© Libro N°. 3029. El Perro De Terracota. Camilleri, Andrea. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Il cane di terracotta
Versión Original: © El Perro De Terracota. Andrea Camilleri
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PERRO DE TERRACOTA
Andrea Camilleri
Título original: Il cane di terracotta
Traducción de: María Antonia Manini Pagés
Uno
A juzgar por la forma en que se estaba presentando el amanecer,
el día se anunciaba decididamente desapacible, es decir, hecho en parte de
golpes enfurruñados de sol y en parte de chubascos helados, todo ello matizado
con ráfagas de viento repentinas. Uno de esos días en que alguien que sea
propenso a padecer los efectos de los bruscos cambios meteorológicos y los
sufre en la sangre y el cerebro, igual se pone a cambiar constantemente de
opinión y dirección, tal como hacen esos trozos de latón cortados en forma de
bandera o de gallo que giran en todas direcciones en los tejados, al menor
soplo de viento.
El comisario Salvo Montalbano pertenecía de toda la vida a esta
categoría humana desdichada, y esta condición la había heredado de su madre,
que era de índole extremadamente enfermiza y a menudo se encerraba en el
dormitorio a oscuras por sus fuertes dolores de cabeza, y entonces no se podía
hacer ruido en casa y todo el mundo tenía que caminar en puntas de pie. En
cambio, su padre disfrutaba siempre de la misma salud y pensaba siempre
exactamente lo mismo, tanto con lluvia como con sol.
Esta vez, el comisario tampoco desmintió su naturaleza innata:
en cuanto detuvo su automóvil en el kilómetro diez de la carretera provincial
Vigàta—Fela, tal como le habían dicho que hiciera, le entraron ganas de volver
a poner el auto en marcha, regresar al pueblo y mandar al carajo la operación.
Consiguió dominarse, acercó un poco más el coche a la cuneta y abrió de nuevo
la guantera para sacar la pistola que habitualmente no llevaba encima. Pero su
mano quedó en suspenso en el aire: inmóvil y como hechizado, siguió
contemplando el arma.
"¡Virgen santa! ¡Es verdad!", pensó.
La víspera, unas cuantas horas antes de recibir la llamada de
Gegè Gullotta, que había armado todo aquel revuelo (Gegè era un vendedor al por
menor de droga blanda y el organizador de un burdel al aire libre, conocido con
el nombre de El Aprisco), el comisario estaba leyendo una novela negra de un
escritor barcelonés que lo intrigaba muchísimo y que tenía su mismo apellido,
sólo que castellanizado como Montalbán. Una frase le había llamado en especial
la atención: "La pistola dormía con su presencia de lagarto frío".
Apartó la mano, ligeramente hastiado, y volvió a cerrar la guantera para
permitir que el lagarto siguiera durmiendo. De todos modos, en caso de que toda
la historia que estaba a punto de comenzar resultara ser una trampa, una
emboscada, de poco le serviría llevar la pistola, pues los tipos lo
agujerearían como y cuando les diera la gana a golpes de kaláshnikovs, y adiós.
Sólo cabía esperar que Gegè, en recuerdo de los años que habían transcurrido
sentados en el mismo pupitre de la escuela primaria, forjando una amistad que
se había prolongado hasta la edad adulta, no hubiera decidido, por su propio
interés, venderlo como un trozo de carne, contándole cualquier tontería para
hacerla caer en la red. No, cualquier tontería, no: el hecho, en caso de ser
cierto, sería una cosa muy sonada.
Lanzó un suspiro profundo y echó a andar muy despacio,
levantando un pie y bajando el otro, por un sendero estrecho y pedregoso entre
vastas extensiones de viñedos. Estos viñedos producían una uva de mesa de
granos redondos y compactos, llamada, vaya uno a saber por qué, "uva
italiana", la única que arraigaba en aquellas tierras, pues en el cultivo
de cualquier otro tipo de uva para la elaboración de vino en esa región, mejor
ahorrarse el dinero y el esfuerzo.
La cabaña, de planta baja y un piso, con una habitación abajo y
otra arriba, se levantaba justo en el alto de la loma pequeña, semiescondida
detras de cuatro viejos e imponentes olivos que la rodeaban casi en su
totalidad. Era tal como Gegè se la había descripto. Puertas y ventanas cerradas
y despintadas, con un gigantesco alcaparro en la explanada anterior y otras
matas más pequeñas de cohombrillos amargos, de esos que cuando se rozan con el
extremo de un bastón salpican y esparcen las semillas por el aire; una silla de
paja con el asiento agujereado colocada patas arriba, y un viejo balde de zinc
para recoger agua, inutilizado por la herrumbre, que se había comido varios
trozos, La hierba cubría lo demás. Todo contribuía a crear la impresión de que
el lugar llevaba muchos años deshabitado, pero la impresión era falsa y
Montalbano demasiado experto como para dejarse engañar por las apariencias; es
más, tenía la certeza de que alguien lo observaba desde el interior de la
cabaña y calibraba sus intenciones a través de sus gestos. Se detuvo a tres
pasos de la puerta, se quitó la chaqueta, la colgó de la rama de un olivo para
que vieran que no iba armado y llamó sin levantar demasiado la voz, como un
amigo que va a ver a otro amigo.
—¿Hay alguien ahí?
No hubo respuesta ni ruido alguno. De un bolsillo del pantalón
el comisario sacó un encendedor y un atado de cigarrillos, se puso uno entre
los labios y lo encendió, describiendo medio círculo sobre sí mismo para
situarse de cara al viento. De este modo, la persona que estaba en el interior
de la casa ahora lo podría ver cómodamente de espaldas, de la misma manera que
antes lo había visto de frente. Dio dos pitadas, se acercó con paso decidido a
la puerta y al llamar fuertemente con la mano cerrada en un puño, se lastimó
los nudillos con los restos endurecidos del barniz sobre la madera.
—¿ Hay alguien ahí? —volvió a preguntar.
Todo se hubiera podido esperar menos la voz serena y socarrona
que lo sorprendió a traición por la espalda.
—Pues claro que sí. Estoy aquí.
* * *
—¡Hola! ¿Montalbano? ¡Salvuzzo! Soy yo, soy Gegè.
—Ya me había dado cuenta, cálmate. ¿Cómo estás, ojitos de miel y
azahar?
—Estoy bien.
—¿Le has dado a la boca en los últimos días? ¿Vas perfeccionando
las mamadas?
—Salvù, no me vengas con tus mariconadas de siempre. En todo
caso, y tú lo sabes, yo no le doy a la boca sino que hago que otros le den.
—Pero ¿no eres tú el maestro? ¿Acaso no eres tú el que enseña a
tus diversas putas cómo tienen que colocar los labios y cómo tiene que ser de
fuerte la chupada?
—Salvù, si fuera tal como tú dices, serían ellas las que me
darían lecciones a mí. A los diez años, ya lo saben todo y, a los quince, son
todas maestras consumadas. Hay una albanesa de catorce años que...
—¿Ahora estás haciendo propaganda de la mercancía?
—Mira, no tengo tiempo para hablar de bobadas. Tengo que
entregarte una cosa, un paquete.
—¿A estas horas? ¿Y no me lo puedes dar mañana por la mañana?
—Mañana no estaré.
—¿Sabes lo que hay en el paquete?
—Pues claro que lo sé. Hay mostachones de vino cocido, los que a
ti te gustan. Mi hermana Mariannina los hizo especialmente para ti.
—¿Cómo está Mariannina de los ojos?
—Mucho mejor. En Barcelona, en España, han hecho milagros.
—En Barcelona, en España, también escriben libros muy buenos.
—¿Qué dices?
—Nada. Cosas mías, no hagas caso. ¿Dónde nos vemos?
—En el lugar de siempre, dentro de una hora.
"El lugar de siempre" era la playita de Puntasecca,
una corta franja de arena a los pies de una colina de marga blanca, casi
inaccesible desde tierra o, mejor dicho, sólo accesible para Montalbano y Gegè,
que cuando iban a la escuela primaria habían descubierto un caminito cuyo
recorrido ya era muy difícil a pie y decididamente temerario en coche.
Puntasecca se encontraba a pocos kilómetros del pequeño chalé a la orilla del
mar, justo en las afueras de Vigàta, donde vivía Montalbano, motivo por el cual
éste se lo tomó sin prisa. Sin embargo, justo cuando ya había abierto la puerta
para acudir a su cita, sonó el teléfono.
—Hola, querido. Ya ves que soy puntual. ¿Cómo te fue hoy?
—Administración normal. ¿Y a ti?
—Ídem. Oye, Salvo, estuve pensando mucho en lo que...
—Perdona que te interrumpa, Livia. Dispongo de muy poco tiempo,
mejor dicho, no dispongo de ninguno. Me agarraste en la puerta, a punto de
salir.
—Pues sal y buenas noches.
Livia cortó y Montalbano se quedó con el teléfono en la mano.
Entonces recordó que la víspera le había dicho a Livia que lo llamara a las
doce de la noche en punto porque entonces tendrían tiempo para hablar un buen
rato. No supo si volver a llamar enseguida a su novia a Boccadasse o hacerlo a
la vuelta, cuando regresara de su cita con Gegè. Con una punzada de
remordimiento, colgó el receptor y salió.
Cuando llegó, con unos minutos de retraso, Gegè ya lo esperaba,
paseando junto a su coche. Se abrazaron y se besaron, pues hacía mucho tiempo
que no se veían.
—Vamos a sentarnos adentro, esta noche hace fresquito —dijo el
comisario.
—Me agarraron —dijo Gegè apenas se sentó en el auto.
—¿Quiénes?
—Unas personas a las que no puedo decir que no. Tú sabes que yo,
como todos los comerciantes, pago la cuota para poder trabajar en paz y para
que nadie arme líos a propósito en mi burdel. Cada mes que Nuestro Señor envía
a esta tierra, pasa uno que cobra.
—¿Por cuenta de quién? ¿Me lo puedes decir?
—Pasa por cuenta de Tano el Griego.
Montalbano puso los ojos en blanco, pero procuró que su amigo no
se diera cuenta. Gaetano Bennici, llamado "el Griego", no había visto
Grecia ni siquiera con un catalejo y de las cosas de la Hélade debía de saber
tanto como una tubería de hierro, pero lo llamaban así por cierto vicio que,
según la voz popular, era sumamente apreciado en los alrededores de la
Acrópolis. Debía de tener por lo menos tres asesinatos en su haber, en su
ambiente ocupaba un escalón por debajo de los capos capos, pero nadie sabía que
actuara en la zona de Vigàta y alrededores, donde el territorio se lo
disputaban las familias Cuffaro y Sinagra. Tano pertenecía a otra
"parroquia".
—Pero ¿qué se le ha perdido a Tano el Griego por estos lugares?
—¿Qué carajo de preguntas me haces? ¿Qué mierda de lince eres?
¿Acaso no sabes que se ha decretado que para Tano el Griego no hay parajes ni
zonas en lo tocante a las mujeres? Le han concedido el control y las prebendas
de todo el puterío de la isla.
—No lo sabía. Sigue.
—Hacia las ocho de esta misma noche pasó el hombre de siempre
para el cobro, era el día establecido para el pago de la cuota. Tomó el dinero
que yo le di, pero, en lugar de irse, esta vez abrió de nuevo la puerta del
auto y me dijo que subiera.
—¿Y qué hiciste?
—Me asusté, me dieron sudores fríos. Pero ¿qué podía hacer? Subí
y él puso el coche en marcha. Resumiendo, toma la carretera de Fela, se para
cuando no llevábamos ni siquiera media hora de camino...
—¿Le preguntaste adónde iban?
—Claro.
—¿Qué te dijo?
—No abrió la boca, como si yo no hubiera dicho nada. Al cabo de
media hora, me hace bajar en un sitio donde no había ni un alma y me indica que
siga un sendero. Por allí no pasaba ni un perro. En determinado momento, no sé
de dónde carajo salió, se me planta delante Tano el Griego. Me pegué un susto
tan grande, que las piernas se me aflojaron como si fueran un flan.
Compréndeme, no fue por cobardía, pero es que este tipo tiene cinco
—¿Como cinco?
—¿Por qué? ¿Cuántos cuentan ustedes?
—Tres.
—Pues no, señor, son cinco, garantizados al ciento por ciento.
—Muy bien, sigue.
—Yo empecé a jugar a pares y nones. Puesto que siempre había
pagado religiosamente, me convencí de que Tano quería subirme el precio. No me
puedo quejar de mis negocios, y ellos lo saben. Estaba equivocado, no era cosa
de dinero.
—¿Qué quería?
—Sin saludarme siquiera, me preguntó si te conocía.
Montalbano creyó no haberle entendido.
—¿Si conocías a quién?
—A ti, Salvù, a ti.
—¿ Y qué le dijiste?
—Yo, cagándome encima, le contesté que sí te conocía, pero sólo
de vista, buenos días y buenas tardes. Te juro que me miró con un par de ojos
como los de las estatuas, fijos y muertos; después echó la cabeza hacia atrás,
soltó una risita y me preguntó si quería saber cuántos pelos tenía yo en el
culo, con un margen de error de dos como máximo. Quería darme a entender que
conocía mi vida y milagros y mi muerte, esperemos que sea lo más tarde posible.
Por eso miré el suelo y no abrí la boca. Entonces me dijo que te dijera que
quiere verte.
—¿Cuándo y dónde?
—Esta misma noche, al amanecer. Luego te explico dónde.
—¿Sabes qué quiere de mí?
—Eso ni lo sé ni lo quiero saber. Me dijo que procurara
convencerte de que te puedes fiar de él como de un hermano.
"Como de un hermano": las palabras, en lugar de
tranquilizar a Montalbano, le provocaron un estremecimiento desagradable. Era
bien sabido que en el primer lugar de los tres —o los cinco— asesinatos de Tano
figuraba el de su hermano mayor, Nicolino, primero estrangulado y después, por
una misteriosa norma semiológica, cuidadosamente desollado. El comisario se
sumió en negras reflexiones que se volvieron todavía más negras, de ser ello
posible, cuando oyó las palabras que Gegè le susurró, apoyando una mano en su
hombro.
—Ten mucho cuidado, Salvù. Ése es una mala bestia.
Estaba regresando a casa muy despacio cuando los faros del auto
de Gegè, que lo seguía, parpadearon varias veces. Se desvió, Gegè se acercó e,
inclinándose hacia la ventanilla del asiento del acompañante, le entregó un
paquete.
—Me olvidaba de los mostachones.
—Gracias. Pensaba que había sido un pretexto.
—¿Quién te crees que soy? ¿Un tipo que dice una cosa por otra?
Gegè aceleró, ofendido.
El comisario pasó una noche digna de ser contada a un médico. El
primer pensamiento que le vino a la mente fue llamar al jefe de policía,
despertarlo e informarlo para protegerse las espaldas contra todas las
consecuencias que aquel asunto pudiera tener. Pero Tano el Griego había hablado
muy claro al respecto, tal como le había dicho Gegè: Montalbano no tenía que
decirle nada a nadie y debía acudir solo a la cita. Sin embargo, aquí no era
cuestión de jugar a policías y ladrones; su obligación era cumplir con su
deber, es decir, advertir a sus superiores, organizar con ellos en sus más
mínimos detalles los dispositivos de vigilancia y captura, tal vez con la ayuda
de gran cantidad de refuerzos. Tano era un prófugo de la Justicia desde hacía
diez años, ¿y se iba a reunir tranquilamente con él como si fuera un amigo que
regresara de América? De eso ni hablar, no era posible, el jefe de policía
tenía que ser informado de inmediato. Marcó el número de su superior en
Montelusa, la capital.
—¿Eres tú, querido? —dijo la voz de Livia desde Boccadasse,
Génova.
Montalbano se quedó un instante sin respiración; por lo visto,
su instinto lo había guiado no a hablar con el jefe sino a marcar un número
equivocado.
—Perdóname por lo de antes, recibí una llamada imprevista que me
obligó a salir.
—No te preocupes, Salvo, ya sé la profesión que tienes. Más bien
perdóname tú por el arrebato. Me decepcioné.
Montalbano miró el reloj: le faltaban por lo menos tres horas
para reunirse con Tano.
—Si quieres, podemos hablar ahora.
—¿Ahora? Discúlpame, Salvo, no es por despecho, pero prefiero no
hacerla. Tomé un somnífero y se me están cerrando los ojos.
—Bueno, de acuerdo. Hasta mañana. Te quiero, Livia.
La voz de Livia cambió de golpe y adquirió un tono despabilado y
alterado.
—¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre, Salvo?
—Nada, ¿qué quieres que ocurra?
—Ah, no, querido, tú a mí no me engañas. ¿Tienes que hacer algo
peligroso? No me tengas preocupada, Salvo.
—Pero ¿cómo se te ocurren estas cosas?
—Dime la verdad, Salvo.
—No estoy haciendo nada peligroso.
—No te creo.
—Pero ¿por qué, Dios bendito?
—Porque me dijiste "te quiero" y desde que nos
conocemos sólo me lo has dicho tres veces, las he contado, y cada vez fue por
algo fuera de lo normal.
Lo único que podía hacer era cortar; con Livia podía ser
interminable.
—Adiós, cariño, que descanses. No seas boba. Adiós, tengo que
volver a salir.
Y ahora, ¿qué hacer para pasar el rato? Se duchó, leyó unas
cuantas páginas del libro de Montalbán casi sin enterarse de lo que leía, fue
de una habitación a otra, enderezando un cuadro, volviendo a leer una carta,
una factura, una nota, tocando todo lo que tenía a mano. Volvió a ducharse, se
afeitó y se hizo un corte justo bajo la barbilla. Encendió el televisor y lo
apagó enseguida porque le produjo una sensación de mareo. Por fin, llegó la
hora. Cuando ya estaba a punto de salir, le apeteció comerse un mostachón de
vino cocido. Con asombro se dio cuenta de que el paquete que había sobre la
mesa estaba abierto y de que en el interior de la caja de cartón no quedaba ni
uno. Se los había comido todos sin darse cuenta, de lo nervioso que estaba. Y
lo peor era que ni siquiera los había disfrutado.
Dos
Montalbano se volvió muy despacio, como si quisiera compensar
con ello la furia sorda y repentina que le había causado haberse dejado sorprender
por la espalda, como un principiante. A pesar de encontrarse en estado de
alerta, no había conseguido percibir el menor ruido.
"¡Uno a cero a tu favor, rufián!", pensó.
A pesar de que jamás lo había visto en persona, lo reconoció de
inmediato: en comparación con las señas de años atrás, Tano se había dejado
crecer la barba y el bigote, pero los ojos eran los mismos, totalmente
inexpresivos, "de estatua", tal como con acierto había dicho Gegè.
Tano el Griego se inclinó ligeramente y en su gesto no hubo la
más mínima sombra de burla o de tornadura de pelo. De modo automático,
Montalbano correspondió con otra leve inclinación.
Tano echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Parecemos dos japoneses, aquellos guerreros de la espada y la
coraza. ¿Cómo se llaman?
—Samurais.
Tano extendió los brazos como si quisiera estrechar contra su
pecho al hombre que tenía delante.
—Mucho gusto en conocer personalmente al famoso comisario
Montalbano.
Montalbano decidió prescindir de los cumplidos e ir directo al
grano para situar el encuentro en el debido terreno.
—No sé qué gusto le puede dar conocerme.
—De momento, ya me dio uno.
—Explíquese.
—Me está tratando de usted, ¿le parece poco? No hubo ni un solo
esbirro, ni uno solo, y mire que he conocido a muchos, que me haya tratado de
usted.
—Se dará cuenta, espero, de que yo soy un representante de la
ley, mientras que usted es un peligroso prófugo de la Justicia y un asesino
múltiple. Y nos estamos viendo cara a cara.
—Yo no voy armado. ¿Y usted?
—Yo tampoco.
Tano volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada
sonora.
—¡Yo nunca me equivoco con las personas, nunca!
—Tanto si va armado como si no lo está, tengo que detenerlo.
—Y yo estoy aquí, comisario, para que usted me detenga. Quise
verlo a propósito.
No cabía duda de que era sincero, pero precisamente su evidente
sinceridad hizo que Montalbano se pusiera en guardia, sin conseguir entender
adónde quería ir a parar Tano.
—Podía presentarse en la comisaría y entregarse. Aquí o en
Vigàta, da lo mismo.
—Pues no, señor comisario, no es lo mismo. Me extraña que usted,
que sabe leer y escribir, no comprenda que las palabras no son iguales. Hago
que me detengan, no me entrego. Si toma su chaqueta, hablaremos adentro.
Entretanto, abriré la puerta.
Montalbano descolgó la chaqueta de la rama del olivo, se la
colgó del brazo y entró en la cabaña detrás de Tano. Dentro estaba todo a
oscuras; el Griego encendió un quinqué y le indicó por señas al comisario que
se sentara en una de las dos sillas que había junto a una mesita. En la
habitación había un catre con sólo un colchón, sin almohada ni sábanas, una
pequeña estantería con puertas de cristal llena de botellas, vasos, galletas,
platos, paquetes de pasta, latas de salsa y toda una serie de cajas. Encima de
una cocina de leña, varias ollas y peroles. Pero los ojos del comisario se
detuvieron en un animal mucho más peligroso que el lagarto que dormía en la
guantera de su coche: una auténtica serpiente venenosa, una ametralladora que
dormitaba apoyada de pie contra la pared, al lado del catre.
—Tengo vino bueno —dijo Tano como si fuera un verdadero
anfitrión.
—Sí, gracias —asintió Montalbano.
Después del frío, la mala noche, la tensión y el kilo largo de
mostachones que se había engullido, el vino le hacía muchísima falta.
El Griego sirvió el vino y levantó su vaso.
—A su salud.
El comisario levantó el suyo y le devolvió el brindis.
—A la suya.
El vino era fabuloso; daba gusto tomarlo, y al bajar por la
garganta, reconfortaba y daba calor.
—Es de veras bueno —lo felicitó Montalbano.
—¿Otro?
Para no caer en la tentación, el comisario apartó bruscamente el
vaso.
—¿Vamos a hablar?
—Hablemos. Bueno, ya le dije que he decidido dejar que me
detengan…
—¿Por qué?
La pregunta a bocajarro desconcertó a Tano. Fue sólo un momento,
enseguida se recuperó.
—Tengo que someterme a un tratamiento, estoy enfermo.
—¿Me permite? Puesto que usted cree conocerme muy bien, sabrá
sin duda que no soy una persona fácil de engañar.
—Estoy seguro de que no.
—Entonces, ¿por qué no me respeta y deja de contarme
estupideces?
—¿No cree que estoy enfermo?
—Lo creo. Pero la estupidez que me quiere hacer tragar es que,
para curarse de su enfermedad, necesita que lo detengan. Si quiere, me explico.
Usted estuvo un mes y medio internado en la Clínica Madonna di Lourdes, en
Palermo, y después permaneció tres meses internado en el Sanatorio Getsemani,
de Trapani, donde el profesor Amerigo Guarnera lo operó. Si usted quisiera, hoy
mismo, a pesar de que la situación es ligeramente distinta de la de hace unos
años, encontraría una clínica dispuesta a cerrar los ojos y no denunciar su
presencia a la policía. Por consiguiente, la razón por la cual quiere que lo
detengan no es su enfermedad.
—¿Y si le dijera que los tiempos cambian y que la rueda gira muy
rápido?
—Eso ya me convence un poco más.
—Mire, mi padre, que en paz descanse, que era un hombre de honor
en la época en que la palabra "honor" significaba algo, me explicaba
cuando yo era pequeño que el carro en el que viajaban los hombres de honor
necesitaba mucha grasa para que las ruedas giraran y se movieran sin
dificultad. Después, pasada la generación de mi padre, cuando yo tuve que subir
al carro, uno de los nuestros dijo: "Pero ¿por qué tenemos que seguir
comprando la grasa que necesitamos a los políticos, los alcaldes, los dueños de
los Bancos y compañía? ¡Vamos a fabricar nosotros mismos la grasa que
necesitamos!" ¡Muy bien! ¡Bravo! Estamos todos de acuerdo. Claro que
siempre había alguien que le robaba el caballo al compañero, alguien que le
impedía seguir un determinado camino a su socio, alguien que la emprendía a
tiros contra el carro, el caballo y el jinete de otra
"congregación"... Pero eran cosas que podíamos arreglar por nuestra
cuenta. Los carros se multiplicaron y hubo más caminos que recorrer. En
determinado momento, a una lumbrera se le ocurrió una idea genial y se preguntó
qué significaba seguir circulando con el carro. "Vamos demasiado
despacio", explicó. "Nos joden en velocidad, ¡ahora todo el mundo
utiliza el auto, no se puede ignorar el progreso!" ¡Muy bien! ¡Bravo! Y
todos corrieron a cambiar el carro por un auto y a sacar el carné. Pero algunos
no consiguieron aprobar el examen de conducción y tuvieron que irse o los
echaron. Cuando aún no habíamos tenido tiempo ni siquiera de familiarizarnos
con el coche nuevo, los más jóvenes, que iban en auto desde que habían nacido y
habían estudiado derecho o economía en los Estados Unidos o en Alemania, nos
hicieron saber que nuestros automóviles eran demasiado lentos, que ahora
teníamos que subirnos a un coche de carreras, una Ferrari o una Maserati
provistas de radioteléfono y fax para poder salir disparados como un rayo.
Estos chicos son de lo más nuevo que hay, hablan con los aparatos y no con las
personas, ni siquiera te conocen, no saben quién eres y, si lo saben, les
importa un pito, puede que ni siquiera se conozcan entre sí, hablan con el
ordenador. En resumen, estos chicos no miran a nadie a la cara. En cuanto ven
que tienes problemas con un automóvil lento, te echan fuera de la carretera sin
pensarlo dos veces y tú te quedas en la cuneta con los huesos del cuello rotos.
—Y usted no sabe conducir una Ferrari.
—Exacto. Por eso, antes de morir en la cuneta, es mejor que me
aparte.
—Sólo que no me parece usted un hombre dispuesto a apartarse
voluntariamente.
—Voluntariamente, comisario, se lo aseguro, voluntariamente...
Claro que hay maneras y maneras de convencer a una persona de que actúe
libremente, por su propia voluntad. Una vez, un amigo mío que leía mucho y era
culto, me contó una historia que yo le cuento a usted tal cual. La había leído
en un libro alemán. Un hombre le dice a un amigo: "¿Qué apuestas a que mi
gato se come la mostaza picante, esa que pica tanto que te hace un agujero en
la barriga?" "A los gatos no les gusta la mostaza", contesta el
amigo. "Pues al mío se la hago comer", dice el tipo. "¿Se la
haces comer a golpes y a palos?", pregunta el amigo. "No, señor, sin
obligarlo, se la come voluntariamente", contesta el hombre. Hacen la
apuesta, el hombre toma una buena cucharada de mostaza, de esas que, sólo de
verlas, notas que te arde la boca, sujeta al gato y, izas!, le mete la mostaza
en el culo. El pobre gato, al sentirse arder el culo de aquella manera, empieza
a lamérselo. Lame que te lame, acaba comiéndose voluntariamente toda la
mostaza. Y eso es todo, distinguido señor.
—Lo he comprendido perfectamente. Ahora volvamos al tema
inicial.
—Le estaba diciendo que yo me dejo detener, pero necesito un
poco de teatro para salvar las apariencias.
—No entiendo.
—Ahora se lo explico.
Se explicó largo y tendido, bebiendo de vez en cuando un vaso de
vino. Al final, Montalbano comprendió los motivos de Tano. Pero ¿se podía uno
fiar de él? Éste era el auténtico quid de la cuestión. En su juventud,
Montalbano era muy aficionado a jugar a las cartas (por suerte, más adelante se
le había pasado la afición): por eso intuía que el Griego estaba jugando con
cartas no marcadas, sin trucos. Por fuerza tenía que fiarse de esa sensación,
en la esperanza de no fallar. Minuciosa y meticulosamente prepararon todos los
detalles de la detención para evitar que algo les saliera mal. Cuando
terminaron de hablar, el Sol ya estaba muy alto en el cielo. Antes de salir de
la cabaña y dar comienzo a la representación, el comisario miró largo rato a
los ojos a Tano.
—Dígame la verdad.
—A sus órdenes, dutturi Montalbano.
—¿Por qué me eligió precisamente a mí?
—Porque usted, y me lo está demostrando, es un hombre que
entiende las cosas.
Mientras bajaba a toda velocidad por el sendero que corría a
través de los viñedos, Montalbano recordó que en la comisaría debía de estar de
guardia Agatino Catarella, por lo que la conversación telefónica que estaba a
punto de comenzar sería en el mejor de los casos difícil, cuando no origen de
equívocos desgraciados y peligrosos. El tal Catarella era un pobre tipo. Corto
de entendederas y lento de reflejos, seguro que había ingresado al cuerpo de
policía por ser pariente lejano del ex omnipotente honorable Cusumano, que,
tras haberse pasado un verano en el frescor de la cárcel del Ucciardone, había
sabido estrechar otros vínculos con los nuevos poderosos hasta el extremo de
haberse ganado un buen trozo de pastel, de ese pastel que cada vez se iba
renovando milagrosamente con sólo cambiar alguna que otra fruta confitada o
colocar otras velitas en sustitución de las ya consumidas. Las cosas con
Catarella se enredaban todavía más cuando le entraba el capricho —cosa que le
ocurría muy a menudo— de hablar en lo que él llamaba "taliàno".
Un día se había presentado ante el comisario con cara de
circunstancias.
—Dottori, ¿usted no podría, por casualidad, indicarme a uno de
esos médicos que son especialistas?
—¿Especialistas en qué, Catarè?
—En enfermedades venéreas.
Montalbano se lo quedó mirando, boquiabierto.
—¿Tú, una enfermedad venérea? ¿Y cuándo te la pescaste?
—Yo recuerdo que esta enfermedad me vino cuando era todavía muy
pequeño, tendría menos de seis o siete años.
—Pero ¿qué carajo me estás diciendo, Catarè? ¿Estás seguro de
que se trata de una enfermedad venérea?
—Segurísimo, dottori comisario. Va y viene, va y viene...
Venérea.
"En el auto, mientras se dirigía a una cabina telefónica
que tenía que haber cerca del cruce de Torresanta (tendría que haber una, a
menos que hubieran cortado el receptor, robado todo el aparato y hecho
desaparecer la cabina), Montalbano decidió no llamar ni siquiera al
subcomisario Mimì Augello porque éste era de esos que lo primero que haría
sería avisar a los periodistas y fingir después sorprenderse de su presencia.
Sólo quedaban Fazio y Tortorella, los dos sargentos o como
mierda los llamaran ahora. Eligió a Fazio, pues a Tortorella le habían pegado
un tiro en las tripas no hacía mucho tiempo y todavía no se había recuperado
del todo y de vez en cuando le dolía la herida.
La cabina aún estaba milagrosamente en su sitio, el teléfono
milagrosamente funcionaba y Fazio contestó cuando aún no había terminado de
sonar el segundo timbrazo.
—Fazio, ¿ya estás de guardia a esta hora?
—Sí, duttu. No hace ni medio minuto que me telefoneó Catarella.
—¿Qué quería?
—Casi no me pude enterar, se puso a hablar "taliàno".
Me pareció entender que esta noche saquearon el supermercado de Carmelo
Ingrassia, ese tan grande que hay en las afueras del pueblo. Tienen que haber
ido con un Tir o un camión muy grande.
—¿No estaba el vigilante nocturno?
—Sí estaba, pero no lo encuentran.
—¿Ibas para allá?
—Sí, señor.
—Pues no vayas. Llama enseguida a Tortorella y dile que avise a
Augello. Que vayan ellos dos. Dile que tú no puedes ir, cuéntale la primera
tontería que se te ocurra, que te has caído de la cuna y te has golpeado la
cabeza. No, diles más bien que te han venido a detener los carabineros. Mejor
todavía, llama y dile que avise al Cuerpo de Carabineros, de todos modos es una
bobada, una mierda de robo, y así, de paso, los del Cuerpo estarán contentos de
que los hayamos llamado para que colaboren. Y ahora óyeme bien: después de
haber avisado a Tortorella, Augello y a los carabineros, llamas a Gallo,
Galluzzo —madre mía, eso parece un gallinero— y a Germanà, y se vienen todos
adonde ahora te digo. Todos armados con ametralladoras.
—¡Carajo!
—Carajo, sí, señor. Es una cosa muy gorda que se tiene que hacer
con prudencia, a nadie se le tiene que escapar ni media palabra, y menos que a
nadie a Galluzzo, con su cuñado, el periodista. Y dile sobre todo al cabeza de
chorlito de Gallo que no se ponga a conducir como si estuviera en Indianápolis.
Nada de sirenas ni de luces de emergencia. Cuando se arma alboroto y se
revuelve el agua, el pez se escapa.
"Y ahora escúchame bien, que vaya decirte adónde tienes que
ir.
Llegaron en silencio, antes de que hubiera transcurrido media
hora de la llamada, como si estuvieran efectuando una patrulla normal.
Descendieron del vehículo y se dirigieron hacia Montalbano, quien les indicó
por señas que lo siguieran. Se reunieron detrás de una casa medio en ruinas
para que no los pudieran ver desde la carretera provincial.
—En el coche tengo una ametralladora para usted —dijo Fazio.
—Pues te la metes en el trasero. Escúchenme bien: si sabemos
jugar bien la partida, nos llevamos a casa a Tano el Griego.
Montalbano percibió que a sus hombres se les cortaba por un
instante la respiración.
—¿Tano el Griego por aquí? —preguntó asombrado Fazio, el primero
en recuperarse de la sorpresa.
—Lo he visto muy bien, es él. Se ha dejado crecer la barba y el
bigote, pero se le reconoce de todos modos.
—¿Y usted cómo lo encontró?
—Fazio, no me hinches las bolas, te lo explicaré todo después.
Tano está en una cabaña en lo alto de aquella loma, desde aquí no se ve. Está
rodeada de olivos gigantescos. Es una casa de dos habitaciones, una en la
planta baja y la otra en el piso de arriba. En la fachada hay una puerta y una
ventana y otra ventana en la habitación de arriba, pero da a la parte de atrás.
¿Está claro? ¿Lo han entendido bien? Tano sólo puede salir por adelante, a no
ser que se arrojara a la desesperada por la ventana de la habitación de arriba,
pero a riesgo de romperse una pierna...
"Vamos a hacer lo siguiente. Fazio y Gallo se van a la
parte de atrás; Germanà, Galluzzo y yo derribamos la puerta y entramos.
Fazio miró al comisario con recelo.
—¿Qué ocurre? ¿No estás de acuerdo?
—¿No sería mejor rodear la casa y ordenarle que se rindiera?
Somos cinco contra uno, no se puede escapar.
—¿Está seguro de que dentro de la casa no hay nadie con Tano?
El comisario no contestó.
—Háganme caso a mí —dijo luego, dando por terminado el breve
consejo de guerra—. Es mejor que se encuentre el huevo de Pascua con la
sorpresa.
Tres
Montalbano calculó que Fazio y Gallo ya debían de llevar por lo menos
cinco minutos apostados detrás de la cabaña; él, por su parte, tendido boca
abajo en el suelo sobre la hierba, con la pistola en la mano y una molesta
piedra que le comprimía justo la boca del estómago, se sentía tremendamente
ridículo; tenía la sensación de haberse convertido en un personaje de una
película de gángsters y estaba deseando dar la señal para que se levantara el
telón. Miró a Galluzzo, que estaba a su lado —Germanà se encontraba un poco más
apartado, hacia la derecha— y le preguntó en voz baja:
—¿Estás preparado?
—Sí, señor —contestó el agente.
Sudaba y se veía bien a las claras que estaba hecho un manojo de
nervios. Montalbano se compadeció de él pero, como es natural, no podía
contarle que se trataba de un montaje de resultado incierto, desde luego, pero
de cartón.
—¡Adelante! —le ordenó.
Como disparado por un resorte comprimido en su extremo y casi
sin rozar el suelo, Galluzzo alcanzó de tres saltos la casa y se pegó contra la
pared, cerca de la puerta. Daba la impresión de no haber hecho el menor
esfuerzo, pero el comisario vio que el pecho le subía y bajaba a causa de la
respiración afanosa. Galluzzo empuñó la ametralladora y le hizo señas al
comisario de que ya estaba preparado para la segunda parte. Entonces Montalbano
miró a Germanà, que aparentaba estar no sólo tranquilo sino incluso relajado.
—Voy —le dijo sin emitir ningún sonido, silabeando en silencio
con un exagerado movimiento de los labios.
—Yo lo cubro —contestó Germanà de la misma manera, señalando con
un gesto de la cabeza la ametralladora que sostenía entre sus manos.
El primer salto hacia delante del comisario fue, si no de
antología, por lo menos de manual: una separación del suelo firme y
equilibrada, digna de un especialista en salto de altura, una suspensión de
levedad aérea, un aterrizaje neto e impecable que hubiera dejado boquiabierto a
un bailarín. Galluzzo y Germanà, que lo estaban mirando desde distintos ángulos
de visión, se deleitaron en la contemplación de la prestancia de su jefe. La
salida del segundo salto estuvo mejor calibrada que la del primero en cuanto a
la suspensión, pero ocurrió algo por lo cual Montalbano, que estaba muy tieso,
se inclinó de repente hacia un lado como la Torre de Pisa, en una caída propia
de un auténtico número de payaso. Tras haberse tambaleado con los brazos
extendidos en busca de un punto de apoyo imposible, cayó pesadamente de lado.
Galluzzo se movió para prestarle auxilio, pero se detuvo a tiempo y volvió a
pegarse al muro. Germanà también se levantó de golpe, pero enseguida volvió a
agacharse. Menos mal que todo era una farsa, pensó el comisario, de lo
contrario, Tano los hubiera podido abatir en aquel momento como si fueran
bolos. Soltando las más sustanciosas palabrotas de su amplio repertorio,
Montalbano se puso a buscar a gatas la pistola que, durante la caída, se le había
escapado de las manos. Al final, la vio bajo una mata de cohombrillos amargos
y, en cuanto introdujo el brazo para recogerla, todos los cohombrillos
estallaron y le inundaron la cara de semillas. Con una tristeza ligeramente
teñida de rabia, el comisario se dio cuenta de que había dejado de ser un héroe
de película de gángsters para convertirse en un personaje de una película de
Bud Abbott y Lou Costello. Ahora ya no tenía ánimos para dárselas de atleta o
de bailarín y recorrió los pocos metros que lo separaban de la cabaña a paso
rápido y con el cuerpo sólo ligeramente encorvado.
Mirándose a los ojos, Montalbano y Gallazo se hablaron sin
palabras y se pusieron de acuerdo. Se situaron a tres pasos de la puerta, que
no daba la impresión de ser muy resistente, respiraron hondo y se lanzaron
contra ella con toda la fuerza de sus respectivos cuerpos. La puerta resultó
ser de papel de seda o casi; habría sido suficiente un manotazo para
derribarla, por cuyo motivo ambos se vieron proyectados al interior de la
cabaña. El comisario consiguió detenerse milagrosamente; en cambio, Galluzzo,
por efecto de la violencia de su ímpetu, atravesó toda la habitación y se dio
de cara contra la pared, reventándose la nariz, y quedó medio asfixiado por la
sangre que se le escapaba a chorros. Bajo la débil luz del quinqué que Tano
había dejado encendido, el comisario tuvo ocasión de admirar el arte de
consumado actor del Griego. Fingiendo haber sido sorprendido mientras dormía,
se levantó de un salto y empezó a proferir maldiciones mientras corría hacia el
kaláshnikov que ahora estaba apoyado contra la mesa y, por consiguiente, lejos
del catre. Montalbano se dispuso a interpretar su papel dando el pie, tal como
suele decirse en la jerga teatral.
—¡Alto! ¡Alto en nombre de la ley o disparo! —gritó con toda la
fuerza de sus pulmones, efectuando cuatro disparos contra el techo.
Tano se quedó petrificado, con los brazos levantados. Convencido
de que en la habitación de arriba se escondía alguien, Galluzzo disparó una
ráfaga de ametralladora contra la escalera de madera. Al oír el tiroteo del
interior, Fazio y Gallo abrieron un fuego disuasivo contra la ventanita. Todos
los que se encontraban en el interior de la cabaña estaban medio aturdidos por
el ruido de los disparos cuando, de pronto, apareció Germanà para acabar de
arreglado.
—Quietos todos o disparo.
Ni siquiera había tenido tiempo de terminar su requerimiento
amenazador cuando se vio empujado por detrás por Fazio y Gallo y obligado a
situarse entre Montalbano y Galluzzo, el cual, tras haber soltado la
ametralladora, había sacado un pañuelo del bolsillo, con el que estaba tratando
de restañar la sangre que le había manchado la camisa, la corbata y la
chaqueta. Al verlo, Gallo se puso nervioso.
—¿Te disparó? Te disparó el rufián, ¿verdad? —preguntó,
volviéndose enfurecido hacia Tano que, con más paciencia que un santo,
permanecía de pie con los brazos en alto, a la espera de que las fuerzas de la
ley pusieran un poco de orden en todo el alboroto que estaban armando.
—No, no me disparó. Yo me di contra la pared—consiguió decir
Galluzzo.
Tano no miraba a nadie; se estaba estudiando la punta de los
zapatos.
"Está por largarse a reír", pensó Montalbano y de
inmediato dio una orden perentoria a Galluzzo:
—Colócale las esposas.
—¿Es él? —preguntó Fazio en voz baja.
—Es él, ¿acaso no lo reconoces? —replicó Montalbano.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Métanlo en el coche y llévenlo a la jefatura de Montelusa. Por
el camino, llamas al jefe, se lo explicas y le preguntas qué tienen que hacer.
Procuren que nadie lo vea y lo reconozca. Por el momento, la detención tiene
que mantenerse en absoluto secreto. Ya pueden irse.
—¿Y usted?
—Yo echo un vistazo a la casa y la registro, nunca se sabe.
Fazio y los agentes, con Tano en medio ya esposado y Germanà
sosteniendo en la mano el kaláshnikov del detenido, se dispusieron a salir.
Sólo entonces Tano el Griego miró por un instante a Montalbano. El comisario se
dio cuenta de que la mirada "de estatua" había desaparecido y de que
ahora los ojos estaban más animados y parecían casi risueños.
Cuando el grupo de policías desapareció al llegar al final del
sendero, Montalbano volvió a entrar en la cabaña para dar comienzo al registro.
Y, en efecto, abrió de nuevo el aparador, tomó la botella de vino que aún
estaba medio llena y se la llevó a la sombra de un olivo para bebérsela con
toda tranquilidad. La captura del peligroso prófugo de la Justicia se había
llevado a cabo con todo éxito.
Mimì Augello, que estaba de un humor de los mil demonios, en
cuanto vio aparecer a Montalbano en el despacho, se le puso delante hecho una
furia.
—Pero ¿dónde estabas? ¿Dónde te habías escondido? ¿Dónde carajo
están los otros? ¿Qué maneras son ésas, mierda puta?
Debía de estar francamente enfadado para hablar con tanta
crudeza: en los tres años que llevaban trabajando juntos, el comisario jamás
había oído al subcomisario soltar palabrotas. Mejor dicho, sí: la vez que un
mal nacido le pegó un tiro en las tripas a Tortorella había reaccionado de la
misma manera.
—Pero ¿qué mosca te ha picado, Mimì?
—¿Cómo que qué mosca me ha picado? ¡Me he pegado un susto
tremendo!
—¿Te has asustado? ¿De qué?
—Aquí han llamado por lo menos seis personas. Diciendo cosas que
diferían en los detalles, pero concordaban en la esencia: un tiroteo con
muertos y heridos. Uno hablaba de una matanza. Tú no estabas en casa, Fazio y
los demás habían salido con el coche sin decir nada a nadie. He atado cabos.
¿Me he equivocado?
—No, no te has equivocado. Pero no tienes que tomártela conmigo
sino con el teléfono... La culpa es del teléfono.
—¿Qué tiene que ver el teléfono?
—¡Vaya si tiene que ver! Porque hoy en día el teléfono lo puedes
encontrar incluso en el más remoto pajar del campo. ¿Y qué hace la gente que
tiene un teléfono al alcance de la mano? Pues llamar. Contar cosas verdaderas e
inventadas, cosas posibles y cosas imposibles, cosas soñadas como en aquella
comedia de Edoardo de Filippo, ¿cómo se llama?, ah, sí, Las voces interiores,
inflan y desinflan las cosas sin decir jamás su nombre y apellido. ¡Largan lo
que quieren en un sitio donde uno puede decir las peores estupideces que se le
antojen sin asumir la responsabilidad! Y entre tanto, los expertos en
cuestiones de la mafia se entusiasman: ¡en Sicilia disminuye la omertà
disminuye la complicidad, disminuye el miedo! No disminuye una mierda, lo único
que aumenta es la factura del teléfono.
—¡Montalba, no me enredes con tus historias! ¿Es cierto que hubo
muertos y heridos?
—No es cierto nada. No hubo ningún conflicto, sólo hemos
efectuado unos disparos al aire, Galluzzo se partió él solito la nariz y el
otro se rindió.
—¿Y quién es el otro?
—Un prófugo de la Justicia.
—Sí, pero ¿quién?
La llegada de Catarella, sin resuello, lo salvó de la respuesta
embarazosa.
—Dottori, está al teléfono el señor jefe.
—Después te lo cuento —dijo Montalbano, y entró de prisa en su
despacho.
—Mi queridísimo amigo, quiero darle mi más calurosa enhorabuena.
—Gracias.
—Ha dado usted un buen golpe, ¿sabe?
—Hemos tenido suerte.
—Al parecer, el personaje en cuestión es mucho más importante de
lo que él mismo siempre ha querido dar a entender.
—¿ Dónde está en estos momentos?
—Camino de Palermo. Los de la Lucha Contra la Mafia así lo han
querido, no hubo manera. Sus hombres ni siquiera han podido detenerse en
Montelusa, han tenido que seguir viaje. Yo he añadido un vehículo de escolta
con cuatro de los míos.
—¿O sea que usted no ha hablado con Fazio?
—No he tenido ni tiempo ni ocasión de hacerla. Lo ignoro casi
todo acerca de este asunto. Por consiguiente, le agradecería muchísimo que esta
tarde pasara usted por mi despacho para facilitarme también los detalles.
"Éste es el impedimento", pensó Montalbano, recordando
una traducción del Ottocento del monólogo de Hamlet. Pero se limitó a
preguntar:
—¿A qué hora?
—Digamos a las cinco. Ah, en Palermo nos recomiendan silencio
absoluto acerca de la operación, por lo menos de momento.
—Si eso dependiera sólo de mí...
—No lo decía por usted, lo conozco muy bien y puedo atestiguar
que, comparados con usted, los peces son una raza locuaz.
El jefe hizo una pausa; a Montalbano no le gustaba escucharlo
hablar, pues en su cabeza se había disparado un timbre de alarma ante la frase
encomiástica: "Lo conozco muy bien".
—Escuche, Montalbano... —añadió el jefe con cierta vacilación.
El titubeo hizo que el timbre de alarma sonara todavía con más fuerza.
—Dígame.
—Creo que esta vez no conseguiré evitarle el ascenso a subjefe.
—¡Virgen santa! Pero ¿por qué?
—No sea ridículo, Montalbano.
—Disculpe, pero ¿por qué me tienen que ascender?
—¡Vaya pregunta! Por lo que ha hecho esta mañana.
Montalbano experimentó una sensación simultánea de frío y calor.
Le sudaba la frente y tenía la espalda helada. La perspectiva lo aterrorizaba.
—Señor jefe, yo no he hecho nada que se diferencie de lo que
hacen todos los días mis compañeros.
—No lo dudo. Pero esta detención en concreto será muy sonada
cuando se dé a conocer.
—¿No hay ninguna esperanza?
—Vamos, no sea infantil.
El comisario se sintió como un atún en la cámara de la muerte;
le empezó a faltar el aire, abrió y cerró inútilmente la boca y buscó una
salida desesperada.
—¿No podríamos echarle la culpa a Fazio?
—¿Cómo la culpa?
—Perdone, me equivoqué... Quise decir el mérito.
—Hasta luego, Montalbano.
* * *
Augello, que lo estaba esperando detrás de la puerta, lo miró
con expresión inquisitiva.
—¿Qué te ha dicho el jefe?
—Hemos hablado de la situación.
—¡Vamos! ¡Pones una cara!
—¿Qué cara pongo?
—Abatida.
—No he digerido bien la cena de anoche.
—¿Qué comiste de bueno?
—Un kilo largo de mostachones de vino cocido.
Augello lo miró atónito y Montalbano, que ya estaba viendo venir
la pregunta acerca del nombre del prófugo de la Justicia, lo aprovechó para
cambiar de tema y desviar a su interlocutor hacia otro camino.
—¿Encontraron al vigilante nocturno?
—¿ El del supermercado? Sí, lo encontré yo. Los ladrones le
habían propinado un golpe fuerte en la cabeza, lo habían amordazado y atado de
pies y manos y lo habían metido en el interior de un refrigerador de gran
tamaño.
—¿Murió?
—No, pero creo que él no se siente demasiado vivo. Cuando lo
sacamos, parecía un bacalao gigante.
—¿Tienes alguna idea sobre lo ocurrido?
—Yo tengo una media idea y el teniente de carabineros tiene otra
distinta, pero una cosa es segura: para llevarse todo aquel material han
utilizado un camión de gran tonelaje. Y lo tiene que haber cargado una
cuadrilla de por lo menos seis personas a las órdenes de un profesional.
—Oye, Mimì, voy un momento a casa, me cambio de ropa y vuelvo.
Cerca de Marinella se dio cuenta de que el piloto del tanque de
combustible estaba parpadeando. Se detuvo en una gasolinera en la que tiempo
atrás se había producido un tiroteo y él se había visto en la necesidad de
detener al empleado para obligarlo a decir lo que había visto. El hombre, que
no le guardaba rencor, lo saludó con aquella voz de timbre agudo que a él le
provocaba escalofríos. Tras llenar el tanque, el empleado contó el dinero y
después miró al comisario.
—¿Qué pasa? ¿Te he dado menos?
—No, señor, el dinero está bien. Le quería decir una cosa.
—Pues dímela —replicó impaciente Montalbano. Como el empleado
siguiera hablando, le estallarían los nervios. —Mire aquel camión.
El hombre señaló un enorme vehículo con remolque estacionado
detrás del surtidor de gasolina, con las lonas bajadas para ocultar la carga.
—Esta mañana temprano —añadió— cuando abrí, el camión ya estaba
allí. Han pasado cuatro horas y aún no ha venido nadie a recogerlo.
—¿Has mirado si hay alguien durmiendo en la cabina?
—Sí, señor, no hay nadie. Y hay otra cosa rara, las llaves están
puestas en su sitio y el primero que pase puede ponerlo en marcha y robarlo.
—Voy a ver —dijo Montalbano, súbitamente interesado.
Cuatro
Bajito, con bigotito de cola de ratón, sonrisita antipática,
gafas con montura dorada, zapatos marrones, pantalones marrones, camisa marrón,
corbata marrón, todo él una pesadilla en marrón, Carmelo Ingrassia, el
propietario del supermercado, se estiró con los dedos la arruga de la pernera
derecha que tenía cruzada sobre la izquierda y repitió por tercera vez su
sintética interpretación de los hechos.
—Ha sido una broma, señor comisario. Han querido gastarme una
broma tonta.
Montalbano contempló el bolígrafo que sostenía en la mano, se
concentró en el capuchón, lo retiró, examinó su interior como si jamás hubiera
visto un artilugio semejante, sopló en el interior del capuchón para eliminar
las invisibles motas de polvo, lo volvió a examinar, no pareció satisfecho del
resultado, volvió a soplar, lo depositó sobre la superficie del escritorio,
desenroscó la punta de metal, la estudió un ratito, examinó atentamente la
parte central que sostenía en la mano, la colocó al lado de las dos piezas
restantes y lanzó un profundo suspiro. De esta manera consiguió serenarse y
frenar el impulso repentino de levantarse, acercarse a Ingrassia y partirle la
cara de un puñetazo.
—Dígame con toda sinceridad, ¿en su opinión, estoy bromeando o
actuando en serio? —le preguntó luego.
Tortorella, que estaba presente en la entrevista y conocía
algunas reacciones de su jefe, se relajó visiblemente.
—A ver si lo entiendo... —dijo Montalbano, totalmente dueño de
sí mismo.
—¿Qué quiere usted entender, señor comisario? Todo está más
claro que la luz del Sol. La mercancía robada estaba en el interior del camión
que han encontrado, no faltaba ni siquiera un palillo. Por consiguiente, si no
lo han hecho para robar, ha sido una broma, una bobada.
—Mire, yo soy un poquito corto de entendederas, tenga paciencia,
señor Ingrassia. Vamos a ver, hace ocho días, en un estacionamiento de Catania,
es decir, en la parte diametralmente opuesta a la nuestra, dos personas se
adueñaron de un camión de remolque de la empresa Sferlazza. En aquellos
momentos, el camión estaba vacío. Por espacio de siete días tuvieron el camión
escondido en algún lugar del tramo Catania—Vigàta, puesto que no se lo vio
circular por ningún sitio. Lo cual significa en buena lógica que el único
motivo por el cual habían robado y escondido el camión era el de sacarlo en el
momento oportuno para gastarle una broma a usted.
"Sigo. Ayer por la noche el camión aparece sobre la una
cuando en la carretera no había casi nadie, y se detiene delante del
supermercado. El vigilante nocturno cree que se trata de una entrega de
mercancía, aunque la hora fuera un poco insólita. No sabemos muy bien cómo
ocurrieron los hechos, el vigilante aún no se encuentra en condiciones de
hablar; el caso es que lo dejan fuera de combate, le quitan las llaves y
entran. Uno de los ladrones desnuda al vigilante y se pone su uniforme: ésta es
una auténtica jugada genial. Segunda jugada genial, los demás encienden las
luces y empiezan a trabajar sin tomar ninguna precaución, se podría decir que a
plena luz, si no fuera de noche. Muy ingenioso, no cabe duda. Porque a un
extraño que se encontrara por los alrededores y viera al vigilante vestido de
uniforme mientras otras personas trabajan en la carga de un camión no le
pasaría ni siquiera por la antesala del cerebro que se trataba de un robo. Ésta
es la reconstrucción que ha hecho mi compañero Augello, confirmada por la
declaración del cavaliere Misuraca, medalla al mérito en el trabajo, que estaba
de regreso a su casa.
—¿Misuraca...?
—Sí, el que trabajaba en el Registro Civil.
—¡Pero si es un fascista!
—No veo qué tienen que ver las ideas políticas del cavaliere con
el asunto de que estamos hablando.
—¡Pues claro que tienen que ver! Porque, cuando yo me dedicaba a
la política, él era mi enemigo.
—¿Y ahora ya no se dedica a la política?
—¿A qué se puede uno dedicar? ¡Con estos cuatro jueces de Milán
que han decidido cargarse la política, el comercio y la industria!
—Mire, lo que me ha dicho el señor no es más que un simple
testimonio que confirma el modus operan di de los ladrones.
—Me importa una mierda lo que confirme el cavaliere. Yo lo único
que digo es que se trata de un pobre y estúpido viejo que pasa mucho de los
ochenta. Es capaz de ver un gato y decir que es un elefante. Y además, ¿qué
hacía a aquella hora de la noche?
—No lo sé, ya se lo preguntaré. ¿Volvemos a nuestro asunto?
—Volvamos.
—Una vez efectuada la carga en su supermercado después de por lo
menos dos horas de trabajo, el camión se va. Recorre cinco o seis kilómetros,
desanda el camino, se estaciona en la gasolinera y se queda allí hasta que
llego yo. ¿Y según usted, montaron todo este número, cometieron media docena de
delitos y corrieron el peligro de ser condenados a varios años de cárcel sólo
para reírse un poco o hacerlo reír a usted?
—Señor comisario, podríamos seguir hablando hasta esta noche,
pero yo le juro que no se me ocurre pensar más que en una broma.
