© Libro N°. 3028. Montalbano 1 - La Forma Del Agua. Camilleri, Andrea. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Forma dell'Acqua
Versión Original: © Montalbano 1 - La Forma Del Agua. Andrea Camilleri
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MONTALBANO 1
LA FORMA DEL AGUA
Andrea Camilleri
Título original: Forma dell'Acqua
Traducción: María Antonia Menini Pages
Uno
La
luz del amanecer no penetraba en el patio de la Splendor, la empresa
adjudicataria de la limpieza urbana de Vigàta. Unas densas y grises nubes
cubrían enteramente el cielo, como si alguien hubiera tendido un toldo de color
gris de una a otra cornisa. No se movía ni una sola hoja. El siroco tardaba en
despertarse de su plúmbeo sueño, y el simple hecho de intercambiar unas
palabras producía cansancio. Antes de repartir las tareas, el jefe anunció que,
aquel día y los siguientes, Peppe Schemmari y Caluzzo Brucculeri estarían
ausentes por motivos justificados. Unos motivos más que justificados: ambos
habían sido detenidos la víspera cuando intentaban robar a mano armada en el
supermercado. El puesto que habían dejado vacante Peppe y Caluzzo fue asignado
a Pino Catalana y a Saro Montaperto, unos jóvenes arquitectos técnicos
debidamente desempleados como arquitectos técnicos. Ambos habían sido
contratados en calidad de «agentes ecológicos» eventuales gracias a la generosa
intervención del honorable Cusumano, a cuya campaña electoral se habían
entregado en cuerpo y alma (exactamente en este orden: el cuerpo hizo mucho más
de lo que el alma estaba dispuesta a hacer). Concretamente se les había
asignado el sector del aprisco, llamado así porque, al parecer, en tiempos
inmemoriales un pastor lo había utilizado para sus cabras. Se trataba de una
ancha franja de bosque bajo mediterráneo a las afueras del pueblo, que se
extendía casi hasta el pilón y detrás de la cual se levantaban las ruinas de
una gran fábrica de productos químicos. Esta fábrica había sido inaugurada por
el omnipresente honorable Cusumano cuando el viento soplaba a favor de las
fabulosas y crecientes fortunas; pero, después, el «vientecillo» se transformó
en una ligera brisa hasta que finalmente cesó del todo, no sin antes haber
provocado más daños que un tornado y dejado a su espalda una estela de parados
y acogidos al fondo de garantía salarial. Para evitar que las manadas de negros
y no tan negros que recorrían el pueblo ―senegaleses, argelinos, tunecinos y
libios― anidaran en aquella fábrica, se había construido un muro a su
alrededor. Un muro por encima del cual asomaban todavía las estructuras
corroídas por la intemperie, la desidia y la sal marina, cada vez más parecidas
a la arquitectura de un Gaudí bajo los efectos de los alucinógenos.
Hasta
hacía muy poco tiempo, para los que entonces se conocían por el poco elegante
nombre de «basureros», el aprisco había sido una zona de trabajo extremadamente
descansado: entre hojas de papel, bolsas de plástico, latas de cerveza y de
Coca―Cola y cagadas mal enterradas o dejadas al aire, asomaba de vez en cuando
un preservativo usado. Alguien con ganas y fantasía hubiera podido pararse a
imaginar los detalles del encuentro. Pero de un año a esta parte, los
preservativos se habían convertido en un mar, una alfombra, desde que un
ministro de rostro oscuro e impenetrable, digno de una clasificación
lombrosiana, extrajera de su cabeza, todavía más oscura e impenetrable que su
rostro, una idea para solucionar los problemas de orden público del sur. Dicha
idea se la había comunicado a un compañero suyo con cargo en el Ejército y que
casi parecía sacado de una ilustración de Pinocho. Ambos decidieron enviar a
Sicilia unos cuantos contingentes militares destinados a «controlar el
territorio» y aliviar la tarea de los carabineros, policías, servicios de
información, núcleos operativos especiales, Policía Judicial, agentes de
tráfico, vigilancia ferroviaria y portuaria, miembros de la Jefatura Superior
de Policía, grupos antimafia, antiterrorismo, antidroga, antirrobo,
antisecuestro y de muchos otros, omitidos para abreviar, que realizan tareas
muy diversas. Gracias a la ocurrencia de los dos eminentes estadistas, un grupo
de niñatos piamonteses e imberbes friulanos de reemplazo que hasta entonces se
habían deleitado respirando el aire puro y punzante de sus montañas, de la
noche a la mañana se habían visto resollando afanosamente y viviendo en
alojamientos provisionales en unos pueblos que se encontraban poco más o menos
a un metro de altura sobre el nivel del mar, entre gente que hablaba un
dialecto incomprensible, a base de silencios más que de palabras, y que se
expresaba con movimientos de cejas indescifrables y fruncimientos
imperceptibles. Se habían adaptado lo mejor que habían podido, gracias a su
juventud y a la mano que les habían echado los propios vigateses, conmovidos
por el aspecto desvalido y desarraigado de aquellos mozos forasteros. Pero
quien de verdad se había encargado de suavizar la dureza de su exilio había
sido Gegè Gullotta, un hombre de ingenio desbordante, obligado hasta aquel
momento a reprimir sus naturales dotes de rufián bajo el disfraz de pequeño
camello. Tras enterarse, tanto por medio de artimañas como por vías
ministeriales, de la inminente llegada de los soldados, Gege había tenido una
idea genial, y, para ponerla en práctica, había recurrido de inmediato a la
persona adecuada para obtener los innumerables, complicados e indispensables
permisos. Esta persona era la que realmente controlaba el territorio, y por su
cabeza no pasaba, ni de lejos, la posibilidad de expedir licencias en papel
timbrado. En resumen, Gege pudo inaugurar en el aprisco su mercado
especializado en carne fresca y en una amplia variedad de drogas blandas. La
carne fresca procedía en buena parte de los países del Este, liberados del yugo
comunista, el cual, como todo el mundo sabe, negaba toda dignidad a las
personas. Ahora, entre los matorrales y el arenal del aprisco, la reconquistada
dignidad volvía a brillar de noche en todo su esplendor. Pero tampoco faltaban
mujeres del Tercer Mundo, travestis, transexuales, mariconzuelos napolitanos y
«viados» brasileños. Los había para todos los gustos ―un auténtico derroche,
una orgía―, y el comercio prosperó para gran satisfacción de los militares, de
Gege y de la persona que le había concedido los permisos a cambio de unos
justos porcentajes.
Pino
y Saro se encaminaron a su puesto de trabajo empujando cada uno su carrito.
Para llegar al aprisco se tardaba media hora caminando despacio, como ellos
estaban haciendo. Se pasaron el primer cuarto de hora sin decir nada, ya
sudados y pegajosos. Después, Saro rompió el silencio.
―Ese
Pecorilla es un cabrón ―proclamó.
―Un
grandísimo cabrón ―confirmó Pino.
Pecorilla
era el jefe que se encargaba del reparto de los lugares que había que limpiar,
y era evidente que odiaba con toda su alma a cualquiera que tuviera estudios,
él, que a los cuarenta años sólo había conseguido aprobar el tercer curso de
enseñanza primaria, y eso gracias a que Cusumano le había puesto las peras a
cuarto al maestro. De ahí que siempre se las arreglara para que el trabajo más
humillante y difícil recayera sobre los tres diplomados que tenía a sus
órdenes. En efecto, aquella misma mañana había encargado a Ciccu Loreto el
tramo del muelle del que zarpaba el barco correo rumbo a la isla de Lampedusa.
Lo que significaba que Ciccu, contable de profesión, se vería obligado a contar
las toneladas de basura que las manadas de ruidosos turistas ―eso sí,
multilingües―, hermanados por un total desprecio por la higiene personal y
pública, dejaban tras de sí los sábados y los domingos mientras esperaban a
embarcar. Pino y Saro también encontrarían en el aprisco un desastre parecido
después de dos días de permiso de los militares.
Al
llegar al cruce de Via Lincoln con Viale Kennedy (en Vigàta había también un
patio Eisenhower y un callejón Roosevelt), Saro se detuvo.
―Paso
un momento por casa para ver cómo está mi crío ―le dijo a su amigo―. Espérame,
será sólo un minuto.
Sin
aguardar la respuesta de Pino, Saro cruzó el portal de uno de aquellos
rascacielos enanos de doce pisos como máximo, construidos aproximadamente en la
misma época que la fábrica de productos químicos y devastados tan
prematuramente como ésta, pero no abandonados. A los viajeros que llegaban por
mar, Vigàta se les presentaba como una caricatura de Manhattan a escala
reducida: puede que de ahí vengan esos nombres de calles.
Nene,
el crío, permanecía en vela. Por la noche dormía como mucho dos horas, y el
resto del tiempo se lo pasaba con los ojos abiertos y sin llorar. ¿Dónde se
había visto un chiquillo que no llorara jamás? Día tras día, lo consumía un
extraño mal, sin remedio conocido, que los médicos de Vigàta eran incapaces de
curar. Tendrían que haberlo llevado a un buen especialista de fuera, pero era
muy caro. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de su padre, Nene se puso de
mal humor y en su frente se dibujó una arruga. No sabía hablar, pero con aquel
mudo reproche mortificaba a quien consideraba responsable de su situación.
―Está
un poquito mejor, le está bajando la fiebre ―le dijo Tana, su mujer, sólo para
no disgustarlo.
El
cielo se había despejado y ahora lucía un sol capaz de partir las piedras. Saro
ya había vaciado diez veces su carretilla en el vertedero, abierto por
iniciativa privada donde antaño se encontraba la salida posterior de la
fábrica, y tenía la espalda hecha polvo. Al llegar a un tiro de piedra del
sendero que bordeaba el muro de protección y que daba acceso a la carretera
provincial, vio en el suelo algo que despedía un intenso brillo. Se agachó para
verlo mejor. Era un colgante enorme en forma de corazón, cuajado de diamantes y
con un brillante tremendo en el centro, que aún pendía de una cadena de oro
macizo, rota en un eslabón. Su mano derecha salió disparada, se apoderó del
collar y lo introdujo en su bolsillo. Saro tuvo la sensación de que la mano había
actuado por su cuenta y riesgo, sin que el cerebro, todavía atontado por la
sorpresa, le hubiera dicho nada. Se incorporó chorreando sudor y miró a su
alrededor, pero no había ni un alma.
Pino,
que había elegido el trozo de aprisco más cercano al arenal, de repente reparó
en el morro de un coche que, a unos veinte metros de distancia, asomaba por un
matorral más denso que los demás. Se detuvo perplejo; no era posible que
alguien se hubiera demorado hasta aquella hora, las siete de la mañana, para
follar con una puta. Se acercó cautelosamente, avanzando de puntillas y casi
doblado por la mitad. Al llegar a la altura de los faros delanteros, enderezó
de golpe la espalda. No ocurrió nada, nadie le dijo que se metiera en sus
asuntos; el coche parecía estar vacío. Se acercó un poco más. En el asiento del
copiloto vio la borrosa silueta de un hombre inmóvil, con la cabeza echada
hacia atrás. Tenía aspecto de estar profundamente dormido, pero a Pino había
algo que no le cuadraba. Se volvió, y empezó a dar voces, llamando a Saro. Éste
llegó echando los bofes, con los ojos como platos.
―¿Qué
pasa? ¿Qué coño quieres? ¿Qué mosca te ha picado?
Pino
percibió en las preguntas de su amigo un tono agresivo, pero lo atribuyó a la
carrera que se había pegado para reunirse con él.
―Fíjate
en eso.
Armándose
de valor, Pino se acercó al lado del conductor, intentó abrir la portezuela sin
conseguirlo, pues el coche tenía puesto el seguro. Con la ayuda de Saro, que
ahora ya parecía un poco más tranquilo, trató de alcanzar la otra puerta,
contra la cual se apoyaba parte del cuerpo del hombre, pero no pudo porque el
coche, un impresionante BMW de color verde, estaba tan pegado al seto que no
permitía que nadie se acercara por aquel lado. Sin embargo, asomándose y
arañándose la piel con las zarzas, lograron ver el rostro del hombre. No
dormía, tenía los ojos abiertos e inmóviles. Al darse cuenta de que la había
palmada, Pino y Sara se quedaron helados del susto: no por la contemplación de
la muerte, sino porque habían reconocido al muerto.
―Me
noto como si estuviera en una sauna ―dijo Saro, corriendo por la carretera
provincial hacia una cabina telefónica―. Un chorro frío y un chorro caliente.
Una
vez superada la parálisis inicial al reconocer la identidad del muerto, ambos
se pusieron de acuerdo: antes de informar a los representantes de la ley,
tenían que hacer otra llamada. Se sabían de memoria el número del honorable
Cusumano, y Saro lo marcó, pero en el último momento Pino no permitió que diera
ni un solo tono.
―Cuelga
ahora mismo ―dijo.
Saro
lo hizo en una especie de acción refleja.
―¿No
quieres que le avisemos?
―Vamos
a meditarlo un momento, hay que pensarlo muy bien, el caso es serio. Mira,
tanto tú como yo sabemos que el honorable es una marioneta.
―¿Y
eso qué quiere decir?
―Que
es una marioneta en manos del ingeniero Luparello, quien de verdad es, mejor
dicho, era todo. Muerto Luparello, Cusumano no es nadie; es una pura mierda.
―Entonces,
¿qué?
―Entonces
nada.
Se
encaminaron hacia Vigàta, pero, a los pocos pasos, Pino detuvo a Saro.
―Rizzo
―dijo.
―Yo
a ese no lo llamo, me da miedo, no lo conozco.
―Yo
tampoco, pero lo llamaré de todos modos.
Pino
consiguió el número a través del servicio de información. Eran casi las ocho
menos cuarto, pero Rizzo contestó al primer tono.
―¿El
abogado Rizzo?
―Sí,
soy yo.
―Perdone
que lo moleste a estas horas, señor abogado... Hemos encontrado al ingeniero
Luparello..., nos parece que está muerto.
Hubo
una pausa. Luego, Rizzo habló.
―¿Y
por qué me lo cuenta a mí?
Pino
se sorprendió. Esperaba cualquier cosa menos aquella respuesta.
―Pero
¿cómo? ¿Acaso no es usted... su mejor amigo? Nos hemos sentido en la
obligación...
―Se
lo agradezco. Pero ante todo es necesario que cumplan ustedes con su deber.
Buenos días.
Saro
había escuchado la conversación con la mejilla pegada a la de Pino. Ambos se
miraron, perplejos. Era como si le hubieran dicho a Rizzo que habían encontrado
un cadáver anónimo.
―Pero
¿qué coño es esto?, era amigo suyo, ¿no? ―dijo repentinamente Saro.
―Vete
tú a saber. A 10 mejor, últimamente estaban peleados ―replicó Pino.
―Y
ahora ¿qué hacemos?
―Vamos
a cumplir con nuestro deber, como ha dicho el abogado ―contestó Pino.
Se
dirigieron a la comisaría del pueblo. La idea de acudir a los carabineros ni se
les pasó por la antesala del cerebro, pues los mandaba un teniente milanés. En
cambio, el comisario era de Catania, se llamaba Salvo Montalbano y, cuando
quería entender una cosa, la entendía.
Dos
Otra
vez.
―No
―dijo Livia, sin dejar de mirarlo, con los ojos iluminados por la tensión
amorosa.
―Por
favor.
―No,
he dicho que no.
«Me
gusta que me fuercen un poquito», recordó que ella le había susurrado una vez
al oído; entonces, presa de la excitación, trató de introducirle una rodilla
entre los apretados muslos mientras le sujetaba fuertemente las muñecas y le
abría los brazos como si estuviera crucificada.
Se
miraron un momento con afanosa respiración y ella cedió de repente.
―Sí
―dijo―. Sí. Ahora.
Justo
en aquel momento, sonó el teléfono. Sin abrir tan siquiera los ojos, Montalbano
alargó el brazo, pero no para coger el teléfono, sino más bien para asir los
bordes fluctuantes del sueño que inexorablemente se estaba desvaneciendo.
―¡Diga!
Estaba
furioso con el inoportuno comunicante.
―Señor
comisario, tenemos un cliente.
Reconoció
la voz del sargento Fazio. El otro de igual graduación, Tortorella, aún estaba
en el hospital por una grave herida en el vientre causada por la bala que le
había disparado uno que quería hacerse pasar por mafioso, pero que, en
realidad, era un cabrón de tres al cuarto. En su jerga, un cliente significaba
un muerto del que se tenían que encargar.
―¿Quién
es?
―Aún
no lo sabemos.
―¿Cómo
lo han matado?
―No
lo sabemos. Es más, ni siquiera sabemos si lo han matado.
―No
lo entiendo, sargento. ¿Me despiertas sin saber una mierda?
Respiró
hondo para que se le pasara aquel enfado que el otro aguantaba con más
paciencia que un santo.
―¿Quién
lo ha encontrado?
―Dos
basureros en el aprisco, en el interior de un coche.
―Voy
enseguida. Entretanto, llama a Montelusa, que vengan los de la Policía
Científica, y avisa al juez Lo Bianco.
Mientras
se duchaba, llegó a la conclusión de que el muerto tenía necesariamente que
pertenecer a la cosca, la familia mafiosa, de los Cuffaro de Vigàta. Ocho meses
atrás, probablemente como consecuencia de repartos territoriales, había
estallado una encarnizada guerra entre los Cuffaro y los Sinagra de Fela; un
muerto al mes, de manera alterna y sistemática: uno en Vigàta y otro en Fela.
El último de ellos, un tal Mario Salino, había sido tiroteado en Fela por los
vigateses, por lo que estaba claro que, esta vez, le había tocado a uno de los
Cuffaro.
Antes
de salir de casa ―vivía solo en un pequeño chalet en la playa, al otro lado del
aprisco―, sintió el deseo de llamar a Livia a Génova. Ella contestó de
inmediato, medio adormilada.
―Perdona,
quería oír tu voz.
―Estaba
soñando contigo ―le dijo ella―. Estabas conmigo.
Montalbano
iba a decirle que él también había soñado con ella, pero se lo impidió un
absurdo pudor. En su lugar, preguntó:
―¿Qué
hacíamos?
―Lo
que no hacemos desde hace demasiado tiempo ―contestó ella.
En
la comisaría, aparte del sargento, encontró sólo a tres agentes. Los demás
estaban con el propietario de una tienda de ropa que le había pegado un tiro a
su hermana a causa de una herencia y después se había largado. Abrió la puerta
de la sala de seguridad. Los dos basureros estaban sentados en el banco muy
pegados el uno al otro y con el semblante pálido a pesar del sofocante calor.
―Esperadme,
vuelvo enseguida ―les dijo Montalbano.
Le
miraron resignados, sin molestarse en contestar. Era bien sabido que, cuando
alguien se topaba con la ley por la razón que fuera, la cosa siempre iba para
largo.
―¿Alguno
de vosotros ha avisado a los periodistas? ―preguntó el comisario a sus hombres.
Los
agentes negaron con la cabeza.
―Mucho
ojo, no quiero que estén a todas horas tocándome los cojones.
Galluzzo
se adelantó tímidamente y levantó dos dedos como si pidiera permiso para ir al
retrete.
―¿Ni
siquiera a mi cuñado?
El
cuñado de Galluzzo era el periodista de Televigata que llevaba la sección de
sucesos, y Montalbano se imaginaba la trifulca familiar si Galluzzo no le decía
nada. De hecho, Galluzzo lo miraba con expresión suplicante y desesperada.
―Bueno.
Que vaya cuando se haya levantado el cadáver. Y sin fotógrafos.
Se
fueron en el automóvil de servicio, dejando a Giallombardo de guardia. Conducía
Gallo, quien, junto con Galluzzo, era aficionado a cuchufletas del tipo
«Comisario, ¿qué se cuenta en el gallinero?», y Montalbano, que lo conocía muy
bien, le advirtió:
―No
hace falta que corras.
Pero,
al llegar a la curva de la iglesia del Carmen, Peppe Gallo no pudo más, aceleró
y derrapó. Sintieron un golpe seco, como un pistoletazo, y el coche patinó.
Bajaron. El neumático posterior derecho colgaba reventado; habían estado
trabajándolo un buen rato con una hoja muy afilada y los cortes se veían con
toda claridad.
―¡Cabrones,
hijos de la gran puta! ―estalló el sargento.
Montalbano
se enfadó en serio.
―¡Pero
si ya sabéis que una vez cada quince días nos rajan los neumáticos! ¡Maldita
sea! Y eso que cada mañana os lo digo: ¡echadles un vistazo antes de salir! ¡Y
a vosotros, en cambio, os importa una mierda, capullos! ¡Hasta que alguien se
rompa la crisma!
Entre
una cosa y otra, fueron necesarios diez minutos largos para cambiar la rueda y,
cuando llegaron al aprisco, los de la Científica de Montelusa ya se encontraban
en el lugar de los hechos. Estaban en la fase meditativa, como la llamaba
Montalbano: es decir, cinco o seis agentes dando vueltas alrededor del coche,
con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos o en la espalda. Parecían
filósofos enfrascados en profundos pensamientos, pero en realidad caminaban con
los ojos muy abiertos, buscando en el suelo un indicio, un rastro, una huella.
En cuanto Jacomuzzi, el jefe de la Científica, lo vio, corrió a su encuentro.
―¿Cómo
es posible que no haya periodistas?
―Yo
no he querido.
―Esta
vez te van a pegar un tiro por hacerles perder una noticia de semejante
calibre. ―Jacomuzzi estaba visiblemente alterado―. ¿Sabes quién es el muerto?
―No.
Dímelo tú.
―Es
el ingeniero Silvio Luparello.
―¡Coño!
―fue el comentario de Montalbano.
―¿Y
sabes cómo ha muerto?
―No.
Y tampoco quiero que me lo digas. Lo veré con mis propios ojos.
Jacomuzzi
volvió junto a sus hombres, ofendido. El fotógrafo de la Científica ya había
terminado y ahora le tocaba el turno al doctor Pasquano. Montalbano observó que
el médico se veía obligado a trabajar en una postura incómoda, con medio cuerpo
en el interior del vehículo, tratando de alcanzar el asiento del copiloto, en
el que se entreveía una oscura silueta. Fazio y los agentes de Vigàta estaban
echando una mano a sus compañeros de Montelusa. El comisario encendió un
cigarrillo y se volvió para contemplar la fábrica de productos químicos.
Aquellas ruinas lo fascinaban. Decidió volver un día, hacer unas fotos y
enviárselas a Livia para explicarle, por medio de aquellas imágenes, ciertas
cosas de sí mismo y de su tierra que ella todavía no lograba comprender.
Vio
acercarse el coche del juez Lo Bianco, que descendió del vehículo muy alterado.
―¿De
veras el muerto es el ingeniero Luparello? Por lo visto Jacomuzzi no había
perdido el tiempo.
―Parece
ser que sí.
El
juez se reunió con el grupo de la Científica y se puso a conversar
nerviosamente con Jacomuzzi y el doctor Pasquano, el cual había sacado de su
maletín un frasco de alcohol y se estaba desinfectando las manos. Al cabo de un
rato, suficiente como para que el sol achicharrara a Montalbano, los de la
Científica subieron a su automóvil y se fueron. Al pasar por su lado, Jacomuzzi
no lo saludó. Montalbano oyó apagarse a su espalda la sirena de una ambulancia.
Ahora le correspondía el turno a él. Tenía que decir y hacer, no podría
evitarlo. Se sacudió de encima el entumecimiento en el que se estaba cociendo a
fuego lento y se encaminó hacia el coche del muerto. A medio camino, el juez le
cortó el paso.
―Ya
se puede levantar el cadáver. Dada la notoriedad del pobre ingeniero, cuanta
más prisa nos demos, mejor. De todos modos, téngame diariamente al corriente de
la marcha de la investigación. ―Hizo una pausa para suavizar el carácter
perentorio de las palabras que acababa de pronunciar, y añadió―: Llámeme cuando
lo considere oportuno. ―Otra pausa, y a continuación―: Siempre en horas de
oficina, claro.
Se
alejó. Llamarle a su despacho y no a casa. En casa, todo el mundo lo sabía, el
juez Lo Bianco se dedicaba a la redacción de una voluminosa obra: Vida y obra
de Rinaldo y Antonio Lo Bianco, maestros jurados de la Universidad de Girgenti
en tiempos del rey Martín el Joven (1402―1409), a quienes él consideraba
antepasados suyos, aunque muy lejanos.
―¿Cómo
ha muerto? ―le preguntó al médico.
―Véalo
usted mismo ―contestó Pasquano, apartándose a un lado.
Montalbano
introdujo la cabeza en el vehículo, que parecía un horno (en aquel caso en
concreto, crematorio); contempló por primera vez el cadáver y pensó de
inmediato en el jefe superior de policía.
Pensó
en él no porque soliera pensar en su superior jerárquico al comienzo de cada
investigación, sino porque hacía diez días había hablado con el viejo jefe
superior Burlando ―que era amigo suyo― de un libro de Aries, Historia de la
muerte en Occidente, que ambos habían leído. El jefe de policía había afirmado
que todas las muertes, incluso las más humillantes, conservaban siempre cierto
carácter sagrado. Montalbano le había replicado con toda sinceridad que en
ninguna muerte, ni siquiera en la de un Papa, conseguía ver nada que fuera
sagrado.
