobar si estaba vivo o muerto, Andrea recogió sus ropas y sus
armas y escapó del apartamento derribando la puerta.
En
sus peores pesadillas ya había vivido una escena semejante a ésta. Justicia
divina, castigo de los cielos, sin duda. Empezaba a odiar la burla que
entrañaba aquel estúpido concepto. Ahora su castillo de naipes se había venido
definitivamente abajo. Descubierta.
Sola
contra el mundo. Tarde o temprano el momento tendría que llegar, y aquí estaba.
Amargo y ácido. Insoportable.
Corrió
por las calles oscuras, trazando un centenar de planes confusos, los sentidos
abotargados por los acontecimientos, del placer al dolor, al odio pasando por
el amor de un instante. Por un momento pensó en dirigirse al Cuartel General,
hacerse con un uniforme de combate, duplicar su potencia marcial, escapar más
lejos, perderse en otro continente. Pero nada le aseguraba que Murdock no
hubiera contactado ya con ellos, que no empezaran a batir la arcología en su
búsqueda. No podía correr ese riesgo.
Estaba
sola. Una derivante casi desnuda, confundida de miedo, perdida en la ansiedad.
No. Tenía que controlarse. Cientos de veces había estudiado este escenario, lo
había vivido desde el otro lado. No podía caer en el error de los otros
derivantes a los que había ayudado a eliminar. Todos acababan siendo
acorralados, destruidos tras la persecución inevitable.
Ella
seguía contando con algo a su favor. Igual que el dios al que habían combatido
sin sospecharlo, su naturaleza superior no daba positivo en los sensores. El
subterfugio que la había ayudado a infiltrarse voluntariamente entre los
Centinelas le serviría también ahora, cuando más lo necesitaba. Tenía que
ocultarse, detenerse a pensar una estrategia, quizás adoptar una nueva
personalidad, como había hecho a lo largo de toda su infancia.
Pero
antes tenía un par de asuntos sueltos por resolver. Davinia Cross. Por su culpa
se encontraba en este callejón sin salida. Su intervención la había metido en
este embrollo.
Apretó
la pistola contra sus pechos y corrió aplastada contra las sombras. Ahora, al
menos, tenía un destino. Próxima estación, la casa de la periodista.
Un
golpe acuciante en la puerta. Davinia Cross se levantó de la cama, se colocó
las gafas, sin tiempo a buscar batas de noche ni lentillas. No tuvo oportunidad
de mirar por la pantalla para ver quién podía ser a esta hora de la madrugada:
La puerta se descabalgó de su montura, y en su hueco apareció la hermosa
silueta de Andrea Vanderbilt.
—Buenas
noches, señorita Cross —anunció con voz pastosa la Centinela—. Espero que no
esté haciendo nada importante, porque tiene una cita con la muerte.
Davinia
apreció el tejido cristalino sobre el pecho de la mujer guerrero, y en un
segundo comprendió que aquello se debía a los efectos de la regeneración en
curso. Andrea Vanderbilt había sido herida, a bocajarro, hacía apenas un rato.
Lo demás estaba claro.
—La
han descubierto, ¿no? —comentó, cerrando tras la puerta destrozada el segundo
panel de emergencia.
Andrea
Vanderbilt se apoyó contra la pared, agotada. Bajó la pistola. ¿Qué demonios
estaba haciendo aquí? Perder un tiempo precioso. Acabar con la vida de la
periodista no solucionaría el laberinto en que se había sumergido la suya.
—Me
han descubierto, sí. Como anunció, señorita Cross. Y esta vez ha sido culpa mía
—confesó, a su pesar, súbita mella de la tensión y del cansancio.
—¿Sería
descortés por mi parte preguntar los detalles? Soy curiosa por naturaleza, ya
lo sabe. Andrea se encogió de hombros.
—¿Tiene
un poco de té?
—Y
hasta tostadas, si quiere. Lo preparo en un instante.
—Nunca
me ha gustado demasiado el té. Supongo que éste es un momento tan bueno como
cualquier otro para empezar a acostumbrarme. Lo mismo no me da tiempo a
descubrir otras cosas.
En
unos minutos, Dave volvió con una bandeja, que colocó sobre la misma mesa
donde, semanas atrás, había llevado a cabo su interrogatorio. Andrea Vanderbilt
cogió la taza y la acunó entre sus dedos, pero no bebió el brebaje caliente.
—¿Qué
sucedió? —preguntó Davinia—. ¿Podré saberlo?
—Una
estupidez por mi parte. Murdock y yo... puede imaginarlo.
—Se
liaron.
—Si
quiere expresarlo así. Fue fantástico, pero...
—Debió
de serlo, ya veo en qué estado viene.
—No
se haga la graciosa, Cross. No olvide que he venido a matarla.
—Y a
tomarse mi té. Estaba diciendo que no estuvo nada mal. No me extraña. He visto
las fotos de ese Fisk. Es guapo.
—Y
tan estúpido como yo. Maldito hijo de perra. Descubrió que yo era... que soy...
Mierda, qué difícil es decirlo. Usted es una mujer de mundo, Cross. Sé que está
divorciada y que tuvo una hija. Pero yo...
—Lo
que me está intentando decir es que era virgen, ¿verdad? No se preocupe,
entonces. La primera vez siempre es algo molesto.
—Y
la segunda también —sonrió la Centinela, con tristeza.
—¿Qué
quiere decir?
—Que
sigo siendo virgen. Mi poder de regeneración, ¿lo recuerda?
—Es
gracias a él que conseguí meterme en este lío de dioses y de peces de plata.
—El
maldito himen se regeneró. Y como no es algo que suceda todos los días, él se
dio cuenta.
Davinia
se echó a reír, de forma nerviosa e incontrolable.
—Perdone,
Andrea. No puedo por menos que pensar en la ironía que supone tener ese cuerpo
de ensueño y no poder darle el uso que merece. Vaya jugarreta. El sueño de un
machista. ¿Pero cómo no pensó que ésa sería la consecuencia?
—¿Cómo
iba yo a saberlo? Mi pelo y mis uñas no se regeneran como las demás células de
mi cuerpo. Siguen más o menos un ritmo normal. De otro modo, tendría que
raparme la cabeza cada diez minutos. Pensé que con el himen sucedería lo mismo.
Pero nunca había tenido ocasión de comprobarlo.
—Está
metida en un buen lío, ¿eh? —comentó Dave, otra vez la piedad asomando
peligrosamente en su tono. No le gustaba hacer de paño de lágrimas de una mujer
que podría quebrarle el cuello como si fuera un palillo en cualquier instante.
—Y
usted va a ayudarme a salir de él —anunció fríamente la ex Centinela.
—No
veo cómo.
—No
soy tonta, Cross. Sé que debe de tener contactos en los bajos fondos. Ese
colibrí con el que consiguió las imágenes no está a la venta en el supermercado
de la esquina. Debe ayudarme. Me lo debe. No olvide que cooperé con usted.
—Bajo
amenaza de ponerla exactamente en esta situación, por cierto. Pero supongamos
que esos contactos de los que habla fueran reales, ¿adonde cree que lograría
ir?
—No
lo sé. No existe un lugar en toda la Tierra en el que esconderme y ponerme a
salvo.
—Debe
de haber al menos uno.
—Ahora
soy yo quien no la entiende, Cross.
—Esas
figuras con la forma del pez. Los primeros cristianos la usaban para
reconocerse y escapar de la persecución de los romanos. Si los derivantes las
emplean de forma corriente, y sabemos que al menos cuatro de ellos las
conocían, eso tiene que significar que están organizados y ocultos en algún
lugar.
—Había
supuesto algo así, pero jamás había pensado que la pista pudiera conducir a una
catacumba.
—Sus
líderes deben de estar muy al tanto de historia cristiana. Un detalle
apropiado, si es cierto que son los depositarios de la herencia de los dioses.
Pero supongamos que consigue burlar a sus amigos los Centinelas y contactar con
esa hipotética resistencia, ¿cree que los derivantes se mostrarán más
comprensivos que ellos? A fin de cuentas, los ha cazado usted como si fueran
ratas.
—Lo
sé, Cross. Pero es la única opción que me queda. Tengo que correr el riesgo.
—Entonces,
amiga mía, si quiere vivir, debe comprender que cualquier vía de salida pasa
antes por la muerte.
—Me
llamo Davinia Cross. Si han recibido ustedes este mensaje, eso significa que
para mi desgracia ya estoy muerta. Sólo espero haber tenido antes la
oportunidad de haberme llevado por delante a mi asesina.
»Como
bien puede apreciarse en las imágenes que acompañan a este mensaje, hace unas
semanas descubrí que la Centinela Andrea María Vanderbilt, a quien los medios
de comunicación han saludado desde que saltó al primer plano de la actualidad
como a una heroína, es en realidad una peligrosa derivante, infiltrada entre
las fuerzas del orden para conseguir quién sabe qué misteriosos propósitos.
»Desde
que esta grabación donde se muestran claramente sus habilidades llegó a mis
manos, he intentado investigar por mi cuenta cuál puede ser el ánimo secreto
tras el disfraz de la cabo Vanderbilt. Sé que he estado ocultando información
valiosa, y que muchos de ustedes considerarán que entonces mi muerte es un
justo castigo a mi desobediencia a la ley, pero era la única manera posible de
obtener acceso a una noticia que, como periodista, no podía dejar pasar por
alto. Perdóname si te he fallado, Klaus. Sabes que en todo lo demás siempre te
he hecho caso, jefe.
»La
cabo Vanderbilt es consciente de que conozco su secreto. Yo misma se lo
anuncié, en un intento de llegar a la verdad a través de su propia confesión.
Este mensaje tiene la finalidad de revelar su mentira al mundo si, por
cualquier circunstancia, dejo de existir. Sé que ella no puede permitir que su
secreto quede eternamente en la cuerda floja de mi discreción. Ignoro si tendrá
contactos externos que impidan que este mensaje alcance plena difusión en todas
las ondas, pero no puedo descartar esa variable. Es por eso que he preparado
otra línea de defensa. Aunque esta revelación que ahora hago no consiga su
objetivo, espero haber librado al mundo de la existencia de la más peligrosa
derivante que haya surcado la Tierra.
—Saludos
cordiales, les habla Werner Balance. Lo que acaban de ver y oír ustedes es el
último testimonio de una mujer valiente: Davinia Cross, compañera en las lides
a menudo ingratas de esta profesión. Cinco minutos antes de que este mensaje
saltara a las redes de datos y ocupara las cabeceras de los satélites de
noticias, la cabo Andrea Vanderbilt, a quien todos ustedes sin duda conocen,
asaltó el domicilio de Davinia Cross, con la evidente pretensión de asesinarla.
Las imágenes que están ustedes viendo, recogidas por su servicio de grabación
automático e incluidas en el lote que conectó al satélite, muestran el momento
en que la peligrosa derivante, herida como consecuencia de un enfrentamiento
con su compañero Murdock Fisk, derriba la puerta de la casita que Dave, como
cariñosamente llamaban a la señorita Cross cuantos la conocían, tenía en las
inme-diaciones del Palatino. Observen la expresión homicida con que la
derivante abre fuego a bocajarro. Una atronadora explosión, que sin duda habrán
podido oír todos los habitantes de esa zona de Megaciudad, fue el resultado
conseguido por los disparos. Al parecer, como advierte en su mensaje de
despedida, Dave Cross había minado prácticamente su domicilio, una medida
drástica que sin embargo ha tenido los resultados apetecidos. La policía
confirma que de los restos humeantes de la villa es imposible que haya escapado
nadie con vida. Ambas mujeres han perecido, otorgándose una muerte mutua.
»Se
da la circunstancia de que, apenas un par de horas antes, el secreto
celosamente oculto de Andrea Vanderbilt había sido descubierto por su compañero
de patrulla, el agente Murdock Fisk, quien intentó detenerla sin éxito. Como
resultado de la batalla sostenida entre ambos, el agente Fisk quedó malherido y
desfigurado, pero los informes médicos anuncian que su estado no reviste la
gravedad que podría temerse.
»Un
expediente ha sido abierto entre los servicios de seguridad del Cuerpo de
Centinelas. La investigación tratará de aclarar si existen otros derivantes
infiltrados en las fuerzas del orden y cuál podría ser el objetivo de esta
estrategia.
«Mientras
tanto, el redactor jefe de VIDNEWS INC, agencia para la que trabajaba Davinia
Cross, ha rehusado hacer ningún comentario sobre su posible conocimiento de las
investigaciones de su compañera. "Era una gran mujer y una gran
periodista", ha comentado. "Espero que el sacrificio que ha hecho no
sea en vano."
»Esta
noche, en servicio abierto 311801/89 les ofreceremos un reportaje en
profundidad sobre este tema, con un acercamiento especial a las trágicas
figuras de las dos protagonistas. Desde Megaciudad, en directo, les habló
Werner Balance.
ÉXODO
La
sagrada forma se rasgó de parte a parte con un poco más de premura de lo
necesario. Por entre los rebordes del pan ázimo, mientras retrocedía, el
sacerdote apenas tuvo tiempo de ver la vidriera que estallaba, dibujando sobre
las paredes un caleidoscopio de ángeles de colores y santos suplicantes.
Entonces, como arañas descolgándose de una tela, las cuatro formas negras
entraron volando en la iglesia, sembrando miedo y desconcierto con el estruendo
de sus armas.
Una
de las monjas se volvió, saltó con la agilidad de una pantera e hizo a un lado
los faldones de sus hábitos. Ante los ojos atónitos del sacerdote, desenfundó
del muslo un brazalete de metal rematado en el inconfundible cañón de una
pistola de plasma. Otra monja la imitó. Sin mediar palabra, ambas dispararon
contra los cuatro hombres motorizados que abrían fuego a discreción sobre el
grupo de personas congregadas en la misa furtiva.
El
impacto de una bala destrozó el altar. Una de las motocicletas voladoras
cabrioló, alcanzada por los disparos de las monjas, regando la nave de un humo
verde y aceitoso. Chocó contra uno de los santos inmovilizados en el placer de
su dolor y el Centinela quedó ensartado en la cruz que portaba, como un san
Esteban maléfico y ridículo. El sacerdote, tosiendo y todavía con el cáliz en
una mano y la hostia en la otra, intentó hacerse oír por encima del armagedón
que se había librado en la iglesia. No lo consiguió. Los gritos de dolor de las
monjas abatidas y el bramido tartajoso de las armas lo apagaban todo,
repitiéndose con un eco infernal en aquel lugar donde jamás debería haberse
producido una matanza.
El
brazalete de una de las monjas chisporroteó al ser alcanzado, derritiéndose
igual que un pedazo de plástico calentado demasiado tiempo. La mujer intentó
deshacerse de él, pero el fuego de una nueva bala de plasma se le clavó entre
los pechos, sobre la cruz que portaba. La monja voló por los aires y quedó
postrada ante el altar, como una muñeca desguazada contra los peldaños, mirando
al cielo a través de la vidriera rota. El sacerdote apenas logró, en un gesto
absurdo, trazar en el aire un signo de absolución que ya de nada serviría.
Las
motocicletas voladoras de los Centinelas se cruzaban en el aire, perfectas en
una sincronización que no podía deberse al manejo de un ordenador, sino al
instinto. La pericia de sus ocupantes era grande, y su puntería.
La
otra monja brincó al aire y descargó un fuerte puñetazo contra el rostro
enmascarado del Centinela. El plastimetal saltó hecho pedazos, manchando de
sangre los nudillos y la manga de la mujer. Un disparo a quemarropa le rasgó
las entrañas, pero la monja convertida en guerrero siguió retorciendo la cara
tras el casco, intentando tal vez sacar de él algo provechoso. Los puñetazos
resonaron en la iglesia como una campana to-cando a laudes.
El
sacerdote se incorporó al fin, la casulla chamuscada y llena de polvo, el cáliz
en la mano derecha, el cuerpo de Cristo arrugado y mojado por el sudor en la
zurda. Una de las motocicletas viró hacia él, disparando sus dos cañones desde
el aire, marcando en el suelo el picoteo de su avance. De sus toberas manaba el
mismo humo verdoso que anunciaba que también había sido alcanzada por los
disparos. El sacerdote, sin pestañear, recibió la doble fila de impactos
cercanos con la tranquilidad de quien ve caer la lluvia al otro lado del
cristal. Estaba preparándose.
El
Centinela se arrojó desde lo alto para arrastrar consigo al otro hombre,
dejando la motocicleta herida suspendida en el aire, a su suerte. El sacerdote
absorbió el impacto del golpe contra el suelo y trató de contener las manos
forradas de metal que le buscaban el cuello. Ampliada por el exoesqueleto, la
fuerza del Centinela se abría paso entre los dedos del sacerdote, ansiando el
momento de quebrar de un golpe la vida de aquel estúpido siervo de Dios.
Agotado
y sin aire, aturdido por el golpe y el peso de la armadura del policía, el
sacerdote casi no tuvo tiempo de advertir la explosión cercana, ni sentir el
borbotón de sangre caliente que los cubría a los dos: en el aire, la segunda
monja había dado cuenta de su oponente, y la motocicleta de éste acababa de
explotar con un gemido ardiente.
La
placa del casco le impedía atisbar el rostro del Centinela, pero el sacerdote
podía ver su propia cara reflejada en el plastimetal, los ojos espantados, la
boca desencajada, los dientes perfectos y muy blancos. Cerró los ojos,
intentando de esa manera no ver la imagen de su inminente destrucción. Empezaba
a notar la tenaza de los dedos de hierro contra los músculos de su nuca.
Un
fogonazo. Una visión. Una mujer desnuda, insoportablemente hermosa,
provocadora. Madre, pensó. Un jadeo, un espasmo, la corriente eléctrica de algo
que sólo podía ser placer o muerte, o tal vez escarnio. Un rostro desconocido,
atormentado, la boca fría de un arma contra la sien, el eco ensordecedor de un
disparo. ¿Padre? Fundido en negro. Sensaciones ajenas, lo sabía. Recuerdos
propios. Sus manos empezaron a temblar, cargándose de una energía que nunca
quiso. Sintió el calor en las palmas, el frío contacto del metal de los dedos
del otro hombre derritiéndose bajo su contacto.
El
sacerdote abrió los ojos, tan aterrado como su oponente. Las manos se le habían
tornado negras, como dos trozos de cristal de roca, como dos negativos
fotográficos. Bolas de energía chispeaban en el aire, pompas de jabón cargadas
de muerte. El sacerdote gritó, y su alarido se repitió en la boca invisible del
Centinela. Una descarga sacudió el cuerpo del policía, agitándolo como a una
marioneta sin cuerdas. Cuando se desplomó, todo su cuerpo humeaba.
El
sacerdote se incorporó despacio. Se miró las manos. Vio el suelo chamuscado a
través de los estigmas. La sangre resbalaba en el borde de las palmas, mercurio
enrojecido y supurante. Se inclinó a recoger el cáliz olvidado. Un hilillo de
energía bailó sobre el metal dorado de la copa.
El
disparo le alcanzó en mitad de la espalda. Desprevenido, el sacerdote cayó de
rodillas, la visión nublada por un velo escarlata. El cuarto Centinela. Lo
había olvidado. Apretando los dientes, volvió la cabeza. La boca de los dos
cañones de la proa de su máquina anunciaba un vacío más grande que el que se
cerraba en las palmas de sus manos.
El
sacerdote luchó por incorporarse. La espalda le ardía, la cabeza le daba
vueltas. En un acto reflejo, sin mirar siquiera, arrojó el cáliz contra el
murciélago de metal que volaba hacia él. Cuando la motocicleta del Centinela se
estrelló contra la pared, un segundo más tarde, el sacerdote vio que por la
fuerza de su acto el cáliz convertido en shuriken le había arrancado la cabeza.
Era
el único que había podido escapar a la cita con la muerte. Toda la nave de la
iglesia estaba cubierta de cadáveres: las monjas, los cuatro o cinco
feligreses, los Centinelas. Tan sólo las estatuas de los santos continuaban con
su parsimonia expectante, regocijándose en el dolor propio de sus poses de
mármol, como si nada hubiese pasado.
El
sacerdote avanzó entre los cuerpos demolidos por los impactos de las armas. No
tuvo reparos en alzar las faldas a una de las religiosas caídas. Comprobó que,
como pensaba, no había ninguna pistola de plasma oculta entre sus muslos. Tan
sólo dos monjas habían contraatacado a la presencia de los Centinelas. De modo
que no venían a por él, después de todo. No era extraño. En su arrogancia,
sabía que era plato apetecido por gente más importante. No dejaba de ser una
suerte. Su tapadera, de haber sido lo contrario, habría quedado inservible, y
hasta ahora le habría valido bien en su vagabundeo.
Se
acercó a una de las monjas que habían intentado repeler el ataque sorpresa de
los
Centinelas.
Una mujer hermosa, sin duda, pese a los hábitos y el pelo rapado que asomaba
entre los jirones de la toca. Mulata, la piel de color madera, los pómulos
altos y los ojos celestes. Una rareza. El disparo sobre el corazón la había
matado en el acto, abriéndole un agujero en el que cabía perfectamente un puño.
El sacerdote le cerró los ojos y le dio la extremaunción, por si acaso pudiera
servirle para algo.
Era
una mujer muy hermosa, aun en la muerte. Tenía la misma cualidad mística de las
vírgenes y los santos que adornaban la iglesia abandonada, ese tono que no es
de este mundo, la prestancia que los escultores renacentistas robaron a los
clásicos. Un pecho moreno asomaba entre los pliegues chamuscados de los
hábitos. El pezón ya mustio hablaba de placer y de vida gozada en otro sitio,
no de la meditación y sacrificio que podían encontrarse en este lugar remoto.
Una lágrima de estaño brillaba sobre la piel desnuda. El sacerdote extendió la
mano, la cogió.
Era
un pez de plata, diminuto, hermoso, suspendido de una cadena. El sacerdote se
volvió hacia la otra monja, desmoronada contra los peldaños que conducían al
altar ahora destrozado. Caucasiana, los ojos negros, la nariz recta. Muy
hermosa también, muy distinta a las otras monjas que salpicaban el suelo de la
iglesia.
Un
gemido brotó de los labios de la mujer, que pestañeó un par de veces. Todavía
estaba viva. La regeneración luchaba contra la muerte, pero estaba claro que
tenía perdida la partida de antemano. El sacerdote se arrodilló junto a ella y
sin ningún recato rasgó lo que quedaba del hábito. A cada lado del agujero que
le estaba causando la muerte asomaron otros dos pechos perfectos, casi
cincelados en mármol. Y bajo uno de los pezo-nes, un tatuaje. Otro pez de
plata.
El
sacerdote sacudió la cabeza, perplejo. No necesitó desnudar más cadáveres para
saber que ninguna otra monja tenía la misma marca distintiva, el mismo signo
oculto. Un estertor suave entre sus brazos y el brillo cristalino en la mirada
de la monja le indicaron que su naturaleza había dejado de resistirse al
picoteo de la muerte en su búsqueda. Musitó una oración y la depositó sobre el
suelo, con los brazos cruzados sobre la herida.
Se
incorporó. Trató de reconstruir la historia de las dos muchachas asustadas que,
en su fuga, quizá como él mismo, habían elegido los hábitos como tapadera a la
persecución de que eran objeto. Sin embargo, eso no justificaba la existencia
de los peces de plata. Ni las armas. Sofisticadas y recientes, eran alta
tecnologia que sólo estaba al alcance de los Centinelas, de los muy ricos, o
los muy desesperados.
Y
luego la reacción ante la sorpresiva llegada de los agentes de la ley. El
sacerdote tuvo que reconocer que habían sido mucho más rápidas que él mismo. En
su disfraz, había reaccionado con la falta de reflejos de un auténtico hombre
de iglesia. Él ya estaba acostumbrado a ser perseguido, a vivir acosado, pero
sin embargo las dos hermosas monjas habían repelido el ataque sin vacilar un
segundo. No había duda de que sabían que las esta-ban buscando.
Se
volvió hacia los Centinelas. Las motocicletas voladoras indicaban una búsqueda
concienzuda, detallada. Las armaduras de los agentes del orden les permitían
surcar los cielos, pero en un radio limitado. Las motos dejaban claro que
venían de muy lejos, tal vez del otro lado del desierto. En su búsqueda de
derivantes, habían localizado a las dos monjas y, sin saberlo, a un premio más
importante: él mismo.
El
sacerdote se miró las manos. Los estigmas se cerraban, reducidos ahora a un
tejido cristalino. Todavía le picaba la espalda, pero había dejado de sangrar.
En menos de media hora habría recuperado su vigor, su desconcierto.
La
persecución de las dos derivantes había terminado, pero sin duda más Centinelas
acudirían dentro de poco a conocer la causa del retraso de sus compañeros. Este
lugar había dejado de ser seguro. Y las dos docenas de monjas auténticas que
yacían esparcidas por el suelo no eran, de cualquier forma, una buena compañía.
El
sacerdote apretó el pez de plata entre sus dedos. Era extraño. ¿Un simple
fetiche compartido por dos lesbianas perseguidas, o el signo de algo más
amplio, algo secreto? Imposible saberlo de momento.
Se
colgó la cadena, se quitó la casulla. La aparente inmunidad de la iglesia
perdida había sido violada, arrasada. Tendría que continuar su camino. Entró en
la sacristía, recogió su mochila, sus pertenencias.
Al
salir de la iglesia, colocó la mano sobre los hábitos de una de las monjas
caídas. La tela prendió en segundos.
El
sacerdote repitió la operación hasta que media docena de pequeñas hogueras le
aseguraron la continuidad del incendio. Se cargó entonces la mochila a la
espalda y salió al desierto.
En
el umbral de la iglesia, Jason Prince se detuvo el tiempo suficiente para
quitarse el alzacuellos.
Con
una pirueta ensordecedora, los seis miembros de la patrulla de reconocimiento
remontaron el vuelo. Habían verificado la destrucción de la pequeña iglesia
abandonada en mitad del poblado desierto y el destino final de la avanzadilla
de camaradas Centinelas. Ahora todo lo que les quedaba por hacer era regresar a
su base y recibir las reprimendas de sus jefes.
Tatsuo
Takahashi desconectó su neutralizador cuando estuvo seguro de que los
servidores de la ley y el orden se habían perdido definitivamente entre los
pliegues del cielo. Descendió trazando una espiral de águila, midiendo con los
sensores de sus ojos mecánicos el alcance del incendio. Idiotas, pensó. En su
afán por destruir a dos derivantes habían cobrado indiscriminadamente vidas
inocentes, causando un caos que ahora las autoridades tendrían que ocultar. El
pánico hacia los derivantes era ya lo bastante intenso como para añadir ahora
la noticia de que la inseguridad de los Centinelas se había llevado por delante
a más de docena y media de seres humanos.
Takahashi
no ocultaba su desdén hacia la guardia de corps de los dioses. En su opinión,
la mayoría de las veces no eran sino patanes sin el más mínimo sentido del
honor, incapaces de vivir cumpliendo con las tradiciones y rituales de los
mercenarios como él mismo. Siendo un simple cazador de recompensas, tolerado
por la autoridad suprema de los dioses y repudiado a su vez por los propios
centinelas con quienes hasta cierto punto competía, Takahashi se sabía más
íntegro, más letal y más astuto que los hombres de la patrulla a quienes había
seguido a escondidas, los causantes de todo este desorden. Pero mientras los
Centinelas basaban su formación en drogas, anabolizantes y la fuerza
amplificada de sus exoesqueletos, él se nutría del férreo código del neoshinto.
¿Cómo iba a compararse la alta tecnología con la energía religiosa que surgía
de su cuerpo?
El
ronin se posó sobre las ruinas calcinadas del poblado mexicano. Se quitó el
casco, plegó bajo sus brazos las alas que le permitían planear. Era un hombre
alto, enjuto, la piel más clara que de ordinario, casi menos asiático que
albino. Efecto todo ello de incontables cruces sanguíneos y las secuelas de
alguna enfermedad, sin duda. En cualquier caso, acorazado y con medio centenar
de armas repartidas por todo el cuerpo, bastaba cruzarse con él para advertir
de inmediato que todo el arsenal que arrastraba consigo parecía innecesario. La
fuerza de una sola de sus manos era suficiente para matar a un par de hombres,
y se notaba. Pero a Takahashi no le interesaba el hombre como presa. ¿Por qué
tendría que molestarse? Era más interesante participar a su modo en la caza de
derivantes.
Los
sensores de su traje le informaron que no había rastros de material inflamable.
La quincalla tecnológica de los Centinelas, lo supo entonces, no había sido la
causante del incendio. Las palabras combustión espontánea se grabaron en su
banco de datos in-corporado. No era la primera vez que el samurai renegado
encontraba algo semejante. Los cadáveres habían ardido, arrasando consigo la
iglesia y parte del pobladito abandonado. Una circunstancia muy útil cuando
intentas cubrir tus huellas, en efecto.
Takahashi
reconstruyó la escena, grabando sus impresiones con ligeros movimientos
subvocálicos. Volvió a colocarse el casco y en realidad virtual la pantalla del
visor le fue ofreciendo una aproximación al estado original de las paredes y
los cadáveres, dibujando sobre los contornos apenas reconocibles las siluetas
de posibles situaciones alternativas.
Un
cuerpo tendido, boca abajo, calcinado y roto. La imagen se fijó en el detalle
de un trozo de tela chamuscado, trazó de inmediato una figura sobre los restos.
Una monja caída, alcanzada en la cabeza por una bala de plasma. El samurai sin
amo siguió andando. Sus sensores ópticos lo registraban todo para la
posteridad, almacenando los detalles para futuras revisiones. Otra forma
humana, boca arriba, con una capa de algo fundido sobre el rostro. Uno de los
Centinelas, sin duda. Sólo quedaba medio cuerpo, pero los pedazos de casco
indicaban claramente su identidad. En su cara faltaba una enorme porción, un
agujero que no era producto del hambre del incendio. El samurai fue avanzando
entre los restos, hurgando allá donde la reciente patrulla de centuriones lo
había hecho. Los bastardos ni siquiera se habían tomado la molestia de recoger
a sus muertos, quizás en un intento de no reconocer lo absoluto de su fracaso.
Takahashi hizo una mueca. El problema no era que hubieran demostrado, una vez
más, su incapacidad para contrarrestar a los derivantes en fuga, sino el hecho
de que en su enfrentamiento con ellos no hubieran tenido en cuenta que había
vidas inocentes en juego. Les faltaba temple, nervio. ¿O había ocurrido algo
que les llenó de pánico? Un error de tal magnitud era impensable, incluso para
sus enemigos.
Takahashi
fue sorteando escombros y cadáveres. La reconstrucción visual de su aparato
alternaba figuras calcinadas con formas completas. Varias monjas, un par de
feligreses a quienes había costado cara su asistencia a la misa oculta, los
restos de bancos y vidrieras, las estatuas volcadas de los santos. Un nuevo
Centinela, ensartado en la cruz de una estatua de mármol. Una mujer, según
advertía el mechón de pelo rubio entre las es-quirlas de su casco.
Una
nueva forma ennegrecida, picoteada por el fuego y las balas de plasma.
Takahashi no tuvo que recurrir al escáner para comprender que se trataba de una
de las derivantes a cuya caza se le habían adelantado: casi todas las demás
monjas caídas tenían esa pose sorpresiva que anuncia una huida llena de pánico,
un disparo en la espalda, el cuerpo desplomado sobre los brazos. Esta mujer
miraba al cielo, y además tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Hermosa
postura para una religiosa, pero Takahashi dudó que hubiera muerto precisamente
en esa posición. Alguien había manipulado el cadáver antes de iniciar el
incendio.
La
otra derivante también yacía boca arriba, con un agujero en el pecho. Los
Centinelas habían eliminado las dos amenazas que perseguían, al menos. A pesar
de lo chapucero de su acción, habían sido capaces de acabar con ambas
fugitivas. Los restos metálicos que había advertido indicaban que contaban con
armas de enorme potencial técnico. Habían ofrecido una buena resistencia,
entonces. Tanto mejor. Pero eso seguía sin explicar la causa del indiscriminado
asalto de los Centinelas. ¿Más drogas que las de costumbre en el rancho?
Takahashi
subió los peldaños que conducían al altar. Tras él encontró a otro centurión,
casi reducido a cenizas blancas, como si se hubiera quemado dos veces seguidas,
sin pausa. Su postura en la muerte, las manos engarriadas y las rodillas
juntas, indicaban que se había desmoronado después de haber estado a horcajadas
sobre alguien en el suelo. No había caído. Se había desplomado.
Tras
el altar no había nadie más. Takahashi comprendió que la reconstrucción visual
a partir de los restos sólo le dejaba una respuesta al causante del incendio,
al superviviente de la masacre.
El
sacerdote.
—¿Y
bien?
El
capitán, sintiéndose desnudo sin su armadura de combate, intentó tragar saliva.
No tuvo demasiado éxito. Los ojos acerados del coronel le impedían
concentrarse. No podía evitarlo. Todavía recordaba los años de entrenamiento
bajo las órdenes de ese mismo hombre que le interrogaba ahora, cuando no era
más que un duro sargento y él un joven recluta sin experiencia. Décadas de
combate y los huecos abiertos entre las filas habían hecho que ambos subieran
por méritos propios en el escalafón. Ajeno a las comodidades de su rango, el
coronel Nicholas Rage seguía siendo un perro de presa atento e inflexible, y
ante su presencia el capitán reaccionaba siempre con el temor de un chiquillo.
—A
pesar de las bajas la misión se cumplió, señor —dijo, la mirada clavada entre
los ojos de su supervisor.
El
coronel dio un puñetazo sobre la mesa. Se incorporó a medias. Por un momento,
bajo la luz artificial de la lámpara, pareció que todo su rostro estaba
ardiendo.
—¡No
era para menos, maldición! ¿Cuatro agentes y un montón de millones en equipo
técnico y me dice que la misión se cumplió? ¿Es que tiene ganas de volver a
barrer letrinas, Rogers?
—Mis
hombres localizaron a las dos derivantes. Entraron en combate y las
destruyeron, como estaba previsto.
—¿Estaba
previsto que destrozaran también una maldita iglesia, capitán? ¿Estaba previsto
que mataran a diecisiete personas inocentes? ¿Estaba previsto que fueran tan
inútiles para morir a su vez en una misión para la que llevan años
entrenándose?
—Las
derivantes poseían armas, señor.
—¡Y
ellos también, maldición! No es la primera vez que eso sucede, ni será la
última. ¿Tengo que recordarle las veces que hemos combatido juntos, Rogers?
El
capitán parpadeó una milésima de segundo, entreviendo el fuego cruzado, las
campañas contra derivantes huidos o las revueltas aplastadas de algún grupo de
humanos descontentos. Se estremeció.
—No,
señor.
—Entonces
quiero una explicación para esa masacre injustificada. Van a cortarme las
pelotas por esta metedura de pata, capitán. Pero antes me haré un llavero con
las suyas. Por la sangre de los Bunyan, Pete, ¿es que esos muchachos se
volvieron locos? ¿Eran unos jodidos novatos acaso?
—Era
su cuarta misión real, señor. No podemos decir que fueran completamente
inexpertos.
—Pero
algo los mató.
—Algo
los mató, sí. Tal vez lo mismo que les hizo perder el control de la situación y
asaltar la iglesia a la desesperada.
—¿De
qué está hablando?
—No
lo sé, coronel. Seguíamos en contacto por radio. Esa zona del desierto está
llena de recovecos donde poder ocultarse. Los indios navajos celebraban sus
kivas entre las paredes de roca de esos mismos desfiladeros. Hay tres o cuatro
antiguas ciudades precolombinas abandonadas. Los derivantes podían estar
escondidos en cualquiera de ellas.
—Tuvo
que dividir sus fuerzas, lo comprendo.
—El
coronel volvió a sentarse, aparentemente más calmado. Jugueteó con el puro
apagado que asomaba entre sus labios. Órdenes del médico: nada de tabaco. Era
difícil resistir la tentación, pero lo hacía. Nada merecía la pena si no
costaba un duro esfuerzo.
—Así
es, señor —respondió el capitán—. Repartimos el sector y nos mantuvimos en
contacto. Ellos tuvieron la desgracia de localizar el pueblecito y la iglesia.
—¿Y
qué les ocurrió, por todos los diablos?
—Tenemos
las grabaciones de la conversación. A lo que parece, sus sensores... sus
sensores se volvieron locos.
—Los
sensores no entraron a saco por esas vidrieras, capitán. Ni dispararon sus
armas. Ni mataron a un puñado de monjas inocentes.
—Pero
es lo que ocurrió, señor. La avanzadilla revoloteaba sobre la iglesia. Los
sensores indicaron que los derivantes que perseguíamos estaban allí. Entonces
el escáner se volvió loco y empezó a advertir que la presencia derivante en la
zona era... era inmensa, señor.
—Me
temo que no comprendo ese adjetivo, capitán.
—Parece
que la patrulla pensó que la iglesia era un escondite derivante, señor. Los
sensores reaccionaron como si todo el maldito lugar estuviera repleto de ellos.
—¿Un
error de funcionamiento?
—Es
posible. Pero nunca había sucedido antes. Nunca habíamos visto reunidos a más
de tres o cuatro derivantes, tampoco, aunque las lecturas indicaban lo
contrario. La situación era inaudita.
—Entonces
sus hombres entraron de esa manera porque pensaron que todo el convento
rebosaba de derivantes.
—Eso
parece. Por eso dispararon de forma tan indiscriminada. Resultó que sólo había
dos derivantes. Dos mujeres. Y ahora están muertas. Problema solucionado.
El
coronel Rage sacudió la cabeza, hizo ademán de querer soltar el cigarro.
—Se
equivoca, capitán. He visto las imágenes. He estudiado el informe de la
situación en cuanto llegó. No sé cómo ni por qué, pero todo parece indicar que
en efecto había más de un derivante en ese lugar.
—No
encontramos a nadie en cien kilómetros a la redonda, coronel, excepto a ese
cazador de recompensas, Takahashi. No nos pareció importante en ese momento y
le dejamos escudriñar entre los despojos.
—¿Otra
vez ese loco? Si se convierte en una molestia, no dude en abrir fuego contra
él. Maldito carroñero, algún día tendremos que olvidarnos de su estatuto legal
y pararle los pies. Pero el hecho de que no se encontrara a nadie más en la
zonanos dice que el derivante que buscamos es impredecible: lo mismo registra
de forma desorbitada su presencia en los trazadores como desaparece sin ser
visto. Porque no me cabe duda de que la actividad desbordada de los sensores
fue por obra suya.
—Eso
mismo he pensado yo, señor.
—En
cuanto a esas presuntas monjas... ¿alguna noticia de ellas?
—Me
temo que ninguna, coronel. Esa orden religiosa apenas está registrada. ¿Qué
falta hacía si apenas llegaban a dos docenas de lunáticas apartadas del mundo
que no molestaban a nadie? Tal vez las derivantes llevaran años escondidas en
esa ciudad, o quizá tan sólo días. Ya es imposible saberlo.
—¿Alguna
idea de su identidad?
—Ninguna.
No creo que el estudio de su ADN nos dé mayores identificaciones. No lo da
nunca.
—¿Y
de sus armas?
—Prototipos,
señor. Material sin catalogar. Terriblemente preciso, y muy moderno. Debió de
costar una fortuna, pero lo valía: abatieron al menos a tres de nuestros
hombres con ellas.
—Un
brazalete sin identificar capaz de repeler a un Centinela... No me gustan las
implicaciones de toda esta historia, Pete.
—A
mí tampoco, señor.
—Eso
sólo puede significar una cosa.
—Sólo
una, mi coronel. Sólo una. En algún lugar del mundo los derivantes se están
organizando.
Jean-Claude
Hubinon consideraba que, si existía algo parecido a la felicidad en este mundo,
él había conseguido arañarla con la punta de los dedos. Tenía todos los motivos
imaginables para considerarse satisfecho: acababa de cumplir cuarenta años, se
conservaba en una forma física inmejorable, al menos para tratarse de un simple
ser humano, y su trabajo le situaba muy por encima del desencanto y el hastío
que parecían norma gene-ralizada en todos los hombres y mujeres de su
generación. Era un triunfador nato, lo había sabido siempre, y toda una vida de
obstinada dedicación le ofrecía ahora sus frutos: varias villas situadas en los
lugares más paradisíacos del mundo (algunas de ellas comparables a las
mansiones del anillo edén, según la afortunada expresión del mismo Richard
Kent), una docena de coches deportivos, ingresos fabulosos, la posibilidad de
entrar en contacto directo con los propios dioses. Gozaba de todo aquello con
la indolencia de un aristócrata de antaño, justo precio a sus esfuerzos por estar
siempre a la altura de lo que demandaban de él sus superiores. El cargo de
cónsul parecía creado a su medida.
Sólo
había un pequeño problema: era un príncipe entre los hombres, pero delante de
un dios no podía evitar sentirse como un leproso.
La
alta figura de Alexis Maximoff le sonrió desde el otro lado de la mesa. Los
hombros de Hubinon se encorvaron de inmediato, adoptando una pose servil
adquirida después de décadas de práctica. Dudaba que el superhombre advirtiera
siquiera el pestañeo nervioso que le asaltaba. Maximoff jugueteaba con su
bastón de plata, más atento a los reflejos que arrancaba de la luz que a la
turbación del cónsul.
Era
uno de los dioses jóvenes, tan hermoso y a la vez tan irrepetible como
cualquiera de sus hermanos. Hubinon sabía que no podía tener más de treinta
años, pero su aspecto le hacía parecer otros diez más joven. Dentro de medio
siglo, cuando Hubinon ya no estuviera en el mundo de los vivos, Alexis Maximoff
seguiría gozando de aquel mismo aspecto.
El
perfil de Maximoff parecía cincelado por Fidias. Eslavo, rubio, de frente
despejada y labios finos, el dios sólo tenía un defecto: uno de sus ojos era
implantado. La simulación podría haber sido perfecta, y la visión de que ahora
gozaba era sin duda superior a la del orbe original, pero Alexis Maximoff, por
algún motivo extraño, había querido que su marca se notase. De este modo, uno
de sus ojos era color verde trigo y el otro tenía un desconcertante tono
metálico. Con la luz rebotada de los generadores del techo, el pelo dorado
cayendo sobre sus hombros, la prótesis ocular brillaba como un diamante, el
reflejo de un cíclope de dibujos animados.
—Nos
han llegado noticias... alarmantes, Jean-Claude —dijo el joven dios, con una
voz que era música pura—. ¿Puede saberse qué está pasando? Hace dos días, una
derivante infiltrada entre los Centinelas se volatiliza cuando intenta asesinar
a una periodista que la ha descubierto. Hoy, cuatro agentes de la ley y el
orden la emprenden a tiros y se cargan indiscriminadamente a un convento
entero. ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? Jonathan está que echa chispas,
Jean-Claude. Y no creo que hable en sentido figurado.
—¿Jonathan
lo sabe?
—Jonathan
lo sabe todo, querido Jean-Claude. Tiene más estrategias simultáneas de las que
tú y yo seríamos capaces de elaborar en dos siglos... suponiendo que pudieras
acompañarme tanto tiempo, claro. Está enterado de todo, y aunque no nos
comunica cuáles son sus estados de ánimo, te aseguro que el numerito de esta
tarde le ha parecido un poco... excesivo.
—He
hablado con el coronel Rage, Alexis. He hablado con el líder de la patrulla. No
parece que se tratara de un error.
—¿Un
puñado de monjitas menos en el mundo y no lo consideras un error? Ah,
Jean-Claude, me escandalizas. El que esas pobres desgraciadas se aferraran
todavía a una religión obsoleta no implica que su rápido ascenso a los cielos
pueda considerarse un favor agradable. Podrían habernos pedido sitio en el
anillo edén, ¿no te parece? Es más rápido que el martirio, y menos
sanguinoliento.
Hubinon
sonrió de mala gana, azorado por los intentos de sarcasmo del hermoso
superhombre. Tenía la impresión de que no era capaz de advertir la mitad de los
matices que el dios imprimía a sus palabras. Le sucedía siempre.
—Pero
no he venido a leerte la cartilla, viejo amigo. Personalmente, me importan bien
poco las monjitas y su mal gusto a la hora de lacerarse. Adorar a un
crucificado, qué barbaridad. ¿No es más sensato dirigirse a lo palpable? ¿Para
qué estamos nosotros acaso? Sin duda yo habría sabido hacerlas entrar en
arrebatos místicos más intensos que lo que habrían podido obtener con sus
correas y sus silicios. Recuérdame que lo comente la próxima vez que aparezca
en televisión.
Hubinon
asintió. Sabía que el dios era capaz de aquello y mucho más. Anunciarse al
mundo como semental. La idea era tan salvaje que le extrañaba que Maximoff no
la hubiera llevado a la práctica antes.
A
fin de cuentas, la moral humana no regía para los caprichos de los dioses.
—Hay
algo curioso en esa historia del convento, Jean-Claude. Dmitri y yo lo
estábamos comentando hace un rato y he decidido venir a hacerte una visita.
Hace días que tenía ganas de charlar contigo. Esas dos derivantes disfrazadas
de monjas...
—No
sabemos si se trataba de un disfraz o no, Alexis. Es posible que fueran monjas
auténticas.
—¿Y
los cañones que llevaban en los muslos son la nueva versión del catecismo? No
digas tonterías, Jean-Claude. Esas dos furcias tenían de monja lo que yo de
cardenal. Pero lo que me interesa es lo sucedido. Los detectores empezaron a
echar humo, ¿no?
—Parece
que anunciaron una presencia derivante un centenar de veces superior a la que
en realidad había —reconoció Hubinon. Hasta ahora, el dios no hacía más que
repetirle los datos que ambos conocían. Ignoraba adonde quería llegar.
—Y
tras la gloriosa actuación de los Centinelas, no quedó literalmente piedra
sobre piedra. Sólo dos trozos de carbonilla que antes fueron dos locas
derivantes.
—Eso
dicen los informes, Alexis, en efecto.
—Verás,
mi buen Jean-Claude. Sé que ahora mismo Luther y Jonathan están dándole vueltas
a la cabeza. Esas armas y el barullo que han formado entre los Centinelas
seguro que tienen bien preocupados a nuestros queridos proceres. No veo de qué
se extrañan. Si se les persigue de esa forma, es normal que los derivantes
acaben hartos de hacer de blanco a los Centinelas y su aburrimiento. Yo también
me habría buscado un cazamoscas para repelerlos. Jonathan y los demás se niegan
a reconocer que el mundo se mueve. Allá ellos.
La
sola idea de criticar abiertamente al jefe de la Casa más destacada de los
dioses hizo que Hubinon se estremeciera. No sabía hasta qué punto Alexis
Maximoff pretendía tentarlo.
—Es
lógico que Jonathan se preocupe por todos nosotros —murmuró entre dientes,
asegurándose de que sus palabras quedaban grabadas adecuadamente en sus
registros.
—Es
su función, desde luego. Pero a mí me interesa otra cosa.
—Si
está en mi mano solucionar cualquier problema que tengas...
—No,
no creo, Jean-Claude. Ya me encargaré yo mismo de solucionarlo en cuanto tenga
ocasión.
—¿Entonces?
—Parece
que hubo al menos un superviviente a la destrucción de la iglesia, ¿no?
—Entre
los restos no apareció el cadáver del sacerdote que oficiaba la misa. Es
posible que escapara, o que se lo llevaran a la fuerza otras personas, todavía
no lo sabemos. En cualquier caso, las patrullas de Centinelas barrieron un
radio de cien kilómetros a la redonda sin encontrarlo.
—¿Un
sacerdote? ¡Qué apropiado! —la expresión del metahumano se nubló un segundo,
una sombra fugaz, desconocida. Sonrió con una malicia que no era fingida—. Pues
bien, Jean-Claude, quiero que busques a ese hombre. Quiero que pongas a los
mejores Centinelas en su pista. Y cuando lo localices, llámame. Si es quien yo
pienso, tengo que resolver con él un pequeño asunto privado.
El
ojo de metal brilló con más fuerza, como con vida propia. Jean-Claude Hubinon
tomó nota y deseó un vaso de whisky bien cargado.
Jonathan
Bunyan terminó de colocarse el aturdidor subvocálico sobre la garganta.
Comprobó que todo el equipo funcionaba con la perfección acostumbrada y avanzó
hacia la sala de combate. Al instante, las paredes de metal se cerraron con un
tañido, y las luces se apagaron, sumergiéndolo en un incómodo vacío negro. La
secuencia del ordenador había escogido una rutina nocturna. Tanto mejor. Bunyan
esperó apenas un instante entre latidos y saltó a ciegas hacia la oscuridad que
le esperaba emboscada. Una línea dorada barrió el aire en el lugar donde el
superhombre se encontraba un segundo antes.
Esquivó
un haz de luz azul que tenía por objetivo inmovilizarle, y disparó un puñetazo
demoledor contra la primera de las mortíferas máquinas cuya forma pudo intuir
en aquel océano sin substancia. Los fragmentos de metal se clavaron por todo su
cuerpo acorazado, como cristalillos desprendidos en una reacción de
laboratorio. Jonathan Bunyan se protegió el rostro enmascarado y lanzó a su vez
una andanada de estrellas que quedaron ahogadas contra el negro telón que le
cubría.
Silencio.
La secuencia de programación debía de estar sorteando nuevas alternativas,
consciente de que se enfrentaba a su mismo creador. Bunyan se arrancó de la
máscara un trozo de metal, lo hizo añicos entre sus dedos. Se cortó el índice
con un pedazo al hacerlo, pero la sangre se coaguló y la herida desapareció
antes de que su cerebro tuviera tiempo de registrar el picotazo de dolor
insignificante.
Una
explosión atronadora, una sacudida hacia delante, dos proyectiles que le
rastreaban en la oscuridad. Bunyan decidió esperar a pie firme la embestida de
las máquinas. Esquivó un golpe, descargó un nuevo puñetazo, rodó para evitar
una lanzada que trató en vano de clavarse en sus riñones. El tableteo de una
docena de pelotas cargadas de electricidad se repitió en las seis paredes del
cubículo, aumentando de velocidad y potencia con cada rebote.
Bunyan
alzó un escudo deflector en su muñeca. La primera bola chisporroteó en un
estallido malva. Bunyan acusó el impacto y tuvo que retroceder un paso para
afianzarse. Dos golpes más, un nuevo retroceso. Saltó y detuvo en el aire otras
tres balas. Previsible. Todo era siempre muy previsible. De un momento a otro
llegaría la traca final.
Consultó
el indicador temporal del interior de su visor. Ocho minutos escasos. La sala
de combate, por mucho que intentara simular una acción verdadera, no ofrecía la
emoción de la caza que ansiaba cada vez más, como si toda su mente estuviera
siendo roída por un veneno.
Un
cable articulado se enroscó en sus piernas, con la tenacidad de un pulpo
metálico. Otro le inmovilizó los brazos, y un tercero trazó un lazo en su
garganta. La tensión estuvo a punto de asfixiarle. Bunyan quedó suspendido en
el aire, como una bestia en el matadero. Por un segundo, estuvo a punto de
sentir algo parecido al miedo. Dos proyectiles le buscaron el cuerpo acorazado,
marcando de estelas amarillas el sudario negro. Consiguió soltarse la pierna,
pero los brazos y la garganta continuaban inmovilizados. Con un controlado
movimiento de retina, conectó el aturdidor subvocálico. Susurró una sílaba, una
palabra en clave, como el nombre de una amante murmurado en sueños. El
aturdidor localizó el sonido imperceptible, lo tradujo, amplificó a una realidad
palpable su potencia destructora. Los brazos metálicos saltaron hechos pedazos,
los proyectiles estallaron en el aire, como fuegos artificiales indefensos,
hasta el propio traje de combate que le cubría quedó hecho jirones, fragmentos
de metal y cuero derretidos sobre su cuerpo de hombre perfecto.
Bunyan
cayó de rodillas, anulada ya la tenaza que lo mantenía en el aire. El aturdidor
había amplificado demasiado su sonido, destruyendo además la secuencia de
combate prevista. De algún modo, había malinterpretado su ansiedad,
multiplicando su potencia como si se enfrentara a una amenaza real.
Molesto
consigo mismo, el metahumano se puso en pie. Se desprendió el aturdidor de la
garganta, y comprobó que estaba quemado: su propia intensidad lo había
destruido. Terminado el ejercicio, se volvió hacia la puerta.
Una
explosión de dolor le dobló por la mitad. La oscuridad que le rodeaba se pintó
de violeta, sus piernas temblaron y cayó de nuevo de rodillas. El ataque le
había cogido por sorpresa, adelantándose muchos meses a lo previsto, a lo
temido. Una gota de sangre escapó de los párpados del dios viviente, una
lágrima que se marcó en su rostro como una pintura de guerra.
Tiritó.
El dolor era más fuerte que nunca, tan insoportable y desacostumbrado como
siempre. Sus dedos engarfiados se estremecían sin control. Bunyan contó los
segundos de agonía, quince, cuarenta, ciento veintidós, esperando, controlando
en vano el dolor que le devoraba.
Y
entonces pasó. Bunyan abrió los ojos y contempló la oscuridad. Se puso en pie
de un salto, con la energía de costumbre, como si lo sucedido no hubiera sido
más que una alucinación, una pesadilla. Sano y salvo otra vez, hermoso y
perfecto, más allá del dolor y el deterioro. Su cuerpo había soportado la
crisis, había anulado el ataque una vez más.
Por
el momento.
Decían
que el mundo estaba compuesto de altos edificios de metal y vidrio que se
alzaban como espadas hasta el cielo. Si así era, Shai'r no lo había visto más
que en sueños, bajo el arrullo de alguna leyenda recitada al calor de las
hogueras o en las ilustraciones que ofrecían en sus cristales los pocos
turistas que llegaban desde los confines de la tierra para fotografiarlos.
Columnas de acero entre las nubes, espirales de plata y oro donde vivían
hombres que rozaban lo perfecto, libres del acoso de plagas y hambre. Y más
allá, según decían, cerca del sol, las moradas de los mismos dioses.
Shai'r
se estremeció y continuó la ascención al monte sagrado. Si los dioses en efecto
vivían en el anillo del cielo, allá tendría que acercarse, cuanto pudiera.
Había de devolverles lo que era más suyo que propio.
Shai'r
apretó contra su cuerpo el fardo que contenía a la pequeña dormida. La ternura,
como siempre, se mezcló con la inevitable sensación de miedo, un hormigueo
eléctrico que notaba más en el cerebro que en la piel.
La
niña se acurrucaba junto a su pecho, ajena al viento que la azotaba en el
rostro, a la dificultosa subida por la pared casi cortada a pico. Shai'r se
secó el sudor de la frente, se detuvo en un recodo.
La
niña se movió en sueños, con las manitas cerradas a la altura de la boca. Tal
vez tuviera hambre, pero ella, su madre, ya no tenía nada que ofrecerle. Apenas
dos semanas desde su nacimiento y el apetito voraz de la criatura la había
secado. Por eso subía la montaña de los dioses. Era hora de que la pequeña
volviera con su padre.
Al
pensar en él, Shai'r contuvo un gemido, una nueva mezcla de ansiedad y de
temor. Los labios le temblaron, incontrolados, recordando el placer de aquel
encuentro único, los estertores de algo que ni siquiera había podido imaginar a
sus quince años escasos, un umbral de placer que sabía, de algún modo, único e
irrepetible.
El
dios bajó de los cielos y la miró fijamente a los ojos. Transfigurada,
recordando leyendas o intuyendo futuros, Shai'r se quedó inmóvil, petrificada,
sin poder ver más allá de las dos pupilas azules que la atraían como un imán al
metal, sintiéndose indefensa, inútil y acosada, una mariposa sobre el puño de
un gigante.
El
dios era alto, rubio, de piel dorada como el mismo sol al que ahora pretendía
llegar. Sus cabellos ondeaban al viento, igual que las llamas de la hoguera
tribal durante una visión colectiva. Shai'r jamás había admirado ropas como las
que el dios vestía, un tejido que ante el roce involuntario de sus dedos
canturreó como un pájaro, un pétalo de rosa vuelto prenda de vestir, música
hecha cuerpo.
El
dios ni siquiera le habló. No se tomó esa molestia. Dio un paso adelante y la
cogió por la barbilla. Se alzaba ante ella como un león de la sabana, dominando
su presente y su futuro. Si hubiera tenido alas no habría parecido más
imponente.
Cuando
la acarició, Shai'r sintió que dejaba de pertenecer al mundo, para siempre.
No
había vuelto a verlo. Pero ella estaba segura de poder reconocerlo si alguna
vez, en aquellos curiosos cristales que traían los turistas, asomaba su rostro
perfecto, incluso entre una multitud de otros dioses de aspecto inmaculado. El
dios regresó a los cielos cuando hubo consumido su cuerpo virgen y Shai'r
habría pensado que todo aquello no había sido más que un sueño si la semilla
del superhombre no se hubiera clavado en sus entrañas.
La
niña que ahora protegía entre sus brazos era su legado, carne de su carne, la
heredera de su estirpe.
Con
dieciséis años recién cumplidos, Shai'r se sabía inferior a su carga. Una hija
de los dioses no podía sobrevivir con ella y su pueblo. ¿Pues qué otra cosa era
Shai'r sino una débil humana? Aún menos que eso. Una salvaje. Un producto
arrinconado por el avance de los hombres que vivían en las arcologías del mundo
superior, en sus casas de metal y plástico. Un desecho.
No,
la hija de un dios no podía vivir con su tribu. No sería digno. La pequeña
debía regresar con su padre.
Culminó
la ascensión cuando el sol se perdía ya entre los dientes de sierra de otras
montañas más bajas. Hacía frío en este lugar. Curiosamente, estar más cerca del
sol no contagiaba para nada su resplandor. Sus pies se hundieron en la nieve,
sus dientes castañetearon.
La
niña despertó, quizá sacudida por el mismo frío que convertía la piel de su
madre en un negro témpano de hielo. Shai'r la abrazó, hasta prestarle parte del
calor que perdía por momentos. La envolvió en las pieles que llevaba, entonó
una plegaria hacia el sol que moría.
Dio
de mamar a la pequeña por última vez y la besó en la frente. Luego, bajó
lentamente la montaña sagrada. No debía entristecerse por el destino de su
hija. Sabía que los dioses vendrían a recogerla.
Sólo
quedaban ruinas. La casita, según reconstruía su escáner de bolsillo, llegó a
ser acogedora, incluso hermosa. Ahora, el rastro de la explosión la había
convertido en una mancha negra sobre el suelo, un rastro de vigas y paredes
teñidas de ese polvo oscuro que demuestra el poder de la muerte sobre la vida.
Murdock Fisk desconectó el aparato de reconocimiento. Ya sabía de antemano que
no iba a conseguir ninguna reconstrucción positiva, nada que fuese distinto a
las imágenes que había visto repetidas una y mil veces en los noticiarios. Aquí
mismo, tras la seguridad de unos muros que al final no sirvieron para nada,
Andrea Vanderbilt había volado hecha pedazos por la determinación de una mujer
pequeña y débil, incomparable a su fuerza, una periodista a quien él ni
siquiera conocía.
Ésa
era la versión oficial. Eso era lo aceptado. Las ruinas de la casa así lo
atestiguaban. Un centenar de testigos se habían despertado en la medianoche,
mientras él yacía malherido en otro sector de Megaciudad, cuando la explosión
borró del mapa la casita recubierta de explosivos.
Andrea
había llegado hasta allí, herida y humillada, con el único afán de matar a la
periodista que, al parecer, la había descubierto días o semanas antes. Hasta
cierto punto, Fisk podía comprender esa acción desesperada. Andrea había
resultado ser una derivante, y éstos se caracterizaban por sus instintos
homicidas y su débil estabilidad psíquica. Fisk los conocía bien. Se ganaba la
vida eliminándolos. Como sin demasiados escrúpulos había hecho la propia Andrea
antes de ser descubierta.
Sin
embargo, la periodista había sido más lista que ella, más lista que él mismo.
Estaba preparada para una contingencia semejante, al parecer, y no dudó en
autoinmmolarse y volar su propia casa para repeler el desesperado ataque.
Ésa
era la versión aceptada. Pero él no acababa de tragárselo. No tenía nada que
pudiera contrarrestar la explicación oficial. Caso cerrado. Un nuevo puñado de
archivos al ordenador central de los Centinelas. Andrea M. Vanderbilt y Davinia
Cross, su última víctima. Punto y final, adiós, corte de página, borrón y
cuenta nueva.
Pero
él seguía aborreciendo, odiando a Andrea, anhelando un nuevo encuentro de
placer absoluto como el de aquella noche en que todo terminó entre ellos justo
cuando parecía estar comenzando.
La
odiaba y al mismo tiempo la deseaba, con tanta fuerza como si estuviera todavía
viva.
No
se odia a un cadáver, decidió. No merece la pena.
En
su interior, Murdock Fisk había decidido que, de algún modo inexplicable, por
algún medio que tendría que desentrañar tarde o temprano, Andrea Vanderbilt
seguía con vida.
Dejó
atrás el desierto y se internó en la ciudad. Los neones brillaban en toda la
gama del arco iris, nivel tras nivel, como una escalera cuyos peldaños
condujeran al cielo, invitando a sus paraísos falsos a todos aquellos capaces
de sacrificar su tiempo y pagar el precio de la entrada. Una oleada de pesar se
apoderó de él. Jugueteó por un momento con el alzacuellos que guardaba en el
bolsillo de su pelliza. No, no era oportuno volver a usar esa identidad.
Demasiado pronto, todavía. Alguien podía haber deducido que el cadáver del
sacerdote no se encontraba entre los muertos de la iglesia perdida.
Jason
Prince estaba seguro de que los dioses ni siquiera se acordaban ya de su
rostro. Era posible que ni su propia madre lo recordara más que como una
presencia vaga, un apestado entre los muros del anillo edén. Pero sin duda más
de uno de aquellos hermosos metahumanos no dudaría en saltar a su encuentro si
pudiera localizar su presencia.
Era
su destino. Casi lo había aceptado como algo inevitable.
Un
mesías de la nada, un salvador de nadie, un apóstol del vacío. Eso era. En eso
lo habían convertido, primero con su desprecio, luego con su odio, después con
su saña.
Jason
Prince recordaba al detalle todos y cada, uno de los momentos de su vida entre
los dioses. Cada instante estaba almacenado en un fichero en su memoria, listo
para hacer acto de presencia cuando quisiera. Por suerte para su cordura, no
quería recordar muy a menudo. Dolía.
A
veces, además, recordaba más allá de sí mismo, vidas ajenas que saboreaba como
vidas propias. Durante muchos años no supo si estaba loco o no. Había leído
sobre casos de personalidad múltiple, esquizofrenias desbocadas que habitaban
un cerebro, una persona.
Un
solo doctor Jekyll para medio centenar de mister Hydes, los disfraces de un
actor de teatro que de pronto cobraran vida y se asentaran sobre un frágil
cuerpo que no podía ofrecer resistencia.
Eso
creyó durante muchos años. Los pensamientos que le asaltaban, las ideas robadas
que de pronto parecían ocurrencias propias, incluso los cambios de voz que
lastimaban sus cuerdas vocales y le hacían sangrar por la garganta tenían una
sencilla explicación científica.
Estoy
loco, llegó a pensar. No sólo soy distinto a ellos en mi condicionamiento
físico. Mi mente no ha podido soportar la tensión y se ha roto en mil pedazos,
como un cable que se deshilacha.
Casi
llegó a contentarse con aquella explicación. Personalidad múltiple. Pensamiento
fragmentado, dividido. Ojalá. En un mestizo como él, en un ser único como sin
duda era, aquello habría sido lo más deseable.
La
primera vez que estigmatizó, Jason Prince supo que había más, mucho más que
eso. No tenía personalidad múltiple. Tal vez se tratara de todo lo contrarío.
Tal vez no tenía personalidad ninguna.
Jason
Prince recordaba vidas ajenas como si las hubiera vivido en persona.
Memoria
de especie, quizás. O algo más terrible.
En
la marea revuelta de su ADN único, las voces de sus antepasados luchaban por
salir a flote, apartándole como a una alga con cada brazada.
No
tenía personalidad múltiple, ni mucho menos.
Tal
vez, simplemente, Jason Prince ni siquiera existía.
Cinco
días más tarde quiso cerciorarse de que había obrado con corrección. Si los
dioses no habían bajado a por ella, su niña debería ser enterrada en el suelo
de sus ancestros. No era digno que su cadáver se pudriera en la montaña como el
de un animal. No lo permitiría.
Shai'r
salió del poblado cuando todavía no había asomado el amanecer, para poder
llegar a la cima antes de que oscureciera. Esta vez la subida le resultó más
sencilla. No había llegado a advertir que el cuerpecillo indefenso de la
pequeña pudiera dificultarle de tal forma la ascensión.
Los
dioses habrían venido a recoger a quien sin duda era una de los suyos. Shai'r
estaba segura. La manta sobre la nieve sería el único recuerdo que encontraría,
la única prenda que quedaría para recordarle a la pequeña con la que había
compartido, y de qué forma, casi diez meses de su vida.
Llegó
a la cima exhausta, con el corazón marcándose ansiosamente en todas sus venas.
Buscó en derredor. La escarcha lo cubría todo, como una ceniza fría. El viento
agitaba la manta raída, pero el peso del hielo sobre el tejido se hacía tan
grande que no era capaz de levantarla. Shai'r se hincó de rodillas, y lloró.
Los
copos de nieve caían sobre la pequeña muy despacio, casi con complacencia. La
niña desnuda los veía fundirse sobre su piel sonrosada y trataba de cogerlos
con ambas manos. Sonreía.
—En
un agujero del suelo vivía un hobbit —masculló entre dientes Andrea Vanderbilt.
—No
te quejes, Virgen María —replicó Davinia Cross—. Sé que no huele precisamente
bien, pero si no te gusta este sitio, recuerda que ahora podrías estar en otro
agujero un poco más estrecho.
—Y
tú también, Cross. No lo olvides.
—No
lo olvido.
Las
dos mujeres avanzaban, como hacía días, por un mundo oscuro y húmedo, taladrado
a fuerza de siglos en los niveles más profundos de Megaciudad. De vez en cuando
el ambiente se volvía sofocante, insoportable, y tenían que compartir una
provisión de oxígeno entre ambas, doble de tiempo para Dave Cross por cada
inhalación de Andrea Vanderbilt. La ex periodista sospechaba que, pese a la
opresión del lugar, su compañera derivante podría sobrevivir sin respirar
muchísimo más tiempo.
Las
alcantarillas componían un mundo al margen del mundo, los restos de una
civilización perdida de túneles y canales donde sólo de vez en cuando llegaban
a advertir la mirada roja de una rata furtiva. A varios centenares de metros
bajo la superficie, las alcantarillas ofrecían un escondite y una seguridad
que, como todo, se les antojaba relativa. Dave Cross no estaba completamente
convencida de que todas las ratas que habitaban aquellos recovecos fueran a
escapar atemorizadas ante su presencia.
Estaban
agotadas. Incluso Andrea Vanderbilt, trastornada tras los rápidos sucesos de
los días pasados, parecía descentrada, casi exhausta. Como venía ocurriendo
desde que la recibiera en su casa, ofreciendo una sonrisa a cambio de sus
amenazas de muerte, era Dave Cross quien se había hecho con las riendas de la
situación, convertida en guía por entre aquel extraño laberinto de moho y agua.
—¿Llegaremos
alguna vez a alguna parte? —se quejó Andrea. El fango le llegaba hasta las
rodillas y su peso hacía dificultoso su avance. Las botas que calzaba emitían
un desagradable sonido de succión que se repetía como una carcajada obscena por
todos los rincones de la cloaca.
Dave
Cross se detuvo y se apoyó en una pared. Resbaló hasta colocarse en cuclillas,
cuidando de no hundirse en el agua pestilente.
—Eso
espero —confesó—. Empiezo a sospechar que me he perdido.
Andrea
torció el gesto. Miró en derredor.
—¿Has
estado antes aquí?
—No
exactamente. Me trajeron.
—¿Tan
importante era el reportaje, Cross?
—No
tanto como lo que ahora buscamos ambas, Virgen María. Además, ¿por qué crees
que una mujer como yo sólo es capaz de internarse en estos niveles para
conseguir un reportaje?
—No
te veo tan desesperada a la hora de buscar hombres.
—¿Quién
los necesita? Sólo acarrean problemas. Recuerda a tu amado como-se-llame.
Andrea
Vanderbilt hizo una nueva mueca.
—Fisk.
Murdock Fisk. Espero no haberle matado.
—¿Eso
esperas? —Dave sacudió la cabeza, mojada de sudor y agua estancada—. Estás
loca, amiga. Tendrías que desear con todas tus fuerzas haberlo quitado de
enmedio.
—¿Eres
una feminista radical, Cross?
—Soy
una realista racional, Vanderbilt. O no conozco a los hombres o ése intentará
vengar su honor y su derrota.
—Olvidas
que para el mundo exterior estamos muertas. Es tu plan, ¿recuerdas?
—Mi
plan tiene medio centenar de defectos que no resistirían un análisis a
conciencia —reconoció la humana—. Ni tu cabeza ni la mía andan colgando de una
pica.
—¿Crees
entonces que no se lo tragarán? Lo de nuestras muertes, quiero decir.
—No
sería yo quien asomara la nariz por las buenas para averiguarlo.
—Entonces
todo esto no es más que un palo de ciego. —Andrea parecía entristecida, casi
decepcionada.
—Bienvenida
al mundo real, camarada. ¿No es así como avanza la humanidad? ¿Con experimentos
de prueba y error?
—Creía
que la humanidad no avanzaba desde hacía años —replicó la hermosa derivante—. Y
no me gusta que llames a esto experimento.
—Es
verdad. No lo es. Ni siquiera sabemos qué estamos buscando.
—¿Qué
te parece si antes nos dedicáramos a encontrar una salida?
Dave
Cross se encogió de hombros.
