© Libro N°. 3031. Montalbano 5. Un Mes Con Montalbano. Camilleri, Andrea. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Un mese con Montalbano
Versión Original: © Montalbano 5. Un Mes Con Montalbano. Andrea Camilleri
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MONTALBANO 5
UN MES CON MONTALBANO
Andrea Camilleri
Título original: Un mese con Montalbano
Traducción de: Elena de Grau Aznar.
Treinta
miradas del comisario Montalbano
M.
VÁZQUEZ MONTALBÁN
Aunque
era un rumor que crecía como una bola de nieve o como el impeachement de un
presidente de los Estados Unidos, fue necesario llegar al verano de 1998 para
que la irresistible ascensión de Andrea Camilleri se convirtiera en evidencia
informativa. Siete novelas, siete, del escritor siciliana aparecían en todas
las listas de libros más vendidos de Italia, copando en algún momento los
primeros lugares. No estábamos ante un fenómeno de prefabricación publicitaria,
sino al contrario, ante la comprobación de que la literatura más artesana puede
ser ratificada por el gran público mediante el concurso de un nuevo sujeto del
cambio de gusto: la vanguardia de los lectores, hoy mucho más determinante que
la vanguardia de la crítica, por mal que les siente a algunos críticos
empeñados en identificar al público con el mercado para desacreditarlo como
juez. El propio Camilleri confiesa a la prensa: Soy un escritor lanzado por el tamtan
del público, no he ganado premios de, resonancia. Elvira (Edit. Sellerio) no
hace ninguna publicidad, y así llegaba a diez mil ejemplares porque la gente se
telefoneaba y, como se aconseja una película, se aconsejaba mis libros. Es más,
algunas veces los lectores le han abordado y le han desaconsejado los próximos
pasos a dar por su personaje, el comisario Salvo Montalbano, a manera de
feedback espontáneo que merece un tratamiento en las facultades de Ciencias de
la Comunicación.
“¿No
has leído a Camilleri? ¿Cómo es posible que no hayas leído a Camilleri?..” dejó
de ser un rumor para convertirse en fumetto sobre la línea del cielo de la
sociedad literaria italiana. Apuesta meritoria porque sus libros aparecían en
una editorial siciliana, Sellerio, prestigiada por el padrinazgo de Sciascia,
pero con pocas posibilidades de competir con las grandes editoriales. De cinco
mil ejemplares en cinco mil, Il cane di terracotta, La strage dimenticata, La
concesione dil telefono, Il birraio di Prestan o La voce del violino iban
absorbiendo capas de lectores hasta forzar la pregunta ¿quién es Andrea
Camilleri? Ante todo estamos ante una personalidad excéntrica con respecto a la
sociedad literaria en la que casi todos tratamos de ganar el combate por KO
recién cumplidos los veinte años: Camilleri alcanza el irreversible éxito
lector a los 73, después de una vida profesional de la cultura, profesor de
Arte Dramático, guionista y director teatral y televisivo, con logros
importantes como la serie italiana dedicada a Maigret interpretada por Gino
Cervi o versiones de autores italianos como Terzetto spezzito de Italo Svevo.
Apasionado por el ámbito del 800 siciliano, autor de un bellísimo ensayo sobre
la componenda como procedimiento de acuerdo en la cultura siciliana (La bolla
di componenda), en 1980 publica su primera novela en Garzanti que no será un
éxito hasta su reedición en Sellerio en 1997 ya en el inicio del fenómeno
Camilleri. El escritor clarifica la vía de acceso a una estrategia personal de novela
de intriga y al hallazgo del punto de vista propuesto al lector para la
complicidad de la indagación: Para escribir un giallo se necesita un delito y
un investigador. “He escogido el nombre de Montalbano porque es uno de los más
comunes en Sicilia y también como homenaje a Manuel Vázquez Montalbán...”
Afirmación que recojo porque después de haber conocido a Camilleri y de haberlo
leído, me parece un honor inmerecido, aunque a veces, Montalbano, no Camilleri,
se irrite por los gustos de Carvalho, especialmente por los gastronómicos. En
cuanto a la técnica, Camilleri asume que ha destripado las novelas de Maigret
para poder llevarlas a la pantalla... Diego Fabri me ha enseñado cómo desmontar
un giallo de Simenon y volverlo a montar para la televisión. En mi primer libro
La forma del agua, Montalbano era una función, no un personaje con todos sus
atributos. Il cane di terracotta la he escrito para definirlo y cuando he visto
que interesaba, escribí otras dos. Camilleri va connotando los ámbitos hipotéticos
sicilianos y a su propio personaje que crece novela a novela hasta poder
permitirse el ejercicio de deconstrucciones de su estrategia literaria e
investigadora en Un mes con Montalbano.
Este
libro propicia una magnífica entrada en el universo de Camilleri y su
personaje, a episodio por día del mes, se resuelven casos no siempre criminales
pero que ponen a prueba la sagacidad psicológica y deductiva del comisario, así
como su gusto por la exhibición cultural. Las referencias cultas actúan como
los jeroglíficos egipcios en los poemas de Pound, ventanas abiertas a otro
universo, inverosímiles para un comisario de policía real, pero perfectamente
verosímiles para un comisario de policía literario, criatura al fin y al cabo
construida con palabras. Camilleri juega con la doble vida culta de Montalbano
obligando al lector a la complicidad de creer posible que un vagabundo se
enfrasque en un diálogo de alto nivel con el funcionario del orden. Pone a
prueba de esta manera el verosímil literario que nada tiene que ver con otros
verosímiles de ficción, por ejemplo el fílmico tal como lo descodificó Edgar
Morin o lo verosímil comprobable en la realidad. Camilleri justificó la
escritura de los treinta relatos de Un mese con Montalbano por la intención de
ofrecer una galería de la mentalidad siciliana y por el propósito de entretener
al comisario Montalbano mediante treinta pedazos de apetitosa carne mientras el
autor se concentraba en otras escrituras. La resultante es un muestrario de
todas las pinceladas que componen el efecto Montalbano y una magnífica manera
de abrir boca para las restantes novelas de Camilleri.
Los
diseccionadores de las novelas del comisario Montalbano sitúan la intención
literaria y al personaje en un espacio amplio dentro del género policíaco, tan
amplio que lo desborda. Más cerca de Maigret que de Spade o de Carvalho que de
cualquier investigador científico criminalista a lo Boileau Narjeac, Camilleri
confiesa los homenajes implícitos a uno y otro personaje, incluso el parentesco
eufónico entre Montalbano y Montalbán, pero es preciso leer sus novelas para
comprender los elementos que le acercan y le alejan de Simenon o de mis
intenciones o posibilidades. De Simenon le separa una visión lúdica y culta de
la indagación y de la función del mirón así como una cosmogonía sureña frente a
las brumas ambientales y cerebrales de la cosmogonía simenoniana. De mi
personaje o de mis novelas alquiladas a Carvalho le separa el propio sustrato
de Camilleri, en ciertas notas coincidentes con el mío, pero menos condicionado
por la ansiedad del escritor con voluntad de serlo y demostrarlo que a veces me
ha asaltado. Montalbano exhibe su cultura sorprendente, especialmente
dieciochesca y a veces las tramas se construyen en relación con un pretexto
culto, en cambio Carvalho quema los libros de los que alguna vez dependió. El
estilo de Camilleri está cargado de cultura e Historia, pero también de
paciencia cultural e histórica, paciencia de isleño al que siempre le cuesta
más que a cualquier peninsular llegar al centro del universo. Falsa distancia
por otra parte, porque ya Sciascia, cuando el crítico Porcio le pregunta por
qué ha hecho de Sicilia el territorio de sus novelas, el escritor le contesta:
Sicilia es el mundo. Siciliano de origen, vinculado a la atmósfera ética,
cultural y estética que ha hecho posibles a Sciascia, Bufalino y Consolo, con
los que Camilleri ha compartido la obsesiva inmediatez de los cuatro puntos
cardinales que envuelve a toda isla, el escritor reside en Roma y asiste a su
propio éxito con una distancia senequista, en el supuesto de que Séneca además
hubiera tenido sentido del humor, el espléndido sentido del humor de Andrea
Camilleri.
Complejo
el éxito de este autor porque sus novelas no son fáciles y requieren la
complicidad de un lector culto y relativizador, por otra parte capaz de aceptar
ese universo siciliano, incluso ese lenguaje siciliano sabiamente dosificado y
quintaesenciado. Tampoco es fácil su estilo que traduce una manera de mirar y
sancionar la realidad que habrá requerido una tensión extra por parte de la, en
este caso, traductora. El éxito de Camilleri se ha debido en parte a que su
literatura ha sido adoptada por el norte lector más inteligente, el que no
demanda mercancías de un ser folclórico, sino de un asumible imaginario del
sur, contradicción entre lo abstracto sublimado y las notas de concreción que
lo connotan. Ha sido ese lector de norte cultural más que geográfico el que ha
propiciado que un género como el policíaco dejara de ser un sub género y un
adjetivo para devenir estrategia de conocimiento narrativo, en el que
Camilleri, a sus 73 años, se integra como una de las aportaciones más
rejuvenecedoras de la sociedad literaria europea de la presente década.
El
anónimo
Annibale
Verruso ha descubierto que su mujer le pone los cuernos y va a encargar a
alguien que la mate. iSi la mata, ustedes serán los responsables!
El
anónimo, escrito con letra de imprenta con un bolígrafo de tinta negra, había
sido enviado desde Montelusa a la comisaría de Vigàta. El inspector Fazio, que
era el encargado de repartir la correspondencia, lo leyó y se lo llevó
inmediatamente a su superior, el comisario Salvo Montalbano. Como aquella
mañana soplaba viento sudoeste, el comisario estaba de un humor agrio, se
odiaba a muerte y también odiaba al mundo entero.
—¿Quién
mierda es ese Verruso?
—No
lo sé, comisario.
—Entérate
y luego me lo cuentas.
Dos
horas después, Fazio volvió a presentarse y ante la mirada de interrogación de
Montalbano, soltó:
—Annibale
Verruso, hijo de Carlo y de Filomena Castelli, nació en Montaperto el 3 de
junio de 1960, está empleado en la cooperativa agrícola de Montelusa pero
reside en Vigàta, en el número 22 de la calle Alcide De Gasperi...
El
grueso volumen de la guía telefónica de Palermo y su provincia, que casualmente
se encontraba encima de la mesa del comisario, se levantó en el aire, atravesó
la habitación y chocó contra la pared de enfrente, provocando la caída del
calendario, amable obsequio de la pastelería Pantano y Torregrossa. Fazio
sufría lo que el comisario llamaba “complejo de censo”, algo que si lo ponía
nervioso cuando hacía buen tiempo, imagínense cuando soplaba el viento del
sudoeste.
—Perdone
—dijo Fazio mientras iba a recoger la guía de teléfonos—. Pregunte y yo le
contesto.
—¿Cómo
es el tipo?
—No
tiene antecedentes.
Montalbano
aferró la guía de teléfonos con expresión amenazadora.
—Lo
he repetido cientos de veces, Fazio. No tener antecedentes no significa nada de
nada. Repito: ¿cómo es?
—Me
han dicho que es un hombre tranquilo, de pocas palabras y pocos amigos.
—¿Jugador?
¿Bebedor? ¿Mujeriego?
—No.
—¿Desde
cuándo está casado?
—Desde
hace cinco años. Con una mujer de aquí, Serena Peritore. Tiene diez años menos
que él. Dicen que es muy bonita.
—¿Le
pone los cuernos?
—Bah.
—Se
los pone, ¿sí o no?
—Si
lo hace, se las arregla para que no se sepa. Unos dicen una cosa y otros lo
contrario.
—¿Tienen
hijos?
—No.
Dicen que él no quiere tenerlos.
El
comisario lo contempló, asombrado.
—¿Cómo
has conseguido enterarte de estas intimidades?
—Hablando
en la peluquería —contestó Fazio pasándose una mano por la nuca recién
rasurada. En Vigàta el Salón seguía siendo el Gran Lugar de Reunión, como en
los viejos tiempos. —¿Qué hacemos? —preguntó.
—Esperemos
a que la mate y luego ya veremos —decidió Montalbano con una expresión dura que
dejó helado al otro.
Con
Fazio había fingido antipatía e indiferencia, pero el anónimo lo intrigaba.
Aparte
de que nunca había acontecido un delito de los llamados de honor desde que
vivía en Vigàta, a simple vista el asunto no lo convencía. En primer lugar,
contestó a la pregunta de Fazio diciendo que había que esperar a que Verruso
matase a su mujer. Había sido un error. En la carta se decía que Verruso quería
mandar matar a la traidora; es decir, que tenía la intención de recurrir a otra
persona para lavar su honor. Y esto no era lo habitual. En primer lugar, el
marido al que le llegan rumores de traición, espera escondido, sigue, espía,
sorprende y dispara. Y todo en primera persona, sin aguardar al día siguiente
ni encargarle a un desconocido que le resuelva el asunto. Además, ¿quién puede
ser el desconocido? Un amigo no habría aceptado. ¿Un asesino a sueldo? ¿En
Vigàta? ¡Bobadas! Claro que había asesinos en Vigàta, pero no estaban
disponibles para trabajitos extra porque todos tenían un empleo fijo y un
sueldo que pagaba con regularidad quien los contrataba. En segundo lugar,
¿quién había escrito la carta? ¿La señora Serena para parar el golpe? Pero si
sospechaba de verdad que antes o después su marido iba a encargar que la
mataran, ¡no perdería el tiempo escribiendo anónimos! Habría corrido a pedir
ayuda a su padre, a su madre, al párroco, al obispo y al cardenal o bien se
habría fugado con su amante, y si te he visto no me acuerdo.
No,
se mirase por donde se mirase, la cosa no se sostenía.
Entonces
se le ocurrió una idea. ¿Y si el marido había conocido en la cooperativa a un
cliente de pocos escrúpulos, que en un primer momento aceptó la propuesta
criminal y luego, arrepentido, escribió el anónimo para salir del atolladero?
Sin
pérdida de tiempo telefoneó a la cooperativa de Montelusa y puso en práctica un
recurso que ya había utilizado con éxito en los despachos públicos.
—¡Hola!
¿Quién habla? —contestó alguien en Montelusa.
—Déme
con el director.
—Sí,
pero, ¿de parte de quién?
—¡Cristo!
—aulló Montalbano, y como en el teléfono había un poco de eco, sus propios
gritos lo ensordecieron—. ¿Es posible que no reconozca nunca mi voz? ¡Soy el
presidente! ¿Entendió?
—Sí,
señor —contestó el otro, aterrorizado. Transcurrieron cinco segundos.
—A
sus órdenes, presidente —dijo la voz obsequiosa del director, a quien ni se le
ocurrió preguntar de qué presidencia era presidente el que le estaba hablando.
—¡Me
sorprende mucho su retraso! —empezó Montalbano disparando casi a ciegas.
Casi,
porque en una oficina siempre hay diligencias atrasadas o no despachadas, como
se dice en el lenguaje burocrático.
—Presidente,
perdone, pero no comprendo...
—¿No
comprende? ¡Por Dios, me refiero a los informes! —Montalbano se imaginó la cara
atónita del director, las gotitas de sudor en la frente. —¡Los informes del
personal que espero desde hace más de un mes! —ladró el presidente, y siguió,
implacable—: ¡Quiero saberlo todo! ¡Edad, categoría, tarea, contribución, todo!
¡No quiero que se repita nunca más el caso Sciarretta!
—Nunca
más —repitió como un eco el director, que no tenía ni idea de quién era
Sciarretta.
Montalbano
tampoco, porque había elegido el nombre al azar.
—¿Qué
me dice de Annibale Terruso?
—Verruso,
con V, señor presidente.
—No
importa, es él. Ha habido quejas, reclamaciones. Al parecer tiene por costumbre
frecuentar...
—¡Calumnias!
¡Calumnias infames! —interrumpió con inesperada firmeza el director—. ¡Annibale
Verruso es un empleado modelo! Se encarga de la contabilidad interna, no tiene
ninguna relación con...
—Es
suficiente —cortó imperioso el presidente—. Espero los informes en veinticuatro
horas.
Colgó
el auricular. Si el director de la cooperativa ponía las manos en el fuego por
su empleado Annibale Verruso, ¿cómo había conseguido éste un asesino a sueldo
con tanta facilidad?
Llamó
a Fazio.
—Oye,
me voy a comer. Volveré hacia las cuatro. A esa hora quiero que me cuentes todo
sobre la familia Verruso. Desde el bisabuelo hasta la séptima generación
futura.
—¿Y
cómo lo hago?
—Ve
a otra peluquería.
El
árbol genealógico de los Verruso hundía sus raíces en un terreno abonado con
respetabilidad y virtudes domésticas y cívicas: un tío coronel de la
Benemérita, otro también coronel del cuerpo de Aduanas y casi rozaba la
santidad con un hermano del bisabuelo, monje benedictino en proceso de
beatificación. Difícil encontrar a un asesino escondido entre las hojas de ese
árbol.
—¿Alguien
conoce a un tal Annibale Verruso? —preguntó el comisario a sus hombres tras
haberlos convocado.
—¿Ese
que trabaja en la cooperativa de Montelusa? —preguntó Germanà para evitar
equivocaciones.
—Sí.
—Lo
conozco.
—Quiero
verlo.
—Muy
fácil, comisario. Mañana, que es domingo, irá como de costumbre a misa de doce
con su esposa.
—Allí
están —dijo Germanà a las doce menos cinco en punto, cuando las campanas ya
habían dado el último toque para llamar a misa.
Annibale
Verruso tendría unos treinta y siete años, pero aparentaba cincuenta bien
llevados. Un poco más bajo que la media, vientre prominente, una calvicie que
sólo le había dejado cabello alrededor de la parte baja de la cabeza, manos y
pies diminutos, anteojos con montura de oro, aspecto afligido.
“Parece
el vivo retrato del futuro beato, el monje benedictino hermano del bisabuelo”,
pensó Montalbano. Pero sobre todo, aquel hombre irradiaba una paciente
imbecilidad. “Guárdate del cornudo paciente”, decía el refrán. Cuando el
cornudo paciente pierde la paciencia se vuelve peligroso y está dispuesto a
todo. ¿Era el caso de Annibale Verruso? No. Porque si uno pierde la paciencia,
la pierde de golpe, no reflexiona sobre que la va a perder, tal como denunciaba
el anónimo.
En
cuanto a la mujer, la señora Serena Peritore de Verruso, el comisario tuvo la
certeza más absoluta de que le ponía los cuernos al marido, y en abundancia. Lo
llevaba escrito en la manera de mover el culo, en el ímpetu con que sacudía los
larguísimos cabellos negros, pero sobre todo en la mirada que lanzó a
Montalbano cuando se sintió observada, con los ojos como cañones de lupara.
Era
mora, bella y traidora, como dice la canción.
—Dicen
que lo engaña.
—Unos
dicen que sí, otros dicen que no —contestó Germanà con prudencia.
—¿Y
los que dicen que sí saben con quién se acuesta la señora?
—Con
Agro, el agrimensor. Pero...
—Habla.
—Mire,
comisario, no se trata de unos simples cuernos. Serena Peritore y Giacomino
Agro se amaban desde que eran niños y...
—… y
jugaban al doctor.
El
comentario fastidió a Germanà. Quizá para él la historia de amor entre Serena y
Giacomino era tan apasionante como una telenovela.
—La
familia quiso que se casara con Annibale Verruso, porque era un buen partido.
—Y
después de la boda Giacomino y Serena han seguido viéndose.
—Eso
parece.
—Pero
haciendo las cosas que normalmente hacen los mayorcitos —concluyó Montalbano
con perfidia.
Germanà
no contestó.
A la
mañana siguiente se despertó pronto, con una idea que le machacaba el cerebro.
La respuesta la obtuvo a la media hora de llegar al despacho y se la
proporciono la computadora de la comisaría de Montelusa.
Cinco
días antes de que llegara el anónimo, Anmbale Verruso había comprado una
Beretta calibre 7,65 con su caja de municiones. Cuando la registró, dado que no
poseía permiso de portar armas, declaró que la guardaría en una casita de
veraneo, muy solitaria, que poseía en la comarca de Monterussello.
Un
hombre con dotes de lógica habría llegado a la conclusión de que Annibale
Verruso, al no ser capaz de contratar a un asesino, había decidido limpiar él
mismo el honor mancillado por la hermosa traidora.
Salvo
Montalbano poseía una lógica que a veces fallaba y empezaba a girar
enloquecida. Por esta razón, ordenó a Fazio que llamara por teléfono a la
cooperativa agraria de Montelusa: en cuanto finalizara el trabajo de la mañana,
el señor Annibale Verruso tenía que presentarse sin pérdida de tiempo en la
comisaría de Vigàta.
—¿Qué
pasa? —preguntó Verruso muy agitado.
Fazio,
que había recibido las órdenes oportunas de Montalbano, le contó un cuento.
—Se
trata de establecer si usted no es usted. ¿Me explico?
—La
verdad, no...
—Quizás
usted es usted. En caso contrario, no. ¿Me explico?
Colgó
el auricular, ignorante de haber desencadenado un estado de angustia
pirandelliana en la cabeza del pobre empleado de la cooperativa.
* *
*
—Señor
comisario, me han dicho por teléfono que venga corriendo y lo he hecho en
cuantO he podido —dijo Verruso jadeando, mientras tomaba asiento ante el
escritorio de Montalbano—, pero no he entendido nada.
Había
llegado el momento más difícil, el de jugar la partida y lanzar los dados. El
comisario dudó un segundo y luego inició el cuento.
—¿Sabe
que todo ciudadano tiene la obligación de denunciar un delito?
—Sí,
creo que sí.
—No
es que usted lo crea, es que es cierto. ¿Por qué no ha denunciado el robo en su
casa de campo de Monterussello?
Annibale
Verruso se ruborizó y se agitó en la silla que, de pronto, le resultó muy
incómoda. Montalbano sintió entonces que unas campanas repicaban en el interior
de su cabeza y sonaban a gloria. Había acertado, el cuento había dado
resultado.
—Dado
el escaso valor del daño sufrido, mi mujer ha considerado no...
—Su
esposa no tenía por qué considerar nada, sino denunciar el robo. Veamos, dígame
cómo sucedió todo. Estamos investigando porque ha habido otros robos en la
zona.
Annibale
Verruso sufrió un ataque de tos. El tono áspero del comisario le había secado
la garganta. Luego explicó cómo había sucedido todo.
—Hace
quince días, un sábado, fuimos mi señora y yo a nuestra casa de Monterussello
con la intención de quedarnos allí hasta el domingo por la tarde. En cuanto
llegamos, observamos que habían forzado la puerta de la casa. Habían robado el
televisor, que era viejo, en blanco y negro, y una radio portátil, que era
nueva. Arreglé la puerta lo mejor que pude pero Serena, mi mujer, no se quedó
tranquila y quiso que volviéramos a Vigàta. Hasta me dijo que no pondría nunca
más un pie en aquella casa si no encontraba algo para defenderla. Me obligó a
comprar una pistola. Montalbano frunció el entrecejo.
—¿La
ha registrado? —inquirió con expresión muy severa.
—Claro,
lo hice enseguida —repuso el otro con sonrisa de ciudadano escrupuloso. Y hasta
se permitió un chistecito: —Y lo gracioso es que no sé cómo se utiliza.
—Puede
irse.
Salió
corriendo, como la liebre cuando el cazador ha fallado el primer disparo.
Pasadas
las siete y media de la mañana, Annibale Verruso salió del portón de la calle
De Gasperi 22, subió apresuradamente al coche y se encaminó a la cooperativa
agraria de Montelusa.
El
comisario Montalbano se apeó de su automóvil y echó una ojeada a la tarjeta del
portero eléctrico: “Verruso, departamento 15”. A primera vista, supuso que el
departamento estaba en el tercer piso. La puerta no cerraba bien y le bastó
empujarla un poco para que se abriera; entró y tomó el ascensor. El cálculo
había sido correcto: los Verruso vivían en el tercer piso. Hizo sonar el
timbre.
—¿Se
puede saber qué has olvidado ahora? —exclamó desde el interior una enojada voz
femenina.
Se
abrió la puerta y, al ver a un desconocido, la señora Serena se llevó una mano
al pecho para cerrarse la bata. Un instante después intentó cerrar la puerta,
pero el pie del comisario se interpuso.
—¿Quién
es usted? ¿Qué quiere?
No
parecía en absoluto preocupada o asustada. Estaba espléndida con sus ojos
verdes de loba y emanaba tal olor a mujer y a cama que Montalbano sufrió un
ligero vértigo.
—No
se preocupe, señora.
—No
me preocupo en absoluto, sólo que no me gusta que a estas horas me toquen el
culo.
Quizá
la señora Verruso no fuera tan señora, después de todo.
—Soy
el comisario Montalbano.
Ni
un sobresalto, apenas un gesto de irritación.
—¡Qué
fastidio! ¿Viene por ese robo de nada?
—Sí,
señora.
—Anoche
mi marido me dio la lata con el cuento ese de que usted lo había llamado. Se
asustó tanto que estuvo a punto de cagarse en los pantalones.
La
señora Serena era cada vez más fina.
—¿Puedo
entrar?
La
señora se apartó haciendo una mueca y luego lo acompañó hasta una salita
decorada con unos horripilantes muebles imitación siglo XVIII y lo invitó a
sentarse en un incómodo sillón con relucientes dorados. Ella tomó asiento en el
de enfrente.
De
pronto sonrió, los ojos estriados con vetas de luz negra, esa que hace que el
blanco brille con un tono violáceo. Los dientes fueron un contenido relámpago.
—He
sido desagradable y vulgar. Le ruego que me perdone.
Estaba
claro que había decidido seguir otra estrategia. Sobre la mesita había una
cigarrera y un encendedor enorme de plata maciza. Se inclinó, tomó la
cigarrera, la abrió y se la tendió al comisario. Durante el movimiento
perfectamente calculado se le desbocó la parte superior de la bata, que puso al
descubierto dos tetas pequeñas pero aparentemente tan duras que Montalbano
habría jurado que con ellas se podían romper nueces.
—¿Qué
quiere de mí? —inquirió en voz baja, clavando en él sus ojos negros mientras
seguía sosteniendo la cigarrera abierta.
La
muda invitación fue evidente: estoy dispuesta a darte todo lo que desees.
Montalbano hizo un gesto de rechazo, y no estaba rechazando sólo el cigarrillo.
Ella cerró la cigarrera, la volvió a dejar encima de la mesita y siguió
observando al comisario de arriba abajo, con la bata abierta.
—¿Cómo
se ha enterado del robo de Monterussello?
La
muy audaz había ido directa al punto más débil de la celada que Montalbano
había tendido a su marido.
—He
puesto una trampa —contestó el comisario—, y su marido ha caído en ella.
—Ah
—exclamó enderezándose en el asiento.
Las
tetas desaparecieron como por arte de magia. Por un momento, sólo por un
momento, el comisario lamentó la desaparición. Quizá fuera mejor salir de
aquella casa lo antes posible.
—¿Tengo
que explicarle, con pelos y señales, cómo he llegado a la conclusión de que
tenía la intención de matar a su marido? ¿O puedo ahorrarme el esfuerzo?
—Ahórreselo.
—Tenía
pensada una buena puesta en escena, ¿verdad?
—Podía
haber funcionado.
—Corríjame
si me equivoco. Una de las noches que van a dormir a Monterussello, usted
despierta a su marido diciendo que ha oído un ruido sospechoso fuera y lo
convence para que tome el arma y salga. En cuanto él está fuera, usted, desde
dentro, le asesta un buen golpe en la cabeza. El agrimensor Agro se quita el
disfraz de falso ladrón y se pone el verdadero de asesino. Dispara a su marido
con la pistola que usted le ha obligado a comprar, lo mata y desaparece. Luego
usted contará que a su pobre marido el ladrón lo tomó por sorpresa, lo desarmó
y lo mató. La cosa debía de ir más o menos así, ¿no?
—Más
o menos.
—Usted
entiende que esto es sólo una simple conversación, palabras que se las lleva el
viento. No tengo nada concreto para enviarla a la cárcel.
—Lo
he comprendido perfectamente.
—Y
también ha entendido que si le sucede algo malo a Annibale Verruso, la primera
persona que va a la cárcel es usted seguida de su amiguito Giacomino. Rece a su
Dios para que no sufra ni el menor dolor de vientre, porque la acusaré de
querer envenenado.
La
advertencia de Montalbano le entró a la señora Serena por un oído y le salió
por el otro.
—¿Me
despeja una duda, comisario?
—Cómo
no.
—¿En
qué me equivoqué?
—Se
ha equivocado enviándome el anónimo.
—¡¿Yo?!
—casi gritó ella.
Montalbano
se puso nervioso.
—¿De
qué anónimo habla?
Estaba
completa y sinceramente sorprendida. El comisario también se sorprendió: ¿no
había sido ella?
Se
miraron, perplejos.
—El
anónimo en el que se decía que su marido quería matarla porque había
descubierto su traición —explicó con un esfuerzo Montalbano.
—Pero
yo nunca he...
La
señora Serena se interrumpió de golpe, hizo un movimiento brusco y la bata se
desbocó por completo. Montalbano entrevió suaves colinas, valles ocultos,
lujuriantes praderas. Cerró los ojos, pero el golpe del enorme encendedor
contra un cuadrito que representaba unas montañas nevadas, lo obligó a abrirlos
enseguida.
—¡Ha
sido ese imbécil de Giacomino! —gritó la, llamémosla, señora—. ¡El muy cagón se
rajó! —La cigarrera rompió un jarrón que había encima de una repisa. —¡Ese
mierda se ha echado atrás y ha montado el cuento del anónimo!
Cuando
la mesita hizo añicos los cristales del balcón, el comisario ya estaba fuera y
cerraba a sus espaldas la puerta de la casa de los Verruso.
El
arte de la adivinación
En
Vigàta, la fiesta de Carnaval nunca ha tenido mucho sentido. Para los mayores,
naturalmente, porque no organizan bailes de máscaras ni cenas especiales. Para
los pequeños es harina de otro costal, porque recorren el paseo arriba y abajo
pavoneándose con sus trajes inspirados en la televisión. Ya no se encuentran
disfraces de Pierrot o del ratón Mickey aunque se paguen a precio de oro, el
Zorro sobrevive, pero hacen furor Batman e intrépidos astronautas con
resplandecientes escafandras espaciales.
Aquel
año, sin embargo, la fiesta de Carnaval tuvo sentido al menos para un adulto:
el profesor Gaspare Tamburello, director del instituto local Federico Fellini,
de muy reciente creación, como se deducía por el nombre que le habían puesto.
—¡Anoche
intentaron matarme! —proclamó el director, entrando y tomando asiento en el
despacho de Montalbano.
El
comisario lo miró atónito. No por la dramática afirmación, sino por el curioso
fenómeno que se manifestaba en su semblante, y que pasaba, sin solución de
continuidad, del pálido de la muerte al rojo del pimiento.
“A
éste le da un síncope”, pensó Montalbano.
—Señor
director, no se ponga nervioso y cuénteme todo. ¿Quiere un vaso de agua?
—¡No
quiero nada! —rugió Gaspare Tamburello. Se enjugó el rostro con un pañuelo y a
Montalbano le sorprendió que los colores de la piel no hubieran teñido la tela.
—¡Ese cabrón lo dijo y lo ha hecho!
—Oiga,
señor director, tranquilícese y cuénteme todo desde el principio. Dígame cómo
ha sucedido exactamente.
El
director Tamburello hizo un esfuerzo evidente para dominarse y empezó.
—¿Ya
sabe, comisario, que tenemos un ministro de Educación que es comunista? Ese que
quiere que en las escuelas se estudie a Gramsci. Y yo me pregunto: ¿por qué
Gramsci sí y Tommaseo, no? ¿Puede decírmelo usted?
—No
—repuso con sequedad el comisario, que ya estaba perdiendo la paciencia—.
¿Quiere empezar por los hechos?
—Bien,
pues para adecuar el instituto que tengo el honor de dirigir a las nuevas
normas del ministerio, ayer me quedé a trabajar en mi despacho hasta
medianoche.
En
el pueblo todos conocían el motivo de las excusas del director para no volver a
casa: allí, como una tigresa en su guarida, lo esperaba Santina, su mujer, más
conocida en el instituto como Jantipa. Bastaba la mínima ocasión para enfurecer
a Jantipa. Entonces los vecinos oían los gritos, las ofensas y los insultos que
la terrible mujer dirigía a su marido. Si volvía pasada la medianoche, Gaspare
Tamburello esperaba encontrarla dormida y ahorrarse la consabida escena.
—Siga,
por favor.
—Apenas
había abierto el portón de casa cuando oí un estallido muy fuerte y vi una
llamarada. Hasta oí claramente unas risitas.
—¿Y
qué hizo usted?
—¿Qué
quería que hiciera? Eché a correr escaleras arriba. Olvidé tomar el ascensor.
Estaba muy asustado.
—¿Se
lo contó a su esposa? —inquirió el comisario, que cuando se lo proponía sabía
ser perverso.
—No.
¿Por qué? La pobre estaba durmiendo.
—Y
usted vio la llamarada.
—Naturalmente.
—En el semblante de Montalbano apareció una expresión de duda y el director se
dio cuenta. —¿No me cree?
—Le
creo. Pero es extraño.
—¿Por
qué?
—Porque
si alguien, pongamos por caso, le dispara por la espalda, usted oye el disparo,
pero no puede ver la llamarada. ¿Me explico?
—Pues
yo la vi, ¿de acuerdo?
El
color ceniciento de la muerte y el rojo del pimiento se fundieron en un verde
aceituna.
—Antes
me ha dado a entender que conoce a quien le disparó.
—Sé
perfectamente quién lo hizo. Y estoy aquí para presentar una denuncia formal.
—Espere,
no corra. Según usted, ¿quién ha sido?
—El
profesor Antonio Cosentino.
Claro.
Directo.
—¿Lo
conoce?
—¡Qué
pregunta! ¡Da clases de francés en el instituto!
—¿ Y
por qué querría hacerlo?
—¡No
utilice el condicional! Porque me odia. No soporta mis continuas
amonestaciones, mis notas de desmerecimiento. Pero, ¿qué puedo hacer? ¡Para mí
el orden y la disciplina son un imperativo categórico! En cambio, el profesor
Cosentino se burla de ellos. Llega tarde a las reuniones del claustro, discute
casi siempre todo lo que digo, se ríe, adopta aires de superioridad, subleva a
sus compañeros contra mí.
—¿Y
usted cree que es capaz de matar?
—¡Ah!
¡Ah! Usted me hace gracia. ¡Ése no sólo es capaz de matar, sino también de
cosas peores! —”¿Es que hay algo peor que matar?”, pensó el comisario.
Descuartizar el cadáver del muerto, quizá, y comerse la mitad con caldo y la
otra mitad al horno con papas. —¿Sabe qué ha hecho? —siguió diciendo el
director—. ¡He visto con mis propios ojos cómo invitaba a fumar a una alumna!
—¿Hierba?
Gaspare
Tamburello, asombrado, exclamó apenas con un balbuceo:
—¡No,
hierba no! ¿Por qué tendrían que fumar hierba? Le estaba ofreciendo un
cigarrillo.
El
señor director vivía fuera del tiempo y del espacio.
—Si
no he entendido mal, hace un momento ha dicho que el profesor lo había
amenazado.
—Amenazarme,
amenazarme, no. Me lo dijo como quien no quiere la cosa, haciendo ver que
bromeaba.
—Con
orden, por favor.
—Bien.
Hará unos veinte días, la profesora Lopane invitó a todos sus compañeros al
bautismo de su nieta. Yo no pude excusarme, ¿sabe? No me gusta que los jefes y
los subordinados confraternicen, siempre hay que mantener ciertas distancias.
Montalbano
lamentó que el tirador, si es que había un tirador, no hubiera tenido mejor
puntería.
—Luego,
como siempre sucede en estos casos, todos los del instituto nos encontramos
reunidos en una habitación. Los profesores más jóvenes organizaron un juego. En
un momento dado, el profesor Cosentino dijo que poseía el arte de la
adivinación. Aseguró que no necesitaba observar el vuelo de las aves o las
vísceras de un animal. Le bastaba con mirar fijamente a una persona para ver
con claridad su destino. La profesora suplente Angelica Fecarotta, que es un
poco cabeza loca, pidió que le adivinara el futuro. El profesor Cosentino le
predijo grandes cambios en el amor. ¡Vaya cosa! Todos sabíamos que la suplente,
novia de un dentista, lo traicionaba con el mecánico y que el dentista, antes o
después, se enteraría. Con gran solaz... Cuando escuchó la palabra solaz,
Montalbano no pudo más.
—¡Ah,
no, señor director, nos eternizamos! Cuénteme sólo lo que el profesor le dijo.
O, mejor, le predijo.
—Como
todos le insistían para que me adivinara el futuro, me miró fijamente, tanto
rato que se hizo un silencio de muerte. Mire, comisario, se había creado una
atmósfera que con sinceridad...
—¡Por
Dios, olvide la jodida atmósfera!
El
director era un hombre de orden y obedecía las órdenes.
—Me
dijo que el 13 de febrero me salvaría de un ataque, pero que dentro de tres
meses ya no estaría con ellos.
—Algo
ambiguo, ¿ no le parece?
—¡Ambiguo!
Ayer era día 13, ¿no? Me dispararon, ¿sí o no? Por lo tanto no se refería a un
ataque de apoplejía, sino a un ataque con pistola.
La
coincidencia inquietó al comisario.
—Mire,
señor director, procederemos de esta manera: haré unas cuantas investigaciones
y luego, si es necesario, le pediré que presente la denuncia.
—Si
usted lo manda, así lo haré. Pero quisiera ver enseguida a ese bribón en la
cárcel. Hasta la vista.
Al
fin se marchó.
—¡Fazio!
—llamó Montalbano.
Pero
en lugar de Fazio se asomó de nuevo a la puerta el director. Esta vez su
semblante tiraba a amarillo. —¡Olvidaba la prueba más importante!
Detrás
del profesor Tamburello apareció Fazio.
—Mande.
El
director continuó, impertérrito:
—Esta
mañana, al venir hacia aquí para presentar la denuncia, he visto que en el
portón del edificio en el que vivo, arriba, a la izquierda, hay un agujero que
antes no estaba. Allí debe de haberse incrustado el proyectil. Investiguen.
Y
salió.
—¿Sabes
dónde vive Tamburello? —preguntó Montalbano a Fazio.
—Sí.
—Ve
a echar un vistazo a ese agujero del portón y luego me lo cuentas. Espera,
antes llama por teléfono al instituto. Que te comuniquen con el profesor
Cosentino y le dices que quiero verlo hoy después de almorzar, a las cinco.
Montalbano
volvió al despacho a las cuatro menos cuarto, un poco molesto por la digestión
de un pescado a la plancha tan fresco que había recuperado la facultad de nadar
en su estómago.
—Hay
un orificio —le contó Fazio—, pero es muy reciente; la madera está viva. No lo
ha causado un proyectil; parece hecho con un cortaplumas. Y no hay ningún
rastro de la bala. Tengo una opinión.
—Dila.
—No
creo que hayan disparado al director. Estamos en carnaval; quizás algún chico
con ganas de jugarle una mala pasada le haya tirado un petardo.
—Es
posible. Pero, ¿cómo explicas el orificio?
—Lo
habrá hecho el director, para que crea las gansadas que ha venido a contarle.
Se
abrió la puerta bruscamente y golpeó contra la pared. Montalbano y Fazio se
sobresaltaron. Era Catarella.
—Está
aquí el profesor Cosentino, que dice que quiere hablar personalmente, en
persona.
—Hazlo
pasar.
Fazio
salió y entró Cosentino.
Durante
la fracción de un segundo, el comisario se quedó desconcertado. Se esperaba un
individuo en camiseta, vaqueros y voluminosas Nikes en los pies; en cambio, el
profesor vestía un traje gris con corbata. Hasta poseía un aire melancólico y
mantenía la cabeza ligeramente inclinada hacia el hombro izquierdo. Los ojos,
sin embargo, eran astutos, inquietos. Montalbano fue directo al grano, le contó
la acusación del director y le advirtió que no era una broma.
—¿Por
qué no?
—Porque
usted adivinó que el día 13 el director sería objeto de una especie de atentado
y es lo que ha sucedido.
—Pero,
comisario, si es cierto que le han disparado, ¿cree que yo hubiera sido tan
estúpido como para anunciarlo delante de tantos testigos? ¡Habría sido lo mismo
disparar e irme directamente a la cárcel! Se trata de una desgraciada
coincidencia.
—Mire,
su razonamiento no me convence.
—¿Por
qué?
—Porque
puede que no sea tan estúpido y sí más listo para decirlo, hacerlo y después
venir aquí a asegurarme que no ha podido hacerlo porque lo había pronosticado.
—Es
cierto —admitió el profesor.
—¿Cómo
se explica, entonces?
—¿Cree
de verdad que poseo dotes adivinatorias, que puedo hacer predicciones? Cuando
mucho, en lo que se refiere al director, podría hacer, ¿cómo lo diría...?
Retroadivinaciones. Y serían tan ciertas como la muerte.
—Explíquese.
—Si
nuestro querido director hubiera vivido en la época fascista, ¿no cree que
habría sido un buen mando? De aquellos con uniforme de lana áspera, botas altas
y el pájaro en la gorra que saltaban dentro de círculos de fuego. Seguro.
—¿Quiere
hablar en serio?
—Comisario,
¿no conoce una deliciosa novela del siglo XVIII que se titula El diablo
enamorado...?
—De
Cazotte —lo interrumpió el comisario—. La he leído.
El
profesor se recuperó enseguida del ligero estupor.
—Cierta
noche, Jacques Cazotte se encontraba con unos amigos célebres y adivinó con
exactitud el día de su muerte. Bien...
—Oiga,
profesor, ya conozco la anécdota, la he leído en Gérard de Nerval.
El
profesor se quedó boquiabierto.
—¡Caramba!
¿Cómo sabe estas cosas?
—Leyendo
—replicó el comisario con brusquedad. Y aún más serio añadió: —Este asunto no
tiene ni pies ni cabeza. No sé si han disparado contra el director o si se
trataba de un petardo.
—Petardito,
petardito —dijo con desprecio el profesor.
—Mire,
profesor, si dentro de tres meses le sucede algo al director Tamburello, lo
consideraré a usted responsable.
—¿Aunque
atrape una gripe? —aventuró Antonio Cosentino, sin asomo de desconcierto.
* *
*
Y
sucedió lo que tenía que suceder.
Al
director Tamburello le indignó mucho que el comisario no aceptara la denuncia y
que no esposara a quien, según su criterio, era el responsable. Y empezó a dar
una serie de pasos en falso. Durante el primer consejo de profesores, con un
talante a la vez severo y dolorido, comunicó al consternado auditorio que había
sido víctima de un atentado del que había escapado milagrosamente por
intercesión (así constaba en el orden del día) de la Virgen y del Deber Moral,
del que era esforzado defensor. Durante el discursito, no dejó de mirar con
clara intención al profesor Antonio Cosentino, que reía a carcajadas. El
segundo paso en falso consistió en confiar el asunto al periodista Pippo
Ragonese, corresponsal de TeleVigàta, que tenía al comisario entre ceja y ceja.
Ragonese lo contó a su modo, afirmó que Montalbano, al no proceder contra el
autor material del atentado, estaba favoreciendo la delincuencia. El resultado
fue muy sencillo: mientras Montalbano se carcajeaba, todo Vigàta se enteró de
que alguien había disparado contra Tamburello.
También
se enteró la esposa del director, que hasta entonces había estado a oscuras de
todo el asunto, cuando un día encendió el televisor para ver el noticiario de
las doce y media. El director, ignorante de que su mujer lo sabía todo, se
presentó a comer a las trece y treinta. Todos los vecinos estaban en las
ventanas y en los balcones para disfrutar un rato. Jantipa insultó a su marido
y lo acusó de tener secretos con ella, le dijo que era una bosta que se dejaba
disparar como un cagón cualquiera y acusó al desconocido de tener,
literalmente, “una puntería de mierda”. Después de una hora de aporreamiento,
los vecinos vieron al director salir precipitadamente del portón, como hace el
conejo cuando el hurón lo acosa en la madriguera. Volvió a la escuela y encargó
que le llevaran un sándwich a su despacho.
Hacia
las seis de la tarde, como siempre, las mentes más, especulativas del pueblo se
reunieron en el café Castiglione.
—Es
un cabrón —empezó el farmacéutico Luparello.
—¿Quién?
¿Tamburello o Cosentino? —preguntó el contable Prestìa.
—Tamburello.
No dirige el instituto, lo gobierna, es una especie de monarca absoluto. Se
dedica a joder a todo el que no se doblega a su voluntad. Recuerden que el año
pasado aplazó a toda la clase de segundo C porque los alumnos no se levantaron
inmediatamente cuando entró en el aula.
—Es
verdad —intervino Tano Pisciotta, comerciante de pescado al por mayor. Y
añadió, bajando la voz hasta convertirla en un soplo: —Y no olvidemos que entre
los chicos de segundo C aplazados estaban el hijo de Giosue Marchica y la hija
de Nene Gangitano.
Se
hizo un silencio reflexivo y preocupado.
Marchica
y Gangitano eran personas entendidas, a las que no se podía hacer un desaire.
¿Y expulsar a sus hijos no era un desaire?
—¡Ya
no se trata de antipatía entre el director y el profesor Cosentino! ¡La cosa es
mucho más seria! —concluyó Luparello.
Precisamente
en ese momento entró el director. No captó la atmósfera que su presencia
suscitaba, tomó una silla y la acercó a la mesa. Pidió un café.
—Lo
siento, pero tengo que volver a casa —dijo inmediatamente el contador Prestìa—.
Mi mujer tiene un poco de fiebre.
—Yo
también tengo que irme, espero una llamada telefónica en el despacho —dijo a su
vez Tano Pisciotta.
—Mi
mujer también está un poco febril—afirmó el farmacéutico Luparello, que tenía
escasa fantasía.
En
un abrir y cerrar de ojos, el director se encontró solo ante la mesita. Por si
acaso, era mejor no dejarse ver a su lado. Corrían el riesgo de que Marchica y
Gangitano se formaran una falsa opinión de su amistad con el profesor
Tamburello.
Una
mañana, mientras estaba haciendo compras en el mercado, la esposa del
farmacéutico Luparello se acercó a la señora Tamburello.
—¡Qué
valiente es usted, señora! ¡Yo, en su lugar, me habría escapado o habría echado
a mi marido de casa!
—¿Por
qué?
—¿Cómo
que por qué? ¿Y si los que dispararon y se equivocaron deciden asegurarse y
ponen una bomba detrás de la puerta de su departamento?
Aquella
misma noche el director se trasladó al hotel. Pero la hipótesis de la señora
Luparello prosperó de tal manera, que las familias Pappacena y Lococo, que
vivían en el mismo piso, cambiaron de casa.
El
director Tamburello, al límite de la resistencia física y mental, solicitó y
obtuvo el traslado. Al cabo de tres meses “ya no estaba con ellos”, como había
adivinado el profesor Cosentino.
—¿Me
aclara una duda? —preguntó el comisario Montalbano—. ¿Qué fue el disparo?
—Un
petardo —repuso tranquilo Cosentino.
—¿Y
el agujero en el portón?
—¿Me
creerá si le digo que no lo hice yo? Debió de ser una casualidad o lo hizo él
mismo para dar crédito a la denuncia contra mí. Era un hombre destinado a
quemarse en su propio fuego. No sé si sabe que hay una comedia, griega o
romana, no lo recuerdo, titulada El atormentador de sí mismo, en la que...
—Sólo
sé una cosa —lo interrumpió Montalbano—, y es que no quisiera tenerlo a usted
como enemigo.
Y
era sincero.
Las
siglas
Calòrio
no se llamaba Calòrio, pero en Vigàta lo conocían con este nombre. Llegó al
pueblo no se sabía de dónde unos veinte años atrás, con un par de pantalones
que tenían más agujeros que tela, atados a la cintura con una cuerda y una
chaqueta hecha de remiendos, a lo arlequín, y descalzo pero con los pies
limpísimos. Vagabundeaba pidiendo limosna con discreción, sin molestar, sin
asustar a las mujeres y a los pequeños. Toleraba bien el vino cuando podía
hacerse con una botella, de tal manera que nadie lo vio nunca borracho: y con
ocasión de algunas festividades el vino corría a litros.
Al
poco tiempo Vigàta lo adoptó, el padre Cannata le proporcionaba zapatos y
trajes usados, en el mercado nadie le negaba un poco de pescado o de verduras,
y un médico lo examinaba gratis y le pasaba a hurtadillas las medicinas cuando
las necesitaba. En general estaba bien de salud, a pesar de que, a primera
vista, debía de haber superado ya los setenta. Por la noche dormía bajo los
pórticos del ayuntamiento, y en invierno se resguardaba del frío con dos viejas
mantas que le habían regalado. Sin embargo, hace cinco años cambió de casa. En
la solitaria playa, al oeste, en la parte opuesta a la que iba la gente a
bañarse, habían dejado varados los restos de una embarcación de pesca.
Desmantelada al poco tiempo, sólo quedaba el casco. Calòrio tomó posesión de la
embarcación y se instaló en el espacio donde antes estaba el motor. Durante el
día, si hacía buen tiempo, se acomodaba en cubierta.
A
leer. Por eso la gente lo llamaba Calòrio: el santo patrono de Vigàta, al que
todos querían, creyentes y no creyentes, era un fraile de piel oscura con un
libro en la mano. Calòrio tomaba los libros prestados de la biblioteca
municipal. La señorita Melluso, la bibliotecaria, aseguraba que nadie mejor que
Calòrio sabía cuidar un libro y devolverlo con puntualidad. Lee de todo,
informaba la señorita Melluso: Pirandello y Manzoni, Dostoievski y
Maupassant...
El
comisario Salvo Montalbano, que solía dar largos paseos unas veces por el
muelle y otras por la playa oeste, que tenía la virtud de estar siempre
desierta, un día se detuvo a hablar con él.
—¿Qué
está leyendo?
El
hombre, claramente molesto, no levantó los ojos del libro.
—Urfaust
—fue la sorprendente respuesta. Y dado que el inoportuno no sólo no se había
marchado, sino que se había quedado atónito, decidió finalmente levantar la
vista. —En la traducción de Liliana Scalero —añadió amablemente—, un poco
pasada, pero en la biblioteca no tienen otras. Hay que contentarse.
—Yo
lo tengo en la versión de Manacorda —dijo el comisario—. Si quiere se lo
presto.
—Gracias.
¿Quiere sentarse? —preguntó el hombre haciéndole un sitio en la bolsa sobre la
que estaba sentado.
—No,
tengo que volver al trabajo.
—¿Dónde?
—Soy
el comisario de policía del pueblo; me llamo Salvo Montalbano.
Le
tendió la mano y el otro se levantó, alargándole la suya.
—Mi
nombre es Livio Zanuttin.
—Por
su acento, parece siciliano.
—Vivo
en Sicilia desde hace más de cuarenta años, pero nací en Venecia.
—Perdone
la pregunta pero, ¿por qué un hombre como usted, culto, educado, se ha visto
reducido a vivir de este modo?
—Usted
es policía y siente una curiosidad innata. No diga “reducido”; se trata de una
libre elección. Renuncié. Renuncié a todo: decencia, honor, dignidad, virtud,
cosas que los animales ignoran, gracias a Dios, en su feliz inocencia. Me
liberé de...
—Me
está enredando —interrumpió Montalbano—. Me contesta con las palabras que
Pirandello pone en la boca del mago Cotrone. Además, los animales no leen.
Se
sonrieron.
Así
empezó una extraña amistad. De vez en cuando Montalbano iba a su encuentro y le
llevaba regalos: algún libro, una radio y, como Calòrio no sólo leía sino que
también escribía, una reserva de bolígrafos y cuadernos. Si se lo sorprendía
escribiendo, Calòrio guardaba enseguida el cuaderno en un bolsón repleto. En
cierta ocasión que de pronto rompió a llover, Calòrio le dio refugio en el
interior del hueco del motor, cubriendo la escotilla con un trozo de hule. Allá
abajo todo estaba limpio y ordenado. De un trozo de cuerda tensado de pared a
pared colgaban algunas perchas con las pobres ropas del mendigo que hasta había
construido una repisa para apoyar los libros, las velas y una lámpara de
petróleo. Dos sacos le servían de cama. La única nota de desorden era una
veintena de botellas de vino vacías amontonadas en un rincón.
Y
ahora Calòrio yacía boca abajo en la arena, al lado de los despojos de la
embarcación, con un corte profundo en la nuca, asesinado. Lo había descubierto
el sereno de la fábrica de cemento próxima, cuando volvía a su casa a primera
hora de la mañana. El hombre llamó a la comisaría por su teléfono móvil y no se
movió de allí hasta que llegó la policía.
El
asesino se había llevado todo lo que había en el antiguo lugar del motor, la
habitación de Calòrio: la ropa, el bolsón, los libros. Sólo las botellas vacías
seguían en su sitio. El comisario se preguntó si existían en Vigàta personas
tan desesperadas como para robar los miserables enseres de otro desesperado.
Calòrio,
herido de muerte, de algún modo consiguió bajar del casco del pesquero y caer
en la arena, donde intentó escribir, con el dedo índice de la mano derecha,
tres letras inciertas. Por fortuna la noche anterior había lloviznado y la
arena estaba compacta; sin embargo, las letras no se leían bien.
Montalbano
se volvió hacia Jacomuzzi, el jefe de la policía científica, un hombre capaz,
sí, aunque dominado por un jodido exhibicionismo.
—¿Podrás
decirme exactamente lo que el pobrecillo intentó escribir antes de morir?
—Desde
luego.
El
doctor Pasquàno, el médico forense, hombre de carácter difícil pero muy
competente en su trabajo, llamó por teléfono a Montalbano hacia las cinco de la
tarde. Sólo pudo confirmar lo que ya había dicho por la mañana tras un primer
reconocimiento del cadáver.
Según
su reconstrucción de los hechos, entre la víctima y el asesino debió de
producirse una violenta lucha hacia la medianoche del día anterior. Calòrio
recibió un puñetazo en plena cara y cayó hacia atrás golpeándose en la cabeza
con el guindaste oxidado que antes servía para colgar las redes de pesca: de
hecho estaba manchado de sangre. El agresor creyó que el mendigo estaba muerto,
barrió con todo lo que había bajo cubierta y escapó. Al poco rato Calòrio se
recuperó un momento e intentó bajar de la embarcación, pero, aturdido y
perdiendo sangre, cayó en la arena. Siguió vivo unos cuatro o cinco minutos
más, durante los cuales se las ingenió para escribir aquellas tres letras.
Según Pasquàno, no había dudas: el homicidio fue intencional.
* *
*
—Estoy
completamente seguro de no equivocarme —aseguró categóricamente Jacomuzzi—.
Cuando iba a morir, el pobrecito intentó escribir unas siglas. Se trata de una
P, de una O y de una E. Unas siglas, tan cierto como la muerte —hizo una
pausa—. ¿No podría tratarse de Partido Obrero Europeo?
—¿Y
qué mierda es eso?
—Pues
no lo sé; hoy todo el mundo habla de Europa... A lo mejor es un partido
subversivo europeo...
—Jacomù,
¿has perdido la chaveta?
¡Qué
demostraciones de ingenio hacía Jacomuzzi! Montalbano colgó el auricular sin
darle las gracias. Unas siglas. ¿Qué había querido decir o indicar Calòrio?
¿Algo que se refería al puerto, quizá? ¿Punto de Observación Este? ¿Playa
Opuesta Exterior? No, meterse a jugar a las adivinanzas no tenía sentido;
aquellas tres letras podían significar todo o nada. Sin embargo, para Calòrio
en trance de muerte escribir aquellas siglas en la arena tuvo suma importancia.
Hacia
las dos de la madrugada, mientras dormía, alguien le dio una especie de
puñetazo en la cabeza. En alguna ocasión ya se había despertado de esa manera:
estaba seguro de que durante el sueño, una parte de su cerebro permanecía en
vigilia pensando en algún problema. Y en un momento determinado lo llamaba a la
realidad. Se levantó, corrió al teléfono y marcó el número de Jacomuzzi.
—¿Escribió
los puntos?
—¿Quién
es? —preguntó Jacomuzzi, sorprendido.
—Soy
Montalbano. ¿Escribió los puntos?
—Seguro
—contestó Jacomuzzi.
—¿Qué
significa “seguro”? Seguro es que voy ahora a tu casa, te rompo los cuernos y
tienen que darte diez puntos en la cabeza. Jacomù, ¿crees que te llamo por
teléfono a estas horas de la noche sólo para escuchar tus estupideces? Estaban
los puntos, ¿sí o no?
—¿Qué
puntos, Virgen santa?
—Entre
la P y la O y entre la O y la E.
—¡Ah!
¿Hablas de lo que escribió en la arena? No, no había puntos.
—Entonces,
¿por qué mierda me has dicho que eran unas siglas?
Colgó
apresuradamente el teléfono y corrió a la estantería, esperando que el libro
que buscaba estuviera en su sitio. El libro estaba allí: Cuentos, de Edgar
Allan Poe. No eran unas siglas, era el nombre de un escritor lo que Calòrio
había escrito en la arena, un mensaje destinado a Montalbano, porque era el
único que podía entenderlo. La primera narración del libro se titulaba “El
manuscrito encontrado en una botella”, y para el comisario fue suficiente.
A la
luz de la linterna eléctrica los ratones, desconcertados, huían por todas
partes. Soplaba un fuerte viento frío y el aire, al pasar a través de la
tablazón desensamblada, producía en ciertos momentos una queja que parecía de
voz humana. En el interior de la botella número quince, Montalbano vio lo que
buscaba: un rollo envuelto en papel verde oscuro, perfectamente mimetizado con
el color del vidrio. Calòrio era un hombre inteligente. El comisario puso al
revés la botella, pero el rollo no salió; se había atascado. En lugar de
marcharse de allí lo antes posible, Montalbano salió del cuarto del motor,
subió al puente y se dejó caer en la arena como había hecho, aunque no por
propia voluntad, el pobre Calòrio.
Al
llegar a su casa de Marinella, dejó la botella encima de la mesa y se quedó un
rato mirándola, degustando la curiosidad como un vicio solitario. Cuando ya no
pudo más, sacó un martillo de la caja de las herramientas y dio un solo golpe,
seco, preciso. La botella se rompió en dos partes, casi sin fragmentos. El
rollo estaba envuelto en un trozo de papel verde rizado, del que emplean los
floristas para cubrir las macetas.
Si
estas líneas acaban en las manos adecuadas, bien; en caso contrario, paciencia.
Será la última de mis muchas derrotas. Me llamo Livio Zanuttin, o al menos éste
es el nombre que me asignaron, porque soy expósito. En el Registro Civil consta
que nací en Venecia el 15 de enero de 1923. Hasta los diez años estuve en un
orfanato de Mestre. Luego me trasladaron a un colegio de Padua, donde hice mis
estudios. En 1939, cuando tenía dieciséis años, ocurrió algo que trastornó mi
vida. En el colegio había un chico de mi misma edad, Carlo Z., que era, en todo
y para todo, una chica y de buen grado se prestaba a satisfacer nuestros
primeros deseos juveniles. Los encuentros tenían lugar por la noche, en un
subterráneo al que se accedía por una puerta trampa situada en la despensa.
Carlo negaba tenazmente sus favores solamente a un muchacho de nuestro
dormitorio: Attilio C. Le resultaba antipático. Cuanto más se negaba Carlo, más
rabioso se ponía Attilio por aquel rechazo que consideraba inexplicable. Una
tarde quedé de acuerdo con Carlo para encontramos en el subterráneo a las doce
y media (nos retirábamos a las diez de la noche y las luces se apagaban un
cuarto de hora después). Cuando llegué, a la luz de la vela que Carlo siempre
encendía vi un espectáculo tremendo: el muchacho yacía en el suelo, los
pantalones y los calzoncillos bajados, en medio de un charco de sangre. Había
sido acuchillado hasta la muerte tras ser forzado. Trastornado por el horror,
me di vuelta para escaparme de allí y me encontré ante Attilio, que me
amenazaba con el cuchillo. Su mano izquierda sangraba; se había herido mientras
mataba a Carlo.
—Si
hablas —me dijo—, acabarás como él.
Y yo
callé, por cobardía. Y lo bueno es que del pobre Carlo no se supo nada más.
Seguramente alguien del colegio, al descubrir el homicidio, ocultó el cadáver:
quizás uno de los celadores que mantuvo relaciones ilícitas con Carlo actuó así
por temor al escándalo. Quién sabe por qué razón, días después, cundo vi a
Attilio tirar a la basura la gasa ensangrentada, la recogí. He pegado un
trocito en la última página; ignoro para qué servirá. En 1941 me llamó el
ejército, combatí y en 1943 fui hecho prisionero en Sicilia por los Aliados. Me
liberaron tres años después, pero mi vida ya estaba marcada, y contarla aquí no
sirve de nada. Un encadenamiento de errores, uno detrás del otro: quizás, digo
quizás, el remordimiento por aquella remota cobardía, el desprecio hacia mí
mismo por haber callado. Hace una semana, aquí en Vigàta, he visto por
casualidad a Attilio y lo he reconocido enseguida. Era domingo e iba a la
iglesia. Lo he seguido, he preguntado y me he enterado de todo sobre él:
Attilio C. ha venido a visitar a su hijo, que es director de la fábrica de
cemento. Attilio está jubilado pero es administrador delegado de Saminex, la
mayor industria de conservas de Italia. Anteayer fui a su encuentro y me detuve
ante él.
—Hola,
Attilio —le dije—, ¿me recuerdas?
Me
miró durante un rato, me reconoció y dio un respingo. En los ojos negros
apareció la misma mirada de aquella noche en el subterráneo.
—¿Qué
quieres?
—Ser
tu conciencia.
No
lo habrá creído y pensará que tengo la intención de vengarme. Uno de estos
días, o de estas noches, dará señales de vida.
Habían
dado las cinco de la mañana; era inútil irse a la cama. Permaneció mucho rato
bajo la ducha, se afeitó, se vistió y se sentó en el banco de la terracita a
contemplar el mar que se rizaba lentamente, como una respiración tranquila. Se
había preparado una cafetera napolitana de cuatro tazas: de vez en cuando se
levantaba, entraba en la cocina, llenaba la taza y volvía a sentarse. Estaba
contento por su amigo Calòrio.
Encontró
la dirección en la guía de teléfonos. A las ocho en punto hizo sonar el portero
eléctrico del doctor Eugenio Comaschi. Le respondió una voz masculina.
—¿Quién
es.
—Entrega
a domicilio.
—Mi
hijo no está.
—No
importa, puede firmar cualquiera.
—Tercer
piso.
Cuando
el ascensor se detuvo, un viejo distinguido esperaba en el rellano vestido con
un pijama. En cuanto Attilio Comaschi vio al comisario, desconfió, comprendió
enseguida que aquel hombre nada tenía que ver con entregas a domicilio, sobre
todo porque no llevaba nada en la mano.
—¿Qué
desea? —preguntó el viejo.
—Entregarle
esto —respondió Montalbano sacando del bolsillo el cuadradito de gasa manchado
de marrón oscuro.
—¿Qué
porquería es ésa?
—Es
un pedazo de la venda con la que usted, hace cincuenta y ocho años, se envolvió
la herida que se hizo al matar a Carlo.
Dicen
que hay balas que cuando hieren a un hombre lo desplazan tres o cuatro metros
hacia atrás. Fue como si uno de esos proyectiles le hubiera dado en el pecho
porque el viejo chocó literalmente contra la pared. Luego, se recuperó
lentamente y hundió la cabeza en el pecho.
—No
quería matar a Livio —dijo Attilio Comaschi.
Par
condicio
Cuando
Montalbano llegó recién nombrado a la comisaría de Vigàta, su colega saliente
le hizo saber, entre otras cosas, que el territorio de Vigàta y sus alrededores
era objeto de contencioso entre dos “familias” mafiosas, los Cuffaro y los
Sinagra. Ambas intentaban poner fin a la larga disputa recurriendo, no a las
instancias con papel sellado, sino a mortíferos disparos de lupara.
—¿Lupara?
¿Todavía? —se sorprendió Montalbano, porque aquel sistema le pareció arcaico en
unos tiempos en los que las metralletas y las Kalashnikov se adquirían en los
mercados lugareños por centavos.
—Es
que los dos jefes de las familias locales son tradicionalistas —le explicó su
colega—. Don Sisìno Cuffaro ha rebasado los ochenta, mientras que don Balduccio
Cíngara ha cumplido ochenta y cinco. Debes comprenderlos, están apegados a los
recuerdos de juventud y la escopeta de caza se encuentra entre los más
queridos. Don Lillino Cuffaro, hijo de don Sisìno, que pasa de los sesenta, y
don Masino Sinagra, el hijo cincuentón de don Balduccio, están impacientes,
querrían suceder a sus progenitores y modernizarse, pero están atados a los
padres que todavía son capaces de correrlos a bofetadas en medio de la plaza.
—¿Bromeas?
—En
absoluto. Los dos viejos, don Sisìno y don Balduccio, son personas juiciosas,
siempre quieren ir empatados. Si uno de la familia Sinagra mata a uno de la
familia Cuffaro, puedes poner la mano en el fuego que al cabo de una semana uno
de los Cuffaro dispara a uno de los Sinagra. De uno en uno solamente.
—¿Y
ahora a cuánto están? —preguntó Montalbano como si se tratara de un deporte.
—Seis
a seis —respondió su colega con seriedad—. Ahora toca tirar a puerta a los
Sinagra.
Cuando
el comisario llevaba dos años en Vigàta, el partido se había detenido por el
momento en ocho a ocho. Dado que el balón correspondía de nuevo a los Sinagra,
el 15 de diciembre, después de una llamada telefónica de uno que no quiso
identificarse, se encontró en Zagarella el cadáver de Titìllo Bonpensiero. El
hombre, a pesar de su apellido (“buen pensamiento”), tuvo la mala idea de dar
un paseo matutino y solitario por aquel desolado claro cubierto de retama,
piedras y accidentado por desniveles. El lugar ideal para que te maten. Titìllo
Bonpensiero, muy relacionado con los Cuffaro, tenía treinta años, se dedicaba
oficialmente a la venta de casas y hacía dos años que se había casado con
Mariuccia Di Stefano. Naturalmente los Di Stefano eran carne y uña con los
Cuffaro, porque en Vigàta la historia de Romeo y Julieta pasaba por lo que era,
una pura y simple leyenda. La boda de una Cuffaro con un Sinagra (y viceversa)
era un acontecimiento inimaginable, como de ciencia ficción.
Durante
el primer año de servicio en Vigàta, Salvo Montalbano, que no había querido
abrazar la escuela de pensamiento de su predecesor (“deja que se maten entre
ellos, no te entro metas, todo eso salimos ganando nosotros y las personas
honestas”), se metió de cabeza en la investigación de aquellos homicidios y
salió con los cuernos quemados.
Nadie
veía nada, nadie oía nada, nadie sospechaba, nadie imaginaba, nadie conocía a
nadie.
—Por
eso Ulises, en tierras de Sicilia, le dijo al cíclope que se llamaba Nadie
—divagó un día el comisario ante aquella espesa niebla.
De
modo que, cuando le comunicaron que en Zingarella se había encontrado el
cadáver de uno de la familia Cuffaro, envió a su segundo Mimì Augello.
Y
todos en el pueblo se dispusieron a esperar la próxima e inevitable muerte de
un Sinagra.
El
22 de diciembre Cosimo Zaccaria, que era un apasionado de la pesca, llegó con
la caña y los gusanos a la punta del muelle del poniente cuando todavía no eran
las siete de la mañana. Tras media hora de pesca con cierta fortuna,
seguramente se sintió molesto por la aparición de una ruidosa lancha que se
dirigía al puerto a gran velocidad. Pero no enfilaba directamente la bocana
desde mar abierto, sino que ponía proa a la punta del muelle del poniente,
decidida, al parecer, a espantar con su estrépito los peces que Cosima
esperaba. Cuando estuvo a unos diez metros de estrellarse contra el rompeolas,
la lancha viró y volvió a mar abierto: Cosimo Zaccaria yacía de bruces
encajonado entre dos escollos, con el pecho desgarrado por la escopeta.
En
cuanto se supo la noticia, el pueblo entero se quedó atónito, como atónito se
quedó también el comisario Montalbano.
¿No
pertenecía Cosimo Zaccaria a la familia Cuffaro, lo mismo que Titìllo
Bonpensiero? ¿Por qué los Sinagra habían matado a dos Cuffaro, uno tras otro?
¿Cabía la posibilidad de un error en la cuenta? Y si no había error, ¿por qué
los Sinagra decidieron no respetar las reglas?
Ahora
estaban diez a ocho y no había duda de que los Cuffaro iban a nivelar el
resultado. Se presentaba un mes de enero frío, lluvioso y con dos Sinagra que
ya se podían considerar muertos a todos los efectos. De ello se volvería a
hablar después de las fiestas de Navidad porque existía una tregua tácita desde
el 24 de diciembre hasta el 6 de enero. Después de la Epifanía se reanudaría el
partido.
* *
*
El
silbato del árbitro, que no escucharon los vigateses pero sí los miembros de
los dos equipos, debió de sonar la noche del 7 de enero. Michele Zummo,
propietario de una granja modelo de pollos en la zona de Ciavolotta, fue
localizado al día siguiente, ya cadáver, en medio de mas de un millar de huevos
rotos por los perdigones de la escopeta o por la caída del cuerpo de Zummo, que
se había derrumbado en el medio.
Mimì
Augello le contó a su superior que la sangre, el cerebro, las yemas y las
claras estaban tan mezclados que se habría podido hacer una tortilla para
trescientas personas sin que nadie hubiera logrado distinguir entre Zummo y los
huevos.
Diez
a nueve: las cosas se estaban equilibrando y el pueblo se sintió más seguro.
Michele Zummo era de los Sinagra, muerto a escopetazos, como era tradicional.
Todavía
le tocaba el turno a uno del equipo Sinagra y luego volvería la par condicio.
El 2
de febrero, corto y amargo, Pasqualino Fichèra, comerciante de pescado al por
mayor, fue sorprendido por un tiro de escopeta cuando volvía a casa a la una de
la madrugada. Cayó al suelo herido y habría podido salir de la situación si no
se hubiese puesto a dar gritos en lugar de fingirse muerto:
—¡Muchachos,
se equivocaron! ¡No nos toca a nosotros!
Lo
oyeron en las casas vecinas pero nadie se asomó, y Pasqualino Fichèra,
alcanzado de pleno por un segundo disparo, pasó a mejor vida, como se suele
decir, con la duda atroz de que había sido víctima de una equivocación. De
hecho pertenecía a los Cuffaro: orden y tradición imponían que, para empatar,
debían matar a otro Sinagra. Fue esto lo que quiso decir cuando lo hirieron.
Ahora los Sinagra llevaban ventaja: once a nueve.
El
pueblo perdió la cabeza.
* *
*
En
cambio, el último homicidio y la frase que pronunció Pasqualino Fichèra
hicieron que Montalbano viera las cosas con mayor claridad. Empezó a razonar
partiendo de una convicción que sólo era instintiva: que no había existido un
error en las cuentas ni de una parte ni de la otra. Una mañana, razona que te
razona, se persuadió de la necesidad de pasar un rato charlando con el doctor
Pasquàno, el médico forense que tenía su despacho en Montelusa. Era viejo,
lunático y grosero, pero Montalbano no se hacía mala sangre y Pasquàno encontró
un hueco de una hora después de comer.
—Titìllo
Bonpensiero, Cosimo Zaccaria, Michele Zummo, Pasqualino Fichèra —enumeró el
comisario.
