© Libro N°. 3043. Mundo Azul. Vance, Jack. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © The Blue World
Versión Original: © Mundo Azul. Jack Vance
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MUNDO AZUL
Jack Vance
1
Entre
los habitantes de los flotadores, las distinciones de casta perdían con rapidez
su antigua importancia. Los Anarquistas y los Alcahuetes habían desaparecido
del todo y los matrimonios entre castas no eran nada raros, sobre todo cuando
involucraban a castas de más o menos la misma posición social. En esa sociedad
no había, por supuesto, ningún riesgo de caos; los Desfalcadores y los
Pirómanos conservaban su tradicional actitud distante; los Publicistas seguían
sin poder eludir una sutil pero general falta de estima, y cuando las castas
tenían relación con un oficio o un gremio, funcionaban con notable eficacia.
Los Estafadores constituían la mayoría de los que pescaban con barcas, y aunque
los antes numerosos Malversadores habían menguado hasta reducirse a un puñado,
seguían dominando las fábricas de tinturas del Flotador Fay. Los
Contrabandistas hervían barniz, los Negligentes arrancaban muelas. Los Villanos
construían las pérgolas de esponja de todas las lagunas; los Embaucadores
monopolizaban por completo el campo de las trampas. Esa relación siempre
excitaba la curiosidad de los jóvenes, que preguntaban: «¿Qué fue primero: los
Embaucadores o las trampas?» A lo que los mayores solían responder: «Cuando la
Nave del Espacio desembarcó a los Primeros en estos benditos flotadores, había
cuatro Embaucadores entre los Doscientos. Más tarde, al construir las torres e
instalar las lámparas, como había que abrir y cerrar trampas, pareció que lo
más adecuado sería que, como buenos tramposos, se ocuparan de esa tarea los
Embaucadores. Era muy probable que ya existiera esa situación en el Desierto
Exterior, antes de la Huida. Sin duda había lámparas para encender y apagar y
trampas para abrir y cerrar. Por supuesto, desconocemos muchas cosas, muchas
cosas sobre las que callan o son ambiguas las Memorias.»
Fueran
o no atraídos al oficio en virtud de una vieja experiencia, eran ahora pocos
los Embaucadores que no encontraban su vocación en las torres, como
aparejadores, como cuidadores de las lámparas o como Embaucadores con todas las
de la ley.
Otra
casta, los Rateros, había construido las torres, que por lo general se elevaban
unos veinte o treinta metros directamente por encima del tallo primario de la
planta marina. Había normalmente cuatro patas de mimbre tejido o laminado que
pasaban por los agujeros de la hoja hasta empalmarse con un robusto tallo diez
o doce metros por debajo de la superficie. En la parte superior de la torre
había una cúpula, con paredes de mimbre hendido y techo de piel de hoja
laminada y barnizada. Dos penoles extendidos a los lados sostenían sendos
enrejados, cada uno con nueve lámparas dispuestas en un cuadrado, junto con las
tapas y los mecanismos accionadores. Dentro de la cúpula, unas ventanas
permitían ver por encima del agua los flotadores vecinos, separados por distancias
variables que iban desde las dos millas entre Lámpara Verde y Adelvine, hasta
el cuarto de milla entre Leumar y Populosa Equidad.
El
Maestro Embaucador se sentaba ante un panel. A su izquierda había nueve
varillas de control conectadas con las tapas de las lámparas del enrejado
derecho. Del mismo modo, las varillas que tenía a la derecha controlaban las
tapas de la izquierda. De esa manera, las configuraciones que formaba y las que
recibía tenían desde su punto de vista aspecto idéntico, y no le producían
ninguna confusión. Durante el día las lámparas no estaban encendidas y unas
dianas blancas cumplían la misma función. El Embaucador preparaba la
configuración dando rápidos golpes con las manos, accionando los disparadores,
que hacían subir y bajar las tapas sobre la lámpara o la diana como quien abre
y cierra una trampa. Cada configuración significaba una palabra; el dominio de
un léxico y una destreza a veces notable eran el bagaje de cualquier Maestro
Embaucador. Todos podían transmitir a velocidades cercanas a la del habla;
todos conocían por lo menos cinco mil, y algunos seis, siete, ocho o incluso
nueve mil configuraciones, que también se empleaban para la conservación de los
archivos (contra las vehementes protestas de los Notarios) y para otras clases
de mensajes, noticias y anuncios públicos.1
En
el Flotador Tranque, en el extremo oriental del grupo, el Maestro Embaucador
era un tal Zander Rohan, un viejo riguroso y exigente que dominaba más de siete
mil configuraciones. Su primer ayudante, Sklar Hast, tenía bastante más de
cinco mil configuraciones a su disposición; cuántas más, exactamente, nadie
sabía. Había otros dos ayudantes, además de tres aprendices, dos aparejadores,
un cuidador de lámparas y, para el mantenimiento, un tejedor de mimbre, este
último un Ratero. Zander Rohan se ocupaba de la torre desde el anochecer hasta
la medianoche: las horas de actividad durante las cuales los chismes, los
anuncios, las noticias y las notificaciones referidas al rey Kragen iban y
venían recorriendo las cincuenta millas de la larga hilera de flotadores.
Sklar
Hast abría y cerraba las tapas durante la tarde; después, cuando Zander Rohan
aparecía en la cúpula, inspeccionaba el mantenimiento y supervisaba a los
aprendices. Hombre relativamente joven, Sklar Hast había llegado a su posición
de la manera más sencilla y menos complicada posible: con gran tenacidad, se
esforzaba por alcanzar la perfección, y trataba de inculcar el mismo nivel a
los aprendices. Era un hombre positivo y directo, no demasiado afable, que no
conocía la malicia ni la astucia y que no prodigaba el tacto ni la paciencia. A
los aprendices les molestaba su brusquedad pero lo respetaban; para Zander.
Rohan era demasiado pragmático y poco respetuoso con los mayores: es decir, con
él mismo. A Sklar Hast todo eso lo tenía sin cuidado. Zander Rohan estaba a
punto de retirarse, y en su debido momento él sería el Maestro Embaucador. No
tenía prisa; en ese mundo apacible, límpido, inmutable, donde el tiempo no
latía sino que se mecía a la deriva, las urgencias de poco servían.
Sklar
Hast poseía una pequeña hoja de la que era el único ocupante. La hoja, un
tejido esponjoso con forma de corazón de unos treinta metros de diámetro,
flotaba al norte de la laguna. La cabaña de Sklar Hast era de construcción
estándar mimbre torcido y atado y después revestido con láminas de piel, la
membrana fuerte y casi transparente arrancada del fondo de la hoja de la planta
marina. Todo eso se recubría después con barniz, que se hacía hirviendo la
savia de la planta hasta que se evaporaba el agua y se amalgamaban las resinas.
En
el tejido esponjoso de la hoja crecían otras formas de vegetación: arbustos, un
matorral parecido a cañas de bambú que daba mimbre de buena calidad, epífitas
que colgaban de la inflorescencia central de la planta. En otras hojas las
plantas podían estar ordenadas según una teoría estética, pero Sklar Hast tenía
poco gusto para esos asuntos, y el centro de su hoja era poco más que un
bosquecillo de tallos, frondas, zarcillos y hojas de diversos tonos de negro,
verde y naranja.
Sklar
Hast sabía que era un hombre afortunado. Pero por desgracia esa cara tenía un
anverso, pues las mismas cualidades que le habían dado prestigio, posición y un
flotador privado no eran las más indicadas para facilitarle la vida en las
cuidadosas rutinas de la sociedad de los flotadores. Esa tarde, sin ir más
lejos, se había metido en una polémica acerca de todo un complejo de principios
básicos relacionados con los flotadores. Sentado ahora en el banco delante de
la cabaña, saboreando una copa de vino, Sklar Hast miró cómo él anochecer azul
lavanda se instalaba sobre el océano mientras pensaba en la obstinada locura de
Meril Rohan, hija de Zander Rohan. Una brisa rizaba el agua, movía el follaje;
Sklar Hast respiró hondo y sintió cómo la rabia se aflojaba y se disipaba.
Meril Rohan podía hacer lo que le diera la gana; no valía la pena
preocuparse... ni por ella ni por Semm Voiderveg ni por nada. Las condiciones
eran las que eran; si nadie más ponía objeciones, ¿por qué habría de hacerlo
él? Tras ese pensamiento, Sklar Hast esbozó una débil y más bien amarga
sonrisa, sabiendo que no estaba de acuerdo.
Pero
el anochecer era demasiado suave y tranquilizador para alimentar un ánimo
polémico. A su debido tiempo los hechos se acomodarían, y mirando hacia el
horizonte, en un momento de claridad, Sklar Hast creyó ver el futuro, tan ancho
y luminoso como aquella soñadora extensión de agua y cielo. Con el tiempo
desposaría a una de las muchachas que estaba probando en ese momento y
abandonaría para siempre la vida privada, pensó con nostalgia. No había ningún
motivo para apresurarse. En el caso de Meril Rohan... pero no. Sólo le ocupaba
los pensamientos debido a aquellos planes perversos y obstinados con Semm
Voiderveg, en los que no valía la pena perder el tiempo.
Sklar
Hast vació la copa de vino. Absurdo enojarse, absurdo preocuparse. La vida era
buena. En la laguna colgaban las pérgolas sobre las que crecían los suculentos
organismos esponjosos que arrancados, limpios y hervidos constituían el
principal alimento de los habitantes de los flotadores. La laguna estaba
abarrotada de peces comestibles, separados de los depredadores oceánicos por
una enorme red. Había muchos otros alimentos: esporas de la planta marina,
varios zarcillos y bulbos, además de la preciada carne del pez gris que los
estafadores sacaban del océano.
Sklar
Hast se sirvió una segunda copa de vino, se recostó en el banco y miró hacia
donde empezaban a resplandecer las constelaciones. En el cielo del sur había un
grupo de veinticinco estrellas brillantes de donde, según la tradición, habían
llegado sus antepasados huyendo de la persecución de tiranos megalómanos.
Doscientas personas, de diversas castas, habían logrado desembarcar antes de
que la Nave del Espacio se hundiera en el océano que se extendía ininterrumpido
alrededor del mundo. Ahora, doce generaciones más tarde, los doscientos eran
veinte mil, desperdigados a lo largo de cincuenta millas de flotantes plantas
marinas. Las castas, tan celosamente diferenciadas durante las primeras
generaciones, se habían ido adaptando unas a otras y ahora hasta se mezclaban.
Poco había que perturbara el apacible fluir de la vida, nada duro o
desagradable... excepto, quizá, el rey Kragen.
Sklar
Hast se levantó, caminó hasta el borde del flotador, donde hacía sólo dos días
el rey Kragen había limpiado dos de las pérgolas. El apetito del rey Kragen
crecía año tras año, lo mismo que su volumen, y Sklar Hast se preguntaba qué
tamaño tendría al final. ¿Habría algún límite? A lo largo de la vida de Sklar
Hast, el rey Kragen había crecido de manera perceptible y ahora tenía quizá
veinte metros de largo. Frunciendo el ceño, Sklar Hast miró hacia el lado oeste
del océano, por donde habitualmente aparecía el rey Kragen dando largos golpes
con las cuatro paletas propulsoras como brazas de un antropoide monstruosamente
feo. Ahí, por supuesto, terminaba todo parecido con un hombre. El cuerpo del
rey Kragen era un cartílago negro y duro, un largo cilindro montado sobre un
pesado rectángulo, desde cuyas esquinas se extendían las paletas. El cilindro
del que constaba la mayor parte del cuerpo del rey Kragen tenía por delante
unas fauces bordeadas por cuatro mandíbulas y ocho palpos, y por detrás un ano.
Encima de ese cilindro, más cerca del extremo delantero, se levantaba una
torrecilla con cuatro ojos saltones: dos mirando hacia adelante, dos hacia
atrás. El rey Kragen era una terrible fuerza destructiva, pero por suerte se lo
podía apaciguar. El rey Kragen disfrutaba de copiosas cantidades de esponjas, y
cuando le aplacaban el apetito no hería y no hacía daño a nadie; es más,
limpiaba la zona sacando a otros kragen que andaban merodeando y a los que
mataba o asustaba, alejándolos por el océano.
Sklar
Hast regresó al banco y se sentó, mirando de lado hacia los parpadeos de la
Torre Tranque. Zander Rohán estaba manejando las señales; Sklar Hast conocía
muy bien su toque. Tenía un cierto tono desenvuelto que poco a poco se iba
acartonando. Para un observador distraído, el estilo de Zander Rohan era hábil
y claro; su precisión y flexibilidad eran los de un Maestro Embaucador. Pero de
manera casi imperceptible iba perdiendo velocidad y sentido del tiempo; en
aquellos parpadeos había algo de fragilidad y no el ritmo ágil de un Embaucador
en la plenitud de sus facultades. Zander Rohan envejecía. Sklar Hast sabía que
podría superar a Zander Rohan en cualquier momento, si decidiera humillar al
viejo. Pero eso, a pesar de su franqueza y falta de tacto, sería lo último que
haría. Sin embargo, ¿cuánto tiempo más insistiría el viejo en cumplir con su
deber? Y ahora Zander Rohan, de manera poco razonable, había vuelto a postergar
su retiro; Sklar Hast suponía que por celos y rencor.
La
antipatía tenía su origen en todo un cúmulo de circunstancias: los modales
intransigentes, la capacidad profesional y la confianza en sí mismo de Sklar
Hast; y después estaba el tema de Meril, la hija de Zander Rohan. Cinco años
antes, cuando las relaciones entre los dos hombres eran más fáciles, Rohan
había hecho algunas insinuaciones no muy sutiles acerca de que Sklar Hast
podría plantearse la posibilidad de aceptar a Meril como esposa. Desde todo
punto de vista objetivo, esa posibilidad tendría que haber despertado el
entusiasmo de Sklar Hast. Meril era de su propia casta, hija de un maestro del
gremio; eso sólo podía favorecer la carrera de Sklar Hast. Los dos eran
Undécimos, y por lo tanto de la misma generación, detalle sin importancia
formal pero que popularmente se consideraba ventajoso y conveniente. Y
finalmente Meril no era nada fea, aunque tenía las piernas un poco largas y
cierta impetuosidad casi varonil.
Lo
que había hecho reflexionar a Sklar Hast era la conducta imprevisible y
perversa de Meril Rohan. Como la mayoría de los habitantes de los flotadores,
podía leer los parpadeos de las torres, pero también había aprendido la
escritura cursiva de los Primeros. A Sklar Hast, con ojos condicionados por la
precisión y la elegancia de las configuraciones de las señales, aquella
caligrafía le parecía retorcida, sinuosa y críptica; le molestaba la falta de
uniformidad, aunque reconocía el estilo único e individual que distinguía a
cada Maestro Embaucador. En una ocasión había preguntado a Meril Rohan qué
motivo la llevaba a aprender esa escritura.
―Porque
quiero leer las Memorias ―dijo ella―. Porque quiero ser una notaria.
Sklar
Hast no veía nada malo en esa ambición, y creía que cada cual tenía que hacer
realidad sus sueños, pero estaba desconcertado.
―¿Para
qué hacer semejante esfuerzo? Las torres transmiten las Analectas, que nos
enseñan lo esencial de las Memorias y eliminan todos los absurdos.
Meril
Rohan se rió de una manera que a Sklar Hast le pareció un poco extraña.
―¡Pero
es exactamente eso lo que me interesa! Los absurdos, las contradicciones, las
alusiones... ¡Quiero saber qué significan!
―Significan
que los Primeros eran un grupo de hombres y mujeres confundidos y desanimados.
―Lo
que quiero ―dijo Meril― es hacer un nuevo y cuidadoso estudio de las Memorias.
Quiero tomar nota de cada disparate y tratar de entenderlo, tratar de
relacionarlo con todos los demás absurdos... porque me cuesta entender que los
hombres que escribieron las Memorias consideraran absurdos esos pasajes.
Sklar
Hast se encogió de hombros con indiferencia.
―A
propósito, tu padre sugirió que podrías tener interés en que yo te hiciera una
prueba. Si quieres puedes venir a mi flotador a cualquier hora después de
mañana por la mañana, cuando se irá Coralie Vozelle.
Meril
Rohan apretó los labios con una mezcla de diversión e irritación.
―Mi
padre trata de casarme, pero por un largo tiempo todavía no voy a pensar en
esas cosas. Gracias, pero no me interesa la prueba. Por mí, puedes seguir
probando a Coralie otra semana. U otro mes. O un año.
―Como
quieras ―dijo Sklar Hast―. Lo más probable es que sea tiempo perdido, porque es
evidente que no tenemos buena comunicación espiritual.
Poco
después Meril Rohan se fue del Flotador Tranque para entrar en la Academia de
Notarios de Quatrefoil. Sklar Hast no sabía si Meril había mencionado ese
pedido a su padre, pero a partir de entonces la relación se congeló.
A su
debido tiempo, Meril Rohan regresó a Tranque con sus propias copias de las
Memorias. Los años en Quatrefoil la habían cambiado. Era menos descuidada,
menos extravagante, menos libre con sus opiniones, y casi se había vuelto
hermosa, aunque seguía mostrando cierta informalidad en el vestido y la
conducta. Sklar Hast se había ofrecido dos veces a probarla. La primera vez
ella le había contestado con una distraída negativa; la segunda ―sólo uno o dos
días antes― ella le había informado que Semm Voiderveg planeaba casarse con
ella sin el beneficio de la prueba.
A
Sklar Hast esa noticia le pareció increíble, inquietante, inaceptable. Semm
Voiderveg, de la casta de los Gamberros, era el Intercesor de Tranque, con un
prestigio sólo inferior al de Ixon Myrex, el Árbitro del Flotador. No obstante,
Sklar Hast encontraba una docena de razones por las que Meril Rohan no debía
casarse con Semm Voiderveg, y no se las guardó ni un momento.
―¡Es
un viejo! ¡Tú eres poco más que una niña! ¡Probablemente sea un Octavo! Quizá
un Noveno.
―No
es tan viejo. Supongo que unos diez años mayor que tú. En realidad es un
Décimo.
―¡Bueno,
tú eres Undécima y yo soy Undécimo!
Meril
Rohan lo miró ladeando la cabeza y de repente Sklar Hast tuvo conciencia de
detalles que nunca había notado la clara luminosidad de la piel de la muchacha,
la brillantez de aquellos rizos, y el carácter provocativo, que antes parecía
varonil ahora era... otra cosa.
―¡Bah!
―masculló Sklar Hast―. Estáis locos, los dos. Él por desposarte sin prueba, tú
por meterte en la casa de un alimentador de kragen. ¿Conoces su casta? No es
más que un Gamberro.
―¡Qué
actitud irrespetuosa! ―exclamó Meril Rohan―. ¡Semm Voiderveg es Intercesor!
Sklar
Hast la miró frunciendo el ceño, tratando de saber si ella hablaba en serio.
Parecía que había una ligereza en su voz, una levedad que él no conseguía
interpretar.
―¿Y
qué? ―preguntó―. Después de todo, el kragen no es más que un pez. Un pez
grande, sí. Pero me parece una tontería hacer tanta ceremonia por un pez.
―Si
el kragen fuera un pez normal y corriente, tus palabras tendrían sentido ―dijo
Meril Rohan―. El rey Kragen no es un pez, y es... extraordinario. Sklar Hast
soltó un gruñido.
―¡Y
tú eres la que fue a Quatrefoil para ser notaria! ¿Cómo crees que tomará
Voiderveg tus ideas poco ortodoxas?
―No
lo sé. ―Meril Rohan hizo un frívolo movimiento de cabeza―. Mi padre quiere
verme casada. Como esposa del Intercesor, tendré tiempo para trabajar en mi
análisis.
―Repugnante
―dijo Sklar Hast, y dio media vuelta.
Meril
Rohan se encogió de hombros y siguió su camino.
Sklar
Hast pensó en el asunto durante la mañana, y más tarde se acercó a Zander
Rohan: un hombre tan alto como él mismo, con una gran mata de pelo blanco, una
cuidada barba blanca, un par de penetrantes ojos grises, cutis rosado y modales
de constante e irascible mal humor. Meril Rohan en nada se parecía al padre,
salvo en el color de los ojos.
―He
estado hablando con Meril ―dijo Sklar Hast, que desconocía el tacto y la
sutileza―. Me dijo que quieres que se case con Voiderveg.
―Sí
―dijo Zander Rohan―. ¿Y qué?
―No
hacen buena pareja. Tú conoces a Voiderveg: es corpulento, pomposo,
complaciente, obstinado, estúpido...
―¡Un
momento, un momento! ―exclamó Rohan―. ¡Es el Intercesor del Flotador Tranque!
¡Hace un gran honor a mi hija aceptando probarla!
―Humm...
―Sklar Hast enarcó las cejas―. Me dijo que él había renunciado a probarla.
―Eso
no puedo asegurarlo. Si así fuera, el honor sería aún mayor.
Sklar
Hast aspiró hondo y tomó una dura decisión.
―Yo
me casaré con ella ―gruñó―. Renunciaré a la prueba. Haría mucho mejor pareja
con ella. Rohan dio un paso atrás mientras una antipática sonrisa le separaba
los labios.
―¿Por
qué habría de entregarla a un Embaucador ayudante si puede tener al Intercesor?
¡Sobre todo un hombre que se cree demasiado bueno para ella!
Sklar
Hast se tragó la rabia.
―Soy
Embaucador, como ella. ¿Quieres verla unida a un Gamberro?
―¿Qué
diferencia hay? ¡Es el Intercesor!
―Te
diré en qué consiste la diferencia ―dijo Sklar Hast―. Él no puede hacer otra
cosa que dar cabriolas para provecho del pez. Yo soy Maestro Embaucador
Ayudante, no un simple Embaucador Ayudante. Conoces mi calidad.
Zander
Kohan apretó los labios e hizo unos breves y enérgicos movimientos de cabeza.
―Conozco tu calidad... y no es lo que tendría que ser. Si esperas dominar tu
oficio, más vale que manejes los interruptores con mayor precisión y que uses
menos paráfrasis. Cuando llegues a una palabra que no sepas transmitir,
comunícamelo y te la enseñaré. Sklar Hast contuvo en la garganta las palabras
que luchaban por salir. A pesar de su franqueza, no le faltaba control cuando
las circunstancias lo exigían, como en ese momento. Cara a cara con Zander
Rohan, sopesó la situación. Si quisiera, podría exigir que Zander Rohan
defendiera su rango, y casi parecía que Rohan lo estaba desafiando, no lograba
entender por qué, a menos que fuera cuestión de pura antipatía personal. Esas
contiendas, otrora numerosas, eran ahora poco comunes, dado que, por dignidad,
el perdedor tenía que renunciar a su estatus. Sklar Hast no tenía ningún
interés en sacar de su posición a Zander Rohan, y no le importaba que lo
sacaran a él de la suya... Dio media vuelta y se alejó del Maestro Embaucador,
pasando por alto el desdeñoso resoplido que acababan de dirigirle. Al pie de la
torre se quedó mirando a través del follaje, sombríamente, sin ver. A pocos
metros de distancia estaba la amplia casa de Zander Rohan, con sus tres
cúpulas, y allí, debajo de una pérgola cubierta de borlas, estaba sentada Meril
Rohan, tejiendo una tela blanca en el telar: la ocupación recreativa de toda
mujer, de la infancia a la vejez. Sklar Hast fue hasta la valla de mimbre tejido
que separaba el solar de Rohan del camino público. Meril saludó su presencia
con una débil sonrisa y siguió tejiendo.
Sklar
Hast habló con mesurada dignidad. ―He estado hablando con tu padre. Me opuse a
la idea de tu matrimonio con Voiderveg. Le dije que yo mismo me casaría
contigo. ―Y se volvió para mirar por encima de la laguna―. Sin prueba.
―Vaya.
¿Y qué dijo mi padre?
―Dijo
que no.
Meril
no hizo ningún comentario y siguió tejiendo.
―La
situación, tal como está, es ridícula ―dijo Sklar Hast―. Típica de este
flotador distante y atrasado. En Apprise e incluso en Sumber se te reirían en
la cara.
―Si
no te sientes bien aquí ¿por qué no te vas a otro lado? ―preguntó Meril con una
leve malicia en la voz.
―Lo
haría si pudiera... ¡Dejaría todos estos insípidos flotadores! ¡Volaría a
mundos lejanos! Si pensara que no son todos manicomios.
―Lee
las Memorias y averígualo.
―Humm...
Después de doce generaciones todo puede haber cambiado. Las Memorias son cosa
de pedantes. ¿Para qué andar revolviendo las cenizas del pasado? Los Notarios
no son más útiles que los Intercesores. Pensándolo bien, tú y Semm Voiderveg
haréis una buena pareja. Mientras él pide bendiciones para el rey Kragen, tú
puedes compilar una nueva y sorprendente serie de Analectas.
Meril
dejó de tejer y se miró las manos frunciendo el ceño.
―¿Sabes
una cosa? Creo que voy a hacer exactamente eso. ―Se levantó y se acercó a la
valla―. ¡Gracias, Sklar Hast!
Sklar
Hast la miró con desconfianza.
―¿Hablas
en serio?
―Por
supuesto. ¿Crees que soy capaz de no hacerlo?
―Nunca
estoy seguro... ¿Para qué servirá una nueva serie de Analectas? ¿Qué problema
hay con las viejas?
―Cuando
se condensan sesenta y un libros en tres queda fuera mucha información.
―Vaguedad,
ambigüedad, introspección: ¿tiene todo eso alguna utilidad?
Meril
Rohan frunció los labios.
―Las
contradicciones son interesantes. A pesar de las persecuciones que sufrieron,
los Primeros expresan pesar por tener que abandonar el propio mundo.
―Tiene
que haber habido alguna gente cuerda entre los locos ―dijo Sklar Hast,
pensativo―. Pero ¿qué importancia tiene? Han pasado doce generaciones; todo
puede haber cambiado. Nosotros mismos hemos cambiado, y no para bien. Lo único
que nos importa es la facilidad y la comodidad. Saciar nuestras necesidades.
¿Crees que los Primeros habrían danzado y dado brincos ante una bestia oceánica
como es costumbre de tu futuro esposo?
Meril
miró por encima del hombro de Sklar Hast; Sklar Hast se volvió y vio a Semm
Voiderveg, el Intercesor, con las manos unidas en la espalda, la cabeza echada
hacia adelante: un hombre maduro, corpulento, pero nada mal parecido, con
rasgos regulares en un rostro un tanto redondo. Tenía piel clara y fresca, y
ojos de un magnético marrón oscuro.
―¡Es
impertinente hacer esos comentarios sobre el Intercesor! ―dijo Semm Voiderveg
en tono de reproche―. ¡Pienses lo que pienses de él como individuo, su cargo
merece respeto!
―¿Qué
cargo? ¿Qué haces?
―Intercedo
en nombre de los habitantes del Flotador Tranque; obtengo para todos nosotros
la benevolencia del rey Kragen.
Sklar
Hast soltó una ofensiva carcajada.
―Me
gustaría saber si crees en tus propias teorías.
―«Teoría»
es una palabra incorrecta ―dijo Semm Voiderveg―. Son preferibles «ciencia» o
«doxología» ―prosiguió con voz fría―. Los hechos son indiscutibles. El rey
Kragen gobierna el océano y nos da protección; a cambio, con mucho gusto le
ofrecemos una recompensa. Ésas son las condiciones de la Alianza.
La
discusión estaba atrayendo la atención de otras personas del flotador; ya una
docena de vecinos se había detenido a escuchar.
―Con
toda seguridad nos hemos vuelto blandos y temerosos ―dijo Sklar Hast―. Los
Primeros apartarían la cara asqueados. En vez de protegernos, sobornamos a una
bestia para que se ocupe de la tarea.
―¡Basta!
―ladró Semm Voiderveg con repentina furia. Se volvió hacia Meril y señaló hacia
la casa―. Entra... ¡No necesitas oír los disparates de este hombre! ¡Maestro
Embaucador Ayudante! ¡Asombroso que haya ascendido tanto en el gremio!
Con
una sonrisa un tanto vaga, Meril se volvió y entró en la casa. Su sumisión no
sólo irritó a Sklar Hast, sino que lo asombró.
Con
una última mirada de indignada reprobación, Semm Voiderveg entró tras ella.
Sklar
Hast se volvió hacia la laguna y hacia su propia hoja. Uno de los hombres que
se había detenido gritó.
―¡Un
momento, Sklar Hast! ¿De veras crees que podríamos protegernos si el rey Kragen
decidiera irse?
―Por
supuesto ―contestó Sklar Hast―. ¡Podríamos, al menos, hacer el esfuerzo! Los
intercesores no quieren cambios... ¿Por qué habrían de quererlos?
―¡Eres
un alborotador, Sklar Hast! ―dijo una estridente voz femenina desde la parte
posterior del grupo―. ¡Te conozco desde que eras un niño, y siempre fuiste un
perverso!
Sklar
Hast atravesó el grupo, caminó en la penumbra hasta la laguna, subió a una
barca y fue hasta su hoja.
Entró
en la cabaña, se sirvió una copa de vino y salió con ella a sentarse en el
banco. El cielo paradisíaco y las aguas tranquilas le calmaron los ánimos y,
recordando su vehemente intervención, logró esbozar una sonrisa... hasta que
fue a mirar las pérgolas desplumadas por el rey Kragen, con lo cual recuperó el
malhumor.
Durante
un rato miró los parpadeos, más consciente que nunca del precario estilo de
Zander Rohan. Mientras se alejaba, notó un oscuro remolino en el agua al borde
de la red: una mole negra rodeada por brillantes festones de agua iluminada por
las estrellas. Se acercó al borde del flotador y miró con atención hacia la
oscuridad. No había ninguna duda: ¡un kragen menor tanteaba la red que cercaba
la Laguna Tranque!
2
Sklar
Hast corrió atravesando la hoja, saltó a su barca y remó hasta el flotador
central. Dedicó sólo el tiempo necesario a atar la barca a una estaca formada
por un fémur humano, y después corrió a toda velocidad hasta la torre de
señales. Una milla al oeste titilaban las lámparas de Thrasneck, de las que
salían configuraciones con el inconfundible estilo de Durdan Farr, el Maestro
Embaucador de Thrasneck: «... Trece... fanegas... de... sal... perdidas...
cuando... una... barca... hizo... agua... entre... Sumber.. y... Adelvine...»
Sklar
Hast subió por la escalera e irrumpió en la cúpula. Zander Rohan volvió la
cabeza y su sorpresa se transformó en hostilidad al ver a Sklar Hast. El rosado
pálido de su cara se oscureció; los labios se entreabrieron; el pelo blanco se
erizó y refulgió como si también se hubiera enfadado. Sklar Hast tuvo una fugaz
sensación de que Zander Rohan había estado en comunicación con Semm Voiderveg y
que el indudable tema de la conversación había sido él mismo. Pero lo único que
hizo fue señalar hacia la laguna.
―Hay
un bribón rompiendo las redes. Acabo de verlo. ¡Llama al rey Kragen!
Zander
Rohan olvidó instantáneamente el rencor y transmitió la señal. Pasó los dedos
por las varillas y soltó los disparadores: «¡Llamad... al... rey... Kragen!»,
transmitió. «¡Bribón... en ... Laguna... Tranque!»
En
el Flotador Thrasneck Durdan Farr transmitió el mensaje a la torre del Flotador
Bickle; desde allí siguió circulando por la hilera de flotadores hasta Sciona,
en el extremo occidental, que enseguida devolvió la señal: «El... rey....
Kragen... no... aparece... por... ninguna... parte...» El mensaje regresó
saltando de torre en torre hasta el Flotador Tranque en menos de doce minutos.
Sklar
Hast no se había quedado a esperar el mensaje de respuesta. Bajó por la
escalera y corrió regresando a la laguna. El kragen había roto parte de la red
y ahora estaba metido en la abertura, arrancando esponjas de una pérgola
cercana. Sklar Hast se abrió paso entre la gente que observaba con temor.
―¡Basta!
¡Basta! ―gritó Sklar Hast, agitando los brazos―. ¡Fuera de ahí, sombría bestia
negra!
El
kragen no le hizo ningún caso y con insultante seguridad siguió arrancando
esponjas y llevándoselas a las fauces. Sklar Hast sacó un pesado nudo de un
tallo de la planta marina y lo arrojó a la torrecilla, golpeando el tubo ocular
delantero. El kragen retrocedió, moviendo con furia las paletas. La gente del
flotador, inquieta, se puso a murmurar, aunque algunos se reían con gran
satisfacción.
―¡Así
hay que tratar al kragen! ―dijo exultante Irvin Belrod, un viejo y arrugado
Publicista―. ¡Dale otro golpe!
Sklar
Hast recogió un segundo nudo pero alguien le agarró el brazo: Semm Voiderveg,
que habló con voz aguda:
―¿Qué
actos desaprensivos estás cometiendo? Sklar Hast se soltó el brazo.
―Mira
y verás.
Se
volvió hacia el kragen, pero Voiderveg se le interpuso en el camino.
―¡Eso
es arrogancia! ¿Has olvidado la Alianza? El rey Kragen ha sido notificado; que
él se ocupe de esa molestia. ¡Es prerrogativa suya!
―¿Mientras
la bestia destruye nuestra red? ¡Mira! Sklar Hast señaló por encima del agua
hacia la Torre de Thrasneck, que en ese momento estaba transmitiendo el
mensaje: «El... rey... Kragen... no... aparece... por... ninguna... parte...»
Semm
Voiderveg asintió con un rígido movimiento de cabeza.
―Enviaré
un aviso a todos los Intercesores y el rey Kragen será convocado.
―Convocado
¿cómo? ¿Llamando por la noche con lámparas sostenidas en lo alto?
―Ocúpate
de tus trampas ―dijo Semm Voiderveg en el tono más gélido―. Los Intercesores se
ocuparán del rey Kragen.
Sklar
Hast se volvió y arrojó el segundo nudo, que golpeó a la bestia en las fauces.
La bestia, irritada, soltó un silbido, golpeó el agua con las paletas, terminó
de romper la red y entró en la laguna. Allí, con sus cinco metros de largo,
flotó de un lado a otro, retumbando y silbando.
―¡Mira
lo que has logrado! ―gritó Semm Voiderveg con voz estridente―. ¿Estás
satisfecho? Ahora la red está rota sin remedio.
Todos
se volvieron para mirar al kragen, que agitaba las paletas y surcaba el agua,
caricatura de un hombre dando brazadas. La luz de las estrellas bailaba y
saltaba por el agua agitada, recortando la escurridiza masa negra. Sklar Hast
gritó con furia: la bestia había ido directamente a sus pérgolas, que poco
tiempo antes habían sido devastadas por el apetito del rey Kragen. Corrió a la
barca y se impulsó hasta su hoja. El kragen ya había extendido los palpos y
tanteaba buscando esponjas. Sklar Hast buscó un implemento que pudiera servir
de arma; no había nada a su alcance: algunos objetos modelados a partir de
huesos humanos y cartílagos de pez, un balde de madera, una estera de fibra
tejida.
Apoyado
contra la cabaña había un bichero, un tallo de algo más de tres metros de
largo, cuidadosamente enderezado, raspado y estacionado, al que habían atado
una costilla humana con forma de gancho. Lo agarró, y de la hoja central llegó
el grito de protesta de Semm Voiderveg.
―¡Sklar
Hast! ¿Qué haces?
Sklar
Hast no le prestó atención. Corrió hasta el borde de la hoja y pinchó con el
bichero la torrecilla del kragen, raspando inútilmente el elástico cartílago.
El kragen levantó un palpo y apartó la pértiga. Sklar Hast empujó con toda su
fuerza contra lo que consideraba el punto más vulnerable del kragen: una suave
zona de terminaciones receptoras encima de las fauces. Detrás, oyó la indignada
protesta de Semm Voiderveg:
―¡Eso
no se debe hacer! ¡Basta! ¡Basta!
El
kragen se estremeció al sentir el golpe y torció la maciza torrecilla para
mirar a Sklar Hast. Levantó la paleta delantera, lanzándola hacia Sklar Hast,
que saltó hacia atrás esquivando el golpe por centímetros. Desde la hoja
central, Semm Voiderveg vociferó:
―No
molestes al kragen. ¡De eso tiene que encargarse el rey! ¡Debemos respetar la
autoridad del rey!
Furioso,
Sklar Hast dio un paso atrás mientras el kragen volvía a comer. Como para
castigar a Sklar Hast por su agresión, pasó junto a las pérgolas, movió las
paletas y las pérgolas ―tallos de planta marina atados con fibra― se
derrumbaron. Sklar Hast soltó un gruñido.
―Es
lo que te mereces ―gritó Semm Voiderveg con odiosa complacencia―. Interferiste
en los derechos del rey Kragen... y ahora tienes las pérgolas destruidas. Eso
es justicia.
―¿Justicia?
¡Bah! ―rugió Sklar Hast―. ¿Dónde está el rey Kragen? Alimentamos a esa bestia
glotona. ¿Por qué no está a mano cuando lo necesitamos?
―Vamos
―lo reprendió Semm Voiderveg―. ¡Ése no es el tono para hablar del rey Kragen!
Sklar
Hast palpó entre las sombras, recuperó el bichero y descubrió que el hueso
estaba roto, y que había quedado una punta afilada. Con todas sus fuerzas,
Sklar Hast empujó contra el ojo del kragen. La punta resbaló por la lente
hemisférica y se clavó en el tejido circundante. El kragen se encorvó, saltó
fuera del agua, cayó ruidosamente y se hundió perdiéndose de vista. Unas olas
atravesaron la laguna, reflejándose en los flotadores circundantes, y
finalmente las aguas se aquietaron. La laguna recuperó la calma. Sklar Hast se
unió al grupo que miraba el agua.
―¿Está
muerto? ―preguntó un tal Morgan Resly, un Estafador de buena reputación.
―No
tenemos esa suerte ―gruñó Sklar Hast―. Quizá la próxima vez...
―La
próxima vez... ¿qué? ―preguntó Semm Voiderveg.
―La
próxima vez lo mataré.
―¿Y
qué pasará con el rey Kragen, que se reserva estas acciones?
―Todo
eso al rey Kragen le importa un bledo ―dijo Sklar Hast―. Salvo que si nos
acostumbráramos a matar kragen, podrían empezar a ocurrírsenos cosas similares
para hacer con él.
Semm
Voiderveg emitió un sonido gutural, levantó las manos, dio media vuelta y se
marchó rápidamente.
Poe
Belrod, Anciano nominal del clan Belrod, aunque Irvin lo superaba en edad,
preguntó a Sklar Hast: ―¿De veras puedes matar un kragen?
―No
lo sé ―dijo Sklar Hast―. No lo había pensado... hasta ahora.
―Son
bestias duras. ―Poe Belrod movió la voluminosa cabeza en señal de duda―. Y
después tendríamos que cuidarnos de la furia del rey Kragen.
―Es
algo que hay que pensar ―dijo Sklar Hast.
Entonces
habló Timmons Valby, un Chantajista:
―¿Por
qué tiene que enterarse el rey Kragen? No puede estar simultáneamente en todas
partes.
―¡Él
sabe, él sabe todo! ―declaró un viejo y nervioso Pirómano―. Todo anda bien en
los flotadores, y no debemos causar pena y aflicción por orgullo; recuerda la
Máxima de Kilborn en las Analectas: «¡El orgullo precede a una caída!
―Sí,
tienes razón, pero recuerda la Máxima de Baxter: «¡Los justos no conocerán el
mal, pero los malvados sufrirán daño!»
El
grupo se quedó en silencio un momento, mirando por encima de la laguna, pero el
kragen no reapareció.
―Se
ha abierto paso por el fondo y se ha ido ―dijo Morgan Resly, el Estafador.
El
grupo poco a poco se dispersó. Unos se fueron a sus cabañas, otros a la Taberna
Tranque, una estructura larga provista de mesas, bancos y un mostrador donde se
podía tomar vino y almíbar y comer pastel picante y pez pimienta. Sklar Hast se
unió a este último grupo, pero se sentó a un lado con aire taciturno mientras
se discutían los aspectos de los sucesos del atardecer. Todo el mundo aborrecía
con vehemencia al kragen bribón, pero algunos cuestionaban el método usado por
Sklar Hast. Jonas Serbano, un Desfalcador, consideraba que Sklar Hast había
actuado de manera algo precipitada.
―En
este tipo de asuntos, donde está implicado el rey Kragen, todos debemos
consultar. Es preferible la sabiduría de muchos a la precipitada irreflexión de
uno, por grande que sea la provocación.
Las
miradas se centraron en Sklar Hast, pero él no respondió, y le tocó a uno de
los Belrod más jóvenes señalar:
―Eso
está muy bien, pero cuando todo el mundo termina de discutir y debatir, las
esponjas han sido comidas y no están.
―¡Vale
más perder una pérgola de esponjas que incurrir en el desagrado del rey Kragen
―contestó Jonas Serbano en tono cortante―. El mar y todo lo que allí dentro
sucede le pertenece; si invadimos su reino, lo hacemos por nuestra cuenta y
riesgo.
El
joven Garth Gasselton, de la casta de los Chantajistas pero de profesión
limpiador de hojas, habló con el fervor idealista de la juventud.
―¡En
condiciones ideales, seríamos los amos de todo: los flotadores, la laguna y el
mar entero! Entonces las esponjas serían nuestras ¡No tendríamos que
doblegarnos ante nada!
En
una mesa, del otro lado de la sala, estaba sentado Ixon Myrex, el Árbitro de
Tranque, un Desfalcador de gran presencia física y convicción moral. Hasta este
momento no había participado en la conversación, apartando la abultada cabeza
para dar a entender su deseo de intimidad. Entonces se volvió despacio y clavó
una mirada un poco torva en el joven Garth Gasselton.
―Hablas
sin pensar. ¿Acaso somos tan omnipotentes que podemos mirar hacia el mar, hacer
una seña con la mano y ver cumplidas todas nuestras órdenes? Debes reconocer
que la comodidad y la abundancia no son atributos naturales ni algo que nos
pertenezca legítimamente, sino ventajas de la naturaleza más provisoria
imaginable. En resumen, existimos gracias a la indulgencia del rey Kragen, y
nunca debemos perder de vista ese hecho.
El
joven Gasselton se quedó mirando la copa de almíbar, pero el viejo Irvin Belrod
no se turbaba con tanta facilidad.
―Te
diré una cosa que olvidas, Árbitro Myrex. El rey Kragen es lo que es porque
nosotros lo hicimos así. Al comienzo era un kragen normal, quizá un poco mayor
y más listo que los demás. Es lo que es hoy porque alguien cometió el error de
someterse a él. Ahora el error está hecho, y no te discuto que el rey Kragen es
sabio y listo y a veces nos sirve ahuyentando a los bribones... pero ¿adónde
nos conducirá todo eso?
Wall
Bunce, un viejo Ratero lisiado a causa de una caída de las vergas de la torre
Tranque, levantó un dedo enérgico.
―No
olvidéis nunca la Máxima de Cardinal en las Analectas: «A quien esté dispuesto
a dar, jamás le faltará alguien dispuesto a recibir.»
Entraron
en la taberna Semm Voiderveg y Zander Roban. Se sentaron al lado de Ixon Myrex:
los tres hombres más influyentes del flotador. Después de saludar a Voiderveg y
a Rohan, Ixon Myrex regresó junto a Wall Bunce.
―No
me cites las Analectas porque puedo contestarte con otra cita: «¡El tonto más
flagrante es el hombre que no sabe cuándo está bien económicamente!»
―Te
doy ésta: «Si empiezas una pelea con las manos en los bolsillos, tendrás manos
calientes pero nariz ensangrentada!» ―dijo Wall Bunce.
Ixon
Myrex echó hacia adelante la barbilla. ―No tengo intención de citar Máximas
toda la tarde, Wall Bunce.
―No
es una manera muy elegante de ganar una discusión ―comentó Irvin Belrod.
―Yo
no estoy discutiendo nada ―declaró Ixon Myrex―. Es un tema demasiado básico;
afecta el bienestar de Tranque y de todos los flotadores. ¡No puede haber dos
posturas ante un tema tan fundamental como éste!
―Mira
―protestó un joven Notario―. ¡Eludes la cuestión! Todos estamos a favor de la
prosperidad y el bienestar. Estamos enfrentados porque definimos «bienestar» de
manera diferente.
Ixon
Myrex se miró el caballete de la nariz. ―El bienestar del Flotador Tranque no
es un tema tan abstracto ―dijo―. Lo único que necesitamos es abundancia de
comida y respeto a las instituciones establecidas por hombres sabios del
pasado.
Semm
Voiderveg, mirando el vacío, habló en tono amenazador.
―Esta
noche cometió un acto sumamente precipitado un hombre que debería tener mejor
criterio. No entiendo la mentalidad de alguien que con tanta arrogancia toma
por sí mismo una decisión que concierne al bienestar de todo el flotador.
Finalmente,
Sklar Hast se dio por aludido. Ahogó una risita sarcástica.
―Yo
entiendo muy bien tu mentalidad. Si no fuera por el rey Kragen, tú tendrías que
trabajar como los demás. Has conseguido una sinecura y no quieres cambiar ni un
detalle, aunque eso implique degradación y privaciones.
―¿Privaciones?
¡Hay abundancia de todo! ¿Y degradación? ¿Te atreves a usar la palabra para
referirte a mí o al Árbitro Myrex o al Maestro Embaucador Rohan? ¡Te aseguro
que nada hay más ajeno a esos hombres que la degradación, y pienso que la
imputación les molesta tanto como a mí!
Sklar
Hast sonrió.
―Hay
una máxima para eso: «Si el zapato te queda cómodo, úsalo.»
Zander
Rohan estalló.
―¡Esto
es excesivo! ¡Sklar Hast, deshonras a tu casta y tu profesión! No puedo alterar
las condiciones de tu nacimiento, pero por suerte soy maestro de mi oficio. ¡Te
aseguro que tu carrera de Embaucador ha terminado!
―Bah
―dijo Sklar Hast con desprecio―. ¿Por qué motivo?
―¡Vileza
de carácter! ―rugió Zander Rohan―. ¡Sabes que esa figura está en las normas!
Como
antes, Sklar Hast se quedó un largo rato estudiando a Zander Rohan. Lanzó un
suspiro y tomó la decisión.
―También
hay un pasaje según el cual un hombre será maestro de un oficio sólo mientras
demuestre una competencia suprema. Desafío no sólo tu derecho a juzgar a
alguien sino tu rango de maestro de oficio.
El
silencio se apoderó de la taberna. Zander Rohan habló con voz entrecortada.
―¿Crees
que puedes superarme manejando las señales?
―A
cualquier hora del día o de la noche.
―¿Por
qué no pusiste antes de manifiesto esa tan cacareada habilidad?
―Si
quieres que te diga la verdad, porque no deseaba humillarte.
Zander
Rohan descargó un puñetazo en la mesa. ―Muy bien. Veremos quién será el
humillado. ¡Acompáñame a la torre!
Sklar
Hast, sorprendido, enarcó las cejas. ―¿Tienes mucha prisa?
―Tú
dijiste: «A cualquier hora del día o de la noche.»
―Como
quieras. ¿Quién será el juez?
―El
Árbitro Myrex, por supuesto. ¿Quién, si no?
―El
Árbitro Myrex estará bien, siempre y cuando tengamos a otros para llevar la
cuenta del tiempo y anotar los errores.
―Nombro
a Semm Voiderveg, que lee con gran facilidad.
Sklar
Hast señaló a otras personas que había en la habitación, personas que sabía,
tenían buena vista y eran hábiles para leer guiños.
―Rubal
Gallager... Freeheart Noe... Herlinger Showalter. Los nombro para leer los
guiños y anotar los errores.
Zander
Rohan no puso ninguna objeción; toda la gente que estaba en la taberna se
levantó y cruzó hasta la torre. El espacio debajo de la torre estaba cercado
por una pared de mimbre y piel de hoja barnizada. En el primer nivel había un
cobertizo dedicado a practicar con mecanismos; en el segundo había un depósito:
tapas de repuesto, aceite para las lámparas, cuerdas de conexión y registros;
en el tercer nivel y en el cuarto se alojaban Aprendices, Embaucadores
ayudantes en servicio y los Rateros de mantenimiento.
Zander
Rohan y Sklar Hast entraron en tropel en el primer nivel, seguidos por aquellos
a quienes habían nombrado jueces, y diez o doce más: hasta que se llenó el
cobertizo. Se levantaron las lámparas, se apartaron los bancos, se abrieron los
postigos de las ventanas para la ventilación.
