© Libro N°. 3032. Montalbano 6. La Nochevieja De
Montalbano. Camilleri, Andrea. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Gli Arancini di Montalbano
Versión Original: © Montalbano 6. La Nochevieja De Montalbano. Andrea Camilleri
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MONTALBANO 6
LA NOCHEVIEJA DE MONTALBANO
Andrea Camilleri
Título original: Gli Arancini di Montalbano
Traducción: María Antonia Menini Pagès
El
ensayo general
La
noche era negra como la tinta, y unas enfurecidas ráfagas de viento alternaban
con aguaceros fugaces tan malintencionados que parecían querer traspasar los
tejados. Montalbano acababa de regresar a casa muy cansado porque el trabajo de
aquel día había sido duro y, sobre todo, mentalmente agotador. Abrió la puerta
acristalada que daba acceso a la galería: el mar se había comido la playa y
casi rozaba la casa. No, mejor no salir, lo único que podía hacer era ducharse
e irse a la cama con un libro. Sí, pero ¿cuál? Era capaz de pasarse una hora
eligiendo el libro más apropiado para compartir con él la cama y las últimas
reflexiones del día. En primer lugar, estaba la elección del género, el más
adecuado para el estado de ánimo de la velada. ¿Un ensayo histórico sobre los
acontecimientos del siglo? Era preciso ir con pies de plomo: con tantos
revisionistas como había últimamente, igual te tropezabas con uno que te
contaba que Hitler había sido, en realidad, un sujeto pagado por los judíos
para que los convirtiera en víctimas de las que todo el mundo se apiadase. Y
entonces te ponías nervioso y no pegabas ojo en toda la noche. ¿Una novela
negra? Sí, pero ¿de qué tipo? Quizá lo más indicado para la ocasión fuera una
de aquellas novelas inglesas, preferentemente escritas por una mujer, llenas de
enrevesados sentimientos, que, al cabo de tres páginas, te aburren mortalmente.
Alargó la mano para coger una que todavía no había leído y, justo en aquel
momento, sonó el teléfono. ¡Jesús! Había olvidado telefonear a Livia y seguro
que era ella, que le llamaba preocupada. Levantó el auricular.
—¿Oiga?
¿Es la casa del comisario Montalbano?
—Sí.
¿Con quién hablo?
—Soy
Orazio Genco.
¿Qué
querría Orazio Genco, el casi septuagenario desvalijador de viviendas? A
Montalbano le caía bien aquel ladrón que jamás en su vida había cometido una
acción violenta, y el otro intuía su simpatía.
—¿Qué
ocurre, Orà?
—Tengo
que hablar con usted, dottore.
—¿Se
trata de algo serio?
—No
sé explicado, dottore. Es una cosa muy rara que no me deja tranquilo. Pero es
mejor que usía lo sepa.
—¿Quieres
venir a mi casa?
—Sí,
señor.
—¿Cómo
vendrás?
—En
bicicleta.
—¿En
bicicleta? Aparte de que vas a pillar una pulmonía, cuando llegues aquí ya
habrá amanecido.
—Pues
entonces ¿cómo lo hacemos?
—¿Desde
dónde me llamas?
—Desde
la cabina que hay delante del monumento a los caídos.
—No
te muevas de ahí, por lo menos estarás resguardado. Cojo el coche y me planto
en un cuarto de hora. Espérame.
Llegó
un poco más tarde porque, antes de salir, se le había ocurrido una buena idea:
llenar un termo con café muy caliente. Sentado dentro del vehículo al lado del
comisario, Orazio Genco se bebió el contenido de un vaso de plástico lleno
hasta el borde.
—Menudo
frío he pasado.
Chasqueó
la lengua, complacido.
—Y
ahora lo que yo necesitaría es un buen cigarrillo. Montalbano le ofreció la
cajetilla y le encendió el pitillo.
—¿Necesitas
algo más? Orà, no me habrás hecho venir corriendo hasta aquí porque te
apetecían un café y un cigarrillo, ¿verdad?
—Comisario,
esta noche he ido a robar.
—Pues
ahora yo voy y te detengo.
—No
me he explicado bien, comisario: esta noche tenía intención de ir a robar.
—¿Y
has cambiado de idea?
—Sí,
señor.
—¿Por
qué?
—Ahora
se lo digo. Hasta hace unos cuantos años yo trabajaba en los chaletitos que hay
en primera línea de playa, cuando los propietarios se iban porque llegaba el
mal tiempo. Ahora las cosas han cambiado.
—¿En
qué sentido?
—En
el sentido de que los chaletitos ya no están deshabitados. Ahora la gente se
queda hasta en invierno; total, con el coche van a donde quieren. O sea que
ahora a mí me da lo mismo robar en el pueblo que en los chaletitos.
—¿Adónde
has ido esta noche?
—Aquí
mismo, al pueblo. ¿Conoce usía el taller mecánico de Giugiù Loreto?
—¿El
de la carretera de Villaseta? Sí.
—Justo
encima del taller hay dos apartamentos.
—¡Pero
si son viviendas de gente muy pobre! ¿Qué vas a robar allí? ¿Un televisor en
blanco y negro descacharrado?
—Disculpe,
comisario. ¿Sabe quién vive en uno de los apartamentos? Tanino Bracceri. Seguro
que usía lo conoce.
¡Vaya
si conocía a Tanino Bracceri! Un tipo cincuentón, cien kilos de mierda y de
manteca rancia, en comparación con el cual un cerdo cebado para la matanza
parecería un figurín, un modelo de alta costura. Un miserable usurero que,
según se decía, algunas veces se hacía pagar en especie, chiquillos o
chiquillas, el sexo no importaba, desventurados hijos de sus víctimas.
Montalbano jamás había conseguido echarle el guante, cosa que habría hecho con
gran satisfacción, pero nunca se había producido ninguna denuncia formal. La
idea de Orazio Genco de ir a robar a la casa de Tanino Bracceri recibió la
aprobación incondicional del guardián de la ley y el orden señor comisario
Salvo Montalbano.
—¿Y
por qué no lo has hecho? Por una cosa así, soy capaz de no detenerte.
—Yo
sabía que Tanino se acuesta cada noche a las diez en punto. En el otro
apartamento y en el mismo rellano vive una pareja de ancianos a los que jamás
se ve por la calle. Llevan una vida muy retirada. Dos jubilados, marido y
mujer. Se apellidan Di Giovanni. Por eso yo estaba tranquilo, porque entre
otras cosas sé que Tanino se atiborra de somníferos para poder dormir. Llegué
al taller mecánico, esperé un poco, con este tiempo de perros no pasaba ni un
alma, y entonces abrí el portal de al lado y entré. La escalera estaba a
oscuras. Encendí la linterna y subí rápidamente. Al llegar al rellano, saqué
las herramientas. Pero entonces vi que la puerta de los Di Giovanni sólo estaba
entornada. Pensé que los dos viejos habrían olvidado cerrada. Temí que éstos, con
la puerta abierta, pudieran oír algún ruido. Me acerqué para cerrarla con
cuidado. Entonces vi que en ella habían clavado un trozo de papel como esos que
dicen «Vuelvo enseguida» o cosas de este tipo.
—Pero
ése ¿qué decía?
—Ahora
no me acuerdo. Sólo me ha quedado en la memoria una palabra: general.
—El
que vive allí, Di Giovanni, ¿es un general?
—No
lo sé, puede que sí.
—Sigue.
—Fui
a cerrada muy despacio, pero la tentación de una puerta medio abierta era
demasiado fuerte. El recibidor estaba a oscuras, lo mismo que el comedor y la
sala de estar. En cambio, en el dormitorio había luz. Me acerqué a la
habitación y casi me da un ataque. Sobre la cama de matrimonio, vestida de
punta en blanco, había una muerta, una anciana.
—¿Cómo
sabes que estaba muerta?
—Comisario,
la mujer tenía las manos cruzadas sobre el pecho, le habían entrelazado un
rosario en los dedos y después le habían anudado un pañuelo alrededor de la cabeza
para que no se le abriera la boca. Pero lo mejor viene ahora. A los pies de la
cama había un hombre sentado en una silla, de espaldas a mí. Lloraba el
pobrecillo, debía de ser el marido.
—Orà,
has tenido mala suerte, ¿qué se le va a hacer? El hombre estaba velando el
cadáver de su mujer.
—Sí.
Pero, en un momento dado, cogió una cosa que tenía sobre las rodillas y se
apuntó con ella a la cabeza. Era una pistola, comisario.
—Dios
mío. ¿Y qué has hecho?
—Afortunadamente,
mientras yo estaba allí sin saber qué hacer, parecía que el hombre se
arrepentía y dejó caer el brazo con el arma; puede que, en el último momento,
le faltara el valor. Entonces retrocedí sin hacer ruido, regresé al recibidor,
salí de la casa y di un portazo tan fuerte como un cañonazo. Para que se le
pasara la idea de matarse durante un buen rato. Y llamé a usía.
Montalbano
tardó un poco en hablar, estaba pensando. A esas horas lo más probable era que
el viudo ya se hubiera matado. O a lo mejor aún estaba allí, debatiéndose entre
el deseo de vivir y el de abandonar este mundo. Tomó una decisión y se puso en
marcha.
—¿Adónde
vamos? —preguntó Orazio Genco.
—Al
taller de Giugiù Loreto. ¿Dónde has dejado la bicicleta?
—No
se preocupe, está atada con una cadena a un poste.
Montalbano
se detuvo delante del taller.
—¿Has
cerrado tú el portal?
—Sí,
señor, cuando he ido a telefonear a usía.
—¿Te
parece que se ve luz a través de las ventanas?
—Creo
que no.
—Presta
mucha atención, Orà: baja, abre el portal, entra y ve a ver qué ocurre en la
casa. Veas lo que veas, procura que no te oiga nadie.
—¿Y
usía?
—Daré
el agua.
De
tanto como se rió, Orazio tuvo un acceso de tos. Cuando se calmó, descendió del
vehículo, cruzó la calle, abrió en un abrir y cerrar de ojos el portal y lo
cerró a su espalda. Ya no llovía, pero, en cambio, el viento soplaba con más
fuerza que antes. El comisario encendió un cigarrillo. Al cabo de menos de diez
minutos, volvió a aparecer Orazio Genco, cerró el portal, cruzó la calle
corriendo, abrió la portezuela y subió al coche. Temblaba, pero no de frío.
—Vámonos
de aquí.
Montalbano
obedeció.
—¿Qué
te pasa?
—Me
he llevado un susto de muerte.
—¡Habla
de una vez!
—La
puerta estaba cerrada, la he abierto y...
—¿El
trozo de papel seguía en su sitio?
—Sí,
señor. He entrado. Todo estaba igual que antes y el dormitorio seguía con la
luz encendida. Me he acercado...
Señor
comisario, ¡la muerta no estaba muerta!
—Pero
¿qué dices?
—Lo
que oye. El muerto era él, el general. Tendido en la cama como antes estaba su
mujer, con el rosario y el pañuelo.
—¿Has
visto sangre?
—No,
señor. Me ha parecido que la cara del muerto estaba limpia.
—Y
la mujer, la ex difunta, ¿qué hacía?
—Estaba
sentada en una silla a los pies de la cama y lloraba mientras se apuntaba a la
cabeza con una pistola.
—Orà,
no estarás de guasa, ¿verdad?
—¿Qué
motivo tendría, comisario?
—Vamos,
te llevo a tu casa. Deja la bicicleta, que hace frío.
¿Son
libres dos ancianos, marido y mujer, de hacer por la noche en su casa lo que
les dé la gana? ¿Disfrazarse de indios, caminar a gatas, colgarse del techo
boca abajo? Por supuesto que sí. ¿Pues entonces? Si Orazio Genco no hubiera
tenido tantos escrúpulos, él no se habría enterado de toda aquella historia y
habría dormido como un bendito las tres horas de sueño que le quedaban en lugar
de dar vueltas y más vueltas en la cama como estaba haciendo ahora entre
maldiciones, preso de un nerviosismo creciente. No había manera: ante una
situación que no encajaba, se comportaba como Orazio Genco delante de una
puerta entornada, tenía que entrar y descubrir el porqué y el cómo. ¿Qué
significado tendría aquella especie de ceremonia?
—¡Fazio!
¡Ven inmediatamente! —dijo Montalbano mientras entraba en su despacho.
La
mañana estaba peor que la noche anterior, nublada y fría.
—Fazio
no está, dottore —dijo Gallo, presentándose en lugar de su compañero.
—¿Dónde
está?
—Anoche
hubo un tiroteo y mataron a uno de los Sinagra. Estaba cantado. Ya sabe: una
vez le toca a uno de una familia y otra a uno de la otra.
—¿Augello
está con Fazio?
—Sí,
señor. Aquí estamos Galluzzo, Catarella y yo.
—Oye,
Gallo, ¿tú sabes dónde está el taller de Giugiù Loreto?
—Sí,
señor.
—Encima
del taller hay dos apartamentos. En uno de ellos vive Tanino Bracceri y en el
otro un matrimonio de ancianos. Quiero saberlo todo acerca de ellos. Ve
enseguida.
—Pues
bueno, dottore. Él se llama Andrea di Giovanni, de ochenta y cuatro años,
jubilado y natural de Vigàta. Ella se llama Emanuela Zaccaria, natural de Roma,
de ochenta y dos años, jubilada. No tienen hijos. Llevan una vida muy retirada,
pero no lo deben de pasar muy mal, pues todo el edificio era propiedad de Di
Giovanni, a quien se lo dejó en herencia su padre. Vendió un apartamento a
Tanino Bracceri, pero conserva el suyo y el taller que tiene alquilado a Giugiù
Loreto. Antes vivían en Roma, pero hace unos quince años se trasladaron a vivir
aquí.
—¿Él
era general?
—¿Quién?
—¿Cómo
quién? ¿Este Di Giovanni era general?
—¡Qué
va! Eran actores, tanto el marido como la mujer. Giugiù me ha dicho que tienen
el salón lleno de fotografías de teatro y de cine. Le han contado a Giugiù que
han trabajado con los actores más importantes, pero siempre como... espere que
miro lo que he escrito, como actores de reparto.
Estaba
claro que seguían en activo. O quizá repasaban antiguas escenas interpretadas
quién sabe cuándo. A lo mejor representaban la escena de mayor éxito de toda su
carrera, aquella en la que habían sido más aplaudidos... Pero no. No era
posible: el intercambio de papeles no tenía sentido. Tenía que haber una
explicación y Montabano quería conocerla. Cuando se le metía una cosa en la
cabeza, no había manera. Tendría que buscar un pretexto para hablar con los
señores Di Giovanni.
La
puerta golpeó violentamente contra la pared, el comisario se sobresaltó y
reprimió a duras penas un irresistible impulso homicida.
—Catarè
te he dicho mil veces...
—Pido
perdón, dottori, pero se me ha ido la mano.
—¿Qué
ocurre?
—Dottori,
está aquí Orazio Genico, el ladrón, que dice que quiere hablar con usted en
persona personalmente. A lo mejor se quiere entreigar.
—Entregar,
Catarè. Hazlo pasar.
—¿Sabe
que esta noche no he podido dormir? —dijo Orazio Genco nada más entrar.
—Si
es por eso, yo tampoco. ¿Qué quieres?
—Comisario,
hace media hora estaba tomando café con un amigo al que detuvieron los
carabineros y que se ha pasado tres años en la cárcel. Y me decía: «¡Me
encerraron en chirona sin pruebas, como si fuera un ensayo! ¡Como si fuera un
ensayo!» Entonces, esta palabra, «ensayo», me hizo recordar lo que había escrito
en la hoja clavada en la puerta de los dos viejos. Decía, ahora lo recuerdo muy
bien: «Ensayo general.» Por eso pensé que, a lo mejor, él era general.
Le
dio las gracias a Orazio Genco y éste se retiró. Poco después apareció Fazio.
—¿Me
buscaba esta mañana, dottore?
—Sí.
Te has ido con Mimì por lo del homicidio aquel. Pero yo sólo quisiera saber una
cosa: ¿por qué ni tú ni el subcomisario Augello os habéis dignado avisarme de
que había un muerto?
—Pero
¿qué dice, señor comisario? ¿Sabe cuántas veces hemos llamado a su casa de
Marinella? Pero usted no contestaba. ¿Es que había desenchufado el teléfono?
No,
no tenía el teléfono desenchufado. Estaba fuera de casa, dándole el agua a un
ladrón.
—Háblame
de ese asesinato, Fazio.
El
asesinato lo tuvo ocupado hasta las cinco de la tarde. Después le vino de
pronto a la mente el asunto de los Di Giovanni. Y se preocupó. Los viejos
habían dejado una nota en la puerta para anunciar que estaban haciendo un
ensayo general. Lo cual, si se hubiera tratado de una obra de teatro,
significaría que, al día siguiente, se habría producido el estreno del
espectáculo.
¿Qué
era para los Di Giovanni el espectáculo? ¿Quizá la escenificación real de lo
que habían ensayado la víspera, es decir, una muerte y un suicidio auténticos?
Se inquietó y cogió la guía telefónica.
—¿Oiga?
¿Casa Di Giovanni? Soy el comisario Montalbano.
—Sí,
soy Andrea di Giovanni, dígame.
—Quisiera
hablar con usted.
—Pero
¿qué clase de comisario es usted?
—Comisario
de policía.
—Ah.
¿Y qué quiere de mí la policía?
—Nada
importante, se lo aseguro. Se trata de una curiosidad de carácter
exclusivamente personal.
—¿Y
cuál es esa curiosidad?
Aquí
se le ocurrió una idea.
—Me
he enterado por pura casualidad de que ustedes dos han sido actores.
—Es
cierto.
—Pues
verá, soy un entusiasta del teatro y del cine. Quisiera saber...
—Será
usted bienvenido, señor comisario. En este país, no hay ni una sola persona, ni
una sola digo, que entienda de teatro.
—Dentro
de una hora como máximo estoy ahí, ¿le parece bien?
—Cuando
usted quiera.
Ella
parecía un pajarillo implume caído del nido, y él, una especie de perro San
Bernardo pelado y medio ciego. La casa estaba limpia como los chorros del oro y
en perfecto orden. Lo hicieron sentar en un silloncito y ellos se acomodaron
muy juntos en un sofá, probablemente en la posición que solían adoptar cuando
veían la televisión que tenían delante. Montalbano clavó los ojos en una de las
cien fotografías que cubrían las paredes y dijo:
—¿Pero
ése no es Ruggero Ruggeri en El placer de la honradez de Pirandello?
A
partir de aquel momento, se produjo un alud de nombres y títulos. Sem Benelli y
La cena de las burlas, y, también de Pirandello, Seis personajes en busca de
autor; Ugo Betti y Corrupción en el Palacio de Justicia, mezclados con Ruggeri,
Ricci, Maltagliati, Cervi, Melnati, Viarisio, Besozzi... La retahíla duró una
hora larga, al cabo de la cual Montalbano estaba como atontado y los viejos
actores se mostraban felices y rejuvenecidos. Hubo una pausa en cuyo transcurso
el comisario aceptó de buen grado un vaso de whisky, seguramente comprado a
toda prisa por el señor Di Giovanni para la ocasión. Cuando reanudaron la
conversación, ésta se centró en el cine, que a los viejos no les interesaba
demasiado. Y en la televisión, que les interesaba todavía menos:
—Pero
¿no ve usted, señor comisario; lo que emiten? Cancioncillas y juegos. Cuando
ofrecen algo de teatro, de Pascuas a Ramos, nos entran ganas de llorar.
Ahora,
una vez agotado el tema del espectáculo, Montalbano tendría forzosamente que
formular la pregunta por la cual se había presentado en aquella casa.
—Anoche
estuve aquí —dijo, sonriendo.
—¿Aquí,
dónde?
—En
el rellano de ustedes. El señor Bracceri me había llamado por un asunto que, al
final, resultó que no tenía importancia. Ustedes habían olvidado cerrar la
puerta y yo me tomé la libertad de cerrarla.
—Ah,
fue usted.
—Sí,
y les pido disculpas por haber hecho quizá demasiado ruido. Pero había algo que
despertó mi curiosidad. En su puerta había clavada, con una chincheta, si no me
equivoco, una hoja de papel que decía: «Ensayo general.» —Sonrió con aire
distraído—. ¿Qué estaban ustedes ensayando?
Ambos
se pusieron repentinamente serios y se acercaron todavía más el uno al otro;
con un gesto de lo más natural, repetido millares de veces, se cogieron de la
mano y se miraron. Después, Andrea di Giovanni dijo:
—Estábamos
ensayando nuestra muerte.
Al
ver que Montalbano se quedaba petrificado, añadió:
—Pero,
por desgracia, no se trata de un guión.
Esta
vez, fue ella quien habló.
—Cuando
nos casamos, yo tenía diecinueve años y él veintidós. Siempre hemos estado
juntos, jamás aceptamos contratos con compañías distintas y, por este motivo,
algunas veces llegamos a pasar hambre. Después, cuando fuimos demasiado viejos
para poder trabajar, nos retiramos aquí.
Siguió
él.
—Teníamos
molestias desde hacía algún tiempo. Son cosas de la edad, nos decíamos. Fuimos
al médico y nos dijo que los dos estamos muy mal del corazón. La separación
será repentina e inevitable. Entonces nos pusimos a ensayar. El que se vaya
primero, no estará solo en el más allá.
—La
suerte sería morir juntos en el mismo momento —dijo ella—. Pero es difícil que
se nos conceda.
* *
*
Se
equivocaba. Ocho meses después, Montalbano leyó dos líneas en el periódico.
Ella había muerto plácidamente mientras dormía y él, al darse cuenta de lo
ocurrido cuando despertó, corrió al teléfono para pedir ayuda. Pero, a medio
camino entre la cama y el teléfono, le falló el corazón.
La
pobre Maria Castellino
¿Hablo
con Bonquidasa? ¿Eh? ¿Hablo con Bonquidasa? ¿Es usted en persona personalmente,
dottori?
—Sí,
Catarè, soy yo en persona.
La
voz de Catarella sonaba muy lejana y apenas se le entendía.
—¿Desde
dónde llamas?
—¿Desde
dónde quiere que llame, dottori? Le llamo desde Vigàta.
—Ya,
pero ¿por qué hablas así?
—Me
he puesto un pañuelo en la boca, dottori.
—Y
eso ¿por qué?
—Para
que no me oigan los demás. Fazio me ha dado la orden terminante de hacerle esta
llamada sólo a usted con usted.
—Entiendo,
dime.
—Hay
uno que ha matado a una puta.
—¿Lo
habéis detenido?
—¿A
quién?
—A
ese que ha matado a la puta.
—No,
dottori, no sabemos quién ha sido. Yo he dicho que ha sido uno porque, como la
puta ha muerto estrangulada, alguien ha tenido que ser, digo yo...
—De
acuerdo. Pero ¿qué quiere Fazio de mí?
—Fazio
dice que de este asesinato el subcomisario Augello no entiende nada. A lo
mejor, los carabineros llegan antes que nosotros. Pregunta si volverá usted
pronto a Vigàta. Es más, Fazio ha dicho una cosa que yo no le puedo decir.
—Bueno,
dímela de todos modos.
—Pues
dice que, mientras nosotros estamos hundidos en la mierda, con todo el respeto,
dottori, usted escurre el bulto en Bonquidasa.
—Muy
bien, Catarè, dile a Fazio que volveré en cuanto pueda.
El
comisario opuso a la invitación de Fazio una resistencia que apenas duró una
hora. Después se vistió y salió. Al regresar a casa, llevaba en el bolsillo un
billete de avión para el mediodía del día siguiente. La temida llegada de Livia
se produjo a las seis en punto de la tarde. En cuanto lo vio, le echó los
brazos al cuello.
—¡Dios
mío, Salvo, no sabes cuánto me alegra regresar y encontrarte en casa!
¿Cuándo
le diría que había decidido adelantar dos días el final de sus vacaciones en
Boccadasse—Génova? ¿Antes o después de la cena? Optó por hacerlo después, entre
otras cosas porque habían decidido ir a comer a un restaurante donde preparaban
el pescado como el propio pescado exigía que lo prepararan. Y justo mientras
esperaban la cuenta, Livia dijo algo que Montalbano comprendió que agravaría
considerablemente la situación.
—¿Sabes,
cariño?, mañana por la mañana tendremos que levantarnos temprano.
—¿Por
qué?
—Porque
iremos a pasar el día a Laigueglia, a casa de Dora, una amiga mía a la que no
conoces, pero que seguramente te gustará.
—¿Y
dónde está Laigueglia?
—Cerca
de Savona. Su playa es prácticamente una prolongación de la de Alassio. Una
pura delicia. Y, además, hay un sitio que se ha comprado el noruego...
—¿Qué
noruego?
—Aquel
que, con una especie de balsa, hizo...
—Thor
Heyerdahl, la Kon—Tiki.
—Ése.
Se llama Colla Micheri.
—¿Quién?
—El
pueblecito que se ha comprado el noruego. ¿Qué te pasa?
—¿A
mí?
—Sí,
a ti. ¿Qué te pasa?
—Nada.
¿Qué quieres que me pase?
—Vamos,
Salvo, que te conozco... No me estás escuchando.
Montalbano
respiró hondo como si fuera a bucear a pulmón libre.
—Me
voy mañana.
Por
un instante, Livia, pillada a traición, siguió sonriendo.
—Ah,
¿sí? ¿Y adónde vas?
—Regreso
a Vigàta.
—Pero
si me habías dicho que te quedarías hasta el lunes —dijo ella mientras su
sonrisa se apagaba lentamente como una cerilla.
—El
caso es que...
—No
me importa...
Se
levantó, cogió el bolso y abandonó el restaurante.
Montalbano
pagó la cuenta tan deprisa como le fue posible y la siguió. Pero cuando llegó a
la calle, el coche de Livia ya no estaba en el aparcamiento.
Regresó
a casa en taxi y menos mal que tenía un duplicado de las llaves porque, tan
cierto como la muerte, Livia jamás le hubiera abierto la puerta. Como no le
abrió la puerta del dormitorio ni contestó a sus llamadas. Montalbano se quitó
tristemente la ropa y se tumbó en el sofá del saloncito.
No
consiguió pegar ojo y no paró de dar vueltas de un lado para otro. Hacia las
cinco de la madrugada oyó que se abría la puerta del dormitorio y la voz de
Livia:
—Ven
a la cama, cabrón.
Se
levantó a toda prisa. En parte porque le apetecía abrazar a su chica, y en
parte porque estaba deseando tumbarse cómodamente.
—¿Por
qué has vuelto antes de lo previsto? —le preguntó recelosamente Mimì Augello en
cuanto lo vio aparecer en el despacho.
—Pues
mira, Livia no le pudo decir que no a una amiga que la había invitado a pasar
el fin de semana con ella, a mí no me apetecía y entonces... ¿Qué hacía yo solo
en Boccadasse? ¿Hay alguna novedad?
—¿No
la sabes?
Mimì
aún se mostraba receloso, pues el repentino regreso de su jefe no lo convencía.
—¿Quién
me la hubiera tenido que contar?
Augello
lo miró; el rostro del comisario parecía tan inocente como el de un recién
nacido.
—Han
matado a una mujer.
—¿Cuándo?
—El
mismo día que te fuiste.
—¿Quién
era?
—Una
puta. De setenta años.
El
asombro de Montalbano fue tan auténtico que disipó la desconfianza de Mimì.
—¿Una
puta septuagenaria? ¿Estás de guasa?
—¡De
ninguna manera! A los setenta años aún seguía trabajando. Una buena mujer.
—Explícate
mejor.
—Se
llamaba Maria Castellino, maridada, dos hijos mayores.
Montalbano
se quedó estupefacto.
—¿Qué
quiere decir maridada?
—Salvo,
la palabra no ha cambiado de significado durante los tres días que has estado
en Boccadasse. Significa casada. Y tú conoces al marido. Es Serafino, el que
trabaja de camarero en el bar Pistone.
—Aclárame
una cosa. ¿Serafino se casó con ella antes o después de que se pusiera a hacer
de puta?
—Durante.
La empezó a tratar como cliente, descubrieron que estaban enamorados y se
casaron. Un matrimonio feliz. Tienen dos hijos varones. Uno...
—Espera.
Y este Serafino, después de la boda, ¿permitió que su mujer siguiera haciendo
lo que hacía?
—Serafino
me ha dicho que eso ni siquiera lo comentaban. A los dos les parecía natural
que la mujer siguiera trabajando.
—¿Ejercía
en su domicilio en ausencia del marido?
—No,
señor. Serafino dice que la suya es una casa honrada y respetable. Ella se
había buscado un catojo en el callejón Gramegna, una callecita de cuatro casas,
casi en el campo. El catojo, una pequeña habitación de planta baja con una
ventanita al lado de la puerta, estaba impecablemente limpio. ¡Y no te digo el
cuarto de baño! Como los chorros del oro. Cuando la puerta del catojo estaba
abierta, quería decir que ella estaba libre; en cambio, cuando estaba cerrada,
significaba que estaba atendiendo a un cliente. La señora Gaudenzio dice que...
—Un
momento. ¿Quién es la señora Gaudenzio?
—Una
mujer que vive en el piso de encima del catojo.
—¿Otra
puta?
—¡No,
hombre, no! Es una mujer de treinta y tantos, madre de dos niños, uno de siete
y otro de cinco años. Le tenían mucho cariño a la difunta, la llamaban la tía
Maria.
—No
empieces a divagar, Mimì. ¿Qué te ha dicho la señora Gaudenzio?
—Que
la Castellino, cuando hacía buen tiempo, sacaba una silla y se sentaba en la
calle al lado de la puerta, pero nunca montó ningún escándalo. Era muy discreta
y reservada.
—Pero
¿cómo lo hacía para conseguir clientes?
—Hay
una explicación. La señora Gaudenzio dice que eran todos ancianos, antiguos
clientes, evidentemente.
—¿Jamás
ningún muchacho?
—Algunas
veces. Pero ¿por qué razón tendría un chaval que desahogarse con una mujer
mayor, con la de putas guapísimas que andan sueltas por ahí?
—Eemm...
Mimì, razones sí las hay. Tú no las puedes comprender porque tienes un fusil
que no falla jamás, pero muchos de esos chavales que parecen tan chulos, a la
hora de la verdad suelen mostrarse tímidos e inseguros. Y entonces una mujer
mayor, comprensiva... ¿Me explico?
—Te
explicas muy bien. Y algunas veces pudo haber sido algún chaval que no buscaba
comprensión, como tú dices, sino que era simplemente un degenerado.
—¿Qué
ha dicho el doctor Pasquano?
—El
doctor ha dicho que, en su opinión, el asesino aturdió a la mujer con un
puñetazo en la cara y después se quitó el cinturón de los pantalones, se lo
colocó alrededor del cuello y tiró de él. Pasquano dice que se distingue la
señal de la hebilla sobre la piel. Después se volvió a colocar el cinturón en
su sitio y abandonó la casa. Y adiós muy buenas.
—¿Falta
algo?
—Nada.
El bolso en el que la mujer guardaba el dinero estaba sobre la mesita de noche,
al lado de la cama.
—¿Cuál
era la tarifa?
—Cincuenta
mil liras.
—¿Y
cuánto dinero había en el bolso?
—Doscientas
cincuenta mil liras.
—¿Cuánto
llevaba a casa al día? ¿Te lo ha dicho Serafino?
—Entre
trescientas y trescientas cincuenta mil.
—O
sea, que el que la mató debió de ser uno de los últimos clientes del día.
—Pasquano
dice también que la muerte se produjo después de la digestión del almuerzo. Ah,
¿y sabes una cosa? Pasquano dice que no ha encontrado ningún indicio de
relación sexual con el asesino.
—¿La
víctima estaba vestida?
—Totalmente.
Sólo se había quitado los zapatos para tumbarse. El hombre se tumbó a su lado,
puede que también vestido, y, de pronto, le arreó un puñetazo.
—Está
claro que el hombre fue a verla no para follar sino para hablar.
—Pero
¿de qué?
—Aquí
está el quid de la cuestión —contestó Montalbano.
Tras
haber descansado un par de horas en su casa de Marinella, el comisario cogió el
coche para regresar a Vigàta. Le habían explicado muy bien dónde estaba el
callejón Gramegna, pero, aun así, le costó un poco encontrarlo. Cuatro casas,
había dicho Mimì, y eran efectivamente cuatro casas. Tres de ellas se
utilizaban como viviendas y eran todas iguales, con un catojo en la planta baja
y un minúsculo apartamento en el piso de arriba. El cuarto edificio era un
almacén, cerrado con un candado oxidado. Estaba justo frente al catojo de Maria
Castellino. En el suelo, delante de la puerta cerrada, había un ramo de flores.
Dos chiquillos doblaron la esquina gritando y persiguiéndose. Al ver al
forastero, se detuvieron en seco.
—¿La
señora Gaudenzio es vuestra madre?
—Sí,
señor —contestó el mayor de los dos.
—¿Está
tu padre en casa?
—No,
señor, mi padre trabaja hasta la noche.
—Y
tu madre, ¿está?
—Sí,
señor, ahora la llamo.
Cruzó
corriendo el portal. El menor lo miraba fijamente.
—¿Me
dices una cosa? —le preguntó el niño.
—Pues
claro.
—¿Es
verdad que la abuela se ha muerto?
Mimì
se había equivocado, no la llamaban tía sino abuela. No le dio tiempo a buscar
una respuesta, pues al pequeño balcón del piso de arriba se asomó una joven
treintañera justo en el momento en que su hijo salía por el portal y se alejaba
otra vez corriendo, seguido por su hermanito, que se había puesto a llorar
cualquiera sabía por qué.
—¿Quién
es usted?
—Soy
el comisario Montalbano.
—Si
quiere hablar conmigo, suba.
La
casa estaba limpia y ordenada. Muebles baratos pero resplandecientemente
abrillantados. Montalbano fue invitado a sentarse en un sillón del saloncito.
—¿Le
apetece algo?
—No,
gracias, señora. No la entretendré mucho.
—¿Qué
quiere saber? Ya se lo he dicho todo al señor Augello.
Montalbano
tuvo la impresión de que, al pronunciar aquel nombre, la joven y agraciadísima
señora Gaudenzio se ponía ligeramente colorada. ¿Qué te apuestas a que el
infalible Mimì ya había entrado en acción?
—He
sabido que usted conocía muy bien a la pobre se ñora Maria.
Inmediatamente,
dos lagrimones. La señora Gaudenzio era de las que no ocultaban sus
sentimientos.
—Era
como de la familia, señor comisario. Mis hijos la consideraban su abuela. El
día de Reyes le gustaba que los niños dejaran los calcetines en el catojo. Y
los encontraban siempre llenos de cosas que sólo su fantasía sabía inventar,
unas cosas que les encantaban...
—¿La
conocía desde hace tiempo?
—Desde
hace ocho años. Vine a vivir aquí recién casada. Attilio, mi marido, trabaja en
la central eléctrica. Mi segundo hijo, Pitrinu, el que tiene cinco años... Lo
estaba esperando, faltaban pocos días para el parto, pero yo me caí por la
escalera..., me puse a dar voces... La abuela Maria me oyó, vino corriendo...
De no haber sido por ella, yo habría muerto, y Pitrinu, conmigo...
Se
echó a llorar sin hacer el menor esfuerzo por reprimir las lágrimas.
—¡Era
tan buena! Jamás armaba jaleo, jamás oímos una discusión con ninguno de sus
clientes...
—¿Le
hablaba a usted de sus clientes, señora?
—Nunca.
Era tan muda como una tumba.
—O
sea, que usted no está en condiciones de decirme nada.
—No,
señor, pero tengo que contarle una cosa. Hoy mismo me la ha dicho mi hijo
Casimiru, el mayor...
—¿Qué
le ha dicho?
—Es
algo que ocurrió hace diez días. La puerta del catojo estaba cerrada, Casimiru
pasaba por delante al volver a casa y, de repente, oyó que la abuela Maria lo
llamaba desde detrás de la ventanita medio cerrada. Le dijo que fuera corriendo
al final del callejón y comprobara si había un hombre que se estaba alejando...
Casimiru echó a correr y vio a un hombre que se iba. Regresó y se lo dijo a la
abuela. Entonces ella abrió la puerta del catojo.
—Seguramente
era alguien a quien no quería ver. Lo debió de ver acercarse y cerró la puerta
como hacía cuando atendía a un cliente.
—Lo
mismo pensé yo. Pero ¿qué hacemos, le cuenta usted la historia o se la cuento
yo?
—¿A
quién?
—Al
señor Augello.
—Pues
mire, yo lo aviso y usted se la cuenta a él con todo detalle.
—Gracias
—dijo la señora Gaudenzio, enrojeciendo como un tomate.
Montalbano
se levantó para marcharse.
—He
visto delante de la puerta del catojo un ramo de flores. ¿Sabe usted quién lo
ha traído?
—El
señor Vasalicò.
—¿El
director del instituto?
—Sí,
señor. Venía una vez a la semana. Tanto cuando estaba casado como cuando se
quedó viudo. Eran amigos.
—¿Has
ido a hablar con la señora Gaudenzio? —preguntó enfurecido Mimì.
—Sí.
¿Está prohibido?
—No.
Pero aquí y ahora vamos a aclarar una cosa de una vez por todas. ¿Quién lleva
esta investigación, tú o yo?
—Tú,
Mimì. Lo cual significa que, si yo me entero de algo útil, no te lo digo. ¿Te
parece bien así?
—No
seas gilipollas.
—No
lo seas tú tampoco. ¿Me contestas a una pregunta?
—Pues
claro.
—¿Te
interesa más descubrir al asesino o los muslos de la señora Gaudenzio?
Mimì
lo miró, reprimiendo una sonrisa.
—Ambas
cosas, a ser posible.
—Mimì,
tienes un morro que te lo pisas. Por cierto, ¿cómo se llama?
—Teresita.
—Pues
bueno, corre a ver a Teresita antes de que el marido regrese de su turno en la
central. Te dirá que la señora Maria tenía un cliente con el que ya no quería
follar. O no quería empezar a follar.
* *
*
—Dottori?
¿Me permite una palabra? —preguntó Catarella, entrando en el despacho de
Montalbano con pinta de perfecto conspirador.
—De
acuerdo.
Catarella
cerró la puerta a su espalda. Y se quedó donde estaba.
—Dottori,
¿puedo cerrar con llave?
—Bueno
—contestó Montalbano, resignado.
Catarella
cerró la puerta con llave, se acercó a la mesa del comisario, apoyó las manos
en ella y se inclinó hacia delante. Había comido algo con mucho ajo.
—Dottori,
he resuelto el caso. He cerrado porque no quiero que los otros se mueran de
envidia al saber que yo he aclarado el asunto.
—¿Qué
asunto?
—El
de la puta, dottori.
—¿Y
cómo lo has hecho?
—Anoche
vi una pilícula en la tilivisión. Era la historia de uno que en América mataba
a putas viejas.
—¿Un
serialkiller?
—No,
dottori, no se llamaba así. Me parece que se llamaba Yoni Uest o algo así.
—¿Y
qué motivo tenía ese Yoni para matar a las putas viejas?
—Pues
porque le recordaban a su madre, que era una puta. Y entonces yo pensé que la
cosa era sencillísima. Basta con que usted, dottori, se ponga a buscar y lo
resuelva todo.
—¿Ya
quién tengo que buscar, Catarè?
—A
un cliente de la puta que sea un hijo de puta.
Por
teléfono, el profesor Vasalicò no puso ningún reparo, es más, se mostró
sumamente amable.
—¿Quiere
que vaya a la comisaría?
—Por
Dios, señor director. Voy yo a su casa dentro de media hora aproximadamente.
¿Le parece bien?
—Lo
espero.
Pero
antes decidió acercarse un momento al bar Pistone. Serafino no estaba. El señor
Pistone, sentado detrás de la caja, le explicó cómo y por qué le había
concedido una semana de permiso al pobrecillo por la desgracia que le había
ocurrido. El comisario le pidió la dirección del camarero.
El
profesor Vasalicò era un hombre delgado y elegante. Hizo sentar al comisario en
un estudio que, en realidad, era una enorme biblioteca cuyas estanterías
cubrían todas las paredes de la habitación.
—Usted
viene por lo de la pobre Maria, ¿verdad?
—Sí.
Pero sólo porque he sabido que usted llevó un ramo de...
—Muy
cierto. Y no he hecho nada por ocultarme de la señora que vive en el piso de
arriba y a la que, por otra parte, conozco muy bien.
—¿Hacía
mucho tiempo que visitaba ala... señora Maria?
—Yo
tenía dieciocho años y ella diez más. Fue la primera mujer con la que estuve.
Después, cuando me casé, nos seguimos viendo. No por... sino por amistad. Le
daba consejos. Mi esposa lo sabía.
—¿Qué
consejos le daba a la señora?
—Pues
verá, Serafino es un buen hombre, pero es muy ignorante. Yo he guiado a sus
hijos en los estudios.
—¿Qué
hacen?
—Uno
es geólogo y trabaja en Arabia. El otro es ingeniero y vive en Caracas. Ambos
están casados y tienen hijos.
—¿Cómo
eran las relaciones entre ellos?
—¿Entre
los hijos y la madre, quiere decir? Excelentes. Ella me mostraba de vez en
cuando 'las fotografías de los nietecitos que le enviaban...
—¿Venían
a ver a sus padres?
—Sí,
cada año, pero...
—Dígame.
—Hasta
que se casaron. A lo mejor, temían que sus esposas se enteraran, ¿comprende?
Ella sufría por eso y se consolaba con las fotografías.
—¿Sólo
le pedía consejo acerca de la educación de sus hijos?
El
director del instituto pareció dudar un poco.
—No...
A veces me pedía consejo acerca de posibles inversiones...
—¿De
qué?
—Tenía
bastante dinero.
—¿Cuánto?
—No
sabría decide con exactitud... Seiscientos..., setecientos millones de liras...
Y, además, la casa donde vivía con su marido era suya... Aquí en Vigàta tenía
tres o cuatro apartamentos que alquilaba.
—¿Y
usted entiende de eso?
—¿De
qué?
—De
inversiones, especulación...
—De
vez en cuando juego a la Bolsa.
—¿E
hizo jugar también a la señora Maria?
—Jamás.
—Dígame,
¿la señora Maria le reveló en confianza algún problema?
—¿En
qué sentido?
—Bueno,
con el oficio que ejercía, estaba expuesta a malos encuentros, ¿no cree?
—Que
yo sepa, nunca tuvo ninguna dificultad. Sólo en el último mes parecía
nerviosa..., distraída... Le pregunté qué le pasaba y me contestó que un
cliente le había hecho unas proposiciones inaceptables y que ella lo había
rechazado, pese a lo cual el hombre seguía insistiendo de vez en cuando.
Montalbano
pensó en lo que le había dicho la señora Gaudenzio sobre la vez que la señora
Maria, parapetada en su casa, había enviado a su hijo Casimiru a comprobar si
cierto sujeto ya se había alejado de la calle.
—¿Le
reveló el nombre del cliente?
—¿Bromea
usted? Era la discreción personificada. Y gracias que me contó el episodio.
Mientras
se dirigía a ver a Serafino, vio unos letreros orlados con franjas de luto,
todavía húmedos de cola. Anunciaban que la ceremonia fúnebre por la señora
Maria Castellino se celebraría al día siguiente, domingo, a las diez de la
mañana en la iglesia de Cristo Rey. La casa de Serafino era también un dechado
de limpieza. El más que septuagenario camarero del bar Pistone, que a
Montalbano siempre se le había antojado una especie de tortuga, ahora le
recordó un fósil prehistórico. Aunque pareciera imposible, la muerte de su
mujer lo había envejecido aún más. Le temblaban las manos.
—Y
pensar, señor comisario, que Maria había decidido retirarse. En cuestión de un
mes lo habría dejado.
—¿Estaba
cansada del trabajo que hacía?
—¿Cansada?
No, señor. Lo hacía por mí.
—¿Tú
no querías que siguiera?
—Por
mí hubiera podido seguir mientras tuviera clientes. No, lo hacía para que yo no
trabajara.
—Perdona,
Serafl, pero no lo entiendo.
—Mire,
señor comisario, yo trabajaba en el bar porque Maria llevaba la vida que
llevaba. Yo trabajaba y me ganaba el pan para que en el pueblo no se dijera que
vivía como un chulo a costa de mi mujer. Por eso me respetan todos, empezando
por mi difunta mujer, Maria, y siguiendo por mis hijos.
—Serafì,
¿tu mujer te habló alguna vez de algún cliente que...?
—Comisario,
Maria no me hablaba jamás de su trabajo y yo no le preguntaba nada de nada.
Sólo el director Vasàlico, que al principio era un cliente y después se
convirtió en amigo, venía aquí alguna vez.
—¿Por
qué?
—Él
y mi mujer hablaban. Se iban al comedor y hablaban de asuntos de negocios que
yo no entiendo. Y yo me quedaba aquí en la sala de estar, viendo la televisión.
—Serafì,
yo no conocí a tu mujer. ¿Tienes una buena fotografía de ella?
—Sí,
señor. Se la hizo hace un mes para mandársela a sus hijos.
La
señora Maria Castellino era una bella mujer, de aspecto muy serio. No iba
excesivamente maquillada, pero cuidaba su aspecto. Y no sólo por el oficio que
ejercía, pensó el comisario. Ponía tanto empeño en su aspecto como en la
limpieza de su casa y del catojo.
—¿Me
la puedes prestar?
Al
cruzar el portal consultó el reloj. Ya eran las nueve de la noche. Subió al
coche y se dirigió a Montelusa, donde estaban la administración y los estudios
de Retelibera. Esperó a que su amigo Zito terminara el telediario y le rogó que
le hiciera un favor mientras le entregaba la fotografía de la difunta.
Después
volvió a subir al coche y se fue a Marinella sin pasar por la comisaría. La
asistenta Adelina, que le limpiaba la casa y le preparaba la comida, tenía la
manía de no contestar al teléfono («el teléfono da mala suerte»). Por eso
Montalbano no había podido avisarla del adelanto de su regreso. Tuvo que
arreglarse con lo que encontró en el frigorífico: aceitunas, higos secos,
queso, anchoas. Descongeló un panecillo y se llevó la comida a la galería. La
noche de septiembre era suavemente cálida y le infundía serenidad y confianza.
A
las doce encendió el televisor. Zito cumplió su palabra. En determinado momento
del telediario mostró la fotografía de Maria Castellino y señaló que el
comisario Montalbano y el subcomisario Augello estaban reuniendo información
acerca del homicidio y se dirigían y apelaban a la «sensibilidad de los viejos
amigos de la señora», éstas fueron sus palabras textuales. Garantizaban la
máxima discreción y no era necesario acudir personalmente a la comisaría,
bastaría con llamar por teléfono o escribir. Que lo dijeran todo, incluso los
detalles que no consideraran importantes.
La
idea dio resultado, pues la «sensibilidad de los viejos amigos» se disparó. A
las ocho de la mañana del día siguiente, cuando llegó a la comisaría, le
preguntó a Catarella:
—¿Ha
habido llamadas?
—Sí,
dottori. ¡Han llamado seis personas por el asunto de la puta asesinada! He
escrito los nombres en este trocito de papel.
Cada
nombre iba acompañado de un número de teléfono, señal de que no tenían que
ocultar a nadie su intermitente relación con la mujer. Después de hacer las
llamadas, resultó que los clientes interpelados eran todos sexagenarios y
ninguno de ellos sabía nada.
La
puerta se abrió de golpe y Montalbano se sobresaltó.
Era
Catarella.
—¿Ha
terminado de telefonear, dottori?
—Sí,
pero ¿por qué tanta prisa?
—Porque
desde las siete de la mañana hay uno que quiere hablar en persona personalmente
del mismo asunto.
—¿Dónde
está?
—En
la sala de espera.
—¿Desde
las siete de la mañana? ¿Y por qué no me lo has dicho al llegar?
—Porque,
cuando usía ha llegado, me ha preguntado si había llamadas. Y yo se lo he
dicho. No le he dicho lo del señor porque él no había llamado.
Como
de costumbre, la lógica de Catarella era aplastante. El hombre que compareció
ante el comisario era un cuarentón muy bien trajeado.
—Me
llamo Marco Rampolla y ejerzo como pediatra en Montelusa. Vengo por lo de esa
pobre prostituta asesinada.
—Tome
asiento y dígame. ¿Usted la conocía?
—Sí.
Fui a verla una vez. —Hizo una ligerísima pausa—. Para hablar con ella. Y
establecer una línea común de actuación.
—¿Una
línea común? ¿Acerca de qué?
—Acerca
de mi padre. Está completamente loco, aunque no lo parezca.
—Mire,
mejor será que me cuente la historia a su manera.
—Hace
siete años murió mi madre. Un accidente de tráfico. Al volante iba mi padre,
que quería muchísimo a mi madre. Le entró la manía de que había sido culpa
suya...
—¿Y
lo había sido?
—Por
desgracia, sí. Desde entonces jamás volvió a ser el mismo. Depresiones, manías
religiosas, obsesiones... He intentado someterlo a tratamiento. Pero nada, su estado
se agrava día a día. Yo soy soltero, aunque lo seré por muy poco tiempo, y, por
consiguiente, no ha sido problemático tenerlo en casa conmigo. Por otra parte,
no era peligroso para nadie.
Pero,
hace aproximadamente un mes, regresó a casa muy alterado. Me contó que había
venido aquí, a Vigàta, y que había visto a mi madre. Pero pasó de golpe de la
alegría a la desesperación y me dijo que mi madre trabajaba como prostituta. Y
eso él no lo podía consentir. Me asusté. En Montelusa hay un investigador
privado y me puse en contacto con él. Tres días después, éste me dijo que en
Vigàta había una prostituta muy mayor. Entonces empecé a preocuparme en serio,
entre otras cosas porque entonces mi padre se comportaba en determinados
momentos con insólita violencia. Vine a Vigàta y hablé con aquella pobre mujer.
Ella me dijo que le había contado la historia con todo detalle a un amigo suyo
que era director de instituto y que, en caso de que le ocurriera algo, éste
acudiría a la policía. Le pedí a la señora que procurara no volver a verse con
mi padre. Ella prometió no volver a recibirlo y cumplió su promesa. Pero, a
causa de este rechazo, mi padre se mostraba cada vez más violento,
—¿Qué
pretendía concretamente su padre?
—Que
la mujer abandonara el oficio y volviera a vivir con él.
—¿Y
cómo puede descartar que no haya sido su padre el que...?
—Verá,
la víspera del asesinato de la pobre mujer, yo conseguí llevar a mi padre a una
clínica de Palermo. Desde entonces no ha salido de allí. —Se introdujo una mano
en el bolsillo y sacó una hojita de papel—. Aquí tengo la dirección y los
teléfonos de la clínica. Puede comprobarlo.
—Dígame
una cosa, ¿por qué se ha sentido obligado a contarme esta historia?
—Porque,
habiendo de por medio un homicidio, no quisiera que saliera a relucir el nombre
de mi padre. Por otra parte, si la mujer había informado de los hechos al
director del instituto, lo más probable es que éste ya se los hubiera
comunicado a usted. Y usted hubiera seguido involuntariamente una pista falsa.
Cuando
el médico se retiró, Montalbano no se tomó la molestia de llamar a la clínica
de Palermo. Estaba seguro de que Marco Rampolla le había dicho la verdad.
Calculó
que la ceremonia ya estaría a punto de terminar cuando se encaminó hacia la
iglesia de Cristo Rey. Acertó. Apoyadas a ambos lados del pórtico había
aproximadamente unas diez coronas de flores. El féretro abandonó la iglesia
seguido de una nada de gente. El comisario se adelanto y estrechó la mano de
Serafino, cuyo cuello presentaba en aquel momento unas arrugas milenarias.
—A
mis hijos no les ha dado tiempo de venir. Me han prometido que estarán aquí el
dos de noviembre, el día de Difuntos.
Estaba
a punto de irse cuando lo alcanzó el director Vasàlico.
—Tengo
que hablar con usted, señor comisario.
—¿No
va a seguir el cortejo hasta el cementerio?
—Considero
más útil hablar ahora mismo con usted.
Mientras
ambos se encaminaban hacia la comisaría, el director empezó a hablar.
—He
estado pensando mucho en nuestra conversación de ayer y me he dado cuenta de
que mis palabras no fueron muy exactas en una cuestión que, bien mirada, me ha
parecido extremadamente importante.
—Yo
también quería preguntarle una cosa —dijo Montalbano.
—Dígame.
—Acerca
de un cliente, ahora no me acuerdo muy bien, que, al parecer, le hizo a la
señora unas proposiciones inaceptables, creo que ésas fueron exactamente sus
palabras. ¿Eran unas proposiciones inaceptables en el plano sexual?
—¡Hay
que ver qué casualidad! —exclamó el director del instituto—. ¡De eso
precisamente quería yo hablarle! No, señor comisario, era un hombre a quien se
le había metido en la cabeza que Maria era su mujer y quería que volviera a
vivir con él. Un loco de atar. Ese tipo pegó a Maria hasta hacerla sangrar. Un
par de veces, Por consiguiente, es posible que...
—Espere.
¿Me está usted diciendo que ese loco, en respuesta a las negativas de la
señora, perdió enteramente la cabeza y la mató?
—Es
una hipótesis verosímil, ¿no cree?
—Muy
verosímil. Pero ¿por qué no me lo dijo ayer?
—No
sé, por escrúpulo. Antes de acusar a alguien que podría ser inocente...
—Comprendo
su escrúpulo. Y se lo agradezco. ¿Conoce el nombre de ese hombre?
—Maria
no me lo dijo. Pero a ustedes no les resultaría difícil...
Habían
llegado a la comisaría.
—Le
agradezco sinceramente su colaboración —dijo Montalbano.
—¿Oiga?
¿ El doctor Rampolla? Soy el comisario Montalbano. ¿Tiene un momento?
—Sí,
pregúnteme lo que quiera.
—¿Su
padre le confesó alguna vez que había pegado a la señora Maria?
—No.
Y no creo que lo hiciese.
—¿Por
qué? Usted mismo me dijo que últimamente se mostraba muy violento.
—Mire,
en las condiciones en que se encontraba y por la manera en que me hablaba, de
haberlo hecho, me lo hubiera dicho. Pero hay otra Cosa: cuando fui a hablar con
aquella pobre mujer, ella no me dijo que mi padre la hubiera pegado. Me dijo
que se mostraba insistente y amenazador. Pero no me habló de ninguna paliza. De
haberla recibido, me lo habría dicho, ¿no cree? Y después de nuestra
conversación, la mujer ya no volvió a recibir a mi padre, de eso estoy más que
seguro.
Las
palabras del médico coincidían con el relato del hijo de la señora Gaudenzio:
con tal de no ver a aquel cliente en particular, la señora Maria prefería
encerrarse en su casa.
* *
*
Fue
a la trattoría San Calogero a darse un atracón de lenguados fritos que le
pintaron de color de rosa el futuro más inmediato. Después se dirigió a casa de
Serafino.
El
viejo le enseñó la mesa ya puesta.
—Las
vecinas me han preparado la comida, pero no tengo apetito.
—Haz
un esfuerzo, Serafì, y come. Si no ahora, quizá más tarde, cuando hayas
descansado un poco. Te dejo enseguida. Dime una cosa. Tú ayer me dijiste que tu
mujer y el director Vasalicò se sentaban aquí en el comedor y hablaban de
negocios. ¿Es así?
—Sí,
señor.
—¿Dónde
están los documentos de esos negocios?
—Los
he guardado todos en una maleta.
—¿Los
has guardado? Y eso, ¿por qué?
—Porque
esta noche sobre las nueve pasará el señor director y se los llevará. Dice que
tiene que examinarlos atentamente para ver si a Maria le corresponde dinero de
ciertas operaciones o no.
—Mira,
Serafì, dame esa maleta. Antes de las nueve te la devuelvo.
—Como
usía quiera.
La
maleta pesaba una tonelada. Montalbano soltó una sarta de maldiciones y sudó la
gota gorda. Pero, a medio camino, se encontró con Fazio, que fue su salvación.
Maria
Castellino tenía ordenados los documentos con el mismo esmero con que tenía
arreglada la casa. Contratos de alquiler, escrituras notariales de compra de
apartamentos o tiendas, extractos de cuentas bancarias, cargos y abonos. El
comisario tardó dos horas en examinar los documentos. Después cogió tres hojas
que había apartado, se las guardó en el bolsillo y se dirigió al despacho de
Mimì Augello.
—Mimì,
tengo que hablar contigo.
* *
*
Si
el director del instituto se llevó una sorpresa al verlos, no lo dejó
traslucir. Los hizo sentar en el salón.
—Le
presento al subcomisario Augello —dijo Montalbano—. Señor director, he venido a
decirle que la persona que usted me ha indicado amablemente esta mañana no
puede ser el asesino.
—¿No?
¿Por qué?
—Porque
la víspera del homicidio lo ingresaron en una clínica de Palermo. Es evidente
que usted no conocía ese detalle.
—No
—dijo el director, palideciendo.
Con
toda calma, Montalbano encendió un cigarrillo y le hizo señas a Mimì de que
siguiera él.
Antes
de empezar a hablar, Augello sacó del bolsillo tres hojas de papel y las
estudió como si quisiera aprendérselas de memoria.
—Señor
director, la señora Maria era muy ordenada. Entre sus papeles, que usted conoce
en parte, pues Serafino nos ha dicho que los consultaban juntos, hemos
encontrado tres anotaciones escritas a mano por la difunta. Acerca de la
autenticidad de la caligrafía no existe la menor duda. La primera nota dice:
«Préstamo de cien millones al profesor Vasalicò.»
El
director esbozó una sonrisita de suficiencia.
—Si
es por eso, tiene que haber una segunda anotación en la que se habla de un
préstamo de doscientos millones más. Y tendría que corresponder a dos años
atrás.
—Exacto.
¿Y conoce también el contenido de la tercera hojita?
—No.
Pero no tiene importancia porque no pedí otros préstamos a Maria. Y los
trescientos millones se los devolví.
—Es
posible, señor director. Pero ¿adónde fueron a parar esos trescientos millones
de liras? No hemos encontrado ni rastro de recibos de pagos de ese tipo. Y en
su casa no los tenía.
—¿Y
por qué me preguntan a mí dónde los guardó?
—¿Está
usted seguro de que se los devolvió?
—Hasta
el último céntimo.
—¿Cuándo?
—Deje
que lo piense. Digamos que hace aproximadamente un mes.
—Pues
mire, la tercera hoja, de la que todavía no hemos hablado, es el borrador de
una carta que la señora Maria le envió hace exactamente diez días. Pedía la
devolución de los trescientos millones.
—A
ver si lo entiendo —dijo el director, levantándose—. ¿Me están ustedes acusando
de haber matado a María por un asunto de dinero?
—La
verdad, no tenemos pruebas —terció Montalbano.
—Pues
entonces ¡salgan inmediatamente de esta casa!
—Sólo
un momentito —dijo Mimì, más fresco que una lechuga.
Ahora
venía el momento más delicado de la actuación, pero Mimì interpretó como Dios
la mentira que ambos habían decidido contarle al director.
—¿Sabe
usted que a la señora la estrangularon con un cinturón?
—Sí.
El
director, todavía de pie, lo escuchaba con los brazos cruzados.
—Pues
bien, la hebilla, según el forense, produjo una profunda herida en el cuello de
la víctima. Y no sólo eso, sino que, además, el cuero dejó unos restos
microscópicos en la piel. Ahora yo le pido oficialmente que me entregue todos
los cinturones que tenga, empezando por el que lleva en este momento.
El
director se hundió repentinamente en el sillón. Le habían fallado las rodillas.
—Quería
que le devolviera el dinero —farfulló—. Yo no lo tenía, lo perdí en la Bolsa.
Amenazó con denunciarme y entonces yo...
Montalbano
se levantó, cruzó la puerta y empezó a bajar la escalera. Lo que el director le
iba a explicar a Mimì ya no le interesaba.
El
gato y el jilguero
La
señora Erminia Tòdaro, de ochenta y cinco años, esposa de un ferroviario
jubilado, salió como todas las mañanas de casa para ir primero a misa y después
a hacer la compra. La señora Erminia no era practicante por fe, sino más bien
por falta de sueño, como les ocurre a casi todos los viejos: la misa matutina
le servía para pasar un poco el rato en aquellos días que, año tras año, le
iban resultando, cualquiera sabía por qué, cada vez más largos y vacíos. A
aquella misma hora de la mañana, su marido, un ex ferroviario llamado Agustinu,
se sentaba junto a la ventana, desde la cual se veía la calle, y no se movía de
allí hasta que su mujer le decía que la comida ya estaba en la mesa. Así pues,
la señora Erminia cruzó el portal, se arrebujó en el abrigo porque hacía un
poco de frío y echó a andar. Llevaba colgado del brazo derecho un viejo bolso
de color negro en el que guardaba el carnet de identidad; la fotografía de su
hija Catarina, de casada Genuardi, que vivía en Forlì; la fotografía de los
tres hijos del matrimonio Genuardi; la fotografía de los hijos de los hijos del
matrimonio Genuardi; una estampa con la imagen de santa Lucía, veintiséis mil
liras en billetes y setecientas cincuenta en monedas. El ex ferroviario
Agustinu declaró haber visto que al lado de su mujer circulaba un ciclomotor
conducido por un hombre que llevaba casco. En determinado momento, el conductor
del ciclomotor, como si se hubiera hartado de circular al paso de la señora
Erminia, que ciertamente no se hubiera podido calificar de rápido, aceleró y
adelantó a la mujer. Después hizo una cosa muy rara: giró en redondo y enfiló
hacia la señora. Por la calle no pasaba ni un alma. A tres pasos de la señora
Erminia, el motorista se detuvo, apoyó un pie en el suelo, sacó una pistola del
bolsillo y apuntó a la mujer, que, como no era capaz de ver ni un perro a
veinte centímetros de distancia, a pesar de los gruesos cristales de sus gafas,
siguió caminando como si tal cosa en dirección al hombre que la estaba
amenazando. Cuando la mujer se encontró casi cara a cara con él, vio el arma y
se sorprendió muchísimo de que alguien tuviera algún motivo para pegarle un
tiro.
—¿Qué
haces, hijo mío, me quieres matar? —le preguntó, más sorprendida que asustada.
—Sí
—contestó el hombre—, si no me das el bolso.
La
señora Erminia se quitó el bolso del brazo y se lo entregó al hombre. En aquel
momento, Agustinu ya había conseguido abrir la ventana. Se asomó aun a riesgo
de desgraciarse y se puso a gritar:
—¡Socorro!
¡Socorro!
Entonces
el motorista abrió fuego. Un solo disparo contra la señora, no contra el
marido, que era quien estaba armando aquel escándalo. La mujer se desplomó, el
hombre dio media vuelta con el ciclomotor, aceleró y desapareció.
A
los gritos del ex ferroviario se abrieron varias ventanas y tanto hombres como
mujeres bajaron a la calle para prestar ayuda a la señora tendida en mitad de
la calle. Enseguida comprobaron con alivio que la señora Erminia sólo se había
desmayado del susto.
La
señorita Esterina Mandracchia, de setenta y cinco años, maestra de primaria
jubilada, jamás se había casado y vivía sola en un piso heredado de sus padres.
La originalidad de las tres habitaciones, el cuarto de baño y la cocina de la
señorita Esterina Mandracchia consistía en el hecho de que todas las paredes
estaban enteramente tapizadas con centenares de estampas de santos. Además,
había varias imágenes: una de la Virgen bajo una campana de cristal, un Niño
Jesús, un san Antonio de Padua, un crucifijo, un san Gerlando, un san Calogero
y otros de más difícil identificación. La señorita Mandracchia iba a la primera
misa del día y después regresaba para las vísperas. Aquella mañana, dos días
después del disparo contra la señora Erminia, la señorita salió de casa. Como
le dijo posteriormente al comisario Montalbano, acababa de enfilar la calle de
la iglesia cuando la adelantó un ciclomotor conducido por un hombre con casco.
Tras recorrer unos pocos metros, el vehículo trazó una curva cerrada para
volver atrás, se detuvo a pocos pasos de la señorita, y el hombre sacó una
pistola. La ex maestra, a pesar de su edad, tenía muy buena vista. Levantó los
brazos como había visto hacer en la televisión.
—Me
rindo —dijo temblando.
—Dame
el bolso —le dijo el hombre.
La
señorita Esterina se lo quitó y se lo entregó. El hombre cogió el bolso y
disparó, pero erró el tiro. Esterina Mandracchia no gritó y no se desmayó:
simplemente se dirigió a la comisaría y presentó una denuncia. En el bolso,
declaró, aparte de más de un centenar de estampas de santos, llevaba
exactamente dieciocho mil trescientas liras.
—Como
menos que un gorrión —le explicó a Montalbano—. Un panecillo me basta para dos
días. ¿Qué necesidad tengo yo de ir por ahí con dinero en el bolso?
Pippo
Ragonese, comentarista político de Televigàta, tenía dos cosas: una cara de
culo de gallina y una retorcida fantasía que lo inducía a imaginar
conspiraciones. Enemigo declarado de Montalbano, Ragonese aprovechó la ocasión
para atacarlo una vez más. En efecto, afirmó que, detrás de los imperdonables
tirones que habían sufrido las dos viejecitas, se ocultaba un propósito
político muy definido, obra de unos extremistas de izquierdas no identificados
que, con aquellas acciones terroristas, se proponían instaurar un nuevo ateísmo
por la vía de disuadir a los creyentes de que fueran a la iglesia. La
explicación de que la policía de Vigàta aún no hubiera conseguido detener al
seudotironero había que buscarla en la inconsciente rémora que representaban
las ideas políticas del comisario, que no tendían ciertamente ni hacia el
centro ni hacia la derecha. «Inconsciente rémora», subrayó nada menos que dos
veces el comentarista para evitar malos entendidos y denuncias.
Pero
Montalbano no se enfadó, es más, soltó una buena carcajada. En cambio, al día
siguiente no se rió cuando el jefe superior Bonetti—Alderighi lo mandó llamar.