Ahora
habría querido tener a su lado al señor jefe de policía para que viera lo que
él estaba viendo. El ingeniero había sido siempre un personaje elegante y
extremadamente meticuloso en todo lo referente al cuidado de su aspecto, y
ahora, en cambio, iba sin corbata y llevaba la camisa arrugada, las gafas de
través, el cuello de la chaqueta incongruentemente medio levantado, y los
calcetines tan caídos y aflojados que le cubrían los mocasines. Sin embargo, lo
que más le llamó la atención al comisario fue la contemplación de los
pantalones bajados hasta las rodillas, los blancos calzoncillos visibles bajo
los pantalones, y la camisa enrollada junto con la camiseta hasta la mitad del
pecho.
Y el
sexo obscena e indecentemente al aire, grueso, velludo y en total contraste con
los delicados rasgos del resto del cuerpo.
―Pero
¿cómo ha muerto? ―volvió a preguntarle al médico, mientras se apartaba del
coche.
―Me
parece evidente, ¿no? ―contestó groseramente Pasquano, y añadió―: ¿Sabía usted
que el ingeniero había sido operado del corazón por un prestigioso especialista
de Londres?
―Pues
la verdad es que no. Lo vi el miércoles pasado en la televisión, y me pareció
que gozaba de perfecta salud.
―Parecía,
pero no era así. Mire, en política, todos son como los perros. En cuanto se
enteran de que no puedes defenderte, te atacan a dentelladas. Al parecer, en
Londres le colocaron dos bypass, y dicen que fue muy complicado.
―¿Quién
lo atendía en Montelusa?
―Mi
colega Capuano. Cada semana se hacía un control. Se preocupaba mucho por su
salud, quería estar siempre en forma.
―¿Le
parece oportuno que hable con Capuano?
―No
serviría absolutamente de nada. Lo que aquí ha ocurrido está más claro que el
agua. Al pobre ingeniero le entró el capricho de echar un buen polvo en este
paraje, tal vez con alguna puta exótica. Lo echó y la palmó. ―Pasquano se dio
cuenta de que la mirada de Montalbano se había perdido en la distancia―. ¿No le
convence?
―No.
―¿Por
qué?
―La
verdad es que ni yo mismo lo sé. ¿Tendrá la bondad de enviarme mañana el
resultado de la autopsia?
―¿Mañana?
¡Usted está loco! Antes que al ingeniero, tengo a esa joven de veinte años
violada en una alquería y que fue descubierta diez días más tarde comida por
los perros. Después le toca a Fofo Greca, al que le cortaron la lengua y las
pelotas y lo dejaron morir colgado de un árbol. Después viene...
Montalbano
interrumpió la macabra lista.
―Hablemos
claro, Pasquano, ¿cuándo me enviará el resultado?
―Pasado
mañana, si no tengo que ir de aquí para allá a examinar otros muertos.
Ambos
se despidieron. Después Montalbano llamó al sargento y a sus hombres, les dijo
lo que tenían que hacer y cuándo podían permitir que introdujeran el cuerpo en
la ambulancia, y le pidió a Gallo que lo acompañara de nuevo a la comisaría.
―Después
vuelves y recoges a los demás. Y, como corras, te rompo los cuernos.
Pino
y Saro firmaron la declaración en la que describían detalladamente todos sus
movimientos antes y después del descubrimiento del cadáver. En la declaración
faltaban dos hechos importantes que los basureros se habían guardado mucho de
revelar a los representantes de la ley. El primero era que habían reconocido
casi de inmediato al muerto, y el segundo, que se habían apresurado a
comunicarle su descubrimiento al abogado Rizzo. Después regresaron a casa; Pino
con los pensamientos en otra parte y Sara acariciando de vez en cuando el
bolsillo en que guardaba el collar.
Durante
veinticuatro horas, por lo menos, no ocurriría nada. Montalbano se fue por la
tarde a su chalet, se tendió en la cama y se pasó tres horas durmiendo. Después
se levantó y, puesto que a mediados de septiembre el mar estaba tan liso como
una tabla, se dio un buen baño. Al regresar a su casa, se preparó un plato de
espaguetis con erizos de mar y encendió el televisor. Como era de esperar,
todos los informativos locales hablaban de la muerte del ingeniero; hacían los
habituales elogios y, de vez en cuando, salía algún político con cara de
circunstancias para recordar los méritos del difunto y los problemas que
entrañaba su desaparición. Pero no hubo ni uno, ni siquiera el único telediario
de la oposición, que se atreviera a decir de qué manera había muerto el
malogrado Luparello.
Tres
Saro
y Tana pasaron una mala noche. No les cabía la menor duda de que Saro había
encontrado un tesoro como los de los cuentos, en los que unos miserables
pastores tropezaban con jarras llenas de monedas de oro o con joyas cuajadas de
brillantes. Pero aquí, la cuestión era muy distinta: no cabía duda de que el
collar, de moderna factura, había sido perdido la víspera, y, calculando a ojo
de buen cubero, valía una fortuna. ¿Cómo era posible que nadie lo hubiera
reclamado? Sentados alrededor de la mesa de la cocina, con el televisor
encendido y la ventana abierta para evitar que los vecinos, alertados por el
más mínimo cambio, empezaran a fisgonear y criticar, Tana se opuso a la
intención de su marido de ir a vendérselo a los hermanos Siracusa en cuanto
abrieran la joyería.
―En
primer lugar, tú y yo somos personas honradas. Y por eso no podemos ir a vender
una cosa que no nos pertenece.
―Pero
entonces, ¿qué quieres que hagamos? ¿Que vaya al jefe, le diga que he
encontrado el collar y se lo entregue para que él se lo devuelva a su dueño
cuando éste acuda a reclamarlo? En cuestión de diez minutos, el cabrón de
Pecorilla iría a venderlo por su cuenta.
―Podemos
hacer otra cosa. Guardamos el collar en casa, pero se lo decimos a Pecorilla.
Si alguien lo reclama, se lo entregamos.
―¿Y
qué ganamos con eso?
―El
porcentaje que se supone que corresponde a quien encuentra este tipo de cosas.
¿Cuánto crees tú que vale?
―Unos
veinte millones de liras ―contestó Saro, pensando que había dicho una cifra
demasiado alta―. Supongamos que nos corresponden dos millones. ¿Me quieres
explicar cómo pagamos con dos millones todos los tratamientos que necesita
Nene?
Estuvieron
discutiendo hasta el amanecer y lo dejaron porque Saro se tenía que ir a
trabajar. Pero habían llegado a un acuerdo provisional que dejaba parcialmente
a salvo su honradez: guardarían el collar sin decir una sola palabra a nadie,
dejarían pasar una semana y entonces, en caso de que no hubiera aparecido el
propietario reclamándolo, irían a empeñarlo. Cuando, poco antes de salir, Saro
fue a dar un beso a su hijo, se llevó una sorpresa: Nene estaba profundamente
dormido, como si se hubiera enterado de que su padre había encontrado la manera
de conseguir curarlo.
* *
*
Pino
tampoco pudo pegar ojo aquella noche. Su cabeza era muy dada a la reflexión. Le
encantaba el teatro y había sido actor en las voluntariosas aunque cada vez más
escasas compañías teatrales de aficionados de Vigàta y alrededores. Le gustaba
leer obras de teatro y, en cuanto sus magras ganancias se lo permitían, corría
a la única librería de Montelusa a comprarse comedias y dramas. Vivía con su
madre, que cobraba una pequeña pensión, y no tenían problemas para comer. Su
madre le había hecho contar tres veces el descubrimiento del muerto,
obligándolo a ilustrar mejor cada detalle. Lo hacía para contárselo al día
siguiente a sus amigas de la iglesia y del mercado y presumir de haberse
enterado de todas aquellas cosas y de tener un hijo que había tenido la valentía
de inmiscuirse en un suceso como aquél. Hacia la medianoche, la mujer se fue a
dormir. Poco después se acostó Pino. Pero no hubo manera de que pudiera
conciliar el sueño, pues algo lo hacía dar vueltas bajo la sábana. Ya hemos
dicho que tenía una cabeza muy dada a la reflexión y, por eso, tras pasarse dos
horas tratando infructuosamente de cerrar los ojos, comprendió racionalmente
que no podría ser. Estaba tan nervioso como un chiquillo la noche de Reyes. Se
levantó, se lavó un poco y se sentó junto al pequeño escritorio de su
habitación. Se repitió a sí mismo la historia que le había contado a su madre,
y todo estaba bien; todos los detalles cuadraban, el zumbido de su cabeza se
mantenía en segundo plano. Era como el juego del «frío, frío, caliente, caliente»;
mientras pasaba revista a todo lo que había contado, el zumbido parecía decir:
agua, agua, por lo que la molestia tenía que proceder de algo que no le había
dicho a su madre. En efecto, no le había contado las mismas cosas que, de
acuerdo con Sara, le había callado a Montalbano: el inmediato reconocimiento
del cadáver y la llamada al abogado Rizzo. Aquí el zumbido era muy fuerte y
gritaba: ¡fuego, fuego! Entonces, cogió papel y pluma y transcribió palabra por
palabra el diálogo que había mantenido con el abogado. Lo volvió a leer e hizo
algunas correcciones, forzando la memoria hasta anotar, como en un guión de
teatro, incluso las pausas. Cuando lo tuvo delante, lo releyó en su versión
definitiva. Algo fallaba. Pero ya era demasiado tarde y se tenía que ir a la
Splendor.
Hacia
las diez de la mañana, Montalbano vio interrumpida la lectura de los dos
diarios sicilianos, el que se publicaba en Palermo y el de Catania, por una
llamada del jefe superior de policía que le pasaron al despacho.
―Tengo
que transmitirle unos agradecimientos ―empezó diciendo el jefe superior.
―¿Ah,
sí? ¿De parte de quién?
―De
parte del obispo, Monseñor Teruzzi, y de nuestro ministro. Monseñor Teruzzi me
ha dicho, y repito sus palabras, que se ha alegrado de la caridad cristiana
puesta de manifiesto por usted, por decirlo de alguna manera, al impedir que
periodistas y fotógrafos sin escrúpulos ni decencia pudieran captar y difundir
unas imágenes indecorosas del cadáver.
―¡Pero
yo di la orden cuando aún no sabía quién era el muerto! Habría hecho lo mismo
con cualquier otra persona.
―Lo
sé, Jacomuzzi me lo ha contado todo. Pero ¿para qué iba yo a revelar este
insignificante detalle al venerable prelado? ¿Para desengañarlo con respecto a
su caridad cristiana? Es un gesto caritativo, mi querido amigo, que adquiere
tanto más valor cuanto más elevada es la posición del objeto de la caridad, ¿me
explico? Imagínese que el obispo ha llegado incluso a citar a Pirandello.
―¡No
me diga!
―Pues
sí. Ha citado aquella frase de Seis personajes en busca de autor en la que el
padre dice que, después de una vida intachable, por culpa de un fallo
momentáneo uno no puede permanecer atado para siempre a un gesto deshonroso.
Como queriendo decir que no se puede transmitir a la posteridad la imagen del
ingeniero con los pantalones momentáneamente bajados.
―¿Y
el ministro?
―Bueno,
ése no ha citado a Pirandello porque ni siquiera sabe dónde vive, pero la idea,
tortuosa y dicha entre refunfuñas, era la misma. Y, dado que pertenece al mismo
partido que Luparello, se ha permitido añadir otra palabra.
―¿Cuál?
―Prudencia.
―¿Qué
tiene que ver la prudencia con esta historia?
―No
lo sé, yo le transmito la palabra escueta.
―¿Se
sabe algo de la autopsia?
―Todavía
no. Pasquano quería guardarlo en la cámara frigorífica hasta mañana, pero le he
convencido para que lo examine a última hora de la mañana o a primera de la
tarde. Pero no creo que por ahí podamos averiguar nada.
―Lo
mismo pienso yo ―dijo el comisario, dando por terminada la conversación.
Montalbano
no extrajo de la lectura de los periódicos más información de la que ya tenía
sobre la vida, milagros y reciente muerte del ingeniero Luparello, por lo que
sólo le sirvió para refrescarle la memoria. Heredero de una dinastía de
constructores de obras de Montelusa (su abuelo había proyectado la vieja
estación, y su padre, el Palacio de Justicia), el joven Silvio, tras
licenciarse brillantemente en el Instituto Politécnico de Milán, había
regresado a su pueblo para continuar y potenciar las actividades de la familia.
Católico practicante, había abrazado las ideas de su abuelo, que era un
ardiente seguidor de don Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular italiano
(acerca de las ideas de su padre, miembro de las brigadas de acción fascistas y
participante en la marcha sobre Roma, se había corrido un obligado velo de
silencio), y se había ejercitado en la Fuci, la organización que agrupaba a los
jóvenes universitarios católicos, tejiendo de esta manera una sólida red de
amistades. Desde entonces, Silvio Luparello aparecía en todas las
manifestaciones, celebraciones y comicios al lado de los peces gordos del
partido, pero siempre un paso por detrás y con una media sonrisa en los labios,
dando a entender que estaba allí por decisión propia y no por razones de
jerarquía. Requerido en repetidas ocasiones para que se presentara como
candidato a las distintas elecciones políticas o administrativas, siempre se
había negado aduciendo nobilísimos motivos ―puntualmente dados a conocer a la
opinión pública―, como la humildad, el servicio en la sombra y en silencio,
cualidades propias de un católico. Durante casi veinte años, había servido
efectivamente en la sombra y en silencio, hasta que un día decidió aprovecharse
de todo lo que había visto con sus perspicaces ojos en aquella sombra. Para
empezar, se había rodeado de servidores (aunque los periódicos los llamaban
«fraternales amigos» o «fieles seguidores»), el primero de los cuales había
sido el honorable Cusumano. A continuación, puso librea al senador Portolano y
al diputado Tricomi. En resumen, todo el partido, en Montelusa y en la
provincia, había pasado a sus manos, al igual que el ochenta por ciento de las
contratas públicas y privadas. Ni siquiera le rozó el terremoto desencadenado
por algunos jueces milaneses que hizo tambalear a la clase política que
ostentaba el poder desde hacía cincuenta años. Es más, gracias precisamente a
que siempre se había mantenido en un segundo plano, pudo salir a la luz y
tronar contra la corrupción de sus compañeros de partido. En cosa de un año o
algo menos, se había convertido, en su calidad de paladín de la renovación y
gracias a los numerosos afiliados, en secretario provincial. Por desgracia,
entre su triunfal nombramiento y su muerte sólo habían transcurrido tres días.
Un periódico lamentaba que la mala suerte no hubiera permitido que un personaje
de tan elevada y sublime estatura tuviera tiempo de devolver al partido su
antiguo esplendor. Al recordarlo, ambos periódicos evocaban unánimemente su
gran generosidad y delicadeza espiritual, y su disponibilidad a tender la mano
en todas las circunstancias dolorosas, tanto a los amigos como a los enemigos,
sin distinción. Con un estremecimiento, Montalbano recordó unas imágenes del
año anterior transmitidas por una televisión local. El ingeniero inauguraba un
pequeño orfelinato en Belfi, el pueblo natal de su abuelo, bautizado con el
nombre de éste. Una veintena de chiquillos vestidos de la misma manera
entonaban una canción de agradecimiento al ingeniero, que los escuchaba emocionado.
Las palabras de aquella «canción» se habían quedado indeleblemente grabadas en
la memoria del comisario: «Qué bueno y qué bello / el ingeniero Luparello.»
Los
periódicos, además de silenciar las circunstancias de la muerte, acallaban los
rumores que corrían desde hacia años acerca de asuntos mucho menos públicos en
los que estaba involucrado el ingeniero. Se hablaba de concursos de
adjudicaciones amañados, comisiones millonarias y presiones rayanas en el
chantaje. Y, en todos los casos, asomaba el nombre del abogado Rizzo, primero
lacayo, después hombre de confianza y finalmente álter ego de Luparello. Se
decía incluso que Rizzo era el puente entre el ingeniero y la mafia, y sobre
este tema el comisario había tenido ocasión de ver, extraoficialmente, un
informe confidencial en el que se hablaba de tráfico de divisas y blanqueo de
dinero. Sospechas, desde luego, pero nada más, pues jamás se habían podido concretar:
todas las peticiones para iniciar una investigación se habían perdido en los
meandros de aquel palacio de justicia que el padre del ingeniero había
proyectado y construido.
A la
hora del almuerzo, Montalbano llamó a la Brigada Móvil de Montelusa para hablar
con la inspectora Ferrara. Era la hija de un compañero suyo de escuela que se
había casado muy joven; una chica simpática y divertida que, vete a saber por
qué, de vez en cuando intentaba seducirlo.
―¿Anna?
Te necesito.
―¡No
me digas!
―¿Tienes
alguna hora libre por la tarde?
―Me
la buscaré, comisario. Siempre a tu disposición, de día y de noche. A tus
órdenes o, si quieres, a tus deseos.
―Pues,
entonces, iré a recogerte a Montelusa, a tu casa, sobre las tres.
―Me
llenas de alegría.
―Ah,
por cierto, Anna, vístete de mujer.
―¿Tacones
muy altos y abertura en el muslo?
―Simplemente
quería decir que no te presentes de uniforme.
Al
segundo toque de claxon, Anna salió puntualísima del portal vestida con blusa y
falda. No hizo preguntas. Se limitó a besar a Montalbano en la mejilla. Sólo
cuando el vehículo enfiló el primero de los tres senderos que desde la
carretera provincial conducían al aprisco, sólo entonces habló.
―Si
me quieres follar, llévame a tu casa, aquí no me gusta.
En
el aprisco había dos o tres coches, pero era evidente que sus ocupantes no
pertenecían al ambiente nocturno de Gegè Gullotta. Eran estudiantes de ambos
sexos, parejas burguesas que no habían encontrado sitio mejor. Montalbano
recorrió el sendero hasta el final y, cuando las ruedas delanteras ya se
hundían en la arena, frenó. El tupido matorral junto al cual se había
descubierto el BMW se encontraba a la izquierda y no se podía alcanzar por
aquel camino.
―¿Es
allí donde lo han encontrado? ―preguntó Anna.
―Sí.
―¿Qué
buscas?
―Ni
yo mismo lo sé. Bajemos.
Se
encaminaron hacia los matorrales. Montalbano le rodeó el talle y la estrechó
contra él; ella apoyó la cabeza en su hombro sonriendo. Ahora comprendía por
qué la había invitado el comisario. Se trataba de una artimaña; yendo los dos
juntos, no pasaban de ser una pareja más de enamorados o de amantes que
buscaban la manera de aislarse en el aprisco. Eran seres anónimos y no
suscitarían la menor curiosidad.
«¡Qué
hijo de puta! ―pensó Anna―. Le importa una mierda lo que yo siento por él.»
Montalbano
se detuvo de espaldas al mar. El matorral se encontraba frente a ellos, a unos
cien metros de distancia en línea recta. No cabía la menor duda: el BMW había
llegado hasta allí no por los senderos sino desde la playa y, tras girar hacia
el matorral, se había detenido con el morro de cara a la vieja fábrica, es
decir, justo en posición contraria a la que necesariamente tenían que adoptar
los vehículos procedentes de la carretera provincial, pues no había el menor
espacio para maniobrar. Cualquiera que quisiera regresar a la carretera no
tenía más remedio que hacer marcha atrás en los senderos. Sin dejar de abrazar
a Anna, Montalbano recorrió otro trecho con la cabeza inclinada: no descubrió
huellas de neumáticos, el mar lo había borrado todo.
―Y
ahora ¿qué hacemos?
―Primero
llamaré a Fazio y después te acompañaré a casa.
―Comisario,
¿me permites que te diga una cosa con toda sinceridad?
―Pues
claro.
―Eres
un hijoputa.
Cuatro
¿Comisario?
Soy Pasquano. ¿Quiere explicarme, si no le importa, dónde demonios se había
metido? Llevo tres horas buscándolo y en la comisaría nadie sabía nada.
―¿La
ha tomado conmigo, doctor?
―¿Con
usted? ¡Con el universo entero!
―¿Qué
le ocurre?
―Me
han obligado a dar preferencia a Luparello, exactamente igual que cuando vivía.
Pero ¿es que hasta muerto tiene este hombre que pasar por delante de los demás?
¿Acaso piensan asignarle también un lugar de primera fila en el cementerio?
―¿Quería
decirme algo?
―Le
adelanto lo que le enviaré por escrito. Nada de nada, el pobre hombre murió por
causas naturales.
―¿O
sea?
―Pues
que, hablando en términos no científicos, le estalló literalmente el corazón.
Por lo demás, estaba bien, ¿sabe? Lo único que no le funcionaba era la bomba, y
es la que lo ha jodido, a pesar de los extraordinarios esfuerzos que habían
hecho por arreglársela.
―¿Había
alguna otra señal en el cuerpo?
―¿De
qué?
―Pues
no sé, equimosis, inyecciones.
―Ya
se lo he dicho: nada. No he nacido ayer, ¿comprende? Además, solicité, y me lo
concedieron, que en la autopsia estuviera presente mi colega Capuano, su médico
de cabecera.
―Se
ha curado usted en salud, ¿verdad, doctor?
―¿Cómo
dice?
―Una
chorrada, perdone. ¿Padecía alguna otra enfermedad?
―¿Por
qué vuelve otra vez a lo mismo? No tenía nada, sólo la tensión un poquito alta.
Se la controlaba con un diurético, tomaba una pastilla el jueves y otra el
domingo a primera hora de la mañana.
―O
sea que el domingo, cuando murió, la había tomado.
―¿Y
qué? ¿Qué coño insinúa? ¿Que le envenenaron la pastilla del diurético? ¿Se cree
usted que estamos todavía en la época de los Borgia? ¿O acaso ha empezado a
leer libros policíacos de saldo? Si lo hubieran envenenado, yo me habría dado
cuenta, ¿no cree?
―¿Había
cenado?
―No
había cenado.
―¿Puede
decirme a qué hora murió?
―Esa
pregunta me ataca los nervios. Se dejan ustedes sugestionar por las películas
americanas, en las que, cuando el policía pregunta a qué hora tuvo lugar el
delito, el forense le contesta que el asesino terminó su obra a las dieciocho
treinta y dos, segundo más segundo menos, treinta y seis días antes. Usted
también vio que el cadáver aún no estaba rígido, ¿no? Y también notó el
sofocante calor que hacía en el interior de aquel vehículo, ¿no?
―¿Entonces?
―Entonces
el pobrecillo se fue entre las diecinueve y las veintidós horas de la víspera
del día en que lo encontraron.
―¿Nada
más?
―Nada
más. Ah, se me olvidaba: el ingeniero la palmó, pero consiguió echar el polvo.
Se encontraron restos de esperma en sus partes bajas.
―¿Señor
jefe superior? Soy Montalbano. Quiero comunicarle que me acaba de llamar el
doctor Pasquano. Ya ha realizado la autopsia.
―No
gaste saliva, Montalbano. Lo sé todo. Sobre las dos de la tarde me ha llamado
Jacomuzzi, que estaba presente, y me ha facilitado la información. ¡Qué bonito!
―Perdone,
no le entiendo.
―Me
parece bonito que, en esta espléndida provincia nuestra, alguien decida morir
de muerte natural para dar buen ejemplo, ¿no cree? Con otras dos o tres muertes
como la del ingeniero, nos ponemos al mismo nivel que el resto de Italia. ¿Ha
hablado con Lo Bianco?
―Todavía
no.
―Hágalo
ahora mismo. Dígale que, por nuestra parte, ya no hay ningún problema. Pueden
celebrar el entierro cuando quieran, si el juez da el visto bueno. Oiga,
Montalbano, esta mañana he olvidado decírselo. Mi mujer se ha inventado una
receta fabulosa para los pulpitos. ¿Le iría bien el viernes por la noche?
―¿Montalbano?
Soy Lo Bianco. Quiero ponerle al corriente. A primera hora de la tarde he
recibido una llamada del doctor Jacomuzzi.
«¡Lástima
de carrera desaprovechada! ―pensó de inmediato Montalbano―. En otros tiempos,
Jacomuzzi hubiera sido un pregonero extraordinario, de esos que iban por ahí
tocando el tambor.»
―Me
ha comunicado que la autopsia no ha detectado nada anormal ―añadió el juez―. Y,
por consiguiente, he autorizado la inhumación del cadáver. ¿Tiene usted algo en
contra?
―Nada.
―Entonces,
¿puedo considerar el caso cerrado?
―¿Me
puede conceder dos días más de plazo?
Montalbano
oyó, materialmente, dispararse un timbre de alarma en la cabeza de su
interlocutor.
―¿Por
qué, Montalbano?, ¿qué ocurre?
―Nada,
señor juez, absolutamente nada.
―¿Pues
entonces, hombre de Dios? Le confieso, señor comisario, y no tengo ningún
reparo en hacerlo, que tanto yo como el jefe de la fiscalía, el gobernador
civil y el jefe superior de policía hemos sido objeto de fuertes presiones para
que el caso se cierre a la mayor brevedad posible. Nada ilegal, por supuesto.
Sólo son las consabidas peticiones de personas, familiares y amigos del
partido, que desean olvidar y hacer que se olvide cuanto antes esta desdichada
historia. Y con razón, creo yo.
―Lo
comprendo, señor juez. Pero yo no necesito más de dos días.
―Pero
¿por qué? ¡Déme una razón!