—¿Y
qué?
—¿Sabe
que tres de ellos pertenecen a la misma familia y sólo uno a la adversaria?
—No,
no lo sabía. Y, además, no me importa en absoluto. Convicciones políticas,
confesiones religiosas, afiliaciones, todavía no son objeto de investigación en
una autopsia.
—¿Por
qué ha dicho “todavía no”?
—Porque
estoy seguro de que dentro de pocos años habrá aparatos tan sofisticados que a
través de la autopsia se podrá establecer hasta la ideología política. Pero
vayamos al grano, ¿ qué quiere?
—En
estos cuatro muertos, ¿no ha encontrado alguna anomalía? No sé...
—¿Pero
qué se ha creído? ¿Que sólo me ocupo de sus muertos? ¡Tengo sobre los hombros
toda la provincia de Montelusa! ¿Sabe que los fabricantes de ataúdes de estas
tierras se han construido villas en las Maldivas?
Abrió
un gran fichero metálico, extrajo cuatro carpetas, las leyó atentamente,
devolvió tres a su lugar y entregó la cuarta a Montalbano.
—Entérese
de que la copia exacta de esta ficha la envié, a su debido tiempo, a su
despacho de Vigàta.
Lo
que significaba: ¿por qué no lees las cosas que te mando en lugar de venir a
joderme a Montelusa?
—Gracias
y disculpe las molestias —dijo el comisario tras echar una rápida ojeada al
informe.
Mientras
conducía de vuelta a Vigàta, la rabia por el papelón que había hecho con el
forense le salía a Montalbano por la nariz, humeante como la de un toro
enfurecido.
—¡Mimì
Augello, a mi despacho! —gritó apenas entró.
—¿Qué
quieres? —preguntó Augello cinco minutos después, poniéndose a la defensiva a
la vista del semblante del comisario.
—Simple
curiosidad, Mimì. Con los informes que manda el doctor Pasquàno ¿envuelves el
pescado o te limpias el culo?
—¿Por
qué?
—Al
menos ¿los lees?
—Claro.
—Explícame
entonces por qué no me has dicho nada de lo que el doctor escribió a propósito
del cadáver de Titìllo Bonpensiero.
—¿Y
qué escribió? —preguntó Augello con expresión seráfica.
—Mira,
hagamos una cosa. Ahora te vas a tu despacho, tomas el informe, lo lees y luego
vuelves aquí. Mientras tanto intentaré calmarme o de otro modo acabaremos a los
golpes.
Cuando
volvió al despacho de su superior, Augello tenía el semblante sombrío, mientras
que el del comisario estaba bastante más sereno.
—¿Y?
—preguntó Montalbano.
—Soy
un estúpido —admitió Mimì.
—Sobre
eso hay unanimidad. —Mimì Augello no reaccionó. —Pasquàno —siguió diciendo
Montalbano— plantea claramente la sospecha de que, dada la poca sangre que se
encontró en el lugar, Bonpensiero fue asesinado en otra parte y luego llevado
al claro de Zingarella, donde le dispararon cuando ya era cadáver desde hacía
algunas horas. Un tiro de escopeta casi a quemarropa, entre el cuello y el
mentón. En resumen, un teatro, una puesta en escena. ¿Por qué? Según Pasquàno,
porque a Bonpensiero lo estrangularon mientras dormía; el escopetazo no logró
borrar las huellas del estrangulamiento, como esperaban. Y ahora, Mimì, ¿qué
idea te has formado tras haberte dignado echar un vistazo al informe?
—Que
si las cosas están así, este homicidio no entra en la praxis.
Montalbano
le lanzó una mirada de admiración y fingió que se quedaba estupefacto.
—A
veces, Mimì, tu inteligencia me asusta. ¿Ya está? ¿No entra en la praxis y
basta?
—Quizás...
—aventuró Augello, pero se detuvo.
Se
quedó con la boca abierta, porque el pensamiento lo sorprendió a él antes que a
nadie.
—Vamos,
habla, que no voy a comerte.
—Quizá
los Sinagra no tengan nada que ver con la muerte de Bonpensiero.
Montalbano
se levantó, se le acercó le tomó las mejillas con las manos y le dio en beso en
la frente.
—¿Ves
cómo cuando te estimulan el culito con perejil consigues hacer caquita?
—Comisario,
me ha mandado decir que quería verme uno de estos días, pero me he apresurado a
venir. No porque tenga nada que temer, sino por la gran estima que le
profesamos mi padre y yo.
Don
Lillino Cuffaro, regordete, calvo, un ojo entreabierto, vestido de cualquier
manera, a pesar de su aspecto humilde poseía una especie de secreto atractivo.
Era un hombre de mando, de poder, y no lograba ocultarlo del todo.
Montalbano
ignoró el cumplido, como si no lo hubiera oído.
—Señor
Cuffaro, ya sé que tiene muchos asuntos que atender y no le haré perder el
tiempo. ¿Cómo está la señora Mariuccia?
—¿Quién?
—La
señora Mariuccia, la hija de su amigo Di Stefano, la viuda de Titìllo
Bonpensiero.
Don
Lillino Cuffaro abrió la boca como para decir algo y luego la cerró. Estaba
desconcertado, no esperaba un ataque por ese flanco. Pero se recuperó.
—Cómo
quiere que esté, pobre mujer; se casó hace tan sólo dos años y ahora
encontrarse con el marido muerto de ese modo...
—¿De
qué modo? —preguntó Montalbano, el semblante inocente como el de un angelito.
—Me...,
me han dicho que recibió un tiro —repuso vacilante don Lillino. Comprendió que
caminaba sobre un terreno minado. Montalbano era una estatua. —¿No? —preguntó
don Lillino Cuffaro. El comisario alzó el dedo índice derecho, lo movió de
izquierda a derecha y viceversa. Ahora tampoco habló. —Y entonces, ¿ cómo fue?
Esta
vez Montalbano se dignó contestar.
—Estrangulado.
—¿Qué
me dice? —protestó don Lillino.
Sin
embargo, se veía que no era muy bueno haciendo teatro.
—Si
se lo digo yo, debe creerme —repuso muy serio el comisario, aunque se estaba
divirtiendo. Se hizo un silencio. Montalbano contemplaba el bolígrafo que tenía
en la mano como si fuera un objeto misterioso que veía por primera vez. —Cosimo
Zaccaria cometió una gran equivocación —continuó el comisario Montalbano un
momento después.
Dejó
el bolígrafo encima del escritorio renunciando definitivamente a entender lo
que era.
—¿Y
qué tiene que ver el bueno de Cosinio Zaccaria?
—Tiene
que ver, tiene que ver.
Don
Lillino se movió en la silla.
—Según
usted, y sólo por hablar, ¿cuál fue su equivocación?
—Sólo
por hablar, endosar a los Sinagra el asesinato que él cometió. Pero los Sinagra
hicieron saber a quien entendiera que ellos nada tenían que ver con esa
historia. Entonces los de la otra parte, convencidos de la no implicación de
los Sinagra, investigan en su casa. Y descubren algo que, si se sabe, los puede
cubrir de vergüenza. Corríjame si me equivoco, señor Cuffaro...
—No
entiendo cómo podría corregido en una cosa que...
—Déjeme
acabar. Veamos, Mariuccia Di Stefano y Cosimo Zaccaria son amantes desde hace
tiempo. Lo hacen tan bien que nadie sospecha su relación, ni la familia ni
fuera de casa. Después, es tan sólo una hipótesis mía, Titìllo Bonpensiero
empieza a olerse algo y agudiza la vista y los oídos. Mariuccia se alarma y
advierte a su amante. Juntos organizan un plan para liberarse de Titìllo y que
la culpa recaiga sobre los Sinagra. Una noche, mientras el marido duerme
profundamente, la señora se levanta de la cama, abre la puerta y Cosimo
Zaccaria entra...
—Deténgase
—dijo de pronto don Lillino levantando una mano. Le fastidiaba oír la historia.
Sorprendido,
Montalbano vio ante él a otra persona, transformada. Los hombros derechos, el
ojo sano como la hoja de un cuchillo, el rostro duro y decidido: un jefe.
—¿Qué
quiere de nosotros?
—Ustedes
ordenaron la muerte de Cosimo Zaccaria para devolver la calma a la familia.
—Don Lillino río pronunció ni una sílaba.
—Bien,
quiero que el asesino de Cosimo Zaccaria venga a entregarse. Y también quiero a
Mariuccia Di Stefano como cómplice de la muerte de su marido.
—Tendrá
pruebas de todo lo que me ha dicho.
Era
el último muro de defensa, que el comisario derribó enseguida.
—En
parte sí y en parte no.
—¿Puedo
saber entonces por qué me ha molestado?
—Sólo
para decirle que tengo la intención de hacer algo peor que exhibir unas
pruebas.
—¿Y?
—A
partir de mañana mismo empiezo la investigación de los homicidios de
Bonpensiero y Zaccaria a toque de tambor, hago que la sigan paso a paso las
televisiones locales y los periódicos y mantengo una conferencia de prensa día
por medio. Serán despreciados. Los Sinagra se mearán de risa cuando los vean
por la calle. Los despreciarán de tal manera que no sabrán dónde esconderse
para ocultar la vergüenza. Sólo tendré que decir cómo han ido las cosas y
perderán el respeto de todos. Porque diré que en su familia no existe la
obediencia, que reina la anarquía, que quien tiene ganas de coger, coge con
quien se le antoja, mujeres casadas o solteras, que se puede matar libremente
cuándo, cómo y a quien se quiere...
—Deténgase...
—dijo nuevamente don Lillino. Se levantó, se inclinó ligeramente ante el
comisario y salió.
Tres
días más tarde, Vittorio Lopresti, de la familia Cuffaro, se entregó y declaró
haber matado a Cosimo Zaccaria porque no se portó bien como socio suyo en unos
negocios.
A la
mañana siguiente, Mariuccia Di Stefano, completamente vestida de negro, salió
pronto de casa y, con paso apresurado, llegó hasta la punta del muelle del
poniente. Estaba sola, pero muchos la observaron. Cuando llegó debajo del faro,
tal como dijo Pippo Sutera, testigo ocular, la mujer hizo la señal de la cruz y
se tiró al mar. Pippo Sutera se lanzó tras ella para salvarla, pero aquel día
el mar estaba grueso.
“La
convencieron de que se suicidara porque no tenía otra salida”, pensó
Montalbano.
En
el pueblo todos creyeron que Mariuccia Di Stefano se había matado porque no
soportaba la pérdida de su adorado marido.
Amor
Michela
Prestìa era hija de una familia a la que le faltaba de todo. La madre fregaba
las escaleras del ayuntamiento y el padre, que era trabajador temporario en el
campo, se había quedado ciego al estallarle una bomba de mano abandonada
durante la guerra. La muchacha, a medida que crecía, se hacía cada vez más
hermosa, y los vestiditos agujereados que llevaba, poco más que harapos pero
limpísimos, no conseguían esconder toda la gracia que Dios le había dado.
Morena, los ojos siempre brillantes con una especie de alegría de vivir a pesar
de la necesidad, había aprendido sola a leer y a escribir. Soñaba con ser
dependienta en uno de aquellos grandes negocios que la fascinaban. A los quince
años, ya una mujer hecha y derecha, se escapó de casa para ir detrás de un
vendedor ambulante que recorría los pueblos con una furgoneta vendiendo
utensilios de cocina, vasos, platos y cubiertos. Un año después volvió a casa y
sus padres hicieron como si nada hubiera ocurrido. Tenían una boca más que
alimentar. Durante los cinco años siguientes muchos hombres de Vigàta, solteros
o casados, la tomaron y la abandonaron o fueron abandonados, pero siempre sin
tragedias ni peleas. La vitalidad de Michela conseguía justificar, convertir en
natural cada cambio de pareja. A los veintidós años se trasladó a una casa del
anciano doctor Pisciotta, quien la hizo su mantenida y la colmó de regalos y de
dinero. La buena vida de Michela duró sólo tres años: el doctor murió en sus
brazos y la viuda utilizó a los abogados, que se llevaron todo lo que le había
regalado el médico y la dejaron con una mano atrás y otra adelante. Apenas seis
meses después, Michela conoció al contador Saverio Moscato. Al principio
parecía una historia como las otras, pero en el pueblo pronto se dieron cuenta
de que las cosas eran muy diferentes.
Saverio
Moscato, empleado en la fábrica de cemento, era un treintañero de buena
presencia, hijo de un ingeniero y de una profesora de latín. Muy apegado a la
familia, no dudó en dejarla en cuanto los padres, al enterarse del asunto, le
llamaron la atención por tener relaciones con una muchacha que era el escándalo
del pueblo. Sin decir esta boca es mía, Saverio alquiló una casa junto al
puerto y se instaló allí con Michela. Vivían bien, pues el contador no disponía
sólo del sueldo, ya que un tío suyo le había dejado tierras y negocios. Pero,
sobre todo, lo que sorprendía a la gente era que Michela, que con los otros
siempre había mantenido una actitud de libertad e independencia, ahora sólo
tenía ojos para su Saverio, estaba pendiente de sus palabras, hacía siempre lo
que él quería, no se rebelaba. Y en cuanto a Saverio, sucedía lo mismo: estaba
atento a todos los deseos de Michela, incluidos los que sólo manifestaba con
una mirada. Cuando salían de casa para ir de paseo o al cine, caminaban tan
abrazados como si estuvieran despidiéndose para siempre. Y se besaban en cuanto
podían y también cuando no podían.
—No
hay vuelta de hoja —comentó el agrimensor Smecca, que había sido amante de
Michela durante un breve tiempo—. Están enamorados. Y el caso es que me gusta.
Espero que dure. Michela se lo merece; es una buena chica.
Saverio
Moscato, que había procurado por todos los medios no alejarse de Vigàta a fin
de no dejar sola a Michela, tuvo que trasladarse a Milán por asuntos de su
trabajo en la fábrica de cemento y permanecer allí diez días. Antes de salir
del pueblo, fue desesperado a ver a Pietro Sanfilippo, el único amigo que
tenía.
—Al
fin y al cabo —lo consoló el amigo—, diez días no son una eternidad.
—Para
mí y para Michela, sí.
—¿Por
qué no te la llevas?
—No
quiere venir. Nunca ha salido de Sicilia. Dice que una gran ciudad como Milán
la asustaría si no estuviera siempre a mi lado. ¿Qué hago? Debo asistir a
reuniones, tengo citas de trabajo...
Durante
la estada de Saverio en Milán, Michela no salió de casa; nadie la vio por la
calle. Pero lo más curioso fue que cuando el contador volvió, la chica no
apareció más a su lado. Quizá los días que había estado alejada de su amor
habían hecho que enfermara de melancolía.
Un
mes después del regreso de Saverio Moscato, la madre de Michela se presentó
ante el comisario Montalbano.
Pero
no la movía la preocupación de madre.
—Mi
hija Michela no me ha dado la mensualidad que me pasa.
—¿Le
daba dinero?
—Sí.
Todos los meses. Doscientas o trescientas mil liras, según. Siempre fue una
buena hija.
—¿Y
qué quiere de mí?
—Fui
a su casa y encontré al contador. Me dijo que Michela ya no vivía allí, que
cuando volvió de Milán no la encontró en casa. Hasta me enseñó las
habitaciones. Nada, de Michela ni siquiera quedaba un vestido. Ni una bombacha,
dicho sea con perdón.
—¿Y
qué le dijo el contador? ¿Cómo explicó la desaparición?
—Él
tampoco se la explicaba. Dijo que Michela, siendo como era, se habría escapado
con otro hombre. Pero no lo creo.
—¿Por
qué?
—Porque
estaba enamorada del contador.
—¿Y
qué quiere que haga yo?
—No
sé... Hablar con el contador. Quizás a usted le diga lo que sucedió de verdad.
Montalbano
esperó a encontrarse con el contador por casualidad; no quería que las
preguntas que iba a hacerle parecieran oficiales. Un día, después de comer, lo
vio sentado solo, tomando una menta, en el café Castiglione.
—Buenos
días. Soy el comisario Montalbano.
—Sé
quién es.
—Quisiera
tener una charla con usted.
—Siéntese.
¿Quiere tomar algo?
—Me
tomaría un helado.
El
contador pidió el helado.
—Dígame,
comisario.
—Créame
si le digo que me siento algo cohibido, señor Moscato. El otro día fue a verme
la madre de Michela Prestìa. Dice que su hija ha desaparecido.
—Es
cierto.
—¿Quiere
explicármelo mejor?
—¿A
título de qué?
—Usted
vive, o vivía, con Michela Prestìa, ¿no?
—¡No
hablaba de mí! Preguntaba a título de qué se interesa usted por el asunto.
—Bueno,
como la madre fue...
—Me
parece que Michela es mayor de edad. Es libre de hacer lo que le pase por la
cabeza. Se ha marchado y ya está.
—Perdone,
pero querría saber más.
—Fui
a Milán y ella no quiso ir conmigo. Aseguraba que una gran ciudad como Milán le
daba miedo, le producía desasosiego. Ahora creo que se trataba de una excusa
para quedarse sola y preparar la fuga. Durante los primeros siete días que
permanecí fuera, nos llamábamos por la mañana y por la noche. La mañana del
octavo día me contestó de mal humor, dijo que..., que ya no aguantaba estar sin
mí. Aquella misma noche, cuando la llamé por teléfono, no contestó. No me
preocupé, pensé que se habría tomado un somnífero. A la mañana siguiente
sucedió lo mismo y me intranquilicé. Le pedí a mi amigo Sanfilippo que fuera a
echar un vistazo. Me llamó poco después y me dijo que la casa estaba cerrada,
que había tocado el timbre durante un rato sin obtener respuesta. Pensé que
había sucedido algo, una desgracia. Entonces llamé a mi padre, al que antes de
partir le había dejado un juego de llaves. Abrió la puerta. Nada; no sólo no
había huella alguna de Michela, sino que faltaban sus cosas, todo. Hasta el
lápiz de labios.
—Y
usted ¿qué hizo?
—¿Quiere
saberlo? Me eché a llorar.
¿Por
qué cuando hablaba de la fuga de la mujer amada y de su llanto desesperado sus
ojos no delataban tristeza, sino que brillaban con una sosegada satisfacción?
Cierto que intentaba poner cara de circunstancias, pero no lo conseguía del
todo: de las cenizas que se esforzaba por introducir en la mirada emergía, a
traición, una llamita de júbilo.
—Comisario
—dijo Sanfilippo—, ¿qué quiere que le diga? Estoy desconcertado. Mire, para
darle una idea: cuando Saverio volvió de Milán, pedí tres días de permiso.
Puede preguntarlo en la oficina, si no me cree. Pensé que estaría desesperado
por la huida de Michela, quería estar a su lado en todo momento, tenía miedo de
que hiciera alguna tontería. Estaba demasiado enamorado. Fui a la estación y
bajé del tren fresco como una lechuga. Esperaba lágrimas, lamentos... En
cambio...
—¿En
cambio?
—Mientras
veníamos en coche de Montelusa a Vigàta, se puso a cantar en voz baja. Siempre
le ha gustado la ópera lírica. Tiene una bonita voz y canturreaba Tu che a Dio
spiegasti l'ali. Me quedé helado; hasta pensé que se debía a la impresión. Por
la noche fuimos, a cenar juntos y comió tranquilo y sereno. A la mañana
siguiente volví a la oficina.
—¿Hablaron
de Michela?
—¡En
absoluto! Era como si esa mujer nunca hubiera existido en su vida.
—¿Se
enteró de si se habían peleado, qué sé yo, de alguna discusión…?
—¡Pero
no! ¡Se amaban, siempre estaban de acuerdo!
—¿Se
tenían celos?
Pietro
Sanfilippo no contestó enseguida; tuvo que pensar un poco la respuesta.
—Ella
no. Él sí, pero a su manera.
—¿En
qué sentido?
—En
el sentido de que no estaba celoso del presente, sino del pasado de Michela.
—Mala
cosa.
—Oh,
sí. Son los celos peores, no tienen remedio. Una tarde que estaba de muy mal
humor, salió con una frase que recuerdo perfectamente: “Todos han obtenido todo
de Michela; ya no hay nada que pueda darme que sea nuevo, virgen”. Quise
replicarle que si las cosas estaban así, había escogido a la mujer equivocada,
con demasiado pasado. Pero consideré que era mejor el silencio.
—Usted,
señor Sanfilippo, era amigo de Saverio antes de que conociera a Michela,
¿verdad?
—Cierto,
tenemos la misma edad, nos conocemos desde chicos.
—Piénselo
bien. Si consideramos el periodo de Michela como un paréntesis, ¿observa algún
cambio en su amigo entre el antes y el después?
Pietro
Sanfilippo lo meditó.
—Saverio
no ha sido nunca un tipo abierto, inclinado a manifestar lo que siente. Es
callado, dado con frecuencia a la melancolía. Las únicas veces que lo he visto
feliz ha sido cuando estaba con Michela. Ahora es más cerrado, me evita. El
sábado y el domingo los pasa en el campo.
—¿Tiene
una casa en el campo?
—Sí,
por Belmonte, en el distrito de Trapani; se la dejó su tío. Antes no quería
poner el pie allí. Y ahora, ¿me despeja una duda?
—Si
puedo...
—¿Por
qué se interesa tanto en la desaparición de Michela?
—Su
madre vino a verme.
—¿Ésa?
A ésa le importa un comino. ¡Sólo le interesa el dinero que le pasaba Michela!
—¿Y
no le parece un buen motivo?
—Comisario,
no soy tonto. Hace más preguntas sobre Saverio que sobre Michela.
—¿Quiere
que sea sincero? Tengo una sospecha.
—¿Qué?
—Tengo
la curiosa impresión que su amigo Saverio se lo esperaba. Y quizás hasta
conocía al hombre con el que Michela se ha fugado.
Pietro
Sanfilippo mordió el anzuelo. Montalbano se felicitó; había improvisado una
respuesta convincente. ¿Podía decirle que lo que le inquietaba y lo confundía
era una brillante llamita en el fondo de un ojo?
No
deseaba mezclar a ninguno de sus hombres, porque no quería hacer el ridículo
ante ellos. Se embarcó solo en el interrogatorio de los inquilinos del edificio
donde vivía el contador. Todos los aspectos de aquella investigación, si se
podía llamar así, eran débiles, no existían como tales aspectos, y el punto de
partida para las preguntas era tan inconsistente como un hilo, como una
telaraña. Si Saverio Moscato le había contado la verdad, Michela contestó a la
llamada de la mañana pero no a la de la noche. Por lo tanto, si se marchó lo
hizo durante el día. Y alguien pudo haber notado algo. El edificio tenía seis
plantas y cuatro departamentos por piso. El comisario, muy minucioso, empezó
por el último. Nadie había visto ni oído nada. El contador vivía en el segundo
piso, departamento 8. Sin albergar ninguna esperanza, llamó al timbre del
departamento 5. En la tarjeta se leía “Maria Costanzo, Vda. de Diliberto”. Le
abrió la puerta la misma señora, una viejecita bien acicalada, de ojos vivos y
penetrantes.
—¿Qué
desea?
—Soy
el comisario Montalbano.
—¿Qué
enano?
Era
sorda como una tapia.
—¿Hay
alguien en casa? —se desgañitó el comisario.
—¿Por
qué grita tanto? —dijo la viejecita indignada—. ¡No soy tan sorda!
Atraído
por las voces, del interior del departamento apareció un hombre que ya habría
cumplido los cuarenta.
—Hable
conmigo, soy su hijo.
—¿Puedo
entrar?
El
cuarentón lo llevó a una salita y la viejecita tomó asiento en un sillón,
frente a Montalbano.
—No
vivo aquí, sólo he venido a visitar a mi madre —aclaró el hombre haciendo un
gesto con las manos.
—Como
ya sabrán, la señorita Michela Prestìa, que convivía en el departamento 8 con
el contador Saverio Moscato se ha marchado sin dar explicaciones, mientras el
señor Moscato se encontraba en Milán entre el 7 y el 16 de mayo.
La
viejecita dio señales de impaciencia.
—¿Qué
está diciendo, Pasqualì? —preguntó al hijo.
—Espera
—contestó Pasquale Diliberto con voz normal.
Evidentemente
su madre estaba acostumbrada a leerle los labios.
—Quisiera
saber si durante ese período de tiempo su señora madre ha oído, ha visto algo
que...
—Ya
he hablado con mamá. No sabe nada de la desaparición de Michela.
—Pues
sí —protestó la viejecita—. Lo he visto. Ya te lo he dicho. Pero tú dices que
no.
—¿Qué
ha visto, señora?
—Comisario
—intervino el cuarentón—, le advierto que mi madre no sólo es sorda, sino que
no está muy bien de la cabeza.
—¿Que
no estoy bien de la cabeza? —replicó la señora Maria Costanzo, viuda de
Diliberto, levantándose indignada—. ¡Mal hijo, me ofendes delante de los
extraños!
Se
marchó de la salita dando un portazo.
—Cuéntemelo
usted.
—El
día 13 de mayo es el cumpleaños de mi madre. Por la noche vine con mi mujer y
cenamos juntos, cortamos la torta y bebimos unas copas de vino espumoso. A las
once volvimos a casa. Ahora mi madre asegura que, quizá por haber comido
demasiado pastel, pues es muy golosa, no podía conciliar el sueño. Hacia las
tres de la madrugada recordó que no había sacado la basura. Abrió la puerta, y
la lámpara del rellano estaba encendida. Dice que delante del departamento 8,
que está justo enfrente, vio a un hombre con una maleta grande. Asegura que se
parecía al contador. Y yo le dije: “Pero, mamá, ¿te das cuenta? ¡El contador
volvió de Milán tres días después!”
—Señor
comisario —explicó Angelo Liotta, director de la fábrica de cemento—, he hecho
todas las comprobaciones que me ha pedido. El contador ha presentado
debidamente los billetes de viaje y los comprobantes del hotel.
Salió
el domingo del aeropuerto de Palermo a las dieciocho y treinta en un vuelo
directo a Milán. Pasó la noche en el hotel Excelsior, donde permaneció hasta la
mañana del 17. Ese día regresó en el vuelo que partía de Linate a las siete y
treinta. Participó en todas las reuniones y acudió a todas las citas que tenía
concertadas en Milán. Si desea formularme más preguntas, estoy a su entera
disposición.
—Es
suficiente, se lo agradezco.
—Espero
que un empleado como Moscato, al que aprecio por su laboriosidad, no se
encuentre envuelto en ningún asunto feo.
—También
yo lo espero —dijo Montalbano al despedirse.
En
cuanto el director hubo salido, el comisario tomó el sobre con todos los
comprobantes del viaje que el otro le había dejado encima del escritorio y, sin
abrirlo siquiera, lo guardó en un cajón.
Con
ese gesto se estaba despidiendo de una investigación que nunca había existido.
Seis
meses después recibió una llamada telefónica. Al principio no reconoció al que
estaba al otro lado del hilo.
—Perdone,
¿cómo ha dicho?
—Angelo
Liotta. ¿Recuerda? Soy el director de la fábrica de cemento. Usted me llamó
para saber...
—Ah,
sí. Lo recuerdo muy bien. Dígame.
—Como
ahora estamos cerrando la contabilidad, querría que me devolviera los recibos
que le dejé.
¿De
qué estaba hablando? Entonces se acordó del sobre que no había abierto.
—Se
los enviaré hoy mismo.
Sacó
el sobre para no olvidarse, lo puso encima de la mesa del despacho, lo miró y,
sin saber por qué, lo abrió. Examinó uno por uno los recibos y los volvió a
guardar en el sobre. Se apoyó en el respaldo del sillón y cerró los ojos
durante unos minutos, reflexionando. Luego volvió a sacar los recibos, los
ordenó encima de la mesa, uno al lado del otro. El primero de la izquierda, con
fecha del 4 de mayo, era el recibo de un lleno de gasolina; el último pedazo de
papel de la derecha era un boleto de tren, con fecha del 17 de mayo, para “el
trayecto Palermo—Montelusa. No cuadraba, no cuadraba. Al parecer, Moscato había
salido en coche de Vigàta para ir al aeropuerto; luego, al final del viaje,
había vuelto a Vigàta en tren. Su amigo Pietro Sanfilippo fue testigo de su
llegada. La pregunta era muy sencilla: ¿quién había llevado el coche del
contador a Vigàta mientras estaba en Milán?
—¿Señor
Sanfilippo? Soy Montalbano. Necesito una información. Cuando el señor Moscato
fue al aeropuerto a tomar el avión de Milán, ¿llevó el coche?
—Comisario,
¿todavía piensa en esa historia? ¿Sabe que de vez en cuando llega alguien al
pueblo que dice que ha visto a Michela en Milán, en París, hasta en Londres? De
cualquier manera, no sólo no lo acompañé, sino que creo que se equivoca. Si
volvió en tren, ¿por qué tenía que llevarse el coche? Michela tampoco pudo
acompañarlo porque no sabía conducir.
—¿Cómo
está su amigo?
—¿Saverio?
Hace un montón de tiempo que no lo veo. Presentó la renuncia en la fábrica de
cemento y dejó la casa.
—¿Sabe
adónde ha ido?
—Sí.
Vive en el campo, en su casa de la provincia de Trapani, en Belmonte. Quería ir
a verlo pero me ha dado a entender que...
El
comisario no necesitó escuchar más. Belmonte, acababa de decir Sanfilippo. El
recibo de la gasolina, arriba, a la izquierda, llevaba escrito: “Estación de
servicio Pagano—Belmonte (TR)”.
Se
detuvo en la estación de servicio a preguntar qué camino debía tomar para
llegar a la casa de Moscato. Se lo indicaron. Era una casita modesta pero
bonita, de una planta, completamente aislada. El hombre que salió a su
encuentro se parecía a aquel Saverio Moscato que había conocido. Al comisario
le costó reconocerlo, vestido de cualquier manera y con la barba larga. Y en
sus ojos, que Montalbano miró fijamente, la llamita se había apagado por
completo, sólo había negras cenizas. Lo invitó a entrar en el comedor, muy
modesto.
—Estoy
aquí de paso —se excusó Montalbano.
Pero
no siguió porque Moscato parecía haberse olvidado de su presencia. Se estaba
contemplando las manos. El comisario vio la parte de atrás de la casa a través
de la ventana: un jardín de rosas, flores, plantas, que contrastaba de manera
extraña con el resto del terreno, abandonado. Salió al jardín. En el centro
había una gran piedra blanca rodeada por una cerca. A su alrededor, infinidad
de rosas. Montalbano cruzó el pequeño recinto y tocó la piedra con una mano. El
contador también había salido, Montalbano lo oyó acercarse a sus espaldas.
—La
enterró aquí, ¿verdad?
Lo
preguntó en voz baja, sin alzar el tono. Y la respuesta que esperaba, que
temía, también le llegó en voz baja.
—Sí.
—El
viernes, después de comer, Michela quiso que viniéramos aquí, a Belmonte.
—¿Había
venido antes?
—Una
vez, y le gustó. Yo era incapaz de negarle nada. Decidimos pasar aquí el
sábado. El domingo por la mañana me proponía acompañarla a Vigàta, y por la
tarde tomaría el tren de Palermo. Pasamos un día maravilloso, como nunca. Por
la noche, después de la cena, nos fuimos pronto a la cama e hicimos el amor.
Hablamos, fumamos un cigarrillo.
—¿De
qué hablaron?
—Éste
es el quid de la cuestión, comisario. Michela sacó un tema a colación.
—¿Qué
tema?
—Es
difícil de decir. Yo le reprochaba... No, reprochar no es la palabra: me
quejaba, eso, de que ella, por la vida que había llevado, ya no pudiera darme
algo que nunca hubiera dado a los demás.
—¡Pero
usted estaba en las mismas condiciones para ella!
Saverio
Moscato lo miró un segundo, sorprendido, cenizas en las pupilas.
—i¿Yo?!
Antes de Michela nunca había estado con una mujer.
Sin
saber por qué, el comisario se sintió turbado.
—En
un momento dado fue al cuarto de baño, permaneció allí cinco minutos y volvió.
Sonreía cuando se echó a mi lado. Me abrazó con fuerza, me dijo que me daría
una cosa que los demás nunca habían tenido y que ya nunca podrían tener. Le
pregunté de qué se trataba, pero quiso que volviéramos a hacer el amor. Después
me dijo lo que me estaba entregando: su muerte. Se había envenenado.
—Y
usted ¿qué hizo?
—Nada,
comisario. Mantuve sus manos entre las mías. Ella no apartó los ojos de los
míos. Fue una cosa rápida. No creo que sufriera mucho.
—No
se haga ilusiones. Y sobre todo no rebaje lo que Michela hizo por usted. Con el
veneno se sufre, iY mucho!
—Aquella
misma noche cavé una fosa y la puse donde está ahora. Salí hacia Milán. Me
sentía desesperado y feliz, ¿comprende? Un día, el trabajo acabó pronto,
todavía no habían dado las cinco. Llegué en avión a Palermo y fui a Vigàta con
el coche que había dejado en el estacionamiento del aeropuerto de Punta Ràisi.
Hice el trayecto despacio. Quería llegar al pueblo bien entrada la noche, pues
no podía correr el riesgo de que me vieran. Llené una maleta con sus vestidos,
sus cosas, y la traje aquí. La guardo arriba, en el dormitorio. Cuando me
disponía a volver a salir hacia Punta Ràisi, el coche no se puso en marcha. Lo
oculté entre aquellos árboles y tomé un taxi de Trapani que me llevó al
aeropuerto, con el tiempo justo para tomar el avión de Milán. Cuando acabé el
trabajo, volví en tren. Los primeros días me encontraba inmerso en la felicidad
por lo que Michela había tenido el valor de entregarme. Me trasladé aquí, para
recrearme solo con ella. Pero después...
—¿Después?
—apremió el comisario.
—Después,
una noche, me desperté de pronto y ya no sentí a Michela a mi lado. Cuando
había cerrado los ojos me pareció oída respirar mientras dormía. La llamé, la
busqué por toda la casa. No estaba. Entonces comprendí que su gran regalo había
resultado muy caro, demasiado.
Se
echó a llorar, sin sollozos. Lágrimas mudas descendían por su rostro.
Montalbano
contemplaba una lagartija que, encima de la piedra blanca de la tumba,
disfrutaba inmóvil del sol.
Una
giganta de amable sonrisa
A
los cincuenta cumplidos, el doctor Saverio Landolina, un ginecólogo serio y
apreciado de Vigàta, perdió la cabeza por la veinteañera Mariuccia Coglitore.
El enamoramiento recíproco fue a primera vista. Hasta entonces, los padres de
Mariuccia habían tenido como médico de la hija al profesor Gambardella,
nonagenario, cuya avanzada edad garantizaba que las exploraciones íntimas se
realizaran con el más absoluto respeto a la deontología. El profesor
Gambardella murió de un infarto en el campo de operaciones: la muerte le
sobrevino con las manos en la masa de una aterrorizada paciente.
El
doctor Landolina fue elegido durante un consejo de familia que se extendió
hasta los parientes de segundo grado. Los Coglitore, con los primos Gradasso,
Panzeca y Tuttolomondo, representaban en Vigàta una especie de comunidad
católico—integrista que obedecía a unas leyes propias como la asistencia a la
misa de la mañana, las oraciones de la noche con el rezo del rosario y la
abolición de radio, diarios y televisión. Durante la reunión se descartó al
doctor Angelo La Licata, de Montelusa (“ ése le pone los cuernos a la mujer: ¿y
si contaminase a Mariuccia con sus manos impuras?”), a su colega Michele
Severino, también de Montelusa (“¿bromeas? Ése no ha cumplido los cuarenta”), y
al doctor Calogero Giarrizzo, de Fela (“al parecer ha sido visto comprando una
revista pornográfica”). Sólo quedó Saverio Landolina, cuyo único defecto era
que vivía en Vigàta, como Mariuccia; cuando se lo encontrara casualmente por la
calle, la muchacha podría sentirse turbada. En cuanto a lo demás, no había nada
que decir del doctor Landolina, secretario local de la DC: estaba bien casado
desde hacía veinticinco años con Antonietta Palmisano una especie de giganta de
sonrisa amable, pero el Señor no había querido conceder a la pareja la gracia
de un hijo. El médico nunca fue objeto de habladurías o de comentarios
malignos.
Hasta
el momento en que Mariuccia se levantó de la silla, al otro lado de la mesa del
consultorio, y se colocó tras el biombo para desnudarse, en el corazón del
médico no sucedió nada. La muchacha de los anteojos que respondía con
monosílabos, que se ruborizaba ante sus preguntas, era completamente
insignificante. Pero cuando Mariuccia salió de detrás del biombo con unas
púdicas enaguas negras y sin los anteojos (se los quitaba siempre que se
desnudaba), con la piel rojo fuego a causa de la vergüenza, y se colocó en la
camilla, en el corazón del cincuentón Landolina se desencadenó una delirante
sinfonía que ningún compositor dotado de juicio se habría atrevido nunca a
componer: en medio de centenares y centenares de tambores al galope se
introdujo el vuelo alto de un violín solitario, y la irrupción de un millar de
metales fue contrapuesta por dos pianos líquidos. Todo temblaba, y también
vibraba el doctor Landolina cuando puso una mano encima de Mariuccia, y
mientras un majestuoso órgano iniciaba un solo, sintió que el cuerpo de la
muchacha vibraba al unísono con el suyo, respondía al ritmo de la misma música.
La
señora Concetta Sicurella de Coglitore, que había acompañado a su hija y
esperaba en la salita a que acabara la visita, atribuyó a virginal turbación el
encendido rubor de las mejillas, el brillo febril en los ojos de Mariuccia, que
entró niña en la consulta y salió, una hora después, hecha toda una mujer.
Landolina
y Mariuccia jugaron al doctor durante un año: al final de cada visita Mariuccia
salía cada vez más lozana y hermosa, mientras Angela Lo Porto, la enfermera que
hacía veinte años que estaba enamorada del médico, cada día estaba más delgada,
nerviosa y callada.
—¿Novedades?
—preguntó Salvo Montalbano entrando en el despacho a las nueve de la mañana del
último día de mayo, lunes, con un calor de mediados de agosto.
El
comisario lo estaba sufriendo porque había pasado el sábado y el domingo en la
casa de campo de su amigo Niccolò Zito, disfrutando de un agradable descanso.
—Han
encontrado el coche del doctor Landolina —contestó Fazio.
—¿Lo
habían robado?
—No.
Ayer por la mañana vino aquí la señora Landolina y nos contó, llorando, que su
marido no había vuelto a casa por la noche. Investigamos, pero nada. Ha
desaparecido. Esta mañana, al amanecer, han visto un automóvil caído en los
escollos de Capo Russello. Ha ido Augello y ha llamado hace un rato. Es el
coche de Landolina.
—¿Un
accidente?
—Me
parece que no—contestó Mimì Augello entrando en el despacho—. La carretera está
muy lejos del margen de Capo Russello. Se accede allí a propósito; no puede
haber perdido el control del automóvil. Ha ido adrede para tirarse desde allí.
—¿Crees
que se trata de un suicidio?
—No
hay otra explicación.
—¿Y
qué ha sido del cadáver?
—¿Qué
cadáver?
—Mimì,
¿no acabas de decirme que Landolina se ha matado?
—Sí,
pero al chocar contra los escollos se abrieron las portezuelas. El cuerpo no
está; debió de caerse al mar. Uno de allí me ha dicho que seguramente las
corrientes lo llevarán hacia la playa de Santo Stefano. Lo encontraremos un día
de estos.
—Bien.
Ocúpate tú del asunto.
* *
*
Por
la tarde, Mimì Augello fue a informar a Montalbano. No había encontrado
explicación alguna al suicidio del médico. Gozaba de buena salud, no tenía
deudas (antes bien, era rico, con propiedades en Comiso y también la mujer
tenía lo suyo), tampoco tenía secretos, no era manirroto. La viuda...
—No
la llames viuda hasta que se encuentre el cuerpo —lo interrumpió Montalbano.
La
señora se está volviendo loca, no consigue entenderlo, se ha aferrado a la idea
de una enfermedad repentina. Hasta he mirado en su agenda. Nada, no ha dejado
escrito nada de nada. Mañana hablaré con la enfermera, que cuando se enteró se
descompuso y se fue a su casa. Aunque no creo que pueda revelarme gran cosa.
En
cambio, la enfermera Angela Lo Porto tenía mucho que revelar y lo hizo a la
mañana siguiente, presentándose en la comisaría.
—Todo
es teatro —declaró.
—¿Qué?
—Todo.
El coche despeñado, el cadáver que no se encuentra. El doctor no se suicidó; lo
mataron.
Montalbano
la miró. Ojeras, rostro amarillento, mirada enloquecida. Tuvo la impresión de
que no se trataba de una mitómana.
—¿Y
quién lo iba a matar?
—Ignazio
Coglitore —respondió sin dudar Angela Lo Porto.
Montalbano
aguzó el oído. No porque Ignazio Coglitore y sus dos hijos fueran personas de
dudosa moralidad, estuvieran comprometidos con la mafia o se dedicaran a
tráficos ilícitos, sino simplemente porque todos conocían en el pueblo el
fanatismo religioso de aquella familia. El comisario desconfiaba por instinto
de los fanáticos, a los que consideraba capaces de cualquier cosa.
—¿
Por qué motivo?
—El
doctor había dejado embarazada a Mariuccia.
El
comisario no lo creyó. Pensó que se había equivocado al juzgar a la enfermera,
que debía de ser una de esas que se inventan las cosas.
—Y a
usted ¿quién se lo ha dicho?
—Estos
ojos —contestó Angela Lo Porto señalándolos.
¡Mierda!
Estaba diciendo la verdad, no fantaseaba.
—Cuénteme
todo desde el principio.
—Hace
un año la madre de Mariuccia telefoneó pidiendo hora de consulta para su hija y
se la di. A la mañana siguiente llegué tarde al consultorio del doctor, pues
vivo en Montelusa y el autobús se había estropeado. No tengo coche ni permiso
de conducir. Cuando entré, la muchacha estaba sentada ante la mesa del despacho
del doctor. ¿Sabe cómo es el consultorio?
—No.
—Hay
una gran sala de espera y dos salitas aparte. Luego viene el consultorio
propiamente dicho, en el que hay un cuarto de baño y una oficinita donde estoy
yo. Cuando el doctor examina, siempre estoy presente. Aquel día entré en la
oficinita a cambiarme de ropa y ponerme la bata. Pero todo sucedió al revés: La
bata limpia se descosió y tuve que volverla a coser a toda prisa. Cuando
finalmente volví al consultorio...
Se
detuvo, debía de tener la garganta seca.
—¿Quiere
que le traigan un vaso de agua?
No
entendió la pregunta, perdida en el recuerdo de lo que había visto.
—Cuando
entré en el consultorio —siguió—, ya lo estaban haciendo. El doctor se había
desnudado; su ropa estaba en el suelo, de cualquier manera.
—¿Tuvo
la sensación de que la estaba violando?
La
mujer hizo un ruido extraño con la boca, como si entrechocaran dos trozos de
madera. Montalbano se dio cuenta de que la enfermera reía.
—¡Qué
dice! ¡Ésa lo tenía bien agarrado!
—¿Ya
se conocían?
—Nunca
había ido al consultorio; aquélla era la primera vez.
—¿Y
luego?
—¿Y
luego qué? No me vieron, no me veían. En aquel momento para ellos yo era aire.
Me retiré a la oficinita y me eché a llorar. Luego él llamó a la puerta. Se
habían vuelto a vestir. Acompañé a Mariuccia junto a su madre y volví. Antes de
dar entrada a la nueva paciente tuve que limpiar bien la camilla, ¿comprende?
—No.
—La
puta era virgen.
—¿Y
el doctor no le dijo nada? ¿No se explicó, no se justificó?
—No
me dijo una palabra, como si no hubiera sucedido nada.
—¿Fue
ése el único encuentro?
De
nuevo chocaron los dos trozos de madera.
—Se
veían cada quince días. Ella, la puta, estaba más sana que una manzana. El
doctor se había inventado una enfermedad para que acudiera a la consulta al
menos dos veces al mes.
—¿Y
usted qué hacía cuando...?
—¡Qué
quiere que hiciese! Me encerraba a llorar en la oficinita.
—Perdone
la pregunta. ¿Usted estaba enamorada del doctor?
—¿Acaso
no se nota? —preguntó la enfermera, levantando el semblante desencajado hacia
el comisario.
—Y
entre ustedes ¿nunca sucedió nada?
—¡Ojalá
hubiese habido algo! ¡Ahora estaría vivo!
Empezó
a sollozar, apretándose el pañuelo contra la boca. Se recuperó enseguida; era
una mujer fuerte.
—Hacia
el 15 de abril —siguió diciendo Angela—, llegó ella. Parecía que le había
tocado la lotería. Iba hacia la oficinita cuando la oí decir: “Pero ¿qué clase
de ginecólogo eres? ¿Todavía no te has dado cuenta de que estoy embarazada?” Me
quedé helada, comisario. Me volví un poco. El doctor parecía una estatua de
sal; creo que fue entonces cuando se dio cuenta de la estupidez que había
cometido. Entré en la oficinita, pero no cerré la puerta. ¿Sabe cuál era la
intención de aquella inconsciente cretina? Contárselo todo a su padre, porque
así el doctor se vería obligado a dejar a su mujer y casarse con ella. El
doctor fue inteligente. Le contestó que esperara un poco antes de hablar con su
padre; mientras tanto él hablaría con su mujer y dispondría el divorcio.
Después hicieron el amor.
—¿Fue
la última vez que se vieron?
—¡Pero
no! Volvió hace cinco días. Primero cogían y luego hablaban. El doctor le decía
que estaba haciendo progresos con su esposa, que era muy comprensiva. Pero
estoy segura de que nada era verdad; se lo decía para calmarla, para buscar una
solución. Últimamente estaba distraído y preocupado.
—¿Usted
sospechaba que la solución podría ser el suicidio?
—¿Bromea?
El doctor no tenía ninguna intención de suicidarse; yo lo conocía muy bien. Al
parecer esa puta imbécil se lo dijo a su padre. E Ignazio Coglitore no ha
perdido el tiempo.
En
cuanto salió la enfermera, Montalbano llamó a Fazio.
—Ve
a buscar a Ignazio Coglitore y tráelo aquí en diez minutos. No quiero excusas.
Fazio
volvió media hora más tarde sin Ignazio Coglitoreo
—¡Virgen
santa, comisario, qué lío!
—¿No
quiere venir?
—No
puede. Lo han detenido en Montelusa.
—¿Cuándo?
—Esta
mañana, a las ocho.
—¿Por
qué?
—Ahora
se lo explico. Bueno, al parecer cuando la hija de Ignazio Coglitore se enteró
de que el doctor Landolina se había matado, sufrió un ataque y se desmayó. La
familia lo achacó a que la muchacha estaba en tratamiento. Pero no se
recuperaba del desmayo. Entonces Ignazio Coglitore, con la ayuda de sus otros
dos hijos varones, la metió en el coche y se la llevó al hospital de Montelusa,
donde la internaron. Ayer por la tarde Ignazio Coglitore y su mujer fueron al
hospital a recogerla. Y he aquí que un médico joven y estúpido les dijo que
sería mejor que dejaran a la muchacha unos días más en el hospital, porque
corría el riesgo de perder al niño. Ignazio Coglitore y su mujer cayeron
fulminados a los pies del médico; parecían muertos. Cuando el padre se recuperó,
estaba furioso y la emprendió a puñetazos con médicos y enfermeras. Finalmente
consiguieron echarlo. Esta mañana, a las siete y media, ha vuelto al hospital:
además de los dos hijos, iban con él los varones de las familias Gradasso,
Panzeca y Tuttolomondo. Doce personas en total.
—¿Qué
querían?
—A
la muchacha.
—¿Por
qué?
—Ignazio
Coglitore le explicó al jefe de servicio que la querían porque tenían que
sacrificarla a Dios para expiar el pecado. El jefe de servicio se negó y se
desencadenó el fin del mundo. Puñetazos, gritos, cristales rotos, pacientes
huyendo. Cuando llegaron los carabineros, también fueron agredidos. Acabaron en
la cárcel.
—A
ver si lo entiendo, Fazio. ¿Cuándo les dijo el médico a los Coglitore que su
hija estaba embarazada?
—Ayer
por la tarde, hacia las siete y media.
La
hipótesis de la enfermera Angela Lo Porto se había ido al carajo. Los Coglitore
se habían enterado de que el responsable de la preñez de Mariuccia era el
doctor Landolina. Pero aunque hubieran querido, no habrían podido vengarse: se
enteraron de la noticia de la historia amorosa y de sus consecuencias después
de la desaparición del médico. No podían haberlo matado ellos. Si se descartaba
el suicidio, no existía otra persona que tuviera razones fundadas para la
venganza.
—¡Hola!
¿Hablo con la señora Landolina?
—Sí.
Más
que una sílaba, un soplo dolorido.
—Soy
el comisario Montalbano.
—¿Encontraron
el cuerpo?
¿Por
qué en la voz de la señora Landolina se había insinuado un tono de aprensión?
¿Era aprensión y no el lógico horror?
—No,
señora. Pero deseo hablar con usted, sólo cinco minutos, para aclarar unas
cosas.
—¿Cuándo?
—Ahora
mismo, si quiere.
—Perdone,
comisario, pero esta mañana no estoy con ánimo; me parece que de un momento a
otro me va a estallar la cabeza. Tengo tal jaqueca que casi no puedo mantener
los ojos abiertos.
—Lo
siento, señora. ¿Le va bien hoy después de comer, a las cinco?
—Lo
espero.
A
las tres fue convocado por el jefe de policía: debía asistir sin falta a una
importante reunión en Montelusa, a las cinco y media. No quiso renunciar a la
cita con la señora .Landolina y decidió anticiparla en una hora, sin previo
aviso.
—¿Adónde
va? —le preguntó desabrido el portero que no lo conocía o fingía no conocerlo.
—A
casa de la señora Landolina.
—No
está. Se ha marchado.
—¿Cómo
que se ha marchado? —preguntó Montalbano sorprendido.
—En
su coche —replicó el portero en tono ambiguo—. Ha cargado las maletas, que eran
muchas, y la hemos ayudado el padre Vassallo y yo.
—¿También
estaba el párroco?
—Sí,
el padre Vassallo no se ha movido de la casa desde hace dos días para consolar
a la señora. Es un santo, y amigo de la señora.
—¿A
qué hora se marchó?
—Esta
mañana, hacia el mediodía.
Por
lo tanto, poco después de haber hablado con él. Tantas maletas no se hacen tan
pronto; seguramente ya estaba preparada antes de que Montalbano telefonease. Al
aplazar la visita a la tarde, simple y llanamente le había dado por el culo.
—¿Le
comunicó por casualidad adónde iba?
—Sí.
A Comiso. Me dijo que como máximo estaría fuera una semana.
¿Qué
hacer? ¿Llamar por teléfono a alguno de sus colegas de Comiso para que vigilara
a la señora Landolina?
¿Con
qué motivo? ¿Una lejanísima, aérea e impalpable sospecha de homicidio? ¿O
simulación de cita?
Tuvo
una inspiración. Volvió corriendo al despacho y llamó por teléfono a Antonino
Gemmellaro, antiguo compañero de escuela, ahora director de la filial de la
Banca Agrícola Siciliana de Comiso.
—¡Hola!
¿Gemmellaro? Soy Montalbano.
¿Por
qué los antiguos compañeros de escuela se llamaban entre ellos por el apellido?
¿Recuerdo de la lista de clase?
—¡Oh,
qué agradable sorpresa! ¿Estás en Comiso?
—No,
te hablo desde Vigàta. Necesito una información.
—Lo
que quieras.
—¿Te
has enterado de que el doctor Landolina desapareció el sábado por la tarde? Lo
conocías, ¿verdad?
—Claro
que lo conocía, era cliente nuestro.
—O
se ha suicidado o lo han matado.
Gemmellaro
no hizo ningún comentario enseguida; era evidente que estaba pensando en las
palabras que Montalbano acababa de decirle.
—¿Dices
que se ha suicidado? No lo creo.
—¿Por
qué?
—Porque
alguien que tiene la intención de matarse no piensa en vender todo lo que
posee. Hace un mes vendió, y en algunos casos malvendió, casas, terrenos,
negocios; en resumidas cuentas, todo lo que tenía aquí. Quería obtener dinero
rápidamente.
—¿Cuánto?
—Unos
tres mil millones de liras, más o menos.
Montalbano
lanzó un silbido.
—Entre
él y su mujer, claro está.
—¿La
esposa también vendió?
—Sí.
—¿El
médico tenía firmado un poder de la esposa?
—¡No!
Vino ella a Comiso.
—Y
el dinero ¿dónde está ahora?
—Ah.
Aquí ha retirado hasta el último centavo.
Le
dio las gracias, colgó el auricular, llamó a la única agencia inmobiliaria que
había en Vigàta, y a quien le respondió le hizo una pregunta concreta.
—Ciertamente,
comisario, el pobre doctor Landolina nos encargó la venta de la casa y del
estudio.
—¿Y
qué harán ahora que ha desaparecido?
—Mire,
precisamente hace quince días el pobre doctor dispuso, en un acta notarial, que
el producto de la venta se entregase al padre Vassallo.
La
reunión con el jefe de policía duró poco y el comisario tuvo tiempo de hacer
una visita al teniente Colorni, con el que mantenía una buena relación y que
estaba al mando de los carabineros.
—¿Qué
medidas han tomado con Mariuccia Coglitore?
—La
hemos retenido en el hospital. Con esos parientes tan locos...
—¿Y
después...?
—La
mandaremos a un centro para madres solteras. Esta muy lejos de aquí y no le
daremos la dirección a nadie. El instituto lo sugirió el confesor de la
muchacha.
—¿Quién
es el confesor?
Ya
sabía la respuesta, pero quería escucharla.
—El
padre Vassallo, de Vigàta.
—Padre,
he venido para decirle que mañana por la mañana tendré que dar respuestas a los
periódicos y a la televisión acerca de la reciente desaparición del doctor
Landolina.
—¿Y
cree que puedo serie útil?
—¡Ya
lo creo! Pero antes una pregunta: ¿un cura que miente comete pecado?
—Si
la mentira es para un buen fin, no creo.
Sonrió,
estiró los brazos: Montalbano estaba servido. El padre Vassallo era un
cincuentón un poco entrado en carnes, de rostro inteligente e irónico.
—Entonces
permítame que le cuente una historia.
—Si
lo considera oportuno, comisario.
—Un
médico serio, casado, se enamora de una joven, la deja embarazada. Entonces le
entra el pánico: las reacciones de la familia de la muchacha pueden llegar a
excesos impensables. Desesperado, no le queda más remedio que confesarlo todo a
su esposa. Y ella, que debe de ser una mujer extraordinaria...
—Lo
es, créame —lo interrumpió el cura.
—...idea
un plan perfecto. En un mes, sin que la cosa trascienda, venden todo lo que
poseen y reúnen una buena cifra. El médico finge un suicidio, pero en realidad,
con la complicidad de un amigo cura, se esfuma hacia un destino que ignoramos.
Dos días después la mujer lo sigue. ¿Qué me dice?
—Es
un cuento verosímil——dijo tranquilo el párroco.
—Sigo.
El médico y su mujer son personas de bien y no pueden dejar plantada a la pobre
muchacha embarazada.
Deciden
vender el departamento y el consultorio médico que poseen en Vigàta, pero la
recaudación de la venta la destinan al amigo cura para que atienda a las
primeras necesidades de la joven madre.
Hubo
un silencio.
—¿Qué
dirá en la conferencia de prensa?
—Que
el doctor Landolina se ha suicidado. Y que la viuda ha ido a reunirse con sus
padres en su pueblo.
—Gracias
——dijo el padre Vassallo, casi con un murmullo. Y luego añadió: —Nunca habría
pensado que un ángel tomara el aspecto de la señora. ¿La conocía?
—No.
—Una
mujerona. Una giganta francamente fea. Una especie de ogresa de cuento. Pero
tenía una sonrisa... extraordinariamente amable —acabó el comisario.
Un
diario del 43
El
viento sopló tan fuerte que el mar llegó hasta la terracita de la casa de
Montalbano, comiéndose toda la playa. Como consecuencia, el humor del
comisario, que sólo se sentía en paz consigo mismo y con el universo cuando
podía tostarse al sol, se puso tan oscuro como la noche. Fazio, que lo conocía
muy bien, en cuanto lo vio entrar en el despacho saludó y se esfumó. En cambio
Catarella olvidó el riesgo que corría, a pesar de que prestaba servicio en la
comisaría desde hacía más de un año, y se precipitó en el despacho.
—¡Comisario!
¡Esta mañana han llamado unas personas que preguntaban por usted en persona! Le
escribí los nombres aquí.
Le
entregó un papel mal arrancado de un cuaderno de hojas cuadriculadas.
—Y
tu hermana, ¿también llamó? —preguntó Montalbano, peligrosamente amable.
Catarella
primero se sorprendió, luego sonrió.
—Comisario,
¿bromea? Mi hermana no puede telefonear.
—¿Es
monja?
—No,
comisario, no es monja. No puede telefonear porque no existe, porque soy hijo
único de mi padre y de mi madre.
El
comisario abandonó la partida, derrotado. Despidió a Catarella y se puso a
descifrar la lista de nombres. El “doctür Vanesio” no podía ser otro que el
doctor Silesio al que habían desvalijado la casa; el “señor Gefe” era
evidentemente el jefe de la policía; “Scillicato” se llamaba de verdad
Scillicato y el “direztor Purcio” era el director Burgio, al que no veía desde
hacía tiempo.
Le
era simpático aquel ex director de más de setenta años que, junto con su mujer
Angelina, lo había ayudado en una investigación que se llevó a cabo al hilo de
los recuerdos y que, luego, se vino a llamar del “perro de terracota.”
No
tenía ganas de hablar con el jefe, el nuevo, porque siempre estaba buscando
cinco pies al gato. El doctor Sinesio volvería a quejarse porque continuaban
sin recuperar la plata robada. En cambio, a Scillicato hacía seis meses que le
habían quemado el BMW y se había comprado un Punto. Cuando también se lo
quemaron, adquirió un Cinquecento de segunda mano que quince días después
también estaba ardiendo.
—Comisario,
¿qué hago? —le había preguntado.
El
consejo más oportuno habría sido que dejara de practicar la usura. En el pueblo
se decía que Pepè Jacono se había ahorcado por todo lo que le debía.
Montalbano, que aquel día estaba de un humor grueso, lo miró en silencio y
luego le contestó:
—Cómprese
un monopatín.
Al
parecer también le habían quemado el monopatín. Montalbano llamó por teléfono
al director Burgio, que lo invitó a cenar a su casa aquella misma noche.
Aceptó: la señora Angelina cocinaba platos muy sencillos, pero sabía lo que
hacía.
Después
de cenar pasaron al salón y allí el director manifestó la finalidad de la
invitación.
—¿Ha
ido al puerto recientemente?
—Sí,
paso por allí cuando voy a pasear hasta el faro.
—¿Se
dio cuenta de que han demolido el viejo silo?
—Han
hecho bien. Se estaba cayendo; era un peligro para todo el que se acercara.
—Cuando
10 construyeron, en 1932, yo tenía siete años —dijo el director—. Mussolini
había declarado la llamada “batalla del trigo”, estaba convencido de que la
había ganado y ordenó que se construyera este gran silo.
—¿Por
qué en el puerto y no junto a la estación del ferrocarril? —preguntó el
comisario.
—Porque
desde aquí tenían que partir los barcos cargados de trigo hacia lo que el Duce
llamaba la cuarta orilla, o sea Eritrea, Libia. —Se detuvo un instante,
sumergido en los recuerdos de juventud, y luego siguió: —El agrimensor
Cusumano, que dirigió la demolición, ha encontrado en el interior del edificio
papeles antiguos y me los ha traído, sabe que me interesan las historias del
pueblo. Se trata de correspondencia entre la agencia de Vigàta y la dirección
de la cooperativa agraria, que tenía su sede en Palermo. Pero en otra zona del
silo, en un pequeño intersticio, descubrió números antiguos del Popolo
d'italia, el diario del Partido Fascista; un libro, Parla con Bruno, que
Mussolini escribió a la muerte de su hijo, y un cuaderno. El agrimensor se ha quedado
con los diarios y el libro, y me ha regalado el cuaderno. Le eché un vistazo y
me despertó la curiosidad. Si quiere, léalo usted también y luego volvemos a
hablar.
Era
un cuaderno común y corriente, un poco amarillento, y la tapa mostraba a
Mussolini, tieso y de uniforme, haciendo el saludo fascista. Abajo habían
escrito: “El Fundador del imperio”. En la contratapa estaba representado el
imperio, es decir, un pequeño mapa de Abisinia. En la primera página, en el
centro, cuatro versos:
“Si
este cuaderno queréis tocar
la
espada al cinto debéis llevar.
Zanchi
Cado, vuestro servidor,
es
su legítimo poseedor”. .
Una
gran X tachaba aquellos versos infantiles de niño, como si Zanchi Cado se
avergonzara de ellos. Más abajo, con gallardía:
“ZANCHI
CARLO, VANGUARDISTA
VIVA
EL DUCE, VIVA EL REY”
Finalmente:
“AÑO
XXI DE LA ERA FASCiSTA”
Montalbano
hizo un cálculo rápido y llegó a la conclusión de que el cuaderno se remontaba
a 1943, año en el que, por lo menos en Sicilia, la era fascista sólo rigió a
medias, dado que los aliados desembarcaron en la isla durante la noche del 9 al
10 de julio.
Era
una especie de diario desordenado que se limitaba a trasladar al papel los
hechos más importantes a los ojos del muchacho. La primera anotación llevaba
fecha del 2 de septiembre:
He
conseguido traer hasta aquí y esconder cuatro bombas de mano, de las pequeñas,
rojas y negras, que se llaman Balilla. ¡Duce, sabré utilizarlas!
Unas
pocas líneas, suficientes para que el comisario pasara de la mera curiosidad a
una concentrada atención.
6 de
septiembre. Hoy he asistido a una escena impúdica: mujeres que se prostituían a
los invasores negros. Me he echado a llorar. ¡Pobre Patria mía!
10
de septiembre. Las ratas vomitadas por las cloacas han empezado a enseñar, con
el beneplácito de los invasores, sus obscenas intenciones. Quieren que renazcan
aquellos partidos que el Fascismo borró. ¿Cómo impedirlo?
15
de septiembre. Los desechos humanos que se han reunido en nombre de la
democracia han elegido alcalde a Di Mora Salvatore. Como no es de Vigàta, me he
informado con discreción ¡Se trata de un conocido mafioso que el Fascismo había
desterrado! ¡Qué vergüenza! Es necesario hacer algo para salvar el honor de
nuestro país.
La
siguiente anotación llevaba la fecha del 5 de octubre.
Me
parece que he encontrado una solución. ¿Pero tendré el valor de ponerla en
práctica? Creo que sí. El Duce me dará las fuerzas. y si es necesario,
sacrificaré la vida por la Patria.
Fecha
9 de octubre:
Mañana
por la mañana se darán las condiciones para que pueda llevar a cabo mi Gesto.
¡Viva Italia!
La
última anotación era del día siguiente. A Montalbano le costó reconocer la
caligrafía. En un primer momento pensó que aquellas pocas palabras las había
escrito una mano distinta:
10
de octubre. Lo hice. Estoy vivo. Ha sido terrible, tremendo. No creía que...
¡Dios me perdone!
Luego
se dio cuenta de que la caligrafía era la misma, sólo que la fuerte tensión
emocional la hacía casi irreconocible. Ya no había más vivas al Duce ni
invocaciones a Italia, en aquellas palabras se leían el horror y el espanto.
¿Qué
había hecho el muchacho? Además, ¿por qué el cuaderno se encontraba entre los
cascotes del silo demolido?
Era
casi medianoche cuando sonó el teléfono.
—Soy
Burgio. Padezco de insomnio y sé que usted se va tarde a la cama; por eso me he
permitido llamado a estas horas. ¿Ha leído...?
—Sí.
Y me ha impresionado mucho.
—¿Qué
le decía? ¿Viene mañana a comer?
Montalbano
sonrió. El director quería embarcado en una de aquellas investigaciones hacia
atrás en el tiempo que, a decir verdad, tanto les hacían disfrutar a ambos.
—En
aquella época —dijo el director—, apenas nacido ya se lo inscribía a uno en la
organización juvenil fascista, que primero se llamó Obra Nacional Balilla y
luego Juventud Italiana del Lictorio. De los tres a los seis años se pertenecía
a los Hijos de la Loba...
—La
que amamantó a Rómulo y Remo... —precisó la señora Angelina.
—...De
los seis a los diez pasabas a Balilla, luego a la Vanguardia y de los dieciséis
en adelante eras Joven Fascista. Por lo tanto, el muchacho que escribía el
diario debía de tener como máximo quince años.
—Escribía
un italiano perfecto —observó Montalbano.
—Sí.
Yo también me he fijado en eso.
—Un
muchacho un poco exaltado...
—A
aquella edad y en aquel período lo éramos todos —interrumpió la señora Angelina
al comisario—. Si no tan exaltados como éste, al menos sí engreídos. Aunque a
los mayores el fascismo los había desilusionado, sufrieron mucho al ver las
tropas extranjeras en nuestra tierra.
—Quiero
decir —siguió el comisario— que un muchacho tan indignado, equivocado o no, con
cuatro bombas de mano, es una verdadera mina andante...
—Que
debe estallar —dijo el director.
—Zanchi
no es un apellido de por aquí —señaló Montalbano.
—No
—dijo el director—, pero existe una explicación. Entre los papeles que me ha traído
Cusumano, y que todavía no he leído, hay una carta que quizá lo aclara.
Se
levantó, entró en la otra habitación, volvió con un papel ajado que entregó al
comisario.
DIRECCIÓN
GENERAL — PALERMO
10
de octubre de 1944
Como
continuación de la nuestra del 30 de septiembre nº1. de reg. 250, nos complace
informarle que los refugiados alojados en el silo se han trasladado a
Montelusa. En el silo sólo quedan ahora las camas y algunos muebles (mesas,
sillas, bancos, etcétera) que dentro de unos días el servicio de asistencia del
ayuntamiento procederá a desalojar. Después nos ocuparemos de la limpieza de
los locales y de las pequeñas reparaciones que sean necesarias.
Atentamente.
—Quién
sabe de dónde procedían esos refugiados —reflexionó en voz alta el comisario.
—Se
lo puedo decir enseguida. Me he enterado por otra carta. El responsable del
silo pedía una gran cantidad de raticida. Escribía que las ratas, de enormes
proporciones, imagínese un silo vacío, asaltaban a las diez familias fugitivas
de Libia. Debía de tratarse de una pobre gente, ex colonos que lo habían
perdido todo. Los funcionarios, los peces gordos que escaparon de Libia,
debieron de encontrar acomodo en otro lugar.
—¿
Qué habrá organizado este Zanchi con sus bombas de mano? —se preguntó
Montalbano.
—Ésa
es la cuestión —concluyó el director.
—Sin
embargo, tenemos un punto de partida —dijo Montalbano volviendo al principio.
—¿Y
es?
—La
fecha. Lo que hizo Zanchi, algo terrible, como él mismo escribe en el diario,
debió de suceder ello de octubre de 1943. ¿En Vigàta no hay nadie que pueda...?
—Está
Panarello —intervino la señora Angelina—. Pepè Panarello, el padre de mi amiga
Giulia, nunca se ha movido de Vigàta. Estaba empleado en la oficina del censo.
Es del año 10.
—¡Jesús!
—exclamó el comisario—. ¡Es un viejo de ochenta y siete años! ¡No recordará
nada!
—Se
equivoca —replicó la señora Angelina—. Giulia, su hija, me decía precisamente
el otro día que su padre se olvida de todo lo que ha hecho el día anterior,
pero las cosas de hace cincuenta o sesenta años las recuerda con precisión y
lucidez.
Montalbano
y el director se miraron.
—Llámala
ahora mismo —dijo el director a su mujer—. Pregúntale cómo está de salud y
consigue una cita para mí y para el comisario.
En
lugar de recibirlos en su casa, Pepè Panarello quiso encontrarse con ellos en
el café Castiglione.
—Es
que así aprovecha para tomarse el coñaquito que yo no le daría aunque me lo
pidiera de rodillas —aclaró la hija a la señora Angelina.
Lo
encontraron sentado ante una de las mesitas colocadas en la acera. Estaba
tomando un brandy.
Era
un viejo extremadamente delgado, cuya piel parecía pintada sobre los huesos. La
mano izquierda se agitaba con un temblor, pero enseguida se veía que tenía la
cabeza muy despierta. Fue el primero en hablar. Su hija debió de haberle
explicado que dos señores necesitaban su memorina.
—¿Qué
quieren saber?
—Estamos
investigando un hecho que ni siquiera sabemos si sucedió de verdad —le informó
el director.
—Un
hecho que sucedió aquí, en Vigàta, en los primeros diez días de octubre del 43
—precisó el comisario.
—Si
sucedió algo, lo recordaré; desde que me jubilé paso los días sacando brillo a
los recuerdos.
Acabó
el brandy con calma, mientras remontaba su memoria. Luego movió la cabeza.
—No
sucedió nada —concluyó tras una exploración de diez minutos.
El
director y Montalbano no se habían atrevido a abrir a boca para no distraerlo.
—¿Es
cierto? —preguntó Montalbano desilusionado.
—Ciertísimo
—confirmó decidido el viejo, y levantó una mano para llamar al camarero.
El
comisario creyó que el viejo quería pagar.
—Si
me permite, lo invito yo.
—Gracias,
así con el dinero del primero me tomo el segundo.
—Oiga,
señor Panarello, ¿no cree que a su edad... ?
—¿Mi
edad?, ¡una mierda! Según usted, ¿cuánto puedo aguantar todavía? ¿Seis meses?
¿Un año? ¿Y para qué voy a privarme de un coñaquito?
En
ese momento sonó la hora en el reloj del ayuntamiento, situado delante de la
terraza del café.
—¿Ya
son las seis? —se sorprendió Panarello.
—No,
está adelantado una hora —dijo el director—. Ese reloj marca las horas que le
parecen.
—¡Jesús!
—casi gritó el viejo. Y añadió en voz baja: —¿Cómo he podido olvidarme? ¡Jesús!
—La excitación le producía violentos temblores en la mano izquierda y para
inmovilizarla la sujetó con la derecha. —Si no hubiera sido por el reloj, no me
habría acordado.
El
camarero, junto con el brandy, había servido un providencial vaso de agua, que
Panarello se bebió de un trago.
Montalbano
y el director Burgio, callados, permanecían inmóviles en las sillas.
Finalmente, el viejo consiguió hablar.
—Cuando
los aliados tomaron Sicilia, se les presentó el problema de cómo eliminar la
enorme cantidad de explosivos de distinto tipo que italianos y alemanes habían
abandonado. Era algo impresionante, créanme. Los niños jugaban con las bombas
de mano. Un día dos grupos de vigateses jugaron a la guerra a cañonazos. Se
decidió arrojar los explosivos al mar y se confió la labor a los soldados
negros. Llegaban al muelle camiones cargados con municiones y bombas con tres o
cuatro negros a bordo. Habían requisado una decena de pesqueros con sus
tripulaciones. Los negros, desde la caja del camión lanzaban las piezas a los
del pesquero, que las atrapaban al vuelo y las iban ordenando en cubierta.
