© Libro N°. 3030. Montalbano 3. El Ladrón De Meriendas. Camilleri, Andrea. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Montalbano 3. El Ladrón De Meriendas. Andrea Camilleri
Versión Original: © Montalbano 3. El Ladrón De Meriendas. Andrea Camilleri
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MONTALBANO 3
EL LADRÓN DE MERIENDAS
Andrea Camilleri
Uno
Se
despertó muy mal: las sábanas, en medio del sudor del sueño, alterado por culpa
del kilo y medio de sardinas al horno rellenas con anchoas, cebolla, perejil y
pasas que se había zampado la víspera, se le habían enrollado apretadamente
alrededor del cuerpo cual si fueran las vendas de una momia. Se levantó, se
dirigió a la cocina, abrió el frigorífico y se bebió media botella de agua
helada. Mientras lo hacía, miró a través de la ventana abierta. La luz del
amanecer presagiaba un buen día, con un mar como una balsa de aceite y un cielo
claro y sin nubes. Montalbano, muy sensible a los cambios meteorológicos, se
tranquilizó a propósito de su estado de ánimo en las próximas horas. Era
todavía muy temprano, por lo que volvió a acostarse cubriéndose la cabeza con
la sábana, dispuesto a dormir un par de horitas más. Tal como siempre hacía
antes de quedarse dormido, pensó en Livia, en su cama de Boccadasse, Génova:
era una presencia benéfica en cada viaje que él emprendía a «The country of
sleep», como decía un poema de Dylan Thomas que le había encantado.
El
viaje recién iniciado fue interrumpido repentinamente por el timbre del
teléfono. Tuvo la sensación de que el sonido le entraba como una barrena por un
oído y le salía por el otro, traspasándole el cerebro.
—¿Diga?
—¿Con
quién hablo?
—Primero
dime quién eres.
—Soy
Catarella.
—¿Qué
hay?
—Perdone,
pero no le había reconocido la voz, dottori.
Igual
estaba durmiendo.
—¡A
las cinco de la madrugada, más bien sí! ¿Quieres decirme qué ocurre y dejar de
una vez de tocarme los cojones?
—Hay
un muerto asesinado en Mazàra del Vallo.
—¿Y
a mí qué coño me importa? Yo estoy en Vigàta.
—Pero
es que, verá usted, dottori, el muerto...
Colgó
y desenchufó el aparato. Antes de cerrar los ojos, pensó que, a lo mejor, el
que lo estaba buscando era su amigo Valente, el subjefe de policía de Mazàra
del Vallo. Lo llamaría más tarde desde su despacho.
La
persiana golpeó con fuerza la pared y Montalbano se incorporó bruscamente en la
cama con los ojos desorbitados a causa del sobresalto, convencido, en medio de
las brumas del sueño que todavía lo envolvían, de que alguien le había pegado
un tiro. El tiempo había cambiado en un santiamén, un húmedo y frío viento
encrespaba la amarillenta espuma del mar y el cielo estaba enteramente cubierto
de nubes que amenazaban lluvia.
Se
levantó soltando maldiciones, fue al cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha
y se enjabonó. De repente, el agua se acabó.
En
Vigàta y, por consiguiente, en Marinella, donde él vivía, el agua la daban
probablemente cada tres días. Probablemente, pues igual la daban al día
siguiente o a la semana siguiente. Por eso él se había curado en salud,
mandando instalar en el tejado del chalet unos depósitos de gran capacidad,
pero, por lo visto, esta vez hacía por lo menos ocho días que no la daban, para
eso servía la autonomía regional. Corrió a la cocina, colocó una olla bajo el
grifo para recoger el hilillo que estaba saliendo y lo mismo hizo con el grifo
del lavabo. Con la poca agua que recogió, consiguió quitarse el jabón de
encima, pero la experiencia no sirvió precisamente para mejorar su estado de
ánimo.
Mientras
se dirigía en su coche a Vigàta, soltando palabrotas contra todos los
automovilistas con quienes se cruzaba y que, a su juicio, debían de utilizar el
código de la circulación, por uno y otro lado, para limpiarse el trasero, le
acudieron a la mente la llamada de Catarella y la interpretación que él le
había dado. El razonamiento no se tenía en pie: si Valente lo hubiera
necesitado a las cinco de la madrugada para algo relacionado con el homicidio
de Mazàra, lo habría llamado a su casa y no a su despacho. La interpretación se
la había inventado por comodidad, para tranquilizar su conciencia y poder
dormir un par de horas más.
—¡No
hay nadie en absoluto! —le anunció Catarella en cuanto lo vio entrar,
levantándose respetuosamente de la silla de la centralita. Montalbano, de
acuerdo con Fazio, había decidido dejar a Catarella en la centralita, en la
creencia de que, aunque comunicara llamadas telefónicas absurdas e improbables,
causaría sin duda menos daños que en cualquier otro puesto.
—¿Qué
ocurre, es alguna fiesta?
—No,
señor, hoy no es día festivo, pero se han ido todos al puerto por la cuestión
del muerto de Mazàra, ese de quien le he hablado esta mañana temprano por
teléfono, si recuerda.
—Pero,
si el muerto es de Mazàra, ¿qué hacen en el puerto?
—No,
dottori, el muerto está aquí.
—Por
Dios bendito, si el muerto está aquí, ¿por qué me dices que lo han matado en
Mazàra?
—Porque
el muerto era de Mazàra, él trabajaba allí.
—Catarè,
razonando (es un decir), tal como tú tienes por costumbre hacer: si aquí en
Vigàta matan a un turista de Bérgamo, ¿tú qué me dirás? ¿Que hay un muerto en
Bérgamo?
—Dottori,
la cuestión es que este muerto es un muerto de paso. O sea, que lo han matado
de un tiro cuando se encontraba a bordo de un barco de pesca de Mazàra.
—¿Y
quién le ha pegado un tiro?
—Los
tunecinos, señor comisario.
Desesperado,
Montalbano desistió de seguir indagando.
—¿El
dottore Augello también se ha ido al puerto?
—Sí,
señor.
El
subcomisario Mimì Augello debía de estar encantado de que él no apareciera por
el puerto.
—Mira,
Catarè, tengo que redactar un informe. No estoy para nadie.
—¡Oiga,
dottori! Está al teléfono la señorita Livia desde Génova. ¿Qué hago, dottori?
¿Se la paso o no?
—Pásamela.
—Como
usted me ha dicho no hace ni diez minutos que no estaba para nadie...
—Catarè,
te he dicho que me la pases.
»¿Livia?
Hola.
—¡Y
un cuerno hola! Llevo toda la mañana intentando hablar contigo. En tu casa, el
teléfono suena inútilmente.
—Ah,
¿sí? He olvidado volver a enchufarlo. Mira, ahora te vas a reír, esta mañana me
han llamado a las cinco para decirme que...
—No
tengo ganas de reír. Lo he intentado a las siete y media, a las ocho y cuarto,
lo he vuelto a intentar…
—Livia,
ya te he explicado que me olvidé de...
—De
mí. Te olvidaste simplemente de mí. Ayer te dije que te llamaría a las siete y
media para decidir si...
—Livia,
te lo advierto. Está a punto de llover y hace viento.
—¿Y
qué?
—Ya
lo sabes. El mal tiempo me pone de mal humor. No quisiera que hablando y
hablando...
—Comprendo.
No te vuelvo a llamar. Hazlo tú, si quieres.
—¿Montalbano?
¿Qué tal está? El dottore Augello me lo ha contado todo. El asunto tendrá sin
duda repercusiones internacionales, ¿no cree?
No
entendía nada, no sabía de qué le estaba hablando el jefe superior de policía.
Eligió el camino del asentimiento genérico.
—Pues
sí, en efecto.
¿Repercusiones
internacionales?
—En
todo caso, he decidido que el dottore Augello despache con el prefecto. La
cuestión rebasa nuestras competencias.
—Pues
sí.
—Montalbano,
¿se encuentra bien?
—Perfectamente.
¿Por qué?
—No,
es que me había parecido...
—Me
duele un poco la cabeza, eso es todo.
—¿A
qué día estamos hoy?
—A
jueves, señor jefe superior.
—Oiga,
¿quiere venir a cenar a casa el sábado? Mi mujer le preparará unos espaguetis
con tinta de sepia. Una gollería.
Pasta
con nìvuro di sìccia, tal como se decía en siciliano. Con el humor que tenía en
aquellos momentos, habría podido preparar una tonelada de espaguetis.
¿Repercusiones internacionales?
Entró
Fazio y él se le echó encima como una fiera.
—¿Alguien
tendría la bondad de decirme qué coño está pasando?
—Duttù,
no la tome conmigo sólo porque hace viento. Esta mañana a primera hora, antes
de avisar al dottore Augello; he dicho que lo localizaran a usted.
—¿Por
medio de Catarella? Si pretendes localizarme a través de Catarella por un
asunto importante, significa que eres un desgraciado. Sabes muy bien que con
ése no hay manera de entender nada. ¿Qué ha ocurrido?
—Un
buque pesquero motorizado de Mazàra, que, por lo que dice el patrón, estaba
faenando en aguas internacionales, ha sido atacado por una patrullera tunecina
que le ha disparado una ráfaga de ametralladora. El buque pesquero ha
transmitido su posición a una de nuestras patrulleras, la Rayo, y ha conseguido
escapar.
—Bravo
—dijo Montalbano.
—¿Por
quién? —preguntó Fazio.
—Por
el patrón del buque pesquero que, en lugar de rendirse, ha tenido el valor de
escapar. ¿Y después?
—La
ráfaga de ametralladora ha causado la muerte de un miembro de la tripulación.
—¿De
Mazàra?
—Sí
y no.
—¿Te
quieres explicar?
—Era
un tunecino. Dicen que trabajaba con los papeles en regla. Allí casi todas las
tripulaciones son mixtas. En primer lugar, porque los tunecinos son unos buenos
trabajadores y, en segundo, porque, si los detienen, éstos saben cómo hablar
con aquella gente.
—¿Y
tú crees que el buque pesquero estaba faenando en aguas internacionales?
—¿Yo?
¿Es que tengo cara de tonto?
—¿Oiga,
el dottore Montalbano? Soy Marniti, de la Autoridad portuaria.
—Dígame,
jefe comisionado.
—Es
por este asunto tan delicado del tunecino muerto en el buque pesquero de
Mazàra. Estoy interrogando al patrón para averiguar dónde estaban exactamente
en el momento del ataque y la dinámica de los hechos. Después pasará por' su
comisaría.
—¿Por
qué? ¿Acaso no lo ha interrogado mi subcomisario?
—Sí.
—Entonces
no hay ninguna necesidad de que venga aquí. Le agradezco la amabilidad.
Estaban
empeñados en meterle en aquella historia a toda costa.
* *
*
La
puerta se abrió con tal violencia que el comisario pegó un brinco en su sillón.
Apareció Catarella tremendamente alterado.
—Pido
perdón por el golpe, pero se me ha escapado la puerta.
—Como
vuelvas a entrar así, te pego un tiro. ¿Qué ocurre?
—Pues
que acaban de telefonear ahora mismo y hay uno que está en un ascensor.
El
tintero de bronce delicadamente labrado pasó rozando la frente de Catarella,
pero el ruido del golpe contra la madera de la puerta sonó como un cañonazo.
Catarella se agachó y se cubrió la cabeza con los brazos. Montalbano la
emprendió a puntapiés con el escritorio. Fazio entró corriendo en el despacho
con la mano en la funda abierta del revólver.
—¿Qué
ha sido? ¿Qué ha pasado?
—Que
te explique este cabrón la historia de un tío que se ha quedado encerrado en un
ascensor. Que avisen a los bomberos. Pero sácamelo de aquí, no quiero oído
hablar. Fazio regresó de inmediato.
—Un
muerto asesinado en un ascensor —dijo, yendo directamente al grano para evitar
que le cayera encima otro tintero.
—Giuseppe
Cosentino, guardia jurado —se presentó el hombre, de pie junto a la puerta
abierta del ascensor—. Yo he encontrado al pobre señor Lapecora.
—¿Y
cómo es posible que no haya ningún mirón? —preguntó Fazio, asombrado.
—Los
he enviado a casa. Aquí todos me obedecen. Vivo en el sexto piso —explicó
orgullosamente el guardia jurado, alisándose la chaqueta del uniforme.
Montalbano
se preguntó cuál habría sido el poder de Giuseppe Cosentino si hubiera vivido
en el sótano.
El
difunto señor Lapecora estaba sentado en el suelo del ascensor con la espalda
apoyada contra la pared del fondo. Junto a su mano derecha había una botella de
Corvo blanco todavía con el precinto de aluminio. Junto a su mano izquierda, un
sombrero gris claro. El difunto señor Lapecora, elegantemente vestido con
corbata incluida, era un distinguido sesentón con los ojos abiertos y la mirada
perpleja, tal vez por el hecho de haberse meada encima. Montalbano se inclinó y
rozó con la yema de un dedo la mancha oscura de la entrepierna del muerto: no
era orina sino sangre. El ascensor era de esos que funcionan empotrados en la
pared, por lo que resultaba imposible ver la espalda del muerto y saber si lo
habían matado con arma blanca o con arma de fuego. Olfateó el aire, pero no
percibió olor de pólvora; igual se había evaporado.
Tenía
que avisar al forense.
—¿Crees
que el doctor Pasquano estará todavía en el puerto, o ha regresado a Montelusa?
—le preguntó a Fazio.
—Tiene
que estar todavía en el puerto.
—Ve
a buscarlo. Y, si están Jacomuzzi y los de la Policía Científica, diles también
que vengan.
Fazio
salió corriendo. Montalbano se dirigió al guardia jurado, el cual se cuadró
respetuosamente.
—Descanse
—le dijo Montalbano en tono abatido.
El
comisario averiguó que el edificio tenía seis pisos con tres apartamentos por
planta, todos ocupados.
—Yo
vivo en el sexto piso, que es el último —tuvo empeño en repetir Giuseppe
Cosentino.
—¿Estaba
casado el señor Lapecora?
—Sí,
señor. Con Antonietta Palmisano.
—¿También
ha enviado a casa a la viuda?
—No,
señor. La viuda aún no sabe que lo es. Se ha ido esta mañana a Fiacca a ver a
su hermana, que no anda muy bien de salud. Tomó el autocar de las seis y media.
—Perdone,
pero ¿usted cómo sabe todas estas cosas? ¿Acaso el hecho de vivir en el sexto
piso le confería también el poder de exigir a los demás que le rindieran
cuentas de todo lo que hacían?
—Porque
la señora Palmisano de Lapecora se lo dijo anoche a mi mujer, pues las dos
suelen hablar —explicó el guardia jurado.
—¿Tienen
hijos?
—Uno.
Es médico. Pero no vive en Vigàta.
—¿A
qué se dedicaba?
—Al
comercio. Tenía el despacho en Salita Granet número 28. Pero en los últimos
años sólo iba tres días a la semana, los lunes, miércoles y viernes, porque ya
no le apetecía trabajar. Había ahorrado un dinerillo y no dependía de nadie.
—Usted
es una mina de oro, señor Cosentino.
El
guardia jurado volvió a cuadrarse.
En
aquel momento llegó una mujer de cincuenta y tantos años con unas piernas que
parecían troncos de árbol. Llevaba varias bolsas de plástico llenas a rebosar.
—¡He
hecho la compra! —proclamó, mirando enfurecida a Montalbano y al guardia
jurado.
—Lo
celebro —dijo Montalbano.
—Pues
yo no, ¿se entera? ¿Cuándo se llevan al muerto?
Tras
lanzarles otra incendiaria mirada, la mujer inició la agotadora subida.
Resoplaba a través de las fosas nasales como un toro furioso.
—Es
terrible esta mujer, señor comisario. Se llama Gaetana Pinna. Vive en el
apartamento de al lado del mío y no hay día que no discuta con mi mujer, la
cual, como es una señora, no le da ese gusto, y entonces ella arma un alboroto
que no vea, sobre todo cuando yo intento recuperar el sueño perdido durante el
servicio.
El
mango del cuchillo que asomaba entre los omóplatos del señor Lapecora estaba
gastado y era un vulgar utensilio de cocina.
—¿Cuándo
lo han matado, según usted? —le preguntó el comisario al doctor Pasquano.
—A
primera vista, entre las siete y las ocho de esta mañana. Pero ya se lo diré
con más exactitud.
Llegó
Jacomuzzi con los de la Científica y empezaron a tomar muestras.
Montalbano
cruzó el portal; soplaba un fuerte viento pero el cielo seguía tan encapotado
como antes. La calle era muy corta y sólo tenía dos tiendas, la una delante de
la otra. A la izquierda había una tienda de fruta y verdura detrás de cuyo
mostrador se encontraba un hombre delgadísimo con gafas de gruesos cristales,
uno de los cuales estaba roto. .
—Buenos
días, soy el comisario Montalbano. ¿Esta mañana ha visto usted, por casualidad,
entrar o salir del portal al señor Lapecora?
El
hombre delgadísimo soltó una risita y no contestó.
—¿Ha
oído usted mi pregunta? —le dijo el comisario, un poco mosqueado.
—Oírla
sí la he oído —contestó el verdulero—. Pero lo de ver ya es otra cosa. Aunque
hubiera salido un carro blindado de aquel portal, yo no habría estado en
condiciones de verlo.
A
mano derecha había un pescadero con dos clientes.
El
comisario esperó a que éstos se fueran y entró.
—Buenos
días, Lollo.
—Buenos
días, comisario. Tengo unos sargos fresquísimos.
—Lollo,
no he venido a comprar pescado.
—Ha
venido por el muerto.
—Sí.
—¿Cómo
ha muerto Lapecora?
—Un
navajazo en la espalda.
Lollo
lo miró boquiabierto de asombro.
—¿Lapecora
asesinado?
—¿Por
qué te sorprende tanto?
—
¿Quién podía desearle mal al señor Lapecora? Era todo un caballero. Es cosa de
locos.
—¿Tú
lo has visto esta mañana?
—No,
señor.
—¿A
qué hora has abierto la tienda?
—A
las seis y media. Ah, por cierto, en la esquina me he cruzado con la señora
Antonietta, la mujer, que corría.
—Iba
a tomar el autocar de Fiacca.
Era
muy probable, dedujo Montalbano, que Lapecora hubiera sido asesinado mientras
tomaba el ascensor para salir de casa. Vivía en el cuarto piso.
El
doctor Pasquano se llevó el muerto a Montelusa para practicarle la autopsia, y
Jacomuzzi todavía se entretuvo un poco metiendo una colilla de cigarrillo, un
poco de polvo y un minúsculo trozo de madera en sendas bolsitas de plástico.
—Ya
te diré algo.
Montalbano
entró en el ascensor y le hizo señas de que entrara al guardia jurado, el cual,
durante todo el rato, no se había movido ni un solo centímetro de su sitio.
Cosentino pareció vacilar.
—¿Qué
le pasa?
—Que
aún hay sangre en el suelo.
—¿Y
qué? Procure no ensuciarse las suelas de los zapatos. ¿O es que quiere subir
seis pisos a pie?
Dos
Pase,
pase —dijo jovialmente la señora Cosentino, una pelota bigotuda de irresistible
simpatía.
Montalbano
entró en un comedor con sala de estar. La mujer se dirigió muy preocupada a su
marido.
—No
has podido descansar, Pepe.
—El
deber. El deber es el deber.
—¿Usted
ha salido esta mañana, señora?
—Nunca
salgo antes de que regrese Pepe.
—¿Conoce
a la señora Lapecora?
—Sí,
señor. Cuando coincidimos esperando el ascensor, charlamos un poco.
—¿Hablaba
también con el marido?
—No,
señor. No me caía bien. Si me permite un momento...
La
mujer se retiró.
—¿Dónde
presta usted servicio?
—En
el depósito de sal. Desde las ocho de la tarde a las ocho de la mañana.
—Ha
sido usted quien ha descubierto el cadáver, ¿verdad?
—Sí,
señor. Debían de ser las ocho y diez como máximo, el depósito está a dos pasos
de aquí. Pulsé el botón de bajada del ascensor...
—¿No
estaba abajo?
—No.
Recuerdo muy bien que lo hice bajar.
—Como
es natural, usted no sabe en qué piso estaba detenido.
—Lo
he pensado, comisario. Por el rato que tardó en bajar, para mí que estaba en el
quinto. Creo que lo he calculado bien.
No
encajaba. Elegantemente vestido, el señor Lapecora...
—Por
cierto, ¿cómo se llamaba?
—Aurelio,
pero lo llamaban Arelio.
… en
lugar de bajar, había subido un piso. El sombrero gris indicaba que estaba a
punto de salir a la calle y no iba a visitar a nadie del edificio.
—¿Y
después qué hizo?
—Pues
nada. Bueno, al llegar el ascensor, abrí la puerta y vi al muerto.
—¿Lo
tocó?
—¿Cree
que soy tonto? Yo tengo experiencia en estas cosas.
—¿Cómo
se dio cuenta de que estaba muerto?
—Ya
se lo he dicho, tengo experiencia. Corrí a la verdulería y les llamé a ustedes.
Después monté guardia junto al ascensor.
Entró
la señora Cosentino con una taza de humeante café.
—¿Le
apetece un poco de café?
Al
comisario le apeteció. Después se levantó para marcharse.
—Espere
un momento —dijo el guardia jurado, abriendo un cajón y entregándole un pequeño
bloc de notas y un bolígrafo—. Es que tiene usted que tomar notas —explicó al
ver la inquisitiva mirada del comisario.
—¿Acaso
estamos en la escuela? —contestó Montalbano en tono enojado.
No
soportaba a los policías que tomaban notas. Cuando veía alguno que lo hacía en
la televisión, cambiaba de canal.
* *
*
En
el apartamento de al lado vivía la señora Gaetana Pinna, la de las piernas como
troncos de árbol. En cuanto vio a Montalbano, la mujer lo atacó.
—¿Por
fin se han llevado al muerto?
—Sí,
señora. Puede utilizar el ascensor. No, no cierre. Tengo que hacerle unas
cuantas preguntas.
—¿A
mí? Yo no tengo nada que decir.
Se
oyó una voz desde el interior, pero más que una voz parecía un retumbo.
—¡Tanina!
¡No seas grosera! ¡Haz pasar al señor!
El
comisario entró en el consabido comedor—sala de estar. Sentado en camiseta en
un sillón, con una sábana sobre las rodillas, había un elefante, un hombre de
proporciones gigantescas. Los pies descalzos que asomaban por debajo de la
sábana parecían patas; e incluso la nariz, larga y colgante, era como una
trompa.
—Siéntese
—dijo el hombre, que evidentemente estaba deseando hablar, indicándole una
silla—. A mí, cuando mi mujer se pone tan antipática, me entran ganas de...
de...
—¿...
barritar? —se le escapó a Montalbano.
Por
suerte, el otro no lo entendió.
—…
de partirle la cabeza. Dígame.
—¿Usted
conocía al señor Aurelio Lapecora?
—Yo
no conozco a nadie de este edificio. Vivo aquí desde hace cinco años y no
conozco ni a un perro. Desde hace cinco años no llego ni siquiera al rellano.
No puedo mover las piernas, me cuesta un gran esfuerzo. Como no cabía en el
ascensor, aquí arriba me subieron cuatro descargadores del muelle. Me embalaron
como un piano.
Soltó
una carcajada semejante a un fragor de truenos.
—Yo
conocía al señor Lapecora —terció la mujer—. Era un hombre antipático. Le
costaba horrores saludar a la gente.
—Y
usted, señora, ¿cómo se enteró de que había muerto?
—¿Que
cómo me enteré? Tenía que salir para hacer la compra y llamé al ascensor. Pero
nada, no subía. Pensé que alguien se habría dejado la puerta abierta, tal como
suele ocurrir con esta gentuza que vive en el edificio. Bajé a pie y vi al
guarda jurado que montaba guardia junto al cadáver. Y, cuando regresé de la
compra, tuve que subir la escalera a pie, y aún me falta la respiración.
—Menos
mal, así hablarás menos —dijo el elefante.
FAM.
CRISTOFOLETTI, decía la placa de la puerta del tercer apartamento, pero, a
pesar de lo mucho que llamó al timbre el comisario, nadie abrió. Volvió a
llamar a la puerta del apartamento de los Cosentino.
—Dígame,
comisario.
—¿Sabe
usted si la familia Cristofoletti...?
El
guardia jurado se dio un manotazo en la frente.
—¡Olvidé
decírselo! Con eso del muerto, se me fue de la cabeza. Los señores
Cristofoletti están en Montelusa. A la señora Romilda la han operado, cosas de
mujeres. Está previsto que regresen mañana.
—Gracias.
—De
nada.
Montalbano
dio dos pasos en el rellano, retrocedió y volvió a llamar.
—Dígame,
comisario.
—Antes
usted me ha dicho que tenía experiencia con los muertos. Y eso, ¿por qué?
—Trabajé
varios años como enfermero.
—Gracias.
—De
nada.
Bajó
al quinto piso, aquel en el que, según el guardia jurado, se encontraba
detenido el ascensor con Aurelio Lapecora ya muerto. ¿Había subido para
reunirse con alguien y este alguien lo había acuchillado?
—Disculpe,
señora, soy el comisario Montalbano.
Le
abrió una mujer de treinta y tantos años, muy guapa pero bastante desaliñada.
Con aire de complicidad, se acercó el dedo índice a los labios para indicarle
que guardara silencio.
Montalbano
se inquietó. ¿Qué significaba aquel gesto? ¡Maldita fuera su costumbre de ir
desarmado! La joven se apartó de la puerta y el comisario, mirando
cautelosamente a su alrededor, entró en un pequeño estudio lleno de libros.
—Por
favor, hable bajito, si el niño se despierta, estamos perdidos, ya no podremos
hablar, llora como un desesperado.
Montalbano
lanzó un suspiro de alivio.
—Señora,
usted lo sabe todo, ¿verdad?
—Sí,
me lo ha dicho la señora Gullotta, la del apartamento de al lado —contestó la
mujer, susurrándole las palabras al oído.
Al
comisario la situación le pareció muy emocionante.
—O
sea, que esta mañana usted no ha visto al señor Lapecora.
—Aún
no he salido de casa.
—¿Dónde
está su marido?
—En
Fela. Enseña en el instituto. Sale con su coche a las seis y cuarto en punto.
Montalbano
lamentó la brevedad del encuentro: cuanto más la miraba, tanto más le gustaba
la señora Gulisano (eso decía la placa de la puerta). Como mujer que era, la
joven lo comprendió y lo miró sonriendo.
—¿Puedo
ofrecerle una taza de té?
—La
acepto con mucho gusto —contestó Montalbano.
El
niño que le abrió la puerta del apartamento de al lado debía de tener cuatro
años como máximo y era tremendamente bizco.
—¿Quién
eres, forastero? —le preguntó.
—Soy
un policía —contestó Montalbano, sonriendo y tratando de seguirle la corriente.
—No
me atraparás vivo —dijo el niño, disparándole con una pistola de agua en plena
frente.
El
forcejeo que se produjo a continuación fue muy breve. Mientras el niño empezaba
a llorar, Montalbano, con toda la frialdad de un killer, le disparó a la cara,
dejándolo empapado de agua.
—¿Qué
pasa? ¿Quién es?
La
mamá del angelito, la señora Gullotta, no tenía nada en común con la mamaíta de
la puerta de al lado. Como primera medida, la señora abofeteó con fuerza a su
hijo, cogió la pistola que el comisario había dejado caer al suelo y la arrojó
por la ventana,
—¡Se
acabó la historia!
Soltando
gritos desgarradores, el niño huyó a otra habitación.
—¡La
culpa es de su padre, que le compra estos juguetes! ¡Él se pasa el día fuera de
casa, le importa un bledo, y yo soy la que tiene que aguantar a esta fiera! Y
usted, ¿qué quiere?
—Soy
el comisario Montalbano. ¿El señor Lapecora no subió, por casualidad, esta
mañana a su casa?
—¿Lapecora?
¿A nuestra casa? ¿Y qué tenía que hacer aquí?
—Dígamelo
usted.
—Yo
a Lapecora lo conocía, pero sólo buenos días o buenas tardes, ni una sola
palabra más.
—A
lo mejor, su marido...
—Mi
marido no se hablaba con Lapecora. Y, además, ¿cuándo lo hubiera podido hacer?
Ése no está nunca en casa y le importa un pito.
—¿Dónde
está su marido?
—Como
ve, fuera de casa.
—Sí,
pero ¿dónde trabaja?
—En
el puerto. En la lonja de pescado. Se levanta a las cuatro y media de la mañana
y vuelve a las ocho de la tarde. Si alguien lo ve, es un milagro.
Muy
comprensiva, la señora Gullotta.
En
la placa del tercer y último apartamento del quinto piso figuraba el apellido
PICCIRILLO. La mujer que abrió la puerta, de unos cincuenta y tantos años y
aire distinguido, estaba visiblemente alterada y nerviosa.
—¿Qué
desea?
—Soy
el comisario Montalbano.
La
mujer apartó la mirada.
—No
sabemos nada.
De
repente, la cosa le olió a chamusquina. ¿Sería por aquella mujer por lo que
Lapecora había subido un piso?
—Permítame
entrar. Tengo que hacerle unas preguntas. La señora Piccirillo le franqueó el
paso a regañadientes y lo acompañó a un agradable saloncito.
—¿Está
en casa su marido?
—Soy
viuda. Vivo con mi hija Luigina, que es soltera.
—Si
está en casa, llámela.
—¡Luigina!
Apareció
una muchacha de veintipocos años en vaqueros. Agraciada, pero muy pálida,
auténticamente aterrorizada.
El
olor a chamusquina se intensificó y el comisario decidió actuar a lo bestia.
—Esta
mañana Lapecora ha subido a verlas. ¿Qué quería?
—¡No!
—dijo Luigina casi a gritos.
—¡Se
lo juro! —proclamó la madre.
—¿Qué
relación mantenían ustedes con el señor Lapecora?
—Lo
conocíamos de vista —contestó la señora Piccirillo.
—Nosotras
no hemos hecho nada malo —lloriqueó Luigina.
—Escúchenme
bien. Si no han hecho nada malo, no hay razón para que se asusten. Hay un testigo
que asegura que el señor Lapecora se encontraba en el quinto piso cuando...
—Pero
¿por qué la toma con nosotras? En este rellano viven otras dos familias que...
—¡Ya
basta! —estalló Luigina, presa de un ataque histérico—. ¡Basta, mamá! ¡Díselo
todo! ¡Díselo!
—Muy
bien, pues. Esta mañana, mi hija, que tenía que ir temprano a la peluquería,
llamó al ascensor y éste llegó enseguida. Debía de estar parado en el piso de
abajo, el cuarto.
—¿A
qué hora?
—Las
ocho, ocho y cinco. Abrió la puerta y vio al señor Lapecora sentado en el
suelo. Yo, que la había acompañado, miré hacia el interior del ascensor y me
pareció que el hombre estaba borracho. Aún le quedaba una botella de vino por
abrir y, además..., me pareció que se había hecho sus necesidades encima. A mi
hija le dio asco. Volvió a cerrar la puerta del ascensor y, cuando estaba a
punto de bajar a pie, el ascensor se puso en marcha, lo habían llamado desde
abajo. Mi hija es muy delicada de estómago y el espectáculo nos había
trastornado a las dos. Luigina entró en casa para refrescarse un poco la cara y
yo también lo hice. Cuando no habían pasado ni cinco minutos, la señora
Gullotta nos vino a decir que el señor Lapecora no estaba borracho, sino muerto!
Eso es todo.
—No
—dijo Montalbano—. Eso no es todo.
—¿Qué
quiere usted decir? ¡Le he dicho la verdad! —exclamó irritada y ofendida la
señora Piccirillo.
—La
verdad es ligeramente distinta y muy desagradable. Ustedes dos han comprendido
inmediatamente que el hombre estaba muerto. Pero no han dicho nada, han fingido
no haberlo visto tan siquiera. ¿Por qué?
—No
queríamos acabar en boca de todos —reconoció derrotada la señora Piccirillo.
Inmediatamente después, experimentó un arranque de energía y gritó
histéricamente—: ¡Nosotras somos personas honradas!
¿Y
aquellas dos personas honradas habían dejado que otro descubriera el cadáver,
quizá alguien no tan honrado? ¿Y si Lapecora hubiera estado agonizando? Les
había importado un bledo con tal de salvar... ¿qué? Salió dando un portazo y se
topó con Fazio, que se había presentado para hacerle compañía.
—Estoy
aquí, comisario. Si necesita...
De
repente, se le ocurrió una idea.
—Sí,
necesito. Llama a aquella puerta, hay dos mujeres, madre e hija. Omisión del
deber de socorro. Llévalas a la comisaría, armando el mayor alboroto posible.
Todos los vecinos del inmueble tienen que creer que las hemos detenido.
Después, cuando llegue yo, las soltamos.
El
contable Culicchia, que vivía en el primer apartamento del cuarto piso, en
cuanto abrió la puerta, propinó un empujón al comisario y lo apartó.
—No
quiero que nos oiga mi mujer —dijo, entornando la puerta.
—Soy
el comisario...
—Lo
sé, lo sé. ¿Me trae la botella?
—¿Qué
botella? —preguntó Montalbano, contemplando perplejo la expresión de
conspirador del enjunto septuagenario.
—La
que estaba al lado del muerto, la botella de Corvo blanco.
—¿No
era del señor Lapecora?
—¡Qué
va! ¡Es mía!
—Perdone,
no le entiendo. Explíquese mejor.
—Esta
mañana salí a hacer la compra y, al volver, abrí el ascensor. Dentro estaba Lapecora,
muerto. Me he dado cuenta enseguida.
—¿Usted
llamó al ascensor?
—¿Y
por qué iba a hacerlo? Ya estaba abajo.
—¿Qué
hizo entonces?
—¿Qué
quiere usted que hiciera, hijo mío? Tengo lesionados la pierna izquierda y el
brazo derecho. Me dispararon los americanos. Llevaba cuatro bolsas, ¿tenía que
subir a pie toda la escalera?
—¿Me
está usted diciendo que subió con el muerto?
—¡A
la fuerza! Lo malo es que, cuando el ascensor se detuvo en mi piso, que también
es el del muerto, la botella de vino cayó rodando de la bolsa. Entonces hice lo
siguiente: abrí la puerta de mi casa, dejé las bolsas dentro y volví a salir a
recoger la botella. Pero no me dio tiempo porque alguien del piso de arriba
llamó al ascensor.
—Y
eso, ¿cómo puede ser? ¡Si la puerta estaba abierta!
—¡No,
señor! ¡Yo la había cerrado sin darme cuenta! ¡Qué cabeza la mía! A mi edad uno
ya no razona muy bien. No sabía qué hacer; si mi mujer se enteraba de que había
perdido la botella, me estrangulaba. Me puede usted creer, comisario. Es capaz
de cualquier cosa.
—Dígame
qué ocurrió después.
—El
ascensor me volvió a pasar por delante y bajó al vestíbulo. Y entonces yo
decidí bajar a pie. Cuando finalmente llegué abajo a pesar de la pierna mala,
vi que el guardia jurado no dejaba acercarse a nadie. Le comenté lo de la
botella y él me dijo que lo comunicaría a las autoridades. ¿Usted es una
autoridad?
—En
cierto modo, sí.
—¿El
guardia le ha dicho lo de la botella?
—No.
—Y,
ahora, ¿qué hago yo? ¿Qué hago? ¡Ésa me cuenta el dinero! —se quejó el
contable, retorciéndose las manos.
Desde
el piso de arriba se oyeron las voces desesperadas de las Piccirillo y la
autoritaria de Fazio:
—¡Bajen
a pie! ¡Silencio! ¡A pie!
Se
abrieron varias puertas y se oyeron preguntas en voz alta de piso en piso:
—¿A quién
han detenido? ¿Han detenido a las Piccirillo? ¿Se las llevan? ¿Las meten en la
cárcel?
Cuando
Fazio apareció, Montalbano le entregó un billete de diez mil liras.
—En
cuanto las hayas dejado en la comisaría, compra una botella de Corvo blanco y
dásela a este señor.
A
través del interrogatorio de los demás inquilinos, Montalbano no pudo averiguar
nada importante. El único que dijo algo de cierto interés fue el maestro de
primaria Bonavia, del tercer piso. Explicó al comisario que su hijo Matteo, de
ocho años, cuando se disponía a ir a la escuela, se había caído y se había
lastimado la nariz. Al ver que la hemorragia no cesaba, él lo había llevado a
urgencias. Eran las siete y media, y en el ascensor no había ni rastro del
señor Lapecora, ni vivo ni muerto.
Dejando
aparte los viajes en ascensor efectuados en calidad de cadáver por el difunto,
Montalbano comprendió con toda claridad que: uno, el difunto era una buena
persona, pero francamente antipática; dos, lo habían matado en el ascensor,
entre las siete y treinta y cinco minutos y las ocho.
Si
el asesino había corrido el riesgo de que algún inquilino lo viera con el
muerto en el ascensor, ello significaba que el delito no había sido premeditado
sino un acto impulsivo.
No
era mucho, pero el comisario reflexionó un poco al respecto. Después consultó
el reloj. ¡Eran las dos! Por eso estaba tan hambriento. Llamó a Fazio.
—Yo
voy a comer a Calogero. Si, entre tanto, llega Augello, mándamelo. Ah, oye:
coloca a alguien de guardia delante del apartamento del muerto. Que no la deje
entrar hasta que yo llegue.
—¿A
quién?
—A
la viuda, la señora Lapecora. ¿Las dos Piccirillo aún están aquí?
—Sí,
dottore.
—Envíalas
a casa.
—¿Y
qué les digo?
—Que
las investigaciones siguen adelante. Así se cagarán de miedo estas personas tan
honradas.
Tres
¿Hoy
qué le puedo servir?
—¿Qué
tienes?
—De
primero, lo que quiera.
—De
primero no quiero nada, tengo intención de hacer una comida ligera.
—De
segundo he preparado bonito con salsa agridulce y merluza con salsa de anchoas.
—¿Te
has pasado a la alta cocina, Cala?
—A
veces me da por ahí, me doy el capricho.
—Tráeme
una buena ración de merluza. Ah, y mientras espero, sírveme un buen plato de
entremeses marineros.
Le
entró la duda. ¿Había dicho una comida ligera? Prefirió no responder a la
pregunta y abrió el periódico. La pequeña maniobra económica que el gobierno
había aprobado no sería de quince, sino de veinte mil millones de liras.
Seguramente subirían algunos precios, entre ellos los de la gasolina y los
cigarrillos. El paro en el sur había alcanzado unas cifras que era mejor no
revelar. Los de la Liga Norte, después de la huelga fiscal, habían decidido
echar a la calle a los prefectos, como primer paso hacia la independencia.
Treinta jóvenes de un pueblecito de la provincia de Nápoles habían violado a
una muchacha etíope, el pueblo los defendía: la negra era no sólo negra sino
también puta. Un chiquillo de ocho años se había ahorcado. Detenidos tres
camellos cuya edad media era de doce años. Un veinteañero se había saltado la
tapa de los sesos jugando a la ruleta rusa. Un octogenario celoso...
—Aquí
están los entremeses...
Montalbano
se lo agradeció, unas cuantas noticias más y se le hubiera pasado el apetito.
Después llegaron los ocho trozos de merluza que eran sin lugar a dudas
suficientes para cuatro personas. El pescado proclamaba a gritos su alegría por
el hecho de haber sido guisado como Dios manda. A través del olfato se
adivinaba su perfección, merced a una cantidad apropiada de pan rallado y al
delicado equilibrio entre las anchoas y el huevo batido.
Montalbano
se llevó a la boca el primer bocado, pero no se lo tragó enseguida. Dejó que el
sabor se difundiera dulce y uniformemente por la lengua y el paladar, y que la
lengua y el paladar se dieran cuenta del regalo que se les estaba haciendo.
Tragó el bocado y Mimì Augello se materializó delante de la mesa.
—Siéntate.
Mimì
Augello se sentó.
—A
mí también me apetecería comer.
—Haz
lo que quieras. Pero no hables, te lo digo como un hermano y por tu bien, no
hables por ningún motivo. Si me interrumpes mientras me como esta merluza, soy
capaz de estrangularte.
—Sírvame
unos espaguetis con almejas —le dijo, en modo alguno atemorizado, Mimì a
Calogero, que pasaba por su lado.
—¿Solos
o con salsa de tomate?
—Solos.
Mientras
esperaba, Augello cogió el periódico del comisario y se puso a leer. Llegaron
los espaguetis cuando, por suerte, Montalbano ya se había terminado la merluza,
y se puso a observar cómo Mimì espolvoreaba abundantemente su plato con queso
parmesano. ¡Qué barbaridad! ¡Hasta a una hiena, que es una hiena y se alimenta
de carroña, se le hubiera revuelto el estómago ante la sola idea de un plato de
espaguetis con almejas y queso parmesano por encima!
—¿Cómo
te has portado con el jefe superior de policía?
—¿Qué
quieres decir?
—Sólo
quiero saber si al jefe superior le has lamido el culo o los cojones.
—Pero
¿qué estás diciendo?
—Mimì,
que te conozco. Tú has aprovechado al vuelo el asunto del tunecino ametrallado
para exhibirte.
—Me
he limitado a cumplir con mi deber porque tú estabas ilocalizable.
A
Mimì el parmesano le pareció poco, pues añadió otras dos cucharadas y le molió
encima un poco de pimienta.
—Y,
en el despacho del jefe superior, ¿cómo has entrado?, ¿arrastrándote por el
suelo?
—Ya
está bien, Salvo.
—¿Por
qué? ¡Si tú no pierdes ninguna ocasión de propinarme una puñalada trapera!
—¿Yo?
¿Que yo te pego puñaladas traperas? Mira, Salvo, si yo te hubiera querido pegar
en serio una puñalada trapera, en los cuatro años que llevamos trabajando
juntos, tú a estas horas estarías al frente de la comisaría más remota del
pueblo más remoto de Cerdeña, y yo ya sería, como mínimo, subjefe superior de
policía. Y tú, ¿sabes lo que eres, Salvo? Un colador que pierde agua por todos
los agujeros. Y yo no hago más que tapar todos los agujeros que puedo.
Tenía
muchísima razón, por lo que Montalbano, que ya se había desahogado, cambió de
tono.
—Por
lo menos, infórmame.
—Ya
he redactado el informe, allí está todo. Un pesquero de altura de Mazara del
Vallo, el Santopadre, seis tripulantes con un tunecino que era la primera vez
que se embarcaba, el pobre. El mismo guión de siempre, ¿qué quieres que te
diga? Una patrullera tunecina que les da el alto, el pesquero no obedece y los
otros disparan. Pero esta vez ha sido distinto, ha habido un muerto y los que
más lo van a lamentar serán los tunecinos. Porque a ellos lo que les interesa
es apoderarse del buque y recibir una paletada de dinero a cambio por parte del
armador que negocia con el gobierno tunecino.
—¿Y
el nuestro?
—El
nuestro, ¿qué?
—¿Nuestro
gobierno no pinta nada aquí?
—¡Pero
hombre, por Dios! Se tardaría una eternidad en resolver el asunto por vía
diplomática. Y tú comprenderás que, cuanto más tiempo permanezca detenido el
buque pesquero, tanto menos dinero gana el armador.
—Pero
¿qué saca de todo eso la tripulación tunecina?
—Van
al tanto por ciento, como los guardias urbanos de ciertas ciudades nuestras.
Pero no oficialmente, claro. El patrón del Santopadre, que es también el
propietario de la embarcación, dice que los ha atacado la Rameh.
—¿Qué
es?
—Una
patrullera tunecina que se llama así y está bajo el mando de un oficial que
actúa como un auténtico pirata. Como esta vez hay un muerto de por medio,
nuestro gobierno se verá obligado a intervenir. El prefecto ha exigido un
informe muy detallado.
—¿Y
por qué han venido a tocarnos los cojones a nosotros, en lugar de regresar a
Mazara?
—El
tunecino no ha muerto en el acto; Vigàta era el puerto más cercano, pero el
pobrecillo no ha podido resistir.
—¿Han
pedido socorro?
—Sí.
A la patrullera Rayo, la que está siempre fondeada en nuestro puerto.
—¿Qué
has dicho, Mimì?
—¿Qué
he dicho?
—Has
dicho «está fondeada». Y, a lo mejor, hasta lo has escrito en el informe al
prefecto. ¡Imagínate, con lo meticuloso que es ése! Tú mismo te has jodido con
tus propias manos, Mimì.
—¿Qué
tenía que escribir?
—Atracada,
Mimì. Fondeada significa anclada en alta mar. La diferencia es fundamental.
—¡Oh,
Dios mío!
Era
bien sabido que el prefecto Dieterich, un norteño de Bolzano, no sabía
distinguir entre una embarcación de pesca y un crucero, pero Augello había
caído en la trampa y Montalbano se mondó de risa.
—Valor.
¿Cómo ha terminado la cosa?
—La
Rayo no ha tardado ni un cuarto de hora en llegar, pero, una vez allí, no ha
visto nada. Ha efectuado un reconocimiento por las inmediaciones sin ningún
resultado. Eso es lo que la Autoridad portuaria ha averiguado a través de la
radio. En cualquier caso, esta noche nuestra patrullera regresará a puerto y se
conocerán mejor los detalles de la historia.
—¡Bah!
—exclamó el comisario en tono dubitativo.
—¿Qué
ocurre?
—No
veo qué tenemos que ver nosotros, nuestro gobierno, con el hecho de que unos
tunecinos se hayan cargado a un tunecino.
Mimì
Augello lo miró boquiabierto de asombro.
—Salvù,
puede que yo diga alguna tontería de vez en cuando, pero, cuando las disparas
tú, son peores que cañonazos.
—¡Bah!
—repitió Montalbano sin estar demasiado con vencido de haber dicho una
tontería.
—Y
del muerto de aquí, el del ascensor, ¿qué me dices?
—No
te digo nada. El muerto es mío. ¿Tú te has quedado con el tunecino ametrallado?
Pues yo me quedo con este muerto de Vigàta...
«Esperemos
que mejore el tiempo —pensó Augello—. De lo contrario, ¿quién discute con
éste?»
—¿Oiga,
comisario Montalbano? Soy Marniti.
—Dígame,
comisionado.
—Quería
comunicarle que nuestro mando ha decidido, muy juiciosamente en mi opinión, que
del asunto del buque pesquero se encargue la Autoridad portuaria de Mazara. Por
consiguiente, el Santopadre debería zarpar de inmediato. ¿Tienen ustedes que
tomar otras muestras en la embarcación?
—No
creo. Pero estoy pensando que nosotros también deberíamos atenemos a lo que tan
sabiamente ha dispuesto su mando.
—No
me atrevía a decírselo.
—Soy
Montalbano, señor jefe superior. Perdone que...
—¿Alguna
novedad?
—No,
nada. Se trata de un escrúpulo, ¿cómo diría?, de procedimiento. Acaba de
llamarme el jefe comisionado Marniti, de la Autoridad portuaria, y me ha
comunicado que su mando ha dispuesto que la investigación sobre el tunecino
ametrallado se traslade a Mazara. Y yo ahora me pregunto si nosotros también...
—Le
comprendo, Montalbano. Creo que tiene usted razón. Ahora mismo llamo a mi
compañero de Trapani para comunicarle que nosotros nos desentendemos de todo.
Creo que en Mazara hay un subjefe muy preparado. Que se encarguen ellos. ¿De
este asunto se estaba ocupando usted personalmente?
—No,
mi subcomisario el dottore Augello.
—Comuníquele
que los resultados de la autopsia y de las pruebas balísticas los enviaremos a
Mazara. Enviaremos copia al dottore Augello para su conocimiento.
Abrió
de un puntapié la puerta del despacho de Mimì Augello, alargó el brazo derecho,
cerró el puño y apoyó la mano izquierda en el antebrazo derecho.
—Toma,
Mimì.
—Y
eso, ¿qué significa?
—Significa
que la investigación sobre el muerto del pesquero pasa a Mazara. Tú te quedas
con las manos vacías y yo, en cambio, me quedo con el muerto del ascensor. Uno
a cero.
Se
sintió de mejor humor. En efecto, el viento había amainado y el cielo se estaba
despejando.
* *
*
Hacia
las tres de la tarde, el agente Gallo, enviado a montar guardia delante del
apartamento del difunto a la espera de la llegada de la viuda, vio abrirse la
puerta del apartamento de los Culicchia. El contable se acercó al agente y le dijo
en un susurro:
—Mi
mujer se ha quedado dormida.
Gallo,
tras haber recibido la noticia, no supo qué decir.
—Soy
Culicchia, el comisario me conoce. ¿Usted ha comido?
Gallo,
que se estaba muriendo de hambre, dijo que no con la cabeza.
El
contable entró en su casa y, poco después, regresó con una bandeja en la que
descansaban un panecillo, un buen trozo de queso caciocavallo, cinco lonchitas
de salchichón y un vaso de vino.
—Éste
es el Corvo blanco. Me lo ha regalado el comisario.
Regresó
al cabo de media hora.
—Le
traigo el periódico, así se entretiene.
A
las siete y media de la tarde, como obedeciendo a una señal convenida, no hubo
ni un solo balcón ni una sola ventana de la fachada de la casa donde no hubiera
gente contemplando el regreso de la señora Antonietta Palmisano, todavía
ignorante de su condición de viuda de Lapecora. El espectáculo se dividiría en
dos partes.