En el refrigerador encontró pasta fría con tomate, albahaca,
pasas de Corinto y aceitunas negras, cuyo aroma hubiera sido capaz de resucitar
a un muerto, y un segundo plato de boquerones con cebolla y vinagre. Montalbano
solía fiarse por completo de la fantasía culinaria sabrosamente popular de
Adelina, la asistenta que una vez al día acudía a su casa para echarle una
mano, madre de dos hijos irremediablemente delincuentes, uno de los cuales se
encontraba todavía en la cárcel, adonde él lo había enviado. Tampoco esta vez
Adelina lo había defraudado; cada vez que abría el horno o el refrigerador,
experimentaba en su interior el mismo estremecimiento que cuando de pequeño se
levantaba a primera hora de la mañana del 2 de noviembre e iba a buscar el
cesto de mimbre, en el que los muertos habían depositado sus regalos durante la
noche. Era una fiesta que ya se había perdido, borrada por la banalidad de los
regalos del árbol de Navidad, con la misma facilidad con que ahora se borraba
el recuerdo de los muertos. Los únicos que no se olvidaban de ellos, es más,
los que con más perseverancia mantenían encendido su recuerdo, eran los
mafiosos, pero los recuerdos que enviaban a su memoria no eran en modo alguno
trencitos de hojalata o frutas de mazapán. En resumen, la sorpresa era un
elemento indispensable de los platos de Adelina.
Tomó los platos, una botella de vino y el pan, encendió el
televisor y se sentó a la mesa. Le gustaba comer solo, disfrutar de los bocados
en silencio; entre los muchos vínculos que lo unían a Livia figuraba también
éste: el de no decir nada cuando comía. Pensó que, en cuestión de gustos,
estaba más próximo a Maigret que a Pepe Carvalho, el protagonista de las
novelas de Montalbán, quien se daba unos atracones de platos capaces de prender
fuego al vientre de un tiburón.
Cuando uno escuchaba las televisiones del ámbito nacional,
experimentaba una desagradable sensación de malestar; la mayoría gubernamental
se había dividido a causa de una ley que negaba la prisión preventiva a gente
que se había zampado medio país, los magistrados que habían descubierto los
altarcitos de la corrupción política anunciaban su dimisión como acto de
protesta, una ligera brisa de rebelión animaba las entrevistas a los ciudadanos
de a pie.
Pasó a la primera de las dos televisiones locales. Televigàta
era gubernamental por fidelidad congénita, cualquiera que fuera el gobierno:
rojo, negro o turquí. El presentador no hizo la menor referencia a la detención
de Tano el Griego y se limitó a decir que varios ciudadanos diligentes se
habían puesto en contacto con la comisaría de Vigàta a propósito de un tiroteo
intenso y misterioso que se había producido al amanecer en un paraje campestre
llamado La Nuez, pero que los investigadores que de inmediato se habían
desplazado al lugar no habían advertido nada fuera de lo normal. La detención
de Tano no fue comentada ni siquiera por el periodista de Retelibera, Nicolò
Zito, que no ocultaba su condición de comunista. Señal de que, por suerte, la
noticia no se había filtrado. En cambio, Zito se refirió inesperadamente al
robo anómalo registrado en el supermercado de Ingrassia y al hallazgo
inexplicable del camión con toda la mercancía robada. La opinión más
generalizada, señalaba Zito, era la de que el vehículo había sido abandonado
como consecuencia de una discusión entre los cómplices por el reparto del
botín. Sin embargo, Zito no estaba de acuerdo; a su juicio debía de haber
ocurrido otra cosa y la cuestión era sin duda mucho más complicada.
—Señor comisario Montalbano, me dirijo directamente a usted. ¿No
es cierto que el caso es mucho más enrevesado de lo que parece? —preguntó el
periodista para terminar.
Al sentirse interpelado personalmente y ver los ojos de Zito
mirándolo desde el televisor mientras él estaba comiendo, a Montalbano se le
atragantó el vino que estaba bebiendo, casi se asfixió, tosió y soltó una
maldición.
Al terminar de comer, se puso un short y se zambulló en el agua.
Estaba helada, pero el baño lo vivificó.
—Cuénteme exactamente cómo fue —dijo el jefe.
Tras haber hecho pasar al comisario a su despacho, el superior
se había levantado, se había acercado a él y, en un impulso, le había dado un
abrazo.
Pero el caso es que Montalbano era absolutamente incapaz de
mentir, de contarles un embuste a personas que sabía honradas o que apreciaba.
En cambio, en presencia de delincuentes, de gente que le inspiraba recelo, era
capaz de soltar orlada de encaje. El hecho de que no sólo apreciara a su
superior sino también de que algunas veces le hubiera hablado como a un padre,
hizo que la petición lo llenara de una angustia indecible; se ruborizó, sudó y
cambió varias veces de posición en la silla como si no se encontrara a gusto en
ella. El jefe advirtió la incomodidad del comisario, pero la atribuyó al
sufrimiento real que Montalbano experimentaba cada vez que tenía que hablar de
alguno de sus éxitos. No olvidaba que, en la más reciente rueda de prensa
delante de las cámaras, el comisario se había expresado, por así decirlo, con
un tartamudeo prolongado y penoso, a ratos carente por entero de sentido común,
mientras abría enormemente los ojos y las pupilas le bailaban como si
estuvieran borrachas.
—Quisiera pedirle un consejo antes de empezar a contárselo.
—Estoy a su disposición.
—¿Qué tengo que escribir en el informe?
—Pero ¿qué clase de pregunta es ésa? ¿Acaso no ha redactado
jamás un informe? En los informes se escriben los hechos acaecidos —contestó
con sequedad el jefe, un tanto sorprendido. Al ver que Montalbano seguía sin
atreverse a hablar, añadió: —Por cierto... usted ha conseguido aprovechar con
gran arrojo y habilidad un encuentro casual y convertirlo en un operativo
policial exitoso, de acuerdo, pero...
—Ahí está, quería decirle...
—Déjeme terminar. Pero me veo obligado a señalarle que usted ha
arriesgado mucho y ha hecho arriesgar mucho a sus hombres; hubiera tenido que
pedir refuerzos más sólidos, adoptar las debidas precauciones. Por suerte, todo
fue bien, pero fue una apuesta, y eso quería decírselo con toda sinceridad.
Montalbano se miró los dedos de la mano izquierda como si le
hubieran crecido de repente y él no supiera para qué servían.
—¿Qué ocurre? —preguntó pacientemente el jefe.
—Ocurre que todo es falso —estalló Montalbano—. No ha habido
ningún encuentro casual, he ido a reunirme con Tano porque él había pedido
hablar conmigo. Y en el transcurso del encuentro, nos hemos puesto de acuerdo.
El superior se pasó una mano por los ojos.
—¿Se han puesto ustedes de acuerdo?
—Al ciento por ciento.
Y, ya que estaba, Montalbano se lo contó todo, desde la llamada
de Gegè hasta el montaje de la captura.
—¿Alguna otra cosa?
—Sí. Que, tal y como están las cosas, yo no me merezco ningún
ascenso a subjefe. Si me ascendieran, sería por una falsedad, un engaño.
—Eso deje que lo decida yo —replicó con brusquedad el jefe.
Se levantó, se puso las manos a la espalda y estuvo un rato
pensando. Después tomó una decisión y se volvió.
—Vamos a hacer una cosa. Escríbame dos informes.
—¿Dos? —preguntó Montalbano, recordando lo mucho que
generalmente le costaba escribir.
—No discuta. El falso lo dejaré bien a la vista para el
infiltrado inevitable que se encargará de transmitirlo a la prensa y a la
mafia. El verdadero lo guardaré en la caja fuerte. —Esbozó una sonrisa. —Por lo
que respecta al ascenso que, al parecer, es lo que más lo asusta, vaya el
viernes por la noche a mi casa y volveremos a hablar de ello con calma.
"¿Sabe que mi mujer ha inventado una fabulosa salsita
especial para los ajitos tiernos?
El cavaliere Gerlando Misuraca —medalla de honor al trabajo,
ochenta y cuatro años belicosamente llevados— hizo honor a su fama y atacó con
furia en cuanto el comisario contestó:
—Hola...
—¿Quién es el imbécil del conmutador que le ha pasado mi
llamada?
—¿Por qué? ¿ Qué es lo que ha hecho?
—¡No entendía mi apellido! ¡No le entraba en la dura cabezota!
¡Mixturada me llamaba, como la magnesia! —Misurata hizo una pausa sospechosa y
cambió de tono de voz. —¿Usted me garantiza por su honor que se trata tan sólo
de un pobre idiota?
Pensando que el que había contestado era Catarella, Montalbano
contestó con absoluta convicción.
—Se lo puedo garantizar. Pero ¿para qué quiere usted la
garantía, si no le importa?
—¡Porque, si su intención era tomarme el pelo o burlarse de lo
que yo represento, dentro de cinco minutos me planto en la comisaría y le parto
el culo, tan cierto como que hay Dios!
"Pero ¿qué representa el cavaliere Misuraca?", se
preguntó Montalbano mientras aquél seguía profiriendo amenazas terribles. Nada,
absolutamente nada desde el punto de vista, ¿cómo se podría decir?, oficial.
Funcionario municipal jubilado desde hacía mucho tiempo, el hombre no ocupaba
ni jamás había ocupado ningún cargo público y era un simple militante de su
Partido. Hombre de una honradez a toda prueba, vivía en una semipobreza digna y
ni siquiera en tiempos de Mussolini se había querido aprovechar y siempre se
había limitado a ser un fiel seguidor, tal como entonces se decía. En
compensación, a partir del año 35, había participado en todas las guerras,
había combatido en las peores batallas sin perderse ni una, desde Guadalajara
en España hasta Bir el Gobi en el norte de África, pasando por Axum, en
Etiopía. Más tarde, el encarcelamiento en Texas, su negativa a colaborar y,
como consecuencia de ello, un encarcelamiento más duro a pan yagua. Por
consiguiente, concluyó Montalbano, representaba la memoria histórica de los
errores históricos, sin duda, pero vividos en su caso con fe ingenua y
pagándolos directamente, con heridas bastante graves, una de las cuales le
había dejado una renguera en la pierna izquierda.
—Pero usted, si hubiera estado en condiciones de hacerlo, ¿se
hubiera ido a luchar a Salo con los alemanes y los partidarios de la República
Social Italiana de los fascistas? —le había preguntado un día a traición
Montalbano, que, a su manera, lo apreciaba.
Sí, porque en aquella película de corruptores, corruptos,
prevaricadores, sobornados, cobradores de comisiones ilegales, embusteros,
ladrones y perjuros, a la que diariamente se añadían nuevos capítulos, hacía
algún tiempo que el comisario había empezado a sentir un cierto afecto por las
personas que sabía incurablemente honradas.
Ante su pregunta, Montalbano había visto al anciano vaciarse por
dentro mientras las arrugas de su rostro se multiplicaban y se le nublaban los
ojos. Entonces comprendió que Misuraca se había hecho aquella misma pregunta
miles de veces y jamás había sabido contestarla. No insistió.
—¿ Hola...? ¿ Está ahí? —preguntó la irritada voz de Misuraca.
—Dígame, cavaliere.
—Me acordé de una cosa, pero no la dije cuando vine a declarar.
—No tengo ningún motivo para dudarlo, cavaliere. Lo escucho.
—Una cosa muy rara que me ocurrió cuando ya casi había llegado a
la altura del supermercado, pero a la que yo en aquel momento no atribuí
ninguna importancia. Estaba nervioso y alterado porque andan sueltos por ahí
unos rufianes que...
—¿Me hace el favor de decírmela?
Si lo hubiera dejado hablar, el cavaliere se hubiese remontado a
la fundación de los fasci de combate.
—Por teléfono, no. Personalmente. Es una cosa muy gorda, si no
vi mal.
El anciano tenía fama de decir siempre lo que había que decir,
sin cargar las tintas ni difuminarlas.
—¿Es algo relacionado con el robo del supermercado?
—Claro...
—¿Se lo ha comentado a alguien?
—A nadie.
—Se lo ruego. Mantenga la boca cerrada.
—Usted me ofende. Yo soy una tumba. Mañana a primera hora me
planto en su despacho.
—Cavaliere, tengo una curiosidad. ¿Qué hacía usted a aquella
hora de la noche en coche, solo y hecho un manojo de nervios? ¿No sabe que, a
cierta edad, hay que ser prudente?
—Regresaba de Montelusa. Había habido una reunión del Directorio
Provincial y yo, aunque no formo parte de él, quise estar presente. Nadie se
atreve a cerrarle la puerta en las narices a Gerlando Misuraca. Hay que impedir
que nuestro Partido pierda la dignidad y el honor. ¡No puede formar parte del
gobierno con estos hijos bastardos de políticos bastardos, estar de acuerdo con
ellos y aprobar un decreto que permite salir de la cárcel a esos hijos de puta
que se han comido nuestro país! Usted comprenderá, señor comisario, que...
—¿Se prolongó hasta muy tarde la reunión?
—Hasta la una de la madrugada. Yo quería seguir, pero los demás
se opusieron porque se morían de sueño. No tienen bolas.
—¿Y cuánto tardó en regresar a Vigàta?
—Aproximadamente media hora. Yo voy despacio. Bueno pues, como
le iba diciendo...
—Perdone, cavaliere, me llaman por el otro teléfono. Hasta
mañana —lo cortó Montalbano.
Cinco
—¡Peor que a los criminales! ¡Peor que a los asesinos nos
trataron esos hijos de la gran puta! Pero ¿quiénes se creen que son? ¡Rufianes!
No había manera de calmar a Fazio, que acababa de regresar de
Palermo. Germanà, Gallo y Galluzzo, le hicieron coro en tono de salmodia,
moviendo en círculo el brazo derecho para dar a entender lo inaudito del
acontecimiento.
—¡Cosa de locos! ¡Cosa de locos!
—Calma, muchachos. Actuemos con orden —dijo Montalbano, echando
mano de su autoridad. Después, al ver que Galluzzo ya no llevaba la chaqueta y
la camisa manchadas con la sangre de la nariz maltrecha, le preguntó: —¿Has
pasado a cambiarte por tu casa antes de venir aquí?
La pregunta fue un paso en falso, pues Galluzzo se puso colorado
como un tomate y su nariz hinchada a causa del golpe se tiñó de vetas moradas.
—Pero ¡qué casa ni qué diablos! ¿No se lo está diciendo Fazio?
Venimos directamente de Palermo. Al llegar a la sede de los de la Antimafia y
entregarles a Tano el Griego, van y nos encierran a cada uno en una habitación
distinta. Como me dolía todavía la nariz, quería ponerle encima un pañuelo
mojado. Al cabo de media hora, al ver que no aparecía nadie, abro la puerta y
me encuentro con un compañero. "¿Adónde vas?" "A buscar un poco
de agua para mojarme la nariz." "No puedes salir, vuelve a
entrar." ¿Comprende, señor comisario? ¡Me tenían vigilado! ¡Como si yo
fuera Tano el Griego!
—¡No digas ese nombre y baja la voz! —le dijo Montalbano en tono
de reproche—. ¡Nadie tiene que saber que lo hemos atrapado! ¡Al primero que
hable lo envío al penal de la Asinara de una patada en el culo!
—Todos estábamos vigilados —añadió Fazio en tono tremendamente
indignado.
Galluzzo prosiguió su relato.
—Una hora después entró uno que conozco, un compañero suyo que
ahora ha pasado a la Unidad Antimafia, Sciacchitano, me parece que se llama.
"Menudo rufián", pensó inmediatamente el comisario,
pero no dijo nada.
—Me miró como si apestara, como si fuera un mendigo que pidiera
limosna. Se pasó un rato mirándome y después dijo: "¿Sabes que con esta
pinta no te puedes presentar ante el señor gobernador?" —Galluzzo,
ofendido por el trato absurdo, a duras penas podía hablar en voz baja. —¡Y lo
más curioso era que me miraba enojado, como si yo tuviera la culpa! Salió
murmurando. Después apareció un compañero con una chaqueta y una camisa
limpias.
—Ahora hablo yo —terció Fazio, haciendo uso de su superior
graduación—. En resumen, desde las tres de la tarde hasta la medianoche de
ayer, cada uno de nosotros fue interrogado ocho veces por ocho personas
distintas.
—¿Qué querían saber?
—Cómo habían ocurrido los hechos.
—A decir verdad, a mí me interrogaron diez veces —dijo con
cierto orgullo Germanà—. Se ve que sé contar mejor las cosas y les debe de
parecer que están en el cine.
—Hacia la una de la madrugada, nos reunieron en una habitación
enorme —añadió Fazio—, una especie de despacho muy grande con dos sofás, ocho
sillas y cuatro mesas. Desenchufaron los teléfonos y se los llevaron. Después
nos enviaron cuatro sándwiches de mierda y cuatro cervezas calientes que
parecían orinas. Comimos lo mejor que pudimos y, a las ocho de esta mañana,
apareció un tipo y nos dijo que podíamos regresar a Vigàta. Ni siquiera
"buenos días", ni siquiera "fuera, largo", como se dice a
los perros que uno quiere apartar. Nada.
—Bueno —dijo Montalbano—. ¿Qué le vamos a hacer? Vayan a casa,
descansen un rato y regresen sin prisa después de comer. Les aseguro que esta
historia se la contaré al jefe.
—¿Sí...? Habla el comisario Salvo Montalbano, de Vigàta.
Quisiera hablar con el comisario Arturo Sciacchitano.
—No se retire, por favor.
Montalbano tomó pluma y papel. Trazó un dibujo sin pensar y sólo
después se dio cuenta de que había dibujado un culo sentado sobre un inodoro.
—Lo siento, el comisario está reunido.
—Mire, dígale que yo también estoy reunido, de esta manera
estaremos empatados. Él interrumpe su reunión por espacio de cinco minutos, yo
hago lo mismo con la mía y todos felices y contentos.
Añadió algunos zurullos al culo que estaba cagando.
—¿Montalbano? ¿Qué ocurre? Perdona, dispongo de muy poco tiempo.
—Yo también. Óyeme, Sciacchitanov...
—¿Cómo Sciacchitanov? ¿Qué estupideces estás diciendo?
—Ah, ¿no te llamas así? ¿No perteneces a la KGB?
—No estoy para bromas.
—No es una broma. Te llamo desde el despacho del jefe, que está
indignado por la forma, propia de la KGB, en que has tratado a mis hombres. Me
ha prometido que hoy mismo escribirá al ministro.
El fenómeno era inexplicable y, sin embargo, ocurrió: Montalbano
vio, a través del hilo telefónico, palidecer a Sciacchitano, universalmente
famoso por ser un cobarde lameculos. La mentira de Montalbano lo golpeó como un
mazazo en la cabeza.
—Pero ¿qué estás diciendo? Tú sabes que yo, como responsable de
la seguridad...
Montalbano lo interrumpió.
—La seguridad no excluye la cortesía —dijo con frase lapidaria.
Se sintió como una especie de panel de tránsito del tipo "La preferencia
no excluye la prudencia".
—¡Pero si he sido amabilísimo! ¡Les he ofrecido incluso cerveza
y sándwiches!
—Siento decirte que, a pesar de la cerveza y los sándwiches, el
asunto llegará hasta las más altas esferas. Pero consuélate, Sciacchitano, tú
no tienes la culpa. Cuando uno nace redondo, no puede morir cuadrado.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que tú, como naciste imbécil, no puedes morir
inteligente. Exijo una carta dirigida a mí, en la que dediques grandes
alabanzas a la actuación de mis hombres. La quiero para mañana. Hasta luego.
—¿Tú crees que, si escribo la carta, el jefe no seguirá adelante
con su propósito?
—Te seré sincero: no sé si el jefe seguirá adelante o no, pero
yo, en tu lugar, escribiría la carta. Para protegerme las espaldas. E incluso
le pondría fecha de ayer. ¿Me he explicado?
Tras haberse desahogado, se sintió mejor. Llamó a Catarella.
—¿Está en su despacho el sub comisario Augello?
—No, señor, pero ahora mismo le telefoneo. Dijo que, calculando
una distancia de diez minutos, en diez minutos está en su despacho.
Montalbano aprovechó para redactar el informe falso; el
verdadero lo había redactado en su casa la víspera. En determinado momento,
Augello llamó a la puerta y entró.
—¿Me buscabas?
—¿Tanto te cuesta estar en tu despacho un poquito antes?
—Perdona, pero el caso es que estuve ocupado hasta las cinco de
la madrugada, después volví a casa, me quedé dormido y no hubo manera...
—¿Estuviste ocupado con una puta de esas que tanto te gustan?
¿De esas que pesan por lo menos ciento veinte kilos?
—Pero ¿es que Catarella no te dijo nada?
—Me dijo que llegarías con retraso.
—Anoche, a eso de las dos, se produjo un accidente de tránsito
mortal. Acudí al lugar de los hechos y decidí dejarte dormir, puesto que el
asunto no tenía importancia para nosotros.
—Puede que para los muertos sí la tuviera.
—El muerto es uno solo. Bajaba a toda velocidad por la Catena...
está claro que se le habían roto los frenos... y se empotró debajo de un camión
que estaba iniciando la subida en dirección contraria. El pobre murió en el
acto.
—¿Lo conocías?
—Pues claro que lo conocía. Y tú también... El cavaliere
Misuraca.
—¿Montalbano? Me acaban de telefonear de Palermo. No sólo es
necesario convocar a una rueda de prensa sino que, además, es importante que la
convocatoria tenga cierta resonancia. Lo necesitan para sus estrategias.
Acudirán periodistas de otras ciudades, la noticia se dará en los telediarios
nacionales. En resumen, una cosa sonada.
—Deben de querer demostrar que el nuevo gobierno no afloja su
lucha contra la mafia, es más, que la lucha será más denodada y sin cuartel.
—¿Qué le pasa, Montalbano?
—Nada, estoy leyendo los titulares de pasado mañana.
—La rueda se ha fijado para mañana a las doce. Quería
advertírselo con tiempo.
—Gracias, señor jefe, pero ¿qué pinto yo en esto?
—Mire, Montalbano, yo soy amable y simpático hasta que me harto.
¡Usted pinta, vaya si pinta! ¡No sea chiquilín!
—Pero ¿qué tengo que decir?
—¡Dios bendito! Dirá lo mismo que haya escrito en el informe.
—¿En cuál?
—No oí bien. ¿Qué dijo?
—Nada.
—Procure hablar con claridad, sin comerse las sílabas y sin
inclinar la cabeza. Ah, las manos... Decida de una vez por todas dónde las va a
colocar y déjelas allí. No haga como la última vez, en que el periodista del
Corriere le aconsejó en voz alta que se las cortara para que estuviera usted
más cómodo.
—¿Y si me preguntan?
—Por supuesto que le preguntarán... Son periodistas, ¿no? Buenos
días.
Demasiado nervioso como consecuencia de lo que estaba ocurriendo
y de lo que ocurriría al día siguiente, Montalbano no consiguió permanecer en
su despacho. Salió, pasó por el negocio de costumbre, compró un cucurucho de
garbanzos y frutas secas tostadas y se dirigió al muelle. Cuando llegó a los
pies del faro y dio media vuelta para regresar, se topó con Ernesto Bonfiglio,
propietario de una agencia de viajes y gran amigo del difunto cavaliere
Misuraca.
—¿Se puede hacer algo? —preguntó Bonfiglio, casi de modo
agresivo.
Montalbano, que estaba intentando quitarse un trocito de maní
que se le había quedado encajado entre dos dientes, lo miró perplejo.
—Le estoy preguntando si se puede hacer algo —repitió enojado
Bonfiglio, mirándolo de soslayo.
—¿Hacer... en qué sentido?
—En el sentido de mi pobre y llorado amigo.
—¿Gusta...? —preguntó el comisario, ofreciéndole el cucurucho.
—Sí, muchas gracias —contestó Bonfiglio, y tomó un puñado de
garbanzos y frutas secas tostadas.
Montalbano aprovechó la pausa para situar mejor a su
interlocutor, el cual, además del hecho de ser amigo fraternal del cavaliere,
era un hombre que profesaba ideas de extremísima derecha y no andaba muy bien
de la cabeza.
—¿Se refiere usted a Misuraca?
—No, a mi abuelo.
—¿Y qué quiere usted que haga?
—Detener a los asesinos. Es su deber.
—¿Y quiénes serían los asesinos?
—No serían, son. Me refiero al Directorio Provincial del
Partido, que no era digno de tenerlo en sus filas. Ellos lo mataron.
—Perdone, pero ¿no fue un accidente?
—Ah, ¿es que usted cree que los accidentes ocurren
accidentalmente?
—Yo creo que sí.
—Pues se equivoca. Uno se busca los accidentes y siempre hay
alguien dispuesto a enviárselos. Le pondré un ejemplo para que quede más claro.
Mimì Capranzano murió ahogado en el mes de febrero de este año mientras se
bañaba en el mar. Muerte accidental. Pero ahora vengo yo y pregunto: ¿cuántos
años tenía Mimì cuando murió? Cincuenta y cinco. ¿Por qué quiso hacer a esta
edad la proeza de bañarse en el agua helada, tal como hacía cuando era
muchacho? La respuesta es la siguiente: porque hacía menos de cuatro meses que
se había casado con una joven milanesa de veinticuatro años y la joven le
preguntó mientras paseaban por la orilla del mar: "¿Es verdad, querido,
que en febrero te bañabas en el mar?" "Pues claro", contestó
Capranzano. La chica, que evidentemente se había hartado del viejo, lanzó un
suspiro. "¿Qué te pasa?", le preguntó Capranzano. "Lamento que
yo ya no pueda verlo", contestó la muy puta. Sin encomendarse ni a Dios ni
al diablo, Capranzano se quitó la ropa y se arrojó al agua. ¿He hablado claro?
—Clarísimo.
—Y ahora vayamos a los señores del Directorio Provincial de
Montelusa. Después de una primera reunión que terminó con insultos, anoche se
celebró otra. El cavaliere y otros afiliados querían que se enviara un
comunicado a los periódicos contra el decreto que salva de la cárcel a los
ladrones. Otros, en cambio, no opinaban lo mismo. En determinado momento, un
tipo le dijo a Misuraca que era un cascajo, un segundo comentó que le recordaba
la ópera de marionetas, y un tercero lo llamó viejo estúpido. Todo eso me lo
contó un amigo que estaba presente. Al final, el secretario, un asqueroso que
ni siquiera es siciliano y se apellida Biraghin, le dijo que si hacía el favor
de salir, puesto que no tenía ningún derecho a participar en la reunión. Lo
cual era cierto, pero jamás nadie se había atrevido a decírselo. Mi amigo subió
a su Cinquecento para regresar a Vigàta. Estoy seguro de que la sangre le ardía
en las venas, pero esos tipos lo hicieron a propósito para que perdiera la
cabeza. ¿Y usted me viene a decir que fue un accidente?
La única manera de razonar con Bonfiglio consistía en situarse
exactamente a su mismo nivel y el comisario lo sabía por experiencia.
—¿Hay algún personaje televisivo que le resulte especialmente
antipático?
—Cien mil, pero Mike Bongiorno es el peor de todos. Cuando lo
veo, se me revuelven las tripas y me entran ganas de romper el televisor.
—Bien. Y si usted, tras haber visto a este presentador, tomara
el coche, se estrellara contra una pared y se matara, ¿qué tendría que hacer yo
según usted?
—Detener a Mike Bongiorno —contestó Bonfiglio sin dudar.
Regresó al despacho más tranquilo, pues su encuentro con
Bonfiglio le había hecho gracia y lo había distraído.
—¿Alguna novedad? —preguntó al entrar.
—Hay una carta personal para usted que acaba de traer ahora
mismo el correo —contestó Catarella, subrayando la palabra
"personal".
Sobre la mesa había una postal de su padre y unos cuantos
comunicados de servicio.
—Catarè, ¿dónde has puesto la carta?
—¡Si ya le he dicho que era personal! —contestó el agente en
tono ofendido.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que, siendo que era personal, se tenía que
entregar a la persona.
—Muy bien, la persona está aquí en tu presencia. ¿Dónde está la
carta?
—Está donde tenía que estar. Donde la persona vive
personalmente. Le dije al cartero que la llevara a su casa de usted, señor
dottori, a Marinella.
Delante de la trattoria San Calogero se encontraba el
propietario y cocinero tomando un poco el fresco.
—¿Qué hace, señor comisario? ¿Pasa de largo?
—Voy a comer a casa.
—Bueno, haga lo que le parezca. Pero tengo unos langostinos para
hacer a la plancha que no están para comérselos sino para soñarlos.
Montalbano entró, impulsado por la imagen más que por el deseo.
Después de comer, apartó a un lado los platos, cruzó los brazos sobre la mesa,
apoyó la cabeza en ellos y se quedó dormido. Comía casi siempre en un salón
pequeño con tres mesas, por lo que a Serafino, el camarero, no le fue difícil
desviar a los clientes hacia el salón grande y dejar en paz al comisario. Hacia
las cuatro, cuando el local ya estaba cerrado, al ver que Montalbano no daba
señales de vida, el propietario le preparó una taza de café cargado y lo
despertó muy suavemente.
Seis
Se había olvidado por completo de la carta "personalmente
personal" que le había anunciado Catarella y sólo la recordó cuando la
pisó al entrar en su casa, donde el cartero la había deslizado por debajo de la
puerta. La dirección parecía la de una carta anónima: "MONTALBANO —
COMISARÍA — CIUDAD", Y arriba, a la izquierda, "PERSONAL". El
detalle que había puesto en marcha las meninges devastadas de Catarella.
Sin embargo, la carta no era anónima sino todo lo contrario. La
firma que Montalbano buscó inmediatamente le estalló en el cerebro cual si
fuera un disparo.
Distinguido comisario, he pensado que muy probablemente mañana
por la mañana no estaré en condiciones de acudir a su despacho según lo
convenido. Si por casualidad y, tal como parece probable, la reunión del
Directorio Provincial de Montelusa, adonde me dirigiré en cuanto termine de
escribir esta carta, se saldara con una derrota de mis tesis, considero mi
deber dirigirme a Palermo para sacudir los ánimos y las conciencias de los
camaradas que ocupan cargos auténticamente decisorios dentro del partido. Dispuesto
incluso a volar a Roma y pedir audiencia al secretario nacional. Estos
propósitos, caso de cumplirse, retrasarían un poco nuestra cita, por cuyo
motivo le ruego disculpe que le exponga por escrito lo que hubiera deseado
decirle personalmente de viva voz.
Tal como usted sin duda recordará, al día siguiente del extraño
robo—no robo acaecido en el supermercado, acudí espontáneamente a la comisaría
para contarle lo que yo por casualidad había visto, es decir, a un grupo de
hombres que estaban trabajando con toda tranquilidad, si bien a una hora un
tanto insólita, con las luces encendidas, bajo la vigilancia de un hombre
vestido con un uniforme que me pareció el del vigilante nocturno. Nadie que
hubiera pasado por allí hubiera podido observar nada anormal en la escena; si
yo hubiera visto algo fuera de lo normal, me habría apresurado a advertir a las
fuerzas del orden.
A la noche siguiente de mi declaración no conseguí pegar los
ojos a causa del nerviosismo que me habían producido las discusiones con
algunos camaradas, y entonces empecé a repasar mentalmente la escena del robo.
Sólo entonces me vino a la memoria un hecho que quizá puede ser muy importante.
A mi regreso de Montelusa, debido al estado de alteración en que me encontraba,
equivoqué el camino de acceso a Vigàta, complicado últimamente por toda una
serie de absurdas direcciones prohibidas, y, en lugar de tomar Via Granet,
enfilé la vieja Via Lincoln y me vi circulando en dirección contraria. Tras
haber recorrido unos cincuenta metros, me percaté de mi error y decidí ir
marcha atrás hasta llegar a la altura del vicolo Trupia, en el que hubiera
tenido que entrar retrocediendo para poder situarme en la dirección correcta.
Sin embargo, me fue imposible entrar en el callejón, pues lo encontré
literalmente bloqueado por un enorme automóvil tipo "Ulises" (del que
tanta publicidad se está haciendo últimamente, a pesar de que no se hayan
vendido más que unos pocos vehículos), con matrícula de Montelusa 328280. Una
vez allí, no me quedaba más remedio que seguir adelante con la infracción. Al
cabo de unos pocos metros, salí a la piazza Chiesa Vecchia, donde está el
supermercado. Le ahorraré investigaciones ulteriores: el automóvil, que por
otra parte es el único que hay en el pueblo, pertenece al señor Carmelo
Ingrassia. Ahora bien, puesto que Ingrassia vive en Monte Ducale, ¿qué
significaba su coche a dos pasos del supermercado del que es propietario y que
en aquellos momentos estaba siendo aparentemente saqueado? La respuesta la
tendrá que dar usted.
Suyo affmo.
Cav. Gerlando Misuraca
—¡Me has jodido de veras, cavaliere! —dijo Montalbano por todo
comentario, mirando con malos ojos la carta que había depositado sobre la mesa
del comedor.
Ahora ya se le habían quitado las ganas de comer. Abrió de nuevo
el refrigerador simplemente para rendir un triste homenaje a la sabiduría
culinaria de su asistenta, un homenaje muy merecido, pues de inmediato aspiró
el aroma envolvente de los pulpitos rehogados. Volvió a cerrar el refrigerador;
no podía comer, un puño le cerraba el estómago. Se quitó la ropa y, desnudo tal
como estaba, empezó a pasear por la orilla del mar, aprovechando que a aquella
hora no había ni un alma. Se le habían ido las ganas de comer y de dormir.
Hacia las cuatro de la madrugada, se arrojó al agua helada, se pasó un buen
rato nadando y regresó a casa. Observó, y le hizo gracia, que se le había
puesto duro. Decidió hablarle, convencerlo de que entrara en razón.
—De nada te servirán las fantasías.
El "duro" le aconsejó la conveniencia de hacer una
llamada a Livia, desnuda y calentita de sueño en su cama.
"Eres un cabeza de chorlito que sólo sabe decir tonterías.
Esto es propio de muchachos insensatos."
Ofendido, el "duro" se encogió. Montalbano se puso un
calzoncillo y se echó una toalla seca sobre los hombros; tomó una silla y se
sentó en la galería quedaba a la playa.
Se pasó un rato contemplando cómo el mar se iba aclarando poco a
poco y después adquiría color y se cubría de amarillas estrías de sol. Se
anunciaba un buen día y el comisario se sintió reconfortado y listo para entrar
en acción. Tras la lectura de la carta, se le habían ocurrido unas cuantas
ideas y el baño le había servido para ordenarlas.
—Con esa pinta, usted no se puede presentar en la rueda de
prensa —le dijo Fazio, estudiándolo severamente.
—¿ Acaso te han dado lecciones los de la Unidad Antimafia?
Montalbano abrió la abultada bolsa de nailon que sostenía en la
mano.
—Aquí llevo pantalones, chaqueta, camisa y corbata. Me cambiaré
antes de ir a Montelusa. Es más, haz una cosa: saca todo y colócalo en una
silla para que no se arrugue.
—La ropa ya se habrá arrugado, pero no se lo decía por la ropa
sino por la cara. Usted tiene que ir a la peluquería a la fuerza.
"A la fuerza", había dicho Fazio, que conocía muy bien
al comisario y sabía lo mucho que le costaba ir a la peluquería. Pasándose una
mano por la parte posterior de la cabeza, Montalbano convino en que su cabello
necesitaba unos tijeretazos.
Después su rostro se ensombreció.
—¡Hoy no saldrá bien una mierda! —predijo.
Antes de salir, ordenó que, mientras él se ponía guapo, alguien
fuera a ver a Carmelo Ingrassia y lo acompañara a su despacho.
—Si me pregunta por qué, ¿qué tengo que contestarle? —inquirió
Fazio.
—No contestes.
—¿Y si insiste?
—Si insiste, dile que quiero saber desde cuándo no se pone una
lavativa. ¿Te parece bien?
—No hace falta que se enoje.
El peluquero, su aprendiz y un cliente sentado en uno de los dos
sillones giratorios que el salón —en realidad, un local encajado en el hueco de
una escalera— a duras penas podía contener, estaban discutiendo animadamente,
pero en cuanto vieron aparecer la silueta del comisario, se callaron.
Montalbano había entrado con la que él mismo calificaba de "cara de
peluquería", es decir, con la boca reducida a una raya, los ojos
sospechosamente entornados, el entrecejo fruncido y la expresión a la vez
despreciativa y severa.
—Buenos días, ¿hay que esperar mucho?
La voz también le salió baja y ronca.
—No, señor comisario, tome asiento.
Mientras Montalbano se acomodaba en el sillón desocupado, el
peluquero, en cámara lenta como en una película cómica de Chaplin, hizo admirar
al cliente el trabajo realizado colocándole un espejo detrás de la nuca, le
quitó la toalla y la arrojó a un cesto; tomó otra toalla limpia y la colocó
sobre los hombros del comisario. El cliente, tras haber rechazado la habitual
pasada de cepillo por parte del aprendiz, tomó literalmente las de Villadiego
tras farfullar un precipitado "buenos días".
El rito del corte de la barba y el cabello, cumplido en absoluto
silencio, fue rápido y funéreo. Otro cliente hizo ademán de entrar apartando la
cortina de abalorios, pero, tras haber olfateado el aire y haber reconocido al
comisario, dijo:
—Volveré dentro de un rato.
Y se largó.
Por el camino de regreso a su despacho, Montalbano aspiró en el
aire un olor indefinible, pero desagradable, una mezcla de aguarrás y de un
tipo especial de polvos para el rostro que utilizaban las putas unos treinta
años atrás. Era su cabello el que apestaba de aquella manera.
—Ingrassia está en su despacho —le dijo Tortorella en voz baja,
como si se tratara de una especie de conspiración.
—¿Adónde fue Fazio?
—A su casa, a cambiarse de ropa. Llamaron de la Jefatura. Dicen
que Fazio, Gallo y Galluzzo también tienen que participar en la rueda de
prensa.
"Se ve que mi llamada al muy cabrón de Sciacchitano ha
surtido efecto", pensó Montalbano.
Ingrassia, que esta vez iba enteramente vestido de verde claro,
hizo ademán de levantarse.
—No se levante, no se levante... —dijo el comisario, mientras se
sentaba detrás de su escritorio.
Se pasó distraídamente la mano por el cabello y de inmediato se
intensificó el olor de aguarrás y polvos baratos. Alarmado, se acercó los dedos
a la nariz, los olfateó y vio confirmada su sospecha. Pero no había nada que
hacer, en el cuarto de baño del despacho no tenía champú. De repente, se le
volvió a poner la "cara de peluquería". Al observar aquel cambio
súbito, Ingrassia se inquietó y se agitó en su asiento.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—¿En qué sentido, perdone?
—Pues... en todos los sentidos —tartamudeó Ingrassia.
—No sé —contestó evasivamente Montalbano.
Volvió a olfatearse los dedos y el diálogo quedó estancado.
—¿Se ha enterado de lo del pobre cavaliere? —preguntó el
comisario como si ambos estuvieran hablando entre amigos en un salón.
—¡En fin! ¡Es la vida! —contestó Ingrassia, lanzando un
compungido suspiro.
—Imagínese, señor Ingrassia. Le había preguntado si podía
facilitarme más detalles acerca de lo que había visto la noche del robo,
habíamos acordado reunimos y...
Ingrassia extendió los brazos como si quisiera exhortar a
Montalbano a aceptar con resignación el destino. Tras una obligada pausa de
meditación, dijo:
—Perdone, pero ¿ qué otros detalles le podía facilitar el pobre
cavaliere? Ya había dicho todo lo que había visto.
Montalbano le hizo señas de que no con el dedo índice.
—¿Usted cree que no dijo todo lo que había visto? —preguntó
Ingrassia, intrigado.
Montalbano volvió a hacer señas de que no con el dedo.
"Cuécete en tu caldo, basura", pensó.
La rama verde de Ingrassia se agitó como movida por una suave
brisa.
—Pero entonces, ¿qué quería que le dijera?
—Lo que él creía no haber visto.
La brisa se trocó en un viento fuerte y la rama se agitó con más
violencia.
—No lo entiendo.
—Le explico. Usted habrá visto sin duda ese cuadro de Pieter
Brueghel titulado Juegos infantiles, ¿verdad?
—¿Quién, yo? No —contestó preocupado Ingrassia.
—No importa. Entonces seguro que habrá visto algo de Hieronymus
Bosch.
—No, señor —contestó Ingrassia, y comenzó a sudar.
Esta vez estaba empezando a asustarse en serio mientras su
rostro iba adquiriendo progresivamente un color verde que hacía juego con el de
su ropa.
—No tiene importancia, dejémoslo —dijo Montalbano, magnánimo—.
Quería decir que, cuando contempla una escena, una persona recuerda la primera
impresión general que aquélla le ha producido. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestó Ingrassia, ya preparado para lo peor.
—Más tarde, es posible que vaya recordando poco a poco algún
detalle que ha visto y le ha quedado grabado en la memoria, pero había dejado
de lado por no considerarlo importante. Le voy a dar unos cuantos ejemplos: una
ventana abierta o cerrada, un ruido... ¿qué sé yo...? un silbido, una canción,
una silla corrida, un automóvil que estaba donde no tenía que estar, una luz
que se apagaba... Cosas de este tipo, detalles, pormenores que acaban teniendo
una importancia decisiva.
Ingrassia se sacó del bolsillo un pañuelo blanco con ribete
verde y se enjugó el sudor.
—¿ Me ha hecho venir sólo para decirme esto?
—No. Jamás me atrevería a molestado sin necesidad. Quiero saber
si ha tenido alguna noticia de esos que, según usted, le gastaron la broma del
robo falso.
—No, no apareció nadie.
—Qué raro...
—¿Porqué?
—Porque lo bueno de una broma es disfrutada después con la
persona que ha sido su víctima. De todos modos, en caso de que aparezcan,
hágamelo saber. Buenos días.
—Buenos días —contestó Ingrassia, levantándose. Estaba
chorreando sudor y se le habían pegado los pantalones al trasero.
Fazio se presentó enfundado en un uniforme flamante.
—Ya estoy aquí —dijo.
—Y el Papa está en Roma.
—Muy bien, señor comisario, entendido, hoy no está de humor.
—Fazio hizo ademán de retirarse, pero se detuvo en la puerta. —Ha llamado el
subcomisario Augello... Dice que tiene un dolor de muelas terrible. Vendrá sólo
en caso necesario.
—Oye, ¿sabes adónde ha ido a parar la chatarra del Cinquecento
del cavaliere Misuraca?
—Sí, señor, está todavía aquí, en nuestro garaje. Le diré lo que
pienso: eso es pura envidia.
—Pero ¿de qué estás hablando?
—Del dolor de muelas del subcomisario Augello. Eso es un ataque
de envidia.
—¿Envidia de quién?
—De usted, porque usted ofrecerá la rueda de prensa y él no. Y
también está enfadado porque usted no ha querido decirle el nombre del
detenido.
—¿Me haces un favor?
—Sí, señor, entendido, ya me voy.
Cuando Fazio hubo cerrado la puerta, Montalbano marcó un número.
Le contestó una voz de mujer que parecía una parodia del doblaje de una negra.
—¿Diga? ¿Quién habló? ¿Quién tú ser?
"Pero ¿de dónde sacan las sirvientas en casa de los
Cardamane?", se preguntó Montalbano.
— Está la señora Ingrid?
—Sí, pero ¿quién tú ser?
—Soy Salvo Montalbano.
—Tú espera.
En cambio, la voz de Ingrid era idéntica a la de la actriz
italiana que había doblado a Greta Garbo y que, a lo mejor, también era sueca.
—Hola, Salvo, ¿cómo estás? Cuánto tiempo hace que no nos
vemos...
—Ingrid, necesito tu ayuda. ¿Estás libre esta noche?
—Pues más bien no. Pero si es algo importante para ti, lo dejo
todo.
—Es importante.
—Pues entonces, dime dónde y a qué hora.
—Esta noche a las nueve en el bar de Marinella.
La rueda de prensa resultó ser para Montalbano (tal como por
otra parte él ya esperaba) una vergüenza prolongada y dolorosa. Desde Palermo
había llegado el subjefe De Dominicis, de la Lucha Antimafia, que se sentó a la
derecha del jefe. Unos gestos imperiosos y unas miradas severas obligaron a
Montalbano, que deseaba permanecer entre el público, a sentarse a la izquierda
de su jefe. Detrás, de pie, se situaron Fazio, Germanà, Gallo y Galluzzo. El
jefe tomó la palabra y lo primero que hizo fue facilitar el nombre del
detenido, el número uno de los números dos: Gaetano Bennici, llamado Tano el
Griego, un asesino múltiple, prófugo de la Justicia desde hacía muchos años.
Sus palabras provocaron una auténtica conmoción. Los periodistas, que eran
muchos aparte de los cuatro camarógrafos de televisión, pegaron un brinco en
sus asientos y se pusieron a hablar entre sí de tal manera, que el jefe tuvo
dificultades para restablecer el silencio. Dijo que el mérito de la detención
correspondía al comisario Montalbano, el cual, con la ayuda de sus hombres, a
los que presentó por sus nombres, había sabido, con habilidad y valentía,
aprovechar una ocasión propicia. Acto seguido habló De Dominicis, quien explicó
el papel desempeñado por Tano el Griego en el seno de la organización, un papel
que, si no era de primerísimo orden, sí lo era de primero. El subjefe volvió a
sentarse y Montalbano comprendió que lo acababan de arrojar a los perros.
Le dispararon las preguntas en ráfagas mucho peores que las de
un kaláshnikov. ¿Hubo un tiroteo? ¿Tano el Griego estaba solo? ¿Se produjeron
heridos entre las fuerzas del orden? ¿Qué dijo Tano el Griego en el momento en
que lo esposaron? ¿Tano dormía o estaba despierto? ¿Lo acompañaba alguna mujer?
¿Un perro? ¿Era cierto que se drogaba? ¿Cuántos asesinatos tenía en su haber?
¿Cómo iba vestido? ¿Estaba desnudo? ¿Era cierto que Tano era hincha del Milán?
¿Que llevaba encima una fotografía de Ornella Muti? ¿Quería explicar en qué
había consistido "la ocasión propicia" a la que se había referido el
jefe de policía?
Montalbano trataba de contestar, pero le resultaba cada vez más
difícil entender lo que estaba diciendo.
"Menos mal que está la televisión", pensó. "Así
después me veré y comprenderé las estupideces que he dicho."
Y por si fuera poco, tenía clavados encima los ojos rebosantes
de adoración de la inspectora Anna Ferrara.
El periodista Nicolò Zito, de Retelibera, que era un verdadero
amigo, trató de sacarlo de las arenas movedizas en las que se estaba hundiendo.
—Señor comisario, permítame. Usted ha dicho que se tropezó con
Tano cuando regresaba de Fiacca, donde unos amigos lo habían invitado a comer
una tabisca. ¿He entendido bien?
—Sí.
—¿Qué es una tabisca?
Ambos la habían comido juntos montones de veces, lo cual
significaba que Zito le estaba arrojando un salvavidas. Montalbano se aferró a
él. Recuperó repentinamente la seguridad y el aplomo y dio comienzo a una
descripción pormenorizada de aquella pizza extraordinaria de múltiples sabores.
Siete
Montalbano tuvo dificultades para reconocerse en el sujeto cada
vez más aturdido, balbuciente, trastornado, vacilante, sorprendido y extraviado
cuyos ojos no conseguían estarse quietos ni un momento, cruelmente enfocado en
primer plano por las cámaras de Retelibera bajo la lluvia de preguntas de los
periodistas maricones e hijos de puta. La parte de la explicación de cómo
estaba hecha la tabisca (la que mejor le había salido) no se transmitió, tal
vez porque no estaba muy en la línea del tema principal, que era la captura de
Tano.
Las berenjenas a la parmesana que la asistenta le había dejado
en el horno se le antojaron repentinamente sosas, pero no era posible que lo
fueran, no lo eran, se trataba de un efecto psicológico del hecho de verse
convertido en un idiota en la televisión.
Experimentó el súbito impulso de echarse a llorar, de acostarse
en la cama, todo envuelto en una sábana como una momia.
—¿Comisario Montalbano? Soy Luciano Acquesanta, del periódico Il
Mezzogiorno. ¿Tendría la amabilidad de concederme una entrevista?
—No.
—No le haré perder tiempo, se lo juro.
—No.
—¿Es el comisario Montalbano? Soy Spingardi, Attilio Spingardi,
de la RAI de Palermo. Estamos preparando una mesa redonda sobre el tema...
—No.
—¡Déjeme terminar!
—No.
—¿ Querido? Habla Livia... ¿Qué tal te encuentras?
—Bien. ¿Por qué?
—Acabo de verte en la televisión.
—¡Oh, Dios mío! ¿Me han visto en toda Italia?
—Creo que sí. Pero ha sido una cosa muy corta, ¿sabes?
—¿Se oyó lo que yo decía?
—No, hablaba sólo el presentador. Pero a ti se te veía la cara y
es por eso por lo que estoy preocupada. Estabas tan amarillo como un limón.
—¿Se veían también los colores?
—Pues claro.
—Me dolía la cabeza y me molestaban las luces.
—¿Ya se te pasó?
—Sí.
—¿Comisario Montalbano? Soy Stefania Quattrini, de Essere donna.
Quisiéramos hacerle una entrevista telefónica. ¿Puede atendemos?
—No.
—Es cuestión de pocos segundos.
—No.
—¿Tengo el honor de hablar con el famoso comisario Montalbano,
el que celebra ruedas de prensa?
—No me vengan a tocar las bolas.
—No, las bolas no te las queremos tocar, no te preocupes. Pero
el culo, sí.
—¿Con quién hablo?
—Con tu muerte hablas. ¡Te quiero decir que no te la llevarás de
balde, maldito comediante! ¿A quién creías engañar con todo ese teatro que has
montado con tu amigo Tano? Eso lo vas a pagar, pagarás caro el haber intentado
burlarte de mí.
—Hola... Hola...
La comunicación se había cortado. Montalbano no tuvo tiempo de
asimilar las palabras amenazadoras ni de reflexionar acerca de ellas, pues
comprendió que el sonido insistente que oía en medio del alboroto de las
llamadas era el del timbre de la puerta. Quién sabe por qué razón pensó que se
trataba de algún periodista más listo que los demás, que había decidido
presentarse directamente. Corrió irritado al vestíbulo y, sin abrir, preguntó:
—¿Quién carajo es?
—Soy el jefe.
Pero ¿qué querría en su casa ya aquella hora sin siquiera
haberle avisado de antemano? Dio un manotazo al pestillo y abrió la puerta.
—Buenos días, pase —dijo, y se hizo a un lado.
El jefe no se movió.
—No hay tiempo. Arréglese y reúnase conmigo en el coche.
Dio media vuelta y se alejó. Al pasar por delante del espejo del
gran armario, Montalbano comprendió qué le había querido decir el jefe superior
con aquel "Arréglese". Estaba totalmente desnudo.
El coche no llevaba ninguna indicación de pertenecer a la
policía; parecía ser un automóvil de alquiler, y al volante iba, vestido de
paisano, un agente de la Jefatura Superior de Montelusa, que él conocía. En
cuanto se sentó, el superior le dijo:
—Perdone que no le haya podido avisar, pero su teléfono estaba
siempre ocupado.
—Está bien.
Montalbano hubiera podido interrumpirlo, pero eso no era propio
de su estilo de persona amable y discreta. No le explicó a su jefe por qué
razón su teléfono no le había dado tregua; no era el momento, su superior
estaba más furioso de lo que él jamás hubiera visto y tenía el rostro en
tensión y la boca medio torcida en una especie de mueca.
Cuando ya llevaban unos tres cuartos de hora en la carretera que
conducía de Montelusa a Palermo y el chofer conducía a gran velocidad, el
comisario empezó a contemplar la parte del paisaje de su isla que más le
gustaba.
—¿De veras te gusta? —le había preguntado Livia con asombro
cuando, años atrás, él la había llevado a aquellos lugares.
Áridas lomas que casi parecían túmulos gigantescos, cubiertas
tan sólo por amarillos rastrojos de hierba seca, abandonadas por la mano del
hombre como consecuencia de las derrotas causadas por la sequía, el calor o
simplemente el cansancio de un combate perdido ya de entrada, interrumpidas de
vez en cuando por el color gris de las rocas en forma de pináculo, absurdamente
nacidas de la nada o quizá llovidas del cielo, estalactitas o estalagmitas de
aquella gruta profunda a cielo abierto que era Sicilia. Las pocas casas que
había —todas de planta baja y techumbre abovedada, cubos de piedra en seco—
estaban construidas al bies, casi como si hubieran tenido la suerte de resistir
un violento corrimiento de la tierra que no quería tenerlas encima. Cierto que
había alguna que otra mancha de verde, pero no era de árboles ni de cultivos
sino de pitas, de ciruelos silvestres, de sorgo, de espadilla débil y
polvorienta, a punto también de rendirse.
Como si hubiera esperado a encontrarse en la escenografía más
idónea, el jefe decidió hablar, pero el comisario comprendió que no se estaba
dirigiendo a él sino a sí mismo, en una especie de monólogo doloroso y
enfurecido.
—¿Por qué lo han hecho? ¿Quién ha decidido tomar una decisión?
Si se llevara a cabo una encuesta, hipótesis imposible, resultaría o que nadie
tomó la iniciativa o que tuvieron que actuar obedeciendo órdenes superiores.
Veamos entonces quiénes son estos superiores que dieron la orden. El jefe de la
Unidad Antimafia lo negaría, al igual que el ministro del Interior, el
Presidente del gobierno, el jefe del Estado. Quedan en este orden: el Papa,
Jesús, la Virgen, Dios Padre... Pondrían el grito en el cielo: ¿cómo se puede
pensar que han sido ellos los que dieron la orden? Sólo queda el Maligno, el
que se ha ganado la fama de ser el origen de todos los males. He aquí al
culpable: ¡el demonio! En resumen y en pocas palabras, han decidido trasladarlo
a otra cárcel.
—¿A Tano? —se atrevió a preguntar Montalbano. El jefe ni
siquiera le contestó.
—¿Por qué? Eso jamás lo sabremos, está clarísimo. Y mientras
nosotros estábamos allí, ofreciendo la rueda de prensa, ellos lo introducían en
un vehículo cualquiera escoltado por dos agentes de paisano para no llamar la
atención, naturalmente, ¡Dios mío, pero qué astutos son!, y de esta manera,
cuando por la zona de Trabia salió de un sendero la clásica y potente moto con
dos individuos absolutamente anónimos debido al casco que llevaban... muertos
los dos agentes y él agonizando en el hospital. Eso es lo que ha ocurrido.
Montalbano soportó los golpes, pensando con cinismo que, si lo
hubieran matado unas cuantas horas antes, él se hubiera ahorrado la tortura de
la rueda de prensa. Empezó a hacer preguntas tan sólo cuando intuyó que el
desahogo había calmado un poco al jefe.
—Pero ¿cómo han podido saber que...?
El jefe golpeó con fuerza el respaldo del asiento delantero, el
chofer pegó un brinco y el vehículo derrapó ligeramente.
—Pero ¿qué preguntas me hace, Montalbano? Un infiltrado, ¿no?
Eso es lo que más me enfurece.
El comisario dejó pasar unos minutos antes de preguntar:
—Pero ¿qué tenemos que ver nosotros con eso?
—Quiere hablar con usted. Ha comprendido que se está muriendo y
quiere decirle una cosa.
—Ah... ¿Y usted por qué se ha molestado? Podía ir yo solo.
—Lo acompaño para evitar retrasos y contratiempos. Esos tipos de
allí, en su inteligencia sublime, hasta son capaces de impedirle la entrevista.
Delante de la verja del hospital vieron estacionado un vehículo
blindado mientras unos diez agentes repartidos por el jardincito del otro lado
paseaban con las ametralladoras listas.
—Carajo —dijo el jefe.
Superaron con creciente nerviosismo por lo menos cinco controles
y llegaron por fin al pasillo al que daba la habitación de Tano. Todos los
pacientes habían sido obligados a trasladarse a otro sitio, entre maldiciones y
palabrotas. A ambos extremos del pasillo montaban guardia cuatro agentes
armados y otros dos lo hacían delante de la puerta de la habitación en la que
evidentemente se encontraba Tano. El jefe les mostró el pase.
—Lo felicito —le dijo al oficial.
—¿Por qué, señor jefe?
—Por el dispositivo de vigilancia.
—Gracias —dijo el oficial, con el rostro iluminado por una
sonrisa.
No había entendido una mierda de la ironía del superior.
—Entre usted solo, yo lo espero afuera.
Sólo entonces se dio cuenta de que Montalbano tenía el rostro
morado y la frente bañada de sudor.
—Por Dios, Montalbano, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
—Me siento perfectamente —contestó el comisario entre dientes.
Pero le estaba mintiendo, se sentía muy mal. Los muertos le
importaban un pito, hubiera podido dormir a su lado, simular partir el pan con
ellos o jugar al tresillo o a la brisca; no le causaban la menor impresión. En
cambio, los moribundos le provocaban sudores fríos y le hacían temblar las
manos mientras la sangre se le helaba en las venas y él sentía que se le abría
un agujero en el estómago.