Encontró
una respuesta, una escapatoria. No podía explicarle al juez que su petición no
se basaba en nada o, mejor dicho, se basaba, no sabía ni cómo ni por qué, en la
sensación de que alguien que en aquellos momentos actuaba con más habilidad que
él lo estaba tomando por tonto.
―Si
de veras lo quiere saber, le diré que lo hago por el qué dirán. No quiero que
nadie haga correr la voz de que hemos archivado rápidamente el caso porque no
teníamos intención de llegar hasta el fondo del asunto. Mire, basta muy poco
para que tome cuerpo esta idea.
―Siendo
así, estoy de acuerdo. Le concedo estas cuarenta y ocho horas. Pero ni un
minuto más. Procure comprender la situación.
―¿Gegè?
¿Cómo estás, hermoso? Perdona que te despierte a las seis y media de la tarde.
―¡No
me jodas!
―Gegè,
¿te parece que ésas son maneras de hablarle a un representante de la ley, tú,
que, en presencia de la ley, lo único que puedes hacer es cagarte en los
pantalones? A propósito de joder, ¿es cierto que te estás tirando a un negro de
cuarenta?
―¿De
cuarenta qué?
―De
longitud de caña.
―No
seas cabrón. ¿Qué quieres?
―Hablar
contigo.
―¿Cuándo?
―Esta
tarde, a última hora. Dime tú la hora.
―Mejor
a las doce de la noche.
―¿Dónde?
―Donde
siempre, en Puntasecca.
―Beso
tu preciosa boquita, Gegè.
―¿Dottor
Montalbano? Escuche, soy el gobernador Squatrito. El juez Lo Bianco me acaba de
comunicar que usted ha pedido veinticuatro o cuarenta y ocho horas más, no
recuerdo muy bien, antes de cerrar el caso del pobre ingeniero. El doctor
Jacomuzzi, que ha tenido la amabilidad de mantenerme al tanto de los
acontecimientos, me ha hecho saber que la autopsia ha establecido de forma
inequívoca que Luparello falleció de muerte natural. A pesar de que está lejos
de mí la idea, ¿qué digo idea?, ni siquiera la mínima sombra de interferencia,
que por otra parte no tendría razón de ser, le quiero preguntar: ¿por qué esta
petición?
―Mi
petición, señor gobernador, como ya le he dicho al doctor Lo Bianco y le
reitero a usted, está dictada por un deseo de transparencia, con el fin de
cortar de raíz cualquier maliciosa insinuación sobre una posible intención de
la policía de no aclarar los entresijos del caso y de archivado sin realizar
las obligadas comprobaciones. Sólo eso.
El
gobernador se declaró satisfecho con la respuesta de Montalbano, quien había
elegido cuidadosamente dos verbos (aclarar y reiterar) y un sustantivo
(transparencia) que formaban parte desde siempre del léxico del gobernador.
―Soy
Anna, perdóname si te molesto.
―¿Por
qué hablas así? ¿Estás resfriada?
―No,
estoy en el despacho, en la Brigada Móvil, y no quiero que me oigan.
―Dime.
―Jacomuzzi
ha llamado a mi jefe y le ha dicho que tú aún no quieres cerrar el caso
Luparello. Mi jefe me ha dicho que eres un gilipollas, opinión que comparto y
que, por otra parte, he tenido ocasión de manifestarte hace unas horas.
―¿Para
eso llamas? Gracias por confirmármelo.
―Comisario,
tengo que decirte otra cosa de la que me he enterado poco después de haberte
dejado, al volver aquí.
―Estoy
con la mierda hasta el cuello, Anna. Mañana.
―No,
no hay tiempo que perder. Puede interesarte.
―Mira,
estaré ocupado hasta la una o una y media de la noche. Si puedes acercarte
ahora, me iría muy bien.
―Ahora
no puedo. Iré a tu casa a las dos.
―¿Esta
noche?
―Sí,
y si no has llegado, te espero.
―Hola,
cariño. Soy Livia. Siento llamarte al despacho, pero...
―Tú
me puedes llamar cuando y donde quieras. ¿Qué hay?
―Nada
importante. Acabo de leer en un periódico lo de la muerte de un político de tu
tierra. Es sólo una reseña. Dice que el comisario Salvo Montalbano está
llevando a cabo minuciosas investigaciones sobre las causas de la muerte.
―¿Y
qué?
―¿Esta
muerte te dará mucho la lata?
―No
demasiado.
―Entonces,
¿no hay cambios? ¿El sábado que viene vendrás a verme? ¿No me darás una
desagradable sorpresa?
―¿Cuál?
―La
avergonzada llamada, anunciándome que se ha producido un cambio sustancial en
las investigaciones y que, por consiguiente, tendré que esperar, pero que no
sabes hasta cuándo y que quizá sería mejor dejado para la próxima semana. Ya lo
has hecho, y más de una vez.
―No
te preocupes, esta vez no sucederá eso.
―¿Dottor
Montalbano? Soy el padre Arcangelo Baldovino, el secretario de su eminencia el
obispo.
―Encantado.
Dígame, padre.
―El
obispo ha recibido, y con cierto estupor, lo reconocemos, la noticia de que
usted considera oportuno prolongar las investigaciones acerca de la dolorosa y
desdichada desaparición del ingeniero Luparello. ¿La noticia se ajusta a la
verdad?
Montalbano
le confirmó que se ajustaba a la verdad y explicó por tercera vez el motivo de
su proceder. El padre Baldovino pareció convencido, pero suplicó al comisario
que se diera prisa «para impedir infames conjeturas y evitar a la familia una
ulterior tortura».
―¿Comisario
Montalbano? Soy el ingeniero Luparello.
«Pero
¿no te habías muerto, coño?»
La
broma estuvo a punto de escapársele, pero se contuvo a tiempo.
―Soy
el hijo ―añadió el otro con una voz extremadamente educada y cortés, sin la
menor inflexión dialectal―. Me llamo Stefano. Tengo que hacerle una petición
que quizá le parecerá insólita. Le llamo en nombre de mi madre.
―Si
puedo atenderla, delo por hecho.
―Mi
madre quisiera hablar con usted.
―¿Y
eso qué tiene de insólito, ingeniero? Yo mismo tenía intención de pedirle a la
señora que tuviera a bien recibirme cualquier día de éstos.
―El
caso es, señor comisario, que mamá quisiera hablar con usted mañana, como muy
tarde.
―Dios
mío, ingeniero, estos días no tengo ni un minuto, créame. Y supongo que ustedes
tampoco.
―Diez
minutos siempre se encuentran, no se preocupe. ¿Le parece bien mañana por la
tarde, a las cinco en punto?
―Montalbano,
ya sé que te he hecho esperar, pero estaba... en el retrete, en tu reino.
―Venga,
¿qué quieres?
―Quiero
darte una noticia muy grave. Me acaba de llamar el Papa desde el Vaticano,
cabreadísimo contigo.
―Pero
¡qué dices, hombre!
―Pues
sí, está furioso porque es la única persona del mundo que no ha recibido tu
informe sobre el resultado de la autopsia de Luparello. Se ha sentido
menospreciado, y me ha dado a entender que tiene intención de excomulgarte.
Estás jodido.
―Montalbano,
estás como una chota.
―¿Me
aclaras una cosa?
―Faltaría
más.
―¿Tú
le lames el culo a la gente por ambición o por naturaleza?
La
sinceridad de la respuesta del otro lo dejó asombrado.
―Por
naturaleza, creo.
―Oye,
¿habéis terminado ya de examinar la ropa que vestía el ingeniero? ¿Habéis
encontrado algo?
―Hemos
encontrado lo que era en cierto modo previsible. Restos de esperma en los
calzoncillos y en los pantalones.
―¿Y
en el coche?
―Aún
lo estamos examinando.
―Gracias.
Tenedme al corriente.
―¿Comisario?
Le llamo desde una cabina de la carretera provincial, cerca de la vieja
fábrica. He hecho lo que usted me había pedido.
―Dime,
Fazio.
―Tenía
usted toda la razón. El BMW de Luparello venía de Moritelusa y no de Vigàta.
―¿Estás
seguro?
―Por
la parte de Vigàta, la playa está cortada por unos bloques de cemento. No se
puede pasar; para hacerla, habría tenido que volar.
―¿Has
descubierto el recorrido que pudo hacer?
―Sí,
pero es una locura.
―Explícate
mejor. ¿Por qué?
―Porque,
a pesar de que desde Montelusa a Vigàta hay decenas y decenas de calles y
callejuelas que uno puede escoger para no llamar la atención, en determinado
punto, para poder llegar al aprisco, el coche del ingeniero no tuvo más remedio
que recorrer el cauce seco del Canneto.
―¿El
Canneto? ¡Pero si por allí no se puede pasar!
―Pues
yo lo he hecho y, por consiguiente, cualquiera puede haberlo hecho. Está
completamente seco. Lo malo es que me he cargado la suspensión del coche. Y,
como usted no ha querido que utilizara el vehículo de servicio, tendré que...
―Yo
te pago la reparación. ¿Algo más?
―Pues
sí. Justo al salir del cauce del Canneto para adentrarse en la arena, las
ruedas del BMW dejaron unas huellas. Si avisamos ahora mismo al doctor
Jacomuzzi, podríamos sacar el molde.
―Que
se joda Jacomuzzi.
―Como
usted mande. ¿Necesita algo más?
―No,
Fazio, ya puedes volver. Gracias.
Cinco
La
playita de Puntasecca, una franja de arena compacta al amparo de una colina de
marga blanca, estaba desierta a aquella hora. Cuando el comisario llegó, Gegè
ya lo esperaba apoyado en su automóvil, fumando un pitillo.
―Baja,
Salvù ―le dijo a Montalbano―, vamos a disfrutar un poco de este aire tan bueno.
Se
pasaron un rato fumando en silencio. Después, Gegè apagó el cigarrillo y dijo:
―Ya
sé lo que quieres preguntarme, Salvù. Me lo he preparado muy bien, puedes
hacerme las preguntas incluso salteadas.
Ambos
sonrieron ante la evocación de aquel recuerdo común. Se habían conocido en la
primina, pequeña escuela privada que precedía a la escuela primaria, y en la
que la maestra era la señorita Marianna, la hermana de Gegè, que le llevaba a
éste quince años. Salvo y Gegè eran unos estudiantes perezosos, que se
aprendían las lecciones como loros y las repetían como tales. Pero, a veces, la
maestra Marianna no se conformaba con aquellas letanías y les hacía preguntas
salteadas, es decir, sin seguir el orden natural de los datos, y entonces se
quedaban mudos, porque era necesario haber comprendido y haber establecido
nexos lógicos.
―¿Cómo
está tu hermana?
―La
he llevado a Barcelona, a una clínica especializada en los ojos. Por lo visto,
hacen milagros. Me han dicho que, por lo menos, podrá recuperar parte de la
visión del ojo derecho.
―Cuando
la veas, dale recuerdos de mi parte.
―Lo
haré sin falta. Como te decía, estoy preparado. Ya puedes disparar las
preguntas.
―¿A
cuántas personas administras en el aprisco?
―Veintiocho,
entre putas y chaperos de variada índole. Más Filippo di Cosmo y Manuele Lo
Piparo, que vigilan para que no se arme jaleo. Tú sabes bien que al más mínimo
problema estaría jodido.
―O
sea que mantienen los ojos muy abiertos.
―Claro.
¿Tú sabes el perjuicio que me podría suponer, qué sé yo, una pelea, un
navajazo, una sobredosis...?
―¿Te
sigues limitando a las drogas blandas?
―Por
supuesto. Hachís y, como máximo, cocaína. Pregunta, pregunta a los barrenderos
si por la mañana encuentran alguna jeringuilla, una sola.
―Te
creo.
―Y,
además, tengo siempre encima a Giambalva, el jefe de la Brigada de Buenas
Costumbres. Me soporta, dice, siempre y cuando no le cause quebraderos de
cabeza, y no le toque los cojones con algo gordo...
―Comprendo
a Giambalvo: teme verse obligado a cerrarte el aprisco. Perdería lo que tú le
sueltas bajo mano. ¿Qué le das, un sueldo mensual, un porcentaje fijo? ¿Cuánto
le das?
Gegè
esbozó una sonrisa.
―Pide
el traslado a la Brigada de Buenas Costumbres y lo sabrás. A mí me encantaría,
pues así le echaría una mano a un miserable como tú, que sólo vive de su sueldo
y anda por ahí con los fondillos del pantalón remendados.
―Gracias
por el cumplido. Y ahora háblame de aquella noche.
―Bueno,
pues debían de ser las diez o diez y media cuando Milly, que estaba trabajando,
vio los faros de un vehículo que se acercaba por la parte de Montelusa junto a
la orilla del mar y se dirigía a toda velocidad al aprisco. Y se asustó.
―¿Quién
es esta Milly?
―Se
llama Giuseppina La Volpe, nació en Mistretta y tiene treinta años. Es una
chica lista.
Sacó
del bolsillo una hoja doblada y se la entregó a Montalbano.
―Aquí
te he escrito los nombres y los apellidos verdaderos. También la dirección, por
si quieres hablar personalmente con ella.
―¿Por
qué dices que Milly se asustó?
―Porque
un coche no podía llegar por allí, a no ser que bajara por el Canneto, donde
uno se puede romper el coche y los cuernos. En un primer momento, pensó que se
trataba de una muestra del ingenio de Giambalvo, una redada sin previo aviso.
Pero enseguida llegó a la conclusión de que no podían ser los de Buenas
Costumbres, pues no se hace una redada con un solo vehículo. Entonces, le entró
aún más miedo, porque pensó que podían ser los de Monterosso, que me están
haciendo la vida imposible para quitarme el aprisco. Y temía que se produjera
un tiroteo. Preparada para escapar en cualquier momento, se puso a observar
fijamente el automóvil, y su cliente protestó. Tuvo tiempo, sin embargo, de ver
que el coche giraba, se dirigía a toda pastilla hacia el matorral hasta casi
empotrarse en él y se detenía.
―No
me dices nada nuevo, Gegè.
―El
hombre que había follado con Milly la dejó y se alejó marcha atrás en su coche
hasta alcanzar la carretera provincial. Milly se puso a esperar otro cliente,
paseando arriba y abajo. Luego llegó al lugar Carmen, con un enamorado que la
viene a ver todos los sábados y domingos, siempre a la misma hora, y se pasa
con ella las horas muertas. El verdadero nombre de Carmen figura en la hoja que
te he dado.
―¿Has
puesto también la dirección?
―Sí.
Antes de que el cliente apagara los faros, Carmen vio que los dos del BMW ya
estaban follando.
―¿Te
ha dicho exactamente lo que vio?
―Sí,
fue cuestión de unos segundos, pero lo vio. Quizá porque le llamó la atención,
pues coches de esa clase jamás se ven en el aprisco. Bueno, el caso es que la
mujer que ocupaba el asiento del conductor ―lo había olvidado, Milly dijo que
la mujer iba al volante― se giró, se colocó sobre las rodillas del hombre
sentado en el asiento del copiloto, le sobó un poco la parte de abajo con las
manos, que no se veían, y empezó a subir y bajar. ¿O es que ya has olvidado
cómo se folla?
―No
creo. Pero haremos la prueba. Cuando acabes de contármelo todo, te bajas los
pantalones, apoyas tus preciosas manitas en el capó y te colocas con el culo al
aire. Si me olvido de algo, me lo recuerdas. Anda, sigue y no me hagas perder
el tiempo.
―Al
terminar, la mujer abrió la portezuela, bajó, se alisó la falda y cerró la
puerta del coche. El hombre, en lugar de ponerlo en marcha y largarse, se quedó
donde estaba, con la cabeza echada hacia atrás. La mujer pasó casi rozando el
coche de Carmen y, justo en aquel momento, los faros de otro automóvil la
iluminaron de lleno. Era una mujer muy guapa, rubia, elegante. Llevaba en la
mano izquierda un bolso bandolera. Se dirigió hacia la vieja fábrica.
―¿Algo
más?
―Sí.
Manuele, que estaba haciendo una ronda de control, la vio salir del aprisco y
encaminarse hacia la carretera provincial. Al ver, por su forma de vestir, que
no era del aprisco, dio la vuelta para seguirla, pero un automóvil la recogió.
―Espera
un momento, Gege. ¿Manuele la vio de pie con el pulgar levantado, esperando que
alguien la recogiera?
―Pero,
Salvù, ¿cómo lo haces? Eres un auténtico lince.
―¿Por
qué?
―Porque
es justo este detalle lo que mosqueó a Manuele. Es decir, que él no vio que la
mujer hiciera ninguna señal y, sin embargo, un coche se paró. Manuele tuvo la
sensación de que el coche, que circulaba a toda velocidad, tenía incluso la
puerta abierta cuando frenó para que ella subiera. A Manuele ni se le pasó por
la cabeza anotar el número de la matrícula, no había ningún motivo.
―Ya.
Y del hombre del BMW, de Luparello, ¿me puedes decir algo?
―Poco.
Llevaba gafas y una chaqueta que no se quitó en ningún momento, a pesar del
polvo que estaba echando y del calor que hacía. Pero hay un detalle en la
versión de Milly que no coincide con la de Carmen. Milly dice que, cuando llegó
el vehículo, le pareció que el hombre llevaba una corbata o un pañuelo negro
alrededor del cuello, y Carmen dice que, cuando ella lo vio, el hombre llevaba
la camisa desabrochada y nada más. De todos modos, me parece un detalle sin
importancia porque el ingeniero se pudo quitar la corbata mientras follaba.
Quizá le molestaba.
―¿La
corbata sí y la chaqueta no? No es un detalle sin importancia, Gegè, porque en
el interior del coche no se encontró ninguna corbata ni ningún pañuelo.
―Eso
no significa nada. Se pudo caer en la arena cuando bajó la mujer.
―Los
hombres de Jacomuzzi rastrearon la zona y no encontraron nada.
Ambos
guardaron silencio en actitud pensativa.
―Puede
que lo que vio Milly tenga una explicación ―dijo de pronto Gegè―. No se trataba
ni de una corbata ni de un pañuelo. El hombre no se había desabrochado el
cinturón de seguridad (venían de recorrer el cauce del Canneto, con la de
piedras que hay por allí...) y se lo desabrochó cuando la mujer se le subió
encima de las piernas, porque entonces sí que le habría molestado.
―Puede
ser.
―Salvù,
te he dicho todo lo que he averiguado sobre este asunto. Y te lo estoy diciendo
por mi propio interés. Porque a mí no me ha hecho gracia que un pez gordo como
Luparello haya venido a palmarla al aprisco. Ahora, los ojos de todo el mundo
están clavados en este lugar, y cuanto antes termines la investigación, mejor.
A los dos días, la gente se olvidará, y todos volveremos a trabajar tranquilos.
¿Puedo irme? A esta hora, en el aprisco estamos muy atareados.
―Espera.
¿Tú qué opinas de lo ocurrido?
―¿
Yo? Tú sí que eres un lince. De todas maneras, para complacerte, te diré que el
asunto me huele mal. Supongamos que la mujer fuera una puta forastera de altos
vuelos. ¿Quién puede creer que Luparello no supiera adónde llevarla?
―Gegè,
¿tú sabes lo que es la perversión?
―¿Y
me lo preguntas a mí? Te podría contar cosas que te harían vomitar sobre mis
zapatos. Ya sé lo que quieres decir, que esos dos se fueron al aprisco porque
el lugar les resultaba más excitante. ¿Sabes que un día se presentó un juez con
su escolta?
―¿De
verdad? ¿Quién era?
―Te
puedo decir el nombre, se trataba del juez Cosentino. La víspera del día en que
lo mandaron a su casa de una patada en el trasero, se presentó en el aprisco
con un automóvil de su escolta, eligió un travesti y se lo tiró.
―¿Y
el escolta?
―Se
fue a dar un largo paseo por la orilla del mar. Pero volvamos a nuestro asunto:
Cosentino sabía que estaba jodido y se quiso dar el gusto. Pero ¿qué interés
podía tener el ingeniero en hacerlo? No era un hombre aficionado a estas cosas.
Le gustaban las mujeres, todo el mundo lo sabe, pero con prudencia y
discreción. ¿Y quién es esa mujer, capaz de inducirlo a arriesgar todo lo que
era y representaba sólo por un polvo? No me convence, Salvù.
―Sigue.
―Y,
en el caso de que la mujer no fuera una puta, me huele todavía peor. Jamás
hubieran venido al aprisco. Y, además, el coche lo conducía la mujer, eso
seguro. Aparte del hecho de que nadie en su sano juicio le confiaría a una puta
un coche que vale lo que vale, la mujer debía de ser de alivio. Primero, no
tiene ningún problema en bajar por el Canneto, y, después, cuando el ingeniero
se le muere entre los muslos, se levanta como si tal cosa, baja del coche, se
arregla, cierra la portezuela y listo. ¿Te parece normal?
―No,
no me parece normal.
De
repente, Gegè soltó una carcajada y encendió el mechero.
―¿Qué
te pasa?
―Ven
aquí, maricón. Acerca la cara.
El
comisario obedeció, Gegè le iluminó los ojos y apagó el mechero.
―Sí,
creo que lo entiendo. Los pensamientos que se te han ocurrido a ti, un
representante de la ley, son exactamente los mismos que se me han ocurrido a
mí, un delincuente. Y tú sólo querías comprobar si coincidían, ¿verdad, Salvù?
―Has
dado en el clavo.
―Contigo
es difícil que me equivoque. Anda, vete.
―Gracias
―dijo Montalbano.
El
comisario se fue primero, pero poco después su amigo le alcanzó y le hizo señas
para que aminorara la marcha.
―¿Qué
quieres?
―No
sé dónde tengo la cabeza, te lo quería haber dicho antes. ¿Sabes que estabas
muy mono en el aprisco cogido de la manita de la inspectora Ferrara?
Dicho
lo cual, Gegè aceleró, interponiendo una distancia prudencial entre su vehículo
y el del comisario, mientras levantaba el brazo para saludarlo.
Al
volver a casa, Montalbano anotó algunos detalles que Gegè le había facilitado,
pero enseguida le entró sueño. Echó un vistazo al reloj, vio que ya era más de
la una, y se fue a dormir. Lo despertó el insistente sonido del timbre de la
puerta principal. Sus ojos se dirigieron hacia el despertador y vio que eran
las dos y cuarto. Se levantó con gran esfuerzo, pues en las primeras fases del
sueño sus reflejos siempre eran muy lentos.
―¿Quién
coño será a estas horas?
En
calzoncillos, tal como estaba, fue a abrir.
―Hola
―dijo Anna.
Lo
había olvidado por completo. La chica le había dicho que iría a su casa a
aquella hora. Anna lo miró de arriba abajo.
―Veo
que llevas el atuendo apropiado ―dijo, entrando.
―Dime
lo que tengas que decirme y lárgate a casa. Estoy muerto de cansancio.
Sinceramente
molesto por aquella invasión, Montalbano se dirigió a su dormitorio, se puso
unos pantalones y una camisa y regresó al comedor. Anna no estaba. Se
encontraba en la cocina, había abierto el frigorífico y ya le estaba hincando
el diente a un bocadillo de jamón.
―Tengo
un hambre que no veas.
―Habla
mientras comes.
Montalbano
colocó la cafetera sobre el quemador de la cocina de gas.
―¿Te
haces un café a estas horas? ¿Y después puedes volver a dormirte?
―Anna,
por favor.
Montalbano
no conseguía ser amable.
―Está
bien. Esta tarde, después de vernos, he sabido por un compañero, que a su vez
ha sido informado por un confidente, que desde ayer por la mañana un tipo ha
estado visitando a todos los joyeros, compradores ilegales y casas de empeños,
tanto clandestinas como legales, para advertirles de que lo avisen en caso de
que se presente alguien para vender o empeñar una joya determinada. Se trata de
un collar con una cadena de oro macizo y un colgante en forma de corazón
cuajado de brillantes. Como uno de esos que se compran en los almacenes Standa
por diez mil liras, sólo que auténtico.
―¿Y
cómo lo tienen que avisar, con una llamada telefónica?
―No
te lo tomes a broma. A cada uno les ha dicho que hagan una señal distinta:
colocar en la ventana un trozo de tela de color verde, pegar en el portal un
trozo de periódico y cosas por el estilo. Muy listo. De esta manera, él ve sin
ser visto.
―De
acuerdo, pero ¿a mí qué...?
―Déjame
terminar. Por su manera de hablar y actuar, sus interlocutores han comprendido
que era mejor hacer lo que él les decía. Después, hemos averiguado que,
simultáneamente, otras personas han realizado un recorrido por las siete
iglesias de los pueblos de la provincia, incluido Vigàta. O sea, que el que ha
perdido el collar lo quiere recuperar.
―No
veo nada de malo en ello. Pero ¿por qué razón, a tu juicio, este asunto debería
interesarme a mí?
―Porque
el hombre le ha dicho a un comprador ilegal de Montelusa que es posible que el
collar se perdiera en el aprisco durante la noche del domingo al lunes. ¿Te
interesa ahora el asunto?
―Hasta
cierto punto.
―Ya
lo sé, puede ser sólo una coincidencia y no tener nada que ver con la muerte de
Luparello.
―De
todos modos, te lo agradezco. Y ahora vuelve a casa, que ya es tarde.
El
café ya estaba listo; Montalbano se llenó una taza y, naturalmente, Anna
aprovechó la ocasión.