Cuando el pesquero estaba cargado, zarpaba y, una vez en mar abierto, arrojaba
el material y volvía para hacer otro viaje. Nosotros, en el pueblo,
encomendábamos nuestra alma al Señor, pues era inevitable que, antes o después,
sucediese algo. Y sucedió. La mañana del 10 de octubre un camión saltó por los
aires. Murieron los cuatro negros que viajaban en él, cuatro paisanos nuestros
que iban a bordo del pesquero, tres estibadores del puerto que trabajaban a
cierta distancia y dos pescadores que pasaban en aquel momento. Trece muertos y
cuarenta heridos. ¡Jesús! ¿Cómo pude olvidarme?
—Según
su opinión, ¿hay que excluir el sabotaje? —preguntó el comisario.
El
viejo lo miró sorprendido.
—Perdone,
no le he entendido.
—Según
su opinión, ¿fue un accidente?
—¡Claro!
¡Estaban locos haciendo el trabajo de esa manera! ¡Sin precauciones! ¡Con una
arrogancia...! Fue una desgracia, ¿qué otra cosa pudo ser?
—Nada
—dijo Montalbano.
—Perdone,
pero ¿recuerda dónde se encontraba el camión cuando saltó por los aires?
—preguntó el director.
—Mire,
precisamente debajo del silo que ha sido demolido. Tres personas que entonces
vivían allí resultaron heridas.
—Dígame
una cosa —inquirió el comisario—: ¿Por qué el reloj del ayuntamiento le ha
recordado la explosión?
El
viejo sonrió.
—Ah,
por una historia que circuló entonces, no sé si verdadera o falsa. Mire, el
ruido de la explosión fue tan fuerte que se rompieron los vidrios de las casas
a dos y tres kilómetros de distancia. Yo estaba en la oficina, aquí, en el
ayuntamiento, que dista del puerto cuatro cuadras y media, y la onda expansiva
arrancó la puerta, rompió los vidrios y me arrojó al suelo. La historia es que
el vidrio del reloj se desprendió, y la maquinaria se detuvo a las diez y doce.
En el minutero había algo oscuro, y todos pensamos que era un pichón muerto a
causa de la explosión. Pero cuando vino uno de fuera a arreglar el reloj y a
poner un vidrio nuevo, dijo que en la aguja no había un pichón muerto, sino la
mano de un negro que había volado por encima de los tejados de cuatro hileras
de casas. Lo cierto es que de los cuatro negros del camión sólo se recogieron
trozos pequeños, como máximo un pie o un brazo. Fue una cosa terrible,
tremenda.
Terrible,
tremendo. Las mismas palabras que había empleado Carlo Zanchi cincuenta y siete
años antes.
Volvieron
en silencio, uno a su casa y el otro al despacho. Sólo cuando se despidieron,
el director habló:
—¿Y
si fuera sólo una coincidencia?
—No
lo creo. Esperó a que el embarque de material explosivo se hiciera debajo del
silo y lanzó una bomba al camión desde el tejado. Luego se arrepintió al ver
tantos muertos inocentes.
—¿Y
qué hacemos con nuestro secreto? —preguntó el director.
—Lo
guardamos entre nosotros dos o, mejor dicho, tres, porque usted se lo contará a
la señora Angelina.
Pero
eran cuatro los que conocían el secreto. Una noche, cuando el comisario estaba
viendo las noticias de Retelibera sentado en un sillón, lo sorprendió una
noticia. El periodista Niccolò Zito dijo, entre otras cosas, que en la
comunidad de San Calogero, que acogía a refugiados de todo tipo, se había
producido un incendio, seguramente provocado, que destruyó dos barracones. Se
creía que el responsable era alguien expulsado de la comunidad por mala
conducta. No fue la noticia en sí misma lo que llamó la atención de Montalbano,
sino el nombre del fundador de la comunidad: don Celestino Zanchi.
Recordó
inmediatamente que en la carta de 1944 se decía que todos los refugiados que se
albergaban en el silo habían sido trasladados a Montelusa. Podía tratarse de
una simple coincidencia, pero valía la pena comprobarlo.
Buscó
el número en la guía de teléfonos, lo apuntó y se fue a dormir.
A la
mañana siguiente, a las ocho, llamó. Le dijeron que el párroco tenía un poco de
fiebre, pero que lo recibiría igualmente si pasaba después de comer, a las
cinco. Ni siquiera le preguntaron la razón de la visita.
Don
Celestina Zanchi lo recibió en la cama. Tenía treinta y ocho de fiebre.
—Una
gripe sin importancia —dijo excusándose—, pero muy fastidiosa. —Delgado, de
ojos muy vivos, era un hombre fuerte y decidido, de edad muy avanzada. —¿ Es
comisario de policía?
—Sí.
—¿Ha
venido por el incendio?
—No.
El
párroco lo miró más atentamente, mientras el comisario, a su vez, observaba la
pobrísima habitación. Sobre la cómoda sólo había dos fotografías: la de una
pareja y la de un muchacho de unos catorce años. El párroco había seguido su
mirada.
—Son
mis padres en Libia, en el 38. La otra es de mi hermano Carlo cuando apenas
tenía quince años.
Sin
saber, sin querer, ya se lo había dicho todo. ¿Qué estaba haciendo en aquel
cuarto, atormentando sin razón a un pobre párroco? No podía apartar los ojos de
la fotografía de Carlo: un rostro limpio, de buen muchacho, una sonrisa
abierta, franca.
—Se
ha enterado de algo que hace referencia a mi hermano, ¿verdad? —preguntó en voz
baja don Celestino.
—Sí
—contestó el comisario sin volver la cabeza.
—¿Cómo
se ha enterado?
—Se
encontró un cuaderno entre las ruinas del silo de Vigàta. Una especie de diario
que escribía su hermano.
—En
el que dice que...
—No
de manera clara. ¿Lo sabía? —preguntó Montalbano volviéndose finalmente hacia
la cama.
—Mire,
yo no estaba con mi familia en el silo. Como en Libia ya había entrado en el
seminario, me acogieron en el de Montelusa. La mañana del 10 de octubre nos
enteramos de la explosión. Después de comer se presentó mi hermano en el
seminario. Estaba trastornado, temblaba, balbuceaba. Creí que les había
sucedido algo a mis padres. Pero él me confesó llorando la monstruosidad que
había cometido. No sabía qué hacer, tenía fiebre y a ratos parecía que
deliraba. Corrí a ver al rector, que me apreciaba, y se lo conté todo. El
rector lo instaló en una celda vacía y llamó a un médico. Durante casi un mes
se negó a comer, y yo lo obligaba a hacerla por la fuerza. Luego, una tarde,
pidió al rector que lo confesara. A la mañana siguiente comulgó y salió del
seminario. Lo encontraron quince días después en el campo, en Sommatino. Se
había ahorcado. —Montalbano no supo qué decir. ¿Por qué demonios se le habría
metido en la cabeza ir a ver a don Celestino? —Y yo me impuse una obligación.
—¿Cuál?
—Resarcir,
al menos en parte, a las víctimas inocentes.
Mi
padre, un año antes de morir, recibió de nuestro gobierno una indemnización por
la explotación agrícola que había perdido en Libia. Era grande, valía mucho. En
cuanto heredé el dinero, lo envié anónimamente a las viudas e hijos de aquellos
pobres muertos. Y no pasa un día que no rece al Señor por ellos y por mi
hermano Carlo, que murió desesperado.
—Mañana
le enviaré el cuaderno —dijo el comisario con brusquedad—. Haga con él lo que
quiera.
Se
inclinó ligeramente ante el párroco y salió del cuarto maldiciendo su olfato de
policía.
Al
día siguiente, mandó un sobre a don Celestino por medio del agente Gallo. En el
interior había un cuaderno y un cheque de quinientas mil liras de sus ahorros,
destinado a la comunidad.
Luego
llamó por teléfono a Burgio y se invitó a comer. Tenía que contarle el final de
la investigación.
El
olor del diablo
La
señora Clementina Vasile Cozzo era una anciana maestra jubilada, paralítica,
que había ayudado en diversas ocasiones al comisario Montalbano. Entre ellos
había nacido algo más que una amistad: el comisario, que se había quedado sin
madre cuando era pequeño, sentía hacia ella una especie de amor filial. A
menudo, cuando iba a hacerle una visita, Montalbano se quedaba a almorzar o a
cenar. Los guisos de Pina siempre eran una promesa de algo bueno que acababa
resultando mejor.
Aquel
día habían acabado de comer y estaban tomando el café cuando la señora dijo:
—¿Sabe
que mi maestra de la escuela primaria todavía vive y está sana?
—¿De
veras? ¿Y qué edad tiene?
—Noventa
y cinco; los cumple hoy precisamente. Pero si la viera, comisario! Muy lúcida,
independiente; camina como una muchachita. Una vez al mes, por lo menos, viene
a visitarme. Vive cerca de la antigua estación.
—¿Viene
a pie? —se maravilló el comisario pues había un buen trecho de camino.
—Sin
embargo, hoy soy yo quien irá a visitarla y por dos razones. Me lleva mi hijo y
luego irá a buscarme. En Vigàta quedamos una decena de ex alumnos suyos y se ha
convertido en una costumbre reunirnos todos en casa de Antonietta ,se llama
Antonietta Fiandaca, para festejar su cumpleaños. Nunca se quiso casar; siempre
ha estado sola. Porque así lo eligió ella, cuidado.
—¿Y
la otra?
—¿Qué
otra? No comprendo.
—Señora
Clementina, me ha dicho que iba a visitar a su ex maestra por dos razones. Una
es el cumpleaños. ¿Y la otra?
La
señora Clementina puso cara de circunstancias. Estaba indecisa.
—El
hecho es que me cuesta un poco hablar de eso. Bien, Antonietta me llamó ayer
por teléfono para decirme que otra vez había olido la fetidez del diablo.
El
comisario comprendió enseguida que la señora no estaba hablando en sentido
figurado, que se refería al diablo diablo, el de los cuernos, patas de cabra y
rabo. En cuanto a que un diablo de ese tipo fuera fétido, es decir, que
emitiese malos olores, Montalbano lo sabía por la lectura y por la tradición
oral, por los cuentos que le contaba su abuela. Ante la seriedad de la señora
Vasile Cozzo, le entraron ganas de sonreír.
—Mire,
comisario, que es una cosa muy seria.
Montalbano
soportó la amonestación.
—¿Por
qué me dijo que su ex maestra lo ha olido “otra vez”? ¿Ya le había sucedido
antes?
—Empiezo
desde el principio, que es mejor. Bien, Antonietta procede de una familia muy
rica; trabajaba de maestra no por necesidad, sino porque ya tenía ideas
avanzadas. Luego los negocios de su padre fueron mal. Para resumir, ella y su
hermana Giacomina se repartieron una herencia discreta. Entre otras cosas, a
Antonietta le tocaran dos pequeñas villas, una en el campo, en Passero, y una
aquí, en Vigàta. La de aquí es una preciosidad, ¿la conoce?
—¿Se
refiere a la villa de estilo morisco que está a una decena de metros de la
estación vieja?
—Sí,
ésa. Es del arquitecto Basile.
El
comisario no sólo la había visto, sino que más de una vez se había detenido a
observada y admirar su gracia.
—Cuando
Antonietta se jubiló, le gustaba pasar largas temporadas en la villa que poseía
en el campo, que tenía muy arreglada y decorada con muebles de valor. El jardín
parecía el de una casa inglesa. Se dedicaba a dar clases de repaso a los hijos
de los vecinos. Cuando llegaba el invierno, bajaba al pueblo. Esto lo hizo
hasta dos años antes de que usted llegara a Vigàta.
—¿Qué
pasó?
—Cierta
noche la despertó un ruido. Como es natural, pensó en ladrones. Sobre la mesita
de noche tenía un intercomunicador conectado con la casita del guarda, donde
éste vivía con su mujer y sus hijos. El guarda llegó a los cinco minutos con un
arma. No había ninguna puerta forzada ni vidrio roto en las ventanas. Volvieron
a la cama. Apenas se había metido entre las sábanas, Antonietta empezó a
percibir aquel hedor. Era insoportable, de azufre quemado mezclado con
porquerías de cloaca. Daba náuseas. Antonietta volvió a vestirse, y como no
quería despertar otra vez al guarda, pasó el resto de la noche en un pabellón
que había en el jardín.
—¿El
hedor persistía cuando volvió a la casa al día siguiente?
—Por
cierto. También lo notó la mujer del guarda, que había ido a limpiar la casa.
Débil, pero persistía.
—¿Sucedió
otras veces?
—¡Ya
lo creo! Antonietta mandó vaciar el pozo negro, limpiar el desván, ordenar la
bodega. Nada. El hedor siempre volvía. Luego sucedió algo distinto.
—¿Sí?
—Una
noche, después que el hedor la obligara a refugiarse en el pabellón, oyó unos
ruidos espantosos procedentes del interior de la casa. Cuando entró, vio que
todos los vasos y los platos estaban rotos, estrellados contra las paredes. Y
todavía ocurrió algo peor. Al cabo de dos meses de dormir Antonietta en el
pabellón, todo acabó de golpe, como había empezado. Antonietta volvió a dormir
en su cama. Tras quince días durante los cuales parecía que todo había vuelto a
la normalidad, sucedió lo que sucedió. —El comisario no preguntó nada, pero
estaba muy interesado. —Antonietta duerme habitualmente boca arriba. Hacía
calor y había dejado la ventana abierta. La despertó algo pesado que le había
caído encima del vientre. Abrió los ojos y lo vio.
—¿A
quién?
—Al
diablo, comisario. Al diablo, en la forma que había decidido adoptar.
—¿Y
qué forma tenía?
—La
de un animal. De cuatro patas. Con cuernos. Fosforescente, los ojos rojos,
soplaba y emitía un horrible hedor de azufre y cloaca. Antonietta lanzó un
grito y se desmayó. Gritó tan fuerte que llegaron corriendo el guarda y su
mujer, pero no encontraron huella alguna del inmundo animal. Tuvieron que
llamar al médico, Antonietta tenía fiebre alta y deliraba. Cuando se recuperó,
desesperada y aterrorizada, llamó al padre Fulconis.
—¿Quién
es?
—Su
sobrino, es párroco de Fela. Giacomina, la hermana, se casó con un médico, el
doctor Fulconis, y tuvo dos hijos: el cura, Emanuele, y Filippo, un degenerado,
jugador empedernido que mató a disgustos a su madre y que ha dilapidado el
patrimonio. Don Emanuele tenía fama de exorcista en Fela. Por eso Antonietta lo
llamó, esperando que le limpiase la casa.
—¿Y
lo logró?
—No
logró nada. En cuanto llegó, estuvo a punto de desmayarse. Se puso tan pálido
que parecía un muerto, y dijo que sentía la presencia del Maligno. Luego quiso
que lo dejaran solo en la villa, hizo que se alejaran de allí hasta el guarda y
su familia. Como pasaron tres días sin saber nada de él, Antonietta se preocupó
y lo comunicó a los carabineros. Encontraron al padre Fulconis con la cara
hinchada a golpes, cojo de una pierna y más en el otro mundo que en éste. Contó
que el diablo se le había aparecido muchas veces y que lucharon, pero que no
logró vencerlo y había llevado la peor parte. En resumen, Antonietta se
trasladó a Vigàta e hizo correr la voz de que quería vender la villa. Pero la
noticia de que el diablo habitaba allí la conocía todo el mundo y nadie quiso
adquirir la casa. Finalmente se atrevió alguien de Fela, se la compró por
cuatro cuartos, una miseria. Puso un restaurante en la planta baja y transformó
las habitaciones de arriba en un garito clandestino. Los carabineros lo
cerraron. Después ya no sé qué ha pasado; no importa, pues la casa ya no
pertenece a Antonietta. La habrán comprado otros. ¿Sabe una cosa? Esta historia
del diablo la conocí cuando todo había pasado y Antonietta ya había vendido la
villa.
—Si
se hubiera enterado a tiempo, ¿qué habría hecho?
—Pensándolo
bien, no habría sabido qué hacer, qué aconsejar. ¡Pero me ha dado una rabia! y
ahora la historia vuelve a empezar. Me temo que la pobre Antonietta, tan
anciana, saldrá muy perjudicada, y no sólo económicamente.
—Explíquese
mejor.
—Ha
perdido la cabeza. Me ha dicho cosas que me preocupan. El otro día me preguntó:
“¿Qué quiere de mí el diablo?”
Se
había hecho tarde y el comisario tenía que volver a su despacho.
—Le
ruego que me tenga informado —le dijo a la señora.
Cuando
la señora Clementina se enteró de que su anciana maestra, después de un aumento
de las manifestaciones diabólicas de azufre y porquerías, se había visto
obligada a pasar dos noches sentada en un escalón ante la puerta de su casa, le
envió a Pina con una tarjeta y la convenció para que fuera a dormir a su casa.
Durante
el día, la señora Antonietta volvía a la villa y cuando oscurecía, cambiaba de
casa.
Clementina
Vasile Cozzo informó por teléfono al comisario de este cambio de hábitos de la
señorita. Convinieron que se trataba de la mejor solución, dado que era
evidente que al diablo no le gustaba la luz del sol y que por la noche emitía
el hedor sólo en presencia de la anciana maestra.
Una
mañana, dos días más tarde, Montalbano llamó por teléfono a la señora
Clementina.
—¿Todavía
está con usted la señorita Antonietta?
—No,
ya ha vuelto a su casa.
—Bien.
¿Puedo pasar esta mañana? Necesito hablar con usted.
—Venga
cuando quiera.
La
señorita Antonietta cenaba a las siete y media (por decir algo, porque un
pájaro comía más que ella), luego se preparaba las cosas para la noche, las metía
dentro de un bolso y se dirigía a casa de su ex alumna.
Aquella
tarde sonó el timbre del teléfono cuando acababa de cenar.
—¿Antonietta?
¿Ya ibas a salir?
—Sí.
—Mira,
me resulta muy doloroso, no sabes cuánto me desagrada, pero ha llegado sin
avisar mi sobrino de Australia. No te puedo albergar ni esta noche ni mañana.
—¡Dios
mío! ¿Adónde voy a ir?
—Quédate
en casa. Esperemos que no ocurra nada.
La
primera noche no sucedió nada, pero la señorita Antonietta no durmió por temor
a sentir el hedor del diablo.
En
cambio, la segunda noche el diablo se manifestó y el primero que lo vio fue el
comisario, que estaba oculto en su coche, estacionado a poca distancia de la
entrada posterior de la villa. El Maligno abrió cautelosamente la puerta,
entró, permaneció en la casa apenas un minuto, salió de nuevo, cerró e inició
el camino hacia su automóvil.
—Perdone
un momento.
Sorprendido
por la voz que le llegaba desde atrás, el Diablo dio un respingo y dejó caer la
botellita que tenía en la mano. No la había tapado bien y el líquido se vertió
en el suelo.
—Usted
es el diablo —dijo Montalbano—, lo reconozco por el hedor que desprende.
Luego,
no sabiendo cómo tratar a una presencia sobrenatural, le dio un fuerte puñetazo
en la nariz, por si acaso.
—Me
ha confesado que estaba acosado por las deudas, jugaba y perdía. Se le ocurrió
repetir lo que había hecho hace unos años con la casita de campo. Los que la
compraron por la décima parte de su valor estaban de acuerdo con él. Ahora
estaba de acuerdo con otros, y habría obligado a su tía a vender también la
villa de Vigàta.
—Ya
sabía —dijo la señora Clementina— que Filippo era un delincuente. Me ha
explicado que el hedor del diablo provenía de un compuesto químico que había
encargado, y lo creo. Pero, ¿qué era el animal diabólico, luminoso, que la
pobre Antonietta vio encima de su vientre? ¿Y por qué Emanuele, el hermano
cura, dijo que había sido derrotado en su enfrentamiento con el diablo?
—El
animal diabólico era un gato, untado con una pasta fosforescente y con un par
de cuernos de cartón pegados en la cabeza. En cuanto al párroco, no se enfrentó
con el diablo, sino con su hermano Filippo. Lo había descubierto todo y quería
persuadido.
—Y
se hizo cómplice ¡Un cura!
—No
lo justifico, pero lo entiendo. Filippo estaba amenazado de muerte por sus
acreedores.
—Y
ahora ¿qué hacemos? ¿Se lo contamos todo a Antonietta? Si se enterase de que ha
sido su sobrino quien organizó todo esto, se moriría de pena, como su hermana.
Montalbano
pensó en eso.
—Se
me ocurre una cosa.
—Espere
un momento. ¿Cómo se enteraba Filippo de que Antonietta dormía en la villa?
—Tenía
un cómplice que le informaba de los desplazamientos. Me ha dado su nombre.
—Ahora
explíqueme su idea.
* *
*
El
padre Emanuele Fulconis, el exorcista, llegó apresuradamente a Vigàta, llamado
por su tía Antonietta, según le había sugerido la señora Clementina. Esta vez
trabajó muy bien; le bastó una sola noche. A la mañana siguiente, anunció
triunfante que finalmente lo había conseguido, que había derrotado al diablo
para siempre.
Acababan
de comer las sardinas rellenas cuando el comisario se atrevió a hacer la
pregunta que durante días y días lo inquietaba.
—Señora
Clementina, ¿cree usted en el diablo?
—¿Yo?
¡Qué va! Si hubiera sido así, ¿para qué le habría contado esta historia? Si
hubiera creído en el diablo se la habría contado al obispo, ¿no le parece?
El
compañero de viaje
El
comisario Salvo Montalbano llegó a la estación de Palermo de mal humor. Su
malestar se debía a que se había enterado tarde de la doble huelga de aviones y
barcos, y para ir a Roma sólo había encontrado una litera en un compartimiento
de segunda para dos personas. Lo que significaba, en pocas palabras, una noche
entera con un desconocido dentro de un espacio tan asfixiante que una celda de
aislamiento resultaba más cómoda. Además, Montalbano nunca conseguía conciliar
el sueño en el tren, aunque tomara somníferos hasta el límite del lavado
gástrico. Para pasar las horas, llevaba a cabo un ritual que únicamente era
posible si estaba solo. Consistía en acostarse, apagar la luz, encenderla
apenas media hora después, fumar medio cigarrillo, leer una página del libro
que se había llevado, apagar el cigarrillo, apagar la luz, y cinco minutos
después, repetir la misma operación, y así hasta la llegada. Si no estaba solo,
era absolutamente indispensable que el compañero de viaje tuviera unos nervios
a toda prueba y un sueño pesado como el plomo; a falta de tales requisitos, la
cosa podía acabar a bofetadas. La estación estaba tan llena de viajeros que
parecía el primer día de agosto. Eso malhumoró aún más al comisario, perdida la
esperanza de que la otra litera quedara vacía.
Junto
a su vagón había un individuo vestido con un overol azul sucio que tenía una
plaquita con su nombre en el pecho. A Montalbano le pareció un changador, raza
en vías de extinción, porque ahora existen los carritos y el viajero pierde una
hora antes de encontrar uno que funcione.
—Déme
el boleto —le dijo amenazador el hombre del overol.
—¿Por
qué? —preguntó desafiante el comisario.
—Porque
hay huelga de inspectores y me han dicho que los sustituya. Estoy autorizado a
abrirle la litera, pero le advierto que mañana por la mañana no puedo
prepararle café ni traerle el diario.
Montalbano
se malhumoró aún más: lo del diario pase, pero sin café estaba perdido. Peor no
se podía empezar.
Entró
en el compartimento. Su compañero de viaje todavía no había llegado: no había
equipaje a la vista. Apenas tuvo tiempo de dejar la maleta y abrir la novela
policial que había elegido, sobre todo por su grosor, cuando el tren se puso en
movimiento. ¡Mira si el otro cambió de idea y no subió! El pensamiento lo
alegró. Después de un trecho, el hombre del overol se presentó con dos botellas
de agua mineral y dos vasos de papel.
—¿Sabe
dónde sube el otro señor?
—Me
dijeron que compró el boleto en Messina.
Se
consoló: por lo menos podía estar en paz durante más de tres horas, que era lo
que empleaba el tren en hacer el recorrido de Palermo a Messina. Cerró la
puerta y siguió leyendo. La historia que narraba el libro lo enganchó de tal
manera, que cuando se le ocurrió echar una mirada al reloj, observó que faltaba
poco para llegar a Messina. Llamó al hombre del overol, se hizo preparar la
litera —le había tocado la de arriba— y, en cuanto el camarero hubo acabado, se
desvistió, se acostó y siguió leyendo. Cuando el tren entró en la estación,
cerró el libro y apagó la luz. Cuando entrara el compañero de viaje fingiría
estar dormido; así no habría necesidad de intercambiar palabras de cumplido.
Sin
embargo, después de interminables maniobras hacia adelante y hacia atrás,
cuando el tren finalmente embarcó en el trasbordador, la litera inferior seguía
vacía. Montalbano empezaba a dejarse arrastrar por la satisfacción cuando, una
vez atracado el barco con una sacudida, se abrió la puerta del compartimento y
el viajero hizo su temida entrada. El comisario, debido a la escasa luz
procedente del corredor, tuvo tiempo de entrever a un hombre de baja estatura,
cabello cortado al cepillo, envuelto en un abrigo largo y pesado y con un
portafolios en la mano. El pasajero olía a frío. Evidentemente había subido en
Messina, pero había preferido permanecer en la cubierta durante la travesía del
estrecho.
El
recién llegado se sentó en la litera y no se movió, no hizo el menor movimiento
ni encendió la luz pequeña, la que permite ver sin molestar a los demás.
Permaneció sentado e inmóvil más de una hora. De no haber tenido una
respiración pesada como después de una larga carrera de la cual es difícil
recuperarse, Montalbano habría creído que la litera inferior continuaba vacía.
Con la intención de que el desconocido se sintiera cómodo, el comisario fingió
dormir y empezó a roncar un poco, con los ojos cerrados, pero como hace el
gato, que parece dormido y, en realidad, está contando las estrellas del cielo
de una en una.
De
pronto, y sin darse cuenta, se durmió de verdad. Nunca le había sucedido.
Se
despertó con un escalofrío, el tren se había detenido en una estación: Paola,
le informó una voz masculina desde un altavoz. La ventanilla estaba
completamente bajada y las luces amarillas de la estación iluminaban
discretamente el compartimento.
El
compañero de viaje seguía envuelto en el abrigo y ahora estaba sentado a los
pies de la litera, el portafolios abierto encima de la tapa del lavabo. Leía
una carta y acompañaba la lectura con un movimiento de los labios. Cuando
acabó, la rompió a conciencia y dejó los pedacitos junto al portafolios. El
comisario observó que el montón blanco formado por las cartas rasgadas era
bastante alto. Si aquella historia duraba hacía rato, él había dormido dos
horas más o menos.
El
tren se movió, tomó velocidad, y cuando estuvieron fuera de la estación el
hombre se levantó, tomó con ambas manos la mitad del mantoncito y lo hizo volar
fuera de la ventanilla. Repitió el movimiento con la mitad que quedaba y luego,
tras un momento de indecisión, levantó el portafolios todavía parcialmente
lleno de cartas para releer y romper y lo lanzó por la ventanilla. Montalbano
observó que aspiraba por la nariz y comprendió que aquel hombre estaba
llorando, porque luego se pasó la manga del abrigo por la cara para secarse las
lágrimas. Después, el compañero de viaje se desabrochó la pesada indumentaria,
sacó del bolsillo posterior de los pantalones un objeto oscuro y lo lanzó fuera
con fuerza.
El
comisario tuvo la certeza de que aquel hombre se había librado de un arma de
fuego.
El
desconocido volvió a abrocharse el abrigo, cerró la ventanilla, corrió la
cortina y se echó en la litera como un peso muerto. Comenzó a sollozar sin
freno. Montalbano, incómodo, aumentó el volumen de su falso ronquido. Un bonito
concierto.
Poco
a poco los sollozos se fueron aplacando. Venció el cansancio, o lo que fuera, y
el hombre de la litera de abajo cayó en un sueño agitado.
Cuando
notó que faltaba poco para llegar a Nápoles, el comisario bajó por la
escalerilla, encontró a tientas la percha con la ropa y se vistió en silencio:
el compañero de viaje, siempre envuelto en el abrigo, le daba la espalda. A
Montalbano, sin embargo, le dio la sensación de que estaba despierto y no
quería darlo a entender, como él mismo durante la primera parte del viaje.
Cuando
se inclinó para atarse los zapatos, Montalbano observó que en el suelo había un
rectángulo de papel blanco, lo recogió, abrió la puerta, salió rápidamente al
corredor, y cerró a sus espaldas. Era una tarjetita postal y representaba un
corazón rojo rodeado por un vuelo de blancas palomas bajo un cielo azul. Estaba
dirigida al contador Mario Urso, calle de la. Liberta número 22, Patti
(provincia de Messina). Un texto de cinco palabras: “Te recuerda siempre con
amor” y la firma, “Anna”.
El
tren no se había detenido bajo la marquesina, y el comisario corría desesperado
por el andén en busca de alguien que vendiera café. No encontró a nadie, llegó
jadeando al vestíbulo central, se quemó la boca con dos tazas, una tras otra,
se precipitó hacia el quiosco y compró el diario.
Tuvo
que echar a correr otra vez porque el tren volvía a ponerse en marcha. Se quedó
en el pasillo para recuperar el aliento y luego empezó a leer precipitadamente
las noticias policiales, como hacía siempre. Enseguida se fijó en una noticia
procedente de Patti (provincia de Messina). Unas cuantas líneas, tantas como el
hecho merecía.
Mario
Urso, un estimado contador cincuentón, al sorprender a su joven esposa Anna
Fati en actitud inequívoca con R.M., de treinta años, que estaba vigilado por
la policía, la había matado con tres disparos de pistola. R.M., el amante, que
anteriormente se había burlado en público del marido traicionado, no sufrió
heridas, pero se encontraba en el hospital debido a la impresión sufrida. La
policía y los carabineros seguían buscando al asesino.
El
comisario no entró en el compartimento, permaneció en el corredor fumando un
cigarrillo tras otro. Luego, cuando el tren avanzaba muy lento bajo la
marquesina de la estación de Roma, se decidió a abrir la puerta.
El
hombre, siempre con el abrigo puesto, se había sentado en la litera, los brazos
alrededor del pecho, el cuerpo sacudido por largos escalofríos. No veía, no
oía.
El
comisario cobró ánimos y entró en la densa angustia, la palpable desolación, la
visible desesperación que llenaban el compartimento y lo teñían de un color
amarillo putrefacto. Tomó la maleta y luego dejó con delicadeza la tarjeta en
las rodillas de su compañero de viaje.
—Buena
suerte, contador —susurró.
Y se
mezcló entre los viajeros que se disponían a bajar.
Una
trampa para gatos
El
domingo por la noche organizo una fiesta para celebrar mis veinticinco años de
matrimonio. Acudirán todos los amigos y los colegas. Mi mujer y yo querríamos
que nos hiciera el honor de tenerlo entre nosotros —dijo Fazio.
—Claro
que iré —aceptó Montalbano.
Entre
los hombres de la comisaría, en Vigàta, Fazio era con el que mejor se entendía;
bastaba una mirada. Luego venía el subcomisario Augello: a veces también le
bastaba una simple mirada, aunque se requería que en ese momento no hubiera
perdido la cabeza por alguna mujer.
—¿Carne
o pescado? —preguntó Fazio sabiendo lo difícil que era satisfacer los gustos
gastronómicos de su jefe.
Montalbano
se lanzó a lo seguro: le constaba que la señora Fazio sabía lo que hacía en la
cocina. Pero había nacido y crecido en un pueblecito muy pequeño del interior,
donde el pescado nunca entraba en casa.
—Carne,
carne.
La
señora Fazio se superó: la pasta rellena estaba para chuparse los dedos; y el
arrollado de carne relleno de huevo duro, tocino y queso de cabra troceado, se
volatilizó, aunque era suficiente para una veintena de personas. El comisario
había llevado una caja con doce botellas de buen vino, del que elaboraba su
padre. Una vez acabada la cena y también las doce botellas, y puesto que hacía
una noche hermosísima de principios de mayo, decidieron dar un largo paseo por
el muelle, hasta el faro, para aligerar un poco la carga que todos llevaban a
bordo.
Como
todos eran policías, resultaba inevitable que en un determinado momento se
pusieran a hablar como policías. La ocasión la dio la inocente pregunta que el
comisario le hizo a Fazio, que caminaba a su lado.
—¿Qué
le regalaste a tu mujer?
Estaban
recorriendo la calle Roma, la principal de Vigàta, llena de negocios con las
vidrieras iluminadas pese a lo avanzado de la noche.
—Venga,
que se lo enseño —contestó Fazio. Cruzaron a la otra acera y Fazio se detuvo
ante la vidriera de una joyería.
—Un
relojito igual a ese con la pulsera roja, ¿lo ve?
Los
otros los alcanzaron.
—Son
objetos de valor —observó Mimì Augello—, no es bisutería. ¿Te costó mucho?
—Bastante
—contestó Fazio en tono seco.
Entre
ellos dos no había amistad.
—Un
forastero que pase por aquí y vea esta calle —intervino Galluzzo mientras re
emprendían el camino hacia el puerto—, se formará un concepto equivocado de
Vigàta. Creerá que aquí no hay ladrones, porque el vidrio de las vidrieras ni
siquiera está blindado.
—Y
mientras lo piensa, le sacan la billetera o le arrancan el bolso —dijo
Tortorella.
—El
hecho es que los comerciantes de la calle Roma —comentó Fazio— pueden estar
tranquilos; pagan un precio muy alto para estarlo. Los carabineros, que se
ocupan de estas cosas, lo saben pero no pueden hacer nada. Ningún comerciante
va a denunciar que lo obligan a pagar el impuesto a la mafia para que su local
no sufra ningún daño.
—Es
como un seguro; hay muchos seguros, sólo que éste no falla, puesto que pagas
para que no te pase nada, y en efecto, no te pasa nada. En cambio, si te sucede
algo, una aseguradora de verdad si puede no te paga —fue el confuso comentario
de Gallo que, él solo, se había metido entre pecho y espalda una botella y
media de vino.
—¿Los
de la calle Roma a quién pagan el impuesto? —preguntó distraído Montalbano.
—A
la familia Sinagra —contestó Fazio.
—¿Envían
a un cobrador?
—No,
comisario; ni siquiera se toman ese trabajo. Cada fin de mes los comerciantes
van al negocio de Pepè Rizzo, el último a la derecha de la calle Roma. ¿Lo
conoce?
—Le
compro los zapatos.
—Bien;
Rizzo pertenece a la familia Sinagra. Cobra, toma su parte y el resto lo
entrega. ¡Así es más cómodo!
—¡Da
mucha rabia saber que alguien es un delincuente y no poder tocarle siquiera un
pelo! —estalló Gallo.
—Porque
si le tocas un pelo —observó Fazio—, te cae encima toda la familia Sinagra con
la caterva de hombres dentro y fuera de la ley que están a sus órdenes.
—Las
cosas no son como se las están contando al comisario —objetó Tortorella, que
era el más lúcido de todos porque, a causa de una antigua herida en el vientre,
no podía beber ni una gota de vino.
—Ah,
¿no? ¿Y cómo son? —replicó polémico Fazio al que a menudo el vino se le
atravesaba.
—Lo
cierto es que Pepè Rizzo no es mafioso, no pertenece a la familia Sinagra, y
cuando cobra el impuesto de sus colegas no se queda ni con un centavo.
—Entonces,
¿por qué lo hace?
—Porque
lo han obligado los Sinagra, y han hecho correr la voz de que es uno de ellos.
—¿Cómo
te has enterado de todo eso?
—Me
lo contó él, confidencialmente. Es primo mío, hemos crecido juntos, lo conozco
por dentro y por fuera. Y le creo.
Montalbano
se echó a reír.
—Una
trampa para gatos —dijo.
Los
otros lo miraron sorprendidos.
—Una
vez la hija de una amiga mía, que no había cumplido cuatro años todavía, dibujó
un pájaro en la página de un cuaderno. Al menos ella estaba convencida de haber
dibujado un pájaro, aunque no se veía muy claro. Entonces le pidió a su madre
que escribiera encima del dibujo: “Esto es un pájaro”. Luego tomó el papel y lo
puso encima de la hierba del jardincito que tenían. “¿Qué has hecho?”, le
preguntó la madre con curiosidad. “Una trampa para gatos”, contestó la nena.
Los Sinagra han actuado igual, haciendo creer que Rizzo es uno de sus hombres.
Habría que joderlos estrepitosamente haciéndolos caer, a su vez, en otra trampa
para gatos.
Mientras
estaba hablando, decidió que al día siguiente iría a comprarse un par de
zapatos.
A
las siete y media de la tarde, en cuanto el dependiente se hubo marchado,
bajada en sus tres cuartas partes la cortina metálica, el comisario preguntó
medio asomándose:
—¿Puedo
entrar? ¿Llego a tiempo? Soy Montalbano.
—¡Claro,
comisario! —respondió desde el interior Pepè Rizzo.
Montalbano,
como un cangrejo, pasó de lado por debajo de la cortina y entró en la
zapatería.
—¿En
qué puedo servirle?
—Los
zapatos marrones de siempre con cordones. Mientras Rizzo elegía las cajas de
los estantes, el comisario tomó asiento, se quitó el zapato derecho y apoyó el
pie en el banquito.
—¿Sabe
cuántos negocios hay en la calle Roma?
La
pregunta podía parecer inocente, pero como Pepè Rizzo no tenía la conciencia
tranquila, se puso a la defensiva.
—No
sabría decirle. Nunca los he contado —contestó mientras seguía buscando entre
las cajas.
—Se lo
diré: setenta y tres. La calle Roma es larga.
—Ya.
Pepè
Rizzo se agachó a los pies del comisario y abrió la primera de las cuatro cajas
que había elegido.
—Éstos
son un poco caros. ¡Pero mire qué suavidad!
Montalbano
no los miró; por su expresión parecía perdido en sus pensamientos.
—¿Sabe
una cosa? Usted sólo puede contar con sesenta y tres amigos, los otros diez no
lo son.
—¿Por
qué?
—Porque
estos diez, cuyos nombres no le daré, han venido esta tarde a la comisaría y lo
han denunciado. Dicen que usted cobra los impuestos por cuenta de la familia
Sinagra.
Pepè
Rizzo lo asimiló con un ruido sordo, expulsó el aire que tenía en los pulmones
con una especie de lamento y cayó hacia atrás con los brazos extendidos.
El
comisario se levantó. Cojeando del pie descalzo, corrió a bajar del todo la
cortina, se precipitó a la trastienda, volvió con media botella de agua mineral
y un vaso de plástico, roció con un poco de agua la cara de Rizzo y, en cuanto
empezó a recuperarse, le sirvió un vaso hasta el borde. Rizzo bebió, temblando
como una hoja, pero no abrió la boca para defenderse: su silencio era peor que
si hubiera admitido la acusación.
—Mire,
la denuncia es lo de menos —dijo el comisario con una expresión a medio camino
entre lo angélico y lo diabólico.
—¿Y
qué es lo que importa? —preguntó el otro con un hilo de voz.
—Lo
importante será la reacción de los Sinagra a la denuncia. Imaginarán que usted
es un hombre que no ha sabido hacerse respetar y los ha metido en problemas.
Usted lo sabe mejor que yo. En comparación con lo que son capaces de hacerle,
la cárcel le parecerá el paraíso terrenal.
Pepè
Rizzo empezó a temblar como un árbol sacudido por el viento, pero el poderoso
tortazo que Montalbano le dio en pleno rostro le hizo girar la cabeza y le
evitó otro ataque de nervios.
—Procure
estar tranquilo —le aconsejó el comisario—. Tenemos que hablar.
Tortorella
estaba en lo cierto: Pepè Rizzo era un mafioso de cartón.
Pepè
Rizzo claudicó y cantó de plano. Reveló al comisario cómo lo contrataron los Sinagra,
qué presiones ejercieron sobre él para que aceptara el encargo de cobrador,
cuáles eran las cuotas de cada comerciante, en dinero contante, el 28 de cada
mes. El día siguiente a la recaudación, se presentaba a primera hora de la
mañana un individuo con una saca de tela, metía dentro el dinero de los
impuestos, saludaba y se marchaba.
—¿Siempre
la misma persona? —preguntó Montalbano.
Rizzo
contestó que durante los cinco años que duraba el asunto, al menos habían sido
siete las personas que llevaban la saca.
—Y
usted ¿cómo hacía para reconocerlas? ¿Sólo porque venían con una saca?
Rizzo
dijo que cada cambio era precedido por una llamada telefónica.
—¿Y
usted se fiaba de una voz anónima al teléfono?
—No
señor; había una especie de consigna.
La
voz anónima decía: “Hoy he decidido cambiar de zapatos”.
Cuando
Rizzo insistió en conocer los nombres de quienes habían tenido el valor de
denunciarlo, el comisario le confesó que se había jugado un lance.
—¿Qué?
—inquirió Rizzo extrañado.
—No
es verdad lo que le dije; yo le tendí una trampa y usted cayó en ella.
Pepè
Rizzo se encogió de hombros.
—Mejor
así.
Hablaron,
discutieron. Montalbano salió de la zapatería cuando ya despuntaba el día.
Llevaba una caja bajo el brazo: ya que estaba allí, los zapatos marrones con
cordones le habían gustado mucho, pero había tenido un largo tira y afloja con
Rizzo que, en un arranque de agradecimiento, quería regalárselos.
El
canon de protección no era el mismo para los setenta y tres comerciantes de la
calle Roma porque los Sinagra, con magnanimidad y comprensión para cada caso
individual, establecieron tarifas ad personam que iban de las cien mil a las
trescientas mil liras. La tarde del 28 de aquel mismo mes, Pepè Rizzo, una vez
cerrada la zapatería, se dirigió a pie a su casa con el habitual maletín con
los ciento setenta millones en billetes; caminaba sin prisa, no temía a los
rateros porque en el pueblo todos sabían que un robo habría tenido
consecuencias letales para los atolondrados que se hubieran atrevido. A la
mañana siguiente, siempre con el maletín que durante la noche guardaba debajo
de la cama, Pepè Rizzo salió de casa a las siete y media y fue al bar Salamone
a desayunar un brioche con un granizado de café y luego, a las ocho menos cinco
en punto, como todos los días salvo los domingos y las fiestas de guardar, se
dispuso a abrir la cortina de la zapatería, no sin antes haber dejado en el
suelo el maletín. El horario de trabajo del dependiente empezaba a las nueve,
pero antes llegaría el encargado de los Sinagra para trasladar el dinero a la
saca de tela que luego se llevaba. Pepè Rizzo estaba concentrado en la
operación de la apertura de la zapatería y no vio el coche con dos personas que
se detenía junto a la acera. Una vez que hubo levantado la cortina hasta la
mitad, Rizzo se agachó para recoger el maletín: con un sincronismo perfecto, el
hombre que estaba sentado al lado del conductor abrió la portezuela, dio un
salto y, con la mano izquierda, dio un violento empujón a Rizzo por la espalda
y lo envió al interior de la tienda. Con la mano derecha aferró el maletín y
volvió a subir al automóvil gritando “¡vamos!” al conductor. Entonces, como
atestiguaron después algunos transeúntes, ocurrió algo increíble: el motor del
coche empezó a fallar, en lugar de ponerse en marcha a toda velocidad. En vano
el conductor se esforzó con el encendido. Nada. Pepè Rizzo salió de la
zapatería gritando como un loco, en la mano tenía el revólver que guardaba en
un cajón debajo de la caja registradora, porque nunca se sabe. Como el coche no
se decidía a ponerse en marcha, Pepè Rizzo no perdió el tiempo: dando unos
gritos que podían oírse desde el faro, apuntó con el arma al que estaba al lado
del conductor y, amenazándolo con que le iba a saltar la tapa de los sesos, lo
obligó a devolverle el maletín. Entonces, como liberado de un encantamiento, el
coche se puso en marcha y se alejó a toda velocidad. Pepè Rizzo disparó dos
tiros para intentar detener la huida y luego, por los nervios, como era
habitual en él, perdió el conocimiento y cayó cuan largo era. Se armó un gran
alboroto. Muchos creyeron que a Pepè Rizzo lo habían herido los malhechores.
Por suerte el comisario Salvo Montalbano se encontraba en los alrededores e
intervino con autoridad para imponer el orden. En cuanto al número de matrícula
del automóvil, que le suministraron algunos testigos llenos de buenas
intenciones, el comisario expresó su convencimiento de que no llevaría a ningún
sitio; seguramente se trataba de un coche robado. Por su parte, cuando se
recuperó, Pepè Rizzo dijo que en aquellos terribles momentos la ira le había
impedido fijarse en los rasgos del hombre que le había devuelto el maletín. El
revólver estaba debidamente registrado, precisó mientras lo volvía a meter en
la funda.
—Pero,
¿qué hay que sea tan importante en ese maletín? —preguntó finalmente el
comisario.
Todos
los que estaban reunidos en el lugar de los hechos sabían perfectamente lo que
había dentro y, ante la pregunta, contuvieron el aliento.
—Papeles,
nada importante —contestó tranquilo y sonriente Pepè Rizzo—. Vaya usted a saber
lo que se imaginaban.
Los
presentes —y Montalbano lo intuyó muy bien— no pudieron dominarse y
aplaudieron. El comisario le dijo a Rizzo que se presentara en la comisaría
cuando le fuera bien para la declaración, saludó y se fue.
A
las nueve de la noche del mismo día en que sucedieron los hechos, los setenta y
tres comerciantes de la calle Roma, excepto Pepè Rizzo; se reunieron en la
trastienda de Vinos y Licores de Fonzio Alletto. El primer punto del orden del
día no escrito versó sobre el número, la forma y la composición de las pelotas
de Pepè Rizzo. Giosuè Musumeci aseguró que las tenía cuadradas, Michele Sileci
que tenía cuatro, Filippo Ingroia que tenía dos como todo el mundo, pero de
plomo. Todos, sin embargo, estuvieron de acuerdo en que Pepè Rizzo, al hacer lo
que había hecho, había actuado por el interés común: no cabía duda de que los
Sinagra pedirían un resarcimiento y obligarían a pagar de nuevo el canon. Al
llegar a este punto, la discusión se encendió. ¿Los dos ladrones eran un par de
zopencos que ignoraban lo que contenía el maletín? ¿O se trataba de dos
individuos pertenecientes a la familia enemiga de los Sinagra, que había
decidido iniciar una guerra para conquistar la calle Roma? Esta segunda
hipótesis era la más inquietante: los que iban a perder de todas formas serían
ellos, los comerciantes, atrapados en medio de dos fuegos. Se despidieron con
el semblante hosco y preocupado.
El
día 30 caía en domingo. El lunes, a las nueve y media de la mañana, Stefano
Catalanotti y Turi Santonocito, hombres de confianza de los Sinagra, se
dirigieron el primero a la Banca Agraria y el segundo a la Banca Cooperativa de
Vigàta. Cada uno iba a ingresar ochenta y cinco millones de liras. Llenaron el
formulario y se lo entregaron, con los billetes de Banco, a los cajeros. El de
la Banca Agraria, en plena cuenta, dudó, volvió a formar el montón, observó el
primer billete un rato y luego lo miró a contraluz.
—¿Algo
va mal? —preguntó Stefano Catalanotti.
—No
sé —respondió el cajero levantándose y desapareciendo en el despacho del
director.
Mientras
tanto, las cosas se estaban desarrollando más o menos del mismo modo en la
Banca Cooperativa de Vigàta.
Veinte
minutos después de haber salido de sus Bancos respectivos, Stefano Catalanotti
y Turi Santonocito, que no quisieron revelar la procedencia del dinero, fueron
esposados por los agentes de la comisaría de Vigàta, acusados de circular
dinero falso.
A
las cinco de la tarde de aquel mismo día, sucedió un hecho que superó cualquier
fantasía. Un niño de apenas seis años entregó un paquete a Pepè Rizzo, y le
dijo que dos señores que iban en un coche se lo habían dado junto con ¡diez mil
liras de propina! Le encargaron que llevara el paquete personalmente al
propietario de la zapatería.
En
el interior había ciento setenta millones de liras en billetes de Banco
verdaderos y una nota que decía: “Devolver a los propietarios. Los Sinagra no
pintan nada”. Es decir, que estaban en el último lugar del escalafón de los hombres.
Aquella
noche, en la trastienda de Vinos y Licores de Fonzio Alletto, se reunieron
todos los comerciantes de la calle Roma, esta vez convocados por Pepè Rizzo.
Discutieron animadamente, pero sólo llegaron a una conclusión. El robo fue
fingido, el motor del automóvil se atascó a propósito para dar tiempo a Rizzo a
rescatar el maletín, pero no el suyo, sino otro idéntico lleno de billetes
falsos. El dinero que, con toda buena fe, Rizzo entregó al emisario de los
Sinagra. Y el hecho de que el dinero de verdad fuera devuelto, significaba que
todo había sido una burla diabólica para perjudicar a los Sinagra. El primero
en recuperarse de la sorpresa fue Giosuè Musumeci. Y se echó a reír. Al cabo de
un momento todos reían, unos llorando, otros sujetándose la panza, y algunos
hasta rodaron por el suelo. Aquellas risotadas marcaron el principio de la
decadencia de la familia Sinagra.
Montalbano
reía solo en su casa de Marinella. Él había sido el autor y director de la
genial tragicomedia o, mejor dicho, trampa para gatos, escenificada con la
colaboración de Pepe Rizzo (protagonista), Santo Barreca y Pippo Lo Monaco,
agentes de la comisaría de Mazàra del Vallo (en los papeles de falsos ladrones)
y de la jefatura de policía de Montelusa (que suministró los billetes falsos y
cartuchos de fogueo para el revólver de Pepe Rizzo). El comisario Salvo
Montalbano sabía que nunca podría salir al escenario a recibir los merecidos
aplausos, pero no importaba, porque disfrutaba igualmente.
Milagros
de Trieste
¿Se
puede ser policía de nacimiento, llevar en la sangre el instinto de la caza,
como lo llama Dashiell Hammett, y al mismo tiempo cultivar buenas y hasta
refinadas lecturas? Salvo Montalbano lo era, y cuando alguien le hacía la
pregunta, sorprendido, él no contestaba. Una sola vez, que estaba de un humor
negro, replicó con malos modos a su interlocutor:
—Documéntese
antes de hablar. ¿Sabe quién era Antonio Pizzuto?
—No...
—Pues
uno que hizo carrera en la policía; fue jefe de policía y jefe de la Interpol.
Traducía a escondidas a filósofos alemanes y clásicos griegos. Cuando se
jubiló, a los setenta años cumplidos, empezó a escribir. Y se convirtió en el
mayor escritor de vanguardia que hemos tenido. Era siciliano. —El otro se quedó
mudo. Montalbano siguió: —Y ya que estamos, le confesaré una íntima convicción.
Si Leonardo Sciascia, en lugar de ser maestro de escuela, hubiera hecho
oposiciones en la policía, habría sido mejor que Maigret y Pepe Carvalho
juntos.
Como
Montalbano era como era, en cuanto bajó del coche cama que lo había llevado a
Trieste, empezó a resonar en su interior un poema en dialecto de Virgilio
Giotti. Sin embargo, enseguida lo borró de la cabeza: allí, en el lugar donde
había nacido, su dicción siciliana habría parecido una ofensa, si no un
sacrilegio.
Era
una mañana diáfana, clara, y Montalbano, que padecía cambios de humor según
variaba el día, se auguró que podría permanecer hasta la noche con el mismo
estado de ánimo de aquel momento, abierto con benevolencia a cualquier
situación, a cualquier encuentro.
Recorrió
el andén lleno de gente, entró en el vestíbulo y se detuvo a comprar Il
Piccolo. Buscó en vano unas monedas; en la billetera sólo llevaba billetes de
cincuenta y de cien mil liras. Sacó uno de cincuenta mil con escasas
esperanzas.
—No
tengo monedas —dijo el quiosquero.
—Yo
tampoco —repuso Montalbano, y se alejó.
Sin
embargo, volvió atrás: había encontrado la solución. Añadió al diario dos
novelas policiales elegidas al azar, y esta vez el quiosquero le dio treinta y
cinco mil liras de cambio que el comisario metió en el bolsillo derecho del
pantalón, porque no tenía ganas de abrir la billetera. Se dirigió a la parada
de taxis, mientras en su cabeza, y de manera irresistible, Saba cantaba con esa
voz que había oído en la televisión:
“Trieste
posee una gracia
huraña.
Si gusta
es
como un muchachote rudo y voraz
de
ojos azules y manos demasiado grandes...”
Las
manos que de pronto le agarraron la chaqueta por las solapas no eran las de un
muchachote; pertenecían a un cincuentón con anteojos, bien trajeado y de ningún
modo rudo y voraz. El hombre había tropezado, y si no se hubiera agarrado
instintivamente a Montalbano y si el comisario, también instintivamente, no lo
hubiera sujetado, habría acabado en el suelo cuan largo era.
—Perdone,
tropecé —dijo el hombre, avergonzado.
—¡Por
favor!
El
hombre se alejó y Montalbano, fuera ya de la estación, se aproximó al taxi que
estaba primero, fue a abrir la portezuela y, en aquel preciso momento, se dio
cuenta de que no llevaba la billetera.
“Pero
cómo”, se indignó. ¿Era aquella la bienvenida que le daba la ciudad que tanto
le gustaba?
—¿Se
decide o no? —preguntó el taxista al comisario, que abrió la portezuela, la
cerró y luego la abrió de nuevo.
—Oiga,
hágame un favor. Lleve esta maleta y estos libros al Jolly. Me llamo
Montalbano, tengo reservada una habitación. Yo iré más tarde, tengo que
resolver un asunto. ¿Bastan veinte mil?
—Bastan
—repuso el taxista, que partió enseguida. El Jolly estaba a dos pasos, pero
Montalbano no lo sabía.
Se
quedó contemplando el taxi hasta que desapareció de su vista y tuvo un mal
pensamiento.
“No
tomé el número de la patente.”
Le
sobrevino una sensación de desconfianza, de estar perdido.
El
hombre que le había robado la cartera aún debía de encontrarse cerca. Perdió
media hora mirando y remirando dentro de la estación y poco a poco fue
perdiendo las esperanzas. Que recuperó de golpe cuando, apenas salió a la plaza
de la Libertà, vio al carterista caminando en zig—zag entre los coches estacionados.
Acababa de representar la misma escena con un señor impresionante, blancos
cabellos al viento, el cual, ignorante de que estaba siendo aligerado de peso,
siguió su camino hacia la Galería de Arte Antiguo, mirando majestuoso a los
demás desde las alturas.
El
carterista desapareció de nuevo. Poco después le pareció verlo dirigiéndose
hacia la avenida Cavour.
¿Puede
un comisario de policía echar a correr tras un individuo gritando “al ladrón,
al ladrón”? No, no puede. Lo único que podía hacer era acelerar el paso e
intentar alcanzarlo.
Un
semáforo en rojo detuvo a Montalbano. Así pudo asistir, impotente, a otra
exhibición del carterista: esta vez la víctima fue un hombre de unos sesenta
años, muy elegante, que se parecía a Chaplin en Un rey en Nueva York. El
comisario no tuvo más remedio que admirar la magistral habilidad del ladrón, un
verdadero artista en su género.
¿Dónde
se había metido? Pasó por delante del hotel, llegó a la altura del teatro Verdi
y se desanimó. Era inútil continuar la búsqueda. Además, ¿en qué dirección?
¿Quién le aseguraba que el carterista no había tomado cualquier calle de las
que partían de la plaza Duca degli Abbruzzi o del paseo ni Novembre? Lentamente
volvió sobre sus pasos.
Trieste
supo resarcirlo de la persecución de la ida con un tranquilo y aireado paseo de
vuelta. Gozó del olor denso y fuerte del Adriático, tan distinto del aroma del
mar de su tierra.
Ya
habían llevado la maleta a la habitación y dijo en recepción que después
entregaría el documento de identidad.
Lo
primero que hizo fue llamar por teléfono a la jefatura de policía y preguntar
por el comisario Protti, amigo de siempre.
—Soy
Montalbano.
—Hola,
¿cómo estás? Has llegado con anticipación; la convención no empieza hasta la
una. ¿Vienes a comer conmigo? Te paso a recoger por el Jolly, ¿de acuerdo?
—Sí,
te lo agradezco. Oye, tengo que decirte algo, pero si te echas a reír juro que
voy y te rompo la cara.
—¿Qué
te ha pasado?
—Me
han robado la billetera. En la estación.
Tuvo
que esperar cinco minutos con el teléfono en la mano, el tiempo suficiente para
que Protti se recuperara de la risotada con la que corrió el peligro de
ahogarse.
—Perdóname,
pero no lo he podido remediar. ¿Necesitas dinero?
—Ya
me lo darás cuando nos veamos. Intenta darme una mano con tus colegas para
encontrar al menos los documentos; ya sabes, el carné de conducir, la tarjeta
del Banco, la del Ministerio...
Montalbano
colgó el auricular mientras se reanudaban las carcajadas de Protti, se
desvistió, se metió en la ducha, volvió a vestirse, mantuvo una larga
conversación telefónica con Mimì Augello, su segundo de Vigàta, y otra con
Livia, su mujer, que estaba en Boccadasse, Génova.
Cuando
bajó al vestíbulo, el recepcionista lo llamó y al comisario se le ensombreció
el semblante. Seguramente quería los documentos; uno no puede esquivar a los
recepcionistas porque, en cuanto a respetar las reglas, estaban todavía en los
tiempos de Colón. ¿Qué carajo podía contarle para ganar tiempo?
—Señor
Montalbano, han traído este sobre para usted.
Era
un sobre grande, de papel manila, con su nombre escrito en letra de imprenta.
Lo habían entregado en mano y no había remitente. Lo abrió. Dentro estaba la
billetera. Y en el interior de la billetera, todo su contenido: el carné de
conducir, la tarjeta del Banco, el documento de identidad, quinientas cincuenta
mil liras; no faltaba un centavo.
¿Era
un milagro? ¿Qué significaba? ¿Cómo había conseguido el carterista arrepentido
enterarse del hotel donde se albergaba? La única explicación posible era que el
ladrón, al darse cuenta de que lo seguían, se asustase y siguiera a su vez a la
víctima del robo hasta el hotel.
Pero,
¿por qué se arrepintió? ¿Quizá se dio cuenta, al mirar los documentos, de que
la víctima era un policía y se sintió presa del miedo? ¡Vamos! Eso no se
sostenía.
—¿Me
cuentas con más detalle la historia de la billetera? —fue lo primero que Protti
le preguntó.
Era
evidente que el muy maldito quería disfrutar un poco más; tenía ganas de más
risotadas.
—Ah,
perdona, debí decírtelo enseguida, pero me llamaron por teléfono de Vigàta y me
olvidé. Tenía descosido el bolsillo de la chaqueta y la cartera resbaló dentro
del forro. Falsa alarma.
Protti
lo miró con expresión de duda, pero no dijo nada. En el restaurante al que lo
llevó su amigo, sólo servían pescado. Pidió un plato de fideos con langosta y
de segundo filetes de caballa. Para bajar todos esos manjares, Protti le
aconsejó un del Carso de la tierra, que se produce en las colinas que hay
detrás de Trieste.
En
la convención se reunieron trescientos policías de toda Italia. Cuando
invitaron a Montalbano a sentarse en el escenario, quizá para dominar el sueño
que lo asaltó después de la comilona se dedicó a observar de uno en uno, en
busca de una cara conocida, a los que estaban en la platea, todos con la
tarjeta prendida en la solapa de la chaqueta.
Y la
encontró, encontró una cara que había visto durante unos segundos, suficientes
para que se le quedase grabada. Montalbano sintió una especie de sacudida
eléctrica a lo largo de la espina dorsal: era el carterista, no había duda. Era
el carterista, un hombre de mala vida que se daba el gustazo de fingirse
policía, con la tarjeta bien a la vista (¿a quién se la habría birlado?), cuya
mirada se cruzaba con la suya y le sonreía.
¿Puede
un comisario, en una convención de policías, saltar del escenario y abalanzarse
sobre un individuo al que todos consideran un colega, gritando que es un
ladrón? No, no puede.
Sin
dejar de mirarlo fijamente, sin dejar de sonreír, el ladrón se alzó los
anteojos y le dirigió una cómica mueca.
Entonces
Montalbano lo reconoció. ¡Genuardi! Imposible equivocarse: era Totuccio
Genuardi, un compañero de bachillerato, el que hacía reír a la clase; siempre
hay uno así. Entonces ya era extraordinariamente hábil con sus manos de
terciopelo: en cierta ocasión le había birlado la cartera al director y se
habían ido todos a tomar un trago a una taberna.
¿Qué
hacer?
Cuando
finalmente hubo un intervalo para tomar un café y se disponía a abandonar el
escenario, lo entretuvo un colega que le planteó un delicado problema sindical.
Se escabulló en cuanto pudo, pero Totuccio ya había desaparecido.
Buscó
y buscó y, finalmente, lo vio. Lo vio y se quedó helado. Totuccio acababa de
finalizar su representación con el jefe Di Salvo y se estaba excusando,
fingiéndose muy turbado. El jefe, que era un gran señor, lo consoló con una
palmada en el hombro y él mismo le abrió la puerta para que saliera. Totuccio
le sonrió, hizo una semirreverencia de agradecimiento, salió y se perdió entre
la gente.
Ícaro
Dado
que en Vigàta el agua (no potable) de la planta desalinizadora se suministraba
dos veces por semana durante cuatro horas; dado que los emigrados a Bélgica y a
Alemania eran ya dos mil doscientos trece; dado que el número de desocupados
había rebasado el setenta por ciento de la población; dado que una reciente
investigación revelaba que cuatro de cada diez jóvenes se drogaban; dado que el
puerto apenas hacía dos meses que había sido rebajado a una categoría inferior;
dadas estas y otras cosas, el alcalde había organizado solemnes festejos con
ocasión del 150 aniversario de la proclamación de Vigàta (denominada Sottoposto
Malo di Montelusa) como municipio autónomo.
En
el programa de festejos, que iban a prolongarse una semana, del 25 al 30 de
junio, se incluía, durante todas las noches, la exhibición de la “Familia
Moreno”. Los que habían tenido la suerte de asistir a ese espectáculo en las
ciudades del norte, hablaban de él largo y tendido. El nombre artístico elegido
por la compañía, “Familia Moreno”, hacía pensar en un juego inocente al que los
abuelos podían asistir con los nietos. Pero era un engaño, decían los bien
informados, y era cierto porque en los carteles habían pegado un letrero
transversal que decía: “No apto para menores de 18 años”.
El
padre Burruano, el arcipreste, debidamente informado por la mujer de uno que
había asistido al espectáculo en Bérgamo, se lanzó contra el alcalde quien,
para sorpresa del párroco, pertenecía a un partido cuyo fundador tenía una tía
monja a la que siempre estaba nombrando. Pero el alcalde permaneció inamovible:
replicó que pertenecía a un partido que quería a los hombres libres, su
administración no era como las otras del pasado, gobernadas por gentes sin
Dios, Patria ni Libertad. Por lo tanto, si los adultos querían asistir al
espectáculo, que fueran; y si no, podían elegir entre dos festejos que se
desarrollarían al mismo tiempo que la exhibición de la “Familia Moreno”: la
carrera de embolsados y el torneo de escoba de quince.
Los
hermanos Gerhardt y Annelise Boldt, ella dos años menor que él, nacidos y
criados en un circo, eran acróbatas desde pequeños. Annelise, a los dieciocho
años, convertida en una muchacha rubia que podía competir con las mujeres de
las tapas de revista, perdió la cabeza por un piloto de helicópteros, Hugo
Rittner, y se casó con él. Precisamente fue a Hugo a quien se le ocurrió formar
con su mujer y su cuñado la “Familia Moreno”.
Tres
días antes de la exhibición, en el lugar elegido, al aire libre, se construyo
con tubos de hierro una estructura circular enorme, y encima de las crucetas se
colocó una gruesa tela que representaba el Coliseo.
La
estructura, con capacidad para cuatrocientas personas, tenía en el centro un
amplio espacio circular cubierto por completo con una tarima de madera blanca.
Junto a la estructura se colocaron una torre de luces giratoria y otra cruceta
que sostenía una cabina de madera con una antena arriba. La exhibición, según
el programa, empezaba a las veintiuna y treinta en punto, pero una hora antes
la sala ya estaba abarrotada de varones vigateses, solteros y casados, a pesar
de que el precio de la entrada era considerable. De mujeres, en cambio, nada:
la advertencia que prohibía la entrada a los menores de dieciocho años las
mantuvo alejadas. Por lo menos aquella primera noche. A la hora establecida,
con una precisión teutónita, el haz blanco de la torre de luces empezó a
explorar el cielo mientras una música de película de terror ensordeció a los
espectadores. El público levantó la cabeza hacia el cielo negro y en la misma
posición estaban los vigateses que permanecían fuera del recinto. Luego la
torre de luces enfocó un helicóptero y lo siguió hasta que se situó arriba,
encima de la estructura. Parecía que iba a aterrizar sobre la tarima de madera,
pero el helicóptero dejó caer un largo cable que terminaba con un anillo, y por
el cable oscilante bajó un individuo metido en un traje espacial plateado.
Empezó a hacer una serie de acrobacias espectaculares. Mientras tanto, en el
pueblo se desencadenaba una verdadera algarabía: todo el mundo en los balcones
o en las ventanas estaba contemplando el cielo. El torneo de escoba de quince y
la carrera de embolsados fueron suspendidos. El acróbata terminó su número con
rapidísimos giros con un solo brazo que dejaron sin respiración a los
vigateses.
Del
helicóptero descendió otro cable del que colgaba un trapecio. En la barra
estaba sentada una mujer: se distinguía por los cabellos rubios sujetos en un
rodete redondo. También vestía un traje espacial aunque no llevaba casco.
Cuando llegó a la altura del otro acróbata, la mujer realizó un solo de
ejercicios a una velocidad increíble y realmente difíciles. Luego comenzaron
una serie de acrobacias a dúo. La gente gritaba “¡bravo!”, aplaudía, voceaba,
pero ellos estaban demasiado elevados para oírla. Cuando finalizó esta danza
aérea, los cables se alargaron hasta llegar a dos metros de distancia de la
tarima y los acróbatas desaparecieron de la vista de los vigateses que no
habían pagado la entrada. La torre de luces se apagó, el helicóptero retiró los
cables y se alejó, y en la pista se encendió un solo reflector. Y la música
cambió incluso metafóricamente y dio paso a la segunda parte del espectáculo,
contra la que el arcipreste, el padre Burruano, había lanzado palabras
incendiarias.
La
mujer saltaba del trapecio, fingía caer malo desmayarse, los brazos extendidos,
las piernas abiertas. Luego su compañero se quitaba el traje espacial y
aparecía vestido sólo con una piel de tigre y con una máscara de león. La
muchacha, recobrado el sentido, se asustaba al ver al animal y echaba a correr.
El primer zarpazo del león le arrancaba la parte superior del traje dejándola
en soutien. Otro zarpazo la dejaba en bombacha. Entonces la muchacha, que ya
había comprendido las intenciones del león, le hacía un gesto indicándole que
esperara e iniciaba un lentísimo y voluptuoso strip—tease al término del cual
se quedaba con una tanga casi invisible. En ese momento cedía a los deseos del
león, que al parecer no sólo conocía de memoria el Kamasutra, sino que habría
podido hacer una nueva edición del libro corregida y aumentada.
Cuando
la exhibición finalizó, en medio de delirantes aplausos hacía un poco de
fresco, pero los hombres estaban acalorados y sudorosos como si hubieran
permanecido delante de un horno. El helicóptero volvió a ponerse en
perpendicular, echó los cables, los dos acróbatas saludaron una vez más y ya
iban a subir, cuando sucedió lo que sucedió.
—¿Qué
sucedió? —contestó Mimì Augello a la mañana siguiente dirigiéndose a Salvo
Montalbano—. No sé si llamarlo farsa o tragedia. La muchacha acababa de sujetar
el cable cuando se oyó una voz desesperada. Tan desgarradora, que la gente
enmudeció. “¡No, no! ¡No te vayas! ¡No subas! “, gritaba aquella voz.
Interpretaba el sentimiento de todos. La joven sujetaba el cable con una mano,
la expresión sorprendida. Mientras saludaba, se había soltado los cabellos que
le llegaban por debajo de la espalda. Las piernas, larguísimas, eran tan
fuertes que se diría capaces de partirte en dos si te encontrabas entre ellas,
pero al mismo tiempo resultaban tan femeninas... y con aquel culito tan alto y
duro que llegaba al nivel de mis dolores cervicales, y aquellas tetitas
sonrosadas al descubierto... —Montalbano lanzó un silbido de pastor, Mimì
Augello se sobresaltó y salió del ensueño. —Me volví a mirar quién daba
aquellos gritos, pero no lo distinguí bien. Era un muchacho al que estaban
sujetando sus dos vecinos de asiento. Luego el joven se liberó y se precipitó a
la pista. Cuando la mujer vio el peligro, subió ágilmente por el cable. El
muchacho intentó ir tras ella, pero lo derribó el puñetazo en la cara que le
propinó el acróbata varón. El muchacho cayó al suelo, los dos artistas treparon
por los cables y el helicóptero desapareció. El muchacho se levantó despacio
del suelo. Le salía sangre de la boca a causa del mamporro recibido, pero
farfullaba: “¡La quiero! ¡La quiero!”. Tenía los ojos desorbitados de un loco y
temblaba todo. Fui hacia él y le dije que si la noche siguiente lo encontraba
merodeando por los alrededores lo iba a arrestar. No sé si entendió lo que le
decía. ¿Sabes quién era? ¡Nenè Scozzari!
El
comisario se sorprendió al oír el nombre. ¿Nenè Scozzari? Un muchacho querido y
alabado en Vigàta por su seriedad, compostura y educación. Hijo de un abogado,
el número uno del pueblo, de familia acomodada, de Acción Católica, licenciado
en derecho a los veintitrés años, prometido desde hacía seis meses con Agatina
Lo Vullo, adalid de las Hijas de María. ¿Y hacía esas cosas en público, dando
escándalo?
—No
lo entiendo—dijo Augello—. Si hubiera podido agarrar a la acróbata, se la
habría tirado allí mismo, delante de todo el mundo.
Eso
sucedió durante la primera exhibición, la del día 25. Cuando corrió la voz del
espectáculo de Nenè Scozzari dentro del espectáculo, a la noche siguiente la
gente que se presentó ante la taquilla fue tanta que tuvieron que intervenir
los guardias municipales para imponer el orden. Se dejaron ver una decena de
mujeres casadas acompañadas de los maridos. También fue Mimì Augello el cual,
con toda su cara dura, le aseguró a Montalbano que su presencia era
indispensable para que no ocurrieran incidentes como el del día anterior.
Aunque luego acabó confesando a su superior que los muslos de la acróbata
alemana no le habían dejado conciliar el sueno.
El
espectáculo del día 26 transcurrió sin incidentes, aparte de un ligero malestar
que sufrió el caballero Scibetta de setenta años, durante la escena más
interesante del Kamasutra. Su hijo y su nieto tuvieron que sacarlo en brazos,
dado que los demás no quisieron moverse para no perderse ni un minuto siquiera
de la exhibición.
El
muchacho hizo caso del consejo y nadie vio a Nenè Scozzari. Tampoco desde la
noche del 25 lo volvieron a ver sus padres, con los que vivía.
La
mañana del 27, hacia las once, se presentó en el despacho del comisario el
abogado Giulio Scozzari, el padre de Nenè.
—Mi
hijo no ha vuelto a casa desde la noche del 25, después de organizar el sainete
que organizó, y que ha hecho que se nos caiga la cara de vergüenza.
—¿Ha
desaparecido?
—¡No,
qué desaparecido! —exclamó sorprendido el abogado—. Sé perfectamente dónde
está.
—¿Y
dónde está?
—En
Punta Speranza, donde están el helicóptero y el campamento de esos jodidos
alemanes.