* * *
Bajo la sábana que lo cubría, el cuerpo de Tano le pareció
encogido y más pequeño de lo que él recordaba. Los brazos estaban estirados a
lo largo de los costados, y el derecho estaba envuelto en vendas gruesas. De su
nariz, ahora casi transparente, salían los tubitos del oxígeno y su rostro
parecía artificial, como el de un muñeco de cera. Dominando su impulso de
escapar de allí, el comisario tomó una silla de metal y se sentó al lado del
moribundo, cuyos ojos estaban cerrados como si estuviera durmiendo.
—Tano... Tano... Soy el comisario Montalbano.
La reacción de Tano fue inmediata; puso los ojos en blanco e
hizo ademán de incorporarse en la cama en un salto violento dictado sin duda
por el instinto, como un animal largo tiempo perseguido. Después sus ojos
enfocaron al comisario y la tensión de su cuerpo se relajó visiblemente.
—¿Quería hablar conmigo?
Tano dijo que sí con la cabeza y esbozó una sonrisa leve.
Habló muy despacio y con gran esfuerzo.
—Me han quitado de en medio, de todos modos.
Se refería a la conversación que ambos habían mantenido en la
cabaña, y Montalbano no supo qué contestarle.
—Acérquese.
Montalbano se levantó de la silla y se inclinó hacia él.
—Un poco más.
El comisario se inclinó hasta casi rozar con el oído la boca de
Tano, cuyo ardiente aliento le provocó una sensación de repugnancia. Entonces
Tano le dijo lo que tenía que decirle, con lucidez y exactitud. Pero el hecho
de hablar lo había agotado, por lo que volvió a cerrar los ojos y Montalbano no
supo si retirarse o quedarse un poco más. Decidió volver a sentarse y entonces
Tano añadió algo con voz pastosa. El comisario se levantó una vez más y se
inclinó sobre el moribundo.
—¿Qué me dijo?
—Tengo miedo.
Estaba asustado y, en la situación en que se encontraba, no
tenía el menor reparo en confesarlo. ¿Era eso la compasión, esta oleada
repentina de calor, este impulso del corazón, este sentimiento atormentador?
Montalbano apoyó una mano en la frente de Tano y esta vez le salió
espontáneamente tuteado.
—No te avergüences de decirlo. Puede que por eso seas un hombre.
Todos tendremos miedo cuando llegue el momento. Adiós, Tano.
Salió de prisa, cerró la puerta a sus espaldas. Ahora en el
pasillo, además del jefe y los agentes, estaban también De Dominicis y
Sciacchitano. Corrieron a su encuentro.
—¿Qué ha dicho? —preguntó ansiosamente De Dominicis.
—Nada, no ha conseguido decirme nada. Quería decir algo, eso es
evidente, pero no ha podido. Se está muriendo.
—¡En fin! —dijo en tono dubitativo Sciacchitano.
Con mucha calma, Montalbano apoyó la mano abierta sobre su pecho
y le propinó un violento empujón. El otro retrocedió tres pasos, estupefacto.
—Quédate aquí y no te acerques —dijo entre dientes el comisario.
—Ya basta, Montalbano —intervino el jefe.
De Dominicis no pareció atribuir demasiada importancia a la
pendencia entre ambos.
—Quién sabe lo que quería decirle... —insistió, mirándolo con
expresión inquisitiva, como queriendo decir: "Tú no me dices la
verdad".
—Si quiere, trataré de adivinado —replicó Montalbano con tono
grosero.
Antes de abandonar el hospital, tomó un J&B doble solo.
Emprendieron el camino de regreso a Montelusa y el comisario calculó que a las
siete y media de la tarde ya estaría nuevamente en Vigàta y podría acudir a su
cita con Ingrid.
—Habló, ¿verdad? —preguntó en un susurro el superior.
—Sí.
—¿Algo importante?
—En mi opinión, sí.
—¿Y por qué lo eligió precisamente a usted?
—Prometió hacerme un regalo personal por la lealtad que le he
demostrado en todo este asunto.
—Lo escucho.
Montalbano se lo contó todo y, al final, el jefe se quedó
pensativo. Después lanzó un suspiro.
—Decídalo todo usted con sus hombres. Es mejor que nadie sepa
nada. No tienen que saberlo ni siquiera en la Jefatura Superior. Ya lo ha visto
usted, puede haber infiltrados en cualquier sitio.
El jefe volvió a hundirse en el malhumor que se había apoderado
de él durante el viaje de ida.
—¡En eso nos hemos convertido! —dijo con mal contenida rabia.
A medio camino, sonó el teléfono celular.
—¿Sí? —contestó.
Desde el otro extremo le hablaron brevemente.
—Gracias —dijo. Después se dirigió al comisario: —Era De
Dominicis... Me comunicó con tono amable que Tano ha muerto casi en el momento
en que nosotros abandonábamos el hospital.
—Convendrá que tengan cuidado —dijo Montalbano.
—¿Porqué?
—Para que no les roben el cadáver —contestó con marcada ironía
el comisario.
Quedaron un buen rato en silencio.
—¿Por qué razón De Dominicis se ha apresurado a comunicarle la
muerte de Tano?
—Mi querido amigo, la llamada estaba dirigida prácticamente a
usted. Está claro que De Dominicis, que no tiene un pelo de tonto, cree, y no
se equivoca, que Tano ha conseguido decirle algo. Y quisiera o bien repartirse
el pastel con usted o bien birlárselo todo entero.
En el despacho encontró a Catarella y a Fazio. Mejor así,
prefería hablar con Fazio sin que hubiera gente a su alrededor.
Más por deber que por curiosidad, preguntó:
—Pero ¿dónde están los demás?
—Acompañan a cuatro muchachos en dos motos que participan en una
competición de velocidad.
—¡Qué barbaridad! ¿Toda la comisaría se va por una competición?
—Es una competición especial —explicó Fazio—. Una moto es verde
y la otra amarilla. Primero sale la amarilla y recorre toda la calle, robando
todo lo que puede por el procedimiento del tirón. Al cabo de dos o tres horas,
cuando la gente ya se ha calmado, sale la verde y arrebata todo lo posible.
Después, cambian de calle y de barrio, pero esta vez sale
primero la verde. La competición la gana el que consigue robar más.
—Comprendo... Oye, Fazio, tendrías que pasar al anochecer por la
empresa Vinti. Pídele en mi nombre al contable que nos preste unas diez
herramientas, entre palas, picos, azadas y azadones. Mañana por la mañana, a
las seis, nos reunimos todos. En el despacho quedarán el subcomisario Augello y
Catarella. Quiero dos coches, mejor dicho, uno, porque en la empresa Vinti
pedirás también un jeep. Por cierto, ¿quién tiene la llave de nuestro garaje?
—La tiene siempre el que está de guardia. En este momento la
tiene Catarella.
—Se la pides y me la das.
—Ahora mismo. Perdone, señor comisario, pero ¿para qué queremos
las palas y las azadas?
—Porque vamos a cambiar de oficio. A partir de mañana nos
dedicaremos a la agricultura, a la vida sana del campo. ¿Te parece bien?
—De unos días a esta parte, señor comisario, no hay quien hable
con usted. ¿Se puede saber qué le ocurre? Se ha vuelto irritable y antipático.
Ocho
Desde que la había conocido en el transcurso de una
investigación —en la cual Ingrid, absolutamente inocente, le había sido
ofrecida por medio de pistas falsas como chivo expiatorio—, entre el comisario
y aquella mujer espléndida había nacido una curiosa amistad. De vez en cuando,
Ingrid lo llamaba y ambos se pasaban la velada charlando. La joven le hacía
confidencias a Montalbano y le contaba sus problemas y él le daba consejos
sabios y fraternales. Era una especie de rector espiritual —papel que había tenido
que asumir a la fuerza, puesto que Ingrid le inspiraba pensamientos no
exactamente espirituales—, cuyos consejos la joven desoía con todo esmero. En
la totalidad de las citas que habían concertado, seis o siete, ni una sola vez
había conseguido Montalbano llegar antes que ella, pues Ingrid tenía un culto
casi maniático por la puntualidad.
También esta vez, cuando dejó el coche en el estacionamiento del
bar de Marinella, vio que el automóvil de Ingrid ya estaba allí, al lado de un
Porsche descapotable, una especie de bólido pintado de un color amarillo que
ofendía la vista y el buen gusto.
Al entrar en el bar, vio a Ingrid de pie en la barra tomando un
whisky y, a su lado, hablándole confidencialmente, a un cuarentón
superelegante, vestido de amarillo canario, con un Rolex en la muñeca y el
cabello recogido en una coleta.
"Cuando se cambia de ropa, ¿cambiará también el
coche?", se preguntó el comisario.
En cuanto lo vio, Ingrid se le acercó presurosa, lo abrazó y lo
besó suavemente en los labios; no había duda de que la alegraba reunirse con
él. Montalbano también se alegraba: Ingrid era un auténtico regalo de Dios, con
sus largas piernas enfundadas en unos vaqueros ajustados, sus sandalias, una
blusa que permitía entrever la forma del busto, y el cabello rubio cayéndole
sobre los hombros.
—Perdona —le dijo Ingrid al canario que tenía al lado—. Nos
vemos.
Se sentaron a una mesa, Montalbano no quiso beber nada y el tipo
del Rolex y la coleta fue a terminarse el whisky en la terraza que daba al mar.
Ambos se miraron sonriendo.
—Te veo muy bien —dijo Ingrid—. En cambio, en la televisión no
tenías muy buen aspecto.
—Bueno... —dijo el comisario, y cambió de tema—. Tú también
estás muy bien.
—¿Me has llamado para que nos intercambiemos cumplidos?
—Tengo que pedirte un favor.
—Aquí me tienes.
Desde la terraza, el hombre de la coleta los miraba con
disimulo.
—¿ Quién es ése?
—Un conocido. Nos cruzamos en la calle mientras yo venía hacia
aquí, me siguió y me invitó a un trago.
—¿En qué sentido lo conoces?
Ingrid se puso muy seria mientras una arruga se dibujaba en su
frente.
—¿Estás celoso?
—No, lo sabes muy bien y, además, no hay motivo. Lo que ocurre
es que, en cuanto lo vi, se me revolvió el estómago. ¿Cómo se llama?
—Vamos, Salvo, ¿a ti qué te importa?
—Dime cómo se llama.
—Beppe... Beppe De Vito.
—¿Y a qué se dedica para poder comprarse el Rolex, el Porsche y
todo lo demás?
—Se dedica al comercio de las pieles.
—¿Te has acostado con él?
—Sí, me parece que el año pasado. Y ahora me estaba proponiendo
repetido. Pero no guardo un recuerdo agradable de aquel encuentro.
—¿Un degenerado?
Ingrid lo miró por un instante y después estalló en una
carcajada que sobresaltó al barman.
—¿De qué te ríes?
—De la cara que has puesto de honrado policía escandalizado.
Pues no, Salvo, todo lo contrario. Carece totalmente de fantasía. El recuerdo
que conservo de él es el de una inutilidad asfixiante.
Montalbano le hizo señas al hombre de la coleta de que se
acercara a su mesa. Mientras el hombre se acercaba sonriendo, Ingrid miró al
comisario con expresión preocupada.
—Buenas tardes. Yo lo conozco, ¿sabe? Usted es el comisario
Montalbano.
—Siento, por desgracia para usted, que tenga que conocerme
mejor.
El otro lo miró, perplejo, el whisky tembló en el vaso y los
cubitos de hielo tintinearon.
—¿Por qué ha dicho "por desgracia"?
—¿ Usted se llama Giuseppe De Vito y se dedica al comercio de
las pieles?
—Sí... pero no comprendo.
—Lo comprenderá a su debido tiempo. Cualquier día de éstos, la
Jefatura Superior de Montelusa lo mandará llamar. Yo también estaré presente.
Entonces tendremos ocasión de charlar un buen rato.
El hombre de la coleta, con el rostro súbitamente amarillo, posó
el vaso en la mesa, pues no conseguía que se le estuviera quieto en la mano.
—¿Sería usted tan amable de adelantarme... de explicarme...?
Montalbano puso la cara propia de alguien que se siente
arrastrado por un irreprimible impulso de generosidad.
—Mire, sólo porque es usted amigo de la señora aquí presente.
Usted conoce a un alemán, un tal Kurt Suckert, ¿verdad?
—Se lo juro, jamás he oído hablar de él—contestó el hombre,
mientras sacaba del bolsillo un pañuelo de color canario para enjugarse el
sudor de la frente.
—Si me da usted esta respuesta, no tengo nada más que añadir
—dijo con frialdad el comisario. Lo estudió con detenimiento y le hizo señas de
que se acercara un poco más. —Le voy a dar un consejo: no se pase de listo.
Buenas tardes.
—Buenas tardes —contestó mecánicamente De Vito y, sin dirigirle
una sola mirada a Ingrid, se retiró a toda prisa.
—Eres un provocador —dijo Ingrid, sin perder la calma— y también
un sinvergüenza.
—Sí, es verdad. De vez en cuando me ocurre y me da por ahí.
—¿Este tal Suckert existe de verdad?
—Ha existido. Pero se hacía llamar Malaparte. Era escritor.
Oyeron el rugido del Porsche al salir derrapando.
—¿Ahora ya te has desahogado? —preguntó Ingrid.
—Bastante.
—En cuanto te vi entrar, me di cuenta de que estabas de
malhumor. ¿Qué te ha pasado? ¿Me lo puedes decir?
—Podría, pero no merece la pena. Engorros del trabajo.
Montalbano le había sugerido a Ingrid dejar el automóvil en el
estacionamiento del bar y volver más tarde para recogerlo. Ingrid no le había
preguntado ni adónde iban ni qué iban a hacer. En determinado momento,
Montalbano le preguntó:
—¿Qué tal te va con tu suegro?
La voz de Ingrid se animó.
—¡Muy bien! Hubiera tenido que decírtelo antes, perdona. Con mi
suegro va todo muy bien. Desde hace dos meses me deja en paz y ya no me busca.
—¿Qué ha sucedido?
—No lo sé, él no me ha dicho nada. La última vez ocurrió al
regreso de Fela; habíamos asistido a una boda, mi marido no pudo ir y mi suegra
no se encontraba bien. En resumen, estábamos nosotros dos solos. En determinado
momento, él enfiló una carretera secundaria, recorrió unos kilómetros, se
detuvo entre los árboles, me obligó a bajar, me desnudó y me cogió con su
habitual violencia. Al día siguiente, me fui a Palermo con mi marido y, cuando
regresé, al cabo de una semana, mi suegro estaba como envejecido y temblaba. A
partir de entonces, casi me rehúye. Ahora puedo tropezarme con él cara a cara
en un pasillo de mi casa sin temer que me empuje contra la pared y me ponga una
mano en las tetas y otra entre las piernas.
—Mejor así, ¿no?
Montalbano conocía mejor que Ingrid misma la historia que ella
acababa de contarle. El comisario se había enterado del asunto entre Ingrid y
su suegro desde que ocurrió el primer encuentro entre ambos. Una noche mientras
charlaba con él, Ingrid había estallado en sollozos convulsos, pues ya no podía
resistir por más tiempo la situación con el padre de su marido; ella, que era
una mujer absolutamente libre, se sentía sucia y humillada a causa de aquel
casi incesto forzoso y estaba acariciando la idea de abandonar a su marido y
regresar a Suecia, donde hubiera podido ganarse el pan sin dificultad, pues era
una mecánica de primera.
Fue entonces cuando Montalbano tomó la decisión de ayudarla y
librarla de aquel problema. Al día siguiente invitó a almorzar a la inspectora
de policía Anna Ferrara, que lo amaba y estaba convencida de que Ingrid era su
amante.
—Estoy desesperado —le dijo, poniendo cara de gran actor de
tragedias.
—Dios mío, ¿qué ocurre? —preguntó Anna, apretando su mano entre
las suyas.
—Pues ocurre que Ingrid me traiciona.
Montalbano inclinó el rostro sobre el pecho y consiguió
milagrosamente que se le humedecieran los ojos.
Anna reprimió una exclamación de triunfo. ¡No se había
equivocado! Mientras, el comisario se cubrió el rostro con las manos y ella se
emocionó ante esa manifestación de desesperación.
—Mira, nunca te lo quise decir para no hacerte sufrir, pero hice
ciertas investigaciones sobre Ingrid y tú no eres el único hombre.
—¡Eso yo ya lo sabía! —contestó el comisario sin apartar las
manos del rostro.
—¿Pues entonces?
—¡Esta vez es distinto! ¡No es una aventura como las demás, que
yo puedo incluso perdonar! ¡Se ha enamorado y es correspondida!
—¿Sabes de quién se ha enamorado?
—Sí, de su suegro.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Anna con sobresalto—. ¿Te lo ha dicho
ella?
—No. Yo lo he comprendido. Ella lo niega. Lo niega todo. Pero yo
necesito una prueba segura para restregársela contra la cara, ¿comprendes?
Anna se ofreció a proporcionarle la prueba. Y tanto se afanó en
obtenerla que, con una cámara fotográfica, consiguió captar las imágenes de la
escena agreste del bosque. Le pidió a una amiga suya de confianza, de la
Policía Científica, que ampliara las fotos y se las entregó al comisario. El
suegro de Ingrid, además del hecho de ser jefe de un servicio del hospital de
Montelusa, era un político muy importante. Montalbano le envió una primera y
elocuente documentación a la sede provincial del Partido, al hospital y a su
casa. Detrás de cada una de las tres fotografías, se limitó a escribir:
"Te tenemos agarrado por las pelotas". La foto le pegó un susto de
muerte y, en un instante, el hombre vio peligrar su carrera y su familia. Por
si las necesitara, el comisario conservaba en su poder otras veinte
fotografías. No le dijo nada a Ingrid, pues temía que ésta se pusiera hecha una
furia ante aquella invasión de su intimidad sueca.
Montalbano pisó el acelerador. Estaba contento, pues ahora ya
sabía que las intrigas complicadas que había puesto en práctica habían
alcanzado el fin deseado.
* * *
—Entra tú con el coche —dijo Montalbano, y bajó para levantar el
portón metálico del garaje de la policía.
Cuando el vehículo estuvo adentro, encendió las luces y bajó
nuevamente el portón.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Ingrid.
—¿ Ves la chatarra de ese Cinquecento? Quiero saber si los
frenos han sido manipulados.
—No sé si consiguiré averiguarlo.
—Inténtalo.
—Adiós mi blusa...
—No, espera.
Montalbano tomó una bolsa de plástico que había en el asiento
posterior de su automóvil y sacó de ella una camisa y unos pantalones vaqueros
suyos.
—Ponte esto.
Mientras Ingrid se cambiaba, él fue en busca de una lámpara
portátil del taller de reparación de automóviles; la encontró en el banco de
trabajo y la enchufó. Sin decir nada, Ingrid tomó la lámpara, una llave inglesa
y un destornillador y se arrastró debajo del chasis retorcido del Cinquecento.
Le bastaron unos diez minutos. Salió de allí sucia de polvo y grasa.
—He tenido suerte. Alguien cortó parcialmente la cinta de freno,
estoy segura.
—¿Qué significa parcialmente?
—Significa que no la cortaron del todo sino que dejaron justo lo
suficiente para que el coche no tuviera problemas de inmediato. Sin embargo, a
la primera tracción fuerte, la cinta se hubiera partido, con toda seguridad.
—¿Estás segura de que no se pudo romper sola? Era un coche
viejo.
—El corte es demasiado neto. Estaba apenas deshilachada.
—Ahora escúchame bien —dijo Montalbano—. El hombre que iba al
volante salió de Vigàta con destino a Montelusa, permaneció algún tiempo allí y
regresó a Vigàta. El accidente se produjo en la bajada rápida que hay para
entrar en el pueblo, la bajada de la Catena. Chocó contra un camión y allí se
quedó. ¿Está claro?
—Está claro.
—Entonces yo te pregunto: ¿esta faenita, a tu juicio, se la
hicieron en Vigàta o en Montelusa?
—En Montelusa —contestó Ingrid—. Si se la hubieran hecho en
Vigàta, seguramente se hubiera quedado sin frenos mucho antes. ¿Quieres saber
algo más?
—No. Gracias.
Ingrid no se cambió y ni siquiera se lavó las manos.
—Lo haré en tu casa.
En el estacionamiento del bar Ingrid bajó del auto, subió al
suyo y siguió al del comisario. Aún no eran las doce y la noche era templada.
—¿Quieres ducharte?
—No, prefiero bañarme en el mar. Tal vez, después.
Se quitó las prendas sucias de Montalbano y la bombacha, y el
comisario tuvo que hacer un esfuerzo para ponerse de golpe en la piel sufrida
del rector espiritual.
—Anda, quítate la ropa y ven tú también.
—No. Me gusta mirarte desde la galería.
La Luna llena derramaba demasiada luz. Montalbano contempló
desde la silla de playa la silueta de Ingrid, que alcanzaba la orilla del mar,
penetraba en el agua fría y daba comienzo a una especie de danza de saltitos
con los brazos extendidos. La vio zambullirse, siguió brevemente con la mirada
el puntito negro de su cabeza y, de repente, se quedó dormido.
Se despertó con las primeras luces del alba. Se levantó con un
poco de frío, se preparó café y se bebió tres tazas seguidas. Antes de irse,
Ingrid había limpiado la casa y no quedaba la menor huella de su paso por allí.
Ingrid valía su peso en oro: había hecho lo que él le había pedido y no había
exigido ninguna explicación. Desde el punto de vista de la curiosidad, no era
demasiado mujer, desde luego. Pero sólo desde ese punto de vista. Sintió algo
de apetito y volvió a abrir el refrigerador: las berenjenas a la parmesana que
no se había comido al mediodía ya no estaban; se las había comido Ingrid. Tuvo
que conformarse con un trozo de pan y un quesito, mejor eso que nada. Se duchó
y se puso las mismas prendas que le había prestado a Ingrid y que todavía conservaban
vestigios del perfume de su cuerpo.
Como de costumbre, llegó a la comisaría con diez minutos de
retraso: sus hombres ya estaban preparados con un vehículo de servicio y un
jeep prestado por la empresa Vinti, lleno de palas, azadas, picos y azadones, y
parecían braceros que fueran a ganarse el jornal trabajando en el campo.
La montaña del Crasto, a la que jamás se le habría ocurrido
considerarse montaña, era una colina más bien pelada que se levantaba al oeste
de Vigàta y distaba del mar menos de quinientos metros. Había sido
cuidadosamente agujereada por una galería, cerrada ahora con unos tablones de
madera, perteneciente a una carretera que desde la nada tenía que conducir a la
nada, muy útil para la creación de tangentes no exactamente geométricas. De
hecho, se llamaba "la tangencial". Decía la leyenda que en las
entrañas de la montaña se ocultaba un crasto, es decir, un carnero castrado de
oro macizo; los que habían excavado la galería no lo habían encontrado; en
cambio, sí lo habían encontrado los que habían convocado al concurso para la
adjudicación de la obra. Pegada a la montaña, por la parte que no miraba al
mar, había una especie de fortín rocoso llamado u crasticeddru, el corderito
castrado: allí no habían llegado las excavadoras y los camiones, y el paraje
poseía una belleza salvaje muy especial. Justamente hacia el crasticeddru se
dirigieron los dos vehículos tras haber recorrido carreteras inaccesibles, para
no llamar la atención. Resultaba muy difícil seguir adelante sin un sendero,
pero el comisario quiso que los dos vehículos llegaran justo a la base del
espolón de roca. Montalbano les ordenó a todos que bajaran.
El aire era fresco y la mañana despejada.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Fazio.
—Observen todos u crasticeddru. Con mucha atención. Deben
rodearlo. Fíjense bien. En algún lugar tiene que hallarse la entrada de una
cueva. La habrán ocultado o disimulado con piedras o ramas. Mucho ojo. Tienen
que descubrirla. Les aseguro que existe.
Los hombres se dispersaron.
Dos horas después volvieron a reunirse, desanimados, junto a los
vehículos. El sol pegaba muy fuerte y ellos sudaban profusamente, pero el
previsor Fazio había llevado termos de café y té.
—Probemos otra vez —dijo Montalbano—. Pero no miren tan sólo
hacia la roca; miren también por el suelo, puede que haya algo que no encaje.
Reanudaron la búsqueda y, al cabo de media hora, Montalbano oyó
la voz lejana de Galluzzo.
—¡Comisario! ¡Comisario! ¡Venga!
El comisario se reunió con el agente al que le había asignado el
lado del espolón más próximo a la carretera provincial de Fela.
—Mire.
Habían intentado borrarlas, pero en determinado punto se veían
en la tierra, con toda claridad, las huellas de un camión de gran tamaño.
—Se dirigen hacia allí —dijo Galluzzo, señalando la roca. De
pronto, el agente se detuvo, boquiabierto.
—¡Santo Dios! —exclamó Montalbano.
¿Cómo era posible que no se hubieran dado cuenta antes? Había
una roca gigantesca situada en una posición muy rara, por detrás de la cual
asomaban hierbas resecas. Mientras Galluzzo llamaba a sus compañeros, el
comisario corrió hacia la roca, agarró una mata de espadilla y tiró con fuerza.
Estuvo a punto de caer hacia atrás: el matojo carecía de raíces; había sido
introducido allí junto con unos manojos de sorgo para disimular la entrada de
la cueva.
Nueve
La roca era una enorme laja de piedra de forma casi rectangular
que parecía formar un solo cuerpo con el peñasco que la rodeaba, y descansaba
sobre una especie de peldaño también de roca. Montalbano calculó a ojo que
debía de medir dos metros de alto por uno y medio de ancho. A media altura, del
lado derecho, a unos diez centímetros del borde, había un agujero de apariencia
completamente natural.
—Si hubiera sido una auténtica puerta de madera —dijo el
comisario—, ese agujero hubiera estado justo a la altura del tirador.
Sacó del bolsillo de su chaqueta un bolígrafo y lo introdujo en
el agujero. El bolígrafo entró hasta el fondo, pero cuando Montalbano estaba a
punto de volver a guardarlo, advirtió que le había ensuciado la mano. Se miró
la palma y la olfateó.
—Esto es grasa —le dijo a Fazio, el único que había permanecido
a su lado.
Los demás agentes estaban sentados a la sombra: Gallo había
encontrado un matojo de acedera y la estaba ofreciendo a sus compañeros:
—Chúpenle el tallo, es una maravilla y quita la sed.
Montalbano pensó que sólo cabía una solución.
—¿Tenemos un cable de acero?
—Claro, el del jeep.
—Pues acércalo todo lo que puedas.
Mientras Fazio se retiraba, el comisario, que ahora ya estaba
seguro de haber encontrado el medio para desplazar la laja, contempló con otros
ojos el paisaje que lo rodeaba. Si aquél era el lugar que le había revelado
Tano el Griego en su lecho de muerte, en algún sitio tenía que haber un puesto
de vigilancia. El paraje parecía desierto y solitario; nada permitía adivinar
que, al doblar la cresta, pasaba a pocos metros de allí la carretera provincial
con todo su tránsito. No lejos del lugar, en una elevación de terreno pedregoso
y ardiente, había una cabaña minúscula, un cubo de una sola habitación.
Montalbano pidió los prismáticos. La puerta de madera, cerrada, parecía en buen
estado; al lado de la puerta y a la altura de un hombre había una ventana pequeña
sin postigos protegida por dos barrotes de hierro en forma de cruz. La cabaña
parecía deshabitada, pero era el único posible puesto de vigilancia de los
alrededores, pues las demás casas estaban demasiado lejos. Por las dudas,
Montalbano llamó a Galluzzo.
—Ve a echar un vistazo a aquella cabaña, intenta abrir la
puerta, pero, cuidado, no la eches abajo, pues nos podría ser útil. Observa si
adentro se ven señales de ocupación reciente, si alguien ha vivido allí en
estos días. Pero deja todo tal como está, como si no hubieras entrado.
El jeep ya había llegado casi al nivel de la base de la piedra.
El comisario pidió que le entregaran el extremo del cable de acero, lo
introdujo sin dificultad en el agujero y lo fue empujando hacia dentro. No tuvo
que hacer ningún esfuerzo, el cable se deslizaba por el interior de la laja
como si siguiera una guía muy bien engrasada, sin tropezar con ningún obstáculo
y, poco después, el extremo del cable asomó por detrás de la laja como la
cabeza de una culebra.
—Toma este extremo —le dijo Montalbano a Fazio—, átalo al jeep,
ponlo en marcha y tira, pero muy despacito.
El vehículo se puso en marcha lentamente y la piedra empezó a
separarse de la pared rocosa por el lado derecho, como si girara sobre unos
goznes invisibles.
—Ábrete, sésamo, y ciérrate, sésamo —murmuró estupefacto
Germanà, recordando la fórmula del cuento infantil para abrir y cerrar las
puertas por arte de magia.
—Le aseguro, señor jefe, que aquella laja de piedra había sido
transformada en puerta por obra de un profesional muy hábil; piense que los
goznes de hierro resultaban totalmente invisibles por fuera. Volver a cerrar la
puerta fue tan fácil como abrirla. Entramos con linternas. En su interior, la
cueva estaba equipada con gran cuidado e inteligencia. El suelo estaba formado
por una docena de lo que aquí se llaman farlacche, clavadas entre sí y
colocadas sobre la tierra.
—¿Qué son las farlacche? —preguntó el jefe.
—Ahora no me sale la palabra... Digamos que son unas tablas de
madera muy gruesas. El pavimento fue colocado para evitar que los contenedores
de las armas estuvieran demasiado tiempo en contacto directo con la humedad de
la tierra. Las paredes están recubiertas de tablas de madera mucho más ligeras.
En resumen, el interior de la cueva es como una enorme caja de madera sin tapa.
Debieron de trabajar mucho tiempo allí.
—¿Y las armas?
—Es un auténtico arsenal. Unas treinta, entre ametralladoras y
metralletas, un centenar entre pistolas y revólveres, dos lanzagranadas, miles
de municiones y cajas de explosivos de todo tipo, desde trinitrotolueno a
semtex. Además, una buena cantidad de uniformes del Cuerpo de Carabineros y de
la policía, chalecos antibalas y un sinfín de cosas más. Todo en perfecto orden
y cada cosa envuelta en celofán.
—Les hemos asestado un buen golpe, ¿eh?
—Desde luego. Tano se ha vengado bien, justo lo suficiente para
no pasar por traidor o arrepentido. Quiero comunicarle que no he decomisado las
armas; las he dejado en la cueva y he organizado dos turnos diarios de guardia
con mis hombres. Ellos se encuentran en una cabaña deshabitada situada a unos
centenares de metros del depósito.
—¿Espera que acuda alguien a aprovisionarse?
—Lo estoy deseando.
—Muy bien, estoy de acuerdo con usted. Esperemos una semana,
tengámoslo todo bien controlado y, si no ocurre nada, procedamos al decomiso.
"Ah, por cierto, Montalbano, ¿se acuerda de mi invitación a
cenar para pasado mañana?
—¿Cómo iba a olvidarme?
—Lo lamento, pero tendremos que aplazada unos días... Mi mujer
tiene gripe.
No fue necesario esperar una semana. Al tercer día del
descubrimiento de las armas, al finalizar su turno de guardia —entre la
medianoche y el mediodía—, Catarella, muerto de sueño, se presentó para
informar al comisario (Montalbano exigía que todos los hombres así lo hicieran
al finalizar su turno).
—¿Alguna novedad?
—Ninguna, dottori. Todo en paz y tranquilidad.
—Muy bien, mejor dicho, muy mal. Vete a dormir.
—Ah, ahora que recuerdo, hubo una cosa, pero una cosa de nada,
se la digo más por si las moscas que por deber, una cosa sin importancia.
—¿Qué es esta cosa de nada?
—Que pasó un turista.
—Explícate mejor, Catarè.
—Como usted quiera. Justo en aquel momento oí el rugido de una
motocicleta potente. Tomé los prismáticos que llevaba colgados en bandolera, me
asomé con cuidado y mi suposición se vio confirmada. Era una motocicleta de
color rojo.
—El color no importa. ¿Qué más?
—De la moto bajó un turista de sexo masculino.
—¿Por qué pensaste que era un turista?
—Por la cámara fotográfica que llevaba colgada del cuello, una
cámara muy grande, tan grande que parecía un cañón.
—Debía de ser un teleobjetivo.
—Eso, sí señor. Y se puso a fotografiar.
—¿Que fotografió?
—Lo fotografió todo, dottori mío. El paisaje, el crasticeddru,
el mismo lugar en cuyo interior yo me encontraba.
—¿Se acercó al crasticeddru?
—No, señor. En el momento de volver a montar en la moto para
irse, me saludó con la mano.
—¿Te vio?
—No. Me quedé todo el rato adentro. Pero, tal como le dije, en
cuanto puso en marcha la moto, el hombre saludó con la mano hacia la cabaña.
—¿Señor jefe? Hay una novedad no muy agradable. En mi opinión,
se han enterado no sé cómo de nuestro hallazgo y han enviado a alguien para
confirmado.
—¿Y cómo lo sabe?
—Esta mañana, el agente que estaba de guardia en la cabaña vio
llegar en una motocicleta a un hombre que empezó a fotografiar todo con un
teleobjetivo potente. Estoy seguro de que, alrededor de la piedra que
disimulaba la entrada de la cueva, debían de haber colocado algo especial, ¿qué
sé yo?, una ramita orientada de una manera determinada, una piedra puesta a una
cierta distancia... Era inevitable que no volviéramos a colocado todo tal como
estaba antes.
—Perdone, ¿usted había dado instrucciones especiales al agente
de guardia?
—Por supuesto que sí. De conformidad con mis órdenes, el agente
de guardia hubiera tenido que obligar al motociclista a detenerse,
identificarlo, retirarle la cámara fotográfica, conducido a la comisaría...
—¿Y por qué no lo hizo?
—Por una razón muy sencilla: era el agente Catarella, al que tan
bien conocemos usted y yo.
—Ah... —fue el escueto comentario del jefe.
—¿Qué hacemos entonces?
—Procederemos hoy mismo al decomiso de las armas. Desde Palermo
me han ordenado dar el máximo relieve a los hechos.
Montalbano notó que las axilas le empezaban a sudar.
—¿Otra rueda de prensa?
—Me temo que sí. Lo lamento...
* * *
En el instante mismo de ponerse en camino con dos automóviles y
una camioneta hacia el crasticeddru, Montalbano se dio cuenta de que Galluzzo
lo estaba mirando con ojos lastimeros de perro apaleado. Lo llamó y se apartó
con él.
—¿Qué te ocurre?
—¿Me da permiso para avisar del asunto a mi cuñado, el
periodista?
—No —contestó impulsivamente Montalbano, pero de inmediato lo
pensó mejor. Se le acababa de ocurrir una idea, de la cual se felicitó.
—Mira, para hacerte un favor personal, dile que venga, llámalo
por teléfono.
La idea que se le había ocurrido era la siguiente: si el cuñado
de Galluzzo hubiera estado presente y dado una publicidad amplia al hallazgo,
puede que la necesidad de la rueda de prensa se hubiese ido al carajo.
Montalbano no sólo dio vía libre al cuñado de Galluzzo y a su
camarógrafo de Televigata sino que incluso los ayudó a realizar la primicia
informativa, actuando como director improvisado, haciendo montar un
lanzagranadas que Fazio empuñó en posición de disparo, e iluminando
profusamente el interior de la cueva para que se pudieran fotografiar o grabar
todos los cargadores y todos los cartuchos.
Al cabo de dos horas de trabajo duro, consiguieron vaciar la
cueva. El periodista y su camarógrafo regresaron a toda prisa a Montelusa para
preparar el reportaje, y Montalbano llamó a su superior por su teléfono
celular.
—Ya está todo cargado.
—Muy bien. Mándemelo aquí, a Montelusa. Ah, por cierto... Deje a
un hombre de guardia. Dentro de poco ira para allá Jacomuzzi con la Brigada
Científica. Mi enhorabuena.
Jacomuzzi se encargó de enterrar de modo definitivo la idea de
la rueda de prensa. De manera totalmente involuntaria, por supuesto, pues en
las ruedas de prensa y las entrevistas Jacomuzzi se encontraba como pez en el
agua. El jefe de la Brigada Científica, antes de acudir a la cueva para
efectuar las tomas de muestras y exámenes adecuados, se había encargado de
avisar a una docena de periodistas, tanto de la prensa escrita como de la
televisión. Si el reportaje preparado por el cuñado de Galluzzo saltó a los
telediarios regionales, el barullo y la conmoción que provocaron los reportajes
dedicados a Jacomuzzi y a sus hombres alcanzaron resonancia nacional. Tal como
Montalbano había previsto, el jefe decidió anular la rueda de prensa, pues todo
el mundo ya se había enterado de todo, y se limitó a divulgar un comunicado
pormenorizado.
En su casa, en calzoncillos, con una botella grande de cerveza
en la mano, Montalbano disfrutó viendo en la televisión el rostro de Jacomuzzi,
siempre en primer plano, explicando de qué forma sus hombres estaban
desmontando pieza por pieza la construcción de madera del interior de la cueva
en busca del más mínimo indicio, la más mínima sombra de huella dactilar o el
vestigio de una huella. Cuando desnudaron la cueva y ésta recuperó su aspecto
inicial, el camarógrafo de Retelibera captó una panorámica lenta y prolongada
de su interior. Y precisamente en el transcurso de esa panorámica, el comisario
reparó en una cosa que no encajaba; fue una simple impresión, nada más. Pero
más valía comprobado. Llamó a Retelibera y preguntó si estaba Nicolò Zito, su
amigo, el periodista comunista.
—No hay problema, ordeno que te lo graben.
—Pero es que yo no tengo el trasto ese... ¿cómo carajo se llama?
—Pues entonces ven a verlo aquí.
—¿Estaría bien mañana a las once?
—Muy bien. Yo no vaya estar, pero lo dejaré dicho.
A las nueve de la mañana del día siguiente, Montalbano se
dirigió a Montelusa, a la sede del Partido en el que militaba el cavaliere
Misuraca. La placa situada al lado del portal indicaba que había que subir al
quinto piso. Pero la placa traicionera no informaba que había que subir a pie,
pues el condenado edificio carecía de ascensor. Tras haber subido por lo menos
diez tramos casi sin resuello, Montalbano llamó varias veces a una puerta que
permaneció obstinadamente cerrada. Volvió a bajar y cruzó el portal. Justo al
lado había una frutería y verdulería; un anciano estaba atendiendo a un
cliente. El comisario aguardó a que el verdulero estuviera solo.
—¿Usted conocía al cavaliere Misuraca?
—¿A usted qué carajo le importa las personas que conozco o no
conozco?
—Me importa. Soy de la policía.
—Muy bien, pues. Yo soy Lenin.
—¿Está bromeando?
—De ninguna manera. Me llamo Lenin de verdad. El nombre me lo
puso mi padre y yo me enorgullezco de él. ¿O es que usted pertenece a la misma
categoría de los del portal de al lado?
—No. Y además, yo sólo vine para cumplir un servicio. Repito:
¿conocía usted al cavaliere Misuraca?
—Pues claro que lo conocía. Se pasaba la vida entrando y
saliendo de aquel portal e hinchándome las bolas con su Cinquecento de mierda.
—¿Qué molestias le causaba el coche?
—¿Qué molestias...? Lo estacionaba siempre delante de mi local,
lo hizo incluso el mismo día en que más tarde se estrelló contra el camión.
—¿Lo estacionó justo aquí delante?
—Pero ¿es que hablo en chino? Justo aquí mismo. Le pedí que lo
moviera de sitio, pero él se puso hecho una furia, empezó a gritar y dijo que
no tenía tiempo que perder conmigo. Entonces yo me enojé en serio y le contesté
con muy malos modos. En resumen, poco faltó para que llegáramos a las manos.
Por suerte, pasó un muchacho y le dijo al cavaliere, que en paz descanse, que
él cambiaría el Cinquecento de lugar y le pidió las llaves.
—¿Sabe dónde lo estacionó?
—No, señor.
—¿Podría reconocer al muchacho? ¿Lo había visto alguna otra vez?
—De vez en cuando lo veía entrar en el portal de al lado.
Debía de ser uno de su mismo grupo.
—El secretario político se llama Biraghin, ¿verdad?
—Creo que sí. Trabaja en el Instituto de las Casas Populares. Es
uno de la parte de Venecia, a esta hora está en el despacho. Aquí abren a las
seis de la tarde, ahora es muy temprano.
—¿Dottor Biraghin? Soy el comisario Montalbano, de Vigàta...
Perdone que lo moleste en su despacho.
—Faltaría más, dígame usted.
—Necesito la ayuda de su memoria. La última reunión del Partido
en la que participó el pobre cavaliere Misuraca, ¿qué clase de reunión fue?
—No entiendo la pregunta.
—Perdone, no se enoje, es sólo una investigación de rutina, para
aclarar las circunstancias de la muerte del cavaliere.
—¿Por qué? ¿Acaso hay algo que no está claro?
Menudo pelmazo era el dottor Ferdinando Biraghin.
—Todo está clarísimo, no se preocupe.
—¿Pues entonces?
—Yo tengo que cerrar el expediente, ¿comprende? No puedo dejar
un procedimiento sin terminar.
Al escuchar las palabras "expediente" y
"procedimiento", la actitud de Biraghin —burócrata del Instituto de
las Casas Populares— cambió de golpe.
—Ya, son cosas que comprendo muy bien. Se trataba de una reunión
del Directorio del Partido, en la cual el cavaliere no tenía ningún derecho a
participar, pero hicimos la vista gorda.
—¿O sea que fue una reunión limitada?
—Unas diez personas.
—¿Acudió alguien a buscar al cavaliere?
—Nadie, teníamos la puerta cerrada con llave. Me acordaría. Lo
llamaron por teléfono, eso sí.
—Perdone, supongo que usted ignora el tenor de aquella llamada.
—¡No sólo no ignoro el tenor sino que hasta conozco al barítono,
el bajo y la soprano! —y soltó una carcajada. (¡Pero qué gracioso era
Ferdinando Bimghin!) —Usted ya sabe cómo hablaba el cavaliere, corno si todos
los demás fueran sordos. Era difícil no oírlo cuando hablaba. Imagínese que una
vez...
—Perdóneme, dottor Biraghin, dispongo de muy poco tiempo.
¿Consiguió usted entender el...? —Montalbano hizo una pausa y descartó la
palabra "tenor" para no volver a tropezar con el humorismo negro de
Biraghin. —¿… la esencia de la llamada?
—Pues claro. Era alguien que le había hecho el favor de
cambiarle el auto de sitio al cavaliere. Y el cavaliere, en lugar de darle las
gracias, se enojó con él por haberle estacionado el coche demasiado lejos.
—¿Consiguió usted entender quién llamaba?
—No. ¿Por qué?
—Porque dos y dos no son tres —contestó Montalbano, y cortó.
De modo que el muchacho, tras haber efectuado la faenita mortal
en el interior de algún garaje cómplice, se había permitido incluso el capricho
de hacerle dar un paseo al cavaliere.
A una empleada amable de Retelibera, Montalbano le explicó que
él era una nulidad total en todo lo relacionado con la electrónica. Podía
encender el televisor, eso sí, buscar los programas y apagar el aparato. De lo
demás no sabía ni pizca. Con gran paciencia y amabilidad, la muchacha puso la
cinta y retrocedió e inmovilizó las imágenes todas las veces que Montalbano se
lo pidió. Al salir de Retelibera, el comisario tuvo el convencimiento de haber
visto lo que le interesaba. Pero lo que le interesaba no tenía aparentemente el
menor sentido.
Diez
Se detuvo indeciso delante de la entrada de la trattoria San
Calogero: ya era la hora de comer, desde luego, y experimentaba el deseo de
hacerlo, pero, por otra parte, la idea que se le había ocurrido mientras miraba
la grabación y que necesariamente tenía que comprobar, lo impulsaba a dirigirse
al crasticeddru. El aroma de salmonetes fritos procedente del interior del
local ganó finalmente la partida. Se comió unos entremeses especiales de
mariscos y después se hizo servir un par de lubinas tan frescas, que parecía
que todavía estuvieran nadando en el agua.
—El señor está comiendo sin interés.
—Es verdad, pero el caso es que tengo un pensamiento metido en
la cabeza.
—Los pensamientos hay que olvidarlos cuando uno se encuentra
delante de la gracia que le está haciendo el Señor con estas lubinas —dijo
solemnemente Calogero, y se retiró.
Pasó por el despacho para ver si había alguna novedad.
—Ha llamado varias veces el dottor Jacomuzzi —le dijo Germanà.
—Si vuelve a llamar, dile que más tarde me pondré en contacto
con él. ¿Tenemos una linterna potente?
Cuando, desde la carretera provincial, llegó a las inmediaciones
del crasticeddru, Montalbano dejó el vehículo y decidió seguir adelante a pie;
el día era bueno y soplaba una ligera brisa que refrescaba y elevaba su ánimo.
El territorio que rodeaba la cresta estaba ahora marcado por las huellas de los
automóviles que habían pasado por allí, la laja que servía de puerta se había
desplazado a unos metros de distancia y la entrada de la cueva estaba al
descubierto. En el momento de entrar, se detuvo y aguzó el oído. Desde el
interior llegaban unos murmullos apagados, interrumpidos de vez en cuando por
gemidos suaves. Lo asaltó una sospecha: ¿allí dentro estarían torturando a
alguien? No tenía tiempo de regresar al vehículo y tomar la pistola. Entró de
un salto, encendiendo al mismo tiempo la linterna potente.
—¡Alto ahí! ¡Policía!
Los dos que estaban en la cueva se quedaron petrificados de
espanto, pero el que más petrificado se quedó fue el propio Montalbano. Eran
dos jovencitos desnudos que estaban haciendo el amor: ella con las manos
apoyadas en la pared y los brazos extendidos y él pegado a ella por detrás.
Bajo la luz de la linterna parecían dos estatuas bellísimas. El comisario se
notó las mejillas ardientes de vergüenza y musitó torpemente mientras iniciaba
la retirada tras haber apagado la linterna:
—Perdón... me equivoqué... no se preocupen...
Salieron menos de un minuto después; no se tarda nada en ponerse
los vaqueros y una remera. Montalbano lamentaba de veras haberlos interrumpido,
pues aquellos jóvenes estaban volviendo a consagrar a su manera la cueva, ahora
que ésta había dejado de ser un depósito de muerte. El muchacho pasó por
delante de él con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos; en cambio, ella
lo miró un instante con una sonrisa leve en los labios y una luz pícara en la
mirada.
Al comisario le bastó un simple examen superficial para
confirmar que lo que ya había observado en la grabación correspondía a lo que
estaba viendo en la realidad: mientras que las paredes laterales de la cueva
eran relativamente lisas y compactas, la parte inferior de la pared del fondo,
es decir, la del lado opuesto a la entrada, presentaba asperezas, salientes y
concavidades como si hubiera sido toscamente esculpida. Sin embargo, no se
trataba de la labor de un cincel sino de unas piedras colocadas la una al lado
de la otra y que más tarde el tiempo se había encargado de soldar, fijar y
mimetizar con polvo, tierra y surcos de agua y salitre hasta transformar el
muro tosco en una pared casi natural. Siguió estudiando con atención la pared,
la exploró centímetro a centímetro y, al final, no le cupo ninguna duda: en el
fondo de la cueva tenía que haber otra abertura de por lo menos un metro
cuadrado, que había sido tapada, pero no en los últimos años.
—¿Jacomuzzi? Montalbano... Necesito sin falta que tú...
—Pero ¿se puede saber dónde te has ido a rascar las bolas? ¡Me
he pasado toda la mañana buscándote!
—Pues bueno, ya estoy aquí.
—He encontrado un trozo de cartón de hacer paquetes o, mejor
dicho, de embalaje para envíos.
—Confidencia por confidencia: yo una vez encontré un botón de
color rojo.
—¡Pero qué terrible eres! Me callo.
—Vamos, no te ofendas.
—En este trozo de cartón hay unas letras. Lo encontré debajo del
piso de la cueva. Debió de introducirse en un intersticio entre las tablas.
—¿Qué es esa palabra que has dicho?
—¿Piso?
—No, la otra.
—¿Intersticio?
—Ésa. ¡Dios mío, qué culto eres y qué bien hablas! ¿Y no han
encontrado nada más debajo de esa cosa que nombraste?
—Sí, clavos oxidados, también un botón precisamente, pero de
color negro, un trozo de lápiz y pedazos de papel, pero la humedad los había
convertido en papilla. El trozo de cartón aún está en buenas condiciones porque
es evidente que se encontraba allí desde hacía pocos días.
—Mándamelo. Oye, ¿tienen un sonar y a alguien que lo sepa
utilizar?
—Sí, lo hemos utilizado en Misilmesi hace una semana para buscar
a tres muertos que finalmente conseguimos localizar.
—¿Me lo puedes enviar aquí a Vigàta hacia las cinco?
—Pero ¿estás loco? ¡Son las cuatro y media! Digamos dentro de
dos horas. Aprovecharé para ir yo también y llevarte el cartón. Pero ¿para qué
lo quieres?
—Para medirte el culito.
—Allí está el director Burgio. Dice que si lo puede recibir,
tiene que decirle algo, cuestión de cinco minutos.
—Hazlo pasar.
El director Burgio estaba jubilado desde hacía diez años, pero
en el pueblo todo el mundo le seguía dando aquel título porque, durante más de
treinta años, había sido director de la Escuela de Capacitación Comercial de
Vigàta. Con Montalbano mantenía una buena amistad; el director era un hombre de
cultura vasta y profunda, con un enorme interés por la vida a pesar de la edad;
algunas veces el comisario había compartido con él sus paseos relajantes por el
muelle. Le salió al encuentro.
—¡Cuánto me alegro! Pase.
—Aprovechando que pasaba por aquí, decidí preguntar por usted.
Si no lo hubiera encontrado en su despacho, lo habría llamado.
—Dígame.
—Quisiera revelarle ciertas cosas acerca de la cueva donde
ustedes han encontrado las armas. No sé si son interesantes, pero...
—Por favor. Dígame todo lo que sepa.
—Mire, quiero decide en primer lugar que me baso en todo lo que
he averiguado a través de las televisiones locales y la lectura de los
periódicos. Puede que las cosas no sean realmente así. De todos modos, alguien
ha dicho que la piedra que cubría la entrada la habían habilitado como puerta
los mafiosos o quienquiera que se dedicara al tráfico de armas. No es cierto.
Esta habilitación, por así decirlo, la hizo el abuelo de un queridísimo amigo
mío, Lillo Rizzitano.
—¿Sabe en qué época?
—Pues claro que lo sé. Hacia el año 41, cuando el aceite, la
harina y el trigo empezaron a escasear por culpa de la guerra. Por aquel
entonces, todas las tierras que rodeaban el Crasto y el crasticeddru
pertenecían a Giacomo Rizzitano, el abuelo de Lillo, que había ganado dinero en
América con medios ilícitos, o, por lo menos, eso decían en el pueblo. A
Giacomo Rizzitano se le ocurrió la idea de cerrar la cueva, colocando aquella
piedra a modo de puerta. En el interior de la cueva tenía toda suerte de productos,
que vendía en el mercado negro con la ayuda de su hijo Pietro, el padre de
Lillo. Eran hombres de pocos escrúpulos que habían participado en otros hechos
de los que entonces las personas bien nacidas no solían hablar, al parecer,
delitos de sangre.
"En cambio, Lillo salió distinto. Era una especie de
literato, escribía poesías preciosas, leía mucho. Él fue quien me dio a conocer
las obras De tu tierra, de Pavese, Conversación en Sicilia, de Vittorini... Yo
lo iba a ver, por lo general cuando su familia no estaba, en un chalé pequeño
justo al pie de la montaña del Crasto, por la parte que mira al mar.
—¿Lo derribaron para construir la galería?
—Sí. O, mejor dicho, las excavadoras que se utilizaron en la
construcción de la galería hicieron desaparecer las ruinas y los cimientos,
pues el chalé quedó literalmente pulverizado durante los bombardeos que
precedieron al desembarco de los Aliados en el 43.
—¿Podría localizar a su amigo Lillo?
—Ni siquiera sé si está vivo o muerto y tampoco dónde vive. Lo
digo porque debe usted tener en cuenta que Lillo tenía o tiene cuatro años más
que yo.
—Dígame, señor director, ¿ha estado alguna vez en la cueva?
—No. Una vez se lo pedí a Lillo, pero él se negó; había recibido
órdenes terminantes de su abuelo y su padre. Les tenía mucho miedo y bastante
había hecho revelándome el secreto de la cueva.
El agente Balassone, a pesar de su apellido piamontés, hablaba
milanés y tenía un rostro lúgubre de 2 de noviembre.
"L'e el di di mort, alegher! ¡Es el día de los muertos,
alegría!", había pensado Montalbano al verlo, recordando el título de un
poema breve de Delio Tessa.
Al cabo de media hora de estruendo en el fondo de la cueva con
su aparato, Balassone se quitó los auriculares de los oídos y miró al comisario
con una cara todavía más desconsolada que de costumbre, de ser ello posible.
"Me equivoqué", pensó Montalbano, "y ahora haré
un papelón de mierda delante de Jacomuzzi."
Tras pasarse diez minutos en el interior de la cueva, Jacomuzzi
había confesado que padecía claustrofobia y había salido.
"Quizá porque ahora no te enfocan las cámaras de
televisión", pensó con malicia Montalbano.
—¿Y bien? —preguntó el comisario para confirmar su fracaso.
—De la del mur, c'e —dijo Balassone con tono sibilino, que no
sólo era un sujeto melancólico sino también parco.
—Quieres decirme, por favor y si no te molesta demasiado, ¿qué
hay al otro lado de la pared? —preguntó Montalbano, con una amabilidad
amenazante.
—On sit voeuij.
—¿Podrías tener la amabilidad de hablar claro?
Por su aspecto y por su tono de voz, Montalbano parecía un
cortesano del siglo XVIII; pero Balassone ignoraba que, como siguiera por aquel
camino, en cuestión de segundos recibiría un sopapo capaz de partirle la nariz.
Por suerte para él, obedeció.
—Hay un hueco —dijo—, y es tan grande como esta cueva.
El comisario se tranquilizó; no se había equivocado. En aquel
momento, entró Jacomuzzi.
—¿Se encontró algo?
Como sabía que con su superior Balassone se mostraba más locuaz,
Montalbano lo miró de reojo.
—Sí, señor. Detrás de ésta, tiene que haber otra cueva. Es como
una cosa que vi en la televisión. Había una casa esquimal... ¿cómo se llama?,
ah, sí, iglú, y otra justo a su lado. Los dos iglús se comunicaban por medio de
una especie de empalme, un pasillito bajo. Aquí la situación es la misma.
—Así a primera vista —dijo Jacomuzzi—, el cierre del pasillo de
unión entre las dos cuevas debe remontarse a muchos años atrás.
—Sí, señor —dijo Balassone cada vez más afligido—. En caso de
que en la otra cueva haya armas escondidas, deben de ser por lo menos de la
Segunda Guerra Mundial.
Lo primero que observó Montalbano en el trozo de cartón
—debidamente colocado por los de la Brigada Científica en un sobrecito de
plástico transparente— fue que tenía la forma de Sicilia. En el centro, había
varias letras mayúsculas escritas en negro: ATO—CAT.
—¡Fazio!
—¡A sus órdenes!
—Pide de nuevo a la empresa Vinti el jeep, las palas, los picos
y la azada. Mañana regresamos al crasticeddru, tú, yo, Germanà y Galluzzo.
—¡Pero entonces es que le ha tomado el gusto! —soltó de repente
Fazio.
Estaba cansado. En el refrigerador encontró calamarcitos
hervidos y una rebanada de queso caciocavallo muy curado. Se instaló en la
galería. Cuando terminó de cenar, fue a mirar en el congelador. Había un
granizado de limón que la asistenta le preparaba según la fórmula uno, dos,
cuatro: un vaso de jugo de limón, dos de azúcar, cuatro de agua. Para chuparse
los dedos. Después decidió tenderse en la cama para terminar de leer la novela
de Montalbán. No consiguió leer ni un capítulo siquiera: a pesar de su interés,
el sueño se impuso. Se despertó al cabo de menos de dos horas, consultó el
reloj y vio que eran sólo las once de la noche. Al volver a dejar el reloj en
la mesita, su ojo se posó en el trozo de cartón que se había llevado a casa. Lo
tomó y se fue al cuarto de baño. Sentado en el inodoro, bajo la fría luz
fluorescente lo siguió estudiando. De repente, una idea lo fulminó. Le pareció
por un instante que la intensidad de la luz del cuarto de baño aumentaba
progresivamente hasta estallar en el relámpago de un flash. Le dieron ganas de
reír.