Zander
Rohan fue a la más nueva de las dos máquinas de práctica, pasó los dedos por
las llaves, soltó el disparador. Arrugó el ceño, echó hacia adelante el mentón
y fue a la máquina más vieja, que estaba más desajustada y era más fácil pero
tenía mucho más juego. La máquina más ajustada exigía más esfuerzo pero
permitía mayor velocidad. A los aprendices que miraban desde el segundo nivel
les indicó:
―Tenéis
que aceitar, lubricar las conexiones. ¿Es así cómo mantenéis el equipo?
Los
aprendices se apresuraron a obedecer. Sklar Hast pasó los dedos por las llaves
de ambas máquinas y decidió usar la más nueva, si podía elegir. Zander Rohan
fue hasta el otro extremo de la habitación, donde consultó algo en voz baja con
Ixon Myrex y Semm Voiderveg. Los tres se volvieron y miraron a Sklar Hast, que
estaba esperando sin inmutarse. El antagonismo flotaba en el ambiente.
Ixon
Myrex y Semm Voiderveg se acercaron a Sklar Hast.
―¿Tienes
alguna condición o excepción que hacer?
―Quiero
oír vuestra propuesta ―dijo Sklar Hast―. Después diré cuáles son mis
condiciones o mis excepciones.
―No
proponemos nada fuera de lo común... en realidad, una prueba similar a las del
Torneo de Aumerge durante el Año de la Campaña de Waldemar.
Sklar
Hast hizo una seca reverencia. ―¿Cuatro selecciones de las Analectas?
―Exacto.
―¿Qué
selecciones?
―Quizá
lo más conveniente sea algunos ejercicios de aprendices, y no creo que el
Maestro Rohan se oponga.
―Yo
tampoco. Los ejercicios de aprendices bastarán.
―Propongo
que usemos el sistema de puntuación de los torneos: el mejor resultado se
multiplica por cincuenta, el siguiente por treinta, el siguiente por veinte, el
peor por diez. Eso asegura que el mejor esfuerzo recibirá la máxima puntuación.
Sklar
Hast se quedó pensando. Ese sistema tendía a favorecer los esfuerzos del
operador nervioso o irregular, mientras que perjudicaba al operador más seguro
y constante. Pero dadas las circunstancias, no había mucha diferencia: ni él ni
Zander Rohan destacaban por violentos estallidos de velocidad.
―Estoy
de acuerdo. ¿Qué pasará con los errores de transmisión?
―Cada
error sumará tres segundos a la puntuación.
Sklar
Hast accedió. Hubo más intercambio de ideas de naturaleza técnica, para definir
qué se entendía por error, cómo se debían anotar y calcular los errores según
el funcionamiento del reloj.
Finalmente
terminaron de abordar todas las contingencias posibles. Eligieron los textos:
los ejercicios 61, 62, 63, 64, todos extractos de las Analectas, que a su vez
provenían de los sesenta y un volúmenes de las Memorias.
Antes
de aprobar los ejercicios, Zander Rohan se puso las gafas que había empezado a
usar últimamente dos lentes de resina clara, derretida, vaciada en un molde y
puesta en marcos y leyó con atención los ejercicios. Sklar Hast hizo lo mismo,
pero por su trabajo con los aprendices estaba muy familiarizado con ellos. Los
concursantes podían usar cualquiera de las máquinas, y ambos eligieron la
nueva. Los dos hombres se turnarían después de transmitir un ejercicio, y
Zander Rohan dio a entender que deseaba que fuera Sklar Hast el primero en
enviar las señales.
Sklar
Hast fue a la máquina, colocó delante el ejercicio 61, estiró los dedos
morenos, probó el funcionamiento de las llaves y las varillas. Del otro lado de
la habitación estaban sentados los jueces, mientras el Árbitro Myrex controlaba
el reloj. En ese momento se abrió la puerta y Meril Rohan entró en el
cobertizo.
Zander
Rohan hizo un movimiento perentorio al que ella no prestó atención. El
Intercesor Voiderveg frunció el ceño y levantó un dedo admonitorio, al que ella
hizo todavía menos caso. Sklar Hast miró en aquella dirección y se encontró con
la mirada brillante de Meril Rohan, y no supo qué emoción había allí:
¿Desprecio? ¿Aversión? ¿Diversión? Casi daba lo mismo.
―¡Listo!
―gritó Ixon Myrex. Sklar Hast se inclinó hacia adelante, con las manos fuertes
y los dedos tensos y preparados―. ¡Empieza!
Las
manos de Sklar Hast golpearon las llaves; el pie soltó el disparador. La
primera configuración, la segunda, la tercera. Sklar Hast transmitía con
parsimonia, aflojándose poco a poco, dejando que su natural ritmo muscular
aumentara la velocidad.
...aunque
pudiéramos comunicarnos con los Mundos de Origen, no sé si ahora lo haríamos. Haciendo
caso omiso del inevitable proceso que vendría a continuación (debido a nuestro
singular origen) y, como digo, sin siquiera tener eso en cuenta, hemos ganado
aquí algo que ninguno de nosotros había conocido: una sensación de logro en un
nivel diferente de lo que llamaría «manipulación social». En términos generales
somos felices en los flotadores. Hay, naturalmente, mucha añoranza, nostalgia,
lamentos vanos: ¿cómo se podría haber evitado esto? ¿Habría sido menos doloroso
en Nuevo Ossining? Ésa es una cuestión que todos hemos discutido sin llegar a
ninguna conclusión. El hecho es que todos parecemos enfrentar la realidad de
nuestra nueva vida con una fortaleza de ánimo y una ecuanimidad de la cual
quizá no nos creíamos capaces.
―¡Fin!
―dijo Sklar Hast. Ixon Myrex consultó el reloj.
―Ciento
cuarenta y seis segundos.
Sklar
Hast se apartó de la máquina. Un buen tiempo, aunque no deslumbrante, y lejos
de lo que podía hacer.
―¿Errores?
―preguntó.
―Ningún
error ―declaró Rubal Gallager.
El
tiempo establecido para ese fragmento era de ciento cincuenta y dos segundos,
lo que le daba una puntuación de 6/162, o menos 3,95 por ciento. Zander Rohan
se colocó delante de la máquina y al recibir la señal se puso a transmitir con
su frágil estilo habitual. Sklar Hast prestó mucha atención, y tuvo la
sensación de que el Maestro Embaucador hacía parpadear la máquina de manera más
pausada que de costumbre.
El
tiempo de Zander Rohan fue de ciento cuarenta y cinco segundos; no cometió
errores, y su puntuación fue de menos 4,21. Se apartó con el esbozo de una
sonrisa. Sklar Hast miró de reojo a Meril Rohan, sólo por curiosidad, o al
menos eso es lo que se dijo. La cara de la muchacha no revelaba nada.
Colocó
delante el ejercicio 62. Ixon Myrex dio la señal; las manos de Sklar Hast se
pusieron en movimiento. Ahora estaba cómodo y flojo, y sus dedos funcionaban
como pistones.
El
ejercicio 62, lo mismo que el 61, era un extracto del Memorium de Leonor Morse:
Cien
veces hemos analizado el que a mi parecer es quizá el aspecto más asombroso de
nuestra nueva comunidad en los flotadores: la sensación de confianza, de
interacción, de responsabilidad mutua. Quién podría haber imaginado que de un
grupo con antecedentes tan diversos, con desventajas iniciales tan grandes (no
me atrevo a conjeturar si innatas o adquiridas) podría salir una sociedad tan
apacible, tan ordenada y tan alegre. Nuestro líder electo es, como yo misma, un
desfalcador. Algunos de nuestros trabajadores más incansables y sacrificados
fueron malversadores, gamberros, matones: sería imposible superar la vida
pasada de esos individuos. La situación, claro está, no es unánime, pero en un
grado asombroso los viejos hábitos y actitudes han sido reemplazados por un
sentido positivo de participación en la vida de algo mayor que uno mismo. Para
la mayoría de nosotros es como si hubiéramos recuperado una juventud perdida o,
por cierto, una juventud que nunca habíamos conocido.
―¡Fin!
―anunció Sklar Hast. Ixon Myrex detuvo el reloj.
―Tiempo:
ciento ochenta y dos segundos. Tiempo normal: doscientos segundos.
―¿Errores?
―Ninguno.
La puntuación de Sklar Hast era de un valioso menos 9. Zander Rohan hizo todo a
una pasmosa velocidad, terminando en ciento setenta y nueve nerviosos y
entrecortados segundos, pero cometió por lo menos dos errores. Rubal Gallager y
Herlinger Showalter aseguraron haber detectado una vacilación suficiente en una
tapa de una esquina como para calificarla de tercer error, pero Freeheart Noe
no se había dado cuenta, y tanto Semm Voiderveg como Ixon Myrex insistieron en
que la configuración había sido claramente transmitida. No obstante, con un
castigo de seis segundos, su tiempo pasó a ser de ciento ochenta y cinco con
una puntuación de 15/200 o menos 7,50 por ciento.
Sklar
Hast encaró el tercer ejercicio con seriedad. Si lograba una buena puntuación,
Zander Rohan, ya tenso, podía llegar a arruinar el suyo. Se acomodó ante los
mandos.
―¡Comienza!
―dijo Ixon Myrex. Y los dedos de Sklar Hast volvieron a golpear las varillas.
El ejercicio era del Memorium de Wilson Snyder, un hombre cuya casta no estaba
consignada:
Han
transcurrido casi dos años y no hay duda de que somos un grupo ingenioso.
Inventiva, actitud alerta, habilidad para improvisar: éstas son nuestras
características. O, como dirían nuestros detractores, una humilde astucia
simiesca. Pues que así sea. Otro rasgo afortunadamente común a todos (o casi
todos) nosotros es un sentido bien desarrollado de la resignación, o quizá la
palabra correcta sea fatalismo, ante circunstancias que no podemos controlar.
Por lo tanto somos un grupo mucho más feliz que un grupo similar de, digamos,
músicos o científicos o incluso agentes de policía. No es que falten
representantes de esas profesiones en nuestra pequeña banda. Jora Alvan:
flautista consumada. James Brunet: profesor de ciencias físicas en la
Universidad del Sudeste. Howard Gallagher: policía de alto rango. Y yo... ¡pero
no! Me adhiero a mi propia determinación y no diré nada de mi vida pasada.
¿Modestia? ¡Ojalá pudiera alegar eso!
―¡Fin!
Sklar
Hast respiró hondo y se apartó de la máquina. No miró hacia Zander Rohan:
hacerlo habría sido una forma perversa de regodeo. Pues acababa de usar la
máquina con la mayor rapidez que permitía su mecanismo. Ningún hombre vivo
podría haber producido aquellos guiños con tanta velocidad, con un ritmo más,
potente.
Ixon
Myrex consultó el reloj.
―Tiempo:
ciento setenta y dos segundos ―dijo de mala gana―. Tiempo normal... Esto parece
incorrecto. ¿Doscientos ocho?
―Doscientos
ocho es correcto ―dijo Rubal Gallager con sequedad―. No hubo errores.
Ixon
Myrex y Semm Voiderveg se mordieron el labio. Freeheart Noe calculó la
puntuación: ¡36/208, o un notable menos 17,3!
Zander
Rohan se adelantó con valentía y se colocó ante la máquina.
―¡Comienza!
―dijo Ixon Myrex con una voz que se quebraba de tensión. Y los dedos de Zander
Rohan, en otro tiempo precisos, se agarrotaron de miedo y tensión, y su
cuidadoso ritmo titubeó. En la habitación todos estaban tiesos y avergonzados.
Finalmente Ixon Myrex dijo:
―¡Fin!
Ixon
Myrex miró el reloj. Doscientos un segundos.
―Hubo
dos errores ―dijo Semm Voiderveg. Rubal Gallager empezó a hablar y de repente
calló. Había notado al menos cinco ejemplos que un observador exigente ―como el
propio Zander Rohan― podría haber caracterizado como errores. Pero el certamen
era claramente desigual. Doscientos un segundos y seis segundos de castigo le
dieron a Zander Rohan una puntuación de 1/208 o menos 0,48. El cuarto ejercicio
pertenecía al Memorium de Hedwig Swin, que, como Wilson Snyder, guardaba
reserva en cuanto a su casta.
Ixon
Myrex preparó el reloj con dedos involuntarios y dio la señal de arranque.
Sklar Hast empezó a transmitir con facilidad, sin esfuerzo, y las
configuraciones salieron en un flujo rápido y seguro:
¡Un
mundo suave y bello! Un mundo de clima inigualable, indescriptible belleza, un
mundo de agua y cielo, sin (que yo sepa) un centímetro cuadrado de tierra
firme. A lo largo del ecuador, donde crecen las plantas de mar, el océano debe
de ser comparativamente poco profundo, aunque nadie ha sondado el fondo. Es
casi seguro que este mundo no será nunca marcado y ensuciado, por una
civilización industrial, lo cual, claro está, me parece estupendo. Sin embargo,
me habría gustado ver una o dos lenguas de tierra: una buena montaña con rocas
y árboles hundiendo las raíces en la tierra, un trecho de playa, algunos
prados, campos y huertos. Pero a veces no se puede elegir, y comparado con
nuestro destino original este mundo es el paraíso.
―¡Fin!
―Tiempo:
ciento cuarenta y uno. Tiempo normal: ciento sesenta ―dijo Ixon Myrex
lacónicamente. Zander Rohan tenía todo perdido. Para ganar tendría que obtener
una puntuación de veinticinco o treinta, o quizá aún más alta. Sabía que no
podía lograr ese resultado y se puso a transmitir sin esperanzas y sin tensión,
y logró la puntuación más alta, de la prueba: un notable menos 12,05. No
obstante había perdido, y ahora, siguiendo la costumbre del gremio, debía
renunciar a su puesto y dar paso a Sklar Hast.
Le
costaba decir las palabras. Meril dio media vuelta y salió del edificio. Zander
Rohan finalmente se volvió hacia Sklar Hast. Había empezado a graznar una
admisión formal de derrota cuando Semm Voiderveg se adelantó, tomó del brazo a
Zander Rohan y lo llevó aparte.
Habló
en tono apremiante mientras Sklar Hast observaba con una sonrisa sarcástica.
Ixon Myrex entró en la conversación y la siguió con un gesto dubitativo. A
Zander Rohan se lo veía menos erguido que de costumbre, con la mata de pelo
blanco caída y la barba torcida. De vez en cuando movía negativamente la cabeza
objetando sin demasiado énfasis las exhortaciones de Semm Voiderveg.
Pero
Semm Voiderveg se salió con la suya y se volvió hacia Sklar Hast.
―Hemos
encontrado un serio defecto en la prueba. Temo que no se la puede validar.
―¿De
veras? ―preguntó Sklar Hast―. ¿Y en qué consiste?
―Parece
que tú trabajas diariamente con estos ejercicios mientras instruyes a los
aprendices. En resumen, has practicado estos ejercicios de manera intensiva, y
por lo tanto el certamen no es justo.
―Tú
mismo seleccionaste los ejercicios.
―Quizá
sea cierto. Pero tenías la obligación de informarnos de tu familiaridad con
estos materiales.
―La
pura verdad ―dijo Sklar Hast― es que no estoy familiarizado con los ejercicios,
y no los he practicado desde que era aprendiz.
Semm
Voiderveg movió negativamente la cabeza. ―Me resulta imposible creerlo. En
primer lugar, me niego a validar los resultados de este supuesto certamen, y
creo que el Árbitro Myrex siente el mismo asco y la misma indignación.
Zander
Rohan tuvo la cortesía de croar una protesta.
―Dejemos
los resultados tal como están. No puedo explicar esa puntuación.
―¡De
ninguna manera! ―exclamó Semm Voiderveg―. Un Maestro Embaucador debe ser un
hombre de total probidad. ¿Acaso queremos que ocupe ese augusto puesto un...?
―Cuidado
con tus palabras; Intercesor ―dijo Sklar Hast con voz suave―. Las penas por
calumnia son estrictas, como te podrá informar el Árbitro Mires.
―La
calumnia sólo existe si falta la verdad o si hay malicia. A mí sólo me preocupa
el bienestar del Flotador Tranque y la conservación de la moral tradicional.
¿Es calumnia que te denuncie como simple fullero?
Sklar
Hast dio un lento paso adelante, pero Rubal Gallager le aferró el brazo. Sklar
Hast se volvió hacia el Árbitro Myrex.
―¿Y
tú, como Árbitro, qué dices de todo esto? Ixon Myrex tenía la frente húmeda.
―Quizá
tendríamos que haber usado otros textos para la prueba. Sin embargo, tú no
participaste en la selección.
A un
lado estaban dos o tres miembros del clan Belrod, buzos de profundidad,
especializados en tallos y mimbres, de la casta de los Publicistas,
generalmente propensos a una grosera y hosca vulgaridad. Poe Belrod, el Anciano
de la Casta, un hombre rechoncho, de rasgos marcados, se palmeó el muslo con
indignación.
―Árbitro
Myrex, es evidente que no puedes suscribir una posición tan claramente
arbitraria y tendenciosa. ¡Recuerda que se te elige para decidir asuntos
basándote en la justicia y no basándote en la ortodoxia!
Ixon
Myrex se enfureció.
―¿Pones
en duda mi integridad? El Intercesor me informó de un abuso; parece una
objeción real, aunque desafortunada, y declaro inválido el certamen. Zander
Rohan sigue siendo Maestro Embaucador.
Sklar
Hast empezó a hablar, pero en ese momento resonó un grito fuera del cobertizo:
―¡El
kragen ha regresado! ¡El kragen nada en la laguna!
3
Sklar
Hast salió y corrió hasta la laguna, seguido por quienes habían presenciado la
prueba. Flotando en el centro de la laguna estaba la mole negra del kragen, haciendo
remolinos en el agua con las paletas. Durante un rato los ojos delanteros
contemplaron el gentío que se había reunido en el flotador principal y después
empezó a avanzar, haciendo chasquear las mandíbulas con expresivo énfasis. No
se podía saber con seguridad si había reconocido a Sklar Hast; no obstante nadó
hacia donde él estaba, y de repente se dio un impulso con las paletas y se
lanzó a toda velocidad, echando una ola por encima del borde de la hoja. Al
chocar contra el borde alargó una paleta y la punta chata pasó rozando el pecho
de Sklar Hast, que retrocedió tambaleándose, sorprendido y asustado, y tropezó
con un arbusto y cayó.
Cerca
de allí sonó la risa ahogada de Semm Voiderveg.
―¿Es
éste el kragen que tan seguro estabas de poder matar?
Sklar
Hast se levantó y se quedó mirando en silencio el kragen. La luz de las
estrellas destellaba en el lomo negro y aceitoso como si estuviera cubierto de
raso. El kragen giró hacia un lado y empezó a tirar con gran energía de una
pérgola de esponjas que resultó ser propiedad de los Belrod, y Poe Belrod se
puso a gritar soltando una serie de amargas maldiciones.
Sklar
Hast miró alrededor. Allí cerca había por lo menos cien habitantes del Flotador
Tranque. ―La vil bestia marina nos saquea ―señaló―. ¡Yo digo que deberíamos
matarla, y lo mismo a los demás kragen que intentan devorar nuestras esponjas!
Semm
Voiderveg emitió un graznido agudo. ―¿Estás loco? ¡Que alguien eche agua fría a
este Embaucador demente, que ha estado demasiado tiempo concentrado mirando las
luces!
En
la laguna, el kragen desgarraba insaciablemente las mejores esponjas de los
Belrod, mientras los Belrod emitían una serie de gritos angustiados.
―¡Digo
que hay que matar a la bestia! ―gritó. Sklar Hast―. El rey nos saquea. A pesar
de eso ¿debemos alimentar a todos los kragen del océano?
―¡Matar
a la bestia! ―repitieron los Belrod más jóvenes.
Semm
Voiderveg gesticulaba muy excitado, pero Poe Belrod lo apartó de un empujón.
―Calla,
déjanos oír al Embaucador. ¿De qué manera podríamos matar a los kragen? ¿Es
posible?
―¡No!
―gritó Semm Voiderveg―. ¡Claro que no es posible! ¡Ni sabio ni correcto! ¿Qué
me dices de nuestra alianza con el rey Kragen?
―¡Maldito
sea el rey Kragen! ―exclamó Poe Belrod―. Oigamos al Embaucador. A ver, ¿se te
ocurre alguna manera en que se pueda destruir al kragen?
Sklar
Hast miró con recelo hacia la enorme mole negra, allí en la oscuridad.
―Creo
que sí. Un método que requiere la fuerza de muchos hombres.
Poe
Belrod señaló con la mano a los que habían llegado a observar el kragen.
―Allí
están.
―Acompañadme
―dijo Sklar Hast.
Echó
a andar hacia el centro del flotador. Lo siguieron treinta o cuarenta hombres,
la mayoría de ellos Estafadores, Publicistas, Villanos, Chantajistas y Rateros.
Los demás, desconfiados, no se movieron de donde estaban.
Sklar
Hast los llevó hasta una pila de postes para la construcción de un nuevo
depósito. Cada poste, fabricado con mimbres estirados y unidos con pegamento,
medía siete metros de largo por veinte centímetros de diámetro y combinaba la
resistencia con la liviandad. Sklar Hast eligió un poste aún más grueso: el que
se usaría como lomo del tejado.
―¡Sacad
este poste y ponedlo sobre un caballete!
Mientras
los hombres hacían lo que les había ordenado, miró alrededor y llamó por señas
a Rudolf Snyder, un Noveno que sin embargo no era mayor que él y que pertenecía
a la longeva casta de los Pirómanos, que ahora monopolizaban la preparación de
la fibra y la colocación de las cuerdas y las trenzas.
―Necesito
setenta metros de cabo grueso, lo bastante resistente como para levantar el
kragen. Si no hay, tendremos que doblar una y otra vez una cuerda más pequeña
para obtener el mismo resultado.
Rudolf
Snyder pidió ayuda a cuatro de los hombres y sacaron cuerdas del depósito.
Sklar
Hast trabajó con gran energía, preparando el poste según los planes que tenía.
―¡Ahora,
arriba! ¡Hay que llevar todo al borde de la hoja! Incitados por su urgencia,
los hombres cargaron el poste a hombros y lo llevaron hasta cerca de la laguna,
y allí, siguiendo instrucciones de Sklar Hast, lo descargaron apoyando un
extremo en la dura fibra de una costilla. El otro extremo, al que habían atado
dos cuerdas, descansaba sobre un caballete casi suspendido sobre el agua.
―Ahora
―dijo Sklar Hast―, ahora mataremos el kragen.
Hizo
un lazo en la punta de una de las cuerdas y echó a andar hacia el kragen, que
lo observaba con los ojos traseros de la torrecilla. Sklar Hast avanzaba
despacio, para no alarmar a la criatura, que seguía arrancando esponjas con
grosero desprecio.
Sklar
Hast se acercó al borde de la hoja. ―Ven aquí, bruto ―gritó―. ¡Bestia del
océano! Acércate. Ven. ―Se inclinó y salpicó con agua al kragen. Provocado, el
animal se levantó hacia él. Sklar Hast esperó, y cuando el kragen iba a dar un
golpe con la paleta, lanzó el lazo por encima de la torrecilla. Hizo una seña a
sus hombres―. ¡Ahora! ―Todos tiraron de la cuerda, arrastrando por el agua al
furioso kragen. Sklar Hast guió la cuerda hasta el extremo del poste. De pronto
el kragen salió del agua; en medio de la confusión y la oscuridad, los hombres
que tiraban de la cuerda cayeron de espaldas. Sklar Hast tensó la soga y,
esquivando un tajo asesino de la paleta delantera del kragen, hizo un nudo en
la punta del poste. Después saltó hacia atrás―. ¡Ahora! ―gritó―. ¡Tirad, tirad!
¡De las dos cuerdas! ¡La bestia es bestia muerta!
Veinte
hombres tiraban de cada uno de los cabos atados a la punta del poste. La base
del poste se levantó; la cuerda se tensó alrededor de la torrecilla del kragen;
los hombres clavaban los talones en el suelo; la base del poste mordió la dura
costilla. El poste se levantó un poco más, reforzado por el ángulo de las
cuerdas. Con majestuosa determinación sacaron el kragen del agua y lo
levantaron en el aire. Los demás, que observaban pasivamente, soltaron un
murmullo de fascinación. Semm Voiderveg, que se había mantenido un poco aparte,
hizo un gesto de horror y se marchó rápidamente de allí.
A
Ixon Myrex, el Árbitro, por razones que sólo él conocía, no se lo veía por
ninguna parte, y tampoco a Zander Rohan.
El
kragen boqueaba ruidosamente, moviendo en vano las paletas a un lado y a otro.
Sklar Hast examinó la criatura sin saber muy bien qué hacer a continuación. Sus
ayudantes miraban el kragen con temor, incómodos con su propia osadía. Echaban
ya miradas furtivas sobre el océano que, en perfecta calma, reflejaba las
resplandecientes constelaciones. Sklar Hast decidió distraer su atención.
―¡Las
redes! ―gritó a los que estaban mirando―. ¿Dónde están los Gamberros? ¡Hay que
reparar las redes antes de que perdamos todos los peces! ¿Estáis paralizados?
Algunos
fabricantes de redes, oficio dominado por los Gamberros, se separaron del grupo
y salieron a reparar la red destrozada:
Sklar
Hast volvió a ocuparse del kragen colgante. Cumpliendo sus órdenes, amarraron a
las costillas de la superficie de la hoja los cabos que sostenían el poste
inclinado; ahora los hombres se habían reunido cautelosamente alrededor del
kragen y hacían conjeturas sobre la mejor manera de matar a la criatura. Quizá
ya estuviera muerta. Para poner a prueba esa teoría, un muchacho de los Belrod
pinchó el kragen con un tallo largo y un rápido golpe de la paleta delantera le
rompió una clavícula.
Sklar
Hast se mantenía un poco aparte, estudiando a la criatura. La piel de aquel
animal era dura, y el tejido cartilaginoso aún más duro. Mandó a un hombre a
buscar un bichero, y a otro una afilada estaca de fémur, y con ellos preparó
una lanza.
El
kragen colgaba allí flojo, balanceando las paletas, estremeciéndose de vez en
cuando. Sklar Hast se le acercó con cautela, apoyó la punta de la lanza en el
lado de la torrecilla y empujó con todo su peso. La punta penetró en el cuero
resistente quizá un par de centímetros y entonces se quebró. El kragen se
sacudió, resopló, atacó con una aleta. Sklar Hast notó el oscuro parpadeo del
movimiento, lo esquivó y sintió el movimiento de aire en la cara. El asta de la
lanza salió volando por encima del estanque; la paleta golpeó el poste del que
estaba suspendido el kragen, dañando las fibras.
―¡Qué
bestia más belicosa! ―masculló Sklar Hast―. Necesito más cuerda; hay que
prevenir esas demostraciones.
De
un lado llegó una severa orden:
―Estáis
locos. ¿Por qué os exponéis al desagrado del rey Kragen? ¡Decreto que desistáis
de actos tan imprudentes!
Era
la voz de Ixon Myrex, que acababa de aparecer en escena. Sklar Hast no podría
desoír a Ixon Myrex como había hecho con Semm Voiderveg. Contempló el kragen
colgante, miró alrededor las caras de los colegas. Algunos vacilaban. Con Ixon
Myrex no se podía jugar:
Sklar
Hast habló en un tono que consideraba tranquilo y razonable.
―El
kragen nos destruye las pérgolas. Si el rey descuida sus deberes, ¿por qué
habríamos de permitir...?
La
voz de Ixon Myrex temblaba de furia.
―¡Ésa
no es manera de hablar! ¡Violas la Alianza! Sklar Hast habló en un tono aún más
cortés.
―Al
rey Kragen no se lo ve por ninguna parte. Los intercesores que reclaman tan
importante poder sólo demuestran su inutilidad. Tenemos que actuar por nuestra
cuenta. ¿Acaso no es éste el libre albedrío y la independencia que los hombres
reclaman como derecho básico? Así que únete a nosotros para matar a esta bestia
voraz.
Ixon
Myrex levantó las manos, que le temblaban de indignación.
―Devuelve
el kragen a la laguna, para que...
―¿Para
que pueda destruir más pérgolas? ―preguntó Sklar Hast―. No es ése el resultado
que espero. Tú tampoco ofreces ningún apoyo. ¿Qué es más importante, los
hombres de los flotadores o el kragen? El razonamiento encontró eco en sus
compañeros, que gritaron:
―Sí,
¿quién es más importante, los hombres o el kragen?
―Los
hombres gobiernan los flotadores, el rey Kragen gobierna el océano. ―declaró
Ixon Myrex―. No se puede comparar la importancia.
―La
laguna también está bajo la jurisdicción del hombre ―dijo Sklar Hast―. Este
kragen en particular está ahora en el flotador. ¿Quién tiene la cuerda?
―Así
es como interpreto yo las costumbres del Flotador Tranque: ―gritó el Árbitro
Myrex en el tono más severo― el kragen tiene que ser devuelto al agua,
inmediatamente. Ninguna otra medida sería coherente con la costumbre.
Había
un cierto nerviosismo en los hombres que habían ayudado a atrapar la bestia
marina. Sklar Hast no dijo nada, pero agarró la cuerda y formó con ella un
lazo. Se acercó al kragen gateando, arrojó la cuerda y enlazó una paleta;
después se levantó y caminó alrededor de la criatura, atándola. La bestia tenía
cada vez más dificultades para moverse y finalmente sólo le quedaron unos
temblores espasmódicos. Sklar Hast se acercó por detrás, cuidando de no ponerse
al alcance de las mandíbulas y los palpos, y se aseguró de que estuviera bien
atada.
―Ahora
esa repugnante bestia sólo puede retorcerse. Bajémosla hasta la hoja y ya
encontraremos una manera de acabar con ella.
Aflojaron
las cuerdas; el poste se inclinó y se balanceó; el kragen cayó sobre la
superficie de la hoja, donde quedó en actitud pasiva, moviendo apenas los
palpos y las mandíbulas. No mostraba inquietud ni incomodidad; quizá no
sintiera ninguna de las dos cosas. Nunca se había determinado el exacto grado
de sensibilidad y de raciocinio de los kragen.
El
cielo clareaba por el este, donde empezaba a asomar el grupo de llameantes
soles azules y blancos conocidos como el Caldero de Phocan. En el océano había
un brillo plomizo, y los que estaban en la hoja central empezaron a mirar
disimuladamente hacia el horizonte oscuro, murmurando y quejándose. Algunos
gritaban alentando a Sklar Hast, recomendando las medidas más violentas contra
el kragen. Esos y otros espectadores se habían enzarzado en una furiosa
discusión. Zander Rohan estaba junto a Ixon Myrex; obviamente, ambos
desaprobaban la actividad de Sklar Hast. De los Ancianos sólo Poe Belrod y
Elmar Pronave, Picapleitos y Maestro Tejedor de Mimbre, defendían a Sklar Hast
y sus poco convencionales actos.
Sklar
Hast no prestaba atención. Miraba la negra mole con enorme desagrado, furioso
consigo mismo por haberse involucrado en un proyecto tan peligroso. Después de
todo, ¿qué había conseguido? El kragen le había roto las pérgolas, él se había
vengado y había impedido que continuara la destrucción; todo eso estaba bien,
pero también se había ganado la enemistad de las personas más influyentes del
flotador. Y lo más serio era que había implicado a quienes habían confiado en
él y buscado su liderazgo; ahora se sentía responsable ante ellos.
Se
levantó. Había que resolver ya la situación: cuanto antes liquidasen a la
bestia, antes volvería su vida a la normalidad. Se acercó al kragen y lo
examinó con cautela. Las mandíbulas se estremecían ansiando cortar el torso de
Sklar Hast; Sklar, prudente, se quedó a un lado. ¿Cómo se podría matar a la
bestia?
Elmar
Pronave se acercó para estudiar mejor la criatura. Era un hombre alto, de nariz
larga y quebrada y pelo negro que lucía en dos penachos sobre las orejas como
todos los miembros de la vieja casta de los Alcahuetes, de la que sólo quedaban
ya unos pocos individuos agresivamente especiales, dispersos por los
flotadores, que usaban las marcas de la casta para resaltar su desapego
emocional.
Pronave
caminó alrededor de la mole, pateó la paleta trasera y se inclinó para mirar
uno de aquellos ojos atentos.
―Si
pudiéramos cortarlo en pedazos, quizá encontraríamos alguna utilidad a las
partes.
―El
cuero es demasiado duro para nuestros cuchillos ―gruñó Sklar Hast―. Como no
tiene cuello no se lo puede estrangular.
―Hay
otras maneras de matar.
Sklar
Hast dijo que sí con la cabeza. ―Podríamos hundirlo en las profundidades del
océano, pero ¿con qué peso? ¿Con huesos? Demasiado valiosos. Podríamos cargar
bolsas con ceniza, pero no disponemos de tanta ceniza. Podríamos quemar todas
las cabañas de los flotadores y las torres de los tramposos y aún no
obtendríamos ceniza suficiente. Para quemar al kragen haría falta una montaña
similar de combustible.
Un
Ratero joven, que había trabajado con gran entusiasmo durante la captura del
kragen, propuso: ―¡Existe el veneno! ¡Si alguien me consigue veneno, ato una
cápsula a una vara y la meto en las fauces de la criatura!
Elmar
Pronave soltó una risotada sarcástica. ―De acuerdo; claro que hay venenos,
centenares de venenos, obtenidos a partir de diversas plantas y animales
marinos, pero ¿serán suficientemente fuertes para destruir a esta bestia? ¿Y de
dónde los sacaremos? Dudo de que haya todo ese veneno de aquí al Flotador
Lámpara.
El
Caldero de Phocan, al subir por el cielo, permitió ver al kragen de manera más
completa. Sklar Hast examinó los cuatro ojos de la torrecilla, que parecían
ciegos, y la complicada construcción de las mandíbulas y los tentáculos de las
fauces. Tocó la torrecilla y escrutó el casquete de quitina que la cubría. La
propia torrecilla parecía laminada, como si estuviera construida con anillos de
cartílago y los ojos asomaran por el lado delantero y el trasero de unos tubos
inflexibles de sustancia dura y rugosa.
Otros
miembros del grupo empezaron a acercarse; Sklar Hast saltó hacia adelante y
empujó a un joven Felón constructor de botes, pero ya era demasiado tarde. El
kragen lanzó un palpo y agarró al joven del cuello. Sklar Hast soltó una
maldición y tiró con fuerza, pero el palpo era implacable. Otro palpo se alargó
buscándole la pierna; Sklar Hast le dio una patada y retrocedió, sin dejar de
tirar del convulsivo cuerpo del Felón.
El
kragen arrastró lentamente al Felón hacia adelante, esperando, comprendió Sklar
Hast, colocarlo en un sitio donde pudiera alcanzarlo mejor. El kragen aflojó la
presión y retiró un poco el palpo para animar a Sklar Hast, que volvió a tirar
del miembro constrictor.
El
kragen, astutamente, volvió a llevar a su cautivo y a Sklar hacia adelante; el
segundo palpo saltó de nuevo y esta vez se enroscó alrededor de la pierna de
Sklar Hast. Sklar Hast se dejó caer al suelo, torciendo el cuerpo, y logró
desasirse, aunque perdiendo un trozo de piel. El kragen, insistente, colocó al
Felón al alcance de la mandíbula y de un golpe le arrancó la cabeza; después
arrojó a un lado el cuerpo y la cabeza del joven.
El
gentío allí reunido ahogó un grito de horror.
―¡Sklar
Hast, por tu feroz obstinación un hombre acaba de perder la vida! ―rugió Ixon
Myrex―. ¡De mucho tendrás que responder! ¡Pobre de ti!
Sklar
Hast desoyó la imprecación. Corrió hasta el depósito y buscó cinceles y un mazo
de cabeza fabricada con unos tallos densos de planta marina, sacados de una
profundidad de setenta metros. Los cinceles tenían hojas de hueso pélvico
afilado contra una superficie tachonada con caparazones de silicio de
foraminíferos. Sklar Hast volvió junto al kragen y apoyó el cincel en la pálida
lámina entre la cúpula de quitina y las foliaciones de la torrecilla. Golpeó
con el mazo y el cincel penetró; aquella parte del cuerpo, la sustancia de un
nuevo estrato agregado a la torrecilla, era relativamente blanda.
Los
Publicistas usan una polea que amarran al tallo de la planta marina. Por medio
de cuerdas, bajan cubos de aire que les permiten quedarse bajo el agua todo el
tiempo necesario. Usando dos de esos sistemas, que van alternando, los buzos
pueden bajar hasta una profundidad de setenta metros, donde los tallos de las
plantas marinas son densos y rígidos con la consistencia de cartílago cocinado.
Sklar Hast dio unos golpes más con el mazo, y el cincel hizo un corte profundo.
El kragen se retorció.
Sklar
Hast sacó el cincel e hizo una nueva incisión junto a la primera, y después
hizo otra y otra, trabajando alrededor de la periferia de la cúpula de quitina,
que tenía casi un metro de diámetro. El kragen se retorcía y se estremecía,
aunque sólo él sabía si de dolor o de aprensión. Cuando Sklar Hast iba llegando
a la parte delantera, los palpos volvieron a tantear buscándolo, pero él se
escudó detrás de la torrecilla y finalmente logró sacar del todo la lámina
alrededor de la circunferencia.
Sus
seguidores lo miraban estupefactos, en silencio; los demás espectadores
mascullaban palabras graves, y los niños soltaban de vez en cuando quejidos de
supersticioso terror.
Ahora
tenía abierto un canal; Sklar Hast pasó el cincel y el mazo a Elmar Pronave. Se
encaramó en el cuerpo del kragen, flexionó las piernas y metió los dedos por
debajo del borde de la cúpula de quitina y tiró. La cúpula se rasgó y se
desprendió, casi haciéndole perder el equilibrio. La cúpula rodó hasta la hoja
y la torrecilla quedó como un cilindro con la parte superior abierta; dentro
había espirales y bucles de algo parecido a una sucia cuerda gris. Aquí había
nudos, allí nódulos, a cada lado un par de roscas, en la parte delantera un
gran enredo de roscas y bucles.
Sklar
Hast miró con interés. Se le acercó Elmar Pronave.
―Evidentemente
es él, cerebro de la criatura ―dijo Sklar Hast―. Aquí terminan los ganglios. O
quizá no son más que las terminaciones de los músculos.
Elmar
Pronave agarró el mazo y con el mango pinchó en un nódulo. El kragen dio un
furioso tirón.
―Vaya,
vaya ―dijo Pronave―. Qué interesante. ―Hurgó un poco más, aquí y allá. Cada vez
que tocaba los ganglios descubiertos, el kragen se sacudía con fuerza.
De
repente, Sklar Hast alargó la mano y lo detuvo:
―Fíjate.
A la derecha, esos dos bucles largos; lo mismo a la izquierda. Cuando tocaste
éste se agitó la paleta delantera.
Con
el mazo aguijoneó un bucle y después el otro, y primero se movió una paleta y
después la otra.
―¡Ajá!
―exclamó Elmar Pronave―. Si insistimos, podemos enseñarle a bailar.
―Creo
que lo mejor es que matemos a la bestia ―dijo Sklar Hast―. Se acerca el
amanecer, y quién sabe qué...
De
repente llegó del lado del flotador un gemido grave, que se apagó rápidamente
como por falta de respiración. El grupo que rodeaba al kragen empezó a moverse;
alguien dejó escapar un gemido de consternación. Sklar Hast saltó encima del
kragen y miró alrededor. La población del flotador miraba hacia el mar; él hizo
lo mismo y vio al rey Kragen.
El
rey Kragen flotaba por debajo de la superficie, haciendo asomar sólo la
torrecilla. Los ojos, de casi medio metro de diámetro, miraban fijo hacia
adelante: lentes de duro cristal detrás de los cuales parpadeaban unas
películas lechosas y un brillo azul pálido.
A
veinte metros de las redes de la laguna sacó su mole a la superficie: primero
toda la torrecilla; después el cilindro negro que albergaba las fauces y el
proceso digestivo, finalmente el chato cuerpo inferior: casi dos metros de
altura, diez de ancho y veinte de largo. A los lados le sobresalían paletas
propulsoras, gruesas como la barriga de tres hombres. Viéndolo por delante, el
rey Kragen parecía un ogro deforme nadando estilo pecho. Los ojos delanteros,
dentro de aquellos tubos córneos, apuntaban hacia el flotador de Sklar Hast y
parecían clavados en la mole del kragen mutilado. Los hombres le devolvieron la
mirada, con los músculos tan rígidos como el tallo de la planta marina. El
kragen que habían capturado, antes tan enorme y tan formidable, parecía ahora
una miniatura, un muñeco, un juguete. Con los ojos traseros vio al rey Kragen y
emitió un silbido aflautado, un sonido completamente perdido y desconsolado.
De
repente, Sklar Hast habló. Habló con voz ronca, en tono perentorio.
―Atrás.
Al fondo del flotador.
En
ese momento se elevó la voz de Semm Voiderveg, el Intercesor. En un tono
tembloroso gritó hacia las aguas:
―¡He
aquí, rey Kragen, los hombres del Flotador Tranque! ¡Ahora denunciamos la
presuntuosa bravuconada de estos pocos herejes! He aquí esta laguna agradable,
con sus suculentas esponjas, destinada al bienestar del magnánimo rey Kragen...
La voz aflautada se entrecortó mientras el rey Kragen agitaba las formidables
paletas y avanzaba. Los enormes ojos miraban sin expresión perceptible, pero
parecía que allí detrás saltaban y giraban unas pálidas luces rosadas y azules.
La gente del flotador retrocedió mientras el rey Kragen se acercaba a la red.
Con un golpe de paletas desgarró la red; otros dos golpes y terminó de,
destrozarlas. De la gente del flotador brotó un gemido de temor; no habían
aplacado al rey Kragen.
El
rey Kragen se deslizó dentro de la laguna y se acercó al kragen indefenso. La
bestia atada se retorcía débilmente, emitiendo aquel silbido aflautado. El rey
Kragen alargó hacia él un palpo, lo agarró y lo levantó en el aire, donde quedó
oscilando, impotente. Desdeñosamente, el rey Kragen se lo acercó a las enormes
mandíbulas y lo cortó rápidamente en rebanadas de cartílago gris y negro que
arrojó al océano. Hizo una pausa, dejándose llevar por las aguas. Después
arremetió contra la hoja de Sklar Hast. Un golpe de la paleta delantera demolió
la cabaña, otro abrió un gran boquete en la hoja. Las paletas traseras azotaron
las pérgolas; de abajo saltaron chorros de agua, escombros, esponjas rotas. El
rey Kragen arremetió otra vez, revolcándose por completo en la hoja, que
lentamente se arrugó y se hundió bajo su peso.
El
rey Kragen volvió a la laguna y empezó a nadar de aquí para allá destruyendo
pérgolas, triturando la red, destrozando cabañas de todas las hojas de la
laguna.. Después centró la atención en el flotador principal y se acercó al
borde. Durante un rato miró a los pobladores, que empezaron a emitir un sonido
agudo de terror, y entonces embistió y se revolcó por el flotador, y el sonido
aquel se transformó en una serie de gritos y chillidos roncos. La gente iba y
venía corriendo y saltando.
El
rey Kragen se elevaba sobre el flotador como un sapo sobre una hoja de lirio
acuático. Golpeó con las paletas; el flotador se partió. La torre del
Embaucador, con la gran estructura tan ingeniosamente tejida, tan
cuidadosamente ideada, se tambaleó. El rey Kragen se abalanzó otra vez y la
torre se derrumbó, cayendo sobre las cabañas de la orilla norte del flotador.
El
rey Kragen avanzó con torpeza por el flotador. Destruyó el granero, y fanegas
de alimento amarillo laboriosamente rascado de los pistilos de la planta marina
que ondeaban en el agua. Aplastó las rejillas donde se estiraba y doblaba los
tallos, el mimbre y las fibras; lo mismo hizo con el camino de cuerda. Después,
como si de repente tuviera prisa, dio media vuelta y se arrojó sobre el borde
sur del flotador. Una gran cantidad de cabañas y treinta y dos habitantes, la
mayoría ancianos o muy jóvenes, fueron aplastados o empujados al agua y
ahogados.
El
rey Kragen volvió al mar abierto. Flotó tranquilamente un rato, mientras los
palpos se le estremecían expresando una inescrutable emoción. Entonces movió
las paletas y se deslizó internándose en el tranquilo océano.
El
Flotador Tranque era un desastre, un caos, una escena de furia y dolor. La
laguna había regresado al océano, con las pérgolas destrozadas y los cardúmenes
de peces comestibles dispersos. Muchas cabañas habían sido aplastadas. La torre
de señales se había caído. De una población de cuatrocientas ochenta personas,
cuarenta y tres estaban muertas y había otras tantas heridas. Los
sobrevivientes observaban aquello exánimes, con mirada inexpresiva, incapaces
de comprender la magnitud del desastre que acababa de asolarlos.
Pronto
despertaron de ese estado y se reunieron en el lejano borde occidental del
flotador, donde el daño había sido menor. Ixon Myrex recorrió las caras con la
mirada y se detuvo en la de Sklar Hast, sentado en un caído fragmento de torre.
Levantó despacio una mano y le apuntó.
―¡Sklar
Hast! ¡Te denuncio! El mal que has hecho al Flotador Tranque no se puede
expresar en palabras. La arrogancia, la despiadada indiferencia ante nuestras
súplicas, la villanía cruel y audaz... ¿Cómo crees que habrás de expiar todo
eso?
Sklar
Hast no lo escuchó. Tenía toda la atención centrada en Meril Rohan, que se
había arrodillado junto al cuerpo de Zander Rohan; la enérgica mata de pelo
blanco del embaucador estaba oscurecida por la sangre.
Ixon
Myrex gritó con voz chillona:
―¡En
mi calidad de Árbitro del Flotador Tranque te declaro criminal de lo más
abyecto, junto con todos los que te sirvieron de cómplices, sobre todo Elmar
Pronave! ¡Elmar Pronave, muestra esa cara vergonzosa! ¿Dónde te escondes?
Pero
Elmar Pronave se había ahogado y no respondió.
Ixon
Myrex se volvió hacia Sklar Hast.
―El
Maestro Embaucador está muerto y no puede denunciarte. Yo hablaré en su nombre:
ya no eres Maestro Embaucador Asistente. ¡Estás expulsado de tu casta y de tu
profesión!
Sklar
Hast, cansinamente, se dirigió a Ixon Myrex:
―No
brames tonterías. No me puedes expulsar de nada. Ahora soy el Maestro
Embaucador. Fui Maestro Embaucador en cuanto superé a Zander Rohan; aunque no
lo hubiera vencido, al morir él me convertí en Maestro Embaucador.
Jerárquicamente, tú no estás por encima de mí ni un milímetro; puedes
denunciar, pero nada más.
―¡Las
denuncias no bastan! ―intervino Semm Voiderveg, el Intercesor―. ¡El argumento
jerárquico es baladí! El rey Kragen, al descargar su terrible pero justa
venganza, quería que murieran los cabecillas de la acción. Ahora declaro que la
voluntad del rey Kragen es la muerte, por estrangulamiento o aporreo, de Sklar
Hast y todos sus cómplices.
―Más
despacio ―dijo Sklar Hast―. Me parece que somos víctimas de cierta confusión.
Dos kragen, uno grande y uno pequeño, nos han herido. Yo, Sklar Hast, y mis
amigos, somos los que intentaron proteger el flotador de los depredadores.
Fracasamos. No somos criminales, sólo somos menos fuertes o malvados que el rey
Kragen.
―¿No
te das cuenta ―dijo Semm Voiderveg a gritos― de que el rey Kragen se reserva el
deber de protegernos del kragen menor? ¿No te das cuenta de que al atacar al
kragen en realidad atacaste al rey Kragen?
Sklar
Hast se quedó pensando.
―Me
doy cuenta de que necesitaremos herramientas más potentes que cuerdas y
cinceles para matar al rey Kragen.
Semm
Voiderveg, estupefacto, se apartó. La gente miraba con apatía hacia Sklar Hast.
Pocos parecían compartir la indignación de los mayores. Ixon Myrex notó el
sentimiento general de dolor y de fatiga.
―No
es éste el momento de hacer reproches. Tenemos una tarea por delante. ―El
propio dolor, profundo y sincero, le quebró la voz―. Hay que reconstruir todas
estas excelentes estructuras, la torre tiene que volver a funcionar, hay que
reparar la red. ―Calló un momento, y volvió a enfurecerse―. El crimen de Sklar
Hast no debe quedar sin el apropiado castigo. Ordeno que se realice una Gran
Asamblea dentro de tres días en Flotador Apprise. El destino de Sklar Hast y su
pandilla será decidido por un Consejo de Ancianos.