—Como
quieras, Virgen María. Pero primero tenemos que seguir internándonos en este
laberinto negro. No me gustaría asomar la cabeza allá arriba para que uno de
tus ex camaradas me la volara de un disparo. Le tengo cierto aprecio, ¿sabes?
—No
lo parece. A fin de cuentas, has dejado detrás...
—Poco
o nada —cortó Dave; reemprendió la marcha—. Un trabajo y una estabilidad. Puro
aburrimiento. Además, ibas a matarme, ¿no?
Andrea
se frotó la cara con una mano sucia. La siguió.
—Eso
pensaba. La verdad es que no habría tenido demasiado sentido hacerlo. Tu muerte
no me habría solucionado nada.
—Muchas
gracias.
—No,
es la verdad. —En la voz de Andrea había una serenidad nueva, una reflexión que
sonaba extraña—. Un cuello roto, una garganta reventada, ¿y qué se hubiera
perdido?
—Mi
vida, ¿te parece poco?
—Y
la mía detrás, sin duda. Ellos se habrían salido con la suya.
—¿Ellos?
—Dave alzó una ceja.
—Los
dioses. —Andrea murmuró las dos palabras con una mezcla de reverencia y
desprecio—. Están jugando conmigo. Con nosotras.
Dave
volvió la cabeza y le buscó el rostro en la oscuridad. Apenas pudo
distinguirlo, el apunte de un carboncillo arrugado y roto, nada que indicara la
fría belleza de su propietaria.
—Ahora
sí que no te entiendo.
—Antes
de que Murdock me...
—Descubriera.
—Antes
de que Murdock me hiciera el amor y me descubriera —corrigió la ex Centinela,
deseando que la otra mujer no le refregara por las narices su situación cada
vez que se presentaba la ocasión—, tuvimos un enfrentamiento con un derivante
enloquecido en el centro del Vaticano.
—Lo
sé. Lo he leído en los vidiarios. La reconstrucción dramática al menos.
—No
la he visto.
—Tampoco
era gran cosa. Un montón de cascotes volando y un derivante que se enfrentaba a
una patrulla de sabuesos. Lo de siempre. Mató a un par de ellos hasta que lo
acribillaron.
—¿Eso
mostraron al mundo?
—¿No
fue así?
Andrea
Vanderbilt sacudió la cabeza. Escupió.
—Sólo
Murdock y yo sobrevivimos. Aplastó al resto de la patrulla como si fueran
mosquitos.
—Pero
acabó como todos, sin respuesta a nuestras preguntas, claro.
—Te
equivocas, Cross. Nos derrotó a ambos y se marchó con la misma velocidad con
que había aparecido.
—O
sea que Murdock y tú estabais celebrando el reencuentro con la vida cuando...
—Más
o menos —sonrió Andrea, los ojos entrecerrados—. Tengo mis motivos para creer
que aquel tipo no era un derivante común y corriente.
—Si
pudo vencerte, no debía de serlo. ¿Tenía también el pececito de marras tatuado
en alguna parte?
—No
me dio tiempo a verlo, Cross. Me cogió por el cuello, murmuró una palabra que
me dejó inmovilizada contra mi voluntad y me tuvo a su merced durante unos
minutos que me parecieron años. Me sentí como una ameba en un microscopio.
—¿Y
después?
—Ya
te lo he dicho. Se marchó y nos dejó allí tirados. No le importábamos para
nada. No fuimos para él más que un puro divertimento.
—Comprendo.
Y todo eso te lleva a una conclusión.
—Eres
lista, Cross. ¿Lo sabías?
—Lo
imaginaba.
—La
conclusión a la que llegué es simple.
—Soy
toda oídos.
—La
patrulla no se enfrentó con un derivante.
—Ya.
—Debió
de ser un dios. Un dios que bajó a buscarme.
Bianca
siempre se había considerado independiente, una princesa entre los dioses, una
mujer capaz de hacer en todo momento su propio capricho. A fin de cuentas, no
tenía que responder a nadie de cuanto se le antojaba. No existían restricciones
morales para los metahumanos. Era imposible ajustar un cánon que salvaguardara
unos modos y costumbres que su superioridad absoluta despojaba de todo sentido
colectivo. A su manera, los dioses no eran una casta, ni una especie, sino un
conjunto disperso de individualidades.
Bianca,
educada como sus hermanos en el anillo edén, había hecho siempre su voluntad.
Amaba y mataba con la misma pasión, o al menos había matado en otros tiempos
anteriores, cuando la chispa de la existencia no parecía algo tan débil, cuando
imaginaba que el mundo era un territorio de caza desplegado ante sus instintos
de diosa de la guerra. Luego, de modo imperceptible, los años habían ido
ablandando su carácter. Desde hacía más de un siglo, Bianca había comprendido
que era mucho más productivo y entretenido dedicar su tiempo a las artes del
amor y no al juego de la destrucción. Los seres humanos eran tan inferiores que
no merecían la pena ni como piezas de caza.
Tampoco
como amantes, al menos por separado, podían competir con su cuerpo perfecto,
con su vida casi infinita dedicada al estudio del placer en todas sus formas.
Pero la torpeza con que los hombres y mujeres respondían a sus abrazos quedaba
compensada con creces ante el estímulo que ella representaba en sus miserables
existencias. Bianca había sido diosa de la guerra hasta que descubrió que era
aún más hábil como diosa del amor. Y las pasiones que su cuerpo incandescente
despertaba en los débiles humanos, la rudeza que revivía entre sus piernas, ni
siquiera podían compararse con los besos de otros dioses y diosas tan aburridos
de saberse semieternos como ella misma.
Los
dioses no podían compararse con los hombres, era cierto. Los dioses gozaban de
todo el tiempo del mundo, pero habían sacrificado a cambio la pasión. Cuando
Bianca se apropiaba de los cuerpos de los cientos de hombres y mujeres con los
que había cohabitado, la sensación de poder y dominio absoluto sobre ellos se
tornaba embriagadora, un lujo que sólo unos pocos tenían a su alcance. Los
débiles humanos se entregaban a sus caricias sabiendo que serían poseídos una
sola vez, convirtiendo en mágico un encuentro que en sus cortas vidas sería
único, irrepetible.
Poseyendo
y siendo poseída por los incontables amantes que se habían cruzado en su vida,
Bianca pasó de ser diosa del amor a diosa del escarnio, de la intriga. El
placer del encuentro se multiplicaba en su cerebro al saborear el poder de
tener el futuro de otras vidas encadenado para siempre al recuerdo, una luz que
se apagaría en sus insípidas existencias como una llama en su palma, la
conciencia de haber arañado el cielo y haberse quedado a las puertas, a solas
con el deseo, con la frustración, con los remordimientos.
Bianca
siempre había nadado contra corriente. Y jamás había dado explicaciones de sus
actos a ningún compañero dios. Excepto a Jonathan.
Nadie
podía hacerle ningún reproche al modo en que organizaba o dejaba de organizar
su vida, pero el jefe de la Casa de los Bunyan y ella siempre habían compartido
un lazo especial, una especie de secreto a voces. Su relación como amantes era
lejana, un eco perdido hacía más de cien años, un encuentro tan casual y tan
carente de importancia como todos los otros que habían salpicado sus vidas
respectivas desde entonces. Pero Jo-nathan y ella, a su manera, eran distintos
a los demás metahumanos, a los demás dioses. Su cargo colocaba a Jonathan
Bunyan en un pedestal solitario, inalcanzable. Y Bianca Prince, por capricho o
por azar, era la única diosa que había alumbrado al hijo de un hombre.
—¿Es
impresión mía o te veo más meditabundo que de costumbre, Jonathan? —comentó
Bianca Prince mientras el androide de protocolo retiraba el primer plato y
procedía a servir la carne—. Si no te conociera como te conozco, juraría que
algo te preocupa.
Jonathan
Bunyan no se molestó en ofrecer una sonrisa falsa. Sabía que la diosa rubia
leía en él como si fuera una pantalla de datos, sin dejar ningún detalle fuera
de análisis. Aun así, decidió no entrar directamente en el tema todavía.
—¿Preocupado?
Sí, es posible. Son tantos los detalles que quedan sueltos acá y allá, sin que
las nuevas generaciones se molesten en que sus asuntos queden resueltos...
—Vamos,
Jonathan —reprendió la diosa mientras bebía un sorbo de vino, rojo como la
pasión que insinuaban sus labios y contradecían sus pupilas—. ¿Y desde cuándo
los jóvenes no han sido así? Es nuestra forma de ser. Placer. Ocio. Longevidad.
Violencia. No me digas que a estas alturas pretendes poner un cascabel al gato.
—Sabes
que no, Bianca. Incluso yo mismo me he entretenido últimamente en alguno de
esos jueguecitos primarios.
—¿Tú?
Debes de estar bromeando.
—No.
Es cierto. Tenía ganas de probar qué sienten nuestros jóvenes leones cuando
salen de caza.
—Nada
que no pueda sustituirse de otra forma.
—Tal
vez. Pero la sensación que he sentido estos últimos días ha sido muy...
curiosa.
—¿A
tu edad? No te burles de mí, Jonathan. Preferiría oírte decir que te has
enamorado.
—No
seas ridícula. Lo que ocurre es que, simplemente, uno se cansa del peso de
tanta responsabilidad. Lo malo de ser jefe de todas las Casas es que, tarde o
temprano, todo el mundo delega su responsabilidad en mí.
—O
tú te la apropias. El síndrome de Dios entre los dioses, ¿recuerdas?
—O
yo me la apropio —Jonathan Bunyan asintió—. Es verdad. Pero si no lo hiciera...
—Lo
que no es historia no es historiable, querido Jonathan —comentó la diosa,
mientras daba un rápido corte a la carne de su plato—. Pero me estabas hablando
de tus recién descubiertas sensaciones. No me vengas a decir ahora que estás
reviviendo una segunda infancia.
—No
lo creo. Jamás tuve una, que yo sepa. Los Bunyan siempren han sido los primeros
entre los primeros. Mi educación pasó por alto todos esos divertimentos a los
que los demás habéis dedicado tantas décadas.
—Ya.
—Un rápido mordisco, un segundo entre los dientes, la carne desapareció
garganta abajo—. Lo tuyo son las máquinas de peligro y las intrigas.
—Eso
dicen. Tengo ojos y oídos en todas partes. Sé lo que se rumorea de mí, lo que
se critica. Soy como el tiempo. Nunca llueve a gusto de todos.
—Hace
siglos que sí. A nuestro gusto, al menos.
—Debo
reconocer, contra lo que me dicta mi educación, que la experiencia resultó
divertida.
—Lo
único que te falta ahora es renunciar al puesto y dedicarte a seducir muchachas
y descabezar derivantes.
—Me
ofendes, Bianca. —Jonathan ni siquiera había tocado aún su plato—. Sabes que
soy muy capaz de hacer ambas cosas y continuar con mi cargo.
—El
orgullo de los Bunyan otra vez.
—Ahora
y siempre.
—¿Y
puedo preguntar qué te impulsó a dejar tus maquinaciones privadas y bajar al
mundo a mezclarte con los mortales, o es uno de esos secretos tuyos a los que
ni siquiera yo tengo acceso?
—Fue
esto.
Tras
un controlado movimiento ocular, entre los dos comensales se solidificó una
pantalla de plasma. Sobre su superficie inexistente se dibujaron unas escenas
bidimensionales a las que la diosa apenas prestó atención.
—Es
una dramatización —observó, con desdén.
—Ahí
mismo está la gracia.
—¿Qué
quieres decir?
—Observa
esta otra escena.
Un
nuevo conjunto de imágenes se reflejó sobre la pantalla. Bianca la reconoció al
momento.
—¿El
caso de la derivante infiltrada entre los Centinelas? ¿Eso te hizo salir de tu
pecera, Jonathan?
—Me
llamó la atención desde el principio. Lo sabes. Estabas presente cuando Selina
lo comentó.
—Es
atractiva, desde luego. Pero no más que cualquiera de nosotras.
—No
seas injusta, Bianca. ¿Desde cuándo un pobre mestizo se puede comparar con un
dios puro? Lo que me llamó la atención desde el primer momento fue lo
descabellado de su plan. Una derivante persiguiendo a otros derivantes.
Ridículo.
—Es
la mejor manera de que no te encuentren. Te mezclas con los perseguidores y
ninguno sospechará de ti. Si eres árbol, será casi imposible que te encuentren
en un bosque.
—No
creo que se trate de eso. Ya has visto que la primera escena era una
representación dramática. Bianca parpadeó.
—Comprendo
—dijo por fin—. La derivante ha hecho creer que ha muerto.
—O
alguien lo ha planeado por ella.
—¿Sabes
para qué?
—No
tengo la menor idea. Ésa es una de las cosas que me preocupan.
—Sabíamos
que tarde o temprano los derivantes acabarían por rebelarse, por organizarse
contra nosotros. ¿No es ése uno de los motivos de nuestra persecución?
—Esa
muchacha... Vanderbilt. Me enfrenté a ella. En el Vaticano.
—¿Fuiste
tú, entonces? Me sorprendes, Jonathan. Te creía más respetuoso para con los
viejos dioses pasados de moda. —El androide de protocolo se apresuró a
escanciar una nueva copa de vino; Bianca no le detuvo—. Pero la dejaste con
vida.
—Sí.
Sólo quise cerciorarme de que se trataba de una derivante disfrazada. Su
gambito me pareció interesante y decidí perdonarle la vida. —Jonathan Bunyan
cortó con un leve gesto el movimiento de servicio iniciado por el autómata;
apenas se había mojado los labios—. Sentía curiosidad por ver en qué acababa su
descabellada situación. Pero al parecer la descubrieron muy pronto.
—Y
ella, a su vez, fingió su muerte antes de que ésta fuera real.
—Eso
es lo que deduzco a partir de esas imágenes falsas. Para los humanos, claro,
son verdaderas. No son capaces de diferenciar una simulación por ordenador de
una toma real.
Bianca
dio un nuevo sorbo a su copa.
—Los
pobres no pueden diferenciar tantas cosas...
—Andrea
Vanderbilt sigue con vida en alguna parte. Y deduzco que la mujer que la
descubrió y aparentemente la eliminó, Davinia Cross, la periodista que casi ha
ganado media docena de inútiles premios a título póstumo en una semana gracias
a su acción, también.
Bianca
movió la cabeza arriba y abajo.
—Y
ahora no te gusta lo que eso pueda significar.
—No
estoy muy seguro. Para ser una derivante, me pareció superior a la media.
—La
raza mejora.
—Eso
es lo que tememos, ¿no? Día a día los derivantes son más poderosos. Y todo hace
pensar que se organizan.
—Mmm...
Tu invitación y todo esto me llevan a la reflexión de que no me has convocado a
tu edén simplemente por el placer de mi compañía.
—Sabes
que tienes las puertas abiertas de mi casa para cuando quieras, Bianca —sonrió
Jonathan—. Pero es verdad. No te puedo ocultar nada.
—Casi
nada.
—Casi
nada, de acuerdo. —El dios se encogió de hombros—. Algún día te contaré más
cosas sobre mí, ya que sientes tanta curiosidad. Pero si esa Vanderbilt y la
periodista pretenden algo...
—Sin
duda nos encargaremos de pararles los pies.
—Primero
habrá que localizarlas.
—Empiezo
a comprender hacia dónde vas, Jonathan. —Bianca Prince soltó el cuchillo sobre
el plato con elegancia que no era afectada—. No, no he visto a mi hijo desde
hace años.
—Eres
rápida de reflejos, Bianca. De tu retoño quería hablarte.
—¿Ha
hecho alguna otra fechoría?
—Más
o menos. No estamos seguros, pero parece que lo localizaron en Nuevo México.
Celebrando una misa furtiva.
—¿Otra
vez le ha dado por ahí?
—El
muchacho tiene arrebatos místicos. ¿Cómo puedes reprochárselo? Al fin y al cabo
es hijo de una diosa.
—No
te burles.
—No
lo hago, Bianca. Contigo no me atrevería a hacer una cosa así. Respeto tus
años.
—Sigue
hablando de mi hijo y deja mi edad al margen.
—Los
Centinelas que lo localizaron arrasaron la iglesia entera y a un montón de
humanos inocentes. Tu hijo, si de él se trataba, escapó con vida... después de
eliminar a los Centinelas, por supuesto.
—No
me extraña. —Había un extraño tono de orgullo en la voz de la diosa, como el
ganadero que presume de la calidad de sus reses—. No es la primera vez que
pasa.
—Ahora
mismo Dmitri y Alexis deben de estar revolviéndose como perros furiosos,
dispuestos a ir en su búsqueda.
—Si
no existiera visión artificial, Alexis no se atrevería a dar un paso —sentenció
la supermujer—. Además, seguro que no son capaces de localizarlo. Lleva años de
huida.
—Ahí
es donde quería llegar, Bianca. Sabes que tu hijo es indetectable a los
sensores. Igual que esa nueva derivante, la Centinela.
Bianca
Prince entornó los ojos. Sobre la cúpula transparente del techo, la Tierra
entraba en cuarto menguante.
—¿Crees
que pueda haber una conexión entre ambos? ¿He dejado de ser la única madre
diosa?
—No
lo sé. ¿Te recuerda a alguien en sus rasgos físicos?
—Esos
ojos y el corte del mentón parecen eslavos. Una Stanovoi, sin duda. Pero no
creo que ninguna de esas frígidas katiuskas se haya atrevido a parir un
derivante sin que nadie se enterara. Yo, al menos, lo publiqué a los cuatro
vientos. Quería ver qué pasaba.
—Una
Stanovoi, estoy de acuerdo contigo —coincidió Jonathan—. No hay consanguineidad
entre los Stanovoi y los Prince, ¿verdad?
—No
digas tonterías. —El antiguo desprecio asomó a los ojos azules de la diosa.
Bunyan continuó hablando como si no hubiera advertido el detalle. Su liderazgo
pasaba por controlar rencillas internas y anularlas.
—Sin
embargo, tanto el pequeño Jason como esa mujer no dan positivo en los sensores
—resumió—. Eso es lo que me preocupa, Bianca. Dos ramas distintas de derivantes
desarrollan habilidades inéditas hasta ahora, superiores a los demás. Me temo
que voy a tener que ordenar una búsqueda intensiva de Andrea Vanderbilt. Y
cuando la capturemos, lo mejor para todos nosotros será cotejar su código
genético con el de tu hijo. Voy a dar vía libre a Dmitri y Alexis para que lo
localicen.
—¿Y
crees que lo van a conseguir ahora? Llevan años intentándolo.
—No
podemos impedir que Alexis quiera vengarse. Es su derecho. Y muchos de los
nuestros piensan que la existencia de tu hijo siempre puede convertirse en una
amenaza a nuestra estabilidad.
Bianca
sonrió, complacida.
—Oh,
Jonathan. Qué amable eres. —Cruzó las manos por delante de su rostro; los
anillos de oro que llevaba brillaban menos que sus pupilas encendidas—. ¿Me
estás pidiendo permiso para declarar una caza exhaustiva de mi hijo Jason? Me
halagas. ¿Quieres acabar con él? Adelante. No hay problema.
Tatsuo
Takahashi se posó lentamente sobre el suelo, con la gracia de un trapecista que
termina su número y se suspende un último instante de la red. Plegó las alas de
su equipo de combate, entrecerró los ojos y permitió que el casco se apartara
de su rostro. Un leve movimiento de garganta y la claraboya sobre su cabeza se
cerró, aislándolo del mundo externo, completando su llegada a casa.
Yokize
bailaba al ritmo de una canción silenciosa, casi a cámara lenta, enfrascada en
su ritual zen de cada mañana. Al otro lado del ático, la pequeña Amaterasu
jugaba con una construcción metálica que se montaba y desmontaba a capricho,
poniendo a prueba la habilidad de la niña.
Takahashi
bajó lentamente las escaleras, mientras el resto de la armadura de combate se
replegaba y acababa por convertirse en un par de ligeras bandas metálicas, un
adorno casi femenino, fuera de lugar en sus muñecas. Yokize le sonrió desde
abajo y se perdió en la primera habitación. Amaterasu corrió en sentido
inverso, perseguida por un monito de cuerda.
Takahashi
entró en el baño, ya desnudo. Un centenar de chorros de agua a presión bañaron
su cuerpo blanquecino, marcado a medias por tatuajes y cicatrices. Yokize
arreglaba sus bonsais al otro lado de la puerta. Amaterasu se empeñaba en
recortar un/dibujo con la mano izquierda.
El
samurai sin amo saboreó el picoteo del agua, entrecerró los ojos. Calibró su
situación. Un nuevo reto se alzaba ante él, un derivantéxomo sin duda no eran
los otros derivantes. Llevaba varios días intentahdo localizarlo, pero se
escabullía a su concienzuda búsqueda. Por supuesto, estaba seguro de que los
Centinelas no tendrían mejor suerte. En caso contrario, la noticia de su
eliminación asomaría ya en todos los vidiarios del mundo.
Dejó
que el aire a presión lo secara, como el cálido viento del monte Fuji que
habían adorado sus antepasados. Yokize seguía arreglando flores, pero Amaterasu
modelaba ahora con barro una figura inapreciable, un monstruo de muchas patas y
ninguna cabeza.
Takahashi
salió del baño, entró en la cocina. Yokize, de espaldas a él, seguía atenta al
borboteo del arroz sobre los quemadores de plasma. Amaterasu, sentada en su
trona, se manchaba la cara de yogur.
Takahashi
comió sin ganas, como siempre, olvidando paladear la comida de lata. Yokize
seguía meneando el arroz. Amaterasu daba fuertes golpes con la cuchara sobre la
mesa desplegada.
El
ronin giró la cabeza un instante, justo a tiempo de ver a Yokize en el pasillo,
cambiando ropas de un sitio a otro. A su lado, la sopa parecía a punto de
hervir ya. Yokize se retiró un par de pasos y lo llamó para que acudiera a
almorzar. Él no pudo oír sus palabras. Amaterasu entró corriendo y tropezó con
un juguete perdido. Su llanto fue consolado al momento por Yokize, que entró al
instante a ver qué le pasaba a su hija.
Takahashi
tiró el resto de la comida de lata al reciclador carbónico. Se lavó las manos.
Las secó bajo un nuevo chorro de aire. Amaterasu volcó el yogur y tiró la
cuchara. Yokize la reprendió amablemente y lo recogió del suelo con una bayeta.
Takahashi
entró en el saloncito, sin entretenerse en consultar su ordenador ni sus libros
de referencia. Yokize veía el tresdé, comentaba algo moviendo la cabeza a su
derecha. Amaterasu sumaba sin la ayuda de su ordenador de muñeca, consultaba
algo hacia atrás, anotaba una cifra en su cuaderno y volvía a repetir todo el
proceso.
Takahashi
encendió el tresdé, seleccionó las noticias grabadas. Nada interesante. Yokize
se echó a reír cuando el humorista, vestido como un payaso, contó un chiste sin
palabras. Amaterasu rompió un libro en dos, con sorpresa.
El
samurai apagó el tresdé. Marcó un rumbo de caza para el día siguiente en su
ordenador de viaje. Se arrodilló sobre el tatami, unió las manos sobre su
rostro y rezó una letanía, un murmullo aún más silencioso que los movimientos
de la mujer y la niña. Como todos los días a esta hora, Yokize entró corriendo,
mojada de lluvia. Amaterasu tendía las manos hacia arriba, mostrando el tesoro
de una mariposa amarilla que había encontrado en el jardín. Yokize apagó el
tresdé y se levantó, cerró la ventana. Se cruzó con la misma Yokize que se
sacudía el agua del pelo, entre sonrisas. Amaterasu soltó la mariposa, y el
insecto se posó sobre un libro abierto sobre la mesa, el mismo libro que la
otra Amaterasu tenía roto entre las manos.
Takahashi
se levantó. Entró en el dormitorio de la pequeña Amaterasu. La niña dormía,
agarrada a un muñeco de polifel, un gato samurai de ojazos enormes. El ronin se
giró, descorrió la puerta de papel y fibra. Vio a Yokize tendida sobre la cama,
esperándole.
Takahasi
se acostó sin encender las luces. A solas en el futón vacío, sus manos rozaron
el rastro fantasmagórico de aquel último holograma.
Murdock
Fisk procuró no parecer nervioso, aunque lo estaba. El uniforme de paseo le
incomodaba, las heridas de sus últimos combates protestaban por la postura que
se veía obligado adoptar, y el nerviosismo le había hecho empezar a sudar como
un colegial que espera la reprimenda de la maestra el primer día de clase. Es
el final, pensó. He agotado mi cupo de fracasos.
Los
dos hombres sentados al otro lado de la mesa le escrutaron. Murdock casi pudo
sentir el peso de sus ojos sobre su cuerpo. No conocía en persona a ninguno de
ellos, pero en cualquier caso su reputación les precedía, y desde hacía tiempo.
El oficial de menor graduación era Peter Rogers, una leyenda entre el cuerpo de
Centinelas, el capitán que contaba en su hoja de servicios con mayor número de
eliminaciones de derivantes que se recordaban. El otro, el de mayor graduación,
trascendía todo epíteto: Coronel Nicholas Rage, un nombre para tallar en
piedra, el jefe supremo de las fuerzas de seguridad. Algunos veteranos
comentaban con sorna que era el eslabón perdido entre hombres y dioses.
—¿Se
encuentra bien, agente Fisk?
Murdock
tardó una décima de segundo en advertir que el coronel intentaba ser amable,
aunque su naturaleza bronca no le permitía ser más explícito. El coronel Rage,
haciendo honor a su propio apellido, siempre parecía hecho una furia.
—Sí,
señor. Gracias, señor.
—Agente
Fisk —el coronel mordió el puro apagado que asomaba en su boca como si fuera un
apéndice más de su rostro inescrutable—, el capitán Rogers y yo hemos estado
estudiando su historial. Parece que en todo el cuerpo no hay nadie que haya
sido herido más veces.
Ya
está, pensó Murdock. Ahora es cuando me dicen que se acabó. Ni la medicina más
moderna puede ayudarme continuamente a burlar la muerte.
En
el fondo, sabía que no iba a ser así. El jefe máximo de los Centinelas y el
coordinador de todo un sector no se tomaban la molestia de llamar a sus agentes
para despedirlos, ni siquiera cuando se trataba de hacerlo con todos los
honores. Murdock Fisk era consciente de que el motivo de que lo hubieran
llamado a este lugar, a medio mundo de distancia, debía de ser otro, e
importante.
—Agente
Fisk —continuó el capitán Rogers, tomando un puñado de folios de la mesa. El
coronel Rage le dejó hablar—. Hemos leído el informe sobre su... encuentro con
Andrea Vanderbilt. Tuvo suerte de escapar con vida.
—Es
posible, señor. Pero también es posible que ella no se tomara la molestia de
eliminarme.
—No
sea humilde, Fisk —intervino el coronel—. Nosotros sabemos lo que es
enfrentarse a los derivantes. En todo el mundo no hay media docena de agentes
que hayan podido contarlo después de un combate mano a mano, sin exoesqueletos
ni armas especiales, y en esta sala estamos tres presentes.
—Las
heridas que sufrí en el cuerpo y en el rostro fueron debidas, sobre todo, a la
explosión de los circuitos de televisión, señor —vaciló Fisk. No se había dado
cuenta de ese detalle que lo emparejaba de algún modo con estos dos colosos—.
Insisto en que si la cabo Vanderbilt hubiera querido acabar conmigo, lo habría
hecho.
—El
caso es que continúa usted con vida, Fisk, y no cabe duda de que un hombre con
tanta experiencia de combate puede ser muy útil dentro del cuerpo —aduló el
capitán.
—Estoy
dispuesto a hacer cuanto esté en mi mano, señor.
Como
siempre.
—Agente
Fisk —el coronel Rage se levantó; sus ojos grises chispearon de inteligencia—,
según todos los indicios, Andrea Vanderbilt ha muerto.
—Eso
parece, señor.
—Sin
embargo, ha sido usted visto husmeando entre las ruinas de la casa de esa otra
mujer, la periodista.
—Davinia
Cross —se apresuró a añadir Peter Rogers, tras echar una ojeada a otro informe.
Murdock
Fisk intentó tragar saliva. Lo consiguió a duras penas.
—¿Cree
usted que pueda seguir viva, agente Fisk? —La mirada de Rage era un taladro que
se abría paso entre los recovecos de su cráneo, una fuerza magnética que se
clavaba en su cabeza con la precisión de una bala teledirigida.
—Creo
que sí, señor —contestó Murdock. Una respuesta directa a una pregunta que no se
iba con rodeos. Le gustaba la franqueza de este hombre—. No se encontró ningún
cadáver.
—No
es la primera vez que un cuerpo se volatiliza en una explosión, Fisk.
—Lo
sé, señor.
—Y
sin embargo usted sigue pensando que está viva —pareció acusar el capitán
Rogers.
—Es
una posibilidad que no descarto, señor.
—En
ese caso, si Andrea Vanderbilt no ha muerto...
—La
periodista tal vez continúe también con vida.
—¿Es
por eso que ha interrogado al redactor jefe de su agencia de noticias, Klaus
Vildmann?
—Por
eso y porque quería saber algo más de esa otra mujer. De algún modo, descubrió
antes que nosotros que Andrea Vanderbilt, era una derivante infiltrada entre
nuestras filas... y se las apañó para eliminarla según nos hacen creer ahora.
—¿Sospecha
que Vildmann sabe algo que nosotros ignoramos?
—Vildmann
está sinceramente apenado por la muerte de su compañera, señor. Apliqué una
sonda poligráfica y controlé su ritmo cardíaco y su pulso mientras le
interrogaba, sin que él lo supiera. Su dolor era auténtico. No fingía. E
ignoraba los detalles que llevaron a Davinia Cross a actuar como lo hizo.
—Comprendo.
—El coronel se quitó el puro de la boca y lo miró largamente. Por un momento
pareció dispuesto a encenderlo. Luego se encogió de hombros y volvió a
morderlo—. Agente Fisk, ¿Andrea Vanderbilt y usted eran amantes?
—Lo
fuimos, señor —contestó Fisk, sin pestañear. No tenía nada de que
avergonzarse—. Por una noche.
—Nada
más. —Fisk se encogió de hombros también, un movimiento despectivo que tal vez
no bordó del todo—. La vida está llena de encuentros casuales.
—Sin
embargo, usted está buscándola.
—Quiero
cerciorarme de que sigue con vida, señor. Nos burló durante años al infiltrarse
entre nosotros. ¿Quién nos asegura que esas dos mujeres no hayan urdido algún
plan para escapar a la muerte?
—La
explosión sacudió media ciudad, Fisk —recordó Rogers.
—Y
el Big Bang se dejó notar en todo el universo, señor, pero nosotros no
estábamos allí en ese momento.
Rage
sonrió. El capitán Rogers se apresuró a imitar su sonrisa.
—¿Ha
averiguado algo importante que no sepamos, Fisk?
—Nada
relevante, señor. El ordenador central sigue sin ofrecer una explicación
coherente al hecho de que Andrea no diera positivo en los sensores.
El
coronel asintió. Por un momento sus ojos se cubrieron de un tinte remoto, el
recuerdo de algo ajeno.
—No
es la única, según parece.
Murdock
pareció perplejo.
—¿Señor?
—Es
una larga historia. —Rage regresó al presente—. Y tal vez no venga ahora al
caso. Pero lo cierto es que alguien de muy altas esferas parece estar de
acuerdo con usted, agente Fisk.
Murdock
seguía sin comprender, pero meneó la cabeza afirmativamente. No era capaz de
imaginar a quién podía referirse el jefe supremo de los Centinelas.
—Alguien
muy importante parece pensar que Andrea Vanderbilt sigue con vida —repitió
Rage, y en su tono Murdock Fisk captó esta vez una implicación velada a la
autoridad máxima, no a los cónsules humanos, sino a los dioses—. Y ya que usted
ha iniciado por su cuenta las investigaciones sobre el caso, sería interesante
que las continuara hasta despejar el asunto de todo tipo de dudas.
—No
comprendo, señor.
—Es
muy fácil de comprender. Desde este momento un grupo de oficiales selectos
quedará bajo sus órdenes, efecto inmediato. Debe usted seguir cualquier pista
que pueda llevarnos a Andrea Vanderbilt y a su amiga.
Murdock
sonrió. De modo que de eso se trataba. No le despedían con una palmadita en la
espalda y un puñado de agradecimientos huecos por los servicios prestados.
También ellos pensaban, sospechaban como él. Y le necesitaban.
—¿Alguna
idea de por dónde empezar a investigar en serio, teniente Fisk?
—En
todo este asunto hay algo que no encaja, mi coronel. Esa mujer. La periodista.
—Tiene
contactos importantes.
—No
me refiero a su marido, señor. Desde que se divorciaron hace un par de años, no
han vuelto a verse, según he averiguado. Ella ni siquiera ha podido visitar a
su hija desde entonces.
El
coronel entornó los ojos, como si el humo inexistente de su cigarro apagado le
molestase, calibrando a su agente especial. Estaba convencido de que no había
cometido un error al subirlo tan alto en el escalafón militar. El muchacho
tenía clase. Era joven y sin duda todavía no había podido sacudirse el
desengaño amoroso que casi le había desfigurado el rostro, pero en él asomaba
ya la madera que auguraba que algún día en el futuro podría ocupar el sillón
que el propio Rage tendría que dejar vacante.
—Lo
sabemos. Pero de momento es intocable.
Murdock
asintió. Se humedeció los labios. Expresó en voz alta sus resquemores.
—Lo
que no encajan son los explosivos. Ese potencial bélico no se encuentra en el
supermercado de la esquina, señor. Para minar su casa, Davinia Cross sólo pudo
recurrir a un sitio. Las catacumbas.
Hacía
rato que avanzaban en silencio, con torpeza, ahogadas más que nunca en aquel
mundo de penumbra sin substancia. Andrea Vanderbilt abría ahora la marcha, a
trompicones, mientras que la joven humana la seguía a duras penas, tratando de
no desplomarse en aquel lodazal pringoso y repugnante. La humedad del techo
caía al suelo en forma de gota continua que a Davinia Cross se le antojaba un
reguero de baba.
No
tenían mucho de qué hablar entre sí. La relación entre ambas mujeres era
forzada, impuesta por la precipitación y las circunstancias. Existía, y las dos
se daban cuenta, una clara antipatía mutua que costaría mucho limar. Una y otra
se utilizaban con el objetivo común de resolver un enigma, de hallar solución a
la encrucijada de sus vidas. La amabilidad estaba de sobra.
Dave
contempló el cuerpo, fuerte y esbelto, de la mujer que la precedía. Era una
niña grande, y no sólo por cuestión de tamaño y formación. Sus arrebatos de
cólera se apoderaban de ella con intermitencia imposible de predecir. Dada su
inestabilidad psíquica, Dave Cross se extrañaba de que hubiera podido
sobrevivir tanto tiempo infiltrada entre los Centinelas, eliminando a otros
derivantes. Andrea Vanderbilt quería ser fría y calculadora, una mujer guerrero
impasible y ordenada, pero cuando la pasión se apoderaba de ella se veía
anegada de un ímpetu incontrolable que la volvía un ser aún más terrible.
Mira
quién va a hablar de impetuosa, rezongó Dave, y se detuvo un instante para
sacar los pies del fango. La pobre muchacha intentaba escapar a la muerte y tú
te ofreciste a hacerle de Caronte. No es la única inestable psíquicamente. ¿Te
sorprendes ahora? ¿No llegaron a esa misma conclusión respecto a ti los jueces?
¿No te quitaron la custodia de Melody con ese argumento?
El
cansancio se estaba apoderando de su mente, se daba cuenta. Dave Cross era
vanidosa, impulsiva, desordenada, pero no inestable, eso no. Sabía que no
estaba loca. El veredicto de los jueces había sido comprado.
La
influyente mano de su ex marido llegaba a todas partes. Y la guerra de parejas
podía ser tan sucia como la caza de derivantes. La única diferencia era que, a
veces, entre las víctimas no quedaban charcos de sangre.
Esperaba
poder llegar pronto a su objetivo. La derivante en fuga se controlaba mejor de
lo que parecía a simple vista o era incapaz de comprender la magnitud de su
situación. Si un dios la había descubierto y había decidido dejarla con vida,
la única respuesta era que tenía ganas de jugar a su costa. Toda la
intervención de la propia Dave Cross, la reacción de Murdock Fisk, la loca
escapada de Andrea Vanderbilt a través de la noche no significaban nada. Si un
dios bajado de los cielos había combatido con la derivante y había descubierto
el secreto de su existencia, todo lo que ahora pudieran hacer estaba de sobra.
Por mucho que intentaran hacer, por muchos planes futuros que ambas pudieran
esbozar, no eran más que moscas agitándose en una inmensa y pegajosa tela de
araña que se tensaba con cada uno de sus pasos, vibrando con su mensaje delator
con la misma intensidad que una campana.
Pero
en algún lugar había respuestas. Y las respuestas, el conocimiento, habían sido
siempre una puerta entreabierta a la esperanza. Dave no confiaba en llegar
mucho más lejos en su investigación sobre el origen de los dioses, pero sabía
que si iba a dar ese paso tendría que ser ahora. Ahora o nunca. La fuerza
guerrera de la derivante podía operar en su ayuda. No serviría de nada contra
el poder destructivo de un dios, estaba claro, pero siempre podría conseguir
algo más tangible que empleando su inteligencia como única arma.
El
pasadizo pareció hacerse de pronto más oscuro ante las dos mujeres. Dave
comprendió un segundo demasiado tarde que habían llegado a una intersección en
los canales. Una forma parda y gigantesca se descolgó desde las alturas al
mismo tiempo que unas manos viscosas la rodeaban por la cintura, por las
piernas.
Quiso
gritar y su grito terminó perdiéndose en unos dedos helados que sujetaron sus
palabras. Resbaló.
Andrea
Vanderbilt no se dejó sorprender y saltó al ataque.
La
oscuridad era una mancha negra que respiraba, un jadeo maloliente e invisible
que lo cubría todo de una atmósfera viciada, irrespirable. Mientras se debatía
contra las manos que contenían sus movimientos, Dave Cross atinó a escuchar el
primer golpe, un mazazo húmedo y viscoso que indicaba que el puño de su
acompañante se había clavado hasta el fondo en una muralla de carne.
Andrea
Vanderbilt cayó a cuatro patas sobre el cenagal, cubierta de detritos y de agua
estancada. Sus pupilas acostumbradas a la oscuridad podían ver ante sí,
retrocediendo ahora que sus golpes habían marcado el terreno, a una masa
carnosa y descomunal, casi iridiscente. Escupió bilis y se puso en pie,
apretando los dientes con tanta fuerza que temió que los músculos de su
mandíbula no pudieran resistir la tensión.
Después
de tantas horas de acumular temores, la violencia desatada, como siempre, era
un bálsamo a su sangre guerrera, un cauce para dar rienda suelta a su ansiedad
tan largamente reprimida. La enorme criatura a la que se enfrentaba casi a
ciegas descargó un poderoso puñetazo que la hizo levantarse un par de palmos
del suelo. A pesar de lo corto de su pelo, los dedos helados del extraño
individuo rebuscaron en su cráneo, como sí por un segundo éste se hubiera
convertido en una bola de petanca, y Andrea sintió que la presión podría hacer
que reventase como un coco. No tuvo tiempo de debatirse. Sujetó con las dos
manos el brazo que se le hundía en la cabeza y entonces sintió contra el rostro
la dureza resbaladiza de la pared. El golpe dibujó imágenes de colores en sus
párpados, traduciendo el dolor en garabatos abstractos que parecían fantasmas
eléctricos. Boqueó, intentando controlar la respiración, rezando a algún dios
misericordioso para no dejarse llevar por el pánico. Descargó una patada que
debió de alcanzar algún punto vital de su atacante, porque la presión de la
mano sobre su cabeza remitió lo suficiente para permitirle quebrarla de un
codazo. El hueso roto chasqueó en la oscuridad, un borboteo líquido, como una
cucaracha aplastada bajo un pie descalzo.
Andrea
Vanderbilt giró en redondo, barriendo el aire con la pierna levantada. Alcanzó
a su enemigo debajo de la barbilla, con una fuerza imparable que acabó
haciéndola perder el equilibrio también. El monstruoso individuo se desplomó
hacia atrás, los brazos abiertos como un muñeco inflable, uno de ellos torcido
en un ángulo imposible, el alerón de un pato cojo. Se hundió en las aguas poco
profundas levantando un surtidor negro, un géiser de mierda y tinta que marcó
las paredes con una oleada de cal negra.
Andrea
se aplastó contra la pared, se limpió la boca de suciedad y sangre. Escupió. El
poder regenerador de su cuerpo luchaba ya por neutralizar la invasión dolorosa
que aquellos dedos habían grabado en su cabeza. Se obligó a no prestar atención
al descabellado tamtam que pulsaba en sus venas. La desventaja de luchar con un
exoesqueleto era que éste le proporcionaba oxígeno y terapia asistida al
momento, controlando los ritmos cardíacos y suavizando la tensión que pudiera
apoderarse de ella. Ahora, en medio de aquella boca negra y maloliente, Andrea
sólo podía confiar en su instinto. Sabía que otras formas invisibles acechaban
más allá de su limitado radio de vi-sión, nuevos enemigos deseosos de
contrarrestar la amenaza que suponían en su existencia y defender su
territorio.
Una
forma blanca, casi delicada, se despegó de las sombras. Andrea cerró el puño,
hundió la otra mano en la pared, hasta arrancar un cascote que pensaba utilizar
como arma.
—¿Has
terminado ya? —Andrea parpadeó, sorprendida. Era Davinia Cross, y estaba
ilesa—. ¿Qué demonios pasa con vosotros, los supertipos? ¿Es que no sabéis
hablar y todo lo resolvéis a puñetazos sin preguntar antes siquiera? Suelta ese
pedrusco, Virgen María. Hemos llegado.
La
ciudad se estiraba hacia los cielos como una escalera de Jacob perversa,
dibujando caleidoscopios inestables que se apagaban y encendían a intervalos
milimétricos, un árbol de navidad hecho de neón y vicio que anunciaba sin
recato un mundo poblado por hombres y mujeres consagrados a un oficio que ya
era decadente cuando Roma apenas había dejado de ser una aldea de pastores,
cuando Nínive no se diferenciaba de Altamira, antes de que un agujero en el
suelo diera comienzo a los ci-mientos que luego bautizarían como Gomorra.
No
había temor de Dios en esta babel nueva. ¿Cómo podía haberlo si Dios ya no
existía? Un montón de dioses implacables lo habían exterminado, despojando a la
fe de su contenido ciego y singular, sustituyendo la Palabra hoy olvidada por
el Acto, sofocando la esperanza a cambio del desencanto. Dios no había muerto
en una cruz, sino en la órbita del anillo edén. El hombre había olvidado la
religión en el momento en que el cielo se pobló de mansiones suntuosas y
criaturas superiores. La creencia en otra vida se había apagado en el ser
humano como una cerilla en una tormenta. La posibilidad de conseguir una mejora
no se hallaba al otro lado de la muerte, sino detrás de las nubes, más cerca de
las estrellas, pero era inalcanzable.
Jason
Prince arrastraba los pies por el cuarto nivel de la arcologia en mitad del
desierto, ensimismado, arrugando entre sus dedos poderosos los vestigios del
alzacuellos que había roto al despertar. A su alrededor la vida resplandecía,
incitándole, llena de afeites y de máquinas espectrales que prometían nirvanas
postizos a los transeúntes que, semejantes a él, se movían de un lado a otro
como hojas barridas por el viento de la muerte, sin dirección ni rumbo fijo,
indecisos ante el pecado prometido, relamiendo por adelantado la diversidad de
aquel enorme paraíso falso.
Entrecerró
los ojos, conjurando imágenes para espantar la tentación, luchando por
controlar el alboroto de su sangre. Esto que le rodeaba no era más que
vacuidad, hundirse todavía más en el abismo sin fondo que legislaba la vida de
los seres humanos, un pobre sustituto a los sueños rotos, perdidos ante la
superioridad absoluta de los dioses. Eran las migajas de un banquete, una
sacarina rancia en un mundo rico en azúcar, un burdo remedo del placer en toda
su extensión que disfrutaban los superhombres de quienes había huido como un
apestado. Esta ciudad de vicio y perversión, de juego y lenocinio era un puntal
más, una columna que sujetaba la bóveda desde donde los observaban los dioses.
¿Y
qué otra cosa quieres que hagan?, se dijo, mientras respiraba una bocanada de
aire frío, perfumado con un leve tinte casi imperceptible que su nariz
identificó como aroma afrodisíaco. Deja que al menos disfruten del momento.
Carpe diem, Jason. No tienen otra cosa.
Eso
era esta ciudad, pensó. Pan y circo. Una cortina de humo, un espejismo, una
droga. Ya que no podía huir hacia delante, la humanidad se había convertido en
un avestruz, y hundía la cabeza en la tierra, en un vano intento de imitar las
conductas de los dioses. Ellos disfrutaban de la vida como ningún ser humano,
ni siquiera él mismo, bastardo a fin de cuentas, podría hacerlo. La percepción
de placer de sus superiores era casi infinita, una explosión de sensualidad
incontrolada, un volcán que desataba pasiones allá donde caía la lava de su
esperma. Él lo sabía mejor que nadie. Había vivido el ambiente de los dioses
durante veinte años, había probado sus vinos, rozado su carne. Estaban hechos
para el amor y la guerra, como los propios seres humanos. Pero no para la
muerte.
Comprendía
la apatía de los hombres, ¿pero por qué no creían en Dios los dioses? ¿Por qué
se empeñaba él en adoptar una personalidad ajena? ¿Un alzacuellos, para qué,
Jason?, se preguntó. Nunca has sido ordenado sacerdote.
La
respuesta asomó al fondo de su cerebro, un diablo burlón que le hizo daño.
Reprimió el pensamiento, corrió las cortinas de la verdad adivinada, sentida en
propia carne desde hacía tanto tiempo. Ahora no. No quiero verlo.
Sacó
la mano del bolsillo y dejó que el alzacuellos volara de un nivel de la
arcología a otro, un espíritu santo hecho de plastipapel ya arrugado. El signo
de su identidad asumida cayó trazando espirales en el aire, cruces y arabescos,
bendiciones urbi et orbi, la paloma blanca de una fe que le quemaba el alma
como un hierro al rojo. Un recuerdo ajeno, sin duda. Una vocación impropia. Un
remordimiento ya imborrable.
El
alzacuellos cayó en un charco, boca arriba, como una carta que indica de golpe
el final de una mano ganadora o una renuncia. El paso de un vehículo acorazado
lo sepultó para siempre en diez centímetros de fango.
Cielo
y tierra se invertían desde la órbita geoestacionaria del anillo edén, pintando
las alturas de una pantalla azul celeste que ocupaba todo el radio de visión y
se cubría constantemente de un vaho blanco y tembloroso, el avance de las nubes
que iban moviéndose a un lado y a otro sobre la superficie del globo como los
humos mágicos de un crisol tras un conjuro. Al otro lado no había más que
oscuridad, un universo silencioso y tal vez huraño al que los dioses apenas se
habían atrevido a echar un vistazo. Contrariamente a lo que los hombres
pudieran pensar, para los metahumanos el paraíso no se hallaba en sus olimpos,
sino allá abajo, sobre sus cabezas, en la Tierra que dominaban y poseían. Tal
vez por eso los dioses no habían insistido en extender su liderazgo al cosmos.
Los
dioses eran conservadores. De su estatus y de sus posesiones, de todo aquello
que sus propios antepasados habían conseguido. No se arriesgaban más que lo
preciso: cuando la vida es siempre un juego, no merece la pena intentar algo
más serio.
Los
dioses tenían sus necesidades cubiertas y pocas veces buscaban otras nuevas. No
eran conscientes de que su perfección era incompleta, y se regodeaban en el
hecho de su superioridad total sobre los hombres a quienes dominaban y exigían.
Los dioses no admitían que pudieran ser limitados. Vanidosos y llenos de poder,
su mayor defecto era ignorar que tenían defectos.
Sólo
algunos de ellos (Jonathan Bunyan, Luther Munroe, Dmitri y Alexis Maximoff,
Bianca Prince) estaban por delante de sus hermanos. La categoría de sus Casas
iba pareja a su inteligencia, a su poder para destacar sobre una marea de
cuerpos perfectos y mentes consagradas al placer. Si los dioses hubieran tenido
dioses a su vez, sin duda habrían adorado a media docena de entre ellos, los
que se preocupaban por su presente, los que salvaguardaban su pasado, los que
planificaban su futuro. Como no se adoraban más que a sí mismos, consentían la
supremacía de los demás, acatando sus acciones y respaldando sus decisiones sin
oponer más que una resistencia mínima, para hacer notar que todavía existían.
Lo
mismo que las mansiones del anillo edén eran atendidas por androides de
protocolo y mecanismos automáticos que ejecutaban todas las funciones y
caprichos de sus amos, los cónsules humanos servían de enlace entre los dioses
y el mundo que tenían a sus pies, piezas imprescindibles en el engranaje de una
máquina que funcionaba a la perfección, pues no se permitía fallo alguno. Más
abajo en el escalafón, una pléyade de individuos trabajaba al servicio de las
Casas, proporcionando su habilidad manual, su investigación científica, su
conocimiento médico. Los dioses no tenían que molestarse en pensar: eran sus
esclavos humanos quienes se dedicaban a ese oficio secundario al que no
concedían demasiada importancia.
Los
dioses disfrutaban de su ocio, y los humanos a su servicio iban y venían,
agotado el cupo de sus vidas. Padres e hijos se turnaban atendiendo a los
metahumanos y se borraban de la memoria de los dioses, confundidos unos con
otros, tan insignificantes como los soldados que un general loco envía a la
ofensiva, al matadero, sabiendo que no será su sangre la que se derrame sobre
los campos.
El
control de la inteligencia delegada, la creatividad ajena asumida como un fruto
que era propio tan sólo con alargar la mano y cogerlo, se traducían
especialmente en la decoración con que los dioses adornaban sus santuarios del
anillo edén. Conscientes de su superioridad una vez más, orgullosos de sus
estirpes respectivas, pero incapaces de encarnar un panteón nuevo, eran muchos
los dioses que habían recurrido a cánones clásicos para entronizar su
esplendor, para espantar de cara a la eternidad la sombra de alguna futura
decadencia. Los sueños imperiales que el pintor Alma-Tadema pudiera haber
tenido en la Inglaterra Victoriana más de un milenio atrás eran ahora
realidades tangibles en las mansiones del anillo edén, islas maravillosas
rebosantes de mármoles y piedras que emulaban el prestigio de la Antigua Roma,
la belleza convertida en uso diario, la irrealidad de una época imaginada
trastocada y vuelta un hecho tangible. Como modernas Laputas, los palacios del
anillo edén sobre la atmósfera del planeta reflejaban el estilo que querían
imprimirle sus dueños, y en la mayoría de ellos el clasicismo grecorromano era
la nota imperante, habitados por Júpiter y Juno en carne y hueso, verdaderos
dioses ahora sobre el cielo, mientras que en otros el ascetismo oriental era lo
que figuraba, o las perspectivas imposibles, ya reales, que imaginara Escher.
Sólo los Kent habían huido del molde latino, quizá por considerarse los más
antiguos entre los dioses. El gran templo piramidal del anillo edén que servía
de solitaria casa para Richard Kent, último de su estirpe, destacaba de las
demás mansiones por su abundancia de elementos que entroncaban con la gloria
del Antiguo Egipto. Mientras se paseaba en silencio por sus altares imitados,
por sus tumbas vacías, Richard Kent pensaba en su eterna mortalidad, en la
muerte que algún día le esperaría, como a sus antepasados, como a sus iguales,
la muerte que en los hombres era un suspiro y en los dioses se hacía tanto de
rogar. Adoraba la muerte porque le esquivaba año tras año, una flor que sólo de
tarde en tarde abría sus pétalos a su alrededor, vanidosa y selectiva.
Como
los hombres de quienes tan distintos eran y a los que tanto se parecían,
algunos pocos dioses anhelaban lo que no tenían. Y en el caso de Richard Kent,
hermoso y aburrido, perfecto y sin capacidad de sorpresa después de tanto
tiempo de gozar de la vida, sólo el final del camino que apenas intuía le
fascinaba, la senda sin retorno que le parecía tan lejana, tan misteriosa, a
ratos tan apetecida.
Los
túneles se inundaron de una luz fría y amarilla. Davinia cerró los ojos, se
cubrió el rostro con una mano. Andrea aguantó a pie firme el picoteo de la luz
intensa sobre su rostro sudoroso, sabiendo que algo en su capacidad de
adaptación neutralizaría la quemazón del fuego sobre sus retinas en un par de
segundos.
Estaban
rodeadas por dos docenas de individuos de aspecto repugnante, aterrador. Por un
instante pareció que las paredes y el suelo de las cloacas había cobrado vida,
avanzando hacia ellas como los fantasmas de un musical en tres dimensiones.
La
formación de Centinela que Andrea Vanderbilt había recibido se hizo cargo de
sus neuronas, tensando su cuerpo como un resorte. A pesar de que la otra mujer
parecía tranquila, o al menos más calmada, la derivante no se permitió bajar la
guardia. Supo de inmediato quiénes eran estos seres de pesadilla.
Tenían
muchos nombres, pero todos ellos respondían a una esencia única. Eran los
leprosos, los hurones, los gusanos. Eran los demonios caídos de los cielos, los
hombres topo, los morlocks. Eran los habitantes de las sombras, los refugiados,
los infectos. Eran los ángeles de los pantanos, los despojos, la escoria. Eran
los seres de las cavernas, los desechos, los reptiles que vivían a contraluz.
Eran los enfermos, los huidos, los involucioistas. Eran los espectros, los
resucitados, los turistas del infierno. Eran los tullidos, los truhanes, los
mutantes. Eran los fantasmas del nuevo Hades que ellas dos habían invadido, la
sociedad secreta que los Centinelas nunca se habían atrevido a desmantelar, un
mundo debajo del mundo, donde la ley de los dioses no era más que el chiste de
un tartamudo, donde la justicia de los hombres era un escupitajo de desprecio.
Andrea
se volvió hacia su compañera. A pesar del temor que se dibujaba en sus ojos
oscuros, Dave Cross dio un paso al frente, controlándose.
—Queremos
ver a Samsara —dijo.
La
muralla de remiendos se replegó, como una ola hecha de harapos y de peste. Por
encima del murmullo de voces y gemidos se oyó un zumbido sordo, un mecanismo
molesto. Andrea Vanderbilt entornó los ojos. Davinia se enderezó.
Los
extraños habitantes del mundo subterráneo se retiraron, y de más allá de las
luces cegadoras se recortó una figura que flotaba a medio metro del suelo. Era
una silueta rechoncha y tan mal vestida como todas las demás, pero había algo
en la manera en que avanzaba que anunciaba la llegada de un rey, o de una
reina.
Andrea
confió en el poder de sus pupilas para contrarrestar la fuerza de la luz que
las exponía a los zombis que las contemplaban con rechazo, con burla, con
deseo. La criatura que flotaba hacia ellas, sentada en un trono volador o tal
vez sujeta por arneses invisibles, tenía las piernas atrofiadas, retraídas
sobre sí mismas, de ahí la necesidad de la silla anti-g. La grasa y los harapos
que cubrían su cuerpo hacían del extraño ser una especie de pelota de carne,
imposibilitando la identificación de su sexo. En cuanto al rostro, era una
marea de rasgos y facciones que se dibujaba y contradecía constantemente,
mostrando ahora unos ojos azules, luego una nariz aguileña, en seguida una boca
sin dientes, después otros dos ojos, esta vez negros, unos labios sensuales,
una barba cerrada. En el baile del rostro de Samsara Andrea Vanderbilt
comprendió que había encerrado un proyector de imágenes que nunca había visto
en el mundo de la superficie.
—¿Buscas
un nuevo colibrí pirata, Davinia Cross? —borboteó la voz de Samsara, remedando
la propia voz de la periodista—. Creía que el otro te había servido bien. Al
menos descubriste cosas interesantes. Muchas cosas. Muy interesantes.
Samsara
se detuvo a un metro escaso de las dos mujeres, observándolas con curiosidad
burlona que se repetía en el centenar de rostros que asomaban sobre su cara
invisible.
—¿Otros
dos cadáveres para nuestro club? ¿Hermanas de sangre en el lodazal al fin,
Davinia Cross, Andrea Vanderbilt? Andrea frunció el ceño.
—¿Me
conoces?
Un
nuevo borboteo sacudió los hombros de la criatura flotante y resonó en las
paredes como el croar de un sapo de quinientos kilos de peso.
—¿Quién
no te conoce hoy en este mundo de dioses, Andrea Vanderbilt? ¿Crees que por
vivir en los subsuelos estos pobres leprosos carecen de las ventajas de algo
tan anticuado como la televisión?
Fue
Davinia quien hizo ahora una mueca. Algo en la alegre burla del hombre-mujer la
hizo comprender que el colibrí pirata que había adquirido semanas atrás no sólo
le había permitido descubrir a ella el secreto de la derivante que la
acompañaba. Sin duda, el sofisticado aparato emitió también a los bajos fondos
donde había sido diseñado el tesoro de información que ahora la situaba en
posición tan poco ventajosa.
—Necesitamos
tu ayuda, Samsara —dijo.
—Entonces
habéis venido al sitio adecuado, mis bellas amigas. Nosotros os daremos ayuda,
¿no es cierto, hermanos? Os la daremos. —Hubo un murmullo de diversión—. Pero
antes tenemos que hablar de negocios.
Los
seres de las cloacas eran una realidad consentida y temida por los
controladores del mundo de la superficie. Los Centinelas sabían que bajo sus
pies, en los centenares de túneles que horadaban las entrañas de Megaciudad
como surcos de gusano en una manzana, un número indeterminado de disidentes
había encontrado refugio. Era muy posible que aquella secta secreta compuesta
por la escoria de la sociedad se repitiera también en otras arcologías, en
cualquier rincón del orbe, pero Murdock Fisk tan sólo conocía su presencia en
el sector al que había servido y ahora coordinaba. Las catacumbas de los
primeros cristianos que moraron la ciudad se habían repetido aquí desde hacía
siglos, ofreciendo cobijo al hampa. La red de túneles y subniveles era tan
profunda, tan complicada, que ni siquiera los Centinelas se atrevían a
internarse en su laberinto. Ninguno volvería si así lo hiciera.
Eran
un mal localizado, un tumor putrefacto que las autoridades insistían en
considerar benigno. Mientras fueran invisibles, aquellos seres de ultratumba no
existirían, ni siquiera en las estadísticas. La guardia de corps de los dioses
tenía una misión más importante, y nadie osaba equiparar aquel puñado de parias
con la amenaza más tangible de los derivantes.
Pero
estaban allí, ermitaños en el interior de una concha confortable. Eran una
sociedad debajo de la sociedad, un mundo por debajo del mundo, con sus leyes,
con sus gobernantes. En la superficie y sobre ella los dioses eran
omnipotentes, pero bajo la tierra ni siquiera los metahumanos podían controlar
una humanidad residual que pugnaba por continuar adelante, a su albedrío.
Murdock
Fisk había oído las anécdotas que los Centinelas veteranos se empeñaban en
repetir para los novatos más incautos. En la tumba oculta donde vivían, los
seres de la oscuridad se reían de sus poderes, ignorando la férula de los
dioses y de sus perros de presa. Habían aprendido a sobrevivir entre la
escoria, gozando de su existencia libre. Recién ingresado en el cuerpo, Murdock
no comprendía cómo se toleraba aquella extraña secta que ponía en entredicho
todo cuanto ellos representaban. Un par de escaramuzas bajo tierra el primer
año de servicio le convencieron de que la política de dejar vivir era lo más
acertado en ese caso concreto. Tiempo habría de inundar aquellos túneles
malditos de violencia y sangre.
Murdock
Fisk ordenó a su escuadrilla separarse más entre las paredes del túnel, para
evitar una colisión innecesaria. Comprobó el potencial de combate de su
exoesqueleto. Todo a punto. Sonrió.
Había
llegado el momento.
Samsara
se abría paso entre los túneles oscuros como un cocodrilo en los afluentes de
un río, escurridizo y sinuoso, flotando como un papa negro por delante de la
procesión que encabezaba.
Andrea
y Dave le seguían, otra vez hundidas en cieno hasta los muslos, luchando por no
perder el ritmo que su anfitrión marcaba ante ellas. A sus espaldas, junto a
las paredes, la singular masa humana (¿o no era humana?) se movía, sin apenas
provocar un susurro que la identificase por encima del chisporroteo del agua.
Samsara
cantaba una canción obscena en varios idiomas a la vez, alternando estrofas y
variando de voz según interpretara a solistas diferentes. Andrea Vanderbilt se
estremeció. Aquel individuo indefinido, el rey de este lugar, estaba loco, o se
lo hacía, no le importaba. Pero parecía estar divirtiéndose mucho a su costa.
—No
sabía que tuvieras contactos en el mundo del hampa, Cross —masculló, frotándose
con una mano sucia la nariz, no mucho más limpia.
—Es
aquí abajo donde se encuentra la mejor tecnología. ¿No lo saben acaso los
Centinelas?
—Claro
que sí. —Por un momento, el orgullo del Cuerpo al que había pertenecido
contagió las palabras de la hermosa mujer rubia. Luego, el recuerdo
omnipresente de su situación actual la hizo morderse los labios. Pero terminó
la frase—. No imaginaba que tuvieras el coraje de internarte sola en estos
túneles.
Dave
Cross se volvió hacia las sombras harapientas que las seguían. Controló un
escalofrío.
—No
estoy sola, Virgen María. Tú me acompañas.
—Creí
que habías dicho que ya estuviste antes aquí.
—No
exactamente. Los contactos de mi ex marido son impresionantes. Incluso debe de
tener amigos dioses. No, no pongas esa cara. Es verdad. Del mundo de los
antiguos solamente sobreviven la estupidez y la mafia.
Andrea
no hizo ningún comentario. Pensó que la otra mujer debía de estar bromeando, y
en cualquier caso no le complacía demasiado su sentido del humor.
—Hace
un par de años bajé a las cloacas —prosiguió Dave. Había una película de algo
parecido a la desilusión empañando sus pupilas oscuras, pero su compañera no
llegó a verla—. No alcancé estos niveles, claro. No me habría atrevido
entonces. Buscaba un reportaje, algo distinto que ofrecer en mi periódico. Fue
así como conocí a Samsara.
—Y
el reportaje nunca se publicó, Davinia Cross —comentó el extraño hombre-mujer,
sin volverse de su silla voladora.
—¿Hubieras
preferido que pusiera al descubierto el alcance de vuestra civilización
subterránea? —replicó la periodista.
—¿Por
qué no? La fama y la gloria en los vidiarios son flor de un día, ¿no es verdad,
Andrea? —La derivante no contestó a la burla del rey de las cloacas—. Además,
¿qué problema habría habido? Quienes controlan la superficie ya hace siglos que
conocen nuestra existencia y no se atreven a medirse con nosotros. ¿Nunca
habías bajado antes al reino de las sombras? Andrea meneó la cabeza.
—No.
Pero algunos compañeros míos sí lo hicieron.
—¿Ah,
sí? ¿Y qué se contaban?
—Poca
cosa. No regresaron arriba. Samsara soltó una risita gaseosa.
—¿Ves
como no habría pasado nada, Davinia Cross? Creo que incluso habría sido una
ventaja para nosotros. El mundo de la superficie se habría enterado por fin de
quiénes son los que de verdad mandan.
Samsara
reemprendió su canción, o tal vez fuese otra distinta. Los súbitos cambios de
voz y tono hacían imposible entender una sola estrofa. La marea oscura de
rostros ennegrecidos continuó su marcha silenciosa, jadeando a espaldas de las
dos mujeres.
—¿Dice
la verdad? —preguntó Dave—. ¿Es por miedo por lo que los Centinelas no bajan
aquí?
Andrea
se encogió de hombros.
—Es
posible. Estos tipos no molestan demasiado, y si lo hacen tienen el tino de no
dejarse ver. Sin pruebas no hay delito. Además, los Centinelas sólo cumplen
órdenes. Si esas órdenes no existen...
—Comprendo.
Quien hace la ley hace la trampa.
—No
te quejes, Cross. Ten por seguro que si los Centinelas decidieran tomar al
asalto estos túneles, ni toda la tecnología pirata del submundo podría
resistirlos.
—Eso
es fácil de decir —rió Samsara, confiado—. Pero es algo que no va a pasar
nunca.
El
olor era nauseabundo, incluso a través de los filtros de los yelmos. La
escuadrilla avanzaba en silencio, impelida por los jets de sus botas de acero.
El estruendo que podrían causar en cielo abierto era aquí absorbido por los
sistemas de emergencia de sus exoesqueletos, los mismos que les permitían pasar
desapercibidos en los radares y desembarcar en cualquier posición sin ser
vistos. Se movían en zigzag, como anguilas en un estanque, rastreando. La red
de canales se extendía, infinita, pero sus órdenes eran emplear en la
investigación todo el tiempo del mundo.
A la
luz del día, los espectros de Yokize y Amaterasu parecían menos reales, el
consuelo falso a una situación que no aceptaba más que a regañadientes.
Descansado, alerta, dispuesto para un nuevo día de caza, Tatsuo Takahashi
contempló la sombra que reproducía movimientos lejanos de su esposa y de su
hija, inmortalizadas para siempre en la proyección tridimensional, el recuerdo
mudo y doloroso de un tiempo que nunca volvería, pese a su repetición
milimétrica.
Muchas
veces se había preguntado si aquello no sería una especie de esclavitud hacia
la realidad virtual por su parte, como había visto en algunos lugares, gente
que se desconectaba del mundo que les rodeaba para vivir babeantes una
fantasía. Pero no. Los tecnoautistas escapaban a la realidad, mientras que él
la repetía, a conciencia, un alcohol despiadado que quemaba la herida, sin
sanarla, horadando cada vez más en los pliegues de su carne. No tenía sentido
aquella forma de vida, era consciente de ello, pero la penitencia iba implícita
en su pecado, aunque ese pecado no existiera.
Yokize
y Amaterasu reproducían sus gestos calcados, en silencio, como figuras de cera
escapadas de un cine remoto, condenadas a la inmortalidad, los arquetipos de un
kabuki que ya no conservaban más que la máscara sin la carne, la encarnadura
sin la esencia.
Era
una droga. Una terapia. Un castigo. Una purga. Takahashi veía en ellas lo que
un día tuvo, lo que perdió, lo que nunca recuperaría. Tal vez fuera una forma
de negar su frustración, su fracaso. O un recordatorio para seguir adelante, un
cartel de reclamo clavado perpetuamente a su memoria.
Los
fantasmas de su esposa y su hija le despidieron desde el ático, hasta borrarse
como vapor con la llegada del sol. Takahashi se concentró en su ruta de vuelo,
conectó los sensores de su armadura a máxima potencia. El recuerdo de Yokize y
Amaterasu era su combustible una vez más, el motor de su venganza, el único
objetivo para su vergüenza de superviviente.
Iba
a encontrar a un derivante, y en su carne desquitaría lo que sus hermanos de
raza le robaron. Yokize y Amaterasu no volverían a estar jamás solas en la
muerte.
Los
túneles se hacían más profundos, más siniestros. La patrulla avanzaba a
tientas, como remoras al encuentro de un leviatán del que nutrirse, sin saber
si su capacidad sería suficiente para sorber vida del cuerpo de piedra y hierro
que habitaban.
Murdock
Fisk observaba los detalles de aquel mundo abandonado con perplejidad
creciente: los detritos, la negrura, la suciedad que todo lo cubría, arriba y
abajo, el mal olor insoportable, las ratas que chapoteaban en los dos palmos de
barro que sobrevolaban. Su visor le permitía registrar claramente cada rasgo de
aquel infierno húmedo y pegajoso, y por un momento casi deseó volar ciego por
los túneles desiertos, confiando en su instinto en vez de en la experiencia.
Un
pensamiento amargo deformó su rostro reconstruido en plástico. Si Andrea se
encontraba en esta cloaca, si aquí la había traído su estrategia, sin duda
estaría mucho mejor muerta.
Él
se encargaría de eso.
—De
modo que, después de toda una vida de insatisfacciones y visicitudes en el
mundo superior —dijo Samsara, con una sonrisita pomposa—, al final has decidido
venirte a vivir aquí abajo con nosotros, con la escoria.
—No
seas ridículo —contestó Dave Cross, mientras mordisqueaba la comida que los
seres de las profundidades de Megaciudad les habían ofrecido. Prefería no hacer
ninguna conjetura sobre su procedencia—. Sólo queremos salir de aquí cuanto
antes.
—¿No
os gusta nuestro humilde hogar? Andrea echó un vistazo a su alrededor. La
habitación horadada en la dura roca podía ser cualquier cosa menos humilde.
Había densos cortinajes, jarrones de porcelana, grandes candelabros de oro y
plata, la escultura de una mujer desnuda, sin brazos, bellamente plasmada sobre
mármol, más de docena y media de cuadros que sin duda eran obras de arte que
los entendidos del mundo de la superficie consideraban perdidas para siempre.
En la seguridad de sus aposentos, libre de la podre-dumbre que los rodeaba, el
señor de las catacumbas podía disfrutar de un lujo que fuera era sólo
imaginación. No faltaban, entre aquel batiburrillo que parecía rescatado del
fondo del mar, los más complejos adelantos técnicos. Pero las pantallas de los
televisores y tresdé que cubrían las paredes donde no se perfilaban otros
adornos no ofrecían ninguna marca conocida. Andrea supo que el propio Samsara,
o uno de sus engendros, las había fabricado por su cuenta, superando con mucho
las prestaciones de otros aparatos más vistosos.
—No
está mal para pasar el rato —comentó la derivante—. Pero echo de menos el aire
fresco.
—Ah,
me decepcionáis, muchachas —dijo Samsara, adoptando el rostro de una anciana de
aspecto bobalicón y venerable—. Creía que habíais fingido vuestra muerte para
incluiros en nuestras filas.
—¿Sabías
que estábamos vivas?
