© Libro N°. 3045. Muñecos Cosmicos. Dick, Philip K.. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © The cosmic puppets
Versión Original: © Muñecos Cosmicos. Philip K. Dick
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/04/munecos-cosmicos-philip-k-dick.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/04/munecos-cosmicos-philip-k-dick.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MUÑECOS COSMICOS
Philip K. Dick
Título original: The cosmic puppets
© 1957 by Philip K. Dick
© 1965 Ediciones Vértice
I
Peter Trilling miraba en silencio cómo los demás niños jugaban
en la tierra al lado del porche, estaban absortos en su juego. Mary,
cuidadosamente, amasaba y moldeaba pedazos pardos de arcilla dándoles vagas
formas. Noaks sudaba furiosamente para mantener el ritmo de ella. Dave y Walter
ya habían terminado las suyas y descansaban. Bruscamente, Mary acarició su pelo
negro, arqueó su esbelto cuerpo y colocó en el suelo una cabra de arcilla.
—¿Veis? —preguntó—. ¿Dónde están los nuestros?
Noaks sacudió la cabeza; sus manos eran demasiado lentas y
torpes para competir con los dedos voladores de la muchacha. Mary ya había
recogido su cabra de arcilla y rápidamente la reformaba, convirtiéndola en un
caballo.
—Mira la mía —murmuró con voz gruesa Noaks. Plantó un aeroplano
de forma tosca sobre la cola e hizo un sonido de acompañamiento con sus húmedos
labios—. ¿Veis? Muy bueno, ¿verdad?
Dave rezongó.
—Eso es feo. Mira esto —colocó su cordero de arcilla cerca del
perro de Walter.
Peter los miraba en silencio. Distanciado de los otros niños,
estaba sentado y acurrucado en el escalón inferior del porche, los brazos
cruzados, los enormes ojos pardos humedecidos. Su pelo pajizo y alborotado le
caía en torno a su amplia frente. Tenía sus dos mejillas profundamente curtidas
por el sol cálido agosteño. Era una criatura pequeña, delgada y de miembros
largos; tenía el cuello huesudo y una forma extraña en sus orejas. Hablaba
poquísimo; prefería sentarse y mirar a los demás.
—¿Qué es eso? —preguntó Noaks.
—Una vaca —Mary dio forma a las patas de su vaca y la colocó en
el suelo, junto al avión de Noaks. Noaks lo miró con atención; se hizo hacia
atrás infeliz, una mano puesta en su aeroplano. Luego lo levantó y lo miró
pesaroso.
El doctor Meade y la señora Trilling bajaron por las escaleras
de la pensión juntos. Peter se apartó, quitándose del paso del doctor;
cuidadosamente evitó el contacto con la pernera azul rayada del pantalón y los
negros zapatos brillantes.
—Está bien —dijo con brusquedad el doctor Meade a su hija,
mientras consultaba su reloj de oro de bolsillo— Es hora de ir a ver a Shady
House.
Mary se puso de mala gana en pie.
—¿No puede operarme?
El doctor Meade rodeó con el brazo afectuosamente a su hija.
—En marcha, pequeña vagabunda. Al coche —se volvió a la señora
Trilling con expresión profesional—, No hay nada de qué preocuparse,
probablemente polen de las plantas. Están ahora floreciendo.
—¿Esas cosas amarillas? —la señora Trilling se secó sus
chorreantes ojos. Su rostro regordete estaba hinchado y colorado; tenía los
ojos semicerrados—. El año pasado no lo hicieron.
—Las alergias son extrañas —contestó con vaguedad el doctor
Meade. Masticó la punta de su cigarro—. Mary, dije que entraras en el coche
—abrió la portezuela y se deslizó tras el volante—. Llámeme, señora Trilling,
si esos comprimidos antihistamínicos no dan resultado, Probablemente pasaré
esta noche a la hora de cenar, de todas maneras.
Asintiendo y secándose los ojos, la señora Trilling desapareció
en el interior de la pensión, marchando a la cálida cocina y a las pilas de
platos que quedaron sucios después del almuerzo. Mary se volvió de mala gana
hacia la furgoneta, las manos bien metidas en los bolsillos de sus pantalones.
—Eso estropea el juego —murmuró. Peter saltó de su escalón.
—Yo jugaré —dijo en voz baja. Cogió la arcilla que Mary había
abandonado y comenzó a darle forma.
El calcinante sol estival caía a chorro sobre las granjas
montañesas, los acres de madejas salvaje y los árboles, los macizos de cedros,
laureles y álamos. Y pinos, claro. Estaban saliendo de Patrick Country,
acercándose a Carroll y a la proyección sobresaliente de Beanaer Knob. El
camino estaba en mal estado. El esbelto Packard amarillo remontaba las
escarpadas colinas virginianas.
—Ted, volvamos —gimió Peggy Barton—. Ya tengo más de lo que
puedo soportar —se inclinó y buscó una lata de cerveza detrás del asiento. La
lata estaba caliente. La dejó caer en la bolsa y se apoyó malhumorada en la
portezuela. Corrían chorros de sudor por sus mejillas, y mantenía los brazos
cruzados furiosamente.
—Más tarde —murmuró Ted Barton. Había bajado la ventanilla y se
asomaba cuanto podía, con una expresión hechizada y excitada en el rostro. La
voz de su esposa no le causaba impresión; toda su atención estaba en la
carretera por delante y en lo que quedaba más allá de las siguientes colinas.
Añadió al poco—: No, mucho más lejos.
—¡Qué éxito, maldito pueblo!
—Me pregunto qué aspecto tendrá. Mira, Peg, han pasado dieciocho
años. Yo tenía sólo nueve cuando mi familia se trasladó a Richmond, me pregunto
si alguien se acordará de mi... Aquella vieja maestra, la señorita Baines. Y el
jardinero negro que se cuidaba de nuestra casa... El doctor Dolan. Toda clase
de personas.
—Probablemente muertas —Peg se incorporó y con picardía se abrió
todavía más el escote de su blusa. Su pelo negro se le pegaba al cuello; gotas
de sudor se deslizaban por los senos hacia abajo, recorriendo su piel pálida.
Se había quitado los zapatos y las medias y arremangado las mangas. Tenía la
falda arrugada y sucia de polvo. Las moscas zumbaban en torno al coche; una se
posó en su brazo brillante y ella la espantó de un manotazo frenético—. ¡Qué
manera mas infernal de pasar unas vacaciones! Igual podíamos habernos quedado
en New York para sufrir. Por lo menos, allí hay algo que beber.
Delante, las colinas se alzaban bruscas y escarpadas. El Packard
empezó a disminuir la marcha, luego la reanudó más fuerte al cambiar Barton de
velocidad. Picachos inmensos se recortaban contra el horizonte; se estaban
acercando a los Apalaches. Los ojos de Barton estaban casi desorbitados con la
visión al acercarse mas a los bosques y montañas, de viejos panoramas, picos y
valles familiares y curvas que no había esperado volver a ver jamás.
—Millgate queda en un vallecito —murmuró—. Montañas por todas
partes. Sólo llega allí este camino, a menos que hayan construido otro desde
que me fui. Tesoro, se trata de un pueblecito. Adormilado y corriente, como
otros centenares de pueblos. Dos ferreterías, farmacias, herrería...
—¿Hay bares? ¡Por favor, dime que hay un buen bar!
—No más de unos pocos miles de personas. No hay muchos coches
que vengan por aquí. Estas granjas no son muy buenas. El suelo es demasiado
rocoso. Nieva en invierno y hace un calor infernal en verano.
—No lo dices de broma —murmuró Peg. Sus acaloradas mejillas se
le habían puesto blancas; en torno a los labios tenía un tinte verduzco—. Ted,
creo que me voy a marear.
—Llegaremos pronto —respondió con vaguedad Barton. Se asomó más
por la ventanilla, retorciendo el cuello y tratando de adivinar el paisaje de
delante—. ¡Véalos, ahí está la vieja granja! Me acuerdo. Y aquí está el atajo.
—Dobló por el camino principal a otro más pequeño lateral—. Pasado ese
promontorio estaremos ya.
El Packard aumentó la velocidad. Corría entre campos secos y
cercas en ruinas. La carretera estaba agrietada y cubierta de hierbajos, rota y
en malísimo estado. Estrecha y con curvas muy pronunciadas.
Barton metió la cabeza dentro.
—Sabía que encontraría el camino. —Rebuscó en el bolsillo de la
americana y sacó su brújula de la suerte—. Ella me condujo para volver, Peg. Mi
padre me la regaló cuando yo tenía ocho años. La compró en el Almacén de
joyería de Berg, en Central Street. La única joyería de Millgate. Sé que puedo
fiarme de ella. He llevado esta brujulita conmigo y...
—Lo sé —gruñó cansina Peg—. Lo he oído centenares de veces.
Barton, con adoración, apartó la pequeña brújula de plata.
Apretó con fuerza el volante y viró en el sentido de la marcha, creciendo su
excitación mientras el coche se acercaba a Millgate.
—Conozco este camino centímetro a centímetro. Mira, Peg,
recuerdo que una vez...
—Sí, te acuerdas. Dios mío, desearía que pudieses olvidar por lo
menos algo. Estoy tan cansada de oír todos los detalles de tu infancia, todos
los hechos adorables de Millgate, Virginia... ¡a veces me entran ganas de
gritar!
El camino describía una profunda curva metiéndose en un espeso
banco de niebla. Con el pie en los frenos, Barton giró el morro del Packard
hacia abajo y comenzó a descender.
—Ahí está —dijo con suavidad—. Mira.
Debajo de ellos se veía un valle pequeño, perdido en la bruma
azul del mediodía. Un arroyo serpenteaba entre el gris verde oscuro; era una
especie de cinta de negro. Telarañas de polvorientos senderos. Casas; un macizo
en el centro. Millgate en sí... El cuenco impresionante y sombrío de las
montañas que rodeaban el valle por todas partes. El corazón de Barton latió con
dolorosa emoción. «Su ciudad...», donde había nacido, crecido, pasado su
infancia. No había esperado nunca volverla a ver. Mientras él y Peg estaban de
vacaciones, marchando en coche hacia Baltimore, se le ocurrió de repente la
idea. Un viaje rápido a Richmond, para volverla a ver, para ver los cambios que
había sufrido...
Millgate se cernía por delante. Masas de casas polvorientas,
pardas y almacenes, bordeaban el camino. Carteles. Una estación de gasolina.
Cafés. Un par de tabernas de carretera, coches aparcados en los
estacionamientos «Golden Glow Beer». El Packard giró más allá de una farmacia,
de una cochambrosa oficina de correos, y bruscamente salió al centro de la
ciudad.
Calles laterales. Viejas casas. Coches estacionados. Bares y
hoteles baratos. Gente marchando despacio. Granjeros. Camisas blancas de los
comerciantes. Una sala de té. Un comercio de muebles. Dos verdulerías. Un gran
mercado, frutas y verduras.
Barton paró ante un semáforo. Avanzó por una calle lateral y
pasó por delante de un minúsculo colegio. Unos cuantos niños jugaban a pelota
base en el polvoriento patio. Más casas, mayores y bien construidas. Una gruesa
mujer de mediana edad, con un vestido informe, regando su jardín. Un tiro de
caballos.
—¿Bien? —preguntó Peg—. ¡Di algo!
Barton no respondió. Aferró el volante con una mano; estaba
asomado por la ventanilla, el rostro inexpresivo. En el siguiente cruce dobló
el coche hacia la derecha y salió de nuevo a la carretera. Un momento más
tarde, el Packard regresaba despacio por entre las farmacias, bares, cafés y
gasolineras. Y aún Barton seguía sin responder.
Peg sintió un escalofrío de intranquilidad. Había algo en el
rostro de su marido que la asustaba. Una expresión que jamás había visto.
—¿Qué hay de malo? —preguntó—. ¿Ha cambiado todo? ¿No te parece
familiar?
—Debe ser —murmuró con voz espesa—. Tomé la desviación
adecuada... recuerdo el paisaje y las colinas.
Peg le cogió del brazo.
—¿Ted, qué hay de malo?
El rostro de Barton estaba pálido como la cera.
—Jamás vi esta ciudad antes —murmuró con voz ronca, casi
inaudiblemente—. Es completamente distinta. Esto no es el Millgate que
recuerdo. ¡No es la ciudad en que crecí!
II
Barton detuvo el coche. Con manos temblorosas abrió la
portezuela y bajó a la calcinada acera.
Nada era familiar. Todo extraño. Esta ciudad no era la Millgate
que conociera. Podía advertir la diferencia. No había estado aquí jamás.
La ferretería cerca del bar. Era un antiguo y viejo edificio de
madera, inclinado y ruinoso, su pintura amarilla, casi pelada por completo.
Podía descubrir el interior, con arneses, equipo agrícola, herramientas, latas
de pintura y descoloridos calendarios en las paredes. Más allá del escaparate
punteado por las moscas había una exhibición de fertilizantes y productos
químicos. Insectos muertos yacían a montones en las esquinas. Telas de araña.
Carteles de cartón medio doblados. Era una vieja tienda... vieja como el
infierno.
Abrió la enmohecida puerta y entró. Un hombrecillo reseco y
viejo estaba sentado tras el mostrador, como una araña acurrucada, sobre un
taburete. Gafas con montura de acero, chalecos, tirantes. Un montón de papeles
y de colillas de lapicero en su torno. El interior del almacén era frío,
lóbrego e increíblemente atiborrado. Barton se abrió paso por entre filas de
polvorienta mercancía, hasta el anciano. El corazón le latía frenéticamente.
—¡Oiga! —preguntó nervioso.
El anciano alzó la vista miope.
—¿Desea algo?
—¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí?
El viejo alzó una ceja.
—¿Qué quiere usted decir?
—¡Este almacén! ¡Esta casa! ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
El anciano permaneció en silencio durante un momento. Luego alzó
su mano, huesuda y tortuosa, y señaló una placa colocada en la antigua
registradora de latón. 1927. Así, pues, el almacén inició sus negocios
veintiséis años atrás.
Veintiséis años atrás Barton tenía un año de edad. El almacén
había estado allí cuando creció. Sus primeros años, de niño, pasados en
Millgate. Pero jamás había visto esa tienda, nunca. Ni tampoco había visto este
anciano.
—¿Cuánto tiempo hace que vive usted en Millgate? —preguntó
Barton.
—Cuarenta años.
—¿Me conoce?
El anciano gruñó furioso.
—No lo he visto en mi vida. —Se sumió en un malhumorado silencio
y nerviosamente ignoró a Barton.
—Soy Ted Barton, el hijo de Joe Barton. ¿Se acuerda de Joe
Barton? Un tipo corpulento, de amplios hombros, pelo negro. Vivía en Pine
Street, teníamos allí una casa. ¿No se acuerda de mi? —Un súbito terror le
acuchilló—. El viejo parque, ¿dónde está? Solía jugar yo allí. El antiguo cañón
de la Guerra Civil. El Colegio de Douglas Street. ¿Cuándo lo derribaron? La
carnicería de Stazy; ¿qué ocurrió a la señora de Stazy? ¿Está muerta? —Hablaba
rápido. Los recuerdos asaltaban su mente.
El hombrecillo se había levantado lentamente de su taburete.
—Usted debe tener insolación, joven. No hay ninguna Pine Street
por aquí.
Barton quedó abrumado.
—¿Le han cambiado el nombre?
El anciano descansó sus manos amarillentas en el mostrador y se
enfrentó retador a Barton.
—Llevó aquí cuarenta años, más de lo que usted ha vivido. Nunca
hubo ninguna Pine Street. Tampoco una Douglas Street. Hay un parquecito, pero
no importa demasiado. Quizás estuvo con exceso bajo el sol. Será mejor que se
vaya a acostar en algún lugar —miró a Barton con recelo y miedo—. Vaya a ver al
doctor Meade. Está usted bastante confuso.
Turbado, Barton salió de la tienda. El sol calcinador se derramó
sobre él cuando llegó a la acera. Caminó a lo largo, las manos en los
bolsillos. La pequeña verdulería a la otra parte de la calle. Trató de
recordar. ¿Qué hubo allí? Alguna otra cosa. Desde luego, no una verdulería.
¿Qué era...?
Una zapatería. Botas, sillas, artículos de cuero. Eso era. La
Marroquinería de Doyle. Cueros curtidos. Maletas. Allí compré un cinturón, un
regalo para mi padre, pensó.
Cruzó la calle y entró en la verdulería. Las moscas zumbaban en
torno a las pilas de frutas y verduras. Latas de conservas. Y un trepidante
refrigerador en la parte posterior. Un cesto de alambre con huevos.
Una mujer gruesa, de mediana edad, asintió complacida al verle.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo servirle?
Su sonrisa era simpática. Barton dijo con voz dudosa:
—Lamento molestarla. Yo vivía aquí, en esta ciudad. Estoy
buscando algo. Una casa.
—¿Una casa? ¿Qué casa?
—Un almacén... una tienda —sus labios casi se negaron a
pronunciar palabras—. La Marroquinería de Doyle. ¿Significa algo ese nombre
para usted?
La perplejidad apareció en el amplio rostro de la mujer.
—¿Había aquí una...? ¿En Jefferson Street?
—No —murmuró Barbón—. Aquí, en Central, donde yo estoy.
El miedo sustituyó a la perplejidad.
—No lo entiendo, caballero. Llevo aquí desde que era niña. Mi
familia construyó esta tienda en 1889, estuve aquí toda mi vida.
—Comprendo.
Barton retrocedió hacia la puerta.
—Comprendo.
La mujer fue ansiosa tras él.
—Quizás se equivocó de lugar. Quizás usted busca otra ciudad.
¿Cuánto tiempo hace, según me dijo usted que...?
La voz de ella se desvaneció mientras Barton salía a la calle.
Llegó hasta un poste anunciador y leyó sin comprender: «Jefferson»
Esta calle no era el Central. Se había equivocado de calle. Una
súbita esperanza nació. Se había equivocado de calle. Doyle estaba en
Central... y esta calle se llamaba Jefferson. Miró rápidamente en torno. ¿Hacia
dónde quedaba Central? Comenzó a correr, despacio al principio, luego más de
prisa. Dobló una esquina y salió a una pequeña calle lateral. Bares pobres,
hoteles ajados y tiendas oscurecidas por el humo.
Detuvo a un transeúnte.
—¿Dónde está la calle Central? —preguntó—. Busco Central Street.
Debo haberme perdido.
El delgado rostro del hombre se contrajo con recelo.
—Siga —dijo, y se marchó presuroso. Un borracho apoyado contra
la maltrecha pared lateral de un bar se rió en voz alta. Barton vaciló
aterrorizado. Detuvo a la siguiente persona, una jovencita que iba de prisa con
un paquete bajo el brazo.
—¿Central? —jadeó—. ¿Dónde está Central Street?
Con una risita, la chica se fue. A pocos metros se detuvo y se
volvió para gritar:
—¡No hay ninguna Central Street!
—No hay ninguna Central Street —murmuró una vieja, sacudiendo la
cabeza al pasar Junto a Barton. Otros asintieron, sin detenerse siquiera, sino
que acelerando el paso. El borracho soltó una nueva carcajada. Luego bramó:
—No hay un nuevo Central —murmuró—. Todo el día el sol no dura
lo mismo, caballero. Cada cual sabe que no hay aquí tal calle.
—Tiene que haberla —respondió Barton, desesperado—. ¡Tiene que
haberla!
Se plantó delante de la casa donde nació.
Sólo que no era su casa ya en absoluto. Era un hotel enorme y
mugriento en lugar de un chalecito pequeño, blanco y rojo. Y la calle no se
llamaba Pine Street. Su nombre era Fairmount.
Se acercó a la oficina del periódico. No era el «Millgate
Weekly». Ahora se llamaba el «Millgate Times». Y tampoco se trataba de un
edificio cuadrado y gris de cemento. Era una construcción cochambrosa,
amarillenta, de dos pisos, de madera y cartón piedra, una casa de apartamentos
transformada.
Barton entró.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó el joven detrás del mostrador
con placidez—. ¿Quiere usted poner un anuncio? —buscó una libreta—. ¿O es una
suscripción?
—Quiero informes —respondió Barton—. Quiero ver algunos viejos
periódicos. Junio de 1926.
El joven parpadeó. Era regordete y blando, con una camisa
blanca, de cuello abierto. Pantalones bien planchados y uñas cuidadosamente
recortadas.
—¿1926? Me temo que lo de antes de un año está almacenado abajo.
—Tráigalo —gruñó Barton. Arrojó sobre el mostrador un billete de
diez dólares—. ¡Deprisa!
El joven tragó saliva, dudó, luego se dirigió hacia la puerta
como una rata asustada.
Barton se sentó a una mesa y encendió un cigarrillo. Estaba
apagando la primera colilla y encendiendo el segundo pitillo cuando el joven
reapareció, con el rostro congestionado y jadeando, y llevando un enorme libro
encuadernado en cartón.
—Aquí lo tiene. —Lo dejó caer en la mesa con estrépito y se
enderezó aliviado—. Si quiere usted alguna otra cosa, no tiene más...
—Está bien —le interrumpió Barton. Con dedos temblorosos,
comenzó a pasar las antiguas hojas amarillentas, 16 de Junio, 1926. El día en
que nació. Lo encontró, buscó la columna de nacimientos y defunciones y con el
dedo la recorrió rápidamente.
Allí estaba. Letra negra en papel amarillo. Sus dedos la
acariciaron, sus dedos se abrieron en silencio. Allí ponían el nombre de su
padre como Donald, no Joe. La dirección estaba equivocada. 1386 Fairmount en
lugar de 1724 Pine. Daban el nombre de su madre como Sarah Barton en lugar de
Ruth. Pero lo importante se encontraba allí. Theodore Barton, peso tres kilos
treinta y tres gramos, en el hospital del Condado. Pero eso estaba equivocado,
también. Estaba retorcido, distorsionado. Todo confundido.
Cerró el libro y lo llevó al mostrador.
—Una cosa más. Deme los periódicos de octubre, 1935.
—Seguro —respondió el joven. Cruzó presuroso la puerta. A los
pocos momentos regresó. Octubre, 1935. El mes en que él y su familia vendieron
su casa y se fueron. Se trasladaron a Richmond. Barton se sentó a la mesa y
volvió las páginas despacio. 9 de octubre. Ahí estaba su nombre. Recorrió la
columna rápidamente... Su corazón dejó de latir. Todo se quedó completamente
inmóvil. Allí no había tiempo, ni movimiento.
LA ESCARLATINA VUELVE A AQUEJARNOS
Muere un segundo niño. House cerrado por las autoridades
sanitarias del Estado. Theodore Barton, nueve años, hijo de Donald y Sarah
Barton, domiciliado en el 1386 de Fairmount Street, murió en su casa a las
siete de esta madrugada. Con éste son dos los niños fallecidos y la sexta
víctima en esta comarca durante un periodo de... Con la mente en blanco, Barton
se puso en pie. Ni siquiera se acordó de haber abandonado la oficina del
periódico; la siguiente cosa que supo fue que se encontró en la cegadora y
cálida calle. La gente pasaba por su lado. Edificios. Caminaba. Volver una
esquina, pasó por delante de tiendas no familiares. Se tambaleó, medio tropezó
contra un hombre, continuó su marcha a ciegas.
Finalmente se encontró acercándose hacia su Packard amarillo.
Peg lo sacó de la bruma atorbellinada que lo rodeaba. Dio un grito de salvaje
alivio.
—¡Ted! —corrió excitada hacía él, los senos alzándose y cayendo
por debajo de su blusa manchada de sudor—. Gran Dios, ¿qué te proponías al
echar a correr y dejarme? ¡Por poco me asustas hasta volverme loca!
Barton entró turbado en el coche y se colocó tras el volante. En
silencio, colocó la llave del encendido y puso en marcha el motor. Peg se sentó
a su lado.
—¿Ted, qué ocurre? Estás pálido. ¿Te encuentras bien?
Él condujo sin rumbo por la calle. No veía ni a la gente ni a
los coches. El Packard adquirió velocidad rápidamente, demasiado rápidamente.
Formas vagas se deslizaban a sus costados por ambos lados.
—¿Dónde vamos? —preguntó Peg—. ¿Salimos de este pueblo?
—Sí —asintió Ted—. Salimos de este pueblo.
Peg se relajó con alivio.
—¡Gracias a Dios! Me alegraré de volver a la civilización
—acarició su brazo alarmada—. ¿Quieres que conduzca yo? Quizás sería mejor que
descansaras. ¿Qué decías Ted, como si algo terrible hubiese ocurrido? ¿No
puedes decírmelo?
Barton no respondió. Ni siquiera la había oído. Los titulares
parecían pender a pocos pies delante de su cara; la letra negra, el papel
amarillo.
LA ESCARLATINA VUELVE A AQUEJARNOS
«Un segundo niño muere...»
La segunda criatura era Ted Barton. No se había trasladado de
Millgate en octubre de 1935. El día 9 había muerto de la escarlatina. ¿Pero no
era posible? Estaba vivo. Se encontraba sentado en su Packard, junto a su
ceñuda y sudorosa esposa.
Quizás él no era Ted Barton.
Falsos recuerdos. Incluso su nombre, su identidad. Todo
contenido en su cerebro, todo... todo. Clasificado por alguien o algo. Sus
manos se aferraron desesperadas al volante. Pero si él no era Ted Barton...
«¿entonces, quién era?»
Trató de sacar su brújula de la suerte. Una pesadilla, todo
giraba en su torno. Su brújula; ¿dónde estaba? Incluso eso había desaparecido.
«No desaparecido». Había aún alguna otra cosa en el bolsillo.
Su mano sacó un pedacito pequeño de pan seco, duro y florecido.
Un mendrugo de pan seco en vez de su brújula de plata.
III
Peter Trilling se puso en cuclillas y cogió la arcilla que había
abandonado Mary. Rápidamente transformó a la vaca en una masa informe y empezó
a reformarla.
Noaks, Dave y Walter le miraron con airada incredulidad.
—¿Quién te dijo que podías jugar? —preguntó Dave airado.
—Es mi patio —respondió tiernamente Peter. Su forma de arcilla
estaba prácticamente lista. La colocó en el suelo junto al cordero de Dave y al
tosco perro que Walter había formado. Noaks continuó haciendo volar su avión,
ignorando la creación de Peter.
—¿Qué es? —preguntó Walter furioso—. No se parece a nada.
—Es un hombre.
—¡Un hombre! ¿Eso es un hombre?
—Vamos —se burló Dave—. Eres demasiado pequeño para jugar. Entra
y que tu madre te dé un caramelo.
Peter no contestó. Había concentrado en el hombre de arcilla sus
ojos pardos, grandes e intensos. Su cuerpecito estaba muy rígido; se inclinó
hacia adelante, la cara hacia abajo, los labios moviéndose despacio.
Rotundamente no pasó nada. Luego... Dave gritó y se alejó de un
salto. Walter maldijo en voz alta, el rostro de súbito blanco. Noaks dejó de
hacer volar su aeroplano. Se quedó con la boca abierta y petrificado.
El hombrecillo de arcilla se había movido. Al principio de
manera débil, luego, con mayor energía, alzó un pie torpemente y después el
otro. Flexionó los brazos, examinó su cuerpo y... entonces, sin previo aviso,
echó a correr, alejándose de los niños.
Peter rió con un sonido agudo y puro. Extendió ligeramente la
mano y atrapó a la figura de arcilla. El hombrecillo forcejeó y luchó
frenéticamente cuando Peter lo acercó a sí mismo.
—Cielos —murmuró Dave.
Peter hizo girar briosamente al hombre de arcilla entre las
palmas de sus manos. Unió la blanda arcilla formando un montón informe. Luego
lo partió. Rápida, expertamente, formó dos figuritas de arcilla, dos
hombrecillos de mitad del tamaño del primero. Los puso en el suelo y se
arrellanó tranquilamente a esperar. Primero uno, después el otro, se movieron.
Se levantaron, tantearon brazos y piernas, y comenzaron rápidamente a moverse.
Uno corrió en una dirección; el otro dudó, empezó a ir tras su compañero y luego
tomó un rumbo opuesto, pasando junto a Noaks, hacia la calle.
—¡Cogedle! —ordenó Peter vivamente. Atrapó al primer
hombrecillo, se puso rápidamente en pie y corrió tras el otro. El hombrecillo
volaba desesperado... derecho hacia la furgoneta del doctor Meade. Cuando el
vehículo iniciaba la marchar la diminuta figura de arcilla dio un salto
frenético. Sus bracitos manotearon salvajes mientras trataba de encontrar un
asidero en el parachoques metálico. Sin preocuparse, la furgoneta penetró en el
tráfico y la diminuta figura se quedó atrás, aún agitando los brazos, tratando
de trepar y agarrarse a la superficie que ya se había ido.
Peter le alcanzó. Bajó su pie y el hombrecillo de arcilla quedó
transformado en un rodal informe de húmeda tierra. Walter, Dave y Noaks se
acercaron despacio, describiendo un circulo precavido.
—¿Le cogiste? —preguntó con aspereza Noaks.
—Seguro —contestó Peter. Ya se estaba limpiando de arcilla el
zapato—. Pues claro que le cogí. Es mío, ¿no?
Los chicos guardaban silencio. Peter podía advertir que estaban
asustados. Eso le turbaba. ¿De qué iban a tener miedo? Comenzó a hablarles,
pero en aquel momento el polvoriento Packard amarillo se detuvo con estrépito y
Peter le dirigió su atención, olvidando las figuritas de arcilla.
El motor rugió hasta guardar silencio y la portezuela se abrió.
Un hombre bajó despacio. Era joven y de buen aspecto. Pelo negro alborotado,
cejas gruesas, dientes blancos. Parecía cansado. Su americana gris cruzada,
estaba arrugada y manchada; sus zapatos castaños manchados de barro y su
corbata retorcida hacia un lado. Tenía el rostro surcado de arrugas,
desencajado por la fatiga. Los ojos aparecían hinchados y tristes. Vino
despacio hacia los chicos, enfocando su atención en ellos con esfuerzo y dijo:
—¿Es ésta la pensión?
Ninguno de los muchachos respondió. Se daban cuenta de que el
hombre era forastero. Todos en la ciudad conocían la pensión de la señora
Trilling; este hombre procedía de algún otro pueblo. Su coche tenía matrícula
de Nueva York; él era de Nueva York. Ninguno le había visto antes. Y hablaba
con un extraño acento, una especie de ladrido rápido y recortado, duro y
vagamente desagradable. Peter se agitó.
—¿Qué es lo que desea?
—Una casa. Una habitación —el hombre buscó en su bolsillo y sacó
un paquete de cigarrillos y su encendedor, prendió en un cigarrillo tembloroso;
el pitillo casi se le escapó. Todo esto lo contemplaron los chicos con cierto
interés y débil disgusto.
—Se lo diré a mi madre —dijo por último Peter. Dio la espalda al
hombre y caminó tranquilo hacia el porche delantero. Sin mirar atrás entró en
la fresca y mal alumbrada casa, dirigiendo sus pasos hacia los sonidos del
lavado de platos que venía de la gran cocina.
La señora Trilling se volvió y miró inquieta.
—¿Qué quieres? No te acerques a la nevera. No te daré nada hasta
la hora de comer; ya te lo dije.
—Hay un hombre fuera. Quiere un cuarto. Es forastero —añadió
Peter.
Mabel Trilling se secó las manos rápidamente, animado de súbito
su rostro hinchado.
—¡No te quedes ahí! Ve a decirle que entre. ¿Viene solo?
—Sólo vi a él.