Ante un estupefacto Montalbano, el jefe superior no se casó con la tesis del
comentarista, pero en cierto modo se comprometió con ella, e invitó al
comisario a seguir «también» aquella pista.
—Pero,
piénselo bien, señor jefe superior: ¿cuántos seudotironeros serían necesarios
para disuadir a todas las viejecitas de Montelusa y provincia de que no fueran
a la primera misa del día?
—Usted
mismo, Montalbano, acaba de utilizar la palabra «seudotironeros». Convendrá
conmigo, espero, en que no se trata de un modus operandi típico de un tironero.
¡Éste saca siempre la pistola y dispara! Le bastaría con alargar el brazo y
apoderarse tranquilamente de los bolsos. ¿Qué motivo hay para intentar matar a
esas pobres mujeres?
—Señor
jefe superior —dijo Montalbano, a quien se le habían pasado las ganas de tomar
el pelo a su interlocutor—, sacar un arma, una pistola, no equivale a querer
matar al amenazado; muy a menudo la amenaza no tiene valor trágico sino
cognitivo. Eso, por lo menos, sostiene Roland Barthes.
—Y
ése ¿quién es?
—Un
eminente criminólogo francés —mintió Montalbano.
—¡A
mí me importa un carajo ese criminólogo, Montalbano! ¡Éste no sólo extrae el
arma sino que, además, dispara!
—Pero
no alcanza a las víctimas. Puede que se trate de un valor cognitivo acentuado.
—Póngase
manos a la obra —lo cortó Bonetti—Alderighi.
—En
mi opinión, es el clásico mangui drogado —dijo Mimì Augello.
—¿Pero
no te das cuenta, Mimì? ¡En total, ha conseguido apoderarse de cuarenta y cinco
mil liras con cincuenta! ¡Vendiendo las balas de la pistola seguramente ganaría
mucho más! Por cierto, ¿las habéis encontrado?
—Hemos
buscado pero no hemos encontrado nada. Cualquiera sabe adónde fueron a dar los
disparos.
—¿Por
qué disparará ese cabrón contra las viejas después de que le hayan entregado el
bolso? ¿Y por qué falla?
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Quiero
decir que lo hace a propósito, Mimì. Y nada más. Mira, la primera vez podemos
suponer que reaccionó instintivamente cuando el marido de la señora Tòdaro
empezó a pegar voces desde la ventana. Pero tampoco se entiende por qué, en
lugar de disparar contra el hombre que gritaba, disparó contra la señora, que
estaba a cuarenta centímetros de él. Un disparo desde cuarenta centímetros no
se falla. La segunda vez, con la señorita Mandracchia, disparó mientras con la
otra mano sujetaba el bolso. Entre ambos debía de haber un metro como mucho. Y
esta segunda vez tampoco. acierta. Así que ¿sabes qué pienso, Mimì? Yo creo que
no erró los dos tiros.
—Ah,
¿no? ¿y cómo es posible que las dos mujeres ni si quiera resultaran heridas?
—Porque
usó balas de fogueo, Mimì. Haz una cosa, manda que analicen el vestido que
llevaba aquella mañana la señora Erminia.
Acertó.
Al día siguiente, los de la Científica de Montelusa comunicaron que, incluso
con un simple examen superficial, se observaba en el vestido de la señora
Tòdaro, a la altura del pecho, una gran mancha de residuos de pólvora.
—Entonces
es que está loco —dijo Mimì Augello.
El
comisario no contestó.
—¿No
estás de acuerdo?
—No.
Y, si es un loco... hay mucha lógica en su locura.
Augello,
que no había leído Hamlet o que, si lo había leí do, lo había olvidado, no
captó la cita.
—¿Y
qué lógica hay?
—Mimì,
a nosotros nos corresponde descubrirla, ¿no te parece?
Inesperadamente,
cuando en el pueblo ya casi no se comentaban las dos agresiones, el tironero
(¿de qué otra manera se lo hubiera podido calificar?) volvió a las andadas. A
las siete de la mañana de un domingo, con el acostumbrado ritual, consiguió que
la señora Gesualda Bonmarito le entregara el bolso. Después disparó. La alcanzó
de refilón en el hombro derecho. A fin de cuentas, una heridita de nada. Pero
echaba por tierra la teoría del comisario acerca del revólver cargado
únicamente con pólvora. A lo mejor, los restos de pólvora encontrados en el
vestido de la señora Tòdaro se debían a un repentino giro de la muñeca del
autor del disparo que, en el último momento, se había arrepentido de lo que
estaba haciendo. Esta vez la bala se encontró y los de la Científica le
comunicaron a Montalbano que se trataba muy probable mente de un arma
antediluviana. En el bolso de la señora Gesualda, que tenía más miedo que daño,
había once mil liras. Pero ¿cómo era posible que un tironero (o lo que fuera)
andara por ahí robando por el método del tirón a unas viejecitas que iban a
misa a primera hora de la mañana? En primer lugar, un tironero serio y
profesional no va armado, y, en segundo, espera a la jubilada que sale de la
oficina de Correos con su pensión o a la señora elegante que va a la
peluquería. No, algo no encajaba en todo aquel asunto. Después de la herida
sufrida por la señora Gesualda, Montalbano empezó a preocuparse. Como aquel
imbécil siguiera disparando balas de verdad, más tarde o más temprano acabaría
matando a alguna pobre desgraciada.
En
efecto. Una mañana a las siete, la señora Antonia Joppolo, de cincuenta y
tantos años, esposa del abogado Giuseppe, fue despertada de su sueño por el
timbre del teléfono. Cogió el auricular y reconoció inmediatamente la voz de su
marido.
—Ninetta,
cariño —dijo el abogado.
—¿Qué
ocurre? —preguntó la señora, inmediatamente alarmada.
—He
tenido un pequeño accidente automovilístico a la entrada de Palermo. Estoy
ingresado en una clínica. Te he querido avisar yo personalmente antes de que te
enteraras por boca de otros. No te asustes, no es nada.
Pero
la señora se asustó.
—Cojo
el coche y voy ahora mismo.
Este
diálogo se lo refirió el abogado Giuseppe Joppolo al comisario cuando éste lo
fue a ver a la clínica Sanatrix.
Era
lógico, por tanto, suponer que la señora se vistió precipitadamente y salió
corriendo de su casa para dirigirse al aparcamiento, situado a unos cien metros
de distancia. Tras dar unos cuantos pasos, un ciclomotor la adelantó. Annibale
Panebianco, que estaba saliendo en aquel momento del edificio en el que vivía,
tuvo tiempo de ver cómo la señora le entregaba el bolso al hombre del
ciclomotor, oír un disparo y asistir paralizado por el miedo a la caída al
suelo de la pobrecilla ya la fuga de la moto. Cuando estuvo en condiciones de
moverse y correr hacia la señora Joppolo, a la que conocía muy bien, ya no
había nada que hacer, el disparo la había alcanzado de lleno en el pecho.
En
su cama del hospital, el abogado Giuseppe estaba totalmente desesperado.
—¡La
culpa es mía! ¡Y pensar que le dije que no viniera, que se quedara en casa, que
no era nada grave! ¡Mi pobre Ninetta, cuánto me quería!
—¿Hacía
mucho que se encontraba usted en Palermo, señor abogado?
—¡Qué
va! La había dejado en Vigàta durmiendo y me había ido en mi coche a Palermo.
Dos horas y media después sufrí el accidente, la llamé, ella insistió en venir
a Palermo, ¡y ocurrió lo que ocurrió!
No
pudo seguir, le faltaba el resuello de tanto sollozar. El comisario tuvo que
esperar cinco minutos para que el hombre pudiera contestar a su última
pregunta.
—Disculpe,
abogado. ¿Su esposa solía llevar elevadas sumas de dinero en el bolso?
—¿Elevadas
sumas? ¿Qué entiende usted por elevadas sumas? En casa tenemos una caja fuerte,
donde siempre hay unos diez millones en efectivo. Pero ella sacaba lo
estrictamente necesario. Por otra parte, hoy en día, con los cajeros
automáticos, las tarjetas de crédito y el talonario, ¿qué necesidad hay de
llevar mucho dinero encima? Bueno, esta vez, como tenía que venir a Palermo y
debió de pensar que tendría que hacer frente a gastos imprevistos, es posible
que sacara unos cuantos millones. Y debió de sacar también alguna joya. La
pobre Ninetta acostumbraba a guardarse unas cuantas en el bolso cuando tenía
que salir de Vigàta, aunque fuera por poco tiempo.
—Señor
abogado, ¿cómo se produjo el accidente?
—Pues
no sé, me debí de dormir. Fui a parar directamente contra un poste. No llevaba
puesto el cinturón de seguridad; tengo dos costillas rotas, pero nada más.
Le
volvió a temblar de nuevo la barbilla.
—¡Y
por una bobada como ésta Ninetta ha perdido la vida!
«Es
cierto que la víctima no se dirigía a la iglesia para rezar puesto que su meta
era el aparcamiento —dijo el comentarista político de Televigàta insistiendo en
su idea—. Pero ¿quién puede descartar que, antes de dirigirse a Palermo para
reconfortar a su marido, la señora no se detuviera aunque sólo fuera unos
minutos en la iglesia para elevar una oración por el abogado, que en aquellos
momentos yacía en su lecho de dolor?» Por consiguiente, todo encajaba: aquel
delito se tenía que atribuir a la secta de aquellos que, por medio del terror,
querían vaciar las iglesias. Algo que ni en tiempos de Stalin ocurría.
Estábamos por tanto en presencia de una espantosa escalation de violencia atea.
Hasta
un furibundo Bonetti—Alderighi utilizó la palabra «escalation».
—¡Es
una escalation, Montalbano! Primero, dispara sólo pólvora; después, hiere de
refilón, y finalmente, mata! Nada de valor cognitivo como dice su criminólogo
francés, ¿cómo se llama? ¡Ah, sí, Marthes! ¿Sabe usted quién era la víctima?
—La
verdad es que todavía no he tenido.tiempo de...
—Yo
le ahorraré el tiempo. La señora Joppolo, aparte de ser una de las mujeres más
ricas de la provincia, era prima del subsecretario Biondolillo, que ya me ha
telefoneado. Y tenía amistades importantes, ¿qué digo importantes?,
importantísimas en los círculos políticos y financieros de la isla. ¿Se da
usted cuenta? Mire, Montalbano, vamos a hacer una cosa, y no se lo tome a mal:
el encargado de la investigación será el Jefe de la Brigada Móvil, en
colaboración, como es natural, con el juez suplente. Y usted le prestará su
apoyo. ¿Le parece bien?
Esta
vez, al comisario le parecía magnífico. La idea de tener que contestar a las
inevitables preguntas del subsecretario Biondolillo y de todos los círculos
políticos y financieros de la isla ya le estaba empezando a provocar sudores;
no por miedo, desde luego, sino por el insoportable desagrado que le producía
el mundo al que había pertenecido la señora Joppolo.
Las
investigaciones de la Móvil, que Montalbano se guardó mucho de apoyar (entre
otras cosas, porque nadie le pidió que las apoyara), se resolvieron con las
detenciones de dos drogatas propietarios de ciclomotores. Unas detenciones que
el juez de primera instancia se negó a confirmar. Ambos fueron puestos
nuevamente en libertad y allí terminó la investigación, pese a lo cual el jefe
superior Bonetti—Alderighi seguía insistiendo en explicarles al subsecretario
Biondolillo y a los círculos políticos y financieros que el homicida no
tardaría en ser identificado y detenido.
Como
es natural, el comisario Montalbano llevó a cabo por su cuenta una
investigación paralela y extraoficial. Y llegó a la conclusión de que muy
pronto se produciría una nueva agresión. Se guardó mucho de decírselo al jefe
superior, pero se lo comentó a Mimì Augello.
—¡Pero
cómo! —saltó Augello—. ¿Dices que ese tío se va a cargar a otra mujer y te
quedas aquí sentado, tan tranquilo? ¡Si estás tan seguro, hay que hacer algo!
—Calma,
Mimì. Yo he dicho que atacará y disparará contra otra mujer, no que la matará.
Hay una diferencia.
—¿Cómo
puedes estar tan seguro?
—Porque
disparará sólo con pólvora, como hizo las dos primeras veces. Porque es una
tontería eso de que el asesino no disparó balas de fogueo y de que, en el
último momento, se arrepintió y desvió el arma... Bobadas. Ha sido una
escalation, como dice el jefe superior. Planeada con mucha inteligencia.
Disparará sólo con pólvora, pongo la mano en el fuego.
—Salvo,
a ver si lo entiendo. Como no será fácil atrapar al autor de los disparos, ¿tú
crees que va a haber, por este orden, dos mujeres víctimas de disparos con
pólvora, una que resultará herida de refilón y una última que será asesinada?
—No,
Mimì. Si estoy en lo cierto, sólo habrá otra viejecita que será víctima de un
disparo con pólvora y que se llevará un susto de muerte. Esperemos que su
corazón aguante. Pero todo terminará ahí, ya no habrá más agresiones.
Dos
meses después de los solemnes funerales por la señora Joppolo, el teléfono de
Marinella sonó sobre las siete de la mañana, cuando Montalbano aún estaba
durmiendo porque se había acostado a las cuatro. Soltando maldiciones, el
comisario aulló:
—¿Quién
es?
—Tenías
razón —dijo la voz de Augello.
—¿De
qué me estás hablando?
—Ha
disparado contra otra viejecita.
—¿La
ha matado?
—No.
Probablemente ha sido un disparo de fogueo.
—Voy
enseguida.
Bajo
la ducha, el comisario se puso a cantar con toda la fuerza de sus pulmones O
toreador ritorna vincitor.
Una
viejecita, le había dicho Mimì por teléfono. La señora Rosa Lo Curto permanecía
sentada muy tiesa delante de Montalbano. Gorda, fogosa y extravertida,
aparentaba diez años menos de los sesenta que había declarado.
—¿Se
dirigía usted a la iglesia, señora?
—¿
Yo? Yo no pongo los pies en una iglesia desde que tenía ocho años.
—¿Está
casada?
—Soy
viuda desde hace cinco años. Me casé en Suiza por lo civil. No soporto a los
curas.
—¿Por
qué razón ha salido de casa tan temprano?
—Me
ha llamado una amiga. Se llama Michela Bajo. Ha pasado una mala noche. Está
enferma. Y yo entonces le he dicho que iba a verla. He cogido una botella de
vino del bueno, del que a ella le gusta. Como no he encontrado una bolsa de
plástico, llevaba la botella en la mano, total, la casa de Michela está a cinco
minutos.
—¿Qué
ha ocurrido exactamente?
—Lo
de siempre. Me ha adelantado un ciclomotor. Ha girado en redondo y ha vuelto
atrás. Se ha parado a dos pasos, ha sacado un revólver y me ha apuntado. «Dame
el bolso», me ha dicho.
—¿Y
usted qué ha hecho?
—Le
he dicho: «No hay problema.» He alargado la mano en la que sostenía el bolso. Y
él, mientras lo cogía, me ha pegado un tiro. Pero yo no he notado nada, he
comprendido que no me había dado. Entonces, con todas mis fuerzas, le he roto
la botella en la mano que sujetaba el bolso y que tenía apoyada en el manillar,
a punto para dar gas y largarse. Los de la comisaría han recogido los pedazos
de la botella. Están manchados de sangre. Le debo de haber roto la mano al muy
cabrón. El bolso se lo ha llevado. Pero no importa, dentro sólo llevaba unas
cuantas decenas de miles de liras.
Montalbano
se puso en pie y le estrechó la mano.
—Señora,
mi más sincera admiración.
El
comentarista político de Televigàta, puesto que, en el transcurso de una entrevista,
la señora Lo Curto había declarado que la mañana de la agresión ni siquiera se
le había pasado por la cabeza la idea de ir a la iglesia, evitó su argumento
referido, el de la conjura encaminada a conseguir la desertización de las
iglesias.
El
que no lo evitó fue Bonetti—Alderighi.
—¡No
y no! ¿Ya empezamos otra vez? ¡Piense que la opinión pública se sublevará ante
nuestra pasividad! Pero por qué digo la nuestra? ¡La suya, Montalbano!
El
comisario no pudo reprimir una sonrisita que intensificó las iras del jefe
superior.
—Pero
¿por qué sonríe, maldita sea?
—Si
me da un par de días, le traigo aquí a los dos.
—¿A
qué dos?
—Al
instigador y al ejecutor material de las agresiones y del homicidio.
—¿Bromea
usted?
—De
ninguna manera. Esta última agresión ya la había previsto. Era, ¿cómo le
diría?, la prueba del nueve.
Bonetti
— Alderighi se quedó pasmado y notó que le ardía la garganta. Llamó al ujier.
—Tráeme
un vaso de agua. ¿Usted quiere uno también?
—Yo
no —contestó Montalbano.
—¡Comisario!
¡Qué agradable sorpresa! ¿Cómo usted en Palermo?
—Estoy
aquí para una investigación. Me quedaré unas cuantas horas y después regresaré
a Vigàta. Me he enterado de que tanto en Vigàta como en Montelusa ha vendido
todas las propiedades de su pobre esposa.
—Puede
usted creerme, señor comisario, ya no soportaba vivir entre tan dolorosos
recuerdos. He comprado este chalet en Palermo y aquí viviré a partir de ahora.
Lo que no me hacía evocar dolorosos recuerdos lo he mandado traer aquí y lo
demás lo he, ¿cómo diría?, enajenado.
—¿Ha
enajenado también al gato? —le preguntó Montalbano.
El
abogado Giuseppe Joppolo se quedó momentáneamente desconcertado.
—¿Qué
gato?
—Dudit.
El gato con el que tan encariñada estaba su esposa. También tenía un jilguero.
¿Los ha traído aquí con usted?
—Pues
no. Me habría gustado, pero con todo el jaleo de la mudanza, por desgracia...,
el gato se escapó y el jilguero, también. Por desgracia.
—Pues
su esposa les tenía un gran cariño tanto al gato como al jilguero.
—Lo
sé, lo sé. La pobre cita tenía esa manera infantil de...
—Perdone,
señor abogado —lo interrumpió Montalbano—. Pero me he enterado de que entre
usted y su esposa había diez años de diferencia. Quiero decir que usted tenía
diez años menos que su mujer.
El
abogado Giuseppe Joppolo se levantó de un salto de la silla y puso cara de
indignación.
—Y
eso ¿qué tiene que ver?
—En
efecto, no tiene nada que ver. Cuando hay amor...
El
abogado lo miró con lánguidos ojos entornados y no dijo nada. Montalbano
añadió:
—Cuando
se casó con ella, usted era prácticamente un pelagatos, ¿verdad?
—Fuera
de esta casa.
—Enseguida
me voy. Ahora, en cambio, con la herencia, es muy rico. Habrá heredado
aproximadamente unos diez mil millones de liras. La muerte de las personas a
las que amamos no siempre es una desgracia.
—¿Qué
pretende insinuar? —preguntó el abogado, más pálido que un muerto.
—Simplemente
eso: usted ordenó matar a su mujer. Y sé incluso quién lo hizo. Usted forjó un
plan genial, me quito el sombrero. Las tres primeras agresiones fueron un falso
objetivo pues el verdadero era la cuarta; el ataque mortal a su mujer. No se
trataba de robar bolsos sino de disimular con robos fingidos el verdadero
objetivo, el homicidio de su esposa.
—Perdone,
pero después del homicidio de la pobre Ninetta me parece que en Vigàta
intentaron cometer otro.
—Señor
abogado, ya me he quitado el sombrero. Eso fue un toque de artista para apartar
definitivamente de usted eventuales sospechas. Pero usted no pensó en el cariño
que sentía su esposa por el gato Dudit y por el jilguero. Fue un error.
—¿Me
quiere usted explicar qué estúpida historia es ésa?
—No
es tan estúpida, señor abogado. Verá, yo he llevado a cabo mis propias
investigaciones. Muy precisas. Usted, cuando fui a verlo a la clínica después
del accidente y el asesinato de su esposa, me dijo que había insistido mucho
por teléfono en que la señora permaneciera en Vigàta. ¿Es eso cierto?
—¡Pues
claro que sí!
—Míre,
inmediatamente después del accidente, fue usted ingresado en la clínica, en una
habitación de dos camas. El otro paciente estaba separado por una mampara.
Usted, aturdido por el fingido accidente que, a pesar de todo, lo había dejado
magullado, llamó a su mujer. A continuación, lo trasladaron a una habitación
individual. Pero el otro paciente oyó la llamada. Está dispuesto a declarar.
Usted le suplicó a su mujer que fuera a verlo a la clínica y le dijo que estaba
muy mal. En cambio, a mí me dijo, y lo acaba de repetir ahora, que insistió en
que su mujer no se moviera de Vigàta.
—¿Qué
quiere usted que recuerde después de un accidente que...?
—Déjeme
terminar. Hay más. Su esposa, preocupada por lo que usted le acababa de decir
por teléfono, decidió trasladarse inmediatamente a Palermo. Pero tenía el
problema del gato y el jilguero, pues no sabía cuánto tiempo permanecería
ausente de casa. Despertó a la vecina con quien mantenía amistad y le contó que
usted le había dicho que se encontraba al borde de la muerte. Por lo cual debía
irse enseguida. Confió a su amiga y vecina el gato y el jilguero y bajó a la
calle, donde la esperaba el asesino, listo para ejecutar el ingenioso plan que
usted urdió.
El
apuesto abogado Giuseppe Joppolo perdió el aplomo.
—No
tienes ni una miserable prueba, cabronazo de mierda.
—A
lo mejor usted no sabe que a su cómplice le machacó la mano el botellazo que le
propinó su última víctima. Y tampoco sabe que fue a que lo curaran nada menos
que al hospital de Montelusa. Lo hemos detenido. Mis hombres lo están
sometiendo a un duro interrogatorio. Cuestión de horas. Confesará.
—¡Santo
Dios! —exclamó el abogado, hundiéndose en la silla más próxima.
No
había nada de cierto en la historia del cómplice detenido, era todo una trola,
un auténtico farol o «salto al foso», como se decía en la jerga de la policía.
Pero el abogado no había podido saltar el foso, había caído en él con todo el
equipo.
Sostiene
Pessoa
Montalbano
se había levantado a las seis de la mañana, pero eso le habría resultado
totalmente indiferente de no ser porque el día había amanecido muy nublado.
Caía una fina llovizna apenas perceptible, que los campesinos llamaban
assuppaviddranu, «empapalabriegos». Antaño, cuando todavía se cultivaba la
tierra, con un tiempo como aquél el campesino no interrumpía su labor y seguía
trabajando con la azada; total, era una lluvia tan ligera que ni se notaba: en
resumen, que cuando regresaba a casa por la tarde, su ropa chorreaba agua. Lo
cual no sirvió más que para empeorar el mal humor del comisario, que a las
nueve y media de aquella mañana tenía que estar en Palermo, dos horas de
carretera, para participar en una reunión cuyo tema era un imposible, es decir,
la búsqueda de los distintos sistemas y maneras para identificar, entre los
miles de inmigrantes ilegales que desembarcaban en la isla, quiénes eran los
pobres desgraciados que buscaban trabajo o que huían de los horrores de guerras
más o menos civiles, y quiénes eran, en cambio, los delincuentes puros,
infiltrados entre las muchedumbres de desesperados. Un genio del Ministerio
afirmaba haber encontrado un medio casi infalible, y el señor ministro había
decidido que todos los responsables de la ley y el orden de la isla fueran
debidamente informados. Montalbano pensaba que a aquel genio ministerial
habrían tenido que concederle el Nobel, pues había conseguido, como mínimo,
inventar un sistema capaz de distinguir entre el bien y el mal.
Volvió
a subir al coche para regresar a Vigàta a las cinco de la tarde. Estaba
nervioso. La revelación del genio ministerial había sido acogida con mal
disimuladas sonrisitas, porque resultaba prácticamente imposible llevada a la
práctica. Un día perdido. Como cabía esperar.
Lo
que, en cambio, no cabía esperar era la ausencia de todos sus subordinados. No
estaba ni siquiera Catarella. ¿Dónde demonios estarían? Oyó los pasos de
alguien en el pasillo. Era Catarella, que regresaba respirando afanosamente.
—Disculpe,
dottori. He ido a la farmacia a comprar gaspirina. Me está viniendo la cripe.
—Pero
¿se puede saber dónde están los demás?
—El
subcomisario Augello tiene la cripe, Galluzzo tiene la cripe, Fazio y Gallo...
—…
tienen la cripe.
—No,
dottori. Ellos están bien.
—¿Dónde
están?
—Han
ido a un sitio donde han matado a uno.
Hay
que ver: te ausentas medio día y ellos lo aprovechan para escaquearse.
—¿Y
sabes dónde está ese sitio?
—Sí,
dottori. En el barrio de Ulivuzza.
¿Y
cómo llegaba uno hasta allí? Si se lo preguntaba a Catarella, igual lo enviaba
al Círculo Polar Ártico. Entonces recordó que Fazio llevaba un teléfono móvil.
—¿Y
para qué quiere usted venir, dottore? El juez suplente ha ordenado el
levantamiento del cadáver, el doctor Pasquano lo ha examinado, la Policía
Científica está al llegar.
—Pues
yo iré a pesar de todo. Tú y Gallo esperadme. Explícame bien el camino.
Hubiera
podido seguir perfectamente el consejo de Fazio y no moverse de su despacho.
Pero sentía la necesidad de recuperarse en cierto modo de aquel día perdido y
malgastado en cuatro horas largas de carretera y un diluvio de palabras sin
sentido.
El
barrio de Ulivuzza estaba justo en el confín con Montelusa; si el hombre
hubiera muerto unos cien metros más allá, el comisario de Vigàta no habría
tenido nada que ver con el asunto. La casa en la que habían encontrado al
muerto estaba totalmente aislada. Construida con piedra y sin argamasa,
constaba de tres habitaciones alineadas en la planta baja. Al lado de la puerta
de entrada había una abertura que daba acceso a un establo ocupado por un asno
solitario y melancólico. Cuando llegó, vio sólo un automóvil en la explanada,
el de Gallo: por lo visto, ya había terminado todo el jaleo de médicos,
camilleros, Científica y juez suplente. Mejor así. Bajó del coche y sus zapatos
se hundieron en medio metro de barro. El assuppaviddranu ya había dejado de
caer, pero las consecuencias perduraban. En efecto, el umbral de la casa estaba
sepultado bajo tres dedos de lodo, que también inundaba la habitación en la que
entró. Fazio y Gallo se estaban tomando un vaso de vino, de pie delante de la
chimenea. Había también un horno cubierto con un trozo de hojalata cortado en
forma de semicírculo. Al muerto ya se lo habían llevado. En la mesa situada en
el centro de la estancia había un plato con los restos de dos patatas hervidas
que, por efecto de la sangre que había colmado el plato y se había derramado
sobre la madera de la mesa, se habían transformado en unas moradas remolachas.
Sobre
la mesa desprovista de mantel también había un queso entero, media barra de pan
y medio vaso de vino tinto. La botella no estaba, pues era la misma de la cual
se estaban sirviendo Fazio y Gallo en aquel momento. En el suelo, al lado de la
silla de paja, había un tenedor.
Fazio
había seguido la dirección de su mirada.
—Ha
ocurrido mientras comía. Lo han ejecutado con un solo disparo en la nuca.
Montalbano
se enfurecía cuando en la televisión utilizaban el verbo ejecutar en lugar de
matar. Y también se enfadaba con sus hombres cuando cometían aquel error. Pero
esta vez lo dejó correr; si a Fazio se le había escapado aquel verbo,
significaba que aquel único y frío disparo en la nuca le había causado una
profunda impresión.
—¿Qué
hay allí? —preguntó el comisario, señalando con la cabeza la otra habitación.
—Nada.
Una cama de matrimonio sin sábanas, sólo con el colchón, dos mesitas de noche,
un armario y dos sillas como las que hay aquí.
—Yo
lo conocía —dijo Gallo, secándose la boca con la mano.
—¿Al
muerto?
—No,
señor. Al padre. Se llamaba Antonio Firetto. El hijo se llamaba Giacomo, pero a
éste no lo conocía.
—¿Y
dónde se ha metido el padre?
—Ése
es el quid de la cuestión —contestó Fazio—. No se le encuentra por ninguna
parte. Hemos buscado alrededor de la casa y en sus inmediaciones, pero no lo
hemos encontrado. Yo opino que se lo han llevado los que le han matado al hijo.
—¿Qué
sabéis del muerto?
—¡Dottore,
el muerto es Giacomo Firetto!
—¿Y
qué?
—Pues
que estaba en búsqueda y captura desde hace cinco años, dottore. Era un peón de
la mafia, hacía trabajos de carnicería barata, o al menos eso es lo que se
decía. Usted es el único que no ha oído hablar de él.
—¿Pertenecía
a los Cuffaro o a los Sinagra?
Los
Cuffaro y los Sinagra eran las dos familias que desde hacía muchos años se
disputaban el control de la provincia de Montelusa.
—Dottore,
Giacomo Firetto tenía cuarenta y cinco años. Cuando estaba aquí, pertenecía a
los Sinagra. Entonces era un chaval muy prometedor. Hasta el extremo de que los
Riolo de Palermo lo pidieron prestado. El préstamo ha durado hasta su muerte.
—Y
el padre, cuando él venía por aquí, le ofrecía alojamiento.
Fazio
y Gallo cruzaron una rápida mirada.
—Comisario,
su padre era todo un caballero —dijo Gallo con firmeza.
—¿Se
puede saber por qué dices «era»?
—Porque
pensamos que a estas horas ya lo han matado.
—A
ver si lo entiendo: en vuestra opinión, ¿cómo se han producido los hechos?
—Si
me permite, quisiera añadir otra cosa —dijo Gallo—. Antonio Firetto tenía casi
setenta años, pero su espíritu era como el de un chaval. Componía poesías.
—¿Cómo?
—Sí,
señor, poesías. No sabía ni leer ni escribir, pero componía poesías. Muy
bonitas, yo le he oído recitar algunas.
—¿Y
de qué hablaba en esas poesías?
—Pues
de la Virgen, la luna, la hierba. Cosas de ese tipo.
Y
jamás quiso creer lo que se decía de su hijo. Decía que Giacomo no era capaz,
que tenía buen corazón. Jamás lo quiso creer. Una vez, en el pueblo, se peleó
como una fiera con uno que le dijo que su hijo era un mafioso.
—Comprendo.
Lo que me quieres decir es que era muy natural que ofreciera hospitalidad a su
hijo, pues lo creía tan inocente como Jesucristo.
—Exactamente
—contestó Gallo en tono casi desafiante.
—Volvamos
a nuestro tema. Según vosotros, ¿cómo se han producido los hechos?
Gallo
miró a Fazio como diciéndole que ahora le tocaba hablar a él.
—A
primera hora de la tarde, Giacomo llega a esta casa. Debe de estar muerto de
cansancio, pues se tumba en la cama con los zapatos llenos de barro. Su padre
lo deja descansar y después le prepara de comer. Cuando Giacomo se sienta a la
mesa, ya ha oscurecido. Su padre, que no tiene apetito o habitualmente cena más
tarde, sale para atender al asno en el establo. Pero fuera hay por lo menos dos
hombres que están esperando el momento propicio. Lo inmovilizan, entran
rápidamente en la casa y abren fuego contra Giacomo. Después se llevan al viejo
y el coche con el cual había llegado Giacomo.
—Y,
a vuestro juicio, ¿por qué no lo han matado aquí mismo, como han hecho con el
hijo?
—Quién
sabe, quizá Giacomo le había revelado algo a su padre y ellos querían saber qué
se habían dicho.
—Hubieran
podido interrogado en el establo.
—A
lo mejor pensaban que la cosa sería muy larga, Podía aparecer alguien, como de
hecho ha ocurrido.
—Explícate
mejor.
—El
que ha descubierto el cadáver es un amigo de Antonio que vive a trescientos
metros de aquí. Algunas noches, después de cenar, se tomaban un vaso de vino
juntos y se pasaban un rato pegando la hebra. Se llama Romildo Alessi. Este
Alessi, que tiene un ciclomotor, ha ido corriendo a una casa cercana, donde
sabe que hay un teléfono. Cuando hemos llegado, el cuerpo aún estaba caliente.
—Vuestra
reconstrucción no encaja —dijo bruscamente Montalbano.
Ambos
se miraron, desconcertados.
—Si
no lo averiguáis por vuestra cuenta, no os lo digo. ¿Cómo iba vestido el
muerto?
—Pantalones,
camisa y chaqueta. Todo ropa ligera, por que hace mucho calor, a pesar de la
lluvia.
—Por
consiguiente, iba armado.
—¿Y
por qué tenía que ir armado?
—Porque,
si uno lleva chaqueta en verano, significa que va armado bajo la chaqueta.
Vamos a ver, ¿iba armado o no?
—No
le hemos encontrado armas.
Montalbano
hizo una mueca.
—¿Y
por eso vosotros pensáis que un prófugo de la justicia sale a pasear sin ni
siquiera un miserable revólver en el bolsillo?
—Puede
que se hayan llevado el arma los que lo han matado.
—Es
posible. ¿Habéis mirado por los alrededores?
—Sí,
señor. Y los de la Científica también lo han hecho. No hemos encontrado ni
siquiera un casquillo. O se lo han llevado los asesinos o el arma era un
revólver.
Uno
de los cajones de la mesa estaba entreabierto. Dentro había unos hilos de
rafia, un paquete de velas, una caja de cerillas de cocina, un martillo, clavos
y tornillos.
—¿Lo
habéis abierto vosotros?
—No,
dottore. Ya estaba así cuando hemos llegado. Y así lo hemos dejado.
En
una balda, delante del horno, había un rollo de cinta adhesiva marrón claro de
tres dedos de ancho. Alguien lo debía de haber sacado del cajón entreabierto y
había olvidado dejarlo de nuevo en su sitio.
El
comisario se situó delante del horno y retiró el trozo de hojalata, que estaba
simplemente apoyado en el borde de la boca.
—¿Me
dais una linterna?
—Ahí
dentro ya hemos mirado, pero no hay nada —dijo Fazio, entregándosela.
Pero
sí había algo: un trapo blanco que se había vuelto enteramente negro a causa de
la escoria. Por si fuera poco, dos dedos de impalpable hollín se habían
amontonado justo detrás de la boca, como si los hubieran hecho caer desde la
parte anterior del techo del horno.
El
comisario volvió a colocar el trozo de hojalata en su sitio.
—Ésta
me la quedo yo —dijo, guardándose la linterna en el bolsillo.
Después
hizo una cosa que a Fazio y Gallo les pareció un poco rara. Cerró los ojos y
echó a andar a paso normal desde la pared a la que estaban adosados la cocina y
el horno hasta la mesa, y luego regresó al punto de partida. En resumen, se
puso a caminar arriba y abajo con los ojos cerrados como si se hubiera vuelto
loco.
Fazio
y Gallo no se atrevieron a preguntarle nada. Luego, el comisario se detuvo.
—Esta
noche me quedo aquí —dijo—. Vosotros apagaréis la luz, cerraréis la puerta y
las ventanas y pondréis los sellos. Tiene que parecer que aquí dentro no queda
nadie.
—¿Y
por qué razón tendría que volver alguien? —preguntó Fazio.
—No
lo sé, pero vosotros haced lo que os digo. Tú, Fazio, lleva mi coche a Vigàta.
Ah, una cosa: antes de iros, después de poner los sellos, id al establo a
atender al asno. El pobre animal tiene que estar muriéndose de hambre y sed.
—Como
usted mande —dijo Fazio—. ¿Quiere que mañana por la mañana venga a recogerlo en
su coche?
—No,
gracias. Regresaré a Vigàta a pie.
—¡Pero
el camino es muy largo!
Montalbano
miró a Fazio a los ojos y éste no se atrevió a insistir.
—Señor
comisario, ¿me aclara una duda antes de que me vaya? ¿Por qué nuestra
reconstrucción de los hechos no funciona?
—Porque
Firetto estaba comiendo sentado, de cara a la puerta. Si alguien hubiera
entrado, lo habría visto y habría reaccionado. Pero aquí en la habitación todo
está en orden, no hay la menor señal de lucha.
—¿Y
qué? A lo mejor el primer hombre entró apuntando con un arma a Giacomo y, sin
dejar de apuntarlo, le ordenó que no se moviera mientras el segundo rodeaba la
mesa y le pegaba un tiro en la nuca.
—¿Y
tú crees que un tipo como Giacomo Firetto, por lo que vosotros me habéis dicho,
es capaz de dejarse matar mientras permanece inmóvil, muerto de miedo? A la
desesperada, algo habría intentado hacer. Hala, buenas noches.
Los
oyó cerrar la puerta, los oyó afanarse en colocar los sellos (un trozo de papel
con un timbre y unos garabatos encima, fijado a una jamba con dos trocitos de
cinta adhesiva), los oyó pegar brincos y soltar maldiciones en el establo
mientras atendían al asno (por lo visto, el animal no quería ningún trato con
dos extraños), los oyó poner en marcha el vehículo y alejarse. Y se quedó
quieto junto a la mesa, en medio de la más absoluta oscuridad. A los pocos
segundos, percibió el rumor de la lluvia que estaba empezado a caer otra vez.
Se
quitó la chaqueta, la corbata que se había tenido que poner para asistir a la
reunión palermitana, y la camisa, y se quedó desnudo de cintura para arriba.
Con la linterna en la mano, se acercó directamente al horno, cogió el trozo de
hojalata que cubría la boca y lo apoyó en el suelo procurando no hacer ruido,
introdujo el brazo en el horno y pulsó el botón de la linterna. Después
introdujo también todo el tronco, poniéndose de puntillas. Giró el torso y se
quedó apoyado de espaldas al suelo, con la mitad del cuerpo en el interior del
horno, y el trasero, las piernas y los pies fuera. Le cayó un poco de hollín en
los ojos, pero aun así pudo ver el revólver pegado al techo del horno, justo detrás
de la boca, con dos tiras de cinta de embalaje que brillaron a la luz. Apagó la
linterna, colocó el trozo de hojalata de nuevo en su sitio, se limpió lo mejor
que pudo con el pañuelo, se volvió a poner la camisa y la chaqueta y se guardó
la corbata en el bolsillo.
Después
se sentó en una silla que estaba casi delante de los dos hornillos. Y entonces,
pero no sólo para pasar el rato, el comisario empezó a pensar en algo que había
leído unos días atrás. Sostiene Pessoa, por boca de uno de sus personajes, el
investigador Quaresma, que si alguien, al pasar por una calle, ve a un hombre
tirado en la acera, instintivamente se pregunta: ¿por qué razón este hombre se
ha caído aquí? Pero, sostiene Pessoa, eso ya es un razonamiento erróneo y, por
consiguiente, una posibilidad de error efectivo. El que pasa por la calle no ha
visto caer al hombre en aquel lugar, lo ha visto ya en el suelo. No es un hecho
que el hombre se haya caído allí. Lo que sí es un hecho es que el hombre se
encuentra en el suelo. Puede que se haya caído en otro sitio y lo hayan
trasladado a la acera. Pueden ser muchas otras cosas, sostiene Pessoa.
Y,
por tanto, ¿cómo explicarles a Fazio y a Gallo que lo único cierto en aquel
asunto, aparte del muerto, era que Antonio Firetto no se encontraba en el lugar
del crimen en el momento en que ellos habían llegado? Que se lo hubieran
llevado los asesinos de su hijo no era un hecho, sino un razonamiento erróneo.
Después
le vino a la mente otro ejemplo que reforzaba el primero. Sostiene Pessoa,
siempre por medio de Quaresma, que, si un señor, mientras fuera está lloviendo
y él se encuentra en el salón, ve entrar en la habitación a un hombre
chorreando agua, inevitablemente tiende a pensar que el visitante lleva la ropa
mojada porque ha estado bajo la lluvia. Pero este pensamiento no se puede
considerar un hecho, pues el señor no ha visto con sus propios ojos al
visitante en la calle bajo la lluvia. Podría ser, por el contrario, que le
hubieran echado encima un barreño lleno de agua en el interior de la casa.
Entonces
¿cómo explicarles a Fazio y Gallo que un mafioso «ejecutado» con un certero
disparo en la nuca no es necesariamente víctima de la propia mafia a causa de
un error, de un principio de arrepentimiento?
Sostiene
también Pessoa...
Ya
no supo qué otra cosa estaba sosteniendo Pessoa en aquel momento, El cansancio
del día le cayó encima de golpe como una capucha que añadiera mas oscuridad a
la que ya reinaba en la habitación. Inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó
dormido, Pero, antes de hundirse en el sueño, consiguió darse una orden a sí
mismo: procura dormir como los gatos. Con el sueño ligero de los gatos, que
parecen profundamente dormidos pero que, al mínimo peligro, pegan un brinco y
se colocan en posición de defensa. No supo cuánto tiempo permaneció dormido con
la ayuda del constante acompañamiento de la lluvia. Se despertó de golpe,
exactamente igual que un gato, a causa de un leve ruido en la puerta de
entrada. Podía ser cualquier animalillo. Después oyó girar una llave en la
cerradura y abrirse cuidadosamente la puerta.
Se
puso rígido. La puerta se volvió a cerrar. No la había visto abrirse ni volver
a cerrarse, no había observado la menor alteración en la muralla de densa
oscuridad, tanto fuera como dentro de la casa. El hombre había entrado, pero se
había quedado inmóvil junto a la puerta. El comisario tampoco se atrevía a
moverse por temor a que hasta su respiración lo pudiera traicionar. ¿Por qué no
se adelantaba? A lo mejor el hombre olfateaba una presencia extraña en el
interior de la casa, como un animal que regresa a su madriguera. Al final, el
hombre dio dos pasos en dirección a la mesa y se detuvo. El comisario se
tranquilizó; si hubiera sido necesario, habría podido levantarse de un salto de
la silla y agarrarlo. Pero no hizo falta.
—Cu
si? —preguntó una voz de anciano, baja y firme.
«¿Quién
eres?» Lo había olfateado de verdad, una sombra extraña entre la masa de
sombras que llenaban la habitación, en cuyo interior ya sabía distinguir, por
una vieja costumbre, lo que estaba en su sitio y lo que no. Montalbano se
encontraba en desventaja: por mucho que se hubiera grabado en la mente la
situación de todas las cosas, comprendió que el otro habría podido cerrar los
ojos y moverse con entera libertad mientras que él, de manera absurda, sentía
la necesidad, precisamente en medio de aquella espesa oscuridad, de mantener
los ojos abiertos.
Comprendió
también que hubiera sido un error irreparable pronunciar en aquel momento la
palabra equivocada.
—Soy
comisario. Soy Montalbano.
El
hombre no se movió y no dijo nada.
—¿Sois
Antonio Firetto?
El
tratamiento de «vos» había brotado espontáneamente de sus labios en aquel tono
especial de consideración, si no de respeto.
—Sí.
—¿Cuánto
tiempo hacía que no veíais a Giacomo?
—Cinco
años. ¿Usía me cree?
—Os
creo.
Por
consiguiente, durante todo el período de clandestinidad, su hijo no había
aparecido por allí. Quizá no se atrevía.
—¿Y
por qué vino ayer?
—El
porqué no lo sé. Estaba cansado, muy cansado. No vino en coche, vino a pie.
Entró, me abrazó, se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos. Después se
despertó y me dijo que tenía apetito. Entonces me di cuenta de que iba armado,
había dejado un revólver sobre la mesita de noche. Yo le pregunté por qué iba
armado y él me contestó que podía tener malos encuentros. Y se echó a reír. Y a
mí se me heló la sangre en las venas.
—¿Por
qué se os heló la sangre?
—Por
su manera de reírse, señor comisario. Ya no nos dijimos nada más, él se quedó
tumbado en la cama y yo me vine aquí para prepararle de comer. Sólo para él, yo
no podía, notaba una mano de hierro que me apretaba la boca del estómago.
Interrumpió
sus palabras y lanzó un suspiro. Montalbano respetó su silencio.
—La
risa me retumbaba en la cabeza —añadió el anciano—. Era una risa que hablaba,
que me contaba toda la verdad sobre mi hijo, la verdad que yo jamás había
querido creer. Cuando las patatas estuvieron listas, lo llamé. El se levantó,
entró aquí, dejó el revólver encima de la mesa y se puso a comer. Y entonces yo
le pregunté: «¿A cuántos cristianos has matado?» Y él, tan fresco como si
estuviéramos hablando de hormigas: «A ocho.» Y después dijo una cosa que no
tenía que haberme dicho: «Hasta a un chaval de nueve años.» y siguió comiendo.
¡Virgencita santa, siguió comiendo! Entonces yo cogí el revólver y le pegué un
tiro en la cabeza. Un solo disparo, como se hace con los condenados a muerte.
«Ejecutado»,
había dicho Fazio. Y había dicho bien.
Esta
vez la pausa fue muy larga. Después habló el comisario.
—¿Por
qué habéis vuelto?
—Porque
me quiero matar.
—¿Con
el revólver que habéis escondido en el horno?
—Sí,
señor. Era el de mi hijo. Falta una bala.
—Habéis
tenido todo el tiempo necesario para mataras. ¿Por qué no lo habéis hecho
enseguida?
—Me
temblaba demasiado la mano.
—Os
podíais ahorcar en un árbol.
—Yo
no soy Judas, señor comisario.
Muy
cierto, no era Judas. Y no podía arrojarse a un pozo como un desesperado. Era
un poeta que no había querido ver la verdad hasta el final.
—Y
ahora ¿qué hará? ¿Me detendrá?
Una
vez más, la voz baja y firme, sin temblor.
—Debería
hacerlo.
El
viejo se movió con gran rapidez, pillando por sorpresa al comisario. En la
oscuridad, Montalbano oyó caer al suelo el trozo de hojalata que cerraba la
boca del horno. Ahora el viejo sostenía con toda seguridad el revólver en la
mano y lo estaba apuntando con él. Pero el comisario no tenía miedo, sabía que
sólo había que interpretar un papel. Se levantó muy despacio, pero, en cuanto
estuvo de pie, experimentó una especie de sensación de vértigo, un cansancio
hecho de losas de cemento que lo estaban sepultando.
—Estoy
apuntando a usía —dijo el viejo—. Y le ordeno que salga inmediatamente de esta
casa. Quiero morir aquí, con un disparo del revólver de mi hijo. Sentado en el
mismo sitio donde yo le pegué un tiro a él. Si usía es un hombre, lo
comprenderá.
Montalbano
se encaminó lentamente hacia la puerta, la abrió y salió. Había dejado de
llover. Y estaba seguro de que no encontraría a nadie que se ofreciera a
llevarlo a Vigàta.
Un
caso de homonimia
¿Quieres
hacer el favor de explicarme mejor esta historia? —preguntó enfurecido
Montalbano.
En
el otro extremo de la línea, en Boccadasse—Génova, la voz de Livia adquirió repentinamente
un tono helado.
—A
mí no me grites. No hay ninguna historia que explicar. Una amiga mía muy
querida, a la que conozco desde que éramos niñas, me ha invitado a pasar con
ella las vacaciones de Navidad, eso es todo.
—Pero
¿qué me estás diciendo? ¡Si os vais a Nueva York!
—¿Y
qué? Pasaremos las Navidades en Nueva York, en casa de su hermano, que vive
allí.
—¡Habrías
podido pasarlas conmigo! Yo habría subido o tú bajado.
—¡Vamos,
no me hagas reír, Salvo! ¿Cuántos años hace que estamos juntos? Bastantes,
¿verdad? ¿Y cuántas Navidades hemos celebrado bajo el mismo techo?
—No
sé, no me acuerdo en este momento.
—Yo
te refrescaré la memoria: sólo una.
—No
ha sido culpa mía.
—Ni
tampoco mía. Mira, Salvo, se me ha ocurrido una idea: ¿por qué no te vienes
conmigo?
—¿Adónde?
—¿Cómo
que adónde? A Nueva York.
—¿Yo,
a Nueva York? Ni aunque me peguen un tiro.
—Pues
entonces, vamos a ver. Yo voy con mi amiga, regreso a Boccadasse el 27, al día
siguiente cojo un avión y voy a verte a Vigàta. ¿Te parece bien así?
—Una
cosa es Navidad y otra Nochevieja.
—Salvo,
¿sabes qué te digo? Ya estoy harta. Ya te he dado el número de Nueva York: si
quieres hablar conmigo, me llamas.
—Yo
no puedo tirar el dinero.
—¿Ahora
también te has vuelto tacaño? Dicen que, en Navidades, se podrá hacer una
llamada intercontinental de veinte minutos y pagar sólo diez. O algo así.
Infórmate.
—Feliz
Navidad —dijo Montalbano apretando los dientes.
—Nada
de eso. Me tienes que felicitar de palabra la víspera o el mismo día de Navidad
—dijo Livia, inflexible. Y colgó el teléfono.
Y,
de esta manera, por puro masoquismo, aceptó la invitación de su amigo el
subjefe superior Valen te, que estaba al frente de una comisaría del
extrarradio de Palermo, de pasar la Navidad con él. Puro masoquismo porque la
mujer de Valente, Giulia, una ligur de Sestri que tenía la misma edad de Livia,
guisaba (pero ¿se podía utilizar ese verbo en aquel caso concreto?) como hacen
los niños que mezclan en un cuenco migas de pan, azúcar, pimientos, harina y
todo lo que tienen a mano, y después te lo ofrecen diciendo que te han
preparado la comida. Mientras detenía el automóvil delante del hotel que había
elegido, comprendió que lo que él había llamado masoquismo era, en realidad, un
acto de expiación por haber sido tan grosero con Livia. Le había dicho a Valente
que llegaría el 24 por la mañana: pero, en realidad, tenía el proyecto de pasar
la noche del 23 paseando por las calles de Palermo sin obligación de hablar con
nadie. Sin embargo, había olvidado que, por Navidad, a la gente le asalta la
manía de hacer regalos, por lo que las tiendas estaban todas profusamente
iluminadas, las calles rebosaban de gente y los textos de los adornos navideños
deseaban paz y felicidad. Estuvo una hora paseando y eligió cuidadosamente una
ruta lo más alejada posible de las actividades comerciales, pero hasta en los
callejones más miserables había siempre alguna tiende cita con el escaparate
adornado con luces intermitentes de colores. A traición, sin comprender ni el
porqué ni el cómo, se sintió invadido por una profunda sensación de tristeza.
Recordó unas Navidades de cuando él, siendo muy pequeño... Ya basta. Decidió
ponerle remedio inmediatamente. Apuró el paso y llegó finalmente a una
trattoria a la que solía ir siempre que se encontraba en Palermo. Entró y vio
que era el único cliente. El propietario y camarero del establecimiento, siete
mesitas en total, se llamaba don Peppe. Su mujer se encargaba de la cocina y
sabía hacer las cosas como Dios manda. Don Peppe conocía a Montalbano por su
nombre y apellido, pero ignoraba su profesión: de haberla conocido, tal vez se
habría mostrado menos extravertido, pues su local era lugar de encuentro de
personas no del todo de fiar.
Tras
haberse zampado con los ojos entornados de placer un plato de rollitos de
berenjenas con pasta y requesón rallado, estaba esperando el segundo cuando don
Peppe se le acercó.
—Lo
llaman por teléfono, señor Montalbano.
El
comisario se quedó pasmado. ¿Quién podía saber que se encontraba allí en aquel
momento? Tenía que tratarse de un error. No obstante, se levantó y se encaminó
hacia el aparato colocado en una mesita al lado de los servicios.
—¿Diga?
—¿Eres
Montalbano?
—Sí,
soy Montalbano, pero...
—Nada
de peros. Has aceptado, no me vengas con historias. La primera mitad del dinero
ya la has cobrado. Oye: a la persona en cuestión la vas a encontrar sobre las
doce de la noche. Vive en Via Rosales, treinta y dos, un chaletito. Haz un
trabajo muy limpio. Después me llamas y me cuentas. El número es el cero, cero,
uno, dos, uno, dos, seis, siete, ocho, tres, tres, cuatro, seis. Te diré dónde
puedes ir a recoger el resto del dinero. Llámame, ¿eh?
¡Santo
cielo! ¡Aquel tío llamaba desde Nueva York! Lo sabía porque las seis primeras
cifras eran las mismas que las del número que le había dejado Livia. Un error,
como había pensado al principio, un caso de homonimia.
—Disculpe,
don Peppe, ¿tiene usted algún otro cliente que se llame como yo?
—No,
señor. ¿Por qué?
Entró
un hombre y se sentó a una mesa. Un treintañero con una cara que, de noche, te
mataría del susto.
—¿Usted
cómo se llama?
—¿Ya
usted qué carajo le importa?
—Soy
comisario. ¿Cómo se llama?
—Michele
Filippazzo. ¿Quiere ver mi documentación?
—No
—contestó Montalbano.
Filippazzo
se levantó y le dijo al propietario de la trattoria:
—Perdone,
don Peppe, pero se me ha pasado el apetito. Y se fue. Montalbano se volvió a
sentar; el segundo plato ya estaba sobre la mesa y despedía unos efluvios
divinos, pero a él también se le habían pasado las ganas de comer, tanto más
porque ahora don Peppe lo estaba mirando de reojo. Consultó el reloj, las nueve
y media, pidió la cuenta, pagó, salió a la calle y anotó la dirección de
Palermo y el número de teléfono de Nueva York. Se detuvo a cierta distancia
para comprobar quién entraba en el establecimiento y se puso a pensar. Dando
por seguro que el trabajo limpio era un homicidio por encargo cuyo primer plazo
ya se había pagado, estaba claro que el Montalbano asesino a sueldo no era un
conocido directo ni de don Peppe ni del hombre de Nueva York. A aquel tocayo
suyo le habían dicho simplemente que fuera al local de don Peppe y esperara
allí una llamada para conocer el domicilio de la víctima y cómo cobrar el
segundo plazo. Pero el caso era que el Montalbano número dos no se había
presentado. ¿Se habría arrepentido? ¿El tráfico le habría impedido llegar a
tiempo? En aquel momento, una pareja entraba en la trattoria, un matrimonio de
setenta y tantos años. Estaba empezando a tener frío y la cazadora de piel no
era suficiente para hacerlo entrar en calor. Transcurrió otra media hora.
Estaba claro que el otro Montalbano ya no aparecería. Y, aunque llegara con
retraso, no hubiera sabido ni el domicilio de la víctima ni el número de
teléfono de Nueva York, pues el otro ya no tenía ningún motivo para volver a
llamar, convencido como debía estar de haber hablado con el verdadero
Montalbano. Al regresar al hotel, subió a su habitación y llamó a Livia; en
Nueva York debían de ser las cuatro y media de la tarde.
—Hullo?
—contestó una voz masculina.
—Soy
Salvo Montalbano.
—¡Cuánto
me alegro de oírle! Usted es el prometido de Livia, ¿verdad? Se la paso.
—Hola,
Salvo. ¿Cómo es posible que hayas decidido felicitarme?
—Es
que no lo he decidido. Te llamo para pedirte un favor.
Le
explicó lo que quería. Pero la llamada fue muy larga porque Livia lo
interrumpió muchas veces.( «¿Se puede saber qué estás haciendo en Palermo?»
«¡Eso quiere decir que hubieras podido venir a Nueva York!» «Pero ¿la mujer de
Valente no cocina muy mal?» «¿En qué lío te estás metiendo?») Al final,
Montalbano consiguió su propósito y Livia prometió volver a llamarlo enseguida.
Y así fue, el teléfono sonó menos de un cuarto de hora después.
—El
número que me has dado corresponde al Liberty Bar. No es un domicilio
particular.
—Gracias.
Volveré a llamarte más tarde —dijo Montalbano. Tras una pausa, añadió—: Para
felicitarte.
Un
bar cualquiera de Nueva York, una trattoria cualquiera de Palermo. Eran
hábiles, auténticos profesionales. No se conocían directamente, los números no
eran particulares. ¿Qué hacer ahora? Eran las once, así que tomó una decisión.
Bajó al vestíbulo y consultó el callejero de Palermo. Después se dirigió en su
automóvil a Via Rosales, en la otra punta de la ciudad, una calle oscura en la
que ya se aspiraba el olor del campo. No pasaba ni un alma. El comisario se
detuvo a la altura del número 32, una gran verja de hierro que ocultaba un
pequeño chalet. Eran las doce de la noche. A lo mejor, la víctima designada ya
estaba en casa. Los faros de un coche que se acercaba lo deslumbraron. Una luz
amarilla parpadeó por encima de la verja y ésta se abrió muy despacio, el coche
entró y la verja empezó a cerrarse. El comisario esperó a que sólo quedara un
pequeño resquicio, saltó del vehículo y entró también, dejándose unos cuantos
botones en el intento. El otro coche se había detenido delante del chalet. Bajó
una joven, abrió la puerta y la cerró a su espalda. Las ventanas de la planta
baja se iluminaron y después también lo hicieron las del piso de arriba. Sólo
entonces Montalbano se acercó cautelosamente a la casa. La ventana de la
izquierda de la puerta principal estaba entornada; Montalbano la empujó y se
abrió del todo. «Un exceso más no importa», pensó, mientras saltaba con cierta
dificultad por encima del alféizar de la ventana. Se encontró en un espacioso
salón con cuadros y muebles de gran valor. Una ancha escalinata de madera,
cubierta por una mullida alfombra, conducía al piso de arriba. Montalbano dio
un paso y se quedó petrificado. ¿Qué estupidez estaba haciendo? ¿Por qué se
comportaba exactamente como el sicario? Lo único que tenía que hacer era volver
a saltar por encima del alféizar, llamar a la puerta e identificarse. Se volvió
y, cuando acababa de levantar el pie, sintió que le agarraban por los hombros.
Se zafó de la presa y, reaccionando con una rapidez de la que él mismo se
sorprendió, descargó una hostia en pleno rostro no al que lo sujetaba por los
hombros, sino a otro que estaba a su lado. El que lo tenía cogido le propinó un
fuerte rodillazo en la espalda mientras el otro, tras haberse recuperado del
golpe, le pegaba otro en el vientre. El comisario cayó boca abajo, le doblaron
los brazos en la espalda y percibió estupefacto el conocido dic de las esposas.
—Llama
a un coche patrulla, diles que lo hemos atrapado.
Empapado
en sudor a causa de la vergüenza, Montalbano comprendió que lo habían detenido
los carabineros.
Lo
llevaron al cuartel, lo identificaron y se corrió la voz. La mitad de los
agentes que estaban de servicio en Palermo corrieron a echarle un vistazo como
si fuera un bicho raro del zoo, entre guiños y risitas. Después de una hora de
sufrimientos, se presentó un capitán que no parecía estar de muy buen humor.
—¿Por
qué se ha entrometido? ¡Llevábamos una semana detrás de esta operación y por su
culpa se ha ido todo al diablo! La señora Cosentino se había enterado de que su
marido la quería matar, nos dio pruebas y nosotros la sometimos a vigilancia.
Esta noche debía de ser la elegida, pues el marido se buscó una coartada
marchándose a Berlín con su amante. Y ahora, por su culpa, ya no podremos saber
nada más de esta historia. Presentaré un informe al jefe superior de policía.
Montalbano,
que permanecía de pie con la cabeza inclinada, levantó los ojos y preguntó:
—¿Puedo
hacer una llamada?
El
capitán se encogió de hombros y le señaló el teléfono. El comisario marcó el
número del Liberty Bar de Nueva York.
—Yes?
En
segundo plano, risas, música, murmullos, ruido de vasos. Era un bar; la
información de Livia era acertada.
—Soy
Montalbano.
—Vaya,
estaba empezando a preocuparme —dijo el otro, el mismo que había llamado a la
trattoria de don Peppe.
—Me
he retrasado un poco porque la persona en cuestión ha regresado tarde. Ha sido
un trabajo limpio, como tú querías. Y ahora ¿adónde voy a recoger el resto?
El
otro se lo dijo. El capitán lo estaba mirando con los ojos enormemente
abiertos.
—¿Ha
llamado a Nueva York? ¿Desde mi despacho? ¿Y cómo lo justifico?
—Le
estoy ofreciendo un buen punto de partida, capitán. He telefoneado al mismo bar
de Nueva York desde el cual me han llamado esta misma noche. Tome nota del
número. No puede haber sido un cliente del bar, es alguien que debe de estar
allí para contestar. El propietario, el encargado, usted verá, haga
averiguaciones. Está claro que él es el que organiza los asesinatos. El resto
del dinero lo tiene el dueño de una zapatería de Via Sciabica, veintiocho. Me
lo acaban de decir ahora mismo. Es suficiente con decir «Montalbano». Deténgalo
y sométalo a interrogatorio.
El
capitán se levantó, le tendió la mano y le felicitó las Navidades. Montalbano
hizo otro tanto y regresó al hotel. Eran las cuatro de la madrugada. Llamó a
Livia para contarle toda la historia.
—¡Un
momento! —dijo Livia—. ¿Por qué te has puesto al teléfono en aquella trattoria?
—¡Pues
porque preguntaban por un tal Montalbano!
—¡Claro!
¡Y tú, con lo egocéntrico que eres, has contestado de inmediato, como si fueras
el único Montalbano del mundo!
No
habría más remedio que discutir. Se pasaron veinte minutos discutiendo. Menos
mal que diez eran gratuitos.
* *
*
Después
de la pelea intercontinental, experimentó una profunda sensación de cansancio.
Desnudo bajo la ducha comprendió que hubiera sido inútil acostarse. Estaba
seguro de que no habría podido pegar ojo. Se había visto inmerso en una
historia por una evidente homonimia, había quedado como un idiota con los
carabineros, ¿y ahora lo dejaba correr todo como si nada hubiera ocurrido? El
resultado fue que estaban dando las cinco de la mañana cuando se vio delante
del número 28 de Via Sciabica. Allí no había ninguna zapatería: el número
correspondía a un portal impecablemente limpio y, a aquella hora, debidamente
cerrado; junto a los timbres del portero electrónico constaban los nombres de
los que vivían allí. A la izquierda había una tienda cuyo rótulo decía
«Addamo—Frutas y Verduras»; A la derecha había otra tienda: «Charcutería Di
Francesco.» Pensó que, a lo mejor, no había entendido bien el número. Quizá
habían dicho el 38. Recorrió unos metros. En el número 38 había una empresa de
pompas fúnebres. Nada, no tendría más remedio que recorrer con más paciencia
que un santo toda la calle, a ver si encontraba el rótulo de una zapatería. En
aquel momento, montado en una bicicleta, vio acercarse a un ángel. Para la
ocasión, el ángel vestía uniforme de vigilante.
—Buenos
días —le dijo Montalbano, haciéndole señas de que se detuviera.
—Buenos
días —contestó el otro, apoyando un pie en el suelo.
—Soy
comisario —dijo Montalbano, mostrándole la placa.
—Dígame.
—¿Sabría
usted, por casualidad, si en esta calle hay una zapatería?
—No.
La
respuesta había sido inmediata e inequívoca.
—¿Está
seguro?
—Vaya
si lo estoy. Llevo por lo menos cuatro años prestando servicio en este sector.
La zapatería más próxima se encuentra cuatro travesías más allá, en Via
Pirrotta. En el número setenta, me parece.
—Gracias.
Feliz Navidad.
—Lo
mismo le digo.
¿Por
qué desde aquel bar de Nueva York le habían facilitado deliberadamente, de eso
estaba completamente seguro, una dirección equivocada o inexistente al presunto
asesino a sueldo?
Mientras
regresaba al hotel, vio un bar abierto. Entró y el aroma de los bollos
calientes recién sacados del horno lo distrajo de sus pensamientos. Se comió
dos, acompañados de un café triple. Salió, se acercó a un quiosco que estaba
abriendo y compró el periódico. Caminando muy despacio y sin saber adónde ir,
pues los tres cafés habían eliminado cualquier posibilidad de dormir, empezó a
pasear leyendo las páginas de sucesos, las que más le interesaban. A
continuación venían las páginas necrológicas. Cada vez que Livia reparaba en
aquella manera suya de leer el periódico, le echaba una bronca.
—Pero
¿se puede saber por qué te interesan tanto las esquelas?
—Porque
sí.
—¿Qué
significa porque sí?
—Significa
lo que he dicho. No sé por qué lo hago, pero lo hago. ¿Acaso un aficionado al
deporte no mira primero las páginas deportivas?
—
Ah, ¿sí? ¿Eso quiere decir que tu deporte preferido es tratar con los muertos?
El
suceso que lo dejó paralizado en plena calle, convirtiéndolo en una estatua,
ocupaba apenas unas veinte líneas. Se titulaba «Atropello mortal». Y decía lo
siguiente:
Ayer,
hacia las 20:30 en Via Scaffidi, un automóvil arrolló a un viandante llamado
Giovanni Montalbano, de cuarenta años, natural de Palermo y residente en dicha
ciudad. El causante del atropello, Andrea Garuso, contable de la oficina de
impuestos municipales, lo llevó con su propio vehículo al hospital de San
Libertino, donde la víctima murió a pesar de los cuidados que inmediatamente se
le prestaron. Numerosos testigos coinciden en señalar que Montalbano cruzó
corriendo la calle tras haber salido inesperadamente de una callejuela, por lo
cual los intentos de frenar de Garuso fueron infructuosos. Montalbano ha
resultado ser un delincuente buscado por delitos contra la propiedad e intento
de homicidio.
Pasó
un taxi. Montalbano levantó el brazo para que se detuviera, pero el vehículo
siguió adelante. Enfurecido, el comisario echó a correr tras él. No se dio
cuenta de que sus gritos llamaban la atención y provocaban el desconcierto
entre los escasos viandantes. Al final, el taxi se detuvo. Montalbano abrió la
portezuela y se sentó al lado del conductor.
—No
estoy de servicio.
—Pues
te pones ahora mismo.
El
taxista lo miró con expresión ceñuda y Montalbano le devolvió otra todavía
peor.
—¿Adónde
lo tengo que llevar?
—Primero,
a Via Scaffidi, y después, a Via Lojacono, a la trattoria de un tal Peppe. ¿La
conoces?