—Dave,
querida, ni por un momento imaginé que quisieras suicidarte con toda esa
cantidad de explosivos que nos compraste la última vez. Te habría salido más
barato lanzarte por la ventana o cortarte las venas a mordiscos. La simulación
dramática que enseñaste al mundo era casi perfecta, pero nuestros técnicos son
capaces de diferenciar imagen real de efectos especiales. Dave tragó saliva.
Hasta el momento, la tecnología del mundo de la superficie no permitía ese tipo
de alardes. Muchas veces había bromeado con su editor, Klaus Vildmann, diciendo
que una segunda venida de Jesucristo no sería capaz de convencer a las masas de
su auténtica gloria. Más trabajo iba a costarle explicar que sus cualidades
eran milagrosas y no adelantos técnicos. Hoy en día todo se explicaba por medio
de trucos, y la realidad y la ficción no se distinguían. No sucedía lo mismo
aquí abajo. La periodista se preguntó qué sucedería si algún día aquellos seres
desarraigados decidían abandonar su madriguera.
—Tenemos
cosas importantes que hacer ahí arriba, Samsara.
—¿Burlar
a los Centinelas, por ejemplo? —se mofó el hombre hembra. Su rostro dibujó un
casco de metal resplandeciente, amenazador.
—¿Has
oído hablar de un grupo de... derivantes que se identifican por medio de un pez
de plata? —preguntó Andrea. Le costó trabajo pronunciar la palabra que
describía a su especie.
Samsara
hizo una mueca tragicómica, alzando un brazo como para protegerse de una
apostasía. El movimiento fue tan teatral que Dave Cross pensó por un momento en
el Fantasma de la Ópera. Ninguna de ellas dos era Christine, en cualquier caso.
—¿Buscáis
ayuda o información? —reprochó el ser oculto tras la máscara danzante. Por un
segundo efímero Andrea pensó que era un hombre.
—Una
cosa tal vez nos lleve a la otra.
Samsara
pareció meditar por un momento.
—Información
y ayuda cuestan dinero.
—Me
temo que no tenemos con qué pagarte.
—No
digas tonterías, Dave Cross. Me has pagado otras veces. No demasiado
espléndidamente, cierto. Pero debía a tu marido varios favores. Y siempre me
has caído bien.
—Mi
marido y yo pusimos fin a nuestro contrato, como sabes. —La mueca de Dave era
una arruga de asco.
—Es
una forma muy amable de explicar tu divorcio.
—No
viene al caso ahora. Estoy muerta. Mis cuentas habrán sido bloqueadas a la
espera de testamentos y demás tonterías. Y tampoco me quedaba mucho después de
todo lo invertido en tus explosivos y el colibrí pirata.
Samsara
se volvió hacia Andrea Vanderbilt, que no podía apartar la mirada de uno de los
cuadros, donde un emperador romano sofocaba a sus invitados bajo una lluvia de
pétalos de rosa.
—La
paga de Centinela no daba para excesos —comentó, en respuesta a la muda
pregunta del señor de las sombras.
—Oh,
pero si posees un tesoro muchísimo más interesante —rió la criatura.
—¿De
veras? —Andrea puso los brazos en jarras. Por un momento fue consciente del
valor de su cuerpo para aquella gente deformada, pero no acertó del todo en sus
premoniciones—. Lamento haber comprometido mi virginidad.
—¿Tu
virginidad? ¿Por quién me tomas? Hay algo mucho más preciado que un trocito de
membrana que seguro que además se regenera, ¿no es así?
Andrea
luchó por no sonrojarse. Dave Cross sintió un atisbo de piedad hacia aquella
mujer guerrero, tan dura y tan ingenua, doblemente fuera de lugar en este
sitio.
—Si
hay algo de mí que pueda intesarte...
—¿Los
derivantes son ahora modestos, Davinia Cross? —La máscara se volvió hacia la
periodista, que se encogió de hombros. Los rasgos se borraron y aparecieron al
otro lado de la cara, convertidos en un ser distinto cuando se dirigió a Andrea
Vanderbilt—. Claro que hay una cosa que quiero de ti. La tienes a raudales. Y
no te costará nada. Tu sangre.
Los
sensores térmicos indicaban la presencia cercana de la vida. Su número era
indeterminado, pero sin duda aquella señal de alerta no correspondía a una
colonia de ratas. Murdock Fisk murmuró una orden escueta y la escuadrilla de
Centinelas se preparó para entrar en combate.
—Sabía
que mi juguetito facial te había gustado, Dave Cross. ¿Verdad que es divertido
tener un rostro cambiante?
Davinia
jugueteó con el fino collar metálico que llevaba al cuello. Sus dedos sucios
pulsaron los microbotones y un rostro nuevo se plasmó sobre sus facciones. Tuvo
que mirarse a un espejo para cerciorarse de su recién adquirido aspecto.
Frunció el ceño. En la superficie plateada su gesto fue imitado por la cara
desconocida de un hombre.
Andrea
se rebulló, nerviosa, mientras las zarpas de dos habitantes de las cloacas
sujetaban su brazo derecho y trataban de encontrar una vena.
—La
herida se cerrará antes de que podáis clavarme una aguja —despreció—. Y tengo
la piel dura como un elefante. Samsara se volvió hacia ella, flotando como un
pez burbuja.
—No
exageres. Una aguja láser y un catéter serán cuanto nos haga falta. La punta
del rayo impedirá que las células se regeneren durante el tiempo que
necesitemos para extraer tu preciado tesoro.
—Cualquiera
diría que ya has hecho esta operación antes.
—Y
la he hecho, claro. No pensarás que eres la única derivante que ha acabado con
sus huesos bajo tierra... y no lo digo sólo en sentido metafórico.
—¿Hay
otros derivantes aquí abajo? Samsara hizo un movimiento de desprecio, como no
dando importancia al asunto, pero todo lo que consiguió fue aumentar su
misterio.
—Algunos
debe de haber. Pero cuando nuestros hermanos entran en nuestros dominios, no
tienen raza, ni color, ni religión. Todos somos uno.
—El
ser con el que me enfrenté en la oscuridad, el que estuvo a punto de abrirme la
cabeza, ¿era un derivante?
—Es
posible. O tal vez fuera el producto de un experimento genético. No voy a
contestarte a eso también. No quiero desangrarte.
—¿Estos
disruptores faciales son seguros? —Davinia seguía jugueteando con las caras
diferentes que se iban asomando sobre su cuello en el espejo.
—A
mí me sirven bien —contestó Samsara—. Pero no te quedes sólo con la cara,
Davinia Cross. Yo reconocería esos pechos tuyos en cualquier parte. Debes
adoptar una personalidad completa, no sólo un rostro.
Andrea
dio un respingo cuando la aguja láser se le clavó en el brazo. Al instante, su
cuerpo luchó por reparar la pérdida. El rayo concentrado siguió picoteando,
repeliendo su poder curador.
—Un
par de collares para disfrazarnos e información a cambio de un poco de sangre
—rezongó—. ¿Para qué la quieres? ¿Eres un vampiro, Samsara?
El
rostro de un actor de tresdé especializado en papeles semejantes se volvió
desde lo alto de la silla voladora. La sonrisa de burla lo fragmentó como si
fuera la pantalla de un juego de vídeo.
—Meramente
un coleccionista de tesoros, bella Andrea. Y un científico de corazón. Te
sorprenderías si supieras las cosas que pueden conseguirse con tu hemoglobina
derivante.
—¿Entonces
lo que te impulsa es la investigación?
—Y
la tradición, Davinia. La tradición sobre todo. ¿No habéis bajado al infierno?
También Ulises tuvo que pagar la visita con sangre.
La
onda expansiva se repitió entre los túneles como el eructo de un dragón,
inundando los niveles de una vaharada caliente. La sacudida hizo temblar la
mitad del complejo subterráneo, torciendo los cuadros del santuario de Samsara.
No
tuvieron tiempo a preguntarse qué ocurría. Una descarga de plasma hizo de nuevo
estremecerse todo el lugar y la pared más lejana se vino abajo convertida en
polvo, arrastrando consigo tapices y pinturas. Por entre los cascotes negros,
en las galerías antes ahogadas de suciedad, pudieron ver los estampidos
luminosos de las detonaciones.
—¡Los
Centinelas! —Andrea fue la primera en dar consistencia oral a lo que todos
estaban atestiguando—. ¡Nos han localizado!
Samsara
y Dave Cross compartieron el mismo juramento entre dientes. Los Centinelas se
movían en el aire con la gracia de motas de polen, girando y cabriolando igual
que electrones sin átomo, esparciendo muerte y fuego a diestra y siniestra. Los
harapos de los seres de la oscuridad llameaban, como cerillas con brazos, antes
de desplomarse sobre las aguas fétidas y consumirse.
—¡Tenemos
que salir de aquí! —gritó Dave Cross. Se volvió hacia Samsara—. ¿No decías que
los Centinelas no se atrevían a bajar a estos lugares?
El
hombre-mujer la miró con algo parecido al odio.
—No
habían bajado jamás a nuestros dominios en un ataque directo. Os siguen a
vosotras. ¿Qué demonios andáis buscando?
—Un
pez de plata. Hemos visto que algunos derivantes lo llevaban antes de ser...
eliminados.
Samsara
meneó la cabeza, que se fue formando y reformando a cada gesto.
—Ninguno
de nuestros hermanos tiene nada así.
—Debe
de ser una especie de comunidad, una secta —dijo Dave, apresuradamente,
mientras se retiraban de la abertura horadada en el muro hacia la seguridad
relativa de la habitación—. Como los primeros cristianos.
—¿Y
por eso te persiguen los leones? —El emperador del subsuelo descorrió una
cortina y tras ella quedó revelada una puerta metálica—. No puedo darte ninguna
información sobre ese tema. ¿Un pez como los cristianos? Espera... Los códigos
cifrados de los Centinelas informaron hace unos días... Creo que alguna agencia
de noticias lo comentó de pasada también. Pero tú debes de saberlo mejor que
yo.
—Estoy
muerta, Samsara —recordó Dave Cross—. No he tenido tiempo de ojear vidiarios.
—Y
si no dejáis de hablar y abrís esa condenada puerta, volverás a estarlo, Cross
—dijo Andrea, cruzando la habitación que se desmoronaba con grandes zancadas de
impaciencia.
—Los
Centinelas destrozaron un reducto de cristianos y al parecer sólo sobrevivió un
sacerdote —empezó a decir Samsara.
Dave
Cross no tuvo tiempo de preguntarle cómo tenía acceso a las transmisiones
secretas de los Centinelas. Dos centuriones cubiertos de metal atravesaron la
pared ya abierta y se abalanzaron contra ellos.
Samsara
salió despedido como una pelota en un juego de tenis, dando vueltas en el aire
y rebotando en las paredes. El sistema anti-g de su silla voladora amortiguó
algunos golpes, pero no todos. Por debajo de sus rostros múltiples chorreó
sangre.
Uno
de los Centinelas abrió fuego a bocajarro contra Dave Cross, pero sólo una
lluvia de chispas y una oleada de calor alcanzó a la periodista. Abrió los
ojos, aterrorizada, y apenas tuvo tiempo de advertir que Andrea Vanderbilt se
había interpuesto entre los disparos y ella, recibiendo la descarga en su
cuerpo perfecto.
Andrea
se tambaleó, chorreando sangre de arriba abajo. Clavó una rodilla en tierra y
por un segundo Dave Cross pensó que había recibido demasiado. Entonces se puso
en pie, cubierta de un tejido cristalino, el poder regenerador que sofocaba el
incendio desatado dentro de sus venas.
El
Centinela abrió mucho los ojos por dentro del visor. Andrea, aunque no lo había
visto antes, comprendió que la había reconocido. En un instante aquellos labios
se moverían, pronunciando su nombre, alertando al resto de la patrulla de su
existencia.
El
golpe fue tan estremecedor como las explosiones que resonaban en los pasillos.
La cabeza del Centinela rodó, lanzando una lluvia de chispas eléctricas y
sangre, hasta caer como una pelota a los pies de la diosa de mármol. Andrea
advirtió que la brutalidad de su acción le había roto los huesos de la mano.
Samsara
quiso gritar algo, pero su aparato enmascarador había dejado de funcionar
momentáneamente. Cuando Andrea quiso reaccionar, tenía al segundo Centinela
encima.
Los
brazos del hombre la atenazaron por el cuello, derribándola. Andrea cayó sobre
los escalones que indicaban el camino hacia la puerta metálica, y el hombre
acorazado se agitó sobre ella, como si en vez de acabar con su vida pretendiera
violarla. El puño de la mano derecha encontró hueco entre sus labios, y Andrea
saboreó levemente el acero caliente del cañón de la pistola incorporada a la
muñeca. Cuando el Centinela disparara, ni su rápido poder regenerador podría
compensar sus sesos diseminados por toda la sala.
El
cañón se agitó dentro de su boca, le partió un diente. Los ojos del Centinela
se abrieron de par en par, pero no por un efecto de reconocimento como su
compañero, sino como bienvenida a la muerte. Andrea comprendió que los
estertores de su enemigo no indicaban un orgasmo estremecedor, sino algo mucho
más apetecible.
—Te
debía una, Virgen María —masculló Dave Cross. La aguja láser que habían
utilizado para extraer sangre a Andrea resbaló de sus dedos. La ex Centinela
comprendió que la otra mujer la había empleado para ensartar la nuca del
hombre.
—Gracias
—escupió, efecto del batir de su lengua sobre el diente roto.
—Vámonos
de aquí. ¿Samsara?
—Continuad
vosotras —dijo la criatura—. Yo me quedo.
—¡Te
matarán!
La
sonrisa de Samsara se hizo aún más burlona, enigmática.
—No,
sólo van a intentarlo. Andrea, tu disruptor...
Andrea
se volvió. El aparato que habían venido a buscar se encontraba al otro lado de
la habitación, sepultado bajo un montón de escombros. Dave Cross todavía tenía
puesto el suyo, y su cuerpo era ahora un enjambre de formas que se turnaban por
poseerlo.
Samsara
no vaciló. Se llevó la mano al cuello y arrancó algo de él, bajo las capas
invisibles de caras falsas. Lo arrojó a la derivante, que lo cazó al vuelo.
Sólo una décima de segundo captaron las dos mujeres su verdadero rostro, pero
en seguida los rasgos quedaron sepultados por las sombras.
Andrea
se colocó el collar. De un golpe, abrió la puerta. Cuando Davinia y ella la
atravesaron, dejando la batalla atrás, eran dos personas distintas.
Jean-Claude
Hubinon contempló aturdido a la pareja de dioses que le esperaban, como
siempre, haciéndose dueños de su despacho, de su vida y de su tiempo. Alexis
Maximoff enarcó una ceja a modo de saludo, haciendo que la prótesis de su ojo
falso relampagueara como el guiño de un búho. Dmitri apuró de un sorbo el vaso
de whisky que se había servido sin esperar a ser invitado.
Los
dos dioses parecían gemelos, pero su belleza imposible, más allá de la marca de
Alexis, se distanciaba en el porte, en los movimientos. Dmitri era algo más
bajo, más fornido, un toro rubio que no podía traicionar su lejano ascendente
eslavo. Alexis tenía unos rasgos algo más delicados, casi femeninos, con la
larga melena dorada cayéndole sobre los hombros y el bastón de plata trazando
molinetes entre sus dedos. Jean-Claude Hubinon nunca había podido decidir cuál
de los dos era más peligroso.
—¿Alguna
noticia, mi querido Jean-Claude? —preguntó Alexis, con el sarcasmo que parecía
columpiarse siempre en sus cuerdas vocales.
—Ninguna.
A ese sacerdote se lo ha tragado la tierra.
—Esos
Centinelas son unos ineptos —gruñó Dmitri, sirviéndose un nuevo vaso de whisky.
Jean-Claude echó un rápido vistazo al nivel de la botella de cristal tallada y
comprobó que no era el segundo que bebía el dios, ni el tercero.
—Vamos,
Dmitri. Sólo son humanos. —La sonrisa de Alexis Maximoff desplegaba todo el
desprecio del mundo—. Ya oíste lo que dijo Jonathan. Si ese sacerdote es
nuestro Jason, su presencia no queda registrada en los sensores.
—Entonces
hemos venido a perder el tiempo.
—No,
no, hermano mayor. Nada de eso. Hemos venido a matarlo, ¿recuerdas?
—Difícilmente
podremos hacerlo si no conocemos su paradero. Ese maldito bastardo es
escurridizo.
—Como
una anguila, es cierto. Tuvo que aprender a hacerlo. No se lo reproches,
Dmitri. No habría sobrevivido a nuestra especial amistad si no hubiera
aprendido a camuflarse.
Jean-Claude
se sintió fuera de lugar en la conversación entre los dos hermanos, sin
comprender apenas ninguno de los referentes que empleaban. Una cosa estaba
clara: ambos sentían un odio incontenible hacia el hombre que identificaban
como el sacerdote, hacia aquel Jason. En Dmitri era una repulsión visceral,
incontrolada. En Alexis era más sutil, más fría, más controlada, teñida incluso
de humor negro. Esta vez Jean-Claude Hu-binon no tuvo duda de que era Alexis
quien sentía un odio más profundo hacia el desconocido.
—Hubinon
—Dmitri siempre se dirigía al cónsul por su apellido, sin las familiaridades de
su hermano; Jean-Claude aún no había decidido si debía sentirse agradecido por
ello—, quiero un estudio detallado de todos los lugares a los que haya po-dido
ir ese sacerdote tras cruzar el desierto.
—Si
lo cruzó, no fue localizado por las patrullas, Dmitri.
—¡Eso
ya lo sabemos, maldición! Pero por una vez piensa con tu cerebro de mosquito
que pudo hacerlo. ¿Has comprendido ya la situación? Bien. Quiero un estudio
pormenorizado de todos los lugares a los que hubiera podido dirigirse, incluido
enlaces sub y aeropuertos.
—Lo
tengo hecho desde hace días, Dmitri —parpadeó Jean-Claude, satisfecho por
haberse adelantado una vez más a los caprichos de los dioses—. Pero el sitio
más cercano al que pudo acceder no puede decirse que sea el más adecuado para
un sacerdote.
Alexis
sonrió, saboreando de antemano la respuesta de su cónsul. Había comprendido
cuál era el destino de su presa.
—La
ciudad de los placeres y del juego —murmuró. Su hermano se volvió a mirarlo,
sin comprender.
Jean-Claude
asintió.
—Está
en Vegas, Dmitri —dijo Alexis, robando las palabras al humano—. En Vegas. Ahora
sí que lo tenemos.
Murdock
Fisk se alzó el visor y respiró directamente el aire negro de las catacumbas. A
su alrededor flotaban los cadáveres de los habitantes del subsuelo, un amasijo
de brazos descompuestos y gestos torcidos, la incomodidad de la muerte que le
provocaba una mezcla de terror y respeto. Cuando yo muera no quiero quedar así,
en esa postura., pensó, pero reprimió de inmediato las palabras que corrían
como seres eléctricos por su cerebro.
Habían
sufrido cinco bajas, pero la destrucción causada en los túneles dejaría una
cicatriz permanente allá abajo. A partir de ahora, no podría decirse que las
catacumbas eran un lugar prohibido para los Centinelas. Su grupo de élite había
irrumpido a saco en la guarida y había desmembrado la cabeza del gusano.
Por
el momento al menos, Murdock, chico, pensó. Tuvo que volver a bajarse el visor.
Muchos de aquellos renegados habían escapado, perdiéndose en otros niveles cuya
existencia era un misterio. Pero la acción de los Centinelas había servido para
demostrar muchas cosas.
Uno
de sus compañeros había muerto con la cabeza arrancada de cuajo, el producto de
un golpe violento y seco. Sólo un derivante era capaz de una acción así, un
derivante perseguido, a la desesperada. Justo lo que él iba buscando.
Contempló
una vez más la sala de trofeos, aquel revuelto desván donde se acumulaban
tesoros que su educación no le permitía saborear. Una especie de arnés volador
asomaba entre los cascotes, retorcido y roto, pero no había nadie dentro de él.
El Centinela se encogió de hombros.
Una
mujer desnuda, tallada en mármol, le observaba con sus ojos ciegos. Era
hermosa. Una diosa, tal vez. Si supiera hablar, tal vez podría comunicarle
algún dato al que pudiera sacar partido.
Murdock
se volvió hacia la puerta de metal, todavía humeante. Uno de sus hombres la
acababa de descerrajar de un disparo. Sobre la superficie se marcaba una huella
en rojo. Comprobó en su escáner. Una mano. Las líneas de la palma abrían un
surco gris entre los arabescos ensangrentados.
Una
rápida comprobación. Una sonrisa. Su ordenador de combate acabó de cotejar la
huella identificadora. No había duda. La había perdido una vez más, pero a
partir de este momento podría ir sobre seguro.
La
marca en el metal era de la mano de Andrea Vanderbilt.
La
tecnología de las catacumbas las hizo ascender por un hueco vertical, no menos
oscuro que el infierno que dejaban atrás. Por un instante Dave Cross sintió que
estaba volando, absorbida por el anulador gravitatorio que las escupía hacia la
superficie como si fueran un trozo de carne en una tráquea obstruida. Andrea
Vanderbilt, más acostumbrada a las vicisitudes del vuelo, apretó los brazos
contra sus costados, ofreciendo la menor resistencia posible al aire que
surcaban, convertidas en un par de proyectiles humanos.
Tardaron
un segundo en comprender que habían salido a la superficie. La oscuridad de la
noche las confundió, pero en seguida el aire fresco les hizo darse cuenta de
que habían escapado de la destrucción que los Centinelas causaban en el
refugio. La alcantarilla se cerró a sus pies, imposible de detectar. Andrea dio
un paso al frente, miró al cielo.
—Estamos
como al principio, Cross —dijo; parecía molesta.
—No
—corrigió la periodista, tocándose el adorno de su cuello—. Ahora sabemos que
hay un sacerdote a quien buscar. Y además tenemos esto.
REYES
Al
principio, el traqueteo monótono del transporte sub la mareaba, pero acabó
quedándose dormida al cabo de las horas y cuando despertó ya casi no notaba las
vibraciones que le permitían devorar kilómetros y saltar en un par de días
extensiones incalculables de vacío. La niña dormía en su regazo, como siempre,
alimentándose ahora del calor de su cuerpo. Parecía que no necesitaba otra
cosa.
Tras
bajar de la montaña sagrada, entre decepcionada y gozosa, Shai'r había tomado
una decisión de la que todavía no había podido arrepentirse. Vendió sus
pertenencias a otros miembros de la tribu, sabiendo cuánto perdía con el
cambio, y se puso en marcha poco después, la pequeña en brazos, atravesando
valles y riscos con un ritmo casi frenético, hasta que encontró un enclave de
turistas y consiguió que la llevaran hasta un enlace sub, donde comenzaba la
civilización de la que hasta ahora había estado apartada.
Su
decisión era fruto de un impulso, tal vez, pero no podía hacer otra cosa. Los
dioses no habían bajado a recoger a su hija, aunque les perteneciera. Tal vez
en las ciudades que ascendían hasta el cielo pudiera encontrar un modo de
hacerla llegar al pa-raíso. Quería a toda costa que la pequeña ejerciera el
derecho a ser superior que la identificaba como una marca a fuego desde su
nacimiento.
Shai'r
contempló su reflejo en el cristal oscuro que indicaba que más allá del gusano
de hierro no había más que paredes negras. El aire reciclado le sabía extraño
en los pulmones, tan diferente como el agua que había bebido un rato antes. Se
internaba en un mundo distinto y en su ignorancia ni siquiera tenía miedo a lo
que allí pudiera devorarla.
Una
vez más, Takahashi comprobó que su búsqueda no daba frutos. El blanco señalado
días atrás le eludía, perdido en los sargazos de millones de cuerpos
desconocidos, inclasificables. Tenía que estar allí abajo, lo sabía, oculto a
los sensores y otras sondas identificadoras, consumiendo un tiempo prestado que
acabaría, por agotársele de todas formas.
Takahashi
se posó sobre un alero, dominando los siete niveles de Vegas, extendida allá
abajo como un collar de perlas roto ante su presencia. El brillo de la ciudad
del vicio era tan grande que tuvo que recurrir a los sistemas de filtrado de su
yelmo, pues no quería sentir también el canto de sirena de la corrupción
inundando su organismo.
Su
derivante estaba entre aquella gente. Tenía que estarlo. Si carecía de medios
de transporte, como los Centinelas (e incluso él mismo) habían certificado, no
podía haber llegado a otro lugar: en todas direcciones, como en el resto del
mundo, no había más que desierto y soledad. La humanidad se apretujaba en
grandes megaciudades, enormes arcologías casi aisladas en sí mismas,
interconectadas por enlaces subterráneos y vías aéreas. Sobrevivir fuera de
ellas era una quimera, un sueño absurdo que sólo podía conducir a una pesadilla
inevitable al despertar. Takahashi abrió los brazos y se dejó caer, como un
maniquí sin voluntad, consumiendo metros y metros de espacio mientras
reflexionaba. Se detuvo en pleno descenso, giró con la presteza de un tornillo,
contempló boca abajo las luces cegadoras del emporio humano. Neo-Tokyo era una
metrópolis similar, un millar de focos sin sonido, un espacio vital
absurdamente comprimido en una isla que hacía siglos se había quedado pequeña.
Comprendía que sus antepasados hubieran tenido que extenderse hacia arriba,
pues el mar envenenado no concedía ninguna tregua, pero aquí tantos kilómetros
de desierto en todas direcciones actuaban como un cinturón de arenas movedizas
que marcaba un límite, un recordatorio de que el futuro del ser humano estaba
en los cielos. La ascensión, sin embargo, se había detenido hacía cientos de
años, o tal vez en aquellas babeles donde los hombres subsistían el techo
estaba ya fijado de antemano.
Takahashi
sentía arder en su sangre la tensión, el deseo imperioso de dar caza. Su
destino también quedó fijado de antemano, como el de la humanidad, cuando
Amaterasu y Yokize le abandonaron. El oscuro individuo que entonces era
desapareció aquella tarde, salpicado de sangre y lágrimas, para renacer a la
venganza. Su destino quedó fraguado para siempre. Ahora su misión era castigar
sin tregua, eliminar a los derivantes que le habían despojado de lo único que
realmente había tenido sentido en su vida. Takahashi se había convertido en un
ángel exterminador, un demonio de espada flagelante, y ni todos los siste-mas
enmascaradores de la tierra impedirían que su vendetta privada continuase.
Únicamente podría haber un final del camino. Sabía que él solo no podría
eliminar a todos los derivantes que vagabundeaban ocultos por el mundo, pero su
destino ya había sido sellado con sangre.
En
su ansia de venganza, Takahashi era consciente de que iba corriendo a ciegas
hacia el abrazo de la muerte.
Una
neblina sucia cubría la ciudad, embozando las pústulas que las vidas de los
hombres dejaban a su paso. Aquella meca de tecnología obsoleta y aparatos de
diversión no era para ellos, nunca lo sería. Dmitri y Alexis Maximoff
escrutaban con ojos de águila el pobre remedo de placer y perversión que los
humanos habían podido conseguir, con su permiso. El desdén se reflejaba en sus
expresiones faciales, en la postura con que revolo-teaban por los siete niveles
de la metrópolis, sujetos contra la gravedad por la potencia de sus anillos de
vuelo.
—Nada
—masculló Dmitri. Sus palabras apenas articuladas se repitieron claramente en
el microauricular que su hermano llevaba sobre la oreja—. Al maldito se lo ha
tragado la tierra.
—Tiene
que estar ahí —respondió Alexis, más controlado, como siempre. Los años le
habían enseñado a refrenar los arrebatos de su odio. Cuando descargara el
golpe, igual que una mangosta, sería para liberar de un solo envite toda la
rabia acumulada en su pecho—. Es cuestión de paciencia.
Los
dos hermanos sobrevolaban los altos edificios y sus diferentes planos de
aceras, identificados a ratos por los humanos que podían seguir durante más de
un instante las piruetas que trazaban en el aire contenido dentro de la inmensa
ciudad-pirámide. Eran dos plumas rubias que doblegaban los vientos y
controlaban su rumbo dibujando arabescos imposibles que ni siquiera los más
avezados Centinelas serían capaces de imaginar. Sin armaduras especiales ni
jets propulsores, confiados solamente a la lámpara maravillosa de sus anillos
de energía, los metahumanos desafiaban a la Tierra como debieron los
arcán-geles desafiar al Cielo en el principio de los tiempos.
Iban
a saldar una deuda largamente demorada, a eliminar un recuerdo de la infancia
que en el fondo no era más molesto que el primer arañazo en una sala de
peligros o el descubrimiento de la infidelidad de la primera amante compartida.
Como si fueran un solo dios repetido, los hermanos Maximoff habían vivido a la
sombra de un rencor sin consistencia, pero si antes temían contrariar al
poderoso Jonathan y a los jefes de otras Casas, ahora parecían contar con su
beneplácito absoluto: Jason Prince, el hijo de Bianca, la rareza única con la
que no habían podido aprender a convivir, tenía las horas contadas.
Una
explosión reveladora a muchos cientos de metros bajo su estela alertó a los
dioses de la venganza. Supieron de inmediato, con su vista de lince, lo que
pasaba. Alguien había descubierto al derivante.
Takahashi
cabrioló sobre las banderas, esquivándolas como si fuera un funámbulo sin
control, cuidando de no ensartarse en sus astas. El derivante se zambulló hacia
el nivel inferior, cortando la bofetada del viento con sus ropas hinchadas. La
larga gabardina negra humeaba aún por efecto del primer disparo efectuado por
el ronin a la caza.
Cayó
de pie en mitad de la acera. Un vehículo eléctrico lo esquivó a duras penas,
pero el siguiente lo arrolló, haciéndolo girar por el asfalto y enturbiando aún
más sus rasgos deformados por el miedo. Takahashi no quiso disparar, aun
teniéndolo a tiro, para no herir a ningún ser humano inocente.
El
derivante flexionó las piernas y dio un brinco poderoso que lo impulsó al
instante hasta la otra acera, a salvo de las orugas de diez ruedas y las
motocicletas de gravedad limitada. El grupo de hombres y mujeres entre los que
se posó se dispersó aterrado al verlo aparecer, como surgido de la nada. Una
flor de fuego estalló sobre su hombro, arrancando cascotes de plastimetal de la
marquesina que tenía más cerca.
Takahashi
remontó el vuelo, cruzó también la calle por encima de las cabezas de los
asustados y los curiosos. Cuando llegó a la acera, su presa se había perdido en
las entrañas del edificio.
Era
un casino. Takahashi se internó en él, un torpedo con brazos siguiendo la
estela calorífica de su objetivo. La enorme ruleta gravitaba sobre el techo,
como un plano del universo lleno de colores y de números. Las luces se
fundieron de repente, y aunque los sistemas de emergencia se hicieron cargo del
problema menos de tres segundos más tarde, Takahashi comprendió que el
derivante en fuga era un tipo lleno de recursos.
Takahashi
disparó contra la nuliesfera que el derivante había atravesado. El segundo
disparo le hizo advertir que había cometido un doble error. El sellado del
aparato deflectó las dos balas de plasma, que huyeron espantadas del blanco que
de todas formas ya no estaba allí. Los rectángulos de energía y muerte
rebotaron por toda la sala, tocando de fuego las mesas y espantando la
serenidad de los crupieres. Una máquina tragaperras en tresdé estalló en un
caleidoscopio de sonidos, revelando al jugador de su interior, con las manos
llenas de monedas que se borraban de la vista como algodón de caramelo diluido
por la lluvia.
El
derivante no podía volar, pues carecía de la tecnología que convertía a
Takahashi en un auténtico hombre de hierro, pero los saltos con que esquivaba
la presencia del cazador casi causaban el mismo efecto. El samurai sin amo
registró en su ordenador de combate que las manos de su inminente víctima
brillaban cargadas de una extraña energía negra. Sin duda, se trataba de un
derivante distinto a los que había eliminado en el pasado.
Un
chaparrón de metal marcó en la pared la silueta de Takahashi, que apenas tuvo
tiempo de conectar el campo de fuerza auxiliar. Su exoesqueleto neutralizó la
mayoría de las piezas de juego lanzadas con precisión mecánica por el
derivante, pero un par de cartas se clavaron en su antebrazo. El samurai sintió
la picazón del dolor, pero no perdió tiempo en arrancar los naipes ni en poner
en marcha los sistemas cauterizantes de su armadura de combate.
Eludiendo
un enfrentamiento directo, el derivante descargó un puñetazo atronador contra
la pared. Takahashi comprendió que en sus manos resplandecía una pátina de
energía, innata o adquirida, que bien podría taladrar su pecho con la misma
facilidad con que las cartas metálicas habían pespunteado su coraza. Disparó
contra el fugitivo, entré un clamor de gritos y de sirenas, pero la rápida
ráfaga de rectángulos azules se perdió más allá del agujero por donde había
escapado el derivante.
Saltó
al aire una vez más. Atravesó la pared y se dispuso a lanzar una nueva andanada
cuando dos sombras estilizadas cayeron a ambos lados, desde arriba, veloces
como azores contra una liebre.
Takahashi
atinó a ver el brillo de sus ropas, el revuelo de sus cabellos de oro dibujando
un surco amarillo sobre las luces encarnadas de la noche. No eran Centinelas al
ataque.
Eran
dioses.
Alexis
Maximoff se precipitó en picado hacia su blanco, los puños por delante, sin
pestañear siquiera ante la picazón del viento contra sus ojos. En paralelo a
él, maldiciendo entre dientes, Dmitri caía como una bala trazadora. Casi un
centenar de metros más abajo, rebotando de nivel a nivel, el derivante
intentaba perderse de vista. No iba a conseguirlo.
El
silbido del aire en sus oídos perfectos hizo que Alexis Maximoff volviera la
cabeza. Una cuarta figura seguía su triple estela, un hombre recubierto de
metal dorado que suplía con tecnología su diferencia con el coloso en fuga y
los dioses a su caza.
Alexis
supo de inmediato qué era aquella figura, qué pretendía. Casi admiró su
perseverancia. Un cazador de recompensas, uno de aquellos locos que arriesgaban
sus vidas en la persecución de derivantes, un fanático impulsado por la
religión o el odio. Su arrogancia no tenía límites. En vez de retirarse ante la
presencia omnipotente de sus superiores, el hombre acorazado los perseguía,
dispuesto quizás a arrebatarles su trofeo como un perro de la jauría lucha por
arrancar para sí un miembro de la presa.
Alexis
se giró mientras caía. Se vio reflejado en el visor del cazador de recompensas.
Extendió una mano. Hizo un gesto breve, inapreciable.
Takahashi
salió despedido hacia arriba, lanzado como un chorro de esperma contra el cielo
negro. Invertida la gravedad, se perdió en las alturas girando sobre sí mismo,
una cápsula de salvamento en busca de la órbita.
Alexis
recuperó la posición de vuelo y sonrió al ver que su hermano había alcanzado al
derivante. Los dos caían hacia la acera del tercer nivel, convertidos en una
pelota de manos y de brazos.
Se
estrellaron contra un vehículo aparcado y esquirlas de metal y plástico
revolotearon tras el impacto.
Alexis
Maximoff se posó en el suelo con la gracia de una mariposa. Su hermano se
incorporaba ya, el rostro cubierto de sangre y cortes que cauterizaban casi en
el acto. El derivante se volvió, las ropas destrozadas.
—¡No
es él! —gritó Dmitri, la sorpresa y el odio deformando su bello rostro—. ¡No es
el maldito Jason!
El
derivante se secó la sangre de la boca y esperó a pie firme el ataque de los
dioses.
Giraba,
volteaba, perdía todo sentido de dirección y equilibrio. Los sensores de su
armadura chisporroteaban, ofreciendo un millar de lecturas contradictorias,
todas falsas. Takahashi luchó por recuperar el control de vuelo. Imposible. El
dios rubio ni siquiera le había tocado.
Un
simple gesto y su exoesqueleto se había vuelto loco, catapultándole hacia
arriba, por encima de la protección del último techo de la ciudad, lejos de su
presencia.
Una
luz de alerta en el visor hizo que su frente se cubriera de un sudor frío.
La
aceleración recibida era suficiente para ponerlo en órbita.
Ça
alors, pensó el derivante. Todo había acabado. Sabía que podría tener una
posibilidad contra los Centinelas, pero las dos figuras repetidas que se
cernían contra él eran dioses, no había duda. Dioses que venían a cumplir un
trabajo que normalmente delegaban en sus perros de presa.
Su
misión había terminado en fracaso. Esperó que Javier pudiera perdonarle por su
torpeza.
Descargó
un puñetazo contra el más alto de los dos hermanos. La sangre roja del
metahumano salpicó el asfalto, confundiéndose con la suya propia. El derivante
retrocedió un paso, dos, tambaleándose. Alexis Maximoff no había tenido piedad.
La punta láser de su bastón de plata le había taladrado el plexo solar con la
facilidad con que una máquina ensarta una aguja.
El
derivante se miró el pecho. El poder de regeneración actuaba ya, cerrando la
herida, plegándose sobre el boquete donde chorreaba su sangre.
El
corazón, roto en dos pedazos, flotaba en un charco sobre la acera.
Takahashi
calibró apresuradamente su situación. Tenía que enmendar su trayectoria o
acabaría más allá de la atmósfera, a la deriva, uno más entre los millares de
satélites que circundaban la Tierra, un punto infinitesimal a caballo entre el
planeta y el anillo edén. Su armadura no le salvaría de la muerte por
descompresión. Se reprendió por iluso. La velocidad con que ascendía era tan
grande que todos los sistemas estallarían de un momento a otro por sobrecarga.
Sus
brazos pesaban una tonelada. Takahashi los cruzó sobre el pecho, encogió las
piernas, consiguió convertirse en una pelota. Siguió girando, ganando velocidad
a cada instante. Invertir ahora la trayectoria de vuelo podría acabar haciendo
que el exoesqueleto reventara, y siempre quedaba la posibilidad de alterar el
rumbo y acabar precipitado contra el suelo. Un impacto contra la tierra no
sería mucho más agradable que pasar el resto de la eternidad convertido en un
sarcófago flotante sobre la órbita.
Desconectó
todos los sistemas con un movimiento subvocálico. Apenas lo notó. Había quedado
a merced del impulso recibido por el dios en su desprecio. ¿Cómo lo había
hecho? Su mente recordó aquel breve movimiento, la mano extendida. La imagen
apenas entrevista del brillo del anillo le hizo comprender que era la fuerza
gravítica que permitía volar a los dioses lo que se había cebado en él,
invirtiendo la potencia de sus propios sis-temas. Hermoso consuelo cuando fuera
un cadáver allá arriba.
Conectó
un propulsor de vuelo. El nuevo impulso hizo que su trayectoria se modificara
un instante. Cortó la potencia. Dejó pasar dos segundos. Conectó el propulsor
otra vez, a pleno rendimiento. Abrió los brazos.
El
impulso fue suficiente para modificar la escalada hacia la nada. Todavía
perdido en la velocidad asfixiante, Takahashi comprendió que ya no ascendía,
sino que volaba en paralelo al horizonte.
Cuando
se hizo con el control de su armadura, tragó la bilis contenida en su garganta.
Los dioses le habían privado de su presa. Había querido agarrar un relámpago y
apenas había conseguido quedarse en los dedos con el eco de un trueno.
Jason
Prince los vio alzar el vuelo y perderse en las alturas. Los había reconocido
de inmediato. Jamás podría olvidar sus cuerpos, el destello inconfundible de
sus rostros. Supo que el derivante al que habían dado caza suponía un ser
insignificante para el odio de los dos hermanos: era a él mismo a quien Alexis
y Dmitri Maximoff venían buscando.
Se
acercó al cadáver, abriéndose paso entre la multitud curiosa que se congregaba
más allá del círculo policial impuesto por una escuadrilla de Centinelas que
había llegado, como siempre, demasiado tarde.
—Déjenme
pasar —dijo—. Soy médico.
En
la marea de sus recuerdos falsos, comprendió que tal vez no estuviera
mintiendo. El policía lo miró con sorpresa, como a punto de decir que un médico
era lo último que necesitaba el guiñapo de carne volcado en la acera, pero
Jason no le dio tiempo a contestar.
Sorteó
la tira de plástico y se arrodilló junto al hombre caído.
Era
bello, incluso en la muerte. Los rasgos finos que indicaban su superioridad
física, los músculos bien torneados, los huesos fuertes. No lo conocía, pero no
pudo dejar de sentir un comprensible arrebato de parentesco con aquel hombre
cuya única desgracia, cuyo único pecado era tener a uno de los dioses como
padre.
—No
se puede hacer nada por él, doctor —dijo el Centinela, erguido junto a él.
Había en su tono un claro matiz de alivio, de desprecio—. Está muerto.
Jason
asintió. Empezó a incorporarse cuando advirtió un brillo dorado entre los dedos
cubiertos de sangre. Cogió la mano, como para colocarla sobre el geiser ya seco
del pecho abierto. Contuvo la respiración.
Había
un anillo en el anular inerte. Un sello con el grabado de un pez que Jason ya
había visto antes.
Luther
Munroe trató de no perder su paciencia legendaria. El número dos de entre los
dioses, la mano derecha del jefe de todas las Casas, famoso por su impasible
lógica y por lo medido de todos sus actos, se sentía ahora incapaz de controlar
los arrebatos de genio de su propia hija.
Galenne
continuó jugando contra el equipo imaginario de hockey volador, procurando no
hacer caso a las palabras de su padre. Era una mujer alta, de huesos largos y
fuertes, una diosa de color café con dos brillantes ojos grises y una larga
cabellera suelta que ahora, por algún vaivén de la moda o de su capricho,
llevaba teñida de oro y blanco. Era joven, pero no sólo en la medida en que
eran jóvenes los dioses comparados con los humanos que dominaban y de quienes
se servían: era joven en edad, en experiencia, apenas veinte años de existencia
sobre la Tierra, ni siquiera un diez por ciento del lapso de vida que era nota
común para la raza del homo maximus.
—No
insistas, padre —murmuró, mientras se quitaba el casco y daba por concluida la
sesión deportiva—. No quiero hacerlo.
Luther
Munroe le tendió una toalla, pero ella la rehusó. El sudor resbalaba sobre su
piel oscura como gotas de lluvia sobre el pelaje de una pantera.
—Galenne,
no es cuestión de que te apetezca o no. Es necesario.
Galenne
se volvió hacia su padre. En sus ojos chispeó una luz que, para cualquier otro
ser vivo, habría sido una advertencia de peligro inminente.
—¿Necesario?
No soy ningún peón en las manos de Jonathan, padre. Ni en las tuyas tampoco. No
quiero que juguéis conmigo.
Luther
Munroe suspiró.
—No
se trata de ningún juego, hija mía. Las circunstancias imponen una alianza de
estado.
—¿Y
soy yo el precio a pagar por tus manejos, padre? ¿Ahora soy asunto de estado?
—No
sólo eso. El futuro de nuestra raza está en juego.
—Ya
te he dicho que no quiero juegos de ninguna clase.
—Galenne,
escúchame. No se trata de un favor, pero no quisiera que tuviera que
convertirse en una orden.
—El
amo Jonathan ordena y tú obedeces, ¿no es así, padre?
—No
me gusta que hables de esa forma de Jonathan. Él te aprecia.
—Como
un águila a sus polluelos. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que esté grabando esta
conversación por medio de alguno de sus sofisticados sistemas electrónicos?
—No
soy tan importante para eso, Galenne. Y Jonathan sabe que yo le apoyo sin
reservas. En situaciones de crisis debemos actuar todos unidos como una piña.
Galenne
se despojó de la malla que la cubría y entró en el cubículo de la ducha. Un
bombardeo de partículas diminutas la rodeó, como un tornado que hubiese
invocado con un chasquear de dedos.
—¿Y
ahora soy yo la solución a vuestras crisis? Me halagas, padre.
—Así
es como deberías sentirte. Halagada. Feliz.
—¿Por
haberme convertido en una mercancía? ¿Por haber retrocedido miles de años en el
tiempo? Ni siquiera entre los humanos se dan ya este tipo de circunstancias.
—¿Qué
sabes tú de los humanos? ¿Cuándo has visto a uno? —Luther no pudo controlar un
estallido de genio; la muchacha le estaba sacando de quicio con su tozudez.
—Es
cierto. No he tenido con los humanos el... contacto que Jonathan y tú y tantos
otros habéis mantenido de forma continuada.
Luther
bajó la cabeza.
—Galenne
—dijo, cambiando de tono, de estrategia—. Fenric no es mal muchacho.
—Fenric
es un idiota. Como todos los Wayne, por otra parte. Jamás pensé que estuvieras
dispuesto a que mezcláramos nuestras sangres.
—Las
circunstancias lo imponen. Cierto que habría querido alguna otra Casa más
acorde con nuestra posición, pero Jonathan no tiene hijos. Hemos llegado tan
alto que el hecho de que otras Casas se disputen tu mano es un halago para
nosotros.
—Hemos
llegado tan alto que ya sólo podemos bajar —repitió la muchacha—. Eso, o matar
a Jonathan y así seguir subiendo.
—No
digas tonterías.
—¿Quién
podría hacerlo, de todas formas? Ese bastardo es duro como una piedra. No me
extraña que no haya engendrado hijos. Ni siquiera debe de tener genitales.
—No
culpes a Jonathan, Galenne. Él ni siquiera ha sugerido esta alianza. Lo hice
yo.
—¿Tú?
¿Mi propio padre pretende que me entregue a un patán como Fenric Wayne? ¿En tan
poca estima me tienes?
—Los
Wayne son una Casa poderosa. Los primeros jefes de nuestra raza pertenecieron a
su apellido. Cuando mis tatarabuelos eran dioses anónimos, ellos ya diseñaron
las mansiones del anillo edén.
—¿Los
Wayne tienen la culpa de que vivamos en este aislamiento, entonces? Lo mismo se
les podría haber ocurrido que lo hiciéramos en cuevas, bajo tierra.
—Galenne,
los Wayne son una Casa a la deriva, condenada a la extinción, como otras Casas.
Recuerda a Richard Kent, solo en ese inmenso mausoleo que tiene por santuario.
Con nuestra sangre, con nuestro potencial genético...
—¿Los
Wayne podrían volver a resurgir?
—¡Los
Munroe heredarían el trono de Jonathan! —estalló Luther, poniendo al
descubierto sus cartas—. ¡Tus hijos serían los nuevos líderes entre los dioses!
Jonathan no se ha casado nunca. Con su edad, ya no lo hará. Los Maximoff le
sucederán, sin duda. Pero son alocados. Dmitri es un león irreflexivo, y a
Alexis lo corroe el odio. No serán buenos jefes. Jonathan no quiere que hereden
su puesto. Tus hijos... tus hijos podrían ser mejores candidatos.
—¿Y
los Prince? ¿Los Summers? ¿Los Alien?
—Casas
menores, ya. Todos lastrados por el mismo problema. ¿Por qué crees que los
Munroe hemos subido tan alto? Porque somos distintos. Porque tenemos fuego en
la sangre. Porque somos una casta aparte entre los dioses, hija mía. Somos la
raza que heredará los títulos, la raza que dominará los cielos dentro de cien
años.
—¿Y
todo eso pasa por mi vientre?
—Por
tu vientre, sí. Por la capacidad que tenemos los Munroe para alumbrar nuevas
vidas. Porque la fuerza de nuestro código genético no se ha secado como la de
todos ellos. Porque tú tienes veinte años y el futuro te espera. Porque ninguna
otra Casa de dioses puede reproducirse como podemos hacerlo nosotros. Eres un
bien precioso, Galenne, ¿no lo comprendes? Los Munroe hemos escalado hasta lo
más alto. Ahora los demás tendrán que seguir nuestros pasos.
Galenne
guardó silencio mientras el mecanosiervo la ayudaba a vestirse.
—No
me gusta Fenric Wayne —dijo entre dientes—. Es tan idiota que parece humano.
—¿Y
qué más da que te guste o no te guste? Amarra esa alianza. Engendra hijos con
él, tú que puedes. Tienes toda la vida por delante. Fenris se cansará de ti y
buscará otros placeres en las muchachas de la Tierra, esas que tienen mente
corta y vida aún más breve. Los hijos serán tuyos. Y el futuro de nuestra
especie vendrá a comerte de la mano, Galenne. Jonathan lo aprueba. No es un
capricho, ni siquiera un sueño que yo tenga. Mi ambición hacia nuestra Casa es
grande, pero es el futuro de nuestro dominio lo que está en juego.
—¿El
futuro en mi mano? ¿En mi cuerpo? Tal vez. ¿Pero qué hay de mi mente? No estás
dando nuevos argumentos, padre. Sólo gritas más fuerte.
Los
ojos de mármol de la diosa desnuda le miraban sin verlo, igual que él
contemplaba la estatua sin ser capaz de comprender más que a medias su belleza.
Murdock Fisk apenas podía apartar sus pensamientos de aquella escultura rota,
carente de vida, que por pura paradoja tanto le hablaba de la vida, de nuevos
modos de enfrentarse al mundo que él ni siquiera había imaginado que
existiesen.
Dos
veces había bajado ya al mundo subterráneo en busca de alguna pista que le
indicase el paradero de Davinia Cross y Andrea Vanderbilt. No había encontrado
nada entre los escombros. Sólo la huella ensangrentada de la mano que un día
acarició su cuerpo, moldeándolo como algún artista anónimo había moldeado este
mármol hasta darle hechura de carne. Las dos veces permaneció allí de pie, en
la oscuridad, contemplando los tesoros caídos, abandonados a su suerte, que
algún miembro desconocido de la cultura de las catacumbas había ido acumulando,
año tras año, desde un tiempo incalculable. Los cuadros, los tapices, las
reliquias, las diminutas piezas de arte le susurraban historias que él no
entendía, le hablaban de mundos soñados o realidades imaginadas que habían
llegado a tener peso propio. La segunda vez que descendió a aquel infierno no
pudo evitar llevarse para sí la estatua de la diosa sin brazos.
La
tenía ahora delante, extrañamente fuera de lugar en su apartamento, frente a
las pantallas de los tresdé, los vidiarios y los terminales de su ordenador,
los aparatos que le conectaban con el presente y el futuro. Los rasgos
delicados de aquella mujer desconocida, sus labios finos, sus pechos perfectos
le indicaban que había habido alguien capaz de sentir y expresar esos
sentimientos por cauces que nada tenían que ver con la violencia de la que él
se nutría, hasta saciarse.
La
visión de la estatua le hacía sentirse analfabeto, un bastardo sin herencia en
una corte de príncipes, un animal en un congreso de hombres. Había otro mundo
más allá, o lo hubo en algún momento del pasado de la raza humana, un mundo
capaz de traducir sus anhelos en misterio. Si aquella estatua pudiese hablar,
sin duda le diría qué camino había tomado Andrea Vanderbilt, en qué ocultos
pasadizos navegaba ahora sin rumbo. Pero también podría contarle muchas más
cosas, conocimientos perdidos, recuerdos ignorados, anécdotas desalojadas del
recuento. Si la estatua pudiera hablar, él tal vez dejaría de sentir-se un
músculo sin función, un cerebro sin destino, un corazón hecho de acero.
Alzó
la pistola, la amartilló, apuntó a la estatua entre los dos ojos. Comprendió en
un segundo qué sintieron los bárbaros, qué pasión ardió en todos aquellos que
asolaron Roma y la destruyeron hasta los cimientos siglo tras siglo. Era la
impotencia, la sensación de saberse apartado, fuera del alcance de un universo.
Abrió
fuego.
La
pantalla saltó en mil pedazos, regando de cristal oscuro la alfombra y
hundiendo esquirlas en el techo. La diosa de piedra continuó mirándole,
imperturbable, condenada como él mismo al silencio.
La
luz reflejada lo teñía de azul, luego de rojo. Imposible reflexionar en la
oscuridad que se espantaba por la intromisión de la calle en las ventanas,
Jason Prince encendió un cigarrillo. Él no fumaba, así que el acto debía de ser
otra costumbre adquirida, un nuevo recuerdo heredado. El acolchado de las
paredes no conseguía absorber del todo los sonidos de la música que trepaba
desde abajo, convirtiendo el cubículo alquilado en una suerte de habitación
para locos. Muy sintomático.
No
había querido tocar la holobiblia que adornaba la mesita de noche, quizá por
temor a despertar al sacerdote que se escondía en él, quizá por no querer
comparar los versículos recitados por la simulación de Werner Balance con los
que él sabía de memoria sin haberlos estudiado jamás. No quería distraer su
atención recurriendo al pozo infinito de las otras vidas que se turnaban por
poseer su cuerpo.
Tenía
un problema más urgente que no podía dejar desatendido. Dmitri y Alexis estaban
otra vez sobre su pista, insaciables en su sed de sangre. El agujero del pecho
de aquel derivante anónimo avisaba que no iban a andarse con rodeos en su afán
de venganza. Aquello significaba, sin duda, que Jonathan les había dado carta
blanca. Los hermanos Maximoff no pararían hasta llevar su cabeza de vuelta al
anillo edén, para jugar con ella uno de sus deportes de gravedad cero y
simulaciones holográficas.
Dmitri
y Alexis habían sido una espina en su costado desde que tenía recuerdos,
propios esta vez, desde donde su memoria individual abarcaba. Los tres habían
sido educados juntos en varios satélites del anillo edén, los Maximoff
orgullosos de su estirpe y de su futuro, él convertido en una quinta rueda
inservible, despreciado por todos, una rareza que deambulaba entre un mundo
perfecto, el recuerdo de que los experimentos no son siempre aconsejables.
Jason
Prince supo desde muy niño que no podía equipararse a los dioses con los que su
madre se codeaba. Había nacido por un capricho, por un deseo de curiosidad, tal
vez, o simplemente porque Bianca era impredecible y se empeñaba a toda costa en
querer llevar la contraria. Fuera cual fuese el motivo, allí estaba, un cuco
plantado en un nido de águilas que no se dejaban engañar por su apariencia.
Los
ojos azules, el cabello pajizo, la barba de varios días cubriéndole el mentón
cuadrado, la complexión atlética no podían sin embargo equipararse a esas
mismas cualidades, centuplicadas, que se repetían sin ninguna imperfección
entre los dioses. Jason Prince exudaba armonía física. Su belleza era un molde
clásico que en otro tiempo habría inspirado estatuas de santos o de titanes,
pero en su mirada había un brillo de tristeza, de inseguridad, que traicionaba
una parte de su legado y abrazaba la otra, un anuncio de que tras la fachada
del semidiós habitaban las dudas del hombre.
Dmitri
y Alexis lo habían comprendido desde el principio. Aunque nunca había podido
hacer un recuento fiable, Jason sabía que el número de dioses era escaso, y los
niños no abundaban entre ellos. Los Maximoff y él mismo, bastardo de Bianca
Prince, más alguna belleza Stanovoi, algún estúpido Wayne, un par de nerviosos
Alien habían compuesto el círculo de sus primeros años de vida. El desdén hacia
su persona había sido la nota común entre todos ellos, alguna burla inofensiva,
miradas de soslayo, risitas incomprensibles, juegos interrumpidos ante su
llegada. Pero los Maximoff, por algún motivo que todavía, treinta años más
tarde, Jason era incapaz de comprender, habían llevado las rencillas infantiles
más adelante, estirándolas hasta la adolescencia, forzándolas al límite cuando
los tres comenzaban a ser adultos.
Cuando
Jason dijo basta y descargó de golpe toda la frustración acumulada durante
décadas, ni siquiera la superioridad física de Alexis Maximoff consiguió salvar
su ojo. Jason todavía recordaba el sabor salado de la sangre que lo salpicó de
arriba abajo, el grito de dolor y de rabia resonando en los pasillos del edén,
los dedos engarriados de Alexis sobre su rostro antes perfecto, el sollozo
cobarde de Dmitri y las amenazas farfulladas en un idioma incomprensible.
El
cachorro de hombre había enseñado los dientes, dejando claro que no iba a
soportar más humillaciones por parte de los dioses.
Jason
sacudió la cabeza. Las burlas de la adolescencia habían reventado en un
borbotón de sangre que el poder regenerador común a todos ellos no podría
compensar ya nunca. Alexis se había visto de pronto mutado en un cíclope
carcomido por la ira, un superhombre al límite cuyo único objetivo en la
existencia fue ya el desquite. Las bromas habían desaparecido, dejando su
puesto a algo infinitamente más amenazador. A partir de su reacción, Jason supo
que los hermanos Maximoff ya no perderían el tiempo en amenazas. Desde entonces
sólo les preocupó la venganza.
Sin
embargo, no había sido el miedo a los dos dioses enloquecidos lo que impulsó a
Jason Prince a escapar del anillo edén y vagabundear como un paria por el mundo
de los hombres, sino algo mucho más terrible, más íntimo.
El
cigarrillo le quemó entre los dedos. Absorto en el recuerdo de los dos hermanos
dioses, había olvidado seguir fumando. Lo apagó contra su pulgar. La herida se
cerró al instante, sin dar tiempo a que el humo terminara de disiparse.
Davinia
Cross todavía no había podido acostumbrarse a encontrar un reflejo distinto
cada vez que veía su imagen en un espejo. Dudaba que fuera capaz de llegar a
conseguirlo, sobre todo si, como habían planeado de antemano, iban a cambiar de
rostro cada pocas horas, para así intentar despistar cualquier posible
seguimiento por parte de los Centinelas. Si Andrea Vanderbilt tenía el mismo
problema que ella, no dejaba que se notara en lo más mínimo.
En
este momento, a muchos kilómetros de distancia ya de la alcantarilla que las
había escupido del mundo subterráneo, Andrea había adoptado los rasgos físicos
e incluso el lenguaje corporal de un hombre joven, fornido y hosco. Davinia
reproducía sobre su cara la expresión inocente de una muchachita de pelo corto.
Para cualquiera que se tropezase con ellas, engañado por la fidelidad
reproductora del artilugio, no serían más que una pareja de viajeros, hombre y
mujer, que tal vez hablaban poco entre sí por haber sufrido una típica riña de
enamorados.
El
tren bala se detuvo. Dave y Andrea esperaron a que el compartimento se vaciase
de gente antes de bajar. En realidad, estudiaban las salidas de la estación,
dirigiendo especial cuidado a los carteles y a la presencia de policías. Era
una ventaja contar con la experiencia de la Centinela, aunque Davinia no estaba
muy segura de que fuera a servirles de mucho si llegaban a ser descubiertas.
Bajaron
al andén. Sortearon el torniquete, subieron las interminables escaleras
mecánicas que acabaron por conducirlas a un nuevo nivel, ya casi en el
extrarradio de Megaciudad. Nadie les dedicó un segundo de atención. Un detector
de metales que atravesaron no notó nada destacable en el collar que ambas
llevaban.
—Tenemos
que buscar un terminal de vidiario —murmuró Dave mientras salían a la
superficie. El aire era fresco y llovía. Se preguntó si alguien notaría que su
rostro superpuesto no mostraba el picoteo del agua, pero se sorprendió al ver
que el bigote falso de Andrea chorreaba una simulación holográfica. Samsara y
sus técnicos habían pensado en todo.
Andrea
Vanderbilt asintió. Antes de decir palabra, abrió la boca y escupió algo.
—¿Un
diente? —se sorprendió Davinia. Su voz prestada, igual que su rostro, le
parecía extraña.
—El
tercero ya —masculló la derivante.
—¿Secuelas
del enfrentamiento con tus antiguos camaradas?
Dave
no pretendía que hubiera burla en su voz, pero la mirada de la otra mujer le
hizo ver que no lo había conseguido.
—Otra
consecuencia de mi... capacidad regenerativa. El Centinela me partió un diente.
—Alzó la mano derecha, cubierta por un retículo cristalino, como pegamento—. Y
yo me rompí la mano al arrancarle a su compañero la cabeza.
—Sigo
sin comprender qué tiene eso que ver con que ahora vayas escupiendo los
dientes.
—Es
sencillo, Cross. Mi metabolismo compensa el calcio suficiente para que los
huesos suelden y el diente crezca. El que sea superior a ti físicamente no
implica que tenga que ser perfecta, aunque lo creas. Ahora mismo mi cuerpo está
produciendo calcio a marchas forzadas. Mucho más que el necesario para lo que
se pretende, en realidad. Por tanto, en vez de mudar un solo diente, estoy a
punto de estrenar nueva dentadura.
—¿Y
eso te ocurre muy a menudo?
—Es
la primera vez que me pasa, al menos a este nivel. No soy capaz de controlar el
proceso. Por lo que sé, podría reventar dentro de un rato, con los ríñones o la
vesícula llenos de piedras.
—O
convertirte en estatua, ¿eh? —sonrió Dave—. Chica, y yo me quejo cuando tengo
la regla.
—¿De
veras? —El rostro masculino que escondía a Andrea Vanderbilt enarcó una ceja—.
Es otra ventaja por mi parte. No sé lo que es la menstruación.
Dave
pensó por un instante, antes de que las palabras de la otra mujer calaran hondo
en su cerebro, que si alguien las escuchaba podría deducir que, en efecto, el
alto muchacho del bigote mojado era un imbécil que farfullaba tonterías. Pero
estaban solas en la cinta móvil, y no tuvo tiempo de bromear al respecto.
—¿Nunca...?
—Una
o dos veces, sí—respondió Andrea, molesta—. Cuando era más jovencita. Antes de
enrolarme en los Centinelas. Casi lo he olvidado ya.
—Sigues
siendo el sueño de un machista, Virgen María, perdona que te lo diga.
—Tal
vez. Si me hago un corte en un dedo, la herida se cierra en un par de segundos.
Ya lo has visto. Mi cuerpo no permite que haya pérdidas de sangre, así que
supongo que por eso tampoco óvulo.
—Eso
significaría que...
Andrea
meneó la cabeza arriba y abajo.
—Significaría
que es muy probable que no pueda tener descendencia.
La
sangre al rojo vivo de los dioses sólo tenía una forma de ser aplacada. Como un
trozo de metal en la fragua del herrero, la ansiedad de los metahumanos sólo
podía enfriarse con el agua helada de los cuerpos sometidos a su fiebre.
Dmitri
se conformaba con placeres directos. Entró en el cubículo donde las cinco
jóvenes prostitutas le esperaban convertidas en un torbellino de pubis
temblorosos y muslos entreabiertos, y se perdió entre la carne humana como un
garañón ante las yeguas de una cuadra.
Alexis,
más refinado, más encerrado en sí mismo, marcado por el ojo protésico mucho más
allá de la simple deformidad física, siguió adelante. Era cierto que Vegas
ofrecía sexo y perversiones a cada paso, hasta embriagar los sentidos y rebajar
al límite las exigencias, pero el joven dios se ufanaba de su poder de
seducción, incluso con la tara de la cicatriz, y no estaba dispuesto a
compartir su masculino ardor con un puñado de putas humanas, por muy hermosas
que éstas fueran. Había aprendido de Bianca Prince, la madre del derivante que
ambos buscaban, que las artes de la seducción no se reducían a la simple
posesión de un cuerpo reticente.
Caminó
por los niveles donde la luz artificial creaba una multitud de días distintos.
No había noche en Vegas. Estaba prohibida. Los neones y los lásers teñían las
calles y edificios de una paleta infinita. Para dormir en la ciudad, antes
había que atiborrarse de tranquilizantes.
Alexis
caminaba embozado, cubriendo su porte y su rostro con una capa escarlata y una
capucha. Aquél era un rasgo común a muchos dioses, el deseo de disfrazarse, un
juego que se remontaba a las leyendas de Júpiter y sus muchas conquistas
personales. Alexis sonrió. El padre de los dioses que ahora habitaban la Tierra
era Jonathan, por supuesto; él hubiera querido ser Marte. Se preguntó quién
podría ser Jason. Por la velocidad con que corría y se ocultaba, sin duda
Mercurio.
Entró
en uno de los casinos y se sentó ante una mesa, cerca del escenario. La luz
rojiza de la sala no le impidió observar los rostros de los clientes,
despiertos artificialmente por medio de drogas que traducían en sus ojos la
pesadez de sus almas. Un par de muchachitas se desnudaban al compás de la
música estridente que emitía sensaciones táctiles a las mesas. Alexis se
preguntó si aquella cosquilla insignificante era lo que los humanos sentían con
un orgasmo. Supuso que no. Nadie contrataría a las prostitutas si lograran
contentar sus instintos con un roce de aire al compás de una nota musical.
La
bebida que le sirvió una muchacha de piel oscura y pechos enormes le supo
demasiado dulce. La carga afrodisíaca capaz de excitar a los humanos entorpecía
un sabor que, de todas formas, tampoco era demasiado refinado. Alexis hizo un
rápido cálculo mental, para estimar cuántas docenas de vasos tendría que beber
para que aquel mejunje le hiciera efecto: las drogas de los dioses matarían a
un ser humano en el acto.
Miró
en derredor. ¿Era ésta la forma de escapar que tenían los hombres? ¿Así
reaccionaban a su miserable existencia? Se habían conformado con muy poco,
entonces. Alexis había tenido acceso a datos de información que la inmensa
mayoría de la humanidad desconocía. Era consciente de la grandeza de esa raza
en la que no era más que un intruso, un extraño. Habían sido poderosos, habían
dominado la Tierra, incluso pretendieron extender su poderío al espacio, algo
que ni siquiera los dioses consideraban ya. Ahora, la escasa humanidad se
replegaba en sí misma, satisfecha de su función servil, un ejército de hormigas
contento de su condición rastrera. La admiración que Alexis Maximoff había
sentido en los libros hacia el pasado de la especie que ahora estaba a sus pies
se convirtió en desprecio cuando experimentó su presente de primera mano.
¿Todo
este caos, esta podredumbre era porque ellos existían? ¿Todos los sueños de
grandeza los habían apagado los dioses? Tendría que preguntárselo a
Jean-Claude, su lacayo personal, por quien casi sentía afecto.
Un
pensamiento le mordisqueó, hasta hacerse incómodo. La humanidad no tenía ya
miras hacia el futuro, se había contentado con ser no siendo, con sobrevivir en
el escalón más bajo de la cadena. Pero entonces ellos, los dioses, tan ufanos
de su superioridad, tan conscientes de su supremacía, no eran muy diferentes a
sus esclavos, pues también se contentaban con tan poca cosa.
Las
luces se apagaron, titilaron en rojo y en blanco, y la voz almibarada del
presentador holográfico anunció la llegada de un nuevo número del espectáculo.
Aburrido, Alexis se dispuso a marcharse.
Una
mujer alta apareció en el escenario, cubierta de pieles negras. Las botas de
tacón la hacían parecer aún más inmensa. Era rubia, la boca un poco grande, los
pechos poderosos, como cincelados en piedra. La barra de oro a la que se sujetó
antes de iniciar su contoneo morboso se encendió con una luz azul que se
reflejó en el cuerpo inverosímil de la bailarina.
Alexis
volvió a sentarse. Escrutó a la mujer como un águila otea el territorio donde
viven sus presas. El contoneo de la mujer, mientras iba desgajándose de
prendas, no era diferente a los movimientos sincopados de las bailarinas
anteriores, aunque había una sutileza en su expresión corporal, un aroma de
fuerza tan grande en su complexión que la hacían única.
Alexis
Maximoff la estudió con su ojo protésico. Era bella, demasiado para tratarse de
una simple prostituta humana.
Comprendió
que la mujer era una derivante.
—¿Encuentras
algo?
Davinia
Cross se mordió los labios antes de contestar a su acompañante. Sus dedos
volaban sobre el teclado, pero no podía sacudirse de encima la sensación de que
con este nuevo movimiento podrían descubrirlas de un instante a otro.
—La
noticia es breve —informó—. Como todas. Hace unos días tus ex compañeros se
cargaron a una congregación religiosa enterita.
Andrea
hizo una mueca.
—¿Los
derivantes que buscamos?
—No
dice nada más. El sacerdote que oficiaba la misa no apareció entre los
cadáveres, y luego no pudieron encontrarlo en un montón de cientos de
kilómetros a la redonda.
—Es
posible que haya una relación con lo que buscamos, como apuntó Samsara. Y es
posible que no.
—Me
encanta tu capacidad de deducción, Virgen María. No me extraña que quisieras
ser policía y no detective.
La
ex Centinela prefirió no contestar. Empujó levemente el hombro de la otra
mujer, ocupando su puesto ante el terminal de la red.
—Déjame
a mí.
Tecleó
rápidamente sobre la consola.
Dave
Cross se maravilló de la habilidad con que la mujer movía unos dedos que apenas
tres horas antes estaban rotos hasta la última falange. El tejido cristalino
que los cubría hacía un rato había desaparecido ya, mostrando una piel tersa y
nueva, como de anuncio.
—¿Qué
vas a hacer? No tienes acceso a las agencias de noticias. No conoces sus
nombres clave.
—No.
Pero sé contactar con los archivos de los Centinelas. Fui uno de ellos,
¿recuerdas?
—Cuidado
—alertó la periodista—. Es más que probable que hayan borrado ya tu número de
identificación de la memoria general. No te reconocerá. O alertará de que estás
viva.
—No
nací ayer, Cross. Veamos. —La derivante se mordió los labios un instante,
componiendo un gesto infantil sobre el rostro que ahora empleaba—. El número de
Murdock era...
Fue
tecleando despacio, temiendo equivocarse a cada nuevo dígito. No lo hizo.
—Bingo.
—¿Hay
algo más?
—Un
montón de referencias cruzadas. Vaya, han ascendido a mi ex. Ahora es oficial y
todo.
—Apuesto
a que fue él quien comandaba la razzia que estuvo a punto de freímos allá
abajo.
—Eres
lista, Cross. Si pudieras tener la boca cerrada, serías perfecta. Ese incidente
que buscamos... Mierda, Nuevo México no cae precisamente en la otra esquina.
Pero sí. Murdock siempre ha sido un chico ordenado. Aquí aparece algo más que
en los periódicos.
—¿El
sacerdote era un derivante?
—Es
lo que sospechan. Un derivante que no da positivo en los sensores. Como yo.