―¿Y
yo qué?
Armándose
de paciencia, el comisario llenó otra taza y se la ofreció. Anna le gustaba,
pero ¿es que no se daba cuenta de que él tenía otra mujer?
―No
―dijo de repente Anna, dejando el café. ―No, ¿qué?
―No
quiero volver a casa. ¿Tanto te molesta que esta noche me quede aquí, contigo?
―Pues
sí, me molesta.
―Pero
¿por qué?
―Soy
demasiado amigo de tu padre. Tendría la sensación de que lo estoy traicionando.
―¡Menuda
charrada!
―Será
una charrada, pero es así. Y, además, olvidas que estoy enamorado, y muy en
serio, de otra mujer.
―Que
no está.
―No
está, pero es como si estuviera. No seas boba y no digas tonterías. Has tenido
mala suerte, Anna, has tropezado con un hombre honrado. Lo siento. Perdóname.
* *
*
No
conseguía conciliar el sueño. Anna había acertado al advertirle de que el café
lo desvelaría. Pero había otra cosa que lo ponía nervioso: si aquel collar se
había perdido en el aprisco, lo más probable era que Gegè hubiera sido
informado. Pero Gegè se había guardado mucho de decírselo, y seguro que no lo
había hecho porque lo considerara un dato insignificante.
Seis
A
las cinco y media de la mañana, tras haberse pasado toda la noche levantándose
y volviéndose a acostar, Montalbano decidió forjar un plan para hacerle pagar a
Gegè su silencio sobre el collar extraviado y el cachondeo acerca de su visita
al aprisco. Se dio una larga ducha, se bebió tres cafés seguidos y se dirigió
en su automóvil al Rabato, el barrio más antiguo de Montelusa, que había
quedado destruido treinta años atrás a causa de un desprendimiento de tierras.
Entre sus ruinas, en destartaladas casuchas medio derruidas, vivían inmigrantes
clandestinos, tunecinos y marroquíes. Montalbano se dirigió a través de
estrechos y tortuosos callejones a la plaza Santa Croce, donde una iglesia se
elevaba intacta entre las ruinas. Sacó del bolsillo la hoja de papel que le
había entregado Gegè: Carmen, tunecina cuyo verdadero nombre era Fatma ben
Gallud, vivía en el número 48. Se trataba de una miserable habitación situada
en la planta baja. En la puerta había un ventanuco abierto para que circulara
el aire. Llamó y no contestó nadie. Volvió a llamar más fuerte y esta vez una
adormilada voz preguntó:
―¿Quién
es?
―Policía
―disparó Montalbano.
Había
decidido actuar con contundencia, sorprendiéndola en el aturdimiento de un
repentino despertar. Además, Fatma, por su trabajo en el aprisco, debía de
haber dormido mucho menos que él. Se abrió la puerta y la mujer apareció
envuelta en una gran toalla de baño que sujetaba con una mano a la altura del
pecho.
―¿Qué
quieres?
―Hablar
contigo.
La
chica se apartó a un lado. En la mísera estancia había una cama de matrimonio
medio deshecha, una mesita con dos sillas y un hornillo de gas; una cortina de
plástico separaba el lavabo y la taza del excusado del resto de la estancia.
Todo estaba en perfecto orden y brillaba como un espejo, pero el olor de la
mujer y del barato perfume que usaba casi le cortaba a uno la respiración.
―Déjame
ver tu permiso de residencia.
Como
por efecto del miedo, la mujer soltó la toalla y se tapó los ojos con las
manos. Largas piernas, fina cintura, vientre liso, senos altos y compactos, una
real hembra como las que se veían en los anuncios de la televisión. Tras un
instante, la inmóvil espera de Fatma le hizo comprender a Montalbano que no se
trataba de miedo, sino de un intento de llegar al más obvio y habitual de los
arreglos entre hombre y mujer.
―Vístete.
Había
un alambre tendido de uno a otro extremo de la habitación. Fatma se acercó a él
con sus anchos hombros, su espalda perfecta y sus pequeñas y redondas nalgas.
«Con
este cuerpo ―pensó Montalbano―, por la de situaciones que habrá tenido que
pasar.»
Se
imaginó la cautelosa cola en ciertos despachos, delante de la puerta cerrada,
al otro lado de la cual Fatma esperaba para ganarse la «tolerancia de las
autoridades», como a veces él había tenido ocasión de leer, una tolerancia, en
efecto, de casa de tolerancia. Fatma se puso un vestido ligero de algodón sobre
el cuerpo desnudo y permaneció de pie delante de Montalbano.
―Bueno
¿y dónde está la documentación?
La
mujer negó con la cabeza y rompió silenciosamente a llorar.
―No
tengas miedo ―le dijo el comisario.
―Yo
no miedo. Yo mucha mala suerte.
―¿Por
qué?
―Porque,
si tú esperar unos días, yo no estar aquí.
―¿Adónde
querías ir?
―Hay
un señor de Fela, querer a mí, yo gustar a él, domingo dijo casar conmigo. Yo
creo a él.
―¿El
que te viene a ver todos los sábados y domingos?
Fatma
abrió unos ojos como platos.
―¿Cómo
tú saber? ―Rompió nuevamente a llorar―o Pero ahora todo terminado.
―Dime
una cosa. ¿Gegè deja que te vayas con este señor de Fela?
―Señor
hablado con señor Gege, señor paga.
―Mira,
Fatma, hazte cuenta de que no he venido. Sólo quiero preguntarte una cosa y, si
me dices la verdad, doy media vuelta, me voy y puedes volver a la cama.
―¿Qué
quieres saber?
―¿Te
han preguntado en el aprisco si habías encontrado una cosa?
Los
ojos de la mujer se iluminaron.
―¡Oh,
sí! Vino señor Filippo, el hombre de señor Gegè. Dijo a todos nosotros si
encontrábamos collar de oro con corazón de brillantes, dar enseguida a él. Si
no encontrar, buscar.
―¿Y
sabes si alguien lo ha encontrado?
―No.
También esta noche todas buscar.
―Gracias
―dijo Montalbano, encaminándose hacia la puerta. Una vez en el umbral, se
detuvo y se volvió a mirar a Fatma―. Enhorabuena.
De
esta manera, Montalbano se la había devuelto a Gegè, pues había conseguido
averiguar lo que aquél le había ocultado. Y, de lo que Fatma acababa de
decirle, el comisario extrajo una lógica consecuencia.
Llegó
a la comisaría a las siete en punto. El agente que estaba de guardia lo miró,
preocupado.
―¿Le
ocurre algo, dottore?
―Nada
―lo tranquilizó Montalbano―. Simplemente me he levantado temprano.
Había
comprado los dos periódicos de la isla y empezó a leerlos. El primero de ellos
anunciaba con todo lujo de detalles los solemnes funerales que el obispo
celebraría al día siguiente en la catedral por el descanso eterno de Luparello.
Dada la previsible afluencia de personalidades que acudirían para dar el pésame
y rendir el último homenaje al difunto, se adoptarían medidas de seguridad
extraordinarias. Se iba a contar con la presencia de dos ministros, cuatro
subsecretarios, dieciocho diputados y senadores y una caterva de diputados
regionales. De ahí la necesidad de recurrir a agentes de la policía,
carabineros, agentes de la Policía Judicial y de la guardia urbana, sin contar
los guardaespaldas personales y otros de carácter todavía más personal, acerca
de los cuales el periódico no decía nada, formados por gente indudablemente
relacionada con el orden público pero desde el otro lado de la ley. El segundo
periódico repetía más o menos lo mismo, añadiendo que la capilla ardiente se
había instalado en el vestíbulo de la residencia de los Luparello, y que una
interminable cola de personas esperaba para expresar su gratitud por todo lo
que el difunto, cuando todavía estaba vivo, claro, había hecho por ellas con
imparcial diligencia.
Entretanto,
ya había llegado el sargento Fazio, con quien Montalbano se pasó un buen rato
comentando algunas investigaciones pendientes. De Montelusa no se recibió
ninguna llamada. Al mediodía, el comisario abrió una carpeta que contenía la
declaración de los basureros acerca del descubrimiento del cadáver. Copió sus
direcciones, saludó al sargento y a los agentes y dijo que se dejaría caer por
allí por la tarde.
Si
los hombres de Gegè habían hablado con las putas por la cuestión del collar, lo
más seguro era que también hubieran intercambiado unas palabras con los
basureros.
Bajada
de Gravet, 28, una casa de tres pisos con portero automático. Contestó la voz
de una mujer madura.
―Soy
un amigo de Pino.
―Mi
hijo no está.
―Pero
¿no ha terminado en la Splendor?
―Ha
terminado, pero se ha ido a otro sitio.
―¿Me
puede abrir, señora? Sólo quiero dejarle un sobre. ¿Qué piso es?
―El
último.
Una
digna pobreza, dos habitaciones, una cocina en la que se podía estar y el
retrete. Se podía calcular con precisión la superficie nada más entrar. La
señora, una mujer de cincuenta años humildemente vestida, lo acompañó.
―La
habitación de Pino está por aquí.
Una
pequeña estancia llena de libros y revistas, y una mesita de jugar a las cartas
bajo la ventana.
―¿Adónde
ha ido Pino?
―A
Raccadali, está probando un papel de Martoglio, ése que habla de San Juan
Decapitado. A mi hijo le gusta hacer teatro.
Montalbano
se acercó a la mesita. Pino debía de estar escribiendo una pieza teatral, pues
en una hoja de papel había anotado una serie de frases. Sin embargo, al ver un
nombre, el comisario experimentó una sacudida.
―Señora,
¿sería tan amable de darme un vaso de agua?
En
cuanto la mujer se retiró, Montalbano dobló la hoja de papel y se la guardó en
el bolsillo.
―El
sobre ―le recordó la mujer, que acababa de regresar y le estaba ofreciendo el
vaso de agua.
Montalbano
realizó una interpretación que, de haber estado presente, Pino habría admirado
sin la menor duda: rebuscó en los bolsillos de los pantalones y, después, con
más prisa, en los de la chaqueta. Puso cara de asombro y, finalmente, se dio
una fuerte palmada en la frente.
―¡Seré
imbécil! ¡Me he dejado el sobre en el despacho! Sólo cinco minutos, señora, voy
por él y vuelvo enseguida.
Subió
al coche, sacó la hoja de papel que acababa de robar y lo que leyó en ella lo
enfureció. Puso el motor en marcha y se fue. Via Lincoln, 102. En su
declaración, Saro había indicado incluso la puerta. El comisario calculó que el
arquitecto técnico debía de vivir en el sexto piso. El portal estaba abierto,
pero el ascensor no funcionaba. Subió a pie los seis pisos, pero tuvo la
satisfacción de comprobar que había acertado en sus cálculos: una reluciente
placa decía «BALDASSARE MONT APERTO». Le abrió una joven menuda con un niño en
brazos cuyos ojos miraban con expresión inquieta.
―¿Está
Saro?
―Ha
ido a la farmacia a comprarle las medicinas a nuestro hijo, pero vuelve
enseguida.
―¿Por
qué, está enfermo?
Sin
contestar, la mujer extendió el brazo para enseñárselo. El chiquillo estaba
enfermo, vaya si lo estaba: tez amarillenta, mejillas hundidas, grandes ojos de
adulto que lo miraban con irritación. Montalbano se compadeció de él. No
soportaba ver sufrir a los niños.
―¿Qué
le ocurre?
―Los
médicos no lo saben explicar. ¿Pero quién es usted?
―Me
llamo Virduzzo y trabajo como contable en la Splendor.
―Pase.
La
mujer ya estaba más tranquila. El apartamento estaba muy desordenado, y era
evidente que el hecho de tener que permanecer siempre al lado del pequeño le
impedía dedicarse a las tareas domésticas.
―¿Qué
quiere de Saro?
―Me
parece que me he equivocado en las cuentas de la última paga y le he dado de
menos, y quisiera ver su sobre.
―Si
es por eso no hace falta que espere a Saro. ―Dijo la mujer―. Yo puedo enseñarle
el sobre. Acompáñeme.
Montalbano
la siguió. Ya se había inventado otro pretexto para aguardar la llegada del
marido. El dormitorio olía mal, como a leche agria. La mujer trató de abrir el
cajón superior de una cómoda, pero no podía, pues sujetaba al chiquillo con un
brazo y sólo tenía una mano libre.
―Si
me permite, yo la ayudo ―dijo Montalbano. La mujer se apartó, el comisario
abrió el cajón y vio que estaba lleno de papeles, cuentas, recetas médicas y
recibos.
―¿Dónde
están los sobres de la paga?
Justo
en aquel momento, entró Saro en el dormitorio. No lo habían oído llegar, pues
la puerta del apartamento estaba abierta. Al ver a Montalbano rebuscando en el
cajón pensó por un instante que el comisario estaba registrando la casa en
busca del collar. Palideció intensamente, se puso a temblar y se apoyó en la
jamba de la puerta.
―¿Qué
desea? ―preguntó con gran esfuerzo. Aterrorizada por el visible pánico de su
marido, la mujer habló antes de que Montalbano tuviera tiempo de contestar.
―¡Es
el contable Virduzzo! ―dijo casi a gritos.
―¿Virduzzo?
¡Éste es el comisario Montalbano!
La
mujer se tambaleó. Montalbano se apresuró a sujetarla y, temiendo que el
pequeño acabara con su madre en el suelo, la ayudó a sentarse en la cama. A
continuación, el comisario habló, y las palabras le salieron de la boca sin
intervención del cerebro, un fenómeno que le había ocurrido otras veces y que,
en cierta ocasión, un ingenioso periodista había llamado «el rayo de intuición
que de vez en cuando fulmina a nuestro policía».
―¿Dónde
tenéis guardado el collar?
Saro
se movió con rigidez para contrarrestar el efecto de las piernas que se le
habían quedado tan blandas como el requesón, y se acercó a su mesilla de noche;
abrió el cajón, sacó un paquetito envuelto en papel de periódico y lo arrojó
sobre la cama. Montalbano lo cogió, se fue a la cocina, se sentó y deshizo el
paquete. Era una joya vulgar, pero al mismo tiempo muy fina: vulgar por el
diseño y fina por la factura y la talla de los brillantes que llevaba
engarzados. Entretanto, Saro lo había seguido hasta la cocina.
―¿Cuándo
lo encontraste?
―El
lunes a primera hora, en el aprisco.
―¿Se
lo dijiste a alguien?
―No,
sólo a mi mujer.
―¿Vino
alguien a preguntarte si lo habías encontrado?
―Sí.
Filippo di Cosmo, un hombre de Gegè Gullotta.
―¿Y
tú qué le dijiste?
―Que
no.
―¿Te
creyó?
―Sí,
creo que sí. Y entonces él me dijo que, si por casualidad lo encontraba, que no
se me ocurriera hacer el gilipollas y que se lo diera a él, porque el asunto
era muy delicado.
―¿Te
prometió algo?
―Sí.
Molerme a palos en caso de que lo encontrara y me lo quedara, y cincuenta mil
liras en caso de que lo encontrara y se lo diera.
―¿Qué
pensabas hacer con el collar?
―Lo
quería empeñar. Tana y yo lo habíamos decidido así.
―¿No
queríais venderlo?
―No,
no era nuestro, lo considerábamos un préstamo y no queríamos aprovecharnos.
―Nosotros...
somos gente honrada ―terció la mujer, que acababa de entrar, enjugándose las
lágrimas de los ojos.
―¿Y
qué queríais hacer con el dinero?
―Lo
hubiéramos gastado en el tratamiento de nuestro hijo. Lo llevaríamos a Roma, a
Milán o a cualquier sitio donde hubiera médicos que pudieran decirnos lo que
tiene.
Los
tres permanecieron un rato en silencio. Después, Montalbano le pidió a la mujer
dos hojas de papel, y ésta las arrancó del cuaderno que utilizaba para anotar
los gastos de la compra. El comisario alargó una de las dos hojas a Saro.
―Hazme
un dibujo e indícame el punto exacto donde encontraste el collar. Eres
arquitecto técnico, ¿no?
Mientras
Saro hacía el dibujo, Montalbano escribió en la otra hoja:
«El
que suscribe, Salvo Montalbano, comisario de la Comisaría de las Fuerzas de
Seguridad de Vigàta (provincia de Montelusa), declaro haber recibido en el día
de hoy de manos del señor Baldassare Montaperto, llamado Saro, un collar de oro
macizo con un colgante en forma de corazón, también de oro macizo y con
incrustaciones de brillantes, encontrado por él en las inmediaciones del barrio
llamado el aprisco, en el transcurso de su actividad como agente ecológico. Doy
fe.»
Firmó,
pero lo pensó un poco antes de poner la fecha a pie de página. Después tomó una
decisión y escribió:
«Vigàta,
9 de septiembre de 1993.»
Entretanto,
Saro también había terminado. Ambos se intercambiaron las hojas.
―Perfecto
―dijo el comisario, estudiando el detallado dibujo.
―Aquí,
en cambio, la fecha está equivocada ―observó Saro―. El nueve era el lunes
pasado. Hoy estamos a once.
―No
hay nada equivocado. Tú me llevaste el collar a la comisaría el mismo día que
lo encontraste. Lo guardabas en el bolsillo cuando te presentaste en la
comisaría para comunicarme el descubrimiento del cuerpo de Luparello, pero me
lo diste después porque no querías que te viera tu compañero de trabajo. ¿Está
claro?
―Si
usía lo dice...
―Guarda
con mucho cuidado este recibo.
―¿Y
ahora qué va a hacer, me lo detiene? ―preguntó la mujer.
―¿Por
qué, ha hecho algo malo? ―contestó Montalbano, levantándose.
Siete
En
la hostería San Calogero lo respetaban no tanto porque fuera el comisario como
porque era un buen cliente, de los que saben apreciar las cosas. Le sirvieron
salmonetes de roca fresquísimos, fritos hasta quedar crujientes y dejados un
rato sobre papel de estraza para que soltaran el exceso de aceite. Después del
café y de un largo paseo por el muelle de levante, regresó a su despacho y, en
cuanto lo vio, Fazio se levantó de su escritorio.
―Dottore,
hay alguien que le espera.
―¿Quién
es?
―Pino
Catalana, ¿lo recuerda? Uno de los dos basureros que encontraron el cuerpo de
Luparello.
―Hazlo
pasar enseguida a mi despacho. Comprendió de inmediato que el muchacho estaba
nervioso y en tensión.
―Siéntate.
Pino
apoyó el trasero justo en el borde de la silla.
―¿Puedo
saber por qué ha ido usted a mi casa y ha montado ese numerito? No tengo nada
que esconder.
―Lo
he hecho simplemente para no asustar a tu madre. Si le hubiera dicho que era
comisario, igual le daba un ataque.
―En
tal caso, se lo agradezco.
―¿Cómo
has sabido que era yo quien te buscaba?
―He
llamado a mi madre para preguntarle cómo estaba, pues cuando he salido de casa
le dolía la cabeza, y me ha dicho que se había presentado en casa un hombre que
venía a entregarme un sobre, pero que se lo había olvidado y se había ido de
nuevo a buscarlo, y que ya no le había vuelto a ver el pelo. He sentido
curiosidad, y le he pedido a mi madre que me describiera al hombre. Le aconsejo
que, cuando quiera hacerse pasar por otro, se borre el lunar que tiene bajo el
ojo izquierdo. ¿Qué quiere de mí?
―Hacerte
una pregunta. ¿Vino alguien al aprisco para saber si por casualidad habías
encontrado un collar?
―Sí,
uno que usted conoce, Filippo di Cosmo.
―¿Y
tú qué le dijiste?
―Le
dije la verdad, que no.
―¿Y
él?
―Él
me dijo que, si lo encontraba, me daría cincuenta mil liras; pero que, si lo
encontraba y no se lo hacía saber, sería mucho peor para mí. Lo mismo que le
dijo a Saro. Pero Saro tampoco lo había encontrado.
―¿Has
pasado por tu casa antes de venir aquí?
―No,
señor, he venido directamente.
―¿Tú
escribes cosas de teatro?
―No,
señor, pero me gusta actuar de vez en cuando.
―Pues
entonces ¿esto qué es?
Montalbano
le mostró la hoja que había cogido de la mesita. Sin inmutarse, Pino la
contempló sonriendo.
―No,
eso no es una escena de teatro, eso es...
Enmudeció,
turbado. Acababa de darse cuenta de que, si aquello no era el diálogo de una
comedia, tendría que decir lo que era en realidad, y la cosa no resultaba nada
fácil.
―Te
voy a echar una mano ―dijo el comisario―. Ésta es la transcripción de una
llamada telefónica que uno de vosotros le hizo al abogado Rizzo inmediatamente
después de haber descubierto el cadáver de Luparello y antes de presentaros en
la comisaría para comunicar el hallazgo. ¿Es así?
―Sí,
señor.
―¿Quién
llamó?
―Yo.
Pero Saro estaba a mi lado y me oía.
―¿Por
qué lo hicisteis?
―Porque
el ingeniero era una persona importante, una autoridad. Y decidimos avisar al
abogado. Mejor dicho, antes queríamos llamar al honorable Cusumano.
―¿Por
qué no lo hicisteis?
―Porque
Cusumano, una vez muerto Luparello, es como aquel que, en un terremoto, pierde
no sólo la casa sino también el dinero que guardaba bajo una baldosa.
―Explícame
mejor por qué avisasteis a Rizzo.
―Porque
quizá todavía se podía hacer algo.
―¿Qué?
Pino
no contestó. Sudaba y se humedecía los labios con la lengua.
―Voy
a echarte otra mano. Has dicho que porque quizá todavía se podía hacer algo.
¿Algo como apartar el coche del aprisco y hacer que el muerto apareciera en
otro lugar? ¿Eso es lo que vosotros pensabais que Rizzo os pediría que
hicierais?
―Sí,
señor.
―¿Y
habríais estado dispuestos a hacerlo?
―¡Claro!
¡Le llamamos precisamente por eso!
―¿Qué
esperabais a cambio?
―Que
nos ofreciera otro trabajo. Que nos hiciera ganar un concurso de arquitectos
técnicos, nos buscara un empleo mejor y nos apartara de este oficio de
basureros pestilentes. Señor comisario, usted lo sabe mejor que yo, cuando uno
no tiene el viento a favor, no navega.
―Explícame
lo más importante: ¿por qué has transcrito aquel diálogo? ¿Acaso lo querías
utilizar para chantajearlo?
―¿Cómo?
¿Con las palabras? Las palabras se las lleva el viento.
―Entonces,
¿por qué?
―Si
quiere creerme, créame; si no, paciencia. Transcribí la conversación porque la
quería estudiar; como hombre de teatro, había algo que no pegaba.
―No
te entiendo.
―Supongamos
que esto que hay aquí escrito se tuviera que representar, ¿de acuerdo? Entonces
yo, el personaje Pino, llamo a primera hora de la mañana al personaje Rizzo
para decirle que he encontrado muerta a una persona, de quien él es secretario,
fiel amigo y compañero político. Más que un hermano. Y el personaje Rizzo se
queda tan fresco como una lechuga; no se altera, no pregunta dónde lo hemos
encontrado ni cómo ha muerto, si le han pegado un tiro o si ha sido un
accidente de tráfico. Nada de nada, tan sólo pregunta por qué le contamos los
hechos precisamente a él. ¿Le parece normal?
―No.
Sigue.
―Quiero
decir que no se sorprende. Es más, trata de establecer distancias entre el
muerto y él, como si entre ellos sólo hubiera habido una relación de pasada. E
inmediatamente nos dice que vayamos a cumplir con nuestro deber, o sea, a
avisar a la policía, y cuelga. No, señor comisario, desde un punto de vista
teatral es absurdo, el público se echaría a reír, no funciona.
Montalbano
despidió a Pino y se quedó con la hoja de papel. Cuando el basurero se hubo
retirado, volvió a leerla.
Vaya
si funcionaba. Funcionaría de maravilla en caso de que, en la hipotética
representación teatral ―que, en realidad, de hipotética tenía muy poco―, Rizzo,
antes de recibir la llamada, ya supiera dónde y cómo había muerto Luparello y
le urgiera que el cadáver fuera descubierto cuanto antes.
* *
*
Jacomuzzi
miró atónito a Montalbano. Iba vestido de punta en blanco, con un traje azul
oscuro, camisa blanca, corbata color burdeos y relucientes zapatos negros.
―¡Jesús!
¿Es que te vas a casar?
―¿Habéis
terminado ya con el coche de Luparello? ¿Qué habéis encontrado?
―Dentro
nada importante. Pero...
―…
tenía la suspensión estropeada.
―¿Cómo
lo sabes?
―Bueno,
me lo ha dicho un pajarito. Mira, Jacomuzzi.
Sacó
el collar de su bolso de mano y lo arrojó sobre la mesa. Jacomuzzi lo cogió, lo
examinó cuidadosamente e hizo un gesto de asombro.
―¡Pero
esto es auténtico! ¡Vale decenas y decenas de millones de liras! ¿Lo habían
robado?
―No,
alguien lo encontró en el suelo, en el aprisco, y me lo entregó.
―¿En
el aprisco? ¿Y quién es la puta que se puede permitir el lujo de tener una joya
como ésta? ¿Bromeas acaso?
―Tendrías
que examinarlo, fotografiarlo, hacerle, en suma, los trabajitos que sueles
hacer. Entrégame los resultados cuanto antes.