Punta
Speranza, donde los alemanes tenían su base, era una zona desierta, casi a pico
sobre el mar.
—¿Y
qué hace?
—Nada.
El muy cretino está dentro del coche, a poca distancia, y espera a que la
alemana salga para verla.
—¿Y
qué quiere de mí?
—Si
pudiera ir a hablar con él, a convencerlo para que no haga más el payaso...
Eran
las once y media y no tenía ganas de ir a parlamentar con el muchacho. Se lo
encargó a Mimì Augello, que no se lo hizo repetir dos veces. Salió como un
rayo, por si conseguía ver a la alemana de cerca. Volvió dos horas más tarde,
trastornado.
—¡Virgen
santa, Salvo! Cuando llegué a Punta Speranza me encontré con lo siguiente: Nenè
Scozzari estaba apoyado en el capó del automóvil a unos veinte metros de las
dos tiendas de campaña y del helicóptero. La alemana estaba echada sobre una
reposera, tomando sol completamente desnuda. Nenè sujetaba en la mano un
ramillete de margaritas que acababa de recoger, se acercó a la mujer, se lo
dejó encima de las tetas y volvió a su puesto. Entonces ella lo miró. ¡Virgen
santa, Salvo, qué mirada! Ésa en cuanto pueda, en cuanto el marido y el hermano
le dejen un momento de respiro, le da un revolcón a Nenè. ¡Te lo garantizo!
—Y
esos hombres le rompen la cara, y esta vez en serio.
—Vamos,
Salvo, son alemanes, no sicilianos. ¡Una cana al aire de la mujer la perdonan!
—A
propósito, ¿dónde estaban los hombres?
—Bañándose,
cien metros más abajo.
—¿Hablaste
con Nenè?
—Sí.
Pero créeme, estoy seguro de que no me oyó. Hasta creo que ni siquiera me vio;
para él era transparente. No dejaba de mirar a la alemana y ella a él. ¿Qué
podía hacer? Volver aquí. Te confieso que esa alemana me estaba haciendo hervir
la sangre.
—¿Es
que no has visto nunca una mujer desnuda?
—Como
ésa nunca —dijo sinceramente Mimì—, y no sólo es cuestión de belleza. Ahora
comprendo de verdad lo que los norteamericanos quieren decir cuando hablan de
sex—appeal.
Las
funciones del 27 y del 28 anduvieron muy bien, sólo que el número de mujeres
doblaba el de los hombres.
—Es comprensible
—reconoció Mimì, que no había faltado a ninguna velada—. Si fuera mujer,
perdería la cabeza por él. Es idéntico a su hermana, en versión masculina.
La
mañana del 29 Mimì Augello llegó al despacho con retraso y con una sonrisa en
los labios.
—¿Se
te pegaron las sábanas?
—¡Qué
va! Venía hacia aquí cuando, delante de la casa de alquiler de coches, vi a los
dos alemanes, el piloto y el acróbata, que salían en un auto. Entonces entré e
interrogué al propietario. Fueron a Catania, a inspeccionar el lugar de su
próxima actuación.
—Mimì,
eres más curioso que una portera o una mucama.
—¡Eso
no es todo! —exclamó Mimì con los ojos brillantes—. Se me ocurrió...
—...
ir a Punta Speranza.
Mimì
Augello lo miró con admiración.
—¡Acertaste!
Cuando llegué, me detuve a cierta distancia para que no oyeran el motor. Nenè
no estaba dentro de su coche. Me acerqué a la tienda de campaña de la alemana y
su marido. ¡Y qué te decía, Salvo! Estaba cerrada, pero ella, emperrada,
gritaba “Ja! Ja!”; parecía que la estuvieran degollando. Si Nenè no pierde
fuerzas, puede estar cabalgando hasta las seis de la tarde; antes no volverán
esos dos alemanes. ¿No te lo había dicho, Salvo, que en cuanto pudiera ésa no
dejaba escapar a Nenè?
A
las seis y media de la mañana del 30, al comisario lo despertó la llamada del
abogado Giulio Scozzari.
—Comisario
Montalbano, perdóneme por la hora, pero estoy muy preocupado por mi hijo.
—¿Qué
ha pasado?
—Tal
como todas estas noches, hacia la una pasé por la Zona de Punta Speranza. El
coche de mi hijo no estaba.
—¿El
helicóptero y el campamento seguían en su sitio?
—Sí,
ya habían vuelto del espectáculo. Esperé una hora, no lo vi y pensé que quizás
había vuelto a casa. No estaba tampoco.
¿Podía
decirle al padre que quizás el hijo, cansado de la larga cabalgata, como la
llamaba Mimì, había ido a recuperar fuerzas a cualquier hotel para no tener que
dar explicaciones a los padres?
—Bueno,
abogado, a lo mejor ha cambiado algo.
El
abogado no entendió.
—¡No
ha cambiado nada! He pasado hace apenas un cuarto de hora, los alemanes duermen
y ni mi hijo ni su coche están allí.
—Abogado,
su hijo es mayor de edad.
—¿Y
qué tiene que ver?
—Tiene
que ver, sí, porque no podemos ir a buscarlo como si fuera un niño perdido.
Esperemos un poco más y, si no aparece, ya veré qué podemos hacer.
Pero
el abogado Scozzari trasmitió su angustia al comisario. A las ocho de la
mañana, en lugar de dirigirse a su despacho, Montalbano decidió ir a visitar a
los alemanes. No había rastros del coche de Nenè Scozzari. Estaba seguro de que
los alemanes aún dormían, pero los dos varones estaban despiertos. Hugo
manipulaba la hélice del helicóptero y Gerhardt se ejercitaba en las paralelas.
El comisario se acercó. No sabía una palabra de alemán pero sí hacerse
entender.
—¿Sabes
dónde ha ido a parar el hombre que estaba aquí en un coche?
Gerhardt
bajó de las paralelas, estiró los brazos y negó con la cabeza. Se acercó al del
helicóptero, que había oído la pregunta.
—Italiano
enamorado ya no visto más.
Y
rió. El acróbata también se echó a reír con una carcajada muy desagradable.
Es
imposible decir a nadie, quizá ni a uno mismo, que una investigación empieza
sólo por una carcajada desagradable, en la que resonaban la mofa, el desprecio,
el triunfo y la maldad. En cuanto llegó a la oficina, llamó a Fazio y a Gallo.
—Ve
a Punta Speranza donde los acróbatas alemanes tienen su base —le dijo al
segundo—, y no te dejes ver. Llévate los prismáticos y el móvil. Quiero estar
informado de todo.
—Y
tú —continuó, dirigiéndose a Fazio—, en cuanto llegue Mimì Augello ve con él a
buscar a la alemana. Despiértenla si duerme, no me importa en absoluto. La
quiero aquí, pero sola.
Luego
llamó por teléfono al abogado Scozzari.
—¿Noticias
de su hijo?
—Ninguna,
comisario. Estamos desesperados.
El
abogado, sin embargo, sospechó algo.
—¿Por
qué me ha telefoneado, comisario? ¿Se ha enterado de algo? ¿Por qué me ha
llamado?
Montalbano
no supo qué responder.
—Perdone,
pero tengo mucho trabajo. Llámeme si hay novedades.
Colgó
el auricular. En ese momento apareció Mimì Augello.
—¿No
fuiste con Fazio?
—Como
he telefoneado advirtiendo que llegaría tarde, Fazio se fue a buscar a la
alemana con Galluzzo.
—¡Yo
quería que fueras tú porque a fuerza de joder con turistas chapurreas alguna
palabra en alemán!
—Si
es por eso, Galluzzo también sirve. De muchacho se fue a Alemania a buscar
trabajo.
—Mimì,
cuando nos traigan a la alemana, quiero que te quedes conmigo. Y no te
distraigas mirándole las tetas y los muslos.
—¿Me
puedes explicar qué pasó?
—Nenè
Scozzari ha desaparecido con su coche.
—¿Sólo
eso? Después de la gran juerga que se corrió ayer...
—Sí,
Mimì, yo también lo pensé. Pero hay algo que no me convence.
Mimì
Augello calló. Cuando su superior decía que algo no funcionaba, quería decir
que algo no funcionaba de verdad, lo sabía por experiencia.
En
cuanto Annelise entró en el despacho, vestida con unos pantalones cortos muy
ajustados y un gran pañuelo de seda que le cubría el pecho, Montalbano
comprendió el sufrimiento de Mimì al verla desnuda. Tenía razón su segundo, no
se trataba sólo de belleza. Sonrió a Augello, a quien ya conocía, hizo un gesto
con la cabeza al comisario y dijo algo en alemán.
—Pregunta
si se trata de los pasaportes.
—Nein
—dijo por instinto Montalbano.
—Nein
—dijo al mismo tiempo Mimì.
Se
miraron.
—Perdona
—se excusó el comisario—, dile que queremos saber qué hizo ayer.
Mimì
preguntó y ella contestó. Una respuesta larga. A medida que hablaba, Augello
parecía cada vez más turbado.
—¿Qué
dijo?
—Bueno,
Salvo, a ésta le gusta llamar al pan, pan y al vino, vino. Dice que como ayer
se quedó sola, aprovechó para hacer sexo, lo dijo así, con ese hermoso muchacho
siciliano que se ha vuelto loco por ella. No comieron, estuvieron juntos hasta
las cuatro de la tarde, cuando ella lo echó porque temía que volvieran el
marido y el hermano, que habían ido a Catania. En cuanto el muchacho salió,
ella se quedó dormida porque estaba, así lo ha dicho, un poco cansada.
—Mis
felicitaciones a Nenè Scozzari.
—Hacia
las siete de la tarde —continuó Mimì—, su marido la despertó y ella empezó a
prepararse para la exhibición.
—Pregúntale
si cuando salió para subir al helicóptero el coche del joven seguía allí.
—Dice
que no lo sabe —tradujo Mimì—, estaba muy oscuro. Dice que hace poco, cuando
los nuestros fueron a buscarla, la sorprendió no ver el coche en el lugar
habitual. Le causó decepción y a la vez satisfacción.
—Pregúntale
por qué decepción, y luego que te explique por qué se ha sentido satisfecha.
La
respuesta de Annelise fue bastante larga.
—Decepcionada
porque los hombres, según su opinión, son todos unos puercos egoístas que en
cuanto consiguen lo que quieren, o se duermen, o van a mear, así lo ha dicho, o
bien desaparecen. Y satisfecha porque temía que Gerhardt reaccionara mal, pues
no sólo es celoso, sino también violento.
—¿Traduces
bien, Mimì? Mira que Gerhardt es el hermano; el marido se llama Hugo.
—Ha
dicho Gerhardt. Ahora se lo vuelvo a preguntar.
Mimì
preguntó algo y la respuesta de la alemana hizo que se ruborizara
violentamente. Montalbano se quedó atónito: ¿el caradura de su segundo era
capaz de ruborizarse?
—¿Qué
dijo? ¿Qué dijo?
—Simplemente
dijo que cuando tenía catorce años, su hermano fue el primer hombre de su vida.
—Porque
antes lo hacía con los elefantes —comentó poco galante el comisario.
—Dijo
también que Gerhardt sufrió mucho cuando tuvo que casarse con Hugo, pero que
por suerte su marido es muy comprensivo. Ha añadido que el pobre Gerhardt sufre
una fuerte tensión cuando hacen el Kamasutra en la pista, porque está obligado
a fingir lo que haría de verdad.
La
alemana se inclinó hacia adelante para quitarse un granito de polvo del dedo
gordo que emergía de la sandalia. Estaba claro que se burlaba de la reacción de
los dos hombres ante sus palabras.
—Dile
que se vaya —decidió Montalbano—. Está claro que no sabe nada de Nenè. Será una
puta, pero me parece sincera.
—A
mí también.
Reunió
a todos sus hombres, excepto a Gallo, que estaba en Punta Speranza vigilando a
los alemanes, y les explicó lo que pensaba hacer.
—Germana,
tú ve a casa del abogado Scozzari y que te firmen una denuncia por la
desaparición de su hijo Nenè.
Debe
llevar la fecha de por lo menos la mañana del 28, de otro modo no se cumplen
las veinticuatro horas que se requieren por ley para iniciar las
investigaciones. La denuncia se la entregas a Augello. Tú, Mimì, presentas la
denuncia ante el juez, le cuentas cualquier pavada y que te dé una orden de
registro de la caravana, el TIR, el helicóptero; en resumidas cuentas, de todo
lo que tienen los alemanes. Pero el registro debe hacerse esta noche, no antes,
en cuanto aterricen con el helicóptero en Punta Speranza después del
espectáculo. Tortorella, Galluzzo y Grasso que vayan en un coche de servicio a
los alrededores de Punta Speranza sin que los vean los alemanes. Busquen el
automóvil del muchacho; Augello les dará la marca y el color. Tú, Germanà, te
pones en contacto con el móvil de Gallo, que te diga dónde se encuentra y
dentro de una hora lo relevas.
—¿Y
tú? —preguntó Augello.
—¿Yo?
Yo me vaya comer —contestó Montalbano.
Catarella
entró corriendo.
—Comisario,
ahora, ahora ha telefoneado Gallo. Dice que los alemanes se están peleando con
la alemana, le están gritando y su hermano le ha dado un empujón.
—Tengo
malas noticias —dijo Mimì entrando en el despacho hacia las cuatro de la tarde.
—¿El
juez no firmó la orden?
—No,
no ha dicho ni mu, la tengo en el bolsillo. El hecho es que se me ha ocurrido
algo y pasé por el local de alquiler de coches. Pregunté al propietario a qué
hora devolvieron el coche los alemanes. Me contestó que hacia las seis y media.
Lo llevó Gerhardt, y para volver al campamento tomó el autobús de Montereale,
que tiene parada cerca de Punta Speranza.
—¿Y
te parece una mala noticia?
—Hay
algo más. El propietario del negocio añadió que los alemanes volvieron antes.
—¿Y
cómo puede saberlo?
—Porque
los vio pasar hacia las tres y media; se dirigían hacia Montereale y por lo
tanto, a Punta Speranza.
—Entonces
es posible que vieran salir a Nenè de la tienda de Annelise.
—Exacto.
Y eso me da que pensar.
Sonó
el teléfono: era Germana, que había relevado a Gallo.
—¿Comisario?
Aquí todo está tranquilo. Los dos acróbatas están haciendo ejercicios en las
paralelas. Gerhardt y Annelise, después de la pelea que ha visto Gallo,
hicieron las paces. Se han abrazado y se han besado. ¿Quiere saber una cosa,
comisario? Si ésos son hermanos, yo soy el Papa.
—No
te asombres, Germana; los alemanes tienen esas costumbres. Lo hacen todo en
familia; peor que nosotros.
A
las siete, la voz triunfante de Tortorella anunció que habían encontrado el
coche de Nenè Scozzari a tres kilómetros de Punta Speranza. Estaba escondido
entre unos matorrales y cubierto con ramas cortadas. En el interior no había
nadie. ¿Qué hacían? El comisario contestó que lo dejaran todo tal y como lo
habían encontrado. Grasso iba a quedarse de guardia en las proximidades. Los
otros podían volver.
A
las ocho se presentó Gallo.
—Voy
a relevar a Germanà. ¿Sabe, comisario? Los altavoces de los alemanes dicen que
esta noche habrá un número especial. Lo hará un acróbata que se llama Ícaro.
“¿Y
dónde lo han pescado?”, se preguntó el comisario.
Pero
enseguida encontró la respuesta: en Catania.
—Sobre
todo —le recomendó Montalbano—, si ves u oyes cualquier cosa extraña, llama por
teléfono, llevo colgado el móvil.
—Me
parece que esta noche vaya ir yo también —dijo Montalbano—. ¿Cuánto vale la
entrada?
Mimì
lo miró, sorprendido.
—¡No
necesitas entrada!
—¿No?
¿Por qué?
—Porque
somos autoridades.
—No
lo sabía —admitió el comisario, sincero.
—¿No
lo sabías? Tenemos los asientos reservados en primera fila.
A
las nueve y veinte iba a salir del despacho cuando sonó el teléfono móvil. Era
Gallo.
—¿Comisario?
La alemana no ha subido al helicóptero. Lo veo bien porque dentro hay luz. La
mujer no está.
Ahora
mismo van hacia allá.
—¿Cuántos
hay dentro del helicóptero?
—Dos,
comisario. El piloto y el acróbata que lleva en la mano el casco espacial, lo
he reconocido perfectamente.
¿Dónde
estaba Annelise? ¿Y el nuevo acróbata, ese Ícaro que anunciaban los altavoces?
—Oye,
Gallo, haz una cosa. Acércate al campamento. Si ves algo que despierte tus
sospechas, actúa según tu iniciativa. Pero comunícate conmigo por teléfono.
Los
altavoces habían anunciado un espectáculo distinto que comenzó cuando el
helicóptero, parado sobre la perpendicular, lanzó el primer cable, el del
anillo, hasta rozar la tarima de madera. Transcurrieron unos minutos y no
sucedió nada más. Luego, suspendido del segundo cable, del que habían retirado
el trapecio, apareció un acróbata. Las cuerdas que lo sujetaban al cable
estaban cruzadas de tal manera que el hombre, con el vientre hacia abajo,
parecía una rana. En calzoncillos, camiseta, y calcetines. Sólo llevaba el
casco espacial. Un disfraz verdaderamente ridículo. El acróbata comenzó a mover
los brazos y las piernas desacompasadamente, de una manera tan cómica que el
público empezó a reír. El hombre colgado del cable se detuvo, los brazos
extendidos, las piernas abiertas, temblaba, parecía una araña. Indudablemente
se trataba de Ícaro, un payaso.
—Es
muy bueno —le comentó Mimì al comisario. Montalbano no contestó, se estaba
preguntando si sería posible fingir un pánico loco, total, hasta el punto de
parecer verdadero. El acróbata Ícaro, de pronto, cuando vio cerca el cable, se
agitó violentamente para asirlo con las manos extendidas, pero dio un vuelco y
quedó con la cabeza hacia abajo y los pies al aire. El público estalló en
risas, aplaudió. Los movimientos del payaso, que imitaba todos los gestos del
miedo, se hicieron frenéticos.
En
aquel momento sonó el móvil de Montalbano.
—¿
Comisario? Soy Gallo. He oído un lamento procedente de una de las tiendas y he
hundido la puerta. Estaba la alemana, atada y amordazada. Está como loca, comisario,
no entiendo lo que grita, quiere escapar, me ha arañado.
—¡Reténla!
—gritó a Gallo y gritó también dirigiéndose a Augello—: ¡Ven conmigo!
Corrió
afuera, con Mimì a su lado.
—¿Llevas
la pistola? En cuanto entremos, pon fuera de combate a todo el que nos
encontremos.
Se
precipitó detrás de la torre de luces, empezó a encaramarse por la escalerilla
de hierro de la cruceta, sudado, aferrando con las manos las barras. Sufría un
poco de vértigo.
—¿Quieres
explicarme lo que pasa? —le preguntó Mimì, que subía detrás de él.
—Ahora
no me hables, carajo, estoy sin aliento —contestó jadeando.
Llegó
a la plataforma en la que estaba la cabina y se hizo a un lado. Mimì Augello se
lanzó contra la puerta, que sólo estaba entornada, y se precipitó como un alud
contra un hombre sentado ante un cuadro de mandos y que acabó en el suelo con
silla y todo.
Montalbano
le arrancó los auriculares de las orejas, oyó que preguntaban algo en alemán y
se los pasó a Mimì. En el cuadro de mandos había dos micrófonos. El comisario
activó el que no estaba utilizando el hombre cuando entraron.
—Los
del helicóptero siguen preguntando qué está pasando aquí —dijo Mimì y, para
tener las manos libres, propinó un golpe en la nuca con la culata de la pistola
al hombre que se estaba levantando, aturdido.
—¡Vigateses!
—gritó Montalbano.
Desde
la ventana de la cabina se veían tres cuartas partes de la platea y casi toda
la pista. El comisario observó que su voz llegaba y que todos se habían vuelto
hacia los altavoces de la sala.
—¡Vigateses!
—repitió. Y el diablillo maligno de la ironía, que siempre estaba junto a él
hasta en los momentos más difíciles, le sugirió añadir “hermanos, pueblo mío”
como Alberto Da Giussano. Dominó la tentación. —Soy el comisario Montalbano. El
hombre que está colgando allá arriba no es Ícaro, no es un payaso. ¡Es nuestro
paisano Nenè Scozzari a quien los alemanes han capturado y lo están obligando a
arriesgar la vida! ¡Ayúdenme!
—Los
del helicóptero han entendido algo. Hay que apresurarse —dijo excitado Mimì con
los auriculares puestos.
Sí,
pero ¿qué hacer? El comisario se volvió a mirar al público. El espectáculo que
vio lo conmovió y le puso un nudo en la garganta. Dos o tres muchachos se
estaban encaramando por el cable como si fueran monos, y un racimo humano de
una treintena de personas sujetaba el mismo cable, para hacer peso. Montalbano
observó que el helicóptero estaba en dificultades; aunque habría podido
elevarse.
—Habla
con esos dos mierdas; diles que si se alejan se llevan volando a una decena de
personas suspendidas de un cable. Puede ser una matanza. Que vayan con cuidado.
—Pero ya sabía cómo iba a acabar todo. —¡Dejen libre el helicóptero! —gritó—.
¡Que todo el mundo vuelva a su sitio!
El
cable que sostenía a Nenè Scozzari, desmayado, como una marioneta con los hilos
rotos, empezó a bajar lentamente.
“Las
cosas fueron de esta manera. La alemana, una grandísima puta de la que Augello,
mi segundo, tendrá un recuerdo imperecedero tras haberla visto desnuda,
aprovecha la ausencia del marido y del amante (que no es otro que su hermano)
para concederse unas horas de intensos revolcones en su tienda con Nenè
Scozzari, ex joven serio que se ha vuelto loco por ella. Los dos alemanes, que
vuelven antes de tiempo, sorprenden al joven saliendo de la tienda. Se les
ocurre hacerle pagar la diversión con una broma cruel: lo raptan, lo atan, lo
esconden en el helicóptero y hacen desaparecer el automóvil. Cuando la puta se
despierta del sueño reparador, los dos le echan en cara lo que ha hecho, pero
la cosa parece acabar ahí. Envían a un compinche por el pueblo a anunciar que
aquella noche participará en el espectáculo un acróbata nuevo, Ícaro. Poco
antes de salir de su base, los dos bromistas atan y amordazan a la esposa y
hermana amante respectiva, la cual evidentemente se niega a participar en la
broma. Luego dejan en calzoncillos a Scozzari, le ponen el casco para que no se
oigan sus gritos y lo bajan con el cable. Y ya está creado el nuevo
payaso—acróbata Ícaro. Lo comprendí todo cuando mi agente me llamó para decirme
que había descubierto a la muchacha atada y amordazada.
Mi
propuesta es la siguiente: prisión para los dos imbéciles (quede claro que no
tenían la intención de matar a Scozzari, sino tan sólo darle un buen susto);
libertad condicional a la alemanita (el condicionamiento de la libertad
consiste en dejarla durante un mes en poder de mi segundo Mimì Augello).”
Esto
fue lo que refirió el comisario Montalbano en su informe al juez. Pero utilizó
otras palabras y omitió las propuestas finales.
La
advertencia
No
consigo entenderlo, comisario. Carlo Memmi parecía un hombre de treinta años
que llevara malla edad, pero cuando te fijabas bien en la fecha de nacimiento,
veías que era casi un cincuentón que llevaba muy bien sus años. Antenore Memmi,
su padre, había poseído en Parma una renombrada peluquería, a la que iban todos
los jerarcas fascistas de la ciudad. ¿Cómo se explica entonces que a finales
del 45 apareciera en Vigàta, en casa de la madre de su mujer, Lia, que era
vigatesa? Los paisanos se devanaron los sesos para encontrar una explicación.
¿Qué le sucede a quien se acuesta con niños? Que meado se levanta. Y eso fue lo
que le sucedió a Antenore Memmi: a fuerza de frecuentar fascistas, en la época
de Salo al parecer adquirió el vicio de pelar a los partisanos que sus amigos
hacían prisioneros. Tras la liberación, evitó el arresto pero comprendió que
seguir en Parma no era conveniente, porque antes o después le tocaría pagar el
empacho que se había dado. En Vigàta abrió una peluquería con el dinero de la suegra,
y como en su profesión era muy bueno, tenía clientes que venían de los pueblos
vecinos. En 1950 nació su hijo Carlo, que no tuvo hermanos y que empezó a
trabajar en la peluquería, primero como aprendiz y después como ayudante.
Cuando Cario cumplió veinte años murió la señora Lia, su madre. Seis meses
después, Antenore Memmi se obsesionó con volver a Parma, ciudad que no veía
desde hacía veinticinco años. El hijo se lo desaconsejó, pero Antenore siguió
en sus trece y partió tras asegurar a Cario que iba a ser una visita muy breve.
Y así fue. Tres días después de su llegada, Antenore Memmi fue atropellado y
muerto por un automóvil que nunca se llegó a identificar. La opinión general,
en Vigàta, fue que un pariente de alguno de los que había pelado no quedó
satisfecho del servicio y, aunque había pasado tanto tiempo, quiso hacérselo
saber. Carlo, al quedarse huérfano, vendió el salón de peluquería del padre y
compró uno mayor que dividió en dos partes, para señora y para caballero.
Cuando Cario se trasladó a Parma para los funerales, conoció a su prima Anna,
peluquera de señoras. Fue un amor a primera vista que, entre otras cosas,
proporcionó a Vigàta un elegantísimo salón decorado con el rótulo “Carlo y
Anna”.
Pasado
algún tiempo, cuando los negocios iban viento en popa, Carlo tuvo la ingeniosa
idea de llevar a Vigàta directamente de París a Monsieur Dédé, un peluquero de
señoras cuarentón, ejemplar típico de la especie afeminado (según los viejos
vigateses), un maricón (según los vigateses más vulgares), un gay (según las
señoras que se desvivían por él). La consecuencia de la llegada de Monsieur
Dédé fue que Cario tuvo que trasladarse a un local tres veces mayor y contratar
a una secretaria sólo para apuntar las citas. Sin embargo, ocurrió algo
inexplicable, porque a principios de los años 90 Carlo Memmi y su mujer Anna se
retiraron, dejando el salón en manos de Monsieur Dédé, que se lo compró por
cientos de millones. Carlo pudo dedicarse así a sus dos pasiones: la caza y la
pesca. Tenía una casita en Marinella, donde pasaba los veranos y los inviernos
con su mujer, muy cómoda para la pesca, que él practicaba saliendo a mar
abierto en un bote de goma con motor. Para la caza la cosa era algo más
complicada. Cario Memmi iba al extranjero, primero a Yugoslavia y luego a
Checoslovaquia una vez al año, y permanecía un mes fuera de casa. Tenía un todo
terreno muy bien pertrechado que guardaba en un garaje de Vigàta, mientras que
para los desplazamientos diarios utilizaba un Punto. Poseía tres fusiles de
gran calibre y un perro de caza de raza inglesa que le había costado una
fortuna. Al perro lo tenía en el jardín de la casita junto con Bobo, otro
perro, cruce de razas, al que la señora Anna quería mucho.
El
comisario Montalbano nunca había sido cliente del salón de Carlo: si detestaba
ir a la peluquería a cortarse el pelo, mucho más detestaba ir a un sitio en el
que decenas de espejos te reflejan con la expresión de idiota que uno adquiere
en esas ocasiones. Pero conocía a Carlo Memmi y sabía que era una persona de
bien, tranquila, que nunca había molestado a nadie. Entonces, ¿por qué?
—Entonces,
¿por qué? —dijo Carlo Memmi como si le hubiera leído el pensamiento.
La
noche anterior, hacia la una, mientras Carlo estaba en alta mar pescando, hubo
una gran explosión en el garaje donde guardaba el todoterreno, seguida de un
principio de incendio. La explosión estropeó el pavimento de la casa de la
familia Currera, que vivía encima del garaje y a la que los bomberos
aconsejaron desalojar. Mimì Augello le dijo al comisario que seguramente el
incendio era intencional. La señora Amalia Currera, que tenía el sueño ligero,
había declarado que una media hora después de la medianoche oyó que abrían la
persiana. Volvió a dormirse y la despertó el ruido:
—¡Ah,
qué susto! ¡Parecía una bomba!
En
el garaje, concluyó Augello, estaba ahora trabajando el técnico de la compañía
de seguros.
A
las diez de la mañana Carlo Memmi pidió hablar con Montalbano. Ahora estaba
allí, con el semblante embotado de sueño y de preocupación, preguntándose por
qué.
—Si
el incendio del Toyota resulta intencional —dijo Montalbano—, es señal de que
le han enviado una advertencia.
—¿Pero
advertencia de qué?
—Señor
Memmi, hablemos claro. Una advertencia: en mi pueblo y también en el suyo, dado
que usted ha nacido aquí, tiene siempre un doble significado.
—¿Y
es?
—Amigo
mío, ¿quieres hacer eso? Mira que no te conviene. O bien: amigo mío, ¿no
quieres hacer eso? Pues te conviene hacerla. Pero lo que debe o no debe hacer
sólo lo sabe usted; es inútil que venga a preguntármelo. Yo sólo puedo serle
útil con una condición: que me diga sinceramente cómo están las cosas y por qué
han llegado a quemar el Toyota.
Bajo
la mirada del comisario, Carlo Memmi permaneció sentado, callado, durante dos
minutos por lo menos. En aquellos dos minutos sufrió una transformación:
aparentaba los cuarenta años y pico que tenía y hasta algo más. Finalmente,
emitió un suspiro de resignación.
—Créame,
comisario, lo he estado pensando desde el incendio. No consigo encontrar nada
que deba hacer o no hacer. Sin embargo, esta mañana se me ha ocurrido...
Se
interrumpió de golpe.
—Siga
—dijo Montalbano.
—Pasé
por la peluquería. Le pregunté a Dédé si tenía...
Se
interrumpió de nuevo, le era difícil continuar. El comisario lo ayudó.
—¿Si
pagaba regularmente el canon?
—Sí
—confirmó Carlo ruborizándose.
—¿Y
lo había pagado?
—Sí
—repitió el hombre convirtiéndose en una llamarada.
Luego
se levantó y tendió la mano.
—Perdone
por las molestias. Sé que hará todo lo que pueda, pero yo no estoy en
condiciones de ayudarlo. Me harán saltar por los aires y moriré preguntándome
por qué.
Una
mañana, unos quince días más tarde, el comisario se levantó, pero tuvo una
sensación de dejadez tan grande, unas ganas de no hacer nada, que la idea de
vestirse e ir al despacho le provocó unas ligeras náuseas. Avisó a Fazio a la
comisaría y se instaló en la terracita de su casa en traje de baño. Era el 3 de
mayo, pero parecía el 3 de septiembre. Tiempo atrás había sido un fiel lector
de Linus, que lo introdujo en el gusto por las historietas de la época, desde
Mandrake hasta el agente secreto X—9, de Flash Gordon a Jim de la selva. Un mes
antes, cuando fue a visitar a Livia a Boccadasse, Génova, descubrió en un
puesto de un mercadito un semestre del Corriere dei piccoli de 1936, muy bien
encuadernado. Lo compró, pero no tuvo tiempo de leerlo. Ahora había llegado el
momento. No era así.
—¡Comisario!
¡Comisario!
Lo
llamaba Carlo Memmi, corriendo por la playa. Fue a su encuentro.
—¿Qué
pasa?
—¡Han
matado a Pippo! —exclamó Memmi. Se echó a llorar desconsolado.
—Perdone,
¿quién era Pippo?
—¡Mi
perro de caza! —contestó el hombre entre sollozos.
—¿Lo
degollaron?
—No,
fue con una albóndiga envenenada.
El
llanto de Carlo Memmi era incontenible. Molesto, Montalbano le dio unas
palmaditas en el hombro.
—¿Cómo
supo que lo envenenaron?
—Me
lo dijo el veterinario.
Llegó
al despacho de mal humor, y lo primero que hizo fue lanzar una mirada solemne a
Fazio, que le había estropeado la mañana revelando a Carlo Memmi que estaba en
su casa. Luego llamó a Mimì Augello.
—Mimì,
¿has sabido algo más del coche incendiado?
—¿Qué
coche?
—¡El
de mi abuela!, ¿de qué coche crees que hablo?
—Vamos,
Salvo, no te enojes. ¿A qué coche te refieres? Montalbano tuvo una sospecha.
—Perdona,
Mimì, ¿cuántos coches se han incendiado en estos últimos quince días?
—Siete.
—Ah.
Quiero que me hables del Toyota de Carlo Memmi.
—Abrieron
el garaje con una llave falsa; no había rastros de haber sido forzado. Quitaron
el tapón de la gasolina, metieron dentro una media de mujer y la encendieron.
—¿Qué
dijiste?
—¿Qué
dije?
—¿Una
media de mujer? ¿Cómo puedes saberlo?
—Me
lo dijo el perito de la compañía de seguros. Sólo quedó un pedacito minúsculo
sin quemarse.
—Dame
el nombre y el número del perito.
Llamó
al perito y hablaron durante diez minutos. Al final, sin perder tiempo, convocó
a Fazio.
—Dentro
de dos horas como máximo quiero saber lo que se dice en el pueblo de los
motivos que empujaron a Carlo Memmi y a su mujer a deshacerse del salón de
peluquería.
—¡Si
ya han pasado cuatro años!
—¿Y
qué carajo me importa? Significa que en lugar de dos horas serán tres. ¿Te va
bien?
Pero
Fazio estaba de vuelta apenas una hora después.
—Me
han dado una explicación.
—¿Quién?
—El
otro peluquero, ese al que va usted.
—¿Se
puede? —preguntó Carlo Memmi al otro lado de la terracita.
—Voy
enseguida —dijo Montalbano—. ¿Quiere un café?
—Encantado.
Se
sentaron en el banco. El viento había pasado unas páginas del Corriere dei
piccoli, que seguía en la mesita desde la mañana. El comisario sonrió.
—Señor
Memmi, ¿ha leído alguna vez este semanario?
Memmi
le echó una ojeada distraída.
—No,
pero he oído hablar de él.
—¿Ve
esta página que el viento nos ha puesto ante los ojos? Tiene una historieta de
Arcibaldo y Petronilla.
—Ah,
¿sí? ¿Y quiénes son?
—Luego
se lo explico. ¿Sabe? Hace un rato, cuando volvía del despacho a casa, me
detuve frente a la suya y bajé del coche.
—¿Y
por qué no llamó a la puerta? Lo habríamos invitado nosotros con un café.
—Iba
a hacerlo, pero en el jardín había un perro que me ladró.
—¿Quién?
¿Bobo? ¿El perro de Anna? No puedo aguantarlo. ¿Por qué no le habrán dado a él
la albóndiga envenenada en lugar de a Pippo?
En
previsión de una nueva crisis de llanto, Montalbano lanzó su comentario:
—Ésa
es la cuestión. —Carlo Memmi se quedó mirándolo sin parpadear. —Corríjame si me
equivoco —continuó el comisario—. Esa noche, mientras usted estaba pescando,
alguien arrojó en su jardín, donde había dos perros sueltos, un bocado
envenenado. ¿Es cierto?
—Cierto.
—¿Y
cómo explica que sólo lo haya comido su perro y no el de su esposa?
—He
pensado en ello, ¿sabe? —dijo Memmi mientras se le iluminaba el semblante—. Y
tiene una explicación.
Pippo
era más rápido, tenía los reflejos de un rayo. ¡Imagínese! Antes que Bobo
hubiera dado un paso, Pippo ya se habría engullido la albóndiga o lo que fuera.
—Suspiró y añadió:—¡Seguro!
—Quiero
hacerle otra pregunta. ¿Por qué en lugar de incendiar el coche que usa todos
los días y que deja estacionado delante de su casa, al alcance de todos, se han
tomado la molestia de abrir el garaje y quemarle el Toyota? Han corrido un
riesgo mayor, ¿no cree?
—Me
parece que sí, ¡ahora que lo pienso! —exclamó Memmi—. Y usted, ¿cómo lo
explica?
Montalbano
no contestó a la pregunta, y siguió como si pensara en voz alta:
—Después
del incendio del Toyota, hubiera apostado a que la segunda advertencia sería la
destrucción del bote de goma que deja en la playa. Habría sido muy fácil, una
cuestión de pocos segundos. Y habría ganado la apuesta. En cambio, la he
perdido porque esta vez se han arriesgado más, matando a su perro. Piénselo:
han tenido que quedarse delante de la verja para asegurarse de que la carne
envenenada se la comía Pippo y no Bobo. Con el riesgo de que los sorprendiera
la señora, a la que el insistente ladrido de Bobo habría despertado, que será
todo lo estúpido que usted quiera, pero que se excita en cuanto se mueve una
hoja.
—¿Adónde
quiere llegar, comisario?
—A
una conclusión. Pero llegaremos juntos, no lo dude. ¿Puedo hacerle otra
pregunta?
—Es
muy dueño de hacerla.
—Esta
mañana hablé con el perito de la compañía de seguros, que me explicó cómo han
incendiado su coche. Me dijo que a usted lo informó ayer por la mañana.
—Sí,
es cierto. Me llamó por teléfono.
—A
usted también lo habrá sorprendido, ¿verdad señor Memmi? Pero, ¿cómo? ¿Desde
cuándo se incendia un coche con una media de mujer empapada en acetona, eso
para el esmalte de uñas?
—Efectivamente.
Carlo
Memmi estaba muy turbado, no miraba al comisario, sino una mosca que se había
caído dentro de su tacita vacía.
—Cinco
minutos más y habremos acabado. ¿Quiere otro café?
—Sólo
querría un poco de agua fresca.
Cuando
Montalbano volvió con una botella y dos vasos, observó que Carlo Memmi había
sacado la mosca de la taza, que se agitaba inútilmente sobre la mesa, y no
podía salir volando porque tenía las alas pegadas con el azúcar. Cuando
Montalbano le llenó el vaso, Mimì metió la punta del dedo y dejó caer una gota
de agua sobre la mosca. Luego levantó la cabeza y miró al comisario.
—Esperemos
que el agua disuelva el azúcar. No soporto ver sufrir ni siquiera a una
hormiga.
Como
tantos cazadores, sentía un enorme respeto por todas las criaturas de la
tierra.
—¡Cuánto
debió de sufrir al tener que matar a Pippo! —dijo Montalbano a media voz, con
los ojos fijos en el mar, que brillaba tanto que hacía daño a la vista.
La
reacción de Cado Memmi no fue la que esperaba el comisario. El hombre no lo
contradijo, no gritó, no se echó a llorar. Sólo dejó caer otra gota sobre la
mosca.
—¿Sabe
por qué tuve que traspasar el salón?
—Sí,
me enteré esta mañana. Por los celos de su mujer, que iban empeorando día a
día. Me han contado que de vez en cuando le hacía escenas en público, le echaba
en cara tener relaciones con las dependientas, con las clientas.
—¿Sabe,
comisario? Nunca la he traicionado, nunca. Traspasé el salón con la esperanza
de darle menos motivos de sufrimiento. Durante un tiempo las cosas fueron
bastante bien, luego apareció una nueva obsesión: decía que cuando salía a
cazar al extranjero la traicionaba. Volvieron a empezar las escenas. Hace
veinte días, en el bolsillo de un traje de caza encontró una tarjeta postal de
Checoslovaquia. No me dijo nada.
—Perdone,
la tarjeta postal ¿era de una mujer?
—¡Claro
que no! La tarjeta postal decía solamente “hasta pronto” y llevaba la firma
“Tatra”. Mi amigo Jan Tatra, mi compañero de batidas. A mi mujer le entró la
fijación que era el nombre de una mujer. Y una noche salió de casa con la llave
del garaje que guardo en el cajón del escritorio, lo abrió e incendió el coche
con lo que tenía más a mano, acetona y una media de seda.
—¿Y
no sospechó de su mujer?
—¡Nunca!
¡Ni siquiera me pasaba por la antecámara de la cabeza! Estaba asustado,
aterrorizado por lo que creía una advertencia mafiosa. Luego, ayer por la
mañana me telefoneó el perito. Y empecé a pensar en eso. Había habido un
precedente. En una ocasión intentó prender fuego a los cabellos de una empleada
mía, porque pensaba que era una de mis muchas amantes. Le echó acetona en la
cabeza y luego, con el encendedor... El episodio me decidió a dejarlo todo.
Acallar a la empleada me costó un montón de dinero. Ayer, en la mesa, le
pregunté por qué me había quemado el coche. No contestó, gritó y se me echó
encima. Luego entró en el dormitorio y salió con la tarjeta postal. Intenté
explicarle la verdad, pero no hubo manera. La sujeté por las muñecas y ella me
dio puntapiés en las piernas. De repente puso los ojos en blanco, cayó al suelo
y comenzó a tener convulsiones. Llamé al médico y la llevaron al hospital de
Montelusa. Entonces, la misma noche, encerré en casa a Bobo y le di el veneno a
Pippo.
—¿Por
qué?
—¿Cómo
que por qué? ¿Ha entendido todo y no ha comprendido por qué? Porque cuando Anna
vuelva a casa dentro de dos o tres días, entenderá que he acabado
definitivamente con la caza. Quiero mucho a mi mujer. —Luego hizo la pregunta
cuya respuesta lo horrorizaba. —¿Qué piensa hacer, comisario?
—¿Qué
piensa hacer usted, señor Memmi?
—¿Yo?
Hoy mismo voy a hablar con Donato Currera. Quiero resarcido de los daños y por
el susto que ha pasado con toda su familia. Pero no se lo diré a Anna.
—Me
parece bien —dijo Montalbano.
Carlo
Memmi lanzó un suspiro de alivio y se levantó.
—Gracias.
Ah, no me ha contado la historia de... ¿Cómo se llaman esos dos?
—Arcibaldo
y Petronilla. Se la contaré en otra ocasión. Por ahora es suficiente con que
sepa que Petronilla es una esposa celosa.
Intercambiaron
una sonrisa y se estrecharon la mano. Recuperada la libertad de movimientos, la
mosca salió volando.
Being
here...
En
cuanto el hombre entró en su despacho, Montalbano pensó que estaba sufriendo
una alucinación: el recién llegado era la viva estampa de Harry Truman, el ya
difunto ex presidente de los Estados Unidos, tal como el comisario lo había
visto en fotografías y documentos de la época. El mismo traje rayado cruzado,
el mismo sombrero claro, la misma corbata llamativa, los anteojos con la misma
montura. Sólo que, cuando se lo miraba mejor, las diferencias eran dos. La
primera, que el hombre estaba camino de los ochenta, si no los había
sobrepasado ya, aunque los llevaba espléndidamente. La segunda, que mientras el
ex Presidente reía siempre, hasta cuando ordenaba lanzar la bomba atómica sobre
Hiroshima, éste no sólo no sonreía, sino que emitía un halo de contenida
melancolía.
—Perdone
si lo molesto, señor. Soy Charles Zuck —hablaba un italiano de libro, sin
acento dialectal; mejor dicho, tenía un acento bastante evidente.
—¿Es
norteamericano? —preguntó el comisario haciéndole un gesto para que tomara
asiento en la silla que había ante el escritorio.
—Soy
ciudadano norteamericano, sí.
Sutilísima
distinción que Montalbano interpretó, con toda justeza, de este modo: no he
nacido norteamericano, me he nacionalizado norteamericano.
—Dígame
en qué puedo serle útil.
Ese
hombre despertaba su simpatía. No sólo tenía un aire melancólico, sino que
también parecía ajeno, extraño.
—He
llegado a Vigàta hace tres días. Quería hacer una visita corta. De hecho,
pasado mañana debo tomar el avión en Palermo para volver a Chicago.
¿Y
qué? Quizá con otro, Montalbano ya habría perdido la paciencia.
—¿Cuál
es su problema?
—Que
el alcalde de Vigàta no me recibe.
¿Y
él qué tenía que ver?
—Mire,
usted es extranjero, y aunque hable un italiano perfecto, ignora que un
comisario de policía no se ocupa de...
—Le
agradezco el cumplido —dijo Charles Zuck—, pero he enseñado italiano durante
décadas en los Estados Unidos. Sé perfectamente que no tiene la facultad de
obligar al alcalde a que me reciba. Pero puede intentar convencerlo.
¿Por
qué lo escuchaba con tanta paciencia, por qué aquel hombre despertaba su
curiosidad?
—Puedo
hacerla, sí —admitió el comisario. Y añadió, con la intención de disculpar al
primer ciudadano ante un extraño: —Faltan tres días para las elecciones y
nuestro alcalde se presenta a la reelección. En cualquier caso, tiene la
obligación de recibirlo.
—Y
con más razón porque soy o, mejor dicho, era vigatés.
—Ah,
entonces nació aquí —dijo algo sorprendido Montalbano.
A
primera vista, el hombre debió de nacer hacia los años 20, cuando el puerto
funcionaba y Vigàta estaba lleno de extranjeros.
—Sí.
—Charles Zuck hizo una pausa. Su aire melancólico pareció condensarse, hacerse
más denso, y sus pupilas saltaron de una pared a otra de la habitación. —Y aquí
fallecí.
* *
*
La
primera reacción del comisario no fue de estupor, sino de rabia: rabia hacia sí
mismo por no haber comprendido enseguida que el hombre era un pobre loco, uno
de esos que no están bien de la cabeza. Decidió llamar a uno de sus hombres
para que se lo llevaran de la comisaría. Se levantó.
—Perdone
un segundo.
—No
estoy loco —advirtió el norteamericano.
Ya
se sabe que los locos aseguran estar cuerdos y que los condenados juran ser tan
inocentes como Cristo.
—No
necesita llamar a nadie —dijo Zuck levantándose—. Y perdone por haberle hecho
perder el tiempo. Buenos días.
Pasó
delante de él para dirigirse hacia la puerta. Montalbano sintió lástima; ahora
le pesaban los ochenta años del anciano. No podía dejar así a una persona de su
edad, porque aunque no estuviera loco sí estaría desorientado y podía tener
alguna mala experiencia.
—Vuelva
a sentarse.
Charles
Zuck obedeció.
—¿Tiene
algún documento de identidad?
Sin
decir una palabra, le entregó el pasaporte.
No
había duda alguna: se llamaba como había dicho y había nacido en Vigàta el 6 de
septiembre de 1920. El comisario se lo devolvió. Se miraron.
—¿Por
qué dice que está muerto?
—No
soy yo quien lo dice. Es lo que está escrito.
—¿Dónde?
—En
el monumento a los caídos.
El
monumento a los caídos, que se levantaba en una plaza en la calle principal de
Vigàta, representaba a un soldado con el puñal levantado defendiendo a una
mujer con un niño en los brazos. El comisario se había detenido alguna vez a
mirarlo porque, según su opinión, se trataba de una buena escultura. Se alzaba
sobre un basamento rectangular y en el lado más a la vista había una lápida con
los nombres de los muertos en la guerra de 1914—1918, a los que en principio el
monumento había sido dedicado. Luego, en el 38, apareció una segunda lápida a
la derecha, con la lista de los que se dejaron la piel en las guerras de
Abisinia y de España. En el 46 se añadió la tercera lápida en el lado
izquierdo, con la lista de los muertos en la guerra de 1940—1945. El cuarto y
último lado, por el momento, estaba vacío.
Montalbano
hizo un esfuerzo por recordar.
—No
recuerdo haber leído su nombre —concluyó.
—Charles
Zuck no está. En cambio está Cario Zuccotti, que soy yo.
El
viejo sabía contar las cosas con orden, brevedad y claridad. Tardó menos de
diez minutos en hacer un resumen de los setenta y siete años de su existencia.
Contó que su padre se llamaba Evaristo, era de familia milanesa y se había
casado, muy joven, con una muchacha de Lecco, Annarita Vismara. Poco después de
la boda, Evaristo, que era ferroviario, fue trasladado a Vigàta, que entonces
tenía tres estaciones de ferrocarril, de las cuales una, reservada al tráfico
comercial, estaba precisamente a la entrada del recinto del puerto. Así fue
como Carlo, único hijo de la pareja, nació en Vigàta. Carlo pasó en el pueblo
los primeros doce años de su vida, estudiando primero en la escuela elemental
de Vigàta y luego en el instituto de Montelusa, al que se trasladaba en el
coche correo. Después el padre ascendió y fue trasladado a arte. Cuando Carlo
acabó el bachillerato en esta ciudad, se matriculó en la universidad de
Florencia, donde el padre había sido trasladado de nuevo.
Un
año antes de obtener la licenciatura murió su madre, la señora Annarita.
—¿En
qué se especializó? —preguntó Montalbano.
Todo
lo que aquel hombre le estaba narrando no era suficiente, deseaba ahondar más.
—Literatura
moderna. Estudié con Giuseppe De Robertis. Mi tesis versó sobre Le Grazie de Foscolo.
“Para
quitarse el sombrero”, pensó el comisario, que era un apasionado de la
literatura.
Mientras
tanto estalla la guerra. Carlo fue movilizado y lo enviaron a combatir a África
del norte. Cuando hacia seis meses que estaba en el frente una carta de la
dirección general de ferrocarriles de Florencia le informo que su padre había
muerto a causa de un ametrallamiento. Estaba solo en el mundo; no conocía el
nombre de los parientes de sus padres. Cayó prisionero de los norteamericanos y
fue enviado a un campo de concentración de Texas. Conocía bien el inglés y eso
lo ayudó mucho, tanto que se convirtió en una especie de intérprete. Así
conoció a Evelyn, la hija del responsable administrativo del campo. Cuando lo
dejaron en libertad, una vez finalizada la guerra, se casó con Evelyn. En el 47
le enviaron desde Florencia, a petición suya, el título de licenciado. En
Estados Unidos no servía, pero Carlo reanudó los estudios y obtuvo el título
que lo capacitaba para dedicarse a la enseñanza. Consiguió la ciudadanía
norteamericana y cambió el nombre de Zuccotti por Zuck, como los
norteamericanos lo llamaban para abreviar.
—¿Por
qué ha querido venir aquí?
—Esta
es la respuesta más difícil.
Por
un instante pareció que se perdía en el laberinto de los recuerdos. El
comisario permaneció en silencio, a la espera.
—Llega
un momento comisario, en que la vida de los viejos como yo consiste en una
lista: la de los muertos. Muertos que poco a poco son tantos que te da la
sensación de haberte quedado solo en un desierto: Entonces tratas
desesperadamente de orientarte, pero, no siempre lo consigues.
—¿Su
esposa Evelyn ya no esta con usted?
—Tuvimos
un hijo, James. Sólo uno. Al parecer, mi familia es de hijos únicos. Cayó en
Vietnam. Mi mujer no se recuperó. Hace ocho años fue a reunirse con nuestro
hijo.
Una
vez más Montalbano no abrió la boca.
* *
*
El
viejo profesor sonrió. La sonrisa le produjo a Montalbano la sensación de que
el cielo se oscurecía y una mano le apretaba el corazón.
—Una
historia fea, comisario. Fea en sentido literario, a medio camino entre un
dramón a lo Giacometti, el de la muerte civil, y ciertas situaciones
pirandellianas. ¿Dice que por qué he querido venir aquí? Pues por un impulso.
Aquí he pasado lo mejor de mi existencia; lo mejor, sí, porque todavía no tema
conciencia de lo que era el dolor. Y no es poco, ¿sabe? En la soledad de
Chicago, Vigàta empezó a brillar como una estrella. Pero en cuanto pisé el
pueblo, la ilusión desapareció. Era un espejismo. No he encontrado a ninguno de
mis antiguos compañeros de escuela. Tampoco existe ya la casa donde vivía;
ahora en su lugar hay un edificio de diez pisos. Y las tres estaciones se han
reducido a una con muy poco o nada de tráfico. Luego he descubierto que figuraba
en la lápida de los caídos. Fui al censo. Evidentemente fue un error del mando
militar. Me dieron por muerto.
—Perdone
la pregunta, pero cuando leyó su nombre, ¿qué sintió?'
El
viejo se quedó meditando un instante.
—Pesar
—repuso en voz baja.
—¿De
qué?
—De
que las cosas no fueran como está escrito en la lápida. En cambio, he tenido
que vivir.
—Mire,
profesor, le conseguiré para mañana una entrevista con el alcalde. ¿Dónde se
aloja?
—En
el hotel Tre Pini. Está en las afueras de Vigàta. Para ir y venir tengo que
tomar un taxi. Y ahora que hablamos de eso, ¿me pide uno?
A
primera hora de la tarde no pudo hablar con el alcalde, porque estaba ocupado
en un acto electoral y luego en unas visitas puerta a puerta. A la mañana
siguiente pudo recibido. Le contó la historia de Caria Zuccotti, el muerto
viviente. Cuando acabó, el alcalde lanzó una risotada tal que se le saltaron
las lágrimas.
—¿No
se da cuenta, comisario? Nuestro casi paisano Pirandello no necesitaba tanta
fantasía para inventarse las cosas. ¡Le bastaba transcribir lo que sucede en
realidad en nuestros pueblos!
Montalbano,
como no podía darle un puñetazo en la cara, decidió no darle su voto.
—¿Sabe
lo que quiere de mí?
—Probablemente
que cambie la lápida.
—¡Cristo!
—exclamó el alcalde—. Menudo gasto.
—¿
Profesor? Soy el comisario Montalbano. El alcalde lo recibirá hoy, a las cinco
de la tarde, en el ayuntamiento. ¿Le va bien? Así mañana podrá tomar el avión a
Chicago.
Silencio
absoluto al otro lado.
—¿Me
ha oído, profesor?
—Sí.
Pero esta noche...
—¿Esta
noche?
—Me
he quedado despierto pensando en la lápida. Le agradezco su amabilidad, pero he
tomado una decisión. Creo que es la más justa.
—¿Qué
decisión?
—Being
here...
Y
colgó sin despedirse.
Being
here: ya que estoy aquí.
Se
levantó apresuradamente de la silla. En el pasillo se encontró a Catarella, lo
empujó con violencia y corrió al coche. Los dos kilómetros que separaban Vigàta
del hotel le parecieron un centenar. Irrumpió en el vestíbulo.
—¿El
profesor Zuccotti?
—No
hay ningún Zuccotti.
—Charles
Zuck, idiota.
—En
la 115, primer piso —balbuceó sorprendido el recepcionista.
El
ascensor estaba ocupado y subió los escalones de dos en dos. El comisario
Montalbano llegó jadeando y llamó a la puerta.
—¿Profesor?
¡Abra! ¡abra por favor! Soy el comisario Montalbano.
—Un
segundo —contestó la voz tranquila del viejo.
Luego,
en el interior, sonó un disparo violento, fortísimo.
Excepto
Montalbano nadie supo que el alcalde de Vigàta no iba a tener que afrontar el
gasto de una lápida nueva.
El
pacto
Vestida
de negro, tacones altos, el sombrerito pasado de moda, el bolso de cuero
brillante colgado del brazo derecho, la señora (porque se veía enseguida que
era una señora, y de las de antes) caminaba con paso breve pero decidido por el
borde de la carretera, los ojos fijos en el suelo, indiferente a los pocos
coches que pasaban rozándola.
Si
de día aquella mujer habría llamado la atención del comisario Montalbano por la
distinción y la elegancia de otra época que emanaba, mucho más a las dos y
media de la madrugada, en una carretera en las afueras del pueblo. Montalbano
volvía a su casa de Marinella, tras una larga jornada de trabajo en la
comisaría. Estaba cansado, pero conducía despacio. De las ventanillas abiertas
del coche le llegaban los aromas de una noche de mediados de mayo, ráfagas de
jazmín de los jardines de las villas a la derecha, rachas salobres del mar a la
izquierda. Tras haber permanecido un trecho detrás de la señora, el comisario
se puso a su lado e inclinándose sobre el asiento del pasajero le preguntó:
—¿Necesita
algo, señora?
La
mujer ni siquiera levantó la cabeza, no hizo el mínimo gesto y siguió
caminando.
El
comisario encendió las luces altas, detuvo el coche, bajó y se plantó delante
de ella impidiéndole el paso. Entonces la señora, en absoluto sorprendida, se
decidió a mirarlo. A la luz de los faros Montalbano observó que era muy vieja,
pero tenía los ojos de un azul intenso, casi fosforescente, que resaltaban en
el rostro por su expresión juvenil. Usaba unos aros de mucho valor y alrededor
del cuello, un espléndido collar de perlas.
—Soy
el comisario Montalbano —dijo para tranquilizarla, aunque aquella mujer no
demostraba el más mínimo nerviosismo.
—Mucho
gusto. Yo soy la señorita Angela Clemenza. ¿Qué desea? —hizo hincapié en el
“señorita”.
El
comisario estalló:
—No
deseo nada. ¿Le parece lógico ir por ahí, con estas joyas, sola ya estas horas
de la noche? Ha sido afortunada de que todavía no le hayan robado y luego la
hayan tirado a una zanja. Suba al coche, la acompaño.
—No
tengo miedo. No estoy cansada.
Era
cierto: respiraba pausadamente y en su rostro no había huellas de traspiración.
Sólo los zapatos blanqueados por el polvo demostraban que la señora había
recorrido a pie un largo trecho.
Montalbano
la tomó del brazo con delicadeza y la llevó hacia el coche.
Angela
Clemenza lo miró un instante: el azul de sus ojos se había teñido de violeta.
Evidentemente estaba enojada, pero no dijo nada y subió.
En
cuanto estuvo sentada en el coche, apoyó el bolso en las rodillas y se frotó
ligeramente el brazo derecho. El comisario observó que el bolso estaba lleno;
debía de pesar.
—¿Adónde
la llevo?
—A
Gelso. Le indico cómo llegar.
El
comisario lanzó un suspiro de alivio. Gelso no estaba lejos, en la zona del
interior, a pocos kilómetros de Marinella. Hubiera querido preguntarle por qué
estaba allí sola, de noche, recorriendo el camino a pie, pero la discreción y
la compostura de aquella mujer lo intimidaban.
Por
su parte, la señorita Clemenza sólo abrió la boca para darle breves
indicaciones sobre el camino. Al otro lado de una gruesa verja de hierro
forjado, y tras recorrer una avenida perfectamente cuidada, Montalbano se
detuvo en la plazoleta que se extendía ante una villa del siglo XIX, de tres
pisos, recién restaurada, preciosa, con puertas y ventanas que le parecieron
pintadas de verde. Bajaron del coche.
—Ha
sido muy amable. Gracias —dijo la señorita. y alargó el brazo. Montalbano,
sorprendiéndose a sí mismo, se inclinó y le besó la mano. La señorita Clemenza
le dio la espalda, buscó algo en el bolso, sacó una llave, abrió la puerta,
entró y cerró.
No
eran todavía las siete de la mañana cuando lo despertó la llamada de Mimì
Augello, su segundo.
—Perdona,
Salvo, que te llame a estas horas, pero ha habido un homicidio. Ya estoy aquí.
Te he enviado un coche.
Apenas
había tenido tiempo de afeitarse cuando llegó el coche.
—¿Sabes
a quién mataron?
—A
un profesor jubilado; se llamaba Corrado Militello —respondió el agente al
volante—. Vive más allá de la estación vieja.
La
casa del que había sido profesor Militello se levantaba, en efecto, más allá de
la estación vieja, pero en medio del campo. Antes de que Montalbano cruzara el
umbral, Mimì Augello, que aquella mañana se había despertado con ganas de
parecer el primero de la clase, le informó:
—El
profesor tenía más de ochenta años. Vivía solo; nunca se había casado. Desde
hace diez días no salía de casa. Cada mañana venía una mucama, la misma desde
hace treinta años, que es quien lo encontró muerto y nos llamó.
En
el piso de arriba hay dos dormitorios grandes, dos cuartos de baño y un cuarto
pequeño. En la planta baja, un salón, un pequeño comedor, un cuarto de baño y
un estudio. Allí lo mataron. Pasquàno está trabajando.
En
el vestíbulo, la mucama, sentada en el borde de una silla, lloraba en silencio,
moviendo el tronco adelante y atrás. El cuerpo del profesor Corrado Militello
yacía sobre el escritorio del estudio. El doctor Pasquàno, el forense, lo
estaba examinando.
—El
asesino —dijo Mimì Augello— ha querido asustar al profesor antes de matarlo.
Mira aquí: ha disparado a la lámpara, a la biblioteca, a ese cuadro, me parece
que es una reproducción del Beso de Velázquez...
—Hayez
—corrigió Montalbano con expresión cansina.
—...en
la ventana, y el último tiro ha sido para él. Un revólver, no hay cartuchos.
—No
perdamos tiempo contando los tiros —intervino el doctor Pasquàno—. Han sido
cinco, de acuerdo, pero cuando disparó al busto de Wagner, que es de bronce, la
bala rebotó y atravesó la frente del profesor, matándolo.
Augello
no replicó.
En
la chimenea, una montaña de papel hecho cenizas. Montalbano sintió curiosidad,
y con la mirada interrogó a su segundo.
—La
mucama me dijo que desde hacía dos días estaba quemando cartas y fotografías
—contestó Augello—. Las guardaba en este baúl que ahora está vacío.
Mimì
Augello se encontraba en uno de esos días en los que, si se decidía a hablar,
no podían pararlo ni a cañonazos.
—La
víctima abrió al asesino; no hay señales de que la puerta haya sido forzada.
Seguramente lo conocía, confiaba en él. Uno de casa. ¿Sabes qué te digo, Salvo?
Saldrá de algún sitio un sobrinito que estaba esperando la herencia desde hacía
demasiado tiempo, ha perdido la paciencia e hizo una tontería. El viejo era
rico: casas, terrenos edificables...
Montalbano
no lo escuchaba, estaba sumergido en el recuerdo de películas inglesas de
policías. E hizo una cosa que había visto hacer en esas películas: se dirigió a
la chimenea, metió una mano entre las cenizas y buscó. Tuvo suerte: palpó con
los dedos un cartoncito cuadrado. Era el fragmento de una fotografía, no más
grande que una estampilla. Cuando lo miró sufrió una sacudida eléctrica. Medio
rostro de mujer, ¿pero cómo no reconocer aquellos ojos?
—¿Hay
algo? —preguntó Augello.
—No
—contestó Montalbano—. Oye, Mimì, ocúpate de todo; tengo trabajo. Saluda de mi
parte al juez cuando llegue.
—Entre,
entre —dijo la señorita Angela Clemenza, contenta de volver a verlo—. Venga por
aquí. Desde que murió mi hermano, el general, la casa es demasiado grande para
mí sola. Me he reservado estas tres habitaciones en la planta baja, así me
ahorro las escaleras.
Eran
las nueve y media de la mañana, pero la señorita estaba impecable. Frente a
ella, el comisario se sintió sucio y descuidado.
—¿Puedo
ofrecerle un café?
—No
se moleste. Sólo quiero hacerle unas preguntas. ¿Conoce al profesor Corrado
Militello?
—Desde
1935, comisario. Entonces tenía dieciséis años y él, uno más que yo.
Montalbano
la miró fijamente: nada, ninguna emoción; los ojos un lago de alta montaña, sin
crispaduras.
—Créame
si le digo que con gran pesar tengo que comunicarle una mala noticia.
—¡Pero
si ya la conozco, comisario! ¡Le disparé yo!
Montalbano
sintió que le faltaba el suelo bajo los pies, la misma impresión que tuvo
durante el terremoto de Beliceo Se sentó en una silla que por suerte había
detrás de él. La señorita Clemenza también tomó asiento, muy compuesta.
—¿Por
qué? —consiguió articular el comisario.
—Es
una historia vieja como el mundo; se aburrirá.
—Le
garantizo que no.
—Bien.
A mediados del siglo XIX, por razones que ignoro y que nunca he querido saber,
mi familia y la de Corrado empezaron a odiarse. Hubo muertos, duelos, heridos.
Capuletos y Montescos, ¿recuerda? Y nosotros, en lugar de odiarnos, nos
enamoramos. Como Romeo y Julieta. Nuestras familias, en esta ocasión aliadas,
nos separaron: a mí me mandaron con las monjas y él acabó en un colegio. Mi
madre, en su lecho de muerte, me hizo jurar que nunca me casaría con Corrado. O
él o nadie, me dije yo.
Corrado
hizo lo mismo. Durante años y años nos hemos escrito, nos llamábamos por
teléfono, procurábamos vernos. Cuando sólo quedamos los dos, yo ya tenía
sesenta y dos años y él sesenta y tres. Convinimos en que a esa edad habría
sido ridículo casarnos.
—Sí,
muy len, ¿pero por que....?
—Hace
seis meses me llamó por teléfono y hablamos mucho. Me dijo que no podía
aguantar la soledad. Quería casarse con una viuda, una parienta lejana. Yo le
pregunté por qué a los sesenta años lo había encontrado ridículo y no a los
ochenta.
—Comprendo.
Y por esta razón usted...
—¿Bromea?
¡Por mí podía casarse cien veces! El hecho es que me llamó al día siguiente. Me
dijo que no había podido pegar un ojo. Confesó que me había mentido: no se
casaba por miedo a la soledad, sino porque se había enamorado de verdad de
aquella mujer. Como puede comprender, así las cosas cambiaban.
—¿Por
qué?
—Porque
teníamos un compromiso, habíamos hecho un pacto.
Se
levantó, abrió el mismo bolso que llevaba la noche anterior y que estaba encima
de una mesita, sacó un papel amarillento y se lo dio al comisario.
Nosotros,
Angela Clemenza y Corrado Militello, juramos ante Dios lo siguiente: quien de
nosotros se enamore de una tercera persona, pagará con la vida la traición.
Leído, firmado y suscrito: Angela Clemenza, Corrado Militello
Vigàta,
10 de enero de 1936
* *
*
—¿Se
da cuenta? Todo está en orden, ¿verdad?
—¡Debió
de olvidarse! —exclamó, casi gritó, Montalbano.
—Yo
no —dijo la señorita, con los ojos derivando hacia un peligroso violeta—. Ayer
por la mañana lo llamé para asegurarme. “¿Qué haces?”, le pregunté. “Estoy
quemando tus cartas”, me contestó. Entonces fui a leer de nuevo el pacto.
Montalbano
sintió como si un aro de hierro le empezara a apretar la frente. Estaba
sudando.
—¿Ha
tirado el arma?
—No.
Abrió
el bolso y sacó un Smith & Wesson centenario, enorme. Se lo dio a
Montalbano.
—Me
ha resultado difícil matarlo, ¿sabe? Nunca había disparado. ¡Pobre Corrado, se
asustó tanto!
¿Qué
debía hacer ahora? ¿Levantarse y arrestarla? Se quedó contemplando el revólver,
indeciso.
—¿Le
gusta? —preguntó sonriente la señorita Angela Clemenza—. Se lo regalo. A mí ya
no me sirve.
Lo
que contó Aulo Gelio
La
calefacción del coche de Montalbano decidió una huelga sin previo aviso,
aprovechando pérfidamente que soplaba un viento norte escandinavo. El viento
helado se colaba por todas partes y el comisario, a pesar del calor del motor y
del odioso chaquetón de cuero que se había puesto, se estaba congelando. Había
tenido una conversación no demasiado cordial con el nuevo jefe de policía de
Montelusa, y con un ataque de nervios, dado el tiempo que hacía, pensó que su
humor mejoraría si iba a probar una hostería en la carretera de Fiacca que un
amigo le había recomendado hacía unos días. Ese amigo también le dijo que había
una indicación hacia el kilómetro quince. Superó el diecisiete sin haber visto
nada de nada y se le pasaron las ganas de ir a experimentar a la aventura. ¿Y
si a la charla con el jefe de la policía, y a la nochecita que estaba haciendo,
se añadía una cena infecta? ¡Menuda velada, dando vueltas en la cama sin poder
dormir, hecho un manojo de nervios! iba a iniciar la curva en U cuando, a la débil
luz de los faroles (“¡si funcionara alguna mierda de cosa en este coche!”), vio
la indicación. Consistía en un trozo de tabla torcida clavada en un palo, en el
que habían escrito de cualquier manera a mano: “en Filippo se come bien”. Se
metió en el camino sin asfaltar que terminaba un centenar de metros más allá,
en una placita en la que había una casucha solitaria de una planta. No se veía
luz en las ventanas con rejas ni en la puerta. Quizás era el día de cierre y el
viaje había sido en balde. Abrió la portezuela y el viento lo sorprendió, junto
con el rumor de la tempestad en el mar que se encontraba a unos treinta metros
por debajo de la placita. Bajó, echó a correr, giró el pomo de la puerta y ésta
se abrió. Montalbano entró inmediatamente y la cerró a sus espaldas. Una
habitación con cinco mesitas. Ningún cliente. El que debía de ser Filippo
estaba sentado ante una mesa y miraba una película en la televisión:
—¿Se
puede comer? —preguntó en tono de duda el comisario.
Filippo
río se movió, no apartó los ojos del televisor, tan sólo murmuró:
—Siéntese
donde quiera.
Montalbano
se quitó el chaquetón y eligió la mesa que estaba más cerca de la estufa de
leña. Pasados cinco minutos, en vista de que el hombre seguía encandilado con
la película, el comisario se levantó, fue al aparador, tomó una cestita con pan
y una botella de vino y volvió a su sitio. Pasaron diez minutos más y,
finalmente, apareció en la pantalla “Fin de la primera parte”. Filippo se
transformó de estatua en ser viviente. Se acercó a la mesa y preguntó:
—¿Qué
quiere comer?
—Me
han dicho que hace muy bien el pulpo a la napolitana.
—Le
dijeron bien.
—Desearía
probarlo.
—¿Quiere
probarlo o comerlo?
—Comerlo.
¿Lo hace con aceitunas de Gaeta?
Las
aceitunas negras de Gaeta son fundamentales en el pulpo a la napolitana.
Filippo
lo miró indignado por la pregunta.
—Claro.
Y también con alcaparras.
¡Ay!
Ésa era una novedad que podía ser peligrosa: nunca había oído hablar de
alcaparras en los pulpos a la napolitana.
—Alcaparritas
de Pantelleria —precisó Filippo.
Las
dudas de Montalbano se desvanecieron a medias: las alcaparras de Pantelleria,
ácidas y extraordinariamente sabrosas, quizás iban bien o, en el peor de los
casos, no estropearían el guiso.
Antes
de dirigirse hacia la cocina, Filippo miró al comisario a los ojos y éste
recogió el guante del desafío. Estaba claro que entre los dos se había
establecido un duelo. A quien no entienda de cocina, el hecho le puede
sorprender: qué se necesita para hacer un par de pulpos a la napolitana? Ajo,
aceite, tomate, sal, pimienta, piñones, aceitunas negras de Gaeta, pasas de
Corinto, perejil y rodajitas de pan tostado: ésta es la combinación. Sí. ¿Y las
proporciones? ¿Te ha de guiar el instinto para que a una cierta cantidad de sal
le corresponda una dosis precisa de ajo?
La
polémica imaginaria del comisario sufrió una violenta interrupción cuando se
abrió la puerta de golpe y chocó contra la pared.
“El
viento”, pensó Montalbano, pero no tuvo tiempo de levantarse para cerrarla.
Entraron
dos hombres con el rostro cubierto con pasamontañas y pistolas en la mano.
—¿Qué
ha sido? —preguntó Filippo saliendo de la cocina con un martillo en la mano.
—Quietos
todos —ordenó uno de los intrusos, de estatura diminuta.
En
cambio su compañero era una especie de gigante.
“Dos
infelices en busca de unos cuantos miles de liras”, se dijo Montalbano.
Pero
quizá las cosas no eran tan sencillas porque el hombre diminuto miró al
comisario y dijo:
—A
ti te buscaba y al fin te encuentro.
Evidentemente
lo habían seguido, y comprendieron que el lugar era ideal para lo que querían
hacer. Y lo que pensaban hacer iba a significar el fin de Montalbano. Se dice
que cuando un hombre está al borde de la muerte ve discurrir velozmente su vida
pasada y tiene algún pensamiento más allá de lo terrenal. Todo lo que pensó
Montalbano en ese momento fue:
“Ahora
me matan y adiós pulpos”.