Primera
parte: la señora Palmisano, tras haber bajado del autocar de Fiacca, el de las
siete y veinticinco, asomaría por la entrada de la calle cinco minutos después,
ofreciendo a la vista de todo el mundo su habitual y distante compostura, sin
que se le pasara ni por un instante por la cabeza la idea de que, dentro de muy
poco rato, una bomba le estallaría en la cabeza. Esta primera parte era
indispensable para poder disfrutar mejor de la segunda (con rápido
desplazamiento de los espectadores desde las ventanas y balcones a los rellanos
de la escalera): al ser informada por el agente que montaba guardia del motivo
por el cual no podía entrar en su apartamento, la viuda Lapecora se echaría a
llorar como una Magdalena, arrancándose el cabello, lanzando gritos y
golpeándose el pecho sin que apenas la pudieran sujetar los familiares que
inmediatamente se habrían presentado.
El espectáculo
no tuvo lugar.
No
estaba bien que la pobre señora Palmisano se enterara del asesinato de su
marido por boca de un desconocido, se dijeron el guardia jurado y su mujer.
Vestidos para la ocasión, él con traje gris oscuro y ella totalmente de negro,
se situaron cerca de la parada del autocar. Cuando bajó la señora Antonietta,
se le aproximaron, procurando que la expresión de sus rostros hiciera juego con
el color de sus prendas: gris el del marido y negro el de la mujer.
—¿Qué
ha pasado? —preguntó alarmada la señora Antonietta.
No
hay ninguna mujer siciliana de cualquier clase social, aristócrata o plebeya,
que, cumplidos los cincuenta, no se espere siempre lo peor. ¿Qué tipo de peor?
Cualquiera, pero siempre lo peor. La señora Antonietta siguió la norma:
—¿Le
ha ocurrido algo a mi marido?
Puesto
que se lo estaba montando todo ella sola, a Cosentino y su mujer les bastó con
seguirle la corriente. Extendieron los brazos con desconsuelo.
Y
aquí la señora Antonietta dijo una cosa que, con toda lógica, no habría tenido
que decir.
—¿Lo
han matado?
Los
esposos Cosentino volvieron a extender los brazos. La viuda se tambaleó, pero
no perdió el equilibrio.
Por
consiguiente, los que estaban asomados asistieron a una escena decepcionante:
la señora Lapecora, situada entre el señor y la señora Cosentino, andando
tranquilamente mientras explicaba con todo lujo de detalles la operación a que
había sido sometida su hermana en Fiacca.
Cuando,
ignorante de lo ocurrido, el agente Gallo oyó que el ascensor se detenía en el
piso a las siete y treinta y cinco, se levantó del escalón donde estaba
sentado, repasó lo que le tendría que decir a la pobre mujer y se adelantó. Se
abrió la puerta del ascensor y salió un señor.
—Giuseppe
Cosentino, guardia jurado. Dado que la señora Lapecora tiene que esperar, le he
dicho que entre en mi casa. Usted avise al comisario. Vivo en el sexto.
El
apartamento de los Lapecora estaba en perfecto orden. Salón—comedor,
dormitorio, estudio, cocina, baño: no había nada fuera de su sitio. Sobre la
mesa del estudio se encontraba el billetero del difunto con todos los
documentos en su interior y cien mil liras. Lo cual significaba, pensó
Montalbano, que Aurelio Lapecora se había vestido para salir y dirigirse a un
lugar donde no necesitaba ni dinero ni papeles. Se sentó en el sillón que había
detrás del escritorio y abrió todos los cajones, uno detrás de otro. En el
primero de la izquierda había estampillas, viejos sobres dirigidos a «AURELIO
LAPECORA—IMPORTACIÓN EXPORTACIÓN», lápices, bolígrafos, gomas de borrar, sellos
caducados y dos manojos de llaves. La viuda explicó que eran los duplicados de
las llaves de la casa y del despacho. En el cajón de abajo, sólo unas cartas
amarillentas atadas con un cordel. El primer cajón de la derecha reservó una
sorpresa: una pistola Beretta nueva con dos cargadores de reserva y cinco cajas
de municiones. De haber querido, el señor Lapecora habría podido causar una
matanza. El último cajón contenía bombillas, cuchillas de afeitar, ovillos de
cordel y gomas.
El
comisario le ordenó a Galluzzo, que había sustituido a Gallo, que llevara el
arma y las municiones a la comisaría.
—Comprueba
después si la pistola había sido declarada.
En
el estudio se aspiraba un agresivo perfume como a paja quemada, a pesar de que
el comisario, nada más entrar en la estancia, había abierto la ventana.
La
viuda se había ido a sentar en una butaca de la sala de estar. Su actitud era
de absoluta indiferencia, cualquiera hubiera dicho que se encontraba en la sala
de espera de una estación, aguardando la llegada del tren.
Montalbano
se sentó en otra butaca. En aquel momento, llamaron a la puerta y la señora
Antonietta hizo instintivamente ademán de levantarse, pero el comisario se lo
impidió con un gesto.
—Galluzzo,
ve tú.
Se
abrió la puerta, se oyeron unos murmullos y el agente regresó.
—Hay
uno que dice que vive en el sexto. Quiere hablar con usted. Dice que es guardia
jurado.
Cosentino
se había puesto el uniforme, pues tenía que ir a trabajar.
—Perdone
que lo moleste, pero se me acaba de ocurrir una cosa...
—Dígame.
—Verá,
la señora Antonietta, nada más bajar del autocar, en cuanto supo que su marido
había muerto, nos preguntó si lo habían matado. La verdad es que, si a mí me
vinieran a decir que ha muerto mi mujer, pensaría cualquier cosa menos que
alguien la había matado. A no ser que primero hubiera considerado también esta
posibilidad. No sé si me explico.
—Se
explica usted muy bien. Gracias —dijo Montalbano.
El
comisario regresó a la sala de estar, donde la señora Lapecora parecía
embalsamada.
—¿Tiene
hijos, señora?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Uno.
—¿Vive
aquí?
—No.
—¿A
qué se dedica?
—Es
médico.
—¿Cuántos
años tiene?
—Treinta
y dos.
—Habrá
que avisarlo.
—Lo
haré.
Gong.
Fin del primer asalto. En cuanto se reanudó el combate, la viuda tomó la
iniciativa.
—¿Le
han pegado un tiro?
—No.
—¿Lo
han estrangulado?
—No.
—Pues,
¿cómo se las arreglaron para matarlo en el ascensor?
—Con
un cuchillo.
—¿De
cocina?
—Probablemente.
La
señora se levantó, se dirigió a la cocina, el comisario la oyó abrir y cerrar
un cajón, regresó y volvió a sentarse.
—Allí
no falta nada.
El
comisario pasó al contraataque.
—¿Por
qué ha pensado que el cuchillo podía ser suyo?
—Un
pensamiento como otro.
—¿Qué
hizo ayer su marido?
—Lo
que hacía todos los miércoles. Fue al despacho. Iba los lunes, miércoles y
viernes.
—¿Qué
horario tenía?
—De
las diez a la una del mediodía, venía a comer, descansaba un poco, regresaba al
despacho a las tres y media y cerraba a las seis y media.
—Y
en casa, ¿qué hacía?
—Se
sentaba delante del televisor y allí se quedaba.
—¿Y
los días que no iba al despacho?
—También
se sentaba delante del televisor.
—O
sea, que esta mañana, siendo jueves, su marido se hubiera tenido que quedar en
casa.
—Pues
sí.
—Pero,
en cambio, se vistió para salir.
—Pues
sí.
—¿Tiene
usted idea de adónde iba?
—No
me dijo nada.
—Cuando
usted salió de casa, ¿su marido estaba despierto o dormido?
—Dormido.
—¿No
le parece extraño que su marido, nada más salir usted de casa, se despertara de
golpe, se preparara a toda prisa y...
—Pudo
recibir una llamada telefónica.
Un
tanto a favor de la viuda.
—¿Su
marido mantenía todavía muchas relaciones de negocios?
—¿Negocios?
Hacía años que había abandonado su actividad comercial.
—Pues
entonces, ¿por qué acudía habitualmente a su despacho?
—Cuando
se lo preguntaba, me decía que iba para mirar las moscas. Era lo que él decía.
—Por
consiguiente, señora, ¿usted dice que ayer, cuando su marido regresó a casa del
despacho, no ocurrió nada anormal?
—Nada.
Por lo menos, hasta las nueve de la noche.
—¿Qué
ocurrió después de las nueve de la noche?
—Me
tomé dos pastillas de Dormidina. Y me quedé tan profundamente dormida que,
aunque la casa se hubiera derrumbado, yo no habría abierto los ojos.
—O
sea, que, si el señor Lapecora hubiera recibido una llamada telefónica o una
visita después de las nueve de la noche, usted no se habría enterado.
—Claro.
—¿Su
marido tenía enemigos?
—No.
—¿Está
segura?
—Sí.
—¿Amigos?
—Uno.
El cavaliere Pandolfo. Se telefoneaban los martes y se iban a charlar un rato
al café Albanese.
—Señora,
¿tiene usted alguna sospecha de quién puede haber...?
La
señora lo interrumpió.
—Sospecha,
no. Certeza, sí.
Montalbano
pegó un salto en la butaca y Galluzzo dijo «¡Coño!», pero en voz baja.
—¿Y
quién sería esta persona?
—¿Quién
ha sido, comisario? Su amante. Se llama Karima, con ka. Una tunecina. Se
reunían en el despacho los lunes, miércoles y viernes. La puta iba allí con la
excusa de hacer la limpieza.
Cuatro
El
primer domingo del año anterior había caído en día 5 y la viuda dijo que tenía
grabada en la cabeza aquella fecha fatídica.
Pues
bien, a la salida de la iglesia, donde había asistido a la santa misa de las
doce del mediodía, se le había acercado la señora Collura, la de la tienda de
muebles.
—Señora,
dígale a su marido que ayer se recibió lo que esperaba.
—¿Qué
esperaba?
—El
sofá—cama.
La
señora Antonietta dio las gracias y volvió a casa con una barrena que le
perforaba la cabeza. ¿Para qué quería su marido un sofá —cama? A pesar de la
curiosidad que la devoraba, no le preguntó nada a Arelio. En resumidas cuentas,
el mueble jamás llegó a la casa. Dos domingos después, la señora Antonietta
abordó a la propietaria de la tienda de muebles.
—¿Sabe
una cosa? El color del sofá—cama desentona con la pintura de la pared.
Un
disparo al azar, pero que dio de lleno en el blanco.
—Pues
mire, señora, a mí me dijo que el color tenía que ser verde oscuro, como el de
la tapicería.
La
segunda habitación del despacho era de color verde oscuro; ¡allí había mandado
llevar el sofá—cama el muy sinvergüenza!
El
13 de junio del año anterior, una fecha que también tenía grabada en la cabeza,
recibió el primer anónimo. En total, le enviaron tres, entre junio y
septiembre.
—¿Me
los puede enseñar? —preguntó Montalbano.
—Los
quemé. Yo no guardo porquerías.
Los
tres anónimos, escritos con letras recortadas de periódicos siguiendo la mejor
tradición, decían lo mismo: su marido, Arelio, recibía tres veces a la semana
(los lunes, miércoles y viernes) a una tunecina llamada Karima, conocida como
puta. La mujer iba por la mañana o por la tarde de los días impares. Algunas
veces compraba los artículos que necesitaba para la limpieza en una tienda de
la misma calle, pero todo el mundo sabía que se reunía con el señor Arelio para
hacer guarradas.
—¿Tuvo
usted ocasión de obtener... alguna prueba? —preguntó diplomáticamente el
comisario.
—¿Quiere
decir si permanecí al acecho para ver cuándo entraba y salía aquella guarra del
despacho de mi marido?
—También.
—Yo
no me rebajo a hacer esas cosas —dijo orgullosamente la mujer—. Pero las obtuve
de todos modos. Un pañuelo sucio.
—¿Carmín
de labios?
—No
—contestó la viuda haciendo un esfuerzo, al tiempo que se ruborizaba
ligeramente—. Y también unas bragas —añadió tras una breve pausa, ruborizándose
todavía más.
Montalbano
y Galluzzo llegaron a Salita Granet cuándo los tres establecimientos de aquella
corta calle ya estaban cerrados. El número 28 correspondía a un pequeño
edificio de planta baja, situada tres peldaños por encima del nivel de la
calle, y dos pisos. Junto al portal, había tres placas: una de ellas decía
«AURELIO LAPECORA, IMPORTACIÓN—EXPORTACIÓN, PLANTA BAJA»; la segunda, «ORAZIO
CANNATELLO, NOTARÍA», y la tercera, «GELO BELLINO, ECONOMISTA, SEGUNDO PISO».
Entraron con las llaves que el comisario había sacado del escritorio del
estudio. La primera estancia era el despacho propiamente dicho: un escritorio
de gran tamaño del siglo XVIII de caoba negra; una mesita auxiliar con una
máquina de escribir Olivetti de los años cuarenta, y cuatro grandes estanterías
metálicas llenas a rebosar de viejos legajos. Sobre el escritorio había un
teléfono que funcionaba. En el despacho había cinco sillas, pero una de ellas
estaba rota y colocada boca abajo en un rincón. En la estancia de al lado... La
estancia de al lado, con sus ya conocidas paredes de color verde oscuro, no
parecía pertenecer al mismo local: impecablemente limpia, amplio sofá—cama,
televisor, teléfono conectado con el otro, equipo estereofónico, carrito con
botellas de distintas bebidas alcohólicas, minifrigorífico y un horrendo
desnudo de mujer con el culo al aire colgado sobre el sofá. Al lado de éste,
había un pequeño mueble con una lámpara de falso estilo modernista cuyo cajón
estaba lleno de preservativos de todas clases.
—¿Cuántos
años tenía el muerto? —preguntó Galluzzo.
—Sesenta
y tres.
—¡Qué
bárbaro! —exclamó el agente, lanzando un silbido de admiración.
El
cuarto de baño era como la habitación de paredes verde oscuro:
resplandecientemente limpio, con un bidet anatómico, secador de pelo de pared,
bañera con ducha de teléfono y un espejo donde uno se podía ver de cuerpo
entero.
Regresaron
a la primera estancia. Registraron los cajones del escritorio y abrieron
algunos legajos. Las cartas más recientes correspondían a por lo menos tres
años atrás.
Oyeron
unas pisadas en el piso de arriba, el despacho del notario Cannatello. El
notario no estaba, les dijo el secretario, un escuálido y apenado treintañero.
Explicó que el pobre señor Lapecora sólo abría el despacho para pasar el rato.
Los días que abría, una guapa tunecina acudía a hacer la limpieza. Ah, por poco
se le olvida: en los últimos meses, y con cierta frecuencia, lo solía visitar
un sobrino suyo, por lo menos así lo había presentado el pobre señor Lapecora
la vez que los tres habían coincidido en el portal. Se trataba de un
treintañero alto, moreno y bien vestido que conducía un BMW gris metalizado. El
sobrino debía de haber vivido mucho tiempo en el extranjero, pues hablaba el
italiano con un acento muy curioso. No, no sabía nada de la matrícula del BMW,
no se había fijado. De repente, puso la cara propia de alguien cuya vivienda
acaba de sufrir los efectos de un terremoto. Dijo que él tenía su opinión
acerca del delito.
—¿Cuál
es? —le preguntó Montalbano.
Tenía
que haber sido el consabido joven de mala vida en busca de dinero para droga.
Bajaron
y, desde el teléfono del despacho, el comisario llamó a la señora Antonietta.
—Perdone,
¿por qué no me ha dicho que tenían un sobrino?
—Porque
no lo tenemos.
—Volvamos
al despacho —dijo Montalbano, cuando se encontraban a dos pasos de la
comisaría. Galluzzo no se atrevió a preguntar ni el porqué ni el cómo. En el
cuarto de baño de la habitación verde oscuro, el comisario hundió la nariz en
la toalla, aspiró profundamente y, después, empezó a rebuscar en el armarito
que había al lado del lavabo. Encontró un frasquito de perfume Volupté y se lo
entregó a Galluzzo.
—Perfúmate.
—¿Qué
me tengo que perfumar?
—El
culo —fue la inevitable respuesta.
Galluzzo
se pasó un poco de Volupté por la mejilla. Montalbano acercó la nariz y aspiró.
Coincidía, era el mismo olor a paja quemada que había aspirado en el estudio de
la vivienda de los Lapecora. Para estar más seguro, repitió el gesto.
Galluzzo
sonrió.
—Dottore,
si nos vieran aquí, de esta manera..., quién sabe lo que pensarían.
El
comisario se dirigió al teléfono sin contestarle.
—¿Señora?
Perdone que la siga molestando. ¿Su marido utilizaba algún perfume? ¿No? Muchas
gracias.
Galluzzo
entró en el despacho de Montalbano.
—La
pistola Beretta de Lapecora fue declarada el ocho de diciembre del año pasado.
Como carecía de licencia de armas, sólo la podía guardar en su casa.
Algo,
pensó el comisario, debía de preocupado por aquel entonces para que hubiera
decidido comprarse un arma.
—¿Qué
hacemos con la pistola?
—La
guardamos aquí. Gallù, aquí tienes las llaves del despacho de Lapecora. Mañana
vas allí a primera hora, entras y esperas. Procura que no te vea nadie. Si la tunecina
no sabe nada acerca de lo ocurrido, mañana, que es viernes, se presentará con
toda normalidad.
Galluzzo
hizo una mueca.
—Es
difícil que no sepa nada.
—¿Por
qué? ¿Quién se lo va a decir?
El
comisario tuvo la impresión de que Galluzzo estaba tratando desesperadamente de
sacudirse de encima aquella misión.
—Bueno,
ya sabe usted cómo son estas cosas, se corre la voz...
—¿No
se lo habrás comentado, por casualidad, a tu cuñado el periodista? Mira que,
como lo hayas hecho...
—Se
lo juro, comisario. No he dicho nada.
Montalbano
lo creyó. Galluzzo no solía contar mentiras.
—Aun
así, irás al despacho.
—¿Montalbano?
Soy Jacomuzzi. Te quería informar acerca de los resultados de nuestros
análisis.
—Por
Dios, Jacomù, espera un momento, el corazón me late tan fuerte que casi no
puedo respirar. ¡Dios mío, qué emoción! Bueno, ya estoy un poco más tranquilo.
Infórmame, como dices tú con incomparable jerga burocrática.
—Una
vez constatado que eres un cabrón incurable, la colilla de cigarrillo era una
vulgar colilla de Nazionale sin filtro, en el polvo recogido en el suelo del
ascensor no había nada anormal y, en cuanto al trocito de madera...
—…
era sólo una cerilla de cocina.
—Exactamente.
—¡Se
me ha cortado la respiración, está a punto de darme un infarto! ¡Me habéis
entregado al asesino prácticamente en bandeja!
—Montalbano,
anda y que te den por culo.
—Siempre
será mejor que oírte. ¿Qué guardaba en el bolsillo?
—Un
pañuelo y un manojo de llaves.
—¿Y
qué me dices del cuchillo?
—De
cocina y muy usado. Entre la hoja y el mango había una escama de pescado.
—¿Y
no has indagado nada más? ¿Era una escama de salmonete o de bacalao? Indaga un
poco más, estoy en ascuas.
—Pero
¿por qué la tomas conmigo?
—Jacomù,
procura poner en marcha el cerebro. Si, por casualidad, estuviéramos en el
desierto del Sahara y tú me dijeras que había una escama de pescado en el
cuchillo con que se había asesinado a un turista, el detalle podría, digo
podría, tener sentido. Pero ¿qué coño puede significar en un pueblo como
Vigàta, donde, de veinte mil habitantes, diecinueve mil novecientos setenta
comen pescado?
—Y
los otros treinta, ¿por qué no lo comen? —preguntó, impresionado y lleno de
curiosidad, Jacomuzzi.
—Porque
son niños de pecho.
—¿Oiga?
Soy Montalbano. ¿Puede ponerme con el doctor Pasquano?
—No
se retire.
Tuvo
tiempo de empezar a canturrear: «Te lo quiero decir / he sido yo...»
—¿Señor
comisario? El doctor pide disculpas, pero en este momento está practicando la
autopsia a los dos que encontraron en Costabianca atados de pies y manos y
estrangulados con la misma cuerda. Dice que, en cuanto al muerto que le
interesa, tenía salud para dar y tomar y que, si no lo hubieran matado, habría
vivido cien años. Una sola cuchillada, asestada con mano firme. Los hechos
ocurrieron entre las siete y las ocho de esta mañana. ¿Desea alguna otra cosa?
Encontró
en el frigorífico pasta con brécol que puso a calentar en el horno; de segundo,
la asistenta, Adelina, le había preparado rollitos de atún. Pensando que, al
mediodía, había tomado un almuerzo ligero, se sintió obligado a comérselo todo.
Después encendió el televisor; puso Retelibera, una buena emisora de televisión
provincial en la que trabajaba su amigo Nicolò Zito, rojo de pelo y de ideas.
Zito estaba comentando el caso del tunecino muerto a bordo del Santopadre
mientras la cámara enfocaba los orificios que perforaban el timón y una mancha
oscura en la madera, que podía ser de sangre. De pronto, apareció Jacomuzzi
arrodillado, examinando algo con una lupa.
—¡Payaso!
—exclamó Montalbano, cambiando a Televigatà, donde trabajaba Prestìa, el cuñado
de Galluzzo. Allí también aparecía Jacomuzzi, pero no a bordo del pesquero:
ahora estaba simulando sacar huellas dactilares en el interior del ascensor en
el que había sido asesinado Lapecora. Montalbano soltó una palabrota, se
levantó y arrojó un libro contra la pared. Por eso Galluzzo se había mostrado
reticente, sabía que la noticia ya se había divulgado y no había tenido el
valor de decírselo. Probablemente había sido Jacomuzzi el que había avisado a
la prensa para exhibirse. No lo podía evitar, el exhibicionismo alcanzaba en
aquel hombre unos límites sólo comparables a los de un actor mediocre o los de
algún escritor con tiradas de ciento cincuenta ejemplares.
Ahora
había aparecido en la pantalla el comentarista político de la emisora, Pippo
Ragonese. Quería comentar, dijo, el miserable ataque tunecino contra nuestro
buque pesquero, que estaba faenando tranquilamente en nuestras aguas
jurisdiccionales, es decir, en el sagrado suelo de la patria. Suelo no era,
desde luego, pues se trataba del mar, pero patria sí. Un gobierno menos sumiso
que el actual, en poder de la extrema izquierda, habría reaccionado ciertamente
con dureza a una provocación que...
Montalbano
apagó el televisor.
El
nerviosismo que le había provocado la genial idea de Jacomuzzi no daba señal de
calmarse. Sentado en la pequeña galería que daba a la playa, contemplando el
mar bajo el claro de luna, se fumó tres cigarrillos seguidos. Puede que la voz
de Livia lo calmara lo suficiente para poder acostarse y conciliar el sueño.
—Hola,
Livia, ¿cómo estás?
—Así,
así.
—Yo
he tenido un día fatal.
—¿De
veras?
¿Qué
demonios le ocurría a Livia? De pronto recordó que la llamada de la mañana no
había terminado bien.
—…
Su Excelencia, el prefecto, recibió una petición. Se trataba de prestar el
máximo apoyo a un periodista tunecino que deseaba llevar a cabo una delicada
encuesta entre sus compatriotas, y por eso, entre otras razones, quería
embarcarse como tripulante. Su Excelencia me encomendó la tarea de encargarme
del asunto. Me indicaron el nombre del patrón Prestìa, tenido por una persona
de absoluta confianza. Pero el hombre temió verse metido en algún problema con
la oficina de empleo. Por eso le entregué mi tarjeta de visita. Eso es todo.
Tuvo
la sensación de que se estaba pasando.
—¿De
veras me echas de menos?
—Sí,
muchísimo.
—Mira,
Salvo, el sábado por la mañana tomo el avión y, antes del almuerzo, estoy en
Vigàta.
Se
aterrorizó, sólo le faltaba Livia.
—No,
cariño, es mucha molestia...
Livia,
cuando se le metía algo en la cabeza, era peor que una calabresa. Había dicho
que llegaba el sábado por la mañana y llegaría el sábado por la mañana.
Montalbano pensó que al día siguiente tendría que llamar al jefe superior.
¡Adiós pasta al nìvuro di sìccia!
Hacia
las once de la mañana, y dado que en la comisaría no estaba ocurriendo nada,
Montalbano se dirigió con aire cansino a la calle Salita Granet. La primera
tienda de la calle era una panadería que llevaba seis años allí. El panadero y
su aprendiz se habían enterado de que un señor que tenía el despacho en el
número 28 había sido asesinado, pero ellos no lo conocían, jamás lo habían
visto. No era posible, por lo que Montalbano insistió en hacerles preguntas
poniendo cada vez más cara de policía hasta que, al final, se dio cuenta de
que, para ir de su casa al despacho, el señor Lapecora, recorría el otro tramo
de la calle. Y, en efecto, en la tienda de ultramarinos del 26, vaya si
conocían al pobre señor Lapecora. También conocían a la tunecina, ¿cómo se llamaba?,
Karima, una mujer muy guapa; el propietario y sus empleados intercambiaron
miradas y sonrisitas. Bueno, no podían poner la mano en el fuego, pero usted
comprenderá, señor comisario, una chica tan guapa, sola en casa con un hombre
como el pobre señor Lapecora, que estaba muy bien para su edad... Sí, tenía un
sobrino, un muchacho arrogante y presumido que a menudo dejaba el coche pegado
a la entrada de la tienda, y una vez la señora Micciche, que pesa ciento
cincuenta kilos, se quedó atascada entre el automóvil y la entrada de la
tienda... No, la matrícula, no. Si hubiera sido como antes, que PA significaba
Palermo y MI, Milán, la cosa habría sido distinta.
La
tercera y última tienda de Salita Granet era un establecimiento de
electrodomésticos. El propietario, el señor Angelo Zircone, tal como decía el
rótulo, estaba sentado detrás del mostrador, leyendo el periódico. Claro que
conocía al pobrecillo, su tienda llevaba diez años allí. Cuando el señor
Lapecora pasaba, en los últimos años sólo los lunes, miércoles y viernes,
siempre lo saludaba. Una bellísima persona. Sí, también veía a la tunecina, una
mujer muy guapa. Y, algunas veces, también al sobrino. Al sobrino y al amigo
del sobrino.
—¿Qué
amigo? —preguntó Montalbano, pillado por sorpresa.
Resultó
que el señor Zircone había visto a aquel amigo por lo menos tres veces: llegaba
con el sobrino y entraba con él en el número 28. Un chico de unos treinta años,
rubiales y un poco llenito. Más no podía decir. ¿La matrícula del coche? No
diga disparates. ¿Con estas matrículas que no se sabe si uno es turco o
cristiano? Un BMW gris metalizado, si dijera más, mentiría.
El
comisario llamó al timbre de la puerta del despacho. No abrió nadie. Estaba
claro que Galluzzo, al otro lado de la puerta, no sabía lo que tenía que hacer.
—Soy
Montalbano.
La
puerta se abrió inmediatamente.
—La
tunecina aún no ha aparecido —dijo Galluzo.
—Ni
aparecerá. Tenías razón tú, Gallu.
El
agente bajó la mirada, confuso.
—¿Quién
reveló la noticia?
—El
dottore Jacomuzzi.
Para
distraerse, Galluzzo se había organizado. Se había apoderado de un montón de
ejemplares atrasados del suplemento del viernes del periódico La Repubblica,
que el señor Lapecora guardaba cuidadosamente en uno de los estantes de la
biblioteca, el que tenía menos carpetas, y los había esparcido sobre el
escritorio en busca de páginas en las que aparecieran mujeres más o menos
desnudas. Después, se había cansado de mirar y había empezado a resolver los
crucigramas de una amarillenta revista.
—¿Me
voy a tener que pasar todo el santo día aquí? —preguntó tristemente.
—Creo
que sí, ten valor. Oye, voy a aprovechar un momento el cuarto de baño del señor
Lapecora.
No
solía ocurrirle fuera del horario habitual; a lo mejor, el cabreo de la víspera
al ver a Jacomuzzi en la televisión haciendo el indio le había alterado el
ritmo de la digestión.
Se
sentó en la taza del escusado, lanzó el acostumbrado suspiro de satisfacción y,
en aquel preciso instante, su mente se centró en algo que había visto hacía
apenas unos minutos y a lo que no había atribuido el menor interés.
Se
levantó de un salto y corrió a la estancia de al lado, sujetándose con una mano
los calzoncillos y los pantalones, que colgaban a media asta.
—¡Quieto!
—le gritó a Galluzzo que, del susto, había palidecido como un muerto y había
levantado instintivamente las manos.
Allí
estaba, muy cerca del codo de Galluzzo, una «erre» negra, en negrilla,
cuidadosamente recortada de alguna página de periódico. No, no de periódico,
sino de revista: el papel era satinado.
—¿Qué
pasa? —consiguió preguntar Galluzzo.
—Puede
ser todo y puede no ser nada —contestó sibilinamente el comisario.
Se
subió los pantalones, se abrochó el cinturón, dejando la bragueta abierta, y
descolgó el teléfono.
—Perdone
que la moleste, señora. ¿En qué fecha dice usted que recibió el primer anónimo?
—El
trece de junio del año pasado.
Le
dio las gracias y colgó.
—Échame
una mano, Gallu. Vamos a ordenar todos los ejemplares de esta revista, a ver si
falta alguna página.
Encontraron
lo que buscaban: era el ejemplar del 7 de junio, el único del que se habían
arrancado dos páginas.
—Sigamos
—dijo el comisario.
En
el ejemplar del 30 de julio faltaban dos páginas; y lo mismo ocurría en el
ejemplar del 1 de septiembre.
Los
tres anónimos se habían preparado allí, en aquel despacho.
—Con
permiso —dijo educadamente Montalbano.
Galluzzo
lo oyó cantar en el retrete.
Cinco
¿Señor
jefe superior? Soy Montalbano. Lo llamo para decirle que lo siento muchísimo,
pero mañana no podré ir a cenar a su casa.
—¿Lo
siente muchísimo porque no nos podremos ver o por la pasta con tinta de sepia?
—Por
las dos cosas.
—Si
se trata de un compromiso de trabajo, yo no puedo...
—No
es un compromiso de trabajo... Lo que ocurre es que, durante sólo veinticuatro
horas, vendrá a verme mi...
¿Novia?
Le parecía una palabra del siglo pasado. ¿Chica? ¿Con la edad que tenían?
—¿Pareja?
—apuntó el jefe superior.
—Exactamente.
—La
señorita Livia Burlando debe de quererlo mucho para soportar un viaje tan largo
y aburrido.
Y,
finalmente, de su garganta cerrada hasta aquel instante, brotó el grito, pero,
más que un grito, fue el hondo lamento de un animal herido, seguido de
inmediato por unas lágrimas imparables y liberadoras.
—Oiga
—dijo el jefe superior—, ¿por qué no nos la presenta? Mi mujer estaría
encantada. Que venga también ella mañana por la noche.
La
cena del sábado ya estaba resuelta.
* *
*
—¿Hablo
con el señor comisario? ¿Con él personalmente?
—Sí,
señora, soy yo.
—Quisiera
decirle una cosa sobre el señor que asesinaron ayer por la mañana.
—¿Usted
lo conocía?
—Sí
y no. Jamás hablé con él. Es más, me enteré de su nombre en el telediario de
anoche.
—Oiga,
señora, ¿usted considera que lo que tiene que decirme es verdaderamente
importante?
—Creo
que sí.
—Muy
bien. Pásese por la comisaría esta tarde sobre las cinco.
—No
puedo.
—Entonces,
mañana.
—Mañana
tampoco. Soy paralítica.
—Comprendo.
Voy a verla ahora mismo.
—Yo
estoy siempre en casa.
—¿Dónde
vive, señora?
—Salita
Granet, 23. Me llamo Clementina Vasile Cozzo.
Mientras
recorría el paseo para dirigirse a su cita, oyó que alguien lo llamaba. Era el
jefe comisionado Marniti, sentado a una mesa del café Albanese en compañía de
un oficial más joven.
—Le
presento a Piovesan, capitán de la patrullera Rayo, la que...
—Montalbano,
encantado —dijo el comisario.
Pero
no estaba encantado en absoluto, pues, si había conseguido quitarse de encima
la historia del buque pesquero, ¿por qué seguían metiéndolo en aquel asunto?
—Tómese
un café con nosotros.
—La
verdad es que tengo un compromiso.
—Sólo
cinco minutos.
—De
acuerdo, pero sin café.
Se
sentó.
—Hable
usted —le dijo Marniti a Piovesan.
—Para
mí, todo eso no es verdad.
—¿Qué
no es verdad?
—A
mí esa historia del buque pesquero me escama mucho. Recibimos el mayday del
Santopadre a la una de la madrugada, nos indicaron la posición y nos dijeron
que los perseguía la patrullera Rameh.
—¿Cuál
era la posición? —preguntó a regañadientes el comisario.
—Justo
fuera de nuestras aguas jurisdiccionales.
—¿Y
ustedes acudieron a la llamada?
—En
realidad, le correspondía a la patrullera Relámpago, que estaba más cerca.
—¿Y
por qué no fue la Relámpago?
—Porque
una hora antes se había recibido un SOS de un buque pesquero que hacía agua. A
la Relámpago la siguió la Trueno y, de esta manera, un vasto sector de mar
quedó desprotegido.
«Rayo,
Relámpago, Trueno: siempre hacía mal tiempo en la Marina», pensó Montalbano.
—Y,
naturalmente, no encontraron ningún pesquero en apuros —dijo.
—Naturalmente.
Y yo, cuando llegué al lugar, tampoco encontré ni rastro del Santopadre ni de
la Rameh, que, entre otras cosas, aquella noche seguramente no estaba de
servicio. No sé qué quiere que le diga, pero eso me huele...
—¿A
qué? —le preguntó Montalbano.
—A
contrabando —contestó Piovesan.
El
comisario se levantó y extendió los brazos encogiéndose de hombros.
—¿Qué
podemos hacer? Los de Trapani y Mazara nos han birlado la investigación.
Un
actor consumado, Montalbano.
—¡Comisario!
¡Dottore Montalbano!
Lo
estaban llamando otra vez. ¿Habría alguna posibilidad de que llegara antes del
anochecer a casa de la señora o señorita Clementina? Se volvió. Era Gallo, que
lo estaba siguiendo.
—¿Qué
pasa?
—No
pasa nada. Como lo he visto, lo he llamado.
—¿Adónde
ibas?
—Me
ha llamado Galluzzo desde el despacho de Lapecora. Voy a comprar unos
bocadillos y le haré compañía.
El
número 23 de Salita Granet estaba justo delante del número 28 y los dos
edificios eran idénticos.
Clementina
Vasile Cozzo era una septuagenaria muy bien vestida. Iba en silla de ruedas. El
apartamento estaba impecablemente limpio y ordenado. Seguida por Montalbano, se
situó muy cerca de una ventana protegida por unos visillos. Le hizo señas al
comisario de que se sentara en una silla delante de ella.
—Soy
viuda —explicó—, pero mi hijo Giulio se encarga de que no me falte nada. Estoy
jubilada, era maestra de primaria. Mi hijo me paga una asistenta que me atiende
y cuida de la casa. Viene tres veces al día, por la mañana, al mediodía y por
la noche, cuando me voy a la cama. Mi nuera, que me quiere como una auténtica
hija, pasa por aquí por lo menos una vez al día, y lo mismo hace Giulio. Aparte
de esta desgracia que me ocurrió hace seis años, no me puedo quejar. Oigo la
radio y miro la televisión, pero, sobre todo, leo. ¿Lo ve?
Señaló
dos estanterías llenas de libros.
La
señora, que no señorita, eso ya se había aclarado, ¿cuándo decidiría ir al
grano?
—Le
he dicho todo esto para que comprenda que yo no soy una chismosa que se pasa el
día observando lo que hacen los demás. Pero, de vez en cuando, una ve cosas
incluso cuando no las quiere ver.
Sonó
el inalámbrico que la señora tenía en una especie de repisa fijada al brazo de
la silla de ruedas.
—¿Giulio?
Sí, está aquí conmigo el comisario. No, no necesito nada. Hasta luego.
Miró
a Montalbano sonriendo.
—Giulio
no era partidario de este encuentro. No quería que me involucrara, que me
entrometiera en asuntos que, según él, no son de mi incumbencia. Durante varias
décadas, la gente honrada de aquí no ha hecho más que repetir que la mafia no
era asunto de su incumbencia, que era cosa de ellos. Pero yo a mis alumnos les
enseñaba que el «no vi nada, no sé nada» era el peor de los pecados mortales. Y
ahora que me toca a mí contar lo que he visto, ¿me echo atrás?
La
mujer hizo una pausa y lanzó un suspiro. A Montalbano, la señora Clementina
Vasile Cozzo le gustaba cada vez más.
—Perdone,
estoy divagando. Durante cuarenta años, en mi oficio de maestra, no he hecho
más que hablar y hablar. Me ha quedado la costumbre. Levántese.
Montalbano
obedeció como un buen colegial.
—Sitúese
a mi espalda y agáchese hasta la altura de mi cabeza.
Cuando
el comisario ya estaba tan cerca que casi parecía que le estuviera hablando al
oído, la señora apartó el visillo.
Era
como estar en el interior de la primera habitación del despacho del señor
Lapecora, pues los visillos de muselina, aplicados directamente a los cristales
de la ventana, eran demasiado transparentes para proteger el interior. Gallo y
Galluzzo se estaban comiendo unos bocadillos que, en realidad, eran medias
hogazas. En el centro, una botella de vino y dos vasos de cartón. La ventana de
la señora Clementina se encontraba situada un poco más arriba que la otra y,
por un curioso efecto de perspectiva; los dos agentes y los objetos de la
estancia se veían ligeramente ampliados.
—En
invierno, cuando encendían la luz, se veía mejor —comentó la señora, soltando
el visillo.
Montalbano
volvió a sentarse.
—Entonces,
señora, ¿qué vio? —preguntó. Clementina Vasile Cozzo se lo dijo.
* *
*
Una
vez finalizado el relato, cuando ya se estaba despidiendo, el comisario oyó que
se abría y cerraba la puerta del apartamento.
—Es
la asistenta —explicó la señora Clementina. Entró una veinteañera bajita y
rechoncha, de cara severa, que miró al intruso con seriedad.
—¿Todo
bien? —preguntó en tono receloso.
—Sí,
todo bien.
—Entonces
me voy a la cocina a calentar el agua —dijo.
Y se
retiró, aunque sin tenerlas todas consigo.
—Bueno,
señora, le doy las gracias y... —dijo el comisario, levantándose.
—¿Por
qué no se queda a comer conmigo?
Montalbano
notó que se le encogía el estómago. La señora Clementina era un encanto, pero
debía de alimentarse a base de sémola y patatas hervidas.
—La
verdad es que tengo mucho que...
—Pina,
la asistenta, es una cocinera estupenda, se lo aseguro. Hoy ha preparado pasta
a la Norma, ¿sabe?, esa que se hace con berenjenas fritas y requesón salado.
—¡Jesús!
—exclamó Montalbano, volviéndose a sentar.
—Y,
de segundo, carne de buey guisada en vino blanco con salchichas y verduras.
—¡Jesús!
—repitió Montalbano.
—¿Por
qué se extraña tanto?
—¿No
es una comida un poquito fuerte para usted?
—¿Por
qué? Tengo un estómago mejor que el de una chica de veinte años, una de esas
que aguantan un día entero con media manzana y una ensalada de zanahorias. A lo
mejor, piensa usted lo mismo que mi hijo Giulio.
—No
tengo el gusto de saber lo que piensa.
—Dice
que, a mi edad, no es correcto comer estas cosas. Me tiene por un poco
desvergonzada. Según él, tendría que alimentarme a base de papillitas. Bueno,
¿qué decide, se queda?
—Me
quedo —dijo resueltamente el comisario.
Cruzó
la calle, subió los tres peldaños y llamó a la puerta del despacho. Le abrió
Gallo.
—He
relevado a Galluzzo —explicó éste. Después preguntó—: Dottore, ¿viene usted de
la comisaría?
—No.
¿Por qué?
—Fazio
ha llamado para saber si lo habíamos visto. Lo está buscando. Tiene algo
importante que decirle.
El
comisario corrió al teléfono.
—Comisario,
me he tomado la libertad porque creo que se trata de una novedad significativa.
¿Recuerda que anoche me dijo que enviara órdenes de búsqueda de la tal Karima?
Pues, hace cosa de media hora, ha llamado desde Montelusa el dottore Mancuso,
de la Brigada de Extranjeros. Dice que ha conseguido averiguar por pura
casualidad dónde vive la tunecina.
—Dime.
—Vive
en Villaseta, en la via Garibaldi 70.
—Voy
enseguida y nos vamos para allá.
En
la puerta de la comisaría lo abordó un cuarentón bien vestido.
—¿Usted
es el dottore Montalbano?
—Sí,
pero no tengo tiempo.
—Hace
dos horas que lo espero. Sus colaboradores no sabían si iba a venir o no. Soy
Antonino Lapecora.
—¿El
hijo? ¿El médico?
—Sí.
—Mi
más sentido pésame. Pase. Pero sólo cinco minutos.
Fazio
se le acercó.
—El
coche está listo.
—Salimos
dentro de cinco minutos. Primero hablo un momento con este señor.
Entraron
en el despacho; el comisario le indicó por señas al médico que se sentara y él
hizo lo propio al otro lado del escritorio.
—Lo
escucho.
—Verá,
señor comisario, hace unos quince años que vivo en Valledolmo, donde ejerzo mi
profesión. Soy pediatra. Me casé en Valledolmo. Se lo digo porque, desde hace
tiempo, las relaciones con mis padres se habían enfriado inevitablemente. Por
otra parte, jamás había habido demasiada confianza entre nosotros. Pasábamos
juntos las fiestas de guardar, claro, y nos llamábamos por teléfono cada quince
días. Por eso me sorprendí mucho cuando, a principios de octubre del año
pasado, recibí una carta de mi padre. Ésta.
Se
introdujo una mano en el bolsillo, sacó la carta y se la entregó al comisario.
Queridísimo
Nino, sé que esta carta te sorprenderá. He tratado de ocultarte una historia,
en la que me he visto envuelto y que ahora amenaza con convertirse en una grave
situación para mí. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que ya no puedo seguir
así. Necesito urgentemente tu ayuda. Ven enseguida. Y no le hables a mamá de
estas líneas. Besos.
Papá
—¿Qué
hizo usted?
—Verá,
dos días después yo tenía que viajar a Nueva York... Estuve ausente un mes. A
mi regreso, llamé a mi padre para preguntarle si todavía me necesitaba y me
contestó que no. Después nos vimos personalmente, pero no volvió a hablarme del
tema.
—¿Usted
tuvo alguna idea de cuál podía ser la peligrosa historia a la que se refería su
padre?
—Pensé
que era algo relacionado con la empresa, que tenía intención de volver a poner
en marcha a pesar de mi opinión decididamente contraria. Incluso discutimos.
Además, mi madre me había comentado que mi padre se relacionaba con una mujer
que lo obligaba a hacer unos gastos excesivos...
—No
siga. Usted creyó, por tanto, que la ayuda que su padre esperaba de usted era
un préstamo o algo por el estilo.
—Si
he de serle sincero, sí.
—¿Y
no hizo nada a pesar del carácter preocupado y preocupante de la carta?
—Bueno,
es que...
—¿Usted
se gana bien la vida, doctor?
—No
me puedo quejar.
—Tengo
una curiosidad: ¿por qué ha querido enseñarme la carta?
—Porque,
a la vista del homicidio, la perspectiva ha cambiado. Creo que puede ser útil
para las investigaciones.
—No,
no lo es —dijo tranquilamente Montalbano—. Puede cogerla y guardarla. ¿Usted
tiene hijos, doctor?
—Uno.
Calogerino, de cuatro años.
—Le
deseo que jamás necesite la ayuda de su hijo.
—¿Por
qué? —preguntó perplejo el doctor Antonino Lapecora.
—Porque,
si de tal palo tal astilla, usted estaría jodido.
—Pero
¿cómo se atreve?
—Como
no desaparezca en cuestión de segundos, lo mando detener bajo cualquier
pretexto.
El
doctor huyó con tanta precipitación que volcó la silla en la que se había
sentado. Aurelio Lapecora había pedido desesperadamente ayuda a su hijo y éste
había interpuesto el océano entre él y su padre.
Hasta
treinta años atrás, Villaseta estaba integrada por una veintena de casas, o más
bien casuchas: diez a cada lado del tramo central de la carretera provincial
Vigàta—Montelusa. Sin embargo, en los años del «boom» económico, al frenesí
inmobiliario (sobre el cual parecía basarse constitucionalmente este país:
«Italia es una república fundada en la actividad inmobiliaria») se añadió el
delirio viario, y Villaseta se encontró situada en el punto de intersección de
tres vías rápidas, una autovía, una llamada «carretera de enlace», dos
carreteras provinciales y tres interprovinciales. Algunas de dichas carreteras
reservaban al incauto viajero foráneo —después de unos cuantos kilómetros de
turístico paisaje con los quitamiedos oportunamente pintados de rojo en los
lugares donde habían sido asesinados jueces, policías, carabineros, agentes de
la policía judicial e, incluso, funcionarios de prisiones— la sorpresa de
terminar inexplicablemente (o demasiado explicablemente) contra la ladera de
una loma tan desolada que a uno le entraba la sospecha de que jamás pie humano
la había pisado. Otras, en cambio, terminaban de golpe a la orilla del mar, en
una playa de fina y dorada arena sin una casa a la vista o un barco en el
horizonte, provocando en el incauto viajero una rápida caída en el síndrome de
Robinsón.
Villaseta,
que siempre había seguido su instinto primario de levantar casas a ambos lados
de cualquier carretera, no tardó en convertirse en un laberíntico y extenso
poblacho.
—¡Cualquiera
sabe ahora dónde estará la tal via Garibaldi! —se quejó Fazio, que iba al
volante.
—¿Cuál
es la zona más periférica? —preguntó el comisario.
—La
que hay al lado de la carretera de Butera.
—Pues
vamos hacia allá.
—¿Y
cómo sabe usted que via Garibaldi se encuentra en aquella zona?
—Tú
no te preocupes.
Montalbano
sabía que no se equivocaba. Sabía, por observación directa, que en los años
inmediatamente anteriores al llamado milagro económico, las calles del centro
de todos los pueblos y ciudades solían dedicarse, por obligada memoria, a los
padres de la patria (tipo Mazzini, Garibaldi, Cavour), a los viejos políticos
(Orlando, Sonnino, Crispi) y a los clásicos (Dante, Petrarca, Carducci y, un
poco menos, a Leopardi). Pasado el «boom», la toponimia había cambiado, y los
padres de la patria, los viejos políticos y los clásicos se habían ido al
extrarradio mientras que el centro lo ocupalian ahora Pasolini, Pirandello, De
Filippo, Togliatti, De Gasperi y el inevitable Kennedy (bien entendido John y
no Bob, por más que Montalbano, en un remoto pueblecito de los montes Nebrodi,
hubiera tropezado una vez con una plaza Hermanos Kennedy).
Pero
resultó que, por un lado, el comisario acertó y, por otro, se equivocó. Acertó
porque, a lo largo de la carretera de Butera, se había producido el previsto
desplazamiento centrífugo de los nombres históricos. Pero se equivocó porque
las calles de aquel barrio —es un decir— estaban dedicadas, no a los padres de
la patria, sino, vete tú a saber por qué, a Verdi, Bellini, Rossini y
Donizetti. Desanimado, Fazio decidió preguntar a un anciano campesino montado
en un asno cargado de ramas secas. Sólo que el asno decidió no detenerse y
Fazio se vio obligado a seguirlo con el motor casi al ralentí.
—Perdón,
¿via Garibaldi?
El
anciano pareció no haberle oído.
—¿Via
Garibaldi? —repitió Fazio, levantando un poco más la voz.
El
viejo se volvió y miró al forastero con expresión enfurecida.
—¿Viva
Caribardi? ¿Usted me viene a decir viva Caribardi con todo el follón que está
ocurriendo en nuestra tierra? ¡Y un cuerno viva! ¡Caribardi tiene que volver
ahora mismo a partirles los morros a toda esta caterva de hijos de puta!
Seis
La
via Garibaldi, finalmente localizada, limitaba con la amarilla y yerma campiña,
interrumpida de vez en cuando por alguna que otra mancha verde de pequeño y
raquítico huerto. El número 70 era una casucha de piedra arenisca sin encalar.
Dos habitaciones: a la de la planta baja se accedía a través de una puerta baja
con un ventanuco al lado; a la de arriba, que tenía un balconcito, se subía por
medio de una escalera exterior. Fazio llamó a la puerta y, al poco, abrió una
anciana vestida con una chilaba muy raída pero limpia. Al verlos, soltó un
torrente de palabras árabes, frecuentemente interrumpidas por guturales
alaridos.
—¡Se
acabó! —comentó irritado Montalbano, desanimándose de golpe (el cielo se había
encapotado ligeramente).
—Espera,
espera —le dijo Fazio a la vieja, adelantando las palmas de las manos en el
gesto internacional que significa detenerse. La anciana lo comprendió y se
calló de golpe.
—¿Ka—ri—ma?
—preguntó Fazio, y, temiendo no haber pronunciado bien el nombre, se contoneó y
se alisó una imaginaria cabellera.
La
vieja se rió.
Fazio
delante, Montalbano en medio y la vieja en la retaguardia gritando palabras
incomprensibles, subieron por la escalera exterior. De pronto, la vieja apartó
al comisario sin miramientos, se le adelantó, empujó a Fazio, se situó de
espaldas a la puerta, imitó a éste alisándose la cabellera y contoneándose,
añadió a la mímica el gesto indicador de que alguien se ha ido y, después, bajó
la mano derecha con la palma hacia abajo, la volvió a levantar, extendió los
dedos y repitió el gesto de la partida.
—¿Tenía
un hijo? —pregunto asombrado el comisario.