Sonó
el teléfono. Jacomuzzi contestó y le pasó el aparato a su colega.
―¿Sí?
―Soy
Fazio, dottore, vuelva enseguida al pueblo. Se ha armado un jaleo que no vea.
―Dime
qué ocurre.
―El
maestro Contino se ha puesto a disparar contra la gente.
―¿Cómo
que a disparar?
―A
disparar, tal como suena. Ha hecho un par de disparos desde la terraza de su
casa contra los que estaban sentados en el bar de abajo, y vociferaba algo que
nadie ha entendido. A mí me ha disparado también cuando entraba en el portal de
su casa para ver qué ocurría.
―¿Ha
matado a alguien?
―No.
Sólo ha rozado el brazo de un tal De Francesco.
―Muy
bien, voy enseguida.
Mientras
recorría a mil por hora los diez kilómetros que lo separaban de Vigàta,
Montalbano pensó en el maestro Contino, a quien conocía muy bien y con quien
compartía un secreto. Dos o tres veces por semana, el comisario se permitía el
lujo de dar un largo paseo por el muelle de levante hasta el faro. Pero, antes,
solía pasarse por la tienda de Anselmo Greco, un cuchitril que desentonaba en
aquella calle llena de tiendas de ropa y bares de relucientes espejos. Greco,
aparte de insólitos objetos ―como figuras de terracota y oxidadas pesas de
balanzas ochocentistas―, vendía garbanzos, frutos secos tostados y pepitas de
calabaza saladas. Montalbano le pedía un cucurucho y se iba. Seis meses atrás,
durante uno de estos paseos, llegó hasta la punta, justo a los pies del faro.
Cuando ya se disponía a dar media vuelta para regresar, vio abajo, sentado en
un bloque de cemento del rompeolas, a un hombre de cierta edad que permanecía
inmóvil, con la cabeza gacha, sin preocuparse por las salpicaduras del
embravecido mar que lo estaban dejando empapado. Miró mejor para comprobar que
el hombre sostenía un sedal entre sus manos, pero no, no estaba pescando, no
hacía nada. De pronto, el hombre se levantó, se santiguó rápidamente y se
balanceó sobre las puntas de los pies.
―¡Quieto!
―gritó Montalbano.
El
hombre experimentó un sobresalto, pues creía que estaba solo. Montalbano pegó
dos brincos y lo alcanzó; lo agarró por las solapas de la chaqueta, lo levantó
en vilo y lo empujó a lugar seguro.
―Pero
¿qué iba a hacer? ¿Matarse?
―Sí.
―¿Y
eso por qué?
―Porque
mi mujer me pone los cuernos.
Montalbano
se lo esperaba todo menos aquella respuesta. El hombre pasaba con toda
seguridad de los ochenta.
―¿Qué
edad tiene su mujer?
―Pongamos
que ochenta. Yo he cumplido ochenta y dos.
Un
diálogo absurdo en una situación igualmente absurda. El comisario no tuvo
ánimos para seguir.
Cogió
al hombre del brazo y 10 obligó a regresar al pueblo. Justo en aquel momento,
como si la situación no fuera suficientemente delirante, el hombre se presentó.
―¿Permite?
Soy Giosue Cantina. He sido maestro de primaria. ¿Y usted quién es? Siempre y
cuando me lo quiera decir, naturalmente.
―Me
llamo Salvo Montalbano y soy el comisario de las fuerzas del orden de Vigàta.
―¿Ah,
sí? Pues mire, me viene usted que ni pintado. Dígale a la muy puta de mi mujer
que no me ponga los cuernos con Agatino De Francesco porque, de lo contrario,
el día menos pensado yo hago un disparate.
―¿Y
quién es ese tal De Francesco?
―Antes
trabajaba de cartero. Es más joven que yo, tiene setenta y seis años, y su
pensión es una vez y media más grande que la mía.
―¿Está
usted seguro de que eso que dice no son simples sospechas?
―Son
verdades como puños. Tan ciertas como el Evangelio. Todas las tardes, después
de comer, tanto si llueve como si luce el sol, De Francesco va a tomarse un
café al bar que se encuentra justo debajo de mi casa.
―¿Y
qué?
―¿Usted
cuánto tarda en tomarse un café?
Por
un instante, Montalbano se dejó llevar por la sosegada locura del viejo
maestro.
―Depende.
Si estoy de pie...
―¿Cómo
que de pie? ¡Sentado!
―Pues,
depende de si me he citado con alguien y tengo que esperar, o de si simplemente
quiero pasar el rato.
―No,
queridísimo amigo, éste se sienta allí sólo para mirar a mi mujer, que también
lo mira a él, y no pierden ocasión de hacerlo.
Entretanto,
ya habían llegado al pueblo.
―¿Dónde
vive, señor maestro?
―Al
final del paseo, en la plaza Dante.
―Vamos
por la calle de atrás, será mejor.
Montalbano
no quería que el viejo empapado de agua y temblando de frío llamara la atención
y suscitara preguntas entre los vigateses.
―¿Quiere
usted subir? ¿No le apetece un café? ―preguntó el maestro, sacando del bolsillo
las llaves del portal.
―No,
gracias. Cámbiese de ropa, señor maestro, y séquese bien.
Aquella
misma tarde mandó llamar a De Francesco, el ex cartero, un viejecito antipático
y menudo que reaccionó airadamente y con voz chillona a los consejos del
comisario.
―¡Yo
el café me lo tomo donde me sale de las narices! ¿Qué pasa? ¿Es que acaso está
prohibido ir al bar que está debajo de la casa de este arteriosclerótico de
Contino? Me sorprende que usted, que debería representar la ley, me venga con
estas historias.
* *
*
―Todo
ha terminado ―le dijo el guardia urbano que mantenía apartados a los mirones
del portal de la plaza Dante. Delante de la puerta del apartamento, el sargento
Fazio extendió los brazos. Las habitaciones estaban impecablemente ordenadas y
limpias como los chorros del oro. El maestro Contino yacía sentado en un
sillón, con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón. El revólver
estaba en el suelo al lado del sillón, un antiquísimo Smith and Wesson de cinco
disparos que debía de pertenecer por lo menos a la época de Buffalo Bill y que,
por desgracia, seguía funcionando. La mujer, por su parte, estaba tendida en la
cama, también con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón y un
rosario en las manos. Parecía que había estado rezando antes de permitir que el
marido la matara. Una vez más, Montalbano pensó en el jefe superior de policía,
que esta vez tenía razón: allí la muerte había encontrado su dignidad.
Nervioso
y huraño, dictó al sargento las disposiciones necesarias y lo dejó allí a la
espera del juez. Además de una repentina tristeza, experimentaba un leve
remordimiento: ¿y si hubiera actuado con más prudencia con el maestro, si
hubiera avisado a su debido tiempo a los amigos de Contino, a su médico?
* *
*
Dio
un largo paseo por el puerto y por el muelle de levante, su preferido, y, ya
más tranquilo, regresó al despacho. Encontró a Fazio fuera de sí.
―¿Qué
hay, qué ha ocurrido? ¿No ha llegado todavía el juez?
―Sí,
ha llegado y ya se han llevado los cadáveres.
―Pues
entonces, ¿qué te pasa?
―Me
pasa que, mientras medio pueblo contemplaba al maestro Contino pegando tiros,
unos cabrones han aprovechado para limpiar dos apartamentos de arriba abajo. Ya
he mandado a cuatro de los nuestros. Le estaba esperando para ir yo también.
―Anda,
vete. Ya me quedo yo aquí.
Decidió
que había llegado el momento de poner toda la carne en el asador; la trampa que
le rondaba por la cabeza tenía que dar necesariamente resultado.
―Jacomuzzi?
―¡Pero
bueno! ¿A qué vienen tantas prisas! Aún no me han dicho nada de tu collar. Es
muy pronto todavía.
―Sé
muy bien que aún no puedes estar en condiciones de decirme nada, me doy
perfecta cuenta.
―Pues
entonces, ¿qué quieres?
―Pedirte
la máxima discreción. La historia del collar no es tan sencilla como parece y
puede conducir a desenlaces imprevisibles.
―¡Me
ofendes! ¡ Si tú me dices que no hable de una cosa, yo no se lo digo ni a Dios!
* *
*
―¿Ingeniero
Luparello? Siento muchísimo no haber podido ir hoy a su casa. Créame que me ha
sido del todo imposible. Le ruego que presente mis disculpas a su madre.
―Espere
un momento, comisario. Montalbano esperó pacientemente.
―¿Comisario?
Mamá dice que, si le va bien, mañana a la misma hora.
Le
iba bien, y lo confirmó.
Ocho
Regresó
a casa muy cansado y con intención de acostarse enseguida, pero casi
mecánicamente, pues era una especie de tic, encendió el televisor. El
presentador de Televigata, tras haber comentado el acontecimiento del día ―un
tiroteo entre mafiosos de poca monta en las afueras de Milán―, anunció que en
Montelusa se había reunido la secretaría provincial del partido al que
pertenecía (o, mejor dicho, había pertenecido) el ingeniero Luparello. Una
reunión extraordinaria que en tiempos menos revueltos que los presentes, y por
obligado respeto al difunto, se hubiera celebrado por lo menos pasados treinta
días de la desaparición. Pero, tal como estaban las cosas, las turbulencias de
la situación política exigían decisiones rápidas y brillantes. Así pues, habían
elegido por unanimidad como secretario provincial al doctor Angelo Cardamone,
jefe del servicio de traumatología del hospital de Montelusa, un hombre que a
menudo había chocado con Luparello en el seno del partido, pero siempre con
valentía y lealtad, a cara descubierta. Este contraste de pareceres, añadía el
presentador, se podía resumir en los siguientes términos: mientras que el
ingeniero era partidario del mantenimiento del cuatripartito, pero con la
entrada de fuerzas vírgenes no desgastadas por la política (léase: todavía no
alcanzadas por escándalos de corrupción), el traumatólogo se mostraba
partidario de un diálogo con la izquierda, cauto y prudente, por supuesto. El
cargo electo había recibido telegramas y llamadas de felicitación, incluso
desde la oposición. En la entrevista que le habían hecho, Cardamone se había
mostrado emocionado, pero decidido; había declarado que se esforzaría al máximo
para no desmerecer la confianza que habían depositado en él ni la sagrada
memoria de su predecesor, y había terminado diciendo que entregaría al renovado
partido «su diligente trabajo y su ciencia».
―Menos
mal que la entregará al partido ―no pudo por menos que comentar Montalbano,
siendo así que la ciencia de Cardamone, quirúrgicamente hablando, había
producido en la provincia un número de lisiados muy superior al que generalmente
deja tras de sí un violento terremoto.
Las
palabras que inmediatamente después añadió el presentador hicieron levantar las
orejas al comisario. Para que el doctor Cardamone pudiera seguir en línea recta
su camino, sin renegar de los principios y de los hombres que representaban lo
mejor de la actividad política del difunto ingeniero, los miembros de la
secretaría habían rogado al abogado Pietro Rizzo, heredero espiritual de
Luparello, que prestara todo su apoyo al nuevo secretario. Tras unas
comprensibles reticencias suscitadas por los onerosos deberes que el inesperado
cargo entrañaría, Rizzo se había dejado convencer y había aceptado. En la
entrevista que Televigata le dedicaba, el abogado declaraba, también muy
emocionado, que había tenido que echarse sobre los hombros aquella pesada carga
por fidelidad a la memoria de su maestro y amigo, cuyo santo y seña siempre
había sido el mismo: servir. Montalbano se quedó atónito: pero ¿cómo? ¿El nuevo
secretario tragaba con la presencia oficial del que había sido el más fiel
colaborador de su principal adversario? Sin embargo, la sorpresa duró muy poco,
pues el comisario, tras una breve reflexión, comprendió que su sorpresa era un
tanto ingenua: aquel partido se había distinguido siempre por su innata
vocación al compromiso y a las soluciones intermedias. Cabía la posibilidad de
que Cardamone no tuviera todavía los hombros lo bastante anchos para actuar en
solitario y necesitara de un puntal.
Cambió
de canal. En Retelibera, la voz de la oposición de la izquierda, estaba Nicolò
Zito, el comentarista más escuchado, que explicaba de qué manera ―zara zabara,
tal como se decía en dialecto, o mutalis mutandis, como se decía en latín― las
cosas de la isla, y en particular de la provincia de Montelusa, jamás
cambiaban, ni siquiera cuando el barómetro indicaba temporal. Citó, y le vino
como anillo al dedo, la frase del Príncipe de Salinas, «cambiado todo para no
cambiar nada», y llegó a la conclusión de que tanto Luparello como Cardamone
eran las dos caras de la misma moneda, y que la aleación de aquella moneda no
era otra que el abogado Rizzo.
Montalbano
corrió al teléfono, marcó el número de Retelibera y preguntó por Zito. Entre él
y el periodista había cierta simpatía, casi amistad.
―¿Qué
quieres, comisario?
―Verte.
―Querido
amigo, mañana me vaya Palermo y estaré ausente por lo menos una semana. ¿Te
parece que vaya a verte dentro de media hora? Prepárame algo de comer, me muero
de hambre.
Un
plato de pasta con ajo y aceite se podía improvisar sin ningún problema. Abrió
el frigorífico, y vio que Adelina le había preparado un generoso plato de
gambas hervidas, suficiente para cuatro personas. Adelina era la madre de dos
presos, el menor de los cuales había sido detenido por el propio Montalbano
tres años atrás y aún estaba en la cárcel.
El
pasado mes de julio, Livia, que había viajado a Vigàta para pasar dos semanas
con él, se había asustado al oír aquel relato.
―Pero
¿estás loco? ¡Ésta, el día menos pensado, se venga y te envenena la sopa!
―¿De
qué quieres que se vengue?
―¡Detuviste
a su hijo!
―¿Acaso
tengo yo la culpa? Adelina sabe muy bien que la culpa no es mía sino de su
hijo, que fue tonto y se dejó atrapar. Yo actué con lealtad al detenerlo, no
recurrí ni a trampas ni a subterfugios. Fue todo legal.
―A
mí me importa un bledo vuestra rebuscada manera de pensar. A ésta la tienes que
echar.
―Si
la echo, ¿quién me arregla la casa, me lava, me plancha y me prepara la comida?
―¡Ya
encontrarás otra!
―En
eso te equivocas: tan buena como Adelina no hay ninguna.
Estaba
a punto de poner el agua a calentar, cuando sonó el teléfono.
―Quisiera
que me tragara la tierra por haberme visto obligado a despertarlo a estas
horas, comisario ―fue la frase inicial.
―No
dormía. ¿Con quién hablo?
―Soy
Pietro Rizzo, el abogado.
―Ah,
abogado. Mi enhorabuena.
―¿Por
qué? Si es por el honor que mi partido me acaba de hacer, más bien me tendría
que dar el pésame. Créame que he aceptado sólo por la fidelidad que siempre me
unirá a los ideales del pobre ingeniero. Pero volviendo al motivo de mi
llamada: tengo que hablar con usted, señor comisario.
―¿Ahora?
―Ahora
no, claro, pero piense en la impostergabilidad del asunto.
―Mañana,
tal vez, pero se celebran los funerales, ¿no es así? Y supongo que usted estará
muy ocupado.
―¡Ya
se puede imaginar! Incluso por la tarde. Seguramente algunos de los asistentes
importantes se quedarán.
―¿Cuándo
entonces?
―Mire,
pensándolo mejor, podríamos vemos mañana por la mañana, pero muy pronto. ¿Usted
a qué hora suele acudir a su despacho?
―Sobre
las ocho.
―A
las ocho me iría muy bien. De todos modos, será cuestión de unos minutos.
―Oiga,
señor abogado, ya que usted mañana no dispondrá de mucho tiempo, ¿me puede
adelantar de qué se trata?
―¿Por
teléfono?
―Un
pequeño resumen.
―Bien.
Ha llegado a mi conocimiento, aunque no sé hasta qué punto es cierto, que
alguien le ha entregado a usted un objeto que se encontró de manera casual en
el suelo. Y yo he recibido el encargo de recuperarlo.
Montalbano
tapó el teléfono con una mano y soltó un auténtico relincha de caballo, una
sonora carcajada. Había colocado el cebo del collar en el anzuelo de Jacomuzzi,
y la trampa había funcionado a la perfección, permitiéndole atrapar al pez más
gordo que jamás hubiera podido soñar. ¿Cómo se las arreglaba Jacomuzzi para que
todos se enteraran de aquello de lo que no todos se tenían que enterar? ¿Echaba
mano del rayo láser, de la telepatía, de las prácticas mágicas del chamanismo?
Oyó los gritos del abogado.
―¿Oiga?
¿Oiga? ¡No se oye nada! ¿Se ha cortado la comunicación?
―No,
perdone, se me había caído el lápiz al suelo y lo estaba recogiendo. Hasta
mañana a las ocho.
En
cuanto oyó el timbre de la puerta, echó la pasta en el agua hirviendo, y fue a
abrir.
―¿Qué
me has preparado? ―preguntó Zito nada más entrar.
―Pasta
rehogada con aceite y ajo, y gambas con ajo y limón.
―Estupendo.
―Ven
a la cocina y échame una mano. Y mientras, te hago la primera pregunta: ¿sabes
decir «impostergabilidad»?
―Pero
¿es que te has vuelto loco? ¿Me haces venir desde Montelusa a Vigàta para
preguntarme si sé decir una palabreja? En cualquier caso, no hay problema. Es
facilísimo.
Lo
intentó tres o cuatro veces, cada vez con más tesón, pero no lo consiguió. Cada
vez se trabucaba más.
―Hay
que ser hábil, muy hábil ―dijo el comisario, pensando en Rizzo, y no se refería
exclusivamente a la habilidad del abogado para pronunciar complicados
trabalenguas.
Comieron
hablando de comida, como suele ocurrir. Zito, tras haber recordado unas gambas
de ensueño que había saboreado diez años atrás en Fiacca, criticó el grado de
cocción y lamentó que no hubiera ni el más mínimo indicio de perejil.
―¿Cómo
es que en Retelibera os habéis vuelto todos ingleses? ―soltó Montalbano sin
previo aviso, mientras bebían un blanco excelente que su padre había
descubierto por la parte de Randazzo. Sólo hacía una semana que le había
llevado seis botellas, un pretexto para estar un rato juntos.
―¿Ingleses,
en qué sentido?
―En
el sentido de que os habéis guardado mucho de poner de vuelta y media a
Luparello, como habéis hecho sin dudar en otras ocasiones. O sea, que el
ingeniero muere de un infarto en una especie de burdel al aire libre, entre
putas, rufianes y maricas, con los pantalones bajados en una situación
decididamente obscena, y vosotros, en lugar de aprovechar la ocasión, corréis
un piadoso velo sobre la manera en que ha muerto.
―No
tenemos por costumbre aprovecharnos ―dijo Zito.
Montalbano
se echó a reír.
―¿Me
haces un favor, Nicolò? ¿Os queréis ir a la mierda tú y toda Retelibera?
Zito
también se rió.
―Bueno,
la verdad es que ha ocurrido lo siguiente. A las pocas horas del descubrimiento
del cadáver, el abogado Rizzo se presentó en casa del barón Filo di Baucina, el
barón rojo ―millonario, pero comunista―, y le suplicó de rodillas que
Retelibera no comentara las circunstancias de la muerte. Apeló al sentido de la
caballerosidad que, por lo visto, tenían los antepasados del barón. Como sabes,
el barón es propietario del ochenta por ciento de nuestra emisora.
Eso
es todo.
―Eso
es todo, una mierda. Y tú, Nicolò Zito, que te has ganado el aprecio de los
adversarios por decir siempre lo que tienes que decir, ¿le contestas «sí,
señor» al barón y te inclinas?
―¿De
qué color tengo el pelo? ―preguntó Zito, en lugar de responder.
―Pelirrojo.
―Montalbano,
yo soy rojo por dentro y por fuera. Pertenezco al grupo de los comunistas malos
y rencorosos, una especie en vías de extinción. Lo he aceptado con el
convencimiento de que la persona que nos pedía que pasáramos por alto las
circunstancias de la muerte del pobre desgraciado, para no manchar su memoria,
lo quería mal y no bien, como trataba de aparentar.
―No
lo entiendo.
―Yo
te lo explico, inocente. Si tú quieres que un escándalo se olvide rápidamente,
no tienes más que hablar todo lo que puedas de él en la radio y en la
televisión. Venga y venga, dale que te pego; al poco tiempo, la gente empieza a
cansarse: «¡Pero, bueno, ya está bien! ¿Por qué no lo dejan de una vez?» En
cuestión de quince días, el efecto saturación hace que ya nadie quiera oír
hablar del escándalo. ¿Lo entiendes?
―Creo
que sí.
―Si,
por el contrario, lo envuelves todo en el silencio, éste empieza a hablar,
multiplica las voces incontroladas que no paran de crecer. ¿Quieres que te
ponga un ejemplo? ¿Sabes cuántas llamadas hemos recibido en la redacción a
propósito precisamente de nuestro silencio? Centenares. ¿Es verdad que el
ingeniero se tiraba a dos mujeres a la vez en el coche? ¿Es cierto que al
ingeniero le gustaba hacer de bocadillo y, mientras él follaba con una puta, un
negro le trabajaba el trasero? Y la última, de esta noche: ¿es verdad que
Luparello regalaba joyas fabulosas a sus putas? Dicen que han encontrado una en
el aprisco. Por cierto, ¿tú sabes algo de esta historia?
―¿Yo?
No, debe de ser un simple rumor―mintió descaradamente el comisario.
―¿Lo
ves? Estoy seguro de que, dentro de unos meses, habrá algún cabrón que vendrá a
preguntarme si es verdad que el ingeniero se tiraba a niños de cuatro años y
después se los comía rellenos de castañas. Su denigración será eterna y
adquirirá proporciones legendarias. Y ahora, espero que hayas comprendido por
qué le he contestado que sí a la persona que me ha pedido que lo ocultara.
―¿Y
cuál es la postura de Cardamone?
―Cualquiera
sabe. Su elección ha sido muy rara, porque resulta que todos los hombres de la
secretaría provincial eran de Luparello, exceptuando dos, que son de Cardamone,
y estaban allí por pura fachada, para demostrar que son todos muy demócratas.
Estaba claro que el nuevo secretario podía y debía ser un seguidor del
ingeniero. Pero, en su lugar, se produce un golpe de efecto: se levanta Rizzo y
propone a Cardamone. Los demás miembros del clan se quedan pasmados, pero no se
atreven a oponerse. Si Rizzo lo propone, quiere decir que debajo hay algún
peligro, y conviene seguir el camino que ha trazado el abogado. Votan a favor.
Llaman a Cardamone, y éste, tras aceptar el cargo, decide contar con la ayuda
de Rizzo, para gran decepción de los dos representantes que tenía en la
secretaría. Pero yo a Cardamone lo entiendo muy bien: mejor atraerlo, habrá
pensado, que dejado suelto por ahí como una mina errante.
Después
Zito empezó a contarle a Montalbano el tema de una novela que tenía intención
de escribir y les dieron las cuatro.
Mientras
examinaba el estado de salud de una planta que le había regalado Livia y que
tenía en el alféizar de la ventana de su despacho, Montalbano vio acercarse un
automóvil oficial de color azul, con teléfono, chófer y un guardaespaldas, que
bajó en primer lugar para abrirle la puerta a un hombre bajito y calvo, vestido
con un traje del mismo color que el del coche.
―Ahí
fuera hay alguien que quiere hablar conmigo, hazlo pasar enseguida ―le dijo al
guardia de la puerta.
Cuando
entró Rizzo, el comisario observó que llevaba en la parte superior de la manga
izquierda un brazalete negro de un palmo de ancho: el abogado ya se había
puesto de luto para asistir al funeral.
―¿Qué
puedo hacer para que me perdone?
―¿Por
qué?
―Por
haberlo molestado de noche y en su casa.
―Pero
usted me dijo que la cuestión era impos...
―Impostergable,
en efecto.
¡Pero
qué hábil era el abogado Pietro Rizzo!
―Voy
al grano. La noche del domingo pasado, una pareja de jóvenes, por otra parte
respetabilísimos, tras haber bebido un poquito más de la cuenta, se entrega a
una desmadrada extravagancia. La mujer convence al marido para que la lleve al
aprisco. Siente curiosidad por aquel lugar y por lo que allí ocurre. Una
curiosidad reprobable, estoy de acuerdo, pero nada más. La pareja llega a los
confines del aprisco y la mujer baja. Pero casi inmediatamente, molesta por las
vulgares proposiciones que se le hacen, vuelve a subir al automóvil y se van.
Al llegar a casa, se da cuenta de que ha perdido un valioso objeto que llevaba
colgado alrededor del cuello.
―Qué
casualidad tan extraña ―dijo Montalbano casi hablando solo.
―¿Cómo
dice?
―Estaba
reflexionando sobre el hecho de que, casi a la misma hora y en el mismo lugar,
moría el ingeniero Luparello.
El
abogado Rizzo no se inmutó y puso una cara muy sena.
―Yo
también lo he pensado, ¿sabe? Bromas del destino.
―¿El
objeto del que usted me habla es un collar de oro macizo con un corazón
incrustado de piedras preciosas?
―Ése
es. Y ahora yo le pido que lo devuelva a sus propietarios con la misma
discreción de que hizo gala en ocasión del hallazgo de mi pobre ingeniero.