"¿ Será posible que sólo se me ocurran las ideas cuando
estoy en el baño?"
Miró y remiró el trozo de cartón.
"Volveré a pensado mañana por la mañana, cuando tenga la
cabeza fría."
Pero no fue así. Cuando ya llevaba un cuarto de hora dando
vueltas y más vueltas en la cama, se levantó y buscó en la guía el número de
teléfono del capitán Aliotta, de la Policía Judicial de Montelusa, que era su
amigo.
—Perdona que te llame a esta hora, pero necesito una información
urgente. ¿Alguna vez realizaron controles en el supermercado de un tal
Ingrassia, de Vigàta?
—El nombre no me dice nada. Y si no lo recuerdo, significa que
es posible que se haya efectuado algún control, pero que no se haya descubierto
ninguna irregularidad.
—Gracias.
—Espera. De estas operaciones se encarga el sargento primero
Lagana. Si quieres, le digo que te llame a tu casa. Estás en casa, ¿verdad?
—Sí.
—Dame diez minutos.
Tuvo tiempo de ir a la cocina a beberse un vaso de agua helada
antes de que sonara el teléfono.
—Soy Lagana, el capitán ya me puso al tanto. Pues sí, el último
control de aquel supermercado se remonta a hace un par de meses... Todo estaba
en regla.
—¿Lo llevaron a cabo por iniciativa propia?
—Rutina habitual. Todo estaba bien. Le aseguro que no es
frecuente tropezar con un comerciante que tenga los documentos tan en regla. Si
hubiéramos querido fastidiarlo, no hubiéramos tenido ningún pretexto.
—¿Lo controlaron todo? ¿Libros de contabilidad, facturas,
recibos?
—Perdone, señor comisario, ¿cómo cree usted que se hacen los
controles? —preguntó el sargento, en tono un tanto irritado.
—Por el amor de Dios, no pretendía poner en duda... La finalidad
de mi pregunta era otra. Yo no conozco ciertos mecanismos y por eso le estoy
pidiendo ayuda. Estos supermercados, ¿cómo se abastecen?
—Están los mayoristas. Cinco, diez, según lo que haga falta.
—Ya... ¿Y usted estaría en condiciones de decirme quiénes son
los proveedores del supermercado de Ingrassia?
—Creo que sí. Tengo que tenerlo anotado en algún sitio.
—Se lo agradecería muchísimo. Lo llamo mañana al cuartel.
—¡Ya estoy en el cuartel! No corte.
Montalbano lo oyó silbar.
—¿Señor comisario...? Mire, los mayoristas que abastecen a
Ingrassia son tres de Milán, uno de Bérgamo, uno de Tarento, uno de Catania.
Tome nota. En Milán...
—Perdone que lo interrumpa. Empiece por Catania.
—La razón social de la empresa de Catania es Pan, sin
"e" final. Su propietario es Salvatore Nicosia, que vive en...
No encajaba.
—Gracias, ya es suficiente —dijo Montalbano, decepcionado.
—Espere, se me había pasado por alto. El supermercado se
abastece en otra empresa de Catania, pero sólo en electrodomésticos, la
Brancato.
"ATO—CAT", decía el trozo de cartón. Empresa
Brancato—Catania: ¡encajaba, vaya si encajaba!
El grito de júbilo de Montalbano resonó en los oídos del
sargento primero, que se llevó un susto.
—¿Dottore, dottore? Dios mío, ¿qué ocurre? ¿Se encuentra mal,
dottore?
Once
Fresco como una rosa, sonriente, con chaqueta y corbata,
envuelto en una nube de perfume de colonia, Montalbano se presentó a las siete
de la mañana en casa del señor Francesco Lacommare, gerente del supermercado de
Ingrassia, quien lo recibió no sólo con estupor comprensible sino también en
calzoncillos y con un vaso de leche en la mano.
—¿Qué ocurre? —preguntó, y palideció de inmediato al
reconocerlo.
—Dos preguntitas muy fáciles y lo dejo tranquilo. Pero tengo que
hacerle una advertencia muy seria: este encuentro tiene que quedar entre usted
y yo. Si lo comenta con alguien, por ejemplo, con el dueño, yo, con la excusa
que sea, lo mando a la cárcel, puede poner las manos sobre el fuego.
Mientras Lacommare trataba de recuperar la respiración, que se
le había cortado, desde el interior del departamento estalló una voz femenina,
chillona y desagradable.
—Ciccino..., pero ¿quién es a esta hora?
—Nada, nada, Carmilina, duerme —la tranquilizó Lacommare,
entornando la puerta a sus espaldas.
"¿Le molesta, señor comisario, que hablemos aquí, en el
rellano? En el último piso, que es el de arriba, no hay nadie. No hay peligro
de que alguien nos moleste.
—Bien... En Catania, ¿dónde se abastecen?
—En la Pan y en la Brancato.
—¿Hay períodos prefijados para el abastecimiento de productos?
—En la Pan es semanal y, en la Brancato, mensual. Lo hemos
acordado con otros supermercados que se abastecen en estos mismos mayoristas.
—Muy bien. Y eso significa, si no entendí mal, que la Brancato
carga un camión de productos y lo envía a efectuar el recorrido de los
supermercados. En este recorrido, ¿ustedes qué lugar ocupan? Me explicaré
mejor...
—Lo he comprendido, señor comisario. El camión sale de Catania,
recorre la provincia de Caltanissetta, después la de Trapani y finalmente la de
Montelusa. Nosotros, los de Vigàta, somos los últimos en ser abastecidos, y el
camión, desde aquí, regresa vacío a Catania.
—Una última pregunta... Las mercancías que robaron los ladrones
y después se las ingeniaron para que fueran encontradas...
—Es usted muy inteligente, señor comisario.
—También lo es usted, puesto que me da las respuestas antes de
que yo formule las preguntas.
—El caso es que precisamente por este motivo yo no consigo pegar
un ojo por la noche. Bueno pues, la Brancato nos entregó la mercancía antes de
lo previsto. La esperábamos a primera hora de la mañana del día siguiente, pero
llegó la víspera, cuando ya estábamos a punto de cerrar. El chofer dijo que
había encontrado cerrado por defunción un supermercado de Trapani y que por eso
había llegado antes. Entonces el señor Ingrassia, para dejar libre el camión,
mandó efectuar la descarga, verificó la lista y contó las cajas. Pero no ordenó
abrirlas, dijo que ya era tarde, no quería pagar horas extras y decidió hacerla
al día siguiente. A las pocas horas, se produjo el robo. Y yo me pregunto:
¿quién avisó a los ladrones que la mercancía había llegado con antelación?
Lacommare se estaba entusiasmando con sus reflexiones.
Montalbano decidió ponerle obstáculos en el camino: no convenía que el gerente
se acercara demasiado a la verdad, so pena de que surgieran problemas. Además,
era evidente que estaba totalmente al margen de los chanchullos de Ingrassia.
—No es seguro que ambas cosas guarden relación entre sí. Es
posible que los ladrones pretendieran robar lo que ya había en el supermercado
y se encontraran, por el contrario, con la mercancía recién entregada.
—Sí, pero ¿por qué dejaron que más tarde la encontraran?
Ahí estaba el quid. Montalbano se resistía a dar una respuesta
capaz de satisfacer la curiosidad de Lacommare.
—Pero ¿se puede saber quién diablos es? —preguntó, esta vez
decididamente enfadada, la voz femenina.
La señora Lacommare debía de ser una mujer de oído muy agudo.
Montalbano aprovechó para irse; ya había averiguado lo que quería.
—Mis respetos a su gentil esposa —dijo, empezando a bajar la
escalera.
En cuanto llegó a la puerta, retrocedió como una pelota atada a
una cuerda y volvió a tocar el timbre.
—¿Otra vez usted?
Lacommare había bebido la leche, pero estaba todavía en
calzoncillos.
—Había olvidado una cosa, perdone. ¿Está seguro de que el camión
se fue completamente vacío después de haber descargado?
—Bueno, yo no dije eso. Quedaban todavía unas quince cajas
grandes, pertenecientes, según me dijo el chofer, al supermercado de Trapani,
que estaba cerrado.
—Pero ¿qué es todo este alboroto de mierda esta mañana? —chilló
desde adentro la señora Carmilina, por lo que Montalbano se retiró sin
despedirse.
—Creo haber comprendido, con bastante aproximación, el camino
que seguían las armas para llegar a la cueva. Sígame, señor. Bueno pues, de una
manera que todavía no hemos averiguado, las armas llegan desde algún lugar del
mundo a la empresa Brancato, de Catania, que las almacena y coloca en cajas
grandes marcadas con su nombre, como si contuvieran electrodomésticos normales
destinados a los supermercados. Cuando se recibe la orden de la entrega, los de
la Brancato cargan las cajas de armas junto con las otras. Como medida de
precaución, en algún lugar del camino entre Catania y Caltanissetta sustituyen
el camión de la empresa por otro previamente robado, así, en caso de que
alguien descubra las armas, la empresa Brancato puede decir que ellos no tienen
nada que ver con aquellos manejos, que el camión no es suyo y, más aún, que
ellos han sido víctimas de un robo. El camión robado inicia su recorrido, deja
las cajas... ¿cómo diríamos...? limpias en los distintos supermercados que
tiene que abastecer y se dirige a Vigàta.
"Pero antes de llegar, cuando ya se ha hecho completamente
de noche, se detiene en el crasticeddru y descarga las armas en la cueva. Por
la mañana a primera hora —eso me ha dicho el señor Lacommare— entregan las
últimas cajas en el supermercado de Ingrassia y se van. Por el camino de
regreso a Catania, el camión robado es vuelto a sustituir por el auténtico de
la empresa, el cual regresa a su sede como si hubiera efectuado el viaje. Cada
vez se encargan de alterar el cuentakilómetros. Y esta bromita se repite nada
menos que desde hace tres años, pues Jacomuzzi nos ha dicho que la habilitación
de la cueva se remonta precisamente a unos tres años.
—Lo que me está explicando sobre el procedimiento habitualmente
utilizado encaja de maravilla —dijo el jefe—. Pero sigo sin comprender el
montaje del robo falso.
—Actuaron movidos por la necesidad. ¿Recuerda el tiroteo que
hubo entre una patrulla de carabineros y tres malhechores en la campiña de
Santa Lucia? Un carabinero resultó herido.
—Sí, lo recuerdo... Pero ¿eso qué tiene que ver?
—Las emisoras locales de radio dieron la noticia hacia las nueve
de la noche, justo cuando el camión se estaba dirigiendo al crasticeddru. Santa
Lucia se encuentra a no más de dos o tres kilómetros del objetivo de los
contrabandistas, quienes debieron de enterarse de lo ocurrido a través de la
radio. No era prudente que los sorprendiera una patrulla —acudieron muchas al
escenario de los hechos— en un lugar desierto. Hubieran tropezado sin duda con
un control, pero eso era un mal menor y hubieran tenido muchas probabilidades
de salir airosos de la situación. Y así fue. Por consiguiente, llegan con mucho
adelanto e inventan el cuento del supermercado cerrado de Trapani.
"Ingrassia, informado del contratiempo, manda descargar y
el camión simula regresar a Catania. Lleva todavía las armas, las cajas que,
tal como le explican a Lacommare, el gerente, estaban destinadas al
supermercado de Trapani. El camión se oculta en las inmediaciones de Vigara, en
la propiedad de Ingrassia o en la de algún cómplice suyo.
—Vuelvo a preguntarle: ¿por qué simular un robo? Desde el lugar
en el que lo habían escondido, el camión podía dirigirse perfectamente al
crasticeddru sin necesidad de volver a pasar por Vigàta.
—Era necesario. Si los hubieran interceptado los carabineros, la
Policía Judicial o cualquier otro grupo de las fuerzas del orden con las cajas
y sin el resguardo correspondiente del envío, hubieran despertado sospechas. Y
si los hubieran obligado a abrir una caja, se habría producido una catástrofe.
Era absolutamente necesario que se llevaran las cajas descargadas en el
supermercado de Ingrassia, que éste, con razón, había prohibido que se
abrieran.
—Empiezo a comprender.
—A una determinada hora de la noche, el camión regresa al
supermercado. El vigilante no está en condiciones de reconocer ni a los hombres
ni el camión, pues la víspera aún no había entrado a trabajar. Cargan las cajas
todavía sin abrir, se dirigen al crasticeddru, descargan las cajas de las
armas, retroceden, abandonan el camión en la gasolinera y listo.
—Perdone, pero ¿por qué no se han deshecho de la mercancía
robada para proseguir después viaje a Catania?
—Éste es el toque genial: al permitir que lo encuentren en
apariencia con toda la mercancía robada, obstaculizan las investigaciones.
Automáticamente nos vemos obligados a contar con la hipótesis de un
incumplimiento de alguna obligación de carácter delictivo, una amenaza, una
advertencia por una cuota no pagada. En resumen, nos obligan a indagar a un
nivel más bajo, ese que, por desgracia, tiene un carácter casi cotidiano en
nuestra tierra. E Ingrassia interpreta muy bien su papel, contándonos la absurda
historia de la broma, como dice él.
—Verdaderamente genial.
—Sí, pero, bien mirado, un error o una falla siempre se
descubre. En este caso, no se dieron cuenta de que un trozo de cartón había
resbalado entre las tablas de madera del piso de la cueva.
—Sí, sí... —dijo el jefe con expresión meditabunda. Después,
casi hablando solo, añadió: —Quién sabe adónde habrán ido a parar las cajas
vacías.
De vez en cuando, el jefe se fijaba en detalles sin importancia.
—Quizá las cargaron en algún vehículo y fueron a quemarlas al
campo. Porque en el crasticeddru hubo por lo menos dos vehículos cómplices, tal
vez para poder llevarse al chofer tras haber abandonado el camión en la
gasolinera.
—O sea que, sin aquel trozo de cartón, no hubiéramos podido
averiguar nada —dijo el jefe.
—Bueno, no exactamente. Yo estaba siguiendo otro camino que
seguro me hubiera llevado a las mismas conclusiones. Verá, es que se vieron
obligados a matar a un pobre anciano.
El jefe pegó un brinco y lo miró con expresión perpleja.
—¿Un asesinato? ¿Y cómo es posible que yo no me enterara?
—Porque lo hicieron pasar por accidente. Sólo la otra noche tuve
la certeza de que habían manipulado los frenos del automóvil.
—¿Se lo dijo Jacomuzzi?
—¡Por el amor de Dios! Jacomuzzi es un encanto y muy competente,
pero meterlo en este asunto hubiera sido algo así como divulgar un comunicado
de prensa.
—Cualquier día de éstos tendré que darle a Jacomuzzi un buen
reto para que entienda bien —dijo el jefe, lanzando un suspiro—. Cuéntemelo
todo, pero en orden y despacio.
Montalbano le contó la historia de Misuraca y de la carta que
éste le había enviado.
—Lo mataron sin necesidad —agregó—. Sus asesinos ignoraban que
ya me lo había comunicado roda por escrito.
—Pero... explíqueme qué motivo tenía Ingrassia para encontrarse
en los alrededores del supermercado mientras simulaban el robo, según Misuraca.
—Porque, en caso de que se hubiera producido algún otro
contratiempo, una visita inoportuna, por ejemplo, él hubiera salido para
explicar que todo estaba en regla, que devolvía la mercancía porque los de la
Brancato se habían equivocado con los pedidos.
—¿Y el vigilante nocturno en el refrigerador?
—Eso ya no era un problema. Lo hubieran hecho desaparecer.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó el jefe tras una pausa.
—El regalo que nos ha hecho Tano el Griego, a pesar de no
habernos facilitado ningún nombre, ha sido muy importante, y conviene que no lo
desperdiciemos. Si actuamos con prudencia, podríamos descubrir actividades cuyo
alcance ignoramos. Pero tenemos que ser cautos. Si detenemos ahora mismo a
Ingrassia o a alguien de la empresa Brancato, no conseguiríamos nada. Hay que
llegar a los peces más gordos.
—Estoy de acuerdo. Les diré a los de Catania que sometan a una
estrecha vig...
Interrumpió la frase e hizo una mueca. Acababa de recordar con
profundo dolor la existencia del infiltrado que había hablado en Palermo y que
fue la causa de la muerte de Tano. Quizás hubiera otro en Catania.
—Vamos a actuar con un plan más modesto —sugirió—. Vigilemos
sólo a Ingrassia.
—En ese caso, convendría obtener la autorización del juez —dijo
el comisario.
Cuando ya estaba a punto de salir, el jefe lo llamó.
—Por cierto, mi mujer ya está mucho mejor. ¿Le vendría bien el
sábado por la noche? Tenemos muchas cosas de qué hablar.
El comisario encontró al juez Lo Bianco de un buen humor
insólito y con los ojos resplandecientes.
—Le veo muy buen aspecto —no pudo evitar decirle.
—Pues sí, la verdad es que estoy francamente bien.
El juez miró a su alrededor con cara de conspirador, se inclinó
hacia Montalbano y le dijo en un susurro:
—¿Sabe que Rinaldo tenía seis dedos en la mano derecha? Por un
instante, Montalbano se desconcertó. Después recordó que el juez se dedicaba
desde hacía muchos años a la redacción de su voluminosa obra Vida y obra de
Rinaldo y Antonio Lo Bianco, maestros jurados de la Universidad de Girgenti en
tiempos del rey Martín el Joven (1402—1409) porque se le había metido en la
cabeza que ambos personajes eran pan entes suyos.
—¿De veras? —replicó Montalbano con asombro divertido. Era mejor
seguirle la corriente.
—Sí, señor. Seis dedos en la mano derecha.
"Se debía de hacer unas pajas fabulosas", fue el
comentario sacrílego que estuvo a punto de hacer Montalbano, pero se contuvo a
tiempo.
Después le comentó al juez toda la cuestión del tráfico de armas
y del asesinato de Misuraca. Le explicó también la estrategia que pensaba
seguir y le pidió autorización para intervenir los teléfonos de Ingrassia.
—Se la voy a dar ahora mismo —dijo Lo Bianco.
En otro momento, el juez hubiera manifestado sus dudas, puesto
impedimentos y previsto problemas, pero esta vez, entusiasmado por el
descubrimiento de los seis dedos de la mano derecha de Rinaldo, hubiera estado
dispuesto a concederle a Montalbano autorización para torturar, empalar y
quemar en la hoguera a quien quisiera.
El comisario fue a su casa, se puso un short, pasó un buen rato
en el agua, regresó, se secó y no volvió a vestirse; en el refrigerador no
había nada, pero en el horno vio una tartera con cuatro enormes porciones de
pasta 'ncasciata, un plato digno del Olimpo; se comió dos raciones, volvió a
dejar la tartera en el horno, puso el despertador, durmió como un tronco por
espacio de una hora, se levantó, se duchó, se puso la camisa y los vaqueros
sucios y se dirigió a su despacho.
Fazio, Germanà y Galluzzo lo esperaban vestidos con ropa de
trabajo. En cuanto lo vieron, tomaron las palas, los picos y las azadas y
entonaron el antiguo coro de los braceros, levantando en alto las herramientas.
—"¡Llegó la hora! ¡Llegó la hora! ¡La tierra para el que la
trabaja!"
—¡Si serán bribones! —fue el único comentario de Montalbano.
Junto a la entrada de la cueva del crasticeddru ya se
encontraban Prestia, el cuñado periodista de Galluzzo, y un camarógrafo que
llevaba dos grandes lámparas de pilas.
Montalbano miró de reojo a Galluzzo.
—Verá... —dijo éste ruborizándose—, como usted el otro día le
dio permiso...
—Bueno, bueno... —asintió el comisario.
Entraron en la cueva y, obedeciendo a una orden de Montalbano,
Fazio, Germanà y Galluzzo pusieron manos a la obra para retirar las piedras que
estaban como soldadas entre sí. Trabajaron tres horas largas y hasta el
comisario, Prestia y el camarógrafo dieron una mano turnándose con ellos hasta
que, al final, consiguieron derribar la pared. Tal como había dicho Balassone,
vieron con toda claridad el pequeño corredor, pero lo demás se perdía en la
oscuridad.
—Entra —le dijo Montalbano a Fazio.
Éste tomó una linterna, se arrastró sobre el vientre y
desapareció. A los pocos segundos, oyeron su voz sorprendida:
—¡Oh, Dios mío, señor comisario, venga a ver!
—Ustedes entren cuando yo los llame —les dijo Montalbano a los
demás, pero especialmente al periodista que, al oír a Fazio, había estado a
punto de arrojarse al suelo para entrar en el corredor también arrastrándose.
La longitud del pequeño corredor equivalía prácticamente a la de
su cuerpo. En un momento pasó al otro lado y encendió la linterna. La segunda
cueva era más pequeña que la otra y daba de inmediato la impresión de estar
absolutamente seca. En el centro había una alfombra todavía en buen estado. A
la izquierda de la alfombra, un cuenco y, a la misma altura a la derecha, una
vasija. Formando el vértice del triángulo invertido, en el lado inferior de la
alfombra, un perro pastor de terracota de tamaño natural. Sobre la alfombra,
dos cuerpos abrazados, apergaminados como en una película de terror.
Montalbano sintió que le faltaba la respiración y no consiguió
decir nada. Por una extraña razón recordó a los dos jóvenes a los que había
sorprendido en la otra cueva haciendo el amor. Los que habían quedado del otro
lado se aprovecharon de su silencio; sin poder resistir la curiosidad, entraron
uno detrás de otro. El camarógrafo encendió las lámparas y empezó a grabar
frenéticamente. Nadie decía nada. El primero en recuperarse fue Montalbano.
—Avisa a los de la Brigada Científica, al juez y al doctor
Pasquano —dijo.
Ni siquiera se volvió hacia Fazio para darle la orden. Estaba
contemplando la escena como hipnotizado, temiendo que el más mínimo gesto lo
pudiera despertar de aquel sueño que estaba viviendo.
Doce
Despertando del hechizo que lo había petrificado, Montalbano
empezó a gritarles a todos que se quedaran de espaldas a la pared, que no se
movieran y no pisaran el suelo de la cueva, que estaba cubierto por una
finísima arena rojiza que también cubría las paredes, filtrada quién sabe de
dónde. En la otra cueva no se observaba el menor vestigio de aquella arena y es
posible que ésta hubiera sido la causa de que los cadáveres no se hubieran
descompuesto. Eran un hombre y una mujer de una edad imposible de establecer a
primera vista: el comisario dedujo que eran de distinto sexo por la
configuración de los cuerpos, no por los atributos sexuales, que ya no
existían, borrados por un proceso natural. El hombre estaba tendido de lado,
con el brazo estirado sobre el pecho de la mujer, que yacía boca arriba. Por
consiguiente, estaban abrazados y permanecerían abrazados para siempre, pues lo
que había sido la carne del brazo del hombre se había como pegado y fundido con
la carne del pecho de la mujer. (No, muy pronto los separaría el doctor
Pasquano.) Bajo la piel arrugada y apergaminada, se destacaba el blanco de los
huesos; se habían resecado y convertido en pura forma. Parecía que ambos
estuvieran sonriendo, pues los labios, que se habían retraído y estirado
alrededor de la boca, dejaban al descubierto los dientes. Al lado de la cabeza
del muerto estaba el cuenco en cuyo interior había varios objetos redondos; al
lado de la mujer, en cambio, se encontraba la vasija de barro, como las que en
otros tiempos llevaban consigo los campesinos para conservar el agua fresca. A
los pies de la pareja, el perro de terracota. Medía aproximadamente un metro y
conservaba intactos los colores gris y blanco. El artista que lo había creado
lo había representado con las patas anteriores estiradas, las posteriores
dobladas, la boca entreabierta por la que asomaba la lengua, y los ojos
atentos: en resumen, estaba agachado, pero en posición de guardia. A través de
algunos agujeros de la alfombra se veía la arena del suelo, pero era posible que
los agujeros fueran antiguos, que la alfombra ya estuviera en aquel estado
antes de que la colocaran en la cueva.
—¡Fuera todos! —ordenó Montalbano. Luego, dirigiéndose a Prestia
y al camarógrafo, añadió: —¡Sobre todo, apaguen las lámparas!
De repente, se había percatado del daño que estaban haciendo con
su presencia y con el calor de las luces para la filmación. Permaneció solo en
el interior de la cueva. Bajo la luz de la linterna, estudió con atención el
contenido del cuenco; los objetos redondos eran varias monedas oxidadas, de un
metal de color cobrizo. Tomó delicadamente con dos dedos una que le pareció la
mejor conservada y vio que era una moneda de veinte céntimos acuñada en el año
1941; en una de sus caras figuraba la efigie del rey Víctor Manuel III, y en la
otra, haces. Cuando enfocó con la linterna al muerto, observó que la cabeza
presentaba un orificio en la sien. Era demasiado experto como para no
comprender que se trataba de un disparo de arma de fuego, lo cual significaba
que o bien el hombre se había suicidado o bien lo habían matado. Pero en caso
de que se hubiera suicidado, ¿dónde estaba el arma? En el cuerpo de la mujer,
en cambio, no se veía ninguna huella de muerte violenta o provocada. Permaneció
en actitud pensativa; ambos cuerpos estaban desnudos y en la cueva no se veía
ninguna prenda de vestir. ¿Qué significaba aquello?
Sin que previamente se hubiera debilitado o hubiera adquirido un
tono amarillento, la luz de la linterna se apagó de golpe; se había gastado la
pila. Montalbano se quedó por un momento deslumbrado y no consiguió orientarse.
Para no causar daños, se sentó sobre la arena a la espera de que sus ojos se
acostumbraran a la oscuridad. En determinado momento, entrevería sin duda la
tenue claridad de la boca del pasillo. Sin embargo, le bastaron unos pocos
segundos de silencio y de oscuridad absoluta para percibir un olor inusual que
estaba seguro de haber aspirado en otra ocasión. Trató de recordar dónde,
aunque la cosa no tuviera importancia. Puesto que ya de niño le atribuía
espontáneamente un color a todos los olores que le llamaban la atención, se
dijo que aquél era de color verde oscuro. Tras haber establecido la asociación
de ideas, recordó en qué lugar lo había percibido por vez primera: había sido
en El Cairo, en el interior de la Pirámide de Keops, en un pasillo prohibido a
los visitantes, que la amabilidad de un amigo egipcio le había permitido
recorrer sólo a él. De golpe, se sintió una basura, un hombre incapaz de
respetar nada. Por la mañana, al sorprender a los dos jóvenes que hacían el
amor, había profanado la vida; y ahora, delante de dos cuerpos que hubieran
tenido que permanecer ignorados en su abrazo por siempre jamás, había profanado
la muerte.
Tal vez por este remordimiento no quiso presenciar las tomas de
muestras que de inmediato empezaron a llevar a cabo Jacomuzzi, los hombres de
la Brigada Científica y el forense, el doctor Pasquano. Ya se había fumado seis
cigarrillos, sentado en la piedra que había servido de puerta a la cueva de las
armas, cuando oyó que Pasquano lo llamaba, muy nervioso y alterado.
—Pero ¿qué hace el juez?
—¿Y a mí me lo pregunta?
—Como tarde mucho en venir, eso se va todo al carajo. Tengo que
llevarme los cadáveres a Montelusa y colocados en la cámara frigorífica. Se
están descomponiendo casi a ojos vista. ¿Qué hago?
—Fúmese un cigarrillo conmigo —contestó Montalbano, tratando de
tranquilizarlo.
El juez Lo Bianco llegó un cuarto de hora después, cuando el
comisario ya se había fumado otros dos cigarrillos.
Lo Bianco echó un vistazo distraído y, tras haber comprendido
que los muertos no se remontaban a la época del rey Martín el Joven, le dijo al
forense con tono expeditivo:
—Haga lo que quiera, de todos modos eso ya es historia pasada.
Televigata dio enseguida con el tono informativo más indicado
para la presentación de la noticia. En el telediario de las veinte y treinta
apareció en primer lugar el rostro emocionado de Prestia, anunciando una
primicia excepcional debida, dijo, "a una de las intuiciones geniales que
convierten al comisario Salvo Montalbano, de Vigàta, en una figura tal vez
única en el panorama de los investigadores de la isla y, ¿por qué no?, de toda
Italia". Siguió adelante recordando la detención por parte del comisario
del prófugo de la Justicia Tano el Griego, el sanguinario boss de la mafia, y
el descubrimiento de la cueva del crasticeddru habilitada como depósito de
armas. Después se mostró una secuencia de la rueda de prensa ofrecida con
motivo de la detención de Tano el Griego, en la que un individuo anonadado y
tartamudo que respondía al nombre y a la función de comisario Montalbano apenas
conseguía pronunciar cuatro palabras seguidas. Prestia reanudó el relato,
explicando de qué manera el investigador excepcional había intuido que, al lado
de la cueva de las armas, tenía que haber otra conectada con ella.
—Confiando en la intuición del comisario —dijo Prestia—, yo lo
seguí con la ayuda de mi camarógrafo, Gerlando Scchirirò.
Al llegar a este punto, Prestia adoptó un tono misterioso y se
planteó toda una serie de interrogantes: ¿qué secretos poderes paranormales
poseía el comisario? ¿Qué lo había inducido a pensar que, detrás de unas
piedras ennegrecidas por el tiempo, se ocultaba una antigua tragedia? ¿Acaso el
comisario tenía la mirada de rayos X de un Superman?
Montalbano, que estaba viendo el programa desde su casa y que
llevaba media hora sin conseguir encontrar un calzoncillo limpio, que en algún
sitio tenía que estar, al escuchar esta última pregunta lo mandó a paseo.
Mientras pasaban las impresionantes imágenes de los cuerpos de
la cueva, Prestia expuso sus tesis con gran convicción. Ignoraba el detalle del
orificio en la sien del hombre y habló, por consiguiente, de una muerte por
amor. Según él, los dos amantes a cuya pasión se oponían ambas familias, se
habían encerrado en la cueva, habían tapiado el pasadizo y, tras haber
acondicionado su último refugio con una alfombra y una vasija llena de agua,
habían esperado la muerte, abrazados. No se refirió para nada al cuenco de las
monedas, pues tal cosa hubiera desentonado con el cuadro que estaba pintando.
Los cuerpos no habían sido identificados, añadió Prestia, pues la historia
había ocurrido por lo menos unos cincuenta años atrás. A continuación, otro
periodista comentó los sucesos del día: una niña de seis años violada y muerta
a palos por su tío paterno, un cadáver hallado en un pozo, un tiroteo en Merfi
con tres muertos y cuatro heridos, un accidente laboral mortal, la desaparición
de un dentista, el suicidio de un comerciante acosado por los usureros, la
detención de un concejal del Ayuntamiento de Montevergine por prevaricato y
corrupción, el suicidio del presidente de la provincia acusado de recepción de
objetos robados, el hallazgo de un cadáver en el mar...
Frente al televisor, Montalbano se sumió en un sueño profundo.
—¿Salvo? Gegè... Déjame hablar y no me interrumpas con tus
tonterías. Tengo que verte, tengo que decirte una cosa.
—De acuerdo, Gegè, esta misma noche, si quieres.
—No estoy en Vigàta sino en Trapani.
—Pues entonces, ¿cuándo?
—¿Qué día es hoy?
—Jueves.
—¿Te viene bien el sábado a las doce de la noche, en el lugar de
siempre?
—Mira, Gegè, el sábado por la noche tengo una cena, pero podré
ir de todos modos. Si me retraso un poco, espérame.
* * *
La llamada de Gegè, que, por el tono de su voz, le había
parecido lo bastante preocupado como para que a él no le dieran ganas de
gastarle bromas, lo despertó justo a tiempo. Eran las diez y sintonizó
Retelibera. Nicolò Zito —semblante inteligente, rojo de cabello y de ideas—
abrió su telediario con la muerte de un obrero en un accidente laboral, en
Fela, asado vivo por una explosión de gas. Ofreció toda una serie de ejemplos
para demostrar que por lo menos el noventa por ciento de los empresarios incumplían
alegremente las medidas de seguridad; pasó a continuación a la detención de
varios funcionarios de la administración acusados de malversación de fondos y
aprovechó para recordar a los televidentes que los distintos gobiernos que se
habían sucedido habían tratado sin éxito de aprobar leyes que impidieran la
labor de limpieza que se estaba llevando a cabo en aquellos momentos. El tercer
tema que trató fue el del suicidio del comerciante agobiado por las deudas
contraídas con un usurero, señalando que las medidas aprobadas por el gobierno
contra la usura eran por completo inadecuadas. ¿Por qué, se preguntó, los que
investigaban aquella plaga tenían tanto empeño en mantener cuidadosamente
separadas la usura y la mafia? ¿Cuántas maneras había de reciclar el dinero
sucio? Y por último, habló de los dos cuerpos descubiertos en la cueva, pero lo
hizo desde una perspectiva especial, entrando indirectamente en polémica con
Prestla y Televigata a propósito del tono informativo con el que se había dado
a conocer la noticia. Alguien afirmó una vez, dijo, que la religión era el opio
de los pueblos, pero hoy en día se tendría que decir que el verdadero opio es
la televisión. Por ejemplo, ¿por qué razón el hallazgo había sido presentado
por algunos como el suicidio desesperado de dos amantes cuyo amor estaba siendo
obstaculizado? ¿Qué elementos autorizaban a quienquiera que sea a sostener
semejante tesis? Ambos habían sido encontrados desnudos: ¿adónde había ido a
parar la ropa? En la cueva no había el menor rastro de un arma. ¿Cómo se habían
matado? ¿Dejándose morir de inanición? ¡Vamos, por favor! ¿Por qué el hombre
tenía a su lado un cuenco con monedas hoy sin curso legal pero entonces
válidas? ¿Para pagarle el peaje a Caronte? La verdad, afirmó, era que se quería
convertir un delito probable en un suicidio seguro, un suicidio romántico. Y en
esta época nuestra tan oscura y preñada de nubes en el horizonte, terminó
diciendo, se inventa una historia de este tipo para narcotizar a la gente, para
desviar su interés de los graves problemas y encauzarlo hacia una historia a lo
Romeo y Julieta, escrita, sin embargo, por un guionista de telenovelas.
—Querido, habla Livia. Tengo que decirte que ya reservé los
pasajes de avión. El vuelo sale de Roma; por consiguiente, tú tendrás que sacar
un billete de Palermo a Fiumicino y yo haré lo mismo desde Génova. Nos
encontraremos en el aeropuerto y embarcaremos.
—Mmm...
—También reservé el hotel. Una amiga que estuvo allí me dijo que
es muy bonito sin ser de superlujo. Creo que te gustará.
—Mmm...
—Saldremos dentro de quince días. Estoy muy contenta. Cuento los
días y las horas.
—Mmm...
—¿Qué sucede, Salvo?
—Nada. ¿Qué tiene que suceder?
—No me parece que estés muy entusiasmado.
—Por Dios, mujer, qué disparate.
—Mira, Salvo, que, si en el último momento te echas atrás, yo me
voy sola de todos modos.
—De acuerdo.
—Pero ¿se puede saber qué demonios te pasa?
—Nada. Estaba durmiendo.
—¿Comisario Montalbano? Buenas noches. Habla el director Burgio.
—Buenas noches...
—Lamento muchísimo tener que molestarlo en su casa... Acabo de
ver en la televisión lo del descubrimiento de los dos cadáveres.
—¿ Usted está en condiciones de identificarlos?
—No. Lo llamo por algo que en la televisión se dijo de pasada y
que quizá para usted podría ser de interés. Se trata del perro de terracota. Si
no tiene inconveniente, yo iría mañana por la mañana a su despacho con el
contable Burruano, ¿lo conoce?
—De vista. ¿Le parece bien a las diez?
—Aquí —dijo Livia—. Lo quiero hacer aquí y sin pérdida de
tiempo.
Se encontraban en una especie de parque con muchos árboles. A
sus pies se deslizaban centenares de caracoles de las más variadas especies:
comunes, de viñedo, tapahuecos, de huerta y también babosas.
—Pero ¿por qué precisamente aquí? Volvamos al coche, en cinco
minutos estamos en casa... Podría pasar alguien.
—No discutas —replicó Livia, mientras lo agarraba por la cintura
de los pantalones e intentaba desabrochársela torpemente.
—Deja, lo hago yo —dijo Montalbano.
Livia se desnudó en un santiamén mientras él luchaba todavía con
los pantalones y los calzoncillos.
"Está acostumbrada a desnudarse de prisa", pensó
Montalbano en un arrebato de celos sicilianos.
Livia se tendió sobre la hierba mojada, estiró las piernas y se
acarició los senos mientras él oía con repugnancia el rumor de docenas de
caracoles aplastados por su cuerpo.
—Vamos, apresúrate.
Al final, Montalbano consiguió desnudarse, temblando en medio
del aire fresco. Entre tanto, dos o tres caracoles estaban arrastrándose por el
cuerpo de Livia.
—¿Qué piensas hacer con éste? —le preguntó ella en tono de
reproche, clavándole los ojos en el pene.
Con expresión compasiva, se puso de rodillas, lo tomó con su
mano, lo acarició y se lo introdujo en la boca. Cuando notó que estaba listo,
volvió a colocarse en la posición inicial.
En el momento en que estaba a punto de penetrarla, Montalbano
vio el perro, a dos pasos. Un perro blanco, con la lengua sonrosada afuera,
gruñendo en forma amenazadora y mostrando los dientes, con un hilo de baba
colgando.
—¿Qué haces? ¿Se te ha vuelto a ablandar?
—Hay un perro.
—¿Y a ti qué carajo te importa el perro? Cógeme.
En aquel preciso instante, el perro pegó un salto y Montalbano
se quedó paralizado. El perro aterrizó a pocos centímetros de su cabeza, se
petrificó, su color palideció ligeramente, se sentó con las patas anteriores
estiradas y las posteriores dobladas y se convirtió en un perro de terracota.
Era el perro de la cueva, el que montaba guardia vigilando a los muertos.
De pronto desaparecieron el cielo, los árboles y la hierba;
muros y un techo de roca se coagularon alrededor de ellos y él comprendió
horrorizado que los muertos de la cueva no eran dos desconocidos sino él y
Livia.
Se despertó de la pesadilla respirando con agitación y bañado en
sudor y pidió mentalmente perdón a Livia por habérsela imaginado tan obscena en
su sueño. ¿Qué significado tenía aquel perro? ¿Y los repugnantes caracoles que
se arrastraban por todas partes?
No cabía la menor duda de que aquel perro significaba algo.
Antes de dirigirse al despacho, pasó por el quiosco y compró los
dos periódicos que se publicaban en la isla. Ambos dedicaban amplio espacio al
hallazgo de los cuerpos en la cueva, pero no mencionaban para nada el
descubrimiento de las armas. El periódico que se imprimía en Palermo aseguraba
que se trataba de un suicidio por amor, y el de Catania se mostraba abierto a
la tesis del homicidio, aunque sin olvidar la del suicidio, hasta tal punto que
el titular decía: ¿Dúplice suicidio o doble homicidio?, haciendo distinciones
vagas y misteriosas entre "dúplice" y "doble". Pero, por
otra parte, el periódico tenía por costumbre no tomar jamás partido, tanto si
se trataba de una guerra como si se trataba de un terremoto, siempre encendía
una vela a Dios y otra al diablo y por esta razón se había ganado la fama de
ser un periódico independiente y liberal. Ninguno de los dos diarios hablaba de
la vasija de barro, el cuenco y el perro de terracota.
En cuanto Montalbano cruzó el umbral, Catarella le preguntó con
voz jadeante qué debía contestar a los cientos de llamadas de periodistas que
querían hablar con él.
—Les dices que estoy cumpliendo una misión.
—Ah, ¿es que se ha hecho misionero? —replicó el agente,
dándoselas de gracioso y soltando una carcajada solitaria.
Montalbano pensó que había hecho bien la víspera en desconectar
el teléfono antes de irse a dormir.
Trece
—¿ Doctor Pasquano? Habla Montalbano. Quería saber si hay alguna
novedad.
—Sí, señor. Mi mujer se ha resfriado y a mi nieta se le ha caído
un dientecito.
—¿Está enojado, doctor?
—¡Pues sí, señor!
—¿Con quién?
—¿Y me lo pregunta tras haberme preguntado si hay novedades? ¡Yo
me pregunto y digo con qué cara me lo pregunta a las nueve de la mañana! ¿Cree
acaso que me he pasado la noche abriéndoles las tripas a los dos muertos como
si fuera un buitre o un cuervo? ¡Yo por la noche duermo! Y ahora estoy
trabajando con el ahogado que han encontrado en Torre Spaccata. Que, además, no
es un ahogado, pues, antes de arrojarlo al mar, le habían pegado tres navajazos
en el pecho.
—Doctor, ¿hacemos una apuesta?
—¿Sobre qué?
—Sobre el hecho de que usted se ha pasado toda la noche con
aquellos dos muertos.
—Pues bueno, ha acertado.
—¿Qué ha descubierto?
—De momento le puedo decir muy poco, tengo que examinar otras
cosas. Es verdad que murieron por disparos de arma de fuego. Él con un disparo
en la sien y ella con un disparo en el corazón. La herida de la mujer no se
veía porque tenía encima la mano del hombre. Una ejecución en regla, mientras
dormían.
—¿En el interior de la cueva?
—No creo... Supongo que los trasladaron allí ya muertos y los
colocaron en aquella posición, desnudos tal como estaban.
—¿Ha conseguido establecer su edad?
—No quisiera equivocarme, pero tenían que ser jóvenes, muy
jóvenes.
—A su juicio, ¿a cuándo se remontan los hechos?
—Puedo aventurar una hipótesis, pero acéptela con reservas. Más
o menos a unos cincuenta años.
—No estoy para nadie y no me pases ninguna llamada durante un
cuarto de hora —le dijo Montalbano a Catarella.
Después cerró la puerta de su despacho, regresó al escritorio y
se sentó. Mimì Augello también estaba sentado, pero con la espalda tiesa, como
empalado.
—¿Quién empieza? —preguntó Montalbano.
—Empiezo yo —contestó Augello—, pues soy yo el que ha pedido
hablar contigo. Porque creo que ha llegado la hora de que te hable.
—Y yo estoy aquí para escucharte.
—¿Se puede saber qué te he hecho?
—¿Tú? Tú a mí no me has hecho nada. ¿Por qué me haces esta
pregunta?
—Porque aquí dentro tengo la sensación de haberme convertido en
un extraño. No me dices nada de lo que haces, me mantienes al margen. Y yo me
siento ofendido. Por ejemplo, es justo, en tu opinión, haberme ocultado la
historia de Tano el Griego. Yo no soy como Jacomuzzi que se va de la lengua, yo
me sé callar las cosas. ¿Te parece bien haberme hecho eso a mí que, hasta que
no se demuestre lo contrario, soy tu subcomisario?
—Pero ¿te das cuenta de lo complicado que era el asunto?
—Precisamente porque me doy cuenta me enojo más. Porque eso
quiere decir que yo para ti no soy la persona indicada para los asuntos
delicados.
—Eso jamás lo he pensado.
—No lo has pensado, pero lo has hecho siempre. Como con la
historia de las armas, de la que me enteré por casualidad.
—Mira, Mimì, estaba nervioso, tenía prisa y no se me ocurrió
avisarte.
—No me vengas con tonterías, Salvo. La historia es otra.
—¿Cuál?
—Te la voy a decir. Tú te has creado una comisaría a tu imagen y
semejanza. Desde Fazio hasta Germanà y Galluzzo, todos los que tú quieras, no
son más que los obedientes brazos de una sola cabeza: la tuya. Porque ellos no
llevan la contra, no plantean dudas, cumplen las órdenes y sanseacabó. Aquí
adentro los cuerpos extraños somos sólo dos: Catarella y yo. Catarella porque
es demasiado imbécil y yo...
—… porque eres demasiado inteligente.
—¿Lo ves? Yo no quería decir eso. Tú me atribuyes una soberbia
de la que carezco y lo haces con mala intención.
Montalbano lo miró, se levantó, se introdujo las manos en los
bolsillos, rodeó la silla en la cual estaba sentado Augello y se detuvo.
—No lo he dicho con mala intención, Mimì. Eres verdaderamente
inteligente.
—Si lo crees de veras, ¿por qué me excluyes? Te podría ser tan
útil por lo menos como los demás.
—Ahí está, Mimì. No como los demás sino más que ellos. Te hablo
con el corazón en la mano porque me estás obligando a reflexionar acerca de mi
actitud hacia ti. A lo mejor, es eso lo que más me molesta.
—Pues entonces, para darte gusto, ¿yo tendría que volverme un
poco imbécil?
—Si quieres que mantengamos una larga charla, lo haremos. No es
eso lo que yo quería decir. El caso es que, con el tiempo, me he convertido en
una especie de cazador solitario... perdóname la expresión, que quizá no es
acertada... porque me gusta cazar con los demás, pero quiero ser yo el que
organice la cacería. Para que mi cerebro funcione debidamente, ésta es la
condición indispensable. Una observación inteligente de otra persona me
desanima, me puede descolocar a lo largo de todo un día y hacer que ni yo mismo
consiga seguir el hilo de mis razonamientos.
—Comprendo. Mejor dicho, ya lo había comprendido, pero quería
oírtelo decir, confirmar. Pues ahora te lo advierto sin inquina ni rencor: hoy
mismo le escribo al jefe y le pido el traslado.
Montalbano lo pensó, se le acercó, se inclinó hacia delante y
apoyó las manos en sus hombros.
—¿Me creerás si te digo que, si lo haces, me causarás un
profundo dolor?
—¡Qué carajo! —estalló Augello—. ¿Tú lo exiges todo de todo el
mundo? ¿Qué clase de hombre eres? ¿Primero me tratas como una mierda y ahora me
vienes con la emoción del afecto? ¿Sabes que tu egoísmo es monstruoso?
—Sí, lo sé —dijo Montalbano.
—Permítame que le presente al contable Burruano, que ha tenido
la amabilidad de acompañarme —dijo Burgio, pavoneándose.
—Tengan la bondad de sentarse —les pidió Montalbano, señalando
los dos silloncitos viejos que, en un rincón del despacho, estaban reservados a
las visitas importantes.
Él tomó asiento en una de las dos sillas situadas delante del
escritorio, por lo general destinadas a la gente sin mayor importancia.
—Por lo visto, mi misión últimamente es la de corregir o por lo
menos puntualizar lo que dicen en la televisión —comenzó diciendo el director.
—Corrija y puntualice —le dijo sonriendo Montalbano.
—El contable y yo tenemos casi la misma edad. Él me lleva cuatro
años y nos acordamos de las mismas cosas.
Montalbano percibió un cierto orgullo en la voz del director. Y
con razón: Burruano, trémulo y con los ojos ligeramente empañados, parecía que
le llevara por lo menos diez años a su amigo.
—Verá, inmediatamente después de la transmisión de Televigata,
en la que se mostraba el interior de la cueva donde se han encontrado...
—Perdone que lo interrumpa... La otra vez usted me habló de la
cueva de las armas, pero no se refirió a la segunda. ¿Por qué?
—Porque ignoraba su existencia, nada más. Lillo jamás me habló
de ella. Bueno pues, inmediatamente después de la transmisión, llamé al
contable Burruano; quería una confirmación, pues la estatua del perro yo la
había visto en otra ocasión.
¡El perro! Por eso lo había visto en su pesadilla, porque el
director se había referido a él por teléfono. Experimentó una especie de
gratitud infantil.
—Díganme, ¿tomarían un café? En el bar de aquí al lado lo hacen
muy bueno.
Con un movimiento simultáneo, ambos sacudieron la cabeza.
—¿Un jugo de naranja? ¿Una Coca—Cola? ¿Una cerveza?
Como no lo detuvieran, seguro que no tardaría en ofrecerles diez
mil liras a cada uno.
—No, gracias, no podemos tomar nada. La edad... —explicó Burgio.
—Pues entonces, ustedes dirán.
—Será mejor que se lo diga el contable.
—Desde febrero de 1941 a julio de 1944 —empezó diciendo
Burruano— fui, siendo muy joven, alcalde de Vigàta. Quizá porque el fascismo
decía que le gustaban los jóvenes, hasta el extremo de que se los comió a todos
asados o congelados, o quizá porque en el pueblo sólo quedaban los viejos, las
mujeres y los niños, pues los demás estaban en el frente. Yo no pude ir porque
estaba enfermo del pecho, pero de verdad.
—Yo era demasiado joven para ir al frente —terció el director
para evitar equívocos.
—Eran tiempos terribles. Los ingleses y los americanos nos
bombardeaban a diario. Una vez conté diez bombardeos en treinta y seis horas.
En el pueblo quedaba muy poca gente, pues casi todo el mundo se había ido.
Vivíamos en los refugios excavados en la colina de marga que se elevaba por
encima del pueblo. En realidad, se trataba de unas galerías de doble salida,
muy seguras. Nos habíamos llevado incluso las camas. Ahora Vigàta ha crecido,
no es como entonces, unas cuantas casas alrededor del puerto, una franja de
viviendas entre el pie de la colina y el mar. En lo alto de la colina, en el
Piano Lanterna, que ahora parece Nueva York con sus rascacielos, había cuatro
construcciones a ambos lados de la única calle que conducía al cementerio y
después se perdía en la campiña.
"Los blancos de los aparatos enemigos eran tres: la central
eléctrica, el puerto con sus navíos de guerra y mercantes y las baterías
antiaéreas y navales que se habían instalado a lo largo del borde de la colina.
Cuando aparecían los ingleses, las cosas nos iban mejor que cuando aparecían
los americanos.
Montalbano estaba empezando a perder la paciencia, pues quería
que el hombre fuera directamente al grano, a la cuestión del perro, pero no
quería interrumpir sus digresiones.
—¿En qué sentido las cosas les iban mejor, señor contable? Eran
bombas en ambos casos.
En nombre de Burruano, que ahora había enmudecido, persiguiendo
algún recuerdo, habló el director Burgio.
—Los ingleses eran, ¿cómo diría?, más correctos; soltaban las
bombas procurando alcanzar sólo objetivos militares; en cambio, los americanos
las largaban a lo loco, donde se les ocurría.
—Hacia fines del 42 —dijo Burruano, reanudando su relato—, la
situación se agravó. Faltaba de todo, desde el pan hasta los medicamentos, el
agua y la ropa. Entonces se me ocurrió hacer por Navidad un pesebre delante del
cual todos pudiéramos rezar. Mi intención era distraer a los vigateses, por lo
menos durante unos días, de sus muchas preocupaciones y del temor que les
inspiraban las bombas. No había ninguna familia que no tuviera por lo menos a
un hombre combatiendo fuera de casa, desde el hielo de Rusia hasta el infierno
de África.
"Todos estábamos nerviosos y nos mostrábamos desconfiados,
nos habíamos vuelto pendencieros y bastaba cualquier cosa para que estallara
una pelea, pues teníamos los nervios a flor de piel. Por la noche no
conseguíamos pegar un ojo, entre las ametralladoras de las baterías antiaéreas,
las explosiones de las bombas, el rugido de los aparatos que volaban a baja
altura y los cañonazos de los barcos. Y además, todo el mundo acudía a mí o al
cura a preguntar esto o aquello y yo ya no sabía dónde meterme. Ya no me sentía
joven, me sentía como ahora.
El contable hizo una pausa para recuperar el resuello. Ni
Montalbano ni Burgio se atrevieron a llenarla.
—En resumen y para abreviar, hablé con Balassaro Chiarenza, que
era un auténtico artista de la terracota y lo hacía por afición, pues su oficio
era el de carretero; a él se le ocurrió la idea de hacer las imágenes de tamaño
natural. El Niño Jesús, la Virgen, San José, el buey, el asno, un pastor con un
corderito sobre los hombros, una oveja, un perro y el "asustado"
habitual del pesebre, que es un pastor que levanta los brazos en gesto de
asombro. Lo hizo y le salió precioso. Entonces se nos ocurrió no colocarlo en
la iglesia sino bajo la arcada de una casa bombardeada, como si Jesús naciera
entre las angustias de nuestra gente.
El contable buscó en su bolsillo, sacó una fotografía y se la
entregó al comisario. Era un pesebre bellísimo; el contable había dicho la
verdad. Una sensación de huida, de fugacidad, pero al mismo tiempo, un calor
consolador de serenidad sobrehumana.
—Es precioso —dijo Montalbano, profundamente conmovido.
Pero fue sólo un instante, pues el lince que tenía dentro se
impuso y empezó a estudiar atentamente el perro. No cabía la menor duda: era el
mismo que encontraron en la cueva. El contable volvió a guardarse la fotografía
en el bolsillo.
—El pesebre obró el milagro, ¿sabe? Durante unos días fuimos
comprensivos los unos con los otros.
—¿Qué fue de las imágenes?
Era lo que le interesaba a Montalbano. El anciano esbozó una
sonrisa.
—Las vendí todas en subasta. Obtuve el dinero suficiente para
pagar el trabajo de Chiarenza, que sólo quiso cobrar lo que había gastado, y
para dar limosna a los que más la necesitaban. Y eran muchos.
—¿Quién compró las estatuas?
—Aquí está el quid. Ya no me acuerdo. Tenía los recibos y todo,
pero los perdí cuando una parte del Ayuntamiento se quemó durante el desembarco
de los americanos.
—En la época de la que usted me está hablando, ¿tuvo alguna
noticia de la desaparición de dos jóvenes?
El contable sonrió y el director Burgio estalló en una sonora
carcajada.
—¿He dicho una idiotez?
—Perdone, señor comisario, pero más bien sí —contestó el
director.
—Mire, en 1939, en Vigàta éramos catorce mil personas.
Conservo las cifras en la cabeza —prosiguió Burruano—. Y en
1942, habíamos bajado a ocho mil. Todos los que podían se iban, buscaban
refugio provisional en los pueblos del interior, los pueblos pequeños a los que
los americanos no atribuían ninguna importancia. En el período entre mayo y
junio del 43, quedamos más o menos cuatro mil habitantes, sin contar a los
militares italianos y alemanes y a los marinos. Los demás se habían diseminado
por el campo, vivían en cuevas, en pajares y en todos los agujeros que
encontraban. ¿Cómo quiere usted que tuviéramos noticia de las desapariciones?
¡Todo el mundo había desaparecido!
Los ancianos volvieron a reírse. Montalbano les agradeció la
información.
Bueno, algo había conseguido averiguar. La gratitud impulsiva
que el comisario había experimentado hacia el contable y el director se
convirtió, en cuanto éstos se retiraron, en un arrebato irrefrenable de
generosidad del que estaba seguro de que, más tarde o más temprano, se
arrepentiría. Llamó a su despacho a Mimì Augello, enmendó ampliamente sus
culpas para con su amigo y colaborador, le rodeó los hombros con su brazo,
paseó con él por la oficina, le manifestó su "confianza
incondicional", le habló con todo lujo de detalles de la investigación que
estaba llevando a cabo sobre el tráfico de armas, le reveló el asesinato de
Misuraca y le comunicó que había pedido permiso al juez para intervenir los
teléfonos de Ingrassia.
—¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó Augello, dejándose llevar
por el entusiasmo.
—Nada. Tú sólo tienes que escucharme —contestó Montalbano,
volviendo de pronto a ser el de siempre—. Porque, como se te ocurra hacer algo
por tu cuenta y riesgo, te parto el culo, puedes estar seguro.
Sonó el teléfono; Montalbano lo tomó y oyó la voz de Catarella,
que hacía de telefonista.
—¿Señor comisario? Aquí está, ¿cómo diría?, el dottori
Jacomuzzi.
—Pásamelo.
—Ya puede hablar con el dottori por teléfono, dottori —oyó que
decía Catarella.
—¿Montalbano? Como pasaba por aquí a la vuelta del
crasticeddru...
—Pero ¿dónde estás?
—¿Cómo que dónde estoy? En la oficina de al lado de tu despacho.
Montalbano soltó una palabrota. ¿Podía existir alguien más
imbécil que Catarella?
—Ya puedes venir.
Se abrió la puerta y apareció Jacomuzzi, cubierto de arena
rojiza y de polvo, despeinado y desarreglado.
—¿ Por qué tu agente sólo quería que hablara contigo por
teléfono?
—Jacomu, ¿quién es más imbécil? ¿El carnaval o el que participa
en él? Debiste darle una patada en el trasero y haber entrado, sin más.