—Se
ha ido con su hijo de cinco años, si no he entendido mal—le confirmó Fazio.
—Quiero
saber algo más —dijo Montalbano—. Llama a la Brigada de Extranjeros de
Montelusa y pide que envíen a alguien que hable árabe. Lo más rápido posible.
Fazio
se alejó seguido de la vieja, que le seguía hablando. El comisario se sentó en
un peldaño, encendió un cigarrillo e inició una competición de inmovilidad con
una lagartija.
Buscaino,
el agente que hablaba árabe porque había nacido y vivido en Túnez hasta los
quince años, llegó al cabo de menos de tres cuartos de hora. Al oír que el
recién llegado hablaba su idioma, la vieja decidió colaborar de inmediato.
—Dice
que ella se lo quiere contar todo al tío —tradujo Buscaino.
Después
del niño, ¿ahora salía un tío?
—¿Y
quién coño es ése? —preguntó perplejo Montalbano.
—El
tío... es usted, comisario —explicó el agente—, es un título de respeto. Dice
que ayer, a las nueve de la mañana, Karima regresó aquí, se llevó a su hijo y
se fue corriendo. Dice que parecía muy alterada y asustada.
—¿Tiene
la llave de la habitación de arriba?
—Sí
—contestó el agente tras haber preguntado.
—Dile
que te la dé y vamos a ver.
Mientras
subían por la escalera, la vieja no paró de hablar y Buscaino fue traduciendo
rápidamente. El hijo de Karima tenía cinco años; su madre se lo dejaba todos
los días a la vieja cuando iba a trabajar; el chiquillo se llamaba François y
era hijo de un francés que estaba de paso en Túnez.
La
habitación de Karima, impecablemente limpia, tenía una cama de matrimonio, una
camita para el niño separada por una cortina, una mesita con un teléfono y un
televisor, una mesa más grande con cuatro sillas alrededor, una cómoda de
cuatro cajones con espejo y un armario. Dos de los cajones estaban llenos de
fotografías. En una esquina había un cuarto trastero cerrado por una puerta
corredera de plástico, cuyo interior albergaba una taza de escusado, un bidé y
un lavabo. Allí, los efluvios del perfume Volupté que el comisario había
aspirado en el estudio del señor Lapecora, eran muy intensos. Además del
balconcito, había una ventana en la parte de atrás que daba a un pequeño y
cuidado huerto.
Montalbano
cogió una fotografía de una guapa treintañera de piel morena y grandes y
profundos ojos que sostenía a un niño de la mano.
—Pregúntale
si son Karima y François.
—Sí
—dijo Buscaino.
—¿Dónde
comían? Aquí no veo ningún hornillo.
La
vieja y Buscaino se pusieron a charlar animadamente y, después, Buscaino
explicó que el niño comía siempre en casa de la vieja, y que lo mismo hacía
Karima cuando estaba aquí, cosa que ocurría algunas noches.
—¿Recibía
hombres en casa?
Nada
más oír la traducción, la vieja se indignó. Karima era casi una ginn, una santa
a medio camino entre la raza humana y los ángeles, jamás habría hecho haram,
cosas ilícitas; se ganaba la vida sudando como una criada, limpiando la
porquería de los hombres. Era buena y generosa; le entregaba dinero para la
compra, para que cuidara del niño y arreglara la casa, mucho más del que ella
gastaba, y jamás quería que le devolviera el cambio. El tío, es decir,
Montalbano, era sin duda un hombre justo y honrado; por consiguiente, ¿cómo
podía pensar semejante cosa de Karima?
—Dile
—contestó el comisario mientras examinaba las fotografías del cajón— que Alá es
grande y misericordioso, pero que, si ella me está contando tonterías, seguro
que Alá se enfadará, porque eso sería engañar a la justicia y, en tal caso, se
armaría la gorda.
Buscaino
tradujo cuidadosamente y la vieja se calló como si se le hubiera terminado la
cuerda. Después, una llave cita interior la puso nuevamente en marcha y volvió
a largar sin parar. El tío, que era muy sabio, tenía razón y lo había
comprendido todo muy bien. Varias veces, en el transcurso de los últimos dos
años, había ido a ver a Karima un hombre joven que llegaba con un coche muy
grande.
—Pregúntale
de qué color.
El
diálogo entre la vieja y Buscaino fue muy largo y laborioso.
—Me
parece haber entendido que de color gris metalizado.
—¿Qué
hacían aquel joven y Karima?
Lo
que hacen un hombre y una mujer, tío. La vieja oía chirriar la cama sobre su
cabeza.
¿Dormía
con Karima?
Sólo
una vez y, a la mañana siguiente, él la acompañó al trabajo en su coche.
Pero
era un hombre malo. Una noche se oyó un ruido muy grande.
Karima
gritaba y lloraba y después el hombre malo se había ido.
Ella
había subido corriendo y había encontrado a Karima sollozando y con señales en
el cuerpo desnudo de haber recibido una paliza. Por suerte, François no se
había despertado.
¿El
hombre malo había ido a verla, por casualidad, el miércoles por la noche?
¿Cómo
se las había arreglado el tío para adivinarlo? Sí, había ido, pero no había
hecho nada con Karima, se la había llevado en su coche.
¿Qué
hora era?
Puede
que las diez de la noche. Karima hizo bajar a François a su casa y dijo que
pasaría la noche fuera. Y, en efecto, a la mañana siguiente regresó hacia las
nueve para llevarse al niño.
¿La
acompañaba el hombre malo?
No,
volvió en autobús. Pero el hombre malo regresó cuando ya hacía un cuarto de
hora que Karima se había ido con su hijo. Al enterarse de que la mujer no
estaba, el hombre volvió a subir al coche y se fue corriendo a buscarla.
¿Karima
le había dicho adónde iba?
No,
no había dicho nada. Ella los había visto dirigirse a pie hacia la parte vieja
de Villaseta, pues por allí pasan los autocares de línea.
¿Llevaba
una maleta?
Sí,
muy pequeña.
Que
la vieja mirara a su alrededor. ¿Faltaba algo en la habitación?
La
vieja abrió el armario e inmediatamente estalló en la habitación la fragancia
del perfume Volupté; abrió unos cajones y los revolvió.
Al
final, dijo que Karima había guardado en la maletita un par de pantalones, una
blusa y unas bragas; no llevaba sujetador. También había puesto dentro unos
vestidos y la ropa interior del niño.
Que
mirara bien. ¿Faltaba alguna otra cosa?
Sí,
el gran libro que tenía al lado del teléfono. Resultó que el libro era una
especie de agenda—diario.
Seguramente
Karima se lo había llevado.
—No
tiene intención de permanecer mucho tiempo ausente —comentó Fazio.
—Pregúntale
—dijo el comisario a Buscaino— si Karima pasaba a menudo la noche fuera de
casa.
No a
menudo, sólo algunas veces. Pero siempre avisaba.
Montalbano
dio las gracias a Buscaino.
—¿Puedes
acercar a Fazio a Vigàta? —le preguntó. Fazio miró perplejo a su jefe.
—¿Por
qué? ¿Qué va a hacer usted?
—Yo
me quedaré aquí un ratito.
* *
*
Entre
las muchas fotografías que el comisario empezó a examinar, había un sobre
amarillo de gran tamaño con unas veinte fotos de Karima desnuda en posturas
provocadoras o decididamente pornográficas, una especie de muestrario de una
mercancía de indudable primerísima calidad. ¿Cómo era posible que una mujer
como aquélla no hubiera conseguido encontrar un marido o un amante rico que la
mantuviera sin verse obligada a prostituirse? Había también una de Karima en
avanzado estado de gestación, mirando con expresión enamorada a un hombre alto
y rubio del que estaba literalmente colgada, probablemente el padre de
François, el francés de paso en Túnez. En otras se veía a Karima niña con un
niño un poco mayor que ella que se le parecía mucho y tenía sus mismos ojos,
sin duda hermano y hermana. Había muchas fotografías con su hermano, tomadas a
lo largo de los años: La última debía de ser aquella en la que Karima, con su
hijo de pocos meses en brazos, aparecía con su hermano, enfundado en una
especie de uniforme y sosteniendo en sus manos una ametralladora. Cogió esta
última fotografía y bajó. La vieja estaba machacando en un mortero carne picada
a la que añadía granos de trigo cocido. En un plato había unos pinchos de carne
listos para ser asados, cada uno de ellos envuelto en una pámpana. Montalbano
juntó los dedos de las manos hacia arriba en forma de alcachofa y las movió de
arriba abajo y viceversa. La anciana comprendió la pregunta. Mostró primero el
mortero:
—Kubba.
Después
señaló un pincho:
—Kebab.
El
comisario le mostró la fotografía y le indicó el hombre con el dedo. La vieja
contestó algo incomprensible. Montalbano se enfadó consigo mismo, ¿por qué se
había dado tanta prisa en despedir a Buscaino? Después recordó que los
tunecinos habían mantenido relaciones con los franceses durante muchos años. Lo
intentó.
—Frere?
Los
ojos de la vieja se iluminaron.
—Oui.
Son frere Ahmed
—Où
est—il?
—Je
ne sais pas —contestó la vieja, extendiendo los brazos.
Después
de este diálogo de manual de conversación, Montalbano volvió a subir al piso de
arriba y cogió la fotografía de Karima con el hombre rubio.
—Son
mari?
La
vieja hizo un gesto despectivo.
—Simplement
le père de François. Un mauvais homme.
La
bella Karima se había tropezado, y se seguía tropezando, con demasiados hombres
malos.
—Je
m'appelle Aisha —dijo inesperadamente la vieja.
—Mon
nom est Salvo —dijo a su vez Montalbano.
Subió
al coche, encontró la pastelería que había entrevisto a la ida, compró doce
barquillos rellenos de nata y regresó. Aisha había puesto la mesa bajo una
pequeña pérgola de la parte de atrás de la casucha, al principio del huerto. La
campiña estaba desierta. Lo primero que hizo el comisario fue abrir el paquete
de dulces, y la vieja se comió dos barquillos a modo de entremés. La kubba no
entusiasmó a Montalbano, pero los kebab tenían un saborcillo de hierba amarga
que les confería un vigoroso carácter o, por lo menos, así los definió él con
su imperfecta adjetivación.
Durante
la comida Aisha, probablemente, le contó su vida, pero había abandonado el
francés y sólo hablaba en árabe. A pesar de todo, el comisario participó
activamente: si la vieja se reía, él se reía; si la vieja se ponía triste, él
ponía cara de funeral.
Al
terminar la cena, Aisha quitó la mesa mientras Montalbano, en paz consigo mismo
y con el mundo, se fumaba un cigarrillo. Después, la vieja regresó con
misterioso aire de conspiradora. Sostenía en la mano una cajita negra, plana y
alargada, que probablemente había sido el estuche de un collar o algo parecido.
Aisha la abrió. Dentro había una libreta de ahorro a la vista de la Banca
Popolare de Montelusa.
—Karima
—dijo la vieja, acercándose un dedo a los labios para dar a entender que
aquello era un secreto y lo tenía que seguir siendo.
Montalbano
cogió la libreta y la abrió. Quinientos millones de liras exactos.
El
año anterior —le había explicado la señora Clementina Vasile Cozzo— había
sufrido un período de insomnio tan terrible que no había manera de que
durmiera, pero, por suerte, sólo le había durado unos meses. Se pasaba casi
toda la noche viendo la televisión o escuchando la radio. Leer no, no conseguía
hacerlo tantas horas, pues, al cabo de un rato, los ojos se le empezaban a
nublar. Una vez, sobre las cuatro de la madrugada, o puede que antes, oyó los
gritos de dos borrachos que discutían justo bajo su ventana. Apartó los
visillos por simple curiosidad y vio luz en el despacho del señor Lapecora. A
aquella hora de la noche, ¿qué hacía el señor Lapecora? Y, en efecto, Lapecora
no se encontraba allí, no había nadie, la estancia estaba vacía. La señora
Vasile Cozzo pensó que, a lo mejor, se habían dejado la luz encendida. De
pronto apareció, procedente de la otra habitación, cuya existencia ella conocía
pero no podía ver, un joven que algunas veces visitaba el despacho, incluso
cuando Lapecora no estaba. El joven, completamente desnudo, corrió al teléfono,
descolgó el aparato y empezó a hablar. Estaba claro que había sonado, pero ella
no lo había oído. Poco después, procedente también de la otra estancia, entró
Karima, también desnuda, y se quedó escuchando al chico que discutía
acaloradamente con su interlocutor. Cuando la discusión terminó, el joven
agarró a Karima y juntos regresaron a la otra habitación para terminar de hacer
lo que estuvieran haciendo cuando la llamada los había interrumpido. Después
volvieron a salir vestidos, apagaron la luz y se fueron en el cochazo gris
metalizado del joven.
A lo
largo del año anterior, los hechos se habían repetido cuatro o cinco veces. Por
regla general, se pasaban horas sin hacer ni decir nada: si él la tomaba del
brazo y la llevaba a la otra habitación, era sólo para pasar el rato. Algunas
veces él escribía o leía, y ella se quedaba medio dormida en la silla, con la
cabeza apoyada en la mesa, a la espera de la llamada. Algunas veces, tras
haberla recibido, el chico efectuaba a su vez una o dos llamadas.
Aquella
mujer, Karima, los lunes, miércoles y viernes se encargaba de hacer la limpieza
en el despacho —pero ¿qué era lo que se tenía que limpiar, Dios mío?— y algunas
veces atendía al teléfono, pero las llamadas jamás se las pasaba al señor
Lapecora, ni siquiera cuando él se encontraba presente y la escuchaba
conversar, con la cabeza gacha y mirando al suelo como si el asunto no tuviera
nada que ver con él o como si estuviera ofendido.
A
juicio de la señora Clementina Vasile Cozzo, la criada, la tunecina, era una
mala mujer.
No
sólo hacía lo que hacía con el chico moreno, sino que algunas veces conseguía
engatusar al pobre Lapecora que, inevitablemente, acababa cediendo y dejándose
arrastrar a la otra habitación. Una vez que Lapecora estaba sentado delante de
la mesita de la máquina de escribir leyendo el periódico, ella se le había
arrodillado delante, le había desabrochado la bragueta y... Al llegar a este
punto, la señora Vasile interrumpió el relato y se ruborizó.
Estaba
claro que Karima y el chico tenían la llave del despacho, porque Lapecora se la
había entregado o porque habían hecho un duplicado. Y también estaba claro, a
pesar de que no hubiera testigos insomnes, que Karima, la víspera del asesinato
de Lapecora, había permanecido unas cuantas horas en la vivienda de la víctima,
tal como demostraba la persistente fragancia del perfume Volupté. ¿También
tenían las llaves del apartamento, o había sido el propio Lapecora quien le
había franqueado la entrada, aprovechando que su mujer había tomado una fuerte
dosis de somnífero? En cualquier caso, el hecho no tenía sentido. ¿Por qué
correr el riesgo de que los sorprendiera la señora Antonietta pudiendo reunirse
tranquilamente en el despacho? ¿Por un capricho? ¿Para aderezar con el
escalofrío del peligro unas relaciones excesivamente previsibles?
Y,
por si fuera poco, estaba la cuestión de los tres anónimos, preparados sin duda
en el despacho. ¿Por qué lo habían hecho Karima y el chico moreno? ¿Para
colocar a Lapecora en una situación comprometida? No cuadraba. Nada ganaban con
ello. Es más, corrían el riesgo de no poder utilizar el número telefónico que
usaban en sus contactos, pues en eso se había convertido la empresa.
Para
averiguar algo más, habría que esperar el regreso de Karima que, Fazio tenía
razón, se había largado para no tener que responder a preguntas peligrosas,
pero volvería a la chita callando. El comisario estaba seguro de que Aisha
cumpliría la palabra que le había dado. En un improbable francés, la vieja le
había explicado que Karima se había metido en un mal ambiente; el hombre malo y
sus compinches acabarían matándola no sólo a ella sino también a François e
incluso a la propia Aisha. Montalbano pensó que había conseguido convencerla y
asustarla lo suficiente.
Acordaron
que, en cuanto apareciera Karima, la vieja llamaría, bastaría con que
preguntara por Salvo y dijera su nombre, Aisha. Le dejó el número del despacho
y el de su domicilio y le aconsejó que los guardara bien escondidos, tal como
hacía con la libreta de ahorro a la vista.
Como
es natural, el razonamiento cuadraba, siempre y cuando Karima no fuera la
asesina. Pero el comisario, por más que lo pensara, no conseguía imaginársela
con un cuchillo en la mano.
Consultó
el reloj a la luz de la llama del encendedor: ya eran casi las doce de la
noche. Hacía más de dos horas que permanecía sentado a oscuras en la galería
para evitar que las moscas y los mosquitos se lo comieran vivo, pensando una y
otra vez en lo que había averiguado por medio de la señora Clementina Vasile
Cozzo y de Aisha.
Pero
necesitaba una aclaración. ¿Podía llamar a aquella hora de la noche a la señora
Vasile Cozzo? La señora le había explicado que todas las noches, tras haberle
servido la cena, la asistenta la ayudaba a desnudarse y la sentaba en la silla
de ruedas. Pero, aunque estuviera lista para irse a la cama, ella no se
acostaba sino que permanecía hasta muy tarde mirando la televisión. De la silla
de ruedas a la cama y viceversa, se las podía arreglar ella sola.
—Señora,
soy imperdonable, ya lo sé.
—¡Por
Dios, comisario! Estaba despierta, viendo una película.
—Verá,
señora. Usted me ha dicho que el chico moreno algunas veces leía o escribía.
¿Qué leía? ¿Qué escribía? ¿Consiguió averiguarlo?
—Leía
periódicos, cartas. Y escribía cartas. Pero no utilizaba la máquina de escribir
del despacho, llevaba una portátil. ¿Alguna otra cosa?
—Hola,
cariño, ¿estabas durmiendo? ¿No? ¿De verdad? Estaré en tu casa mañana sobre la
una del mediodía. No te preocupes en absoluto por mí. Llego y, si no estás, te
espero. Total, tengo las llaves.
Siete
Estaba
claro que, durante el sueño, una parte de su cerebro había seguido trabajando
en el asunto Lapecora, tanto es así que, hacia las cuatro de la madrugada, una
idea que se le había ocurrido lo había inducido a despertarse y levantarse para
buscar afanosamente entre los libros. De repente, recordó que aquel libro se lo
había pedido prestado Augello, porque había visto en televisión la versión
cinematográfica. Lo tenía desde hacía seis meses y aún no se lo había devuelto.
Se puso nervioso.
—Hola.
Mimì. Soy Montalbano.
—Pero
¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
—¿Tienes
todavía aquel libro de Le Carré titulado Llamada para un muerto? Estoy
completamente seguro de que te lo presté.
—Pero
¿qué coño te pasa? ¡Son las cuatro de la madrugada!
—¿Y
qué? Quiero que me lo devuelvas.
—Salvo,
como hermano que te quiere, te pregunto: ¿por qué no te vas a un manicomio?
—Lo
necesito ahora mismo.
—¡Estaba
durmiendo, maldita sea! Cálmate, mañana te lo llevo al despacho. Ahora me tengo
que poner los calzoncillos, empezar a buscarlo...
—Me
importa un carajo. Lo buscas, lo encuentras, coges el coche aunque sea en
calzoncillos y me lo traes.
Se
pasó media hora paseando por la casa y haciendo cosas inútiles, como intentar
comprender el recibo del teléfono o leer la etiqueta de un agua mineral, hasta
que oyó acercarse un vehículo a toda velocidad, un sordo golpe en la puerta y
el rumor del automóvil que se alejaba. Abrió, el libro se encontraba en el
suelo y las luces traseras de Augello ya estaban lejos. Se le ocurrió la idea
de efectuar una llamada anónima al Cuerpo de Carabineros.
«Soy
un ciudadano. Hay un loco furioso que anda por ahí en calzoncillos...»
Lo
dejó correr. Empezó a hojear la novela.
El
relato era tal y como él lo recordaba. Página 15:
«—Smiley,
habla Mason. Usted mantuvo el lunes una reunión con Arthur Fenna en el Foreign
Office, ¿verdad?
»—
Pues sí.
»—¿De
qué se trataba?
»—Un
anónimo a propósito de su afiliación al Partido, en Oxford...»
Y,
en la página 187, el comienzo de la conclusión a que había llegado Smiley en su
informe:
«Cabía,
sin embargo, la posibilidad de que hubiera perdido la afición a su trabajo y
que su invitación a desayunar fuera un primer paso para llegar a la confesión.
Con este propósito pudo haber escrito también el anónimo, que tal vez se
inventó con el fin de ponerse en contacto con el Departamento.»
Siguiendo
la lógica de Smiley, cabía la posibilidad de que el propio Lapecora hubiera
escrito los anónimos contra su persona. Pero, si era el autor, ¿por qué,
echando mano de otro pretexto, no se había dirigido a la policía o a los
carabineros?
Tras
haber formulado la pregunta, le entraron ganas de sonreír. Con la policía o con
el Cuerpo de Carabineros, un anónimo susceptible de dar lugar a la apertura de
una investigación, habría podido tener consecuencias mucho más graves para el
propio Lapecora. Dirigiendo los anónimos a su mujer, Lapecora pretendía
provocar una reacción, por así decirlo, doméstica, pero suficiente para
librarlo de una situación o bien peligrosa o bien insostenible, porque ya no
sabía cómo soportarla. Quería librarse de ella, y sus cartas habían sido, de
hecho, peticiones de ayuda, pero su mujer las había tomado por lo que parecían,
es decir, por unos anónimos que revelaban una aventura amorosa vulgar y
corriente. Ofendida, la mujer no había reaccionado y se había encerrado en un
mutismo despectivo. Entonces Lapecora, desesperado, había recurrido a su hijo
sin escudarse en el anonimato. Pero éste, cegado por el egoísmo y por el temor
a perder unas cuantas liras, se había largado a Nueva York.
Gracias
a Smiley, todo encajaba. Volvió a quedarse dormido.
El
commendatore Baldassarre Marzachi, jefe de la oficina de correos de Vigàta, era
notoriamente un imbécil presuntuoso. Esta vez tampoco desmintió su fama.
—No
puedo acceder a su petición.
—Pero,
perdone, ¿por qué?
—Porque
no cuenta usted con una orden judicial.
—¿Por
qué tendría que contar con ella? Cualquier funcionario de esta oficina me
habría facilitado la información que solicito. Es una cuestión sin importancia.
—Eso
lo dice usted. Si le hubieran facilitado la información, mis funcionarios
habrían cometido una infracción susceptible de amonestación.
—Commendatore,
tratemos de razonar. Le estoy pidiendo únicamente el nombre del cartero que
atiende la zona en la que se incluye Salita Granet. Sólo eso.
—Y
yo no se lo quiero dar, ¿de acuerdo? Si por casualidad se lo diera, ¿qué haría
usted?
—Hacerle
unas cuantas preguntas al cartero.
—¿Lo
ve? Usted quiere violar el secreto postal.
—Pero
¿qué está usted diciendo?
Un
verdadero imbécil, muy difícil de encontrar en estos tiempos en que los
imbéciles se disfrazan de inteligentes. El comisario decidió recurrir a la
escenificación para aniquilar a su adversario. De repente, echó el cuerpo hacia
atrás y pegó la espalda al respaldo de la silla, mientras las manos y las
piernas le empezaban a temblar y trataba desesperadamente de desabrocharse el
cuello de la camisa.
—¡Dios
mío! —graznó.
—¡Dios
mío! —repitió como un eco el commendatore Marzachi, levantándose para acercarse
a toda prisa al comisario—. ¿Se encuentra mal?
—Ayúdeme
—dijo Montalbano entre jadeos.
El
otro se inclinó y trató de aflojarle el cuello de la camisa, pero entonces el
comisario empezó a gritar: —¡Déjeme! ¡Déjeme, por Dios!
Al
mismo tiempo, sujetó con sus manos las de Marzachi, que había tratado
instintivamente de apartarse, y las mantuvo a la altura de su cuello.
—Pero
¿qué hace? —balbució Marzachi, totalmente desconcertado, pues no comprendía lo
que estaba ocurriendo.
Montalbano
volvió a gritar.
—¡Déjeme!
¡Cómo se atreve! —se desgañitó, sin soltar las manos del commendatore.
Se
abrió la puerta de par en par y aparecieron dos aterrorizados empleados, un
hombre y una mujer, los cuales vieron con toda claridad cómo su jefe estaba
tratando de estrangular al comisario.
—¡Retírense!
—les gritó Montalbano a los dos—. ¡Fuera! ¡No pasa nada! ¡Tranquilos!
Los
funcionarios se retiraron, cerrando la puerta. Montalbano —se ajustó
tranquilamente el cuello de la camisa y miró a Marzachi que, en cuanto lo había
soltado, se había apoyado en una pared.
—Te
he jodido, Marzachi. Esos dos lo han visto. Y, puesto que te odian, como todos
tus subordinados, estarán dispuestos a declarar. Agresión a un representante de
la autoridad. ¿Quieres que te denuncie o no?
—¿Por
qué me quiere destruir?
—Porque
te considero responsable.
—Pero
¿de qué, por Dios bendito?
—De
lo peor que puede haber. De las cartas que tardan dos meses en ir de Vigàta a
Vigàta, de los paquetes que me llegan reventados y con sólo la mitad de su
contenido, y tú me vienes a hablar del secreto postal que te puedes meter en el
culo, de los libros que tendría que haber recibido y jamás recibiré... Eres una
mierda que se reviste de dignidad para tapar esta cloaca. ¿Te parece
suficiente?
—Sí
—contestó destrozado Marzachi.
—Claro
que recibía correspondencia. No mucha, pero recibía. Le escribía una empresa de
fuera de Italia, sólo esa.
—¿De
dónde?
—No
me fijé. Pero el sello era extranjero. Le puedo decir el nombre de la empresa porque
figuraba en el sobre. Aslanidis. Lo recuerdo porque mi padre que en paz
descanse hizo la guerra en Grecia y conoció en aquellas tierras a una mujer que
se llamaba Galatea Aslanidis. Nos hablaba siempre de ella.
—¿En
el sobre figuraba impreso el producto que vendía esta empresa?
—Sí,
señor. Dattes, que significa dátiles.
—Gracias
por haber venido tan rápido —dijo la señora Antonietta Palmisano, viuda
recentísima de Lapecora, en cuanto le abrió la puerta.
—¿Por
qué? ¿Quería usted verme?
—Sí.
¿No le han dicho en su despacho que le he llamado?
—Aún
no he pasado por allí. He venido espontáneamente.
—Entonces
es un caso de cleptomanía —dedujo la mujer. Por un instante, el comisario la
miró perplejo, pero enseguida comprendió que quería decir «telepatía».
«Cualquier
día de éstos le presento a Catarella —pensó Montalbano— y después transcribo
los diálogos. ¡Ni comparación con Ionesco!»
—¿Por
qué me quería ver, señora?
Antonietta
Palmisano agitó pícaramente un dedito.
—Ah,
no. Le toca a usted hablar primero, la idea se le ha ocurrido a usted.
—Mire,
señora, me gustaría que me mostrara exactamente lo que hizo la otra mañana
cuando se preparaba para ir a visitar a su hermana.
La
viuda lo miró asombrada, abriendo y cerrando la boca.
—¿Bromea
usted?
—No,
no bromeo.
—Pero
¿qué pretende, que me presente en camisón? —preguntó ruborizándose la señora
Antonietta.
—Ni
soñarlo.
—Entonces.
Deje que lo piense. Me levanté de la cama en cuanto sonó el despertador.
Tomé...
—No,
señora, creo que no me he explicado bien. Usted no me tiene que decir lo que
hizo, me lo tiene que enseñar. Vamos al dormitorio.
Pasaron
al dormitorio. El armario estaba abierto y, sobre la cama, había una maleta
llena de vestidos de mujer. Sobre una de las mesillas, un despertador de color
rojo.
—¿Usted
dormía en este lado? —preguntó Montalbano.
—Sí.
¿Qué hago, me tumbo?
—No
es necesario, basta que se siente en el borde.
La
viuda obedeció, pero, de repente, estalló:
—¿Qué
tiene eso que ver con el asesinato de Arelio?
—Haga
lo que le digo, es importante. Cinco minutos y no la molesto más. Dígame, ¿su
marido también se despertó al oír el timbre del despertador?
—Por
regla general, tenía un sueño muy ligero. Abría los ojos por cualquier ruido
que yo hiciera. Pero, ahora que usted me lo hace recordar, la otra mañana no lo
oyó. Es más, debía de estar un poco resfriado y con la nariz tapada, porque se
puso a roncar, cosa que no hacía casi nunca.
Un
mal actor, el pobre Lapecora. Pero, por una vez, le había ido bien.
—Siga.
—Me
levanté, cogí los vestidos que tenía en aquella silla y me fui al cuarto de
baño.
—Vamos
hacia allá.
Azorada,
la mujer lo precedió. Una vez en el cuarto de baño, la viuda preguntó, mirando
púdicamente al suelo:
—¿Lo
tengo que hacer todo?
—No,
por Dios. Salió del cuarto de baño vestida, ¿verdad?
—Sí,
completamente, es lo que hago siempre.
—Y
después, ¿qué hizo?
—Me
fui al comedor.
Ya
había aprendido la lección y se dirigió hacia allá, seguida del comisario.
—Cogí
el bolso que había dejado preparado en este sofá, abrí la puerta y salí al
rellano.
—¿Está
segura de que cerró la puerta al salir?
—Completamente
segura. Llamé al ascensor...
—Ya
basta, gracias. ¿Qué hora era, lo recuerda?
—Las
seis y veinticinco. Se me había hecho tarde, tanto que tuve que correr.
—¿Cuál
fue el imprevisto?
La
mujer lo miró con expresión inquisitiva.
—¿Cuál
fue el motivo que la obligó a retrasarse? Me explicaré mejor: si uno sabe que a
la mañana siguiente tiene que salir y pone el despertador, tiene en cuenta el
tiempo que necesita para...
La
señora Antonietta sonrió.
—Me
dolía un callo —dijo—. Le apliqué un poco de pomada, me lo vendé y perdí un
tiempo que no había calculado.
—Gracias
una vez más y disculpe. Buenos días.
—¡Espere!
¿Qué hace? ¿Ya se va?
—Ah,
es verdad. Usted me tenía que decir una cosa.
—Siéntese
un momento.
Montalbano
así lo hizo. Ya había averiguado lo que quería saber: la viuda Lapecora no
había entrado en el estudio, donde seguramente se ocultaba Karima.
—Como
ha visto —explicó la mujer—, me estoy preparando para irme. En cuanto pueda
enterrar a Arelio, me voy.
—¿Adónde
irá, señora?
—A
casa de mi hermana. Tiene una casa muy grande y está enferma, como usted sabe.
Aquí, en Vigàta, no volveré a poner los pies ni muerta.
—¿Por
qué no se va a vivir con su hijo?
—No
quiero causarle molestias. Y, además, no congenio con su mujer, que gasta de
mala manera y ese pobre hijo mío se queja de que no le alcanza el dinero. Pues
lo que quería decirle es que, echando un vistazo a las cosas que no me sirven
para tirarlas, encontré el sobre del primer anónimo. Creí haberlo quemado,
pero, por lo visto, sólo quemé el contenido. Como me pareció que usted tenía un
interés especial...
La
dirección estaba escrita a máquina.
—¿Me
lo puedo quedar?
—Claro.
Eso es todo.
La
mujer se levantó y el comisario imitó su ejemplo, pero ella se acercó al
aparador sobre el cual había una carta, la cogió y la sacudió en dirección a
Montalbano.
—Fíjese,
comisario. Hace un par de días que ha muerto Arelio y ya estoy empezando a
pagar las deudas de sus cochinos caprichos. Ayer recibí (se ve que en correos
se han enterado de que lo han matado) dos recibos del despacho: ¡la luz,
doscientas veinte mil liras; y el teléfono, trescientas ochenta mil! Pero el
que telefoneaba no era él, ¿sabe? ¿A quién iba a telefonear? Era aquella puta
tunecina la que lo hacía, seguro, a lo mejor a sus parientes de Túnez. Y esta
mañana he recibido esto. ¡A saber lo que le había metido en la cabeza esa
grandísima guarra a la que frecuentaba, y lo que oía el cabronazo de mi marido!
Muy
compasiva la señora Antonietta Palmisano, viuda de Lapecora. El sobre no estaba
franqueado, se había entregado en mano. Montalbano decidió no poner de
manifiesto una excesiva curiosidad, justo la suficiente.
—¿Cuándo
se lo han entregado?
—Ya
se lo he dicho, esta mañana. Ciento setenta y siete mil liras, una factura de
la imprenta Mulone. Por cierto, comisario, ¿me podría devolver las llaves del
despacho?
—¿Tiene
prisa?
—Lo
que se dice prisa, no. Pero quiero empezar a enseñarlo a algunas personas que
podrían comprarlo. También quiero vender la casa. He calculado que sólo el
entierro me costará más de cinco millones, entre una cosa y otra.
De
tal madre, tal hijo.
—Con
los ingresos de la venta del despacho y de la casa —dijo Montalbano en un
arranque de perversidad— podrá pagar unos veinte entierros.
Empedocle
Mulone, propietario de la imprenta, dijo que sí, que el pobre señor Lapecora le
había encargado unas hojas y unos sobres con un membrete ligeramente distinto
del antiguo. El señor Arelio era cliente suyo desde hacía veinte años y ambos
tenían amistad.
—¿Cuál
fue la modificación?
—Export—Import
en lugar de Exportación—Importación. Pero yo se lo desaconsejé.
—¿No
quería introducir la modificación?
—No
me refería al membrete, sino a la idea que se le había ocurrido de reanudar su
actividad. Ya hacía casi cinco años que se había retirado, y en este tiempo las
circunstancias han cambiado, las empresas van a la quiebra y es un mal momento.
¿Y sabe usted qué hizo, en lugar de darme las gracias? Se enfadó. Dijo que él
leía los periódicos y veía la televisión, y que sabía cuál era la situación.
—El
paquete con el material impreso, ¿lo envió usted a su casa o al despacho?
—Me
pidió encarecidamente que se lo enviara al despacho, y lo hice en un día impar
de la semana. No recuerdo el día exacto, pero, si quiere...
—No
importa.
—La
factura, en cambio, se la he enviado a la señora, pues ahora es muy difícil que
el señor Lapecora tenga ocasión de pasarse por el despacho, ¿no le parece?
Y se
rió.
* *
*
—Aquí
tiene su café, señor comisario —dijo el barman del café Albanese.
—Dime
una cosa, Toto. ¿El señor Lapecora venía aquí algunas veces con los amigos?
—Claro.
Todos los martes. Charlaban, jugaban a las cartas... Eran siempre los mismos.
—Dime
sus nombres.
—Vamos
a ver, estaban el contable Pandolfo...
—Espera.
Dame la guía telefónica.
—¿Y
por qué lo quiere llamar? Es aquel señor mayor que está sentado junto a aquella
mesa, tomando un granizado.
Montalbano
cogió su taza de café y se acercó al contable.
—¿Me
puedo sentar?
—Faltaría
más, comisario.
—Gracias.
¿Nos conocemos?
—Usted
a mí, no, pero yo a usted, sí.
—Señor
contable, ¿usted jugaba habitualmente con el difunto?
—¡Habitualmente!
Jugaba con él sólo el martes. Porque, verá usted, los lunes, miércoles y...
—Viernes
iba al despacho —dijo Montalbano, terminando por él la consabida letanía.
—¿Qué
desea saber?
—¿Por
qué razón quería el señor Lapecora reanudar sus actividades comerciales?
El
contable pareció sorprenderse sinceramente.
—¿Reanudar?
Pero ¿qué dice? A nosotros no nos había dicho nada. Todos sabíamos que iba al
despacho por costumbre, para pasar el rato.
—¿Y
le habló de la asistenta, de una tal Karima que iba a hacer la limpieza del
despacho?
Un
destello de la pupila, un imperceptible titubeo que habría pasado inadvertido
si Montalbano no lo hubiera estado apuntando con sus ojos.
—¿Y
por qué razón me hubiera tenido que hablar de la asistenta?
—¿Usted
conocía bien a Lapecora?
—¿Y
a quién se conoce bien? Hace unos treinta años, yo vivía en Montelusa y tenía
un amigo muy inteligente, simpático, bien dispuesto y equilibrado. Tenía todas
las cualidades. Y, por si fuera poco, era muy generoso, un auténtico ángel. Una
noche su hermana dejó a su cuidado a su único hijo, no tenía ni seis meses.
Quería que se lo cuidara dos horas como máximo. En cuanto su hermana se fue, él
cogió un cuchillo, descuartizó al chiquillo y se hizo un caldo con él, con una
pizca de perejil y un diente de ajo. No crea que es una broma. Aquel mismo día
yo había estado con él y lo había visto como siempre, inteligente y amable.
Volviendo al pobre Lapecora: pues sí, lo conocía lo bastante, por ejemplo, como
para haberme dado cuenta de que, de dos años a esta parte, había cambiado
mucho.
—¿En
qué sentido?
—Pues,
no sé cómo decirle, estaba nervioso, no se reía, más bien se mostraba agresivo
y armaba jaleo a la menor ocasión. Y antes no lo hacía.
—¿Tiene
usted idea de cuál era el motivo?
—Un
día se lo pregunté. Era un problema de salud, me contestó, un principio de
arteriosclerosis, eso le había dicho el médico...
Lo
primero que hizo al llegar al despacho de Lapecora fue sentarse a la máquina de
escribir. Abrió el cajón de la mesita y encontró en su interior sobres y hojas
con el membrete antiguo, amarillos por el paso del tiempo. Cogió una hoja, se
sacó del bolsillo el sobre que le había entregado la señora Antonietta y volvió
a copiar a máquina la dirección. La prueba del nueve, de haber sido ésta
necesaria. Las erres saltaban por encima de la línea, las aes quedaban un poco
por debajo, la o era un puntito negro: la dirección del sobre del anónimo se
había escrito con aquella máquina. Miró hacia la calle. La asistenta de la
señora Vasile Cozzo, subida a una escalerita de tijera, estaba limpiando los
cristales. Abrió la ventana y la llamó.
—Oiga,
¿está la señora?
—Espere
—contestó la asistenta Pina, mirándolo de soslayo. Estaba claro que el
comisario no le caía bien.
Bajó
de la escalerita, desapareció y, al poco rato, apareció en su lugar la cabeza
de la señora al nivel del alféizar. No hacía falta levantar demasiado la voz,
pues la separación era inferior a diez metros.
—Disculpe,
señora, pero, si no recuerdo mal, usted me dijo que algunas veces aquel
muchacho, ¿se acuerda...?
—Ya
sé a quién se refiere.
—Aquel
joven escribía a máquina. ¿Es así?
—Sí,
pero no con la del despacho. Con una portátil.
—¿Está
segura? ¿No sería un ordenador?
—No,
era una máquina de escribir portátil.
Pero
¿qué manera era aquélla de llevar a cabo una investigación? De pronto se dio
cuenta de que él y la señora parecían un par de comadres cotilleando desde sus
respectivos balcones.
Tras
haber saludado a la señora Vasile Cozzo, para recuperar ante sí mismo la
dignidad, dio comienzo a un minucioso registro de auténtico profesional en
busca del paquete enviado por la imprenta. No lo encontró, de la misma manera
que tampoco encontró una sola hoja ni un solo sobre con el nuevo membrete en
inglés.
Lo
habían hecho desaparecer todo.
En
cuanto a la máquina de escribir portátil que el seudosobrino de Lapecora
llevaba consigo en lugar de utilizar la del despacho, la explicación que se dio
le pareció verosímil: Al muchacho no le servía el teclado de la vieja Olivetti.
Estaba claro que necesitaba un alfabeto distinto.
Ocho
Al
salir del despacho, subió a su automóvil y se dirigió a Montelusa. Cuando llegó
a la Jefatura de la Policía Judicial, preguntó por el capitán Aliotta, que era
amigo suyo. Lo hicieron pasar enseguida.
—¿Cuánto
tiempo hace que no salimos una noche juntos? No sólo te lo reprocho a ti, sino
también a mí mismo —dijo Aliotta, abrazándolo.
—Perdonémonos
mutuamente y procuremos remediarlo cuanto antes.
—De
acuerdo. ¿Te puedo servir en algo?
—Pues
sí. ¿Quién era aquel sargento primero que el año pasado me facilitó unas
valiosas informaciones acerca de un supermercado de Vigàta? Aquel asunto de
tráfico de armas, ¿recuerdas?
—Cómo
no. Se llama Laganà.
—¿Podría
hablar con él?
—¿De
qué se trata?
—Tendría
que ir a Vigàta media jornada como máximo, por lo menos eso creo. Se trata de
examinar los expedientes de una empresa, cuyo propietario era el hombre que
asesinaron en el ascensor.
—Ahora
mismo lo llamo.
El
sargento era un fornido cincuentón con el cabello cortado a cepillo y gafas de
montura dorada. A Montalbano le cayó bien enseguida.
Le
explicó detalladamente lo que quería de él y le entregó las llaves del
despacho. El sargento primero consultó el reloj.
—Hacia
las tres de la tarde puedo bajar a Vigàta, si al señor capitán le parece bien.
Para
su tranquilidad, al terminar de conversar con Aliotta, el comisario llamó a su
despacho, en el que no había puesto los pies desde la tarde de la víspera.
—Dottori,
¿es usted mismo?
—Catarè,
yo siempre soy yo. ¿Ha habido alguna llamada?
—Sí,
señor. Dos para el dottori Augello, una para...
—¡Catarè,
me importan un carajo las llamadas de los demás!
—¡Pero
si usted me lo acaba de preguntar hace un momento!
—Catarè,
¿ha habido llamadas para mí que soy yo mismo?
Puede
que, adaptándose al lenguaje, consiguiera recibir una respuesta sensata.
—Sí,
dottori. Una. Pero no se entendió.
—¿Qué
significa eso de que no se entendió?
—Que
no entendí nada. Pero debía de ser un pariente.
—¿De
quién?
—De
usted, comisario. Lo llamaba por su nombre, decía: Salvo, Salvo.
—¿Y
después?
—Se
quejaba como si le doliera algo, decía: Ay, ay, cha, chao
—¿Hombre
o mujer?
—Mujer
vieja, dottori.
¡Aisha!
Salió disparado y se olvidó de despedirse de Aliotta.
Sentada
delante de la casa, Aisha lloraba, trastornada. No, Karima y François no habían
aparecido, el motivo de que lo hubiera llamado era otro. Se levantó y lo hizo
pasar al interior de la casa. La habitación estaba patas arriba, habían
reventado incluso el colchón. ¿A que se habían llevado la libreta a la vista?
No, eso no lo habían encontrado, fue la tranquilizadora respuesta de Aisha.
En
el piso de arriba donde vivía Karima, la situación era todavía peor: habían
levantado algunos ladrillos del suelo; un juguete de François, un camioncito de
plástico, estaba roto en pedazos. Las fotografías habían desaparecido, incluso
las que mostraban la mercancía de Karima. Menos mal, pensó el comisario, que se
había llevado algunas. Pero tenían que haber armado un jaleo espantoso. ¿Adónde
había huido Aisha entre tanto? No había huido, le explicó la vieja, pero la
víspera se había ido a ver a una amiga a Montelusa. Se le hizo tarde y se quedó
a dormir allí. Fue una suerte: si la hubieran encontrado en casa, seguro que la
estrangulan. Debían de tener las llaves, pues las cerraduras no habían sido
forzadas. Sólo querían llevarse las fotografías, querían que de Karima no
quedara ni siquiera el recuerdo de cómo estaba hecha.
Montalbano
le dijo a la vieja que preparara sus cosas, que él mismo la acompañaría a casa
de su amiga de Montelusa. Debería permanecer unos cuantos días allí por
prudencia. Aisha accedió tristemente. El comisario le indicó por señas que,
mientras ella se preparaba, él aprovecharía para acercarse al estanco más
próximo, cuestión de diez minutos como máximo.
Poco
antes de llegar al estanco, vio delante de la escuela primaria de Villaseta a
un grupo de madres que gesticulaban y de niños que lloraban. Dos guardias
municipales de Vigàta, pero destacados en Villaseta, a los que Montalbano
conocía, estaban sufriendo un asedio. El comisario pasó de largo y se compró
los cigarrillos, pero, a la vuelta, su curiosidad fue más fuerte. Se abrió paso
con su autoridad, aturdido por los gritos.
—¿A
usted también lo han molestado por esta idiotez? —le preguntó asombrado uno de
los guardias.
—No,
pasaba casualmente por aquí. ¿Qué ocurre?
Las
madres, que habían oído la pregunta, contestaron a coro, por lo que Montalbano
no se enteró de nada.
—¡Silencio!
—gritó.
Las
madres se callaron, pero los chiquillos, aterrorizados, arreciaron en su
llanto.
—Comisario,
es para reírse —dijo el mismo guardia de antes—. Al parecer, desde ayer por la
mañana hay un chaval que asalta a los demás chavales que van a la escuela, les
roba la comida y se va corriendo. Esta mañana también ha ocurrido lo mismo.
—Mire,
mire —terció una madre, mostrándole a Montalbano a un niño con los ojos
hinchados a causa de los tortazos—. Mi hijo no le quiso dar la tortillita y él
la emprendió a golpes con él. ¡Fíjese el daño que le ha hecho!
El
comisario se agachó y acarició la cabeza del niño.
—¿Cómo
te llamas?
—Ntonio
—contestó el niño, enorgulleciéndose de haber sido elegido.
—¿Tú
conoces a ese que te robó la tortillita?
—No,
señor.
—¿Alguien
lo ha reconocido? —preguntó el comisario, levantando la voz.
Le
contestó un coro de noes.
Montalbano
volvió a agacharse a la altura de Ntonio.
—¿Qué
te dijo para hacerte comprender que quería tu merienda?
—Hablaba
muy raro. No lo entendí. Entonces me quitó la cartera y la abrió. Yo quería que
me la devolviera, pero él me pegó dos bofetones, cogió el bocadillo de pan con
tortilla y se fue corriendo.
—Que
sigan las investigaciones —ordenó Montalbano a los dos guardias municipales,
haciendo un esfuerzo por mantener la cara muy seria.
En
tiempos del dominio musulmán en Sicilia, cuando Montelusa se llamaba Kerkent,
los árabes habían construido en las afueras del pueblo un barrio para ellos
solos. Cuando los musulmanes huyeron derrotados, sus casas fueron ocupadas por
los montelusanos y el nombre del barrio se sicilianizó en Rabatu. En la segunda
mitad de este siglo, un corrimiento de tierras se lo había tragado. Las pocas
casas que habían quedado estaban dañadas y torcidas y se mantenían en absurdos
y precarios equilibrios. Los árabes, que esta vez habían regresado en plan de
pobres, las habían vuelto a ocupar, colocando en lugar de las tejas trozos de
chapa, y, en lugar de las paredes, tabiques de cartón.
Allí
acompañó Montalbano a Aisha con su miserable fardo. La vieja, que lo seguía
llamando tío, lo quiso abrazar y besar.
Eran
las tres de la tarde y Montalbano, que aún no había tenido tiempo de comer,
notó que se le revolvían las tripas a causa del hambre. Fue a la trattoría San
Calogero y se sentó.
—¿Queda
todavía algo para comer?
—Para
usía, siempre.
En
aquel preciso instante, se acordó de Livia. Se le había ido por completo de la
cabeza. Corrió al teléfono, buscando febrilmente una excusa. Livia le había
dicho que llegaría a la hora de comer. Debía de estar furiosa.
—Livia,
cariño:
—Acabo
de llegar ahora mismo, Salvo. El avión ha salido con un retraso de dos horas y
no nos han dado ninguna explicación. ¿Estabas preocupado, amor mío?
—Claro
que estaba preocupado —mintió Montalbano sin rubor, aprovechando que las
circunstancias le eran favorables—. He estado llamando a casa a cada cuarto de
hora y no contestaba nadie. Hace un rato decidí llamar al aeropuerto de Punta
Raisi y me dijeron que el vuelo había llegado con dos horas de retraso. Y,
finalmente, me he podido tranquilizar.
—Perdona,
cariño, pero no ha sido culpa mía. ¿Cuándo vuelves?
—Livia,
por desgracia, no podré volver enseguida. Estoy en plena reunión en Montelusa y
aún tardaré por lo menos una hora. Después me reuniré corriendo contigo. Ah,
oye, esta noche vamos a cenar a casa del jefe superior.
—¡Pero
si no he traído nada de ropa!
—Irás
en vaqueros. Mira en el horno o el frigorífico, seguro que Adelina habrá
preparado algo.
—No,
te espero y comemos juntos.
—Yo
ya me he arreglado con un bocadillo. No tengo apetito. Hasta luego.
Regresó
a la mesa, donde lo esperaba aproximadamente medio kilo de crujientes
salmonetes fritos.
Cansada
del viaje, Livia se había acostado. Montalbano se desnudó y se tumbó a su lado.
Se besaron y, en determinado momento, Livia se apartó y empezó a olfatearlo.
—Huelo
a fritura.
—Claro.
Como que me he pasado media hora interrogando a un tío en una freiduría.
Hicieron
el amor sin prisas, sabiendo que disponían de todo el tiempo que quisieran.
Después se sentaron en la cama con la espalda apoyada en las almohadas y Montalbano
le explicó a Livia la historia del asesinato de Lapecora. Creyendo que le haría
gracia, le dijo que había mandado detener a las Piccirillo, madre e hija, que
tan preocupadas estaban por su buena fama. También le contó que había mandado
comprar una botella de vino para el contable Culicchia, que había perdido la
suya al caerle rodando junto al muerto. Pero, en lugar de echarse a reír tal
como él esperaba que hiciera, Livia lo miró fríamente.