―Tendrá
que perdonarme ―dijo el comisario―, pero no tengo ni la más mínima idea de lo
que hay que hacer en un caso como éste. De todos modos, supongo que todo habría
sido distinto si se hubiera presentado la propietaria.
―¡Pero
yo tengo poderes legales!
―Ah,
¿sí? Enséñeme el documento.
―No
hay problema, señor comisario. Como usted comprenderá, antes de revelar el
nombre de mis clientes, quería asegurarme de que se trataba del mismo objeto
que ellos estaban buscando.
Se
metió una mano en el bolsillo, sacó una hoja de papel y se la entregó a
Montalbano. El comisario la leyó con atención.
―¿Quién
es Giacomo Cardamone, el que firma el otorgamiento de poderes?
―Es
el hijo del profesor Cardamone, nuestro nuevo secretario provincial.
Montalbano
decidió que había llegado el momento de repetir el teatro.
―¡Pero
qué raro! ―exclamó en un susurro, adoptando un aire de profunda meditación.
―Perdone,
¿cómo dice?
―Estaba
pensando que en esta historia el destino, como dice usted, se está pasando un
poco de la raya con sus bromas.
―Disculpe,
pero ¿en qué sentido?
―En
el sentido de que el hijo del nuevo secretario político se encuentra a la misma
hora y en el mismo lugar en el que muere el antiguo secretario. ¿No le parece
curioso?
―Pues,
ahora que usted lo dice, sí. Pero descarto categóricamente que pueda haber la
más mínima relación entre ambos hechos.
―Yo
también lo descarto ―dijo Montalbano, y añadió―: No entiendo la firma que
figura al lado de la de Cardamone.
―Es
la firma de su mujer, una sueca. Una mujer de comportamiento un poco licencioso
que no sabe adaptarse a nuestras costumbres.
―A
su juicio, ¿cuánto puede valer la joya?
―Yo
de eso no entiendo. Los propietarios me han dicho que sobre los ochenta
millones de liras.
―Pues
entonces, vamos a hacer una cosa. Luego llamaré a mi compañero Jacomuzzi, que
es el que la tiene, y le pediré que me la envíe. Mañana por la mañana se la
haré llegar a su estudio por medio de uno de mis agentes.
―La
verdad es que no sé cómo darle las gracias...
Montalbano
lo interrumpió.
―Y
usted le entregará a mi agente un recibo en toda regla.
―¡Por
supuesto que sí!
―Y
un cheque por valor de diez millones, me he permitido redondear el valor del
collar, que sería el porcentaje que le corresponde a la persona que encuentra
objetos de valor o dinero.
Rizzo
encajó el golpe casi con elegancia.
―Me
parece muy justo. ¿A nombre de quién lo tengo que extender?
―De
Baldassare Montaperto, uno de los dos basureros que encontraron el cuerpo del
ingeniero.
El
abogado tomó cuidadosamente nota del nombre.
Nueve
Aún
no había terminado Rizzo de cerrar la puerta, cuando Montalbano empezó a marcar
el número del domicilio particular de Nicolò Zito. Lo que acababa de decirle el
abogado le había puesto en marcha un mecanismo mental que exteriormente se
traducía en un desmedido afán de entrar en acción. Le contestó la mujer de
Zito.
―Mi
marido acaba de salir, se va a Palermo. ―De golpe, una recelosa pregunta―: Pero
¿no estuvo con usted anoche?
―Sí
que estuvo conmigo, señora, pero esta mañana he recordado un detalle
importante.
―Espere,
a lo mejor consigo alcanzado, voy a llamarlo por el interfono.
Poco
después, Montalbano oyó primero la jadeante respiración y después la voz de su
amigo.
―Pero
¿qué quieres ahora? ¿No tienes bastante con lo de anoche?
―Necesito
una información.
―Si
es breve...
―Lo
quiero saber todo, pero todo, incluso los chismorreas más raros, acerca de
Giacomo Cardamone y de su mujer, que, al parecer, es sueca.
―¿Cómo
que al parecer? ¡Una vara de un metro ochenta, con unas piernas y unas tetas
que no veas! Si quieres saberlo todo, lo que se dice todo, hace falta un tiempo
del que yo no dispongo. Mira, vamos a hacer una cosa: yo me voy, durante el
viaje lo pienso y, en cuanto llegue, te envío un fax.
―¿Y
adónde lo envías? ¿A la comisaría? Pero si aquí todavía estamos con el tam―tam
y las señales de humo.
―Pues
entonces lo envío a mi redacción de Montelusa. Puedes pasarte por allí hoy
mismo a la hora del almuerzo.
Necesitaba
moverse un poco, así que salió de su despacho y entró en el cuarto de los
sargentos.
―¿Cómo
está Tortorella?
Fazio
contempló el escritorio vacío de su compañero.
―Ayer
fui a verlo. Por lo visto, sale el lunes del hospital.
―¿Tú
sabes cómo se entra en la vieja fábrica?
―Cuando
construyeron el muro después del cierre, pusieron una puerta de hierro, tan
pequeña que hay que agacharse para entrar.
―¿Quién
tiene la llave?
―No
lo sé, pero me puedo enterar.
―No
sólo te vas a enterar, sino que mañana por la mañana me la traes.
Volvió
a su despacho y llamó a Jacomuzzi. Éste, después de hacerla esperar, decidió
contestar.
―¿Qué
tienes, diarrea?
―Vamos,
Montalbano, ¿qué quieres?
―¿Qué
encontraste en el collar?
―¿Qué
quieres que encontrara? Nada. Bueno, sí, huellas digitales, pero había tantas y
tan confusas que no se podían descifrar. ¿Qué hago con él?
―Me
lo mandas hoy mismo. Hoy mismo, ¿está claro?
Desde
el despacho de al lado le llegó la alterada voz de Fazio.
―Pero
bueno, ¿nadie sabe a quién pertenecía esta Sicilchim? ¡Tiene que haber un
gerente, un administrador! ―En cuanto vio aparecer a Montalbano, el sargento
añadió―: Por lo visto, es más fácil conseguir las llaves de san Pedro.
El
comisario le dijo que salía y que estaría de vuelta en dos horas, como máximo.
A su regreso quería ver la llave encima de su escritorio.
En
cuanto lo vio en el umbral, la mujer de Montaperto palideció y se llevó la mano
al corazón.
―¡Oh,
Señor! ¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado?
―Nada
por lo que usted tenga que preocuparse. Es más, le traigo buenas noticias,
puede creerme. ¿Está su marido en casa?
―Sí,
señor, hoy ha terminado muy pronto. La mujer lo hizo pasar a la cocina y fue a
llamar a Saro, que se había tendido en el dormitorio al lado de su hijo y
trataba de conseguir que cerrara los ojos, aunque sólo fuera un ratito.
―Sentaos
―dijo el comisario― y escuchadme bien. ¿Adónde pensabais llevar a vuestro hijo
con el dinero del empeño del collar?
―A
Bélgica ―contestó inmediatamente Saro―. Allí vive mi hermano y está dispuesto a
acogernos en su casa durante algún tiempo.
―¿El
dinero para el viaje, lo tenéis?
―Ahorrando
como fieras hemos conseguido reunir un dinerillo ―contestó la mujer sin poder
disimular una pizca de orgullo.
―Pero
sólo alcanzará para el viaje ―puntualizó Saro.
―Muy
bien. Pues entonces hoy mismo vas a la estación y sacas los billetes. Mejor
aún, coge el autobús y ve a Raccadali, allí hay una agencia.
―Sí,
señor. Pero ¿por qué ir hasta Raccadali?
―No
quiero que en Vigàta se enteren de lo que pensáis hacer. Mientras tanto, la
señora preparará las cosas que os tengáis que llevar. No le digáis a nadie
adónde vais, ni siquiera a personas de la familia. ¿Está claro?
―Clarísimo.
Pero perdone, señor comisario, ¿qué tiene de malo ir a Bélgica para que curen a
nuestro hijo? Usted me pide que lo haga todo a escondidas, como si fuera
ilegal.
―Saro,
por supuesto que no estás haciendo nada ilegal. Pero quiero estar seguro de
muchas cosas, y tú tienes que confiar en mí y hacer sólo lo que yo te diga.
―Muy
bien, puede que usía lo haya olvidado, pero ¿qué vamos a hacer en Bélgica si el
dinero que tenemos sólo nos alcanza para el viaje de vuelta? ¿Una excursión?
―El
dinero que hace falta lo vais a tener. Mañana por la mañana uno de mis agentes
os entregará un talón por valor de diez millones de liras.
―¿Diez
millones? ¿Y por qué? ―preguntó Saro casi sin resuello.
―Te
corresponden legalmente. Es el porcentaje del valor del collar que encontraste
y que me entregaste. El dinero os lo podréis gastar tranquilamente y sin
problemas. En cuanto recibas el cheque, corres a cobrado y os vais.
―¿De
quién es el cheque?
―Del
abogado Rizzo.
―Ah
―dijo Saro, palideciendo.
―No
tengas miedo, todo es legal y está en mis manos. Pero es mejor tomar
precauciones. No quisiera que Rizzo hiciera como algunos cabrones que se lo
piensan mejor y se hacen los olvidadizos. Diez millones son diez millones.
Giallombardo
le hizo saber que el sargento había ido a recoger la llave de la vieja fábrica,
pero que aún tardaría en regresar por lo menos dos horas. El vigilante, que no
estaba muy bien de salud, vivía en casa de un hijo suyo en Montedoro. El agente
le comunicó también que el juez Lo Bianco le había telefoneado y quería que lo
llamara antes de las diez.
―Ah,
comisario, menos mal, estaba a punto de salir, vaya la catedral para el
funeral. Sé que me asaltarán, me asaltarán literalmente, personajes muy
cualificados, y que todos me harán la misma pregunta. ¿Sabe usted cuál?
―Por
qué no se ha cerrado el caso Luparello.
―Lo
ha adivinado, comisario, y no lo podemos tomar a broma. No quisiera utilizar
palabras más gruesas, no quisiera en modo alguno ser malinterpretado... Pero,
bueno, si tiene algo concreto entre manos, siga adelante, de lo contrario,
cierre el caso. Por otra parte, permítame que se lo diga..., pero es que no lo
entiendo: ¿qué quiere descubrir? El ingeniero falleció de muerte natural. Y a
mí me ha parecido entender que usted se empeña en seguir sólo porque el
ingeniero fue a morir precisamente en el aprisco. Tengo una curiosidad: si
Luparello hubiera sido encontrado en la cuneta de una carretera, ¿usted habría
tenido algo que objetar? Responda.
―No.
―Pues
entonces, ¿adónde quiere ir a parar? El caso se tiene que cerrar dentro del
plazo. Mañana, ¿lo ha entendido?
―No
se enfade, señor juez.
―Pues
me enfado, pero conmigo mismo. Usted me está haciendo utilizar una palabra,
«caso», que en modo alguno viene a cuento utilizar. Dentro del plazo de mañana,
¿entendido?
―¿Podemos
alargarlo hasta el sábado inclusive?
―Parece
que estemos regateando en el mercado. De acuerdo. Pero si lo alarga, aunque
sólo sea una hora, yo daré parte a sus superiores.
Zito
cumplió su palabra. La secretaria de redacción de Retelibera le entregó el fax
de Palermo, que leyó mientras se dirigía al aprisco:
El
señorito Giacomo es el clásico hijo de papá, y se ajusta perfectamente al
modelo sin el menor asomo de fantasía. El padre es un reconocido caballero,
exceptuando un defecto del que te hablaré a continuación, justo lo contrario
del difunto Luparello. Giacomino vive con su segunda esposa, Ingrid Sjostrom
―cuyas cualidades ya te he descrito de palabra―, en el primer piso del palacio
de su padre. Te voy a hacer la lista de sus méritos, por lo menos de los que yo
recuerdo. Ignorante hasta la médula, jamás quiso estudiar ni entregarse a otra
cosa que no fuera el precoz análisis del coño y, sin embargo, siempre aprobó
con las más altas calificaciones gracias a la intervención del Padre Eterno (o
mejor dicho, de su padre). Nunca fue a la universidad, a pesar de que se
matriculó en Medicina (tanto mejor para la salud pública). A los dieciséis
años, cuando conducía el potente automóvil de su progenitor sin carnet de
conducir, arrolló y mató a un niño de ocho años. Giacomino prácticamente no
pagó por ello; quien si pagó, y mucho, por cierto, fue su padre a la familia
del niño. Al llegar a la edad adulta, crea una empresa de servicios que quiebra
a los dos años. Cardamone no pierde ni una lira, pero su socio casi se pega un
tiro, y un oficial de la policía judicial que pretendía aclarar lo ocurrido fue
trasladado de inmediato a Bolzano. En la actualidad, comercializa productos
farmacéuticos (¡Imagínate! ¡El padre le proporciona toda la infraestructura!),
y sus gastos superan en gran medida los probables ingresos.
Gran
aficionado a los coches de carreras y a los caballos, ha fundado (¡en
Montelusa!) un Club de Polo donde jamás se ha visto un partido de este noble
deporte, pero, en compensación, se esnifa que da gusto.
Si
tuviera que expresar mi sincera opinión acerca del personaje, diría que se
trata de un espléndido ejemplar de gilipollas, de esos que se dan donde haya un
padre rico y poderoso. A la edad de veintidós años, contrajo matrimonio (se
dice así, ¿verdad?) con Albamarina Collatino (Baba para los amigos), de la alta
burguesía empresarial de Palermo. A los dos años, Baba presenta una petición de
anulación del vínculo en el Tribunal de la Sacra Rota, basándose en la
manifiesta impotentia generandi del cónyuge. Lo había olvidado: a los dieciocho
años, es decir, cuatro años antes de casarse, Giacomino había dejado preñada a
la hija de una de las doncellas y el lamentable incidente había sido acallado,
como de costumbre, por el Omnipotente. Por consiguiente, una de dos: o mentía
Baba, o había mentido la hija de la doncella. Según la indiscutible opinión de
los altos prelados romanos, había mentido la doncella (¡faltaría más!), y
Giacomo no estaba en condiciones de engendrar (por lo cual hubiera tenido que
dar gracias al Altísimo). Una vez obtenida la anulación, Baba se comprometió en
matrimonio con un primo con quien ya había mantenido relaciones y Giacomo se
dirigió a los brumosos países del Norte para olvidar.
En
Suecia, asiste casualmente a una especie de rally asesino: un recorrido entre
lagos, precipicios y montañas. La vencedora es una pértiga rubia, mecánica de
profesión, llamada precisamente Ingrid Sjostrom. ¿Qué podría decirte, amigo
mío, para no caer en la telenovela? Flechazo y boda. Ya llevan cinco años
juntos. De vez en cuando, Ingrid regresa a su patria y hace unas cuantas
carreritas automovilísticas. Le pone los cuernos a su marido con sueca
sencillez y naturalidad. El otro día, cinco caballeros (es un decir)
participaron en un juego de sociedad en el Club de Polo. Entre otras, se
planteó la siguiente cuestión: el que no se haya tirado a Ingrid, que se
levante. Los cinco permanecieron sentados. Se rieron mucho, sobre todo Giacomo,
que estaba presente, pero no tomaba parte en el juego. Corren rumores,
absolutamente incomprobables, de que el austero profesor Cardamone padre
también ha follado con la nuera. Y éste sería el defecto que te mencioné al
principio. No se me ocurre nada más. Confío en haber sido todo lo chismoso que
tú querías.
Hasta
luego,
Nicola
Llegó
al aprisco sobre las dos, y no había ni un alma. La puerta de hierro tenía la
cerradura con sal y herrumbre incrustadas, pero ya lo había previsto y llevaba
un aerosol de aceite lubrificante para armas de fuego. Mientras esperaba a que
hiciera efecto el aceite, regresó al coche y encendió la radio.
El
funeral ―decía el comentarista de la emisora local― había alcanzado tales
niveles de emoción que, en determinado momento, la viuda estuvo a punto de
desmayarse y la tuvieron que sacar en brazos del templo. Para los discursos
fúnebres, se había seguido el siguiente orden: el obispo, el subsecretario
nacional del partido, el secretario regional y, a título personal, el ministro
Pellicano, amigo del difunto. En el exterior de la catedral, una muchedumbre de
por lo menos dos mil personas esperaba la salida del féretro para prorrumpir en
un cálido y conmovido aplauso.
«Lo
de cálido me parece muy bien, pero ¿cómo se conmueve un aplauso?», se preguntó
Montalbano. Apagó la radio y fue a probar la llave. Giraba en la cerradura,
pero parecía que la puerta estuviera anclada en el suelo. La empujó con un
hombro y, finalmente, consiguió abrir un resquicio por el que pudo pasar con
dificultad. La puerta estaba obstruida por cascotes, trozos de hierro y arena.
Era evidente que el vigilante llevaba años sin aparecer por allí. Observó que
los muros del perímetro eran dos: el de protección, con la puerta de entrada, y
una vieja cerca semiderruida que debía de rodear toda la fábrica cuando ésta
aún funcionaba. A través de los huecos del segundo muro se veían maquinarias
oxidadas, gruesos tubos rectos o en espiral, alambiques gigantescos, andamiajes
de hierro con grandes desperfectos, armazones suspendidos en absurdos
equilibrios, torretas de acero que asomaban con ilógicas inclinaciones... Y,
por todas partes, pavimentos destrozados, techos reventados, anchos espacios
otrora cubiertos por estructuras de hierro que ahora se veían rotas a
intervalos y a punto de desmoronarse sobre el suelo, donde ya no había nada,
excepto una capa de maltrecho cemento por cuyas grietas asomaban unas
amarillentas hierbas. Inmóvil en la crujía formada por los dos muros,
Montalbano contempló el espectáculo como hechizado. Si ya le gustaba la fábrica
por fuera, vista por dentro le entusiasmaba, y lamentó no haber llevado consigo
la cámara fotográfica. Le llamó la atención un apagado y constante sonido, una especie
de vibración sonora que parecía surgir del interior de la fábrica.
―¿Qué
es lo que está funcionando ahí dentro? ―se preguntó con recelo.
Creyó
conveniente salir, ir al coche y coger la pistola que había dejado en la
guantera. Casi nunca la llevaba encima, pues le molestaba el peso del arma,
que, además, le deformaba los pantalones y las chaquetas. Cuando entró de nuevo
en la fábrica, volvió a escuchar el sonido y se dirigió cautelosamente hacia el
lado contrario por el que había entrado. El dibujo que le había hecho Saro era
extremadamente detallado y le servía de guía. El sonido era como el zumbido que
a veces emiten los cables de alta tensión afectados por la humedad, sólo que
éste parecía más variado y musical, y a ratos cesaba para volver poco después
con otra modulación. Avanzaba tenso, vigilando para no tropezar con las piedras
y los escombros que cubrían el pavimento del estrecho pasillo entre los dos
muros, cuando por el rabillo del ojo vio, a través de una abertura, a un hombre
que se movía en el interior de la fábrica, en sentido paralelo a él. Se echó
hacia atrás, con la absoluta certeza de que el otro lo había visto. No había tiempo
que perder, el hombre debía de tener cómplices. Pegó un salto hacia delante
empuñando el arma, y gritó:
―¡Alto!
¡Policía!
En
una fracción de segundo, comprendió que el otro esperaba que él actuara de
aquella manera, pues estaba ligeramente inclinado hacia delante con una pistola
en la mano. Realizó un disparo y se arrojó al suelo, pero, antes de tocarlo,
consiguió disparar otras dos veces. En lugar de oír lo que esperaba ―un disparo
en respuesta a los suyos, un lamento y pasos apresurados―, oyó un fragoroso
estallido y el tintineo de un ventanal roto. De repente lo comprendió todo, y
soltó una carcajada tan espasmódica que no pudo levantarse. Había disparado
contra sí mismo, contra su imagen reflejada en una gran vidriera que sobrevivía
sucia y empañada.
«Esto
no puedo contárselo a nadie ―se dijo―. Me obligarían a dimitir y me echarían de
la policía a patadas.»
De
pronto, el arma que sostenía en la mano se le antojó ridícula y la puso en el
cinto de los pantalones. Los disparos y su prolongado eco y el estruendo de la
vidriera hecha añicos habían ahogado por completo el sonido que ahora volvía a
escucharse con más variaciones que al principio. Entonces, lo comprendió. Era
el viento, que durante el día, incluso en verano, azotaba aquella franja de
playa, y por la noche amainaba como si no quisiera perturbar los negocios de
Gegè. El viento, que se colaba entre los armazones metálicos, entre los cables,
algunos flojos, otros muy tensos, y por las chimeneas, reventadas a intervalos
como los agujeros de un caramillo, interpretaba su música en la fábrica muerta.
El comisario se detuvo a escuchar, embelesado.
Para
llegar al punto que Saro le había señalado, tardó casi media hora y, en
determinados lugares, tuvo que encaramarse a pequeñas montañas de escombros. Al
final, comprendió que se encontraba exactamente a la altura del lugar donde, al
otro lado del muro, Saro había encontrado el collar. Miró serenamente a su
alrededor. Periódicos y trozos de papel amarillentos por efecto del sol, malas
hierbas, botellines de Coca―Cola (las latas eran demasiado livianas para poder
superar la altura del muro), botellas de vino, una carretilla metálica
desfondada, neumáticos de automóvil, fragmentos de hierro, un objeto
indefinible, una viga podrida...y, al lado de la viga, un bolso bandolera de
piel, elegante, muy nuevo y de firma. Desentonaba en medio de la podredumbre que
lo rodeaba. Montalbano lo abrió. En su interior había dos piedras bastante
grandes que alguien debía de haber introducido para que sirvieran de lastre y
le permitieran describir la parábola apropiada desde la parte exterior del muro
a la interior. No había nada más. Estudió un poco mejor el bolso. Las iniciales
de la propietaria en metal habían sido arrancadas, pero el cuero conservaba la
huella, una «I» y una «S»: Ingrid Sjostrom.
«Me
la están sirviendo en bandeja de plata», pensó Montalbano.
Diez
La
idea de aceptar esa bandeja amablemente ofrecida, con todo lo que pudiera haber
dentro, le vino a la mente mientras saboreaba con fruición una generosa ración
de pimientos asados que Adelina le había dejado en el frigorífico. Buscó en la
guía el número de Giacomo Cardamone. La hora era la más indicada para encontrar
a la sueca en casa.
―¿Quién
ser tú que habla?
―Soy
Giovanni, ¿está Ingrid?
―Ahora
yo mira, tú espera.
Trató
de adivinar de qué parte del mundo habría caído aquella criada, pero no lo
consiguió.
―Hola,
picha larga, ¿cómo estás?
La
voz era grave y ronca, muy en consonancia con la descripción que le había hecho
Zito, pero las palabras no ejercieron en él el menor efecto erótico. Al
contrario, más bien lo inquietaron: entre todos los nombres del universo, había
ido a elegir precisamente el de alguien de quien Ingrid conocía incluso las
medidas anatómicas.
―¿Estás
ahí? ¿O es que te has quedado dormido de pie? ¿Cuánto has follado esta noche,
grandísimo guarro?
―Oiga,
señora...
La
reacción de Ingrid fue inmediata, una constatación sin estupor ni indignación.
―No
eres Giovanni.
―No.
―Pues
entonces, ¿quién eres?
―Soy
comisario de policía, me llamo Montalbano.
Esperaba
una reacción de alarma, pero sufrió una decepción.
―¡Uy,
genial! ¡Un policía! ¿Qué quieres de mí?
Seguía
hablándole de tú, a pesar de que no lo conocía. Montalbano decidió seguir
tratándola de usted.
―Quisiera
intercambiar unas palabras con usted.
―Esta
tarde me resulta imposible, pero esta noche estoy libre.
―De
acuerdo, esta noche me va bien.
―¿Dónde?
¿Voy yo a tu despacho? Dime dónde está.
―Mejor
no, prefiero un lugar más discreto.
Ingrid
hizo una pausa.
―¿Tu
dormitorio? ―preguntó en tono irritado; evidentemente, estaba empezando a
sospechar que al otro extremo del hilo había un imbécil que se le estaba insinuando.
―Mire,
señora, comprendo que usted desconfíe, y con razón. Hagamos una cosa. Dentro de
una hora estaré en la comisaría de Vigàta; puede llamar allí y preguntar por
mí. ¿Le parece bien?
La
mujer no contestó enseguida; lo estaba pensando. Al final, se decidió.
―Te
creo, policía. ¿Dónde y a qué hora?
Se
pusieron de acuerdo sobre el lugar: el bar Marinella, que, a la hora convenida
―las diez de la noche―, con seguridad estaría desierto. Montalbano le rogó que
no dijera nada a nadie, ni a su marido.
La
casa de los Luparello estaba en la entrada de Montelusa, viniendo del mar. Se
trataba de un sólido edificio decimonónico, protegido por una alta cerca en
cuyo centro se abría una verja de hierro forjado que en aquellos momentos
estaba abierta de par en par. Montalbano avanzó por la alameda que cruzaba una
parte del jardín y llegó a la puerta principal, semicerrada, en una de cuyas
hojas colgaba una cinta de color negro. Se asomó para mirar en el interior: en
el vestíbulo, bastante espacioso, había unas veinte personas, hombres y
mujeres, hablando en voz baja con cara de circunstancias. No le pareció
oportuno pasar entre la gente; alguien lo hubiera podido reconocer y empezar a
preguntarse sobre el porqué de su presencia allí. Rodeó la casa y, al final, encontró
una puerta trasera, cerrada. Tocó el timbre, y tuvo que hacerlo varias veces
antes de que alguien le abriera.