El
enojado taxista no contestó. Se limitó a ponerse en marcha. Y a maldecir como
un loco a los escasos vehículos que pasaban. Como Montalbano había previsto,
Via Scaffidi se encontraba a unos cien metros del local de Peppe. Ya puestos,
le dijo al taxista que lo llevara al hotel.
—¿Cuándo
terminará este rollo? —murmuró el otro.
* *
*
—Vamos
a pensar un poco —se dijo Montalbano, tumbado en la cama en calzoncillos,
camiseta y calcetines—. Un imbécil que se apellida como yo es contratado para
que asesine a una señora. El imbécil no conoce el domicilio de la víctima: le
será comunicado en cierto establecimiento mediante una llamada desde Nueva
York. Mi tocayo, que llega con retraso a la cita telefónica, se dirige
corriendo a la trattoria de Peppe, pero lo arrolla un automóvil y muere poco
después. Por una casualidad que raya en lo increíble, yo, que me apellido
Montalbano como él, acudo a esa trattoria y contesto a la llamada. Y ocurre lo
que ocurre. Al cabo de unas horas, soy yo el que llama a Nueva York, y allí me
facilitan una dirección equivocada. La primera era correcta, pero la segunda,
no. ¿Por qué? Vamos a reflexionar. Durante la primera llamada, los de Nueva
York no tienen ninguna posibilidad de pensar que se ha producido una confusión,
pues Giovanni Montalbano acaba de morir en el hospital, y me facilitan la
información correcta. Al cabo de unas horas, yo les llamo a ellos, les digo que
todo ha ido bien y les pregunto adónde tengo que dirigirme para cobrar el resto
del dinero. Y ellos me facilitan a propósito una dirección equivocada. Hacen
deliberadamente una cosa que puede resultar muy peligrosa para ellos: si no
pagan lo que deben al asesino a sueldo, es decir, si lo colocan en la situación
de no poder cobrar la otra mitad del dinero, se exponen a su reacción. Cierto
que todo ha sido organizado por profesionales, pero, si se corre la voz de que
los de Nueva York no pagan los trabajos que encargan, está claro que será
perjudicial para la organización. Sería algo así como un suicidio comercial.
Sólo queda una conclusión, sencilla y trivial. Mientras a mí me sometían a
interrogatorio en el cuartel de los carabineros, alguien les ha revelado lo
ocurrido con la señora Cosentino. A saber, que el sicario encargado del trabajo
no había acudido al chalet y, en su lugar, se había presentado un cabrón, es
decir, el que suscribe. Cuando he llamado, me han dado una respuesta
inteligente, me han tranquilizado durante unas cuantas horas mientras ellos, en
Nueva York, hacían desaparecer las huellas de la organización.
De
repente, todo quedó a oscuras. No en el sentido de que se apagara
repentinamente la luz sino en el de que los párpados de Montalbano se cerraron
y él se quedó dormido sin darse cuenta, amodorrado por el cansancio y el calor
del radiador, puesto al máximo.
Lo
despertó el teléfono. Miró el reloj: había dormido tres horas.
—¿Señor
Montalbano? Hay un capitán de los carabineros que desea hablar con usted.
—Pásemelo.
—¿Señor
Montalbano? Soy el capitán De Maria. Nos conocimos anoche.
Tuvo
la sensación de que, al pronunciar la última frase, el señor capitán se
cachondeaba un poco de él.
—Dígame
—contestó, enojado.
—Quisiera
intercambiar unas palabras con usted.
—Deme
tiempo para vestirme y voy al cuartel.
—¿Qué
necesidad hay de ir al cuartel? He venido yo a vede. Tómeselo con calma, lo
espero en el bar.
En
fin, ¡menudo rollo! Perdió deliberadamente tiempo en lavarse y vestirse y
después bajó y se dirigió al bar. Al verlo, el capitán se levantó. Ambos se
estrecharon la mano. El bar estaba desierto. Se sentaron en torno a la mesita
de un rincón. El capitán estaba esbozando una sonrisita que al comisario le
molestaba un poco.
—Tengo
que pedirle disculpas —empezó diciendo De Maria.
—¿Por
qué?
—Usted,
desde que abandonó anoche nuestro cuartel, ha sido seguido por uno de nuestros
hombres, experto en esta clase de trabajos. Imagínese que usted mismo...
—…
yo mismo he hablado con él —lo interrumpió Montalbano—. Iba disfrazado de
vigilante, ¿verdad?
El
otro lo miró, estupefacto.
—Dejémoslo
correr —dijo el comisario, magnánimo—. ¿Qué sospechaban de mí?
—En
realidad, no sospechábamos nada de usted. Pero yo me dije: alguien como
Montalbano no deja las cosas a medias. Si ha entrado por casualidad en esta
historia, la querrá recorrer hasta el fondo. Vamos a seguido y a ver adónde nos
lleva.
—Gracias.
¿Y ha llegado usted a las mismas conclusiones que yo?
—Creo
que sí. Supongo que, antes de que usted llamara a Nueva York desde mi despacho,
alguien ya había advertido a los organizadores de que el plan había fallado. Y
le facilitaron la falsa dirección de la zapatería.
—¿Tiene
usted alguna idea de quién fue el que avisó a los de Nueva York?
—Yo
sí —contestó el capitán.
—Yo
también —dijo Montalbano.
—¿Habla
usted o hablo yo?
—Hable
usted.
—La
única persona que sabía que el plan había fallado era la señora Cosentino.
—Exactamente.
La cual, mientras ustedes me llevaban al cuartel, llamó al bar de Nueva York
desde su casa. Pero ustedes le habían pinchado el teléfono y ella no lo sabía.
—Exactamente
—dijo a su vez el capitán—. Con toda esta historia el marido... no tiene
absolutamente nada que ver. Jamás se le había pasado por la cabeza mandar
asesinar a su mujer. Era ella la que quería librarse de él. No sé cómo, se puso
en contacto con alguien para escenificar un falso intento de asesinato. Les
avisó a ustedes y consiguió que le ofrecieran protección. Sin embargo, mi
tocayo no sabía que, entrando en aquel chalet, caería en una trampa. En caso de
que confesara, le haría el juego a la señora: no habría tenido más remedio que
decir que le habían pagado para que la matara. Y el marido lo habría pasado muy
mal.
—Exacto
—dijo el capitán.
—Y
ahora ¿qué van a hacer?
—Ya
lo hemos hecho —contestó el capitán—. Hemos detenido a la señora y la hemos
sometido a un duro interrogatorio. Ha confesado y ha revelado los nombres.
—¿Por
qué me ha querido contar esta historia? —preguntó Montalbano.
—Pues
no sé. Porque sí. Acéptelo como un regalo de Navidad.
Catarella
resuelve un caso
Pero
¿quién me manda meterme en este lío? —se preguntó Montalbano mientras bajaba
del coche y miraba a su alrededor.
A
las seis, la mañana prometía ofrecerle una consoladora serenidad. Ahora,
después de media hora de camino en dirección a Fela y de un cuarto de hora
circulando por un sendero impracticable, le quedaba como mínimo otro cuarto de
hora, pero a pie, pues el sendero se había convertido de repente en un camino
de cabras. Miró hacia arriba. En la cumbre del pequeño altozano que tenía que
subir no se distinguía el viejo búnker, oculto entre las matas de plantas
silvestres. Soltó una sarta de maldiciones, respiró hondo como si fuera a
bucear a pulmón libre e inició la subida.
Una
hora y media antes lo habían despertado los timbrazos del teléfono.
—¿Oiga,
dottori? ¿Es usted en persona personalmente?
—Sí,
Catarè.
—¿Qué
hacía, estaba durmiendo?
—Hasta
hace un minuto, sí, Catarè.
—¿Y
ahora, en cambio, ya no duerme?
—No,
ahora ya no duermo, Catarè.
—Ah,
menos mal.
—¿Por
qué menos mal, Catarè?
—Porque
así no lo he despertado, dottori.
O
pegarle un tiro en la cara a la primera ocasión o hacer como si nada.
—Catarè,
si no es mucha molestia, ¿me quieres decir por qué me llamas?
—Porque
el sub comisario Augello tiene resfriado con fiebre.
—Catarè,
¿y a mí qué coño me importa eso que me vienes a contar a las cuatro y media de
la madrugada de que Augello está enfermo? Avisa a un médico y llama a Fazio.
—Es
que Fazio tampoco está. Está haciendo labores de vigilancia con Gallo y
Galluzzo.
—Vale,
Catarè, ¿qué es lo que ocurre?
—Ha
llamado un pastor. Dice que ha encontrado un muerto.
—¿Dónde?
—En
el pueblo de Passo di Calle. Dentro de un viejo bánker. ¿Usía recuerda que
estuvo allí hace unos tres años por...?
—Sí,
ya sé dónde está, Catarè. Y eso se llama búnker.
—¿Por
qué, yo qué he dicho?
—Bánker.
—Bueno,
es lo mismo, dottori.
—¿Desde
dónde ha llamado ese pastor?
—¿Y
desde dónde quiere que llame? Desde el banbúnker, dottori.
—¡Pero
si allí no hay teléfono! ¡Aquello es un lugar dejado de la mano de Dios!
—El
pastor ha llamado con su múvil, dottori.
¿Cómo
hubiera podido ser de otro modo? Unos áñitos más y cualquiera que en Italia fuera
sorprendido sin móvil sería detenido inmediatamente.
—Muy
bien, Catarè, voy para allá. Y, en cuanto regrese alguien al despacho, me lo
envías al búnker.
—¿Y
cómo lo haré, dottori?
—¿Qué
quieres decir?
—¿Cómo
lo haré para saber si alguien regresa al despacho? Yo estoy aquí.
El
comisario se quedó helado.
—¿Me
estás diciendo que has ido tú al búnker?
—Sí,
dottori. Como no había nadie...
—Espérame
ahí y no toques nada, por lo que más quieras. Por cierto, ¿desde dónde me
llamas?
—Ya
se lo he dicho. He salido fuera porque dentro no coge la línea. Le tilifoneo
con mi múvil.
—Pues,
aprovechando que tienes un múvil, muviliza a Pasquano y al juez.
—Dottori,
pido perdón, no se dice muvilizar. Aunque uno llame con un múvil, también se
dice tilifonear.
En
cuanto lo vio en la distancia, Catarella empezó a agitar los brazos como un
náufrago en una isla desierta al ver pasar un barco.
—¡Estoy
aquí, dottori! ¡Estoy aquí!
El
búnker había sido construido justo en el borde de un precipicio de pared casi
perpendicular. Abajo había una estrecha franja de arena amarillo oro, y el mar.
Montalbano vio un automóvil estacionado en la playa.
—¿Cómo
es que hay un coche allí abajo?
—Yo
lo sé, dottori.
—Pues
dilo.
—Porque
yo he venido con ese coche. Es mío de propiedad.
—¿Y
cómo te las has arreglado para subir hasta aquí?
—He
subido escalando la pared. Soy mucho mejor que un soldado de las tropas alpinas
de alta montaña.
Catarella
llevaba colgada del cuello una enorme linterna. Por una vez, había hecho lo
correcto, pues el búnker debía de estar completamente a oscuras. Tras bajar por
un escalón que antaño debió de ser de cemento y que ahora parecía un contenedor
de basura, dentro encontraron aún más porquería. Bajo la luz de la linterna de
Catarella, el comisario avanzó pisando una espesa capa de mierda, bolsas de
plástico, cajas, botellas, preservativos y jeringuillas. Había incluso un
cochecito de niño oxidado. El cuerpo yacía boca arriba, con la mitad inferior
sepultada bajo los desperdicios. Era una mujer con el torso desnudo y unos
vaqueros medio abiertos sobre el vientre. Los roedores y los perros le habían
destrozado el rostro, que estaba irreconocible. Montalbano pidió la linterna y
examinó el cuerpo con más detenimiento.
—Dottori,
si me permite, yo salgo fuera —dijo Catarella, que no debía de poder resistir
el espectáculo.
No
se observaban señales de heridas por arma de fuego. Pero quizá la habían
estrangulado o atacado con un arma blanca por la espalda. Lo único que se podía
hacer era salir y esperar al doctor Pasquano, entre otras cosas porque allí
dentro no se podía respirar, pues el pestazo se pegaba a la garganta.
—¿Me
da un cigarrillo? —le preguntó Catarella con la cara muy pálida.
Ambos
se pasaron un rato fumando en silencio con la mirada perdida en el mar.
—¿Y
el pastor? —preguntó el comisario.
—Se
fue porque tenía que hacer con las ovejas. Pero anoté el nombre, el apellido y
la dirección.
—¿Te
dijo por qué había entrado en el búnker?
—Se
le estaba escapando una necesidad.
—Yo
tengo cierta idea de quién podría ser esa pobrecilla —dijo Fazio, a su regreso
de una fallida misión de vigilancia con vistas a la captura de un prófugo.
Montalbano
había regresado a su despacho inmediatamente después de que el doctor Pasquano
se llevara el cadáver para hacer la autopsia. El forense le había prometido
decirle algo al día siguiente.
—¿Quién
es, a tu juicio?
—Debe
de ser Maria Lojacono, casada con un tal Salvatore Piscopo, vendedor ambulante.
El
comisario dio muestras de estar empezando a ponerse nervioso. La meticulosidad
descriptiva de Fazio siempre lo sacaba de quicio.
—Y
tú ¿cómo lo sabes?
—Porque
hace tres meses el marido denunció su desaparición. Tengo su fotografía, voy a
traérsela.
Maria
Lojacono era una hermosa muchacha de sincero y sonriente rostro y grandes ojos
negros. Debía de tener unos veinte años.
—¿Cuándo
ocurrió?
—Hoy
se cumplen exactamente tres meses.
—¿El
marido reveló algún detalle?
—Sí,
señor. María Lojacono se casó recién cumplidos los dieciocho años. A los nueve
meses nació una niña. Murió al cabo de dos meses. Algo terrible: asfixiada por
una regurgitación. A partir de entonces, la chica empezó a sufrir trastornos
mentales, se quería matar, decía que ella tenía la culpa de la muerte de su
hija. El marido la llevó a Montelusa para que la sometieran a tratamiento, pero
no hubo nada que hacer. Estaba cada vez peor. Tanto, que Piscopo, el marido, no
quería dejarla sola cuando tenía que salir por ahí y la llevaba a casa de una
hermana de ella para que la vigilara. Una noche, la hermana se acostó y, antes
de quedarse dormida, oyó que Maria iba al cuarto de baño. Se durmió porque
estaba muy cansada. Cuando se despertó, sobre las cuatro de la madrugada, tuvo
una especie de presentimiento y se levantó. La cama de María estaba fría y
vacía. La ventana del cuarto de baño estaba abierta. Maria se había escapado
por lo menos cinco horas antes. El marido regresó a casa antes de una hora y se
puso a buscarla por las inmediaciones. Después nos avisó a nosotros y a los
carabineros. Desde entonces ya no se supo nada más de la pobrecilla.
—¿Piscopo
describió cómo iba vestida su mujer?
—Sí,
señor. He echado un vistazo a la denuncia cuando he ido a buscar la fotografía.
Vestía unos pantalones vaqueros, una blusa de color rojo, un jersey negro,
zapatos...
—Pues
mira, Fazio, cuando hoy la hemos visto, no llevaba sujetador, y la blusa y el
jersey habían desaparecido.
—Ay,
Dios mío.
—Bueno,
eso no quiere decir que se puedan sacar conclusiones. Hazme un favor. Coge una
linterna potente y ve al búnker. Que te acompañe Galluzzo. Poneos unos guantes
resistentes y procurad no lastimaros las manos. Buscad alguna prenda que pueda
haberle pertenecido.
—Que
usted sepa, ¿llevaba bragas?
—Sí.
Se veían bajo los vaqueros medio abiertos.
Fazio
se presentó al cabo de cuatro horas. Sostenía en la mano una bolsa de plástico
transparente y en su interior se distinguía lo que tiempo atrás debía de haber
sido un jersey de color negro.
—Perdone
la tardanza. Pero, tras haberme pasado más de una hora rebuscando entre la
mierda con Galluzzo, me sentía como un apestado. Antes de venir, he pasado por
mi casa para lavarme y cambiarme de ropa. Sólo hemos encontrado un jersey.
Corresponde al color que nos dijo el marido. La hermana le había dicho cómo iba
vestida su mujer.
—Oye,
Fazio. Cuando la hemos encontrado, la pobrecilla llevaba una alianza en el
anular. Acércate a Montelusa y pídele al doctor Pasquano que te la dé. Después,
con el jersey y el anillo, ve a casa de ese Piscopo y enséñaselos. Si los
reconoce, me lo traes aquí.
* *
*
Al
comisario le dio la impresión de que Salvatore Piscopo, de unos cuarenta años,
sufría un profundo y sincero dolor.
Era
muy esmirriado y lucía un fino bigotito.
—Es
mi mujer, con toda seguridad —dijo con la voz entrecortada por la emoción.
—Mi
más sentido pésame —dijo Montalbano.
—Nos
queríamos mucho. La chiquilla que murió, pobre inocente, nos destrozó la vida.
Y no
pudo reprimir unos terribles sollozos. Montalbano se levantó, rodeó el
escritorio, se sentó al lado del hombre, le puso una mano sobre la rodilla y se
la apretó.
—Animo.
¿Quiere un poco de agua?
Piscopo
contestó que no con la cabeza. El comisario esperó a que se tranquilizara un
poco.
—Escúcheme,
señor Piscopo. Cuando se enteró de la desaparición de su esposa, ¿adónde fue a
buscarla en primer lugar?
A
pesar de su dolor y aturdimiento, el hombre miró al comisario fijamente a los
ojos.
—¿Por
qué me hace esa pregunta?
—Porque
veo que su dolor es sincero, señor Piscopo, desde el día de la desaparición de
su esposa hasta hoy, han transcurrido tres meses. Durante todo este tiempo, ¿ha
confiado en que su esposa estuviera viva? En caso afirmativo, ¿dónde pensó que
podía estar escondida? ¿En casa de algún familiar? ¿En la de alguna amiga? Por
eso le he hecho la pregunta.
—No,
señor comisario; al día siguiente de su desaparición tuve la certeza de que
jamás la volvería a ver viva.
—¿Por
qué?
—Porque
no tenía familiares ni amigos ni conocidos. No tenía a donde ir, sólo tenía una
hermana. Y, si usted me ve así, señor comisario, es porque una cosa es temerse
lo peor y otra muy distinta saber que lo peor ya ha ocurrido.
—¿Cómo
es posible que su esposa no tuviera amigos?
—En
primer lugar, ella y su hermana Annarita, que le lleva cuatro años y se casó
muy pronto, se habían quedado huérfanas. Yo vivía muy cerca de su casa y las
conocía a las dos desde pequeñas. Yo le llevaba veinte años a Maria. Pero daba
igual. Después de nuestra boda, la pobrecilla ya no tuvo ocasión de hacer
amistades. Usted ya sabe lo que ocurrió.
—Pues
entonces, ¿adónde fue a buscar a su esposa?
—Pues...
recorrí los alrededores de la casa..., pregunté a los vecinos si la habían
visto... Entre otras cosas, aquella noche hacía frío y llovía. Y, además, era
tarde y no pasaba gente por la calle. Nadie supo decirme nada. Entonces fui
primero a los carabineros y después aquí. La busqué en los hospitales de
Vigàta, de Montelusa, de los pueblos más cercanos, en los conventos, en las
casas de caridad, en las iglesias... Nada.
—¿Su
esposa era religiosa?
—El
domingo iba a misa. Pero no se confesaba ni comulgaba. No se fiaba ni de los
curas. —Hizo un visible esfuerzo para preguntarle al comisario en un susurro—:
¿Se mató? ¿Murió de frío? Hace tres meses helaba.
Montalbano
se encogió de hombros.
—No,
no murió de frío ni de penalidades —dijo el doctor Pasquano—. La mataron. O se
mató.
—¿Cómo?
—preguntó Montalbano.
—Matarratas
vulgar y corriente. He hablado con el médico que la sometió a tratamiento aquí,
en Montelusa. Padecía unas crisis depresivas muy fuertes y varias veces había
intentado quitarse la vida con los métodos más dispares.
—Por
consiguiente, ¿la hipótesis más probable es la del suicidio?
—No
necesariamente. Pero parece la más probable, como usted dice.
—¿Por
qué sólo lo parece?
—Porque
he encontrado... Tenga por seguro, Montalbano, que no me equivoco: la tenían
atada por los tobillos y las muñecas con un trozo de cuerda.
El
comisario reflexionó brevemente.
—A
lo mejor, algún familiar, no sé, el marido o la hermana, la ataba cuando tenía
que salir para evitar que se suicidara o hiciera daño a alguien. Las viejas
camisas de fuerza de los manicomios eran para eso, ¿no?
—Yo
no sé si la tenían atada con buen fin, eso corresponde a su investigación. Yo
me limito a explicarle cuál es la situación.
—De
acuerdo, doctor, le doy las gracias —dijo Montalbano, levantándose.
—No
he terminado.
Montalbano
se volvió a sentar. El carácter del forense no era demasiado agradable que
digamos. Como le diera por no hablar, el comisario tendría que esperar a que
terminara de redactar el informe.
—Hay
algo que no me convence.
El
comisario no abrió la boca.
—¿Cuándo
dice usted que desapareció de la casa de su hermana?
—Hace
más de tres meses.
—De
una cosa estoy absolutamente seguro, comisario. No murió hace tres meses. El cuerpo
se encontraba en pésimas condiciones, pero sólo porque toda clase de animales
se habían aprovechado de él... Curiosamente, el proceso de descomposición fue
muy lento. Pero la muerte no se remonta a hace tres meses.
—Pues
¿cuándo debió de morir?
—Hace
un par de meses. O algo menos.
—¿Y
qué debió de hacer durante aquel mes de vida? ¿Adónde fue? ¡Al parecer, nadie
la vio!
—Esos
son asuntos suyos, comisario —contestó cortésmente el doctor Pasquano.
* *
*
—¿Quieres
que te diga cómo está la situación? —preguntó Mimì Augello, todavía muy pálido
a causa de la gripe que acababa de superar—. La hermana de Maria Lojacono se
llama Concetta. Me ha parecido una buena mujer. También me ha parecido un buen
hombre el marido, que trabaja en la empresa de pescado congelado. Tienen tres
hijos; el mayor, de seis años. La señora Concetta excluye que su hermana
consiguiera el veneno en su casa, pues jamás lo hubo; dice que, si los niños lo
hubieran encontrado, con lo traviesos que son, igual se lo habrían comido ellos
en lugar de los ratones. Me parece un argumento convincente. Cuando les he
preguntado si alguna vez, por necesidad, se habían visto obligados a atar a
Maria, me han mirado con indignación. Creo que jamás lo hicieron. Después les
he preguntado si podía haber sido Piscopo, el marido. Concetta ha descartado
esta posibilidad: si lo hubiera hecho Salvatore, ella se habría dado cuenta, lo
mismo que de cualquier otra clase de violencia. Algunas veces, me ha explicado,
su hermana caía en un estado de abulia total, parecía una muñeca de trapo, me
ha dicho textualmente.
Entonces
ella, Concetta, se veía obligada a desnudarla y lavarla. Si alguien ató de pies
y manos a Maria Lojacono, no es allí donde hay que buscar. Ah, me ha pedido una
sortijita.
—¿Qué
sortijita?
—El
marido de Maria le ha dicho que, para la identificación, le han mostrado un
jersey y la alianza matrimonial. ¿Es así?
—Sí,
así lo hemos hecho.
—¿Y
no había ningún otro anillo?
—No.
—La
señora Concetta me ha dicho que Maria llevaba en el meñique una sortijita sin
ningún valor, pero por la que ella sentía un gran cariño. Fue el primer regalo
que le hicieron cuando era pequeña.
—Estoy
seguro de que no había ningún otro anillo, pues Pasquano me lo hubiera
entregado. A menos que esté en algún bolsillo de los vaqueros.
Para
más seguridad, llamó al forense. En los bolsillos no habían encontrado
absolutamente nada.
Había
mandado hacer copias de la fotografía de Maria Lojacono. Llamó a Gallo y a
Galluzzo: con ella en la mano, les envió a preguntar si alguien la había visto
o creía haberla visto a lo largo de una línea en forma de zigzag que iba desde
la casa de la hermana de la difunta hasta el búnker de Passo di Cane.
—Eso
llevará cuatro días como mínimo —dijo Montalbano—. Avanzad en paralelo para no
saltaros ninguna casa.
Acababan
de salir cuando entró Catarella con cara de funeral.
—¿Qué
te pasa?
—Ahora
me he enterado del encargo que usted les ha hecho a mis compañeros Gallo y
Galluzzo.
—¿No
te parece bien?
—Usía
es muy libre de hacer y deshacer sin dar cuentas a nadie.
—¿Pues
entonces?
—Pido
perdón, dottori, pero no me parece justo.
—Habla
claro, Catarè.
—Yo
le dije lo del cadáver de la pobre chica. Y por eso me parece justo que a mí
también me haga el encargo que les ha hecho a mis compañeros.
—¡Pero
es que aquí tú eres muy necesario, Catarè! ¡Si faltas tú, toda la comisaría se
va al carajo!
—Dottori,
yo sé cuál es mi importancia. Pero, aun así, no me parece justo.
—De
acuerdo. Aquí tienes una fotografía. Pero tú irás a Passo di Cane y empezarás a
investigar en los alrededores del búnker.
—¡Usía
es grande y generoso, dottori!
Como
Alá. Pero era una venganza refinada: con toda seguridad, Catarella se vería
nuevamente obligado a escalar la pared vertical del acantilado.
Gallo
y Galluzzo regresaron al anochecer con las manos vacías: ninguna de las
personas a las que habían preguntado y mostrado la fotografía había visto a la
chica. En cambio, Catarella no regresó. Y ya había oscurecido. El comisario
empezó a preocuparse.
—¡A
que se ha perdido...!
Estaba
a punto de organizar un equipo de rescate, cuando Catarella dio finalmente
señales de vida a través del teléfono.
—Dottori,
es usted personalmente...
—…
en persona, Catarè. ¿Qué te ha pasado? Ya estaba preocupado.
—No
me ha pasado nada, dottori. Le quería decir que dentro de media hora como
máximo estoy en la comisaría, en resumen, que estoy a punto de llegar. ¿Me
espera? Tengo que hablar con usted.
Montalbano
lo vio aparecer al cabo de aproximadamente media hora, cansado e insólitamente
perplejo, con una expresión que él jamás le había visto.
—Estoy
muy extrañado, dottori.
—¿Por
qué?
—A
causa de los pensamientos que tengo, dottori.
Ah,
bueno: aquella perplejidad era señal de que algún pensamiento se estaba
abriendo valerosamente paso a través del desierto del cerebro de Catarella.
—¿Qué
es lo que piensas, Catarè?
Catarella
no contestó directamente a la pregunta de su jefe.
—Bueno
pues, dottori, resulta que en Passo di Cane hay muchas casas y casuchas de
campesinos, pero muy separadas las de las otras, por eso se me ha hecho tan
tarde. Ya había visitado catorce casas cuando me dije, ya puesto, ¿por qué no
seguir?
—Muy
bien. Tengo una curiosidad: ¿cómo has llegado a Passo di Cane? ¿Te has
encaramado por la pared del acantilado?
—No,
señor. Hice como hizo usted la otra vez.
Se
había vuelto muy listo, Catarella.
—Bueno
pues, dottori. Llamé a la puerta de la casucha número quince, muy pequeña y sin
revoco. Había ovejas, cabras, gallinas, una jaula de conejos, un cerdo...
—Catarella,
deja el zoo y sigue adelante.
—¡En
resumen, dottori, me abrió nada menos que Scillicato!
—¿De
veras?
—¡De
veras de verdad, dottori!
—Catarella,
ahora que ya me he sorprendido como tú querías, ¿me quieres explicar quién coño
es Scillicato?
—¿Cómo,
no se lo he dicho? ¡Pasquale Scillicato es el pastor que encontró el cuerpo, el
que tilifoneó!
—¿Y
tú no lo sabías? ¿No me dijiste que te había dado su dirección?
—Sí,
dottori, me dio la dirección, pero yo no sabía a qué correspondía. En resumen,
dottori, la casucha de Scillicato se encuentra a algo más de un kilómetro del
banbúnker.
—Interesante.
—Yo
pienso lo mismo que usía. Dottori, Scillicato es un salvaje.
—¿En
qué sentido?
—Dottori,
aunque en la casucha haya un televisor, aunque haya un frigorífico y aunque él
tenga un múvil y esa cosa que ahora no recuerdo cómo se llama pero hace
zzzzzzz...
—¿Una
Vespa?
—No,
dottori, la prima de la Vespa.
La
prima. ¿Qué podía ser?
—¿La
Ape? —se aventuró a preguntar Montalbano.
—Exactamente
exacto. Aunque tenga una Ape, aunque...
—Catarè,
dime lo malo, no lo bueno.
—Dottori,
aunque vista como uno que pide limosna, aunque se ate los pantalones con un
cordel, aunque se guarde el salchichón en un bolsillo y el pan en el otro y
aunque...
Ya
estaba soltando otra letanía.
—Catarè,
vayamos al grano.
—El
grano, dottori, son por lo menos tres granos. El primer grano es que, cuando le
enseñé la fotografía, él me contestó que a aquella mujer sólo la había visto
muerta, cuando la encontró en el banbúnker y nos tilifoneó.
—¿Y
qué?
—¡Dottori,
ah, dottori! En primer lugar, cuando él vio el cadáver, fuera estaba oscuro,
¡imagínese dentro del banbúnker! ¡Como mucho, habrá visto el cadáver y no cómo
era la cara! ¡Y, además, la cara de la pobrecita estaba toda comida por los
perros y los ratones! ¡Si la reconició, es porque ya la había visto antes!
—¡Sigue!
—dijo Montalbano, prestándole mucha atención.
—El
segundo grano es que se me escapó.
—¿Se
te escapó Scillicato?
—No,
señor, se me escapó a mí. Tenía que hacer una necesidad y le pregunté dónde
estaba el retrete. Me contestó que en la casa no había retrete. Si se me
escapaba, podía hacerlo en el campo, como hacía él.
—Bueno,
Catarè, no veo nada de...
—Perdone,
dottori. Pero, cuando uno está acostumbrado a hacer sus necesidades al aire
libre, ¿qué necesidad tiene de entrar en el banbúnker cuando tiene necesidad de
hacer sus necesidades?
Montalbano
lo miró con unos ojos abiertos como platos. El argumento de Catarella hilaba de
maravilla.
—El
tercer grano, dottori, es que este Scillicato entra en el banbúnker a las tres
y media de la madrugada, cuando por allí no pasa ni siquiera el famoso perro
del Passo di Cane. ¿Quién lo podía ver a aquella hora?
Y se
echó a reír, orgulloso de su broma. Montalbano se levantó de golpe, abrazó a
Catarella y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—Mimì,
creo que las cosas ocurrieron de la siguiente manera. Maria Lojacono se escapa
de la casa de su hermana y, para su desgracia, se tropieza con Scillicato, que
pasa por allí con su Ape. El pastor se detiene; a lo mejor, Maria ya le ha
pedido que la lleve. Scillicato no tarda mucho en darse cuenta de que la chica
anda mal de la olla. Entonces decide aprovechado y se la lleva a casa. Es
evidente que Maria está en un período de abulia de los que sufría tras estar
varios días sin hacer nada y que en aquella ocasión la indujo a escaparse. A
Scillicato le resulta muy cómoda la situación y ésta se prolonga a lo largo de
un mes. Cuando tiene que salir, ata a la chica con una cuerda. La considera una
propiedad, como sus gallinas y sus ovejas. Un día, María se despierta, se libra
de sus atadura; y se escapa. Pero antes, tentada por la idea del suicidio como
otras veces, se apodera del matarratas que Scillicato guarda sin duda en su
casa. Cuando el pastor regresa y no la encuentra, no se preocupa demasiado. A lo
mejor piensa que la chica regresará con su familia. En vez de eso, Maria se
esconde en el búnker y se envenena.
Mucho
tiempo después, Scillicato se entera de que todavía están buscando a la chica.
Y él también se pone a buscarla, temiendo que pueda revelar los malos tratos de
que ha sido objeto durante un mes. Al final, descubre el cadáver y nos llama.
—Eso
no lo entiendo —dijo Mimì—. ¿Qué necesidad tenía de intervenir? Si no nos
hubiera comunicado el hallazgo, ¿quién sabe cuánto tiempo habría permanecido el
cadáver en el búnker?
—En
fin —dijo Montalbano—, vete a saber. A lo mejor, pensando que había muerto a
causa de las penalidades, se tranquilizó en la certeza de que ella ya no podría
decir nada. Y quiso representar el papel del ciudadano cumplidor de la ley. Y
desviarnos de la pista.
—¿Y
qué hacemos ahora?
—Pide
una orden de registro y vete a casa de Scillicato.
—¿Qué
tenemos que buscar?
—No
lo sé. No hemos encontrado ni el sujetador ni la blusa roja de Maria. Aunque a
estas horas ya los habrá quemado. Tú verás. Me interesa, sobre todo, que
presionéis a Scillicato.
—De
acuerdo.
—Ah,
otra cosa. Llévate a Catarella. Y, si tenéis que detener a Scillicato, deja que
Catarella le ponga las esposas. Se merece esa satisfacción.
Se
pasaron varias horas registrando la casucha sin encontrar nada. Ya habían
perdido las esperanzas cuando, en un rincón de un pequeño cuarto sin ventanas
que echaba un pestazo insoportable, Catarella distinguió entre la suciedad algo
que brillaba tenuemente. Se agachó para recogerlo: era una sortijita de cuatro
perras. El primer regalo que le habían hecho a una niña muchos años atrás.
El
juego de las tres cartas
Llovía
tanto que el comisario Montalbano se empapó de la cabeza a los pies al recorrer
los tres pasos que lo separaban de su coche, aparcado delante de la puerta de
su casa. Pero es que a él le fastidiaba llevar paraguas, no lo podía evitar. El
motor estaba frío y no arrancó a la primera. Montalbano empezó a maldecir;
desde que había abierto los ojos aquella mañana, estaba convencido de que el
día iba a ser aciago. El automóvil se puso por fin en marcha, pero el
limpiaparabrisas del asiento del conductor no funcionaba, por lo que las
grandes gotas se fragmentaban en todas direcciones sobre el cristal y reducían
todavía más la visión de la carretera. Por si fuera poco, a escasos metros de
la comisaría tuvo que circular detrás de un vehículo fúnebre que, a primera
vista, le pareció vacío. Miró mejor y vio que se trataba de un entierro con
todas las de la ley: detrás del vehículo caminaba un sujeto que trataba de
protegerse con un paraguas. El hombre estaba completamente empapado, y el
comisario le deseó que no pillara la pulmonía que casi inevitablemente lo
estaría aguardando a la vuelta de la esquina veinticuatro horas después. Cuando
entró en su despacho ya se le había pasado la furia que le había producido el
mal tiempo y se sentía dominado por la tristeza: un cortejo funerario integrado
por una sola persona y, por si fuera poco, en medio de un diluvio, no era algo
que alegrara el corazón precisamente. Fazio, que conocía a su jefe tan bien
como a sí mismo, se preocupó. Sólo en otra ocasión muy grave lo había visto tan
abatido y taciturno.
—¿Qué
le ha pasado?
—¿Qué
me tiene que haber pasado?
Se
pusieron a hablar de una investigación que mantenía ocupado al subcomisario
Mimì Augello. Pero Montalbano daba la impresión de tener la cabeza en otra
parte y se limitaba a pronunciar monosílabos. De repente y sin ton ni son,
dijo:
—Mientras
venía hacia aquí, me he tropezado con un entierro.
Fazio
lo miró, perplejo.
—Detrás
del coche caminaba una sola persona —añadió Montalbano.
—Ah
—dijo Fazio, que conocía la vida y milagros de Vigàta y de todos los
vigateses—. Debía de ser el pobre Girolamo Cascio.
—¿Quién
es Cascio, el muerto o el vivo?
—El
muerto, señor comisario. El que lo seguía seguramente era Ciccio Mónaco, el ex
secretario del Ayuntamiento. El pobre Cascio también había sido funcionario
municipal.
Montalbano
evocó la escena borrosamente entrevista a través del parabrisas y enfocó la
imagen: sí, el hombre que seguía a pie el vehículo era efectivamente el señor
Mónaco, a quien él había tratado en alguna ocasión.
—El
único amigo que Cascio tenía en Vigàta era el secretario del Ayuntamiento
—añadió Fazio—. Aparte de Mónaco, Cascio vivía más solo que la una.
—¿De
qué ha muerto?
—Lo arrolló
un coche conducido por alguien que se dio a la fuga. Era de noche y ya muy
tarde, estaba oscuro y nadie vió nada. Lo encontró muerto en el suelo uno que
iba a trabajar a primera hora de la mañana. El doctor Pasquano le practicó la
autopsia y envió el informe al subcomisario Augello. Lo tiene sobre su
escritorio, ¿lo voy a buscar?
—No.
¿Qué dice?
—Dice
que, en el momento del atropello, Cascio llevaba dentro alcohol suficiente para
emborrachar a un ejército. Estaba todo manchado de vómito. Seguramente caminaba
como si navegara con el mar en contra y él mismo se debió de detener de golpe
delante de un vehículo que no pudo esquivarlo a tiempo.
Por
la tarde escampó, las nubes desaparecieron, el buen tiempo regresó y, con él,
la tristeza de Montalbano también se disipó. Por la noche le entró un hambre
canina y decidió irse a cenar a la trattoría San Calogero. Lo primero que vio
al entrar en el local fue precisamente a Ciccio Mónaco, sentado solo a una
mesa. Parecía un alma perdida. El camarero le acababa de servir un puré de
verduras, un tipo de plato que al cocinero del local se le daba francamente
mal. El exsecretario del Ayuntamiento lo vio y lo saludó mientras reprimía un
estornudo con la servilleta. Montalbano contestó. Después, obedeciendo a un
impulso inexplicable, dijo:
—Siento
mucho lo de su amigo Cascio.
—Gracias
—dijo Ciccio Mónaco. y después añadió, acompañando su propuesta con algo que,
en un exceso de generosidad, se hubiera podido calificar de sonrisa—: ¿Quiere
sentarse conmigo? .
Montalbano
vaciló, pues no le gustaba hablar mientras comía, pero lo venció la compasión.
Como es natural, hablaron del accidente y el ex secretario del Ayuntamiento se
pasó de repente una mano sobre los ojos, casi como si quisiera impedir que le
brotaran las lágrimas.
—¿Sabe
en qué pienso, señor comisario? En el tiempo que tardaría mi amigo en morir. Si
el miserable que lo atropelló se hubiera detenido...
—No
es seguro que no lo hiciera. A lo mejor se detuvo, bajó, vio que Cascio había
muerto y se fue. ¿Su amigo era bebedor habitual?
El
otro lo miró, estupefacto.
—¿Girolamo?
No, llevaba tres años sin beber. No podía. A consecuencia de una operación.
Bastaba un solo dedo de whisky para que se le soltaran las tripas, con perdón.
—¿Por
qué ha dicho whisky?
—Porque
era lo que bebía antes; el vino no le gustaba.
—¿Sabe
usted lo que había estado haciendo Cascio la noche en que lo atropellaron?
—Pues
claro que lo sé. Estuvo en mi casa después de cenar, nos pasamos un rato
hablando y, a continuación, nos sentamos a ver El show de Maurizio Costanzo,
que termina muy tarde. Debió de irse sobre la una de la madrugada. Desde mi
casa a la suya habrá un cuarto de hora de camino a pie.
—¿Era
normal?
—¡Por
Dios, señor comisario, qué preguntas me hace usted! Pues claro que era normal.
Tenía setenta años pero muy bien llevados.
Por
regla general, tras haberse zampado un buen plato de pescado fresquísimo,
Montalbano disfrutaba un rato largo de su sabor en la boca y ni siquiera tomaba
café. Esta vez se lo bebió, pues no quería dejar escapar un pensamiento que se
le había ocurrido tras su conversación con Ciccio Mónaco. En lugar de irse a su
casa de Marinella, se detuvo delante de la comisaría. Estaba de guardia
Catarella.
—¡No
hay nadie, pero lo que se dice nadie, dottori!
—No
te alarmes, Catarè. No quiero ver a nadie.
Entró
en el despacho de Mimì Augello y encontró sobre el escritorio la carpeta que
buscaba. Averiguó algo más, pero no demasiado. Que el accidente se había
producido a las dos y dos minutos de la madrugada (el reloj de bolsillo del
muerto se había parado a esa hora), que el hombre murió casi con toda certeza
en el acto dada la violencia del golpe (el vehículo que lo embistió debía de
circular a gran velocidad) y que la Científica se había llevado la ropa del
muerto para examinada.
Desde
el mismo despacho llamó al domicilio de su subcomisario. No esperaba
encontrarlo.
—Hola,
Salvo, has tenido suerte, estaba a punto de salir.
—¿Ibas
de putas?
—Venga
ya, ¿qué es lo que quieres?
—¿Quién
se ha encargado de las primeras investigaciones de la muerte de Girolamo
Cascio, el que fue atropellado hace tres días?
—Yo.
¿Por qué?
—Sólo
quiero saber una cosa: ¿viste alguna botella cerca del cadáver?
—¿Una
botella?
—Mimì,
¿no sabes lo que es una botella? Es un recipiente de vidrio o de plástico para
contener líquidos. Tiene un cuello largo, el que tú sueles utilizar para
metértelo en...
—Cuando
te pones en plan cabrón, lo haces muy bien, Salvo. Estaba pensando. No, no
había ninguna botella.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Un
besito.
Ya
era demasiado tarde para llamar a Jacomuzzi, de la Policía Científica. Se fue a
Marinella.
Lo
que le dijo Jacomuzzi a la mañana siguiente confirmó la idea que Montalbano se
había hecho. Según Jacomuzzi, el golpe había sido extremadamente fuerte;
Cascio, que casi con toda certeza cayó sobre el capó del vehículo que lo
atropelló, había roto el parabrisas con el cráneo. Si Montalbano tenía interés
en saberlo, el automóvil que había alcanzado de lleno a Cascio tenía que ser de
color azul oscuro.
Llamó
a Mimì Augello.
—Tendrías
que darte una vuelta por los chapistas de Vigàta para averiguar si les han
llevado un vehículo de color azul oscuro para que le arreglen los desperfectos.
—No
sabía que el coche era de color azul oscuro. Pero ya me he dado personalmente
una vuelta por las chapisterías. Nada. Mira, Salvo, no tiene por qué haber sido
alguien de Vigàta, puede haber sido un automóvil de paso.
—Mimì,
¿me quieres explicar por qué te has tomado tan a pecho este asunto?
—Porque
los que se dan a la fuga tras haber arrollado a una persona me dan asco. ¿Y tú?
—¿Yo?
Porque no creo que haya sido un accidente sino un delito. Y muy bien planeado,
por cierto. El asesino sigue a Cascio cuando éste sale para ir a casa de su
amigo Mònaco. No lo atropella enseguida porque aún hay mucha gente por la
calle. Espera pacientemente a que Cascio salga por el portal; ya es más de la
una y las calles están desiertas. Se sitúa al lado de Cascio, lo hace subir a
la fuerza, sin duda bajo la amenaza de un arma. Lo obliga a beber una gran
cantidad de alcohol. Cascio empieza a sentirse mal. El asesino lo suelta.
Tambaleándose y vomitando hasta la primera papilla, el pobrecillo intenta
llegar a su casa. No lo consigue, el vehículo lo embiste por la espalda como un
cañonazo y lo levanta del suelo. Un accidente muy verosímil, sobre todo porque
la víctima se encontraba en estado de embriaguez. Lo cual explica por qué
Cascio, que se había despedido de su amigo a la una de la madrugada, a las dos
aún no había terminado de efectuar un recorrido de un cuarto de hora. Lo habían
interceptado y secuestrado.
—La
reconstrucción me convence —dijo Mimì Augello—. Pero ¿por qué no pegarle
inmediatamente un tiro mientras salía de la casa de Mònaco, en lugar de montar
toda esta comedia? El hombre debía de ir armado para obligar a Cascio a subir
al coche.
—Porque,
si hubiera sido un homicidio evidente, quizá alguien, digo quizá, que conociera
la vida de Cascio, habría podido identificar al asesino. Lo cual nos obliga a
descartar otra hipótesis.
—¿Cuál?
—La
de que dos o tres chavales, tal vez drogados, se lo hayan cargado para
divertirse. Por otra parte, se trata de un deporte muy poco habitual entre
nosotros.
—De
acuerdo, ya te entiendo. Intentaré averiguar qué le había ocurrido a Cascio
últimamente.
—Ojo,
Mimì: tienes que buscar algo que se remonte a más de tres años.
—¿Por
qué?
—Porque,
desde hace tres años ya raíz de una operación, el pobrecillo ya no podía beber
alcohol. Le sentaba mal enseguida.
—Entonces
¿por qué quien sea lo llenó como una bota?
—Porque
el asesino ignoraba las secuelas de la operación. Dejó de ver a Cascio hace
tres años, cuando éste todavía se tragaba el whisky que era un gusto. ¿Lo
entiendes?
—Pues
sí, lo entiendo.
—¿Y
sabes por qué razón el asesino no sabía nada? Por que llevaba por lo menos tres
años fuera de Vigàta. No había tenido tiempo de ponerse al día. Intentó echarle
la culpa del accidente al whisky. Y nosotros estábamos a punto de caer en la
trampa. Pero, después de lo que nos ha dicho Mònaco, ha sido precisamente el
whisky el que nos ha revelado que no se trataba de algo fortuito.
A
Montalbano no le apetecía que el hecho de sentarse a la mesa de Mònaco en la
trattoria se convirtiera en una costumbre. Por eso lo llamó para pedirle que
acudiera a la comisaría. Había decidido jugar con las cartas sobre la mesa y,
por consiguiente, le contó todo lo que suponía. El primer resultado fue que
Ciccio Mònaco, también más que septuagenario, se sintió mal y necesitó una
copita de coñac. El no tenía los problemas de su amigo difunto. En cambio, el
segundo resultado fue importante.
—Yo
eso de la borrachera no lo sabía —empezó diciendo el ex secretario del
Ayuntamiento—. Si hubiera pensado que no era un accidente sino un homicidio,
ayer mismo le habría dicho lo que le voy a decir ahora. ¿Desde cuándo presta
usted servicio en Vigàta?
—Desde
hace cinco años.
—Esto
ocurrió un año antes de su llegada. Girolamo trabajaba en el Ayuntamiento; era
aparejador, ocupaba un puesto en el despacho del ingeniero jefe Riolo. Empezó a
percatarse de la existencia de ciertas irregularidades en las adjudicaciones de
obras, hizo copias de los documentos que probaban los chanchullos y fue a
entregarlos al fiscal Tumminello, de la Fiscalía de Montelusa. No le pidió
consejo a nadie, ni siquiera a mí, que era su amigo. Yo me lo tomé a mal, me
pareció una falta de confianza y, durante algún tiempo, nuestras relaciones se
enfriaron. Pero recuerdo que una vez...
—¿Qué
hizo el fiscal Tumminello? —lo cortó groseramente el comisario.
—Mandó
detener al ingeniero jefe, a un constructor apellidado Alagna y a un compañero
de Girolamo, un tal Pino Intorre, que se había convertido en una especie de
secretario del ingeniero Riolo. Eso es lo único que puedo decirle. Ésas son las
tres únicas personas en todo el universo que podían guardar rencor a Girolamo.
—¿Los
tres son vigateses?
—No,
señor comisario. El ingeniero es de Montelusa y Alagna es de Fela. Sólo Intorre
es de Vigàta.
—¿Fueron
condenados?
—Por
supuesto que sí. Pero no sé a cuánto.
El
comisario llegó a la trattoria San Calogero más tarde que de costumbre. Parecía
de mal humor. Pero aceptó la invitación de Ciccio Mónaco de sentarse a su mesa.
El ex secretario del Ayuntamiento se estaba empezando a comer una merluza
hervida. Se la había aliñado con una gota de aceite.
—No
hay buenas noticias —le anunció Montalbano.
—¿En
qué sentido?
—El
ingeniero y Alagna aún están en la cárcel. Intorre fue puesto en libertad hace
unos días.
—¿Y
eso le parece una mala noticia? Pero ¿cómo, señor comisario? ¡Intorre sale de
la cárcel lleno de rencor hacia mi pobre amigo y, en cuanto lo ve, lo mata!
—Intorre
no tiene coche.
—¡Eso
no significa nada! ¡Se lo habrá pedido prestado a alguien de su calaña!
—¿Sabe
usted que Intorre está prácticamente ciego?
A
Ciccio Mónaco se le cayó el tenedor de la mano. Se puso muy pálido.
—No...,
no lo sabía.
—Sin
embargo —añadió Montalbano—, puede que eso tampoco signifique nada. A lo mejor,
contó con la ayuda de un cómplice.
—¡Eso
es! Justo lo que yo estaba pensando!
El
camarero le sirvió al comisario entremeses de pescado. Éste se puso a comer
como si el tema ya estuviera cerrado.
—Y
ahora, ¿qué piensa hacer?
El
comisario contestó a la pregunta con otra.
—¿Sabía
usted que su amigo Girolamo Cascio había comprado en los últimos seis meses dos
apartamentos y tres tiendas en Montelusa?
Esta
vez, Ciccio Mónaco se puso tan pálido como un muerto.
—No...
no...
—No
lo sabía, claro —dijo el comisario terminando la frase por él.
Y
siguió comiendo como si tal cosa.
Cuando
terminó los entremeses, miró al ex secretario del Ayuntamiento, el cual daba la
impresión de haberse quedado petrificado en su asiento.
—Yo
me pregunto ahora cómo se las arregla un pobre empleado con un sueldo de
miseria para comprarse tres apartamentos y tres tiendas. Piensa que te piensa,
he llegado a una conclusión: chantaje.
En
ese momento a Montalbano le sirvieron una lubina que parecía que aún estuviera
nadando en el mar.
—¿Me
hace usted un favor, señor Mónaco? ¿Puede esperar a que me termine la lubina
sin hablar?
El
otro obedeció. Durante el tiempo que empleó el comisario en convertir el
pescado en raspa, Mónaco se bebió cuatro vasos de agua. Al final, el comisario
se reclinó satisfecho contra el respaldo de su silla y lanzó un suspiro de
placer.
—Volvamos
a nuestra conversación. ¿Quién era la persona a la que Girolamo Cascio estaba
chantajeando? He planteado una hipótesis verosímil: alguien a quien él no había
incluido en la denuncia de las adjudicaciones de obras fraudulentas. El
chantajeado no tiene más remedio que pagar. Pero espera la ocasión propicia. La
puesta en libertad de Intorre es el momento que el chantajeado esperaba. Hará
recaer la culpa sobre el ex recluso con una ocurrencia genial: simulará un
error de Intorre, el cual hubiera tenido que ignorar que Cascio ya no podía
beber alcohol. El chantajeado nos ha tomado de la mano y nos ha llevado hacia
donde él quería. ¡Un falso error auténticamente genial! Pero, puesto que la
vida es como es, decide marcar una de las tres cartas con las que el asesino
quería hacer su juego, engañando a todo el mundo. ¿Qué hace la vida? Le gasta
una broma. Como el asesino pretendía hacer pasar un falso error por auténtico,
lo coloca en la situación de cometer un verdadero error que es un reflejo del
otro. El asesino ignora, esta vez de verdad, que Intorre está prácticamente
ciego.
Ciccio
Mónaco hizo ademán de levantarse.
—Necesito
ir al lavabo...
Pero
no lo consiguió y volvió a hundirse en la silla.
—¿Usted
tiene coche, señor Mónaco?
—Sí...
pero... no lo utilizo desde...
—¿Es
de color azul oscuro?
—Sí.
—¿Dónde
lo tiene?
El
otro iba a decir algo, pero no le salió ningún sonido de la boca.
—¿En
su garaje?
Un
sí imperceptible con la mirada.
—¿Le
parece que vayamos hacia allá?
Ciccio
Mónaco habló inesperadamente.
—Tiene
razón, yo también estaba metido en el asunto de las adjudicaciones de obras.
Pero él me dejó fuera para poderme chupar la sangre. Durante el juicio, los
demás no mencionaron mi nombre. Que conste que aquella: noche yo no tenía
intención de matarlo. Fue cuando me dijo que Pino Intorre había salido de la
cárcel y que, si no le daba más dinero, lo azuzaría contra mí; sólo entonces
decidí matarlo y nacer recaer la culpa sobre Intorre.
Quería
levantarse para seguir a Montalbano, pero no lograba despegarse de la silla,
las piernas no lo sostenían. El comisario lo ayudó, ofreciéndole su brazo.
Salieron de la trattoria como dos viejos amigos.
Unos
trozos de cuerda absolutamente inservibles
¿Señor
comisario? Soy Fazio. ¿Podría acercarse aquí?
—¿Por
qué?
No
veía ninguna razón para abandonar su despacho, subir al coche, que, por otra
parte, se hacía mucho de rogar antes de ponerse en marcha, atravesar toda
Vigàta, coger la carretera de Montelusa, girar a la izquierda quinientos metros
más allá, enfilar un sendero por el que no hubieran podido pasar ni siquiera
las cabras, recorrer un kilómetro de baches y pedruscos y llegar finalmente a
la casa del contable Ettore Ferro con la espalda hecha polvo.
—¿Por
qué? —volvió a preguntar, irritado al ver que Fazio dudaba.
—Porque
sí.
El
comisario se alteró y levantó la voz.
—¿Qué
coño significa «porque sí»? ¿Te quieres explicar? ¿Ha habido alguna
complicación?
—No,
señor, no es que haya complicaciones, pero sería mejor que viniera.
Subió
al coche murmurando maldiciones. ¿Sería posible que sus hombres hubieran
llegado al extremo de no saber quitarse un dedo del culo sin su ayuda?
El
contable Ferro se había presentado en la comisaría a las tantas de la madrugada
y había obligado a Catarella a llamar a Montalbano, que se estaba duchando en
Marinella, para rogarle que acudiera al despacho «deprisa y en persona
personalmente». El comisario conocía de vista al contable, un sexagenario que
no mantenía tratos con nadie y vivía solo en una casa de tres pisos en un lugar
apartado. Se le tenía por una persona seria, a pesar de sus curiosas manías.
Cuando
el comisario entró en el despacho, el hombre estaba acomodado en una silla
delante del escritorio.
—Tranquilo,
tranquilo —dijo Montalbano al ver que el otro hacía ademán de levantarse—.
Cuéntemelo todo.
—Esta
noche han intentado robar en mi casa.
—¿Intentado?
—Sí,
señor, intentado.
—A
ver si lo entiendo. ¿No se han llevado nada?
—Nada
de nada.
—¿Está
seguro seguro de que han entrado ladrones?
—Y
tan seguro. Porque han roto un cristal de la ventana del sótano, han
introducido una mano, la han abierto por dentro, han entrado en casa, han
abierto las puertas de todas las habitaciones que yo tengo cerradas con llave,
han...
—Ya
vale, ya vale —lo interrumpió el comisario.
Lo
estaba asaltando una cólera asesina. ¡Aquel cabrón que tenía delante lo había
obligado a correr a la comisaría a altas horas de la madrugada por un intento
de robo!
—¿Dónde
ha dormido usted esta noche? —preguntó Montalbano.
—¿Dónde
iba a dormir? En mi casa —contestó el otro, mirándolo perplejo.
—¿Y
no ha oído nada? ¿No lo ha despertado el ruido?
—¿Yo?
Cuando me tomo el somnífero, no me despiertan ni a cañonazos.
—¡Fazio!
El
grito del comisario sobresaltó al contable. Fazio se presentó de inmediato.
—Redacta
el informe de lo que le ha ocurrido a este señor y ve también a echar un
vistazo a su casa.
Transcurrió
una hora larga antes de que se le empezara a pasar el mal humor. Y después
recibió la llamada.
Fazio,
que lo esperaba, corrió a abrirle la portezuela del coche. Montalbano lo
fulminó con la mirada.
—¿Por
qué me has hecho venir?
—El
contable ha descubierto que los ladrones le han robado una cosa.
—¿Qué
cosa?
Fazio
se miró con mucho interés la punta de los zapatos.
—Quizá
será mejor que se lo diga el propio contable.
Montalbano
estaba a punto de replicar cuando apareció el susodicho en la puerta de la
casa.
—Venga,
señor comisario, le enseñaré por dónde se han colado los ladrones.
Entraron
en un pequeño recibidor con tres puertas y una escalera que conducía al piso de
arriba.
Ettore
Ferro se detuvo delante de la más grande de las tres, sacó del deformado
bolsillo un gigantesco llavero, abrió e hizo pasar al comisario y a Fazio;
después pasó él, encendió la luz y cerró con llave. Una escalera de unos veinte
peldaños bajaba a una bodega inmensa con un techo muy alto y dividida en dos.
En el lado de la izquierda había más de diez barriles de tamaño tan grande que
Montalbano jamás hubiera podido imaginar que existieran.
—¿Cómo
consiguió que entraran? —preguntó espontáneamente.
—La
verdad es que no entraron. Los hice construir aquí mismo —contestó el contable,
y añadió—: Por otra parte, toda esta bodega la proyecté yo y va mucho más allá
de las paredes de esta casa.
—¿Es
usted enólogo?
—¿Quién,
yo? Ni soñado.
El
comisario prefirió no insistir y captó por el rabillo del ojo la expresión
forzada del rostro de Fazio, que a duras penas podía reprimir una carcajada de
esas que le arrancan a uno las lágrimas.
—Se
han colado por ahí —prosiguió el contable—. ¿Ve el cristal roto? Después
saltaron sobre aquellos barriles y bajaron por la escalerita de madera que está
apoyada en ellos.
Montalbano
no le prestaba atención, pues estaba contemplando la otra mitad de la bodega,
la de la derecha, en la que imperaba una oscuridad total. Estaba claro que no
había ventanas que dieran luz. Decidió preguntar.
—¿Qué
hay al otro lado?
—El
congelador, una cámara frigorífica y varias cajas.
—¿Se
dedica usted al comercio?
—¿Quien,
yo? No.
Fazio
disimuló con un acceso de tos la carcajada que no había logrado reprimir.
Montalbano se enfureció.
—Oiga,
contable, dígame qué le han robado y terminemos de una vez.
—Tenemos
que subir al piso de arriba.
Volvió
a montar el número de abrir la puerta y cerrarla.
Subieron
por la escalera, se detuvieron en el rellano del primer piso, el contable abrió
la puerta de la derecha con otra llave, pasaron y la volvió a cerrar, avanzó
por un pasillo, se detuvo delante de la tercera puerta de la izquierda, sacó el
manojo de llaves, abrió, entró, encendió la luz e invitó al comisario y a Fazio
a seguirle. La habitación era prácticamente una estantería metálica
perfectamente ordenada, con los estantes llenos de cajas de cartón de todos los
tamaños, cerradas con cinta de embalaje. El contable señaló a la derecha una
balda que contenía unas cajas como de zapatos.
—Han
robado la caja de las chapas de cerveza del año pasado. Mire, comisario, hoy
estamos a cuatro de enero. Pues bien, el día dos yo sellé la caja donde
guardaba las chapas de las cervezas que me bebí en mil novecientos noventa y
siete. Eran trescientas sesenta y cinco; me bebo una al día.
Montalbano
lo miró. No bromeaba. Es más, parecía trastornado.
—Dígame,
contable. ¿Qué hay dentro de esa caja tan grande de la izquierda?
—¿Ahí?
Unos trozos de cuerda absolutamente inservibles.
—¿Y
en las de al lado?
—Bolsas
de plástico o de papel usadas. ¿Lo ve? Todo está agrupado por años. Lea:
elásticos de goma mil novecientos setenta y ocho, setenta y nueve, ochenta...
Camisetas usadas mil novecientos setenta y nueve, ochenta, ochenta y uno... Y
así sucesivamente. Yo lo guardo todo, no tiro nada desde hace veinte años.
—¿El
piso de arriba está igual?
—Sí,
claro. Hay papeles, periódicos, revistas... y también ropa usada, zapatos...
Cosas como tapones de corcho, botellas o latas de conservas las guardo en la
habitación de al lado. Pero tendré que construir alguna habitación más en la
planta baja... Yo fumo cuarenta cigarrillos al día, ¿sabe usted? Ya no sé dónde
guardar las colillas.
Haciendo
un esfuerzo, el comisario sujetó la razón que estaba a punto de huir de su
cabeza. Tenía que irse inmediatamente, estaba sudando. Hizo ademán de
marcharse, pero, al llegar a la puerta, se detuvo.
—Disculpe,
contable —preguntó, deslumbrado por una repentina iluminación—. ¿Qué hay en los
barriles de la bodega?
—Mis
residuos orgánicos —contestó el contable Ettore Ferro.
Montalbano
se fue sin despedirse siquiera.
No
tuvo ánimos para regresar directamente al despacho. Poco antes de la bajada que
conducía a Vigàta, había un sendero que terminaba en un solitario claro, en
medio del cual se levantaba un retorcido olivo silvestre que le inspiraba
simpatía. Se sentó en una de sus ramas. Se notaba dentro un sordo malestar, una
sensación de incomodidad que procedía de una pregunta muy concreta: ¿por qué
razón el contable Ferro hacía lo que hacía? ¿Sólo porque el cerebro le
funcionaba con corriente alterna? ¿O acaso había motivos más sutiles? ¿Sería
estar seguro de su existencia por medio de la acumulación de la basura que él
mismo generaba? ¿O quizá se trataba de una forma de avaricia absoluta? Se fumó
tres cigarrillos seguidos y, a fuerza de pensar en ello, acabó por sentirse mas
perplejo que convencido. Sin embargo, de una cosa estaba seguro: aquel hombre
le había dado una pena inmensa.
Cuando
ya llevaba media hora en su despacho, entró en él Fazio.
—¿He
hecho bien en hacerle ir a la casa del contable? ¡Imagínese, señor comisario,
que me ha dicho, como si fuera lo más natural del mundo, que en aquellos
barriles que usted ha visto en la bodega no sólo echa la mierda y los meados,
sino también las uñas que se corta, los pelos de la barba y los cabellos!
—¿Sabes
qué hay en el congelador, en la cámara frigorífica y en las cajas?
—Por
supuesto que sí. Me los ha abierto. Mire, comisario, el contable calcula cuánta
carne se comerá en un año, cuánto pescado, cuánta pasta, cuánto queso... En
resumen, todo lo que él cree que necesita un hombre para vivir durante
trescientos sesenta y cinco días... Todo de todo, se lo aseguro, incluso, qué
se yo, los mondadientes. El dos de enero llegan las furgonetas de los
proveedores y él ordena lo que hay que congelar, lo que hay que guardar en el
frigorífico... Podría pasarse todo un año sin salir de casa.
—¿Tiene
familia?
—Sólo
un sobrino, hijo de una hermana que se fue a Venecia con su marido y murió
allí. La casa se la dejará al sobrino con la obligación de no enajenar, ha
utilizado este verbo, nada de lo que hay dentro. Todo tiene que permanecer como
está. ¿Se imagina la cara que pondrá el sobrino cuando abra os barriles?
Montalbano
añadió otra hipótesis a las que ya había planteado: ¿un ingenuo deseo de
inmortalidad? ¡Por lo menos, los faraones se hacían construir las pirámides!
—¿Y
quiere saber una cosa? —añadió Fazio—. ¡Me hablaba de las chapas de cerveza que
le han robado como de piedras preciosas, perlas, brillantes!
Mientras
regresaba a Marinella le vino de nuevo a la mente el asunto del contable y, de
repente, se percató de que la rareza de la casa y de su propietario le había
impedido enfocar el verdadero problema: ¿por qué unos ladrones se habían tomado
la molestia de entrar de noche, abrir puertas con llaves falsas o ganzúas y
correr el peligro de acabar en la cárcel para llevarse una caja de cartón llena
de chapas de cerveza usadas? Aquel robo que, a primera vista, parecía una
insensatez, debía de tener necesariamente un significado oculto. Lo primero que
hizo nada más entrar en la casa fue buscar en la guía telefónica. El contable
Ettore Ferro figuraba en ella.
—¿Oiga?
Soy el comisario Montalbano. ¿Cómo está?
—¿Cómo
quiere que esté, comisario? Estoy desesperado. Es como si me hubieran robado
una parte de mi vida.
—Animo,
contable. Necesito que me haga usted un favor.
—Si
está en mi mano, me encuentro a su disposición.
—Necesito
que compruebe si falta algo más en su casa.
—Ya
lo he hecho, señor comisario. Me he pasado todo el día mirando. No falta nada
más.
—Perdone
que insista. ¿La caja de las chapas de mil novecientos noventa y seis está en
su sitio?
—Sí,
señor.
—Buenas
noches, contable. Perdone la molestia.
Abrió
el frigorífico: había sólo unas latas de cerveza. Salió, subió de nuevo al
coche, se dirigió al bar de Marinella, compró cinco botellas de distintas
marcas, regresó a casa, las abrió, se sentó junto a la mesa del comedor y
colocó las cinco chapas en fila. Poco después se levantó y volvió a llamar al
contable.
—Soy
Montalbano. Siento mucho...
—No
se preocupe, dígame.
—¿Usted
qué cerveza bebe?
—Se
llama Torrefelice.
—Jamás
la he oído nombrar.
—Es
muy posible. La hacen en una pequeña fábrica de un pueblo cercano a Messina. A
mí me gusta. Llevo tomándola tres años. ¿Conoce la Corona Extra, la que parece
vino blanco?
—No
entiendo mucho de cervezas.
—Pues
bueno, son muy parecidas. Pero, a mi juicio, la Torrefelice es mejor. Como yo
me bebo una botella grande al día, el dos de enero pido que me envíen treinta y
seis cajas de diez y cinco botellas sueltas.
—Otra
pregunta, contable. ¿Usted se ha dado cuenta de que habían entrado ladrones
sólo por el cristal roto y las puertas abiertas?
—¿Quién
ha dicho que he encontrado las puertas abiertas?
—Usted.
Esta mañana.