Sklar
Hast dio media vuelta y se alejó. Se acercó a Meril Rohan, que estaba sentada
con la cara hundida entre las manos mientras las lágrimas le corrían por las
mejillas.
―Lamento
la muerte de tu padre ―dijo Sklar Hast con torpeza―. Lamento la muerte de
todos... pero sobre todo lamento que tú sufras.
Meril
Rohan lo miró con una expresión que él no supo descifrar.
―Algún
día ―dijo con un hilo de voz ronca― los sufrimientos de los habitantes de
Tranque llevarán a un futuro más feliz a todos los habitantes de todos los
flotadores... Veo que mi destino es matar al rey Kragen. Es lo único que me
importa.
Meril
Rohan habló con voz clara y tranquila. ―Ojalá tuviera yo tan claro mi deber. Yo
también tengo que hacer algo. Tengo que eliminar o ayudar a eliminar lo que hoy
nos ha causado toda esta desgracia. ¿Es el rey Kragen? ¿Es Sklar Hast? ¿O es
otra cosa? ―Meril Rohan se quedó pensando con la mirada perdida, casi como si
no tuviera conciencia del cadáver de su padre, de la presencia ante ella de
Sklar Hast―. Es un hecho que el mal existe. El mal tiene un origen. Entonces mi
problema es localizar el origen del mal para conocer su naturaleza. Sólo cuando
conocemos a nuestro enemigo podemos derrotarlo.
4
El
océano nunca había sido sondado. A setenta metros, la máxima profundidad
intentada por los cortadores de cañas y los recolectores de vainas, los tallos
de las plantas marinas seguían formando una maraña. Un tal Beh Murmen, Sexto,
Publicista, medio temerario y medio maníaco, había bajado hasta los cien
metros, y en la penumbra de color añil había notado que los tallos confluían
hasta desaparecer en la oscuridad de un solo tronco grande. Pero los intentos
de sondar el fondo con ayuda de una línea cargada con una bolsa de cascajos
óseos fracasaron. Entonces ¿cómo habían hecho las plantas marinas para
anclarse? Algunos suponían que las plantas eran muy antiguas y se habían
desarrollado durante un tiempo en el que el agua estaba mucho más baja. Otros
conjeturaban que se había hundido el fondo del océano, otros más se contentaban
con atribuir la proeza a una tendencia innata de las plantas marinas.
De
todos los flotadores, Apprise era el más grande y uno de los primeros en ser
colonizados. La extensión de la aglomeración central era de unas cuatro
hectáreas; la laguna estaba rodeada por treinta o cuarenta hojas más pequeñas.
El Flotador Apprise era el sitio donde se hacían tradicionalmente las
asambleas, que tenían más o menos una frecuencia anual y contaban con los
adultos activos y responsables del sistema, que rara vez se aventuraban lejos
de casa por otro motivo, ya que se había extendido la creencia de que el rey
Kragen desaprobaba los viajes. El rey Kragen pasaba por alto las barcas de los
estafadores y también las balsas de mimbre o de tallos que de vez en cuando
pasaban entre los flotadores, pero otras veces había demolido botes o barcas
que no cumplían ninguna función aparente. Sin embargo, las barcas que
transportaban gente para la asamblea nunca habían sido molestadas, aunque el
rey Kragen siempre parecía al tanto de la convocatoria, y a menudo observaba
los acontecimientos desde una distancia de un cuarto de milla. Cómo se enteraba
el rey Kragen constituía un gran misterio; algunos afirmaban que en cada
flotador vivía un hombre que era sólo hombre en apariencia y que por dentro era
una manifestación del rey Kragen. Según la superstición, a través de ese hombre
el rey Kragen sabía lo que ocurría en los flotadores.
Durante
los tres días previos a la asamblea había un incesante parpadeo en la hilera de
torres de comunicación; la destrucción del Flotador Tranque fue transmitida con
lujo de detalles junto con la denuncia a Sklar Hast por parte de Ixon Myrex y
la refutación de Sklar Hast. En cada uno de los flotadores hubo intensas
discusiones y cierto grado de debate. Como la mayoría de las veces el Árbitro y
el Intercesor de cada flotador arremetían contra Sklar Hast, no había mucha
opinión favorable organizada.
En
la mañana de la asamblea, temprano, antes de que el cielo matutino mostrase el
azul, barcas llenas de gente avanzaron entre los flotadores. Los supervivientes
del desastre del Flotador Tranque, que en su mayoría habían buscado refugio en
Thrasneck y Bickle, fueron de los primeros en partir, lo mismo que la gente de
Almack y Sciona, en el lejano extremo occidental.
Toda
la mañana las barcas fueron y vinieron entre los flotadores; poco antes del
mediodía empezaron a llegar los primeros grupos a Apprise: Cada grupo tenía
puestos los emblemas distintivos de su flotador, y los que daban importancia a
la distinción de castas llevaban también el peinado tradicional, placas en la
frente y cintas dorsales; por lo demás todos se vestían de manera muy parecida:
camisas y pantalones anchos de lino grueso tejido con fibras de la planta
marina, sandalias de cuero de pez alfombra, guantes ceremoniales y charreteras
de lentejuelas fabricadas con trozos de la pepita de cierto molusco medio
animal, medio vegetal.
A
medida que iba llegando, la gente entraba en la vieja y famosa Posada Apprise,
donde se refrescaba alrededor de una mesa en la que había servido un refrigerio
de cerveza, pastel de vaina, pez pimienta y picón escabechado, tras lo cual los
recién llegados se separaban partiendo hacia diversos rincones del flotador, de
acuerdo con las tradicionales distinciones de casta.
En
el centro del flotador había una tribuna. Alrededor, en bancos, se sentaban las
personas más importantes: maestros de oficios, ancianos de castas, Árbitros e
Intercesores. La tribuna estaba en todo tiempo abierta para las personas que
quisieran hablar, siempre que obtuvieran el respaldo de una de las
celebridades. Los primeros oradores de las asambleas solían ser ancianos
decididos a exhortar a los más jóvenes a que buscaran la excelencia y la
virtud; ese día no era excepción. Una hora después de que el sol llegara al
cenit, el primer orador avanzó hasta la tribuna: un viejo y corpulento Pirómano
del Flotador Maudelinda que había inaugurado exactamente de la misma manera los
discursos de las últimas cinco asambleas. Buscó y consiguió un desganado apoyo:
a esas alturas sus discursos estaban considerados cómo un mal necesario. Subió
a la tribuna y empezó a hablar. Su voz era sonora, vibrante, voluminosa; sus
pausas eran largas, sus sentimientos gastados y sus iluminaciones poco
interesantes.
―Nos
encontramos de nuevo. Me alegro de ver tantas de las caras que a lo largo de
los años se han ido haciendo conocer y querer y, ay, también noto que faltan
otras caras, las de los que se ha llevado el Destino, a muchos prematuramente,
como los que acaban de sufrir hace sólo unos días el castigo de la cólera del
rey Kragen, que a todos nos tiene tan atemorizados. Una horrible circunstancia
que provocó así la majestad de esta Realidad Elemental; nunca tendría que haber
ocurrido; nunca habría ocurrido si todos acataran las antiguas disciplinas.
¿Por qué hemos de despreciar la sabiduría de nuestros antepasados? ¡Aquellos
nobles y muy heroicos hombres que se atrevieron a sublevarse contra la tiranía
de los salvajes ilotas, a apoderarse de la Nave del Espacio que los llevaba a
un confinamiento brutal, y a buscar refugio aquí, en este bendito mundo!
Nuestros antepasados conocieron los beneficios del orden y el rigor; designaron
las castas y les asignaron tareas para las cuales probablemente habían sido
capacitados en el Mundo de Origen. De esa manera, a los Estafadores se les
asignó la tarea de hacer morder el anzuelo a los peces; a los Embaucadores se
les dio la tarea de abrir y cerrar las trampas de las torres; los Pirómanos,
entre quienes tengo el orgullo de contarme, se pusieron a tejer cuerdas;
mientras tanto, los Desfalcadores nos dieron muchos de los Intercesores que han
obtenido el favor y la benigna tutela del rey Kragen.
»De
tal palo, tal astilla; las características persisten y se van perfeccionando.
¿Por qué, entonces, las castas se van desmoronando y dando paso a un
atropellado desorden? Apelo a la juventud de hoy: lee las Analectas; estudia
los artefactos que hay en el Museo; renueva tu dedicación al sistema formulado
por nuestros antepasados... ¡No tienes herencia más preciosa que tu identidad
de casta!
El
viejo Pirómano habló en ese tono durante algunos minutos más y le sucedió en la
tribuna otro viejo, un ex Embaucador con buena reputación que había trabajado
hasta que los problemas de vista lo llevaron a crear configuraciones que no se
diferenciaban mucho unas de otras. Como el viejo Pirómano, también pidió más
dedicación a los antiguos valores.
―¡Deploro
la pereza de la juventud actual! ¡Nos estamos convirtiendo en una raza de
haraganes! Tenemos la fortuna de que el rey Kragen nos proteja de la glotonería
de los kragen inferiores. Y ¿qué pasaría si los tiranos del espacio exterior
descubrieran nuestro refugio y trataran de esclavizarnos? ¿Cómo nos
defenderíamos? ¿Arrojándoles cabezas de pescado? ¿Zambulléndonos debajo de los
flotadores con la esperanza de que nuestros adversarios nos siguieran y se
ahogaran? ¡Propongo que cada flotador forme una milicia, bien entrenada y
equipada con dardos y lanzas fabricadas con los tallos más duros y duraderos!
Después
del viejo Embaucador habló el Intercesor del Flotador Sumber, que cortésmente
sugirió que si aparecían los tiranos del espacio exterior, el rey Kragen se
encargaría de infligirles los castigos más dolorosos, el más absoluto revés,
tanto que los tiranos huirían despavoridos y no volverían nunca más.
―El
rey Kragen es poderoso, el rey Kragen es sabio y benévolo, a menos que se
ataque su dignidad, como en el detestable incidente del Flotador Tranque, donde
la fanática tozudez de un librepensador causó dolor a muchos. ―Entonces, con
modestia, el Intercesor bajó la cabeza―. No es éste el sitio adecuado ni mi
privilegio proponer un castigo adecuado a tan atroz ofensa como la que se está
tratando hoy aquí. Pero me gustaría ir más allá de este crimen particular para
señalar las causas subyacentes, como por ejemplo las bravuconadas de ciertos
pobladores que se consideran por encima de las costumbres aceptadas que de tan
buena manera nos han servido durante tanto tiempo... Después bajó hasta el
flotador. Ocupó su sitio un hombre sombrío de físico robusto, vestido de la
manera más sencilla.
―Me
llamo Sklar Hast. ―dijo el nuevo orador―. Soy el supuesto fanático
librepensador al que acaban de referirse. Tengo mucho que decir, pero no sé
bien cómo decirlo. Iré al grano. El rey Kragen no es el guardián sabio y
benévolo que los intercesores nos quieren presentar. El rey Kragen es una
bestia glotona que cada año se vuelve más enorme y más glotona. Intenté matar a
un kragen menor que encontré destruyendo mis pérgolas; de alguna mañera el rey
Kragen se enteró de ese intento y reaccionó con furiosa maldad.
―¡Calla!
¡Calla! ―gritaron desde abajo los Intercesores―. ¡Qué vergüenza! ¡Qué
atrocidad!
―¿Por
qué al rey Kragen le molesta mi esfuerzo? Después de todo, él mata a todo
kragen inferior que descubre en los alrededores. Es así de simple y evidente.
El rey Kragen no quiere que los hombres piensen en matar kragen porque tiene
miedo de que intenten matarlo a él. Propongo que hagamos eso precisamente.
Dejemos a un lado este servilismo innoble, esta humillación ante una bestia
marina, y dediquemos nuestros mejores esfuerzos a la destrucción del rey
Kragen.
«¡Loco
irresponsable!», «¡Idiota!», «¡Ingrato asqueroso!», gritaron los Intercesores.
Sklar
Hast esperó, pero la invectiva aumentó de volumen. Finalmente, Phyral Berwick,
el Árbitro de Apprise, se encaramó a la tribuna y levantó las manos.
―¡Silencio!
¡Dejad hablar a Sklar Hast! Está en la tribuna; tiene derecho a decir lo que
desee.
―¿Es
necesario escuchar toda esa basura y esa mugre? ―gritó Semm Voiderveg―. Ese
hombre destruyó el Flotador Tranque; ahora quiere imponer a todos los demás su
frenética locura.
―Que
hable como quiera ―dijo Phyral Berwick―. No tienes ninguna obligación de
seguirlo.
―Los
Intercesores, naturalmente, se oponen a estas ideas; ―dijo Sklar Hast― están
muy atados al rey Kragen y afirman tener alguna manera de comunicarse con él.
Quizá sea cierto. Si no ¿cómo hizo el rey Kragen para llegar al Flotador
Tranque en un momento tan oportuno? Éste es un detalle muy importante: si
decidimos librarnos del rey Kragen, para no sufrir más de lo necesario tenemos
que impedir que los Intercesores se enteren de nuestros planes. La mayoría
sabéis en el fondo que lo que digo es verdad. El rey Kragen es una bestia
astuta con un apetito insaciable, y nosotros sus esclavos. Sabéis que es
verdad, pero os asusta admitirlo. Los que me precedieron en la tribuna hablaron
de nuestros antepasados: los hombres que apresaron una nave a los tiranos que intentaban
encerrarlos entre los muros de un planeta penitenciario. ¿Qué habrían hecho
nuestros antepasados? ¿Se habrían sometido a este ogro glotón? Claro que no.
»¿Cómo
podemos matar al rey Kragen? Los planes deben basarse en el acuerdo, en la
voluntad concertada de actuar, y de ninguna manera debe informarse de ellos a
los Intercesores. Si hay aquí alguien que comparta mis ideas, ha llegado el
momento de que lo haga saber.
Sklar
Hast bajó de la tribuna. El silencio reinaba en todo el flotador. Las caras de
los hombres estaban paralizadas. Sklar Hast miró a derecha y a izquierda. Nadie
lo miró a la cara.
El
corpulento Semm Voiderveg subió a la tribuna.
―Habéis
oído al asesino. No tiene vergüenza. En el Flotador Tranque lo condenamos a
muerte por sus actos malévolos. Siguiendo la costumbre, reclamó el derecho de
hablar ante una asamblea, y ya lo ha hecho. ¿Y acaso ha confesado su gran
crimen? ¿Ha llorado por el mal que ha llevado al Flotador Tranque? ¡No!
Farfulla planes para más atrocidades. ¡Ultraja la decencia mencionando a
nuestros antepasados mientras hace sus sucias propuestas! ¡Que la asamblea
refrende el veredicto del Flotador Tranque! ¡Que quienes respetan al rey Kragen
y se benefician de su incesante vigilancia levanten ahora la mano con el puño
cerrado de la muerte!
―¡Muerte!
―Crujieron los Intercesores levantando los puños. Pero entre la multitud
reinaba la vacilación y el desasosiego. Los ojos se movían a un lado y a otro;
había miradas furtivas hacia el mar. Semm Voiderveg observaba a la multitud con
desilusión.
―Entiendo
vuestra poca disposición a usar la violencia contra un hombre, pero en este
caso todo reparo parece fuera de lugar. ―Señaló a Sklar Hast con un dedo largo
y pálido―. ¿Entendéis la vileza pura y concentrada que personifica este hombre?
Me explicaré. Poco antes de la ofensa por la cual se lo juzga cometió otra
contra su benefactor y superior, el Maestro Embaucador Zander Rohan. Pero ese
acto furtivo, ese intento de hacer trampa al Maestro Embaucador en una
competencia de señales para desplazar de supuesto al noble Rohan, fue detectado
por Ixon Myrex, Árbitro de Tranque, y por mí mismo, y fracasó.
―¿Qué?
―rugió Sklar Hast―. ¿Es que no hay aquí manera de protegerse contra la
calumnia? ¿Debo someterme a este tipo de veneno?
Entonces
habló Phyral Berwick:
―Tienes
un recurso muy sencillo. Puedes dejar que el hombre hable y después, si logras
probar la calumnia, el calumniador tendrá que enfrentarse a su propio castigo.
―No
olvides que una dura verdad no es una calumnia ―dijo Semm Voiderveg en tono muy
serio―. Hay que probar que el móvil ha sido el rencor personal. Y yo no tengo
motivos para sentir rencor. Además...
Pero
Sklar Hast apeló a Phyral Berwick. ―Antes de que él continúe creo que hay que
aclarar el tema de la calumnia. Quiero probar que ese hombre me acusa por
rencor.
―¿Puedes
hacerlo?
―Sí.
―Muy
bien. ―Phyral Berwick hizo una seña a Semm Voiderveg―. Tendrás que retrasar el
análisis de estos comentarios hasta que el tema de la calumnia quede resuelto.
―Sólo
necesitas pedir información al Árbitro Myrex ―protestó Semm Voiderveg―. Él te
confirmará que los hechos son los que he relatado.
Phyral
Berwick miró a Sklar Hast e hizo un movimiento de cabeza.
―Adelante:
prueba tu calumnia, si puedes.
Sklar
Hast señaló al Segundo Ayudante Embaucador Vick Caverbee.
―Levántate,
por favor.
Caverbee,
un hombre pequeño de pelo rubio rojizo y una mueca irónica en la cara, la nariz
torcida en una dirección y la boca en otra, se adelantó con no mucho
entusiasmo.
―Voiderveg
afirma que gané al Maestro Embaucador mediante una diligente práctica de los
ejercicios. ¿Es cierto?
―No.
No es cierto. No puede ser cierto. Los aprendices se han estado entrenando con
los ejercicios uno al cincuenta. Cuando el Árbitro Myrex pidió que se usaran
los ejercicios en la competencia, yo saqué del armario los ejercicios
avanzados. Él mismo y el Intercesor Voiderveg hicieron la selección.
Sklar
Hast señaló al Árbitro Myrex.
―¿Es
verdad o mentira?
El
Árbitro Myrex aspiró hondo.
―Es
verdad en un sentido técnico. No obstante, tú tuviste la oportunidad de
practicar los ejercicios.
―Lo
mismo que el Maestro Embaucador Rohan ―dijo Sklar Hast con una sonrisa
forzada―. Pero aunque está de más decirlo, yo no los practiqué.
―Eso
está claro ―dijo Phyral Berwick en tono cortante.
―Pero
en cuanto a la calumnia, ―Sklar Hast hizo un movimiento de cabeza hacia
Caverbee― también él tiene la respuesta.
Caverbee
habló aún con menos entusiasmo que antes.
―El
Intercesor Voiderveg quería desposar a la hija del Maestro Embaucador. Habló
del tema primero con el Maestro Embaucador y después con Meril Rohan. No pude
evitar escuchar lo que decían. Ella lo rechazó de plano. El Intercesor preguntó
por qué y Meril Rohan dijo que planeaba desposar al Embaucador Ayudante Sklar
Hast si alguna vez dejaba de tratarla como a una pieza de la máquina de
señales. El Intercesor Voiderveg parecía muy molesto.
―Bah
―gritó Voiderveg con la cara encendida―. Hablando de calumnias...
Sklar
Hast miró hacia la multitud. Sus ojos encontraron los de Meril Rohan. Ella no
esperó a que le dieran la orden de hablar. Se levantó.
―Soy
Meril Rohan. El testimonio del Segundo Ayudante Embaucador es en general
correcto. En aquel momento tenía la intención de desposar a Sklar Hast.
Sklar
Hast se volvió hacia Phyral Berwick.
―Ahí
tienes la prueba.
―Tu
argumento es razonable. Juzgo que el Intercesor Semm Voiderveg es culpable de
calumnia. ¿Qué pena pides tú?
―Ninguna.
Eso no tiene importancia. Sólo quiero que los temas sean juzgados por sus
propios méritos, sin los factores extraños introducidos por el Intercesor
Voiderveg.
Phyral
Berwick se volvió hacia Voiderveg.
―Puedes
seguir hablando, pero debes abstenerte de proferir más calumnias.
―No
hablaré más ―dijo Voiderveg con voz pastosa―. Ya se me vindicará.
Bajó
de la tribuna y fue a sentarse al lado del Árbitro Myrex, que lo ignoró de
manera deliberada. Un hombre alto, de pelo oscuro y con ropa blanca, escarlata
y negra lujosamente adornada, pidió subir a la tribuna. Era Barquan Blasdel, el
Intercesor de Apprise, que tenía la sobriedad, la naturalidad, la dignidad que
faltaban al excesivamente impetuoso Semm Voiderveg.
―Como
admite el acusado, el tema de la calumnia es ajeno al caso, y sugiero que lo
alejemos por completo de nuestra mente. Fuera de esa particular incertidumbre
no existe ninguna otra. Los hechos son casi vergonzosamente sencillos. La
Alianza obliga a conceder al rey Kragen la justicia del mar. Gratuita y
deliberadamente, a sabiendas, Sklar Hast violó la Alianza y causó la muerte de
cuarenta y tres hombres y mujeres. No lo acompaña ninguna razón ―Barquan
Blasdel se encogió despreciativamente de hombros―. Por mucho que me desagrade
pedir la pena de muerte, debo hacerlo. Así que ¡arriba los puños! ¡Muerte a
Sklar Hast!
―¡Muerte!
―volvieron a rugir los Intercesores, manteniendo en alto los puños, girando y
gesticulando para que los imitara la multitud.
La
moderada exposición de Barquan Blasdel convenció a más personas que las
acusaciones de Voiderveg, pero persistía una sensación de zozobra, de
incertidumbre, como si la gente sospechara que aún no se había dicho todo.
Barquan Blasdel se inclinó enigmáticamente hacia adelante, sobre la tribuna.
―¿Qué?
¿Vaciláis ante un caso tan claro? He aportado todas mis pruebas.
Phyral
Berwick, el Árbitro de Apprise, se levantó.
―Recuerdo
a Barquan Blasdel que se ha pedido dos veces la muerte de Sklar Hast. Si la
pide otra vez y no consigue un voto afirmativo, Sklar Hast será vindicado.
Barquan
Blasdel sonrió hacia la multitud. Lanzó a Sklar Hast una calculadora mirada,
rápida y casi furtiva, y sin más declaraciones bajó al flotador.
La
tribuna estaba vacía. Nadie se ofrecía a hablar. Finalmente el propio Phyral
Berwick subió por las escaleras: un hombre bajo y fornido de cara cuadrada,
pelo canoso, ojos azul celeste, barba canosa y corta. Habló de manera pausada.
―Sklar
Hast pide la muerte del rey Kragen. Semm Voiderveg y Barquan Blasdel piden la
muerte de Sklar Hast. Explicaré mis sentimientos. El primer caso me produce un
gran temor y el segundo una gran aversión. No tengo muy claro lo que se debería
hacer. Sklar Hast, con o sin razón, nos ha obligado a tomar una decisión.
Deberíamos estudiar el tema con cautela y no hacer juicios instantáneos.
Barquan
Blasdel se levantó de un salto.
―Respetuosamente
debo pedir que nos ciñamos al tema que hemos venido a tratar, es decir, el
grado de culpabilidad de Sklar Hast con respecto a la tragedia del Flotador
Tranque.
Phyral
Berwick hizo un seco movimiento afirmativo con la cabeza.
―Se
suspende la asamblea por una hora.
5
Sklar
Hast se abrió paso entre la gente hacia donde había visto a Meril Rohan, pero
cuando llegó al sitio ella se había alejado. Mientras la buscaba, hombres y
mujeres de diversos flotadores, castas, gremios y generaciones se agolparon
para verlo, para hablarle con timidez, con curiosidad. Algunos, movidos por una
morbosidad psíquica, estiraban los brazos para tocarlo; otros lo insultaban con
voz ronca, entrecortada. Un pelirrojo alto, de la casta de los Malversadores
por el emblema de cinco colores ingeniosamente teñido, se acercó con aire
excitado.
―Hablas
de matar al rey Kragen. ¿Cómo se puede hacer?
―No
lo sé. ―dijo Sklar Hast con prudencia―. Pero espero enterarme.
―¿Y
si el rey Kragen se enfurece ante tu hostilidad y devasta a su vez todos los
flotadores?
―Podría
haber sufrimiento temporal, pero nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos
se beneficiarían.
Entonces
habló una mujer apretando los dientes. ―Si eso implica para mí esfuerzo,
sufrimiento y muerte, preferiría que esas desgracias fueran compartidas por los
beneficiarios.
―Por
supuesto, cada uno ve las cosas a su manera ―dijo Sklar Hast cortésmente.
Trató
de salir de allí, pero lo detuvo otra mujer, ataviada con la banda azul y
blanca de Preceptora Gamberra, que blandió un dedo ante la cara de la primera
mujer.
―¿Qué
me dices de los doscientos que huyeron de los tiranos? ¿Crees que se
preocuparon por los riesgos? ¡No! Sacrificaron todo para evitar la esclavitud,
de lo que nosotros nos hemos beneficiado. ¿Somos entonces inmunes al peligro y
el sacrificio?
―¡No!
―gritó la primera mujer―. ¡Pero no hace falta que los busquemos!
Un
intercesor de uno de los flotadores exteriores dio un paso adelante.
―¡El
rey Kragen es nuestro benefactor! ¿Qué es esta absurda conversación sobre el
riesgo y la esclavitud y el sacrificio? Tendríamos que hablar de gratitud y
alabanza y veneración.
El
pelirrojo Malversador, delante de Sklar Hast, habló sin dejar de mover las
manos:
―¿Por
qué los Intercesores y todos los que piensan como ellos no se llevan al rey
Kragen y se van a un grupo de flotadores lejano y lo sirven como les dé la gana
y nos dejan a los demás en paz?
―El
rey Kragen nos sirve a todos. ―declaró el Intercesor con gran dignidad―. Sería
un acto innoble de nuestra parte privar a todos los demás de su benéfica
protección.
La
Preceptora Gamberra empezó a responder al Intercesor, pero Sklar Hast logró
apartarse de allí y entonces vio a Meril Roban en una caseta cercana, donde
estaba tomando una taza de té. Deslizándose entre la multitud, llegó hasta
ella, que lo recibió con un frío movimiento de cabeza.
―Acompáñame
―dijo Sklar Hast agarrándola del brazo―. Salgamos de aquí, vayamos donde no nos
aplaste la multitud. Tengo mucho que decirte.
―No
me interesa hablar contigo. Quizá sea una muestra de petulancia infantil, pero
así es la situación.
―De
eso precisamente es de lo que quiero hablar contigo ―declaró Sklar Hast.
Meril
Rohan esbozó una sonrisa.
―Mejor
dedica el tiempo a buscar argumentos para salvar el pellejo. No sería nada raro
que la asamblea decidiera que tu vida ya ha durado lo suficiente.
Sklar
Hast se estremeció.
―¿Y
cuál será tu voto?
―Estoy
aburrida de la reunión. Quizá regrese a Quatrefoil.
Percibiendo
que la situación era incómoda, Sklar Hast se marchó de la manera más elegante
posible. Fue a reunirse con Rubal Gallager, que estaba sentado debajo de la
pérgola de la Posada Apprise.
―El
flotador está en ruinas, te has creado enemigos, pero tu vida ya no corre
peligro ―dijo Rubal Gallager―. Ésa, al menos, es mi opinión.
Sklar
Hast soltó un gruñido amargo.
―A
veces me pregunto si vale la pena todo este esfuerzo. Pero queda mucho por
hacer. Para empezar, hay que reconstruir la torre de las señales. Y tengo que
pensar en mi puesto.
Rubal
Gallager rió entre dientes.
―Con
Semm Voiderveg de Intercesor e Ixon Myrex de Árbitro no vivirás precisamente
una situación de armonía.
―Eso
es lo que menos me preocupa ―dijo Sklar Hast―. Suponiendo, claro, que salga con
vida de la asamblea.
―Creo
que deberías tener esto en cuenta ―dijo Rubal Gallager en un tono algo
sombrío―. Es evidente que muchos te desean la muerte, pero muchos otros no.
Sklar
Hast se quedó pensando un momento y movió la cabeza en señal de duda.
―No
sé bien qué decir. Durante doce generaciones los habitantes de los flotadores
hemos vivido en armonía, y nos parece cosa de salvajes si un hombre amenaza a
otro con el puño... ¿Acaso quiero ser la manzana de la discordia? ¿Acaso quiero
que durante generaciones se repita el nombre de Sklar Hast como el hombre que
trajo el conflicto a los flotadores?
Rubal
Gallager le lanzó una mirada burlona. ―Nunca te había conocido esa veta
filosófica.
―No
es para mí una ocupación agradable ―dijo Sklar Hast―, aunque las circunstancias
parecen empujarme en esa dirección.
Miró
por encima del flotador hacia la caseta donde Meril Rohan estaba sentada en un
banco hablando con un desconocido: un hombre joven de rostro intenso, brusco,
anguloso, que tenía el nervioso hábito de la gesticulación. No llevaba emblemas
de casta ni de gremio, pero a juzgar por los ribetes verdes en el cuello del
blusón, Sklar Hast dedujo que provenía del Flotador Sankston.
Interrumpió
sus pensamientos el regreso de Phyral Beruvick a la tribuna.
―Reanudaremos
ahora nuestras consideraciones. Espero que todos los oradores eviten la
excitación y la emoción. Ésta es una asamblea de seres razonables y tranquilos,
no una turba de fanáticos que pueda ser instigada a hacer algo; espero que
tengáis esto en cuenta. Cuando los hombres enojados se gritan unos a otros, se
frustra el propósito de la convocatoria; y pediré otra suspensión. Ahora ¿quién
desea hablar?
Desde
el público un hombre gritó: ―¡Una pregunta!
Phyral
Berwick apuntó con un dedo. ―Acércate, di tu nombre, tu casta, tu oficio y haz
la pregunta.
Era
el joven de cara estrecha y expresión intensa que Sklar Hast había visto hablar
con Meril Rohan.
―Me
llamo Roger Kelso. Pertenezco al linaje de los Rateros, aunque me he apartado
de las costumbres de la casta y ahora mi oficio es el de Notario. Mi pregunta
tiene estos antecedentes: se acusa a Sklar Hast de ser el responsable del
desastre del Flotador Tranque, y la asamblea tiene el deber de evaluar su
responsabilidad. Para hacerlo debemos primero evaluar la causa inmediata de la
tragedia. Ése es un elemento esencial de la jurisprudencia tradicional, y si
alguien no está convencido citaré el Memorium de Lester McManus, donde describe
los elementos teóricos de la ley del Mundo Originario. Ése es un pasaje que no
está incluido en las Analectas y no se lo conoce demasiado. Basta con decir que
el hombre que establece una condición precursora para un crimen no es
necesariamente culpable; tiene que causar el acontecimiento de manera concreta,
inmediata y decisiva.
Lo
interrumpió Barquan Blasdel con su voz relajada, casi condescendiente:
―Eso
es, precisamente, lo que hizo Sklar Hast: desobedeció el estatuto del rey
Kragen y precipitó su terrible justicia.
Roger
Kelso escuchó con una paciencia sin duda ajena a su naturaleza; estaba inquieto
y le brillaban los ojos.
―Si
el digno Intercesor me lo permite ―dijo― proseguiré.
Barquan
Blasdel asintió cortésmente y se sentó.
―Cuando
habló Sklar Hast, planteó una conjetura que decididamente hay que resolver:
Semm Voiderveg, el Intercesor de Tranque ¿llamó al rey Kragen al Flotador
Tranque? Ésta es una cuestión sutil. No sólo depende de que Semm Voiderveg haya
hecho la llamada, sino de cuándo. Si lo hizo cuando se descubrió al kragen
bribón, vaya y pase. Si lo llamó después de que Sklar Hast intentó matar al
kragen, Semm Voiderveg resulta más culpable del desastre de Tranque que Sklar
Hast, porque tendría que haber previsto las consecuencias. ¿Cuál es entonces la
verdadera situación? Los Intercesores ¿se comunican secretamente con el rey
Kragen? Y ésta es mi pregunta personal: ¿Semm Voiderveg llamó al rey Kragen al
Flotador Tranque para que Sklar Hast y sus ayudantes fueran castigados?
―¡Bah!
―dijo Barquan Blasdel―. ¡Ésa es una trampa dialéctica para distraer la
atención!
Phyral
Berwick deliberó un momento.
―La
cuestión parece muy clara. Personalmente no tengo una respuesta, pero creo que
la situación la merece, aunque sólo sea para clarificarla. Semm Voiderveg: ¿qué
dices?
―No
digo nada.
―Vamos
―dijo Phyral Berwick, razonable―. Tu oficio es el de Intercesor; tu
responsabilidad se debe a los hombres a quienes representas y por quienes
intercedes; no, por cierto, al rey Kragen, por muy ferviente que sea tu
respeto. Las evasivas, los secretos y los tercos silencios sólo pueden
despertar nuestra desconfianza y llevar a la injusticia. Esto seguramente lo
reconoces.
―Debe
sobreentenderse ―dijo Semm Voiderveg de manera cortante― que aunque hubiera
convocado al rey Kragen, y hacer una afirmación rotunda en este sentido
violaría las normas del gremio, mis motivos serían de la más alta importancia.
―Bueno,
¿entonces lo hiciste?
Semm
Voiderveg miró hacia Barquan Blasdel buscando apoyo, y el Intercesor de Apprise
volvió a levantarse.
―Árbitro
Berwick, debo insistir en que nos hemos metido en un callejón sin salida, que
nos hemos alejado de nuestro propósito básico.
―¿Cuál
es entonces nuestro propósito básico? ―preguntó Phyral Berwick.
Barquan
Blasdel levantó los brazos en un gesto de sorpresa.
―¿Queda
alguna duda? Sklar Hast, según él mismo ha admitido, ha violado las leyes del
rey Kragen y la costumbre ortodoxa de los flotadores. Sólo nos queda establecer
un castigo acorde.
Phyral
Berwick empezó a hablar, pero cedió ante Roger Kelso, que se había levantado de
un salto.
―Debo
señalar una confusión elemental en la manera de pensar del digno Intercesor.
Las leyes del rey Kragen no son leyes humanas, y la falta de ortodoxia ¿es
acaso un crimen? Si así fuera, además de Sklar Hast muchos otros son culpables.
Barquan
Blasdel no se inmutó.
―La
confusión está en otra parte. Las leyes a las que me refiero nacen de la
Alianza entre nosotros y el rey Kragen: él nos protege de los terrores del mar,
a cambio él insiste en que reconozcamos su soberanía sobre éste. En cuanto a la
ortodoxia, se trata nada más y nada menos que del respeto por las opiniones de
los Árbitros y los Intercesores de todos los flotadores, que están adiestrados
para la sensatez, la previsión y el decoro. Ahora, por lo tanto, debemos
ponderar el grado preciso de las transgresiones de Sklar Hast.
―Exacto
―dijo Roger Kelso―. Y para eso necesitamos saber si Semm Voiderveg convocó al
rey Kragen al Flotador Tranque.
Por
fin la voz de Barquan Blasdel adquirió un tono severo.
―¡No
debemos cuestionar los actos de ningún hombre cuando desempeña su función de
Intercesor! ¡Tampoco está permitido investigar los secretos gremiales de los
Intercesores!
Phyral
Berwick indicó por señas a Barquan Blasdel que se callara.
―En
una situación como ésta, cuando están en estudio cuestiones fundamentales, el
secreto gremial pasa a ser de importancia secundaria. No sólo yo sino todos los
demás compañeros de los flotadores deseamos saber la verdad, con un mínimo de
oscurantismo. No pueden permitirse secretos de ningún tipo: ésta es mi
resolución. Entonces, Semm Voiderveg, te repito la pregunta: ¿convocaste al rey
Kragen al Flotador Tranque la noche en cuestión?
El
propio aire pareció congelarse; todos los ojos se volvieron hacia Semm
Voiderveg, que carraspeó y miró hacia el cielo. Pero al contestar no mostró
ninguna vergüenza.
―La
pregunta parece muy ingenua. ¿Cómo podría servir de Intercesor si no tuviera
alguna manera de comunicar al rey Kragen tanto el grado de nuestra confianza y
fidelidad como la noticia de una emergencia? Cuando apareció el bribón, mi
deber fue nada menos que convocar al rey Kragen. Eso hice. Los medios
utilizados no vienen al caso.
Barquan
Blasdel cabeceó con aprobación, casi con alivio. Phyral Berwick tamborileó con
los dedos en la tribuna. Varias veces abrió la boca para hablar, y todas la
cerró. Finalmente, con bastante poca convicción, preguntó:
―¿Son
ésas las únicas ocasiones en las que convocas al rey Kragen?
Semm
Voiderveg hizo un alarde de indignación.
―¿Por
qué me interrogas? Soy el Intercesor. ¡El criminal es Sklar Hast!
―Bueno,
tranquilo. Las preguntas clarifican el alcance del supuesto crimen. Por
ejemplo, quisiera saber si alguna vez convocas al rey Kragen para que se
alimente en tu laguna llevando así un castigo o advertencia a los demás
habitantes del flotador.
Semm
Voiderveg parpadeó.
―La
sabiduría del rey Kragen es desmesurada. Puede detectar las delincuencias. Da a
conocer su presencia...
―En
concreto, ¿tú convocaste al rey Kragen al Flotador Tranque cuando Sklar Hast
trataba de matar al bribón?
―No
se están juzgando mis actos. No veo ninguna razón para contestar a la pregunta.
Barquan
Blasdel se levantó majestuosamente.
―Estaba
a punto de decir eso mismo.
«¡Yo
también!» «¡Yo también!», dijeron otros Intercesores.
Phyral
Berwick se dirigió a la multitud con preocupación en la voz.
―No
creo que lo más práctico sea determinar exactamente cuándo Semm Voiderveg llamó
al rey Kragen. Si hizo eso cuando Sklar Hast había iniciado el ataque contra el
bribón, en mi opinión Semm Voiderveg, el Intercesor, es más directamente
responsable del desastre de Tranque que Sklar Hast, e imponer una pena a Sklar
Hast no es más que una farsa. Por desgracia, no parece haber manera de resolver
esta cuestión.
Poe
Belrod, el Anciano Publicista, se levantó y se quedó mirando de reojo a Semm
Voiderveg.
―Puedo
arrojar un poco de luz sobre la situación. Fui testigo de todo lo que ocurrió.
Cuando el bribón apareció en la laguna, Semm Voiderveg fue con los demás a
mirar lo que ocurría. No se apartó del grupo hasta después de que Sklar Hast
empezara a matar a la bestia. Estoy seguro de que los demás atestiguarán lo
mismo; Semm Voiderveg no hizo nada para ocultar su presencia.
Varias
otras personas que habían estado en la escena de los hechos corroboraron el
testimonio de Poe Belrod.
El
Intercesor de Apprise, Barquan Blasdel, subió otra vez a la tribuna.
―Árbitro
Berwick, te ruego que no te apartes del tema primordial. Los hechos son éstos:
Sklar Hast y su pandilla cometieron un acto que, sabían, está proscrito tanto
por el Árbitro de Tranque Ixon Myrex como por el Intercesor de Tranque Semm
Voiderveg. Las consecuencias se derivaron de ese acto; Sklar Hast es
forzosamente culpable.
―Barquan
Blasdel, ―dijo Phyral Berwick― tú eres el Intercesor de Apprise. ¿Has convocado
alguna vez al rey Kragen al Flotador Apprise?
―Como
Semm Voiderveg y yo hemos señalado de manera incesante, quien tiene que estar
en el banquillo es el criminal Sklar Hast y no los serios Intercesores de los
diversos flotadores. No hay que permitir de ninguna manera que Sklar Hast eluda
su castigo. ¡No resulta nada fácil desafiar al rey Kragen! Aunque la asamblea
no levante el puño colectivo para golpear a Sklar Hast, yo digo que debe morir.
Así de seria es la cuestión.
Phyral
Berwick clavó los ojos azul claro en Barquan Blasdel.
―Si
la asamblea quita la vida a Sklar Hast, no morirá sin que antes muera yo.
«¡Ni
yo!», exclamó Poe Belrod. «¡Ni yo!», dijo Roger Kelso. Y entonces todos los
hombres del Flotador Tranque que habían acompañado a Sklar Hast en el asesinato
del kragen bribón fueron hacia la tribuna, anunciando a gritos su intención de
seguir a Sklar Hast en la vida o en la muerte, y con ellos se adelantaron
otros, de diversos flotadores. Barquan Blasdel se apresuró a subir a la
tribuna, levantó los brazos y finalmente pudo hacerse oír.
―Antes
de que otros se declaren... ¡mirad hacia el mar! ¡El rey Kragen observa con
atención para saber quién es leal y quién es desleal!
La
multitud volvió la cabeza como un solo hombre. A cien metros del flotador el
agua formaba perezosos remolinos alrededor de la abultada torrecilla del rey
Kragen. Los ojos de cristal apuntaban como telescopios hacia el Flotador
Apprise. De repente la torrecilla se sumergió. El agua azul se agitó y después
se volvió lisa y monótona.
Sklar
Hast se adelantó y empezó a subir a la tribuna. Barquan Blasdel, el Intercesor,
lo detuvo.
―No
hay que usar la tribuna como lugar de griterío. ¡Quédate ahí hasta que se te
convoque!
Pero
Sklar Hast lo apartó de un empujón y subió a enfrentar a la multitud. Señaló
hacia el liso océano.
―¡Allí
habéis visto a la bestia vil, a nuestro enemigo! ¿Porqué hemos de engañarnos?
¡Intercesores, Árbitros, todos... olvidemos nuestras diferencias, unamos
nuestros oficios y nuestros recursos! ¡Si lo hacemos podemos desarrollar un
método para matar al rey Kragen! Somos hombres. ¿Por qué hemos de humillarnos
ante algo, sea lo que sea?
Barquan
Blasdel echó la cabeza hacia atrás, aterrado. Dio un paso hacia Sklar Hast,
como si fuera a agarrarlo, y después se volvió hacia el público.
―¡Habéis
oído a este loco... Dos veces lo habéis oído! ¡Y también habéis observado la
vigilancia del rey Kragen, cuya fuerza todos conocemos! Por lo tanto tenéis que
escoger: obedecer las exhortaciones de un lunático nervioso o dejarse guiar por
nuestra vieja confianza en la benevolencia del poderoso rey Kragen. Hay que
encontrar una solución definitiva a este tema. ¡No hay decisiones intermedias!
¡Sklar Hast debe morir! ¡Así que levantad los puños... todos y cada uno!
¡Silenciad los gritos frenéticos de Sklar Hast! ¡El rey Kragen está muy cerca!
¡Muerte a Sklar Hast!
Barquan
Blasdel levantó el puño bien alto en el aire. Los Intercesores lo imitaron.
―¡Muerte
a Sklar Hast!
Vacilantes,
indecisos, se levantaron otros puños, y después otros y otros. Algunos
cambiaron de parecer y los bajaron o levantaron; algunos, al levantarlos,
vieron cómo otros los bajaban. A lo largo del flotador se iniciaron altercados;
el sonido ronco de las discusiones empezó a hacerse oír.
Barquan
Blasdel, repentinamente preocupado, se inclinó hacia delante y pidió calma.
Sklar Hast también empezó a hablar, pero desistió, porque de repente las
palabras no servían para nada. Reflejando un cambio desconcertante, casi
mágico, la plácida asamblea se había convertido en un tumulto. Hombres y
mujeres se arañaban mutua y salvajemente, gritando, maldiciendo, rugiendo,
chillando. La emoción acumulada desde la infancia, almacenada y constreñida,
estalló de pronto; miedo y odio idénticos provocaban reacciones opuestas.
Por
suerte había pocas armas disponibles: garrotes de tallo, un par de hachas
óseas, media docena de estacas y otros tantos cuchillos. La marea de la batalla
crecía a lo largo del flotador, hasta el agua. Formales Picapleitos y
responsables Negligentes trataban de ahogarse mutuamente; los Publicistas
hacían caso omiso de su bajo estatus y apaleaban a los Desfalcadores; los
ortodoxos Pirómanos pateaban, daban zarpazos, rompían cosas y mordían con furia
a todo Contrabandista con olor a barniz que encontraban. Mientras la lucha
estaba en su punto más intenso el rey Kragen volvió a salir a la superficie,
esta vez un cuarto de milla al norte, desde donde apuntó al flotador con su
vasta e indiferente mirada.
La
pelea fue menguando y perdiendo fuerza, en parte debido al excesivo cansancio,
en parte debido a los esfuerzos de los más responsables, y se separó a los
combatientes. En la laguna flotaban media docena de cadáveres; en el flotador
yacían otros tantos. Ahora, por primera vez, se veía que los que apoyaban a
Sklar Hast habían sido considerablemente superados en número, casi en
proporción de dos a uno, y también que este grupo incluía a la mayoría de los
artesanos más vigorosos y capaces, aunque pocos de los Maestros.
Barquan
Blasdel, todavía en la tribuna, gritó:
―¡Qué
día lamentable, qué día lamentable! ¡Sklar Hast, mira la angustia que has
traído a los flotadores!
Sklar
Hast lo miró, demacrado por el dolor. La sangre le corría por la cara a causa
de una cuchillada; tenía desgarrada la pechera de la ropa. Haciendo caso omiso
de Blasdel, subió a la tribuna y se dirigió a los dos grupos.
―Estoy
de acuerdo con Barquan Blasdel: éste es un día lamentable... pero no nos
confundamos: ¡si los hombres no mandan a la bestia marina, la bestia marina
mandará a los hombres! Ahora regreso al Flotador Tranque, donde hay que reparar
los enormes daños. Como dijo Blasdel el Intercesor, ahora no hay vuelta atrás.
Así sea. Que los que quieran vivir en libertad vengan a Tranque, donde nos
asesoraremos sobre lo que hay que hacer.
Barquan
Blasdel hizo un sonido ronco, particularmente feo: una exclamación de amargo
humor que se volvió glótica y gutural a causa del odio. La naturalidad y la
desenvoltura lo habían abandonado, se agazapó tensamente sobre la barandilla de
la tribuna.
―¡Id
entonces al arruinado Tranque! ¡Todos los desleales, todos los irreverentes...
fuera de aquí... y que tengáis buen viaje! ¡Que Tranque sea vuestra casa, y que
Tranque se convierta en un nombre acusado, en un mal olor, en una vil
enfermedad! ¡Pero no llaméis a gritos al rey Kragen cuando los bribones,
incontrolados por el gran rey, devoren, vuestras esponjas, desgarren vuestras
redes, aplasten vuestras barcas!
―Muchos
no pueden ser tan rapaces como uno ―dijo Sklar Hast―. No obstante, no os dejéis
persuadir por el rimbombante discurso del Intercesor. El Flotador Tranque está
arruinado y sólo dará cabida a unas pocas personas hasta que queden reparadas
las redes y se hayan sembrado nuevas pérgolas. ¡Por ahora, una migración como
la que sugiere Blasdel es poco practicable!
El
Malversador pelirrojo gritó:
―Que
los Intercesores se lleven al rey Kragen y emigren a alguna lejana hilera de
flotadores. ¡Entonces todos estaremos satisfechos!
Blasdel,
sin responder, bajó de la tribuna y atravesó el flotador hacia su hoja privada.
6
A
pesar de la contienda, o quizá porque no parecía real, y a pesar de la
devastación, casi todos los habitantes de Tranque decidieron volver a su
flotador de origen. Unos cuantos, horrorizados por las condiciones, se fueron a
vivir temporalmente a otra parte, quizá en la cabaña de un primo de casta o de
un compañero de gremio, pero la mayoría decidió, para bien o para mal, regresar
a Tranque. Eso hicieron, remando en silencio en las barcas, calmándose los
dolores, las magulladuras o las heridas en que habían incurrido, sin mirar a
derecha o a izquierda por miedo a encontrarse por encima del agua con la mirada
de un amigo o vecino a quien acababan de fustigar.
Fue
un viaje melancólico por la tarde violeta y gris, siguiendo la hilera de
flotadores, cada uno con su silueta característica, cada uno con su atmósfera o
su peculiar personalidad, de manera que una expresión pintoresca se
identificaba como producto de Aumerge, y un trozo de madera tallada se
identificaba inmediata e inequívocamente como obra de un Quejoso de Leumar. Y
ahora, de todos los flotadores, Tranque, sólo Tranque, estaba devastado. Eso
bastaba para arrancar lágrimas de pena y amargura de los ojos de los pobladores
de Tranque. Para ellos todo había cambiado; ya nunca recuperarían la vieja
manera de vivir. El resentimiento y la amargura podían insensibilizarlos y
cubrirlos de cicatrices, pero las amistades nunca más serían fáciles, nunca se
recuperaría del todo la confianza. Tranque, de todos modos, seguía siendo su
casa. No se podía ir a ninguna otra parte.