Mabel Trilling pasó de prisa junto a su hijo, saliendo al porche
y bajando los vetustos escalones. Él hombre seguía allí, gracias a Dios,
murmuró una plegaria silenciosa de alivio. Ya no parecía venir mucha gente a
Millgate. La pensión estaba a medio llenar: unos cuantos viejos retirados, el
bibliotecario de la ciudad como único empleado y su propio apartamento.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó conteniendo el aliento.
—Quiero un cuarto —contestó Ted Barton cansino—. Sólo un cuarto.
No me importa qué aspecto tenga ni lo que cueste.
—¿Quiere usted también pensión completa? Si come con nosotros,
se ahorrará el cincuenta por ciento de lo que tendría que pagar en el
restaurante, y mis comidas son tan buenas como lo que puedan servirle en el
pueblo, especialmente para un caballero de la ciudad. ¿Es usted de Nueva York?
Un retorcimiento de agonía cruzó el rostro del hombre;
rápidamente fue reprimido.
—Sí, soy de Nueva York.
—Espero que le guste Millgate —continuó la señora Trilling,
secándose las manos en el delantal—. Es una población muy tranquila, no tenemos
jaleos de ninguna especie. ¿Está usted en viaje de negocios, señor...?
—Ted Barton.
—¿Está usted en viaje de negocios, señor Barton? Supongo que
habrá venido aquí a descansar. Mucha gente de Nueva York deja sus casas en
verano, ¿verdad? Aquí se está terriblemente tranquilo. No le importará decirme
en qué trabaja, ¿verdad? ¿Viene usted solo? ¿No le acompaña nadie? —le cogió de
la manga—. Entre y le mostraré su cuarto. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
Barton la siguió, subiendo los escalones y cruzando el porche.
—No lo sé. Quizás una temporada. Puede que no.
—Viene usted solo, ¿verdad?
—Se me unirá mi esposa más tarde, si me quedo lo bastante. La
dejé en Martinsville.
—¿Su trabajo? —repitió la señora Trilling, mientras subían las
alfombradas escaleras hasta el segundo piso.
—Seguros.
—Este es su cuarto. De cara a las montañas. Tiene usted un
estupendo panorama. ¿Verdad que son bonitas las colinas? —apartó las sencillas
cortinas blancas, muchas veces lavadas—. ¿Ha visto tan agradables colinas en su
vida?
—Sí —admitió Barton—. Son bonitas. —Se volvió sin rumbo en torno
a la habitación, tocando la antigua cama de hierro labrado, el alto tocador
blanco, el cuadro de la pared—. Esto está bien. ¿Cuánto?
Los ojos de la señora Trilling se contrajeron de codicia.
—Usted comerá con nosotros, claro. Dos comidas al día, almuerzo
y cena —se pasó la lengua por los labios—. Cuarenta dólares.
Barton rebuscó su cartera en el bolsillo. No le parecía importar
nada. Sacó unos billetes y se los entregó a ella sin decir palabra.
—Gracias —jadeó la señora Trilling. Salió de prisa de la
habitación—. Se cena a las siete. Se perdió el almuerzo, pero si quiere...
—No —Barton sacudió la cabeza—. Eso es todo. No quiero nada de
almuerzo —le dio la espalda y miró tristemente por la ventana.
Las pisadas de ella se apagaron por el pasillo. Barton encendió
un cigarrillo. Se sentía vagamente molesto, como enfermo en su estómago y en la
cabeza, que le dolía de tanto tiempo conduciendo. Después de dejar a Peg en el
hotel en Martinsville, volvió al pueblo a toda velocidad. Tenía que volver.
Tenía que quedarse aquí, incluso cuando eso le tomase años. Necesitaba
descubrir quién era él y en aquel lugar es donde estaba la posibilidad de
averiguarlo.
Barton sonrió irónico. Incluso aquí, no parecía haber tampoco
mucha posibilidad. Un chico había muerto de escarlatina dieciocho años atrás.
Nadie lo recordaba. Un incidente de poca monta; centenares de chicos morían, la
gente iba y venía. Una muerte, un hombre menos dentro de los muchos...
La puerta de la habitación se abrió.
Barton se volvió con rapidez. Un chavalito estaba allí, pequeño
y delgado, con unos ojos pardos inmensos. Sobresaltado, Barton le reconoció
como el hijo de la patrona.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó—. ¿Por qué has venido aquí?
El niño cerró la puerta tras de sí. Durante un momento dudó,
luego preguntó con brusquedad:
—¿Quién es usted?
Barton se puso rígido.
—Barton. Ted Barton.
El niño pareció satisfecho. Dio la vuelta a Barton examinándole
por todos los lados.
—¿Cómo logró pasar? —preguntó—. La mayor parte de la gente no
logra pasar. Debe haber un motivo.
—¿Pasar? —Barton estaba turbado—. ¿Pasar por dónde?
—A través de la barrera —de pronto el chico se retiró; sus ojos
se hicieron opacos. Barton se dio cuenta de que el muchacho había dejado
escapar algo, una cosa que no debía haber dicho.
—¿Qué barrera? ¿Dónde?
El niño se encogió de hombros.
—Las montañas. Es un camino largo. La carretera es mala. ¿Por
qué vino aquí? ¿Qué es lo que hace usted?
Podía haber sido simplemente curiosidad infantil. ¿O era algo
más? El muchacho tenía un aspecto extraño, delgado y huesudo, con enormes ojos,
una mata de pelo castaño sobre su frente extraordinariamente amplia. Una cara
inteligente. Sensitiva para un muchacho que vivía en una ciudad apartada del
mundo al sureste de Virginia.
—Quizás —dijo Barton despacio—, tenga medios de pasar esa
barrera.
La reacción se produjo con rapidez. El cuerpo del muchacho se
tensó; sus ojos perdieron la opacidad y comenzaron a brillar nerviosamente.
Retrocedió, alejándose de Barton, intranquilo y de súbito tembloroso.
—¿De veras? —murmuró. Pero a su voz le faltaba convicción—. ¿Qué
clase de medios? Usted ha debido deslizarse a través de un lugar débil.
—Conduje por la carretera. La autopista principal.
Los enormes ojos pardos destellaron.
—A veces la barrera no está allí. Usted debió pasar cuando no
estaba.
Ahora, quien comenzaba a sentirse intranquilo era Barton. Se
encontraba fanfarroneando y su fanfarronada había sido aceptada. El chico sabía
que la barrera existía, pero Barton no. Un destello de miedo se apoderó de él.
Pensándolo bien, «no» había visto otros coches ni yendo ni viniendo de
Millgate; la carretera estaba en mal estado, casi intransitable. Los hierbajos
la cubrían; la superficie se encontraba seca y rajada. Ningún tráfico en
absoluto. Colinas y campos, cercas en ruinas. Quizás pudiese averiguar algo
gracias a aquel muchacho.
—¿Hace mucho que sabes lo de la barrera? —preguntó cauteloso.
El chico se encogió de hombros.
—¿Qué quiere usted decir? Siempre lo he sabido.
—¿Todo el mundo del pueblo lo sabe?
El chico se echó a reír.
—Claro que no. Si lo supieran... —Se interrumpió, el velo otra
vez cayendo sobre sus enormes ojos pardos. Barton había perdido su momentánea
ventaja; el chico estaba otra vez pisando terreno firme, respondiendo a
preguntas en lugar de formularlas. Sabía más que Barton y se daba cuenta de
esta superioridad de conocimiento.
—Eres un chico listísimo —dijo Barton—. ¿Qué edad tienes?
—Diez.
—¿Cómo te llamas?
—Peter.
—¿Siempre viviste aquí? ¿En Millgate?
—Claro —su pequeño pecho se hinchó—. ¿En dónde, si no?
Barton dudaba.
—¿Has estado alguna vez fuera de la ciudad? ¿En el otro lado de
la barrera?
El chico frunció el ceño. Su rostro forcejeó; Barton advirtió
que había dado en algo. Peter comenzó a pasear intranquilo en torno al cuarto,
las manos en los bolsillos de sus descoloridos pantalones vaqueros.
—Claro. Muchas veces.
—¿Cómo la atravesaste?
—Tengo medios.
—Comparemos los medios —dijo Barton con apremio. Pero no picó en
el anzuelo; su gambito fue declinado con presteza.
—Déjeme ver su reloj —pidió el muchacho—. ¿Cuántos rubíes tiene?
Barton se quitó el reloj de pulsera con recelo y se lo entregó.
—Veintiuno.
—Es bonito —Peter le dio varias vueltas. Pasó sus delicados
dedos por la superficie, luego lo devolvió—. ¿Todo el mundo en Nueva York tiene
relojes como éste?
—Todo el mundo que es alguien.
Al cabo de un momento, Peter dijo:
—Yo puedo detener el tiempo. No mucho rato; sobre unas cuatro
horas. Algún día lo haré toda una jornada. ¿Qué le parece eso?
Barton no sabía qué pensar.
—¿Qué otra cosa puedes hacer? —preguntó alerta—. Eso no es
mucho.
—Tengo poder sobre «sus» criaturas.
—¿De quién?
Peter se encogió de hombros.
—De ello. Ya lo sabe. Lo de este lado. Con las manos unidas, no
el del pelo brillante, como el metal. El otro. ¿Lo ha visto?
Barton se aventuró.
—No, no lo vi.
Peter estaba turbado.
—Usted «debe» haberle visto. Usted debe haberlos visto a los
dos. Están siempre. A veces subo por la carretera y me siento en el ribazo que
poseo. Desde allí les puedo ver bien.
Al cabo de un momento, Barton logró encontrar palabras.
—Quizás quieras llevarme allí alguna vez.
—Estupendo —las mejillas del niño se encendieron; en su
entusiasmo perdió todo recelo—. En un claro día se les puede ver a ambos
fácilmente. Especialmente a él... en el extremo lejano —empezó a soltar
risitas—. Es divertido. Al principio me daba miedo. Pero me acostumbré.
—¿Sabes sus nombres? —preguntó Barton tentativo, tratando de
encontrar algún otro hilo de razón, alguna cordura en las palabras del
muchacho—. ¿Quiénes son?
—No lo sé —Peter se ruborizó todavía más—. Pero algún día lo
descubriré. Debe haber un modo. Yo sólo he preguntado a unas cuantas de las
cosas del primer nivel, pero no lo saben. Incluso hice un golem especial con un
cerebro extra grande, pero no pudo decirme nada. Quizás usted pueda ayudarme.
¿Qué tal es usted con la arcilla? ¿Tiene experiencia? —se acercó a Barton y
bajó la voz—. Nadie de por aquí sabe «nada». Hay una oposición actual. Tengo
que trabajar completamente a solas. Si me ayudaran...
—Sí —logró decir Barton. ¿Santo Dios, en qué se había metido?
—Me gustaría seguir el rastro a uno de los Vagabundos —continuó
Peter con una oleada de excitación—. Ver de dónde vienen y cómo lo hacen. Si
tuviese ayuda, quizás podría aprender a hacerlo también.
Barton estaba como paralizado. ¿Qué eran los Vagabundos y qué
hacían?
—Sí, cuando los dos trabajemos juntos... —empezó débilmente.
Pero Peter le interrumpió.
—Déjeme ver su mano —Peter asió la muñeca de Barton y examinó su
palma con cuidado. Bruscamente retrocedió. El color desapareció de sus
mejillas—. ¡Me mentía! ¡Usted no sabe nada! —el pánico destelló en su cara—.
¡Usted no sabe nada en absoluto!
—Claro que lo sé —afirmó Barton. Pero le faltaba convicción. Y
en la cara del muchacho la sorpresa y el miedo se había convertido en hosco
disgusto y hostilidad. Peter se volvió y abrió la puerta del pasillo.
—Usted no sabe nada —repitió, medio encolerizado, medio
desdeñoso. Hizo una breve pausa—. Pero yo sé algo.
—¿Qué clase de cosa? —preguntó Barton. Iba a recorrer todo el
camino; era ya demasiado tarde para retroceder.
—Algo que usted no sabe —una sonrisa velada, secreta, asomó en
el suave rostro del jovencito. Una expresión maligna, evasiva.
—¿El qué? —preguntó Barton con aspereza—. ¿Qué sabes tú que yo
no sepa?
No se esperaba la respuesta que recibió. Y antes de que pudiera
reaccionar, la puerta se había cerrado de golpe y el muchacho corría pasillo
abajo. Barton se quedó plantado inmóvil, oyendo el taconear de sus zapatos
contra los desgastados escalones.
El niño salió corriendo al porche. Bajó la ventana de Barton,
hizo bocina con sus manos y gritó a pleno pulmón. Con dificultad, un débil pero
penetrante grito que logró abrirse paso por los oídos de Barton, una abrumadora
repetición de las mismas palabras, dichas exactamente de idéntica manera.
—Sé quién es usted —dijeron de nuevo las palabras, abofeteándole
con dureza—. ¡Sé quién es usted «realmente»!
IV
Seguro de que el hombre no le seguía y tiernamente satisfecho
con el efecto de sus palabras, Peter Trilling caminó por entre los escombros y
basuras de detrás de la casa. Pasó las porquerizas, abrió la puerta que daba al
huerto trasero, la cerró con cuidado tras sí, y se encaminó hacia el establo.
El establo-granero olía a heno y a estiércol, hacía calor; el
aire estaba viciado y muerto. Subió por la escalera con precaución, un ojo
puesto en el reluciente umbral; aún había posibilidad de que el hombre le
hubiera seguido.
En el altillo se agazapó expertamente y aguardó un rato,
reteniendo el aliento y meditando en lo que había pasado.
Cometió un error. Un gran error. El hombre se enteró de mucho y
«él» no había aprendido nada. Por lo menos, no había aprendido «mucho». El
hombre era un enigma en muchos sentidos. Tendría que tener cuidado, vigilar sus
pasos e ir despacio. Pero el hombre podría resultar ser valioso.
Peter se puso en pie y encontró la linterna colgada de un
herrumbroso clavo, encima de su cabeza, donde se cruzaban dos enormes vigas. Su
luz amarillenta acuchilló las profundidades del altillo.
Allí estaban todavía, exactamente como les dejara. Nadie venía
jamás aquí; era su cámara de trabajo. Se sentó en la blanda paja y colocó la
luz a su lado. Luego extendió el brazo y con cuidado levantó la primera jaula.
Lo ojos de la rata relucían, rojos y pequeños dentro de su
espeso cerco de peluda piel hirsuta. Se inquietó y se apartó cuando el muchacho
corrió hacia un lado de la puerta de la jaula y extendió la mano para coger al
bicho.
—Vamos —susurró—. No temas. —Sacó la rata y sostuvo su
cuerpecito tembloroso entre las manos mientras acariciaba la piel. Los largos
bigotes vibraron; los incesantes movimientos de su hocico crecieron, mientras
olisqueaba los dedos del muchacho y la manga—. Nada de comer ahora —dijo
Peter—. Sólo quería saber lo grande que te estás haciendo. —Volvió a colocar la
rata en su jaula y cerró la puerta de alambre. Luego enfocó su luz a la
siguiente jaula, en la que las estremecidas formas grises que se apiñaban contra
los alambres, ojos rojos, morros moviéndose constantemente, parecían llenas de
curiosidad. Estaban todas. Y en buenas condiciones. Gordas y saludables. Al
fondo las profundidades, fila tras fila. Amontonadas y apiladas una sobre otra.
Se levantó y examinó los tarros de arañas colocados en filas
precisas e igualadas en los estantes altos. Los interiores de los tarros
estaban espesos de telarañas, en montones confusos como el pelo de una anciana.
Pudo ver cómo las arañas se movían furtivas, atontadas por el calor. Globos
gruesos que reflejaron el rayo de la linterna. Hurgó en el bote de las moscas y
sacó un puñado de cuerpecitos muertos. Con pericia, proporcionó alimento a cada
tarro, cuidando de que ningún bicho escapara.
Todo estaba estupendo. Apagó la linterna, la colgó en su sitio,
se detuvo un momento para examinar el luminoso umbral y luego bajó por la
escalera.
En el banco de trabajo cogió un par de tenazas y continuó
trabajando en la caja de serpientes con ventanas de cristal. Iba saliéndole
perfectamente bien, teniendo en cuenta de que era la primera que hacía. Más
tarde, cuando tuviese más experiencia, no tardaría tanto.
Midió el marco y comparó el tamaño del cristal que necesitaría.
¿Dónde hallaría una ventana que nadie echase de menos? Quizás en la casa
ahumada; estaba abandonada desde que el tejado comenzó a rajarse a primeros de
la última primavera. Dejó el lápiz, cogió el metro y salió del granero,
entrando en el brillante sol exterior. Cruzó el campo corriendo; el corazón le
latía de emoción. Las cosas le estaban resultando muy bien. Despacio, con
seguridad, superaba un borde. Claro, este hombre pudo trastornarlo todo.
Tendría que asegurarse de que su peso no quedaba puesto en el lado equívoco de
la balanza. Lo que importaría aquel peso no había manera de saberlo todavía.
Por otra parte dedujo que sería poquísimo.
¿Pero qué hacía un Millgate? Vagos retazos de duda asomaron al
cerebro del muchacho. Había venido por un motivo. Ted Barton. Tendría que hacer
más preguntas. Si era preciso, el hombre podía ser neutralizado. Pero quizá
fuera posible conseguir meterle en...
Algo zumbó. Peter gritó y se lanzó a un lado. Un dolor cegador
le apuñaló el cuello, otro le atravesó el brazo, rodó y rodó sobre la caliente
hierba, gritando y agitando los brazos. Oleadas de terror le golpearon; trató
desesperadamente de enterrarse en el duro suelo.
El zumbido disminuyó. Cesó. Sólo había el sonido del viento. Se
encontraba a solas.
Temblando de terror, Peter alzó la cabeza y abrió los ojos. Todo
su cuerpo temblaba; ondas de temblor le subían y le bajaban por su organismo.
El brazo y el cuello le ardían horriblemente; le habían alcanzado en dos
sitios. Se puso en pie inseguro. No había más.
Maldijo frenético. ¡Qué estúpido fue al salir torpemente al
descubierto de aquella manera! ¡Podría haberle encontrado todo un rebaño, no
sólo dos!
Se olvidó de la ventana y regresó hacia el establo. Había estado
muy a punto. Quizás la próxima vez no se libraría con tanta facilidad. Y las
dos se habían escapado; no había logrado aplastarles. Darían el aviso; ella lo
sabría. Ella tendría algo sobre lo que fanfarronear. Una fácil victoria. Ella
extraería placer del incidente.
Y peor... desnivelar las balanzas, un estrépito de fichas de
dominó cayendo a lo largo de toda la fila. Estaba aquello tan entrecruzado...
Comenzó a buscar algo de barro que ponerse en las picaduras de
las abejas.
—¿Qué ocurre, señor Barton? —preguntó una voz cerca de su oído—.
¿Sinusitis? La mayor parte de la gente que tiene la nariz como la de usted
padecen de sinusitis.
Barton se levantó. Casi se había dormido encima del plato de su
cena. El café se le había enfriado y se veía más pardo que nunca. Las patatas
grasientas se endurecían con rapidez.
—¿Eh? —murmuró.
El hombre sentado a su lado echó atrás la silla y se secó la
boca con la servilleta. Era regordete y bien vestido; de mediana edad, con un
traje azul oscuro y camisa blanca, corbata atractiva, un grueso anillo en su
también grueso y blanco dedo.
—Me llamo Meade. Ernest Meade. La manera que tenía usted de
sujetarse la cabeza —sonrió, con una sonrisa reposada y profesional—. Soy
médico. Quizás pueda ayudarle.
—Sólo me encuentro cansado —dijo Barton.
—Acaba de llegar, ¿verdad? Éste es un buen lugar. Yo como aquí
de vez en cuando, cada vez que me siento demasiado perezoso para preparar mis
propias comidas. A la señora Trilling no le importa servirme, ¿verdad, señora
Trilling?
En el extremo opuesto de la mesa, la señora Trilling asintió en
un vago gesto. Su rostro estaba menos hinchado; al caer la noche el polen no
llegaba tan lejos. La mayor parte de los otros pensionistas habían abandonado
sus sitios y salido al porche para sentarse al frescor de la noche hasta la
hora de irse a la cama.
—¿Qué le trae a Millgate, señor Barton? —preguntó educadamente
el doctor. Rebuscó en el bolsillo de la americana y sacó un cigarro oscuro—. No
viene mucha gente por aquí. Resulta raro. Nos hemos acostumbrado al tráfico,
pero ahora éste ha muerto para reducirse casi a la nada. Pensándolo bien, es
usted el primer rostro nuevo que he visto desde hace muchísimo tiempo.
Barton digirió esta información. Un chispazo de interés pareció
acalorarle. Meade era médico. Quizás supiera algo. Barton acabó su café y
preguntó precavido:
—¿Lleva usted mucho tiempo ejerciendo aquí, doctor?
—Toda mi vida —Meade hizo un gesto desvaído con el pulgar—. En
lo alto de aquella colina, tengo una clínica particular. Shady House, se le
suele llamar —bajó la voz—. La ciudad no proporciona ninguna clase de
atenciones médicas decentes. Traté y trato de ayudar lo mejor que puedo;
construí mi propio hospital y lo manejo a mis propias expensas.
Barton escogió sus palabras con cuidado.
—Vivieron aquí algunos parientes míos. Hace muchísimo tiempo.
—¿Barton? —Meade reflexionó—. ¿Cuánto tiempo hace?
—Unos dieciocho o veinte años —mirando el rostro florido y
competente del doctor, Barton continuó—. Donald y Sarah Barton. Tuvieron un
hijo. Nació en 1926.
—¿Un hijo? —Meade pareció interesado—. Creo recordar algo. ¿En
el 26? Probablemente yo le traje a este mundo. Entonces ejercía. Claro, era
mucho más joven en aquellos días. Pero todos lo éramos.
—El niño murió —dijo Barton despacio—. Falleció en 1935. De
escarlatina, creo que fue un pozo de agua contaminado.
—Dios Santo, me acuerdo de eso. Oh, lo hice cerrar; fue idea
mía. Les obligué a cerrarlo. ¿Eran parientes suyos? ¿Estaba emparentado con el
niño? —fumó de su cigarro, furioso—. Me acuerdo. Tres o cuatro criaturas
murieron en aquel tiempo. ¿El chaval se llamaba Barton? Me parece recordar.
¿Dice usted que era pariente suyo? —se estrujó el cerebro—. Había un niño. Un
chico muy mono. Pelo negro, como el suyo. La misma fisonomía en general.
Pensándolo bien, me doy cuenta de que usted en cierto modo me lo recuerda.
Barton retuvo el aliento.
—¿Se acuerda de él? —se apoyó en la mesa inclinándose hacia el
doctor—. ¿Usted le vio morir?
—Les vi morir a todos. Eso fue antes de construirse Shady House,
en el viejo hospital del condado. ¡Cristo, qué pozo más apestoso! No me extraña
que murieran. Suciedad; incompetencia; por esa causa construí mi propia clínica
—sacudió la cabeza—. Hoy en día podríamos haberlos salvados a todos.
Fácilmente. Pero ya es demasiado tarde —tocó brevemente a Barton en el brazo—.
Lo siento. Pero usted no podía ser muy viejo por entonces. ¿Qué parentesco
tenía con el niño?
Una buena pregunta, pensó Barton para sí. Le hubiera gustado
también saber la respuesta.
—Meditándolo bien —dijo despacio el doctor Meade, medio para
sí—, me parece que recuerdo el nombre de pila, ¿no se llama Theodore?
Barton asintió.
—Cierto.
La florida frente se arrugó, perpleja.
—El mismo nombre que el suyo. Cuando la señora Trilling me lo
dijo, supe que conocía el nombre.
Las manos de Barton se crisparon en el borde de la mesa.
—Doctor, ¿está enterrado aquí en la ciudad? ¿Está su tumba
cerca?
Meade asintió despacio.
—Claro. En el cementerio regular de la ciudad —dirigió a Barton
una mirada inquisitiva—. ¿Quiere visitarlo? No hay dificultad en hacerlo. ¿Para
eso vino aquí? ¿Para visitar su tumba?
—No con exactitud —respondió Barton rígidamente.
Al extremo de la mesa, junto a su madre, se sentaba Peter
Trilling. Tenía el cuello hinchado y colorado. Su brazo derecho estaba vendado
con una tira de tela sucia. Se le veía malhumorado e infeliz. ¿Un accidente?
¿Le había picado algo? Barton observó cómo los delgados dedos del niño cogían
un pedazo de pan. «Sé quién es usted», había gritado el chaval. «Sé quién es
usted en realidad.» ¿Lo sabía o era simplemente una fanfarronada infantil, una
amenaza engreída, vacía y sin significado?
—Mire —dijo el doctor Meade—. No intento entrometerme en sus
asuntos; eso no está bien. Pero hay algo que me preocupa. Usted no vino aquí a
descansar.
—Cierto —dijo Barton.
—¿Quiere usted decirme lo que es? Soy mucho más viejo que usted.
Y he vivido en esta ciudad larguísimo tiempo. Nací aquí, aquí crecí. Conozco a
todo el mundo en los alrededores.
¿Podía hablar con esta persona? ¿Un posible amigo?, se preguntó.
—Doctor —dijo Barton despacio—, ese niño que murió era pariente
mío, pero no sé en qué grado —se frotó la frente, cansino—. No lo entiendo.
Tengo que descubrir qué es lo que soy de aquel chico.
—¿Por qué?
—No puedo decírselo.
El doctor sacó de una caja pequeña y labrada un mondadientes de
plata y comenzó pensativamente a hurgar en sus molares.
—¿Fue usted a la oficina del periódico? Nat Tate le ayudará en
cierto modo. Viejos archivos, fotografías, periódicos atrasados. Y en el puesto
de policía puede usted repasar una gran cantidad de documentos de la ciudad.
Impuestos y declaraciones e informes. Claro, si intenta usted seguir el rastro
a una relación familiar, lo mejor es el juzgado del condado.
—Lo que yo quiero está aquí en Millgate. No en el juzgado del
condado —al cabo de un momento, Barton añadió—; Tiene que ver con toda la
ciudad. No sólo es Ted Barton. He de saber acerca de todo esto —volvió la mano
en un cansado círculo—. En cierto modo todo está envuelto. Ligado con Ted
Barton. Me refiero al otro Ted Barton.
El doctor Meade pensó. Bruscamente apartó el mondadientes de
plata y se puso en pie.
—Salgamos al porche. Usted todavía no conoce a la señorita
James, ¿verdad?
Algo se agitó dentro de Barton. Su cansancio desapareció y alzó
la vista rápidamente.
—Conozco el nombre. Lo oí antes.
El doctor Meade le miraba de manera rara.
—Con toda probabilidad —asintió—. Estaba sentada frente a
nosotros durante la cena —mantuvo abierta la puerta del porche—. Es la
bibliotecaria de la Biblioteca Popular. Conoce cuanto hay que saber acerca de
Millgate.
El porche estaba a oscuras. Le costó a Barton un par de minutos
acostumbrarse. Varias formas se sentaban en torno sobre viejas mecedoras y
sillones y en un largo y vetusto diván. Fumando, dormitando, disfrutando del
frescor nocturno. El porche estaba protegido por pantallas de alambre; ningún
insecto podía entrar para inmolarse a sí mismo en la única bombilla eléctrica
que lucía débil en un rincón.
—Señorita James —dijo el doctor Meade—, éste es Ted Barton.
Quizás usted pueda ayudarle. Tiene unos cuantos problemas.
La señorita James sonrió a Barton a través de sus gruesas gafas
sin montura.
—Me alegro de conocerle —dijo con una voz blanda—. Es usted
nuevo aquí, ¿verdad?
Barton se sentó en el brazo del diván.
—Vengo de Nueva York —contestó.
—Es usted la primera persona que viene desde hace años —observó
el doctor Meade. Sopló una vasta nube de humo del cigarro en torno al oscuro
porche. La luz rojiza del veguero alivió un poco la tenebrosidad—. El camino
está prácticamente a punto de desmoronarse. Nadie viene por aquí. Vemos las
mismas viejas caras mes tras mes. Pero tenemos nuestro trabajo. Yo tengo el
hospital. Me gusta aprender más cosas, experimento, trabajo con mis pacientes.
Yo tengo unas diez personas de confianza allá arriba. De vez en cuando nos
reunimos unos pocos con las esposas de los ciudadanos para que nos ayuden.
Ahora todo está con mucha quietud.
—¿Sabe usted algo acerca de una... barrera? —preguntó Barton
bruscamente a la señorita James.
—¿Una barrera? —preguntó el doctor Meade—. ¿Qué clase de
barrera?
—¿Nunca han oído hablar de ella?
El doctor Meade sacudió despacio la cabeza.
—No, no que recuerde.
—Yo tampoco —repitió la señorita James como un eco—. ¿Bajo qué
respecto?
Nadie más escuchaba. Los otros dormían y murmuraban juntos en el
extremo opuesto del porche, la señora Trilling, los demás pensionistas, Peter,
Mary, la hija del doctor Meade, algunos vecinos.
—¿Qué saben ustedes acerca del muchacho Trilling? —preguntó
Barton.
Meade gruñó.
—Parece que es bastante sano.
—¿Le ha examinado alguna vez?
—Claro —respondió Meade, enojado—. He reconocido a todo el mundo
en esta ciudad. El chico posee un alto cociente de inteligencia; parece ser
despierto. Juega mucho a solas. —Y añadió—: Francamente, nunca me gustaron los
niños precoces.
—Pero no se interesa en los libros —protestó la señorita James—.
Jamás viene a la biblioteca.
Barton guardó silencio durante algún tiempo, Luego preguntó:
—¿Qué significaría si alguien dijese: «el que está en el extremo
opuesto, el que tiene las manos unidas?» ¿Significa eso algo para ustedes?
La señorita James y el doctor Meade se quedaron turbados.
—Parece un juego —murmuró el doctor Meade.
—No —respondió Barton—. No es un juego. —Y lo creía—. Dejémoslo
estar. Olvídense de lo que he dicho.
La señorita James se inclinó hacia él.
—Señor Barton, puede que me equivoque, pero he recibido la clara
impresión de que usted cree que hay algo aquí. Algo muy importante en Millgate.
¿Me equivoco?
Los labios de Barton se retorcieron.
—Algo ocurre. Más allá de la conciencia humana.
—¿Aquí? ¿En Millgate?
Las palabras se abrieron paso entre los labios de Barton.
—Tengo que descubrirlo. No puedo seguir así, alguien en esta
ciudad debe saberlo. No pueden sentarse y fingir que todo es perfectamente
corriente. Alguien de esta ciudad conoce la verdadera historia.
—¿La historia de qué? —murmuró Meade, perplejo.
«De mí».
Ambos estaban agitados.
—¿Qué quiere usted decir? —balbuceó la señorita James—. ¿Hay
alguien aquí que le conozca?
—Hay alguien aquí que lo sabe todo. El «porqué» y el «cómo».
Algo que yo no entiendo. Algo ominoso y extraño. Y todos ustedes se sientan y
se divierten —se puso en pie de manera brusca—. Lo siento. Estoy agotado. Les
veré más tarde.
—¿Dónde va? —preguntó Meade.
—A mi cuarto. A dormir un poco.
—Mire, Barton. Le daré unos cuantos comprimidos de Cenobarbital.
Le ayudarán a tranquilizarse. Y si quiere, déjese caer mañana por el hospital.
Le reconoceré. Me parece que está usted sufriendo una tensión infernal. En un
joven como usted, eso tiene en cierto modo...