—He terminado el examen de la cueva. He mandado tamizar la
arena... Mira, mejor que los buscadores de oro de las películas americanas. No
hemos encontrado nada de nada. Lo cual sólo puede significar una cosa, pues
Pasquano me dijo que las heridas tenían un orificio de entrada y otro de
salida...
—Significa que los dos recibieron los disparos en otro sitio.
—Exactamente. Si los hubieran matado en la cueva, hubiéramos
tenido que encontrar las balas. Ah, y una cosa muy rara. La arena de la cueva
estaba mezclada con conchas de caracol rotas en fragmentos minúsculos... Debía
de haber miles allí adentro.
—¡Jesús! —musitó Montalbano.
El sueño, la pesadilla, el cuerpo desnudo de Livia sobre el cual
se arrastraban los caracoles. ¿Qué significado tendría? Se llevó la mano a la
frente y se la notó sudada.
—¿Te sientes mal? —le preguntó Jacomuzzi preocupado.
—Nada, un pequeño mareo, estoy cansado, simplemente.
—Llama a Catarella y dile que te traiga del bar algo para
reconfortarte.
—¿A Catarella? ¿Bromeas? Ése, una vez que le pedí un exprés,
regresó con un sello de correos.
Jacomuzzi depositó tres monedas sobre la mesa.
—Son de las que había en el cuenco. Las demás las envié al
laboratorio. No te servirán de nada, guárdalas como recuerdo.
Catorce
Con Adelina podían pasarse toda una estación sin verse. Cada
semana Montalbano le dejaba encima de la mesa de la cocina el dinero para las
compras y, cada treinta días, el sueldo del mes. Sin embargo, se había
establecido entre ambos un sistema espontáneo de comunicación y, cuando ella
necesitaba más dinero para las compras, le dejaba en la mesita el caruso, la
hucha de barro que él había comprado en una feria y que conservaba porque le
gustaba; cuando se necesitaba una provisión de calcetines o de calzoncillos, le
dejaba un par de ellos sobre la cama. Pero, como es natural, el sistema no
funcionaba únicamente en una sola dirección, y Montalbano le decía cosas
utilizando los medios más extraños, que la asistenta siempre comprendía. Desde
hacía un tiempo, el comisario se había percatado de que Adelina, cuando él
estaba tenso, turbado o nervioso, lo notaba por la forma en que dejaba la casa
por la mañana y entonces le preparaba platos especiales para levantarle el
ánimo.
Aquel día Adelina había entrado en acción y Montalbano encontró
en el refrigerador salsa de sepia, oscura y espesa, tal como a él le gustaba.
¿Había o no una pizca de orégano? La olfateó largo rato antes de ponerla a
calentar, pero esta vez la investigación no dio resultado. Al terminar de
comer, se puso el short con la intención de dar un breve paseo por la orilla
del mar. Al poco rato, se sintió cansado, le dolían las pantorrillas.
"Coger de pie y andar sobre arena, dejan al hombre hecho
una pena."
Sólo una vez había cogido de pie y no se había sentido tan mal
como decía el proverbio; en cambio, sí era cierto que el hecho de caminar sobre
la arena, incluso la más dura de la orilla, producía cansancio. Consultó el
reloj y se quedó pasmado: ¡Poco rato, un cuerno! ¡Llevaba dos horas paseando!
Se desplomó sentado.
—¡Comisario! ¡Comisario!
La voz sonaba lejana. Se levantó con esfuerzo y miró hacia el
mar, convencido de que alguien lo estaba llamando desde una barca o una balsa
neumática. Pero el mar estaba desierto hasta donde alcanzaba la vista en el
horizonte.
—¡Comisario, estoy aquí! ¡Comisario!
Se volvió. Era Tortorella, que agitaba los brazos desde la
carretera provincial que bordeaba la playa a lo largo de un buen trecho.
Mientras se lavaba y vestía apresuradamente, Tortorella le dijo
que en la comisaría se había recibido una llamada anónima.
—¿Quién la atendió?
Como la hubiera atendido Catarella, quién sabe las tonterías que
habría comprendido y comunicado.
—No, señor —contestó sonriendo Tortorella, que había intuido los
temores de su jefe—. Él se había ido un momento al baño y en el conmutador
estaba yo. La voz tenía acento palermitano, pero puede que fingiera. Dijo que
en el aprisco había un cadáver, en el interior de un coche verde.
—¿Quiénes fueron?
—Fazio y Galluzzo. Yo vine corriendo a avisarle a usted. No sé
si hice bien. A lo mejor, la llamada es una broma, una tontería.
—¡Pero cuánto nos gustan las tonterías a los sicilianos!
Llegó al aprisco a las cinco, la hora que Gegè llamaba del
"cambio de guardia", lo cual consistía en que las parejas no venales,
es decir, los amantes, los adúlteros y los novios, abandonaban el lugar y
desmontaban ("No sólo la tienda" pensó Montalbano) para dar paso al
rebaño de Gegè, con sus putas rubias del Este, sus travestidos búlgaros, las
nigerianas negras como el ébano, los viados brasileños, los chaperos marroquíes
y el resto de la procesión, en una auténtica ONU del pene, el culo y la vagina.
El coche verde estaba efectivamente allí, con el portaequipaje abierto, rodeado
por tres vehículos de los carabineros. El de Fazio estaba un poco apartado.
Galluzzo bajó y se acercó a él.
—Llegamos tarde.
La policía había sellado un acuerdo tácito con el Cuerpo de
Carabineros. El que llegaba primero al escenario de un delito, gritaba
"¡Tocado!" y se quedaba con el caso. De esta manera se evitaban las
interferencias, las polémicas, los codazos y las caras largas. Fazio también
estaba apenado:
—Ellos llegaron primero.
—Pero, ¿qué les pasa? ¿Qué perdieron? No nos pagan a tanto el
muerto, no trabajamos a destajo.
Por una curiosa coincidencia, el automóvil verde estaba pegado
al mismo matorral en el que un año atrás se había descubierto un cadáver, un
caso que había intrigado mucho a Montalbano. El comisario estrechó la mano del
teniente del Cuerpo de Carabineros, que era de Bérgamo y se apellidaba
Donizetti, como el compositor de óperas nacido en aquella ciudad del norte.
—Nos lo comunicaron mediante una llamada anónima —dijo el
teniente.
Eso significaba que querían asegurarse de que se descubriera el
cadáver. El comisario estudió al muerto acurrucado en el portaequipaje. Al
parecer, le habían pegado un solo disparo; el proyectil le había entrado por la
boca, destrozándole los labios y los dientes, y había salido por la nuca,
provocando un orificio tan grande como un puño. Montalbano no reconoció su
rostro.
—Me dicen que usted conoce al propietario de este burdel al aire
libre —dijo el teniente con una punta de desprecio.
—Sí, es amigo mío —contestó Montalbano con clara intención
polémica.
—¿Sabe dónde puedo localizarlo?
—En su casa, creo.
—Allí no está.
—Perdone, ¿por qué me pregunta a mí su paradero?
—Porque usted, acaba de decirlo ahora mismo, es amigo suyo.
—Ah, ¿sí? Y eso quiere decir que usted, en este preciso
instante, está en condiciones de saber dónde están y qué están haciendo sus
amigos bergamascos.
Desde la carretera provincial se acercaban constantemente
automóviles, enfilaban los estrechos senderos del aprisco, veían el tumulto de
los vehículos de los carabineros, daban marcha atrás y regresaban a la
carretera por la que habían llegado. Las putas del Este, los viados brasileños,
las nigerianas y compañía llegaban a su puesto de trabajo, aspiraban olor a
quemado y se largaban. Aquella iba a ser una noche muy negra para los negocios
de Gegè.
El teniente volvió a acercarse al coche verde; Montalbano le dio
la espalda y, sin saludarlo siquiera, subió a su vehículo. Después le dijo a
Fazio:
—Tú y Galluzzo quédense aquí. A ver qué hacen y qué descubren.
Yo me voy al despacho.
Se detuvo delante de la librería y papelería de Sarcuto, la
única que en Vigàta cumplía lo que se anunciaba en el cartel, pues las demás no
vendían libros sino mochilas escolares, cuadernos y bolígrafos. Acababa de
recordar que había terminado la novela de Montalbán y no tenía nada más para
leer.
—¡Salió un nuevo libro sobre los jueces Falcone y Borsellino!
—le anunció la señora Sarcuto en cuanto lo vio entrar.
Aún no había entendido que Montalbano aborrecía leer libros
sobre la mafia, sus asesinatos y sus víctimas. Él no había logrado comprender
por qué, no lo entendía, pero jamás los compraba y ni siquiera leía las
solapas. Compró una obra de Consolo que tiempo atrás había ganado un premio
literario. Tras dar varios pasos por la acera, el libro le resbaló de debajo
del brazo y cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y volvió a subir a su
automóvil.
Al llegar a su despacho, Catarella le dijo que no había
novedades. Montalbano tenía la manía de estampar enseguida su firma en todos
los libros que compraba. Fue a tomar uno de los bolígrafos de su escritorio y
sus ojos se posaron en las monedas que Jacomuzzi le había dejado. La primera,
de cobre, era del año 1934 y, por el anverso presentaba la efigie del Rey y la
frase "Víctor Manuel III Rey de Italia" y, por el reverso, una espiga
con la inscripción "C.5", es decir, cinco céntimos; la segunda,
también de cobre, era un poco más grande y, por el anverso presentaba la
consabida efigie del Rey mientras que en el reverso figuraba una abeja posada
sobre una flor, la letra C y el número 10, diez céntimos, del año 1936; la
tercera era de metal, pero de aleación ligera, con la inevitable efigie del Rey
en el anverso y, en el reverso, un águila imperial con las alas extendidas,
detrás de la cual se entreveía un haz de varas lictorio. En el reverso, las
inscripciones eran cuatro: "L.1", es decir, 1 lira,
"ITALIA", "1942", el año de la acuñación, y "XX",
es decir el año vigésimo de la era fascista. Mientras contemplaba esta última
moneda, el comisario recordó lo que había visto mientras se agachaba para
recoger el libro que se le cayó al suelo delante de la librería. Lo que había
visto era la vidriera de la tienda de al lado, en el que estaban expuestas
varias monedas antiguas.
Se levantó, le dijo a Catarella que salía y que tardaría como
máximo una media hora en regresar y se dirigió a pie a la tienda. Se llamaba
COSAS y exponía efectivamente "cosas": rosas del desierto, sellos,
candelabros, sortijas, broches, monedas, piedras duras. Entró y una joven
agraciada y pulcra lo recibió con una sonrisa. Lamentando decepcionarla, le
explicó que no quería comprar nada, pero que, habiendo visto en la vidriera
varias monedas antiguas, quería saber si en esa tienda o en Vigàta había algún
experto en numismática.
—Pues claro —contestó la muchacha sin dejar de mirarlo con su
sonrisa deliciosa—. Mi abuelo.
—¿Dónde puedo molestarlo?
—No lo molestará en absoluto, al contrario, estará contento.
Está adentro. Espere que vaya avisarle.
La muchacha volvió a salir sin darle tiempo siquiera para
examinar una pistola sin gatillo de fines del siglo pasado.
—Pase, por favor.
La trastienda era un revoltijo maravilloso de gramófonos de
bocina, máquinas de coser prehistóricas, prensas de despacho, cuadros,
grabados, orinales y pipas. La habitación era toda ella una biblioteca
desordenada llena de incunables, tomos encuadernados en pergamino, pantallas
para lámparas, paraguas y sombreros plegables de tres picos. En el centro había
un escritorio y detrás de él un anciano sentado bajo la luz de una lámpara de
estilo modernista. El anciano sostenía un sello con una pinza y lo estaba examinando
con una lupa.
—¿Qué sucede? —preguntó en tono malhumorado y sin levantar los
ojos.
Montalbano puso las tres monedas delante del viejo, quien apartó
un momento la mirada del sello y les echó un vistazo con aire distraído.
—No valen nada.
De entre todos los ancianos que estaba conociendo en el
transcurso de sus investigaciones sobre los muertos del crasticeddru, éste era
el más arisco.
"Tendría que reunirlos a todos en un asilo", pensó el
comisario, "me resultaría más fácil interrogarlos."
—Ya sé que no valen nada.
—Pues entonces, ¿qué quiere saber?
—Cuándo dejaron de tener curso legal.
—Haga un esfuerzo.
—¿Cuando se proclamó la República...? —sugirió Montalbano en
tono vacilante.
Se sentía como un estudiante que no se ha preparado para el
examen. El anciano se levantó y su carcajada sonó como un par de cajas de
hojalata vacías restregadas entre sí.
—¿Me equivoqué?
—Vaya si se equivocó. Los americanos desembarcaron la noche
entre el 9 Y el 10 de julio de 1943. En octubre de aquel mismo año estas
monedas se retiraron de la circulación. Las sustituyeron las llamadas
"amliras", los billetes que la AMGOT, es decir, la Administración
Militar Aliada de los Territorios Ocupados, hizo imprimir. Y, como la
denominación de dichos billetes era de una, cinco y diez liras, los céntimos
desaparecieron de la circulación.
Fazio y Galluzzo regresaron a la comisaría cuando ya había
oscurecido; Montalbano los reprendió.
—¡Ya era hora! ¡Se nota que se toman las cosas con calma!
—¿Nosotros? —replicó Fazio—. Pero ¿es que usted no sabe cómo es
el teniente? Antes de tocar al muerto, esperó la llegada del juez y del doctor
Pasquano. ¡Ellos sí que se tomaron las cosas con calma!
—¿Y bien?
—Es un muerto fresquito, de hoy mismo. Pasquano dijo que entre
el asesinato y las llamadas no transcurrió ni siquiera una hora. Llevaba en el
bolsillo el carné de identidad. Se llamaba Pietro Gullo, cuarenta y dos años,
ojos azules, cabello rubio, tez sonrosada, natural de Merfi, residente en via
Matteotti 32, de Fela, casado, señas particulares ninguna.
—Oye, ¿por qué no te buscas un trabajo en el Registro Civil?
Con mucha dignidad, Fazio no contestó a la provocación y siguió
adelante.
—Me trasladé a Monteluso y consulté los archivos. Este Gullo
tuvo una juventud nada excepcional... dos robos, una pelea. Después sentó
cabeza, o eso parece, por lo menos. Se dedicaba al comercio de cereales.
—Le agradezco mucho que haya accedido a recibirme enseguida —le
dijo Montalbano al director Burgio en cuanto éste le abrió la puerta.
—¡Por favor! Es un placer.
Le franqueó la entrada, lo acompañó al salón, lo invitó a
sentarse y llamó:
—¡Angelina!
Apareció una viejecita, sorprendida por la inesperada visita; su
aspecto era pulcro y extremadamente cuidado y detrás de sus gafas gruesas
brillaban unos ojos vivos y perspicaces.
"¡El asilo!", pensó Montalbano para sus adentros.
—Permítame que le presente a Angelina, mi mujer.
Montalbano se inclinó ante ella con admiración; le gustaban
sinceramente las ancianas que hasta en casa cuidaban de su aspecto.
—Le ruego que me perdone esta molestia a la hora de cenar.
—No es ninguna molestia, al contrario. Señor comisario, ¿tiene
algún compromiso?
—Ninguno.
—Pues entonces, ¿por qué no se queda a cenar con nosotros? Es
comida de viejos, cosas livianas: verduras y salmonetes con aceite y limón.
—Me invita a un banquete de boda.
La señora se retiró, encantada.
—Usted dirá —dijo el director Burgio.
—He conseguido averiguar el período en que tuvo lugar el doble
crimen del crasticeddru.
—Ya. ¿Cuándo fue?
—Con toda seguridad entre comienzos de 1943 y octubre de aquel
mismo año.
—¿Y cómo consiguió averiguado?
—Muy fácil... El perro de terracota, tal como nos dijo el
contable Burruano, se vendió después de la Navidad del año 42, probablemente
pasada la festividad de Reyes del año 43; las monedas que había en el cuenco se
retiraron de la circulación en octubre de ese año. —El comisario hizo una pausa
y agregó: —Lo cual sólo puede significar una cosa.
Pero no dijo qué cosa. Esperó pacientemente a que Burgio se
encerrara en sí mismo, se levantara, empezara a pasear por la habitación y
hablara.
—Comprendo, dottore. Usted quiere decirme que, en aquel período,
la cueva del crasticeddru era propiedad de Rizzitano.
—Exacto. Ya entonces, usted mismo me lo dijo, la cueva estaba
cerrada con aquella piedra porque los Rizzitano guardaban en ella las cosas que
vendían en el mercado negro. Los Rizzitano forzosamente tenían que conocer la
existencia de la otra cueva, a la que fueron llevados los cadáveres.
El director lo miró, desconcertado.
—¿Por qué me dice que los llevaron?
—Porque los asesinaron en otro lugar, eso es seguro.
—Pero ¿qué sentido tiene eso? ¿Por qué colocados allí tendidos
como si estuvieran durmiendo, con la vasija de barro, el cuenco con las monedas
y el perro?
—Lo mismo me pregunto yo. La única persona que quizá nos podría
decir algo es Lillo Rizzitano, su amigo.
Entró la señora Angelina.
—Ya está lista la cena.
Las verduras consistían en hojas y sumidades de calabacita
siciliana, de aquella variedad alargada y lisa de un color blanco apenas teñido
de verde; eran tan tiernas y delicadas, que a Montalbano se le fundían en la
boca. A cada bocado, el comisario tenía la sensación de que le limpiaban el
estómago y se lo dejaban tan pulido como los de ciertos faquires que había
visto en la televisión.
—¿Cómo lo encuentra? —preguntó la señora Angelina.
—Agraciado —contestó Montalbano.
Al ver el asombro de los ancianos, se ruborizó y se explicó.
—Les pido disculpas, algunas veces mi adjetivación es un poco
imperfecta.
Los salmonetes, hervidos y aderezados con aceite, limón y
perejil silvestre, eran tan ligeros como las verduras. Sólo al llegar a la
fruta volvió el director a retomar la pregunta que le había planteado a
Montalbano, pero no sin antes haber terminado de hablar de los problemas de la
escuela y de la reforma que el ministro del nuevo gobierno había decidido
emprender, en la cual se incluía entre otras cosas la desaparición del liceo o
bachillerato.
—En Rusia, en la época de los zares existía el liceo, aunque
tenía un nombre ruso, claro. Aquí en nuestro país el que lo llamó
"liceo" fue Gentile cuando hizo aquella reforma que anteponía el
estudio de las humanidades a cualquier otra cosa. Pues bien, los comunistas de
Lenin, con lo comunistas que eran, no tuvieron el valor de abolir el liceo.
Sólo a un retrasado, un arribista, un semianalfabeto y un pelagatos como este
ministro se le puede ocurrir un disparate semejante. ¿Cómo se llama? ¿Guastella...
?
—No, Vastella —dijo la señora Angelina.
En realidad, no era ése su nombre, pero el comisario se abstuvo
de corregida.
—Con Lillo éramos compañeros en todo, aunque no en la escuela
porque él estaba más adelantado que yo. Cuando yo cursaba el tercer año del
liceo, él acababa de terminar su licenciatura universitaria.
"En la noche del desembarco, la casa de Lillo, que se
levantaba al pie de la montaña del Crasto, fue destruida. Por lo que yo he
conseguido averiguar, cuando terminó el vendaval, aquella noche Lillo estaba
solo en el chalé y resultó gravemente herido. Un campesino vio que unos
militares italianos lo subían a un camión y que perdía mucha sangre. Esto fue
lo último que supe de Lillo. ¡Desde entonces no he vuelto a tener noticias
suyas a pesar de todas las averiguaciones que he hecho!
—Pero ¿será posible que no quede ningún superviviente de aquella
familia?
—No lo sé.
El director Burgio se dio cuenta de que su mujer estaba
enfrascada en sus propios pensamientos y mantenía los ojos entornados, mirando
a su alrededor con aire ausente.
—¡Angelina! —la llamó.
La anciana se sobresaltó y miró sonriendo a Montalbano.
—Tiene que perdonarme. Mi marido dice que siempre he sido una
mujer fantasiosa, pero no lo dice como elogio. Quiere decir que, de vez en
cuando, me dejo arrastrar por la imaginación.
Quince
Después de cenar con los Burgio, Montalbano regresó a casa antes
de las diez, demasiado temprano para irse a dormir. En la televisión estaban
dando un debate sobre la mafia, otro sobre política exterior italiana, un
tercero acerca de la situación económica, una discusión sobre la libertad de
información, un reportaje sobre la delincuencia juvenil en Moscú, otro sobre
las focas, otro sobre el cultivo del tabaco, una película de gángsters
ambientada en el Chicago de los años 30 y un programa diario, en el que un ex
crítico de arte, actual diputado y comentarista político, despotricaba contra
los magistrados, políticos de izquierda y adversarios, creyéndose un pequeño
Saint Just, pese a pertenecer por derecho propio a la tropa de vendedores de
alfombras, pedicuros, magos y bailarinas de striptease que cada vez con mayor
frecuencia aparecían en la pantalla. Apagó el televisor y, luego de haber
encendido la lámpara del exterior, fue a sentarse en el banco de la galería con
una revista a la que estaba abonado. Consultó el índice y, al no ver nada
interesante, se puso a mirar las fotografías que a menudo mostraban escenas de
sucesos, con el propósito a veces cumplido de convertirse en emblemáticas.
El sonido del timbre de la puerta lo sorprendió. No esperaba a
nadie, pero de inmediato recordó que Anna lo había llamado aquella tarde. Al
proponerle ella ir a su casa no se había atrevido a decirle que no, pues se
sentía en deuda por haberla utilizado indignamente, lo reconocía, en la
historia que había inventado para librar a Ingrid de la persecución de su
suegro.
Anna lo besó en la mejilla y le ofreció un paquete.
—Te traigo una petrafernula.
Era un pastel muy difícil de encontrar, que a Montalbano le
gustaba mucho, pero no sabía por qué razón los pasteleros ya no lo hacían. Su
pasta era dura y estaba hecho con cidra finamente triturada, cocida con miel y
aderezada con especias.
—Fui por asuntos de trabajo a Mlttica, la vi en una vidriera y
te la compré. Cuidado con los dientes.
El pastel, cuanto más duro era, más sabroso resultaba.
—¿Qué estabas haciendo?
—Nada, leyendo una revista. Sal tú también.
Se sentaron en el banco. Montalbano volvió a mirar las
fotografías de la revista mientras Anna apoyaba la cabeza en las manos y
contemplaba el mar.
—¡Qué bonito es todo esto!
—Ya.
—Sólo se oye el rumor de las olas.
—Ya.
—¿Te molesta que hable?
—No.
Anna se calló. Al poco rato, habló de nuevo.
—Voy a entrar a ver un poco la televisión. Tengo algo de frío.
—Mmm...
El comisario no quería alentada, pues Anna estaba deseando
entregarse a un placer imaginario: el de simular ser su compañera y estar
viviendo con él una velada como las demás. Justo en la última página de la
revista vio una fotografía que mostraba el interior de una cueva, la
"cueva de Fragapane", que en realidad era una necrópolis, un conjunto
de sepulcros cristianos excavados en el interior de unas cisternas antiguas. La
fotografía ilustraba en cierto modo la reseña de un libro recién publicado de
un tal Alcide Maraventano, titulado Ritos funerarios en el territorio de
Montelusa. La publicación de aquel ensayo documentadísimo de Maraventano,
afirmaba el crítico, colmaba una laguna y poseía un elevado valor científico
gracias a la precisión de las investigaciones acerca de un tema que abarcaba
desde la prehistoria hasta el período cristiano—bizantino.
Montalbano se pasó un buen rato reflexionando acerca de lo que
acababa de leer. La idea de que la vasija de barro, el cuenco con las monedas y
el perro formaran parte de un rito funerario ni siquiera se le había pasado por
la antesala del cerebro. Y era posible que hubiera sido un error y que las
investigaciones tuvieran que empezar a partir de allí. Se sintió invadido por
una prisa incontenible. Entró en la casa, desenchufó el teléfono y tomó el
aparato.
—¿Qué haces? —le preguntó Anna, que estaba mirando la película
de gángsters.
—Voy al dormitorio a hacer unas llamadas, aquí te molestaría.
Marcó el número de Retelibera y pidió hablar con su amigo Nicolò
Zito.
—Vamos, Montalba, dentro de unos segundos salgo al aire.
—¿Conoces a un tal Maraventano que ha escrito un libro...?
—¿Alcide? Sí, lo conozco. ¿Qué quieres de él?
—Hablar con él. ¿Tienes su número de teléfono?
—No tiene teléfono. ¿Estás en casa? Busco algo y te llamo.
—Tengo que hablar con él mañana mismo.
—Dentro de una hora como máximo te vuelvo a llamar y te digo lo
que tienes que hacer.
Apagó la lámpara de la mesita de noche, pues a oscuras le
resultaba más fácil reflexionar acerca de la idea que se le había ocurrido.
Recordó la cueva del crasticeddru tal como estaba la primera vez que había
entrado en ella. Quitando de la escena los cadáveres, quedaban una alfombra, un
cuenco, una vasija de barro y un perro de terracota. Trazando una línea entre
los objetos, se obtenía un triángulo perfecto, pero invertido con respecto a la
entrada. En el centro del triángulo había dos muertos. ¿Tenía algún sentido?
¿Había que estudiar quizá la orientación del triángulo?
Reflexionando, divagando, perdiéndose en fantasías, acabó
quedándose dormido. Al cabo de un rato que no supo calcular, lo despertó el
sonido del teléfono. Contestó con voz pastosa.
—¿Te habías dormido?
—Sí, me quedé dormido.
—Yo, en cambio, me estoy rompiendo el lomo por ti. Bueno pues,
Alcide te espera mañana a las cinco y media de la tarde. Vive en Gallotta.
Gallotta era un pueblo situado a pocos kilómetros de Montelusa,
cuatro casas de campesinos, antiguamente famoso por su inaccesibilidad en
invierno, cuando abundaban las lluvias fuertes.
—Dame la dirección.
—¡Pero qué dices, la dirección...! Saliendo de Montelusa, la
primera casa a la izquierda. Un enorme chalé medio en ruinas que haría las
delicias de un director de películas de terror. No tiene desperdicio.
Volvió a quedarse dormido apenas cortó. Se despertó sobresaltado
al percibir un movimiento sobre su pecho. Era Anna, de quien se había olvidado
por completo y que, tendida a su lado en la cama, le estaba desabrochando la
camisa. Sobre cada trozo de piel que dejaba al descubierto, apoyaba un buen
rato los labios. Cuando llegó al ombligo, la muchacha levantó la cabeza e
introdujo una mano en la camisa para acariciarle el pecho, posando sus labios
sobre los de Montalbano. Al ver que él no reaccionaba a su beso apasionado,
Anna deslizó la mano hacia abajo. Y también lo acarició allí.
Montalbano decidió hablar.
—¿Lo ves, Anna? No se puede. No ocurre nada.
Anna se levantó de un salto y se encerró en el cuarto de baño.
Montalbano no se movió ni siquiera cuando la oyó sollozar con un llanto
infantil de niña a la que se niega un dulce o un juguete. La vio completamente
vestida en el contraluz de la puerta del cuarto de baño abierta.
—Una fiera salvaje tiene más corazón que tú —dijo Anna antes de
irse.
A Montalbano se le pasó el sueño y a las cuatro de la madrugada
aún estaba tratando de hacer un solitario, que no le salía ni por casualidad.
Llegó a su despacho turbado y malhumorado, porque le dolía su
historia con Anna y se arrepentía de haberla tratado de esa manera. Por si
fuera poco, al amanecer, lo había asaltado una duda: si, en lugar de Anna,
hubiera sido Ingrid, ¿estaba seguro de que se hubiera comportado de la misma
manera?
—Tengo que hablar urgentemente contigo.
Mimì Augello estaba en la puerta y parecía muy alterado.
—¿Qué quieres?
—Informarte acerca de la marcha de las investigaciones.
—¿Qué investigaciones?
—Muy bien, ya entiendo, pasaré más tarde.
—No, ahora te quedas aquí y me dices de qué carajo de
investigaciones estás hablando.
—Pero ¿cómo? ¡Pues de las del tráfico de armas!
—Y yo, según tú, ¿te dije que te encargaras de ellas?
—¿Según yo? Me hablaste de ello, ¿no lo recuerdas? El encargo me
pareció implícito.
—Mimì, sólo hay una cosa implícita, y es que eres un hijo de la
gran puta, respetando a tu madre, se entiende.
—Hagamos una cosa, yo te digo lo que he hecho y después tú
decides si tengo que seguir o no.
—Adelante, dime lo que has hecho.
—Ante todo, pensé que a Ingrassia no se le tenía que dejar andar
suelto por ahí como si tal cosa y le encargué a dos de los nuestros que lo
vigilen día y noche. No podrá ni siquiera ir a mear sin que yo me entere.
—¿De los nuestros? ¿Le has puesto cerca a hombres de los
nuestros? Pero ¿es que no sabes que ése a los nuestros les conoce hasta los
pelos del culo?
—No soy tonto. No son de los nuestros, de Vigàta, quiero decir.
Son agentes de Ragona que ha destacado el jefe, a quien me he dirigido.
Montalbano lo estudió con admiración.
—Conque te has dirigido al jefe, ¿eh? ¡Bravo, Mimì, qué bien
sabes ampliar tus propias actividades!
Augello no contestó y prefirió seguir adelante con su
explicación.
—También hubo un pinchazo telefónico que podría significar algo.
Tengo en mi despacho la transcripción, voy a buscarla.
—¿No la recuerdas de memoria?
—Sí, pero tú al oírla eres capaz de descubrir...
—Mimì, a estas horas tú ya has descubierto todo lo que se podía
descubrir. No me hagas perder el tiempo. Dímelo.
—Bueno pues, desde el supermercado Ingrassia llama a Catania, a
la empresa Brancato. Pide hablar directamente con Brancato y éste se pone al
aparato. Ingrassia lamenta los errores cometidos durante el último envío, dice
que no se puede enviar un camión con mucho adelanto, que el asunto le ha
causado muchos problemas. Pide una cita para estudiar otro sistema de envío más
seguro. La respuesta que le da Brancato es desconcertante. El tipo levanta la
voz, se enoja y le pregunta a Ingrassia cómo tiene la cara de llamarlo.
Tartamudeando, Ingrassia pide explicaciones. Y Brancato se las da, dice que
Ingrassia es insolvente, que los Bancos le han aconsejado no mantener más
relaciones con él.
—¿Y cómo reacciona Ingrassia?
—Nada. No dice ni mu. Cuelga sin despedirse.
—¿Tú has comprendido el significado de la llamada?
—Claro... Que Ingrassia pedía ayuda y que los otros se lo han
quitado de encima.
—Vigila a Ingrassia.
—Ya te he dicho que es lo que hice. —Una pausa. —¿Qué hago? ¿Me
sigo encargando de la investigación?
Montalbano no contestó.
—¡Si serás maricón! —comentó Augello.
—¿Salvo? ¿Estás solo en el despacho? ¿Puedo hablar con entera
libertad?
—Sí. ¿Desde dónde llamas?
—Desde mi casa, tengo unas cuantas décimas de fiebre.
—Lo siento.
—Pues no, no tendrías que sentido. Es una fiebre de crecimiento.
—No entiendo, ¿qué quieres decir?
—Es una fiebre que sufren los niñitos, los pequeñines. Les dura
dos o tres días, llegan a treinta y nueve y hasta a cuarenta, pero no hay que
asustarse, es natural, es la fiebre del crecimiento. Cuando se les pasa, los
niñitos han crecido unos cuantos centímetros. Estoy segura de que yo, cuando me
baje la fiebre, también habré crecido. Mentalmente, no físicamente. Te quiero
decir que nadie, como mujer, me ha ofendido tanto como tú.
—Anna...
—Déjame terminar. Ofendido de verdad. Tú eres malo, Salvo. Y yo
no me lo merecía.
—Anna, procura razonar. Lo que ocurrió anoche fue por tu bien...
Anna colgó. Tal vez Montalbano se lo hubiera hecho comprender de
mil maneras inapropiadas; sabiendo que en aquellos momentos la chica estaba
sufriendo horriblemente, él se sintió peor que un cerdo, pues por lo menos la
carne de cerdo se puede comer.
Encontró enseguida el chalé a la entrada de Gallotta, pero le
pareció imposible que alguien pudiera vivir en aquellas ruinas. Se veía con
toda claridad que medio techo estaba hundido; en el tercer piso forzosamente
tenía que entrar el agua cuando llovía. El ligero viento que soplaba en
aquellos momentos bastaba para sacudir una persiana que no se comprendía cómo
era posible que todavía aguantara sin caer. La parte superior del muro de la
fachada tenía unas grietas tan anchas como un puño. El segundo piso, el primero
y la planta baja parecían encontrarse en mejores condiciones. El estucado hacía
años que había desaparecido, las persianas estaban todas rotas y despintadas,
pero, por lo menos, cerraban aunque estuvieran torcidas. La verja de hierro
forjado estaba entreabierta e inclinada hacia afuera, inmovilizada desde
tiempos inmemoriales en la misma posición en medio de las malas hierbas y la
tierra. El jardín era una masa informe de árboles retorcidos y matorrales
espesos que formaban un revoltijo compacto. Montalbano avanzó por el caminito
de piedras sueltas y se detuvo delante de la puerta despintada. Ya estaba
oscureciendo, pues el paso de la hora legal a la solar servía, en realidad,
para acortar los días. Vio un timbre y tocó. O, mejor dicho, lo apretó pues no
oyó ningún sonido, ni siquiera lejano. Lo intentó de nuevo antes de comprender
que el timbre no funcionaba ya en tiempos del descubrimiento de la
electricidad. Llamó utilizando la aldaba en forma de cabeza de caballo y
finalmente, a la tercera llamada, oyó unos pies que se arrastraban. La puerta
se abrió sin el menor sonido de cerrojo o pestillo, sólo con un gemido
prolongado de alma del purgatorio.
—Estaba abierta, era suficiente con empujar, entrar y llamarme.
El que hablaba era un esqueleto. Jamás en su vida había visto
Montalbano una persona tan flaca. O, mejor dicho, las había visto en su lecho
de muerte, resecas y consumidas por la enfermedad. Aquélla, en cambio, estaba
de pie, aunque doblada por la mitad, y parecía viva. Vestía una sotana que, en
lugar de ser negra tal como debía de ser al principio, ahora tiraba a verde, y
el alzacuello, que antes era blanco, ahora era de color gris. Calzaba unos
zapatones claveteados de campesino, de esos que ya no se vendían. El hombre
estaba completamente calvo y su cabeza era una calavera, a la que parecía que
alguien hubiera puesto en plan de broma unas gafas de montura dorada y lentes
muy gruesas, en las cuales naufragaba su mirada. Montalbano pensó que los dos
muertos de la cueva estaban recubiertos de más carne que aquel cura. Huelga
decir que era viejísimo.
Con gestos ceremoniosos, el anciano lo invitó a entrar y lo
acompañó a un salón inmenso, literalmente repleto de libros, no sólo en las
estanterías sino también por el suelo, donde formaban unas pilas altas que casi
alcanzaban el techo y se sostenían en un equilibrio imposible. A través de las
ventanas no penetraba la luz, pues los libros amontonados en las repisas
ocultaban por completo los cristales. Los muebles eran un escritorio, una silla
y un sillón. A Montalbano le pareció que la lámpara del escritorio era un
quinqué de verdad. El anciano cura retiró los libros que cubrían el sillón e
hizo sentar a Montalbano.
—Aunque no sé de qué manera lo puedo ayudar, dígame.
—Tal como ya le habrán dicho, soy comisario de policía y...
—No, no me lo dijeron ni yo lo pregunté. Anoche ya muy tarde
vino uno del pueblo a decirme que alguien de Vigàta quería verme y yo le
contesté que viniera a las cinco y media. Si usted es comisario, ha caído en
mal sitio, está perdiendo el tiempo.
—¿Por qué dice que estoy perdiendo el tiempo?
—Porque yo no saco los pies de esta casa desde hace treinta años
por lo menos. Las caras antiguas han desaparecido y las nuevas no me convencen.
Las provisiones me las traen cada día; de todos modos, yo sólo tomo leche y un
caldo de gallina una vez a la semana.
—Se habrá enterado a través de la televisión...
En cuanto inició la frase, Montalbano se detuvo; la palabra
"televisión" le había sonado equivocada.
—En esta casa no hay corriente eléctrica.
—Bien pues, habrá leído en los periódicos...
—No compro periódicos.
¿Por qué empezaba constantemente con mal pie? Tomó una especie
de carrera con la respiración y se lo contó todo de golpe, desde el tráfico de
armas hasta el descubrimiento de los muertos en el crasticeddru.
—Espere a que encienda la luz y así hablaremos mejor.
El cura rebuscó entre los papeles de la mesa, tomó una caja de
fósforos y encendió uno con mano trémula. Montalbano se quedó petrificado.
"Como se le caiga", pensó, "nos asamos en tres
segundos."
Sin embargo, la operación llegó a feliz término, pero todo fue
mucho peor, pues la luz iluminaba débilmente media mesa y dejaba en la
oscuridad más absoluta el lado en el que se encontraba el anciano. Montalbano
observó con estupor cómo el cura extendía una mano y tomaba una botellita con
un tapón muy raro. Encima de la mesa había otras tres, dos vacías y una llena
de un líquido de color blanco. No eran botellas sino biberones, cada uno
provisto de su propia tetina. Se puso estúpidamente nervioso al ver que el
anciano empezaba a chupar.
—Perdone, pero no tengo dientes.
—Pero, ¿por qué no se toma la leche en un jarrito, una taza, qué
se yo, un vaso?
—Porque así me da más gusto. Es como fumar en pipa.
Montalbano decidió largarse de allí cuanto antes. Se levantó,
sacó del bolsillo dos fotografías que le había dado Jacomuzzi y se las mostró
al sacerdote.
—¿Podría ser un ritual funerario?
El anciano contempló las fotografías, se animó y soltó una
especie de gemido.
—¿Qué había en el interior del cuenco?
—Varias monedas de la década de los 40.
—¿Y en la vasija de barro?
—Nada... no se veía ningún resto... debía de contener sólo agua.
El viejo se pasó un buen rato chupando con expresión pensativa.
Montalbano volvió a sentarse.
—No tiene sentido —dijo el cura, y dejó las fotografías sobre la
mesa.
Dieciséis
Montalbano estaba al borde del agotamiento; bajo la lluvia de
preguntas del cura se notaba la cabeza confusa y, por si fuera poco, cada vez
que no sabía qué contestar, Alcide Maraventano soltaba una especie de quejido y
daba, a modo de protesta, una chupada más ruidosa que las demás. Ya iba por el
segundo biberón.
¿En qué dirección estaban orientadas las cabezas de los
cadáveres?
¿La vasija era de barro común o de otro material?
¿Cuántas monedas había en el interior del cuenco?
¿Cuál era la distancia entre la vasija, el cuenco y el perro de
terracota en relación con los cuerpos?
Por fin, el interrogatorio de tercer grado terminó.
—No tiene sentido.
La conclusión del interrogatorio confirmó con toda exactitud lo
que el cura ya había dicho al principio. El comisario, con mal disimulado
alivio, creyó poder levantarse, saludar y retirarse.
—Espere, ¿a qué viene tanta prisa?
Montalbano volvió a sentarse, resignado.
—No es un rito funerario, pero puede que sea otra cosa.
De repente, el comisario se libró del cansancio y el abatimiento
y recuperó toda su lucidez mental: Maraventano era una cabeza que pensaba.
—Dígame, le agradeceré mucho su opinión.
—¿Usted ha leído a Umberto Eco?
Montalbano empezó a sudar.
"Dios mío, ahora me va a hacer un examen de
literatura", pensó, pero consiguió contestar:
—He leído su primera novela y los dos diarios mínimos, que me
parecen...
—No, yo las novelas no las conozco. Me refería al Tratado de
semiótica general, algunas de cuyas citas nos podrían ser útiles.
—Lo siento, pero no lo he leído.
—¿Tampoco ha leído Semeiotiké, de Kristeva?
—No, y tampoco tengo ganas de leerlo —contestó Montalbano, que
ya estaba empezando a hartarse y sospechaba que el viejo le estaba tomando el
pelo.
—Qué le vamos a hacer —dijo Alcide Maraventano en tono
resignado—. En ese caso, le voy a poner un ejemplo muy sencillito.
"Lo cual quiere decir a mi nivel", dijo Montalbano
hablando consigo mismo.
—Bueno, si usted, que es comisario, encuentra un muerto por arma
de fuego con una piedra en la boca, ¿qué piensa?
—Mire —dijo Montalbano, dispuesto a tomarse la revancha—, esto
ya es muy antiguo, ahora matan sin dar explicaciones.
—Ah... Por eso, para usted la piedra en la boca constituye una
explicación.
—Claro.
—¿Y qué quiere decir?
—Quiere decir que el muerto había hablado demasiado, que dijo
cosas que no tenía que decir y había actuado de espía.
—Exacto. Por consiguiente, usted ha comprendido la explicación
porque estaba en posesión del código del lenguaje, en aquel caso, metafórico.
Pero, si usted hubiera ignorado el código, ¿qué hubiera pensado? Nada. Para
usted hubiera sido un pobre hombre asesinado al que inexplicablemente habían
introducido una piedra en la boca.
—Empiezo a comprender.
—Y ahora, volviendo a nuestro tema: alguien mata a dos jóvenes
por razones que ignoramos. Puede hacer desaparecer los cadáveres de varias
maneras... en el mar, bajo tierra, bajo la arena. Pero no, los traslada al
interior de una cueva y, además, coloca a su lado un cuenco, una vasija de
barro y un perro de terracota. ¿Qué ha hecho?
—Ha enviado una comunicación, un mensaje —dijo Montalbano a
media voz.
—Es un mensaje, en efecto, que, sin embargo, usted no puede
entender porque no conoce el código —dijo el cura.
—Déjeme pensar... Pero el mensaje tenía que estar dirigido a
alguien, no a nosotros, cincuenta años después de los hechos.
—¿Y por qué no?
Montalbano lo pensó un poco y se levantó.
—Me voy, no quiero robarle tanto tiempo. Lo que me ha dicho me
ha sido muy valioso.
—Quisiera serle todavía más útil.
—¿Cómo?
—Usted me ha dicho hace poco que ahora matan sin dar
explicaciones. Pero explicaciones siempre las hay y siempre se nos dan, de lo
contrario, usted no haría el trabajo que hace. Sólo que los códigos son muchos
y muy variados.
—Gracias —dijo Montalbano.
Habían comido los boquerones a la vinagreta que la señora Elisa,
la mujer del jefe, había sabido cocinar con arte y pericia y cuyo resultado
estribaba en la milimétrica cantidad de tiempo que la tartera tenía que
permanecer en el horno. Después de la cena, la señora se había ido a ver
televisión en el salón, no sin antes haber dejado encima del escritorio del
estudio de su marido una botella de Chivas, una de licor amargo y dos vasos.
Durante la comida, Montalbano había hablado con entusiasmo de
Alcide Maraventano, de su singular estilo de vida y de su cultura e
inteligencia, pero el jefe sólo había puesto de manifiesto una curiosidad leve,
dictada más por la cortesía hacia su invitado que por un verdadero interés.
—Dígame, Montalbano —dijo el jefe en cuanto ambos estuvieron
solos—, yo comprendo muy bien el entusiasmo que en usted ha podido despertar el
descubrimiento de los cadáveres de dos personas asesinadas en el interior de la
cueva. Pero perdóneme que se lo diga: lo conozco desde hace demasiado tiempo
como para no prever que usted se sentirá fascinado por este caso por los
enigmas inexplicables que plantea y también porque, en el fondo, si usted diera
con la solución, ésta resultaría absolutamemte inútil. Una inutilidad que para
usted sería en extremo agradable y, perdóneme la franqueza, casi connatural.
—¿Inútil en qué sentido?
—Inútil en todos los sentidos, no nos engañemos. El asesino, o
los asesinos, si somos generosos puesto que han transcurrido más de cincuenta
años, o bien han muerto o bien, en la mejor de las hipótesis, son unos
ancianitos de más de setenta años. ¿Está de acuerdo?
—De acuerdo —reconoció a regañadientes Montalbano.
—Pues entonces, y perdóneme porque lo que estoy a punto de decir
no es propio de mi manera de hablar, usted no está haciendo una investigación
sino que se está haciendo una paja mental.
Montalbano recibió el impacto pero no tuvo ni fuerza ni
argumentos para replicar.
—Yo podría permitirle este ejercicio si no temiera que usted
acabara dedicándole lo mejor de su cerebro y descuidando otras investigaciones
de mucha más importancia y envergadura.
—¡Ni hablar! ¡Eso no es cierto! —se enojó el comisario.
—Sí, lo es. Piense que lo que estoy diciendo no es un toque de
atención, estamos hablando en mi casa, entre amigos. ¿Por qué ha encomendado el
caso tan delicado del tráfico de armas a su subcomisario, que es un funcionario
muy digno, pero que no está en modo alguno a su altura?
—¡Yo no se lo he encomendado! Es él quien...
—No sea niño, Montalbano. Él está cargando sobre sus hombros una
parte muy considerable de la investigación. Porque usted sabe muy bien que no
puede dedicarse por entero a ella, pues tiene tres cuartas partes de su cerebro
ocupadas con el otro caso. Dígame con toda sinceridad si me equivoco.
—No se equivoca —contestó con franqueza Montalbano tras una
pausa.
—Ya podemos dar por terminado el asunto. Pasemos a otra cosa.
¿Por qué demonios no quiere que lo proponga para un ascenso?
—Lo que usted quiere es seguir crucificándome.
Salió contento de la casa de su superior, tanto por los
boquerones a la vinagreta como por haber conseguido un aplazamiento de la
propuesta de ascenso. Las razones que había aducido eran absurdas, pero el jefe
había tenido la amabilidad de simular creérselas. ¿Podía acaso decirle que la
sola idea de un traslado, de un cambio de costumbres, le hacía subir la fiebre?
Era todavía muy temprano, faltaban dos horas para su cita con
Gegè. Pasó por Retelibera, pues quería averiguar algo más acerca de Alcide
Maraventano.
—Es extraordinario, ¿verdad? —dijo Nicolò Zito—. ¿Se ha exhibido
chupando la leche del biberón?
—Por supuesto.
—Piensa que nada de todo eso es verdad, es puro teatro.
—Pero ¿qué dices? ¡Si no tiene dientes!
—¿Acaso no sabes que hace tiempo se inventaron las dentaduras
postizas? Él tiene una y le funciona de maravilla. Dicen que a veces se zampa
un buen trozo de ternera o un cabrito al horno, cuando nadie lo mira.
—Pero ¿por qué lo hace?
—Porque es un actor nato de tragedias. O un comediante, si lo
prefieres.
—¿Estás seguro de que es un cura?
—Se secularizó.
—Las cosas que dice, ¿las inventa o no?
—Puedes estar tranquilo. Su sabiduría es ilimitada y, cuando
dice una cosa, es indiscutible. ¿Sabes que hace unos diez años le pegó un tiro
a un hombre?
—Vamos...
—Es cierto. Un ladrón entró de noche en la planta baja de la
casa. Tropezó con un montón de libros, éstos cayeron e hicieron un estrépito
tremendo. Maraventano, que dormía arriba, se despertó, bajó y le pegó un tiro
con un fusil de avancarga, una especie de cañón casero. El disparo hizo saltar
de la cama a medio pueblo. Conclusión: el ladrón resultó herido en la pierna,
se estropearon diez libros y él sufrió una fractura de hombro, pues el
retroceso fue impresionante. Sin embargo, el ladrón afirmó que no había entrado
en el chalé para robar sino porque lo había invitado el cura, quien, en
determinado momento y sin ninguna razón, le pegó un tiro. Y yo le creo.
—¿A quién?
—Al presunto ladrón.
—Pero, ¿por qué le pegó un tiro?
—¿Tú sabes lo que le pasa por la cabeza a Alcide Maraventano? A
lo mejor, quería probar si el fusil todavía funcionaba. O quiso montar un
número, cosa más que probable.
—Por cierto, ahora que lo pienso, ¿ tú tienes el Tratado de
semiótica, de Umberto Eco?
—¿Yo? Pero ¿te has vuelto loco?
Para ir a buscar el coche que había dejado en el estacionamiento
de Retelibera se empapó. De repente, había empezado a caer una lluvia fina pero
densa. Llegó a casa demasiado temprano para la cita. Se cambió de ropa, se
sentó en el sillón para mirar un poco de televisión, pero volvió a levantarse
enseguida para ir al escritorio y tomar una postal que había recibido por la
mañana.
Era de Livia, que, tal como le había anunciado por teléfono, se
había ido a pasar unos diez días a casa de una prima suya de Milán. En la cara
brillante, con la consabida vista de la Catedral, había una viscosa estría
luminescente que atravesaba la imagen por el centro. Montalbano la rozó con la
yema del dedo índice: era reciente y ligeramente pegajosa. Examinó con más
detenimiento el escritorio: un enorme caracol de color marrón oscuro estaba
empezando a pasearse por la cubierta del libro de Consola. Montalbano no lo
dudó; el asco que experimentaba después del sueño que había tenido y que no
conseguía quitarse de encima era demasiado fuerte; tomó la novela ya leída de
Montalbán y la descargó violentamente sobre la de Consola. En medio de los dos
libros, el caracol quedó aplastado con un sonido que a Montalbano le pareció
repugnante. Después fue a arrojar las dos novelas al cubo de la basura; al día
siguiente se las volvería a comprar.
Gegè no estaba, pero el comisario sabía que no tendría que
esperar mucho; su amigo nunca se retrasaba demasiado. El cielo se había
despejado y ya no llovía, pero la marejada debía de haber sido muy fuerte, pues
en la playa se veían grandes charcos y la arena despedía un fuerte olor a
madera mojada. De repente, bajo la pálida luz de la Luna que súbitamente
acababa de aparecer, vio la silueta oscura de un automóvil que se estaba
acercando muy despacio con las luces apagadas en dirección contraria a aquella
por la que él había llegado al lugar, la misma por la que tendría que llegar
Gegè. Se alarmó, abrió la guantera, tomó la pistola, soltó el seguro y entornó
la puerta, preparado para saltar de golpe. Cuando el otro vehículo se puso a
tiro, encendió las luces largas. Era el automóvil de Gegè, de eso no cabía la
menor duda, pero existía la posibilidad de que éste no estuviera sentado al
volante.
—¡Apaga las luces! —oyó que le gritaban desde el otro coche.
Era sin duda la voz de Gegè. El comisario hizo lo que le decían.
Se hablaron el uno al lado del otro, cada uno desde el interior de su automóvil
con las ventanillas bajadas.
—Pero ¿qué carajo haces? Estuve a punto de pegarte un tiro —dijo
Montalbano, enfurecido.
—Quería ver si te seguían.
—¿Y quién tiene que seguirme?
—Ahora te lo digo. Llegué hace media hora y me escondí detrás
del espolón de Punta Rossa.
—Ven aquí —dijo el comisario.
Gegè bajó, subió al automóvil de Montalbano y casi se acurrucó
contra él.
—¿Tienes frío?
—No, pero tiemblo a pesar de todo.
Apestaba a miedo. Porque, y eso Montalbano lo sabía por
experiencia, el miedo tenía un olor especial: ácido y de color verde
amarillento.
—¿Sabes quién es ese que han matado?
—Gegè, matan a mucha gente. ¿De quién me hablas?
—De Petru Gullo te hablo, el que llevaron muerto al aprisco.
—¿Era cliente tuyo?
—¿Cliente mío? En todo caso, yo era cliente suyo. Era el hombre
de Tano el Griego, su recaudador. El mismo que me dijo que Tano quería verte.
—¿Y de qué te extrañas, Gegè? Es la historia de siempre: el que
gana se queda con todo, es un sistema que ahora también utilizan en política.
Los asuntos de Tano cambian de mano y por eso liquidan a todos sus
colaboradores. Tú no eras socio ni subordinado de Tano. ¿De qué tienes miedo?
—No —dijo Gegè con tono tajante—, la situación no es ésa, me lo
dijeron en Trapani.
—¿Y cuál es?
—Dicen que hubo un acuerdo.
—¿Un acuerdo?
—Sí, señor. Un acuerdo entre tú y Tano. Dicen que el tiroteo fue
una tomadura de pelo, un teatro. Y están convencidos de que en el montaje de
este teatro también estábamos yo, Petra Gullo y otra persona que seguro la
matan cualquier día de éstos.
Montalbano recordó la llamada telefónica que había recibido al
término de la rueda de prensa, cuando una voz anónima lo había llamado
"maldito comediante".
—Están ofendidos —añadió Gegè—. No soportan que tú y Tano les
hayan escupido en la cara y hecho hacer el ridículo. Les molesta más eso que el
hallazgo de las armas.
"¿Y ahora me dices qué tengo que hacer?
—¿Estás seguro de que te la tienen jurada?
—Pongo las manos sobre el fuego. ¿Por qué vinieron a traerme a
Gullo precisamente al aprisco, que es cosa mía? ¡Más claro que eso...!
El comisario pensó en Alcide Maraventano y en su conferencia
sobre los códigos.
Debió de ser una alteración de la densidad de la oscuridad o un
resplandor de una centésima de segundo percibido por el rabillo del ojo, pero
el caso fue que, un momento antes de que estallara la ráfaga, el cuerpo de
Montalbano obedeció a toda una serie de impulsos frenéticamente transmitidos
por el cerebro: se dobló por la cintura, abrió con la mano izquierda la puerta
y se arrojó fuera mientras a su alrededor tronaban los golpes, se rompían
cristales, se desgarraban planchas metálicas y unos relámpagos brevísimos
iluminaban la oscuridad. Montalbano permaneció inmóvil entre su coche y el de
Gegè y sólo entonces se dio cuenta de que empuñaba una pistola. Cuando Gegè
había subido a su automóvil, la había dejado en la guantera; debía de haberla
tomado en forma instintiva. Después del estallido, se produjo un silencio de
plomo, nada se movió, sólo el rumor del mar picado. Luego se oyó una voz desde
unos veinte metros de distancia, desde la parte donde terminaba la playa y
empezaba la colina de marga.
—¿Todo bien?
—Todo bien —contestó otra voz, ésta muy cercana.
—Mira a ver si están muertos los dos y así nos podremos ir.
Montalbano trató de imaginarse los movimientos que el tipo
tendría que hacer para cerciorarse de su muerte: chaf, chaf, sonaba con toda
claridad la arena mojada. Ahora el hombre ya debía de haber llegado a la parte
porterior del vehículo y, en cuestión de un instante, se inclinaría para mirar
hacia adentro.
Se levantó de un salto y disparó. Una sola vez. Percibió
nítidamente el rumor de un cuerpo desplomándose sobre la arena, una respiración
afanosa, un gorgoteo y después, nada.
—Giugiu, ¿todo en orden? —preguntó la voz lejana. Sin volver a
subir al coche, Montalbano, a través de la puerta abierta, apoyó la mano en la
palanca de encendido de las luces largas y esperó. No se oía nada. Decidió
arriesgarse y se puso a contar mentalmente. Al llegar a cincuenta, encendió las
luces y se levantó. Esculpido por la luz a unos diez metros de distancia, se
materializó un hombre con una ametralladora en la mano que, sorprendido, se
detuvo en seco. Montalbano abrió fuego y el hombre reaccionó de inmediato,
disparando una ráfaga a ciegas. El comisario percibió una especie de puñetazo
violento en el costado izquierdo, se tambaleó, apoyó la mano izquierda en el
coche y efectuó tres disparos seguidos. El hombre, deslumbrado por los faros,
pegó una especie de brinco y echó a correr mientras Montalbano veía que la luz
de los faros pasaba del blanco al amarillo al tiempo que se le nublaban los
ojos y la cabeza le empezaba a dar vueltas. Se sentó sobre la arena porque
comprendió que las piernas ya no podían sostenerlo, y apoyó la espalda en el
coche.
Esperaba el dolor, pero, cuando éste se produjo, fue tan
intenso, que no pudo evitar gemir y llorar como un chiquillo.
Diecisiete
En cuanto se despertó, comprendió que estaba en una habitación
de hospital y lo recordó todo con precisión absoluta: su cita con Gegè, las
palabras que ambos se habían cruzado, el tiroteo. La memoria le fallaba a
partir del momento en que se había encontrado entre los dos vehículos, tendido
sobre la arena mojada y con un dolor insoportable en el costado. Pero no le
fallaba del todo; recordaba, por ejemplo, el rostro desencajado de Mimì Augello
y su voz entrecortada.
—¿Cómo estás? ¿Cómo estás? Ahora viene la ambulancia, no tienes
nada, tranquilízate.