—Cabrón.
—¿Decías?
—preguntó Montalbano con una flema digna de un lord inglés.
—Cabrón
y machista. Pones a parir a aquellas dos pobres desgraciadas y, en cambio, al
contable que no duda en subir y bajar en ascensor con el muerto, le compras una
botella de vino. Dime tú si eso no es comportarse como un imbécil.
—Vamos,
Livia, no te lo tomes de esta manera.
Pero
Livia se lo siguió tomando de aquella manera. Ya eran las seis de la tarde
cuando Montalbano consiguió calmarla. Para distraerla, le contó la historia del
chaval de Villaseta que les robaba la merienda a otros chiquillos corno él.
Esta
vez, Livia tampoco se rió. Es más, pareció entristecerse.
—¿Qué
pasa? ¿He dicho algo malo? ¿He vuelto a meter la pata?
—No,
pero estaba pensando en ese pobre niño.
—¿El
que ha recibido la zurra?
—El
otro. Tiene que estar desesperado y muerto de hambre. ¿Has dicho que no hablaba
italiano? A lo mejor, es hijo de unos inmigrantes ilegales que ni siquiera
tienen derecho a respirar. O puede que lo hayan abandonado.
—Dios
mío —gritó Montalbano, fulminado por la revelación.
Gritó
con tal fuerza que Livia se sobresaltó.
—¿Qué
te pasa?
—Dios
mío —repitió el comisario con los ojos enormemente abiertos.
—Pero
¿qué he dicho? —preguntó Livia, preocupada.
Montalbano
no contestó y, desnudo tal como estaba, corrió al teléfono.
—Catarella,
no me toques los cojones y pásame inmediatamente a Fazio. ¿Fazio? Dentro de una
hora como máximo os quiero a todos, he dicho a todos, en mi despacho. Como
falte alguien, armo un escándalo.
Colgó
y marcó otro número.
—¿Señor
jefe superior? Soy Montalbano. Me avergüenza decirlo, pero esta noche no voy a
poder ir a su casa. No, no se trata de Livia. Es una cuestión de trabajo, ya le
contaré. ¿Mañana a almorzar? Estupendo. Discúlpeme ante la señora.
Livia
se había levantado, tratando de comprender por qué sus palabras habían
provocado aquella reacción tan frenética.
Por
toda respuesta, Montalbano se tumbó en la cama y la atrajo hacia sí. Sus
intenciones estaban clarísimas.
—Pero
¿no has dicho que, dentro de una hora, estarás en el despacho?
—¿Qué
más da un cuarto de hora más o un cuarto de hora menos?
En
el despacho de Montalbano, que no era muy espacioso que digamos, se apretujaban
Augello, Fazio, Tortorella, Gallo, Germana, Galluzzo y Grasso, que llevaba
menos de un mes prestando servicio en aquella comisaría. Catarella permanecía
apoyado en la jamba de la puerta, con el oído atento a la centralita.
Montalbano se había presentado con Livia, en contra de su voluntad.
—Pero
yo, ¿qué voy a hacer allí?
—Créeme,
podrías ser muy útil.
No
quiso facilitarle ninguna explicación.
En
un silencio absoluto, el comisario dibujó un plano tosco pero bastante exacto y
lo mostró a los presentes.
—Ésta
es una casita de la via Garibaldi de Villaseta. En estos momentos no la ocupa
nadie. Esto de aquí detrás es un huerto...
Siguió
explicando todos los detalles: las casas de las inmediaciones, los cruces de
las calles y de los callejones. Se lo había grabado todo en la mente la tarde
anterior mientras permanecía solo en la habitación de Karima. Exceptuando a
Catarella que permanecería de guardia, todos participarían en la operación. El
comisario le indicó a cada uno el puesto que debería ocupar. Ordenó que se
desplazaran al lugar de manera discreta, nada de sirenas, nada de uniformes, es
más, ni siquiera vehículos de la policía, no deberían llamar la atención. Si
alguien quería utilizar su automóvil particular, debería dejado por lo menos a
medio kilómetro de distancia de la casa. Que llevaran consigo lo que quisieran
(bocadillos, café, cerveza), pues probablemente la operación sería muy larga y
puede que tuvieran que permanecer al acecho toda la noche; y que no era seguro
que alcanzaran su objetivo, ya que cabía la posibilidad de que la persona a la
que tenían que atrapar no apareciera por aquel lugar. El comienzo de la operación
lo marcaría el momento en que se encendieran las farolas de las calles.
—¿Armas?
—preguntó Augello.
—¿Armas?
¿Qué armas? —preguntó Montalbano, momentáneamente sorprendido.
—No
sé, como el asunto parece muy serio, pensé...
—Pero
¿a quién tenemos que atrapar? —preguntó Fazio.
—A
un ladrón de meriendas.
En
el despacho se quedaron todos sin respiración. Augello notó que la frente se le
empapaba de sudor.
«Hace
un año que le repito que vaya al médico», pensó.
La
noche estaba tranquila, iluminada por la luna, inmóvil por falta de viento.
Sólo tenía un defecto a los ojos de Montalbano: parecía que no quisiera pasar,
cada minuto se alargaba misteriosamente y se dilataba en otros cinco.
A la
débil llama de un encendedor, Livia había vuelto a colocar el colchón reventado
sobre el somier, se había tumbado y, poco a poco, le había entrado sueño. Ahora
dormía como un tronco.
El
comisario, sentado en una silla junto a la ventana que daba a la parte de
atrás, podía ver claramente el huerto y la campiña. Por allí tenían que estar
Fazio y Grasso, pero, por más que forzara la vista, no veía ni sombra de ellos,
ocultos entre los almendros. Se congratuló de la profesionalidad de sus
hombres: se habían entregado de lleno tras haberles él explicado que, a lo
mejor, el chiquillo era François, el hijo de Karima. Dio la cuadragésima calada
al cigarrillo y, al suave resplandor, consultó el reloj: las cuatro menos
veinte. Decidió esperar media hora más; después les diría a los hombres que
regresaran a casa. Justo en aquel momento distinguió un levísimo movimiento en
el punto donde terminaba el huerto y empezaba la campiña; pero, más que un movimiento,
fue una momentánea ausencia del reflejo de la luz de la luna sobre la paja y la
amarillenta maleza. No podía ser Fazio, ni siquiera Grasso: había ordenado
deliberadamente que dejaran aquella zona sin vigilancia, como si quisiera
favorecer o sugerir un acercamiento. El movimiento, o lo que fuera, se repitió,
y esta vez Montalbano distinguió una pequeña forma oscura, acercándose muy
despacio. No cabía la menor duda, era el niño.
Se
desplazó poco a poco hacia el lugar donde se encontraba Livia, guiándose por su
respiración.
—Despierta,
ya viene.
Regresó
a la ventana y Livia se situó de inmediato a su lado. Montalbano le habló al
oído.
—En
cuanto lo agarren, bajas corriendo. Estará muerto de miedo, pero probablemente
una mujer lo tranquilizará. Acarícialo, bésalo, dile lo que quieras.
El
niño ya estaba junto a la casa, se veía claramente que mantenía la cabeza
levantada y miraba hacia la ventana. De repente, apareció la figura de un
hombre que, en dos zancadas, se abalanzó sobre él y lo agarró. Era Fazio.
Livia
bajó volando. François coceaba y emitía un prolongado grito desgarrador, como
de un animal cogido en una trampa. Montalbano encendió la luz y se asomó a la
ventana.
—Subidlo
aquí. Tú, Grasso, avisa a las demás, que vengan todos.
Entre
tanto, el grito del niño se había apagado y se había transformado en unos
sollozos. Livia lo había cogido en brazos y le estaba hablando.
Estaba
todavía muy tenso, pero ya no lloraba. Con las pupilas brillantes y la mirada
intensa, observaba los rostros que lo rodeaban e iba recuperando poco a poco la
confianza. Se había sentado junto a la mesa, donde, hasta unos días atrás,
había tenido a su madre al lado, y tal vez por eso sujetaba la mano de Livia y
no quería que ésta se separara de él.
Mimì
Augello, que se había retirado, regresó con un paquete, y todos comprendieron
que había sido el único a quien se le había ocurrido lo más acertado: en el
interior del paquete había bocadillos de jamón, plátanos, unos dulces y dos
latitas de Coca—Cola. Mimì recibió como recompensa una conmovida mirada de
Livia que, como es natural, irritó a Montalbano, y dijo tartamudeando:
—Lo
mandé preparar anoche... Pensé que, si nos las teníamos que haber con un niño
muerto de hambre...
Mientras
comía, François cedió al cansancio y al sueño. En efecto, no consiguió
terminarse los dulces: de golpe, la cabeza le cayó hacia delante sobre la mesa,
como si un interruptor lo hubiera dejado sin energía.
—Y
ahora, ¿adónde lo llevamos? —preguntó Fazio.
—A
nuestra casa —contestó decididamente Livia.
A
Montalbano le llamó la atención aquel «nuestra». Y, mientras cogía unos
vaqueros y una camiseta para el niño, no consiguió establecer si ello lo había
molestado o bien alegrado.
El
niño no abrió los ojos ni durante el viaje a Marinilla ni cuando Livia lo
desnudó tras haberle preparado una improvisada cama en el sofá del comedor.
—¿Y
si, mientras estamos durmiendo, se despierta y se escapa? —preguntó el
comisario.
—No
creo que lo haga —lo tranquilizó Livia.
Aun
así, Montalbano tomó precauciones, cerrando la ventana, bajando las persianas y
echando la llave a la puerta principal.
Después,
ellos también se fueron a dormir, pero, a pesar del cansancio, les costó
conciliar el sueño: la presencia de François, cuya respiración oían desde la
otra estancia, los hacía sentirse inexplicablemente incómodos.
* *
*
Hacia
las nueve de la mañana, una hora muy tardía para él, el comisario se despertó,
se levantó con cuidado para no despertar a Livia y fue a ver a François. El
niño no estaba en el sofá y tampoco en el cuarto de baño. Se había escapado,
tal como él temía. Pero ¿cómo demonios lo había hecho si la puerta estaba
cerrada con llave y la persiana todavía bajada? Entonces se puso a buscar en
todos los lugares donde hubiera podido esconderse. Nada, estaba claro que había
desaparecido. Tenía que despertar a Livia y explicarle lo ocurrido, pedirle
consejo. Alargó una mano y, en aquel momento, vio la cabeza del niño a la
altura del pecho de su chica. Dormían abrazados.
Nueve
—¿Comisario?
Perdone que lo moleste en su casa. ¿Podríamos vernos esta mañana y así se lo
cuento todo?
—Claro,
voy a Montelusa.
—No,
bajo yo a Vigàta. ¿Nos vemos dentro de una hora en el despacho de Salita
Granet?
—Sí,
gracias, Laganà.
Fue
al cuarto de baño procurando hacer el menor ruido posible. Y, también para no
molestar a Livia y François, se puso la misma ropa de la víspera, más maltrecha
que nunca a causa de la noche de vigilancia. Dejó una nota: en el frigorífico
había de todo, seguramente regresaría a la hora de comer. En cuanto terminó de
escribir, recordó que el jefe superior los había invitado a almorzar. No era
posible, con François. Decidió efectuar inmediatamente la llamada para no
olvidarse. Sabía que el domingo por la mañana el jefe superior lo dedicaba a la
familia, a no ser que se produjera alguna circunstancia extraordinaria.
—¿Montalbano?
¡No me diga que no viene a comer!
—Pues
sí, señor jefe superior, por desgracia.
—¿Ha
ocurrido algo grave?
—Bastante.
El caso es que, desde esta mañana a primera hora, me he convertido, ¿cómo
diría?, casi en padre.
—¡Enhorabuena!
—lo felicitó el jefe superior—. O sea, que la señorita Livia... Se lo voy a
decir a mi mujer, se alegrará muchísimo. Pero no entiendo por qué razón eso le
impide venir. Ah, ya: el acontecimiento es inminente.
Literalmente
trastornado por el equívoco en el que había caído su jefe, Montalbano se lanzó
imprudentemente a una larga, tortuosa y tartamuda explicación en la que mezcló
a las víctimas de los asesinatos con las meriendas, el perfume Volupté y la
imprenta Mulone. El jefe superior se desanimó.
—Bueno,
bueno, ya me lo contará mejor en otro momento. Oiga, ¿cuándo se va la señorita
Livia?
—Esta
noche.
—O
sea, que no tendremos el placer de conocerla. Paciencia, otra vez será. Oiga,
Montalbano, vamos a hacer una cosa: cuando tenga algún rato libre, llámeme.
Antes
de salir, fue a ver a Livia y François, que aún estaban durmiendo. ¿Quién los
separaría de aquel abrazo? Se le ensombreció el rostro y experimentó un oscuro
presentimiento.
El
comisario se sorprendió: en el despacho todo estaba tal y como él lo había
dejado la última vez; ni una sola hoja de papel cambiada de sitio, ni una grapa
que no estuviera donde él la había visto. Laganà le leyó el pensamiento.
—No
era un registro, dottore. No era necesario ponerlo todo patas arriba.
—¿Qué
me puede decir?
—Vamos
a ver. Aurelio Lapecora fundó la empresa en 1965. Antes trabajaba como
empleado. La empresa importaba frutas tropicales y tenía un almacén provisto de
cámaras frigoríficas en via Vittorio Emanuele Orlando, cerca del puerto. Y
exportaba cereales, garbanzos, habas, también pistachos y cosas por el estilo.
Un buen volumen de negocio, por lo menos hasta la segunda mitad de los años
ochenta. Entonces comenzó la caída progresiva. Resumiendo: en enero de 1990
Lapecora se vio obligado a liquidar la empresa, y lo hizo todo legalmente.
Vendió también el almacén con muy buenos beneficios. Todos los documentos están
en los archivado res; el señor Lapecora era un hombre muy ordenado, si yo
hubiera hecho una inspección no habría encontrado ningún fallo. Cuatro años
después, también en enero, obtuvo el permiso de reapertura de la empresa, cuya
razón social siempre había conservado. Pero no compró ningún depósito ni
almacén, nada de nada. ¿Quiere que le diga una cosa?
—Creo
que ya la sé. No ha encontrado la menor huella de ningún tipo de negocio desde
1994 hasta hoy.
—Exactamente.
Si a Lapecora le apetecía venir a pasar unas cuantas horas al despacho, y me
refiero a lo que he visto en la habitación de al lado, ¿qué necesidad tenía de
volver a poner en marcha la empresa?
—¿Ha
encontrado correspondencia reciente?
—No,
señor. Toda la correspondencia tiene cuatro años de antigüedad.
Montalbano
cogió un amarillento sobre que descansaba en el escritorio y se lo mostró al
sargento.
—¿Ha
encontrado algún sobre como éste, pero nuevo, con el membrete en inglés?
—Ni
uno solo.
—Oiga,
sargento, el mes pasado, desde una imprenta de aquí, enviaron a este despacho
de Lapecora un paquete con papel de cartas. Si usted no ha encontrado ni
rastro, ¿le parece posible que, en el transcurso de cuatro semanas, se hayan
agotado todas las existencias?
—No
creo. Ni siquiera cuando las cosas le iban bien hubiera podido escribir tanto.
—¿Ha
encontrado cartas de una empresa extranjera, Aslanidis, que exporta dátiles?
—Nada.
—Y,
sin embargo, las recibía, me lo ha dicho el cartero.
—Comisario,
¿buscó bien en casa de Lapecora?
—Sí.
No hay nada que guarde relación con sus nuevos negocios. ¿Y quiere que le diga
otra cosa? Aquí, según un testigo extremadamente fiable, algunas noches, en
ausencia de Lapecora, se desarrollaba una frenética actividad.
Montalbano
le habló de Karima, y del joven moreno que se hacía pasar por sobrino y que
telefoneaba, recibía llamadas y escribía cartas, pero sólo con su máquina de
escribir portátil.
—Ya
entiendo —dijo Laganà—. ¿Usted no?
—Yo
sí, pero me gustaría oírle a usted primero.
—La
empresa era una tapadera, una fachada, el contacto de no sé qué negocios, pero
está claro que no se dedicaba a importar dátiles.
—Estoy
de acuerdo —dijo Montalbano—. Y, tras asesinar a Lapecora o, por lo menos, la
víspera, vinieron aquí y lo hicieron desaparecer todo.
Pasó
por la comisaría. Catarella estaba en la centralita, haciendo crucigramas.
—Siento
curiosidad, Catarè. ¿Cuánto tardas en resolver un crucigrama?
—Son
difíciles, dottori, muy difíciles. En éste llevo más de un mes trabajando, pero
no me sale.
—¿Hay
alguna novedad?
—Nada
serio, dottori. Han incendiado el garaje de Sebastiano Lo Monaco, han ido los
bomberos y lo han apagado. Cinco coches que había en el garaje se han
achicharrado. Después le han pegado un tiro a uno que se llama Filippo
Quarantino, pero han errado y han dado, en su lugar, en la ventana de la señora
Saveria Pizzuto, que se ha pegado tal susto que la han tenido que llevar al
hospital. Después ha habido otro incendio, seguramente provocado, un incendio
con fuego. En resumen, comisario, tonterías, bromas, cosas sin importancia.
—¿Quién
está en la comisaría?
—Nadie,
dottori. Todos están ocupados en estas cosas.
Montalbano
entró en su despacho. Sobre el escritorio vio un paquete envuelto con papel de
la pastelería Pipitone. Lo abrió. Barquillos rellenos, lionesas, turroncitos.
—¡Catarè!
—A
sus órdenes, comisario.
—¿Quién
ha dejado aquí estos dulces?
—El
dottori Augello. Dice que los ha comprado para el niño de anoche.
Qué
atento y solícito se había vuelto hacia la infancia desvalida el señor Mimì
Augello! ¿Esperaba acaso otra mirada de Livia?
Sonó
el teléfono.
—¿Dottori?
Es el juez Lo Bianco que dice que quiere hablar con usted.
—Pásamelo.
Quince
días atrás el juez Lo Bianco había enviado al comisario como regalo el primer
volumen de setecientas páginas de la obra, a la que llevaba varios años
entregado, Vida y obra de Rinaldo y Antonio Lo Bianco, maestros jurados de la
Universidad de Girgenti en tiempos del rey Martín el Joven (1402—1409), que se
le había metido en la cabeza que eran sus antepasados. Montalbano había hojeado
el libro durante una noche de insomnio.
—Bueno,
Catarè, ¿me pasas al juez, sí o no?
—El
caso es que no se lo puedo pasar, comisario, porque está aquí personalmente en
persona.
Soltando
maldiciones, Montalbano salió precipitadamente, hizo pasar al juez a su
despacho y le pidió disculpas. El comisario estaba avergonzado, porque sólo
había llamado al juez una vez por el homicidio Lapecora y después se había,
literalmente, olvidado de su existencia. Seguro que el juez estaba allí para
echarle un rapapolvo.
—Sólo
un pequeño saludo, querido comisario. Pasaba por aquí porque voy a ver a mi
madre, que está en casa de unos amigos en Durrueli. He pensado: ¿lo probamos? Y
he tenido suerte, lo he encontrado.
«¿Y
qué coño quieres de mí?», se preguntó Montalbano. Por la mirada esperanzada del
otro, no tardó mucho en comprenderlo.
—¿Sabe
una cosa, señor juez? Llevo varias noches sin dormir.
—Ah,
¿sí? ¿Por qué?
—Porque
estoy leyendo su libro. Es más fascinante que una novela de misterio, ¡y qué
riqueza de detalles!
Un
aburrimiento mortal: fechas y más fechas, nombres y más nombres. En
comparación, el horario de trenes contenía más ocurrencias y golpes de efecto.
Recordó
un episodio contado por el juez, el que se refería a la vez que Antonio Lo
Bianco, mientras se dirigía a Castrogiovanni en misión diplomática, se había
caído del caballo y se había roto una pierna. A aquel insignificante
acontecimiento el juez había dedicado veintidós páginas de minuciosos detalles.
Para demostrar que había leído el libro, Montalbano cometió la imprudencia de
citarlo.
El
juez Lo Bianco lo entretuvo dos horas, añadiendo otros detalles tan inútiles
como pormenorizados. Al final, el juez se despidió cuando al comisario ya le
estaba empezando a doler la cabeza.
—Ah,
por cierto, amigo mío, no se olvide de facilitarme noticias sobre el delito
Lacapra.
Cuando
llegó a Marinella, no estaban ni Livia ni François. Se encontraban en la orilla
del mar: Livia en traje de baño y el pequeño en calzoncillos. Habían construido
un gigantesco castillo de arena. Reían y charlaban. Naturalmente, en francés,
idioma que Livia hablaba tan bien como el italiano. Al igual que el inglés. Y
también el alemán, todo había que decirlo. El ignorante de la casa era él, que
apenas sabía cuatro palabras de francés aprendidas en la escuela. Puso la mesa,
y encontró en el frigorífico la pasta gratinada y el rollo de ternera, relleno
de tortilla, queso y perejil de la víspera. Los colocó en el horno a fuego
lento. Se desnudó rápidamente, se puso el calzón de baño y se reunió con ellos
en la playa. Lo primero que observó fue el cubo, la pala, el tamiz y los moldes
de peces y estrellas. En casa él no los tenía, naturalmente, y Livia no los
había ido a comprar, porque era domingo. En la playa, aparte ellos tres, no
había ni un alma.
—¿Y
eso?
—¿Qué?
—La
pala, el cubo...
—Nos
los ha traído esta mañana Augello. ¡Qué simpático! Son de un sobrinito suyo que
el año pasado...
No
quiso oír nada más. Se arrojó al agua, furioso. Al volver a casa, Livia vio la
caja de cartón llena de dulces.
—¿Por
qué los has comprado? ¿No sabes que los dulces les pueden hacer daño a los
niños?
—Yo
sí lo sé, el que no lo sabe es tu amigo Augello. Los ha comprado él. Y ahora os
los vais a comer tú y François.
—Por
cierto, ha llamado tu amiga Ingrid, la sueca.
Ataque,
parada, contraataque. Y, además, ¿por qué el «por cierto»?
Estaba
claro que aquellos dos se caían bien. Todo había empezado el año anterior,
cuando Mimì se había pasado un día entero paseando a Livia en su automóvil. Y
seguían. ¿Qué hacían cuando él no estaba? ¿Se intercambiaban miraditas,
sonrisitas y cumpliditos?
Se
sentaron a la mesa. De vez en cuando, Livia y François charlaban encerrados en
el interior de una esfera invisible de complicidad, de la que él estaba
totalmente excluido. Sin embargo, la exquisitez de la comida no le permitió
enfadarse tal como hubiera deseado.
—Excelente
este brusciuluni —dijo.
Livia
se sobresaltó y se quedó con el tenedor en suspenso en el aire.
—¿Qué
has dicho?
—Brusciuluni.
El rollo de ternera.
—Casi
me había asustado. Menudas palabrejas tenéis en Sicilia...
—Pues
anda que vosotros en Liguria. Por cierto, ¿a qué hora sale tu avión? Creo que
te podré acompañar en mi coche.
—Ah,
lo había olvidado. He anulado la reserva y he llamado a mi compañera Adriana
para que me sustituya. Me quedaré unos cuantos días aquí. He pensado que, si yo
no estoy, ¿con quién ibas a dejar a François?
El
oscuro presentimiento de la mañana, cuando los había visto abrazados, estaba
empezando adquirir forma. ¿Quién podría separar a aquellos dos?
—Me
parece que estás molesto, enfadado, no sé.
—¿Yo?
¡Por Dios, Livia, qué disparate!
Inmediatamente
después de comer, al niño se le empezaron a cerrar los ojos; tenía sueño, aún
debía de estar muy cansado. Livia lo llevó al dormitorio, lo desnudó y lo
acostó.
—Me
ha dicho algo —dijo, dejando la puerta entornada.
—Cuéntame.
—En
determinado momento, mientras estábamos construyendo el castillo de arena, me
ha preguntado si pensaba que su madre regresaría. Le he contestado que no sabía
nada de toda esta historia, pero que estaba segura de que algún día su madre
volvería para llevárselo consigo. Ha hecho un mohín y yo no he añadido nada
más. Al cabo de un rato, ha vuelto a insistir en el tema y ha dicho que no
esperaba el regreso de su madre. No ha dicho nada más. Este niño tiene una
oscura conciencia de algo terrible. De golpe, se ha puesto a hablar otra vez.
Me ha hablado de la mañana en que su madre regresó corriendo, muy asustada. Le
dijo que se tenían que ir de allí. Se dirigieron al centro de Villaseta, su
madre dijo que tenían que tomar un autocar de línea.
—¿Para
dirigirse adónde?
—No
lo sabe. Mientras esperaban, se acercó un automóvil que él conocía muy bien:
era el del hombre malo que algunas veces pegaba a su mamá. Fahrid.
—¿Cómo
has dicho?
—Fahrid.
—¿Estás
segura?
—Segurísima.
Hasta me ha dicho que, cuando se escribe, el nombre tiene una hache intercalada
entre la a y la erre.
O
sea, que el querido sobrinito del señor Lapecora, el propietario del BMW gris
metalizado, tenía un nombre árabe.
—Sigue.
—El
tal Fahrid bajó, sujetó a Karima por el brazo y quería obligarla a subir al
coche. La mujer se resistió y le gritó a François que huyera. El pequeño
escapó, Fahrid estaba demasiado ocupado con Karima y tenía que elegir. François
se escondió, aterrorizado. No se atrevió a regresar a casa de la que él llama
su abuela.
—Aisha.
—Para
sobrevivir, y acuciado por el hambre, robaba las meriendas. Por la noche, se
acercaba a la casa, pero la veía a oscuras y temía que Fahrid lo estuviera
esperando al acecho. Dormía al aire libre porque se sentía perseguido. El otro
día ya no podía más, quería regresar a casa. Por eso se acercó tanto.
Montalbano
guardó silencio.
—Bueno,
¿qué crees?
—Que
tenemos a un huérfano en casa.
Livia
palideció.
—¿Por
qué lo piensas? —preguntó con trémula voz.
—Te
voy a explicar la idea que yo me he hecho acerca de todo este asunto, basándome
también en lo que tú me acabas de decir ahora. Vamos allá. Hace cinco años
aproximadamente, esa guapa y agradable tunecina llega a nuestra tierra con un
hijo muy pequeño. Busca trabajo como asistenta y lo encuentra fácilmente, entre
otras cosas porque, cuando se tercia, concede sus favores a hombres maduros.
Así conoce a Lapecora. Pero, en determinado momento, entra en su vida ese
Fahrid, que, a lo mejor, es un macarra. Resumiendo: a Fahrid se le ocurre la
idea de obligar a Lapecora a poner nuevamente en marcha su antigua empresa de
importación y exportación y utilizada como tapadera de algún negocio sucio, no
sé si de droga o de prostitución. Lapecora, que en el fondo es un hombre
honrado, se asusta porque adivina algo, y trata de salir del embrollo,
recurriendo a medios un tanto ingenuos. Imagínate que le escribe anónimos a su
mujer contra sí mismo. La situación se prolonga, pero en algún momento y no sé
por qué motivos, Fahrid se ve obligado a largarse. Pero entonces tiene que
eliminar a Lapecora. Se las ingenia para que Karima pase una noche en casa de
éste, escondida en el estudio. Al día siguiente, la mujer de Lapecora tiene que
trasladarse a Fiacca, donde tiene a su hermana enferma. Puede que Karima le
diera a entender a Lapecora la posibilidad de follar apasionadamente con él en
el lecho conyugal en ausencia de su mujer, vete tú a saber. A la mañana
siguiente a primera hora, cuando la señora Lapecora ya se ha ido, Karima abre
la puerta de la vivienda a Fahrid, el cual entra y mata al viejo. Puede que
Lapecora tratara de huir, por eso lo encontraron en el ascensor. Pero, por lo
que tú me acabas de decir, Karima no debía de estar al corriente de las
intenciones asesinas de Fahrid. Cuando ve que su cómplice ha acuchillado a
Lapecora, huye. Pero no llega muy lejos, Fahrid la localiza y la secuestra. Y,
seguramente, después la debió de matar para que no hablara. Y la prueba es que
regresó a casa de Karima para llevarse todas sus fotografías: no quiere que la
identifiquen.
Livia
rompió silenciosamente a llorar.
Se
quedó solo: Livia había ido a tumbarse al lado de François. Sin saber qué
hacer, Montalbano fue a sentarse a la galería. En el cielo se estaba
desarrollando una especie de duelo entre gaviotas; en la playa una parejita
paseaba y, de vez en cuando se daba un beso, pero con aire cansado, como
siguiendo un guión. Volvió a entrar en la casa, cogió la última novela del
pobre Bufalino, la del fotógrafo ciego, y volvió a sentarse en la galería. Echó
un vistazo a la cubierta y a la solapa y cerró el libro. No conseguía
concentrarse. Sentía crecer en su interior una profunda inquietud. Y, de
repente, comprendió el motivo.
Todo
aquello era un ensayo, un anticipo de las tranquilas y familiares tardes
dominicales que lo esperaban, puede que ya no en Vigàta, sino en Boccadasse.
Con un niño que, cuando se despertara, lo llamaría papá y le pediría que jugara
con él...
El
arrebato de terror le atenazó la garganta.
Diez
Escapar
inmediatamente, huir de aquella casa que le estaba preparando trampas
familiares. Mientras subía al coche, le entraron ganas de sonreír ante el
repentino ataque de esquizofrenia que estaba sufriendo. Su parte racional le
decía que podía controlar sin dificultad una nueva situación que, por otra
parte, sólo existía en su imaginación; pero la parte irracional lo inducía a
huir y a dejarse de monsergas.
Una
vez en Vigàta, se dirigió a su despacho.
—¿Alguna
novedad?
En
lugar de contestar, Fazio preguntó a su vez:
—¿Cómo
está el pequeño?
—Muy
bien —contestó el comisario, ligeramente molesto—. Bueno, ¿qué?
—Nada
serio. Un parado ha entrado en el supermercado con un bastón y la ha emprendido
a golpes con los mostradores.
—¿Un
parado? Pero ¿qué dices? Pero ¿es que aquí aún tenemos parados?
Fazio
lo miró, perplejo.
—Pues
claro que los tenemos, comisario, ¿acaso no lo sabe?
—La
verdad es que no. Creía que todos habían encontrado trabajo.
Ahora
Fazio estaba totalmente desconcertado.
—¿Y
dónde quiere usted que encuentren trabajo?
—En
el arrepentimiento, Fazio. Este parado que rompe mostradores, antes que parado,
es un cabrón. ¿Lo has detenido?
—Sí,
señor.
—Ve
a verlo y dile de mi parte que se arrepienta.
—¿De
qué?
—Que
se invente lo que le dé la gana. Pero que diga que se arrepiente. Cualquier
tontería, tú mismo se la puedes apuntar. En cuanto se arrepienta, ya estará
todo arreglado. Le darán dinero, le buscarán una casa gratis y le enviarán los
hijos al colegio. Díselo.
Fazio
lo miró un buen rato sin decir nada. Después habló.
—Dottore,
hace buen día y, sin embargo, está usted muy alterado. ¿Qué ha ocurrido?
—Cosas
mías.
El
propietario de la tienda de garbanzos y frutos secos, donde Montalbano solía
comprar, se había inventado un genial sistema para burlar el obligatorio cierre
dominical: delante de la persiana metálica cerrada, colocaba un tenderete
extremadamente bien surtido.
—Tengo
nueces americanas recién tostadas, calentitas, calentitas —le dijo el tendero.
Y el
comisario le hizo añadir unas veinte al cucurucho que ya contenía garbanzos y
semillas de calabaza.
Esta
vez, el paseo de meditación solitaria hasta el final del muelle lo prolongó más
que de costumbre, hasta pasado el anochecer.
—¡Este
niño es inteligentísimo! —exclamó emocionada Livia al ver entrar en la casa a
Montalbano—. Hace apenas tres horas le expliqué cómo se juega a las damas y
mira: ya me ha ganado una partida y con ésta va camino de hacer lo mismo.
El
comisario se situó de pie a su lado para contemplar las últimas jugadas de la
partida. Livia cometió un error garrafal y François le comió las dos damas que
le quedaban. Consciente o inconscientemente, Livia había querido que el niño
ganara: si, en lugar de François, hubiera sido él, ni muerta le habría dado la
satisfacción de la victoria. En cierta ocasión, había llegado a la bajeza de
simular un repentino desmayo para provocar la caída de las piezas al suelo.
—¿Tienes
apetito?
—Puedo
esperar, si quieres —contestó el comisario, aceptando la implícita petición de
retrasar la cena.
—Nos
gustaría dar un paseo.
Ella
y François, naturalmente, la hipótesis de que él pudiera agregarse ni siquiera
se le había pasado por la antesala del cerebro.
Montalbano
puso la mesa con todo lo necesario y, al terminar, se dirigió a la cocina para
ver qué había preparado Livia. Nada, desolación ártica, los cubiertos y los
platos resplandecían totalmente intactos. Distraída con François, Livia ni
siquiera había pensado en la cena. Hizo un rápido y triste inventario: de
primero, podía hacer un poquito de pasta con ajo y aceite; de segundo, se
podría arreglar con unas sardinas saladas, aceitunas, un poco de queso y una
lata de atún. De todos modos, lo peor ocurriría al día siguiente, cuando
llegara Adelina para hacer la limpieza y preparar la comida y se encontrara a
Livia con un niño en la casa. Ambas mujeres no congeniaban. En cierta ocasión,
Adelina lo había plantado todo y se había ido, y sólo había regresado tras
cerciorarse de que su rival ya no estaba y se encontraba a centenares de
kilómetros de distancia.
Era
la hora del telediario: encendió el televisor y sintonizó con Televigatà. En la
pantalla apareció la cara de culo de gallina de Pippo Ragonese, el presentador.
Estaba a punto de cambiar de canal cuando las primeras palabras de Ragonese lo
dejaron petrificado.
—¿Qué
ocurre en la comisaría de Vigàta? —preguntó el presentador a sí mismo y a todo
el mundo conocido, utilizando un tono, en comparación con el cual el de
Torquemada en sus mejores momentos hubiera parecido el de alguien que está
contando un chiste.
Añadió
que, en su opinión, Vigàta se podía comparar con el Chicago de la era de la
Prohibición: tiroteos, robos, incendios intencionados; la vida y la libertad
del ciudadano corriente puestas constantemente en peligro. ¿Y sabían los
telespectadores a qué se dedicaba, en medio de toda aquella trágica situación,
el sobrevalorado comisario Montalbano? El punto interrogativo se subrayó con
tal fuerza que el comisario tuvo la sensación de verlo sobreimpreso sobre el
culo de gallina. Ragonese, respirando hondo para poder expresar debidamente su
asombro e indignación, dijo marcando las sílabas:
—¡A
la ca—za de un la—drón de me—ri—en—das!
Y no
lo había hecho él solo, el señor comisario se había llevado a todos su hombres
y había dejado de guardia en la comisaría a un solitario y desamparado agente
encargado de la centralita. ¿Y cómo él, Ragonese, se había enterado de esta
circunstancia tal vez cómica pero sin duda trágica? Puesto que necesitaba
hablar con el subcomisario Augello para que le facilitara cierta información,
había llamado a la comisaría y el telefonista le había dado aquella inaudita
respuesta. Al principio, había creído que era una broma, de mal gusto por
supuesto, pero después había insistido, y finalmente había comprendido que no
se trataba de una broma, sino de una increíble verdad. ¿Se daban cuenta los
telespectadores de Vigàta de en qué manos estaban?
«¿Pero
¿qué mal habré hecho yo para tener a Catarella entre los cojones?», se preguntó
amargamente el comisario mientras cambiaba de canal.
En
Retelibera estaban retransmitiendo desde Mazara las imágenes del entierro del
tripulante tunecino ametrallado a bordo del buque pesquero Santopadre. Una vez
finalizada la ceremonia, el presentador comentó la mala suerte del tunecino
muerto trágicamente la primera vez que se embarcaba, pues acababa de llegar al
pueblo y casi nadie lo conocía. No tenía familia o, por lo menos, no había
tenido tiempo de mandada llamar a Mazara. Había nacido treinta y dos años antes
en Sfax y se llamaba Ben Dhahab. Apareció en pantalla una fotografía del
tunecino y, en aquel momento, entraron en la estancia Livia y el niño, de
regreso de su paseo. Al ver el rostro de la pantalla, François sonrió y lo
señaló con el dedito.
—Mon
oncle —dijo.
Livia
estaba a punto de decide a Salvo que apagara el televisor porque le molestaba
mientras comían; y, por su parte, Salvo estaba a punto de regañarla a ella por
no haber preparado nada para la cena. Pero ambos se quedaron con la boca
abierta señalándose el uno al otro con el índice mientras un tercer índice, el
del niño, señalaba todavía la pantalla. Fue como si hubiera pasado un ángel que
los hubiera dejado a todos paralizados. El comisario se recuperó y trató de
confirmar lo que había oído, dudando de su escaso francés.
—¿Qué
ha dicho?
—Ha
dicho «mi tío» —contestó Livia, muy pálida.
Nada
más desaparecer la imagen, François se había sentado en su lugar de la mesa,
impaciente por empezar y en modo alguno extrañado de haber visto a su tío en la
televisión.
—Pregúntale
si el que ha visto es su tío de verdad.
—Pero
qué pregunta tan tonta es ésa.
—No
es tonta. A mí también me han llamado tío sin serlo.
François
explicó que el que había visto era su tío de verdad, por ser el hermano de su
madre.
—Me
lo tengo que llevar ahora mismo —dijo Montalbano.
—¿Adónde?
—Al
despacho, quiero enseñarle una fotografía.
—De
eso ni hablar, las fotografías no te las roba nadie. Primero, François tiene
que comer. Y después, yo también iré contigo a la comisaría: eres capaz de
perder al niño por la calle.
La
pasta salió demasiado cocida, prácticamente incomible.
Estaba
de guardia Catarella que, al ver aparecer a aquella hora a la improvisada
familia y observar la cara que ponía su jefe, se alarmó.
—Dottori,
aquí todo está en calma y tranquilidad.
—Pues
en Chechenia, no.
Sacó
del cajón las fotografías de Karima que había seleccionado, cogió una y se la
mostró al niño. Éste, sin decir nada, se la acercó a los labios y besó la
imagen de su madre.
Livia
a duras penas pudo reprimir las lágrimas. No era necesario formular la
pregunta, el parecido entre el hombre visto en la pantalla y el que aparecía
vestido de uniforme en la fotografía, al lado de Karima, era de todo punto
evidente.
Pero,
aun así, el comisario preguntó:
—¿Es
éste ton oncle?
—Ouì.
—Comment
s'appelle—t—i—l?
Se
felicitó por su francés de turista de la Torre Eiffel y del Moulin Rouge.
—Ahmed
—contestó el niño.
—Seulement
Ahmed?
—Oh,
no. Ahmed Moussa.
—Et
ta mère? Comment s'appelle?
—Karima
Moussa —contestó François, encogiéndose de hombros con una sonrisa en los
labios ante la obviedad de la pregunta.
Montalbano
desahogó su furia contra Livia, que no se esperaba la violencia del ataque.
—¡Maldita
sea! ¡Te pasas día y noche con el niño, juegas con él, le enseñas a jugar a las
damas y no le preguntas cómo se llama! Bastaba con preguntárselo, ¿no? ¡Y el
muy cabrón de Mimì! ¡El gran investigador! ¡Compra un cubo y una pala, moldes y
dulces y, en lugar de hablar con el niño, habla sólo contigo.
Livia
no contestó y Montalbano enseguida se avergonzó de su arrebato.
—Perdóname,
Livia, pero es que estoy muy nervioso.
—Ya
lo veo.
—Pregúntale
si ha visto personalmente a su tío hace poco.
Livia
habló con el niño y después explicó que éste no había visto recientemente a su
tío, pero que, cuando tenía tres años, su madre lo había llevado a Túnez, y
allí había conocido a su tío y a otros hombres. Pero conservaba un vago
recuerdo y sólo hablaba de ello porque su madre se lo había comentado.
Lo
cual significaba, dedujo Montalbano, que dos años atrás se había celebrado una
especie de cumbre, en cuyo transcurso se había decidido, en cierto modo, el
destino del pobre Lapecora.
—Oye,
llévate a François al cine, aún llegaréis a la última sesión, y después
regresad aquí. Yo tengo que trabajar.
—Hola,
Buscaìno. Soy Montalbano. Acabo de averiguar el nombre completo de la tunecina
que vivía en Villaseta, ¿te acuerdas?
—Cómo
no. Karima.
—Se
llama Karima Moussa. ¿Podríais efectuar una comprobación en vuestra Brigada de
Extranjeros?
—¿Bromea
usted, comisario?
—No,
no bromeo. ¿Por qué?
—Pero
¿cómo? Con toda su experiencia, ¿me viene a pedir una cosa semejante?
—Explícate
mejor.
—Mire,
comisario, ni siquiera si me dijera el nombre del padre y de la madre, los de
los abuelos paternos y maternos y el lugar de nacimiento.
—¿Es
como una niebla espesa?
—¿Y
de qué otra manera podría ser? En Roma pueden aprobar todas las leyes que
quieran, pero aquí los tunecinos, marroquíes, libios, caboverdianos,
cingaleses, nigerianos, ruandeses, albaneses, serbios y croatas entran y salen
como les da la gana. Esto no es como el Coliseo y no hay ninguna puerta que se
pueda cerrar. El hecho de que el otro día consiguiéramos averiguar la dirección
de esta tal Karima entra dentro del terreno de los milagros y no es cosa que
ocurra todos los días.
—Pero
tú inténtalo de todos modos.
—¿Montalbano?
¿Qué es esta historia de que organizó usted una operación de caza y captura de
un ladrón de meriendas? ¿Acaso era un demente?
—No,
por Dios, señor jefe superior, se trataba de un niño que, acuciado por el
hambre, empezó a robarles la merienda a otros niños. Eso es todo.
—¿Cómo
que eso es todo? Sé muy bien que, de vez en cuando, se sale usted de lo común,
por decirlo de alguna manera, pero esta vez, francamente, me parece que...
—Le
aseguro, señor jefe superior, que no se volverá a repetir. Era absolutamente
necesario capturarlo.
—¿Y
lo atrapó?
—Sí.
—¿Y
qué hizo usted con él?
—Lo
llevé a mi casa y Livia cuida de él.
—Montalbano,
¿se ha vuelto usted loco? ¡Devuélvalo de inmediato a sus padres!
—No
los tiene, puede que sea huérfano.
—¿Qué
significa este «puede»? ¡Haga averiguaciones, por Dios bendito!
—Las
estoy haciendo, pero François...
—Pero
bueno, ¿ése quién es?
—El
niño, se llama así.
—¿No
es italiano?
—No,
tunecino.
—Mire,
Montalbano, vamos a dejarlo correr de momento, estoy un poco alterado. Pero
mañana por la mañana venga a Montelusa y explíquemelo todo.
—No
puedo, tengo que salir de Vigàta. Puede creerme, es muy importante, no estoy
buscando pretextos.
—Entonces,
nos veremos por la tarde. No falte, se lo ruego. Presénteme una buena defensa;
el diputado Pennacchio...
—¿El
que está acusado de asociación delictiva de corte mafioso?
—Exactamente.
Está preparando una interpelación al ministro. Quiere su cabeza.
No
le extrañaba: había sido precisamente él, Montalbano, el encargado de llevar a
cabo las investigaciones contra el honorable.
—¿Nicolò?
Soy Montalbano. Tengo que pedirte un favor.
—Menuda
novedad. Dime.
—¿Te
vas a quedar todavía un rato en Retelibera?
—Presento
el telediario de las doce de la noche y me voy a casa.
—Son
las diez. Si voy dentro de media hora y te llevo una fotografía, ¿os dará
tiempo a sacarla en el último telediario?
—Claro,
te espero.
Había
intuido de inmediato que en la historia del buque pesquero Santopadre había
gato encerrado y había tratado de mantenerse al margen. Pero ahora aquel caso
lo había agarrado por el cogote y le había restregado la cara contra los hechos
a la fuerza, tal como se hace cuando alguien quiere enseñar a un gato a no
hacerse pipí en determinado lugar. Habría bastado con que Livia y el pequeño
entraran en la casa un poco más tarde: el niño no hubiera visto la imagen de su
tío, la cena se hubiera desarrollado en paz y todo habría seguido su curso
normal. Maldijo una vez más su inequívoca naturaleza de policía. Otro, en su
lugar, hubiera dicho: «Ah, ¿sí? ¿El niño ha reconocido a su tío? ¡Pues vaya,
qué curioso!»
Y se
habría llevado el primer bocado a la boca. Y él, en cambio, no podía, tenía que
golpearse los cuernos a la fuerza contra aquel asunto. Instinto de caza, lo
había llamado Dashiell Hammett, que de eso sabía un rato.
—¿Dónde
está la fotografía? —le preguntó Zito en cuanto lo vio.
Era
la de Karima con su hijo.
—¿Quieres
que salga entera? ¿O sólo algún detalle?
—Tal
como está.
Nicolò
Zito salió, regresó poco después sin la fotografía y se sentó cómodamente.
—Cuéntamelo
todo. Y explícame, sobre todo, esa historia del ladrón de meriendas que a Pippo
Ragonese le parece una bobada y que yo, en cambio, creo que no lo es.
—Nicolò,
no tengo tiempo, puedes creerme.
—No,
no te creo. Una pregunta: ¿el niño que robaba meriendas es el que aparece en la
fotografía que me acabas de entregar?
Nicolò
era peligrosamente inteligente. Mejor no contrariarlo.
—Sí,
es él.
—¿Y
quién es la madre?
—Alguien
que sin duda está implicado en el homicidio del otro día, de aquel hombre que
encontraron en el ascensor. Y ahora no me hagas más preguntas. Te prometo que,
en cuanto empiece a aclarar el asunto, tú serás el primero en enterarte.
—¿Me
quieres decir, por lo menos, cómo tengo que presentar la fotografía?
—Ah,
sí. Tienes que hablar en tono doloroso y patético.
—¿Ahora
quieres hacer de director?
—Tienes
que decir que se te ha presentado una anciana tunecina con lágrimas en los
ojos, suplicándote que mostraras la fotografía en la pantalla. Hace tres días
que la vieja no tiene noticias ni de la mujer ni del niño. Se llaman Karima y
François. Cualquier persona que los haya visto, etcétera, se garantiza el
anonimato, etcétera, que llame a la comisaría, etcétera.
—El
etcétera será lo más peliagudo —dijo Nicolò Zito.
En
casa, Livia se fue enseguida a dormir llevándose al niño, pero Montalbano se
quedó a esperar el telediario de las doce de la noche. Nicolò cumplió con su
deber, mostrando la fotografía el mayor tiempo posible. Al terminar el
telediario, el comisario lo llamó para darle las gracias.
—¿Me
puedes hacer otro favor?
—Otro
más y te hago pagar un abono. ¿Qué quieres?
—¿Se
podría volver a mostrar la fotografía en el telediario de la una del mediodía
de mañana? Es que creo que, a esta hora, no la habrá visto mucha gente.
—A
tus órdenes.
Se
dirigió al dormitorio, apartó a François del abrazo de Livia, lo cogió en
brazos, lo llevó al comedor y lo puso a dormir en el sofá que Livia ya le había
preparado. Se duchó y se acostó. Livia, a pesar de estar dormida, percibió su
presencia y se le arrimó de espaldas. Siempre le había gustado hacerlo así, en
estado de duermevela, en aquella placentera tierra de nadie situada entre el
país de los sueños y la ciudad de la conciencia. Pero esta vez, en cuanto
Montalbano empezó a acariciarla, se apresuró a apartarse.
—No.
François se podría despertar.
Por
un instante, se quedó petrificado: aquel aspecto de las alegrías familiares no
lo había previsto.
Se
levantó, pues ya se le había pasado el sueño. Mientras regresaban a Marinella,
se le había ocurrido hacer una cosa. Ahora se acordó.
—¿Valente?
Soy Montalbano. Perdona que te moleste en casa. Tengo que verte con la máxima
urgencia. ¿Te parece bien que vaya mañana a Mazara hacia las diez?
—Claro.
¿Puedes adelantarme de...?
—Es
una historia complicada y confusa. Me baso en conjeturas. Se refiere también al
tunecino ametrallado.
—Ben
Dhahab.
—Bueno,
por de pronto, se llamaba Ahmed Moussa.
—Coño.
—Pues
sí.
Once
—No
está claro que haya una relación —observó el subjefe superior Valente al
término del relato de Montalbano.
—Si
ésta es tu opinión, me haces un gran favor. Cada cual se queda con lo suyo: tú
indagas por qué razón el tunecino utilizaba un nombre falso y yo busco la causa
del asesinato de Lapecora y de la desaparición de Karima. Si casualmente nos
cruzamos por la calle, fingiremos no conocernos y ni siquiera nos saludaremos.
¿De acuerdo?
—¡Hay
que ver cómo eres!
El
comisario Angelo Tomasino, un treintañero con pinta de cajero de banco, de esos
que cuentan diez veces a mano quinientas mil liras antes de entregártelas, puso
toda la carne en el asador en defensa de su jefe:
—Tampoco
está claro, ¿sabe?
—¿Qué
es lo que no está claro?
—Que
Ben Dhahab sea un nombre falso. A lo mejor, se llamaba Ben Ahmed Dhahab Moussa.
Cualquiera sabe con estos nombres árabes.
—No
quiero molestar más —dijo Montalbano, levantándose.
Se
le había subido la sangre a la cabeza. Valente, que lo conocía desde hacía
mucho tiempo, lo comprendió.
—A
tu juicio, ¿qué tenemos que hacer? —se limitó a preguntar.
El
comisario volvió a sentarse.