Poco
era el consuelo que se podía encontrar en Tranque. Un tercio de las cabañas
estaban en ruinas. El granero y toda la preciosa harina se habían echado a
perder; la orgullosa torre yacía sobre una maraña de astillas y escombros. A
través del flotador, en una gran avenida de destrucción, se veía con claridad
el rastro que había dejado el rey Kragen.
En
la mañana siguiente a la asamblea los pobladores del flotador estaban reunidos
en grupos, trabajando con desgano, mirando de reojo en hosco silencio hacia
personas que habían conocido toda la vida. Para sorpresa de Sklar Hast, Semm
Voiderveg había regresado al flotador, aunque su propia cabaña había sido
aplastada por el rey Kragen y ahora no era más que un enredo de mimbre
aplastado y destrozada piel de hoja. Semm Voiderveg fue a mirar
desconsoladamente el desorden, hurgando y atizando aquí y allá, extrayendo un
implemento, una cazuela, un cubo, una prenda de vestir, un volumen de Analectas
empapado por el agua que había salido a borbotones por algún agujero del
flotador. Al sentir la mirada de Sklar Hast, se encogió airadamente de hombros
y se marchó a la cabaña intacta del Árbitro Myrex, con quien se alojaba. Sklar
Hast continuó hacia su destino: la cabaña del anterior Maestro Embaucador, que
también había sufrido la destrucción, aunque quizá en menor grado. Meril Rohan
trabajaba duramente, recogiendo la basura, apilando el mimbre aprovechable y
haciendo lo mismo con la piel de hoja que aún podía tener algún uso. Sklar
Hast, silenciosamente, comenzó a ayudarla, y ella no puso ninguna objeción.
Al
fin, protegido por un armario caído, encontró lo que buscaba: sesenta y un
folios encuadernados en flexible cuero de pez gris. Sklar Hast trasladó los
volúmenes a un banco y los cubrió con una lámina de hoja para protegerlos de
alguna posible lluvia repentina. Meril regresó a la cabaña arruinada, pero
Sklar Hast la agarró de la mano y la llevó hasta el banco. Ella se sentó sin
discutir y Sklar Hast se sentó a su lado.
―Tenía
muchos deseos de hablar contigo.
―No
esperaba otra cosa.
La
compostura de la muchacha desconcertó a Sklar Hast. ¿Qué significaba? ¿Amor?
¿Odio? ¿Indiferencia? ¿Frialdad?. Meril Rohan procedió a ilustrarlo.
―Contigo
siempre he sentido impulsos contradictorios. Admiro tu energía. Tu firmeza, que
algunos llaman crueldad, me intranquiliza. Tus motivos son transparentes y no
te desacreditan, pero sí tu imprudencia y tu irresponsabilidad.
Sklar
Hast se vio obligado a protestar.
―¡No
soy ni lo uno ni lo otro! En las emergencias uno debe actuar sin vacilación. La
indecisión y el fracaso son lo mismo.
Meril
hizo una señal con la cabeza hacia las ruinas.
―¿Qué
nombre das a eso?
―No
fracaso. Eso es un contratiempo, una desgracia, una tragedia... pero ¿cómo
podría haberse evitado? Suponiendo, claro está, que quisiéramos liberarnos del
rey Kragen.
Meril
Rohan se encogió de hombros.
―No
tengo la respuesta. Pero las decisiones que tú tomaste sólo tendrían que haber
sido tomadas conjuntamente por todos nosotros.
―No
―dijo Sklar Hast tercamente―. ¿Hasta dónde llegaríamos, con qué rapidez
podríamos reaccionar, si para cada necesidad de acción nos viéramos obligados a
debatir? ¡Piensa en las protestas y en el retraso de Myrex y Voiderveg e
incluso de tu padre! Nada se lograría. ¡Estaríamos siempre empantanados!
Meril
Rohan movió impaciente las manos.
―Muy
bien ―dijo finalmente―. Eso está claro. También me hace pensar en el Memorium
de Lester McManus. No recuerdo exactamente las palabras, pero afirma que dado
que somos hombres, y dado que la mayoría preferimos ser buenos, buscamos todo
el tiempo valores absolutos. No queremos que nada manche nuestras acciones, y
no aceptamos acciones con algún contenido inmoral.
―Por
desgracia ―dijo Sklar Hast―, hay muy pocos actos totalmente morales, salvo
quizá la pasividad pura, ni siquiera de eso estoy seguro. Quizá no haya ningún
acto completamente moral. Cuanto más decidido y enérgico es un acto, menos
probabilidades tiene de ser totalmente moral.
Eso
hizo gracia a Meril Rohan.
―Suena
como cierto «principio de incertidumbre» que James Brunet, el científico,
menciona en su Memorium, y que me resulta incomprensible... Quizá tengas
razón... desde tu punto de vista. No seguramente desde el punto de vista de
Semm Voiderveg.
―Ni
el del rey Kragen.
Meril
asintió, esbozando una sonrisa, y al mirarla Sklar Hast se preguntó por qué se
le había ocurrido probar a otras muchachas del flotador cuando sin duda era ésa
la que quería. La estudió un momento, tratando de decidir dónde residía su
encanto. No tenía una figura nada voluptuosa, aunque era inequívocamente
femenina. Había visto caras mucho más bonitas, aunque la cara de Meril, con las
sutiles irregularidades y las inesperadas delicadezas de modelado y las rápidas
y casi imperceptibles extravagancias y flexibilidades era la fascinación
personificada.
Ahora
ella estaba pensativa y miraba por encima del agua hacia el este, donde se
extendía toda la hilera de flotadores, que se curvaba hacia el norte lo
suficiente para que se vieran todos: Thrasneck, Bickle, Sumber, Adelvine,
Lámpara Verde, Fleurnoy, Aumerge, Quincunx, Fay, estos últimos fundidos con la
neblina del horizonte, todos los demás unos borrones gris y lavanda en el
océano azul oscuro. Por encima de todo se elevaba una enorme y ondulante nube
blanca.
Sklar
Hast notó algo en los pensamientos de la muchacha y respiró hondo.
―Sí...
es un mundo bello. Sólo faltaría que no existiera el rey Kragen.
Meril,
impulsivamente, lo tomó del brazo.
―Hay
otros flotadores hacia el este y hacia el oeste. ¿Por qué no nos vamos y nos
alejamos del rey Kragen?
Sklar
Hast, triste, dijo que no con la cabeza.
―El
rey Kragen no nos dejaría ir.
―Podríamos
esperar hasta que estuviera en el extremo oeste, en Almack o Sciona, y navegar
hacia el este. Nunca se enteraría.
―Podríamos
hacer eso, y dejar reinar tranquilo al rey Kragen. ¿Crees que los Primeros
harían eso? Meril reflexionó.
―No
lo sé... Después de todo, huyeron de los tiranos; no volvieron para atacarlos.
―¡No
tenían alternativa! La Nave del Espacio se hundió en el océano.
Meril
negó con la cabeza.
―No
tenían intención de atacar a nadie. Se consideraban afortunados de poder
escapar... Francamente, hay muchas cosas en las Memorias que me desconciertan,
alusiones que no comprendo, sobre todo con respecto a los tiranos.
Sklar
Hast hojeó la concordancia de las Memorias que tenía Meril. Deletreando con
dificultad porque tenía los ojos y la mente adaptados a las configuraciones de
las máquinas de señales, encontró la entrada titulada «Kragen».
Meril
advirtió que lo que él leía decía: «Las referencias no son muy explícitas.»
Pasó el dedo rápidamente por las referencias, abrió libros.
―Ésta
es Leonor Morse: «Todo es paz, todo es ideal, salvo por una bestia acuática más
bien horrible: ¿pez?, ¿insecto?, ¿equinodermo? Las clasificaciones, por
supuesto, carecen de sentido. Hemos decidido llamar "kragen" a esos
monstruos.» Y Paul van Blee escribe: «Nuestro único deporte parece ser observar
los kragen y apostar a quién va a comer primero. Hemos visto algunos
especímenes monstruosos, de hasta siete metros de largo. ¡Ciertamente no
alientan los deportes acuáticos!» James Brunet, el científico, dice: «El otro
día Joe Kamy pinchó a un joven y tierno kragen de poco más de un metro de largo
con una vara afilada. La sangre ―o como se quiera llamar a aquello― que brotó
era de color azul, como la de algunas langostas y cangrejos terrestres. Me
pregunto si eso implica una química interna similar. La hemoglobina contiene
hierro, clorofila, magnesio; la hemociana, como en la sangre azul de la
langosta, cobre. Ese kragen es una bestia poderosa, y juraría que inteligente.»
―Eso
es prácticamente todo lo que se dice acerca de los kragen.
Sklar
Hast asintió.
―Hay
algo que me tiene perplejo y que no me puedo sacar de la cabeza: si los
Intercesores pueden comunicarse con el kragen, hasta el punto de llamarlo,
¿cómo lo hacen? ¿Mediante el Maestro Embaucador? ¿Acaso el Maestro transmite
alguna señal particular? Nunca tuve noticias de semejante sistema.
―Yo
tampoco ―dijo Meril con cierta frialdad.
―Tú
no puedes saberlo, ―dijo Sklar Hast― porque no eres una Embaucadora.
―Sé
que mi padre nunca llamó al rey Kragen al Flotador Tranque.
―Voiderveg
admitió que lo había hecho. Pero ¿cómo?. ―Sklar Hast se levantó y recorrió el
flotador con la mirada―. Bueno... tengo que irme a trabajar con los demás.
―Vaciló un instante, pero Meril Rohan no le ofreció ningún ánimo―. ¿Necesitas
algo? ―preguntó finalmente―. Recuerda que ahora soy maestro del gremio y tú
estás bajo mi protección, de manera que si falta algo debes llamarme.
Meril
Rohan asintió con un seco movimiento de cabeza.
―¿Aceptas
ser mi esposa, sin prueba? ―preguntó Sklar Hast con voz débil.
―No.
―El humor de Meril había vuelto a cambiar, y ahora tenía una actitud distante.
Sklar Hast se preguntó por qué―. No necesito nada ―dijo ella―. Gracias.
Sklar
Hast dio media vuelta y fue a reunirse con los que habían desarmado la vieja
torre de señales. Había actuado de manera demasiado precipitada, había sido
demasiado torpe, se dijo. Con Zander Rohan muerto hacía apenas unos días, era
evidente que Meril aún estaba triste y poco interesada en recibir ofertas de
matrimonio.
La
apartó de los pensamientos y se mezcló con los embaucadores y los rateros que
rescataban todo lo que les parecía útil de la vieja estructura. Mimbre roto,
fragmentos de piel de hoja, todo era trasladado a una balsa de fuego que
flotaba en la laguna y quemado, y al poco tiempo la apariencia de devastación
desapareció.
Mientras
tanto, los Gamberros habían levantado la red y estaban reparando los daños.
Sklar Hast se detuvo a observarlos y después habló con Roger Kelso, el Notario,
que por alguna razón personal había acudido al Flotador Tranque.
―Imagina
una red de pesado cable suspendida sobre la laguna. El rey Kragen entra nadando
en la laguna, ansioso por hartarse. La red cae; el rey Kragen se enreda...
Sklar
Hast hizo una pausa.
―¿Y
entonces? ―preguntó Roger Kelso con una sonrisa taciturna.
―Entonces
lo amarramos firmemente, lo remolcamos hasta el mar y nos despedimos de él.
Roger Kelso asintió.
―Es
posible... en condiciones óptimas. Tengo dos reparos. Primero, las mandíbulas.
Bien podría cortar la red por delante, sacar los palpos, abrirse paso y
librarse del todo. Segundo, los Intercesores. Observarían la red suspendida,
adivinarían su propósito y alertarían al rey Kragen o lo invitarían a venir y a
castigar a los criminales que trataban de matarlo.
Con
tristeza, Sklar no tuvo más remedio que coincidir con él.
―Sean
cuales sean los medios que decidamos usar, nunca deberán llegar a oídos de los
Intercesores.
El
Maestro Ratero, Rollo Barnack, había oído la conversación.
―Yo
también he estado pensando en el problema del rey Kragen ―dijo―. Se me ha
ocurrido una solución: un dispositivo de apariencia inocente que, si todo sale
bien, de lo que no hay ninguna garantía, podría matar al rey Kragen. Lo mejor
de todo es que no despertaría las sospechas de Semm Voiderveg.
―Me
interesa mucho ―dijo Sklar Hast―. Describe ese ingenioso dispositivo.
Rollo
Barnack empezó a hablar, pero al advertir que se acercaban el Árbitro Ixon
Myrex, el Intercesor Semm Voiderveg y varios más de similar ideología, guardó
silencio.
El
Árbitro Myrex hizo de portavoz del grupo. Su voz fue clara, firme y
desapasionada; era evidente que habían tratado y ensayado ese encuentro.
―Sklar
Hast, no venimos a hablarte con ánimo necesariamente amistoso, pero sí al menos
negociador.
Sklar
Hast asintió con cautela.
―Te
escucho.
Coincidirás
en que hay que detener el desorden, la destrucción, y el enfrentamiento, del
todo y definitivamente; que hay que devolver al Flotador Tranque su elevado
estatus y reputación.
Miró
a Sklar Hast con expectación.
―Continúa
―dijo Sklar Hast.
―No
respondes nada ―se quejó Ixon Myrex.
―Tú
no hiciste ninguna pregunta ―dijo Sklar Hast―. Sólo hiciste una aseveración.
Ixon
Myrex puso un gesto petulante.
―¿Estás
de acuerdo con ella?
―Por
supuesto ―dijo Sklar Hast―. ¿Esperas que yo adopte otra postura?
El
Árbitro Myrex pasó por alto la pregunta.
―Forzosamente
tenemos que cooperar. Es imposible volver a la normalidad si no nos esforzamos
en esa dirección y si no... hacemos ciertos sacrificios. ―Calló un instante,
pero Sklar Hast no hizo ningún comentario―. Sobre todo parece absurdo y
paradójico que tú, con esa manera de ver las cosas tan fanáticamente poco
ortodoxa, sigas en un cargo que conlleva gran peso y prestigio. La mejor manera
de servir al flotador sería que renunciaras voluntariamente al cargo.
―No
lo dudo. ¿Y qué sacrificios proponéis hacer vosotros?
―Estamos
de acuerdo en que si tú muestras sentido de responsabilidad, renuncias a la maestría
del gremio, haces profesión sobria y sincera de ortodoxia, condonaremos tus
delitos y no los sostendremos más para tu desprestigio.
―Sois
de verdad muy magnánimos ―dijo Sklar Hast con desprecio―. ¿Qué clase de oveja
acuática llorona creéis que soy?
Ixon
Myrex hizo un brusco movimiento de cabeza.
―Temimos
que ésta pudiera ser tu respuesta. Ocurre que para nosotros la violencia es tan
aborrecible como para cada hombre y mujer de los flotadores, y por lo tanto no
venimos con amenazas. No obstante, queremos que nos prometas solemnemente que
nunca más te involucrarás en actividades poco ortodoxas o que cuestionen la
autoridad del rey Kragen.
―¿Y
si no lo hago?
―Entonces
te pediremos que abandones el Flotador Tranque.
―¿Y
adónde sugerís que vaya?
Semm
Voiderveg no pudo seguir conteniendo la pasión. Apuntó con un dedo tembloroso
hacia el mar.
―¡Sugerimos
que tú y los que son como tú se marchen! Hay otros flotadores, se los menciona
en las Analectas; los Primeros los vieron cuando bajaba la Nave del Espacio. Id
al norte, a algún otro flotador, y dejad que los que deseamos la paz podamos
seguir viviendo aquí como siempre.
Sklar
Hast torció el gesto.
―¿Qué
me dices del rey Kragen? Al sugerir que invada el océano me parece que violas
la Alianza. ¿Qué me contestas?
―¡La
invasión entonces se convierte en un asunto entre tú y el rey Kragen! No es
cosa mía.
―¿Y
si el rey Kragen nos sigue hasta nuestro nuevo domicilio, abandonando los
Flotadores de Origen? ¿Qué harían entonces los Intercesores?
Semm
Voiderveg parpadeó. Era evidente que el concepto lo había tomado por sorpresa.
―Si
se presenta esa emergencia puedes tener la certeza de que sabremos resolverla.
Sklar
Hast se dispuso a seguir con su tarea.
―No
renunciaré a mi legítimo puesto en el gremio; no prometo fidelidad ni a
vosotros ni al rey Kragen; no atravesaré el océano.
Semm
Voiderveg empezó a hablar, pero Ixon Myrex levantó una mano.
―Entonces
¿qué piensas hacer? ―preguntó astutamente.
Sklar
Hast le clavó la mirada; en su cerebro luchaban impulsos contradictorios. La
prudencia y la sagacidad lo incitaban a disimular, a fingir ortodoxia o al
menos desinterés mientras encontraba algún método para matar al rey Kragen.
Pero, ¿qué pasaría si fracasaba en el intento? Entonces el Flotador Tranque
volvería a ser devastado y la gente que no quería saber nada del proyecto podía
sufrir heridas e incluso la muerte. Creía que lo justo era anunciar sus
intenciones para que los que no estuvieran de acuerdo pudieran alejarse.
Pero
al advertir de sus intenciones a Ixon Myrex y a Semm Voiderveg se garantizaba
su vigilancia, su antagonismo y probablemente su interferencia. Era puro
sentido común fingir, calmar a Ixon Myrex y a Semm Voiderveg y minimizar sus
sospechas. ¿Qué ocurriría si murieran algunas personas inocentes? Sin bajas era
imposible ganar batallas. Y Sklar Hast trató de morderse la lengua y hablar de
cosas tranquilizadoras, pero eso no le salía; era físicamente incapaz de
ponerse la máscara necesaria, y sus limitaciones le produjeron una gran rabia.
―En
vuestro lugar ―dijo en tono brusco― yo me iría del Flotador Tranque y no
volvería. Porque en el futuro quizá haya por aquí eso que llamáis falta de
ortodoxia.
―¿Exactamente
en qué grado? ―preguntó sucintamente Ixon Myrex.
―No
tengo planes. Igual no te los contaría. Pero ahora, aunque sé que es un error,
estáis advertidos.
Semm
Voiderveg empezó a hablar de nuevo, pero Ixon Myrex volvió a hacerlo callar.
―Veo
que nuestro esfuerzo por llegar a una solución armoniosa ha sido inútil. He
oído tu advertencia; ahora oirás la mía. Cualquier intento de ofender al rey
Kragen, cualquier intento de mellar su dignidad será castigado con la pena de
muerte. ¡Ése es mi veredicto como Árbitro del Flotador Tranque! Has desafiado
la autoridad y la majestad de la tradición. ¡Que tu insolencia no te cause
pesar!
Habló
uno de los otros, Gian Recargo, el Anciano Desfalcador, hombre de gran
gentileza, rectitud y presencia.
―Sklar
Hast, ¿tienes conciencia de tu irresponsabilidad? Pones en peligro la vida y la
propiedad de otros que no desean participar en tus alocadas travesuras. ¿De
veras no sientes vergüenza?
―He
meditado largamente sobre la situación ―dijo Sklar Hast―. He llegado a la
conclusión de que existe un gran mal, que la inercia y el miedo presionan tanto
a personas por lo demás honorables como tú que las llevan a tolerar ese mal.
Alguien tiene que estar dispuesto a asumir grandes riesgos, incluso con la vida
de otras personas. Esto no es irresponsabilidad; es mucha más responsabilidad
de la que hubiera preferido. Esta opinión no es sólo mía; no soy monomaníaco.
Muchos compañeros cuerdos y responsables están de acuerdo conmigo en que hay
que derrotar al rey Kragen. ¿Por qué no os unís a nosotros? Una vez que la
bestia marina haya sido aniquilada, seremos libres. ¿Acaso no vale la pena
correr el riesgo? ¡Podremos usar el océano como queramos! ¡No tendremos que
seguir alimentando ese buche glotón! Los Intercesores perderán sus sinecuras y
entonces tendrán que trabajar como todos nosotros, lo cual les resulta
abrumador; de ahí su antagonismo. ¡Éste es el camino del futuro!
Gian
Recargo estaba callado. Ixon Myrex, irritado, se mesaba la barba. Pasaron unos
pesados segundos. Semm Voiderveg miró impaciente.
―¿Por
qué no refutas esta diatriba increíble?
Gian
Recargo se volvió y se quedó mirando hacia la laguna.
―Tengo
que pensar esto muy bien ―masculló.
―No
estoy dispuesto a que cuestionen así mi valentía.
―Bah
―dijo Ixon Myrex, nervioso―. Las condiciones en el pasado eran bastante buenas.
¿A quién le interesa navegar por el océano? Y las esponjas que consume el rey
Kragen no constituyen un impuesto tan elevado.
Semm
Voiderveg lanzó un puñetazo al aire.
―¡Esto
es superficial! ¡El tema es la abominable arrogancia de Sklar Hast, su desacato
y su irreverencia hacia nuestro gran rey Kragen!
Gian
Recargo dio media vuelta y se alejó lentamente por el flotador. Semm Voiderveg
hizo otro gesto colérico. Ixon Myrex resistió allí un momento más, lanzó una
mirada escrutadora a la arruinada torre, a la laguna, a Sklar Hast, a los que
estaban escuchando atentamente alrededor, y entonces emitió un sonido difícil
de describir y se marchó.
Los
embaucadores y los rateros regresaron a su trabajo. Sklar Hast, con Roger
Kelso, fue a consultar a Rollo Barnack, a oír su plan para matar al rey Kragen.
Ambos estuvieron de acuerdo en que si las condiciones eran las correctas, si el
momento elegido era el indicado y si los materiales eran suficientemente duros,
podían matar al rey Kragen.
7
Poco
a poco las señales del desastre fueron desapareciendo; poco a poco el Flotador
Tranque fue recuperando su aspecto normal. Quemaron los restos de las cabañas
destrozadas en la balsa de fuego y almacenaron las cenizas cuidadosamente para
su posterior uso en la fabricación de jabón, cal, ladrillos refractarios, el
estampado de telas, la preparación de plomadas, la clarificación de barnices.
Los cadáveres, tras una inmersión en receptáculos especiales durante dos
semanas, tiempo en el que unos pequeños gusanos con aletas limpiaron del todo
los esqueletos, fueron transportados a una parte remota del flotador donde les
quitaron los huesos más duros y calcinaron el resto para obtener cal;
tradicionalmente, los Publicistas tenían la exclusividad de esa tarea.
Habían
cortado y secado mimbre y con él habían formado nuevas cabañas, cubiertas de
piel de hoja y barnizadas; habían construido nuevas pérgolas de esponja,
sembradas de juncos y hundidas en el agua azul brillante.
La
torre de señales, el objeto más macizo y complicado del flotador, fue la última
estructura que reconstruyeron. La torre nueva era aún más alta que la vieja, de
diseño más sólido, y estaba situada un poco más cerca de la laguna.
El
método de construcción fue también diferente del viejo, y suscitó muchos
comentarios entre los habitantes del Flotador Tranque. Habitualmente, cada pata
descendía a través de un agujero en el flotador y se anclaba en la bifurcación
de un robusto tallo submarino. En la torre nueva esos soportes terminaban en
una plataforma baja de sesenta y cinco metros cuadrados y de esta plataforma se
elevaban las cuatro patas: grandes postes de más de treinta metros de altura
fabricados con mimbre reforzado empapado en barniz. Las patas, sujetadas por
esparcidores, convergían poco a poco, hasta terminar en un armazón de cuatro
metros cuadrados.
Las
proporciones de la torre, la masa de los postes y el área comparativamente
pequeña de la plataforma base, despertaban tanta curiosidad y críticas como el
método poco convencional de construcción. En una ocasión Ixon Myrex acusó a
Rollo Barnack, el Maestro Ratero, de falta de ortodoxia.
―¡Nunca
vi una torre como ésta! ―se quejó―. No entiendo la necesidad de una
construcción tan pesada. Los postes son tan fuertes arriba como abajo. ¿Para
qué?
―Dan
mayor solidez a la torre ―explicó Rollo Barnack guiñando un ojo.
―¡Solidez
puede ser, pero es tan precariamente estrecha en la base que una buena racha de
viento la puede derribar en la laguna!
―¿De
veras? ―preguntó con seriedad Rollo Barnack, dando un paso atrás y observando
la torre como si fuera la primera vez.
―No
soy, Ratero ―prosiguió Ixon Myrex― y sé poco de construcción, pero ésa es la
sensación que tengo. ¡Sobre todo porque la caseta de la torre está construida
en lo alto y las lámparas y las tapas cuelgan de los brazos! ¡Piensa en la
fuerza que hace como palanca!
―Tienes
razón ―dijo Rollo Barnack―. Para contrarrestar esa fuerza hemos decidido poner
unos tirantes.
El
Árbitro movió la cabeza perplejo.
―¿Por
qué no la construisteis de la vieja manera, con patas separadas para que no
hicieran falta los tirantes? Esto me parece demasiado complicado.
―Usamos
un área del flotador mucho menor ―señaló Rollo Barnack―. Algo importante a
tener en cuenta.
Nada
convencido, Ixon Myrex hizo un movimiento negativo con la cabeza, pero no
protestó más.
Entonces
pusieron los tirantes. Después agregaron la caseta de control y a continuación
el enorme penol del que colgaban las tapas y las lámparas. Este último fue
construido de la manera más meticulosa, usando partes de los tallos más densos
que podían conseguir. Ixon Myrex, inspeccionando de nuevo la construcción, se
asombró de la masa del penol. Mientras explicaba, Rollo Barnack se refirió a la
consiguiente falta de vibración y al mayor control que eso daba a los
Embaucadores.
―No
temas, Árbitro. Todos los detalles de la construcción de esta torre han sido
cuidadosamente pensados.
―¿Cómo
los tirantes, por ejemplo? ―preguntó Ixon Myrex con sorna―. ¡Y la manera en que
se asientan las patas en la plataforma... sólo atadas! ¡Con cuerdas! ¿Es ésa
una manera sólida de construir una torre de señales?
―Esperamos
que cumpla con su propósito ―dijo Rollo Barnack―. Si lo hace, no le pediremos
más.
Ixon
Myrex se marchó otra vez moviendo la cabeza.
Durante
ese tiempo el rey Kragen no había aparecido por las cercanías del Flotador
Tranque.
De
la torre de señales de Thrasneck llegaban de vez en cuando noticias de su
paradero: se lo había visto navegando al sur de Sankston, rumbo al oeste; se
había detenido en Populosa Equidad a alimentarse; había vuelto a alimentarse en
Parnassus, el siguiente flotador hacia el oeste. Después se había sumergido, y
desde hacía dos días no daba señales de vida.
Tranque
casi había vuelto a la normalidad. Las esponjas habían crecido y empezaban a
romper la cáscara, todas las cabañas habían sido reconstruidas; la nueva torre
de señales, aunque pesada y de estructura algo inestable, era alta e
impresionante.
Había
llevado mucho tiempo preparar el penol. Cada brazo había sido hervido en barniz
durante tres días, después se había cocido a fuego lento hasta que el tallo se
volvió duro y denso. Estaban reforzados con puntales y raspados y pulidos y
engrasados, y tenían un aspecto brillante y lustroso. Finalmente el penol fue
izado hasta la punta de la torre y puesto en su lugar, sin ahorrar ninguna
precaución. Primero lo encajaron y después lo pegaron, ataron y clavaron.
Ixon
Myrex se mostró otra vez perplejo.
―¡La
torre está torcida!
―¿De
veras? ―preguntó Rollo Barnack sin levantar la voz.
―Mira
la orientación que tiene: no directamente hacia la torre de Thrasneck, como
sería lógico, sino muy hacia un lado. Los habitantes de Thrasneck leerán
nuestros mensajes como si fueran bizcos.
Rollo
Barnack asintió educadamente:
―No
se nos escapa ese detalle. Fue planeado así por las siguientes razones.
Primero, se rumorea que la gente de Thrasneck está planeando una nueva torre,
que será construida más o menos en la dirección hacia donde apunta la nuestra.
Segundo, la configuración de los tallos submarinos dificultaba mucho fijar los
postes en otro ángulo que el que estás viendo, y creemos que con el tiempo irá
girando y torciéndose, lo que hará que la torre mire más directamente hacia la
actual torre de Thrasneck.
El
Intercesor Semm Voiderveg, que había recuperado algo del antiguo porte, se unió
a las críticas de Ixon Myrex.
―¡Ésta
es la torre menos elegante y eficiente que he visto jamás! Mira el penol, tan
largo y pesado, y la cabina tan pequeña y alargada debajo. ¿Alguien vio algo
parecido?
Rollo
Barnack repitió lo que había dicho antes.
―A
mí me parece más que eficiente. Si cumple con su propósito estaremos más que
felices.
Ixon
Myrex movió negativamente la cabeza, apenado.
―Los
habitantes de otros flotadores nos consideran excéntricos; con esta torre nueva
apuntando hacia el mar, nos considerarán lunáticos.
―Quizá
tengas razón ―dijo Sklar Hast con una sonrisa―. ¿Por qué tú y Voiderveg no os
vais?
―¡No
hablemos de asuntos del pasado! ―musitó Ixon Myrex―. Todo parece un mal sueño,
como si nunca hubiera ocurrido.
―Por
desgracia ocurrió ―dijo Sklar Hast―, y el rey Kragen sigue nadando en el
océano. ¡Si al menos muriera de causas naturales o se asfixiara por un exceso
de esponjas o se ahogara...!
Semm
Voiderveg lo miró con calma.
―Eres
un hombre que no conoce la reverencia, la fidelidad.
Finalmente
Ixon Myrex y Semm Voiderveg se marcharon.
Sklar
Hast miró cómo se iban.
―¡Qué
situación! ―dijo a Roger Kelso―. No podemos actuar como hombres honorables; no
podemos manifestar lo que pensamos; tenemos que andar simulando todo el tiempo.
―No
vale la pena preocuparse. ―dijo Kelso―. Hace tiempo que tomamos la decisión;
ahora estamos preparados para actuar.
―¿Y
si fracasamos?
Roger
Kelso se encogió de hombros.
―Yo
diría que tenemos un treinta por ciento de probabilidades de éxito. Hay que
actuar con tanta exactitud, con tanta precisión y sincronización que cuesta ser
optimistas.
―Tenemos
que avisar a los habitantes del flotador. Es lo menos que podemos hacer.
Rollo
Barnack y Roger Kelso se opusieron pero sin éxito. Sklar Hast se salió
finalmente con la suya, y en las primeras horas de la tarde convocó a todos los
habitantes del flotador a una reunión.
Habló
poco y fue directamente al grano.
―El
Flotador Tranque vuelve a estar entero. La vida parece apacible y tranquila. Me
parece justo anunciar que eso es ilusorio. Muchos de nosotros no nos hemos
reconciliado con el imperio del rey Kragen, y proponemos acabar con él. Quizá
fracasemos; quizá en el futuro haya circunstancias aún más desastrosas. Estáis
avisados, y si queréis podéis iros a otros flotadores más ortodoxos.
Ixon
Myrex se levantó de un salto.
―Sklar
Hast... ¡No puedes involucrarnos a todos en tus planes! ¡No es justo! Éste es
mi veredicto como Arbitro.
Sklar
Hast no respondió. Entonces habló Semm Voiderveg.
―¡Yo,
por supuesto, estoy de acuerdo con lo que dice el Arbitro! ¿Y puedo preguntar
cómo piensas llevar a cabo esos ridículos planes?
―Estamos
creando una variedad de esponjas venenosas ―explicó Roger Kelso―. Cuando el rey
Kragen las coma, se llenará de agua y se hundirá.
Sklar
Hast dio media vuelta y se alejó hasta el borde del flotador para mirar hacia
el agua. Detrás de él seguían discutiendo; después, en grupos de dos y tres y
cuatro personas, todos se fueron a sus cabañas.
Meril
Rohan se acercó a acompañar a Sklar Hast, y durante un rato los dos se quedaron
mirando las aguas crepusculares.
―Vivimos
en una época difícil, ―dijo Meril Rohan― donde cuesta separar lo que está bien
de lo que está mal, y donde no se sabe bien cómo actuar.
―Ha
terminado una era. ―dijo Sklar Hast―. Una Era Dorada, una Era de Inocencia. La
violencia, el odio y la turbulencia han llegado a los flotadores. El mundo ya
nunca más será el mismo.
―Quizá
salga de todo esto un mundo nuevo y mejor.
Sklar
Hast movió negativamente la cabeza.
―Lo
dudo. Aunque el rey Kragen se hundiera y se ahogara en este momento, seguiría
habiendo cambios. Es como si de repente los tiempos estuvieran maduros para el
cambio. Tenemos que elegir: ir hacia adelante o ir hacia atrás.
Meril
Rohan estaba callada. Señaló hacia Thrasneck.
―Mira
las señales.
«...
Se... ha...visto...al...rey...Kragen...al...norte...de...Quincunx.…avanzando
...en...dirección...este...»
―Todavía
no es el momento. ―dijo Sklar Hast―. Todavía no estamos preparados.
Al
día siguiente vieron al rey Kragen al norte del Flotador Tranque, flotando
ociosamente a la deriva sin propósito aparente. Durante una hora flotó de
manera apacible, apuntando con los tubos de los ojos a Tranque, y después viró
acercándose como con curiosidad, e inspeccionó brevemente el flotador. Semm
Voiderveg, ataviado con su ropa ceremonial, fue hasta el borde del flotador,
donde interpretó sus posturas y señas rituales. El rey Kragen miró un rato y
después, movido por alguna insondable emoción, dio una rápida sacudida y con un
movimiento de palas giró y puso rumbo hacia el oeste, moviendo las mandíbulas
como tijeras y estirando y encogiendo los palpos.
Semm
Voiderveg hizo una última genuflexión y miró cómo se iba el rey Kragen.
Cerca
estaba Sklar Hast, y cuando Semm Voiderveg se volvió para regresar a su cabaña,
sus miradas se encontraron. Durante un breve instante los dos hombres se
estudiaron mutuamente, con una hostilidad en la que no existía la comprensión.
Sklar Hast sentía una emoción muy diferente del simple desprecio que sentía por
Ixon Myrex. Era como si el propio Semm Voiderveg fuera en parte kragen, como si
por sus venas corriera un fluido añil en vez de roja sangre humana.
Una
semana más tarde el rey Kragen se dio un banquete con las esponjas de Bickle, y
al día siguiente hizo lo mismo en Thrasneck. Un día más tarde emergió
lentamente a cien metros de la entrada de la Laguna Tranque, y de nuevo con
cuidado, casi con desconfianza, examinó el flotador.
Mientras
Semm Voiderveg corría con sus ropas ceremoniales, Sklar Hast subió por la
escalera hasta la caseta de las señales, pero el rey Kragen se sumergió
lentamente. El agua se arremolinó sobre aquella torrecilla negra; el mar quedó
tan tranquilo y azul como antes.
Sklar
Hast bajó de la torre y se encontró con Semm Voiderveg que volvía a su cabaña.
―¡El
rey Kragen está atento! ¡Conoce el Flotador Tranque por el mal que lo habita!
¡Ten cuidado!
Y
Semm Voiderveg se alejó envuelto en un aleteo negro.
Sklar
Hast se quedó mirando, preguntándose si Semm Voiderveg estaría loco. Volvió al
cobertizo abierto donde con varios aprendices y Embaucadores asistentes estaba
construyendo un par de lo que él llamaba «mecanismos de práctica», y habló de
esa posibilidad con Ben Kell, el Maestro Embaucador Asistente, que no tenía
opinión.
―Para
Voiderveg el que está loco eres tú ―dijo Kell―. Ésos son asuntos difíciles de
definir. En el contexto de hace un año, Voiderveg es alguien totalmente cuerdo.
Con las condiciones de ahora, la cuestión de quién es el más cuerdo no está tan
clara.
Sklar
Hast sonrió con amargura. Había perdido peso; sus mejillas se habían vuelto un
poco cóncavas y le habían aparecido algunas canas en las sienes.
―Saquemos
estas cosas fuera del cobertizo y demos a Myrex una nueva preocupación.
Quitaron de allí los mecanismos y los pusieron sobre el flotador, entre la
torre y la laguna, uno a la derecha y el otro a la izquierda. En la laguna,
frente a la torre, colgaba una pérgola cargada de esponjas maduras. Seis o
siete metros más allá, aparentemente por casualidad, flotaba un trozo de
madera. El trozo, los dos mecanismos de práctica y la torre formaban más o
menos un cuadrado de veinticinco metros de lado.
Clavaron
unas estacas en la sustancia del flotador y los mecanismos quedaron firmemente
anclados. Sobre cada uno había un dispositivo de observación similar al pelorus
de un navegante, que Sklar Hast ajustó para que apuntaran al trozo de madera
flotante.
Su
profecía se cumplió. Casi inmediatamente apareció el Árbitro con sus ya
conocidas dudas y críticas. Comenzó hablando en un tono de cansada paciencia.
―¿Qué
son esos objetos?
―Son
las máquinas con las que practican los aprendices. Las dejaremos aquí hasta que
tengamos para ellas un sitio adecuado debajo de la torre.
―Yo
creía que antes de construir máquinas de practicar equiparías la torre con
marcos, tapas y lámparas.
―Es
lo que haríamos normalmente. Pero estamos probando una nueva conexión, y no
sería bueno que los aprendices estuvieran sin practicar.
―Mientras
tanto no podemos enviar mensajes. Estamos aislados.
Sklar
Hast señaló la torre de Thrasneck.
―Puedes
leer todo lo que pasa en otras partes. Aquí no ocurre nada importante.
―No
obstante, deberíamos poner en marcha nuestro sistema lo antes posible. ―Miró
con odio la torre―. Por pesado, torcido y poco elegante que sea.
―Si
cumple su función, ―dijo Sklar Hast― será el objeto más hermoso que ha visto el
mundo.
El
Árbitro Myrex le lanzó una intensa mirada. ―¿Qué quieres decir con esas
palabras?
Sklar
Hast vio que había ido demasiado lejos. Ixon Myrex era un hombre lento y
rígido, pero no estúpido.
―Pura
euforia, pura hipérbole.
Ixon
Myrex soltó un gruñido.
―La
estructura es una desgracia estética. Ya somos el hazmerreír de toda la línea.
Cuando la gente habla de extravagancia y excentricidad y menciona a Quatrefoil
y Sankston, ahora agrega a Tranque. No lamentaría nada ver esa torre destruida
y que se levantara otra en su lugar.
―Ésta
funcionará ―dijo Sklar Hast en tono despreocupado.
Pasaron
más días. El rey Kragen cenó en Lámpara Verde, en Fleurnoy y en Adelvine tres
días sucesivos, y después se alejó hacia el oeste, hasta Granolt. Durante dos
días no se lo vio, y después apareció en el horizonte, al sur de Aumerge,
avanzando hacia el este. Al otro día cenó una vez más en Adelvine, agotando
casi todo lo que había en la laguna, y al día siguiente en Sumber, el tercer
flotador al norte de Tranque, con sólo Thrasneck y Bickle entre ellos. En el
Flotador Tranque había una atmósfera de inquietud y aprensión. La gente hablaba
en voz baja y miraba constantemente de reojo hacia el mar. Por algún tipo de
ósmosis psíquica todo el mundo sabía que había un gran proyecto en marcha,
aunque desconocían la naturaleza de ese proyecto... todos menos la treintena de
hombres más reservados del flotador.
Dos
días después de haber cenado en Sumber, el rey Kragen apareció en el océano al
norte de Tranque y se quedó flotando allí media hora, moviendo las enormes
paletas. Al ver eso, los más medrosos se fueron de Tranque, llevándose a
Thrasneck mujeres e hijos.
Semm
Voiderveg fue a ver a Sklar Hast hecho una furia.
―¿Qué
pasa? ¿Qué estás tramando?
―¿Qué
estás tramando tú?
―¿Yo?
―bramó el corpulento Intercesor―. ¿Qué puedo tramar que no sea rectitud? ¡Eres
tú y tus cómplices quienes amenazan el tejido de nuestra existencia!
―Cálmate,
Voiderveg ―dijo Wall Bunce con una sonrisa insensible―. Allá flota el kragen al
que te has entregado. Si apareces en desventaja te perderá el respeto.
Rudolf,
Snyder emitió un grito de advertencia.
―¡Se
mueve! ¡Está nadando!
Semm
Voiderveg hizo un gesto desaforado. ―Debo ir a recibirlo. Sklar Hast, te
advierto, te imploro, ¡no hagas nada contrario a la Alianza!
Sklar
Hast no respondió. Con una desesperada mirada final de admonición, el
Intercesor marchó hacia el borde del flotador y empezó con sus gesticulaciones
rituales.
El
rey Kragen avanzó despacio, impulsándose con pequeños movimientos de las palas.
Los tubos de los ojos estudiaron con atención el flotador, como si hubieran
recibido parte de la tensión y la emoción de los habitantes. El rey Kragen se
acercó a la desembocadura de la laguna. Semm Voiderveg hizo una seña a sus
ayudantes, que retiraron la red para que el rey Kragen pudiera entrar en la
laguna.
La
gran mole negra se acercaba. Sklar Hast tomó conciencia de lo atentos que
estaban Ixon Myrex y varios más. Era evidente que habían tratado el tema y
hecho planes para impedir cualquier acción de su parte. Sklar Hast esperaba
algo por el estilo y no estaba nada perturbado. Fue hasta un banco y se sentó,
como desvinculándose desdeñosamente de toda la situación. Al mirar alrededor
vio que otros de ideas ortodoxas estaban también cerca de Roger Kelso y Rubal
Gallager, aparentemente preparados para emplear la fuerza si fuera necesario. A
lo largo del flotador, otros de los que estaban en la conspiración iban
ocupando con naturalidad sus puestos. Sklar Hast creía que el programa era
descaradamente obvio, y le extrañaba que ni Semm Voiderveg ni Ixon Myrex ni los
demás lo hubieran percibido.
Uno
sí se había dado cuenta, Gian Recargo, Anciano de los Desfalcadores. Fue hasta
el banco y se sentó al lado de Sklar Hast.
―Éste
es un momento precario. ―Echó una mirada hacia la torre de señales―. Espero que
todo salga bien.
Sklar
Hast asintió con una expresión sombría. ―Yo también.
El
tiempo avanzaba con exasperante lentitud. El sol brillaba casi perpendicular
sobre el agua ultramarina. El follaje ―negro, naranja, verde, púrpura, pardo
rojizo― oscilaba movido por una leve brisa cálida. El rey Kragen nadó entrando
en la laguna. Semm Voiderveg corrió hasta el borde del flotador e hizo los
gestos de reverencia e invitación.
Sklar
Hast frunció el ceño y se rascó la barbilla. Gian Recargo lo miró de reojo.
―¿Qué
hacemos con Semm Voiderveg? ―preguntó en tono muy seco.
―No
lo había tenido en cuenta ―masculló Sklar Hast―. Un error de razonamiento...
Haré todo lo que esté a mi alcance. ―Se levantó y se acercó a Rollo Barnack,
que estaba junto a uno de los mecanismos de práctica. Junto al otro estaba Ben
Kell, el Maestro Embaucador Ayudante, ambos en una posición que les permitía
mirar por sus peloruses―. El Intercesor se ha puesto delante. ―dijo Sklar Hast
entre dientes―. No le prestéis atención. Yo trataré de salvarlo.
―Tú
también correrás peligro.
Sklar
Hast asintió.
―Así
es, por desgracia. Todos corremos graves riesgos. No tengáis en cuenta a Semm
Voiderveg ni a mí. Proceded como si ninguno de los dos estuviera en peligro.
Los dos escaparemos.
Rollo
Barnack hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
―Como
quieras.
Y
miró a través del pelorus y vio la nerviosa punta de la paleta delantera del
rey Kragen.
El
rey Kragen flotó en silencio durante diez o veinte segundos, estudiando a Semm
Voiderveg. Después volvió a avanzar, echando hacia adelante los palpos, y se
dio un último impulso que lo llevó junto a la pérgola.
El
rey Kragen empezó a alimentarse.
Rollo
Barnack, mirando por el pelorus, encontró la torrecilla un poco a la derecha de
su línea de visión. Esperó. El rey Kragen flotó moviéndose un poco hacia la
izquierda. Rollo Barnack hizo una señal convenida, levantando la mano y
pasándose los dedos por el pelo. Ben Kell, en el otro pelorus, ya estaba
haciendo lo mismo.
Detrás
de la torre, Poe Belrod y Wall Bunce ya habían cortado los amarres y atado las
dos patas traseras a los tocones que brotaban de la plataforma base. Rudolf
Snyder y Garth Gasselton soltaron los tirantes traseros. De cada uno de los
tirantes delanteros ―los que iban hacia la laguna― tiraban cinco hombres de la
manera más tranquila y natural posible.
La
enorme torre, alta, pesada, estrecha en la base, pivotó sobre las dos patas
todavía atadas. El formidable penol empezó a describir un gran arco que
terminaría en la torrecilla del rey Krágen.
Directamente
en el camino de la torre que caía estaba Semm Voiderveg, concentrado en sus
rituales. Sklar Hast se adelantó dando unas zancadas y apartó al Intercesor.
Otros se dieron cuenta de que la torre caía. De repente hubo unos gritos de
susto. Semm Voiderveg miró por encima del hombro y vio cómo se derrumbaba
aquella estructura y al mismo tiempo sintió que Sklar Hast lo embestía. Soltó
un graznido ahogado y trató de correr tropezando y agitando los brazos. Los dos
hombres rodaron, apartándose del peligro. El asombrado rey Kragen movió las
paletas. Como un enorme pico, la torre descargó el puntiagudo penol, que no dio
en el centro de la torrecilla porque el rey Kragen se movió, alarmado. La punta
dio en el cilindro negro, rebotó y se clavó en la negra plataforma rectangular
que había debajo.
Rollo
Barnack y Roger Kelso soltaron quejidos de decepción; otros gritaron de horror
y miedo. El rey Kragen emitió un feroz siseo y azotó el agua con las cuatro
palas. El penol se desprendió de la torre; el rey Kragen forcejeó volviendo a
la laguna. Con dos de los palpos agarró el tronco que aún le sobresalía de la
carne, lo arrancó y lo blandió en el aire. Semm Voiderveg, levantándose con
esfuerzo, gritó con voz llorona y estridente:
―¡Piedad,
rey Kragen! ¡Qué error terrible! ¡Piedad, ten piedad!
El
rey Kragen se acercó y descargó vengativamente el tronco en Semm Voiderveg,
aplastándolo contra la hoja. Lo golpeó de nuevo y después, rugiendo y silbando,
arrojó el objeto a Sklar Hast. A continuación dio marcha atrás, aceleró y
arremetió contra el flotador.
―Corred
―gritó Rollo Barnack con voz ronca―. ¡Sálvese quien pueda!
El
rey Kragen no estaba conforme con la devastación de Tranque. También hizo
estragos en Thrasneck y Bickle; después, fatigado y quizá dolorido, se impulsó
hasta el mar y desapareció.
8
Convocaron
una Gran Asamblea en el Flotador Apprise. Barquan Blasdel, el Intercesor de
Apprise, fue el primero en hablar. Sus comentarios, como era de esperar, fueron
amargos, y su tono severo. Elogió largamente a Semm Voiderveg; lamentó los
muertos de Tranque, Thrasneck y Bickle; describió la confusión y el desastre;
habló con pesimismo de la Alianza rota.
―Su
comprensible furia aún no ha sido saciada, pero ¿acaso sufren los culpables?
No. Esta mañana el rey Kragen atacó y demolió las barcas de cuatro Estafadores
de Vidmar. ¿Quién puede culparla? ¡Llegar de buena fe, según los términos de la
Alianza, a recibir lo que era de él, alentado y recibido por el Intercesor, y
entonces sufrir este ataque mortífero! ¡El rey Kragen ha dado una buena muestra
de compostura al no destruir todos los flotadores de la cadena!
»No
hace falta decir que los horribles conspiradores que urdieron este plan deben
ser castigados. La última asamblea terminó en disturbios y derramamiento de
sangre. En esta ocasión tenemos que ser más controlados, más sagaces, pero
decididamente tenemos que actuar. Los conspiradores deben morir.
Barquan
Blasdel no pidió que la gente mostrara los puños, dado que los acusados aún no
habían hablado en su defensa.
Phyral
Berwick, Árbitro de Apprise y por lo tanto moderador de la asamblea, miró
alrededor.
―¿Quién
tiene ganas de hablar?
―Yo.
―Gian Recargo, Anciano de los Desfalcadores de Tranque, dio un paso adelante―.