¿Cómo se las había arreglado Mimì para encontrarlo? Más tarde,
ya en el hospital, la voz de alguien con bata blanca:
—Ha perdido demasiada sangre.
Después, nada. Trató de mirar alrededor: la habitación era
blanca y estaba muy limpia y la luz del día penetraba a través de una ventana
muy grande. No podía moverse, tenía agujas de los gota a gota clavadas en los
brazos, pero el costado no le dolía; lo percibía más bien como un pedazo muerto
de su cuerpo. Trató de mover las piernas, pero no lo consiguió. Lentamente
resbaló hacia el sueño.
* * *
Volvió a despertarse hacia el anochecer, pues las luces estaban
encendidas. Cerró de nuevo los ojos porque en la habitación había gente y él no
tenía ganas de hablar. Después, picado por la curiosidad, levantó los párpados
justo lo suficiente para ver un poco. Livia estaba sentada junto a la cama, y
Anna se encontraba de pie a sus espaldas. Junto al otro lado de la cama,
también de pie, Ingrid. Livia tenía los ojos anegados en lágrimas, Anna lloraba
con desconsuelo e Ingrid estaba muy pálida y tenía el rostro en tensión.
" ¡Jesús!", pensó Montalbano, aterrorizado.
Cerró los ojos y huyó de la escena refugiándose en el sueño.
A las seis y media de lo que le pareció la mañana siguiente, dos
enfermeras lo lavaron y le cambiaron la medicación. Después se presentó el jefe
del servicio acompañado de cinco ayudantes, todos enfundados en batas blancas.
El médico jefe examinó la historia clínica colgada a los pies de la cama,
apartó la sábana y empezó a palparle el costado herido.
—Creo que todo marcha muy bien —dijo—. La operación ha sido todo
un éxito.
¿La operación? ¿De qué operación estaba hablando? Ah, quizá se
refería a la extracción de la bala que le había causado la herida. Pero es muy
difícil que una bala de ametralladora quede adentro y no atraviese el cuerpo de
parte a parte. Hubiera querido preguntar, pedir explicaciones, pero no le
salían las palabras. Sin embargo, el médico comprendió las preguntas que le
estaban haciendo los ojos del comisario.
—Hemos tenido que operarlo de urgencia. La bala había traspasado
el colon.
¿El colon? Pero ¿qué carajo hacía el colon en su costado? El
colon no tenía nada que ver con los costados, tenía que quedarse en las tripas.
Pero si tenía que ver con las tripas, ¿significaba que —experimentó un
sobresalto tan grande, que los médicos se dieron cuenta— a partir de aquel
momento y a lo largo de toda su vida tendría que seguir tirando a base de
papillitas?
—¿... papillitas? —dijo finalmente la voz de Montalbano. El
horror de aquella perspectiva le había reactivado las cuerdas vocales.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el médico jefe, dirigiéndose a sus
colaboradores.
—Creo que ha dicho "zapatillitas" —dijo uno.
—No, no, ha dicho "rapiñitas" —terció el otro.
Y se fueron discutiendo entre sí acerca de la cuestión.
A las ocho y media se abrió la puerta y apareció Catarella.
—¿Cómo se encuentra, dottori?
Si había en el mundo alguna persona con la cual Montalbano
considerara inútil mantener un diálogo, ésta era Catarella. No contestó, se
limitó a sacudir la cabeza para dar a entender que iba tirando.
—Estoy aquí de guardia, montando guardia para usted. Este
hospital es puerto de mar, la gente entra y sale, va y viene. Podría entrar
alguien con malas intenciones para completar el trabajo. ¿Me he explicado?
Se había explicado muy bien.
—¿Sabe, dottori? He dado sangre para la transfusión.
Y regresó a su lugar para montar guardia. Montalbano pensó con
amargura que le esperaban años muy negros, sobreviviendo gracias a la sangre de
Catarella y alimentándose con papilla de sémola.
Los primeros de la larga serie de besos que recibiría en el
transcurso de aquel día fueron los de Fazio.
—¿Sabe, dottori, que dispara usted como Dios? A uno lo alcanzó
en la garganta de un solo disparo, y al otro lo hirió.
—¿Logré herir también al otro?
—Sí, señor, no sabemos en qué parte del cuerpo, pero herido lo
hirió. Se dio cuenta el dottore Jacomuzzi; a unos diez metros del vehículo
había un charco rojizo... era sangre.
—¿Han identificado al muerto?
—Claro.
Fazio sacó una hoja de papel del bolsillo y leyó.
—Gerlando Munafò, nacido en Montelusa el 6 de septiembre de
1970, soltero, domiciliado en Montelusa, via Crispi, 43, señas particulares,
ninguna.
"La manía del Registro Civil no lo abandona", pensó
Montalbano.
—¿Y en qué situación se encontraba con la ley?
—Nada de nada, dottore. Carecía de antecedentes penales.
Fazio se volvió a guardar la hoja de papel en el bolsillo.
—Para hacer estas cosas, les pagan como máximo medio millón.
Fazio hizo una pausa; era evidente que tenía que decir algo,
pero le faltaba el valor. Montalbano decidió echarle una mano.
—¿Gegè murió en el acto?
—No sufrió. La ráfaga le arrancó media cabeza.
Entraron los demás y hubo montones de besos y abrazos.
Desde Montelusa llegaron Jacomuzzi y el doctor Pasquano.
—Todos los periódicos hablan de ti —dijo Jacomuzzi.
Estaba emocionado, pero no podía disimular una pizca de envidia.
—He lamentado sinceramente no haber podido practicarle la
autopsia —dijo Pasquano—. Siento curiosidad por saber cómo está hecho por
dentro.
—Yo fui el primero en llegar al escenario de los hechos —dijo
Mimì Augello— y, al verte en semejante estado y en aquel lugar, me pegué un
susto tan grande que por poco me cago encima.
—¿Cómo te enteraste?
—En el despacho recibimos una llamada anónima que nos informó
que había habido un tiroteo al pie de la Scala dei Turchi. Galluzzo estaba de
guardia y me llamó enseguida. Y me dijo, además, una cosa que yo no sabía. Que
tú, en el lugar donde se habían producido los disparos, solías reunirte con
Gegè.
—¿Él lo sabía?
—¡Al parecer, lo sabía todo el mundo! ¡Medio pueblo lo sabía! Ni
siquiera me vestí, salí en pijama, tal como estaba...
Montalbano lo interrumpió, levantando una mano cansada.
—¿Tú duermes con pijama?
—Sí —contestó Augello, perplejo—. ¿Por qué?
—Por nada. Sigue.
—Mientras me dirigía corriendo al coche, pedí una ambulancia a
través del teléfono celular. E hice muy bien porque estabas perdiendo mucha
sangre.
—Gracias —dijo Montalbano, agradecido.
—¡Qué gracias ni qué historias! ¿No habrías hecho tú lo mismo
por mí?
Montalbano hizo un rápido examen de conciencia y prefirió no
contestar.
—Ah, quería comentarte algo muy curioso —añadió Augello—. Lo
primero que me pediste cuando estabas todavía tendido en la arena quejándote
fue que te quitara los caracoles que se estaban arrastrando por tu cuerpo.
Sufrías una especie de delirio y por eso te dije que sí, que te los iba a
quitar... pero no había ningún caracol.
Llegó Livia, le dio un fuerte abrazo y rompió a llorar; se
tendió a su lado en la cama todo lo que pudo.
—Quédate así —dijo Montalbano.
Le gustaba aspirar el perfume de su cabello mientras ella
mantenía la cabeza apoyada sobre su pecho.
—¿Cómo te enteraste?
—Por la radio. Mejor dicho, fue mi prima la que oyó la noticia.
Fue una bonita manera de despertar.
—¿Y qué hiciste?
—Ante todo, llamé a Alitalia y reservé un billete para Palermo;
después llamé a tu despacho de Vigàta y me comunicaron con Augello, que fue muy
amable y se ofreció a ir a recogerme al aeropuerto. Durante el trayecto me lo
contó todo.
—¿Cómo estoy, Livia?
—Estás bien, teniendo en cuenta lo que ha ocurrido.
—¿ Estoy destrozado para siempre?
—Pero ¿ qué dices?
—¿Tendré que hacer régimen toda la vida?
—Pero usted me ata de pies y manos —dijo sonriendo el jefe.
—¿Porqué?
—Porque se pone a hacer cosas propias de un sheriff o, si lo
prefiere, de un vengador justiciero nocturno y sale en todas las televisiones y
todos los periódicos.
—La culpa no es mía.
—No, no lo es, pero tampoco será mía si me veo obligado a
ascenderlo. Tendría que estarse quietecito durante algún tiempo. Por suerte,
tardará unos veinte días en poder salir de aquí.
—¿Tanto?
—Por cierto, en Montelusa está el subsecretario Licalzi... Dice
que ha venido para sensibilizar a la opinión pública en la cuestión de la lucha
contra la mafia y ha manifestado su intención de venir a verlo esta tarde.
—¡No lo quiero ver! —gritó Montalbano, visiblemente alterado.
Era un funcionario que había tenido asuntos lucrativos con la
mafia y que ahora se estaba reciclando, con el permiso de la misma mafia,
claro.
En ese momento entró el jefe del servicio. Al ver que en la
habitación había seis personas, puso mala cara.
—No lo tomen a mal, pero les ruego que lo dejen solo, tiene que
descansar.
Empezaron a despedirse mientras el médico le decía a la
enfermera, levantando la voz:
—Por hoy se acabaron las visitas.
—El subsecretario se va esta tarde a las cinco —le dijo su
superior en voz baja a Montalbano—. Por desgracia, y habida cuenta de la orden
del doctor, no podrá entrar a saludarlo.
Ambos se miraron sonriendo.
* * *
Pasados unos días, le quitaron el gota a gota del brazo pusieron
el teléfono en la mesita de noche. Aquella misma mañana lo visitó Nicolò Zito,
convertido en una especie de Papá Noel.
—Te traigo un televisor, una vídeo y un casete. También te
traigo los periódicos que han hablado de ti.
—¿Qué hay en el casete?
—He incluido y editado todas las tonterías que yo, los de
Televigata y los de otras cadenas de televisión hemos dicho acerca de lo
ocurrido.
—¿Hola, Salvo? Habla Mimì. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Mejor, gracias.
—Te llamo para decirte que han asesinado a nuestro amigo
Ingrassia.
—Lo tenía previsto. ¿Cuándo sucedió?
—Esta mañana. Le descerrajaron un tiro cuando regresaba al
pueblo en coche. Dos tipos que iban a bordo de una moto muy potente. El agente
que lo seguía trató de prestarle auxilio, pero ya no había nada que hacer.
"Oye, Salvo, mañana por la mañana pasaré por allí. Tienes
que contarme oficialmente todos los detalles de tu tiroteo.
Le dijo a Livia que le pusiera la cinta; no sentía mucha
curiosidad, sólo quería pasar el rato. El cuñado de Galluzzo en Televigata se
abandonaba a una fantasía digna de un guionista de películas tipo En busca del
arca perdida. En su opinión, el tiroteo había sido la consecuencia directa del
descubrimiento de los dos cadáveres momificados en la cueva. ¿Qué secreto
terrible e indescifrable se ocultaba detrás de aquel crimen lejano? El
periodista no se avergonzaba de recordar, aunque sólo fuera de pasada, el
triste fin que habían tenido los descubridores de las tumbas de los faraones y
lo relacionó con la emboscada sufrida por el comisario.
Montalbano se rió durante un rato hasta que experimentó una
punzada en el costado. A continuación, apareció el rostro de Pippo Ragonese, el
comentarista político de la misma cadena privada, ex comunista, ex
democristiano, ahora destacado exponente del Partido de la Renovación. Sin
andarse por las ramas, Ragonese formuló una pregunta: ¿qué hacía el comisario
Montalbano con un propietario de burdel y traficante de drogas, de quien se
decía que era amigo? ¿Concordaba tal amistad con el rigor moral que cabía esperar
de todo servidor público? "Los tiempos han cambiado", terminaba
diciendo severamente el comentarista, "un aire de renovación sacude el
país gracias al nuevo gobierno y hay que ir al paso. Las viejas actitudes y las
antiguas connivencias tienen que terminar para siempre."
Montalbano, dominado por la furia, experimentó otra punzada en
el costado y lanzó un gemido. Livia se levantó de un salto y apagó el
televisor.
—¿ Cómo puedes fastidiarte por lo que dice este imbécil?
Al cabo de media hora de insistentes súplicas, Livia dio su
brazo a torcer y volvió a encender el televisor. El comentario de Nicolò Zito
era cariñoso, indignado y racional. Cariñoso hacia su amigo el comisario, a
quien enviaba sus mejores deseos de recuperación; indignado porque, a pesar de
todas las promesas de los hombres del gobierno, la mafia seguía actuando a su
antojo en la isla, sin miramientos, y racional porque establecía una relación
entre la detención de Tano el Griego y el descubrimiento de las armas. El autor
de aquellos dos importantes golpes asestados contra el crimen organizado había
sido Montalbano, quien se había convertido por ello en un adversario peligroso
al que había que quitar de en medio al precio que fuera. Se burlaba de la hipótesis
según la cual la emboscada había sido una venganza de los muertos profanados.
¿Con qué dinero habían pagado estos a los sicarios?, se preguntaba, ¿quizá con
las monedas sin valor que había en el cuenco?
Luego volvía a tomar la palabra el periodista de Televigata,
quien entrevistaba a Alcide Maraventano, presentado como un "especialista
de lo oculto". El cura secularizado vestía una sotana con remiendos de
distintos colores y aparecía en pantalla chupando el biberón. A las preguntas
insistentes que pretendían obligado a admitir una posible relación entre la
emboscada y la presunta profanación, Maraventano, con su maestría de actor
consumado, lo admitió y no lo acabó de admitir, dejándolos a todos sumidos en
una incertidumbre nebulosa. El casete preparado por Zito terminaba con la
grabación del programa político de Ragonese. Sólo que, de pronto, apareció un
periodista anónimo para anunciar que aquella tarde su compañero no podría
presentarse por haber sido víctima de una brutal agresión. La víspera, unos
malhechores le habían propinado una paliza y le habían robado cuando regresaba
a su casa tras haber desarrollado su labor en Televigata. El periodista dirigía
una dura acusación a las fuerzas del orden que ya no estaban en condiciones de
garantizar la seguridad de los ciudadanos.
—¿Por qué lita habrá querido que veas este fragmento que no
guarda ninguna relación contigo? —preguntó ingenuamente Livia, que era del
norte y no comprendía ciertas insinuaciones.
Augello preguntaba y Tortorella tomaba por escrito la
declaración. Montalbano dijo que había sido compañero de escuela y amigo de
Gegè y que la amistad entre ambos se había prolongado a lo largo del tiempo a
pesar de que las circunstancias los hubieran colocado en lados opuestos de la
barrera.
Quiso que constara en la declaración que aquella noche Gegè
había pedido verlo, pero que sólo habían podido intercambiar unas cuantas
palabras, apenas algo más que unos saludos.
—Había hecho referencia al tráfico de armas y me dijo que se
había enterado por ahí de una cosa que quizá me podría interesar. Pero no tuvo
tiempo de decirme qué era.
Mimì Augello fingió creerle y Montalbano pudo explicar con todo
detalle las distintas fases del tiroteo.
—Y ahora cuéntame tú —le dijo el comisario a Mimì.
—Primero firma la declaración.
Montalbano firmó, Tortorella lo saludó y regresó a la comisaría.
Augello le dijo que tenía muy pocas cosas que contarle: la
motocicleta se adelantó al automóvil de Ingrassia, el que iba que atrás se
volvió, abrió fuego y listo. El coche de Ingrassia había ido a parar a la
cuneta.
—Han querido cortar la rama seca —señaló Montalbano.
Después preguntó con un poco de tristeza, pues se sentía fuera
de juego:
—¿Qué piensan hacer?
—Los de Catania, a los que he informado de lo ocurrido, nos han
prometido no soltar a Brancato.
—Esperémoslo —dijo Montalbano.
Augello no lo sabía, pero puede que, con su información a los
compañeros de Catania, hubiera firmado la condena a muerte de Brancato.
—¿Quién fue?
—¿Quién fue qué? —preguntó Mimì.
—Mira eso.
Accionó el control remoto y pasó el fragmento en el que se daba
la noticia de la agresión a Ragonese. Mimì interpretó muy bien el papel de
sorprendido.
—¿Y por qué me lo preguntas a mí? Además, eso a nosotros no nos
interesa... Ragonese vive en Montelusa.
—¡Pero qué inocente eres, Mimì! Toma, chúpame el dedito.
Y Montalbano le ofreció el dedo meñique, tal como se hace con
los niños.
Dieciocho
Al cabo de una semana, a las visitas, los abrazos, las llamadas
por teléfono y las enhorabuenas les sucedieron la soledad y el aburrimiento.
Había convencido a Livia de que regresara junto a su prima de Milán; no había
ningún motivo para que desperdiciara sus vacaciones, aunque aún no era el
momento de hablar del previsto viaje a El Cairo. Acordaron que Livia bajaría de
nuevo a la isla en cuanto Montalbano saliera del hospital, y que sólo entonces
éste decidiría cómo y dónde pasar las dos semanas de vacaciones que todavía le
quedaban.
Poco a poco, el alboroto que se había armado en torno a
Montalbano y a los acontecimientos que éste había protagonizado se fue
convirtiendo en un eco hasta que, al final, desapareció por completo. Sólo
Augello o Fazio le iban a hacer compañía a diario y permanecían un ratito con
él, justo el tiempo necesario para contarle las novedades y el estado de
algunas investigaciones.
Cada mañana, al abrir los ojos, Montalbano se proponía
reflexionar y hacer conjeturas acerca de los muertos del crasticeddru y se
preguntaba cuándo volvería a tener la posibilidad de disfrutar de un poco de
silencio sin ninguna interrupción para poder desarrollar un razonamiento
seguido que le permitiera recibir una luz, un estímulo. "Tengo que
aprovechar esta situación", pensaba y entonces volvía a repasar los hechos
con la misma fogosidad de un caballo lanzado al galope; después iba perdiendo
las fuerzas y galopaba al trote y al paso hasta que, al final, una especie de
entumecimiento se iba apoderando lentamente no sólo de su cuerpo sino también
de su cerebro.
"Debe de ser la convalecencia", pensaba.
Se sentaba en el sofá, tomaba un periódico o una revista, pero,
al llegar a la mitad de un artículo un poco más largo que los demás, se
cansaba, se le empezaban a cerrar los ojos y se deslizaba hacia el sueño con la
piel ligeramente bañada en sudor.
El teniente Fassio ma dicho que ay usía vuelve a casa. Malegro
mucho. El teniente ma dicho que tiene questar a dieta. Adellina.
Montalbano encontró la nota de la asistenta sobre la mesa de la
cocina y se apresuró a mirar qué entendía la mujer por "dieta". Vio
dos merluzas muy frescas para aderezar con aceite y limón. Desenchufó el
teléfono para poder acostumbrarse de nuevo a su casa con calma. Tenía mucha
correspondencia acumulada, pero no abrió ni una sola carta ni echó un vistazo a
ninguna postal. Comió y se acostó.
Antes de quedarse dormido, se planteó una pregunta: si los
médicos lo habían tranquilizado en cuanto a la recuperación de todas sus
fuerzas, ¿por qué notaba un nudo de tristeza en la garganta?
Se pasó los primeros diez minutos conduciendo con preocupación,
más atento a las reacciones de su costado que a la carretera. Después, tras
haber comprobado que soportaba bien las sacudidas, aceleró, atravesó Vigàta y
tomó el camino de Montelusa; al llegar al cruce de Montaperto, giró a la
izquierda, recorrió unos cuantos kilómetros, enfiló un sendero hundido en la
tierra y llegó a una pequeña explanada en la que se levantaba una rústica
vivienda. Marianna, la hermana de Gegè, que había sido su maestra de escuela,
estaba sentada en una silla de paja junto a la puerta, arreglando un cesto. Al
ver al comisario, le salió al encuentro.
—Salvù, ya sabía que vendrías a verme.
—Es la primera visita que hago desde que salí del hospital —dijo
Montalbano, abrazándola.
Mariannina se echó a llorar muy despacio y sin gemidos, sólo con
lágrimas, y a Montalbano se le humedecieron los ojos.
—Toma una silla —dijo Mariannina.
Montalbano se sentó al lado de la mujer y ella tomó su mano y se
la acarició.
—¿ Sufrió?
—No. Cuando todavía estaban disparando, comprendí que a Gegè lo
habían matado en el acto. Creo que ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba
ocurriendo.
—¿Es cierto que mataste al que mató a Gegè?
—Sí, señora.
—Allí donde se encuentre, Gegè estará contento.
Mariannina lanzó un suspiro y apretó con más fuerza la mano del
comisario.
—Gegè te quería con toda su alma.
Un título cruzó por la mente de Montalbano: Meu amigo de alma.
—Yo también lo quería mucho —dijo.
—¿Recuerdas lo malo que era?
Era un niño muy díscolo y travieso. Estaba claro que Mariannina
no se refería a los últimos años, a las relaciones problemáticas de Gegè con la
ley, sino a los lejanos tiempos en que su hermano menor era un pequeño granuja
más malo que un demonio. Montalbano esbozó una sonrisa.
—¿Recuerda aquella vez que arrojó un petardo adentro de una
caldera de cobre que un hombre estaba arreglando y que, del susto que se llevó,
el hombre se desmayó?
—¿Y aquella vez que vació el tintero en el bolso de la maestra
Longo?
Se pasaron dos horas hablando de Gegè y de sus hazañas,
refiriéndose en todo momento a hechos que se remontaban como máximo a su
adolescencia.
—Se ha hecho tarde, me voy —dijo Montalbano.
—Te diría que te quedaras a comer conmigo, pero temo que sean
cosas demasiado fuertes para ti.
—¿Qué ha preparado?
—Tapahuecos con salsa.
Tapahuecos, así llamaban en la zona a aquellos caracolitos de
color marrón claro que, cuando entraban en letargo, segregaban un líquido que
se solidificaba y convertía en una especie de hojaldre que tapaba la entrada de
la concha. El primer impulso de Montalbano fue declinar la invitación, dominado
por la sensación de repugnancia. ¿Hasta cuándo lo perseguiría aquella obsesión?
Al final, decidió con frialdad aceptar, para enfrentarse con aquel doble
desafío a su vientre y a su mente. En presencia del plato, del que se escapaba
un aroma finísimo de color ocre, tuvo que hacer un esfuerzo, pero, tras haber
extraído el primer tapahuecos con una aguja y haberlo saboreado, se sintió
liberado: una vez superada su obsesión o exorcizada su tristeza, estaba seguro
de que sus tripas también se recuperarían.
En el despacho lo llenaron de abrazos y Tortorella se secó
incluso una lágrima.
—¡Yo sé lo que es volver cuando te han disparado!
—¿Dónde está Augello?
—En su despacho, comisario —contestó Catarella. Abrió la puerta
sin llamar y Mimí se levantó del sillón de detrás del escritorio como si lo
hubieran sorprendido robando, y se puso colorado como un tomate.
—No te he tocado nada. Es que desde aquí las llamadas...
—Has hecho muy bien, Mimì —lo cortó Montalbano, reprimiendo el
impulso de pegarle una patada en el trasero a quien había osado sentarse en su
sillón.
—Hoy mismo hubiera ido a tu casa —dijo Augello.
—¿Para qué?
—Para organizar el dispositivo de protección.
—¿Para quién?
—¿Cómo para quién? Para ti. No es seguro que ésos no vuelvan a
intentarlo, tras haber fallado la primera vez.
—Te equivocas, a mí ya no me volverá a ocurrir nada más. Verás,
Mimì, tú eres el culpable de que me hayan disparado.
Mimì tuvo la sensación de que acababan de introducirle en el
trasero un cable de alto voltaje, pues se ruborizó intensamente y se puso a
temblar. Después su sangre se retiró quién sabe adónde y se quedó más amarillo
que un muerto.
—Pero, ¿qué ideas se te ocurren?
Montalbano creyó que ya se había vengado lo suficiente por la
usurpación de su escritorio.
—Calma, Mimì. No he elegido bien las palabras. Quería decir que
fuiste tú quien puso en marcha el mecanismo por el cual me pegaron un tiro.
—Explícate —dijo Augello, hundiéndose en el sillón mientras se
pasaba el pañuelo alrededor de la boca y por la frente.
—Querido amigo, tú, sin consultar conmigo ni preguntarme si
estaba de acuerdo o no, pusiste a dos agentes para que vigilaran a Ingrassia.
¿Qué creías, que Ingrassia era tan tonto como para no darse cuenta? Debió de
tardar medio día como mucho en descubrir que lo estaban vigilando. Pero, como
es lógico, sin duda pensó que yo había dado la orden. Sabía que había cometido
toda una serie de estupideces por las cuales yo lo tenía en la mira y entonces,
para recuperar el favor de Brancato, que pretendía liquidado, la llamada entre
ellos dos me la comunicaste tú, contrató a dos asesinos para que me eliminaran.
Sólo que su proyecto terminó con un fracaso. Entonces Brancato o alguno de los
suyos se hartó de Ingrassia y de sus peligrosas genialidades, no olvidemos entre
otras cosas el asesinato inútil del cavaliere Misuraca, tomó disposiciones y lo
hizo desaparecer de la faz de la tierra.
"Si tú no hubieses puesto a Ingrassia en estado de alerta,
Gegè aún estaría vivo y yo no tendría este dolor en el costado. Eso es todo lo
que hay.
—Si es así, tienes razón —dijo Mimì, anonadado.
—Por supuesto que es así, te puedes jugar el trasero.
El avión aterrizó muy cerca de la terminal y los pasajeros no
tuvieron que utilizar ningún autobús. Montalbano vio a Livia bajar por la
escalerilla y encaminarse con la cabeza inclinada hacia la salida. Se escondió
entre la gente y vio que, después de una prolongada espera, recogía su equipaje
de la cinta transportadora, lo colocaba en un carrito y se dirigía a la parada
de taxis. La víspera ambos habían acordado por teléfono que ella tomaría el
tren de Palermo a Montelusa y él se limitaría a ir a recogerla a la estación.
Pero Montalbano había decidido darle una sorpresa, presentándose en el
aeropuerto de Punta Ràisi.
—¿Está sola? ¿Me permite que la lleve?
Livia, que se estaba dirigiendo al primer taxi de la fila, se
detuvo en seco y lanzó un grito.
—¡Salvo!
Se abrazaron con alegría.
—¡Estás estupendo!
—Tú también —dijo Montalbano—. Hace más de media hora que te
estoy mirando... desde que bajaste del avión.
—¿Por qué no dejaste que te viera antes?
—Porque me gusta observarte cuando existes sin mí.
Subieron al coche y de inmediato, antes de ponerlo en marcha, Montalbano
la abrazó y la besó, apoyó una mano en su pecho, inclinó la cabeza y le
acarició con la mejilla el vientre y las rodillas.
—Vámonos de aquí —dijo Livia, respirando afanosamente—, de lo
contrario, nos detendrán por actos obscenos en lugar público.
Por el camino hacia Palermo, el comisario le hizo a Livia una
proposición que se le acababa de ocurrir en aquel momento.
—¿Nos quedamos en la ciudad? Me gustaría enseñarte la Vucciria.
—Ya la he visto. El pintor Guttuso...
—Aquel cuadro es una mierda, te lo aseguro. Alquilamos una
habitación en un hotel, damos una vuelta por ahí, vamos a la Vucciria, dormimos
y mañana por la mañana nos vamos a Vigàta. De todas maneras, no tengo nada que
hacer y me puedo considerar un turista.
Al llegar al hotel, traicionaron su propósito de refrescarse un
poco y salir. No salieron, hicieron el amor y se quedaron dormidos. Se
despertaron unas cuantas horas después y lo volvieron a hacer. Salieron del
hotel cuando ya era casi de noche y fueron a la Vucciria. Livia estaba aturdida
y trastornada por las voces, las invitaciones, los gritos de los que pregonaban
sus mercancías, el lenguaje, las discusiones, las peleas repentinas, los
colores tan intensos que no parecían de verdad sino pintados. El olor del
pescado fresco se mezclaba con el de las mandarinas, las tripas de cordero
hervidas y espolvoreadas con queso caciocavallo, la llamada meusa, es decir, el
bazo, las frituras; el conjunto de todo aquello era una mezcla irrepetible y
casi mágica. Montalbano se detuvo delante de una tienda de ropa de segunda
mano.
—Cuando iba a la universidad, venía aquí a comerme el pan con la
meusa, algo que hoy en día me reventaría el hígado, y ésta era una tienda única
en todo el mundo. Hoy venden ropa de segunda mano, pero entonces todas las
estanterías estaban vacías y el propietario, don Cesarino, permanecía sentado
detrás del mostrador, también enteramente vacío, y atendía a los clientes.
—Pero ¿a qué clientes, si las estanterías estaban vacías?
—No estaban exactamente vacías sino llenas de intenciones y
peticiones, por así decirlo. Aquel hombre vendía objetos robados por encargo.
Tú ibas a don Cesarino y le decías: "Necesito un reloj así y asá", o
bien, "Necesito un cuadro", qué sé yo, "una marina del siglo
pasado", o "Quiero una sortija de este tipo". Él anotaba el
encargo en un trozo de papel de envolver pasta, de ese amarillo y áspero que
antes se usaba, concertaba el precio y te decía cuándo podías volver. En la
fecha acordada y sin fallar ni un solo día, sacaba de debajo del mostrador el
objeto que le habías encargado y te lo entregaba. No admitía reclamos.
—Perdona, pero ¿qué falta hacía la tienda? Un trabajo así lo
podía hacer en cualquier sitio, en un café, en la esquina de la calle...
—¿Sabes cómo lo llamaban sus amigos de la Vucciria? Don Cesarino
u putiàru, el tendero. Porque don Cesarino no se consideraba un ladrón
organizado ni un reducidor. Era un comerciante como otros muchos y la tienda,
de la que pagaba el alquiler y la electricidad, lo demostraba. No era una
fachada...
—Están todos locos.
—¡Como a un hijo! ¡Deje que lo abrace como a un hijo! —exclamó
la señora Burgio, estrechándolo contra su pecho.
—¡Usted no sabe lo preocupados que nos ha tenido! —remachó el
marido.
El director lo había llamado por la mañana para invitarlo a
cenar y Montalbano había declinado la invitación y le había propuesto una
visita por la tarde.
Lo hicieron pasar al salón.
—Iremos directamente al grano, no queremos hacerle perder el
tiempo —dijo Burgio.
—Dispongo de todo el tiempo que ustedes quieran, estoy
momentáneamente desocupado.
—Mi esposa ya le contó la vez que vino usted a cenar que yo la
llamo "una mujer fantasiosa". Pues bien, en cuanto usted se fue,
empezó a fantasear. Lo queríamos llamar antes, pero pasó lo que pasó.
—¿Por qué no dejamos que sea el señor comisario quien juzgue si
son fantasías? —dijo un poco ofendida la señora. Y agregó en tono irritado:
—¿Hablas tú o hablo yo?
—Las fantasías son cosa tuya.
—No sé si lo recuerda, pero, cuando le preguntó a mi marido
dónde podía localizar a Lillo Rizzitano, él le contestó que llevaba sin saber
nada de él desde julio de 1943. Entonces me vino a la mente una cosa. Que yo
también había perdido a una amiga por aquella época, mejor dicho, más adelante
apareció, pero de una manera muy rara que...
Montalbano experimentó un estremecimiento; los del crasticeddru
habían sido asesinados muy jóvenes.
—¿Qué edad tenía su amiga?
—Diecisiete años. Pero era mucho más madura que yo, que a su
lado era todavía una chiquilla. Íbamos juntas a la escuela.
La mujer abrió un sobre que había sobre la mesita, sacó una
fotografía y se la mostró a Montalbano.
—Nos sacaron esta foto el último día de clase de tercer curso de
liceo. Ella es la primera a la izquierda de la segunda fila, yo soy la que está
a su lado.
Todas sonrientes, con el uniforme fascista de las Jóvenes
Italianas; un profesor saludaba a la romana, brazo en alto.
—Dada la situación espantosa que reinaba en la isla por culpa de
los bombardeos, las escuelas cerraron el último día de abril y nosotros nos
ahorramos el terrible examen final, pues nos aprobaron o suspendieron por medio
de la evaluación anual. Lisetta, así se llamaba mi amiga, el apellido era
Moscato, se trasladó con su familia a un pueblecito del interior. Me escribía
con frecuencia y conservo todavía todas sus cartas, por lo menos las que
llegaron. Ya sabe usted que el correo de entonces...
"Mi familia también se trasladó, pero nosotros nos fuimos
nada menos que al continente, a casa de un hermano de mi padre. Al terminar la
guerra, escribí a mi amiga tanto a la dirección del pueblecito como a la de
Vigàta. No obtuve respuesta y me preocupé. A finales del 46 regresamos a
Vigàta. Fui a ver a los padres de Lisetta. Su madre había muerto y su padre
intentó al principio no hablar conmigo; después me trató con muy malos modos y
me dijo que Lisetta se había enamorado de un soldado americano y que lo había
seguido contra la voluntad de su familia. Agregó que, para él, su hija era como
si estuviera muerta.
—Sinceramente, me parece una historia verosímil —dijo
Montalbano.
—¿Qué te dije? —terció Burgio, tomándose la revancha.
—Piense, señor comisario, que la cosa era muy rara, incluso sin
tener en cuenta lo que ocurrió después. En primer lugar, es rara porque, si
Lisetta se hubiera enamorado de un soldado americano, me lo hubiera hecho saber
de la manera que fuera. Y además, en las cartas que me envió desde
Serradifalco, así se llamaba el pueblecito en el que ellos se habían refugiado,
siempre repetía lo mismo: el sufrimiento que le causaba la lejanía de un amor
misterioso y apasionado. Un joven cuyo nombre jamás me quiso decir.
—¿Está segura de que aquel amor misterioso existía realmente?
¿No podía tratarse de una fantasía juvenil?
—Lisetta no era de las que se perdían en fantasías.
—Mire —observó Montalbano—, a los diecisiete años y, por
desgracia, también más tarde, no se puede estar seguro de la constancia de los
sentimientos.
—Tiene razón —dijo Burgio.
Sin decir nada, la señora sacó otra fotografía del sobre.
Mostraba a una muchacha vestida de novia, dando el brazo a un joven apuesto con
uniforme de soldado norteamericano.
—Ésta la recibí desde Nueva York, lo decía el matasellos, en los
primeros meses del 47.
—Y eso elimina todas las dudas, creo —insistió el director.
—Pues no, más bien las suscita.
—¿En qué sentido, señora?
—Porque dentro del sobre sólo estaba esta fotografía de Lisetta
con el soldado y nada más, no había ninguna nota ni nada. Y detrás de la foto
tampoco había nada escrito, puede comprobarlo. Y entonces, ¿me quiere explicar
usted por qué una amiga íntima de verdad se limita a enviarme una fotografía
sin una sola palabra?
—¿Reconoció la letra de su amiga en el sobre?
—La dirección estaba escrita a máquina.
—Ah...
—Y le quiero decir una última cosa: Elisa Moscato, Lisetta, era
prima hermana de Lillo Rizzitano. Y Lillo la quería mucho, como a una hermana
pequeña.
Montalbano miró al director Burgio.
—La adoraba —reconoció éste.
Diecinueve
Cuanto más lo pensaba, cuanto más le daba vueltas, tanto más se
convencía de que estaba siguiendo la pista acertada. No le había hecho falta ni
siquiera su paseo habitual de meditación hasta el final del muelle; en cuanto
salió de la casa de los Burgio con la fotografía nupcial, se fue disparando a
Montelusa.
—¿Está el doctor?
—Sí, pero está trabajando, se lo advierto —contestó el portero.
Pasquano y sus dos ayudantes se encontraban alrededor de la mesa
de mármol en la que yacía un cadáver desnudo y con los ojos abiertos. Razón le
sobraba al muerto para tener los ojos abiertos de asombro, pues los tres
hombres estaban brindando con vasos de papel y el médico sostenía en la mano
una botella de vino espumoso.
—Pase, pase, estamos celebrando.
Montalbano le dio las gracias al ayudante que le ofreció un vaso
y Pasquano le sirvió vino.
—¿A la salud de quién? —preguntó el comisario.
—A la mía. Con ésta, llego a la milésima autopsia.
Montalbano tomó un sorbo, se apartó con el médico y le mostró la
fotografía.
—¿La chica del crasticeddru podía haber tenido una cara como la
de ésta de la fotografía?
—¿Por qué no se va al carajo? —le dijo dulcemente Pasquano.
—Perdone... —se excusó el comisario.
Dio media vuelta y se fue. Era un estúpido, no el médico sino
él. Se había dejado arrastrar por el entusiasmo y le había ido a hacer a
Pasquano la pregunta más imbécil que se pudiera imaginar.
No corrió mejor suerte en la Brigada Científica.
—¿Está Jacomuzzi?
—No, fue a ver al jefe.
—¿Quién se encarga del laboratorio fotográfico?
—De Francesco, en el sótano.
De Francesco estudió la fotografía como si todavía no le
hubieran explicado la posibilidad de reproducir imágenes sobre películas
sensibles a la luz.
—¿Qué desea de mí?
—Saber si se trata de un montaje fotográfico.
—Ah, eso no es lo mío. Yo sólo sé fotografiar y revelar. Las
cosas más difíciles las enviamos a Palermo.
Después la rueda empezó a dar vueltas en la dirección apropiada
y se inició la serie positiva. Llamó al fotógrafo de la revista que había
publicado la reseña del libro de Maraventano, cuyo nombre recordaba.
—Perdone que lo moleste, ¿es usted el señor Contino?
—Sí, soy yo, ¿con quién hablo?
—Soy el comisario Montalbano y necesito verlo.
—Celebro conocerlo. Venga ahora, si quiere.
El fotógrafo vivía en la parte vieja de Montelusa, en una de las
pocas casas que quedaban en pie después de un corrimiento de tierras que había
hecho desaparecer todo un barrio de nombre árabe.
—En realidad, yo no soy fotógrafo de profesión. Enseño historia
en el liceo, pero me divierto. Estoy a su disposición.
—¿Podría decirme si esta fotografía es un montaje?
—Puedo intentarlo —contestó Contino. Observó la fotografía.
—¿Sabe cuándo se hizo?
—Me han dicho que hacia el año 46.
—Vuelva mañana.
Montalbano inclinó la cabeza sin decir nada.
—¿Es urgente? Pues entonces, vamos a hacer una cosa... Dentro de
unas dos horas, le podré dar una primera respuesta, pero habrá que confirmarla.
—De acuerdo.
Montalbano se pasó las dos horas en una galería de arte, donde
se exponía la obra de un pintor siciliano septuagenario ligado todavía a una
cierta retórica populista, pero con una paleta rica de colores intensos y
vivísimos. Pese a todo, contempló las telas con mirada distraída, pues estaba
esperando con impaciencia la respuesta de Contino y, cada cinco minutos,
consultaba su reloj.
—Bueno pues, usted me dirá.
—Acabo de terminar ahora mismo. A mi juicio, se trata de un
auténtico montaje fotográfico. Muy bien hecho.
—¿De qué lo deduce?
—De las sombras del trasfondo. La cabeza de la chica se montó en
sustitución de la cabeza de la novia verdadera.
Montalbano no le había dicho nada. Contino no había sido
advertido, el comisario no lo había inducido con sus palabras a llegar a
aquella conclusión.
—Le diré más: la imagen de la chica está retocada.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que se la envejeció un poco, por así decirlo.
—¿Me la puedo llevar?
—Pues claro, ya no la necesito. Creía que iba a ser más difícil,
pero no hace falta confirmar nada, como le había dicho ames.
—Me ha sido usted sumamente útil.
—Debo decirle, señor comisario, que mi opinión es privada, ¿me
explico? No tiene ningún valor legal.
El jefe no sólo lo recibió de inmediato sino que incluso lo hizo
con los brazos abiertos.
—¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Tiene tiempo? Venga conmigo,
vamos a casa, estoy esperando una llamada de mi hijo. Mi mujer estará encantada
de vedo.
Massimo, el hijo del jefe, era médico y trabajaba en un grupo de
voluntarios. La organización se llamaba "Sin fronteras" y sus
miembros desarrollaban su labor como podían en los países devastados por la
guerra.
—Mi hijo es pediatra, ¿sabe? Actualmente se encuentra en Ruanda
y estoy muy preocupado por él.
—¿Sigue habiendo enfrentamientos?
—No me refería a los enfrentamientos. Cada vez que consigue
llamamos, lo noto más agobiado por el horror y la situación atormentadora que
está viviendo.
El jefe se sumió en el silencio. Sin duda para distraerlo de los
negros pensamientos en los que se había encerrado, Montalbano le comunicó la
noticia.
—Estoy en un noventa por ciento seguro de conocer el nombre y
apellido de la muchacha hallada muerta en el crasticeddru.
El superior no habló; se limitó a mirado boquiabierto.
—Se llamaba Elisa Moscato y tenía diecisiete años.
—¿Cómo demonios lo hizo?
Montalbano se lo contó todo.
La esposa del jefe lo tomó de la mano como si fuera un chiquillo
y lo hizo sentar en el sofá. Se pasaron un ratito conversando y después el
comisario se levantó y dijo que tenía un compromiso y tenía que irse. No era
verdad. Simplemente no quería estar allí cuando recibieran la llamada; el jefe
y su mujer tenían derecho a disfrutar solos y en paz de la voz lejana de su
hijo, aunque sus palabras estuvieran preñadas de angustia y dolor. En el
momento en que abandonaba la casa, sonó el teléfono.
—He cumplido mi palabra, como ve. Le devuelvo la fotografía.
—Pase, pase.
La señora Burgio se apartó para franquearle la entrada.
—¿Quién es? —preguntó el marido desde el comedor.
—Es el comisario.
—¡Pero dile que pase! —rugió él, como si su mujer le hubiera
negado la entrada a Montalbano.
Estaban cenando.
—¿Pongo un plato? —preguntó la señora.
Lo puso sin esperar la respuesta. Montalbano se sentó y ella le
sirvió caldo de pescado, aderezado con perejil.
—¿Ha conseguido sacar algo en claro? —preguntó la mujer sin
prestar atención a la mirada severa del esposo, que no consideraba oportuno
aquel asalto.
—Desgraciadamente, sí, señora. Creo que se trata de un montaje
fotográfico.
—¡Dios mío! Pues entonces, el que me la envió quiso hacerme
creer una cosa por otra.
—Sí, creo que ésa fue la intención: intentar poner punto final a
sus preguntas sobre Lisetta.
—¿ Ves como yo tenía razón? —le dijo la señora casi a gritos a
su marido, y rompió a llorar.
—Pero ahora, ¿por qué lloras? —le preguntó él.
—¡Porque Lisetta está muerta y, en cambio, me quisieron hacer
creer que estaba viva y felizmente casada!
—Mira, puede que fuera la propia Lisetta la que...
—¡No digas estupideces! —replicó la señora, arrojando la
servilleta sobre la mesa.
Se produjo un silencio embarazoso. Después la mujer preguntó:
—Está muerta, ¿verdad, señor comisario?
—Me temo que sí.
La señora se levantó, se cubrió el rostro con las manos y
abandonó el comedor; en cuanto salió, la oyeron abandonarse a una especie de
gemidos quejumbrosos.
—Lo siento —dijo el comisario.
—Ella se lo buscó —contestó sin la menor compasión el director,
siguiendo su propia lógica de disputas conyugales.
—Permítame una pregunta. ¿Está seguro de que entre Lino y
Lisetta sólo existía la clase de afecto a la que usted y su esposa se han
referido?
—Explíquese mejor.
Montalbano decidió hablar claro.
—¿Usted excluye que Lillo y Lisetta fueran amantes?
Burgio soltó una carcajada y descartó la hipótesis con un gesto
de la mano.
—Mire, Lillo estaba locamente enamorado de una chica de
Montelusa, que no ha vuelto a tener noticias suyas desde julio del 43. Y no
puede ser el muerto del crasticeddru por la sencilla razón de que el campesino
que lo vio herido y presenció cómo los soldados lo cargaban en el camión y lo
trasladaban quién sabe adónde, era una persona seria y sensata.
—Entonces, eso sólo puede significar una cosa: que no es cierto
que Lisetta haya huido con un soldado americano. Por consiguiente, el padre de
Lisetta le contó a su esposa una mentira. ¿Quién era el padre de Lisetta?
—Me parece recordar que se llamaba Stefano.
—¿Vive todavía?
—Murió, ya anciano, hace por lo menos cinco años.
—¿A qué se dedicaba?
—Me parece que al comercio de la madera. Pero en mi casa no se
hablaba de Stefano Moscato.
—¿Porqué?
—Porque no era una persona muy de fiar. Tenía negocios ilícitos
con sus parientes, los Rizzitano, ¿me explico? Había tenido problemas con la
Justicia, no sé de qué tipo. En aquella época, en las familias de personas
educadas y honradas no se hablaba de esa gente. Era como hablar de la mierda, y
usted perdone.
La señora Burgio regresó con los ojos enrojecidos y una carta en
la mano.
—Ésta es la última carta que recibí de Lisetta cuando estaba en
Acquapendente, adonde me había trasladado con mi familia.
* * *
Serradifalco, 10 de junio de 1943
Angelina querida, ¿cómo estás? ¿Cómo está tu familia? No puedes
imaginarte lo mucho que te envidio porque tu vida en un pueblo del norte no
puede compararse ni de lejos con la cárcel en la que yo paso mis días. Además
de la vigilancia asfixiante de papá, está la vida monótona y estúpida de un
pueblo formado por cuatro casas. Imagínate que el domingo pasado al salir de
misa, un chico de aquí al que ni siquiera conozco me dirigió un saludo. Papá se
dio cuenta, lo llamó aparte y la emprendió a bofetadas con él. ¡Auténticas
barbaridades! Mi única distracción es la lectura. Tengo por amigo a Andreuccio,
un niño de diez años, hijo de mis primos. Es inteligente. ¿Se te ha ocurrido
pensar alguna vez que los niños pueden ser más listos que nosotros?
Desde hace algunos días, mi querida Angelina, vivo hundida en la
desesperación. He recibido, por un medio tan arriesgado que sería muy largo de
explicar, una notita de cuatro líneas de Él, Él, Él, en la que me dice que está
desesperado, que ya no resiste sin verme, que, después de todo el tiempo que
llevaban en Vigàta, han recibido la orden de marcharse en cuestión de días. Yo
me siento morir de no vedo. Antes de que se vaya lejos, tengo, tengo, tengo que
pasar unas cuantas horas con él para no volverme loca. Ya te contaré y, entre
tanto, te envío un abrazo muy fuerte. Tuya,
Lisetta
—De modo que usted nunca supo quién era este" él"
—dijo el comisario.
—No. Jamás me lo quiso decir.
—Después de esta carta, ¿ya no recibió ninguna más?
—¿Bromea? Ya es un milagro que recibiera ésta en aquellos días
en que el estrecho de Messina no se podía cruzar, pues lo bombardeaban sin
cesar. Después, el 9 de julio desembarcaron los americanos y las comunicaciones
quedaron interrumpidas de manera definitiva.
—Disculpe, señora, pero, ¿recuerda la dirección de su amiga en
Serradifalco?
—Pues claro. En casa de la familia Sorrentino, via Crispi, 18.
Hizo ademán de introducir la llave en la cerradura, pero se
detuvo, alarmado. Desde el interior de su casa se oían voces y ruidos. Sopesó
la conveniencia de regresar al coche y tomar la pistola, pero no lo hizo. Abrió
con cautela la puerta, sin hacer ruido.
Y de pronto, recordó que se había olvidado por completo de
Livia. Quién sabe el rato que debía de llevar esperándolo.
Le llevó la mitad de la noche volver a hacer las paces.
A las siete de la mañana se levantó sin hacer ruido, marcó un
número de teléfono y habló en voz baja.
—¿Fazio? Tienes que hacerme un favor... Debes llamar y decir que
estás enfermo.
—No hay problema.
—Quiero, antes de esta noche, vida, muerte y milagros de un tal
Stefano Moscato, fallecido aquí en Vigàta hace unos cinco años. Pregunta por el
pueblo, echa un vistazo a las fichas y a lo que te parezca. Por lo que más
quieras...
—No se preocupe.
Colgó, tomó un bolígrafo y papel y escribió:
Querida: tengo que irme por un compromiso urgente y no quiero
despertarte. Seguramente regresaré a casa a primera hora de la tarde. ¿Por qué
no tomas un taxi y te vas a ver los templos griegos? Siguen siendo tan
espléndidos como siempre. Un beso.
Salió como un ladrón; si Livia hubiera abierto los ojos, habrían
tenido una pelea.
Tardó una hora y media en llegar a Serradifalco; el cielo estaba
despejado y se sentía tan contento, que le entraron ganas de silbar. Le vino a
la mente Caifás, el perro de su padre, que paseaba triste y aburrido por la
casa, pero que se animaba de golpe en cuanto veía que el amo empezaba a
preparar los cartuchos, y se transformaba en una masa de energía cuando lo
llevaban de caza. Encontró enseguida via Crispi; el número 18 correspondía a
una mansión del siglo XIX, de dos pisos. Había un timbre con una placa que
decía SORRENTINO. Una joven simpática, de unos veinte años, le preguntó qué
deseaba.
—Quisiera hablar con el señor Andrea Sorrentino.
—Es mi padre, pero no está en casa. Lo puede encontrar en el
Ayuntamiento.
—¿Trabaja allí?
—Sí y no. Es el alcalde.
—Pues claro que me acuerdo de Lisetta —dijo Andrea Sorrentino.
Llevaba muy bien sus sesenta y tantos años; sólo tenía alguna
que otra cana y era un hombre muy apuesto.
—Pero, ¿por qué me pregunta por ella?
—Se trata de una investigación muy reservada. Lamento no poderle
decir nada. Pero tenga la certeza de que para mí es muy importante averiguar
algunos datos.
—Muy bien, señor comisario. Mire, guardo recuerdos muy hermosos
de Lisetta. Dábamos largos paseos por el campo y yo a su lado me sentía
orgulloso, como un adulto, pues ella me trataba como si yo tuviera su edad.
Cuando su familia abandonó Serradifalco y regresó a Vigàta, ya no tuve noticias
directas suyas.
—¿Cómo es posible?
El alcalde titubeó un instante.
—Bueno, se lo cuento porque ya son historias pasadas. Creo que
mi padre y el padre de Lisetta se pelearon a muerte. A fines de agosto del 43,
mi padre regresó a casa una noche con el rostro desencajado. Había ido a Vigàta
a ver a u zu Stefanu, como yo lo llamaba, por no sé qué asunto. Estaba pálido,
tenía fiebre; recuerdo que mamá se asustó mucho y que, al verlo, yo también me
asusté. No sé qué habrá ocurrido entre ambos, pero al día siguiente, a la hora
de comer, mi padre dijo que en casa no se debería pronunciar nunca más el
apellido Moscato. Yo obedecí a pesar de mi deseo ardiente de preguntarle por
Lisetta. Mire, estas peleas tan tremendas entre pan entes...
—¿Usted recuerda al soldado americano que Lisetta conoció aquí?
—¿ Aquí? ¿Un soldado americano?
—Sí. Por lo menos, eso creo haber entendido. En Serradifalca
conoció a un soldado americano, se enamoraron, ella lo siguió y, al cabo de
algún tiempo, se casaron en América.
—De esta historia de la boda oí decir algo porque una tía,
hermana de mi padre, recibió una fotografía de Lisetta vestida de novia, con un
soldado americano.
—Pues entonces, ¿por qué se ha extrañado?
—Me ha extrañado que usted diga que Lisetta conoció al americano
aquí. Mire, cuando los americanos ocuparon Serradifalco, ya hacía por lo menos
diez días que Lisetta había desaparecido de casa.
—¿Qué me dice?
—Lo que oye. Una tarde, sobre las tres o las cuatro, vi que
Lisetta se disponía a salir de casa. Le pregunté cuál sería aquel día la meta
de nuestro paseo. Me contestó que no me enojara, pero que ese día prefería
salir sola a dar el paseo. Sin embargo, yo me lo tomé a mal. Por la noche, a la
hora de cenar, Lisetta no había regresado. Tío Stefano, mi padre y unos cuantos
campesinos salieron en su busca, pero no la encontraron. Pasamos horas
terribles, andaban por allí muchos soldados italianos y alemanes y los mayores
temieron que la hubieran violado... A la tarde del día siguiente, u zu Stefanu
se despidió de nosotros y dijo que no regresaría sin antes haber encontrado a
su hija. En casa se quedó la madre de Lisetta, deshecha la pobre mujer.
"Después se produjo el desembarco y el frente nos separó.
El mismo día en que pasó el frente, Stefano Moscato regresó para recoger a su
mujer; nos dijo que había encontrado a Lisetta en Vigàta y que la fuga había
sido una chiquillada. Ahora, si usted me ha seguido, habrá comprendido que
Lisetta no pudo haber conocido a su futuro esposo aquí en Serradifalco sino en
Vigàta, en su pueblo.
Veinte
Los templos griegos ya sé que son espléndidos desde que te
conozco me he visto obligada a visitados unas cincuenta veces y por eso te los
puedes meter columna por columna en el sitio que tú sabes me voy por mis
asuntos y no sé cuándo volveré.
La nota de Livia rezumaba furia. Montalbano la asimiló pero,
como al regreso de Serradifalco le había entrado un hambre canina, abrió el
refrigerador: nada. Abrió el horno: nada. El sadismo de Livia, que no quería
ver a la asistenta cuando ella estaba en Vigàta, había llegado hasta el extremo
de limpiar impecablemente todo; no se veía en la casa ni una miga de pan.
Montalbano regresó a su automóvil y llegó a la trattoria San Calogero cuando ya
estaban bajando las persianas.
—Para usted siempre está abierto, señor comisario.
Porque estaba muerto de hambre y para vengarse de Livia, se pegó
un atracón que por poco lo obliga a llamar al médico.
—Hay una frase que me da que pensar —dijo Montalbano.
—¿Cuando dice que quiere hacer una locura?
El comisario, el director Burgio y la señora Angelina estaban
tomando café en el salón.
Montalbano sostenía en la mano la carta de la joven Moscato, que
acababa de volver a leer en voz alta.
—No, señora, la locura ya sabemos que la cometió después, me lo
dijo el señor Sorrentino, que no tenía ningún motivo para contarme una cosa por
otra. Pocos días antes del desembarco, a Lisetta se le ocurre la idea ingeniosa
de fugarse de Serradifalco para regresar a Vigàta y reunirse con el hombre que
ama.
—Pero, ¿cómo pudo hacerlo? —preguntó angustiada la señora.
—Debió de pedir que la llevara algún vehículo militar...
Por aquel entonces había un constante ir y venir de italianos y
alemanes. Siendo bonita como era, no le habrá costado demasiado —terció Burgio,
que había decidido colaborar, rendido a regañadientes a la evidencia de que, de
vez en cuando, las fantasías de su mujer tenían un fundamento real.
—¿Y las bombas? ¿Y los ametrallamientos? Dios mío, qué valor
tuvo —exclamó la señora.
—Pues entonces, ¿cuál es la frase? —preguntó con impaciencia el
director.
—Ésa en que Lisetta le cuenta a su esposa que él le ha hecho
saber que, después de todo el tiempo que llevaban en Vigàta, han recibido la
orden de irse.
—No entiendo.
—Verá, señora, esa frase nos dice que él se encontraba en Vigàta
desde hacía mucho tiempo, lo cual significa implícitamente que no era un joven
del pueblo. Segundo: le hace saber a Lisetta que está a punto de verse obligado
a abandonar Vigàta.
Tercero: utiliza el plural y, por consiguiente, quien tiene que
abandonar el pueblo no es sólo él sino un grupo de personas. Todo ello me
induce a pensar que era un militar. Quizá me equivoque, pero me parece la
suposición más lógica.
—Lógica... —repitió el director Burgio.
—Dígame, señora, ¿cuándo fue la primera vez que Lisetta le dijo
que se había enamorado? ¿Lo recuerda?
—Sí, porque estos días no he hecho otra cosa más que esforzarme
en recordar todos los más mínimos detalles de mis encuentros con Lisetta. Debió
de ser hacia el mes de mayo o junio del 42. Me refresqué la memoria con un
viejo diario que encontré.
—Ha revuelto toda la casa —rezongó el marido.
—Tendríamos que averiguar qué guarniciones militares fijas había
aquí entre principios del 42, y puede que antes, y julio del 43.