Mientras
el bajito se acercaba lentamente, pues tenía todo el tiempo que quería, su
compañero el gigante no apartaba los ojos del comisario: a Montalbano lo ponía
más nervioso esa mirada que la boca de la pistola que le apuntaba. El bajito
llegó a la altura de la mesa de Montalbano.
—Si
quieres rezar, reza —le dijo.
Y
entonces sucedió lo increíble. Moviéndose con silenciosa rapidez, el gigante se
pasó la pistola de la mano derecha a la izquierda, se apoderó del martillo que
sostenía Filippo, petrificado, se puso detrás de su compañero y lo golpeó con
fuerza en la cabeza. El hombre se desplomó, sin sentido, dejando caer el arma.
Luego
el gigante se dirigió a Montalbano:
—Quédese
quieto que no quiero fallar.
Apuntó
atentamente y disparó. La bala se clavó en la pared a pocos centímetros de la
cabeza del comisario. Filippo gritó. El gigante no pareció oírlo, se dio vuelta
y disparó otro tiro hacia la pared que estaba a sus espaldas.
Filippo
cayó de rodillas y se puso a rezar en voz alta presa de una especie de
convulsión.
—¿Nos
hemos entendido? —preguntó el gigante a Montalbano.
Había
escenificado un tiroteo.
—Perfectamente.
Entonces
el gigante levantó la pistola que estaba en el suelo, se la guardó, tomó a su
compañero desmayado por el cuello de la camisa, lo arrastró, abrió la puerta y
salió.
Montalbano
se levantó inmediatamente, corrió hacia Filippo, cuyos ojos giraban como los de
un loco, y lo abofeteó.
—¡Vamos,
que los pulpitos se queman!
A
pesar del susto, Filippo supo cocinar como Dios manda y Montalbano se chupó los
dedos. Pagó una miseria (y tuvo que insistir porque Filippo no quería nada,
para que el cliente se fuera lo antes posible), subió al coche y se dirigió a
su casa de Marinella. Durante el viaje repasó los hechos. Estaba claro que el
gigante había querido salvarle la vida: dejó a su compañero fuera de combate y
se cubrió las espaldas organizando la escena. Diría que Filippo le dio un
martillazo a su compañero, que él reaccionó disparando contra Montalbano, que
éste a su vez abrió fuego y que él consiguió escapar llevándose valerosamente a
su compañero exánime. Sin embargo, la pregunta principal seguía siendo la
misma: ¿por qué se había arriesgado a salvar al comisario poniendo en peligro
su vida, si los que lo habían enviado, sus jefes, no creyeran su versión de los
hechos?
Cada
domingo el comisario solía comprar un periódico de economía que tiraba
inmediatamente a la basura porque de esas cosas no entendía nada. En cambio, se
quedaba con el suplemento cultural, que estaba bien hecho, y tenía por
costumbre leerlo por la noche en la cama antes de dormir.
Aquella
noche se le cerraban los ojos de sueño y pensaba apagar la luz y echar un buen
sueñecito, pero le llamó la atención un artículo largo dedicado a Aula Gelio,
con ocasión de la publicación de una selección de fragmentos de sus Noches
áticas. El autor, después de haber dicho que Aulo Gelio, que vivió en el s.II
después de Cristo, compuso su dilatada obra para entretenerse durante las
largas noches invernales en su propiedad del Ática, concluía dando su opinión:
Aulo Gelio era un escritor elegante de cosas absolutamente fútiles. Sólo cabría
recordarlo por una historia que contó, la de Androcles y el león.
Entonces
el comisario en lugar de cerrar los ojos, los abrió o, mejor dicho, los puso
como platos. ¡Androcles y el león! ¿No podía ser que la explicación de lo
sucedido hacía cuatro días en la hostería de Filippo fuera una versión
modernizada de la leyenda que escribió Aulo Gelio? Narraba el escritor latino
que un esclavo romano de África, Androcles, al escapar de su amo, que lo
tiranizaba, fue a esconderse en una gruta en la que había un león enfermo. En
lugar de salir de allí y buscarse otra gruta más habitable, Androcles se quedó
y curó al león, que sufría una infección provocada por una espina clavada en
una pata. El león, una vez curado, desapareció y Androcles, tras muchas
vicisitudes, se convirtió al cristianismo y llegó a Roma. Cuando lo arrestaron
y lo condenaron a ser devorado por los leones, Androcles hizo la señal de la
cruz y salió a la pista. Un león, más grande que los demás, saltó hacia él con
la boca abierta, pero después, y ante los maravillados espectadores, se
acurrucó y lamió las manos del cristiano. Era el león al que había curado en
África. El ex esclavo obtuvo la gracia. Del mismo modo había sido agraciado el
comisario. Pero, ¿quién era el león?
Ya
no tenía sueño en absoluto. Se levantó de la cama, fue a la cocina, se preparó
un café, lo bebió, pasó al cuarto de baño, se lavó la cara, se vistió de arriba
abajo, se puso el chaquetón que le era tan antipático y se fue a pasear a
orillas del mar. El viento se había calmado un poco, pero el mar había invadido
gran parte de la playa.
Caminó
durante dos horas, fumando y recordando.
Los
recuerdos, ya se sabe, son como un ovillo: se va devanando el hilo, pero de vez
en cuando se introducen algunos recuerdos que no has llamado, que no son
agradables, que te desvían del camino principal y te introducen en callejuelas
oscuras y sucias donde, como mínimo, los zapatos se llenan de barro.
Hacia
las cuatro de la mañana tuvo la certeza de tener bien encuadrado al león en el
punto de mira.
Hacia
las cuatro de la tarde, el comisario Montalbano, que entonces ya había cumplido
los treinta, está llegando en coche, por cuestiones de trabajo, a un pueblecito
de Madonia. La carretera bordea un barranco de unos veinte metros. Pasan muy
pocos automóviles. Montalbano está pensando en adelantarse al coche que lo
precede y que avanza con demasiada lentitud, cuando observa que da un bandazo
hacia la derecha, se monta encima del borde del barranco sin intentar siquiera
frenar y se precipita abajo. Detiene el coche, sale corriendo y todavía está a
tiempo de ver que el coche choca contra una roca y se incrusta en una quebrada.
Sin pensarlo dos veces, inicia un descenso horrible, agarrándose ora a una
piedra ora a unas ramas de retama, se desgarra los pantalones y hasta pierde un
zapato. No sabe cómo ha podido llegar junto al coche volcado. Se da cuenta
inmediatamente de que el conductor está muerto, con la cabeza rota. Junto a él
hay un muchacho de unos quince años, con los ojos cerrados, la frente ensangrentada,
que se queja débilmente. Montalbano consigue sacarlo con un esfuerzo que lo
quebranta porque el joven es una especie de gigante. Cuando lo tiende en la
hierba, de repente el herido abre los ojos, mira a Montalbano y dice:
—Ayúdame,
no me dejes.
—No
te dejo —dice el comisario Montalbano y se quita el cinturón para hacer un
torniquete en el muslo izquierdo del joven, que está perdiendo gran cantidad de
sangre por un corte profundo en la pantorrilla.
—No
me dejes.
Repite
con esos ojos sorprendidos y de expresión dolorosa clavados en él:
Luego,
al levantar la mirada, el comisario observa que detrás de su coche, en el borde
del barranco, se ha detenido otro, ha bajado un hombre y mira hacia abajo.
Entonces
Montalbano se levanta, agita los brazos, grita desesperadamente para obtener
ayuda y señala al muchacho herido. El hombre en el borde del barranco
desaparece, vuelve a subir al coche y se marcha.
—Por
favor, no me dejes...
—Tranquilo,
no te dejo.
Luego
el muchacho perdió el sentido. Un cuarto de hora después llegó la ayuda.
* *
*
Seis
meses después, el comisario Montalbano fue trasladado y perdió de vista al
muchacho que ya estaba completamente curado.
Salvatore
Niscemi era el nombre del león agradecido.
¿Qué
hacer? ¿Solicitar una orden de búsqueda y captura? ¿Basada en qué? ¿En una
historia que en el siglo II después de Cristo contó un escritor que se llamaba
Aulo Gelio? Vamos, hombre.
El
viejo ladrón
Orazio
Genco tenía sesenta y cinco años cumplidos y era ladrón de casas. Romildo
Bufardeci tenía sesenta y cinco años cumplidos y era ex guarda jurado. Orazio
era una semana más joven que Romildo. A Orazio Genco lo conocían en todo Vigàta
y alrededores por dos motivos: el primero, ya se ha dicho, como desvalijador de
casas momentáneamente vacías, y el segundo porque era un hombre amable y bueno
que no le hubiera hecho daño a una hormiga. A Romildo Bufardeci, cuando todavía
estaba de servicio, lo llamaban “el sargento de hierro” por la dureza y la
intransigencia que manifestaba contra quienes, a su juicio, violaban la ley. La
actividad de Orazio Genco comenzaba a principios de octubre y acababa a fines
de abril del año siguiente: era el período en el que los veraneantes y los
propietarios de las casas del litoral cerraban sus residencias de verano. Más o
menos correspondía al período en el cual se requerían los servicios de
vigilancia de Romildo Bufardeci. La zona de trabajo de Orazio Genco iba desde
Marinella a Scala dei Turchi: la misma que Romildo Bufardeci. La primera vez
que Orazio Genco fue arrestado por robo con fractura tenía diecinueve años
(pero la carrera la había empezado a los quince). Romildo Bufardeci fue quien
lo entregó a los carabineros: su primer arresto en calidad de guardián de la
ley. Estaban ambos tan impresionados, que el sargento, para animarlos, los
invitó a agua y anís.
En
el correr de los años, Romildo arrestó a Orazio en tres ocasiones más. Después,
cuando Bufardeci se jubiló porque un ladrón de automóviles, un grandísimo
desgraciado, le disparó un tiro de revólver alcanzándolo en la cadera (Orazio
fue a verlo al hospital), a Genco le fue mejor porque el guardia que sustituyó
a Romildo no tenía el mismo sagrado respeto por la ley, era distraído y le
fallaba el olfato de mastín. Los largos años que pasó en actitud vigilante
cuando los demás dormían a pierna suelta, dejaron en Romildo Bufardeci una
especie de deformación profesional, que sólo le permitía conciliar el sueño
cuando despuntaba la primera luz de la mañana. Las noches las pasaba haciendo
solitarios, que no le salían nunca a pesar de hacerse trampas, o bien mirando
los programas de la televisión.
Pero
algunas noches, cuando hacía buen tiempo, montaba en la bicicleta y paseaba en
lo que una vez fue el territorio confiado a su vigilancia: de Marinella a Scala
dei Turchi.
Estaban
a mediados del mes de octubre y aquella noche se presentaba tan calurosa y
estrellada que parecía verano. A Romildo le resultó inaguantable quedarse ante
el televisor viendo una película norteamericana que le helaba la sangre, porque
la policía, la ley, se equivocaba, y los delincuentes tenían razón. Apagó el
televisor, se aseguró de que su mujer dormía, salió de casa, montó en la
bicicleta y se dirigió hacia Marinella.
El
paseo marítimo que llegaba hasta Scala dei Turchi parecía muerto, no sólo
porque ya se había acabado la estación y no transitaban los coches de los
veraneantes, sino porque las barcas y las lanchas varadas, cubiertas con lonas
impermeables, recordaban las tumbas de un cementerio.
Después
de tres horas de ir de un lado para otro, el cielo empezó a clarear, al este
apareció una herida clara que se fue ensanchando, y media hora después comenzó
a teñirlo todo de violeta.
Bajo
aquella luz particular, Romildo Bufardeci vio a un hombre que, abriendo la
verja, salía del jardincito de una villa edificada tres años antes. La sombra
se movía con calma; hasta volvió a cerrar la verja, no con la llave, pero como
lo hubiera hecho cualquiera al salir de casa para ir a trabajar. Pareció no
darse cuenta de la presencia de Romildo Bufardeci el cual, con un pie en el
suelo para mantener el equilibrio, lo estaba observando atentamente. O si se
había dado cuenta de la presencia del ex guarda jurado, no le importaba.
La
sombra tomó el camino de Vigàta, un pie delante y otro detrás, como si tuviese
a su disposición todo el tiempo del mundo. A Bufardeci le sobraba experiencia
para dejarse engañar por la aparente tranquilidad del individuo y volvió a
pedalear.
Reconoció
aquella sombra sin ninguna clase de dudas.
—¡Orazio
Genco! —llamó.
El
interpelado se detuvo un instante, no se volvió, luego dio un salto y echó a
correr. Era evidente que escapaba. Bufardeci se sorprendió, porque la fuga no
entraba en el modus operandi de Orazio, demasiado inteligente para no darse
cuenta de cuándo había perdido la partida. ¿Y si no era Orazio y sí el dueño de
la villa, que se había sobresaltado al oír aquella voz imperiosa e inesperada?
No, era Orazio, seguro. Romildo reanudó la persecución con mayor ímpetu si
cabe...
Genco,
a pesar de sus sesenta y cinco años, tenía la agilidad de un muchacho, saltaba
obstáculos y zanjas que Romildo, a causa de la bicicleta, se veía obligado a
rodear. Manteniendo el paso rápido, Orazio pasó el puente de hierro y llegó a
Cannelle, donde empezaban las primeras casas de Vigàta. Allí ya no pudo más y
cayó junto a una fuente seca. Estaba sofocado y tuvo que ponerse una mano en el
corazón para invitarlo a calmarse.
—¿Quién
te ha obligado a correr de esta manera? —preguntó Romildo en cuanto lo hubo
alcanzado.
Orazio
Genco no respondió.
—Descansa
un poco —dijo Bufardeci— y luego nos vamos.
—¿Adónde?
—preguntó Orazio.
—¿Cómo
adónde? A comisaría, ¿ no?
—¿Para
qué?
—Te
entrego, estás arrestado.
—¿Y
quién me ha arrestado?
—Yo.
—Ya
no puedes, estás jubilado.
—¿Qué
tiene que ver la jubilación? Cualquier ciudadano, ante un flagrante delito,
está obligado.
—¿Pero
qué carajo estás diciendo, Romì? ¿Qué delito?
—Robo
con fractura. ¿Vas a negar que has salido de una villa deshabitada pasando por
la verja?
—¿Quién
lo niega?
—Mira...
—Romì,
no me has visto salir por la puerta de la villa, sino por la verja del jardín.
—¿Hay
alguna diferencia?
—La
hay, y tan grande como una casa.
—Explícate.
—No
he entrado en la villa. He entrado sólo en el jardín porque se me escapaba una
necesidad y la verja estaba medio abierta.
—Iremos
igualmente a la comisaría. Ellos ya sabrán sacarte la verdad.
—Lo
cierto es, Romì, que si yo creo que no debo ir, no me vas a llevar ni
encadenado. Te lo repito otra vez: vámonos o harás el ridículo delante de la
policía.
En
la comisaría estaba de servicio el agente Catarella al que el comisario
Montalbano, para evitar complicaciones, confiaba tareas de vigilancia o de
telefonista. Catarella redactó escrupulosamente el informe.
Hacia
las cinco de esta madrugada, el señor Buffoardeci Romilto, ex guarda jurado,
pasaba por casualidad por delante de una villa deshabitada, muy cerca de Scala
dei Turchi, cuando vio que de ella salía furtivamente un ladrón que se dio a la
fuga en cuanto vio al guarda jurado, señal inequívoca de que no tenía la
conciencia tranquila...
Y
así sucesivamente.
—Comisario,
tenemos un buen lío —dijo Fazio hacia las ocho de la mañana, cuando Salvo
Montalbano apareció en el despacho. Y le contó lo que había sucedido entre
Orazio Genco y Romildo Bufardeci.
—Catarella
lo ha registrado. No llevaba nada. En el bolsillo sólo guardaba el documento de
identidad, diez mil liras, las llaves de su casa y esta llave, nueva, que me
parece un duplicado bien hecho.
Se
la entregó a su superior. Era una de esas llaves de las que se hacía publicidad
diciendo que eran imposibles de reproducir. Pero para Orazio Genco, con toda su
experiencia, la cosa habría sido solamente un poco más difícil de lo habitual.
Habría tenido todo el tiempo del mundo para sacar una y otra vez el molde de la
cerradura.
—¿Orazio
ha protestado por el registro?
—¿Quién?
¿Genco? Comisario, adopta una actitud curiosa. No me lo explico. Me parece que
se está divirtiendo, que se burla...
—¿Qué
hace?
—De
vez en cuando mira a Bufardeci y lanza una risita.
—¿Bufardeci
todavía está aquí?
—Sí.
Pegado a Orazio como una sanguijuela. No hay quien lo mueva. Dice que quiere
ver con sus propios ojos cómo lo esposamos y lo enviamos a la cárcel.
—¿Sabes
quién es el propietario de la villa?
—Sí.
El abogado Francesco Caruana de San Biagio Platani. Tengo el número de
teléfono.
—Llámalo.
Dile que tenemos motivos para creer que en su villa de la playa se ha cometido
un robo. Dile también que lo esperamos allí a mediodía. Nosotros iremos a echar
una ojeada media hora antes.
* *
*
Mientras
se dirigían en coche hacia Scala dei Turchi, una colina de marga blanca que cae
al mar, Fazio le dijo al comisario que la señora Caruana había contestado al
teléfono. Iba a ir ella a la cita, puesto que el marido estaba en Milán por
negocios.
—¿Quiere
saber una cosa, comisario? Debe de ser una mujer de sangre fría.
—¿Cómo
lo sabes?
—Porque
cuando le conté lo del robo, no dijo ni mu.
Tal
como Montalbano y Fazio habían previsto, la llave encontrada en el bolsillo de
Orazio Genco abría perfectamente la puerta de la villa. Ambos habían visto
apartamentos revueltos por los ladrones, pero allí todo estaba en orden, sin
cajones abiertos ni cosas tiradas por el suelo apresuradamente. En el piso
superior había dos dormitorios y dos cuartos de baño. El armario de la
habitación principal estaba repleto de ropa de verano de hombre y de mujer.
Montalbano aspiró profundamente.
—Yo
también lo huelo.
—¿Qué
hueles?
—Lo
mismo que usted, humo de cigarro.
En
el dormitorio había tanto humo de cigarro que no podía ser aún del verano
anterior. Sin embargo, en los dos ceniceros de las mesitas de noche no había
rastro de colillas ni de ceniza de cigarro o de cigarrillo. Los habían limpiado
con sumo cuidado. En uno de los dos cuartos de baño, el comisario observó un
gran toallón de tela esponja que colgaba, desdoblado, de un brazo metálico
junto a la bañera. Lo tomó, se lo apoyó en la mejilla, advirtió en la piel un
resto de humedad y volvió a dejarlo en su sitio.
El
día anterior alguien había estado en la villa.
—Esperemos
fuera a la señora y vuelve a cerrar la puerta con llave. Por favor, Fazio, no
digas que ya hemos entrado.
Fazio
se ofendió.
—¿Cree
que soy un niño?
* *
*
Esperaron
delante de la verja. El coche con la señora Caruana dentro llegó con pocos
minutos de retraso. Al volante iba un hombre atractivo, cuarentón, alto,
delgado, elegante, ojos azules; parecía un actor norteamericano. Se apresuró a
abrir la portezuela del otro lado, como un perfecto caballero. Del coche bajó
Betty Boop, una mujer idéntica al famoso personaje de los viejos dibujos
animados. Hasta tenía el cabello cortado y peinado de la misma manera.
—Soy
el ingeniero Alberto Caruana. Mi cuñada ha insistido para que la acompañara.
—¡Me
he impresionado tanto! —dijo Betty Boop, coquetuela, agitando las pestañas.
—¿Cuánto
tiempo hace que no viene a la villa? —preguntó Montalbano.
—La
cerramos el 30 de agosto.
—¿Desde
entonces no ha vuelto?
—¿Para
qué?
Se
pusieron en movimiento, cruzaron la verja, atravesaron el jardín y se
detuvieron delante de la puerta.
—Hazlo
tú, Alberto —dijo la señora Caruana a su cuñado—. Yo no me atrevo.
Le
entregó una llave.
El
ingeniero, con una sonrisa a lo Indiana Jones, abrió la puerta y se volvió
hacia el comisario.
—¡No
la han forzado!
—Al parecer,
no —dijo lacónico Montalbano. Entraron. La señora encendió las luces y miró
alrededor.
—¡Pero
si no han tocado nada!
—Mire
bien.
La
señora, nerviosa, abrió vitrinitas, mueblecitos, cajoncitos, cajitas.
—Nada.
—Subamos
—dijo Montalbano.
Cuando
acabaron de comprobar los cuartos de arriba, Betty Boop volvió a abrir la
boquita en forma de corazón.
—¿Están
seguros de que aquí ha entrado un ladrón?
—Eso
nos han dicho por teléfono. Al parecer se han equivocado. Mejor así, ¿no?
Fue
cosa de un segundo, pero Betty Boop y el falso actor norteamericano
intercambiaron una rápida mirada de alivio.
Montalbano
prodigó excusas por haberles hecho perder el tiempo y la señora Caruana y su
cuñado el ingeniero Alberto las aceptaron con complacencia.
Como
para borrar todo rastro de duda en el comisario y en Fazio, en cuanto estuvo en
el coche y antes de poner la marcha, el ingeniero encendió un gran cigarro.
—Despide
a Bufardeci. Hazlo con brusquedad, dile que me ha hecho perder la mañana y que
no me rompa más las bolas.
—¿A
Orazio Genco también lo dejo en libertad?
—No.
Envíamelo al despacho. Quiero hablar con él.
Orazio
entró en el despacho del comisario con los ojos brillantes de satisfacción por
haber puesto en ridículo a Bufardeci.
—¿Qué
quiere decirme, comisario?
—Que
eres un grandísimo hijo de puta.
Sacó
la llave duplicada y se la enseñó al ladrón.
—Abre
perfectamente la puerta de la villa. Bufardeci tenía razón. Has entrado en esa
casa, sólo que no estaba deshabitada, como creías. Voy a decirte algo y quiero
que prestes atención: me siento tentado de encontrar cualquier excusa para
meterte ahora mismo en la cárcel.
Orazio
Genco no pareció impresionado.
—¿Qué
puedo hacer para que se le pase la tentación?
—Cuéntame
cómo fue la cosa.
Se
sonrieron; siempre se habían caído bien.
—¿Me
acompaña a la villa, comisario?
* *
*
—Estaba
seguro, completamente seguro, de que dentro de la villa no había nadie. Cuando
llegué, ni delante de la verja ni en las inmediaciones había ningún coche estacionado.
Me escondí y esperé al menos una hora antes de asomarme. Todo estaba en
silencio, no se movían ni las hojas. La puerta se abrió enseguida. Con la
linterna vi que en la vitrinita había unas estatuillas de cierto valor, pero
difíciles de colocar. Luego fui a la cocina, tomé un mantel grande para meter
dentro las cosas. En cuanto abrí la vitrinita, oí una voz femenina que gritaba:
“¡No! ¡No! ¡Dios mío! ¡Me muero!” Durante un instante me quedé petrificado.
Luego, sin pensarlo, corrí al piso de arriba a ayudar a aquella pobrecita. ¡Ah,
comisario, lo que apareció ante mí en el dormitorio! ¡Un hombre y una mujer,
desnudos, cogiendo! Me quedé inmóvil, pero el hombre se dio cuenta de mi
presencia.
—¿Cómo?
¿No estaba...?
—Mire,
comisario —dijo Orazio Genco ruborizándose porque era un hombre púdico—, él
estaba debajo y ella encima, a caballo. En cuanto me vio, el hombre
inmediatamente desmontó a la mujer, se levantó y me aferró por el cuello: “¡Te
mato! ¡Te mato!” Quizá se enfadó porque lo interrumpí en el mejor momento. La
mujer se recuperó enseguida de la sorpresa y ordenó a su amante que me soltara.
Que era el amante y no el marido lo comprendí cuando dijo: “¡Alberto, por
favor, piensa en el escándalo!” Y entonces él me soltó.
—Y
se pusieron de acuerdo.
—Se
vistieron, el hombre encendió un cigarro y hablamos. Cuando acabamos, le
advertí que mientras estaba apostado, había visto pasar al ex guarda Bufardeci:
como es un entremetido, al verlos salir de la villa los habría parado y habría
estallado el escándalo.
—Un
segundo, Orazio, a ver si lo entiendo. ¿Viste a Bufardeci e intentaste robar
como si nada?
—¡Comisario,
yo no sabía que estaba Bufardeci! ¡Me lo inventé para aumentar el precio!
Añadieron un poco más y yo me comprometí a atraerlo para que ellos pudieran
llegar hasta el coche que habían estacionado a cierta distancia. Luego tuve que
echar a correr de verdad porque era cierto que allí estaba Bufardeci.
Llegaron
a la villa. Montalbano se detuvo y Orazio bajó.
—¿Me
espera un momento?
Cruzó
la verja y volvió a aparecer casi enseguida llevando en la mano un montón de
billetes de Banco.
—Los
escondí entre la hiedra. Pensé dejarlos escondidos. Me dieron dos millones.
—¿Te
acerco a Vigàta? —preguntó Montalbano.
—Si
no es molestia —contestó Orazio Genco apoyándose en el respaldo, en paz consigo
mismo y con el mundo.
La
vidente
Cuando
era joven, Salvo Montalbano pasó uno de los inviernos más amargos de su vida en
Carlòsimo. Tenía treinta y dos años entonces, y lo utilizaban como una especie
de viajante de comercio: cada estación lo enviaban de un pueblo a otro, ora
para hacer una sustitución, ora para tapar un agujero, ora para echar una mano
en una situación de emergencia. Pero los cuatro meses de Carlòsimo fueron los
peores de todos. Era un pueblucho en un cerro en el que no existía razón alguna
para que hiciera el frío que hacía, pero un misterioso cruce y combinación de
fenómenos meteorológicos provocaba que en Carlòsimo uno no se quitase nunca el
abrigo y la bufanda, ni siquiera cuando iba a acostarse. Los habitantes, más o
menos unos siete mil, no eran gente hosca, sólo que no daban confianza,
saludaban a duras penas, eran callados. En el pueblo el único que no se parecía
a los demás era Rizzitano, el farmacéutico, siempre con la sonrisa lista, la
respuesta rápida, la palmada en el hombro. Montalbano lo bautizó “Jena ridens”
en recuerdo de un viejo chiste, ése de los dos amigos que van al zoológico y
uno de ellos lee en el cartel que hay delante de la jaula del animal: “Jena
ridens. Habita en el desierto, sale sólo de noche, se alimenta de carroña, se
aparea una vez al año”
Sorprendido,
se vuelve hacia el amigo y pregunta:
—¿Pero
de qué se ríe?
A
las ocho de la noche todos se retiraban a sus casas y las calles quedaban
desiertas, con un viento que hacía rodar latas vacías y levantaba en el aire
fantasmas de papel.
No
había ningún cine y en la librería sólo vendían cuadernos. Y además, por esa
misma coyuntura (o conjura) meteorológica, los dos canales de televisión que
entonces había sólo enviaban imágenes de ectoplasmas.
Para
el subcomisario Montalbano, responsable del orden público, un paraíso; para el
hombre Montalbano, una calma chicha de limbo, una instigación continua al
suicidio o a la partida de naipes. En el círculo, las “personas acomodadas” del
pueblo no sólo se jugaban hasta la camisa sino que a veces también el culo, y
por ello el comisario, al que no le gustaban los naipes, permanecía a
distancia. Lo único que podía hacer era darse a la lectura: aquel invierno leyó
a Proust, a Musil y a Melville. Al menos eso salió ganando.
La
mañana del 3 de febrero, cuando Montalbano se dirigía a su despacho, vio que un
fijador de carteles intentaba pegar en la pared helada, aliado de la puerta del
Gran Caffe Italia, un afiche de colores que decía que aquella misma noche, en
la plaza de la Liberta, debutaría el “Circo Familiar Passerini”.
Por
la tarde, cuando se dirigía al único hotel del pueblo, Montalbano pasó por la
plaza de la Liberta. El circo ya estaba montado: pequeño y de una desolación
que rayaba en la indigencia. La taquilla, poco iluminada, estaba abierta y dos
o tres lugareños compraban la entrada.
Una
oleada de melancolía, tan alta como las olas del Pacífico, se abatió sobre el
subcomisario. Hasta le desapareció el apetito, que siempre tenía despierto; se
encerró en su cuarto, donde evitaba la congelación con una estufita eléctrica
encendida toda la noche con riesgo de su vida, y leyó por sexta vez Benito
Cereno de Melville, que lo fascinaba y del que no conseguía despegarse.
Cuando
por la mañana entraba en el despacho, oyó unas voces furiosas procedentes del
que estaba junto al suyo. Fue a ver: Palmisano e Ingarriga, dos de sus agentes,
con el rostro encarnado, alterados, estaban a punto de empezar a los golpes.
Con una rabia incontenible, desencadenada, más que por la escena que estaba
viendo por la tristeza que había acumulado la noche anterior, se plantó delante
de los dos y los avergonzó.
Luego
entró en su despacho y cerró la puerta con un portazo que hizo desprenderse un
trozo de yeso.
Apenas
cinco minutos después, Palmisano e Ingarriga se presentaron a pedir disculpas y
explicaron, sin que se lo hubiera pedido, la razón de la pelea.
Era
por causa del circo.
Contaron
al comisario que el payaso no hacía reír, que la mujer que caminaba en la
cuerda se había caído y se había hecho daño en un tobillo y que al
prestidigitador no le salió un juego de naipes. En resumidas cuentas, una pena.
Palmisano e Igarriga estaban a punto de irse, el espectáculo ya había acabado,
cuando apareció ella.
—¿Quién?
—preguntó el comisario con expresión poco amable.
—¡La
videnta! —dijo respetuosamente Igarriga que tenía ciertas dificultades con el
idioma.
Palmisano
adoptó aires de superioridad.
—¿Y
qué hace esa vidente?
—¡Ah,
comisario! ¡Algo que hay que ver para creer! ¡De todo!
—Engañando
—señaló muy tranquilo Palmisano.
—¡Pero
qué engaño ni engaño! ¡Es una videnta de verdad! —estalló Ingarriga, dispuesto
a volver a emprender la riña.
Por
el pueblo corrió el rumor de que en el circo se presentaba aquella vidente
extraordinaria que no se equivocaba nunca y, el sábado siguiente, había cola
ante la taquilla impulsado por la curiosidad y aún más por el aburrimiento,
Montalbano se decidió a abandonar a Benito Cereno en la habitación del hotel.
Aquella
noche, quizá porque los bancos del circo estaban completamente llenos, quizá
porque el público la electrizó, a la troupe todo le salió bien: el payaso
despertó algunas risas, la equilibrista consiguió no caerse aunque estuvo a
punto de hacerlo varias veces, y el prestidigitador hizo un juego con el
sombrero de copa que sorprendió hasta a Montalbano. La amazona estuvo
inspirada. De pronto, las luces de la pista se apagaron. Redoblaron los
tambores en la oscuridad. Cuando se encendió un foco, iluminó a una mujer sola
en medio de la pista, sentada en una silla de paja.
Podía
tener unos setenta años, representaba su edad y no hacía nada para ocultarla.
Menuda, vestida modestamente, los cabellos grises recogidos en un rodete.
Permanecía inmóvil, miraba el suelo. En el circo se hizo un silencio denso que
se podía cortar con un cuchillo. En el círculo del foco avanzó un hombre de
unos cincuenta años, vestido de frac. Alzó el sombrero de copa, hizo una
profunda reverencia y dijo:
—Señoras
y señores, Eva Richter.
Sin
ningún énfasis, en voz baja, casi con respeto. La mujer permaneció inmóvil en
la silla. Montalbano tuvo la sensación de que algo había cambiado de repente en
aquel circo miserable, como si en el centro de la pista ya no fuera a
desarrollarse un juego o una representación, sino un terrible momento de la
verdad.
El
hombre del frac se dirigió a los presentes.
—La
señora Eva Richter no contesta ninguna pregunta, ni mía ni del público. Si uno
de los presentes desea entregarme un objeto personal, la señora lo tendrá un
momento entre las manos y luego lo devolverá. Entonces dirá al propietario del
objeto algo que hace referencia a él. Les advierto que la respuesta se dará en
voz alta y por lo tanto quien no desee que sus asuntos personales sean
ventilados delante de todos, será mejor que no participe. —Hizo una pausa y
miró al público sumido en la oscuridad. —Un objeto, por favor.
Hubo
risas de turbación, incitaciones, comentarios en voz baja. Luego, de uno de los
bancos más altos y pasando de mano en mano, llegó una corbata hasta el hombre
del frac. Estallaron risas que el hombre truncó con un gesto imperioso.
Eva
Richter, sin levantar la cabeza, tomó la corbata que aquél le llevó, hizo una
bola con ella, la tuvo entre las manos huecas y la devolvió. La corbata hizo el
recorrido inverso.
El
hombre del frac preguntó:
—¿La
corbata ha sido devuelta a su propietario?
—Sí
—contestó una voz anónima.
Entonces
el hombre del frac se volvió a mirar a la mujer que estaba sentada en medio de
la pista.
Eva
Richter habló en voz baja, murmurando casi las palabras. Tenía acento
extranjero.
—El
señor que me ha dado la corbata es muy joven. Ésta es su primera corbata, se la
ha regalado su hermana.
De
los bancos más elevados estalló un aplauso que acompañó todo el público. El
hombre del frac alzó una mano y pidió silencio.
—El
año pasado el señor de la corbata se cayó de la moto y se rompió el tobillo
izquierdo.
Los
ocupantes de los bancos más elevados se levantaron para aplaudir y el muchacho
propietario de la corbata se puso a dar gritos de asombro:
—¡Es
verdad! ¡Lo juro! ¡Todo es verdad!
Cuando
los aplausos se acallaron, el hombre del frac volvió a hablar:
—Esta
noche la señora está cansada. Sólo realizará dos ejercicios más de videncia.
Otro, por favor. —Hizo un gesto y se encendieron las medias luces bajo la
carpa. Ahora el público también era espectáculo. —¿Quién desea participar?
—Yo.
Todo
el mundo se volvió a mirar a la señora Elvira Testa. Montalbano también, porque
no lo pudo evitar. Elvira Testa, joven y bellísima, casada con el hombre más
rico del pueblo, Filippo Mancuso, comerciante y, sobre todo, usurero, un hombre
tosco y calvo que ya había cumplido los cincuenta.
Igual
que antes la corbata, el collar de oro acabó en las manos de Eva Richter, que
luego lo devolvió a su propietaria.
—Quien
me ha dado este objeto acaba de regresar de Nueva York. Vivía en casa de una
amiga.
Al
aplauso de Elvira Testa se unió el de todos los espectadores, entusiasta...
Pero
Eva Richter siguió:
—Quien
me ha dado el objeto ha sufrido hace poco una perdida. Ha quedado profundamente
dolorido.
No
hubo comentarios ni aplausos. Se hizo un silencio mortal. El hombre del frac
parecía sorprendido y preocupado. Hasta Eva Richter alzó un instante la cabeza.
—¡Se
ha equivocado! ¡Se ha equivocado! —gritaba de pie, congestionado, Filippo
Mancuso.
A su
lado, la bellísima
Elvira
Testa parecía una llama de fuego. Todos en el pueblo, incluido Montalbano
sabían que el queridísimo amante de Elvira Testa había perdido la vida dos
meses antes en un accidente de auto.
El
hombre del frac se dio cuenta de que había algo que no cuadraba y animó a los
espectadores:
—¡Otro,
pronto, otro!
—¡Yo!
¡Yo! ¡Yo!
En
la primera fila, Rizzitano, el farmacéutico, sentado entre el doctor Spalic, un
triestino que desde hacía cuarenta años era el médico de Calasimo, y el alcalde
Di Rosa agitó un pañuelo. Quizá para romper la atmósfera que se había creado
poco antes, el hombre reía hacía guiños, se movía.
El
hombre del frac tomó el pañuelo y se lo dio a la vidente que, en vez de
devolvérselo, lo retuvo. El hombre del frac se quedó con la mano alargada y con
una expresión de curiosidad en la cara. Ocurrió entonces lo que nadie esperaba:
Eva Richter tiro el pañuelo al suelo dando un grito, como si aquel trozo de
tela la hubiera quemado. Se levantó pálida como una muerta, dio unos pasos
hacia atrás hacia el telón a sus espaldas, la mano izquierda apretada en la
boca abierta para impedir que le saliera otro grito. Cuando notó el telón a sus
espaldas, levantó el brazo derecho y señaló con el dedo índice al farmacéutico:
—¡Asesino!
¡Tú eres el asesino!
Murmuró
la frase con una voz más baja de lo habitual, pero todos la oyeron, porque se
había hecho un silencio que parecía que en el interior del Circo nadie
respirara. De repente se desencadenó un alboroto, algunas mujeres empezaron a
gritar como, si el farmacéutico estuviera matando a alguien ante sus ojos; la
señora Elvira Testa, que aquella noche habla pasado las de Cain, tuvo un
desmayo oportuno y el marido comerciante, usurero, y ahora carnudo público, se
la llevó fuera amorosamente. El farmacéutico, a pesar del asombro ,no conseguía
que le desapareciera la sonrisa de los labios:
—¿Se
ha vuelto loca? —preguntaba a todo el mundo.
A la
mañana siguiente el circo ya no estaba en la plaza de la Libertà. El doctor
Spalic tampoco estaba ya en Carlasimo ni sobre la faz de la Tierra. Hacia las
tres, después de una noche insomne paseando por la casa, tal como declaró el
señor Lauricella, que vivía en el piso de abajo, tomó una cuerda y se colgó de
una viga del techo,
Montalbano
encontró en el escritorio una nota escrita con lápiz: “Era demasiado joven, no
comprendía el daño que hacía. Perdónenme”.
—Pero
si la vidente dijo que el asesino era Rizzitano, el farmacéutico, ¿por qué se
ha matado el doctor Spalic? —se preguntaban en el pueblo, extrañados.
* *
*
Los
domingos, la farmacia de Rizzitano permanecía abierta sólo por la mañana.
Montalbano entró hacia las once, cuando había pocos clientes, que pedían
remedios sobre todo contra el resfrío y la gripe. Rizzitano aprovechó un
momento en que no había nadie y cerró la puerta con llave.
—Vi
lo que hizo anoche —dijo Montalbano.
El
farmacéutico no sonreía, una arruga le cruzaba la frente.
—¿Y
qué vio?
—Vi
que metía la mano en el bolsillo izquierdo del abrigo del doctor Spalic y
sacaba el pañuelo que normalmente llevaba allí. Ese pañuelo no era suyo sino
del doctor Spalic y usted quiso hacerle una broma.
—Sí
—admitió Rizzitano con amargura.
—Eva
Richter no lo señalaba a usted sino al doctor. Pero al margen de la historia
del pañuelo, todos quedaron convencidos de que se estaba dirigiendo a usted.
—Sí
—repitió Rizzitano.
—Y
observé algo más —siguió diciendo el subcomisario.
—¿Qué?
—Que
Eva Richter dijo: “Tú eres el asesino”. ¿Me explico? No un asesino
indeterminado.
—Es
cierto.
—He
venido a hacerle una pregunta: ¿qué sabe del médico ?
El
farmacéutico se acomodó los anteojos en la nariz y se quedó mirando una receta
que había en el mostrador. Desde fuera llamaron a la puerta, pero ni Rizzitano
ni el comisario contestaron.
—Vea
—se decidió finalmente el farmacéutico—, si el pobre médico todavía estuviera
vivo, no le diría nada de lo que voy a contarle; no conseguiría sacármelo ni
con tenazas. El doctor Spalic, Vinko era su nombre de pila, llegó a Carlòsimo
en el 52 o un año más tarde, no lo recuerdo bien. Se había recibido en Nápoles.
Pero nació en Trieste y allí pasó su juventud. Nunca hablaba de sí mismo, nunca
recibía correspondencia, parecía como si no hubiera dejado ni amigos ni
parientes. Al principio despertó curiosidad entre la gente, luego se convirtió
en uno de nosotros. Era competente y la gente iba a consultarlo. —Hizo una
pausa, fue a la trastienda, se sirvió un vaso de agua y volvió. —Vinko
—continuó—, era abstemio. Una noche en que me pareció particularmente melancólico,
lo invité a cenar conmigo y lo convencí para que bebiera medio vaso de vino.
Fue suficiente para emborracharlo, de tal manera que tuve que acompañarlo a
casa. Durante el camino no hacía más que llorar, pero comprendí que aquel
llanto no se debía sólo al vino. Entré con él en su departamento para
acostarlo; no quise dejarlo solo. Lo convencí para que fuera al cuarto de baño
a lavarse la cara. Y entonces me dijo una frase clarísima: “Hoy es un
aniversario”. Le pregunté de qué, y me contestó: “De un homicidio. Hace
cuarenta y un años maté a un joven, en Trieste. Yo pertenecía a las SS”. Cuando
acabó, volvió a llorar. ¿Recuerda que en el 44 Trieste era una especie de
protectorado alemán?
—Sí.
¿Y le dijo algo más?
—Nunca
volvimos a hablar de ello.
Montalbano
se levantó, dio las gracias al farmacéutico, éste abrió la puerta y dos
clientes se precipitaron en el interior. Rizzitano preguntó en voz baja a
Montalbano, un segundo antes de que saliese:
—¿Quién
es de verdad Eva Richter?
Encontraron
a Arturo Passerini, propietario y director del circo, cuando se dirigía con sus
tres carromatos a un pueblo cercano. Dijo que Eva Richter se había presentado
en el circo dos meses antes, cuando estaban en un pueblo de los alrededores de
Messina. Dio una portentosa prueba de sus habilidades y pidió que la
contrataran con una paga mínima. Tenía una obsesión: llegar cuanto antes a
Carlòsimo. Aquella mañana, con las primeras luces del día, cuando se esparció
la noticia de que el espectador de la noche anterior se había ahorcado,
prefirió desmontar el toldo y marcharse. En el momento de subir a los
carromatos se dieron cuenta de que la Richter había desaparecido, abandonando
la maleta.
Montalbano
la abrió. Dentro había un vestido, ropa interior y un diario amarillento de
noviembre del 45. En un breve artículo se decía que el criminal nazi Vinko
Spalic, culpable entre otros del asesinato a sangre fría del joven Giani
Richter, había conseguido huir una vez más. Envuelto en un trapo había también
un gran revólver cargado.
Eva
Richter, que había tardado más de cuarenta años en encontrar al asesino de su
hermano, no tuvo necesidad de utilizarlo.
Policías
y ladrones
Taninè,
la esposa del periodista de televisión Niccolò Zito, uno de los pocos amigos
del comisario Montalbano, era una mujer que cocinaba por instinto, es decir,
que los platos que preparaba en las hornallas no respondían a unas determinadas
reglas culinarias, sino que eran el resultado improvisado de su mudable
carácter.
—Hoy
con mucho gusto te invitaría a casa a comer con nosotros —le decía a veces
Niccolò a Montalbano—, pero creo que no sería oportuno.
Eso
significaba que a Taninè algo se le había torcido y la pasta había salido
recocida (o cruda), la carne insípida (o salada hasta lo imposible), la salsa
de tal manera que eran preferibles tres años de condena, uno de ellos en la
celda de aislamiento. Pero cuando acertaba, cuando todo iba por el camino
correcto, ¡qué maravilla!
Era
una hermosa mujer en la treintena, de carnes prietas y llenas que inspiraban a
los hombres pensamientos vulgarmente terrenales. Cierto día que Taninè lo
invitó a hacerle compañía en la cocina, donde nunca admitía a extraños,
Montalbano observó atónito que la mujer, que preparaba el condimento para la
pasta comenzaba a perder peso, a transformarse en una especie de bailarina que,
absorta, oscilaba con gestos ligeros de una hornalla a otra. Por primera y
última vez, al mirarla, había pensado en los ángeles.
“Esperemos
que Taninè no me estropee el día”, se dijo el comisario mientras conducía hacia
Cannatello. Porque en cuanto a los cambios de humor no estaba para bromas. Lo
primero que hacía por la mañana en cuanto se levantaba era asomarse a la
ventana a mirar el cielo y el mar que tenía a dos pasos de su casa: si los
colores eran vivos y claros, así era su comportamiento durante el día; en caso
contrario, las cosas iban mal para él y para todo aquel que se le ponía a tiro.
Cada
segundo domingo del mes de abril, Niccolò, Taninè y su hijo Francesco, que
tenía siete años, abrían oficialmente su casa de campo en Cannatello, heredada
del padre de Niccolò. Era ya una tradición que el primer invitado fuera Salvo
Montalbano.
Para
llegar hasta allí, el comisario desafiaba cañadas, senderos de mulas,
polvorientos caminos rurales que le blanqueaban el coche, en lugar de tomar el
camino más cómodo y rápido que lo hubiera dejado a dos kilómetros de
Cannatello. Aprovechaba esos momentos para crearse una Sicilia ya desaparecida,
dura y agreste, una llanura quemada, amarillo paja, interrumpida de vez en
cuando por los dados blancos de las casuchas de los campesinos. Cannatello era
una tierra maldita: nada que se sembrase o se plantase llegaba a enraizar; sólo
las manchas de la retama, de los pepinos silvestres y las alcaparras daban un
breve alivio de verdor. Era terreno de caza, eso sí, y de vez en cuando de
detrás de un matorral de retama saltaba veloz una liebre. Llegó cuando era casi
la hora de comer. El perfume del postre, doce barquillos gigantes que había
comprado, inundaba el interior del coche y le abrió el apetito.
En
la puerta lo esperaban todos: Niccolò sonriente, Francesco impaciente y Taninè
con los ojos brillantes de alegría. Montalbano se tranquilizó; quizás el día
valdría la pena porque empezaba bien.
Francesco
apenas le dio tiempo de salir del coche y se puso a saltar a su alrededor:
—¿Jugamos
a policías y ladrones?
Su
padre lo amonestó:
—¡No
lo agobies! ¡Ya jugarás después de comer!
Aquel
día Taninè había decidido exhibirse con un plato clamoroso que, quién sabe por
qué, se llamaba “mal de amores”. Quién sabe: quizás aquella sopa de cerdo
(pulmón, hígado, bazo y carne magra) que se comía con rodajitas de pan tostado,
tuviera relación con el mal de amores y no con el dolor de vientre.
La
disfrutaron en absoluto silencio; hasta Francesco, de naturaleza un poco
inquieta, esta vez no se movió, inmerso en el paraíso de los sabores que su
madre había orquestado.
—¿Jugamos
a policías y ladrones?
La
pregunta llegó, inevitable y urgente, en cuanto los mayores hubieron acabado de
tomar el café.
Montalbano
miró a su amigo Niccolò y pidió socorro con los ojos. En ese instante no habría
podido correr detrás del chico.
—Tío
Salvo va a dormir una siesta. Jugarán después.
—Mira
—dijo Montalbano al ver que el chico se había enojado—, hagamos una cosa:
dentro de una hora en punto vienes a despertarme y jugaremos todo el tiempo que
quede.
Niccolò
Zito recibió una llamada telefónica que lo obligó a volver a Montelusa para un
asunto urgente en la televisión, y Montalbano, antes de retirarse al cuarto de
huéspedes, le dijo a su amigo que llevaría de regreso al pueblo a Taninè y a su
hijo.
Apenas
se desvistió, los ojos le pesaban, se echó y cayó en un sueño profundo.
Le
pareció que acababa de cerrar los ojos cuando Francesco fue a despertado,
zarandeándole un brazo mientras le decía:
—Tío
Salvo, ha pasado una hora. Te traigo café.
Niccolò
ya se había marchado, Taninè había ordenado la casa y ahora estaba leyendo una
revista sentada en una mecedora. Francesco desapareció, había salido a
esconderse en el campo.
Montalbano
abrió el coche, sacó un viejo impermeable que guardaba para cualquier
emergencia en la parte posterior, se lo puso, anudó el cinturón, levantó el
cuello para parecerse a un investigador de las películas norteamericanas y se
dispuso a buscar al niño. Francesco, muy hábil en el arte de esconderse,
disfrutaba fingiendo ser un ladrón perseguido por un comisario “de verdad”.
La
casa de Niccolò se levantaba en medio de dos hectáreas de terreno sin cultivar
que a Montalbano le producía melancolía, porque en los límites de la propiedad
había una casucha derrumbada, con medio tejado hundido, que subrayaba el estado
de abandono de la tierra. Al parecer, el antiguo origen campesino del comisario
se rebelaba contra aquella dejadez.
Montalbano
buscó a Francesco durante media hora, y luego empezó a sentirse cansado, pues
la sopa de cerdo y los dos barquillos gigantes todavía no habían desaparecido
del todo. Seguro que el chico estaba echado boca abajo, detrás de un matorral
de retama, y lo observaba emocionado y atento. Su diabólica capacidad para
esconderse lo obligaría a buscarlo hasta la noche.
Decidió
darse por vencido y hacerlo a los gritos. Francesco saldría de cualquier parte
y pretendería el pago inmediato de la prenda, que consistía en la narración,
debidamente adornada, de una de sus investigaciones. El comisario había
observado que las que trataban de muertos, heridos y disparos eran las que más
agradaban al chico.
Cuando
iba a darse por vencido, le vino a la cabeza un pensamiento: ¿y si el pequeño
se había escondido dentro de la casucha derrumbada a pesar de las severas
órdenes de Taninè y Niccolò de que nunca entrara solo?
Echó
a correr y llegó jadeando delante de la casucha, cuya puertecita descoyuntada
estaba entornada. El comisario la abrió de un puntapié, dio un salto hacia
atrás y con la mano derecha en el bolsillo y apuntando amenazador con el
índice, dijo con una voz baja y ronca, terriblemente amenazadora (la voz que
hacía relinchar de gozo a Francesco):
—Soy
el comisario Montalbano. Voy a contar hasta tres. Si no sales, disparo. Uno...
Una
sombra se movió en el interior de la casucha y, ante los ojos abiertos como
platos del comisario, apareció un hombre con las manos en alto:
—No
dispares, poli.
—¿Estás
armado? —preguntó Montalbano dominando la sorpresa.
—Sí
—repuso el hombre haciendo el ademán de bajar la mano para sacar el arma que
tenía en el bolsillo derecho de la chaqueta.
El
comisario observó que estaba peligrosamente deformado.
—No
te muevas o te dejo tieso —lo amenazó estirando el dedo índice.
El
hombre volvió a levantar el brazo. Tenía unos ojos de perro rabioso, un aire de
desesperado dispuesto a todo, la barba larga y el traje sucio y arrugado. Un
hombre peligroso, seguro, pero ¿quién demonios era?
—Camina,
hacia aquella casa.
El
hombre empezó a caminar con Montalbano detrás de él. Cuando llegó al descampado
donde había estacionado el coche, el comisario vio aparecer por la parte
trasera del automóvil a Francesco, que contempló la escena muy excitado.
—¡Mamá!
¡Mamá! —llamó.
Taninè,
que s; asomó a la puerta asustada al oír la voz sobreexcitada del hijo, con una
sola mirada entendió al comisario. Entró en la casa y salió enseguida apuntando
al desconocido con una escopeta de caza. Era una de dos cañones que había
pertenecido al padre de Niccolò y que el periodista tenía colgada, y
descargada, junto a la entrada. Niccolò nunca había matado conscientemente a un
ser vivo; su mujer decía que no se cuidaba la gripe por no matar a los
microbios.
El
comisario, traspirando, abrió el coche y sacó de la guantera la pistola y las
esposas. Respiró profundamente y contempló la escena. El hombre permanecía
inmóvil bajo la firme puntería de Taninè que, morena, hermosa, los cabellos al
viento, parecía la heroína de una película del Oeste.
Mano
de artista
El
sonido del teléfono no era el del teléfono, sino el ruido del torno de un
dentista enloquecido que había decidido hacerle un agujero en el cerebro. Abrió
los ojos con esfuerzo y miró el despertador de la mesita de noche: eran las
cinco y media de la mañana. Seguramente alguno de sus hombres de la comisaría
lo llamaba para comunicarle un asunto grave; no podía ser otra cosa a aquellas
horas. Se levantó de la cama, entró en el comedor y descolgó el teléfono.
—Salvo,
¿conoces a Potocki?
Reconoció
la voz de su amigo Niccolò Zito, el periodista de Retelibera, una de las dos
televisoras privadas de Montelusa que se captaban en Vigàta. Niccolò no era un
tipo que se dedicara a hacer bromas pesadas, y no se enojó.
—¿A
quién?
—A
Potocki, Jan Potocki.
—¿Es
polaco?
—Por
el nombre parece que sí. Creo que es el autor de un libro, pero no he
conseguido que nadie me lo confirme. Si lo conoces, podré localizarlo.
Fiat
lux. Quizás estuviera en condiciones de dar respuesta a la petición poco
habitual de su amigo.
—¿Sabes
si el título del libro es El manuscrito encontrado en Zaragoza?
—¡Ése!
¡Carajo, Salvo, eres una maravilla! ¿Has leído el libro ?
—Sí,
hace muchos años.
—¿Puedes
decirme de qué trata?
—¿Por
qué te interesa tanto?
—Alberto
Larussa, tú lo conocías, se ha suicidado. Descubrieron el cuerpo hacia las
cuatro de la mañana y me sacaron de la cama.
El
comisario Montalbano se llevó un disgusto. Nunca había sido muy amigo de
Alberto Larussa, pero de vez en cuando iba a verlo, tras la debida invitación,
a su casa de Ragòna y no dejaba pasar la ocasión de tomar prestado algún libro
de su amplísima biblioteca.
—¿Se
pegó un tiro?
—¿Quién?
¿Alberto Larussa? ¡Cómo se iba a matar de una forma tan vulgar!
—¿Cómo
lo hizo?
—Transformó
la silla de ruedas en una silla eléctrica. En cierto sentido se ha ajusticiado.
—Y
el libro, ¿qué tiene que ver?
—Estaba
al lado de la silla eléctrica, en un escabel. Puede que sea lo último que leyó.
—Sí,
habíamos hablado del libro. Le gustaba mucho.
—¿Quién
era el tal Potocki?
—Nacía
en la segunda mitad del siglo XIX en el seno de una familia de militares. Era
un estudioso, un viajero, fue de Marruecos a Mongolia. El Zar lo nombró
consejero suyo. Publicó libros de etnografía. Hay un grupo de islas, no
recuerdo dónde, que llevan su nombre. La novela a la que te refieres la
escribió en francés. Eso es todo.
—¿Por
qué le gustaba el libro?
—Mira,
Niccolò, ya te lo he dicho: le gustaba, lo leía y lo releía. Consideraba a
Potocki como su alma gemela.
—¡Pero
si nunca salió de su casa!
—Alma
gemela en cuanto a rareza, originalidad. Además Potocki también se suicidó.
—¿Cómo?
—Se
pegó un tiro.
—No
me parece nada original. Larussa ha sabido hacerlo mejor.
Dada
la notoriedad de Alberto Larussa, el noticiario de las ocho de la mañana lo
presentó Niccolò Zito, que habitualmente se reservaba los de la tarde, con más
audiencia. Niccolò dedicó la primera parte de la noticia a las circunstancias
del hallazgo del cadáver y a la modalidad del suicidio. Un cazador llamado
Martino Zìcari, al pasar hacia las tres y media de la madrugada cerca de la
villa de Larussa, vio salir humo de una ventana del sótano. Como todo el mundo
sabía que el sótano era el laboratorio de Alberto Larussa, Zìcari al principio
no se alarmó. Sin embargo, cuando un soplo de viento le llevó el olor de ese
humo, entonces sí que se asustó. Llamó a los carabineros quienes, después de
haber llamado varias veces sin obtener respuesta, derribaron la puerta. En el
sótano encontraron el cuerpo semicarbonizado de Alberto Larussa, que había
transformado la silla de ruedas en una perfecta silla eléctrica artesanal.
Después se produjo un cortocircuito y las llamas destrozaron parcialmente el
local. Junto al muerto había un banquito sobre el que estaba la novela de Jan
Potocki. Al llegar aquí Niccolò Zito utilizó lo que le había contado
Montalbano. Luego pidió disculpas a los espectadores por haber dado tan sólo
imágenes del exterior de la casa de Larussa: el sargento de carabineros
prohibió grabar en el interior. La segunda parte la dedicó a informar sobre la
personalidad del suicida. Cincuentón, muy rico, paralítico desde hacía treinta
años por culpa de una caída de caballo, Larussa nunca salió de su ciudad natal,
Ragòna. Nunca se casó y tenía un hermano menor que vivía en Palermo. Apasionado
lector, poseía una biblioteca de más de diez mil volúmenes. Tras la caída del
caballo, descubrió por casualidad su verdadera vocación: la orfebrería. Pero
era un orfebre muy particular. Sólo utilizaba materiales pobres: alambre,
cobre, cuentas de vidrio de escaso valor. Sin embargo, el diseño de esas joyas
pobres era siempre de una extraordinaria elegancia e imaginación, de tal manera
que hacía verdaderas obras de arte. Larussa no era consciente de ello y las
regalaba a los amigos y a las personas que despertaban su simpatía. Para
trabajar mejor, transformó el sótano en un taller muy bien provisto. Allí se
había suicidado sin dejar ninguna explicación.
Montalbano
apagó el televisor y telefoneó a Livia, esperando encontrarla todavía en casa,
en Boccadasse, Génova. Estaba. Le dio la noticia. Livia conocía a Larussa y se
habían hecho muy amigos. Cada Navidad él le enviaba una de sus creaciones como
regalo. Livia no era una mujer de lágrima fácil, pero el comisario notó que se
le quebraba la voz.
—¿Por
qué lo hizo? Nunca me dio la impresión de ser una persona capaz de un acto
semejante.
Hacia
las tres de la tarde el comisario telefoneó a Niccolò.
—¿Hay
alguna novedad?
—Bastantes.
Larussa tenía en el taller una parte de la instalación eléctrica trifásica a
380. Se desvistió, se aplicó en las muñecas y en los tobillos unos brazaletes,
una ancha banda metálica alrededor del pecho y una especie de capuchones en las
sienes. Para que la corriente fuera más eficaz, metió los pies en una palangana
llena de agua. Quiso asegurarse bien. Esos artilugios los fabricó él, con toda
la paciencia del mundo.
—¿Sabes
cómo accionó el interruptor de corriente? Creo haber entendido que estaba
atado.
El
jefe de los bomberos me ha dicho que había un timer. Genial, ¿no? Ah, se había
bebido una botella de whisky.
—¿Sabías
que era abstemio?
—No.
—Cuando
me hablabas de los artilugios que había fabricado para que pasara la corriente
se me ocurrió una cosa. El que pusiera a su lado la novela de Potocki tiene una
explicación.
—¿Me
dices de una vez lo que hay en ese bendito libro?
—No,
porque no nos interesa la novela, sino su autor.
—¿Y?
—He
recordado cómo se mató Potocki.
—¡Pero
si ya me lo dijiste! ¡Se pegó un tiro!
—Sí,
pero entonces había pistolas de avancarga, con una sola bala.
—¿Y
qué?
—Tres
años antes de quitarse de en medio, Potocki desatornilló la bolita que había
encima de la tapa de una tetera de plata. Todos los días pasaba unas horas
limándola. Empleó tres años para darle la redondez adecuada. Luego hizo que la
bendijeran, la metió en el cañón de su pistola y se mató.
—¡Cristo!
¡Esta mañana le di a Larussa sobresaliente en originalidad, pero ahora me
parece que está empatado con Potocki! Entonces el libro podría ser una especie
de mensaje: me he suicidado de una manera extravagante, como hizo mi maestro
Potocki.
—Digamos
que ése podría ser el sentido.
—¿Por
qué dices “podría” en lugar de “es”?
—Bueno,
lo cierto es que no lo sé.
Al
día siguiente fue a buscado Niccolò. Tenía que enseñarle algo sobre el suicidio
de Larussa, que seguía despertando curiosidad por la fantasía de la ejecución.
Montalbano se presentó en las oficinas de Retelibera. Niccolò había
entrevistado a Giuseppe Zaccaria, que se ocupaba de los intereses de Larussa y
a Olcese, el teniente de carabineros que había dirigido las investigaciones.
Zaccaria era un hombre de negocios palermitano, desgarbado y ceñudo.
—No
estoy obligado a responder a sus preguntas.
—Claro
que no está obligado, sólo le estaba preguntando si tendría la amabilidad de...
—¡Váyanse
a la mierda usted y la televisión!
Zaccaria
le dio la espalda e hizo ademán de alejarse.
—¿Es
cierto que Larussa tenía un patrimonio estimado en cincuenta mil millones...?
Fue
una estratagema de Zito, pero Zaccaria se dejó atrapar. Giró en redondo,
furioso.
—¿Quién
le ha contado semejante estupidez?
—Según
mis informaciones...
—Mire,
el pobre Larussa era rico, pero no hasta ese punto. Tenía acciones, títulos,
pero, repito, no alcanzaba la cifra que ha dicho.
—¿Adónde
irá a parar la herencia?
—¿No
sabe que tenía un hermano menor?
El
teniente Olcese era una columna de un metro noventa y nueve. Cortés, pero un
pedazo de hielo.
—Todas
las novedades, digo todas, apuntan en la dirección del suicidio. Muy
extravagante, cierto, pero suicidio. El hermano también... —El teniente Olcese
se interrumpió de golpe. —Eso es todo, buenos días.
—Decía
que el hermano...
—Buenos
días.
Montalbano
miró a su amigo Niccolò.
—¿Por
qué me has hecho venir? No me parecen dos entrevistas reveladoras.
—He
decidido mantenerte siempre al corriente. No me engañas, Salvo. Este suicidio
no te convence, ¿verdad?
—No
es que no me convenza, más bien me molesta.
—¿Quieres
hablar de ello?
—Hablemos
de ello. Como no me ocupo del caso... Pero júrame que no te servirás de
nuestras conversaciones para tus noticiarios.
—Prometido.
—Livia
me ha dicho por teléfono que, según su opinión, Larussa no era un tipo de los
que se suicidan. Y yo creo en la intuición de Livia.
—¡Por
Dios, Salvo! ¡Todo el escenario de la silla eléctrica lleva la firma de un
hombre original como Larussa! ¡Tiene su marca!
—Eso
es lo que me molesta. ¿No sabes que cuando corrió la voz de los objetos
artísticos que hacía nunca quiso conceder una entrevista a las revistas de moda
que lo asediaban?
—No
quiso concedérmela ni a mí, cuando se la pedí. Era un oso.
—Era
un oso, de acuerdo. Y cuando el alcalde de Ragòna quiso hacer una exposición de
sus trabajos para beneficencia, ¿qué hizo? Rechazó la propuesta, pero envió al
alcalde un cheque de veinte millones.
—Es
cierto.
—Y
luego está la novela de Potocki bien a la vista. Otro toque de exhibicionismo.
No, son cosas que nada tienen que ver con su manera habitual de comportarse.
Permanecieron
en silencio.
—Tendrías
que hacerle una entrevista a ese hermano menor —sugirió el comisario.
En
el noticiario de las ocho, Niccolò Zito transmitió las dos entrevistas que
antes había enseñado a Montalbano. Cuando acabó el noticiario de Retelibera, el
comisario pasó al de Televigàta, la otra televisora privada, que empezaba a las
ocho y media. Por supuesto, se abrió con el suicidio de Larussa. El periodista
Simone Prestìa, cuñado del agente Galluzzo, entrevistó al teniente Olcese.
Éste
utilizó exactamente las mismas palabras que en sus declaraciones a Niccolò
Zito:
—Todas
las novedades, digo todas, apuntan en la dirección del suicidio. Muy
extravagante, cierto, pero suicidio.
“¡Qué
imaginación tiene el teniente!”, pensó el comisario, pero el otro continuó:
—El
hermano también...
El
teniente se interrumpió de golpe.
—Eso
es todo, buenos días.
—Decía
que también el hermano...
—Buenos
días —repitió el teniente Olcese y se alejó rígido.
Montalbano
se quedó con la boca abierta. Además, como la imagen sólo se había centrado en
el teniente y sólo se había oído la voz de Prestìa fuera de pantalla, pensó que
quizá Zita había pasado el servicio a Prestìa, a veces entre periodistas se
hacían esos favores.
—¿
Le diste la entrevista de Olcese a Prestìa?
—¡En
absoluto!
Colgó
el auricular, pensativo. ¿Qué significaba esa comedia? A lo mejor el teniente
Olcese, con sus dos metros de estatura, era menos estúpido de lo que parecía.
¿Y
cuál podía ser la finalidad de la puesta en escena?
Sólo
había una: incitar y azuzar a los periodistas contra el hermano del suicida.
¿Qué deseaba obtener? De todas formas una cosa era evidente: que al teniente el
suicidio le olía a chamusquina.
Durante
tres días, Niccolò, Prestìa y otros periodistas asediaron en Palermo a Giacomo,
el hermano de Larussa, sin conseguir dar con él. Se apostaron delante de su
casa, delante del instituto donde daba clases de latín: nada, parecía
invisible. El director del centro, ante el asedio, se decidió a comunicarles
que el profesor Larussa se había tomado diez días de vacaciones. No se lo vio
ni en el funeral del suicida (tuvo lugar en la iglesia; a los ricos que se
matan se los considera locos y, por lo tanto, quedan absueltos de la mala
acción). Fue un funeral como tantos otros y eso provocó un recuerdo confuso en
la memoria del comisario. Llamó por teléfono a Livia.
—Creo
recordar que un día que fuimos a visitar a Alberto Larussa te habló del funeral
que le gustaría tener.
—¡Sí!
Hasta cierto punto bromeaba. Me llevó al estudio y me enseñó los dibujos.
—¿Qué
dibujos?
—Los
de su funeral. No tienes ni idea de cómo era el coche fúnebre, con ángeles
plañideros de dos metros de altura, amorcillos y cosas así. Todo en caoba y
oro. Dijo que cuando llegara el momento oportuno encargaría que se lo
fabricaran. Hasta había dibujado el lema de los portadores de coronas. Y del
ataúd no te cuento; es posible que los faraones lo tuvieran igual.
—Qué
extraño.
—¿Qué?
—Que
un hombre como él, tan retraído, casi un oso, soñara con un funeral faraónico,
como has dicho, típico de un exhibicionista.
—Sí,
yo también me sorprendí. Pero dijo que al ser la muerte un cambio tan grande,
daba igual que, después de muertos, nos mostráramos completamente distintos de
como fuimos en vida.
Una
semana después Niccolò Zito lanzó una verdadera primicia. Había filmado con
videocámara los objetos que Alberto Larussa había fabricado en su taller para
el suicidio: cuatro brazaletes, dos para las muñecas y dos para los tobillos;
una banda de cobre de unos cinco dedos de ancho con la que se había sujetado el
pecho; una especie de capuchón con unos rectángulos metálicos para apoyarlos en
las sienes. Montalbano vio todo aquello en el noticiario de la medianoche.
Enseguida llamó por teléfono a Niccolò; quería tener con él un cambio de
impresiones. Zito se lo prometió para el día siguiente por la mañana.
—¿Por
qué te interesan estos objetos?
—Niccolò,
¿los has mirado bien? Los podríamos haber hecho tú y yo y no tenemos idea de
cómo se hacen. Son tan toscos que ni los vendedores ambulantes se atreverían a
ofrecerlos en la playa. Un artista como Alberto Larussa jamás los habría
empleado, le habría dado vergüenza que lo encontraran con algo tan mal hecho
encima.
—Y
eso, según tu opinión, ¿qué significa?
—Significa,
según mi opinión, que Alberto Larussa no se suicidó. Fue asesinado, y el que lo
mató ideó un suicidio a tono con la extravagancia y originalidad de Larussa.
—Habría
que advertir al teniente Olcese.
—¿Sabes
una cosa?
—Dime.
—El
teniente Olcese sabe mucho más que nosotros dos juntos.
* *
*
Tanto
sabía el teniente Olcese, que a los veinte días de la muerte de Alberto Larussa
arresto a su hermano Giacomo. Aquella misma tarde, apareció en Retelibera el
fiscal ayudante Giampaolo Boscarino, al que le gustaba aparecer muy atildado
cuando se asomaba a la pantalla.
—Señor
Boscarino, ¿de qué se acusa al profesor Larussa? —preguntó Niccolò Zito, que se
había trasladado a Palermo.
Boscarino,
antes de contestar, se atusó el bigotito rubio, se arregló el nudo de la
corbata y se pasó una mano por la solapa del saco.
—Del
feroz asesinato de su hermano Alberto, que ha querido presentar como suicidio
con una macabra puesta en escena.
—¿Cómo
han llegado a esta conclusión?
—Lo
siento, pero es secreto del sumario,
—¿No
puede decimos nada?
Se
pasó una mano por la solapa del saco, se arregló el nudo de la corbata, se
atusó el bigotito rubio.
—Giacomo
Larussa ha caído en manifiestas contradicciones. Las investigaciones, que tan
brillantemente ha dirigido el teniente Olcese, han sacado a la luz elementos
que agravan la situación del profesor.
Se
atusó el bigotito rubio, se arregló el nudo de la corbata y la imagen cambió:
apareció el rostro de Niccolò Zito.
—Hemos
podido entrevistar al señor Filippo Alaimo, de Ragòna, jubilado, de setenta y
cinco años. La acusación ha considerado fundamental su testimonio.
Apareció
de cuerpo entero: un campesino enjuto, con un gran perro acurrucado a los pies.
Me
llamo Filippo Alaimo, Debe usted saber, señor periodista, que padezco de
insomnio, no puedo dormir. Me llamo Filippo Alaimo...
—Eso
ya lo ha dicho —se oyó la voz de Zito fuera de pantalla.
—¿Qué
carajo decía? Ah, sí. Cuando ya no aguanto estar dentro de casa, despierto al
perro a cualquier hora de la noche y me lo llevo de paseo. Entonces el perro,
que se llama Pirì, como lo despierto en medio del sueño, sale de casa un poco
malhumorado.
—¿Qué
hace el perro? —preguntó Niccolò, siempre fuera de pantalla.
—¡Me
gustaría verlo a usted, señor periodista, si lo despiertan en medio de la noche
y lo obligan a dar un paseo de dos horas! ¿No se enojaría? Pues el perro
también. Pirì se lanza sobre cualquier cosa que asome, hombre, animal o
automóvil.
—Y
así sucedió la noche del 13 al 14, ¿verdad? —Niccolò decidió intervenir,
temiendo que los espectadores en cierto momento no comprendieran nada. —Usted
se encontraba en las cercanías de la casa del señor Larussa cuando vio que un
automóvil salía por la verja a toda velocidad...
—Sí
señor. Fue como usted dice. Salió el coche, Pirì se abalanzó y el hijo de puta
que conducía lo atropelló. ¡Si lo hubiera visto, señor periodista!
Filippo
Alaimo se agachó, tomó al perro por el collar y lo levantó: el animal tenía las
patas posteriores vendadas.
—¿Qué
hora era, señor Alaimo?
—Sobre
las dos y media o tres de la mañana.
—¿Y
usted qué hizo?
—Yo
empecé a gritar al del coche que era un grandísimo hijo de puta y tomé el
número de la patente.
Volvió
a aparecer el rostro de Niccolò Zito.
—Según
fuentes bastante autorizadas, la patente que anotó el señor Alaimo correspondía
a la del profesor Giacomo Larussa. Y ahora la pregunta es la siguiente: ¿qué
hacía a esas horas de la noche Giacomo Larussa en casa de su hermano, cuando es
sabido que estaban enemistados? Hagamos la pregunta al letrado Gaspare Palillo,
que lleva la defensa del sospechoso.
Gordo
y sonrosado, el letrado Palillo era idéntico a uno de los tres chanchitos.