—Señor Barton —dijo con suavidad la señorita James, pero al
mismo tiempo con insistencia, con una sonrisa fija en su rostro—, le aseguro
que no hay nada extraño en Millgate. Desearía que lo hubiese. Esta es la ciudad
más corriente que se podría encontrar. Si yo creyera que algo sucede aquí, de
cierto interés, sería la primera en querer enterarme de más.
Barton abrió la boca para responder. Pero las palabras nunca
vinieron a sus labios. Quedaron mordidas, se perdieron para siempre. Lo que vio
hizo que el recuerdo de ellas se disolviera en la nada.
Dos formas, débilmente luminosas, salieron de un extremo del
porche. Un hombre y una mujer, caminando juntos, cogidos de las manos. Parecían
estar hablando, pero no se oía el menor sonido. Se movían en silencio,
tranquilos, cruzando el porche, hacia la pared opuesta. Pasaron a un palmo de
Barton; pudo ver sus caras con claridad. Eran jóvenes. La mujer tenía un pelo
largo y rubio, en dos crenchas pesadamente retorcidas que caían por su cuello y
hombros. Una carita delgada y aguda. Piel pálida, lisa y perfecta. Exquisitos
labios y dientes. Y el joven a su lado era igualmente hermoso.
Ninguno de ellos se fijó en Barton ni en los pensionistas
sentados en sus sillas. Tenían los ojos apretadamente cerrados. Pasaron a
través de las mecedoras, los sillones, el diván, a través de los pensionistas
reclinados. A través del doctor Meade y la señorita James y luego a través de
la pared lejana. Bruscamente desaparecieron. Las dos formas semiluminosas se
habían desvanecido tan rápidamente como surgieron. Sin el menor sonido.
—Buen Dios —logró decir por último Barton—. ¿Les vieron?
Nadie se había movido. Algunos de los pensamientos dejaron su
conversación momentáneamente, pero ahora habían reanudado sus charlas, sus
murmullos, como si nada hubiese pasado.
—¿Les han visto? —preguntó Barton excitadamente.
La señorita James parecía turbada.
—Claro —murmuró—. Todos los vimos. Pasaron por aquí como cada
noche a estas horas. Están dando un paseo. Bonita pareja, ¿no lo cree?
—Pero... ¿quién... qué...? —balbuceó Barton.
—¿Es la primera vez que ve usted a los Vagabundos? —preguntó
Meade. Su tranquilidad se vio de pronto sorprendida—. ¿Quiere usted decir que
allá de donde viene no tienen ustedes Vagabundos?
—No —contestó Barton. Todos le miraban confusos—. ¿Qué son?
Caminaron «a través» de las paredes. A través de los muebles. ¡A través de
usted!
—Claro —dijo sorprendida la señorita James—. Por eso se les
llama los Vagabundos. Pueden ir a cualquier parte. A través de cualquier cosa.
¿Es que no lo sabía?
—¿Cuánto tiempo hace que sucede? —preguntó Barton.
La respuesta realmente no le sorprendió. Pero la tranquilidad en
que fue pronunciada, sí.
—Siempre —dijo la señorita James—. Desde soy capaz de recordar
—aclaró.
—A mí me parece que eternamente han habido Vagabundos —asintió
el doctor Meade, fumando de su cigarro—. Todo es perfectamente natural. ¿Qué
hay de extraño en eso?
V
La mañana era cálida y soleada. El rocío todavía no se había
evaporado de la hierba. El cielo era suave, de un azul brumoso, aún sin el
calor de horno que le convertía en una destellante incandescencia. Eso vendría
más tarde, cuando el sol subiera hacia su cenit. Una suave brisa agitaba los
cedros que crecían en línea a lo largo de la ladera, detrás del inmenso
edificio de piedra. Los cedros arrojaban charcas de sombra; por su causa se
había puesto el nombre de Shady House. Shady House daba vistas a la propia
ciudad. Un solo camino se retorcía subiendo la elevación hasta la plana
superficie en donde se alzaba el edificio. Los jardines estaban cuidadosamente
atendidos. Flores y árboles y una larga cerca de madera que formaba un cuadrado
protector. Se veían a los pacientes yaciendo por los alrededores, sentados en
bancos, sillas, incluso tendidos en el caliente suelo, descansando. Había un
aire de paz y quietud en torno al hospital. En algún sitio de su interior, el
doctor Meade estaba trabajando. Probablemente en su atestada oficina, con su
microscopio y sus diapositivas y sus rayos X y productos químicos.
Mary estaba agazapada en una hondonada oculta, precisamente más
allá de la línea de unos imponentes cedros. El duro suelo había sido despejado
con palas cuando se construyó Shady House. En donde ella se sentaba no podía
ser vista por nadie de la casa. Los cedros y el muro de roca y tierra impedían
la visión de manera brusca. Extendido por debajo de ella y en su torno, por
tres lados, estaba el valle. Y más allá, el eterno anillo de montañas, azules y
verdes, culminadas con un blanco brumoso y débil. Silenciosas e inmóviles.
—Sigue —dijo Mary. Alzó un poco su cuerpecito, colocó las
piernas dobladas debajo suyo y se puso más cómoda. Estaba escuchando con
atención, tratando de no perderse ni una sola palabra.
—Fue una pura casualidad —continuó la abeja. Su voz era delgada
y fina, casi perdida en el agitarse de la brisa matutina que murmuraba a través
de los cedros. El insecto estaba posado en la hoja de una flor, cerca del oído
de la chica—, ocurrió que estábamos de exploración en aquella zona. Nadie le
vio entrar. De pronto salió y nos lanzamos contra él. Hubiera deseado que
fuéramos más de nosotras; a menudo lo somos y él raras veces se aleja tanto en
aquella dirección. En realidad, se encontraba más allá de la frontera.
Mary estaba sumida en sus pensamientos. El sol relucía en su
cabello negro, lustroso y cayendo como una cortina en torno a su cuello. Sus
ojos oscuros destellaban cuando preguntó:
—¿Podéis decirme qué es lo que hacía allí?
—No muy bien. Preparó alguna especie de Interferencia en torno a
todo el lugar. No pudimos acercarnos. Tenemos que depender de información de
segunda mano. De poca confianza, como ya sabes.
—¿Crees que está montando unidades defensivas? ¿O...?
—O peor. Quizás está acercándose alguna especie de etapa
abierta. Ha construido una gran cantidad de recipientes. De diversos tamaños.
Hay una cierta ironía en esto. Los exploradores que enviamos murieron en la
zona de interferencia, ha recogido sus cadáveres cada día y los utiliza para
alimento. Eso le divierte.
Automáticamente, Mary extendió su zapatito y aplastó a una negra
araña de la hierba que pasaba presurosa.
—Lo sé —dijo despacio—. Después de que dejase el juego ayer,
comenzó a modelar la arcilla que yo utilizaba. Eso es mala señal. Debe darse
cuenta de que avanza o no lo probaría en mi arcilla. Sabe el riesgo. La arcilla
reunida por los demás es inestable. Y yo debo haber dejado alguna especie de
impronta.
—Probablemente es verdad que tiene alguna ventaja menor
—respondió la abeja—. Es un trabajador incansable. No obstante, demostró miedo
abierto cuando le atacamos. Sigue siendo vulnerable. Y lo sabe.
Mary arrancó una hoja de hierba y pensativamente la mordió con
sus blancos dientes.
—Sus dos figuras trataron de escapar. Una se acercó muchísimo.
Corría directamente hacia mí, que estaba en la furgoneta. Pero no me atreví a
parar.
—¿Quién es este hombre? —preguntó la abeja—. Esa persona del
exterior. Es único, algo que atraviesa la barrera. ¿Te parece que puede ser
imitación? ¿Algo proyectado hacia fuera luego entrado con la apariencia de un
factor externo? Hasta ahora, no parece realmente que se diferencie en nada de
lo dicho.
Mary alzó sus ojos oscuros.
—No... hasta ahora. Pero creo que lo hará.
—¿De veras?
—Estoy completamente segura. Si...
—¿Si qué? —la abeja mostraba interés.
Mary la ignoró; estaba ensimismada en sus pensamientos.
—Él está en una curiosa situación —murmuró—. Ya se ha enfrentado
con el hecho de que sus recuerdos no están de acuerdo con la situación.
—¿No lo están?
—Claro que no. Se ha dado cuenta de discrepancias mayores. En
esencia, recuerda una ciudad completamente distinta, con gente completamente
diferente —mató a otra arañita que subía precavida. Durante un momento estudió
el cuerpo inerte, aplastado—. Y él es de la clase de persona que no se mostrará
satisfecha hasta que comprenda la situación.
—Confunde las cosas —se quejó la abeja.
—¿Para quién? ¿Para mí? —Mary se levantó despacio y se limpió la
hierba de los pantalones—. Quizás para Peter. Tiene hechos planes muy
cuidadosos.
La abeja remontó el vuelo desde su hoja y se posó en el cuello
de la muchacha.
—Quizás intente aprender algo de este hombre.
Mary soltó una carcajada.
—Le gustaría hacerlo, claro. Pero el hombre no puede decirle
mucho. Está muy confuso e inseguro.
—Peter lo probará. Es incansable, en especial el modo en que
explora cada posibilidad de conocimiento. Casi como una abeja.
Mary asintió, mientras regresaba subiendo la ladera hacia los
cedros.
—Sí, es incansable, pero demasiado confiado. Quizás termine por
hacerse más daño que bien. Al tratar de descubrir cosas, puede revelar más de
lo que aprenda, el hombre, creo, es listo. Y «debe» descubrir lo de su persona.
Probablemente saldrá adelante; ese ha sido el sistema, hasta ahora.
Barton se aseguró de que no había nadie en torno. Se plantó
cerca del anticuado teléfono, se volvió para poder mirar arriba y abajo cerca
del pasillo; a todas las puertas y a la escalera del extremo lejano y luego
dejó caer una moneda en la ranura.
—Número, por favor —pidió en su oído la diminuta voz.
Demandó que le pusieran con el Hotel Calhoum en Martinsville,
tras echar tres monedas más y oír la serie de clicks y de esperas, sonó un
hombre adormilado.
—Hotel Calhoum —dijo la voz distante de un hombre adormilado.
—Quiero hablar con la señora Barton. Habitación 204.
Más clicks. Luego...
—¡Ted! —La voz de Peg, frenética de impaciencia y alarma—. ¿Eres
tú?
—Soy yo. Supongo que...
—¿Dónde estás? ¡En el nombre del cielo! ¿Vas a dejarme aquí, en
este terrible hotel? —su voz se alzó en un chillido de histeria—. Ted, ya tengo
bastante. No puedo soportarlo más. Tienes el coche; no puedo hacer nada, ir a
ninguna parte... ¡y te comportas como si estuvieses loco!
Barton habló cerca del teléfono, la voz apagada.
—Traté de explicártelo, Esta ciudad no es lo que yo recuerdo.
Han manipulado mi cerebro, me parece. Descubrí algo en la oficina del periódico
que incluso me ha convencido de que mi identidad no es...
—Buen Dios —le interrumpió Peg—. No tenemos tiempo que perder
buscando ilusiones infantiles. ¿Cuánto vas a mantener esta situación?
—No lo sé —respondió Barton desvalido—. Hay tanto que no
entiendo. Si supiera más te lo diría.
Se produjo un momento de silencio.
—Ted —dijo Peg, con dura calma—, si no vuelves a por mí dentro
de veinticuatro horas, me marcho. Me queda dinero suficiente para volver a
Washington. Sabes que tengo amigos allí. No volverás a verme jamás, excepto,
quizás, ante el juez.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
Barton se pasó la lengua por los labios.
—Peg, tengo que quedarme. He aprendido unas cuantas cosas, no
muchas, pero algo. Lo bastante para decirme que estoy en el buen camino. Si me
quedo lo bastante me será posible averiguarlo, Aquí operan fuerzas y poderes
que no parecen ligados a...
Se oyó un brusco «click». Peg había colgado.
Barton colocó el receptor en su gancho. Tenía el cerebro en
blanco. Se movió sin rumbo, alejándose del teléfono, las manos en los
bolsillos. Bueno, eso era. Su mujer sentía cada palabra de las que acababa de
pronunciar. Vivía en Martinsville y no la encontraría ya.
Una forma pequeña se destacó desde detrás de una mesa y una
maceta con una planta alta.
—Hola —dijo Peter tranquilo. Jugaba con un montoncito de cosas
que se agitaban, masas negras que le subían por la muñeca y por las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó Barton, con asco.
—¿Éstas? —Peter parpadeó—. Arañas —las capturó y se las metió en
el bolsillo—. ¿Va usted a salir en coche? Pensé que quizás podría acompañarle.
El muchacho había estado allí todo el tiempo, oculto tras la
maceta. Era raro, no le había visto; pasó por delante de dicha maceta al
acercarse al teléfono.
—¿Por qué? —preguntó con torpeza Barton.
El muchacho dudó. Su rostro se contrajo esperanzado.
—He decidido enseñarle mi ribazo.
—¿Oh? —Barton trató de aparentar indiferencia, pero dentro, su
pulso cambió bruscamente de ritmo. Quizás se enterase de algo—. Eso puede
arreglarse —dijo—. ¿Está muy lejos?
—No mucho —Peter se apresuró a salir por la puerta principal y
la mantuvo abierta—. Le mostraré el camino.
Barton le siguió despacio. El porche estaba desierto. Sillas
vacías y divanes, viejos y terriblemente ajados. Le produjeron un escalofrío de
intranquilidad; los dos Vagabundos cruzaron por allí anoche. Tocó a la pared
del porche de manera tentativa. Sólida. Sin embargo, las dos figuras juveniles
pasaron tranquilamente a través y a través también de las sillas y de los
pensionistas que descansaban.
¿Podrían atravesarle a él también?
—¡Vamos! —gritó Peter. Estaba plantado junto el polvoriento y
amarillento Packard, empuñando impaciente la manecilla de la puerta.
Barton se instaló tras el volante y el muchacho se colocó a su
lado. Mientras ponía en marcha el motor, vio como el chaval examinaba con
atención los rincones del vehículo, alzando los cojines del asiento,
agachándose en el suelo y mirando por debajo del puesto del conductor.
—¿Qué buscas? —preguntó Barton.
—Abejas —Peter salió jadeando—. ¿Podemos mantener las
ventanillas alzadas? Por el camino tratarán de entrar volando.
Barton soltó el freno de mano y el coche se deslizó saliendo a
la calle principal.
—¿Qué hay de malo con las abejas? ¿Les tienes miedo...? Pues no
temes a las arañas.
Peter, como respuesta, se tocó el cuello todavía hinchado por
las picaduras.
—Gire a la derecha —ordenó. Se arrellanó satisfecho, extendidos
los pies, las manos en los bolsillos—. Rodee por completo Jefferson y vuelva
por el otro camino.
El ribazo proporcionaba una vasta panorámica del valle y de las
colinas que le circundaban por todos lados. Barton se sentó en el suelo rocoso
y sacó su paquete de cigarrillos. Aspiró profundamente, llenándose los pulmones
del cálido aire del mediodía. El ribazo estaba parcialmente sombreado por
arbustos y matorrales. Fresco y tranquilo, con el valle extendiéndose por
debajo. El sol brillaba a través de la densa manta de una bruma azul que
relumbraba en torno a los distantes picachos. Nada se agitaba, los campos,
granjas, caminos y casas, todo estaba profundamente inmóvil.
Peter se puso en cuclillas a su lado.
—Bonito, ¿verdad?
—Eso creo.
—¿De qué hablaban usted y el doctor Meade anoche? No pude oírlo.
—Quizás de algo que no te importa.
El chico se ruborizó y apretó los labios malhumorado.
—No puedo soportarle a él ni a sus malolientes cigarros. Ni
tampoco a sus mondadientes de plata —sacó algunas de las arañas de su bolsillo
y las dejó que le corrieran por las manos y por las mangas. Barton se apartó un
poco y trató de ignorarlo. Al cabo de un momento, Peter preguntó:
—¿Me puede dar un cigarrillo?
—No.
El rostro del muchacho se ensombreció.
—Está bien para usted —pero se alumbró casi de inmediato—. ¿Qué
piensa de los Vagabundos de anoche? ¿No eran algo?
—Oh, no sé —respondió con indiferencia Barton—. Tú los ves con
mucha más frecuencia.
—Seguro que le gustaría saber cómo lo hacen —dijo Peter
tentativo. Casi de inmediato lamentó expresar sus emociones. Recogió sus arañas
y las lanzó ladera abajo. Los animalitos corretearon excitados y él pretendió
vigilarlos.
Un pensamiento se le ocurrió a Barton.
—¿No tienes miedo a las abejas, aquí arriba? Si una volase tras
de ti, no habría ningún lugar en donde esconderte.
Peter rió con recobrado desdén.
—Las abejas no vienen hasta aquí. Queda demasiado lejos dentro.
—«¿Dentro?»
—De hecho —continuó Peter con abrumadora superioridad—, éste es
precisamente el lugar mas seguro del mundo.
Barton no pudo sacar nada de las palabras del muchacho. Tras un
periodo de silencio, observó precavido:
—La bruma es muy espesa hoy.
—¿La qué?
—La bruma —Barton indicó las charcas de azul silencioso
oscureciendo los lejanos picachos—. Es del calor.
El rostro de Peter logró mostrar todavía más desdén.
—Eso no es calor, no es bruma. ¡Eso es «él»!
—¿Eh? —Barton se puso tenso. Quizás finalmente iba a enterarse
de algo... si jugaba su mano con cuidado—. ¿Qué quieres decir?
Peter señaló.
—¿Es que no le ve? Seguro que es grande. Casi lo más grande que
hay. Y viejo. Es más viejo que todo lo demás reunido. Incluso más viejo que el
mundo.
Barton no vio nada. Sólo bruma, montañas, el cielo azul. Peter
buscó en su bolsillo y sacó lo que parecía ser una lupa barata. Se la entregó a
Barton. Barton la dio vueltas azorado; comenzó a devolverla al muchacho, pero
Peter le contuvo.
—¡Mire a través del cristal! ¡A las montañas!
Barton miró. Y lo vio. El vidrio era alguna especie de filtro
lente. Cortaba la bruma, la hacía clara y aguda.
Se lo había imaginado de manera equívoca. Había esperado que
formase parte de la escena. Él «era» la escena. El era todo el lado lejano del
mundo, el borde del valle, las montañas, el firmamento, todo. El distante fin
del universo se alzaba en una masiva columna, una torre cósmica formando un
ser, que adquiría forma y sustancia cuando lo enfocaba con la lupa.
Era un hombre, sin duda. Tenía los pies plantados en el suelo
del valle; el valle se convertía en sus pies en el extremo más lejano. Sus
piernas eran las montañas... o las montañas eran sus piernas; Barton no pudo
distinguirlo. Dos columnas, extendidas y separadas, amplias y sólidas.
Firmemente plantado y equilibrado. Su cuerpo era la masa de bruma gris azulada,
o lo que él había pensado que era bruma. Desde las montañas se unían con el
firmamento, el torso inmenso del hombre, cobraba ser.
Tenía las manos extendidas por encima del valle. Posadas en la
parte alta, encima de la distante mitad. Sus manos se mantenían como si
sujetasen una cortina opaca, que Barton había confundido con una capa de polvo
y bruma. La impresionante figura se inclinaba un poco hacia delante. Como si se
apoyase intencionadamente en esta parte, su mitad del valle. Miraba hacia
abajo; su rostro estaba oscurecido. No se movía. Estaba profundamente inmóvil.
Inmóvil, pero vivo.
No era una imagen de piedra, una estatua petrificada. Vivía,
pero estaba fuera del tiempo, no había cambio, no había movimiento para él. Era
eterno. La cabeza doblada formaba la parte más sorprendente suya. Parecía
relucir como una orbe claramente radiante, latiendo con vida y brillantez. Su
cabeza era el sol.
—¿Cómo se llama? —preguntó Barton, después de un rato. Ahora que
veía la figura, no podía perderla. Como uno de esos juegos... En cuanto la
forma escondida se hace visible, es imposible dejar de verla.
—Ya le dije que no conozco su nombre —respondió con malicia
Peter—. Quizás ella lo sepa. Ella probablemente sabe ambos nombres. Si yo lo
supiera, tendría poder sobre él. Me gustaría saberlo. Él es el que no me gusta.
Éste no molesta en absoluto. Por eso tengo mi ribazo a este lado.
—¿Éste? —repitió Barton como un eco, turbado. Torció el cuello y
miró derecho hacia arriba, a través del círculo del cristal.
Le hizo sentirse en cierto modo extraño al comprobar que formaba
parte de éste. Como la otra figura se encontraba en el lado distante del valle,
ésta se hallaba de igual manera pero en el lado próximo. Y Barton estaba
sentado en ese lado precisamente.
La figura se alzaba en su torno. No podía exactamente verla; la
notaba de manera vaga y no más. Fluía ascendiendo por todos sus lados. Desde
las rocas, los campos, los montones azarosos de matorrales y parras. Éste,
también, se formaba asimismo del valle y de las montañas, del cielo y de la
bruma. Pero no relucía. No podía verle la cabeza, sus dimensiones finales. Un
escalofrío le recorrió. Tenía de pronto una intuición aguda y clara. Éste no
culminaba en el globo brillante del sol. Éste culminaba en alguna otra cosa.
¿En la oscuridad? Se puso en pie inseguro.
—Basta para mí. Me voy —comenzó a bajar por el lado de la
colina. Bueno, él se lo había buscado, seguía sujetando como atontado la lupa
de Peter; avanzó sobre el ribazo y continuó hacia el suelo del valle.
No importaba dónde estuviera, no importaba dónde se sentara o
permaneciese en pie o durmiese o caminase. Mientras se encontrase en el valle,
formaba parte de una o de otra figura. Cada cual constituía un lado del valle,
un hemisferio. El podía ir de uno a otro, pero siempre se encontraría dentro de
uno de ellos. En el centro del valle había una línea, una frontera. En el otro
lado de aquella línea, se fundiría con la figura opuesta.
—¿Dónde va? —gritó Peter.
—Fuera.
El rostro de Peter se ensombreció ominosamente.
—No se puede salir. No puede marcharse.
—¿Por qué no?
—Ya descubrirá usted por qué no.
Barton le ignoró y siguió bajando por la colina, hacia el camino
y a su coche aparcado.
VI
Dirigió el Packard hacia el camino, alejándose de Millgate. Los
cedros y los pinos crecían en profusión masiva por encima y por debajo suyo. La
carretera era una cinta estrecha cruzando a través del bosque. Estaba en mal
estado, condujo precavido, fijándose en los detalles. La superficie del
pavimento estaba rajada, con líneas entrelazadas y hendiduras. Las semillas se
habían roto y crecido. Semillas y hierba seca. Nadie iba por allí. Eso
resultaba evidente.
Dobló una aguda curva y bruscamente recurrió a los frenos. El
coche chirrió hasta detenerse, los neumáticos resbalando.
Allí estaba. Extendido a través del camino por delante suyo. La
vista le dejó completamente abrumado. Había recorrido aquella carretera tres
veces... una para salir y dos para entrar... y no vio nada. Ahora, allí estaba.
Finalmente había aparecido, al igual que él se había decidido a marcharse y
olvidarse de todo el asunto, reunirse con Peg y tratar de continuar sus
vacaciones como si nada hubiese pasado. Él hubiera esperado algo fantasmal.
Algo enorme y macabro, una pared ominosa de alguna especie, misteriosa y
cósmica. Una capa extraterrestre ocluyendo el camino.
Pero se equivocaba, era un camión de madera, cargado de leños,
atravesado. Un camión antiguo, con ruedas de hierro y sin cambio de marcha. Los
faros redondos, anticuadas lámparas de latón. Su carga se había derramado por
todo el camino a través de la carretera. Los cables se habían roto; el camión
había volcado casi sobre un lado y quedado inmóvil, los troncos esparcidos por
todas direcciones.
Barton bajó alerta de su coche. Todo estaba en silencio. En
algún lugar, lejos, un cuervo lanzó su grito desalentador. Los cedros
murmuraban. No era malo como barrera. Ningún coche podría atravesar aquello.
Los troncos estaban por todas partes y eran enormes. Algunos se amontonaban
sobre los otros. Una masa peligrosa, insegura de vigas retorcidas, prestas a
desparramarse y a rodar en cualquier momento. Y la carretera era empinada.
No había nadie en el camión, claro. Dios sabe cuánto tiempo
llevaba allí. Encendió un cigarrillo y se quitó la chaqueta; el sol comenzaba a
quemar. ¿Cómo conseguiría pasar todo aquello?
Lo había hecho antes, pero en esta ocasión no iba a encontrar
cooperación.
Quizás pudiera rodear el obstáculo. El lado alto quedaba fuera
de toda cuestión. Jamás fue capaz de ascender por una ribera casi
perpendicular. Si perdía su asidero en la roca, lisa, caería sobre la retorcida
masa de troncos. Quizás el lado inferior. Entre el camino y la ladera había una
cuneta. Si podía cruzar por debajo de esa cuneta, fácilmente treparía por entre
los pinos decantados, pasaría de uno al siguiente, atravesaría el atasco de
troncos y volviendo a la cuneta regresaría al camino. Una mirada a la cuneta
acabó con la especulación. Barton cerró los ojos y los mantuvo apretados en esa
postura.
La cuneta no era muy ancha; él «podía» ser capaz de cruzarla.
Pero carecía de fondo. Se encontraba sobre una grieta sin fondo. Retrocedió,
alejándose, y permaneció inmóvil, respirando apresuradamente y mordiendo su
cigarrillo. Aquello era como mirar hacia el firmamento. No había límite. Un
precipicio sin fin, una caída incesante que finalmente se enturbiaba hasta un
impreciso y amenazador caos.
Se olvidó de la cuneta y volvió su atención a los troncos.
Ningún coche tendría la menor posibilidad de pasar, pero quizás un hombre a pie
pudiera abrirse camino hasta el otro lado. Si lograba medio pasar podría
detenerse en el camión, y sentarse en la cabina y descansar. Dividir la tarea
en dos etapas diferentes era su nuevo plan.
Se acercó animoso a los troncos. El primero no estaba mal,
pequeño y bien asentado. Subió encima, se agarró con las manos y saltó al
siguiente. Por debajo suyo, la masa se estremeció de manera amenazadora. Barton
trepó con rapidez al otro tronco y se agarró fuerte. Hasta entonces iba bien.
El que tenía delante era grande, viejo y seco, rajado. Formaba un ángulo
escarpado, apilado en otros tres troncos que quedaban debajo. Eran como
fósforos de madera sujetos unos contra otros en equilibrio no muy estable.
Dio un salto. El tronco se rajó y frenéticamente saltó otra vez.
Desesperado, trató de agarrarse. Sus dedos resbalaron; cayó atrás. Se movió
frenético, intentando alzar su cuerpo en una superficie plana. Lo logró.
Jadeando, sin aliento, Barton se quedó tendido sobre el tronco,
oleadas de alivio inundándole. Por último, logró sentarse. Si no podía avanzar
quizás pudiera agarrarse al propio tronco. Colocarse sobre él. Eso sería medio
camino. Tendría ocasión de descansar...
Se encontraba tan lejos como antes. No más cerca. Durante un
momento dudó de su cordura; luego le llegó la comprensión. Había dado una
vuelta. Los troncos eran una masa. Había saltado en dirección equívoca, dejando
de moverse hacia el camión. Había descrito un círculo cerrado.
Al infierno con salir. Todo lo que ahora quería era volver a su
coche. Regresar a donde comenzara. Los troncos le rodeaban por todas partes.
Pilas y montones y bruscos salientes. Buen Dios, no había penetrado muy
adentro, ¿verdad? ¿Era posible que se hubiese internado tan profundamente? Se
encontraba a varios metros del borde; seguramente no pudo arrastrarse hasta
aquel lugar. Empezó a reptar, volviendo por donde viniera. Los troncos se
tambaleaban y oscilaban peligrosamente debajo de él. El miedo le puso nervioso.
Perdió su asidero y cayó entre dos de los maderos. Durante un cegador y
terrorífico instante se encontró debajo, la luz del sol cortada y encerrado en
una caverna de oscuridad. Se incorporó con todas sus fuerzas y uno de los
troncos cedió. Frenético, salió a la luz del sol y permaneció tendido, jadeando
y tembloroso.
Estuvo así un período indefinido. Había perdido la noción del
tiempo. La siguiente cosa que supo era que una voz le hablaba.
—¡Señor Barton! ¡Señor Barton! ¿Me oye?
Consiguió levantar la cabeza. De pie en la carretera, más allá
de los troncos, estaba Peter Trilling. Sonreía tranquilo a Barton, las manos en
jarras, el rostro reluciente y curtido bajo la brillante luz solar. No parecía
en especial preocupado. De hecho, su expresión era complacida.
—Ayúdame —jadeó Barton.
—¿Qué hace usted ahí?
—Traté de cruzar —Barton se incorporó hasta sentarse—. ¿Cómo
diablos voy a volver?
Y entonces se dio cuenta de algo. Ya no estaba a mitad del día.
Era primera hora de la tarde. El sol. El sol se ponía sobre las lejanas
colinas, la figura gigantesca que se cernía en el lado opuesto del valle.
Examinó su reloj de pulsera. Eran las seis y media. Había estado sobre los
troncos siete horas.
—No debió intentar cruzar —dijo Peter, mientras se acercaba
cauteloso—. Si ellos no quieren que salga, no lo intente.
—¡Yo entré en este maldito valle! Debieron querer que entrase.
—Pero no desean que se marche, será mejor que tenga cuidado.
Puede verse atascado ahí y morir de hambre —Peter, con toda evidencia,
disfrutaba del espectáculo. Pero al cabo de un momento saltó ágilmente sobre el
primer tronco y se encaminó hacia Barton.
Barton se puso inseguro en pie. Estaba asustado. Esta era su
primera experiencia de los poderes que operaban en el valle. Agradecido, se
agarró a la manita de Peter y permitió que el muchacho le condujera de regreso
al borde. Cosa rara, le costó sólo unos pocos segundos.
—Gracias a Dios —se secó la frente y cogió su chaqueta de donde
la había arrojado. El aire se volvía fresco; hacía frío y era tarde—. Durante
una temporada, no lo volveré a intentar.
—Será mejor que no lo intente «jamás» —afirmó Peter tranquilo.
Algo en la voz del muchacho hizo que la cabeza de Barton se alzara bruscamente.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que dije. Usted estuvo ahí siete horas —la sonrisa confiada
de Peter creció—. Yo fui el que le mantuvo ahí. Yo le retorcí haciéndole
ascender por el tiempo.
Barton absorbió despacio la información.
—¿Fuiste tú? Pero finalmente me sacaste.
—Claro —dijo fácilmente Peter—, le metí y le saqué cuando se me
antojó. Quería que viese usted quién es el que manda.
Hubo un largo silencio. La sonrisa confiada del muchacho creció.
Estaba satisfecho de sí mismo. Realmente había realizado un buen trabajo.
—Le vi a usted desde mi montículo —explicó—. Supe hacia dónde
iba. Me imaginé que trataría de marcharse. Soy el único —un velo malicioso
pareció caer sobre sus ojos—. Tengo medios.
—Muérete —exclamó Barton. Pasó por delante del muchacho y se
encaminó al Packard. Mientras el motor se ponía en marcha y soltaba el freno
vio cómo la sonrisa confiada del muchacho vacilaba. Para cuando hubo dado la
vuelta hacia Millgate el gesto del chaval se había convertido en una mueca
nerviosa.
—¿Es que no va usted a llevarme? —preguntó Peter corriendo hasta
la ventanilla. Su rostro tenía una palidez de cera—. ¡Muchísimas de esas
mariposas de cabeza de muerte están al pie de la colina! ¡Es casi de noche!