—A
lo mejor es hermano tuyo.
—O
uno de los gigolós de tu madre —contestó Andrea, desabrida—. Lo están buscando
como locos... aunque Murdock tiene otra presa más apetecible.
—Nosotras.
—¿Por
qué me estropeas siempre todas las grandes frases? Nosotras, sí.
—Bien,
pues parece que ahora va a tener entre manos la misión de su vida. ¿Prefieres
el avión o el tren sub? Hay un largo trecho hasta Nuevo México, Virgen María, y
tenemos que encontrar a ese sacerdote antes de que tus amigos lo cacen.
Andrea
asintió, algo ausente. Iba a cortar la conexión cuando un nuevo mensaje cifrado
entró en el banco de datos.
—Parece
que no sólo los Centinelas van detrás de ese sacerdote —comunicó, alzando una
mano—. Un par de dioses han eliminado a un derivante en Vegas hace unas horas.
Eso no está lejos de Nuevo México.
Dave
silbó sin sonido.
—¿Desde
cuándo se dedican los dioses a comerse a sus hijos en persona? Demasiada
casualidad, ¿no te parece? Aquí hay en juego algo más, Virgen María. Ese cura
derivante debe de ser un pez gordo para que los dioses en persona quieran su
cabeza.
Andrea
cortó la conexión. Se dio la vuelta, pensativa.
—Un
pez gordo, Cross. Un pez. Nunca mejor dicho.
—Ya
sabes: siempre tengo en la boca la palabra justa.
Sebastian
Cortés desconectó el sensor y se volvió hacia la alta figura que le observaba
impasible al otro lado de la mesa. Los ojos de Jonathan Bunyan ardían. Por un
momento, Cortés imaginó que el metahumano era capaz de leerle el pensamiento.
—¿Y
bien?
No
había ansiedad en las palabras de Jonathan, aunque si Cortés se hubiera
encontrado en la situación de su paciente no habría podido contener los
nervios. Pero, pensándolo mejor, lo que para un hombre como él sería una
condena a muerte, para el dios no era más que un trámite incómodo.
—Estás
limpio, Jonathan. —Cortés tuteaba al jefe de la Casa Bunyan, una familiaridad
que no implicaba nada más que el hecho de conocer los secretos de los que sólo
un confesor o un médico pueden estar al tanto, sin influir en su enmienda con
algo más tangible que medicamentos o rezos—. Tu organismo ha vuelto a anularlo.
Como siempre.
Jonathan
Bunyan asintió.
—Un
cáncer no es un asunto para tratar en broma —dijo. Apenas era un comentario.
Cortés ni siquiera lo consideró una amenaza.
—Lo
sé. Pero tu cuerpo lo ataja antes de que podamos meterle mano.
—Pero
se reproduce.
—Y
lo vuelves a anular. Es un ciclo cerrado. Un círculo vicioso, Jonathan. El
cáncer forma parte de ti. Es un hermano gemelo que llevas dentro. Un doble
negativo, como me explicaron en la facultad. Intenta crecer en tu interior. Tu
gran ventaja es que no lo dejas.
—Sigue
volviendo —murmuró el dios, recordando el último asalto de su mal en la
oscuridad de la sala de peligros—. Sigue haciendo daño. Y los ataques... se
hacen más frecuentes.
El
médico hizo un leve movimiento de cabeza.
—Yo
no me preocuparía demasiado, Jonathan. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Treinta
años?
—Más
o menos. He perdido la cuenta. Tu padre debe de saberlo.
Cortés
no se tomó la molestia de recordar al metahumano que su padre, el médico que
antes que él había atendido a Bunyan, llevaba tres años convertido en un
vegetal incapaz de responder a la pregunta más obvia. Pero sí, era verdad. Su
padre había sido el primero en detectar que el jefe supremo de los dioses
padecía un cáncer recurrente que la propia naturaleza de Bunyan convertía en
intratable.
—En
tu código genético debe de haber algo que impulsa a ese cáncer a reproducirse
—especuló el doctor—. Confundido en las hélices de tu ADN, espera el momento de
adueñarse de ti. Pero tu metabolismo es más listo y lo sofoca en seguida.
—Hasta
que vuelva a aparecer. Hasta que me mate.
—Eso
podría no llegar a suceder nunca. Tu cuerpo es un castillo y el cáncer un
ariete. Cuando parece que va a derribar la puerta, ya has construido otra
nueva.
—¿Y
si aprende? ¿Y si consigue burlar mis sistemas de defensa?
Cortés
miró al dios, perplejo.
—Nadie
vive eternamente, Jonathan. Ni siquiera los dioses. Es imposible.
Jonathan
Bunyan le devolvió la mirada. Ya no había fuego en sus ojos, sino hielo.
—No.
No es imposible, Sebastian. No lo es. La inmortalidad no es un sueño. Mi raza
puede conseguirlo.
El
médico observó a su paciente. Si no lo conociera como lo conocía, habría
pensado que Jonathan se había vuelto loco.
—Tu
raza tiene incluso problemas para reproducirse —dijo. La dura carga de aquellas
palabras demostraba de nuevo su privilegiado estatus y la profundidad de sus
conocimientos—. La inmortalidad es un sueño que la humanidad ha acariciado a lo
largo de la historia. Nada más.
—Te
equivocas, Sebastian. La inmortalidad es un hecho. Yo lo sé.
—No
te entiendo.
—Uno
de nosotros vive desde hace más de mil años.
El
corazón le dio un vuelco en el pecho. Murdock Fisk observó la pantalla. La
última entrada anunciaba que había utilizado el banco de datos hacía apenas
cinco minutos. Y él sabía, mejor que la máquina, que esa afirmación no era
cierta.
Sólo
Andrea Vanderbilt conocía su número clave, un recurso que los Centinelas
empleaban para cubrir los retrasos de sus compañeros de patrulla y que ahora
servía para otro fin. Andrea había entrado sin reparos en el sistema. Fisk
lanzó una sonda de búsqueda. Allí estaba, en el sector norte, en una cabina
alquilada. Demasiado lejos. Cuando una escuadrilla se presentase en aquel
lugar, se habría perdido de nuevo entre las sombras.
Leyó
las noticias que su enemiga acababa de leer, hasta deducir la conclusión a la
que Andrea había llegado. No fue difícil. Ambos habían sido entrenados en las
mismas pautas de pensamiento y de combate. Se acarició el mentón, sofocó una
sonrisa. Pronto iban a encontrarse.
Y
siempre había deseado conocer Vegas.
—Es
un nuevo palo de ciego —rezongó Andrea Vanderbilt—. Vegas está en la otra parte
del mundo. Y de todas formas puede que persigamos a un fantasma.
Dave
Cross asintió. Intentó acariciarse la nariz y se sorprendió un poco al ver que
sus dedos no llegaban a rozar la imagen proyectada sobre sus rasgos auténticos:
el cosquilleo de un campo de fuerza imperceptible le avisó para que no
terminara aquel gesto.
—Tal
vez. Pero no podemos seguir más tiempo en este lugar, como ya has visto. Si las
alcantarillas no nos han servido de nada, las calles de Megaciudad serán
todavía más peligrosas. Está claro que a nosotras nos persigue gente de verdad.
Andrea
no respondió. Seguía incomodándola la tenacidad de la pequeña periodista, pero
no había ninguna otra avenida abierta a sus posibilidades de supervivencia. Una
pista tan endeble como la que creían tener era mejor que nada.
—No
sabes volar sin tu armadura, ¿verdad?
—No.
¿Y tú sin la escoba?
—Tampoco.
Va a costamos trabajo llegar hasta Vegas. El pasaje cuesta dinero, y mis
cuentas están bloqueadas. Alguna desventaja debemos tener los muertos.
—El
sueldo de Centinela no da para gran cosa —Andrea se encogió de hombros—. Y
supongo que lo poco que tenía ahorrado estará ahora en un fondo de pensiones
para viudas de guerra o algo así.
—¿Podríamos
cruzar el desierto a pie?
—Ya
lo hice una vez —comentó Andrea—. Me desvié de mi patrulla y la armadura se
estropeó con una tormenta magnética. Regresé a la arcología andando a través de
un puñado de arenas calcinadas y vientos de cien grados. No quisiera repetir
esa experiencia. Tú no podrías soportarlo, Cross. Y está el problema añadido
del océano.
—Ese
cura derivante no va a quedarse en Vegas eternamente. Si los dioses dan con él
antes que nosotras...
—Harán
lo mismo que si lo encuentran después. ¿Qué te crees que vamos a hacer si nos
topamos con ese tipo? ¿Pedirle un autógrafo? ¿Convertirnos a su religión?
—O
enrolarnos en su ejército.
—Das
mucha importancia a esa tontería de los peces. Los abalorios de la moda no
tienen por qué implicar la pertenencia a una secta.
—No
soy yo quien los ha ido destruyendo como si fueran pruebas de importancia.
Tenemos que llegar a Vegas, Virgen María. Si no quieres venir conmigo,
intentaré hacerlo yo sola.
—¿Sin
dinero?
—Me
queda el recurso de Klaus Vildmann. Me ayudará.
—¿Estás
loca? Los Centinelas deben de tenerlo vigilado día y noche. Antes de llamar a
su puerta los tendrás encima. Tu marido...
—Ni
lo sueñes. Antes preferiría asaltar el cuartel general de los Centinelas y
robar un par de armaduras de combate.
Andrea
se echó a reír.
—No
tienen autonomía para recorrer un trayecto tan largo. Y tardarías años en
aprender a dominar una.
—Dime
entonces qué demonios hacer.
—Puestas
a decir estupideces, también podemos asaltar un banco.
En
sus oídos resonaba «Ombra mai fu», el aria que Handel escribió para la ópera
Jerjes. Jean-Claude Hubinon parpadeó, deslumbrado por la luz cegadora que teñía
cuanto lo rodeaba de un insultante volcán blanco. La voz del tenor y la
sensación de irrealidad que le rodeaban hicieron que, por un momento, el cónsul
pensara que había ascendido a los cielos.
Parecía
un escenario de realidad virtual, o un sueño, pero sabía que no se trataba de
ninguna de las dos cosas. La música le envolvía, embriagándolo, haciendo que su
paso fuera inestable. Se volvió hacia el superhombre que le acompañaba. Alexis
Maximoff le colocó una mano sobre el hombro, le instó a que continuara
adelante.
Una
puerta se descorrió frente a él, haciéndole desembocar a una suite que casi
sintió avanzar, hasta encerrarlo. La música subía en tonalidad, un contrapunto
a los latidos de su corazón. Empezó a lagrimear, herido por el resplandor. Dio
un paso vacilante y entonces se detuvo.
En
medio de aquella niebla blanca, como flotando boca abajo sobre una cama que no
podía ver, había una mujer rubia. Estaba desnuda, y tenía los ojos
entrecerrados. Una cadena negra surgía de su cuello y se perdía en los
contornos de la habitación. La cama giraba despacio, casi al compás de la
música. No había principio ni fin entre el lienzo blanco que todo lo ahogaba y
los rasgos palpables, como si esencia y entorno se fundieran en una luz para la
que no podía haber límites. La mujer parecía dormir, pero Jean-Claude supo que
no era así. Estaba, sencillamente, esperando.
Alexis
Maximoff le soltó el hombro.
—Vamos,
Jean-Claude —susurró, mientras se quitaba la ropa—. Es toda nuestra.
La
mujer abrió los ojos. La lanzada azul de sus ojos perforó la niebla blanca y se
clavó en el hombre como una llamarada de hielo.
Andrea
retiró el puño, dolorido y sangrante. Los cristales y esquirlas de metal se le
quedaron clavados en la mano, como el guante de un defensa de hockey en baja
gravedad. Un leve movimiento, casi con desdén, desprendió de la carne los
afilados intrusos que habían querido adornarla.
Dave
Cross contempló admirada cómo, una vez más, la capacidad curativa de su
acompañante borraba de su mano cualquier huella de herida. Los cortes en la
piel se cerraban como se mueven las flores en los documentales de tresdé,
dibujando una especie de espejismo contra la masa sangrante. El metabolismo de
la derivante, aliado con la tecnología aplicada, les había permitido hacerse
con el dinero necesario para continuar su alocada huida y no tener que asaltar,
directamente, el banco al que, entre bromas y veras, había hecho alusión la ex
Centinela.
Dave
se volvió hacia la larga lista de cajeros automáticos destrozados por la fuerza
inconmensurable de Andrea Vanderbilt. Los sistemas de seguridad nada habían
podido hacer contra ella.
—Date
prisa —susurró la periodista—. Las alarmas deben de estar sonando ya en todas
las centrales de policía.
Andrea
metió la mano izquierda en el agujero abierto en la pared de metal. La mano
derecha todavía goteaba un líquido oscuro y pegajoso que a Dave Cross se le
antojaba gelatina, no sangre.
—No
te preocupes. Este tipo de robos no son considerados peligrosos. Los
ladronzuelos de poca monta nunca han sido objetivo prioritario de los
Centinelas.
—¿De
poca monta? —Dave Cross señaló con el pulgar a su espalda—. Llevamos ya doce
cajeros seguidos, Virgen María. Yo no diría que esto sea un asunto secundario.
—Puestas
a hacernos millonarias, mejor que sea de una sola vez, ¿no?
Andrea
retiró la mano. Un fajo de billetes la acompañaba.
—Mierda
—rezongó la derivante.
—¿Algún
problema?
—Estos
billetes están numerados. Podrían seguirnos el rastro a partir de ellos.
—¿Entonces?
—No
hay ningún problema.
La
mano izquierda se convirtió en una antorcha. Los billetes ardieron en segundos,
después de que los dedos de la mujer subieran su temperatura externa hasta
conseguir incendiar el papel.
—Todavía
quedan cajeros, ¿no? —Andrea sonrió. En la oscuridad de la noche, sobre el
rostro falso, sus dientes brillaron como los del gato de Cheshire.
Un
golpe certero y el metal del siguiente cajero automático se fragmentó. De nuevo
la mano se cubrió de rojo.
—Yo
de ti cuidaría esos dedos, Andrea —dijo Davinia, preocupada—. No abuses de tu
poder curador, no sea que algún día se te agote.
—Cuando
eso ocurra, Cross, procura no estar delante.
Saboreaba
de nuevo la impotencia. El gesto de desdén de aquel maléfico ángel rubio, la
burla implícita en su ademán de expulsión, la manera en que lo había enviado
cabriolando hacia las nubes le mordían todavía la sangre, quemándole como un
sake envenenado al que tuviera libre acceso constantemente. Tatsuo Takahashi no
había experimentado una rabia semejante desde el día maldito en que regresó a
casa para descubrir que unas paredes vacías y un puñado de adornos y recuerdos
no componen un hogar, ni nada que se le pueda parecer siquiera. La noticia
escueta, formal y fría, de la muerte de Yokize y Amaterasu cuando un derivante
enloquecido se autoinmoló frente a una patrulla de Centinelas mientras las dos
iban, de mañana, caminito del colegio; la pesadilla en que su vida se había
convertido desde entonces; el juramento ante los antepasados y los dioses
(dioses verdaderos, Okuninushi, Honosusori y los demonios de Jigoku, no el
remedo que ahora controlaba a la humanidad desde el filo de su navaja frente a
las estrellas), desembocaron en el abrazo a la causa ya perdida del neo-bushido
que barrió como un viento de la muerte la última resistencia humana ante la
llegada de los superhombres, según se contaba en alguna leyenda familiar y
proscrita. Ahora, aquella sensación de frustración y descontento se había
repetido, sumándose a todo el caudal que se retorcía latiendo dentro de su
pecho.
Takahashi
ya no era el hombre que un día fue. Su cuerpo encarnaba a una máquina
mortífera, un instrumento de castigo y dolor que ni siquiera encontraba placer
en el sufrimiento ajeno. Por eso la expulsión por parte del dios rubio del
paraíso de la caza le había hecho tanto daño. Alexis Maximoff (lo había
identificado cotejando los archivos y las grabaciones realizadas por su
armadura de combate) y su hermano sí buscaban algo distinto en la persecución a
la que habían sometido al derivante que, por toda ley, tendría que haber sido
suyo. No sólo era odio, sino también temor. No había únicamente ansiedad por la
sangre a derramar, sino expectación al ir persiguiendo a una presa que sin duda
creían más grande.
Y
él, que durante tantos años había surcado los cielos en busca del antídoto que
pudiera liberarle de su afán de venganza, de su deseo de purgación, sólo pudo
contentarse con salvar la vida antes de que su exoesqueleto estallara en el
aire como un fuego de artificio.
Todavía
dolía el recuerdo de aquel insulto a su dignidad de guerrero sin fisuras. Por
primera vez, no por última, Tatsuo Takahashi sustituyó su odio a los derivantes
por una profunda sensación de antipatía hacia los dioses. Por primera vez, no
por última, Tatsuo Takahashi imaginó qué distinta sería su vida si pudiera
acosar a un metahumano y borrarlo del mapa con la misma facilidad con que
eliminaba a los derivantes.
Se
habían amado como leones incansables cuando la lógica de su cuerpo dijo ya
basta. Con los ojos empañados de lágrimas de frustración los había visto
batallar, cinco, seis, cien veces, trocando los susurros de placer por rugidos
de desesperación, apagando la amargura de sus propias lágrimas. Jean-Claude
Hubinon apretó tan fuerte los puños que sus palmas sangraron, trazando sobre
sus manos los estigmas de su condición humana, de la que no podía liberarse,
mientras el dios y la derivante continuaban probando, sondeando, consumiendo la
furia desatada dentro de sus cuerpos. Luego, cuando el cansancio pudo con
todos, arrinconado una vez más contra sí mismo, Hubinon perdió el sentido,
náufrago de su propia limitación, como un metal que se ha visto doblegado demasiadas
veces y pierde su valor y su utilidad.
Cuando
despertó, comprobó que Alexis Maximoff no estaba presente. Sólo quedaba la
mujer, desnuda, tendida boca abajo sobre el revuelo de sábanas rotas, agotada
tras días o semanas de lucha. Casi con ternura, como si fuera una muñeca
abandonada o un ídolo al que sólo un chamán tiene acceso, Jean-Claude Hubinon
se sobrepuso al descubrimiento de su incapacidad y trató de taparla.
La
mujer rubia abrió los ojos y la explosión de luz en sus pupilas volvió a
esclavizarlo.
Sus
vestiduras ondeaban ante una brisa inexistente y él, arrodillado ante el altar,
trataba de no perder el hilo de la oración. Apretó más fuerte el cíngulo, clavó
las manos en el cilicio. Ella dio un paso y el peso de su cuerpo, liviano como
una mariposa, pareció resonar en toda la nave de la iglesia solitaria. Él cerró
los ojos, perdido ya entre avemarias y credos, mareado por el olor corporal que
sofocaba la mordedura continua del incienso.
Ella
lo llamó por su nombre, como había hecho otras veces, y él batalló contra el
deseo de arrojarse a sus pies y permitir que pisara su cabeza como la Señora
hacía con la serpiente. El susurro se clavó en su cerebro, arañando su alma,
inflando en sus venas el recuerdo, avivando la conciencia del deseo. La
presencia era tan fuerte que no parecía hallarse a su espalda, sino envolverlo
todo, una gravedad corpórea que lo atosigaba, que era su infierno y a la vez su
cielo.
Ella
le tocó el hombro y la sensación que recorrió su cuerpo fue como una quemadura
fría que actuaba con la suavidad de un bálsamo. Se volvió, los puños sangrando,
los ojos llorosos. No quería hacerlo, pero no podía evitarlo.
Ella
le acarició la cara, la cabeza. Embriagado de su aroma, él soltó el cilicio, se
supo abandonado por su Dios una vez más, condenado a la gloria de aquellos
brazos que se abrían para acunarlo, santificado en el pecado que nunca iba a
ser capaz de combatir.
Los
labios de ella eran de azúcar y miel, de mistela y manzana, y su sexo parecía
un sol acogedor donde sólo podía crecer el ansia. El sacerdote hundió la cabeza
entre los pechos de la diosa y lloró pidiendo perdón mientras su cuerpo,
desbocado, hurgaba en sus entrañas.
Jason
Prince abrió los ojos y las imágenes se borraron de su mente como se pierde una
transparencia al cortar la luz. Un sudor frío y pastoso lo cubría. Sus manos
temblaban. Otra vez aquella pesadilla recurrente, el miedo que tantas veces
había querido arrinconar, sin éxito.
Todavía
estremeciéndose, se puso en pie, tanteó en busca de un cigarrillo que llevarse
a la boca. Susurró una palabra y la luz amarillenta bañó la habitación con un
goteo aceitoso que dibujaba manchas más que sombras.
Jason
Prince sabía quién era aquella mujer que perturbaba su sueño. Conocía muy bien
su voz, sus gestos, su mirada. Se volvió hacia el espejo. Como un residuo del
sueño superado, por un segundo no vio su propia imagen reflejada, sino el
rostro aterrado, devorado por la fe rota y las esperanzas devastadas, del
sacerdote.
—Padre
—murmuró. La imagen se borró del cristal, como el reflejo que espanta una
piedra en el agua.
Shai'r
terminó de cambiar a la pequeña y se sorprendió al ver que el tren se detenía.
El alto puente que cruzaba el océano no era un lugar muy apropiado para una
estación de tránsito. Miró al cielo. En el crepúsculo, la curva del anillo que
rodeaba la Tierra parecía un hilo plateado que surcaba de un lado a otro el
horizonte. Shai'r sabía que en aquella mágica línea vivían los dioses. Su único
problema era llegar hasta allá arriba y entregar a la pequeña a su padre.
Una
sacudida la hizo dejar de contemplar la visión de ensueño, tan similar a las
postales tresdé que los turistas ofrecían a cambio de trabajos artesanales a
los alfareros de su tribu. Shai'r comprendió al momento que algo malo sucedía.
Acunó a la niña contra su pecho.
Entonces
el techo metálico del vagón donde viajaba se descorrió como si fuera un forillo
de papel y entre las mellas de la abertura asomaron los cascos brillantes de
una patrulla de Centinelas.
Shai'r
no tuvo tiempo de gritar. A bocajarro, los Centinelas dispararon sus armas.
—¿Cómo
te llamas?
Jean-Claude
Hubinon sintió que le temblaba la voz. Aun desnudo, aun incapaz, aun sin
fuerzas, la presencia de la mujer era una descarga eléctrica en el aire, un
canto de sirena convertido en carne y sangre, la tentación de perderse al
alcance de la mano, un tesoro de lujuria y desesperanza.
—Toledo.
Jean-Claude
hizo una mueca.
—¿Es
una especie de nombre artístico o de verdad te llamas así?
Ella
se encogió de hombros.
—¿Qué
más da? —Miró en derredor—. ¿Vives aquí?
—No.
Esto es una suite especial... reservada para mi amigo.
Toledo
entornó los ojos. Una sonrisita picara asomó a su boca.
—¿Vendrá
pronto?
Jean-Claude
volvió a sentirse diminuto, infinitesimalmente minúsculo. Comparado con el
dios, era un estorbo.
—No
lo sé. Es posible.
—Me
dijo que se llamaba Alexis. ¿Es verdad?
—Sí.
—Es
un dios, ¿no?
Jean-Claude
hizo un leve movimiento de cabeza. Sí, lo era. Bien que ambos se habían dado
cuenta.
—Nunca
me lo había hecho con un dios —comentó la mujer, los ojos entrecerrados,
soñadores.
Ni
yo con una derivante, quiso decir Jean-Claude, pero prefirió morderse los
labios.
—¿Quieres
comer algo? —ofreció.
—¡Claro!
¡Estoy hambrienta! —Toledo se levantó de un salto de la cama, sin importarle su
desnudez. Hubinon miró al suelo un segundo, luego observó a la muchacha.
Era
demasiado hermosa para no hacerlo.
—¿Puedo
elegir yo por ti o te apetece alguna cosa en especial? —preguntó el cónsul
mientras conectaba con el ordenador central del megahotel y revisaba las
diversas opciones del menú.
—¿Tienes
buen gusto? Sí, debes de tenerlo a juzgar por tus amistades y por la calidad de
tus ropas. Pide lo que quieras, pero que sea abundante. Dios, tu amigo me ha
dejado agotada.
—Hay
un jacuzzi en la otra habitación —informó Hubinon, mientras marcaba dos
desayunos extra—. Puedes usarlo si quieres.
Ella
se llevó un dedo a la boca. Parecía una niña pequeña, algo perversa. Entró en
la habitación del baño.
—¿Tardará
mucho tu amigo?
—Ya
te he dicho que no lo sé.
—Tengo
que volver al cabaret, ¿sabes? Y aún no me ha pagado.
Jean-Claude
se echó a reír.
—¿Qué
es lo que te hace tanta gracia? —preguntó ella, por encima de los lamidos del
agua.
—¿Eres
una prostituta?
—¿Hay
algo de lo que reírse? ¿Qué hombre o mujer no lo es en esta ciudad de locos?
—No
pretendía ofenderte. Pero no me imagino a Alexis Maximoff pagando por los
servicios de nadie.
—Me
compró para ti.
El
rubor tiñó las mejillas del cónsul. Su risa se apagó de inmediato.
—Entonces
yo te pagaré.
—Soy
cara.
—He
podido comprobar por qué. No te preocupes, tengo dinero.
La
mujer salió del baño y Jean-Claude la observó mientras se vestía. Por muy
buenas que hubieran sido sus intenciones, Boticelli no tenía ni idea de qué era
contemplar a Venus surgiendo de las aguas.
—Eres
una derivante, ¿verdad?
Ella
se volvió, como si la hubiera picado una serpiente. En sus ojos había una
mezcla explosiva de dolor y odio.
—¿Nunca
has tenido ningún encuentro con los Centinelas? —Hubinon sabía que sus
preguntas hacían daño. Decidió aprovechar la ventaja.
—Yo
no soy un peligro para nadie. Sólo alquilo mi cuerpo por horas. No soy una
terrorista. Ni una amenaza.
Jean-Claude
Hubinon asintió.
—Pero
si te localizan...
—Sé
cuidar de mí misma.
—Una
descarga de plasma no se deja seducir con la misma facilidad que un hombre o
una mujer, ni te preguntará primero qué piensas. Sólo mata.
Un
par de robots de protocolo trajeron los desayunos. Toledo guardó silencio hasta
que se marcharon. Con cierto placer morboso, Jean-Claude Hubinon comprobó que
la presencia de los seres mecánicos incomodaba a la derivante casi tanto como
ella misma a él. Ni siquiera los metahumanos eran perfectos, y las máquinas
estaban en cierto modo por encima de las limitaciones que tanto los dioses como
sus hijos bastardos seguían teniendo.
—Hay
derivantes en Vegas —continuó el cónsul—. Muchos. Alexis eliminó a uno de ellos
ayer mismo.
—¿Los
dioses también los cazan?
—A
veces. Por divertirse.
—Entonces
estoy a salvo. Ya has visto que a mí no me ha matado, sino todo lo contrario.
Jean-Claude
Hubinon se puso serio.
—No,
Toledo. Con Alexis nunca estarás a salvo. Es una cobra a la que no se puede
domesticar. Tarde o temprano acabará mordiéndote. Alexis no moverá un dedo por
protegerte. Yo sí.
El
chasquido del doble impacto se repitió en el vagón, lanzando esquirlas
incandescentes de metal por las ventanillas, como si de pronto el tren hubiera
empezado a vomitar sus entrañas. Shai'r se arrojó al suelo y lo sintió
caliente, pegajoso, un mar fundido de hierros y plástico que quisiera
engullirla. La pequeña lanzó un alarido que pareció más fuerte que el bramido
de las armas.
El
Centinela que había disparado se volvió, aturdido, mientras leía
apresuradamente en su visor las coordenadas que indicaban el lugar del que
había brotado el disparo que había segado de cuajo la vida de su acompañante.
No tuvo tiempo de calcular el vector ni la trayectoria del enemigo invisible.
Cuando fue a alzar el brazo con el cañón incorporado, una descarga caliente se
lo cercenó a la altura del codo. Quiso pedir refuerzos pero un nuevo tajo
certero le abrió la garganta.
Los
demás Centinelas se giraron en el aire, buscando sin ver a la sombra que se
repetía difusa en sus sensores, borrando su presencia antes de que tuvieran
tiempo de descargar un golpe. El recién llegado danzaba de un rincón a otro del
vagón detenido, saltando del suelo al techo, reptando por las ventanas,
revoloteando sobre las cabezas de los perros de presa de los dioses, disparando
y derritiendo, cortando y magullando. Era un torbellino invisible que ningún
ojo humano o mecánico podía captar, una presencia intangible e imparable.
Shai'r
lo sintió a su lado, llegó a ver los pies forrados de hierro, la armadura
amarilla que brincó al aire como una moneda y se mezcló con los colores
plateados de los uniformes. Seguía sin entender nada. La niña lloraba entre sus
brazos, ajena a todo, sin comprender tampoco que ella misma había desatado la
matanza que de momento la esquivaba.
Tatsuo
Takahashi envainó el sable, rompió el casco de un nuevo Centinela, disparó el
cañón de su puño contra los genitales de una mujer forrada de muerte. Se estaba
colocando fuera de la ley, atacando a la autoridad sin motivo ninguno, cobrando
en la carne de sus guardianes el desprecio que le habían infligido los dioses.
No le importaba. El sistema de camuflaje de su armadura de combate lo volvía un
tornado cuya forma era un misterio. Estaba a salvo.
El
vagón estalló en una catarata de llamas. Los Centinelas yacían desperdigados
por el suelo, muñecos sin brazos ni cabezas que sangraban un líquido oscuro,
casi negro. Takahashi se volvió, desenvainó otra vez el sai, lo lanzó al aire y
ensartó al último agente policial antes de que tuviera oportunidad de
registrarlo.
Entonces,
entre el crujir de las llamas y los gemidos de la mujer, oyó el llanto.
Un
pedazo de metal incandescente había atravesado a la muchacha india de parte a
parte. Su sangre era de un rojo hermoso, casi mágico. Intentaba ponerse en pie,
pero sin demasiada suerte. Apenas un metro más allá, una niña de semanas
lloraba sin consuelo. Takahashi conectó el sensor, haciéndose visible ahora que
no temía ser identificado.
Amartilló
su arma de brazo. El detector no le mentía. La criatura era una derivante.
Apuntó
a la recién nacida entre los ojos. Recordó a Yokize y Amaterasu y se encomendó
a los dioses antes de abrir fuego.
De
vez en cuando oía el disparo. Una tos seca, como la campanada de un reloj del
infierno, y el velo rojo que explotaba ante unos ojos que desde ese momento ya
estarían ciegos para la eternidad. Lo escuchaba en su cabeza, repitiéndose con
un eco sepulcral, una losa que se cierra de golpe, una tumba que se abre para
revelar que dentro no hay ningún cadáver. Lo escuchaba a todas horas, cuando se
abandonaba a sí mismo, cuando sus defensas caían por el cansancio. Primero era
el sudor, la desesperación, el sabor agrio de la fe perdida. Luego, el temblor
de manos, la agitación febril, el peso en las manos de la fría culata del arma.
Después, el cañón contra la sien, el titubeo, la retirada de la mano, la
insistencia nueva del frío cilindro dentro de la boca. Una oración sin
contenido ya, sin valor ni esencia, Dios te salve María, mientras su corazón
salvaje pensaba en otra cosa mucho más mundana, el roce del dedo contra el
gatillo, un segundo más de vacilación. Y la decisión definitiva, irrevocable. Y
el desenlace.
Jason
Prince sabía que no podía ser memoria de especie. Era imposible. Admitía que en
sus genes tal vez tuviera más fuerza la presencia de su padre, pero en
cualquier caso podría recordar solamente hasta el momento de su concepción, no
más allá. Aceptaba revivir los encuentros furtivos de aquel triste sacerdote y
de su madre, las sensaciones marcadas a sangre en sus cromosomas, el laberinto
de la fe desarraigada que ahora buscaba regresar a través de su mente. Pero no
el momento del suicidio. No era posible. Estaba imaginando cosas. Se estaba
martirizando una vez más por algo que no había hecho, que no habría sido
tampoco capaz de hacer. Estaba loco.
Seguía
huyendo de un pasado ajeno que condicionaba su presente. No se heredan los
pecados de los padres, ¿no había leído eso en alguna parte? ¿Entonces por qué
él sí lo hacía? ¿Por qué cargaba con el peso de una seducción, de unos
recuerdos, de una muerte?
Quiso
escapar de nuevo de sí mismo, de los fantasmas que lo poseían a intervalos que
no era capaz de controlar. Salió a la calle, confundido, mareado, recordando el
olor del cuerpo de Bianca Prince, las convulsiones y los jadeos, los susurros y
las perversiones de una mujer desconocida que era su propia madre. Maldijo su
herencia. Lloró.
Mientras
se perdía de nuevo entre las calles, dominado por la culpa del sacerdote, por
la lujuria de la diosa amada en dos sentidos, en sus manos volvió a abrirse una
doble llaga de sangre.
Había
trastocado sus valores, sin ninguna duda. El peso del rechazo y la tensión
habían sido más fuertes que los juramentos, que el pasado. No había sido capaz
de disparar. Ese acto, en el fondo, lo pondría a la altura de aquellos a
quienes exterminaba. Ese acto, en el fondo, lo habría convertido en un ser tan
despreciable como los derivantes.
La
pequeña era inocente, tanto como lo fueron Yokize y Amaterasu. Tanto como un
día lo fue el mismo Tatsuo Takahashi. Su pecado consistía en haber nacido
diferente, una casualidad genética, una evolución por caminos incontrolables.
Todavía no había maldad en ella; era imposible. Los Centinelas, los siervos sin
alma de los dioses, habían querido eliminarla, como se apaga una luz, como se
desconecta un arma. Y él no lo había permitido. Al principio, por despecho.
Después, quizá por compasión. O por justicia.
Los
culpables eran los dioses. Eso lo sabía Tatsuo desde siempre. Un gran poder
como el que ellos tenían los obligaba a una conducta intachable, a una
responsabilidad sobre la que no cabían persecuciones y pogromos, sino
respuestas, soluciones.
Igual
que él tenía los medios para actuar como una némesis sobre la locura desatada
de los derivantes, los dioses deberían utilizar sus recursos para hallar una
solución a los conflictos. Eso decían que habían hecho desde el principio, pero
Takahashi no lo creía. No veía en el mundo pruebas que indicasen que quienes
eran superiores estuviesen velando por el bienestar de los seres humanos. Se
acercó a la madre. Era una muchacha, no mucho más mayor de lo que Yokize lo fue
cuando ambos se prometieron, apenas una adolescente como Amaterasu jamás podría
ya ser. Humana, claro. La madre de la pequeña derivante a la que había
protegido de lo peor de los disparos.
Takahashi
se arrodilló junto a ella, dispuesto a descargar, ahora sí, un tiro de gracia
si la herida era demasiado para sus medios. La muchacha le miró con ojos
suplicantes, manchada de lágrimas y preocupación. Dijo algo en un idioma que el
samurai no comprendió. Quiso volverse hacia la pequeña y resbaló en el charco
de su propia sangre derramada. Se estremeció y perdió el conocimiento.
Takahashi
escuchó en su yelmo las conversaciones cruzadas de la patrulla de Centinelas
que cubría las acciones de aquellos que él había eliminado con la misma
facilidad con que un niño destruye a los invasores de un videotebeo. Pronto
asumirían a qué se debía el silencio radial.
Takahashi
había iniciado un camino del que no había marcha atrás. No tenía un segundo que
perder. Recogió a la muchacha, se cargó a la pequeña en la mochila de su
espalda y brincó a los cielos.
Había
perdido su esquema de valores, por completo.
—¿Cortar
todas las comunicaciones intercontinentales? ¿Eso es lo que quiere hacer?
Murdock
asintió. Desde la pantalla cromada, el coronel Rage le miró de arriba abajo.
Esta vez no llevaba ningún puro en la boca.
—Está
viva, como suponíamos.
—¿Andrea
Vanderbilt?
—Y
Davinia Cross, posiblemente. Escaparon de las catacumbas y su paradero en estos
momentos es un poco... neblinoso.
—¿Y
por eso quiere suspender todos los transportes?
—No
por mucho tiempo. Pongamos cuarenta y ocho horas.
—¿Para
que no salgan de Megaciudad?
—Para
todo lo contrario, coronel. Para que vayan a donde quieren ir. A Vegas. Pero
por un solo camino. El que yo elija.
—¿Vegas?
Algo que se nos escapa debe estar cociéndose en ese sitio. Los hermanos
Maximoff eliminaron personalmente a un par de derivantes, según tengo
entendido.
—Fue
a uno solo, señor —corrigió Murdock. Como a su jefe, no le gustaba que los
dioses hicieran un trabajo para el que los Centinelas habían sido entrenados—.
Y tal vez no venga al caso. Los motivos de los dioses son inescrutables.
—¿Entonces
por qué está tan seguro de que esas dos fugitivas van camino de Vegas?
—Porque
todavía tenemos una incógnita que resolver en Nuevo México. A un tiro de piedra
de allí. Y ellas lo saben.
Rage
asintió, dubitativo. La calidad de la transmisión, por algún motivo
desconocido, hizo que el movimiento trazara en la pantalla un borrón grisáceo
que repitió sus rasgos una milésima de segundo.
—¿El
sacerdote?
—El
sacerdote. No sé muy bien qué es lo que buscan, ni qué pretenden. Pero pondría
una mano en el fuego a que van a por él. Andrea Vanderbilt y su amiga,
camufladas, escondidas, por cualquier medio que tengan a su alcance, intentarán
localizar a ese hombre.
—Y
si lo hacen, nos ahorrarán trabajo a nosotros.
—Es
posible —Murdock se frotó la mejilla—. Primero hay que localizarlas a ellas, y
eso puede ser difícil. Por eso quiero cortar todos los medios de transporte
entre un continente y otro. No me gustaría que empezaran a dar vueltas al mundo
y a saltar de
arcología
en arcología antes de llegar a Vegas. Quiero un solo camino.
—Comprendo.
—Quiero
que sólo tengan una opción de viaje, coronel. Y cuando lleguen a Vegas yo las
estaré esperando.
La
llamó por todos los medios a su alcance, pero sólo recibió silencio por
respuesta. La buscó por todos los rincones de la mansión, hizo que el ordenador
central detectara su presencia en cualquiera de las cámaras donde solía
entretenerse para leer, hacer deporte o nadar, pero ni siquiera la sofisticada
maquinaria que ponía orden a sus vidas supo explicar dónde se hallaba, ni
aclararle tampoco cuándo o por qué camino había abandonado el anillo edén, si
eso había hecho. Finalmente, cansado, nervioso, recorrió habitación tras
habitación, gritando su nombre, revolviendo la soledad como se revuelve un
cajón en busca de un recuerdo extraviado.
Sobre
la mesa de la biblioteca encontró la pulsera trazadora. No había nada más. Ni
una nota, ni un holograma, nada que diera razones a su decisión. ¿Para qué?
Luther Munroe ya las conocía. Galenne se había marchado de casa, el último
gesto de rebeldía por su parte.
Se
sentó pesadamente, la pulsera en la mano. Tendría que explicarle lo sucedido a
Fenric Wayne. Y a Jonathan. Ya habría tiempo para eso. Ahora sólo podía
preocuparse por el destino de su hija.
Su
cabeza era un torbellino. No podía dejar de oler el perfume más íntimo de la
diosa rubia, y su voz sinuosa se repetía en sus oídos como una oración obscena,
siempre pidiendo más, exigiéndole el máximo, enroscándose en sus recuerdos como
una serpiente que se negara a soltar su presa. El sabor de su boca era un
elixir mágico, una promesa del paraíso en la tierra. Repitió su nombre a
intervalos dolorosos, Bianca, madre, Bianca, y la vio volverse, estremecerse
entre sus brazos, el brillo maléfico y a la vez adorable de sus ojos de fuego,
el sendero caliente de la pasión entre sus piernas de oro y seda.
Jason
se detuvo, se apoyó en la barandilla, sintió el golpe del aire reciclado sobre
la cara. Las lágrimas dibujaron una doble línea sobre sus pómulos antes de
secarse. Miró hacia abajo. Muchos niveles más allá, en el fondo, tal vez
pudiera librarse del acoso, de la culpa, del remordimiento del sacerdote y la
lujuria prestada que encendía su carne.
Pero
no. Ya había experimentado esa sensación. La culpa no se borraba con la muerte,
¿no era él la prueba de todo ese absurdo? Si saltaba desde aquí, tal vez ni
siquiera conseguiría poner fin a todo aquel caudal de recuerdos malditos. El
poder regenerador tal vez acudiría a rescatarlo, a remendarlo, a suturar
heridas que deberían sangrar hasta secarse, a recomponer huesos que deberían
volverse astillas inmóviles sin capacidad de movimiento.
Notó
el plastimetal de la balustrada pegajoso y caliente. Retiró la mano, como si
quemara. Sabía qué era aquello. No era la primera vez que le ocurría. La culpa
y el deseo se aliaban en su mente y se cobraban la deuda en su cuerpo. Se miró
la palma y observó, abstraído, cómo se abría la ojiva del estigma. Un pinchazo
en el costado, un labio nuevo y sangrante que se abría poco a poco. La mancha
le ensució la ropa. Un transeúnte borracho se le quedó mirando, sin comprender
qué le pasaba.
Y el
recuerdo de los labios de su madre se cebaba contra su boca, y el sonido de su
cuerpo contra el suyo, aunque no lo fuera, le enviaba una descarga de
culpabilidad y de indolencia. Maldijo al sacerdote por no haber sabido resistir
la tentación. Maldijo a Bianca Prince por haber llevado hasta tan lejos sus
juegos mentales, su arrogancia.
El
mundo no era como él lo veía y lo sentía. Había una vida esperándole que tenía
derecho a vivir, una experiencia inédita, toda suya, que nada habría de deber a
lo que otros hicieran antes que él. Estaba muy bien como teoría, ¿pero cómo
resistirla? ¿Cómo cortar de cuajo con todo aquello que le estaba volviendo
loco? ¿A quién podría acudir para que extirpara de su cerebro ese lóbulo
inclasificable donde se almacenan las culpas y los recuerdos?
Se
dio la vuelta, trastabillando, las dos manos ya convertidas en tizones rojos.
Cuando estigmatizaba, el poder curador que había heredado de su madre parecía
detenerse, como si la herencia paterna y las supersiticiones de él adquiridas
fueran por un momento más fuertes que la superioridad genética de Bianca y su
caterva. Si pudiera hacer callar los gemidos de placer de aquella mujer, si
pudiera silenciar los atormentados y patéticos rezos de aquel hombre...
No
tuvo tiempo de terminar el pensamiento. Ante él, sonriendo como un tiburón
saciado, se encontraba Dmitri Maximoff.
Sebastian
Cortés contempló a aquel pedazo de carne que le miraba a su vez, sin verlo, sin
sentirlo. La respiración asistida ni siquiera conseguía que el pecho cadavérico
se alzara y bajara con algo parecido a un estertor, pero las máquinas indicaban
que todavía, en algún lugar de aquella carcasa que no respondía a ningún
estímulo, había un atisbo de vida. El anciano permanecía inmóvil, perdido en el
infierno o el paraíso que tal vez le dibujaran las ondas planas de su cerebro.
Más de una vez Sebastian Cortés había pensado que, si existía un purgatorio,
debía ser esto que su padre estaba sufriendo.
Sabía,
por su educación, que sufrir no era la palabra adecuada, porque los finos
cables que hacían las veces de nervios y músculos hacía ya muchos años que
habían escapado al dolor, pero no podía dejar de repetirse una y otra vez que
su padre, el recuerdo del hombre que ahora tenía delante, habría pedido a
gritos que desconectasen las máquinas que le encadenaban a aquel remedo de
existencia. Lo habría hecho, sin ninguna duda, si hubiera tenido la más mínima
oportunidad.
Jonathan
Bunyan se había negado en redondo a dejar morir al médico humano que le había
servido como un perrillo fiel toda su vida. Cortés no sabía si en su decisión
había crueldad o afecto. Era difícil distinguir entre una cosa y otra cuando se
trataba de medir a los dioses. Tal vez el todopoderoso Jonathan no quería
desprenderse de un hombre cuyos servicios podría remotamente volver a emplear
un día, o tal vez no quería que el escuálido anciano escapara hacia una muerte
a la que él todavía tardaría muchas décadas en llegar, como si temiese que
Antón Cortés organizara en el otro mundo un sistema donde los dioses, y él en
concreto, pagaran la superioridad total que disfrutaban en éste. ¿Quién lo
sabía? Tal vez, simplemente, Jonathan Bunyan no quería vivir en una tierra
donde no existía la única persona que pudo llamar amigo y por eso no lo dejaba
morir y se negaba a que el viejo médico convertido en vegetal le abandonase a
su suerte.
Nadie
había entendido mejor que Antón Cortés la biología, la psicología de los
dioses. Jonathan había sido su paciente, pero también el centro de sus
investigaciones, el sol sobre el que había orbitado su vida. Lo atendía, lo
mimaba, lo obedecía sobre todo. Pero también lo estudiaba, lo analizaba,
fascinado por su superioridad física, por sus extraños modos de comportamiento,
por las pautas que seguía en su funcionamiento un ce-rebro casi privilegiado
como era el suyo.
Sebastian
Cortés había seguido el trabajo allá donde su padre lo dejó. Sin embargo,
apenas cinco o seis años de contacto con el jefe de los dioses no significaban
nada comparados con toda una vida de dedicación exclusiva. Por eso se había
quedado tan sor-prendido cuando Jonathan Bunyan le confió sus deseos de
inmortalidad. Para él no tenían sentido. Con suerte, un humano normal podía
llegar a vivir ochenta, noventa años, y entonces no era más que una sombra de
lo que un día fue. La inmortalidad, para Sebastian
Cortés,
era aquel umbral de casi tres siglos que los dioses cruzaban con relativa
facilidad, manteniéndose bellos y en plenitud de facultades prácticamente hasta
el último momento.
Y,
sin embargo, Jonathan Bunyan todavía quería más. El joven médico contempló a su
padre, muerto en vida, artificialmente inconsciente, un pecio mantenido a flote
por voluntad de los cielos. Sólo estaba a una dentellada de la muerte. Y
Jonathan, irónicamente, todavía pretendía llegar más lejos. ¿Porque le asustaba
el vacío del más allá? ¿Porque temía lo que pudiera encontrarse? ¿O por el
simple deseo egoísta de disfrutar para siempre de todo lo ganado, de todo lo
robado y conquistado en este mundo?
Cortés
se encogió de hombros. Jonathan era impredecible. Ningún psicólogo sería capaz
de interpretar su cambiante personalidad. No había moldes para los dioses. Para
Jonathan, menos que para ninguno. Era el planificador supremo, Júpiter
encarnado, caprichoso y voluble, insaciable y muy inteligente. Mucho más que
ninguno de sus hermanos.
Y
buscaba la inmortalidad. Huía de un cáncer recurrente y pretendía ser eterno.
Sebastian Cortés sonrió. No era extraño que quisiera cumplir ese sueño. Tenía
tiempo de sobras para buscarlo, y quizás era cierto que fuera posible
encontrarlo.
—¿Doctor
Cortés? La visita ha terminado.
Sebastian
se giró hacia la enfermera. Asintió. Recogió sus cosas, salió de la habitación
y cerró la puerta con cuidado, sabiendo que de todas formas no iba a alterar el
sueño sin sueños de su padre.
Atenazó
al bastardo por el cuello y hundió con todas sus fuerzas los garfios de sus
dedos en la carne. El impulso de Dmitri Maximoff habría arrancado de cuajo la
cabeza de cualquiera, pero los músculos de Jason Prince aguantaron la súbita
presión. Las miradas se cruzaron en el forcejeo, ojos azules clavándose unos en
otros, la tensión de las bocas deformando rostros siempre hermosos. Tras
aquellas pupilas encendidas Jason casi podía leer los pensamientos del dios que
tanto le odiaba. No era difícil. La cadena de sus neuronas jamás había dado
demasiado de sí, y ahora toda su capacidad intelectual se centraba en una sola
palabra: matarlo.
Un
segundo antes y tal vez Jason habría agradecido la liberación que ese paso
supondría. Cuando aún era un mar confuso de pensamientos ajenos y recuerdos
robados, cuando sólo quería espantar de sí culpas que no le pertenecían, cuando
sopesaba el suicidio como salida a su nuevo arrebato de crisis, la llegada del
dios vengativo habría sido una bendición, una providencia. Pero ahora no.
Demasiado tarde. Un segundo antes Jason Prin-ce había tomado la determinación
de vivir, y Dmitri Maximoff no era nadie para ir en contra de una decisión que
le había costado tanto dolor, tanta sangre.
Tras
las palabras susurradas e incomprensibles, por entre la muralla de dientes
perfectos de su enemigo, Jason notó el olor pegajoso del alcohol, de las drogas
de diseño, todo mezclado con un aroma inclasificable de perfume y sexo. También
los dioses venían a Vegas a burlar su ineludible compromiso con la muerte.
Dmitri
siguió presionando el cuello del semidiós. Los músculos se tensaron, la
garganta no cedió un milímetro. Las palmas pegajosas de Jason Prince se
cerraron sobre sus dedos, bañándolos de un líquido caliente que el metahumano
rubio no supo identificar como sangre. Las manos de Jason se cerraron sobre los
dedos que se cernían sobre él, taladrando la carne que se abría y se cerraba
con la prontitud de un ojo electrónico. No podría romper aquella tenaza de
hierro, igual que las manos en su cuello no podrían doblegar su voluntad.
Entonces
Dmitri cambió de estrategia. Sin dejar de hacer presión, sujeto a su cuello
como un colgante demasiado estrecho, brincó al aire. Impulsado por su anillo
volador, se perdió hacia lo alto con su carga.
Jason
no tuvo tiempo ni fuerzas para impedirlo. Cuando quiso darse cuenta, pataleaba
en el aire, llevado en volandas por la ira maníaca del dios.
Dmitri
gritaba algo, pero perdido todavía en el marasmo de su cerebro embotado, Jason
Prince no podía comprenderlo. Un estrépito de cristales los bañó a ambos, y el
derivante advirtió que acababan de pasar de un nivel de la arcología a otro,
sin dejar de subir, rompiendo subsuelos y techos y regando su avance de un
sinfín de esquirlas metálicas.
Jason
se agarró con fuerza a las manos que le cortaban el resuello. Ya que no podía
quebrarlo como a una astilla, el dios pretendía llevarlo lo suficientemente
alto como para poder soltarlo. Luego ya tendría tiempo de bajar a comprobar si
todavía latían sus restos.
—Hay
algo que no me gusta de todo este asunto.
Andrea
Vanderbilt había murmurado las palabras con la tranquilidad con que, unos
minutos antes, había solicitado un refresco al androide de servicio. Sentada a
su lado, enfrascada en repasar las últimas noticias del terminal de vidiario de
su asiento, Dave Cross la miró de reojo. Volvían a ser hombre y mujer. La ex
Centinela encarnaba a una dama grande y gruesa, algo entrada en años, mientras
que ella misma había adoptado la raquítica figura de un hombrecito con aspecto
de contable.
—Lo
has dicho media docena de veces desde que despegamos. Tranquilízate.
—No
me digas lo que tengo que hacer, Cross —reprendió la otra mujer—. Si te digo
que no me gusta esto, hazme caso. Te conviene para conservar el pellejo.
—¿Tienes
un sexto sentido además de superfuerza, poderes regenerativos y un mal humor de
cien diablos? —susurró la periodista, sin dejar de correr pantalla tras
pantalla en su monitor.
—Llámalo
como quieras. No me gusta este vuelo. Habría preferido el tren sub.
—Ya
sabes lo que dijeron. Unos derivantes han saboteado las líneas y tardarán un
par de días en reparar los desperfectos. Tus compañeros tienen muy malas
pulgas.
—No
son mis compañeros. Y no me trago el cuento del sabotaje.
—No
sería la primera vez.
—Escucha,
Cross. —Andrea se rebulló en su asiento, impaciente—. He combatido a los
derivantes y sé cómo actúan. Les gusta llamar la atención. Buscan objetivos
grandes, que puedan dañar... no sé, a los dioses, supongo. Catedrales,
centrales de energía, redes de información, incluso colegios. ¿Pero eludir los
bloqueos de todas las estaciones terminales para plantar una bomba en mitad de
una línea de comunicaciones a la que no tiene acceso ni un uno por ciento de la
humanidad? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene eso?
—Joder
por joder, ¿te parece poco?
—Me
parece una estupidez. Y si tú te lo crees...
—Es
que soy una estúpida, ya. Los vidiarios no dicen nada del tema. Pero la censura
es siempre así. Nadie se entera de esas cosas hasta que se han solucionado.
—No.
Aquí hay gato encerrado, Cross.
Con
un gesto de fastidio, Dave desconectó el aparato. Se volvió hacia su compañera.
—Está
bien. Como quieras. ¿Qué te parece que está pasando?
—Es
muy sencillo. Los trenes cruzan los continentes a intervalos de pocos minutos.
Su número es elevado.
—Ahórrate
la publicidad pagada. Ve al grano.
—¿Tiene
indicador de viajes ese trasto?
—Debe
tenerlo.
—Mira
a ver cuántos vuelos hay previstos para hoy.
Dave
volvió a conectar el aparato. Una rápida llamada al menú y de inmediato la
pantalla se llenó de cifras. Se rascó la nariz, sin importarle la pequeña
disrrupción visual que eso creaba: el avión en el que viajaban iba
prácticamente vacío.
—Uh-oh
—dijo. La boca se le había quedado seca de repente.
—No
hay ninguno, ¿verdad?
—No
habrá otro vuelo hasta mañana. Perturbaciones magnéticas en la atmósfera, según
advierten.
—¿Notas
alguna vibración a bordo?
—Mi
corazón palpitando, nada más. Déjame que compruebe otra cosa.
Dave
tecleó de nuevo. Entre las dos compañeras se extendió un segundo de silencio
que pareció eterno.
—No
hay ningún otro vuelo intercontinental previsto desde ninguna otra arcología
—informó la periodista.
—Lo
que quiere decir, amiga mía, que mis ex camaradas quieren impedir que vayamos
de una ciudad a otra.
—Comprendo.
—Dave asintió, los labios apretados, la mirada fría—. Con una sola vía de
movimientos, impiden que demos rodeos para llegar a Vegas.
—Empiezas
a pensar como una auténtica policía, Cross. ¿Por qué no llevas la deducción a
sus últimas consecuencias?
Dave
bajó la cabeza. Cerró los ojos.
—Saben
que queremos ir a Vegas. Saben que sólo podemos hacerlo en este avión, o en el
que vaya a salir mañana, o el día siguiente.
—Eso
es. A ver si consigues tu placa de graduación, Cross. Sigue pensando.
—No
hay mucho más que pensar, Virgen María. En Vegas tenemos un comité de
bienvenida esperándonos.
Con
el cuerpo erizado de fragmentos de metal y vidrio, las dos figuras de aspecto
humano fueron rompiendo un nivel tras otro, como pedazos de roca escupidos por
la lengua incandescente de un volcán que despertara en un segundo.
Aferrado
a los brazos que trataban de estrangularlo, Jason Prince no pudo dejar de
preguntarse qué había sucedido en el anillo edén para que precisamente ahora,
después de tantos años de exilio, la furia de los hermanos Maximoff se
descargara contra su persona.
Dmitri
trató de corregir la trayectoria de su vuelo, pero sus manos engarfiadas en el
cuello del derivante no podían controlar la sortija de su dedo con la que
conseguía remontar los aires como un héroe de fábula. Techo tras techo, suelo
tras suelo, el forcejeo de los dos titanes iba quebrando la noche sin estrellas
de la arcología consagrada al placer. Los cuerpos del dios y del bastardo eran
un tornado que todo lo rompía, un ariete de brazos y piernas que derribaba
cuanto se interponía en su camino. Con un último esfuerzo, sabiendo que la
irresistible ascensión de que era objeto no terminaría hasta que ambos dejaran
atrás el último nivel de la arcología y sólo tuvieran ya nubes sobre sus
cabezas, Jason Prince soltó las manos que le retorcían la garganta. Fue apenas
un segundo, pero ese movimento brusco bastó para que el impulso de Dmitri los
hiciera dejar de ganar altura y empezaran a desplazarse en horizontal,
desguazando paredes en lugar de techos.
Dmitri
notó que el cuello de su enemigo se aflojaba. Pensó que en un instante aquellos
músculos cederían y en sus manos manchadas de sangre quedaría tan sólo un
rastro de venas y de glotis, pero Jason, aprovechando la nueva trayectoria
irregular, encogió las piernas y supo hacer palanca con ellas contra el pecho
del dios.
Dmitri
no pudo aguantar por más tiempo la tensión. La doble patada contra su esternón,
sumada a la velocidad del vuelo entorpecido, acabó por hacer que soltara el
cuello de su adversario. Jason sofocó un grito de dolor al sentir que prendido
en las uñas del dios rubio escapaba un trozo de piel y músculo, como el cable
arrancado de una máquina averiada. La sangre borboteó por su boca, anegando su
paladar de un calor rojo.
La
estigmatización refrenaba su poder curativo. Si no conseguía parar la
hemorragia de sus palmas, los ocho surcos de carne abiertos en su cuello le
chuparían la vida antes de que Dmitri Maximoff pudiera levantarse y volver al
ataque.
Tosió
un espumarajo de flema y líquido caliente que se le quedó pegado a la lengua y
los dientes. Cerró los dedos sobre el agujero abierto en sus palmas, y contó
muy despacio, tratando de despejar su mente y olvidar la tortura de los
recuerdos implantados.
La
doble ojiva se cerró, igual que un efecto especial de una simulación por
ordenador, borrándose de las palmas y desafiando a la lógica, como si nunca
hubiera marcado las manos del derivante. Jason se incorporó, todavía escupiendo
sangre y bilis. Notaba los tendones de su cuello creciendo como una enredadera,
echando raíces allá donde no había más que un hueco, estirándose y recubriendo
los ocho caminos de odio que habían grabado el contacto del dios en su caída.
Pronto
volvería a estar entero. Dmitri tendría que esforzarse a fondo si quería
matarlo. Una vez más, el cachorro humano demostraba que no tenía nada que
envidiar a la furia desatada de los dioses. Pero también Dmitri poseía aquel
poder curador que funcionaba como un bálsamo de Fierabrás sobre todo su cuerpo
encendido de despecho.
Tampoco
Jason iba a ser capaz de eliminar a quien, por toda lógica, parecía inmortal y
estaba a salvo de las balas y explosiones, a resguardo de sus puños desnudos y
de sus palabras de consuelo.
Iban
a tomar tierra en unos pocos minutos. A través de las ventanillas del avión
podían ver la gran pirámide negra de la arcología de Vegas, una enorme montaña
de cristal que abría una parte de su cúpula para permitir entrar al aparato,
como una flor que se dejase hurgar por una abeja.
Dave
Cross sentía la garganta seca. Solicitar un nuevo refresco a los auxiliares de
vuelo no iba a aliviar su tensión. A su lado, Andrea Vanderbilt tenía el ceño
fruncido, y sus ojos claros parecían a punto de desprender rayos caloríficos.
La periodista se preguntó si no sería aquello lo que intentaba hacer la
derivante, tan concentrada estaba en lo que sin duda era un apresurado plan de
escape.
—Tuvimos
que meter la pata al conectar con su ordenador —dijo entre dientes, una voz
metálica y fría que ni siquiera se correspondía con la de la mujer cuyo rostro
interpretaba.
—¿Tuvimos?
—espetó Dave—. Fuiste tú sólita quien se empeñó en teclear donde no debías,
recuérdalo cuando nos frían a las dos.
—No
dejas pasar una, ¿eh, Cross?
Dave
se encogió de hombros. Señaló hacia abajo.
—Yo
no tengo importancia, Virgen María. Son ellos los que no perdonan.
El
avión giró imperceptiblemente, preparándose para penetrar en la gran ala
abierta en el pico de la pirámide. Una voz neutra y amable indicaba a los
escasos viajeros que esperaba que hubieran tenido un vuelo agradable. Dave hizo
una mueca cuando les invitó a que volvieran a repetir la experiencia dentro de
poco.
Andrea
se soltó el cinturón de seguridad y se puso en pie.
—¿Dónde
diablos...?
—Quédate
aquí —ordenó la ex Centinela—. Tal vez no sepan que estás viva tú también.
Un
androide de servicio se acercó al instante para recordarle que durante las
maniobras de despegue y aterrizaje todos los pasajeros debían permanecer en sus
asientos. Sin mirarlo siquiera, Andrea descargó un revés que envió su cabeza de
lata a la otra punta del aparato. Un par de pasajeros gritaron.
—Cuando
las cosas se pongan feas —instruyó Andrea a su acompañante—, pégate a los
demás. Olvídate de mí. Corre.
—¿Qué
pretendes hacer?
Andrea
se llevó la mano al cuello y las facciones de la mujer madura se borraron como
por ensalmo. Su verdadero rostro asomó sobre el adorno prestado por
Samsara." Dave pensó que nunca la había visto más letal, ni más hermosa.
—Hasta
ahora tú has llevado la voz cantante, Cross. Me toca compartir el estrellato.
Un
segundo androide de servicio se partió en pedazos antes de poder formular la
petición de rigor. En las paredes del avión se encendió una hilera de luces
rojas que alertaba a la tripulación de que un pasajero impredecible podría
poner en peligro la maniobra final del vuelo.
—¡No
podemos separarnos así como así! —protestó Dave Cross, pero no intentó seguir a
la derivante.
—Escucha
y no te dejes llevar por el pánico. Si consigues escapar, ve al Golden Nugget y
hospédate allí. Ya intentaré ponerme en contacto contigo.
—¿El
Golden qué? Dios, ni siquiera he estado en Vegas antes.
—Y
yo tampoco, ¿qué creías?
—Entonces...
—¿Es
que no ves televisión?
Andrea
Vanderbilt se dio la vuelta y recorrió el pasillo dando grandes zancadas. Un
auxiliar de vuelo humano intentó detenerla. La derivante lo apartó,
aplastándolo contra el techo como si fuera una mosca.
Un
nuevo golpe seco y la puerta de la cabina del piloto se partió como una nuez.
Por el sonido, Dave Cross supo que la derivante había vuelto a romperse los
nudillos de la mano derecha.
En
el aeropuerto, Murdock Fisk terminó de desplegar a sus hombres, a la espera
inminente del avión procedente de Mega-ciudad. Sólo le movía el instinto, una
corazonada tal vez, pues no había ninguna prueba de que Andrea Vanderbilt y su
acompañante hubieran subido a bordo: al menos, no lo habían hecho como tales
personas. Fisk se lamió los labios y se concentró en la lenta maniobra de
aproximación del aparato. A su lado, un Centinela bisoño jugueteaba con su
cañón de muñeca, nervioso.
Murdock
había hecho que un centenar de sus hombres coparan todas las entradas y salidas
posibles del aeropuerto, apostados como tiradores al blanco. Si Andrea venía en
aquel avión, iba a tenerlo difícil para escapar de allí.
Un
chisporroteo de estática en sus oídos lo sacó momentáneamente de su
concentración.
—¿Capitán
Fisk?
—Había
pedido silencio radial, maldita sea —murmuró Murdock. La voz llegaba del otro
extremo de Vegas, según indicaba su visor—. ¿Qué ocurre?
—Problemas,
señor —crepitó el informante en su yelmo—. Hay una... una batalla en curso.
—¿Derivantes?
—Eso
creemos. Aunque uno de ellos, según hemos podido comprobar en las pantallas,
tal vez sea un dios.
—Uno
de los hermanos Maximoff —dedujo Fisk. El avión había dejado de ser un juguete
en el cielo para ir adquiriendo proporciones mayores. Reflexionó un momento. Si
uno de los dioses batallaba en la ciudad, era muy posible que el derivante al
que se enfrentaba fuese el cura que tanto él como Andrea Vanderbilt buscaban.
¿Era posible tanta casualidad? Los Maximoff ya habían dado muerte a un
derivante en Vegas, pero eso no había saciado sus deseos de sangre. Su presa
debía de ser alguien más importante. Hasta ahora, no conocía a nadie que
levantara más interrogantes que aquel extraño sacerdote derivante cuya
presencia pasaba inadvertida en los sensores.
—¿Qué
hacemos, señor? —insistió la voz en sus auriculares.
Murdock
contuvo un tic. Su rostro recompuesto acababa por dolerle en momentos de
tensión. Obviamente, lo que el hombre le pedía era que dividiera sus fuerzas,
que enviara a parte de un destacamento para tratar de atajar la violencia
desatada en otro lugar de la arcología.
Pero
si Andrea Vanderbilt viajaba en efecto en aquella nave que se acercaba,
prefería contar con el mayor número de Centinelas para detenerla. Con todo, no
tenía elección.
—Muy
bien. Alfil 3, Alfil 7, Alfil 9 —ordenó, rompiendo el silencio impuesto a los
diversos comandos—, plieguen alas. Contacten con Centro de Mando. Derivantes en
acción en sector gamma. Todos los demás, permanezcan en sus puestos.
—No
se detiene —murmuró el oficial novato.
Murdock
se volvió hacia él, sin comprenderle.
—¡El
avión, señor! —señaló el joven—. ¡No se detiene! ¡Va a chocar contra las
estructuras de la torre!
Dmitri
cargó contra él como un rinoceronte, pero esta vez no intentó ya agarrarlo por
el cuello. El primer puñetazo que descargó fue un mazazo que le llenó los ojos
de fosfenos. Jason detuvo el segundo golpe, conteniendo la mano cerrada de su
adversario con la suya abierta. Sin dar tiempo a reaccionar al dios, aumentó la
temperatura de su piel hasta quemar la mano que le había hecho daño.
Dmitri
gritó. Tardó un par de segundos en contrarrestar con fuego propio el calor que
irradiaba la palma del derivante, pero para entonces Jason había lanzado el
puño izquierdo contra su costado, abriendo un tajo oscuro contra las costillas
de hierro.
Sintió
cómo la caja torácica de Dmitri se rompía bajo el golpe. Repitió el proceso.
Dmitri giró y con el canto de la mano le cruzó el rostro.
Cegado
por su propia sangre desbocada, Jason retrocedió. Conocía el dolor: el último
golpe le había roto la nariz. Antes de que los huesos empezaran a soldar y lo
hicieran sujetando un guiñapo deforme y torcido, Jason se esmeró en
enderezarla, rompiéndola por el otro lado, hasta dejarla de nuevo recta. La
sangre le chorreaba por la barbilla, dándole un aspecto vampírico.
Dmitri
cargó de nuevo contra él. Jadeaba. Quizás el exceso de tecnodrogas y de alcohol
habían mermado sus cualidades, o quizá Jason, libre de sus férreos
autocontroles, podía ser un destructor aún más temible que los dioses puros. En
cualquier caso, su pecho subía y bajaba con dificultad, y también de su boca
manaba sangre.
Mientras
esquivaba un nuevo mazazo, Jason comprendió qué le pasaba. Alguna de las
costillas rotas había perforado los pulmones, impidiéndole respirar con
normalidad. Un hombre corriente habría muerto en el acto, pero el poder
regenerativo del dios acudía en su ayuda, como siempre.
Jason
se preguntó qué sucedería cuando las costillas soldaran en aquella posición
nueva. Como podría haber sucedido con los huesos de su nariz, la caja torácica
de Dmitri se fijaría sobre un cuerpo deformado, igual que un cemento que se
seca demasiado pronto. Se preguntó si los dioses podrían morir de asfixia.
La
capacidad intelectual de Dmitri, en cualquier caso, no le permitía darse cuenta
de lo que le ocurría. Jason dudaba que pudiera meterse la mano en el cuerpo y
arrancarse o enderezar los huesos torcidos que le estaban haciendo tanto daño.
Dmitri
vaciló. La falta de aire le volvía el rostro cárdeno. Se llevó la mano a una
oreja y tuvo tiempo de tirar de su pendiente antes de que Jason la arrancase de
un feroz manotazo.
El
derivante saltó sobre el dios, cebándose en su herida como un lobo hambriento.
No tenía tiempo que perder. Comprendió que el último gesto de Dmitri había sido
una señal de socorro.
Alexis
Maximoff los vio pasar. Una, dos, tres escuadrillas de hombres metálicos
revoloteando por el tercer nivel de la arco-logia, donde se encontraba. Una
emergencia, sin duda. Hizo ademán de encogerse de hombros cuando el implante en
su oído chirrió una milésima de segundo, antes de enmudecer para siempre.
Alexis
no vaciló. Un poderoso brinco y saltó al cielo, tras los Centinelas.
La
señal de Dmitri había sido clara.
Había
localizado a Jason.
—De
Torre a Fénix ZDS —dijo la voz asustada del controlador—. Fije cabos
magnéticos. Reduzca potencia de motores. Con esa velocidad no podrá completar
la maniobra de atraque.
Andrea
Vanderbilt reprimió un gesto obsceno y arrancó de cuajo el intercomunicador,
igual que había hecho con la garganta de la piloto. Su ayudante sollozaba en un
rincón, con los dos brazos rotos, sin comprender qué se proponía hacer aquella
mujer aparecida de repente a sus espaldas.
La
respuesta era sencilla. Puesto que un número indeterminado de Centinelas
estaban esperando a que el avión se detuviera para saltarles al cuello, Andrea
no tenía otra opción que sorprenderlos.
Le
hacía gracia pensar cómo iban a abordar un aparato en medio de una explosión
que iba a sacudir hasta sus cimientos el aeropuerto.
Por
primera vez en su agonía, Dmitri Maximoff fue consciente de que tal vez el
enfrentamiento con aquel odiado bastardo podría terminar con su propia muerte.
La triple lanzada de sus huesos rotos, fijos de nuevo a su esqueleto, como
espadas de hierro candente, le dificultaba los movimientos y la respiración.
Por entre la bruma enrojecida de sus ojos, la mirada de escarcha de Jason le
indicaba que no iba a detenerse hasta acabar con él.