—Antes
de responder a su pregunta, desearía a mi vez hacer una. ¿Puedo?
—Por
favor.
—Quién
le aconsejó al llamado Filippo Alaimo que no se pusiera los anteojos que usa
habitualmente? Este jubilado de setenta y cinco años tiene una miopía de ocho
dioptrías en cada ojo y una visión muy reducida. A las dos, en medio de la
noche, a la débil luz de un farol, ¿pudo leer la patente de un coche en
movimiento? ¡Vamos! Y ahora respondo a su pregunta. Hay que precisar que el mes
pasado las relaciones entre los dos hermanos habían mejorado, hasta el punto
que durante aquel mes, mi defendido fue tres veces a Ragòna a casa de su
hermano. Debo precisar que la iniciativa de este acercamiento la tomó el
suicida, que declaró en varias ocasiones a mi defendido que ya no podía
soportar más la soledad, que se sentía muy deprimido y que necesitaba el
consuelo de su hermano. Es cierto que el día 13 mi defendido fue a Ragòna,
estuvo varias horas con su hermano, que le pareció más deprimido que otras
veces, y salió hacia Palermo antes de cenar, hacia las veinte. Se enteró de la
noticia del suicidio por la radio local a la mañana siguiente.
Durante
los días posteriores sucedieron las cosas que habitualmente suceden en estos
casos.
Michele
Ruoppolo, de Palermo, que volvía a casa a las cuatro de la mañana del día 14,
declaró haber visto llegar a esa hora el coche del profesor Giacomo Larussa. De
Ragòna a Palermo se emplean como máximo dos horas. Si el profesor había salido
de la casa de su hermano a las veinte, ¿cómo es que había empleado ocho horas
en hacer el recorrido?
El
abogado Palillo lo rebatió diciendo que el profesor volvió a su casa a las
veintidós, pero no consiguió conciliar el sueño, preocupado por el estado de su
hermano. Hacia las tres de la mañana bajó, subió al coche y dio una vuelta a
orillas del mar.
Arcangelo
Bonocore juró y perjuró que el día 13, hacia las seis de la tarde, al pasar
junto a la casa de Alberto Larussa, había oído en el interior voces y ruidos de
un violento altercado.
El
letrado Palillo dijo que su defendido recordaba muy bien el episodio. No hubo
ningún altercado. En un determinado momento, Alberto Larussa encendió el
televisor para ver un programa que le interesaba, titulado Marshall. El
episodio incluía una violenta riña entre dos personajes. El letrado Palillo
podía mostrar un videocasete con el episodio grabado. El señor Bonocore se
había confundido.
Las
cosas siguieron así durante una semana, hasta que el teniente Olcese sacó el as
de la manga, como había anticipado el juez Boscarino. Inmediatamente después
del descubrimiento del cadáver, contó el teniente, dio la orden de buscar un
papel, cualquier nota que sirviera para explicar los motivos de un acto tan
atroz. No lo hallaron porque Alberto Larussa no tenía nada que explicar, puesto
que ni siquiera se le había ocurrido la idea del suicidio. En cambio, en el
primer cajón de la izquierda del escritorio —que no estaba cerrado con llave,
señaló Olcese— encontraron un sobre bien a la vista, en el que estaba escrito
“para abrirse después de mi muerte”. Puesto que el señor Larussa estaba muerto,
especificó el teniente con una lógica aplastante, lo abrieron. Tan sólo unas
pocas líneas: “Dejo todo lo que poseo, títulos, acciones, terrenos, casas y
otras propiedades a mi hermano menor Giacomo”. Seguía la firma. No había fecha.
Precisamente la falta de fecha fue lo que despertó sospechas en el teniente, el
cual hizo someter el testamento a un doble examen químico y grafológico. El
examen químico reveló que la nota había sido escrita como máximo hacía un mes,
dado el tipo particular de tinta utilizado y que era el mismo que empleaba
habitualmente Alberto Larussa. El examen grafológico, confiado al perito del
Tribunal de Palermo, condujo a un resultado inequívoco: se había imitado con
habilidad la escritura de Alberto Larussa.
El
letrado Palillo no digirió el asunto del testamento falso.
—Imagino
la escena que han montado los que dirigen la investigación. Mi defendido se
presenta en casa de su hermano, de algún modo le hace perder el sentido,
escribe el testamento, saca del coche los objetos necesarios para la ejecución,
que ha mandado fabricar en Palermo, traslada al hermano sin sentido al taller
(que conoce muy bien, lo ha admitido, porque Alberto a menudo lo ha recibido
allí) y organiza la macabra escenificación. Pero yo me pregunto: ¿qué necesidad
tenía de escribir el testamento falso cuando ya existe uno, y registrado ante
notario, que dice lo mismo? Me explico: en el testamento de Angelo Larussa, el
padre de Alberto y de Giacomo, se lee: “Lego mis bienes, muebles e inmuebles, a
mi primogénito Alberto. A su muerte, pasarán a mi hijo menor Giacomo”. Y yo me
pregunto: cuí prodest? ¿A quién puede favorecer el segundo testamento?
Montalbano
escuchó las palabras de Olcese y del abogado Palillo en el noticiario de
medianoche, cuando ya estaba en calzoncillos e iba a acostarse. Lo
intranquilizaron y se le pasaron las ganas de irse a la cama. La noche era
extraordinariamente tranquila y, tal como estaba, en calzoncillos, se fue a
pasear a orillas del mar. El segundo testamento no cuadraba. Aun siendo
incriminatorio, el comisario advertía un punto de exceso en la confección del
escrito. Por otro lado, todo había sido excesivo en el asunto. El falso
testamento era como una pincelada de más en un cuadro, una sobrecarga de color.
Cuí prodest?, había preguntado el letrado Palillo. La respuesta le vino a los
labios de una forma natural e irreprimible, le pareció ver un rayo cegador,
como si un fotógrafo hubiera disparado un flash. De pronto sintió que se le
aflojaban las piernas y tuvo que sentarse en la arena mojada.
* *
*
—¿Niccolò?
Soy Montalbano. ¿Qué estás haciendo?
—Con
tu permiso, y dada la hora que es, me iba a acostar. ¿Has oído a Olcese? Tenías
razón: Giacomo Larussa no sólo es un asesino por interés, sino también un
monstruo.
—Oye,
¿puedes tomar nota?
—Espera
que busque papel y lápiz. Aquí están. Dime.
—Te
advierto que se trata de asuntos delicados que no puedo encargar a mis hombres,
porque si se enteran los carabineros acabamos a los bifes. En consecuencia, a
mí ni nombrarme. ¿Está claro?
—Claro.
Se trata de iniciativas mías.
—Bien.
Lo primero que quiero saber es el motivo por el que Alberto Larussa no quiso
ver a su hermano durante años.
—Intentaré
averiguarlo.
—Segundo.
Mañana mismo tienes que ir a Palermo a ver al perito grafólogo de Olcese. Sólo
debes hacerle una pregunta, apúntala bien: ¿es posible que alguien escriba una
nota y consiga que parezca falsa? Y basta por hoy.
Niccolò
Zito era una persona muy inteligente, tardó diez segundos en entender el
sentido de la pregunta que tenía que hacerle al perito.
—¡La
mierda! —exclamó.
El
monstruo fue abatido en primera plana. La mayor parte de los diarios, dado que
el caso había adquirido resonancia nacional, se detenían en la personalidad del
profesor Giacomo Larussa, un docente impecable según el director, sus colegas y
sus alumnos, y despiadado asesino que se había introducido como una serpiente
en la momentánea debilidad del hermano para captar su confianza y luego
matarlo, movido por los más turbios intereses y de una manera atroz. Los medios
de comunicación ya habían pronunciado la sentencia y el proceso sería un rito
inútil.
Al
leer aquellos artículos de condena sin apelación, el comisario sintió como si
le royeran el hígado, pero aún no tenía nada concreto en que apoyar la
increíble verdad que había intuido la noche anterior.
A
última hora de la tarde, lo llamó por teléfono Niccolò Zito.
—He
vuelto ahora mismo. Traigo información.
—Dime.
—Voy
por orden. El letrado Palillo conoce la razón del odio, porque se trata de eso,
entre los dos hermanos. Se lo ha contado su defendido, como le gusta llamado.
Bien: Alberto Larussa nunca se cayó del caballo hace treinta y un años, como
entonces se dijo en el pueblo. El rumor lo hizo correr el padre, Angelo, para
ocultar la verdad. Durante una violenta discusión, los dos hermanos llegaron a
las manos y Alberto se cayó por la escalera y se lesionó la espina dorsal. Dijo
que Giacomo lo había empujado. En cambio, éste aseguró que Alberto dio un paso
en falso. Angelo, el padre, intentó ocultarlo con la caída del caballo, pero
castigó a Giacomo en el testamento, sometiéndolo en cierto modo a Alberto. La
cosa apesta.
—Estoy
de acuerdo. ¿Y el perito?
—Me
ha costado acceder al perito y cuando se lo pregunté se quedó atónito, confuso,
sorprendido. Empezó a balbucear. En resumen, dijo que la pregunta puede tener
una respuesta positiva. Ha añadido una cosa muy interesante: que por mucho que
uno se esfuerce por falsificar su propia grafía, un atento examen acabaría
revelando el engaño. Entonces le pregunté si él había realizado un examen muy
atento. El muy cándido me ha contestado que no. ¿Sabes por qué? Porque el
fiscal ayudante le preguntó si se había falsificado la letra de Alberto Larussa
y no si Alberto Larussa había falsificado su propia escritura. ¿Observas la
sutil diferencia?
Montalbano
no contestó; estaba pensando en darle otro encargo al amigo.
—Oye,
deberías enterarte de qué día se cayó Alberto por la escalera.
—¿Por
qué? ¿Es importante?
—Sí,
creo que sí.
—Bueno,
pues ya lo sé. Fue el 13 de abril...
Se
interrumpió de golpe. Montalbano notó que Niccolò se había quedado sin aliento.
—¡Cristo!
—lo oyó murmurar.
—¿Hiciste
las cuentas? —preguntó Montalbano—. El hecho tuvo lugar el 13 de abril de hace
treinta y un años. Alberto Larussa muere, se suicida o lo matan el 13 de abril
de treinta y un años después. Y el número 31 no es más que el 13 invertido.
—Larussa
dejó el libro de Potocki junto a la silla eléctrica como un desafío, un desafío
para entender —dijo Montalbano.
El
comisario estaba con Niccolò en la trattoria San Calogero atracándose de
salmonetes fresquísimos con salsa.
—¿Entender
qué? —preguntó Niccolò.
—Mira,
cuando Potocki empezó a limar la bola de la tetera, hizo un cálculo temporal:
viviré hasta que la bala pueda entrar en el cañón de la pistola. Alberto
Larussa tenía que organizar su venganza exactamente treinta y un años después y
en el día exacto, el 13 de abril. Un cálculo temporal, como el de Potocki, un
tiempo asignado. Te has quedado perplejo. ¿Qué pasa?
—Pasa
que se me ocurre una observación: ¿por qué Alberto Larussa no tomó su venganza
trece años después de la caída?
—También
me lo he preguntado yo. Quizás había algo que lo hacía imposible, quizás el
padre todavía estaba vivo y se habría dado cuenta, si quieres podemos
investigar. Pero el hecho es que ha tenido que esperar todos estos años.
—¿Y
ahora qué hacemos?
—¿En
qué sentido?
—¿Cómo
en qué sentido? ¿Todas estas historias quedan entre nosotros dos y dejamos a
Giacomo Larussa en la cárcel?
—¿Qué
piensas hacer?
—Bueno,
no sé... Contárselo todo al teniente Olcese. Parece un hombre competente.
—Se
reiría en tu cara.
—¿Por
qué?
—Porque
sólo tenemos palabras, y las palabras se las lleva el viento. Necesitamos
pruebas para presentar ante el tribunal y no las tenemos.
—¿Entonces?
—Deja
que piense esta noche.
Con
su atuendo habitual de espectador de televisión, es decir, camiseta,
calzoncillos y pies descalzos, metió en el vídeo la grabación que le había dado
días atrás Niccolò, encendió un cigarrillo, se sentó cómodamente en el sillón y
puso en marcha la cinta. Cuando llegó al final, la rebobinó y volvió a pasarla.
Repitió la operación tres veces más para observar con minucia los objetos que
habían servido para transformar la silla de ruedas en silla eléctrica. Los ojos
empezaron a picarle de cansancio. Apagó el aparato, se levantó, fue al
dormitorio, abrió el cajón superior de la cómoda, sacó una caja y volvió a
sentarse en el sillón. En el interior de la cajita había un espléndido alfiler
de corbata que le había regalado el pobre Alberto Larussa. Lo estuvo mirando
durante un buen rato y luego, con la aguja en la mano, volvió a poner en marcha
la cinta. De pronto apagó el vídeo, guardó la cajita en la cómoda y miró el
reloj. Eran las tres de la mañana. Le bastaron veinte segundos para superar los
escrúpulos. Levantó el auricular del teléfono y marcó un número.
—¿Amor?
Soy Salvo.
—Dios
mío, Salvo, ¿qué pasa? —preguntó Livia preocupada y con voz adormecida.
—Tienes
que hacerme un favor. Perdona, pero es muy importante para mí. ¿Qué tienes de
Alberto Larussa?
—Un
anillo, dos alfileres, una pulsera, dos pares de aros. Son magníficos. El otro
día los saqué, cuando me enteré de que había muerto. ¡Dios mío, qué horror!
¡Que tu propio hermano te mate de ese modo tan atroz!
—Quizá
las cosas no son como las cuentan, Livia.
—¿Qué
dices?
—Luego
te lo explico. Mira, me interesa que me describas los objetos que tienes, no
tanto la forma como el material utilizado. ¿Entendiste?
—No.
—¡Por
Dios, Livia, está muy claro! Por ejemplo, de qué grosor son los alambres o los
hilos de cobre o de qué están hechos.
El
teléfono de Montalbano sonó cuando no eran todavía las siete de la mañana.
—Salvo,
¿qué piensas hacer?
—Mira,
Niccolò, sólo podemos movernos en una sola dirección; es como caminar por un
alambre.
—Estamos
metidos en la mierda.
—Sí,
y a mierda nos llega hasta el pecho. Antes que nos cubra por completo, al menos
podemos hacer un movimiento. El único capaz de contarnos algo nuevo, algo que
sirva a nuestras sospechas, es Giacomo Larussa. Llama por teléfono a su
abogado, y que le explique minuciosamente qué sucedió durante las tres visitas
que le hizo a Alberto. Pero que lo cuente todo. Hasta si una mosca echó a
volar. En qué habitaciones entraron, qué comieron y de qué hablaron. Hasta las
minucias, aunque le parezcan inútiles. Y por favor, que el esfuerzo le deje
herniado el cerebro.
“Estimado
señor Zito —comenzaba la carta que el abogado Palillo le envió a Niccolò—: Le
remito la transcripción fiel del relato de las tres visitas de mi defendido a
su hermano los días 2, 8 Y 13 de abril de este año.”
El
abogado era un hombre meticuloso y ordenado, a pesar de su aspecto de chanchito
de Disney.
Durante
la primera visita, la del día 2, Alberto no hizo más que pedir perdón y
lamentarse por haberse obstinado en mantener apartado a su hermano. Ya no tenía
importancia ahondar en la desgracia, no tenía sentido averiguar si había sido
él quien dio un paso en falso o si Giacomo lo empujó. Corramos el telón, dijo.
Dijo también que estaba solo como un perro y que la situación empezaba a
cansarlo. Además, tenía días depresivos, cosa que antes no le sucedía, y se
quedaba sentado en la silla de ruedas sin hacer nada. Otras veces se quedaba
meditando a oscuras. ¿En qué?, le preguntó Giacomo. Y Alberto contestó que en
el fracaso de su existencia. Le enseñó el taller, los objetos que elaboraba y
le regaló una magnífica cadena de reloj. La visita duró tres horas, de las
quince a las dieciocho.
Durante
el segundo encuentro, el del día 8, todo se desarrolló casi exactamente como en
la visita anterior. Esta vez el regalo fue un alfiler de corbata. La depresión
de Alberto se había agravado y en un determinado momento Giacomo tuvo la
impresión de que reprimía las lágrimas. Duración de la visita: dos horas y
media, de las dieciséis a las dieciocho y treinta. Se despidieron acordando que
Giacomo volvería el día 13 a la hora de comer y se quedaría allí por los menos
hasta las ocho de la noche.
El
relato de la última visita, la del día 13, presentaba ciertas diferencias.
Giacomo llegó un poco antes de la hora acordada y se encontró a su hermano de
un humor pésimo, muy nervioso. La había tomado con la mucama en la cocina y
para desahogarse tiró al suelo una sartén. Murmuraba y casi no dirigió la
palabra a Giacomo. Poco antes del mediodía, llamaron a la puerta de la casa.
Alberto insultó a la mucama porque no iba a abrir. Fue Giacomo: era el empleado
de una mensajería con un paquete de grandes dimensiones. Giacomo firmó por su
hermano y tuvo la oportunidad de leer la dirección impresa del remitente en una
etiqueta pegada. Alberto casi le arrancó el paquete de las manos y lo apretó
contra su pecho como si fuera un niño. Giacomo le preguntó qué era aquello tan
importante, pero Alberto no contestó; sólo dijo que pensaba que no llegaría a
tiempo. ¿A tiempo de qué? De una cosa que tengo que hacer hoy, fue la
respuesta. Luego bajó al taller a dejar el paquete, pero no invitó a su hermano
a que lo acompañara. Giacomo aseguraba que en esa ocasión no entró en el
taller. Desde la llegada del paquete, el comportamiento de Alberto cambió por
completo. Volvió a su humor normal, se excusó con su hermano y con la mucama,
la cual, después de servir la comida en la mesa, desapareció para ordenar la
cocina y se marchó hacia las quince. Durante la comida no bebieron ni una gota
de vino, Giacomo también señalaba esta circunstancia; ambos eran abstemios.
Alberto invitó a su hermano a descansar una hora; le había hecho preparar la
cama en el cuarto de huéspedes. Al parecer él hizo lo mismo. Giacomo se levantó
hacia las cuatro y media, fue a la cocina y allí encontró a Alberto, que le
había preparado café. Giacomo lo encontró muy afectuoso, pero lejano, casi
melancólico. No aludió en absoluto a la desgracia de hacía treinta y un años,
como se temía Giacomo. Pasaron juntos una tarde agradable, hablaron del pasado,
de los padres, de los parientes. Mientras Alberto se había alejado de todo el
mundo, Giacomo se relacionaba sobre todo con la anciana hermana de la madre, la
tía Ernestina. Alberto demostró mucho interés por esta tía a la que
literalmente había olvidado, preguntó cómo estaba de salud, qué hacía, y hasta
propuso ayudarla económicamente a través de Giacomo. Todo siguió así hasta las
ocho, cuando Giacomo subió al coche para volver a Palermo. Al despedirse
quedaron en verse de nuevo el día 25 del mismo mes. En cuanto a la dirección
del remitente del paquete, Giacomo se había esforzado por recordarla, pero no
lo consiguió. Podía ser Roberti (o quizá Goberti, Foberti, Romerti o Roserti)
SpA — Seveso. Giacomo estaba bien seguro de que el paquete procedía de Seveso:
en sus primeros años de enseñanza mantuvo una breve relación con una profesora
que era de Seveso.
Temía
que la noticia de su investigación paralela pudiera trascender y se dirigió
personalmente a la oficina de correos que, como también era la central
teléfonica pública, tenía todas las guías. Roberti Fausto era dentista, Roberti
Giovanni dermatólogo; en cambio, Ruberti era una SpA. Probó. Contestó una voz
cantarina de mujer.
—Ruberti.
¿En qué puedo servirle?
—Llamo
desde Vigàta, soy el comisario Montalbano. Necesito una información. ¿Qué es
Ruberti SpA?
Al
otro lado hubo un momento de titubeo.
—¿Quiere
decir qué fabrica?
—Sí,
por favor.
—Conductores
eléctricos.
Montalbano
aguzó el oído, quizás había acertado.
—¿Quiere
comunicarme con el director de ventas?
—Verá,
señor comisario, Ruberti es una empresa pequeña. Le paso al ingeniero Tani que
también se ocupa de las ventas.
—¿Hola?
Comisario soy Tani. Dígame.
—Querría
saber si encargó algún material el señor...
—Un
momento —lo interrumpió el ingeniero—, ¿se refiere a un particular?
—Sí.
—Comisario,
no vendemos a particulares. Nuestra producción no se vende en negocios de
electricidad porque no está destinada a uso doméstico. ¿Cómo ha dicho que se
llama el señor?
—Larussa.
Alberto Larussa, de Ragòna.
—¡Oh!
—exclamó el ingeniero Tani. Montalbano no hizo preguntas; esperó que el otro se
recuperara de la sorpresa. —Me he enterado por los diarios y la televisión
—dijo el ingeniero—. ¡Qué final más terrible! Sí, el señor Larussa nos
telefoneó para comprar Xeron 50, del que había leído en una revista.
—Perdone,
pero no entiendo. ¿Qué es el Xeron 50?
—Es
un superconductor, una patente nuestra. En pocas palabras, es una especie de
multiplicador de energía. Es muy caro. Insistió mucho. Era un artista. Le envié
los cincuenta metros que había pedido, comprenda, una cantidad irrisoria. Pero
no llegó a destino.
Montalbano
se sobresaltó.
—¿No
llegó a destino?
—La
primera vez, no. Nos telefoneó varias veces reclamándolo. Mire, llegó a
enviarme un maravilloso par de aros para mi mujer. Le envié cincuenta metros
más con un mensajero. Éstos sí que llegaron a destino.
—¿Cómo
puede estar tan seguro?
—Porque
he visto en la televisión las macabras imágenes de todo lo que se manipuló para
la fabricación de la silla eléctrica. Me refiero a las tobilleras, los
brazaletes, el pectoral. Me ha bastado una ojeada. Los hizo con nuestro Xeron
50.
Fue
al despacho, ordenó que lo sustituyera su segundo Mimì Augello, volvió a su
casa de Marinella, se desvistió, se puso el uniforme de telespectador, metió la
cinta que había visto una y otra vez, tomó asiento en el sillón, con un
bolígrafo y unas cuantas hojas de papel cuadriculado, y puso en marcha el
aparato de vídeo. Tardó dos horas en acabar la labor, tanto por la dificultad
objetiva del cálculo como porque él con los números nunca había andado bien.
Consiguió establecer la cantidad de anillas de Xeron que necesitó Larussa para
confeccionar las tobilleras, los brazaletes, el pectoral y los capuchones. Tras
varios sobresaltos, sudores, borrones, nuevos cálculos y correcciones, observó
que Alberto Larussa necesitó treinta metros de Xeron 50. Entonces se levantó
del sillón y llamó a Niccolò Zito.
—Mira,
Niccolò, ese hilo especial le servía sobre todo para dos cosas. Se trataba de
un material con una circunferencia demasiado gruesa; para las obras de arte
empleaba hilos que parecían telarañas, y por lo tanto todo aquel que lo
conociera diría que la silla eléctrica no la había fabricado Alberto: demasiado
tosco el diseño y demasiado grueso el material. Yo también me equivoqué. La
segunda razón es que Alberto no quería chamuscarse en la silla eléctrica, sino
matarse, matarse de verdad. Entonces tenía que asegurarse: y lo que necesitaba
era el Xeron 50. Por esta razón su hermano Giacomo lo encontró tan nervioso
cuando fue a su casa la mañana del 13: el paquete todavía no había llegado. Sin
el Xeron no se atrevía a sentarse en la silla eléctrica. Cuando Giacomo se
marchó, hacia las ocho de la noche, se puso a trabajar como un loco para
preparar la puesta en escena. Estoy seguro de que consiguió matarse antes de
que pasase la medianoche.
—¿Qué
hago comisario? ¿Voy a ver a Olcese y se lo cuento todo?
—Ahora
sí. Cuéntaselo todo. Y dile también que según tus cálculos, escucha bien, tus
cálculos, Alberto Larussa debió de utilizar unos treinta metros de Xeron 50. En
el taller, chamuscados quizá por el conato de incendio, todavía debe de haber
una veintena de metros de ese hilo. Y por favor: no me nombres, no tengo nada
que ver, no existo.
—¿Salvo?
Soy Niccolò. Lo hemos conseguido. En cuanto cortamos, llamé llamado a Ragòna.
Olcese me dijo que no tenía que hacer ninguna declaración a los periodistas. Le
contesté que deseaba verlo en calidad de ciudadano particular. Aceptó. Una hora
después estaba en Ragòna. Hablar con un iceberg es mucho más agradable. Le
conté todo, le propuse ir al taller para ver si estaban los veinte metros de
Xeron. Me dijo que lo comprobaría. No te cuento la conversación para que no te
enojes.
—¿Me
mencionaste?
—¿Bromeas?
No nací ayer. Bien, por la tarde, hacia las cuatro, me reúno con él en Ragòna.
Lo primero que me dice, sin demostrar la más mínima turbación dado que lo que
me estaba comunicando significaba que había errado completamente la
investigación, pues lo primero que me dice es que en el taller de Alberto
Larussa estaban los veinte metros de Xeron. Ni una palabra más ni una menos. Me
lo agradece con el mismo calor que si le hubiese dicho la hora y me alarga la
mano. Y mientras nos estamos despidiendo, me dice: “¿Nunca ha querido entrar en
la policía?” Yo me quedo un poco sorprendido y le contesto: “No, ¿por qué?” ¿Y
sabes qué me contestó? “Porque creo que su amigo, el comisario Montalbano,
estaría contentísimo.”
¡Qué
grandísimo hijo de puta!
Giacomo
Larussa fue puesto en libertad, el teniente Olcese se ganó unos elogios,
Niccolò Zito lanzó una primicia memorable y Salvo Montalbano lo celebró con una
comilona tal que durante dos días se sintió mal.
El
hombre que iba a los entierros
Una
amarra que se rompió de repente durante un temporal cortó limpiamente la pierna
izquierda de Cocò Alletto, que ya no pudo seguir de capataz de estibadores. La
pierna artificial no le permitía trajinar por las pasarelas.
Hombre
solitario, que en nuestra tierra significa tener el cuerpo enjuto y ninguna
preocupación de mujer e hijos, la pensión que le pasaba el gobierno le permitía
una pobreza digna, y su hermano Jacopo, que se las arreglaba algo mejor que él,
le regalaba un par de zapatos o un traje nuevo cuando se presentaba la
necesidad. Cocò sufrió el accidente cuando había cumplido los cuarenta. En
cuanto consiguió mantenerse de pie, adquirió el hábito de quedarse todo el
santo día sentado en una bita contemplando el tráfico del puerto. Fue testigo,
año tras año, de la cada vez más reducida entrada y amarre de barcos para
cargar o descargar, hasta que sólo quedó el correo de Lampedusa para abrigar
esperanzas de que el estado de coma del puerto no era irreversible. Los grandes
cargueros, los gigantescos petroleros que pasaban por alta mar, desfilaban por
la línea del horizonte.
Entonces
Cocò se despidió para siempre del puerto y se trasladó a un guardarruedas
próximo al ayuntamiento, en la calle principal de Vigàta. Un día pasó delante
de él un entierro muy solemne, con la banda a la cabeza y cincuenta coronas; no
supo nunca la razón que de pronto lo impulsó de manera irresistible a ponerse a
la zaga con su paso danzarín: siguió el cortejo fúnebre hasta la colina donde
estaba el cementerio.
Desde
entonces se convirtió en una costumbre: no fallaba a ningún entierro, cayese
lluvia o soplara viento. Varones o mujeres, viejos o niños, no hacía
diferencias.
Sucedió
que cuando el Señor llamó a Totuccio Sferra (“parece que el Señor tiene ganas
de jugar al tute o a la brisca” fue el comentario unánime, dado que Totuccio no
había hecho otra cosa en su vida que jugar al tute y a la brisca), se dieron cuenta
de que Cocò no se había incorporado a la comitiva y se preguntaron los unos a
los otros en busca de una explicación. Simone Sferra, hermano del muerto, que
era un hombre respetable, se tomó la cosa como una ofensa, un desaire a su
persona. Abandonó el funeral y fue a llamar a casa de Cocò para pedirle
cuentas, pero nadie respondió. Iba a marcharse, cuando le pareció oír que
alguien se quejaba: como era un hombre de decisiones rápidas, derribó la puerta
y encontró a Cocò en medio de un charco de sangre; se había caído y se había
hecho un corte en la cabeza. Entonces corrió la voz que Cocò se había salvado
por obra y gracia de todos los muertos a los que había acompañado.
Cuando
escaseaban los funerales y Cocò empezaba a ponerse nervioso en el
guardarruedas, alguna alma piadosa se acercaba y le llevaba noticias
reconfortantes:
—Parece
que a Ciccio Butera el párroco le dio la extramaunción. Es cuestión de horas.
—Al
parecer el hijo de don Cosimo Laurentano, ese que se dio un golpe yendo en el
Ferrari, no saldrá adelante.
Por
la mañana Cocò se levantaba pronto, cuando todavía estaba oscuro, y en cuanto
abría el café Castiglione entraba e iba a sentarse ante una mesita, esperando
que llegaran los brioches recién salidos del horno. Se comía dos, remojándolos
en un gran vaso de granizado de limón, y luego salía de nuevo para observar el
trabajo de los hombres que pegaban carteles. Entre los bandos del ayuntamiento
y los carteles publicitarios, no pasaba día que no apareciera un aviso
fileteado de negro. Ciertos días venturosos los avisos eran dos o tres y Cocò
anotaba los horarios y, sobre todo, las iglesias, que en Vigàta eran muchas, en
las que iban a tener lugar los funerales. Cuando la epidemia de gripe maligna
se llevó a ancianos y niños, Cocò casi enfermó de agotamiento por el esfuerzo
de correr de un extremo a otro del pueblo de la mañana a la noche, pero
consiguió no perderse ningún entierro.
Al
comisario Montalbano, que lo conocía desde que entró de servicio en Vigàta, le
pareció no entender bien.
—¿Qué?
—Han
disparado a Cocò Alletto —repitió Mimì Augello, su segundo.
—¿Lo
mataron?
—Sí,
de un solo tiro, le dieron en la cara. Estaba sentado en el guardarruedas, a
primera hora de la mañana, esperando que abrieran el café.
—¿Hay
testigos?
—¡La
mierda! —contestó de forma lapidaria Mimì Augello.
—Cuéntame
—dijo el comisario.
Y
eso significaba que cargaba la investigación, con suma delicadeza, en los
hombros de Augello.
Cuatro
días después, todo el pueblo fue al funeral de Cocò Alletto; no hubo un alma
que no quisiera asistir: mujeres encintas en peligro de parto en medio del
cortejo; ancianos que apenas se sostenían, ayudados por los hijos y los nietos;
y el ayuntamiento en pleno. Hasta fue un moribundo detrás del ataúd: Gegè
Nicotra, enfermo de un mal incurable y que todavía no había superado la
cincuentena. Su presencia en el funeral impresionó; la gente no sabía si sentir
más pena por el muerto o por el que estaba todavía vivo aunque ya
irremediablemente condenado.
El
comisario comprendió enseguida que la investigación no iba a llevar a nada. Lo
único cierto era que a Cocò le habían disparado en la cara (como si quisieran
borrarle los rasgos): el asesino se había situado delante de él a uno o dos
metros de distancia, de pie o sentado dentro de un coche. Pero, ¿por qué? Cocò
nunca había hecho daño a nadie, no tenía enemigos. ¿Entonces? ¿Vio algo en
algún funeral que no debió haber visto? Pero Cocò, con su caminar dislocado,
mantenía siempre la cabeza inclinada, como si temiera dar un paso en falso. Y
si hubiera visto algo, ¿a quién se lo habría dicho? Ya era mucho si en el
transcurso de una jornada decía tres palabras. Más que callado, era una tumba.
“Y
nunca una palabra fue tan apropiada”, pensó Montalbano.
El
primer funeral al que Cocò no pudo asistir, porque hacía tres días que estaba
muerto, fue el del pobre Gegè Nicotra quien, después de volver a casa tras
acompañar a Cocò al cementerio, aprovechando que su mujer había ido a hacer
unas compras, escribió dos líneas y se disparó en el corazón.
“Pido
perdón, estoy desesperado, ya no soporto la enfermedad”, decía la nota.
Cuando
Montalbano quería meditar sobre algún problema o, simplemente, tomar un poco el
aire, solía comprar un cucurucho de garbanzos tostados y semillas de calabaza y
se iba a dar un largo paseo hasta el faro situado encima del muelle del
levante. Un paseo rumiante, tanto de boca como de cerebro.
Durante
uno de esos paseos tuvo que intervenir y separar a dos pescadores que se
estaban peleando. Al parecer, tenían serias intenciones de pasar de los
insultos, gestos y palabrotas a los hechos. El comisario, aunque a desgano,
cumplió con su obligación: se dio a conocer, se interpuso, agarró a uno por el
brazo y ordenó al otro que se alejara. Cuando este último hubo dado unos pasos
se detuvo, se volvió y gritó a su adversario:
—¡Tú
al mío no vas!
Al
hombre que Montalbano sujetaba por el brazo pareció que lo sacudía una
corriente eléctrica, se mordió los labios y no abrió la boca. Cuando el otro se
hubo alejado lo suficiente, el comisario liberó el brazo de su prisionero y lo
amonestó diciéndole que no intentara hacerse el pícaro porque la pelea acababa
allí.
Cuando
llegó debajo del faro, se sentó en una roca y empezó a comer los garbanzos.
“¡Tú
al mío no vas!”
La
frase que acababa de oír le retumbó en la cabeza.
—¡Tú
al mío no vas!
Para
alguien que no fuera siciliano, aquellas palabras habrían sido poco
comprensibles, pero para Montalbano estaban tan claras como el agua.
Significaban “tú no irás a mi funeral, yo iré al tuyo porque te mataré antes”.
El
comisario permaneció inmóvil; luego, de pronto, se levantó y echó a correr
hacia el pueblo, mientras en su cabeza se dibujaba una escena tan clara y
precisa que le parecía estar viéndola en el cine.
Un
hombre que se sabe condenado a muerte por la enfermedad y que le quedan,
exagerando, algunas semanas de vida, se revuelve en la cama sin conseguir
conciliar el sueño. A su lado duerme la esposa, atiborrada de somníferos y
tranquilizantes, para conseguir un pequeño oasis de olvido en el cotidiano
desierto de angustia que está obligada a atravesar. El hombre enciende la luz y
mira fijamente el despertador en la mesita de noche: cada segundo que pasa
siente aproximarse el paso de la muerte. Las primeras luces del amanecer
siempre son un momento crítico para quien tiene malas intenciones; el hombre
comprende que se le ha acabado la capacidad de tomar por los cuernos los pocos
días que le quedan. No sólo es la muerte, sino saber que se va a morir y que el
reloj ya tiene muy poca arena en la parte superior. Se levanta de la cama en
silencio, para no turbar el sueño de la mujer, se viste, se guarda el revólver
en el bolsillo, sale decidido a matarse lejos de casa para evitar que el ruido
del tiro despierte a la mujer y lo descubra agonizante entre las sábanas
empapadas de sangre.
Cuando
llega a la calle, ve a Cocò Alletto en el guardarruedas, como un búho.
Permanece allí, inmóvil. Espera.
“Espera
mi funeral”, piensa el hombre.
Entonces
se pone frente a Cocò, que lo mira con expresión interrogante, saca el revólver
y, sin pensarlo dos veces, dispara. En la cara, para borrar la mirada de la
muerte que ha clavado los ojos en los suyos. Y enseguida comprende que la
muerte no puede morir por un disparo de revólver. Se da cuenta de la inutilidad,
de lo absurdo de su acción: el homicidio gratuito lo ha dejado vacío; ahora
apenas tiene fuerzas para volver a casa, junto a la mujer ignara.
En
cuanto llegó al despacho, telefoneó a Jacomuzzi, el jefe de la policía
científica de la comisaría de Montelusa. Le contestaron que estaba en reunión,
que le trasmitirían el mensaje y que él lo llamaría en cuanto acabara.
Los
de la científica tenían el proyectil que había matado a Cocò Alletto y el que
había entrado en el corazón de Gegè Nicotra. Y su revólver. Si los dos
proyectiles resultaran proceder de la misma arma, su hipótesis se confirmaría
de manera irrevocable, como si Gegè hubiera confesado el delito.
Sonrió,
satisfecho.
¿Y
después?
La
pregunta repentina le atravesó el cerebro. La satisfacción que sentía comenzó a
evaporarse. ¿Y luego?
¿Declarar
culpable de homicidio a un muerto que yacía a pocos pasos de la tumba de su
víctima tenía sentido?
¿Sumergir
a la viuda en un mar de dolor nuevo y distinto sólo para su satisfacción
personal?
Sonó
el teléfono.
—¿Qué
querías? —preguntó Jacomuzzi.
—Nada
—contestó el comisario Montalbano.
Un
asunto delicado
El
profesor Pasquale Loreto, director de la escuela elemental Luigi Pirandello (en
Montelusa y sus alrededores, todo hacía referencia al ilustre ciudadano, desde
los hoteles y los baños hasta las pastelerías), era un hombre de unos cincuenta
años, calvo, de aspecto cuidado y palabra breve. Dotes, estas últimas, que
Montalbano apreciaba siempre, a no ser que la evidente turbación que afligía al
director transformara, de vez en cuando, la natural brevedad del discurso en un
balbuceo inconexo que agotaba la paciencia del comisario. Llegó un momento en
que decidió que si no intervenía se haría de noche. Y eran las diez de la
mañana.
—Si
he comprendido bien, señor director, sospecha que uno de sus maestros presta
una atención particular, llamémoslo así, a una niña de cinco años que asiste al
jardín de infantes. ¿No es cierto?
—Sí
y no —dijo Pasquale Loreto sudando y retorciéndose los dedos.
—Entonces
explíquese mejor.
—Bien,
puntualizando: la sospecha no la he tenido yo, sino la madre de la niña, que ha
ido a hablar conmigo.
—Bien,
la madre de la niña ha querido denunciar ante usted el asunto, en su calidad de
director de la escuela.
—Sí
y no —repuso el director retorciéndose de tal manera los dedos que durante un
momento no consiguió desenredarlos.
—Entonces,
explíquese mejor —dijo Montalbano repitiendo la misma frase.
Le
parecía estar ensayando una comedia. Sólo que aquella historia no era una
comedia.
—Bueno,
la madre de la niña no se proponía hacer una denuncia formal; de otro modo me
habría comportado de otra manera, ¿no cree?
—Sí
y no —dijo Montalbano con mala intención, robándole la frase al otro.
Pasquale
Loreto se quedó sorprendido; luego lanzó una improvisación sobre el texto.
—Perdone,
¿en qué sentido?
—En
el sentido de que usted, antes de denunciar a su vez al maestro, debería haber
recogido alguna prueba más en su contra. Debería haber llevado a cabo, como
diría yo, una investigación personal en el ámbito del Instituto.
—Jamás
habría hecho eso.
—¿Por
qué no?
—¡Imagínese!
¡Al cabo de una hora, todo el mundo sabría en el Instituto que estaba haciendo
preguntas sobre el maestro Nicotra! Ya hay murmuraciones; imagínese si les doy
el más mínimo pretexto. No puedo dar palos de ciego.
—¡Y
yo no puedo moverme sin una denuncia!
—Mire
co...comisario, la ma...madre tiene escrú... escrúpulos...
—Hagámoslo
de este modo —propuso Montalbano al oír que el otro volvía a tartamudear—.
¿Conoce a la señora Clementina Vasile Cozzo?
—Claro
que sí —dijo el director Loreto con el semblante iluminado—. ¡Fue profesora
mía! ¿Qué tiene que ver?
—Puede
ser una solución. Si me reúno con la madre de la niña en casa de la señora
Vasile Cozzo para una charla informal, la cosa no despertará curiosidad ni
murmuraciones. Sería distinto si yo fuera a la escuela o si la señora viniera
aquí.
—Perfecto.
¿Debe llevar a la niña?
—Por
ahora no creo que sea necesario.
—Se
llama Laura Tripòdi.
—¿La
madre o la hija?
—La
madre. La niña, Anna.
—Dentro
de una hora lo llamaré al Instituto. Antes debo llamar a la señora Clementina y
saber cuándo le viene bien.
—¡Comisario,
qué pregunta! Puede venir a mi casa con quien quiera y cuando quiera.
—¿Le
iría bien mañana por la mañana, a las diez? Así la señora Tripòdi lleva a la
niña a la escuela y luego pasa por su casa. Espero no molestarla mucho rato.
—Molésteme
hasta la hora de comer incluida. Haré que le preparen algo que le gustará.
—Usted
es un ángel, señora.
Colgó
y llamó a Fazio.
—¿Conoces
a alguien del jardín de infantes Pirandello?
—No,
comisario. Pero puedo informarme, mi sobrina Zina lleva allí a su hijo Tanino.
¿Qué quiere saber?
La
señora Clementina sirvió el café con soltura, moviéndose con la silla de
ruedas, y luego desapareció con discreción del salón. Hasta cerró la puerta.
Laura Tripòdi no era en absoluto como el comisario la había imaginado.
Debía
de haber cumplido hacía poco los treinta y, físicamente, era una mujer muy
respetable. Nada vistosa; antes bien, el sobrio dos piezas que tenía puesto
ocultaba las formas; la controlada sensualidad de la mujer, sin embargo, era
tan palpable que afloraba de la mirada, del movimiento de las manos, del modo
de cruzar las piernas.
—El
asunto del que me ha hablado el director Loreto es muy delicado —empezó
Montalbano—, y para poder moverme necesito tener una clara visión de la
situación.
—Estoy
aquí para eso —dijo Laura Tripòdi.
—¿Ha
sido Anna, me parece que así se llama, quien le habló de las atenciones del
maestro?
—Sí.
—¿Qué
le ha dicho exactamente?
—Que
el maestro la quería más que a las otras, que siempre estaba dispuesto a
ponerle y a quitarle el abriguito, que le regalaba caramelos a escondidas.
—No
me parece que...
—Al
principio a mí tampoco. Claro que me molestaba que la niña se sintiera una
privilegiada, hasta me dije a mí misma que un día u otro tenía que hablar con
el maestro Nicotra. Luego sucedió algo...
Se
detuvo, ruborizada.
—Señora,
comprendo que le cueste hablar de un tema tan desagradable, pero anímese.
—Había
ido a buscarla, como siempre, si no puedo lo hace mi suegra, y la vi salir,
cómo diría, acalorada. Le pregunté si había corrido. Me contestó que no, me
dijo que estaba contenta porque el maestro le había dado un beso.
—¿Dónde?
—En
la boca.
Montalbano
tuvo la certeza de que si hubiera acercado un fósforo a la piel de la cara de
la mujer se habría encendido.
—¿Dónde
estaba cuando el maestro la besó?
—En
el pasillo. La estaba ayudando a ponerse el impermeable porque llovía.
—¿Estaban
solos?
—No
creo, era la hora en que todos salen de clase.
El
comisario se preguntó cuántas veces habría besado a niños sin que las madres
hubieran pensado mal. Luego apareció el asunto, nacional e internacional, de la
pedofilia.
—¿Ha
pasado algo más?
—Sí.
La acarició.
—¿Cómo
la ha acariciado?
—No
me he atrevido a preguntárselo a Anna.
—¿Dónde
fue?
—En
el cuarto de baño.
Ay.
El cuarto de baño no es el pasillo.
—¿Y
qué le dijo el maestro para convencerla de que lo acompañara al cuarto de baño?
—No,
comisario, no fue así. Anna se cortó un dedo, se echó a llorar y entonces el
maestro...
—Comprendo
—dijo Montalbano.
En
realidad había comprendido poco.
—Señora,
si las atenciones del maestro se han limitado a...
—Ya
lo sé, comisario. Pueden ser tan sólo gestos de afecto sin segundas
intenciones. Pero ¿y si no lo fueran? ¿Y si un día hiciera algo irreparable? Mi
corazón de madre... —Iba a caer en lo melodramático. Se llevó una mano al
corazón, respiraba con ansiedad. Siguiendo el gesto de la mano, el comisario no
pensó en el corazón de Laura Tripòdi, sino en la suave carne que lo cubría. —Mi
corazón de madre me dice que las intenciones de ese hombre no son buenas. ¿Qué
debo hacer? No quiero denunciarlo, podría arruinado por culpa de un equívoco.
Por esta razón se lo he contado al director: podrían alejarlo, con discreción,
de la escuela.
¿Con
discreción? Peor que una condena: en un tribunal podía defenderse, pero así,
alejándolo a la chita callando lo dejaban en manos de las habladurías y no le
quedaría más remedio que dispararse un tiro. Quizá la niña corría algún
peligro, pero quien en ese momento se encontraba en una mala situación era el
maestro Nicotra.
—¿Ha
hablado con su marido?
Laura
Tripòdi emitió una risita gutural, como el arrullo de una paloma. Cuando
aquella mujer hacía cualquier cosa, hasta la más simple, en la mente de
Montalbano aparecían imágenes de camas deshechas y cuerpos desnudos.
—¿Mi
marido? ¡Pero si soy casi viuda, comisario!
—¿Qué
significa casi?
—Mi
marido es técnico del ENI. Trabaja en Arabia saudí. Antes vivíamos en Fela,
luego nos trasladamos a Vigàta porque aquí vive su madre y me puede dar una
mano con la niña. Mi marido viene a Vigàta dos veces al año y se queda quince
días. Pero se gana bien la vida y yo tengo que contentarme.
Ese
“contentarme” abrió al instante un abismo de sobreentendidos, en cuyo borde el
pensamiento del comisario se detuvo asustado.
—Entonces
vive sola con la niña.
—No
exactamente. Tengo pocas amistades, pero dos o tres veces a la semana la niña y
yo vamos a dormir a casa de mi suegra, que es mayor y viuda. Nos hacemos
compañía. Mi suegra querría que nos trasladáramos definitivamente a vivir con
ella. Quizás acabe haciéndolo.
—Leonardo
Nicotra, nacido en Minichillo, provincia de Ragusa, el 7 del 5 del 65, hijo de
Giacomo y de Anita Colangelo, exento del servicio militar.
¡Esto
era nuevo, nuevo! ¡Exento del servicio militar! A Montalbano le irritaba la
minuciosidad de Fazio, no comprendía por qué siempre se empeñaba en darle
detalles inútiles. Alzó los ojos de los papeles y miró fijamente a Fazio. Sus
miradas se cruzaron y el comisario se dio cuenta de que Fazio lo había hecho a
propósito, para provocarlo. Decidió no darle pie.
—Sigue.
Algo
desilusionado, Fazio continuó:
—Desde
hace dos años vive en Vigàta, en la calle Edison número 25. Es maestro suplente
del jardín de infantes Pirandello. No se le conocen vicios ni mujeres. No le
interesa la política.
Dobló
la hoja con las anotaciones, la guardó en el bolsillo y se quedó mirando a su
superior.
—¿Bien?
¿Has acabado? ¿Qué quieres?
—Debería
habérmelo dicho... —replicó Fazio, ofendido.
—¿Qué
debería haberte dicho?
—Que
se murmura del maestro Nicotra.
El
comisario se quedó helado. ¿De modo que había otros casos? ¿No se trataba de la
fantasía de una mujer cuyo marido estaba ausente demasiado tiempo?
—¿Qué
has sabido?
—Mi
sobrina Zina me ha contado que desde hace una semana empezó a correr la voz de
que al maestro Nicotra le gustan demasiado las niñas pequeñas. Antes todo el
mundo llevaba en bandeja al maestro, todos comentaban lo bueno que era. Y ahora
hay madres que piensan llevarse a las hijas del colegio.
—¿Pero
hay algo concreto?
—Concreto,
nada. Sólo murmuraciones. Ah, me olvidaba: mi sobrina dice que la novia le ha
traído mala suerte.
—No
entiendo nada.
—El
maestro ha encontrado novia aquí, en Vigàta, y pocos días después han empezado
las murmuraciones.
—¿El
director Loreto? Soy el comisario Montalbano.
Al
parecer la situación se está precipitando.
—Y...
y... ya... mememe... he... enterado.
—Oiga,
mañana, a las diez y media, iré a verlo al Instituto. Consiga que pueda ver a
la niña, a Anna. ¿Hay una entrada trasera? No quisiera que me viesen. No diga
nada a la madre, no quiero verla; su presencia podría condicionar a la nena.
Siguió
trabajando en el despacho, pero de vez en cuando un pensamiento molesto le
cruzaba la cabeza: sin la denuncia de una madre o del propio director, no
estaba autorizado a dar ningún paso. Su carácter lo inclinaba a tomarse a la
chacota las autorizaciones, pero ahora estaba de por medio una niña, y ante la
idea de tener que hablar con delicadeza, con cautela, para no perturbar su
inocencia, le entraban sudores fríos. No, tenía que obtener la denuncia de la
señora Tripòdi. El número se lo había dado ella misma por la mañana. Respondió
el contestador automático.
—Estoy
momentáneamente ausente. Deje el mensaje o llame al número 535267.
Debía
de ser el número de la suegra. Iba a marcado, pero se detuvo. Quizá sería mejor
tomar por sorpresa a Laura Tripòdi. Iría a verla, sin previo aviso.
—¡Fazio!
—Mande.
—Dame
la dirección del 535267.
Volvió
al cabo de un minuto.
—Corresponde
a Teresa Barbagallo, calle Edison 25.
—Mira,
nos veremos mañana por la mañana. Ahora vaya ver a esa señora y luego me iré a
mi casa de Marinella. Buenas noches.
Salió
de la comisaría, dio unos pasos, se detuvo de golpe y se apoyó en la pared: el
rayo que le acababa de estallar en la cabeza lo había cegado.
—¿Se
siente mal, comisario? —preguntó alguien que pasaba y que lo conocía.
No
contestó, y volvió corriendo a la comisaría.
—¡Fazio!
—¿Qué
sucede, comisario?
—¿Dónde
tienes el papel?
—¿Qué
papel?
—Ese
que me has leído con los datos del maestro.
Fazio
se metió una mano en el bolsillo, sacó el papel y se lo entregó.
—Léelo
tú. ¿Dónde vive el maestro?
—En
la calle Edison 25. ¡Qué curioso! ¡Precisamente adonde iba usted ahora!
—Ya
no voy, he cambiado de idea. Vuelvo directamente a casa. Ve tú a la calle
Edison.
—¿Y
qué hago?
—Observa
cómo es la casa, en qué pisos viven la señora Barbagallo y el maestro Nicotra.
Luego me llamas por teléfono. Ah, oye: infórmate también de si la señora
Barbagallo es la suegra de una joven que se llama Tripòdi y que tiene una niña.
No hagas ruido, trata de ser discreto.
—Esté
tranquilo, no llevo conmigo la banda municipal —dijo Fazio, que aquel día tenía
la respuesta fácil.
La
llamada de Fazio llegó oportuna, precisamente al final de la película policial
que a Montalbano le entusiasmaba a pesar de haberla visto ya cinco veces:
Crimen perfecto, de Hitchcock. Sí, Teresa Barbagallo era la suegra de Laura
Tripòdi, tenía un departamento en el segundo piso del edificio, y en el tercero
y último vivía el maestro Nicotra. En el inmueble sólo había un departamento
por piso. La señora Tripòdi y su hija iban a dormir a menudo a casa de la
suegra. En el primer piso vive un fulano que se llama... ¿No le interesa el
primer piso? Bien, buenas noches.
Para
el comisario no fue una buena noche, sino excelente: durmió seis horas de sueño
profundo. Ahora que sabía lo que debía hacer, ya no experimentaba tanta
angustia por tener que interrogar a la niña.
Las
manchitas de tinta en los dedos certificaban que era verdadera; de otro modo el
vestidito vaporoso de color rosa, el lacito en los bucles rubios, los grandes
ojos azules, la boquita perfecta, la naricita ligeramente respingada, la
habrían hecho parecer falsa, una muñeca de tamaño natural.
Mientras
el comisario se devanaba el cerebro pensando en cómo iba a empezar, Anna se
adelantó:
—¿Quién
eres?
Montalbano
se asustó, le dio miedo sufrir un ataque de dismorfofobia que, como le había
explicado un amigo psicólogo, venía a ser el temor a no reconocerse en el
espejo. La niña no era un espejo, claro, pero lo ponía ante una definición de
identidad sobre la que alimentaba serias dudas.
—Soy
un amigo de papá —se oyó decir: algo, en su interior, lo había decidido.
—Papá
vuelve dentro de un mes —explicó la niña—. Siempre me trae muchos regalos.
—Y
yo te traigo esto de su parte.
Le
dio un paquete que Anna desenvolvió enseguida. Era una caja de plástico de
vivos colores, en forma de corazón, que, al abrirse, mostraba en su interior un
minúsculo departamento completamente amueblado.
—Gracias.
—¿Quieres
un chocolatín? —preguntó el comisario abriendo la bolsita que había comprado.
—Sí,
pero no se lo digas a mamá. No quiere, dice que luego me duele la barriguita.
—¿Tu
maestro te da chocolatines cuando eres buena con él?
He
aquí el gusano Montalbano empezando a socavar a la manzana inocente del Edén.
—No,
él me daba caramelos.
—¿Te
daba? ¿Ahora ya no te los da?
—No,
yo ya no los quiero. Ahora es malo.
—¿Qué
dices? Tu mamá me ha contado que te quiere mucho, que te mima, te besa...
He
aquí el gusano dentro de la manzana, que empieza a pudrirse.
—Sí,
pero ya no lo quiero.
—¿Por
qué?
—Porque
ahora es malo.
En
la habitación sonó el teléfono y pareció como una ráfaga de metralla.
Montalbano se levantó de un salto, alzó el auricular y refunfuñó:
—Estamos
todos muertos.
Colgó,
levantó de nuevo el auricular y lo dejó descolgado. La niña se echó a reír.
—Eres
un payaso.
—¿Quieres
otro chocolatín?
—Sí.
Empáchate,
y paciencia si luego te duele la barriguita.
—Oye,
¿te has peleado con el maestro?
—¿Yo?
No.
—¿Te
ha gritado?
—No.
—¿Te
ha obligado a hacer cosas que no querías?
—Sí.
Montalbano
sintió una gran desilusión. Se había equivocado en todo; las cosas eran tal y
como las había contado la madre de la niña.
—¿Qué
cosas?
—Quería
ayudarme con el abriguito pero yo le di una patada en las piernas.
—Bueno,
me parece que la mala eres tú.
—No.
Él.
El
comisario tomó aire, como si sufriera de apnea, y espiró.
—¿Te
apuestas algo a que yo sé por qué dices que ahora el maestro es malo?
—No,
no lo sabes; es un secreto que sólo conozco yo.
—Y
yo soy un mago. El maestro es malo porque ha hecho enojar a mamá.
La
niña abrió desmesuradamente ojazos y boquita al mismo tiempo.
—¡Eres
un mago de verdad! Sí, ha hecho llorar a mamá. Ya no la quiere. Le ha dicho a
mamá que no quiere que vaya a verlo cuando todos están durmiendo. Mamá lloraba.
Yo estaba despierta y lo he oído todo. La abuela no se enteró de nada, no oye
nada, se toma una pastilla para dormir y también es un poco sorda.
—¿Le
dijiste a mamá que lo habías oído?
—No.
Era un secreto mío. Pero cuando vuelva papá le diré que el maestro ha hecho
llorar a mamá para que le dé una paliza. ¿Me das otro chocolatín?
—Claro.
Oye, Anna, eres una niña excelente. Cuando vuelva papá, no le digas nada. Mamá
ya se está ocupando de hacer llorar al maestro Nicotra.
El
yac
En
el primer año del bachillerato, la profesora Ersilia Castagnola hechizaba
literalmente a sus alumnos cuando se ponía a hablar de animales, sobre todo si
se refería a animales salvajes de alta montaña, porque la clase estaba formada
en su gran mayoría por hijos de personas que, de un modo u otro, sólo estaban
relacionadas con el mar. La profesora Castagnola era, como hoy se diría, una
narradora extraordinaria. Con sus relatos despertaba la fantasía de los
pequeños. Salvo Montalbano, o Montalbano Salvo, según la lista, y sus
compañeros organizaban en el patio de la escuela arriesgadas cacerías de
markor, que es una especie de gran cabra salvaje del Beluchistán, o del gato de
algalia, del que habló por primera vez nada menos que Marco Polo.
El
animal que más los atrajo fue el yac, que sólo por el nombre les despertó
simpatía.
—El
yac —explicó aquel día la profesora Ersilia Castagnola— también se denomina
buey gruñidor. Habita en las zonas más gélidas del Tíbet y no se puede alejarlo
de su territorio. Es imposible mantenerlo en cautividad, y en las regiones
templadas enferma gravemente, pierde todo su vigor y muere.
Las
palabras de la profesora Castagnola provocaron que veinticuatro cabezas, con el
mismo pensamiento, giraran al unísono hacia el último banco donde dormitaba
Tatò Aguglia, el compañero número veinticinco. Tosco, peludo, los brazos
demasiado largos, con los cabellos rizados cubriéndole los ojos, Tatò o
refunfuñaba o gruñía; era raro que emitiera un monosílabo que se pudiera
calificar como tal. La mitad de la clase no tuvo ninguna duda: Tatò era un yac.
Pero durante el recreo, la otra mitad de la clase se adhirió a la escuela de
pensamiento de Tano Cumella.
—Hay
que tener cuidado y no caer en un peligroso error de clasificación —advirtió
Tano—. Tatò Aguglia es el único ejemplo en el mundo de Homo Sapiens (por
llamarlo de alguna manera) viviente. Además le gustan los climas cálidos; ¿no
ven que siempre es el primero en organizar una pelea, el primero en dar
bofetadas, patadas y puñetazos?
—¡No!
—intervino Nenè Locicero, que era poeta—. No lo vieron cuando la profesora dijo
“yac”. Durante un segundo, sus ojos, siempre negros como el carbón, se
volvieron de un azul tan claro que parecían blancos.
—¿Y
eso qué significa? —preguntó, polémico, Tano Cumella.
—Significa
que en aquel momento estaba contemplando las inmensas extensiones de hielo del
Tíbet, su país de origen.
—¿Y
cómo se explica que le gusten los climas cálidos?
—Se
explica porque empleas mal la metáfora, confundes clima con agresividad. Los
osos polares, según tú, en cuanto ven a un hombre ¿lo abrazan y lo besan?
El
último argumento resultó el más convincente de todos. Desde ese momento Tatò
Aguglia recibió el sobrenombre de Yac. Cuando se enteró gruñó de satisfacción.
En
segundo año del bachillerato, Yac no asistió a las clases. Al parecer su padre,
sargento de la Comandancia del puerto, fue trasladado a Augusta. Salvo
Montalbano ya no volvió a oír hablar del buey gruñidor.
En
el 68 el futuro comisario, que tenía dieciocho años, hizo todo lo que se
esperaba que hiciera un joven de su edad: manifestó, ocupó, proclamó, arrasó,
protestó, peleó. Contra la policía, naturalmente. Durante un enfrentamiento muy
duro se encontró al lado de un compañero con la cara oculta, que reía a
carcajadas y gruñía mientras encendía una bomba molotov. Le pareció notar algo
familiar en él.
—Yac
—aventuró.
El
compañero se detuvo un momento, la botella en la mano izquierda y el encendedor
en la derecha, luego encendió la mecha, lanzó la botella, abrazó a Salvo, gruñó
algo así como “feliz” y desapareció.
¿Qué
quiso decir? ¿Que era feliz porque se encontraba en medio de aquel lío o porque
volvía a ver a un ex compañero de escuela? Quizás ambas cosas a la vez.
Veinte
años después, como en las novelas de Dumas, Montalbano se encontró por
casualidad a Nenè Locicero en Palermo. Ya no hacía poesía; ahora era un
importante constructor y se encontraba, por el momento, “reducido” en la cárcel
de Ucciardone, acusado de corrupción, encubrimiento y colusión con la mafia.
Se
abrazaron con fraternal afecto.
—¡Salvù!
—¡Nenè!
Con
señorío, el comisario hizo como que no le sorprendía encontrar a Nene en
Ucciardone. Y, con el mismo señorío, Nenè no le habló de sus recientes
desgracias.
—¿Cómo
estás?
—No
me puedo quejar, Salvù.
—¿Sigues
escribiendo?
Un
velo de melancolía se posó en las pupilas del ex poeta.
—No,
ya no puedo hacerla. Pero leo, ¿sabes? He vuelto a descubrir a dos poetas casi
olvidados, Gatto y Sinisgalli. ¡Mierda! ¡Comparados con ellos, los de hoy dan
risa!
Luego
hablaron de los ex compañeros de escuela, de Alongi, que se había hecho cura;
de Alaimo, que era subsecretario...
—¿Y
qué ha sido de Tatò Aguglia? —preguntó el comisario.
El
otro lo miró sorprendido.
—¿No
sabes nada?
—Sinceramente,
no.
—¡Pero
si salió en los diarios! ¡Hasta las revistas le dedicaron artículos!
El
atónito Montalbano se enteró entonces de que en África, en cuanto se organizaba
una guerrilla de cualquier signo político, aparecía un legendario mercenario,
conocido en todas partes con el sobrenombre de Yac, que dirigía una banda de
hombres feroces y sin escrúpulos. Un periodista más atrevido que los demás
consiguió aproximarse a él en una espesa selva ecuatorial y entrevistado. Yac,
tras especificar que se llamaba Salvatore Aguglia y que era siciliano, dijo una
frase inexplicable que el periodista reprodujo al pie de la letra:
—Y
muchos saludos a la profesora Ersilia Castagnola, si todavía vive.
El
periodista añadía con total honestidad que la frase podía ser esa u otra; la
interpretación no estaba clara, pues los largos años pasados en África habían
contagiado el habla de Salvatore Aguglia. Eso era lo que suponía el periodista,
interpretando ciertos sonidos guturales típicos de los dialectos de algunas
tribus de Burundi o de Burkina Faso.
Hacía
un mes que Montalbano había tomado posesión de su despacho en la comisaría de
Vigàta, cuando recibió la invitación de su amigo, el subjefe Valente, para
pasar un día en Mazàra del Vallo. Montalbano enseguida se puso a la defensiva;
dudaba de poder encontrar un día libre: la comida que preparaba la mujer de
Valente era exactamente igual a un homicidio premeditado.
—Estoy
solo —añadió Valente—. Mi mujer ha ido a pasar unos días con su familia.
Podríamos ir a aquella trattoría que conoces...
—Mañana
por la mañana, al mediodía a más tardar, estoy contigo —repuso inmediatamente
el comisario.
Cuando
el comisario llegó al despacho de su amigo, se dio cuenta de que algo iba mal.
Voces excitadas, agentes que corrían, un patrullero con cuatro hombres que
salió haciendo sonar la sirena.
—¿Qué
pasa?
—Amigo,
has llegado en mal momento. Me tengo que ir. Espérame aquí.
—Ni
lo sueñes —repuso Montalbano—, voy con ustedes.
En
el coche, Valente le explicó lo poco que sabía de lo que estaba ocurriendo. Un
individuo del que todavía no conocía el nombre, se había atrincherado en una
casita de la periferia, casi en el campo, y sin un motivo aparente había
empezado a disparar contra todo aquel que se le ponía a tiro. Valente había
enviado un coche con cuatro hombres, pero éstos pidieron refuerzos: aquel loco
tenía bombas de mano y un fusil ametralladora.
—¿Ha
matado a alguien? —preguntó Montalbano.
—No.
Le ha dado en una pierna al cartero, que pasaba en bicicleta.
Cuando
llegaron a las proximidades de la casita de una planta, al comisario le pareció
que se estaba rodando una película: además de los dos patrulleros de Val ente
había otros dos automóviles de los carabineros. Los policías estaban a
cubierto, con las armas en la mano. La llegada de Valente y de Montalbano fue
saludada con una interminable descarga de ametralladora que los obligó a
tirarse al suelo. Al cabo de un instante, avanzando a saltos como un canguro,
Valente alcanzó a los suyos y se puso a cuchichear. Montalbano, arrastrándose,
se acercó al sargento de carabineros.
—Soy
el comisario Montalbano.
—Mucho
gusto, soy Tòdaro.
—Sargento,
¿conoce al tirador?
—¡Ya
lo creo! Es un forastero que vive aquí desde hace dos años. Se encontraba en
Mazàra de paso, conoció a una muchacha, se enamoró y se casó con ella. Al cabo
de quince días empezó a pegarle.
—¿Lo
traicionaba?
—¡Qué
dice! ¡Es una santa! ¿Recuerda aquella película de Fellini donde se ve a una
joven muy inocente que sonríe a orillas del mar?
—¿Valeria
Ciangottini?
—Ésa.
La mujer de este desgraciado es la viva imagen de la actriz.
—¿Pero
por qué le pegaba?
—Me
lo dijeron los vecinos. Una vez tuvieron que acompañarla al hospital y ella
dijo que se había caído. Entonces mandé llamar al marido, le di un buen sermón
y luego le pregunté por qué razón trataba mal a aquella pobre mujer.
Tuvieron
que interrumpir la conversación porque el loco volvía a disparar y los
sitiadores respondieron al fuego. El sargento disparó a disgusto dos tiros con
su revólver.
—¿Sabe
qué me contestó? —siguió diciendo el sargento Tòdaro—. Que era un yac. No
entendí bien. “¿Yac?”, le pregunté. Me contestó algo que no entendí en
absoluto.
En
cambio el comisario había entendido muy bien.
—¿Por
casualidad se llama Salvatore Aguglia?
—Sí
—contestó el sargento, sorprendido—. ¿Lo conoce?
El
comisario no contestó. Volvieron a su memoria las palabras de la profesora
Ersilia Castagnola: “... no se lo puede alejar de su territorio, es imposible
mantenerlo en cautividad...”. Totò Aguglia se había hecho prisionero de sí
mismo por amor y luego, cuando comprendió la equivocación, intentó, con
desesperación animal, liberarse de la red que él mismo se había echado encima.
Es cierto que una noche hubiera podido no volver a casa, desaparecer, volver a
su ambiente natural, una guerra perdida en un país perdido. Pero el pobre Yac
no podía permanecer alejado de aquella mujer, de aquella red.
—¿Su
mujer está dentro con él? —preguntó al sargento.
—No,
comisario. Eso explica todo este bochinche. Ya no lo podía soportar y ayer por
la noche lo abandonó después de una espantosa pelea, según dicen los vecinos.
Entonces
Montalbano se puso de pie.
—¡Agáchese,
por Dios! —gritó el sargento Tòdaro aferrándolo del saco.
El
comisario se liberó de un tirón y avanzó un paso completamente al descubierto.
—¡Salvo!
¿Te has vuelto loco? ¡Agáchate! —oyó que gritaba Valente.
Montalbano
levantó los brazos y los agitó para que lo viera bien.
—¡Yac!
¡Totò! ¡Soy Montalbano! ¿Te acuerdas de mí?
El
tiempo se detuvo. Hasta los hombres armados se convirtieron en estatuas. Luego,
desde el interior, se oyó una voz gutural:
—Salvazo,
¿eres tú?
—Sí,
soy yo. ¡Sal, Yac!
La
puerta de la casa se abrió lentamente y Yac salió. Era como Montalbano lo
recordaba de los bancos de la escuela, sólo que tenía los cabellos
completamente blancos. En la mano sostenía una pistola.
—¡Tírala,
Yac! —dijo Montalbano avanzando.
Entonces
vio que los ojos de Totò cambiaban de color, se transformaban en un azul claro,
muy claro, casi blanco. ¿Contemplaba las inmensas extensiones de hielo del
Tíbet, como dijo Nenè Rociero cuando todavía era poeta?
En
ese preciso momento un imbécil le disparó.
Los
dos filósofos y el tiempo
Con
las primeras luces del alba, el petrolero Nostradamus, que apenas tenía dos
años de mar y era considerado un milagro de la informática, echó anclas en alta
mar, frente a Vigàta. No se podía ni pensar que entrase en el puerto: un cuarto
del barco habría quedado dentro y los tres cuartos restantes fuera. Durante la
noche el capitán informó por radio a la Comandancia que, a causa de una avería,
tendrían que permanecer fondeados al menos cuatro días.
Hacia
las cinco de la tarde, una gran lancha llevó a tierra a seis marineros muy bien
trajeados; hasta llevaban corbata. No tenían nada que ver con los hombres de
mar a los que los vigateses estaban habituados; parecían empleados de Banco que
hubiesen concluido su jornada laboral. Educados, corteses, discretos. Eran poco
menos de la mitad de la tripulación: un animal de aquel tamaño estaba gobernado
por la electrónica, no personal de carne y hueso.
Aquellos
seis hombres no sólo no estaban vestidos como marineros, sino que tampoco se
comportaban como tales. Cuatro fueron al cine, y entre dos películas, Bocas
ardientes, culos mojados, y Las afinidades electivas, eligieron esta última. El
quinto acudió a la librería, compró una docena de novelas policiales y las
empezó a leer inmediatamente, sentado ante una mesita del café Castiglione
mientras se hacía servir un capuchino hirviendo tras otro, dado que el día era
muy frío. El sexto, tras comprar fichas por valor de cien mil liras, se encerró
en una cabina telefónica y se las gastó todas.
A
las siete y media se encontraron y fueron a comer y a beber (sobriamente) a la
trattoria San Calogero. Una hora después volvían a embarcar en la lancha, de
regreso al petrolero.
A
las tres putas oficiales del pueblo, Mariella, Graziella y Lorella, que
esperaban un sustancioso incremento en sus ganancias, les extrañó y desilusionó
ese comportamiento, y tras consultarse por teléfono llegaron a la conclusión de
que aquellos no sólo no eran marineros, sino que tampoco eran hombres.
Quizá
toda la culpa era del petróleo que llevaban a bordo; al parecer las
exhalaciones atacaban esa parte por la que un hombre es un hombre.
“¡Invertidos!”, se compadecieron de ellos las caritativas mujeres.
A
las nueve de la noche la lancha hizo el viaje en sentido contrario para llevar
a tierra a dos miembros más de la tripulación. Parecían pertenecer a otro
barco; eran marineros a la antigua. Y enseguida lo demostraron. Lo primero que
hizo el que se llamaba Gino fue entrar en la taberna de Pipìa, meterse entre
pecho y espalda dos litros y luego, tras informarse de la dirección, fue a ver
a Lorella. Mientras tanto su compañero, que se llamaba Ilario, hacía el camino
al revés: primero Mariella y Graziella de un solo tiro y después la taberna de
Pipìa.
A
las once menos cuarto Gino se reunió con él. Según los pocos parroquianos
presentes, dado que en Vigàta ya era muy tarde, parecía agitado y nervioso.
Rechazó la última copa que Ilario le ofrecía y salieron de la taberna
discutiendo. No se entendía lo que decían. Los vieron dirigirse hacia el muelle
donde estaba amarrada la lancha.
Antes
de medianoche, Lorella oyó llamar a la puerta y fue a abrir. Se encontró a un
hombre con la cara cubierta que, sin decir una palabra, la empujó dentro y le
dio un puñetazo que le provocó un desvanecimiento. Cuando se recuperó del
desmayo, se dio cuenta de que el desconocido, además de haberle robado dos
collares y una pulsera de oro, un reloj, cuatrocientas mil liras y una radio,
la había violado.
Fue
corriendo a presentar la denuncia en la comisaría y declaró que aunque el
hombre que la había agredido llevaba la cara cubierta hasta la nariz con el
cuello de la tricota levantado hasta la nariz y el gorro de marinero hundido
hasta los ojos, creía que se parecía a su último cliente, aquel Gino del
Nostradamus.
—Ahora
cuéntame lo que pasó entre tú y ese marinero ayer tarde —le dijo Montalbano a
Lorella a la mañana siguiente—, pero cuéntame la verdad, por tu propio interés.