—Lo siento —contestó Barton, y disparó el coche camino abajo.
Un odio mortal destelló en el rostro de Peter. Se quedó atrás
perdido, una columna disminuyente de violenta animosidad.
Barton sudaba con profusión. Quizás había cometido un error. Se
encontró muy incómodo allí en la masa de troncos, dando vueltas y vueltas como
una mosca en un vaso de agua. El chico tenía mucho poder y estaba lo
suficientemente loco como para empezar a utilizarlo. Encima de todo aquello
estaban sus otros problemas; se encontraba atascado aquí, le gustara o no.
Durante el siguiente día, u otro, aquello iba a ser como estar
encerrado en su cuarto.
Millgate se disolvía en la oscuridad cuando Barton entró
doblando por Jefferson Street. La mayor parte de las tiendas estaban cerradas.
Farmacias, droguerías, ferreterías, verdulerías, infinitos cafés y bares
baratos.
Aparcó delante del «Magnolia club», un lugar venido a menos que
parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento. Unos pocos tipos rudos de
patanes vagaban delante de la fachada. Sin afeitar y con ojos inquietos le
observaron, con miradas rojas y penetrantes mientras cerraba el Packard y
empujaba las puertas batientes del bar para entrar. En el mostrador sólo había
un par de hombres. Las mesas se encontraban vacías; las sillas aún colocadas
encima, sus patas alzadas hacia el techo de una manera triste y solitaria. Se
sentó en el extremo posterior del mostrador, donde nadie le molestaría, y pidió
tres «bourbons», uno tras otro.
Estaba en un caos infernal. Había entrado y no podía salir. Se
vio pillado dentro del valle por la derramada carga de madera. ¿Cuánto tiempo
llevaba esa carga allí? Santo Dios, quizás estuviera desde siempre. Sin
mencionar a su enemigo cósmico, el que había manipulado en sus recuerdos, y a
Peter, su enemigo terrestre entrometido allí como una dosis extra de humor.
Los «bourbons» le calmaron un poco, Ellos... ello, el poder
cósmico... le necesitaba por algún motivo. Quizás «se suponía» descubrir quién
era. Quizás todo había estado planeado, su venida aquí, su regreso a Millgate
después de tantos años. Quizás cada movimiento suyo, todo lo que hiciera en su
vida, su propia y entera existencia...
Pidió una nueva remesa de «bourbons»; tenía mucho que olvidar.
Entraron mas hombres. Tipos cargados de espaldas con chaquetas de cuero. Se
pusieron a meditar ante sus vasos de cerveza. No hablaban ni se movían. Estaban
preparados para pasar la tarde. Barton los ignoró y se concentró en su beber
decidido.
Acababa de ingerir el sexto «bourbon», cuando se dio cuenta de
que uno de los hombres le miraba, con torpeza, pretendió no darse cuenta. Buen
Dios, ¿es que no tenía bastantes apuros?
El hombre se había vuelto en su taburete. Un viejo borracho de
rostro serio. Alto y erguido. Con un mugriento y roto abrigo, pantalones hechos
una lástima. Restos de zapatos. Sus manos eran grandes y obscuras, los dedos
cubiertos de incesantes arrugas y cortes. Sus ojos lacrimosos estaban fijos
intensamente en Barton, vigilando cada movimiento que hacía. No apartó la
vista, ni siquiera cuando Barton le desvolvió una mirada hostil y fija.
El hombre se levantó y vino inseguro. Barton hizo gesto con las
manos. Le iban a conmover por una copa. El hombre se sentó en el taburete
próximo con un suspiro y plegó las manos.
—Hola —gruñó, lanzando una nube de alcohólico aliento en torno a
Barton. Se apartó de los ojos su húmedo y pálido cabello. Pelo fino, tan húmedo
y desmadejado como el pelo de una panoja. Sus ojos eran de un azul nuboso, como
los de un niño—. ¿Cómo está usted?
—¿Qué quiere usted? —preguntó Barton con descaro, habiendo
llegado al borde de la desesperación de un alcohólico.
—Escocés y agua bastará.
Barton se sintió abatido.
—Mire, hermano... —comenzó, pero el hombre le interrumpió con su
voz suave y gentil.
—Creo que usted no me recuerda.
Barton parpadeó.
—¿Recordarle?
—Iba usted calle abajo. Ayer. Buscaba Central Street.
Barton lo situó. Era el borracho que se había reído a
carcajadas.
—Oh, sí —dijo despacio.
El hombre pareció radiante.
—¿De veras? Se acuerda de mí —extendió su zarpa llena de
cicatrices y arrugas—. Me llamo Christopher. William Christopher —añadió—: Soy
un pobre y viejo sueco.
Barton rechazó la mano.
—Puedo prescindir de su compañía.
Christopher sonrió con amplitud.
—Le creo. Pero quizás si yo consigo ese escocés y agua me
sentiré de muy buen humor y podré marcharme.
Barton llamó al camarero.
—Escocés y agua —murmuró—. Para él.
—¿Encontró usted el Central? —preguntó Christopher.
—No.
Christopher soltó una risita con una voz alta y aguda.
—No me sorprende. Yo se lo pude haber dicho.
—Ya lo hizo.
Vino la bebida y Christopher la aceptó agradecido.
—Buen género —observó bebiendo un largo trago y luego aspirando
una bocanada de aire—. Usted no es de la ciudad, ¿verdad?
No contestó.
—¿Por qué vino a Millgate? Un pueblecito como éste. Nadie viene
jamás.
Barton alzó la cabeza malhumorado.
—Vine para encontrarme a mí mismo.
Por algún motivo aquello le pareció gracioso a Christopher. Se
rió, alto y agudo, hasta que los demás del bar se volvieron enojados.
—¿Qué es lo que le pasa? —preguntó Barton airado—. ¿Qué diablos
hay de gracioso en eso?
Christopher logró calmarse.
—¿Encontrarse a sí mismo? ¿Tiene usted alguna pista? ¿Sabrá
usted cuándo se ha encontrado ya? ¿Qué tal aspecto tendrá? —rompió a
carcajearse de nuevo, a pesar de sus esfuerzos. Barton se hundió más y se
inclinó triste casi parapetándose tras su vaso.
—Basta —murmuró—. Tengo suficientes dificultades ya.
—¿Dificultades? ¿Qué clase de dificultades?
—Todo. Cada maldita cosa de este mundo.
Los «bourbons» empezaban realmente a trabajar encantándole
interiormente.
—¡Cristo, igual podría estar muerto! Lo primero que descubrí es
que he muerto, que nunca viví para hacerme adulto...
Christopher sacudió la cabeza.
—Eso es malo.
—Luego esas dos malditas y luminosas personas que vinieron
caminando a través del porche.
—Los Vagabundos. Sí que sobresalta la primera vez. Pero uno se
acostumbra a ellos.
—Luego ese maldito chaval que va buscando abejas. Y que me
enseña a un tipo de setenta u ochenta kilómetros de altura, con la cabeza que
parece una bombilla eléctrica.
Un cambio se produjo en Christopher. A través de su brumosa
ebriedad algo brilló. Un núcleo intenso de conciencia.
—¿Eh? —exclamó—. ¿Qué tipo es ese?
—El tipo más grande y maldito que uno vio jamás —Barton efectuó
un gesto de barriga con la mano—. De un millón de kilómetros de altura. Le deja
a uno sin sentido. Está hecho de luz diurna.
Christopher sorbió despacio su bebida.
—¿Qué otra cosa le pasó, señor...?
—Barton. Ted Barton. Luego me caí de un tronco.
—¿Usted qué?
—Me dediqué a hacer rodar troncos —Barton se inclinó hacia
adelante con aire derrotado—. Me perdí en una masa de troncos siete horas. Una
pequeña monstruosidad me sacó de nuevo —se secó los ojos tristes con el dorso
de la mano—. Y nunca encontré Central Street. Ni Pine Street —su voz se alzó con
frenética desesperación—, ¡Maldición, «nací» en Pine Street! ¡Debe haber tal
calle!
Durante un momento Christopher no dijo nada. Acabó su bebida,
volvió el vaso cabeza abajo sobre el mostrador, le hizo girar por completo y
luego lo apartó.
—No, usted no encontró Pine Street —dijo—. Ni Central. Por lo
menos, ya nunca más.
Las palabras penetraron. Barton se sentó rígido; su cerebro, de
pronto, se enfrió como el hielo, aún a pesar de su niebla alcohólica.
—¿Qué quiere decir con «nunca más»?
—Ha pasado mucho tiempo. Años y años —el anciano se frotó con la
mano su arrugada frente—. No he oído hablar de esa calle durante mucho tiempo
—sus ojos azules e infantiles estaban clavados intensamente en Barton; trataba
de concentrarse a través de la niebla del whisky y del tiempo—. Tiene gracia,
oír otra vez ese viejo nombre. Ya casi lo olvidé. Mire, Barton, ahí debe haber
algo equívoco.
—Sí —asintió tenso Barton—. Hay algo equívoco. ¿Qué es?
Christopher volvió a frotarse la surcada frente, tratando de
agrupar sus pensamientos.
—No lo sé, algo grande —miró en su torno temeroso—. Quizás estoy
loco. Pine Street era una hermosa calle. Mucho más bonita que Fairmount. Eso es
lo que tienen allí ahora. No las mismas casas, en absoluto. No la misma calle.
Y nadie recuerda —las lágrimas llenaron sus ojos azules y con tristeza se las
secó—. Nadie recuerda excepto usted y yo. Nadie en todo el mundo. «¿Qué
infiernos vamos a hacer?»
VII
Barton respiraba con rapidez.
—Escúcheme. ¡Deje de sollozar y escúcheme!
Christopher se estremeció.
—Sí. Lo siento, Barton. Todo este asunto me ha...
Barton le cogió por el brazo.
—Entonces realmente «fue» del modo como lo recuerdo. Pine
Street... Central... El viejo parque. ¡Mis recuerdos no son falsos!
Christopher se secó los ojos con un deshilachado y sucio
pañuelo.
—Sí, el viejo parque. ¿Se acuerda? Santo Dios, ¿qué pasó aquí?
—todo el color se había desvanecido de su rostro dejándolo ahora de un amarillo
enfermizo—. ¿Qué hay de malo en ellos? ¿Por qué no recuerdan? —El terror le
hizo estremecerse—. Y no son la misma gente. Los viejos se fueron. Como los
lugares. Todos excepto usted y yo.
—Yo me fui —dijo Barton—. Cuando yo tenía nueve años
—bruscamente se puso en pie—. Salgamos de aquí. ¿Dónde podríamos hablar?
Christopher se reanimó.
—En mi casa. Podemos hablar allí —saltó del taburete y se volvió
rápidamente hacia la puerta. Barton le siguió desde cerca.
La calle estaba fría y oscura. Las farolas ocasionales aparecían
a intervalos irregulares. Unas pocas personas caminaban, la mayor parte hombres
que iban de bar en bar.
Christopher recorrió presuroso una calle lateral. Barton tuvo
dificultades en no perderlo de vista.
—He esperado dieciocho años para esto —jadeó Christopher—. Creí
que estaba loco. No se lo dije a nadie. Tenía miedo. Todos estos años... y era
verdad.
—¿Cuándo se produjo el Cambio?
—Hace dieciocho años.
—¿Poco a poco?
—De súbito. En una noche. Desperté y era todo distinto. No supe
encontrar mi camino. Me quedé dentro y me escondí. Pensé que me había vuelto
loco.
—¿Nadie más recordaba?
—¡Todo el mundo se había ido!
Barton estaba estupefacto.
—¿Quiere decir...?
—¿Cómo podían recordar? Se habían ido, también. Todo había
cambiado, incluso la gente. Una ciudad enteramente nueva.
—¿Sabe usted lo de la barrera?
—Sabía que nadie podría entrar ni salir. Hay algo que cruza el
camino. Pero no les importa. Hay algo equívoco en ellos.
—¿Quiénes son los Vagabundos? —preguntó Barton.
—No lo sé.
—¿Cuándo aparecieron? ¿Antes del Cambio?
—No. Después del Cambio. Jamás les vi antes de eso. Todo el
mundo parece pensar que son perfectamente naturales.
—¿Quiénes son los dos gigantes?
Christopher sacudió la cabeza.
—No lo sé. Una vez creí haber visto algo. Y había subido por el
camino, buscando una salida. Tuve que detenerme; había allí un camión de madera
averiado.
—Esa es la barrera.
Christopher masculló un juramento.
—¡Santo Dios! ¡Eso fue hace años! Y aún sigue allí...
Habían recorrido varias manzanas. La oscuridad les rodeaba,
formas vagas de casas. Luces ocasionales. Las casas estaban avejentadas y
sucias. Barton advirtió con creciente sorpresa lo cochambrosas que se las veía;
no recordaba que esta parte de la ciudad estuviera tan mal.
—¡Todo es peor! —dijo.
—Cierto. Esto no estaba tan mal antes del Cambio. Parecía muy
bien, de hecho. Mi casa era una hermosa cabañita con tres habitaciones; la
construí yo mismo. Instalé luz eléctrica, puse cañerías, arreglé estupendamente
el tejado. Aquella mañana desperté... ¿y en qué vivía? —el viejo se detuvo y
buscaba la llave—. En un viejo almacén. No era nada más que una caja de
embalaje. Ni siquiera con cimientos. Yo recuerdo haber hecho los cimientos. Me
tomó toda una semana para fabricarlos bien. Y ahora... nada, excepto barro.
Encontró la llave y en la oscuridad localizó el pomo de la
puerta. Trasteó un poco, murmurando y maldiciendo. Por último el panel cedió
chirriando y Barton y él entraron.
Christopher encendió una lámpara de petróleo.
—No hay electricidad. ¿Qué le parece eso? Después de todo mi
trabajo. Le aseguro, Barton, que esto es diabólico. Todo el duro trabajo que
efectué. Todas las cosas que tuve, todo lo que construí. Barrido de la noche a
la mañana. Ahora no soy nada. Antes no bebía, ¿comprende? Ni una sola gota
—añadió.
La casa era una choza, nada más. Una sola habitación; cocina y
sumidero a un extremo, la cama en otro. La basura lo cubría todo. Platos
sucios, paquetes y latas de alimentos, sacos de huevos y de basura, pan de
molde, periódicos, revistas, ropas sucias, botellas vacías, infinidad de viejos
muebles apiñados. Y cables.
—Sí —dijo Christopher—. Intenté durante dieciocho años volver a
instalar los cables eléctricos en este maldito lugar —había miedo en su rostro,
miedo desnudo y desesperado—, solía ser un buen electricista. Reparaba radios,
tenía una tiendecita con taller.
—Seguro —recordó Barton—. «Tienda y Talleres Will».
—Se fue. Se fue por completo. Hay una lavandería a mano ahora
allí. En Jefferson Street, como se llama actualmente la calle. Hace un trabajo
terrible. Le estropea las camisas a uno. No queda nada de mi tienda de radios.
Desperté aquella mañana, me dirigí al trabajo. Pensé que había algo raro.
Llegué allí y me encontré la maldita lavandería. Planchas de vapor planchando
pantalones.
Barton cogió una batería portátil. Pinzas, soldador, estaño,
pasta, macarrón de plástico, un generador de señales, lámparas de radio,
botellas y frascos, condensadores, resistencias, esquemas... todo.
—¿Y no puede instalar la luz eléctrica en su casa?
—Lo intento —Christopher se examinó las manos con tristeza—. Se
fue. Trasteo por aquí. Rompo cosas. Se me caen. Me olvido de lo que hago.
Coloco mal el cable. Piso y rompo mis herramientas.
—¿Por qué?
Los ojos de Christopher brillaron de terror.
—No quieren que renueve mi instalación, que la haga como era. Se
suponía que yo debí cambiar como los demás. «Cambió», en parte. Yo no estaba
tan caído como esto. Era trabajador. Tenía mi tienda y mi habilidad. Llevaba
una vida limpia y clara. Barton, ellos me impidieron arreglarlo. Prácticamente
me quitaron el soldador de las manos.
Barton apartó a un lado un montón de cables y aisladores y se
sentó al borde del banco de trabajo.
—Tienen parte de usted. Entonces es que poseen algún poder sobre
su persona.
Christopher rebuscó excitado en una desordenada alacena.
—¡Esa cosa pende sobre Millgate como una niebla negra! ¡Una
sucia niebla negra, deslizándose por todas las ventanas y puertas! Ha destruido
esta ciudad. Estas gentes son imitación de personas. Las verdaderas se fueron.
Barridas de la noche a la mañana —sacó una polvorienta botella de vino y la
agitó delante de Barton—. Por Dios, voy a celebrarlo. ¡Acompáñeme, Barton! He
guardado esta botella durante años.
Barton examinó la botella de vino. Sopló el polvo de la etiqueta
y la acercó a la lámpara de petróleo. Era vieja, muy vieja. Moscatel importado.
—No lo sé —dijo dudoso. Comenzaba a sentirse mareado por los
«bourbons»—. No me gusta mezclar la bebida.
—Esto hay que celebrarlo —Christopher tiró al suelo un montón de
basuras y encontró un sacacorchos, con la botella entre las rodillas, la
destapó y comenzó a servir—. Celebrar que usted y yo nos hayamos conocido.
El vino no era demasiado bueno. Barton sorbió un poquito de su
copa y estudió el rostro viejo y lleno de costuras del anciano. Christopher se
había derrumbado sobre su silla, pensando. Bebía de manera automática y rápida
de su vaso no demasiado limpio.
—No —dijo—. No quieren que esto vuelva a ser lo que era. Nos
hicieron una buena faena. Nos quitaron nuestra ciudad, nuestros amigos —su
rostro se endureció—. Los bastardos no nos permitirán levantar un dedo para
arreglar las cosas de nuevo. Piensan que son demasiado condenadamente grandes.
—Pero yo entré —murmuró Barton. En parte se sentía mareado; los
«bourbons» y el vino mezclado—. Logré pasar la barrera de algún modo —añadió.
—No son perfectos —Christopher se puso en pie con dificultad y
bajó su vaso—. Se les escapó parte mía y le dejaron entrar. Se durmieron mientras
estaban de servicio, como cualquier persona.
Abrió el cajón inferior de un tocador y sacó ropas y paquetes.
En el fondo había una caja sellada. Un viejo cofre pequeño de plata. Gruñendo y
sudando, Christopher lo sacó y lo dejó sobre la mesa.
—No tengo hambre —murmuró Barton—. Simplemente, me gusta estar
sentado aquí y...
—Mire —Christopher sacó una llavecita de la cartera; con extremo
cuidado la encajó en la microscópica cerradura y abrió la tapa—. Se lo voy a
enseñar, Barton. Es usted mi único amigo. La única persona en el mundo en quien
puedo confiar.
No era un joyero. La cosa resultaba intrincada. Cables y
bobinas, manómetros y conmutadores complicados. Un cono de metal,
cuidadosamente soldado. Christopher lo sacó y lo ajustó a su manera. Pasó los
cables hasta la batería y atornilló los terminales en su sitio.
—Las sombras —gruñó—. Las rebaja. No quieren «ver» esto —trasteó
nervioso—. Darían mucho por poseerlo. Se creen que son listos, que tienen a
todo el mundo bajo su pulgar... Pero no es así.
Dio un conmutador y el cono zumbó de manera armoniosa. El
zumbido se convirtió en un chirrido mientras manejaba los controles. Barton se
apartó intranquilo.
—¿Qué infiernos es? ¿Una bomba? ¿Va a volarnos a todos?
Una mirada perversa apareció en el rostro del anciano.
—Se lo diré más tarde. Ahora tenga cuidado —corrió en torno a la
habitación, bajando las persianas, mirando hacia afuera; cerró la puerta con
llave y volvió con cuidado a su zumbante cono. Barton estaba a cuatro patas,
mirando como funcionaba. Era una masa de intrincados cables, una telaraña
regular de metal reluciente. En su parte delantera estaba escrito:
Q. H. - No tocar - Propiedad de Will Christopher
Christopher asumió unos modales solemnes. Se agazapó junto a
Barton, con las piernas dobladas debajo del cuerpo. Animoso, casi con
reverencia, levantó el cono, lo sostuvo con ambas manos un momento y luego se
lo encajó en la cabeza, Miraba por debajo del instrumento, sus ojos azules, sin
parpadear, el rostro curtido, serio ante la importancia en la ocasión. Su
expresión se relajó un poco cuando el zumbido del cono se redujo al silencio.
—Maldición —forcejeó y empuñó el soldador—. Una conexión floja.
Barton se apoyó contra la pared y aguardó adormilado, mientras
Christopher volvía a soldar la conexión. Al poco, el zumbido sonó de nuevo, un
poco rasgado, pero alto. Más que antes.
—Barton —casi gritó Christopher—. ¿Está listo?
—Seguro —murmuró Barton. Abrió un ojo y lo enfocó en lo que
sucedía.
Christopher cogió la vieja botella de vino. La colocó con
cuidado en el suelo y se sentó a su lado, llevando el cono puesto en la cabeza.
Le caía hasta las cejas y era pesado. Lo ajustó un poquito, luego cruzó las
brazos y se concentró en la botella de vino.
—¿Qué...? —comenzó Barton, pero el viejo le interrumpió airado.
—No hable. Necesito reunir todas mis facultades —tenía los ojos
a medio cerrar. La boca apretada, la frente arrugada. Aspiró profundamente el
aire y lo retuvo.
Silencio.
Barton se encontró gradualmente desvaneciéndose en el sueño.
Trató de mirar a la botella de vino, pero su esbelta y polvorienta forma se
agitó y se emborronó. Reprimió un bostezo y luego eructó. Christopher le
disparó una mirada furiosa y rápidamente volvió a su concentración. Barton
murmuró una frase de excusa. Entonces realmente bostezó. Alto y largo. La
habitación, el viejo y especialmente la botella de vino, retrocedieron y se
nublaron. El zumbido le arrulló. Como un enjambre de abejas, constante y penetrante.
Apenas podía ver la botella. Era sólo una forma vaga. Reagrupó
su atención, pero rápidamente se le escapó. Maldita sea, no podía ver ahora la
botella en absoluto. Forcejeó y se obligó a mantener los ojos abiertos. De nada
sirvió, la botella era un mero manchón, sólo la pizca de una sombra en el suelo
delante de Christopher.
—Lo siento —murmuró Barton—. Ya no puedo distinguir esa maldita
cosa.
Christopher no respondió. Su rostro aparecía oscuro; parecía a
punto de estallar. Todo su ser estaba concentrado en el lugar que ocupara antes
la botella de vino. Esforzándose y reluciendo, anudando las cejas, respirando
con aspereza por entre los dientes, los puños crispados, el cuerpo rígido...
Empezaba a volver. Barton se sintió mejor. Allí estaba,
agitándose de nuevo a la vista. La sombra se convirtió en un manchón. Luego en
un cubo oscuro. El cubo se solidificó, ganó color y forma, se hizo opaco; ya no
podía ver el suelo de más allá. Barton respiró con alivio. Era bueno volver a
contemplar esa maldita cosa. Se apoyó la espalda contra la pared y se puso
cómodo.
Había sólo un problema. Que pinchaba, le hacía vagamente
incómodo. La cosa que se formaba en el suelo delante de Christopher no era la
polvorienta botella de moscatel. Era alguna otra cosa.
Una increíblemente antigua cafetera.
Christopher se quitó el cono de la cabeza. Suspiró, emitiendo un
largo y ronco silbido de triunfo.
—Lo hice, Barton —dijo—. Ahí está.
Barton sacudió la cabeza.
—No lo entiendo —un escalofrío comenzaba a recorrerle—. ¿Dónde
está la botella? ¿Qué le pasó a la botella de vino?
—Ahí nunca hubo una botella de vino —dijo Christopher.
—Pero yo...
—Truco. Distorsión —escupió Christopher con disgusto—. Esa es mi
vieja cafetera. Mi madre la trajo de Suecia, ya le dije que yo no bebía antes
del cambio.
La comprensión volvió a Barton.
—Esa cafetera se convirtió en una botella de vino cuando se
produjo el Cambio. Pero...
—...pero por debajo seguía siendo cafetera —Christopher se puso
inseguro en pie; parecía agotado—. ¿Comprende, Barton?
Barton comprendió.
—La vieja ciudad sigue estando aquí.
—Sí. No fue destruida. Fue enterrada. Está bajo la superficie.
Hay como una capa por encima. Una niebla oscura, ilusión. Vinieron y colocaron
esta nube negra por encima de todo. Pero la verdadera ciudad queda debajo. «Y
puede volver a ser descubierta».
—Q.H. Quita Hechizos.
—Eso mismo —Christopher acarició el cono con orgullo—. Este es
mi Quita Hechizos. Lo construí yo mismo, nadie sabe que existe, excepto usted y
yo.
Barton cogió la cafetera. Era firme y dura. Antigua, con huellas
del tiempo. Metálica. Olía a café. Un olor punzante y rancio que impresionó sus
narices. Giró la tapa un poco y vio su interior. Aún se veían posos de café.
—Así que sigue aquí —dijo despacio.
—Sí. Sigue aquí.
—¿Cómo lo descubrió?
Christopher sacó la pipa y la llenó despacio, las manos
temblorosas de fatiga.
—Al principio estaba muy desanimado. Lo encontraba todo
cambiado, todo distinto. No conocía a nadie. No podía hablar con ellos; no me
comprendían. Empecé a ir al «Magnolia club» cada noche; no tenía otra cosa que
hacer, sin mi tienda de radios, volvía a casa bastante ciego una noche. Me
senté, aquí donde estoy ahora. Empecé a recordar los viejos días. Viejas calles
y gentes. Cómo solía ser mi casita. Mientras estaba pensando, la cabaña empezó
a desvanecerse. Y entró simplemente mi dulce casita de antaño.
Encendió la pipa y fumó de ella solemnemente.
—Corrí como si estuviera loco. Era infernalmente feliz. Pero
empezó a marcharse. Se desvaneció de nuevo y esta maldita choza reapareció —dio
una patada a la sucia mesa—. Como usted vio. Sucia basura. Cuando pienso en
cómo era...
—¿Se acuerda usted de la joyería Berg?
—Sí. Estaba en Central Street. Desapareció, claro. Hay ahora una
pobre cacharrería en su lugar. Todo un antro.
Barton sacó el pedazo de pan duro del bolsillo.
—Eso lo explica. Porque mi brújula se convirtió en «esto» cuando
entré en el valle. Procedía de la joyería Berg —tiró a un lado el pan—. ¿Y el
Quitador de Hechizos?
—Me costó quince años construirlo. Habían hecho ellos mis manos
condenadamente torpes. Apenas podía soldar. Tuve que repetir el mismo proceso
una y otra vez. Servía para enfocar mi mente. Mis recuerdos, así que puedo
dirigir mis pensamientos. Es como una lente. De ese modo puedo recuperar alguna
cosa. Las saco de las profundidades a la superficie. La niebla se disipa y
vuelve a estar de nuevo, como antaño. Como debía ser.
Barton dejó a un lado su vaso de vino. Estaba medio lleno, pero
no había nada dentro. El vino, sin probar, se había desvanecido con la botella.
Olisqueó, el vaso olía débilmente a café.
—Lo ha hecho usted muy bien —dijo Barton.
—Eso creo. Fue duro. No soy del todo libre: tienen parte mía.
Desearía tener una fotografía de este sitio para enseñárselo. El fregadero de
tilo que puse. Era realmente un sueño.
Barton volvió boca abajo su vaso vacío y cayó de él un grado de
café.
—Usted va a seguir, claro.
—¿Eh?
—Con esto; ¿qué puede detenerle? Buen Dios, hombre, usted puede
recuperar todo.
El rostro de Christopher se distendió.
—Barton, tengo algo que decirle.
Pero no era preciso que lo hiciese. Bruscamente el café caliente
se derramó por la manga de Barton y por sus dedos y muñeca. Al mismo tiempo la
cafetera desapareció y la botella de moscatel ocupó su sitio. Olorienta y
esbelta y medio llena de vino.
—No dura —dijo con tristeza Christopher—. No más de diez
minutos. No puedo mantenerla como estaba.
Barton se lavó las manos en la pila.
—¿Siempre pasa así?
—Siempre. Nunca se endurece por entero. No puedo encerrar en su
verdadero sitio a la cosa real. Me imagino que no soy lo bastante fuerte.
Ellos, quienes quiera que sean, son muy grandes.
Barton se secó las manos en una deshilachada toalla. Estaba
ensimismado en sus pensamientos.
—Quizás es sólo este objeto. ¿Probó usted el Quita Hechizos en
alguna otra cosa?
Christopher se levantó y cruzó hasta el tocador. Rebuscó por el
cajón y sacó una cajita de cartón. Con ella se sentó en el suelo.
—Mire —abrió la caja y sacó algo. Con dedos temblorosos quitó el
papel de seda. Barton se inclinó y miró por encima del hombro de su anfitrión.
En el papel de seda había una pelota de cuerda parda, anudada y
envuelta, rodeando un pedacito de madera.
El viejo rostro mostraba aprensión, los ojos brillaban, los
labios estaban entreabiertos. Christopher pasó los dedos por la pelota de
cordel.
—He probado con esto. Muchas veces. Cada semana o así lo
intento. Daría cualquier cosa si pudiera volver a ésta su existencia anterior.
Pero no puedo conseguir más que un atisbo.
Barton cogió la cuerda de la mano del anciano.
—¿Qué diablos es? Parece un ovillo corriente.
Una mirada significativa se instaló en el cansado rostro de
Christopher.
—Barton, esto era la llanta de goma de Aaron Northrup.
Barton alzó los ojos incrédulo.
—¡Santo Dios!
—Sí. Es verdad. Lo robé. Nadie más sabía lo que era. Tuve que
buscarlo, recuerde, la llanta de goma estaba sobre la puerta del Banco
Comercial de Millgate.
—Sí. El alcalde la colocó allí. Recuerdo el día. Yo era entonces
un chavalito.
—Eso fue hace mucho tiempo. El Banco ha desaparecido ahora,
claro. En su lugar hay ahora una casa de té de señoras. Y esta pelota de cordel
colgaba sobre la puerta. La robé una noche. No significaba nada para nadie.
—Christopher se apartó, abrumado por sus emociones—. Nadie más recuerda la
llanta de goma de Aaron Northrup.
Los ojos de Barton estaban húmedos.
—Yo tenía sólo siete años cuando sucedió.
—¿Lo vio?
—Lo vi. Bob O'Neill gritó «Central abajo» a pleno pulmón. Yo
estaba en la dulcería.
Christopher asintió ansioso.
—Yo estaba arreglando un viejo Atwater Kent. Oí al bastardo.
Gritaba como un cerdo herido. Se le podía oír en miles de kilómetros.
El rostro de Barton relució.
—Entonces vi pasar corriendo al granuja. Su coche no se le quiso
poner en marcha.
—No, estaba excesivamente nervioso. O'Neill le gritó y el
granuja se limitó a correr derecho hasta el centro de la calle.
—Con el dinero en aquella bolsa de papel, en sus brazos. Como si
fuesen comestibles.
—Era uno de esos «gangsters».
—Un siciliano. Un «gangster» de los de tomo y lomo. Le vi correr
por delante de la confitería. Yo salí también corriendo. Bob O'Neill estaba
allí plantado delante del Banco, gritando con todas sus fuerzas.
—Todo el mundo corría y vociferaba. Como un rebaño de monos.
La visión de Barton se hizo más oscura.
—El bandido corrió por junto de Street. Y allí estaba el viejo
Northrup, cambiando el neumático de su Ford modelo T.