—¿Cree que va a ser fácil? —preguntó el director—. Yo, por
ejemplo, recuerdo un montón... Estaban las baterías antiaéreas, las navales,
había un tren blindado con un cañón, escondido en el interior de una galería,
estaban los militares del cuartel y los de los búnkers... Los marinos no, ésos
iban y venían. Es una investigación prácticamente imposible.
Se desanimaron. De repente, Burgio se levantó.
—Voy a llamar a Burruano. Él siempre estuvo en Vigàta, antes,
durante y después de la guerra. Yo, en cambio, en determinado momento, me
largué.
La señora intervino de nuevo.
—Tal vez fuera un enamoramiento pasajero, a aquella edad no se
sabe distinguir, pero debió de ser una cosa muy seria, seria hasta el extremo
de inducirla a fugarse de casa, aun a riesgo de enfrentarse con su padre, que
era un carcelero, o eso me decía ella, por lo menos.
A Montalbano le subió a los labios una pregunta; no deseaba
hacerla, pero su instinto de cazador ganó la partida.
—Perdone que la interrumpa. ¿Podría concretar... podría decirme
en qué sentido utilizaba Lisetta la palabra "carcelero"? ¿Eran los
típicos celos sicilianos hacia la hija? ¿Celos obsesivos?
La señora lo miró un instante y después bajó los ojos.
—Mire, tal como ya le dije, Lisetta era mucho más madura que
yo... Yo era todavía una niña. Mi padre me tenía prohibido ir a casa de los
Moscato y por eso teníamos que vernos en la escuela o en la iglesia. Allí
conseguíamos permanecer unas cuantas horas tranquilas. Hablábamos. Y ahora yo
estoy tratando de recordar lo que me decía o insinuaba. Creo que hubo muchas
cosas que entonces no comprendí...
—¿Cuáles?
—Por ejemplo, hasta un momento determinado Lisetta llamó a su
padre "mi padre", pero, a partir de cierto día, lo llamó siempre
"ese hombre". Puede que eso no signifique nada. Otra vez me dijo:
"Ese hombre acabará por hacerme daño, mucho daño". Yo entonces pensé
que se refería a una cuestión de golpes, de palizas, ¿comprende? Ahora me
asalta una terrible duda acerca del verdadero significado de aquellas palabras.
—Hizo una pausa, tomó un sorbo de café y añadió: —Era valiente, y mucho. En el
refugio, cuando caían las bombas y todos temblábamos y llorábamos de miedo, era
ella la que nos daba ánimos y nos consolaba. Pero, para haber hecho lo que
hizo, debió de necesitar el doble de valentía; desafiar a su padre e irse en
medio de los ametrallamientos, venir aquí y hacer el amor con un hombre que ni
siquiera era su novio oficial. Por aquel entonces, éramos distintas de las
chicas de diecisiete años de hoy en día.
El monólogo de la señora fue interrumpido por el regreso del
director Burgio, tremendamente alterado.
—No encontré a Burruano, no estaba en casa. Venga, señor
comisario, acompáñeme.
—¿A buscar al contable?
—No, no, se me ha ocurrido una idea. Si tenemos suerte y
acierto, le regalaré a San Calogero cincuenta mil liras en las próximas
fiestas.
San Calogero era un santo negro muy venerado por los habitantes
del pueblo.
—Si usted acierta, yo le regalaré otras cincuenta mil —dijo
Montalbano, arrastrado por el entusiasmo.
—Pero ¿se puede saber adónde van?
—Después te lo digo —contestó Burgio.
—¿Y a mí me dejan plantada? —insistió la señora.
El director Burgio ya había alcanzado la puerta, furioso. Pero
Montalbano le dijo:
—Yo la tendré informada de todo.
—Pero ¿cómo carajo es posible que me haya olvidado de la
Pacinotti? —murmuró el director Burgio, una vez en la calle.
—¿Quién es esta señora? —preguntó Montalbano.
Se la imaginaba cincuentona y rechoncha. El director no
contestó. Montalbano siguió con sus preguntas.
—¿Tomamos el coche? ¿Tenemos que ir muy lejos?
—Pero qué lejos ni qué demonios. Son cuatro pasos.
—¿Quiere explicarme quién es esta señora Pacinotti?
—Pero, ¿por qué la llama señora? Era un buque nodriza; se
utilizaba para reparar los desperfectos que se podían producir en los navíos de
guerra. Quedó anclado en el puerto hacia fines del año 40 y de allí no se
movió. Su tripulación estaba formada por marineros que también eran mecánicos,
carpinteros, electricistas, plomeros... Eran todos jóvenes. Muchos de ellos,
después de su larga permanencia aquí, acabaron siendo como gente del pueblo. Se
hicieron amistades y hubo noviazgos. Dos de ellos se casaron con chicas de
aquí. Uno ya ha muerto, se llamaba Tripcovich; el otro es Marin, el propietario
del taller mecánico de Piazza Garibaldi. ¿Lo conoce?
—Es mi mecánico —contestó Montalbano.
Pensó con amargura que estaba volviendo a hacer un viaje por la
memoria de los viejos.
Un cincuentón gordo y malhumorado, enfundado en un overol muy
sucio, atacó al director Burgio sin saludar al comisario.
—¿Por qué viene a perder el tiempo? No está listo, le dije que
el trabajo sería muy largo.
—No ha venido por el coche. ¿Está su padre?
—¡Pues claro que está! ¿Adónde quiere que vaya? Se queda aquí a
fastidiarme y a decirme que no sé trabajar, que los genios mecánicos de la
familia son él y su nieto.
Un joven de unos veinte años, también enfundado en un overol,
estaba examinando el interior de un capó; se incorporó y saludó con una sonrisa
a los visitantes. Montalbano y Burgio cruzaron el taller, que inicialmente
habría sido un almacén, y llegaron a una especie de tabique hecho con tablas de
madera.
Al otro lado, detrás de un escritorio, estaba Antonio Marin.
—Lo he oído todo —dijo éste—. Y si la artritis no me hubiera
jodido, le hubiera podido enseñar algo a ese que está afuera.
—Hemos venido a pedirle una información.
—Dígame, señor comisario.
—Mejor será que hable el director Burgio.
—¿Recuerda cuántos tripulantes de la nodriza Pacinotti murieron
o resultaron heridos o bien fueron dados por desaparecidos por motivos bélicos?
—Nosotros tuvimos suerte —reflexionó el anciano.
Se había animado. Resultaba claro que el hecho de hablar de
aquella época heroica le encantaba, pues seguramente en su familia le decían
que se callara en cuanto empezaba a hablar del tema.
—Sólo tuvimos un muerto por un fragmento de bomba, un tal Silvio
Destefano, y un desaparecido, Mario Cunich —prosiguió—. Estábamos todos muy
unidos, ¿sabe?, éramos casi todos vénetos, triestinos...
—¿Desaparecido en el mar? —preguntó el comisario.
—¿En el mar? ¿Qué mar? Nosotros siempre estuvimos atracados.
Éramos prácticamente una extensión del muelle.
—Y entonces, ¿por qué se le dio por desaparecido?
—Porque la noche del 7 de julio del 43 no regresó a bordo.
Por la tarde había habido un violento bombardeo y él tenía
permiso de salida. Cunich era de Monfalcone y tenía un amigo de su mismo
pueblo, que también era amigo mío, Stefano Premuda. Bueno pues, a la mañana
siguiente Premuda obligó a toda la tripulación a buscar a Cunich. Nos pasamos
todo el día preguntando por él, casa por casa, nada. Fuimos al hospital militar
y al civil, al lugar donde recogían a los muertos que se encontraban entre las
ruinas... Nada. Hasta los oficiales se unieron a nosotros porque poco antes
habíamos recibido una advertencia, una especie de voz de alerta... Nos dijeron
que tendríamos que zarpar en los próximos días... Pero jamás llegamos a zarpar,
los americanos llegaron primero.
—¿Y no pudo haber desertado?
—¿Cunich? ¡Qué va! Él creía en la guerra. Era fascista. Un buen
chico, pero fascista. Y además, estaba chiflado.
—¿Qué quiere decir?
—Que estaba muy enamorado de una chica de aquí. Lo mismo que yo,
por otra parte. Decía que, en cuanto terminara la guerra, se casaría con ella.
—¿Y no se supo nada más de él?
—Mire, cuando desembarcaron los americanos, pensaron que un
navío de apoyo como el nuestro, que era una joya, les sería muy útil. Nos
mantuvieron en el servicio con uniforme italiano Y nos pusieron un brazal para
evitar equívocos. Munich tuvo todo el tiempo que quiso para volver a
presentarse, pero no lo hizo. Se volatilizó. Yo seguí manteniendo
correspondencia con Premuda y de vez en cuando le preguntaba si había aparecido
Cunich, si sabía algo de él... Nada de nada.
—Dice que sabía que Cunich tenía una novia aquí. ¿Usted la
conoció?
—Jamás.
Quedaba todavía una pregunta, pero Montalbano se detuvo y, con
una mirada, le cedió el privilegio al director Burgio, que aceptó la propuesta
generosa del comisario.
—¿Le dijo, por lo menos, cómo se llamaba la chica?
—Verá, Cunich era un muchacho muy reservado. Sólo una vez me
dijo que se llamaba Lisetta.
¿Qué fue? ¿Pasó un ángel y detuvo el tiempo? Montalbano y Burgio
se quedaron petrificados. Después el comisario apoyó una mano en el costado,
pues acababa de experimentar una fuerte punzada, y el director Burgio se puso
una mano sobre el corazón y se apoyó en un coche para no caer. Marin se llevó
un susto de muerte.
—¿Qué he dicho? ¿Dios mío, qué he dicho?
En cuanto salieron del taller, Burgio lanzó gritos de alegría.
—¡Hemos acertado!
Después dio unos pasos de baile. Dos personas que lo conocían y
sabían que era muy serio y circunspecto, se quedaron mirándolo, pasmadas. Tras
haberse desahogado, el director Burgio volvió a recuperar la seriedad.
—Mire que tenemos que cumplir la promesa de las cincuenta mil
liras cada uno a San Calogero. No lo olvide.
—No lo olvidaré.
—¿Usted lo conoce a San Calogero?
—Desde que estoy en Vigàta, cada año he presenciado los
festejos.
—Pero eso no significa conocerlo. San Calogero es, ¿Cómo diría?,
un tipo al que no le gusta que lo engañen.
—¿Bromea?
—De ninguna manera. Es un santo vengativo, enseguida se ofende.
Si uno le promete una cosa, la tiene que cumplir. Si usted, por ejemplo, sale
bien librado de un accidente de tránsito, le hace una promesa al santo y
después no la cumple, puede poner las manos sobre el fuego que le ocurre otro
accidente y, como mínimo, pierde las piernas. ¿Me explico?
—Perfectamente.
—Volvamos a casa, así usted se lo contará todo a mi mujer.
—¿Yo?
—Sí, porque yo no quiero darle la satisfacción de reconocer que
tenía razón.
—En resumen —dijo Montalbano—, las cosas pudieron ocurrir de la
siguiente manera.
Le gustaba aquella investigación casera, en una casa de otros
tiempos, delante de una taza de café.
—El marino Cunich, que se había convertido casi en un habitante
de Vigàta, se enamora de Lisetta Moscato y es correspondido. Cómo conseguían
reunirse y hablarse, sólo Dios lo sabe.
—Lo he estado pensando mucho —dijo la señora—. Hubo un período,
me parece que entre el 42 y el mes de marzo o abril del 43, en que Lisetta
disfrutó de más libertad porque su padre tuvo que dejar Vi gata por asuntos de
trabajo. El enamoramiento y las citas clandestinas debieron de tener lugar en
aquel período.
—Se enamoraron, eso es un hecho —continuó el comisario—.
Después, el regreso del padre les impidió verse. Puede que a ello contribuyera
también la evacuación. Posteriormente llegó la noticia de la partida inminente
del chico... Lisetta se fuga, viene aquí y se reúne, no sabemos dónde, con
Cunich. El marino, para poder permanecer más tiempo con Lisetta, no vuelve a
presentarse a bordo. En determinado momento, mientras ambos están durmiendo,
los matan. Hasta aquí, todo en orden.
—¿Cómo en orden? —preguntó sorprendida la señora.
—Perdone, quise decir que, hasta aquí, la reconstrucción marcha
bien. Puede haberlos matado un enamorado despechado o el propio padre de
Lisetta, que los sorprendió y se sintió deshonrado. Vaya usted a saber.
—¿Cómo que voy a saber? —replicó la señora—. ¿No le interesa
descubrir quién asesinó a aquellos dos pobres chicos?
Montalbano no tuvo valor para decirle que el homicida no le
importaba demasiado; que lo que lo intrigaba era por qué alguien, quizás el
propio asesino, se había tomado la molestia de trasladar los cadáveres a la
cueva y montar el número del cuenco, la vasija de barro y el perro de
terracota.
Antes de regresar a casa, pasó por una tienda de comestibles;
compró doscientos gramos de queso con pimienta y un pan de trigo. Se
aprovisionó porque estaba seguro de que no encontraría a Livia en casa. Y
efectivamente, no se encontraba allí; todo estaba tal y como él lo había dejado
cuando salió para ir a casa de los Burgio.
No había tenido tiempo de dejar las provisiones encima de la
mesa cuando sonó el teléfono. Era el jefe.
—Montalbano, quería decide que hoy me llamó el subsecretario
Licalzi. Quería saber por qué razón aún no he presentado una petición de
ascenso para usted.
—Pero ¿qué quiere ése de mí?
—Me tomé la libertad de inventar una historia de amor
misteriosa. Eso le he dicho, no dicho, le he dado a entender... Licalzi se lo
tragó porque, por lo visto, es un apasionado lector de revistas del corazón.
Pero con eso ha quedado resuelto el asunto. Me ha dicho que le escriba para
solicitar para usted una elevada gratificación. Ya he hecho y cursado la
solicitud. ¿Quiere escucharla?
—Ahórremela.
—Lástima, creí haber hecho una pequeña obra de arte. Montalbano
puso la mesa y cortó una buena rebanada de pan. Volvió a sonar el teléfono; no
era Livia, tal como él esperaba, sino Fazio.
—Dottore, he trabajado todo el santo día para usted. Este tal Stefano
Moscato no era precisamente un tipo amigable.
—¿Era un mafioso?
—Mafioso propiamente dicho, no creo. Pero un violento, eso sí.
Varias condenas por peleas, conducta violenta y agresión. No parecen cosas de
la mafia... Un mafioso no deja que lo condenen por tonterías.
—¿A cuándo se remonta la última condena?
—Al año 81, imagínese. Tenía un pie en la tumba y la emprendió a
silletazos con un tipo y le partió la cabeza.
—¿Puedes decirme si pasó algún período en la cárcel entre el 42
y el 43?
—Cómo no. Reyerta y provocación de lesiones. Entre marzo del 42
y el 21 de abril del 43 estuvo en Palermo, en la cárcel del Ucciardone.
Las noticias que le había dado Fazio hicieron que el queso con
pimienta, que ya de por sí no era ninguna broma, le supiera a gloria.
Veintiuno
El cuñado de Galluzzo abrió su telediario con la noticia de un
grave atentado de corte claramente mafioso en las afueras de Catania. Un
conocido y apreciado empresario de la ciudad, un tal Corrado Brancato,
propietario de un gran almacén proveedor de supermercados, había decidido
tomarse una tarde de descanso en su pequeño chalé de las afueras de la ciudad.
En el momento de introducir la llave en la cerradura, abrió la puerta
prácticamente a la nada; una explosión espantosa provocada por un dispositivo ingenioso
que unía la apertura de la puerta con una carga explosiva, había pulverizado
literalmente el pequeño chalé, al empresario y a su esposa, Giuseppa
Tagliafico. Las investigaciones, añadía el periodista, iban a ser muy
complicadas, puesto que Brancato carecía de antecedentes penales y no estaba
relacionado en absoluto con hechos mafiosos.
Montalbano apagó el televisor y se puso a silbar la Sinfonía N°
8, Inconclusa, de Schubert. Le salió muy bien y no falló ningún pasaje.
Marcó el número de Mimì Augello; estaba seguro de que su
subcomisario debía de saber algo más acerca de lo ocurrido. No contestó nadie.
Cuando terminó de cenar, hizo desaparecer hasta el último
vestigio de comida e incluso lavó con mucho esmero el vaso en el que había
tomado un poco de vino. Se desnudó para irse a dormir cuando oyó detenerse un
automóvil, voces, el ruido de una puerta que se cerraba y el coche que se
alejaba. Se deslizó rápido entre las sábanas, apagó la luz y fingió estar
durmiendo profundamente. Oyó que se abría y cerraba la puerta principal y pasos
que cesaban de repente. Comprendió que Livia se había detenido en el umbral del
dormitorio y lo estaba mirando.
—No te hagas el payaso.
Montalbano se rindió y volvió a encender la luz.
—¿Cómo supiste que fingía?
—Por la respiración. ¿Tú sabes cómo respiras cuando duermes? No.
Yo, en cambio, sí.
—¿Dónde has estado?
—En Eraclea, Minoa y Selinunte.
—¿Sola?
—¡Señor comisario, se lo diré todo, se lo confesaré todo, pero
le ruego que suspenda este interrogatorio de tercer grado! Me acompañó Mimì
Augello.
Montalbano se puso muy serio y apuntó con un dedo amenazador.
—Te lo advierto, Livia: Augello ya ha ocupado mi despacho, no
quisiera que ocupara otras cosas mías.
Livia se puso en tensión.
—Fingiré no haberte entendido, será mejor para los dos. En
cualquier caso, yo no soy un objeto de tu propiedad, tirano siciliano.
—Muy bien, perdona.
Siguieron discutiendo, incluso después de que Livia se hubiera
desnudado y acostado. Pero Montalbano estaba firmemente decidido a no dejarle
pasar aquella jugada a Mimì. Se levantó.
—¿Y ahora adónde vas?
—Voy a llamar a Mimì.
—Déjalo en paz. No se le ha pasado siquiera por la cabeza hacer
nada que pudiera ofenderte.
—¿Mimì? Montalbano... Ah, ¿acabas de llegar a casa? Bien. No, no
te preocupes. Livia está muy bien. Te da las gracias por el día tan agradable
que le has hecho pasar. Yo también te doy las gracias.
"Ah, por cierto, Mimì, ¿sabías que en Catania han hecho
volar por los aires a Corrado Brancato? No, no bromeo, lo han dicho por
televisión. ¿No sabes nada de eso? ¿Cómo que no sabes nada? Ah, claro, te has
pasado todo el día fuera. Y a lo mejor, nuestros compañeros de Catania te
estaban buscando como locos por mar y tierra. El jefe también se habrá
preguntado dónde demonios te habías metido. Qué le vamos a hacer.
Procura arreglarlo como puedas. Que descanses, Mimì.
—Decir que eres un sinvergüenza es quedarse corto —dijo Livia.
—De acuerdo —dijo Montalbano pasadas las tres de la madrugada—.
Reconozco que toda la culpa es mía. Que, si me quedo aquí, me comporto como si
tú no existieras y me dejo arrastrar por mis pensamientos. Estoy demasiado
acostumbrado a vivir solo. Vámonos de aquí.
—¿Y la cabeza dónde la dejas? —preguntó Livia.
—¿Qué quieres decir?
—Que tú, a cualquier lugar que vayas, te llevarás la cabeza con
todo lo que hay adentro. Y por consiguiente, seguirás pensando inevitablemente
en tus asuntos aunque estemos a miles de kilómetros de distancia.
—Juro que me vacío la cabeza antes de salir.
—¿Adónde vamos?
Puesto que a Livia le había dado por el turismo arqueológico,
decidió seguirle la corriente.
—Tú no has visto jamás la isla de Mozia, ¿verdad? Hagamos una
cosa... Esta misma mañana, a eso de las once nos vamos a Mazara del Vallo.
Tengo allí a un amigo al que hace mucho tiempo que no veo, el subjefe Valente.
Después seguimos viaje a Marsala y visitamos Mozia. Cuando regresemos a Vigàta,
organizaremos otra vuelta.
Hicieron las paces.
Giulia, la mujer del subjefe Valente, no sólo tenía la misma
edad de Livia sino que, además, había nacido en Sestri. Ambas mujeres
simpatizaron de inmediato. A Montalbano la señora no le resultó tan simpática
debido a la pasta indignamente pasada, al estofado de carne concebido por una
mente sin duda enferma, y a un café que ni siquiera a bordo de los aviones se
atreverían a servir. Al término del almuerzo horrible, Giuliana le propuso a
Livia quedarse en casa con ella; las dos habían decidido salir juntas más
tarde. En cambio, Montalbano acompañó a su amigo a su despacho. Un cuarentón de
patillas largas y cara de siciliano requemada por el sol estaba esperando al
subjefe.
—¡Cada día una nueva historia! Perdóneme, señor jefe, pero tengo
que hablar con usted. Es importante.
—Te presento al profesor Farid Rahman, un amigo de Túnez —dijo
Valente. Después preguntó, dirigiéndose al profesor:
—¿ Es muy largo?
—Un cuarto de hora como máximo.
—Yo me iría a visitar el barrio árabe —dijo Montalbano.
—Si me espera —terció Farid Rahman—, tendría sumo gusto en
servirle de guía.
—Mira, ya sé que mi mujer no sabe hacer el café —dijo Valente—.
A trescientos metros de aquí está la Piazza Mokarta, te sientas en el bar y te
tomas un buen café. El profesor se reunirá contigo allí.
No pidió enseguida el café. Antes se entregó a un delicioso y
perfumado plato de pasta al horno que lo sacó del abismo oscuro en el que lo
había hundido el arte culinario de la señora Giulia. Cuando llegó Rahman,
Montalbano ya había hecho desaparecer los restos de la pasta y sólo tenía
delante una inocente tacita de café vacía. Se encaminaron hacia el barrio
árabe.
—¿Cuántos son ustedes aquí, en Mazara?
—Ya superamos el tercio de la población local.
—¿Son frecuentes los incidentes entre ustedes y los mazareses?
—No, poca cosa, prácticamente nada en comparación con otras
ciudades. Mire, yo creo que nosotros somos para los mazareses una memoria
histórica, un hecho casi genérico. Somos de la casa. Al—Imam—al—Mazari, el
fundador de la escuela jurídica magrebí, nació en Mazara, lo mismo que el
filólogo Ibn—al—Birr, que fue expulsado de la ciudad en el año 1068 porque le
gustaba demasiado el vino.
"Pero el hecho esencial es que los mazareses son gente de
mar. Y el hombre de mar tiene mucho sentido común, sabe lo que significa tener
los pies en el suelo. Y hablando del mar, ¿sabe que las embarcaciones de pesca
de aquí tienen una tripulación mixta de sicilianos y tunecinos?
—¿Usted ocupa algún cargo oficial?
—No, Dios nos libre de las cosas oficiales. Aquí las cosas van
muy bien porque todo se desarrolla con carácter extraoficial. Yo soy profesor
de primaria, pero hago de intermediario entre mi gente y las autoridades
locales. He aquí otro ejemplo de sentido común: el director de una escuela nos
ha cedido varias aulas y nosotros, los profesores, llegamos de Túnez y creamos
nuestra escuela. Pero, oficialmente, la delegación de enseñanza ignora esta
situación.
El barrio era un pedazo de Túnez, tomado y transportado poco a
poco a Sicilia. Las tiendas estaban cerradas porque era viernes, el día de
descanso, pero la vida en las callejuelas angostas seguía siendo tan animada y
estaba tan llena de color como siempre. En primer lugar, Rahman lo acompañó en
una visita a los grandes baños públicos, desde siempre lugar de encuentros
sociales entre los árabes, y después a un fumadero, un café donde se fumaba con
narguile. Pasaron por delante de una especie de almacén vacío, donde vieron a
un anciano muy serio sentado en el suelo con las piernas cruzadas, leyendo y
comentando un libro. Delante de él, unos veinte muchachos sentados de la misma
manera lo escuchaban con atención.
—Es uno de nuestros religiosos, que está explicando el Corán
—dijo Rahman, haciendo ademán de seguir adelante.
Montalbano lo sujetó por el brazo para obligarlo a detenerse. Le
había llamado la atención aquel interés tan auténticamente religioso en unos
chiquillos que, en cuanto salieran del almacén, empezarían a gritar y a
pelearse.
—¿Qué les está leyendo?
—El sura dieciocho, el de la cueva.
Montalbano, sin saber por qué razón, experimentó un
estremecimiento leve.
—¿De la cueva?
—Sí, al—kahf, la cueva. El sura dice que Dios, atendiendo al
deseo de unos muchachos que no querían corromperse y alejarse de la religión
verdadera, los sumió en un sueño profundo en el interior de una cueva. Y, para
que en la cueva reinara por siempre la oscuridad más absoluta, Dios invirtió el
curso del Sol. Durmieron aproximadamente unos trescientos nueve años.
Con ellos, había también un perro en posición de guardia delante
de la entrada, con las patas anteriores extendidas...
El profesor interrumpió sus palabras al percatarse de que
Montalbano se había puesto intensamente pálido y abría y cerraba la boca como
si le faltara el aire.
—¿Qué le ocurre, señor? ¿Se encuentra mal? ¿Quiere que avise a
un médico? ¡Señor!
Montalbano se asustó de su propia reacción; se sentía muy débil,
la cabeza le daba vueltas y se notaba las piernas tan flojas como si fueran de
manteca, prueba evidente de que todavía se resentía de la herida y la operación
reciente. Entre tanto, un grupo de árabes se había congregado alrededor de
Rahman y el comisario. El profesor dio varias órdenes, un árabe pegó un salto y
regresó Con un vaso de agua mientras otro se acercaba con una silla de paja, en
la cual obligó a sentarse a Montalbano, que en aquel momento se sentía
ridículo. El agua lo reanimó.
—¿Cómo se dice en su lengua "Dios es grande y
misericordioso"?
Rahman se lo dijo. Montalbano trató de imitar el sonido de sus
palabras y el grupo se rió de su pronunciación, pero las repitió a coro.
* * *
Rahman compartía un departamento con un compañero de mas edad;
se llamaba El Madalll y en ese momento estaba en casa. Rahman preparo te a la
menta mientras Montalbano le explicaba la razón de su mareo. Rahman no sabía
nada acerca del hallazgo de los dos jóvenes asesinados en el crasticeddru El
Madani, en cambio, sí había oído decir algo.
—A mí me gustaría saber, si fueran ustedes tan amables —dijo el
comisario—, hasta qué punto los objetos que colocaron en la cueva guardan
relación con lo que dice el sura. Sobre el perro, no hay la menor duda.
—El nombre del perro es Kytmyr —dijo El Madani—, pero también lo
llaman Quotmour, ¿sabe? Entre los persas, aquel perro de la cueva se convirtió
en el guardián de la correspondencia.
—¿Había en el sura un cuenco lleno de dinero?
—No, no había ningún cuenco por la sencilla razón de que los
durmientes llevan el dinero en el bolsillo. Cuando se despiertan, le dan el
dinero a uno de ellos para que compre la mejor comida que consigan. Están
hambrientos. Sin embargo, el enviado es traicionado por las monedas que ya no
son de curso legal, pero que ahora valen una fortuna. La gente lo persigue
hasta el interior de la cueva, en busca precisamente del tesoro. Así es como
descubren a los durmientes.
—El cuenco, en el caso del que me ocupo, tiene una explicación
—dijo Montalbano— porque los jóvenes habían sido abandonados desnudos en la
cueva y en algún sitio se tenía que poner el dinero.
—De acuerdo —dijo El Madani—, pero en el Corán no está escrito
que tuvieran sed. Y por consiguiente, la vasija del agua, en relación con lo
que dice el sura, es un objeto totalmente extraño.
—Yo conozco muchas leyendas sobre los durmientes —dijo Rahman—,
pero en ninguna se habla de agua.
—¿Cuántos eran los que dormían en la cueva?
—El sura no lo especifica muy bien, puede que el número no tenga
importancia: tres, cuatro, cinco, seis, sin contar el perro. Pero se ha llegado
al convencimiento general de que los durmientes eran siete y, con el perro,
ocho.
—Si le puede ser útil, le diré que el sura reproduce una leyenda
cristiana, la de los durmientes de Éfeso —añadió El Madani.
—Hay una obra dramática egipcia moderna, Ahl al—kahf, es decir,
La gente de la cueva, del escritor Taufik al—Hakim. En ella, los jóvenes
cristianos perseguidos por el emperador Decio caen en un sueño profundo y
despiertan en tiempos de Teodosio II. Son tres y los acompaña el perro.
—De modo —concluyó Montalbano— que el que depositó los cuerpos
en la cueva conocía sin duda el Corán y quizá también la pieza teatral de este
egipcio.
—¿Señor director? Habla Montalbano... Lo llamo desde Mazara del
Vallo y me estoy dirigiendo a Marsala. Perdóneme la prisa, pero tengo que
preguntarle algo muy importante. ¿Lillo Rizzitano conocía el árabe?
—¿Lillo? ¡Pero qué dice!
—¿No pudo haberlo estudiado en la universidad?
—Lo descarto.
—¿Que carrera estudió?
—Literatura italiana, con el profesor Aurelio Cotroneo. Es
posible que me haya dicho cuál fue el tema de su tesis, pero lo he olvidado.
—¿Tenía algún amigo árabe?
—Que yo sepa, no.
—¿Había árabes en Vigàta entre los años 42 y 43?
—Señor comisario, los árabes estuvieron aquí en la época de su
dominación y han vuelto en nuestros días, pobrecitos, pero ya no como
dominadores. Por aquel entonces no había ninguno.
"Pero ¿qué le han hecho a usted los árabes?
Se pusieron en camino hacia Marsala cuando ya había oscurecido.
Livia estaba contenta y animada, pues el encuentro con la mujer de Valente le
había resultado grato. Al llegar al primer cruce, en lugar de girar a la
izquierda, Montalbano giró a la derecha; Livia se dio cuenta enseguida y el
comisario se vio obligado a efectuar un difícil cambio de marcha. Al llegar al
segundo cruce, quizá por simetría con el error anterior, Montalbano hizo todo
lo contrario y, en lugar de girar a la derecha, giró a la izquierda sin que
Livia, absorta en lo que él le estaba contando, se diera cuenta. Sorprendidos,
se encontraron de nuevo en Mazara. Livia estalló.
—¡Cuánta paciencia hay que tener contigo!
—¡Tú también te hubieras podido addunaritìnni!
—¡No me hables en siciliano! Eres desleal, me prometiste que,
antes de salir de Vigàta, te vaciarías la cabeza de pensamientos, pero te
sigues perdiendo en tus historias.
—Perdóname, perdóname...
Prestó mucha atención durante la primera hora de camino, pero
después, a traición, el pensamiento volvió: el perro encajaba, el cuenco con
las monedas también, pero la vasija de barro, no. ¿Por qué?
Ni siquiera consiguió empezar a formular una hipótesis, pues las
luces de un camión lo deslumbraron; comprendió que se había apartado demasiado
de su carril y que el posible choque hubiera sido espantoso. Dio un giro brusco
al volante, alertado por el grito de Livia y la bocina furiosa del camión.
Bailaron sobre la tierra de un campo recién arado y después el vehículo se
detuvo y se quedó hundido en el terreno. No hablaron, no tenían nada que decir,
Livia respiraba afanosamente. Montalbano tembló al pensar en lo que estaba a
punto de ocurrir, en cuanto ella se recuperara un poco. Adelantó cobardemente
las manos, pidiendo compasión.
—Mira, no te lo quise decir antes para que no te asustaras, pero
después de comer, me sentí mal...
Después la situación se convirtió en algo intermedio entre una
tragedia y una película de Stan Laurel y Oliver Hardy. El coche no se movía ni
un milímetro, Livia se encerró en un mutismo despectivo y, en determinado
momento, Montalbano desistió de sus intentos de salir del pozo, pues temía
fundir el motor. Tomó el equipaje y Livia lo siguió a unos pasos de distancia.
Un automovilista se compadeció de aquellos dos seres que caminaban por el borde
de la carretera y los llevó a Marsala. Tras dejar a Livia en el hotel,
Montalbano fue a la comisaría, se identificó y, con la ayuda de un agente,
despertó a uno de los operarios encargados de la grúa. Entre una y otra
historia, se acostó al lado de Livia, que daba vueltas en la cama presa de un
sueño agitado, cuando ya eran las cuatro de la madrugada.
Veintidós
Para hacerse perdonar, Montalbano decidió mostrarse cariñoso,
paciente, sumiso y sonriente. Lo consiguió hasta tal punto, que Livia recuperó
el buen humor. Mozia la hechizó y asombró con su carretera que corría casi al
nivel del agua y unía la isla con la costa que tenía delante; le encantó el
piso de mosaicos de una villa, hecho con guijarros de río, blancos y negros.
—Esto es el tophet —dijo la guía—, el área sagrada de los
fenicios. No había construcciones, las ceremonias se celebraban al aire libre.
—¿Los sacrificios consabidos a los dioses? —preguntó Livia.
—Al dios —la corrigió la guía—, al dios Baal Amón. Le
sacrificaban el hijo primogénito. Lo estrangulaban, lo quemaban, introducían
los restos en una jarra que hundían en la tierra y a su lado colocaban una
estela. Se han encontrado más de setecientas.
—¡Dios mío! —exclamó Livia.
—Aquí, señora mía, a los niños las cosas no les iban demasiado
bien. Cuando el almirante Leptine, enviado por Dionisio de Siracusa, conquistó
la isla, los mocianos, antes de rendirse, degollaron a sus hijos. Así que, por
una cosa o por otra, los niños de Mozia estaban destinados a pasarlo mal.
—Vámonos de aquí enseguida —dijo Livia—. No me hable más de esta
gente.
Decidieron ir a la isla de Pantelleria y permanecieron seis días
allí, sin discusiones ni peleas. Era el lugar más apropiado para que una noche
Livia preguntara:
—¿Por qué no nos casamos?
—¿Por qué no?
Acordaron sabiamente pensarlo con calma. La que más caro lo
pagaría sería Livia, pues tendría que abandonar su casa de Boccadasse y
adaptarse a ritmos de vida nuevos.
En cuanto el avión que llevaba a Livia despegó, Montalbano
corrió a un teléfono público, llamó a su amigo Zito, en Montelusa, le preguntó
un nombre y obtuvo un número telefónico de Palermo, que marcó de inmediato.
—¿El profesor Riccardo Lovecchio?
—Él habla.
—Un amigo común, Nicolò Zito, me facilitó su nombre.
—¿Cómo está el pelirrojo...? Hace mucho tiempo que no sé nada de
él.
El altavoz que invitaba a los pasajeros del vuelo con destino a
Roma a dirigirse a la puerta de embarque le inspiró la idea para que lo
recibiera enseguida.
—Nicolò está muy bien y le envía saludos. Mire, profesor, me
llamo Montalbano, estoy en el aeropuerto de Punta Ràisi y dispongo de unas
cuatro horas, más o menos, antes de tomar otro avión. Necesito hablar con
usted.
El altavoz repitió la invitación como si se hubiera puesto de
acuerdo con el comisario, que necesitaba respuestas urgentes.
—Dígame, ¿usted es el comisario Montalbano, de Vigàta, el que
descubrió los cuerpos de los dos jóvenes asesinados en la cueva? ¿Sí? ¡Pero qué
casualidad! ¿Sabe que cualquier día de éstos yo me hubiera puesto en contacto
con usted? Venga a mi casa, lo espero. Anote la dirección.
* * *
—Yo, por ejemplo, he dormido cuatro días y cuatro noches
seguidas, sin comer ni beber. A mi sueño contribuyeron unos veinte porros,
cinco polvos y un golpe en la cabeza que me propinó la policía. Era el 68. Mi
madre se preocupó, quería llamar a un médico, creía que estaba en coma
profundo.
El profesor Lovecchio tenía aspecto de empleado de Banco, no
aparentaba los cuarenta y cinco años que tenía y en los ojos le brillaba un
destello minúsculo de locura. Funcionaba con un whisky puro a las once de la
mañana.
—Mi sueño no tuvo nada de milagroso —añadió—. Para alcanzar el
milagro hay que superar por lo menos los veinte años de siesta. En el mismo
Corán, creo que en el segundo sura, se dice que un personaje que los exégetas
identifican con Esdras, durmió durante cien años. En cambio, el profeta Salih
durmió veinte años, también en una cueva, que no es precisamente un lugar muy
cómodo para dormir... Los judíos no le van a la zaga y, en el Talmud
jerosolimitano, presumen de un tal Hammaagel que, en el interior de la cueva
consabida, se echó un sueño de setenta años. Y no podemos olvidamos de los
griegos... Epiménides, en una cueva, se despertó al cabo de cincuenta años. En
resumen, en aquellos tiempos bastaban una cueva y un muerto de sueño para que
se cumpliera el milagro. "Los jóvenes que usted descubrió, ¿cuánto tiempo
llevaban durmiendo?
—Desde el 43 al 94, cincuenta y un años.
—Un tiempo perfecto para que los despierten. ¿Le complicaría sus
deducciones si le dijera que en árabe se utiliza un solo verbo para designar el
dormir y el morir? ¿Y que también vale un solo verbo para el despertar y el
resucitar?
—Profesor, me encanta escucharlo, pero tengo que tomar el avión
y dispongo de muy poco tiempo. ¿Por qué razón quería ponerse en contacto
conmigo?
—Para decirle que no se deje engañar por el perro. Que la
presencia del perro parece estar en contradicción con la vasija de barro, y
viceversa. ¿Me explico?
—En absoluto.
—Mire, la leyenda de los durmientes no es de origen oriental
sino cristiano. En Europa la introdujo Gregorio de Tours. Habla de siete
jóvenes de Efeso que, para huir de las persecuciones de Decio contra los
cristianos, se refugiaron en una cueva, donde el Señor los durmió. La cueva de
Éfeso existe, la puede encontrar incluso reproducida en la Enciclopedia
Treccani. Encima de ella se construyó un santuario que más tarde fue destruido.
La leyenda cristiana cuenta que en la cueva había un manantial. En cuanto se
despertaron, lo primero que hicieron los durmientes fue beber; después uno de
ellos salió en busca de comida. Pero, en ningún momento de la leyenda cristiana
ni de sus infinitas variantes europeas, se habla del perro. El perro, llamado
Kytmyr, es una simple invención poética de Mahoma, el cual amaba tanto los
animales, que llegó al extremo de cortarse una manga para no despertar al gato
que dormía sobre ella.
—Empiezo a perderme —dijo Montalbano.
—¡No hay razón para que se pierda, señor comisario! Quería
simplemente decirle que la vasija se puso tan sólo como símbolo del manantial
que había en la cueva de Éfeso. En resumen: la vasija de barro, que pertenece
por lo tanto a la leyenda cristiana, puede convivir con el perro, que pertenece
a la invención poética del Corán, sólo si uno tiene una visión global de todas
las variantes que las distintas culturas le han aportado... En mi opinión, el
autor de la puesta en escena no puede ser otro que alguien que, por razones de
estudio...
Como en los cómics, Montalbano vio la bombilla que se acababa de
encender en su cerebro.
Frenó en seco delante de la sede de la Unidad Antimafia, lo que
provocó la alarma del centinela que estaba de guardia y que de inmediato
levantó la ametralladora.
—¡Soy el comisario Montalbano! —le gritó él, mostrando su carné
de conducir, lo primero que le vino a la mano.
Respirando afanosamente, pasó corriendo por delante de otro
agente que desempeñaba funciones de ujier, y le dijo:
—¡Avise al dottor De Dominicis que sube el comisario Montalbano,
rápido!
En el ascensor, aprovechó que no había nadie y se alborotó el
cabello, se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó el botón del cuello de
la camisa. Hubiera querido sacar un poco los faldones de la camisa, pero le
pareció excesivo.
—¡De Dominicis, ya lo tengo! —dijo.
Jadeaba ligeramente mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
—¿Qué? —preguntó De Dominicis, en tanto se levantaba del sillón
dorado de su despacho dorado, alarmado por el aspecto del comisario.
—Si usted está dispuesto a echar me una mano, yo haré que
participe en una investigación que...
Se detuvo y se cubrió la boca con la mano como para impedirse a
sí mismo seguir adelante.
—¿De qué se trata? ¡Por lo menos, dé me algún indicio!
—No puedo, créame, no puedo.
—¿Qué tengo que hacer?
—Antes de esta noche, como máximo, necesito saber cuál fue el
tema de la tesis de licenciatura en literatura italiana de Calogero Rizzitano.
Su profesor era un tal Cotroneo, me parece. Debió de licenciarse hacia fines
del 42. El tema de esta tesis es la clave de todo, podremos asestar un golpe
mortal a la... —Volvió a detenerse, puso los ojos en blanco y preguntó,
asustado: —No he dicho nada, ¿verdad?
El nerviosismo de Montalbano se transmitió a De Domimcis.
—¿Cómo lo haremos? ¡Los estudiantes, en aquella época, debían de
ser millares! Siempre y cuando se conserven los papeles...
—Pero ¿qué dice? Millares no, docenas. Precisamente en esa época
los jóvenes estaban todos alistados en el Ejército. Es muy fácil.
—Pues entonces, ¿por qué no lo hace usted?
—A mí me harían perder un montón de tiempo con su burocracia,
mientras que a ustedes les abren todas las puertas.
—¿Dónde podré localizado?
—Regreso corriendo a Vigàta, no puedo perder de vista ciertas,
investigaciones. En cuanto sepa algo, llámeme. Pero a casa, por favor. No a mi
despacho, podría haber algún infiltrado.
Esperó hasta la noche la llamada de De Dominicis que no se
produjo. Sin embargo, no se preocupó demasiado, pues estaba seguro de que De
Dominicis había picado el anzuelo.
A la mañana siguiente tuvo el placer de volver a ver a Adelina,
su asistenta.
—¿Por qué no apareciste estos días por aquí?
—¿Cómo por qué? Porque a la señorita no le gusta verme en la
casa cuando está ella.
—¿Cómo te enteraste de que Livia se había ido?
—Me lo dijeron en el pueblo.
En Vigàta todos sabían todo de todos.
—¿Qué me has comprado?
—Le preparo pasta con sardinas y, de segundo plato, pulpitos a
la carrettera.
Deliciosos, pero mortales. Montalbano la abrazó.
Hacia el mediodía sonó el teléfono y contestó Adelina, que
estaba limpiando a fondo la casa, sin duda para borrar todas las huellas de la
presencia de Livia.
—Dutturi, u dutturi Didumminici quiere hablar con usted.
Montalbano, sentado en la galería leyendo por quinta vez Pylon, de Faulkner, se
levantó de un salto. Antes de tomar el aparato organizó rápidamente un plan de
acción para quitarse de encima a De Dominicis en cuanto éste le hubiera
facilitado la información.
—¿Sí? Dígame... —contestó en tono cansado y decepcionado.
—Tenía razón, fue fácil. Calogero Rizzitano se licenció con
sobresaliente el 13 de noviembre de 1942. Tome una pluma, el título es muy
largo.
—Espere que busco algo para escribir. De todos modos, para lo
que va a servir...
De Dominicis percibió el abatimiento de la voz de su
interlocutor.
—¿Qué te pasa?
La complicidad había inducido a De Dominicis a pasar del usted
al tú.
—¿Cómo que qué me pasa? ¿Y me lo pregunta? ¡Le había dicho que
la respuesta la necesitaba antes de la noche de ayer! ¡Ahora ya no me interesa!
—Antes no me ha sido posible, puedes creerme.
—Bueno pues, dicte.
—Utilización del latín macarrónico en la representación sacra de
los Siete Durmientes, de autor anónimo del siglo XVI.
Explícame qué tiene que ver con la mafia un título...
—¡Tiene que ver! ¡Vaya si tiene que ver! Sólo que ahora, por su
culpa, ya no me sirve de nada y, desde luego, no puedo darle las gracias.
Colgó y estalló en un sonoro relincha de alegría. De inmediato,
se oyó desde la cocina un estruendo de vidrios rotos: del susto, a Adelina se
le debía de haber caído algo de las manos.
Montalbano tomó impulso y saltó desde la galería a la arena; dio
una primera voltereta, después describió un círculo, una segunda voltereta y
otro círculo. La tercera voltereta no le salió y cayó sin aliento sobre la
arena. Adelina corrió hacia él desde la galería, a los gritos.
—¡Virgen santísima! ¡Se volvió loco! ¡Se rompió el hueso del
cuello!
Para cerciorarse, por si acaso, Montalbano subió a su auto y se
dirigió a la Biblioteca Municipal de Montelusa.
—Busco una representación sacra —le dijo a la directora.
La directora, que lo conocía como comisario, se sorprendió un
poco, pero no lo expresó.
—Lo único que tenemos —le dijo— son los dos volúmenes de D'
Ancona Y los dos de De Bartholomaeis. Pero estos libros no se pueden ceder en
préstamo. Tendrá que consultarlos aquí.
Encontró la Representación de los Siete Durmientes en el segundo
volumen de la antología de D' Ancona. Era un texto breve y muy ingenuo. La
tesis de Lillo se debía de haber desarrollado en torno al diálogo de los dos
doctores herejes que se expresaban en un gracioso latín macarrónico. Pero lo
que más interesó al comisario fue el largo prefacio de D' Ancona, en el que
estaba incluido todo, la cita del sura del Corán y el itinerario de la leyenda
por los países europeos y africanos, con sus cambios y variantes. El profesor
Lovecchio estaba en lo cierto: el sura dieciocho del Corán tomado por separado,
hubiera terminado por convertirse en un auténtico rompecabezas. Tenía que ser
completado con los aportes de otras culturas.
—Quiero aventurar una hipótesis y darles un consuelo —dijo
Montalbano, que había puesto a Burgio y a su mujer al corriente de sus últimos
descubrimientos—. Ustedes me han dicho, con absoluta convicción, que Lillo
consideraba a Lisetta una hermana menor a la que adoraba. ¿Es así?
—Sí —contestaron los dos ancianos al unísono.
—Bien. Les vaya hacer una pregunta. ¿Creen que Lillo pudo ser
capaz de matar a Lisetta y a su joven amante?
—No —contestaron los ancianos sin pensarlo ni un momento.
—Yo también soy de la misma opinión, precisamente porque fue
Lillo quien colocó a los dos muertos en una situación de resurrección
hipotética, por así decirlo. El que mata no quiere que sus víctimas resuciten.
—¿Entonces...? —preguntó el director.
—En caso de que Lisetta le hubiera pedido a Lillo que, en una
situación de emergencia, la acogiera con su novio en el chalé de los Rizzitano
en el Crasto, ¿cómo hubiera actuado Lillo según ustedes?
La señora contestó sin dudar.
—Hubiera hecho todo lo que le hubiese pedido Lisetta.
—Pues ahora intentemos imaginamos lo que ocurrió en aquellos
días de julio. Lisetta huye de Serradifalco, superando grandes dificultades
llega a Vigàta y se reúne con Mario Cunich, el novio que deserta o, mejor
dicho, se aleja de su barco. No saben dónde ocultarse. Ir a la casa de Lisetta
es como entrar en la guarida del lobo porque es el primer lugar donde su padre
la irá a buscar. Pide ayuda a Lillo Rizzitano, sabiendo que éste no se la
negará. Lillo los acoge en el chalé del Crasto, donde vive solo pues su familia
ha sido evacuada. Al autor de la muerte de los dos jóvenes no lo conocemos,
ignoramos por qué lo hizo y puede que jamás lo averigüemos. Pero de lo que no
se puede dudar es de que Lillo fue el autor del entierro en la cueva, pues este
rito sigue paso a paso tanto la versión cristiana como la coránica. En ambos
casos, los durmientes despertarán. ¿Qué pretende damos a entender, qué nos
quiere decir con esta puesta en escena? Nos quiere decir que los dos jóvenes
están durmiendo y que un día se despertarán o los despertarán. O quizás espera
precisamente eso, que haya alguien en el futuro que los descubra y los
despierte. Por azar, el que los ha descubierto y despertado he sido yo. Pero
créanme si les digo que hubiera preferido no reparar en la existencia de
aquella cueva.
Era sincero y los ancianos lo comprendieron.
—Puedo detenerme aquí. He conseguido satisfacer mis curiosidades
personales. Me faltan algunas respuestas, es cierto, pero las que tengo me
bastan. podría detenerme, tal como ya he dicho.
—Tal vez a usted le basten —dijo la señora Angelina—, pero yo
quisiera verle la cara al asesino de Lisetta.
—Si se la ves, la verás en fotografía —le dijo con ironía su
esposo— porque, a estas alturas, hay un noventa y nueve por ciento de
probabilidades de que el asesino esté muerto y enterrado por haber alcanzado el
límite de edad.
—Yo me encomiendo a ustedes —dijo Montalbano—. ¿Qué hago? ¿Sigo
adelante? ¿Me detengo? Decídanlo ustedes, estos asesinatos ya no interesan a
nadie. Tal vez sean ustedes el único nexo que tienen los muertos con esta
tierra.
—Yo le digo que siga adelante —contestó la señora Burgio, audaz
como siempre.
—Yo también —dijo el marido tras una pausa, haciendo causa común
con ella.
Al llegar a la altura de Marinella, en lugar de detenerse e irse
a su casa, Montalbano dejó que el automóvil siguiera circulando por la
carretera del litoral casi por su propia voluntad. Apenas había tránsito y en
pocos minutos llegó al pie de la montaña del Crasto. Bajó y empezó a subir por
la cuesta que conducía al crasticeddru. A unos metros de la cueva de las armas,
se sentó sobre la hierba y encendió un cigarrillo. Permaneció sentado
contemplando el ocaso mientras los pensamientos seguían dando vueltas en su
cabeza: presentía vagamente que Lillo aún estaba vivo, pero ¿cómo obligarlo a
salir de su escondite? Cuando empezó a oscurecer, regresó a su auto y entonces
su mirada se posó en el enorme agujero que atravesaba la montaña: la entrada de
la galería inutilizada y cerrada desde siempre con tablas de madera. Cerca de
la entrada había una especie de depósito de hierro laminado y, a su lado, dos
postes que sostenían un letrero. Las piernas le salieron disparadas antes
incluso de recibir la orden del cerebro. Llegó casi sin resuello y con el
costado dolorido a causa de la carrera. El cartel decía:
EMPRESA CONSTRUCTORA GAETANO NICOLOSI & HIJO
PALERMO — VIA LAMARMORA 33
ADJUDICACIÓN DE LA OBRA DE APERTURA DE
UNA GALERÍA DE CIRCULACIÓN VIARIA
DIRECTOR DE LA OBRA
ING. COSIMO ZIRRETTA
ASISTENTE
SALVATORE PERRICONE.
Seguían otros datos que a Montalbano no le interesaban.
Corrió hasta el automóvil y salió disparado hacia Vigàta.
Veintitrés
En la constructora Gaetano Nicolòsi & Hijo, cuyo número
había pedido en Información, no contestaba nadie. Era demasiado tarde, la sede
de la empresa tenía que estar cerrada. Probó varias veces y perdió las
esperanzas. Tras haberse desahogado con toda una sarta de improperios, pidió el
número del ingeniero Zirretta, suponiendo que éste también era palermitano.
Acertó.
—Habla el comisario Montalbano, de Vigàta. Necesito saber cómo
han conseguido la expropiación.
—¿Qué expropiación?
—La de los terrenos por los que pasan la carretera y la galería
que ustedes estaban construyendo en nuestra zona.
—Verá, eso no es cosa mía. Yo me encargo únicamente de la obra.
O, mejor dicho, me encargaba antes de que un decreto lo dejara todo paralizado.
—Entonces, ¿con quién tengo que hablar?
—Con alguien de la empresa.
—He llamado, pero no contesta nadie.
—En ese caso, con el commendatore Gaetano o con su hijo Arturo.
Cuando salgan de fa cárcel del Ucciardone.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Por prevaricato y corrupción.
—¿No me queda ninguna esperanza?
—Confíe en la clemencia de los jueces, en que los dejen salir
por lo menos dentro de cinco años. Es una broma. Vamos a ver, pruebe a llamar
al abogado de la empresa, Di Bartolomeo.
—Tenga en cuenta, señor comisario, que la empresa no se encarga
de los trámites de las expropiaciones. Eso corresponde al Ayuntamiento, en cuya
circunscripción se ubica el terreno por expropiar.
—Entonces, ¿cuál es su función aquí?
—No es asunto de su incumbencia.
Y el abogado colgó. Di Bartolomeo estaba un poco fastidiado; su
tarea consistía en sacar a los Nicolòsi, padre e hijo, de los embrollos en los
que se metían, pero esta vez no lo había conseguido.
No hacía ni cinco minutos que había abierto su despacho cuando
el arquitecto Tumminello vio aparecer al comisario Montalbano con un aspecto no
demasiado tranquilo. Para Montalbano la noche había sido realmente mala, no
había conseguido pegar un ojo y había pasado horas leyendo a Faulkner. El
arquitecto, que tenía un hijo un poco revoltoso, protagonista de travesuras
juveniles, peleas y carreras de moto y que aquella noche tampoco había vuelto a
casa, palideció intensamente y sintió que las manos le empezaban a temblar.
Montalbano, al ver la reacción de Tumminello, pensó mal: a pesar de sus buenas
lecturas, seguía siendo un lince de mucho cuidado. "Éste tiene algo que
esconder", pensó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tumminello, temiendo oír que su hijo
había sido detenido.
Lo cual hubiera sido una suerte o lo menos malo que podía pasar:
lo hubieran podido estrangular sus amigotes.
—Necesito informaciones sobre una expropiación.
Se notó que Tumminello se relajaba.
—¿Se le pasó el susto? —no pudo evitar preguntarle Montalbano.
—Sí —reconoció con toda franqueza el arquitecto—. Estoy
preocupado por mi hijo. Esta noche no ha vuelto a casa.
—¿Lo hace a menudo?
—Sí, es que no tiene muy buenas...
—Pues entonces no se preocupe —lo cortó Montalbano, que no tenía
tiempo que perder con los problemas de los jóvenes— Necesito ver los documentos
de venta o de expropiación de los terrenos destinados a la construcción de la
galería del Crasto. Eso les corresponde a ustedes, ¿no?
—Sí, señor, a nosotros. Pero no me hace falta buscar los
documentos, me lo sé todo de memoria. Usted dígame qué dato le interesa.
—Quiero averiguar la situación de los terrenos de los Rizzitano.
—Lo suponía. Cuando supe lo del hallazgo de las armas y después
lo de los dos asesinados, me pregunté, pero ¿ésos no son los terrenos de los
Rizzitano? y fui a echar un vistazo a los documentos.
—¿Y qué dicen los documentos?
—Tengo que hacer una aclaración. Los propietarios de los
terrenos perjudicados, por así decirlo, por la construcción de la carretera y
la galería eran cuarenta y cinco.
—¡Qué barbaridad!
—Mire, a veces hay un pedazo de tierra de dos mil metros
cuadrados que, por disposición testamentaria, tiene cinco propietarios. La
notificación no se puede hacer en bloque a los herederos, hay que enviarla a
cada uno por separado.
"Una vez obtenido el decreto gubernamental, ofrecimos a los
propietarios una suma muy baja, por tratarse en buena parte de terrenos
agrícolas. En el caso de Calogero Rizzitano —presunto propietario porque no hay
ningún documento que lo demuestre, quiero decir que no hay ningún certificado
de sucesión y su padre murió intestado—, tuvimos que recurrir al artículo 143
del Código Civa, el que se refiere a la imposibilidad de localización. Como
usted sabrá, el 143 prevé...
—No me interesa. ¿Cuánto tiempo hace que se hizo la
notificación?
—Diez años.
—De modo que hace diez años Calogero Rizzitano no pudo ser
localizado.
—¡Y tampoco después! Porque, de los cuarenta y cinco
propietarios, cuarenta y cuatro recurrieron la suma que ofrecíamos. Y ganaron.
—El cuadragésimo quinto, el que no recurrió, era Calogero
Rizzitano.
—Claro. Hemos reservado el dinero que le correspondía porque, a
todos los efectos, para nosotros todavía está vivo. Nadie ha solicitado una
declaración de defunción presunta. Cuando aparezca, cobrará el dinero.