—Alexis
—murmuró. Un golpe sobre su enemigo consiguió romperle un brazo. Pero con eso
no conseguiría nada. La regeneración haría que se recuperase en menos de dos
minutos. Dmitri comprendió que aquella fulgurante capacidad curativa que ambos
compartían no siempre era una ventaja. La carga de sus costillas contra sus
pulmones y su corazón lo atestiguaba.
—Alexis
—repitió. Sentía el cerebro embotado, falto de oxígeno. Se reprochó haber
atacado sin esperar la iniciativa de su hermano. Se reprochó no haber preparado
una estrategia de batalla contra aquel hijo de puta a quien tanto despreciaban.
¿Era posible morir por su mano? ¿Treinta años de vida tan sólo y acabar por
causa de un bastardo que ni siquiera se podía comparar con él? ¿Cómo morían los
dioses? Su cuerpo restañaba al instante sus heridas, cosiendo y suturando los
tejidos desgarrados, soldando los huesos rotos, componiendo lo dañado de sus
órganos. ¿Pero quién le devolvía el oxígeno, qué parte de su cuerpo podría
compensar la falta de aire en sus pulmones, en su cerebro?
Iba
a morir y su cuerpo estaría intacto, a excepción de los huesos torcidos que lo
horadaban como una estaca abandonada sobre el cadáver de un vampiro. Se
preguntó si su cuerpo seguiría viviendo cuando la anoxia en su cerebro acabara
por dar electroencefalograma plano.
Tenía
que arrancar aquellas costillas de sus pulmones. Ya se las haría injertar de
metal o de plástico. Pero necesitaba respirar. Sus pulmones se debatían,
anegados en sangre, perforados por la cuña que asomaba por su espalda.
Una
bruma roja cubrió el rostro de Jason, que le observaba con una expresión de
profunda, infinita crueldad. La mano del derivante detuvo su mano cuando, en un
movimiento ya casi paroxístico, intentó hundirla en su pecho. Un nuevo golpe
sobre el rostro, un chaparrón de sangre sobre sus ojos.
Fue
la mano de Jason la que entró en su cuerpo, la que rebuscó los huesos que le
atrofiaban la vida. El movimiento fue rápido, como un relámpago, la misma
facilidad con que se enciende una cerilla al vuelo.
La
costilla brotó del cuerpo lacerado, arrancada de cuajo, abriendo un nuevo
agujero en el pecho del dios herido. Los pulmones se ensancharon, Dmitri
contuvo un estertor.
Mientras
buscaba aire inútilmente, todavía cosido por otros dos palos de hueso, Dmitri
notó el pinchazo en la garganta, el desgarrón de un lado a otro, la rotura de
las cuerdas vocales que le habrían permitido gritar a los cuatro vientos su
desesperación, su sufrimiento.
La
luz de sus ojos se apagó y no llegó a saber si su muerte era debida a la falta
de aire o al limpio movimiento en cimitarra con que el derivante le había
decapitado.
En
cuanto vio la trayectoria irregular del avión en su descenso, también Murdock
Fisk comprendió la maniobra suicida que trataba de hacer Andrea. Selló los
circuitos de su exoesqueleto y saltó al cielo.
—¡De
líder a todos! —gritó por el intercomunicador—. ¡Abordad ese avión! ¡Fuego a
discreción! ¡No debe estrellarse contra la torre!
Un
abanico de cuerpos metálicos abandonó su escondite y dos docenas de policías se
lanzaron contra el aparato que barrenaba cada vez más cerca de su objetivo. A
pesar de su potencia de fuego, Murdock no estaba convencido de que la
escuadrilla de Centinelas pudiera conseguir su objetivo. Andrea Vanderbilt no
era una derivante cualquiera. Su formación militar acudiría en su ayuda y se
enfrentaría a ellos con tranquilidad, fría y sere-na, como si les estuviese
leyendo la mente.
Andrea
apretó los dientes y vio a los Centinelas chispear en la pantalla del radar.
Hizo que el avión oscilara de un lado a otro, provocando un arrebato de
histeria en los pasajeros a quienes ya no podía oír. Casi al momento notó el
impacto de las primeras balas de plasma contra el fuselaje.
Un
fuerte tirón bajo la panza del aparato hizo que la proa se hundiera diez
grados. Andrea estaba esperando esa acción. En la torre de control, sabiendo
que los garfios y tubos de atraque no servirían de nada contra la velocidad del
avión, habían optado por intentar detenerlo usando el rayo tractor empleado en
casos de emergencia.
Andrea
cortó los motores de babor, y el avión giró a medias, transido por las fuerzas
contrarias que tiraban de él. La lluvia de plasma se había hecho más intensa,
concentrada en la cabina. El aislamiento térmico de proa era suficiente de
momento para protegerla del asalto de sus ex compañeros, pero Andrea sabía que
tarde o temprano el oficial al mando de la operación ordenaría un asalto
directo. Ella misma tenía experiencia en este tipo de secuestros.
Entonces
el avión quedó súbitamente detenido en el aire, prendido de la nada como una
cometa. La tensión era tan fuerte que el fuselaje entero crujió. Si Andrea
continuaba acelerando, la nave se rompería en dos.
En
cambio, desconectó los motores restantes. Clavado a su sitio, el avión giró
otra vez, por inercia, quedando boca abajo, como un equilibrista que hace
esfuerzos en la cuerda floja.
Cuando
los Centinelas irrumpieron en la cabina un minuto más tarde, sólo encontraron a
la piloto muerta, todavía atada al sillón de mando.
El
último estertor de Dmitri Maximoff fue el bramido de un toro que no comprende
la utilidad de su sacrificio. La poderosa máquina de su cuerpo se detuvo entre
un latido y el siguiente, desplomado en el suelo como una estatua profanada.
Sus cabellos empapados en sangre ni siquiera aletearon para recibir la
despedida del viento.
Jason
Prince se incorporó a duras penas. Era el superviviente de la batalla, pero su
cuerpo no ofrecía mejor aspecto que el cadáver destrozado que salpicaba el
suelo. La cara desgarrada, los ojos hinchados, la nariz entumecida y aún
sangrante, músculos lacerados, un brazo roto, la lengua hinchada, los dientes
negros. Había vencido en la confrontación, y su poder curativo trabajaba ya a
marchas forzadas para restaurar la energía de sus órganos, pero eso no evitaba
que el dolor le impidiera dar un paso.
Sin
embargo, tenía que seguir huyendo. Alzó la vista y por entre las montañas de
escombros que su lucha había causado en varios niveles de la arcología pudo ver
la sombra rielante de las armaduras. Los Centinelas también lo habían
localizado.
Dave
Cross los vio entrar envueltos en humo verde y chispas resonantes. Las
descargas de plasma iluminaban el interior del avión, anulando las luces de
emergencia que apenas prestaban imagen al miedo de los pasajeros desde que el
aparato dio la vuelta y quedó boca abajo. Los Centinelas entraron por las
ventanillas, reforzando su presencia con un estrépito de plastimetal y acero
astillado. No lograron acallar los gritos de pánico de la gente, pero Dave
Cross supuso que ésa era la última de sus prioridades en este momento, pues
consultaban continuamente sus sensores. Buscaban a Andrea Vanderbilt. Buscaban
a la derivante.
Dave
no podía oír las conversaciones radiadas entre el líder de la patrulla y sus
hombres; ni siquiera reconoció a Murdock Fisk dentro del exoesqueleto y el
yelmo que cubría su atractivo rostro. Pero notó la desazón en los movimientos
de los policías, los gestos apresurados, la brusca consulta con el único
auxiliar de vuelo que había sobrevivido.
Tras
la puerta abierta de la cabina, un bofetón de aire acabó por confirmar sus
suposiciones.
Andrea
ya no estaba a bordo del avión volcado.
Su
cuerpo siempre había sido un ancla, el asidero al que ataba su mente
desquiciada. Todo lo que revolvía su cabeza se apaciguaba en la fortaleza de
sus músculos, en el poder regenerador que lo devolvía a la vida como un
talismán, en la certeza de que en sus manos quedaba la capacidad para empezar
de nuevo y anular los contrasentidos que poseían su cerebro y devoraban sus
recuerdos.
Pero
ahora su cuerpo era un despojo, un cenagal de heridas y de úlceras, un guiñapo
de movimientos inconexos y dolores repetidos.
Jason
Prince echó a correr, perseguido en los cielos por la sombra dorada de la
patrulla de Centinelas. Tuvo miedo. Ahora que su cuerpo se había debilitado, no
tenía ningún bastión para mantener a raya a su mente.
La
locura estaba a un paso, como la marea que aguarda un golpe de luna para
inundar la playa.
La
fuerza del asiento eyector la había catapultado lejos del avión cuando éste dio
la vuelta. Andrea Vanderbilt giraba, perdido todo sentido de la orientación,
sabiendo que acabaría por precipitarse contra el suelo si no conseguía disparar
el paracaídas de emergencia o el dispositivo anti-g incorporado al mecanismo de
escape.
Una
de sus volteretas le permitió ver el aparato del que acababa de saltar, y el
abordaje final de los Centinelas. Imaginó sus caras cuando advirtieran que ya
no estaba allí.
O
no. Una segunda escuadrilla de policías se cruzó en su camino. El asiento
volador cruzó entre ellos como una pelota hacia la red, dejándolos atrás antes
de que pudieran reaccionar.
Había
ganado dos segundos. Una nueva voltereta del asiento y entonces los vio girar
en pleno aire y zambullirse hacia ella, un banco de peces espantado por la
presencia de una barracuda hambrienta. La comparación no era muy afortunada. Si
no se rompía en pedazos al chocar contra el suelo, aquellos tiburones de metal
acabarían por devorarla.
Un
disparo en la rodilla la convenció de que iba a tener muy difícil escapar esta
vez. Apretó los dientes y dejó que el asiento siguiera su curso.
Que
vinieran por ella.
Estaba
dispuesta a morir matando.
Alexis
apartó a empujones a los Centinelas que contemplaban estupefactos un
espectáculo que la mayoría de los humanos jamás habían visto en su vida. La
muerte de un dios. El recordatorio de que tampoco sus superiores podían escapar
eternamente al precio impuesto por algo o alguien todavía más remoto, más
potente.
Alexis
se arrodilló junto a su hermano muerto. Ni siquiera la ausencia de vida había
podido robarle un ápice de su belleza. Roto y lacerado, con los costados
abiertos y la garganta sostenida por un ligero cordón de carne, Dmitri Maximoff
seguía conservando aquel aire estatuario que lo caracterizaba, los ojos
celestes henchidos de nada, la mueca despectiva en los labios muy pálidos.
Alexis
se manchó de su sangre hasta quemarse.
Su
grito de odio resonó en toda la arcología.
El
paracaídas se abrió con un tirón que resonó en su espalda como un mazazo. La
trayectoria en ruta de colisión contra el suelo quedó interrumpida bruscamente,
y la patrulla de Centinelas pasó de largo, incapaz de ajustarse a tiempo a
aquella maniobra desesperada.
Andrea
flotó hacia arriba unos segundos, una medusa oscilando bajo el cielo de hierro.
Soltó los cinturones de seguridad del sillón eyector y comprobó que la herida
de su rodilla no era grave. Sin perder un instante, saltó hacia el primer
Centinela que, también en el aire, había girado para darle el encuentro.
Cayó
sobre la espalda del policía. Un golpe en la nuca y el yelmo se quebró como un
huevo. La armadura de combate seguía en funcionamiento, calibrando ondas
vitales que no existían, insuflando oxígeno en unos pulmones que ya no
respiraban. Andrea repitió una maniobra que había efectuado centenares de veces
en los enfrentamientos a baja gravedad, haciendo maniobrar el cuerpo inerte
como si fuera una alfombra mágica con brazos y piernas mientras recorrían los
quince metros que los separaban del suelo. Desde las alturas, los demás
componentes de la escuadrilla dispararon contra ella.
Se
aferró al exoesqueleto con uñas y dientes, cabalgando un misil destinado a
tomar tierra en cuestión de segundos. Arrancó el cañón de muñeca y se lo ajustó
rápidamente sobre el brazo izquierdo. Despojó al cadáver de la pistola que
llevaba al cinto.
Rodó
sobre sí misma antes de llegar al suelo. Un reguero de fuego y polvo siguió sus
movimientos. Se incorporó de un salto y devolvió el ataque.
Antes
de salir corriendo, pudo ver el avión, todavía prendido en el cielo, un titán
inmovilizado ante la torre de control. Los Centinelas que lo habían abordado
salían del aparato, como abejas de un panal, llevando en brazos a los pasajeros
que habían rescatado.
Disparó
contra la patrulla que le daba caza y continuó la huida. No tuvo tiempo para
preguntarse qué destino podría haber corrido Davinia Cross. Su pellejo era más
importante.
Saltó
de un nivel a otro, enmascarado de sangre y odio. Un fuego extraño ardía en su
pecho, una lujuria de muerte que hasta entonces desconocía. Había querido ser
santo cuando su destino era el de un guerrero.
La
patrulla de Centinelas cayó en picado tras él. Cinco, seis, diez soldados
vanamente convencidos de que la protección de sus armaduras iba a poder
contrarrestar la furia renacida de sus brazos. ¿Qué podían hacer aquellas
hormigas contra él, que había sido capaz de dar muerte a un dios por su propia
mano? ¿Qué tenía que temer de su triste acoso, cuando no eran más que simples
humanos reforzados por unas corazas que no podrían hacerle el menor daño?
Jason
Prince se miró las manos. De nuevo los estigmas se marcaban en su palma, pero
esta vez su aparición presagiaba un destino nuevo. Su cuerpo entero se cubrió
de electricidad estática de abajo arriba, dibujando el negativo de su silueta
bajo el cielo. Igual que había ocurrido en la iglesia del desierto, sus manos
se tiñeron de luces de sol negro.
El
primer Centinela cayó fulminado ante su contacto. Era invencible, imparable, un
huracán a quien nadie osaba poner freno. Se abalanzó contra el resto de la
patrulla, regalándoles muerte en un torbellino de sensaciones contrapuestas.
La
locura se había apoderado de su presente, como había luchado por hacerse dueña
de su pasado.
El
Centinela la depositó en el suelo y regresó de nuevo al avión en equilibrio
inestable sobre la nada. Andrea tenía razón: no sospechaban que ella también
seguía con vida, y el disruptor facial cedido por Samsara cubría su rostro,
haciéndolo irreconocible incluso para los sensores más potentes.
Dave
Cross intentó localizar a su acompañante más allá del muro de explosiones y
estallidos. Imposible ver nada. La ex Centinela revivía ahora una situación que
ya había experimentado muchas veces, al otro lado, cuando ella misma formaba
parte de las patrullas de caza. Dave le deseó suerte.
El
personal del aeropuerto corría a atender a los pasajeros rescatados. Había
médicos entre ellos, varios Centinelas destacados como vigilancia contra
cualquier otra posible contingencia.
Dave
se mezcló con los otros pasajeros, ilocalizable tras su máscara. Ya tendría
ocasión de escapar.
Tenía
una cita en el Golden Nugget, y no estaba dispuesta a llegar tarde.
Iba
a despedazarlo miembro a miembro. Su cabeza adornaría su mansión, con sus
huesos forjaría un mausoleo para su hermano muerto. El ojo protésico de Alexis
Maximoff lloraba sangre.
Igual
que el anillo de Centinelas que no se atrevía a acercarse, el dios no era capaz
de comprender cómo un derivante, un inferior, había sido capaz de dar muerte a
un superhombre.
También
Jonathan querría saber la causa de aquel naufragio. El jefe de los dioses no
cejaría hasta arrancar a Jason Prince una respuesta. Pero el padre supremo
tendría que esperar a la autopsia del bastardo. Ya tendría solución a sus
enigmas cuando Alexis hubiera satisfecho su odio centuplicado, su sed de
sangre.
Los
Centinelas muertos a su alrededor eran un bosque talado que borboteaba savia
roja. Transido de exaltación y de espanto, Jason Prince se internaba entre
ellos como un leñador de leyenda, cortando acá y allá con sus manos desnudas el
metal dorado que se convertía en papel inservible bajo la fuerza de sus
hachazos. Un sudor ardiente y negro lo empapaba. Su cabeza enloquecida era un
remolino.
Los
Centinelas caían como piezas de un ajedrez derribado por el capricho de un
niño. Imparable, fiero, inconmovible, Ja-son golpeaba y esquivaba, recibía los
impactos en el pecho, en el estómago, cargaba y desmontaba brazos y cabezas con
una danza frenética que tenía por única música los chisporroteos de la estática
y el redoblar sordo de sus puños sobre el hierro. Las tres figuras bajaron del
cielo, revestidas de un aire de diferencia y de misterio. Cuando Jason se giró
hacia ellas, se detuvo. No eran Centinelas. No eran dioses. No las había visto
jamás y sin embargo supo que su destino iba ligado al color de esas sombras.
—Ven
con nosotros —dijo la mujer.
Jason
hundió los hombros y sintió vergüenza al saberse enfangado de sangre.
En
el tumulto del abordaje, improvisando estrategias, Murdock Fisk casi había
olvidado que Andrea Vanderbilt, posiblemente, no viajaba sola. Sin duda la
periodista venía con ella.
Se
aseguró de que todas las patrullas posibles continuaban la persecución. Recabó
datos al centro de mando sobre la segunda operación en curso y no pudo
controlar un espasmo nervioso: en otro lugar de la arcología, Dmitri Maximoff
había sido asesinado. ¿El sacerdote? ¿O algo más? ¿Cómo era posible que los
dioses murieran? ¿Qué los hacía entonces distintos de los simples humanos?
Entró
como una tromba en la sala donde los pasajeros todavía intentaban reponerse de
la sorpresa. Consultó con sus hombres, con los médicos. Contuvo una maldición.
Faltaba
un pasajero. La descripción no coincidía con sus datos, pero Murdock Fisk
comprendió al instante que Davinia Cross también había escapado.
Disparaba
sus armas con la precisión de una máquina de combate que jamás errase un
blanco. Los Centinelas caían uno tras otro, mariposas quemadas por la llama que
brotaba de sus brazos. El suelo se consumía a sus pies, un magma negro y
borboteante que jamás se derretía a tiempo para aprisionarla.
Andrea
disparó una vez más y el ordenador de su pistola le indicó que ya no disponía
de más energía de muerte. Intentó cambiarse el brazalete pero el impacto de un
Centinela destrozó la única arma que le quedaba.
Por
un instante, no supo qué hacer. Se quedó inmóvil, en medio de un charco de
asfalto fundido, rodeada de hierros al rojo y pedazos chamuscados de edificios.
Los Centinelas se abrieron en abanico, jinetes de un apocalipsis que pronto le
iba a ser propio.
Así
que esto es el final, pensó la derivante. Ni siquiera deseó que fuera rápido.
Una
cortina de fuego cruzado barrió el nivel de la ciudad, despiezando las
armaduras de combate y regando de trozos de metal todos los rincones.
Andrea
Vanderbilt se volvió.
Las
tres figuras se posaron muy despacio frente a ella, como ángeles liberados de
la jaula de los cielos.
Uno
de ellos alzó el brazo y la derivante en fuga apenas tuvo tiempo de advertir la
boca del arma con que la apuntaban. Un destello escarlata la zambulló al
instante en una canción de silencio.
Aunque
se sabía a salvo bajo la piel fluctuante de su máscara virtual, Dave Cross
prefirió no tentar a la suerte. En cuanto dejó atrás el aeropuerto cambió de
rostro tres veces, alternando sexos y modos de caminar. Un rápido cambio de
ropas en una tienda barata, el tiempo de comprar un ordenador de viaje con un
mapa detallado de la arcología, y localizó sin problemas el Golden Nugget esa
misma tarde.
No
se arriesgó. Se inscribió en el hotel-casino con un nombre falso, subió a su
habitación, encendió las luces, las pantallas de vídeo, comprobó que nadie la
había seguido.
Cambió
de rostro una vez más y salió a la calle. El Xanadú estaba justo en la otra
acera. Se inscribió allí, bajo el nombre de D. Fisher, en una habitación con
vistas al complejo de juego que tenía enfrente, haciendo uso del dinero que
habían robado en Megaciudad y que todavía conservaba. Suponía que si Andrea
había sobrevivido a su persecución, ya encontraría un medio de localizarla.
Eso
fue dos días atrás. Cuando pasaron las horas y siguió sin tener noticias de su
compañera, Dave Cross empezó a preocuparse. Se sintió desvalida, absolutamente
sola en un mundo hostil. Ni siquiera cuando los jueces le quitaron la custodia
de su hija y tuvo que apañárselas por su cuenta, empezando de cero, se había
sabido más indefensa. Ahora, además, su cabeza estaba sin duda puesta a precio.
De
vez en cuando regresaba al Golden Nugget, siempre con nombre y rostro inéditos,
y paseaba entre las mesas de juego, con la esperanza de que alguien alto y
fornido la abordase. Pero no pasó nada de eso. A Andrea Vanderbilt se la había
tragado la tierra.
Se
pasaba las horas frente a las pantallas de los vidíarios, cotejando
informaciones contrapuestas. Todas habían sido cribadas por la censura
policial, naturalmente. Apenas una o dos líneas hacían mención a un avión
lanzadera que había estado a punto de chocar contra la torre de control de la
arcología, pero no había alusión ninguna al acto suicida de Andrea, ni al
abordaje de los Centinelas.
Pero
en la calle la noticia corría de boca en boca, y las patrullas de centuriones
en el cielo no hacían más que confirmar sospechas y recelos. Un dios había
muerto en Vegas, despedazado por alguien, tal vez un derivante enloquecido y
violento. La ciudad era un hervidero de susurros y de risas, una puesta al día
continua de falacias descabelladas y verdades a medias. Da-ve deseó poder
seguir siendo periodista para verificar qué había de falso y qué de cierto en
aquellas historias que los borrachos susurraban entre lamento y lamento por la
pérdida de sus ganancias ante las ruletas.
Un
dios había muerto en Vegas. Los vidiarios silenciaban el dato, amordazados,
haciendo en realidad que la noticia adquiriera proporciones aún más fabulosas.
Un derivante rubio lo había acorralado hasta darle muerte a manos desnudas, se
comentaba. Igual que un par de dioses habían eliminado a un loco terrorista
días atrás, ahora la venganza de los derivantes se había cebado en la carne de
un superhombre. Las sensaciones eran contrapuestas. Unos sentían terror, otros
secreto alivio, los más indiferencia.
Sólo
Dave Cross parecía no ser capaz de captar todos los matices que aquella noticia
pudiera causar sobre su situación presente. Sin duda, los Centinelas surcaban
los niveles de la arcología buscando al derivante asesino a la par que a Andrea
Vanderbilt. No podía olvidar por un instante que alguno de ellos tal vez la
estuviera también buscando a ella.
Pero
no podía pasarse la vida en la ventana, controlando con sus prismáticos las
entradas y salidas de los centenares de individuos que frecuentaban el Golden
Nugget. Comprendía que Andrea estuviera esperando a que se enfriaran los
ánimos, a que se le presentara una ocasión más propicia. No habían dado con
ella, eso estaba claro: de otro modo, la noticia de su captura o su ejecución
salpicaría todos los vidiarios del planeta.
O
tal vez no. Porque para el mundo, la ex Centinela ya estaba muerta. Como ella.
Bajó
a la calle, paseó un rato entre el jolgorio falso de una humanidad a la que ya
no pertenecía, a la que había dejado de intentar comprender, centrada en las
maquinaciones de los dioses y sus enigmas. Un café rápido y tibio en una
máquina ambulante, las insinuaciones de un par de gemelas albinas que no podían
ver más allá de su rostro falso, y regresó al Xanadú.
Entró
en su habitación y cuando murmuró la clave para encender la luz, otra voz más
potente, desconocida, la dejó inmovilizada en el sitio.
Eran
tres. Un hombre, una mujer, y algo velludo y azul que parecía menos humano que
bestia. Se habían introducido en la habitación antes que ella, y la esperaban.
Dave Cross habría querido gritar, pero petrificada por aquel nuevo misterio no
pudo hacerlo.
Entonces
vio sobre la casaca amarilla y celeste de uno de los desconocidos el pez
bordado, el pez de plata por el que había cruzado el mundo y renunciado a la
vida.
HECHOS
No
se atrevía a mirarlo siquiera. El hombre de hierro que las atendía a ambas
manejaba el equipo médico con la precisión de un chamán, como si toda la vida
hubiera remendado cuerpos en vez de haber consagrado su alma a la matanza.
Shai'r observaba de soslayo aquellos dedos pálidos, tan distintos a los suyos,
las manos fuertes que la habían sostenido durante el vuelo entre las nubes que
la fiebre había cubierto de los tintes presta-dos de un sueño. La pequeña
canturreaba en un rincón, absorta en los colores que la pared de la habitación
dibujaba para su descanso.
El
hombre de metal no era uno de los dioses. Eso lo sabía Shai'r, que conocía en
lo más íntimo aquellas cualidades únicas de los seres superiores, a quienes
menos adoraba que temía. ¿Qué era entonces?
Con
la misma facilidad daba muerte que sanaba. Las había salvado del ataque de
otros hombres semejantes en el tren, y ahora las había traído a este lejano
lugar, tan distinto a todo lo que en su tribu fue la norma.
Apenas
hablaba. Sólo de vez en cuando alguna palabra ronca, en un idioma desconocido
para Shai'r, un gesto que le ordenaba no moverse, o que le indicaba si podía
soportar el dolor mientras la sondaba. Era brusco, poderoso, como si luchara
contra sí mismo por alguna causa que escapaba a la capacidad de comprensión de
la muchacha. Pero sus manos curaban, ágiles y limpias, siempre seguras,
mariposas incoloras libando del estanque de su sangre.
Cuando
Shai'r volvió a quedarse dormida, vio que el hombre sostenía a la pequeña en
sus brazos. No se preocupó ya más. Sin duda el gigante de plata sabría cómo
cambiarla.
El
coronel Rage rompió el puro entre sus dedos, incapaz de contener por más tiempo
la frustración. Una mala noticia tras otra. Vegas se había convertido en un
infierno, el punto de encuentro de quién sabía cuántos terroristas desquiciados
a la búsqueda de una logia secreta cuyo emplazamiento se les negaba. Una
lanzadera destrozada. Docenas de bajas entre los Centinelas. Las fugitivas
fuera de su alcance una vez más. Y un dios muerto.
Lo
impensable había sucedido. Un derivante, más fuerte, más listo, más peligroso
que ningún otro del que hubieran tenido noticias, había destrozado a manos
desnudas a un joven dios. Dmitri Maximoff, nada menos. El coronel notó que
empezaba a sudar frío.
—No
hay relación aparente entre un suceso y otro, señor —el capitán Rogers no
parecía ni la mitad de desesperado que sus dos superiores. Por encima de la
sombría mirada de Rage, en la pantalla, Jean-Claude Hubinon se encontraba a un
paso del colapso—. El incidente de la lanzadera y la muerte de ese dios... son
dos desagradables coincidencias. Nada más.
—Han
fracasado ustedes penosamente en cuanto se les ha encomendado. —La voz de
Hubinon era mercurio helado. Los dos militares nunca habían visto al cónsul de
peor humor; casi les recordaba a uno de los propios dioses—. Coincidencia o no,
Dmitri Maximoff está muerto. Y su asesino se nos ha escapado una vez más.
—Es
experto en eso, según parece. No se trata de un derivante cualquiera.
—Eso
ya lo sé, maldita sea. ¿Pero y el resto?
—No
creemos que en esa muerte hubiera implicado nadie más, señor.
—Me
refiero a las mujeres de la lanzadera. ¡Por los Bunyan, una de ellas no era más
que una simple humana! En cuanto a la otra...
—La
ex Centinela. Todavía no comprendemos cómo pudo escapar.
—Recibió
ayuda, por supuesto —intervino Rogers—. Igual que ese maldito sacerdote.
—¿Ayuda
de quién? ¿Cómo puede nadie oponerse a los Centinelas, a los dioses?
—Venimos
siguiendo la pista de ese sacerdote desde hace meses, señor —informó Rage,
mirándose los dedos manchados de hojillas secas de tabaco; para su
mortificación, el olor se le quedaría prendido en las yemas durante horas—. No
da positivo en los escáneres. Debe tratarse de un tipo de derivante diferente.
—¿Y
la mujer también?
—Es
posible. No detectamos que fuera una derivante a pesar de haber sido una de los
nuestros.
—¿Trucó
las pruebas? ¿Pudo acceder a esos datos y rehacerlos?
Rage
se encogió de hombros.
—Ha
cruzado de un extremo del mundo al otro sin ser detectada. Manipular una base
de datos desde dentro debió resultarle mucho más fácil. Personalmente, tengo
una teoría.
—Me
gustaría escucharla.
—Ese
sacerdote... Prince. Es único, ¿no?
—Es
lo que tengo entendido. Se crió en el anillo edén, junto con los Maximoff. Su
odio común venía de antiguo. Pero no creo que sea el caso de la mujer. ¿Se
llama Cross?
—Vanderbilt
—corrigió el capitán—. Andrea Vanderbilt. Davinia Cross es la humana que la
acompaña.
—Vanderbilt,
cierto. No creo que se haya criado también en el anillo edén.
—Sabemos
que no, señor. Pero lo cierto es que hay al menos dos derivantes que no dan
positivo en los sensores. Jason Prince y Andrea Vanderbilt. Una vez puede ser
casualidad. Dos es ciencia.
—No
le entiendo.
—Si
hay dos derivantes capaces de pasar desapercibidos a los más sofisticados
sistemas de rastreo —explicó el coronel—, podría haber más. Muchos más.
—Un
ejército de derivantes —apuntó Rogers.
—¿Bromean?
—Un escalofrío de pánico surcó la espalda del cónsul.
—Ojalá.
Por los motivos que sean, por algo que está más allá de nuestra capacidad de
comprensión, esos derivantes son superiores a los que conocemos. No andan a
tontas y a locas. No cometen errores.
—No
son los monstruos que muestran los vidiarios.
—No.
Tampoco son deformes.
—Podrían
pasar perfectamente por humanos... —musitó Jean-Claude Hubinon. Pensaba en
Toledo, el sol de su sexo entreabierto, el rojo aleteo de sus labios. Un
retortijón de ansiedad le subió por los muslos hasta quedar detenido a pocos
centímetros de su estómago.
—¿Cómo
dice, señor?
Jean-Claude
Hubinon sacudió la cabeza.
—Alexis
Maximoff va a cortarme las pelotas. Estoy seguro. Su relación con su hermano
muerto rozaba los límites de la epopeya... y el hecho de que un derivante haya
sido la causa... —Contuvo un nuevo escalofrío. Si Alexis no fuera tan
egocéntrico, si no recabara para sí toda la culpa de la muerte de su hermano,
Hubinon podría considerarse tan difunto como su abuelo.
—Ahí
quería yo llegar —el coronel Rage recuperó el hilo de su argumentación—. Si son
capaces de matar a un dios, si son capaces de eludir los sensores, si actúan
con inteligencia y burlan tanto a Centinelas como a dioses...
—Entonces
son superiores a lo que hemos conocido hasta ahora.
—Eso
es, señor. Quizá se trate de una mutación. No estoy seguro. No entiendo de esas
cosas. Pero Jason Prince, Andrea Vanderbilt, quienes sin duda les ayudaron a
escapar... Usted mismo lo ha dicho. Casi podrían pasar por humanos. O ser una
nueva casta de dioses.
La
tormenta restallaba en el cielo falso, descargas controladas y medidas según un
ritmo previsto al que nadie hacía caso. La música sonaba en las alturas,
solemne, un responso de tintes wagnerianos, voces fantasmagóricas sobre
timbales y violines, al exacto compás de los relámpagos. A media luz, entre
figuras esbeltas hoy vestidas de negro o púrpura, el anillo edén celebraba
aquello a lo que sus moradores jamás habían podido acos-tumbrarse.
La
muerte de uno de los dioses. La entrega de su cuerpo al dios verdadero, si
había uno. La certificación palpable de que todo cuanto poseían no era nada. No
podría serlo. Mientras la muerte les pusiera el mismo freno que a los hombres a
quienes dominaban, mientras la tabula rasa también se les aplicara, mientras la
vida siguiera teniendo un límite, el cielo del anillo edén no podría ser
considerado más que un remedo, el espejismo de un ángel sin vista.
Y
entre la consternación y la cruda revelación de lo que en realidad eran, bajo
la negra lluvia sintética y los coros que todo lo impregnaban, el desagradable
regusto de otra verdad no menos dolorosa, no más punzante.
Los
dioses eran mortales, sí. En los doscientos o trescientos años de existencia
que disfrutaban, costaba trabajo digerir esa realidad. Era un hecho que a veces
incluso se ignoraba.
Los
dioses eran mortales. Y esa mortalidad podía ser provocada antes de tiempo.
Como ahora.
El
catafalco de Dmitri Maximoff avanzaba despacio por la avenida, tirado por
servomecanismos invisibles, con destino al fuego que habría de purificarlo para
siempre, hasta convertirlo en polvo estelar que sería devuelto a la Tierra.
Alexis
caminaba a su lado, empapado de lluvia y odio. La música golpeaba sus oídos,
carente de otro significado que no fuera el escarnio, cada redoble de tambor
una acusación que insistía en lo absurdo de todo esto, en la imposibilidad de
dar marcha atrás y enmendar el rumbo torcido de las cosas.
Dmitri
estaba muerto cuando apenas había vivido treinta años y su hermano Alexis
mordisqueaba el contrasentido, aquella amarga, insensata ironía. La muerte de
los dioses era algo casi ajeno, lejano, un camino común a evitar en lo posible,
jamás una alternativa. No era el final lógico de todas las cosas, sino un
estorbo. Como muchos otros metahumanos, como el propio Dmitri, como Jonathan
Bunyan, Alexis Maximoff estaba convencido de que jamás le tocaría el turno a
él, de que podría pasar el tiempo suficiente para aprender a burlarla, o en
cualquier caso cuando se produjera ya habría saboreado la existencia en todas
sus diferentes dimensiones.
La
vida de los dioses llegaba a su fin como un fósforo que de pronto se apaga, sin
que pueda volver a ser encendido, como un árbol que crece extendiendo sus
raíces y sucumbe ante un rayo que no existía un momento antes, alto y poderoso,
orgulloso hasta el último segundo, el puño que desaparece cuando la mano se
abre. Apenas había deterioro físico en sus varios siglos de vida. Llegaban a la
madurez de sus facultades y se mantenían milagrosamente en ella durante docenas
de años, imperecederos, eternos en la juventud y la belleza, hasta que se
marchitaban de la noche a la mañana cuando les llegaba el turno. No había vejez
entre los dioses. No había por tanto entre ellos tiempo, pese a tener tanto
tiempo, para acostumbrarse al deterioro, al final físico.
Por
eso la muerte de Dmitri resultaba más dolorosa, casi vergonzante. Alexis
Maximoff advirtió que no todas las Casas habían enviado representantes a la
ceremonia de incineración. Cierto, Jonathan Bunyan estaba presente, como no
podía ser de otra manera, y el silencioso Luther Munroe, y hasta el reclusivo
Richard Kent, extrañamente dolorido a pesar de que jamás había cruzado más de
media docena de palabras con el joven dios muerto. Había algún Wayne, un par de
Alien o de Schmidt, poco más. Tal vez por un decoro impropio en ella, ni
siquiera Bianca Prince había asistido al acto, quizá temiendo encontrarse con
el Maximoff superviviente, o incapaz de soportar las miradas o los murmullos
que acusarían a su hijo bastardo del asesinato de Dmitri.
Cuando
uno de los dioses moría, tan de tarde en tarde, todos los demás solían
congregarse en aquel único adiós definitivo. Pero ningún otro superhombre había
muerto, que Alexis supiera, como había muerto su hermano. En batalla cuerpo a
cuerpo con un mísero derivante, con un semidiós al que ellos mismos habían dado
cobijo en el anillo edén durante años. Alexis Maximoff sentía rabia, despecho.
Los demás dioses ausentes quizá ni siquiera eran capaces de canalizar sus
sentimentos, pero el joven metahumano interpretaba de una sola manera su
rechazo.
Ante
el hecho consumado de su inferioridad, ante la vergüenza y la indignidad de
haber caído ante el mismo hombre mortal que ya había desfigurado el rostro del
único Maximoff que quedaba, los otros dioses hacían oídos sordos. Le daban la
espalda.
Como
en casi todas las acciones que gobernaban su vida, Jonathan Bunyan se mantenía
a la expectativa. El nuevo giro de los acontecimientos no le gustaba, por
supuesto. La escasa tasa de nacimientos entre los dioses se equilibraba por la
baja mor-tandad que sufrían. En el par de fuerzas en tensión que componían sus
existencias, la muerte de uno de los dioses jóvenes era un vector nuevo que sin
duda venía a desestabilizar la balanza. Otra cosa muy distinta era que el
insensato de Dmitri Maximoff no se hubiera buscado aquel tonto final.
Borracho,
drogado hasta las cejas. Eso había revelado la autopsia que le había entregado,
hacía apenas unas horas, Sebastian Cortés, su médico privado. Dmitri Maximoff
jamás se había caracterizado, entre otras cosas, por su inteligencia, cualidad
en la que destacaba Jason Prince.
Una
vez más, el jefe de los dioses se hizo un mudo reproche. Tendría que haber
seguido con más atención la educación de aquel joven bastardo. Pero, como casi
todos los demás, Jonathan lo ignoró, considerándolo un huevo de cuco infiltrado
en su nido, alguien que echaría a volar algún día y descubriría que no era
capaz de desplegar las alas.
Era
un error del que Jonathan no dejaba de ser consciente. Nadie más parecía
advertirlo. Pero tendría que haber segado de raíz aquella estúpida enemistad de
chiquillos que había tenido un primer asalto sangriento poco antes de que Jason
abandonara el anillo edén, cuando arrancó de cuajo el ojo a Alexis Maximoff.
Tendría que haber seguido con más atención la evolución física y mental del
hijo de Bianca. ¿Quién sabe? Tal vez hubiera debido estrangularlo el día que
cumplió nueve años, o haberse encargado personalmente de su formación. Una
inteligencia como la del joven Prince no era algo que abundara entre los
miembros de su raza. Tal vez tendría que haberlo educado para que pusiera algún
día esa inteligencia al servicio de los dioses. Tal vez tendría que haberlo
nombrado su heredero.
¿Por
qué no? Era único, después de todo. Ninguna de las diosas había concebido jamás
un hijo de un simple humano. Jonathan contuvo un gesto involuntario de
crispación. Sin duda aquello tenía que ser importante. Había pasado por alto un
factor esencial.
Demasiado
tarde ya. El polluelo había volado, y de alguna manera había aprendido a
sobrevivir por su cuenta. Había desarollado alas potentes, y espolones
invencibles. Jonathan recordó la garganta abierta de Dmitri Maximoff, las
costillas anquilosadas, en posición imposible, como los restos de una ballena
varada en la playa.
Se
estremeció. La idea de la muerte propia seguía sin gustarle.
—No
habría podido hacer nada —murmuró.
Luther
Munroe se volvió hacia él.
—¿Por
Dmitri?
—Por
Jason —contestó el jefe de los dioses; contemplaba sin verlo el lento paso del
desfile funerario—. Tendríamos que habernos dado cuenta de que era diferente.
No es un derivante como los demás.
—Es
peligroso.
—Porque
lo hemos acorralado desde el principio, Luther. Si hubiéramos podido
integrarlo...
—Se
recluyó él mismo. Se consideró distinto. Inferior, tal vez.
—¿Sabes?
Ni siquiera recuerdo qué rostro tenía cuando era niño.
—El
rostro de Bianca. —Munroe entornó los ojos, esforzándose por recordar más allá
del abandono de su propia hija—. Y una expresión de soledad, casi de pánico, en
la mirada. Se sabía distinto. No era uno de los nuestros, Jonathan. No podría
haberlo sido.
—Pero
ha demostrado ser mejor que nosotros.
—Ha
demostrado ser mejor que Dmitri Maximoff, nada más. Tampoco es gran cosa. Ese
tonto osezno rubio no tenía más en la cabeza que un humano medio lelo. A veces
pienso que si nuestros antepasados pudieran ver lo bajo que algunas de nuestras
Casas han caído...
—Tal
vez esta muerte haya sido lo mejor que podría pasarnos a todos —concluyó
Jonathan, sin demasiada esperanza—. Puede que incluso funcione como revulsivo.
No podemos bajar la guardia.
—No,
no podemos. —Luther Munroe sacudió la cabeza—. Pero me temo que Alexis sea
capaz de cometer, como su hermano, otra tontería.
—Vamos,
Bella Durmiente, despierta.
Haciendo
un esfuerzo desde las profundidades del sueño inducido, Davinia Cross abrió un
poco los ojos. El relámpago de la luz al atravesar la barrera de sus pestañas
la obligó a cerrarlos, pero no antes de que una imagen conocida quedara grabada
en rojo y sonrosado sobre sus párpados.
—Buenos
días, Virgen María —consiguió gruñir.
Sentía
la lengua como si fuera de esparto.
—Debe
de ser media tarde ya —refunfuñó Andrea Vanderbilt—. Estoy bien, gracias. Muy
amable al interesarte por mi estado de salud. ¿Todo bien en Vegas?
Dave
Cross se incorporó apoyándose en un codo. Abrió el ojo izquierdo y se recordó
siendo niña, cuando lo último que quería en momentos así era asistir al
colegio.
—No
salté la banca, lo siento. Pudiste escapar, ¿eh?
Andrea
se encogió de hombros.
—Tú
tampoco lo hiciste demasiado mal.
—¿Estamos
todavía en...?
—No
tengo la menor idea de dónde podemos encontrarnos. Acabo de despertar, igual
que tú.
—Esos
tres tipos que vinieron a buscarme... —Dave se frotó la nuca—. ¿No los enviaste
tú?
—Mi
círculo de amistades es reducido, Cross, ya lo sabes. También me encontraron a
mí. No se tomaron demasiadas molestias para pedirme que los acompañase.
—Apenas
pude verlos bien en la penumbra. Uno de ellos parecía... extraño. Pero me dio
tiempo a advertir que llevaban el signo del pez.
—Siempre
he dicho que eras una chica lista y rápida de reflejos. Sólo se me ocurren dos
respuestas para explicar dónde demonios estamos. O bien los Centinelas nos han
capturado, cosa improbable, porque puedo respirar todavía, o hemos encontrado a
los derivantes que buscábamos.
Dave
Cross se levantó. La cabeza le daba todavía vueltas, y en sus fosas nasales aún
quedaba un levísimo rastro de agridulce somnífero. Tenía la boca seca. Ignoraba
cuánto tiempo había estado durmiendo, pero en cualquiera de los casos su
compañera tendría que haberla superado, como en todo. Sin embargo, Andrea
Vanderbilt no parecía tan aturdida como ella, a pesar de que la separaban al
menos otros dos días más de sueño forzoso. Dave se estremeció al imaginar la
potencia y la posología de los tranquilizantes que tendrían que haberle
aplicado.
—Magnífico
—comentó—. Cruzamos medio mundo y en vez de disfrutar de las vistas naturales
acabamos encerradas en un sótano metálico indistinguible del refugio que podría
haber en cualquier esquina.
—La
puerta está abierta —indicó Andrea—. No estamos precisamente prisioneras.
Dave
se volvió, sin comprender.
—¿Entonces...?
—Estaba
esperando que volvieras al mundo de los vivos. Tienes el sueño profundo, ¿eh? Y
además roncas, Cross, perdona que te lo diga. Pero si mi intuición no me falla,
tenemos una cita con nuestro amigo el sacerdote al otro lado.
Todo
se le había hecho pedazos entre los dedos una vez más. Su plan de vigilancia,
su estrategia de ataque, la minuciosa logística para contrarrestar los pasos de
Andrea Vanderbilt. La derivante y la traidora humana habían escapado a sus
pesquisas una vez más, marcando a sangre y láser su huida entre los niveles de
la ciudad del desierto.
Murdock
Fisk no era capaz de evaluar qué extraño cúmulo de circunstancias habían venido
en socorro de sus enemigas. Sin duda, la batalla paralela que había destrozado
varios niveles de la arcología había actuado en su favor, dividiendo el plan de
acción de los Centinelas y sembrando desconcierto entre las filas de
centuriones.
Eso
no excusaba su fracaso, sino al contrario. Aunque no fuese directamente
responsabilidad suya, un dios había muerto casi al mismo tiempo que Andrea
Vanderbilt hacía dar la vuelta en el aire al avión que la traía de Megaciudad.
La tensión en Vegas podía cortarse con el borde de una pluma. No le extrañaba
que el veredicto de los dioses viniera a ser borrarla de los mapas con una
lluvia de fuego, como las plagas de antaño.
El
esquema de valores por los que se regía, como el avión de Andrea Vanderbilt,
también había dado la vuelta en pocos días. Siempre se había considerado un
servidor del orden público, un fiel integrante de un cuerpo de policía que
tenía una función digna y necesaria que cumplir. Era un farallón a las
tempestades, un peto contra los ataques del caos, el escudo que repelía todos
los golpes, vinieran de donde viniesen. Como todos los otros Centinelas, no
dudaba, no temía. Obedecía. Actuaba. Y casi siempre se alzaba con la victoria.
Ahora
ese simple esquema de comportamientos (veni, vidi, vina y a joder, que decía el
viejo Quebrantahuesos) crujía de arriba abajo, como un exoesqueleto con una
fuga de aire en pleno vuelo. Los Centinelas estaban demostrando, cada día más,
su incapacidad para detener a aquella plaga de demonios que inundaba el mundo.
Los derivantes habían crecido en su osadía, se multiplicaban y repartían por
las cuatro esquinas del planeta, insumisos al orden establecido. Destrozaban,
atacaban, consumían, sin una lógica, sin el esquema de batalla ni el orden que
Murdock impelía a su propia vida. Eran más atrevidos cada vez, como si fueran
la anarquía encarnada, como si estuvieran más allá de maniobras estudiadas y
fines previstos, pero al mismo tiempo las heridas que causaban en sus alocadas
incursiones se iban haciendo cada vez más dolorosas, más imborrables.
Andrea
Vanderbilt se había enfrentado a docenas de Centinelas, abriendo un surco de
dolor y angustia entre los diferentes estratos de la arcología. Las fichas de
los soldados muertos aparecían ordenadas por edad y méritos en la pantalla del
ordenador, rostros desconocidos detrás de los yelmos que ella nunca había visto
levantados. Otro de sus monstruosos iguales, un derivante inidentificado, sin
rostro siquiera, el sacerdote que se fundía en la oscuridad como un elfo hecho
de azufre y betún, había dado muerte a uno de los señores del mundo, en batalla
singular silenciada por los medios de comunicación y transmitida de boca en
boca por todos los habitantes de Vegas. Y en el otro extremo del planeta
alguien, otra sombra inidentificable, otro rebelde al sistema, otro renegado
vendido al infierno, había atacado sin miramientos un tren intercontinental y
segado las vidas de los miembros de una patrulla como si fueran pájaros en
época de veda.
Algo
malo estaba sucediendo en el mundo. Y él ya había demostrado su incapacidad
para atajarlo. La dimisión firmada estaba sobre su mesa. Rechazada. Sus
superiores se sentían tan impotentes, tan inseguros como él mismo ante la riada
de los últimos acontecimientos. Le ordenaban aguantar. Resistir de nuevo, roca
firme contra el vaivén de las tormentas.
Algo
malo estaba sucediendo. Y muchísimas cosas peores habrían de suceder todavía.
Andrea Vanderbilt, ese sacerdote asesino de dioses, aquel atacante invisible a
los sensores allá en el océano índico, debían de tener algo en común. No cabía
duda de que las patrullas de búsqueda que todavía peinaban Vegas no se habían
quedado sordas y ciegas de repente. Ignoraba cuál podía ser la causa de la
desaparición del asesino del tren, pero albergaba pocas dudas sobre la causa de
la huida de los dos sujetos que le atañían más de cerca.
Les
habían ayudado. Otra gente, otros proscritos, derivantes de los que jamás
habían oído hablar. No podía haber otra explicación. Aunque fueran más fuertes
que los seres humanos normales, aunque sus heridas se cerrasen y su capacidad
para el amor estuviera por encima de su aguante, los derivantes no podían
teleportarse como en los dibujos animados del tresdé, ni se volvían invisibles
por improbable arte de magia. Hasta los ému-los de los dioses tenían sus
limitaciones.
Pululaban
por los niveles de Vegas, como también tal vez lo hacían por Megaciudad, por
Neo-Tokyo, por Toronto. Estaban organizados y eran capaces de cubrirse unos a
otros.
Pero
algún día tendrían que dar un nuevo paso. Algún día tendrían que cometer un
error. Y él estaría allí esperando, como siempre, alerta en su misión de
protección, el baluarte del orden y la seguridad, la muralla infranqueable.
Apagó
la pantalla del ordenador, se ajustó el casco dorado sobre el rostro ceñudo y
salió del despacho. Los restos de la cabeza de la diosa ciega crujieron bajo su
bota. Murdock Fisk no se volvió a mirar qué quedaba de aquel bello mármol donde
había descargado su penúltimo desconsuelo, imposible escapar a la tentación de
la barbarie.
Aunque
no lo habían visto en su vida, Davinia Cross y Andrea Vanderbilt supieron de
inmediato de quién se trataba. Le acompañaba otro hombre, que conversaba con él
dando descuidadamente la espalda a la puerta, pero la manera en que torció el
cuerpo para mirarlas, el segundo en que sus ojos se cruzaron con los de la
derivante, fueron indicios más que suficientes. Era el sacerdote por quien
habían cruzado el océano, el dueño de las respuestas que andaban buscando,
tanteando el mundo a ciegas.
Nada
más verlo, Andrea advirtió que se encontraba ante uno de sus iguales. Era alto,
de proporciones perfectas, el pelo pajizo alborotado, la mandíbula firme. Una
segunda piel reticular le cubría parte del rostro, el cuello, uno de los
brazos, brillando como si medio cuerpo fuera de arena cristalizada. Reconoció
los estigmas de la regeneración que ella misma compartía. No pudo evitar un
escalofrío de conmiseración. Los daños causados sobre aquel hombre, incluso con
sus sorprendentes capacidades curativas, tenían que haber sido enormes.
Dave
Cross vio algo más que su compañera, absorta en el reconocimiento de un
semejante, no fue capaz de comprender en ese momento. El hombre del rostro de
vidrio las miraba con un ligero aire de sorpresa, como si no esperara su
presencia en aquel sitio. En sus ojos azules, tan parecidos a los de la propia
Andrea, brillaba la luz de la indecisión. No estaba al mando de este lugar. Se
notaba en la leve curvatura de sus hombros, en la incomodidad de su brazo en
cabestrillo, en la deferencia con que oía hablar al otro hombre. Dave
comprendió que la corazonada de Andrea Vanderbilt, hasta cierto punto, había
fallado. Habían encontrado tal vez al individuo que buscaban, pero lo habían
hecho siguiendo una pista falsa.
Su
acompañante se volvió, y por primera vez las dos fugitivas pudieron verle la
cara. De él emanaba un aire de seguridad que hacía que, por contraste, pese a
su potencia, tanto Andrea como el joven rubio parecieran inferiores. Dave se
sintió perdida. Miró hacia la puerta, cerrada ya a sus espaldas.
No
podía explicar cómo, ni por qué. Pero experimentó la sensación de haber entrado
por su propio pie en lo que sin duda habría de ser su tumba.
El
hombre que acababa de girarse hacia ellas era uno de los dioses.
—Espero
que se encuentren ustedes bien —dijo el desconocido, con voz serena,
tranquilizante. Era alto, y fuerte, bien proporcionado, de modales medidos.
Llevaba el pelo muy corto, casi rapado, y el tono trigueño de sus cabellos se
alzaba en su cráneo como una leve aureola, más propia de un bebé o de un santo.
El rostro era bronceado, saludable, con profundas arrugas de expresión que
traicionaban una edad imposible de calcular.
Dave
Cross asintió. Andrea Vanderbilt, involuntariamente, adoptó la posición militar
de descanso. Cuesta tiempo olvidar los condicionamientos de toda una vida.
—Les
presento a Jason Prince —señaló al hombre joven—. Andrea Vanderbilt. Y Dave
Cross, sin duda. No se conocían ustedes, ¿verdad?
—Tenemos
cierta idea de quién puede ser —respondió Andrea, algo insolente, todavía sin
darse cuenta de la verdadera situación de la partida—. Venimos persiguiéndolo
detrás de la pista de un pez de plata.
El
desconocido sonrió.
—Entonces
parece que hayan llegado ustedes por caminos equivocados.
Jason
Prince calibró a las dos mujeres. Sus ojos no pudieron dejar de clavarse en la
figura de Andrea.
—Me
temo que nada tengo que ver con esa pista del pez —explicó—. Pero es cierto que
yo mismo la he encontrado un par de veces.
—Lo
que quieren decir, Virgen María —aclaró Dave Cross, un acto reflejo por sacarse
de encima una sensación de inferioridad ante aquellos tres seres superiores que
empezaba a parecer-le asfixiante—, es que hemos dado un palo de ciego. El cura
no está al mando de nada.
—¿El
cura? —El dios desconocido volvió a sonreír—. Oh, ya entiendo. Tu camuflaje,
Jason.
—¿Entonces
nos hemos arriesgado por nada? —Andrea parecía molesta. La mirada de estaño del
desconocido la ponía nerviosa sin motivo aparente.
—Por
nada no. Están ustedes aquí después de todo, ¿no? Discúlpenme, creo que todavía
no me he presentado. Me llamo Kurtzberg. Javier Kurtzberg. Comprendo que mi
apellido no les dirá nada, pero tiene usted razón, señorita Cross. Soy uno de
esos seres que el mundo ha dado en llamar dioses.
Richard
Kent distaba mucho de ser el más viejo entre los dioses, pero sí resultaba para
sus iguales un elemento en disonancia, casi extravagante. Solitario,
introvertido, cauteloso, algo ridículo, el último representante en vida de la
Casa de los Kent, antaño poderosa, tan impresionante como ahora quería serlo la
Bunyan, se diferenciaba de los otros dioses en muchas más cosas que la edad que
de ellos le separaba. Richard Kent guardaba sobre sus hombros una triste
maldición. Frente al hedonismo que imperaba entre los otros dioses, Richard
Kent pensaba. Y, porque pensaba, sufría.
No
había ningún otro dios en el anillo edén que viera el mundo de la manera en que
lo veía él. Luchando contra su herencia, Richard Kent era un eremita en su
mansión, un recluso por voluntad propia, apartado de oropeles y fanfarrias, un
desclasado, un enclaustrado, un muerto en vida.
Su
linaje se había secado con él. Nadie más llevaría con pesadumbre el apellido
que un día muy lejano recibiera con orgullo. Richard Kent se estiraba como su
sombra por los pasillos de su morada, un cadáver hermoso, repleto de vigor,
carente de energía. Era una lástima que sus compañeros dioses no quisieran
mirarse en el espejo en que, por voluntad propia o por diseños incomprensibles,
se había convertido. Richard Kent era el heraldo de lo que habría de venir, el
final del trayecto, el impacto tras la velocidad que los otros imprimían a sus
caprichos. Distinto a los otros, Richard Kent había abierto los ojos y había
comprendido que cuanto les rodeaba no merecía la pena.
Él
arco iris del anillo edén dibujaba su rastro multicolor sobre el cuarto
creciente de la Tierra, tan parecido a una serpiente sin final ni principio,
tan semejante en su forma al vacío de las vidas de los dioses. Ninguno advertía
el bucle absurdo que habían jugado a trazar a través de los siglos. Los dioses
estaban tan prisioneros en el anillo edén como los hombres, sus sirvientes, sus
esclavos, lo estaban en la Tierra. Richard Kent había mirado alrededor, había
querido hacerlo en otras direcciones desconocidas, sólo para encontrar que no
había más techo que el suelo que ellos habían impuesto a los humanos. Y si esto
era la perfección, si aquí se hallaba cuanto podían esperar los hombres, e
incluso los dioses, todos estaban condenados de antemano, tan muertos como
Dmitri Maximoff, obligados a la extinción que él mismo saboreaba ya al
reflexionar sobre el destino común, sobre la angustia propia.
Richard
Kent era viejo, pero no era sabio. Tan sólo un superhombre triste, abatido,
atraído por la muerte y su misterio. La muerte, lo único que no había probado
todavía.
—Llevamos
muchos meses intentando contactar contigo, Jason —explicó Javier Kurztberg; se
volvió hacia las dos mujeres, humana y derivante—. Vuestro caso... puedo
tutearos, ¿verdad? Vuestro caso es distinto. Casi podríamos decir que vuestra
presencia entre nosotros es una piedra en el camino.
—El
pez de plata... Lo encontré en dos monjas a quienes no pude asistir, en el
desierto —recordó Jason, fragmentos esta vez de una vida propia—. Y en el
anillo de un hombre en Vegas.
Javier
asintió. Sus ojos grises se volvieron oscuros, como si una nube de desazón
hubiera cruzado velozmente ante ellos.
—Phoebe
y Deimos. Bayou. Los envié a buscarte. Pero no tuvieron éxito.
—Creíamos
que acabaríamos por encontrar una especie de secta —interrumpió Dave Cross. Por
nada del mundo quería verse apartada en la conversación entre aquellos seres de
leyenda—. Una secta liderada por un sacerdote huidizo. —Jason bajó los ojos,
avergonzado—. Una secta secreta, identificada por el pez de plata. Como los
primeros cristianos.
Javier
ladeó la cabeza.
En
el gesto, incluso en la mirada, Dave Cross creyó reconocer a Klaus Vildmann.
—Una
broma privada. Un poco ingenua, tal vez. Una tontería por mi parte.
—Podrían
haberles descubierto mucho antes —apuntó a su vez Andrea—. En mis patrullas he
encontrado a varios derivantes con ese mismo signo.
—Pero
te cuidaste muy mucho de destruir esas pruebas, ¿no es cierto? En caso
contrario, no estarías aquí.
Andrea
volvió a ruborizarse, como de costumbre.
—Sigo
sin saber por qué.
—La
fuerza de la sangre —masculló Dave Cross—. Estamos aquí, sí. Hemos cruzado el
mundo. Hemos encontrado al sacerdote a quien creíamos al mando de una logia
semimística. Y nos encontramos a un dios detrás de todo el tinglado. ¿Qué es
esto, una broma de mal gusto?
Javier
se encogió de hombros. Cuando hacía ese gesto parecía dolorosamente humano,
incluso frágil.
—Es
posible. Ni yo mismo estoy seguro. He ido reuniendo a derivantes por todo el
planeta. Algunos se han quedado aquí, conmigo. Otros han salido al mundo... con
distintas fortunas, me temo. Son derivantes algo especiales. Ni los sensores
más sofisticados pueden detectarlos, y en algún caso hemos introducido alguna
mejora para impedir que eso suceda.
—¿Dónde
es aquí? —Aunque estuviera oficialmente muerta, Dave Cross seguía siendo
periodista—. ¿Para qué quiere un dios reunir derivantes?
La
sombra en los ojos de Javier Kurtzberg se acentuó. Su voz se volvió fría,
magnética, metálica.
—Para
enfrentarme con los otros dioses, ¿para qué si no? Ya sé que puede parecer un
chiste fácil, pero estamos en Kansas.
—¿Se
acabó?
Richard
Kent se volvió en la penumbra. Recortada contra el hueco de la puerta, una
negra pantera de ingenuidad y fuerza, le esperaba la muchacha.
—Para
Dmitri tal vez. Para Alexis, para todos nosotros... quizás esté comenzando.
Galenne
Munroe se acercó al dios afligido, al superhombre en cuya mansión se había
refugiado cuando decidió cortar los vínculos absurdos que la amarraban a la
política de alianzas de su padre.
—¿Te
encuentras bien, Richard?
El
anciano asomó a los ojos del metahumano donde se escondía, enterrado en las
células regeneradas constantemente, en la sangre bombeada a través de venas
fuertes como el acero.
—Claro.
Pero nunca es agradable encontrarse de esa forma con la muerte. Al menos a esa
edad.
—Parece
injusto.
—¿Qué
no lo es? Dmitri Maximoff roto en pedazos por culpa de un orgullo mal
entendido. No será el primero, me temo. Vendrán tiempos peores.
—¿Crees
que la muerte de Dmitri no es fruto de la casualidad?
—Quizá.
Pero la casualidad es la diosa más poderosa que existe. Más poderosa que Bianca
Prince. Más poderosa que tú, Galenne. Todos estamos sujetos a su capricho.
Humanos y dioses por igual.
—Eres
un hombre triste, Richard.
—Soy
un hombre viejo. Es diferente.
—También
mi padre lo es. Y Jonathan.
—Pero
ellos miden el tiempo por sus ambiciones. En ese sentido, son jóvenes aún.
Comparados con los humanos, parecen eternos. Yo mido el tiempo por mis
desengaños. Y en ese aspecto, querida niña, me siento como si tuviera más de
mil años.
—Ninguno
de nosotros puede tener esa edad.
—¿Estás
segura? —Richard Kent sonrió con tristeza—. ¿Sabes que la inmortalidad es el
sueño de Jonathan?
—Un
sueño ridículo.
—La
casualidad otra vez, Galenne.
—¿Qué
quieres decir?
—Jonathan
no es tonto. No pediría la luna si no estuviera a su alcance. Ordena y manda.
Exige y toma. Tú apenas tienes dieciocho años. Yo tengo más de doscientos
noventa. A escala humana, somos inmortales.
—Pero
a nuestra propia escala no.
—Ésa
es la batalla que anhela Jonathan. La batalla donde sin duda se equivoca.
—¿Podríamos
ser inmortales?
—¿Quién
puede decirlo? Podríamos duplicar nuestro tiempo de vida. ¿Y para qué? Para
seguir condenados a la muerte. No lo comprendes, ¿verdad? Los hombres nos
llaman dioses, pero no lo somos. Un dios tiene que crear, es casi su marca de
fábrica, el atributo común, el requisito indispensable. Nosotros... ¿Qué hemos
creado nosotros, Galenne? Nada. Ya ni siquiera podemos reproducirnos. Ya ni
siquiera podemos crear vida. Ése es el error de Jonathan. No viviremos para
siempre si abarcamos mil años, o dos mil, o los que sean. Nuestra biología está
condenada si no podemos tener hijos propios. Si Jonathan consiguiera su
propósito, sería para descubrir en su carne lo que yo sé: La inmortalidad es
solitaria, y aburrida.
Dave
Cross no estaba dispuesta a escuchar historias a medias, mentiras encubiertas,
verdades exageradas. Tal vez el hermoso sacerdote y su compañera de fatigas,
asombrados ante el dios revelado, aceptaran de grado sus palabras, pero ella
había aprendido en otro mundo diferente, un mundo donde la gente se cerraba en
banda y había que obtener una historia a base de tesón y de prudencia, de
arrebato y de astucia. Dave Cross había dado voluntariamente una enorme pirueta
en el vacío, y ahora que el suelo firme se acercaba contra su rostro, no estaba
dispuesta a ser pescada por una red de seguridad que no quería.
En
sentido más que figurado, se había suicidado una vez, hacía bien poco.
No
iba a permitir que la resucitaran dándole una palmadita en la espalda y la
pusieran en el camino de regreso a una vida que ya no tenía.
Aquel
hombre extraño, Javier Kurztberg (¿por qué no era capaz de asociar su apellido
con las Casas de los dioses?), debía de tener las respuestas que buscaba.
Dave
Cross sabía que la clave estaba en él. Sólo podía esperar a que el hombre se la
confiase.
En
caso contrario, tendría que arreglárselas para averiguarla.
—Yo
soy un dios entre los dioses. Una leyenda —dijo de repente Javier Kurtzberg, y
Dave Cross sintió de nuevo que el metahumano era capaz de leerle la mente—.
Tanto, que los hombres ya ni siquiera me recuerdan.
Andrea
se giró, sorprendida. Jason Prince volvió a mirarse las manos. Al inclinar la
cabeza, Dave Cross advirtió que en su cuello, entre la masa cristalina de sus
cicatrices en vías de curación, asomaba una especie de mancha parda, un
implante ovalado.
—No
conozco ninguna Casa Kurtzberg entre los dioses —espetó la periodista.
—Es
cierto. No la ha habido nunca.
—¿Entonces
no te llamas Kurtzberg de verdad?
—Oh,
mi nombre es ése, puedo asegurarlo. He tenido otros muchos, claro. —Javier hizo
un gesto de indiferencia—. No viene al caso citarlos.
—Es
sabido que a los dioses les gusta disfrazarse —dijo Andrea—. Visitan a los
humanos. Se mezclan con ellos. Copulan. A veces los combaten. ¿Es éste el caso?
—En
cierto modo... Me gusta mezclarme con los humanos. Casi diría que por elección
propia. Porque no tengo otro remedio. Y, sí, la biología es más fuerte que el
celibato. Hace tiempo que no lucho contra los hombres, pero lo he hecho en el
pasado, y tal vez tenga que hacerlo en el futuro. Es mi derecho. Soy un dios.
Pero también soy humano. El único dios humano que hay. El último que queda.
Las
dos mujeres se le quedaron mirando, sin comprender sus palabras.
—Javier
es inmortal —la voz de Jason Prince sonó como un pistoletazo en mitad del
silencio imperante.
—No
tanto, mi joven Jason. No soy inmortal. Creo que no lo soy, al menos —corrigió
Kurtzberg—. Pero tengo más de mil años.
La
tormenta crepitaba en el exterior de la arcología, un recuerdo salvaje que
indicaba que el lugar donde ahora se alzaba Brasilia Nova había sido antes el
corazón de una selva que tal vez no se había dado todavía por derrotada.
Sebastian Cortés guardó el instrumental médico, y antes de desconectar su
portátil echó un vistazo a la ruta de viaje menos abarrotada a estas horas de
la noche, cuando media ciudad intercambiaba su trabajo con la otra media y las
rutas y los niveles se colapsaban con vehículos y aceras móviles que se
desplazaban como las piezas de un dominó en tres dimensiones. No habría ya
tiempo de pasar por el hospital. Tendría que visitar a su padre a primera hora,
por la mañana.
La
puerta de la consulta se abrió cuando se dirigía hacia ella, y el corazón del
médico se detuvo en pleno sístole. Un hombre empapado se recortó como el
negativo de una foto contra la luz, y por un instante Sebastian Cortés estuvo
seguro de hallarse ante un fantasma.
Recordó
el cuerpo tendido sobre la losa de mármol, las bellas facciones destrozadas con
una crueldad que sobrepasaba los límites de todo lo humano, como tal vez no
podría haber sido de otra forma, el rostro hinchado, el plexo solar
descompuesto, las manos rotas. No había sido sencillo realizar la autopsia a
Dmitri Maximoff, pero una cosa sí tuvo clara desde el principio. El joven dios
estaba muerto. El castigo recibido había sido tan enorme que incluso un
metahumano había tenido que hincar la rodilla y despejar el camino.
La
silueta de la puerta avanzó. Uno de sus ojos brilló con un relámpago metálico,
y entonces Sebastian Cortés pudo advertir que no se trataba del cadáver de
Dmitri Maximoff devuelto a la vida, sino de su hermano Alexis.
El
dios avanzó un paso, tambaleante, el mismo que retrocedió el doctor. Tenía el
pelo empapado, la ropa en desorden, los ojos desencajados. Sebastian Cortés no
supo cuál de los dos, el artificial o el verdadero, causaban más pánico.
Alexis
se detuvo.
—Eres
el médico de Jonathan, ¿verdad?
Cortés
asintió. No era ningún secreto.
—Le
hiciste la autopsia a mi hermano.
—Así
es.
—Debes
de ser bueno. Mucho. De lo contrario, el viejo Jonathan no confiaría en ti.
El
médico se encogió de hombros. Retrocedió un nuevo paso. Casi esperaba que el
dios enfurecido saltara sobre él y le arrancara de cuajo la garganta por
haberse atrevido a profanar el cuerpo de su hermano muerto.
—Jonathan
dice que eres un genio. Y si él lo dice, tiene que ser verdad. Júpiter no
confiaría su salud a cualquiera.
—Jonathan
no tiene más necesidad de cuidados que los otros dioses —repuso el médico.
Sabía que nadie más estaba enterado del cáncer recurrente que acosaba, sin
esperanza pero sin tregua, la biología superior del padre de los dioses.
—Tengo
un trabajo para ti, Cortés. Un trabajo único para un hombre único.
Sebastian
Cortés ladeó la cabeza, calibrando las palabras del dios. Una gota de agua cayó
desde el pelo dorado y dividió en dos el ojo metálico. Alexis tendió el puño
cerrado, como el niño que ha capturado una mariposa y se engaña creyendo que
estará viva cuando vuelva a mostrar la palma. Los dedos de hierro del
superhombre se abrieron. Entre ellos apareció una brizna de pelo rubio.
Sebastian Cortés no supo cómo reaccionar. No comprendió el tesoro que le
ofrecía el superhombre.
—Es
un mechón de pelo —explicó Alexis, la mirada desviada, los dientes brillando—.
De mi hermano.
El
médico recogió la hebra amarilla. Entornó los ojos.
—Yo...
no comprendo.
—Te
ofrezco el futuro, Cortés. Quiero que hagas un experimento. Clónalo.
Andrea
Vanderbilt colocó en la base de su cráneo, junto al bulbo raquídeo, el diminuto
chip-lapa que le había ofrecido el metahumano. Miró a Dave Cross. La periodista
estaba sentada ya en el sillón virreal, frente a Jason Prince. Ocupando el
asiento entre ambos, Javier Kurtzberg terminaba de introducir la señal de
arranque en el brazo de control.
Andrea
se sentó, algo inquieta. Respuestas. Eso había prometido el dios. Sentido. Se
ajustó el cinturón, comprobó que la sonda de alimentación se introducía en su
antebrazo. La punta láser de la aguja de durometal impediría que la capacidad
regenerativa de su cuerpo cerrase la minúscula herida mientras durara la
experiencia.