—Sí, había vuelto a venir de su granja. Para cargar pienso para
el ganado. Estaba sentado en el bordillo con las palancas —Christopher tomó la
bola de cordón y la sostuvo suavemente en la mano—. El granuja trató de correr
pasando junto a él...
—Y el viejo Northrup se puso en píe de un salto y le dio en la
cabeza.
—Era un viejo muy alto.
—Casi dos metros. Sin embargo, delgado. Un viejo granjero.
Realmente aniquiló muy bien al granuja.
—Tenía buena muñeca. De guiar su viejo Ford. Me imagino que
estuvo a punto de matar al individuo.
—Conclusión múltiple. Una llanta de goma es bastante pesada
—Barton cogió el ovillo de cordel y lo acarició gentilmente—. Así que esto es.
La llanta de Aaron Northrup. El Banco le pagó quinientos dólares por ella. Y el
alcalde Clayton la clavó sobre la puerta del establecimiento. Hubo una gran
ceremonia. Todo el mundo asistió.
Barton hinchó el pecho.
—Yo sostuve la escalera —temblaba—. Christopher, yo sujeté esa
llanta. Mientras Jack Wakeley subía con el martillo y los clavos, me la dieron
a mí y yo se la pasé. La toqué.
—Ahora la vuelve a tocar —dijo Christopher con mucho
sentimiento—. Es eso.
Durante largo rato Barton estuvo mirando la pelota de cordel.
—Me acuerdo. La sostuve. Pesaba.
—Sí, pesaba mucho.
Barton se puso en pie. Dejó sobre la mesa con cuidado el ovillo
de cuerda. Se quitó la americana y la colocó en el respaldo de la silla.
—¿Qué va usted a hacer? —preguntó ansioso Christopher.
Había una extraña mirada en la cara de Barton. Resolución,
mezclado con recuerdo de ensueños.
—Se lo diré —dijo—. Voy a quitar el hechizo. Voy a devolver su
forma a la llanta, voy a dejarla tal como estaba.
VIII
Christopher rebajó la lámpara de petróleo hasta que la
habitación estuvo casi a oscuras. Colocó la lámpara cerca de la pelota de
cordel y luego se retiró a un rincón.
Barton se plantó cerca de la mesa, los ojos fijos en la cuerda.
Jamás había intentado antes quitar un hechizo; era una nueva experiencia para
él. Pero recordaba la llanta. Recordaba qué aspecto tenía, cómo era. El aspecto
y los sonidos del propio ladrón. Al viejo Northrup saltando y agitándola sobre
su cabeza. La llanta cayendo. El siciliano extendido en el suelo. La ceremonia.
Todos aplaudiendo. La llanta brevemente en sus manos.
Se concentró. Reunió juntas todas sus memorias y las enfocó en
el desmadejado ovillo de cordel pardo, anonadado y confuso, en la masa junto a
la lámpara. Se imaginó que estaba allí la llanta en lugar de la cuerda. Larga y
media y metálica. Y pesada. Sólido metal.
Nada se movió. Christopher ni siquiera respiraba. Barton mantuvo
su cuerpo rígido, colocó en ello todo su ser. Toda su fuerza mental. Pensó en
la vieja ciudad, la verdadera ciudad. No se había ido. Seguía todavía allí;
estaba «aquí», en su torno, bajo él, en todas partes, tapada por la manta de la
ilusión. La lámina de niebla negra. La ciudad aún vivía.
Dentro del ovillo de cuerda estaba la llanta de Aaron Northrup.
Pasó el tiempo. La habitación se enfrió. En algún lugar lejano
sonó un reloj. La pipa de Christopher se aclaró y se apagó convirtiéndose en
frías cenizas. Barton se estremeció un poco y prosiguió. Pensó en cada aspecto
de ello. Cada sensación, visual, táctil, audible.
Christopher jadeó.
—Osciló.
La pelota de cuerda había dudado. Una cierta insubstancialidad
pasó por ella. Barton se esforzó con todo su poder. Cada cosa parpadeó... la
habitación entera, las oscuras sombras más allá de la lámpara.
—Otra vez —jadeó Christopher—. Siga. No se detenga.
No se detuvo. Y al poco, silenciosamente, la pelota de cuerda
desapareció. La pared se hizo visible más allá de ella; quería ver la mesa de
debajo. Durante un momento no hubo nada excepto una sombra brumosa. Una vaga
presencia quedaba atrás.
—Jamás llegué tan lejos —susurró Christopher impresionado—. No
podría hacerlo.
Barton no respondió. Mantuvo su atención en el lugar. La llanta.
Tenía que venir. La sacó, pidió que saliese. Tenía que venir. Estaba allí, por
debajo de la ilusión.
Una sombra larga destelló. Más grande que la cuerda. Medio metro
como mínimo de longitud. Osciló, luego se hizo más clara.
—¡Ahí está! —jadeó Christopher—. ¡Ya viene!
Venía, es cierto. Barton se concentró hasta que los lugares
negros empezaron a bailar ante sus ojos. La llanta estaba de camino. Se volvía
negra, opaca. Relucía un poco a la luz de la lámpara de petróleo. Y luego...
Con un sonido metálico y furioso la llanta cayó al suelo y se
quedó allí.
Christopher se adelantó y la examinó. Temblaba y se secaba los
ojos.
—Barton, ¡lo hizo! Hizo que volviese.
Barton se desmadejó.
—Sí. Eso es. Exactamente como la recordaba.
Christopher pasó sus manos arriba y abajo de la pieza metálica.
—La vieja llanta de Aaron Northrup. Hacia dieciocho años que no
la veía, yo no pude conseguir hacerla volver, Barton. Pero usted lo hizo.
—La recordaba —gruñó Barton. Se secó la frente tembloroso;
estaba sudando y se sentía débil—. Quizá mejor que usted. Yo la sostuve
entonces, y mi memoria siempre fue buena.
—Y usted no estaba aquí.
—No. A mí el Cambio no me rozó: no estoy distorsionado en
absoluto.
El viejo rostro de Christopher brilló.
—Ahora podemos seguir adelante, Barton. Nada nos puede detener.
Toda la ciudad. Podemos recuperar, pedazo a pedazo, todo cuanto recordemos.
—No lo sé en absoluto —murmuró Barton—. Hay algunos sitios que
jamás vi.
—Quizás yo los recuerde. Entre los dos probablemente podremos
recordar toda la ciudad.
—Quizás podamos encontrar a alguien más, o conseguir un mapa
completo del viejo pueblo. Reconstruirlo.
Christopher bajó la llanta.
—Construiré un Quitador de Hechizos para ambos. Uno para cada
uno. Los construiré a centenares, de todas formas y tamaños. Con nosotros dos
llevándolos... —su voz se desvaneció y murió. Una expresión enfermiza se
instaló despacio en su cara.
—¿Qué pasa? —preguntó Barton, aprensivo de pronto—. ¿Qué hay de
malo?
—El Quitador de Hechizos —dijo Christopher mirando al vacío y
sentándose torpemente sobre la mesa. Cogió el Quitador de Hechizos—. Usted no
lo llevaba puesto.
Christopher aumentó la luz de la lámpara.
—No fue el Quitador de Hechizos —logró decir por último. Parecía
viejo y roto; se movía con debilidad—. Todos estos años no conseguí nada bueno.
—No —dijo Barton—. Creo que no.
—¿Pero por qué? —suplicó desesperanzado Christopher—. ¿Cómo lo
hizo usted?
Barton no le oyó. Su cerebro estaba corriendo frenético.
Bruscamente se puso en pie.
—Tenemos que descubrirlo —dijo.
—Si —asintió Christopher, recuperándose con un esfuerzo
violento. Jugó sin propósito con la llanta, luego, de pronto, se la entregó a
Barton—. Tome.
—¿Qué?
—Es suya, Barton, no mía. Realmente, nunca me perteneció.
Al cabo de un instante, Barton la aceptó.
—Está bien. La aceptaré... Tenemos un infierno de trabajo por
delante —comenzó a pasear intranquilo arriba y abajo, asiendo la llanta como si
fuese un hacha de batalla—. Ya hemos estado sentados bastante tiempo. Debemos
ponernos en marcha.
—¿En marcha?
—Tenemos que estar seguros de que podemos hacerlo. A lo grande
—Barton agitó impaciente la llanta—. Un objeto. Dios mío, esto es sólo el
principio. ¡Tenemos que reconstruir toda una ciudad!
Christopher asintió despacio.
—Sí. Eso es mucho.
—Quizá no podamos hacerlo —Barton abrió la puerta; el frío
viento nocturno entró bramando—. Vamos.
—¿Dónde vamos?
Barton ya estaba afuera.
—A efectuar un intento verdadero. Algo grande. Algo importante.
Christopher salió presuroso tras él.
—Tiene razón. El Quitador de Hechizos no importa. Lo importante
es el «hacerlo». Si usted puede conseguirlo a su manera...
—¿Qué probaremos?
Barton se abrió paso impaciente a lo largo de la calle oscura,
aun aferrando con fuerza la llanta de hierro.
—Tenemos que saber lo que era antes del Cambio.
—He tenido tiempo de figurarme cómo era la mayor parte de esta
vecindad. Fui capaz de hacer un mapa de la zona. Aquello de allá —Christopher
indicó una casa alta—, era un garaje y un taller de reparaciones. Y allí abajo,
todos aquellos viejos almacenes abandonados...
—¿Qué eran? —Barton aumentó el paso—. Dios mío, tiene un aspecto
terrible. ¿Qué hubo allí? ¿Qué hay por debajo de ellos?
—¿No lo recuerda? —preguntó Christopher con suavidad.
Le costó un momento. Barton tuvo que mirar hacia las oscuras
colinas para orientarse.
—No estoy seguro... —comenzó. Y entonces recordó.
Dieciocho años era mucho tiempo. Pero jamás olvidó al viejo
parque con su cañón. Había jugado en él muchas veces. Almorzado allí con su
padre y su madre. Escondido en la maleza, jugando a vaqueros e indios con los
otros chicos de la ciudad.
A la débil luz descubrió una fila de viejos cobertizos ruinosos.
Antiguos almacenes, ya sin uso. Faltaban tableros. Ventanas rotas. Unos cuantos
deshilachados trapos revoloteaban impulsados por el viento nocturno. Formas
mugrientas, podridas, en las que anidaban los pájaros, ratas y ratones.
—Parecen antiguos —dijo Christopher en voz baja—. De cincuenta o
sesenta años. Pero no estaban aquí antes del Cambio. Eso era el parque.
Barton cruzó la calle hacia los edificios.
—Comenzaba desde aquí. En esta esquina. ¿Cómo se le llama ahora?
—Dudley Street es el nuevo nombre —Christopher estaba excitado—.
El cañón estaba en el centro. ¡Ahí había un montón de proyectiles para el
cañón! Era una vieja pieza del tiempo de la Guerra entre los Estados. Lee
arrastró este cañón en torno a Richmond.
Los dos se detuvieron, recordando cómo había sido el parque y el
cañón, el viejo pueblo, el verdadero pueblo que existió. Durante un rato, no
hablaron. Cada cual estaba envuelto en sus propios pensamientos. Entonces
Barton se apartó.
—Yo iré hasta este extremo. Empezaba en Milton y Jones.
—Ahora es Dudley y Rutledge —Chritopher se sacudió a sí mismo
entrando en actividad—. Yo tomaré este extremo.
Barton llegó a la esquina y se detuvo. A la escasa luz apenas
podía distinguir la figura de William Christopher, el anciano agitaba el brazo.
—Dígame cuándo empiezo —gritó Christopher.
—Comience ahora —la impaciencia llenaba a Barton. Bastante
tiempo se había perdido... dieciocho años—. Concéntrese en ese extremo. Yo
trabajaré por éste.
—¿Piensa que podemos hacerlo? Un parque público es una cosa
terriblemente grande.
—Condenadamente grande —dijo Barton entre dientes. Se enfrentó a
los antiguos y ruinosos almacenes y convocó todas sus fuerzas. Al otro extremo,
Will Chritopher hizo lo mismo.
IX
Mary estaba acurrucada en la cama, leyendo una revista, cuando
el Vagabundo apareció.
Salió de la pared y lentamente cruzó la estancia, los ojos
apretadamente cerrados, los puños crispados, moviendo los labios. Mary bajó la
revista de inmediato y se puso rápidamente en pie. Este era un Vagabundo que
ella jamás había visto antes. Una mujer mayor, quizás de cuarenta años. Alta y
pesada, con el pelo gris y gruesos senos bajo su áspero sayal de una sola
pieza. Su rostro serio estaba retorcido en una expresión mortal; sus labios
continuaban moviéndose mientras cruzaba la estancia, atravesaba el gran sillón
y luego desaparecía por la pared lejana sin el menor sonido.
El corazón de Mary latió con fuerza. La Vagabundo la buscaba,
pero había ido demasiado lejos. Era duro decirlo con exactitud; y no podía
abrir los ojos. Contaba, tratando de conseguir el lugar exactamente justo.
Mary salió presurosa de la habitación, fue pasillo abajo y al
exterior. Corrió rodeando la casa, hasta el lugar opuesto a su propio cuarto.
Mientras aguardaba a que saliera la Vagabundo, no pudo evitar pensar en quién
había ido demasiado lejos, pero no lo bastante para salir de la casa. Él abrió
los ojos dentro de la pared, en apariencia. En cualquier caso, nunca volvió a
salir. Y allí hubo un hedor horrible durante semanas después.
Algo relució. Era una noche oscura; unas cuantas y débiles
estrellas lucían. La Vagabundo estaba saliendo, sí. Se movía despacio y con
precaución. Se preparaba para abrir los ojos. Ella estaba tensa. Nerviosa. Le
dolían los músculos. Se le retorcían los labios. Bruscamente parpadeó... y se
encontró mirando en su torno con frenético alivio.
—Aquí estoy —dijo Mary rápidamente, corriendo hasta ella.
La Vagabundo se dejo caer sobre una piedra.
—Gracias a Dios. Tenía miedo... —miró nerviosa a su alrededor—.
Fui demasiado lejos, ¿verdad? Estamos fuera.
—Todo va bien. ¿Qué es lo que quiere?
La Vagabundo empezó a relajarse un poco.
—Es ésta una noche muy buena, pero fría. ¿No deberías llevar
puesto un chaleco? —al cabo de un momento añadió—. Soy Hilda. Nunca me has
visto antes.
—No —asintió Mary—. Pero sé quién es usted —se sentó cerca de la
Vagabundo. Ahora que había abierto los ojos, Hilda parecía como cualquier otra
persona. Había perdido su débil cualidad luminosa; era substancial. Mary
extendió la mano y tocó el brazo de la Vagabundo. Firme y sólido. Y caliente.
Sonrió y la Vagabundo le devolvió la sonrisa.
—¿Qué edad tienes, Mary? —preguntó.
—Trece.
La Vagabundo alborotó los espesos rizos negros de la muchacha.
—Eres una criatura adorable. Pensaría que tienes muchos amigos.
Aunque quizás sea demasiado joven para eso.
—Quería usted verme, ¿verdad? —preguntó Mary educadamente.
Estaba un poquito impaciente; alguien podía venir y, además, estaba segura de
que algo importante sucedía—. ¿De qué se trata?
—Necesitamos información.
Mary reprimió un suspiro.
—¿Qué clase de información?
—Como sabes, hemos progresado. Todo ha sido cuidadosamente
encartado y sintetizado; hemos preparado un dibujo original detallado, seguro
en cada aspecto. Pero...
—Pero no significa nada.
La Vagabundo estuvo en desacuerdo.
—Significa muchísimo. Pero en cierto modo hemos fracasado al no
desarrollar suficiente potencial. Nuestro modelo es estático, sin energía. Para
formar un puente en la brecha, para cruzarla, necesitamos más poder.
Mary sonrió.
—Sí. Eso creo.
Los ojos de la Vagabundo estaban fijos en ella, hambrientos.
—Tal poder existe. Sé que no lo tienes. Pero alguien lo posee;
estamos seguros. Existe aquí y lo necesitamos.
Mary se encogió de hombros.
—¿Y qué espera que haga?
Los ojos grises relucieron.
—Dinos cómo controlar a Peter Trilling.
Mary se sobresaltó sorprendida.
—¿«Peter»? ¡El no servirá de nada bueno!
—Tiene la clase adecuada de poder.
—Cierto. Pero no para los propósitos de ustedes. Si conociesen
toda la historia, sabrían por qué no.
—¿De dónde saca su poder?
—Del mismo sitio que yo.
—Eso no es respuesta. ¿De dónde viene vuestro poder?
—Ya me lo han preguntado ustedes antes —respondió Mary.
—¿No puedes decírnoslo?
—No.
Hubo un silencio. La Vagabundo tamborileó con la mano.
—Sería de considerable ayuda para nosotros. Sabes mucho acerca
de Peter Trilling. ¿Por qué no nos lo dices?
—No se preocupe —contestó Mary— Yo me cuidaré de Peter cuando
llegue el momento, déjelo de mi cuenta. Actualmente, esa parte no es asunto
suyo.
La Vagabundo retrocedió.
—¡Cómo te atreves!
Mary soltó una carcajada.
—Lo siento. Pero es la verdad. Dudo que hiciera su programa más
fácil el que les dijese a ustedes todo acerca de mí y Peter. Quizás incluso la
cosa sería más difícil.
—¿Qué sabes acerca de nuestro programa? Solamente lo que te
hemos dicho.
Mary sonrió.
—Quizás.
Había duda en el rostro de la Vagabundo.
—No podría saber más.
Mary se puso en pie.
—¿Quieres preguntarme alguna otra cosa?
Los ojos de la Vagabundo se endurecieron.
—¿Tienes alguna idea de lo que podríamos hacerte?
Mary se alejó impaciente.
—No hay tiempo para tonterías. Cosas de gran importancia están
sucediendo en todas partes. En lugar de preguntarme por Peter Trilling, debió
preguntar por Ted Barton.
La Vagabundo estaba turbada.
—¿Quién es Ted Barton?
Mary unió sus manitas y se concentró en la figura que formaban
sus dedos.
—Theodore Barton es la única persona que cruzó la barrera en
dieciocho años. A excepción de Peter, claro. Peter va y viene cuando el
espíritu le mueve. Barton es de Nueva York. Un forastero.
—¿De veras? —la Vagabundo parecía indiferente—. Yo no comprendo
qué...
Mary esquivó. Se lanzó de un salto, falló y rápidamente se alejó
frenética. La Vagabundo cerró con ferocidad los ojos, extendió las manos y
desapareció a través de la pared de la casa. Al cabo de un instante se había
ido. Un silencio profundo. Y Mary se encontró sola en la oscuridad.
Con la respiración agitada, la chica se salió de entre los
arbustos, tratando desesperadamente de coger a la diminuta figura que corría.
No podía ir muy de prisa; tenía sólo diez centímetros de altura. Se fijó en
ella por casualidad. Un súbito movimiento, un brillo de la luz de las estrellas
cuando la cosa cambió de postura...
Ella se quedó petrificada, rígida y alerta, esperando que eso
pudiera mostrarse otra vez, estaba en algún lugar cerca, probablemente en el
macizo de hojas y de heno podrido apilado contra la pared. Una vez pasase el
muro y saliese entre los árboles no tendría posibilidad de capturarlo. Contuvo
el aliento y no movió ni un músculo. Eran pequeños y ágiles, pero estúpidos. No
mucho más listos que un ratón. Pero tenían muy buena memoria, cosa que les
faltaba a los ratones. Eran excelentes observadores, incluso mejor que las
abejas. Podían ir casi a cualquier sitio, escuchar y vigilar, y traer informes
perfectos, al pie de la letra. Y aún mejor, podían ser conformados de cualquier
manera, de cualquier tamaño.
Era una cosa que le envidiaba; ella no tenía poder sobre la
arcilla. Ella se limitaba a las abejas, mariposas, gatos y moscas. Los
muñequitos de arcilla eran valiosísimos; él los usaba siempre.
Un débil sonido. El muñequito se movía. Estaba dentro de la pila
de paja podrida, sin duda. Asomándose, preguntándose dónde estaba. ¡Qué
muñequito más estúpido! Y como todas las cosas de arcilla, su cantidad de
atención era increíblemente corto, se ponía inquieto con demasiada facilidad.
Ya impacientemente se agitaba en torno a la paja.
Mary no se movió. Permaneció agachada en un silencioso montón,
las palmas de las manos en el suelo, las rodillas dobladas. Preparada para
saltar en cuanto la cosa apareciese. Podía aguardar tanto como el muñequito.
Más. La noche era fría, pero no helada. Tarde o temprano el muñequito
aparecería... y eso sería todo.
Peter finalmente se había excedido. Envió a un muñequito
demasiado lejos, a la otra parte de la línea, dentro de «su» lado. «Peter tenía
miedo». El tal Barton le había puesto inseguro. El hombre del exterior había
trastornado los planes de Peter; era un elemento nuevo, un factor que Peter no
comprendía. Mary sonrió con frialdad. ¡Pobre Peter! Le esperaba una sorpresa.
Si ella tenía cuidado...
El muñequito salió. Era macho; a Peter le gustaba formar
muñequitos macho. Parpadeó inseguro, empezó a salir por la derecha y entonces
ella le capturó.
Se agitó frenético dentro del puño de la muchacha. Pero ella no
lo soltó. Se puso en pie y corrió por el sendero, rodeando el lateral de Shady
House hasta la puerta.
Nadie la vio. El vestíbulo estaba vacío. Su padre se encontraba
con alguno de sus pacientes, efectuando sus eternos estudios, aprendiendo
siempre nuevas cosas, dedicando su vida a mantener saludable a Millgate.
Ella entró en su cuarto y cuidadosamente pasó el pestillo a la
puerta. El muñequito se debilitaba; la niña relajó los músculos un poco y lo
llevó sobre la mesa. Asegurándose de que no podía escaparse, vació un jarrón de
flores en la papelera y luego cubrió con el vaso boca abajo el muñequito. Eso
era todo. La primera parte había pasado. Ahora el resto. Tenía que hacerse
bien. Había esperado largo tiempo esta oportunidad: quizás no se le volviera a
presentar.
Lo primero que hizo fue desnudarse por completo, apiló las ropas
aseadamente al pie de la cama, como si se encontrase en el cuarto de baño,
duchándose. Luego cogió el tarro de aceite bronceador del armarito botiquín y
cuidadosamente se frotó con óleo todo su cuerpo desnudo.
Era necesario parecerse lo más posible al muñequito. El aceite
bronceador en sí le daría color. Había limitaciones, claro. Era un hombre y
ella no. Pero su cuerpo era joven y no formado; sus senos seguían siendo
pequeños, sin desarrollar en absoluto; era delgada y ágil, como un muchacho.
Serviría.
Con cada centímetro de su piel brillando y reluciendo, se peinó
alzándose el pelo en lo alto en un apretado moño que luego bajó para envolverse
el cuello y disimularlo mejor. En realidad, debiera habérselo cortado, pero no
se atrevía. Le costaría mucho volver a crecer; harían preguntas. Y, de todas
maneras, le gustaba llevarlo largo.
¿Y después, qué? Se examinó a sí misma. Sí, sin sus ropas y con
el pelo bien apretado a la nuca, era muy parecida al muñequito del jarrón.
Hasta ahora bien. Por fortuna que no era mayor; si sus senos fuesen mayores no
hubiera tenido oportunidad. Tal y como eran se hubiese producido resistencia;
su poder yacía sobre el muñequito, el poder de Peter, incluso a este lado
lejano de la línea. Se desvanecería con el tiempo. Pero el muñequito
indudablemente debería informar dentro de una hora determinada. Mary tendría
que apresurarse; Peter empezaría a recelar.
Desde el botiquín del cuarto de baño sacó tres botellas y un
solo paquete que necesitaba. Rápidamente, con destreza, hizo una masa con el
polvo y las gomas y líquidos punzantes, amasándola entre los dedos y luego la
moldeó en imitación al muñequito.
Dentro del jarrón, el verdadero muñeco de arcilla vigilaba con
creciente alarma. Mary rió y rápidamente dio forma a brazos y piernas. Estaba
muy cerca; no era preciso tampoco que fuese demasiado exacto. Acabó los pies y
las manos, alisó unos cuantos lugares toscos y luego se lo comió.
La masa pareció quemarle la garganta. Se atragantó, las lágrimas
le llenaron los ojos. Se le revolvió el estómago y se tuvo que agarrar al borde
de la mesa. Toda la habitación daba vueltas y vueltas. Cerró los ojos y se asió
con más fuerza, todo giraba y volaba. Se dobló sobre sí misma cuando se le
retorcieron los músculos del estómago. Gimió, luego logró enderezarse. Dio unos
cuantos pasos inseguros...
Las dos perspectivas la asombraron. Y el doble juego de
sensaciones. Pasó largo rato antes de que se atreviese a mover el cuerpo ni
siquiera una pizca. A un lado vio la habitación como había sido siempre; esos
eran sus propios ojos y su propio cuerpo. La otra vista era profundamente
extraña, inmensa y emborronada, distorsionada por la pared de vidrio del vaso o
jarrón.
Iba a encontrar dificultades en acostumbrarse a más de un
cuerpo. El suyo y el que tenía diez centímetros de altura. Experimentalmente,
movió su juego más pequeño de brazos, luego sus piernas en miniatura. Tambaleó
y cayó; es decir, el cuerpecito se tambaleó y cayó. Su apariencia regular se
quedó plantada locamente en el centro del cuarto, mirando toda la escena.
Tornó a levantarse. La pared del jarrón era resbaladiza y
desagradable. Volvió su atención a su yo normal y cruzó el cuarto hasta la
mesa. Con cuidado, quitó el jarrón y dejó en libertad a su yo más pequeño.
Por primera vez en su vida, fue capaz de ver su propio cuerpo
desde el exterior.
Se plantó inmóvil dentro de la mesa, mientras su diminuta
encarnación estudiaba cada centímetro de ella. Quiso reír en voz alta; ¡qué
inmensa era! Enorme y atronadora, con un bronceado oscuro y casi reluciente.
Brazos grandes, cuello, cara increíble como la luna. Ojos negros y fijos,
labios rojos, húmedos dientes blancos.
Encontró menos confuso operar cada cuerpo alternativamente.
Primero, se concentró en vestir a su cuerpo normal. Mientras se ponía los
pantalones y la camisa, la figurita de diez centímetros permanecía inmóvil. Se
colocó la chaqueta y los zapatos, se soltó el pelo y se lavó el aceite de la
cara y de las manos. Entonces recogió a la figurita de diez centímetros y la
colocó con cuidado en el bolsillo de su camisa.
Era cosa extraña llevarse a sí misma en su propio bolsillo.
Mientras salía del cuarto y recorría presurosa el pasillo, se daba cuenta de la
áspera tela que casi la sofocaba y del amplio latir de su corazón. Su pecho
alzaba y caía contra sí misma mientras respiraba; se veía arrobada de una parte
a otra como un corcho en un mar gigantesco.
La noche era fría. Corrió rápida, cruzó la puerta y bajó por el
camino. Estaba a ochocientos metros de la ciudad; Peter indudablemente se
encontraría en el granero, en su cámara de trabajo. Por debajo de ella,
Millgate se extendía; oscuros edificios, calles, luces ocasionales, a los pocos
momentos llegó a los alrededores y se apresuró a bajar por una desierta calle
lateral. La pensión se encontraba en Jefferson, en el centro de la ciudad. El
granero quedaba precisamente detrás.
Llegó a Dudley y al instante se detuvo. Algo estaba ocurriendo
por delante de ella. Avanzó con precaución. Enfrente se veía una doble fila de
viejos y abandonados almacenes.
Habían estado pudriéndose allí durante años, tanto como ella
podía recordar. Ya nadie venía por aquí nunca. La vecindad estaba desierta; por
lo menos, «ordinariamente» desierta.
Dos hombres se hallaban plantados en el centro de la calle,
separados a una distancia correspondiente a una manzana. Agitaban los brazos y
se gritaban con fuerza de uno a otro. Borrachos, de los bares de Jefferson
Street. Sus voces sonaban gruesas; se tambaleaban al marchar con torpeza. Ella
había visto borrachos errando por las calles muchas veces; pero eso no era lo
que le interesaba.
Se acercó alerta para verlo mejor.
No estaban sólo plantados allí. Hacían algo. Ambos gritaban y
gesticulaban excitadamente; los ecos de su ruido subían y bajaban por las
calles desiertas. Los dos hombres estaban absortos en lo que hacían; no se
fijaron en ella cuando se colocó tras ellos. Uno era mayor, un viejo de cabello
rubio que no reconoció. El otro era Ted Barton. Al reconocerle se sorprendió.
¿Qué hacía allí, plantado en mitad de la calle oscura, agitando los brazos y
gritando a pleno pulmón?
La línea de almacenes ruinosos que estaba delante de ellos
parecía extraña. Había una especie de molde fantasmal e insustancial. Un
resplandor débil y medio visible se había posado sobre los ruinosos techados y
porches; las ventanas rotas estaban iluminadas por una luz interior. La luz
parecía excitar el frenesí de los dos hombres. Corrían arriba y abajo, más y
más de prisa, saltando y maldiciendo y gritando.
La luz se incrementó. Los viejos almacenes parecieron oscilar.
Estaban desvaneciéndose, como un viejo impreso. Haciéndose más y más difusos
mientras ella los miraba.
—¡Ahora! —gritó el viejo.
Los ruinosos almacenes se estaban yendo. Desapareciendo de la
existencia. Pero algo ocupaba su lugar. Algo más estaba rápidamente formándose.
Los contornos de los almacenes dudaban, se alzaron, luego disminuyeron
rápidamente. Y ella comenzó a ver la forma nueva que emergía en su sitio.
No eran almacenes. Era una superficie llana, hierba, un pequeño
edificio y algo más. Una forma vaga e incierta en el mismísimo centro. Barton y
su compañero corrieron hacia la forma locos de frenesí.
—¡Ahí está! —gritó el anciano.
—Se equivocó. El cañón. Es más largo.
—No, no lo es. Venga aquí y concéntrese en la base. Por este
sitio.
—¿Qué pasa con el cañón? ¡El cañón no es cierto!
—Claro que sí. Ayúdeme con la base, y además se suponía que
había una pila de balas de cañón aquí.
—Es verdad. Cinco o seis.
—Y una placa de latón.
—Sí, una placa. Con el nombre. ¡No podremos volverla a traer a
menos que nos acordemos bien!
Mientras los dos hombres se concentraban en el cañón formándose
rápidamente, los bordes lejanos del parque comenzaron a desvanecerse y
reapareció un confuso recordatorio de los antiguos almacenes. Barton se fijó.
Con un grito salvaje se enderezó y se concentró en los bordes del parque.
Agitando sus brazos y gritando, logró borrar de la existencia a los almacenes.
Oscilaron, se fueron y las extremidades del parque se endurecieron con firmeza.
—¡El sendero! —gritó el anciano—. ¡Acuérdate del sendero!
—¡Y qué hay de los bancos!
—¡Ocúpese de los bancos! Yo aguantaré el cañón.
—¡No se olvide de las balas de cañón! —Barton se alejó breve
trecho, para concentrarse en un banco. Corrió arriba y abajo del bloque,
formando banco tras banco. A los pocos momentos tenía seis o siete descoloridos
bancos verdes ofreciéndose a la débil luz de las estrellas. Gritó—: ¿Qué hay de
la bandera?
—¿A qué se refiere?
—¿Dónde estaba? No puedo acordarme.
—Por aquí. Junto al kiosco de la orquesta.
—No, no lo estaba. Se hallaba cerca de la fuente. Es preciso que
nos acordemos.