—No
pasó nada, comisario.
—Cuidado,
Lore.
Lorella
insinuó una sonrisa que interrumpió enseguida con una mueca de dolor. Tenía los
labios cortados y la nariz hinchada y violácea.
—Ahora
le explico por qué digo que no pasó nada. El marinero llegó hecho una furia,
dijo que llevaba un mes con hambre atrasada de mujer. Nos desnudamos, nos
metimos en la cama, pero no sucedió nada. No podía. Yo me esforcé, empleé todas
mis artes. Nada, parecía muerto. Al final, en vista de que no podía hacer nada,
empezó a vestirse. Le dije que me pagase, pero él no quiso porque me echaba la
culpa; decía que no había sido lo bastante buena. Al final me pagó, pero me
amenazó.
—¿Qué
te dijo?
—Que
conmigo el pito se le iba a poner duro con otro sistema. Y el muy hijo de puta
tenía razón.
—Explícate
mejor.
—¿Qué
tengo que explicar? ¡Hay tantos hombres como ése! Para hacer algo necesitan
violencia, ver sangre. ¿Comprende?
—Perfectamente.
¿Estás segura de que ha sido él?
—No,
comisario, segura no. Sólo lo he visto un segundo y tenía la cara tapada. Pero
la estatura...
—Bien,
puedes irte.
El
comisario tuvo el convencimiento de que decía la verdad, porque Lorella no
estaba segura de haber reconocido del todo a su agresor. Desconfiaba por
instinto de quienes relataban lo que habían visto con absoluta seguridad,
dispuestos a poner las manos en el fuego. A menudo acababan como Muzio
Escevola, con la mano carbonizada. Según el comisario, el testimonio más veraz
era el que estaba sembrado con la semilla de la duda y por esa razón era
incierto si no contradictorio.
Con
la ayuda de la Comandancia del puerto mandó arrestar a Gino Rocchi. Cuando
regresó, Fazio le contó que el capitán del Nostradamus le había dado largas al
asunto antes de entregar a su hombre y que el registro del camarote de Rocchi,
que compartía con otros tres tripulantes, no había dado resultado. Tuvieron
todo el tiempo que quisieron para ocultar el producto del robo. El marinero
aseguraba ser inocente, que había embarcado en la lancha con su compañero para
volver al barco cuando todavía no eran las once y media. El marinero de guardia
juraba que ambos habían subido a bordo entre las once y media y las doce menos
cuarto, ni antes ni después. Aunque para dar una mano a sus dos amigotes habría
asegurado cualquier cosa.
—¿Adónde
quiere llegar?
—A
la verdad —repuso Montalbano con brusquedad. El hombre sentado al otro lado del
escritorio exhibió una sonrisa de superioridad.
Era
cincuentón, un verdadero estereotipo del marinero comparsa en una película de
la serie B. O, mejor dicho, estaba entre Brutus y Popeye.
Más
bien gordito, barbita recortada a lo Cavour, llevaba pantalones negros de pata
de elefante, una camiseta a rayas horizontales rojas y blancas y zuecos de
madera. El grueso aro de oro que le colgaba de la oreja izquierda hacía aún más
carnavalesca su indumentaria.
El
comisario habría querido preguntarle por qué en el Nostradamus una parte de la
tripulación se vestía de contador y la otra de pirata; en cambio, le dijo:
—¿Por
qué sonríe?
Aquel
hombre le había resultado antipático a primera vista y tuvo que hacer un
esfuerzo para no tratarlo mal.
—¿A
qué verdad se refiere, comisario? Espero que a la absoluta no, porque no
existe. La verdad es como un prisma; debemos contentarnos con la cara que se
nos permite ver.
Hacía
filosofía barata. El comisario se puso tan nervioso que hizo un falso
movimiento.
—¿Cómo
ha dicho que se llama?
—Ilario
Burlando.
—¿Y
cree que se pueden tomar en serio sus declaraciones con un nombre y un apellido
como los suyos?
Enseguida
se arrepintió de haber permitido que se le escapara aquella maldad.
—Si
me llamara, qué sé yo, Anoria Franco, ¿me habría creído inmediatamente?
Comisario, me complace su banal conformismo.
No
replicó; se lo había buscado.
—Bien,
usted ha venido a declarar...
—Espontáneamente.
Sus hombres no me han interrogado, señal de que tenían una idea preconcebida de
la culpabilidad de Gino.
—… a
declarar que usted y su compañero habían vuelto al barco a las doce menos
cuarto.
—Exacto.
—Oiga,
¿qué le contó su amigo cuando se reunió con usted en la taberna de Pipìa? Me
han dicho que parecía nervioso.
—Claro
que sí, estaba hecho una furia; no había podido hacerlo con la puta. Decía que
la culpa era de esa mujer que parecía un trozo de hielo.
Montalbano
no esperaba que lo admitiera y aguzó el oído.
—¿Y
no manifestó el deseo de vengarse?
—Claro.
Estaba completamente borracho. Pero logré disuadirlo y convencerlo para que
embarcara en la lancha.
—¿Y
cómo se explica que haya ocurrido exactamente lo que Rocchi dijo que quería
hacer?
Ilario
Burlando puso cara de pensador.
—Tengo
dos hipótesis.
—Dígalas.
—La
primera, puede tratarse de un deseo que, a distancia, se concreta, de una
voluntad tan fuerte que...
—Saque
de aquí el culo inmediatamente —dijo Montalbano con expresión gélida.
—He
venido a exculpar al marinero arrestado —declaró tranquilamente al comisario el
profesor Guglielmo La Rosa, más que setentón, ex profesor de filosofía
teorética en la universidad—. Pero antes —prosiguió—, necesito que me conteste
a unas preguntas.
Buscó
en el bolsillo, sacó una hojita que empezó a leer. Arrugó la frente: dobló la
hoja, la volvió a guardar en el bolsillo; evidentemente no era la que buscaba.
Sacó
otra y torció la boca; tampoco era ésa. Montalbano lo contemplaba inmóvil. Ante
los profesores de filosofía sentía un complejo que lo paralizaba: el fenómeno
se remontaba a la época del bachillerato, cuando el profesor Javarone, muy
severo y temible, lo destripó con unas preguntas sobre Kant.
—No
encuentro lo que me había apuntado —dijo La Rosa rindiéndose—. Entonces le haré
sólo una pregunta.
El
comisario sintió un sudor frío: “Ahora se me jode el aprobado”, pensó. Porque
había vuelto a los bancos de la escuela.
—¿A
qué hora exacta sucedieron los hechos?
Montalbano
lanzó un suspiro de alivio; estaba preparado, sabía la respuesta.
—Antes
de medianoche. Así lo ha declarado la... la...
¿Cómo
llamarla? ¿Puta? Era una falta de respeto hacia el profesor. ¿La muchacha?
¡Pero si tenía cuarenta años!
—La
víctima —fue en su ayuda el profesor.
—Eso,
sí —dijo el comisario todavía un poco aturdido.
—Entonces
el marinero no es culpable —aseguró categórico el profesor.
Montalbano,
que seguía en los bancos de la escuela, levantó dos dedos.
—Perdone,
¿cómo puede saberlo?
—Porque
anoche, hacia las once y diez, minuto más, minuto menos, estaba en el muelle y
vi a los dos marineros dirigirse hacia la lancha.
—Perdone,
profesor, ¿qué hacía a esas horas en el muelle?
—Pensaba.
¿Sabe, querido comisario? El frío despeja las ideas. Además, poco después fui a
la farmacia de guardia. Estuve charlando hasta la medianoche, minuto más,
minuto menos. Lo sé con seguridad porque antes de entrar en la farmacia miré el
reloj. Marcaba las veintitrés y treinta. Para volver a casa pasé por el muelle
y la lancha ya no estaba allí. Por lo tanto.
No
fue un por lo tanto con puntos suspensivos, sino un por lo tanto seco, con
punto final.
Montalbano
abrió los brazos desconsolado, resignado.
En
cuanto el profesor se hubo marchado, llamó a Fazio y le dijo que pusiera en
libertad al marinero Gino Rocchi.
La
conclusión era que con su minuto más minuto menos el profesor Guglielmo La Rosa
le había contado una historia que parecía muy sencilla.
Se
sintió con mal humor y decidió que el único modo de hacerla desaparecer sería
dándose una buena comilona. Miró el reloj y se dio cuenta de que estaba parado;
había olvidado darle cuerda. De pronto, un pensamiento le atravesó la mente: ¿y
si el reloj del profesor iba mal?
Se
levantó de la silla y se precipitó tras él. Lo alcanzó cuando todavía estaba a
pocos pasos de la comisaría.
—Profesor,
perdone, ¿me deja ver su reloj?
—¿Qué
reloj?
—El
suyo.
—Nunca
llevo reloj. Detesto esos mecanismos que miden la hora de nuestra muerte.
Banal,
muy banal. De repente, el comisario ya no temió a Guglielmo La Rosa.
—Entonces,
¿cómo sabía, tal como me ha dicho antes, que eran las once y media, minuto más,
minuto menos, cuando entró en la farmacia?
—Acompáñeme.
—Montalbano se puso a su lado. A pesar de su edad, el profesor caminaba con
paso ligero. —Obsérvelo usted mismo —dijo Guglielmo La Rosa indicándole el
local del relojero Scibetta, enfrente de la farmacia.
La
insignia del negocio era un reloj enorme, con números romanos, que colgaba de
una barra alta junto a la entrada. En cierto sentido era el orgullo del pueblo
por su precisión. Montalbano se persuadió de que su intento de invalidar el
testimonio del profesor no había dado resultado porque el reloj, iluminado
desde el interior, era visible noche y día.
—Bien,
perdone —empezó, pero se detuvo al ver la expresión atónita de Guglielmo La
Rosa—. ¿Qué sucede, profesor?
—¿Cómo
he podido cometer una equivocación semejante? —se preguntó el profesor, en voz
baja.
Pero
Montalbano lo oyó.
—Explíquese
mejor, profesor. —Sin responder, La Rosa señaló el reloj, que marcaba las doce
y media. —¿Y bien? —preguntó el comisario, que estaba perdiendo la paciencia.
—Acabo
de darme cuenta de que anoche yo...
—¡Siga,
por Dios!
Los
bancos de la escuela se perdieron en lejanas nieblas.
—Anoche
no miré directamente el reloj, sino su imagen reflejada. Me engañó la posición
de las manecillas.
Montalbano
giró en redondo.
El
reloj que se reflejaba en la vidriera de la farmacia marcaba las once y media.
Todo lo que había contado el profesor había que desplazarlo una hora más, y de
coartada cambiaba a testimonio de cargo.
Dado
que no podía meter en la cárcel por falso testimonio al profesor Guglielmo La
Rosa, filósofo mayor, el comisario Montalbano mandó detener a Gino Rocchi y,
por complicidad, a Ilario Burlando, filósofo menor.
Cincuenta
pares de zapatos claveteados
Cuando
desembarcaron en Sicilia en 1943, los norteamericanos introdujeron las botas
con suela de goma con las que los dotaba su ejército, lo que comportó el fin de
los duros zapatones claveteados que llevaban los soldados de la infantería
italiana y los campesinos. Durante el desbarajuste del desembarco aliado,
Michele Borroso, propietario de cabras en Castro, saqueó un almacén militar
italiano precipitadamente abandonado y se llevó a casa, entre otras cosas,
cincuenta pares de zapatones, tantos como para calzar a toda una dinastía.
Cuando murió, su hijo Gaetano heredó las cabras, los pastos y cuarenta y ocho
pares de zapatos claveteados. Años más tarde, a Gaetano le robaron treinta
cabras, y aquella vez el ladrón de ganado salió bien librado, porque Borroso no
sólo no denunció el robo, sino que en el pueblo tampoco expresó ningún
propósito de venganza. Los ladrones, creyendo que un segundo robo iba a pasarse
por alto como el primero, volvieron a intentarlo y esta vez se llevaron un
centenar de animales, en vista de que los negocios de Borroso iban muy bien.
Quince días después del segundo robo, Casio Alletto, hombre violento al que en
el pueblo todos conocían por ser el jefe de una banda que robaba
indiscriminadamente cualquier animal que se moviese sobre cuatro o dos patas,
fue hallado a orillas del torrente Billotta molido a bastonazos, pedradas,
puñetazos y patadas. Lo trasladaron al hospital de Villalta en estado
agonizante y llegó muerto. Era indiscutible la firma de Gaetano Borruso: las
marcas de los zapatos claveteados en la cara de Casio Alletto hablaban claro.
Dos
días antes de los hechos, el jefe de policía de Villalta se enteró de que el
comisario De Rosa, destacado en Castro, se había herido al caer del caballo
durante una batida de caza. No iba a poder ocuparse del caso. Entonces envió a
Salvo Montalbano, que en esa época tenía poco más de treinta años, a ayudar al
sargento Billè, sobre cuyas espaldas había recaído el peso, muy ligero la
verdad, de una investigación que parecía sencilla.
Si
la investigación era fácil, no se podía decir lo mismo de la cuesta que aquella
mañana Montalbano y Billè estaban subiendo para llegar al corral donde Borruso
se había construido un habitáculo de piedras en seco y en el que vivía
habitualmente. Con el dinero que tenía podía permitirse un lugar más
confortable, pero no entraba en las tradiciones familiares de los Borruso, que
no sólo eran cabreros, sino que estaban orgullosos de aparentarlo. Tras haber
recorrido unos cuatro kilómetros desde Castro, Montalbano y Billè tuvieron que
dejar el coche e iniciaron la fatigosa subida en fila india, Billè delante y
Montalbano detrás, por un camino que hasta las cabras habrían considerado
impracticable. El sargento Billè, que bajo el uniforme escondía la capacidad física
de un fauno, saltaba con la agilidad de una cabra por el sendero, mientras que
Montalbano renqueaba, resoplando. El primer cuarto de hora de subida (porque
después le resultaba difícil pensar) le sirvió a Montalbano para trazar una
breve línea de conducta muy sutil y táctica, para cuando interrogara a Borruso,
aunque en el segundo cuarto de hora ya se había condensado en un propósito muy
simple: “En cuanto ese imbécil se contradiga, lo detengo”. Ni se le ocurrió que
podrían encontrar zapatones claveteados manchados de sangre en el habitáculo de
Borruso: le quedaban cuarenta y siete pares para enredar más el caso.
La
mañana era de una nitidez de cristal recién lavado. El azul del cielo parecía
gritar al universo que era dos veces más azul, mientras que los árboles y las
plantas oponían su verde más verde con toda la fuerza de que eran capaces.
Había que mantener los párpados entrecerrados porque los colores herían con
violencia, así como el aire sutil aguijoneaba las narices. Tras media hora de
subida, Montalbano sintió la apremiante necesidad de hacer un descanso.
Avergonzado, se lo dijo al sargento, quien le contestó que tuviera un poco de
paciencia: dentro de poco podrían descansar, a mitad de camino, en la casa de
un campesino a quien Billè conocía bien.
Cuando
llegaron, dos hombres y una mujer estaban limpiando el trigo de impurezas,
sentados alrededor de una vieja mesa de madera sobre la que había un gran
montón de grano. Casi no se dieron cuenta de la llegada de dos extraños. En
cambio, un niño de unos dos años corrió balanceándose sobre las dos piernas,
poco estables y deformes como un ternerillo recién nacido, y agarró con fuerza
los pantalones de Montalbano con las manitas sucias de mermelada. La mujer, que
evidentemente era la madre, se levantó y corrió a tomado en brazos.
—¡Este
chico nos tiene a mal traer! ¡Es muy travieso!
—Buenos
días, sargento —saludó uno de los hombres, levantándose.
El
otro siguió sentado y se llevó dos dedos a la visera de la gorra.
—Perdona
la molestia, Peppi —se disculpó el sargento—, estoy de paso con el señor
Montalbano. ¿Nos darías un vaso de agua?
—¿Agua?
En el agua nos ahogamos. Siéntense, que les voy a traer un vino que les hará
desaparecer el cansancio —dijo Peppi dirigiéndose a la casa.
La
mujer, con el chico en brazos, fue tras él.
—No,
perdone —intervino Montalbano, alzando la voz—, yo sólo quiero un poco de agua
—y añadió, para justificarse—: Nunca bebo en ayunas.
—Si
es por eso, se lo remedio.
—No,
gracias. Sólo quiero un poco de agua.
Se
sentaron a la mesa. El hombre de la gorra siguió con su trabajo.
—¿Cómo
estás, Totò? —preguntó el sargento.
—Mejor
—contestó, seco, el hombre.
—¿Ha
estado enfermo? —preguntó Montalbano amablemente, mientras observaba que el
semblante de Billè adquiría una expresión confundida.
—Sí,
he estado enfermo —repuso Tato y, de golpe, miró a Montalbano a los ojos—.
Según usted, que es todo un doctor, ¿cómo se siente uno después de estar seis
meses en la cárcel sabiéndose inocente?
—Nuestro
amigo aquí presente —intentó explicar Billè— fue encarcelado por los
carabineros por equivocación. Lo confundieron con otro. Se trató...
—¡Aquí
están el agua y el vino! —interrumpió Peppi saliendo por la puerta.
No
llevaba un vaso con agua, sino un botijo. El recipiente de creta sudaba, señal
de que lo habían horneado bien. Montalbano acercó los labios a la boca y tomó
un buen trago de agua fresca, en su punto. Cuando se levantaron para reanudar
el camino, el hombre de la gorra se levantó, estrechó la mano a Montalbano,
volvió a mirarlo fijamente y dijo:
—Procuren
no hacer lo mismo con Tano Borruso.
—¿Qué
quiso decir? —preguntó Montalbano tras haber vuelto a la cuesta que llevaba al
corral.
El
sargento se detuvo y se volvió:
—Quiso
decir lo que usted entendió. No cree que Tano Borruso haya matado a Casio
Alletto.
—¿Y
cómo puede estar seguro?
—Igual
que otros en el pueblo.
—¿Y
usted, sargento?
—Quizá
yo también —contestó tranquilo Billè.
Montalbano
permaneció cinco minutos en silencio y luego volvió a hablar:
—Me
gustaría que me dijera lo que piensa.
De
nuevo el sargento se detuvo y se volvió.
—¿Puedo
preguntarle algo?
—Claro.
—Mire,
el comisario De Rosa me habría ordenado que apresara a Borruso y lo llevara a
comisaría. Usted, en cambio, me ha dicho que prefería acompañarme aunque le
resulte un esfuerzo. ¿Por qué lo hace?
—Bueno,
sargento, porque creo que es conveniente ver en su ambiente cotidiano a las
personas de las que debo ocuparme. Creo, o quizá me hago la ilusión, que así
las comprendo mejor.
—Eso
es precisamente: en el pueblo todos sabemos cómo es Tano Borruso.
—¿Y
cómo es?
—Si
no cortaría una ortiga, ¡cómo va a matar a un hombre! —Sonrió, sin apartar los
ojos de Montalbano. —¿No se tomará a mal si alguien que lleva treinta años de
servicio en la policía y está a punto de jubilarse le dice una cosa?
—No,
adelante.
—Me
habría gustado mucho, cuando era jovencito, trabajar a sus órdenes.
El
habitáculo de Gaetano Borruso consistía en una sola habitación bastante grande.
Detrás había un corral enorme, del que partía un ensordecedor coro de balidos.
Delante de la casa se abría una explanada de tierra batida, en uno de cuyos
lados se levantaba un amplio emparrado. A Montalbano le sorprendió que debajo
del emparrado hubiera una veintena de banquitos rústicos, fabricados con ramas
de árbol. Tres estaban ocupados por unos campesinos que discutían animadamente.
Las voces se redujeron cuando vieron aparecer al sargento y a Montalbano. El
más viejo de los tres campesinos, que estaba sentado de cara a los otros dos,
alzó una mano e hizo un gesto de disculpa, como diciendo que en ese momento
estaba ocupado. Billè asintió y fue a buscar dos banquitos que llevó a la
sombra, bastante alejados del emparrado.
Tomaron
asiento. Montalbano sacó el atado de cigarrillos y le ofreció uno a Billè, que
lo aceptó.
Mientras
fumaba, Montalbano no pudo evitar lanzar una mirada de vez en cuando hacia los
tres que seguían discutiendo. El sargento interceptó las miradas.
—Está
administrando —dijo al cabo de un rato.
—¿Los
otros dos trabajan para él? ¿Son empleados suyos?
—Borroso
tiene ocho hombres que cuidan las cabras, fabrican el queso y se encargan de
otras cosas. Hay muchas más cabras que estas que ve aquí. Pero esos hombres no
trabajan a sus órdenes.
—¿Por
qué dijo entonces que Borroso está administrando? ¿Qué administra?
—Justicia.
Montalbano
lo miró sorprendido. Con la amabilidad que se utiliza con los niños y con los
débiles mentales, el sargento explicó:
—Aquí
todos saben que Gaetano Borroso es un hombre sabio y de experiencia, siempre
dispuesto a dar una mano, a dar un consejo. De modo que, cuando hay un
enfrentamiento, un motivo de discusión, la gente ha ido adquiriendo poco a poco
la costumbre de venir a hablar con él.
—¿Y
luego hacen lo que él decide?
—Siempre.
—¿Y
si optan por actuar de otro modo?
—Si
encuentran una solución más justa, Borroso la acepta; siempre reconoce cuándo
se ha equivocado. Pero si la discusión degenera y se pasa de las palabras a los
hechos, Borroso no quiere volver a ver a los interesados. Y un hombre al que
Borroso ya no quiere ver es un hombre con el que nadie desea tener relación.
Será mejor que se vaya a otro pueblo. Y por pueblo no me refiero sólo a Castro.
—Un
ejemplo espléndido de comportamiento mafioso —fue el comentario que Montalbano
no pudo reprimir.
El
semblante de fauno del sargento se endureció.
—Perdone,
pero sus palabras demuestran que no tiene ni idea de lo que es la mafia. ¿Qué
gana Borroso con lo que hace?
—Poder.
—Le
hablo como policía —explicó el sargento tras una pausa—. Resulta que Borroso
sólo ha utilizado su poder para una cosa: evitar delitos de sangre. ¿Conoció al
comisario Mistretta, que murió en un enfrentamiento con armas de fuego hace
seis años?
—No
tuve el placer.
—Se
le parecía. ¿Sabe qué me dijo después de haber hablado con Borroso, al que
conoció por casualidad? Que Borroso era un rey pastor sobreviviente. Y me
explicó quiénes eran los reyes pastores.
Montalbano
volvió a mirar hacia el emparrado. Ahora los tres hombres estaban de pie y
bebían por turno de una botella de vino que Borroso tenía en el suelo junto al
banquito. Era una especie de rito; así lo sugerían los movimientos lentos, las
miradas que intercambiaban después de cada pasada. Cada uno bebió tres veces;
luego se estrecharon la mano. Los dos que habían ido a hablar con Borroso se
alejaron después de haber saludado sin palabras, sólo con los ojos, a Billè y a
Montalbano.
—Adelante,
adelante —dijo Borroso, invitándolos con un gesto a acercarse al emparrado.
—El
señor Montalbano y yo —dijo Billè— hemos venido por el asunto del asesinato de
Casio Alletto.
—Me
lo esperaba. ¿Quieren arrestarme?
—No
—contestó Montalbano.
—¿Quieren
interrogarme?
—No.
—¿Entonces
qué quieren?
—Hablar
con usted.
Montalbano
advirtió un cambio de actitud en el hombre que tenía delante. Si antes había
hecho las preguntas con una especie de indiferencia, ahora observó en los ojos
que lo miraban una atención distinta que lo sorprendió. Cuando subía la cuesta
hacia el corral ¿no se prometió que arrestaría a Borruso a la primera
contradicción? ¿Por qué ahora estaba dispuesto a darle tiempo?
Tomaron
asiento. Montalbano observó, como con los ojos de otro, que ahora él y el
sargento se encontraban en la misma posición, en los mismos banquitos que
habían ocupado los dos campesinos que fueron a pedir justicia a Borruso. Sólo
que la perspectiva debía invertirse: hasta que se probase lo contrario, él y el
sargento eran los representantes de la justicia. Y Borruso, si no el imputado,
al menos el sospechoso. Pero Gaetano Borruso permanecía en su asiento con la
sencillez y al mismo tiempo la autoridad de un juez natural.
—¿Quieren
un poco de vino? —preguntó señalando la botella.
Billè
aceptó y bebió un sorbo. Montalbano lo rechazó con un gesto cortés.
—No
fui yo quien mató a Casio Alletto —dijo tranquilamente Borruso—; si lo hubiera
hecho ya me habría entregado. —Las palabras que se dicen vibran de una manera
particular, las palabras que dicen la verdad tienen una vibración distinta de
las demás. —¿Por qué creen que fui yo?
—Porque
se sabe que fue Alletto quien le robó las cabras —contestó Montalbano.
—Yo
no mataría a nadie, aunque me robara todas las cabras.
—Y
luego está el asunto de los zapatos claveteados. Como los que lleva puestos.
Gaetano
Borruso los miró como si los viera por primera vez.
—Los
llevo desde hace cinco años. Son unos zapatos fuertes, buenos. Dicen que los
que les daban a nuestros soldados en Rusia, en la última guerra, tenían la
suela de cartón. En cambio éstos la tienen de cuero, seguro. Después de
haberlos sacado del depósito, mi padre sólo gasto un par. Los tenía puestos
cuando murió en el campo, mientras trabajaba la tierra. Cuando lo amortajé, le
puse un par nuevo. Quedaron cuarenta y ocho.
—Y
ahora ¿cuántos hay?
Gaetano
Borruso cerró los ojos claros.
—Éste
es el segundo par que saco desde hace un año. Quedarían cuarenta y seis, pero
cinco pares los regalé a personas que los necesitaban, pobrecitos. —Captó algo
en la expresión de Montalbano. —No se equivoque, señor. Las personas a las que
se los regalé están fuertes y sanas y nada tienen que ver con el asesinato. Si
quiere, puede comprobarlo. No estoy echando la culpa a nadie.
—Entonces
quedan cuarenta y un pares.
—Sí,
pero yo he contado cuarenta.
—¿Falta
un par?
—Sí,
señor. En cuanto me enteré de que el cuerpo tenía señales de los clavos, fui a
comprobado porque se me ocurrió algo.
—¿Qué?
—Que
podían haberme robado un par de zapatos para utilizarlos como lo han hecho,
para hacer creer que fui yo. Vengan conmigo.
Se
levantaron y entraron en la única habitación. El catre con la mesita de noche a
la izquierda, una mesa con cuatro sillas en el centro, la cocina y una cómoda
grande en la parte opuesta a la puerta principal. En la pared de la derecha se
abrían dos puertas pequeñas. La letrina se veía al otro lado de una de ellas.
Borruso abrió la otra girando el pomo y encendió la luz. Se encontraron en una
habitación amplia convertida en despensa y alacena.
—Los
zapatos están allí —dijo Borruso señalando una estantería rústica.
A
Montalbano le costó reprimir las náuseas. En cuanto entró en aquella
habitación, se le metió en el estómago un violento hedor a rancio.
Los
zapatos estaban alineados en cuatro anaqueles de la estantería, cada par
envuelto en papel de diario. Borruso tomó un par, le quitó el papel y se lo
enseñó a Montalbano, que entonces entendió de dónde procedía el mal olor que le
producía náuseas: en cada zapato había un dedo de grasa.
—La
puse hace quince días —explicó Borroso—; así se conservan como nuevos.
El
sargento empezó a contar, y Montalbano aprovechó para mirar las fechas de las
hojas de los diarios. No eran recientes; una veintena de ellos estaban
amontonados en un extremo vacío de uno de los estantes.
—Me
los dio el quiosquero de Castro —explicó Borroso, cuando comprendió lo que
estaba pensando Montalbano.
—… y
cuarenta —dijo el sargento—. Los he contado dos veces; no me puedo equivocar.
—Salgamos
—decidió Montalbano.
El
aire fresco hizo que enseguida le desaparecieran las náuseas. Inspiró
profundamente y estornudó.
—Salud.
Volvieron
a sentarse bajo el emparrado.
—Según
su opinión, ¿cómo consiguió el ladrón entrar en la casa mientras usted no
estaba?
—Por
la puerta —contestó Borroso con ligera ironía. Y añadió: —Dejo todo abierto.
Nunca cierro con llave.
Lo
primero que hizo Montalbano cuando volvió a Villalta fue ir a ver al forense,
un viejecito muy amable.
—Doctor,
perdone, pero necesito una información sobre el cadáver de Casio Alletto.
—Todavía
no he redactado el informe, pero dígame.
—En
la cara, además de las señales de los clavos, ¿había rastros de grasa para
zapatos?
—¿Rastros?
—dijo el médico—. ¡Había media tonelada!
A la
mañana siguiente, Montalbano llegó tarde a Castro, porque pinchó: era incapaz
de cambiar una goma y ni siquiera sabía dónde estaba el gato. Cuando entró en
la comisaría, el sargento Billè fue a su encuentro, sonriente.
—Borroso
nada tiene que ver en este asunto. Las cosas fueron como nos dijo: le robaron
los zapatos para dirigir las sospechas hacia él, porque tenía un motivo contra
Casio Alletto. Hay que empezar de nuevo.
Billè
siguió sonriendo.
—¿Qué
pasa?
—Apenas
hace un cuarto de hora he detenido al asesino. Ha confesado. Quería avisarle.
Llamé a la jefatura y me dijeron que usted estaba en camino.
—¿Quién
es?
—Cocò
Sampietro, de la banda de Casio, un individuo medio idiota.
—¿Cómo
ha sido?
—Esta
mañana a las siete llegó al mercado uno de afuera a vender habas. Iba montado
en una mula. Cuando le vi los zapatos tuve un sobresalto. Pero fui discreto. Me
lo llevé aparte y le pregunté dónde los había comprado. Me dijo muy tranquilo
que la noche pasada se los había vendido Cocò Sampietro. Entonces nos
escondimos y, en cuanto Sampietro salió de la casa le pusimos las esposas.
Cantó enseguida y nos contó que toda la banda se había rebelado contra Casio
porque no cumplía los pactos.
—Pero
si es medio idiota, como dice, no podía pensar en hacer recaer la culpa sobre
Borroso.
—No
fue él. Nos dijo que el plan lo organizó Stefano Botta, que era el brazo
derecho de Casio.
—Felicitaciones.
—Gracias.
¿Quiere venir conmigo? Quedan por arrestar cinco personas.
Montalbano
lo pensó un instante.
—No.
Vayan ustedes. Yo vaya visitar al rey pastor. Le agradará saber cómo ha acabado
todo este asunto.
La
rata muerta
Eran
las diez de la mañana de un día feliz de comienzos de mayo. El comisario
Montalbano, al ver que no tenía demasiado trabajo en el despacho y que su
segundo Mimì Augello, tocado de la gracia divina, tenía la intención de
trabajar, decidió que un largo paseo hasta el faro era lo mejor que podía
hacer. Pasó por delante del quiosco habitual, compró una bolsita de castañas de
cajú, semillas de calabaza y garbanzos tostados y se dirigió al muelle del
levante.
Poco
antes de llegar a su roca preferida, debajo del faro, se vio obligado a dar un
salto repentino: sin advertido, iba a pisar una gran rata muerta. Con respecto
a las ratas, Montalbano era muy femenino: lo horrorizaban, aunque lograba no
demostrado. Dio tres pasos y se detuvo.
Algo
lo inquietó, aunque no supo cómo ni por qué. En eso consistía el privilegio y
la maldición del policía nato: captar a ras de piel, olfatear la anomalía, el
detalle en ocasiones imperceptible que no cuadraba con el conjunto, la mínima
falla con respecto al orden establecido y previsible. Faltaban tres pasos para
la roca en el extremo del muelle, los dio y se sentó. Abrió la bolsita de
plástico con la fruta seca, pero su mano permaneció en el interior, paralizada.
Imposible fingir que no sucedía nada. En el mundo abarcado por su ojo, algo
desentonaba, algo estaba fuera de lo normal.
—¡Paciencia!
—murmuró, rindiéndose—. Vamos a ver.
A
pocos pasos, una barca de pesca de altura estaba sujeta al amarre con un cabo.
Se llamaba San Pietro pescatore y era de Mazàra del Vallo. El pesquero
permanecía completamente inmóvil, en el mar llano. A bordo no debía de haber un
alma. A la derecha, hacia el pueblo, había un pescador de caña, un habitual a
quien el comisario conocía de ¡siempre y que cada vez que iba por allí lo
saludaba.
Y
basta. Nada más. ¿Por qué, entonces, esa aguda sensación de malestar? Luego la
mirada descendió hasta la rata que había estado a punto de pisar, y la
vibración interna que sentía aumentó de frecuencia. ¿Era posible que la causa
de su malestar fuera una rata muerta? ¿Cuántas se veían, vivas y muertas, de
día y de noche, dentro del recinto del puerto? ¿Qué tenía de particular aquella
rata? Dejó la bolsita de fruta seca encima de la roca, se levantó, se acercó a
la rata y se agachó para verla mejor. No, tenía razón, allí había algo raro.
Miró a su alrededor, vio un pedacito de cuerda, lo recogió y movió el cadáver
venciendo a duras penas el asco. ¿Cómo se mata habitualmente una rata? Con
veneno, de un bastonazo, de una pedrada. Aquella estaba intacta; sólo que le
habían abierto el vientre con una hoja muy afilada y luego le habían sacada las
vísceras. Parecía un pescado limpio. La operación era reciente porque la sangre
se conservaba roja, sin coagularse del todo. ¿A quién le gusta descuartizar una
rata? Sintió un escalofrío por la espalda, una ligerísima sacudida eléctrica.
Se maldijo, fue hasta la roca, vació la bolsita de plástico transparente en el
bolsillo del saco y puso dentro la rata, con ayuda del trozo de cuerda. Luego
envolvió la bolsita en el diario que había comprado para que en el pueblo no se
dijera que el comisario Montalbano se había vuelto loco y salía de paseo con
una rata muerta. Cuando, a través del diario y del plástico notó el cuerpo
blando del animal, sintió deseos de vomitar. Y vomitó.
* *
*
—¿Qué
demonios quiere? ¡Hace quince días que no me llega ningún muerto suyo! —exclamó
el doctor Pasquàno, el forense, mientras lo hacía entrar en su oficina.
Si
se lo sabía llevar, Pasquàno era un buen hombre, pero tenía un carácter
imposible. Montalbano se sintió cubierto de sudor: ahora venía lo difícil. No
sabía por dónde empezar.
—Necesitaría
un favor.
—Adelante,
tengo poco tiempo.
—Bien,
doctor, pero antes debe prometerme que no se enojará; de otro modo no le digo
nada.
—¿Y
cómo hago? ¡Quiere un milagro! ¡Estoy enojado de la mañana a la noche! ¡Y con
esa introducción, me voy a enojar el doble!
—Si
es así...
Montalbano
amagó levantarse de la silla. Era sincero: ir a ver a Pasquàno había sido una
solemnísima estupidez, ahora se daba cuenta.
—¡No!
¡Demasiado fácil! ¡Ahora que ha venido, tendrá que contarme todo! —lo intimó el
forense, enfadado.
Sin
decir una palabra, el comisario sacó un envoltorio que le deformaba el bolsillo
del saco y lo dejó en el escritorio. Pasquàno se inclinó, lo abrió, miró y se
puso morado. Montalbano esperaba una explosión y, en cambio, el médico se
dominó, se levantó, se acercó y le puso una mano en el hombro, en actitud
paternal.
—Tengo
un colega muy competente. Y además es discreto, una tumba. Si quiere, lo
acompaño.
—¿Un
veterinario? —preguntó el comisario sin comprender.
—¡No,
qué se ha creído! —exclamó Pasquàno cada vez más convencido de que Montalbano
no estaba bien de la cabeza—. Un psiquiatra. Se ocupa de cosas así, estrés,
agotamiento nervioso...
Entonces
el comisario entendió y, de repente, se enojó.
—¿Me
está tomando por loco? —preguntó.
—No,
no —repuso conciliador el médico. La actitud de Pasquàno exasperó al comisario,
que dio un fuerte manotazo en el escritorio. —Cálmese, todo se arreglará
—añadió servicial, el forense.
Montalbano
se dio cuenta de que si la cosa seguía adelante saldría de allí con el chaleco
de fuerza. Se levantó y se enjugó la frente con el pañuelo.
—No
padezco de agotamiento nervioso, no me estoy volviendo loco. Le pido excusas,
ha sido culpa mía que se haya equivocado. Hagámoslo así: yo le cuento por qué
le he traído esta rata y luego usted decide si debe llamar a los enfermeros o
no.
El
teléfono sonó en mitad de una película de espionaje con Michael Caine, mientras
el comisario intentaba desesperadamente comprender algo. Miró instintivamente
el reloj antes de descolgar. Eran las once de la noche.
—Soy
Pasquàno. ¿Está solo?
Tenía
voz de conspirador.
—Sí.
—He
hecho eso.
—¿Qué
ha descubierto?
—Bueno,
es sorprendente. La gasearon.
—Perdone,
pero no entiendo.
—Para
matarla debieron de utilizar un gas o algo parecido. Luego le hicieron una
laparotomía.
Montalbano
se quedó atónito.
—Parece
un sistema complicado para eliminar a una...
—¡Cállese!
—¿Qué
pasa? ¿Por qué lo asusta tanto decir claramente que le ha hecho la autopsia a
una...?
—¡Otra
vez! ¿Acaso no sabe que en los tiempos que corren pueden habernos intervenido
el teléfono?
—¿Por
qué?
—¡Qué
mierda voy a saber por qué! ¡Pregúnteselo a ellos!
—¿Quiénes
son ellos?
—¡Ellos,
ellos!
Quizá
quien estaba estresado era el doctor Pasquàno, era él quien necesitaba al amigo
psiquiatra.
—Oiga,
doctor, razone un poco. Aunque nos intercepten y oigan que estamos hablando de
una...
—¿Pero
usted quiere arruinarme? ¿No comprende que si decimos abiertamente que estamos
hablando de una... de lo que usted ya sabe, no nos creerían y pensarían que
estamos hablando en clave? ¡Y luego vaya a explicarlo!
El
comisario decidió que sería mejor cambiar de tema.
—Una
cosa, doctor. ¿Cuánto tiempo tarda en salir a flote un cuerpo que ha caído al
mar?
—Digamos
que unas cuarenta y ocho horas. Pero hablemos claramente, comisario: si me trae
otra, ¡los tiro a los dos por la ventana!
No
logró conciliar el sueño.
A la
seis de la mañana, una vez lavado y vestido, telefoneó a su segundo, Mimì
Augello.
—¿Mimì?
Soy Montalbano.
—¿Qué?
¿Qué pasa? ¿Qué mierda de hora es?
—Mimì,
no hagas preguntas. Si me haces una pregunta más, cuando te vea en la comisaría
te rompo los dientes. ¿Está claro?
—Sí.
—¿Vas
a pescar alguna vez?
—Sí.
—¿Puedes
prestarme una manga de red? —Silencio total. La línea no se había cortado
porque oía claramente la respiración de Augello. —¿Por qué no contestas,
idiota?
—Porque
querría hacerte una pregunta.
—Bien,
hazla, pero sólo una.
—No
comprendo lo que entiendes por manga de red. ¿Un cucurucho?
—Una
manga de red, una red en forma de cucurucho, eso que utilizan los pescadores.
—¡Ah,
un salabre! No tengo, no lo utilizo. Mejor dicho, tengo uno.
—¿
Lo tienes o no lo tienes?
—Sí,
pero es cosa de niños; se lo dejó aquí mi sobrino cuando vino a bañarse.
—No
importa; préstamelo. Dentro de media hora estaré a la puerta de tu casa.
Lo
aterrorizaba la idea de que alguien del pueblo pudiera verlo con el salabre en
el suelo y unos gemelos de teatro en la mano, dedicado a observar, desde el
muelle, no el horizonte, sino las rocas situadas a sus pies. Por suerte no
había nadie a la vista, el San Pietro pescatore había zarpado.
Poco
después sintió que algo no funcionaba, que la búsqueda sería inútil. Quiso
comprobarlo, tomó un boleto de tren que tenía en el bolsillo desde hacía quién
sabe cuánto tiempo y lo echó al agua. El papel comenzó a dirigirse lentamente,
pero sin cambiar de rumbo, hacia el lado opuesto del rompeolas, hacia la bocana
del puerto. La corriente era contraria y a aquellas horas ya se había llevado
todo lo que estuviera flotando a primeras horas de la mañana. ¿Podía volver con
el salabre del niño en la mano? Decidió esconderlo entre las rocas del
rompeolas, luego le diría a Mimì que fuera a buscado. Bajó con precaución,
corriendo el riesgo de resbalar en la capa verdosa de algas y caer al agua.
Mientras estaba inclinado para elegir el mejor lugar, descubrió otra rata
muerta, encajada entre dos aristas. Con ayuda del salabre, consiguió sacarla
tras media hora de esfuerzos. La observó con atención: también le habían hecho
una laparotomía. Volvió a lanzar la rata al mar; no tenía ganas de llevársela a
Pasquàno.
Era
demasiado pronto para volver al despacho, y se puso a pensar. Había un noventa
y nueve por ciento de posibilidades de que la segunda rata hubiera sido
gaseada. ¿Por qué utilizar gas?, se preguntó. La respuesta se le ocurrió casi
enseguida: porque existía la seguridad de que el gas resultaría más eficaz.
Utilizando un bastón o una piedra se corría el riego de que algunas ratas
consiguieran huir, aunque estuvieran heridas. Por esta razón tampoco podían
utilizar raticida. Cuando las ratas han ingerido el veneno suelen esconderse,
van a morir lejos. Quien las mataba necesitaba que las ratas se quedaran a
morir en el mismo sitio. ¿Por qué? La respuesta también se le ocurrió
enseguida: para poderles abrir el vientre y sacarles lo que les habían hecho
comer. ¿Cómo lograban que todas las ratas se reunieran en un mismo lugar?
¿Acaso habían contratado al flautista de Hamelin, que con el sonido de su
instrumento conseguía que todas las ratas lo siguieran?
Fue
entonces cuando vio llegar a su lugar habitual al pescador de caña. Se levantó
y se le acercó.
—Buenos
días, comisario.
—Buenos
días, señor Abate.
Era
un bedel jubilado que lo miraba con curiosidad, porque nunca habían pasado de
un mero intercambio de saludos.
—Querría
pedirle algo.
—A
sus órdenes.
—Ayer
habrá notado que aquí atracó un barco de pesca de Mazàra.
—El
San Pierro pescatore, sí.
—¿Viene
a menudo a Vigàta?
—Digamos
que unas dos veces al mes. ¿Me permite que me tome la libertad de decirle algo?
—Por
supuesto.
—Me
habían dicho que era un buen policía. Ahora me lo está demostrando.
—¿Por
qué?
—Porque
ya ha descubierto lo que hacen los hombres del pesquero.
Montalbano
tuvo dos sentimientos opuestos: de satisfacción por haber intuido que allí
había algo poco claro, y desilusión, por la facilidad de la solución.
Sin
embargo no hizo ninguna pregunta, exhibió una sonrisita de picardía e hizo un
gesto como diciendo que todavía tenía que nacer quien fuera capaz de joderlo.
—Esos
hijos de puta del pesquero —explicó Abate— fastidian a los compañeros de la
cooperativa. Su obligación sería desembarcar el pescado en Mazàra y ponerlo
junto con el de los demás que forman parte de la cooperativa. Hay quien pesca
más y quien pesca menos, pero no importa, todo va junto. ¿Me explico?
—Perfectamente.
—En
cambio éstos, en lugar de ir a Mazàra, se detienen en Vigàta y venden la mitad
del pescado a gente que viene aquí con el camión frigorífico. Así ganan el
doble: el pescado aquí se lo pagan más caro, y en Mazàra el poco que declaran
haber capturado se compensa con el de los compañeros. Son unos grandísimos
hijos de puta.
El
comisario estuvo de acuerdo.
—El
juego es antiguo —dijo—: se llama “jode al compañero”.
Se
echaron a reír.
Ocho
días después, el San Pierro pescatore atracó en el muelle de Vigàta cuando
todavía era de noche. Lo esperaba un camión frigorífico anónimo, sin el nombre
de la empresa escrito en el costado. Cargó las cajas con el pescado y se
marchó. Apenas media horas después, el barco zarpó y salió del puerto. En la
carretera de Caltanissetta, una patrulla de aduanas detuvo el camión
frigorífico, para lo que en un principio parecía un control habitual.
Al
volante iba Filippo Ribeca, vigilado por la policía y a cuyo nombre se había
expedido el carné de conductor. Al parecer, todo estaba en regla, así como
también el sello del cargamento.
—¿Me
puedo ir? —preguntó con una sonrisa Filippo Ribeca levantando el freno de mano.
—No
—contestó el jefe de patrulla—. Ponte a un lado y espera.
Ribeca
obedeció a regañadientes mientras los aduaneros realizaban otro control a un
camión que transportaba verduras. El segundo control fue largo y minucioso, de
tal manera que Ribeca salió de la cabina y encendió un cigarrillo. Era evidente
que estaba nervioso.
En
cuanto vio detenerse otro camión, esta vez cargado de ladrillos, ya no pudo más.
Se acercó al jefe de la patrulla.
—¿Puedo
irme o no?
—No.
—¿Por
qué?
—Porque
no me da la gana —contestó el jefe de la patrulla, siguiendo al pie de la letra
las instrucciones que le había dado el teniente.
Ribeca
cayó en la trampa.
—¡Vete
a que te la den por el culo! —estalló.
Y
como era un hombre violento se lanzó contra el jefe de la patrulla y le dio un
golpe en el pecho. Inmediatamente fue arrestado por resistencia y agresión a la
autoridad. En el cuartel, durante el registro, en un bolsillo del pantalón le
encontraron una bolsita de terciopelo. En el interior de la bolsita de
terciopelo, diamantes que valían centenares de millones. El teniente de aduanas
se apresuró a telefonear a Montalbano.
—Felicitaciones,
comisario. Tenía razón. Un sistema original de reciclaje. Ahora vamos a Mazàra
a pescar a los del San Pietro. ¿Quiere venir con nosotros?
El
sistema era genial y muy sencillo. El San Pietro pescatore zarpaba de Mazàra
con una jaula en cuyo interior había veinte ratas hambrientas. Una vez en alta
mar, acercaban la jaula a la boca de un contenedor de cinc dividido en dos
compartimentos y allí, en el primero, las dejaban libres para que se atacaran
entre ellas. En alta mar, en aguas de Libia, llegaba hasta el pesquero una
lancha y la persona encargada entregaba al capitán de la embarcación la bolsita
de terciopelo con los diamantes en su interior. Entonces metían los diamantes
de uno en uno en una bolita de queso rancio. Dejaban caer las bolitas por una
abertura del techo, en el segundo compartimento del contenedor. Luego
levantaban la pared de metal que dividía los dos compartimientos. Las ratas,
hambrientas, engullían todo. Después de comer (muy poco; ahí radicaba el
secreto), se las dejaba en libertad. Durante los dos días que en el barco se
dedicaban a pescar se les permitía hacer todo lo que quisieran: un registro de
la policía de aduanas no habría descubierto nada anormal. Antes de dirigirse
hacia Vigàta, se llenaba de queso el segundo compartimento y las ratas se
hartaban mientras morían gaseadas con una bomba de metano conectada al
compartimento. Cuando el puerto ya estaba a la vista, descuartizaban las ratas,
recuperaban los diamantes y se los entregaban a quien tenía que llevados a otro
lugar.
El
final de la historia fue que Montalbano no pudo comer queso al menos durante un
mes: cada vez que se disponía a tomar un bocado, recordaba las ratas y se le
cerraba la boca del estómago.
Un
rincón del paraíso
¡Parece
un rincón del paraíso! —exclamó Livia bajando de la barca y ayudando a Salvo a
empujarla hasta la arena seca.
Una
vez acabadas las operaciones de traslado de la bolsa con la ropa y de la
heladera portátil llena de sándwiches y botellas de cerveza, el comisario
Montalbano se desplomó en la arena mientras se preguntaba quién le habría dicho
que se metiera en ese lío. Porque se trataba de un verdadero lío. Seis días
antes, el imbécil de Mimì Augello, mientras cenaba con ellos en un restaurante,
se puso a alardear de su descubrimiento: la minúscula playita a tres kilómetros
del faro de Capo Russello, solitaria, ignorada por todos, a la que sólo se
podía llegar por mar. Habló de ella con tal entusiasmo, que Livia quedó
prendada. Mimì describía aquel lugar como una especie de isla de Robinson sin
siquiera un Viernes, y desde ese momento Montalbano ya no tuvo descanso:
—¿Cuándo
me llevas a la playita? —era el estribillo de Livia nueve veces al día.
Dos
días antes de la partida de Livia a Boccadasse, Génova, tras dos semanas de
vacaciones de agosto en Vigàta, Montalbano se decidió a darle el gusto,
lanzando en silencio sapos y culebras contra el tarado de Mimì por haberlo
puesto en el brete. A las siete de la mañana subieron al coche para ir hasta
Monterreale, en la costa, donde había alquilado un bote de remos a un pescador
que debía de tener sangre árabe; dijo una cifra y enseguida Livia contraatacó:
disfrutaba; era genovesa y ahorrativa. Al pescador le brillaban los ojos:
intuyó que había encontrado una digna rival. El duelo se fue dilatando, con
vencedores alternos: finalmente se selló el acuerdo con un café en un bar donde
no entendían en absoluto la diferencia entre la cafeína y la achicoria. El
malhumor de Montalbano sufrió la misma aceleración progresiva que un cohete
espacial. Se desahogó remando durante tres horas, mientras Livia, en biquini,
tomaba sol canturreando con los ojos cerrados. A pesar del esfuerzo de remar,
el comisario no habría querido llegar nunca: lo aterrorizaba, literalmente, la
perspectiva de alimentarse con sándwiches, que sólo ingería en casos de extrema
necesidad. No concebía la idea de ir de excursión; la única vez que había ido a
una fue para no disgustar a una novia de juventud, y se había dado tal panzada
de pan, queso y hormigas, que todavía conservaba el sabor en la boca.
—Qué
rincón del pa...
El
sueño en el que se sumergió Livia de repente le impidió terminar la frase: se
quedó echada boca abajo, los brazos extendidos, como una especie de crucificada
vista por detrás. Le sucedía cuando estaba contenta; a veces, en la cama,
Montalbano seguía hablando media hora antes de darse cuenta de que viajaba en
“The country sleep”, que era el título de un poema de Dylan Thomas que les
gustaba mucho.
Encendió
un cigarrillo y miró a su alrededor. Unos treinta metros de arena dorada, tan
fina que parecía talco, de unos veinte metros de ancho, escondida tras una
escollera que parecía compacta, pero que tenía un tortuoso canal de acceso, por
el que sólo podían pasar barcas pequeñas y en días de absoluta calma. La
playita estaba completamente rodeada de paredes rocosas casi en vertical, donde
no crecía ni una hoja de hierba aunque la pagases a precio de oro. A la
izquierda, adosados casi a la pared, había algunos matorrales espinosos cocidos
por el sol; a la derecha, el mar bañaba un montón de redes de pesca viejas,
abandonadas por inservibles. Rincón del paraíso o no, ciertamente el sitio era
hermoso. A Montalbano le dio la sensación de que Livia y él eran los únicos
habitantes de la Tierra, tal era el silencio. El sol ardía. El comisario se
levantó lentamente para no molestar a su mujer y llegó a la orilla. Observó en
la superficie de la arena unos minúsculos montoncitos. Aquello lo sorprendió.
¿Era posible que hubiera cangrejos escondidos? No los había visto desde que era
niño. Se inclinó y metió dos dedos en la arena, al lado de un montoncito. Hizo
palanca, levantó un poco de arena y puso al descubierto un cangrejito minúsculo
que enseguida salió corriendo, de lado, a cavar otra madriguera.
El
agua no estaba tan caliente como temía; las corrientes le proporcionaban un
frescor tonificante. Nadó durante un rato, despacio, disfrutando una brazada
tras otra hasta la escollera. Trepó por una roca con dificultad; las algas
verdes que la cubrían la hacían resbaladiza. La roca era suficientemente
espaciosa para estirarse. Lo hizo y permaneció así un rato, amodorrándose. El
gorgoteo del agua filtrándose entre las rocas le impedía pensar. Sentía rabia
por tener que darle la razón a Mimì Augello cuando, al volver a Vigàta, le
preguntara si le había gustado el sitio. Mejor dicho, Mimì se lo preguntaría a
Livia, por la que sentía una debilidad que era recíproca. Y Livia contestaría:
—¡Un
rincón del paraíso!
Y él
se fastidiaría doblemente: en primer lugar, por el inevitable ataque de celos
al ver cómo se sonreían aquellos dos; y en segundo lugar, porque le fastidiaban
los lugares comunes, y Livia a menudo y con gusto hacía uso y abuso de ellos.
Recordó que una vez, cuando era pequeño, durante una estada en Turín, vio un
cartel que colgaba en la entrada de un gran edificio: ¡NO ABUSEN DE LOS LUGARES
COMUNES! Se precipitó a la garita y le expresó al portero su completa
solidaridad. El hombre, perplejo, le dijo que lo habían obligado a poner el
cartel porque los inquilinos abandonaban en los lugares comunes, como rellano y
escaleras, cochecitos de niño, bicicletas y motocicletas que impedían el paso.
Su desilusión fue enorme.
Abrió
los ojos y, mirando la posición del Sol, observó que debía de haber permanecido
allí una media hora. Se incorporó: desde donde estaba veía toda la playita.
Livia dormía, siempre en la misma posición. Pero cuando giró un poco la cabeza,
sufrió una verdadera sacudida eléctrica.
Aunque
la perspectiva era otra, no había duda de que el montón de redes viejas, que
antes estaba a unos quince metros de Livia, se había desplazado visiblemente y
se había aproximado más al centro de la playa. El mar no podía haber sido.
Entonces, ¿qué? No había duda: debajo de las redes debía de haber alguien,
alguien que quizás había llegado nadando, que quería ocultarse de los ojos del
comisario para robar a Livia, o quizá para hacerle algo peor. Seguramente
cuando Robinson Crusoe descubrió la huella del pie de Viernes en la arena, el
paisaje de alrededor cambió. Montalbano también cambió, pero para peor. Se
lanzó al agua, nadó a toda prisa hacia la playa y, una vez en la orilla, a
pesar de que le faltaba el aliento, echó a correr. El montón de redes viejas,
en su misterioso movimiento, se había abierto un poco y debajo se veía con toda
claridad una silueta humana que emitía un débil lamento. El comisario se
arrodilló en la arena y con dificultad retiró las redes de aquel cuerpo inerte.
Era una jovencita de unos quince años, desnuda. La oscuridad de la piel era
natural, no se debía al sol. No podía ponerse de pie. Tenía el cuerpo lleno de
heridas y cardenales y el rostro cubierto de sangre coagulada. Emitía un hedor
terrible: cuando el comisario logró levantarla, los excrementos resbalaron por
el cuerpo y cayeron a la arena. Montalbano, dominando el asco, la alzó en
brazos y la llevó hasta la orilla, la extendió en el suelo y la lavó con sumo
cuidado. Luego, sosteniéndola, la hizo entrar en el agua para enjuagarse. Entre
las piernas continuaba fluyendo un hilo de sangre. La hizo subir a la barca,
tomó un pañolón, una toalla y un caftán que Livia se ponía a veces después del
baño. Le dio a entender, más con gestos que con palabras, puesto que la
muchacha hablaba muy poco italiano, que se pusiera el caftán, el pañuelo mojado
en la cabeza y la toalla entre las piernas. Empujó el bote mar adentro y empezó
a remar hacia una playa, mucho mayor, cerca de donde había dejado a Livia
dormida. Durante el trayecto la muchacha le dijo al comisario que era de Cabo
Verde, que se llamaba Libania, tenía dieciséis años, que estaba al servicio de
la familia Burruano, de Fiacca, unas personas excelentes que la trataban muy
bien. Aquella mañana era el día que tenía libre, se levantó temprano, tomó el
coche correo para ir al agua y bajó en Seccagrande, adonde ahora se dirigían.
Al cabo de un rato, se le acercaron dos jóvenes que dijeron ser suizos.
Parecían unos chicos excelentes y tenían una casa rodante. La invitaron con un
helado y luego le propusieron ir a nadar al mar abierto. Ella les contestó que
no sabía nadar, pero aceptó porque le gustaba ir en bote. Alquilaron uno y
salieron. Luego los dos muchachos vieron la escollera que escondía la playita
donde Montalbano la había encontrado, descubrieron el paso y entraron,
explicando a Libania con gestos que así se podría bañar. En cuanto
desembarcaron, su comportamiento cambió de golpe: la levantaron entre los dos
mientras ella gritaba inútilmente y se la llevaron detrás de unos matorrales,
le arrancaron el traje de baño y la violaron dos veces cada uno, turnándose.
Cuando intentó huir, la alcanzaron a la altura del montón de redes, le pegaron
con todas sus fuerzas y luego, cuando estaba en el suelo, hicieron sus
necesidades encima de ella. Lo último que percibió fueron las redes con las que
la estaban cubriendo al creerla muerta. Mejor dicho, no: lo último que oyó
fueron sus risotadas mientras se alejaban. Montalbano no dijo nada; por suerte
podía desahogarse, remando, de la rabia ciega que sentía en su interior.
Cuando
estaban cerca de la playa en la que ya se podía distinguir a las personas,
Libania lanzó un grito sofocado e indicó en una dirección:
—¡Dios
mío! ¡Allí están!
El
comisario le hizo bajar el brazo; no quería que aquellos dos sospecharan,
conociendo los cargos que se les venían encima. En la carretera que bordeaba la
playa había una casa rodante estacionada. Los dos jóvenes, altos y rubios,
tomaban sol, con los ojos ocultos con anteojos oscuros. Aunque no habrían
podido reconocerla con el vestido de Livia y el rostro medio cubierto por el
pañuelo, el comisario hizo que Libania se tendiera en el fondo del bote.
La
muchacha obedeció, quejándose: cada movimiento le producía dolor.
Había
una gran casa rodante en la que se vendían bebidas y helados. Montalbano se
aproximó y pidió una cerveza helada. El encargado sonrió mientras la servía.
—¿Qué
se le ha perdido por aquí?
—¿Me
conoce?
—Claro
que lo conozco. Soy de Vigàta. Usted es el comisario Montalbano.
Lanzó
un suspiro de alivio: solo no habría podido apresar a los dos jóvenes suizos,
que eran unos atletas.
—Querría
pedirle un favor —dijo Montalbano haciéndole una seña para que saliera de
detrás del mostrador.
—A
sus órdenes.
El
hombre le dijo a su mujer, que estaba lavando vasos, que lo sustituyera y se
alejó unos pasos con el comisario.
—¿Ve
a esos dos muchachos rubios que están tomando sol?
—Sí.
Llegaron con la casa rodante. Esta mañana vinieron a comprar un helado. Estaban
con una joven de Cabo Verde; eso les oí decir.
—Estos
dos buenos muchachos primero violaron a la muchacha y luego intentaron matarla.
El
hombre dio un salto y se habría lanzado sobre ellos si Montalbano no lo hubiera
detenido.
—Calma.
No podemos dejarlos escapar. ¿Sabe de alguien en la playa que tenga un celular?
—Hay
tantos como quiera.
Precisamente
en ese momento un señor dejó un celular en el mostrador y pidió un cucurucho de
crema y chocolate.
—Permítame
—dijo Montalbano, tomándolo.
—¿Qué
mierda...?
El
de las bebidas intervino enseguida.
—El
señor es comisario. Es un asunto urgente.
El
otro enseguida cambió de tono.
—¡Por
favor! Úselo.
Montalbano
llamó a Fazio a comisaría, le explicó dónde se encontraba, le ordenó que
acudiera cuanto antes; Gallo, el conductor, estaba autorizado a creerse en
Indianápolis y le dijo que también quería una ambulancia.
Luego
organizó un plan con el del puesto de bebidas para que la cosa se llevara a
cabo con discreción y con toda seguridad. El hombre cortó una cuerda gruesa en
cuatro trozos, dos se los dio al comisario y dos se los quedó él. Luego fue
hasta el hombre que alquilaba botes y le dijo que le diera dos remos. Cada uno
con un remo al hombro, en actitud indolente, se acercaron a los suizos. Cuando
llegaron a la altura de los pies de uno de ellos, Montalbano se volvió de
repente y le dio un fuerte golpe entre las piernas con el costado del remo. Con
perfecta sincronía, el vendedor de bebidas hizo lo mismo. En un abrir y cerrar
de ojos, antes de que pudieran recuperar el aliento y quejarse, los dos jóvenes
se encontraron boca abajo en la arena con las manos y los pies atados. Y lo
bueno fue que ningún bañista se dio cuenta de nada.
—Quédese
aquí —le dijo el comisario al vendedor de bebidas que miraba a su alrededor con
un pie sobre el suizo que había capturado, como un cazador de leones
fotografiado con el animal abatido.
Montalbano
pidió un vaso de cartón y una botella de agua mineral y se dirigió al bote.
Libania temblaba, tenía la frente hirviendo porque le había subido la fiebre,
gemía. El comisario le dio el vaso de agua, pero Libania bebió directamente de
la botella; estaba sedienta.
—Dentro
de poco llegará la ambulancia que te llevará al hospital.
Libania
le tomó una mano y se la besó.
* *
*
Para
volver tardó mucho más que para ir; tenía los brazos destrozados. Cuando vio la
playita, se cruzó con Livia, que estaba nadando al otro lado de la escollera.
—¿Dónde
te habías metido?
—Fui
a dar una vuelta —contestó sombrío Montalbano.
Livia
subió con agilidad al bote.
—¡Dios
mío, qué paz! ¡Qué tranquilidad! Mimì tendría que habernos hablado antes de
este sitio.
Vararon
el bote en la arena, Livia no se había dado cuenta de la desaparición de la
toalla, del caftán y del pañuelo. Canturreando tomó la heladera portátil y la
abrió. ¡La excursión! Montalbano cerró los ojos para no ver el horror.
—Ya
está listo.
Allí
estaba: el mantelito a cuadritos, los vasos de plástico, las botellitas de
cerveza, las servilletas de papel, los cuatro sándwiches con sus respectivos
rellenos.
Montalbano
se sentó, cansado; había que beber el cáliz amargo hasta el fondo. Y en aquel
momento, Dios grande y misericordioso, movido por la piedad, se decidió a
intervenir. Violento, sin previo aviso, sin un porqué, llegó un golpe de
viento, uno solo, que se llevó volando el mantel y las servilletas en un
remolino de arena. Las mitades de los sándwiches se abrieron, rodaron y dejaron
caer el contenido; tortillita, queso y jamón quedaron cubiertos por una fina
capa de arena. Tres sándwiches llegaron hasta la orilla del mar y se mojaron.
—Tendremos
que volver —dijo Livia desconsolada.
—¡Qué
lástima! —contestó Montalbano.
Fin
de año
Montalbano
pasó la Navidad en Boccadasse con Livia, y el 27 por la mañana fueron los dos
al aeropuerto Colombo; el comisario para volver a Vigàta y Livia a pasar el fin
de año en Viena con algunos compañeros de oficina. A pesar de la insistencia de
su mujer para que participara en el viaje, Montalbano se resistió: aparte de
que con los amigos de Livia se habría sentido desplazado, lo cierto era que no
le gustaban las fiestas. La noche de fin de año en el salón de un hotel, con
docenas y docenas de desconocidos, fingiendo alegría durante la cena y el
baile, le habría hecho subir la fiebre. Que por cierto le subió igualmente: la
sintió durante el trayecto del aeropuerto de Punta Ràisi a Vigàta. Una vez en
casa, en Marinella, se puso el termómetro: apenas treinta y siete y medio; no
tenía importancia. Fue a la comisaría para enterarse de las novedades, porque
había estado fuera una semana. El 31 por la mañana, cuando se presentó en el
despacho, Fazio se quedó mirándolo.
—¿Qué
le pasa, comisario?
—¿Por
qué?
—Tiene
la cara congestionada y los ojos brillantes. Tiene fiebre.
Resistió
una media hora. Luego no pudo más, no entendía lo que le decían y, si se ponía
de pie, la cabeza le deba vueltas. En casa encontró a Adelina, la mucama.
—No
me prepares nada. No tengo apetito.
—¡María
santísima! ¿Por qué? —preguntó alarmada la mujer.
—Tengo
un poco de fiebre.
—¿Preparo
una sopa livianita?
Se
puso el termómetro: cuarenta. No le quedó más remedio que obedecer y meterse
enseguida en la cama. La mucama estaba acostumbrada a hacerse respetar por sus
dos hijos, que eran dos auténticos delincuentes; al menor, que se encontraba en
la cárcel, lo arrestó el comisario. Le arregló las mantas, enchufó el teléfono
al lado de la cama e hizo el diagnóstico:
—Es
la epidemia de gripe. La tiene medio pueblo.
Salió,
volvió con una aspirina y un vaso de agua, levantó la cabeza de Montalbano, le
hizo tragar la pastilla y cerró las persianas.
—¿Qué
haces? No tengo sueño.
—Pero
tiene que dormir. Estoy en la cocina. Si me necesita, llámeme.
A
las cinco de la tarde se presentó Mimì Augello con un médico que no hizo otra
cosa que confirmar el diagnóstico de Adelina y prescribió un antibiótico. Mimì
fue a la farmacia a comprarlo y cuando volvió no se decidía a dejar a su amigo
y superior.
—¡Tener
que pasar la noche de fin de año así, enfermo y solo!
—Mimì,
ésta es la verdadera felicidad —repuso el comisario con tono franciscano.
Cuando
al fin lo dejaron en paz, se levantó, se puso un pantalón y una tricota, se
sentó en el sillón y se dedicó a mirar televisión. Se durmió. El teléfono lo
despertó a las nueve de la noche: era Fazio, que llamaba para saber cómo se
encontraba. Calentó la sopa livianita de Adelina y la tomó de mala gana; el
sabor no le gustó. Vagabundeó durante una hora, arrastrando las pantuflas, ora
hojeando un libro, ora cambiándolo de sitio. A las once, entre un noticiario y
el otro, pasó Niccolò Zito muy compungido: el comisario tenía que haber
festejado en su casa la llegada del nuevo año. A medianoche en punto, mientras
sonaban las campanas y estallaban las descargas, Montalbano tomó el segundo
comprimido del antibiótico (“uno cada seis horas, recuérdelo”, le había dicho
el médico) y lo tiró en el inodoro como había hecho con el primero. A la una de
la madrugada sonó el teléfono.
—Felicidades,
amor mío —dijo Livia desde Viena—. Hasta ahora no he podido conseguir
comunicación.
—He
vuelto ahora mismo —mintió Montalbano.
—¿Dónde
estuviste?
—En
casa de Niccolò. Diviértete, amor. Besos.
Durante
horas estuvo dando vueltas en la cama, entre sudores, agitado, y logró
conciliar el sueño de madrugada. A las siete sonó el teléfono.
—¿Comisario?
¿Es usted en persona?
—Sí,
Catarè, soy yo. ¿Qué carajo quieres a estas horas?
—Primero,
desearle feliz año nuevo. Mucha salud y felicidad, comisario. Después, quería
decide que hay un muerto de paso.
—Pues
déjalo pasar. —Tuvo la tentación de colgar, pero el sentido del deber no se lo
permitió. —¿Qué significa de paso?
—Significa
que lo han encontrado en el hotel Reginella, el que está después de Marinella,
en la casa que está al lado de la suya.
—Muy
bien, ¿pero por qué has dicho que es un muerto de paso?
—Comisario,
¿y usted me lo pregunta? Uno que está en un hotel seguramente es un viajero de
paso.
—Catarè,
¿te has enterado de que tengo fiebre?
—Sí,
comisario, le pido perdón. Ha sido la fuerza de la costumbre lo que me ha hecho
llamado. Ahora llamo a Augello.
A
partir de las diez empezaron las llamadas para saludarlo por el año nuevo, una
tras otra. A media mañana llegó Adelina, a la que no esperaba.
—No
importa que sea fiesta; no podía dejado solo, y he venido a arreglar esto un
poco.
Hizo
la cama y limpió el cuarto de baño.
—Ahora
le voy a preparar una sopa menos liviana que la de ayer.
Hacia
la una llamó a la puerta Mimì Augello.
—¿Cómo
estás? ¿Tomaste los comprimidos?
—Claro.
Y me están haciendo efecto. Ahora tengo treinta y nueve.
Los
comprimidos de las seis y de las doce habían tenido el mismo final que los dos
primeros.
—Oye,
Mimì, ¿qué historia es esa del viajero?
—¿Qué
viajero?
—Ese
que estaba en el hotel de aquí al lado. Esta mañana me llamó Catarella.
—¡Ah,
ése!
Montalbano
miró a los ojos a su segundo: como actor, Augello era una nulidad.
—Mimì,
te conozco por dentro y por fuera. Te quieres aprovechar.
—¿De
qué?
—De
mi enfermedad. Me quieres apartar de la investigación. Adelante, quiero que me
cuentes todo, con pelos y señales. ¿Cómo murió?
—Le
han pegado un tiro. Pero no era un viajero. Era el marido de la señora Liotta,
la propietaria del hotel.
Rosina
Liotta era una agradable treintañera, de ojos avispados, a quien el comisario
conocía de vista. Del marido no sabía nada; antes bien, estaba convencido que
era soltera o viuda. Mimì Augello le explicó la historia. A los dieciséis años,
Rosina era camarera del hotel Italia de Catania, donde habitualmente se
hospedaba el comendador Ignazio Catalisano cuando iba a la ciudad por negocios.
Catalisano era un lobo solitario: nunca se quiso casar y tenía un hermano con
el que no se trataba. La apetitosa Rosina, que aparentaba ser blanca y pura
como un corderillo pascual, enterneció el corazón y todo lo demás del lobo
solitario, que entonces ya había pasado con creces el umbral de los sesenta. La
conclusión fue que después de tres años de viajes cada vez más frecuentes a
Catania, el comendador murió de un infarto en la cama de su camarera en el
hotel Italia, cama de la que Rosina huyó aterrorizada. Algún tiempo después del
fallecimiento de Catalisano, Rosina fue convocada por un notario de Vigàta. Era
una muchacha despierta, y relacionó la muerte de su amante con la llamada del
notario. Pidió la liquidación en el hotel y, sin decir nada a sus padres ni a
sus hermanos, a los que por otra parte ella les importaba un comino, se
trasladó a Vigàta. Una vez allí se enteró de que el comendador, para evitar
conflictos y la posible impugnación del testamento, se lo dejaba todo al
hermano, salvo la villa de Marinella y cien millones en efectivo como
agradecimiento. Volvió a Catania, donde residía, y se fue a vivir a una modesta
pensión. El dinero de la herencia, siguiendo el consejo del notario, lo
depositó en un Banco de Catania. La primera vez que Rosina fue al Banco para
que le dieran un talonario de cheques, conoció al cajero Saverio Provenzano,
que tenía diez años más que ella. No fue un flechazo. Al principio el cajero le
aconsejó cómo invertir el dinero y a Rosina le gustó, a su manera. Cuando la
joven cumplió veinticinco años, quiso que el cajero se casara con ella. Tres
años después, Provenzano dejó el Banco. Con el dinero de la liquidación y con
el de Rosina, decidieron transformar la villa de tres pisos en las afueras de
Marinella en un hotel pequeño y elegante: el Reginella. El negocio enseguida
les fue muy bien.
Apenas
un año después de la inauguración del hotel, un antiguo cliente le hizo a
Provenzano una atractiva oferta de trabajo. Se trataba de trasladarse a vivir a
Moscú como representante de una empresa de importación—exportación. Rosina no
quería que su marido aceptara y hubo discusiones que llegaron a ser muy agrias.