Yo no fui un conspirador activo. Al principio tenía ideas ortodoxas; después
cambié la manera de pensar. Sigo en ese cambio. Es cierto que los llamados
conspiradores han provocado daño y pérdida de vidas en los flotadores. Lo
lamentan tanto como el que más. Pero estoy de acuerdo con Sklar Hast: el daño y
las muertes son inevitables. Hay que matar al rey Kragen. Por lo tanto, no
injuriemos a estos hombres que a fuerza de ingenio y osadía casi mataron al rey
Kragen. Hicieron todo lo que pudieron. Sklar Hast arriesgó su propia vida para
salvar la vida de Semm Voiderveg. El rey Kragen mató al Intercesor.
Barquan
Blasdel se levantó de un salto y ridiculizó la defensa que Gian Recargo había
hecho de lo que él llamaba la «blasfema irresponsabilidad de los
conspiradores». Después de él habló Archibel Verack, Intercesor de Quincunx;
luego Parensic Mole, Árbitro de Wyebolt; a continuación intervinieron una serie
de árbitros, intercesores, ancianos y maestros de gremio.
No
había ningún consenso claro. Parecía que aproximadamente un tercio de los
presentes era partidario de aplicar a los conspiradores los castigos más
drásticos; otro tercio, aunque lamentando la destrucción y las muertes,
lamentaba aún más el fracaso del plan; el tercio final estaba compuesto por
personas confusas, indecisas y temerosas que se inclinaban en una dirección y
después en la otra.
Sklar
Hast, aconsejado por Gian Recargo, no habló, y se limitó a mirar impávidamente
mientras Barquan Blasdel y otros lo cubrían de oprobio.
A
medida que transcurría la tarde se fue acabando la paciencia. Barquan Blasdel
decidió finalmente dar un remate a la situación. Con voz mortalmente calma
volvió a enumerar los pecados de Sklar Hast y sus compañeros y después,
elevando la voz, con tono apremiante, pidió a la gente que mostrara los puños.
―¡Paz
y Alianza! ¡Todos los que estéis a favor, levantad los puños! ¡Debemos purgar
el mal que nos amenaza! ¡Y os digo... ―se inclinó y miró amenazadoramente por
encima del flotador― que si la asamblea no vota correctamente la muerte de los
asesinos, nosotros, los bien pensantes y verdaderos creyentes, nos debemos
organizar en un grupo disciplinado para asegurarnos que se cumpla la justicia!
¡Así de serio, de básico, de importante es este asunto! ¡El crimen no puede
quedar impune! ¡Antes vacilamos... y mirad adónde nos ha conducido esa actitud!
Por eso os digo: votad muerte a los asesinos o la poderosa fuerza de la ira
ortodoxa impondrá una severa justicia. Por lo tanto: ¡arriba los puños contra
Sklar Hast y los conspiradores!
Los
puños subieron en el aire. Un número similar quedó abajo, aunque muchos de
éstos pertenecían a los confundidos y a los indecisos. Entonces comenzó el
ominoso murmullo de razonamientos que había precedido al derramamiento de
sangre en la última asamblea.
Sklar
Hast se puso de pie y subió a zancadas a la tribuna.
―Estamos
claramente divididos. Algunos desean servir al rey Kragen, otros prefieren no
hacerlo. Estamos al borde de una terrible experiencia, que por todos los medios
debemos impedir. Hay una manera sencilla de hacerlo. Existen otros flotadores
tan fértiles como éstos. Ofrezco marcharme de estos amados Flotadores de Origen
e iniciar una nueva vida en otro sitio. Naturalmente, serán bienvenidos todos
los que deseen acompañarme, aunque no alentaré a nadie a hacerlo. Ganaremos
libertad. No serviremos a ningún rey Kragen. La vida nos pertenecerá. Al
principio sufriremos sin duda privaciones, pero las superaremos y crearemos una
vida tan agradable como la que hemos conocido aquí... quizá más agradable
porque no habrá ningún tiránico rey Kragen. Entonces, ¿quién quiere partir en
busca de un nuevo hogar?
Se
levantaron algunas manos, y después otras, y después otras más, hasta
representar más o menos un tercio de los presentes.
―Esto
es más de lo que esperaba ―dijo Sklar Hast―. Id entonces a vuestros flotadores,
cargad las barcas con herramientas, potes, barniz, cordaje... todo lo que tenga
alguna utilidad. Después volved aquí, a la Laguna Apprise. Esperaremos un
momento propicio para irnos, cuando sepamos que la bestia está en Sciona si
decidimos navegar hacia el este, o en Tranque si navegamos hacia el oeste: No
hace falta decir que la dirección y la hora de partida deben ser secretas. No
hace falta explicar por qué. ―Lanzó una mirada irónica a Barquan Blasdel, que
estaba allí sentado como una imagen esculpida―. Es triste abandonar la casa de
los antepasados, pero peor es quedarse y someterse a la tiranía. Los Primeros
tomaron esta misma decisión, y es evidente que al menos algunos de nosotros
todavía conservamos los ideales de nuestros antepasados.
Barquan
Blasdel habló sin levantarse: un acto grosero.
―No
hables de ideales: vete. Vete contento. Vete con toda la buena voluntad. No te
extrañaremos. ¡Y no se te ocurra regresar cuando los abundantes bribones, sin
el control del gran rey, te devoren las pobres esponjas, te rompan las redes,
te aplasten las barcas!
Sklar
Hast no le prestó la menor atención.
―Todos
los que vayamos a marcharnos de estos tristes Flotadores de Origen nos
reuniremos aquí dentro de dos días. En ese momento decidiremos en secreto la
hora de partida.
Barquan
Blasdel soltó una carcajada.
―No
necesitas temer nuestra interferencia. Vete cuando lo desees; lo que haremos
será facilitarte la partida.
Sklar
Hast reflexionó un momento.
―¿No
informaréis al rey Kragen de nuestra partida?
―No.
Aunque, por supuesto, puede enterarse mediante su propia observación.
―Éste
será entonces nuestro plan. En la tarde del tercer día, cuando el viento sople
hacia el oeste, partiremos... siempre, claro está, que el rey Kragen navegue
hacia, el este.
9
Barquan
Blasdel, Intercesor de Apprise, su esposa y seis hijas ocupaban una hoja en el
océano al norte del flotador principal de Apprise, algo aislada y aparte. Era
quizá la hoja más selecta y más agradable del complejo Apprise, situada donde
Blasdel podía leer las señales de las torres de Apprise, Quatrefoil y Las Ligas
hacia el este, y de Granolt hacia el oeste. La hoja estaba encantadoramente
cubierta con un centenar de plantas y enredaderas diferentes, algunas cargadas
de vainas resinosas, otras de cápsulas de fragante savia; otras de crespos
zarcillos y retoños. Algunos arbustos producían tinturas y pigmentos; una
epífita de hojas moradas producía unos frutos carnosos de rico sabor. Otras
cosas que crecían allí eran puramente ornamentales... situación no muy habitual
en los flotadores, donde el espacio escaseaba y cada objeto tenía una utilidad.
A lo largo de la línea de flotadores pocas hojas podían compararse con la de
Barquan Blasdel en belleza, variedad de plantas, aislamiento y tranquilidad.
Al
atardecer del segundo día después de la asamblea, Barquan Blasdel regresó a su
hoja. Dejó caer la amarra de la barca en una estaca de hueso esculpido, mirando
con admiración hacia el oeste. El sol acababa de bajar del cielo, que ahora
resplandecía con brillantes verdes, azules y, en el cenit, un púrpura de
exquisita pureza. El océano, rizándose con los primeros soplos de la brisa
nocturna, reflejaba el cielo. Blasdel se sentía rodeado, inmerso en el color.
Dio
media vuelta y echó a andar hacia su casa, silbando entre dientes. En la laguna
había quinientas barcas, quizá incluso seiscientas, cargadas de efectos
personales: las pertenencias de los elementos más perversos y problemáticos de
los flotadores. Al día siguiente partirían y no se sabría más de ellos. Nunca
más. Y los silbidos de Blasdel bajaron de tono y se volvieron más pensativos.
Aunque
daba la impresión de que la vida fluía sin problemas, él últimamente sentía un
desasosiego creciente, una insatisfacción que se había manifestado de cien
formas diferentes. A Barquan el intento de matar al rey Kragen no lo había
sorprendido tanto como había dado a entender, y consideraba que el intento
había estado más cerca del éxito de lo que él hubiera imaginado. Ese tal Sklar
Hast era un tipo listo e inescrupuloso. Un hombre escandaloso, recalcitrante,
escéptico y de gran energía. Barquan Blasdel estaba más que contento de verlo
marchar.
Todo
estaba saliendo de la manera más satisfactoria. ¡Sí, claro que sí! ¡La
situación no se habría resuelto mejor aunque él hubiera organizado
personalmente toda la secuencia de sucesos! ¡De golpe todos los gruñones, los
pelafustanes, los secretamente insolentes, los obstinados y testarudos
desaparecerían y no volverían a perturbar nunca más la fácil y ortodoxa forma
de vida!
Caminando
con desenvoltura, subió por el sendero hacia su residencia: un grupo de cinco
cabañas adosadas, ocultas por el jardín, y que proporcionaban un máximo de
intimidad a Blasdel, su esposa y seis hijas. Blasdel se detuvo. En un banco al
lado de la puerta había un hombre sentado. La oscuridad del crepúsculo le
ocultaba la cara. Blasdel frunció el ceño y miró con atención. En su hoja
privada no eran bien vistos los intrusos.
Blasdel
se acercó. El hombre se levantó del banco e hizo una reverencia. Era Phyral
Berwick, el Árbitro de Apprise.
―Buenas
noches ―dijo Berwick―. Espero no haberte asustado.
―De
ninguna manera. ―dijo Blasdel en tono brusco. Con rango similar al suyo, no
podía ignorarlo, aunque después de su extraordinaria y equívoca conducta en las
dos asambleas, Blasdel no pudo mostrar más que un mínimo de cortesía formal―.
Lamentablemente ―dijo― no esperaba visitas, y no puedo ofrecerte ningún
refrigerio.
―No
tiene importancia ―declaró Berwick―. No quiero comida ni bebida. ―Señaló con la
mano alrededor―. Vives en una hoja de incomparable belleza, Barquan Blasdel.
Muchos te envidian.
Blasdel
se encogió de hombros.
―Mi
conducta es ortodoxa; estoy blindado contra las opiniones adversas. Pero ¿qué
urgencia te trae aquí? Me temo que no podré estar muy ceremonioso; pronto
tendré que llegar a la torre de señales para participar en una conferencia
cifrada de todos los flotadores.
Berwick
hizo un gesto de educada aquiescencia.
―Lo
que me trae aquí tiene poca importancia. Pero no me gusta tenerte ahí de pie en
el crepúsculo. ¿Entramos?
Blasdel
gruñó, abrió la puerta e hizo pasar a Berwick a la cabaña. De un armario sacó
fibra de luminante, que encendió y colocó sobre una agarradera.
―Para
serte franco ―dijo volviéndose de repente y mirando a Berwick de reojo―, me
sorprendió un poco verte. Aparentemente tú estabas entre los disidentes
impulsivos que planeaban irse.
―Puedo
haber dado esa impresión ―aceptó Berwick―. Pero tienes que comprender que las
cosas dichas en el calor de la emoción son a veces enmendadas a la luz de la
sobria razón.
Blasdel
asintió bruscamente.
―Muy
cierto. Sospecho que muchos otros ingratos se lo pensarán dos veces antes de
unirse a esa atolondrada expedición.
―Esperaba,
en realidad, que eso no ocurriera. Eso explica en parte mi presencia aquí.
―Berwick miró alrededor del cuarto―. Interesante habitación. Posees docenas de
artefactos valiosos. ¿Dónde está el resto de tu familia?
―En
la zona doméstica. Éste es mi santuario, mi taller, mi lugar de meditación.
―Ya
veo. ―Berwick inspeccionó las paredes―. ¡Ya veo, ya veo! ¡Creo advertir algunas
reliquias de los antepasados!
―Cierto
―dijo Blasdel―. Este pequeño objeto plano está hecho con la sustancia llamada
«metal», y es sumamente duro. El mejor cuchillo óseo no le hará ni un raspón.
No sé qué función cumplía este objeto particular. Es una reliquia de familia.
Estos libros son copias exactas de las Memorias. ¡Ay!, la mayoría me resultan
del todo incomprensibles. No hay nada más de gran interés. En el estante está
mi tocado ceremonial; ya lo has visto. Aquí está mi telescopio. Es viejo, la
caja está deformada, la goma de las lentes se ha hinchado y agrietado. Para
empezar, esa goma era de mala calidad, pero no necesito un instrumento mejor.
Soy dueño de pocas cosas. A diferencia de muchos intercesores y ciertos
árbitros. ―Miró intencionadamente a Phyral Berwick―. No suelo rodearme de
sibaríticos almohadones y cestas de golosinas.
Berwick
rió con tristeza.
―Has
hecho referencia a mis debilidades, que quizá son producto del miedo a la
pobreza.
―¡Ja,
ja! ―Blasdel se puso jovial―. Empiezo a entender. A los bribones que parten
para nuevos y lejanos flotadores sólo les esperan penurias: peces salvajes,
esponjas duras, barniz nuevo con menos cuerpo que el agua; en resumen, volverán
a la vida salvaje. Seguramente sufrirán los estragos de kragen menores, que
rápidamente los rodearán. Quizá con el tiempo...
Su
voz y su cara adoptaron un aire pensativo.
―¿Qué
ibas a decir? ―preguntó Phyral Berwick.
Blasdel
soltó una risa evasiva.
―Acaba
de ocurrírseme, una idea divertida, aunque descabellada. Quizá con el tiempo
uno de esos kragen inferiores venza a los demás y los ahuyente. Cuando eso
ocurra, los que huyen del rey Kragen tendrán un rey propio que con el tiempo...
Hizo
otra pausa.
―¿Qué
con el tiempo podrá competir con el rey Kragen en cuanto a tamaño y fuerza? No
es una idea nada disparatada... aunque el rey Kragen ya es enorme debido a sus
largos banquetes y nada indica que su crecimiento vaya a detenerse.
Un
temblor casi imperceptible movió el suelo de la cabaña. Blasdel se asomó a la
puerta.
―Me
pareció oír que llegaba una barca.
―Habrá
sido una ráfaga de viento ―dijo Berwick―. Bueno, iré al grano. Como habrás
adivinado no vine a examinar tus reliquias ni a hacer comentarios sobre la
comodidad de tu cabaña. Vengo por esto. Más de dos mil habitantes abandonan los
Flotadores de Origen, y pienso que nadie, ni siquiera el Intercesor más
violentamente fanático, desearía que ese grupo encontrara al rey Kragen en el
océano. Él rey Kragen, como bien sabes, se torna petulante e incluso irascible
cuando encuentra a hombres invadiendo su reino. Ahora está más irascible que
nunca. Quizá teme la posibilidad de un segundo rey Kragen, como hemos
conjeturado. Vine por lo tanto a averiguar el paradero del rey Kragen. Por la
tarde el viento sopla del oeste, y el sitio óptimo para el rey Kragen sería
Tranque o Thrasneck.
Blasdel
asintió sabiamente.
―Eso,
por supuesto, es cuestión de casualidad y de suerte, y no hay duda de que los
emigrantes ponen a prueba su suerte. Si por casualidad el rey Kragen estuviera
esperando en el oeste mañana por la tarde, y viera la flotilla, eso bien podría
despertar su furia en perjuicio de la expedición.
―¿Y
dónde estaba el rey Kragen según la última notificación? ―preguntó Berwick.
Barquan
Blasdel arrugó el negro y poblado entrecejo.
―Creo
haber visto señales según las cuales se lo había observado navegando hacia el
este por debajo del Adelvine, hacia Sumber. Puedo haber leído mal la señal,
puesto que la vi de reojo, pero eso es lo que entendí.
―Excelente
―dijo Berwick―. Son buenas noticias. Los emigrantes podrán entonces partir de
manera segura y sin interferencias:
―Eso
esperamos ―dijo Blasdel―. Pero, como sabemos, el rey Kragen está sujeto a
imprevisibles caprichos y rarezas.
Berwick
hizo un ademán confidencial.
―A
veces, según se rumorea, responde a las señales transmitidas de alguna
misteriosa manera por los Intercesores. Dime, Barquan Blasdel, ¿es así? Los dos
somos celebridades y compartimos la responsabilidad de asegurar el bienestar
del Flotador. Apprise. ¿Es cierto entonces, como se ha afirmado, que los
Intercesores se comunican con el rey Kragen?
―Esa
pregunta, Árbitro Berwick ―dijo Blasdel―, no me parece muy pertinente. Si
dijera que sí divulgaría un secreto de oficio. Si dijera que no, parecería que
los Intercesores presumimos de capacidades inexistentes. Así que tendrás que
conformarte con las hipótesis que te parezcan más provechosas.
―Respuesta
bastante satisfactoria ―dijo Phyral Berwick―. De todos modos, y en la más
estricta confianza, te contaré una circunstancia divertida. Como sabes, en
ambas asambleas yo, en cierto modo, tomé partido por Sklar Hast. Por lo tanto,
fui aceptado en sus más íntimos consejos. Puedo informarte con autoridad... si
me garantizas tu silencio. ¡De ninguna manera traicionaría a Sklar Hast o
comprometería la seguridad de la expedición!
―Claro,
claro; mis labios están sellados con barniz de catorce años.
―¿Te
comprometes a no comunicar, transmitir, sugerir o insinuar ninguno de los
elementos que estoy a punto de confiarte a ninguna persona o cosa, mediante
mensajes escritos, guiños o cualquier otro método de comunicación?
Barquan
Blasdel soltó una risita nerviosa.
―Tus
previsiones no son sólo legalistas sino portentosas.
―¿Estás
de acuerdo con los términos?
―¡Por
supuesto! ¡Ya te he garantizado mi reticencia!.
―Bien,
entonces te tomo la palabra. Ésta es la divertida táctica de Sklar Hast: ha
dispuesto que un grupo de influyentes Intercesores acompañen al grupo. Si todo
va bien, los Intercesores vivirán. Si no, como todos los demás, perecerán en
las mandíbulas del rey Kragen: ―Phyral Berwick dio un paso atrás y observó a
Barquan Blasdel con atención―. ¿Qué me dices de eso?
Blasdel
se quedó rígido, acariciándose la negra barba. Lanzó una rápida mirada hacia
Berwick.
―¿A
qué Intercesores van a secuestrar?
―¡Ajá!
―dijo Berwick―. Eso, como tu respuesta a la pregunta que te hice, es un secreto
de oficio. Dudo que molesten a hombres de poca importancia, pero si yo fuera
Intercesor de Aumerge o Sumber o Quatrefoil o incluso de Apprise, creo que
tomaría mis precauciones.
Blasdel
miró a Berwick con una mezcla de recelo y desasosiego.
―¿Estás
usando este medio para advertirme? Si es así, te agradecería que hablaras de
manera menos ambigua. Personalmente no temo un ataque de esas características.
A treinta metros de aquí hay tres incondicionales probando a mis hijas para el
matrimonio. Un grito conseguiría ayuda instantánea del flotador, que está a
tiro de vara del jardín.
Berwick
asintió sabiamente.
―Entonces
parece que estás muy seguro.
―Ahora
debo darme prisa para llegar al flotador principal ―dijo Blasdel―. Me esperan
en la torre para una conferencia de todos los flotadores, y la noche se nos
está echando encima.
Berwick
inclinó la cabeza y se apartó.
―Naturalmente,
te acordarás de no revelar nada de lo que te dije para no provocar ninguna
forma de alerta, para no dar pistas... No harás ninguna referencia al asunto.
Blasdel
hizo un gesto de impaciencia.
―No
diré nada más allá de mi intención original, dado que el villano Sklar Hast
obviamente no conoce la moderación, y además incumbe a todas las personalidades
y maestros artesanales protegerse de alguna forma de venganza final.
Berwick
frunció el ceño.
―No
creo que tengas que ir tan lejos. Quizá podrías expresarlo de manera algo
diferente. Así, por ejemplo: Sklar Hast y su formidable banda parten por la
mañana; ahora es la última oportunidad para que personas que así lo deseen
prueben suerte con el grupo; y no obstante, tú esperas que todos los
Intercesores permanezcan en sus puestos.
―¡Bah!
―dijo Barquan Blasdel indignado―. ¡Eso no transmite ninguna sensación de
inminencia! Diré que Sklar Hast está desesperado; ¡si decide llevarse rehenes,
su mente enferma seleccionaría a los Intercesores cómo las personas más
apropiadas!
Berwick
se mostró en firme desacuerdo.
―Creo
que esto sobrepasa la línea que he trazado. Mi honor está en juego, y no puedo
aceptar ningún anuncio que erróneamente formule una certeza como probabilidad.
Si prefieres hacer una leve referencia o quizá instar a que no demasiados
intercesores se unan a la expedición, de acuerdo. Queda plantado un sutil
germen de sospecha, tú has hecho tu deber y no se ha comprometido mi honor.
―Sí,
sí ―exclamó Blasdel―. ¡Estoy de acuerdo con lo que sea! Pero debo apresurarme a
llegar a la torre. ¡Mientras nos detenemos en nimiedades Sklar Hast y sus
bandidos apresan Intercesores!
―¿Y
cuál es el problema? ―inquirió Berwick con voz suave―. Dices que han visto al
rey Kragen navegando de Adelvine hacia el oeste; por lo tanto los Intercesores
no correrán ningún peligro y probablemente se les permitirá regresar una vez
que Sklar Hast esté seguro de que el rey Kragen ya no representa un peligro.
Inversamente, si los Intercesores han traicionado a Sklar Hast y dado
información para que el rey Kragen espere en el lejano oeste, frente al
Flotador de Sciona, merecen morir con los demás. Es justicia de la más precisa
y exquisita ecuanimidad.
―En
eso reside la dificultad ―masculló Blasdel, tratando de adelantarse a Berwick
mientras iban hacia la puerta―. Yo no puedo responsabilizarme del silencio de
los otros Intercesores. ¿Qué pasa si uno entre ellos ha notificado al rey
Kragen? Entonces sobrevendrá una tragedia.
―¡Interesante!
¿Así que de veras puedes convocar al rey Kragen cuando deseas?
―Sí,
sí, pero no olvides que es un secreto. Y ahora...
―Eso
significa que siempre conoces el paradero del rey Kragen. ¿Cómo lo logras?
―No
hay tiempo para explicarlo; basta con decir que tenemos los medios a nuestro
alcance.
―¿Aquí?
¿En tu taller?
―Sí,
claro. Ahora apártate. Después de que haya difundido la advertencia, aclararé
todo. ¡Apártate! Berwick se encogió de hombros y dejó pasar a Blasdel, que
salió corriendo de la cabaña, atravesó el jardín y fue hasta el borde de la
hoja.
Blasdel
se detuvo al borde del agua. La barca había desaparecido. Donde antes se alzaba
contra el crepúsculo del follaje a la torre del Flotador Apprise, ahora sólo
había cielo vacío y agua vacía. La hoja flotaba a la deriva; empujada por el
viento oeste del anochecer, ya se había alejado del Flotador, Apprise.
Blasdel
emitió un sonido inarticulado de furia y tristeza. Dio media vuelta y encontró
a Berwick a sus espaldas.
―¿Qué
ha ocurrido? ―preguntó Blasdel.
―Parece
que mientras hablábamos los Publicistas cortaron el tallo de tu hoja. Ésa, al
menos, es mi impresión.
―Sí,
sí ―crepitó la voz de Blasdel―. Eso es evidente. ¿Qué más?
Berwick
se encogió de hombros.
―Parece
que, nos guste o no nos guste, formamos parte de la gran emigración. Y dado que
ahora las cosas son así, me alivia saber que tienes la manera de determinar el
paradero del rey Kragen. Vamos. Usemos ese aparato y tranquilicémonos.
Blasdel
soltó un sonido áspero, gutural. Se agachó, y por un momento pareció a punto de
lanzarse sobre Phyral Berwick. De las frondosas sombras apareció otro hombre.
Berwick señaló con la mano.
―Creo
que el propio Sklar Hast anda por ahí.
―Me
engañaste ―gimió Barquan Blasdel apretando con fuerza los dientes―. Has
realizado un acto infame, que lamentarás.
―No
he realizado tal acción, aunque parece que entendiste mal mi actitud. Pero no
es hora de recriminaciones. Compartimos el mismo problema, que es cómo escapar
de la malevolencia del rey Kragen. Sugiero que ahora procedas a localizarlo.
Sin
chistar, Blasdel dio media vuelta y echó a andar hacia la cabaña. Entró en la
habitación principal, seguido de cerca por Berwick y Sklar Hast. Fue hasta la
pared y levantó un panel descubriendo un cuarto interior. Buscó más luces;
entraron todos. Había un agujero en el suelo que atravesaba la hoja, y el
tejido, esponjoso había sido; pintado con un barniz negro para impedir que
creciera. Un tubo fabricado con un tallo amarillo de unos diez centímetros de
diámetro se metía en el agua.
―En
el fondo ―dijo Blasdel con sequedad― hay una trompa de cualidad y forma
precisas. En el extremo tiene poco más de un metro de diámetro y está cubierta
con un diafragma de piel de hoja seca y barnizada. El rey Kragen emite un
sonido al cual esta trompa es muy sensible. ―Se acercó al tubo, le apoyó la
oreja, escuchó y, poco a poco lo fue haciendo girar sobre un eje vertical.
Movió negativamente la cabeza―. No oigo nada. Eso significa que el rey Kragen
está por lo menos a diez millas de distancia. Si estuviera más cerca lo
detectaría. Esta mañana temprano iba hacia el oeste; probablemente nade cerca
de Vidmar o Leumar o Populosa Equidad.
Sklar
Hast ahogó la risa.
―¿Impulsado
hacia allí por los Intercesores?
Con
amargura, Blasdel se encogió de hombros.
―De
eso no tengo nada que decir.
―Entonces,
¿cómo convocas al rey Kragen?
Blasdel
señaló una vara que salía del suelo, cuya parte superior terminaba en una
manivela.
―Abajo,
en el agua, hay un tambor. Dentro de ese tambor hay una rueda. Al dar vueltas a
la manivela, la rueda, trabajando sobre resina, raza el tambor y emite una
señal. El rey Kragen detecta ese sonido desde muy lejos: también unas diez
millas. Supongamos que está, digamos, en Sankston, y que se lo necesita en
Bickle: El intercesor de Las Ligas lo llama hasta que la, trompa le dice que
está a cuatro o cinco millas de distancia, y entonces lo llama el intercesor de
Quatrefóil, y a continuación el intercesor de Hastings y así sucesivamente,
hasta quedar al alcance del intercesor del Flotador Bickle.
―Entiendo
―dijo Sklar Hast―. De esta manera Semm Voiderveg llamó al rey Kragen a Tranque,
después de lo cual el rey Kragen destruyó el Flotador Tranque y mató a cuarenta
y tres personas.
―Así
es.
―¡Y
tienes la hipocresía de llamarnos asesinos! Blasdel volvió a encogerse de
hombros y no dijo nada:
―Quizá
sea una suerte que Semm Voiderveg haya muerto ―dijo Phyral Berwick―. Habría
sido seleccionado para acompañar la emigración, y no había tenido un destierro
feliz.
―¡Eso
no es razonable! ―declaró acaloradamente Barquan Blasdel―. ¡Él era tan fiel a
sus convicciones como Sklar Hast a las suyas! Después de todo, Voiderveg no
disfrutó de la devastación del Flotador Tranque. Era su casa. Muchos de los
muertos eran sus amigos. Depositó toda su fe y su confianza en el rey Kragen. Y
a cambio de eso lo mataron.
Sklar
Hast dio media vuelta.
―¿Y
tú?
Blasdel,
triste, negó con la cabeza.
―Soy
un hombre que piensa en muchos niveles.
Asqueado,
Sklar Hast se alejó.
―¿Qué
deberíamos hacer con este aparato? ―dijo a Berwick―. ¿Destruirlo? ¿O
conservarlo?
Berwick
se quedó pensando.
―Quizá
en alguna ocasión queramos escuchar al rey Kragen. Dudo que tengamos el deseo
de convocarlo.
Sklar
Hast movió sardónicamente la cabeza.
―¿Quién
sabe? Quizá para su muerte. ―Se volvió hacia Blasdel―. ¿Qué personas hay a
bordo del flotador además de nosotros?
―Mi
esposa... en la cabaña dos techos más allá. Tres hijas jóvenes que tejen
ornamentos para el Festival de las Estrellas. Tres hijas mayores en prueba con
tres partidarios incondicionales. Todos sin saber que su hoja flota en el
profundo océano. ―Le tembló la voz―. Ninguno desea convertirse en emigrante a
una extraña línea de flotadores.
―Como
cualquiera de nosotros ―dijo Sklar Hast―, que nos vimos forzados a tomar esa
decisión. No les tengo lástima y no te la tengo a ti. Habrá trabajo para todos.
Quizá hasta formulemos un gremio nuevo: los Exterminadores de Kragen. Si es
cierto el rumor, infestan el océano.
Dejó
la habitación y salió a la noche. Blasdel se quedó rígido, entumecido por el
cambio de circunstancias. Giró despacio y lanzó una rencorosa mirada a Phyral
Berwick, que impasiblemente se la devolvió. Blasdel soltó un colérico bufido de
pura frustración. Fue a escuchar una vez más el cuerno detector. Después
también él salió de la habitación.
Berwick
los siguió y bajó el panel. Ambos fueron a reunirse con Sklar Hast en el borde
de la hoja, donde ahora había varias barcas atadas. En el jardín se veía una
docena de hombres. Sklar Hast se volvió hacia Blasdel.
―Llama
a tu esposa, a tus hijas y a quienes las están probando. Explícales las
circunstancias y reúne tus pertenencias. La brisa nocturna está llegando y nos
empuja hacia el oeste. Viajamos hacia el este.
Blasdel
se fue, acompañado por Berwick. Sklar Hast y los demás entraron en el taller,
se llevaron todo lo de valor o utilidad a las barcas, incluyendo la pequeña
reliquia de metal, los sesenta y un libros, la trompeta acústica y el tambor de
llamada. Después todos subieron a las barcas y la bella hoja de Barquan Blasdel
quedó flotando solitaria a la deriva en medio del océano.
10
La
mañana llegó al océano y con ella la brisa del oeste. Desplegaron las velas y
los remeros descansaron. Ya no se veían los flotadores; el océano era un espejo
azul rizado en todas las direcciones. Sklar Hast metió la trompa de Blasdel en
el agua y escuchó. No se oía nada. Barquan Blasdel hizo lo mismo y llegó
también a la conclusión de que el rey Kragen no andaba cerca.
Había
quizá seiscientas barcas en la flotilla, llevando cada una entre tres y seis
personas y la mayor cantidad posible de efectos personales y herramientas,
además de sacos de comida y agua.
Dos
o tres horas después de la salida del sol amainó la brisa. Bajaron las velas y
sólo los remos propulsaban las barcas. Al mediodía el sol calentó con fuerza y
desplegaron toldos encima para protegerse del resplandor.
En
las últimas horas del día avistaron varios flotadores medianos delante y
ligeramente hacia el norte. Los Flotadores de Origen y el rey Kragen estaban
todavía demasiado cerca para hacer atractiva o factible la idea de habitación
permanente, pero como pronto se levantaría la brisa nocturna que empujaría las
barcas de vuelta hacia el oeste, la flotilla fue directamente hacia los
flotadores para amarrarse y ahorrar a los remeros el esfuerzo de avanzar contra
el viento. Después de veinticuatro horas en las barcas, la oportunidad de
desembarcar, estirar las piernas y caminar un poco resultaba más que atractiva.
Con
el sol a punto de ponerse en el oeste, brillando sobre las espaldas de los
viajeros, las barcas se acercaron a los extraños flotadores. En general eran de
aspecto similar a los Flotadores de Origen, pero silvestres y menos ordenados,
y con vegetación rampante de manera que la punta central era casi una pirámide
de follaje. La brisa que venía del lado de los flotadores traía un olor que
asombró a Sklar Hast. Éste llamó a Roger Kelso, que remaba en una barca
cercana.
―¿Hueles
lo que yo pienso que huelo? Roger Kelso probó el aire y enarcó las cejas.
―No
estoy seguro. Huelo algo... quizá basura, o un pez muerto.
―Quizá.
Sklar
Hast, de pie en la barca, miró con atención a través de la maraña, pero no vio
nada. Otras personas de otras barcas también habían olido el hedor que salía
del flotador, y como ellos miraban ansiosamente hacia el follaje. Pero no había
ningún movimiento y no se oía ningún sonido. La primera barca se acercó al
borde del flotador; el joven que iba en la proa saltó a tierra con una estaca y
una amarra; los demás hicieron lo mismo, finalmente todas las barcas quedaron
amarradas al flotador o entre ellas.
No
todo el mundo desembarcó, y los que lo hicieron se quedaron cerca de las
barcas. A poco, uno de los jóvenes se topó con la fuente del olor: un sitio
lleno de basura. Cerca había una zona chamuscada, donde todavía quedaban ascuas
entre cenizas y cáscaras de esponjas humeantes. Los flotadores estaban
habitados.
―¿Por
quién? ―musitó Meril Rohan―. ¿Quiénes pueden ser?
Sklar
Hast gritó hacia los matorrales.
―¡Salid!
¡Mostraos! ¡No os haremos daño! Todo era silencio, salvo por el susurro del
viento en el follaje. El sol se había puesto y el resplandor empezó a apagarse
sobre el flotador.
―¡Mirad!
Fue
el grito de un joven quejoso que se había aventurado varios centenares de
metros por el borde del flotador. Volvió corriendo, trayendo en la mano un
objeto que entregó a Phyral Berwick: una gargantilla, o al menos un cordón
circular del que colgaba una cantidad de trozos de metal rojizos y relucientes.
Sklar Hast miró con respeto hacia el follaje. ―¡Salid! ¡Queremos hablar con
vosotros! No hubo respuesta.
―Salvajes,
quizá mugrosos y desnudos ―masculló Phyral Berwick―. Pero tienen lo que
nosotros no tenemos... metal. ¿De dónde lo sacan?
De
la maraña de vegetación salió un chillido, un sonido terrible y tembloroso,
lleno de furia y amenaza, y al mismo tiempo cayeron del cielo cantidad de
palos.
―No
nos quieren. ―dijo Sklar Hast―. Es evidente. Hay que volver a las barcas.
El
reembarco de los viajeros fue mucho más rápido que el desembarco. Del follaje
salió otro chillido, esta vez de exultación y regocijo, y una serie de aullidos
locos que pusieron los pelos de punta a los viajeros.
Las
barcas se alejaron y quedaron a la deriva a sotavento de los flotadores, a cien
metros de la costa. En la oscuridad los viajeros vieron a un número de formas
pálidas que salían del follaje y corrían de aquí para allá a lo largo de la
orilla, brincando y haciendo cabriolas. Era imposible discernir sus caras y su
fisonomía.
Sklar
Hast remó en su barca acercándose cautamente unos pocos metros, pero fue
saludado con un nuevo chaparrón de palos y otra vez dio marcha atrás.
Cayó
la oscuridad y las barcas esperaron la brisa nocturna. En el flotador
encendieron una fogata, y dos o tres docenas de criaturas de apariencia humana
salieron y se quedaron ante las llamas.
Roger
Kelso gritó a Sklar Hast por encima del agua:
―En
alguna parte leí acerca de un grupo de Segundos o Terceros que cometieron actos
poco ortodoxos y fueron «desterrados»... palabra que significa más o menos
«expulsados». Si eso es cierto, y si vinieron en esta dirección, deben de ser
sus descendientes.
―Da
escalofríos pensar en la poca distancia que nos separa de la barbarie ―dijo
Sklar Hast―. Sin embargo... ellos tienen cobre y nosotros no.
―¿Cómo
es posible? ―preguntó Rubal Gallager―. ¿De dónde lo sacan?
Nadie
respondió, y todos miraron de nuevo por encima del agua oscura hacia los
flotadores, recortados ahora contra el cielo.
Con
el fin del crepúsculo y la llegada de las constelaciones el viento amainó, y
otra vez la flotilla prosiguió hacia el este, sobre aguas tranquilas y lisas.
Toda la noche remaron unos mientras otros dormían, hasta que finalmente el
primer rubor ámbar del este trajo consigo un susurro del esperado viento del
oeste. Izaron las velas. Las barcas se deslizaron hacia el amanecer sobre un
mar brillante y vacío.
El
segundo día fue como el primero; con un breve chubasco a media tarde, que
sirvió para rellenar los cántaros. Los estafadores atraparon con redes varias
criaturas marinas comestibles, y aunque las barcas llevaban abundante comida,
esa demostrada habilidad para subsistir en caso de necesidad recurriendo al
océano los tranquilizó, se oyeron cantos y risas en las barcas.
En la
mañana del tercer día observaron a un kragen pequeño. El kragen se acercó desde
el norte, nadando con aquella brazada de pecho, y se detuvo a cien metros de
distancia para ver pasar la flotilla. Agitó las paletas, arrancó hacia
adelante, casi esforzándose por alarmar a los viajeros, y después se hundió
bruscamente debajo de la superficie. Un rato más tarde algunos de los
estafadores, mirando a través del agua, lo vieron pasar por debajo: una enorme
sombra desgarbada y convulsa. Un cuarto de milla hacia el sur salió a la
superficie y se quedó flotando tranquilamente; después desapareció. Hacia el
final del cuarto día observaron delante una línea de flotadores tan ricos y
bellos como los Flotadores de Origen, aunque menos numerosos. Los viajeros
emitieron embelesados murmullos. Sklar Hast se puso de pie en su barca e hizo
señales para realizar una asamblea; todas las otras barcas se acercaron hasta
formar una gran balsa que flotaba y se mecía en el agua.
―Aquí
están los primeros flotadores que hemos encontrado, aparte del flotador de los
salvajes ―dijo Sklar Hast―. Avanzamos despacio. El rey Kragen puede nadar tres
veces más rápido que nosotros. En un solo día y una noche, si quisiera y si
supiera nuestro paradero, podría venir y encontrarnos. Creo que no deberíamos
pensar en desembarcar aquí, sino que deberíamos proseguir hasta dar por lo
menos con otra línea de flotadores.
Hubo
murmullos de desilusión, puesto que esos flotadores, exuberantes y cargados de
vegetación negra, verde, naranja y dorada, después de cuatro días en el océano
parecían una visión arcádica.
Hubo
debate, algunas discusiones y algunas quejas en el sentido de que el rey Kragen
no se dignaría nadar hasta allí, ya fuera por curiosidad o por furia vengativa.
Phyral Berwick apoyó a Sklar Hast, lo mismo que la mayoría de los ancianos de
castas y maestros de gremios, y finalmente, entre gritos de pena, los
flotadores quedaron detrás. La flotilla volvió a navegar por un mar vacío.
Al
mediodía del sexto día avistaron otra línea de flotadores, y todos supieron que
allí estaría su nueva casa. Todos se alegraban ahora de no haberse detenido, en
la primera línea. Estos flotadores eran tan extensos, tan espaciosas, y aún más
numerosos que los Flotadores de Origen, con miles de preciadas hojas pequeñas
en las que una familia podía construir y cultivar a su gusto.
La
flotilla desembarcó en un flotador grande cerca del centro de la línea. No
había pruebas de ocupación, por salvajes o no salvajes. Descargaron las barcas
y las trasladaron a una cala donde no podrían ser vistas desde el mar.
Por
la noche, después de una cena festiva, se reunió informalmente el consejo de
los maestros de gremios y los ancianos de castas.
―Nuestros
dos problemas inmediatos, ―dijo Phyral Berwick― aparte del trabajo inevitable
de establecernos de manera cómoda y segura, son qué hacer con los rehenes y
nuestra organización. Ambos son problemas de cierta complejidad. La cuestión de
organizarnos en un grupo responsable es quizá la más sencilla. El problema es
éste: mirando alrededor veo ocho Maestros Embaucadores, seis Maestros Rateros,
y dieciséis Maestros Publicistas, etcétera. Por supuesto, no todos pueden ser
maestros. Mi sugerencia es que los maestros de diversos gremios se reúnan y
elijan a uno de los suyos como gran maestro, al azar, por antigüedad o por
cualquier otro criterio. Entonces podremos funcionar con más decisión. Ésta
puede ser al menos una solución temporal, hasta que poblemos otro de los
flotadores.
»En
segundo lugar... ¿qué hacer con los hombres que tenemos con nosotros? Ya han
cumplido su función, pero ahora ¿qué? No podemos matarlos, no podemos meterlos
en un corral, no podemos dejarlos regresar a los Flotadores de Origen... al
menos por ahora. Hay que estudiar el tema con detenimiento.
Todos
se volvieron para mirar hacia el grupo de Intercesores sentados con sus
familias un poco aparte. Los propios Intercesores evidenciaban diversos grados
de tristeza y decepción. Las esposas y los niños mayores parecían menos
preocupados, mientras que los muy jóvenes retozaban alegremente con otros de su
propia edad.
Barquan
Blasdel, al notar que estaban tratando su caso, frunció el ceño y empezó a
levantarse; entonces lo pensó mejor y masculló algo al Intercesor de Parnassus,
Luke Robinet.
―Si
pudiéramos confiar en que nos dejarán en paz, no habría problemas ―dijo Roger
Kelso―. Podríamos darles barcas, provisiones y desearles suerte. Pero en cuanto
llegaran a los Flotadores de Origen, seguramente habría conjuras y complots. A
Blasdel, por ejemplo, nada le gustaría más que hacer que el rey Kragen viniera
por el agua a castigarnos.
―Tenemos
que acabar con la bestia ―dijo Sklar Hast con voz totalmente decidida.
―Más
fácil es decirlo que hacerlo. Aunque confío en que pasen largos años antes de
que el rey Kragen se atreva a acercarse a una torre de señales.
―Mientras
tanto... los Intercesores no podrán regresar ―dijo Phyral Berwick―. Es una
situación desagradable. El acto de poner restricciones a alguien viola nuestras
tradiciones más queridas, pero no tenemos otra solución. La cuestión, entonces,
es cómo implementar esas restricciones sin infligir dureza.
El
problema fue discutido largamente, y por fin se llegó a una solución. Llevarían
a la mayoría de las barcas a un flotador distante y las esconderían de manera
que los Intercesores no pudieran encontrarlas. Sólo retendrían barcas
suficientes para servir a las necesidades de los Estafadores y los Villanos y
los Gamberros en sus respectivas tareas de pesca, conservación de pérgolas y
colocación de redes. Esas barcas serían trasladadas a un sitio prohibido a los
Intercesores bajo pena de encarcelación en una jaula de mimbre. Para garantizar
que las barcas no fueran robadas de noche, los remos y las velas serían
guardados en una caja cerrada con candado. Además ―y esta estratagema fue
propuesta en voz baja por Roger Kelso para que los Intercesores no la oyeran―
fijarían una línea a la quilla de cada barca, debajo del nivel de flotación.
Esa línea pasaría por debajo del flotador y se comunicaría con algún tipo de
alarma. Cuando los Estafadores usaran las barcas, discretamente quitarían la
línea, y la volverían a poner al regresar. Sklar Hast propuso que se designara
a cuatro o cinco Estafadores jóvenes para custodiar las barcas y asegurarse de
que las líneas estuvieran siempre conectadas cuando no se estaba usando las
barcas.
Aceptaron
el sistema por ser el que imponía menos rigor a los Intercesores. Cuando
explicaron las prohibiciones, Barquan Blasdel se indignó.
―¡Primero
se nos secuestra y se nos despacha por mares peligrosos y después se ordena la
infamia de limitar nuestros movimientos a ciertas partes del flotador! ¿Qué se
espera de nosotros?
―Esperamos
cooperación ―dijo Sklar Hast con el tono más seco posible―. También trabajo.
Aquí, en los Nuevos Flotadores, todo el mundo trabaja, incluso los
Intercesores, porque aquí la intercesión no es necesaria.
―No
muestras más humildad o sentido espiritual que un congrio de seis púas ―dijo
Barquan Blasdel sin alterarse.
Sklar
Hast se encogió de hombros.
―Tarde
o temprano mataremos al rey Kragen. Después podréis ir a donde queráis y ser
humildes donde os dé la gana... pero hasta que la odiosa bestia descanse en el
fondo del océano tendréis que manteneros a una discreta distancia de nuestras
barcas.
Barquan
Blasdel se quedó mirando fijamente a Sklar Hast durante por lo menos diez
segundos.
―¿Tenéis
más planes para atentar contra la vida del rey Kragen?
―Quién
sabe lo que nos depara el futuro ―dijo Sklar Hast.
Al
día siguiente empezó la ardua tarea de alterar el nuevo y agreste flotador. Se
decidió eliminar las hojas del centro para formar una laguna. Los Quejosos
arrancaron la piel de la superficie, que serviría para gran variedad de
funciones. La pulpa, debajo, fue cortada en tiras, que al secarse y endurecerse
servirían de aislante y entarimado, y al triturarla se convertiría en material
amortiguador, en combustible o en un ingrediente del rudimentario papel que
producían los amanuenses. Los nervios y los tubos de las hojas se apartaban y
se los ponía a secar y se sacaba la membrana inferior, adecuada para las
ventanas por su cualidad transparente. Debajo estaban los grandes nervios
voladizos con los que se construían las quillas de las barcas y las pérgolas de
esponjas, y más abajo aún los tallos, a los que se les aplicaba unas mangas que
se extendían por encima del nivel del agua. La savia rezumada era recogida en
cubos, hervida y añejada para hacer barniz. Más tarde, quizá en un mes o dos,
cuando la savia hubiera dejado de fluir, los Publicistas cortarían el tallo y
le quitarían fibras para hacer cuerdas y tiras para usar como mimbre.
El
espacio vaciado de ese modo se convertiría en la laguna del flotador:
fondeadero para las barcas, estanque para peces comestibles cautivos, fuente de
placer estético y escenario de deportes acuáticos.
Mientras
los Quejosos quitaban la piel de las hojas de la futura laguna, otros quitaban
los residuos vegetales, que quemaban para producir ceniza. Los niños trepaban
con cubos a las puntas más altas de la vegetación para recoger el polen de las
grandes vainas, que al probarlo resultó ser de mejor calidad y más fragante que
el famoso producto de Maudelinda, lo cual les produjo un gran placer.
En
cuanto los mimbres se secaron, los Rateros y los Felones se pusieron a trabajar
construyendo cabañas, mientras que los Desfalcadores, tradicionalmente
encargados de controlar los servicios sanitarios, la limpieza y la pureza del
agua, construyeron depósitos para almacenar la lluvia de la tarde. A todas esas
tareas asistían los Intercesores con sus esposas e hijos, mostrando más o menos
buena disposición, y poco a poco se fueron dividiendo en dos grupos: los que
superaron el rencor inicial y empezaron a adaptarse a la nueva vida, y los
otros, ―cerca de la mitad― que no estaban dispuestos a reconciliarse y
mantenían una actitud hosca y distante. El representante más notable de este
último grupo era Barquan Blasdel, que no ocultaba su permanente resentimiento.
Todos se cuidaban de cumplir con las restricciones que habían puesto a sus
movimientos, y durante numerosas noches no funcionó la alarma de las barcas:
Una
tarde Sklar Hast se reunió con Roger Kelso y Meril Rohan ante la mesa de
trabajo donde estaban comparando las Sesenta y Una Memorias que habían
incautado a Barquan Blasdel con las que Meril Rohan había copiado por su
cuenta.
Supongo
que habrá diferencias ―dijo Sklar Hast:
―Claro
que sí. ―dijo Kelso―. Es inevitable. A los Primeros, por mucho talento que
tuvieran, les faltaban habilidades literarias; algunos de los libros contienen
muchas repeticiones y muchos pasajes aburridos, y otros son jactanciosos y
consagran páginas al autoelogio. Otros están preocupados por explicar
detalladamente las vicisitudes que condujeron a su presencia en la Nave del
Espacio. Parte de eso, inevitablemente, se omite al copiarlo, de manera que,
cada nueva edición es en cierto modo un conjunto de Analectas. ―Tocó con el
dedo los libros de Barquan Blasdel―. Éstos son muy viejos, y según mi
experiencia los más completos. ―Abrió uno de los libros y miró a lo largo de
las páginas―. Los Primeros eran, por supuesto, un grupo muy variopinto, que
venía de una estructura social mucho más compleja que la nuestra. Aparentemente
pertenecían al mismo tiempo a varias castas diferentes. Hay indicios de esa
situación, que ni siquiera pretendo entender.
―Según
mi lectura, ―dijo Sklar Hast― las Aúalectas describen los Mundos de Origen como
un sitio de locos.