Los dos volvieron su atención a otra parte del parque. Al cabo
de un momento una forma vaga circular comenzó a emerger. Una antigua fuente de
bronce y cemento. Los dos se estremecieron de delicia. Mary carraspeó; el agua
salía tranquila de la fuente.
—¡Ahí está! —gritó Barton feliz, agitando una barra de metal de
cualquier clase—. Yo solía chapotear aquí. ¿Recuerda? Los muchachos
acostumbramos a quitarnos los zapatos y a chapotear.
—Claro. Me acuerdo, ¿Qué hay de la bandera?
Discutieron con energía. El anciano se concentró en un lugar,
pero no pasó nada. Barton se concentró en otro; mientras, la fuente empezó a
debilitarse y tuvieron que interrumpirlo todo bruscamente para traerla de nuevo
a la existencia.
—¿Qué tenía? —preguntó Barton—. ¿Qué bandera?
—Las dos banderas.
—No, la de barras y estrellas.
—Se equivoca. Las tiras y estrellas.
—Lo sé. ¡Estoy seguro del todo! —Barton había encontrado el
lugar, sin duda. Una base pequeña de cemento y un poste oscuro y nebuloso se
formaban con rapidez. Gritó alegre—: ¡Ahí está! ¡Ahí está!
—Consiga la bandera. No se olvide de la bandera.
—Es de noche. Han arriado la bandera.
—Es verdad. No había ninguna bandera por la noche. Eso lo
explica.
El parque casi estaba completo. En los extremos lejanos aún
oscilaba y se desvanecía en la fea línea de los ruinosos y viejos almacenes.
Pero en el centro era hermosamente firme y sólido. El cañón, la fuente, el
kiosco de la banda, los bancos y los senderos; todo era real y completo.
—¡Lo hicimos! —gritó el anciano. Dio unas palmadas a Barton en
la espalda. —¡Lo hicimos!
Se abrazaron, palmeándose uno a otro, luego se metieron en el
parque. Corrieron arriba y abajo por los senderos, rodearon la fuente, pasaron
junto al cañón. Barton levantó una de las balas de cañón; Mary pudo ver que era
terriblemente pesada. La dejó caer con un respingo y retrocedió para sentarse
cansado.
Los dos hombres se desplomaron en uno de los verdes bancos que
habían recuperado para la existencia. Exhaustos, yacieron tumbados, los pies
hacia fuera, los brazos colgando. Disfrutando de la satisfacción de un trabajo
bien hecho.
Mary salió de las sombras y se movió lentamente hacia ellos.
Había llegado el momento de darse a conocer.
X
Barton la vio primero.
—¿Quién eres? —la miró a través de la oscuridad. Entonces la
reconoció—. Eres uno de los niños. Te vi en la pensión —rebuscó en su memoria—.
Eres la hija del doctor Meade —añadió.
—Cierto —dijo Mary. Se sentó animosa en un banco enfrente de
ellos—. ¿Puedo sentarme en uno de sus bancos?
—No son nuestros —respondió Barton. Comenzaba a serenarse. La
comprensión de lo que habían hecho empezaba a filtrarse a través de su turbado
cerebro, frías gotas de hielo congelando el calor de la intoxicación—. No nos
pertenecen.
—Ustedes los crearon, ¿verdad? Interesante. Nadie aquí puede
hacerlo. ¿Cómo lo lograron?
—No los creamos —Barton sacó un cigarrillo y lo encendió. Él y
Christopher se miraron de reojo uno a otro con aprensión y turbada
incredulidad. ¿En realidad lo habían hecho?
¿En realidad habían recuperado el viejo parque, parte de la
antigua ciudad?
Barton extendió la mano y tocó el banco de debajo suyo. Era del
todo real. Estaba sentado en él lo mismo que Bill Christopher. Y la chica, que
nada tenía que ver. No era una alucinación. Los tres estaban en bancos; esa era
la prueba.
—¿Bien? —murmuró Christopher—. ¿Qué le parece eso?
Barton sonrió tembloroso.
—No esperaba tan buenos resultados.
Los ojos del anciano estaban desorbitados, las aletas de su
nariz se agitaban.
—Ahí hubo verdadera habilidad —miró a Barton con creciente
respeto—. Usted, realmente, sabe hacerlo. Se fue al grano, derecho a la
verdadera ciudad.
—Fuimos necesarios los dos —murmuró Barton. Ahora estaba del
todo sereno. Y exhausto. Tenía el cuerpo profundamente reseco de energías;
apenas podía levantar las manos. Le dolía la cabeza y un gusto nauseabundo
aparecía en su boca, un sabor enfermantemente metálico.
Pero lo habían hecho.
Mary estaba fascinada.
—¿Cómo lo hicieron? Jamás vi crear nada de la nada. Sólo Él
puede hacerlo e incluso Él ya no lo hace más.
Barton sacudió la cabeza cansado. Estaba demasiado agotado para
querer hablar.
—No de la nada. Estaba aquí. Solamente lo sacamos.
—¡Sacarlo! —los ojos negros de la niña centellearon—. ¿Quiere
decir que esos viejos almacenes no eran nada excepto distorsiones?
—En realidad no estaban ahí —Barton dio una palmada al banco—.
Eso es lo verdadero. La ciudad verdadera. La otra era falsa.
—¿Qué es esa varilla de metal que usted sujeta con tanta fuerza?
—¿Esto? —Barton examinó la llanta metálica—. La recuperé. Era
antes un ovillo de cuerda.
Mary le estudió con fijeza.
—¿Por eso vino usted aquí? ¿Para volver a traer todas las cosas?
Era una buena pregunta. Barton se alzó inseguro.
—Me voy. Ya tengo bastante para esta noche.
—¿Adonde va? —preguntó Christopher.
—A mi cuarto. Necesito descansar. Quiero tiempo para pensar. —Se
dirigió inseguro hacia la acera—. Estoy agotado. Descansar y algo que comer.
Mary se puso al instante alerta.
—Usted no puede acercarse a la pensión.
Barton parpadeó.
—¿Por qué diablos no?
—Peter está allí —se puso en pie y corrió tras él—. No, ese
lugar es el más malo. Usted debe estar lo más lejos posible que pueda de él.
Barton frunció el caño.
—No me da miedo ese chiquillo raro. Ya no me da miedo —agitó la
llanta amenazador.
Mary posó su mano firmemente en el brazo de Barton.
—No, sería un gran error volver. Usted tiene que ir a algún otro
sitio. Algún sitio donde esperar hasta que yo haya solucionado esto. Tengo que
comprenderlo todo con exactitud —frunció el ceño, ensimismada en sus
pensamientos—, vaya a Shady House. Allí estará a salvo. Mi padre le dejará
entrar. Vaya a él; no se detenga ni hable con nadie más. Peter no entrará en
esa zona. Queda más allá de la línea.
—¿La línea? ¿Quieres decir...?
—Está en el lado de él. Usted se encontrará a salvo hasta que yo
descubra esto y decida qué hacer. Hay factores que no entiendo —se volvió a
Barton e impaciente le empujó en la otra dirección—. ¡En marcha!
Vigiló hasta estar segura de que estaban a salvo en la otra
parte de la línea, en su camino hacia la ladera de Shady House. Luego volvió
presurosa al centro de la ciudad.
Tenía que moverse rápida. El tiempo volaba. Peter,
indudablemente, estaría receloso, buscando su muñequito y preguntándose por qué
no había vuelto.
Se palmeó gentilmente el bolsillo y, al mismo tiempo, noto la
gran masa de áspero tejido oprimiéndola. Aún no se había acostumbrado a estar
en dos lugares a la vez; en cuanto al muñequito hubiese hecho su trabajo, lo
dejaría tal como lo encontró.
Bajó rápidamente por Jefferson Street, su pelo negro ondeando a
sus espaldas, el pecho agitado. Con una mano se sujetaba el bolsillo; sería
mala cosa dejar que su ser más pequeño cayese y se rompiera.
Allí estaba la pensión. Unas pocas personas se encontraban en el
porche, disfrutando de la frescura y de la oscuridad. Tomó por el sendero y
rodeó hacia la parte trasera, cruzando el huerto, hacia el granero. Allí
estaba, la forma vasta y ominosa recortándose contra el cielo nocturno. Se
agazapó en las sombras, tras un matorral. Recobró el aliento y midió la
situación.
Peter estaría sumido en la oscuridad. Arriba, en su cámara de
trabajo, con sus jaulas, tarros y urnas de arcilla húmeda. Miró esperanzada a
su alrededor; ¿habría allí alguna mariposa a quien enviar dentro? No vio
ninguna y de todas maneras tampoco hubieran tenido posibilidad.
Con cuidado, con dedos gentiles, abrió el bolsillo y sacó su yo
de diez centímetros. Una súbita visión ocupó el lugar del infinito y áspero
tejido. Cerró sus ojos normales y se puso cuanto pudo dentro del muñequito.
Ahora notaba su propia e impresionante mano, sus dedos gigantescos tocándola...
también con demasiada rudeza.
El apartar su atención de un cuerpo a otro le permitió manipular
el muñequito hasta colocarlo en el suelo a varios metros en la dirección del
establo. Casi de inmediato se encontró en la zona de interferencias.
Hizo que su cuerpo normal se sentase en las sombras, acurrucado
en un montón, las rodillas altas, la cabeza baja, los brazos ligados en torno a
los tobillos. De ese modo podía concentrar toda su atención en el muñequito.
El muñeco pasó a través de la zona de interferencias sin ser
advertido. Alerta, se acercó al establo. Allí estaba la pequeña escalerita
artificial que Peter había arreglado. Atisbó en su torno, tratando de
encontrarla. El costado del granero se cernía, inmenso con sus toscos tableros,
ascendiendo hasta pederse en el negro firmamento. Un edificio tan grande que le
impedía a ella calcular sus dimensiones externas.
Encontró la escalera. Varias arañas pasaron a su lado, mientras
con torpeza trepaba. Estaban descendiendo apresuradamente hasta el nivel del
suelo. De repente, un enjambre de ratas grises pasó por su lado en una carrera
excitada. Ascendió con precaución. Abajo, entre los arbustos y enredaderas, las
serpientes se movían. Peter tenía fuera todas sus cosas esta noche. La
excitación debía haberle conturbado totalmente. Encontró los escalones de la
entrada y alzó la escalera. Un agujero, un negro túnel, apareció por delante, y
más allá, una luz. Él estaba allí. Las mariposas nocturnas jamás penetraron
hasta tan lejos. Esta era la cámara de trabajo de Peter.
Durante un momento el muñequito se detuvo. Mary lo dejó plantado
a la entrada del agujero mientras volvía su atención brevemente a su cuerpo
normal. Ya su cuerpo normal empezaba a envararse y entumecerse. Era una noche
fría; no podía estar sentada en el suelo, envuelta por la oscuridad.
Extendió brazos y piernas, abrió y cerró los músculos. El
muñequito podría estar dentro del granero mucho tiempo. Ella necesitaría un
lugar donde quedarse. Quizás uno de los cafés de Jefferson Street, abiertos
toda la noche. Quizás podría sentarse y beber un café bien caliente hasta que
el muñequito hubiese realizado su misión. Quizás tendrían pastelitos y jarabe,
leería algún periódico viejo y escucharía los discos.
Se volvió con precaución entre los arbustos, hacia el campo. El
frío la hizo estremecer y subirse la chaqueta. Tener dos cuerpos era divertido,
pero ocasionaba demasiadas molestias y no valía la pena...
Algo cayó sobre ella. Rápidamente lo apartó. Una araña, desde el
árbol superior.
Cayeron más arañas. Un agudo dolor le cruzó la mejilla. Saltó
frenética y dio un manotazo. Un torrente gris surgió por entre los arbustos y
sus pies, subiéndole por los pantalones y recorriéndola el cuerpo.
Ratas. Las arañas caían en su cuello y hombros a grandes
montones, se metían en el pelo, se introducían por la pechera de la camisa.
Gritó y forcejeó frenética. Más ratas; hundían silenciosas sus amarillos
dientes en ella. Comenzó a correr, a ciegas, con un pánico sin rumbo. Las ratas
le siguieron; dos colgadas de ella. Más saltaron para aferrarse. Las arañas la
recorrieron la cara, se le metieron entre los pechos, por los sobacos.
Tambaleó y cayó. Los zarzales la apresaron. Más ratas se
arrojaron sobre su persona. Manadas de ellas. Las arañas cayeron sin ruido por
todas partes. Se agitó y luchó; su cuerpo entero encendido de dolor. Pegajosas
telas de araña le apantanaban el rostro y los ojos, sofocándola y cegándola.
Luchó por ponerse de rodillas, se arrastró unos pocos palmos,
luego se hundió bajo la carga de mordientes y punzantes criaturas. Penetraron
dentro de ella, buscaron sus huesos, atravesaron su piel y su carne. Se le
estaban comiendo todo el cuerpo. Gritó y gritó, pero la telaraña le sofocó la
voz. Las arañas se le metieron en la boca, en la nariz, por todas partes.
Rumores desde los negros arbustos. Notó, más que vio, los
retorcidos y relucientes cuerpos salir en forma de espiral hacia ella. Para
aquel tiempo ya no tenía ojos, nada con que ver y nada con que gritar. Era el
fin y lo sabía.
Ya estaba muerta cuando las serpientes se deslizaron viscosas
sobre su cuerpo inclinado y hundieron sus colmillos en la carne que ya no podía
resistirse.
XI
—¡Alto! ¡No se muevan! —ordenó con viveza el doctor Meade—. Y no
hagan ruido.
Salió de las sombras, tras ellos, una figura áspera con su largo
abrigo y sombrero. Barton y Christopher se detuvieron cansados cuando se colocó
tras ellos, con un impresionante calibre 45 en su mano. Barton dejó que la
llanta colgase suelta, preparado para cualquier cosa.
Shady House se alzaba delante. La puerta principal estaba
abierta. Muchas ventanas eran rectángulos amarillos; los pacientes seguían
despiertos. El gran patio cercado estaba oscuro y sombrío. Los cedros del borde
de la colina se agitaban y murmuraban bajo la fresca brisa nocturna.
—Yo estaba en mi furgoneta —dijo el doctor Meade—. Les vi venir
por la ladera —enfocó la linterna al rostro de Barton—, me acuerdo de usted. Es
el que vino de Nueva York. ¿Qué hacen aquí?
Barton encontró su voz.
—Su hija nos dijo que viniéramos.
Meade al instante se puso rígido.
—¿Mary? ¿Dónde está? Salí a buscarla. Se fue hace media hora.
Algo ocurre —dudó y luego decidió—: Entren —ordenó, apartando el arma.
Le siguieron por el corredor iluminado de amarillo, bajando el
tramo de escaleras hasta su despacho. Meade cerró la puerta y bajó las
persianas. Apartó un microscopio y un montón de diagramas y papeles y luego se
sentó en una esquina de su escritorio de roble manchado de café.
—Conducía mi coche en busca de Mary. Pasé por Dudley —los
penetrantes ojos de Meade se clavaron en Barton—. Vi un parque en Dudley. No
estaba allí antes. No estaba esta mañana. ¿De dónde vino? ¿Qué les ocurrió a
los viejos almacenes?
—Se equivoca —dijo Barton—, el parque estaba allí antes. Hace
dieciocho años.
El doctor Meade se pasó la lengua por los labios.
—Interesante. ¿Saben dónde está mi hija?
—Ahora no. Nos mandó aquí y siguió adelante.
Hubo silencio. El doctor Meade se quitó el abrigo y el sombrero
y los arrojó sobre una silla.
—De modo que ustedes volvieron a recuperar el parque, ¿verdad?
—dijo por último—. Uno de ustedes debe tener muy buena memoria. Los Vagabundos
lo han tratado repetidamente y fracasaron.
—¿Quiere decir...?
—Saben que hay algo malo. Tienen hecho un mapa de toda la
ciudad. Salen cada noche, con los ojos cerrados. Arriba y abajo. Captando cada
detalle de los subestratos. Pero sin suerte; les falta algo vital.
—¿Salen con los ojos cerrados? ¿Por qué?
—Para que la distorsión no les afecte. Así pasan por alto la
distorsión, de acuerdo. Pero en cuanto abren los ojos, todo vuelve. La ciudad
falsa. Saben que es sólo una ilusión, una capa sobrepuesta. Pero no pueden
desembarazarse de ella.
—¿Por qué no?
Meade sonrió.
—Porque ellos mismos están distorsionados. Ellos estaban todos
aquí cuando se produjo el Cambio.
—¿Quiénes son los Vagabundos? —preguntó Barton.
—Gente de la vieja ciudad.
—Eso pensé.
—Gente que no fue del todo alterada por el Cambio. Eché de menos
a muchos de ellos. El Cambio vino y les dejó más o menos sin afectar. Eso
varía.
—Como yo —murmuró Christopher.
Meade le miró.
—Sí, usted es un Vagabundo. Con un poco de práctica podría
aprender a sobrepasar la distorsión y caminar de noche, como los demás. Pero
eso sería todo. Usted no podría recuperar la vieja ciudad. Usted está
distorsionado hasta cierto grado, como cada uno de nosotros —sus ojos se
fijaron en Barton mientras continuaba despacio—. Ninguno de ustedes tiene una
memoria perfecta.
—Yo sí —dijo Barton, comprendiendo su mirada—. Yo no estaba
aquí. Me fui antes del Cambio.
El doctor Meade no contestó. Pero bastaba su expresión.
—¿Dónde puedo encontrar a los Vagabundos? —preguntó tenso
Barton.
—Están por todas partes —respondió Meade de manera evasiva—. ¿No
les ha visto?
—Deben salir de algún lugar. Deben haberse reorganizado en
alguna ubicación particular.
El rostro pesado del doctor se retorció de indecisión. Un
forcejeo interno tenía lugar.
—¿Qué pasará cuando usted los encuentre? —preguntó.
—Entonces reconstruiremos la vieja ciudad. Como era, como sigue
siendo... por debajo.
—¿Arrancará la distorsión?
—Si podemos.
Meade asintió despacio.
—Usted puede, Barton. Su recuerdo es singular. Una vez tenga en
su poder los mapas de los Vagabundos le será posible corregir... —se
interrumpió—. Permítame preguntarle algo: ¿por qué quiere recuperar la vieja
ciudad?
Barton quedó abrumado.
—¡Porque es la verdadera ciudad! Toda esta gente, casas,
almacenes, son ilusiones. La verdadera ciudad está enterrada debajo.
—¿Y no se le ha ocurrido a usted jamás que quizás algunas de
estas personas prefieran la Ilusión?
Durante un momento Barton no comprendió. Luego captó la idea.
—Santo Dios —murmuró por lo bajo.
El doctor Meade se volvió.
—Está bien. Yo soy una de las distorsiones, no un Vagabundo, yo
no existía antes del Cambio; no como ahora soy. Y no quiero volver.
La cosa rápidamente se aclaraba para Barton.
—Y no sólo usted. Su hija, Mary. Ella nació después del Cambio.
Y Peter. Su madre. La señorita James. El hombre de la ferretería. Todos. Son
sólo distorsiones.
—Usted y yo —dijo Christopher—, somos los únicos verdaderos.
—Y los Vagabundos —Barton exhaló el aliento precipitadamente—.
Ya veo su punto de vista. Pero usted existió en «alguna forma» antes del
Cambio. Ahí había algo; usted no salió de la nada.
Los duros rasgos de Meade estaban grises de dolor.
—Claro. ¿Pero qué? Mire, Barton. Hace años que conozco esto.
Conozco esta ciudad, esta ciudad, estas personas, se que son todo imitaciones.
Falsedades. Pero, maldición, yo formo parte de la distorsión. Tengo miedo. Me
gusta así. Poseo mi trabajo. Mi hospital, mi hija. Me llevo bien con la gente.
—La gente de imitación.
Los labios de Meade se retorcieron con tristeza.
—Como dice en la Biblia: «lo vemos como a través de un cristal
oscuro». ¿Pero cuánto me duele? Quizás yo fuese peor antes. ¡No lo sé!
—¿No sabe usted nada de su vida antes del Cambio? —Barton estaba
perplejo—. ¿Acaso los Vagabundos no pueden decirle nada?
—No lo saben. Hay muchas cosas que no recuerdan —Meade alzó los
ojos suplicante—. He tratado de encontrar alguna pista, pero no hay nada. Ni
rastro.
—Habrá otros como él —dijo Christopher—. Muchos no querrán
volver.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Barton—. ¿Por qué vino el Cambio?
—Yo no entiendo mucho de eso —respondió Meade—. Un desafío, un
forcejeo de alguna clase. Con reglas. Una mano atada a la espalda. Y «algo se
consiguió». Se abrió paso a este valle, Hace dieciocho años encontró el punto
débil. Una resquebrajadura por la que pudo penetrar. Siempre, eternamente, lo
había intentado. Ellos dos, conflicto eterno. «Él» construyó todo esto... este
mundo. Y luego se aprovechó de las reglas. Penetró y lo cambió todo. Tengo una
buena idea —Meade cruzó hasta la ventana y alzó la persiana—. Si usted mira
fuera los verá. Están siempre ahí. Nunca se mueven. Uno a cada extremo. El
hacia esta parte. Y en la otra... «ellos».
Barton miró hacia fuera. Las formas estaban todavía allí, como
Meade dijera. Exactamente como las vio desde el ribazo de Peter.
—Él viene del sol —dijo Meade.
—Sí. Le vi a mediodía. Su cabeza era una enorme bola de luz
brillante.
—«Ello» viene del frío y la oscuridad. Siempre ha existido. Yo
he estado uniendo las piezas, aquí y allá. Pero hay mucho que no conozco, este
forcejeo es sólo una pequeña parte de todo. Una sección microscópica. Luchan
por todas partes. Por el universo entero. Para eso es el universo. Así tienen
un lugar en qué pelear.
—Un campo de batalla— murmuró Barton. La ventana daba frente al
lado de la oscuridad. «Su» lado triste y frígido. Puedo verlo allí plantado,
inmenso, sin límites. La cabeza de la cosa le perdió en el espacio, donde no
había vida, no ser, no existencia. Sólo silencio y eternidad sin límite.
Y Él... de los soles hirvientes. Las cálidas masas flameantes de
gas que burbujeaban, lanzaban chorros inflamaban la oscuridad. Fieros troncos
que penetraban en el vacío, llegando, tentando, empujando hacia atrás al frío.
Llenando la vaciedad con cálido sonido y movimiento. Una lucha eterna.
Oscuridad estéril, silencio, frío, inmovilidad, muerte por una parte. Y en la
otra, el flameante calor de la vida. Soles cegadores, nacimiento y generación,
conciencia y ser.
Las polaridades cósmicas.
—Él es Ormazd —dijo el doctor Meade.
—¿Y ello?
—Salió de la oscuridad, de las tinieblas y de la muerte. Caos y
mal. Busca la destrucción. Esa es su ley. Su orden y verdad. Su antiguo nombre
es Ahriman.
Barton guardó silencio un instante.
—Supongo que al fin y al cabo Ormazd ganará.
—Según la leyenda, Él triunfará y absorberá a Ahriman. El
forcejeo se prolonga ya billones de años. Ciertamente seguirá durante varios
billones más.
—Ormazd el constructor —dijo Barton—. Ahriman el destructor.
—Sí —afirmó Meade.
—La vieja ciudad es de Ormazd. Arriman puso esta capa de niebla
negra, esta distorsión e ilusión.
Meade dudaba.
—Sí.
Barton se puso tenso; era ahora o nunca.
—¿Dónde puedo entrar en contacto con los Vagabundos?
Meade luchó con violencia.
—Yo... —empezó a responder, luego cambió de idea. Su rostro se
sombreó—. No puedo decírselo, Barton. Si hubiese algún modo de que yo quedase
como soy, de conservar a mi hija como está...
Hubo un brioso golpe en la puerta.
—¡Doctor, déjeme entrar! —una voz de mujer se oyó aguda—.
Noticias importantes.
Meade frunció el ceño furioso.
—Uno de mis enfermos —descorrió el cerrojo de la puerta
impaciente y la abrió una rendija—. ¿Qué diablos quiere?
Una joven penetró rápidamente en la estancia. Cabello rubio,
rostro delgado, pálidas mejillas enrojecidas.
—Doctor, su hija ha muerto. Nos ha informado una mariposa cabeza
de muerte nocturna. Fue pillada y destruida al otro lado de la línea. Justo más
allá de la zona neutral, cerca de la cámara de trabajo de él.
Meade se estremeció; ambos, Barton y Christopher, reaccionaron
con violencia. Barton notó cómo su corazón se detenía por entero. La chica
estaba muerta. Peter la había asesinado. Pero había algo más que le hizo
moverse rápidamente hacia la puerta y cerrarla de golpe. La última pieza había
encajado en su lugar y no quería perder tiempo.
La joven paciente del doctor Meade, era una de la pareja de los
Vagabundos que cruzó el porche de la pensión Trilling. Finalmente los había
encontrado y ya era el momento adecuado.
Peter Trilling dio una patada a los restos. Las ratas comían sin
ruido. Se peleaban y luchaban y se arañaban una a otra con codicia. Dudó, un
poco turbado por lo imprevisto del caso. Al cabo de un momento caminó sin
rumbo, alejándose, los brazos cruzados, ensimismado en sus pensamientos.
Los muñequitos estaban excitados. Y las arañas no querían volver
a sus tarros. Zumbaban y se escurrían por todas partes a su alrededor,
reuniéndose en su cara y manos, corriendo tras él. Incontenibles chirridos
débiles atravesaron sus oídos, un creciente parloteo de muñequitos y de ratas
inquietas. Advirtieron que una victoria mayor había sucedido; estaban ansiosos
de más.
Cogió una culebra y automáticamente acarició sus esbeltos
costados. «Ella estaba muerta».
De un sólo rápido golpe todo el equilibrio del poder había
cambiado. Dejó caer al reptil y aumentó su paso. Se acercaba a Jefferson Street
y a la parte principal de la ciudad. Su cerebro corría en un frenético
torbellino; los pensamientos le venían más y más de prisa. ¿Era éste realmente
el tiempo? ¿Había llegado por último el momento?
Se volvió para enfrentarse a la parte lejana del valle, al
imponente anillo de montañas que se recortaban contra el negro cielo. Allí
estaba. De pie, los brazos extendidos, los pies separados, la cabeza una lámina
infinita de espesa negrura que se extendía eterna, un universo de silencio y de
quietud.
El verlo despejó de sí los últimos rastros de duda. Se volvió y
empezó a dirigirse hacia su cámara de trabajo, de pronto ansioso e impaciente.
Un grupo de muñequitos excitados salieron a su encuentro, todos
reclamando su atención. Más se deslizaron hacia él desde el centro de la
ciudad. Estaban terriblemente trastornados; sus voces penetrantes despertaban
ecos mientras pululaban subiendo por sus ropas.
Querían que viese algo. Tenían miedo. Estaban furiosos... Les
siguió de regreso a la ciudad. Calle abajo, en la oscuridad, pasando filas de
casas silenciosas. ¿Qué querían? ¿Qué trataban de enseñarle?
En Dudley Street se detuvieron. Delante, algo brillaba y
relucía. Durante un instante no pudo ver lo que era. Algo estaba sucediendo,
¿pero qué? Una llama agitada, baja e intensa, jugueteaba por encima de los
edificios y almacenes, los postes de teléfono, el propio pavimento. Curioso, se
adelantó.
Una masa informe yacía en el pavimento. Se inclinó intranquilo.
Arcilla. Un montón inmóvil de arcilla. Habían otros, todos muertos, fríos.
Cogió uno con las manos.
Era un muñequito. O lo que antes fue un muñequito. Ya no vivía.
Increíblemente, había regresado a su estado primordial de no existencia. Volvía
a ser arcilla nueva y muerta, la arcilla de la que se formó. Seca e informe y
totalmente inerte. Le habían arrebatado la existencia.
Tal cosa jamás ocurrió antes. Sus muñequitos todavía vivientes
se retiraron horrorizados; estaban espantados por la vista de sus hermanos
inertes. Esto era lo que querían que viese.
Peter avanzó, perplejo. La luz jugueteaba por delante. El fuego
retozón que restaba y ascendía de edificio en edificio, extendiéndose en
silencio. Un círculo creciente que se ampliaba cada instante. Había en él una
extraña intensidad, una cualidad determinada. No faltaba nada. Como aguardiente
avanzaba y lo absorbía todo.
En el centro había un parque. Senderos, bancos y un cañón
antiguo. Una asta de bandera. Un edificio.
Jamás lo había visto antes. ¡Allí no había ningún parque! ¿Qué
significaba? ¿Qué ocurrió a las filas de abandonados almacenes?
Subió recorriendo a todos los muñequitos vivientes y acarició su
forcejeo, sus cuerpos retorcidos unidos en una masa común. La pelota de arcilla
viva se movió cuando, rápidamente, le volvió a dar forma. De la masa modeló una
cabeza, sin cuerpo. Ojos, nariz, luego boca, lengua, dientes, paladar y labios.
La puso en el suelo le oprimió los bordes del cuello hasta que se mantuvo en
pie.
—¿Cuándo empezó esto? —preguntó.
Los labios se movieron, mientras varios cerebros reunían sus
recuerdos.
—Hace una hora —graznó finalmente.
—¡Esos que han sido desvitalizados! ¿Cómo sucedió? ¿Quién lo
hizo?
—Entraron en el parque. Trataron de cruzarlo.
—¿Y entonces perdieron su vida?
—Pasó despacio. Se debilitaron. Luego se cayeron y murieron.
Tuvimos miedo de acercarnos.
Era verdad, entonces. El círculo que se extendía lo había hecho.
Volvió los rasgos de la cabeza a su estado informe, luego se metió la arcilla
en los bolsillos. La arcilla se agitó contra las piernas, cada pedacito de ella
viva. Peter se puso precavido en pie. El círculo de fuego se había extendido;
se movía constantemente, devorando mas y más edificios. Aumentando sin ruido,
era altamente inestable. Una amenaza para todo lo que estuviese cerca.
Y entonces comprendió.
No destruía. Cambiaba las cosas. Mientras los edificios y las
casas se hundían en el fuego, otras formas, alzándose del agitado resplandor.
Objetos que jamás había visto antes. Formas infamiliares, extrañas a él.
Durante largo rato permaneció mirando, mientras sus muñequitos
parpadeaban a su alrededor nerviosamente, impulsándole y tratando de hacer que
se fuera. El fuego se acercaba; Peter retrocedió unos pasos.
Estaba excitado. Alegría y frenética hilaridad se soltaron en su
interior. Había llegado el momento. La muerte de ella... y ahora esto. El
equilibrio había oscilado. La línea ya no significaba nada.
Esto, el restaurador. Formas primordiales, alzándose desde
debajo. Saltando al ser desde las profundidades. El último elemento, la pieza
final necesaria.
Tomó su decisión, con rapidez vació los bolsillos de la agitada
arcilla, aspiró profunda y estremecedoramente y se agachó. Por última vez se
volvió a mirar hacia arriba, a las formas imponentes de la oscuridad
recortándose contra el cielo. La vista le llenó de fuerzas... las fuerzas que
iba a necesitar.
Corrió derecho hacia las inquietas lenguas de fuego.
XII
Los Vagabundos miraban atentos cómo Barton corregía el último de
los mapas.
—Esto está equivocado —murmuró. Trazó con el lápiz toda una
calle—. Aquí estaba Lawton Avenue. Y la mayor parte de las casas las tenéis
equivocadas —se concentró—. Aquí había una panadería pequeña, con un letrero
verde. Era de un hombre llamado Oliver —puso encima el nombre y pasó el dedo—.