Ganó el marido. En los tres años que llevaba trabajando en Moscú, Provenzano
volvió a Vigàta en diez ocasiones y no faltó una sola noche de fin de año. Esta
vez llegó a Vigàta con retraso, el día 31 por la mañana, porque había huelga de
controladores aéreos.
Mimì
Augello interrumpió su relato.
—Estás
pálido y cansado. Después te cuento el resto.
Empezó
a levantarse pero Montalbano lo sujetó por el brazo y lo obligó a sentarse otra
vez.
—Tú
no te mueves de aquí.
—El
doctor Panseca alquiló todo el hotel porque siempre pasa el fin de año con sus
amigos en el Reginella. La señora Rosina dejó una habitación libre para su
marido; le reservó provisionalmente la veintidós que...
—Espera
un momento —interrumpió el comisario—. ¿Dónde duerme habitualmente la señora
Rosina?
—Tiene
una habitación en el hotel.
—¿Y
el marido no duerme con ella?
—Al
parecer, no.
—¿Qué
significa “al parecer”? —preguntó Montalbano con irritación.
—Mira,
Salvo, todavía no he podido intercambiar ni siquiera una palabra con la señora
Rosina. Cuando llegué estaba en plena crisis de histeria. Luego fue el médico y
le dio un fuerte sedante. Volveré más tarde a interrogarla.
—¿Cómo
te enteraste de todas estas cosas?
—Por
los empleados. Y sobre todo por el conserje, que la conoce desde los tiempos en
que era camarera en Catania. Se lo llevó con ella.
—Sigue.
¿Por qué dijiste que era provisional el arreglo de la veintidós para el marido?
—Tampoco
te lo puedo explicar. El hecho es que a las doce y media, el ingeniero
Cocchiara y su mujer, huéspedes del doctor Panseca, dejaron libre la habitación
veintiocho, que les servía para cambiarse de ropa, y se fueron porque tenían un
compromiso con otros amigos. Entonces Rosina envió a una camarera a trasladar
las maletas y limpiar la habitación, que se encuentra en la parte opuesta a la
veintidós. Provenzano, hacia las dos, dijo que estaba cansado del viaje, saludó
a Panseca y a los otros amigos y subió a su habitación. La mujer se quedó abajo
y se acostó hacia las cuatro, cuando todo había acabado. Esta mañana, a las
seis y media, un huésped de Panseca, que ocupaba la habitación veinte, pidió un
café porque tenía que marcharse. La camarera, al pasar, observó que la puerta
de la veintidós estaba medio abierta. Sospechó y...
—Un
momento, Mimì. ¡Te equivocas! ¡Confundes la veintidós con la veintiocho!
—¡En
absoluto! Provenzano fue encontrado muerto en la habitación veintidós, donde no
habría tenido que estar. ¡Las maletas estaban en la veintiocho! Quizá se
equivocó, estaba cansado y se olvidó del cambio de habitación...
—¿Cómo
le dispararon?
—Con
una carabina. Un tiro en la frente. Enfrente del hotel están construyendo un
gran edificio, de forma abusiva, como es lógico. Le dispararon desde allí.
Nadie oyó el tiro; los invitados de Panseca hacían demasiado ruido.
—Según
Pasquàno, ¿a qué hora murió?
—Ya
sabes cómo es nuestro médico forense. Si no está seguro al ciento por ciento,
no habla. De cualquier manera, como la ventana estaba abierta de par en par y
hacía frío, dice que pudieron matarlo hacia las dos de la madrugada. Según mi
opinión, le dispararon en cuanto encendió la luz, ni siquiera tuvo tiempo de
cerrar la puerta.
—¿Cómo
estaba vestido?
—¿El
muerto?
—No,
el doctor Pasquàno.
—Salvo,
¡cuando quieres eres muy antipático! Camisa, pantalón, saco... —Se interrumpió
y miró con humildad a Montalbano.
—¡No
puede haberse equivocado de habitación porque encontramos el saco en la
veintiocho!
—¿Y
cómo estaban las maletas en la veintiocho?
—Estaba
todo ordenado en el armario.
—¿Las
luces del cuarto de baño estaban encendidas?
—Sí.
Montalbano
permaneció pensativo durante unos segundos.
—Mimì,
lo primero que harás cuando vuelvas al Reginella será llamar a la camarera para
que te entregue todas las pertenencias de Provenzano que se hayan encontrado en
la veintidós y las haces trasladar a la veintiocho.
—¿Por
qué?
—Para
entretenerla un poco —replicó el comisario muy poco amable—. Después me lo
cuentas por teléfono. Las habitaciones veintidós y veintiocho están
precintadas, ¿verdad?
Mimì
no sólo había ordenado que las precintaran, sino que dejó a Gallo y a Galluzzo
montando guardia.
En
cuanto Augello salió de su casa, Montalbano tomó dos aspirinas, bebió una taza
de vino casi hirviendo donde había vertido un vaso de whisky, sacó del armario
dos pesadas mantas de lana, las puso en la cama y se acostó, tapándose hasta la
cabeza. Decidió que se le pasaría la fiebre en unas horas; no soportaba la idea
de que Mimì Augello llevase a cabo la investigación personalmente; le daba la
sensación de que estaba sufriendo una injusticia.
Cuando
el timbre del teléfono lo despertó, se encontró lleno de sudor, como si
estuviera debajo de sábanas mojadas con agua caliente. Sacó cautelosamente un
brazo y contestó.
—¿Salvo?
He ordenado a la camarera que hiciera lo que me has dicho. En la veintidós
Provenzano sólo había abierto una maleta. Se cambió de ropa. Pero antes fue al
cuarto de baño, se lavó y se afeitó. Cuando la camarera trasladó las maletas a
la veintiocho, llevó también las cosas que Provenzano había dejado en la repisa
del cuarto de baño y que utilizó para arreglarse. Y hay algo que a la camarera
no le cuadra.
—¿Qué?
—La
camarera dice que en la repisa había un paquetito envuelto en papel y sujeto
con cinta scotch. Está segura de haberlo llevado a la veintiocho y haberlo
puesto en la repisa del lavatorio.
—¿Y
qué es lo que no cuadra?
—Pues
mira, el paquetito no se encuentra. En la veintiocho no está. Ni en la repisa
del cuarto de baño, donde la camarera jura y perjura que lo dejó, ni en ninguna
otra parte. He hecho registrar tres veces la veintiocho.
—¿Hablaste
con la señora Rosina?
—Sí,
y le dije que me explicara la razón del cambio de habitación. Provenzano tenía
un oído tan sensible, que era una verdadera enfermedad. Dormían separados
porque bastaba que la señora respirase un poco más fuerte para que Provenzano
se despertara y no pudiera conciliar el sueño. En la veintidós, cuya ventana da
a la fachada principal, a Provenzano le habrían molestado las voces de los
huéspedes que salían y entraban durante toda la noche, y el ruido de los autos
que llegaban y arrancaban. En cambio la veintiocho era mucho más tranquila,
puesto que daba a la fachada posterior.
—¿Estás
todavía allí?
—Sí.
—Hazme
un favor, Mimì. Espero tu respuesta por teléfono. Pregunta en el hotel si
Provenzano fue a Vigàta ayer por la tarde.
Mientras
esperaba la respuesta, se puso el termómetro. Treinta y seis siete. Lo había
conseguido. Apartó las mantas, puso los pies en el suelo y todo comenzó a girar
vertiginosamente alrededor.
—¿Salvo?
Sí, hacia las cinco de la tarde le pidió el coche a su mujer, pero no dijo a
dónde iba. Según la señora, volvió al cabo de dos horas. ¿Cómo te encuentras,
Salvo?
—Muy
mal, Mimì. Tenme al corriente, te lo ruego.
—No
lo dudes. Cúrate.
Se
levantó despacio. Primera medida: tragar medio vaso de whisky solo. Segunda
medida: tirar a la basura la caja de los antibióticos. La tomó y quedó
paralizado cuando sintió en el interior de la cabeza que el cerebro hacía girar
los engranajes a altísima velocidad.
—¿Fazio?
Soy Montalbano.
—¿Cómo
está, comisario? ¿Necesita algo?
—Dentro
de cinco minutos quiero saber qué farmacias estaban abiertas ayer. Si hoy han
cerrado después de un día de guardia, quiero el número de teléfono de los
farmacéuticos.
Fue
al cuarto de baño. Apestaba a sudor. Se lavó cuidadosamente y enseguida se
encontró mejor.
—Soy
Fazio, comisario. Las farmacias que ayer estaban de guardia son dos, la de
Dimora y la de Sucato. La de Dimora sigue abierta hoy; la de Sucato está
cerrada pero tengo el número de teléfono del domicilio del farmacéutico.
Telefoneó
primero a Dimora y dio en el blanco.
—¡Claro
que conocía al pobre Provenzano, comisario! Ayer nos compró una caja de tapones
para los oídos y un somnífero muy fuerte que sólo se puede vender con receta
médica.
—¿Y
quién le hizo la receta?
El
farmacéutico Dimora dudó antes de contestar, y cuando lo hizo dio muchas
explicaciones:
—Mire,
comisario, el pobre Provenzano y yo nos hicimos muy amigos cuando él vivía en
Vigàta. No pasaba día sin que...
—Comprendo
—cortó Montalbano—, no tenía receta.
—¿Tendré
problemas?
—Sinceramente,
no lo sé.
La
puerta de entrada del Reginella estaba entreabierta, y en el batiente izquierdo
se destacaban un gran lazo negro y un letrero en el que se leía: “CERRADO POR
DEFUNCIÓN”. Cuando el comisario entró no encontró ni un alma, y se dirigió
hacia un saloncito del que procedían unas voces. Mimì Augello, que en ese
momento estaba hablando con un cuarentón alto y distinguido, se quedó atónito
al verlo.
—¡Jesús!
¿Qué haces aquí? ¿Te has vuelto loco? ¡Estás enfermo!
Montalbano
no contestó, sino que dirigió a su segundo una mirada que significaba lo que
significaba.
—Este
señor es Gaspare Arnone, el conserje del hotel. Montalbano se quedó mirándolo.
Quién sabe por qué, lo había imaginado viejo y algo descuidado.
—Me
han dicho que conoce desde hace tiempo a la señora Rosina Provenzano.
—Hace
una eternidad que la conozco —contestó sonriendo Arnone, enseñando una
dentadura que parecía la de un actor norteamericano—. Tenía dieciséis años y yo
veintiséis. Trabajábamos en el mismo hotel, en Catania. Luego la señora hizo
fortuna y tuvo la bondad de llamarme.
—Quiero
hablar contigo —dijo Montalbano a Mimì. El conserje hizo una inclinación y
salió.
—Estás
pálido, como un muerto —observó Augello—. ¿Te parece bien? Mira que te puede
dar algo serio.
—Hablemos
de cosas serias de verdad, Mimì. He confirmado algo que se me había ocurrido.
¿Sabes qué había en el paquetito que no se encuentra? Tapones para los oídos y
un somnífero.
—¿Cómo
te enteraste?
—Es
asunto mío. Y sólo significa una cosa: Provenzano llega a la veintiocho,
deshace las maletas, luego va al cuarto de baño y ve que el paquetito no está.
Lo necesita; tiene que ponerse los tapones y tomar el somnífero, porque si no
lo hace pasará la noche en blanco a causa del bochinche que hay en el hotel.
Cree que la camarera ha olvidado el paquetito en la veintidós. Va, enciende la
luz, y apenas entra, le disparan.
—La
ventana estaba abierta de par en par —aclaró Mimì—. La dejó así la camarera
para renovar el aire.
—¿Dónde
encontraste la llave de la veintidós? —preguntó Montalbano.
—En
el suelo, al lado del muerto.
—¿Sospecha
la señora Rosina por qué han matado a su marido?
—Sí.
Dice que la última vez que vino a Vigàta le dijo que estaba preocupado.
—¿Por
qué?
—Lo
amenazaron en Moscú. Al parecer, siempre según la señora, había molestado a la
mafia rusa.
—¡Qué
mafia ni qué carajo! Si la mafia rusa quería matarlo, ¿qué necesidad tenía de
hacerlo aquí? No, Mimì; ha sido alguien que sabía que Provenzano iba a cambiar
de habitación. La camarera llevó el paquetito a la veintiocho, pero alguien lo
hizo desaparecer de allí para obligar a Provenzano a entrar en la veintidós.
Luego, esa persona no ha tenido tiempo de devolver el paquetito a su lugar. La
desaparición del paquetito demuestra que ha servido de cebo. Tú que entiendes
de mujeres, ¿cómo es la señora Rosina?
—Potable
—repuso Mimì Augello—. A pesar del luto, exhibe un escote bastante apreciable.
¿Crees que tiene algo que ver?
—¡Ah!
—contestó el comisario—. El marido la molestaba poco, venía a Vigàta dos o tres
veces al año y por pocos días: no se mata a un marido tan cómodo.
—Estás
sudando. Vete a casa; no exageres, Salvo. Yo te lo podía haber contado todo en
tu casa. Hiciste un esfuerzo inútil.
—Eso
dices tú. ¿Provenzano había traído papeles?
—Sí,
en un bolso.
—¿Los
examinaste?
—No
he tenido tiempo.
—Ve
a buscarlos. Y hazme un favor: pregúntale al conserje si me puede enviar un
whisky solo.
A
causa de la debilidad, Montalbano tenía la impresión de haber bebido demasiados
vasos de whisky. Sin embargo, no sentía que se le hubieran subido a la cabeza.
El
elegante conserje se presentó con un vaso vacío y una botella sin empezar, que
abrió.
—Sírvase
lo que desee. ¿Necesita algo más?
—Sí,
una información. ¿Anoche trabajó usted?
—Sí.
El hotel estaba lleno y vinieron los invitados del doctor Panseca a cenar.
—Explíqueme
exactamente cómo se hizo el traslado de los efectos personales de Provenzano de
la habitación veintidós a la veintiocho.
—No
hay problema, comisario. Entre las doce y media y la una, el ingeniero
Cocchiara y su esposa dejaron la veintiocho. Me entregaron la llave, que
coloqué en su lugar. Advertí a la camarera que arreglara la habitación y
trasladara el equipaje del patrón, de la veintidós a la veintiocho.
—¿Le
dio las llaves?
El
conserje sonrió con trescientos dientes que parecían una lámpara de Murano que
se encendiera de golpe.
—Las
camareras tienen la llave maestra. Media hora después Pina, la camarera, me
dijo que todo estaba dispuesto. Fui al salón y le dije al patrón que cuando
quisiera podía retirarse. Estaba cansado del viaje. Le llevé la llave de la
veintiocho.
—¿Y
usted también le entregó la llave de la veintidós? Gaspare Arnone dudó un
instante.
—No
entiendo.
—Amigo
mío, ¿qué es lo que no entiende? Han encontrado muerto a Provenzano en la
veintidós, con las llaves al lado. Hace un momento me dijo que cuando el
ingeniero Cocchiara se marchó, devolvió las llaves a su lugar. Por lo tanto mi
pregunta es más que lógica.
—A
mí no me las pidió —dijo el conserje tras una pausa.
—¿Pero
no ha dicho que estuvo trabajando toda la noche?
—Sí,
pero eso no significa que permaneciera todo el tiempo detrás del mostrador. Los
clientes son muy exigentes, ¿sabe? A veces uno puede verse obligado a
ausentarse durante cinco minutos.
—Comprendo.
Entonces, la llave de la veintidós ¿quién se la dio?
—Nadie.
La sacó él mismo. Sabía dónde estaban: a la vista de todo el mundo. Además era
el dueño.
Entró
Mimì Augello con un bolso lleno de papeles. El conserje se retiró. Montalbano
llenó de nuevo el vaso de whisky. Repartieron los papeles en dos montoncitos,
uno para cada uno, y empezaron a leer. Cartas comerciales, facturas, cuentas.
Montalbano empezaba a tener sueño cuando Mimì Augello dijo:
—Mira
esto.
Le
dio una carta. Era de la Italian Export—Import dirigida, en Moscú, a Saverio
Provenzano y firmada por el señor Arturo Guidotti, director general de la
empresa. En ella se decía que en vista de las reiteradas peticiones y de las
sólidas razones aportadas, la empresa se resignaba a aceptar la dimisión de su
empleado Saverio Provenzano, dimisión que tendría efecto a partir del 15 de
febrero del año entrante.
Montalbano
se sintió feliz y se bebió el tercer vaso.
—Vamos
a hablar con la señora Rosina.
Tropezó
al levantarse y Mimì lo sostuvo.
El
conserje, al teléfono, le estaba explicando a alguien que el hotel no podía
aceptar clientes.
Montalbano
esperó a que colgara y le sonrió.
Gaspare
Arnone le devolvió la sonrisa. El comisario no dijo nada. Gaspare Arnone
tampoco abrió la boca. Se miraban y sonreían. A Mimì Augello la situación le
pareció embarazosa.
—¿Vamos?
—preguntó a Montalbano.
El
comisario no le contestó.
—La
señora Rosina lo llamó al Reginella después que Provenzano se marchó a Rusia,
¿no es cierto?
—Sí.
Necesitaba a una persona de confianza. Ç
—Gracias
—dijo Montalbano. La media borrachera que tenía lo hacía educado y ceremonioso.
—Despéjeme otra duda. En las habitaciones no hay timbre para llamar a las
camareras, ¿verdad?
—No.
Los dientes tienen que llamar por teléfono aquí, a conserjería, cuando
necesitan algo.
—Gracias
—dijo otra vez Montalbano, haciendo una ligera inclinación.
El
departamento de la propietaria del Reginella estaba en el segundo piso. Al
final del primer tramo de escaleras, las piernas del comisario empezaron a
aflojarse. Se sentó en un escalón y Augello se sentó a su lado.
—¿Me
puedes decir lo que te pasa por la cabeza?
—Ahora
mismo. Que la señora Rosina y el conserje están de acuerdo y han matado a
Provenzano.
—¿Qué
pruebas tienes?
—No
las tengo. Encuéntralas tú. Te explico cómo anduvo todo. Hace catorce años, en
el hotel de Catania donde trabajan juntos, Rosina y el conserje Gaspare de vez
en cuando se van a la cama. Ella tiene un amante viejo y, ya me entiendes, a
veces siente ganas de desahogarse. Bien. Cuando el marido de Rosina se va a
Rusia, la mujer se acuerda de su amigo de Catania y lo llama a su servicio. Y
la historia vuelve a empezar. Pero cambia de intensidad y se transforma en
amor, pasión, lo que quieras. La situación es muy cómoda: el marido está
siempre fuera. Pero entonces sucede algo nuevo. Provenzano escribe o llama por
teléfono a la mujer y le dice que se ha cansado de estar en Moscú. Ha
presentado la renuncia. Vendrá a Vigàta para fin de año, irá a Moscú para la
liquidación y luego volverá definitivamente en febrero. Los dos amantes pierden
la cabeza y deciden matarlo. El plan es peligroso, pero si funciona es
perfecto. Antes de comunicar a Provenzano que la habitación veintiocho ya está
dispuesta, el conserje sube a la habitación y se lleva el paquetito con el
somnífero. El conserje ya sabe que Provenzano ha ido a la farmacia porque se lo
ha dicho su amante, que nos miente cuando asegura desconocer la razón por la
que su marido le pide el coche. Cuando Provenzano va a acostarse descubre que
le falta el paquetito. Telefonea a conserjería pero no le contesta nadie,
porque el conserje ya está apostado en el edificio en construcción y espera a
que se le ponga a tiro. Dado que no puede llamar a una camarera, Provenzano decide
ir él mismo a buscar el paquetito. Baja a conserjería, toma la llave de la
veintidós, sube, abre la puerta de la habitación, enciende la luz y el conserje
le apunta. Pero ha cometido un error: debería haber devuelto el paquetito a la
veintiocho. ¿Estamos?
El
comisario subió los quince escalones que llevaban al segundo piso desplazándose
de izquierda a derecha y viceversa, mientras Mimì lo mantenía de pie con una
mano debajo de la axila. Se detuvieron ante una puerta y Augello llamó
discretamente.
—¿Quiénes?
—Augello,
señora.
—Adelante,
está abierta.
Mimì
dejó pasar a su superior. Éste abrió la puerta y se quedó en el umbral, con la
mano derecha apoyada en el pomo.
—¡Buenas
tardes a todos! —exclamó alegremente.
La
recién viuda se quedó sorprendida. ¿A todos? En la habitación sólo estaba ella
y aquel hombre parecía borracho.
—¿Qué
quiere?
—Hacerle
una preguntita fácil, fácil. ¿Sabía que su marido había presentado su renuncia
en la empresa para quedarse definitivamente en Vigàta?
La
señora Rosina, sentada en la cama, un pañuelo entre las manos, no contestó
enseguida. Evidentemente estaba sopesando la respuesta. Pero el escote mostró
que por el blanco de su generoso pecho un ser maligno estaba pasando una mano
de color rojo.
—No.
—¡Respuesta
equivocada! —exclamó Montalbano. Mike Bongiorno no lo hubiera hecho mejor.
—Arréstala
—dijo simplemente el comisario a Augello.
—¡No!
¡No! —gritó la señora Rosina levantándose de la cama—. ¡No tengo nada que ver!
¡Lo juro! Ha sido Gaspare que...
Se
interrumpió y lanzó un grito inesperado, agudísimo que hizo vibrar los vidrios.
A Montalbano el grito le entró por los oídos, dio dos vueltas alrededor del
cerebro, descendió por la garganta, resbaló por el vientre y le llegó a los
pies.
—Arresta
también al conserje —consiguió articular antes de caer desmayado boca abajo.
* *
*
Fazio
lo acompañó a casa, lo desvistió, lo hizo acostarse y le puso el termómetro.
Más de cuarenta.
—Esta
noche me quedo aquí —declaró—. Dormiré en el sofá.
El
comisario cayó en un sueño plúmbeo. Hacia las ocho de la mañana abrió los ojos.
Se encontraba mejor. Fazio estaba allí, con el café.
—Esta
noche ha llamado Augello preguntando por usted. Me ha encargado que le diga que
todo ha ido como usted había pensado. Los dos han confesado. Él hasta ha
enseñado dónde había escondido el fusil de precisión.
—¿Por
qué no me despertaste?
—¿Bromea?
¡Pero si dormía como un ángel!
El
arrebato
Las
pocas ocasiones en que el jefe de policía, al no tener otro a mano, lo enviaba
a representar a la Jefatura de Montelusa en congresos y convenciones, el
comisario Montalbano se tomaba la cosa como un castigo o una ofensa personal.
Cuando escuchaba las adornadas palabras de los participantes, los saludos de
bienvenida, las loas y las críticas, los votos de confianza y los anuncios de
un apocalipsis seguro, lo dominaba una sensación de pesadez tal que a las
preguntas de los demás respondía con monosílabos confusos y descorteses. Su
aporte a la discusión general se reducía a unas quince líneas paridas con
esfuerzo, mal escritas y peor leídas. Su intervención sobre las reglas
comunitarias de la policía de frontera estaba prevista en el programa para las
diez y media del tercer día de trabajo, pero al final de la primera jornada el
comisario ya estaba agotado y se preguntaba cómo iba a poder resistir dos días
más. Se alojaba en el hotel Centrale de Palermo, que eligió con sumo cuidado
porque todos sus colegas italianos y extranjeros se alojaban en otros hoteles.
La única luz entre tanta oscuridad fue la invitación a cenar de Giovanni
Catalisano, compañero de escuela desde el jardín de infantes hasta el
bachillerato. Se dedicaba a la venta de telas al por mayor; tenía dos hijos de
su mujer Assunta Didio, que había heredado una décima parte de las dotes
culinarias de Antonio, su padre, legendario cocinero en casas principescas de
Palermo. Sin embargo, esa décima parte era de sobra suficiente: el comisario
aseguraba que si en el momento de morir se acordara de las comidas que
preparaba la señora Assuntina, el tránsito sería más doloroso. Cuando finalizó
la segunda jornada de trabajo, después de que hablaran los representantes de
Inglaterra, de Alemania y de Holanda en inglés, alemán y holandés
respectivamente, Montalbano tenía la cabeza como un globo. Por ello se metió
rápidamente en el coche de su amigo Catalisano que pasó a buscarlo. La cena
resultó superior a las expectativas y la conversación que siguió fue muy relajante:
la señora Assuntina era de pocas palabras, pero su marido Giovanni, en
compensación, era un hombre de respuesta rápida e inteligente. Cuando el
comisario miró el reloj vio que era casi la una de la madrugada. Se levantó, se
despidió afectuosamente de la pareja, se metió en el chaquetón de cuero y
salió, rechazando el ofrecimiento del amigo a acompañado.
—El
hotel está cerca. Diez minutos de paseo me irán bien, no te molestes.
En
cuanto salió tuvo dos sorpresas desagradables: llovía y hacía un frío que
cortaba el aliento. Entonces decidió llegar al hotel por unos atajos que creía
recordar. En la mano llevaba una carpeta que le habían dado en la convención:
con la mano izquierda la sostuvo encima de la cabeza para protegerse un poco de
la lluvia, que caía en abundancia. Tras haber caminado por callejuelas
solitarias y mal iluminadas, con los pantalones empapados, se desanimó: se
equivocaba de camino. Si hubiera aceptado la oferta de Catalisano ya estaría a
resguardo en la habitación del hotel. Mientras permanecía de pie en medio de la
callejuela, dudando si sería mejor protegerse en una puerta y esperar a que
amainase o armarse de valor y continuar, oyó el ruido de una moto que se
acercaba por detrás. Se apartó para darle paso y quedó aturdido por el ruido
ensordecedor del motor que, sin previo aviso, aceleró. Fue tan sólo un segundo,
aunque alguien lo aprovechó para tratar de arrancarle la carpeta que todavía
llevaba encima de la cabeza a fin de protegerse del agua. El tirón hizo girar
sobre sí mismo al comisario, que entonces quedó junto al motociclista; éste,
todavía de pie encima de los pedales, intentaba quitarle la carpeta, que
Montalbano aferraba con fuerza con los dedos de la mano izquierda. El absurdo
tira y afloja duró unos segundos: absurdo porque la carpeta, llena de papeles
sin importancia, aumentaba de valor a los ojos del ladrón, puesto que era
defendida con tanto empeño. Los reflejos del comisario siempre habían sido rápidos,
y en esta ocasión también lo fueron, permitiéndole pasar al contraataque. El
violento puntapié que propinó a la moto alteró el ya precario equilibrio en el
que se mantenía el ladrón, que prefirió abandonar, arrancar y marcharse. No fue
muy lejos, porque casi al final de la callejuela describió una curva en U y se
detuvo debajo de un farol, con el motor al ralentí. Vestido de arriba abajo con
el overol, la cabeza oculta dentro del casco, el motociclista era una figura
amenazadora y desafiante.
—¿Y
qué carajo hago ahora? —se preguntó Montalbano mientras se ajustaba el
chaquetón de cuero.
No
volvió a cubrirse la cabeza con la carpeta. Estaba completamente mojado: el
agua se le metía por el cuello, descendía por la espalda, salía por los
pantalones, y en parte acababa dentro de los zapatos. De dar media vuelta y
echar a correr, ni pensado: aparte de hacer el ridículo, el motociclista habría
podido alcanzarlo cómo y cuándo quisiera. Sólo quedaba seguir adelante. Con
lentitud, balanceando la carpeta con la mano izquierda, Montalbano empezó a
caminar como si estuviera paseando en un día de sol. El motociclista lo
contemplaba aproximarse sin hacer ni un solo movimiento; parecía una estatua.
El comisario se dirigió directamente hacia la moto, y cuando llegó ante la
rueda anterior se detuvo.
—Quiero
que veas una cosa —le dijo al motociclista. Abrió la carpeta y la dio vuelta:
los papeles cayeron al suelo, se mojaron y se llenaron de barro. Sin cerrada,
Montalbano la tiró al suelo.
—Te
habría ido mejor si le hubieras robado la pensión a una anciana.
—No
robo a las mujeres, ni viejas ni jóvenes —replicó el ladrón en tono ofendido.
Montalbano
no consiguió distinguir bien la voz, porque a través del casco le llegó muy
sofocada.
Quién
sabe por qué motivo, el comisario decidió seguir adelante con la provocación.
Metió
una mano en el bolsillo interior del chaquetón, sacó la billetera, la abrió,
eligió un billete de cien mil liras y se lo ofreció al ladrón.
—¿Te
basta para una dosis?
—No
acepto limosnas —dijo el motociclista, apartando violentamente la mano de
Montalbano.
—Si
es así, buenas noches. Ah, oye, dime una cosa: ¿qué calle debo tomar para
llegar al Centrale?
—Todo
derecho, la segunda a la izquierda —contestó con gran naturalidad el ladrón.
Estaba
previsto que la intervención de Montalbano, que empezó puntualmente a las diez
y treinta, acabara a las diez y cuarenta y cinco para abrir otros quince
minutos de debate. Pero entre los ataques de tos, los carraspeos, los
resoplidos y los estornudos del orador, duró hasta las once. Los traductores
simultáneos pasaron los peores momentos de su vida porque al balbuceo que
siempre le aparecía al comisario cuando tenía que hablar en público, se añadió
en esta ocasión un tono gangoso, es decir, esa particular manera de hablar
cuando uno tiene la nariz tapada y cambia la pronunciación de las consonantes.
Nadie entendió nada. Tras un momento de turbación, el presidente de turno
sufrió un ataque de ingenio e inició el debate. De este modo Montalbano pudo abandonar
la convención e irse a la comisaría. Recordó que un año antes, el entonces jefe
de policía de Palermo había creado una brigada especial “antiarrebato”, de la
que habían hecho mucha publicidad las estaciones de televisión y los diarios de
la isla. En las fotografías y en las filmaciones que ilustraban los servicios
se veía a jóvenes agentes de civil sobre patines de ruedas y motos nuevas y
relucientes, dispuestos a perseguir a los ladrones de esa especialidad,
arrestarlos y recuperar los objetos robados. Se propuso como jefe de la brigada
al subcomisario Tarantino. Luego, nadie volvió a hablar de la iniciativa.
—Taranti,
¿te ocupas todavía de los robos por arrebato?
—¿Viniste
a divertirte? La brigada se disolvió dos meses después de su creación. ¡Diez
hombres a media jornada contra una media de cien arrebatos al día!
—Querría
saber...
—Mira,
es inútil que hables conmigo. Yo ponía el sello en los informes y basta; ni
siquiera los leía.
Levantó
el teléfono, refunfuñó algo y volvió a colgar. Casi inmediatamente llamaron a
la puerta y apareció un hombre de unos treinta años, de aspecto simpático.
—Es
el inspector Palmisano. El comisario Montalbano quiere preguntarte algo.
—A
sus órdenes.
—Se
trata de una curiosidad. ¿Qué sabes de arrebatos que se hayan hecho usando una
moto de época?
—¿Qué
entiende por moto de época?
—¡Qué
se yo! Una Laverda, una Harley—Davidson, una Norton...
Tarantino
se echó a reír.
—¡Qué
ocurrencia! ¡Sería como ir a robarle los caramelos a un niño en un Bentley!
En
cambio Palmisano permaneció serio.
—No,
no sé nada. ¿Desea algo más?
Montalbano
se quedó otros cinco minutos hablando con su colega. Luego se despidió y fue a
buscar a Palmisano.
—¿Me
acompaña a tomar un café?
—Tengo
poco tiempo.
—Bastarán
cinco minutos.
Salieron
de la jefatura y entraron en el primer bar que encontraron.
—Voy
a contarle lo que me pasó anoche.
Le
contó su encuentro con el ladrón.
—¿Quiere
arrestarlo? Al parecer no le ha robado nada —dijo Palmisano.
—No.
Sólo querría conocerlo.
—Yo
también —admitió en voz baja el inspector.
—Era
una Norton 750 —precisó el comisario—, estoy más que seguro.
—Ya
—asintió Palmisano—, e iba vestido de arriba abajo, con casco y todo.
—Sí.
No pude leer la patente porque estaba cubierta con un trozo de plástico negro.
¿Qué me dice?
—Fue
durante el segundo mes que prestaba servicio en la brigada. Faltaba poco para
que cerraran los Bancos por la mañana. Estaba delante de la Commerciale cuando
salió un hombre con un bolso y un individuo, a bordo de una Norton 750 negra,
se lo arrancó. Me precipité en su persecución. Yo tenía una Guzzi. No pude
hacer nada.
—¿Él
era más rápido?
—No,
comisario; era mejor. Por suerte había poco tráfico. Llegamos, él delante y yo
detrás, hasta el desvío de Enna. Entonces se metió en una carretera. Y yo
detrás. Al parecer quería hacer moto—cross. Pero en una curva mi moto no se
agarró a la grava y yo salí disparado. Me salvó el casco, pero perdía sangre de
la pierna derecha, me dolía. Cuando me levanté, él estaba allí. Se había
parado. Me dio la sensación de que si no me hubiera puesto de pie habría sido
capaz de venir a ayudarme. De cualquier manera, mientras me acercaba a la Guzzi
sin apartar los ojos de él, hizo algo que no esperaba. Levantó la bolsa que
acababa de arrebatar y me la enseñó. La abrió, miró el interior, la volvió a
cerrar y la tiró en medio de la carretera. Luego dio un giro con la Norton y se
marchó. Cojeando, fui a recoger la bolsa. Había cien millones en billetes de
cien mil. Volví a la jefatura y escribí en el informe que había recuperado el
objeto robado después de una lucha, pero que el ladrón había conseguido huir.
No puse ni la marca de la moto.
—Entiendo
—dijo Montalbano.
—Ése
no buscaba dinero —añadió Palmisano, tras un silencio, como si concluyera su
razonamiento.
—¿Y
qué buscaba, según su opinión?
—¡Ah!
Tal vez otra cosa, pero dinero no.
Ese
Palmisano era una persona inteligente.
—¿Ha
oído hablar de otros casos similares?
—Sí,
tres meses después. Le sucedió a un compañero que ya ha sido trasladado.
También recuperó los objetos robados. Fue el propio ladrón quien se los
devolvió. En el informe, tampoco aportó elementos válidos para la
identificación.
—Tenemos,
por lo tanto, a un ladrón que habitualmente sale de paseo...
Palmisano
sacudió la cabeza.
—No,
comisario, no va de paseo “habitualmente”, como usted dice. Sólo lo hace cuando
no puede soportar la presión. ¿Desea preguntarme algo más?
Era
inútil comer; el resfrío le impedía distinguir los sabores. La convención se
reanudaba a las tres y media. Todavía podía quedarse al menos tres horas bien
caliente, bajo las mantas. Ordenó que le subieran a la habitación una aspirina
y la guía de teléfonos. Se le ocurrió que las aficiones, desde la cría del
gusano de seda hasta la fabricación casera de bombas atómicas, tienen siempre
una asociación, un club, donde los afiliados intercambian información y piezas
raras y, de vez en cuando, organizan una salida al campo. Encontró un “Motocar”
que no sabía qué significaba, seguido de un “Motoclub” cuyo número marcó.
Respondió una amable voz masculina. El comisario explicó de manera confusa que
se había trasladado hacía poco a Palermo y solicitó información para una
posible inscripción en el club. El otro le contestó que no existía ningún
problema y luego, bajando un poco la voz, preguntó con el tono de quien
pregunta a qué secta secreta pertenece el otro:
—¿Es
harleysta?
—No,
no lo soy —repuso el comisario en un susurro.
—¿Qué
moto tiene?
—Una
Norton.
—Bien,
entonces es mejor que se dirija al Nor—club, que es una rama nuestra. Apunte el
número de teléfono, los encontrará después de las ocho de la noche.
Marcó
el número enseguida. No había nadie. Podía dormir una hora antes de ir a la
clausura de la convención. Cuando se despertó se encontraba muy bien; el
resfrío casi había desaparecido del todo. Miró el reloj y tuvo un sobresalto:
las siete. Dado que era inútil presentarse en la convención, no se apresuró. A
las ocho y cinco llamó por teléfono desde el vestíbulo del hotel, y le contestó
la voz fresca de una muchacha. Veinte minutos después estaba en la sede del
club, en la planta baja de un elegante edificio. No había nadie, sólo estaba la
joven que había contestado al teléfono y que hacía desinteresadamente de
secretaria de ocho a diez de la noche. Y la misma tarea la desempeñaban, por
turno, los socios más jóvenes del club. Era tan simpática, que el comisario no
quiso contarle el cuento del dueño de una Norton trasladado a Palermo. Se
identificó, sin que ello provocara ninguna reacción especial en la joven.
—¿Por
qué ha venido aquí?
—Bien,
porque nos han dado la orden de hacer un censo de todas las asociaciones y
clubes, deportivos y no deportivos. ¿Me explico?
—No
—contestó la joven—. Dígame lo que quiere saber y yo se lo digo, ésta no es una
asociación secreta.
—¿Todos
son tan jóvenes?
—No.
El señor Rambaudo, por ejemplo, pasa de los sesenta.
—¿Tiene
una foto de grupo?
La
muchacha sonrió.
—¿Le
interesan los nombres o las caras? —E indicó una pared a espaldas de
Montalbano. —Es de hace dos meses —añadió—, y estamos todos.
Una
fotografía clara, tomada al aire libre, en el campo. Más de treinta personas,
todos con el uniforme: el overol negro y las botas. El comisario contempló los
rostros con suma atención. Cuando llegó al tercero de la segunda fila sufrió un
sobresalto. No supo explicarse por qué, pero tuvo la seguridad de que aquel
hombre atlético, sobre la treintena, que le sonreía, era el ladrón.
—Son
muchos.
—Tenga
presente que éste es un club provincial.
—Ya.
¿Tiene un registro?
Lo
tenía, y en perfecto orden. Fotografía, nombre, apellido, profesión, dirección
y teléfono del afiliado. Patente de la moto, características principales y
particulares. Actualización semestral de la cuota de inscripción. Varios. Hojeó
el registro, fingiendo que tomaba apuntes en el revés de un sobre. Luego sonrió
a la muchacha, que estaba hablando por teléfono, y salió. Tenía en la cabeza
tres nombres y tres direcciones. Pero el del abogado Niccolò Nuccio, calle
Liberta, 32, Bagheria, teléfono 091232756, lo tenía impreso en negrita.
Lo
mejor era ir enseguida al grano. Marcó el número en la primera cabina
telefónica que encontró, y le contestó un niño.
—¡Hola!
¡Hola! ¿Quién eles? ¿Qué quieles?
No
debía de tener ni cuatro años.
—¿Está
papá?
—Ahola
te lo llamo.
Estaban
mirando televisión; se oía la voz de... ¿De quién era aquella voz? No tuvo
tiempo de contestarse a su pregunta.
—¿Quién
es?
A
pesar de haber oído la voz sofocada y distorsionada por el casco, el comisario
la reconoció. Sin lugar a dudas.
—Soy
el comisario Montalbano.
—Ah.
He oído hablar de usted.
—Y
yo también de usted.
El
otro no contestó, no preguntó. Montalbano oía la profunda respiración al otro
lado del hilo. En segundo plano, la televisión. Ahora: era la voz de Mike
Bongiorno.
—Tengo
motivos para creer que anoche usted y yo nos vimos.
—Ah,
¿sí?
—Sí,
abogado. y me gustaría que nos viéramos otra vez.
—¿En
el mismo sitio que anoche?
No
parecía en absoluto preocupado por haber sido descubierto. Antes bien, se
permitía dárselas de ingenioso.
—No,
demasiado incómodo. Lo espero en mi hotel, en el Centrale, ya sabe. Por la
mañana, a las nueve.
—Iré.
Comió
bien en una trattoria próxima al puerto, volvió al hotel hacia las once, estuvo
leyendo durante dos horas una novela no policial de Simenon, a la una apagó la
luz y se quedó dormido. A las siete de la mañana ordenó que le subieran un café
exprés doble y el Giornale di Sicilia. La noticia que le hizo ponerse de pie en
medio de un baño de sudor estaba en negrita, en primera página: al parecer
había llegado justo a tiempo para que la imprimieran. Decía que a las veintidós
y treinta de la noche anterior, en las proximidades de la estación, un ladrón
intentó robar el muestrario de un representante de piedras preciosas, el cual
reaccionó disparando y matándolo. Con gran sorpresa habían identificado al
ladrón como el abogado Niccolò Nuccio, de treinta y dos años, de posición
acomodada, residente en Bagheria. Nuccio —seguía diciendo el diario— no tenía
ninguna necesidad de robar para vivir. La moto desde la que había intentado el
arrebato, una Norton negra, valía unos diez millones de liras. ¿Se trataba de un
desdoblamiento de personalidad? ¿De una broma que acabó en tragedia? ¿De una
bravata absurda?
Montalbano
arrojó el diario sobre la cama y empezó a vestirse. Niccolò Nuccio había
encontrado lo que buscaba y quizás él conseguiría alcanzar el tren de las ocho
y media para Montelusa. Desde allí telefonearía a la comisaría de Vigàta. E
irían a buscarlo.
Doble
móvil
En
vida, Attilio Gambardella no tenía buen aspecto. Era un hombre cojo y de
piernas muy largas, con estrabismo, orejas enormes como pantallas, manos de
enano y pies de payaso, y la boca tan torcida que uno no sabía nunca si lloraba
o reía. Pero ahora que estaba en el suelo de la cocina, con una treintena de
cuchilladas en la cara, en el pecho, en el vientre y en la ingle, parecía como
si la muerte hubiera querido, en cierto modo, borrar la fealdad. Los daños que
el asesino había producido en el cuerpo del pobre Gambardella lo igualaban a
tantos otros degollados. En la cocina uno no podía moverse sin correr el riesgo
de mancharse de sangre; había hasta en la pantalla del televisor encendido, en
la que aparecían las imágenes del noticiario de la mañana. Hablan tirado el
arma homicida, un cortapapeles con el mango de hueso, dentro de la pileta. La
hoja todavía tenía restos de sangre; en cambio, el mango había sido lavado
minuciosamente para hacer desaparecer las huellas digitales.
—¿Entonces?
—preguntó Montalbano al doctor Pasquàno.
—Entonces,
¿qué? —replicó el otro, colérico—. ¿Quiere saber de qué ha muerto? De una
indigestión de higos de tuna.
Aquella
mañana Montalbano no tenía ganas de enredarse en disputas con el forense.
—Sólo
quiero saber...
—¿La
hora de la muerte? ¿Puedo equivocarme en algún segundo o debo especificar hasta
el minuto?
El
comisario abrió los brazos en un gesto de desconsuelo. Y al médico, al verlo
tan sumiso, se le pasaron las ganas de discutir.
—Bueno.
Entre las ocho y las once de la noche. La primera cuchillada se la dieron por
la espalda. Él tuvo fuerza suficiente para volverse, y la segunda lo alcanzó en
el pecho. Cayó y, según mi opinión, ya estaba muerto. Las otras cuchilladas se
las asestaron cuando ya estaba en el suelo, por placer o para desahogarse el
asesino. ¿Está satisfecho?
Se
acercó Fazio, que acababa de echar un vistazo por toda la casa.
—A
primera vista, sin saber lo que había antes, no parece cosa de ladrones; no
deben de haberse llevado nada. En el cajón de la mesita de noche hay dos
millones en billetes. Dentro de una cajita, en la cómoda, anillos, aros y
pulseras.
—¿Para
qué querría un ladrón darle cuchilladas hasta dolerle el brazo? —se entremetió
Pasquàno.
Galluzzo
entró en la cocina.
—He
ido a casa de Filippo, el hijo de Gambardella. La mujer me dijo que no ha
vuelto anoche.
—Búscalo
—dijo el comisario.
La
casa donde había tenido lugar el hecho estaba situada en las afueras, era
propiedad de Gambardella y consistía en un edificio de planta baja y un piso.
Abajo había dos negocios, uno de venta de legumbres al por mayor y el otro de
ferretería. En el primer piso había dos departamentos: el que habitaba el
muerto y otro, alquilado a la señora Gesuina Praticò, viuda de Tumminello. Fue
ella quien descubrió el homicidio —le explicó Fazio a Montalbano—, y sufrió tal
impresión, que se desmayó después de haber pedido socorro desde el balcón. El
comisario tenía que ir con cuidado: el mayorista de legumbres les advirtió que
la señora estaba bastante enferma del corazón. Por eso, el dedo de Montalbano
se posó en el timbre con la misma ligereza que una mariposa se posa sobre una
flor. Abrió la puerta un cura con cara de circunstancias. Hoy en día causa
impresión ver curas con sotana; en general visten como empleados de Banco o
como punkies. Al verlo allí delante, en aquel departamento y con aquella
expresión, el comisario creyó que había ido a dar la extremaunción a la señora
Praticò.
—¿Está
grave?
—¿Quién?
—La
viuda Tumminello.
—¡En
absoluto! He venido a verla para consolarla. Ha sufrido una gran emoción. Pase.
Es el comisario Montalbano, ¿verdad? Lo conozco. Lo conozco. Soy don Saverio
Colajacono. Gesuina es una de mis pías y devotas parroquianas.
No
había duda alguna de que era pía y devota. En el vestíbulo el comisario contó
un crucifijo en la pared, una Dolorosa y un san Antonio de Padua en una repisa.
No tuvo tiempo de identificar otras dos imágenes.
—Gesuina
se ha acostado —dijo el padre Colajacono, precediéndolo.
El
dormitorio parecía una cripta, con los postigos del balcón entornados, las
paredes con decenas de santos clavados con chinches, y debajo de cada uno una
velita encendida sobre una repisita. De repente, Montalbano sufrió un ataque de
ansiedad, empezó a sudar y sintió la necesidad de desabrocharse el botón del
cuello de la camisa. Una especie de ballena jadeante y gimiente yacía en una
cama de matrimonio, cubierta con una colcha estampada con flores rojas que sólo
dejaba ver la cabeza de una cincuentona despeinada, de rostro rosado y sin
arrugas.
—Gesuina,
te dejo en buenas manos; volveré más tarde —dijo el cura, y salió tras
inclinarse ante el comisario.
Montalbano
se sentó en una silla a los pies de la cama. En la mesita de noche, una vela
iluminaba la fotografía de un individuo con cara de delincuente de manual
lombrosiano: el señor Tumminello, que al morir había convertido en viuda a
Gesuina Praticò.
—¿Se
siente con fuerzas para contestar algunas preguntas? —empezó el comisario.
—Si
el Señor me ayuda y la Virgen me acompaña...
El
comisario esperó ardientemente que el Señor y la Virgen estuvieran disponibles
en ese momento: no se sentía capaz de permanecer en aquella habitación un
minuto más de lo necesario.
—Fue
usted quien descubrió el cadáver, ¿verdad?
—Sí.
—Dígame
cómo fue.
—Es
largo.
—No
se preocupe, cuénteme.
Resoplando
por la nariz como una ballena de verdad, la mujer se incorporó un poco,
manteniendo la colcha apretada púdicamente contra aquella plaza de armas que
era el pecho.
—¿Por
dónde empiezo?
—Por
donde quiera.
—Hace
veinte años yo ya vivía en esta casa con mi pobre marido Raffaele...
El
comisario se maldijo por haber dado libertad histórica y cronológica a la
viuda, pero no podía hacer nada; él lo había querido.
—...
Attilio sufrió un espantoso accidente de auto.
Attilio.
La señora Gesuina y el muerto se llamaban por el nombre.
—La
esposa murió, él se rompió las piernas y Filippo, el hijo, que entonces tenía
doce años, se dio un golpe en la cabeza y estuvo un mes entre la vida y la
muerte. Al año siguiente, una pulmonía doble se llevó a mi pobre Raffaele. ¿Qué
quiere que le diga, señor comisario? Al vernos todos los días, acabamos uniendo
nuestras soledades.
La
frase, sacada probablemente de alguna novela rosa, despistó por completo a
Montalbano.
—¿Se
hicieron amantes?
La
viuda cerró los ojos, se tapó las orejas con las manos y resopló su desdén a
través de los orificios nasales. Las llamas de las cuarenta o más velitas
oscilaron, corriendo el riesgo de apagarse.
—¡No!
¿Cómo se le ha ocurrido? ¡Soy una mujer honrada! ¡Me conoce todo el pueblo!
¡Attilio nunca me tocó ni yo lo toqué a él!
—Perdóneme,
señora. Le pido excusas —dijo el comisario, aterrorizado ante la idea de que la
habitación pudiera quedarse a oscuras.
—Quiero
decir que empezamos a hacernos compañía todo el día. A veces Attilio, que salía
muy poco, permanecía en casa durante semanas a causa del dolor en las piernas,
sobre todo cuando cambiaba el tiempo. Entonces yo cocinaba para él, le ordenaba
la casa... En fin, todo lo que hace un ama de casa.
—¿De
qué vivía?
—Tengo
la pensión que me dejó el pobre Raffaele.
—No;
me refería a él, a Gambardella.
—¡Attilio
era rico! En Vigàta tenía una docena de negocios, quince departamentos y otras
cosas más en Fela. ¡No necesitaba una pensión miserable!
—¿Cómo
eran las relaciones con el hijo?
Dio
en el clavo. Esta vez se apagó una docena de llamitas y Montalbano tembló.
—¡Él
lo mató!
—¿Está
segura, señora?
—¡Él,
él, él!
Las
llamitas se apagaron todas a la vez. El comisario llegó a tientas hasta el
balcón y abrió los postigos.
—Señora,
¿usted se da cuenta de lo que dice?
—¡Claro
que me doy cuenta! ¡Es como si lo hubiera visto con estos ojos!
La
ballena se agitaba con violentos sobresaltos y temblores y la colcha parecía un
campo de amapolas movido por el viento.
—Explíquese
mejor.
—¡Filippo
es un desgraciado, un delincuente, un hombre sin oficio ni beneficio que a los
treinta años sigue colgado de su padre! ¡Y se ha querido casar! En resumen, no
había semana que no viniera aquí a pedirle dinero a su padre. Y el otro no
paraba de darle, y darle. Me decía que su hijo le daba pena, que era culpa suya
que estuviera así. Él era el responsable del accidente, su hijo se había dañado
el cerebro y no se podía concentrar en nada porque la cabeza no le respondía. Y
el grandísimo desgraciado del hijo se aprovechaba. Finalmente, conseguí hacerle
entender a Attilio qué clase de sinvergüenza aprovechado era Filippo. Attilio
empezó a darle menos dinero, a veces hasta se lo negaba. ¡Entonces ese
delincuente llegó a amenazar a su padre! ¡Una vez hasta le puso las manos
encima! Anoche... —Se interrumpió y comenzó a sollozar. Sacó de debajo de la
almohada un pañuelo tan grande como una toalla y se sonó la nariz. Los vidrios
del balcón tintinearon. —Anoche Attilio vino a casa a cenar conmigo, y luego volvió
a la suya; dijo que iba a ver no sé qué en la televisión y que luego se
acostaría. Yo no quiero televisión. ¡Se ven sin querer cosas que hacen
ruborizar a una mujer decente!
Montalbano
no tenía ningún interés en adentrarse en una discusión sobre ética televisiva.
—Me
decía que anoche...
—Mi
cocina y la de Attilio están separadas por una pared. Yo estaba lavando los
platos cuando oí las voces de Attilio y de Filippo. Discutían.
—¿Está
segura de que era la voz del hijo?
—¡Pondría
las manos en el fuego!
—¿Oyó
palabras, frases?
—Claro.
Oí que Attilio decía: “¡Nada, no te voy a dar ni una lira!” Y Filippo gritaba:
“¡Y yo te mato! ¡Te mato!”
Luego
escuché un ruido de... de...
—¿Lucha?
—Sí,
señor. Y una silla que caía al suelo. No sabía qué hacer, dudaba. Pero como
luego ya no oí nada más, sólo el televisor, me tranquilicé. En cambio...
Esta
vez hubo sollozos y aullidos.
—¿Cómo
cree que Filippo entró en la casa?
—¡Tenía
la llave! Mil veces le dije a Attilio que le pidiera que se la devolviera, pero
él ¡como si nada!
—¿Cómo
descubrió lo que había sucedido?
—Esta
mañana fui a la primera misa, pero como iba a comulgar, no entré en la cocina a
prepararme el café. Volví a las siete y oí que en la cocina de Attilio todavía
estaba encendido el televisor. Eso me extrañó; nunca miraba televisión por la
mañana. Entonces fui a la casa...
—¿Quién
le abrió?
La
viuda Tumminello, que se preparaba otra vez para sumergirse en sollozos, se
detuvo.
—Nadie.
Tengo la llave.
Sonó
el timbre de la entrada.
—Voy
yo —dijo el comisario.
Era
Fazio. A su lado, un hombre de unos treinta años, extremadamente delgado, con
los pantalones raídos, el saco deformado, despeinado, sin afeitar. Montalbano
no tuvo tiempo de abrir la boca cuando a sus espaldas sonó un alarido.
La
viuda Tumminello, que además de su preferencia por las novelas rosa poseía
cierta inclinación hacia la tragedia, se había levantado y señalaba al joven
con el brazo extendido y el dedo índice tembloroso.
—¡El
asesino! ¡El parricida!
Cayó
al suelo, desmayada. Fue como si una ligera sacudida provocada por un terremoto
moviera el edificio.
—Saquémoslo
de aquí —dijo Montalbano, preocupado—; llévalo a la comisaría.
—¿De
modo que usted no sabía que su padre ha sido asesinado?
—No,
señor.
—Pero
si lo primero que dijiste cuando entraste en la casa fue: “¿Es verdad que
papá?...”. Y te echaste a llorar —intervino Fazio.
—Es
verdad. Lo de papá me lo dijo el que tiene la ferretería cuando me vio entrar
en el edificio.
—¿Ayer
por la tarde te peleaste con tu padre?
—Sí.
—¿Por
qué?
—Porque
no quiso darme el dinero que le pedí.
—¿Por
qué no te lo quiso dar?
—Dijo
que ya no quería mantenerme más.
—Y
tú lo amenazaste de muerte. Lo dijiste y lo hiciste —intervino Fazio de nuevo.
Montalbano
lo miró de mala manera. No le gustaba que lo interrumpieran, y tampoco le
parecía justo que a uno lo tutearan sólo porque se encontraba en posición de
inferioridad. Pero Filippo Gambardella apenas reaccionó a las palabras de
Fazio; era un hombre apático, ausente.
—No
fui yo.
En
voz baja.
—¿Cuál
es el motivo que esta mañana lo ha impulsado a volver a casa de su padre? Al
creerlo todavía vivo, ¿quería pedirle otra vez el dinero que ayer no le dio?
—No
era ésa la razón.
—¿Cuál
era?
Filippo
Garmbardella parecía turbado, y murmuró algo que el comisario no entendió.
—Más
fuerte, por favor.
—Quería
pedirle perdón.
—¿Por
qué?
—Por
haberle dicho que si no me daba dinero lo mataba.
—¿No
se habían peleado otras veces?
—En
los últimos tiempos, sí. Pero antes nunca le había dicho que iba a matarlo.
—Y
después de la pelea, ¿adónde fue?
—A
la taberna de Minicuzzo. Me emborraché.
—¿Cuánto
tiempo se quedó allí?
—No
sé.
—Y
después de emborracharse, ¿a dónde fue?
—No
sé.
No
era que no quisiera contestar a las preguntas; Montalbano sabía que era
sincero.
—¿Se
cambió de ropa? —Filippo Gambardella lo miró aturdido. —Esta mañana, antes de
ir a casa de su padre, ¿ha pasado por su casa? ¿Se ha cambiado de traje?
—¿Cómo
iba a cambiarme? Sólo tengo éste.
—¿Cuánto
hace que no come?
—No
sé.
—Llévatelo
—le dijo el comisario a Fazio—, que se lave y que le traigan algo del bar.
Luego seguiremos.
—Detrás
de un cuadro que tenía Gambardella en el dormitorio encontré esto —dijo
Galluzzo cuando volvió de registrar la casa del muerto.
Era
un sobre amarillo, de tipo comercial. Encima habían escrito: “ÁBRASE DESPUÉS DE
MI MUERTE”. Dado que quien lo había escrito estaba muerto, el comisario lo
abrió. Unas cuantas líneas en las que se decía que Attilio Gambardella, en
plena posesión de sus facultades mentales, dejaba todo lo que poseía, casas,
almacenes, terrenos y dinero líquido a su único hijo Filippo Gambardella. La
fecha era de tres años antes. En ese momento entró Fazio.
—Comió
y se quedó dormido. ¿Qué hago?
—Déjalo
que duerma —dijo el comisario enseñándole el testamento.
Fazio
lo leyó y torció el gesto.
—Es
una buena razón contra Filippo Gambardella —comentó.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
tenemos el móvil.
—Me
llamo Gianni Puccio —dijo el hombre de unos cuarenta años, distinguido y
educado, que había pedido ser recibido por el comisario.
—Mucho
gusto. Dígame.
—En
el pueblo corre la voz de que han arrestado a Filippo Gambardella por haber
matado a su padre. ¿Es cierto?
—No
es cierto —repuso con sequedad Montalbano.
—Entonces,
¿lo han dejado en libertad?
—No.
¿No sería mejor que me dijera qué ha venido a decirme, sin hacer preguntas?
—Quizá
sea lo mejor —admitió Gianrli Puccio un poco amedrentado—. Bien, anoche, hacia
las ocho y media o las nueve menos cuarto, el coche —soy representante de
comercio— se me paró justo delante de la casa de Gambardella, al que conocía
desde hacía años. También conozco a su hijo Filippo. Bajé y abrí el capó. En
ese momento oí la voz alterada de Attilio Gambardella. Alcé la vista. Attilio
estaba en el balcón y le gritaba a alguien que estaba en la calle: “¡No vengas
más! ¡Sólo tendrás el dinero después de mi muerte!” Luego volvió a entrar y
cerró el balcón.
—¿Vio
a quién se dirigía?
—Sí.
A su hijo Filippo. Como en el pueblo se dice que lo mató después de una
discusión, yo, en conciencia, puedo declarar que las cosas no fueron así.
—Me
ha sido de mucha utilidad, señor Puccio.
—¿Y
qué significa? No significa nada —dijo Fazio—. Muy bien, no lo mató durante la
discusión, pero lo hizo después. Fue a la taberna, se emborrachó, el vino le
dio valor, volvió a casa del padre y lo mató.
—Estás
convencido de que fue él, ¿verdad?
—¡Pues
sí, señor!
—Podría
ser. Gallo ha ido a interrogar a Minicuzzo, el tabernero. Dice que Filippo
llegó a eso de las nueve, se bebió una botella de dos litros y salió cuando
todavía no eran las diez y media.
—¿No
ve? Tuvo todo el tiempo del mundo para volver y acuchillar a su padre. El
doctor Pasquàno ha dicho que el delito se cometió entre las ocho y las once,
¿no? Las cuentas salen.
—Ya.
—¿Se
puede saber qué es lo que no le cuadra?
—Según
la lógica, no me cuadra que no haya tomado los dos millones que había en la
casa. Necesitaba dinero. Mata al padre. ¿Por qué, entonces, no lo redondea y se
lleva los dos millones? ¿Y cómo se consigue dar tantas cuchilladas a alguien y
no tener la más mínima mancha en el traje? ¿Recuerdas la cantidad de sangre que
había en la cocina?
—Comisario,
¿está de broma? Si le cuenta sus dudas al juez se reirá en su cara. No se llevó
los dos millones porque no fue un asesinato premeditado. Cuando vio a su padre
muerto, una vez pasada la rabia que le hizo dar las treinta puñaladas, se
asustó y huyó. En segundo lugar, o volvió a su casa, contrariamente a lo que
dice la mujer, y se cambió el traje manchado de sangre, o se lo pidió a
cualquier amigote de la taberna y el suyo lo tiró al mar.
—¿Estás
convencido de que tenía el traje manchado de sangre?
—Es
indudable.
—Escúchame
con atención, Fazio. El señor Puccio ha venido a decirnos que vio a Filippo
hacia las ocho y media o nueve menos cuarto delante de la casa de su padre.
Gambardella todavía estaba vivo. Según Minicuzzo, Filippo llegó a la taberna a
las nueve. Por lo tanto, si mató a su padre después que Puccio lo viera, no
tuvo tiempo de ir a su casa y cambiarse de traje, si a las nueve estaba en la
taberna de Minicuzzo. ¿Tengo razón?
—Sí,
señor.
—Eso
quiere decir que el homicidio se cometió cuando él ya estaba borracho, ¿no es
cierto? Tú mismo has planteado esta hipótesis.
—Sí,
señor.
—Pero
si ha actuado así, las cosas cambian. Ya no se trata de un impulso asesino
durante una pelea. Es algo pensado y meditado. Por lo tanto, no habríamos
encontrado los dos millones en el cajón. Y le habría interesado hacerlos
desaparecer, a fin de simular un robo.
—¿Quién
habla de robos? —preguntó alegremente Mimì Augello entrando en el despacho de
su superior.
El
rostro de Montalbano se volvió hosco.
—¡Mimì,
eres un caradura! ¡No se te ha visto en toda la mañana!
—¡Cómo!
¿No te dijeron nada? —preguntó Mimì, sorprendido.
—¿Qué
tenían que decirme?
—Esta
mañana, a primera hora —explicó paciente Augello—, el señor Zuccarello ha
venido a denunciar un robo en su casa, que está junto a la vieja estación. Su
mujer y él se quedaron a dormir en Montelusa, en casa de la hija casada. Cuando
volvieron, se dieron cuenta del robo. Se llevaron la plata y algunas joyas.
Dado que estabas ocupado con lo de Gambardella, me encargué del caso.
—Entonces,
si ya te ocupas tú, los ladrones pueden dormir tranquilos y los señores
Zuccarello es mejor que se despidan de la plata —comentó el comisario con
malicia.
Mimì
Augello, con muy poca elegancia, cerró el puño derecho, estiró el brazo y puso
encima con fuerza la mano izquierda, a la altura del codo.
—¡Toma!
Ya he detenido al ladrón.
—¿Y
cómo hiciste?
—Salvo,
en Vigàta los ladrones de departamentos apenas son tres, y cada uno trabaja con
una técnica particular. Estas cosas no las sabes porque no te ocupas de ellas;
tu cerebro sólo se enfrenta a cuestiones de alta especulación.
—¿Peppe
Pignataro, Cocò Fati o Lillo Seminerio? —preguntó Fazio, que, en cambio,
conocía la vida y milagros de todo Vigàta.
—Peppe
Pignataro —contestó Augello. Y luego añadió, dirigiéndose al comisario: —Quiere
hablar contigo. Está allí, en mi oficina.
Cincuentón,
menudo, enjuto, bien vestido, Pignataro se levantó en cuanto vio al comisario.
Montalbano cerró la puerta y se sentó en el sillón de Mimì.
—Siéntese,
siéntese —le dijo al ladrón.
Pignataro
tomó asiento de nuevo tras haber insinuado una inclinación.
—Todo
el mundo sabe que usted es de fiar. —Montalbano no dijo nada; siguió inmóvil.
—Yo soy el ladrón. —Montalbano tenía la inmovilidad de un maniquí. —Sólo que el
subcomisario Augello no podrá demostrarlo. No he dejado huellas y la plata y
las joyas están escondidas en un lugar seguro. Esta vez, y dicho sea con todo
respeto, el subcomisario Augello se va a romper los cuernos.
¿A
quién le estaba hablando? El comisario se hallaba en la habitación, pero
parecía embalsamado.
—Sin
embargo, el subcomisario Augello puede seguirme de cerca; entonces no podré ir
a donde debo ir, para que me entreguen el dinero a cambio de la plata y de las
joyas. Porque necesito el dinero con urgencia. ¿Me creerá si le digo una cosa?
—Sí.
—Mi
mujer está muy enferma, puede informarse. Los remedios que necesita tengo que
comprarlos y cuestan un ojo de la cara.
—¿Qué
quieres?
—Que
hable con Augello para que me deje en paz un mes. Luego, se lo juro, me
entregaré.
Se
miraron en silencio.
—Intentaré
hablar con él —dijo Montalbano levantándose.
Peppe
Pignataro saltó de la silla, se inclinó e intentó tomar la mano de Montalbano
para besársela. El comisario se apartó a tiempo.
—Quiero
decirle algo. Anoche, a eso de las nueve, estaba vigilando la casa de
Zuccarello para ver cómo se presentaba el asunto. Sabía que el señor y su mujer
habían salido en coche. Hacia las once apareció Filippo Gambardella. Lo conozco
bien. No se sostenía de pie, estaba completamente borracho. De pronto ya no
pudo seguir y se echó en el suelo junto a la casa de Zuccarello. Se quedó
dormido. Seguía durmiendo a las cuatro de la mañana, cuando volví a pasar
después del robo.
—¿Por
qué me lo cuentas?
—Por
agradecimiento. Y para evitarle una equivocación. En el pueblo dicen que ha
arrestado a Filippo por la muerte del padre y yo quiero...
—Gracias
—dijo Montalbano.
* *
*
—¿Qué
hacemos con Filippo Gambardella?
—Déjalo
en libertad.
Fazio
dudó. Luego estiró los brazos.
—Como
ordene.
—Ah,
oye, llama a Augello.
Tardó
más de media hora en convencer a Mimì, pero Peppe Pignataro tuvo vía libre
durante un mes. Entre una cosa y otra eran casi las dos y el comisario sentía
un apetito que le nublaba la vista.
—¿Hay
lugar allá? —preguntó Montalbano entrando en la trattoria San Calogero.
“Allá”
significaba un cuartito pequeño con dos mesitas.
—No
hay nadie —le aseguró el dueño.
Primero
comió un abundante plato de gambitas y pulpitos con salsa, luego cuatro
pescados grandes que no se acababan nunca.
—¿Le
traigo un café?
—Luego.
Mientras tanto, si no molesto, haría una media horita de siesta.
El
dueño entornó los postigos y el comisario se durmió con la cabeza apoyada en
los brazos cruzados encima de la mesa, en la boca tenía todavía el sabor del
pescado fresco, en la nariz el aroma de la buena cocina, en los oídos el lejano
tintineo de los cubiertos que estaban lavando. A la media hora en punto, el
dueño le llevó el café, el comisario se lavó un poco, se secó la cara con papel
higiénico y se encaminó a la comisaría canturreando. Hacía un día precioso.
En
la puerta lo esperaba Fazio.
—¿Qué
pasa?
—Pasa
que ha venido la viuda Tumminello. Quiere hablar con usted. Parece nerviosa.
—Muy
bien.
Apenas
tuvo tiempo de sentarse ante el escritorio, cuando la luz del despacho se
debilitó. La viuda, con su enorme figura, ocupaba el vano de la puerta.
—¿Puedo
entrar?
—¡Claro
que sí! —contestó, galante, el comisario, indicándole una silla, que chirrió
penosamente en cuanto la mujer tomó asiento.
Se
sentó en el borde, con el bolso en las rodillas y las manos enguantadas.
—Me
perdonará, señor comisario, pero cuando tengo una cosa aquí...
Se
llevó una mano al corazón.
—… también
la tengo aquí.
La
mano se alzó hasta la boca.
—Y a
mí me gustaría que esta cosa me la hiciera llegar aquí —dijo el comisario
tocándose las orejas.
—¿Es
cierto que ha dejado en libertad a Filippo?
—Sí.
—¿Y
por qué?
—No
hay pruebas.
—¿Cómo?
¿Y todo lo que yo le conté? La discusión, las palabras gruesas, la caída de la
silla...
—Un
testigo dice que cuando Filippo abandonó la casa, el señor G¡mbardella todavía
estaba vivo.
—¿Y
quién es el grandísimo desgraciado? ¡Seguramente un cómplice, un amigote del
parricida! ¡Mire, comisario, todo el pueblo está convencido de que fue él, y
todo el pueblo se ha sorprendido cuando lo dejó en libertad!
—Señora,
yo debo ocuparme de los hechos, no de las palabras. Y a propósito de hechos,
¿sabe que tenía pensado pasar esta tarde por su casa?
La
señora Gesuina Praticò, viuda de Tumminello, que hasta un instante antes
gesticulaba de tal manera que el bolso se le cayó al suelo dos veces, de
repente quedó paralizada. Cerró los ojos.
—Ah,
¿sí? ¿Y qué quiere de mí?
Montalbano
abrió el primer cajón del escritorio, sacó un sobre comercial y se lo mostró.
—Quiero
enseñarle esto.
—¿Qué
es?
—El
testamento, la última voluntad de Gambardella. La viuda palideció, pero hasta
tal punto que su piel le recordó al comisario la de una medusa muerta a orillas
del mar.
—Lo
han encon...
Se
detuvo, mordiéndose los labios.
—Sí.
Hemos tenido más suerte que usted, señora, que debió de buscarlo cada vez que
Gambardella le daba ocasión.
—¿Y
qué interés podía tener yo?
—No
sé, puede que sólo curiosidad. Mire, ¿reconoce la caligrafía de Gambardella?
Le
acercó el sobre.
—”ÁBRASE
DESPUÉS DE MI MUERTE” —leyó la mujer. y añadió: —Es la suya.
—Si
hubiera encontrado el testamento, habría tenido una sorpresa. ¿Quiere que lo
lea?
Sacó
el papel despacio, leyó con lentitud aun mayor, marcando casi las sílabas:
—”Vigàta.
Yo, Attilio Gambardella, en plena posesión de mis facultades mentales, deseo
que después de mi fallecimiento todos mis bienes muebles e inmuebles pasen a
propiedad de la señora Gesuina Praticò, viuda de Tumminello, que durante años
ha sido mi amiga más devota. Mi hijo Filippo queda desheredado. Doy fe y
firmo...”
El
alarido de alegría de la viuda fue tal que provocó algunos efectos desastrosos,
entre ellos: Catarella se quemó con un café hirviendo; Galluzzo dejó caer al
suelo una máquina de escribir que estaba trasladando de oficina; y Miliuzzo
Conti, detenido bajo la sospecha de ser ladrón de radios de coche, creyendo que
en la comisaría se practicaba la tortura (la noche anterior había visto una
película de nazis), intentó una fuga desesperada que acabó con la pérdida total
de sus dientes delanteros.
Aunque
estaba preparado, Montalbano quedó ensordecido. La viuda, mientras tanto, se
había levantado y bailaba, ora sobre un pie, ora sobre el otro. Y Fazio, que
entró corriendo, la contemplaba con la boca abierta.
—Tráele
un vaso de agua.
Fazio
volvió inmediatamente, pero era como si la viuda no viera el vaso que le ponía
delante de la boca, mientras se desplazaba al ritmo de la mujer. Finalmente, lo
vio y se lo bebió de un trago. Volvió a sentarse. Estaba morada, sumergida en
un baño de sudor.
—Léalo
usted misma.
Lo
tomó, lo leyó, lo tiró, volvió a palidecer, se levantó, se echó hacia atrás,
los ojos fijos en aquel pedazo de papel.
Le
faltaba el aire, se llevó las manos al cuello, temblaba. El comisario se plantó
delante de ella.
—Escuchó
lo que Gambardella le dijo a su hijo...: que le dejaría todo cuando
falleciera... y entonces fue a verlo para pedirle explicaciones... Porque él le
había prometido que usted heredaría...
—Siempre
me lo decía —confirmó la viuda, jadeando— siempre me lo repetía, el puerco...
Gesuinuzza mía, te lo dejo todo... Y mientras tanto agárralo..., métetelo... Un
puerco, era un cerdo... Siempre obligándome a hacer cosas... No le bastaba que
le hiciera de sirvienta... Y ayer por la noche tuvo el valor de decirme que se
lo dejaba todo al sinvergüenza de su hijo... Eran tal para cual, padre e hijo,
dos asquerosos que...
—Ocúpate
tú —le dijo el comisario a Fazio. Necesitaba dar un paseo por el muelle,
necesitaba aire fresco, mar.
Fin


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