El
viaje al pasado iba a ser largo. Envidió a Davinia una vez más. El dios le
había prometido que iba a encontrar las respuestas que tanto ansiaba, que iba a
saciar por fin la curiosidad que había dado motor a su vida. Sin embargo, para
ella misma el camino no había hecho sino comenzar.
Éste
era el primer paso.
Richard
Kent era coleccionista de recuerdos, arqueólogo de supersticiones muertas, un
dios volcado en las religiones de otros dioses. Su mansión rebosaba de estatuas
rescatadas de museos sepultados bajo la arena del desierto que cubría gran
parte del mundo. Eran testigos de un tiempo ya perdido, cuando los dioses
significaban una promesa de esperanza, cuando se les adoraba mejor cuanto más
humanos se mostraban, cuando resumían en un puñado de atributos dispersos las
aspiraciones y los temores de todo un pueblo.
Ya
no. Ahora los dioses existían, pero los hombres habían dejado de adorarlos.
Enfrentados a la superioridad de los habitantes del anillo edén, los simples
humanos se habían replegado en sí mismos, habían imitado en ellos mismos el
rancio regusto de la deriva y el vacío.
Richard
Kent contempló la talla de la diosa escorpión Selket, a quien los egipcios
primigenios consideraban protectora de los nacimientos y de los cadáveres
momificados durante el enterramiento. Qué sabios eran aquellos hombres, recién
salidos de las brumas prehistóricas, qué gran precisión en su entendimiento
regado por las crecidas del inmenso padre Nilo. Nacimiento y muerte iban
unidos, indisociables, símbolo y signo. Una muerte se equilibra con una vida,
un parto trae parejo un sepelio.
Así
funcionaba todo. Ése era el rito. Menos con ellos. Los dioses habían superado
la barrera de la bioquímica, se habían cerrado en banda a las exigencias de la
biología. Habían sido unos cobardes, contentos sólo con cuanto tenían a la
mano, olvidado el afán de aprender, la misión de difundir, el propósito de
explorar.
La
Tierra se les había quedado pequeña, pero jamás se les pasó por la cabeza
enmendar esa situación. Los dioses se creían perfectos, y esa suposición los
volvía cómodos.
—No
siempre fue así—comentó. La muchacha, Galenne, le escuchaba, absorta en la
contemplación de una diosa gato moldeada en fayenza por un desconocido alfarero
ocho milenios atrás—. No pudo serlo. Hubo una época en que tuvimos ideales, en
que no quisimos ser distintos de los hombres. Una época que hemos relegado.
Fuimos la consecución de un sueño que nosotros mismos hemos olvidado a
sabiendas.
Todo
empezó tal vez con un árbol de fuego. Hiroshima en sus raíces. Nagasaki
después. El albor de una nueva era, según anunciaron, al paso marcado del final
de una guerra. Y apenas un año más tarde, por sorpresa, el golpe definitivo, lo
impensable. Otras dos bombas más sellaron el final del espejismo, el
apuntalamiento de una democracia que por su propio empleo había dejado de
existir.
Moscú
ardió en un doble infierno. Había nacido el nuevo, el último imperio.
Las
imágenes de la máquina virreal se mezclaban, confusas, un caleidoscopio de
colores, de acciones sin significado, fragmentos de escenas gastadas, con
movimientos bruscos, restos de noticiarios absorbidos de pasada. Poco de todo
aquello tenía sentido para los tres recién llegados al refugio del dios
errante. Los laberintos de Cnossos no habrían ofrecido para ellos una
explicación muy distinta.
Y
por encima del revoloteo de explosiones y discursos entremezclados, por debajo
del rumor sordo de las bombas y los sueños despedazados, la voz serena de
Javier Kurtzberg (¿o no hablaba exactamente?), explicando, indicando,
señalando, ahondando en el misterio, desflorando un secreto enterrado
conscientemente durante más de mil años.
El
final del sueño de democracia se inició con un volcán de fuego. Moscú se
consumió bajo las dentelladas de las bombas lanzadas por los B-36. El nuevo
orden del mundo quedó escrito, sellado a fuego radiactivo. Nunca más aliados a
la fuerza. Adiós al temor de Winston Churchill. Anulados de golpe los acuerdos
de Yalta, los apretones de mano de antaño. La causa de la democracia era más
fuerte que nunca. Se había acabado el problema de una posible política de
bloques.
Un
sueño había muerto, aunque nadie quiso darse entonces cuenta. Tras la caída del
nazismo y del comunismo, la reconstrucción de Europa sería lenta. Pero Asia aún
ardía, porque el espanto ideológico que Occidente quería evitar se reproducía
en China, imparable. Antes de que otro ataque por sorpresa repitiera en Pekín
lo sucedido en Moscú, la noticia se hizo pública. Los chinos tenían también la
bomba. Un científico japonés pasado a sus filas, escapado de un campo de
concentración en California, les había ofrecido sus planos y ahora eran capaces
de dominar las entrañas del átomo. Ahora tenían capacidad de contraatacar.
Tablas de nuevo en la partida. Quieto el avance.
Un
sueño había muerto, pero otro sueño aún vivía. El viejo Joseph Patrick, ese
esqueleto en silla de ruedas, logró cumplirlo. El segundo de sus hijos
instalado al fin en la Casa Blanca. John Fitzgerald, el presidente más joven de
la historia. Atractivo, triunfador, seguro de sí mismo y de la validez de sus
ideas. El mito de Camelot reencarnado con un solo error. La intervención en
Brasil, el temor a la política de dominó que propagara el poderío de Mao y su
doctrina al resto del mundo.
Cuatro
mandatos entregados en bandeja para el joven católico irlandés. Hasta que
pudiera rehacer el error cometido, esa torpeza que comenzó en Sao Paulo y se
extendió hasta el Cabo de Hornos. La Constitución hecha pedazos, ¿qué más daba?
Y por fin, el atentado que se cobró su vida en un hotel de Los Ángeles. Sirhan
Sirhan es mi nombre, gritó a los cuatro vientos su asesino. Tras la desolación,
tras el llanto, nuevas elecciones, obsoletas ya en sí mismas. Un nuevo
presidente cuyo apellido ni siquiera fue una sorpresa.
Robert
Francis, el hermano honrado, el paladín de una justicia improbable. Tres
legislaturas para acabar con el cáncer que corroía la sociedad hasta sus
cimientos. El entendimiento con los chinos, hamburguesas y té, ping-pong y
samba, el final de la guerra fría. Y después, cumplida esa misión, agotado el
hombre y sus mandatos, el relevo, la llegada al poder del hermano menor,
Edward.
El
sueño de la dinastía estaba ya encauzado, imparable. La democracia había dejado
de existir, consumida entre explosiones de napalm y las carcajadas de histeria
de un viejo embajador momificado en Arlington.
Davinia
Cross trató de cerrar los ojos. Una lágrima le resbalaba por la mejilla,
abriendo un surco de incomprensión rostro abajo. Entre los retazos de músicas y
ritmos desconocidos, la exploración arqueológica se volvía un remolino
imposible de distinguir, igual que un sueño que sólo se recompone a
trompicones, como la vergüenza de un acto idiota recordado al amanecer, tras la
resaca.
La
sucesión de hechos y nombres la remitía a un mundo más allá de su experiencia,
antes del Apagón que lo había fundido todo en un caos de personajes olvidados y
gestas que bien podrían haber sido reales o imaginarías.
Había
estudiado historia e investigado artículos en máquinas de simulación
semejantes, cuando era más joven y se atrevía a todo por un titular, cuando se
sintió desesperada y fue capaz de sumergirse durante semanas en el oasis falso
del videoautismo por no saber enfrentarse al fracaso de su divorcio, pero nunca
con la magnitud de esta experiencia.
La
almalgama de sombras y de bustos, de soldados luchando en junglas de color
pimienta, de presidentes sonrientes y cadáveres acribillados, de fanáticos
religiosos y guardaespaldas sorprendidos, y canciones donde sólo necesitabas
amor o querían tomarla de la mano, de revueltas estudiantiles y revolucionarios
que prendían estrellas rojas en sus cascos, de favelas ocupadas por soldados
que estaban sólo un paso por encima de la miseria que aniquilaban, de niñas que
aprendían a prostituirse bailando samba antes de correr por caminos perdidos
manchadas de veneno en llamas y helicópteros que lanzaban comida con la misma
magnanimidad con que arrojaban bombas o socorrían combatientes, de flores de
paz, líderes negros asesinados en La Meca, hombres de blanco paseando a saltos
por la Luna y anhelos californianos bajo la lluvia de invierno, de desfiles
triunfales y campeonatos deportivos bajo el restallar de una sola bandera, de
una sola patria obligatoria de un extremo a otro del continente, dibujaba una
espiral confusa, la simulación vivida a través de unos ojos, los de Javier
Kurtzberg, que tampoco habían conocido aquellos hechos de primera mano.
Entonces
el carnaval de escenas se apagó, y los acontecimientos se desvelaron más
despacio, poco a poco. Cientos de años pasaron en apenas unos minutos de
exposición. ¿O habían sido horas? ¿O días acaso? El sentido del tiempo se
perdía en la máquina virreal, de ahí que los ordenadores se encargaran de
alimentarlos mientras el programa descargaba su función.
Dave
Cross respiró hondo, saboreó el aire caliente a través del ciberyelmo. El
corazón le redobló en el pecho, contra las correas de contención que evitaban
que pudiera hacerse daño ante el aluvión de sensaciones y de imágenes
virtuales.
Supo
que la misión de su vida estaba a punto de culminar.
Iba
a ser testigo del nacimiento de los dioses.
Sebastian
Cortés estaba acostumbrado a plantar cara al padre de los dioses, pero una cosa
era la templanza de Jonathan Bunyan, que siempre escuchaba prudente su consejo,
y otra muy distinta la mirada enloquecida de Alexis Maximoff. Ignoraba la
capacidad intelectual del metahumano tuerto, pero de todas formas explicó su
argumento con la sencillez que habría aplicado a una conversación con un niño
pequeño.
—Hay
algunos detalles que no comprendes —aclaró, mientras terminaba de colocar la
hebra de pelo en el microscopio electrónico y se aseguraba de que en efecto
contenía raíces y no sólo tejido muerto—. La clonación es un mito lleno de
lagunas.
Alexis
Maximoff lo miró, con la irritación con que un hombre reprende a un gato que
ignora el camino de su caja de arena.
—¿Vas
a decirme que es imposible? Te tenía en mayor estima, Cortés.
—No
es imposible —corrigió el médico—. Otra cosa muy distinta es que no tenga
sentido. Hemos clonado animales para su consumo en otras épocas. Todavía, de
vez en cuando, se sigue haciendo. Con los hombres es distinto.
—Mi
hermano no era un hombre. De ahí la magnitud de esta misión que te encomiendo.
—Hay
ideas preconcebidas sobre la clonación, Alexis, que responden al folclore más
puro. Supongamos que pudiera clonarme a mí mismo. —Cortés tuvo mucho cuidado de
no citar expresamente a Dmitri Maximoff; tenía la sensación de que el hilo de
su vida era tan frágil como el mechón de cabellos sobre la platina del
microscopio—. ¿Crees que conseguiría un doble exacto? ¿Que acabarías hablando
con otro yo al mismo tiempo que conmigo?
El
dios lo miró con recelo.
—¿No
es así?
—No
veo cómo. El desarrollo y reproducción de las células requeriría su tiempo. No
existe ninguna máquina que pueda expulsar a mi doble entero, como un coche
escupido por una cadena de montaje. Si consiguiera clonarme, primero tendría
que ser un niño. Primero habría que criarme.
—No
veo problema, entonces. Que Dmitri sea niño primero. Ya crecerá. El tiempo no
me afecta. Dentro de otros treinta años, él y yo estaremos iguales. Como ahora.
Como antes.
—No
es tan simple, Alexis. Ese doble del que hablamos... tendría mi código genético
exacto, pero no tendría por qué ser yo. No tendría por qué parecérseme
físicamente siquiera. A nivel molecular sería mi gemelo. Por fuera... Yo sufro
de úlcera, un síntoma causado tal vez por tensiones y sobreexcesos, no por
condicionamiento genético. La humedad me afecta el fémur y la tibia que me
rompí esquiando en una pista holográfica. Media dentadura está recompuesta: de
niño me di un atracón de dulces y me convertí en el blanco favorito de la
caries. Mi doble no tendría por qué compartir esas experiencias.
—¿Me
estás diciendo que no te atreves?
—Claro
que me atrevo. Lo que me ofreces es el sueño de cualquier científico. Clonar a
un dios, nada menos. No se ha hecho jamás. Nadie podría imaginar cómo hacerlo.
Pero ese dios clonado, ese doble que quieres reproducir a partir de este manojo
de cabellos... no sería el Dmitri que conociste —Cortés se atrevió por fin a
hacer la comparación directa—. Genéticamente sería su exacto. Pero su
educación, el entorno, las experiencias que fueron configurando su vida...
—Comprendo.
—Alexis Maximoff bajó los ojos; pareció meditar por un momento— Medio Dmitri es
mejor que nada, de todas formas. Quiero que sigas adelante.
—En
el caso de los dioses, encuentro un problema añadido.
Alexis
alzó la cabeza. Cortés retrocedió un paso.
—¿Cuál
es?
—No
existen máquinas capaces de sustentar vida de esa forma. Los vientres
artificiales, si existieron, se perdieron como todo lo demás que se tragó el
Apagón. Necesitaremos una madre anfitriona, un vientre donde desarrollar el
cigoto, si conseguimos clonarlo.
—Ya
veo.
—Una
mujer normal no nos valdría, por razones obvias. Y dudo que ninguna diosa
quiera ofrecerse voluntaria.
—No
había pensado en ese aspecto... Pero no te preocupes. Conozco a alguien que no
desmerecería el tesoro que albergará en su vientre. Una derivante excepcional,
casi digna de ser una diosa. Una mujer llamada Toledo.
Cuando
el hombre de hierro abandonaba la mansión y se perdía en los cielos de la
inmensa ciudad negra, Shai'r se veía libre para caminar por la casa. No se
sentía prisionera en aquel lugar, pero comprendía que tratar de abandonarlo sin
consultar antes con su ángel salvador sería darse de bruces con la muerte o un
destino aún peor en cualquiera de los rincones de la arco-logia.
La
casa obedecía sus instrucciones con sólo chasquear los dedos. El hombre de piel
marfil no entendía su lenguaje, pero de algún modo el edificio sí. Shai'r no
había oído hablar de estructuras inteligentes ni arquitecturas de servicio,
pero se entretenía encendiendo y apagando luces con un susurro, plegando y
desplegando paneles que convertían el salón en un gimnasio o la cocina en un
recibidor, y las pantallas de cristal líquido se iluminaban con medio centenar
de imágenes que casi podía tocar con la mano cada vez que se le antojaba.
Una
sombra se cruzó en su camino del dormitorio a la sala. Una mujer como ella.
Intentó decirle algo, pero la desconocida no le hizo caso. Shai'r avanzó hacia
ella. Antes de que pudiera alcanzarla, una niñita llegó corriendo y en vez de
chocar contra sus piernas la atravesó limpiamente, como el vaho de un conjuro
entre los brazos extendidos del hechicero de su pueblo. La mujer desapareció
dentro de la pared. La niña pequeña la imitó.
Shai'r
cayó al suelo, petrificada.
En
la mansión del hombre de hierro había fantasmas.
—La
historia de la evolución del ser humano es la historia de la evolución de sus
armas. —La máquina virreal reproducía el perfil, las palabras del presidente
muerto, el olor de su colonia mareante—. Desde la honda al misil
intercontinental, el hombre apenas ha evolucionado en sus capacidades físicas,
mientras que las armas han continuado perfeccionándose cada vez más, lo que nos
ha puesto una y otra vez al borde de la ani-quilación total. Nuestra comisión
pretende, en un plazo no superior a medio siglo, la existencia de un ser más
poderoso que ninguna arma.
Richard
MacNamara-Lawford terminó su discurso ante la comisión de defensa de la Cámara
de Representantes Panamericana.
La
votación a puerta cerrada de los doce congresistas fue unánime.
La
quimera de la igualdad saltó rota en mil fragmentos, para siempre.
Sebastian
Cortés apartó los ojos enfebrecidos del microscopio. Un nuevo fracaso. Otro
esfuerzo en vano. Tras la visita de Alexis Maximoff, había dedicado todas sus
energías al intento de clonación que le había propuesto el dios loco. Siempre
en balde. Un fallo venía seguido de otro fallo.
La
oportunidad de oro se revelaba falsa, hueca. Las enzimas de restricción no
servían de nada. El largo y complicado proceso se veía interrumpido siempre
tras la primera fase. Una vez conseguido el cigoto, la reduplicación celular se
atascaba, volvía atrás. En cierto sentido, parecía que la célula se devoraba a
sí misma.
El
médico se frotó las sienes. Imaginó un nuevo intento. Tal vez con técnicas más
espaciadas entre fase y fase. Congelando el embrión. Preservándolo antes de que
iniciara por su cuenta el proceso involutivo. Ya había abordado otra media
docena de pasos, todos condenados a volver al punto de arranque.
Había
algo en la biología de los dioses que se le había escapado cuando había
atendido a Jonathan Bunyan. Ni siquiera los apuntes de su padre, dedicado toda
su vida al servicio y estudio del metahumano, habían llegado tan lejos. Por un
momento, cuando Alexis Maximoff le propuso la disparatada idea de la clonación
de su hermano muerto, Sebastian Cortés creyó tener ante sí la posibilidad de
ofrecer una curación a los males que aquejaban a los dioses, la lacra de su
incapacidad normal de reproducción. Si conseguía crear un duplicado de Dmitri
Maximoff, aunque no fuera idéntico al que recordaba y pretendía su hermano,
podría presentarle a Jonathan una alternativa a sus deseos de propagación, de
inmortalidad incluso.
Pero
no. La clonación, lo sabía, no era igual que la fabricación de media docena de
tostadoras, todas idénticas. Se lo había explicado a Alexis. Estaba el problema
de los recuerdos, de la experiencia. El monstruo de Frankenstein que habría
podido crear a partir de las células capilares de Dmitri no tendría por qué
haberse parecido siquiera al donante original. Era lo de menos. La posibilidad
de enfrentarse a una biología única, desconocida, resultaba aún más tentadora
que el resultado. Aunque no consiguiera clonar al dios, aunque fuera incapaz de
revivirlo con ese truco científico, explorar de esa manera la configuración
celular de los dioses era un tesoro al que nadie, ni dioses ni humanos, había
tenido jamás alcance.
Sin
embargo, el proceso no avanzaba. Algo en la matriz celular lo impedía. Un
retrovirus, tal vez. Un cerrojo.
O un
seguro.
Sebastian
Cortés se encontraba ante un callejón sin salida, ante un acertijo.
Todas
las pruebas se lo gritaban a la cara. Imposible clonar a un dios. Las células
se consumían por su cuenta, se apagaban, se autofagocitaban con un ansia
extraña.
Toda
las pruebas indicaban que los cromosomas de los dioses ya habían sido alterados
antes de ahora, por manos expertas que manejaban conocimientos perdidos.
Todas
las pruebas indicaban que los dioses debían su origen a un artificio.
Achacaron
el fallo a un nuevo accidente nuclear, tan comunes en aquellos tiempos de
sabotajes y técnicas obsoletas y desesperadas en la búsqueda de una fuente de
energía que pudiera aliviar el caos en que vivía sumergida la humanidad. La
sala de virrealidad se llenó de brazos cercenados, de tubos de realimentación
que saltaban por los aires, de la forma negra de un ser oscuro que se fundía
con las sombras de las paredes y causaba destrozos y caos como quien regala
flores a un muerto durante su aniversario.
El
incidente Cranston, lo llamaron. El primer fracaso en la consecución del
dictado de Richard MacNamara-Lawford. Un primer superhombre enloquecido,
incapaz de superar las pruebas de control, imposible de detener.
El
programa de defensa estuvo a punto de ser interrumpido, pospuesto otros
cuarenta años. Una inyección de dinero, desviado de otras fuentes, lo salvó de
la eliminación.
El
Proyecto Smallville saldría adelante contra viento y marea.
Ya
no habría más fracasos.
Los
fantasmas de la mujer y de la niña la esperaban, burlonas, en todas partes.
Bajaba las escaleras y estaban allí, cantando canciones de cumpleaños, tirando
de juguetes mecánicos. Corría al salón y volvía a encontrárselas,
semitransparentes, encendiendo el tresdé que ella quería apagado, revisando
gestos que no comprendía, hablando mudas en aquel idioma extraño. Subía a la
cocina y allí las veía otra vez, la niña jugando con pompas de jabón no menos
fantasmagóricas que su presencia, la mujer frotándose las manos y manejando las
máquinas que preparaban un guiso ectoplasmático. Shai'r no sabía dónde
ocultarse de aquellos dos seres de ultratumba que la perseguían de un lado a
otro, sin intentar relacionarse con ella, viviendo atravesados por la luz unas
experiencias en donde ignoraban que estaba delante.
Salían
del suelo, cruzaban habitaciones, repetían gestos, entraban corriendo, se
acostaban despacio, sonreían y agitaban la mano con una familiaridad que
resultaba dolorosa en su desprecio.
Y
entonces Shai'r comprendió que ésta era la casa de aquellas dos criaturas, y
que ella misma, para esos dos seres, también podría ser otro fantasma.
—Antes
de que nuestros antepasados aparecieran, la Tierra estaba herida de muerte.
—Richard Kent contemplaba los ojos de la muchacha como quien quiere beber en
ellos toda la ingenuidad y el deseo de conocimiento de varias vidas—.
Superpoblación. Contaminación. Hambre. Durante veinte años la guerra asoló el
sur de Panamérica. Casi un siglo después del armisticio, China se enfrentó a
los islamistas indios en uno de los conflic-tos más sangrientos que se
recuerdan. Panamérica era un líder sordo y ciego, incapaz de contener el miedo
y la catástrofe. Entonces la guerra se trasladó a África. Y aparecimos
nosotros. Amanecieron los dioses.
Nacieron
al son del tamtam del fluido amniótico que resbalaba por sus cuerpos,
sumergidos en un vientre de vidrio y plastiacero. Patalearon, se revolvieron,
escupieron ácido y sudor, abrieron sus pulmones a otro aire distinto al oxígeno
puro que habían conocido hasta entonces. Se alzaron en su desnudez sin mácula,
abrieron los ojos y contemplaron el mundo a su alrededor, las proporciones
nuevas de sus músculos, la longitud de sus piernas, el ritmo incomparable de
sus pechos. Eran la humanidad trascendida, embravecida, amplificada, mejorada,
potenciada. Un centenar de hombres y mujeres dieron al unísono el primer paso.
El
Proyecto Smallville acababa de cumplir su objetivo.
Había
llegado la Era de Acuario.
El
ojo protésico de Alexis Maximoff resplandecía con un relámpago nuevo, como si
de pronto una máquina hubiera cobrado vida dentro de él y un ser extraño
controlara desde allí todas las acciones del metahumano. Jean-Claude Hubinon
advirtió un cambio sutil en la actitud del joven dios. Yajio parecía controlar
como de costumbre el universo que le rodeaba. La tensión que respiraba se
traducía en su nuevo lenguaje corporal, en el ceño permanentemente fruncido, en
los dedos que jugueteaban sin cesar con el bastón de plata que siempre le
acompañaba. Alexis Maximoff había resbalado por una pendiente y esperaba, casi
anhelaba, el momento de estrellarse contra un fondo erizado de cuchillos.
—¿Dónde
está?
No
había tanta exigencia en sus palabras como ansia. Aunque el cónsul supo qué
quería decir, se encogió de hombros, ladeó un poco la cabeza.
—¿A
quién te refieres?
—A
la mujer. Toledo. ¿No está aquí?
Jean-Claude
Hubinon negó muy despacio.
—Se
marchó —dejó pasar un latido antes de continuar hablando—. Le pagué lo que le
acordaste, no te preocupes.
El
dios torció el gesto.
—¿Sabes
si ha vuelto al cabaret?
—No
estoy seguro. Pero le advertí que corría peligro. Es una derivante, aunque no
dé positivo en los sensores, tenlo en cuenta. Pensé que con las muchas
patrullas de Centinelas que andan revoloteando por los niveles de Vegas estos
días, acabarían por encontrarla y anularla. El coronel Rage y sus hombres
piensan que la arcología podría convertirse en un nexo de reunión de
terroristas de un momento a otro.
—Imbécil
—Maximoff musitó la palabra, casi con desgana. En cualquier otra situación
anterior, la habría escupido, como saliva de fuego—. Si esos derivantes han
decidido reunirse aquí, habrán escapado ya hacia otros lugares. No habrían sido
tan tontos para quedarse. Vegas ha dejado de ser un escondite seguro,
cualquiera puede darse cuenta.
Jean-Claude
se miró la suela de los zapatos.
—Es
posible. Pero la muchacha tenía miedo. Le pagué y se marchó. Tal vez no te
cueste trabajo encontrarla de nuevo. No parecía demasiado interesada en
cuestiones políticas, y de todas formas no creo que sea una terrorista.
—Claro
que no. Pero es imperativo localizarla. Pon a medio centenar de Centinelas en
su búsqueda. De inmediato.
—No
comprendo, Alexis. ¿Tan importante te parece?
—Más
de lo que podrías imaginar. La quiero sana y salva. Arrancaré personalmente la
cabeza a todo aquel que le cause el menor rasguño. ¿Entendido?
Jean-Claude
Hubinon asintió. Marcó una clave en su ordenador de muñeca. Repitió las
palabras del dios casi al pie de la letra, aunque atribuyéndose a sí mismo la
cólera descargada en caso de que la muchacha sufriera daño.
—La
madre de mi hermano debe ser tratada con el máximo respeto —murmuró
misteriosamente el dios rubio. Jean-Claude Hubinon entornó los ojos, sin
entender un mensaje para el que sin duda no era destinatario.
Alexis
Maximoff brincó al aire y se perdió en las alturas de la ciudad. El cónsul lo
vio confundirse entre las nubes falsas, un pájaro dorado sin rumbo ni consuelo.
Entonces se dio la vuelta y entró en el edificio.
La
derivante le esperaba. Esta vez, burlado el ímpetu del dios, le haría el amor
hasta abotargar todos sus sentidos.
La
llama de la guerra quemaba el mapa de África, simulando un rayo que avanzara
sobre el trazo establecido de países y fronteras. Revoluciones, derrocamientos,
estrategias anuladas, golpes de estado, levantamientos, pronunciamientos
militares, revueltas, la destrucción de arriba abajo, de este a oeste, poniendo
en peligro los intereses de las potencias que habían ignorado durante decenios
los sufrimientos de los pueblos a quienes habían enseñado a matarse para su
lucro.
La
situación había escapado a toda posibilidad de control. La Federación de
Repúblicas Europeas sopesaba intereses contrarios a los Estados Unidos de
Panamérica, sus aliados de antaño. El polvorín estaba a punto de estallar, y la
gran batalla se libraría en Ife, la antigua Tanzania de otros tiempos menos
turbulentos.
Los
supersoldados se recortaron en el contorno de las distantes montañas, torres de
carne y hueso, músculos de piedra, y contemplaron los dos ejércitos sembrados a
la espera del momento de medir sus fuerzas y entregar sus ideales a la muerte.
Smallville iba a demostrar su valía. El proyecto soñado por Richard
MacNamara-Lawford medio centenar- de años atrás, hombres más fuertes que las
armas, el salto evolutivo al servicio de los intereses de su patria, por fin
iba a demostrar sus frutos.
Los
asesores militares mordían sus cigarros y sacaban lustre a sus medallas,
confiados en una victoria tan aplastante como rápida. Las cámaras de
tresdevisión estaban a punto para grabarlo todo, para ser fieles registros de
cómo este amanecer plomizo, en un valle del Serengeti arrasado por implacables
carros de combate y gigantescos cañones que apuntaban su virilidad metálica al
cielo, quedaría marcado a sangre en el curso de la historia que bajaba a su
encuentro.
Los
hijos de Smallville avanzaron, titanes modelados en un olimpo que sólo había
existido, hasta ellos, en la fantasía de todos los pueblos. Iban a ser materia
de leyenda y lo sabían. Y su misión venía en volandas de un propósito noble.
Habían cruzado el mundo ni más ni menos que para poner fin a la guerra.
Ante
el campo de batalla se cruzaron de brazos, esperando el momento de dar uso a
sus cualidades. Entonces, en las colinas contrarias, de espaldas al sol
naciente, por detrás del ejército al que habrían de enfrentarse de un momento a
otro, se dibujaron otras figuras similares, otros hombres y mujeres de igual
talla, otros gigantes.
Smallville
no había sido un proyecto solitario. Richard MacNamara-Lawford no era el único
gobernante con anhelos míticos. Ni el más seguro de los proyectos supernegros
es hermético, eso quedó demostrado ese amanecer aciago. Panamérica había creído
forjar un ariete para el que no habría escudo, sin sospechar que en el otro
extremo del mundo otra quimera similar tomaba forma, en el mismo secreto, con
los mismos recursos, quizá con planos calcados y sistemas idénticos.
Los
superhombres se encontraron frente a frente por primera vez, y el mundo contuvo
la respiración.
Tal
vez no respiró jamás a partir de entonces.
—Todos
los apellidos que ahora son canciones o leyendas aparecieron ese día. —La voz
cansada de Richard Kent se llenó de orgullo y de pasión, de un apego a la vida
y la victoria heredado de otros hombres que, como él, habían dejado de serlo—.
Allí se vieron por primera vez frente a frente. Los Kent, los Schmidt, los
Maximoff, los Wayne. Habían sido creados, criados, acondicionados para
destrozarse mutuamente, para ser esclavos mejorados de los sueños y los temores
de los hombres. Un millón de barreras físicas y psíquicas se hicieron pedazos
cuando se miraron a los ojos y se supieron iguales en su dife-rencia. Los
Summers, tus antepasados Munroe, los Banner, los Blake, los Prince, marionetas
de Smallville y de Dazbag, rompieron las cadenas que les ataban a anhelos
extraños y saltaron al cielo como los superhombres que eran, demostrando a los
humanos en guerra el final de su reinado sobre la Tierra, la llegada
irrefrenable de los dioses.
Cargaron
disparando a los cuatro vientos, dibujando en el aire el espectro completo de
luces que permitían los cañones de sus lásers. Volaron en formación plegada,
como una sola bala hecha de multitud de cascos y de cuerpos, rompiendo uno tras
otro los diques de contención que aseguraban la inviolabilidad de este refugio.
Murdock
Fisk calibró en sus sensores la presencia intuida más que registrada de una
célula derivante, un puñado de terroristas a la espera de registrar su próximo
golpe. Estaban sentados en círculo, pegados a una especie de simulador virreal,
absortos en unas imágenes que para él no tenían sentido. Disparó una andanada
de plasma multicolor y el corazón de la máquina se convirtió en una traca que
escupió imágenes contra los rostros embrutecidos de los hombres y mujeres que
consumían su vida y su tiempo en los paraísos o los infiernos procurados
artificialmente. La patrulla de Centinelas a sus órdenes se posó entre ellos,
vaciando a un lado y a otro la potencia destructora de sus armaduras de
combate.
No
estaban aquí. Ni Andrea Vanderbilt, ni Davinia Cross, ni la sombra que había
eliminado a los centuriones al otro lado del mundo, ni el semidiós renegado
asesino de otros dioses. Sólo eran un puñado de derivantes ocultos,
pertenecientes o no a grupos con finalidades subversivas, lo mismo daba.
Murdock Fisk sabía que la batalla contra sus enemigos se acercaba, inexorable
como un péndulo hacia el segundo de su inmovilidad, y cuantos más derivantes
eliminasen ahora menos problemas tendrían en ese neblinoso futuro que intuía
cada vez más próximo.
Los
derivantes conectados a la máquina se dispersaron por la oscuridad acogedora
del refugio subterráneo, como ya lo hicieran semanas atrás los seres de las
cloacas de Megaciudad que el mismo Murdock había ayudado a eliminar. ¿Era
posible que estuvieran conectados entre sí? ¿Existía una hilazón, una política
conjunta entre partes tan distantes del mundo? ¿O, lo más probable, había ratas
viviendo a expensas de los habitantes de la superficie en todas partes?
Un
huracán amarillo brotó desde la oscuridad, un cañón de plasma hecho a partes
iguales de improvisación y diseños robados. Cuatro de los miembros de la
patrulla de Murdock se borraron como la imagen vídeo de un ordenador con
problemas de resolución gráfica, y el mismo líder de la escuadrilla sintió el
calor del rebote de luz en el yelmo cerrado.
Iba
a contestar al contraataque de los derivantes acorralados cuando el techo se
vino abajo en un estrépito de materiales mohosos y hierros retorcidos. Por
entre el polvo sucio y la ceniza asomó un ojo dolorosamente glauco, una
esmeralda de metal partida en dos por una hebra de pelo rubio.
Alexis
Maximoff cargó contra los cinco o seis derivantes que habían montado la
barricada como el toro que embiste a una mariposa porque odia su capacidad para
la ingravidez o el vuelo. Espantado, Murdock Fisk dio un paso atrás, manchado
al instante por el borbotón de sangre roja que estalló desde la cabeza abierta
de uno de los derivantes.
El
dios enloquecido se movía con la celeridad de un rayo, como una bala trazadora
aumentada mil veces de velocidad y de potencia. No hubo gritos de dolor entre
sus víctimas. Sólo quedó grabada en las miradas ciegas, en los dientes
asomados, una expresión de aturdimiento, una ligera sombra de sorpresa.
Alexis
Maximoff se volvió hacia la patrulla de Centinelas. Fisk lo reconoció en ese
momento y se echó a temblar. El hermano del dios muerto se había convertido en
un ángel de venganza. Un rincón perdido de su cerebro musitó una oración
comprimida, deseando que el metahumano hubiera considerado ya saciada su sed de
sangre.
—No
está aquí —murmuró el dios, con una voz helada que paralizó a todos los
soldados—. No está aquí. Tengo que seguir buscándola.
El
tiempo pareció detenerse, como si supiera que a partir de ese momento iba a
tener que empezar a contar desde cero. En la retaguardia de los dos ejércitos
extendidos de un extremo al otro extremo del horizonte, ambas formaciones de
superhombres se estudiaron, por encima de los cascos oscuros y los uniformes
verdes, ignorando la potencia de los cañones que abrían sus bocas al aire en un
signo de sorpresa congelado, haciendo caso omiso a la premura de los tanques,
la fidelidad de las trazadoras, la burlona pirotecnia de las armas láser.
Habían
sido creados en secreto, ratas de laboratorio con una misión de vergüenza,
hombres y mujeres entregados a la causa de la guerra como último recurso para
imponer la paz por la fuerza. Ni uno ni otro grupo esperaban una oposición
idéntica, un espejo exacto a su factor sorpresa. Habían sido programados para
atacar y vencer, para destrozar tanques y repeler cañones, para diezmar
escuadras y acumular sangre en el barro, para aplastar cascos y torcer fusiles,
no para verse repetidos en aquel amanecer africano, al pie del lejano
Kilimanjaro que se borraba en la neblina y parecía no querer ser testigo de la
masa-cre inminente.
Habían
sido ideados en extremos distantes del mundo, únicos en su especificidad,
apartados de la raza humana a quien tendrían que servir con el celo de perros
de presa, los supersol-dados definitivos, cuerpos perfectos y cerebros astutos
que jamás presentarían problemas ni plantearían preguntas. Smallville, el
nombre prestado de un mito ya perdido entre papeles de pulpa. Dazbag, el dios
del sol a quienes sin recato se acercaban estos nuevos prometeos que iban a
arrancar a los hombres la posesión de las llamas de la guerra.
Tendrían
que haberse lanzado unos contra otros, desplegar una batalla sobre el valle
como sólo se habían imaginado en las leyendas, Gilgamesh y Heraklés, Indra y
Susa-no-o, Cuchulainn y la Serpiente del Mundo. Tendrían que haber hecho
temblar la estructura del suelo, retorcido cuellos reforzados con adeenes
prestados de animales incompatibles con su herencia de hombres, abierto huesos
más fuertes que el metal menos blando, escupido salivas densas como la sangre
del dragón que mató Sigfrido.
No
hablaron. No sonrieron. Si pudieron leerse las mentes, se debió a una cualidad
insospechada para los respectivos equipos que los habían creado a imagen y
semejanza de sus sueños. Cada uno de los dos grupos de superhombres recién
bautizados saltó al aire, impulsados por los cinturones de gravedad que mil
años más tarde sus descendientes habrían de transmutar en meros anillos de
vuelo, y en vez de recorrer la tierra de nadie que los separaba del terremoto
que habrían de provocar con su encontronazo se volvieron al unísono contra sus
filas, y destrozaron los tanques, aplastaron los cascos, torcieron los rifles,
segaron las gargantas de los seres humanos inferiores a sus capacidades de
asesinos perfectos, pero en el bando propio, tomando por sorpresa a generales y
a soldados, a asesores y científicos, a periodistas y curiosos, a desertores
cobardes y a héroes absurdos.
No
tardaron más que pocos minutos. Se movieron en tromba, un ballet de formas
reforzadas que hendía y mataba, un huracán múltiple de seres encomendados al
programa definitivo. El condicionamiento inhibitorio no sirvió de nada contra
ellos. Rompieron sus cadenas y actuaron por su cuenta, llevando al último
extremo su misión de fuego. Se supieron iguales en su diferencia y actuaron
como un solo hombre, como una sola etnia, como una sola raza.
Eran
dioses. Y los dioses no debían obediencia a nada ni a nadie.
El
Proyecto Smallville, la Misión Dazbag, murieron ese día en el Serengeti,
anulados miles de millones de dólares y de marcos de un plumazo, convertidos en
polvo los objetivos que habían convertido a un par de centenares de seres
humanos en algo que trascendía las limitaciones físicas que a todos los demás
los lastraba.
Las
horas de acondicionamiento se demostraron inútiles. O tal vez no. Tal vez los
dioses recién nacidos llevaban solamente la programación introducida en sus
mentes hasta las últimas, insospechadas consecuencias.
Nadie
pudo detenernos. La batalla del Serengeti aún no había dejado de resonar en
nuestros oídos cuando, sin consultar unos con otros, sin que mediara palabra
alguna entre los superhombres de Smallville y los de Dazbag, remontamos el
vuelo y nos perdimos entre las nubes como una escuadrilla de pájaros de la
venganza.
No
nos detuvimos ante nada. Ante nadie. Atacamos los silos nucleares, rompimos
cerrojos, destrozamos puertas, desconectamos bombas, partimos en pedazos tubos
de ensayo, dispersamos ejércitos, requisamos armas.
Fueron
cuarenta días y cuarenta noches de movimiento incansable, de la Casa Blanca a
Berlín, de Brasilia a Moscú, de Tokyo a Ciudad del Cabo. Hubo gobiernos que
intentaron combatirnos. ¿Cómo podrían haberlo hecho? Los impactos de sus armas
apenas rebotaban en nuestros pechos. Sus explosiones quemaban unos instantes
nuestras pieles de hielo, sólo para ser sofocadas por una coraza nueva, la
capacidad de regeneración que operaba ante los ojos atónitos de nuestros
enemigos como un bálsamo titánico. Hubo gobiernos que al momento depusieron las
armas, arrodillados ante nuestra superioridad, como si comprendieran la
inutilidad de toda resistencia y en el fondo agra-decieran el relevo, la carga
que nuestra aparición en la Tierra les quitaba de los hombros.
Y
hubo quienes se opusieron a nuestra acción no con la fuerza de las armas, sino
con un pobre intento de razonamiento, como si un lobo pudiera dejar de matar a
una oveja si se le asegura carne de otra forma menos violenta.
Como
si nosotros hubiéramos podido elegir una naturaleza que nos había sido
procurada por unos medios que no entendíamos.
Bajaron
del cielo y el hombre de blanco les salió al paso, un anciano consumido por un
cáncer de garganta y los achaques de toda una vida entre viviendas miserables
antes de ser escogido para ocupar este lugar, del que seguía considerándose
indigno. Los observó por un momento, admiró la esbeltez de sus cuerpos, la
armonía de sus rasgos, pero sintió un aguijonazo de temor cuando vio que en los
ojos no había otro sentimiento que algo similar al vacío, un brillo opaco que
en cualquier otra situación habría identificado con el desprecio.
Como
León I ante las hordas de Atila, el papa Pablo IX intentó convencer a estos
ángeles que descendían sin alas a la Piazza de que no tenían derecho a
interferir en la vida de los seres humanos. Tal vez habían sido moldeados en un
horno superior, pero no se hallaban por eso más allá del bien y de mal, no eran
dioses. La historia de la Iglesia estaba salpicada de errores como el que ellos
mismos iban ahora a cometer, estaban cometiendo ya. Nada impuesto por la fuerza
puede perdurar. No podían ostentar el control de las vidas de tantos miles de
millones de personas. No eran Dios, aunque lo parecieran. No eran án-geles,
pero tampoco debían actuar como si fuesen demonios. La libertad no se compra
robándola a otros. La paz más duradera, la que ellos querían instaurar, no se
diferenciaba mucho de la paz de un cementerio.
Uno
de los nuevos dioses dio un paso y agarró al hombre de blanco por el cuello. Lo
alzó en vilo y sostuvo su cara a pocos centímetros de la suya propia. El Papa
apenas se agitó, mientras los dedos del superhombre quebraban la laringe ya
reblandecida por los baños de cobalto. Sus palabras roncas se ahogaron en el
estallido seco del borbotón de sangre que escapó confundido con un hilo de
saliva por la barbilla del anciano.
El
Papa quedó colgando de los dedos de hierro del suprahumano como un guiñapo,
igual que una marioneta con los hilos rotos. El dios lo soltó y continuó su
camino. Un estorbo menos. Se limpió los dedos enrojecidos en el hábito y no
tuvo un segundo pensamiento de resquemor por lo que había hecho. ¿Cómo iba a
hacerlo? Ningún hombre se lamenta por haber aplastado a su paso a una
insignificante hormiga.
Javier
Kurtzberg saltó al cielo. En ese instante no sabía que le esperaban mil años
para expiar la culpa de aquel acto.
Dormía
a su lado, un sueño fatigado por el cansancio de tantos años sin ilusión, de
tantos siglos de desencanto. Galenne Munroe contempló el perfil del superhombre
entristecido, la frente sin arrugas que traicionaba su verdadera edad y hasta
la auténtica preocupación de su cerebro. Era hermoso. Digno, incluso en los
últimos momentos de una vida estirada como pasta por encima de las inclemencias
de desengaños y lamentos. Ri-chard Kent era un dios distinto. Eso lo había
sabido ella desde siempre, desde que siendo niña acudía al palacio de las
maravillas y se pasaba embelesada horas y horas contemplando las estatuas de
los dioses egipcios, las proporciones cuasi perfectas de los bustos griegos,
las urnas funerarias carentes de contenido y repletas de misterio.
Ya
entonces, apenas diez o doce años atrás, un abrir y cerrar de ojos para los
dioses veteranos, Richard Kent se mostraba solícito, huidizo, paternal y hosco
al mismo tiempo, el maestro perfecto, un indicador de posibilidades alternas o
caminos perdidos que ni la humanidad ni los dioses que la trascendían podría
reencauzar ya nunca. Richard Kent era amable, reflexivo, privado de ese orgullo
infantil y algo cargante que Galenne Munroe veía repetirse en sus iguales,
desde Alexis Maximoff al propio Jonathan Bunyan, desde Bianca Prínce al
aburrido de Fenric Wayne. Ni siquiera ella estaba por encima de esa cualidad.
Bien pagada de sí misma, había nacido entre seres superiores y había recibido
la educación de una princesa. Por eso, conocer y conversar con aquel hombre
sombrío la sorprendía, la atraía tanto.
Richard
Kent era el paso de la historia sobre todo aquello que, mil años antes, habían
pretendido los dioses con su irrupción sorpresiva sobre el destino de los
hombres. ¿Quién no hubiera hecho lo que sus antepasados hicieron? Tenían la
fuerza, tenían la voluntad, tenían los medios. Una misión que cumplir. Un
destino. Se habían apropiado del planeta como quien conquista una isla y la
arrebata a un puñado de caníbales que se espantan por el tronar de sus armas de
fuego. Justicia pura. No había nada de malo en ello.
Sin
embargo, mil años más tarde, asentados en el poder y la comodidad eterna,
Richard Kent sopesaba pros y contras, comprendía que algo habían perdido en
mitad del laberinto que los había conducido a esta situación. No tenía
alternativas tampoco. No podía imaginarlas. Pero lamentaba que su aparición no
tuviera apenas otras vías biológicas. Sabía que eran una bendición tanto como
una condena, y la justicia que su toma del poder había supuesto un milenio
atrás se veía rebatida por la imposibilidad de propagarse más allá de lo que
ahora eran. Los dioses, comprendía Richard Kent, asimilaba lentamente Galenne
Munroe, eran una llama que se apagaba poco a poco. Él era el último de una
estirpe que un día quizá no muy lejano ni siquiera sería recordada. Ella era el
alba de una nueva creación, savia fresca para renovar el poder indiscutible de
las Casas. Pero las reflexiones amargas de Richard Kent le habían hecho
comprender que también ella misma y sus ramas se secarían algún día, temprano o
tarde. La vida de los dioses era un callejón sin salida desde el punto de vista
de la evolución. Habían llegado a la perfección, quizás. Y la perfección, como
bien razonaba el dios anciano, es singular. Es única.
¿Cómo
iba a ser extraño que la muchacha se sintiera atraída por el único dios que era
distinto a los otros dioses? ¿No se acaba por ansiar aquello de lo que menos se
dispone, lo que es distinto, lo que encandila y encanta, lo que sorprende? Los
habitantes del anillo edén eran vanidosos, superfluos, hermosos, despreocupados
por la muerte que intuían como algo muy lejano, insignificante en la distancia
infinita de sus vidas. Este hombre que dormía a su lado ya había superado esas
barreras, y las había descartado por lo que eran, meras chiquilladas frente a
lo verdaderamente importante. En cierto modo, Jonathan y los demás, Dmitri,
Alexis, Bianca, incluso su padre, eran unos adolescentes eternos. Richard Kent
había dejado esa etapa atrás, y había comprendido por fin el dolor y la
responsabilidad que entraña ser adulto, ser un hombre.
Pero
no tenía soluciones que ofrecer. Estaba tan atrapado en la telaraña como todos
los otros. Sabía que algo les fallaba. Comprendía que su anquilosamiento
cultural y biológico los llevaba en rumbo directo hacia el vacío, pero no podía
ofrecer ninguna respuesta alternativa. Sólo experimentaba el hueco de la
indefensión, la soledad de quien tal vez no mereciera ser cuasi eterno, el
regusto agridulce de intuirse ajeno a este mundo.
Por
eso le hacía el amor como un niño tímido, como un adolescente inmaduro, como un
anciano inseguro. Como si siempre fuera la primera vez. O, más bien, como si
esperara que fuese la última.
El
nuevo orden mundial se apoderó del planeta ante la sorpresa y el temor de los
hombres. Los conflictos se detuvieron tras la presencia intuida de los dioses
que todo lo vigilaban, todo lo proscribían, todo lo castigaban. Un nuevo olimpo
había tomado forma, aposentándose por derecho indiscutible sobre los cuatro
puntos cardinales de la Tierra.
Eran
seres superiores que reclamaban lo que era suyo, aquello para lo que habían
sido creados. Proteger. Gobernar. Controlar. Y, si era preciso, condenar. Una
nueva raza de titanes caminaba por la Tierra, volaba por los cielos, levantaba
mansiones en los mares. Fue un tiempo de prodigios. La humanidad asistía
atónita a un cambio de estilo. El tren de la historia acababa de pasar de
largo.
Durante
meses todo se paralizó, a la expectativa, en mitad de la angustia y el miedo,
la desilusión y la esperanza. Ya no había guerras. Nadie osaba alzar un brazo
contra el reinado de los superhombres. La delincuencia a gran escala se
eclipsó. Una patrulla de dioses podía sorprender al ladrón que descerrajaba una
puerta, al ratero que ocultaba una pistola, al asesino que limpiaba sus huellas
de un cuchillo. Nadie se atrevía a respirar ante un mundo que parecía tener
doscientos pares de ojos en todas partes, omnipotentes, calculadores,
desalmados.
La
guerra se había detenido. Pero todos los demás problemas de la humanidad
continuaban existiendo. La Tierra, pese a la llegada de los suprahumanos,
seguía siendo un lugar condenado al desengaño.
En
aquella situación de impasse el primer dios estornudó, y al hacerlo murieron un
millón de hombres.
La
plaga cubrió el planeta, sofocando angustias, despejando incertidumbres. La
humanidad que ya vivía en las arcologías diseminadas por el mundo vio cómo de
pronto se veía reducida a la mitad, a la tercera parte. Por todos los
continentes la enfermedad se cobraba vidas inocentes, sin distinguir seres
civilizados de bárbaros, mujeres de niños, jóvenes de ancianos.
Espantados,
los dioses no supieron cómo controlar este nuevo brote que indicaba, de soslayo
y con temor, que el propio ecosistema de la Tierra repudiaba su creación. Eran
seres artificiales, moldeados entre tubos de ensayo y aberraciones
tecnológicas, y lo que para ellos tal vez no fuese más que un virus
insignificante con un par de horas de incubación y restablecimiento, para los
seres humanos adquirió las trazas de un veneno que se expandió con los vientos
y las aguas y sumergió en un baño de muerte a las tres cuartas partes de los
habitantes del planeta.
En
siglos venideros, los humanos llamarían a aquella situación infernal el Apagón.
Para los dioses fue la catástrofe. No sólo se perdieron miles de millones de
vidas. También se ahogó el conocimiento de nueve mil años de historia. Las
cosechas se agostaron. La Tierra se resecó. La ciencia que había hecho posible
la creación de aquellos seres que ahora, involuntariamente, regaban un mundo de
muerte se diluyó como una pildora en un vaso de ácido. Fue una edad oscura que
anunciaba el principio de una nueva era.
Aterrorizados,
los dioses abandonaron el planeta. Lo mismo que los supervivientes de la
humanidad atravesaban desiertos y junglas con la esperanza de alcanzar las
arcologías donde esperaban ser tratados y curados, lo mismo que los hombres
comunes iban dejando un reguero de huesos a su paso, confiados en una vacuna
que no existía, los dioses comprendieron que su lugar no era la Tierra, sino el
cielo.
Se
asentaron en el anillo edén que los hombres habían venido construyendo como
plataforma orbital de lanzamiento para el proyecto soñado de conquistar un día
el espacio, y lo convirtieron en un nuevo Asgard, un puente del arco iris desde
donde contemplar con miedo la evolución del espanto que habían provocado con su
ignorancia.
Desde
el exilio, contemplaron cómo la humanidad se contraía, se replegaba. No osaron
intervenir esta vez, convencidos de que su sola presencia entre los moríales
sembraría de veneno el aire. Dejaron que pasara un tiempo prudencial, otros
diez años.
Y
entonces volvieron a la Tierra desde su refugio en el cielo. Más entristecidos,
menos convencidos de la validez de sus actos previos. Pero con una misión
indiscutible, más vigente ahora que nunca.
Tras
el Apagón, tras la debacle, tenían que liderar las ruinas de unos hombres
puestos a su servicio. Ahora no había marcha atrás. Todos los problemas se
habían resuelto de golpe y ellos habían sobrevivido. Sólo les quedaba construir
a partir de las ruinas del edificio. Gobernar para siempre.
Algunos
trataron de justificar los años oscuros por el cruce de un cometa en el cielo.
Igual que los dinosaurios habían sido extinguidos por el paso de la cola de
otro astro similar, asila raza humana se veía extinguida de la noche a la
mañana, cumplida su función en el planeta, trascendida por el siguiente paso
evolutivo. Tal vez tenían razón. Tal vez se equivocaban. Nunca pudimos saber
qué había provocado la cadena de muertes en masa, si fuimos en verdad nosotros
o si hubo otros factores que contribuyeron a desatar aquella matanza.
Regresamos
al mundo del que habíamos huido y comprendimos que ahora nos tocaba no sólo
gobernarlo y controlarlo, sino hacer que se volviera a poner en pie. Fue un
trabajo titánico, quizás incluso superior a nuestras posibilidades. Los
científicos de Smallville y de Dazbag nos habían construido más fuertes, pero
no más inteligentes, y la inmensa mayoría de los conocimentos y de las técnicas
que habrían podido ayudarnos en nuestra labor se habían perdido para siempre
con el Apagón. Y, lo peor de todo, nuestra presencia en las arcologías o en los
cielos, el recordatorio constante de que la raza humana ya había dejado de ser
el peldaño supremo de la creación, tenía un efecto contrario al que habíamos
pretendido provocar.
Los
hombres no nos hacían responsables del caos sembrado, del exterminio. ¿Cómo
podían saber de cierto que había sido nuestra existencia si ni siquiera
nosotros mismos podíamos ponernos de acuerdo en eso? En el fondo, la muerte por
un virus invisible era igual a la muerte por bombardeos indiscriminados o por
radiación: muerte a fin de cuentas. La magnitud del holocausto apenas parecía
contar para los ojillos espantados de los supervivientes. Habían demostrado ser
más aptos, más fuertes que sus hermanos, sus hijos o sus padres. Habían
validado las teorías de Darwin y se habían adaptado a su nuevo entorno.
Pero
la supervivencia tuvo un precio de sangre. La humanidad había comprendido que
ya no lideraba el camino, que otros hombres y mujeres mejorados abrían la senda
de un futuro en el que ya no tendrían cabida como especie. Saberse inferiores
en un mundo de dioses oscureció sus sonrisas, enfrió sus ánimos. Los
supervivientes del Apagón se convirtieron en un rebaño sordo y ciego a los
estímulos, meros comparsas de un proceso de cambio que los había dejado de
lado, los Neanderthal que asisten impertérritos a la flecha que los mata y
advierten antes de cerrar los ojos la presencia lejana del Cro-Magnon causante
de su fin. El homo maximus, como nos dieron en llamar, tuvo su contrapartida en
el homo impotens. Desencantada de su fracaso, la humanidad nos había dado la
espalda y a nosotros nos tocaba ahora encargarnos de que la evolución siguiera
adelante.
La
certeza de su descubrimiento trajo a la vez una nueva duda, otro temor.
Sebastian
Cortés sabía, como posiblemente no sabía ya nadie, que aquellas células que
intentaba duplicar habían sido manipuladas antes que por él, por otras técnicas
y con otras manos que habían llegado allá donde su ciencia no podría llegar
jamás. Muchas cosas quedaban explicadas en aquel minúsculo soporte de vida. La
imposibilidad de clonación. La dificultad de reproducción. Incluso el cáncer
recurrente que trataba con paciencia de devorar a Jonathan Bunyan.
Los
dioses eran un artificio y, quizá por eso, todos los problemas que ahora
sufrían en propia carne les cortaban una y otra vez el camino a la
reproducción, por cualquiera que fuese la forma, natural o tecnológica.
Alguien, los diseñadores de aquellos seres más altos, más fuertes, más rápidos
que los simples mortales, había previsto en su diseño las trabas que ahora
controlaban la población metahumana, hasta hacerla escasa. O tal vez la propia
naturaleza comprendía que su curso había sido desviado por la irrupción de
aquellos individuos con cuya existencia no había contado, y el equilibrio se
restablecía de una manera que ni dioses ni hombres habían imaginado.
Imposible
clonar a un dios, eso estaba claro. La certeza era total. En algún lugar de su
razonamiento, Sebastian Cortés comprendió que esa alternativa a sus problemas
debía de habérsele ocurrido a los metahumanos mucho antes, y que ya había sido
experimentada y descartada. Sin duda Jonathan Bunyan sabía que el deseo de
Alexis Maximoff era imposible.
Pero
el propio Alexis no iba a aceptar una negativa a su capricho, a su dolorosa
necesidad de rescatar a su hermano de entre los muertos. Sebastian Cortés
tiritó. Cuando le confesara su imposibilidad para satisfacer sus deseos, nadie
podría salvarle de la ira del joven dios.
O
tal vez sí.
Sebastian
Cortés se tragó su orgullo y admitió que su única posibilidad de supervivencia
pasaba por confesar su descubrimiento a Jonathan.
Reconstruimos
lo que pudimos, pero por desgracia no fue gran cosa. Apenas logramos reconducir
a la humanidad a las arcologías donde vive desde entonces, tras el cristal, a
salvo de un mundo que antaño fue suyo y ahora no es de nadie. No teníamos
técnicas, no teníamos sabiduría, no teníamos sueños. Había que cumplir un
objetivo y lo hacíamos a trompicones, desde la mansión en el cielo, desde el
anillo edén donde nos refugiábamos a meditar cada vez que las circunstancias
contradecían el idealismo que queríamos ver en nuestros gestos.
Unos
pocos de entre nosotros creyeron ver en el eterno sueño de los hombres la
respuesta a todos los problemas. El espado. La conquista de otros planetas. La
colonización de otros mundos. A fin de cuentas, podíamos soportar presiones
mayores, nuestro lapso de vida era más largo, nuestras zancadas serían aún más
inmensas en la Luna o en Marte.
El
debate quedó en suspenso, sin solución. Si no éramos capaces de ordenar las
cenizas de un mundo, ¿cómo íbamos a querer partir hacia otro? Ya no existían
problemas de hambre, de contaminación, de superpoblación. La necesidad
acuciante de abrirse paso a las estrellas quedó postergada, como todavía lo
está hoy. Unos pocos de nosotros salieron al espacio, en busca de la
consecución de ese anhelo que nos era ya ajeno, en busca de otros mundos donde
asentarse y tal vez aprender, pero nunca regresaron de su viaje a las
estrellas.
Los
que decidimos quedarnos en la Tierra, o en el anillo edén, comprendimos que
teníamos un compromiso con la biología, con esa evolución que ahora descansaba
en nuestros genes y nuestras espaldas. Nos apareamos, hicimos alianzas,
establecimos las Casas. Y comprobamos con sorpresa que nuestros hijos heredaban
las cualidades semimágicas que los hombres nos habían concedido en sus
laboratorios subterráneos.
La
primera generación natural de superhombres adquirió todo aquello que en
nosotros había sido un regalo, o una maldición. La vida alargada, la fuerza
desatada, los umbrales de percepción más amplios, mayor resistencia al dolor,
mejor capacidad para el placer.
Nuestro
lugar en la historia futura parecía asegurado. Nuestros hijos llevarían
adelante la misión de devolver a la humanidad de la que formábamos parte el
gusto por la sal de los sueños. En nuestro orgullo, no podíamos darnos cuenta
de que hacía mucho tiempo que habíamos dejado de ser humanos.
—Estás
en peligro —Jean-Claude Hubinon confesó a medias su traición al dios a quien
servía cuando el amor había agotado su cuerpo y estaba a la espera de poder
acumular energías suficientes para enfrentarse a un nuevo asalto—. Alexis te
busca.
Toledo
le miró, incrédula.
—No
tengo nada que temer. —Se revolvió en la cama y miró a los ojos al cónsul
extenuado—. Ni de un dios ni de los hombres. He aprendido a cuidar bien de mí
misma.
—Porque
no das positivo en los sensores, nada más —le recordó él—. Hay otros derivantes
como tú. Hasta ahora, han podido sobrevivir.
—¿Hasta
ahora? —La mujer alzó una ceja.
—Vegas
es un hervidero de actividad. Centinelas y derivantes por igual pululan por sus
niveles. Tendrías que haberte dado cuenta.
—Llevo
semanas en este palacio, ¿cómo quieres que sepa nada de lo que ocurre en el
mundo?
—La
situación ha dado un vuelco radical. Esos derivantes que, como tú, pasan
desapercibidos a los sistemas de rastreo, parecen estar preparando una acción
importante.
—No
tengo nada que ver con ellos. —La hermosa mujer rubia se encogió de hombros—.
La política no me interesa.
—Me
temo que no actúen por intereses políticos, sino por pura supervivencia. Si no
se defienden del acoso al que están siendo sometidos, serán aniquilados. Y tú
con ellos. En realidad, no tienen otra alternativa.
—No
me estás diciendo nada nuevo. Los derivantes son perseguidos desde que el mundo
recuerda.
—Pero
no con la saña de ahora. Uno de vosotros...
—Ya
te he dicho que no soy de nadie —cortó ella.
—Uno
de los derivantes como tú, entonces —corrigió el cónsul, con una sonrisa de
hielo en los labios—. Mató a uno de los dioses.
Toledo
abrió mucho los ojos. Su boca dibujó un círculo de admiración involuntaria.
—¿Te
burlas de mí?
—¿Con
qué objeto? Uno de esos derivantes semiinvencibles se enfrentó con éxito no a
una patrulla de Centinelas, sino a un dios. A Dmitri Maximoff.
—No
sé quién es.
—El
hermano de Alexis. El dios que te compró para mí. El dios que te busca ahora.
—Querrá
repetir la experiencia conmigo. Todos lo hacen.
—Me
temo que no, Toledo. Conozco a Alexis desde hace muchos años. Hay algo en él
que da miedo. Una ansiedad extraña. No te busca para hacerte el amor. En ese
aspecto, ya te ha olvidado.
—Lo
dudo. Nadie olvida a Toledo.
—Puedo
asegurarlo. Pero Alexis es diferente a todos los hombres o derivantes que hayas
conocido. Tiene la cabeza puesta en otra parte.
—¿Y
yo entro en sus planes? ¿Me he vuelto importante?
—No
lo sé. Ignoro qué está pensando, pero te busca. La muerte de su hermano lo ha
vuelto loco, si no lo estaba ya. Antes buscaba a su asesino, al derivante que
conoció en otro tiempo, según tengo entendido. Ahora va a por ti.
—¿Cree
como tú que estoy metida en líos de luchas políticas y revoluciones perdidas?
Se equivoca.
—Yo
no creo que seas una revolucionaria. Tus actos lo demuestran.
—¿Entonces?
—Alexis
es impredecible. Su mente funciona con otra lógica a la tuya o a la mía.
Pretende algo extravagante y en eso cuenta contigo.
—¿Me
pagará más?
—No
te lo tomes a broma. La cólera de Alexis no tiene riendas. Desde que le dije
que te habías marchado recorre los niveles de Vegas destrozando cuanto
derivante encuentra en su camino, allanando el trabajo de los Centinelas.
Una
nube de preocupación ensombreció las pupilas de la prostituta derivante.
—Eso
ya me gusta menos. ¿Crees que quiere matarme?
—No
lo sé. No es probable. Me ordenó advertir a las patrullas que te buscan que no
te causaran daño.
—Gran
cosa. Eso podría querer decir que se reserva para él sólito el placer de
torturarme. Ya he conocido un par de tipos como ése. Les encantaba apagarme
cigarrillos en los pechos, sólo por el placer de ver cómo las cicatrices de las
quemaduras se cerraban por arte de magia.
Jean-Claude
Hubinon contuvo un escalofrío.
—Debes
de haber llevado una vida dura.
—Igual
que la de cualquiera. No habría recorrido dos esquinas si esos sensores de los
perros de presa hubieran sido capaces de identificar mi condición. Ya que no
doy positivo en las máquinas, me aprovecho cuanto puedo. No es gran cosa. He
llegado hasta tu mansión, al menos.
—Y
no debes salir de ella. Los Centinelas están en sobreaviso, pero dudo que, dado
el estado de nervios que impera en la arcología, esperen a identificarte antes
de abrir fuego contra ti. Y por otro lado, Alexis te aguarda con la boca
abierta, dispuesto a dar la dentellada. El único lugar seguro para ti está
entre estas cuatro paredes.
Toledo
miró al hombre. Contuvo un rictus de indiferencia.
—¿Por
qué quieres protegerme a toda costa? ¿Tanto te gusto que eres capaz de
enfrentarte a la cólera de un dios?
Jean-Claude
Hubinon suspiró, acarició el pezón erguido de la semidiosa, lo sintió
endurecerse entre sus dedos como una peonza.
—No
sabes cuánto. El deseo que pueda sentir Alexis no es más que una pálida sombra
de mi esclavitud, de mi lujuria.
Los
frutos de la alianza de Smallville y de Dazbag habían heredado las cualidades
de sus padres, todo aquel tropel de capacidades míticas que los convertían, por
derecho, en los primeros mutantes de la historia. Heredaron sus cuerpos y sus
mentes, sus atributos superiores, pero no sus ideales, ni su condicionamiento.
La
primera generación de dioses naturales olvidó pronto la misión que, como la
vergüenza de una acción interrumpida, acosaba todavía la alegría de sus padres.
El mundo se extendía a sus pies, una pelota mágica entre las nubes que lo
separaban del anillo edén, una manzana que sólo había que coger para
exprimirla, para saborearla.
Uno
a uno los primeros dioses fueron desapareciendo, cumplido su largo ciclo vital,
perdido su origen en la niebla de los siglos. Sus apellidos se perpetuaban,
como sus genes, repetiéndose en las Casas que ahora los identificaban. Algunos
desaparecieron sin descendencia, pero nadie fue capaz de asociar ese factor con
el problema que casi mil años más tarde supondría una verdadera lacra.
No
se reprodujeron demasiado, pero aquello no indicaba nada tampoco. Inteligencia,
quizá. La sabia administración de unas dotes, de unos recursos. Nadie pudo
advertir que los ciclos entre superhombres y supermujeres no siempre
coincidían, que apenas dos o tres hijos eran el fruto de las alianzas
propuestas entre las diferentes Casas.
El
resto del mundo, aquellos infelices seres humanos de vidas cortas y anhelos
largos, esperaban a su servicio, una infinita fila de cuerpos que utilizar, de
mentes que subvertir y moldear a su capricho. Los primeros dioses habían sido
reacios a mezclarse libremente con los hombres, siempre perenne en ellos el
recuerdo del Apagón y el virus que su existencia había desbocado sobre las
llanuras del mundo, pero sus hijos nada malo veían en aprovecharse libremente
de cuanto se ofreciera para su disfrute, pues en efecto nada malo había.
Tardarían casi un siglo en darse cuenta de que los bastardos de aquellas
uniones casuales podrían acabar por amenazar su privilegiada situación, casi
trescientos años en decidir darles caza y exterminarlos como si fuesen monstruos
sedientos de sangre.
La
guerra, el hambre, la superpoblación, todo se había detenido con la llegada de
los dioses. Los sueños también. El deseo de volar. La quimera de salir al
espacio y conquistarlo. La evolución que los dioses primeros creyeron propugnar
se paralizó. La Tierra quedó en suspenso, prendida de su órbita, un sistema
ecológico inamovible, y por tanto condenado a sucumbir algún día.
Javier
Kurtzberg se contempló en el espejo una mañana y descubrió que el rostro del
miedo tenía sus propios rasgos. Todos sus compañeros de la batalla en Serengeti
habían muerto ya, y él continuaba lozano como ese primer amanecer en África. La
asombrosa capacidad regeneradora de sus células, tal vez, le impedía envejecer,
le postergaba cada vez más la llegada de una muerte que tampoco echaba de menos
de todas formas. Sin quererlo, sin buscarlo, trescientos cuarenta años después
de su creación, se había convertido en una leyenda entre leyendas.
—¿Tienes
alguna noticia del paradero de tu hija?
Luther
Munroe negó con la cabeza, taladrado por un aguijonazo intermitente que le
recordaba su predicamento cada vez que pensaba en Galenne y su destino.
—No
sé nada —contestó—. Lo mismo podría hallarse en cualquier rincón del anillo
edén que en la Tierra misma. Como esos derivantes misteriosos, tampoco nosotros
damos positivo en los sensores, y Galenne dejó su localizador sobre la mesa,
para que no pudiera dar con ella.
—Muchacha
testaruda —rezongó Jonathan—. Me pregunto a qué demonios estará jugando.
—A
hacerse valer, supongo. Los tiempos cambian, incluso para nosotros. La alianza
forzada con los Wayne la sacó de quicio. Es su forma de hacerme comprender que
ni tú ni yo somos nadie para manipular su destino.
—Es
cabezota, Luther. Como su padre.
—Serlo
no la hace superior a mí, ni a nadie. Si quisiera comprender que la
supervivencia de nuestra raza pasa por ella...
—No
exageres.
—No
exagero, Jonathan. No exagero. Es la más joven de entre nosotros, la que podría
abrir las puertas a una nueva generación de dioses.
—Y
el dominio de los Munroe sobre las demás Casas.
—Eso
es secundario. Cuando ni tú ni yo estemos entre los vivos, ¿qué más nos dará
que sean los hijos de Galenne o los de Alexis quienes lleven la batuta y
controlen a los demás? Pero temo por ella tanto como por nuestro futuro común,
y eso lo sabes, Jonathan. Si pudiéramos calcular con detalle cuándo, en qué
momento nuestros ciclos biológicos se hacen parejos, en qué instante nuestras
mujeres pueden quedar fecundadas, tal vez nuestra estirpe no se estaría
secando.
Jonathan
asintió. En su mirada de vidrio había hoy un parpadeo nuevo, un tenue brillo de
decepción, o de tristeza.
—Quizás
el problema es que vivimos demasiado. En doscientos años, sólo tenemos un
abanico escaso de tiempo para procrear. Y la mayor parte de nosotros pierde ese
tiempo fornicando con humanas o persiguiendo derivantes.
—Nuestra
especie no tiene lógica.
—¿Cómo
iba a tenerla? Fuimos un experimento, una improvisación. Sin duda quienes
fabricaron a nuestros antepasados no esperaban que fueran a reproducirse y a
dominar el mundo. Tal vez es algo que hacemos, tarde y a deshora, contra todo
lo que tenían previsto.
—Tendríamos
que haber salido a las estrellas cuando todavía era posible.
Jonathan
se encogió de hombros.