—Averiguar,
por ejemplo, quién lo conocía aquí, en Mazara. Cómo había conseguido
incorporarse a la tripulación de la embarcación pesquera. Si tenía la
documentación en regla. Efectuar un registro en el lugar donde vivía. ¿Todas
estas cosas te las tengo que decir yo?
—No
—dijo Valente—. Pero me apetecía oírtelas decir a ti.
Cogió
una hoja de papel del escritorio y se la entregó a Montalbano. Era una orden de
registro del domicilio de Ben Dhahab, con sello y firma.
—Esta
mañana he despertado al juez de madrugada —dijo sonriendo Valente—. ¿Me
acompañas a dar un paseo?
La
señora Ernestina Pipia, viuda de Locicero, tuvo mucho empeño en señalar que
ella no se dedicaba profesionalmente al alquiler de habitaciones. Su difunto le
había dejado una planta baja que antaño fue una barbería, un salón de
peluquería, tal como ahora se dice. Se dice así, pero de salón tenía muy poco,
tal como los señores verían ahora mismo, y, además, ¿qué necesidad había de
aquel papel, la orden de registro? Les hubiera bastado con presentarse y decir:
mire, señora Pipia, esto es lo que hay; y ella no habría puesto ningún reparo.
Los reparos los ponen los que tienen algo que esconder, pero ella, todos en
Mazara lo podían confirmar, todos los que no fueran cornudos o hijos de puta,
claro, ella había tenido y seguía teniendo una vida tan transparente como el
aire. ¿Cómo era el pobre tunecino? Pues miren los señores, ella jamás en su
vida habría alquilado la habitación a un africano: ni a uno que tuviera la piel
negra como la tinta, ni a otro cuya piel no se diferenciara para nada de la de
un mazarés. Nada, los africanos le daban miedo. ¿Por qué le había alquilado la
habitación a Ben Dhahab? Era muy distinguido, señores míos, un verdadero señor
muy fino y educado, de esos que ya ni siquiera se encuentran entre los
mazareses. Sí, señor, hablaba italiano o, por lo menos, se hacía entender
bastante bien. Le había enseñado el pasaporte...
—Un
momento —dijo Montalbano.
—Un
momento —dijo simultáneamente Valente.
Sí,
señor. El pasaporte. En regla. Escrito como escriben los árabes y tenía también
unas palabras escritas en una lengua extranjera. ¿Inglés? ¿Francés? Cualquiera
sabía. La fotografía encajaba. Y, si los señores tenían verdadero empeño en
saberlo, ella había declarado el alquiler, tal como marcaba la ley.
—¿Cuándo
llegó exactamente? —preguntó Valente.
—Hace
justo diez días.
Y,
en diez días, había tenido tiempo de aclimatarse, buscar trabajo y dejarse
matar.
—¿Le
dijo cuánto tiempo pensaba quedarse? —preguntó Montalbano.
—Unos
diez días más. Pero...
—Pero
¿qué?
—Pues
que me quiso pagar un mes por adelantado.
—¿Y
usted cuánto le pidió?
—Yo
le pedí inmediatamente novecientas mil, porque ya sabe usted cómo son los
árabes, que regatean y regatean; estaba dispuesta a bajar, quizá a seiscientas
o quinientas mil... Pero él ni siquiera me dejó terminar, echó mano de la
cartera, sacó un fajo de billetes tan gordo como la panza de una botella, quitó
la cinta que lo sujetaba y me contó nueve billetes de cien mil.
—Dénos
la llave y explíquenos dónde está la planta baja —la cortó Montalbano.
La
delicadeza y distinción del tunecino estaban concentrados en el fajo de
billetes tan gordo como la panza de una botella.
—Me
arreglo en un momento y los acompaño.
—No,
señora, usted se queda aquí. Le devolveremos la llave.
Una
cama de hierro oxidada, una mesa coja, un armario con una chapa de conglomerado
en lugar del espejo y tres sillas de paja. Había un retrete con una taza de
escusado y un lavabo, una toalla sucia y, en el estante, una navaja, jabón
líquido en spray y un peine. Regresaron a la habitación. Encima de una silla,
una maleta de tela azul; la abrieron: estaba vacía.
En
el armario, unos pantalones nuevos, una chaqueta oscura muy limpia, dos
camisas, cuatro pares de calcetines, cuatro slips, seis pañuelos, dos
camisetas: todo recién comprado y todavía por estrenar. En un rincón del
armario había un par de sandalias en buen estado; en el lado contrario, una
bolsa de plástico llena de ropa interior sucia. Volcaron su contenido en el
suelo: todo normal. Se pasaron una hora larga registrándolo todo. Cuando ya
habían perdido la esperanza, Valente tuvo suerte. No estaba escondido, pero
había caído y se había quedado prendido en la cabecera de hierro de la cama, un
billete de avión Roma—Palermo correspondiente a diez días atrás, a nombre de
Mr. Dhahab. O sea, que Ahmed había llegado a Palermo a las diez de la mañana y,
en cuestión de dos horas como máximo, había llegado a Mazara. ¿A quién había
recurrido para encontrar a alguien que le alquilara una habitación?
—Desde
Montelusa, junto con el cadáver, ¿te enviaron los efectos personales?
—Claro
—contestó Valente—. Diez mil liras.
—¿El
pasaporte?
—No.
—¿Y
todo el dinero que tenía?
—Si
lo dejó aquí, debió de encargarse de él la señora Pipia, la de la vida tan
transparente como el agua.
—¿Ni
siquiera las llaves de la casa en el bolsillo?
—Ni
siquiera eso. ¿Quieres que te lo diga con música? Sólo diez mil liras y nada
más.
Mandado
llamar por Valente, el profesor Rahman, un maestro de primaria cuarentón con
pinta de siciliano puro, que ejercía la función oficiosa de enlace entre su
gente y las autoridades de Mazara, se presentó en diez minutos.
Montalbano
lo había conocido un año atrás, cuando estaba investigando el caso que más
adelante se conocería como el del «perro de terracota».
—¿Estaba
dando clase? —le preguntó Valen te.
En
un insólito arrebato de sentido común y sin recurrir a la Delegación de
Enseñanza, el director de un colegio de Mazara había habilitado unas aulas para
crear una escuela destinada a los niños tunecinos.
—Sí,
pero he pedido que me sustituyeran. ¿Algún problema?
—Puede
que usted nos pueda aclarar una cosa.
—¿Sobre
qué?
—Mejor
decir sobre quién. Ben Dhahab.
Valente
y Montalbano habían decidido de común acuerdo contarle al maestro de la misa la
mitad y, según cuál fuera su reacción, contársela toda o no.
Al
oír aquel nombre, Rahman no hizo el menor intento de disimular su incomodidad.
—Pregunten
ustedes.
Le
correspondía a Valente llevar el mando de la situación, Montalbano era sólo un
huésped.
—¿Usted
lo conocía?
—Fue
a verme hace unos diez días. Conocía mi nombre y sabía lo que represento. Verá,
aproximadamente el pasado mes de enero, se publicó en un periódico de Túnez un
artículo que hablaba de nuestra escuela.
—¿Qué
le dijo?
—Que
era periodista.
Valente
y Montalbano intercambiaron una rápida mirada.
—Quería
hacer un reportaje sobre la vida de nuestros compatriotas en Mazara. Pero se
presentaría ante todo el mundo como uno que buscaba trabajo. Quería
incorporarse a una tripulación. Lo presenté a mi compañero El Madani. Y éste
fue el que puso en contacto a Ben Dhahab con la señora Pipia, que le alquiló la
habitación.
—¿Se
volvieron ustedes a ver?
—Por
supuesto, nos vimos algunas veces por casualidad. Asistimos incluso a una
fiesta. Estaba, ¿cómo le diría?, perfectamente integrado.
—¿Fue
usted quien lo ayudó a encontrar trabajo como tripulante?
—No.
Y ni siquiera El Madani.
—¿Quién
pagó el entierro?
—Nosotros.
Hemos constituido un pequeño fondo para hacer frente a circunstancias
imprevistas.
—¿Quién
facilitó a la televisión la fotografía y todas las noticias acerca de Ben
Dhahab?
—Yo.
Verá usted, en la fiesta que le he dicho había un fotógrafo; Ben Dhahab
protestó y dijo que no quería que le hicieran fotografías. Pero el fotógrafo ya
había disparado una. Y, cuando vino el periodista de la televisión, yo fui por
ella y se la di, junto con los pocos datos que él nos había proporcionado.
Rahman
se secó el sudor. Su incomodidad había aumentado. Y Valente, que era un policía
estupendo, lo dejó cocer en su propio caldo.
—Pero
hay algo extraño —añadió Rahman. Montalbano y Valente fingieron no haberlo
oído, como si estuvieran pensando en otras cosas, y, sin embargo, prestaban
toda su atención, como los gatos que, cuando tienen los ojos cerrados y
aparentan dormir, están contando las estrellas.
—Ayer
llamé al periódico de Túnez para comunicarles la desgracia y recibir las
disposiciones para el entierro. En cuanto le dije al director que Ben Dhahab
había muerto, se echó a reír. Dijo que era una broma muy pesada, que Ben Dhahab
se encontraba en aquellos momentos en la estancia de al lado, hablando por
teléfono. Y me colgó.
—¿No
podría ser un caso de homonimia? —lo provocó Valente.
—¡Ni
hablar! ¡Me lo dijo con toda claridad! Puntualizó que lo había enviado el
periódico. Lo cual quiere decir que me engañó.
—¿Sabe
si tenía algún familiar en Sicilia? —preguntó Montalbano, interviniendo por
primera vez.
—No
lo sé, no hablamos de eso. Si los hubiera tenido en Mazara, no habría recurrido
a mí.
Valente
y Montalbano se consultaron el uno al otro con la mirada, y Montalbano, sin
decir nada, dio su conformidad para que su amigo efectuara el disparo.
—¿Le
dice algo el nombre de Ahmed Moussa?
No
fue un disparo, sino un auténtico cañonazo. Rahman pegó un brinco en la silla,
volvió a caer en ella y se aflojó.
—¿Qué...
qué... tiene que ver... Ahmed Moussa? —tartamudeó el maestro, casi sin
resuello.
—Disculpe
mi ignorancia —añadió Valente sin piedad—, pero ¿quién es ese señor que tanto
miedo le da?
—Es
un terrorista. Uno que... un asesino. Un malvado. Pero... ¿que... que nene que
ver.
—Te
llamo para pedirte perdón por mi grosería. Y no sólo por eso. Si supieras
cuánto te echo de menos...
—Me
encuentro mal—dijo con un hilillo de voz el profesor Rahman.
A
través de las atemorizadas palabras del destrozado Rahman averiguaron que Ahmed
Moussa, cuyo verdadero nombre se pronunciaba en susurros y cuyo rostro era
prácticamente desconocido, había creado hacía algún tiempo un grupúsculo
paramilitar de desesperados. Había aparecido en escena tres años atrás con una
inconfundible tarjeta de visita: haciendo saltar por los aires una pequeña sala
cinematográfica en la que se estaban pasando dibujos animados infantiles en
francés. Los espectadores más afortunados fueron los muertos: varias decenas
habían quedado ciegos, mutilados o destrozados para toda la vida. El
nacionalismo del grupúsculo, por lo menos en sus intenciones, era de un
absolutismo casi demencial. Moussa y los suyos eran mirados con recelo incluso
por los integristas más intransigentes. Estaban en posesión de una cantidad de
dinero prácticamente ilimitada, que no se sabía de dónde salía. El gobierno
había puesto un elevado precio a la cabeza de Ahmed Moussa. Eso era todo lo que
sabía el profesor Rahman, y la sola idea de haber ayudado de alguna manera al
terrorista le había causado una angustia tan grande que temblaba y gemía cual
si estuviera sufriendo un grave ataque de malaria.
—Pero
a usted lo engañaron —dijo Montalbano, tratando de consolarlo.
—Si
teme las consecuencias —añadió Valente—, nosotros podremos dar testimonio de su
buena fe.
Rahman
sacudió la cabeza. Explicó que no se trataba de miedo sino de terror. De horror
por el hecho de que su vida se hubiera cruzado, aunque sólo fuera por muy breve
tiempo, con un frío asesino de niños, de criaturas inocentes.
Lo
tranquilizaron de la mejor manera que pudieron y lo despidieron, rogándole que
no comentara con nadie aquella conversación, ni siquiera con su compañero y
amigo El Madani. En caso de que lo volvieran a necesitar, lo llamarían.
—También
de noche, no cumplidos —dijo el maestro, que ahora incluso tenía dificultades
para expresarse correctamente en italiano.
Antes
de ponerse a reflexionar acerca de todo lo que habían averiguado, se hicieron
servir un café y se lo bebieron despacio y en silencio.
—Está
claro que ése no se hizo marinero para conocer la experiencia —empezó diciendo
Valente.
—Y
tampoco para que lo mataran.
—Tendremos
que ver qué historia nos cuenta el patrón del barco.
—¿Quieres
convocarlo aquí?
—¿Por
qué no?
—Acabaría
repitiéndote lo mismo que ya le dijo a Augello. Quizá sería mejor tratar de
averiguar primero qué piensan en el sector. Puede que, con una palabra de aquí
y otra de allá, nos enteremos de algo más.
—Le
encargaré la tarea a Tomasino.
Montalbano
hizo una mueca. El segundo de a bordo de Valente no le caía bien, pero no era
un buen motivo y, por encima de todo, no era un motivo que se pudiera decir.
—¿No
te parece bien?
—¿A
mí? Es a ti a quien te tiene que parecer bien. Los hombres son tuyos y tú los
conoces mejor que yo.
—Vamos,
Montalbano, no seas gilipollas.
—De
acuerdo. Lo considero poco apropiado. Cuando alguien lo ve con esa cara de
recaudador de impuestos que tiene, no le entran ganas de hacerle confidencias.
—Tienes
razón. Se lo encargaré a Tripodi, es un muchacho muy listo y valiente, y es
hijo de pescador.
—Se
trata de averiguar exactamente qué ocurrió la noche en que la embarcación
pesquera se tropezó con la patrullera. Lo mires como lo mires, hay algo que no
encaja.
—Explícate.
—De
momento, dejemos la cuestión de la forma en que se enroló en la tripulación del
barco, ¿de acuerdo? Ahmed se propone de entrada un objetivo concreto que
nosotros ignoramos. Y yo me pregunto si se lo reveló al patrón y a la
tripulación. Y, en caso afirmativo, ¿lo hizo antes de zarpar o durante la
travesía? En mi opinión, a pesar de no saber exactamente cuándo, el objetivo se
dio a conocer y todo el mundo estuvo de acuerdo. En caso contrario, habrían
invertido el rumbo y lo habrían obligado a desembarcar.
—Pudo
haberlos obligado a punta de pistola.
—En
este caso, una vez en Vigàta o Mazara, el patrón y los tripulantes habrían
explicado lo ocurrido, pues no tenían nada que perder.
—Muy
cierto.
—Sigamos
adelante. Excluyendo que el objetivo de Ahmed fuera el de dejarse ametrallar
frente a las costas de su país natal, no se me ocurren más que dos hipótesis.
La primera es la de que quería que lo desembarcaran de noche en algún desierto
paraje de la costa para entrar clandestinamente en su país. La segunda es la de
una reunión en alta mar a la que tenía que asistir personalmente.
—Me
convence más esta última.
—A
mí también. Y, además, ocurrió algo que no estaba previsto.
—La
interceptación de la patrullera.
—Exactamente.
Y aquí se pueden plantear toda una serie de hipótesis. Supongamos que la
patrullera tunecina no sabía que a bordo del buque pesquero viajaba Ahmed. Se
cruza con una embarcación que está faenando en sus aguas jurisdiccionales, le
da el alto, la embarcación se da a la fuga y desde la patrullera se dispara una
ráfaga de ametralladora que mata accidentalmente nada menos que a Ahmed Moussa.
Eso, por lo menos, es lo que nos han dicho.
Esta
vez fue Valente quien hizo una mueca.
—¿Te
convence?
—Es
como la reconstrucción que hizo el senador Warren del asesinato del presidente
Kennedy.
—Te
expongo otra hipótesis. Supongamos que Ahmed, en lugar de reunirse con el
hombre con quien había quedado, lo hace con otro que le dispara una ráfaga de
ametralladora.
—O
que era efectivamente el hombre con quien tenía que reunirse, pero discutieron,
el otro le disparó y todo acabó de mala manera.
—¿Con
la ametralladora de a bordo? —preguntó Montalbano en tono dubitativo.
Inmediatamente
comprendió lo que había dicho. Sin pedirle siquiera permiso a Valente, empezó a
soltar maldiciones, cogió el teléfono y pidió que llamaran a Jacomuzzi en
Montelusa.
—En
los informes que te enviaron, ¿especificaban el calibre de las balas? —le
preguntó a Valente mientras esperaba.
—Se
referían genéricamente a disparos de arma de fuego.
—¿Diga?
¿Con quién hablo? —preguntó Jacomuzzi.
—Oye,
Baudo...
—¿Qué
Baudo? Soy Jacomuzzi.
—Pero
estarías encantado de ser el presentador de televisión Pippo Baudo. ¿Me quieres
decir con qué coño mataron al tunecino del buque pesquero?
—Con
un arma de fuego.
—¡Qué
extraño! Creía que lo habían asfixiado con una almohada.
—Tus
bromitas me dan ganas de vomitar.
—Dime
exactamente qué tipo de arma era.
—Una
metralleta, probablemente una Skorpion. ¿No lo he escrito en el informe?
—No.
¿Estás seguro de que no fue la ametralladora de a bordo?
—Claro
que estoy seguro. ¿No sabes que el arma reglamentaria que lleva la patrullera
puede derribar un avión?
—¿De
veras? Me dejas de piedra con tu precisión científica, Jacomù.
—¿Y
cómo quieres que hable con un ignorante como tú?
Tras
referir Montalbano a Valente el contenido de su conversación telefónica, ambos
permanecieron un ratito en silencio. Cuando habló, Valente expresó el
pensamiento que en aquellos momentos también estaba cruzando por la cabeza del
comisario.
—¿Estamos
seguros de que fue una patrullera militar tunecina?
Como
ya era muy tarde, Valente invitó a su compañero a comer a su casa, pero
Montalbano, que ya conocía por experiencia las habilidades culinarias de la
mujer del subjefe de policía, declinó la invitación, explicando que tenía que
regresar inmediatamente a Vigàta.
Subió
al coche, pero, tras recorrer unos cuantos kilómetros, vio una trattoria justo
a la orilla del mar. Pasó, bajó y se sentó a una mesa. No se arrepintió.
Doce
Hacía
horas que no se ponía en contacto con Livia y le remordía la conciencia; a lo
mejor, estaba preocupada por él. Mientras esperaba a que le sirvieran un
anisado estomacal (la doble ración de lubina le estaba empezando a pesar),
decidió llamarla.
—¿Todo
bien por ahí?
—Nos
has despertado.
Pues
sí que estaban preocupados.
—¿Estabais
durmiendo?
—Sí,
nos hemos dado un buen baño; el agua estaba caliente.
Se
lo pasaban divinamente sin él.
—¿Has
comido? —preguntó Livia por simple educación.
—Un
bocadillo. Estoy a mitad de camino, dentro de una hora como máximo estaré en
Vigàta.
—¿Vendrás
a casa?
—No,
iré al despacho; nos veremos esta noche.
Debieron
de ser figuraciones suyas, pero le pareció oír un suspiro de alivio desde el
otro extremo de la línea.
Pero
tardó más de una hora en regresar a Vigàta. Justo a la entrada del pueblo, a
cinco minutos del despacho, el coche decidió declararse repentinamente en
huelga. No hubo manera de volver a ponerlo en marcha. Montalbano bajó, abrió el
capó y echó un vistazo al motor. Era un gesto puramente simbólico, una especie
de rito exorcista, pues no entendía ni torta. Si le hubieran dicho que el motor
funcionaba con cuerda o que era de cinta elástica enrollada, como en ciertos
juguetes, quizá se lo habría creído. Se acercó un vehículo de los carabineros
con dos hombres a bordo, pasó de largo, paró e hizo marcha atrás por si acaso.
Eran un cabo y un carabinero que iba al volante. El comisario jamás los había
visto y ellos tampoco lo conocían.
—¿Podemos
hacer algo? —preguntó amablemente el cabo.
—Gracias.
No comprendo por qué se me ha parado el coche de repente.
Arrimaron
su automóvil al borde de la carretera y bajaron. El autocar vespertino de la
línea Vigàta—Fiacca se detuvo en su parada, muy cerca de allí, y subió una
pareja de ancianos.
—El
motor parece que está bien —diagnosticó el carabinero, añadiendo con una
sonrisa—: ¿Vamos a echar un vistazo a la gasolina?
No
quedaba ni una gota, ni pagándola a precio de oro.
—Vamos
a hacer una cosa, señor...
—Martinez.
Contable Martinez —dijo Montalbano. Nadie debería saber jamás que el comisario
Montalbano había sido auxiliado por el Cuerpo de Carabineros.
—Vamos
a hacer una cosa, contable: usted espera aquí, y nosotros nos acercamos a la
gasolinera más próxima y le traemos la cantidad que necesite para llegar a
Vigàta.
—Son
ustedes muy amables.
Se
fueron. Montalbano volvió a subir al coche, encendió un cigarrillo y enseguida
oyó a su espalda el clamor de un claxon. Era el autocar Fiacca—Vigàta que
necesitaba espacio. Montalbano bajó y explicó gesticulando que había sufrido
una avería. El conductor se tomó la molestia de efectuar un viraje y, una vez
adelantado el vehículo del comisario, se detuvo en el mismo lugar que el
autocar que acababa de pasar en dirección contraria. Bajaron cuatro personas.
Montalbano
se lo quedó mirando mientras se ponía nuevamente en marcha en dirección a
Vigàta. Poco después regresaron los carabineros.
Llegó
al despacho hacia las cuatro de la tarde. Augello no estaba, Fazio le explicó
que había perdido su rastro por la mañana: se había asomado por allí sobre las
nueve y ya no le habían vuelto a ver el pelo. Montalbano se enfureció.
—¡Aquí
cada cual hace lo que le da la gana! ¡Todo el mundo se aprovecha! A ver si, al
final, tendrá razón Ragonese.
Novedades,
ninguna. Ah, sí, había llamado la viuda Lapecora para avisar a la comisaría de
que el entierro de su marido tendría lugar el miércoles por la mañana. Después
estaba el aparejador Finocchiaro, que llevaba esperando allí desde las dos para
hablar con él.
—¿Lo
conoces?
—De
vista. Es un jubilado, un hombre mayor.
—¿Qué
quiere?
—No
me lo ha querido decir. Pero me ha parecido que estaba un poco alterado.
—Hazlo
pasar.
Tenía
razón Fazio, el aparejador parecía muy trastornado. El comisario lo invitó a
sentarse.
—¿Podría
beber un poco de agua? —dijo el aparejador; se notaba que tenía la garganta
seca.
Tras
haberse bebido el agua, dijo llamarse Giuseppe Finocchiaro, de sesenta y cinco
años, soltero, aparejador jubilado, domiciliado en el treinta y ocho de via
Marconi. Sin antecedentes penales, ni siquiera una multa de tráfico.
Se
detuvo y se bebió el dedo de agua que quedaba en el vaso.
—Hoy
a la una han mostrado una fotografía en la televisión. Una mujer y un niño.
¿Sabe que decían que, si alguien los reconocía, se dirigiera a usted?
—Sí.
Sí y
basta. Puede que una sílaba de más en aquel momento provocara una duda o lo
indujera a pensarlo mejor.
—Yo
a esa mujer la conozco, se llama Karima. Al pequeño jamás lo vi, es más,
ignoraba que tuviera un hijo.
—¿De
qué la conoce?
—Una
vez a la semana me viene a hacer la limpieza a casa.
—¿Qué
día?
—El
martes por la mañana. Permanece cuatro horas.
—Perdone
la pregunta. ¿Cuánto le pagaba?
—Cincuenta
mil liras. Pero...
—Pero
¿qué?
—Llegaba
hasta las doscientas mil cuando hacía un trabajo extra.
—¿Una
mamada?
La calculada
brutalidad de la pregunta hizo que el aparejador primero palideciera y después
se ruborizara.
—Sí.
—Vamos
a ver si lo entiendo. La mujer acudía a su casa cuatro veces al mes. ¿Cuántas
veces hacía trabajos extras?
—Una.
Dos como máximo.
—¿Cómo
la conoció?
—Me
lo dijo un amigo mío, jubilado como yo. El profesor Mandrino, que vive con su
hija.
—O
sea, que, con el profesor Mandrino, nada de extras, ¿verdad?
—También
los hacía. La hija se dedica a la enseñanza y está fuera de casa todas las
mañanas.
—¿Qué
día iba a casa del profesor?
—El
sábado.
—Si
no tiene nada más que decirme, aparejador, ya puede retirarse.
—Gracias
por su comprensión. —El hombre se levantó, avergonzado, y miró al comisario—.
Mañana es martes.
—¿Y
qué?
—¿Cree
usted que irá a mi casa?
Montalbano
no tuvo valor para desilusionarlo.
—Es
posible. Si fuera, hágamelo saber.
A
partir de aquel momento, la procesión siguió adelante. Precedido por su madre,
que no paraba de gritar, apareció Ntonio, el niño que Montalbano había visto en
Villaseta, el que había sido agredido por haberse negado a soltar la merienda.
En la fotografía que se había mostrado en la pantalla, Ntonio había reconocido
al ladrón sin ningún género de duda: era él. La madre de Ntonio, dando unas
voces ensordecedoras y lanzando imprecaciones y maldiciones, presentó sus
peticiones al aterrorizado comisario: treinta años de presidio para el ladrón y
cadena perpetua para la madre; en caso de que la justicia terrenal no estuviera
de acuerdo, su petición a la justicia divina era de tuberculosis galopante para
ella y enfermedad larga y extenuante para él.
Pero
el hijo, asustado ante la crisis histérica de su madre, decía que no con la
cabeza.
—¿Tú
también quieres que muera en la cárcel? —le preguntó el comisario.
—Yo
no —contestó con firmeza Ntonio—. Ahora que lo he visto tranquilo, me parece
simpático.
El
trabajo extra que le hacían al profesor Paolo Guido Mandrino, de setenta años,
profesor de historia y geografía jubilado, consistía en que lo bañaran. Uno de
los cuatro sábados por la mañana en que Karima acudía a su casa, el profesor
dejaba que ésta lo sorprendiera desnudo bajo las sábanas. A la orden de Karima
de que fuera a lavarse al cuarto de baño, el profesor simulaba mostrarse
decididamente reacio.
Entonces
Karima le arrancaba las sábanas de encima, lo obligaba a colocarse boca abajo y
le propinaba una zurra en el trasero. Cuando finalmente entraba en la bañera,
Karima lo enjabonaba cuidadosamente y lo lavaba. Nada más. Precio del trabajo
extra: ciento cincuenta mil liras; precio de la limpieza: cincuenta mil.
—¿Montalbano?
Mire, en contra de lo que le había dicho, hoy no podremos vemos. Tengo una
reunión con el prefecto.
—Entonces,
ya me dirá usted cuándo, señor jefe superior.
—Bueno,
no es urgente. Por otra parte, las declaraciones del dottore Augello a la
televisión...
—¿Mimì?
—preguntó a gritos Montalbano. Le pareció que estaba cantando la Boheme.
—Sí,
¿no lo sabía?
—Pues
no. Estaba en Mazara.
—Ha
aparecido en el telediario de la una y lo ha negado todo tajantemente. Ha
afirmado que Ragonese no lo había entendido bien. No se trataba de un ladrón de
meriendas, sino de tiendas. Un sujeto peligroso, un toxicómano que, cuando lo
sorprendían, amenazaba con la jeringa. Ha exigido disculpas para toda la
comisaría. Tremendamente eficaz. Creo, por tanto, que el diputado Pennacchio se
quedará quieto.
—Nosotros
ya nos conocemos —dijo el contable Vittorio Pandolfo, entrando en el despacho.
—Ya
—dijo Montalbano—. Dígame.
Fríamente
distante, pero por puro teatro: si el contable deseaba hablarle de Karima,
significaba que le había dicho una trola cuando había negado conocerla.
—Vengo
porque he visto en la televisión...
—La
fotografía de Karima, ésa de quien usted no sabía nada. ¿Por qué no me lo
comentó?
—Comisario,
son cosas delicadas y uno se avergüenza. Es que, a mi edad...
—¿Usted
es el cliente del jueves por la mañana?
—Sí.
—¿Cuánto
le paga por la limpieza de la casa?
—Cincuenta
mil.
—¿Y
por el trabajo extra?
—Ciento
cincuenta mil.
Tarifa
fija. Sólo que, con Pandolfo, el trabajo extra lo hacía dos veces al mes. En
este caso, la que se bañaba era Karima. Después el contable la acostaba desnuda
en la cama y la olfateaba largo rato. De vez en cuando, un lametón.
—Tengo
una curiosidad, señor contable: ¿usted, Lapecora, Mandrino y Finocchiaro eran
los compañeros habituales de juego?
—Sí.
—¿Y
quién de ustedes habló primero de Karima?
—El
pobre Lapecora.
—Dígame
una cosa, ¿qué tal le iban las cosas a Lapecora?
—Muy
bien. En Bonos del Tesoro tenía casi mil millones de liras y tanto la casa como
el despacho eran de propiedad.
Los
tres clientes de las tardes de los días pares vivían en Villaseta. Todos ellos,
hombres de cierta edad, viudos o solteros. La tarifa, la misma que la de
Vigàta. El extra de Zacaria Martino, propietario de una frutería y verdulería,
consistía en que le besaran las plantas de los pies; con Luigi Pignataro,
director de instituto retirado, Karima jugaba a la gallinita ciega. El director
de instituto la desnudaba y le vendaba los ojos y después se escondía. Karima
tenía que buscarlo y encontrarlo; después se sentaba en una silla, hacía sentar
al director de instituto sobre sus rodillas y le daba de mamar. A la pregunta
de Montalbano de en qué consistía el trabajo extra, Calogero Pipitone, perito
agrónomo, lo miró sorprendido:
—¿Y
en qué quiere usted que consistiera, comisario?
Ella
debajo y yo encima.
Montalbano
experimentó el impulso de darle un abrazo.
Dado
que los lunes, miércoles y viernes Karima estaba ocupada a tiempo completo con Lapecora,
los clientes se habían terminado. Karima descansaba el domingo y no el viernes,
lo cual significaba que se había adaptado a las costumbres locales. Quiso saber
cuánto ganaba al mes, pero, puesto que los cálculos se le resistían, abrió la
puerta del despacho y preguntó, levantando la voz:
—¿Alguien
tiene una calculadora?
—Yo,
dottori.
Catarella
entró y se sacó orgullosamente del bolsillo una calculadora de tamaño
ligeramente superior al de una tarjeta de visita.
—¿Qué
calculas con eso, Catare?
—Los
jornales —fue la enigmática respuesta.
—Dentro
de un rato, ya puedes venir a recogerla.
—Dottori,
tengo que advertirle que el aparato funciona a ammuttuna.
—¿Qué
quieres decir?
Catarella
creyó que su jefe no había comprendido la palabra, se acercó a la puerta y
preguntó a sus compañeros:
—¿Cómo
se traduce ammuttuna?
—Sacudidas
—contestó alguien.
—¿Y
cómo tengo que sacudir la calculadora?
—Tal
como se hace con un reloj que no funciona.
Dejando
aparte a Lapecora, Karima ganaba como asistenta un millón doscientas mil liras
al mes. Al que había que añadir otro millón doscientas mil de extras. Por su
trabajo a tiempo completo, Lapecora le debía de pagar un millón más. En
resumen, tres millones cuatrocientas mil liras al mes libres de impuestos.
Cuarenta y cuatro millones doscientas mil liras al año.
Al
parecer, Karima trabajaba en el sector desde hacía cuatro años por lo menos, lo
cual sumaba ciento setenta y seis millones ochocientas mil liras.
Los
restantes trescientos veintitrés millones de la libreta, ¿de dónde habían
salido?
La
calculadora había funcionado muy bien sin necesidad de que la sacudieran.
* *
*
Oyó
una salva de aplausos procedente de las demás estancias de la comisaría. ¿Qué
ocurría? Abrió la puerta y descubrió que el homenajeado era Mimì Augello.
Estuvo casi a punto de arrojar espumarajos por la boca.
—¡Ya
basta, payasos!
Todos
lo miraron, sorprendidos y atemorizados. Sólo Fazio intentó explicarle la
situación.
—Quizá
usted no lo sabe, pero el dottore Augello...
—¡Lo
sé! Me ha telefoneado personalmente el jefe superior para pedirme
explicaciones. ¡El señor Augello, por propia iniciativa y sin mi autorización,
y esto lo ha subrayado mucho el jefe superior, se presenta en la televisión y
suelta toda una serie de idioteces!
—Permíteme...
—se atrevió a decir Augello.
—¡No
te permito nada! ¡Tú has contado toda una sarta de mentiras y falsedades!
—Lo
he hecho para defendernos a todos nosotros, que...
—¡No
podemos defendernos mintiendo de alguien que ha dicho la verdad!
Y
volvió a entrar en su despacho, dando un portazo. Montalbano, el hombre de
férrea rectitud moral, el que se había puesto como una fiera al ver a Augello
disfrutando de los aplausos.
—¿Permiso?
—dijo Fazio, abriendo la puerta y asomando cautelosamente la cabeza—. Está el
padre Jannuzzo, que quiere hablar con usted.
—Hazlo
pasar.
Don
Alfio Jannuzzo, que nunca vestía de cura, era muy conocido en Vigàta por sus
actividades benéficas. Era alto y fornido, y tenía unos cuarenta años.
—Yo
voy en bicicleta —dijo nada más entrar.
—Pues
yo, no —replicó Montalbano, aterrorizado ante la idea de que el cura quisiera
hacerlo participar en alguna carrera benéfica.
—He
visto la fotografía de aquella mujer en la televisión.
Ambas
cosas no parecían guardar la menor relación, por lo que Montalbano empezó a
sentirse incómodo. ¿A que Karima trabajaba también los domingos y el cliente
era nada menos que el padre Jannuzzo?
—El
jueves pasado, sobre las nueve de la mañana, cuarto de hora más cuarto de hora
menos, me encontraba muy cerca de Villaseta, pues bajaba en bicicleta de
Montelusa a Vigàta. En la carretera vi estacionado un automóvil en dirección
contraria.
—¿Recuerda
lo que era?
—Claro.
Un BMW gris metalizado.
Montalbano
aguzó el oído.
—En
el automóvil había un hombre y una mujer. Me pareció que se estaban besando,
pero, cuando llegué a su altura, la mujer se apartó con cierta violencia del
abrazo, me miró y abrió la boca como si me quisiera decir algo. Pero el hombre
tiró con fuerza de ella y la volvió a abrazar. No me quedé muy convencido.
—¿Por
qué?
—No
era una pelea de enamorados. Los ojos de la mujer, cuando me miraron, estaban
asustados. Me pareció que me quería pedir ayuda.
—Y
usted, ¿qué hizo?
—Nada,
porque el coche se puso en marcha enseguida. Hoy he visto la fotografía en la
televisión: la mujer era la misma del automóvil. Puede tenerlo por seguro,
porque soy muy buen fisonomista, una cara se me queda grabada en la cabeza
aunque sólo la vea un segundo.
Fahrid,
el seudosobrino de Lapecora, y Karima.
—Se
lo agradezco mucho, padre...
El
cura levantó una mano para que no siguiera.
—No
he terminado. Anoté el número de la matrícula.
Ya
le he dicho que lo que vi no me había convencido.
—¿La
tiene aquí?
—Claro.
Se
sacó del bolsillo una hoja de cuaderno a cuadros doblada en cuatro y se la
entregó al comisario.
—Aquí
la tiene.
Montalbano
la sujetó con dos dedos con gran delicadeza, tal como se hace con las alas de
una mariposa.
AM
237 GW.
En
las películas americanas, bastaba con que el policía diera el número de la
matrícula para que, en menos de dos minutos, le facilitaran el nombre del
propietario, los hijos que tenía, el color de su cabello y el número exacto de
pelos que le crecían en el trasero.
Pero,
en Italia, las cosas eran distintas. En cierta ocasión, lo habían hecho esperar
veintiocho días, en cuyo transcurso el propietario del vehículo (así se había
escrito) había sido atado de pies y manos, y estrangulado con la misma cuerda,
y posteriormente quemado. Cuando recibió la respuesta, ya todo era inútil. Lo
único que podía hacer era recurrir al jefe superior, que quizá a aquella hora
ya había terminado su reunión con el prefecto.
—Soy
Montalbano, señor jefe superior.
—Acabo
de regresar del despacho. Dígame.
—Lo
llamo por el asunto de la mujer secuestrada...
—¿Qué
mujer secuestrada?
—Pues
Karima, ¿no?
—Pero
¿de quién me habla?
Montalbano
comprendió aterrorizado que era un diálogo de sordos, pues aún no le había
contado nada de todo aquel asunto al jefe superior.
—Señor
jefe superior, estoy sinceramente consternado...
—No
se preocupe. ¿Qué desea?
—Necesito
averiguar con la mayor brevedad posible, a partir de un número de matrícula, el
nombre y la dirección del propietario de un vehículo.
—Dígame
este número.
—AM
237 GW.
—Mañana
por la mañana le diré algo.
Trece
—Te
lo he preparado en la cocina. La mesa del comedor está ocupada. Nosotros ya
hemos cenado.
No
estaba ciego, veía perfectamente que la mesa del comedor estaba ocupada por un
gigantesco rompecabezas que representaba la Estatua de la Libertad,
prácticamente en tamaño natural.
—¿Sabes
una cosa, Salvo? Sólo ha tardado dos horas en resolverlo.
El
sujeto estaba omitido, pero era evidente que Livia se refería a François, ex
ladrón de meriendas y actualmente genio de la familia.
—¿Se
lo has regalado tú?
Livia
se abstuvo de contestar.
—¿Puedes
acompañarme a la playa?
—¿Ahora
o después de cenar?
—Ahora.
Había
un poquito de luna que emitía una suave luz. Pasearon en silencio; Al llegar a
la altura de un montículo de arena, Livia lanzó un triste suspiro.
—¡Si
supieras el castillo que hizo! ¡Fantástico! Parecía de Gaudí.
—Ya
tendrá tiempo de hacer otro.
Estaba
decidido a no ceder, como policía que era y, por si fuera poco, celoso.
—¿En
qué tienda has comprado el rompecabezas?
—No
lo he comprado yo. Esta tarde ha pasado Mimì por aquí. Sólo un momento. El
rompecabezas es de un sobrino suyo que...
Se
volvió de espaldas a Livia, se metió las manos en los bolsillos y se alejó,
viendo en su imaginación a decenas de sobrinos de Mimì Augello deshechos en
lágrimas, sistemáticamente despojados de sus juguetes por parte de su tío.
—¡Vamos,
Salvo, no seas bobo! —le dijo Livia, dándole alcance.
Trató
de tomarlo del brazo, pero Montalbano se apartó.
—Anda
y que te den por culo —dijo Livia muy despacio, regresando a la casa.
Y
ahora, ¿qué hacía? Livia había evitado la pelea y él se tendría que desahogar
solo. Paseó nerviosamente por la orilla, mojándose los zapatos mientras se
fumaba diez cigarrillos seguidos.
«¡Menudo
gilipollas estoy hecho! —se dijo—. Está claro que a Mimì le gusta Livia y que a
Livia le cae bien Mimì. Pero, aparte todo eso, yo estoy haciendo que Mimì se lo
pase en grande. Es evidente que se divierte haciéndome enfadar. Me está
sometiendo a una guerra de desgaste, tal como yo estoy haciendo con él. Tengo
que pasar a la contraofensiva.»
Regresó
a la casa y vio a Livia sentada delante del televisor, puesto a muy bajo
volumen para no despertar a François, que dormía en la cama de matrimonio.
—Perdóname,
lo digo en serio —le dijo, pasando por su lado para dirigirse a la cocina.
Encontró
en el horno un pastel de salmonetes y patatas de aroma embriagador. Se sentó y
tomó el primer bocado: una delicia. Livia se le acercó por detrás y le acarició
el cabello.
—¿Te
gusta?
—Excelente.
Tienes que decirle a Adelina...
—Adelina
ha venido esta mañana, me ha visto, ha dicho «no quiero molestar», ha dado
media vuelta y se ha ido.
—¿Me
estás diciendo que este pastel de pescado lo has hecho tú?
—Claro.
Por
un instante, pero sólo por un instante, el pastel de pescado se le atragantó
por culpa de un pensamiento que le pasó por la cabeza: «Lo ha hecho para
hacerse perdonar la historia de Mimì» Pero después la excelencia del plato ganó
la partida.
Antes
de sentarse al lado de Montalbano para mirar la televisión, Livia se detuvo
para contemplar con admiración el rompecabezas. Ahora que Salvo ya se había
desahogado, podía comentarlo sin temor.
—Ha
sido impresionante con qué rapidez lo ha compuesto. Tú o yo hubiéramos tardado
más.
—O
nos hubiéramos aburrido antes.
—Pues
mira, François también dice que los rompecabezas son aburridos porque todo es
obligatorio. Dice que cada pieza está cortada de tal manera que encaje con
otra. ¡Y sería más bonito un rompecabezas en el que fueran posibles varias
soluciones!
—¿Eso
ha dicho?
—Sí.
Y se ha explicado mejor porque yo se lo he pedido.
—¿Y
cuál ha sido la explicación?
—Creo
haber comprendido lo que quería decir. Él ya conocía la Estatua de la Libertad
y, cuando ha compuesto la cabeza de la estatua, sabía cómo tenía que seguir y
estaba obligado a hacerlo porque el creador del rompecabezas había cortado las
piezas de una determinada manera y quería que el jugador siguiera su dibujo.
¿Lo he expresado con suficiente claridad hasta este momento?
—Sí.
—Sería
bonito, dijo, que el jugador estuviera en condiciones de crear otro
rompecabezas alternativo con las mismas piezas. ¿No te parece un razonamiento
extraordinario en un niño tan pequeño?
—Hoy
son muy precoces —contestó Montalbano, soltando simultáneamente una maldición
ante la trivialidad de su comentario. Como jamás había hablado de niños, tenía
necesariamente que recurrir a los tópicos.
Nicolò
Zito resumió el comunicado del gobierno tunecino a propósito del incidente con
el buque pesquero. Una vez llevadas a cabo las debidas investigaciones, el
gobierno tunecino no tenía más remedio que rechazar la protesta del gobierno
italiano, que no impedía que sus embarcaciones de pesca invadieran las aguas
jurisdiccionales tunecinas. Aquella noche, una patrullera militar tunecina
había avistado una embarcación pesquera a pocas millas de Sfax. Le había dado
el alto y el pesquero se había dado a la fuga. Con la ametralladora de a bordo
se había disparado una ráfaga de advertencia que, lamentablemente, había
alcanzado y matado a un tripulante tunecino, Ben Dhahab, a cuya familia el
gobierno tunecino ya había entregado una cuantiosa indemnización. Que aquel
desgraciado incidente sirviera de advertencia.
—¿Has
conseguido averiguar algo sobre la madre de François?
—Sí.
Tengo una pista. Pero no esperes nada bueno —contestó el comisario.
—Si...
si Karima no apareciera... ¿qué destino... qué será de François?
—La
verdad es que no lo sé.
—Me
voy a la cama —dijo Livia, levantándose de golpe. Montalbano le cogió una mano
y se la acercó a los labios.
—No
te encariñes demasiado con él.
Soltó
cuidadosamente a François del abrazo de Livia y lo acostó en el sofá ya
preparado. Cuando se metió en la cama, Livia se pegó a su cuerpo, de espaldas,
y no se sustrajo de sus caricias, al contrario.
—¿Y
si el niño se despierta? —preguntó Montalbano, que era un cabronazo, cuando
estaban en el mejor momento.
—Si
se despierta, lo consolaré —contestó Livia entre jadeos.
* *
*
Eran
las siete de la mañana. Se levantó muy despacio de la cama y se encerró en el
cuarto de baño. Lo primero que hizo, como siempre, fue mirarse al espejo. Hizo
una mueca. Si no le gustaba la cara que tenía, ¿por qué se la miraba?
Oyó
un grito desgarrador de Livia, abrió la puerta y salió corriendo. Livia se
encontraba en el comedor y el sofá estaba vacío.
—¡Se
ha escapado! —dijo con trémula voz.
El
comisario corrió a la galería. Y lo vio, un minúsculo punto en la orilla del
mar, dirigiéndose hacia Vigàta. Salió en su persecución en calzoncillos, tal
como estaba. François no corría, pero caminaba con paso decidido. Cuando oyó a
su espalda los pasos de alguien, se detuvo sin volverse tan siquiera.
Respirando afanosamente, Montalbano se le plantó delante, pero no le hizo
ninguna pregunta. El niño no lloraba, mantenía los ojos fijos, más allá de
Montalbano.
—Je
veux maman —dijo.
El
comisario vio acercarse a Livia corriendo, se había puesto una de sus camisas.
La indujo a detenerse con un gesto y le hizo comprender que regresara a casa.
Livia obedeció. El comisario cogió al niño de la mano y ambos echaron a andar
muy despacio. Durante un cuarto de hora no se dijeron ni una sola palabra. Al
llegar a la altura de una barca varada, Montalbano se sentó en la arena,
François se sentó a su lado y él le rodeó los hombros con el brazo.
—Iu
persi a me matri ch'era macari cchiu nicu di tia, yo perdí a mi madre cuando
era más pequeño que tú —le dijo.
Y se
pusieron a hablar, el comisario en siciliano y François en árabe, entendiéndose
a la perfección.
Le
confesó cosas que jamás le había dicho a nadie, ni siquiera a Livia.
El
llanto desconsolado de algunas noches, con la cabeza bajo la almohada para que
su padre no lo oyera; la desesperación de las mañanas, cuando sabía que su
madre no estaba en la cocina preparándole el desayuno o, unos años después, el
bocadillo para la escuela. Es una ausencia que jamás se llena, la llevas
contigo hasta la muerte. El niño le preguntó si él tenía poder para hacer
regresar a su madre. No, contestó Montalbano, aquel poder no lo tenía nadie.
Tenía que resignarse. Pero tú tenías a tu padre, observó François, que era
auténticamente inteligente y no porque lo dijera Livia. Es cierto, tenía a mi
padre. Entonces, preguntó el niño, ¿estaría destinado a terminar en uno de
aquellos sitios donde ponen a los niños que no tienen ni padre ni madre?
—Eso
no. Te lo prometo —contestó el comisario.
Y le
tendió la mano. François se la estrechó, mirándolo a los ojos.
Cuando
salió del cuarto de baño, ya listo para irse al despacho, vio que François
había desmontado el rompecabezas y, con unas tijeras, recortaba las piezas de
otra manera: estaba tratando ingenuamente de no seguir el dibujo obligatorio.
De repente, Montalbano pegó un brinco, como si hubiera sufrido una descarga
eléctrica.
—¡Jesús!
—exclamó muy despacio.
Livia
lo miró, lo vio temblar con los ojos enormemente abiertos y se asustó.
—Salvo,
por Dios, ¿qué ocurre?
Por
toda respuesta, el comisario cogió al niño, lo levantó en alto, lo miró de
abajo arriba, lo volvió a dejar en el suelo y le dio un beso.
—¡François,
eres un genio! —le dijo.
Al
entrar en el despacho, estuvo a punto de chocar con Mimì Augello, que estaba
saliendo.
—Ah,
Mimì, gracias por el rompecabezas.
Augello
se lo quedó mirando con la boca abierta.
—¡Rápido,
Fazio!
—Diga,
comisario.
Le
explicó detalladamente lo que tenía que hacer.
—Galluzzo,
aquí.
—A
sus órdenes.
Le
explicó también con todo detalle lo que tenía que hacer.
—¿Da
usted su permiso?
Era
Tortorella, que entró empujando la puerta con el pie, pues tenía las manos
ocupadas, sosteniendo aproximadamente ochenta centímetros de papeles.
—¿Qué
es eso?
—El
dottore Didio se queja.
Didio,
responsable de la oficina administrativa de la Jefatura Superior de Policía de
Montelusa, era conocido con el apodo del «Azote de Dios» o la «Cólera de Dios»
por su carácter puntilloso.
—¿De
qué se queja?
—Del
retraso que usted lleva, comisario. De las cosas que tiene que firmar. —El
agente depositó los ochenta centímetros de papeles sobre el escritorio—. Ármese
de santa paciencia.
Cuando
ya llevaba en ello una hora y le dolía la mano de tanto firmar, entró Fazio.
—Dottore,
tiene usted razón. Nada más salir del pueblo, en el lugar llamado Cannatello,
el autocar Vigàta—Fiacca tiene una parada. Cinco minutos después pasa el
autocar que circula en sentido contrario, Fiacca—Vigàta, y para también en
Cannatello.
—O
sea, que, teóricamente, una persona puede tomar en Vigàta el autocar que se
dirige a Fiacca, bajar en Cannatello y, cinco minutos después, tomar el autocar
Fiacca— Vigàta y regresar al pueblo.
—Exacto,
comisario.
—Gracias,
Fazio. Lo has hecho muy bien.
—Espere,
dottore. He hecho venir aquí al cobrador del trayecto de esta mañana de Fiacca—
Vigàta. Se llama Lopipàro. ¿Lo hago pasar?
—¿Cómo
no?
Lopipàro,
un cuarentón enjuto y huraño, tuvo inmediatamente especial empeño en señalar
que no era cobrador sino conductor con funciones de cobrador, puesto que los
billetes se vendían en los estancos y él se limitaba a recogerlos a bordo del
autocar.