Aquí también os olvidasteis.
Christopher estaba plantado tras él, mirando por encima del
hombro.
—¿No trabajaba una jovencita ahí? Me parece recordar que era una
chica gruesa. Gafas, las piernas gorditas. Nieta o algo por el estilo: Julia
Oliver.
—Es verdad —Barton terminó la corrección—, por lo menos el
veinte por ciento de vuestros esquemas de reconstrucción son inseguros. Nuestro
trabajo con el parque nos demostró que tenía que ser todo perfecto, al pie de
la letra.
—No se olvide de la vieja casa parda —intervino Christopher
excitado—. Había un perro allí, un terrier de pelo corto. Me mordió en el
tobillo —extendió el brazo y se tanteó—. La cicatriz desapareció el día del
Cambio —una extraña mirada le cruzó el rostro—. Estoy seguro que me mordió
allí. Quizás...
—Probablemente, sí —dijo Barton—. Recuerdo a un perrito de pelo corto
en esa calle. Lo pondré.
El doctor Meade estaba plantado a un rincón de la habitación,
apenado y turbado. Los Vagabundos se arremolinaban en torno a la gran mesa de
dibujo, llevando diseños y mapas y hojas de datos arriba y abajo. Todo el
edificio zumbaba de actividad. Todos los Vagabundos estaban presentes, con sus
batines y zapatillas, los pijamas grises de dos piezas. Excitados y alerta,
ahora que había llegado por último el momento.
Barton se levantó y se acercó al doctor Meade.
—Todo el tiempo lo supo. Por eso los reunía a todos aquí.
Meade asintió.
—A cuantos pude localizar. Se me pasó por alto Christopher.
—¿Por qué lo hizo?
Los rasgos agonizantes de Meade se desencajaron.
—No pertenecían allá abajo. Y...
—¿Y qué?
—Yo sabía cuáles eran los adecuados. Les encontré vagando sin
rumbo en torno a Millgate, al azar, sin propósito, pensando que estaban locos.
Les traje todos juntos aquí arriba.
—Pero eso es todo. Usted no hizo nada más.
Meade sutilmente crispó y abrió los puños.
—Debería haber actuado. Debería haber decantado mi peso contra
el cuerpo. Va a sufrir, Barton. Le haré sufrir de un modo que no pueden
imaginárselo.
Barton regresó a la mesa de dibujo. Hilda, la jefe de los
Vagabundos, le llamó urgente a su escritorio.
—Ya lo tenemos todo estupendamente corregido. ¿Está seguro de
todas estas alteraciones? ¿No tiene ninguna duda?
—Estoy seguro.
—Debe comprender. Nuestros jóvenes recuerdos son vagos,
desparejados. No tan agudos como los suyos. Lo mejor que recordamos son sólo
retazos diminutos de la ciudad antes del Cambio.
—Usted tuvo suerte de salir —dijo una joven, mirando con
atención a Barton.
—Vimos el parque —dijo otro, un hombre de pelo gris de gruesas
gafas—. Nunca hubiéramos sido capaces de hacerlo.
Otro sacudió su cigarrillo pensativo.
—Ninguno de nosotros tenía realmente una memoria clara. Sólo
usted, Barton. Ha sido usted el único.
Había tensión en la habitación. Todos los Vagabundos dejaron de
trabajar. Se reunieron en torno a Barton formando un anillo tenso. Hombres y
mujeres, serios y mortalmente graves.
Todo un costado de la habitación estaba ocupado por archivos,
montones de mapas e informes, filas sin fin de datos y registros. Máquinas de
escribir, lápices, mazos de papel, tarjetas, fotos de referencia clavadas en
las paredes. Gráficos, estudios detallados, legajos bien atados. Mesas con
materiales de cerámica. El modelo actual tridimensional. Pinturas, brochas,
pigmentos, gomas y equipo de dibujar. Reglas de cálculo, cintas métricas,
cortapapeles, serruchos...
Los Vagabundos llevaban trabajando mucho tiempo. No eran muchos;
fuera de toda la ciudad constituía un grupito. Pero sus rostros mostraban la
decisión; habían puesto gran empeño en su trabajo. No iban a dejar que se les
malbaratara.
—Voy a pedirle algo —dijo Hilda con cuidado. Entre sus
competentes dedos su cigarrillo ardía olvidado—. Usted dijo que se fue de
Millgate en 1935. Cuando era niño. ¿Es cierto?
Barton asintió.
—Cierto.
—¿Y estuvo usted fuera todo este tiempo?
—Sí.
Un bajo murmullo recorrió la habitación.
Barton se sintió intranquilo. Apretó con más fuerza la llanta y
aguardó.
—Usted sabe —continuó Hilda, escogiendo sus palabras con
cuidado—, que la barrera ha sido colocada a través de la carretera, a unos tres
kilómetros fuera de la ciudad.
—Lo sé —dijo Barton. Todos los ojos estaban fijos en Barton
mientras Hilda continuaba tranquila.
—¿Entonces cómo consiguió volver al valle? La barrera sella
herméticamente a todo lo de aquí. Impide que salga nadie.
—Es verdad —admitió Barton.
—Usted debió ser ayudado a entrar —bruscamente Hilda apagó su
cigarrillo—. Alguien con poder superior. ¿Quién era?
—No lo sé.
Un Vagabundo se puso en pie.
—Echémosle. O mejor todavía...
—Espera —Hilda levantó la mano amenazadora—. Barton, hemos
trabajado durante años para construir esto. No podemos correr riesgos. Quizá a
usted le enviaron para ayudarnos, y quizás no. Sabemos una cosa con seguridad.
Usted no es de los nuestros. Usted tuvo ayuda, asistencia de alguien. Y sigue
bajo superior control.
—Sí —asintió Barton alerta—. Tuve ayuda, me trajeron aquí, me
dejaron pasar la barrera. Y probablemente sigo siendo manipulado. Pero no sé
nada más que eso.
—¡Matadle! —exclamó un Vagabundo delgado de pelo castaño. Le
miró con desconfianza—. Es la única manera de estar seguros. Si no puede
decirnos de quién es agente...
—¡No digáis tonterías! —repuso un hombre regordete de mediana
edad—. Volvió a traernos el parque, ¿no? Y corrigió nuestros mapas.
—¿Corrigió? —los ojos de Hilda estaban siniestros—. Quizás los
cambió. ¿Cómo vamos a saber si fueron corregidos?
Barton se humedeció sus secos labios.
—Miren —empezó—. ¿Qué quieren que les diga? ¿Si no sé quién me
trajo aquí, cómo diablos se lo voy a poder decir?
El doctor Meade se interpuso entre Barton y Hilda.
—¡Cállense y escúchenme! —rugió—. Ambos. —Su voz era dura y
urgente—. Barton no puede decir nada a nadie. Quizás lo hayan enviado para
confundirles. Es posible. Quizás sea una oración, un supermuñeco de arcilla. No
hay modo de averiguarlo por ahora. Más tarde, cuando comience la
reconstrucción, será posible. Si funciona realmente, lo sabrán. Pero no ahora.
—Entonces —observó la chica delgada de pelo castaño—, será
demasiado tarde.
Meade asintió ceñudo.
—Sí, demasiado tarde, una vez pongan ustedes la grasa en el
fuego, no será posible retirarla. Si Barton es un agente, estarán acabados
—sonrió sin humor—. Incluso Barton ni siquiera sabe lo que va a hacer, cuando
llegue el momento.
—¿Adonde quiere usted ir a parar? —preguntó un Vagabundo
delgado, de rostro enjuto.
La respuesta de Meade fue directa al grano.
—Tendrán que correr el riesgo con él, les guste o no. No les
queda otro remedio. Él es el único que ha sido capaz de reconstruir. Él trajo
todo el parque en media hora. Ustedes no han sido capaces de hacer ni una
maldita cosa en dieciocho años.
Hubo un silencio embarazoso.
—Son impotentes —continuó Meade—. Todos. Ustedes estaban aquí,
yo les simpatizaba, yo, un distorsionado. Pero él no lo es. Deberán confiar en
Barton. O correr el riesgo de sentarse aquí con sus mapas inútiles hasta que se
mueran de viejos.
Durante algún tiempo nadie dijo nada. Los Vagabundos
permanecieron sentados, rígidos, los rostros impresionados.
—Sí —dijo finalmente la chica delgada del pelo castaño. Apartó a
un lado su taza de café y se arrellanó en la silla—. Tiene razón. No nos queda
otra posibilidad.
Hilda miró de uno a otro, recorriendo el circulo de hombres y
mujeres vestidos de gris.
Vio la misma expresión en todos los rostros: resignación
desesperanzada.
—Está bien —dijo—. Entonces, en marcha. Cuanto antes mejor. Dudo
que tengamos mucho tiempo.
Las cercas de tableros fueron rápidamente derribadas. La
superficie de la elevación limpia; los cedros talados, los arbustos arrancados.
Se quitaron todas las obstrucciones. Al cabo de una hora había allí una clara
vista del valle y de la ciudad de Millgate abajo.
Barton se movía intranquilo por los alrededores, agitando su
llanta de hierro. Mapas y cartas fueron dispuestas cuidadosamente. Esquemas
detallados y perfectos de la vieja ciudad; cada factor había sido colocado en
su lugar adecuado. Los Vagabundos se organizaron en un círculo en torno a los
mapas, formando un anillo cerrado mirando hacia dentro. Arriba y abajo de la
ladera revoloteaban mariposas nocturnas, enormes volátiles grises trayendo
noticias del valle y llevando mensajes a un sitio y otro.
—Estamos limitados a la noche —dijo Hilda a Barton—. Las abejas
no son buenas y las moscas son demasiado torpes y lerdas.
—¿Quiere decir que ustedes no pueden estar seguros de lo que
ocurre allá abajo?
—Francamente, no. Las moscas no son de confianza. En cuanto
salga el sol tendremos a las abejas. Es mucho mejor obtener resultados...
—¿Qué dicen acerca de Peter?
—Nada. No hay informes de él en absoluto. Le han perdido
—parecía preocupada—. Dicen que ha desaparecido. De pronto, sin aviso. No se
vio más señal.
—¿Sabrían si ha cruzado hacia este lado?
—Si vino, estaría protegido. Arañas de jardín para manipular a
las mariposas nocturnas se hubieran extendido por anticipado. Ellas tienen
miedo a las arañas. Y él ha criado centenares de ellas en su cámara de trabajo,
frascos llenos, sólo para esto.
—¿Y en qué otra cosa podemos contar?
—Pueden aparecer algunos gatos. Pero ahí no hay ninguna absoluta
organización. Hacen lo que les da la gana... no más. Si quieren, vendrán. De
otro modo no se les puede obligar. Sólo se puede contar con las abejas en
realidad. Y no remontarán el vuelo hasta dentro de otro par de horas.
Abajo, las luces de Millgate parpadeaban en la oscuridad de las
primeras horas de la madrugada. Barton consultó su reloj de pulsera. Eran las
tres y media. Frío y oscuro, el cielo cubierto de una capa de humedad, de
ominosa humedad. No le gustaba el aspecto de las cosas. Las mariposas nocturnas
habían perdido a Peter; él estaba en movimiento. Ya había matado a la chica.
Era condenadamente listo para sacudirse de las mariposas en un tiempo como
éste. E iba tras la piel de Barton.
—¿Cómo encaja en todo esto? —preguntó Barton.
—¿Peter? —Hilda sacudió la cabeza—. No lo sabemos. Tiene un
poder tremendo, pero nunca se nos ha permitido acercarnos a él. Mary le
manejaba. Ella también tenía poder. Nunca les comprendimos. A ninguno de los
dos. Nosotros, los Vagabundos, somos gente corriente, hacemos cuanto podemos
para recobrar nuestra ciudad.
El círculo ya estaba preparado para empezar su primer intento de
alzar la capa distorsionadora. Barton ocupó su lugar y rápidamente se enlazó
con los otros. Todos los rostros estaban vueltos hacia los mapas extendidos en
el suelo, débilmente húmedos por el rocío nocturno. La luz de las estrellas se
filtraba sobre ellos, difusa a causa de la creciente bruma.
—Estos mapas —dijo Hilda—, han de ser considerados símbolos
adecuados del territorio inferior. Por este intento debemos utilizar el
principio básico de la magia finética: «la representación simbólica es idéntica
con el objeto representado». Si el símbolo es seguro puede ser considerado como
el propio objeto. Cualquier diferencia entre ellos es puramente lógica. La
magia finética, el término correcto para designar los procesos arcaicos y
eternos de la magia. La manipulación de objetos reales a través de representaciones
simbólicas o verbales.
Las cartas de Millgate estaban emparentadas con la ciudad
propia; porque estaban perfectamente dibujadas, cualquier fuerza que afectase a
las cartas y mapas afectaría a la ciudad. Como una muñeca de cera moldeada para
parecerse a una persona, los mapas habían sido construidos para parecerse a la
ciudad. Si el parecido fuese perfecto, el fracaso resultaría imposible.
—Agarramos —dijo Hilda tranquila. Hizo un movimiento y el equipo
modelo entró en la primera sección tridimensional del mapa esquemático.
Barton se sentaba serio en su sitio, jugueteando con la llanta
contra el suelo y viendo cómo los equipos construían los esquemas en una
perfecta miniatura de la vieja ciudad. Rápidamente, casa tras casa, fue
construida, pintada y terminada, luego colocada en su lugar. Pero su corazón no
estaba en ello. Y se preguntaba con creciente intranquilidad lo que preparaba
Peter Trilling.
Los primeros informes de las mariposas comenzaron a llegar.
Mientras Hilda escuchaba al anillo de insectos bailoteando en su torno, las
ásperas líneas de su boca se endurecieron.
—No es nada bueno —dijo a Barton.
—¿Qué ocurre?
—No conseguimos los resultados que debiéramos.
Un murmullo intranquilo recorrió el círculo de Vagabundos. Más y
más edificios, calles, almacenes, casas, diminutos hombres y mujeres, iban
siendo colocados en su lugar, en un programa acelerado de nerviosa actividad.
—Hemos pasado la zona de Dudley Street —ordenó Hilda—. La
recreación de Barton se ha extendido sobre tres o cuatro manzanas ahora. La
mayor parte de la región ya se ha restaurado.
Barton parpadeó.
—¿Cómo?
—Cuando la gente ve el viejo parque recuerda conscientemente la
antigua ciudad. Rajando la capa de distorsión en un único sitio usted empezó
una reacción en cadena que eventualmente debería extenderse a través de toda la
imitación de la ciudad.
—Quizás con eso bastará.
—Normalmente así sería. Pero algo hay malo —Hilda volvió la
cabeza para escuchar otra serie de informes que eran traídos ladera arriba por
nuevas mariposas. Su expresión de interés se profundizó. Murmuró—: Esto es
malo.
—¿Qué es? —preguntó Barton.
—Según la última información, su círculo de recreación ha cesado
de crecer. Está siendo neutralizado.
Barton se quedó anonadado.
—¿Quiere decir que nos están deteniendo? ¿Que algo trabaja
contra nosotros?
Hilda no contestó. Un enjambre de excitadas polillas nocturnas
revoloteaban en torno a su cabeza. Ella se apartó de Barton para captar lo que
le decían.
—La cosa se pone más seria —dijo, cuando los volátiles se
hubieron alejado.
Barton no tuvo que oír. Podía comprender por el rostro de ella
lo que era.
—Entonces igual podremos renunciar —dijo con voz gruesa—. Si las
noticias son tan malas...
Christopher vino corriendo.
—¿Qué ocurre? ¿Es que no funciona?
—Encontramos oposición —respondió Barton—. Antes necesito
neutralizar nuestra zona de reconstrucción.
—Peor —dijo Hilda tranquila—. Algo ha absorbido nuestra energía
mágica. La zona ha empezado a debilitarse —una fina sonrisa irónica e
implacable asomó brevemente a sus labios—. Corrimos un riesgo. Jugamos sobre
usted, Barton. Y hemos perdido. Su adorable parque ya no contiene al nuestro.
Es bonito, pero no permanente. Nos están arrollando.
XIII
Barton se levantó inseguro y se alejó del círculo. Las mariposas
revoloteaban a su alrededor, buscando su camino a través de la semioscuridad, a
lo largo de la ladera.
Estaban perdiendo. El intento de reconstrucción había fracasado,
pensó Barton.
Lejos, al otro extremo del valle, podía distinguir la gran
figura siniestra de Ahriman. La forma gigante contra el firmamento nocturno,
los brazos extendidos sobre todos ellos, el destructor cósmico. ¿Dónde diablos
estaba Ormazd? Barton dobló el cuello y trató de mirar recto hacia arriba. Se
suponía que Ormazd estaba «aquí»; este ribazo estaba incluso a nivel de su
rótula. ¿Por qué no hacía él algo? ¿Qué le retenía?
Abajo, las luces de la ciudad parpadeaban. La falsa ciudad, la
distorsión que Ahriman había arrojado, dieciocho años atrás, el día del Cambio.
El día en que el gran plan original de Ormazd fue burlado, mientras que él no
hizo nada. ¿Por qué dejaba él que Ahriman se saliese con la suya? ¿No le
importaba lo que ocurría a su designio? ¿No le interesaba?
—Es un viejo problema —dijo el doctor Meade desde las sombras—.
Si Dios hizo el mundo, ¿de dónde viene el Mal...?
—Simplemente se plantó allí —dijo futilmente Barton—. Como una
gran roca esculpida. Mientras nosotros tratamos condenadamente de arreglar las
rosas tal y como Él las había puesto. Uno pensaría que Él nos echaría una mano.
—Sus modales son extraños.
—A usted no parece preocuparle particularmente.
—Me importa, me importa mucho, tanto que no puedo hablar.
—Quizás su posibilidad venga.
—Eso espero —al cabo de un momento Meade dijo—: esto no va bien.
—No. Estamos liquidados. Creo que no resultó de mucha utilidad.
La crisis ha venido y nada puedo hacer.
—¿Por qué no?
—No tengo bastante poder. Alguien se mueve entre nuestro modelo
y el objeto, dejándonos cortados, arrollando hacia atrás la zona reconstruida.
—¿Quién?
—Usted lo sabe —Barton indicó la ladera y la ciudad que quedaba
abajo—. Él está allá, en alguna parte. Con sus ratas y arañas y serpientes.
Las manos de Meade se retorcieron.
—Sí pudiera echarle las zarpas encima...
—Usted tuvo su oportunidad, usted era feliz con las cosas tal y
como estaban.
—Barton, tenía miedo. No quería volver a mi vieja forma —los
ojos de Meade suplicaban—. Sigo asustado. Sé que todo esto está mal; ¿no cree
que lo entiendo? Pero no puedo hacerlo. No puedo enfrentarme al volver. No sé
por qué. Ni siquiera conozco lo que era. Barton, actualmente me alegro de que
fracase. ¿Comprende? Me alegro de que la cosa vaya a estar como está. Dios,
desearía haber muerto —concluyó.
Barton no escuchaba. Estaba contemplando algo a mitad de camino
de descenso del lado de la colina.
En la semioscuridad, una nube gris se movía lentamente hacia
arriba. Ascendía y oscilaba una masa creciente que aumentaba de tamaño a cada
momento. ¿Qué era? No podía averiguarlo a la media luz de la madrugada. La nube
se aproximó más y más. Algunos de los Vagabundos se habían alejado del círculo
y corrían intranquilos por el borde de la ladera. De la nube procedía un bajo
murmullo, un distante tamborilear.
Polillas.
Unas cuantas formas grises revolotearon salvajemente mas allá de
Barton, hacia Hilda. Una sólida masa enorme de polillas, mariposas cabeza de la
muerte, subiendo presas del pánico por la ladera hacia los Vagabundos. Millares
de ellas. Todas estaban allí, el rebaño entero del suelo del valle, regresando
en masa. ¿Pero por qué?
Y entonces lo vio. Al mismo tiempo, el resto de los Vagabundos
rompió el círculo y huyó al borde de la ladera, Hilda gritó rápidas y
frenéticas órdenes. Se olvidó la reconstrucción. Todos se agruparon juntos,
pálidos y aterrorizados. Las polillas rompieron sobre ellos en oleadas de
pánico, inútiles remanentes sin orden o dirección.
Un retazo de tela de araña voló en torno a Barton. La apartó.
Una masa gruesa de la misma tela le cayó contra la cara; se la arrancó
rápidamente. Ahora las propias arañas eran visibles. Saltando y apresurándose a
través de la maleza, subiendo por el lado de la pendiente. Como una creciente
agua gris, una marea peluda, saltando de roca en roca, adquiriendo mayor
velocidad mientras venían.
Y tras ellas, las ratas. Formas escurridizas que se agitaban
secamente, incontables rojos ojos relucientes, colmillos retorcidos amarillos.
No pudo ver más allá de ellas. Pero en algún lugar estaban las serpientes. O
quizás las serpientes llegarían dando la vuelta por el otro camino,
probablemente estaban deslizándose y reptando desde atrás. Eso tenía sentido.
Un Vagabundo gritó, se tambaleó y se desplomó. Alguna diminuta
cosa llena de energía saltó de él hacia la siguiente figura. El Vagabundo se la
sacudió y luego retrocedió con viveza. Un muñequito. Algo destelló
perversamente blanco al resplandor nocturno. Él había armado a sus muñequitos.
La cosa iba a ser fea. Barton se retiró con los otros Vagabundos, lejos del
borde. Los muñequitos habían venido por los flancos; nadie les había visto. Las
polillas se preocupaban de las arañas y de nada más; ni siquiera se habían
fijado en las figuras corredizas y saltantes de arcilla animada. Todo un rebaño
de muñequitos se lanzó hacia Hilda. Ella luchó frenética, pisó algunas,
destrozó con las manos a otras, aplastó a una mientras el muñequito trataba de
trepar hacia su cara.
Barton se acercó y aplastó a toda una masa de muñequitos con su
llanta de hierro. El resto escapó. Hilda se estremeció y estuvo a punto de
caer; la sujetó. Las agujas asomaban de sus brazos y piernas, lanzas
microscópicas que habían dejado los muñequitos.
—Están por todas partes —gruñó Barton—. No tenemos posibilidad.
—¿Dónde iremos? ¿Bajaremos al suelo?
Barton miró rápidamente en su torno. La marea de arañas ya había
cubierto el borde del ribazo, en un momento las ratas estarían allí. Algo
crujió bajo su pie. Retrocedió. El frío cuerpo de una serpiente moviéndose
hacia Hilda. Barton retrocedió con disgusto y siguió moviéndose.
Tenían que continuar el movimiento, volviendo hacia la casa. Los
Vagabundos luchaban por todas partes, pateando, pisando y estrangulando con
anillos cada vez más cerrados de sombras de dientes amarillos y de figuritas de
diez centímetros que saltaban con relucientes espadas. Las arañas no eran
realmente muy buenas; habían asustado a las polillas y eso era todo. Pero las
serpientes...
Un Vagabundo se derrumbó bajo una pila de cosas grises y
agitadas. Ratas y muñequitos juntos. Cosas de polvo y de viejo pelo y de seca
podredumbre. Podía ver mejor; el firmamento se había vuelto desde profundo
violeta hasta blanco sucio. Al cabo de un momento el sol saldría.
Algo apuñaló la pierna de Barton. Partió por medio al muñequito
con la llanta y retrocedió. Estaban por todas partes. Las ratas trepaban por
las perneras de sus pantalones. Arriba y abajo, por sus brazos, peludas arañas
corrían tratando de enredarle en sus telas. Se apartó y se retiró.
Una sombra apareció delante, al principio pensó que era uno de
los Vagabundos. No. Había subido por la ladera con la horda. Desapareció y
torpemente, siguiendo a los animales. Era quien mandaba. Pero no estaba
acostumbrado a trepar.
Momentáneamente se olvidó de las ratas y de los muñequitos que
le mordían. Nada de lo visto hasta ahora le preparaba para esto. Le costó un
momento comprender y luego casi pierde la razón.
Esperaba que viniese Peter, claro. Se preguntaba cuándo
aparecería. Pero Peter había estado en el valle y se había visto impresionado
por la reconstrucción, por la zona creciente del parque.
Peter se formó después del Cambio. Lo que Barton conocía era
sólo la forma distorsionada. La cosa que se excitaba y se estremecía ante él
había sido Peter. Esa fue su falsa forma y su falsa forma había desaparecido.
Esta era su forma real. Había sido reconstruido.
Era Ahriman.
Todo el mundo se esparcía. Todos los Vagabundos huían hacia
Shady House en loco pánico. Hilda desapareció de la vista, apantallada por una
alfombra agitada de gris. Christopher luchaba por libertarse, con un grupo de
Vagabundos, cerca de la puerta de la casa. El doctor Meade se había abierto
paso hasta el coche y trataba de abrir la portezuela. Algunos de los demás
habían entrado en Shady House y se parapetaban en sus habitaciones. Inútiles
peleas de última instancia, cada uno de ellos aislado, cortado de los demás,
para ser anulado, aniquilado uno a uno.
Barton aplastó muñequitos y ratas con los pies mientras se
retiraba, su llanta giraba furiosamente. Ahriman era enorme, en la forma de un
cuerpo humano había sido pequeño, reducido de tamaño. Ahora nada le retenía.
Incluso mientras le miraba creció. Una masa hinchándose y burbujeando de
legatina gris amarillenta. Partículas de inmundicia incrustadas. Una telaraña
confusa de pelo espeso, de ropas y goteos como si la cosa se arrastrase a sí
misma hacia adelante. El pelo temblaba y se retorcía, se extendía y giraba
sobre sí en todas direcciones. Pedazos de la cosa se quedaban depositadas
ladera abajo, por el camino que seguía. Como una masa cósmica, dejaba un
reguero de basura y de materia mientras marchaba.
Se alimentaba constantemente. Se hinchaba y atiborraba de las
cosas que pescaba. Sus tentáculos barrían Vagabundos, muñequitos, ratas y
serpientes sin discriminación. Podía haber un montón de basuras de cadáveres
sembrando toda su gelatina, en todos los estados posibles de descomposición,
barría y lo absorbía todo. Convertía a la vida en un sendero yermo de
podredumbre, ruina y muerte.
Ahriman tomaba en vida y respiraba el frío del espacio profundo,
escalofriante e inerte. Un viento mordiente y frígido. El áurea de la muerte y
del vacío. Un hedor enfermante, una peste a rancio. Su olor natural.
Destrucción, corrupción y muerte. Y seguía creciendo. Pronto sería demasiado
grande para el valle. Pronto sería demasiado grande para el mundo.
Barton corrió. Saltó por encima de una doble fila de muñequitos
y corrió entre los árboles, cedros gigantes creciendo al lado de Shady House.
Las arañas cayeron sobre él en torrentes. Las barrió y siguió
corriendo a ciegas. Sin rumbo. Tras él la forma creciente de Ahriman aumentaba
de tamaño. No se movía con exactitud. Se había detenido al borde de la ladera y
se ancló a sí mismo. Retorciéndose y girando, lanzaba su gelatina más y más
alta, en una montaña de burbujas y babosidades. Y mientras crecía, su frío
escalofriante se posaba sobre todo.
Barton se detuvo, jadeando por respirar y recobrando su sentido.
Se encontraba en un espacio cóncavo más allá de los cedros, por encima de la
carretera. Todo el valle, en esta belleza de la mañana, salía de la oscuridad
por debajo suyo. Por encima de los campos y granjas y de las casas caía una
vasta sombra, más intensa que la que se alzaba. La sombra de Ahriman, mientras
el dios destructor se extendía en sus proporciones regulares, y esta sombra
jamás se alzaría.
Algo se deslizó. Un cuerpo brillante y recocido azotó a Barton.
Se retorció frenético para libertarse. La serpiente falló, se echó hacia atrás
para volver a atacar. Barton lanzó su llanta de hierro. Pilló al reptil en el
centro y redujo su lomo a una masa, a una pulpa.
Cogió la barra precisamente a tiempo. Había víboras por cada
parte. Había cruzado todo un nido, reptando laboriosamente por subir este lado
de la colina. Caminaba sobre ellas, tropezando y cayendo en la masa sibilante,
ondulante, furiosa de debajo suyo.
Giró. Ladera abajo, a través de las húmedas hierbas y zarzas.
Entonces forcejeó por levantarse; las arañas saltaban y brincaban, le picaban
en lugares incontables. Luchó contra ellas, arrancó sus telas, logró ponerse de
rodillas.
Palpó en busca de su llanta de hierro. ¿Dónde estaba? ¿La había
perdido? Su dedos tocaron algo blando. Cuerda. Un ovillo de cuerda. Con
nauseabunda tristeza sacó puñados de cuerda. La llanta de hierro se había
desvanecido. El último golpe. El símbolo final de su fracaso. Dejó que la
cuerda cayese torpemente de sus dedos vacíos.
Un muñequito saltó a su hombro. Lo vio en un destello, captó el
brillo de la aguja, que se posó delante de su ojo a un centímetro, la punta
preparada para hundirse profundamente en su cerebro. Alzó los brazos
débilmente, luego se vio mezclado en un lío absurdo de telas de araña. Cerró
los ojos desesperado. No quedaba nada. Había fracasado. La batalla terminaba.
Se dejó caer esperando el golpe...
XIV
—¡Barton! —gritó el muñequito.
Abrió los ojos. El muñequito estaba atareado desgarrando con su
aguja las telas de araña. Atravesó a un par de insectos, hizo que los demás se
retirasen, luego saltó a su hombro, cerca de su oído.
—Maldito seas —gritó—. Ya te dije que no hablases con nadie. Te
equivocaste de momento. Demasiada oposición.
Barton parpadeó alocado. Abrió y cerró la boca.
—¿Quién...?
—Estate quieto. Sólo quedan pocos segundos. Tu reconstrucción
fue prematura, has podido estropearlo todo —el muñequito volvió a acuchillar a
una rata gris que trataba de llegar a la arteria de detrás del oído de Barton.
El cadáver se deslizó lentamente, aún cálido y latiendo, las patas retorcidas—.
¡Ahora ponte en pie! —gritó.
—Pero no...
—¡De prisa! Con Ahriman libre ahí no se pueden mantener
condiciones. Nada le contendrá a partir de ahora. EÉl accedió a sujetarse a sí
mismo hasta el Cambio, pero eso pasó.
Incrédulo, Barton identificó la voz. Era aguda, chillona, pero
familiar.
—¡Mary! —estaba estupefacto—. ¿Pero cómo diablos...?
La punta de su aguja le pinchó la mejilla.
—Barton, puedes decir lo que es preciso que se haga. Tienes el
trabajo por delante.
—¿Por delante?
—Él trata de escapar en su furgoneta. No quiere recobrar su
verdadero ser. Pero debe. ¡Es el único modo! Es la única manera porque tiene el
poder suficiente.
—No —dijo en voz baja Barton—. ¡Meade! ¡Él no!
La espada del muñequito se alzó hasta su ojo y se detuvo allí.
—Mi padre debe ser libertado. Tú tienes la capacidad.
—No —repitió Barton—. No puedo... —sacudió la cabeza atontado—.
Meade. Con sus cigarros, sus mondadientes y su traje listado. ¡Ahí es donde Él
ha estado!
—Es cosa tuya. Tú has visto su forma verdadera —las palabras
finales de ella penetraron profundamente en Barton—. Por eso te traje aquí. ¡No
para una reconstrucción urbana!
Una serpiente reptó por el pie de Barton. El muñequito saltó de
su hombro y corrió tras el reptil. Barton hizo un esfuerzo por levantarse. Las
telarañas que le sujetaban habían sido cortadas. Apareció un completo enjambre
de abejas. El día venía. Vinieron mas y mas abejas. Esas se ocuparían de los
muñequitos y de las ratas.