—¿Para
qué? Somos una rama alternativa a la evolución, un camino condenado a no dar
fruto. A menos que seamos capaces de abrir un atajo, el paso de nuestra especie
sobre el planeta acabará siendo un espejismo de miles de años. Nos borraremos
como se borraron las ballenas, los delfines, los búfalos. Como casi estuvieron
a punto de borrarse los simples humanos. ¿Qué quedará de nosotros? Nuestro
esperma rebajado, diluido en la sangre de los derivantes. También Roma cayó.
Como cayó Constantinopla, como cayó la Unión Soviética, como cayó el imperio
español o el mikado. Desapareceremos y no quedará de nosotros más que un
recuerdo impreciso. ¿Quién sabe? Tal vez ni siquiera habrá canciones que
celebren nuestro ocaso.
—Te
veo más meditabundo que nunca, Jonathan. Seguro que no me has llamado para
aumentar mi depresión. Ni para interesarte solamente por el destino de Galenne.
—No,
tienes razón. Pero hay cosas... circunstancias que acaban por llevarte al
desengaño. A veces pienso que el único que comprende de verdad nuestra
situación es Richard. Vivimos sin querer aceptar la realidad, pero estamos
abocados al desastre.
—La
muerte de Dmitri nos ha afectado a todos.
—Más
de lo que ninguno habría podido imaginar. De eso quería hablarte, Luther.
Tenías razón en lo relativo a Alexis.
El
dios oscuro asintió.
—¿Ha
cometido alguna estupidez?
—La
más grande de todas. Buscó a mi médico personal, Cortés.
—Lo
conozco.
—Y
le pidió que clonara a su hermano. ¿Puedes creer un atrevimiento semejante?
—La
lógica de Alexis siempre ha seguido un curso propio. De otro modo, no habría
atormentado a Jason durante todos los años que pasaron juntos aquí arriba.
¿Cómo lo llaman los psiquiatras humanos? ¿Es posible que nuestro Alexis sea un
psicópata?
—¿Qué
más da? Ningún psiquiatra podría medir las capacidades de los dioses. No existe
baremo de normalidad que pueda equipararnos a las dolencias de los humanos.
Pero imagínate a ese joven idiota entregando la llave de nuestro secreto a un
médico. Menos mal que Cortés es de confianza.
—Naturalmente,
no ha podido conseguir nada.
—Naturalmente.
Esa vía de exploración demostró estar muerta hace siglos. Pero el tonto de
Alexis no lo sabía.
—Y
eso te preocupa.
—Eso
me preocupa, en efecto. Sabes que durante un tiempo hemos calculado quién
podría ser mi sucesor al mando de todas las Casas. Alexis era quien tenía más
posibilidades de serlo. Dmitri nunca destacó por su inteligencia, como quedó
tristemente demostrado. Jason se nos escapó de las manos en más de un sentido.
Tu hija es demasiado joven todavía. Y Fenric Wayne, Pietro y Hans... son
demasiado indolentes, demasiado dedicados a lo suyo. No tienen en las venas la
sangre necesaria para conducir el destino de los dioses.
—¿Qué
nos deja eso ahora?
—No
nos deja nada. De ahí mi tristeza, viejo amigo. Alexis tuvo un arrebato de
independencia y en vez de consultar conmigo quiso jugar a saltarse las leyes
que rigen nuestra naturaleza. Es eso lo que me preocupa. Un líder debe tener
templanza. No puede actuar a tontas y a locas. Hay que esperar, medir,
reflexionar antes de actuar, cotejar todas las salidas antes de decidirse a
descargar un golpe.
—Alexis,
entonces, no nos sirve.
—¿Cómo
puede hacerlo? En su mente sólo hay sitio para dos cosas, quizá tres: Encontrar
a Jason y hacerlo pedazos. Resucitar a su hermano. Y localizar a una derivante
a quien desea convertir en madre a la fuerza del clon que quiere conseguir de
Dmitri. Ha perdido el norte, Luther. Ya no tiene capacidad de reflexión. Alexis
se ha vuelto loco y con su locura perdemos al único heredero que podía
ofrecernos una mínima capacidad de liderazgo.
—Comprendo
entonces que te encuentres en ese estado. ¿No ves ninguna alternativa?
—Sólo
veo una, Luther. Tenemos que encontrar a tu hija y convencerla de que el futuro
de nuestra especie se apoya en ella, y no sólo como madre de tus nietos, sino
como gobernadora de los siglos que la esperan.
Hastiado
de esa vida, pero no de la vida misma, desengañado del cariz que tomaban los
acontecimientos en la tierra y en el cielo, comprendiendo que entre la sangre
nueva de los jóvenes dioses no era más que una reliquia, un mal recuerdo,
Javier Kurtzberg abandonó el anillo edén y se perdió en el mundo de los
hombres.
No
tenía pensado regresar. Nada lo identificaba ya con todo aquello que dejaba
atrás.
Siglos
más tarde, comprendió que cualquier esperanza de futuro pasaba por volver a la
mansión en las alturas. Sólo con esa acción podría enderezar la flecha torcida
de un destino que se revelaba equivocado.
Recuperar
el control de la consciencia fue como volver a la vida poco a poco. En cuanto
tuvo la mano libre, Davinia Cross abrió el ciberyelmo y aspiró profundamente el
aire húmedo del interior del refugio. Se volvió a izquierda y a derecha. La
sonda alimenticia se retiraba de su brazo, igual que los catéteres que habían
drenado sus excreciones. La cabeza le zumbaba todavía, asaetada aún por las
imágenes, los sonidos, los olores y los recuerdos implantados en ella por la
máquina virreal. Costaba trabajo regresar a la normalidad. Con dedos
temblorosos, se llevó la mano a la nuca y desprendió el chip-lapa que la había
encadenado (¿durante cuánto tiempo?) a un aluvión de datos sentidos que se
habían marcado a fuego en su inteligencia.
Había
encontrado las respuestas que durante toda su vida habían guiado su destino, y
ahora que parecía conocer todos los datos se sentía agotada, agobiada, anulada,
abrumada por un indefinible regusto de vacío.
Andrea
Vanderbilt se quitó el casco y se rebulló en el asiento. De inmediato, igual
que había hecho su compañera, se quitó el implante que la había uncido al
tropel de sensaciones que habían dominado su vida durante un lapso que no era
capaz de calcular. Como un sueño fragmentado y diluido tras el despertar, la
losa del paso del tiempo atisbada en la simulación virreal se fue agrietando,
hasta quedar sustituida por el vago recuerdo de la magnitud de los siglos que
había abarcado mientras estuvo conectada a la máquina.
Miró
hacia su derecha, donde Jason Prince también se despojaba del ciberyelmo. El
tejido cristalino que antes había cubierto la mitad de su rostro había
desaparecido, indicando que la recuperación del superhombre era ya completa.
Pero, contrariamente a las dos mujeres, que se habían apresurado a librarse del
chip-lapa adherido a sus nucas, el semidiós conservó el diminuto implante.
Andrea
esperó un par de segundos antes de decidirse a levantarse, un gesto debido más
a la cautela que a la cortesía. Javier Kurtzberg se había incorporado, y la
derivante se dio cuenta de que la afabilidad que había parecido caracterizarle
al comienzo de su relación se veía teñida ahora de un velo oscuro. Comprendió
que no debía ser muy amable recordar de nuevo, viviendo de forma subrogada,
todos los pasos que le habían conducido a este lugar, los errores y las
maquinaciones, los momentos de gloria y los pecados confesos, las sensaciones
de triunfo y las de derrota.
Se
puso en pie. El contacto con el suelo metálico, la relación directa con la masa
de la tierra, le advirtó de manera fría y dura que, pese a todo lo que había
visto y sentido, aunque hubieran encontrado respuestas a muchas de las
incógnitas planteadas por la existencia de los dioses sobre el planeta, la vida
que le pertenecía y de la que era responsable no había variado gran cosa.
No
había rastro de sangre en las palmas. El estigma había fallado a su cita. Por
primera vez en mucho tiempo, Jason Prince había experimentado el regusto de
otras vidas sin dejarse dominar por el torbellino de sensaciones que confundían
su cerebro. Había visto escenas extrañas, saboreado miedos ajenos, sin ahogarse
en el lodazal de la angustia que acudía a devorar su mente con los recuerdos
que atribuía a un pasado que no podía conocer.
Tal
vez el dios errante estaba en lo cierto y el malestar de su cerebro tenía
remedio.
Rozó
la yema de un dedo por el chip-la-pa que, como una piedra angular minúscula,
sujetaba todo el armazón de su inteligencia dentro del dique de contención de
la integridad que creía haber perdido.
—Todo
lo que nos has contado... —Jason giró la cabeza y vio que la mujer más pequeña,
la humana, avanzaba un paso hacia Javier Kurtzberg. De las dos, parecía siempre
dispuesta a tomar la iniciativa, quizá como forma inconsciente de contrarrestar
su inferioridad física con respecto a la otra mujer que la acompañaba, la
derivante—. ¿Es la verdad?
—Tal
como yo la recuerdo —contestó Kurtzberg. La luz volvía a inundar la sala
subterránea, y la máquina virreal y los aparatos de estimulación muscular
desaparecían en sus ranuras de paredes y suelos.
—Pero
hay muchas cosas todavía por explicar —repuso la periodista—. ¿Te cansaste sin
más de vivir en el anillo edén y regresaste a la Tierra? ¿Así de fácil?
—Es
una decisión que medité mucho. Pero no fui el único en adoptarla. Jason también
hizo lo mismo, aunque quizá por causas diferentes.
La
mujer se volvió hacia el sacerdote falso.
—¿Has
vivido en el anillo edén? —preguntó, con cierta sorpresa.
Incómodo,
Jason asintió.
—Si
a eso puede llamársele vida... Sí, he vivido allá arriba. Toda mi infancia y
adolescencia. Hasta que tuve que buscarme otros aires más saludables.
—¿Un
derivante criado en el mismo cielo? —Fue la ex Centinela quien entornó ahora
los ojos, recelosa.
—Oh,
Jason no es un simple derivante, amiga mía —explicó Javier Kurtzberg—. Como yo,
es único.
—Ya.
También tiene mil años.
—No
—rió el dios—. Apenas treinta.
—Treinta
y cinco —corrigió Jason.
—Treinta
y cinco. Pero hay un par de detalles en él que lo convierten en especial.
Verás, su madre es una de las diosas.
La
periodista miró al sacerdote supuesto con algo diferente a la simple atracción
física.
—¿Un
derivante hijo de diosa? ¿No era imposible?
—Improbable
nada más. Esa cualidad se revela importantísima. Le ha salvado la vida en más
de una ocasión, ¿no es cierto?
Jason
hizo un gesto de indefensión, de indiferencia.
—¿Cómo
puedo saberlo? Mi cabeza ha sido siempre un lío. No encontraba asueto en el
anillo edén. Para los dioses, era un apestado, un leproso. Y en la Tierra... un
simple vagabundo acomplejado de culpas y pecados ajenos.
Dave
Cross observó con atención los rasgos ya curados del rostro del superhombre.
—Esas
heridas que tenías cuando llegamos...
—Han
desaparecido. Factor regenerativo. —Jason se dirigió a Andrea—. ¿Tú no lo
tienes?
—Lo
tengo. Pero no creo que pudiera haber sobrevivido a heridas tan grandes.
—Ésa
es una de las diferencias de Jason —intervino Javier Kurztberg—. Puede soportar
un castigo mayor que la mayoría de los derivantes. Y también causarlo.
—El
derivante que mató a ese dios en Vegas... —concluyó Dave Cross—. Fuiste tú.
—Fui
yo. —Jason contestó sin alegría, como si el recuerdo de la batalla y el
asesinato posterior de Dmitri Maximoff fuera tan falso como la carga de
culpabilidad y deseo que había atribuido al fantasma de su padre.
Dave
silbó sin sonido.
—Entonces
todo esto es mucho más serio de lo que me imaginaba. —Se volvió hacia Javier
Kurztberg—. Creía que bromeabas cuando dijiste que estábamos en Kansas y
querías enfrentarte a los otros dioses.
—Las
bromas hace siglos que dejaron de tener gracia para mí.
—¿Es
cierto, entonces? ¿Pretendes enfrentarte al poder de las Casas?
Jason
hizo la pregunta con sobriedad, como si constatara un hecho que en el fondo
hubiera estado esperando.
—No
puedo hacer otra cosa. Es necesario regresar al equilibrio. Si tengo los medios
a mi alcance, si puedo enderezar el rumbo torcido que todos hemos tomado, ¿cómo
me voy a negar a hacerlo? Tus problemas tienen fácil solución, Jason, ya te lo
había dicho. Un sencillo chip-lapa capaz de reconducir tu personalidad. No
duele. No sangra. No precisa operaciones. Un diminuto implante neuronal y se
acabaron las tragedias. Vuelves a controlar tus pensamientos. Con respecto a
los dioses, es igual. Son una enfermedad. Somos una enfermedad, más bien. No
puedo dejar de incluirme. Un quiste maléfico. Un hueso mal soldado. Un cáncer
que corrompe. Creo tener en mi mano la posibilidad de sanar ese mal. Sólo me
hacía falta esperar a que el tiempo se pusiera de mi parte.
—Ellos
son mi pequeño ejército en la sombra, mi factor equis. —Javier Kurztberg señaló
al grupo de derivantes que se ejercitaban en un gimnasio, al otro lado de un
cristal a prueba de láser—. Nadie contaba con su existencia. Excepto yo.
Dave
Cross los observó con atención. Eran casi una docena, aunque comprendió que en
algún lugar del complejo subterráneo debía de haber alguno más. Reconoció a los
tres seres que la habían encontrado en el hotel de Vegas y la habían traído
hasta aquí, ahogada en la inconsciencia.
—Rex
—indicó Javier, señalando al muchachito delgado que parecía ser el líder, y
Dave volvió a tener la sensación de que el dios exiliado podía leerle los
pensamientos—. La pelirroja es Avalon. Y aquél es Mustang.
—Es...
casi azul —comentó Andrea Vanderbilt. El derivante en cuestión, que se
ejercitaba haciendo extraños equilibrios sobre una pelota rodante de materia
metálica parecida al mercurio, carecía de las cualidades físicas de sus
compañeros. Rex, Avalon, los otros superhombres y supermujeres que saltaban y
cabriolaban con la gracia de deportistas o danzarines eran claramente humanos.
Mustang, por el contrario, tenía una estructura ósea levemente encorvada, los
brazos muy largos y cubiertos de un vello azulino que lo hacían parecer una
criatura de fábula.
—Mustang
es una especie de... vuelta atrás genética. Casi una involución. Supongo que
las cualidades monstruosas que los medios de comunicación y los Centinelas
atribuyen a los derivantes tienen alguna base de verdad. En el caso de Mustang,
casi se ajusta a los temores de la población. No es guapo, y bien que lo
siente. Pero es inteligente, más que la mayoría. Aunque lo parezca, no es
ninguna bestia.
—Ese
símbolo del pez que os identifica... dijiste que se trataba de un chiste
privado.
—Un
recordatorio.
—¿Una
alusión a los primeros cristianos?
Los
ojos de Javier Kurztberg se ensombrecieron.
—Un
testimonio al último de ellos.
—Supongo
que ninguno da positivo en los sensores —comentó Andrea Vanderbilt,
inconsciente del retortijón de culpa que acababa de taladrar la mirada del
dios—. Igual que yo. Igual que Jason. Pero ¿por qué?
Javier
Kurztberg suspiró.
—Pura
genética, eso es todo. No hay grandes misterios en ello. Jason es único, ya
sabéis por qué. Una madre diosa tiene alguna que otra ventaja. En cuanto a los
demás, mi patrulla del pez... también tienen algo en común.
—¿Son
también hijos de diosas?
—No
exactamente. Son nietos de mujeres derivantes.
—No
comprendo.
—Tampoco
hay gran cosa que comprender, Virgen María —intervino Dave Cross, desviando la
atención de la sala de entrenamiento de los superhombres—. Lo que Javier está
tratando de explicar es que las cualidades que hacen distintos a los dioses,
esos poderes que heredan los derivantes, se transmiten por línea materna.
—Eso
es. Avalon, Mustang, Bronco, Rex... descienden de mujeres derivantes que no
fueron eliminadas en su momento y consiguieron pasar desapercibidas a las
patrullas de Centinelas y dioses. Con un poco de ayuda por mi parte, todo hay
que decirlo. Sus madres fueron seres humanos normales. Sus padres,
naturalmente, fueron dioses. Y ellos han heredado casi todas las cualidades de
sus bisabuelos.
—¿No
habíamos quedado en que los dones se transmiten por línea femenina?
—Es
lo que te estoy explicando, querida Andrea. Mis muchachos no dan positivo en
los sensores porque, en más de un sentido, son genéticamente iguales que los
dioses.
Alexis
Maximoff contempló el laboratorio destrozado, los ordenadores hechos añicos, el
material genético disperso por los cuatro rincones de la sala. Saberse el
causante de toda aquella destrucción sólo le hacía sentirse ligeramente
aliviado. Pero estaba en su naturaleza. No podía hacer otra cosa. El doctor
humano había desaparecido, protegido si duda por el largo brazo de Jonathan
Bunyan y su cohorte de perros falderos. La mujer que pretendía como madre de su
hermano resucitado, si hubiera podido hacerlo, se había convertido también en
una sombra ilocalizable. Y el jefe de todos los dioses había sido du-ro en su
reprimenda, como un maestro que atormenta sólo con la fuerza de su mirada al
más díscolo de sus alumnos.
Sin
saber muy bien por qué, comprendiendo de todas formas que el médico (¿cómo se
llamaba?) había intentado cumplir sus deseos y se había visto detenido por un
muro infranqueable que remitía a un tiempo remoto y perdido donde la ingeniería
genética era sencilla, como reproducir uno de aquellos discos de música que
ahora no eran más que cachivaches mudos a los que resultaba imposible arrancar
un solo acorde, Alexis Maxi-moff había regresado a Brasilia Nova, al
laboratorio donde un día esperaba recoger al doble clónico de su hermano
asesinado, y una vez allí se sintió incapaz de contener su frustración.
No
era locura lo que le guiaba. Esa solución habría sido demasiado fácil. Alexis
Maximoff, simplemente, después de toda una vida de tenerlo todo a sus pies, no
era capaz de admitir que incluso los dioses sufren limitaciones.
—Descubrí
que esos genes recesivos, transmitidos por línea femenina, tendrían que salir a
flote con el paso del tiempo. Sólo hacía falta paciencia, y tiempo es
precisamente lo único que no me falta. He ido localizando a estos nuevos
semidioses a lo largo del mundo, y los he traído aquí, uno por uno, como quise
hacer contigo, Jason, cuando me enteré de tu existencia y de tu huida. Por eso
envié a Phoebe y Deimos a buscarte, aunque la patrulla de Centinelas te
descubrió, y a ellas contigo, mientras celebrabas esa misa en el poblado
desierto y dejabas, por un momento, que tu personalidad se sumergiera
brevemente en otra vida que crees cercana.
Dave
Cross enarcó una ceja.
—¿Tiene
un desorden de personalidad múltiple?
—Es
difícil precisarlo. Los derivantes «normales» son inestables psíquicamente,
como sin duda sabes. Demasiadas presiones. El caso de Jason es algo especial.
Parece haber adquirido algo similar a la memoria de especie.
—Eso
es imposible.
—Tal
vez. Los genes en conflicto de Jason le hacen sufrir alucinaciones.
—No
lo parecen. Son reales como tú o como yo —intervino, cohibido, el hijo de
Bianca Prince.
—Puede
que se deba a un rechazo inconsciente a sus cualidades de semidiós. A lo largo
de los años ha ido creando, de acá y de allá, matices de personalidades
contrapuestas, siempre anulando lo que es, lo que no ha querido ser. Y cuando
eso sucede, los escudos mentales de su personalidad «real» caen.
—Entonces
es cuando los sensores de los Centinelas dan con él.
—Eso
parece que sucedió en Nuevo México. La misión de Phoebe y Deimos pasó a segundo
plano.
—Murieron
por mi culpa —murmuró Jason, recordando el brillo del pez de plata sobre los
pechos oscuros de la monja abatida.
—No.
Murieron por culpa de un mundo injusto. Eso es todo. Sabían combatir. Estaban
preparadas para enfrentarse a cualquier contingencia. Tuvieron mala suerte.
Igual que Bayou en Vegas. Fue una lástima que lo localizaran y lo eliminaran
antes de que diera contigo.
—No
comprendo. ¿No tienes ya derivantes suficientes? ¿Por qué buscarme a mí? No soy
tan importante.
—Sí
que lo eres, Jason. Claro que eres importante. Y no, no tengo derivantes
suficientes. Cuantos más seamos, mejor. Ya es hora de reparar una situación de
injusticia. Incluso Andrea Vanderbilt, que no puede equipararse a los demás
miembros de mi pequeño ejército, sería bienvenida en nuestras filas, si
quisiera. Tienes una de las llaves del cielo, Jason. Por eso eres necesario.
—¿Las
llaves del cielo?
—El
anillo edén —concluyó Dave Cross, mirando involuntariamente hacia las alturas,
para encontrar tan sólo el techo metálico—. Eso es lo que pretendes.
—El
anillo edén —repitió Javier Kurtzberg—. Ése es nuestro objetivo. No puede
hacerse de otra forma. Toda revolución requiere una Bastilla que tomar, un
Palacio de Invierno que entregar a las llamas. Llevo siglos esperando la
oportunidad. Y contigo, Jason, ya la tengo. Lo que planeamos hacer es muy
sencillo. Muy suicida también. Quiero asaltar el anillo edén y desde allí
derrocar a los dioses.
Iba
a comunicarle la noticia y lo encontró sentado ante las nueve hileras de
pantallas, con la estatuilla de un gato egipcio en el regazo y la cabeza gacha.
Galenne Munroe se acercó de puntillas, pero aún no había recorrido la mitad de
la distancia cuando supo que no debería ya temer por despertarlo. La vida de
Richard Kent se había apagado como un fósforo, se había hendido como un árbol
que sucumbe ante un rayo que no existía un momento antes, desaparecida como el
puño cuando la mano está abierta. Miraba sin ver la Tierra desplegada bajo los
radios del anillo edén, como había hecho siempre, un tesoro fuera de su
alcance, incomprensible, ajeno a su perdida cualidad de dios perenne.
GÉNESIS
La
muchacha no hablaba la interlingua, sino una variante arcaica del hindi, según
pudo descifrar con la ayuda del ordenador central de la casa. De todas formas,
antes de llegar a esa certificación, Tatsuo Takahashi y Shai'r habían
establecido una especie de código común por el que podían compartir la comida,
las necesidades de la niña y también alguna que otra sonrisa.
La
pequeña seguía sin tener nombre. Shai'r no había pensado en ninguno, pues en el
fondo seguía considerando que la criatura no le pertenecía, y que su padre en
el cielo tendría que ser el encargado de bautizarla. Gracias a la muchacha, el
samurai sin amo pudo atar el cabo que se escapa a la gran mayoría de la
humanidad, y comprendió que en efecto los derivantes, a quienes había
perseguido con saña durante más tiempo del que se atrevía a contar siquiera, no
eran más que los productos de desecho del orgullo desmedido de los dioses. Como
ya le habían venido advirtiendo sus instintos de guerrero desde hacía varios
meses, su sentido de la justicia y la venganza no se habían saciado jamás ante
la caza implacable a la que sometía a aquellos pobres proscritos por el simple
motivo de que había marrado el rumbo. El código del neoshinto lo dejaba muy
claro, y él no había podido o no había sabido desentrañar para su propia
utilidad aquel válido significado. Mejor que matar a un soldado, aniquilar a su
señor. Antes de decapitar a un general, destruir al rey. Mejor la oscuridad de
la falta de sol que la ausencia de luna.
Con
amargura, con un claro regusto de fracaso, o tal vez como mera justificación al
acto suicida de su enfrentamiento a los Centinelas en el asalto al tren, Tatsuo
Takahashi se daba cuenta de que el objetivo central de su existencia, el
desquite por la pérdida de Yokize y Amaterasu, se habría visto satisfecho con
mayor prontitud si, en vez de convertirse en la némesis de los derivantes
fugitivos, hubiera atacado a algún miembro descarriado de los dioses.
No
era imposible. Los rumores de la red pirata, aquella que surgía de las entrañas
de la Tierra y escapaba a la férrea censura de los medios, comunicaban con todo
lujo de datos que uno de los metahumanos había mordido el polvo en los niveles
de Vegas, asesinado por la furia desatada de algún otro individuo, dios, humano
o derivante. Toda una revolución en la forma de concebir el mundo se había
puesto en marcha. Los dioses no eran inmortales. Liberar a la humanidad de su
yugo parecía al alcance de quienes quisieran arriesgarse.
Takahashi
sintió cierta satisfacción orgullosa cuando descubrió que el dios asesinado era
uno de aquellos que, con un simple gesto de desprecio, se lo habían quitado de
encima como si fuera una pulga durante la persecución que habían realizado en
la misma arcología donde días después había encontrado la muerte. La justicia
funcionaba, de un modo retorcido que no seguía ninguna lógica.
El
camino que tendría que emprender estaba claro. El encuentro con Shai'r y la
pequeña no había sido una casualidad, sino un acontecimiento planificado por
alguna entidad inescrutable. Estaba en su destino, como las líneas en la palma
de su mano, como los posos en el té, como la canción de futuro que todavía
entonaban las estrellas. Cuando no apretó el gatillo ni borró de una ráfaga la
cabeza de la joven madre, cuando se rebeló contra un sistema policial que ni
siquiera había venido a pedirle cuentas, pues lo ignoraba, Tatsuo Takahashi
había dado un nuevo sesgo a la misión que embebía su alma.
Sin
embargo, esa misión se hacía difícil de desentrañar. Su ansia guerrera parecía
haber remitido en las últimas semanas, como si la presencia de Shai'r y de su
hija hubieran significado para él una vuelta atrás en el tiempo, un regreso a
la época feliz y ya casi olvidada en que Yokize y Amaterasu colmaban su vida,
cuando era un médico de fama y no un ronin cuya única vocación era la venganza.
Quizá los dioses, los dioses de verdad, no aquellas réplicas falsas que moraban
el anillo edén y corrían como posesos por las avenidas de la Tierra, le estaban
dando una segunda oportunidad. Quizá ya había expiado todo aquello que les
había estado pagando desde el primer revés sufrido.
En
la calidez de la casa, contemplando a la pequeña sin nombre balbucir palabras
todavía ausentes de sentido, frente a los ojos asombrados de la joven
semisalvaje, Takahashi descubrió que cada vez le costaba más esfuerzo ponerse
la armadura de combate y continuar escrutando las arcologías desde el cielo. La
caza de derivantes había perdido su motivación, su lógica, su impulso. Sólo
podía ya ver el mundo desde arriba, perdido a lo lejos, iluminado por neones
que le prestaban el tinte artificial de un drama en tresdé que carece de
interés incluso para quienes lo interpretan.
El
samurai tendría que colgar la espada, o emplearla en otra empresa. Tenía que
encontrar un camino de salida a su calvario, tomar una decisión que equilibrara
la paz que había creído hallar por encima de la ordalía que se había impuesto,
y pronto.
Los
tallos de trigo bailaban muy despacio, al ritmo del viento que los empujaba de
izquierda a derecha y los obligaba a una danza hawaiana que no terminaba nunca,
pues comenzaba siempre. Sentada sobre una roca lisa, junto a la entrada al
subterráneo donde el sentido de su vida parecía haberse visto satisfecho y al
mismo tiempo consumado, Davinia Cross contemplaba absorta el oleaje amarillo
del mar de grano, perdida en el suave roce de las briznas y las hojas. El dios
errante no había mentido, al menos respecto al lugar donde se encontraban. Ante
aquel espectáculo, era imposible no reconocer que estaban en Kansas.
Todo
aquello a lo que había renunciado al embarcarse en esta loca empresa parecía
recuperar ahora su valor, como el placer que canturrearan los labios de una
sirena. Conocía la historia, el origen de los dioses, sus defectos incluso, la
revolución absurda que un metahumano renegado pretendía poner en marcha, pero
nada de eso le haría recobrar la vida renunciada, los amigos dejados atrás, el
trabajo al que se había aferrado como una náufraga sin otra tabla, la hija a
quien jamás volvería a ver mientras vivieran su padre y su familia. Había
recorrido el desierto en busca de agua, y ahora que se la había llevado a los
labios había descubierto que era amarga y no saciaba. Poseer la llave de
algunos secretos no la hacía más feliz, ni más completa, ni más única. Sólo se
sentía vacía, sin esperanzas, como el atleta que bate su marca y sabe que jamás
podrá superar ese minúsculo momento de gloria, como el pintor que sabe que
después de su obra maestra sólo le espera ya la cuesta abajo de la decadencia.
Oyó
un roce a su izquierda. Volvió la cabeza, alarmada. Un grillo, presuroso y
maniático, saltaba de tallo en tallo como si también él tardara en regresar a
casa. Lo contempló durante un segundo, hasta que se perdió entre la alfombra
dorada. Al girar la cabeza de nuevo, se sobresaltó al encontrar a su derecha
una sombra que antes no estaba presente.
—¿Te
he asustado? Lo siento, no era mi intención.
Dave
Cross se encogió de hombros. Javier Kurtzberg se sentó a su lado, sobre la
piedra calentada por el sol. Estaban los dos solos, y por un momento la mujer
sintió que había algo indefinible que la ataba a este lugar, a ese instante en
el tiempo, a aquel hombre con quien tan pocas cosas tenía en común. Supo que,
en cierto modo, Javier Kurtzberg se sentía tan perdido como ella misma. La
misión de su vida estaba a punto de cumplirse, y cuando lo hiciera, ganase o
perdiese en su contienda privada con los otros dioses, todo habría dejado de
tener sentido para él. La espera de mil años se habría consumado, como la suya
propia, y tampoco él sería capaz de decidir si había valido la pena.
—Jason,
tu amiga Andrea y mis muchachos están tratando de intimar. ¿No te unes a ellos?
Dave
negó con la cabeza. Se encogió de hombros.
—Me
apetecía más respirar un poco de aire fresco. Nunca había visto un campo de
trigo en directo.
Javier
asintió. Comprendía que Dave Cross se considerara una convidada de piedra.
Jason Prince y Andrea Vanderbilt podrían codearse sin problemas con los otros
metahumanos, pero la periodista no sería más que una humana frágil y despistada
entre todos aquellos titanes. Consciente de su soledad, había subido a
buscarla.
—Hubo
un tiempo —dijo, señalando la playa dorada— en que estos campos alimentaban a
medio planeta. La plaga desatada con nuestra existencia los secó.
—Parece
que han renacido.
—Los
hombres creen que ya no les hacen falta, pero siguen aquí. Ahora todos los
cultivos se realizan dentro de las arcologías, o en el continente artificial
del sur. El grano ya no es venenoso, pero nadie viene a cultivarlo. La
humanidad se ha vuelto cómoda.
—La
humanidad está dolida. Confusa. —Dave arrancó una brizna de trigo y, como en
desafío, se la metió en la boca. El fino hilo amarillo crujió entre sus
dientes—. Nos habéis robado nuestro lugar en el planeta.
—Es
posible. Pero no pedimos nacer nosotros tampoco. Fuimos fruto de un sueño
imposible.
—Más
bien de una pesadilla.
—¿Sabes
dónde estamos?
—Dijiste
que en Kansas.
—Me
refiero al lugar de donde hemos salido. Mi... base secreta.
Dave
miró hacia atrás. Hizo un gesto de indiferencia.
—Esas
instalaciones subterráneas son lo que queda de Smallville —explicó Javier
Kurtzberg—. Todo empezó ahí abajo. Es justo que termine desde aquí.
—¿Los
otros dioses no conocen su existencia?
—Parece
que no. Cuando se produjo el... Apagón, se perdieron muchos datos. Sucedieron
muchas cosas, todas desagradables. Hay quien considera que los científicos de
Smallville envenenaron el aire, sacrificando a propósito las cosechas de trigo,
y que eso fue el origen de la plaga que diezmó a la raza humana.
—¿Lo
crees tú?
—No
me parece que tenga ya demasiada importancia. Los accesos a multitud de bases e
instalaciones militares se perdieron, celosamente ocultos entre campos de yuca
o formaciones rocosas. Cuando abandoné el anillo edén, hace tanto tiempo, me
dispuse a encontrar Smallville.
—Y
la encontraste.
—Tuve
tiempo de sobra para buscar.
Guardaron
silencio. El grillo volvió a asomar entre los tallos, observó a la pareja y
desapareció otra vez.
—¿Cómo
es ser inmortal? —Dave Cross formuló la pregunta sin mirar al superhombre, con
sólo la curiosidad mínima, como quien pregunta una confidencia que no espera
respuesta.
—No
sabría decirte. Por muchos años que pasen, uno no olvida la certeza de que, en
el fondo, se trata tan sólo del lapso de una vida. El concepto del tiempo se...
dilata. Se confunde. Es como cuando eres niño. Los días dan mucho de sí,
suceden muchas cosas.
—Ya.
Alguien me dijo una vez que envejecer es ver cómo el tiempo pasa más deprisa y
tú reaccionas más despacio.
—Más
o menos. A veces tengo la sensación de que todo sucede muy rápido, y otras que
se desarrolla a cámara lenta. Uno aprende a tomar las cosas como vienen.
Depende de cómo lo tengas organizado.
—Yo
me aburriría si viviera tanto.
—Es
lo que le pasa a muchos dioses. Cuando se mueren, debe de ser por la falta de
ideales.
—Y
tú los tienes, todavía.
—Yo
los tengo, sí. Aún existe algo que da motor a mi vida. Quizá vivo tanto por
eso.
—Dime
una cosa... ¿puedes leer la mente? ¿Eres telépata?
Javier
Kurtzberg se echó a reír. La carcajada fue tan espontánea que Dave supo que,
aunque lo hubiera hecho antes, esta vez no iba a mentirle.
—¡No!
¿Cómo se te ha ocurrido una cosa así?
—Durante
nuestra exposición a la máquina virreal, durante nuestra conversación en el
interior de Smallville... contestabas a mis preguntas antes de que te las
planteara. Como si pudieras leer mis pensamientos.
—Eso
tiene una explicación muy sencilla. Soy muy inteligente. —Javier la miró con
una mueca burlona—. No, en serio. Ya has visto el chip-lapa que le di a Jason.
—¿Un
chip de personalidad? ¿Qué tiene eso que ver?
—Es
muy simple, Dave. Nunca pierdas de vista la edad que tengo, el mundo absurdo y
solitario que me ha tocado vivir. Cuando abandoné el anillo por propia voluntad
y me mezclé con los humanos normales, supe que mis experiencias tendrían un
límite algún día. Mi capacidad de asombro, de comprensión, de piedad o de odio
incluso, se consumirían tarde o temprano. Entonces, como mis compañeros de
Smallville o de Dazbag, me aburriría, y me entregaría a la muerte.
—No
me parece que estés contestando a mi pregunta.
—El
chip de personalidad me ayudó en ese trance. Muchos chips, en realidad. La
única forma de experimentar múltiples vidas, de comprender, de asimilar, de ver
el mundo con nuevos ojos cada día. Y de eludir el posible acoso de los hijos de
mis compañeros. En cierto modo, soy como Jason. Él huye de su personalidad
fragmentada, de las vidas ficticias que ha ido labrando para poder enfrentarse
al hecho de ser único. Yo saboreo de continuo la vida a través de otros ojos,
de otras pautas mentales, de otros estímulos. En el meollo de todo, sigue
existiendo el mismo Javier Kurtzberg que un día entró en un tanque de
estimulación genética y salió convertido en superhombre, pero los matices, los
sabores, la imperceptibilidad de las texturas...
—Sabías
lo que iba a preguntarte porque ya has experimentado cómo es ser lo que soy yo
—concluyó Dave.
—Más
o menos. Toda vida es irrepetible, Davinia. No dejes nunca de tener eso en
cuenta. Pero comprender cómo son los otros, como piensan y actúan... eso te
brinda una perspectiva única. Sé cómo son tus pautas de pensamiento, incluso
tus pautas de conducta. No te ofendas si alguna vez me adelanto a tus dudas y
las contesto antes de tiempo.
—Lo
que me faltaba por oír. —Dave Cross hizo una mueca—. Ahora resulta que no sólo
soy una insignificante mosca en un mundo de superhombres araña, sino que además
vivo de primera mano una vida que tú ya has saboreado como ficticia.
—Yo
no he dicho eso. Considera que soy un maestro que repite una y mil veces la
lección, siempre la misma, a cada curso. La experiencia me enseña a valorar a
cada alumno, a modificar mi mensaje poco a poco, para que cuadre con la
evolución que, sin duda, cada generación va presentando. Eso no quita para que
yo sepa cuáles son las dudas que me van a plantear cuando me toque explicar tal
o cual tema, y que las resuelva de antemano.
—Pero
siempre podrán plantearse nuevas dudas.
—Eso
es, querida Dave. No he vivido tu vida. Eso sería imposible. Sólo he compartido
algunos de los procesos electroquímicos que actúan de forma parecida a los de
tu cerebro. No soy telépata. Ni un usurpador de vidas.
—Pero
mi mente es un libro abierto.
—Tu
mente, como todas las mentes, es un libro precioso. He hojeado un poco en su
interior, pero sólo he captado palabras dispersas. No me juzgues tan a la
tremenda, Dave. No soy un ladrón de almas.
—¿Y
qué tal resultas como estratega? —El cambio de tema fue tan brusco que Dave
Cross vio claramente que el dios se quedaba de una pieza.
—Ahora
soy yo quien no te entiende.
—Vengo
de un mundo, de una familia, donde la guerra se libra por medio de terceros,
con subterfugios, mediante largas esperas y procesos dilatados. Ya sabes. El
Apagón acabó con gobiernos y credos, pero la mafia salió a flote como si tan
sólo les hubiera caído un poco de mostaza en la chaqueta.
—¿Consideras
que mi espera no ha sido lo suficientemente larga? —Había un tonillo de burla
en el dios renegado que Dave Cross no supo interpretar.
—La
guerra es un juego de estrategia, Javier. Lo que tú pretendes es descargar un
solo golpe. Jaque al rey en dos jugadas.
—¿Tienes
alguna idea mejor?
—Sabes
que no. ¿Pero cómo vas a lanzarte de cabeza al cielo con dos docenas de
derivantes, por más que sean genéticamente iguales a los dioses?
—Son
mucho más que dos docenas.
—Me
da igual. No me cuadran las cuentas, lo siento. Subís allí arriba, os dais de
golpes con los habitantes del anillo edén. ¿Así de fácil lo ves todo?
—Subir
al anillo no lo es. Llevo siglos esperando una oportunidad. Sólo ahora la
tengo.
—¿Por
Jason?
—Por
Jason, sí.
—Te
creía más sabio. Has vivido otras vidas gracias a tus personalidades
suplantadas, pero no has aprendido más que cualquiera de tus orgullosos
descendientes del cielo.
—Mis
descendientes no están en el cielo, Dave. Están aquí. Yo mismo soy el
antepasado de muchos de mis muchachos.
—Has
jugado a ser paciente agricultor de cualidades potenciadas, bravo. Tu espera,
por fin, ha dado fruto. Y no se te ocurre otra cosa mejor que desembarcar allá
arriba y destrozarlo todo.
—Lo
dices como si fuera una locura.
—Es
una locura, amigo mío. ¿Cómo vas a enfrentarte con un puñado de tipos que se
regeneran al menor rasguño? Aunque tus nietos o bisnietos o lo que sean tengan
la misma cualidad, ¿adonde os lleva eso? Podréis estar dándoos mamporros hasta
que el sol se enfríe.
Javier
Kurtzberg sonrió. Había algo enigmático en su mirada de humo que hizo que Dave
Cross se sintiera aún más molesta con el mentor de los metahumanos.
—¿Hasta
dónde llega esa capacidad regenerativa que os vuelve a todos monstruos de
pieles tersas? ¿Podréis recuperar un brazo cercenado, una pierna, una cabeza?
—No
creo que la cosa se estire tanto. Jason pudo matar a su agresor por una argucia
lógica. Utilizando en su contra las propias cualidades regenerativas de Dmitri
Maximoff.
—¿Eso
mismo es lo que vais a hacer, esperar un golpe de suerte? Los otros dioses no
se estarán quietos, te lo advierto.
—La
regeneración es una bendición y al mismo tiempo una desventaja. No augura la
inmortalidad, aunque yo parezca una prueba ambulante de lo contrario. Un órgano
dañado sana. Un órgano perdido se queda perdido para siempre. Si es vital,
arrastra la vida de su propietario.
—Sabes
mucho de la muerte de los dioses.
—No
tanto como me gustaría. Pero tampoco hay grandes misterios en lo que sé. Lo he
visto con mis propios ojos. Es algo que entra dentro de mi propia experiencia.
—¿Por
los compañeros que viste morir en el anillo?
—Por
los camaradas que vi morir en batalla.
—¿Hubo
batallas entre los dioses? —Dave alzó una ceja.
—Meras
discusiones, simples escaramuzas sin importancia.
Pero
cuando decidimos tomar... las riendas del planeta, los humanos nos hicieron
frente.
—Ya
lo he visto en virrealidad.
—Lo
que la máquina no muestra es que algunos de nosotros no escaparon con vida a la
revuelta. Fueron varias docenas de dioses los que pagaron con creces su osadía.
—¿Los
humanos consiguieron deteneros?
—En
conjunto, no. Pero más de uno de nosotros no llegó a ver el amanecer de un
nuevo día. Verás, Dave, todo este embrollo parte de un concepto equivocado,
ilusorio cuanto menos. Richard MacNamara-Lawford quiso convertirnos en humanos
más fuertes que las armas, el salto evolutivo definitivo. Pero la evolución no
tiene fin. Ni la de los hombres ni la de las máquinas. Inventa una coraza
perfecta. Un montón de años después, alguien inventará un cañón que la
traspasará. Hasta que tengas que inventar otra coraza.
—Y
el ciclo continúa hasta el infinito.
—Exactamente.
La solución de freno a las guerras que propusieron los soñadores de Smallville
valió para ese momento. Nada más. ¿Nunca te has preguntado por qué la humanidad
ha progresado tan poco desde entonces?
—Antes
tendríamos que ponernos de acuerdo en decidir qué es el progreso.
—Tú
me entiendes. En más de mil años, las cosas están más o menos como antes. No ha
habido saltos espectaculares en ninguna técnica. No hemos conquistado las
estrellas.
—La
humanidad se replegó al verse inferior a vosotros. No se lo reprocho.
—Tal
vez. Y los dioses frenaron todo progreso porque sabían, en el fondo, que
llegaría un día en que sus poderes maravillosos podrían ser superados por una
nueva arma.
—¿Esa
arma existe?
Kurtzberg
evitó la insistencia de su mirada.
—¿Quién
lo sabe? Cuando subamos al anillo edén, tenlo por seguro, no nos enfrentaremos
a los dioses con las manos desnudas.
—O
sea, que no os daréis de golpes hasta que las manos se os conviertan en
mantequilla.
—No
descargues en mí tu sarcasmo, muchacha. Ni tú ni yo tenemos la culpa de ser
diferentes.
—Es
verdad. Disculpa. En fin, Javier Kurtzberg, espero que tus locos soñadores y tú
tengáis mucha suerte.
—¿No
nos acompañarás en nuestra expedición?
—¿Por
quién me tomas? Esa revolución que pretendes no es mía. Ponte en mi lugar.
¿Sabes qué es lo máximo que podrás conseguir? ¿Sabes qué ganaremos la humanidad
y yo con tu aventura? Nada. Un amo cambiará por otro. Y todo seguirá igual. Es
una de las pocas conclusiones que puedo sacar de esta triste historia. ¿Cómo sé
que no quieres ser rey en lugar de quien demonios esté al mando allá arriba?
—Me
sorprendes, Dave Cross. Yo nunca pretendería una cosa así.
—¿Y
tus superderivantes, Javier? ¿También ellos son tan limpios de miras? ¿De
verdad crees que te ayudarán a eliminar a los otros dioses y después se
marcharán de rositas? Hay un detalle que se te escapa. Vuestros cuerpos serán
superiores al mío, pero nuestras mentes están igualadas. Soy lista. Sé pensar.
Y tus acompañantes son lelos. Tanto, que ni siquiera se dan cuenta de que no
les has contado toda la verdad. Tengo un sexto sentido para estas cuestiones,
Javier Kurtzberg. Eso es la regla del nueve de cualquier periodista que se
precie. Y a pesar de tus ideales, veo claro como el agua que algo no encaja.
Sea a ellos, sea a mí, el caso es que estás mintiendo.
Galenne
Munroe regresó a casa con la cabeza alta y una puñalada de vacío dentro del
pecho. Ni siquiera escuchó el tropel de reprimendas y noticias que tenía que
comunicarle su padre sobre la decisión de Jonathan de convertirla en heredera y
la locura irrefrenable de la que parecía hacer gala Alexis Maximoff. Sólo
pronunció tres palabras (Richard ha muerto) y se dedicó a partir de entonces a
preparar sus funerales. No quería música de Wagner, ni grandes cabalgatas por
la avenida del anillo edén. La muerte del último dios había sido tímida, fugaz,
casi de puntillas, y en las semanas de estancia compartida Galenne había
aprendido a no pensar en él, ni en todos los demás miembros de su raza, como
entes grandilocuentes destinados a apoderarse de cuanto les rodeaba. Igual que
Jonathan Bunyan, igual que los hermanos Maximoff, igual que su padre Luther,
igual que ella misma, el cansado Richard Kent había sido un alma condenada a
expiar durante una larga vida la propia falta de proporciones de su existencia.
Javier
Kurtzberg volvió hacia la muchacha su mirada de felino, sorprendido a su vez de
que ella hubiera podido traspasar las barreras de sus defensas psíquicas.
Asintió. El pelo rapado y rubio, muy corto, parecía una prolongación de los
tallos de trigo que los rodeaban.
—Es
verdad. Estoy mintiendo. Hay algo más en toda esta historia. Algo que ninguno
de los otros sabe. Sólo tú te has dado cuenta.
Dave
Cross no dijo nada. Se quedó contemplando al superhombre y por un momento
sintió un arrebato de piedad hacia él. Por muy planificados que tuviera todos
los pasos que parecía dispuesto a atreverse a dar, la magnitud del golpe final
que preparaba seguía desbordando su capacidad de razonamiento, ahogándolo con
una carga de culpa.
—Poco
después de instalarnos definitivamente en el poder, cuando comenzamos a
gobernar el mundo desde el anillo edén, tras el Apagón y el rosario de muertes
que barrieron de un plumazo todos los problemas que acosaban a la Tierra,
descubrimos la existencia de Osiris.
—¿Un
dios egipcio? —preguntó Dave; se corrigió en seguida—. Otro proyecto secreto.
Kurtzberg
asintió.
—El
proyecto definitivo. Un dispositivo de seguridad de Smallville, o tal vez de
Dazbag, no he podido averiguarlo nunca. La Solución Osiris, la llamaron, y
durante muchos años no fuimos capaces de descubrir por qué.
—¿No
era Osiris el dios defensor del orden?
—Y
el primer rey. Su hermano Set lo asesinó, lo desmembró y lo enterró en diversos
lugares de Egipto. Su esposa Isis reunió sus pedazos, menos uno. Tiene gracia.
—Javier meneó la cabeza—. Se creía que Osiris renacía cuando crecían las
cosechas anuales de trigo y cebada. Casi como ahora.
—¿Tiene
que ver con el hecho de que estemos aquí?
—Simple
coincidencia. Cuando los primeros dioses encontramos algunos archivos perdidos,
confiados en que ya nada ni nadie podría hacernos sombra, descubrimos la
existencia de Osiris, el proyecto que devolvería el orden al mundo. El ajuste
de seguridad capaz de acabar con nosotros.
—¿Más
metahumanos?
—Todo
lo contrario. Una bomba capaz de hacer que los huesos de los dioses se
marchiten, de convertir su sangre en agua. Un retrovirus mutágeno que apagará
el fuego de sus células.
Dave
entornó los ojos, calibrando al metahumano. No fue capaz de interrumpirlo otra
vez. En cierto modo, Javier Kurtzberg hablaba para sí mismo y no la necesitaba.
—Nuestras
células funcionan como baterías solares. La función de Osiris debía ser
extinguir nuestra llama y hacer que todo volviera a la normalidad. Eliminada la
superioridad de los dioses, la humanidad tendría que ser de nuevo dueña de su
destino.
—Pero
nunca lograsteis encontrar esa bomba.
—Todo
lo contrario. Hallarla fue relativamente fácil. El miedo da alas, Dave. No
pasaron ni diez meses antes de que Osiris fuera localizada.
—Y
desactivada, supongo.
—No.
Nadie fue capaz de llegar a tanto. La bomba parecía... incompleta. Como el
propio Osiris de las leyendas. Ninguno de nosotros se atrevió a intentar
desconectarla, por miedo precisamente a ponerla en marcha.
—¿Dónde
está Osiris, Javier? —Los ojos de Dave brillaron ahora de un modo extraño.
—¿Dónde
crees que puede estar? ¿Dónde esconderías un libro mejor que en una biblioteca?
¿Dónde pondrías un arma capaz de matarte si cayera en manos extrañas sino
debajo de tu propia cama? Osiris está a buen recaudo en el anillo edén, en la
mansión de Michael Wayne o de quien quiera que sea ahora el jefe supremo de las
Casas.
—Por
eso quieres atacarlos. Para intentar detonar Osiris.
Pero...
—Dave sacudió la cabeza—. Acabas de decir que está incompleta.
—Así
es. Verás, Davinia. En mil años uno tiene mucho tiempo para pensar, para llegar
a deducciones absurdas, a hallazgos de pura lógica. ¿Por qué he vivido tanto?
¿Por un error no calculado del proyecto que potenció mi vida? ¿O como as en la
manga absolutamente previsto?
—No
comprendo adonde quieres ir a parar.
—Osiris
está incompleta. Sólo falta una pieza que encaje para hacerla estallar. He
llegado a la conclusión de que yo soy Isis, Dave Cross. He llegado a la
conclusión de que yo soy esa pieza.
Ella
entró en la sala y lo encontró rodeado de fantasmas. Exhaló un grito de pavor,
como si de pronto porciones estancas de su vida se encontraran frente a frente,
y cayó al suelo con un gemido, apretando los ojos contra sus palmas.
Avergonzado,
Tatsuo Takahashi vaciló antes de dar un solo paso. En un lado, los hologramas
de su familia perdida reproducían sin variar ni un milímetro la cantinela
prevista de sonrisas y de llantos, de yogures derramados y canciones mal
aprendidas, de carreras infantiles y mariposas sobre el pelo. En el otro, la
muchacha que era su presente retrocedía hacia la pared, vuelta un mar de
espanto, con una expresión indudable que in-dicaba que no era la primera vez
que se veía las caras con el infierno privado del samurai, con el placer que se
hacía escarnio con la repetición de sus pesadillas.
Ayudó
a Shai'r a levantarse del suelo y le explicó como mejor pudo que aquellas
imágenes eran falsas. La palabra se le quedó prendida en los labios, como un
ácido que le quemara la lengua. Saboreó el carbón de la paradoja. Al explicarle
el misterio de los holorrecuerdos, también él quedaba expuesto a la revelación
de lo que había mantenido oculto hasta ese momento. La palabra no era ociosa.
Tatsuo Takahashi, el hombre de hie-rro, el samurai implacable, no había hecho
de su vida otra cosa que convertirla en una mentira.
—Entonces
tu loca estrategia no consiste en asaltar el cielo y enfrentarte sin más a los
dioses. —Davinia Cross hablaba muy despacio, con los ojos abiertos como soles,
sin dar crédito a lo que el metahumano acababa de revelarle—. Quieres detonar
esa bomba. Quieres matarte.
—Todo
sueño tiene un precio.
—¿Y
los que te acompañarán? Jason, Andrea, tus «muchachos»...
—Saben
que van a jugarse la vida. Y a perderla en la mayoría de los casos. No los
engaño en eso.
—Pero
ignoran la historia de la bomba.
—Para
ellos no significaría nada. Si consigo hacerla estallar, si de verdad funciona,
si pueden verse libres de la tara de ser superiores en un mundo mediocre...
¿crees que no lo agradecerán, Davinia? ¿Cuántas veces, en tu infancia, quisiste
ser una niña como las otras?
Dave
no contestó. Reflexionó un instante, y luego se echó a reír.
—¿Qué
tiene tanta gracia?
—La
historia. Tantas vueltas para acabar en el mismo sitio. Os crean para poner
freno a una situación de injusticia institucionalizada como podría ser la
guerra, y al final se os pretende borrar con una explosión. Vuelta a la casilla
de salida. Lo que yo misma hice en un gesto suicida para burlar a los
Centinelas y buscar la pista del pez de plata. ¿Es que nunca habrá otra
posibilidad? ¿Siempre tendremos que recurrir a la Solución Fascista? ¿Violencia
contra violencia?
La
mirada de Javier Kurtzberg se encendió un instante, y en ella pudo ver Davinia
al joven militar que un día fue, orgulloso voluntario para la misión que
cambiaría de forma radical su vida y la del mundo que conocía.
—¿Encuentras
un modo mejor?
—Estallarán
guerras —advirtió la mujer, nada que el superhombre no supiera—. Imperará otra
vez el caos.
—¿Preferirías
la situación de ahora, la muerte en vida de todo el destino de la raza humana?
—Tú
no eres humano.
—Porque
tú lo dices, Dave Cross. Mis padres lo fueron. Yo nací normal. La manipulación
de mis genes me convirtió en lo que soy. ¿No has pensado que en este momento
sólo tú y yo somos iguales? Jason, Andrea, Mustang, Hannibal, Rex y los
demás... ellos sí son distintos. Únicamente tú y yo tenemos un pasado común que
nos ata a la humanidad lisa y llana.
Dave
bajó la cabeza.
—¿No
ves otra solución? ¿Una explosión que acabe con todo? ¿Ése es el destino? ¿Una
repetición de la historia?
—El
eterno retorno —murmuró Kurtzberg—. No, no veo otra solución. Ojalá la hubiera.
—Sin
los dioses, el caos volverá a dominarnos. —Dave no era capaz de imaginar un
mundo sin la presencia de los seres todopoderosos, igual que los antiguos mayas
habían sido incapaces de imaginar la rueda—. Habrá muertes.
—La
libertad tiene un precio alto. Siempre lo ha tenido, en todos los momentos que
se recuerdan y sobre todo en aquellos otros que después se olvidan. Pero nada
puede ser peor que el Apagón, créeme. Por mucha destrucción que cause Osiris,
nada podrá superar al horror de dar muerte a siete mil millones de inocentes.
—Si
haces estallar a Osiris, morirás —volvió a advertir Dave. De pronto, sintió que
la vida de aquel hombre le importaba.
—¿No
te parece que ya he vivido lo suficiente? Ya es hora' de que pague por mis
culpas.
Dave
no supo qué decir. Marcó la huella de sus dedos en la roca, la garra de una
mano que ya no tenía fuerzas.
—¿Sabes
que tengo una sospecha, un resquemor?—confesó por último el dios renegado. En
el cielo, en la penumbra del atardecer, empezaba a dibujarse el hilo de plata
del anillo que rodeaba a la Tierra—. No sé si hago esto por voluntad propia o
si, por el contrario, llevo simplemente a cabo una programación sellada dentro
de mí por los técnicos de Smallville.
Aunque
parecía haber encontrado el nicho donde por fin encajaba, Jason Prince no podía
dejar de sentirse corroído por las dudas. Cierto, los metahumanos que había
encontrado en las entrañas de este lugar perdido, a tantos miles de kilómetros
del infierno de Vegas, eran sus iguales. Por primera vez en su existencia, el
hijo de la diosa y el sacerdote no se notaba diferente. Avalon, Mustang, Rex,
las otras docenas de rostros ceñudos o gestos sonrientes eran sus verdaderos
hermanos, sus camaradas. Y había encontrado la tranquilidad. Su mente
convulsionada, por fin, dormía. Se sabía único, solo, no un torbellino de seres
diferentes que pugnaran por hacerse dueños de su alma. El chip-lapa
suministrado por Javier Kurtzberg ponía por fin, tras tanto tiempo, en orden
sus pensamientos. No tenía necesidad de embarcarse en nuevas aventuras. Podría
dedicarse, únicamente, a saborear la paz.
O
eso le gustaría. Jason había comprendido que jugaba un papel secundario, aunque
imprescindible, en el plan de batalla del mentor de los nuevos dioses. Su
cuerpo de luchador imbatible no iba parejo a su mente de hombre sencillo. No
quería admitir que había nacido para la guerra, mero producto secundario de los
herederos de un proyecto cuya misión era el aplastamiento definitivo de sus
contrarios políticos.
Nada
debía a los dioses con quienes se había criado. Ni siquiera a su madre. Sobre
todo a ella. Bianca había sido para él un espanto, una sombra rubia de
incomprensión, el resumen encarnado de que el mundo era un sitio inexplicable.
Pero tampoco se veía con fuerzas ni motivos para asaltar el anillo edén y regar
de muerte los rincones donde había transcurrido, mal que bien, su larga
infancia.
Nada
les debía. Podría alzar sin problemas su mano contra ellos. Nadie vendría a
echarle en cara una traición. Llevaba tanto tiempo deambulando por el mundo que
ni siquiera era capaz de recordar por qué lo hacía, pero una cosa había tenido
clara siempre. Cuando huyó del anillo edén, no lo hizo con afán de regresar un
día y descargar sobre los metahumanos su venganza.
Ahora
tenía esa posibilidad. No quería utilizarla, pero allí se le presentaba. Y aún
más, la de devolver al planeta un sentimiento perdido de justicia. No podía
pensar como un humano, pues no lo era del todo, pero comprendía que el plan de
Javier Kurtzberg implicaba en el fondo la devolución del poder a los legítimos
propietarios de la Tierra.
¿Dónde
encajaría entonces él? ¿En el mismo sitio de ahora?
¿Seguiría
siendo un apestado, un desclasado, un forajido? ¿O lo aclamarían como dios
sustituto de los viejos dioses? ¿Acabarían los hijos de Javier instaurando un
nuevo olimpo? ¿Se hallaban acaso en condiciones de vencer la partida?
No
lo sabía. Posiblemente, ni siquiera el propio Kurtzberg estaba seguro de ello.
Una
cosa estaba clara. No quería combatir. No era un hombre de guerra. Pero si no
cooperaba, si no tendía la mano que la supervivencia del planeta le exigía,
tendría que seguir siendo un fugitivo, un nómada errante entregado a la
posesión de su alma, un vagabundo torturado por un renacido sentimiento de
desigualdad y de culpa.
Era
su destino. No podía rechazarlo. Sus genes eran únicos, la llave para subir al
cielo y expulsar a los ángeles desviados que se habían apoderado de él.
Contra
sus creencias, contra su voluntad, Jason Prince asumió su esquema en el marco
general de las cosas. Abrazó su herencia de sangre, y aceptó de mala gana
unirse a la revuelta.
Dave
casi no sintió sorpresa alguna cuando Andrea Vanderbilt le comentó, como de
pasada, mientras se disponían a acostarse, que había decidido también ella
unirse al sueño de Javier Kurtzberg y ayudarle en su revolución desde la
Tierra.
Por
una vez, Dave no le llevó la contraria, ni replicó con sarcasmo a la resolución
de la ex Centinela. Aunque ella misma aún no había optado por una decisión
clara, había sabido desde siempre que Andrea Vanderbilt no se quedaría cruzada
de brazos mientras le pasaba por el lado el tren que, de un modo u otro,
formaría la historia futura. Era un soldado. Su entrenamiento la marcaba como
un hierro al rojo para la guerra. No unirse a la revuelta, no sentirse pareja a
los nuevos dioses, sería en ella un error, un desatino, malgastar una
oportunidad irrepetible.
Lo
mismo que Dave Cross había perdido con la verdad todo sentido y perspectiva en
su vida, la derivante había ganado algo que jamás había tenido. Un hueco en el
esquema global, la importancia indiscutible de ser un peón en la partida. La
periodista ya no era nadie, no tenía misión alguna que cumplir, ni siquiera
podía decir que esperara conseguir nada que pusiera una pinta de color a su
existencia. Pero Andrea por fin iba a darse rienda suelta y admitir que era
aquello para lo que había nacido. No una Centinela, no una fugitiva, no una
derivante de segunda fila, acosada y perseguida, sin control ni relaciones.
Andrea
Vanderbilt era una mujer guerrero, y como tal daría uso a sus capacidades en la
conquista del Asgard que se perfilaba más allá de las nubes, a mitad de camino
de la Luna.
En
la soledad de la noche, mientras escuchaba la ligera respiración de su
compañera dormida, Davinia Cross hizo balance de cuanto sabía. Ninguno de los
derivantes que con tanta paciencia había ido reuniendo Javier Kurtzberg poseía
la información total que ella manejaba. Ninguno era consciente de que, si el
dios errante tenía suerte, si conseguía detonar aquella bomba y Osiris hacía el
trabajo para el que había sido creada, sus dotes suprahumanas se borrarían como
se pierde el agua que el sol roba a una salina.
No
sentía hacia Andrea Vanderbilt ningún tipo de lealtad más allá de la
experiencia común de haber burlado a la muerte durante semanas, de haber vivido
al límite y haber soportado su antipatía. Quizá debería contarle la confidencia
de Javier. Sin embargo, algo le hacía respetar el silencio del dios, aunque
éste no le había pedido en ningún momento discreción.
Imaginar
un mundo sin la tenaza de los metahumanos era difícil. Imaginar que esa misma
situación se repetía hasta el infinito, perpetuando la dictadura de ahora,
resultaba aún peor. Si Dave confiaba a su compañera el verdadero plan oculto,
si le confesaba la existencia de una bomba genética que Acabaría, con la
supremacía de derivantes y dioses sobre los simples humanos como ella, tal vez
Javier Kurtzberg se quedaría sin ejército. Su sueño de restaurar la igualdad y
enmendar la injusticia se fragmentaría como muchas de las imágenes que habían
visto en la máquina virreal.
No
tenía derecho a juzgar. No había vivido los mil años de soledad de aquel hombre
perdido que en el fondo incluso dudaba de la validez de su filosofía. Estuviera
equivocado o en lo cierto, actuara por venganza o por pura disidencia ante un
esquema desviado de lo que consideró en otro tiempo la única posibilidad de
actuación, el esquema de batalla que había imaginado era la única esperanza que
ella misma, como miembro de una raza condenada a la esclavitud moral, al
sometimiento físico y psíquico, tendría jamás. Y, de todas formas, los
derivantes que acompañarían al dios renegado en el asalto de su antigua casa
estaban dispuestos a morir. La bomba no les causaría más daño que la anulación
de sus genes amplificados. Despertaría en ellos al humano dormido y ahogaría al
superhombre que lo consumía.
Eso
no respondía a cuál era su propio papel en todo este asunto. Ya no tenía nada
que hacer. Nunca podría equipararse a los nuevos dioses en su ataque. Ni
siquiera estaba segura de compartir su ideología. Pero si los acompañaba, y no
le quedaba más que una leve duda de que al final eso acabaría haciendo, viviría
de primera mano sucesos de los que nadie más sería testigo.
Davinia
Cross era periodista. Lo sería hasta el día de su muerte. Y ahora tenía ante sí
la posibilidad de reflejar la crónica de un momento que marcaría un punto y
aparte en la historia.
Ni
siquiera se atrevía a consultar en el banco de datos cuándo fue la última vez
que murieron dos de los suyos con tan poco intervalo de tiempo. Cierto, la
muerte de Dmitri Maximoff se debía a un imponderable, el precio a pagar por la
violencia, y la de Richard Kent, no por menos desconcertante, distaba mucho de
constituir una sorpresa. Pero había algo en la duplicación repentina de ese
hecho, producido para su raza tan de tarde en tarde, que Jonathan Bunyan no
podía evitar la sensación de que se trataba de un presagio. Ignoraba dónde
había cometido un error, qué extraños mecanismos se confabulaban para
restregarle por la cara la limitación que, como cualquier hombre común, también
tenían los metahumanos, pero el par de muertes servidas en bandeja de plata
parecían canturrearle al oído, con una carcajada de sarcasmo, que el crepúsculo
de los dioses estaba cerca.
Alzándose
treinta y seis mil kilómetros sobre el nivel del mar, sobresaliendo entre las
copas de los árboles como Gulliver en la corte de un millón de enanos, la
Columna de Hércules era un cordón umbilical que ataba a la Tierra con el anillo
que la rodeaba. Su magnitud era incomensurable. Tanto, que Dave Cross creyó por
un momento encontrarse todavía en la máquina de simulación virreal, atada a un
cable que la surtiera de alu-cinaciones. En otro tiempo, anterior incluso a la
creación de los dioses, esta columna que ahora tenía delante, igual que las
otras nueve hermanas que se repartían por el contorno del mundo como los radios
de una rueda enorme, había supuesto el punto culminante de la evolución
tecnológica del ser humano. Si la civilización terrestre sobrevivía al planeta,
si sus descendientes fueran capaces de llevar a las estrellas algún bagaje del
pasado común que la había conducido a abrirse un hueco entre las corrientes del
espacio, no hablarían de la Gran Muralla de China, ni de las maravillas del valle
de Gizeh, sino de las orgullosas to-rres que sostenían el anillo edén sobre la
cúpula del cielo y suministraban de energía incalculable al planeta.
El
trampolín del paso al espacio había resistido, como el primer día, las
dentelladas del transcurso del tiempo. Antes, había supuesto una cinta
inaugural que auguraba el comienzo de un viaje al futuro. Ahora, era una correa
que sujetaba dentro de sus lazos invisibles a una raza carcomida por su propia
limitación, impuesta desde fuera.
En
una de las épocas en que la humanidad se planteó en serio colonizar el sistema
solar, las Columnas de Hércules, como ahora las llamaban, los tallos de alubia
de la predicción fabulada por Artsunatov, habían consagrado al hombre a su
misión en el cosmos. Gracias a la ciclópea construcción y al siglo y medio
empleados en ella, los antepasados de cuantos ahora se congregaban en sus
inmediaciones habían conseguido establecer media docena de colonias en la Luna,
y otras dos en el suelo granate de Marte. La irrupción sorpresiva de los dioses
y el golpe de timón que proporcionaron a la historia habían hecho que aquellos
primeros tímidos intentos de extender el poderío del hombre más allá del
planeta que hasta entonces fue su cárcel y su cuna quedaran en nada. Desconectadas
de cuantos horrores sucedían en la superficie, las colonias extraterrestres
habían languidecido, sin recursos, sin suministros, hasta consumirse casi al
mismo tiempo que el Apagón y la plaga desencadenada con la aparición de los
metahumanos estaban a punto de arrasar todo rastro de vida inteligente sobre la
Tierra.
Aunque
conocía su existencia y la había visto en reproducciones holográficas, en
libros y tresdés, Davinia Cross no podía dejar de maravillarse por la magnitud
de aquel coloso. La Columna de Hércules se erguía hacia las alturas, hasta
perderse en el éter. Saber que seguía extendiéndose mucho más allá de donde
alcanzaba la vista producía un escalofrío de excitación que acababa por
confundirse con la angustia.
A su
lado, Javier Kurtzberg frunció el ceño, arrugó los labios y consultó con el
metahumano que le acompañaba la hora exacta. El silencioso Rex la comunicó, sin
apartar los ojos de la torre y la guardia que rodeaba su base. El dios renegado
asintió.
Habían
cruzado el mundo a hurtadillas, siguiendo vuelos transoceánicos donde habían
camuflado sus identidades con la facilidad con que se oculta una aguja. Se
habían reunido en Quito, cerca de las ruinas de la ciudad arrasada por una
guerra ya olvidada. A pesar de que el viento de la noche había suavizado un
poco la temperatura, el calor era sofocante, pero Kurtzberg no parecía sudar
siquiera, aunque Dave estaba empapada. La coraza que la protegía, un equipo que
nada tenía que envidiar a los exoesqueletos que utilizaban los Centinelas en su
misión de vigilancia y exterminio de derivantes, no parecía equipada con un
sistema refrigerador, o quizá para que funcionara correctamente tendría que
cubrir su cabeza con la escafandra, cosa que aún no había hecho.
El
medio centenar de derivantes, enfundados en armaduras más livianas, parecían
modernos superhombres escapados de una simulación tresdé o un juego
informático. Al verlos por primera vez, cuando se concentraron en este claro en
la selva, Davinia se sintió más inferior que nunca. Si alguien creía que la
perfección no era mejorable, era porque no había visto a aquellos metahumanos
cubiertos con yelmos y corazas.
Miró
a su alrededor. Por tercera o cuarta vez, echó de menos poder comentar con
Andrea Vanderbilt algún detalle sarcástico sobre su situación, una manera tan
válida como cualquier otra de espantar su miedo. Pero Andrea no acompañaba a
esta partida. Por motivos que se le escapaban, Javier Kurtzberg había dividido
a su pequeño ejército en dos mitades, y tanto la ex Centinela como el falso
sacerdote, Jason Prince, habían coincidido juntos en el otro grupo, el mismo
que ahora, en otro extremo del mundo, a la misma latitud, se disponía a dar el
primer paso hacia la conquista del paraíso.
El
chorro de aire caliente lamía su cuerpo como horas antes lo había lamido el
cónsul que tenía a sus pies, convertido en un perrillo faldero capaz de
cualquier locura por recibir una caricia de sus labios. Las habilidades
amatorias del humano, incluso potenciadas por las drogas de diseño que
hinchaban sus venas y teñían de rojo los órganos de su cuerpo, no eran nada del
otro mundo, pero Toledo estaba acostumbrada a ser pasto de ansias mediocres, a
provocar orgasmos capaces de detener los corazones de unos clientes que, en más
de una ocasión, habían terminado por convertirse en víctimas.
Jean-Claude
Hubinon era un hombre extraño. Tenía poder, hasta un grado que pocos hombres y
mujeres disfrutaban. Su situación era envidiable, casi única. Como cónsul, era
uno de los pocos seres humanos que estaban en contacto directo con los dioses.