—Señor
Lopipàro, lo que se dirá en este despacho tiene que quedar entre nosotros tres.
El
conductor—cobrador se colocó una mano a la altura del corazón en señal de
solemne juramento.
—Soy
una tumba —dijo.
—Señor
Lopìparo...
—Lopipàro.
—Señor
Lopipàro, ¿usted conoce a la viuda Lapecora, la señora cuyo marido ha sido
asesinado?
—¿Cómo
no? Está abonada al trayecto. Por lo menos tres veces a la semana va y viene de
Fiacca para ver a su hermana que está enferma, y durante el viaje habla
constantemente de ello.
—Le
voy a rogar que haga un esfuerzo de memoria.
—Si
usted me lo manda, yo haré el esfuerzo.
—El
jueves de la semana pasada, ¿vio usted a la señora Lapecora?
—¡Sí,
señor! La señora Lapecora, lo sabe todo el mundo, es un poco tacaña. Pues bien,
el jueves por la mañana tomó el autocar de Fiacca de las seis y media. Pero, al
llegar a Cannatello, bajó y le dijo a mi compañero Cannizzaro, el conductor,
que debía volver atrás porque había olvidado una cosa que tenía que llevarle a
su hermana. Cannizzaro, me lo contó aquella misma noche, se detuvo y ella bajó.
Al cabo de cinco minutos pasé yo en dirección a Vigàta, paré en Cannatello y la
señora subió a mi autocar.
—¿Y
por qué discutieron ustedes?
—Porque
no me quería dar el billete del trayecto Cannatello— Vigàta. Decía que ella no
podía perder dos billetes por una equivocación. Pero yo tengo que tener tantos
billetes como personas viajan en el autocar. No podía hacer la vista gorda, tal
como quería la señora Lapecora.
—Eso
está claro —dijo Montalbano—. Pero dígame usted una cosa. Supongamos que la
señora recoge media hora después lo que había olvidado en casa. ¿Cómo se las
arregla para llegar a Fiacca durante la mañana?
—Toma
el autocar que cubre el trayecto Montelusa— Trapani y que pasa por Vigàta a las
siete y media en punto. Y la señora llega a su destino con sólo una hora de
retraso.
—Genial—comentó
Fazio cuando salió Lopipàro—. Pero ¿cómo lo ha deducido?
—Me
lo ha hecho comprender el pequeño François, que jugaba con un rompecabezas.
—Pero
¿por qué lo hizo? ¿Estaba celosa de la asistenta tunecina?
—No.
La señora Lapecora es una tacaña, tal como ha dicho el conductor. Estaba
furiosa porque, por aquella mujer, su marido se gastaba todo lo que tenía. Y,
además, hubo un elemento desencadenante.
—¿Cuál?
—Después
te lo digo. ¿Sabes lo que dice Catarella? La avaricia es un mal vicio.
Imagínate, por avaricia hizo que Lopipàro se fijara en ella, cuando hubiera
tenido que esforzarse al máximo en pasar inadvertida.
—He
tardado media hora en averiguar dónde vivía y he perdido otra media para
convencer a la vieja, que no se fiaba y tenía miedo. Se ha tranquilizado cuando
la he hecho salir de casa y ha visto el automóvil con el distintivo de la
policía. Ha hecho un pequeño fardo y ha subido al vehículo. ¡No se imagina lo
que ha llorado el niño cuando la ha visto aparecer inesperadamente! Se han
abrazado muy fuerte. Hasta su señora se ha emocionado.
—Gracias,
Gallu.
—¿Cuándo
tengo que pasar por la casa para acompañarla de nuevo a Montelusa?
—No
te preocupes, yo me encargaré de eso.
La
pequeña familia se estaba ampliando inexorablemente. Ahora en Marinella estaba
también la abuela, Aisha.
Dejó
que sonara un buen rato el teléfono, pero no contestó nadie: la viuda Lapecora
no estaba en casa. Seguramente habría salido a hacer la compra. Pero podía
haber otra explicación. Marcó el número de la familia Cosentino. Se puso al
aparato la simpática y bigotuda esposa del guardia jurado. Hablaba en voz baja.
—¿Su
marido está durmiendo?
—Sí,
señor comisario. ¿Quiere que lo llame?
—No
hace falta. Salúdelo de mi parte. Oiga, señora, he llamado a la señora
Lapecora, pero no contesta. ¿Usted sabe si, por casualidad...?
—Esta
mañana no la va a encontrar, comisario. Ha ido a ver a su hermana a Fiacca. Ha
ido hoy porque mañana a las diez se celebra el funeral del pobre...
—Gracias,
señora.
Colgó,
puede que lo que se tenía que hacer no fuera tan complicado...
—¡Fazio!
—A
sus órdenes, comisario.
—Aquí
tienes las llaves del despacho de Lapecora, Salita Granet veintiocho. Entra y
coge un llavero que hay en el cajón central del escritorio. Lleva prendida una
etiqueta que dice «casa». Debe de ser un manojo de duplicados que guardaba en
el despacho. Ve a casa de la señora Lapecora y abre con esas llaves.
—Un
momento. ¿Y si regresa la viuda?
—No
está en el pueblo.
—¿Qué
tengo que hacer?
—En
el comedor, hay una vitrina con platos, tacitas, bandejas y cosas de ese tipo.
Coge lo que quieras, pero que sea algo que ella no pueda negar que le pertenece
(lo ideal sería una tacita de un servicio completo), y tráelo aquí. Sobre todo,
vuelve a dejar las llaves en el cajón del despacho.
—¿Y
si, a la vuelta, la viuda se da cuenta de que le falta una tacita?
—Nos
importa una mierda. Después haz otra cosa: llama a Jacomuzzi y dile que hoy
mismo quiero el cuchillo con el que mataron a Lapecora. Si no tiene ningún
hombre que me lo pueda traer, vas tú a recogerlo.
—¿Montalbano?
Soy Valente. ¿Podrías estar en Mazara sobre las cuatro de esta tarde?
—Si
salgo ahora mismo, sí. ¿Por qué?
—Vendrá
el patrón de la embarcación. Me gustaría que estuvieras presente.
—Te
lo agradezco. ¿Tu hombre ha conseguido averiguar algo?
—Sí,
me ha dicho que no ha sido muy difícil. Los tripulantes hablan del asunto sin
ningún reparo.
—¿Qué
dicen?
—Te
lo diré cuando vengas.
—No,
dímelo ahora, así lo pensaré durante el viaje.
—Pues
mira, estamos convencidos de que la tripulación no sabía nada o sabía muy poco
acerca del asunto. Todos dicen que la embarcación estaba justo fuera del límite
de nuestras aguas jurisdiccionales. Que la noche era muy oscura y que en el
radar vieron con toda claridad una embarcación en la derrota.
—¿Y
por qué siguieron adelante?
—Porque
a nadie de la tripulación se le ocurrió pensar que pudiera ser una patrullera
tunecina, o lo que fuera. Te repito que ya estaban en aguas internacionales.
—¿Y
después?
—Después
les dieron inesperadamente el alto. La tripulación de nuestro buque pesquero,
no sé si el patrón, pensó que se trataba de un control de la Policía Judicial.
Se detuvieron y oyeron hablar en árabe. Entonces el tripulante tunecino se
dirigió a popa y encendió un cigarrillo. Y los otros le dispararon. Sólo
entonces el pesquero se dio a la fuga.
—¿Y
después?
—Y
después, ¿qué, Montalba? ¿Cuánto va a durar esta llamada?
Catorce
A
diferencia de casi todos los hombres de mar, Angelo Prestìa, el patrón y
propietario del pesquero Santopadre, era un sujeto grueso y sudoroso. Pero
sudaba por naturaleza, no por las preguntas que le estaba haciendo Valente,
pues, muy al contrario, a este respecto se le veía no sólo tranquilo sino
incluso ligeramente irritado.
—No
acabo de entender por qué queréis ahora volver sobre esta historia que ya es
agua pasada.
—Nos
interesa aclarar algún pequeño detalle, después podrá usted irse —le dijo
Valente en tono tranquilizador.
—¡Pues
veamos de una puñetera vez qué es!
—Usted
ha declarado en todo momento que la patrullera tunecina actuó ilegalmente, pues
la embarcación pesquera se encontraba en aguas internacionales. ¿Lo confirma?
—Claro
que lo confirmo. Aparte de que no veo por qué motivo os interesan estas
cuestiones que corresponden a la Autoridad portuaria.
—Ya
lo verá después.
—¡Yo
no tengo que ver nada, perdone! El gobierno tunecino ha emitido un comunicado,
¿sí o no? Este comunicado dice que lo mataron ellos, ¿sí o no? Pues entonces,
¿por qué se empeñan en volver inútilmente sobre el asunto?
—Porque
ya hay una contradicción —señaló Valente.
—¿Cuál?
—Usted,
por ejemplo, dice que el ataque se produjo en aguas internacionales, mientras
que ellos afirman que ustedes las habían rebasado. ¿Le parece contradictorio,
sí o no, utilizando su misma expresión?
—No,
señor, no hay una contradicción. Hay un error.
—¿Por
parte de quién?
—De
ellos. Se ve que se equivocaron en el cálculo de la posición.
Montalbano
y Valente intercambiaron una rápida mirada: era la señal que marcaba el
comienzo de la segunda parte del interrogatorio que previamente habían
acordado.
—Señor
Prestìa, ¿usted tiene antecedentes penales?
—No,
señor.
—Pero
ha sido detenido.
—¡Cuánto
os gustan las historias antiguas! Me detuvieron, sí, señor, porque un cornudo
me la tenía jurada y me quiso hacer daño. Pero el juez comprendió que el muy
hijo de puta había mentido y me dejó libre.
—¿De
qué lo acusaban?
—De
contrabando.
—¿De
tabaco o de droga?
—De
esto último.
—Su
tripulación de entonces también acabó en chirona, ¿verdad?
—Sí,
señor, pero salieron todos, inocentes como yo.
—¿Quién
era el juez que decretó que la demanda era improcedente?
—No
me acuerdo.
—¿Se
llamaba Antonio Bellofiore?
—Ah,
sí, me parece que sí.
—¿Sabe
que al año siguiente lo metieron en la cárcel porque amañaba juicios?
—No,
no lo sabía, yo paso más tiempo en el mar que en tierra.
Otra
rápida mirada y la pelota pasó a Montalbano.
—Dejemos
estas historias antiguas —dijo el comisario—. ¿Usted pertenece a una
cooperativa?
—La
Copemaz.
—¿Qué
significa?
—Cooperativa
de Pescadores Mazareses.
—Los
tripulantes tunecinos que se enrolan, ¿los eligen ustedes por su cuenta o bien
los elige la cooperativa?
—Nos
los elige la cooperativa —contestó Prestìa, empezando a sudar más de lo
habitual.
—Sabemos
que la cooperativa le había proporcionado a una determinada persona, pero usted
eligió, en su lugar, a Ben Dhahab.
—Oiga,
mire, yo a ese Dhahab no lo conocía, jamás lo había visto. Cuando subió a
bordo, cinco minutos antes de zarpar, creí que era el que me habían indicado en
la cooperativa.
—¿Es
decir, Assan Tarif?
—Creo
que así se llamaba.
—Bien.
¿Y cómo es posible que la cooperativa no le pidiera explicaciones?
El
patrón Prestìa esbozó una sonrisa, pero su rostro estaba en tensión y sudaba a
mares.
—¡Son
cosas que ocurren todos los días! Se intercambian entre sí, lo importante es
que no haya protestas.
—¿Y
por qué Assan Tarif no protestó? A fin de cuentas, perdía el jornal de un día
de trabajo.
—¿Y
me lo pregunta a mí? Pregúnteselo a él.
—Ya
lo he hecho —dijo tranquilamente Montalbano.
Valente
lo miró asombrado, pues esta parte no se había pactado.
—¿Y
qué le ha dicho? —dijo casi en tono desafiante Prestìa.
—Que
Ben Dhahab lo abordó la víspera, le preguntó si estaba en la lista para
embarcarse en el Santopadre y, ante su respuesta afirmativa, le dijo que
desapareciera tres días y le pagó una semana de trabajo.
—Yo
de eso no sé nada.
—Déjeme
terminar. Dadas las circunstancias, Dhahab no se incorporó a la tripulación
porque necesitase trabajar, pues tenía dinero. Por consiguiente, el motivo era
otro.
Valente
seguía con suma atención la trampa que estaba tendiendo Montalbano. Estaba
claro que la historia según la cual el fantomático Tarif había cobrado dinero
de Dhahab se la había inventado el comisario; ahora habría que ver adónde
quería ir a parar.
—¿Usted
sabe quién era Ben Dhahab?
—Un
tunecino que buscaba trabajo.
—No,
amigo mío, era un pez gordo del narcotráfico.
Mientras
Prestìa palidecía intensamente, Valente comprendió que ahora le tocaba a él. En
su fuero interno, esbozó una sonrisa de satisfacción, pues con Montalbano
formaba un dúo imbatible, al estilo de la pareja cómica Tato y Peppino.
—Lo
veo en muy mala situación, señor Prestìa —dijo Valente, utilizando un tono
compasivo y casi paternal.
—Pero
¿por qué?
—¿Cómo?
¿Es que no lo comprende? Un narcotraficante del calibre de Ben Dhahab se
embarca a toda costa en su embarcación. Y usted tiene el antecedente que todos
sabemos. Dos preguntas. Primera: ¿cuánto suma uno más uno? Segunda pregunta:
¿qué falló aquella noche?
—¡Ustedes
me quieren liar! ¡Me quieren hundir!
—Usted
mismo lo está haciendo con sus propias manos.
—¡No
y no! ¡Hasta este extremo, ni hablar! —dijo Prestìa, tremendamente nervioso—.
Me habían garantizado que...
Hizo
una pausa para secarse el sudor.
—¿Qué
le habían garantizado? —preguntaron simultáneamente Valente y Montalbano.
—…
que no tendría problemas, que no me vendrían a tocar los cojones.
—¿Quiénes?
El
patrón Prestìa se introdujo una mano en el bolsillo, sacó el billetero, extrajo
del mismo una tarjeta de visita y la arrojó sobre el escritorio de Valente.
* *
*
Una
vez liquidado Prestìa, Valente marcó el número que figuraba en la tarjeta de
visita. Era el de la Prefectura de Trapani.
—¿Oiga?
Soy el subjefe de policía Valente, de Mazara.
Quisiera
hablar con el commendatore Mario Spadaccia, el jefe del Gabinete.
—Un
momento, por favor.
—Buenos
días, dottore Valente. Al habla Spadaccia.
—Commendatore,
lo molesto por una cuestión relacionada con la muerte del tunecino del buque
pesquero...
—Pero
¿no se había aclarado? El Gobierno de Túnez...
—Sí,
lo sé, commendatore, pero...
—¿Por
qué me llama a mí?
—Porque
el patrón de la embarcación...
—¿Le
ha facilitado mi nombre?
—Nos
ha facilitado su tarjeta de visita. La guardaba como una especie... de
garantía.
—Y,
efectivamente, lo es.
—¿Cómo
dice?
—Me
explico ahora mismo. Verá usted, desde hace algún tiempo, Su Excelencia...
«¿Pero
este título de respeto no se abolió hace medio siglo?», se preguntó Montalbano,
que estaba escuchando la conversación a través de una línea conectada.
—Commendatore,
le agradezco muchísimo su exhaustiva explicación —dijo Valente. Y cortó la
comunicación.
Ambos
se miraron en silencio.
—O
es un capullo o nos la quiere pegar —dijo Montalbano.
—El
asunto me está empezando a oler a chamusquina —dijo Valente con expresión
pensativa.
—A
mí también —dijo Montalbano.
Estaban
comentando la siguiente jugada que deberían hacer cuando sonó el teléfono.
—¡Había
dicho que no estaba para nadie! —gritó enfurecido Valente.
Escuchó
y le pasó el aparato a Montalbano.
Antes
de irse a Mazara, el comisario había dejado dicho en su despacho dónde lo
podrían localizar en caso de necesidad.
—¿Diga?
Soy Montalbano. ¿Quién es? Ah, ¿es usted, señor jefe superior?
—Sí,
soy yo. ¿Dónde demonios se ha metido?
Parecía
enojado.
—Estoy
en el despacho de mi compañero, el subjefe de Mazara.
—No
es su compañero. Valente es subjefe superior y usted no lo es.
Montalbano
empezó a preocuparse.
—¿Qué
ocurre, señor jefe superior?
—¡No,
soy yo el que le pregunta a usted qué demonios ocurre!
—No
le entiendo.
—¿Qué
mierda está usted revolviendo?
¿Mierda?
¿El jefe superior había dicho «mierda»? ¿Era el comienzo del Apocalipsis?
¿Dentro de poco empezarían a sonar las trompetas del Juicio Final?
—Pero
¿qué he hecho?
—Usted
me facilitó un número de matrícula, ¿recuerda?
—Sí.
AM 237 GW.
—Ése.
Ayer mismo le rogué a un amigo de Roma que se encargara del asunto para ganar
tiempo, tal como usted me había pedido que hiciera. Pues bien, este amigo me ha
telefonado, muy molesto. Le contestaron que, si quería conocer el nombre del
propietario del vehículo, presentara una solicitud por escrito, especificando
con todo detalle los motivos de la solicitud.
—No
hay problema, señor jefe superior. Yo mañana se lo cuento todo y usted, en la
solicitud, puede...
—Montalbano,
o no lo entiende o no lo quiere entender. Es un número blindado.
—Y
eso, ¿qué quiere decir?
—Quiere
decir que el vehículo pertenece al Servicio Secreto. ¿Tanto le cuesta
comprenderlo?
La
cosa olía a algo más que a chamusquina. Ahora la atmósfera se estaba haciendo
irrespirable.
Mientras
le comentaba a Valente el asesinato de Lapecora, el secuestro de Karima, la
cuestión de Fahrid y de su automóvil, que ahora resultaba que no era suyo, sino
del Servicio Secreto, se le ocurrió una idea que lo preocupó. Y llamó al jefe
superior a Montelusa.
—Disculpe,
pero usted, cuando habló con su amigo de Roma por lo de la matrícula, ¿le dijo
de qué se trataba?
—¿Y
cómo hubiera podido hacerlo? Yo no sé nada de lo que usted está haciendo.
El
comisario lanzó un suspiro de alivio.
—Le
dije simplemente que tenía que ver con una investigación que usted está
llevando a cabo —añadió el jefe superior.
El
comisario volvió a tragarse el suspiro de alivio.
—¿Oye,
Galluzzo? Soy Montalbano. Te llamo desde Mazara. Creo que me voy a retrasar.
Por consiguiente, contrariamente a lo que te había dicho, ve inmediatamente a
mi casa de Marinella, coge a la vieja tunecina y acompáñala de nuevo a
Montelusa. No pierdas ni un minuto.
* *
*
—¿Livia?
Escúchame con atención y haz lo que yo te diga sin discutir. Estoy en Mazara y
creo que nuestro teléfono aún no está pinchado.
—Dios
mío, pero ¿qué dices?
—He
dicho que no discutas ni hables ni hagas preguntas; limítate a escuchar. Dentro
de poco llegará a casa Galluzzo. Se llevará a la vieja y la acompañará de nuevo
a Montelusa. No os entretengáis demasiado con los adioses; le dices a François
que pronto la volverá a ver. En cuanto Galluzzo se haya ido, llamas a mi
despacho y preguntas por Mimì Augello. Es absolutamente necesario que lo
localices, dondequiera que esté. Le dices que tengo que verlo enseguida.
—Pero
¿y si tiene algo que hacer?
—Por
ti lo mandará todo al carajo y se lanzará de cabeza. Tú, entre tanto, habrás
preparado una maletita con las cosas de François...
—Pero
¿que quieres....
—Chitón,
¿está claro? Chitón. Explícale a Mimì que, por orden mía, el pequeño tiene que desaparecer
de la faz de la tierra, se tiene que esfumar. Que lo oculte en algún lugar,
donde pueda estar bien. Tú no le preguntes adónde tiene intención de llevarlo.
¿Entendido? Tú no debes saber adónde ha ido a parar François. Y no llores, que
me molesta. Presta atención. Cuando Mimì se haya ido con el niño, espera una
horita y llamas a Fazio. Dile entre lágrimas (no te será muy difícil, pues ya
lo estás haciendo) que el pequeño ha desaparecido, que se ha escapado para
reunirse con la vieja. En resumen: dile que te ayude a buscarlo. Entre tanto,
yo ya habré llegado. Otra cosa: llama al aeropuerto de Punta Raisi y reserva un
billete para Génova. Un vuelo hacia el mediodía, así encontraré a alguien que
te pueda acompañar. Hasta pronto.
Colgó
y su mirada se cruzó con la del trastornado Valente.
—¿Crees
que podrían llegar a este extremo?
—Y a
otro mucho peor.
* *
*
—¿Ahora
tienes clara la historia? —preguntó Montalbano.
—Creo
que la estoy empezando a comprender —contestó Valente.
—Te
lo explico mejor —dijo el comisario—. A grandes rasgos, la cosa puede haber ido
de la siguiente manera. Ahmed Moussa, por motivos personales, ordena a Fahrid,
uno de sus hombres, que organice una base operativa. Éste consigue la ayuda, no
sé hasta qué punto voluntaria, de Karima, la hermana de Ahmed, la cual vive
desde hace algún tiempo en la isla. Sometiendo a chantaje a un señor de Vigàta
que se llamaba Lapecora, utilizan la antigua empresa de importación y
exportación de éste como tapadera. ¿Me sigues?
—Perfectamente.
—Ahmed,
que tiene que celebrar una importante reunión (armas o apoyo político para su
movimiento), se traslada a Italia bajo la protección de alguien de nuestros
Servicios Secretos. La reunión tiene lugar en alta mar, pero probablemente es
una trampa. Ahmed no sospechaba ni de lejos que nuestros Servicios Secretos
estuvieran practicando un doble juego y estuvieran de acuerdo con los que en
Túnez lo querían liquidar. Entre otras cosas, yo estoy convencido de que Fahrid
también estaba de acuerdo en eliminar a Ahmed. La hermana, no creo.
—¿Por
qué tienes tanto miedo por el niño?
—Porque
es un testigo. Tal como reconoció a su tío en la televisión, podría reconocer a
Fahrid. Estoy seguro de que éste ya ha matado a Karima. Y la ha matado,
llevándosela en un vehículo que pertenece nada menos que a nuestros Servicios
Secretos.
—¿Qué
hacemos?
—Tú,
de momento, te quedas quieto, Vale. Yo me encargaré de inmediato de organizar
una maniobra de distracción.
—Buena
suerte.
—A
ti también, amigo mío.
* *
*
Estaba
anocheciendo cuando llegó a la comisaría. Fazio lo esperaba.
—¿Habéis
encontrado a François?
—¿Ha
pasado usted por su casa antes de venir aquí? —preguntó Fazio en lugar de
contestar.
—No.
Vengo directamente de Mazara.
—Comisario,
¿le importa que pasemos a su despacho? Una vez dentro, Fazio cerró la puerta.
—Dottore,
yo soy policía. Puede que no tan hábil como usted, pero soy policía. ¿Cómo se
ha enterado de que el niño se ha escapado?
—Pero,
Fazio, ¿qué te ocurre? Me llamó Livia a Mazara y yo le dije que se pusiera en
contacto contigo.
—Es
que, verá, comisario, el caso es que la señorita me explicó que me pedía ayuda
porque no sabía dónde estaba usted.
—Me
has pillado —dijo Montalbano.
—Y,
además, la señorita lloraba en serio, eso sí. Pero no porque el niño se hubiera
escapado, sino por otro motivo que yo ignoro. Entonces he comprendido lo que
usted quería de a mí, dottore, y lo he hecho.
—¿Y
qué quería yo?
—Que
armara jaleo, el mayor follón posible. He recorrido todas las casas de las
inmediaciones, he preguntado a todas las personas con quienes me he cruzado.
¿Han visto, por casualidad, a un niño así y así? Nadie lo había visto, pero,
entre tanto, todo el mundo se ha enterado de que se había escapado. ¿No era eso
lo que usted quería?
Montalbano
se emocionó. Era la amistad siciliana, la auténtica, la que se basa en lo
tácito, en lo que se intuye: a un amigo no hace falta pedirle nada, es el otro
el que automáticamente comprende y actúa en consecuencia.
—Y
ahora, ¿qué tengo que hacer?
—Seguir
armando follón. Telefonea al Cuerpo de Carabineros, a todos los mandos de la
provincia, a las comisarías, a los hospitales, a quien te dé la gana. Hazlo con
carácter semioficial, sólo llamadas telefónicas, nada por escrito. Facilita la
descripción del niño y aparenta estar preocupado.
—Comisario,
¿estamos seguros de que no lo encontrarán?
—Tranquilo,
Fazio. Está en buenas manos.
Cogió
una hoja con membrete y escribió a máquina:
MINISTERIO
DE TRANSPORTE Y COMUNICACIONES.
PARA
DELICADA INVESTIGACIÓN RELATIVA SECUESTRO Y PROBABLE HOMICIDIO MUJER LLAMADA
KARIMA MOUSSA PRECISO CONOCER NOMBRE PROPIETARIO VEHÍCULO CUYA MATRÍCULA ES AM
237 GW. SE RUEGA RESPONDER A PETICIÓN. EL COMISARIO: SALVO MONTALBANO.
No
sabía por qué razón, siempre que redactaba un fax, lo hacía como si fuera un
telegrama. Lo volvió a leer. Había escrito incluso el nombre de la mujer, para
que el cebo resultara más apetecible. Seguramente se verían obligados a salir
de su escondrijo.
—¡Gallo!
—A
sus órdenes, comisario.
—Busca
el número de fax del Registro de Vehículos de Motor de Roma y envíalo
inmediatamente.
»¡Galluzzo!
—A
sus órdenes.
—¿Qué
hay?
—He
acompañado a la vieja a Montelusa. Todo bien.
—Oye,
Gallù. Avisa a tu cuñado para que mañana por la mañana, después del funeral de
Lapecora, se acerque por esta Zona. Que venga con un cámara.
—Gracias
de todo corazón, dottore.
—¡Fazio!
—Dígame.
—Me
había olvidado. ¿Estuviste en casa de la señora Lapecora?
—Claro.
Tomé una tacita de un servicio de doce. La tengo aquí. ¿La quiere ver?
—Me
importa un bledo. Mañana te diré lo que tienes que hacer con ella. Colócala en
un sobre de celofán. Ah, por cierto, ¿Jacomuzzi ha enviado el cuchillo?
—Sí,
señor.
No
tenía valor para dejar la comisaría, en casa lo esperaba la parte más difícil,
el dolor de Livia. Por cierto, si Livia se fuera... Marcó el número de Adelina.
—¿Adeli?
Soy Montalbano. Oye, mañana por la mañana se va la señorita. Tengo que
recuperarme un poco. ¿Sabes una cosa? Hoy no he comido nada.
Uno
tenía que vivir, ¿no?
Quince
Livia
estaba sentada en el banco de la galería absolutamente inmóvil, contemplando
aparentemente el mar. No lloraba, pero los ojos hinchados y enrojecidos decían
que había gastado todas las lágrimas disponibles. El comisario se sentó a su
lado, le cogió una mano y se la apretó. Le pareció que sostenía un objeto
muerto y experimentó casi una sensación de repugnancia. La volvió a soltar y
encendió un cigarrillo. Quería que Livia supiera lo menos posible de todo aquel
asunto, pero fue ella quien le hizo una pregunta muy concreta, lo cual
significaba que lo había estado pensando.
—¿Le
quieren hacer daño?
—Daño,
precisamente, no creo. Pero es mejor que desaparezca durante algún tiempo, eso
sí.
—Pero
¿cómo?
—Pues
no sé, quizá metiéndolo en un orfanato bajo un nombre falso.
—¿Por
qué?
—Porque
ha conocido a unas personas que no habría tenido que conocer.
Sin
apartar los ojos del mar, Livia reflexionó acerca de las últimas palabras que
acababa de pronunciar Montalbano.
—No
lo entiendo —dijo.
—¿Qué?
—Si
estas personas que François ha visto son unos tunecinos, quizá sin papeles,
vosotros que sois la policía, ¿no podríais...?
—No
son sólo tunecinos.
Livia
se volvió muy despacio a mirado, como si le costara un esfuerzo.
—¿No?
—No.
Y ya no te puedo decir nada más.
—Lo quiero.
—¿A
quién?
—A
François. Lo quiero.
—Pero,
Livia...
—A
callar. Lo quiero. Nadie me lo podrá quitar de esta manera, y tú menos que
nadie. Durante estas horas lo he estado pensando mucho, ¿sabes? ¿Cuántos años
tienes, Salvo?
Pillado
por sorpresa, el comisario dudó un momento.
—Creo
que cuarenta y cuatro.
—Cuarenta
y cuatro y diez meses. Dentro de dos meses cumplirás cuarenta y cinco. Yo tengo
treinta y tres cumplidos. ¿Te das cuenta?
—No.
¿De qué?
—Hace
seis años que estamos juntos. De vez en cuando hablamos de casarnos y después
dejamos el tema. Ambos, de común pero tácito acuerdo, no queremos tomar una
decisión. Estamos bien así y nuestra pereza, nuestro egoísmo, siempre gana la
partida.
—¿Pereza?
¿Egoísmo? Pero ¿qué palabras son ésas? Hay dificultades objetivas que...
—…
que te puedes meter en el culo —terminó brutalmente Livia.
Montalbano
enmudeció, desconcertado. Sólo una o dos veces en seis años había oído a Livia
utilizar expresiones vulgares y siempre había sido en situaciones preocupantes,
de máxima tensión.
—Perdóname
—dijo Livia muy despacio—. Pero a veces no soporto tu hipocresía tan bien
camuflada. Tu cinismo es más auténtico.
Montalbano
siguió encajando los golpes en silencio.
—No
me distraigas de lo que te quiero decir. Eres hábil, es tu oficio. Pero yo te
hago una pregunta: ¿cuándo crees que podremos casarnos? Contéstame con
claridad.
—Si
dependiera sólo de mí...
Livia
se levantó de un salto.
—¡Basta!
Me voy a la cama, me he tomado dos Dormidinas; mi avión sale de Palermo a las doce
del mediodía. Pero primero termino lo que estaba diciendo. Si algún día nos
casamos, será cuando tú tengas cincuenta años y yo treinta y ocho. Demasiado
mayores para tener hijos, diremos. Y nos habremos dado cuenta de que alguien,
Dios o quien sea, ya nos había enviado el hijo en el momento oportuno.
Dio
media vuelta y se retiró. Montalbano permaneció en la galería contemplando el
mar, pero no conseguía enfocarlo.
A
las once de la noche se cercioró de que Livia estuviera profundamente dormida,
desenchufó el teléfono, reunió todo el dinero suelto que encontró, apagó las
luces y salió. Se dirigió en su coche a la cabina telefónica del parking del
bar de Marinella.
—¿Nicolò?
Soy Montalbano. Sólo un par de cosas. Mañana por la mañana hacia el mediodía
envía a alguien con un cámara a las inmediaciones de la comisaría. Hay
novedades.
—Gracias.
¿Qué más?
—Bueno,
¿tenéis una cámara pequeña que no haga ruido? Cuanto más pequeña, mejor.
—¿Quieres
dejar a la posteridad un documento de tus proezas de cama?
—¿Tú
sabes manejar la cámara?
—Claro.
—Pues
me la traes.
—¿Cuándo?
—En
cuanto termines el telediario de las doce de la noche. No toques el timbre
cuando llegues, Livia está durmiendo.
* *
*
—¿Hablo
con el señor prefecto de Trapani? Perdone que lo llame tan tarde. Soy Corrado
Menichelli del Corriere della Sera. Lo llamo desde Milán. Nos han llegado
rumores de un hecho de la máxima gravedad, pero, antes de publicarlo y puesto
que le concierne directamente, queríamos que usted nos lo confirmara
personalmente.
—¿De
la máxima gravedad? Dígame.
—¿Es
cierto o no que usted recibió presiones para que un periodista tunecino fuera
liquidado durante su estancia en Mazara? Antes de contestar y por su propio
interés, reflexione un momento.
—¡Yo
no tengo que reflexionar nada! —estalló el prefecto—. ¿De qué me está usted
hablando?
—¿No
lo recuerda? Mire que es muy extraño, pues los hechos ocurrieron hace unos
veinte días.
—¡Lo
que usted dice jamás ocurrió! ¡Yo no he recibido ninguna presión! ¡No sé nada
de periodistas tunecinos!
—Señor
prefecto, nosotros, en cambio, tenemos pruebas de que...
—¡Usted
no puede tener pruebas de un hecho que jamás ocurrió! ¡Páseme inmediatamente a
su director!
Montalbano
colgó. El prefecto de Trapani era sincero; pero su jefe de Gabinete, no.
—¿Valente?
Soy Montalbano. Haciéndome pasar por periodista del Corriere della Sera, he
hablado con el prefecto de Trapani. No sabe nada. El juego lo ha montado
nuestro enemigo, el commendatore Spadaccia.
—¿Desde
dónde me llamas?
—Tranquilo.
Te llamo desde una cabina. Ahora te digo lo que vamos a hacer, siempre y cuando
tú estés de acuerdo.
Para
decírselo, se gastó todas las moneditas menos una.
—¿Mimì?
Soy Montalbano. ¿Estabas durmiendo?
—No.
Estaba bailando. ¡Menuda pregunta!
—¿Estás
enfadado conmigo?
—¡Pues,
sí, señor! ¡Después del papel que me has hecho hacer!
—¿Yo?
¿Qué papel?
—Enviarme
a buscar al niño. Livia me miraba con odio y casi no conseguía arrancárselo de
los brazos. Me he notado una cosa muy rara en la boca del estómago.
—¿Adónde
has llevado a François?
—A
casa de mi hermana, en Calapiano.
—¿Es
un lugar seguro?
—Segurísimo.
Ella y su marido tienen una casa enorme a cinco kilómetros del pueblo, una
finca agrícola aislada. Mi hermana tiene dos hijos, uno de la misma edad que
François, y se encontrará muy a gusto. He tardado dos horas y media a la ida y
dos horas y media a la vuelta.
—¿Estás
cansado?
—Supercansado.
Mañana no iré al despacho.
—De
acuerdo, no vayas al despacho, pero a las nueve como máximo tendrás que estar
en mi casa de Marinella.
—¿Para
hacer qué?
—Coges
a Livia y la acompañas al aeropuerto de Palermo.
—Faltaría
más.
—¿Cómo
es posible que se te haya pasado el cansancio de golpe, Mimì?
Ahora
Livia estaba durmiendo con un sueño muy agitado y de vez en cuando gemía.
Montalbano cerró la puerta del dormitorio, se acomodó en el sillón y encendió
el televisor con el volumen muy bajo. En Televigàta, el cuñado de Galluzzo
estaba comentando el comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Túnez
acerca de algunas informaciones erróneas sobre el desgraciado incidente del
marinero tunecino muerto a bordo de una embarcación pesquera italiana que había
rebasado los límites de sus aguas jurisdiccionales. El comunicado desmentía los
descabellados rumores, según los cuales, en realidad, el marinero no era tal,
sino un periodista de cierto renombre, Ben Dhahab. Se trataba evidentemente de
un caso de homonimia, pues el periodista Ben Dhahab estaba vivo y seguía
desarrollando sus actividades con toda normalidad. Sólo en la ciudad de Túnez,
añadía el comunicado, se contaban por lo menos veinte Ben Dhahabs. Montalbano
apagó el televisor. O sea, que las aguas se habían revuelto y alguien ya estaba
empezando a extender las manos hacia delante, a levantar vallas y lanzar al
aire fumatas negras.
Oyó
el rumor de un automóvil que se detenía en la explanada delante de la puerta de
su casa. El comisario corrió a abrir. Era Nicolò.
—He
venido todo lo rápido que he podido —dijo éste, entrando.
—Te
lo agradezco.
—¿Livia
está durmiendo? —preguntó el periodista, mirando a su alrededor.
—Sí.
Mañana regresa a Génova.
—Siento
mucho no poder saludarla.
—Nicolò,
¿traes la cámara?
El
periodista se sacó del bolsillo un artilugio del tamaño de cuatro cajetillas de
cigarrillos colocadas de dos en dos.
—Toma,
aquí la tienes. Yo me voy a dormir.
—No,
hombre. Me la tienes que colocar en un sitio donde no se vea.
—¿Cómo
puedo hacerlo estando Livia allí?
—Nicolò,
te has metido en la cabeza que quiero grabarme mientras follo. La cámara la
tienes que instalar en esta estancia donde ahora estamos.
—Dime
qué quieres que grabe.
—Una
conversación entre un hombre sentado exactamente en el lugar donde ahora estás
tú, y yo.
Nicolò
Zito miró al frente y sonrió.
—Aquella
estantería llena de libros parece colocada a propósito.
Cogió
una silla y la acercó a la estantería y se subió a ella. Movió algunos libros,
instaló la cámara, bajó, se sentó en el mismo lugar de antes y miró hacia
arriba.
—Desde
aquí, no se ve —dijo, satisfecho—. Ven tú también a comprobarlo.
El
comisario lo comprobó.
—Me
parece que está bien.
—Quédate
aquí —dijo Nicolò.
Volvió
a subirse a la silla, tocó algo y bajó.
—¿Qué
está haciendo ahora? —preguntó Montalbano.
—Te
está filmando.
—¿De
veras? No hace ningún ruido.
—Ya
te dije que era una maravilla.
Nicolò
volvió a subir y bajar de la silla. Pero esta vez sostenía la cámara en la mano
y se la mostró a Montalbano.
—Mira,
Salvo, se hace así: pulsando este botón, se rebobina la cinta. Ahora acércate
la cámara a la altura del ojo y pulsa este otro botón. Pruébalo...
Montalbano
lo hizo y se vio a sí mismo en tamaño reducidísimo, sentado, y oyó una voz de
microbio, la suya, preguntando: «¿Qué está haciendo ahora»?, y la respuesta de
Nicolò: «Te está filmando.»
—Magnífico
—dijo el comisario—. Pero hay una cosa. ¿Sólo se puede ver así?
—No,
hombre, no —contestó Nicolò, sacándose del bolsillo una casete de aspecto
normal, pero que por dentro era distinta—. Observa bien lo que hago. Retiro la
cinta de la cámara que, como ves, es tan pequeña como la de un contestador
automático, y la introduzco en esta casete, que está hecha especialmente para
esto y puedes utilizar en tu vídeo.
—Ya,
pero, para que filme, ¿qué tengo que hacer?
—Pulsar
este otro botón.
Al
ver la cara más perpleja que convencida del comisario, Nicolò empezó a dudar.
—¿Sabrás
utilizarla?
—¡Venga
ya, hombre! —contestó Montalbano, ofendido.
—Entonces,
¿por qué pones esta cara?
—Porque
no puedo subirme a la silla en presencia de la persona a la que quiero fumar,
le parecería sospechoso.
—Mira
a ver si alcanzas a pulsar el botón, poniéndote de puntillas.
Alcanzaba.
—Entonces
es muy fácil. Deja un libro en la mesa, lo colocas como si tal cosa en su sitio
y aprovechas para pulsar el botón.
Querida
Livia, por desgracia, no puedo esperar a que te despiertes, tengo que reunirme
con el jefe superior en Montelusa. Me he puesto de acuerdo con Mimì para que te
acompañe a Palermo. Procura tranquilizarte todo lo que puedas. Te llamaré esta
noche. Un beso.
Salvo
Un
viajante de comercio de ínfima categoría se hubiera expresado seguramente mucho
mejor, y con más cariño e imaginación. Volvió a redactar la nota y,
curiosamente, le salió exactamente igual que la primera. No había nada que
hacer, no era cierto que tuviera que reunirse con el jefe superior, sólo quería
escaquearse de la escena de la despedida. Por consiguiente, se trataba de una
mentira, cosa que jamás había conseguido decir a las personas a las que
apreciaba. En cambio, las mentirijillas se le daban muy bien. ¡Vaya si se le
daban!
En
la comisaría, Fazio lo estaba esperando muy alterado.
—Dottore,
hace media hora que estoy intentando llamarlo a su casa, pero debe usted de
haber desenchufado el teléfono.
—¿Qué
te ocurre?
—Ha
telefoneado uno que ha descubierto casualmente el cadáver de una anciana. En la
via Garibaldi de Villaseta. En la misma casa donde nos apostamos para atrapar
al niño. Por eso lo estaba buscando.
Montalbano
experimentó algo muy parecido a una descarga eléctrica.
—Tortorella
y Galluzzo ya han ido hacia allá. Galluzzo acaba de llamar y me dice que le
diga que es la misma vieja que él acompañó a su casa.
Aisha.
El
tortazo que él mismo se propinó en la cara no fue suficiente para hacerle
saltar los dientes, pero sí para hacerle sangrar el labio.
—Pero
¿qué hace, dottore? —preguntó Fazio, perplejo.
Aisha
era un testigo como lo era François, por supuesto; pero él sólo había tenido
ojos y atenciones para el niño. Era un cabrón, eso es lo que era. Fazio le
ofreció un pañuelo.
—Séquese.
Aisha
era un retorcido fardo al pie de la escalera que conducía a la habitación de
Karima del piso de arriba.
—Parece
que ha caído y se ha desnucado —dijo el doctor Pasquano, llamado por
Tortorella—. Pero le podré decir algo más después de la autopsia. Aunque, para
hacer caer a una vieja como ésta, basta un soplo.
—¿Y
dónde está Galluzzo? —le preguntó Montalbano a Tortorella.
—Se
ha ido a Montelusa para hablar con una tunecina en cuya casa se alojaba la
vieja. Quiere preguntar por qué vino la vieja aquí, si alguien la llamó.
Mientras
la ambulancia se alejaba, Montalbano entró en la casa de Aisha, levantó una
piedra que había al lado del hogar, cogió la libreta de ahorro a la vista, le
sopló encima para quitarle el polvo y se la guardó en el bolsillo.
—¡Dottore!
Era
Galluzzo. No, nadie había llamado a Aisha. Se le había metido en la cabeza que
quería regresar a su casa, se había levantado a primera hora de la mañana,
había tomado el autocar de línea y no había faltado a su cita con la muerte.
Al
regresar a Vigàta y antes de dirigirse a la comisaría, pasó por el estudio del
notario Cosentino, un hombre que le caía muy bien.
—Dígame,
dottore.
El
comisario sacó la libreta de ahorro a la vista y la mostró al notario. Éste la
abrió, la examinó y preguntó:
—¿Y
bien?
Montalbano
empezó a soltarle una complicada explicación, pues no quería revelarle toda la
verdad.
—Creo
haber comprendido —dijo el notario Cosentino, resumiendo los datos que él le
había facilitado— que este dinero pertenece a una mujer que usted cree muerta y
cuyo heredero sería, por tanto, su hijo menor de edad.
—En
efecto.
—Usted
querría que con este dinero se hiciera un depósito a plazo fijo y que el niño
entrara en su posesión una vez alcanzada la mayoría de edad.
—Exacto.
—Perdone,
pero ¿por qué no guarda usted mismo la libreta y, cuando llegue el momento, se
la entrega al niño?
—¿Y
quién le dice a usted que, dentro de quince años, yo todavía estaré vivo?
—Ya
—dijo el notario—. Vamos a hacer una cosa, usted se lleva la libreta, yo
estudio el caso y nos vemos de nuevo dentro de una semana. Quizá convendría
sacar un rendimiento a este dinero.
—Lo
que a usted le parezca mejor —dijo Montalbano, levantándose.
—Llévese
la libreta.
—Guárdela
usted. Yo soy capaz de perderla.
—Espere
que le firmo un recibo.
—Por
favor.
—Otra
cosa.
—Dígame,
señor notario.
—Tenga
en cuenta que es indispensable la certeza de la muerte de la madre.
Al
llegar a la comisaría, llamó a su casa. Livia estaba a punto de salir. Lo
saludó con cierta frialdad o, por lo menos, eso le pareció a él. No supo qué
hacer.
—¿Ha
llegado Mimì?
—Claro.
Me espera en el coche.
—Buen
viaje. Te llamaré esta noche.
Tenía
que seguir adelante, no dejarse arrastrar por Livia.
—¡Fazio!
—A
sus órdenes.
—Vete
a la iglesia, al funeral de Lapecora, que ya habrá empezado. Llévate a Gallo.
En el cementerio, cuando la gente le esté dando el pésame a la viuda, tú te
acercas a ella y le dices con la cara más seria que puedas: «Señora,
acompáñenos a la comisaría.» Si arma un escándalo, no tengas el menor reparo en
introducida en el coche a la fuerza. Ah, otra cosa: en el cementerio estará
presente, sin duda, el hijo de Lapecora. En caso de que quisiera defender a su
madre, colócale las esposas.
MINISTERIO
DE TRANSPORTES—DIRECCIÓN GENERAL DE REGISTRO DE VEHÍCULOS DE MOTOR.
POR
LA DELICADÍSIMA INVESTIGACIÓN REFERENTE HOMICIDIO DE DOS MUJERES TUNECINAS
LLAMADAS KARIMA Y AISHA ME ES ABSOLUTAMENTE NECESARIO CONOCER DATOS Y DIRECCIÓN
PROPIETARIO VEHÍCULO MATRÍCULA AM 237 GW STOP SE RUEGA RESPUESTA A AMABLE
PETICIÓN STOP FIRMADO SALVO MONTALBANO COMISARÍA VIGÀTA PROVINCIA DE MONTELUSA.
En
el Registro de Vehículos, antes de pasar el fax a quien correspondiera según
las órdenes recibidas, se troncharían de risa y lo considerarían un ingenuo o
un imbécil por la forma en que había redactado la petición. Pero la persona a
quien correspondiera, tras haber comprendido el desafío que ocultaba el
mensaje, se vería obligada a mover ficha. Exactamente tal como quería
Montalbano.
Dieciséis
El
despacho de Montalbano se encontraba situado en el otro extremo de la entrada
de la comisaría, pese a lo cual el comisario oyó el griterío que se produjo al
llegar el vehículo de Fazio en el que viajaba la viuda Lapecora. Los
periodistas y fotógrafos eran cuatro gatos, pero se les debían de haber añadido
decenas de curiosos y gandules.
—Señora,
¿por qué la han detenido?
—¡Mire
hacia aquí, señora!
—¡Por
favor, dejen paso! ¡Dejen paso!
Después
hubo una relativa calma y llamaron a su puerta. Era Fazio.
—¿Qué
tal ha ido?
—No
ha opuesto demasiada resistencia. Se ha alterado cuando ha visto a los
periodistas.
—¿Y
el hijo?
—En
el cementerio había un hombre a su lado, a quien todo el mundo daba el pésame.
Me ha parecido que era el hijo. Pero, cuando le he dicho a la viuda que nos
tenía que acompañar, el hombre ha dado media vuelta y se ha alejado. Por eso he
pensado que no podía ser el hijo.
—Y,
sin embargo, lo era, Fazio. Demasiado sensible para presenciar la detención de
su madre. Le aterroriza la idea de tener que pagar los gastos legales. Haz
pasar a la señora.
—¡Como
a una ladrona! ¡Como a una ladrona me estáis tratando! —estalló la viuda nada
más entrar en el despacho.
Montalbano
pareció enojarse.
—¿Habéis
tratado mal a la señora?
Como
siguiendo un guión, Fazio fingió avergonzarse.
—Tratándose
de una detención...
—Pero
¿quién ha hablado de detenciones? Siéntese, señora, le pido disculpas por el
desagradable equívoco. La entretendré sólo unos minutos, el tiempo necesario
para que consten en acta algunas respuestas suyas. Después, vuelve usted a su
casa y listo.
Fazio
se sentó a la máquina de escribir y Montalbano se acomodó en su sillón del
escritorio. Parecía que la viuda se había calmado un poco, pero el comisario
veía sus nervios brincando a flor de piel como las pulgas en un perro
callejero.
—Señora,
corríjame si me equivoco. Me dijo, si recuerda, que la mañana del homicidio de
su marido, usted se levantó de la cama, se dirigió al cuarto de baño, se
vistió, cogió el bolso que estaba en el comedor y salió. ¿Es así?
—Exactamente.
—¿En
casa no notó nada anormal?
—¿Qué
tenía que notar?
—Por
ejemplo, que la puerta del estudio, contrariamente a lo habitual, estaba
cerrada.
Había
sido un palo de ciego, pero acertó. El congestionado rostro de la mujer
palideció intensamente. Pero la voz era firme.
—Creo
que estaba abierta, mi marido no la cerraba nunca.
—Pues
no, señora. Cuando yo entré con usted en la casa a su regreso de Fiacca, la
puerta estaba cerrada. Yo fui quien la abrió.
—¿Qué
más da que estuviera abierta o cerrada?
—Tiene
usted razón, es un detalle sin importancia.
La
viuda no consiguió reprimir un prolongado suspiro.
—Señora,
la mañana en que su marido fue asesinado, usted se fue a Fiacca para visitar a
su hermana enferma, ¿no es cierto?
—Sí.
—Pero
olvidó una cosa. Por eso bajó del autocar en Cannatello, esperó el que
circulaba en sentido contrario y regresó a Vigàta. ¿Qué había olvidado?
La
viuda sonrió, signo evidente de que esperaba la pregunta.
—Yo
aquella mañana no bajé en Cannatello.
—Señora,
tengo la declaración de los dos conductores.
—Tienen
razón. Pero eso no ocurrió aquella mañana, sino dos mañanas atrás. Los
conductores se equivocan de día.
Era
muy rápida y astuta. No habría más remedio que recurrir al salto al vacío.
Abrió
el cajón del escritorio y sacó la bolsa de celofán que contenía el cuchillo de
cocina.