En una ciega turbación, Barton se deslizó y se tambaleó bajando
la escarpada ladera hasta el camino. Miró estúpidamente en su torno. El doctor
Meade había logrado entrar en su furgoneta y ponerla en marcha; una masa de
ratas y arañas y muñequitos y serpientes la cubría en una especie de agitada
cortina. Meade estaba buscando su camino centímetro a centímetro a lo largo de
la carretera. Dobló la primera curva, dudó con una rueda sobre el abismo, luego
enderezó el coche y continuó.
Tras él, por encima, la masa que era Ahriman continuó creciendo.
Sus tentáculos se abrían paso en el círculo cada vez más amplio, palpando,
aferrando, incorporando cosas a la masa de gelatina. El hedor era abrumador;
Barton se convulsionó con náuseas y se retiró. Había alcanzado proporciones
inmensas.
Llegó a la carretera. El coche adquirió velocidad. Hacía eses de
una manera salvaje, falló en una curva y se estrelló contra la señalización.
Ratas y muñequitos volaron en todas direcciones. El coche se estremeció, luego
siguió hasta delante con un crujido.
Barton eludió un peñasco. No había otro camino. Jamás podría
atravesar la capa de cosas grises y agitadas... y el coche desaparecería en
cuestión de segundos. Mientras marchaba en su dirección, se agachó, empujó una
peña y lanzó la gran roca con todas sus fuerzas. El peñasco hizo su trabajo.
Chocó contra la capota del coche, rebotó y resbaló hacia un lado, penetrando
por el parabrisas en su parte izquierda. Los vidrios volaron por el aire. El
coche giró locamente... y se detuvo, con un rechinar de frenos, en la base de
la ladera. Agua y gasolina manaron del rajado motor. Ratas y arañas se metieron
ansiosas a través del irregular agujero del parabrisas, contentas de su
oportunidad de entrar.
Meade salió dando tumbos. Barton apenas le reconoció. Su rostro
era una mascara rota de terror. Corría frenético, alejándose de la furgoneta,
loco de miedo, derecho por el centro del camino. Sus ropas estaban rotas; la
piel enrojecida y llena de cortes por causa de incontables mordeduras. No vio a
Barton hasta que tropezó con él.
—Meade —gruñó Barton. Cogió el tambaleante hombre por el cuello
y le hizo incorporarse—. ¡Míreme! —le ordenó.
Los ojos vacíos de Meade relucieron hacia él mientras Barton le
detenía por completo. Jadeaba como un animal mudo. Sin estertores. Sin razón.
Había perdido el juicio a causa del terror. Barton no se lo podía censurar. Un
océano de formas grises se vertía por la carretera, ansiosas de muerte. Y por
encima de todo, la sombra vengativa de Ahriman crecía más y más.
—Barton —gimió Meade—. ¡Por Dios, suélteme! —forcejeó por
liberarse—. Nos matarán. Nosotros...
—Escuche —los ojos de Barton estaban fijos en el rostro
tembloroso de Meade, a pocos centímetros de él—. Sé quién es usted. Sé quién es
realmente.
El efecto fue instantáneo. El cuerpo de Meade se puso rígido.
Abrió la boca.
—¡Quien soy... yo!
Barton se concentró con todas sus fuerzas. Se mantuvo agarrando
fuerte el cuello de Meade y reunió y evocó cada detalle de la gran figura, como
la había visto por primera vez, desde el ribazo, aquella mañana. El gigante
majestuoso, cósmico en su silencio, los brazos extendidos, la cabeza perdida en
la órbita destellante del sol pleno.
—Sí —dijo el doctor Meade de pronto, con una voz extrañamente
tranquila.
—Meade —jadeó Barton—. ¿Comprende? ¿Sabe usted quién es? ¿Se da
cuenta...?
Meade se apartó violentamente. Volvióse con torpeza y osciló,
camino abajo, agazapado como un animal. Luego se puso tieso. Extendió los
brazos, su cuerpo cobró impulso, bailó como una marioneta en sus cables de
alambre. Su rostro temblaba. Pareció fundirse y caer hacia dentro, como si
fuera una informe masa de cera.
Barton se apresuró tras él. Meade se colapsó. Giró en agonía,
pero se puso en pie de un salto. Las convulsiones le barrieron; vibraciones
frenéticas descoyuntaron sus miembros, con la cabeza atrás, oscilando y cayendo
a ciegas.
—¡Meade! —gritó Barton. La chaqueta estaba hecha pavesas; humos
acres le dieron en la nariz y la prenda se desgajó. Barton giró en redondo y lo
cogió por el cuello. No era Meade.
No era nadie que viera jamás. O «algo» que hubiera visto. No era
un ser humano. El rostro del doctor Meade había desaparecido. Lo que se había
endurecido y reformado era fuerte y duro. Lo vio sólo un segundo. Un súbito
vistazo, el pico de halcón, labios delgados, ojos salvajes grises, aletas de la
nariz dilatadas, largos y agudos dientes.
Un estrépito abrumador. Una fuerza cataclísmica que la destrozó
de plano. Quedó cegado. Ensordecido. Todo el mundo estalló ante sí. Giró hacia
atrás, aplanado, rodó sobre sí mismo y quedó más atrás, aniquilado por un puño
destellante que le penetró y desapareció en el vacío, más allá.
El vacío estaba por todas partes. Caía. Cayó largo trecho,
profundamente, sin peso. Las cosas vagaban pasándole. Globos. Bolas luminosas.
Se agarró a ellas locamente; le ignoraron y siguieron vagando.
Oleadas enteras de bolas relucientes danzaron a su alrededor.
Durante un tiempo le pareció que eran mariposas nocturnas, polillas grises que
se habían inflamado. Manoteó, sólo vagamente alarmado, más sorprendido que
nada.
Entonces se dio cuenta de que estaba solo. Y que había un
completo silencio. Pero eso no era extraño. No había nada que hiciese ruido,
nada, absolutamente nada. No había tierra. No había cielo. Sólo él mismo y el
vacío vaporoso. El agua le caía en su torno. Enormes gotas calientes que
silbaban y quemaban por todas partes. Pudo notar el trueno; no estaba muy lejos
para oír. Y de todas maneras, él no tenía ya oídos. Ni ojos. Tampoco podía
tocar. Las pelotas luminosas continuaron vagando a través de la lluvia quemante;
ahora, pasaban a través de lo que había sido su cuerpo y salían tranquilamente
por el otro lado.
Un grupo de pelotas luminosas le pareció familiar. Después de un
tiempo inmensurable y de mucho pensar, logró localizarlas. Las Pléyades.
Eran soles vagando en torno y a través suyo. Se sintió
inoperantemente alarmado; trató de recobrarse. Pero era inútil. Se extendía
demasiado lejos, sobre trillones de kilómetros. Gaseoso y vago. Y también
ligeramente luminoso. Como una nebulosa extragaláctica, expeliendo numerosas
masas de estrellas, infinitos sistemas. ¿Pero cómo? ¿Quién le mantenía de...?
Estaba colgando. Por un pie. Cabeza abajo, retorciéndose y
girando en un mar bullente de partículas luminosas, oleadas de soles creciendo
y haciéndose más pequeños a cada instante.
Más y más soles pasaron rápidos por él en su salida de la
existencia. Como un globo deshinchado, la esfera que era el universo se
estremeció y danzó brevemente y se cerró a su alrededor. Sus últimos momentos
eran demasiado breves para contarse; de inmediato saltó frenético y se
desvaneció. Los soles flotantes, las nubes luminosas, todo se había ido. Él
estaba fuera del universo. Colgado por su pie derecho. ¿Y qué había ahora allí?
Se retorció y trató de mirar hacia arriba. Oscuridad. Una forma. Una presencia
sujetándole.
Ormazd.
Su terror era tan grande que no podía hablar. Fue un largo
descenso; no tenía final. Y no había tiempo; nunca dejaría de caer, si Ormazd
le soltaba. Sin embargo, en el mismo instante, supo también que no habría
caída. Si no había sitio dónde caer, ¿cómo podría caerse?
Algo cedió. Se agarró frenético y trató de asirse. Intentó
trepar. Como un mono asustado oscilando en una cuerda. Extendió las manos,
palpó, suplicó piedad, compasión, Y ni siquiera podía ver a quien suplicaba.
Sólo una vasta presencia. Un sentido del ser. Ormazd estaba allí. Él estaba
«en» Ormazd. Suplicando compasivamente no ser despedido, no ser proyectado.
No pasó tiempo. Pero costó un rato. Su terror empezó a cambiar.
Se transformó en sí mismo sutilmente. Recordó quién era. Ted Barton. Dónde
estaba. Colgaba de su pie derecho, más allá del universo. ¿Quién le sujetaba?
Ormazd, el dios que él había liberado.
Una torpe cólera se agitó en él. Había libertado a Ormazd. Y de
algún modo había sido barrido en la parábola de Ormazd. Mientras el dios
ascendía él se vio arrastrado consigo.
El dios era inexpresivo. Barton no podía leer sentimiento,
compasión. Pero él no quería compasión. Él estaba claramente loco. Toda la cosa
ardía suelta en su interior, un simple pensamiento hirviendo y subiendo
furioso. Sonó sobre él alto y claro.
—¡Ormazd! —su pensamiento tronó en el vacío. Las reverberaciones
volvieron hacia él como eco, le hicieron vibrar—. ¡Ormazd! —su pensamiento se
vio reforzado, consiguiendo cuerpo y peso; creció el valor y se inflamó su
cólera—. ¡Ormazd, vuélveme a mi sitio!
No tuvo efecto.
—¡Ormazd! —gritó—. «¡Recuerda Millgate!»
Silencio.
Luego la presencia se disolvió. Volvió a caer, abajo y abajo.
Una vez más, puntos luminosos vagaron a través suyo. Su ser recuperó en sí
mismo y cayó como lluvia cálida.
Y entonces chocó.
El impacto fue terrible. Rebotó, gritó de dolor y se vio
atrapado. Se formaron formas. Calor. Una llama blanca, cegadora. El firmamento.
Árboles, oscuridad y penumbra en el crepúsculo matutino, extrañamente iluminado
todo por fuego danzante, el polvoriento camino bajo suyo.
Se extendió en su espalda, cayó plano. La horda de Ahriman de
ratas y muñequitos ondulaba hacia él; pudo oír sus zarpas escarbando más
fuerte, el ruido creciendo en un estrépito ansioso. Todo el mundo, la tierra,
sus sonidos y olores.
No había pasado tiempo. El cuerpo vacío del doctor Meade aún se
tambaleaba ante él, todavía en pie. Se fraccionó y cayó hacia atrás, retorcido,
descartado y olvidado. Luego, lentamente, se derrumbó; un montoncito de
calcinadas cenizas, partículas desperdiciadas, como todo lo demás, a su
alrededor. Estaba completamente seco, como el tronco ardiente de pura energía
libre por si misma.
—Gracias a Dios —murmuró Barton con aspereza. Logró tambalearse
y se dejó caer plano. Los agitados tentáculos de podredumbre, las extensiones
de Ahriman, se deslizaban y palpaban la colina, a pocos metros de él. Tocaron
los calcinados cadáveres de ratas, muñequitos y víboras que Ormazd había dejado
tras sí y luego siguieron. Recorrieron poco a poco el camino codiciosos hacia
Barton, pero era demasiado tarde.
Barton se arrastró hasta lugar seguro, se agazapó y contuvo el
aliento. En el cielo, el dios Ormazd corría para dar batalla. Ahriman recuperó
sus extensiones haciéndola retroceder como cintas de goma, dándose cuenta de
súbito del peligro. En un instante se cerraron distancias sumamente enormes
para la comprensión humana.
El fragmento, visto de rechazo por los ojos mortales de Barton,
indicaba que iba a ser todo un combate.
Los contornos de los dos dioses eran todavía apenas visibles,
mientras el sol dejaba las montañas y comenzaba a iluminar el mundo. Habían
crecido de prisa. En un breve destello, como un billón de soles estallando, los
dos dioses se habían extendido más allá de los límites de la Tierra. Una pausa
momentánea y luego el impacto. Todo el universo estremeciéndose. Se enfrentaron
cuerpo a cuerpo, con las cabezas gachas. Una situación directa e ineludible,
uno contra el otro. El ser destellante que era Ormazd. El vacío gélido que era
«ello», el destructor cósmico, tratando de tragarse a su hermano y absorberle.
Sería o pasaría largo tiempo antes de que terminara la batalla.
Como Meade había dicho, probablemente unos cuantos billones de años más.
Las abejas llegaban en vastas oleadas. Pero ya no importaba. El
valle —toda la Tierra —había sido sobrepasado. El campo de batalla se extendió.
Lo ocupaba todo, cada partícula de materia del universo y quizás más allá del
universo. Las ratas se escurrieron salvajes, cubiertas de fieras y picantes
abejas. Los muñequitos trataron de cobijarse, esgrimiendo frenéticamente sus
espadas. Por cada aguja empuñada por un puño diminuto había cincuenta furiosas
abejas. Era una batalla perdida.
Y, cosa interesante, algunos de los muñequitos volvían a
convertirse en informes montoncitos de arcilla.
Las serpientes eran lo peor. Aquí y allá unos cuantos Vagabundos
que permanecían las apedrearon y las aplastaron con los pies. Le pareció bien
ver a una chica rubia, delgada y de ojos azules aplastar a una serpiente bajo
el agudo tacón de su zapatito. El mundo volvía a su adecuada órbita, ¡por fin!
—¡Barton! —una voz penetrante gritó cerca de su pie—. Veo que
tuviste éxito. Aquí, detrás de la piedra. No quiero salir hasta que la cosa
esté segura.
—Estás segura —dijo Barton. Se agachó y la cogió la mano—. Sube.
El muñequito salió rápidamente. Había habido un cambio, incluso
en el breve espacio de tiempo desde que la viera por última vez. La alzó donde
la pudiera mirar mejor. El sol de la mañana brillaba en sus miembros desnudos.
Humedad y rocío. Un cuerpo ligero y esbelto que le dejó sin aliento.
—Es duro creer que tengas sólo trece años —dijo despacio.
—No los tengo —fue la urgente respuesta. Giró hacia un lado y
otro su maravilloso cuerpo para que pudiera verla mejor—. Carezco de edad,
Teddy querido. Pero voy a necesitar un poco de ayuda exterior. Todavía hay una
fuerte impresión dejada por «ello» en este material. Claro que rápidamente se
desvanece.
Barton llamó a Christopher. El anciano cojeó penoso hasta
acercarse.
—Barton —jadeó—. ¿Está usted bien?
—Estoy perfectamente. Pero aquí tenemos un problemita.
Ella estaba emergiendo, reformando la arcilla que construía su
cuerpo actual. Pero le iba a costar tiempo, la forma era definitivamente la de
una mujer. No de una niña, como la recordaba. Pero aquello fue una distorsión,
no lo verdadero.
—Eres la hija de Ormazd —dijo de pronto.
—Soy Armaiti —respondió la figurita—. Su única hija —bostezó,
arqueó su esbelto torso, extendió sus lánguidos brazos. Luego, bruscamente,
saltó de la mano de Barton a su hombro—. Ahora, si los dos queréis ayudarme,
trataré de recuperar mi forma normal.
—¿Como Él? —Barton estaba abrumado—. ¿Tan grande como eso?
Ella rió, un sonido puro y tintineante.
—No. Él vive en el universo. Yo vivo aquí. ¿No lo sabes? El
mandó a su única hija a vivir en la Tierra, esta es mi casa.
—¿Así que fuiste quien me trajo aquí? ¿A través de la barrera?
—Oh, mucho más que eso.
—¿Qué quieres decir?
—Te envié aquí antes del Cambio. Soy responsable de tus
vacaciones. De cada curva que diese tu coche. Del pinchazo que tuviste cuando
trataste de mantenerte en la autopista a Raleigh.
Barton hizo una mueca.
—Me costó dos horas arreglar el pinchazo. Fue entre dos
estaciones de servicio y había algo malo en el gato. Luego fue demasiado tarde
para proseguir. Tuvimos que volver a Richmond y pasar la noche.
La risa cantarina de Armaiti volvió a sonar.
—Fue lo mejor que pude pensar en aquel momento. Te manipulé
aquí, todo el camino hasta el valle. Retiré la barrera para que pudieras
entrar.
—Y cuando intenté salir...
—Había vuelto a su sitio, claro. Siempre está allí, a menos que
uno u otro desee quitarla. Peter tenía para poder entrar y salir. Lo mismo que
yo, pero Peter nunca lo supo.
—Tú sabías que los Vagabundos no tendrían éxito. Sabías que la
reconstrucción funcionaría pero que los mapas y modelos y diseños fracasarían.
—Sí. Lo supe incluso antes del Cambio —la voz de Armaiti era
suave—. Lo siento, Teddy. Trabajaron años, construyeron planearon y se mataron.
Pero había sólo un camino. Mientras Ahriman estuviese aquí, mientras se
mantuviera el acuerdo y Ormazd se sujetase a sí mismo a las condiciones...
—En todo esto la ciudad era una minucia —interrumpió Barton—. A
ti no te interesaba particularmente, ¿verdad?
—No opines eso —dijo con suavidad Armaiti—. Era pequeña
comparada con el gran cuadro. Pero es «parte» de la imagen mayor. El forcejeo
es vasto; mucho mayor de lo que tú puedas experimentar. Yo misma nunca he visto
su real extensión, las regiones finales a las que ha entrado. Sólo ellos dos lo
ven como es en realidad. Tu humildad es importante. Nunca quedó olvidada. Sólo
que...
—Sólo que tenía que esperar su turno —Barton guardó silencio
durante un instante. Por último dijo—: De todas maneras, ahora sé por qué me
trajiste aquí —sonrió un poco— Es una maldita cosa pensar que Peter era capaz
de hacerme doblar la cabeza. De otro modo yo hubiese tenido un recuerdo en el
que trabajar.
—Hiciste muy bien tu trabajo —dijo Armaiti.
—¿Y ahora qué? Ormazd ha vuelto. Ahí están ambos, en algún
lugar. La capa de distorsión comienza a debilitarse. ¿Y tú qué?
—No puedo quedarme —dijo Armaiti—. Si piensas eso y sé
perfectamente lo que pasa por tu cabeza.
Barton se aclaró la garganta, embarazado.
—Tuviste forma humana una vez. ¿No podrías añadir unos cuantos
años a...?
—Me temo que no. Lo siento, Teddy.
—¡No me llames Teddy!
Armaiti soltó una carcajada.
—Está bien, señor Barton —durante un momento acarició su muñeca
con sus deditos. De pronto dijo—: ¡Bueno! ¿Estás preparado?
—Creo que sí —Barton de mala gana la depositó en el suelo.
Christopher y él se sentaron a ambos lados—. ¿Qué se supone que debemos hacer?
No conocemos tu forma verdadera.
Había un débil rastro de tristeza, casi de cansancio en la
cantarina voz de Armaiti cuando respondió.
—Yo pasé por muchas formas en mi tiempo. Cada tamaño y forma
posible. Cualquiera que tú pensases sería la más apropiada.
—Estoy preparado —murmuró Christopher.
—Está bien —asintió Barton. Comenzaron su concentración, las
caras intensas, los cuerpos rígidos. Los ojos del anciano parecían salirse de
sus órbitas; sus mejillas se volvieron violeta. Barton le ignoró y enfocó su
propia mente con todas las fuerzas que le quedaban. Durante un tiempo no pasó
nada. Barton jadeó en busca de aire, aspiró otra bocanada y recomenzó. La
escena ante sí, Christopher, el muñequito de diez centímetros, oscilaron y se
enturbiaron.
Luego, despacio, imperceptiblemente, empezó.
Quizás la imaginación de Christopher era superior a la suya. Era
mucho mayor; probablemente tenía más experiencia y tiempo en que pensar, en
cualquier caso, lo que emergió entre ellos profundamente abrumó a Barton. Ella
era exquisita. Increíblemente bella. Se detuvo en su concentración y se quedó
boquiabierto.
Durante un momento ella permaneció entre ellos, las manos en las
caderas, la barbilla alta, cascadas de pelo negro cayendo sobre sus desnudos y
blancos hombros. Un cuerpo destellante y esbelto, reluciendo bajo el sol de la
mañana. Inmensos ojos oscuros. Una piel atrayente. Senos que crecían, firmes y
orgullosos, como fruta madura.
Barton cerró los ojos débilmente. Ella era la esencia de la
generación. El estallante poder de la mujer, de toda la vida. Él miraba a la
fuerza, a la energía detrás de todas las cosas que crecen, de toda creatividad.
Una «viveza» increíblemente potente y equilibrada latía en radiantes ondas.
Eso fue lo último que vio de ella. Ya se marchaba. Una vez, oyó
su risa, rica y melodiosa. Reverberó, pero ella se disolvía con rapidez. Se
fundía con el suelo, los árboles, las brillantes arbustos y zarzas. Ella manaba
rápidamente hacia ellos, un río líquido de vida pura, absorbiéndose a sí misma
en el húmedo suelo. Parpadeó, se frotó los ojos y por un momento apartó la
cara.
Cuando volvió a mirar ella se había ido.
XV
Era la tarde. Barton, lentamente, maniobró su polvoriento y
amarillo Packard a través de las calles de Millgate. Aún llevaba su arrugado
traje gris, pero se había afeitado, bañado y descansado después del
extraordinario esfuerzo de la noche. Considerando todas las cosas, se sentía
perfectamente bien.
Mientras pasaba por el parque disminuyó hasta casi detenerse.
Una oleada cálida de satisfacción se alzó en su interior: una especie de
orgullo personal. Ahí estaba. Precisamente como debía haber sido. Parte del
plan original. De nuevo de vuelta, después de todos los años. Como él lo había
arreglado.
Los niños corrían arriba y abajo por los senderos. Uno estaba
sentado al borde de la fuente, quitándose con cuidado los zapatos. Había un par
de cochecitos infantiles. Ancianos, las piernas extendidas, leyendo periódicos.
Eran verdaderas personas. La zona de reconstrucción, después de
que Ahriman se fuera, reanudó su expansión. Más y más personas, lugares,
edificios, calles, estaban siendo recuperadas. En pocos días esto ocuparía todo
la calle.
Marchó por la calle principal. A un extremo el cartel aún decía
Jefferson Street. Pero al otro el primer y antiguo letrero del Central Street
había comenzado ya aparecer en su sitio.
Allí estaba el banco. El viejo Banco Comercial de Millgate de
ladrillo y cemento. Como siempre estuvo. La casa de té de señoras había
desaparecido... para siempre si las cosas iban bien, allá afuera en el profundo
espacio. Ya los hombres entraban y salían por el amplio portal. Y sobre la
puerta, reluciendo bajo el sol de la tarde, estaba la llanta de hierro de Aaron
Northrup.
Barton continuó por Central. Ocasionalmente, la transición había
producido extraños resultados. La verdulería estaba sólo a medias; el lado
derecho era la marroquinería de Doyle. Unas cuantas turbadas personas estaban
plantadas alrededor, perdidos en su extrañeza. El Cambio retrocedía de prisa,
probablemente resultaría raro caminar en una tienda que pertenecía a dos mundos
separados, uno a cada extremo.
—¡Barton! —gritó una voz familiar. Barton detuvo el coche. Will
Christopher salió del «Magnolia club», con un jarro de cerveza en una mano, una
sonrisa animosa en su curtido rostro—. ¡Espere! —gritó excitado—. Mi tienda
volverá en cualquier momento. ¡Mantenga los dedos cruzados!
Tenía razón. La lavandería comenzaba a enturbiarse. Las lenguas
agitadas estaban llegando casi a ella. En la puerta inmediata, el antiguo y
envejecido «Magnolia Club» ya había comenzado a desaparecer. Dentro de su
moribundo contorno, una forma distinta, más limpia, se alzaba. Christopher
miraba esto con sentimientos mezclados.
—Voy a echar de menos ese lugar —dijo—. Después de que uno ha
estado acudiendo a un sitio durante dieciocho años...
Su jarro de cerveza desapareció. Al mismo tiempo los últimos
tableros envejecidos del «Magnolia club» dejaron de ser, gradualmente, una
zapatería de aspecto respetable osciló y comenzó a endurecer sus formas, allá
donde el bar de mala muerte estuviera.
Christopher maldijo con desaliento. Bruscamente se encontró
sujetando un zapato de mujer de tacón alto por el empeine.
—Usted es el siguiente —dijo Barton divertido—. Allá va la
lavandería. Ahora no tardará mucho.
Ya podía ver la débil estructura del taller de Will, emergiendo
del interior, Y a su lado, el anciano también cambiaba. Christopher estaba fijo
en su tienda; no pareció darse cuenta de sus propias alteraciones. Su cuerpo se
enderezó, perdió su cualidad desmadejada. Su piel se aclaró y adquirió un
lustro reluciente que Barton jamás había visto antes. Su ojos brillaron. Sus
manos se hicieron mas tranquilas. Su sucia americana y pantalones fueron
substituidos por una camisa azul de trabajo, pantalones también de la misma
tela y un delantal de cuero.
Los últimos rastros de lavandería desaparecieron. Se había
ido... y llegó el taller de reparaciones de Will.
Aparatos de televisión destellaron en los limpios y modernos
escaparates. Era una tienda estupenda y a la moda, con letrero luminoso. Los
transeúntes se detenían ya para mirar felices los géneros del escaparate; un
par de ellos entraron en la tienda. Hasta ahora, era la tienda más bonita a lo
largo del Central Street.
Christopher se puso impaciente. Estaba ansioso de entrar a su
trabajo. Intranquilo, jugueteó con un destornillador, una de las pocas
herramientas que llevaba en el cinturón de trabajo.
—Estoy montando un televisor —explicó a Barton—. Aguardo a que
me venga el tubo de imagen para colocarlo.
—Está bien —dijo Barton sonriendo—. Entre. Yo no quiero
entretenerle.
Christopher miró a Barton con amistosa sonrisa, pero había una
débil sombra de duda comenzando a retorcerse a través de sus rasgos bonachones.
—Está bien —bramó cordial—. Le veré, señor...
—¡Señor! —repitió Barton estupefacto.
—Le conozco —murmuró pensativo Christopher—, pero no puedo
localizar su cara.
La tristeza se apoderó de Barton.
—Que me condene...
—Me imagino que he hecho algún trabajito para usted. Conozco su
cara, pero no sitúo las circunstancias...
—Yo vivía aquí.
—Se trasladó, ¿verdad?
—Sí, mi familia se trasladó a Richmond. Eso fue hace mucho
tiempo. Cuando era niño. Nací en este pueblo.
—¡Claro! Solía verle a usted. Veamos, ¿cómo diablos se llama?
—Christopher frunció el ceño—. Ted no sé cuántos. Ha crecido. En aquellos días
era un chavalillo. Ted...
—Barton.
—Claro —Christopher le estrechó la mano—. Me alegro de que haya
vuelto, Barton. ¿Va a quedarse mucho tiempo?
—No —dijo Barton—. He de marcharme.
—¿Vino de vacaciones?
—Eso mismo.
—Mucha gente suele venir —indicó Christopher la carretera; ya se
veían coches aparecer por ella—. Millgate es una comunidad en plena expansión.
—Sí, muy viva —admitió Barton.
—Fíjese, tengo la tienda preparada para atraer a los
automovilistas de paso. Me imagino que ahora hay más tráfico saliendo y
entrando a la ciudad a cada momento que pase.
—Yo opino lo mismo —admitió Barton. Estaba pensando en el
estropeado camino, las hierbas, el camión de madera derrumbado. Habría más
tráfico, de acuerdo, Millgate había estado cortado del mundo dieciocho años;
era necesario que recuperara el tiempo.
—Tiene gracia —dijo Christopher despacio—. Mire, estoy seguro de
que pasó algo. No hace mucho. Algo en que usted y yo estuvimos mezclados.
—¿Eh? —exclamó Barton esperanzado.
—Tenía que ver con mucha gente. Y con un doctor. El doctor. El
doctor Morris. O Meade. Pero no hay ningún doctor Meade en Millgate. Sólo el
viejo doctor Dolan. ¡Y había animales!
—No se preocupe por eso —dijo Barton, sonriendo un poquito. Puso
en marcha el Packard—. Hasta la vista, Christopher.
—Déjese caer cuando vuelva usted por aquí otra vez.
—Lo haré —respondió Barton, adquiriendo velocidad. Tras él
Christopher agitó la mano. Barton respondió al gesto. Al cabo de un momento
Christopher se volvió y entró apresurado en su tienda de radios, alegre de
volver a su trabajo. El fuego inflamatorio había acabado con él; estaba del
todo restaurado.
Barton condujo despacio. El almacén y su quisquilloso y viejo
propietario habían desaparecido. Eso le alegró. Millgate estaba mejor sin ambas
cosas.
Su Packard se detuvo junto a la pensión de la señora Trilling. O
mejor, de lo que antaño fue pensión de la señora Trilling, Ahora era una tienda
de venta de automóviles. Fords nuevos, brillantes, tras un enorme escaparte.
Estupendo. Lo adecuado.
Este era Millgate como sería, como lo hubiese si Ahriman no
interviene. La lucha aún continuaría a través del universo, pero en este lugar,
el Dios de la luz había triunfado. No absolutamente, quizás, pero casi.
Aumentó la velocidad y comenzó la larga ascensión por el lado de
la colina, hacia el paso y la autopista de más allá. La carretera está bien
rasgada y cubierta de hierbajos. Un pensamiento súbito le asaltó; ¿qué había de
la barrera? ¿Estaba aún todavía?
No. El camión de madera y su cargamento derramado de troncos
había desaparecido. Sólo unas cuantas hierbas dobladas para mostrar su antiguo
emplazamiento. Eso lo provocó la curiosidad. ¿Qué clase de leyes ataban a los
dioses? Jamás había pensado en eso antes, pero evidentemente había ciertas
cosas que las divinidades tenían que hacer, una vez aceptaran realizarlas.
Mientras conducía cubriendo las curvas y giros a un lado de las
montañas, se le ocurrió que el plazo de veinticuatro horas fijado por Peg había
transcurrido. Probablemente estaría de regreso a Richmond por ahora. Conocía a
Peg; sabía que hacía cuanto decía. La próxima vez que se reuniera sería ante el
tribunal de Nueva York.
Barton se acomodó girándose contra el cálido asiento.
Posiblemente no volvería a su vida tal y como fue. Él queda afuera. Todo «eso»
había terminado. Tenía que enfrentarse a la verdad.
Y, de todas maneras, Ted pareció un poco torpe, considerándolo
todo.
Recordaba a un cuerpo esbelto y reluciente. Una forma ágil
difundiéndose a sí misma en el suelo húmedo de las primeras horas de la mañana.
Un destello de pelo negro y ojos mientras se le escapaba, perdiéndose en la
Tierra, que era su hogar. Labios rojos, dientes blancos. Un brillar de miembros
desnudos... y luego desapareció.
¿Desapareció? Armaiti no se había ido. Estaba en todas partes.
En todos los árboles, en los campos verdes y lagos y bosques. En los valles
fértiles y en las montañas que le rodeaban. Ella estaba por debajo y en su
torno. Ella llenaba el mundo entero. Ella vivía allí. Pertenecía allí.
Dos pronunciadas montañas se separaban delante, cortadas por el
camino. Barton pasó despacio entre ellas. Firmes colinas, ricas y llenas, picos
idénticos luciendo cálidos bajo el sol de la tarde.
Barton suspiró. Tendría recuerdos de ella por todas partes.
FIN


Publicar un comentario