―Se
ha equivocado. Para las visitas de pésame, por la puerta principal ―dijo la
joven y despabilada criada con delantal negro y cofia, que inmediatamente lo
había catalogado como no perteneciente a la categoría de los proveedores.
―Soy
el comisario Montalbano. ¿Quiere comunicar a alguien de la familia que he
llegado?
―Lo
esperaban, señor comisario.
Lo
guió a través de un largo pasillo, le abrió una puerta y le hizo señas de que
entrara. Montalbano se encontró en una gran biblioteca con millares de libros
muy bien conservados y alineados en enormes estantes. En un rincón había un
gran escritorio y, al otro lado, un saloncito de refinada elegancia, con una
mesita y dos sillones. En las paredes, sólo cinco cuadros cuyos autores
Montalbano reconoció de inmediato con profunda emoción. Un campesino de Guttuso
de los años cuarenta, un paisaje del Lazio de Melli, una demolición de Mafai,
dos remeros en el Tíber de Donghi y una bañista de Fausto Pirandello. Un gusto
exquisito, una selección hecha con singular acierto. Se abrió la puerta y
apareció un hombre de unos treinta años, corbata negra, rostro muy cordial,
elegante.
―Fui
yo quien lo llamó. Gracias por haber venido. Mi madre tenía mucho empeño en
verle. Disculpe las molestias que le he causado.
Hablaba
sin ninguna inflexión dialectal.
―Por
favor, no es ninguna molestia. Sólo que no sé de qué manera puedo ser útil a su
madre.
―Ya
se lo he dicho a mamá, pero ella ha insistido. Además, no ha querido decirme
nada sobre el motivo por el que ha querido que lo molestáramos.
Se
miró las yemas de los dedos de la mano derecha como si las viera por primera
vez y emitió un leve carraspeo.
―Sea
comprensivo, señor comisario.
―No
le entiendo.
―Sea
comprensivo con mamá, por favor, ha sufrido mucho.
El
joven estaba a punto de retirarse, pero se detuvo en seco.
―Ah,
señor comisario, se lo quiero decir para evitarle una situación embarazosa.
Mamá sabe cómo y dónde murió papá. No acierto a comprender cómo lo ha
averiguado. Ya lo sabía dos horas después del hallazgo. Con su permiso.
Montalbano
lanzó un suspiro de alivio. Si la viuda ya lo sabía todo, él no se vería
obligado a contarle retorcidas trolas para ocultarle la indecencia de la muerte
de su esposo. Volvió a contemplar los cuadros con deleite. En su casa de
Vigàta, solamente tenía dibujos y grabados de Carmassi, Attardi, Guida, Cordio
y Angelo Canevari. Con su mísero sueldo, no podía llegar más allá, jamás se
podría comprar una tela de aquel nivel.
―¿Le
gustan?
Se
volvió de golpe. No había oído entrar a la señora. Una mujer no demasiado alta,
de cincuenta y tantos años y aire decidido, en cuyo rostro unas leves arrugas
no conseguían destruir la belleza de sus rasgos, sino que más bien acentuaban
el esplendor de sus perspicaces ojos verdes.
―Siéntese
―dijo, acomodándose en el sofá, mientras el comisario tomaba asiento en un
sillón―. Los cuadros son bonitos. Yo no entiendo nada de pintura, pero me
gustan. Hay unos treinta repartidos por toda la casa. Los compró mi marido, la
pintura era su vicio secreto, solía decir. Por desgracia, no era el único.
«Pues
empezamos bien», pensó Montalbano mientras preguntaba:
―¿Se
encuentra mejor, señora?
―¿Mejor
con respecto a cuándo?
El
comisario se desconcertó, y tuvo la sensación de encontrarse en presencia de
una maestra que le estaba haciendo un difícil examen oral.
―Pues
no sé, con respecto a esta mañana... Me han dicho que en la catedral ha sufrido
una indisposición.
―¿Una
indisposición? Yo estaba bien, teniendo en cuenta las circunstancias. No, mi
querido amigo, soy muy valiente. El caso es que se me ha ocurrido pensar que si
un terrorista hiciera volar por los aires la iglesia con todos los que
estábamos dentro, por lo menos una buena décima parte de la hipocresía
repartida por el mundo desaparecería con nosotros. Y entonces he hecho que me
sacaran fuera.
Montalbano
no supo qué decir, impresionado por la sinceridad de aquella mujer, y esperó a
que fuera ella quien tomara de nuevo la palabra.
―Cuando
una persona me explicó dónde habían encontrado a mi marido, llamé al jefe
superior y le pregunté quién se encargaba de la investigación, en el caso de
que se hubiera abierto alguna. El jefe superior me indicó su nombre, añadiendo
que era usted una persona honrada. No pude creerlo. ¿Existen todavía personas
honradas? Por eso pedí que lo llamaran.
―No
puedo por menos que darle las gracias, señora.
―No
estamos aquí para hacemos cumplidos. No quiero hacerle perder el tiempo. ¿Está
usted completamente seguro de que no se trata de un asesinato?
―Segurísimo.
―Pues
entonces, ¿cuáles son sus dudas?
―¿Dudas?
―Pues
sí, mi querido amigo, debe de tenerlas. De otro modo, no se justifica su
renuencia a cerrar las investigaciones.
―Le
seré sincero, señora. Sólo se trata de corazonadas que no debería permitirme,
en el sentido de que, tratándose de una muerte por causas naturales, mi actitud
tendría que ser otra. Por lo tanto, si usted no tiene nada nuevo que decirme,
esta misma noche yo le comunico al magistrado...
―Pero
es que yo sí tengo algo nuevo.
Montalbano
guardó silencio.
―No
sé cuáles son sus impresiones ―añadió la señora―, pero yo le expondré las mías.
Silvio era ciertamente un hombre sagaz y ambicioso y, si se había mantenido en
la sombra durante tantos años, lo había hecho con un propósito muy concreto:
salir a la luz en el momento apropiado y permanecer en ella. ¿Y usted se cree
que este hombre, después de todo el tiempo que había empleado en pacientes
maniobras para llegar a donde había llegado, decide una noche irse con una
mujer ―seguramente de mala vida― a un lugar equívoco, donde cualquiera podía
reconocerlo e incluso someterlo a chantaje?
―Éste,
señora, es uno de los puntos que más me ha desconcertado.
―¿Quiere
que aumente su desconcierto? He dicho una mujer de mala vida, pero quisiera
aclarar que no me refería ni a una prostituta ni a una mujer a la que hubiera
que pagar. No he sabido explicarme bien. Le voy a decir una cosa: recién
casados, Silvio me confesó que él jamás había estado con una prostituta y que
tampoco había visitado una casa de tolerancia, cuando todavía estaban abiertas.
Había algo que se lo impedía. Por eso me pregunto qué clase de mujer era la que
lo convenció para que mantuviera una relación con ella en semejante lugar.
Montalbano
tampoco había estado jamás con una puta, y confiaba en que las nuevas
revelaciones sobre Luparello no pusieran de manifiesto otros parecidos entre él
y un hombre con quien por nada del mundo hubiera querido compartir el pan.
―Mire,
mi marido disfrutaba de sus vicios, pero jamás tuvo tentaciones de
aniquilación, de éxtasis hacia abajo, como decía un escritor francés. Sus
amores los consumía discretamente en una casita que había mandado construir, no
a su nombre, en el mismo borde de Capo Massaria. Lo supe a través de la
consabida amiga caritativa.
Se
levantó, fue al escritorio, buscó en un cajón y volvió a sentarse sosteniendo
en la mano un sobre grande de color amarillo, un llavero de metal con dos
llaves y una lupa. Le ofreció las llaves al comisario.
―Por
cierto. Con las llaves era un maniático. De todas tenía dos copias; una la
guardaba en aquel cajón y la otra la llevaba siempre encima. Pues bien, este
último juego de llaves no se encontró.
―¿No
estaba en los bolsillos del ingeniero?
―No.
Ni en su estudio. Tampoco se encontraron en el otro despacho, en el, ¿cómo
diríamos?, despacho político. Desaparecieron, se volatilizaron.
―Pudo
perderlas por la calle. No se ha dicho que se las sustrajeran.
―No
es posible. Mire, mi marido tenía seis manojos de llaves. Uno para esta casa,
otro para la casa del campo, otro para la casa de la playa, otro para el
despacho, otro para el estudio y otro para la casita. Los guardaba todos en la
guantera del coche. Y cada vez, sacaba el manojo que necesitaba.
―¿Y
no se encontraron en el coche?
―No.
He ordenado cambiar todas las cerraduras. Exceptuando las de la casita, cuya
existencia yo ignoro oficialmente. Si le apetece, dese una vuelta por allí;
estoy segura de que encontrará alguna huella reveladora acerca de sus amores.
Había
repetido varias veces «sus amores», y Montalbano quería consolarla de alguna
manera.
―Aparte
de que los amores del ingeniero no entran en mis investigaciones, he obtenido
alguna información haciendo preguntas, y le diré con toda sinceridad que las
respuestas que me han dado han sido muy genéricas y válidas para cualquier
persona.
La
señora miró al comisario con una leve sonrisa en los labios.
―Yo
jamás se lo he echado en cara, ¿sabe? Prácticamente a los dos años del
nacimiento de nuestro hijo, mi marido y yo dejamos de ser una pareja. Así que
he tenido ocasión de observarlo tranquila y sosegadamente durante treinta años
sin que mi mirada haya estado empañada por la turbación de los sentidos.
Perdóneme, pero no me ha entendido: cuando hablaba de sus amores, yo pretendía
no especificar el sexo.
Montalbano
encorvó los hombros y se hundió todavía más en el sillón. Era como si le
acabaran de golpear la cabeza con una barra de hierro.
―Yo,
en cambio ―añadió la señora―, volviendo al tema que más me interesa, estoy
convencida de que se trata de un acto criminal; déjeme terminar, no de un
asesinato, de una eliminación física, sino de un crimen político. Hubo una
violencia máxima, que fue la que lo llevó a la muerte.
―Explíquese
mejor, señora.
―Estoy
convencida de que a mi marido por medio de la fuerza o del chantaje lo
obligaron a ir al lugar donde posteriormente fue encontrado, a aquel lugar tan
infame. Tenían un plan, pero no tuvieron tiempo de llevado enteramente a la
práctica porque su corazón no resistió, debido a la tensión o, ¿por qué no?, al
miedo. Estaba muy enfermo, ¿sabe? Se había sometido a una operación difícil.
―Pero
¿qué pudieron hacer para obligarlo?
―No
lo sé. Tal vez usted podría ayudarme en eso. Probablemente le tendieron una
emboscada. No pudo oponer resistencia. Quizá en aquel horrible lugar le
hubieran sacado, qué se yo, unas fotografías, o se las hubieran arreglado para
que alguien lo reconociera. A partir de aquel momento, habrían tenido a mi
marido en sus manos, lo habrían convertido en una marioneta.
―¿A
quién se refiere usted?
―A
sus adversarios políticos, supongo, o a algún socio suyo en los negocios.
―Mire,
señora, su razonamiento, mejor dicho, su suposición, adolece de un grave
defecto: no se puede demostrar con pruebas.
La
mujer abrió el sobre amarillo que sostenía en la mano y extrajo de él unas
fotografías. Eran las que la Policía Científica le había hecho al cadáver en el
aprisco.
―Oh,
Dios mío ―musitó Montalbano, estremeciéndose.
La
mujer, en cambio, las estaba contemplando sin la menor turbación.
―¿Cómo
las ha conseguido?
―Tengo
buenos amigos. ¿Usted las ha visto?
―No.
―Pues
ha hecho muy mal. ―La mujer eligió una foto y se la entregó a Montalbano junto
con la lupa―. Fíjese en ésta, mírela bien. Los pantalones están bajados y se
entrevé el blanco de los calzoncillos.
―Yo
aquí no veo nada extraño.
―Ah,
¿no? ¿Y la marca de los calzoncillos?
―Sí,
ya la veo. ¿Y qué?
―No
debería verla. Este tipo de calzoncillos ―si usted me acompaña a la habitación
de mi marido le mostraré otros iguales― lleva la marca detrás y por dentro. Si
usted la ve como la está viendo, significa que los calzoncillos están puestos
del revés. Y no me venga a decir que Silvio se los había puesto así por la
mañana al vestirse sin darse cuenta. Tomaba un diurético y se veía obligado a
ir al lavabo varias veces al día; hubiera podido volver a ponerse los
calzoncillos del derecho en cualquier momento del día. Y eso sólo significa una
cosa.
―¿Qué?
―preguntó el comisario, impresionado por aquel frío y despiadado análisis
llevado a cabo sin derramar ni una sola lágrima, como si el muerto fuera un
personaje vagamente conocido.
―Que
estaba desnudo cuando lo sorprendieron y que lo obligaron a vestirse a toda
prisa. Y sólo podía estar desnudo en la casita de Capo Massaria. Por eso le he
entregado las llaves. Se lo repito: ha sido un acto criminal contra la imagen
de mi marido, pero logrado sólo a medias. Querían convertirlo en un cerdo para
ofrecérselo como alimento a los cerdos. Hubiera sido mejor que no muriera,
pues, manteniendo los hechos en secreto, habrían podido hacer con é lo que
quisieran. Pero el plan ha sido en parte un éxito: todos los hombres de mi
marido han sido excluidos del nuevo directorio. Sólo Rizzo se ha salvado; es
más, ha salido ganando.
―¿Y
eso cómo es posible?
―A
usted le corresponde averiguado, si le apetece. O bien puede dar por buena la
forma que le han dado al agua.
―No
entiendo, perdone.
―Yo
no soy siciliana, nací en Grosseto y me trasladé a vivir a Montelusa cuando
nombraron gobernador a mi padre. Poseíamos un trozo de tierra y una casa en la
ladera del Amiata, y allí pasábamos las vacaciones. Tenía un amigo más pequeño
que yo, hijo de campesinos. Yo debía de tener unos diez años. Un día vi que mi
amigo había colocado en el borde del pozo un cuenco, una taza, una tetera y una
caja cuadrada de hojalata, todos llenos de agua, y los estaba observando
atentamente.
»―¿Qué
haces? ―le pregunté.
»―¿
Qué forma tiene el agua?
»―¡El
agua no tiene ninguna forma! ―le contesté entre risas―. Toma la forma que le
dan.
En
aquel momento, se abrió la puerta del estudio y apareció un «ángel».
Once
El
ángel ―en aquel momento Montalbano no supo definido de otra manera― era un
joven de unos veinte años, alto, rubio, muy moreno de piel, de cuerpo perfecto
y aire efébico. Un oportuno rayo de sol se había apresurado a inundado de luz
en el umbral para acentuar los apolíneos rasgos de su rostro.
―Tía,
¿puedo pasar?
―Pasa,
Giorgio, pasa.
Mientras
el joven se acercaba al sofá ingrávidamente, como si sus pies no rozaran el
suelo, siguiendo un tortuoso camino casi en espiral y rozando los objetos que
tenía al alcance de la mano, mejor dicho, acariciándolos con dulzura,
Montalbano captó la mirada de la señora, instándolo a guardar en el bolsillo la
fotografía que sostenía en la mano. Obedeció, al tiempo que la viuda guardaba
rápidamente las fotografías restantes en el sobre amarillo y lo dejaba a su
lado en el sofá. Cuando el joven estuvo más cerca, el comisario observó que sus
ojos azules estaban enrojecidos por el llanto y marcados por las ojeras.
―¿Cómo
te encuentras, tía? ―preguntó el joven con voz casi cantarina, arrodillándose
con elegancia junto a la mujer para apoyar la cabeza en su regazo.
En
la memoria de Montalbano apareció de repente, como iluminado por un potente
reflector, un cuadro que había visto una vez no recordaba dónde: el retrato de
una dama inglesa con un lebrel en la misma posición que acababa de adoptar el
joven.
―Éste
es Giorgio ―dijo la señora―. Giorgio Zicari, hijo de mi hermana Elisa, casada
con el penalista Ernesto Zicari. Puede que usted lo conozca.
Mientras
hablaba, la señora acariciaba el cabello del muchacho. Giorgio no dio señales
de haber comprendido las palabras, visiblemente absorto en su devastador
sufrimiento; ni siquiera se volvió a mirar al comisario. Por otra parte, la
señora se había guardado mucho de decirle al sobrino quién era Montalbano y qué
hacía en aquella casa.
―¿Has
conseguido dormir esta noche?
Por
toda respuesta, Giorgio sacudió la cabeza.
―Pues
entonces, haz una cosa. ¿Has visto que el doctor Capuano anda por la casa?
Búscalo, pídele que te recete un buen somnífero y acuéstate.
Sin abrir
la boca, Giorgio se levantó, levitó sobre el suelo con su singular movimiento
en espiral y desapareció al otro lado de la puerta.
―Tiene
que perdonarlo ―dijo la señora―. Giorgio es sin la menor duda la persona que
más ha sufrido y sufre la desaparición de mi marido. Verá, yo quise que mi hijo
estudiara y se labrara una posición independiente de su padre, fuera de
Sicilia. Y puede que usted adivine los motivos. Como consecuencia de ello, en
lugar de Stefano, mi marido entregó todo su afecto al sobrino, y éste le
correspondió hasta la idolatría, pues se vino incluso a vivir con nosotros, con
gran disgusto de mi hermana y de su marido, que se sintieron abandonados.
La
señora se levantó y Montalbano siguió su ejemplo.
―Le
he dicho, señor comisario, todo lo que consideraba conveniente decirle. Sé que
estoy en manos honradas. Si lo cree oportuno, téngame informada a cualquier
hora del día o de la noche. No se tome la molestia de ahorrarme detalles. Soy
lo que se dice una mujer fuerte. En cualquier caso, obre según su conciencia.
―Señora,
una pregunta que me preocupa desde hace algún tiempo. ¿Por qué no se tomó la
molestia de denunciar la desaparición de su marido...? Me explico mejor: ¿no le
extrañó que su marido no regresara a casa aquella noche? ¿Había ocurrido otras
veces?
―Sí,
había ocurrido. Pero la verdad es que el domingo por la noche me había llamado
para advertírmelo.
―¿Desde
dónde?
―No
lo sé. Me dijo que regresaría muy tarde. Tenía una reunión importante. Cabía
incluso la posibilidad de que se viera obligado a pasar la noche fuera.
Le
tendió la mano a Montalbano y, sin saber por qué, el comisario la estrechó
entre las suyas y la besó.
* *
*
En
cuanto salió, utilizando como al entrar la puerta trasera de la casa, vio a
Giorgio sentado en un cercano banco de piedra, doblado por la mitad y sacudido
por unos temblores convulsivos. Preocupado, Montalbano se le acercó y vio que
las manos del joven se abrían dejando caer el sobre amarillo y las fotografías,
que se diseminaron por el suelo. Movido sin duda por una curiosidad gatuna, el
muchacho se había apoderado de ellas mientras estaba acurrucado junto a su tía.
―¿Se
encuentra mal?
―¡Así
no, Dios mío, así no!
Giorgio
hablaba con voz pastosa, tenía los ojos empañados y ni siquiera se había
percatado de la presencia del comisario. Fue un momento, e inmediatamente se
tensó, cayendo hacia atrás desde el banco sin respaldo. Montalbano se arrodilló
a su lado tratando de inmovilizar aquel cuerpo estremecido por los espasmos,
mientras una espesa saliva blanca asomaba por las comisuras de su boca.
Stefano
Luparello apareció en la puerta de la casa, y, al mirar a su alrededor,
descubrió la escena y se acercó corriendo.
―Salía
para despedirme. ¿Qué ocurre?
―Un
ataque epiléptico, creo.
Ambos
intentaron que, en el paroxismo de la crisis, Giorgio no se cortara la lengua
con los dientes ni se golpeara violentamente la cabeza. Después, el joven se
calmó y se estremeció suavemente.
―Ayúdeme
a trasladado dentro ―dijo el ingeniero.
La
criada, la misma que había abierto la puerta al comisario, se presentó en
cuanto el ingeniero la llamó.
―No
quisiera que mamá lo viera en este estado.
―Vengan
conmigo ―dijo la muchacha.
Avanzaron
con dificultad por un pasillo distinto al que había recorrido el comisario a su
llegada. Montalbano sujetaba a Giorgio por las axilas y Stefano por los pies.
Al llegar al ala del edificio reservada a la servidumbre, la muchacha abrió una
puerta. Depositaron al joven en la cama, respirando afanosamente a causa del
esfuerzo. Giorgio parecía haberse sumido en un profundísimo sueño.
―Ayúdenme
a desnudarlo ―dijo Stefano. Sólo cuando el joven se quedó en calzoncillos y
camiseta, Montalbano observó que, desde la base del cuello hasta la parte
inferior de la barbilla, la piel era blanca y diáfana y contrastaba fuertemente
con el rostro y el pecho tostados por el sol.
―¿Sabe
por qué no está moreno en esta zona? ―le preguntó al ingeniero.
―No
lo sé ―contestó Stefano―, regresé a Montelusa justo el lunes por la tarde,
después de varios meses de ausencia.
―Yo
sí ―terció la doncella―. El señorito se hizo daño, sufrió un accidente de
automóvil. No hace ni una semana que se quitó el collarín.
―Cuando
se recupere y esté en condiciones de comprender ―le dijo Montalbano a Stefano―,
dígale que, mañana por la mañana, a las diez, se acerque un momento a mi
despacho de Vigàta.
Después
regresó al banco de piedra, recogió del suelo el sobre y las fotografías en las
que Stefano no había reparado y se lo guardó todo en el bolsillo.
Desde
la curva Sanfilippo había unos cien metros hasta Capo Massaria, pero el
comisario no veía la casita que, según las indicaciones que le había dado la
señora Luparello, tendría que estar justo en el extremo del cabo. Volvió a
ponerse en marcha, circulando muy despacio. Cuando llegó a la altura del cabo,
descubrió entre los achaparrados y frondosos árboles un sendero que se apartaba
de la carretera provincial. Lo enfiló, y poco después vio que quedaba cortado
por una verja, la única entrada que había en el largo muro construido sin
argamasa que aislaba por completo la parte del cabo que se precipitaba sobre el
mar. La llave entraba en la cerradura. Montalbano dejó el coche al lado de la
verja y se adentró por un estrecho sendero de jardín, hecho con bloques de toba
hundidos en la tierra. Al llegar al final del camino, bajó por unos peldaños,
también de toba, que terminaban en una especie de rellano en el que se veía la
puerta de la casa. La casita apenas era visible desde tierra por estar
construida como un nido de águila o como algunos refugios de montaña, en el
mismo borde de la roca.
Al
entrar en la casa, se encontró en un espacioso salón que daba al mar, mejor
dicho, suspendido sobre el mar: un ventanal de pared a pared hacía que uno
tuviera la sensación de estar en el puente de un barco. Todo estaba en perfecto
orden. En un rincón, había una mesa de comedor y cuatro sillas; de cara al
ventanal, un sofá y dos sillones, y adosado a la pared, un aparador
ochocentista lleno de vasos, platos, botellas de vino y licor, y un televisor
con vídeo. Sobre una mesa baja de centro, estaban alineadas varias cintas de
películas porno y de otro tipo. En el salón se abrían tres puertas; la primera
correspondía a una cocina pequeña e impecablemente limpia, con los estantes
llenos de alimentos y un frigorífico medio vacío, exceptuando algunas botellas de
champán y de vodka. El cuarto de baño, bastante espacioso, olía a formol. En la
repisa de debajo del espejo había una maquinilla eléctrica de afeitar,
desodorantes y un frasco de agua de colonia. En el dormitorio, cuyo ventanal
daba también al mar, una cama de matrimonio con las sábanas limpias, dos
mesillas de noche, en una de las cuales descansaba el teléfono, y un armario de
tres puertas. En la pared, sobre la cabecera de la cama, un dibujo de Emilio
Greco: un desnudo muy sensual. Montalbano abrió el cajón de la mesilla de noche
donde estaba el teléfono, a cuyo lado dormiría seguramente el ingeniero. Tres
preservativos, un bolígrafo, un cuaderno de apuntes con las hojas en blanco...
Experimentó un sobresalto al ver la pistola ―una siete sesenta y cinco cargada―,
justo en el fondo del cajón. El de la otra mesilla estaba vacío. Abrió la
puerta de la izquierda del armario y vio dos trajes de hombre. En el primer
cajón, una camisa, tres calzoncillos, pañuelos y una camiseta. Examinó los
calzoncillos: la señora tenía razón, la marca estaba en el interior de la parte
de atrás. En el segundo cajón, un par de mocasines y unas zapatillas. En el
espejo que cubría la puerta central del armario se reflejaba la cama. Aquella
sección del armario estaba dividida en tres repisas; la de arriba y la del
centro contenían, sin orden ni concierto, sombreros, revistas italianas y
extranjeras unidas por el denominador común de la pornografía, un vibrador y
unas sábanas y unas fundas de almohada de repuesto. En la parte inferior, había
tres pelucas femeninas, colocadas en sus correspondientes soportes: una rubia,
una morena y otra pelirroja. Puede que formaran parte de los juegos eróticos
del ingeniero. La mayor sorpresa se la llevó al abrir la puerta de la derecha:
dos elegantes vestidos de mujer colgaban de sendas perchas. Había también dos
pantalones vaqueros y unas cuantas blusas. En un cajón, unas bragas tipo
biquini y ningún sujetador. El otro cajón estaba vacío. Mientras se inclinaba
para examinarlo mejor, Montalbano comprendió qué era lo que tanto le había
llamado la atención. No se trataba de la existencia de vestidos de mujer sino
del perfume que de ellos emanaba, el mismo que había percibido, sólo que más
vagamente, en la vieja fábrica al abrir el bolso que encontró.