—Este,
señora, es el cuchillo con el que fue asesinado su marido. Un solo golpe por la
espalda.
La viuda
no cambió de expresión ni dijo nada.
—¿Lo
ha visto usted alguna vez?
—Cuchillos
así los haya montones.
El
comisario volvió a introducir lentamente la mano en el cajón del escritorio y
sacó otra bolsa de celofán en cuyo interior había una tacita.
—¿Y
ésta la reconoce?
—¿Se
la llevaron ustedes? ¡He revuelto toda la casa buscándola!
—O
sea, que es suya. La reconoce oficialmente.
—Claro.
¿Para qué quiere esta tacita?
—Me
servirá para enviarla a la cárcel.
De
entre todas las reacciones posibles, la viuda eligió una que, en cierto modo,
suscitó la admiración del comisario. En efecto, la mujer se volvió hacia Fazio
y le preguntó dulcemente, como si estuviera haciendo una visita de cumplido:
—¿Se
ha vuelto loco?
Fazio
hubiera querido contestarle con toda sinceridad que el comisario estaba loco
desde que había nacido, pero no dijo nada y se limitó a mirar hacia la ventana.
—Ahora
le voy a contar cómo se desarrollaron los hechos —dijo Montalbano—. Aquella
mañana suena el despertador, usted se levanta y se dirige al cuarto de baño.
Tiene que pasar necesariamente por delante de la puerta del estudio, y la ve
cerrada. De momento, no presta atención, pero después lo piensa mejor. Y,
cuando sale del cuarto de baño, la abre. Pero no creo que llegara a entrar.
Permanece un instante en el umbral, vuelve a cerrar la puerta, se dirige a la
cocina, coge un cuchillo, se lo guarda en el bolso, sale, toma el autocar, baja
en Cannatello, sube en el que va a Vigàta, regresa a su casa, abre la puerta,
ve a su marido que se dispone a salir y discute con él. Su marido abre la
puerta del ascensor, que aún está en el piso, pues usted lo acaba de utilizar,
usted lo sigue y lo acuchilla; su marido se medio vuelve y se desploma al
suelo; usted pulsa el botón de bajada, llega al vestíbulo y cruza el portal. Y
nadie la ve. Ésta ha sido su gran suerte.
—¿Y
por qué habría tenido que hacerlo? —preguntó tranquilamente la mujer. Y después
añadió, haciendo gala de una increíble ironía, dado el lugar y el momento—:
¿Sólo porque mi marido había cerrado la puerta del estudio?
Montalbano,
sentado en su sillón, le hizo una media reverencia de admiración.
—No,
señora, por lo que había al otro lado de la puerta cerrada.
—¿Y
qué había?
—Karima.
La amante de su marido.
—Pero
si usted mismo acaba de decir que yo no entré en aquella habitación.
—No
fue necesario que entrara, porque la asaltó una vaharada de perfume, el mismo
que Karima solía utilizar profusamente. Se llama Volupté. Es fuerte y
persistente. Seguramente usted ya lo había aspirado alguna vez en la ropa de su
marido impregnada del aroma. Aún se percibía, con menos intensidad, claro,
cuando yo entré por la tarde y usted ya había regresado.
La
viuda Lapecora permaneció en silencio. Estaba reflexionando acerca de las
palabras del comisario.
—¿Puedo
hacerle una pregunta? —inquirió.
—Todas
las que usted quiera.
—¿Por
qué, según usted, yo no entré en el estudio y maté sin más a la mujer?
—Porque
usted tiene un cerebro tan exacto como un reloj suizo y tan rápido como un
ordenador. Karima, al verla traspasar la puerta, se habría puesto en guardia y
habría gritado. Su marido, alertado por los gritos, la habría desarmado con la
ayuda de Karima. En cambio, fingiendo no haberse dado cuenta de nada, usted los
podría sorprender poco después.
—¿Y
cómo explica, siguiendo su razonamiento, que sólo matara a mi marido?
—Cuando
usted regresó, Karima ya no estaba.
—Perdone,
pero, puesto que usted no estaba presente, ¿quién le ha contado esta historia
tan bonita?
—Sus
huellas dactilares en la tacita y el cuchillo.
—¡En
el cuchillo no! —saltó la mujer.
—¿Por
qué en el cuchillo no?
La
mujer se mordió el labio.
—La
tacita es mía; el cuchillo, no.
—El
cuchillo también es suyo, hay una huella. Muy clara.
—¡No
es posible!
Fazio
no apartaba los ojos de su jefe; sabía que en el cuchillo no había ninguna
huella, era el momento más delicado del salto al vacío.
—Usted
está segura de que no hay ninguna huella, porque acuchilló a su marido sin
quitarse los guantes que se había puesto al salir. Pero, verá usted, señora, la
huella que se ha obtenido no corresponde a aquella mañana sino a la víspera,
cuando usted, tras haber utilizado el cuchillo para limpiar el pescado, lo lavó
y lo volvió a guardar en el cajón de la cocina. En efecto, la huella no está en
el mango, sino en la hoja, justo donde termina el mango. Y ahora usted acompaña
a Fazio a la otra habitación, tomamos las huellas dactilares y las comparamos.
—Era
un malnacido —dijo la señora Lapecora— y se merecía la muerte que tuvo. Se
había llevado a casa a la puta para divertirse con ella todo el día en mi cama
mientras yo no estaba.
—¿Me
está diciendo que actuó por celos?
—¿Y
por qué otra cosa si no?
—¿Acaso
no había recibido tres anónimos? Los hubiera podido sorprender en el despacho
de Salita Granet.
—Yo
esas cosas no las hago. Me subió la sangre a la cabeza cuando comprendí que se
había llevado a la puta a mi casa.
—Yo
creo, señora, que la sangre se le subió a la cabeza unos días antes.
—¿Cuándo?
—Cuando
descubrió que su marido había retirado una elevada suma de su cuenta del banco.
Esta
vez el comisario también se estaba marcando un farol. Le fue bien.
—Doscientos
millones —dijo con rabia y desesperación la viuda—. ¡Doscientos millones para
aquella grandísima puta!
De
ahí procedía una parte del dinero de la libreta de ahorro.
—Si
yo no le hubiera parado los pies, ¡ése era capaz de comerse el despacho, la
casa y la cuenta corriente!
—¿Vamos
a hacer la declaración, señora? Pero antes dígame una cosa: ¿qué le dijo su
marido al verla?
—Me
dijo: «No me toques los cojones, tengo que ir al despacho.» A lo mejor, había
discutido con la guarra, ella se había ido y él estaba yendo tras ella.
—¿Señor
jefe superior? Soy Montalbano. Le notifico que justo en este momento he
conseguido que la señora Lapecora confiese el homicidio de su marido.
—Lo
felicito. ¿Por qué lo hizo?
—Por
interés, que ella quiere disfrazar de celos. Tengo que pedirle un favor: ¿puedo
convocar una pequeña rueda de prensa?
No
hubo respuesta.
—¿Señor
jefe superior? Le he preguntado si puedo...
—Lo
he oído muy bien, Montalbano. Es que el asombro me ha dejado sin habla. ¿Usted
quiere convocar una rueda de prensa? ¡No puedo creerlo!
—Y,
sin embargo, es así.
—Muy
bien, adelante. Pero después me tendrá que explicar qué hay debajo.
—¿Usted
afirma que, desde hace tiempo, la señora Lapecora estaba al corriente de las
relaciones entre su marido y Karima? —preguntó el cuñado de Galluzzo en su
papel de representante de «Televigàta».
—Sí.
A través de nada menos que tres anónimos que su marido le había enviado.
En
un primer momento, no lo comprendieron.
—¿Quiere
decir que fue el propio señor Lapecora el que se autodenunció? —preguntó
atónito un periodista.
—Sí.
Porque Karima lo estaba chantajeando. Abrigaba la esperanza de que la reacción
de su mujer lo librara de la situación en la que se encontraba. Pero la señora
no intervino. Ni el hijo tampoco.
—Perdone,
¿por qué no recurrió a las autoridades?
—Porque
temió provocar un escándalo. En cambio, él esperaba que, con la ayuda de su
mujer, todo quedara confinado, por así decirlo, al ámbito familiar.
—Pero
la tal Karima, ¿dónde está ahora?
—No
lo sabemos. Huyó con su hijo, un niño. Es más, una amiga suya, preocupada por
la desaparición de madre e hijo, pidió a Retelibera la aparición en pantalla de
una fotografía de ambos. Pero, hasta ahora, nadie ha aportado ningún dato.
Dieron
las gracias y se fueron. Montalbano sonrió, satisfecho. El primer rompecabezas
se había resuelto perfectamente dentro del esquema previsto. Fahrid, Ahmed y la
propia Aisha habían permanecido al margen.
* *
*
Era
pronto para su cita con Valente. Se detuvo delante del restaurante, donde ya
había estado la otra vez. Se zampó unas almejas salteadas con pan rallado, una
abundante ración de espaguetis solos con almejas y un rodaballo al horno con
orégano y limón caramelizado. Lo completó con un pastel de chocolate amargo con
salsa a la naranja. Al final, se levantó, se dirigió a la cocina y estrechó
emocionado la mano del cocinero sin decir nada. En el coche, de camino hacia el
despacho de Valente, cantó a grito pelado. «Mira cómo me balanceo, mira cómo me
balanceo, con el twist...»
Valente
lo hizo sentar en una estancia contigua a su despacho.
—Es
algo que ya hemos hecho otras veces —le explicó—. Nosotros dejamos la puerta entornada
y tú, con este espejito, variando debidamente la posición, ves lo que ocurre en
mi despacho si el hecho de oír no te es suficiente.
—Ten
cuidado, Valente, porque es cuestión de segundos.
—Déjalo
de nuestra cuenta.
El
commendatore Spadaccia entró en el despacho de Valente y se vio enseguida que
estaba nervioso.
—Perdone,
dottor Valente, pero no lo entiendo. Hubiera podido venir usted mismo a
Jefatura y evitarme esta pérdida de tiempo. Tengo mucho que hacer, ¿sabe usted?
—Disculpe,
commendatore —dijo Valente con repulsiva humildad—. Tiene usted muchísima
razón. Pero eso se arregla enseguida, no lo entretendré más de cinco minutos.
Una simple aclaración.
—Pregunte.
—Usted
me dijo la otra vez que el prefecto había recibido ciertas presiones...
El
commendatore levantó autoritariamente la mano. Valente enmudeció de golpe.
—Si
se lo dije, me equivoqué. Su Excelencia no sabe nada. Por otra parte, se
trataba de una chorrada sin importancia, de esas que ocurren cien veces al día.
Desde Roma, desde el Ministerio, se pusieron en contacto conmigo, no molestan a
Su Excelencia por semejantes gilipolleces.
Estaba
claro que el prefecto, tras haber recibido la llamada del falso periodista del
Corriere, había pedido explicaciones a su jefe de Gabinete. Y debía de haber
sido un coloquio muy animado, pues su eco persistía en las palabras que el
commendatore estaba utilizando.
—¿Qué
más? —preguntó Spadaccia.
Valente
extendió los brazos y una aureola de santo se cernió sobre su cabeza.
—Ya
he terminado.
Spadaccia
puso cara de resignación y miró a su alrededor, como si quisiera comprobar la
realidad que lo rodeaba.
—¿Me
está diciendo que no tiene ninguna otra pregunta que hacerme?
—Exactamente.
El
puño que Spadaccia descargó sobre el escritorio fue tan violento que hasta
Montalbano pegó un brinco en la estancia de al lado.
—¡Ésta
es una tornadura de pelo de la que tendrá usted que rendirme cuentas!
Y se
retiró, hecho una furia. Montalbano corrió a la ventana con los nervios en
tensión. Vio al commendatore salir disparado a la calle y dirigirse a su
automóvil, cuyo chófer estaba bajando en aquel momento para abrirle la
portezuela. En aquel preciso instante, de un vehículo de la policía que acababa
de llegar, bajó, sujetado inmediatamente por el brazo por un agente, Angelo
Prestìa. Spadaccia y el patrón del buque pesquero se cruzaron y se vieron casi
cara a cara. No se dijeron nada, cada cual siguió su camino.
El
relincho de júbilo que Montalbano soltaba algunas veces cuando las cosas salían
a su gusto aterrorizó a Valente, el cual entró corriendo en la estancia de al
lado.
—¿Qué
te pasa?
—¡Ya
está! —exclamó Montalbano.
—Siéntese
aquí —le oyeron decir a un agente.
Prestìa
acababa de ser acompañado al despacho.
Valente
y Montalbano se quedaron donde estaban, encendieron un cigarrillo y se lo
fumaron sin decir nada: entre tanto, el patrón del Santopadre cocía a fuego
lento.
Entraron
con la sombría expresión propia de alguien que tiene que cumplir una amarga
misión. Valente se sentó detrás del escritorio y Montalbano cogió una silla y
se acomodó a su lado.
—¿Cuándo
va a terminar esta historia? —preguntó el patrón.
No
comprendió que, con su agresiva actitud, acababa de revelar a Valente y
Montalbano lo que estaba pensando: o sea, que el commendatore Spadaccia había
acudido allí para confirmar la veracidad de sus palabras. Estaba tranquilo y
podía permitirse el lujo de fingirse indignado.
Sobre
el escritorio descansaba una voluminosa carpeta, en la cual figuraba escrito en
letras mayúsculas el nombre de Angelo Prestìa; voluminosa porque estaba llena
de circulares atrasadas, pero eso el patrón no lo sabía. Valente la abrió y
cogió la tarjeta de visita de Spadaccia.
—Esto
nos lo diste tú, ¿lo confirmas?
El
paso del «usted» de la otra vez al policial «tú» inquietó a Prestìa.
—Pues
claro que lo confirmo. Me la entregó el commendatore y me dijo que, si tenía
algún problema después del viaje con el tunecino, recurriera a él. Y así lo
hice.
—Error
—dijo Montalbano, más fresco que una lechuga.
—¡Pero
si él me lo dijo!
—Claro
que te lo dijo, pero tú, en lugar de dirigirte a él en cuanto la cosa te empezó
a oler a chamusquina, nos entregaste la tarjeta de visita a nosotros. Y, de
esta manera, lo que has hecho es meter en un apuro a este caballero.
—¿En
un apuro? ¿Qué apuro?
—¿Estar
implicado en un homicidio premeditado no te parece un apuro tremendo?
Prestìa
enmudeció.
—Mi
compañero Montalbano —terció Valente— te está explicando el porqué de cómo
ocurrieron las cosas.
—¿Y
cómo ocurrieron?
—Ocurrieron
de tal forma que, si tú hubieras recurrido directamente a Spadaccia sin
entregarnos a nosotros su tarjeta de visita, él habría intentado arreglarlo
todo bajo mano. Pero tú, entregándonos la tarjeta de visita a nosotros, has
metido la ley de por medio. Por eso Spadaccia no ha tenido más remedio que
negarlo todo.
—¿Qué?
—Sí,
señor. Spadaccia jamás te ha visto ni ha oído hablar de ti. Ha hecho una
declaración que consta en acta.
—¡Qué
hijo de la gran puta! —dijo Prestìa. Después preguntó—: ¿Y cómo explica que yo
tenga su tarjeta de visita?
Montalbano
soltó una carcajada.
—En
eso también te ha jodido —dijo—. Nos ha entregado la fotocopia de una denuncia
que hizo hace unos diez días en la Jefatura Superior de Trapani: le robaron la
cartera y dentro había, entre otras cosas, unas tarjetas de visita, cuatro o
cinco, no lo recuerda con precisión.
—Te
ha arrojado por la borda —dijo Valente.
—Y
las aguas son muy profundas —añadió Montalbano.
—¿Hasta
cuándo conseguirás permanecer a flote? —preguntó Valente.
El
sudor dibujó unas grandes manchas bajo los sobacos de Prestìa. El despacho se
llenó de un desagradable olor a almizcle y ajo, que Montalbano definió de color
verde podrido. Prestìa se sostuvo la cabeza con las manos y murmuró:
—Me
han engañado.
Permaneció
un rato en la misma posición y, al final, debió de tomar una decisión:
—¿Puedo
ver a un abogado?
—¿A
un abogado? —preguntó Valente, sorprendido.
—¿Y
para qué quieres un abogado? —preguntó a su vez Montalbano.
—Me
parecía que...
—¿Qué
te parecía?
—¿Que
te íbamos a detener?
El
dúo funcionaba a la perfección.
—¿No
me van a detener?
—De
ninguna manera.
—Puedes
irte, si quieres.
Prestìa
tardó cinco minutos en conseguir despegar el trasero de la silla y huir
literalmente corriendo.
—Y
ahora, ¿qué ocurre? —preguntó Valente, sabiendo que había armado un follón
descomunal.
—Ocurre
que Prestìa irá a tocarle los cojones a Spadaccia. Y la siguiente jugada les
corresponderá a ellos. Valente miró a Montalbano con expresión preocupada.
—¿Qué
te pasa?
—No
sé... no estoy muy convencido... Tengo miedo de que hagan callar a Prestìa. La
culpa la tendríamos nosotros.
—Ahora
Prestìa ya está demasiado en primer plano. Eliminarlo equivaldría a firmar la
autoría de toda la operación. No, yo estoy seguro de que efectivamente lo harán
callar, pero pagándole una elevada suma.
—¿Me
quieres explicar una cosa?
—Claro.
—¿Por
qué te estás complicando la vida con toda esta historia?
—¿Y
tú por qué me sigues?
—La
primera razón es que soy policía como tú, y la segunda es que me lo paso bien.
—Y
yo te contesto: la primera razón coincide con la tuya. La segunda es que lo
hago con ánimo de lucro.
—¿Y
qué quieres ganar?
—Mi
ganancia la tengo muy clara en la cabeza. Pero ¿apuestas a que tú también vas a
ganar algo?
* *
*
Firmemente
decidido a no caer en la tentación, pasó como un bólido a ciento veinte por
hora por delante del restaurante en el que se había dado un atracón a la hora
del almuerzo. Pero medio kilómetro más allá, la decisión se resquebrajó de
golpe y lo indujo a frenar, dando lugar a unos furiosos bocinazos del claxon
del coche que circulaba detrás. El conductor, en el momento de adelantarlo, lo
miró enfurecido y le hizo el gesto de los cuernos. Montalbano efectuó una
cerrada vuelta en «u» absolutamente prohibida en aquel tramo de la carretera,
entró directamente en la cocina y le preguntó al cocinero sin saludarlo:
—¿Cómo
guisa usted los salmonetes de roca?
Diecisiete
A la
mañana siguiente, a las ocho en punto, se presentó ante el jefe superior, que
desde la siete, como de costumbre, se encontraba en su despacho entre los
murmullos de protesta de las mujeres de la limpieza que no podían desarrollar
su tarea como es debido.
Montalbano
le habló de la confesión de la señora Lapecora, le explicó que el pobre
asesinado, casi como si quisiera evitar su trágico final, había escrito anónimos
a su mujer y había recurrido directamente a su hijo, pero que ambos lo habían
abandonado a su suerte. No le habló ni de Fahrid ni de Moussa, es decir, del
rompecabezas más grande. No quería que el jefe superior, a punto de terminar su
carrera, se viera implicado en un asunto que olía peor que la mierda.
Hasta
aquel momento, todo le había ido bien, no se había visto obligado a contarle
mentiras al jefe superior, se había limitado a pecar por omisión, contándole la
verdad a medias.
—¿Por
qué quiso convocar una rueda de prensa, usted que, por regla general, las evita
como la peste?
Había
previsto la pregunta y tenía preparada la respuesta que, por lo menos en parte,
le permitía evitar la mentira y cometer tan sólo una omisión.
—Verá
usted, es que la tal Karima era una prostituta muy especial. Mantenía
relaciones no sólo con Lapecora, sino también con otros hombres. Todos ellos de
edad madura, jubilados, comerciantes, profesores. Limitando el episodio, he
tratado de evitar que se divulgaran comentarios envenenados e insinuaciones
acerca de unos pobres desgraciados que, en el fondo, no hacían nada malo.
Estaba
convencido de que su explicación era aceptable.
Y,
en efecto, el jefe superior hizo sólo un comentario:
—Curiosa
moral la suya, Montalbano. —Después preguntó—: Pero esta Karima, ¿ha
desaparecido realmente?
—Parece
ser que sí. Al enterarse del asesinato de su amante, se dio a la fuga con el
niño, temiendo verse implicada en el homicidio.
—Oiga
—añadió el jefe superior—, ¿qué era aquella historia del coche?
—¿Cuál?
—Trata
de comprenderme porque, dentro de poco, ya no conseguirás comprender nada.
Montalbano
soltó una carcajada. La había estado ensayando la víspera delante del espejo y
había insistido hasta conseguir que le saliera bien. Pero ahora, contrariamente
a lo previsto, le salió falsa, demasiado estudiada. Sin embargo, para mantener
al margen de toda aquella historia a su jefe, que era un hombre de bien, no le
quedaría más remedio que contar una mentira.
—¿Por
qué se ríe? ——le preguntó sorprendido el jefe superior.
—De
vergüenza, se lo aseguro. La persona que me había facilitado aquel número de
matrícula me llamó al día siguiente para decirme que se había equivocado. Las
letras coincidían, pero la cifra no era doscientos treinta y siete, sino
ochocientos treinta y siete. Estoy desolado, le pido disculpas.
El
jefe superior lo miró a los ojos durante un tiempo que al comisario le pareció
una eternidad. Después habló en voz baja.
—Si
usted quiere que me lo trague, me lo tragaré. Pero tenga cuidado, Montalbano.
Esta gente no bromea. Son capaces de todo y, además, cuando la han hecho buena,
echan la culpa a sus compañeros descarriados. Que no existen. Por naturaleza y
constitución, los descarriados Son siempre ellos.
Montalbano
no supo qué decir. El jefe superior cambió de tema.
—Esta
noche vendrá usted a cenar a mi casa. No quiero excusas. Cenará lo que haya. Es
absolutamente necesario que le diga un par de cosas. No se las quiero decir
aquí, en mi despacho, porque adquirirían un carácter burocrático que no es de
mi agrado.
El
día era precioso, no había ni una sola nube en el cielo, y, sin embargo,
Montalbano tuvo la sensación de que una nube había oscurecido el sol, enfriando
repentinamente la estancia.
Sobre
el escritorio de su despacho había una carta dirigida a él. Tal como siempre
hacía, trató de descubrir su procedencia a través del matasellos, pero no lo
consiguió, pues era indescifrable. Abrió el sobre y leyó.
Dottore
Montalbano, usted personalmente no me conoce y yo no sé cómo es usted. Me llamo
Arcangelo Prestifilippo y soy socio de su padre en la empresa vinícola que,
gracias a Dios, va muy bien y es muy rentable. Su padre nunca habla de usted,
pero yo he descubierto que en su casa guarda todos los periódicos que escriben
sobre usted y, cuando algunas veces lo ve en la televisión, se pone a llorar,
pero procura disimularlo.
Querido
dottore, me duele el corazón porque la noticia que tengo que darle con esta
carta no es buena. Desde que la señora Giulia, la segunda mujer de su padre,
subió al Cielo hace más de cuatro años, mi socio y amigo ya no fue el mismo.
Después, el año pasado, empezó a encontrarse mal, le faltaba la respiración
cuando subía una escalera y le daba vueltas la cabeza. No quería ir al médico,
no había manera. Y yo, aprovechando que había venido al pueblo mi hijo, que
trabaja en Milán y es un buen médico, lo llevé a casa de su padre. Mi hijo lo
visitó y le habló muy en serio, quería que su padre ingresara en un hospital.
Tanto insistió que logró acompañar a su padre al hospital antes de regresar a
Milán. Al cabo de diez días —yo lo iba a ver todas las tardes—, el médico me
dijo que habían hecho todos los análisis y que su padre padecía aquel mal tan
terrible en los pulmones. Y, de esta manera, su padre empezó a entrar y salir
del hospital, donde le hicieron una cura que le hizo perder todo el cabello,
pero no mejoró para nada. Me prohibió expresamente que se lo dijera a usted,
dijo que no quería que usted se preocupara. Pero ayer por la tarde hablé con el
médico y éste me dijo que su padre ya ha llegado al final, que le queda un mes,
día más, día menos. Y yo, a pesar de la prohibición absoluta de su padre, he
pensado que usted tenía que saberlo. Su padre está ingresado en la clínica
Porticelli, el número de teléfono es el 341234. Tiene el teléfono en la
habitación. Pero quizá sería mejor que usted fuera a verlo personalmente,
fingiendo no saber nada de su enfermedad. Usted ya tiene mi número de teléfono,
es el de la empresa vinícola en la que trabajo todo el santo día.
Le
envío un saludo y créame que lo siento.
Arcangelo
Prestifilippo
El
leve temblor de las manos le dificultó la tarea de volver a introducir la carta
en el sobre y guardársela en el bolsillo. Se había apoderado de él un profundo
cansancio que lo obligó a cerrar los ojos y apoyar la espalda en el respaldo
del sillón. Le costaba respirar y le pareció que en la estancia faltaba el
aire. Se levantó haciendo un esfuerzo y entró en el despacho de Augello.
—¿Qué
ocurre? —la preguntó Mimì en cuanto le vio la cara.
—Nada.
Oye, tengo cosas que hacer, quiero decir que necesito estar solo y un poco
tranquilo.
—¿Te
puedo ayudar en algo?
—Sí.
Encárgate tú de todo. Nos vemos mañana. Que no me llame nadie a casa.
Pasó
por la tienda de frutos secos, se compró un cucurucho y dio comienzo a su paseo
por el muelle. Mil pensamientos cruzaban por su cabeza, pero no conseguía
atrapar ninguno. Al llegar al faro, no se detuvo. Justo bajo el faro había una
enorme y resbaladiza roca, cubierta de musgo verde. Consiguió llegar hasta
allí, corriendo a cada momento el riesgo de ir a parar al mar, y se sentó con
el cucurucho en la mano. Pero no lo abrió, experimentaba la sensación de una
ola que le subía desde algún lugar del cuerpo hasta el pecho y la garganta, donde
formaba una especie de nudo que le cortaba la respiración. Sentía deseos de
llorar, pero no podía. Después, en medio de la confusión de los pensamientos
que le traspasaban el cerebro, unas palabras adquirieron más nitidez hasta el
extremo de constituir un verso:
«Padre,
que todos los días te mueres un poco...» ¿Qué era? ¿Una poesía? ¿De quién?
¿Cuándo la había leído? Repitió el verso a media voz:
—Padre,
que todos los días te mueres un poco...
—Vamos,
Montalbano, el coche que, al final, resultó que pertenecía a los Servicios
Secretos.
Cuando
el año anterior había resultado herido en el transcurso de un tiroteo y estaba
ingresado en el hospital, Livia le había dicho que su padre llamaba todos los
días. Había ido a verlo una sola vez, cuando ya estaba convaleciente. Entonces
ya debía de estar enfermo. A él sólo le pareció que estaba un poco más delgado.
Pero iba más elegante que de costumbre, pues siempre había tenido especial
empeño en vestir bien. Le preguntó si necesitaba algo. «Puedo», le explicó.
¿Cuándo
se había producido aquel silencioso alejamiento entre él y su padre? Había
sido, eso Montalbano no podía negarlo, un padre solícito y afectuoso. Había
intentado por todos los medios que la pérdida de su madre le pesara lo menos
posible. Las, afortunadamente, pocas veces que en su adolescencia había estado
enfermo, su padre no había ido al despacho para no dejarlo solo. ¿Qué era,
pues, lo que había fallado? Puede que hubiera habido entre ambos una ausencia
total de comunicación, nunca conseguían encontrar las palabras adecuadas para
manifestarse mutuamente sus sentimientos. Muchas veces, siendo muy joven,
Montalbano había pensado: «Mi padre es un hombre cerrado.» Y probablemente lo
era; pero, esto lo acababa de comprender ahora, sentado en aquella roca, su
padre habría pensado lo mismo de él. Sin embargo, había sido muy considerado:
para volver a casarse, había esperado a que su hijo terminara los estudios
universitarios y ganara las oposiciones. Pese a lo cual, cuando su padre llevó
a casa a su nueva mujer, él se sintió incomprensiblemente ofendido. Y entre
ambos se levantó una muralla; de cristal, por supuesto, pero una muralla. Y, de
esta manera, las reuniones entre ambos se habían ido reduciendo progresivamente
a una o dos veces al año: Su padre solía presentarse con unas cuantas cajas de
botellas de vino producido por sus bodegas, se quedaba medio día con él y se
iba. A Montalbano el vino le parecía excelente y lo regalaba con orgullo a sus
amigos, explicándoles que pertenecía a la bodega de su padre. ¿Pero le había
dicho alguna vez a él que el vino era excelente? Rebuscó en su memoria: jamás.
De la misma manera que su padre coleccionaba los periódicos que hablaban de él
o se echaba a llorar cuando lo veía en la televisión, pero jamás lo había felicitado
cuando conseguía culminar con éxito alguna investigación.
* *
*
Permaneció
más de dos horas sentado en la roca y, cuando se levantó para regresar al
pueblo, ya había tomado una decisión. No iría a ver a su padre. Si éste lo
viera, comprendería la gravedad de su enfermedad y sería peor. Por otra parte,
no sabía hasta qué extremo su presencia sería del agrado de aquél. Además, los
moribundos lo aterrorizaban: no estaba seguro de poder soportar el horror y el
espanto de ver morir a su padre, huiría corriendo, al borde del colapso.
Cuando
llegó a Marinella, aún no se había quitado de encima el áspero y profundo
cansancio. Se quitó la ropa, se puso el traje de baño y se fue a nadar. Nadó
hasta que empezó a experimentar calambres en las piernas. Regresó a la casa y
comprendió que no estaba en condiciones de ir a cenar a casa del jefe superior.
—Soy
Montalbano. Lo siento pero...
—¿No
puede venir?
—No,
lo lamento.
—¿Trabajo?
¿Por
qué no decide la verdad?
—No,
señor jefe superior. He recibido una carta sobre_ mi padre. Me escriben que se
está muriendo.
En
un primer momento, el jefe superior no dijo nada, pero Montalbano lo oyó lanzar
un profundo suspiro.
—Mire,
Montalbano, si quiere ir a verlo, incluso durante algún tiempo, vaya sin falta;
no se preocupe, ya encontraré la manera de sustituirlo provisionalmente.
—No,
no iré. Se lo agradezco.
Esta
vez el jefe superior tampoco dijo nada, impresionado por las palabras del
comisario, pero, como era un hombre educado, no insistió en el tema.
—Me
siento un poco incómodo, Montalbano.
—Le
ruego que no tenga reparos conmigo.
—¿Recuerda
que en la cena tenía intención de decirle un par de cosas?
—Claro.
—Se
las diré por teléfono, aunque, tal como ya le he dicho, me sienta incómodo.
Puede que no sea el momento más oportuno, pero temo que se entere por medio de
terceros, qué sé yo, de la prensa... Usted seguramente no lo sabe pero, hace
casi un año, yo pedí la jubilación anticipada.
—Dios
mío, no me diga que...
—Sí,
me la han concedido.
—Pero
¿por qué se quiere ir?
—Porque
ya no sintonizo con el mundo y porque me siento cansado. Al juego de las
apuestas sobre los resultados del futbol yo lo llamo Sisal.
El
comisario no lo entendió.
—Perdone,
no le comprendo.
—Usted,
¿cómo lo llama?
—Totocalcio,
como todo el mundo.
—¿Lo
ve? Aquí está la diferencia. Hace algún tiempo, un periodista acusó al veterano
Indro Montanelli de vejez y, entre las pruebas que adujo para demostrarlo,
señaló que Montanelli seguía llamando Sisal a las apuestas deportivas, tal como
se llamaban hace treinta años.
—¡Pero
eso no significa nada! ¡Es sólo una ocurrencia!
—Significa,
Montalbano, ¡vaya si significa! Significa aferrarse inconscientemente al
pasado, no querer ver ciertos cambios, e incluso, negarse a verlos. Por otra
parte, me faltaba sólo un año para la jubilación. En La Spezia conservo todavía
la casa de mis padres y la estoy arreglando. Si le apetece, cuando vaya a
Génova a ver a la señorita Livia, podrá visitarnos.
—¿Y
cuándo...?
—¿Cuándo
me voy? ¿A qué día estamos hoy?
—Doce
de mayo.
—Oficialmente
dejaré el cargo el diez de agosto.
El
jefe superior carraspeó y el comisario comprendió que ahora venía lo segundo,
quizá lo más difícil de decir.
—En
cuanto a la otra cuestión...
Era
evidente que el jefe superior dudaba. Montalbano acudió en su ayuda.
—Peor
de la que ya me ha dicho no puede haber ninguna.
—Se
refiere a su ascenso.
—¡No!
—Escuche,
Montalbano. Su actitud ya no es defendible; tenga en cuenta, además, que,
habiendo obtenido la jubilación anticipada, mi situación es, por así decirlo,
contractualmente débil. Tengo que proponerlo y no habrá ningún obstáculo.
—¿Me
trasladarán?
—Hay
un noventa y nueve por ciento de probabilidades. Piense que, si yo no lo
propusiera para el cargo, con todos los éxitos que se ha apuntado, el
Ministerio podría interpretar negativamente este hecho y, al final, acabarían
por trasladarlo de todos modos, pero sin ascenso. ¿No le interesa el aumento de
sueldo?
El
cerebro del comisario estaba funcionando a toda marcha, echaba humo en busca de
alguna posible solución. Entrevió una y se lanzó de cabeza.
—¿Y
si, a partir de este momento, yo dejara de practicar detenciones?
—No
le entiendo.
—Quiero
decir que si empiezo a fingir que no resuelvo los casos, que no investigo como
es debido y me dejo escapar...
—…
bobadas, está diciendo estupideces. No lo entiendo, pero, cada vez que le hablo
de ascensos, usted se echa hacia atrás y empieza a razonar como un niño.
Dedicó
una hora más a pasear por la casa, colocando los libros en su sitio, quitando
el polvo de los cristales que cubrían los cinco grabados que poseía, cosa que
Adelina no hacía jamás. No encendió el televisor. Consultó el reloj, ya eran
casi las diez de la noche. Subió al coche y se dirigió a Montelusa. En los tres
cines daban Le affinita elettive de los hermanos Taviani, Io bailo da sola de
Bertolucci e In viaggio con Pippo. No lo dudó ni un instante, eligió los
dibujos animados. La sala estaba vacía. Regresó al vestíbulo, donde estaba el
que le había arrancado el resguardo de la entrada.
—¡Pero
si no hay nadie!
—Está
usted. ¿Qué quiere, compañía? Es tarde, a esta hora los niños ya se han ido a
dormir. Usted es el único que permanece en vela.
Se
lo pasó tan bien que, en determinado momento, se sorprendió riendo solo en la
sala vacía.
Llega
un momento, pensó, en que te das cuenta de que tu vida ha cambiado. Pero
¿cuándo ha ocurrido?, te preguntas. Y no encuentras la respuesta, varios hechos
imperceptibles se han ido acumulando hasta determinar un cambio radical. O, a
lo mejor, unos hechos muy visibles cuyo alcance no has calculado. Miras y
miras, pero no encuentras la respuesta al «cuándo». ¡Como si esto tuviera
importancia! En cambio, él hubiera podido contestar con toda exactitud a la
pregunta. Mi vida cambió exactamente el doce de mayo, hubiera dicho.
Al
lado de la puerta principal del chalet, Montalbano había mandado instalar un
farolito que se encendía automáticamente cuando se hacía de noche. Precisamente
bajo aquella luz vio, desde la carretera provincial, un vehículo estacionado en
la pequeña explanada delante de la casa. Enfiló el sendero que conducía al
chalet y se detuvo a escasos centímetros del automóvil. Era, tal como ya
esperaba, un BMW gris metalizado. El número de la matrícula era AM 237 GW. Pero
no se veía ni un alma, el hombre que lo conducía se habría escondido, sin duda,
en las inmediaciones. Montalbano llegó a la conclusión de que lo mejor era
fingir indiferencia. Bajó de su coche silbando, cerró la portezuela y entonces
vio a un hombre que lo esperaba. No se había dado cuenta antes, porque éste se
encontraba de pie al otro lado del coche pero era tan bajito que no superaba la
altura del vehículo. Prácticamente un enano, o poco más. Correctamente vestido,
gafitas de montura dorada.
—Se
ha hecho esperar mucho —dijo el hombrecillo, adelantándose.
Con
las llaves en la mano, Montalbano se encaminó hacia la puerta. El semienano le
cortó el paso, sacudiendo una especie de carnet.
—Aquí
tiene mi documentación —dijo.
El
comisario apartó la manita que sostenía el carnet, abrió la puerta y entró. El
otro lo siguió.
—Soy
el coronel Lohengrin Pera —dijo la figurilla.
El
comisario se detuvo en seco como si lo hubieran encañonado con un revólver por
la espalda. Se volvió muy despacio y estudió al coronel. Sus padres le debían
de haber puesto aquel nombre para compensar en cierto modo su estatura y su
apellido. Montalbano contempló fascinado los zapatitos del coronel: se los
debían de hacer a la medida, pues no entraban ni siquiera en la categoría de
zapatos de «hombrecito», tal como los llamaban los zapateros. Y, sin embargo,
había sido aceptado, lo cual significaba que debía de alcanzar por los pelos la
estatura exigida. Pero los ojos, detrás de los cristales de las gafas, eran
vivos, vigilantes, peligrosos. Montalbano tuvo la certeza de estar en presencia
del cerebro de la operación Moussa. Se dirigió a la cocina, seguido
constantemente por el coronel, puso a calentar en el horno los salmonetes con
salsa que Adelina le había preparado y empezó a poner la mesa sin decir nada.
Sobre la mesa había un libro de setecientas páginas que había comprado en un
tenderete y jamás había abierto, pero cuyo título le había llamado la atención:
Metafísica del ser parcial. Lo cogió, se puso de puntillas, lo colocó en la
estantería y apretó el botón de la cámara. Como obedeciendo a la orden de
«¡acción!», el coronel Lohengrin Pera se sentó en el sillón apropiado.
Dieciocho
Montalbano
tardó media hora larga en comerse los salmonetes, en parte porque quería
saborearlos tal como se merecían y en parte para hacerle comprender al coronel
que lo que tuviera que decirle le importaba un carajo. Ni siquiera le ofreció
un vaso de vino, actuaba como si estuviera solo, hasta el punto de que, en
determinado momento, soltó incluso un sonoro eructo. Por su parte, Lohengrin
Pera, una vez sentado, ya no se movió, y se limitó a mirar al comisario con sus
ojillos de serpiente. Sólo cuando Montalbano hubo terminado de beber una tacita
de café, el coronel empezó a hablar.
—Habrá
comprendido, sin duda, por qué razón he venido a verlo.
El
comisario se levantó, se dirigió a la cocina, dejó la taza en el fregadero y
regresó.
—Estoy
jugando con las cartas boca arriba —añadió sólo entonces el coronel—, quizá con
usted sea la mejor manera. Por eso he querido utilizar el vehículo, los datos
de cuyo propietario usted ha solicitado conocer nada menos que dos veces.
Se
sacó del bolsillo dos hojas de papel que Montalbano reconoció como los faxes
que había enviado al Registro de Vehículos de Motor.
—Sólo
que usted ya conocía al propietario del vehículo, su jefe superior le debió de
haber dicho que se trataba de un número de matrícula blindado. Lo cual
significa que si, a pesar de ello, usted envió los faxes, éstos eran algo más
que una petición de información, por más que muy imprudente. Entonces
comprendí, y corríjame si me equivoco, que, por alguna razón, usted pretendía
que saliéramos del escondrijo. Y aquí estoy, hemos accedido a sus deseos.
—¿Me
permite un momento? —preguntó Montalbano.
Sin
esperar la respuesta, se levantó, salió, se dirigió a la cocina y regresó con
un plato, en el cual descansaba un enorme trozo de helado duro de cassata
siciliana. El coronel se dispuso pacientemente a esperar a que se terminara de
comer el helado.
—Siga,
por favor —le dijo amablemente el comisario—. De esta manera no me lo puedo
comer, tengo que esperar a que se derrita un poco.
—Antes
de seguir adelante —añadió el coronel, cuyos nervios debían de ser de acero—,
permita que le haga una aclaración. En su segundo fax, usted se refiere al
homicidio de una mujer llamada Aisha. Con aquella muerte nosotros no tenemos
nada que ver. Se trató ciertamente de una desgracia. Si hubiera sido necesario
eliminarla, lo habríamos hecho enseguida.
—No
me cabe la menor duda. Y, además, lo había comprendido muy bien.
—Entonces,
¿por qué escribió otra cosa en su fax?
—Para
poner toda la carne en el asador.
—Ya.
¿Usted ha leído los escritos y los discursos de Mussolini?
—No
figuran entre mis lecturas preferidas.
—En
uno de sus últimos escritos, Mussolini afirma que al pueblo hay que tratarlo
como a un burro, con el palo y la zanahoria.
—¡Siempre
original, Mussolini! ¿Sabe una cosa?
—Dígame.
—Esta
misma frase la decía mi abuelo, que era campesino, pero él sólo se refería al
burro.
—¿Puedo
seguir con la metáfora?
—¡Faltaría
más!
—Sus
faxes, el hecho de haber convencido a su compañero Valente de Mazara de que
interrogara al patrón del pesquero y al jefe de Gabinete del prefecto: estos y
otros hechos han sido sus palos para obligarnos a salir del escondrijo.
—Y
la zanahoria, ¿dónde está?
—Son
sus declaraciones durante la rueda de prensa que dio tras la detención de la
señora Lapecora por el asesinato de su marido. Allí sí que hubiera podido
meternos dentro a la fuerza agarrándonos por el cabello, pero no lo quiso
hacer, circunscribió cuidadosamente el delito dentro de los confines de los
celos y la codicia. Pero era una zanahoria amenazadora, decía...
—Coronel,
le aconsejo que se deje de metáforas, hemos llegado a la zanahoria parlante...
—De
acuerdo. Usted, con la rueda de prensa, nos quiso hacer saber que estaba en
posesión de otros datos que, de momento, no quería utilizar. ¿Es así?
El
comisario acercó la cucharilla al helado, la llenó y se la llevó a la boca.
—Aún
está duro —le comunicó a Lohengrin Pera.
—Usted
es capaz de desmoralizar a cualquiera —comentó el coronel, pero siguió adelante
a pesar de todo—. Con las cartas boca arriba, ¿me quiere decir todo lo que sabe
sobre el asunto?
—¿Qué
asunto?
—El
asesinato de Ahmed Moussa.
Había
conseguido hacerle pronunciar el nombre, debidamente grabado por la cinta de la
cámara.
—No.
—¿Por
qué?
—Porque
me encanta su voz, oírlo hablar.
—¿Me
puede dar un vaso de agua?
A
primera vista, Lohengrin Pera estaba absolutamente tranquilo y en calma, pero
por dentro debía de estar acercándose al punto de ebullición. La petición de
agua era una señal inequívoca.
—Vaya
usted mismo a buscárselo a la cocina.
Mientras
el coronel cogía el vaso y abría el grifo, Montalbano, que lo estaba
contemplando de espaldas, observó un bulto bajo la chaqueta, a la altura de la
nalga derecha. ¿A ver si el enano iba armado con una pistola dos veces más
grande que él? Se puso en estado de alerta y se acercó un amado cuchillo que
utilizaba para cortar el pan.
—Seré
explícito y breve —adelantó Lohengrin Pera, sentándose y secándose los labios
con un pañuelito que parecía un sello bordado—. Hace poco más de dos años,
nuestros colegas de Túnez nos propusieron colaborar en una delicada operación
encaminada a neutralizar a un peligroso terrorista cuyo nombre usted me ha
hecho repetir ahora mismo.
—Perdone—
dijo Montalbano—, pero mi vocabulario es más bien limitado. ¿Por neutralizar
usted entiende la eliminación física?
—Llámelo
como quiera. Consultamos, naturalmente, con nuestros superiores y recibimos la
orden de no colaborar. Sin embargo, cuando no había transcurrido ni un mes, nos
encontramos en la desagradable situación de tener que ser nosotros los que
pidiéramos ayuda a nuestros amigos de Túnez.
—¡Qué
casualidad! —exclamó Montalbano.
—Pues
sí. Ellos, sin la menor discusión, nos prestaron la ayuda solicitada, y
nosotros nos vimos en la obligación moral...
—¡No!
—gritó Montalbano.
Lohengrin
Pera pegó un brinco.
—¿Qué
ocurre?
—Ha
dicho «moral» —dijo Montalbano.
—Como
quiera, digamos simplemente obligación, sin adjetivos, ¿así le parece mejor?
Disculpe, antes de seguir adelante, tengo que hacer una llamada, lo había
olvidado.
—Por
favor —dijo el comisario, indicándole el teléfono.
—Gracias.
Tengo el móvil.
Lohengrin
Pera no iba armado, el bulto del trasero era un teléfono móvil. Marcó el número
de tal manera que Montalbano no lo pudiera leer.
—¿Oiga?
Soy Pera. Todo bien, estamos hablando.
Apagó
el móvil y lo dejó en la mesa.
—Nuestros
colegas de Túnez habían descubierto que, desde hacía varios años, la hermana
predilecta de Ahmed, Karima, vivía en Sicilia y que, por su trabajo, tenía un
amplio círculo de amistades.
—Amplio,
no —lo corrigió Montalbano—; selecto, sí. Era una puta de fiar, inspiraba
confianza.
—Fahrid,
la mano derecha de Ahmed, propuso a su jefe abrir una base operativa en
Sicilia, sirviéndose precisamente de Karima. Ahmed confiaba bastante en Fahrid,
ignorando por completo que su mano derecha había sido comprada por los
servicios secretos tunecinos. Gracias a nuestra discreta ayuda, Fahrid llegó y
entró en contacto con Karima, la cual, tras efectuar una cuidadosa criba de sus
clientes, eligió a Lapecora. Tal vez con la amenaza de revelar sus relaciones a
la esposa, Karima obligó a Lapecora a abrir de nuevo su antigua empresa de
importación y exportación para que les sirviera de tapadera. Fahrid podía
mantener contacto con Ahmed, escribiendo cartas comerciales cifradas a una
inexistente empresa de Túnez. Por cierto, en la rueda de prensa, usted dijo que
Lapecora escribió unos anónimos a su mujer revelándole la aventura amorosa.
¿Por qué?
—Porque
el asunto le estaba empezando a oler a chamusquina.
—¿Cree
que sospechaba la verdad?
—¡Qué
va! Como mucho, habría pensado que se trataba de un asunto de narcotráfico. Si
hubiera descubierto que era el centro de una intriga internacional, se habría
muerto del susto.
—Yo
también lo creo. Durante algún tiempo, nuestra misión fue calmar las
impaciencias tunecinas, pues queríamos estar seguros de que, en cuanto
arrojáramos el anzuelo, el pez lo mordería.
—Perdone,
pero ¿quién era el joven rubio que de vez en cuando andaba por ahí con Fahrid?
El
coronel le dirigió una mirada de admiración.
—¿Eso
también lo sabe? Uno de nuestros hombres que de vez en cuando, comprobaba que
tal iban las cosas.
—Y,
de paso, se tiraba a Karima.
—Son
cosas que ocurren. Al final, Fahrid convenció a que a Ahmed de que se
trasladara a Italia, dándole a entender la posibilidad de hacerse con un gran
cargamento de armas. Siempre bajo nuestra invisible protección, Ahmed Moussa
llegó a Mazara, siguiendo las instrucciones de Fahrid. El patrón de la
embarcación, cediendo a las presiones del jefe Gabinete del prefecto, accedió a
aceptar como tripulante a Ahmed, dado que la cita entre éste y el inexistente
traficante de armas se tenía que celebrar en alta mar. Ahmed Moussa cayó en la
trampa sin sospechar nada en absoluto, incluso encendió un cigarrillo, tal como
le habían dicho que hiciera para facilitar la identificación. Pero el
commendatore Spadaccia, el jefe de Gabinete, había cometido un gravísimo error.
—No
le había dicho al patrón del barco que no se trataba de una cita clandestina,
sino de una emboscada —dijo Montalbano.
—Podríamos
definirlo así. El patrón, tal como le habían ordenado que hiciera, arrojó al
agua la documentación de Ahmed y se repartió con la tripulación los setenta
millones de liras que éste llevaba en el bolsillo. Después, en lugar de
regresar a Mazara, cambió de rumbo, pues nos tenía miedo.
—¿Y
eso?
—Verá,
nosotros habíamos apartado nuestras patrulleras del lugar de la acción, y el
patrón lo sabía. Dadas las circunstancias, debió de pensar: «Puede que, a la
vuelta, me tropiece con algo, un torpedo, una mina, una patrullera que me hunda
y haga desaparecer las huellas de la operación.» Por eso regresó a Vigàta y lo
enredó todo.
—¿Sus
suposiciones tenían fundamento?
—¿En
qué sentido?
—¿Algo
o alguien esperaba el barco?
—¡Vamos,
Montalbano! ¡Hubiéramos causado una matanza inútil!
—Ustedes
sólo causan matanzas inútiles, ¿verdad? ¿Y cómo piensan asegurarse el silencio
de la tripulación?
—Con
el palo y la zanahoria, volviendo a citar a un autor que a usted no le gusta.
En cualquier caso, todo lo que se tenía que decir ya lo he dicho.
—No
creo —dijo Montalbano.
—Y
eso, ¿qué significa?
—Significa
que no es todo. Usted, hábilmente, me ha llevado a alta mar, pero yo no me
olvido de los que se han quedado en tierra. Por ejemplo, Fahrid. Éste, a través
de un confidente, se entera de que Ahmed ha sido liquidado, pero el barco,
inexplicablemente para él, está atracado en Vigàta. El hecho lo preocupa. En
cualquier caso, tiene que cumplir la segunda parte de la misión que le ha sido
encomendada. Es decir, neutralizar, tal como dice usted, a Lapecora. Al llegar
al portal de la casa de este, descubre, con estupor e inquietud, que alguien se
le ha adelantado. Entonces se acojona.