―Parte
de eso hay que verlo con cautela. No hay que olvidar que los Primeros eran
seres humanos muy poco diferentes de nosotros mismos. Algunos pertenecían a las
castas más respetadas de la sociedad del Mundo de Origen hasta que, como
explican, personas que ejercían la autoridad los atacaron e instituyeron contra
ellos una persecución feroz que terminó, como sabemos, con el control de la
Nave del Espacio por parte de nuestros antepasados y la fuga hasta este lugar.
―Todo
es muy confuso ―dijo Sklar Hast―. Nada parece tener mucha aplicación en estos
tiempos. Por ejemplo, no nos dicen cómo hervían el barniz en el Mundo de Origen
o cómo propulsaban las barcas. ¿Estarán esos mundos infestados de criaturas
como el kragen? En ese caso, ¿qué medidas tomarán? ¿Los matarán o les darán
esponjas?
―Hasta
donde yo sé, los Primeros guardan silencio acerca de esos temas.
―Es
evidente que no les preocupan demasiado ―dijo Kelso, pensativo―. De lo
contrario les habrían dedicado más espacio. Es mucho lo que no aclaran. Como en
nuestro propio caso, las diversas castas parecieron adiestradas para oficios
determinados. Especialmente interesantes son las memorias de James Brunet. Como
los demás, profesa varias castas: Científico, Falsificador, Caucasoide. Todas
han desaparecido entre nosotros, puesto que los Falsificadores se han
convertido en Notarios. Una parte de su Memorium no es más que una serie de
exhortaciones a la virtud más bien convencionales. Pero al principio del libro
dice esto.
Kelso
abrió un libro y leyó:
A
quienes nos siguen, a nuestros hijos y nietos, no podremos dejarles objetos
tangibles de valor. No trajimos nada al mundo más que la ruina de nuestras
vidas. Sin duda moriremos aquí, un destino quizá preferible a Nueva Ossining
pero de ningún modo el destino que habíamos previsto para nosotros. No hay
manera de escapar. De todo el grupo soy el único que tiene educación técnica,
que en gran medida he olvidado. De todos modos ¿en qué podría emplearla? Éste
es un mundo blando. Consta de océano, aire, sol y algas marinas. No hay tierra
firme por ninguna parte. Para huir, aunque tuviéramos los conocimientos que nos
faltan para construir una nueva nave, necesitaríamos metal, que aquí no existe.
Hasta para transmitir una señal de radio necesitamos metal. Nada... ni arcilla
para hacer cerámica, ni sílice para fabricar vidrio, ni piedra caliza para
hacer cemento, ni minerales para fundir y sacar de ellos metal. Pero pensándolo
bien no todo está perdido. La ceniza es químicamente similar a la arcilla
refractaria. Los caparazones de los foraminíferos son sílice. Nuestros propios
huesos se convierten en una fuente de cal. Fundidos los tres en proporciones
adecuadas se obtendría vidrio, aunque de baja calidad. Es probable que el
océano contenga diversas sales, pero ¿cómo extraer el metal sin electricidad?
Hay hierro en nuestra sangre: ¿cómo extraerlo? ¡Qué extraña desesperación
produce vivir en este mundo donde la sustancia más dura es nuestro propio
hueso! A lo largo de la vida hemos dado por sentadas tantas cosas, y ahora
parece que nadie puede sacar algo de nada... Éste es un problema en el que
tengo que pensar. Un hombre ingenioso puede hacer maravillas, y a mí, un
falsificador exitoso, ―mejor dicho, casi exitoso― seguramente no me falta
ingenio.
Roger
Kelso hizo una pausa en la lectura.
―Aquí
termina el capítulo.
―No
parece haber sido un hombre muy fuerte ―reflexionó Sklar Hast―. Es verdad que
no se puede encontrar metal en ninguna parte, excepto donde desdeñosamente lo
tiran los salvajes. ―En la mesa de trabajo delante de ellos estaba el trozo de
metal qué una vez había adornado el taller de Barquan Blasdel Sklar Hast lo
levantó y lo sopesó―. Qué material más difícil. ―Alargó la mano y agarró la
rudimentaria gargantilla de cobre que habían encontrado en los flotadores
salvajes―. He aquí el gran misterio ¿dónde y cómo obtienen esto los salvajes?
Roger
Kelso aspiró hondo y negó con la cabeza, perplejo.
―Tarde
o temprano lo sabremos. ―Volvió al libro―. Escribe el siguiente capítulo
después de un período de varios meses:
Antes
de seguir debo dar una idea lo más clara posible de cómo funciona el universo,
pues es evidente que ninguno de mis colegas, a pesar de ser personas
excelentes, está en condiciones de hacerlo. Pido por favor que no se me tache
de fantasioso, es evidente que nuestras personalidades y nuestra valía social
varían según el contexto en el que vivimos.
Al
llegar a ese punto Kelso levantó la mirada.
―La
verdad es que no entiendo muy bien esta parte. ¿Quiere decir que sus colegas
son personas excelentes? ¿O no? ¿Por qué dice eso? Su propia casta no parece
ser la más alta... Supongo que no es una cuestión importante. ―Pasó varias
páginas―. Ahora entra en una complicada serie de teorizaciones acerca de la
naturaleza del mundo que, confieso, me resultan excesivamente complejas,
incluso artificiales. Sus creencias carecen de coherencia. O no sabe nada, o
está confundido, o el mundo es esencialmente contradictorio. Afirma que toda la
materia está compuesta por menos de cien «elementos», organizados en
«compuestos». Los elementos están formados por entidades más pequeñas:
«electrones», «protones», «neutrones», etcétera, que no son necesariamente
materia sino energía, según el punto de vista. Cuando los electrones se mueven,
el resultado es una corriente eléctrica: una sustancia o condición, en esto no
es claro, de gran energía y de múltiples capacidades. Demasiada electricidad es
fatal; en cantidades más pequeñas la usamos para controlar nuestro cuerpo.
Según Brunet, con la electricidad se puede lograr todo tipo de cosas notables.
―Procurémonos
entonces una corriente eléctrica, ―dijo Sklar Hast―. Quizá pueda ser nuestra
arma contra el kragen.
―No
es un asunto tan sencillo. En primer lugar, la electricidad tiene que ser
canalizada por alambres de metal.
―Aquí
hay metal ―dijo Sklar Hast examinando los fragmentos que tenía delante―, aunque
probablemente sea insuficiente.
―La
electricidad también tiene que ser generada ―dijo Kelso―. En el Planeta de
Origen ése parece un proceso complicado, que exige gran cantidad de metal.
―Entonces,
¿cómo hacemos para conseguir metal? ¿Tan atrasados estamos que los salvajes lo
esparcen por ahí como si fueran cáscaras de esponja y nosotros no tenemos nada?
Kelso
ladeó la cabeza expresando sus reservas.
―Parece
que en otros planetas no hay problemas. El mineral se refina y se le da la
forma de gran variedad de herramientas. Aquí no tenemos mineral. En otros casos
los metales se extraen del mar, usando también la electricidad.
Sklar
Hast emitió un sonido de desagrado.
―Eso
es como tratar de pisarse la cola. Para obtener metal necesitamos electricidad.
Para obtener electricidad necesitamos metal. ¿Cómo se rompe ese círculo
vicioso? Los salvajes son más hábiles que nosotros. ¿Cómo hacen para conseguir
la electricidad? Quizá tendríamos que mandar a alguien a aprender de ellos.
―Yo
no ―dijo Kelso. Volvió al libro―. Brunet menciona varias maneras de generar
electricidad. Está la «célula voltaica», cuando se sumergen dos metales en
ácido. Describe una manera de Obtener el ácido usando agua de lluvia, agua de
mar y electricidad. Después está la termoelectricidad, la fotoelectricidad, la
electricidad química, la electricidad producida por cataforesis, la
electricidad generada moviendo un alambre cerca de otro alambre por el que
fluye la electricidad. Afirma que todas las criaturas vivas producen pequeñas
cantidades de electricidad.
―¿Y
el metal? ―preguntó Sklar Hast―. ¿Indica algún método sencillo para obtener
metal?
Kelso
pasó varias páginas y se detuvo a leer.
―Dice
que la sangre contiene una pequeña cantidad de hierro. Sugiere un método para
extraerlo, usando un alto grado de calor. Pero también señala que no hay
disponible ninguna sustancia capaz de servir de receptáculo bajo temperaturas
tan extremas. Afirma que en el Mundo de Origen muchas plantas concentran
compuestos metálicos, y sugiere que algunas de nuestras propias plantas marinas
podrían hacer lo mismo. Pero nos encontramos otra vez con que hace falta calor
o electricidad para obtener el metal puro.
Sklar
Hast se quedó pensando.
―Nuestro
problema básico y principal, por lo que veo, es de autoprotección. Necesitamos
un arma para matar al rey Kragen en caso de que nos localice desde el otro lado
del mar. Podría ser un artefacto metálico... o un kragen más grande y más
salvaje, si existiera semejante cosa... Quizá tendrías que hacer de la
producción de metal y electricidad tu meta, y no dejar que te distraigan otras
actividades. Estoy seguro de que el consejo estará de acuerdo y pondrá a tu
disposición todos los ayudantes que necesites.
―Intentaré
hacerlo con mucho gustó.
―Y
yo ―dijo Sklar Hast― pensaré en los kragen.
11
Tres
días más tarde vieron un kragen, una bestia de tamaño nada desdeñable, quizá de
unos siete metros de largo. Se acercó siguiendo el borde del flotador, y al ver
a los hombres se detuvo en seco. Durante veinte minutos flotó plácidamente,
formando remolinos con las paletas. Después, lentamente, se puso de nuevo en
marcha y continuó a lo largo de la línea de flotadores.
Pasó
un mes, durante el cual la comunidad logró un rudimentario grado de comodidad.
Habían cortado, raspado y acumulado una buena cantidad de tallos y de mimbre.
Tenían gavillas de raíces que retorcían para fabricar cuerdas. Habían cortado
tres hojas grandes en un lado y el centro del flotador, creando una laguna
grande con entrada relativamente estrecha; esto a pedido de Sklar Hast.
Construyeron pérgolas, sembradas de esponjas y hundidas en el agua.
Durante
ese período habían pasado por allí cuatro kragen. La cuarta vez fue
aparentemente una nueva visita del primero. En esa cuarta visita el kragen se
detuvo e inspeccionó la laguna con detenimiento. Empujó con cautela la red, que
acababan de poner en su lugar, y después se apartó y se alejó flotando.
Sklar
Hast observó todos los detalles. Después fue a inspeccionar los tallos recién
cortados, que tendrían que estar suficientemente curados. Propuso un plan y
empezaron a trabajar. Primero construyeron una ancha base cerca de la estrecha
boca de la laguna, con una subestructura que se extendía hasta el tallo
principal del flotador. Sobre esa base se levantaba una grúa de mimbre encolado
de veinticinco metros de altura, con estructura de cercha y tirantes
integrales, todo atado con fuertes cuerdas y barnizado. Otra grúa de idéntica
estructura colgaba por encima del océano. Antes de que estuvieran terminadas
las dos grúas, un kragen pequeño penetró, por la red y se dio un banquete con
las esponjas, todavía inmaduras.
―En
tu próxima visita no te irá tan bien ―le gritó Sklar Hast―. ¡Que las esponjas
se te pudran en el estómago!
El
kragen se alejó perezosamente siguiendo la línea de flotadores, impasible ante
la amenaza. Volvió dos días más tarde. Esa vez las grúas ya; estaban en su
lugar y aseguradas con cuerdas tensoras, pero todavía no tenían puesto el
aparejo. Sklar Hast insultó de nuevo a la bestia, que esta vez, más exigente,
sólo arrancó las esponjas que como palomitas de maíz habían brotado en las
cáscaras. Los hombres trabajaron hasta bien entrada la noche instalando el
puntal que, cuando la grúa se inclinara, sobre el agua, levantaría bien alta la
driza para lograr un mayor efecto de palanca.
Al
día siguiente el kragen volvió a entrar en la laguna con insultante seguridad,
una bestia algo más pequeña que la que Sklar Hast había capturado en él
Flotador Tranque pero no obstante una criatura de tamaño respetable. De pie
sobre el flotador, un viejo y robusto Estafador arrojó un lazo a la torrecilla
de la criatura, y en la hoja una hilera de cincuenta hombres marcharon tirando
de una pesada cuerda. El asombrado kragen fue remolcado hasta la grúa inclinada
sobre el agua e izado. Le amarraron las colgantes paletas y después lo bajaron
hasta el flotador.
En
cuanto se desplomó aquella mole, los espectadores, gritando de júbilo,
avanzaron casi hasta meterse en las rechinantes mandíbulas.
―¡Atrás,
tontos! ―rugió Sklar Hast―. ¿Queréis que os corte en dos? ¡Atrás!
Poco
caso le hicieron. Una docena de cinceles cortaron la piel callosa; los garrotes
aporrearon los ojos:
―¡Atrás!
―bramó Sklar Hast―. ¡Atrás! ¿Qué vais a lograr con esas estupideces? ¡Atrás!
Intimidada, la vengativa multitud se apartó. Sklar Hast buscó un cincel y un
mazo y, como había hecho en el Flotador Tranqué, cortó la membrana que unía la
cúpula con la torrecilla. Fueron a ayudarlo otros cuatro, y entre todos
cortaron rápidamente el canal y una docena de manos arrancaron la cúpula. De
nuevo, con gritos despiadados, la multitud se adelantó. Los esfuerzos de Sklar
Hast para detenerla fueron inútiles. Arrancaron de la torrecilla los nervios, y
las cuerdas del centro gataglionar de la criatura, que se sacudía y se agitaba
con fuerza haciendo un, zumbido con las mandíbulas limpiaron la torrecilla de
fibras y otros órganos y el kragen quedó fláccido.
Sklar
Hast se alejó, asqueado. Rollo Barnack saltó sobre la mole.
―¡Parad!
¡Basta de golpes sin sentido! Si el kragen tiene huesos más duros que los
nuestros, nos interesará, conservarlos y usarlos. ¿Quién sabe el uso que se le
puede dar a un cadáver de kragen? El cuero es resistente; las mandíbulas son
más duras que el tallo más profundo. ¡Actuemos con inteligencia!
Sklar
Hast observó desde cierta distancia mientras el gentío examinaba la bestia
muerta. Ya no le interesaba el kragen. Desde el momento en que la multitud
cegada por el odio se volvió incontenible, se había frustrado un experimento
que tenía planeado. Pero habría más kragen para las grúas; con suerte los
izarían con la grúa de mar antes de que entraran en la laguna. En años
venideros, incluso podrían salir botes reforzados o barcazas equipados con
grúas a cazar kragen. Se acercó una vez más a fa bestia y miró con atención la
torrecilla vacía, donde ahora se acumulaba un charco de viscosa sangre azul
oscura. La imagen le despertó algo que tenía en el fondo del cerebro: una
respuesta, un recuerdo, una referencia. ¿En las Analectas? Se acordó: la sangre
de ciertas criaturas del mar de la Tierra también, era azul: las langostas y
las centollas, fueran lo que fuesen.
Kelso
compartía su interés por el fluido azul oscuro. Trajo cubos con los que fue
achicando la sangre y transportándola a un barril. Sklar Hast observó con
interés.
―¿Qué
propones?
―Nada
concreto. Reúno sustancias. Los salvajes encontraron metal en alguna parte. Si
reúno suficientes materiales y pruebo suficientes métodos de extracción con
todos, quizá logre lo que ya tienen los salvajes.
―Los
salvajes están siendo una gran inspiración ―dijo Sklar Hast―. Me pregunto qué
otros logros y maravillas nos podrían enseñar.
―Aquí
podríamos dar un buen uso a los Intercesores ―señaló Rollo Barnack―. Hasta
ahora han demostrado poco entusiasmo por la nueva vida.
―La
muerte del kragen los ha entristecido mucho ―dijo Wall Bunce jocosamente―. ¡Eh,
Intercesores! ¿Qué pensáis ahora?
Los
Intercesores, que habían observado desde lejos el asesinato del kragen, dieron
media vuelta; mostrando asco y desprecio, se alejaran. Sklar Hast fue hasta
donde estaban hablando en voz baja.
―¿Todavía
creéis que debemos temer el hostigamiento de los kragen? ―preguntó.
La
aversión hizo temblar la voz de Luke Robinet.
―Éstos
son krágen de poca monta y nada tienen que ver con el rey Kragen, que algún día
os encontrará y os castigará por romper la Alianza. ¡Entonces de poco valdrán
todas vuestras cuerdas y poleas y grúas!.
Sklar
Hast asintió con pesar.
―Qué
amargo sería. Teníamos que haber matado al rey Kragen la primera vez que
apareció, como matamos hoy a esa bestia marina. ¡Cuánto más fácil habría sido
la vida para todos nosotros! En, cambio se lo alimentó y aduló, y ahora domina
la vida de todos nosotros.
―Eres
un hombre insensible, Sklar Hast ―dijo Barquan Blasdel sin alterarse―. Sólo ves
lo que tienes delante de la nariz; desconoces los beneficios espirituales que
produce la autodegradación.
―Muy
cierto ―dijo Sklar Hast―. Creo que en ese sentido he sufrido serias
desventajas.
El
Intercesor de Wyebolt, un viejo delgado de mirada intensa y una indisciplinada
mota de pelo blanco, bramó:
―¡Tus
sarcásticos alardes y burlas de poco te servirán cuando por fin tengas que
rendir cuentas al rey Kragen!
Sklar
Hast notó ciertas muecas y movimientos incómodos entre los Intercesores.
―¿Cómo
crees que se daría esa circunstancia?
El
Intercesor Wyebolt no hizo caso a las miradas irónicas de sus colegas, o quizá
las notó y modificó por lo tanto su respuesta:
―Lo
que sea, será. Lo cierto es que hay que comprender que el rey Kragen no
permitirá que abusen así de sus Intercesores.
―La
bestia no lo sabe ni se preocupa ―se burló Sklar Hast, esperando enfurecer al
Intercesor Wyebolt hasta el punto de que se le escapara alguna indiscreta
revelación.
Barquan
Blasdel hizo un gesto amplio, casi indulgente.
―Esta
conversación es inútil, estamos en desventaja. Tarde o temprano esa pobre gente
se cansará de tu craso materialismo y rechazará todo lo que representas. Hasta
entonces tenemos que ser pacientes.
Lanzando
una mirada rápida pero admonitoria al círculo de Intercesores, cruzó hasta su
cabaña y desapareció dentro.
Sklar
Hast fue por el flotador hasta el sitio donde Meril Rohan había fundado lo que
ella llamaba «escuela» para la instrucción de los niños. Esa institución no era
del todo desconocida en los Flotadores de Origen, de hecho, se distinguía la
Academia de Quatrefoil para la capacitación de Notarios, pero los niños eran
habitualmente educados por las agencias gremiales.
Meril
había observado la caza del kragen pero no había participado en el desenfrenado
rito de muerte. Le había vuelto la espalda y se había metido en su «escuela»
que, por supuesto, estaba vacía a causa de la excitación en el otro extremo del
flotador.
Allí
la encontró Sklar Hast después de atravesar la maraña de vegetación, sentada en
un banco y mirando hacia el agua azul. Se acercó y se sentó al lado de ella.
―¿En
qué estás pensando?
Meril
se quedó callada un momento.
―Pensaba
en los tiempos venideros, y en lo que podrá ocurrirnos.
Sklar
Hast se rió.
―Yo
no puedo permitirme esos pensamientos. Los problemas del Ahora son demasiado
acuciantes. Si me pusiera a pensar hacia dónde va todo, me paralizaría.
Meril
no dijo nada, pero asintió lentamente, como si acabara de hacer un profundo
descubrir miento interior.
―¿Y
adónde te llevan todos esos pensamientos? ―preguntó Sklar Hast.
―A
ningún lugar. Somos la Undécima generación, ya hay Duodécimos y Decimoterceros.
Parece que todos estos años hemos sido sueños vivientes. Los Flotadores eran
tan fáciles y fértiles que nadie se veía obligado a trabajar, a pensar o a
sufrir; o a luchar.
Sklar
Hast asintió con tristeza.
―Sin
duda tienes razón, pero ahora nos han obligado y estamos luchando. Hoy tuvimos
nuestra primera victoria.
―Una
pobre victoria. ¿Y para qué es la lucha? Sólo para que el kragen no nos coma
las esponjas, para poder seguir llevando esta vida plácida y soñadora y que no
se acabe nunca... No me siento orgullosa de mí misma. Me asqueó la muerte del
kragen. Huimos de los Flotadores de Origen. Era lo que teníamos que hacer...
pero ¿terminan ahí nuestras aspiraciones? ¿En una vida de lagunas y sol, sin
siquiera un rey Kragen del que ocuparse? En cierto modo me asusta, y me
pregunto si a eso se reducirá mi vida: algo sin logros o triunfos o significado
de algún tipo.
Sklar
Hast frunció el ceño.
―Nunca
lo había pensado de esa manera. Siempre parecen tener prioridad los problemas
inmediatos.
―Supongo
que siempre ocurrirá eso, por triviales que sean los problemas. En su Memorium,
Eleanor Morse habla de sus «metas», y de cómo se iban alejando, y para
alcanzarlas se obligó a convertirse en una Desfalcadora. Eso no tiene ningún
significado para nosotros, pero muestra cómo la ambición obliga a la gente a
mejorarse. Así que he estado tratando de crearme algunas metas, que no pierdo
la esperanza de alcanzar.
―¿Cuáles
son?
―¿Prometes
no burlarte de mí? ¿O reírte? ―Meril lo miró muy seria.
―Prometo.
―Sklar Hast le agarró una mano.
Meril
miró las hileras de toscos bancos.
―Asistí
a la Academia de Notarios en Quatrefoil. Allí hay cuatro grandes estructuras
preparadas para el estudio, un refectorio y dos dormitorios. Quiero crear aquí
una academia como aquélla. No simplemente un sitio de estudio para Notarios
sino una academia para el fomento de todo tipo de conocimiento. En las Memorias
hay pistas sobre lo que se debe aprender... Ésa es mi meta: fundar esta
academia, donde los jóvenes puedan aprender las técnicas de su oficio, donde
puedan aprender las Memorias, pero sobre todo aprender a cultivar esta
insatisfacción que yo siento y que sirve para ponerse metas.
Sklar
Han guardó silencio un rato. Después dijo:
―Te
ayudaré, por supuesto... Y me avergüenzas. Me pregunto cuáles serán mis metas.
Siento decir que quedaron satisfechas, al menos en parte, cuando la grúa
levantó al kragen del agua. No había pensado más allá de eso. Quiero,
naturalmente, que este flotador sea próspero y feliz... ―Frunció el ceño―.
Tengo una meta. Dos metas. Primero: te quiero para esposa. No quiero otra.
Segundo: quiero acabar con el rey Kragen. ―Apretó la mano de Meril―. ¿Qué me
dices?
―Sí,
acaba con el rey Kragen.
―¿Y
de la primera meta?
―Diría
que es... alcanzable.
Una
mano sacudió a Sklar Hast, que al despertar vio una forma oscura allí recortada
contra las estrellas.
―¿Quién
eres? ¿Qué quieres?
―Soy
Julio Rile; vigilo las barcas. Quiero que me acompañes.
Sklar
Hast se levantó tambaleándose, se echó encima una capa y se calzó unas
sandalias.
―¿Qué
ocurre? ¿Nos están robando los botes?
―No,
hay un ruido extraño que sale del agua.
Sklar
Hast fue con el joven hasta el borde del flotador.. Se arrodilló y apoyó la
cabeza en el agua, y entonces oyó una mezcla de chirrido y zumbido que no había
oído nunca. En realidad había algo similar... Sklar Hast dio media vuelta y
corrió hasta la cabaña que albergaba la trompa sacada de la hoja de Barquan
Blasdel en el Flotador Apprise. La sacó, la llevó hasta el borde del flotador y
la metió en el agua. El sonido era sorprendentemente fuerte. Sklar Hast hizo
girar la trompa y buscó la dirección en la que el sonido alcanzaba la máxima
intensidad. De repente se le dibujó una sonrisa de rabia.
―Vete
a despertar a Phyral Berwick y a Rollo Iarnack y a Rubal Gallager. Date prisa.
Tráelos aquí.
Sklar
Hast despertó a Poe Belrod y a Roger Kelso. El grupo escuchó con la trompa y
miró en la dirección de donde parecía provenir: él sonido: la cabaña ocupada
por Barquan Blasdel.
―Que
alguien vigile la parte delantera, ―susurró Sklar Hast― los demás nos
acercaremos por detrás.
Avanzaron
silenciosamente entre las sombras hasta la parte posterior de la cabaña de
Barquan Blasdel. Sklar Bast sacó un cuchillo, cortó la piel de la hoja y entró.
Una
lámpara en un estante iluminaba débilmente la habitación. Arrodillados
alrededor de un agujero en el suelo estaban Barquan Blasdel y Luke Robinet.
Manipulaban un artilugio de madera, cuero y cuerda, que bajaba por el agujero y
se metía en el agua negra. A un lado había un tapón para cerrar el agujero
durante el día.
Barquan
Blasdel se levantó despacio, lo mismo que Luke Robinet. En la habitación
entraron Phyral Berwick, Roger Kelso y los demás.
Nadie
habló. Evidentemente, no había nada que decir. Sklar Hast fue hasta el agujero;
levantó el mecanismo que producía el ruido y puso en su sitio el tapón. Hubo
pasos apresurados fuera de la habitación. Del otro lado de la puerta habló una
voz.
―Cuidado.
Interrumpid los sonidos. Hay gente levantada.
Sklar
Hast abrió del todo la puerta y atrapó al que había hablado, Vidal Reach, ex
Intercesor de Sumber, y lo metió en la habitación. Después fue sin hacer ruido,
hasta la puerta principal. No se veía a nadie más. Lo más probable era que todo
el grupo dé Intercesores estuviera implicado en el complot, pero sólo se podría
acusar directamente a esos tres.
Desde
el comienzo Barquan Blasdel en ningún momento había fingido estar satisfecho
con las nuevas condiciones. Su anterior rango no contaba para nada, y en
realidad producía antagonismo entre los vecinos del flotador. Blasdel se adaptó
a regañadientes a la nueva vida, construyendo pérgolas de esponjas y raspando
mimbre. Su esposa, que en el Flotador Apprise había tenido a su mando un cuerpo
de cuatro doncellas y tres jardineros, al principio se rebeló cuando Blasdel le
exigió que horneara pangolay, como se conocía el pan de polen, y que quitara el
hueso a las esponjas «como cualquier mujerzuela de casta inferior», en palabras
de ella. Finalmente se rindió ante las protestas del estómago vacío. Sus hijas
se adaptaron con más elegancia, y las cuatro menores participaron con gran
regocijo de la matanza del kragen. Las otras dos se quedaron atrás, enarcando
las cejas ante el vulgar fervor de sus hermanas.
Ésas
eran las condiciones de vida de Barquan Blasdel cuando tuvo la poco feliz idea
de convocar al rey Kragen. Luke Robinet y Vidal Reach vivían en las mismas
condiciones, sin restricciones excepto con relación a las barcas.
En
la mañana después de su detención, los tres conspiradores fueron llevados ante
una asamblea Judicial de maestros de gremios y ancianos de castas. Puesto que Phyral
Berwick, había participado en la detención de las personas acusadas, Gian
Recargo sirvió de Árbitro.
El
sol matutino brillaba con fuerza en el flotador. En la entrada de la laguna
estaba la mole del kragen, que los aprendices de Quejosos y Publicistas todavía
no habían terminado de desollar. Los miembros de la asamblea estaban casi en
silencio, conversando en susurros.
De
la cabaña donde habían pasado la noche salieron Barquan Blasdel, Luke Robinet y
Vidal Reach, pestañeando a la luz del sol. Los llevaron en silencio hasta un
banco y les ordenaron sentarse.
Phyral
Berwick se levantó y describió las circunstancias de la noche anterior.
―Es
evidente que querían atraer la atención del rey Kragen si por casualidad
navegaba cerca. Gian Recargo se inclinó hacia adelante.
―¿Lo
han reconocido?
El
Árbitro miró a los acusados.
―¿Tú
qué dices?
―En
lo que a mí respecta, nada ―dijo Barquan Blasdel.
―¿Admites
el delito del que se te acusa?
―No
tengo nada que declarar. Las cosas son como son.
―¿Niegas
o rechazas algún detalle del testimonio de Phyral Berwick?
―No.
―Tienes
que ser consciente de que éste es un cargo muy grave.
―Desde
tu punto de vista.
―¿Tienes
algún motivo para creer que el rey Kragen está o estuvo en las inmediaciones?
¿O hicisteis eso sólo con la esperanza de atraer su atención si por casualidad
pasaba cerca?
―Repito
que no tengo nada que declarar.
―¿No
presentas ningún tipo de defensa?
―Evidentemente
sería inútil.
―¿No
niegas los hechos?
―No
tengo nada que declarar. Las cosas son como son.
Luke
Robinet y Vidal Reach fueron igualmente taciturnos. El Árbitro tomó declaración
a Sklar Hast, julio Rile y Rollo Barnack.
―Está
claro que los acusados son culpables de las intenciones más vindicativas
―dijo―. No sé qué pena imponer. Que yo sepa, no hay ningún precedente.
Entonces
habló Phyral Berwick.
―Nuestro
problema es cómo garantizar nuestra seguridad. Podemos matar a estos hombres.
Podríamos abandonarlos en un flotador solitario, incluso en los Flotadores de
los Salvajes, vigilarlos más de cerca. Hasta siento cierta simpatía por ellos.
Si compartiera el fervor de sus convicciones, podría actuar del mismo modo en
una situación similar. Propongo que les hagamos la más severa advertencia, pero
que les perdonemos la vida.
Nadie
disintió. Gian Recargo se volvió hacia los tres criminales.
―Os
perdonamos la vida. Todo será como antes. Sospecho que es más de lo que
vosotros haríais por nosotros, pero no importa. No somos iguales. ¡Pero
recordad que por nuestra propia seguridad no podemos mostrar más misericordia!
Pensad que estáis viviendo una nueva vida, y aprovechadla lo mejor posible.
Podéis iros, volved al trabajo. Tratad de haceros merecedores de la confianza
que hemos depositado en vosotros.
―No
pedimos que se nos trajera aquí ―dijo Barquan Blasdel con su habitual
desenvoltura.
―Tu
presencia aquí es consecuencia directa de tu traición original, cuando
intentaste disponer que el rey Kragen interceptara nuestra flotilla. Mirando
hacia atrás, parece que somos excesivamente clementes. Pero éste es el tipo de
vida que queremos llevar, de la que vosotros sois indignos beneficiarios.
Podéis iros, y recordad que la misericordia no se extenderá a una tercera
oportunidad.
Luke
Robinet y Vidal Reach estaban un poco apagados, pero Barquan Blasdel salió de
allí impertérrito. Sklar Hast y Roger Kelso se lo quedaron mirando.
―He
ahí un hombre que sólo conoce el odio ―dijo Sklar Hast―. La tolerancia no ha
conquistado su gratitud. ¡Será el más vigilado de todos!
―No
nos estamos preparando con suficiente rapidez ―dijo Kelso.
―¿Para
qué?
―Para
la inevitable confrontación. Tarde o temprano el rey Kragen nos encontrará. Los
Intercesores parecen creer que llega hasta sitios tan distantes como éste. Si
viene, no tenemos manera de huir y tampoco de repelerlo, por supuesto.
Sombríamente,
Sklar Hast admitió todo eso.
―Es
muy cierto. No sentimos suficiente apremio, ésta es sin duda una falsa
seguridad. Tenemos que crear un sistema que nos asegure protección. ¡Armas!
Imaginad un gran arpón, lanzado por cien hombres, con una punta de duro
metal... Pero no tenemos metal.
―Claro
que tenemos ―dijo Kelso.
Sacó
una bolita del tamaño de un diente de bebé.
―Esto
es hierro.
Sklar
Hast lo agarró, lo hizo girar entre los dedos.
―¡Hierro!
¿De dónde salió?
―Yo
lo fabriqué.
―¿Con
el sistema que usan los salvajes?
―No
puedo asegurarlo.
―Entonces,
¿cómo? ¿Cuál es su fuente? ¿El aire? ¿El mar? ¿Los frutos del flotador?
―Acompáñame
mañana al Flotador Queja, un poco antes del mediodía. Te explicaré todo.
―¿Incluso
la procedencia del nombre «queja»?
―Explicaré
todo.
12
Para
trabajar tranquilo, con un mínimo de interferencia por parte de eventuales
transeúntes y maestros de gremios con bienintencionados consejos, Kelso se
había apoderado para sus investigaciones del siguiente flotador hacia el oeste,
que por motivo de sus actividades se conocía como Flotador Queja. Como
ayudantes y aprendices y compañeros de investigación, Kelso había reclutado a
varias docenas de hombres y mujeres jóvenes que estaban entre la gente más
despierta del flotador y que trabajaban con una energía y un entusiasmo del que
hasta ellos mismos se sorprendían.
Sólo
cien metros separaban a los dos flotadores, y mientras remaba esa distancia
Sklar Hast ya imaginó forres de señales intercambiando mensajes. Un pensamiento
fugaz le pasó por la cabeza: tienes que instalar las máquinas de prácticas para
que los viejos Embaucadores no pierdan sus reflejos, para instruir a los
aprendices, para mantener vivo el oficio.
Al
llegar al Flotador Queja ató la barca al muelle rudimentario que Kelso había
mandado construir. Un sendero bordeaba un grupo de altos arbustos hasta una
zona central que ahora estaba escrupulosamente limpia de vegetación; a
consecuencia de eso la superficie de la hoja se había vuelto de un color
lívido, entre pardo y morado.
Kelso
trabajaba en un complejo artilugio cuya función Sklar Hast no alcanzaba a
entender. Una estructura rectangular formada por tallos se elevaba unos diez
metros en el aire, sosteniendo un aro de mimbre tejido de dos metros de
diámetro en un plano paralelo a la superficie del flotador. El aro tenía pegada
encima una enorme lámina de piel de hoja de excelente calidad que había sido
raspada, restregada y lubricada hasta quedar casi perfectamente transparente.
Debajo, Kelso puso una caja con cenizas. Mientras Sklar Hast miraba, mezcló un
poco de agua y goma, lo suficiente como para hacer una masa gris, en la que
trabajó con los dedos y los nudillos hasta formar una depresión con forma de
plato.
El
sol se acercaba al cenit; Kelso hizo señas a dos de sus ayudantes. Uno trepó al
andamiaje; el otro le pasó cubos de agua. El primero los vacío en la membrana
transparente, que se combó bajo el peso.
Sklar
Hast miró en silencio, sin expresar su perplejidad. La membrana, ahora llena
hasta el borde, parecía hincharse peligrosamente. Kelso, por fin satisfecho con
sus planes, se acercó a Sklar Hast.
―Este
artefacto te intriga; sin embargo es muy sencillo: ¿Tienes un telescopio?
―Sí.
Un instrumento bastante bueno, aunque la goma se ha enturbiado.
―La
goma más pura y más refinada pierde el color, y hasta las lentes de goma mejor,
acabadas producen imágenes deformadas de poco aumento. Según Brunet, en el
Mundo de Origen forman las lentes con un material llamado «cristal».
El
sol llegó al cenit algo extraño que ocurría en la caja de ceniza húmeda atrajo
la atención de Sklar Hast. Había aparecido en ella un punto rojo blanco la
ceniza empezó a sisear y a echar humo. Sklar Hast se acercó asombrado.
―El
cristal parece un material útil ―estaba diciendo Kelso―. Brunet lo describe
como una mezcla de sustancias que aparecen en la ceniza y él llama «fundentes»
sumadas a un compuesto llamado «sílice», que se encuentra en la ceniza pero
también en cascarillas del lodo marino que Brunet llama «plancton». Aquí he
mezclado ceniza y lodo de mar; he construido una lente de agua para condensar
luz del sol. Estoy tratando de fabricar cristal.
Miró
la caja y después la levantó un poco, enfocando la imagen del sol. La ceniza
resplandeció roja, naranja, amarilla; de repente pareció desmoronarse. Con una
vara, Kelso empujó más ceniza hacia el centro, hasta que de la caja de madera
salió humo, después de lo cual Kelso la puso a un lado y miró con ansiedad la
materia derretida en el centro:
―Algo
ha ocurrido, qué exactamente, lo sabremos cuando se enfríe.
Volvió
a la mesa de trabajo y sacó otra caja, ésta casi llena de carbón vegetal
pulverizado. En unía depresión, en el centro, había una pasta entre negra y
marrón.
―¿Y
qué tienes ahí? ―preguntó Sklar Hast, ya maravillado por el ingenio de Kelso.
―Sangre
seca. Yo y mis hombres nos hemos desangrado. Es una operación que produce
dolor, de ahí «Flotador Queja».
―Pero
¿porqué hicisteis eso? ―preguntó Sklar Hast.
―Tendré
que referirme otra vez al científico Brunet, que nos revela que el color rojo
de la sangre proviene de una sustancia llamada «hemoglobina». Esa sustancia
está compuesta por mucho carbón, oxígeno e hidrógeno y una sola partícula de
hierro. El carbón es el ingrediente principal de las cosas quemadas, el oxígeno
da al aire su cualidad vigorizante, con el oxígeno el hidrógeno forma el agua.
Pero hoy sólo buscamos una pequeña cantidad de hierro. Así que aquí está la
sangre. Quemaré los diversos fluidos, gases y lodos inestables para descubrir
qué queda. Si todo sale bien, encontraremos de nuevo el inflexible hierro.
Kelso
metió la caja debajo de la lente. La sangre seca ardió despacio, sin llama,
humeando, y de pronto se encendió soltando un olor nauseabundo. Kelso empezó a
bizquear.
―La
lente sólo quema bien cuando el sol cae a pleno, de manera que nuestro tiempo
es forzosamente limitado.
―Quizá
en vez de agua convendría usar goma transparente, que se endurecería y
permitiría seguir al sol a través del cielo.
―Lamentablemente
no hay ninguna goma tan transparente como el agua. ―dijo Kelso con pesar―. La
savia de la planta vela es amarilla. El líquido del matafardos produce una
niebla azul.
―¿Qué
ocurriría si se mezclaran los dos, de manera que el azul derrotara al amarillo?
Después el resultado se podría filtrar y hervir. Quizá hasta se podría coagular
el agua con tintura de hueso.
Kelso
asintió.
―Es
probable que las dos cosas sean factibles. Se pusieron a observar la sangre,
ahora una esponja encendida que se transformó en cenizas y después,
aparentemente consumida, desapareció en la superficie del resplandeciente
carbón vegetal. Kelso sacó el crisol de debajo de la lente.
―Tu
sangre no parece muy rica. ―señaló Sklar Hast críticamente―. Quizá sería buena
idea pinchar a Barquan Blasdel y al resto de los intercesores, parecen muy
saludables.
Kelso
tapó la caja.
―Sabremos
qué pasó cuando el carbón se ponga negro.
Fue
hasta la mesa y buscó otra caja. Sobre el carbón pulverizado había una tableta,
esta vez de pasta negra.
―¿Y
qué sustancia es ésa? ―preguntó Sklar Hast.
―Esto
―dijo Kelso― es sangre del kragen que hervimos anoche. Si la sangre del hombre
lleva hierro, ¿qué llevará la sangre del kragen? Ahora lo descubriremos.
Metió
la caja debajo de la lente. Como la sangre humana, empezó a arder sin llama,
soltando un humo aún más asqueroso que el anterior. Poco a poco la tableta se
fue desmoronando sobre la superficie del carbón; como antes, Kelso sacó aquello
y le puso encima una tapa. Entonces se acercó a la primera caja, pinchó las
cenizas con un pedazo de hueso afilado y sacó un espeso charco de material
fundido que echó sobre la mesa.
―Cristal.
Cuidado, todavía está caliente.
Sklar
Hast, usando dos pedazos de hueso, levantó el objeto.
―Así
que esto es cristal. ¡Hum! No parece muy adecuado para usarlo como lente de
telescopio. Pero quizá sirva para otras cosas. Parece denso y duro... casi
metálico.
Kelso
movió la cabeza en señal de reprobación.
―Esperaba
conseguir mayor transparencia. Es probable que haya demasiadas impurezas en la
ceniza y en el lodo marino. Quizá se las pueda sacar lavando la ceniza o
tratándola con un ácido o algo por el estilo.
―Pero
para producir ácido hace falta electricidad. Al menos eso es lo que tú dices.
―Me
limito a citar a Brunet.
―¿Y
es imposible obtener electricidad? Kelso frunció los labios.
―Ya
veremos. Tengo algunas esperanzas. Parece imposible generar electricidad usando
sólo ceniza, madera, agua y lodo de mar... pero ya veremos. Brunet da algunas
pistas. Pero miremos primero cuánto hierro tenemos.
La
producción era pequeña: un nódulo de metal gris picado, de la mitad del tamaño
de un guisante.
―Esa
pequeña cantidad representa tres frascos de sangre. ―comentó Kelso―. Si
vaciáramos todas las venas que hay en el flotador, obtendríamos hierro
suficiente para fabricar una olla pequeña.
―No
es una propuesta intrínsecamente irrazonable ―dijo Sklar Hast―. Todos podemos
ofrecer uno o dos frascos de sangre, o aún más, a lo largo de varios meses. ¿Te
das cuenta? ¡Hemos producido metal contando sólo con nuestros propios recursos
Kelso estudió irónicamente el nódulo de hierro.
―Quemar
la sangre debajo de la lente es muy sencillo. Si cada día viniera una decena de
personas a dar sangre, con el tiempo el peso acumulado del hierro terminaría
hundiendo la hoja. ―Quitó la tapa de la tercera caja―. ¡Pero mira esto! ¡Qué
mal hemos empleado nuestras maldiciones! ¡El kragen no es una criatura que
merezca nuestro desprecio!
Sobre
el carbón había un pequeño charco de metal dorado rojizo, tres veces más grande
que el nódulo de hierro.
―Este
metal debe de ser cobre, o una de sus aleaciones. Brunet describe el cobre como
un metal rojo oscuro, muy útil para conducir la electricidad.
Sklar
Hast levantó el cobre que estaba sobre los carbones y lo fue pasando de una
mano a la otra hasta que se enfrió.
―Los
salvajes tienen cobre en trozos más grandes que éste. ¿Acaso matan kragen y
queman la sangre? ¡Parece increíble! ¡Esos semihumanos deformes y furtivos!
Kelso
se mordió pensativamente el labio.
―El
kragen debe de ingerir el cobre y para eso lo tiene que sacar de algún lado.
Quizá los salvajes conozcan la fuente.
―¡Metal!
―murmuró respetuosamente Sklar Hast―. ¡Hay metal por todas partes! Nicklas Rile
ha cortado el kragen para quitarle los huesos. Prescinde de los órganos
internos, que son negros como la flor de hollín. Quizá también habría que
quemarlos debajo de la lente.
―Que
los traigan aquí... yo los quemaré. Y después de que quememos el hígado o el
órgano que sea del kragen, podríamos intentar quemar también la flor de hollín.
¿Quién sabe? Quizá todas las sustancias negras producen cobre, y todas las
sustancias rojas hierro. Aunque Brunet nunca hace una generalización tan
completa.
Los
órganos internos del kragen dieron más cobre. Las flores de hollín sólo
produjeron una ceniza amarilla blanquecina que Kelso, por las dudas, almacenó
en un tubo con el rótulo de «Ceniza de flor de hollín».
Cuatro
días más tarde apareció el kragen más grande que habían visto hasta el momento.
Llegó nadando desde el oeste, siguiendo la línea de flotadores. Un par de
Estafadores que volvían de pescar fueron los primeros en espiar el enorme
cilindro negro rematado por la torrecilla de cuatro ojos. Los estafadores
apuraron los remos y gritaron anunciando la novedad.
Entonces
pusieron en marcha un plan muy bien ensayado. Un equipo de cuatro estafadores
jóvenes corrieron hacia una barca ligera, saltaron encima y remaron saliendo a
interceptar el kragen. La barca arrastraba dos cuerdas, cada una controlada por
un grupo de hombres. El kragen, deslizándose sobre el agua, se acercó hasta
quedar a cincuenta metros del flotador. La barca fue a su encuentro, impulsada
por dos de los hombres, mientras uno, llamado Bade Beach, se adelantaba y subía
a la borda. El kragen dejó de mover las paletas y se quedó flotando y mirando
con pétrea desconfianza la barca y las grúas.
Los
dos Estafadores que usaban los remos acercaron más la barca. Bade Beach iba
tenso, moviendo un lazo. El cuarto hombre controlaba las cuerdas que los unían
con el flotador. El kragen, desdeñando el ataque, hizo algunos desconcertados
chasquidos con las mandíbulas, sacudió las puntas de las paletas y creó cuatro
remolinos. La barca se acercó más, hasta treinta metros, veinticinco, veinte.
Bade Beach se inclinó hacia adelante.
El
kragen decidió castigar a los hombres por aquellas acciones provocativas. Se
adelantó bruscamente. Cuando estaba a sólo diez metros de distancia, Bade Beach
disparó un lazo hacia la torrecilla... y falló. Del flotador brotaron varios
gritos de desilusión. Uno de los grupos se apresuró a tirar con fuerza de la
barca. El kragen viró, cambió de dirección y atacó furiosamente por segunda
vez, llegando por un momento a menos de dos metros de la barca, momento que
aprovechó Bade Beach para echarle el lazo sobre la torrecilla. Del flotador
llegó una ovación; ambos grupos tiraron de las cuerdas, uno arrastrando la
barca a un sitio seguro y el otro ajustando el nudo y apartando el kragen
cuando iba a tocar la barca.
Mientras
se sacudía y se retorcía, el kragen fue arrastrado hasta la grúa inclinada
sobre el mar e izado del agua como el primero. Ésta era una bestia grande; la
grúa crujió y el flotador se combó antes de que el kragen saliera del agua;
sesenta y cinco hombres tiraban de la cuerda. La grúa se inclinó hacia atrás;
el kragen se balanceó sobre el flotador. Ataron las paletas y bajaron a la
bestia. De nuevo, una ola de espectadores reían y gritaban alrededor, pero esta
vez no manifestaban la furia con la que habían atacado al primer kragen.
Emplearon
los cinceles y los mazos contra la torrecilla del kragen, sacaron la cúpula y
destrozaron los nódulos nerviosos. Trajeron cubos de fibra y sacaron los
fluidos corporales, que después llevaron a bandejas de evaporación.
Sklar
Hast había observado desde un costado. Era una bestia grande, más o menos del
tamaño del rey Kragen en el momento de llegar a los Viejos Flotadores, hacía
ciento cincuenta años. Habían logrado despachar con éxito a esa criatura, por
lo que no deberían temer mucho a ninguna otra... excepto al rey Kragen. Y Sklar
Hast tuvo que admitir que para ese caso aún no tenían respuesta. Ninguna grúa
podría sacar al rey Kragen del agua. Ninguna cuerda podría contener la fuerza
de aquellas paletas. Ningún flotador podría soportar aquel peso. Comparado con
el rey Kragen, esa mole muerta era un pigmeo.
Detrás
resonaron unos rápidos pasos; una mujer le tiró del codo, jadeando mientras
intentaba recuperar el aliento. Sklar Hast, alarmado, miró alrededor pero no
vio nada de qué preocuparse. Finalmente ella logró articular unas palabras:
―¡Barquan
Blasdel se ha hecho a la mar, Barquan Blasdel se ha ido!
―¡Qué!
―exclamó Sklar Hast.
13
Faltaban
Barquan Blasdel, su esposa, sus dos hijas mayores y sus amantes, y también Luke
Robirnet y Vidal Reach, lo mismo que una robusta. Su plan había sido audaz,
cuidadosamente concebido y ejecutado con precisión. Durante semanas habían
ocultado provisiones en un enmarañado rincón en el otro extremo del flotador,
cerca de la escuela de Meril Rohan. En secreto habían fabricado remos, un
mástil y una vela. Después, habían esperado la captura de un segundo kragen,
suponiendo correctamente que todo el mundo estaría distraído.
Los
dos jóvenes, esposos de das hijas de Blasdel, se apoderaron de la barca.
Incluso con un kragen colgando en el aire, Barquan Blasdel subido a una barca
podría haber llamado la atención. A los dos jóvenes les costaba menos pasar
inadvertidos. Desataron la barca y remaron hasta el lado sur del flotador.
Embarcaron las provisiones, subieron todos con los remos y se deslizaron
alejándose del Flotador Nuevo Hogar. Tuvieron la mala suerte de que una mujer
embarazada se hubiera alejado, por asco, de donde estaban atrapando al kragen,
y hubiera visto desaparecer la barca detrás del Flotador Queja.