—Me
habré expresado mal. Los ladrones habían cerrado de nuevo las puertas, pero con
una sola vuelta de llave, mientras que yo siempre las cierro con dos. Eso me ha
inducido a sospechar, y después he descubierto el cristal roto.
—Prometo
que no lo volveré a molestar. Buenas noches.
—Si
Dios quiere.
Había
un detalle indiscutible: los ladrones se habían esforzado para que el robo no
se descubriera; la rotura del cristal podía obedecer a cualquier cosa, una
vibración, una pedrada. Pero habían cometido el error de cerrar nuevamente las
puertas con una sola vuelta de llave.
Como
no podía dejar las cervezas destapadas en el frigorífico, pues habrían perdido
sabor, decidió bebérselas con la paciencia de un santo. Tardó dos horas,
durante las cuales contempló las cinco chapas de hojalata ligeramente
deformadas por la lengüeta del abridor. Después se levantó para tirar las
botellas ya vacías al cubo de la basura y su mirada se posó en el texto de una
de las etiquetas. Decía: «¡ABRE Y GANA! RETIRA LA LÁMINA DE PLÁSTICO Y LEE EN
EL FONDO DE LA CHAPA.» A continuación, la lista de los premios. Montalbano
buscó la chapa correspondiente, quitó con un cuchillo la lámina y leyó el
texto: «NO HAS GANADO, SIGUE PROBANDO.» Sin embargo, en aquel instante él supo
que había ganado, en contra de lo que estaba leyendo.
Ayudado
por la cerveza que le hinchaba la tripa, no tuvo dificultad en conciliar el
sueño. Pero, un momento antes de cerrar los ojos, volvió a ver las cajas
cuidadosamente colocadas en las estanterías de la habitación del contable.
Nichos. Las cajas eran ataúdes en cuyo interior Ettore Ferro depositaba
amorosamente los residuos de una vida que diariamente se deshacía.
A la
mañana siguiente, con la cabeza fría, decidió que la idea que se le había
ocurrido sólo la daría a conocer a Augello y Fazio. No se debería comentar
absolutamente con nadie; de lo contrario, el periodista enemigo de Televigàta
lo utilizaría en su propio beneficio: «¿Saben ustedes de qué importante caso se
está ocupando el famoso comisario Salvo Montalbano? ¡Del robo de trescientas
sesenta y cinco chapas de cerveza!» Y venga carcajadas, pensó en plan de guasa.
Y después, la inevitable llamada del jefe superior de policía, preocupado:
«Oiga, Montalbano, ¿es cierta la noticia de que...»
Al
llegar al despacho, llamó inmediatamente a Fazio.
—Ayer
los dos fuimos unos gilipollas.
—¿Los
dos, señor comisario?
—Los
dos.
—En
tal caso, me tranquilizo.
—¿Y
sabes por qué fuimos unos gilipollas? Porque no nos tomamos en serio el robo en
la casa del contable.
—Pero,
comisario...
—Y
tú has sido el que me ha mostrado el camino correcto.
—¿Yo?
—Tú.
Al decirme que el contable hablaba de las chapas como si fueran objetos de gran
valor. Entonces pensé: ¿y si hay alguien más que también les atribuye un gran
valor, hasta el extremo de ordenar que las roben?
—¿Otro
coleccionista de chapas? —preguntó Fazio, estupefacto.
—¡No
digas gilipolleces! Dejémoslo correr. Lo quiero saber todo acerca de una
fábrica de cerveza; se llama Torrefelice y está en un pueblo cercano a Messina.
Mucho cuidado, Fazio: el asunto tiene que quedar entre tú y yo.
—Esté
tranquilo. ¿De cuánto tiempo dispongo?
—Ya
estás tardando.
Dos
horas después, Fazio se presentó con su informe, se sentó y empezó a hablar con
voz de cura.
—Entre
Pace y Contemplazione, se encuentra Paradiso...
Montalbano
levantó una mano para interrumpirlo:
—Mira,
Fa, que no estoy para murgas.
—Era
una broma, comisario, pero, al mismo tiempo, decía la verdad. Pace y
Contemplazione son dos pueblecitos que se llaman exactamente así, prácticamente
dos barrios de Messina, y, entre ellos, hay un hotel que se llama Paradiso.
Detrás del hotel, a unos quinientos metros de distancia, se encuentra la
fábrica que le interesa.
—¿Has
averiguado algo más?
—Sí,
señor. Torrefelice inició su producción en mil novecientos noventa y tres. Su
volumen de negocios es pequeño, pero su cerveza gusta. Me han dicho que se está
ampliando.
—¿Sabes
quiénes son los propietarios?
—A
tanto no he llegado.
Cogió
el teléfono y llamó al sargento primero de la Policía Judicial de Montelusa,
que otras veces le había echado una mano en sus investigaciones. Habló un buen
rato con él.
—¡Jesús!
—exclamó Lagana cuando el comisario terminó.
—Sargento,
ya sé que...
—Comisario,
tiene que comprender que eso no pertenece a mi jurisdicción y tendré que
recurrir a algún compañero de ese sector. Tardaremos un poco.
—¿Cuánto,
aproximadamente?
—Si
encuentro a quien yo digo, una semana como máximo.
Montalbano
lanzó un suspiro de alivio; ya estaba preparado para una espera más larga.
—Le
enviaré un fax con todos los datos —añadió el sargento.
—Gracias.
Ah, otra cosa. En el fax no especifique el nombre de la fábrica de cerveza. El
asunto tiene que mantenerse en secreto.
* *
*
—¡Ah,
dottori, dottori mío! —gritó Catarella irrumpiendo en el despacho de Montalbano
mientras la puerta golpeaba la pared con tal fuerza que todos los presentes se
pegaron un susto—. Se está recibiendo un facso para usted en persona
personalmente. ¡María santísima, dottori! ¡Mide tres metros hasta el momento y
sigue saliendo del facso! ¡Tan escurridizo como una serpiente! ¡Me está
ocupando todo el despacho!
Habían
transcurrido sólo cuatro días desde la llamada; por lo visto Lagana había
encontrado a la persona adecuada.
Con
la ayuda de Gallo y Galluzzo, Catarella libró una auténtica batalla para
enrollar el fax.
La
fábrica era propiedad de Gaspare y Michele Pizzuso, sin antecedentes penales.
Jamás habían tenido problemas con la ley, ni como ciudadanos ni como pequeños
empresarios. Eran proveedores de bodegas al por mayor y al por menor, bares,
restaurantes y particulares, Utilizaban cinco furgonetas de su propiedad.
Seguía
una larga lista de clientes. Ya estaba oscureciendo cuando leyó un nombre que
le hizo pegar literalmente un brinco en la silla: Vincenzo Cacciatore, Via
Paternò, 18, Vigàta. Vincenzo Cacciatore debía de consumir más cerveza que un
irlandés: pedía treinta cajas de diez cada tres meses. Y él, Montalbano, aunque
no fuera como bebedor de cerveza, conocía muy bien a aquel Cacciatore.
Llamó
a Gallo, que estaba al volante del vehículo de servicio.
—¿Tú
sabes en qué zona está la Via Paternò, aquí en Vigàta?
Gallo
se lo explicó. Era la calle que discurría paralela a aquella especie de sendero
en el que se levantaba la casa del contable Ettore Ferro.
Pero,
primero, el comisario quiso hablar con su subcomisario Mimì Augello y llevar a
cabo una especie de contraprueba.
—¿Contable
Ferro? Soy Montalbano. Me veo obligado a molestarlo una vez más. Usted conserva
las cajas de cerveza, ¿verdad?
—¡Pues
claro! —fue la respuesta.
Al
contable le había ofendido un poco la pregunta. ¿Cómo podían pensar que él era
capaz de tirar algo a la basura?
—Aunque
me veo obligado a doblarlas. Por el espacio, ¿comprende? —puntualizó.
—Usted
me dijo que, desde hace tres años, pide que le envíen la cerveza Torrefelice,
no es cierto? Por consiguiente, en su casa tendría que haber noventa cajas
grandes.
—Exacto.
—Tendría
que hacerme el favor de mirar si las treinta cajas del año pasado se
diferencian de alguna manera de las anteriores.
—¿De
qué manera, perdóneme? Son todas del mismo formato.
—Pues
entonces, mire si en la parte superior hay alguna señal especial.
—Lo
llamaré dentro de una hora.
Pero
llamó al cabo de casi dos horas, cuando a Montalbano le había entrado un hambre
canina.
—Perdone
que haya tardado tanto. ¿Cómo lo ha adivinado, comisario? Las del año pasado
están marcadas con un rotulador azul. Una especie de asterisco.
—Otra
pregunta, contable. ¿Quién tiene conocimiento de que usted conserva
habitualmente los…?
Le
faltó la palabra. ¿Residuos? ¿Basura? El contable lo salvó de la embarazosa
situación.
—Los
proveedores, naturalmente. Después hay un electricista que…
—Muchas
gracias, contable.
* *
*
—Mira,
Mimì, en mi opinión, ocurre lo siguiente. Los buenazos e irreprochables
hermanos Pizzuso, sin antecedentes penales, son traficantes de droga. No sé de
qué clase de droga, pero de una que se puede ocultar fácilmente entre el fondo
de la chapa y la lámina de plástico. Su cliente aquí en Vigàta, aunque debe de
haber otros del mismo tipo, es Vincenzo Cacciatore, al que tú mismo detuviste
años atrás por trapicheo. El año pasado, los hermanos Pizzuso envían un pedido
a Cacciatore, pero el transportista se equivoca y le entrega las cajas marcadas
a nuestro contable. Seguramente los Pizzuso se dan cuenta del error unos días
después. Pero tienen las manos atadas: hacer desaparecer las cajas todavía
llenas es como poner la firma en el robo. Deciden esperar, sabiendo que el
contable lo conserva todo. Así pues, a principios de este año, entran en su
casa y recuperan las trescientas sesenta y cinco chapas. Pero cometen un
segundo error: no cierran las puertas con dos vueltas de llave. Y Ferro
descubre el robo.
—Habrían
tenido que robar alguna otra cosa para despistar —comentó Augello tras haber
reflexionado sobre la cuestión.
—Por
suerte, Mimì, no todos los delincuentes son inteligentes.
—Y
ahora, ¿qué hacemos? —preguntó el subcomisario.
—Esperamos
hasta el treinta de marzo, cuando llegue el nuevo pedido de Cacciatore.
Detenemos la furgoneta, destapamos una botella y vemos lo que han puesto entre
la chapa y la lámina.
—¿Y
qué hacemos con los hermanos Pizzuso?
—Avisamos
a los compañeros de Messina en cuanto detengamos la furgoneta.
Augello
lo miró con expresión inquisitiva.
—Después,
Mimì, después. ¿Jamás has oído hablar de topos?
* *
*
El
30 de marzo, a las diez de la mañana, la furgoneta se detuvo delante de la casa
de Vincenzo Cacciatore, que estaba esposado en su dormitorio bajo la vigilancia
de Gallo. Mimì Augello con sus hombres inmovilizó al transportista, abrió la
puerta posterior de la furgoneta, identificó una caja marcada con rotulador
azul, cogió una botella, la destapó apoyándola en el borde de la puerta
posterior y separó la lámina de plástico. Entre ésta y el fondo de la chapa no
había absoluta mente nada.
—¿Cómo
que nada? —preguntó inmediatamente Montalbano mientras el sudor le empapaba la
camisa.
—Te
lo juro —dijo Mimì—. Entre la chapa y la lámina no hay nada. Mira, Salvo, la
furgoneta llegó a las diez y...
—¿A
las diez? ¡Pero si son más de las doce del mediodía! ¿Desde dónde me llamas?
—Desde
Montelusa. Desde la Jefatura Superior.
—Has
ido a chivarte, ¿verdad, grandísimo cabrón?
—¿Me
quieres dejar terminar? Como debajo de la lámina no había nada, se me ocurrió
una idea y he venido corriendo aquí, a la Científica de Jacomuzzi, para que
comprobaran una cosa. ¿Sabes?, en las botellas destinadas a Cacciatore la
lámina no es de plástico. Jacomuzzi ha ordenado que uno de sus hombres haga los
análisis. La droga es la propia lámina. Se trata de un procedimiento que...
Montalbano
colgó. Ya no necesitaba oír nada más.
Referéndum
popular
Aquella
mañana, mientras se dirigía en su automóvil al despacho, Montalbano observó a
un numeroso grupo de personas que, con expresión divertida, comentaban una
especie de anuncio fijado en la pared de una casa. Un poco más allá, cuatro o
cinco se mondaban de risa delante de otra hoja de papel, cuyo aspecto le
pareció similar al de la primera, pegada en un muro. El hecho le llamó la
atención, pues, por regla general, no hay demasiado motivo para reírse delante
de un anuncio público, y aquél parecía la típica y habitual notificación de
suspensión del suministro de agua. Al ver que la escena se repetía poco
después, no pudo resistir la curiosidad, se detuvo, bajó y fue a leerlo. Era un
cuadrado de papel autoadhesivo de unos cuarenta centímetros de ancho. Los
caracteres eran de los que se componen a mano, utilizando letras de goma que se
humedecen en un tampón de tinta.
REFERÉNDUM
POPULAR
¿ES
LA SEÑORA BRIGUCCIO UNA P...?
(Cada
ciudadano deberá responder al referéndum
escribiendo
su libre opinión en esta misma hoja)
No
conocía a la señora Briguccio, jamás la había oído nombrar. Por consiguiente,
lo primero que hizo fue comentárselo a Mimì Augello, el más mujeriego de toda
la comisaría.
—Mimì,
¿tú conoces a la señora Briguccio?
—¿Eleonora?
Sí, ¿por qué?
Estaba
claro que no había visto los anuncios.
—¿No
sabes nada del referéndum popular?
—¿Qué
referéndum? —preguntó Augello, perplejo.
—Alguien
ha pegado unos carteles en el pueblo, en los que se convoca un referéndum para
establecer si la señora Briguccio, Eleonora, como tú la llamas, es o no una
«p». La «p» significa evidentemente puta.
—¿Estás
de guasa?
—¿Y
por qué debería estarlo? Si no me crees, ve a tomarte un café al bar Contino;
en sus inmediaciones hay por lo menos tres anuncios.
—Voy
a ver —dijo Augello.
—Espera,
Mimì. Puesto que la conoces, ¿tú cómo responderías al referéndum?
—Cuando
vuelva lo hablamos.
No
hacía ni cinco minutos que Augello había salido cuando la puerta del despacho
golpeó brutalmente la pared. Montalbano se llevó un susto de muerte y entró
Catarella.
—Perdone,
dottori, se me ha ido la mano.
El
acostumbrado ritual. El comisario supo en aquel momento que cualquier día
aparecería en un periódico un titular de este tipo: «El comisario Salvo
Montalbano dispara contra uno de sus agentes.»
—¡Ah,
dottori, dottori! Ha telefoneado el señor alcalde Tortorigi. ¡Pide socorro!
¡Dice que en el Ayuntamiento se ha armado un follón!
Montalbano
salió corriendo, seguido de Fazio. Cuando llegó, un cincuentón fuera de sí,
infructuosamente sujetado por algunos voluntariosos, estaba propinando
puntapiés y puñetazos contra una puerta de la que colgaba una placa: «DESPACHO
DEL ALCALDE.»
—¿Tú
conoces a éste? —le preguntó Montalbano a Fazio.
—Sí.
Es el señor Briguccio.
Montalbano
se adelantó.
—Ante
todo, cálmese, señor Briguccio.
—¿Quién
es usted?
—Soy
el comisario Montalbano.
—¿Quién
lo ha llamado? ¿El alcalde? ¿El grandísimo cabrón del alcalde?
—Sasa
—dijo uno de los voluntariosos—, el señor comisario tiene razón. Ante todo,
debes calmarte.
—¡Ya
me gustaría verte a ti si escribieran en la plaza pública que tu mujer es una
puta!
—Sasa
—añadió el otro—, pero ¿quién te dice a ti que la «p» quiere decir «puta»?
—Ah,
¿sí? Pues ¿qué significa en tu opinión?
—Pues
no sé. Paleta, por ejemplo.
—O
paciente, por poner otro ejemplo —terció otro más.
Las
dos explicaciones enfurecieron más si cabe, y con razón, al señor Briguccio, el
cual, tras haberse zafado de los que lo sujetaban, descargó dos fuertes patadas
contra la puerta.
—Sácalo
de aquí —le ordenó Montalbano a Fazio. Con la ayuda de los voluntariosos, Fazio
arrastró al señor Briguccio a otra habitación. Una vez restablecido el orden,
el comisario llamó discretamente a la puerta.
—Soy
Montalbano.
—Un
momento.
La
llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. Al lado del alcalde Tortorici
se encontraba un sexagenario bajito, grueso y calvo, que se inclinó a modo de
saludo.
—El
primer teniente de alcalde Guarnotta —lo presentó Tortorici.
—¿Qué
quiere de usted el señor Briguccio?
El
alcalde, también sexagenario y extremadamente enjuto, con un curioso bigotito
de estilo tártaro, abrió los brazos con desconsuelo.
—Mire,
señor comisario, es un asunto muy largo que viene de treinta años atrás.
Briguccio, yo y el aquí presente señor Guarnotta hemos militado siempre juntos
en ese viejo y glorioso partido que garantizó la libertad en nuestro país.
Después ocurrió lo que ocurrió, pero todos nos volvimos a reunir cuando el
partido se renovó. Sólo que, por culpa de los avatares del destino, el señor
Guarnotta y yo hemos tenido siempre ciertas convicciones que Briguccio no
comparte. Verá, señor comisario, cuando De Gasperi...
A
Montalbano no le apetecía empantanarse en una discusión de carácter político.
—Disculpe,
señor alcalde, repito la pregunta: ¿por qué razón Briguccio la tiene tomada con
usted?
—Pues...,
no sé qué quiere que le diga. Él intenta convertir el hecho de que le llamen
cornudo en público, pues eso significa en el fondo la pregunta del referéndum,
en una cuestión política. En otras palabras, él afirma que detrás del anuncio
está nuestra complicidad, la mía y la del señor Guarnotta.
El
señor Guarnotta se inclinó en una leve reverencia, mirando al comisario.
—Pero
¿qué pretende de usted, aparte del desahogo?
—Que
mande retirar los anuncios.
—Y
nosotros le hemos dado seguridades en este sentido —terció Guarnotta—.
Señalándole que así lo hubiéramos hecho de todos modos sin necesidad de su,
¿como diría?, turbulenta petición, pues nadie ha pagado la correspondiente tasa
de fijación de los mencionados anuncios.
—¿Entonces?
—Le
hemos planteado a Briguccio el problema y se ha puesto hecho una fiera.
—¿Y
cuál es el problema?
—En
este momento, sólo tenemos ocho guardias municipales en servicio. Tremendamente
ocupados en el desempeño de sus actividades normales. Le hemos garantizado que,
dentro de una semana como máximo, los anuncios serán retirados. Y entonces él,
sin ningún motivo, ha empezado a insultarnos.
Unos
políticos muy finos, de la vieja y alta escuela, el alcalde Tortorici y el
primer teniente de alcalde Guarnotta.
—En
resumen, señor alcalde, ¿quiere usted presentar una denuncia por agresión?
Guarnotta
y Tortorici se miraron y se hablaron sin palabras.
—¡De
ninguna manera! —proclamó generosamente Tortorici.
—Ya
he echado la cuenta —dijo Augello—. En total, se han fijado veinticinco
carteles. Pocos y de elaboración casera, pero suficientes para que en el pueblo
se arme la de Dios. En el pueblo no se habla de otra cosa. Se ha divulgado
también el enfrentamiento de Briguccio con Tortorici y Guarnotta.
—¿Ya
se han dado las primeras respuestas al referéndum?
—¡Cómo
no! Unanimidad. Todo son síes. La pobre Eleonora, según la opinión popular, es
indiscutiblemente una puta.
—¿Y
lo es?
Mimì
vaciló un momento antes de contestar.
—En
primer lugar, entre Eleonora y Saverio Briguccio hay una considerable
diferencia de edad. Eleonora tiene treinta y tantos años y es elegante, guapa e
inteligente. En cambio, él es un cincuentón pelirrojo, muy hábil en los
negocios. Todo los separa, las aficiones, la educación, el estilo de vida.
Además, en el pueblo corren rumores de que la pólvora de Briguccio está mojada,
pues no han tenido hijos.
—Mimì,
me parece que estás enumerando las razones por las cuales la señora se ha visto
obligada a ponerle los cuernos al marido.
—Bueno,
en cierto sentido, es lo que tú dices.
—O
sea que la señora no es una puta sino una mujer que, como tiene un marido medio
impotente, se consuela como puede.
—Yo
diría que ésa es la situación.
—¿Y
cuántas veces, hasta el momento presente, se ha consolado?
—No
las he contado.
—No
te las des de caballero conmigo, Mimì.
—Bueno,
pues varias veces.
—¿Contigo
también?
—Eso
no te lo digo ni siquiera bajo tortura.
—Mimì,
¿sabes cómo se llama hoy en día esa actitud? Se llama silencio—anuencia.
—Me
importa un carajo cómo se llame.
—Dime
una cosa: ¿el marido lo sabe?
—¿Que
Eleonora le pone los cuernos? ¡Vaya si lo sabe!
—¿Y
no reacciona?
—Pobrecillo,
a mí me da pena. Lo soporta o, por lo menos, lo ha soportado, porque sabe muy
bien que no está en condiciones de satisfacer las, ¿cómo diría?, aspiraciones y
los deseos de Eleonora, la cual diría que...
—Mimì,
no sigas con el diría, di de una puñetera vez lo que hay. El marido es un
cornudo complaciente.
—Sí,
pero eso es lo que me preocupa. Mientras la cosa se desarrollaba en silencio,
él podía comportarse como si nada y fingir que eran rumores y maledicencia.
Pero ahora lo han obligado a salir del escondrijo. Y nunca se sabe cuál puede
ser la reacción de un cornudo complaciente, como dices tú, cuando se ve
obligado a perder la paciencia.
—¿Tú
crees que puede haber sido una maniobra política de sus adversarios?
—Es
posible. Pero también podría ser la venganza de un amante abandonado por la
señora Briguccio. Mira, Eleonora no quiere historias sentimentales que duren
demasiado. A su manera, es fiel a los sentimientos que le inspira su marido.
Cabe la posibilidad de que alguien no haya comprendido las intenciones, ¿cómo
diría?, limitadas de Eleonora y se haya entregado al sueño de un gran amor, de
una relación duradera...
—Te
has explicado muy bien, Mimì: la señora Eleonora pertenece a la categoría de un
polvo, y listo.
—Salvo,
cuando te lo propones, eres de una vulgaridad desconcertante. Pero tengo que
reconocer que ésa es la situación.
—De
acuerdo —dijo Montalbano—. Ahora vamos a hablar de cosas serias. Este asunto de
Briguccio me parece simplemente una farsa pueblerina.
Una
farsa, ciertamente. Pero duró una semana. Una vez retirados los carteles, y
cuando ya parecía que todo el mundo se había olvidado de ella, la farsa cambió
de género y se convirtió en tragicomedia.
—¿Hablo
en persona personalmente con el comisario Montalbano?
Aquella
mañana no estaba el horno para bollos. Soplaba una tramontana que había puesto
muy nervioso a Montalbano, el cual, por si fuera poco, la víspera había tenido
una pelea telefónica con Livia.
—Catarè,
no me toques los cojones. ¿Qué pasa?
—Pasa
que el señor Briguccio ha disparado.
Santo
cielo, ¿el cornudo complaciente se había despertado, como temía Augello?
—¿Contra
quién ha disparado, Catarè?
—Contra
uno que lo tengo escrito aquí, dottori. Ah, sí, se llama Carlo Manifò.
—¿Lo
ha matado?
—No,
señor. Por suerte, le tembló la mano y le dio en el hueso pizziddro.
¿El
hueso pizziddro?
En
aquel momento, Montalbano no recordaba la anatomía dialectal.
—¿Y
dónde está el hueso pizziddro?
—El
hueso pizziddro, dottori, está justamente donde está el hueso pizziddro.
Le
estaba bien empleado. ¿Por qué le hacía semejantes preguntas a Catarella?
—¿Es
grave?
—No,
dottori. El subcomisario Augello ha mandado que lo lleven al hospital de
Montelusa.
—Pero
tú ¿cómo te has enterado?
—Porque
el señor Briguccio, después del tiroteo, se ha venido a entregar. Por eso nos
hemos enterado.
El
primer teniente de alcalde Guarnotta ya estaba esperando a Montalbano en la
comisaría. Entró en el despacho del comisario haciendo reverencias como si
fuera un japonés.
—Me
he sentido en el ineludible deber de venir a declarar tras haberme enterado de
la noticia del desgraciado gesto del amigo Briguccio.
—¿Usted
sabe cómo se han desarrollado los hechos?
—No,
en absoluto. Sólo los rumores que circulan por el pueblo.
—Pues
entonces, ¿sobre qué quiere declarar?
—Sobre
mi absoluta inocencia en relación con los hechos.
Al
ver que Montalbano lo miraba con expresión inquisitiva, se sintió en la
obligación de puntualizar:
—Usted,
señor comisario, estuvo presente en el lamentable incidente que se produjo en
el Ayuntamiento y del cual fue enteramente responsable el amigo Briguccio. No
quisiera que usted pudiera dar crédito a las desconsideradas insinuaciones del
amigo Briguccio, que se encuentra visiblemente bajo los efectos de una fuerte
tensión.
Montalbano
lo miró sin decir nada.
—Esto
se llama intento de homicidio. ¿O no? —preguntó dulcemente Guarnotta.
Lo
quería dejar bien jodido al «amigo» Briguccio.
—Gracias,
tomo nota de su declaración —dijo Montalbano. Pero, asaltado por un arrebato de
malicia, añadió—: Usted habla, naturalmente, a título personal.
—No
le entiendo —dijo Guarnotta a la defensiva.
—Muy
sencillo: puesto que las acusaciones del señor Briguccio implicaban sobre todo
al alcalde, quisiera saber si usted habla también en su nombre.
El
titubeo de Guarnotta duró un instante. Ya puestos, ¿por qué no causarle daño
también al «amigo» alcalde?
—Comisario,
yo sólo puedo hablar por mí. ¿Quién puede conocer a fondo incluso a la persona
más querida? El alma humana es insondable.
Se
levantó, hizo dos o tres reverencias seguidas y, cuando ya estaba a punto de
retirarse, Montalbano lo obligó a detenerse.
—Perdone,
señor Guarnotta, ¿usted sabe dónde ha resultado herido Manifò?
—En
el maléolo.
El
comisario sonrió ampliamente, desconcertando a Guarnotta. Pero Montalbano no se
reía de la herida, estaba contento porque finalmente había conseguido averiguar
que el hueso pizziddro correspondía al tobillo.
—Mimì,
¿qué te parece esta farsa que ha estado a punto de acabar en tragedia?
—¿Qué
quieres que te diga, Salvo? Tengo dos hipótesis que, a lo mejor, son las mismas
que las tuyas. La primera es que algún imbécil, para vengarse de Eleonora,
redacta y coloca los carteles sin saber que la cosa puede acarrear graves
consecuencias. La segunda es que se trata de una operación concienzudamente
programada para sacar a Briguccio de sus casillas.
—¿Qué
poder tiene Briguccio en el pueblo, Mimì?
—Pues
lo tiene. Por principio, él se opone a todas las iniciativas del alcalde. Y
siempre consigue ejercer cierta influencia. ¿Me he explicado?
—Te
has explicado muy bien. El alcalde y los suyos tienen necesariamente que tratar
con Briguccio en cualquier cosa que hagan. ¿Y qué me dices de la señora
Eleonora?
—¿En
qué sentido?
—En
el sentido de tu hipótesis, la primera. La del amante abandonado. ¿Con quién
estaba liada últimamente la señora Eleonora?
—¿Por
qué la llamas «señora»?
—¿Acaso
no lo es?
—Salvo,
tú dices «señora» de una manera especial... Es como si dijeras «puta».
—Jamás
me atrevería a tal cosa! Venga, dime qué tal van los amores de Eleonora.
—No
estoy informado acerca de los últimos acontecimientos. Pero de una cosa estoy
seguro, y pongo la mano en el fuego: Briguccio ha disparado contra la persona
equivocada.
Montalbano,
que hasta aquel momento se lo estaba tomando a guasa, movió repentinamente las
orejas.
—Explícate
mejor.
—Conozco
muy bien a Carlo Manifò. Está casado y no tiene hijos. Y está enamorado de su
mujer, aparte de que es una persona seria. Yo estas cosas siempre las intuyo:
no creo que Manifò haya tenido una historia con Eleonora.
—¿Se
conocían?
—No
tenían más remedio que conocerse: las familias Manifò y Briguccio viven en el
mismo rellano del mismo edificio.
—¿En
qué trabaja Manifò?
—Enseña
lengua y literatura italiana en el instituto. Es un estudioso conocido incluso
en el extranjero. Más no te puedo decir.
—Briguccio
ha sido interrogado por el juez suplente. ¿Qué le ha dicho?
—Dice
que Manifò lo intentó con Eleonora. Que Eleonora no quiso saber nada del asunto
y que entonces él se vengó difamándola.
—¿Y
fue su mujer quien le contó la historia?
—No,
Briguccio dice que no lo supo a través de Eleonora. Que lo descubrió por su
cuenta. Y dice también que tiene pruebas de lo que afirma.
—No,
señor comisario, lo siento muchísimo, pero no puede hablar con el paciente
—dijo inflexible el profesor Di Stefano en el hospital de Montelusa.
—Pero
¿por qué?
—Porque
aún no hemos conseguido intervenirlo. El señor Manifò, aparte de la herida, ha
sufrido un shock muy fuerte. Le ha subido mucho la fiebre y delira.
—¿Podría
verlo por lo menos?
—Podría.
Pero ¿con qué propósito? ¿Para oír lo que dice en su delirio?
—Bueno,
a veces en el delirio se dicen cosas que...
—Comisario,
el profesor repite constantemente lo mismo.
—¿Podría
saber lo que dice?
—Cómo
no. Dice unos números.
—¿Unos
números?
—Sí:
treinta y nueve, dieciocho, diecinueve. Juéguelos a la lotería, si lo cree
oportuno.
* *
*
—A
primera vista, parece un número de teléfono —dijo Augello.
—Sí,
Mimì, pero, como no dice el prefijo, estamos jodidos. He mandado comprobar
todos los números de nuestra provincia. Nada. Tengo que hablar con la señora
Manifò.
—Pero
¿por qué tienes tanto empeño? Creo que la cosa está muy clara.
—¡Pues
no! ¡Mimì, tú no puedes arrojar la piedra y después esconder la mano!
—¿Yo
qué tengo que ver con eso?
—¡Pues
claro que tienes que ver! ¡Tú eres el que me ha dicho que estás seguro de que
Manifò no era el amante de Eleonora! Y, si tú estás en lo cierto, ¿por qué
razón Briguccio le ha pegado un tiro?
—Tengo
razón. Pero el caso es que la señora Manifò no está en Vigàta. Es
norteamericana y se ha ido a ver a sus padres a Denver. Regresará a Vigàta
pasado mañana. Le han comunicado la noticia hace apenas unas horas. Pero ¿por
qué quieres hablar con la señora Manifò?
—Quiero
examinar la agenda del marido. A lo mejor encontramos el número que nos
interesa y averiguamos a quién corresponde.
—Muy
bien. Pero, puesto que la señora no está...
—…
hagamos como si estuviera —terminó Montalbano.
—¡Virgen
santísima, qué susto nos pegamos todos cuando oímos el disparo del revólver!
—dijo la portera del edificio mientras abría la puerta del piso del profesor
Manifò—. Las llaves me las dejan siempre a mí porque yo vengo a hacer la
limpieza.
—¿Está
la señora Briguccio? —preguntó Augello, señalando la vivienda del otro lado.
—No,
señor. La señora se ha ido con su padre, que vive en Montelusa.
—Gracias,
ya puede retirarse —dijo Montalbano.
El
piso era grande, y la habitación más espaciosa era el estudio, prácticamente
una enorme biblioteca con una mesa llena de papeles en el centro. Mientras Mimì
revolvía el escritorio en busca de la agenda, Montalbano empezó a examinar los
libros. En una sección había varias historias de la literatura italiana,
enciclopedias y ensayos críticos perfectamente ordenados. En un estante había
revistas de literatura que contenían artículos de Manifò: sobre todo, estudios
acerca de Dante en relación con la cultura árabe. Otra pared estaba enteramente
cubierta por estantes llenos de estudios bíblicos: el profesor Manifò tenía
especial interés por aquel tema. Hasta el punto de que toda una sección estaba
ocupada por sus publicaciones sobre esa materia. Había también un pequeño
volumen que, por un instante, llamó la atención de Montalbano. Se titulaba
Exégesis del Génesis. Estaba a punto de sacarlo para echarle un vistazo cuando
la voz de Mimì lo distrajo:
—Aquí
no hay una mierda.
—¿Qué
quieres decir?
—Quiero
decir que tengo delante tres agendas, antiguas y nuevas, y el número treinta y
nueve, dieciocho, diecinueve no figura en ninguna de ellas.
Volvieron
a cerrar la puerta y le entregaron la llave a la portera.
La
Revelación (así, con la erre mayúscula) la tuvo Montalbano sobre la una de la
noche en su casa de Marinella mientras, en calzoncillos y sin poder dormir,
hacía un desganado zapping por los distintos canales de televisión. Sentía una
inexplicable fascinación por ciertos programas que cualquier persona juiciosa
hubiera evitado cuidadosamente: ventas de muebles, de complicados aparatos de
gimnasia, de cuadros de cuatro cuartos. Aquella noche sus ojos se posaron en
una pareja, James y Jane, pastores de una indefinible iglesia de corte
norteamericano. En un renqueante italiano, la pareja contaba que la salvación
del hombre consistía en tener sIempre a mano, un ejemplar de la Biblia para
poder consultarla en cualqUIer ocasión. A Montalbano le hizo gracia Jane, con
el cabello cardado y vestida con prendas ajustadas como una Marilyn Monroe de
cuarta categoría y también James, menudo, de magnética mirada y con un Rolex en
la muñeca. Estaba a. punto de cambiar de canal cuando James dijo: «Amigos,
cojan la Biblia. Deuteronomio veinte diecinueve—veinte.»
Fue
como si una descarga eléctrica lo hubiera alcanzado de lleno. Joder, pero qué
capullo era! Buscó por toda la casa una Biblia, pero no la encontró. Miró el
reloj; era la una de la noche, seguro que Augello aún no se había ido a dormir.
—Perdona,
Mimì. ¿Tienes una Biblia?
—Salvo,
¿por qué no te sometes de una vez a tratamiento?
Colgó.
Después se le ocurrió una idea y marcó un número.
—Hotel
Belvedere.
—Soy
el comisario Montalbano.
—¿En
qué puedo servirle, comisario?
—Oiga,
creo que en su hotel tienen por costumbre colocar la Biblia en las
habitaciones.
—Sí,
antes lo hacíamos.
—¿Por
qué, ahora ya no?
—No.
—Pero
en el hotel tienen biblias, ¿verdad?
—Todas
las que usted quiera.
—Estoy
ahí dentro de una media hora.
Sentado
en la butaca con la Biblia en la mano, Montalbano lo pensó un poco. No era cosa
de leérsela toda, habría tardado una semana. Decidió empezar por el principio,
por el Génesis. Por otra parte, ¿acaso Manifò no había escrito un libro sobre
el tema? Fue a echar un vistazo al capítulo 39: hablaba de los hijos de Jacob
y, en particular, de José. En los versículos 18 y 19 se contaba la desgracia
del pobre chico con la mujer de Putifar.
José,
que era «de hermosa presencia y bello rostro», decía a Biblia, habla entrado
como criado en la casa de Putlfar, el jefe de la guardia del faraón. Supo
ganarse la confianza de su señor, que dejó a su cargo todos sus bienes. Pero la
mujer de Putifar puso sus ojos en el y aprovechaba todas las ocasiones para
incitarlo a hacer guarradas con ella. Por mas que lo invitó, según la Biblia,
José jamás accedió «a yacer con ella o a estar con ella». Pero un día la señora
perdió totalmente la cabeza y se le echó encima: el pobre José consiguió
escapar, pero su manto se quedó en la mano de la mujer. Esta, para vengarse,
denunció que José había intentado violada, tanto era así que incluso se había
dejado el manto en su habitación. Y, de esta manera, José acabó en la cárcel.
Conque
números, ¿eh? En su delirio, el profesor Manifò se sentía en la misma situación
que el bíblico José y trataba de explicar lo que había ocurrido: la víctima era
él y no la señora Briguccio. Sin embargo, aun aceptando la sugerencia del
profesor, había muchas cosas que no encajaban, Veamos: el profesor afirma que,
estando solo en casa de Eleonora, ésta lo asalta para que yazca con ella,
utilizando la expresión de la Biblia. Pero el profesor huye y deja en las manos
de Eleonora algo tan íntimo y personal que el señor Briguccio se convence de
que el intento de violación (eso, por lo menos, le cuenta su mujer para
vengarse del rechazo) se ha producido con toda seguridad, Sin embargo, incluso
admitiendo esta hipótesis, lo ocurrido a continuación carecía de toda lógica:
¿quién había redactado y fijado los carteles? ¿El profesor Manifo, para
vengarse a su vez? ¡Venga, hombre! No supo encontrar la respuesta y se fue a
dormir.
* *
*
A la
mañana siguiente, nada más levantarse de la cama, le brotó en el cerebro un
pensamiento tan fresco como el agua de un manantial. Corrió al teléfono.
—¿Mimì?
Soy Montalbano. Tendrías que ir, mejor acompañado por alguien de los nuestros,
al piso de Manifò. Pero antes tienes que preguntarle a la portera si la señora
Briguccio le ha pedido recientemente la llave de los Manifò mientras el
profesor no estaba en casa.
—De
acuerdo, pero ¿qué tengo que hacer?
—Una
especie de registro. Tienes que mover los libros de las hileras más bajas del
estudio para ver si, por casualidad, hay algo detrás de ellos.
—Un
amigo mío ocultaba el whisky que su mujer no quería que bebiera. ¿Y si
encuentro algo?
—Me
lo llevas a la comisaría. Ah, oye una cosa, ¿has conseguido averiguar quién es
el último amante o el último enamorado de Eleonora?
—Sí,
algo.
—Hasta
luego.
—Hemos
encontrado esto —dijo Mimì con expresión sombría, sacando del bolsillo unas
bragas de color rosa muy finas y elegantes, pero rotas. Montalbano las examinó:
tenían bordadas las iniciales E. B., Eleonora Briguccio.
—¿Por
qué las había escondido Manifò? —preguntó Augello.
—No,
Mimì, te equivocas. No fue Manifò sino Eleonora Briguccio quien las escondió
detrás de los libros para sacarlas de allí en el momento oportuno. Por cierto,
¿has preguntado a la portera?
—Sí.
Dos días antes de que Briguccio disparara contra el profesor, Eleonora pidió la
llave, dijo que se había olvidado una cosa en casa del vecino. Verás, Salvo, al
parecer, mantenían un trato muy frecuente; la portera no vio nada malo en ello
y le entregó la llave, que Eleonora le devolvió a los diez minutos.
—La
última pregunta, ¿sabes con quién se relaciona Eleonora...?
—Mira,
Salvo, es una cosa muy rara. Dicen que Eleonora está haciendo perder la cabeza
a un chaval de menos de dieciocho años, el hijo del abogado Petruzzello, que...
—No
me interesa. Te las tendrás que ver tú. con el chaval. Ahora escúchame y
reflexiona cuidadosamente antes de contestar. Es más, deberás contestar al
final de mi relato. Veamos: a diferencia de lo que suele ocurrir, Eleonora
Briguccio se enamora en serio de su vecino y amigo, el profesor Manifò. Y se lo
hace entender de mil maneras. Pero el profesor no se da por enterado. Durante
cierto tiempo las cosas continúan así, ella cada vez más obstinada, él siempre
firme en el rechazo. Después, la mujer de Manifò se va a Denver. Seguro que de
día o de noche, cuando su marido no está, Eleonora Briguccio llama a la puerta
de su vecino, le obliga a abrirle y le repite sus proposiciones. En determinado
momento, la negativa será tan grave para Eleonora que ésta se la toma como una
ofensa insoportable. Decide vengarse. Un plan genial. Convence al chaval que
está enamorado de ella de que redacte el texto de los carteles del referéndum y
los fije en las paredes. El chico obedece. El señor Briguccio, cornudo
complaciente mientras no hubiera escándalo público, se ve obligado a
reaccionar, porque, además, todo el pueblo se burla de él. Cuando consigue que
el marido alcance el punto de ebullición, Eleonora pasa a la segunda fase. En
la biblioteca del profesor oculta unas braguitas previamente rotas y después le
confiesa a su marido que Manifò la ha arrastrado a la fuerza al interior de su
casa y ha intentado violarla. Ella ha conseguido evitar la violación cuando ya
estaba prácticamente desnuda. Y entonces Manifò se ha vengado mandando fijar
los carteles. A Briguccio no le queda más remedio que ir a pegarle un tiro a
Manifò, pero, puesto que es un hombre prudente, dispara contra el hueso
pizziddro.
—No
me convence la cuestión de las bragas.
—Eleonora
habría encontrado la manera de que aparecieran durante el juicio. Allí donde se
encontraban hubieran podido permanecer muchos años. ¿Quién limpia las
bibliotecas sino de Pascuas a Ramos?
—¿Por
qué querías conocer la historia del chaval?
—Porque
ocurrió lo que yo había supuesto. Eleonora lo convenció de que hiciera lo que
ella deseaba. Un adulto quizá se hubiera echado atrás. Por consiguiente, a
partir de hoy mismo, tendrás que trabajarte a este chico hasta que confiese.
Cuéntaselo todo a su padre, haz que te ayude. Yo ya no me quiero ocupar de esta
historia.
—¿No
tenías que hacerme una pregunta?
—Te
la hago ahora mismo: después de todo lo que te he dicho, ¿crees que Eleonora
Briguccio es una mujer capaz de llegar hasta este extremo? ¿Hasta el punto de
planear una venganza tan refinada que ha enviado a un hombre al hospital,
aunque también podía haberlo enviado al cementerio, y al marido a la cárcel?
Una venganza para la cual es necesario que ella en primer lugar pague el precio
de ser difamada por todo el pueblo. ¿Es posible que esta mujer pueda pensar de
esa manera?
—Sí,
es posible —reconoció a regañadientes Mimì Augello.
Montalbano
se rebela
Aquella
noche de finales de abril era exactamente como la que una vez había contemplado
extasiado Giacomo Leopardi: dulce, clara y sin viento. El comisario Montalbano
conducía su automóvil muy despacio, gozando del fresco mientras regresaba a su
casa de Marinella. Se arrebujaba en su cansancio como en el interior de un
traje sucio y sudado, sabiendo que dentro de muy poco, después de la ducha, lo
podría cambiar por otro limpio y perfumado. Llevaba en el despacho desde antes
de las ocho de la mañana y ahora su reloj marcaba las doce en punto de la
noche.
Se
había pasado todo el día tratando de hacer confesar a un viejo asqueroso que
había abusado de una chiquilla de nueve años y después había intentado matarla
de una pedrada en la cabeza. La pequeña se encontraba en coma en el hospital de
Montelusa y, por consiguiente, no estaba en condiciones de identificar al
violador. Tras varias horas de interrogatorio, el comisario no tuvo demasiadas
dudas acerca de la culpabilidad del hombre al que habían detenido. Pero éste se
había encerrado en una negativa que no dejaba abierto el menor resquicio. Lo
había intentado con trampas, trapacerías, faroles y preguntas a traición, y el
tío, nada, siempre con el mismo disco.
—Yo
no he sido, no tienen pruebas.
Las
pruebas las tendrían sin duda después del examen del ADN del esperma. Pero se
necesitaba demasiado tiempo y demasiada paja para que madurara la «serba», como
decían los campesinos.
Hacia
las cinco de la tarde, tras haber agotado todo el repertorio policial,
Montalbano empezó a sentirse una especie de cadáver parlante. Mandó que lo
sustituyera Fazio, se fue al cuarto de baño, se desnudó, se lavó de la cabeza a
los pies y volvió a vestirse. Entró en la sala para reanudar el interrogatorio
y oyó que el viejo decía:
—Yo
no he fido, no tienen pruefas.
¿Se
había convertido de repente en alemán? Miró al detenido: le manaba de la boca
un hilillo de sangre y tenía un ojo hinchado y cerrado.
—¿Qué
ha ocurrido?
—Nada,
señor comisario —contestó Fazio con tal cara de ángel que sólo le faltaba la
aureola—. Ha sufrido un desmayo. Se ha golpeado la cabeza contra el canto de la
mesa. A lo mejor se ha roto un diente, nada de importancia.
El
viejo no replicó y el comisario volvió a machacar con las mismas preguntas. A
las diez de la noche aún no había conseguido ni siquiera prepararse un
bocadillo. Mimì Augello se presentó en la comisaría más fresco que una rosa.
Montalbano hizo que le sustituyera inmediatamente y se dirigió a la trattoria
San Calogero. Tenía tanta hambre atrasada que a cada paso que daba tenía la
sensación de que caía de rodillas al suelo como un caballo reventado. Pidió
unos entremeses de marisco y, cuando ya estaba empezando a saboreados de
antemano, Gallo irrumpió en el local.
—Venga,
señor comisario, el viejo quiere hablar. Se ha hundido de golpe, dice que ha
sido él quien le ha partido la cabeza a la chiquilla tras haberla violado.
—¿Y
cómo ha sido eso?
—Pues
no sé, comisario, el subcomisario Augello ha logrado convencerlo.
Montalbano
se enfureció, pero no por los entremeses de marisco que no tendría tiempo de
comerse. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Él se había pasado todo el día sudando sangre
con aquel viejo repugnante y, en cambio, Mimì lo había conseguido en un abrir y
cerrar de ojos?
En
la comisaría, antes de ver al viejo, Montalbano habló a solas con su
subcomisario.
—¿Cómo
lo has hecho?
—Puedes
creerme, Salvo, ha sido una casualidad. Tú sabes que yo me afeito con navaja.
Con maquinilla no me queda bien. Será una cuestión de piel, no sé qué decirte.
—Mimì,
de tu piel no me tienes que decir nada porque me importa un carajo. Quiero
saber cómo has conseguido que confiese.
—Precisamente
hoy me había comprado una navaja nueva. La tenía en el bolsillo. Bueno, pues
acababa de empezar el interrogatorio del viejo cuando éste me ha dicho que se
le escapaba el pipí. Lo he acompañado al retrete.
—¿Por
qué?
—Pues
porque casi no lo sostenían las piernas. Resumiendo, en cuanto ha sacado el
instrumento, yo he abierto la navaja y le he hecho un cortecito.
Montalbano.lo
miró, horrorizado.
—¿Dónde
le has hecho el cortecito?
—¿Dónde
querías que se lo hiciera? Una cosa de nada.
Claro
que ha salido un poco de sangre, pero nada...
—Mimì,
pero ¿es que te has vuelto loco?
Augello
lo miró con una sonrisita de suficiencia.
—Salvo,
tú no lo has entendido. O el viejo hablaba o nuestros hombres no lo dejaban salir
vivo de aquí. De esta manera he resuelto el problema. El tío ha creído que yo
era capaz de cortársela del todo y se ha hundido.
Montalbano
decidió hablar a la mañana siguiente con Mimì y con todos los agentes de la
comisaría, pues no le gustaba su comportamiento con el viejo. Abandonó al
violador asesino en manos de Augello —total, ahora éste ya no necesitaba
utilizar la navaja— y regresó a la trattoria. Los entremeses lo estaban
esperando y le hicieron olvidar la mitad de los pensamientos que se agolpaban
en su cerebro. Los salmonetes con salsa hicieron desaparecer el resto.
Cuando
salió del local, la calle estaba a oscuras. O alguien había roto las bombillas
o se habían fundido. Después de unos cuantos pasos, sus ojos se acostumbraron a
la oscuridad. Alguien estaba orinando junto a un portal, no contra la pared
sino sobre una caja de cartón de gran tamaño. Al llegar a su altura, se dio
cuenta de que el tío estaba haciendo sus necesidades encima de un pobre
desgraciado que estaba en el interior de la caja y no conseguía reaccionar ni
hablar porque iba más borracho que una cuba. El comisario se detuvo.
—¿Qué
pasa aquí? —preguntó Montalbano.
—¿Qué
coño quieres? —dijo el otro, subiéndose la cremallera.
—¿Te
parece bien mearte encima de un cristiano?
—¿Un
cristiano? Ese es un pedazo de mierda. Y, como no te vayas, me meo también
encima de ti.
—Perdóname
y buenas noches —dijo el comisario.
Le
dio la espalda, se adelantó medio paso, se volvió y le pegó un fuerte puntapié
en los cojones. El otro se desplomó sin resuello sobre el desgraciado de la
caja. Digno remate de un día muy duro.
Por
fin estaba llegando a casa. Se acercó al bordillo por la izquierda, trazó la
curva, enfiló el caminito que conducía a la vivienda, llegó a la explanada, se
detuvo, bajó, abrió la puerta, la cerró a su espalda y buscó a tientas el
interruptor, pero su mano quedó en suspenso en el aire.
¿Qué
era lo que lo había paralizado? Una especie de flash, la imagen fulmínea de una
escena entrevista poco antes con demasiada rapidez para que el cerebro tuviera
tiempo de transmitir los datos recogidos. No encendió la luz, pues la oscuridad
lo ayudaba a concentrarse y a reconstruir lo que le había, llamado
subliminalmente la atención.
Sí,
habla sido en el momento de girar para enfilar el caminito; las luces largas
habían iluminado por un instante una escena. Delante de él, detenido en el
mismo sentido de circulación, un Nissan todoterreno. Al otro lado de la calle,
tres siluetas en movimiento. Primero se acercaban las unas a las otras hasta
casi formar un solo cuerpo y después se separaban como si estuvieran bailando.
Cerró
fuertemente los ojos. Le molestaba incluso la claridad de la luz encendida de
la galería, que manchaba la densa oscuridad en que pretendía sumergirse.
Dos
hombres y una mujer, ahora estaba seguro. Bailaban y, de vez en cuando, se
abrazaban. No, era lo que él había creído ver, pero había algo en la actitud de
los tres que podía inducir a imaginar otra situación.
«Enfócalo
mejor, Salvo, los ojos de un policía son siempre ojos de policía.»
De
repente, no tuvo la menor duda. Con una especie de zoom mental, vio el detalle
de una mano que agarraba con violencia los cabellos de la mujer. La escena
adquirió el significado que le correspondía. ¡Un secuestro en toda regla, no
una chorrada sin importancia! Dos hombres que intentaban introducir a la fuerza
a la chica en el Nissan.
No
lo pensó ni un momento, abrió la puerta, salió, subió al coche y se puso en
marcha. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido? Calculó que unos diez minutos
largos. Se pasó un par de horas recorriendo obstinadamente arriba y abajo, con
los labios apretados y la mirada fija, carreteras, caminitos, veredas y
senderos.
Cuando
ya había perdido la esperanza, descubrió el Nissan estacionado en una colina,
frente a una casa que había visto deshabitada las pocas veces que había pasado
casualmente por delante de ella. Por las ventanas no salía el menor rayo de
luz. Se detuvo, temiendo que hubieran oído el ruido del motor. Esperó unos
minutos, totalmente inmóvil. Después descendió del vehículo dejando la
portezuela abierta y, agachado, rodeó cautelosamente la casa. En la parte de
atrás, a través de las persianas cerradas se filtraba la luz de dos
habitaciones iluminadas, una en la planta baja y otra en el piso de arriba.
Regresó
a la parte delantera y empujó muy despacio la puerta entornada, procurando que
no chirriara. Estaba sudando. Se encontró a oscuras en un recibidor, siguió
adelante y vio un salón y, a su lado, una cocina, donde había dos chicos con
vaqueros, barbas largas y pendientes. Iban desnudos de cintura para arriba,
estaban preparando algo en dos hornillos de camping y controlaban el grado de
cocción. Uno se encargaba de una cazuelita y el otro había levantado la
tapadera de una olla y removía el contenido con una cuchara grande de madera.
Olía a fritura y a salsa.
Pero
¿dónde estaba la chica? ¿Sería posible que hubiera conseguido escapar de sus
asaltantes o que éstos la hubieran dejado libre? ¿Y si la escena tuviera otro
significado?
Sin
embargo, algo en lo más profundo de su instinto lo inducía a no fiarse de lo
que estaba viendo: dos muchachos que preparaban la cena. La aparente normalidad
era justo lo que más le preocupaba.
Con
la prudencia de un gato, Montalbano empezó a subir por la escalera de obra que
conducía al piso de arriba. Los peldaños estaban llenos de baldosas sueltas, ya
mitad de camino estuvo a punto de resbalar. La escalera estaba bañada por un
espeso líquido oscuro. Se agachó, lo tocó con la punta del dedo índice y lo
olió: tenía demasiada experiencia para no saber que era sangre. Seguramente ya
era demasiado tarde para encontrar viva a la chica. Subió los últimos dos
peldaños casi con esfuerzo, apesadumbrado por lo que imaginaba que vería y que
efectivamente vio.
En
la única habitación iluminada del piso de arriba, la chica, o por lo menos lo
que quedaba de ella, estaba tendida en el suelo, completamente desnuda. Sin
abandonar la cautela, pero tranquilizado en parte por las voces de los dos
muchachos que seguía escuchando en la planta baja, se acercó al cuerpo. Habían
llevado a cabo un trabajo de artesanía con un cuchillo tras haberla violado con
un palo de escoba ensangrentado que se encontraba a su lado. Le habían
arrancado los ojos, cortado por entero la pantorrilla de la pierna izquierda y
amputado la mano derecha. También le habían empezado a abrir el vientre, pero
después lo habían dejado.
Para
examinarla mejor se había agachado a su lado, pero ahora le costaba levantarse.
No porque le temblaran las piernas sino justo por todo lo contrario: comprendía
que, si empezaba a levantarse, el manojo de nervios en que se había convertido
lo haría saltar hasta el techo como si fuera un muelle. Permaneció en la misma
posición el tiempo necesario para calmarse y dominar la ciega furia que lo
había invadido. No podía cometer ningún error: dos contra uno hubieran ganado
fácilmente la partida.
Volvió
a bajar muy despacio y oyó de nuevo con toda claridad las voces de los dos
sujetos.
—Los
ojos están fritos al punto. ¿Quieres uno?
—Sí,
si tú pruebas un trozo de pantorrilla.
El
comisario salió de la casa, pero antes de alcanzar el coche se vio obligado a
detenerse para vomitar, procurando que no le oyeran mientras los esfuerzos que
hacía por reprimir las arcadas le provocaban dolorosos retortijones en el
vientre. Al llegar al coche, abrió el maletero, sacó el bidón de gasolina que
siempre llevaba, regresó a la casa y vació el bidón justo delante de la puerta.
Estaba seguro de que los dos individuos no percibirían el olor de la gasolina,
enmascarado por los olores mucho más intensos de un par de ojos fritos y de una
pantorrilla hervida o en salsa, vete tú a saber. Su plan era muy sencillo;
prender fuego a la gasolina y obligar a los asesinos a arrojarse por la ventana
de la cocina de la parte de atrás. Allí los estaría esperando él.
Regresó
al automóvil, abrió la guantera, sacó la pistola y quitó el seguro. Y aquí se
paró.
Devolvió
la pistola a la guantera, introdujo una mano en el bolsillo y sacó el
billetero: sí, tenía una tarjeta telefónica. Por el camino había visto una
cabina a unos cien metros de distancia. Dejó el coche donde estaba y se dirigió
a pie a la cabina tras encender un cigarrillo. Milagrosamente, el teléfono
funcionaba. Insertó la tarjeta y marcó un número.
El
septuagenario que, en la noche romana, estaba escribiendo a máquina se levantó
de golpe y fue a coger el teléfono, preocupado. ¿Quién podría ser a aquella
hora?
—¿Diga?
¿Quién habla?
—Soy
Montalbano. ¿Qué estás haciendo?
—¿No
sabes qué estoy haciendo? Escribo el relato del cual tú eres protagonista. He
llegado al momento en que tú estás dentro del coche y le quitas el seguro a la
pistola. ¿Desde dónde me llamas?
—Desde
una cabina.
—¿Y
cómo has llegado hasta ella?
—Eso
a ti no te importa. —¿Por qué me llamas?
—Porque
no me gusta este relato. No quiero entrar en él, no va conmigo. Y, además, la
historia de los ojos fritos y de la pantorrilla guisada es absolutamente
ridícula, una auténtica gilipollez, y perdona que te lo diga.
—Salvo,
estoy de acuerdo contigo.
—Pues
entonces ¿por qué lo escribes?
—Hijo
mío, trata de comprenderme. Algunos dicen que soy eso que se llama un
«buenista», uno que se dedica a contar historias almibaradas y
tranquilizadoras; otros dicen, en cambio, que el éxito que he alcanzado gracias
a ti no me ha sentado muy bien, que me repito demasiado, con la mirada puesta
tan sólo en los derechos de autor... Afirman que soy un escritor fácil, aunque
después se maten tratando de entender cómo escribo. Estoy intentando ponerme al
día, Salvo. Un poquito de sangre sobre el papel no le hace daño a nadie. ¿Qué
quieres, perderte en disquisiciones? Y, además, te lo pregunto a ti, que eres
un sibarita: ¿has probado alguna vez un par de ojos humanos fritos, quizá con
un poco de cebolla?
—No
te hagas el gracioso. Óyeme bien, te voy a decir una cosa que jamás repetiré.
Para mí, Salvo Montalbano, un relato de esta clase es inadmisible. Eres muy
dueño de escribir otros del mismo estilo, pero, en tal caso, tendrás que
inventarte otro protagonista. ¿Está claro?
—Clarísimo.
Pero, entre tanto, ¿cómo termino esta historia?
—Así
—contestó el comisario.
Y
colgó.
Amor
y Fraternidad
Enea
Silvio Piccolomini ignoraba de su homónimo, quien al convertirse en Papa se
hizo llamar Pío II, incluso su existencia. Se llamaba así porque, en los
últimos años del siglo XIX, había un funcionario del Registro Civil que era un
poco bromista: a los incluseros les ponía nombres como Jacopo Ortis, Aleardo
Aleardi y otros por el estilo, en un gozoso afán de tocar los cojones. Una de
sus víctimas fue un pobre chiquillo que nació en 1894, a quien le puso
precisamente el nombre de aquel Papa que pasó a la historia por su cultura. Sin
embargo, el Enea Silvio de Vigàta siguió siendo analfabeto hasta su muerte.
Combatió en la Primera Guerra Mundial y también en la Segunda. Se casó en
cuanto encontró trabajo como descargador de muelle y tuvo tres hijos varones a
los que dio unos nombres razonables, Giuseppe, Gerlando y Luigi. Los dos
primeros emigraron a América, pero no hicieron fortuna. En cambio, Luigi se
quedó en Vigàta, donde se ganaba el pan como albañil. Tuvo dos hijos varones y
una hija. Al primero de los varones le tocó recibir el nombre del abuelo, es
decir, Enea Silvio. A los veinte años, Enea Silvio se fue a buscar trabajo a
Turín. A los cuarenta y cinco años, sufrió el accidente: una llamarada lo dejó
instantáneamente ciego y una plancha de acero al rojo vivo le amputó la pierna
izquierda. Dos meses después del accidente hubiera tenido que casarse con una
viuda de su edad, pero aun suponiendo que la mujer todavía lo quisiera lisiado
como estaba, lo que le había ocurrido le hizo cambiar de opinión. Regresó al
pueblo, donde ya no quedaba nadie de su familia: el otro, hermano vivía en
Pordenone, donde se había casado. Y su hermana Gnazia, con quien Enea Silvio
estaba muy encariñado, se había trasladado a la isla de Sampedusa con su marido
y sus hijos. Reservado, solitario y huraño, Enea Silvio alquiló una casita en
las afueras de Vigàta. Vivía .con el dinero de la pensión. Poco tiempo después
de su regreso, la organización benéfica Amor y Fraternidad puso sus ojos en él,
lo adoptó y le proporcionó una muleta, un bastón y un perro lazarillo que se
llamaba Rirì. La ceremonia de la entrega de la muleta, el bastón y el perro
revistió gran solemnidad y estuvieron presentes en ella periodistas y cadenas
de televisión de toda la isla. Todos pudieron contemplar una vez más el rostro
sonriente del ingeniero Di Stefano, fundador y presidente de la organización
benéfica Amor y Fraternidad, al lado de su protegido. En el transcurso de los
siguientes cinco años, Enea Silvio apenas se dejó ver por el pueblo, sólo lo
estrictamente necesario para hacer la compra o por cualquier otra necesidad.
Era hombre de pocas palabras y no hizo amistad con nadie. Una mañana de
septiembre, el señor Attilio Cucchiara, que para ir a su despacho tenía que
pasar muy cerca de la casita de Enea Silvio, oyó que Rirì se quejaba como si
fuera una persona. Cuando volvió a pasar por allí para ir a comer a casa, el
perro aún se estaba quejando. Entonces se acercó a la puerta de la vivienda y
llamó. Los quejidos del perro se intensificaron. El señor Cucchiara volvió a
llamar a la puerta y gritó el nombre de Enea Silvio, a quien los vigateses
conocían como Nenè. No le abrieron la puerta ni obtuvo respuesta. Entonces
regresó a su casa y telefoneó a la comisaría.
* *
*
Fueron
Mimì Augello y Galluzzo, quien derribó la puerta de un empujón. Enea Silvio
Piccolomini estaba tumbado en la cama como si durmiera. Sólo que estaba muerto.
Intoxicado por el gas. Se había olvidado de la manzanilla que se estaba
preparando. El líquido hirvió, se derramó y apagó la llama, pero el gas siguió
saliendo de la bombona. Mimì le hizo una caricia al perro Rirì, que no cejaba
en sus quejidos. Fue precisamente aquel gesto el que puso en marcha la
maquinaria policial que funcionaba en su cabeza. En la casita había un
teléfono, pero no quiso utilizarlo. Echó mano de su móvil para llamar a
Montalbano.
—Salvo,
¿puedes acercarte por aquí un momento?
Aunque
la casita tuviera por fuera el enlucido agrietado, por dentro era un pequeño y
cómodo apartamento de dos minúsculas habitaciones, una cocinita y un cuarto de
baño casi invisible. Todo en perfecto orden. Frigorífico, transistor, teléfono:
faltaba sólo el televisor, por motivos evidentes. Sobre la mesita de noche,
tres cajas de medicamentos: un potente somnífero, un analgésico y un regulador
de la presión sanguínea. Enea Silvio permanecía tumbado de lado con su única
pierna ligeramente doblada, en calzoncillos y camiseta, con la mano izquierda
bajo la mejilla, el brazo derecho a lo largo del cuerpo y los ojos cerrados.
Ninguna huella de lucha, ninguna señal visible de arañazos o golpes. Desde el
momento de su llegada, Montalbano y Augello no habían intercambiado ni una sola
palabra, pues no era necesario: se entendían con los ojos, con breves
intercambios de miradas. Al final, el comisario preguntó:
—¿Dónde
está Galluzzo?
—Lo
he enviado a buscar al señor Cucchiara, el que nos ha llamado.
En
el interior de un aparador había cuatro cajas de comida para perro. Montalbano
abrió una, echó su contenido en el cuenco que había en el comedor, junto a la
mesa. Llamó a Rirì, pero éste no se movió. Entonces cogió el cuenco, lo llevó
al dormitorio y lo colocó delante del animal. Pero esta vez Rirì tampoco se dio
por enterado. Permanecía inmóvil, con los ojos clavados en su amo: parecía un
perro de terracota.
Attilio
Cucchiara, en cuanto vio el cuerpo en la cama, palideció intensamente y cayó de
rodillas. Galluzzo lo sostuvo, lo acomodó en una silla del comedor y le ofreció
un vaso de agua.
—Los
muertos me dan miedo —dijo, para justificarse.
—¿Eran
ustedes amigos? —le preguntó Montalbano.
—¡Qué
va! Ese hombre no le daba confianzas a nadie. Durante cinco años he pasado por
lo menos cuatro veces al día por delante de esta casa y jamás nos hemos dicho
otra cosa que no fuera buenos días o buenas tardes.
—¿Y
el perro?
—¿Qué
quiere decir?
—¿Ladraba
cuando usted pasaba?
—Nunca.
Nunca ladraba a las personas. Pero era una bestia salvaje con los demás perros.
En cuanto pasaba uno, se le echaba encima e intentaba morderle el cuello. Se
ponía como una fiera. Pero, si iba sujeto con la correa, guiaba fielmente al
pobre Nene. ¿De qué ha muerto?
—Quién
sabe. A primera vista, parece que ha sufrido un infarto mientras dormía. ¿Sabe
dónde dormía el perro?
—Sí.
Aquí dentro, con su amo.
«Pues
entonces, ¿cómo es posible que el perro no haya muerto también?», se
preguntaron mutuamente con una rápida mirada Augello y Montalbano. La duda que
había acometido a Augello mientras acariciaba la cabeza de Rirì había resultado
fundada.
—La
puerta estaba cerrada, pero no con llave. Ha bastado un empujón de Galluzzo
para abrirla. Las habitaciones no estaban saturadas de gas, aunque se percibía
el olor, eso sí, pero muy débil. Las ventanas estaban herméticamente cerradas.
Estoy convencido de que lo han matado —dijo Mimì.
—Yo
también lo creo —dijo Montalbano—. Cuando se iba a dormir, Piccolomini se
tomaba un somnífero muy fuerte que lo hacía caer en una especie de catalepsia.
Alguien espera a que se duerma, abre con una llave falsa, entra, coge al perro
que, como ya sabemos, no ataca a las personas, lo saca de la casa, vuelve a
entrar, abre la bombona y vuelve a salir. Cuando está seguro de que Piccolomini
ha muerto, entra de nuevo en la casa, abre las ventanas para que salga
parcialmente el gas y evitar que Rirì muera intoxicado, hace entrar al perro,
cierra la puerta a su espalda, y listo.