—¿Cómo
dice?
—Se
asusta y ya no entiende nada. Como el patrón del barco, teme que ustedes estén
detrás de lo ocurrido. Según él, ya han empezado a quitar de en medio a todos
los que, de una u otra forma, están implicados en la historia. Puede que, por
un instante, piense que la que ha liquidado a Lapecora es Karima. No sé si lo
sabe, pero Karima, por orden de Fahrid, había obligado a Lapecora a ocultarla
en su casa. Fahrid no quería que, en aquellas horas tan decisivas, a Lapecora
se le ocurriera alguna salida ingeniosa. Pero Fahrid ignoraba que, una vez
cumplida su misión, Karima ya había regresado a casa. En cualquier caso, en
algún momento de aquella mañana, Fahrid se reunió con Karima y ambos debieron
de enzarzarse en una violenta discusión, en cuyo transcurso él le reveló a
Karima la muerte de su hermano. Karima intentó huir. No pudo hacerlo y fue
asesinada. De todos modos, la hubieran tenido que matar a la chita callando al
cabo de algún tiempo.
—Tal
como yo había intuido —dijo Lohengrin Pera—, usted lo ha comprendido todo.
Ahora le ruego que reflexione: usted, como yo, es un fiel y leal servidor de
nuestro Estado. Pues bien...
—Se
lo puede meter en el trasero —dijo muy despacio Montalbano.
—No
le he entendido.
—Repito:
se puede meter en el trasero nuestro Estado común. Usted y yo tenemos conceptos
diametralmente opuestos sobre el significado de nuestra condición de servidores
del Estado, prácticamente servimos a dos estados distintos. Por consiguiente,
le ruego que no equipare su trabajo con el mío.
—Montalbano,
¿ahora se las quiere dar de Quijote? Todas las comunidades necesitan a alguien
que limpie las letrinas. Pero eso no significa que el que limpia las letrinas
no pertenezca a la comunidad.
Montalbano
sintió crecer la furia en su interior, una palabra de más hubiera sido, sin
duda, un error. Alargó la mano, se acercó el plato del helado y empezó a comer.
Ahora Lohengrin Pera ya se había acostumbrado y, cuando Montalbano empezó a
saborear el helado, no abrió la boca.
—Karima
ha sido asesinada, ¿me lo puede confirmar? —preguntó Montalbano después de unas
cuantas cucharadas.
—Por
desgracia, sí. Fahrid temió que...
—No
me interesa el porqué. Sólo me interesa el hecho de que haya sido asesinada por
delegación por un fiel servidor del Estado como usted. Usted, este caso
concreto, ¿cómo lo llama, neutralización u homicidio?
—Montalbano,
con la vara de medir de la moral corriente...
—Coronel,
ya se lo he advertido: en mi presencia no utilice la palabra «moral».
—Quería
decir que algunas veces la razón de Estado...
—Ya
basta —dijo Montalbano, que ya se había terminado el helado con cuatro
enfurecidas cucharadas. De repente, se golpeó la frente con la mano—. Pero ¿qué
hora es?
El
coronel consultó su reloj de pulsera, pequeño y precioso, parecía el juguete de
un niño.
—Ya
nos han dado las dos.
—¿Cómo
es posible que Fazio aún no haya llegado?—se preguntó Montalbano, simulando
estar preocupado—. Tengo que hacer una llamada —añadió.
Se
levantó, se dirigió al teléfono del escritorio, situado a dos metros de
distancia y habló en voz alta para que Lohengrin Pera lo oyera todo.
—¿Fazio?
Soy Montalbano.
Fazio
apenas podía hablar, pues estaba muerto de sueño.
—¿Qué
ocurre, comisario?
—Pero
¿cómo? ¿Te olvidaste de la detención?
—¿Qué
detención? —preguntó Fazio, perplejo.
—La
detención de Simone Fileccia.
Simone
Fileccia había sido detenido la víspera por el propio Fazio. Y, en efecto,
Fazio lo comprendió enseguida.
—¿Qué
quiere que haga?
—Ven
a recogerme a mi casa y vamos a detenerlo.
—¿Cojo
mi coche?
—No,
mejor uno de los nuestros.
—Voy
enseguida.
—Espera.
—El comisario cubrió con una mano el teléfono y se dirigió al coronel—.
¿Tenemos para mucho rato?
—Eso
depende de usted —contestó Lohengrin Pera.
—Procura
estar aquí dentro de unos veinte minutos —dijo el comisario a Fazio—, no antes.
Tengo que terminar una conversación con un amigo.
Colgó
el aparato y volvió a sentarse. El coronel sonrió.
—Si
disponemos de tan poco tiempo, dígame inmediatamente cuál es su precio. Y no se
ofenda por la expresión.
—Valgo
muy poco, poquísimo —dijo Montalbano.
—Lo
escucho.
—Sólo
dos cosas. Quiero que dentro de una semana se encuentre el cadáver de Karima,
pero de tal manera que sea inequívocamente identificable.
Un
mazazo en la cabeza le hubiera causado menos efecto a Lohengrin Pera. Éste
abrió y cerró la boquita, y agarró el borde de la mesa con las manitas como si
temiera caerse de su asiento.
—¿Por
qué? —consiguió preguntar con una vocecita de gusano de seda.
—Cosas
mías —fue la contundente y lapidaria respuesta.
El
coronel sacudió la cabecita de izquierda a derecha y viceversa. Parecía un
muñeco de resorte.
—No
es posible.
—¿Por
qué?
—No
sabemos dónde ha sido... enterrada.
—¿Quién
lo sabe?
—Fahrid.
—¿Fahrid
ha sido neutralizado? No sabe usted lo que me gusta esta palabra.
—No,
pero ha regresado a Túnez.
—Entonces,
no hay problema. Establezca contacto con sus amigotes de Túnez.
—No
—dijo con firmeza el enano—. Ahora la partida ya ha terminado. No nos interesa
reanudarla con el hallazgo de un cadáver. No, no es posible. Pida lo que
quiera, pero eso no se lo podemos conceder. Aparte de que no veo la finalidad.
—Qué
le vamos a hacer —dijo Montalbano levantándose.
Automáticamente,
Lohengrin Pera se levantó. Pero no era un tipo de los que se rinden fácilmente.
—Así,
por simple curiosidad, ¿me quiere decir cuál es su segunda petición?
—Claro.
El jefe superior de Montelusa me ha propuesto para el ascenso al cargo de
subjefe superior...
—No
tendremos ninguna dificultad en conseguir que sea aceptada —dijo visiblemente
aliviado el coronel.
—¿Y
en conseguir que sea rechazada?
Montalbano
oyó con toda claridad el fragor del mundo de Lohengrin Pera, desmoronándose y
cayéndole encima en pedazos, y vio que el coronel se había encorvado como si
quisiera librarse de los efectos de una repentina explosión.
—Está
usted completamente loco —murmuró sinceramente asustado el coronel.
—¿Ahora
se da cuenta?
—Mire,
haga lo que le dé la gana, pero yo no puedo acceder a su petición de que se
encuentre el cadáver. Es absolutamente imposible.
—¿Vamos
a ver cómo ha salido la grabación? —preguntó dulcemente Montalbano.
—¿Qué
grabación? —dijo Lohengrin Pera, abriendo desmesuradamente los ojos.
Montalbano
se acercó a la estantería, se puso de puntillas, cogió la cámara y se la mostró
al coronel.
—¡Dios
mío! —exclamó éste, hundiéndose en una silla. Estaba sudando—. Montalbano, en
su propio interés, le ruego...
Pero
era una serpiente y como tal se comportó. Mientras fingía suplicar al comisario
que no cometiera una estupidez, su mano se empezó a deslizar muy despacio y
ahora ya estaba a punto de alcanzar el móvil. Sabiendo que en solitario jamás
lo podría conseguir, quería pedir refuerzos. Montalbano dejó que se acercara a
un centímetro del móvil y entonces saltó. De un manotazo apartó el móvil de la
mesa, mientras con la otra mano golpeaba violentamente el rostro del coronel.
Lohengrin Pera cruzó volando la estancia, se golpeó la espalda contra la pared
y se deslizó al suelo. Montalbano se le acercó muy despacio y, tal como había
visto hacer en una película de nazis, aplastó con el tacón las gafitas que se
le habían caído al coronel.
Diecinueve
Y,
ya metido en faena, la emprendió a puntapiés con el móvil hasta dejado
prácticamente inservible.
Terminó
el trabajo echando mano del martillo que guardaba en la caja de herramientas.
Después, se acercó al coronel, que permanecía en el suelo emitiendo leves
gemidos. En cuanto se vio delante al comisario, Lohengrin Pera se cubrió el
rostro con los antebrazos, tal como hacen los niños.
—Basta,
por Dios —imploró.
Pero
¿qué clase de hombre era aquél? ¿Un tortazo de nada y un poquito de sangre que
le salía del labio partido lo habían dejado reducido a semejante estado? Lo
agarró por el cuello de la chaqueta, lo levantó del suelo y lo sentó en una
silla. Con trémula mano, Lohengrin Pera utilizó el sello bordado para secarse
la sangre del labio, pero, en cuanto vio la mancha roja en el tejido, cerró con
fuerza los ojos y pareció desmayarse.
—Es
que... la sangre... me horroriza —farfulló.
—¿La
tuya o la de los demás? —preguntó Montalbano. Fue a la cocina, cogió una
botella de whisky medio vacía y un vaso y colocó ambas cosas delante del
coronel.
—Soy
abstemio.
Ahora
que ya se había desahogado, Montalbano se sentía más tranquilo.
Si
el coronel, pensó, había intentado llamar por teléfono para pedir ayuda, las
personas que se la hubieran tenido que prestar forzosamente se encontraban muy
cerca de allí, a pocos minutos de su casa. Este era el verdadero peligro. Oyó
el timbre de la puerta.
—¿Dottore?
Soy Fazio.
Entreabrió
la puerta.
—Mira,
Fazio, tengo que terminar de hablar con la persona que te he dicho. Quédate en
el coche, cuando te necesite, te llamaré. Pero ten cuidado: es posible que haya
gente con malas intenciones por los alrededores. Detén a cualquiera que veas
acercarse a la casa.
Cerró
la puerta y volvió a sentarse delante de Lohengrin Pera, aparentemente hundido
en su abatimiento.
—Tengo
una curiosidad —dijo Montalbano—. ¿Sabes si existen gusanos venenosos?
—¿Qué
me quiere hacer? —preguntó el coronel, palideciendo.
—Nada
de sangre, quédate tranquilo. Tengo la sartén por el mango, supongo que eso ya
lo has comprendido. Has sido tan capullo que lo has soltado todo delante de una
cámara. Si mando salir en antena la cinta, se arma un follón internacional de
no te menees, y tú ya puedes ir preparándote para vender panecillos en una
esquina. En cambio, si te encargas de que se descubra el cadáver de Karima e
impides mi ascenso (pero ten en cuepta que ambas cosas van juntas), yo te doy
mi palabra de honor de que destruyo la cinta. No tienes más remedio que fiarte
de mí. ¿He hablado claro?
Lohengrin
Pera asintió con la cabecita y, en aquel momento, el comisario se dio cuenta de
que el cuchillo había desaparecido de la mesa. El coronel lo habría cogido
mientras él hablaba con Fazio.
—Tenemos
motivos para creer que Ben Dhahab era, en realidad, Ahmed Moussa.
Pera
lo miró con expresión inquisitiva.
—En
tu propio interés, suelta el cuchillo que ocultas bajo la chaqueta.
El
coronel obedeció en silencio y depositó el cuchillo en la mesa. Montalbano
destapó la botella de whisky, llenó el vaso hasta el borde y se lo ofreció a
Lohengrin Pera, que se echó hacia atrás haciendo una mueca de asco.
—Ya
le he dicho que soy abstemio.
—Bebe.
—No
puedo, se lo aseguro.
Apretándole
los carrillos con dos dedos de la mano izquierda, Montalbano lo obligó a abrir
la boquita.
Fazio
oyó que lo llamaba el comisario cuando ya llevaba tres cuartos de hora
esperando en el coche y estaba tan muerto de sueño como si se hubiera drogado.
Entró en la casa e inmediatamente vio a un enano borracho que hasta se había
vomitado encima. Como no conseguía permanecer de pie, el enano estaba
intentando cantar Celeste Aida apoyándose alternativamente en las sillas y en
la pared. Fazio vio en el suelo unas gafas y un teléfono móvil destrozados; en
la mesa había una botella de whisky vacía, un vaso también vacío, tres o cuatro
hojas de papel y unos documentos de identidad.
—Escúchame
bien, Fazio —dijo el comisario—. Ahora te voy a contar exactamente lo que ha
ocurrido, por si te hicieran preguntas. Anoche cuando regresé a casa sobre las
doce vi, al principio del sendero que conduce hasta aquí, el coche de este
señor, un BMW, cerrándome el paso. Estaba completamente bebido. Lo llevé a casa
porque no estaba en condiciones de conducir. En el bolsillo no llevaba
documentación ni nada. Tras varios fallidos intentos de hacerle pasar la mona,
te llamé para que me echaras una mano.
—Está
todo clarísimo —dijo Fazio.
—Hagamos
una cosa. Tú lo agarras, verás que no pesa casi nada, lo metes en el BMW, te
sientas al volante y lo llevas a nuestro calabozo. Yo te sigo con nuestro
vehículo.
—Y
usted después, ¿cómo vuelve a casa?
—Me
tendrás que acompañar tú, qué le vamos a hacer. Mañana por la mañana, cuando
veas que razona con normalidad, lo sueltas.
* *
*
Una
vez en casa, sacó la pistola del cajón donde siempre la guardaba, y se la
introdujo en el cinturón. Después, recogió con la escoba los restos del móvil y
de las gafas y los envolvió en un papel de periódico. Cogió la pala que Mimí le
había regalado a François y cavó dos profundos hoyos casi bajo la galería. En
uno de ellos introdujo el paquete y lo cubrió; en el otro, los papeles y los
documentos rotos a trocitos. Los roció con gasolina y les prendió fuego. Cuando
quedaron reducidos a ceniza, cubrió también el hoyo. Ya empezaba a clarear. Se
dirigió a la cocina, se preparó un café cargado y se lo bebió. Después se
afeitó y se duchó. Quería disfrutar de la grabación completamente relajado.
Introdujo la casete más pequeña en la más grande, tal como le había enseñado a
hacer Nicoló, y encendió el televisor y el vídeo. Al ver que transcurrían
varios segundos sin que apareciera nada, se levantó del sillón y examinó los
aparatos, completamente convencido de que se habría equivocado al hacer alguna
conexión. Para aquellas cosas era totalmente negado, y no digamos para los
ordenadores, que lo aterrorizaban. Esta vez tampoco logró nada. Sacó la casete
de mayor tamaño, la abrió y la examinó. Le pareció que la casete más pequeña
estaba mal colocada en su interior y la empujó hasta el fondo. Lo volvió a
colocar todo en el vídeo. En la pantalla no apareció una mierda. Pero, maldita
sea, ¿qué era lo que no funcionaba? Mientras se lo preguntaba, se quedó helado
y le entró una duda. Corrió al teléfono.
—¿Diga?
—preguntó una voz desde el otro extremo de la línea, pronunciando cada una de
las letras con gran esfuerzo.
—¿Nicolò?
Soy Montalbano.
—¿Y
quién iba a ser si no, mierda puta?
—Te
tengo que preguntar una cosa.
—¿Pero
tú sabes qué hora es?
—Te
pido perdón. ¿Recuerdas la cámara que me has prestado?
—Sí,
¿y qué?
—Para
grabar, ¿qué botón tenía que apretar? ¿El de arriba o el de abajo?
—El
de arriba, cabrón.
Se
había equivocado de botón.
Se
volvió a desnudar, se puso los calzones de baño, se zambulló valerosamente en
el agua helada y empezó a nadar. Cuando, tras haberse cansado, estaba haciendo
el muerto, pensó que, en el fondo, no era tan grave no haber grabado nada: lo
importante era que el coronel se lo hubiera creído y lo siguiera creyendo.
Regresó a la orilla, entró en la casa, se tumbó en la cama mojado tal como
estaba, y se quedó dormido.
Se
despertó pasadas las nueve y tuvo la clara sensación de que no podría regresar
al despacho para reanudar su trabajo de todos los días. Decidió avisar a Mimì.
—¡Diga,
diga! ¿Quién habla?
—Catarè,
soy Montalbano.
—¿Es
usted de verdad?
—Soy
yo de verdad. Pásame al dottor Augello.
—Hola,
Salvo. ¿Dónde estás?
—En
casa. Oye, Mimì, no me siento con ánimos para ir al despacho.
—¿Te
encuentras mal?
—No.
Sólo que no me siento con ánimos ni hoy ni mañana. Necesito cuatro o cinco días
de descanso. ¿Podrás sustituirme?
—Claro.
—Gracias.
—Espera,
no cuelgues.
—¿Qué
ocurre?
—Estoy
preocupado, Salvo. Desde hace un par de días te veo muy raro. ¿Qué te pasa? No
me tengas en ascuas.
—Mimì,
sólo necesito un poco de descanso. Eso es todo.
—¿Adónde
irás?
—De
momento, no lo sé. Después te llamo.
Pero
sabía muy bien adónde iría. En Marinella preparó la maleta en cinco minutos,
pero dedicó más tiempo a elegir los libros que se quería llevar. Le dejó una
nota a la asistenta Adelina, diciéndole que regresaría aquella misma semana.
En
la trattoria de Mazara lo recibieron como al hijo pródigo.
—El
otro día me pareció comprender que alquilaban habitaciones.
—Sí,
arriba tenemos cinco. Pero estamos fuera de temporada y sólo hay una alquilada.
Le
enseñaron la habitación, amplia, luminosa, de cara al mar.
Se
tumbó en la cama libre de todo cuidado, pero con el corazón lleno de una dulce
melancolía. Estaba a punto de soltar amarras para zarpar rumbo a «the country
of sleep» cuando oyó que llamaban a la puerta.
—Adelante,
está abierta.
El
cocinero apareció en el umbral. Era un cuarentón de gran tonelaje, de ojos
negros y piel morena.
—¿Qué
hace? ¿No baja? Me he enterado de que había llegado y le he preparado una cosa
que...
No
consiguió enterarse de lo que le había preparado el cocinero, pues una suave y
dulcísima música, una música celestial, estaba sonando en sus oídos.
Llevaba
una hora contemplando una embarcación de remos que se estaba acercando
lentamente a la orilla. A bordo, un hombre remaba con vigoroso ritmo. El
propietario de la trattoria también había visto la barca, pues Montalbano lo
oyó gritar:
—¡Luici,
ya regresa el cavaliere!
El
comisario vio a Luicino, el hijo de dieciséis años del propietario, adentrarse
en el agua y empujar la barca hasta la arena para que el ocupante no se mojara
los zapatos. El cavaliere, cuyo nombre ignoraba todavía Montalbano, iba vestido
de punta en blanco, con corbata y todo. Lucía un sombrero de jipijapa blanco
con la cinta negra de rigor.
—Cavaliere,
¿ha cogido algo? —le preguntó el propietario de la trattoria.
—Esta
mierda he cogido.
Rondaba
los setenta años, enjunto y nervioso. Más tarde, Montalbano lo oyó trajinar en
la habitación de al lado.
—Le
he preparado la mesa allí —dijo el propietario en cuanto vio aparecer a
Montalbano para la cena, acompañándolo a una pequeña estancia en la que sólo
cabían dos mesas. El comisario se lo agradeció: en la sala más grande resonaban
las risas y las voces de un ruidoso grupo.
—He
puesto la mesa para dos —añadió el propietario—. ¿Le molesta que el cavaliere
Pintacuda cene con usted?
Más
bien sí, siempre temía tener que hablar mientras comía.
Poco
después se presentó el delgado setentón, haciendo una media reverencia.
—Liborio
Pintacuda, y no soy cavaliere. Tengo que hacerle una advertencia aun a riesgo
de parecer un grosero —añadió nada más sentarse—. Yo, cuando hablo, no como.
Por consiguiente, si como, no hablo.
—Bienvenido
al club —dijo Montalbano, lanzando un suspiro de alivio.
La
pasta con cangrejos de mar poseía toda la gracia de un bailarín de primera,
pero la lubina rellena con salsa de azafrán le cortó la respiración y lo dejó
casi asustado.
—¿Usted
cree que un milagro así se podrá repetir? —le preguntó a Pintacuda, señalando
el plato ya vacío.
Ambos
habían terminado de comer y ya podían recuperar el uso de la palabra.
—Se
repetirá, no se preocupe, como el milagro de la licuefacción de la sangre de
san Jenaro —contestó Pintacuda—. Hace años que vengo aquí y nunca, pero lo que
se dice nunca, he sufrido una decepción con la cocina de Tanino.
—En
un gran restaurante, a un cocinero como Tanino le pagarían a precio de oro
—comentó el comisario.
—Pues
sí. El año pasado pasó por aquí un francés, que era el propietario de un famoso
restaurante parisino, que casi se puso de rodillas delante de Tanino para
llevárselo a París. No hubo manera. Tanino dice que él es de aquí y que aquí se
quiere morir.
—Alguien
le habrá enseñado a guisar de esta manera, no puede ser un don natural.
—Pues
mire, hasta hace diez años, Tanino era un delincuente de poca monta, pequeños
robos, tráfico de droga. Entraba y salía de la cárcel. Pero una noche se le
apareció la Virgen.
—¿Bromea
usted?
—Me
guardaría mucho de hacerla. Dice que la Virgen cogió sus manos entre las suyas,
lo miró a los ojos y le reveló que, a partir del día siguiente, se convertiría
en un gran cocinero.
—¡Venga
ya!
—Usted
eso de la Virgen no lo sabía y, sin embargo, en presencia de la lubina, ha
utilizado justo esta palabra: milagro. Pero ya veo que no cree en las cosas
sobrenaturales y prefiero cambiar de tema. ¿Qué hace usted por aquí, comisario?
Montalbano
pegó un brinco. Allí no le había dicho a nadie el trabajo que hacía.
—Vi
en la televisión su rueda de prensa sobre la mujer que mató a su marido
—explicó Pintacuda.
—Hágame
un favor, no le diga a nadie quién soy.
—Aquí
saben todos quién es usted, comisario. Pero, como han comprendido que a usted
no le gusta que lo reconozcan, hacen como si nada.
—Y
usted, ¿a qué grata tarea se dedica?
—Era
profesor de filosofía, si el hecho de enseñar filosofía se puede llamar grato.
—¿No
lo es?
—En
absoluto. Los chavales se aburren, ya no les interesa aprender lo que pensaban
Hegel y Kant. Habría que sustituir la filosofía por una asignatura llamada, qué
sé yo, «Manual de instrucciones». Entonces puede que tuviera más sentido.
—Instrucciones,
¿para qué?
—Para
la vida, amigo mío. ¿Sabe qué escribe Benedetto Croce en sus Memorias? Dice
que, a través de sus experiencias, aprendió a considerar la vida como una cosa
seria, como un problema que se tenía que resolver. Parece obvio, ¿verdad? Pero
no es así. Habría que explicar filosóficamente a los jóvenes el significado,
por ejemplo, del hecho de que se estrellen con su coche contra otro el sábado
por la noche. Y decirles cómo se podría eso evitar filosóficamente. Pero ya
tendremos ocasión de hablar de eso, me han dicho que se va usted a quedar aquí
unos días.
—Sí.
¿Usted vive solo?
—Durante
los quince días que paso aquí, completamente solo. En Trapani, en cambio, vivo
en un caserón con mi mujer, cuatro hijas todas casadas y ocho nietos que,
cuando no estoy en la escuela, se pasan todo el día conmigo. Por lo menos, una
vez cada tres meses me escapo aquí, no dejo dirección ni teléfono. Me purifico,
tomo las aguas de la soledad, este lugar para mí es como una clínica, en la
cual me desintoxico de un exceso de sentimientos. ¿Usted juega al ajedrez?
La
tarde del día siguiente, mientras permanecía tumbado en la cama, volviendo a
leer por vigésima vez El consejo de Egipto, de Sciascia, recordó que había
olvidado advertir a Valente de la especie de pacto que había concertado con el
coronel. El hecho podría ser peligroso para su compañero de Mazara, en caso de
que éste hubiera seguido adelante con las investigaciones. Bajó a la planta
baja donde estaba el teléfono.
—¿Valente?
Soy Montalbano.
—Salvo,
¿dónde demonios te has metido? Te he llamado al despacho y me han dicho que no
sabían nada de ti.
—¿Por
qué me buscabas? ¿Hay alguna novedad?
—Sí.
Esta mañana me ha llamado el jefe superior para informarme de que,
inesperadamente, mi petición de traslado ha sido aceptada. Me envían a Sestri.
Giulia,
la mujer de Valente, era de Sestri, y allí vivían sus padres. Hasta aquel día,
todas las veces que el subjefe superior había solicitado el traslado a Liguria,
le habían contestado negativamente.
—¿No
te dije que esta historia te sería provechosa? —le recordó Montalbano.
—¿Tú
crees que...?
—Claro.
Te quitan de en medio sin que tú tengas motivo de protestar. Al contrario.
¿Cuándo será efectivo el traslado?
—Con
carácter inmediato.
—¿Lo
ves? Te iré a saludar antes de que te vayas.
Lohengrin
Pera y sus amigotes de parroquia se habían puesto en marcha en un santiamén.
Pero habría que ver si era una buena o una mala señal. Quiso comprobarlo. Si
aquella gente se había dado tanta prisa en terminar la partida, lo más seguro
era que también le hubieran enviado una señal a él. La burocracia italiana,
habitualmente muy lenta, actúa como un rayo cuando se trata de joder al
ciudadano: teniendo en cuenta esta archisabida verdad, llamó a su jefe
superior.
—¡Montalbano!
Por Dios bendito, ¿dónde se había metido?
—Le
pido disculpas por no haberle avisado, me he tomado unos días de descanso.
—Lo
comprendo. ¿Se ha ido a ver...?
—No.
¿Me buscaba usted? ¿Me necesita?
—Sí,
lo buscaba, pero no lo necesito. Descanse. ¿Recuerda que había propuesto su
ascenso?
—Cómo
no.
—Pues
bien, esta mañana me ha llamado el commendatore Ragusa, del Ministerio. Es un
buen amigo mío. Me ha dicho que... no sé, parece que han surgido ciertos
problemas, no sé de qué naturaleza, en relación con su ascenso. Ragusa no ha
querido o no ha podido decirme nada más. Me ha dado a entender que cualquier
insistencia sería inútil y puede que incluso perjudicial. Créame que estoy
consternado y ofendido.
—Pues
yo, no.
—¡Lo
sé muy bien! Es más, usted se alegra, ¿no es así?
—Me
alegro por partida doble, señor jefe superior.
—¿Por
partida doble?
—Se
lo explicaré cuando nos veamos.
Se
tranquilizó. Iban por buen camino.
A la
mañana siguiente, Liborio Pintacuda, con una taza de café en la mano, lo
despertó cuando aún estaba oscuro.
—Lo
espero en la barca.
Lo
había invitado a una inútil media jornada de pesca y él había aceptado. Se puso
unos vaqueros y una camisa de manga larga: en la barca, con un señor vestido de
punta en blanco, se hubiera sentido incómodo en traje de baño.
Pescar
resultó ser para el profesor lo mismo que comer: el hombre no abrió la boca
como no fuera para soltar maldiciones de vez en cuando contra los peces que no
picaban.
Hacia
las nueve de la mañana, cuando el sol ya estaba muy alto en el cielo,
Montalbano ya no pudo contenerse.
—Mi
padre se está muriendo —dijo.
—Mi
más sentido pésame —dijo el profesor sin apartar los ojos del sedal.
Al
comisario, las palabras le sonaron inoportunas y fuera de lugar.
—Aún
no ha muerto, se está muriendo —puntualizó.
—Da
igual. Su padre para usted ha muerto en el preciso instante en que se enteró de
que se iba a morir. Lo demás es, ¿cómo diría?, una formalidad corporal. Nada
más. ¿Vive con usted?
—No,
en otro pueblo.
—¿Solo?
—Sí.
Y yo no tengo valor para ir a verlo ahora que se muere. No puedo. La sola idea
me atemoriza. Jamás tendré fuerzas para poner los pies en el hospital donde
está ingresado.
El
viejo no dijo nada, se limitó a volver a colocar el cebo que los peces se
habían comido tan ricamente. Después decidió hablar.
—Verá,
tuve oportunidad de seguir una de sus investigaciones, la del llamado «perro de
terracota». En aquella ocasión, usted abandonó la investigación que estaba
llevando a cabo sobre un asunto de tráfico de armas y se lanzó de cabeza a la
investigación de un delito ocurrido cincuenta años atrás cuya solución no
tendría ningún efecto práctico. ¿Sabe por qué lo hizo?
—¿Por
curiosidad? —apuntó Montalbano.
—No,
amigo mío. La suya fue una manera muy delicada e inteligente de seguir
cumpliendo su no agradable oficio, huyendo, sin embargo, de la realidad de
todos los días. Es evidente que llega un momento en que esta realidad cotidiana
le pesa demasiado. Y entonces usted huye de ella. Tal como hago yo cuando me
refugio aquí. Pero, en cuanto regreso a casa, pierdo la mitad del beneficio. El
hecho de que su padre muera es real, pero usted se niega a aceptarlo mediante
una comprobación personal. Hace como los niños que, cerrando los ojos, creen
que borran el mundo.
El
profesor Liborio Pintacuda miró al comisario directamente a los ojos.
—¿Cuándo
se decidirá a crecer, Montalbano?
Veinte
Mientras
bajaba para ir a cenar, decidió regresar a Vigàta al día siguiente. Llevaba
cinco días lejos de allí. Luicino había puesto la mesa en la pequeña estancia
de siempre y Pintacuda lo esperaba sentado en su lugar acostumbrado.
—Mañana
me iré —le anunció Montalbano.
—Yo
no, necesito otra semanita de desintoxicación.
Luicino
les sirvió inmediatamente el primer plato, por lo que ambos sólo utilizaron la
boca para comer. Al llegar el segundo, se llevaron una sorpresa.
—¡Albóndigas!
—exclamó indignado el profesor—. ¡Las albóndigas se dan a los perros!
El
comisario no se inmutó, el aroma que se escapaba del plato era denso y
embriagador.
—¿Qué
le pasa a Tanino, está enfermo? —preguntó preocupado Pintacuda.
—No,
señor, está en la cocina —contestó Luicino.
Sólo
entonces el profesor partió una albóndiga por la mitad con el tenedor y se la
llevó a la boca. Montalbano aún no había hecho ningún gesto. Pintacuda masticó
muy despacio, entornó los ojos y emitió una especie de gemido.
—Si
uno se las come cuando está a punto de morir, le da igual ir al infierno —dijo
muy despacio.
El
comisario se introdujo media albóndiga en la boca y, con la lengua y el
paladar, dio comienzo a un análisis científico tan preciso que, a su lado, los
de Jacomuzzi hubieran sido de risa. Bueno pues: pescado y, sin ninguna duda,
cebolla, guindilla, huevo batido, sal, pimienta y pan rallado. Pero faltaban
todavía dos sabores que se percibían bajo el regusto de la mantequilla que se
había utilizado para freírlas. Al segundo bocado, identificó lo que no había
descubierto primero: comino y cilantro.
—¡Koftas!
—¿Qué
ha dicho? —preguntó Pintacuda.
—Estamos
comiendo un plato indio preparado a la perfección.
—Me
importa un carajo de donde sea —dijo el profesor—. Yo sólo sé que es un sueño.
Y le ruego que no vuelva a dirigirme la palabra hasta que terminemos de cenar.
Pintacuda
mandó quitar la mesa y propuso la ya habitual partida de ajedrez que Montalbano
perdía habitualmente.
—Perdone,
pero primero quisiera saludar a Tanino.
—Lo
acompaño.
El
cocinero le estaba echando una bronca tremenda a su ayudante por no haber
limpiado bien las sartenes.
—De
esta manera, al día siguiente conservan el sabor de la víspera y uno ya no se
entera de lo que está comiendo —explicó a sus visitantes.
—Oiga
—le dijo Montalbano—, ¿es cierto que usted jamás ha salido de Sicilia?
Debió
de adoptar involuntariamente un tono de policía, pues Tanino pareció regresar a
la época en que se dedicaba a la delincuencia.
—¡Jamás,
se lo juro, comisario! ¡Tengo testigos!
Lo
cual significaba que no tenía más remedio que haber aprendido a preparar aquel
plato en algún restaurante de comida extranjera.
—¿Ha
mantenido algún trato con indios?
—¿Con
los del cine? ¿Los pieles rojas?
—Dejémoslo
correr —dijo Montalbano.
Y
saludó con un abrazo al protagonista de aquel milagro culinario.
Durante
sus cinco días de ausencia, le comunicó Fazio, no había ocurrido nada
importante. Carmelo Arnone, el del estanco de las inmediaciones de la estación,
le había pegado cuatro tiros a Angelo Cannizzaro, el de la mercería, por un
asunto de faldas. Mimì Augello, que pasaba casualmente por allí, se había
enfrentado valerosamente con el agresor y lo había desarmado.
—Lo
cual significa —comentó Montalbano— que, seguramente, Cannizzaro sólo se debió
de pegar un pequeño susto.
Era
de todos sabido que Carmelo Arnone no sabía manejar la pistola y que ni
siquiera era capaz de alcanzar una vaca a diez centímetros de distancia.
—Pues
no.
—¿Le
dio? —preguntó Montalbano, asombrado.
En
realidad, añadió Fazio, esta vez tampoco lo consiguió, pero una de las balas,
tras alcanzar una farola del alumbrado, rebotó y se detuvo entre los omóplatos
de Cannizzaro. Una heridita de nada, pues la bala ya había perdido la fuerza.
Pero por el pueblo corrió enseguida la voz de que Carmelo Arnone había
disparado vilmente por la espalda a Angelo Cannizzaro. Pasqualino, el hermano
de éste, el que se dedica a la venta de habas y lleva unas gafas con cristales
de dos dedos de grosor, cogió un arma y, al ver a Carmelo Arnone, le pegó un
tiro, pero no sólo erró dos veces el disparo sino que, encima, se equivocó de
persona. En efecto, había confundido a Carmelo con su hermano Filippo, el
propietario de la verdulería, a causa del ligero parecido entre ambos Arnone.
En cuanto al fallo del tiro, el primer disparo se perdió cualquiera sabía
dónde, mientras que el segundo hirió en el dedo meñique de la mano izquierda a
un comerciante de Canicatti que se encontraba en Vigàta por asuntos de su
incumbencia. Llegada a este punto, la pistola se encasquilló, pues de lo
contrario, Pasqualino Arnone, disparando al azar, hubiera causado la segunda
matanza de los inocentes. Ah, y después se habían producido dos hurtos, cuatro
robos por el procedimiento del tirón y tres incendios de automóviles. Lo de
siempre.
Llamaron
y entró Tortorella empujando la puerta con el pie, pues iba cargado con más de
tres kilos de papeles.
—¿Aprovechamos
ahora que está usted aquí?
—¡Tortore,
hablas como si yo llevara ausente cien años!
Nunca
firmaba sin haber leído cuidadosamente de qué se trataba y, por eso, a la hora
del almuerzo ya había despachado algo más de un kilo. Notaba un cierto estímulo
en la boca del estómago, pero decidió no ir a la trattoria San Calogero, pues
no quería profanar tan pronto el recuerdo del cocinero Tanino, inspirado
directamente por la Virgen. Era necesario que la traición estuviera por lo
menos parcialmente justificada por la abstinencia.
Terminó
de estampar firmas a las ocho de la tarde cuando ya le dolían no sólo los
dedos, sino también el brazo.
Llegó
a casa muerto de hambre. Ahora se notaba un agujero en la boca del estómago.
¿Cómo tenía que comportarse? ¿Abrir el horno y el frigorífico para ver qué le
había preparado Adelina? Pensó que, si el hecho de pasar de un restaurante a
otro se podía considerar técnicamente una traición, el hecho de pasar de Tanino
a Adelina no lo era en absoluto, es más, se podía presentar como un regreso a
la familia tras un paréntesis de adulterio. El horno estaba vacío y en el
frigorífico había unas diez aceitunas, tres sardinas y un poquito de atún de
Lampedusa en un pequeño recipiente de cristal. El pan, envuelto en un papel,
estaba sobre la mesa de la cocina al lado de una nota de la asistenta.
Como
usía no me dice cuándo vuelve, yo preparo y preparo y después tengo que tirar a
la basura la gracia de Dios. Ya no prepararé nada más.
Adelina
se negaba a seguir derrochando, por supuesto, pero, sobre todo, se debía de
haber ofendido porque él no le había dicho adónde iba («Ya sé que soy una
asistenta, ¡pero a veces usía me trata como a una asistenta!»).
Se
comió de mala gana un par de aceitunas con un poco de pan y las quiso acompañar
con el vino de su padre. Encendió el televisor y sintonizó Retelibera, pues era
la hora del telediario.
Nicolò
Zito estaba terminando de comentar la detención, por malversación y concusión,
de un asesor de Fela. Después pasó a la crónica de sucesos. En las afueras de
Sommatino, entre Caltanissetta y Enna, se había descubierto el cuerpo de una
mujer en avanzado estado de putrefacción.
Montalbano
se incorporó de golpe en su sillón.
La
mujer había sido estrangulada, introducida en un saco y posteriormente arrojada
a un pozo seco bastante hondo. A su lado se había encontrado una maletita que
había permitido la identificación de la víctima: Karima Moussa, de treinta y
cuatro años, natural de Túnez, pero desde hacía varios años residente en
Vigàta.
En
la pequeña pantalla apareció la fotografía de Karima con François, la que el
comisario le había facilitado a Nicolò.
¿Recordaban
los telespectadores que Retelibera había informado de la desaparición de la
mujer? En cambio, del niño, su hijo, no había ni rastro. Según el comisario
Diliberto, que se encargaba de las investigaciones, el autor del homicidio
podía ser el anónimo protector de la tunecina. En cualquier caso, quedaban,
según el comisario, numerosos puntos oscuros por aclarar.
Montalbano
soltó un relincho. Apagó el televisor y sonrió. Lohengrin Pera había cumplido
su palabra. Se levantó, se desperezó, volvió a sentarse y se quedó dormido de
golpe en el sillón. Un sueño animal, quizá sin sueños, de saco de patatas.
* *
*
A la
mañana siguiente llamó desde el despacho al jefe superior, auto invitándose a
cenar. Después llamó a la comisaría de Sommatino.
—¿Diliberto?
Soy Montalbano. Llamo desde Vigàta.
—Hola,
colega. Dime.
—Te
llamo por el asunto de la mujer que habéis encontrado en el pozo.
—Karima
Moussa.
—Sí.
¿La habéis identificado con toda seguridad?
—Sin
el menor asomo de duda. En la maletita, había, entre otras cosas, una tarjeta
de cajero automático de la Banca Agrícola de Montelusa.
—Perdona
que te interrumpa, pero es que cualquiera puede poner...
—Déjame
terminar. Hace tres años esta mujer sufrió un accidente y tuvieron que
aplicarle doce puntos de sutura en el brazo derecho en el hospital de
Montelusa. Todo corresponde. La cicatriz es visible a pesar del avanzado estado
de putrefacción del cadáver.
—Mira,
Diliberto, yo acabo de regresar a Vigàta esta mañana después de unos días de
vacaciones. No tengo muchas noticias, me he enterado del hallazgo a través de
una emisora de televisión local. Decían que tú tenías ciertas dudas.
—No
se refieren a la identificación. Estoy seguro de que la mujer fue asesinada en
otro lugar y sepultada en un sitio que no es aquel en el que nosotros la hemos
encontrado tras recibir una llamada anónima. Por eso me pregunto: ¿por qué han
exhumado y trasladado el cadáver? ¿Qué necesidad tenían de hacerlo?
—¿Por
qué estás seguro?
—Mira,
la maletita de Karima se ensució de materia orgánica durante su primera
permanencia al lado del cadáver. Por lo que, para llevar la maletita hasta el
pozo donde la hemos encontrado, la tuvieron que envolver con un periódico.
—¿Y
qué?
—El
periódico es de hace tres días. La mujer, en cambio, fue asesinada por lo menos
diez días antes de esa fecha. El forense pone la mano en el fuego. Por
consiguiente, tendré que tratar de averiguar el motivo del traslado. Y no se me
ocurre ninguna idea, no acierto a comprenderlo.
Montalbano
la idea la tenía, pero no se la podía facilitar a su compañero. ¡Pero es que
aquellos cabrones de los Servicios Secretos no daban ni una! Como la vez en
que, ante la necesidad de hacer creer que en determinado día cierto aparato
libio había caído en Sila, habían armado la de Dios es Cristo. Y después, en la
autopsia, había resultado que el piloto del aparato había fallecido quince días
antes del impacto. El cadáver volador.
Después
de la cena, sobria pero de altísima calidad, Montalbano y su jefe se retiraron
al estudio. Por su parte, la mujer del jefe superior se fue a ver la
televisión.
El
relato de Montalbano fue muy largo, y tan detallado que ni siquiera omitió la
rotura voluntaria de las gafitas de Lohengrin Pera. En determinado momento, el
relato se transformó en confesión. Pero la absolución del superior tardó en
llegar. Éste se sentía francamente molesto por el hecho de que lo hubieran
excluido del juego.
—Estoy
muy disgustado con usted, Montalbano. Me ha privado de la posibilidad de divertirme
un poco antes de retirarme.
Mi
queridísima Livia:
Esta
carta te sorprenderá por lo menos por dos razones. La primera es la propia
carta, el hecho de que yo la haya escrito y enviado. En cambio, cartas no
escritas te he enviado muchas, por lo menos una al día. Me he dado cuenta de
que, en todos estos años, sólo te he enviado de vez en cuando postales con
«burocráticos y comisariales» saludos, tal como tú los llamas.
La
segunda razón, por la cual no sólo te sorprenderás sino que creo te alegrarás,
es su contenido.
Desde
que te fuiste, hace exactamente cincuenta y cinco días (como ves, llevo la
cuenta), han ocurrido muchas cosas, algunas de las cuales nos conciernen. Pero
decir que han «ocurrido» es un error, sería mejor decir que yo he hecho que
ocurrieran.
Tú
una vez me reprochaste mi tendencia a hacer el papel de Dios, cambiando, con
pequeñas o grandes omisiones, y también con falseamientos más o menos
culpables, el curso de los acontecimientos (de los demás). Puede que sea
cierto, es más, lo es sin la menor duda, pero ¿no crees que eso entra también
en el oficio al que me dedico?
En
cualquier caso, quiero apresurarme a decirte que pienso hablarte de otra, ¿cómo
diría?, de mis transgresiones, pero esta vez encaminada a modificar, en nuestro
beneficio y no contra o en favor de otros, toda una serie de acontecimientos.
Pero antes quiero hablarte de François.
Ni
tú ni yo hemos vuelto a pronunciar este nombre desde la última noche que tú
pasaste en Marinella, cuando me reprochaste no haber comprendido que aquel niño
podía convertirse en el hijo que jamás tendríamos. Por si fuera poco, te dolía
la forma en que yo te había arrebatado al niño. Pero es que tenía miedo, y con
razón. Se había convertido en un peligroso testigo, temía que lo hicieran
desaparecer («neutralizar», dicen eufemísticamente ellos).
La
omisión se ha dejado sentir en nuestras conversaciones telefónicas,
confiriéndoles un carácter evasivo y un poco desganado. Hoy quiero aclararte
que, si no te he hablado antes de François, dándote tal vez la impresión de que
lo había olvidado, lo hice para no alimentar en ti unas peligrosas ilusiones, y
que, si ahora te hablo de él, significa que este temor mío ya ha desaparecido.
¿Recuerdas
aquella mañana en Marinella, cuando François huyó para ir en busca de su madre?
Pues bien, mientras yo lo acompañaba a casa, él me dijo que no quería ir a
parar a un orfelinato. Yo le contesté que eso jamás ocurriría. Le di mi palabra
de honor y nos estrechamos la mano. Había adquirido un compromiso y lo tendría
que cumplir a toda costa.
En
estos cincuenta y cinco días, Mimì Augello ha llamado, a petición mía, tres
veces a la semana a su hermana para saber cómo estaba el niño. Las respuestas
siempre han sido tranquilizadoras.
Anteayer,
y en compañía de Mimì, fui a verlo (por cierto, le tendrías que escribir una
carta a Mimì para agradecerle su generosa amistad). Tuve ocasión de observar a
François mientras jugaba con el sobrino de Augello que tiene su misma edad:
estaba contento y despreocupado. En cuanto me vio, me reconoció de inmediato y
su expresión cambió, como si se hubiera puesto triste. La memoria de los niños
es intermitente, como la de los viejos: seguramente se acordó de su madre. Me
dio un fuerte abrazo y después, mirándome con los ojos brillantes, pero sin
lágrimas —creo que es un niño que no llora fácilmente—, no me hizo la pregunta
que yo temía, es decir, si tenía noticias de Karima. En su lugar, me dijo en
voz baja: «Llévame con Livia.»
No
con su madre, sino contigo. Se debe de haber convencido de que no volverá a ver
a su madre. Y esto, por desgracia, corresponde a la verdad.
Tú
sabes que desde el primer momento y por triste experiencia, tuve el
convencimiento de que Karima había sido asesinada. Para hacer lo que tenía
intención de hacer, tuve que emprender una peligrosa acción para obligar a los
cómplices del asesinato a salir de su escondrijo. El siguiente paso fue el de
obligarlos a que el cuerpo de la mujer fuera descubierto de tal manera que no
se albergara ninguna duda sobre su identidad. Me ha ido bien. Y, de esta
manera, he podido actuar «oficialmente» con respecto a François, ya declarado
huérfano de madre. He contado con la ayuda del jefe superior, que ha puesto en
marcha todas sus amistades. Si no se hubiera descubierto el cuerpo de Karima,
mis pasos se hubieran enredado en toda una serie de ataduras burocráticas que
habrían retrasado muchos años la solución de nuestro problema.
Me
doy cuenta de que te estoy escribiendo una carta demasiado larga y vaya cambiar
de registro.
1)
François, a los ojos de la ley, tanto de la nuestra como de la tunecina, se
encuentra en una situación paradójica. Es, efectivamente, un huérfano que no
existe, pues su nacimiento no se registró ni en Sicilia ni en Túnez.
2)
El juez de Montelusa que se ocupa de estas cosas ha regularizado de alguna
manera la situación de François, sólo durante el tiempo necesario para la
tramitación de las diligencias, confiando su custodia provisional a la hermana
de Mimì.
3)
El propio juez me ha informado de que, teóricamente, sería posible en Italia la
adopción por parte de una mujer soltera, pero ha añadido que, en la práctica,
no es así. Y me ha citado el caso de una actriz sometida desde hace años a
sentencias, dictámenes y medidas contradictorias entre sí.
4)
Lo mejor que se podría hacer para abreviar, según el juez, sería que nosotros
dos nos casáramos.
5)
Por consiguiente, prepara los papeles.
Te
abrazo y te beso.
Salvo
P.D.
Un notario de Vigàta amigo mío administrará un fondo de quinientos millones de
liras a plazo fijo en nombre de François, del cual éste podrá entrar en
posesión cuando alcance la mayoría de edad. Me parece justo que nuestro hijo
nazca oficialmente en el mismo momento de poner los pies en nuestra casa, pero
me parece más que justo que lo ayude en la vida la que fue su verdadera madre,
a quien pertenecía el dinero.
SU
PADRE ESTÁ EN LAS ÚLTIMAS; SI QUIERE VERLO VIVO, NO PIERDA EL TIEMPO. ARCANGELO
PRESTIFILIPPO.
Esperaba
aquellas palabras, pero, cuando las leyó, volvió a experimentar el mismo sordo
dolor que había sentido al enterarse de la noticia, pero agravado ahora por la
angustia de lo que debería hacer: inclinarse sobre el lecho, besar la frente de
su padre, percibir su seco aliento de moribundo, mirarlo a los ojos y decirle
unas palabras de consuelo. ¿Tendría el valor de hacerlo? Empapado de sudor,
pensó que ésta era la prueba inevitable, en caso de que efectivamente fuera
necesario que creciera, tal como le había dicho el profesor Pintacuda.
«Enseñaré
a François a no tener miedo de mi muerte», pensó. Y aquel pensamiento, que lo
sorprendió por el simple hecho de que se le hubiera podido ocurrir, le produjo
una momentánea serenidad.
Justo
a la entrada de Valmontana, después de cuatro horas seguidas de carretera,
había un letrero que indicaba el camino de la clínica Porticelli.
Dejó
el coche en el correspondiente parking y entró. Percibía los latidos del
corazón justo bajo la nuez.
—Me
llamo Montalbano. Quisiera ver a mi padre, que está ingresado aquí.
—Siéntese.
Voy a avisar al profesor Brancato.
Se
acomodó en un sillón y cogió una de las revistas que había sobre una mesita. La
dejó enseguida, tenía las manos tan sudadas que había mojado la portada.
Entró
el profesor, un cincuentón muy serio enfundado en una bata blanca. Le tendió la
mano.
—¿Señor
Montalbano? Lamento muy de veras tener que decirle que su padre ha fallecido
serenamente hace dos horas.
—Gracias
—dijo Montalbano.
El
profesor lo miró, un poco extrañado. Pero el comisario no le estaba dando las
gracias a él.
FIN


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