Phyral
Berwick mandó inmediatamente diez barcas a perseguirlos, pero se acercaba la
noche y empezaba a soplar un viento inusitadamente fuerte. Con tantas velas y
remos y con el crepúsculo encima y con docenas de flotadores entre los que
esconderse, había pocas probabilidades de alcanzar a los fugitivos. Barquan
Blasdel podía incluso virar hacia el norte o hacia el sur y perderse así con
más facilidad.
Las
barcas destinadas a la búsqueda permanecieron fuera toda la noche. Ocho
buscaron entre los flotadores, yendo y viniendo por los canales iluminados por
las estrellas; dos se internaron hacia el oeste con toda la rapidez que los
Estafadores más robustos podían alcanzar. Cuando el alba proyectó una luz
perlina sobre el mar los nuevos flotadores ya casi resultaban invisibles por el
este, pero los buscadores estaban solos en el mar. La barca de Barquan Blasdel
no se veía por ninguna parte. A los que buscaban entre los flotadores no les
fue mejor. Todos regresaron al Flotador Nuevo Hogar empujados por el viento del
amanecer.
Convocaron
a una reunión de consejeros para estudiar la situación. Algunos se quejaron de
la lenidad mostrada con los intercesores fugitivos.
―¿Por
qué nos dejamos vencer por nuestros propios escrúpulos? ―protestó Robin
Magram―. Tendríamos que haber hecho bien las cosas y estrangularlos a todos.
Phyral
Berwick asintió pacientemente.
―Quizá
tengas razón. Pero yo no me sentía capaz de asesinar a alguien aunque nos
conviniera.
Magram
apuntó con el dedo hacia las cabañas donde estaban los restantes Intercesores.
―¿Qué
hacemos con ellos? Todos nos desean lo peor. Todos planean el mismo acto infame
que realizó Blasdel. ¡Matémoslos ya... con tranquilidad, sin encono, con una
bella finalidad!
Sklar
Hast habló con cierta tristeza.
―Eso
no nos beneficiaría. Nos convertiríamos en asesinos de verdad. La grasa está
ahora en el fuego. De hecho, lo mejor que podríamos hacer es soltarlos...
darles una barca y echarlos.
―¡No
vayas tan rápido! ―protestó Rollo Barnack―. ¡Barquan Blasdel no podrá llegar
nunca a los Flotadores de Origen!
―Sólo
necesita navegar de noche y remar hacia el oeste. ―dijo Sklar Hast―. Pero está
bien, esperemos hasta saber qué ha pasado.
―Si
Barquan Blasdel regresa a los viejos flotadores, un hecho es seguro. ―gruñó
Robin Magram―. Habrá acciones hostiles. Ese hombre es un receptáculo de maldad.
―No
necesariamente. ―dijo Phyral Berwick―. Recuerda que a los habitantes de los
flotadores no les falta sensatez. Son nuestros hermanos de casta, nuestros
amigos, nuestros parientes. ¿Qué pueden ganar atacándonos?
―Nos
hemos salvado del rey Kragen, no admitiremos el dominio de nadie ―dijo Sklar
Hast con pesimismo―. El sufrimiento produce celos y resentimiento. Los
Intercesores los pueden convertir en hosca ira. ―Puso voz de falsete nasal―.
¡Esos fugitivos insolentes! ¿Cómo se atreven a eludir su responsabilidad ante
el noble rey Kragen? ¿Cómo se atreven a realizar semejantes atrocidades
bestiales contra los kragen menores? ¡Todo el mundo a las barcas! ¡Vamos a
castigar a los iconoclastas!
―Quizá
estés en lo cierto ―dijo Kelso―. Pero los Intercesores no son de ninguna manera
los únicos habitantes influyentes de los flotadores. Los Árbitros no apoyarán
esos planes.
―En
esencia ―dijo Phyral Berwick― nos falta información. Hacemos especulaciones en
el vacío. Barquan Blasdel puede perderse en el océano y no regresar nunca a los
Viejos Flotadores. Pueden recibirlo con apatía o con entusiasmo. Hablamos sin
conocimiento. Creo que deberíamos tomar las medidas necesarias para informarnos
de cuál es la verdadera situación. En resumen, tendríamos que mandar espías a
buscar esa información.
La
propuesta de Phyral Berwick contó finalmente con el respaldo de todos. Se
decidió, además, vigilar mejor a los Intercesores que quedaban, hasta que se
supiera con certeza si Barquan Blasdel había llegado a los Viejos Flotadores.
Si fuera esa la situación, el emplazamiento de los Nuevos Flotadores ya no
sería un secreto, y la opinión general era permitir que los Intercesores
restantes regresaran también si lo deseaban. A Robin Magram la decisión le
pareció poco juiciosa.
―¿Crees
que ellos nos darían el mismo trato en una situación similar? ¡Recuerda!
¡Planearon que el rey Kragen nos atacara!
―Es
cierto, ―dijo Arrel Sincere, cansado― pero ¿qué importa? Podemos matarlos,
tenerlos muy bien vigilados o dejar que se vayan. La última opción es la menos
complicada y la más honorable. Robin Magram no protestó más, y el consejo se
ocupó entonces de los detalles de la proyectada operación espía. Ninguna de las
barcas disponibles les pareció adecuada, y se decidió construir una de diseño
especial: larga, liviana, que apenas asomara del agua, con dos velas de tejido
fino que atraparan cada susurro del viento. Nombraron a tres hombres para la
operación, todos originarios del Flotador Almack, una pequeña y lejana
comunidad hacia el este, de hecho próxima a Sciona, al final de la cadena.
Ninguno de los tres tenía conocidos en Apprise, con lo que se reducían las
probabilidades de que los reconocieran.
La
barca fue construida de inmediato. Sobre unas estacas dieron forma a una
liviana quilla de mimbre laminado y pegado; torcieron y ataron en su sitio las
cuadernas, sobre ellas fijaron costillas diagonales y después cubrieron todo
con capas de piel de hoja barnizada.
A
media mañana del cuarto día después de la huida de Barquan Blasdel, la barca,
casi una canoa, partió hacia el oeste deslizándose con facilidad y rapidez
sobre el agua soleada. Entre sus herramientas iba la trompa sacada del viejo
taller de Barquan Blasdel en el Flotador Apprise. Durante tres horas siguió la
hilera de flotadores, cada islote engalanado con vegetación azul, verde,
púrpura, naranja y negra, rematada por las arqueadas frondas de la planta
principal. La barca alcanzó el último flotador del grupo y puso rumbo hacia el
oeste; detrás de los largos remos el agua destellaba y creaba remolinos. La
tarde fue declinando, se formaron unas nubes de lluvia que atravesaron el cielo
arrastrando unos vientres negros. Después de la lluvia vino la puesta de sol,
un glorioso espectáculo entre nubes deshilachadas. Empezó a soplar, la brisa;
izaron las velas; los hombres metieron dentro los remos y descansaron. La barca
avanzaba velozmente hacia el oeste, entre los chasquidos de las olas. Entonces
llegó el crepúsculo de color malva y aparecieron las constelaciones, y a
continuación se hizo de noche y las estrellas resplandecieron sobre la lustrosa
agua negra. Los hombres se turnaron para dormir, y transcurrió la noche. Antes
del amanecer se levantó un viento adverso; los hombres, para ahorrar fuerzas,
remaron sólo lo necesario para conservar la velocidad. El segundo día
transcurrió de manera similar. La primera línea de flotadores encontrados por
la flotilla quedó atrás, ligeramente hacia el norte. Pasó otro día, no se veían
los flotadores de los salvajes, quizá habían pasado cerca de ellos por la
noche. Poco antes del amanecer del cuarto día los hombres bajaron la trompa en
el agua y escucharon.
Silencio.
Los
hombres, de pie, miraron hacia el oeste. Teniendo en cuenta la gran velocidad
de la barca, el Flotador Tranque tendría que estar muy cerca. Pero sólo se veía
un horizonte vacío.
Al
mediodía los hombres, cada vez más perplejos, dejaron de remar y miraron otra
vez atentamente el horizonte. Como antes, lo único que se veía era la línea que
separaba el azul oscuro del azul brillante. A esas alturas los flotadores
tendrían que estar a la vista. ¿Habrían virado demasiado hacia el norte o hacia
el sur? Los hombres deliberaron y llegaron a la conclusión duque aunque habían
estado viajando hacia el oeste, la dirección hacia donde habían huido
originalmente podía situarse más hacia el sudeste. Validaba esa idea el hecho
de que habían pasado por el sur de la línea intermedia de flotadores. Por lo
tanto lo más probable era que los Viejos Flotadores quedaran detrás del
horizonte norte. Acordaron reinar cuatro horas hacia el norte y después, si no
veían nada, regresar hacia el sur.
Al
caer la tarde, mientras se acumulaban las nubes de lluvia, aparecieron unas
manchas a lo lejos. Se detuvieron, bajaron la trompa y oyeron una serie de
crujidos sorprendentemente fuertes. Los hombres hicieron girar el tubo para
detectar de dónde venía el sonido. Procedía del norte. Agachados, escucharon,
listos para alejarse a toda prisa si el sonido aumentaba. Pero pareció
disminuir, y la dirección viró hacia el este. Finalmente se volvió casi
inaudible y los hombres siguieron adelante.
Los
flotadores cobraron sustancia, extendiéndose tanto hacia el este como hacia el
oeste; pronto fue posible distinguir los perfiles característicos, y después
las torres de señales. Exactamente delante estaba Aumerge, con el Flotador
Apprise más al oeste:
Remaron
siguiendo la cadena, pasando por delante de flotadores con nombres familiares y
amados, flotadores donde habían vivido y muerto sus antepasados: Aumerge,
Quincunx, Fay, Hastings, Quatrefoil, con aquella curiosa forma de trébol, y
después el pequeño grupo exterior, Las Ligas, y más allá, después de un espacio
de una milla, el Flotador Apprise. Se puso el sol y las torres empezaron a
titilar, pero resultaba imposible leer las configuraciones. Los hombres remaron
hacia Apprise. La vegetación se recortaba contra el cielo; los sonidos y olores
de los Viejos Flotadores llegaba en el aire por encima del agua, causando
dolorosas punzadas nostálgicas a cada uno de los hombres. Desembarcaron en una
cala pequeña y aislada que les había descrito Phyral Berwick y cubrieron la
barca con hojas y basura: Siguiendo el plan, dos se quedaron en la barca,
mientras que el tercero, un tal Henry Bastaff, atravesó el flotador hasta
llegar a la zona comunal y al mercado de Apprise.
Había
centenares de personas fuera esa agradable tarde, pero Henry Bastaff las veía
cansadas y hasta un poco deprimidas. Fue hasta la vieja Posada Apprise, que
presumía de ser el edificio más viejo de los flotadores: un cobertizo largo que
tenía por vigas unos tallos viejos y torcidos supuestamente cortados a la
asombrosa profundidad de cien metros. Dentro había un bar largo, construido con
tiras laminadas que con la cera y el uso se habían vuelto de un color moreno
dorado. Los estantes del fondo mostraban jarras y tubos de arak, cerveza y
licores junto con dulces y delicadezas diversas. En el frente, unos anchos
aleros cubiertos con paja de fronda de garwort daban sombra a varias docenas de
mesas y bancos, donde descansaban los viajeros y se daban cita los amantes.
Henry Bastaff se sentó donde podía observar tanto la torre de señales de
Apprise como la de Quatrefoil hacia el este. Se acercó la camarera y él pidió
cerveza y barquillos de frutos secos. Mientras bebía y comía escuchó las
conversaciones de las mesas cercanas y leyó los mensajes que titilaban yendo y
viniendo por la línea de flotadores. Las conversaciones eran poco informativas;
los mensajes de las torres se limitaban al habitual compendio de anuncios,
mensajes y bromas. Entonces, de repente, en medio de un mensaje, hubo una
llamarada, las dieciocho luces juntas que anunciaban una noticia de gran
importancia. Henry Bastaff se incorporó en el banco.
¡Información....importante!....Esta....tarde....varios....de....los...Intercesores....secuestrados.....por....los....rebeldes...regresaron....a....los….Flotadores....Son:....Barquan....Blasdel....de....Apprise....con....su....esposa....y....varias...personas....a....su...cargo....Vidal....Reach....de...Sumber....Luke....Robinet....de....Parnassus....Tienen....una.....historia....desgarradora....Los....rebeldes....se....han...establecido....en...un...flotador...hacia....el....este...donde...matan...kragen....con...despiadado...júbilo....y....planean...una....guerra.....de....exterminio..contra....los....habitantes....de....los...Viejos.....Flotadores.....Los....Intercesores…escaparon....y....tras...un....inquietante...viaje...a...través....del....inexplorado....océano....en....las....últimas....horas.....de....hoy.....desembarcaron....en....el....Flotador....Lámpara....Verde....Barquan....Blasdel....ha....pedido....una....asamblea....inmediata......para....decidir....que....medidas........tomar....contra....los....rebeldes....que....cada....día....son....más....arrogantes.....
14
Seis
días más tarde Henry Bastaff informó al consejo del Flotador Nuevo Hogar.
Nuestra
llegada fue precaria porque la dirección inicial nos llevó muchas millas al sur
de los Viejos Flotadores. La próxima vez tendremos que pasar por el norte de
los flotadores que hay en el camino, con lo cual será fácil avistar tierra.
Aparentemente la barca de Blasdel experimentó dificultades aún mayores, puesto
que llegaron al Flotador Lámpara Verde casi en el mismo momento en que
desembarcábamos en Apprise. Quizá se demoraron en uno de nuestros flotadores
hasta que creyeron que ya no los perseguíamos. Yo estaba sentado en la Vieja
Taberna cuando llegó la noticia y se produjo un gran alboroto. La gente parecía
más curiosa que vengativa, incluso algo nostálgica: No oí hablar del rey Kragen
fuera de un comentario, algo ambiguo, en el sentido de que aceptarían de buena
gana que los rebeldes intentaran liquidar, a cierto kragen local. Convocaron
una asamblea el día siguiente. Como asistiría la gente del Flotador Almack me
pareció que convendría que Maible y Barway siguieran escondidos. Yo me manché
la cara del color de los Estafadores, me afeité casi del todo las cejas, me
eché el pelo hacia adelante y me puse una capucha de Estafador. Parecía el más
inepto de los Estafadores: medio Matón y medio Publicista. En la asamblea miré
a los ojos a mi tío Fodor, el pelador de mimbre, que nunca se volvió para
mirarme de nuevo.
»La
asamblea fue vehemente y prolongada. Barquan Blasdel recuperó su rango de
Intercesor de Apprise, sin vacilar un momento y sin pedir permiso. En mi
opinión a Vrink Smathe, que había heredado el puesto, no le produjo ninguna
alegría el regreso de Blasdel. Sentado tres filas más atrás, sin la ropa
ceremonial y el protector de nariz, fruncía el ceño y parpadeaba cada vez que
Blasdel hablaba, es decir, casi todo el tiempo.
»Con
gran seriedad, Blasdel reclamó una expedición punitiva. Habló de quienes se
habían ido como "iconoclastas", "monstruos",
"sanguinaria escoria del mundo", que la gente decente tenía el deber
de eliminar.
»Un
cierto número se sintió estimulado, sobre todo aquellos que yo llamaría el
elemento más bajo: gente de poco prestigio, no especializada, ignorante y
envidiosa de sus superiores. Pero eran pocos. En general la noticia no despertó
mucha atención. Nadie importante mostró interés en el proyecto. Los nuevos
Intercesores en particular estaban muy poco entusiasmados. Es evidente que
codician sus nuevos puestos, que perderían si regresaran los viejos
Intercesores.
»Blasdel,
al ver que no había despertado mucha simpatía con sus maldades, casi perdió los
estribos, cosa rara en Barquan Blasdel. Acusó a los más reacios de cobardía y
complacencia, y con eso se ganó su antagonismo. Todo el mundo conoce el
temperamento de Emacho Feroxibus, Anciano de los Desfalcadores de Quatrefoil.
Aunque muy ortodoxo, no es un cobarde. Con mucha brusquedad ordenó a Blasdel
que fuera menos cáustico al hablar.
»¡Nadie
cuestiona tu celo, pero prefiero que se aplique a propósitos constructivos!
¿Qué sentido tendría aplastar a esas personas? Se han marchado y sólo queda
desearles suerte. ¡Ahora que no están con nosotros los disidentes, mantengamos
nuestras viejas costumbres con más dedicación! No me interesa seguir oyendo ese
discurso incendiario.
»Debo
decir que Barquan Blasdel no se acobardó en absoluto.
»Me
parece muy bien que se quiera contemporizar ―dijo―, y nadie emprende por placer
una tarea ardua e incómoda como la que propongo. No obstante, hablamos de
personas impenitentes, de criaturas sumamente depravadas.
»Feroxibus
se le rió en la cara.
»Si
son tan malvados, ¿por qué te dejaron vivir? ¿Por qué no te ahogaron?
»Barquan
Blasdel se desconcertó. Pero dijo: ―Está muy claro. Temían ser descubiertos por
el rey Kragen, y pensaron que si ocurría lo peor intercederíamos por ellos.
»Emacho
Feroxibus no dijo nada más, y tampoco Barquan Blasdel; la asamblea concluyó sin
una decisión clara.
»Pero
eso era sólo la asamblea... el acto abierto a todos. Dudo que Barquan Blasdel
se haya sorprendido por la falta de respuesta. Lo último que hizo fue convocar
a todos los Intercesores a una reunión en la cabaña de Vrink Smathe esa noche.
»Volví
a la barca y hablé con Barway y con Maible. Barway es buzo. Teniendo en cuenta
ese atributo, y recordando la típica disposición del taller de un Intercesor,
inventamos una manera de obtener más información. Barway os puede contar mejor
que yo lo que ocurrió.
Entonces
Barway dio su informe. Era uno o dos años más joven que Henry Bastaff, remero
experto y buzo de gran resistencia. Pertenecía a la casta de los Publicistas,
pero había tomado por esposa a la hija de un Pirómano y en general se lo
apreciaba mucho. Habló con modestia, sin levantar la voz.
―Planificamos
todo mientras el sol estaba todavía alto. Miré con atención la cabaña de
Smathe, me puse las gafas y me zambullí debajo del flotador. No sé cuántos de
vosotros habéis nadado debajo de un flotador, pero es un hermoso espectáculo.
El agua es de un azul intenso, por encima está el blanco lado inferior de la
piel de la hoja y debajo se hunden los tallos hasta desaparecer en las
profundidades.
»La
cabaña de Smathe estaba a unos setenta y cinco metros del borde. Ésa es una
distancia que puedo cruzar a nado con facilidad. Pero no hacer el viaje de ida
y vuelta. Me quedaría sin aire y me ahogaría debajo del flotador a menos que
encontrara un agujero como el que descubrimos en la cabaña de Blasdel. Yo iba
arrastrando una cuerda para que pudieran tirar de ella y reanimarme si no
encontraba la cabaña.
»Pero
no hubo ningún problema. A setenta y cinco metros del borde del flotador vi el
oscuro agujero arriba y la trompa. Subí y floté entrando en el agujero. El
tapón no estaba puesto, y pude respirar.
»No
había nadie en el taller. En una habitación exterior oí unas voces que me
parecieron las de Vrink Smathe y su esposa. Los dos lamentaban el regreso de
Barquan Blasdel. De hecho, la esposa de Smathe lo estaba reprendiendo por haber
aceptado tan mansamente que Barquan Blasdel recuperara su puesto y hablado en
un lenguaje muy impropio para una mujer de la casta de los Desfalcadores, a la
que si no me equivoco pertenece.
»No
me entretuve. Até la cuerda a la trompa para poder orientarme al volver ya de
noche. Después regresé a la barca.
»Esperamos
hasta que oscureció. Henry Bastaff volvió a la Posada Apprise y prestó oído a
las conversaciones, pero no oyó nada importante. En cuanto vimos que entraban
Intercesores en la cabaña de Smathe me metí en el agua, y guiándome con la
cuerda volví al agujero en el taller de Smathe.
Al
oír eso los miembros del consejo se estremecieron, puesto que las aguas
nocturnas eran una región de terror supersticioso, sobre todo debajo de la
hoja: el escenario de los cuentos de miedo infantiles.
Barway
siguió con su relato:
―Llegué
temprano. Los Intercesores siguieron apareciendo mientras yo esperaba. Vrink
Smathe fue a escuchar por a trompa y me vi obligado a sumergirme. Había
aspirado poco aire y empecé a sentir la presión. Smathe hizo girar la trompa, y
cuando me apuntó no tuve más remedio que retroceder. La trompa se detuvo, y
comprendí que Smathe podía oír mis latidos. Nadé hasta el otro lado del agujero
y miré a través del agua. Smathe escuchaba con la oreja pegada al tubo y
mirando para otro lado. Salí a la superficie, tomé aire y me sumergí de nuevo.
Barway
se rió. Los miembros del consejo respondieron con muecas irónicas. Todos sabían
que Barway estaba minimizando el drama que había vivido.
―Smathe
soltó la trompa. Salí a la superficie. Le oí decir: «Por un momento percibí un
extraño martilleo: una serie de golpes. Pero desaparecieron.» Alguien sugirió
que quizá producía el ruido alguien saltando sobre el flotador, y Smathe estuvo
de acuerdo. Entonces entró Blasdel en la habitación.
»Barquan
Blasdel miró alrededor el círculo de Intercesores, todos con ropa negra
ceremonial y el emblema de su flotador. Se dirigió primero a Vrink Smathe.
»Hay
guardias apostados para que nadie se acerque a escuchar.
»Cuatro
aprendices montan guardia delante de la cabaña, con linternas. Nadie puede
acercarse.
»Muy
bien. Lo que abordamos ahora es de la mayor gravedad y no debe ser revelado ni
con palabras ni con hechos. Ante todo, los Intercesores ahora presentes deben
ser ratificados en sus puestos. Vidal Reach, Luke Robinet y yo renunciamos a
nuestros puestos como Intercesores de Sumber, Parnassus y Apprise y nos
convertimos ahora en Autoridades Centrales. Suscribo las urgentes sugerencias
hechas por muchos de vosotros y seré el Intercesor Supremo Presidente de todos
los flotadores. Luke Robinet y Vidal Reach serán mis Siervos Mayores.
»Vayamos
ahora al grano. A pesar de la timidez y de la inercia de la población, no
podemos permitir que los rebeldes sigan en estado de insubordinación. Hay para
eso muchas razones: Primero, se atrevieron a atacar al rey Kragen y a intentar
darle muerte, una horrorosa acción. Segundo, secuestraron a quince
intercesores, acto sumamente atroz. Tercero, ahora matan kragen con creciente
facilidad y ya preparan un ataque al rey Kragen. Cuarto, aunque decidieran
quedarse tranquilamente en sus nuevos flotadores, representan un desafío al
reinado del rey Kragen y por lo tanto a nuestra autoridad. Quinto, nos han
sometido a mí, a Vidal Reach, a Luke Robinet y a todos los demás a las más
repugnantes vejaciones, atacando así por extensión a la institución que
representamos, es decir, a nosotros mismos. Tenemos que aniquilarlos. Antes de
seguir, ¿cuento con la aprobación unánime de los puntos de vista que acabo de
exponer?
»La
aprobación fue un tanto cautelosa pero unánime.
ȃstas
son entonces mis propuestas. Organizaremos una milicia que llamaremos «Los
Defensores», «Los Admonitores del Rey Kragen» o «Los Protectores del Pueblo», o
algo por el estilo. Los hombres de los Nuevos Flotadores en buenas condiciones
físicas no llegan a mil. Los aptos para luchar quizá no pasen de quinientos.
»Para
garantizar un poderío absoluto y abrumador tenemos que reclutar una fuerza de
por lo menos mil jóvenes fuertes, activos y fervientes. Los adiestraremos en el
uso de las armas y, lo más importante de todo, les lavaremos de la mente todo
escrúpulo, lástima, o reparo contra la violencia, y lo mismo haremos con
nosotros mismos. Soy consciente de que con esto contradecimos nuestra más
antigua y valorada tradición, pero lo hacemos por una causa digna.
»Cuando
la fuerza haya sido adiestrada y equipada, nos embarcaremos en una adecuada
flota de barcas e iremos a someter a los rebeldes. Con los más crueles y
recalcitrantes tendremos que aplicar una solución final y definitiva, a los
demás los traeremos cubiertos de vergüenza a los flotadores principales y los
reduciremos a una casta nueva e inferior. ¡Con eso daremos una lección! ¡Con
eso se reafirmará el poder y la benevolencia del rey Kragen! ¡Con eso
conservaremos y aumentaremos nuestro propio prestigio!
Barway
informó de las exhortaciones de Barquan Blasdel de la manera más detallada
posible, y también del debate que siguió a esa intervención. Nadie se había
opuesto seriamente al plan de Barquan Blasdel, sólo había habido preguntas
sobre la forma y los medios para llevarlo a cabo.
―¿Anunciaron
un calendario? ―preguntó Phyral Berwick.
―Deduzco
que se pondrán en acción inmediatamente.
―No
esperaba otra cosa. ―Phyral Berwick soltó un profundo suspiro―. Así llegan a
los flotadores el miedo y el dolor y la brutalidad. Parece que a pesar de
nuestra herencia no somos mucho mejores que los habitantes de los Mundos
Exteriores.
Tenemos
que idear contramedidas. ―dijo Sklar Hast―. Primero, ya no tiene sentido
mantener cautivos a los Intercesores. Lo mejor es que les demos ya una barca y
los mandemos a casa. De esa manera no se enterarán de nuestros planes.
―¿Cuáles
son nuestros planes? ―preguntó Árrel Sincere en tono sombrío.
Sklar
Hast se quedó pensando.
―Tenemos
varias opciones. Podríamos entrenar una milicia propia y confiar en nuestra
propia habilidad y fuerza. Finalmente, después de mucho derramamiento de
sangre, temo que nos derrotarían. Podríamos reunir nuestras cosas y huir otra
vez y buscar un nuevo y lejano grupo de flotadores. No es una idea atractiva.
Podemos tratar de matar al rey Kragen, pero igual nos atacarían. O podemos
derrotar a nuestros enemigos con una estrategia que aún no estoy en condiciones
de definir... Mientras tanto, tenemos que observar atentamente los Flotadores
de Origen.
15
En
el mundo que no tenía nombre no había estaciones ni variaciones de clima,
excepto al cambiar de latitud. A lo largo de las zonas de calma ecuatorial,
donde crecían en grupos y cadenas los flotadores de plantas marinas, todos los
días eran iguales, y sólo se detectaba el paso del año observando el cielo
nocturno. Aunque la gente no tenía mucha necesidad de hacer distinciones
temporales exactas; se numeraban los días y se daba a cada año el nombre de
algún acontecimiento importante. Un período de veintidós años era una «ola», y
también recibía un número. Así, se podía conocer una fecha dada como el día 349
del Año de la Zambullida Profunda de Maívinon durante la Décima ola. El cálculo
del tiempo era casi competencia exclusiva de los notarios. Para la mayoría de
la gente la vida era tan diáfana y natural como el herboso mar azul al
mediodía.
El
ataque del rey Kragen al Flotador Tranque ocurrió hacia el final del año, que
desde entonces se conoció como el Año de la Humillación de Tranque, y todo el
mundo suponía que el año siguiente sería conocido como el Año de la Partida de
los Disidentes.
Al
pasar el tiempo y acercarse el año a su punto medio, Barquan Blasdel, en vez de
ir olvidando el episodio de su secuestro, lo reactivaba día a día con tenaz
virulencia. Cada anochecer era testigo de un memorándum de Barquan Blasdel que
parpadeaba yendo y viniendo por la cadena de flotadores: «¡La vigilancia es
necesaria! ¡Los disidentes están dirigidos por hombres de energía diabólica!
Desobedecen la majestad del rey Kragen, desprecian a la gente que conserva
viejas tradiciones y sobre todo a los Intercesores. Hay que castigarlos y
humillarlos. Si se atreven a atacarnos, posibilidad nada ajena a su megalómana
ferocidad, habrá que arrojarlos al mar. ¡Para eso está el Cuerpo Ejemplar del
rey Kragen!»
En
un cónclave de notables hizo un fervoroso discurso describiendo de manera muy
seria las metas de los rebeldes, y contó con el apoyo de los Intercesores
liberados que habían regresado a los Flotadores de Origen.
―¿Acaso
deseamos ver su detestable filosofía trasplantada aquí? ―preguntó Barquan
Blasdel―. ¡Mil veces no! ¡El Cuerpo Ejemplar del rey Kragen actuará como un
solo hombre para aplastar a los rebeldes invasores o, si se decide una política
de cauterizacion, para limpiar el foco infeccioso!
La
vehemencia de Barquan Blasdel no conmovió a Emacho Feroxibus, Anciano de los
Desfalcadores de Quatrefoil.
Déjalos
en paz ―gruñó―. He tenido una larga relación con muchas de esas personas, y son
de casta elevada y buen carácter. Obviamente, no tienen intención de invadir
los Flotadores de Origen. Ésa es una idea absurda, y si ellos no nos molestan,
¿para qué hemos de molestarlos? Nadie debe arriesgarse a morir ahogado por una
causa tan mala.
Barquan
Blasdel, tratando de no perder la calma, se explicó cuidadosamente.
―El
problema es más complejo. Tenemos a un grupo que ha huido para no pagar al rey
Kragen lo que le corresponde. Si se les permite prosperar, sacar beneficios de
su deserción, otra gente puede sentir la tentación de pensar: ¿por qué no
hacemos lo mismo? Si el pecado de matar kragen se transforma en un vulgar
pasatiempo, ¿dónde está la reverencia? ¿Dónde está la continuidad? ¿Dónde está
la obediencia a la Alta Autoridad?
―Eso
puede ser cierto ―declaró Providence Dringle, Embaucador Máximo del Flotador
Populosa Equidad―. No obstante, en mi opinión el remedio es peor que la
enfermedad. Y para arriesgar una opinión herética, debo decir que los
beneficios que obtenemos de la Alta Autoridad ya no parecen acordes con el
precio que pagamos.
Blasdel
y los demás Intercesores lo miraron impresionados.
―¿Puedo
preguntar a qué te refieres? ―preguntó Blasdel con frialdad.
―Me
refiero a que el rey Kragen consume diariamente seis o siete fanegas de
esponjas de primera calidad. Es cierto que domina las aguas que rodean los
flotadores, pero ¿acaso debernos temer a los kragen inferiores? Según tu propio
testimonio, los disidentes han desarrollado un método para matar al kragen con
facilidad.
Blasdel
habló en un tono gélido y amenazante:
―No
se me escapa que tus comentarios son idénticos a los ridículos desvaríos de los
disidentes, que con toda razón serán exterminados.
―No
cuentes con mi ayuda ―dijo Providence Dringle.
―Ni
con la mía ―dijo Emacho Feroxibus―. También tengo que señalar el hecho de que
si hasta ahora cada flotador mantenía a un Intercesor, ahora mantiene a dos,
para no hablar de ese cuerpo de rufianes uniformados que estás adiestrando.
―Qué
penoso es ver ―dijo Barquan Blasdel con voz queda y triste― cómo un hombre
otrora ortodoxo y eficaz muestra su repentino deterioro con esta incontinencia
verbal. ¡Emacho Feroxibus, continúa hablando! ¡Ten por seguro que te
escucharemos con el respeto que tu senilidad y tu larga carrera se merecen! ¡Di
lo que quieras!
La
cara de Emacho Feroxibus estaba encendida de furia.
―¡Tú,
retorcido sinvergüenza! ¡Si no detestara la violencia te enseñaría con las
manos lo que es la senilidad!
Poco
después fue suspendido el cónclave.
El
Cuerpo Ejemplar del rey Kragen tenía mil hombres. Sus barracones y su zona de
adiestramiento eran el Flotador Tranque, que nunca se había recuperado como
lugar habitable. Los miembros llevaban un elegante uniforme que consistía en
una túnica algo parecida a las vestiduras ceremoniales del intercesor, negra
por delante y blanca por detrás, con un emblema representando al rey Kragen
cosido en el pecho. Llevaban cascos de piel de hoja laminada y cuero de pez
alfombra bien barnizado, con la aleta dorsal del pez gris por cresta. Como
armas llevaban picas de excelente mimbre recto terminadas en una hoja de la
madera de tallo más dura, y dagas de similar calidad. No tenían arcos y flechas
porque ninguno de los materiales que había en los flotadores o en el mar
ofrecían la elasticidad necesaria. Probaron un lanzador de dardos, pero la
precisión fue tan pobre que lo desecharon.
El
Cuerpo Ejemplar, aunque incluía hombres de cada casta y gremio, estaba sobre
todo compuesto de aquellos cuyas carreras no avanzaban con celeridad o que
detestaban el trabajo con inusual vehemencia. Los demás habitantes de los
flotadores veían a los Ejemplares con emociones encontradas. Imponían una
presión considerable al normal funcionamiento de la economía, puesto que comían
mucho y no producían ningún alimento. Mientras tanto, el rey Kragen parecía
tener cada vez más volumen y más apetito. La necesidad de un cuerpo tan grande
como el Ejemplar, o simplemente de un cuerpo, siempre estaba en duda. Pocos
aceptaban el argumento de los Intercesores según el cual los disidentes
planeaban atacar los Flotadores de Origen.
No
obstante, el cuerpo daba un espectáculo valiente aunque un poco siniestro,
desfilando en pelotones de veinte con lanzas oblicuas sobre los hombros o
remando a gran velocidad por el océano en las nuevas barcas para doce hombres
cuando el rey Kragen no andaba cerca. Pues los Intercesores, dudando de la
actitud del rey Kragen, le habían ocultado el conocimiento del Cuerpo
Ejemplar... aunque nadie consideraba probable que fuese a prohibir su
organización si conocía su objetivo.
Barquan
Blasdel era el comandante del cuerpo y llevaba un uniforme aún más llamativo
que el de los Ejemplares: una túnica blanca y negra, atada a los tobillos, con
botones de matafardos, charreteras púrpura diseñadas para representar las
mandíbulas del kragen, un casco púrpura con una cresta simulando las fauces del
rey Kragen y palpos y mandíbulas extendidos: una figura temible.
El
cuerpo se entrenaba todos los días: corriendo, saltando, clavando lanzas en
maniquíes, entrando y saliendo de los botes. Todos los días oía el discurso de
Barquan Blasdel sobre la infamia de los rebeldes y la asquerosidad de sus
hábitos. Todos los días el cuerpo realizaba un homenaje ritual que expresaba su
devoción por el rey Kragen y obediencia absoluta a quienes intercedían con él.
La mayoría de los notables del flotador expresaban su desaprobación del cuerpo,
y Emacho Feroxibus empezó a preparar una sanción oficial contra él.
Inmediatamente el rey Kragen apareció por el Flotador Quatrefoil, donde estaba
Emacho Feroxibus, y se quedó cuatro días comiendo con gran apetito. Las
pérgolas de Quatrefoil se quedaron sin esponjas, y finalmente los habitantes
del lugar, desesperados, convencieron a Emacho Feroxibus de que modificara su
postura. Entonces Emacho se desahogó soltando una gran maldición a Barquan
Blasdel, otra a los Ejemplares y una reprimenda final al rey Kragen, para
impresión de todos. Después, débil y amargado, dio media vuelta y caminó
despacio hasta su cabaña.
El
rey Kragen se fue del Flotador Quatrefoil Tres días más tarde encontraron el
cuerpo de Emacho Feroxibus flotando en la laguna, un aparente suicidio, aunque
muchos refutaban esa idea y decían que vencido por el dolor debía de haberse
metido sin darse cuenta en el agua. Algunos insinuaron circunstancias aún más
sombrías, pero no hicieron ningún aserto público de sus creencias, dado que, si
no se equivocaban, el mensaje era claro.
Llegó
el día en que según la opinión de Barquan Blasdel el Cuerpo Ejemplar del rey
Kragen estuvo listo para realizar la tarea para la cual había sido creado. La
noticia recorrió el Flotador Tranque, ¡Dentro de una semana!
Una
semana más tarde, al ponerse el sol, la expectativa tensó el Flotador Tranque.
Barquan Blasdel, con su uniforme resplandeciente, se dirigió al cuerpo formado
a la luz de unas antorchas.
―¡Valientes
miembros del invencible Cuerpo Ejemplar! ¡Ha llegado la hora! Las detestables
alimañas que viven al otro lado del agua representan una amenaza que no podemos
tolerar más, A lo largo de estos bellos flotadores nuestros ya hay voces que
susurran un envidioso deseo de ir hacia el depravado este de los rebeldes.
¡Tenemos que recuperarlos para la manera correcta, para la manera ortodoxa!
¡Empleando la persuasión si es posible, la fuerza si es necesario! ¡Todos los
presagios son buenos! El rey Kragen, gentilmente, nos ha dado permiso para
entrar en su océano mientras se relaja cerca de Helicón. Así que... ¡a cargar
los botes! ¡Arriba las picas! ¡Embarcad todo! ¡Partimos hacia el este!.
Un
potente grito ronco brotó de los Ejemplares. Las barcas fueron cargadas con
empeño, con ensayada agilidad los Ejemplares saltaron a bordo y remaron
alejándose del Flotador Tranque. Los remos se hundieron en el agua; con otro
potente grito gutural las barcas avanzaron hacia el este.
Llegó
el amanecer; el agua reflejó el color plateado de la ceniza y después se rizó
empujada por la brisa matutina. Izaron unas enormes velas cuadradas de color
azul ciruela. El viento las hinchó y guardaron los remos, los Ejemplares
descansaron. Noventa botes surcaban el océano matutino, barcas chatas pintadas
de negro y púrpura con un kragen blanco y negro bordado en cada tensa vela. En
cada bote se agazapaban doce hombres con túnicas blanquinegras y cascos negros
de cresta espinosa.
Navegaron
directamente hacia el resplandor del sol naciente, y esa luz sirvió para
ocultar las embarcaciones que los estaban esperando. Cuando cesó la brisa y el
sol estuvo alto, aquellas barcas se encontraban sólo a un cuarto de milla hacia
el este: diez embarcaciones de extraño diseño. Eran el doble de largas que las
barcas de doce hombres, y cada una llevaba alrededor de veinte hombres.
Esperaron en fila por donde tendrían que pasar las barcas de los Ejemplares. La
embarcación del centro, impulsada por dieciséis remos, avanzó. En la proa iba
Sklar Hast.
Saluda
la barca principal de los Ejemplares.
―¿Qué
barcas son ésas y qué destino lleváis? Barquan Blasdel se puso de pie.
―¡Sklar
Hast! ¿Te atreves a traer tus barcas tan cerca de los Flotadores de Origen?
―Salimos
a vuestro encuentro.
―Entonces
es vuestra última salida. Nuestro destino es llevar justicia a los nuevos
flotadores.
―Regresad
―dijo Sklar Hast―. ¡Estáis advertidos! ¡Si avanzáis más, sois todos hombres
muertos!
Barquan
Blasdel hizo una seña hacia sus barcas.
―¡Adelante!
¡Las picas en la mano! ¡Al abordaje, a matar, a capturar!
―¡Atrás!
―rugió Sklar Hast―. ¡Tontos, estáis advertidos! ¿Acaso creéis que somos gente
indefensa? ¡Volved a los Flotadores de Origen y salvad vuestras vidas!
Las
barcas de los Ejemplares arremetieron. La que usaba Barquan Blasdel se quedó a
un lado, desde donde él podía dirigir la batalla. A sólo treinta metros de
distancia, los hombres de las embarcaciones que esperaban se pusieron
repentinamente de pie, empuñando arcos fabricados con tiras de torrecilla de
kragen. Apuntaron y descargaron flechas con llameantes puntas globulares. Las
flechas chocaron contra las barcas negras, se rompieron y esparcieron aceite en
llamas.
Con
la primera descarga se incendiaron veinte de los botes de color negro y
púrpura. Con la segunda descarga se incendiaron cuarenta. Con la tercera,
sesenta. El mimbre y la piel de hoja barnizada ardían como yesca; presas del
pánico, los Ejemplares se lanzaron al mar. Los treinta botes todavía enteros
cambiaron de rumbo y empezaron a alejarse. El bote de Barquan Blasdel ya estaba
fuera del alcance de aquellas armas.
Sklar
Hast se armó de valor e hizo unas señas. Una nueva descarga de flechas
llameantes incendió a otros diez botes, y con una rapidez casi milagrosa la
orgullosa flota negra del Cuerpo Ejemplar del rey Kragen quedó destruida.
―¡Adelante!
―ordenó Sklar Hast―. Una descarga más. ¡Tenemos que acabar definitivamente con
todo esto!
De
mala gana, ―seguir actuando ahora les parecía una simple carnicería― los
arqueros hicieron una descarga final de flechas incendiarias, y esta vez,
porque la distancia era mayor o porque los arqueros no tenían más voluntad de
atacar, sólo acertaron a ocho botes.
El
agua era un hervidero de formas nadando. Mientras ardían y se desmoronaban las
barcas, salían y quedaban flotando en el agua cajas de provisiones a las que se
aferraban los Ejemplares.
Sklar
Hast dio una orden; las embarcaciones del Nuevo Flotador se alejaron de la
escena de la batalla. Con cautela, las barcas todavía a flote emprendieron el
regreso. Arrojaron por la borda provisiones y armas para aligerarlas; los
Ejemplares que estaban nadando fueron admitidos a bordo hasta colmar la
capacidad de las embarcaciones, y a los que seguían flotando les arrojaron
cuerdas.
Despacio,
remolcando a los hombres que estaban todavía en el agua, las barcas
sobrecargadas regresaron por el mar hacia el Flotador Tranque. De las noventa
orgullosas embarcaciones de color negro y púrpura que habían salido del
Flotador Tranque todavía flotaban veinte. De mil Ejemplares sobrevivían
quinientos.
Sklar
Hast escuchó usando la trompa submarina y no detectó nada que indicara la
proximidad del rey Kragen. Dio una orden a los remeros y las embarcaciones del
Nuevo Flotador siguieron a la tambaleante flota de los Ejemplares en su regreso
a Tranque. Para completar la humillación absoluta de Barquan Blasdel, cuando
las barcas negras estaban a cien metros de Tranque, las embarcaciones del
Flotador Nuevo se acercaron y dispararon dos descargas finales de flechas
incendiarias para destruir todas las barcas de los Ejemplares. Todo el grupo,
incluido Barquan Blasdel, se vio forzado a nadar los últimos cien metros hasta
el Flotador Tranque. Al día siguiente se convocó una asamblea en el Flotador
Apprise. No hubo ninguno de los divagantes comentarios preliminares habituales
en esas reuniones. Morse Swin, Árbitro de Apprise y antiguo ayudante de Phyral
Berwick, un hombre grande y rubio de voz suave, subió a la tribuna.
―Ayer
ocurrió una gran tragedia, una tragedia inútil y vana, y para solucionar la
situación necesitamos toda nuestra sabiduría. Una cosa es cierta: de nada
sirven los reproches. La locura de intentar atacar el Flotador Nuevo se ha
puesto en total evidencia, y ya es hora de que los llamados Ejemplares dejen a
un lado sus pretensiones o ideales o vanidades, como quieran llamarlo; he oído
usar todas esas palabras y otras más. En cualquier casó, es hora de que esos
hombres desocupados se quiten los uniformes y vuelvan a trabajar.
Barquan
Blasdel se levantó de un salto.
―¿He
oído bien? ―gritó con voz glacial.
Morse
Swin lo miró sorprendido.
―Intercesor,
no olvides que estoy hablando desde la tribuna. Cuando termine puedes pedir la
palabra.
―Pero
no te voy a permitir que digas esas tremendas sandeces. ¡Pensé que iba a oír
una exhortación apasionada para que todos los hombres dedicaran sus esfuerzos a
alcanzar nuestra única meta concentrada: la destrucción absoluta de los
rebeldes!
―Intercesor,
si puedes contenerte me gustaría seguir hablando. Yo, decididamente, veo la
situación con mucha menos vehemencia. Tenemos que solucionar nuestros propios
problemas; dejemos que la gente del Flotador Nuevo solucione los suyos.
Barquan
Blasdel no estaba dispuesto a callar.
―¿Y
qué pasa si nos atacan?
―No
han mostrado ninguna intención de hacerlo. Se defendieron y te derrotaron. Si
planearan un ataque nunca te hubieran dejado regresar al Flotador Tranque con
tus sobrevivientes. Tendrías que dar gracias por seguir con vida y adaptarte a
la realidad de la situación. Yo, por lo pronto, no quiero oír de más aventuras
como ésa. Hay que disolver a los Ejemplares y hacer que vuelvan a ganarse la
vida. Esto es lo que yo pienso, y pido la aprobación de la asamblea. ¿Quién
está de acuerdo?
La
aprobación fue rotunda.
―¿Quién
discrepa?
En
respuesta se oyó un sonido de mucho menor potencia pero mucha mayor emoción.
Salió de las gargantas de los Intercesores y de los propios Ejemplares que, con
los uniformes y los cascos puestos, formaban cuatro grupos perfectamente
ordenados.
Morse
Swin asintió con aquella enorme y pesada cabeza.
―El
veredicto de la asamblea parece terminante, sin embargo, si alguien desea
hablar puede hacerlo.
Barquan
Blasdel subió a la tribuna. Apoyó las manos en la barandilla y paseó su oscura
e inquietante mirada por la asamblea.
―Vosotros,
los que habéis aprobado la propuesta de Morse Swin, lo habéis hecho sólo
después de prestar una atención muy superficial. En unos instantes os pediré
votar de nuevo.
»Quiero
señalar tres cosas.
»Primero,
el contratiempo de ayer carece de impotencia. Triunfaremos. De eso no hay duda.
¿Acaso no tenemos al rey Kragen de nuestro lado? Es cierto que nos retiramos
después de sufrir pérdidas. ¿Sabéis por qué ocurrió ese hecho? Porque en estos
flotadores, quizá aquí mismo, en la asamblea, en este preciso momento, hay
espías. ¡Criaturas furtivas, escurridizas, con las actitudes más perversas y
amorales que uno pueda imaginar! No esperábamos ninguna oposición seria; nos
hicimos a la mar... ¡pero los espías habían anunciado nuestra presencia! Los
rebeldes prepararon una emboscada cobarde y cruel. ¿Qué clase de desalmados son
esos rebeldes que arrojan fuego a barcas indefensas? ¡Os puedo asegurar que
nuestros colegas ahogados no se quedarán sin venganza! ¿Es verdad lo que digo,
camaradas Ejemplares?
De
los grupos uniformados salió un grito apasionado, ¡Es verdad!
Barquan
Blasdel recorrió lentamente la asamblea con la mirada.
―Morse
Swin habló de realidades. Él es el hombre que no se ajusta a la realidad. El
rey Kragen es benévolo, pero ahora está enfurecido. ¡De él es el poder, de él
es la fuerza! ¡No podemos renegar de él! ¡Él ha ordenado que actuaran los
Ejemplares, él les ha dado afiladas armas fabricadas con los tallos más duros,
él les ha dado su aval! Los Ejemplares actúan en nombre del rey Kragen. Son
hombres de verdadera fe, son tolerantes y benévolos, como lo es el rey Kragen;
pero al igual que el rey Kragen, cuando están encolerizados son terribles. ¡Al
Cuerpo Ejemplar del rey Kragen no hay que contradecirlo! Conoce el camino de la
rectitud, que proviene de la voluntad del rey Kragen; ¡no se renegará de él!
¡Cuándo un Ejemplar habla, habla con la voz y la voluntad del rey Kragen! ¡No
hay que oponerse a él ni contradecirlo ni dejar de obedecerlo! Porque primero
hay que temer sus afiladas armas, las dagas y las picas, y segundo, la fuente
de todo temor y majestuosidad: el propio rey Kragen. Yo, su Intercesor y
Ejemplar Máximo, te garantizo la "realidad" de esta situación. ¿Quién
puede estar mejor informado?
»¡Ahora
entramos en un período de emergencia! Todos deben mirar como con un solo par de
ojos hacia el este, hacia el flotador de los rebeldes. Todos tienen que
endurecer la mente, dejar a un lado la blandura y la facilidad de vida hasta
que los rebeldes sean aniquilados y termine la emergencia.
»Durante
esta emergencia necesitamos una férrea autoridad, una mente coordinadora
central para asegurar que todo funcione con eficiencia. He tratado de retirarme
de un puesto de tanta responsabilidad, pero todos insisten en que asuma esta
terrible carga. Sólo con humildad puedo proclamar mi disposición a hacer este
sacrificio personal, y por lo tanto proclamo esta emergencia y esta asunción de
autoridad absoluta. Me complacerá recibir una aprobación entusiasta y unánime.