Sin embargo, había puesto en juego todo aquello por disfrutar en exclusiva de
sus brazos. Toledo se encogió de hombros. Desde muy niña, estaba acostumbrada a
los vaivenes que su cuerpo encendido provocaba en hombres y mujeres por igual.
Era un imán que atraía a un campo de espinas, un huracán encerrado dentro de
una bolsa, una sirena moderna cuya fuerza desviaba de su rumbo a las mentes más
correctas.
Estaba
en sus genes. No era culpa suya. Si los hombres querían matarse por poseerla,
allá ellos. Toledo aguardaría al vencedor, sin comprometerse a nadie, sabiendo
que el futuro le pertenecía de todas formas. Era un diamante en bruto y, como
solía cantar mientras se masturbaba sobre la barra magnética del cabaret, el
brillo de un diamante dura siempre, nena.
Salió
del cuarto de baño. Buscaba alguna de las lujosas prendas que el cónsul le
había regalado cuando advirtió la silueta que avanzaba hacia ella. Se volvió,
haciendo que sus labios dibujaran un gesto a caballo entre la excitación y la
sorpresa.
Fue
la sorpresa quien prevaleció. Frente a ella, haciendo girar en un molinete
plateado el bastón que siempre le acompañaba, con los labios deformados por una
sonrisa, se encontraba Alexis Maximoff.
Toledo
apenas tuvo un segundo inútil para cubrir sus pechos con un brazo. El golpe le
clavó la mano al corazón y salpicó de sangre su garganta.
La
patrulla de derivantes salió de entre la maleza y cargó sobre la guardia con la
furia de un tornado. Avalon, la supermujer que lideraba el grupo, se adelantó
al grueso de sus compañeros mientras barría el aire con un cañón que, en
cualquier otro momento de la historia, habría necesitado ser asegurado sobre un
suelo de roca. Inconsciente de la fuerza brutal del retroceso, la derivante
pelirroja lo manejaba con una sola mano, como si no pesara más que una simple
pistola de muñeca.
Nairobi
despertó con el amanecer de las explosiones. La Columna de Hércules ni siquiera
se tambaleó cuando la revolución llamó a su puerta, pero un millón de enlaces
ópticos transmitieron al mundo, y al cielo, la novedad de la situación.
Un
grupo incontrolado de derivantes había tomado por fin la iniciativa y acababa
de declarar la guerra.
Había
decidido al menos que la pequeña tendría que llamarse Izanami, como la
componente femenina de los dioses que surgieron del caos primordial tras haber
sido creados cielo y tierra. A Shai'r le pareció un nombre extraño, propio de
una mitología que desconocía, pero el hombre de hierro se había convertido para
ella en el referente absoluto, hasta el punto de haber olvidado cuál era la
idea primera de su marcha del poblado.
Tatsuo
Takahashi no olvidaba. El código del neoshinto le seguía atormentando. Pero,
tras una agonía de dudas, su férrea mente de guerrero había tomado una
decisión.
Con
mano firme, sabiendo que no habría paso atrás, pulsó la tecla que borraría para
siempre los hologramas. No quiso ver por última vez la sonrisa de Yokize, la
mirada de Amaterasu, el vuelo de la mariposa sobre el abanico de unos cabellos
que a partir de ahora tendría que consignar sólo a la memoria. Pulsó la tecla y
su pasado se convirtió en polvo, en lo que era.
Con
la parsimonia que convierte a todo ritual en una danza, se colocó pieza por
pieza la armadura. Miró a la pequeña Izanami, a su madre Shai'r. Ambas estaban
ahora a su cargo, pero no podría aceptar esa responsabilidad hasta que no
cumpliera lo exigido por el código de honor. Mejor que matar a un soldado,
aniquilar a su señor. Antes de decapitar a un general, destruir al rey. La
religión no se consume destruyendo a la deidad, sino al sacerdote.
Takahashi
abrazó su último destino. No tenía otra alternativa. Para labrar su futuro por
encima de las cenizas de un pasado roto, debía cumplir la misión que Shai'r
había dejado inconclusa. Tenía que subir a la morada de los dioses, encontrar
al padre de la pequeña Izanami y retarlo a un duelo a muerte para conseguir su
custodia.
La
tromba de derivantes asaltó la torre como un ejército de hormigas, barriendo a
diestro y siniestro a la guardia humana que la protegía. Nadie había intentado
nunca una acción así. Ninguno de los habitantes del planeta había soñado con
apoderarse de los caminos que conectaban cielo y tierra. Por eso, la oposición
de los Centinelas destinados a aquel sitio, remotos y cansados tras una labor
que consideraban absurda, apenas supuso para los guerrilleros una molestia
secundaria al ataque, como el insecto que te mancha la palma o el caracol que
arrollas con el zapato.
El
tronar de las explosiones y los gemidos de dolor, el tableteo de la estática y
la voz distante que pedía datos desde quién sabía qué otra estación de
vigilancia parecieron perderse en un segundo plano cuando la patrulla de asalto
se plantó ante las puertas.
La
mujer pelirroja se volvió hacia Jason Prince. Un centenar de disparos
picoteaban su armadura de combate, pero el fuego de sus ojos era más fuerte que
las llamas que todavía crepitaban como diminutos cráteres contra su coraza.
—Vía
expedita —anunció, los dientes apretados, demasiado concentrada en no dejarse
llevar por la emoción para perder tiempo en ofrecer una sonrisa—. Tu turno,
Jason.
Él
hijo de Bianca Prince tomó aire y dio un paso al frente. Pasó por encima del
cuerpo retorcido del último Centinela caído y contuvo un escalofrío. A su
espalda, Avalon y Andrea Vanderbilt repelieron el fuego cruzado de un grupo de
recién llegados que, demasiado tarde, trataba de negarles el acceso.
Los
impactos de las balas de plasma habían derretido algunas zonas de la pared de
metal, pero el lector ocular estaba intacto. Jason Prince acercó la cara a la
superficie cóncava y permitió que el sistema de datos leyera la información de
su retina.
Una
vez comprobado su fenotipo, la doble puerta se abrió, revelando el ascensor
celosamente guardado entre sus hojas.
—¡Ya
han entrado! —Mustang se palpó una oreja, donde una cuña espía les permitía
estar al tanto de las informaciones cruzadas de los Centinelas y la señal de
alerta del caos provocado a casi trece mil kilómetros de distancia—. ¡Nos toca
a nosotros!
—Todavía
no —cortó Javier Kurtzberg—. Antes tienen que empezar a perseguirlos.
Murdock
Fisk imprimió la máxima velocidad a su armadura de combate. Los sensores
advirtieron que existía la posibilidad de explosión por sobrecarga, pero el
sublíder de la patrulla ignoró la señal y comprobó que su armamento estaba en
posición de uso. Unidos entre sí por un hilo invisible, los cincuenta
Centinelas ascendían hacia el cielo en formación de combate, venidos de todos
los rincones del mundo, con la máxima potencia que sus exoesqueletos podían
imprimir a la urgente misión a la que hacían frente. Subían hacia las alturas,
como cohetes de feria, kilómetro a kilómetro, como si pretendieran dirigirse
hacia), el anillo edén y no hacia la Columna de Hércules en peligro.
Entonces,
a una indicación del líder de la patrulla, el propio coronel Rage, superado el
punto máximo de subida permitido, los gavilanes de acero empezaron a bajar,
cubriendo en meros minutos unos kilómetros que de otro modo habrían requerido
horas.
Un
sol rojo se desperezaba sobre Nairobi, junto a la flecha de hierro de la
columna. Mientras recorrían los últimos centenares de kilómetros que los
separaban de la inmensa torre, Murdock Fisk atinó a ver el ascensor que subía,
fuera de su alcance, la bala que taladraba el camino del cielo como un electrón
desviado de su órbita.
Jonathan
Bunyan no daba crédito a lo que indicaban las pantallas. A su lado, silencioso,
carcomido por la duda, Luther Munroe sentía que la frente se le cubría de un
sudor pastoso, como la condensación producida por la fiebre sobre el casco de
un hoplita.
—¿Jason?
Jonathan
Bunyan asintió.
—Eso
indica el lector óptico. Esa maldita puerta no podría abrirse ante nadie más.
Sólo quienes ya hemos empleado el ascensor son reconocidos como usuarios.
—No
viene solo.
—No.
—Jonathan dejó de contemplar la pantalla, donde un grupo de Centinelas trataba
en vano de invertir el rumbo del proyectil que ascendía—. Trae un pequeño
ejército.
—Derivantes.
¿Es posible que Jason haya sido capaz de organizar una revuelta?
—Tenemos
la prueba delante de nuestras narices, Luther. Pero no creo que esta cuestión
se deba a Jason solamente. Algo me dice que no se trata de derivantes
cualquiera, pronto lo comprobaremos. Avisa a todos los demás. No te andes con
rodeos. Adviérteles que nos hallamos en estado de alerta.
Luther
Munroe se volvió hacia un intercomunicador.
—Y
otra cosa más —comentó el padre de los dioses, mientras contemplaba de nuevo
las pantallas—. Ya que no podemos detener ese maldito ascensor que se nos viene
encima, abre uno nuevo para los Centinelas. Puede que se trate de un gesto a la
desesperada de un puñado de derivantes enloquecidos, pero no quiero correr
riesgos.
—¿Tan
grave te parece la situación, Jonathan?
Un
destello de impaciencia ardió en los ojos del jefe de todas las Casas.
—Luther,
usa la cabeza para algo. Mil años de dominio sobre los hombres no nos han
preparado para enfrentarnos a la furia que viaja en esa bala.
Uno,
dos, tres ascensores más, en rápida sucesión, se abrieron para los Centinelas.
En el eterno sube y baja de la Columna, las puertas engullían a los centuriones
de hierro y, sin apenas darles tiempo a acomodarse en las cabinas, el sistema
de impulsión Red-Ag los escupía hacia el cielo, alejándolos de la Tierra y de
toda posibilidad de hacer frente a la patrulla derivante que aguardaba su turno
oculta en la selva ecuatoriana.
El
superderivante llamado Rex se cargó al hombro la enorme ametralladora de
plasma.
—Han
entrado —anunció—. Ahora sí que nos toca.
Javier
Kurtzberg se puso en pie. Se sacudió los pantalones de polvo y contempló la
Columna.
—Ahora
sí. Davinia —se volvió hacia la mujer—, pase lo que pase, no te separes de mí.
Ni de Rex.
Cogió
un trozo de tierra y la contempló mientras se le escurría entre los dedos. Dave
Cross pensó que tal vez era consciente de que era la última vez que sus manos
tocarían algo que lo atara al planeta.
—Bien,
hijos míos. Vamos allá. Próxima parada, las estrellas.
La
Columna más cercana a Japón se encontraba en Pontinak, pero debido a la
demografía incontrolada la arcología de Borneo había reventado como una fruta
podrida hacía más de noventa años. Ahora, la torre se alzaba entre los restos
de la ciudad como un rejón de muerte en el cadáver de una fiera, abandonada a
su suerte. Tatsuo Takahshi decidió por tanto volar hacia el centro de África,
que consideraba más segura para su plan al hallarse en un núcleo de población
menos denso, con menos guardia.
Al
aproximarse, su casco detectó señales entrecruzadas, órdenes desesperadas,
peticiones de ayuda. En un instante consiguió deducir que la torre que era su
objetivo estaba siendo sometida a un ataque en masa. Alguien se le había
adelantado y esta circunstancia, por un momento, le molestó. Tras una rápida
evaluación, decidió ignorar las consecuencias que eso pudiera tener para su
acción. Sabía que el ascensor capaz de conectarle con la plataforma orbital
sólo funcionaba para unos pocos individuos, y aún no había resuelto el problema
de cómo embarcar en una de las aerodinámicas balas. Quizá pudiera volcar ese
factor sorpresa en su ventaja.
La
Columna de Nairobi se dibujó sobre las altas acacias. Takahashi descendió en
picado y voló a ras de las copas de los árboles muhuhu, tan veloz en su curso
que ni siquiera dejaba sombra entre las frondas. Entonces los vio, frente a él.
Una patrulla de Centinelas, congregándose en torno al mecanismo ascensor.
Esperó
a que la puerta se abriera y los centuriones lo abordaran. En ese momento
atacó, disparando a quemarropa contra los perros de la guerra.
La
escaramuza fue breve. Asegurada la posición, mientras su grupo montaba guardia
y el silencio volvía a hacerse dueño de la calma de la noche, Javier Kurtzberg
dio un paso adelante y dejó que el lector óptico comprobara su identidad. El
sistema tardó una décima de segundo más de la cuenta, como si hubiera tenido
que recurrir a un banco de datos arcaico para reafirmar que la señal que
abriría el acceso al anillo era todavía operativa.
Por
un instante, Davinia Cross creyó reconocer una pátina de ansiedad en el rostro
del superhombre. No tuvo tiempo de formar pensamientos coherentes. El ascensor
se abrió, invitándolos al tubo que podría conectarlos con las estrellas algún
día.
La
guerra relámpago planeada por el dios renegado seguía su cauce. Largamente
aplazada, la batalla del Serengeti iba a librarse por fin después de mil años.
Como
la propia arcología donde ahora se encontraba, Jean-Claude Hubinon había hecho
del juego una forma de arte, un ejercicio de religión donde apenas tenía
importancia si se ganaba o se perdía. La apuesta acertada hoy podía convertirse
en el suicidio de mañana. Era consciente de que había jugado contra el dios a
quien se debía, empujando su resto contra el caprichoso giro de la ruleta, y
había perdido. Horrorizado por la visión del cadáver desnudo sobre el suelo de
la suite, casi no tenía miedo por su vida.
—¿Qué
demonios creías que estabas haciendo, mierda? —El rostro en otro tiempo hermoso
de Alexis Maximoff se había convertido en una máscara espantosa, la caricatura
de un demonio que aún conservara un levísimo rastro de sus bellas formas—.
¿Burlarte de mí? ¿De tu superior? ¿De tu amo?
Jean-Claude
Hubinon no se atrevió a contestar. Caído de rodillas ante el metahumano, su
muñeca rota le avisaba que lo peor de su tormento estaba todavía por llegar.
Apenas a un par de metros de distancia, desplomada en el suelo como la alfombra
de un tigre, Toledo lo contemplaba con los ojos cegados del terror y la
sorpresa.
—¿Qué
creías, que acabaría por no darme cuenta? —Alexis volvió a picotear el cuerpo
de su cónsul, provocando roturas y hemorragias sólo con el contacto de un dedo
durante milésimas de segundo—. ¿Es que no pensabas que podría olería?
Hubinon,
destrozado el omóplato por la presión del dios, se derrumbó como un saco.
Alexis Maximoff lo cogió por el otro hombro y, antes de romperlo con una leve
presión, lo izó, obligándolo a incorporarse.
—Te
gustaba, ¿verdad? Claro que te gustaba. Y te creíste digno de ella. El manjar
de un dios a tu servicio. Por eso no pude encontrarla, porque la tenías aquí.
Entre tus piernas. En tu cama.
Un
golpe leve con dos dedos y el pómulo saltó hecho astillas. La visión del cónsul
se tiñó de rojo.
—Iluso
Jean-Claude. Inepto total. ¿Creías que podrías conservarla mucho tiempo? Una
puta derivante y un siervo de los dioses. La pareja ideal. —Alexis quebró un
meñique como si fuera un palillo—. ¿Crees que no acabaría por cansarse de ti?
¿Que tu pene de tercera fila era capaz de satisfacerla? ¡Cómo se burlaba de tu
pobre aspecto cuando te quedaste dormido mientras nosotros continuábamos
haciendo el amor! ¡Hasta creyó que tu corazón se había parado por el esfuerzo
de darle placer!
Alexis
volvió el ojo metálico hacia la derivante muerta.
—Al
protegerla de mí incurrías en un delito de alta traición, Jean-Claude. ¡Una
peligrosa derivante en tu casa, entre tus sábanas!
Un
nuevo golpecito despectivo y la barbilla de Hubinon saltó en pedazos. Escupió
dientes, sangre y baba. Mientras luchaba por perder el sentido y escapar al
martirio, el cónsul se preguntó torpemente si también Toledo había pasado por
lo mismo, o si el dios le había concedido una muerte rápida.
Alexis
apoyó un dedo sobre la mejilla, y la carne cedió como si fuera de cera. Levantó
unos milímetros al hombre de su posición, lo miró a los ojos y no pudo
encontrar en la respuesta del otro más que una expresión de infinito dolor.
Jean-Claude Hubinon había traspasado las fronteras del pánico.
Una
de las pantallas de la suite se iluminó de repente, y por entre el tartamudeo
de los disparos y la interferencia de la estática Alexis Maximoff reconoció la
Columna de Nairobi. Captó inmediatamente lo que pasaba.
—Jason
—murmuró. Se llevó un dedo manchado de sangre ajena al implante del oído. El
mensaje de Luther Munroe avisaba de lo sucedido y convocaba a los dioses
ausentes a un inmediato regreso a casa.
Alexis
Maximoff soltó al cónsul destrozado y brincó hacia arriba, llevándose en su
rabia paredes y techos. Jason otra vez. Como siempre. La arrogancia del
bastardo no tenía límites.
Jean-Claude
Hubinon se apoyó en la pared y resbaló muy despacio hacia el suelo. Vencido por
el dolor, no supo si agradecer el desprecio final del dios loco o llorar
porque, en su rabia, su amo le había perdonado la vida.
El
final del trayecto se acercaba. El anillo edén, apenas un hilillo imperceptible
desde la Tierra, cubría ahora todo el campo de visión del ascensor bala. La
mujer llamada Avalon comprobó que el cañón de plasma había recargado toda su
potencia. Bajó el yelmo sobre sus ojos y con un movimiento de cabeza indicó a
los miembros de su escuadrón que tomaran posiciones. Los dioses debían de saber
ya que se acercaban, y sin duda estaban esperándolos.
La
puerta se abrió en la zona de atraque y de inmediato la figura embravecida de
un dios rubio irrumpió en la cabina. Ja-son Prince tuvo tiempo de reconocer a
Fenric Wayne antes de que la descarga del cañón de Avalon enviara su cabeza al
otro extremo de la órbita.
El
infierno se desató en unos segundos. Un telar de explosiones lumínicas y
burbujas de plasma se entretejió en el aire, mientras los dioses congregados a
toda prisa por Luther
Munroe
retrocedían aterrados ante la sorpresa que llevaban consigo los atacantes.
Confiados
en su superioridad física, en sus atributos mágicos, los metahumanos carecían
de armas. No estaban preparados para la potencia de fuego de aquellos
prototipos a cuyo diseño Javier Kurtzberg había dedicado gran parte de su
exilio. Abrir fuego sobre ellos, regar de miembros cercenados las paredes del
anillo fue un carnaval en rojo, una acción sencilla. Los dioses jamás habían
pensado que algún día llegaran a convertirse en las víctimas de una matanza.
—¡Nos
sigue otro ascensor! —Andrea Vanderbilt lo vio dirigirse hasta el punto de
atraque, un zeppelin transparente cargado de Centinelas con las armas caladas y
las armaduras dispuestas.
—¡Hannibal!
—ordenó Avalon. Uno de los superderivantes se arrodilló y sacó de su mochila
algo parecido a una flecha, rematada en una parpadeante esfera azul. La cargó
en la boca de su cañón y abrió fuego contra la pared. Una porción de la zona de
atraque se quebró en mil pedazos, robando en su premura una buena cantidad de
aire. Roto el extremo del tubo justo en el lugar donde la deceleración debía
compensar la enorme velocidad adquirida durante el ascenso, la cabina-bala se
salió de su trayectoria, como el vagón de una montaña rusa que no encuentra la
vía. Acabó estrellándose contra la superficie del ani-llo, justo donde la
sección giratoria encajaba con el extremo fijo del punto de desembarco. El
impacto hizo que todo el mundo se tambaleara.
—¡Hacia
el transporte de impulsión! ¡Rápido! —advirtió Andrea, experta en identificar
todo aquello que pudiera oler a descompresión.
Avalon
asintió.
Seguros
ahora de que los ascensores que traían al cielo nuevas dotaciones de Centinelas
correrían la misma suerte que el primero de ellos, los derivantes recargaron
sus armas y se abrieron paso entre el humo y los escombros hacia el vehículo
que podría trasladarlos al lugar donde tenían su cita con el grupo de Javier
Kurtzberg.
El
ascensor tenía el tamaño de la cabina de un avión intercontinental. Mientras
los motores lo empujaban hacia el cielo, Tatsuo Takahashi se rebulló entre las
paredes cóncavas como la pelota amarilla de un juego de simulación de tenis,
esquivando manotazos, balas de plasma contenidas, disparos a ciegas. La
velocidad imprimida al artefacto era tan grande que ningún proyectil que
pudiera atravesar el fortísimo blindaje permanecería en estado sólido unos
segundos bajo el campo provocado por la fricción en esta primera fase del
ascenso, pero dentro de la cabina la aceleración apenas se notaba de manera
distinta al zarandeo de un tren herido por detrás o al carricoche de una
atracción de feria.
Los
Centinelas del retén de reserva ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar con
propiedad al ataque de la sombra invisible que jugaba a camuflarse entre el
metal de las paredes. Aturdidos, habían subido al ascensor sabiendo que los
problemas que acosaban a sus amos del anillo edén se producían tan lejos de
donde ahora se encontraban que tendrían tiempo de sobra para llegar a la
mansión en el cielo cuando todo hubiera acabado.
En
eso no se equivocaban. Tatsuo Takahashi, minutos despues, se supo único
ocupante de la bala en ascenso. Los Centinelas acababan de consumir su
minúscula participación en la letra pequeña de la historia.
A
través de la superficie transparente de la cabina, Murdock Fisk contempló
asombrado cómo el ascensor que les precedía acababa por estamparse contra el
anillo y detenía en su lento giro a toda una sección, anulando la gravedad
artificial que ese movimiento producía y sumiendo toda aquella parte del
santuario en una oscuridad semejante a la que asomaba entre su posición actual
y las estrellas.
El
coronel Rage y los hombres que lo acompañaban en aquella primera oleada de
desembarco estaban ahora, posiblemente, camino de un cielo mucho menos tangible
que el que Murdock y sus subordinados tenían ya tan cerca. No hacía falta ser
ningún experto en balística ni en impulsores Red-Ag para darse cuenta de que el
ascensor que cabalgaban acabaría estrellándose junto al anterior, y que la
tercera cabina que les perseguía vendría pronto a rematar la faena.
Murdock
Fisk se puso en pie y cargó a máxima potencia los dobles cañones de sus brazos.
Disparó una descarga contra la pared y al instante la cabina se tambaleó.
La
mella abierta en la superficie del anillo se hacía más grande a cada segundo,
como la boca de un ogro que esperara a engullirlos.
La
pared de la bala cedió ante el fuego conjunto de varios Centinelas que
comprendieron sin más indicaciones lo que pretendía su líder accidental. Un
pequeño rasguño de metal se fue rompiendo, hasta adquirir las proporciones de
algo que bien podría hacer las veces de una puerta.
Murdock
se volvió hacia la proa del ascensor y calibró mentalmente los segundos que
faltaban para el impacto contra el anillo. No iban a tener tiempo de evacuar en
orden el vehículo que los condenaba a la muerte.
—¡Hay
que salir de aquí! —gritó, mientras su yelmo se cerraba—. ¡De líder a todos!
¡Break! ¡Break!
Encendió
los propulsores de sus jets y voló por encima de las cabezas de sus hombres.
Salió al espacio justo a tiempo de ver, convertido en testigo único, el momento
del choque brutal de la segunda cabina contra el cadáver de la primera.
No
había querido exequias, ni desfiles absurdos, ni clarines de oro. Cuando el
cadáver de Richard Kent se transformó en polvo, Galenne Munroe recogió las
cenizas en una urna de jade que tenía más de nueve milenios y bajó, sin
comentarlo con nadie, a la superficie del planeta.
El
Nilo ya no era el poderoso río que había regado con su curso al país de las dos
tierras, sino una sombra del caudal majestuoso de antaño. De todas formas,
Galenne sabía que la última voluntad del dios amado habría sido esa misma que
ahora venía a cumplir. Vació las cenizas sobre las aguas marrones, y los restos
del superhombre se diluyeron en un remolino sucio. Hubo poca poesía en el
momento, nada que hiciera suponer en la existencia de un más allá o un resurgir
a la vida cuando el padre de todos los ríos vomitara sus entrañas sobre el
Mediterráneo, ahora más que nunca un pequeño charco que comunicaba la arcología
escalonada de El Cairo con la enorme Megaciudad, que abarcaba extendida en
horizontal la mayor parte de lo que antes fue Europa.
Richard
Kent había vivido sin hacer daño a nadie. Su defecto, quizá, fue que tampoco
había hecho bien ninguno. Encerrado en su torre, dedicado a la instrospección,
buscaba unos caminos que no supo hallar, incapaz de afrontar la carga de la
superioridad física que le habían legado sus antepasados. Igual que muchos
otros metahumanos, el sueño de la inmortalidad y la pesadilla de la muerte le
atraían y repelían a partes iguales. Igual que el río, el curso de sus genes
estaba seco, o eso había creído.
Galenne
Munroe se palpó el vientre. Todavía no más grande que una cabeza de alfiler,
pero prendido con fuerza en sus entrañas, se hallaba el heredero de Richard
Kent, el punto de encuentro con la sangre renovadora de la Casa Munroe. Quizá
por eso, aun sin saberlo, el viejo dios vencido había dado por colmada su vida,
al comprenderse abierto por fin a una inmortalidad más verdadera que la que
pretendía conquistar Jonathan Bunyan.
Mucho
tiempo después, cuando todo hubiera acabado, Galenne reconocería no haber oído
a tiempo la llamada a rebato de su padre desde el anillo en el cielo. Pero
también admitiría que, de haber conservado aún el comunicador, tampoco habría
acudido a su cita.
Los
larguísimos minutos de escalada se le antojaban eternos. En el visor, junto a
las otras lecturas, Dave Cross comprobaba en un trance hipnótico su propio
ritmo cardíaco, las crestas y valles que indicaban la tensión que galopaba como
un potro salvaje dentro de su pecho. No podía tranquilizarse.
El
ascensor atracó por fin en la sección fija del anillo y el medio centenar de
derivantes entrenados por Javier Kurtzberg tomó posiciones a ambos lados de la
puerta. El mentor de los nuevos dioses hizo un gesto. Los cuatro gajos de la
proa de la cabina se abrieron, pero para sorpresa de la ex periodista no había
ningún comité de guerra dispuesto a recibirlos. La batalla ardía en otro
extremo del anillo edén, centrándose en el equipo liderado por Avalon.
Javier
Kurtzberg salió del ascensor y logró ver, en una remota curva del anillo, cada
vez más cerca, los efectos causados por la destrucción que traía a su antigua
morada.
Ya
no habría vuelta atrás. Era su turno de reencauzar el destino de una raza.
—¡Cierra
la Columna de Nairobi! ¡No quiero el impacto de otro ascensor sobre esa sección
del anillo! —La ansiedad en la voz de Jonathan Bunyan sorprendió a su
lugarteniente.
—¿Nuevos
problemas? —Luther Munroe, desborbado por la situación, caminaba de un lado a
otro, comprobando en las pantallas el avance de los derivantes al ataque.
Reconoció en la grabación la rubia cabeza de Jason Prince, quien corría para
salir de una sección donde el aire escapaba con la premura de un fantasma.
—Esto
no me gusta —murmuró el padre de los dioses—. ¿Cuántos hay subiendo? ¿Desde
cuántos radios de la esfera?
Los
Centinelas de Nairobi, y los de Gabón, ¿pero quién acaba de llegar desde
Ecuador? ¿Cómo han abierto la vía?
Jonathan
tecleó rápidamente una sucesión de órdenes, anulando el código que los
conectaba a la Tierra. Nadie podría entrar ahora en el santuario del anillo. Ni
siquiera los Centinelas que pudieran acudir en su defensa desde otras torres.
No le importaba. Era preferible un aislamiento momentáneo a tener un desembarco
de guerrilleros confluyendo sobre el refugio de los dioses desde las diez
Columnas.
Pidió
información sobre la identidad de la persona que había abierto el ascensor
ecuatoriano, y al obtener la respuesta sintió que la sangre se le helaba en las
venas.
Cuando
Tatsuo Takahashi comprobó que su ascensor quedaba detenido a pocos kilómetros
del final del trayecto, pudo ver a través de la cabina la batalla que ardía más
allá del lugar donde ésta, de no haber sido frenada por alguna mano ajena, lo
habría depositado. Y también cuál habría sido el destino de su transporte si la
potencia del impulsor Red-Ag no hubiera sido desconectada: estrellarse contra
los otros dos ascensores que le habían precedido.
Una
cremallera tendida sobre la sección externa del anillo indicaba la existencia
de una cápsula de impulsión que aceleraría su paso de un lugar a otro del
círculo espacial, llevándole con más rapidez a la zona habitada por los dioses,
la situada en órbita geosincrónica sobre el Atlántico, el objetivo del
desconocido ataque. Para llegar allí y cumplir su misión, el samurai sólo tenía
primero que salir del ascensor muerto, y con la capacidad destructiva de su
armadura eso no iba a representar ningún problema.
Andrea
Vanderbilt era consciente de que su ventaja, perdido ya el factor sorpresa, se
encontraba en las armas que portaban. Podrían continuar su rápido avance hacia
el segmento habitado del anillo, al encuentro de Javier Kurtzberg y los demás,
si lograban evitar un cuerpo a cuerpo con los dioses. Las escaramuzas que
habían librado hasta el momento, al repeler sin problemas al pequeño grupo
encargado de detener su desembarco, habían dejado claro que los metahumanos
carecían del arsenal del que ellos hacían gala. Mil años de desuso acaban por
atrofiar un órgano, igual que mil años de comodidad sólo consiguen volver tus
huesos blandos. Los dioses habían vivido confiados en su superioridad física,
en la muralla que el espacio abría entre la Tierra y su santuario, y por eso no
habían sido capaces de imaginar que algún día la muerte vendría a reclamar su
tributo en forma de sus propios bastardos.
Mientras
consiguieran mantener esa superioridad, mientras los dioses no lograran
contactar directamente en una lucha cuerpo a cuerpo, el avance de los
guerrilleros estaba asegurado. Andrea imaginó un enfrentamiento a puñetazos con
alguno de los metahumanos que ahora se doblaban ante el fuego cruzado del
arsenal de batalla que llevaban, una batalla entre seres capaces de regenerarse
por muy graves que fueran las heridas sufridas, los mitos para miles de años de
generaciones futuras, y se echó a temblar. El gran defecto de los dioses, su
gran pecado, había sido encomendar a los propios hombres su protección,
descuidando aquello para lo que habían sido fabricados. Los dioses habían
entregado la custodia de las armas a los Centinelas, y éstos no habían demostrado
ser capaces de proteger a sus amos cuando el momento lo exigía.
Entraron
en una nueva sección del anillo y bajaron del transporte de impulsión. Un grupo
de dioses se batió en retirada, en busca de otro lugar donde ofrecer una
resistencia más lógica, menos a la desesperada. Jason Prince se detuvo, se dio
la vuelta.
—No
voy a seguir —anunció, y se despojó del yelmo y la coraza.
El
derivante llamado Mustang se paró a su lado. Su vello azul chisporroteaba por
la estática acumulada, como si su cuerpo contrahecho reaccionara igual que el
anillo a la absorción de energía procedente del espacio.
—He
cumplido mi parte —explicó Jason—. He abierto el ascensor. Os he allanado el
camino. Lo que venga después es cosa vuestra. Lo siento. No soy un guerrero.
Creí poder abrazar una causa... pero justa o no, mi misión no es la violencia.
No puedo hacerlo.
Mustang
lo observó en silencio. Por un momento pareció que iba a decir algo, ofrecer
algún tipo de consuelo, pero se limitó a asentir, comprendiendo que no era
miedo lo que detenía al joven rubio, sino la imposibilidad material de
contribuir a la destrucción del único paraíso que merece la pena, aquél donde
todavía se asomaban los recuerdos agridulces de la infancia. Se echó al hombro
el cargador de Jason Prince y continuó corriendo.
La
noticia se difundió como la pólvora, de Casa en Casa, de un dios a otro. El
contingente de bastardos avanzaba por dos frentes como un alud imparable,
abriendo fuego, destruyendo enlaces, sofocando redes. Se les golpeaba y sus
cuerpos reverdecían con la misma prontitud que los suyos propios, superada la
disparidad genética en la que ellos habían cimentado toda su estrategia. No
conocían la piedad. Ni el miedo. Eran máquinas de guerra regalada. Y lo más
increíble, lo más doloroso, lo que ninguno de los dioses habría sido capaz de
imaginar, sus armas imposibles los mataban.
Escudada
entre los cuerpos forrados de metal de Javier Kurtzberg y el leal Rex, Dave
Cross seguía el avance de la patrulla de derivantes, bajo el haz de las
explosiones y los bramidos de dolor y furia que exhalaban los dioses. Intentaba
apresuradamente tomar notas mentales de cuanto los rodeaba, las escalinatas en
bajada y subida, las fuentes rematadas por caballos alados, las gigantescas
cabezas de las estatuas, las torres retorcidas y las avenidas despejadas, todo
aquello que marcaba como ajeno el lugar donde los metahumanos habían instalado
lo que quizás hoy acabaría por ser su última morada, un resto de civilizaciones
y de arte incomprensibles, un Valhalla de tesoros arqueológicos y edificios que
imitaban o saqueaban esplendores que para la humanidad sólo eran ya un sueño.
Entonces
vio, recortada en el cielo en blanco y azul, como una burbuja encantada, la
Tierra de la que todos procedían, una esfera del tamaño de una raqueta de tenis
que escupía al espacio su presencia, segura de su importancia. Frente a su
serena trascendencia, Dave Cross supo que nada de lo que sucediera en el anillo
edén podría compararse con aquel globo de luz y sombras que era la cuna del
hombre, ya fuese dios, humano o derivante. Frente a los desacuerdos y las
veleidades familiares, frente a disputas y separaciones, contra desarraigos y
rupturas siempre quedaría el anclaje, la seguridad de los cimientos que
sostienen la casa.
—Ya
basta. No podemos dejarnos dominar por el miedo. Somos dioses. —Jonathan Bunyan
conservaba la calma, fríos sus ojos como los de un pez—. Nuestros antepasados
fueron creados para enfrentarse a situaciones peores que ésta y hacerlo
sonriendo. No podemos ser menos que ellos.
—Esas
armas que traen... ¡Están matando a los nuestros!
—Lo
sé. Por eso no podemos repeler su ataque como si fuéramos zombies ansiosos.
Deja que los dos grupos de bastardos se encuentren.
—¡Se
harán más fuertes!
—No
podemos mantener una guerra en dos frentes, Luther. Si seguimos efectuando
asaltos a la desesperada, nos abatirán como a patos en un estanque. Concentra a
todo el mundo ante la mansión. Éste es su objetivo. Les plantaremos cara.
—¿Crees
que vienen hacia aquí?
—No
tienen otra alternativa. Este lugar es el sitio al que intentarán llegar.
—Contempló el avance del grupo de ataque en las pantallas—. Sé muy bien lo que
quiere el líder de esos derivantes.
El
samurai no pudo dejar de admirar la labor de muerte que había regado en el
cielo el grupo al asalto que le precedía. No conocía su identidad, ni sus
motivos, pero habían desembarcado en el olimpo del anillo edén y estaban siendo
capaces de sembrar el pánico entre los dioses. Se preguntó cuál sería su
estrategia, quién dirigiría la misión. Hasta la decisión tomada por él mismo
horas atrás, nadie había soñado con enfrentarse de esta manera a los señores
que poseían la Tierra. Quizá, pensó, esa sorpresa esperada es lo que distingue
a toda revolución, el chasquido alucinado de una cuerda demasiado tensa.
Encontró
a un cuerpo tendido y su armadura de combate lo analizó en un par de segundos.
Contrariamente a los otros cadáveres que había visto hasta el momento, éste no
pertenecía a un dios, sino a una derivante. Se encogió de hombros. Había
abatido a demasiados en el pasado para ponerse ahora de su parte, aunque
pudiera haber coincidencias en sus objetivos. Él no había subido a los cielos
para hacer la revolución. Se debía a un general que luchaba en otro frente.
La
enorme arma que todavía empuñaba la derivante muerta le llamó la atención.
Reconoció la tecnología, la potencia destructiva que sólo podía deberse al
mundo de las tinieblas, a los científicos del subsuelo.
Un
arma capaz de matar a los dioses.
Aquella
revolución no era la suya. No iba a relacionarse con el grupo al ataque. Pero
cogió el arma y comprobó que todavía funcionaba.
El
dios desconocido al que buscaba no podría oponerle ahora ningún razonamiento
convincente.
—Han
dejado de luchar.
La
supermujer pelirroja jadeaba. Los dos grupos de Javier Kurztberg acababan de
encontrarse, y entre los yelmos y corazas, tras las armas, los rebeldes
buscaban rostros conocidos, camaradas que echaban en falta. Dave Cross observó
con sorpresa que Jason Prince no estaba presente, aunque Andrea sí. Saludó a la
ex Centinela con un gesto. La otra le respondió con una sonrisa forzada, más
parecida a una mueca.
—Se
están reagrupando, nada más —anunció Javier—. Ahora empieza la verdadera
batalla.
Fuera
cual fuese el resultado de la revuelta, Jason tal vez podría instalarse en
alguna de las zonas despobladas del anillo edén, alejado de todo el mundo, a
salvo de los demás y de sí mismo. No encajaba en ningún sitio. Acababa de
comprobar que la violencia era un camino sin retorno al que de cualquier forma
no pertenecía. La camaradería que los derivantes de Javier Kurtzberg parecían
gozar había sido, para él, una quimera. Tal vez su cabeza fragmentada en vidas
falsas le hubiera jugado malas pasadas cuando deambulaba como un loco entre
cielo y tierra, pero también le había dado una perspectiva de las cosas.
Meterse bajo la piel de entidades que ahora sabía ficticias, asimilando sus
mundos privados, le había prestado también una comprensión diferente, un rechazo
instintivo a la capacidad de provocar sufrimientos con la violencia.
La
batalla de Javier y los demás seguía su curso, pero la Tierra y el anillo edén
continuaban girando lentamente en el pozo infinito del espacio. Regresó hacia
el transporte de impulsión, dispuesto a buscar un escondite en la sección
abandonada del anillo.
La
puerta del vehículo se abrió con una explosión de furia y un cuerpo enloquecido
cargó contra él, incrustándolo contra el suelo. Mientras trataba de repeler las
manos que como garfios se hincaban en su cara, Jason apenas pudo reconocer el
odio desprendido por el ojo metálico de Alexis Maximoff.
Apuntaban
a los corazones, a los ojos, a las bocas, a las ingles, a las piernas, y los
cuerpos que en otro tiempo habían repelido sonrientes impactos de hierro,
rechazando descargas de láser y rebotes de plasma, se venían abajo entre
surtidores de sorpresa y sangre, descabalgados como muñecos sin patas,
neutralizada la ventaja regeneradora gracias a la paciencia de una tecnología
prohibida, desarrollada durante un milenio bajo tierra, en los rincones
inexplorados del mundo de las catacumbas, entre tinieblas.
Un
grupo de dioses descendió entre ellos, descargando manotazos, arrancando
cascos, hendiendo corazas. Organizados ahora en la defensa de un lugar
concreto, los metahumanos respondían con menos pánico a la programación marcada
a fuego en los genes de sus antepasados. Davinia Cross cayó al suelo, perdido
el equilibro entre la masa de cuerpos y armaduras. Unas piernas se posaron a su
lado, y por la determinación con que las botas se clavaban en el suelo,
comprendió que alguien había acudido a rescatarla del caos de la batalla. Alzó
la mirada, y descubrió que era Andrea Vanderbilt y no Javier Kurtzberg o Rex
quien disparaba el trueno de sus brazos contra el cerrado contraataque de los
dioses.
—¿Vas
a quedarte ahí abajo toda la vida, Cross? —masculló la ex Centinela. Su
armadura se iluminaba con las descargas azules de su cañón. Estaba manchada de
sangre ajena.
Dave
se apoyó en una rodilla. Inexperta en el manejo de los exoesqueletos, jamás se
había sentido más torpe.
—Gracias
—jadeó.
—Hoy
por ti, mañana por mí —rezongó la mujer rubia—. En pie, venga.
Dave
la siguió como pudo. La cuña de derivantes se encontraba ya al pie de las
escalinatas que daban acceso a un palacio que se alzaba contra el negro vacío
del espacio, una catedral aún más alta que la orgullosa torre donde se
encontraban. Resbaló al no poder coordinar los impulsores de sus piernas y
acabó de bruces sobre un cuerpo tendido que la miraba con expresión dolorida.
Mustang
yacía en un charco escarlata. La capacidad regeneradora de su cuerpo luchaba en
vano contra el agujero que devoraba su organismo poco a poco. En su última
salida para detener el ataque derivante, los dioses se habían apoderado de
algunas de sus armas, y estaban aprendiendo cómo usarlas.
Jason
escupió sangre y sorpresa. Las manos de Alexis Maximoff se le hundieron en el
pecho, con la furia de un hombre que se zambulle en el agua, y le arrancaron de
cuajo dos costillas. Jason gritó. Descargó un golpe a ciegas pero no alcanzó a
su asesino más que en un codo. Los dientes de Alexis brillaban como una luna
blanca.
Un
nuevo golpe en la cara y el pómulo de Jason reventó entre los nudillos del dios
enfebrecido. El ojo izquierdo se le llenó de un velo cárdeno, y el zumbido en
su oído le impidió escuchar la sarta de improperios que sin duda su enemigo le
dedicaba mientras se entregaba al placer de darle muerte.
Se
arrastró por el suelo, mientras el dios rubio continuaba a horcajadas sobre su
cuerpo, en la parodia más burda posible de un acto de amor descontrolado,
lanzando un ataque tras otro sobre su tronco, sobre su vientre, sobre su
cuello. Incapaz de defenderse, con las dos manos rotas y la vista perdida,
Jason sólo pudo apretar los dientes y esperar a que la regeneración de su
cuerpo acudiera en su ayuda antes de que todo fuera ya, para él, demasiado
tarde.
Venía
a por Osiris. Estaba dispuesto a hacer detonar la bomba. Jonathan Bunyan
abandonó la sala de observación y recorrió, acompañado de los fantasmas de sus
antecesores, los pasillos abandonados de la mansión. El resto de los dioses se
concentraban ante las puertas, tratando de detener la acometida de sus propios
hijos. Él cruel Saturno iba a recibir una ración de su impía medicina.
La
bomba permanecía en medio de una enorme sala desierta, flotando en un campo de
estasis que, no le cupo duda, no significaría nada para la furia desatada del
líder de los derivantes. El dios renegado a quien la mayoría de los otros
dioses sólo consideraban un cuento perdido, una leyenda, había regresado para
hacerla estallar, y Jonathan estaba convencido de que la muralla de
superhombres que había interpuesto entre su objetivo y su destino no podrían
contener una espera de más de mil años.
No
podía destruir a Osiris. Ninguno de sus predecesores había osado acercarse
siquiera a los puntos iluminados de aquella negra caja. Sólo tenía una opción
abierta, si quería que hubiera futuro para los dioses.
Lanzaría
la bomba mutágena al espacio, lejos del anillo, allá donde el dios disidente no
pudiera encontrarla.
Exhaló
un suspiro de amargura y de su nariz brotó un espumarajo de sangre. No podía
respirar. Las manos de Alexis Maximoff se clavaban en su carne como un
martillo, como un hacha, sin piedad ni descanso. Aturdido, Jason Prince
comprendió que, a su manera, el dios repetía sobre él la agonía que había
acabado con la vida de su hermano.
El
equilibrio se restablecería por fin, pensó en medio de una alucinación de
culpas y redenciones. Su sufrimiento terminaría, y tal vez también el propio
Alexis encontraría el sosiego que jamás había hallado a lo largo de sus treinta
y pocos años de existencia.
Vencido
menos por la sorpresa que por la vida, Jason abrió los brazos. Fue una
casualidad que lo hicera en cruz, nada que ver con el sacerdote que lo había
engendrado. Abrió los ojos y captó el destello del bastón que caía hacia su
frente.
Supo
que Alexis ya lo había empleado para causar otra muerte cuando vio en su
afilada punta una mancha seca de sangre.
Se
posó como un dragón de hierro en las alturas del edificio parecido a una
pagoda. Abajo, dioses y derivantes se enfrentaban en una batalla encarnecida.
Con los sensores de su visor desplegados al máximo, Tatsuo Takahashi trató de
tomar una decisión. Ignoraba cuál de todos los habitantes del anillo podría ser
el padre biológico de Izanami, pero con la revolución en curso, no iba a poder
plantarse entre ellos y demandar un juicio de honor del que salir triunfante.
Acarició
el arma. Entre todos los dioses que poblaban el anillo, jamás encontraría al
corruptor de Shai'r, pero su código de combate lo dejaba muy claro. Para
satisfacer su honor, el samurai no podía aceptar más que una alternativa.
Alexis
Maximoff echó los brazos hacia atrás, tomó impulso, aferró con fuerza el bastón
de plata. Un sol de naranja le asomó entonces por el pecho y borró su corazón.
La sorpresa y el odio del dios tuerto se consumieron como la vela que un
torrente apaga. Impulsado por la fuerza del impacto, descabalgó a su víctima y
se desplomó en el suelo, arrugado igual que una prenda de ropa vacía.
Jason
parpadeó. Se apoyó en un codo y logró ver frente a él a una figura conocida que
empuñaba una de las armas que los derivantes habían subido al anillo. Egoísta y
en último extremo solidaria, Bianca Prince no se había unido al resto de la
batalla en el cielo y buscaba el camino de huida hacia la Tierra.
—¿Quién
me iba a decir que tengo instinto materno después de todo, eh?
Dio
un paso hacia su hijo caído y se desplomó a dos metros. Jason vio entonces el
taladro de luz que le había cruzado la cabeza y le marcaba en la frente el
punto carmesí de una diosa india.
—¡Sígueme!
Javier
Kurtzberg ladró la orden con tanta autoridad que Rex ni siquiera se planteó
ninguna duda. Corrió detrás del mentor de los nuevos dioses y entre ambos
franquearon las escalinatas, como un cuchillo caliente en una pompa de jabón.
Distraídos en repeler el resto del ataque, los defensores cayeron ante sus
disparos y no osaron detenerlos.
—Se
ha vuelto loco —comentó Andrea Vanderbilt, a resguardo tras una de las
estatuas—. Con acciones como ésa sólo conseguirá que lo maten.
Dave
Cross se acurrucó junto a ella.
—No.
Sabe bien lo que hace. Corre en busca de Osiris. Va a detonar la bomba.
Los
ojos de Andrea relampaguearon un segundo.
—¿Qué
demonios...?
Comprendió
en un instante lo que el dios inmortal pretendía hacer. Se irguió en la
armadura, disparó una ráfaga de plasma que le asegurara el camino y corrió tras
él.
Sin
saber muy bien qué papel podría desempeñar en el drama que entre todos estaban
representando, Davinia Cross se puso en pie y siguió a su amiga.
Avalon
se acercó cojeando. Llevaba al hombro el cañón, y uno de sus costados sangraba
por una herida que pronto estaría cerrada. Jason la vio surgir tras los
escombros provocados por las explosiones y la furia del combate, pero se sentía
tan agotado que ni siquiera tuvo fuerzas para hablar. Se arrodilló como pudo
junto al cadáver de Bianca y le cerró los párpados con una mano rota.
Avalon
se detuvo junto a él. Contempló a la diosa a la que acababa de matar con un
disparo.
—¿La
conocías?
Jason
meneó la cabeza.
—No,
no demasiado —murmuró—. Era mi madre.
Un
dios de piel oscura le salió al paso. Javier pensó que tal vez fuese un
descendiente de los Wilson, sus antiguos compañeros de armas, pero no se
entretuvo en buscar más posibles apellidos. Abrió fuego contra Luther Munroe y
la sangre roja del segundo de Jonathan tiñó las paredes de espuma
incandescente. Osiris tenía que estar ya muy cerca. El tintineo de su corazón
lo anunciaba.
Andrea
no quería juzgar, ni sabía hacerlo, si la acción desesperada de Javier
Kurtzberg sería, a la postre, buena o mala. Da-ve le había explicado a la
carrera el destino de Osiris, y la derivante no estaba en disposición de
comprender más que una cosa. Si no detenía al metahumano antes de que
encontrase la bomba, fuese cual fuese la potencia del artefacto, fuera a apagar
la energía de sus células o reventase sin más como una traca, la explosión
liberada podría bastar para destrozar la mansión de los dioses y, al hacerlo,
matarlas a ambas.
Desembocaron
en una sala enorme, vacía como los sueños de un anciano. Lejos, fuera de su
alcance ya, iluminados tan sólo por el reguero de las baterías de sus armas,
Rex y Javier parecían haber encontrado la bomba, y a alguien más. Andrea no
pudo reconocer, en la distancia, al dios que embozado la había derrotado en los
tejados del Vaticano, pero sí pudo ver otra cosa.
El
techo de la nave se abría al espacio. Lejos, como una hostia empapada en
sangre, las vigilaba la Luna. Junto a la pared, una pequeña cápsula de
mantenimiento yacía abandonada a su suerte.
—¡Ahí
dentro, rápido!
Dave
vaciló. Al fondo de la sala, oyó un estrépito. Alguien acababa de unirse a los
tres hombres. No pudo identificar quién era. De haber estado más cerca, no lo
habría reconocido tampoco. Trató de oponerse a los brazos de Andrea, pero
comprendió que cualquier resistencia sería inútil.
—¡No
cabremos las dos! —protestó.
—¡Claro
que sí, Cross, no estás tan gorda!
Faltaban
tal vez segundos escasos para que Javier Kurztberg alcanzara su objetivo, para
que Osiris estallara. Andrea se dispuso a subir a la cápsula, pulsó el botón de
ignición cuando todavía no había acabado de hacerlo. El vehículo de
mantenimiento estaba operativo, por fortuna.
Terminaba
de subir a bordo cuando un estallido hizo que su arma le reventara en el pecho.
Andrea Vandebilt resbaló hacia atrás, aturdida. Davinia Cross gritó al
comprobar que la cápsula se cerraba y dejaba a la derivante fuera. Mientras la
ex Centinela caía de espaldas, una nueva figura saltó desde el techo.
Murdock
Fisk se unía a la cita.
La
cápsula rompió la vidriera y escupió a la periodista al frío y la seguridad del
negro espacio.
Se
encontraron frente a frente por fin, el dios renegado y el líder de sus
antiguos compañeros. El pasado dispuesto a enmendar un rumbo y el presente con
pretensiones de mañana. Jonathan observó con envidia al hombre que se acercaba.
Había oído hablar de él, poseía un extenso dossier sobre sus actividades en el
anillo, cuando los dioses eran jóvenes y sus hazañas leyendas. Todavía, en
algún remoto archivo de memoria, el programa que seguía los latidos de su
corazón continuaba contando, anunciando sus más de mil años de existencia.
Javier Kurtzberg era todo lo que él había querido para los suyos, existencia
más allá de los límites biológicos, apego a la vida por encima de barreras.
Pero venía a acabar con lo que él era, con los sueños que pretendía abarcar.
—No
lo conseguirás, Kurtzberg —dijo, y por primera vez en siglos su voz sonó
temblorosa, como la de un niño que se enfrenta a un adulto que teme y respeta—.
No conseguirás detonar la bomba. Antes la lanzaré al espacio, donde no puedas
hallarla.
Pulsó
un control y una rampa de lanzamiento se alzó en el suelo, bajo Osiris.
Javier
se detuvo un momento. Rex lo imitó. Al fondo de la inmensa nave vacía,
resonaron las pisadas de Davinia Cross y Andrea Vanderbilt, recién llegadas.
Una
gárgola de metal amarillo descendió del techo envuelta en estrépito, alcanzó a
Jonathan y lo derribó. El padre de los dioses soltó el control, pero todo
estaba conseguido. Osiris iba a ser lanzada al espacio, y ni siquiera el
milenio de planificación de Javier Kurtzberg impediría al orgulloso metahumano
salirse con la suya.
Si
no conocía al padre de Izanami, si le resultaba imposible adivinar la identidad
del superhombre que había engendrado a quien sería su hija, Tatsuo Takahashi
sólo podía confiar en el neoshinto. Mejor que matar a un soldado, aniquilar a
su señor. Antes de decapitar a un general, destruir al rey. Mejor el padre de
todos los dioses que el progenitor anónimo de su niña.
Jonathan
resbaló ante la fuerza de su impulso. No consiguió atisbar el rostro del
samurai por dentro del casco. Tal vez no lo habría reconocido de todas formas.
Los dos cuerpos entrelazados se clavaron al suelo y antes de que el dios de
dioses supiera reaccionar, un disparo atronador le abrió en canal una parte del
pecho.
Javier
Kurtzberg saltó hacia la bomba. La empujó, lo suficiente para sacarla de la
rampa de lanzamiento, para apartarla de la máquina que la escupiría al espacio,
fuera de su alcance. Osiris rodó como un huevo de pascua, de costado,
alejándose de la melé de hombre y dios.
Al
fondo de la nave, una cápsula brotó hacia el techo. Jonathan Bunyan y Tatsuo
Takahashi
cayeron fundidos en un doble abrazo sobre el sistema eyector, y fueron ellos,
no la bomba, quienes acabaron siendo lanzados al espacio.
Murdock
Fisk la contempló, tendida en el suelo, con la armadura rota. Avanzó hacia ella
dos pasos, se plantó ante Andrea. Alzó el visor.
Andrea
Vanderbilt se incorporó a duras penas. Su única posibilidad de huida había
escapado junto con Dave Cross. Miró al cielo. La cápsula de mantenimiento era
una bola de cristal que se perdía de vista.
Murdock
alzó la pistola. Le apuntó entre los ojos. Recordó a la diosa de mármol que
tanto había admirado, su belleza superior, su inteligencia serena. No fue capaz
de recordar qué le había llevado a destruirla de un disparo. La frustración,
tal vez. El puro odio.
Andrea
lo vio acercarse, hermoso y solitario, el único superviviente del contingente
de Centinelas enviados a detenerlos. Comprendió que iba a morir igual que ella,
cuando Osiris estallara. Sintió lástima.
Javier
Kurztberg se arrodilló junto a la bomba. Una luz parpadeando en rojo lo saludó.
Todavía funcionaba. Todavía contenía su letal carga. Todavía esperaba que le
diera el uso para el que había sido diseñada.
Una
ventana se abrió en la parte superior de la máquina. El botón verde se ofreció
a su mano. La extendió.
—No
la toques, Javier. No se te ocurra tocarla.
El
dios renegado se volvió. Frente a él, espantado por la presencia de la bomba,
Rex le apuntaba con una de aquellas armas que tanto tiempo había costado
diseñar.
—Apártate
de ella. No la roces siquiera.
Javier
sacudió la cabeza.
—¿No
comprendes, Rex? Es el final del camino, hijo mío. Osiris tiene que estallar.
Para que todo vuelva a ser como antes. Hay que enderezar esta mentira.
—¿Una
bomba? ¿Eso pretendías todo el tiempo, Javier? ¿Hacer volar el anillo?
¿Destruir otra vez la Tierra?
Javier,
agotado, suspiró.
—El
anillo no, Rex. Al anillo no le pasará nada. Ellos. Nosotros. Tú y yo. Se
acabará la diferencia. Los hombres podrán empezar de nuevo cuando quieran.
Rex
conocía aquella voz. Algunos de los dioses la tenían también, según había
escuchado. La capacidad de convicción, de seducción de una serpiente ondeaba
tras el aleteo de aquellas cuerdas vocales. Si su mentor seguía hablando,
fijando en él sus ojos de cera, la bomba estallaría en cualquier momento.
Quizás él mismo correría a pulsar el detonante.
Abrió
fuego contra Kurtzberg. Dos, tres ráfagas azules. La sangre del dios errante
bañó la bomba, salpicó suelos, el propio yelmo del superderivante.
Javier
se tambaleó, herido de muerte, luchando contra los agujeros que se comían su
cuerpo, haciendo acopio de su poder regenerador. Forzó una sonrisa de disculpa.
—Lo
siento, Rex. Créeme. Podrías haber corrido al exterior... podrías haberte
salvado de la muerte.
Rex
disparó una nueva descarga. Javier giró como una peonza y se desplomó contra la
bomba. Su mano enrojecida se cebó en el detonador, lo empujó hasta el fondo.
La
explosión sacudió los cimientos del mausoleo, deteniendo la batalla en las
escalinatas. Javier Kurztberg había satisfecho por fin un sueño propio, o una
ambición impuesta.
Osiris
había dejado de existir.
Era
el reino de Horus lo que ahora comenzaba.
La
onda expansiva los arrojó al uno contra el otro. Abrazados, sintiendo entre
ambos el metal interpuesto, la sangre desparramada de las heridas, Murdock Fisk
y Andrea Vanderbilt apenas tuvieron tiempo de sentir la ola de fuego que los
consumía mientras sellaban con un beso inútil su larga batalla de amor, odio,
muerte y vida.
A lo
lejos, en lenta rotación sobre la Tierra, quedó la morada de los dioses. El
fulgor del estallido la deslumbró un instante, y al cerrar los párpados
horrorizada Davinia Cross notó cómo una lágrima de furia le corría por la cara.
Andrea le había salvado la vida, condenándose a sí misma a la explosión, pero
le había privado de aquello que más quería, aquello por lo que no le habría
importado renunciar a todo, ser testigo directo del final de una pesadilla.
La
llamarada se convirtió en una niebla densa que se extendió como un espectro por
el anillo edén, condensada y caliente, un puro bálsamo de fuego. Era un ave
fénix que resurgía de sus cenizas, un genio blanco que escapaba de su encierro
de mil años, desatando recuerdos, aniquilando venganzas, sembrando un caudal de
sorpresa y miedo.
La
enorme rueda en el espacio se cubrió del barniz de su avance, anegados los
niveles, los segmentos, las secciones, los palacios y avenidas, la boca de los
ascensores, el negro tubo que unía las torres. Activado tras su letargo de un
milenio, el virus se convirtió en un chaparrón granate que chorreó por las diez
Columnas, amplificándose, repitiéndose, desbordándose. Si hubiera sobrevivido a
la explosión, si sus células rehechas una y un millón de veces hubieran podido
recuperarse una vez más al caos desatado, Javier Kurtzberg habría comprobado
con sorpresa que aunque él fuera Isis, su misión no tenía la finalidad que
creía. Su función en el desarrollo de la historia no pasaba de ser la de mero
actor secundario, el comparsa que brinda los puñales que desencadenan el drama.
Osiris
había sido una bomba incompleta. La pieza que faltaba para completar su ciclo
era el propio anillo edén. Aquella dinamo en el espacio, igual que una
gigantesca campana de resonancia, ampliaba su potencial destructor, como hacía
con la luz que llegaba del Sol, escupiendo a la Tierra el efecto infinito del
virus capaz de manipular las hélices dobles del ADN, sin tener apenas efecto
sobre derivantes ni dioses.
Jonathan
Bunyan sólo tuvo tiempo de sentir cómo una sección del anillo explotaba a sus
espaldas y la llamarada se extendía sobre el panteón que fue su casa. El
samurai conectó los impulsores de su armadura y, todavía entrelazado al dios en
una presa de oso, inició el descenso hacia la Tierra. La sangre del dios le
bañaba de una costra escarlata. No dejó de disparar ni un solo instante, aunque
sabía que los movimientos desesperados del líder de los dioses se debían ya al
puro estertor que presta la muerte.
Jonathan
se rebullía como un vampiro que trata de repeler la estaca en sus costillas,
hasta que los disparos repetidos de Takahashi destrozaron su corazón como un
rayo de luz contra las sombras. Ni siquiera cuando dejó de agitarse soltó el
samurai su presa.
Caían
los dos en una bajada de días hacia el pozo de gravedad del planeta cuando el
halo de luz liberado por Osiris los cubrió como una manta blanca.
Saltando
de una Torre a otra, el virus llegó a las nubes, bañó la Tierra, se fundió en
el oxígeno y se clavó con garfios de hielo en los pulmones de los hombres. Allí
se hizo fuerte, se reduplicó, liberando todo su potencial genético sobre las
células.
Durante
minutos, el planeta se cubrió de su ceniza. Recién nacido, veloz en la
consecución de su ciclo vital, Horus se extendió como polvo de hada por la
atmósfera, hasta prender los genes sumisos de una humanidad dormida.
Jean-Claude
Hubinon saboreó en su garganta el amargo regusto de la bomba mutágena. Todavía
estaba tendido en el suelo, con medio cuerpo destrozado, junto al cadáver de
Toledo que le había regalado Alexis Maximoff. Se llevó una mano a la cara y
para su sorpresa vio que sus dedos engarfiados se soldaban, y la mejilla
abierta por la garra del dios loco se cerraba, y sus hombros machacados volvían
a enderezarse como si la tor-tura a la que había sido sometido horas atrás no
fuese más que el sueño imaginado a medianoche, cuando los monstruos acechan
bajo la cama.
Se
acercó tambaleándose al ventanal. Horus se disipaba con la lluvia, reducido a
un reguero de algodón de caramelo que se derrite con el agua, la espera de un
millar de años liberada en unos minutos de tormenta. Hubinon miró al cielo. El
anillo edén seguía en su sitio, girando al lento compás de la Tierra,
acompañándola para siempre en su baile de máscaras.
No
sabía qué podía haber sucedido en el puente del arco iris donde vivían los
dioses. Tiempo tendría de averiguarlo, cuando la experiencia de gente como él
fuera imprescindible para moldear el mañana. Bañado de sangre seca, dolorido
aún por la pérdida de la derivante que había creído amar, Jean-Claude Hubinon
vio a la gente que corría asombrada por los niveles de la arcología, los gestos
de sorpresa, las miradas incrédulas. Respiró hondo una vez más. Ya no le supo
el aire a veneno. Había cambiado. Todos lo habían hecho.
Sabían,
por primera vez en sus vidas, qué colores tenía el mundo desde los ojos de
dios. Horas había cumplido su misión. De par en par, las puertas del futuro
habían quedado abiertas.
—No
he llegado a saber nunca si Javier Kurztberg me mintió o si vivió un millar de
años programado en el engaño. Tal vez Smallville guardaba con él un doble as en
la manga, fruto de la paciencia y de las intrigas. Osiris liberó su antídoto
sobre la Tierra, pero al hacerlo no anuló la superioridad de los dioses, sino
que acabó con las desigualdades genéticas, procurando un extraño borrón y
cuenta nueva.
»Desde
el espacio más allá del anillo edén fui testigo de cómo el planeta se cubría de
un vaho blanquecino y temí que todo hubiera terminado, que me hubiera visto
condenada a ser la última superviviente. Me equivoqué en parte, como quizá se
equivocó también Javier Kurtzberg, muerto por defender una humanidad a la que
ya no pertenecía, una humanidad que ahora no existe.
»E1
eterno retorno se cumplió. El orden surgió del caos, como en cualquier mito
donde se mezclan abismos y aguas primigenias, las energías de la destrucción y
la creación de las primeras luces. La bruma cubrió la Tierra y se posó en ella
como una burbuja blanca. Sólo duró unas horas, pero su efecto no se borrará ya
nunca.
»Me
rescataron de la cápsula cuando pensaba que mi destino era vagar por el espacio
hasta quedarme sin aire. Un grupo de Centinelas que ya no se debían a ninguna
causa, la patrulla enviada a detener una revolución imparable. Nada más verlos,
comprendí que sus pupilas brillaban con un fuego que me estaría prohibido para
siempre.
»Los
dioses habían dejado de existir. Habían sido nivelados, compensados, despojados
de su exclusividad. Toda la humanidad había sido adelantada una casilla en el
gigantesco tablero de la evolución. Los problemas y conflictos que puedan
acechar desde el futuro se deberán a otros factores, como antes del Apagón, no
a una marca que distinga a unos y otros desde la cuna.
»Jason
Prince ya no está solo. Galenne Munroe ya no se siente única. Tatsuo Takahashi
ya no se diferencia de aquellos seres a los que condenó a una eterna huida. El
destino de todos vuelve a ser común. La meta después de la Tierra volverán a
ser las estrellas.
»La
humanidad ha sido trascendida, bañada de una nueva capa de ilusiones, de
espejismos y fantasías, de orgullo y ansia. Ahora existe en verdad un mundo de
dioses donde nadie se diferencia genéticamente de su vecino, donde las
limitaciones de la vida son distintas, donde el dolor está más lejos y las
características biológicas los ponen al alcance de otros ideales, de otros
planetas. Una nueva raza de superhombres ha sustituido a la raza a la que sólo
yo pertenezco ahora, la raza que eliminaron Osiris y Horas, la raza que en el
pasado fue el recuerdo de Javier Kurztberg y ahora es añoranza mía.
»En
más de un sentido, soy la última de mi especie. No me alcanzaron los efluvios
de la brama. Un camino evolutivo se cerrará conmigo cuando muera. Me llamo
Davinia Cross. Antes que ninguna otra cosa, ayer fui periodista. En este mundo
de dioses, hoy soy leyenda.
AGRADECIMIENTOS
En
el largo trayecto que va de Megaciudad al anillo edén, han sido muchas las
personas que han confiado en mí y en este proyecto. Quiero dar las gracias a
Carlos Pacheco, el primero que creyó en la historia y también el primero en
abandonarla, cuando quisimos reconvertirla a un cómic que tal vez hubiera sido
importante aunque habría tenido muchas páginas. A Javier Redal, Juan Miguel
Aguilera, José María Rivas, Tomi Canales y Alfredo Denítez, por ayudarme a
cubrir de una pátina de técnica y ciencia lo que en el fondo no es sino una
fantasía sin justificaciones. A los miembros del jurado de la UPC, por haber
creído en las posibilidades de este libro y haberme concedido medio premio
cuando lo que leían no era más que un episodio piloto de una serie inconclusa.
A Jaime González, Javi Tirados, Pablo de la Torre, Vicente Quignon, todos ex
alumnos y hoy buenos amigos por cuya ilusión he completado la historia, ya que
no podía dejarlos con la intriga en el aire. A Juan Estela, por sus magníficas
diapositivas y sus palabras de ánimo. A Antonio Romero y Mariló, porque sí. A
John Williams, Jerry Goldsmith, James Horner, Alan Silvestri y John Barry por
marcar el compás de las escenas con su música.
Y a
Isa, para quien inventé esta historia de viva voz un atardecer de agosto,
frente a la vista hermosa de las murallas de Cádiz sobre las olas.
Cádiz,
julio 1991 - abril 1996
Rafael
Marín (Cádiz, 1959) es uno de los autores surgidos en los años ochenta con
mayores perspectivas de futuro en la ciencia ficción española. Licenciado en
filología inglesa, es profesor de enseñanza media y ejerce como autor,
traductor y, last but not least, guionista de cómics. Vive en Cádiz, está
casado y tiene dos hijos.
Su
primera aparición pública fue el relato HABRÁ UN DÍA EN QUE TODOS...,
galardonado con el segundo premio en la Hispacon de 1979, publicado en el
número 119 de Nueva Dimensión (enero 1980). En diciembre del mismo año, esta
vez en el número 129 de Nueva Dimensión (diciembre 1980), aparecía su novela
corta NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO. Obtuvo gran éxito y atención de
los lectores, quienes enviaron numerosas cartas a la revista mostrando interés
por esa aventura de un detective privado como los de Chandler y Hammett en una
Holanda del futuro.
En
1981, Marín escribió la novela LÁGRIMAS DE LUZ, que apareció primero en
Ediciones Fénix (1984) y, más tarde, en la colección semanal de Orbis (1987).
Se trata de una epopeya estelar que sigue la evolución de un interesante
personaje, el bardo Hamlet Evans (el nombre no es casual), quien desempeñará
las más diversas profesiones y acabará desilusionándose de su aventura espacial
ante las injusticias que causa la despiadada expansión de los terrestres. La
calidad literaria y la seriedad que dedica al tratamiento psicológico del
personaje central hacen comparable la obra con las más interesantes de origen
anglosajón.
Sus
relatos, aparecidos a veces en Nueva Dimensión, Kandama, Bem y otros fanzines,
han sido recogidos en las antologías UNICORNIOS SIN CABEZA (1987, Ultramar) y,
más recientemente, OZYMANDIAS (1995, La calle de la costa).
Marín
ha abordado también una curiosa y peculiar forma de la fantasía heroica en una
larga novela de gran interés. Se trata de LA LEYENDA DEL NAVEGANTE, escrita
afínales de los años ochenta, pero publicada a partir de 1992 en Miraguano en
tres libros: CRISEI, ARCE y GÉNAVE. También en Miraguano apareció EL MUCHACHO
INCA más orientada al público juvenil.
Interesado
por los cómics, en particular por el mundo de los superhéroes, Marín ha escrito
diversos guiones de historietas y colaborado, por ejemplo, con la Marvel
británica. En la actualidad es el guionista de las series IBERIA INC. y TRIADA
VÉRTICE, que han recibido una buena acogida entre el público. En septiembre de
1995, la editorial valenciana Edición Global publicó en su colección Nexus LOS
CÓMICS DE MARVEL, la tesis de licenciatura de Marín, un interesantísimo y ameno
estudio sobre esos superhéroes que tanto le atren.
En
1991 ganó, ex-aequo con el también gaditano Ángel Torres Quesada, el primer
Premio UPC de ciencia ficción. La novela entonces ganadora constituye hoy la
primera parte de MUNDO DE DIOSES (1997, NOVA ciencia ficción, número 97), una
espectacular novela de aventuras que surge, como no podía ser menos, de un
posible guión de cómic. Se trata de una narración trepidante, llena de
espectaculares escenas de acción, llamada a obtener un gran éxito popular.
Datos
actualizados a partir de Ciencia Ficción: Guía de lectura de MlQUEL BARCELÓ,
NOVA ciencia ficción, número 28, Ediciones B, Barcelona (1990).


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