—Estoy
de acuerdo —dijo Augello—. Pero la pregunta es: ¿por qué ha querido salvarle la
vida a Rirì?
—Si
es por eso, las preguntas son muchas. ¿Por qué han matado a Piccolomini? Para
robar, seguro que no. ¿Por qué querían que pareciera un accidente?
—O
un suicidio. Si fuera un suicidio, todo tendría su explicación. Él mismo sacó
al perro porque lo quería...
—…
¡y, una vez muerto, hizo entrar de nuevo a Rirì en la casa! ¡No digas
disparates, Mimì!
Augello
se estaba haciendo un lío.
—Perdón,
perdón —dijo—. He dicho una burrada. Sea como fuere, se trata de un plan
organizado por un profesional muy hábil, dotado de gran inteligencia y
frialdad. Sólo que el autor material del homicidio ha cometido el error del
perro.
—Y
yo me pregunto por qué la eliminación de un pobre desgraciado como Piccolomini
tenía que exigir tanta inteligencia y frialdad, como tú dices.
—A
lo mejor Piccolomini no era el pobre desgraciado que aparentaba ser.
—Es
posible. Pero mira, Mimì, en toda esta historia hay algo que no encaja. Hemos
dicho que el asesino entra en la casa y abre la bombona del gas. ¿Es así?
—Sí.
—Bueno,
¿pues cómo sabe que en el interior de la bombona hay suficiente gas para matar
a Piccolomini? Porque, si la bombona estuviera casi vacía, cuando Piccolomini
se despertase, experimentaría como máximo un ligero dolor de cabeza. ¿Cómo es
la bombona?
—De
las pequeñas. Está en su sitio, debajo de los quemadores de la cocina.
—Vamos
a hacer lo siguiente. Dile a Fazio que averigüe todo lo que pueda acerca de
Piccolomini. Y advierte a Galluzzo de que no le suelte ni una sola palabra a su
cuñado el periodista. ¿Querían hacernos creer que ha sido un accidente? Pues
nosotros lo creemos.
—¿Y
qué hacemos con el perro? —preguntó Mimì Augello.
—Ah,
sí. Pásame el móvil. ¿Fazio? Hazme un favor. Llama a Montelusa, a la
organización benéfica que le facilitó a Piccolomini la muleta, el perro y el
bastón. Diles que Piccolomini ha muerto porque se dejó el gas abierto. Que el
perro y lo demás nos lo llevamos a la comisaría. Pueden enviar a alguien a
recogerlo todo.
Vieron
tres automóviles que enfilaban la calle sin asfaltar. El forense, el magistrado
y los de la Policía Científica ya habían llegado.
Cuando
acababa de coger el camino que conducía a Vigàta, vio unas bombonas alineadas
delante de una tiendecita sin rótulo. Se detuvo, bajó y entró. Sentado en una
silla de anea, un muchacho leía La Gazzetta dello Sport.
—Disculpe.
Soy el comisario Montalbano. ¿Usted conoce a Nenè Piccolomini?
—¿El
ciego de una sola pierna? Sí. Es cliente nuestro. ¿Le ha ocurrido algo?
—preguntó el chico, levantándose.
—Ha
muerto.
—¡Pobrecito!
¿Y cómo ha sido?
—Intoxicado
por el gas. Se lo dejó abierto, la llama se apagó y...
—¿A
qué día estamos? —preguntó inesperadamente el mozo, como si se le hubiera
ocurrido de golpe una idea. Después miró la fecha del periódico—. No es posible
—dijo.
—¿Qué
es lo que no es posible?
—Que
dentro de aquella bombona hubiera tanto gas.
—¿Y
usted cómo lo sabe?
—Él
quería siempre la bombona pequeña, la de diez. Vivía solo y le duraba casi tres
meses. Hace dos días, al pasar por aquí delante, me dijo: «Acuérdate de
llevarme una bombona nueva el día trece, la vieja ya se está terminando.» Era
un hombre muy ordenado. Y hoy estamos a día once.
—¿O
sea, que usted cree que no había suficiente gas para matarlo?
—Mire,
en estas cosas no hay nada seguro. Puede que haya muerto por otra cosa y no le
diera tiempo a apagar el gas.
Muy
listo el chaval.
—¿Y
el perro? —preguntó éste, preocupado.
—El
perro está bien.
—¿Lo
ve? Si hubiera sido cosa del gas, también habría muerto.
Montalbano
dio las gracias, volvió a subir al coche y se alejó.
Cuando
regresó al despacho por la tarde, Galluzzo se le acercó, preocupado:
—El
perro no quiere comer.
Lo
siguió a la sala de los agentes. Gallo y Catarella rodeaban al animal, que, con
expresión profundamente afligida, mantenía el rabo entre las patas. Había
comprendido sin duda que su amo había muerto y se había hundido en la tristeza.
Galluzzo, además de la muleta y el bastón, había cogido de la casa de
Piccolomini los cuencos del agua y de la comida, que el perro contemplaba de
vez en cuando Con desagrado. Montalbano lo acarició.
—Dottori,
si lo saco a dar un paseo, a lo mejor se le despierta el apetito —sugirió
acongojado Catarella.
—Pero
¿qué hacen esos cabrones de la organización benéfica? —preguntó de pronto
Montalbano.
—Han
dicho que ya pasarían —contestó Galluzzo.
—Pues
entonces, vamos a esperarlos. Total, el perro de momento no se muere de hambre.
Cuando
ya llevaba media hora firmando documentos, cosa que siempre le atacaba los
nervios, sonó el teléfono.
—Dottori,
está aquí el ingeniero Di Stefano, que quiere hablar con usted en persona
personalmente.
—Muy
bien, que pase.
El
ingeniero Angelo di Stefano era un jovial cincuentón ligeramente entrado en
carnes.
—¡Qué
desgracia! ¡Qué desgracia! —dijo.
—¿Usted
lo conocía bien?
—¿Cómo
no iba a conocerlo? Verá, nosotros nos dedicamos a aliviar no sólo las
molestias corporales de nuestros protegidos, sino también las espirituales. Y
por eso yo mismo me encargo de ir a visitarlos, dondequiera que estén, por lo
menos una vez al mes.
Cuando
terminó de hablar, puso una tara cuyo significado Montalbano no comprendió en
aquel momento. Después se dio cuenta de que el hombre esperaba unas palabras de
alabanza. Que a él no le salieron. Entonces levantó la mano derecha y la apoyó
en el hombro del ingeniero.
—No,
no —dijo Di Stefano—. La caridad tiene valor cuando se practica en silencio y
sin que nadie lo sepa. Y yo no aspiro a ningún tipo de reconocimiento.
«Y
todos los periodistas que convocas, ¿qué me dices de ellos?», hubiera querido
preguntarle el comisario, pero se abstuvo de hacerla.
—Habrá
que avisar a la familia.
—Ya
me he encargado de ello esta mañana nada más enterarme de la trágica noticia
del accidente... Porque ha sido un accidente, ¿verdad?
—Sí.
Se olvidó de apagar el gas.
—¡Y
pensar que era un hombre tan ordenado y meticuloso! Cosa, por otra parte, que
un ciego tiene que ser a la fuerza. Estaba diciendo que esta mañana me he
encargado de avisar a su hermano de Pordenone y a su hermana de Sampedusa. Como
es natural, nosotros nos haremos cargo del entierro, en cuanto sea posible. Le
doy las gracias por todo, señor comisario.
No
supo por qué razón se le ocurrió decir:
—Lo
acompaño.
Delante
de la comisaría se encontraba estacionado un impresionante automóvil azul de la
entidad benéfica. Rirì estaba sentado en el asiento de atrás con la cabeza
gacha. Un rechoncho cuarentón, también con la cabeza gacha, abrió la
portezuela.
—Éste
es nuestro imprescindible factótum, chófer, celador y adiestrador —explicó el
ingeniero.
Se
saludaron efusivamente. El comisario regresó pensativo a su despacho. Había
oído o visto algo que lo había dejado momentáneamente extrañado. Pero no
conseguía darle una formulación concreta, una imagen definida. Reanudó de mala
gana la tarea de las firmas.
Al
día siguiente llamó el doctor Pasquano, el cual, en lugar de comunicarle los
resultados de la autopsia, le hizo una pregunta.
—¿Cómo
es posible que el perro no muriera?
—No
lo sé —mintió Montalbano.
Le
resultó muy fácil porque hablaba por teléfono. En persona le hubiera sido más
difícil: no conseguía contar trolas a las personas a las que apreciaba.
—Bueno,
el caso es que Piccolomini había tomado un somnífero. Murió por intoxicación.
¿Está seguro de que fue un accidente?
—En
un noventa por ciento.
Ni
siquiera por teléfono conseguía mentir al cien por cien.
—En
fin —dijo Pasquano.
Y
colgó.
Como
si se hubieran puesto de acuerdo, a los cinco minutos llamó Jacomuzzi, el jefe
de la Policía Científica.
—No
hemos encontrado nada anormal. El pobre hombre debió de olvidarse de verdad de
apagar el gas.
—¿Huellas?
—Todas
de Piccolomini. Sólo había una distinta y la he sacado.
—¿Dónde
estaba?
—En
el interruptor, junto a la puerta. Muy evidente porque el interruptor estaba
cubierto de polvo. ¿Y sabes una cosa? Ni siquiera había una bombilla en el
portalámparas del comedor, el único de toda la casa.
Un
gesto instintivo del asesino al entrar de noche en medio de la oscuridad. O
bien al salir, tras haber cometido el asesinato. El segundo error; el primero
fue el del perro.
Y
como, por lo visto, el destino había querido que todas las cosas confluyeran en
aquella mañana, Fazio llamó a la puerta, pidió permiso, entró, se sentó delante
del escritorio y sacó del bolsillo una hoja de papel llena de una escritura muy
apretada.
—Ya
estoy preparado, comisario.
—Dime.
Fazio
empezó a leer.
—Enea
Silvio Piccolomini, hijo de Luigi y de la difunta Antonietta Catanzaro, nacido
en Vigàta el veintisiete de abril de...
Con
la mano abierta, el comisario descargó un fuerte golpe sobre la mesa.
—¡
Vete al carajo con tu complejo de funcionario del Registro Civil! ¡Te he dicho
una y mil veces que esas chorradas no me interesan!
—¡Bueno,
bueno! —replicó tranquilamente Fazio, volviendo a guardar la hoja de papel en
el bolsillo. Pero no añadió nada más.
—¿Y
bien?
—Señor
comisario, hágame usted las preguntas. Y yo, lo que sepa se lo digo.
—Vamos
a tomarnos un café.
Tras
haberse tomado el café y hecho las paces, el comisario se enteró de que en el
pueblo Piccolomini no tenía amigos, sólo conocidos. Le ingresaban la pensión en
la Banca dell'Isola. Había conseguido ahorrar seis millones trescientas mil
liras. No fumaba, no bebía, no mantenía tratos con las putas históricas de
Vigàta, no era ni homosexual ni pederasta. Simplemente, un pobre diablo.
«Nadie
mata a un pobre diablo», pensó el comisario, recordando un título de Simenon.
—Desde
hace cuatro años —añadió Fazio—, tanto en invierno como en verano, todos los
viernes por la noche tomaba el barco correo que hace la línea de Sampedusa.
Regresaba el lunes.
—¿Iba
a ver a su hermana?
—Sí.
La hermana Gnazia está casada con un tal Silvestro Impallomeni, que trabaja de
albañil. Gnazia era doce años más joven que Piccolomini, el cual estaba muy
encariñado con sus sobrinos, Giacomo, de diez años, y Marietta, de ocho.
—¿Eso
es todo?
—Eso
es todo.
Montalbano
miró a Fazio, decepcionado. Éste extendió los brazos.
—No
puedo inventarme que era un gángster para darle gusto a usted.
—Resérvame
un camarote en el barco correo de esta noche. Y dame la dirección de la
hermana.
Fazio
lo miró, perplejo.
—¿Lo
dice en serio? Si quiere, puedo ir yo.
—No.
El
barco zarpó del muelle a las doce de la noche. Iba cargado hasta los topes,
sobre todo de chicos y chicas, de grandes grupos armados con sacos de dormir
que iban a la isla para disfrutar de los últimos, y mejores, baños de mar.
Montalbano permaneció un buen rato apoyado en la barandilla para aspirar el
aire impregnado de sal. Después el viento de alta mar lo obligó a irse al
camarote. Llevaba consigo La cuerda loca, de Sciascia, que releía muy a menudo,
quizá para comprender se un poco mejor a sí mismo. De repente, durante la
lectura, descubrió lo que le había preocupado la víspera. Había sido una
pregunta del ingeniero Di Stefano, formulada en mitad de la conversación:
«Porque ha sido un accidente, ¿verdad?» Unas palabras muy normales, pero el
tono con el que el ingeniero las había pronunciado no encajaba. Se percibía en
ellas un regusto de temor e inquietud que se había disipado al confirmarle él
que efectivamente había sido un accidente. Una tontería, una bobada. «Eso se
llama buscarle tres pies al perro», le había dicho muchos años atrás en tono de
reproche un jefe superior milanés. «Usted, querido Montalbano, tiene el vicio
de buscarle tres pies al gato.» Eso era. Se había equivocado: el pie era de los
gatos, no de los perros. Se durmió casi de golpe, con la luz encendida y el
libro entre las manos. Lo despertaron las llamadas de los camareros a la
puerta: «Llegaremos dentro de media hora.» Consultó el reloj: las siete.
Demasiado pronto para dirigirse a Via Cordova, 12, donde vivía la señora
Gnazia. Tomó una rápida decisión y se puso el bañador que llevaba en el
maletín. Subió a cubierta e inmediatamente lo recibió el abrazo de una mañana
tan despejada, abierta y templada que hasta lo indujo a mirar con simpatía a un
muchacho alemán, un gigante con mochila, que le pisó de mala manera el pie y ni
siquiera le pidió perdón. Dos marineros estaban terminando de acoplar la
escalerilla de desembarco. Oyó desde dentro los agudos gritos de una mujer y
volvió a entrar: una cincuentona enjoyada estaba discutiendo con el sobrecargo
porque, por lo visto, un camarero le había contestado con muy malos modos.
Cuando la mujer terminó, Montalbano se acercó al sobrecargo.
—Quisiera
pedirle una información.
—Si
es sobre los horarios, diríjase a la oficina de tierra.
—No
se trata de horarios. Quisiera saber si usted conoce a una persona que...
—Ahora
no tengo tiempo. Espere a que todos los pasajeros hayan desembarcado. Mire,
vamos a hacer una cosa: a las nueve nos vemos en el despacho de la compañía,
justo enfrente del lugar donde hemos atracado.
Había
conseguido fastidiarle el baño que tenía intención de darse. Paciencia. Bajó,
vio un bar, se sentó junto a una mesita de la terraza y pidió un granizado de
café y un bollo. Pasó el rato observando a la gente. Pidió otro granizado y
otro bollo. Después, a la hora convenida, se dirigió a su cita con el
sobrecargo.
—¿Qué
desea? Le advierto que dispongo de muy poco tiempo.
—Soy
el comisario Montalbano.
El
otro se golpeó la frente con la mano.
—¡Ya
me parecía a mí que conocía su cara! Perdóneme por lo de antes. Mire, es que
hay algunos pasajeros que... Dígame.
—Quería
saber algo acerca de un pasajero que cada semana tomaba el barco el viernes por
la noche... Era ciego.
—¡El
señor Piccolomini! —lo interrumpió el sobrecargo—. Claro que lo conocía. Ha
muerto a causa de un accidente, ¿verdad?
El
tono de la pregunta: éste sí que era normal, no como el que había utilizado
inconscientemente el ingeniero Di Stefano.
—Sí.
El gas. ¿Habló alguna vez con él?
—¿Con
Piccolomini? Era un milagro que contestara a un saludo. Pero mire, tuvimos una
discusión hace años, creo que fue la primera vez que hacía el viaje. Después ya
no hubo más problemas...
—¿Por
qué la primera vez?
—Por
el perro. No podía tenerlo consigo, como él quería.
—¿Tenía
camarote?
—Nunca
reservaba camarote, le hubiera salido demasiado caro. Reservaba una butaca en
el puente. El perro lo llevaban a la perrera especial que haya bordo.
—¿Ocurrieron
alguna vez hechos extraños o insólitos durante las travesías estando
Piccolomini a bordo?
—¿Qué
quiere usted que ocurriera? Oiga, comisario, si Piccolomini ha muerto a causa
de un accidente, ¿por qué me hace estas preguntas?
Montalbano
se libró de contar una mentira, pues en aquel momento pasó un marinero y el
sobrecargo lo llamó:
—¡Matteo!
—Mientras el marinero se acercaba, añadió—: Se llama Matteo Salamone. Él es el
que solía atender a Piccolomini.
Matteo
Salamone era un cuarentón muy delgado de ojos muy vivos. El sobrecargo le
explicó lo que deseaba Montalbano y se retiró porque, según dijo, tenía muchas
cosas que hacer.
—¿Qué
quiere que le diga, señor comisario? Yo lo ayudaba cuando subía y cuando bajaba
porque la escalerilla puede ser peligrosa para un ciego al que, encima, le
falta una pierna. Lo acompañaba a la butaca y llevaba el perro a la perrera. Al
llegar hacía lo mismo, pero al revés. Me daba unas cuantas liras, pero yo lo
hacía porque me inspiraba pena el pobrecillo.
—¿Ocurrió
alguna vez algo en particular, algo que...
—Nada,
jamás. Ah, sí, el año pasado, pero es una tontería...
—Dígamela
de todas maneras.
—Bueno,
era una travesía Vigàta—Sampedusa. Yo lo vi al pie de la escalerilla, bajé, él
me reconoció por la voz, tomé al perro por la correa y él empezó a subir. A
medio camino, no sé cómo pero el bastón se le cayó al agua entre el costado del
buque y el muro del muelle. Se puso a gritar como un loco. «¡El bastón! ¡El
bastón!» Estaba desesperado, cualquiera habría dicho que se le había caído un
niño. Yo miré hacia abajo y vi que el bastón flotaba. Conseguí subirlo a bordo
como pude, con un arpón que pedí, pero él estaba fuera de sí. Los demás
pasajeros no entendían nada y estaban preocupados. Cuando lo tuvo entre las
manos, por poco lo besa como si fuera un hijo perdido y encontrado. ¡Cincuenta
mil liras me dio!
—¿Por
qué le dolería tanto perderlo? Era un bastón de madera normal, ¿no?
—No
era de madera, señor comisario. Tanto el bastón como la muleta eran de metal.
—Si
hubiera sido de metal, se habría hundido.
—No,
si fuese hueco. Y aquél estaba hueco por dentro con toda seguridad. ¿Por qué
tanto interés por ese pobre hombre?
—Por
la póliza del seguro.
Pero
el otro no le creyó, el brillo de sus ojos lo dio a entender con toda claridad.
—¡Un
ángel era! ¡Un ángel! —La señora Gnazia, vestida completamente de negro, se
lamentaba, inclinando el torso hacia delante y hacia atrás.
Montalbano,
que se había presentado como Panzeca, de la compañía Assicurazioni, comprendió
que el dolor era sincero.
—¿Dónde
están los niños? —preguntó, casi para distraerla.
—¿Los
chiquillos? Los sábados no tienen clase y se pasan fuera todo el día. Se van a
pescar con mi marido, que tiene una barca de remos.
—Oiga,
señora, cuando su difunto hermano venía a verla, ¿qué hacía, cómo pasaba el
día?
—Venía
aquí nada más desembarcar. Si estaban mis hijos, cosa extraña, se quedaba con
ellos. Quería mucho a los niños. Comía aquí con todos nosotros.
—¿Se
llevaba bien con su marido?
—No
se tenían mucha simpatía. Y, además, ya le he dicho que mi marido el sábado se
va a pescar y el domingo duerme. Trabaja mucho de lunes a viernes. Está
cansado. Y no anda muy bien de salud.
—En
resumen, que su difunto hermano, cuando venía a verla, no salía nunca de casa.
—Yo
no he dicho eso, señor Panzeca. El sábado por la tarde o el domingo por la
mañana pasaba Tato Recca con su furgoneta y se lo llevaba a dar un paseo.
—¿Era
su único amigo? ¿Tenía otros?
—No,
señor. Era el único. Me dijo que se habían conocido en Vigàta.
—¿Puede
facilitarme la dirección de Recca?
—El
pobrecillo murió.
—¿Murió?
¿Cuándo? ¿Cómo?
—Hace
una semana. Cayó con la furgoneta a un barranco que está en la isla de los
Conejos. ¿Sabe usted dónde es?
En
la zona sur de Sampedusa, lo sabía. Un soberbio y solitario lugar, un sitio
ideal para que lo maten a uno y todo parezca otro accidente.
Comprendió
que Gnazia Impallomeni le había dicho todo lo que sabía.
Se
levantó para marcharse y la mujer hizo lo mismo, pero le apoyó una mano en el
brazo.
—Usía
es de la Assicurazioni, ¿verdad, señor Panzeca?
—Sí.
—¿De
dinero sabe algo?
—¿En
qué sentido, si no le importa?
—Quiero
decir el dinero que Nenè guardaba en el banco.
—Bueno,
yo no sé exactamente lo que hay en el banco de Vigàta...
—Perdone,
no me refería al banco de Vigàta sino al de aquí de Sampedusa.
Montalbano
volvió a sentarse y la señora Gnazia lo imitó.
—¿Tenía
una cuenta en el banco?
—Una
cuenta, no. Una libreta. La primera vez que fue al banco, yo lo acompañé porque
él no conocía la calle. Después ya iba solo, Nenè caminaba como si no estuviera
ciego.
—¿La
libreta la tiene usted?
—Sí,
señor. Ahora se la enseño. La tengo escondida por que Nenè me dijo que mi
marido no tenía que saber nada.
Y,
de esta manera, el comisario averiguó que Enea Silvio Piccolomini, jubilado,
tenía una libreta a la vista con un saldo de ciento doce millones de liras.
—¿Qué
tengo que hacer, señor Panzeca?
—Siga
guardándola. Y no le diga nada a su marido.
Corrió
al puerto, justo a tiempo para subir a bordo del barco correo de vuelta.
A la
mañana siguiente, después de una noche de profundo sueño, se presentó en la
comisaría a primera hora de la madrugada. Llamó en primer lugar a Galluzzo.
—¿Fuiste
tú el que recogió en casa de Piccolomini el bastón, la muleta y el perro?
—Sí.
Y por la tarde se lo entregué todo al chófer del ingeniero Di Stefano,
¿recuerda?
—¿Pesaban
mucho?
Galluzzo
pareció dudar.
—La
verdad es que no tuve ocasión de llevar en brazos al perro .
—Galluzzo,
¿ahora te pones a hacer de Catarella? Me refiero al bastón y a la muleta.
¿Pesaban mucho?
—Ya
lo creo que pesaban. Es más, al cogerla, la muleta se me cayó al suelo y el
ruido fue como el de una barra de hierro.
—Lo
cual significa, en tu opinión, que no podía ser hueca.
—¿Hueca?
En absoluto. ¿Por qué hubiera tenido que ser hueca?
—Muy
bien. Mándame a Fazio.
Entró
Fazio y comprendió enseguida que su jefe estaba funcionando a pleno
rendimiento.
—Fazio,
como muy tarde a las once de esta mañana quiero saberlo todo acerca de la
organización benéfica Amor y Fraternidad. También quiero saberlo todo acerca
del ingeniero Di Stefano y su chófer. No te retrases ni un minuto. Mándame a
Augello.
—Aún
no ha llegado.
—Era
de esperar. En cuanto llegue, dile que lo quiero ver en mi despacho.
Augello
se presentó sobre las diez, muerto de sueño y bostezando de tal forma que
parecía que estuvieran a punto de rompérsele las mandíbulas.
—¿Qué
ha ocurrido, Mimì? ¿La puta con quien has pasado la noche te ha exigido
demasiado? ¿Quieres prepararte un zabaglione de doce huevos?
—Déjame
en paz, Salvo. ¡He tenido un dolor de muelas como para volverse loco! ¿Qué
fuiste a hacer a Sampedusa?
—Ya
lo he comprendido todo, Mimì. ¿Sabes cuánto dinero tenía en el banco de
Sampedusa aquel pobre jubilado muerto de hambre, ciego y sin una pierna que se
llamaba a Enea Silvio Piccolomini? Ciento doce millones de liras.
—¡Coño!
¿Y cómo los había ganado?
—Transportando
droga. Actuaba de correo para el ingeniero Di Stefano.
—¡Anda
ya! ¿Y dónde metía la droga?
—En
la muleta y el bastón de metal, que estaban huecos. He hecho un cálculo
aproximado: cada viaje le proporcionaba al ingeniero por lo menos dos kilos de
cocaína.
—¿Y
quién se la facilitaba en Sampedusa?
—Un
tal Recca, también difunto, que se reunía cada semana con Piccolomini. Han
simulado un accidente. Debió de ocurrir algo que indujo al ingeniero a
liquidarlos a los dos.
—A
ver si lo entiendo, Salvo. O sea, que Recca llevaba la coca, le pedía a
Piccolomini que le diera el bastón y la muleta, los rellenaba...
—No,
Mimì. Yo creo simplemente que Recca le entregaba a Piccolomini un bastón y una
muleta ya rellenos, como dices tú. Se producía un intercambio. Y el asesino de
Piccolomini, cuando se fue tras haber cometido el homicidio y dejado en su
sitio la bombona vieja...
—¿Qué
es esa historia de la bombona vieja?
—Después
te la cuento, Mimì. Decía que después cambió el bastón y la muleta.
—Ya
no entiendo nada.
—Dejó
en la casa de Piccolomini un bastón y una muleta exactamente iguales que los
que utilizaba el ciego, pero de metal macizo. Para que nosotros, al
encontrarlos, no pudiéramos sospechar nada.
—Virgen
santa, ¡estás haciendo que me vuelvan a doler las muelas! ¿Y el perro? ¿Por qué
quiso salvar al perro?
—Porque
un perro como ése tiene un valor incalculable. ¡Imagínate que atacaba a los
otros perros!
—Y
eso ¿qué significa?
—Significa
que Rirì, cuando veía en el muelle de Sampedusa o en el de Vigàta un perro
antidroga que se acercaba a su amo, lo atacaba. Piccolomini participaba también
en la escena, caía al suelo, se ponía a gritar. En resumen, lo más probable era
que los agentes se compadecieran de él y lo dejaran en paz. El perro les podía
seguir siendo útil.
—Pero
¿como te las arreglarás para demostrarlo?
—Espero
un informe de Fazio; después acudiré al juez suplente y le pediré una orden de
registro. Seguro que encuentro algo, pongo la mano en el fuego.
A
las once en punto, Fazio se presentó con su informe. La organización benéfica
Amor y Fraternidad no recibía subvenciones del Estado, todo funcionaba con el
dinero del ingeniero, el cual era uno de los personajes más activos en dos
campos que a un profano le hubieran podido parecer contradictorios: el sector
de la construcción tanto privada como pública y la beneficencia.
—¿De
dónde ha sacado el dinero?
—Se
lo dejó en herencia su padre, que también era un político importante, antes de
morir de un infarto hace unos quince años. El hijo ha quintuplicado el capital.
Dicen las malas lenguas, es decir, que son simplemente rumores, que buena parte
del dinero que pasa por sus manos no es suyo.
—¿Blanqueo?
—Son
simples rumores, señor comisario. Ante la ley, el ingeniero está tan limpio
como el culito de un bebé recién bañado.
Montalbano
lo miró con admiración.
—¡Qué
comparación tan bonita! ¿Acaso te ha dado ahora por escribir poesías, así, por
las buenas? Sigue.
—La
organización benéfica tiene su sede en un chalet rodeado de jardín, en
Montelusa, en Via Nazionale, catorce.
—¿Una
especie de clínica?
—¡Qué
va! La organización benéfica presta asistencia a domicilio, ¿me explico? Los
asistidos son en este momento doce personas, repartidas por todos los pueblos
de la provincia. Se trata de gente que necesita sillas de ruedas, muletas,
bastones...
—¿O
sea, no son enfermos propiamente dichos que están postrados en la cama?
—Esos
no entran en la organización. Los asistidos por la organización benéfica son personas
que pueden moverse sin ayuda. Ah, tienen que cumplir un requisito: vivir solas
y sin familiares que las acojan en su casa. Exactamente como Nenè Piccolomini.
—¿Hay
mujeres?
—Ninguna.
Ni como asistidas ni como enfermeras. Un día a la semana los visita el chófer
del ingeniero, «el redimido», como lo llama ,Di Stefano, pero su nombre es
Carmelo Aloisio, hijo del difunto Alfonso y de Rosalia Lopresti, nacido en...
Fazio
captó al vuelo la mirada del comisario y se detuvo a tiempo.
—Perdón
—dijo, y añadió—: Este Carmelo Aloisio tiene cuarenta y cuatro años y, desde
hace diez, trabaja con el Ingeniero...
—¿Por
qué Di Stefano lo llama «el redimido»?
—Estaba
a punto de llegar a ello. A los veinte años mató a un hombre, un estanquero,
para robarle. Fue condenado y diez años más tarde fue puesto en libertad por
buena conducta, pero no tenía ni oficio ni beneficio. El ingeniero lo cogió a
su servicio. Desde entonces Aloisio ya no ha tenido nada que ver con la
justicia. El ingeniero visita a los asistidos una vez al mes.
—Seguramente
para hacer las cuentas. Di Stefano ha montado una estupenda red de tráfico de
droga, pero se ha visto obligado a liquidar a dos correos por mediación de su
factótum Aloisio. ¿Es él quien se encarga de adiestrar a los perros?
—Sí,
señor. Al parecer, tiene una habilidad especial.
Montalbano
permaneció un momento en actitud pensativa.
—A
lo mejor le perdonó la vida a Rirì porque se había encariñado con él—dijo casi
para sus adentros—. Otra cosa, Fazio. En ese chalet de Via Nazionale, ¿vive
también el ingeniero?
—No,
señor. El ingeniero duerme en otro chalet. En la sede de la organización sólo
vive Aloisio.
Mimì
Augello con Fazio, Gallo, Galluzzo y otros dos hombres de la comisaría llamaron
a la puerta de Via Nazionale, 14, tras saltar la verja. En la caseta situada al
lado del chalet había tres perros, pero no ladraron. En respuesta a la llamada
de Augello, una voz masculina preguntó desde el interior:
—¿Quién
es?
—La
policía —contestó el subcomisario.
Y
aquí Aloisio cometió otro error. Reaccionó disparando. Fue capturado al cabo de
dos horas. En el interior de la vivienda encontraron veinte kilos de cocaína de
la máxima pureza.
El
secuestro
Era
un campesino de verdad, pero parecía una figurita de belén, con la boina puesta
incluso en la comisaría, las deformadas prendas de fustán y unos zapatones de
suela claveteada como los que se llevaban hasta el fin de la Segunda Guerra
Mundial. Era un enjuto septuagenario ligeramente encorvado a causa de su
trabajo con la azada, uno de los últimos ejemplares de una raza en vías de
extinción. A Montalbano le gustaron sus ojos azul claro.
—¿Deseaba
hablar conmigo?
—Sí,
señor.
—Siéntese
—dijo el comisario, indicándole una silla delante del escritorio.
—No,
gracias. Termino enseguida.
Menos
mal, había prometido que la entrevista sería breve: debía de ser hombre de
pocas palabras, como los campesinos auténticos.
—Me
llamo Consolato Damiano.
¿Cuál
sería el apellido, Consolato o Damiano? Montalbano tuvo una duda fugaz, pero
después pensó que, de conformidad con las normas de conducta en presencia de un
representante de la autoridad, el campesino habría dicho, como era costumbre,
primero el apellido y después el nombre.
—Encantado.
Lo escucho, señor Consolato.
—¿Usía
me quiere hablar de tú o de usted? —preguntó el campesino.
De
usted. No tengo por costumbre...
—Pues
entonces sepa que mi apellido es Damiano.
Montalbano
se sintió un poco molesto por no haber acertado.
—Dígame.
—Ayer
por la mañana bajé del campo y vine al pueblo porque había mercado.
El
mercado se instalaba todos los domingos por la mañana en la parte alta de
Vigàta, cerca del cementerio que lindaba con el campo, otrora cubierto de
olivos, almendros y viñedos, pero ahora casi enteramente yermo y agredido por
manchas cada vez más extensas de cemento, tanto si el plan general de
ordenación urbana lo permitía como si no.
Montalbano
esperó pacientemente la continuación.
—El
pollino me rompió el bùmmulo.
El
burro le había roto el botijo que los campesinos de antaño llevaban consigo
cuando iban a trabajar: este detalle confirmó la impresión de Montalbano de que
Consolado Damiano era un campesino de los de antes. A pesar de que la historia
del burro y del botijo no parecía que pudiera interesarle demasiado, el
comisario no dijo ni pío, pues había decidido seguir el lentísimo curso de las
palabras de Consolato.
—Y
entonces me compré otro en el mercado.
Hasta
aquí, aún no había nada que se saliera de lo corriente.
—Anoche
lo llené de agua para probarlo. Quise asegurarme de que el barro estuviera bien
cocido, porque, si el bùmmulo está crudo, no conserva el agua fresca.
Montalbano
encendió un cigarrillo.
—Antes
de irme a la cama, lo vacié. Y, junto con el agua, salió un trozo de papel que
había dentro.
Montalbano
se convirtió de repente en una estatua.
—Yo
sé leer un poquito. Estudié hasta tercero de primaria.
—¿Era
una nota? —apuntó finalmente el comisario.
—Sí
y no.
Montalbano
pensó que era mejor escuchar en silencio.
—Era
un trozo de periódico. Estaba completamente empapado de agua. Lo puse al lado
del fuego y se secó. En aquel momento, Mimì Augello asomó la cabeza. —Salvo, te
recuerdo que nos espera el jefe superior.
—Mándame
a Fazio.
El
campesino esperó educadamente. Entró Fazio.
—Este
señor se llama Consolato Damiano. Escucha tú lo que nos tiene que decir. Yo,
por desgracia, tengo que irme corriendo. Hasta luego.
Cuando
regresó a la comisaría, se había olvidado por completo del campesino y de su
botijo. Fue a comer a la trattoria San Calogero y se zampó medio kilo de
pulpitos que se deshacían en la boca, hervidos y aliñados con sal, pimienta
negra, aceite, limón y perejil. Al entrar en su despacho, vio a Fazio y le vino
a la mente Consolato Damiano.
—¿Qué
quería aquel campesino? El del bùmmulo.
Fazio
esbozó una sonrisita.
—La
verdad es que me ha parecido una chorrada, por eso no se lo he comentado. Me ha
dejado el trocito de papel. Es la parte superior de la página de un periódico
del año pasado, se lee la fecha: tres de agosto de mil novecientos noventa y
siete.
—¿Qué
periódico es?
—Eso
no lo sé, el nombre no figura.
—¿Eso
es todo?
—No,
señor. Hay también unas cuantas palabras escritas a mano. Dicen: «¡Socorro! ¡Me
asesina!» En fin...
Montalbano
se cabreó.
—¿Y
eso te parece una charrada? Deja que lo vea.
Fazio
salió, regresó y le entregó a Montalbano una estrecha tira de papel. En letras
de imprenta y con caracteres casi infantiles, decía en realidad: «¡Socurro!
¡Masasina!»
—Debe
de ser una broma que alguien le ha querido gastar al campesino —apuntó Fazio
con obstinación.
A un
grafólogo la letra le dice muchas cosas, pero a Montalbano, que no era tal,
aquella vacilante escritura llena de errores gramaticales también se las dijo,
le dijo que era verdad, que era una auténtica petición de socorro. ¡Nada de una
broma, como decía Fazio! Pero se trataba de una simple impresión suya y nada
más. Por eso decidió ocuparse personalmente del asunto sin la participación de
sus hombres: si su impresión resultaba equivocada, se ahorraría las burlonas
sonrisitas de Augello y compañía.
Recordó
que la zona en la que se celebraba el mercado estaba marcada y subdividida en
unos espacios delimitados en el suelo por unas rayas de cal. Por si fuera poco,
cada puesto tenía un número para evitar discusiones y peleas entre los
propietarios de los tenderetes. Se dirigió al Ayuntamiento y tuvo suerte. El
encargado del asunto, que se llamaba De Magistris, le explicó que los recuadros
reservados a los vendedores de cacharros de barro eran sólo dos. En el primero,
al que se había asignado el número ocho, exponía su mercancía Giuseppe
Tarantino y estaba situado en la parte inferior del mercado. En cambio, en la
superior, la más cercana al cementerio, se encontraba el recuadro treinta y
seis, asignado a Antonio Fiorello, otro vendedor de bùmmuli y quartare, unas
panzudas jarras con asas.
—Pero
piense, señor comisario, que no es seguro que la distribución de los puestos
sea como dicen los papeles —le dijo De Magistris.
—¿Por
qué?
—Porque
sucede muy a menudo que los dueños de los tenderetes se ponen de acuerdo entre
sí y se intercambian los puestos.
—¿Entre
los dos vendedores de cacharros?
—No
sólo entre ellos. En el papel puede decir, qué sé yo, que en el número veinte
hay uno que vende fruta y verdura, pero tú vas allí y te encuentras con que
ahora hay un tenderete de zapatos. A nosotros no nos interesa, nos basta con
que estén de acuerdo y no haya disputas.
Regresó
al despacho, le pidió a Fazio que le explicara cómo ir a casa de Consolato
Damiano, subió al coche y se fue. El término de Ficuzza, donde vivía el
campesino, era un apartado lugar situado a medio camino entre Vigàta y
Montereale. Para llegar hasta allí, tuvo que dejar el coche al cabo de media
hora de trayecto y pegarse una caminata de otros treinta minutos. Ya había
oscurecido cuando llegó a una pequeña alquería, se abrió paso entre las
gallinas y, antes de llegar a la puerta abierta, gritó:
—jEh!
¿Hay alguien en casa?
—¿Quién
es? —preguntó una voz desde dentro.
—El
comisario Montalbano.
Salió
Consolato Damiano con la boina puesta y no pareció sorprenderse en absoluto.
—Pase.
La
familia Damiano estaba a punto de sentarse a la mesa. Había una anciana a quien
Consolato presentó como Pina, su mujer; su hijo cuarentón Filippo con su mujer,
Gerlanda, una treintañera que atendía a dos chiquillos, un niño y una niña. La
habitación era espaciosa y la parte destinada a la cocina disponía incluso de
un horno de leña.
—¿Usía
gusta? —preguntó la señora Pina, haciendo ademán de añadir otra silla a la
mesa—. Esta noche he hecho un poco de pasta con brécol.
Montalbano
gustó. Después de la pasta, la señora Pina sacó del horno, donde lo mantenía
caliente, medio cabrito con patatas.
—Nos
tiene que perdonar, señor comisario. Es comida de ayer, porque mi hijo Filippu
cumplía cuarenta y un años.
Estaba
riquísimo y era tan delicioso y tierno como suele ser el cabrito, tanto vivo
como muerto. Al final, puesto que nadie le preguntaba el motivo de su visita,
Montalbano decidió hablar.
—Señor
Damiano, ¿recuerda usted, por casualidad, en qué tenderete compró el bùmmolo?
—Pues
claro que lo recuerdo. El que está más cerca del camposanto.
El
recuadro estaba asignado a Tarantino. Pero ¿y si se hubiera intercambiado el
puesto con Fiorello?
—¿Sabe
usted cómo se llama el encargado del tenderete?
—Sí,
señor. Se llama Pepè. Pero el apellido no lo sé.
Giuseppe.
Sólo podía ser Giuseppe Tarantino. Una cosa facilísima que se podía haber
resuelto con una breve llamada telefónica. Pero, si Damiano hubiera tenido
teléfono, Montalbano se habría perdido la pasta con brécol y el cabrito al
horno.
En
el despacho encontró a Mimì Augello, que evidentemente lo estaba esperando.
—¿Qué
hay, Mimì? Aligera, que dentro de cinco minutos me voy a casa. Es tarde y estoy
cansado.
—Fazio
me ha contado la historia del bùmmolo. Me imagino que te quieres encargar de
ella personalmente, sin comentario con nadie.
—Has
acertado. ¿A ti qué te parece el asunto?
—No
sé. Podría ser tanto un caso serio como una solemne tontería. Podría tratarse,
por ejemplo, de un secuestro.
—Yo
opino lo mismo. Pero hay ciertos elementos que lo podrían descartar. Hace más
de cinco años que no se produce un secuestro en nuestra zona.
—Más,
mucho más.
—Y
el año pasado no hubo ninguna noticia sobre secuestros.
—Eso
no significa nada, Salvo. A lo mejor, los secuestradores y la familia del
secuestrado han conseguido mantener en secreto la noticia y las negociaciones.
—No
lo creo. Hoy en día los periodistas consiguen contarte los pelos del culo.
—Entonces
¿por qué dices que puede ser un secuestro?
—No
un secuestro con ánimo de lucro. ¿Olvidas que hubo un miserable que secuestró a
un niño para atemorizar al padre, que tenía intención de colaborar con la
justicia? Después lo estranguló y lo desfiguró con ácido.
—Lo
recuerdo, lo recuerdo.
—Podría
ser algo de ese tipo.
—Podría,
Salvo. Pero puede que tenga razón Fazio.
—Y
por eso no os quiero tener pegados a los cojones. Si me equivoco, si es una
bobada, me reiré yo solito.
A la
mañana siguiente, a primera hora, se presentó de nuevo en el Ayuntamiento.
—He
sabido que el vendedor de cacharros que me interesa se llama Giuseppe
Tarantino. ¿Me puede usted facilitar su dirección?
—Pues
claro. Un momento que lo consulto en las fichas —dijo De Magistris.
Al
cabo de menos de cinco minutos, éste regresó con una.
—Vive
en Calascibetta, en la Via De Gasperi, treinta y dos. ¿Quiere su número de
teléfono?
* *
*
—Catarella,
me tienes que hacer un favor especial e importante.
—Dottori,
cuando usía me pide a mí personalmente que le haga a usía personalmente en
persona un favor, el favor me lo hace usía a mí al pedírmelo.
Los
barrocos cumplidos de Catarella.
—Mira,
tienes que llamar a este número. Te contestará Giuseppe o Pepè Tarantino. Tú,
sin decirle que eres de la policía, le tienes que preguntar si esta tarde va a
estar en casa.
Lo
vio perplejo, sosteniendo entre el índice y el pulgar el papelito en el que
figuraba el teléfono, con el brazo ligeramente separado del cuerpo, como si el
papelito fuera un bicho repugnante.
—¿Hay
algo que no has entendido?
—Muy
claro no está.
—Dime.
—¿Qué
tengo que hacer si se pone al teléfono Pepè en lugar de Giuseppe?
—Es
la misma persona, Catarè.
—¿Y
si no contesta ni Giuseppe ni Pepè sino otra persona?
—Le
dices que te pase a Giuseppe o Pepè.
—¿Y
si Giuseppe Pepè no está?
—Das
las gracias y cuelgas.
Hizo
ademán de salir, pero una duda asaltó de pronto al comisario.
—Catarè,
dime lo que dirás por teléfono.
—Enseguida,
dottori. «¿Diga?», me pregunta él. «Oye —le contesto yo—, si tú te llamas
Giuseppe o Pepè, es lo mismo.» «¿Con quién hablo?», me preguntará él. «A ti no
te importa un carajo quién es el que te está hablando en persona. Yo no soy de
la policía. ¿Entendido? Bueno pues: por orden del señor comisario Montalbano,
tú esta tarde no te tienes que mover de casa.» ¿Lo he dicho bien?
Montalbano
ahogó en la garganta un grito de rabia capaz de romper los cristales mientras
el esfuerzo por contenerse lo dejaba enteramente empapado de sudor.
—¿No
lo he dicho bien, dottori?
La
voz de Catarella temblaba y sus ojos parecían los de un cordero que contempla
la hoja que lo va a degollar. Le dio lástima.
—No,
Catarè, lo has dicho muy bien. Pero he pensado que será mejor que lo llame yo
mismo. Dame el trocito de papel donde está anotado el número.
Una
voz femenina contestó al segundo tono. Parecía joven.
—¿La
señora Tarantino?
—Sí.
¿Con quién hablo?
—Soy
De Magistris, el funcionario del Ayuntamiento de Vigàta que se encarga de
los...
—Mi
marido no está.
—¿Está
en Calascibetta?
—Sí.
—¿Irá
a casa a comer?
—Sí,
pero, si entre tanto me quiere decir a mí...
—Gracias.
Lo volveré a llamar esta tarde.
Entre
una cosa y otra, ya eran más de las once cuando pudo sentarse al volante para
dirigirse a Calascibetta. La Via Alcide de Gasperi estaba un poco apartada. El
número 32 correspondía a un espacioso patio completamente ocupado por
centenares de bùmmuli, cocò, bummulìddri, quartare, jarras sin asas y cuencos.
Había también un camioncito de juguete medio roto. La casa de Tarantino, de
toba sin enlucido, estaba formada por tres habitaciones dispuestas en fila en
la planta baja, al fondo del patio. La puerta estaba cerrada y Montalbano llamó
con el puño, pues no había timbre. Le abrió un joven de algo más de treinta
años.
—Buenos
días. ¿Es usted Giuseppe Tarantino?
—Sí.
Y usted ¿quién es?
—Soy
De Magistris. He llamado esta mañana.
—Ya
me lo ha dicho mi mujer. ¿Qué desea?
Por
el camino no se había inventado ninguna excusa. Tarantino aprovechó aquel
momento de titubeo.
—El
impuesto ya lo he pagado y el permiso aún no ha caducado.
—Eso
ya lo sabemos, nos consta.
—¿Pues
entonces?
No
se mostraba ni decididamente hostil ni decididamente receloso. Una cosa
intermedia. A lo mejor no le gustaba la presencia de un desconocido durante la
comida. El aroma del ragú era muy fuerte.
—Dile
al señor que pase —dijo una voz femenina desde el interior, la misma que había
contestado al teléfono.
El
hombre pareció no haberla oído.
—¿Pues
entonces? —repitió.
—Quería
preguntarle dónde tiene usted la fábrica. —¿Qué fábrica?
—Ésa
donde se trabaja el barro, ¿no? El horno, los...
—Lo
han informado mal. Yo no fabrico los bùmmuli y las quartare. Los compro al por
mayor. Me hacen un buen precio. Los vendo en los mercados y me gano algo.
En
aquel momento se oyó el estridente llanto de un bebé.
—Se
ha despertado el pequeño—le dijo Tarantino a Montalbano como si quisiera
apremiarlo.
—Me
voy enseguida. Deme la dirección de la fábrica.
—Marcuzzo
e Hijos. El pueblo se llama Catello, término de Vaccarella. A unos cuarenta
kilómetros de aquí. Buenos días.
Y le
cerró la puerta en las narices. Jamás sabría cómo preparaba el ragú la mujer de
Tarantino.
* *
*
Se
pasó dos horas recorriendo los alrededores de Catello sin que nadie supiera
indicarle el camino del término de Vaccarella. Y nadie había oído hablar jamás
de la empresa Marcuzzo que fabricaba bùmmuli y quartare. ¿Cómo era posible que
no la conocieran? ¿Acaso no querían ayudarlo porque habían olfateado a un
policía? Tomó una dolorosa decisión y se presentó en el cuartel de los
carabineros. Le contó toda la historia a un sargento apellidado Pennisi. Al
final de la perorata de Montalbano, Pennisi le preguntó:
—¿Qué
quiere de los Marcuzzo?
—No
se lo puedo decir con exactitud, sargento. Seguramente usted sabrá más de ellos
que yo.
—De
los Marcuzzo sólo puedo hablar bien. La fábrica la fundó a principios de siglo
el padre del propietario actual, que se llama Aurelio. Este Aurelio tiene dos
hijos varones casados y por lo menos unos diez nietos. Viven todos juntos en un
caserón, al lado de la fábrica. ¿Se imagina usted tener a una persona
secuestrada en un lugar en el que hay diez niños? Son gente unánimemente
respetada por su honradez y seriedad.
—Muy
bien, sargento, hagamos como que no he dicho nada. Le voy a hacer otra
pregunta. Una persona que se encontrara en peligro por haber sido secuestrada o
por haber sido amenazada, ¿podría haber introducido el trozo de papel en un
bùmmulo sin que los Marcuzzo lo supieran?
—Ahora
le voy a hacer yo una pregunta a usted, señor comisario: ¿por qué razón una
persona secuestrada o amenazada de muerte tendría que encontrarse en las
inmediaciones de la fábrica de los Marcuzzo? Un delincuente común se hubiera
guardado mucho de acercarse si supiera cómo las gastan los Marcuzzo.
—¿Tienen
obreros? ¿Empleados?
—Ninguno.
Lo hacen todo ellos. Hasta las mujeres trabajan. —Al sargento se le ocurrió de
pronto una idea—. ¿De qué fecha es el periódico? —preguntó.
—Es
del tres de agosto del año pasado.
—En
esa fecha la fábrica estaba cerrada.
—Y
usted ¿cómo lo sabe?
—Llevo
cinco años aquí. Y, desde hace cinco años, la fábrica cierra invariablemente el
uno de agosto y vuelve a abrir el veinticinco. Lo sé porque Aurelio me llama y
me comunica su partida. Se van todos a Calabria, a casa de la mujer del hijo
mayor.
—Disculpe,
¿por qué le comunican la partida?
—Porque,
si alguno de mis hombres pasa casualmente por allí, echa un vistazo. Para más
seguridad.
—Cuando
están ausentes, ¿dónde guardan los cacharros?
—En
un almacén muy espacioso que hay detrás de la casa. Con una puerta protegida
por una reja. Jamás ha habido un robo.
El
comisario permaneció un instante en silencio. Después habló.
—¿Me
hace usted un favor, sargento? ¿Quiere llamar a alguien de los Marcuzzo y
preguntarle en qué día del año pasado entregaron un pedido al propietario de un
tenderete, antes del cierre estival? Se llama Giuseppe Tarantino y dice que es
cliente suyo.
Pennisi
tuvo que esperar diez minutos al teléfono tras haber solicitado la información.
Estaba claro que habían tenido que rebuscar entre los datos de los registros.
Al final, el sargento dio las gracias y colgó.
—La
última entrega a Tarantino se hizo justo la tarde del treinta y uno de julio.
Cuando volvieron a abrir, le hicieron otras entregas, una el...
—Gracias,
sargento. Ya es suficiente.
Lo
cual significaba que la nota se había introducido en el bùmmulo cuando éste ya
se encontraba en poder de Tarantino. Y había permanecido en un depósito sin la
menor vigilancia, al alcance de cualquiera. Se desanimó.
Durante
el camino de vuelta, en el coche, piensa que te piensa, llegó a la conclusión
de que jamás conseguiría resolver nada. Y aquella constatación lo puso de mal
humor.
Se
desahogó con Gallo, que no había hecho una cosa que él le había mandado. Sonó
el teléfono. Catarella lo llamaba desde la centralita.
—Dottori?
Está el señor Dimastrissi que quiere hablar con usted en persona personalmente.
—¿Dónde
está?
—No
lo sé, dottori. Ahora se lo pregunto.
—No,
Catarè. Sólo quiero saber si está en la comisaría o al teléfono.
—Al
teléfono, dottori.
—Pásamelo.
¿Diga?
—¿Comisario
Montalbano? Soy De Magistris, el funcionario de...
—Dígame.
—Pues
verá, perdone la pregunta, lo siento muchísimo, pero... ¿Ha ido usted por
casualidad a casa de Tarantino, el propietario del tenderete, y se ha
presentado con mi nombre?
—Pues
sí. Pero es que...
—Por
Dios, señor comisario. No quiero saber nada más. Gracias.
—No,
escuche. ¿Cómo se ha enterado?
—Me
ha llamado al Ayuntamiento una joven diciendo que era la esposa de ese tal
Tarantino. Quería averiguar la verdadera razón por la cual yo había ido a su
casa a la hora de comer. Yo me he quedado desconcertado, ella habrá pensado que
se ha equivocado y ha colgado. Quería que usted lo supiera.
* *
*
¿Por
qué la había preocupado la visita? ¿O acaso había sido el marido quien le había
ordenado telefonear para averiguar algo más? Sea como fuere, la llamada hacía
que se plantearan nuevas dudas. La partida empezaba de nuevo. El trocito de
papel con el número de Tarantino estaba sobre el escritorio. No quiso perder
tiempo. Contestó ella.
—¿La
señora Tarantino? Soy De Magistris.
—No,
usted no es De Magistris. Su voz es distinta.
—De
acuerdo, señora. Soy el comisario Montalbano. Páseme a su marido.
—No
está. Después de comer se ha ido al mercado de Capofelice. Regresa dentro de
dos días.
—Señora,
necesito hablar con usted. Voy para allá.
—¡No!
¡Por lo que más quiera! ¡Que no lo vean en el pueblo de día!
—¿A
qué hora quiere que vaya a verla?
—Esta
noche. Pasadas las doce. Cuando ya no hay nadie por la calle. Y, por favor,
deje el coche lejos de mi casa. Y, cuando venga, que no lo vean los del pueblo.
Por favor.
—Esté
tranquila, señora. Seré invisible.
Antes
de colgar el aparato, la oyó sollozar.
La
puerta estaba entornada y la casa se encontraba a oscuras. Entró furtivamente,
como un amante, y cerró la puerta a su espalda.
—¿Puedo
entrar?
—Sí.
Buscó
a tientas el interruptor. La luz iluminó un salón muy sencillo: un pequeño
sofá, una mesita auxiliar, dos butacas, dos sillas, una estantería. Ella estaba
sentada en el sofá, se cubría el rostro con las manos y mantenía los codos
apoyados en las rodillas. Temblaba.
—No
tenga miedo —le dijo el comisario, inmóvil junto a la puerta—. Si quiere, me
voy por donde he venido.
—No.
Montalbano
se adelantó dos pasos y tomó asiento en una butaca. Entonces la joven se
incorporó y lo miró a los ojos.
—Me
llamo Sara.
Puede
que no tuviera ni veinte años. Era menuda, delicada, y miraba con expresión
atemorizada: una chiquilla que espera un castigo.
—¿Qué
quiere de mi marido?
¿Pares
o nones? ¿Cara o cruz? ¿Qué estrategia elegir? ¿Dar un rodeo o ir directamente
al grano? Como es natural, no hizo ni lo uno ni lo otro, y no lo hizo por
astucia sino porque sí, porque le vinieron aquellas palabras a los labios.
—Sara,
¿por qué tiene tanto miedo? ¿Qué la asusta? ¿Por qué ha querido que tomara
tantas precauciones para venir a verla? En el pueblo no me conoce nadie, no
saben quién soy ni qué hago.
—Pero
es un hombre. Pepè, mi marido, es muy celoso. Puede volverse loco de celos. Y,
si se entera de que aquí dentro ha entrado un hombre, igual masasina.
Dijo
eso exactamente: «Masasina.» Entonces Montalbano pensó: «Pues entonces, eres tú
también la que escribió "¡Socurro!"» Lanzó un suspiro, estiró las
piernas, se reclinó contra el respaldo y se puso cómodo en el sillón. Ya estaba
todo aclarado. Nada de secuestros ni de hombres amenazados de muerte. Mejor
así.
—¿Por
qué escribió aquella nota y la introdujo en el bùmmolo?
—Me
había dado una paliza y después me había atado a la cama con la cuerda del
pozo. Dos días y dos noches me tuvo así.
—¿Qué
había hecho?
—Nada.
Pasó uno que vendía cosas, llamó, yo abrí y le estaba diciendo que no quería
comprar nada, cuando Pepè regresó y me vio hablar con él. Se puso como loco.
—¿Y
qué hizo después, cuando la desató?
—Me
siguió pegando. No podía ni caminar. Como él se tenía que ir a un mercado, me
dijo que cargara los búmmuli en la furgoneta. Entonces cogí una hoja de
periódico, la rompí en trocitos, escribí cinco notas y las metí en cinco
bùmmuli distintos. Antes de irse, me volvió a atar con la cuerda. Pero esta vez
yo conseguí desatarme. Tardé dos días, me faltaban las fuerzas. Después me
levanté, fui a la cocina, cogí un cuchillo afilado y me corté las venas.
—¿Por
qué no se escapó?
—Porque
lo quiero. Así, simplemente.
—Cuando
él volvió, vio que me estaba muriendo desangrada y me llevó al hospital. Yo le
dije que lo había hecho porque hacía una semana, y era verdad, había muerto mi
madre. Al cabo de tres días me mandaron a casa. Pepè había cambiado. Aquella
misma noche quedé preñada de mi hijo.
Se
había ruborizado y miraba al suelo.
—Y,
desde entonces, ¿no la ha vuelto a maltratar?
—No,
señor. De vez en cuando se pone celoso y rompe todo lo que tiene a mano, pero a
mí ya no me toca. Pero yo entonces empecé a tener miedo de otra cosa. No podía
dormir por la noche.
—¿Miedo
de qué?
—De
que alguien encontrara las notas, ahora que ya todo ha pasado. Si Pepè llegaba
a enterarse de que yo había pedido socurro para librarme de él, igual...
—¿La
volvía a pegar?
—No,
señor comisario. Me dejaba.
Montalbano
encajó la respuesta.
—Conseguí
recuperar cuatro, aún estaban dentro de los bùmmuli. El quinto, no. Y, cuando
vino usted y comprendí, después de hablar por teléfono con el señor del
Ayuntamiento, que usted se había puesto un nombre falso, pensé que la policía
había encontrado la nota y que podía llamar a Pepè, pensando vete tú a saber
qué...
—Me
voy, Sara —dijo Montalbano, levantándose. Se oyó desde la otra habitación el
llanto del pequeño, que se había despertado.
—¿Lo
puedo ver? —preguntó Montalbano.
Estamos
hablando de miles de millones
Dottori!
Dottori! ¿Es usted personalmente en persona?
Pero
¿qué coño de hora era? Miró el despertador de la mesita de noche, completamente
atontado por el sueño. Las cinco y media de la mañana. Se pegó un susto: si
Catarella lo despertaba a aquella hora, sabiendo las consecuencias a las que se
exponía, significaba que la cosa era muy seria.
—¿Qué
hay, Catarè?
—Han
encontrado el coche de la señora Pagnozzi y de su marido, el commendatore.
El
commendatore Aurelio Pagnozzi, uno de los hombres más ricos de Vigàta, había
desaparecido la víspera junto con su mujer.
—¿Sólo
el coche? Y ellos, ¿dónde estaban?
—Dentro
del coche, dottori.
—¿Y
qué hacían?
—¿Qué
quiere que hicieran, dottori? Se hacían los muertos, los cadáveres.
—¿Pero
han muerto?
—Dottori,
¿cómo quiere que estuvieran vivos? ¡El coche ha caído por un precipicio de cien
metros!
—Catarè,
¿me estás diciendo que han sufrido un accidente? ¿Que no ha sido algo provocado
por terceros?
Catarella
hizo una desconcertada pausa.
—No,
dottori, ese Terceros no tiene nada que ver porque Fazio, que se ha trasladado
al lugar de los hechos, no me ha hablado de él.
—Catarè
¿quién te ha dicho que me llamaras?
—Nadie,
dottori. Yo mismo he tenido esta idea. A lo mejor al final resultaba que, si no
le decía nada, usted se enfadaba.
—Catarè,
a ver si te enteras de que nosotros no somos policías de Tráfico.
—Eso
es justamente lo que yo le quería preguntar, dottori: si matan a uno en una
carretera, ¿la cosa nos corresponde a nosotros o a los de Tráfico?
—Después
te lo explico, Catarè.
El
comisario Montalbano colgó el teléfono, cerró los ojos, estuvo cinco minutos
tratando de recuperar el sueño que se le había escapado, soltó un taco y se
levantó.
A
las siete ya estaba en el despacho, de un humor tan negro como la tinta.
—¿Dónde
está Catarella, que quiero decide un par de palabritas?
—Ahora
mismo acaba de irse a casa —contestó Galluzzo, que lo había relevado en la
centralita.
Se
presentó Fazio.
—¿Y
bien? ¿Qué es esa historia de Pagnozzi y su mujer?
—Nada,
señor comisario, han muerto los dos. Anoche vino aquí el hijo de los Pagnozzi,
Giacomino, para comunicarnos que su padre y su madre no habían regresado a casa
a las ocho, como habían quedado. Esperó una hora y después los llamó al móvil.
No contestaron. Entonces él empezó a preocuparse y a correr de acá para allá.
Nadie sabía nada. A las diez y media, minuto más, minuto menos, nos vino a
contar lo sucedido. Yo le contesté que, tratándose de personas adultas,
podíamos buscarlas sólo al cabo de veinticuatro horas, previa denuncia de
alguien. Él me dijo una cosa y se fue muy enfadado.
—¿Qué
te dijo?
—Que
nos fuéramos todos a tomar por culo.
—¿Acaso
no fuiste tú el único que habló con él?
—Sí,
señor. Pero él dijo exactamente eso: todos, incluido el comisario.
—Muy
bien, sigue.
—Telefoneó
hacia las cuatro de la noche y Catarella me llamó. Los había encontrado él. En
el fondo de un barranco. La señora, que iba al volante, debió de perder el
controlo se durmió, cualquiera sabe. El coche no se ha incendiado, pero ellos
la han palmado. Mientras yo estaba allí, se presentó el sub comisario Augello.
—¿Por
qué? ¿Quién lo avisó?
—Lo
llamó Giacomino Pagnozzi. Me ha parecido entender que el subcomisario Augello
es amigo de la familia.
Que
descansaran en paz. Aquella mañana tenía que presentar su informe al jefe
superior de policía en Montelusa. Llegó con casi dos horas de adelanto y se
pasó el rato bromeando con Jacomuzzi, el jefe de la Científica.
Al
regresar, encontró a Mimì Augello con cara de funeral.
—¡Pobrecitos!
¡Era impresionante ver en qué estado quedaron! Parecía que a la señora Stefania
la hubiera aplastado un camión, estaba casi irreconocible.
Algo
en el tono de voz del subcomisario hizo que al comisario le saltara una chispa
en la cabeza. Estaba casi seguro, conocía desde hacía demasiados años a Mimì.
—¿Tú
eras amigo del marido?
—Bueno,
sí, de él también.
—¿Qué
quiere decir «también»? ¿De quién eras más amigo?
—Más
bien de la pobre Stefania.
—Tengo
una curiosidad: ¿desde cuándo te lo montas con señoras de cierta edad? Pagnozzi
hace muchos años que dejó atrás los sesenta.
—Bueno,
verás... Stefania era la segunda mujer; Pagnozzi se casó con ella cuando
enviudó.
—¿Y
cómo conoció a la tal Stefania?
—Bueno...,
antes era su secretaria.
—Ya.
¿Y qué edad tenía?
—Jamás
se lo pregunté. Pero así, a primera vista, debía de tener unos treinta como
mucho.
—Mimì,
con la mano en el corazón, contesta con toda sinceridad: ¿te la habías tirado?
—Bueno,
sí..., una chica tan guapa... Lo intenté, pero sin demasiadas esperanzas, pues
era evidente que ella estaba enamorada de Pagnozzi.
—¿Estás
de guasa? Aparte de los treinta años de diferencia, el difunto Pagnozzi, con lo
feo que era, ¡hubiera matado de un susto incluso a un asesino en serie!
—No
me refería precisamente a Pagnozzi padre sino a Pagnozzi hijo.
Montalbano
se quedó estupefacto.
—Pero
¿qué estás diciendo?
—La
verdad. Media Vigàta sabía que Stefania y Giacomino, el hijo del primer
matrimonio, también treintañero, eran amantes. ¿Por qué crees que Giacomino, al
ver que no regresaban, se preocupó? No por su padre, que le importaba un
carajo, sino por la madrastra. Esta noche, al ver el cadáver, se ha desmayado.
—Pero
¿el marido estaba al corriente de los hechos?
—Los
cornudos son los últimos en enterarse.
—¿Giacomino
vive en casa de su padre?
—No,
vive por su cuenta.
Pasaron
a hablar de otros temas.
A la
mañana siguiente, Montalbano mandó llamar a Mimì Augello, que no había
aparecido por su despacho en toda la tarde del día anterior.
—Entra
y cierra la puerta. Mimì, tú sabes bien que yo no presto atención a ciertas
cosas, pero, bueno, si decides no aparecer por la comisaría, lo menos que
puedes hacer es avisarme.
—Salvo,
¡pero si, desde Fazio hasta Catarella, todos tienen el número de mi móvil! Una
llamada y me planto aquí.
—Mimì,
no has entendido una mierda. Tú tienes que estar disponible y no presentarte en
el despacho sólo cuando te llaman, como un fontanero.
—De
acuerdo, perdona. El caso es que me fui a dar una vuelta con el perito del
seguro.
—¿De
qué seguro, Mimì?
—Ah,
sí..., no sé dónde tengo la cabeza... El de los Pagnozzi.
—Pero
¿tú por qué te mezclas en eso? ¿Hay algo que no encaja?
—Sí
—contestó Augello sin dudar.
—Pues
entonces, habla.
—Como
tú sabes, el coche, un BMW, no se incendió a pesar de que, en el momento del
accidente, el depósito estaba casi lleno. Pues bien, en la guantera estaba el
recibo de una revisión general del vehículo, y la fecha correspondía al mismo
día del accidente. Fuimos a ver al mecánico, Parrinello, el que tiene el taller
cerca de la central eléctrica. Me dijo que el coche lo había dejado Giacomino.
—¿No
tiene coche propio?
—Sí,
pero, cuando tiene que salir de Vigàta, le pide prestado el suyo a su padre.
Tenía que ir a Palermo y se lo llevó. A la vuelta, dice que oyó un ruido
extraño en el motor. Sin embargo, Parrinello nos ha dicho que el coche estaba
en buenas condiciones, que sólo tenía alguna cosilla, bobadas. Se lo entregó a
Stefania sobre las seis. Ella estaba con su marido.