De
los Ejemplares y los Intercesores salió un fuerte grito. Entre los demás hubo
caras inexpresivas e indignados murmullos.
―Gracias
―dijo Barquan Blasdel―. La unanimidad de la aprobación será debidamente
asentada en las actas. Ahora se levanta la asamblea. Cuando las condiciones lo
justifiquen, cuando la emergencia llegue a su fin, anunciaré el hecho y
convocaré otra asamblea. Ahora todos podéis volver a vuestros flotadores.
Pronto recibiréis instrucciones sobre la mejor manera de servir al rey Kragen.
Morse
Swin se levantó farfullando de indignación.
―¡Un
momento! ¿Estás loco? ¡Éste no es el procedimiento tradicional! ¡No pediste
opiniones adversas!
Barquan
Blasdel hizo una seña hacia un grupo cercano de Ejemplares. Diez de ellos
agarraron a Morse Swin por los codos y se lo llevaron precipitadamente. Morse
Swin luchó y pataleó, uno de los Ejemplares lo golpeó en la nuca con el mango
de la daga.
Barquan
Blasdel asintió plácidamente.
―No
pedí opiniones adversas porque hubo una evidente unanimidad. Se levanta la
asamblea.
16
Henry
Bastaff describió la asamblea ante un silencioso cónclave de notables en el
Flotador Nuevo Hogar.
―No
había una oposición férrea, no había firmeza. El viejo Emacho Feroxibus estaba
muerto, a Morse Swin lo habían sacado a rastras. La gente estaba atónita. La
situación era demasiado fantástica para ser creíble. Nadie sabía si reír o
gritar o destrozar a los Ejemplares a mano limpia. No hicieron nada. Se
dispersaron y regresaron a sus cabañas.
―Y
ahora Barquan Blasdel gobierna los flotadores ―dijo Phyral Berwick.
―Con
el mayor rigor.
―Entonces
tenemos que esperar otro ataque. Henry Bastaff asintió.
―Sin
la menor duda.
―Pero
¿cómo? ¡No pensarán hacer otra incursión!
―Eso
no lo puedo asegurar. Podrían construir barcas con escudos, para desviar las
flechas incendiarias, o desarrollar un sistema para disparar por su parte
flechas incendiarias.
―Podemos
tolerar las flechas incendiarias ―dijo Sklar Hast―. En vez de construir
nuestras barcas con piel de hoja podemos construirlas con cuero de kragen; ése
no sería un gran... No imagino de qué manera piensa atacarnos Blasdel. Pero ésa
es sin duda su intención.
―Tenemos
que seguir vigilando ―dijo Phyral Berwick―. Eso es evidente. ―Miró a Henry
Bastaff―. ¿Estás dispuesto a regresar?
Bastaff
vaciló.
―El
riesgo es grande. Blasdel sabe que lo espiamos. Los Ejemplares estarán muy
alerta... Sospecho que la mejor información será la que obtengamos debajo de la
hoja, debajo de la cabaña del Intercesor. Si Barway y Maible regresan, los
acompañaré.
Phyral
Berwick le dio una palmada en el hombro.
―¡Tienes
la admiración y la gratitud de todos nosotros! ¡Porque ahora nuestras vidas
dependen de la información!
Cuatro
días más tarde Roger Kelso llevó a Sklar Hast hasta el Flotador Queja, donde le
mostró otro artilugio cuya función o propósito Sklar Hast no lograba imaginar.
―Ahora
verás cómo se produce electricidad ―dijo Roger Kelso.
―¿Qué?
¿En ese artefacto?
Sklar
Hast examinó el tosco aparato. Un tubo de tallo hueco de algo más de diez
centímetros de diámetro se levantaba siete metros en el aire, sostenido por un andamio.
La base estaba en un extremo de una larga caja llena de algo que parecía ceniza
húmeda. El otro extremo de la caja estaba cerrado por un trozo de carbón
comprimido, en el que entraban unos alambres de cobre. Del otro lado, entre el
tubo y la ceniza húmeda, había otro trozo de carbón comprimido.
―Admito
que es un aparato rudimentario, difícil de manejar y poco eficiente ―dijo
Kelso―. Pero satisface nuestras peculiares necesidades: produce electricidad
sin metal, mediante la presión del agua. Brunet lo describe en su Memorium. Y
lo llama la «máquina de Rous», y al proceso, «cataforesis». Se llena el tubo de
agua y se clava en el barro, donde hay una mezcla de ceniza y lodo marino. El
agua lleva una carga eléctrica que comunica al carbón poroso mientras se
filtra. Por este medio tenemos a nuestro alcance una pequeña pero constante y
fiable fuente de electricidad. Como habrás adivinado ya he probado el aparato,
por lo que puedo hablar con confianza.
Se
volvió e hizo una seña a los ayudantes. Dos cerraron la caja de lodo y otros
subieron al andamio, llevando cubos de agua que echaron en el tubo. Kelso
conectó alambres a una espiral de varias vueltas. Sacó un plato. Sobre un
corcho descansaba una pequeña varilla de hierro.
―Ya
he «magnetizado» este hierro ―dijo Kelso―. ¿Ves cómo apunta hacia el norte? Se
llama «brújula» y se puede usar como instrumento de navegación. Ahora, si la
acerco al extremo de la espiral, ¡mira cómo salta! ¡Por el alambre pasa
electricidad!
Sklar
Hast estaba muy impresionado. Kelso siguió hablando.
―El
proceso está todavía en un estado rudimentario. Con el tiempo espero construir
bombas propulsadas por el viento para subir el agua, o incluso un generador
propulsado por el viento cuando tengamos mucho más metal que ahora. Pero
incluso esta máquina de Rous ofrece notables posibilidades. Con la electricidad
podemos disociar el agua de mar y producir el ácido de sal y un cáustico con
propiedades neutralizadoras. Después se puede usar el ácido para producir
corrientes eléctricas mucho más concentradas... si conseguimos más metal. Yo me
pregunto: ¿de dónde sacan los salvajes su cobre? ¿Acaso matan a los kragen
jóvenes? Tengo tanta curiosidad que necesito saberlo, y pienso visitar los
Flotadores Salvajes para conocer su secreto.
―No
―dijo Sklar Hast―. Si te mataran, ¿quién construiría otra máquina de Rous? No,
Roger Kelso. ¿Cómo era la máxima de MacArthur? «Ningún hombre es
indispensable.» Se equivocaba. Tú eres demasiado importante para correr ese
riesgo. Envía a tus ayudantes, pero no te arriesgues yendo tú mismo a un sitio
peligroso. Los tiempos están demasiado revueltos para que puedas permitirte el
lujo de morir.
Kelso
aceptó de mala gana.
―Si
de veras lo crees...
Sklar
Hast regresó al Flotador Nuevo Hogar, donde buscó a Meril Rohan. La convenció
para que subiera a una pequeña barca y remó hacia el este siguiendo la línea de
flotadores. Al llegar a una pequeña hoja que flotaba cerca del extremo sur de
la línea se detuvieron y desembarcaron y se sentaron debajo de un matorral de
tallos de azúcar silvestres.
―Aquí
―dijo Meril― es donde podemos construir nuestra casa, y es aquí donde tendremos
a nuestros hijos.
Sklar
Hast suspiró.
―Es
un sitio tan pacífico, tan tranquilo, tan hermoso... ¡Piensa cómo estarán las
cosas en los Flotadores de Origen, donde gobierna el loco!
―Si
todos pudieran ser pacíficos... ¡Quizá él caos forma parte de nuestra
naturaleza, de la naturaleza humana!
―Pareciera
―dijo Sklar Hast, masticando un tallo de planta de azúcar que los habitantes de
los flotadores tendríamos que ser menos propensos a esas cualidades. Los
Primeros huyeron de los Mundos Exteriores porque eran víctimas de la opresión;
lo natural es que después de doce generaciones hubiéramos incrementado la
afabilidad y la placidez de esa gente.
Meril
soltó una risa traviesa.
―Voy
a contarte mi teoría sobre los Primeros. Al principio, cuando ella terminó el
relato, a Sklar Hast le hizo gracia; después sintió incredulidad y finalmente
indignación.
―¡Qué
cosas dices! ¿Ésos son los Primeros? ¿Nuestros antepasados? ¡Eres una verdadera
iconoclasta! ¿Es eso lo que enseñas a los niños? En todo caso ¡qué ridiculez!
―Yo
no estoy de acuerdo. Con eso se explican muchas cosas. Con eso se aclaran
muchos curiosos pasajes, muchas reflexiones y lamentos.
―¡Me
niego a creerlo! Mira, eso es... ―Sklar Hast no encontraba palabras―. Te miro y
veo tu cara ―dijo― y creo que eres producto de los Primeros, y sé que lo que
dices es imposible.
Meril
Rohan rió con gran alegría.
―Pero
piensa que si fuera así quizá los Mundos Exteriores no son sitios tan
espantosos como hemos creído.
Sklar
Hast se encogió de hombros.
―Nunca
lo sabremos con certeza... porque nunca podremos abandonar este mundo.
―¿Sabes
lo que haremos algún día? No tú ni yo, pero sí quizá nuestros hijos o los hijos
de nuestros hijos. Encontrarán la Nave del Espacio y se zambullirán o bajarán
garfios para sacarla a la superficie. Entonces la estudiarán con mucha
atención. Quizá haya mucho que aprender, quizá nada... Pero, ¡te imaginas!
¡Supongamos que inventan la manera de viajar de nuevo por el espacio, o al
menos la manera de enviar algún tipo de mensaje!
―Todo
es posible ―dijo Sklar Hast―. Si se demuestra que tu teoría tan poco ortodoxa
es correcta, quizá sea ésa una meta deseable. ―Suspiró de nuevo―. Tú y yo no la
veremos, nunca sabremos la verdad de tus teorías, lo que quizá tampoco esté
mal.
Una
barca conducida por Carl Snyder y Roble Baxter, dos de los ayudantes de Roger
Kelso, partió hacia el oeste, rumbo a los Flotadores Salvajes. Volvieron nueve
días más tarde, delgados, bronceados por el sol y victoriosos. Carl Snyder
informó al consejo de ancianos:
―Esperamos
a cierta distancia de la costa hasta que oscureció. Los salvajes se sentaron
alrededor de una fogata; usando un telescopio los veíamos con claridad. Eran
unos pobres desgraciados: sucios, desnudos, feos. Cuando se durmieron nos
acercamos y encontramos un sitio donde pudimos escondernos y esconder la barca.
Durante tres días observamos a los salvajes. Son sólo veinte o treinta, y casi
no hacen otra cosa qué comer, dormir, copular y fundir cobre. Primero calientan
las cáscaras de las esponjas hasta que quedan carbonizadas. Después pulverizan
ese carbón y lo ponen en una olla que tiene conectado un fuelle. Al accionar el
fuelle, él carbón brilla de muchos colores y finalmente se disipa. Sólo queda
cobre.
―¡Y
pensar que llevamos doce generaciones arrojando las cáscaras de esponja al mar!
―exclamó Kelso angustiado.
―Todo
indica ―reflexionó Sklar Hast― que los kragen obtienen el cobre de su sangre de
esas esponjas. Entonces ¿dónde está la fuente del hierro que tenemos en la
sangre? Tiene que existir en algún artículo de nuestra dieta. Si encontráramos
esa fuente no tendríamos que desangrarnos para obtener bolitas de hierro.
―Hemos
probado todas las sustancias que tenemos a nuestro alcance ―dijo Kelso―. Hemos
creado un polvo blanco y un polvo amarillo, pero nada de metal. Naturalmente,
seguimos haciendo pruebas.
Varios
días más tarde Kelso volvió a invitar a Sklar Hast al Flotador Queja. Debajo de
cuatro largos cobertizos abiertos trabajaban cincuenta hombres y mujeres con
retortas fabricadas con ceniza y lodo de mar. Los fuelles soplaban, el carbón
brillaba, los gases subían y se perdían entre el follaje.
Kelso
mostró a Sklar Hast un recipiente con bolitas de cobre. Sklar Hast, con
reverencia, dejó caer entre los dedos las formas frías y tintineantes.
―¡Metal!
¿Todo de sangre de kragen?
―De
sangre y órganos de kragen, y de las cáscaras de las esponjas. ¡Y aquí... aquí
está nuestro hierro! ―Mostró a Sklar Hast un recipiente con una cantidad de
hierro mucho menor, un puñado―. Esto representa cien sangrías. Pero hemos
encontrado hierro en otros sitios: en glándulas del pez gris, en las hojas de
matafardos, en la médula de la hierba púrpura. Pequeñas cantidades, sí, pero
antes no teníamos nada.
Sklar
Hast sopesó el hierro.
―En
mi imaginación veo una gran máquina construida con hierro. Flota en el agua y
se mueve mucho más rápido que cualquier barca. El rey Kragen la ve. Se
sorprende, se asombra, pero su arrogancia lo lleva a atacar. De la máquina
brota un cuchillo de hierro, garfios de hierro sujetan al rey Kragen y un
cuchillo de hierro lo parte en dos. ―Sklar Hast dejó pasar otra vez las bolitas
de hierro entre los dedos. Movió la cabeza compungido―. Podemos sangrar cien
veces, mil veces a todos los hombres, mujeres y niños, y no tener hierro
suficiente para construir una máquina como ésa, que sirva para matar kragen.
―Por
desgracia es cierto ―dijo Roger Kelso―. La máquina que sugieres está fuera de
nuestro alcance. Pero usando nuestro ingenio quizá podamos inventar algo tan
mortífero como eso.
―Tendremos
que darnos prisa. Porque Barquan Blasdel y sus Ejemplares sólo piensan en
depararnos un terrible destino.
Barquan
Blasdel no daba detalles del destino que planeaba para el Flotador Nuevo Hogar.
Quizá no había perfeccionado todavía el plan; quizá quería consolidar la
autoridad de los Ejemplares; quizá sospechaba que los espías seguían todos sus
movimientos. Esta última conjetura era acertada. Henry Bastaff, en el papel de
molinero de especias ambulante, frecuentaba la Posada Apprise apuntando con el
oído a los Ejemplares que habitualmente se relajaban allí después de cumplir
con sus obligaciones.
Se
enteraba de poco. Los Ejemplares hablaban con vozarrones, insinuando
acontecimientos portentosos, pero era evidente que no sabían nada.
De
vez en cuando aparecía el propio Barquan Blasdel, luciendo prendas de nuevo e
intrincado estilo. Sobre un ajustado overol negro llevaba una chaqueta o
sobrepelliz con cintas púrpura bordadas que le rodeaban los hombros, el pecho,
la cintura y los muslos. De los hombros le brotaba un par de charreteras
extravagantemente anchas, de las que colgaba una capa negra que ondeaba y se
agitaba al caminar. Su tocado era aún más impresionante: un complicado sombrero
de puntas de piel de hoja, barnizado y pintado de negro y púrpura: una
representación simbólica del semblante del rey Kragen.
El
rostro oscuro y adusto de Barquan Blasdel tenía una expresión dura y severa
esos días, aunque su voz, cuando hablaba, era tan natural y relajada como
siempre, y por lo general lograba esbozar: una leve sonrisa, acompañándola de
una seria inclinación de cabeza, lo que daba al interlocutor una sensación de
participación en asuntos de profunda importancia.
Barway
y Maible habían tomado minuciosas precauciones para protegerse de la vigilancia
de los Ejemplares. Su barca estaba sumergida y metida debajo del borde del
flotador; trabajando desde abajo, habían cortado nichos rectangulares en la
pulpa del flotador y habían abierto agujeros de ventilación a través de la
superficie bajo la sombra de un arbusto arpillera. En esos nichos se quedaban
acostados durante todo el día, haciendo ocasionales visitas submarinas al
agujero en el taller de Vrink Smathe. De noche salían a comer los alimentos que
les traía Henry Bastaff.
Al
igual que Henry Bastaff, ellos no se habían enterado de nada. Barquan Blasdel y
los Ejemplares parecían marcar el ritmo. El rey Kragen hacía sus habituales y
lentos recorridos entre los flotadores. Henry Bastaff lo vio dos veces, y en
las dos ocasiones se maravilló de su tamaño y poderío. La noche después de la
segunda ocasión, sentado en su lugar habitual en el fondo de la Posada Apprise,
oyó un breve retazo de conversación que le pareció importante. Más tarde llevó
la información a Barway y Maible.
―No
sé si esto significa algo o si no significa nada; no es fácil darse cuenta. Yo,
personalmente, tengo la sensación de que hay algo en marcha. En cualquier caso
éstas son las circunstancias. Habían llegado un par de villanos de Sumber, y un
Anciano Felón les preguntó por Thrasneck y Bickle. Los villanos contestaron que
durante todo el mes anterior habían trabajado en la Laguna de Thrasneck,
construyendo abundantes pérgolas; suficientes para abastecer no sólo a
Thrasneck sino también a Bickle, Sumber, Adelvine y Lámpara Verde. Esas
pérgolas tenían un diseño nuevo, más pesado y más durable, y no flotaban sobre
vejigas sino sobre atados de mimbre. El Anciano Felón habló entonces de las
barcazas de esponjas que sus hermanos de gremio estaban construyendo en
Tranque: un proyecto supuestamente secreto, aunque ¿qué sentido tenía ocultar
la fabricación de barcazas de esponjas? No era lo mismo que si fueran
embarcaciones de ataque para los Ejemplares. Entonces entró un grupo de
Ejemplares en la posada y la conversación se interrumpió.
―Pérgolas
de esponjas y barcazas ―repitió Maible―. No veo en eso nada inmediatamente
siniestro.
―No
a menos que sea un esfuerzo para aprovisionar a una nueva fuerza
expedicionaria.
―Algo
flota en el viento ―dijo Henry Bastaff―. Están llegando a Apprise Intercesores
tanto nuevos como viejos, y se habla de un cónclave. Seguid atentos a lo que
ocurre en el taller de Smathe y yo trataré de oír algo sobre lo que está
pasando.
A
media mañana del día siguiente Henry Bastaff pasó junto al arbusto arpillera
debajo del cual estaban acostados Barway y Maible. Agachándose, simulando
atarse las correas de las sandalias, masculló.
―Soy
Bastaff. Hoy es el cónclave, muy importante, junto a la torre de señales. Voy a
intentar esconderme detrás de una pila de tapas de señales. No sé si tendré
éxito. Conviene que uno de vosotros nade hasta donde los postes de la torre
atraviesan el flotador. Allí hay un hueco de unos pocos centímetros por el que
se puede respirar y quizá oír... sobre todo si se lo agranda cortando un poco
de pulpa.
De
debajo de las frondas del matorral de arpillera salió una voz apagada.
―Conviene
que mantengas tu distancia; estarán atentos a los posibles espías. Nosotros
trataremos de oír la reunión desde abajo.
―Haré
lo que parezca más seguro ―dijo Henry Bastaff―. Tengo que irme ya. Hay un
Ejemplar observándome.
Desde
el nicho debajo de la hoja Maible y Barway oyeron cómo se alejaban los pasos de
Henry Bastaff y, un instante más tarde, otros pasos lentos, probablemente del
Ejemplar.
El
ruido de los pasos desapareció; Barway y Maible se relajaron.
Después
de cambiar algunas impresiones, Barway se deslizó en el agua, se orientó y nadó
hasta donde los postes de la torre de señales atravesaban el flotador. Allí
estaban los huecos que Bastaff había anunciado. Después de mucho cortar y
tallar logró agrandarlos lo suficiente como para meter allí la boca o la nariz,
pero no las dos cosas a la vez.
Henry
Bastaff siguió haciendo su papel de molinero de especias, y alrededor de una
hora más tarde pasó por delante de la torre de señales. La pila de tapas estaba
como antes. Henry Bastaff miró en todas direcciones. Aparentemente nadie lo
estaba observando. Se agachó y apartó las tapas a un lado y a otro hasta hacer
una abertura por la que se metió.
Pasó
el tiempo. Cuanto más llevaba allí sentado más preocupado se sentía. La pila de
tapas le parecía de pronto demasiado providencial. La zona se había vaciado de
manera demasiado conveniente. ¿Acaso habrían puesto allí las tapas como trampa
para espías?
Bastaff
se apresuró a salir de allí, y después de echar una mirada alrededor se alejó.
Media
hora más tarde empezaron a reunirse allí los Intercesores. Seis Ejemplares
Selectos fueron a montar guardia, y a impedir que personas no autorizadas se
acercaran demasiado.
Al
fin apareció Barquan Blasdel, caminando despacio, con la capa negra flotando y
ondeando detrás. A sus espaldas caminaban tres Ejemplares de la categoría de
Fervientes. Pasó cerca de la pila de tapas y les echó una breve mirada. Estaban
ligeramente movidas y desordenadas. Los labios de Barquan Blasdel se tensaron
en una sonrisa imperceptible, secreta. Se volvió y dijo algo a los Fervientes
Ejemplares, que se apostaron junto a la pila de tapas.
Barquan
Blasdel miró a los Intercesores reunidos. Levantó las manos pidiendo silencio.
―Hoy
comienza una nueva fase de nuestros preparativos ―dijo―. Esperamos alcanzar dos
metas: sistematizar nuestras relaciones con el rey Kragen y establecer una
condición previa necesaria para nuestro gran proyecto. Antes de entrar en
detalles quiero hacer algunos comentarios sobre el espionaje. Ninguna criatura
es tan vil como un espía, sobre todo un espía de los flotadores disidentes. Si
apresáramos alguno, poca clemencia tendría en nuestras manos. Entonces
pregunto: ¿todos los presentes han estado atentos en este aspecto?
Los
Intercesores reunidos asintieron y aseguraron que habían actuado con meticulosa
cautela. ¡Muy bien! ―declaró Barquan Blasdel efusivamente―. No obstante, los
espías disidentes son listos y brutalmente militantes. Desconocen el miedo y no
sienten culpa por sus fechorías. Pero nosotros somos más listos que esos
espías. ¡Sabemos olfatearlos! ¡Fervientes! ¡Tomad las medidas necesarias! Los
Fervientes Ejemplares se pusieron a hurgar en la pila de tapas. Barquan Blasdel
se acercó a mirar. Los Fervientes no encontraron nada. Miraron a Barquan
Blasdel, que torció la boca con fastidio. Bueno, bueno ―dijo Blasdel―. Antes
que la despreocupación es preferible la vigilancia extrema. Debajo, donde el
poste atravesaba el flotador, Barway, después de aspirar hondo y apoyar la
oreja en la grieta, había oído el último comentario. Pero Barquan Blasdel
regresó a donde estaba antes y sus palabras se volvieron apagadas e
incomprensibles. Barquan Blasdel habló durante varios minutos. Todos escucharon
con atención, incluyendo los seis Ejemplares que Barquan Blasdel había puesto
de guardia, hasta tal punto que terminaron detrás de la última fila de
Intercesores. Barquan Blasdel se dio finalmente cuenta y los llamó por señas.
Uno de ellos, más puntilloso que los demás, retrocedió hasta más allá del borde
del cobertizo de provisiones de los Embaucadores, donde había un hombre
escuchando.
―¡Eh!
―gritó el Ejemplar―. ¿Qué haces ahí? El hombre detectado en esa situación hizo
un ademán de indulgente tolerancia y se alejó tambaleándose como un borracho.
―¡Alto!
―gritó el Ejemplar―. ¡Ven aquí y di todo lo que tengas que declarar!
Se
adelantó de un salto y arrastró al hombre hasta la zona abierta. Todos lo
examinaron con atención. Tenía piel oscura y rostro insulso, sin nada de pelo;
llevaba puesta una anodina bata color rapé de Malversador o Negligente.
Barquan
Blasdel se acercó a pasos largos.
―¿Quién
eres? ¿Por qué acechas en estos recintos prohibidos?
El
hombre volvió a encogerse de hombros e hizo un gesto idiota.
―¿Esto
es la taberna? ¡Sirve arak para todos! Soy forastero en Apprise y estoy seguro
de que apreciaré la calidad de vuestra comida y vuestras bebidas.
―Este
idiota es un molinero de especias y está borracho. Lo he visto a menudo.
Indiquémosle dónde está la posada.
―¡No!
―rugió Blasdel, acercándose con excitación―. ¡Éste es un disidente, éste es un
espía! ¡Lo conozco muy bien! ¡Se ha afeitado la cabeza y la cara, pero no puede
engañar mi agudeza! ¡Está aquí para enterarse de nuestros secretos!
El
grupo centró su atención en el hombre, que parpadeaba cada vez con mayor
vehemencia.
―¿Espía?
Yo no. Yo sólo busco una copa de arak.
Blasdel
olió el aire delante de la cara del cautivo:
―No
hay olor: ni cerveza ni arak ni licor. ¡Acercaos! Todos tenéis que comprobarlo
para que no haya después contradicciones ni vacilaciones
―¿Cómo
te llamas? ―preguntó Vogel Womack, el Intercesor de Adelvine―. ¿Cuál es tu
flotador y a qué casta perteneces? ¡Identifícate!
El
cautivo respiró hondo y dejó de fingir la borrachera.
―Soy
Henry Bastaff. Un disidente. Estoy aquí para saber si estáis planeando algo
malo contra nosotros. Ése es mi único propósito.
―¡Un
espía! ―gritó Barquan Blasdel con voz de terror―. Un espía confeso.
Los
Intercesores iniciaron un coro de indignados gritos.
―Este
hombre es culpable por lo menos de un doble delito: primero, las diversas
ilegalidades que conforman su disidencia; segundo, el insolente intento de
conspirar contra nosotros los incondicionales, los fieles, los auténticos. Como
Ejemplar Máximo me veo obligado a exigir el castigo extremo.
Vogel
Womack trató de atenuar la ira de Barquan Blasdel.
―Retrasemos
nuestra sentencia ―señaló incómodo―. De momento lo que ha hecho el hombre no
parece tan grave.
Barquan
Blasdel desoyó esas palabras.
―Este
hombre es un vil disidente, un agitador y un espía. ¡Tiene que sufrir la pena
extrema! ¡Ante este pronunciamiento no habrá recurso de apelación!
Llevaron
a Henry Bastaff a la vivienda de Vrink Smathe, que estaba cerca, y lo
confinaron en el taller, rodeado por cuatro Ejemplares que nunca le quitaban
los ojos de encima.
Henry
Bastaff miró el ambiente que lo rodeaba.
A
derecha e izquierda había estantes; en el fondo, una mampara ocultaba el
agujero que atravesaba el flotador. Henry Bastaff se dirigió a los Ejemplares.
―Oí
el programa de Blasdel. ¿Estáis interesados en lo que va a ocurrir?
Nadie
respondió. Henry Bastaff sonrió débilmente y miró hacia el lugar de la
habitación donde estaba el agujero.
―Blasdel
piensa conducir al rey Kragen a los nuevos flotadores, para que el rey Kragen
exprese su placer contra los disidentes y destruya también las embarcaciones
disidentes que se le crucen en el camino.
Nadie
habló.
―Con
ese fin ―dijo Henry Bastaff con voz clara y nítida― ha construido pérgolas de
esponjas flotantes que garantizarán al rey Kragen una abundante ración durante
el viaje, además de barcazas para llevar más esponjas y barcas para transportar
a los Publicistas necesarios y a una fuerza de Ejemplares que ocupará el
Flotador Nuevo Hogar.
Los
cuatro hombres de uniforme se limitaron a mirarlo. Después de unos minutos
Henry Bastaff repitió la información. Y agregó:
―Quizá
no vuelva a ver los Nuevos Flotadores; ojalá se les pudiera advertir sobre los
males que Barquan Blasdel prepara contra ellos.
―¡Silencio!
―dijo uno de los Ejemplares―. Basta de peroratas.
17
Al
día siguiente se alteró el método mediante el cual se ofrecía la oblación al
rey Kragen. Antes, cuando el rey Kragen se acercaba a la laguna con intención
de darse un festín, empujaban sobre el agua algunas pérgolas cubiertas de
esponjas hasta el borde de la red para que el rey Kragen pudiera arrancarlas
con los palpos. Ahora se encargaron de ese trabajo los Publicistas y pusieron
las esponjas sobre una gran bandeja que llevaron flotando entre dos barcas.
Cuando la bandeja estuvo en el sitio indicado, Barquan Blasdel entró en el
taller de Vrink Smathe, donde fue como si no viera a Henry Bastaff. Se puso a
escuchar la trompa. El rey Kragen estaba cerca; el chirrido del caparazón de
quitina resonaba con fuerza en el auricular. Blasdel hizo girar la manivela que
producía la vibración de llamada. El chirrido del rey Kragen cesó y después
empezó de nuevo, subiendo en volumen. El rey Kragen se acercaba.
Apareció
por el este, avanzando con la torrecilla y el abultado torso por encima de la
superficie, deslizando sobre el agua la enorme plataforma rectangular con
fáciles golpes de paletas.
Los
ojos delanteros detectaron la ofrenda. Se acercó un poco más, examinó la
bandeja y con los palpos delanteros empezó a meterse las esponjas en las
fauces.
Desde
el flotador la gente observaba haciendo sombrías conjeturas. Barquan Blasdel
apareció y caminó hasta el borde de la hoja, donde se puso a hacer reverencias
y a gesticular su aprobación ritual mientras el rey Kragen comía.
La
bandeja quedó vacía. El rey Kragen no daba muestras de querer irse. Blasdel dio
media vuelta y llamó a un Ejemplar Ferviente.
―Las
esponjas... ¿cuántas se le ofrecieron?
―Siete
fanegas. Por lo general el rey Kragen no come más.
―Hoy
parece hambriento. ¿Hay más esponjas recogidas?
―Las
del mercado, otras cinco fanegas.
―Tendríamos
que ofrecérselas al rey Kragen, no conviene escatimar nada.
Mientras
el rey Kragen flotaba inmóvil, llevaron las barcas hasta el flotador. Echaron
otras cinco fanegas en la bandeja y remaron con ella de vuelta hasta donde
estaba el rey Kragen, que consumió todo menos una o dos fanegas. Entonces,
saciado, se sumergió hasta que sólo quedó la torrecilla por encima del, agua. Y
allí siguió, moviéndose perezosamente unos metros hacia delante, unos metros
hacia atrás.
Nueve
días más tarde Maible y Barway, demacrados tanto por el horror como por la
privación, informaron a la gente del Nuevo Flotador.
―Al
día siguiente el rey Kragen ni siquiera se había movido. Era evidente que el
nuevo método de alimentación lo había impresionado favorablemente. De manera
que al mediodía llenaron de nuevo la bandeja con por lo menos diez fanegas de
esponjas y el rey Kragen volvió a devorar todo.
―Durante
ese tiempo trasladaron a Henry Bastaff sacándolo del taller de Smathe, y no
pudimos enterarnos de cuál era su nuevo sitio de encarcelamiento. Eso nos
entristeció, porque pensábamos intentar rescatarlo por el agujero de la trompa.
»Al
tercer día Blasdel hizo un anuncio que recorrió las torres de señales, en el
que se informaba de que el rey Kragen había exigido el privilegio de ejecutar
al espía disidente que tan gravemente había pecado contra él. Al mediodía salió
la bandeja. Encima de todo había una tabla ancha sosteniendo una única esponja
de gran tamaño, y debajo la pila habitual. El rey Kragen no se había movido ni
cincuenta metros durante tres días. Se acercó a la bandeja y quiso sacar la
esponja que estaba encima. La esponja parecía pegada a la tabla. El rey Kragen
tiró, decapitando a Henry Bastaff, cuya cabeza habían metido dentro de la
esponja. La sangre bañó la pila de esponjas y fue un espectáculo horrible. El
rey Kragen pareció devorar todo aquello con especial fruición.
»Con
Henry Bastaff muerto no teníamos más razones para quedarnos... fuera de la
curiosidad. El rey Kragen no daba señales de moverse, de visitar otros
flotadores. Estaba claro que le gustaba el nuevo sistema de alimentación. El
cuarto día suministró la comida el Flotador Granolt, y la llevaron en barca
hasta Apprise. El quinto día las esponjas llegaron desde Sankston. Parece que
el rey Kragen es ahora huésped permanente del Flotador Apprise... con lo que se
cumple la primera parte del plan de Blasdel.
Hubo
un rato de silencio. Phyral Berwick hizo un gesto de repugnancia.
―Tenemos
que alterar esa situación. ―Miró a Sklar Hast―. ¿En qué punto están tus
preparativos?
Sklar
Hast señaló a Roger Kelso.
―Pregúntaselo
al hombre que funde nuestro metal.
―Nuestros
recursos se están multiplicando ―dijo Kelso―. Hemos sangrado a todas las
personas del flotador dos o tres veces; esa sangre ha producido diez libras de
hierro, que hemos martillado y refinado. Ahora es increíblemente duro y
resistente... pero sólo tenemos diez libras. Los kragen y las cáscaras de las
esponjas nos han dado mucho más cobre: calculo que cincuenta o sesenta libras.
Nuestro artilugio eléctrico ha producido veinticuatro frascos de ácido de sal,
que conservamos en botellas sopladas en nuestro taller de fabricación de
cristal. Ése es ahora un establecimiento totalmente separado de la fundición.
―Interesante
y alentador, ―dijo Robin Magram, el Maestro Pirómano, un hombre no demasiado
imaginativo― pero ¿cómo funcionará contra el rey Kragen?
―No
hemos completado nuestros experimentos ―dijo Kelso―. No puedo darte una
respuesta segura... todavía. Necesitamos un kragen vivo, y los kragen nos han
estado eludiendo. Quizá nos obliguen a salir de caza.
―Mientras
tanto ―dijo Sklar Hast― podemos desbaratar la agenda de Blasdel.
Un
mes más tarde, a altas horas de la noche, guiadas sólo por la luz de las
estrellas, seis barcas negras se acercaron al Flotador Tranque. Aquel sitio
mostraba una silueta desconocida, yerma, despojada de toda vegetación salvo por
las plantas centrales y sus correspondientes frondas. En el extremo oriental
del flotador había unos barracones chatos y una zona lisa aparentemente usada
como lugar de ejercicio; en el extremo occidental había unas lóbregas
construcciones, donde los esqueletos de las pérgolas de esponjas tenían un
trémulo color blanquecino a la luz de las estrellas.
La
red de la entrada a la laguna fue cortada. Por allí se metieron las barcas
hasta llegar a una serie de largas pérgolas cargadas de esponjas maduras. Los
hombres usaron silenciosamente unos cuchillos con los que cortaron los
flotadores de mimbre y las cuerdas de anclaje; las pérgolas se sumergieron,
desaparecieron; el agua de la laguna ondeó y volvió a quedar lisa.
Las
barcas partieron con el mismo sigilo que al llegar. Dieron la vuelta alrededor
del flotador. Desde el lado oriental de Tranque, hacia el Flotador Thrasneck,
se extendían seis dedos flotantes a los que había amarradas doce barcazas de
doble casco. Echaron aceite en cada casco, arrojaron en ellos antorchas;
grandes llamas saltaron al cielo y de los barracones salieron gritos de rabia.
Las barcas negras, con los hombres de negro accionando los remos, huyeron hacia
el este por el océano. Durante una hora las llamas de color naranja lamieron el
cielo; después, lentamente, menguaron y se apagaron.
Dos
meses más tarde una barca patrulla, tras un cauto reconocimiento, regresó e
informó de que los muelles habían sido reparados, que se veían barcazas nuevas
casi terminadas, que había pérgolas nuevas en su sitio y que todo el lugar
estaba continuamente patrullado por Ejemplares armados con picas y espadas.
18
El
año, después conocido como el Año de los Ejemplares, llegó a su fin. A poco de
empezar el año nuevo, tres Estafadores que trabajaban en el agua al este del
Flotador Tranque divisaron una flota que se acercaba por el este. Los dos
Estafadores más jóvenes se apresuraron a hacer un movimiento para recoger las
líneas, pero los mayores los detuvieron.
―Nuestra
misión es sólo estafar. Que pasen las embarcaciones; no nos molestarán.
De
modo que los Estafadores se quedaron mirando cómo pasaba la flotilla. Había
doce galeras, más bien altas de francobordo, enfundadas en una membrana negra
opaca. Cada una llevaba una tripulación de treinta hombres que iban sentados y
remaban por agujeros en el casco, protegidos así de los proyectiles. Llevaban
casquetes y corseletes de la misma membrana negra que enfundaba los cascos, y
al lado de cada uno había un arco, una docena de flechas incendiarias, una
larga lanza con punta de metal anaranjado. Las galeras acompañaban a una
extraña barcaza rectangular apoyada en tres cascos. Las plataformas de proa y
popa sostenían un par de objetos voluminosos ocultos por lonas, cada uno con
una cuba al lado. En los tres cascos había hileras de tanques rechonchos,
doscientos diez en total, cada uno con capacidad para dos litros, cada uno con
dos tercios de su capacidad ocupados por un líquido pálido. Como las galeras,
las barcazas eran propulsadas por remeros sentados allí abajo y protegidos de
los proyectiles enemigos por la pantalla de membrana negra.
Los
Ejemplares del Flotador Tranque vieron pasar la flotilla y las torres de
señales transmitieron un mensaje de alarma:
«Los...
disidentes... están... volviendo... en... grandes... cantidades... Vienen...
en... extrañas... canoas... negras... y... en ... una... barcaza... negra...
aún... más... peculiar... No... muestran... miedo.»
A
continuación hubo unas instrucciones en un código ininteligible para los
miembros de la flotilla. Ahora veían los muelles de Tranque donde flotaban las
nuevas barcazas que preparaban pesadas corazas para defenderse. En los muelles
había enjambres de Ejemplares dispuestos a frustrar cualquier intento de
destruir por segunda vez las embarcaciones. Pero la flotilla pasó de largo y
las torres volvieron a transmitir:
«Los...
disidentes... siguen... hacia... el... oeste... Están... pasando... por...
delante... del... Flotador Tranque... Cuesta... imaginar... su ... intención.»
Y
hubo nuevas instrucciones cifradas, evidentemente recomendando mucha atención,
porque los Ejemplares subieron a las barcas y remaron siguiendo un curso
paralelo a la flotilla, manteniendo con ella una prudente distancia de
doscientos metros. La flotilla siguió la línea de flotadores: Thrasneck,
Bickle, Lámpara Verde; después Fay, Quatrefoil y finalmente Apprise.
En
el agua delante de la laguna flotaba el rey Kragen. Un rey Kragen abotagado y
monstruoso que empequeñecía a toda la flotilla.
El
rey Kragen tomó conciencia de la presencia de las embarcaciones. Empezó a
girar, haciendo con las paletas monstruosos remolinos en el océano. Los ojos
con películas opalescentes apuntaron en una y otra dirección y se centraron en
el revestimiento negro de las galeras y de la barcaza, y pareció reconocer la
sustancia del cuero de kragen, pues emitió un bufido de terrible desagrado.
Agitó con fuerza las paletas y el océano se arremolinó.
La
barcaza maniobró poniéndose a un lado del rey Kragen. En las plataformas de los
extremos los tripulantes quitaron las lonas descubriendo unos enormes
mecanismos parecidos a ballestas fabricados con tallos laminados y quitina de
kragen y ajustados con cuerdas hechas con tiras de cuero de kragen. Dos equipos
de hombres pusieron en marcha un cabrestante tensando hacia atrás el enorme
arco. En los canales pusieron arpones de hierro sacado de sangre humana. En las
bodegas otros hombres metieron cuatro mil placas de hierro y cobre en las cubas
de cristal.
El
rey Kragen percibió la amenaza, por algo aquellos hombres actuaban con tanta
osadía, movió las paletas lentamente hasta situarse a unos treinta metros de
ellos. Entonces embistió, las paletas se hundieron en el agua y, con un
chillido ensordecedor, el rey Kragen arremetió chasqueando las mandíbulas.
Los
hombres de las ballestas estaban pálidos como espuma de mar, no paraban de
mover los dedos. Sklar Hast se volvió hacia ellos y gritó:
―¡Fuego!
Pero
la voz se quedó en la garganta y lo que pretendía ser una orden tajante no pasó
de un asustado tartamudeo. No obstante los hombres la entendieron. La ballesta
zumbó y chasqueó, el arpón, arrastrando un cable negro, saltó hasta la
torrecilla del rey Kragen donde se clavó. El rey Kragen soltó un silbido.
La
ballesta zumbó y chasqueó, el segundo arpón se hundió profundamente en la
torrecilla. Sklar Hast hizo una seña a los hombres de la bodega.
―¡Conectad!
Los
hombres unieron cobre con cobre. En la bodega doscientas diez células
voltaicas, cada una con diez delgados cátodos y diez delgados ánodos,
conectadas primero en una serie de setenta, y esa serie en paralelo, envió un
chorro de electricidad por los cables de cobre envueltos en piel de hoja
barnizada que iban hasta los arpones. La energía se descargó en la torrecilla y
en todo el cuerpo del rey Kragen, que se puso tieso. Las paletas le salieron
del cuerpo en ángulo recto. Sklar Hast se echó a reír, una explosión de alivio
nervioso.
―El
rey Kragen es tan dócil como los kragen más pequeños.
―Nunca
lo dudé ―dijo Roger Kelso.
Se
lanzaron al agua junto con otros veinte hombres. Nadaron hasta el rey Kragen,
treparon por la rígida plataforma cerca de la superficie; con mazos y cinceles
de cobre atacaron la zona entre la cúpula y la pared de la torrecilla.
En
el Flotador Apprise se había reunido una considerable multitud. Un hombre que
corría de aquí para allá era Barquan Blasdel. Saltó a una de las barcas, y
gritando órdenes condujo a los Ejemplares contra la flotilla disidente. Las
flechas de fuego describieron arcos en el cielo; siete barcas se incendiaron y
los Ejemplares se zambulleron en el agua. Los demás viraron hacia un lado.
Barquan Blasdel daba las órdenes más enérgicas, pero los Ejemplares no hicieron
más incursiones.
El
rey Kragen flotaba tieso e inmóvil, con los ojos fijos y los palpos estirados.
La torrecilla tenía una circunferencia de diez metros, pero veintidós hombres
trabajando con cinceles abrieron pronto la zona que querían. Después metieron
barras en la abertura e hicieron palanca. Con un crujido se desprendió la
cúpula, que rodó llevándose consigo uno de los arpones. Se cortó el circuito;
el rey Kragen recuperó su autocontrol.
Durante
un instante galvánico se quedó quieto, temblando. Entonces dio rienda suelta a
un espantoso grito, un sonido que puso de rodillas a la gente del flotador.
El
rey Kragen se arrojó fuera del agua. Los hombres que habían estado trabajando
con los cinceles fueron lanzados en todas direcciones, todos menos tres que
habían logrado llegar a la torrecilla y aferrarse a las nudosas cuerdas grises.
Uno de ellos era Sklar Hast. Mientras el rey Kragen embestía y golpeaba, se
puso a cortar los nudos nerviosos con el cuchillo de hierro. El rey Kragen
gritó otra vez y se arrojó al océano. El agua chocó contra la torrecilla,
llevándose a dos hombres. Sólo Sklar Hast, asido con manos y piernas a las
cuerdas, se mantuvo inamovible. El agua salada en el cerebro molestaba
enormemente al rey Kragen, que volvió a saltar sobre el flotador,
retorciéndose. Sklar Hast cortaba y sacaba todo lo que podía; las paletas, los
palpos y las mandíbulas se sacudían, se contraían, se torcían a un lado y a
otro, chasqueando. La vehemencia del rey Kragen se fue atenuando; flotaba
gimiendo con paletas cada vez más fláccidas. Algunos de los hombres que había
arrojado al agua volvieron a nado; en una ceremonia a la vez espantosa y
exaltada arrancaron los nódulos nerviosos del rey Kragen y los arrojaron al
mar.
El
rey Kragen quedó flotando lánguidamente, una mole sin vida. Los hombres se
zambulleron en el mar para lavarse y después nadaron de regreso a la barcaza.
La flotilla avanzó entonces hacia el Flotador Apprise. Sklar Hast iba de pie
sobre la plataforma delantera. Barquan Blasdel gritó a la gente:
―¡A
las armas! ¡Estacas, cinceles, mazos, cuchillos, cachiporras! ¡A terminar con
los bellacos!
Sklar
Hast se dirigió a la multitud:
―El
rey Kragen está muerto. ¿Qué os parece?
Hubo
silencio; después se oyeron unos débiles aplausos, y unos aplausos más fuertes,
y finalmente una ruidosa celebración.
Sklar
Hast apuntó con un dedo a Barquan Blasdel.
―Ese
hombre debe morir. Él organizó a los Ejemplares. Él asesinó a Henry Bastaff. Él
ha dado vuestra comida al vil rey Kragen. Lo hubiera seguido haciendo hasta que
el rey Kragen fuera más grande que todo el flotador.
Barquan
Blasdel gritó a sus Ejemplares:
―¡Las
armas preparadas! ¡A quien nos ataque... muerte!
Sklar
Hast gritó a los Ejemplares:
―¡Arrojad
las armas! Lo vuestro se ha terminado. El rey Kragen está muerto. Sois sólo
Ejemplares de una bestia marina muerta.
Barquan
Blasdel miró rápidamente en todas direcciones. Sus Ejemplares, superados en
número por los hombres del flotador, no parecían inclinados a pelear. Soltando
una carcajada estridente, Barquan Blasdel dio media vuelta y empezó a alejarse.
―¡Alto!
―gritó Morse Swin, el Árbitro de Apprise―. ¡Barquan Blasdel, regresa! ¡Tienes
que hacer frente al veredicto de una asamblea!
―¡Yo
no! ¡Nunca!
Barquan
Blasdel trató de abrirse paso entre la multitud, y eso fue un error, porque
generó el impulso de detenerlo. Cuando lo tocaron, él golpeó, y ése fue otro
error pues el golpe trajo un contragolpe y Barquan Blasdel terminó destrozado.
La muchedumbre se volvió entonces contra los Ejemplares, y todos los que no
pudieron huir a las barcas compartieron el destino de Barquan Blasdel. Los que
escaparon en las barcas fueron interceptados por las galeras negras y rodeados
hasta que se rindieron.
―¡Desembarcad,
hombres de los Flotadores Nuevos! ¡Traed a los Ejemplares! ¡Queremos servirlos
como a sus compañeros! ―gritó alguien desde el flotador.
Otra
voz exclamó:
―¡Venid
a saludar a vuestros viejos amigos! ¡Mucho nos ha entristecido vuestra larga
ausencia! Y otra voz gritó:
―Esta
noche correrá el arak. ¡Venid a beber con nosotros! Esta noche arderán las
lámparas amarillas; tocaremos las flautas y bailaremos. ¡Venid a bailar a la
luz de nuestras lámparas amarillas!
Sklar
Hast se quedó pensando un momento, después contestó:
―Desembarcaremos
y entregaremos a los prisioneros. Pero basta de frenéticos derramamientos de
sangre. Los que han cometido delitos que se enfrenten a una asamblea que los
castigará o liberará según nuestras antiguas tradiciones. ¿Estáis de acuerdo?
¡Si no es así tendremos que volver a los Flotadores Nuevos!
―¡Estamos
de acuerdo en todos los sentidos! ―gritó Morse Swin―. Bastante sangre se ha
derramado ya. ¡No queremos más!
―¡Entonces
desembarcamos para celebrar con vosotros!
Y
las barcas negras de los Flotadores Nuevos atracaron en Apprise; los hombres
desembarcaron para saludar a los viejos amigos, a los compañeros de casta y a
los hermanos de gremio.
El
cadáver del rey Kragen flotaba en el océano, una mole solitaria. Había llegado
ya el crepúsculo; las torres de señales parpadeaban con fervor; las noticias
corrían desde Tranque, en el este, hasta Almack y Sciona, en el extremo oeste.
Los Intercesores miraban con tristeza hacia el agua. Los Ejemplares se
despojaban de los uniformes y tímidamente se mezclaban con aquellos a quienes
hasta hacía muy poco tiempo habían tratado con arrogancia. Se los ridiculizaba
y vilipendiaba pero no se los lastimaba, el estado de ánimo de la gente era
demasiado alegre y pletórico. Delante de cada cabaña brillaban lámparas
amarillas, sacaron el arak más añejo, los mejores licores, y los viejos amigos
brindaron juntos. Toda la noche, bajo las blancas constelaciones, hubo fiesta y
alegría y gratitud, los habitantes de los flotadores nunca más tendrían que
servir al rey Kragen ni a otro como él.
FIN
1.
La ortografía había sido adoptada en los primeros tiempos y era muy
sistemática. El grupo de la izquierda indicaba el género de la idea, el grupo
de la derecha denotaba la especie. Así, ::: a la izquierda significaba color;
por consiguiente:
-
Blanco :::·
-
Negro :::.
-
Rojo :::··
-
Rosa :::·.·
-
Rojo oscuro :::·:
-
etcétera.


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