"Cuando aparezca", le había dicho el arquitecto, pero
todo permitía suponer que Lillo Rizzitano no tenía el más mínimo interés en
aparecer. O, hipótesis probable, ya no estaba en condiciones de hacerlo. El
propio director Burgio y él mismo estaban dando por descontado que Lillo,
recogido herido por un camión militar y trasladado quién sabe adónde la noche
del 9 de julio, había conseguido sobrevivir. ¡Pero si ni siquiera conocían la
gravedad de sus heridas! Podía haber muerto durante el trayecto al hospital o
en el mismo hospital, en caso de que lo hubieran conducido allí. ¿Por qué
obstinarse en querer conferir cuerpo a una sombra? Quizá los muertos del
crasticeddru se encontraban, en el momento del hallazgo, en mejores condiciones
de lo que desde hacía mucho tiempo se encontraba Lillo Rizzitano. En cincuenta
y tantos años, jamás una palabra, unas líneas. Nada. Ni siquiera cuando le
requisaron los campos y derribaron los restos de su chalé y sus propiedades.
Los recovecos del laberinto en el que Montalbano se había empeñado en entrar
terminaban ahora en un muro y tal vez el laberinto se estuviera mostrando
generoso con él, impidiéndole seguir adelante y obligándolo a detenerse en
presencia de la solución más lógica y natural.
La cena fue ligera, pero todo guisado con ese toque que el Señor
sólo muy raras veces concede a los elegidos. Montalbano no le dio las gracias a
la esposa del jefe; se limitó a mirarla como un perro callejero al que se le
hace una caricia. Después ambos hombres se retiraron al estudio para charlar un
rato. La invitación del jefe le había parecido un salvavidas arrojado a alguien
que está a punto de ahogarse no en un mar agitado por un temporal sino en la
calma chicha del aburrimiento.
En primer lugar, hablaron de Catania y convinieron en que el
primer efecto de la comunicación de la investigación sobre Brancato a la
jefatura superior catanesa había sido la eliminación del propio Brancato.
—Estamos en un callejón sin salida —dijo con amargura el jefe—,
no podemos dar ni un paso sin que se enteren nuestros adversarios. Brancato
ordenó eliminar a Ingrassia, que se estaba moviendo demasiado, pero cuando los
que tiran de los hilos se enteraron de que teníamos a Brancato en nuestro punto
de mira, se encargaron de eliminarlo y, de esta manera, la pista que con tantas
dificultades estábamos siguiendo, quedó oportunamente borrada.
El jefe estaba furioso; la historia de los infiltrados
repartidos por doquier lo entristecía y le dolía mucho más que la traición de
un familiar.
Después de una pausa prolongada, durante la cual Montalbano no
abrió la boca, el jefe preguntó:
—¿Cómo van sus investigaciones sobre los muertos del
crasticeddru?
Por el tono de voz, Montalbano comprendió que su superior
consideraba aquellas investigaciones una distracción, un pasatiempo que se le
concedía antes de volver a trabajar en cosas más serias.
—Hasta he conseguido averiguar el nombre del muchacho —contestó,
para tomarse una revancha.
El jefe pegó un brinco, súbitamente sorprendido e interesado.
—¡Es usted extraordinario! Cuénteme.
Montalbano se lo contó todo, incluso el número montado para De
Dominicis, que al jefe le hizo mucha gracia. El comisario terminó con una
especie de declaración de quiebra: admitió que la investigación ya no tenía
sentido, en parte porque nadie podía tener la certeza de que Lillo Rizzitano no
hubiera muerto.
—Pero cuando uno quiere desaparecer, lo consigue —dijo el jefe—.
¿Cuántos casos hemos tenido de personas aparentemente desaparecidas sin dejar
ni rastro que, de pronto, vuelven a salir como por arte de magia? No quisiera
citarle a Pirandello, pero sí a Sciascia, por lo menos. ¿Ha leído el libro
sobre la desaparición del físico Majorana?
—Claro...
—Majorana... yo estoy convencido de ello tal como en el fondo lo
estaba Sciascia... quiso desaparecer y lo consiguió. No fue un suicidio, era
demasiado religioso.
—Estoy de acuerdo.
—¿Y no tenemos el caso recentísimo del profesor universitario
romano que salió una mañana de su casa y jamás lo encontraron? Lo buscaron
todos: la policía, los carabineros, hasta los alumnos, que tanto lo apreciaban.
Programó su desaparición y lo consiguió.
—Es cierto —dijo Montalbano. Después reflexionó acerca de lo que
ambos estaban diciendo y miró a su jefe. —Me parece que usted me está invitando
a seguir adelante, a pesar de que en una ocasión anterior me reprochó mi
excesivo interés por este caso.
—Eso no tiene nada que ver. Ahora usted está convaleciente
mientras que la otra vez estaba de servicio. Hay una gran diferencia, me
parece.
Montalbano volvió a casa y empezó a pasear de habitación en
habitación. Tras su conversación con el arquitecto, había decidido mandar todo
al carajo, convencido de que Rizzitano no era más que un cadáver. Pero el jefe
lo había resucitado, en cierto modo. ¿Acaso los primeros cristianos no
utilizaban la palabra dormitio para referirse a la muerte? Cabía la posibilidad
de que Rizzitano se hubiera colocado en situación de sueño, tal como decían los
masones. Bueno, pero si eso era lo que había ocurrido, se tenía que encontrar
la manera de hacerla emerger del profundo pozo en el que se había ocultado. Sin
embargo, se necesitaba algo muy gordo que armara mucho ruido, algo de lo que se
hablara en todos los periódicos y las cadenas de televisión de toda Italia. Debía
causar sensación. Pero ¿cómo? Tenía que olvidarse de la lógica e inventar una
fantasía.
Eran las once, demasiado temprano para ir a acostarse. Se tendió
vestido en la cama y se puso a leer Pylon.
"Ayer, a las doce de la noche, la búsqueda del cuerpo de
Roger Shumann, el piloto de carreras que se hundió en el lago la tarde del
sábado, fue definitivamente abandonada por un biplano de tres plazas de una
potencia aproximada de ochenta caballos, que efectuó una maniobra sobrevolando
el agua sin ningún incidente tras haber dejado caer una corona de flores a unos
cuatrocientos metros de distancia del lugar donde se supone que se encuentra el
cuerpo de Shumann..."
Faltaban muy pocas líneas para el final de la novela, pero el
comisario se incorporó en la cama con los ojos enormemente abiertos.
—Es una locura —dijo—, pero lo voy a hacer.
—¿ Está la señora Ingrid?
—No casa señora. Tú decir, yo escribir.
Los Cardamone tenían la especialidad de ir a buscar a las
asistentas a lugares en los que ni siquiera Tristan da Cunha había tenido el
valor de poner los pies.
—Manau tupapau —dijo el comisario.
—Nada entender.
Había mencionado el título de un cuadro de Gauguin, lo cual
significaba que la asistenta no era de la Polinesia ni de ningún lugar de por
allí.
—¿Tú preparada para escribir? Señora Ingrid telefonear señor
Montalbano cuando ella volver a casa.
Ingrid llegó a Marinella pasadas las dos de la madrugada;
llevaba un vestido de noche con un corte en la falda que le llegaba hasta el
trasero. Ni siquiera había parpadeado cuando el comisario le había dicho que
necesitaba verla enseguida.
—Perdona, pero no quise perder tiempo cambiándome de ropa. Vengo
de una fiesta aburridísima.
—¿Qué te ocurre? No me gusta tu aspecto. ¿Es sólo porque te
aburriste en la fiesta?
—No, adivinaste. Mi suegro volvió a molestarme. El otro día
entró por la mañana en mi dormitorio cuando yo estaba todavía en la cama.
Quería hacerlo enseguida. Conseguí convencerlo de que se fuera, amenazándolo
con ponerme a gritar.
—Pues entonces habrá que hacer algo —dijo el comisario
sonriendo.
—¿Cómo?
—Le daremos otra dosis masiva.
Bajo la mirada inquisitiva de Ingrid, Montalbano abrió un cajón
de su escritorio cerrado bajo llave, tomó un sobre y se lo entregó. Ingrid, al
verse captada en las fotografías en el momento en que su suegro abusaba de
ella, palideció y después enrojeció.
—¿Fuiste tú?
Montalbano se encontró entre la espada y la pared. En caso de
que le dijera que las fotos las había tomado una mujer, puede que Ingrid le
pegara un navajazo.
—Sí, fui yo.
El fuerte bofetón que le propinó la sueca le hizo resonar la
cabeza, pero se lo esperaba.
—Le mandé tres a tu suegro, se asustó y dejó de molestarte
durante algún tiempo. Ahora le voy a enviar otras tres.
Ingrid pegó un brinco, su cuerpo se comprimió contra el de
Montalbano, le abrió los labios con los suyos y le acarició la lengua con la
suya. Montalbano sintió que las piernas se le aflojaban como si fueran de
manteca, pero, por suerte, Ingrid se apartó.
—Tranquilo, ya todo ha pasado —dijo—. Era sólo para darte las
gracias.
En la parte posterior de tres fotografías elegidas personalmente
por Ingrid, Montalbano escribió: DEJA DE HACERLO O LA PRÓXIMA VEZ SALES EN LA
TELEVISIÓN.
—Las otras tres las guardo aquí —dijo el comisario—. Avísame
cuando las necesites.
—Confío en que sea lo más tarde posible.
—Mañana por la mañana se las enviaré y, además, le haré una
llamada anónima de refuerzo que le provocará un infarto.
"Y ahora, escúchame bien, tengo que contarte una historia
muy larga. Y al final, te pediré que me des una mano.
Se levantó a las siete de la mañana, pues, tras la partida de
Ingrid, no había conseguido pegar un ojo. Se miró al espejo, tenía el rostro
desencajado, casi más que la vez que le habían pegado el tiro.
Tuvo que ir al hospital para una visita de control; lo
encontraron en perfectas condiciones y, de los cinco medicamentos que le habían
recetado, le dejaron sólo uno.
A continuación, fue a la Caja de Ahorros de Montelusa, donde
guardaba el poco dinero que conseguía ahorrar, y pidió hablar con el director.
—Necesito diez millones de liras.
—¿Los tiene en la cuenta o quiere un préstamo?
—Los tengo.
—Pues entonces, perdone, pero ¿cuál es el problema?
—El problema es que se trata de una operación policial que
quiero hacer con mi dinero, sin poner en peligro el dinero del Estado. Si yo
ahora voy a la Caja y pido diez millones en billetes de cien mil, mi petición
resultaría un poco extraña y por eso usted me tiene que ayudar.
Comprensivo y orgulloso de participar en una operación policial,
el director se desvivió por ayudarlo.
Ingrid detuvo su automóvil junto al del comisario, debajo de la
señalización que, en las afueras de Montelusa, indicaba la autovía de Palermo.
Montalbano le entregó el sobre abultado de los diez millones y ella se lo guardó
en su bolso, que llevaba en bandolera.
—Llámame a casa en cuanto lo hayas hecho. Y procura que no te
roben el bolso por el procedimiento del tirón, por lo que más quieras.
Ella lo miró sonriendo, le envió un beso con las yemas de los
dedos y volvió a poner en marcha su coche.
En Vigàta, Montalbano hizo acopio de cigarrillos. Al salir del
quiosco vio un afiche verde de grandes dimensiones, con letras negras, recién
pegado a una pared. En él se invitaba a los ciudadanos a asistir a la gran
competición de motocross que se celebraría el domingo a partir de las tres de
la tarde en el lugar llamado "llano del crasticeddru".
No esperaba esa coincidencia. ¿Sería posible que el laberinto se
hubiera compadecido de él y le estuviera abriendo otro camino?
Veinticuatro
El "llano del crasticeddru", que se extendía desde el
espolón de roca, no era llano en absoluto: hondonadas, elevaciones y pantanos
lo convertían en el paraje ideal para una competición de motocross. El día era
una auténtica anticipación estival y la gente no esperó a las tres de la tarde
para ir al llano; empezó a congregarse allí ya por la mañana, con abuelos y
abuelas, niños y muchachos, todos dispuestos a disfrutar, más que de la
competición deportiva, de una excursión al campo.
Por la mañana, Montalbano había llamado a Nicolò Zito.
—¿Vienes a la competición de motocross de esta tarde?
—¿Yo? ¿Por qué? Ya hemos enviado a un cronista deportivo y a un
camarógrafo.
—Te proponía ir juntos, tú y yo, para divertimos un rato.
Llegaron al llano casi a las tres y media; la competición
todavía no había empezado, pero se oía un estruendo infernal provocado sobre
todo por los motores de las motos —unas cincuenta, cuyos pilotos las estaban
probando y calentando— y por los altavoces, que estaban emitiendo a todo
volumen una música ensordecedora.
—Pero ¿desde cuándo te interesa el deporte? —preguntó Zito,
asombrado.
—De vez en cuando me da por ahí.
Para hablar, pese a encontrarse al aire libre, la gente tenía
que levantar la voz. Por eso, cuando el pequeño avión de turismo, con una cinta
publicitaria en la cola, apareció sobrevolando el crasticeddru, fueron muy
pocos los que oyeron el rugido de su motor, ese que induce a la gente a
levantar instintivamente los ojos al cielo. El ruido del avión no logró
traspasar la barrera del estruendo de abajo. Quizás el piloto comprendió que,
de aquella manera, no conseguiría llamar la atención, pues, tras sobrevolar
tres veces en círculo la cumbre del crasticeddru, apuntó hacia la muchedumbre
del llano, efectuó un elegante descenso en picada y voló muy bajo sobre las
cabezas de los presentes, casi obligándolos a leer el texto de la cinta y a
seguido con la mirada mientras, encabritándose ligeramente, volvía a sobrevolar
tres veces la cumbre, descendía hasta casi rozar el suelo delante de la entrada
de la cueva de las armas y soltaba una lluvia de pétalos de rosas. La
muchedumbre enmudeció, todos pensaron en los muertos del crasticeddru mientras
el aparato viraba, regresaba, efectuaba un vuelo rasante y esta vez soltaba una
miríada de tarjetitas. Tras lo cual, apuntó hacia el horizonte y desapareció.
Si el texto de la cinta ya había despertado una gran curiosidad, pues no
anunciaba ni una bebida ni una fábrica de muebles sino que llevaba sólo dos
nombres, Lisetta y Mario, si el lanzamiento de pétalos había provocado un
estremecimiento de emoción en los presentes, el texto de las tarjetitas, todas
iguales, los indujo a entregarse a un sinfín de conjeturas e hipótesis y a un
carrusel frenético de adivinanzas. ¿Qué significaba: "LISETTA y MARIO
ANUNCIAN SU DESPERTAR"? No era una participación de boda y tampoco de
bautismo. ¿Entonces? En medio del torbellino de preguntas, la gente sólo estuvo
segura de una cosa: de que el avión, los pétalos, las tarjetitas y la cinta
publicitaria guardaban relación con los muertos del crasticeddru.
Después se inició la competición y la multitud se distrajo.
Cuando el avión arrojó los pétalos, Nicolò Zito le dijo a Montalbano que no se
moviera y se perdió entre la gente.
Regresó al cabo de un cuarto de hora con el camarógrafo de
Retelibera.
—¿Me concedes una entrevista?
—Con mucho gusto.
El consentimiento inesperado de Montalbano hizo que el
periodista se reafirmara en su sospecha de que en toda aquella historia del
avión su amigo estaba metido hasta el cuello.
—Hace unos momentos, en el transcurso de los preparativos de la
competición de motocross que se está desarrollando en Vigàta, hemos sido
testigos de un hecho extraordinario. Un pequeño avión publicitario...
Aquí Zito describió lo que acababa de ocurrir.
—Puesto que, por una coincidencia afortunada, está presente el
comisario Salvo Montalbano, queremos hacerle unas cuantas preguntas. Según
usted, ¿quiénes son Lisetta y Mario?
—Podría eludir su pregunta diciendo que no sé nada, que puede
tratarse de un matrimonio que ha querido celebrar su boda de una forma original
—contestó el comisario con franqueza—. Pero me desmentiría el texto de la
tarjetita, que no habla de una boda sino de un despertar. Contestaré, por lo
tanto, con toda sinceridad a su pregunta: Lisetta y Mario son los nombres de
los dos jóvenes asesinados cuyos cuerpos se descubrieron en el interior de la
cueva del crasticeddru, el espolón de roca que tenemos aquí delante.
—Pero ¿qué significa todo eso?
—Lo ignoro, habría que preguntárselo a la persona que ha
organizado este vuelo.
—¿Cómo ha conseguido llegar a su identificación?
—Por casualidad.
—¿Puede decirnos sus apellidos?
—No. Los conozco, pero no los puedo decir. Puedo revelar que
ella era una joven de esta zona y que él era un marino del norte. Añadiré que
la persona que ha querido recordar de una manera tan señalada el hallazgo de
los dos cuerpos, que ella califica de "despertar", se ha olvidado del
perro, que también tenía un nombre, el pobrecito. Se llamaba Kytmyr y era un
perro árabe.
—Pero, ¿qué motivo puede haber tenido el asesino para organizar
esta puesta en escena?
—Un momento... ¿Quién le dijo que el asesino y el que ha
organizado la puesta en escena son la misma persona? Yo, por ejemplo, no lo
creo así.
—Voy corriendo a preparar el reportaje —dijo Nicolò Zito tras
haberle dirigido una mirada extraña.
Después llegaron los de Televigàta, los del telediario regional
de la RAI y los de otras cadenas privadas. Montalbano contestó amablemente a
todas las preguntas y, tratándose de él, con una soltura inusual.
Le había entrado un apetito tan grande, que en la trattoria San
Calogero se dio un atracón de mariscos. Después regresó a toda prisa a su casa,
encendió el televisor y sintonizó Retelibera. Nicolò Zito, al dar la noticia
del vuelo misterioso, la infló todo lo que pudo. Pero lo mejor no fue la
entrevista que le habían hecho a él y que se reprodujo íntegramente sino el
reportaje inesperado al director de la agencia Publiduemila de Palermo, que
Zito había localizado sin ninguna dificultad, pues era la única de toda la
Sicilia occidental que disponía de un avión publicitario.
El director, todavía emocionado, declaró que una joven bellísima
—"¡Jesús, qué mujer!, no parecía de verdad, una especie de modelo como
esas que salen en las revistas, ¡Dios bendito, pero qué hermosa era!"—,
visiblemente extranjera porque hablaba muy mal el italiano—"¿He dicho
mal'? Me equivoqué, en sus labios nuestras palabras parecían de miel"—,
no, acerca de su nacionalidad no podía concretar nada, alemana o inglesa, se
había presentado cuatro días atrás en la agencia—" ¡Dios mío! ¡Parecía una
aparición!" —y había preguntado por el avión, explicando con toda claridad
el texto que tendría que figurar en la cinta publicitaria y en las tarjetitas.
Sí, era ella la que había pedido que se arrojaran pétalos de rosas. En cuanto
al lugar, sus instrucciones habían sido extremadamente detalladas. El piloto,
por propia iniciativa, había decidido arrojar las tarjetitas no a la buena de
Dios sobre la carretera del litoral sino sobre la multitud que estaba
presenciando la competición deportiva. La señora —" ¡Virgen santísima,
mejor que no diga nada más, si no mi mujer me mata!"— había pagado por
adelantado y en efectivo y había pedido que extendieran la factura a nombre de
Rosemarie Antwerpen, con domicilio en Bruselas. Él no había exigido ningún otro
dato —"¡Dios mío!"—, ¿por qué hubiera tenido que hacerlo? ¡La mujer
no le estaba pidiendo que arrojara una bomba! ¡Era tan guapa! ¡Tan simpática!
¡Y qué sonrisa! Un sueño.
Montalbano disfrutó de lo lindo. Le había pedido encarecidamente
a Ingrid: "Tienes que ponerte lo más linda que puedas. Así, cuando te
vean, se quedarán mudos de admiración."
Televigata se lanzó sobre la bellísima y misteriosa mujer; la
llamó "Nefertitis rediviva" y construyó una historia fantástica en la
que establecía un nexo entre las pirámides y el crasticeddru, pero estaba claro
que iba a remolque de las noticias que había facilitado Nicolò Zito en la
cadena rival. La edición regional de la RAI también trató ampliamente el
asunto.
Montalbano estaba consiguiendo armar todo el alboroto que
buscaba y se alegró de que su idea hubiera dado resultado.
—¿Montalbano? Habla el jefe. Acabo de enterarme de la historia
del avión. Lo felicito, una idea genial.
—El mérito es suyo porque fue usted quien me dijo que
insistiera, ¿no lo recuerda? Estoy tratando de hacer salir de la madriguera a
nuestro hombre. Como no aparezca dentro de un plazo prudencial, significará que
ya no está entre nosotros.
—Enhorabuena. Téngame informado. Ah, como es natural, el avión
lo ha pagado usted, ¿verdad?
—Claro. Confío en la prometida gratificación.
—¿Comisario? Habla el director Burgio. Mi mujer y yo nos hemos
quedado asombrados ante su iniciativa.
—Esperemos que todo salga bien.
—Se lo ruego, señor comisario: si aparece Lillo, díganoslo.
* * *
En el telediario de las doce de la noche, Nicolò Zito dedicó más
espacio a la noticia; mostró las fotografías de los muertos del crasticeddru y
echó mano del zoom para destacar mejor los detalles de las imágenes.
"Amablemente cedidas por el diligente Jacomuzzi",
pensó Montalbano.
Zito aisló el cuerpo del joven, al que llamó Mario, y después
mostró el de la muchacha, a la que llamó Lisetta; ofreció varias imágenes del
avión que arrojaba pétalos de rosas y después enfocó en primer plano el texto
de las tarjetitas. A continuación, tejió un relato misterioso y lacrimógeno más
propio de Televigata que de Retelibera. ¿Por qué razón habían sido asesinados
los jóvenes amantes? ¿Qué destino aciago los había conducido a aquel final?
¿Quién los había depositado piadosamente en la cueva? ¿Quizá la bellísima mujer
que se había presentado en la agencia de publicidad había surgido del pasado
para clamar venganza en nombre de los muertos? ¿Cuál era la relación entre la
mujer y los dos jóvenes de cincuenta años atrás? ¿Qué significado tenía la palabra"
despertar"? ¿Por qué el comisario Montalbano había podido facilitar
incluso el nombre del perro de terracota? ¿Qué sabía acerca de aquel misterio?
—¿ Salvo? Soy Ingrid. Confío en que no hayas pensado que me
fugué con tu dinero.
—¡No digas disparates! ¿Por qué, acaso sobró algo?
—Sí, costó menos de la mitad del dinero que me habías dado. El
resto lo tengo yo y te lo devolveré en cuanto regrese a Montelusa.
—¿Desde dónde me llamas?
—Desde Taormina. He conocido a alguien. Regreso dentro de cuatro
o cinco días. ¿Lo he hecho bien? ¿Ha salido todo tal como tú querías?
—Lo has hecho muy bien. Que te diviertas.
—¿Montalbano? Nicolò... ¿Te gustaron los reportajes? Dame las
gracias.
—¿ Por qué?
—Hice justo lo que tú querías.
—Yo no te pedí nada.
—Es cierto, no de una manera directa. Pero yo no soy tonto y
comprendí tu deseo de que se diera la máxima publicidad a la noticia,
presentándola de tal manera que apasionara a la gente. He dicho algunas cosas
de las que me avergonzaré toda la vida.
—Muchas gracias, pero te repito que ignoro el motivo de la
gratitud que me pides.
—¿Sabes que las llamadas han bloqueado nuestro conmutador? Nos
han pedido el reportaje la RAI, la Fininvest, la agencia de noticias ANSA y
todos los periódicos italianos. Menudo golpe... "¿Puedo hacerte una
pregunta?
—Pues claro.
—¿Cuánto te costó el alquiler del avión?
Durmió estupendamente, como dicen que duermen los que están
satisfechos de su actuación. Había hecho lo posible y también lo imposible,
ahora sólo cabía esperar la respuesta; se había lanzado un mensaje para que
alguien descifrara el código, tal como hubiera dicho Alcide Maraventano.
Recibió la primera llamada a 'as siete de la mañana. Era Luciano Acquasanta,
del Mezzogiorno, que deseaba ver confirmada su opinión. ¿No sería posible que
los dos jóvenes hubieran sido sacrificados en el transcurso de un rito
satánico?
—¿ Por qué no? —contestó Montalbano, amable y posibilista.
La segunda llegó un cuarto de hora después. La teoría de
Stefania Quattrini, de la revista Essere donna, era que Mario, mientras hacía
el amor con Lisetta, había sido sorprendido por otra mujer celosa —ya se sabe
cómo son los marinos, ¿no?— que los había matado a los dos. Después se había
ido al extranjero, pero, en su lecho de muerte, le había revelado los hechos a
su hija, quien a su vez le había contado la culpa de la abuela a su hija. La
muchacha, para expiada en cierto modo, se había trasladado a Palermo —hablaba
con acento extranjero, ¿no?— y había montado el número del avión.
—¿Por qué no? —contestó Montalbano, amable y posibilista.
La hipótesis de Cosimo Zappala, del semanario Vivere!, le fue
comunicada a las siete y veinticinco minutos. Lisetta y Mario, ebrios de amor y
de juventud, solían pasear por el campo tomados de la mano y desnudos como Adán
y Eva. Un mal día fueron sorprendidos por una división de alemanes en retirada,
ebrios a su vez de miedo y de maldad, que los habían violado y matado. En su
lecho de muerte, uno de los alemanes... y aquí la historia coincidía
curiosamente con la de Stefania Quattrini.
—¿Por qué no? —contestó Montalbano, amable y posibilista.
A las ocho llegó Fazio que, tal como él le había ordenado que
hiciera la víspera, le llevaba todos los diarios que llegaban a Vigàta. Los
hojeó mientras seguía atendiendo las llamadas. Con mayor o menor relieve, todos
publicaban la noticia. El título que más gracia le hizo fue el del Corriere.
Decía lo siguiente: "UN COMISARIO IDENTIFICA UN PERRO DE TERRACOTA MUERTO
HACE CINCUENTA AÑOS". Todo resultaba útil, incluso la ironía.
Adelina se sorprendió de encontrado en casa, contrariamente a su
costumbre.
—Me quedaré unos días en casa, Adelina, estoy esperando una
llamada importante. Tú procura aliviarme el asedio.
—No entendí nada de lo que dijo.
Entonces Montalbano le explicó que su misión sería aliviar su
reclusión voluntaria con una dosis adicional de fantasía en la preparación del
almuerzo y de la cena.
Hacia las diez llamó Livia.
—Pero ¿qué ocurre? ¡El teléfono está siempre ocupado!
—Perdóname, estoy recibiendo un montón de llamadas por un hecho
que...
—Ya conozco el hecho. Te he visto en la televisión. Hablabas con
mucho desparpajo, estabas muy locuaz y no parecías tú. Se ve que, cuando yo no
estoy, estás mejor.
Llamó a Fazio al despacho para pedirle que le llevara a casa la
correspondencia y le comprara una extensión para el teléfono. La
correspondencia, añadió, se la tendrían que llevar a su casa cada día, en
cuanto se recibiera. Y que hiciera correr la voz: a quienquiera que preguntara
por él, el que estaba a cargo del conmutador de la comisaría debería
facilitarle su número particular y dejarse de historias.
Antes de que transcurriera una hora, Fazio se presentó con dos
postales sin importancia y la extensión.
—¿Qué dicen en la comisaría?
—¿Qué quiere que digan? Nada. Es usted el que se queda con los
casos más sonados. Al subcomisario Augello sólo le tocan tonterías, robos por
el procedimiento del tirón, hurtos pequeños, alguna que otra pelea...
—¿Qué significa eso de que me quedo con los casos más sonados?
—Significa lo que he dicho. A mi mujer, por ejemplo, le dan
mucho miedo los ratones. Pues bien, créame si le digo que los atrae. Donde va
ella, aparecen ratones.
Llevaba cuarenta y ocho horas sujeto por una cadena como un
perro; su campo de acción sólo alcanzaba hasta donde le permitía la longitud de
la extensión, por lo cual no podía pasear por la orilla del mar ni correr. Iba
a todas partes con el teléfono, incluso al baño, y de vez en cuando, por una
manía que le había dado al cabo de veinticuatro horas, lo descolgaba y se lo
acercaba al oído para cerciorarse de que funcionaba. A la mañana del tercer
día, se preguntó: " ¿ Por qué te lavas si no puedes salir?"
La siguiente pregunta, directamente relacionada con la primera,
fue: "Y entonces ¿qué necesidad hay de afeitarse?"
A la mañana del cuarto día, sucio, hirsuto, en zapatillas y
todavía con la misma camisa, le pegó un susto a Adelina.
—María santísima, dutturi, ¿qué le pasa? ¿Qué tiene? ¿Está
enfermo?
—Sí.
—¿Por qué no llama al médico?
—Mi enfermedad no es cosa de médicos.
Era uno de los más grandes tenores, aclamado en el mundo entero.
Aquella noche tenía que cantar en el Teatro de la Ópera de El Cairo, el
antiguo, que todavía no se había incendiado; él sabía muy bien que las llamas
no tardarían en devorarlo. Le había pedido a un asistente que le avisara en
cuanto el señor Gegè hubiera ocupado su palco, el quinto de la derecha del
segundo piso. Iba vestido de época y acababan de terminar de retocarle el
maquillaje. Oyó gritar: "¡A escena!" No se movió; llegó casi sin
resuello el asistente para decirle que el señor Gegè —que no había muerto, eso
ya se sabía, sino que había huido a El Cairo— aún no había aparecido por allí.
Corrió al escenario y contempló la sala a través de un pequeño resquicio del
telón: el teatro estaba colmado; el único palco vacío era el quinto de la
derecha del segundo piso. Entonces tomó una decisión rápida; regresó al
camerino, se quitó el traje de época y volvió a ponerse su ropa, sin quitarse
el maquillaje: la larga barba gris y las cejas pobladas y blancas. Nadie lo
reconocería y, por consiguiente, jamás volvería a cantar. Comprendía muy bien
que su carrera ya había terminado, que tendría que arreglárselas como pudiera
para sobrevivir, pero no lo podía evitar: sin Gegè no podía cantar.
Se despertó chorreando sudor. Acababa de montar, a su manera, un
clásico sueño freudiano: el del palco vacío. ¿Qué significaba? ¿Que la inútil
espera de Lillo Rizzitano le destrozaría la vida?
—¿Señor comisario? Habla el director Burgio. Hace mucho que no
nos vemos. ¿Ha tenido noticias de nuestro amigo común?
—No.
Monosilábico, rápido aun a riesgo de parecer maleducado. Tenía
que disuadir a la gente de que le hiciera llamadas inútiles; en casa de que
Rizzitano se decidiera a llamado y encontrara el teléfono ocupado, era posible
que lo pensara mejor.
—Yo creo que a estas alturas lo único que nos queda por hacer
para hablar con Lillo es recurrir a la mesita de tres patas.
Mantuvo una prolongada discusión con Adelina. La asistenta
acababa de entrar en la cocina cuando Montalbano la oyó gritar. Después la vio
aparecer en su dormitorio.
—¡Usía no comió ni ayer al mediodía ni ayer a la noche!
—No tenía apetito, Aden.
—¡Yo me mato para prepararle cosas buenas y usía las desprecia!
—No las desprecio, pero ya te lo he dicho: no tengo apetito.
—¡Y esta casa parece una pocilga! ¡Usía no quiere que friegue el
suelo, no quiere que lave la ropa! ¡Hace cinco días que lleva la misma camisa y
los mismos calzoncillos! ¡Usía huele mal!
—Perdóname, Aden, ya verás cómo se me pasa.
—Pues, cuando se le pase, me lo dice y yo vengo. Aquí yo no
vuelvo a poner los pies. Cuando se encuentre bien, me llama.
Salió a la galería, se sentó en el banco, dejó el teléfono a su
lado y se puso a contemplar el mar. No podía hacer otra cosa, ni leer, ni
pensar, ni escribir, nada. Sólo contemplar el mar. Se estaba perdiendo, y lo
sabía, en el pozo sin fondo de una obsesión. Le vino a la mente una película
que había visto, basada quizás en una novela de Dürrenmatt, en la que un
comisario se obstinaba en esperar a un asesino que tenía que pasar por un
determinado lugar de la montaña, por el que aquél jamás volvería a pasar; pero
el comisario no lo sabía, lo esperaba y lo seguía esperando y entre tanto
pasaban los días, los meses, los años...
* * *
Hacia las once de aquella misma mañana sonó el teléfono. No se
había recibido ninguna llamada desde la que le había hecho el director Burgio
aquella mañana. Montalbano no atendió: se había quedado petrificado. Sabía con
absoluta certeza —y no conseguía explicarse el porqué— a quién oiría desde el
otro extremo de la línea.
Hizo acopio de valor y tomó el teléfono.
—¿Sí...? ¿Comisario Montalbano?
Una voz hermosa y profunda, por más que perteneciera a un
anciano.
—Sí, soy yo —dijo el comisario. y no pudo evitar añadir:
—¡Por fin!
—¡Por fin! —repitió el anciano.
Ambos permanecieron un rato en silencio, escuchando el rumor de
sus respiraciones.
—Acabo de llegar a Punta Ràisi. Podré estar con usted en Vigàta
a la una y media como máximo. Si está de acuerdo, explíqueme exactamente dónde
me espera. Hace mucho tiempo que falto del pueblo. Cincuenta y un años.
Veinticinco
Quitó el polvo, barrió, fregó el suelo a la velocidad de ciertas
actrices del cine mudo. Después fue al cuarto de baño y se aseó como sólo había
hecho en otra ocasión en su vida: cuando a los dieciséis años acudió a su
primera cita amorosa. Se duchó largo rato, se perfumó las axilas y la piel de
los brazos y acabó echándose colonia por todas partes. Sabía que su
comportamiento era ridículo, pero eligió su mejor traje y la corbata más seria,
se cepilló los zapatos hasta dejarlos tan relucientes como si llevaran una
lámpara incorporada. Después se le ocurrió la idea de poner la mesa pero con un
solo cubierto; ahora sí le había entrado un hambre canina, pero estaba seguro
de que no hubiera podido ingerir ni un solo bocado.
Esperó, esperó un tiempo interminable. Pasada la una y media, se
sintió mareado y experimentó una especie de desfallecimiento. Se sirvió tres
dedos de whisky puro y se lo bebió de un trago. Después, la liberación: el
rumor de un automóvil por el caminito de la entrada. Corrió a abrir la puerta.
Vio un taxi con matrícula de Palermo. De él descendió un anciano muy bien
vestido con un bastón en una mano y una maleta pequeña de fin de semana en la
otra. Pagó el viaje y, mientras el taxi maniobraba para alejarse, el anciano
miró a su alrededor. Mantenía los hombros echados hacia atrás y la cabeza
erguida e inspiraba un cierto respeto. Montalbano tuvo de inmediato la
impresión de haberlo visto en algún lugar. Le salió al encuentro.
—¿Aquí son todas casas? —preguntó el anciano.
—Sí.
—Antes no había nada, sólo matorrales, arena y mar.
No se habían saludado ni presentado. Se conocían.
—Estoy casi ciego, tengo muchas dificultades para ver —dijo el
anciano, sentado en el banco de la galería—, pero eso me parece muy hermoso,
produce sensación de tranquilidad.
Sólo en aquel momento el comisario comprendió dónde había visto
al anciano; no era él exactamente sino un sosia perfecto, captado en una
fotografía de la solapa de un libro: Jorge Luis Borges.
—¿Le apetece tomar algo?
—Es usted muy amable —contestó el anciano tras dudar un poco—.
Pero mire, sólo una ensaladita, un trocito de queso descremado y un vaso de
vino.
—Acompáñeme, he puesto la mesa.
—¿Usted comerá conmigo?
Montalbano se notaba la boca del estómago cerrada y, por si
fuera poco, se sentía extrañamente conmovido. Mintió.
—Ya he almorzado.
—Pues entonces, si no le molesta, ¿puede conzar la mesa aquí?
Conzare, poner la mesa. Rizzitano utilizó aquel verbo siciliano
como un extranjero que se esforzara en hablar la lengua del lugar.
—Me he dado cuenta de que usted lo había entendido casi todo
—dijo Rizzitano mientras comía muy despacio—, a través de un artículo del
Corriere. Es que ya no puedo mirar televisión, sólo veo unas sombras que me
hacen daño en los ojos.
—También me lo hacen a mí, que veo muy bien —dijo Montalbano.
—Pero ya sabía que usted había encontrado a Lisetta y Mario.
Tengo dos hijos varones, uno es ingeniero y el otro es profesor como yo, ambos
casados. Bueno pues, una de mis nueras es una partidaria furibunda de la Liga
de los Independentistas del Norte, una imbécil insufrible, me quiere mucho,
pero me considera una excepción, pues cree que todos los del sur son
delincuentes o, en el mejor de los casos, holgazanes. Por eso no deja nunca de
decirme: "¿Sabe, papá?, en su tierra"... "mi tierra" para
ella se extiende desde Sicilia hasta Roma, incluyendo esta ciudad... "han
matado a éste, han secuestrado al otro, han puesto una bomba, han encontrado en
una cueva, precisamente de su pueblo, a dos chicos asesinados hace cincuenta
años..."
—Pero, ¿cómo? ¿Sus parientes saben que es usted de Vigàta?
—Por supuesto que lo saben, pero yo jamás le he dicho a nadie,
ni siquiera a mi difunta esposa, que todavía me quedaban unas propiedades en
Vigàta. Dije que mis padres y buena parte de mis parientes habían sido
exterminados por las bombas. No me podían relacionar de ninguna manera con los
muertos del crasticeddru, ignoraban que éste era un pedazo de tierra de mi
propiedad. Pero yo, al enterarme de la noticia, me enfermé y me subió mucho la
fiebre. Todo volvió violentamente al presente.
"Le hablaba del artículo del Corriere... En él se decía que
un comisario de Vigàta, el mismo que había encontrado los cadáveres, no sólo
había conseguido identificar a los dos jóvenes asesinados sino que, además,
había descubierto que el perro de terracota se llamaba Kytmyr. Entonces tuve la
seguridad de que usted conocía la existencia de mi tesis de licenciatura. Lo
cual significaba que me estaba enviando un mensaje. Me ha costado mucho
convencer a mis hijos de que me dejaran venir solo. Les he dicho que, antes de
morir, quería volver a ver los lugares donde había nacido y vivido en mis años
mozos.
Montalbano no acababa de entenderlo e insistió.
—¿Así que todos, en su casa, sabían que era usted de Vigàta?
—¿Por qué hubiera tenido que ocultarlo? Jamás me cambié de
nombre ni tuve documentación falsa.
—¿Quiere decir que usted consiguió desaparecer sin quererlo?
—Exactamente. A uno se lo encuentra cuando los demás necesitan o
tienen intención de encontrarlo... De todos modos, me tiene que creer si le
digo que siempre he vivido con mi nombre y apellido, he hecho oposiciones, las
he ganado, he enseñado, me he casado, he tenido hijos y tengo nietos que llevan
mi apellido. Estoy retirado y mi recibo de jubilación está a nombre de
"Calogero Rizzitano, nacido en Vigàta".
—¡Pero alguna vez habrá tenido que escribir al Ayuntamiento, a
la universidad para obtener los documentos necesarios!
—Pues claro, he escrito y me los han enviado. Señor comisario,
no cometa un error de perspectiva histórica. Entonces nadie me buscaba.
—Usted ni siquiera ha cobrado el dinero que el Ayuntamiento le
debe por la expropiación de sus tierras.
—Ahí está. Llevo más de treinta años sin mantener contacto con
Vigàta. Porque, a medida que uno envejece, los documentos de su lugar de
nacimiento cada vez son menos necesarios. Sin embargo, los que eran necesarios
para cobrar el dinero de la expropiación eran más peligrosos. Era posible que
alguien se hubiera acordado de mí. Y yo, en cambio, hacía mucho tiempo que
había cortado mi relación con Sicilia. No quería, y no quiero, tener nada más
que ver con ella. Si con un aparato especial me quitaran la sangre que me
circula por dentro, sería feliz.
—¿Le gustaría pasear un poco por la orilla del mar? —preguntó
Montalbano cuando Rizzitano terminó de comer.
Cuando llevaban cinco minutos paseando, Rizzitano, con una mano
apoyada en un bastón y la otra en el brazo de Montalbano, preguntó:
—¿Me quiere decir cómo consiguió identificar a Lisetta y a
Mario? ¿Y cómo hizo para averiguar que yo estaba metido en el asunto?
"Perdone, pero me cuesta caminar y hablar al mismo tiempo.
Mientras Montalbano le contaba todo lo sucedido, el anciano
hacía de vez en cuando una mueca, como queriendo decir que las cosas no habían
ocurrido de aquella manera.
El comisario notó de repente que el peso del brazo de Rizzitano
sobre el suyo era más fuerte; se había dejado llevar por la historia sin darse
cuenta de que el anciano ya estaba cansado del paseo.
—¿Quiere que volvamos a casa?
Se sentaron de nuevo en el banco de la galería.
—Bueno, ¿quiere decir me cómo ocurrieron las cosas exactamente?
—preguntó Montalbano.
—Pues claro, para eso he venido. Pero me cuesta mucho esfuerzo.
—Yo trataré de ahorrárselo. Lo vamos a hacer así: yo le diré lo
que he imaginado y usted me corregirá si me equivoco.
—De acuerdo.
—Bien, un día, a principios de julio del 43, Lisetta y Mario
vienen a vedo al chalé que usted tiene al pie del Crasto, donde vive
momentáneamente solo. Lisetta se ha fugado de Serradifalco para reunirse con su
novio Mario Cunich, un marino del buque nodriza Pacinotti, que en cuestión de
unos días tiene que zarpar...
El viejo levantó una mano y el comisario se detuvo.
—Perdone, las cosas no ocurrieron así. Yo lo recuerdo todo hasta
en sus más mínimos detalles. La memoria de los viejos, cuanto más tiempo pasa,
más nítida es. Y más despiadada. La noche del 6 de julio hacia las nueve, oí
que llamaban desesperadamente a la puerta. Fui a abrir y me encontré delante a
Lisetta, que había huido. La habían violado.
—¿Durante el viaje desde Serradifalco a Vigàta?
—No. Su padre, la víspera.
Montalbano no se atrevió a decir nada.
—Y eso es sólo el principio, lo peor aún no había ocurrido.
Lisetta me había revelado que su padre, el tío Stefano tal como yo lo llamaba,
pues éramos parientes, de vez en cuando se tomaba ciertas libertades con ella.
Un día Stefano Moscato, que había salido de la cárcel y se había refugiado con
los suyos en Serradifalco, descubrió las cartas que Mario le escribía a su
hija. Le dijo que le quería decir una cosa muy importante, se la llevó al
campo, le arrojó las cartas a la cara, le pegó y la violó. Lisetta era... jamás
había estado con un hombre. No armó un escándalo, tenía unos nervios de acero.
Al día siguiente huyó sin más y me vino a ver a mí, que era para ella más que
un hermano. A la mañana siguiente fui al pueblo para comunicarle a Mario la
llegada de Lisetta. Mario se presentó a primera hora de la tarde, los dejé
solos y me fui a dar un paseo por el campo. Regresé sobre las siete, Lisetta
estaba sola, Mario había regresado al Pacinotti. Cenamos y después nos asomamos
a la ventana para contemplar los fuegos artificiales, o eso parecían, de una
incursión sobre Vigàta. Lisetta se fue a dormir a mi dormitorio del piso de
arriba. Yo me quedé abajo, leyendo un libro a la luz de un quinqué. Fue
entonces cuando...
Rizzitano se detuvo, cansado, y lanzó un profundo suspiro.
—¿Quiere un vaso de agua?
El anciano pareció no haberlo oído.
—… fue entonces cuando oí a alguien que gritaba algo desde
lejos. O, mejor dicho, al principio me pareció que era un animal que se
quejaba, un perro que aullaba. Pero era el tío Stefano, llamando a su hija. Era
una voz que me heló la sangre en las venas, la voz desgarrada y desgarradora de
un amante cruelmente abandonado que sufría y gritaba su dolor como un animal,
no la voz de un padre que busca a su hija. Me estremecí. Abrí la puerta,
reinaba una oscuridad absoluta. Le grité que estaba solo y le pregunté por qué
buscaba a su hija en mi casa. Me lo encontré de repente delante, como una
catapulta; estaba enloquecido, temblaba y nos insultaba a mí y a Lisetta. Traté
de calmarlo, me acerqué. Me pegó un puñetazo en la cara y caí hacia atrás,
aturdido. Ahora vi que sostenía en la mano un revólver, decía que me iba a
matar. Cometí un error, le eché en cara que quisiera a su hija para volver a
violarla. Me pegó un tiro, pero falló pues estaba demasiado trastornado. Apuntó
mejor, pero, en aquel momento, se oyó otro disparo. Yo tenía en mi dormitorio,
junto a la cama, un fusil de caza cargado. Lisetta lo había tomado y, desde lo
alto de la escalera, había disparado contra su padre. Tío Stefano resultó
alcanzado en un hombro; se tambaleó y el arma se le cayó de la mano. Fríamente,
Lisetta le exigió que se fuera si no quería que ella acabara con él allí mismo.
No me cupo la menor duda de que no vacilaría en hacerlo. Tío Stefano miró largo
rato a su hija a los ojos, después empezó a gemir con la boca cerrada... creo que
no sólo por la herida... dio media vuelta y salió. Atranqué todas las puertas y
ventanas. Estaba aterrorizado y fue Lisetta quien me dio ánimos y fuerza.
"Permanecimos encerrados también a la mañana siguiente.
Hacia las tres llegó Mario, le contamos todo lo ocurrido con el tío Stefano y
entonces él decidió pasar la noche con nosotros, no quería dejarnos solos, pues
estaba seguro de que el padre de Lisetta lo volvería a intentar. Hacia la
medianoche se desencadenó sobre Vigàta un terrible bombardeo, pero Lisetta
estaba tranquila porque su Mario se encontraba con ella. La mañana del 9 de
julio fui a Vigàta para ver si la casa que teníamos en el pueblo estaba todavía
en pie. Le encarecí a Mario que no abriera la puerta a nadie y que tuviera el
fusil al alcance de la mano. —Hizo una pausa. —Tengo la garganta seca.
Montalbano corrió a la cocina y regresó con un vaso y una jarra
de agua fresca. El anciano tomó el vaso con ambas manos, sacudido por un fuerte
temblor. El comisario se compadeció profundamente de él.
—Si quiere, descanse un ratito y después seguimos.
El viejo denegó con la cabeza.
—Si descanso, ya no sigo. Me quedé en Vigàta. La casa no había
sido destruida, pero reinaba un gran desorden por doquier... marcos de puertas
y ventanas arrancados coma consecuencia de los violentos desplazamientos de
aire, muebles volcados, cristales rotos. Procuré ordenado todo lo mejor que
pude y trabajé casi hasta la noche. En la entrada no encontré la bicicleta, me
la habían robado. Regresé a pie al Crasto, una hora de camino. Tenía que
caminar ¡asta por el borde de la carretera provincial porque se registraba un
gran movimiento de vehículos militares italianos y alemanes en ambas
direcciones. Justo cuando estaba a punto de llegar a la altura del sendero que
conducía al chalé, aparecieron seis cazabombarderos americanos que empezaron a
ametrallarlo y destrozarlo todo. Los aparatos volaban muy bajo y emitían un
rugido de trueno. Me arrojé al interior de una zanja e inmediatamente fui
alcanzado con gran fuerza en la espalda por un objeto que, al principio, creí
que era una piedra de gran tamaño arrojada por la explosión de una bomba. Pero
no era eso sino una bota militar en cuyo interior había un pie cercenado un
poco por encima del tobillo. Me levanté de un salto, enfilé el sendero, pero
tuve que detenerme para vomitar. Las piernas no me sostenían, caí dos o tres
veces mientras a mis espaldas disminuía el rugido de los aviones y se oían con
más claridad los gritos, los quejidos, las plegarias y las órdenes entre los
camiones en llamas. En el momento en que pisaba el vestíbulo de mi casa, se
oyeron en el piso de arriba dos disparos con un intervalo muy breve entre uno y
otro. "El tío Stefano", pensé, "ha conseguido entrar en la casa
y ha cumplido su venganza." Cerca de la puerta había una gran barra de
hierro que utilizábamos para atrancarla. La tomé y subí sin hacer ruido. La
puerta de mi dormitorio estaba abierta; un hombre, situado un poco más allá del
umbral, se encontraba de espaldas a mí con un revólver en la mano. —El anciano
no había levantado ni una sola vez la vista hacia el comisario. Ahora, en cambio,
lo miró directamente a los ojos. —Según usted, ¿tengo cara de asesino?
—No —contestó Montalbano—. Y si se refiere al que estaba en la
habitación con un arma en la mano, tranquilícese, usted actuó en estado de
necesidad y en legítima defensa.
—El que mata a un hombre, mata a un hombre, todo eso que usted
me dice son fórmulas legales para después. Lo que cuenta es la voluntad del
momento. Y yo quise matar a ese hombre independientemente de lo que les hubiera
hecho a Lisetta y a Mario. Levanté la barra y le descargué con todas mis
fuerzas un golpe en la nuca, en la esperanza de romperle la cabeza. Al
desplomarse, el hombre me permitió ver la cama. Encima de ella estaban Mario y
Lisetta, desnudos y abrazados en un mar de sangre. Los debía de haber sorprendido
el bombardeo que había tenido lugar muy cerca de la casa mientras hacían el
amor y se habían abrazado, impulsados por el miedo. Por ellos ya no se podía
hacer nada. Quizá se podía hacer algo por el hombre que yacía agonizante en el
suelo, detrás de mí. De un puntapié lo volví boca arriba: era un sicario del
tío Stefano, un delincuente. Con la barra le convertí sistemáticamente la
cabeza en papilla. Después enloquecí. Empecé a pasear de habitación en
habitación, cantando.
"¿Usted ha matado alguna vez a alguien?
—Sí, por desgracia.
—Dice "por desgracia", lo cual significa que no le
produjo ninguna satisfacción. Yo, en cambio, más que satisfacción, experimenté
una sensación de júbilo. Estaba contento, le he dicho que cantaba. Después me
hundí en una silla, dominado por el horror, el horror de mí mismo. Me odiaba.
Habían conseguido convertirme en un asesino y yo no había sido capaz de
resistir; es más, me alegraba enormemente de ello. La sangre que circulaba por
mis venas estaba infecta, por más que yo hubiera intentado purificada con la
razón, la educación, la cultura y todo lo que usted quiera. Era la sangre de
los Rizzitano, de mi abuelo, de mi padre, hombres de quienes las personas
honradas del pueblo preferían no hablar. Como ellos y peor que elloS...
Después, en mi delirio, di con una posible solución. Si Mario y Lisetta
hubieran seguido durmiendo, todo aquel horror jamás hubiera ocurrido. Una
pesadilla, un mal sueño. Entonces...
El anciano ya no podía más y Montalbano temió que le diera un
ataque.
—Sigo yo.—Tomó los cadáveres de los dos jóvenes, los llevó a la
cueva y los limpió.
—Sí, pero decido es muy fácil. Tuve que llevados al interior de
la cueva primero a uno y después al otro. Estaba agotado y literalmente
empapado de sangre.
—La segunda cueva, en la que usted depositó los cuerpos, se
había utilizado quizá para almacenar productos destinados al mercado negro?
—No. Mi padre había cerrado la entrada con unas piedras, en
seca. Yo las quité y después las volví a colocar en su sitio. Para ver, utilicé
linternas, en el campo teníamos muchas. Ahora tenía que encontrar los símbolos
del sueño, los de las leyendas. Lo de la vasija de arcilla y el cuenco con las
monedas fue muy fácil, pero, ¿y el perro? En Vigàta, en la última Navidad...
—Sí, lo sé —lo interrumpió Montalbano—. Cuando se celebró la
subasta, alguien de su familia lo compró.
—Mi padre. Pero, como a mi madre no le gustaba, lo guardaron en
un trastero de la bodega. Me acordé de él. Cuando terminé, cerré la cueva
grande con la roca que hacía las veces de puerta; ya era noche cerrada y me
sentía casi en paz. Ahora Lisetta y Mario dormían de verdad, no había sucedido
nada. Por eso, el cadáver que yacía en el piso de arriba ya no me impresionó,
no existía, era fruto de mi imaginación, trastornada por la guerra.
"De pronto, se desencadenó el fin del mundo. La casa
vibraba por efecto de los impactos que se estaban produciendo a pocos metros de
allí, pero no se oía el rugido de los aviones. Eran los barcos, disparando
desde el mar. Salí corriendo. Temí quedar sepultado bajo los escombros en caso
de que el chalé resultara alcanzado. Por el horizonte parecía que estuviera
despuntando el día. ¿Qué era toda aquella luz? El chalé estalló casi a mis
espaldas, un fragmento me alcanzó la cabeza y me desmayé. Cuando abrí de nuevo
los ojos, la luz del horizonte era más intensa y se oía un retumbo lejano y
constante. Conseguí arrastrarme hasta la carretera, hacía gestos, pero ningún
vehículo se detenía. Todos estaban huyendo. Corrí peligro de ser arrollado por
un camión. Este camión frenó y un soldado italiano me subió. Por lo que decían,
comprendí que los americanos estaban desembarcando. Les supliqué que me
llevaran con ellos, dondequiera que fueran. Lo hicieron. Lo que me ocurrió
después no creo que le interese... Estoy agotado.
—¿Quiere recostarse un rato?
Montalbano tuvo casi que llevado en brazos y lo ayudó a quitarse
la ropa.
—Le pido perdón —le dijo— por haber despertado a los durmientes
y haberlo devuelto a usted a la realidad.
—Tenía que ocurrir.
—Su amigo Burgio, que tanto me ha ayudado, se alegraría mucho de
verlo.
—Yo, no. Y si no hay nada en contra, usted tendría que fingir
que yo jamás he venido.
—Por supuesto que no hay nada en contra.
—¿ Necesita algo más de mí?
—Nada. Decide tan sólo que le estoy profundamente agradecido por
haber contestado a mi llamada.
No tenían nada más que decirse. El anciano consultó su reloj
casi como si se lo quisiera introducir en los ojos.
—Vamos a hacer una cosa... Yo duermo una horita, usted me
despierta, llama un taxi y me vaya punta Ràisi.
Montalbano cerró los postigos de la ventana y se encaminó hacia
la puerta.
—Disculpe un momento, comisario. —El anciano había sacado una
fotografía de la cartera que había dejado en la mesita de noche; se la mostró
al comisario. —Ésta es mi última nieta, tiene diecisiete años y se llama
Lisetta.
Montalbano se acercó a un resquicio que dejaba pasar algo de
luz. De no haber sido por los vaqueros que llevaba y la motocicleta en la que
estaba apoyada, aquella Lisetta era el vivo retrato de la otra Lisetta. El
comisario le devolvió la fotografía a Rizzitano.
—Le pido nuevamente disculpas, ¿podría traerme otro vaso de
agua?
Sentado en la galería, Montalbano contestó a las preguntas que
su cabeza de lince estaba formulando. El cuerpo del sicario, a pesar de haber
sido encontrado bajo los escombros, no se habría podido identificar. Los padres
de Lillo o bien creyeron que los restos eran los de su hijo o aceptaron la
versión del campesino, según la cual unos militares lo habían recogido
moribundo. Pero, al no haber dado más señales de vida, debieron de suponer que
había muerto en algún sitio. Para Stefano Moscato, los restos pertenecían al
sicario que, tras haber cumplido su misión, es decir, matar a Lisetta, Mario y
Lillo y haber hecho desaparecer sus cuerpos, había regresado al chalé para
robar algo, pero había sido alcanzado por el bombardeo.
En la certeza de que Lisetta había muerto, el padre sacó de la
manga la historia del soldado americano. Pero su pariente de Serradifalco, al
regresar a Vigàta, no se la había creído y había cortado las relaciones con él.
El montaje fotográfico le hizo recordar a Montalbano la foto que el anciano le
había mostrado. Sonrió. Las afinidades electivas eran un juego tan tosco como
las circunlocuciones insondables de la sangre, capaz de otorgar peso, cuerpo y
aliento a la memoria. Consultó el reloj y experimentó un sobresalto. Ya había
transcurrido más de una hora. Entró en el dormitorio. El viejo estaba
disfrutando de un sueño apacible, su respiración era ligera y su semblante
aparecía sereno y tranquilo. Estaba viajando por el país de los sueños sin la
molestia de un equipaje. Podía dormir todo el rato que quisiera, pues en la
mesita de noche tenía la cartera con el dinero y un vaso de agua. Recordó el
perro de peluche que le había comprado a Livia en Pantelleria. Lo encontró
encima de la cómoda, escondido detrás de una caja. Lo tomó y lo depositó en el
suelo, a los pies de la cama. Después cerró despacito la puerta, a sus
espaldas.
FIN


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