—¿Se
sabe adónde tenían que ir?
—Sí.
Nos lo ha dicho Giacomino. Se habían citado en una casa de campo que tenían a
pocos kilómetros de Vigàta con un maestro de obras. Éste lo ha confirmado, pero
él se fue de allí al cabo de una hora escasa. Desde entonces hasta el momento
del hallazgo, ya no se sabe nada más de ellos. Sin embargo, cabe suponer...
—¿Qué
dicen los del seguro?
—No
se explican el accidente. El BMW debió de seguir adelante en línea recta en
lugar de trazar la curva, recorrió unos doscientos metros y fue a parar al
fondo del barranco. No hay marcas de frenazo. Como hasta anteayer ha estado
lloviendo, se ven con claridad las huellas de las ruedas que van directamente
hacia el barranco.
—A
lo mejor a la señora le dio un mareo.
—¿Bromeas?
Era una fanática de los gimnasios. Además, el año pasado hizo un cursillo de
supervivencia en Nairobi.
—¿Qué
dice el forense?
—Ha
efectuado las autopsias. Él, para la edad que tenía, estaba bien. Ella, según
Pasquano, era una máquina perfecta. No habían comido ni bebido. Habían hecho el
amor.
—¿Cómo?
—Lo
dice Pasquano. A lo mejor les entraron ganas cuando se fue el maestro de obras.
Tenían una casa amueblada a su disposición. Apagaron el móvil. Quizá se
quedaron dormidos. Cuando ya había oscurecido, emprendieron el camino de
vuelta. Y ocurrió lo que ocurrió. Puede ser una explicación, la más verosímil.
—Ya
—dijo en tono pensativo el comisario.
—Además,
Pasquano me ha revelado un detalle que podría explicar la secuencia del
accidente —prosiguió Augello—. La pobre Stefania tenía las uñas de las manos
rotas. Seguramente intentó abrir la portezuela. Quizá experimentó un ligero
mareo, se recuperó, vio lo que estaba pasando y trató de abrir la portezuela,
pero ya era demasiado tarde.
—Buf
—dijo Montalbano.
—¿Por
qué dices «buf»?
—Porque
una chica tan atlética como tú dices, con cursillo de supervivencia y demás,
tiene unos reflejos muy rápidos. Si se recupera de un pequeño mareo y se da
cuenta de que el coche está a punto de caer por un barranco, no intenta abrir
la portezuela, sino que se limita a frenar. Y los frenos, por lo que me has
dicho, estaban bien.
—Buf
—dijo a su vez Mimì Augello.
A la
hora de comer, en lugar de coger la carretera que conducía a Marinella («Mañana
le dejare unas sardinas a becaficco», le había escrito la víspera su asistenta
Adelina) y zamparse las sardinas, el comisario cogió la que subía a Montelusa
y, en determinado momento, se desvió hacia el barrio de San Giovanni, donde
había ocurrido el accidente. En la segunda curva, tal como había hecho el BMW
de los Pagnozzi, siguió en línea recta y frenó al llegar al borde del barranco.
Se veían muchas huellas de neumáticos, entre ellas las de un camión grúa
especial que había sacado los restos del vehículo. Montalbano se pasó un buen
rato fumando y pensando, de pie al borde del barranco. Después llegó a la
conclusión de que se había ganado las sardinas a beccafico, subió al coche, dio
la vuelta y se dirigió a Marinella. El plato estaba exquisito: después de
comer, le entraron deseos de ronronear como un gato.
Pero,
en lugar de eso, cogió el teléfono y llamó a su amiga Ingrid Sjostrom, de
casada Cardamone, sueca, que en su país había trabajado como mecánico de
coches.
—¿Tiga?
¿Tiga? ¿Guién es gue habla?
En
casa de los Cardamone estaban especializados en sirvientas exóticas y aquélla
debía de ser una aborigen australiana.
—Soy
Montalbano. ¿Está la señora Ingrid?
—Szí.
Oyó sus
pasos acercándose al teléfono.
—¡Salvo!
¡Qué alegría! Hace un siglo que...
—¿Nos
podemos ver esta noche?
—Pues
claro. Tenía un compromiso, pero que se vaya al carajo. ¿A qué hora?
—A
las nueve en el bar de costumbre de Marinella.
Ingrid
en versión otoñal estaba espléndida, chaqueta, pantalones, elegantísima.
Tomaron un aperitivo y Montalbano percibió con toda claridad, como si las
hubieran expresado en voz alta, las maldiciones de repentina impotencia que los
varones presentes en el local le lanzaban mentalmente.
—Oye,
Ingrid, ¿dispones de tiempo?
—De
todo el que tú quieras.
—Entonces,
vamos a hacer una cosa. Nos terminamos el aperitivo y nos vamos a cenar a una
trattoria de la parte de Montereale, donde dicen que se come bastante bien.
Después pasamos por mi casa, hay que esperar a que oscurezca...
Ingrid
esbozó una pícara sonrisa.
—Salvo,
no es necesario que sea de noche. Sólo hay que cerrar bien los postigos, ¿o es
que no lo sabes?
Ingrid
lo provocaba siempre y él siempre tenía que fingir no darse por enterado.
Cuando era pequeño e iba a las «cosasdediós», es decir, a las clases de
catecismo, el cura le explicó que para pecar no era necesario cometer el
pecado, bastaba con pensar en él. Por consiguiente, en cuanto a las palabras y
las obras, como se solía decir, con Ingrid, cero absoluto: hubiera podido
presentarse ante el Señor tan puro como un angelito. En cuanto a los
pensamientos, la situación cambiaba radicalmente: sería arrojado a los abismos
del infierno. No era por Ingrid por lo que las cosas no terminaban como era
lógico que terminaran entre un hombre y una mujer; era por él, que no conseguía
traicionar a Livia. Y la sueca, con femenina malicia, no lo dejaba en paz.
En
la trattoria no había casi nadie, por lo que Montalbano pudo explicarle a
Ingrid lo que se proponía hacer sin necesidad de interpretar el papel de
conspirador. En casa del comisario, Ingrid se cambió de ropa; los pantalones
que le dio Montalbano le llegaban a media pantorrilla. Volvieron a subir al
coche y se dirigieron al barrio de San Giovanni, donde Ingrid hizo lo que el
comisario le había dicho que hiciera: lo consiguió a la primera. Regresaron a
Marinella, Ingrid se desnudó, se duchó y no quiso que el comisario la
acompañara al cercano bar en el que ambos se habían reunido, donde ella había
dejado su coche. Abandonó la casa canturreando. ¡Virgen santa, qué mujer! No le
hizo ni siquiera media pregunta sobre la razón por la cual él le había pedido
que se sometiera a aquella peligrosa prueba; nada, ella era así: si un amigo de
verdad le pedía un favor, ella lo hacía y sanseacabó. Si en lugar de la sueca
aquella noche hubiera estado Livia, a Montalbano se le habría secado la
garganta de tanto contestar y dar explicaciones.
Se
durmió de golpe, casi sin tiempo para cerrar los ojos.
A
pesar de que la mañana estaba un poco fea y de que las nubes ocultaban de vez
en cuando el sol, a los hombres de la comisaría les pareció que Montalbano
estaba de buen humor.
—Mandadme
al sub comisario Augello y no me paséis ninguna llamada.
Mimì
se presentó de inmediato.
—Siéntate,
Mimì, y escúchame bien. Si por casualidad Pagnozzi hubiera muerto él solo por
el motivo que fuera, ¿su herencia a quién le habría correspondido?
—A
la mujer. Y un poco de calderilla al hijo. El commendatore y él no se llevaban
bien.
—¿Es
un patrimonio muy grande?
—Estamos
hablando de miles de millones.
—¿Ya
quién va a parar ahora que la esposa ha muerto?
—A
Giacomino, el hijo. Si no existe un testamento en contra.
—¿Y
existe?
—Hasta
este momento, no ha aparecido ninguno.
—Y
no creo que jamás aparezca.
—¿Por
qué me haces estas preguntas?
—Porque
se me ha ocurrido una idea, confirmada en cierto modo por los hechos. Yo te
digo lo que pienso, de lo demás te encargas tú.
—Muy
bien. Habla.
—La,
llamémosla así, señora Stefania va con su marido a recoger el coche revisado
por Parrinello. Después se dirigen a la casa de campo para hablar con el
maestro de obras. Cuando éste se va, la señora finge tener ganas de hacer el
amor y se van al dormitorio. Pagnozzi debe de estar contento, pues no creo que
las relaciones entre ambos fueran muy frecuentes, sobre todo porque, según me
has dicho tú, ella estaba enamorada del hijastro. ¿Y sabes por qué lo hace,
Mimì?
—Dímelo
tú.
—Porque
necesitaba que se hiciera de noche. Se vuelven a vestir y emprenden el camino
de regreso a Vigàta. La carretera está desierta. Antes de llegar a la segunda
curva, pone fuera de combate al marido propinándole un golpe en la cabeza con
algo que no lo mata, pero lo deja aturdido. Avanza muy despacio hacia el
barranco, no hace falta que corra, somos nosotros los que nos imaginamos un
automóvil circulando a gran velocidad; cuando el BMW ya está suspendido en el
aire, ella intenta abrir la portezuela y arrojarse fuera.
—¡Pero,
en tal caso, ella también habría muerto!
—No,
Mimì, es aquí donde todos os equivocáis. Es cierto que hay un barranco, pero
después de una especie de terraza de cinco o seis metros de longitud por dos de
profundidad. La señora tenía previsto caer ahí mientras el coche, con su marido
dentro, se precipitaba al vacío. Pero la portezuela no se abrió, a pesar de que
ella se rompió las uñas en su intento de abrirla.
—Pero
¿qué me estás diciendo?
—Este
detalle de la autopsia me ha inducido a sospechar. ¿Por qué no frenó? ¿Por qué
sólo trató de arrojarse fuera?
—Pero
¿estás seguro de lo que dices?
—Anoche
Ingrid hizo la prueba.
—¡Estás
loco! ¡Has puesto en peligro la vida de esa mujer! ¡Sois un par de
inconscientes, tú y ella!
—¡Qué
va! Ayer por la tarde después de comer fui a comprar cuatro barras de hierro y
veinte metros de cuerda, y, antes de hacer la prueba, Ingrid y yo cercamos el
límite exterior de la terraza. ¿Quieres saber una cosa? Ingrid se quedó en el
suelo mucho más acá de la valla, y la señora Stefania, con tanto gimnasio y
tantos cursillos de supervivencia, seguramente lo habría hecho mucho mejor. Y,
si después se hubiera presentado llena de cardenales y magulladuras, tanto
mejor: las heridas habrían confirmado su relato. Es decir, que había sufrido un
mareo, se había dado cuenta demasiado tarde de lo que estaba ocurriendo, había
abierto la portezuela, y listo. Y, a continuación, se habría echado a llorar
por la desgraciada muerte de su pobre maridito. Para, inmediatamente después,
irse a disfrutar de la herencia con el hombre de su corazón, su amadísimo
Giacomino.
Mimì
Augello permaneció un rato en silencio mientras el cerebro le daba vueltas;
después decidió hablar.
—O
sea, que, a tu juicio, ha sido un homicidio premeditado, no un momentáneo mareo
o un fallo mecánico.
—Exactamente.
—Pero,
si el coche se encontraba en perfectas condiciones, ¿por qué no se abrió la
portezuela?
Montalbano
miró fijamente a su sub comisario sin decir nada. «Ahora lo comprenderá —pensó—
porque él también tiene una buena mente policial.»
Mimì
Augello se puso a pensar en voz alta.
—El
que manipuló la portezuela no pudo ser el mecánico Parrinello.
—Dime
por qué.
—Porque,
al llegar a la casa de campo, ellos bajaron, ¿no? Si la portezuela hubiera
tenido algún fallo, Stefania, para evitar poner en peligro su vida, lo habría
dejado para mejor ocasión. Y tampoco pudo ser el maestro de obras.
—Por
consiguiente, tú mismo, Mimì, me estás diciendo que al plan se añadió otro
plan. Alguien que estaba al corriente de la forma en la cual Stefania pensaba
liquidar a su marido intervino para alterar el funcionamiento de la portezuela.
Haz un pequeño esfuerzo, Mimì.
—¡Dios
mío! —exclamó Augello.
—Justamente,
Mimì. El querido Giacomino no se quedó en casa esperando el regreso de su padre
y de su amante. El plan lo urdieron él y Stefania. Pero cuando, como en un
guión, la mujer se va a la cama para follar con su marido, Giacomino, escondido
en las inmediaciones de la casa, sale de su escondrijo y se encarga de que la
portezuela, una vez cerrada, no se pueda volver a abrir. Has dicho que estamos
hablando de miles de millones. ¿Por qué repartidos con una mujer que en
cualquier momento te puede someter a un chantaje? Stefania, cuando sube al
coche para ir a matar a su marido, no sabe que, al cerrar la portezuela, cierra
también su tumba. Y ahora, Mimì, arréglatelas tú solito.
Al
cabo de tres días de duro interrogatorio, Giacomino Pagnozzi confesó el
homicidio.
Como
hizo Alicia
Lo
peor que le podía pasar a Salvo Montalbano (y le ocurría inexorablemente con cierta
frecuencia), en su calidad de máxima autoridad de la comisaría de Vigàta, era
tener que firmar documentos. Los odiados documentos eran informes, circulares,
memorias, comunicaciones y certificados burocráticos que empezaban siendo
simplemente solicitados y después cada vez más amenazadoramente exigidos por
«las instancias competentes». Montalbano experimentaba entonces una curiosa
parálisis de la mano derecha que le impedía no sólo redactar aquellos
documentos (de eso se encargaba Mimì Augello), sino también firmarlos.
—¡Por
lo menos, las iniciales! —le suplicaba Fazio. Nada, la mano se negaba a
funcionar.
Por
consiguiente, los papeles se acumulaban sobre la mesa de Fazio, su altura
aumentaba día tras día y, al final, resultaba que los montones eran tan altos
que, a la menor corriente de aire, se inclinaban y caían al suelo. Las carpetas
se abrían y, por un instante, producían un bonito efecto de nevada. Entonces
Fazio, con santa paciencia, recogía las hojas una a una, las ordenaba, formaba
una pila que sostenía con los brazos, abría la puerta del despacho de su jefe
con el pie y depositaba la carga sobre su escritorio sin decir ni una sola
palabra.
Entonces
Montalbano gritaba que no quería que nadie lo molestara y, soltando
maldiciones, iniciaba la dura tarea.
Aquella
mañana, mientras se dirigía al despacho de Montalbano, Mimì Augello no se
tropezó con nadie que lo avisara («señor subcomisario, no es el momento
apropiado, el comisario está firmando»), así que entró con la esperanza de que
Salvo lo consolara de la decepción que acababa de sufrir. Pero no vio a nadie.
Ya se disponía a salir, cuando lo detuvo la enfurecida voz del comisario,
totalmente oculto detrás de la montaña de papeles.
—¿Quién
es?
—Soy
Mimì. Pero no quisiera molestarte, ya volveré después.
—Mimì,
tú siempre me molestas. Da igual ahora que más tarde. Coge una silla y
siéntate.
Mimì
se sentó.
—¿Y
bien? —preguntó al cabo de diez minutos el comisario.
—Mira
—dijo Augello—, es que a mí no me gusta hablar contigo sin verte. Dejémoslo
correr.
E
hizo ademán de levantarse. Montalbano debió de oír el ruido que produjo la
silla al moverse y, de repente, su voz sonó más enfurecida que nunca.
—Te
he dicho que te sientes.
No
quería que Mimì se le escapara: le serviría de desahogo mientras iba firmando
con la mano cada vez más dolorida.
—A
ver, dime qué ocurre.
Ahora
ya era demasiado tarde para echarse atrás. Mimì carraspeó.
—No
hemos conseguido atrapar a Tarantino.
—¿Tampoco
esta vez?
—Tampoco
esta vez.
Fue
como si la ventana se hubiera abierto de golpe y una fuerte ráfaga de viento
hubiera hecho volar los papeles. Pero la ventana estaba cerrada y el que
arrojaba los papeles al aire era el comisario, ahora finalmente visible a los
atemorizados ojos de Mimì.
—¡Mierda!
¡Hostia puta!
Montalbano
parecía haber enloquecido de rabia; se levantó, empezó a pasear arriba y abajo
por el despacho, se puso un cigarrillo en la boca, Mimì le ofreció la caja de
cerillas, él encendió el cigarrillo, arrojó la cerilla todavía encendida al
suelo y algunos papeles prendieron fuego de inmediato, como si no hubieran
estado esperando otra cosa. Eran hojas muy finas de papel verjurado. Mimì y
Montalbano iniciaron una especie de danza de pieles rojas en un intento de
apagar el fuego con los pies, y luego, al ver que no lo conseguían, Mimì cogió
una botella de agua mineral que había en el escritorio de su jefe y la vació
sobre las llamas. Tras haber apagado el conato de incendio, ambos estuvieron de
acuerdo en que no podían quedarse allí, con el despacho en esas condiciones.
—Vamos
a tomamos un café —propuso el comisario, a quien se le había pasado
momentáneamente la furia—. Pero, primero, comunícale a Fazio los daños.
La
pausa del café duró una media hora. Cuando volvieron a entrar en el despacho,
todo estaba en orden y sólo persistía un ligero olor a quemado. Los papeles
habían desaparecido.
—¡Fazio!
—A
sus órdenes, señor comisario.
—¿Adónde
han ido a parar los papeles?
—Los
estoy ordenando en mi despacho. Y, además, como están empapados, los estoy
secando. Consuélese, por hoy se terminaron las firmas.
Visiblemente
tranquilizado, el comisario miró con una sonrisa a Mimì.
—O
sea, amigo mío, que te han vuelto a joder, ¿verdad?
Esta
vez fue el rostro de Augello el que se ensombreció.
—Ese
hombre es un diablo.
Giovanni
Tarantino, buscado desde hacía un par de años por estafa, uso de cheques sin
fondos y falsificación de letras de cambio, era un cuarentón de aire
distinguido y un talante tan abierto y cordial que se ganaba la confianza y la
simpatía de la gente. Hasta el extremo de que la viuda Percolla, a quien él
había estafado más de doscientos millones de liras, no expresó en su
declaración contra Tarantino más que un desconsolado: «¡Era tan distinguido!»
La
captura del delincuente, que se había dado a la fuga, se había convertido con
el tiempo en una especie de cuestión de honor para Mimì Augello. Nada menos que
ocho veces en dos años había irrumpido en casa de Tarantino con la certeza de
que lo sorprendería, pero nunca había encontrado ni sombra del estafador.
—Pero
¿por qué se te ha metido en la cabeza la manía de que Tarantino va a ver a su
mujer?
Mimì
contestó con otra pregunta.
—Pero
¿tú has visto alguna vez a la señora Tarantino? Se llama Giulia.
—No
la conozco. ¿Cómo es?
—Guapa
—contestó sin dudar Mimì, que era un entendido en mujeres—. Y no solamente
guapa. Pertenece a esa categoría de mujeres que en nuestra tierra llamaban
antiguamente «mujeres de cama». Tiene una manera de mirarte, una manera de
darte la mano y de cruzar las piernas que hace que la sangre te hierva en las
venas. Te da a entender que, encima o debajo de una sábana, podría encenderse
como los papeles hace un rato.
—¿Es
por eso por lo que tú sueles ir de noche a practicar los registros?
—Te
equivocas, Salvo. Y sabes que te digo la verdad. Estoy convencido de que esa
mujer se lo pasa bomba viendo que no consigo atrapar a su marido.
—Bueno,
es lógico, ¿no te parece?
—En
parte, sí. Pero, por su forma de mirarme cuando ya estoy a punto de irme, he
llegado a la conclusión de que ella también se lo pasa bomba porque yo como
hombre, como Mimì Augello y no como policía, he sido derrotado.
—¿Estás
convirtiendo todo este asunto en una cuestión personal?
—Por
desgracia, sí.
—Ay,
ay, ay.
—¿Qué
quieres decir con ese «ay, ay, ay»?
—Quiero
decir que es la mejor manera de hacer tonterías en nuestra profesión. ¿Cuántos
años tiene esa Giulia?
—Debe
de tener unos treinta y pocos.
—Aún
no me has dicho por qué estás tan seguro de que él va de vez en cuando a verla.
—Creía
que ya te lo había dado a entender. Ésa no es una mujer que pueda permanecer
mucho tiempo sin un hombre. Y ten en cuenta, Salvo, que no es nada coqueta. Sus
vecinos dicen que sale muy poco y que no recibe ni a familiares ni a amigas. Le
envían a casa todo lo que necesita. Ah, tengo que subrayar que cada domingo va
a misa de diez.
—Mañana
es domingo, ¿no? Vamos a hacer una cosa. Nos vemos en el café Castiglione sobre
las diez menos cuarto y, cuando ella pase, me la señalas. Has despertado mi
curiosidad.
Era
más que guapa. Montalbano la estudió con atención mientras se dirigía a la
iglesia, muy bien vestida pero con sobriedad y sin la menor estridencia,
caminando erguida y contestando de vez en cuando con una inclinación de cabeza
a algún que otro saludo. Sus gestos no resultaban en modo alguno afectados,
todo en ella era espontáneo y natural. Debió de reconocer a Mimì Augello, tieso
como un palo al lado de Montalbano. Desvió su trayectoria desde el centro de la
calle hacia la acera donde se encontraban los dos hombres y, cuando ya estaba
muy cerca de ellos, contestó al azorado saludo de Mimì con la habitual
inclinación de cabeza. Pero esta vez una ligera sonrisa se dibujó en sus
labios. Era sin duda una sonrisita de burla, de cachondeo. Después siguió adelante.
—¿Has
visto? —dijo Mimì Augello, palideciendo de rabia.
—Lo
he visto —contestó el comisario—. He visto lo suficiente como para decirte que
lo dejes. A partir de este momento, tú ya no te ocupas de este caso.
—¿Por
qué?
—Porque
ésa ya te tiene en el bolsillo, Mimì. Te hace subir la sangre a la cabeza y no
consigues ver las cosas como son. Ahora iremos al despacho y me harás una
relación de tus visitas a la casa Tarantino. Y me facilitarás la dirección.
El
número 35 de la Via Giovanni Verga, una calle muy próxima al campo,
correspondía a una casita de planta baja y primer piso recién reformada. Detrás
de la vivienda había un callejón llamado Capuana, tan estrecho que los
automóviles no podían entrar. La tarjeta pegada al lado del portero automático
decía «G. Tarantino». Montalbano llamó al timbre. Transcurrieron tres minutos
sin que nadie contestara. El comisario volvió a llamar y esta vez contestó una
voz de mujer.
—¿Quién
es?
—Soy
el comisario Montalbano.
Tras
una breve pausa, la mujer dijo:
—Señor
comisario, hoy es domingo, son las diez de la noche y a esta hora no se molesta
a la gente.¿Tiene una orden?
—¿De
qué?
—De
registro.
—¡Pero
es que yo no quiero registrar nada! Sólo quiero hablar un poco con usted.
—¿Usted
es el que esta mañana estaba con el señor Augello?
Muy
observadora la señora Giulia Tarantino.
—Sí,
señora.
—Disculpe,
comisario, pero me estaba duchando. ¿Puede esperar cinco minutos? No tardo
nada.
—No
hay prisa, señora.
Al
cabo de menos de tres minutos, le abrió la puerta. El comisario entró y se encontró
en un recibidor con dos puertas a la izquierda, una a la derecha y, en medio,
una ancha escalera que conducía al piso de arriba.
—Pase.
La
señora Giulia iba vestida de punta en blanco.
El
comisario entró y la estudió de arriba abajo: se mostraba seria, comedida y en
modo alguno preocupada.
—¿No
llevará mucho tiempo todo esto? —preguntó.
Eso
dependerá de usted —contestó con dureza Montalbano.
—Será
mejor que nos sentemos en el salón —dijo la señora.
Le
volvió la espalda y empezó a subir por la escalera, seguida por el comisario.
Emergieron a una amplia sala con muebles modernos de cierto gusto. La mujer le
indicó a Montalbano un sofá y ella se acomodó en un sillón junto al cual había
una mesita auxiliar con un impresionante teléfono estilo años veinte, que debía
de haber sido fabricado en Hong Kong o algún sitio parecido. Giulia Tarantino
levantó el auricular de la horquilla dorada y lo dejó en la mesita.
—Así
no nos molestará nadie.
—Le
agradezco la amabilidad ——dijo Montalbano.
Permaneció
un minuto en silencio bajo la inquisitiva mirada de los bellos ojos de la mujer
y, al final, decidió lanzarse:
—Está
todo muy tranquilo.
Giulia
pareció sorprenderse momentáneamente ante aquel comentario.
—Es
cierto, por esta calle no pasan coches.
El silencio
de Montalbano duró otro minuto largo.
—¿Es
suya la casa?
—Sí,
la compró mi marido hace tres años.
—¿Tienen
otras propiedades?
—No.
—¿Desde
cuándo no ve a su marido?
—Desde
hace más de dos años, cuando se fugó.
—¿No
está preocupada por su salud?
—¿Y
por qué tendría que estarlo?
—Bueno,
estar tanto tiempo sin noticias...
—Comisario,
yo le he dicho que no lo veo desde hace dos años, no que no tenga noticias de
él. Me llama de vez en cuando. Y usted debería saberlo porque mi teléfono está
pinchado. Me he dado cuenta, ¿sabe?
Esta
vez la pausa duró dos minutos.
—¡Qué
extraño! —dijo de repente el comisario.
—¿Qué
es lo que es extraño? —preguntó la mujer, poniéndose inmediatamente a la
defensiva.
—La
disposición de la casa.
—¿Y
qué tiene de raro?
—Por
ejemplo, que el salón esté aquí arriba.
—¿Dónde
tendría que estar, según usted?
—En
la planta baja. Donde seguramente se encuentra su dormitorio. ¿No es así?
—Sí,
señor, es así. Pero dígame una cosa: ¿está prohibido?
—Yo
no he dicho que esté prohibido, he hecho simplemente un comentario.
Otra
pausa.
—Bueno
—dijo Montalbano, levantándose——, ya me voy.
La
señora Giulia también se levantó, evidentemente desconcertada por el
comportamiento del policía. Antes de encaminarse hacia la escalera, Montalbano
la vio colocar de nuevo el auricular en la horquilla. Al llegar abajo, cuando
la mujer se disponía a abrirle la puerta principal, el comisario dijo muy
despacio:
—Tengo
que ir al lavabo.
La
señora Giulia lo miró, esta vez con una sonrisa en los labios.
—Comisario,
¿se le escapa de verdad o quiere jugar a frío frío, caliente caliente? Bueno,
qué más da. Acompáñeme.
Abrió
la puerta de la derecha y lo hizo pasar a un dormitorio muy amplio, amueblado
también con cierto gusto. En una de las dos mesitas de noche había un libro y
un teléfono normal: debía de ser el lado en el que dormía ella. La mujer le
indicó una puerta en la pared de la izquierda, al lado de un gran espejo.
—El
cuarto de baño está ahí, perdone que no esté muy ordenado.
Montalbano
entró y cerró a su espalda. El cuarto de baño aún conservaba el calor del
vapor, era cierto que la señora se había duchado. En la repisa de cristal
situada encima del lavabo, le extrañó ver, junto a unos frascos de perfume y
unos tarros de cosméticos, una maquinilla de afeitar y un aerosol de crema de
afeitar. Orinó, pulsó el botón de la cisterna, se lavó las manos y abrió la
puerta.
—Señora,
¿puede venir un momento?
La
señora Giulia entró en el baño y, sin decir nada, Montalbano le señaló la
maquinilla y la crema de afeitar.
—¿Y
qué? —dijo Giulia.
—¿Le
parece que son cosas de mujeres?
Giulia
Tarantino emitió una breve carcajada gutural. Parecía una paloma.
—Comisario,
se ve que usted no ha convivido nunca con una mujer. Eso sirve para depilarse.
Se
le había hecho tarde y por eso regresó directamente a Marinella. Al llegar a
casa, se sentó en la galería que daba a la playa, leyó primero el periódico y,
a continuación, unas cuantas páginas de un libro que le gustaba mucho. Los
cuentos de San Petersburgo, de Gogol. Antes de irse a dormir, llamó a Livia.
Cuando ya estaban a punto de despedirse, le vino a la mente una pregunta:
—Tú,
para depilarte, ¿utilizas maquinilla y crema de afeitar?
—¡Menuda
pregunta, Salvo! ¡Me has visto depilándome montones de veces!
—No,
sólo quería saber...
—¡Pues
no te lo pienso decir!
—¿Por
qué?
—¡Porque
no es posible que hayas vivido varios años con una mujer y no sepas cómo se
depila!
Livia
colgó, enfurecida. El comisario llamó a Augello.
—Mimì,
¿cómo se depila una mujer?
—¿Se
te ha ocurrido alguna fantasía erótica?
—Venga,
hombre, no fastidies.
—Pues,
no sé, usan cremas, parches, cintas adhesivas...
—¿Maquinilla
y crema de afeitar?
—Maquinilla,
sí, crema de afeitar, es posible. Pero yo jamás lo he visto. Por regla general,
no suelo relacionarme con mujeres barbudas.
Pensándolo
bien, Livia tampoco usaba maquinilla. De todas formas: ¿tan importante era eso?
A la
mañana siguiente, nada más entrar en su despacho, llamó a Fazio.
—¿Recuerdas
la casa de Giovanni Tarantino?
—Claro,
he estado allí con el subcomisario Augello.
—Está
en el número treinta y cinco de Via Giovanni Verga y no tiene ninguna puerta
posterior, ¿verdad? La parte de atrás de la casa da a un callejón llamado
Capuana que es tremendamente estrecho. ¿Tú sabes cómo se llama la siguiente
calle, paralela a Via Verga y al callejón?
—Sí,
señor. Es otro callejón muy estrecho. Se llama De Roberto.
Lo
sorprendente habría sido que no lo hubiese sabido.
—Oye,
en cuanto tengas un rato libre, te vas a De Roberto y te lo recorres de arriba
abajo. Y me haces una lista detallada de todas las puertas.
—No
entiendo —dijo Fazio.
—Me
dices quién vive en el número uno, en el número dos, etcétera. Pero procura no
llamar demasiado la atención, no vayas arriba y abajo por el callejón. Eso a ti
se te da muy bien.
—¿Y
otras cosas no?
Cuando
Fazio se retiró, Montalbano llamó a Augello.
—¿Sabes,
Mimì? Anoche fui a ver a tu amiga Giulia Tarantino.
—¿También
ha conseguido tomarte el pelo a ti?
—No
—contestó con firmeza Montalbano—. A mí, no.
—¿Has
averiguado cómo consigue el marido entrar en la casa? No hay más entrada que la
puerta principal. Los de la Brigada de Capturas se han pasado allí noches y más
noches. Jamás lo han visto. Y, sin embargo, yo me apuesto los huevos a que él
va a verla de vez en cuando.
—Yo
también lo creo. Pero ahora me tienes que decir todo lo que sabes del marido.
No las estafas o los cheques sin fondos, todo eso me importa un carajo. Quiero
conocer sus manías, sus tics, sus costumbres, qué es lo que hacía cuando estaba
en el pueblo.
—Lo
primero es que es muy celoso. Yo estoy convencido de que, cuando voy a
registrar la casa, él lo pasa muy mal pensando que su mujer aprovecha la
ocasión para ponerle los cuernos. Después, como es un hombre violento a pesar
de las apariencias y es hincha del Inter, el domingo por la noche o cuando
jugaba su equipo, siempre acababa armando alboroto. Lo tercero es que...
Mimì
se pasó un buen rato describiendo la vida y milagros de Giovanni Tarantino, a
quien ya conocía casi mejor que a sí mismo.
Después,
Montalbano quiso que le explicara con todo detalle cómo se había practicado el
registro de la casa de Tarantino.
—Tal
como se suele hacer siempre —dijo Mimì—. Los de la Brigada de Capturas y yo,
puesto que estábamos buscando a un hombre, miramos en todos los lugares donde
se puede esconder un hombre: falsos techos, trastero bajo la escalera, cosas
así. Hasta descartamos que exista alguna trampilla en el suelo. Por otro lado,
las paredes no suenan a hueco.
—¿Habéis
mirado en el espejo?
—¡El
espejo está atornillado a la pared!
—No
digo si habéis mirado detrás del espejo, sino en el espejo. Se hace de la
siguiente manera: se abre la puerta de la casa y se contempla reflejada en el
espejo.
—¿Te
has vuelto loco?
—O
se hace lo que Alicia: imaginar que el cristal es una especie de gasa.
—En
serio, Salvo, ¿te encuentras bien? ¿Quién es esa Alicia?
—¿Tú
has leído alguna vez a Carroll?
—¿Quién
es?
—Dejémoslo,
Mimì. Oye, mañana por la mañana te inventas una excusa y vas a ver a la señora
Tarantino. Encárgate de que te reciba en el salón y dime si hace o no un
determinado gesto.
—¿Cuál?
Montalbano
se lo dijo.
El
miércoles, tras haber recibido el informe de Fazio, el comisario le dio de
plazo hasta el día siguiente para que le facilitara otros detalles sobre los
edificios del callejón De Roberto. El jueves por la noche, antes de ir a ver a
la señora Tarantino, Montalbano entró en la farmacia Bevilacqua, que estaba de
guardia. Había una epidemia de gripe y el establecimiento estaba lleno de
gente, hombres y mujeres.
Una
de las dos dependientas vio a Montalbano y le preguntó en voz alta:
—¿Qué
desea, señor comisario?
—Después,
después —contestó él.
El
farmacéutico Bevilacqua, al oír la voz del comisario, levantó los ojos, lo miró
y le pareció que estaba un poco azorado. Tras atender a un cliente, se acercó a
un estante, cogió una cajita, salió de detrás del mostrador y la depositó en su
mano con aire de conspirador.
—¿Qué
me ha dado? —le preguntó Montalbano, perplejo.
—Preservativos
—le contestó el otro en voz baja—. Es lo que quería, ¿no?
—No
—contestó Montalbano, devolviéndole la cajita—. Quiero la píldora.
El
farmacéutico miró a su alrededor y habló en un susurro.
—¿Viagra?
—No
—contestó Montalbano, empezando a ponerse nervioso—. La que usan las mujeres.
La más habitual.
Ya
en la calle, abrió el envoltorio que le había entregado el farmacéutico, arrojó
las píldoras anticonceptivas a un contenedor de basura y sólo se quedó con el
prospecto.
Excepto
porque la señora no acababa de ducharse, todo se desarrolló exactamente igual
que el domingo anterior. El comisario se acomodó en el sofá, la señora se sentó
en la silla y descolgó el teléfono.
—¿Qué
ocurre esta vez? —preguntó la mujer en tono ligeramente resignado.
—En
primer lugar, le quería decir que he apartado del caso de su marido al sub
comisario Augello, que vino a verla la otra mañana por última vez ya quien
usted conoce muy bien.
Había
acentuado el «muy» y la mujer se sorprendió.
—No
entiendo...
—Verá,
cuando las relaciones entre el investigador y la investigada se vuelven, como
en el caso de ustedes, excesivamente íntimas, es mejor... En resumen, de hoy en
adelante seré yo quien me encargue personalmente de su marido.
—A
mi..,
—¿...le
da lo mismo uno que otro? Pues no, mi querida amiga, se equivoca usted de medio
a medio. Yo soy mucho, pero que mucho mejor.
Consiguió
conferir a la última parte de la frase un tono de obscena insinuación. No supo
si felicitarse por ello o si escupirse a la cara.
Giulia
Tarantino palideció ligeramente.
—Señor
comisario, yo...
—Déjame
hablar a mí, Giulia, El domingo pasado, cuando entramos primero en el dormitorio
y después en el cuarto de baño...
La
palidez de la señora se intensificó; levantó la mano como para interrumpir al
comisario, pero él siguió adelante.
—…
encontré en el suelo este prospecto. Dice Securigen, píldoras anticonceptivas.
Si no ves a tu marido desde hace dos años, ¿para qué las quieres? Puedo
aventurar algunas suposiciones. Mi subco...
—¡Por
el amor de Dios! —gritó Giulia Tarantino.
E
hizo el gesto que esperaba el comisario: cogió el auricular y lo colocó en la
horquilla.
—¿Sabe?
—preguntó Montalbano, pasando de nuevo al «usted»—. Ya la primera vez descubrí
que este teléfono es falso. El verdadero es el que usted tiene en la mesita de
noche. Éste sólo sirve para que su marido oiga todo lo que se dice en esta
habitación. Tengo un oído muy fino. Cuando usted descuelga el teléfono, se
tendría que oír la señal. En cambio, su teléfono está mudo.
La
mujer no dijo nada, parecía a punto de desmayarse de un momento a otro, pero
resistía desesperadamente y permanecía en tensión como si temiera que ocurriera
algo inesperado
—También
he descubierto—añadió el comisario— que su marido es el dueño de un pequeño
garaje en el callejón De Roberto, que está a menos de diez metros de aquí en
línea recta. Ha excavado una galería subterránea que casi con toda seguridad
desemboca detrás del espejo. Donde los que practican los registros no miran
jamás: siempre piensan que, detrás de un espejo, no hay nada.
Comprendiendo
que había perdido, Giuia Tarantino recobró el aire distante y miró fijamente al
comisario:
—Tengo
una curiosidad: ¿usted nunca se avergüenza de lo que hace y de cómo lo hace?
—Sí,
de vez en cuando —reconoció Montalbano.
En
aquel momento, desde la planta baja, se oyó un estruendo de cristales rotos y
una enfurecida voz que decía:
—¿Dónde
estás, puerca asquerosa?
A
continuación, se oyó a Giovanni Tarantino subiendo precipitadamente la
escalera,
—Ya
llega el imbécil—dijo su mujer en tono resignado.
La
revisión
La
primera vez que Montalbano vio al hombre caminar por la playa fue por la mañana
a primera hora, pero el día no era muy apropiado para pasear por la orilla del
mar; es más, lo mejor era volver a la cama, cubrirse hasta la cabeza con la
manta, cerrar los ojos y adiós, muy buenas. En efecto, soplaba una fría y
desagradable tramontana, la arena penetraba en los ojos y la boca, las olas se
levantaban sobre la línea del horizonte, se escondían y aplanaban detrás de las
que las precedían, se volvían a levantar en vertical al llegar a tierra y se
abalanzaban famélicas sobre la playa para comérsela. Paso a paso el mar casi
había conseguido rozar la galería de madera de la casa del comisario. El hombre
iba todo vestido de negro y se sujetaba con la mano el sombrero que llevaba
encasquetado en la cabeza, para evitar que el viento se lo llevara, mientras el
grueso abrigo se le pegaba al cuerpo y se le enredaba entre las piernas. No iba
a ningún sitio; se adivinaba por su forma de caminar, que, pese a todo aquel alboroto,
era constante y regular. Unos cincuenta metros más allá de la casa del
comisario, el hombre dio media vuelta para regresar a Vigàta. Montalbano lo
había visto otras veces de buena mañana sin abrigo porque la temperatura había
cambiado, siempre vestido de negro y siempre solo. En una ocasión, el tiempo
mejoró lo suficiente para que Montalbano pudiera darse un buen chapuzón en el
agua, todavía fría; mientras cambiaba la dirección de sus brazadas para
regresar a la orilla, el comisario vio que el hombre lo miraba desde la zona de
la playa en la que rompían las olas. Si hubiera seguido nadando en esa
dirección, Montalbano habría salido del agua justo delante de él, lo cual no le
apetecía nada. Así que fue variando imperceptiblemente la dirección de sus brazadas,
hasta alcanzar la orilla unos diez metros más allá del lugar donde el hombre
permanecía inmóvil, observándolo. Cuando éste comprendió que el encuentro cara
a cara no se iba a producir, dio la vuelta y reanudó su habitual paseo. Durante
varios meses la cosa continuó de la misma manera. Una mañana, el hombre no pasó
y Montalbano se preocupó. Entonces se le ocurrió una idea. Bajó de la galería a
la playa y vio perfectamente las huellas del hombre grabadas en la arena
mojada. Por lo visto, había dado el paseo un poco antes que de costumbre,
cuando él aún estaba durmiendo o en la ducha.
Una
noche sopló un fuerte viento, pero hacia el amanecer se calmó, como si se
avergonzara de haber montado aquel espectáculo nocturno. El día amaneció
sereno, templado y soleado, aunque no estival. El viento de la víspera había
limpiado la playa, allanado los pequeños hoyos y dejado la arena lisa y
resplandeciente. Las huellas del hombre destacaban tan claramente como si
alguien las hubiera dibujado, pero su trayectoria sorprendió al comisario. Tras
haber paseado por la orilla, el hombre se había encaminado directamente hacia
su casa y se había detenido justo bajo la galería para regresar después a la
orilla. ¿Qué pretendía? El comisario contempló largo rato aquella especie de
uve dibujada por las huellas, como si su cuidadoso examen pudiera permitirle
meterse en la cabeza del hombre y entender los pensamientos que ésta encerraba
y que lo habían inducido a efectuar aquel imprevisto desvío.
Cuando
llegó al despacho, llamó a Fazio.
—¿Tú
conoces a un hombre vestido de negro que cada mañana da un paseo por la playa,
delante de mi casa?
—¿Por
qué, le ha causado alguna molestia?
—No
me ha causado ninguna molestia, Fazio. Y, aunque me la hubiera causado, ¿crees
que no habría sabido arreglármelas yo solo? Te pregunto simplemente si lo
conoces.
—No,
señor comisario. Ni siquiera sabía que un hombre vestido de negro paseaba por
la playa. ¿Quiere que haga averiguaciones?
—Déjalo.
Pero
Montalbano siguió dando vueltas al asunto de vez en cuando. Por la noche, en
casa, llegó a la conclusión de que aquella uve ocultaba, en realidad, un signo
de interrogación, una pregunta que el hombre vestido de negro había querido
formularle, pero, en el último momento, le había faltado el valor. Fue por eso
por lo que puso el despertador a las cinco de la mañana: no quería arriesgarse
a no ver al hombre, en caso de que éste, por el motivo que fuera, decidiera
adelantar su paseo. Sonó el despertador, se levantó a toda prisa, se preparó el
café y se sentó en la galería. Esperó hasta las nueve, así que tuvo tiempo de
leer una novela policíaca de Carla Lucarelli y de tomarse seis tazas de café.
Ni rastro del hombre.
—¡Fazio!
—A
sus órdenes, señor comisario.
—¿Recuerdas
que ayer te hablé de un hombre todo vestido de negro que cada mañana...?
—Por
supuesto que lo recuerdo.
—Esta
mañana no ha pasado.
Fazio
lo miró, perplejo.
—¿Le
parece grave?
—Grave,
no. Pero quiero saber quién es.
—Lo
intentaré —dijo Fazio, suspirando.
A
veces el comisario era francamente extraño. ¿Por qué estaba tan obsesionado por
un sujeto que paseaba tranquilamente por la playa? ¿Qué molestia le causaba?
* *
*
Por
la tarde, Fazio llamó a la puerta, pidió permiso, entró en el despacho de
Montalbano, se sentó, sacó del bolsillo un par de hojitas llenas de una
escritura apretada y carraspeó ligeramente.
—¿Será
una conferencia? —le preguntó Montalbano.
—No,
señor comisario. Le traigo lo que he averiguado sobre la persona que pasea cada
mañana por delante de su casa.
—Antes
de que empieces a leer, te quiero avisar. Como te dejes dominar por tu complejo
de funcionario del Registro Civil y me empieces a dar detalles que me importan
un carajo, me levanto de esta silla y me voy a tomar un café.
—Vamos
a hacer una cosa —dijo Fazio, doblando las hojitas y volviéndoselas a guardar
en el bolsillo—. Yo también voy a tomarme un café.
Ambos
abandonaron en silencio el despacho, profundamente irritados. Se fueron al bar
y cada uno se pagó su café. Regresaron sin decir nada y volvieron a sentarse
igual que antes, pero esta vez Fazio no sacó las hojas. Montalbano comprendió
que le correspondía hablar a él, pues igual Fazio permanecía callado hasta la
noche.
—¿Cómo
se llama esa persona?
—Leonardo
Attard.
Por
consiguiente, como los Cassar, los Hamel, los Camilleri, los Buhagiar, de
lejanos orígenes malteses.
—¿A
qué se dedica?
—Era
juez. Ahora está retirado. Era un juez importante, presidente de una audiencia
provincial.
—¿Y
qué hace aquí?
—Pues
no sé. Es natural de Vigàta. Vivió en el pueblo hasta los ocho años. Después,
su padre, que era jefe de la comandancia del puerto, fue trasladado. Él creció
en el norte, estudió, en resumen, hizo su carrera. Cuando vino aquí hace ocho
meses, no lo conocía nadie.
—¿Tenía
casa en Vigàta? ¿Alguna vieja propiedad de la familia o algo así?
—No,
señor. Se la compró. Es una casa espaciosa, de cinco habitaciones grandes, pero
vive solo. Lo atiende una asistenta.
—¿No
se casó?
—Sí.
Pero se quedó viudo hace tres años. Tiene un hijo.
—¿Ha
hecho alguna amistad en el pueblo?
—¡Qué
va! ¡No lo conoce nadie! Sale solo de buena mañana, da su paseo y después ya no
se le ve por ningún sitio. Todo lo que necesita, desde los periódicos hasta la
comida, se lo compra la asistenta, que se llama Prudenza y se apellida...
¿Permite que consulte las hojitas?
—No.
—Muy
bien. He hablado con ella. El señor juez se ha ido.
—¿Sabes
adónde?
—A
Bolzano. Allí vive su hijo. Casado y padre de dos varones. El juez pasa el
verano con él.
—¿Y
cuándo regresa?
—En
septiembre.
—¿Sabes
algo más?
—Sí,
señor. A los tres días de haberse instalado en la casa de Vigàta...
—¿Dónde
está?
—¿La
casa? Justo en el confín entre Vigàta y Marinella. Prácticamente a medio
kilómetro de su casa de usted.
—Muy
bien, sigue.
—Estaba
diciendo que, a los tres días, llegó un camión enorme.
—Con
los muebles.
—¡Qué
muebles ni qué historias! ¿Sabe usted en qué consisten sus muebles? Una cama,
una mesita de noche, un armario en el dormitorio. Un frigorífico en la cocina,
donde come. No tiene televisor. Eso es todo.
—Pues
entonces, ¿para qué era el camión?
—Para
el transporte de los papeles.
—¿Qué
papeles?
—Por
lo que me ha dicho la asistenta, son las copias de los documentos de todos los
juicios que ha presidido el señor juez.
—¡Virgen
santísima! ¿Sabes que, en cada juicio, se escriben por lo menos diez mil
páginas?
—Justamente.
La asistenta me ha dicho que en esa casa no hay ni un rincón que no esté lleno
de legajos, carpetas y archivadores que llegan hasta el techo. Dice que su
misión principal, aparte de cocinar, es pasar el plumero por los papeles, que
se llenan constantemente de polvo.
—¿Y
qué hace Attard con ellos?
—Los
estudia. He olvidado decirle que, entre los muebles, figuran también una mesa
de gran tamaño y un sillón.
—¿Los
estudia?
—Sí,
señor comisario. Día y noche.
—¿Y
por qué los estudia?
—¿Y
a mí me lo pregunta? ¡Pregúnteselo a él cuando regrese en septiembre!
El
juez Leonardo Attard volvió a aparecer una mañana de principios de septiembre
que prometía ser muy lánguida, mejor dicho, más que lánguida, extenuada. El
comisario lo vio pasear, vestido como siempre de negro, como un cuervo.
Tenía
en cierto modo la misma elegancia y dignidad de un cuervo. Por un instante,
experimentó el impulso de correr a su encuentro y darle una especie de
bienvenida. Después se contuvo, pero se alegró de volver a verlo pasear con
armoniosa seguridad por la arena mojada.
Después,
una mañana de finales de septiembre en que el comisario estaba leyendo el
periódico en la galería, se levantó una repentina ráfaga de viento que tuvo dos
efectos: desordenar las páginas del periódico y provocar el simultáneo vuelo
del sombrero del juez hacia la casa. Mientras el señor Attard corría para
recuperarlo, Montalbano bajó, lo atrapó y se lo entregó al juez. La naturaleza
había intervenido para que ambos se conocieran.
—Gracias.
Attard —dijo el juez, presentándose.
—Soy
Montalbano —dijo el comisario.
No
se sonrieron. No se estrecharon la mano. Permanecieron un momento mirándose en
silencio. Después, se hicieron el uno al otro una cómica reverencia, como los
japoneses. El comisario regresó a la galería y el juez reanudó su paseo.
En
cierta ocasión le habían preguntado a Montalbano cuál era a su juicio el don
esencial de un policía. ¿La intuición? ¿La constancia en la investigación? ¿La
capacidad de establecer una relación entre hechos aparentemente inconexos?
¿Saber que, si dos y dos siempre suman cuatro en el orden normal de las cosas,
en la anormalidad del delito dos y dos podían sumar cinco? «El ojo clínico»,
había contestado Montalbano.
Y
todos se habían reído de buena gana. Pero el comisario no tenía la menor
intención de hacerse el gracioso. Era simplemente que no había explicado su
respuesta: había preferido no ahondar en el tema, sabiendo que entre los
presentes se encontraban también dos médicos. Con la expresión «ojo clínico»,
Montalbano había querido referirse a la capacidad que tenían algunos médicos de
averiguar, de un solo vistazo, si un paciente estaba enfermo o no. Sin
necesidad, tal como hacen muchos hoy en día, de someterle a uno a cien pruebas
distintas antes de establecer que está sano como una manzana.
Pues
bien, en el breve intercambio de miradas que se había producido, el comisario
notó que aquel hombre padecía una enfermedad. No una enfermedad del cuerpo, naturalmente;
se trataba de algo que lo atormentaba por dentro, que hacía que su pupila
estuviera demasiado quieta y fija, como si persiguiera un pensamiento
recurrente. Aunque, bien mirado, era sólo una impresión. Como impresión era
también, aunque mucho más concreta, que el juez se había alegrado de conocerlo.
Estaba claro que ya sabía, desde que varios meses antes se había detenido
delante de la casa dudando entre llamar o reanudar su paseo, qué oficio ejercía
Montalbano.
Una
semana después de la presentación, una mañana en que el comisario estaba
tomando el café en la galería, Attard, al llegar en su paseo a la altura de la
casa, levantó la mirada que mantenía clavada en la arena, lo miró y se quitó el
sombrero para saludarlo.
Montalbano
se levantó de golpe y, haciendo bocina con las manos alrededor de la boca,
gritó:
—¿Le
apetece tomar un café?
El
juez, siempre con su paso sereno y comedido, se desvió de su ruta habitual y se
encaminó hacia la galería. Montalbano entró en la casa y volvió a salir con una
tacita limpia. Se estrecharon la mano y el comisario llenó la taza de café. Se
sentaron en el banco, el uno al lado del otro. Montalbano no dijo nada.
—¡Qué
bonito es todo esto! —comentó de repente el juez.
Fueron
las únicas palabras claras que pronunció. Cuando terminó el café, se levantó,
se quitó el sombrero, musitó algo que el comisario interpretó como buenos días
y gracias, bajó a la playa y reanudó su paseo.
Montalbano
supo que se había apuntado un tanto.
La
invitación, siempre con el consabido ritual de silencio, se produjo dos veces
más. A la tercera, el juez miró al comisario y habló muy despacio.
—Quisiera
hacerle una pregunta, comisario.
Estaba
poniendo las cartas boca arriba. Attard jamás había preguntado directamente
cómo se ganaba la vida Montalbano.
—Estoy
a su disposición, señor juez.
Él
también descubría sus naipes.
—Pero
no quisiera que me interpretase mal.
—No
es fácil que eso ocurra.
—Usted,
en su carrera, ¿siempre ha estado seguro, matemáticamente seguro, de que las personas
que detenía como culpables lo eran de verdad?
El
comisario se lo esperaba todo menos aquella pregunta. Abrió la boca e
inmediatamente la volvió a cerrar. No era una pregunta a la que uno pudiera
contestar sin reflexionar. Y menos aún bajo las fijas pupilas del juez. En tal
se había convertido de golpe. Attard percibió el malestar de Montalbano.
—No
quiero una respuesta inmediata. Piénselo. Buenos días y gracias.
Se
levantó, se quitó el sombrero, bajó a la playa y reanudó su paseo. «Gracias,
una mierda», pensó Montalbano, más tieso que un palo. El juez le había soltado
una buena.
La
tarde de aquel mismo día, el juez llamó por teléfono al comisario.
—Perdone
que le moleste en su despacho. Pero la pregunta que le he formulado esta mañana
ha sido cuando menos inoportuna. Le pido perdón. Esta noche, si no tiene otra
cosa que hacer, ¿podría acercarse a mi casa cuando termine de trabajar? Le
pilla de paso. Le explicaré dónde vivo.
Lo
primero que llamó la atención del comisario nada más entrar en la casa del juez
fue el olor. No desagradable, pero sí penetrante: un olor parecido al de la
paja expuesta largo rato al sol. Después comprendió que era olor a papel, a
papel viejo y amarillento. Centenares y centenares de gruesos legajos se
amontonaban desde el suelo hasta el techo en sólidas estanterías de madera,
tanto en las habitaciones como en el pasillo y el recibidor. No era una casa
sino un archivo, en cuyo interior se había mantenido el mínimo espacio
indispensable para que un hombre pudiera vivir.
Montalbano
fue recibido en una sala cuyo centro estaba ocupado por una mesa de gran tamaño
cubierta de papeles, un sillón y una silla.
—Tengo
que contestarle que sí —empezó diciendo Montalbano.
—¿A
qué?
—A
la pregunta de esta mañana: dentro de mis límites, estoy matemáticamente seguro
de la culpabilidad de las personas a las que he detenido o mandado detener.
Aunque algunas veces la justicia no las haya considerado tales y las haya
absuelto.
—¿Le
ha ocurrido?
—Algunas
veces, sí.
—¿Le
ha dolido?
—En
absoluto.
—¿Por
qué?
—Porque
tengo demasiada experiencia. Ahora ya sé que hay una verdad procesal que
discurre por una vía paralela a la de la verdad real. Pero no siempre las dos
vías conducen a la misma estación. Unas veces sí, y otras no.
Medio
rostro del juez esbozó una sonrisa. La mitad inferior. La mitad superior, no.
Es más, sus ojos adquirieron una expresión más fría y petrificada.
—Ese
discurso no viene al caso —dijo Attard—. Mi problema es otro.
Con
un amplio gesto, extendiendo progresivamente los brazos hasta parecer un
crucificado, el juez señaló los papeles que lo rodeaban.
—Mi
problema es la revisión.
—La
revisión ¿de qué?
—De
los juicios que he llevado a lo largo de toda mi vida. —Montalbano sintió que
le corrían gotas de sudor por la piel—. Mandé fotocopiar todas las actas y
ordené que las trajeran a Vigàta porque aquí encontré las condiciones ideales
para mi trabajo. Me he gastado un dineral, puede creerme.
—Pero
¿quién le ha pedido esta revisión?
—Mi
conciencia.
En
este punto, Montalbano reaccionó.
—Eso
no. Si usted está seguro de haber obrado siempre según su conciencia...
El
juez levantó una mano para interrumpido.
—Ahí
está el verdadero problema. El quid de la cuestión.
—¿Cree
usted haber juzgado alguna vez por conveniencia, presiones y cosas por el
estilo?
—Jamás.
—¿Pues
entonces?
—Mire,
hay unas líneas de Montaigne que ilustran de manera muy clara esta cuestión.
«De la misma hoja sobre la cual ha redactado la sentencia para la condena de un
adúltero —escribe Montaigne—, el mismo juez arranca un trocito para escribir un
mensaje amoroso a la mujer de un colega.» Es un ejemplo exagerado, pero
encierra una gran verdad. Me explicaré mejor. ¿En qué condiciones me encontraba
yo, como hombre quiero decir, en el momento en que dictaba una dura sentencia?
—No
lo entiendo, señor juez.
—Comisario,
no es difícil de entender. ¿He conseguido en todo momento separar mi vida
privada de la aplicación de la ley? ¿He conseguido siempre que mi mal humor, mi
idiosincrasia, las cuestiones domésticas, los dolores, los momentos de
felicidad no mancharan la página en blanco sobre la cual estaba a punto de
dictar una sentencia? ¿Lo he conseguido o no?
Montalbano
sudaba tanto que tenía la camisa pegada a la piel.
—Perdone,
señor juez. Usted no está llevando a cabo la revisión de los juicios en los que
ha intervenido sino la de su vida.
Inmediatamente
se percató de su error; no tenía que haber pronunciado esas palabras. Pero, por
un instante, se había sentido como un médico que descubre la grave enfermedad
de su paciente: ¿se lo tiene que decir o no? Montalbano había optado
instintivamente por lo primero.
El
juez se levantó de un salto.
—Le
agradezco que haya venido. Buenas noches.
A la
mañana siguiente, el juez no pasó por delante de la casa. Y tampoco apareció
por allí en los días y las semanas siguientes. Pero el comisario no se olvidó
del juez. Cuando ya había transcurrido más de un mes de aquella reunión
nocturna, llamó a Fazio.
—¿Recuerdas
a aquel juez jubilado?
—Sí,
claro.
—Quiero
noticias suyas. Tú conociste a su asistenta, ¿cómo se llamaba, lo recuerdas?
—Se
llamaba Prudenza. ¿Cómo podría olvidarme de semejante nombre?
Por
la tarde, Fazio se presentó con su informe.
—El
juez está bien, pero ya no sale de casa. Como el piso de arriba quedó libre,
Prudenza me ha dicho que el juez lo ha comprado. Ahora es propietario de todo
el chalet.
—¿Ha
subido arriba todos sus papeles?
—¡Qué
va! Prudenza me ha dicho que lo quiere dejar vacío, ni siquiera piensa
alquilarlo. Dice que quiere estar solo en el chalet, que no quiere molestias.
Es más, Prudenza me ha dicho otra cosa que le ha parecido extraña. El juez no
dijo molestias sino remordimientos. ¿Qué significará eso?
* *
*
Montalbano
tardó toda una noche en comprender que el juez no se había equivocado al decir
«remordimientos» en lugar de «molestias». Y, al darse cuenta de lo que ocurría,
le entraron sudores fríos.
Apenas
puso el pie en el despacho, rugió a Fazio:
—¡Quiero
inmediatamente el número de teléfono del hijo del juez Attard! Vive en Bolzano.
Media
hora después lograba hablar con el señor Giulio Attard, pediatra.
—Soy
el comisario Montalbano. Mire, doctor, lamento tener que comunicarle que el
estado mental de su padre...
—¿Se
ha agravado? Me lo temía.
—Convendría
que se trasladara usted de inmediato a Vigàta. Venga a verme. Ya estudiaremos
la manera de...
—Mire,
comisario, le agradezco la amabilidad, pero no puedo trasladarme a Vigàta ahora
mismo.
—Su
padre se está preparando para suicidarse, ¿lo sabe?
—Yo
no dramatizaría tanto.
Montalbano
colgó.
Aquella
misma noche, al pasar por delante del chalet del juez, se detuvo, bajó y llamó
al portero automático.
—¿Quién
es?
—Soy
Montalbano, señor juez. Quería saludarlo.
—Me
encantaría recibirle. Pero está todo muy desordenado. Vuelva mañana, si puede.
El
comisario se estaba retirando cuando oyó que lo llamaban.
—¡Montalbano!
¡Señor comisario! ¿Está ahí todavía?
Regresó
corriendo.
—Sí,
dígame.
—Creo
que ya lo he encontrado.
No
hubo más palabras. El comisario pulsó, pulsó largo rato el botón, pero no
obtuvo respuesta.
* *
*
Lo
despertó el insistente sonido de las sirenas de los camiones cisterna que
circulaban a toda velocidad en dirección a Vigàta. Miró el reloj: las cuatro de
la mañana. Tuvo un presentimiento. Tal como estaba, en calzoncillos, bajó desde
la galería a la orilla del mar para tener una vista más amplia. El agua estaba
tan helada que le dolían los pies. Pero el comisario no sentía aquella
molestia: estaba contemplando en la distancia el chalet de Leonardo Attard,
antiguo juez, que ardía como una antorcha. ¡Era de esperar que así fuera, con
la de papeles que había allí dentro! Los bomberos tardarían mucho en encontrar
el cuerpo carbonizado de aquel hombre. De eso estaba seguro.
Dos
días más tarde, Fazio depositó sobre el escritorio de Montalbano un paquete muy
grueso atado con varias vueltas de cordel, junto con un sobre de gran tamaño.
—Los
ha traído Prudenza esta mañana. La víspera del incendio de la casa, el juez se
los dio para que se los entregara a usted.
El
comisario abrió el sobre. Dentro halló otro más pequeño y cerrado, y una hoja
manuscrita.
He
tardado mucho, pero, al final, he encontrado lo que siempre había supuesto y
temido. Le envío todos los legajos de un juicio de hace quince años, al término
del cual el tribunal que yo presidía condenó a treinta años a un hombre que
hasta el último momento se había declarado inocente. Yo no creí en su
inocencia. Ahora, tras una atenta revisión, me he dado cuenta de que no quise
creer en su inocencia. ¿Por qué? Si usted, tras haber leído los papeles, llega
a la misma conclusión que yo, a saber, que hubo por mi parte una mala fe más o
menos consciente, abra, pero sólo entonces, el sobre que le adjunto. Dentro
encontrará el relato de un momento muy atormentado de mi vida privada. Puede
que ese momento explique mi conducta de hace quince años. Puede que la explique,
pero no la justifica. Añado que el condenado murió en la cárcel tras doce años
de reclusión. Gracias.
Brillaba
la luna. Con una pala que le había prestado Fazio, excavó un hoyo en la arena,
a diez pasos de la galería. Dentro metió el paquete y las dos cartas. Sacó del
maletero de su coche un pequeño bidón de gasolina, regresó a la playa, vertió
un cuarto de litro sobre los papeles y les prendió fuego. Cuando la llama se
apagó, puso un leño entre los documentos, echó otro cuarto de litro de
combustible Y volvió a prenderles fuego. Repitió la operación otras dos veces,
hasta asegurarse de que todo había quedado reducido a cenizas. Después empezó a
cubrir el hoyo. Cuando terminó, ya estaba empezando a despuntar el alba.
Una
buena mujer de su casa
¡Comisario!
¡Benditos los ojos! —exclamó Clementina Vasile—Cozzo, levantando los brazos
para estrechar contra su pecho a Montalbano y recibir de éste el ritual y
afectuoso beso en la mejilla.
—¿Dónde
dejo esto? —preguntó el comisario, mostrándole el paquete de barquillos
rellenos recién hechos.
—Démelo
a mí. Entre tanto, venga a conocer a mi exalumna y amiga, de quien le he
hablado por teléfono.
Moviéndose
rápidamente con la silla de ruedas a la que estaba clavada desde hacía años, la
señora se dirigió al salón.
—El
comisario Salvo Montalbano. Le presento a Simona Minescu.
—Le
agradezco su amabilidad —dijo la mujer, estrechándole la mano.
Montalbano
no se lo esperaba. No sabía por qué, pero se la había imaginado distinta.
Simona Minescu era alta, morena y esbelta, y tenía unos grandes e inteligentes
ojos negros. Pero había en ella, y se veía por su manera de moverse y hablar,
un aire de buena mujer de su casa que contrastaba con el poderío de su físico.
En la mesa, ambas mujeres apenas hablaron. La señora Clementina habría
advertido a su amiga de que, mientras comía, Montalbano evitaba hablar y
agradecía que los demás tampoco lo hicieran. La asistenta de la señora
Clementina había preparado, como de costumbre, una comida excelente, a pesar de
la poca simpatía que le inspiraba el comisario.
—El
café lo tomaremos en el salón —dijo la señora.
Aún
no se había pronunciado ni una sola palabra acerca de la razón por la cual la
señora Clementina había querido que sus amigos se conocieran, y Montalbano ya
estaba empezando a experimentar cierta curiosidad.
—Cuéntale
toda la historia —dijo la señora Clementina en cuanto la asistenta se llevó las
tazas a la cocina.
—Pero
¿tiene tiempo el señor comisario? —preguntó la amiga, mirando a los ojos a
Montalbano, a quien esa mirada no desagradó.
—Tengo
todo el que usted quiera.
—No
sé por dónde empezar —dijo en tono vacilante Simona Minescu.
—Pues
entonces, empezaré yo —la cortó la señora Clementina—. ¿Ha oído usted hablar
del homicidio de Antonio Minescu, que vivía en Fela?
—No
—contestó Montalbano—. ¿Su marido?
—Mi
marido, gracias a Dios, vive y goza de buena salud. No, se trata de mi padre.
—¿Lo
mataron en Fela? La señora Clementina me ha dicho que vive usted allí.
—Es
cierto, pero a mi padre lo mataron en Roma.
—Pues
entonces no vivía en Fela, ¿no?
—Sí,
pero se había ido a Roma.
—Disculpe
una curiosidad. ¿Es usted siciliana?
—Sí.
¿Por qué?
—Pues
no sé, con ese apellido...
—Mi
padre era rumano. Más tarde obtuvo la nacionalidad italiana. Se casó aquí, en
Vigàta, y posteriormente se trasladó a Fela. Donde yo nací.
—¿No
sería mejor que contaras las cosas a tu manera, Simona? —terció sabiamente la
señora Clementina.
—Lo
intentaré. Pues bien, señor comisario, tiene usted que saber que mi padre era
católico practicante. Un poco mojigato, a mi modo de ver, Dios lo tenga en su
gloria. Un día sí y otro no iba al cementerio para visitar a mi madre, que
murió hace diez años, pero iba todos los días a misa, hasta el punto de que el
párroco le había confiado la contabilidad.
—¿A
qué se dedicaba su padre?
—Era
contable. Obtuvo el título en mil novecientos cuarenta y ocho, cuatro años
después de llegar a Sicilia. En el cincuenta, un comerciante de madera de Fela
le ofreció trabajo. Aceptó y allí se quedó hasta su jubilación.
—¿Vivía
solo?
—Sí
y no. Cuando murió mi madre, mi marido le buscó un apartamento al lado del
nuestro. Comía con nosotros. Quería mucho a nuestros dos hijos, Antonio, que
tiene quince años y lleva su nombre, y Mario, que tiene diez. Estaba loco por
ellos, los mimaba demasiado. Hasta nos peleamos porque se le ocurrió la idea de
regalarle un ciclomotor a Antonio. Había ahorrado todo el dinero de la pensión.
—Pero
¿por qué se fue a Roma?
—Pues
verá, mi padre tenía un sueño: ver al Papa. Se había jurado que no perdería la
ocasión del Jubileo. Pero el año pasado sufrió un pequeño infarto. Una cosa de
nada, dijo el médico, bastaría con que se cuidara un poco. Pero se le metió en
la cabeza que no llegaría al dos mil. Y acertó, pobre papá, aunque las cosas no
ocurrieron como él había previsto.
—¿Cuántos
años tenía?
—Setenta
y tres. Había nacido en mil novecientos veinticinco. Don Cusumano, al ver que
mi padre estaba sumido en una profunda tristeza, le propuso un viaje a Roma con
un grupo de curas de la provincia de Montelusa que iban a ser recibidos por el
Papa. Él aceptó y se fue muy contento.
—¿En
tren?
—No,
en autocar. Me llamó nada más llegar. Estaba perfectamente. Me dijo el nombre
del hotel donde se alojaba con los demás y me dio el número de teléfono. Me
contó que por la tarde daría una vuelta por Roma con los componentes del grupo
y que, a las once de la mañana siguiente, el Papa los recibiría. Me prometió
llamar después de la audiencia. Pero yo jamás recibí la llamada.
Esta
vez no lo resistió. Unos grandes lagrimones le rodaron por las mejillas.
—Perdónenme.
La
señora Clementina se acercó a la puerta, llamó a la asistenta y le pidió un
vaso de agua. Montalbano no sabía hacia dónde mirar.
—Como
es natural, al no recibir noticias, llamé al hotel sobre la una. Me pasaron al
jefe del grupo, monseñor Diliberto. Estaba muy preocupado y no se anduvo por
las ramas. Me contó que la víspera mi padre se había marchado del hotel sin
decir nada a nadie y no había regresado. Me dijo que lo había notificado a la
policía. Yo no sabía qué hacer, estaba desesperada. Monseñor Diliberto me llamó
sobre las cuatro de la tarde. No sabía, me dijo, si lo que me iba a decir era
buena o mala señal: el caso es que mi padre no estaba ingresado en ningún
hospital ni en ninguna institución benéfica.
—¿Padecía
de amnesia, aunque fuera ligera?
—¡Qué
va! ¡Tenía una memoria increíble! A las cinco mi marido regresó de Palermo. Yo
le había comunicado lo ocurrido a través del móvil. Es hombre de rápidas
decisiones. A las ocho y media de la tarde ya estaba volando hacia Roma. Mi
marido ya debía de estar en Roma, cuando me volvió a llamar monseñor Diliberto.
Me dijo, de manera todavía más directa que de costumbre, que mi padre había
sido encontrado muerto. No quiso explicarme nada más. Al final, conseguí hablar
con mi marido y le di la mala noticia. A la mañana siguiente compré todos los
periódicos que llegan a Fela. Así, supe que un viajante había descubierto el
cuerpo de mi padre medio enterrado debajo de unas cajas de cartón en las
inmediaciones de la estación Termini de Roma. ¡A las cinco de la madrugada,
imagínese!
—¿No
llevaba documentación?
—La
llevaba toda. Y también el billetero. No faltaba ni un céntimo. Ni siquiera le
robaron el reloj de oro.
—Pues
¿cómo es posible que avisaran tan tarde a monseñor Diliberto?
—Eso
me lo explicó mi marido a la vuelta. El viandante corrió a avisar a los
carabineros, los cuales llamaron primero a casa de mi padre, sin obtener
respuesta, como es natural, y después se pusieron en contacto con sus colegas
del cuartel de Fela. Dos de ellos acudieron a casa de mi padre y llamaron
infructuosamente al timbre. Después llamaron también a mi casa, pero quiso la
mala suerte que yo hubiera bajado a hacer la compra. Así transcurrió la mañana.
Por la tarde los dos carabineros de Fela se dirigieron al Ayuntamiento, pero
todas las oficinas estaban cerradas. Por la noche se les ocurrió la ingeniosa
idea de ir a ver al párroco y éste les dijo que mi padre estaba en Roma y les
facilitó el número de teléfono del hotel. De esta manera establecieron contacto
con monseñor Diliberto. Después mi marido me contó el resto.
—¿Cómo
lo mataron?
—De
un disparo. Sólo uno. En pleno rostro.
—¿Y
qué más le dijo su marido?
—Que
los carabineros le hicieron unas preguntas un poco raras.
—¿Como
qué?
—Si
mi padre tenía ciertas inclinaciones. Porque donde lo encontraron por lo visto
hay hombres que...
—Ya
entiendo, dejémoslo.
—Le
preguntaron también si se drogaba. ¡Ya me dirá usted, un viejo de setenta y
tres años! Después llegaron a la conclusión de que había sido un atraco
fallido. Mi padre debió de ofrecer resistencia, los delincuentes perdieron la
cabeza, le pegaron un tiro y, presos del pánico, huyeron sin llevarse nada.
—Es
una hipótesis razonable. ¿Su marido consiguió averiguar algo sobre el
resultado, disculpe, señora, de la autopsia? Yo qué sé, restos de alcoh...
—No
había. Mi padre era abstemio.
¡El
buen hombre era un dechado de virtudes!
—Pero
¿por qué salió, en lugar de irse a dormir como los demás? —preguntó Montalbano
casi para sus adentros.
—Por
eso estoy aquí —dijo Simona Minescu.
—Por
Dios, señora, yo no estoy en absoluto en condiciones de... Disculpe, pero, con
tan pocos elementos, ¿qué digo pocos…?
—Yo
he averiguado algo —terció la señora Simona más fresca que una lechuga.
—Ah,
¿sí? ¿Se lo ha dicho a los carabineros?
—No,
¿por qué habría tenido que hacerla? Ellos consideran cerrado el caso.
—Bueno,
mi compañero de Fela podría...
—Fui
yo quien le hablé de usted —intervino Clementina Vasile—Cozzo.
—¿Usted
cree que me prestarían atención? —preguntó Simona.
—Muy
bien —dijo Montalbano, tomando una decisión—. ¿Qué es lo que ha averiguado?
—Cuando
monseñor Diliberto regresó con el grupo de curas, fui a hablar con ellos uno
por uno. Don Pignataro y don Cottone me dijeron que, mientras recorrían la Via
Della Conciliazione, mi padre les rogó que lo esperaran, pues tenía que hacer
urgentemente sus necesidades. Lo vieron entrar en un bar. Tras pasarse un buen
rato esperando, empezaron a preocuparse. Entraron también en el bar, que estaba
lleno a rebosar de extranjeros, y vieron a mi padre sentado tranquilamente a
una mesita, leyendo el periódico. Le reprocharon su grosería y volvieron a
salir, pero mi padre, me dijeron, daba la impresión de estar aturdido y como
ausente. Y así estuvo hasta la hora de la cena, hasta el punto de que lo
comentaron entre sí, convencidos de que mi padre estaba indispuesto. Decidieron
esperar a la mañana siguiente. Más no supieron decirme.
—Esa
historia podría confirmar la hipótesis de una amnesia transitoria.
Simona
Minescu pareció no haberlo oído.
—Hace
unos cuarenta días me enviaron desde Roma todos los objetos personales de mi
padre. En el bolsillo de la chaqueta encontré este trocito de papel enrollado.
Lo
sacó de un bolso muy grande y se lo entregó al comisario.
—¿Ve?,
es un billete del ATAC, sin usar. El ATAC son los autobuses de Roma —explicó en
tono de maestra de primaria.
—Lo
sé —dijo Montalbano, ligeramente ofendido.
—Mi
padre había escrito en él un número de teléfono. Lo apuntó él, no me cabe la
menor duda, los números son como los que él escribía. Tres, seis, uno, dos,
cuatro, siete, dos. Y después, mire, hay otro número, el siete, un poco
separado. Como si mi padre no lo hubiera entendido bien. Pero lo había
entendido.
—¿En
qué sentido?
—En
el sentido de que yo marqué el tres, seis, uno, dos, cuatro, siete, dos con el
prefijo de Roma y me contestaron enseguida. Es un hotel. ¿Y quiere saber una
cosa?
—Ya
que estamos, ¿por qué no? —contestó Montalbano en tono de leve guasa.
La
señora no captó la ironía o no la quiso captar.
—El
hotel está muy cerca del lugar donde descubrieron el cadáver de mi padre.
El
comisario aguzó el oído. La cosa estaba empezando a ponerse interesante.
—¿Cuándo
ocurrieron los hechos?
—Durante
la tarde o la noche del doce de octubre.
—Muy
bien. En la Jefatura Superior tienen las listas de todos los que...
Simona
Minescu levantó una mano huesuda y el comisario se interrumpió.
—Mi
marido, usted no lo sabe porque nadie se lo habrá dicho, es propietario de una
importante agencia de viajes. Y tiene muchos amigos.
—No
lo pongo en duda, señora. Pero no todas las personas que acuden a un hotel
viajan forzosamente a través una agencia.
—Por
supuesto que no. Pero yo tenía en la cabeza una cosa muy concreta.
—¿Se
quiere explicar mejor?
—Ahora
mismo, comisario. El siete que mi padre escribió no corresponde a la segunda
línea del hotel. Lo pregunté y me dijeron que solo tienen una. Lo cual
significa que nadie le dió ese número a mi padre: debió de oírlo y lo anotó,
sin estar muy seguro de haber entendido bien la última cifra. ¿Dónde podía
haber oído aquel número? Sólo en el bar, cuando se separó del grupo. Allí debió
de oír o ver algo que lo trastorno, como me dijeron los dos curas.
—¿Ha
comprobado las llamadas que hizo su padre desde el hotel?
—Sí.
.Desde las habitaciones del hotel Imperia, donde se alojaba mi padre, sólo se
puede llamar al exterior a través de la centralita. Únicamente consta la
llamada que me hizo a mí. Pero no me cabe duda de que llamó a alguien antes de
la cena.
—¿Como
puede estar tan segura?
—Me
lo dijo el padre Giacalone, uno del grupo. En el vestíbulo del hotel lmperia
hay dos teléfonos que funcionan con fichas. El padre Giacalone jura y perjura
haberlo visto en uno de aquellos teléfonos.
—Por
consiguiente, usted cree que su padre llamó al otro hotel... Por cierto, ¿cómo
se llama?
—Sant'Isidoro.
—Usted
piensa que llamó al hotel y preguntó por alguien para concertar una cita con
él.
—Exactamente.
Me puse a pensar sobre ese alguien. Mi padre era muy sociable y extravertido,
contaba a todo el lo que hacía y pensaba. ¿Por qué no les dijo nada a los curas
del grupo acerca de lo que había visto u oído en el bar? Porque era algo que lo
había trastornado.
—¿Qué
sabe de su padre? —preguntó de repente el comisario añadiendo de inmediato—: Me
refiero a algo que pudiera haberle ocurrido estando todavía en Rumama. ¿Sabe
algo?
Simona
Minescu lo miró con admiración.
—Es
usted tan hábil como me habían dicho, comisario.
—¿Le
pidió a su marido que averiguara si el doce de octubre se había alojado un
grupo de rumanos en el hotel Sant'Isidoro?
—Exactamente,
señor comisario, y la respuesta fue afirmativa.
—Volvamos
a la pregunta anterior.
—Como
ya le he dicho, mi padre huyó de Rumanía en mil novecientos cuarenta y cuatro,
tema diecinueve años, y, tras haber cruzado Yugoslavia, el Adriático, Apulia,
Calabria y el estrecho de Messina, se detuvo en Vigàta. Jamás me dijo ni por
qué ni cómo. Él, que era siempre tan abierto, se cerraba en cuanto alguien
hablaba de su vida en Rumania. A mí me dijo que su familia había sido
exterminada.
—¿Por
quién?
—Por
los hombres del general Antonescu, el primer ministro filonazi. Mi padre
consiguió eludir la detención. Había nacido y vivía en Deva, capital de la
región de Hunedoara, una población de apenas dieciséis mil habitantes. Todo el
mundo se conocía, era difícil esconderse. Pero mi padre lo consiguió. En mil
novecientos cuarenta y cuatro, Antonescu fue destituido y mi padre huyó. Jamás
me habló ni siquiera de su viaje, que debió de ser espantoso. Creo que quería
olvidarlo todo, o puede que el trauma sufrido le hubiera hecho perder
parcialmente la memoria. Por tanto, la deducción más lógica es la de que en
aquel bar de Roma vio a alguien que lo hizo retroceder violentamente en el
tiempo, hasta el punto de obligarlo a esconderse detrás de un periódico.
—Es
una explicación lógica, pero del todo improbable. Como posibilidad, quiero
decir. Ir a tropezarse precisamente ese día ya esa hora en un bar de Roma con
un paisano que...
—¿Se
atreve usted a excluirlo por completo?
Montalbano
lo pensó.
—Por
completo, no.
—En
tal caso, puedo seguir adelante sin peligro de que me tomen por loca. Partiendo
de esta suposición, he tratado de averiguar algo más. Y he hecho una cosa que
algunas veces había tenido la tentación de hacer, pero no me había atrevido.
—¿Qué
es?
—Buscar
entre los papeles de mi padre. En una carpeta manchada de grasa que guardaba en
un cajón de la cómoda, debajo de la ropa blanca. Había una fotografía
descolorida que mostraba a una pareja con dos niños, uno de los cuales era
indudablemente mi padre. Los otros debían de ser sus padres y Carol, el hermano
que le llevaba un año y que fue masacrado como ellos. Estaba también el
borrador de la solicitud de nacionalidad. El título de contable. El certificado
de matrimonio y el certificado de defunción de mi madre. Mi partida de
nacimiento. Y una hojita amarilla, escrita en rumano. Decía: «Para que conste
en el futuro. Los asesinos de mi familia son Anton Petrescu, Virgil Cordeanu,
Petre Lupescu y Cezar Pascaly; este último, coetáneo mío.» Seguía la frase:
«Juro por mi honor que ésta es la verdad», y la firma. Si mi padre afirmaba que
Pascaly era coetáneo suyo, significaba que los otros eran mayores que él. Por
tanto, el único de la lista que todavía quedaba vivo tenía que ser Cezar
Pascaly. Le pedí a mi marido que hiciera todo lo humanamente posible por
averiguar los nombres de los componentes del grupo de rumanos.
—Y,
como es natural, estaba el nombre de Pascaly.
—No,
comisario, no estaba.
—Pudo
haberse cambiado el nombre, pero su padre lo debió de reconocer.
—Yo
también lo pensé. Y me dije que, como no era posible llevar a cabo otras
investigaciones, lo mejor era aceptar la versión de los carabineros. A la
mañana siguiente, al despertar, eché un vistazo a la lista de nombres que había
dejado sobre la mesa de la cocina. Estaba en orden alfabético. Sólo entonces me
di cuenta de que había mirado exclusivamente bajo la letra P. Volví a empezar
por la A. Y, de pronto, me topé con uno de los cuatro nombres escritos por mi
padre: Virgil Cordeanu, de setenta y ocho años, nacido en Deva en mil
novecientos veinte. Viajaba en compañía de su hijo Ion, de cincuenta y tantos
años. Entonces reconstruí toda la terrible historia. En aquel maldito bar de
Roma mi padre reconoce a Cordeanu, uno de los carniceros que asesinaron a su
familia. De alguna manera, se entera del número del hotel donde se alojan sus
ex compatriotas. Lo anota. En aquel momento está demasiado trastornado para
hacer algo. Desde su hotel, llama antes de cenar al hotel donde se aloja
Cordeanu y pregunta por él. Hablan y conciertan una cita.
—¿Qué
cree usted que pretendía obtener su padre de aquel encuentro?
—Nada
de tipo material, puede estar seguro. Estoy convencida de que quería verlo para
preguntarle si estaba arrepentido o algo por el estilo. Si había confesado su
pecado. Pero creo que el que acudió a la cita no fue Virgil Cordeanu sino su
hijo Ion.
—¿Cree
usted que Ion tenía conocimiento del pasado de su padre?
—Puede
que sí. O el propio Virgil se lo reveló después de la llamada. En cualquier
caso, no dudó en eliminar a un peligroso testigo.
—¿Peligroso,
señora? ¿Tratándose de un viejo de setenta y ocho años?
—Olvida
usted, señor comisario, al coronel Priebke.
—Me
parece un caso distinto.
—Yo
también tuve esa duda. Descubrí que mi padre no representaba un peligro tanto
para Virgil Cordeanu cuanto para su hijo Ion. Éste fue enviado a la cárcel por
el gobierno filo comunista y posteriormente puesto en libertad como paladín de
la democracia para convertirse en un pez gordo de la política y de la economía
romanas en sólo diez años. Su padre, Virgil, siempre se mantuvo a la sombra y
consiguió que todo el mundo lo olvidara. Un escándalo habría puesto fin a la
brillante carrera política de Ion. ¿No le parece un buen motivo para matar a mi
padre?
Montalbano
tardó un poco en contestar. Contemplaba fascinado a la bella dama que estaba
sentada delante de él. Pensaba en su marido: en caso de que éste decidiera
ponerle los cuernos, ella lograría averiguar en un santiamén el nombre y
apellido, nombres del padre y la madre, estado civil, domicilio de la rival y,
de propina, incluso lo que declaraba de renta. Simona Minescu se ruborizó
intensamente bajo la penetrante mirada del comisario y entonces Clementina
Vasile—Cozzo comprendió que había llegado el momento de intervenir.
—¿Qué
le parece, señor comisario?
—El
razonamiento encaja. Pero usted, señora Simona, ¿qué quiere de mí exactamente?
—Justicia
—contestó simplemente Simona Minescu—. Tanto por lo que entonces hizo el padre
como por lo que ahora ha hecho el hijo.
—Será
un proceso muy largo y difícil. Pero, si usted me ayuda, lo conseguiremos,
ilustre colega —dijo Montalbano, levantándose e inclinándose en una profunda
reverencia.
«Mi
querido Salvo...» «Livia mía...»
Boccadasse,
2 de julio
Salvo,
amor mío:
Por
teléfono no he conseguido hablar porque estaba demasiado alterada. Una vez que
viniste a verme a Boccadasse viste de pasada a mi amiga Francesca. En Vigàta te
he hablado de ella muy a menudo. Me hubiera gustado mucho que os hubierais
conocido mejor y, cada vez que tú venías de Vigàta, la invitaba a casa, pero
ella se escabullía, se inventaba excusas y conseguía (excepto en aquella
ocasión) no verte. Llegué a pensar que estaba celosa de ti. Pero me equivocaba
estúpidamente. Al cabo de algún tiempo, comprendí que, si Francesca no quería
venir a Boccadasse cuando tú estabas aquí, era por delicadeza, por discreción;
temía molestarnos. Como quizá ya te he dicho, conocí a Francesca hace años en
el despacho, trabajaba en el departamento jurídico, y enseguida nos hicimos
amigas, a pesar de que ella era más joven que yo. Más adelante la amistad se
convirtió en afecto. Era una criatura extremadamente leal y generosa y en sus
ratos libres se dedicaba a tareas de voluntariado. Jamás me habló de ningún
hombre que le hubiera interesado especialmente. No bebía, no fumaba, no tenía
vicios. En resumen, una chica muy normal y tranquila, contenta con su trabajo y
amante de la vida en familia. Era hija única y vivía con sus padres. Iba a
pasar las vacaciones con ellos, como siempre. Tenían que embarcar en el
transbordador a las ocho de la tarde.
Ayer
por la mañana, Francesca se levantó como de costumbre a las siete y media,
desayunó e hizo las maletas para el viaje. Salió de casa sobre las diez y
media, le dijo a su madre que se quería comprar un bañador y alguna cosa más.
Regresaría a la hora de comer. Llevaba consigo un bolso muy grande, una especie
de saco. Los padres esperaron mucho rato antes de sentarse a la mesa. Después
empezaron a preocuparse. Hicieron varias llamadas: a mí también me llamaron,
pero Francesca y yo nos habíamos despedido la tarde del día treinta. También yo
me quedé intranquila; Francesca no sólo era puntual y metódica, sino que jamás
había hecho nada que pudiera inquietar a sus padres. Unas horas después llamé
yo a casa de los Leonardi. La madre de Francesca me dijo llorando que aún no
tenían noticias. Entonces cogí el coche y fui a verla. Nada más cruzar el
portal, la portera me llamó, muy alterada. La acompañaba un hombre de unos
cuarenta y tantos años y aspecto distinguido que se presentó como comisario de
la Brigada de Homicidios. Te aseguro que estuve a punto de desmayarme.
Enseguida me di cuenta, antes de que él dijera nada, de que algo irreparable le
había sucedido a Francesca. Me dijo, apretándome el brazo en una especie de
gesto afectuoso, que Francesca había muerto. Estaba diciendo que había sido un
accidente cuando yo lo interrumpí:
—Si
hubiera sido un accidente, usted no estaría aquí. ¿La han confundido con otra
persona, ha sido mala suerte?
Me
parecía y me sigue pareciendo imposible que alguien hubiera querido matarla
deliberadamente. Él me miró con atención y extendió los brazos.
—¿Ha
sufrido?
Creía
que evitaría mis ojos, pero, en lugar de eso, continuó mirándome fijamente.
—Por
desgracia, sí.
No
tuve valor para hacerle más preguntas. Pero él me seguía mirando y después,
casi tímidamente, me preguntó:
—¿Me
quiere ayudar?
Ya
en el ascensor, me hizo otra pregunta:
—¿A
qué se dedica usted?
Se
refería a mi trabajo, naturalmente. Yo le di una respuesta incongruente y, en
lugar de decirle que soy una empleada, me salieron de la boca estas palabras:
—Soy
la novia de un compañero suyo siciliano. Entonces, él me dijo que se llamaba
Giorgio Ligorio. Te ahorro el desconsuelo de la madre y del padre de Francesca.
Y el mío. Esperé en casa de los Leonardi a que llegaran los tíos de Francesca y
otros amigos a los que di el relevo. Ya estaba anocheciendo cuando regresé a
casa para tumbarme un poco en la cama. A las ocho de la tarde el teléfono
empezó a sonar: eran amigos, compañeros de trabajo, conocidos, todos
incrédulos. Fue un verdadero sufrimiento tener que hablar constantemente de
Francesca. Estaba a punto de desenchufar el teléfono cuando éste volvió a
sonar. Era el comisario al que había conocido por la tarde (me había pedido el
número). Quería hablarme de Francesca; se había percatado, mientras estaba conmigo
en casa de los pobres señores Leonardi, de la profunda amistad que nos unía. A
pesar del estado en que me encontraba, que ya te puedes imaginar, accedí a
recibirlo. La policía ha reconstruido los movimientos de mi desventurada amiga.
Primero entró en una farmacia cercana a su casa para comprar un colirio y
algunos medicamentos, y después cogió el autobús para dirigirse al centro
(tenía coche, pero no le gustaba demasiado conducir). Una vez allí, entró en
una tienda y compró un bañador. Quería también otro de un color distinto, pero
no lo tenían. Entonces se dirigió a pie a otra tienda, donde por fin lo
encontró. Todo esto lo han podido saber gracias a los tiquets de compra que
descubrieron en el bolso junto con los medicamentos y los bañadores. En el bolso
había de todo: documentos, el monedero (con casi cuatrocientas cincuenta mil
liras), la barra de labios... En resumen, el asesino no se apoderó de nada; por
tanto, la policía descarta que pueda ser un ladrón o un drogadicto en busca de
dinero para la dosis. Tampoco hubo intento de agresión sexual; su ropa
interior, a pesar de estar manchada de sangre, se encontraba en perfecto
estado. En cualquier caso, la autopsia aclarará los detalles. El comisario
quería conocer las costumbres, las aficiones, las amistades de Francesca. De
repente, me he dado cuenta de que aún no conocía ciertos detalles del
homicidio, de los cuales él tampoco me había hablado. «¿Dónde ocurrió?» Me ha
dicho que el cadáver se descubrió en el lavabo de una escuela nocturna privada,
la Mann, en la que hasta hace unos diez días Francesca estaba siguiendo un
curso de alemán. La escuela había acabado las clases el 25 del mes pasado y
estaba cerrada por vacaciones. Ligorio me ha explicado que Francesca entró en
la escuela (ocupa los tres pisos de un chalet rodeado de un pequeño jardín)
porque encontró la verja o la puerta abiertas, pues unos obreros estaban
llevando a cabo unas obras de reforma. No había nadie del personal
administrativo, todos se encontraban ya de vacaciones. Francesca debió de
llegar a la Mann poco después de las doce del mediodía: en aquel momento, los
cuatro obreros estaban almorzando en la parte de atrás del chalet, donde hay un
cenador. Por consiguiente, no pudieron ver a Francesca entrar y subir a los
lavabos del tercer piso, donde están las oficinas, pero no las aulas. Al llegar
a este punto, el comisario me ha preguntado si cabía la posibilidad de que
Francesca se hubiera citado con alguien en el interior de la escuela, quizá con
algún compañero o alguna compañera de clase. Le he contestado que no me parecía
probable, entre otras cosas porque yo sabía por mi amiga que la escuela estaba
cerrada. Pero se me ha ocurrido una idea y le he preguntado a qué distancia se
encontraba la Mann de la última tienda que Francesca había visitado. Me ha
contestado que a un centenar de metros. Entonces, con cierta vergüenza, le he
revelado a Ligorio una curiosa fobia de Francesca: le resultaba imposible usar
el lavabo de un lugar en el que no hubiera estado otras veces. En resumen, no podía
utilizar los servicios de los bares, los restaurantes o los trenes. Lo cual,
según me había comentado una vez, le causaba muchas molestias, pero ella era
así y no podía evitarlo. Entonces he aventurado la hipótesis de que Francesca,
al pasar por delante de la verja del instituto, la viese abierta. Entró, subió
al tercer piso, donde está el lavabo menos utilizado (y, dado el cierre
estival, absolutamente solitario), y allí se encontró con su asesino. A Ligorio
le ha llamado la atención esta hipótesis. Poco después se ha ido. Y yo he
empezado a escribirte esta carta que ahora interrumpo. Los periódicos ya deben
de estar en los quioscos. Tengo mucho frío a pesar de que, a primera hora de la
mañana, el día se anuncia sereno y creo que caluroso. Hasta pronto.
Querido
Salvo, son las nueve de la mañana y reanudo la escritura de esta carta ahora
que ya me encuentro un poco mejor. Me he sentido muy mal. Nada más comprar los
periódicos, me he puesto a leerlos allí mismo, delante del quiosco. No he
conseguido terminar el primer artículo. El quiosquero ha visto que me
tambaleaba, ha salido corriendo y me ha ofrecido su silla. Los detalles son
horribles. A Francesca le asestaron nada menos que cuarenta navajazos, se
defendió como demuestran las especiales heridas de sus manos, debió de gritar,
pero todo fue inútil. No me siento con ánimos para escribirte nada más. Te
envío a través de una agencia la carta y los recortes. Mañana lo recibirás
todo. Llámame.
Con
todo mi amor,
Livia
Vigàta,
5 de julio
Livia
mía:
Anoche,
por teléfono, comprendí por lo que me dijiste que las primeras filtraciones de
la autopsia hacían que el tono de todo lo ocurrido resultara menos lúgubre que
al principio, aunque no alterara en absoluto el horror. No fue violada y casi
con toda seguridad el asesino no tenía intención de matarla. El hecho de que la
vejiga estuviera completamente vacía (discúlpame la necesidad del detalle)
respalda tu hipótesis: Francesca, al ver que la verja del instituto estaba
abierta, subió al tercer piso del chalet, donde le constaba la existencia de un
lavabo más aceptable para ella. Y allí tuvo un inesperado encuentro mortal. He
seguido a través de la prensa y la televisión todas las noticias sobre el caso.
No me lo pides directamente, pero he comprendido tu deseo: quisieras que yo me
encargara del caso. Quizá sobrevaloras mi capacidad. El hecho de saber por qué
y por quién ha sido asesinada Francesca significaría para ti encajar algo que
te parece insensato y absurdo dentro de los tranquilizadores límites de la «comprensión».
Sólo para ayudarte en este sentido, voy a hacer algunas consideraciones
generales. Perdona la frialdad, perdona las palabras que utilizaré: una
investigación no puede tener en cuenta en modo alguno las ofensas a la
sensibilidad o a las buenas maneras. Anoche me dijiste que mi colega Ligorio,
que quiso hablar contigo, te preguntó si me habías escrito o hablado del
asesinato de Francesca, y, ante tu respuesta afirmativa, quiso saber qué era lo
que yo pensaba. Tú dices que percibiste en su tono de voz una especie de
petición de colaboración. O, por lo menos, que mi ayuda no le disgustaría.
¿Estás segura de no atribuirle a Ligorio un deseo que es exclusivamente tuyo?
He hecho averiguaciones: mi compañero es joven, inteligente, competente y justamente
apreciado. En cualquier caso, me tienes a tu disposición en lo poco que puedo
hacer.
Hacia
las doce y diez del mediodía, cuando los cuatro obreros que trabajan en el
chalet están en el cenador de la parte trasera haciendo la pausa del almuerzo,
que empieza a las doce, Francesca cruza la verja sin que nadie la vea, sube la
escalera (me pareció entender que no hay ascensor), entra en el lavabo de
señoras, que está vacío, y cierra la puerta del cubículo. La instalación consta
de dos espacios: una sala grande con un lavabo y un aparato de aire caliente
para secarse las manos (he visto las imágenes en la televisión), y un cubículo
con un excusado cuya puertecita se cierra por dentro. Francesca permanece en el
cubículo el mínimo indispensable (un par de minutos como máximo) y después hace
dos cosas simultáneamente: tira de la cadena y abre la puerta. Si hubiera
tirado de la cadena antes de abrir la puerta, es probable que aquellos pocos
segundos le hubieran salvado la vida. Porque, y de esto estoy casi seguro, de
la misma manera que Francesca ignora que alguien ha entrado en la sala
exterior, el asesino (que aún no sabe que en eso se convertirá) ignora que allí
dentro hay una persona. Si hubiera oído el rumor del agua que bajaba, tal vez
habría huido o ni siquiera habría entrado en los servicios. En lugar de eso, se
quedó momentáneamente paralizado al ver surgir a una persona de la nada. La
sorpresa de tu pobre amiga no debió de ser menor.
Algunos
periodistas han aventurado la teoría de un maniaco que, tras haberse tropezado
casualmente con Francesca por la calle, la siguió y, ante la desesperada
resistencia de la chica, la mató. Aparte del hecho de que no se ha observado
ningún intento de violación (en las bragas y el sujetador no se observa la
menor señal de tirones, sólo los cortes producidos por el cuchillo), esta
hipótesis no se sostiene ante el carácter absolutamente casual de la elección
de Francesca: ella sabía que aquellos días el instituto no estaba en plena
actividad, pero quien no podía saberlo era el agresor. El cual, nada más entrar
en el chalet, habría atacado inmediatamente a la víctima sin darle tiempo a
subir hasta el tercer piso, esperar pacientemente a que hiciera sus necesidades
y atacada a continuación. ¡Venga ya! ¡Había aulas vacías en todos los pisos! Un
violador sabe que dispone de muy poco tiempo; podría llegar alguien y obligarlo
a soltar a su presa. No, la hipótesis del maniaco no encaja. En mi opinión, el
asesino es un conocido de tu amiga, la cual lo sorprendió haciendo algo que no
debía. Lo que ella le vio hacer (o a punto de hacer) habría constituido para él
un daño irreparable si se hubiera divulgado. Mira, Francesca recibió más de
cuarenta navajazos, tiene cortes en las manos causados por su intento de
desviar la hoja, y muchas heridas se produjeron después de la muerte. Francesca
debió de gritar desesperadamente, pero el asesino la siguió acuchillando sin
piedad, casi con odio. Es la tipología del delito pasional, pero en nuestro
caso el asesino se ensaña con la chica, la tortura, por otro impulso pasional:
el odio hacia quien lo está obligando a convertirse en asesino.
Otra
cosa: el arma utilizada, dicen, tiene que haber sido un cuchillo de unos
treinta centímetros de longitud y una anchura inferior a dos. Dadas las
dimensiones, más bien cabe pensar en un estilete afilado por ambos lados que en
un cuchillo propiamente dicho. Además, puesto que el delito no se cometió en
una vivienda en cuya cocina se hubiera podido encontrar un objeto de este tipo,
se deduce que el asesino llevaba el arma consigo. Pero si Francesca no ha sido
asesinada por un maniaco (que habría podido llevar un arma semejante para
silenciar a la víctima tras haber abusado de ella), ¿qué objeto puede haber en
el interior de una escuela similar a un estilete? Yo sé lo que puede ser, pero
quisiera que Ligorio llegara por su cuenta a la misma conclusión.
Otro
punto: seguro que el asesino se manchó profusamente de sangre la ropa que
llevaba. Las imágenes que he visto muestran sangre por todas partes, en las
paredes y en el suelo. En semejantes condiciones y a aquella hora, el asesino
no habría podido bajar a la calle sin llamar la atención. Tuvo necesariamente
que cambiarse de ropa. Pero no en la sala exterior del lavabo. ¿En un despacho
vacío? ¿Cómo es posible en tal caso que no se hayan encontrado huellas de
suelas manchadas de sangre en el pasillo? ¿O tal vez sí se han encontrado, pero
la policía no quiere revelar este dato tan importante?
Mi
querida Livia, lo que he deducido hasta el momento acaba aquí. Si lo consideras
oportuno, díselo todo a Ligorio.
Desearía
con toda mi alma estar junto a ti. Pero tú todavía no te sientes con ánimos
para dejar a los padres de Francesca y yo estoy encadenado a Vigàta por culpa
de una investigación que me está causando muchos quebraderos de cabeza y cuya
solución no vislumbro todavía.
¿Qué
le vamos a hacer? Tengamos paciencia, como tantas otras veces.
Con
todo mi amor,
Salvo
Sigo
tu ejemplo y envío esta carta a través de una agencia.
Boccadasse,
8 de julio
Salvo
querido:
Ayer
volví a ver a Giorgio Ligorio. Le expliqué con toda claridad, o papale papale
como tú dices, lo que tú me contabas. Me pareció que lo esperaba. Se mostró muy
interesado y me pidió que le repitiera algunas de tus observaciones. Confirma
lo que tú suponías: el arma está, afilada por ambos lados y es un verdadero
estilete. El también cree que el asesino se vio obligado a cambiarse de ropa.
Pero ¿cómo lo hizo? ¿Y dónde? Si el crimen fue enteramente casual, ¿cómo es
posible que el asesino anduviera por ahí con una camisa, una chaqueta y unos
pantalones de recambio? ¿Y de dónde sacó el arma del crimen? Seguramente la
llevaba consigo. Si así fuera, dice Ligorio, estaríamos en presencia de un
homicidio premeditado. Pero muchos detalles obligan a descartar esta tesis.
Tuve la impresión de que Ligorio estaba perdido. En cuanto a tu pregunta acerca
de posibles huellas de suelas manchadas de sangre, Ligorio me ha revelado que
el asesino, una vez cometido el delito, limpió cuidadosamente el suelo del
pasillo, utilizando una bayeta y un cubo que se encontraban totalmente a la
vista al lado de la puerta de los servicios. Los había usado el vigilante a
primera hora de la mañana, pues había mucho polvo por todas partes a causa de
las obras. Sin embargo, a pesar de la limpieza, y justo donde el suelo forma
ángulo con la pared, se encontró una huella muy borrosa de un pie descalzo. Uno
de los obreros reconoció haber trabajado un día sin el zapato derecho, pues le
había caído encima un trozo de hierro y se le había hinchado el pie. Sus compañeros
confirmaron el dato. Pero los cuatro obreros aseguran no haber tenido necesidad
de entrar en ningún momento en el servicio de señoras. Ellos usan el de
caballeros, que se encuentra precisamente en la zona del pasillo en la que
están trabajando.
Para
que se te haga más clara la situación: el pasillo del tercer piso, al que dan
los despachos, la biblioteca y los dos lavabos, tiene exactamente la forma de
una ele mayúscula. Al servicio de señoras se accede a través de la puerta del
lado más largo, y, al de caballeros, a través de la puerta del lado más corto.
Ahí están trabajando los obreros, derribando dos tabiques para obtener un
espacioso salón. Ten en cuenta que la escalera de acceso al piso está situada
hacia la mitad del lado más largo de la ele. Por consiguiente, aunque los
obreros hubieran estado trabajando, es posible que no hubieran visto llegar a
Francesca, pero, en tal caso, habrían oído sus gritos, entre otras cosas porque
no utilizan herramientas muy ruidosas.
Ligorio
me explicó también con todo detalle cómo se descubrió el crimen. Por pura
casualidad. Si esta casualidad no se hubiera producido, la pobre Francesca
habría permanecido en aquel horrendo lugar quién sabe cuánto tiempo, puede que
hasta la reapertura de los despachos a finales de agosto (los cursos empiezan,
sin embargo, en octubre). El asesino, antes de abandonar el escenario del
delito, se lavó obsesivamente las manos y dejó todo el suelo lleno de agua; en
efecto, cerca del lavabo la sangre y el agua se mezclaron. Pero olvidó cerrar
el grifo. El vigilante, que estaba de servicio para abrir la escuela a las
siete de la mañana y volverla a cerrar a las seis de la tarde tras la salida de
los obreros, llegó con antelación a las tres y media de la tarde. Quería
entregarle las llaves al jefe de los obreros y decirle que no podría encargarse
del cierre de la tarde ni de la apertura a la mañana siguiente porque su mujer
estaba ingresada en el hospital. Al llegar al rellano del tercer piso, el
vigilante oyó con toda claridad que el agua del lavabo de señoras estaba
corriendo. Puesto que por la mañana había llenado el cubo para fregar, pensó
que se había dejado el grifo abierto. Entró, vio el cuerpo de Francesca y se
puso a gritar sin poder dar ni un paso. Entonces acudieron los obreros. Uno de
ellos derribó de un empujón la puerta de la dirección, que estaba cerrada con
llave, y llamó a la policía.
Eso
es todo lo que me ha dicho tu compañero, que me parece una persona muy sensata
y extremadamente inteligente. Tiene la misma edad que yo.
Tú
sigue pensando en este crimen que me ha dejado destrozada.
La
madre de Francesca se encuentra muy mal y necesita constantes cuidados: por la
noche me releva una enfermera. El padre está como atontado: sigue haciendo lo
mismo que de costumbre como si nada hubiera ocurrido, pero se mueve de una
manera muy rara, muy despacio.
Lamento
que nuestras vacaciones, programadas desde hacía tanto tiempo, hayan terminado
de esta manera. Por otra parte, tú tampoco te podías mover. Paciencia.
Te
llamo esta noche.
Te
mando un beso con mucho cariño,
Livia
¿Seguro
que no puedes venir? ¿Ni siquiera un día? Te echo de menos.
Vigàta,
10 de julio
Mi
querida Livia:
Creo
que ahora tengo una visión más exacta de lo ocurrido.
El
caso es que me he desviado demasiado a causa de un falso problema: ¿cómo se las
arregló el asesino para ir por ahí con la ropa empapada de sangre sin que a
nadie le llamara la atención? Con este calor que hace, todos procuramos vestir
prendas claras y ligeras; además, resulta impensable que el asesino llevara un
impermeable con el que cubrir en parte la ropa manchada.
Lo
que me ha guiado hacia el camino correcto ha sido la huella semiborrada del pie
descalzo, la que se dirigía hacia el lavabo. Si Ligorio interrogó a este
respecto a los obreros, quiere decir que se trataba de un pie inequívocamente
masculino.
Además,
hay que tener en cuenta el factor tiempo. El asesino tarda unos cuantos minutos
en matar a Francesca, se lava (no sólo las manos, como te explicaré a
continuación) y después friega cuidadosamente el pasillo. Por otra parte, no le
preocupan demasiado los desesperados gritos de la víctima. ¿Por qué experimentó
la necesidad de limpiar sólo el pasillo y no la sala exterior del lavabo? A mi
juicio, no tanto para borrar las huellas de su paso cuanto para impedir que los
investigadores siguieran el recorrido de dichas huellas. Si mi hipótesis es
cierta, las huellas no pueden conducir más que desde el baño a .uno de los
despachos que dan al pasillo.
Por
consiguiente, el homicida es un empleado de la escuela que conoce muy bien la
duración de la pausa de los obreros. Sabe que dispone de una hora para actuar
sin que nadie lo moleste.
Pero
¿por qué mató?
Me
atrevo a hacer una conjetura. Hay un empleado que aprovecha la pausa del
almuerzo para recibir a escondidas a alguien con quien mantiene una relación. A
alguien que, evidentemente, no es una mujer: la huella del pasillo es la de un
hombre. Aquel maldito día el empleado de la escuela recibe a su amigo.
Seguramente ya lo ha hecho otras veces y, hasta ese momento, todo ha ido bien.
Hace mucho calor, se encierran en el despacho y se quitan la ropa. En
determinado momento, ocurre algo entre ellos (¿una pelea? ¿un juego erótico?),
que hace que el amigo abra la puerta del despacho y eche a correr desnudo por
el pasillo hacia el lavabo de señoras. El empleado, también completamente
desnudo, lo persigue blandiendo un abrecartas (el estilete). Cuando ambos se
encuentran en la sala exterior del lavabo, aparece inesperadamente Francesca.
Tu amiga conoce sin duda al empleado y se queda paralizada por el asombro. Es
sólo un momento: temiendo haber sido descubierto (se ve que mantenía
rigurosamente oculta su homosexualidad y respetaba la idea burguesa del
«decoro»), el empleado pierde literalmente la cabeza y ataca instintivamente a
Francesca. Entre tanto, el amigo sale corriendo, regresa al despacho y huye. El
empleado sigue atacando a la víctima y Francesca grita, pero el hombre sabe que
nadie la puede oír. Cuando ha descargado su odio, se lava cuidadosamente todo
el cuerpo (por eso cae tanta agua del lavabo), recorre nuevamente el pasillo,
entra en el despacho y se viste.
Es
aquí donde nos habíamos equivocado: en la suposición de que el asesino se había
cambiado de ropa.
Una
vez vestido, borra las huellas del pasillo, sale tranquilamente del edificio, y
listo.
¿Es
posible que Giorgio Ligorío no haya llegado a las mismas conclusiones que yo?
¿O acaso sólo desea mi confirmación?
Perdóname,
amor mío, si he sido demasiado explícito y burocrático en esta carta. Pero la
maldita investigación me roba todo el tiempo.
Cuánto
desearía estar en tu casa de Boccadasse y estrecharte fuertemente entre mis
brazos. ¿Cómo están los padres de Francesca?
Es
la una de la madrugada, te escribo sentado en la galería, brilla la luna y el
mar es una balsa de aceite. Estoy casi por darme un chapuzón.
Te
mando un beso con cariño,
Salvo
Boccadasse,
13 de julio
Salvo
querido:
Como
sin duda habrás sabido por la televisión y la prensa, has acertado. Mientras
tanto, Giorgio había llegado a las mismas conclusiones que tú. El asesino es
Giovanni de Paulis, director administrativo de la escuela. De conducta
intachable, pedante, tremendamente severo. Ahora recuerdo que Francesca me
había dicho que lo llamaban Giovanni el Austero. Su compañero en aquel trágico
día es un chico conocido en los ambientes gays. Se ha dado a la fuga, pero
Giorgio me dice que su captura es sólo cuestión de horas.
Estoy
muy triste, Salvo, amor mío, muy triste porque mi amiga ha muerto a manos de un
imbécil por culpa de una estúpida historia. Entre otras cosas, Francesca era
famosa por su extremada discreción; jamás habría comentado las inclinaciones
sexuales del director administrativo. La madre de Francesca está un poco mejor.
Pero
ahora soy yo la que se resiente de la tensión de estos días tan terribles.
Por
suerte, Giorgio ha estado muy pendiente de mí y ha procurado por todos los
medios que las horas me resultaran menos duras.
¿De
veras no puedes venir?
Te
mando un beso con cariño,
Livia
«¿Giorgio?
Pero ¿cómo, lo llama Giorgio? Hasta hace un par de días era el comisario
Ligorio, ¿y ahora lo trata de tú? Pero ¿qué coño es eso? ¿Y qué quiere decir
con eso de que la consuela?»
INTENTADO
INFRUCTUOSAMENTE LOCALIZARTE POR TELÉFONO TE COMUNICO HE RESUELTO
BRILLANTEMENTE CASO QUE ME OCUPABA MAÑANA ESTARÉ AEROPUERTO GÉNOVA 14 HORAS
BESOS
SALVO
La
traducción de Manzoni
¡Dottori,
todas las bodas se han ido al carajo! —dijo a través del teléfono la alterada
voz de Catarella.
Montalbano,
medio atontado, miró el reloj; eran las siete de la mañana. Había pasado una
noche llena de pesadillas espantosas (en una especie de guerra de las galaxias
de estar por casa, lo habían ascendido, entre otras cosas, a jefe superior de
la policía interplanetaria) por culpa de unas sardinas a beccafico que se había
zampado indecentemente la noche anterior, y, como consecuencia de ello, no se
podía decir que se encontrara en inmejorables condiciones. No había entendido
ni torta de lo que le había dicho Catarella, el cual estaba ahora un poco
preocupado por el silencio de su jefe:
—Dottori,
¿qué hace, se ha ido?
—No,
Catarè, todavía estoy aquí. Procura ser un poco más claro.
—¿Más
claro que eso? Si quiere, le repito palabra por palabra lo que le he dicho:
todas las bodas...
—Déjalo,
Catarè. Llama al subcomisario Augello o a Fazio y cuéntaselo. Nos vemos
después.
Colgó,
pero ya se había desvelado sin remedio. Se levantó de la cama y miró a través
de la ventana. Un día despejado como Dios manda. Se puso el bañador, bajó de la
galería, recorrió lentamente la playa y se metió en el agua. Estaba tan helada
que casi le dio un síncope.
Pero
le despejó la cabeza.
Hacia
el mediodía le vino de nuevo a la mente la misteriosa llamada de Catarella y
sintió curiosidad. Llamó a Mimì Augello.
—Mimì,
¿tu sabes algo de unas bodas que se han ido al carajo?
—¿Por
qué, tú no? No pasa ni un día sin que alguna pareja que conocemos se separe.
¿Te acuerdas de...?
—Mimì,
no me refería a eso. ¿Sabes por qué me ha llamado Catarella esta mañana? No he
entendido nada.
—Catarella
no ha hablado conmigo. Te paso a Fazio.
—Fazio,
¿por casualidad Catarella se ha puesto en contacto contigo esta mañana?
—Sí,
señor comisario. Una chorrada.
—No
me cabía la menor duda. Dime de qué se trata.
—Esta
mañana el señor Crisafulli, que es funcionario del Registro Civil, al regresar
a casa de hacer la compra, ha visto que el tablón de anuncios que hay al lado
de la entrada del Ayuntamiento ya no estaba.
—¿Y
qué? Lo habrá colocado dentro algún otro funcionario.
—No,
señor. Es el tablón de las notificaciones matrimoniales. Tienen que estar
expuestas día y noche durante todo el período que marca la ley.
—A
ver si lo entiendo.
—Señor
comisario, cuando dos se quieren casar, van al Ayuntamiento y el funcionario
del Registro Civil levanta una especie de acta, que se llama amonestación, y la
expone en el tablón de anuncios. De esta manera, todo el mundo se entera del
matrimonio y, si hay algún impedimento, lo puede decir a tiempo. Si las
amonestaciones no permanecen expuestas durante todo el tiempo establecido, la
boda no se puede celebrar en la fecha prevista. Hay que volver a redactar el
acta, pero es necesaria una autorización del juez.
—Entiendo.
Creo. Pero ¿por qué has dicho que es una chorrada?
—Porque
es así, en el fondo. Como máximo, se producirá un retraso, habrá que volver a
fijar la fecha y enviar de nuevo las invitaciones... Una molestia muy grande,
pero un daño relativamente escaso. Ha sido una machada de algún chaval que se
había fumado demasiados porros, señor comisario.
Para
ir a la trattoria San Calogero tenía que pasar necesariamente por delante del
Ayuntamiento, un edificio con una especie de pórtico de ocho columnas. Miró
hacia la entrada y vio que al lado había un tablón de anuncios con algunas
hojas fijadas en él. Se acercó para leer algunas y, en aquel momento, salió el
señor Crisafulli, que se iba a su casa para la pausa del almuerzo. Se conocían.
—¿Todo
bien? —le preguntó Montalbano, señalando el tablón de anuncios.
—Sí,
señor comisario. He ido a Montelusa y el juez ha concedido de inmediato su
autorización para que se exponga una copia. Por suerte, las amonestaciones sólo
eran nueve; ya no es época de bodas, empieza a hacer demasiado calor.
—Tengo
una curiosidad: ¿las nueve parejas se tenían que casar todas el mismo día?
—¡No,
por Dios! Cada acta tiene su fecha y, por tanto, un vencimiento distinto.
—Una
última pregunta y dejo que se vaya a comer. Si el juez no hubiera dado
inmediatamente su autorización, ¿qué habría ocurrido?
—Pues
que habríamos tenido que volver a convocar a los prometidos y volver a redactar
las actas. Un retraso de una semana por lo menos.
* *
*
Al
día siguiente, el comisario volvió a seguir el mismo camino para ir a comer a
la trattoria, pues su asistenta Adelina tenía la gripe y no le había podido
dejar la comida preparada en el frigorífico. Al pasar, miró por debajo del
pórtico del Ayuntamiento y vio que el tablón de anuncios permanecía en su
sitio; nadie lo había tocado durante la noche. Llegó a la conclusión de que
Fazio estaba en lo cierto: una machada de chavales ciegos de vino y porros.
Tuvo
que cambiar de opinión dos horas después cuando Galluzzo se presentó en su
despacho para hablar con él en privado.
—Se
trata de un asunto de mi sobrino.
La
mujer de Galluzzo estaba loca por aquel sobrino de dieciséis años, Giovanni,
que lo único que quería era correr con su ciclomotor con sus amiguetes, fumar
porros y después tirarse horas y horas contemplando la acera. En cambio,
Galluzzo no lo podía aguantar.
—¿Ha
hecho alguna trastada?
—No,
señor comisario. Pero me ha dicho una cosa muy rara. Hoy el señorito se ha
dignado venir a comer a casa de su tía, que siempre encuentra la manera de
meterle cincuenta mil liras en el bolsillo. Le estaba contando a mi mujer la
historia del tablón de anuncios y diciéndole que, en mi opinión, habían sido
los coleguis de Giovanni los autores de la broma, cuando él ha afirmado que las
cosas no eran así. «¿Y cómo son?», le he preguntado yo. Entonces él me ha dicho
que la otra noche él fue el último en abandonar la plaza del Ayuntamiento.
Debían de ser las dos. Ya había llegado con el ciclomotor a su casa, cuando
recordó que se había dejado los cigarrillos en el banco. Volvió atrás y vio a
un hombre que acababa de desclavar el tablón de anuncios de la pared y lo
estaba introduciendo en un coche.
—¿Uno?
—Sí,
señor, uno. Un cincuentón más bien grueso. Volvió a subir al coche y se fue.
—¿Vio
la matrícula?
—No
la recuerda.
—¿Por
qué no vino él mismo a contarme la historia?
—Dejémoslo
correr —dijo Galluzzo. Lanzó un suspiro, hizo una pausa y añadió—: Cualquier
día de éstos vendrá a la comisaría. Esposado.
Si
un cincuentón roba el tablón de anuncios, quiere decir que tiene sus motivos
para hacerlo, que no se trata de un capricho pasajero.
—Mira,
Galluzzo, me tienes que hacer un favor. Ve a pedirle al señor Crisafulli en mi
nombre nueve impresos de amonestaciones en blanco y hazme una copia exacta de
las actas expuestas.
Al
cabo de dos horas de paciente trabajo, Montalbano consiguió hacer una especie
de copia resumida de las amonestaciones que le había llevado Galluzzo.
Gaetano
Palminteri, de cincuenta años, iba a casarse en segundas nupcias, pues era
viudo, con Teresa Gamberotto, de diecinueve años («eso son cuernos seguros»);
Gerlando Cascio, de treinta años, se casaría con Ulrike Roth, alemana, de
veintiocho años («él, un emigrante, en lugar de llevar dinero a casa, ha
preferido llevar a una mujer forastera»); Alfonso Serraino, de treinta y dos
años, con Filippa di Stefano, de cuarenta años, viuda («ésta tiene miedo de
acostarse sola en la cama»); Matteo Interdonato, de sesenta y siete años, con
Marianna Costa, de sesenta y cinco años («¿a que será verdad que el corazón no
envejece jamás?»); Stefano Capodicasa, de treinta años, con Virginia Umile, de
veintiocho años («si no tienes una mujer virginal y humilde, ¿cómo puedes ser
cabeza de familia?»); Cosimo Pillitteri, de cuarenta y cinco años, viudo, con
Agatina Tuttolomondo, de cuarenta y cinco años («él se ha quedado viudo y se
quiere volver a casar, quizá por los hijos»); Salvatore Lumia, de treinta años,
con Djalma Driss, tunecina, de veintiocho años («a ver si tenéis un montón de
hijos y se termina de una vez este rollo del racismo»); Alberto Cacopardo, de
veintinueve años, con Giovanna la Rosa, de veinticinco años («nada que
objetar»); Davide Cimarosa, de treinta años, con Donatella Golia, de treinta
años («pero ¿cómo?, David, en lugar de matar a Goliat, ¿se casa con él?»).
La
lista había terminado y el comisario se avergonzó de haber hecho comentarios
sobre los matrimonios, pensando en chorradas. De toda la lista, dos eran los
casos que llamaban la atención: el del cincuentón que se casaba con una chica
treinta y un años más joven que él y el de la viuda Di Stefano que se casaba
con un chaval ocho años menor.
—¡Salvo,
tienes mentalidad de viejo! —exclamó Mimì.
Augello
cuando Montalbano le reveló el resultado de su investigación—. ¿Quién te dice a
ti que un matrimonio entre un hombre y una mujer con cierta diferencia de edad
tenga necesariamente que acabar mal o esconder cualquiera sabe qué? Y, además,
¿por qué te has tomado tan en serio este asunto del tablón de anuncios?
—Porque
un adulto no lo hace desaparecer sin un motivo concreto.
—De
acuerdo, ¡pero si hasta el señor Crisafulli te ha explicado que no habría
tenido prácticamente ninguna consecuencia!
—Examina
la cuestión desde otro punto de vista, Mimì. A mi juicio, el que ha hecho
desaparecer el tablón quería decir algo.
—¿A
las nueve parejas?
—No,
sólo a una de ellas. O quizá sólo a él o sólo a ella. Sin embargo, si hubiera
roto el cristal y se hubiera llevado la única amonestación que le interesaba,
nos habría sido más fácil averiguar el porqué, habría sido algo así como
ponerle la firma. Por eso se ha tenido que llevar el tablón de anuncios entero.
—¿Y
cuál es la interpretación de todo esto?
—Está
en la traducción al siciliano de una frase de Los novios. ¿Lo has leído alguna
vez?
—Lo
estudié en la escuela y tuve suficiente —contestó Mimì, mirándolo
desconcertado—. ¿Cuál es la frase?
—Este
matrimonio no se tiene que celebrar.
Pero
¿cuál de los nueve? Ahí estaba el quid de la cuestión. Aunque sólo fuera para
conferir cierta lógica a la investigación, decidió seguir el orden cronológico
de las fechas de vencimiento de los plazos, es decir, empezar por los que
corrían un peligro más inmediato, si es que había tal. Convocóa Fazio, Gallo y
Galluzzo.
—Disponéis
de cuatro días de tiempo. Después me tendréis que facilitar información
exhaustiva acerca de estas seis personas que se casan. —Les entregó las actas
de las amonestaciones—. Que cada uno se encargue de una pareja. Decididlo
vosotros.
—Pero
¿qué desea usted saber en concreto? —preguntó Fazio en nombre de todos.
—Quiénes
son. Si tienen antecedentes de cualquier clase. Por qué se casan. Qué se dice
en el pueblo de cada uno de ellos y de su boda. Quiero saberlo todo, incluso
las habladurías, incluso si han tenido la escarlatina.
Mimì
Augello soltó una carcajada. «Éste —pensó— lo que quiere es saber por qué se
casa un hombre. Quizá de esta manera se anime a casarse con Livia.» Sin
embargo, se guardó mucho de decírselo a Montalbano.
Cuatro
días después, el primero que le fue a entregar el resultado de sus
investigaciones fue Galluzzo.
—Señor
comisario, ¿qué quiere que le diga? A mí parece una cosa muy normal. Todo el
mundo dice que este Cosimo Pillitteri es una bellísima persona. Vende pescado
en el mercado, hace dos años se quedó viudo porque la mujer se le murió de un
tumor. Tiene dos hijos varones, uno de diez anos y otro de ocho, y el no los
puede cuidar... Por eso se casa con Agatma Tuttolomondo, una mujer de su casa
que era amiga de su esposa. No veo nada extraño.
Eso
el comisario ya lo había pensado mientras elaboraba la lista de las parejas. Y
se felicitó por su intuición. En cambio, el informe de Fazio desmintió sus
ácidas conjeturas.
—Esta
Filippa di Stefano, la viuda de cuarenta años, es cierto que se casa con
Alfonso Serraino, que tiene ocho años menos que ella. Pero, señor comisario, la
cuestión no es como uno se la imagina.
—¿Tú
qué habías imaginado?
—Una
viuda rica que se compra un hombre más joven.
—Pues
¿qué es?
—Señor
comisario, Alfonso Serraino, a causa de un accidente de circulación que sufrió
hace unos diez años, se quedó paralítico y está clavado a una silla de ruedas.
Lo cuidaba su madre, pero ocurrió que su madre...
—Ya
basta —dijo Montalbano, pidiéndole mentalmente perdón a la viuda Di Stefano.
Gallo
desmintió otra de sus conjeturas.
—Gerlasco
Cascio trabaja desde hace ocho años en Düsseldorf, como camarero de un
restaurante en el que conoció a Ulrike Roth, con la que ahora se casa. Después,
una vez casados, regresarán a Alemania en compañía de Calogero y Umberto,
hermanos de Gerlando. Trabajarán todos en la cadena de restaurantes de la que
es propietaria Ulrike Roth.
Se
fue a dormir casi decidido a dejar correr el asunto de las amonestaciones
matrimoniales. Algunas veces, cuando se emperraba en algo, su cabeza se volvía
más dura que la de un calabrés. Todo aquello tenía que ser lo que le había
dicho Fazio; Una bobada. Y, si no había sido un chaval sino un hombre adulto,
paciencia. A lo mejor lo había hecho por una apuesta estúpida. Durmió bien y,
cuando sonó el teléfono a las siete de la mañana, ya estaba listo para salir de
casa.
—¡Oiga!
¡Oiga! Dottori? ¡Han disparado contra las bodas!
La
señora Assunta Pezzino, cuyo dormitorio estaba justo delante del Ayuntamiento,
declaró:
—¡Loca
me estoy volviendo, loca! ¡Estos chicos se pasan hasta las dos de la madrugada
gastando bromas y riéndose!
¡Y
no me dejan dormir! ¡Después van y vienen con unas motos que meten un ruido
infernal! Anoche, gracias a Dios, pasadas las dos se hizo el silencio y, al
final, conseguí dormir. No había pasado ni media hora cuando me despertó el
ruido de un frenazo. E, inmediatamente después, un disparo. Después oí que el
coche se iba con un chirrido de neumáticos. ¿Le parece a usted que hay derecho?
¿Que una no pueda pegar ojo en toda la santa noche? ¿No se puede hacer nada
para enviar a la cárcel a esos chicos?
La
bala había roto el cristal del tablón de anuncios, lo había traspasado y se
había alojado profundamente en la pared.
—Hemos
tenido suerte —dijo el señor Crisafulli—. El disparo no ha tocado ni una sola
de las actas. Sólo ha rozado el borde superior de una de ellas, en un lugar que
no tiene importancia.
—¿Usted
cree que es una broma?
—No —contestó
el señor Crisafulli.
Una
cosa era segura: con su disparo, el desconocido había dejado más claro el
sentido de la traducción de Manzoni.
* *
*
—Matteo
Interdonato se enamoró de Marianna Costa cuando aún no había cumplido los
diecinueve años. Y, a los diecisiete, Marianna, de familia acomodada, también
Se enamoró locamente de Matteo, que era alto y moreno y tenía ojos de demonio.
Pero era hijo de un matrimonio muy pobre, su madre se ganaba el pan fregando
escaleras y su padre era barrendero. «Jamás!», dijeron los padres de Marianna.
Y, para que la oposición fuera más palpable, el hermano de Marianna, un joven
de veinte años tan corpulento que parecía un armario y que se llamaba Antonio,
una noche se hizo el encontradizo con Matteo y le rompió literalmente los
huesos. Después cogieron a la hija y la enviaron a un internado de Palermo. El
domingo, las jóvenes salían en fila india a dar un paseo. Una vez al mes,
Matteo, tras haber reunido el dinero para el viaje, tomaba el tren, se iba a
Palermo, se ponía al acecho y, cuando Marianna pasaba con sus compañeras, ambos
se miraban. No se sabe cómo, la historia llegó a oídos de Antonio. Así que un
domingo, mientras Marianna y Matteo se miraban, apareció Antonio, trató de
volver a romperle los huesos a Matteo y lo consiguió sólo en parte, pues esta
vez Matteo reaccionó y le sacó un ojo. Se echó tierra sobre el asunto y
Marianna fue enviada a casa de una tía en Roma. Durante años y años rechazó a
los mejores partidos y Matteo tampoco se quiso casar. Hace unos diez años, el
padre y la madre de Marianna murieron, pero ella no quiso regresar a Vigàta,
pues odiaba con toda su alma a su hermano Antonio. Volvió tan solo el año
pasado para casarse con su Matteo.
Al
llegar a este punto, el comisario interrumpió el relato de Fazio.
—Sin
pérdida de tiempo, tráeme aquí ahora mismo a Antonio Costa, el hermano de
Marianna. Averigua dónde vive.
—Yo
sé dónde vive. En el cementerio, desde hace dieciocho meses. Por eso se pueden
casar ahora estos dos.
* *
*
—¿Qué
quiere que le diga, comisario? ¡Es una pareja que da risa!
—¿Los
has visto? ¿Cómo lo has hecho?
—Muy
fácil, dottore —contestó Calluzzo—. Él vende flores, y ella, fruta y verdura.
Tienen los puestos el uno al lado del otro en el mercado viejo. Se conocen
desde pequeños. Nadie les quiere mal. Al contrario.
—¿Por
qué dices que es una pareja que da risa?
—Ella
es una giganta con unos brazos que parecen jamones, y con mucho genio. En
cambio, él es menudo, educado, repulido y amable. ¡Y pensar que ella se llama
Virginia Umile y él Capodicasa! ¡Esa lo obligará a ir más tieso que un palo!
—Muy
bien. Y Gallo, ¿dónde esta? No lo veo desde ayer.
—¡Mecachis!
¡Lo había olvidado! Desde ayer tiene la gripe, se ve que hay epidemia.
Impaciente,
Montalbano lo llamó a su casa.
—Comisario
—dijo Gallo con voz de ultratumba—. Bido berdón, bero no he bodido. Bero he
averiguado gue Salvatore Lumia es ud garnicero y diene la dienda en la guesta
Biraddello. Vive en la Via Liberta, dieciocho, gon su hermano Fradcesco,
dambién garnicero, bero gon la dienda en la zona del buerto. La dunecina vive
desde hace seis meses en su gasa gon ellos.
—¿Dónde
vivía antes?
—En
Balermo, eso me han dicho.
Fue
directamente a la carnicería de Via Pirandello y la encontró cerrada. Volvió a
atravesar Vigàta y, en una callejuela que desembocaba en el muelle del puerto,
encontró la otra carnicería, la del hermano. Esperó a que saliera la única
clienta que había, y entró.
—Buenos
días. Soy el comisario Montalbano.
—Lo
conozco. ¿Qué desea?
No
se podía decir sin faltar a la verdad que Francesco Lumia fuera simpático ni a
primera ni a segunda vista. Alto, pecoso, pelirrojo, modales bruscos.
—Quería
hablar con su hermano, pero he encontrado la carnicería cerrada.
—Es
que, de vez en cuando, le dan unos dolores de cabeza muy fuertes. Hoy es uno de
esos días. Está en casa. Pero no hace falta que vaya a verlo, me lo puede decir
a mí.
—Bueno,
pero es que, en realidad, el que se casa es su hermano.
Había
experimentado el impulso de jugar con las cartas sobre la mesa.
El
otro lo miró de soslayo, jugueteando con un enorme cuchillo de sesenta
centímetros que puso ligeramente nervioso al comisario.
—¿Tiene
usted algo en contra de la boda de mi hermano Salvatore?
—¿Yo?
Enhorabuena y muchos hijos varones.
—Pues
entonces ¿qué coño le importa?
—A
mí, nada. Pero a otra persona puede que sí.
—¿Se
refiere a esas bobadas del tablón de anuncios?
—Exactamente.
—¿Y
quién le ha dicho a usted que es un aviso para mi hermano?
Eso
era: el señor Francesco Lumia había comprendido con toda exactitud el
significado de la traducción de Manzoni.
—No,
no sólo para su hermano. De hecho, estoy haciendo averiguaciones acerca de las
nueve bodas que se anuncian en el tablón.
—Señor
comisario, en primer lugar, yo sigo pensando que todo eso es una charrada, y,
en segundo, nadie se puede tomar a mal la boda de Salvatore.
Aquí
Montalbano anotó el primer punto en favor de la investigación: Francesco Lumia
no sabía fingir; su actitud, bajo unas palabras aparentemente seguras, revelaba
cierta inquietud.
—Le
doy las gracias, pero prefiero ir a hablar con su hermano.
—Haga
usted lo que quiera.
Antes
de que abriera la boca y nada más pulsar el botón, una voz le preguntó a través
del portero automático:
—¿El
comisario Montalbano?
Francesco
había avisado a su hermano.
—Sí.
—Suba.
Cuarto piso.
Una
vivienda muy aireada y con unos muebles de tan mal gusto que, para elegirlos,
uno tenía que haber estudiado. Lo invitaron a sentarse en un salón cuya
impecable limpieza subrayaba la fealdad de la decoración.
Salvatore
Lumia era físicamente todo lo contrario de su hermano. Moreno y delgaducho,
pero de modales idénticos.
—Me
duele la cabeza y me cuesta hablar.
—Enseguida
me voy. ¿Sabe usted por qué he venido a verlo?
—¡Djalma!
—exclamó el hombre en lugar de contestar.
Apareció
una especie de ángel moreno. Alta, flexible, ojos increíblemente grandes.
Sorprendido, Montalbano se levantó de un salto.
—Ésta
es Djalma, mi novia. Éste es el comisario Montalbano. Ha venido para averiguar
algo sobre nuestra boda.
—Tengo
los papeles en regla —dijo Djalma.
¿Y
si las sirenas tuvieran la misma voz?
Montalbano
se recuperó de su asombro.
—No,
señorita, no se trata de documentos. El caso es que...
—Gracias,
Djalma —dijo el novio.
La
muchacha dedicó una sonrisa al comisario y se retiró.
—No
quería que se preocupara con la historia de un cabrón que se divierte
amenazando a la gente que se va a casar. Conocí a Djalma en casa de unos amigos
de Palermo. Me enamoré de ella. Ella era libre. Se vino a vivir con nosotros a
Vigàta. Nos casaremos por lo civil en el Ayuntamiento porque ella es musulmana.
Yo no tengo enemigos personales y ella tampoco. Lo cual quiere decir que la
historia del tablón de anuncios no tiene que ver con mi boda. Perdone, señor
comisario, pero no puedo hablar. Me estalla la cabeza.
Comió
en San Calogero con toda la calma del mundo y, sobre todo, le dio vueltas en la
cabeza a la idea que se le había ocurrido. Desde el despacho llamó a su amigo
Valente, el subjefe superior de Palermo, y le explicó lo que deseaba de él. Se
pasó la hora siguiente simulando ocuparse de cuestiones que, en realidad, le
importaban un carajo. Después recibió la llamada de Valente, con todas las
respuestas a sus preguntas. En cuanto colgó, el teléfono volvió a sonar.
—¿Comisario
Montalbano?
La
voz era inconfundible y, por teléfono, tan sensual que le hacía hervir a uno la
sangre en las venas.
—Soy
Djalma. Nos hemos visto esta mañana.
—Dígame,
señorita.
—Quisiera
hablar con usted. Salvatore se ha tenido que ir a Fela, no ha podido negarse, a
pesar de lo mucho que le duele la cabeza. Yo no puedo salir de casa. Salvatore
no quiere.
Ya
sabía la respuesta a la pregunta que le iba a hacer. Pero se la formuló de
todos modos para poner a prueba la sinceridad de lo que ella le iba a decir a
continuación.
—¿Es
celoso?
Un
ligero titubeo y después:
—No
se trata sólo de celos, señor comisario.
—Entonces,
¿voy yo a su casa?
—Sí,
cuanto antes. Lo espero.
—Le
he dicho que mis papeles estaban en regla. En realidad, no son falsos pero
tampoco auténticos.
—Explíquese.
—Un
amigo de Salvatore me proporcionó un contrato de trabajo para poder obtener el
permiso de residencia. Decía que trabajaba como canguro, pero no era verdad. Yo
hacía otro trabajo. Llegué clandestinamente a Sicilia hace tres años. Después
la policía me sorprendió en una casa de citas, me fichó y me expulsó. Volví
otra vez...
—Mire,
todo eso yo lo sé o lo intuyo, señorita. He llamado a la Brigada Antivicio y al
Departamento de Extranjeros de Palermo.
Djalma
rompió a llorar en silencio.
—¿Qué
va a hacer? Ahora que ya le he dicho...
—Señorita,
esa parte de su vida no me interesa, se lo aseguro... Sólo quiero saber qué me
ocultan ustedes.
Las
lágrimas resbalaron profusamente por las mejillas de la hermosa mujer.
—Salvatore
se enamoró de mí. Y yo de él. Nos fugamos y vine a esconderme aquí. Pero él me
debe de haber descubierto.
—¿Quién
es él?
—Mi
protector.
—¿Cree
que fue él quien disparó contra el tablón de anuncios? ¿Cree que la advertencia
va dirigida a ustedes dos?
—Estoy
segura de que sí. Entre otras cosas, porque no pasa un día sin que nos llame
para amenazarnos. Pero Salvatore y Francesco no tienen miedo. Yo, sin embargo,
temo por ellos y por mí. Es muy violento, lo conozco muy bien.
—¿Qué
quiere de usted?
—Que
deje a Salvatore y vuelva a vivir con él.
—¿Era
usted su amante?
—Sí.
Pero no se trata de amor, comisario. Es por el papel que ha hecho delante de
sus amigos, de los que son como él. Quiere demostrarles a todos su fuerza y su
poder.
—¿Usted
ha estudiado?
Djalma
no esperaba la pregunta y lo miró.
—Sí,
en mi país... Y, si me caso, quisiera continuar.
—La
felicito por lo bien que habla el italiano —dijo Montalbano, levantándose.
—Gracias
—contestó Djalma, confusa.
—¿Por
qué su novio no me ha dicho lo que ocurría?
—Me
dijo que jamás recurriría a la ley por un asunto personal. Allá en Túnez
también es así.
—Ya
—dijo con amargura Montalbano—. Un último favor: nombre, apellido y dirección
de su ex protector. Y en hora buena por su boda.
Durante
ocho noches seguidas, Gallo, Galluzzo, Fazio e Imbro montaron guardia por
turnos en las inmediaciones del tablón de anuncios, escondidos dentro de un
automóvil que parecía inocente y casualmente aparcado muy cerca del
Ayuntamiento. La víspera de la boda de Salvatore con Djalma, se acercó en
silencio un vehículo, se detuvo, y de él bajó un hombre con una botella en una
mano y un trapo en la otra. Miró a su alrededor y se metió en el pórtico.
Después abrió la botella y vertió su contenido sobre el tablón de anuncios y,
especialmente, sobre el marco de madera. Entonces Fazio, que estaba de guardia,
comprendió lo que el hombre estaba a punto de hacer. Bajó corriendo del coche y
lo apuntó con su pistola.
—¡Alto!
¡Policía!
Soltando
maldiciones, el hombre levantó los brazos, con la botella en una mano y el
trapo en la otra. El olor de la gasolina era tan penetrante que Fazio se mareó.
* *
*
—Se
llama como usted nos había dicho, señor comisario: Nicola Lopresti. Ha sido
condenado por explotación, violaciones y cosas por el estilo. Llevaba en el
bolsillo un revólver cargado.
—¿Tiene
permiso de armas?
—No.
Y la matrícula estaba borrada. Además, llevaba esto en el bolsillo.
Depositó
sobre la mesa de Montalbano un frasquito sin etiqueta.
—¿Qué
es?
—Vitriolo.
La quería desfigurar durante la boda. Ahora se lo traigo.
—No
lo quiero ver —dijo Montalbano.
Una
mosca atrapada al vuelo
Desde
el año anterior, Montalbano no había vuelto a ver al director de instituto
Burgio y a su mujer, la señora Angelina. De vez en cuando los echaba de menos,
echaba en falta el calor de su amistad, y no pasaba una semana sin que se
jurara solemnemente que se pondría en contacto con ellos, aunque sólo fuera
mediante una simple llamada telefónica. Pero después, entre una cosa y otra,
acababa olvidándose de su propósito. Desde hacía más de quince años el director
Burgio ya no era director, pero en el pueblo todos lo seguían llamando así por
respeto. Tenía más de setenta años, conservaba la fortaleza del cuerpo y de la
mente y, junto con su esposa, una mujer menuda y delicada que guisaba unos
platos muy ligeros y refinados, le había sido muy útil en la solución de un
asunto muy complicado, conocido como el caso del perro de terracota.
—¿Comisario
Montalbano? Soy el director Burgio.
El
comisario se sintió repentinamente incómodo y avergonzado. Le correspondía a él
telefonear y no poner a un anciano caballero en la situación de tener que
hacerlo él primero. Pero inmediatamente después se preocupó. Sin saludarlo
siquiera, le preguntó:
—¿Cómo
está la señora Angelina?
—Bien,
muy bien, señor comisario, aparte de los achaques propios de la edad. Yo
tampoco estoy mal. El otro día lo vi fugazmente en las inmediaciones de la
Jefatura Superior...
—¿Por
qué no me llamó?
—No
quise molestarlo. Se lo comenté a mi mujer y Angelina me dijo que hacía mucho
tiempo que no nos veíamos.
—Lo
siento en el alma, señor director. Puede creerme, ha sido un año de esos que...
El
director se echó a reír.
—¡No
le pedía que justificara sus ausencias! La razón por la cual le llamo... ¿Qué
hace esta noche?
—Nada
especial. Por lo menos, así lo espero.
—¿Le
apetece cenar con nosotros? Mi mujer está deseando verle. Pero no espere nada
excepcional.
—Muchas
gracias. Iré.
—Ah,
por cierto, comisario, habrá otro invitado, un primo hermano mío, hijo de una
hermana de mi padre, la más pequeña. Lleva en Vigàta dos días por asuntos de
negocios y regresa pasado mañana a Roma, donde reside. Es ingeniero y se llama
Rocco Pennisi.
El
director pareció deletrear el nombre y el apellido de su primo. A Montalbano le
sonaba, pero, de buenas a primeras, no supo relacionarlo con nada en concreto.
Después le dio vueltas al asunto: ¿por qué razón el director estaba como a
punto de leerle los datos del carnet de identidad del otro invitado?
El
ingeniero Rocco Pennisi era un distinguido sexagenario, muy amable y discreto.
A Montalbano le llamó la atención que, a lo largo de toda la velada, diera la
sensación de no tener el menor interés por nada de lo que se decía. Intervenía
sólo si le preguntaban, pero, incluso cuando contestaba, parecía estar como
ausente, como si tuviera la cabeza en otra parte. De vez en cuando, el
comisario sorprendía una fugaz mirada entre el director y su primo. Aquél
parecía invitarlo con la mirada a decir algo y éste contestaba siempre que no
con los ojos. Hasta la señora Angelina, que había preparado una cena ligera
(así había definido una de ellas Montalbano y así las había seguido definiendo
todas), se iba mostrando más incómoda a medida que la cena se iba acercando a
su fin. Lo único que dijo el ingeniero por propia iniciativa fue que a la
mañana siguiente regresaría a Roma, pues había conseguido resolver antes de lo
previsto el asunto que lo había llevado a Vigàta.
—¿Cogerá
el avión de las diez? —le preguntó Montalbano, por decir algo.
Se
le estaba contagiando el nerviosismo de la señora Angelina. El ingeniero lo
miró, perplejo.
—¿El
avión? Cuando lo hubiera podido coger, no era costumbre... No, comisario.
Regreso a Roma con el rápido.
Después
hubo un intercambio de agradecimientos y saludos.
—Tengo
coche. ¿Quiere que lo acompañe? —le preguntó Montalbano al ingeniero, pero el
que le contestó fue el director.
—No,
señor comisario, mi primo duerme aquí.
Montalbano
regresó a Marinella, más desconcertado que otra cosa.
A la
mañana siguiente, mientras se afeitaba, le vino a la mente la extraña atmósfera
que había presidido la cena en casa de los Burgio. De una cosa estaba seguro:
la reunión no había sido casual. El director deseaba que él y el ingeniero
Pennisi se conocieran, probablemente porque éste quería decirle algo. Pero, en
el transcurso de la cena, el hombre había cambiado de idea por más que el
director lo había invitado con sus miradas a ir al grano. ¿Y a quién había
anunciado el ingeniero que se iba al día siguiente? No a su primo y a su mujer,
que ya lo debían de saber, pues el hombre se hospedaba en su casa. Y tampoco a
Montalbano. Lo cual significaba que el verdadero sentido de la frase era otro.
Quizá éste: «Querido primo, no insistas; al decir que me voy mañana, pretendo
dar por cerrado el asunto: no hablaré con el comisario.» Y después, Rocco
Pennisi había dicho otra cosa que no encajaba, una cosa que le había salido de
la boca sin pensar, hasta el punto de que se había callado de golpe. Había sido
a propósito del avión. Había dicho más o menos que, cuando estaba en
condiciones de tomarlo, aún no era costumbre viajar en ese medio. ¿Por qué el
ingeniero, en determinado momento de su vida, aunque hubiera querido hacerlo,
no habría podido? ¿Qué se lo había impedido? Y había otra cosa, mucho más
difícil de definir. Una impresión. Aunque durante la cena el comisario hubiera
dado la sensación de mirar a Rocco Pennisi sólo lo estrictamente necesario, en
realidad no le había quitado los ojos de encima. Le había llamado la atención
la economía de gestos del ingeniero. No extendía los brazos, no apoyaba los
codos sobre la mesa. Buena educación, por supuesto. Pero ¿por qué al sentarse
se había acercado más las copas y los cubiertos, como si estuviera acostumbrado
a moverse en un espacio muy reducido? Así se comporta instintivamente el que
está acostumbrado a comer con otros hombres, uno a la derecha, otro a la
izquierda y el tercero delante.
Lo
pensó y lo volvió a pensar mientras paseaba por la orilla del mar, pues era
todavía demasiado temprano para ir al despacho. Y, de repente, se le ocurrió la
explicación con toda claridad. Y comprendió por qué el director Burgio, al
invitado, le había deletreado el nombre y el apellido de su primo. Era un gesto
de delicadeza, quería advertirlo, no quería colocarlo en una situación
incómoda, obligándolo a sentarse a la mesa con alguien como su primo. Sólo que
él no había recordado en un primer momento quién era Rocco Pennisi. Un asesino,
ni más ni menos.
* *
*
Aún
no había pasado ni media hora desde que se lo había pedido, cuando Catarella,
glorioso y triunfante, depositó sobre su mesa una hoja impresa por ordenador.
—En
tiempo real, ¿eh, Catarè?
—¿Real,
dottori? ¡Imperial!
La
ficha resumía áridamente la trágica historia de Rocco Pennisi, licenciado en
Ingeniería, condenado en firme a treinta años por homicidio, de los cuales
había cumplido veinticinco mientras que los cinco restantes le habían sido
perdonados por buena conducta. La excarcelación se había producido hacía apenas
dos meses.
El
comisario leyó dos veces la ficha y llegó a una conclusión muy concreta: el
juicio se había basado exclusivamente en indicios y quizá por eso los jueces no
lo habían condenado a cadena perpetua. Lo pensó un poco y después llamó a los
Burgio.
—¿Señor
director? Soy Montalbano.
—Ya
lo había conocido por la voz. Ya sé por qué me llama.
—¿Ya
se ha ido su primo?
—Sí.
Yo tengo la culpa. Insistí tanto en que hablara con usted... No sé por qué no
se atrevió. Y ha querido regresar a Roma.
—¿Qué
hace en Roma? ¿Ha encontrado trabajo o...?
—Sí,
en el estudio de su hijo Nicola, que también es ingeniero.
—Señor
director, ¿qué pretendía que me dijera anoche su primo?
—Que
le contara cómo ocurrieron los hechos que lo han mantenido injustamente
encerrado en la cárcel durante veinticinco años y le han destrozado la vida.
Montalbano
no se atrevió a replicar de inmediato. Al pronunciar la última frase, al
director se le había quebrado la voz.
—He
leído la ficha, señor director. Es cierto que no existían pruebas seguras,
pero... ¿Usted lo considera inocente?
—No
lo considero, tengo en mi fuero interno la absoluta certeza de que era
inocente. Y esperaba tanto de este encuentro con usted... ¿Sabe una cosa? Rocco
no tenía ningún asunto que resolver en Vigàta. Le dije una mentira. Yo mismo lo
convencí de que viniera ex profeso.
Montalbano
se irritó y se conmovió ante la ingenua confianza que el director depositaba en
él.
—Si
usted me quiere hablar de ello, aunque sea en ausencia de su primo...
—¡Dios
mío, te doy gracias! —exclamó el director—. ¡Estaba deseando oírle decir esas
palabras! Venga a casa cuando quiera, señor comisario.
—Le
agradezco todo lo que pueda hacer por mi primo —dijo el director Burgio,
haciendo pasar al comisario a su estudio—. Angelina se impresionó mucho por lo
de anoche. ¡No pudo pegar ojo y hace poco que se ha ido a dormir! Le ruega que
la disculpe.
—¡Faltaría
más! —dijo Montalbano, y añadió—: Pero, antes de que empiece a hablar, quisiera
señalar, señor director, que si estoy aquí no es para hacer algo en favor del
ingeniero, sino por usted. ¿Aprecia mucho a su primo?
—Nos
llevamos quince años de diferencia. Su padre, Michele, que se había casado con
Caterina, la más joven de mis tías, era natural de Montelusa. Era propietario
de una empresa aceitera que había heredado. Michele y mi tía sólo tuvieron un
hijo, Rocco. Cuando tenía cinco o seis años; empezó a encariñarse conmigo.
Muchas veces un niño o una niña eligen un padre por su cuenta. Nuestra relación
siguió adelante incluso cuando Rocco creció, fue a la universidad y se
licenció. La desgracia ocurrió precisamente el día de su licenciatura. Michele
y Caterina regresaban de Palermo tras haber asistido a la discusión de la tesis
cuando él perdió el control del vehículo. Probablemente, un mareo. Murieron los
dos. Y, a partir de aquel momento, yo me convertí en una especie de padre a
todos los efectos. Y Angelina, en su madre. Rocco encomendó la empresa de su
padre a una persona de confianza y se asoció con un amigo suyo de Montelusa,
Giacomo Alletto. Eran jóvenes y tenían mucho empuje. Y empezaron a obtener
adjudicaciones de obras cada vez más importantes. El primero en casarse fue
Giacomo. Se casó con Renata Dimora, una espléndida muchacha de Montelusa, que
había sido compañera suya y de Rocco en la universidad, pero que después había
dejado los estudios. Al año siguiente mi primo también se casó con una chica de
Favara, Anna Zambito. Tuvieron un hijo, que es el que vive en Roma...
—Sí,
ya me lo ha dicho...
—Señor
comisario, ya sé que lo estoy aburriendo con toda esta historia que parece una
de esas complicadas genealogías de la Biblia. Pero es que, si no le cuento la
situación, acabará por no entender nada. Una noche Rocco me llamó desde
Montelusa, quería verme a solas. Nos citamos en un café de las afueras. Y allí
me dijo que desde hacía tiempo era el amante de Renata, la mujer de su socio.
En su época de estudiantes en la universidad, ambos estaban enamorados de
Renata. Ella había sido novia de Rocco durante unos cuantos meses y después lo
había dejado por Giacomo. Después de la boda de Rocco, reanudó sus relaciones
con él. Fue ella la que así lo quiso, según me confesó mi primo, como si no
soportara la idea de que él tuviera otra mujer, su esposa. Y Rocco no supo
resistirse. Yo le supliqué que rompiera con ella, pero comprendí que no había
nada que hacer. Día a día se mostraba cada vez más nervioso e intratable.
—¿Aún
amaba a su mujer?
—¡De
eso precisamente se trataba! Me dijo que, tras la reanudación de sus relaciones
con Renata, la amaba todavía más. Y adoraba al niño. En resumen, tenía lo que
se dice un corazón de asno y otro de león. Por otra parte, Renata se encontraba
en el mismo caso.
—¿Renata
y su marido tenían hijos?
—Afortunadamente,
no.
—Mire,
señor director, Montelusa es en el fondo una pequeña población. ¿Cómo es
posible que Alletto no descubriera la relación que había entre su mujer y su
socio?
—Aunque
parezca inexplicable, así es. No sospechaba nada. Y eso era también un motivo
de angustia para Rocco.
—¿Me
lo puede explicar mejor?
—Rocco
es una persona leal. Su condición de doble traidor, a su familia ya la amistad,
le resultaba insoportable. «Si Giacomo llegara a enterarse, me alegraría en
cierto modo, al final le podría dar una explicación», me decía. «Pues entonces,
¿por qué no se lo dices?», le pregunté yo. «Renata no quiere», me contestó.
Hasta que un día Giacomo recibió un anónimo. Muy detallado y exacto. No sólo
facilitaba la dirección del pequeño apartamento en el que su mujer se reunía
con su amante, sino que indicaba también el día y la hora de la siguiente cita.
En resumen, una auténtica invitación a que fuera a sorprenderlos in fraganti. Y
les pegara un tiro.
—¿Rocco
le ha confesado alguna vez que fue él quien escribió el anónimo? —preguntó
tranquilamente Montalbano.
El
director abrió la boca en una mezcla de estupor y admiración.
—No
—contestó cuando se recuperó de su asombro—. Pero, ahora que lo dice, comprendo
que tuvo que ser eso. Sí, seguramente fue mi primo el que advirtió a Giacomo de
la traición de su mujer y su amigo.
El
director hizo una pausa y miró al suelo. Se le había ocurrido una idea.
—A
lo mejor quería de verdad que Giacomo los sorprendiera, quería de verdad y
deseaba con toda su alma que Giacomo lo matara.
—¿Qué
hizo Giacomo entonces?
—Invitó
a Rocco y a su mujer Anna a comer en un chalet que tenía aquí en Vigàta, a la
orilla del mar, por la parte de Montereale. Estaban sólo ellos cuatro y Renata
había preparado la comida. Después de comer, Giacomo sacó del bolsillo el
anónimo y lo leyó en voz alta. Fue un momento tremendo, Rocco me lo contó. Sin
decir ni una sola palabra, pero emitiendo una especie de lamento, Anna se
levantó de la mesa y corrió hacia la playa. En ese instante, Rocco supo que
ella sospechaba algo desde hacía mucho tiempo. Entonces Giacomo les preguntó a
Renata y a Rocco qué debía hacer con aquella carta. Ni Renata ni Rocco abrieron
la boca, fue peor que si lo hubieran confesado. Giacomo rompió la hoja y dijo:
«Yo no he recibido esta carta; si recibiera otra, las cosas serían muy
distintas.» Pero todo se había estropeado. A los pocos días, Rocco abandonó a
su familia y se marchó solo, y lo mismo hizo Renata, que regresó a casa de sus
padres. Los negocios de Giacomo y Rocco empezaron a ir mal y ellos no se
hablaban. Al final, decidieron disolver la sociedad y cada cual se fue por su
lado. Al cabo de unos pocos meses, Renata, quizá porque amaba a su marido o
quizá cediendo a las presiones de sus padres, regresó junto a Giacomo. Yo,
personalmente, lancé un suspiro de alivio, confiando en que Rocco volviera a
reunirse con su familia. Anna, a quien yo veía muy a menudo, no esperaba otra
cosa. Pero un día Rocco me reveló que había reanudado sus relaciones con
Renata. Sólo que ahora tomaban más precauciones. Puede creerme, señor comisario:
fue como si me hubiera caído repentinamente una piedra desde el cielo. Una
noche, lo supe durante el juicio, Renata y Giacomo se pelearon. A esas alturas
era algo que ocurría muy a menudo. Resumiendo: Giacomo se fue a dormir al
chalet de Montereale y Renata se fue a pasar la noche a casa de una amiga. A la
mañana siguiente, Giacomo no acudió a su nuevo despacho, mientras que Renata
regresó a casa, dispuesta a reconciliarse. Al recibir una llamada del despacho,
donde esperaban a Giacomo, Renata contestó que su marido había dormido en el
chalet. Llamaron, pero no obtuvieron respuesta. Entonces Renata fue hasta allí
en compañía de un empleado. La puerta estaba abierta y era evidente que en el
salón se había producido una pelea. Pero de Giacomo no había ni rastro. La
policía y los carabineros lo buscaron por tierra y por mar, pero no lo
encontraron. Algunos pensaron que se trataba de un caso de lupara bianca,
asesinato con desaparición del cuerpo, pues en los últimos tiempos Giacomo
había recibido amenazas e intimidaciones a propósito de una adjudicación de
obras. Otros pensaron en un alejamiento voluntario a causa del empeoramiento de
sus relaciones con su mujer. El jefe de la Brigada Móvil de Montelusa era, por
el contrario, de otra teoría. Que el culpable de la desaparición de Giacomo era
Rocco, loco de celos porque el marido había recuperado a su mujer.
—Por
lógica, o lo que sea, Rocco hubiera tenido que matar a Renata. En cierto
sentido, ella lo traicionaba ahora con su marido —comentó el comisario.
—Eso
es lo que yo pensé —añadió el director—. En resumen, en tres meses de
investigaciones, ni la policía ni los carabineros encontraron el menor rastro
de Giacomo. Parecía que se había esfumado en el aire. Un día en el chalet hubo
una fuga de agua. Renata, que iba allí de vez en cuando, llamó al fontanero. Y
éste hizo un descubrimiento espantoso. Sobre el tejado había un depósito de
uralita, usted ya sabe, comisario, que aquí el agua la cortan cuando quieren...
—No
me hable... —dijo Montalbano, que muchas veces, totalmente enjabonado, soltaba
maldiciones bajo la ducha cuando se quedaba sin agua.
—Bueno,
pues el fontanero levantó la tapa y vio un cuerpo. El de Giacomo. Alguien lo
había estrangulado y después lo había ocultado allí.
—¿Era
fácil llegar al depósito?
—¡Qué
va! Había una pequeña puerta que daba al tejado y desde allí, caminando sobre
las tejas, se llegaba al depósito. Lo cual significaba que Giacomo no se había
ido voluntariamente, y que tampoco era un caso de lupara bianca. El jefe de la
Móvil aventuró una conjetura. A saber, que Rocco había ido a ver a Giacomo y
que la discusión entre ambos había degenerado en otra cosa. Por consiguiente,
Rocco había estrangulado a Giacomo y había ocultado el cadáver en el depósito.
Interrogó a Rocco y éste no pudo facilitar ninguna coartada para aquella noche.
—¿Y
eso?
—Había
pasado toda la noche en casa. Yo puedo confirmarlo en parte. Lo llamé sobre las
ocho para preguntarle si quería cenar con nosotros. Contestó que cenaría en
casa porque después tenía un compromiso.
—¿Le
dijo cuál?
—No,
pero yo me lo imaginé.
—¿Qué
imaginó?
—Que
al cabo de un rato saldría para dirigirse al apartamento donde lo esperaba
Renata. Pero, durante el juicio, él se limitó a decir que se había quedado en
casa y no se había movido de allí. No tenía testigos; después de mi llamada,
nadie más lo había telefoneado.
—Por
consiguiente, aunque dijera la verdad, nadie la podía confirmar.
—Exactamente.
La acusación se basó sobre todo en la ausencia de una coartada. Y móviles para
Rocco había montones. Cuando lo detuvieron, casi todos sus amigos y conocidos
estaban convencidos de su culpabilidad.
—Y
Renata, ¿cómo reaccionó a la detención?
—Pues
no sé qué decirle, de una manera contradictoria. A veces sostenía, siempre en
privado, la inocencia de Rocco, y otras veces, en cambio, parecía dudar. La
noche del crimen ella estaba en casa de una amiga que lo confirmó durante el
juicio. La Fiscalía fue más allá de la hipótesis del jefe de la Brigada Móvil,
que se inclinaba por un homicidio no premeditado, y acusó a Rocco de
premeditación. Los jueces fueron muy duros.
—Eran
tuertos, pobrecillos —dijo Montalbano.
El
director lo miró, perplejo.
—¿Que
los jueces eran tuertos? No entiendo, señor comisario.
—Señor
director, en aquella época, los jueces sólo tenían un ojo, el que les permitía
contemplar los delitos comunes, incluido el homicidio, con inflexibilidad. El
otro ojo, el que hubiera tenido que ver la mafia, la corrupción de los
políticos y otras cosas por el estilo, ése no, ése lo mantenían cerrado.
—Pero
lo que más nos llamó la atención a todos durante el juicio, a mí incluido, fue
la actitud de Rocco.
—¿Cuál
fue?
—Completamente
abúlica. Como si la cosa no fuera con él. A casi todo el mundo eso le pareció
un reconocimiento indirecto de la culpa. Los abogados presentaron recurso.
Entre el primer y el segundo juicio, que ratificó la condena, Renata se volvió
a casar.
—¿Cómo?
—saltó Montalbano.
—Pues
sí, señor. Formalmente, no había nada en contra. En todo caso, era una cuestión
de buen gusto, hubiera podido esperar por lo menos un año. Como ya le he dicho,
Renata era muy guapa y había heredado una considerable fortuna de Giacomo.
Muchos le echaron el ojo a la viuda. Pero ella prefirió casarse con Antonio
Lojacono.
—¿Ouién
era?
—Antonio
Lojacono era un aparejador, dos años más joven que ella, que había trabajado
primero en la empresa de Giacomo y Rocco y después en la de Giacomo. En el
transcurso del segundo juicio, la actitud indiferente de Rocco se acentuó.
Fíjese, durante el alegato del fiscal, atrapó una mosca al vuelo.
—Alto
ahí —dijo bruscamente Montalbano.
—¿Cómo?
—preguntó el director, estupefacto.
—Repítame
exactamente lo que ha dicho.
—¿Qué
he dicho?
—Eso
de la mosca.
—Atrapó
una mosca al vuelo justo cuando todos lo miraban porque el fiscal, el del
segundo juicio, estaba hablando en aquel momento de la premeditación. Y
precisamente en aquel gesto, que todos pudieron ver, se basó el magistrado para
demostrar lo cínico y despreciable que era Rocco. Si quiere que le diga la
verdad, señor comisario, todo el mundo vio en aquel gesto una confesión. Nos
quedamos helados.
—¡Hábleme
de la mosca!
—¿Cómo?
—Señor
director, no es una broma. ¿Volaba? ¿Estaba quieta?
—Pero
¿qué importancia tiene eso, por Dios?
—Usted
no se preocupe y conteste.
—Creo
que estaba quieta. O volaba, no sé. Porque él, Rocco, llevaba un rato
paralizado, no se movía, contemplaba la barandilla que rodeaba el banco en el
que estaba sentado... A lo mejor la mosca se encontraba allí y él la estaba
observando...
—¿Quién
estaba presente?
—¿Dónde?
El
director estaba perplejo, no comprendía las preguntas de Montalbano. ¿Qué
sentido tenían? Y además el comisario había cambiado de actitud, se asemejaba a
un perro de caza con la mirada clavada en un matojo de sorgo.
—En
la sala. ¿Quién estaba presente en la sala, aparte de usted?
—¿Se
refiere a los amigos? ¿A los curiosos? Bueno, exactamente no...
—Piénselo
y dígame: ¿estaba presente Renata?
—No
hace falta que lo piense: no estaba.
Montalbano
pareció decepcionarse.
—Pero...
Esta
vez el comisario inclinó la cabeza hacia delante en dirección al director; el
perro había olfateado la presa.
—Pero
estaba el marido —añadió el director Burgio—, el segundo marido, el aparejador
Lojacono.
Montalbano
se relajó respirando hondo como si acabara de salir a la superficie del agua
tras haberse zambullido.
—Siga
—dijo.
—No
hay mucho que añadir. Los abogados hicieron todo lo que se tenía que hacer,
pero por propia iniciativa. Rocco los seguía pasivamente. Fue condenado. En la
primera conversación que tuve con él en la cárcel, me dijo dos cosas: que él no
había matado a Giacomo y que cuidara de Nicola, su hijo. Y yo así lo hice,
procurando mantener vivo el amor del niño, que iba creciendo y pasando de
muchacho a joven y a hombre adulto, por su padre injustamente encarcelado. Y
eso por lo menos lo conseguí.
Se
estaba emocionando, pero las palabras del comisario lo dejaron estupefacto:
—Volvamos
a la mosca.
El
director Burgio no logró articular ni siquiera una sílaba.
—¿Qué
hizo con la mosca tras haberla atrapado?
—N...
nada —balbució el otro.
—¿Cómo
que nada?
—Bueno...,
abrió muy despacio el puño y la dejó volar.
El
director le había explicado dónde estaba el chalet en el que había sido
asesinado Giacomo Alletto. Tras su boda con el aparejador, Renata ya no quiso
volver allí y lo vendió a un comerciante de Vigàta a quien Montalbano conocía.
D'Arrigo, el comerciante, al recibir la llamada del comisario, le contestó que
podía ir a verlo cuando y como quisiera. Y Montalbano le dijo que en media hora
estaría allí.
—No
—dijo D'Arrigo—, dejé el chalet como estaba. Sólo lo hice pintar por dentro y
por fuera. Y arreglé el cuarto de baño, la cocina y, naturalmente, el depósito
de agua.
Y se
rió como si le hiciera gracia el comentario.
—¿Puedo
ver cómo se sube al tejado?
—Por
supuesto.
Al
llegar a la puertecita del altillo, D' Arrigo se detuvo.
—Tenga
cuidado, es muy peligroso. Si usted quiere ir hasta el depósito, vaya, pero yo
no voy. Y, además, ha llovido y las tejas están muy resbaladizas.
Montalbano
cruzó la puertecita fuertemente agarrado a la jamba. No se atrevió a dar un
paso. El depósito se encontraba a unos diez metros de distancia, y a cada
metro, alguien que no tuviera mucha práctica corría el peligro de estrellarse
en el suelo.
Volvieron
a bajar al salón. Y aquí D'Arrigo decidió finalmente preguntar al comisario el
motivo de su visita. Pero dio un gran rodeo.
—Me
he enterado de que estos días ha estado en Vigàta el ingeniero Pennisi.
—Sí
—dijo Montalbano.
—¡Pobrecillo!
¡Veinticinco años de cárcel son muchos!
—Pues
sí —dijo Montalbano.
Entonces,
D'Arrigo añadió algo que sobresaltó al comisario.
—Según
Agustinu, no pudo ser él.
—¿Quién
es Agustinu?
—Agustinu
Trupia, el maestro de obras, el que hizo las reformas del chalet cuando yo lo
compré.
—¿Y
por qué estaba Agustinu convencido de que no había sido el ingeniero?
—Porque
Agustinu, hace treinta años, trabajaba de albañil en la empresa de Alletto y
Pennisi. En la obra se burlaban del ingeniero. A su espalda, naturalmente.
—¿Por
qué?
—Porque
no podía subirse a los andamios, le daba vueltas la cabeza, sufría de vértigo.
Agustinu me dijo que ni siquiera podía subir a una escalera de mano. Y por eso
no comprendía cómo se las había arreglado el ingeniero, tras haber matado a su
socio, para cargárselo sobre los hombros, subir al altillo, recorrer diez
metros caminando sobre las tejas, levantar la tapa del depósito, arrojar el
cadáver dentro, volver a colocar la tapa y regresar.
—Disculpe,
D'Arrigo, ¿Agustinu vive todavía?
—¡Pues
claro! Lo vi anteayer en el mercado de pescado. Ya no trabaja porque tiene más
de setenta años. Pero está muy bien.
—¿Tiene
usted su dirección?
La
conversación entre el comisario y el maestro de obras Agustinu Trupia tuvo
lugar ala mañana siguiente en el domicilio de la hija de Agustinu, Serafina,
que, con la colaboración de su marido Martino, había producido ocho hijos. El
mayor tenía veinte años, y la más pequeña, cinco. El maestro de obras jubilado
se dedicaba a ser abuelo a tiempo completo y disponía de una pequeña habitación
en la que recibió a Montalbano. Pero, aun así, el diálogo resultó un poco
difícil a causa del ruido procedente de las restantes estancias de la casa.
Tras haber oído las palabras de Montalbano, Trupia insistió en señalar que D'
Arrigo no le había repetido exactamente lo que él había dicho.
—¿El
ingeniero no sufría de vértigo?
—Por
supuesto que sí. Pero no es verdad que nos cachondeáramos de él.
—¿No
se burlaban de él?
—No,
señor. La primera vez que ocurrió, estábamos presentes cuatro personas, además
del ingeniero Pennisi. Estábamos yo, Tanu Ficarra, Gisue Licata y el ingeniero
Alletto. El ingeniero Pennisi llegó tarde, cuando nosotros ya estábamos
encaramados a los andamios. Entonces el ingeniero Alletta le dijo que subiera
también. Sin embargo, en cuanto subió, Pennisi empezó a tambalearse hacia uno y
otro lado como si estuviera borracho. Después se agarró a un palo y ya no se
movió. Se le habían puesto los pelos de punta y tenía los ojos muy abiertos.
Entonces lo sujetamos, estaba más tieso que un bacalao, y lo acompañamos abajo.
Nos echamos a reír cuando vimos que el ingeniero se había meado encima. Pero el
ingeniero Alletto nos dijo que, como nos riéramos otra vez, nos despediría. Y a
partir de entonces, no tuvimos ocasión de reírnos porque el ingeniero Pennisi
ya no se atrevió a volver a subir a los andamios.
—Dígame
una cosa, Trupia: ¿por qué no contó eso durante el juicio?
—Porque
nadie me lo preguntó. Y, además, yo no quería tratos con la ley. El que se
enreda con la ley, tanto si tiene razón como si no, acaba siempre pagando los
platos rotos.
—¿Y
por qué me lo cuenta ahora? Yo soy un representante de la ley. Y usted lo sabe
muy bien.
—Distinguido
señor, usía no se da cuenta de que tengo ya más de setenta años. Y por eso
puedo mandar al carajo tanto a usía como a la ley que usía representa.
Distinguido
ingeniero Pennisi:
Soy
el comisario Montalbano. Tuvimos ocasión de cenar juntos hace unos días en casa
de su primo, el director Burgio. Al día siguiente, su primo me reveló que
nuestro encuentro lo había organizado él. El director está sincera y
absolutamente convencido de su inocencia a pesar de la condena: quizá esperaba
de mí una especie de confirmación oficial de su convencimiento, con pruebas
seguras. Pero usted, en el transcurso de la cena, se negó a pedirme esa
confirmación: en algún momento, debió usted de pensar que cualquier
intervención por mi parte sería ya inútil. Inútil quizá no ante la ley, sino
ante la irreparable destrucción de su existencia. Yo jamás le podré devolver la
juventud que le robaron, los afectos perdidos, las alegrías y tristezas no
vividas o vividas a través del filtro de los barrotes. Usted debió de pensar en
la inutilidad, a estas alturas, de la inocencia.
Por
eso le escribo de mala gana estas líneas. He averiguado su dirección en Roma a
través del director, a quien conté una mentira, diciéndole que, aprovechando
que muy pronto tendría que viajar a Roma, tendría mucho gusto en volver a
verle. Usted me podría preguntar por qué le escribo, si lo hago de mala gana.
Soy un policía, ingeniero. Su primo ha puesto en marcha el mecanismo que por
desgracia tengo en la cabeza, y este mecanismo ya no puede detenerse si no
obtiene algún resultado. Y, por consiguiente, he llevado a cabo algunas
investigaciones y he consultado las actas del proceso. ¿Cuándo tuve la primera
revelación de la trampa que se urdió aprovechándose de usted? Aventuro una
hipótesis que usted podrá, si lo desea, confirmar o negar. Usted declaró que la
noche del homicidio se había quedado en casa. Pero era falso. Usted salió para
dirigirse al apartamento que había alquilado para sus encuentros con Renata. La
víspera, Renata le había dicho que pasaría la noche con usted. Y, por tanto,
usted se dirigió al apartamento, pero, inexplicablemente, Renata no apareció. A
partir de aquel momento, no tuvieron ustedes ocasión de volver a verse en
privado: la desaparición del ingeniero Alletto, con los registros y las
pesquisas, alteró necesariamente los ritmos cotidianos de Renata. Por lo demás,
los ojos de todo el mundo estaban clavados en ustedes, de modo que tenían que
actuar con la máxima prudencia. Ésas creo que debieron de ser las excusas de
Renata para evitar reunirse con usted. Después tuvo lugar el descubrimiento del
cadáver en el depósito de agua, y usted, oficialmente acusado, fue detenido.
Sólo Renata hubiera podido revelar a los investigadores el acuerdo que había
entre ustedes, según el cual ella le esperaría en el pequeño apartamento para
pasar la noche con usted. Eso no habría sido una coartada perfecta, pero habría
aliviado un poco su situación. Como es natural, un investigador caprichoso
habría podido acusar a Renata de complicidad. Era un riesgo que usted quizá
imaginaba que Renata habría asumido por amor. Pero Renata jamás se refirió a
aquella cita, ni durante los interrogatorios ni cuando declaró en el juicio. La
amiga confirmó que Renata había pasado la velada y la noche en su casa y que en
ningún momento le había comentado la existencia de una cita con usted. Y decía
la verdad, pues Renata le había ocultado lo que ella le había escrito o le
había dicho a usted por teléfono a propósito de aquella cita nocturna. A la
cual no pensaba acudir precisamente porque, según sus planes, usted tenía que encontrarse
sin coartada. Puede que su abogado le comentara la ambigua actitud de Renata
cuando le hablaba de usted: a veces decía que estaba segura de su inocencia y
otras veces se mostraba dubitativa y vacilante. Usted empezó a intuir algo,
pero seguramente tardó mucho en comprenderlo: hasta aquel momento no había
albergado la menor duda acerca de la entrega, el amor y la pasión de Renata.
Entonces decidió jugar una última carta, la prueba del nueve sobre la intención
de Renata de hacerlo parecer culpable: omitió deliberadamente decir que usted
no estaba en condiciones de llevar a cabo aquellas acrobacias en el tejado con
un cadáver sobre los hombros, a las que se había referido en su hipótesis el
fiscal. Tenía testigos que hubieran podido jurar ante el tribunal que usted
sufría de vértigo. Pero no le reveló los nombres al abogado. Ante su condena,
Renata calló. La prueba del nueve funcionó. Puede que usted pretendiera
confesar la existencia de esa enfermedad, o lo que fuera, que le impedía
encaramarse a los andamios, sólo tras la presentación del recurso. Ciertamente,
en presencia de esta novedad, la fiscalía habría podido replicar que usted
había contado con la ayuda de un cómplice, que le había echado una mano algún
obrero de su empresa. Su inocencia no hubiera quedado inequívocamente
demostrada, pero el castillo de naipes de la acusación se habría resentido de
ello. Sin embargo, entre el primer y el segundo juicio, usted se enteró de que
Renata se había vuelto a casar con el aparejador Lojacono. Éste, a diferencia
de usted, podía caminar perfectamente por un tejado, incluso con un cadáver
sobre los hombros. En resumen, usted comprendió entonces que Renata y el
aparejador eran amantes desde siempre, que usted no había sido más que la rueda
principal del engranaje que ellos habían diseñado. ¿Por qué no reaccionó?
¿Herido de muerte por la traición de la mujer a la que amaba? ¿Temeroso de ser
considerado un imbécil por la trágica burla de que había sido objeto? ¿Deseoso
de expiar los pecados cometidos contra su amigo Alletto, contra su propia
esposa y su único hijo? No quiero respuestas, ingeniero, no me interesan, son
asuntos suyos. Por uno de estos motivos, o por todos, usted decidió abandonarse
pasivamente al curso de los acontecimientos. Pero quiso decirles a Renata y a
su flamante marido que había descubierto el engaño. Y aquel día, mientras el
fiscal lo acusaba de premeditación, usted, delante de todo el mundo, atrapó una
mosca. Dio la impresión de ser un terrible gesto de despectiva indiferencia.
Pero, verá usted, ingeniero, yo tengo mucha experiencia. No existe ningún frío
asesino que, mientras se le dirigen unas acusaciones tan graves, tenga el valor
de hacer un gesto como el suyo. Un gesto, repito, de desprecio e indiferencia.
Sólo que aquel gesto era un mensaje dirigido expresamente al aparejador
Lojacono, presente aquel día en la sala. Su interpretación era la siguiente:
«Vosotros dos, tú y Renata, me habéis atrapado como una mosca.» Eso es todo. Y
Lojacono lo entendió muy bien. Y temió su represalia. Tanto es así que se fue a
Bolivia en cuanto su mujer entró en posesión de la cuantiosa herencia.
Esto,
mi querido ingeniero, es todo lo que creo haber comprendido de su trágico caso.
No se lo he comentado a nadie y menos aún al director Burgio.
No
le pido que confirme mis conjeturas, que, sin embargo, no me parecen demasiado
descabelladas. Le pido sólo una cosa: dígame qué debo hacer.
«NADA.»
Era la única palabra que contenía el telegrama que el comisario recibió a los
tres días, firmado por el ingeniero Rocco Pennisi. Nada.
Y
Montalbano obedeció.
La
Nochevieja de Montalbano
El
que empezó la letanía, la novena o lo que fuera, fue, el 27 de diciembre, el
jefe superior de policía.
—Montalbano,
usted, naturalmente, pasará la Nochevieja con su Livia, ¿no es cierto?
Pues
no, no pasaría con su Livia la Nochevieja. Ambos habían tenido una discusión
tremenda, de ésas tan peligrosas que empiezan con un «vamos a reflexionar con
calma» y acaban inevitablemente de mala manera. Y, por consiguiente, el
comisario se quedaría en Vigàta y Livia se iría a Viareggio con unos compañeros
de la oficina. El jefe superior observó que algo no marchaba e intervino de
inmediato para evitarle a Montalbano una embarazosa respuesta.
—Porque,
en caso contrario, estaríamos encantados de tenerle en casa. Mi mujer hace
tiempo que no lo ve y no para de preguntarme por usted.
El
comisario estaba a punto de lanzar un agradecido «sí» cuando el jefe superior
añadió:
—Vendrá
también el señor Lattes; su esposa se ha tenido que ir corriendo a Merano
porque su madre no anda muy, bien de salud.
A
Montalbano no le hacía gracia la presencia de Lattes, apodado el «leches y
mieles» por su empalagosa manera de hablar. Probablemente durante la cena, y
también después de ella, no se habría hablado de otra cosa que no fueran los
«problemas de orden público en Italia», como se habrían podido titular los
largos monólogos de Lattes, jefe del gabinete.
—La
verdad es que ya había...
El
jefe superior lo interrumpió, pues conocía muy bien la opinión que le merecía
Lattes a Montalbano.
—Bueno,
si no puede, nos podríamos ver en la comida de Año Nuevo.
—Allí
estaré —prometió el comisario.
Después
le tocó el turno a la señora Clementina Vasile—Cozzo.
—Si
no tiene nada mejor que hacer, ¿por qué no viene a mi casa? Estarán también mi
hijo, su mujer y el niño.
¿Y
qué pintaba él en aquella hermosa reunión familiar?
Contestó
con apuro que no.
A
continuación, le tocó el turno al director Burgio. Se iba con su mujer a
Comitini, a casa de una sobrina.
—Son
gente muy simpática, ¿sabe? ¿Por qué no se apunta?
Aunque
su simpatía rebasara los límites de la mismísima simpatía, a él no le apetecía
apuntarse. A lo mejor el director se había equivocado de verbo; si hubiera
dicho «¿por qué no nos hace compañía?», habría habido alguna posibilidad.
La
letanía, la novena o lo que fuera se reanudó tres días después en la comisaría.
—¿Quieres
venir mañana a pasar la Nochevieja conmigo? —le preguntó Mimì Augello, que
había intuido su trifulca con Livia.
—Pero
¿adónde vas tú? —le preguntó a su vez Montalbano, a la defensiva.
Mimì,
que no estaba casado, lo habría llevado seguramente a la ruidosa casa de algún
amigo o a algún anónimo y pretencioso restaurante lleno de voces, carcajadas y
música a todo volumen.
A él
le gustaba comer en silencio. Ese tipo de alborotos podían destrozarle el
placer de cualquier plato aunque lo hubiera preparado el mejor cocinero del
mundo.
—He
reservado en el Central Park —contestó Mimì.
Era
de esperar. ¡El Central Park! Un enorme restaurante de la zona de Fela de
nombre ridículo y decoración no menos ridícula en el que habrían sido capaces
de envenenarlo con una simple chuletita y un poco de verdura hervida.
Miró
a su subcomisario sin hablar.
—Bueno,
bueno, no he dicho nada —dijo Augello, y abandonó su despacho. Pero
inmediatamente volvió a asomar la cabeza—: La verdad es que a ti te gusta comer
solo.
Mimì
tenía razón. Recordó que una vez había leído un relato, sin duda de un autor
italiano, cuyo nombre no recordaba, en el que se hablaba de un país donde comer
en público se consideraba un delito contra el sentido del pudor. En cambio,
hacer aquella cosa en presencia de todo el mundo, no, era un acto de lo más
normal y aceptado. En el fondo, él estaba de acuerdo. Saborear un plato
preparado como Dios manda era uno de los placeres más refinados de los que un
hombre podía gozar, un placer que no se podía compartir con nadie, ni siquiera
con la persona más querida.
Al
regresar a su casa de Marinella, encontró en la mesa de la cocina una nota de
su asistenta Adelina.
«Perdone
si me premite que mañana no baya que es nochevieja y aprovechando que mis dos
ijos están en libertaz preparo los arancini que tanto les gustan. Si usía me
ace el onor de pasar a comer la direccion ya la sabe.»
Adelina
tenía dos hijos delincuentes que entraban y salían de la cárcel: era una pura
casualidad, tan insólita como la aparición del cometa Halley, que ambos se
encontraran simultáneamente en libertad. Y, por consiguiente, el acontecimiento
merecía celebrarse por todo lo alto con unos arancini.
—¡Dios
mío, los arancini de Adelina! Los había saboreado sólo una vez: un recuerdo que
seguramente le había penetrado en el ADN, en su patrimonio genético.
Adelina
tardaba dos días enteros en prepararlos. Se sabía de memoria la receta. La
víspera se prepara un estofado de ternera y carne de cerdo a partes iguales que
tiene que cocer a fuego muy lento durante horas y horas con cebolla, tomate,
apio, perejil y albahaca. Al día siguiente, se prepara un arroz, el que llaman
a la milanesa (¡pero sin azafrán, por favor!), se vierte todo sobre una mesa,
se mezcla con los huevos y se deja enfriar. Entre tanto, se hierven los
guisantes, se hace una besamel, se cortan en trocitos unas lonchas de
salchichón y se mezcla todo con la carne estofada y triturada a mano con la
tajadera (¡nada de batidoras, por el amor de Dios!). Al arroz se le añade el
jugo de la carne. A continuación, se coge un poco, se coloca en la palma de la
mano ahuecada, se le agrega una cucharada de la mezcla anterior y se cubre con
un poco más de arroz para formar una albóndiga. Cada albóndiga se pasa por
harina y después por clara de huevo y pan rallado. Luego, todos los arancini se
echan en una sartén con aceite muy caliente y se fríen hasta que adquieren un
color de oro viejo. Se escurren sobre papel. ¡Y, al final, loado sea el Señor,
se comen!
Montalbano
no tuvo ninguna duda acerca de con quién iba a cenar en Nochevieja. Sólo una
pregunta lo preocupó antes de conciliar el sueño: ¿conseguirían los dos hijos
de Adelina permanecer en libertad hasta el día siguiente?
La
mañana del 31, en cuanto entró en el despacho, Fazio reanudó la letanía, la
novena o lo que fuera:
—Dottore,
si esta noche no tiene nada mejor que hacer...
Montalbano
lo cortó y, teniendo en cuenta que era un amigo, le reveló con quién pasaría la
Nochevieja. Contrariamente a lo que él esperaba, el rostro de Fazio se
ensombreció.
—¿Qué
ocurre? —preguntó el comisario, alarmado.
—¿Su
asistenta Adelina se apellida Cirrincio?
—Sí.
—¿Y
sus hijos se llaman Giuseppe y Pasquale?
—En
efecto.
—Espere
un momento —dijo Fazio, y abandonó el despacho.
Montalbano
empezó a ponerse nervioso.
Fazio
regresó al poco rato.
—Pasquale
Cirrincio está en apuros.
Al
comisario se le heló la sangre en las venas, adiós arancini.
—¿Qué
significa eso de que está en apuros?
—Significa
que hay una orden de captura. La Brigada Móvil de Montelusa. Por robo en un
supermercado.
—¿Robo
o atraco?
—Robo.
—Fazio,
intenta averiguar algo más. Pero no oficialmente. ¿Tienes amigos en la Móvil de
Montelusa?
—Todos
los que usted quiera.
A
Montalbano se le pasaron las ganas de trabajar.
—Comisario,
han quemado el coche del ingeniero Jacono —dijo Gallo, metiéndose en el
despacho.
—Díselo
al subcomisario Augello.
—Comisario,
esta noche han entrado ladrones en casa del contable Pirrera y se lo han
llevado todo —le anunció Galluzzo.
—Díselo
al subcomisario Augello.
Ya
está: de esa manera, Augello se podía despedir de su cena de Nochevieja en el
Central Park. Y le tendría que estar agradecido, pues se libraría de un
envenenamiento seguro.
—Comisario,
la situación es la que le he dibujado. La noche del veintisiete al veintiocho
desvalijaron un supermercado de Montelusa y lo cargaron todo en un camión. Los
de la Móvil están seguros de que Pasquale Cirrincio formaba parte del grupo.
Tienen pruebas.
—¿Cuáles?
—No
me lo han dicho.
Hubo
una pausa, tras la cual Fazio se armó de todo el valor que tenía.
—Señor
comisario, quiero hablarle claro: usted no debe ir a cenar esta noche a casa de
Adelina. Yo no diré nada, eso seguro. Pero ¿y si por casualidad, a los de la
Brigada de Capturas se les ocurre la genial idea de ir a buscar a Pasquale a
casa de su madre y descubren que está cenando con usted? Señor comisario, no me
parece muy apropiado.
Sonó
el teléfono.
—¿Usía
es el comisario Montalbano?
—Sí.
—Soy
Pasquale.
—¿Pasquale
qué?
—Pasquale
Cirrincio.
—¿Me
llamas desde un teléfono móvil? —preguntó Montalbano.
—No,
señor, no soy tan pijo.
—Es
Pasquale —informó el comisario a Fazio, cubriendo con una mano el micrófono.
—¡Yo
no quiero saber nada! —dijo Fazio; se levantó y abandonó el despacho.
—Dime,
Pasquà.
—Tengo
que hablar con usted, comisario.
—Yo
también tengo que hablar contigo. ¿Dónde estás?
—En
la vía rápida de Montelusa. Estoy llamando desde la cabina que hay delante del
bar de Pepè Tarantello.
—Procura
que no te vean. Estoy ahí dentro de tres cuartos de hora como máximo.
* *
*
—Sube
al coche —ordenó el comisario en cuanto vio a Pasquale en las inmediaciones de
la cabina.
—¿Vamos
lejos?
—Sí.
—Pues
entonces, cojo mi coche y lo sigo.
—Tú
el coche lo dejas aquí. ¿Quieres que vayamos en procesión?
Pasquale
obedeció. Era un apuesto muchacho de poco más de treinta años, moreno y de ojos
muy vivos.
—Dutturi,
yo le quiero explicar...
—Después
—dijo Montalbano, poniéndose en marcha.
—¿Adónde
me lleva?
—A
mi casa de Marinella. Agáchate un poco y cúbrete la cara con la mano derecha
como si te dolieran las muelas. Así desde fuera no te reconocerán. ¿Sabes que
te buscan?
—Sí,
señor, por eso le he llamado. Me lo dijo un amigo esta mañana mientras
regresaba de Palermo.
Sentado
en la galería con una cerveza que le había ofrecido el comisario, Pasquale
pensó que ya había llegado el momento de explicarse.
—Yo
con esa historia del supermercado Omnibus no tengo nada que ver. Se lo juro por
mi madre.
Un
juramento en falso por su madre, Adelina, a la que adoraba, jamás lo hubiera
hecho: Montalbano se convenció inmediatamente de la inocencia de Pasquale.
—No
bastan los juramentos, se necesitan pruebas. Y en la Móvil dicen que tienen
ciertas cosas en su poder.
—Comisario,
ni siquiera puedo imaginar qué es lo que tienen en su poder, porque yo no fui a
robar al supermercado.
—Espera
un momento —dijo el comisario.
Entró
en su habitación y efectuó una llamada. Cuando regresó a la galería, se le
había ensombrecido el rostro.
—¿Qué
pasa? —preguntó Pasquale, muy tenso.
—Pasa
que los de la Móvil tienen una prueba que te compromete.
—¿Cuál?
—Tu
billetero. Lo encontraron cerca de la caja. Estaba también tu carnet de
identidad.
Pasquale
palideció y se levantó de un salto, dándose un manotazo en la frente.
—¡Ahora
ya sé dónde lo perdí!
Volvió
a sentarse, pues le temblaban las rodillas.
—Y
ahora, ¿cómo salgo de ésta? —dijo en tono lastimero.
—Cuéntamelo
todo.
—La
tarde del veintisiete fui a ese supermercado. Estaban a punto de cerrar. Compré
dos botellas de vino, una de whisky, unos frutos secos, galletas y cosas por el
estilo. Lo llevé todo a casa de un amigo.
—¿Quién
es ese amigo?
—Peppe
Nasca.
Montalbano
hizo una mueca.
—¿A
que estaban también Cocò Bellìa y Tito Farruggia? —preguntó.
—Sí,
señor —reconoció Pasquale.
La
banda al completo, todos con antecedentes, todos compañeros de robos.
—¿Y
por qué os reunisteis?
—Queríamos
jugar al tresillo y a la brisca.
La
mano de Montalbano voló por el aire y aterrizó sobre el rostro de Pasquale.
—Empieza
a contar. Ésta es la primera.
—Perdón
—dijo Pasquale.
—Volvamos
a empezar. ¿Por qué os habíais reunido?
Inesperadamente,
Pasquale se echó a reír.
—¿Te
hace gracia? Pues a mí, no.
—No,
señor comisario, ésta sí que es buena. ¿Sabe por qué estábamos en casa de Peppe
Nasca?
Habíamos
organizado un robo para la noche del veintiocho.
—¿Dónde?
—En
un supermercado —contestó Pasquale, riéndose entre lágrimas.
Entonces
Montalbano comprendió el porqué de aquella carcajada.
—¿El
mismo? ¿El Omnibus?
Pasquale
asintió con la cabeza, porque la risa lo ahogaba.
El
comisario le volvió a llenar el vaso de cerveza.
—¿Y
se os han adelantado?
Otro
sí con la cabeza.
—Mira,
Pasqui, que la situación para ti sigue siendo muy grave. ¿Quién te va a creer?
Si les cuentas con quién estabas aquella noche, te encierran sin remisión.
¡Imagínate! ¡Cuatro delincuentes como vosotros, sirviéndoos mutuamente de
coartada! ¡Ésta sí que es como para troncharse de risa!
Volvió
a entrar en la casa y efectuó otra llamada. Regresó a la galería meneando la
cabeza.
—¿Sabes
a quién buscan, además de a ti, por el robo en el supermercado? A Peppe Nasca,
a Coco Bellia y a Tito Farruggia. La banda al completo.
—¡Virgencita
santa! —exclamó Pasquale.
—¿Y
sabes lo bueno? Lo bueno es que tus compañeros irán a parar a la cárcel porque
tú, como un gilipollas, fuiste a perder el billetero nada menos que en ese
supermercado. Es como si hubieras puesto la firma, exactamente lo mismo que
confesarse culpable.
—Ésos,
cuando los detengan y sepan por qué, a la primera ocasión me rompen el culo.
—Y
con razón —dijo Montalbano—. Tú ya puedes empezar a preparar el culo. Fazio me
ha dicho también que Peppe Nasca ya está en la comisaría, lo ha detenido
Galluzzo.
Pasquale
se sostuvo la cabeza con las manos. Mientras lo miraba, a Montalbano se le
ocurrió una idea que tal vez podría salvar la cena de los arancini. Pasquale lo
oyó trajinar por la casa, abriendo y cerrando cajones.
—Ven
aquí.
El
comisario lo esperaba en el comedor con unas esposas en la mano. Pasquale lo
miró estupefacto.
—Ya
no recordaba dónde las había metido.
—¿Qué
va a hacer?
—Detenerte,
Pasquà.
—¿Por
qué?
—¿Cómo
que por qué? Tú eres un ladrón y yo un comisario. A ti te buscaban y yo te he
encontrado. No me vengas con historias.
—Señor
comisario, usía sabe muy bien que conmigo no hacen falta las esposas.
—Esta
vez, sí.
Resignado,
Pasquale se acercó y Montalbano le colocó una esposa alrededor de la muñeca
izquierda. Después, tirando de él, lo arrastró al cuarto de baño y cerró la
otra esposa alrededor de la cañería del excusado.
—Vuelvo
enseguida —dijo—. Si te dan ganas, podrás hacerlo con toda comodidad.
Pasquale
ni siquiera pudo abrir la boca.
—¿Habéis
avisado a los de la Móvil de que hemos detenido a Peppe Nasca? —preguntó
Montalbano, entrando en la comisaría.
—Usted
me dijo que no lo hiciera y yo no lo he hecho —contestó Fazio.
—Llevadlo
a mi despacho.
Peppe
Nasca era un hombre de unos cuarenta años con una nariz muy grande.
Montalbano
le dijo que se sentara y le ofreció un cigarrillo.
—Estás
jodido, Peppe. Tú, Coco Bellia, Tito Farruggia y Pasquale Cirrincio.
—No
hemos sido nosotros.
—Lo
sé.
Las
palabras del comisario desconcertaron a Peppe.
—Pero
estáis igualmente jodidos. ¿Y sabes por qué los de la Móvil no han tenido más
remedio que emitir una orden de captura para vuestra banda? Porque Pasquale
Cirrincio perdió el billetero en el supermercado.
—¡Hostia
puta! —estalló Peppe Nasca.
Y
después soltó toda una sarta de maldiciones, tacos e imprecaciones. El
comisario dejó que se desahogara.
—Hay
algo todavía peor —dijo luego Montalbano.
—¿Qué
puede ser peor?
—Que,
en cuanto entréis en la cárcel, vuestros compañeros de encierro os recibirán
con silbidos y patadas. Habéis perdido la dignidad. Sois unos personajes
ridículos, unos pobres desgraciados. Vais a la cárcel a pesar de ser inocentes.
Sois los típicos cornudos y apaleados.
Peppe
Nasca era un hombre inteligente. Lo demostró con una pregunta.
—¿Quiere
usía explicarme por qué está convencido de que no hemos sido nosotros cuatro?
El
comisario no contestó, abrió el cajón de la izquierda de su escritorio, sacó
una casete y se la enseñó a Peppe.
—¿Ves
esta casete? Hay una grabación ambiental.
—¿Se
refiere a mí?
—Sí.
Se hizo en tu casa, en la noche del veintisiete al veintiocho; se oyen vuestras
cuatro voces. Había ordenado que os sometieran a vigilancia. Aquí planeáis el
robo del supermercado. Pero para la noche siguiente. Sin embargo, se os
adelantaron otros más listos.
Volvió
a guardar la casete en el cajón.
—Por
eso estoy tan seguro de que vosotros no tenéis nada que ver.
—Pues
entonces, si usted les deja oír la grabación a los de la Móvil, se sabrá
enseguida que nosotros no tenemos nada que ver.
¡La
cara que habrían puesto los de la Móvil si hubieran oído la grabación de la
casetel Contenía una versión especial de la Sinfonía n.º 1 de Beethoven que
Livia le había grabado en Génova.
—Peppe,
trata de razonar. La casete puede servir para exculparos, pero también puede
ser prueba de vuestra culpabilidad.
—Explíquese
mejor.
—En
la cinta no consta la fecha en que se grabó. Ésa sólo la puedo decir yo. Y, si
me diera el capricho de afirmar que la grabación corresponde al día veintiséis,
la víspera del robo, vosotros lo pagaríais con la cárcel y los más listos
disfrutarían del dinero en libertad.
—¿Y
por qué quiere usía hacer una cosa así?
—Yo
no he dicho que quiera, es una posibilidad. Por otra parte, si yo les dejo oír
esta casete a algunos amigos vuestros, no a los de la Móvil, os despreciarán
para siempre. Ningún perista aceptará vuestra mercancía. Ya no encontraréis a
nadie que os eche una mano, ningún cómplice. Vuestra carrera de ladrones se
habrá acabado. ¿Me sigues?
—Sí,
señor.
—Así
que tú no puedes hacer más que lo que yo te pido.
—¿Qué
quiere?
—Quiero
ofrecerte la posibilidad de una salida.
—Dígame
qué es.
Montalbano
se lo dijo.
Fueron
necesarias dos horas para convencer a Peppe Nasca de que no había otra
solución. Después Montalbano confió de nuevo a Peppe a la custodia de Fazio.
—No
avises todavía a los de la Móvil.
Salió
del despacho. Eran las dos y por la calle había muy poca gente. Entró en una
cabina telefónica, marcó un número de Montelusa y se apretó la nariz con el
índice y el pulgar.
—¿Oiga?
¿Es la Brigada Móvil? Se están ustedes equivocando. El robo en el supermercado
lo cometieron los de Caltanissetta, los que tienen por jefe a Filippo Tringili.
No, no me pregunte quién soy porque, de lo contrario, cuelgo. Le voy a decir
también dónde está escondido el botín que aún se encuentra en el camión. Está
en la nave industrial de la empresa Benincasa, junto a la carretera provincial
Montelusa— Trapani, a la altura del barrio de Melluso. Vayan enseguida porque
me parece que esta noche tienen intención de llevarse el botín en otro camión.
Colgó.
Para evitar malos encuentros con la policía de Montelusa, pensó que lo mejor
sería retener a Pasquale en su casa, pero sin las esposas, hasta que
anocheciera. Entonces irían juntos a casa de Adelina. Y él disfrutaría de los
arancini no sólo por su celestial exquisitez, sino también porque se sentiría
totalmente en paz con su conciencia de policía.
Fin


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