No
había nada más que ver; sólo por si acaso, se agachó para mirar debajo de los
muebles. Una corbata se había enrollado alrededor de una de las patas
posteriores de la cama. La cogió, recordando que el ingeniero tenía el cuello
de la camisa desabrochado cuando lo encontraron. Sacó las fotografías del
bolsillo, y comprendió que, por su color, la corbata hubiera combinado muy bien
con el traje que el ingeniero llevaba en el momento de su muerte.
En
la comisaría encontró a Germana y Galluzzo muy alterados.
―¿Y
el sargento?
―Fazio
se ha ido con los demás a la gasolinera, la que hay en el camino de Marinella.
Ha habido un tiroteo.
―Voy
para allá ahora mismo. ¿Ha llegado algo para mí?
―Sí,
un paquete de parte del dottor Jacomuzzi.
Lo
abrió, era la joya. Volvió a cerrar el paquete.
―Germana,
tú ven conmigo, vamos a la gasolinera. Me dejas allí y te vas con mi coche a
Montelusa. Por el camino te diré lo que tienes que hacer.
Entró
en su despacho y llamó al abogado Rizzo. Le comunicó que el collar ya estaba en
camino y le dijo que le entregara al mismo agente el cheque de los diez
millones de liras.
Mientras
se dirigían al lugar del tiroteo, el comisario le dijo a Germana que no le
diera el paquete a Rizzo hasta que tuviera el cheque en el bolsillo, y que el
cheque se lo debía llevar, y le dio la dirección, a Saro Montaperto,
encareciéndole que fuera a cobrarlo en cuanto abrieran el banco, a las ocho de
la mañana del día siguiente. No sabía explicarse por qué razón―y tal
circunstancia lo molestaba enormemente―, pero intuía que el asunto Luparello
estaba a punto de tocar a su fin.
―¿Después
vuelvo a recogerlo a la gasolinera?
―No,
vete a la comisaría. Yo utilizaré el vehículo de servicio.
El
coche de la policía y un automóvil particular bloqueaban los accesos a la
gasolinera. En cuanto descendió de su coche, y mientras Germana tomaba el
camino de Montelusa, el comisario aspiró un fuerte olor a gasolina.
―¡Vigile
dónde pone los pies! ―le gritó Fazio.
La
gasolina había formado un charco enorme y las emanaciones le produjeron a
Montalbano una sensación de mareo y un ligero aturdimiento. En la gasolinera
había un automóvil con matrícula de Palermo y el parabrisas roto.
―Ha
habido un herido, el que iba al volante ―dijo el sargento―. Se lo ha llevado la
ambulancia.
―¿Grave?
―No,
nada importante. Pero se ha pegado un susto tremendo.
―¿Qué
ha ocurrido exactamente?
―Si
quiere, puede hablar usted mismo con el empleado...
A
las preguntas del comisario, el hombre contestó con una voz de registro tan
agudo que ejerció en Montalbano el mismo efecto que una uña rascando un
cristal. Los hechos se habían producido aproximadamente de la siguiente manera:
se había detenido un coche; la única persona que viajaba en él había pedido que
le llenaran el depósito; el empleado introdujo la manguera en el depósito y la
dejó en funcionamiento mientras atendía a otro coche que acababa de llegar,
cuyo conductor había pedido treinta mil liras de gasolina y que le echara un
vistazo al nivel de aceite. En el momento en que el empleado estaba a punto de
atender al segundo cliente, un coche había disparado desde la carretera una
ráfaga de ametralladora y había acelerado; perdiéndose entre el tráfico. El
hombre que se encontraba al volante del primer coche se había lanzado de
inmediato en su persecución, quedando en el suelo la manguera, de la que seguía
manando carburante. Mientras, el conductor del segundo automóvil, que había
sido alcanzado de refilón por una bala: gritaba como un loco. Una vez superado
el primer momento de pánico y al darse cuenta de que ya no había peligro, el
empleado de la gasolinera fue a auxiliar al herido, mientras la manguera del
surtidor seguía derramando gasolina por el suelo.
―¿Le
has visto la cara al hombre del primer coche, el que se ha lanzado en
persecución del otro?
―No,
señor.
―¿Estás
completamente seguro?
―Como
que hay Dios.
Entretanto,
habían llegado los bomberos, avisados por Fazio.
―Vamos
a hacer una cosa ―dijo Montalbano al sargento―, en cuanto terminen los
bomberos, coges al empleado, que no me convence para nada, y te lo llevas a la
comisaría. Ejerce toda la presión que puedas, pues ése sabe muy bien quién era
el hombre contra quien querían disparar.
―Yo
también lo creo.
―¿Qué
te apuestas a que es uno de la familia de los Cuffaro? Este mes me parece que
le toca a uno de ellos.
―¿Es
que quiere quitarme el dinero del bolsillo? ―preguntó entre risas el sargento―.
Usted la apuesta ya la tiene ganada.
―Hasta
luego.
―¿Adónde
va? ¿Quiere que lo acompañe con el vehículo de servicio?
―Voy
a casa a cambiarme. Desde aquí, a pie, tardaré unos veinte minutos. Respirar un
poco me sentará bien.
Se
alejó. No quería presentarse ante Ingrid Sjostrom vestido como un figurín.
Doce
Nada
más salir de la ducha, todavía desnudo y chorreando agua, se plantó delante del
televisor. Las imágenes correspondían al funeral de Luparello, celebrado
aquella mañana. El cámara sabía que las únicas personas capaces de conferir un
cierto dramatismo a la ceremonia ―que, por otra parte, era similar a cualquier
otra de las muchas y aburridas manifestaciones oficiales que solían celebrarse―
eran las que integraban el trío viuda, hijo Stefano y sobrino Giorgio. De vez
en cuando y sin darse cuenta, la señora echaba nerviosamente la cabeza hacia
atrás, como diciendo repetidamente que no. Con voz baja y compungida, el
comentarista interpretaba aquel no como el gesto evidente de una criatura que,
ante la certeza de la muerte, se negaba a aceptarla. Pero, mientras el cámara
concentraba en ella el teleobjetivo hasta conseguir captar su mirada,
Montalbano vio confirmado en ella lo que la viuda le había confesado: en sus
ojos sólo había desprecio y aburrimiento. A su lado se sentaba el hijo,
«petrificado por el dolor», decía el comentarista, pero la petrificación se
debía tan sólo a que el joven ingeniero estaba haciendo gala de una compostura
rayana en la indiferencia. En cambio, Giorgio se movía como un árbol azotado
por el viento, oscilaba con lívido semblante y estrujaba incesantemente entre
sus manos un pañuelo empapado de lágrimas.
Sonó
el teléfono y, sin apartar los ojos de la pantalla, fue a contestar.
―Comisario,
soy Germanà. Todo arreglado. El abogado Rizzo le da las gracias y dice que ya
encontrará la manera de pagar la deuda.
Se
decía por ahí que más de un acreedor hubiera preferido no cobrar, considerando
las maneras que el abogado utilizaba a veces para pagar sus deudas.
―Luego
he ido a ver a Saro y le he entregado el cheque. Los he tenido que convencer;
no se lo creían, pensaban que era una broma. Después, han empezado a besarme
las manos. Excusaré contarle todo lo que el Señor, según ellos, debería hacer
por usted. El coche está en la comisaría. ¿Qué hago, se lo llevo a casa?
El
comisario consultó el reloj. Faltaba algo más de una hora para su cita con
Ingrid.
―Bueno,
pero con calma. Basta con que estés aquí sobre las nueve y media. Después, te
acompaño al pueblo.
* *
*
No
quería perderse el momento del falso desmayo. Se sentía como un espectador al
que un prestidigitador hubiera revelado el truco y ya no disfruta de la
sorpresa, aunque sí de la habilidad. Pero el que se perdió fue el cámara, que,
en aquel preciso instante, no consiguió captar al grupo de familiares, ni
siguiera pasando rápidamente desde el primer plano del ministro a una
panorámica, pues Stefano y dos voluntarios ya estaban acompañando fuera a la
señora, mientras Giorgio permanecía en su sitio sin dejar de oscilar hacia
delante y hacia atrás.
En
lugar de dejar a Germanà en la puerta de la comisaría y marcharse, Montalbano
bajó con él. Encontró a Fazio, que ya había regresado de Montelusa; había
estado hablando con el herido, y finalmente había conseguido tranquilizarlo. Se
trataba, le explicó el sargento, de un vendedor de electrodomésticos milanés
que, una vez cada tres meses, cogía el avión, desembarcaba en Palermo,
alquilaba un coche y realizaba su recorrido. En la gasolinera, estaba echando
un vistazo a un papel para comprobar la dirección del siguiente cliente cuando,
de repente, oyó unos disparos y notó un agudo dolor en la espalda. Fazio se
creía la historia.
―Dotto,
ése, cuando vuelva a Milán, se apunta a esta Liga Lombarda que quiere que
Sicilia se separe del norte.
―¿Y
el empleado de la gasolinera?
―El
empleado es otra cosa. Giallombardo está hablando con él. Ya sabe usted cómo
es; uno puede pasarse dos horas charlando con él como si lo conociera de toda
la vida y, de pronto, se da cuenta de que le ha contado secretos que no
revelaría ni a un cura en confesión.
Las
luces estaban apagadas y la puerta de cristal cerrada. Montalbano había elegido
expresamente el día de cierre semanal del bar Marinella. Aparcó el coche y
esperó. Minutos después apareció un cupé rojo, plano como un lenguado. Ingrid
abrió la portezuela y bajó. A pesar de la débil luz de la farola, el comisario
vio que estaba mucho mejor de lo que se había imaginado: con unos ajustados
vaqueros que envolvían unas piernas larguísimas, una blusa blanca escotada con
las mangas remangadas, sandalias y el cabello recogido en un moño, era la
auténtica mujer de portada de revista. Ingrid miró a su alrededor. Vio las
luces apagadas, y con paso indolente pero seguro se dirigió hacia el automóvil
del comisario. Se inclinó para hablarle a través de la ventanilla abierta.
―¿Ves
como yo tenía razón? Y ahora, ¿adónde vamos, a tu casa?
―No
―contestó enfurecido Montalbano―. Suba.
La
mujer obedeció, e inmediatamente el automóvil se impregnó del perfume que el
comisario ya conocía.
―¿Adónde
vamos? ―repitió la mujer.
Ahora
ya no bromeaba. Era una mujer, y había percibido el nerviosismo del hombre.
―¿Tiene
tiempo?
―
Todo el que yo quiera.
―Vamos
a un sitio en el que se sentirá a gusto porque ya ha estado allí, ya verá.
―¿Y
mi coche?
―Pasaremos
después a recogerlo.
Se
pusieron en marcha y, tras unos minutos de silencio, Ingrid hizo la pregunta
que tendría que haber hecho al principio.
―¿Por
qué quieres verme?
El
comisario estaba pensando en que lo que se le había ocurrido al decirle que subiera
con él al coche era una idea de auténtico lince, pero es que él era siempre un
lince.
―Quería
verla porque tengo que hacerle unas cuantas preguntas.
―Mira,
comisario, yo le hablo de tú a todo el mundo. Si me hablas de usted, haces que
me sienta incómoda. ¿Cuál es tu nombre de pila?
―Salvo.
¿El abogado Rizzo te ha dicho que hemos encontrado el collar?
―¿Cuál?
―¿Cómo
que cuál? El del corazón de brillantes.
―No,
no me lo ha dicho. Además, no tengo trato con él. Seguramente se lo habrá dicho
a mi marido.
―Tengo
una curiosidad. ¿Acaso estás acostumbrada a perder y encontrar joyas?
―¿Por
qué?
―Pero
¿cómo? Te digo que hemos encontrado un collar que es tuyo y que vale cien
millones de liras, ¿y ni siquiera parpadeas?
Ingrid
soltó una suave carcajada gutural.
―La
verdad es que no me gustan. ¿Lo ves?
Le
mostró las manos.
―No
llevo anillos, ni siquiera una alianza.
―¿Dónde
lo perdiste?
Ingrid
no contestó de inmediato.
«Está
repasando la lección», pensó Montalbano. Pero, de pronto, la mujer empezó a
hablar mecánicamente. El hecho de ser extranjera no la ayudaba a mentir.
―Tenía
curiosidad por ver este apresco...
―Aprisco
―la corrigió Montalbano.
―…
del que tanto había oído hablar. Convencí a mi marido para que me llevara. Bajé
del coche, di unos pasos y estuvieron a punto de atacarme. Me pegué un susto de
muerte. Nos fuimos enseguida, tenía miedo de que mi marido empezara a discutir.
Al llegar a casa, me di cuenta de que no llevaba el collar.
―¿Y
por qué te lo habías puesto aquella noche, si no te gustan las joyas?
Ingrid
titubeó.
―Lo
llevaba porque aquella tarde había estado con una amiga que lo quería ver.
―Oye
―dijo Montalbano―, tengo que aclararte una cosa. Estoy hablando contigo como
comisario, pero de manera oficiosa, ¿me explico?
―No.
¿Qué significa «oficiosa»? No conozco la palabra.
―Significa
que todo lo que me digas quedará entre tú y yo. ¿Cómo es posible que tu marido
haya elegido precisamente a Rizzo como abogado?
―¿No
tendría que haberlo hecho?
―No.
Por lo menos, en buena lógica. Rizzo era el brazo derecho del ingeniero
Luparello, es decir, el adversario político más importante de tu suegro. Por
cierto, ¿tú conocías a Luparello?
―De
vista. Rizzo es el abogado de Giacomo desde siempre. Y yo no entiendo una
mierda de política. ―Se desperezó, arqueando los brazos―. Me estoy aburriendo.
Lástima. Pensaba que el encuentro con un policía sería más emocionante. ¿Puedo
saber adónde vamos? ¿Falta mucho todavía?
―Ya
estamos llegando ―contestó Montalbano. En cuanto dejaron atrás la curva
Sanfilippo, la mujer se puso ostensiblemente nerviosa, miró dos o tres veces al
comisario por el rabillo del ojo y le dijo en voz baja:
―No
parece que por aquí haya ningún bar.
―Ya
lo sé ―contestó Montalbano y, aminorando la marcha, cogió el bolso bandolera
que había dejado detrás del asiento del copiloto que ahora ocupaba Ingrid―.
Quiero que veas una cosa.
Lo
depositó sobre sus rodillas. La mujer lo miró y pareció sorprenderse en serio.
―¿Y
cómo lo tienes tú?
―¿Es
tuyo?
―Claro
que es mío. Mira, aquí están mis iniciales.
Al
ver que no estaban las dos letras, se quedó todavía más perpleja.
―Se
habrán caído ―dijo en voz baja, pero no parecía muy convencida.
Se
estaba perdiendo en un laberinto de preguntas sin respuesta, y ahora era
evidente que algo la estaba empezando a preocupar.
―Tus
iniciales aún están ahí. No puedes verlas porque estamos a oscuras. Las han
arrancado, pero ha quedado la huella en el cuero.
―Pero
¿por qué las han quitado? ¿Y quién?
Ahora
en su voz se advertía una nota de angustia. El comisario no le contestó, pero
sabía muy bien por qué lo habían hecho, precisamente para hacerle creer a él
que Ingrid había tratado de conferir un carácter anónimo a su bolso. Habían
llegado a la altura del sendero por el que se accedía a Capo Massaria, y
Montalbano, que había acelerado como si quisiera seguir todo recto, viró
bruscamente y lo enfiló. De repente, sin mediar palabra, Ingrid abrió la
puerta, saltó ágilmente del vehículo en marcha y echó a correr entre los
árboles. Soltando maldiciones, el comisario frenó, bajó y corrió tras ella. A
los pocos segundos se dio cuenta de que jamás conseguiría darle alcance y se
detuvo, indeciso: justo en aquel momento, la vio caer. Cuando llegó a su lado,
Ingrid, que aún no había conseguido levantarse, interrumpió un monólogo en
sueco, con el que claramente estaba expresando todo el miedo y la rabia que
sentía.
―¡Vete
a tomar por saco! ―dijo sin dejar de frotarse el tobillo derecho.
―Levántate
y no hagas más tonterías.
La
mujer obedeció con gran esfuerzo y se apoyó en Montalbano, que había
permanecido inmóvil sin ayudarla.
La
verja se abrió sin dificultad, pero la puerta principal de la casa opuso
resistencia.
―Dame
a mí ―dijo Ingrid.
Lo
había seguido sin un gesto, casi resignada.
Pero
ya había organizado su plan defensivo.
―De
todos modos, dentro no vas a encontrar nada ―dijo en el umbral, en tono
desafiante.
Encendió
la luz, muy segura de sí misma, pero al ver los muebles, las cintas de vídeo y
la estancia perfectamente amueblada, no pudo evitar una expresión de asombro
mientras una arruga se dibujaba en su frente.
―Me
habían dicho...
Pero
inmediatamente se dominó y dejó la frase sin terminar. Se encogió de hombros y
miró a Montalbano, esperando que éste hiciera algo.
―Al
dormitorio ―dijo el comisario.
Ingrid
abrió la boca para soltar una frase ingeniosa, pero se desanimó; dio media
vuelta, se dirigió renqueando a la otra habitación y encendió la luz, esta vez
sin sorprenderse, pues ya esperaba que todo estuviera en orden. Se sentó a los
pies de la cama. Montalbano abrió la puerta de la izquierda del armario.
―¿Sabes
a quién pertenecen estos vestidos?
―Tengo
que suponer que son de Silvio, el ingeniero Luparello.
El
comisario abrió la puerta del centro.
―¿Estas
pelucas son tuyas?
―Jamás
me he puesto una peluca.
Cuando
Montalbano abrió la puerta de la derecha, Ingrid cerró los ojos.
―Puedes
mirar. Cerrar los ojos no te va a servir de nada. ¿Eso es tuyo?
―Sí,
pero...
―…
pero ya no tendría que estar aquí ―dijo Montalbano, terminando la frase por
ella.
Ingrid
se sobresaltó.
―¿Cómo
lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
―No
me lo ha dicho nadie. Lo he deducido yo solo. Soy policía, ¿recuerdas? ¿El
bolso bandolera también estaba en el armario?
Ingrid
asintió con la cabeza.
―Y
el collar que decías haber perdido, ¿dónde estaba?
―En
el interior del bolso. Me lo tuve que poner, pero después vine aquí y lo dejé.
―Hizo una pausa y miró largo rato al comisario a los ojos―. ¿Qué significa todo
esto?
―Volvamos
a la otra habitación.
Ingrid
cogió un vaso del aparador, lo llenó hasta la mitad de whisky, se lo bebió
prácticamente de un trago y lo volvió a llenar.
―¿Quieres?
Montalbano
dijo que no. Se había sentado en el sofá y estaba contemplando el mar; la luz
era lo bastante matizada para permitirle ver lo que había al otro lado del
ventanal. Ingrid se acomodó a su lado.
―He
estado aquí contemplando el mar en ocasiones mucho mejores.
Se
desplazó un poco en el sofá y apoyó la cabeza en el hombro del comisario, que
no se movió, pues comprendió de inmediato que aquel gesto no era un intento de
seducción.
―Ingrid,
¿recuerdas lo que te he dicho en el coche, que nuestra conversación era de
carácter oficioso?
―Sí.
―Contéstame
con toda sinceridad. Los vestidos del armario, ¿los trajiste tú o los puso
alguien?
―Los
traje yo. Por si los necesitaba.
―¿Eras
la amante de Luparello?
―No.
―¿Cómo
que no? Da la impresión de que aquí te encuentras como en tu casa.
―Con
Luparello me acosté sólo una vez, a los seis meses de mi llegada a Montelusa.
Después, nunca más. Me trajo aquí. Pero nos hicimos amigos de verdad, como
jamás me había ocurrido con un hombre, ni siquiera en mi país. Podía contárselo
todo, lo que se dice todo, y, si me metía en algún lío, él me sacaba del apuro
sin hacer preguntas.
―¿Me
quieres hacer creer que la única vez que estuviste aquí viniste con los
vestidos, los vaqueros, las bragas, el bolso y el collar?
Ingrid
se apartó, irritada.
―No
quiero hacerte creer nada. Te lo estoy contando. Al cabo de algún tiempo, le
pregunté a Silvio si podía utilizar esta casa de vez en cuando, y él me dijo
que sí. Sólo me puso una condición, que fuera muy discreta y que no dijera
nunca a nadie a quién pertenecía.
―Cuando
decidías venir, ¿cómo sabías que la casa estaba libre y a tu disposición?
―Habíamos
acordado comunicarnos mediante una serie de timbrazos telefónicos. Yo he
cumplido mi palabra con Silvio. Aquí sólo venía con un hombre, siempre el
mismo. ―Tomó un buen sorbo de whisky y pareció encorvar los hombros―. Un hombre
que, desde hace dos años, se ha empeñado en entrar en mi vida a la fuerza,
porque yo después ya no quise volver a verle.
―Después,
¿de qué?
―Después
de la primera vez. La situación me daba miedo. Pero él estaba..., está
trastornado, está, ¿cómo se dice?, obsesionado conmigo. Pero es una obsesión
exclusivamente física. Cada día me pide que nos veamos. Y, cuando lo traigo
aquí, se me echa encima, se vuelve violento, me arranca la ropa. Por eso tengo
cosas de repuesto en el armario.
―¿Y
este hombre sabe a quién pertenece la casa?
―Yo
nunca se lo he dicho y él tampoco me lo ha preguntado jamás. No es que esté
celoso, simplemente me desea. No se cansaría jamás de seguirme y siempre está
dispuesto a acostarse conmigo.
―Comprendo.
Y Luparello, ¿sabía con quién venías aquí?
―Te
digo lo mismo. Jamás me lo preguntó y yo nunca se lo dije. ―Ingrid se levantó―.
¿No podríamos ir a hablar a otro sitio? Ahora este lugar me deprime. ¿Estás
casado?
―No
―contestó Montalbano, sorprendido.
―Vamos
a tu casa ―dijo ella, sonriendo sin alegría―. Te había dicho que acabaríamos
así, ¿no?
Trece
Permanecieron
en silencio un cuarto de hora, ya que a ninguno de los dos le apetecía hablar.
Pero el comisario estaba cediendo una vez más a su naturaleza de lince. En
efecto, al llegar a la entrada del puente que cruzaba el Canneto, orilló el
coche, frenó, bajó y le dijo a Ingrid que hiciera lo mismo. Desde lo alto del
puente, mostró a la mujer el seco arenal que se adivinaba bajo la luz de la
luna.
―Mira
―dijo―, este lecho de río lleva directamente a la playa. Tiene mucha pendiente
y está lleno de piedras y roca. ¿Serías capaz de bajar por él en coche?
Ingrid
examinó el primer tramo del recorrido, el que podía ver o más bien adivinar.
―No
lo sé. De día sería distinto. De todos modos, si quieres, puedo intentarlo.
―Entornó los ojos y miró al comisario sonriendo―. Te has informado muy bien
sobre mí, ¿eh? Bueno, entonces ¿qué tengo que hacer?
―Hacerlo
―contestó Montalbano.
―Muy
bien. Tú espera aquí.
La
mujer subió al coche y lo puso en marcha. Bastaron pocos segundos para que
Montalbano perdiera de vista la luz de los faros.
―Adiós,
muy buenas. Ésta me la ha pegado ―dijo el comisario en tono resignado.
Cuando
se disponía a emprender la larga marcha hacia Vigàta, la oyó regresar con el
motor rugiendo.
―Puede
que lo consiga. ¿Tienes una linterna?
―Está
en la guantera.
La
mujer se arrodilló, iluminó la parte inferior del vehículo y volvió a
levantarse.
―¿Tienes
un pañuelo?
Montalbano
se lo dio, e Ingrid se vendó fuertemente el dolorido tobillo.
―Sube.
Dando
marcha atrás, llegó al principio de un camino excavado en la tierra que iba de
la carretera provincial hasta debajo del puente.
―Lo
voy a intentar, comisario. Pero recuerda que tengo un pie inutilizado. Ponte el
cinturón. ¿Tengo que correr?
―Sí,
pero lo importante es que lleguemos a la playa sanos y salvos.
Ingrid
soltó el embrague y salieron disparados. Fueron diez minutos de un constante y
atroz traqueteo; hubo un momento en que Montalbano sintió como si su cabeza
quisiera con toda su alma separarse del cuerpo y alejarse volando por la
ventanilla. En cambio, Ingrid se mostraba tranquila y decidida, e incluso
conducía con la punta de la lengua fuera. El comisario estuvo a punto de
decirle que no lo hiciera, pues, sin querer, podía cortársela de un mordisco.
Cuando llegaron a la playa, Ingrid preguntó:
―¿He
superado el examen?
Sus
ojos brillaban en medio de la oscuridad. Estaba emocionada y contenta.
―Sí.
―Pues
volvamos a hacerlo, pero esta vez cuesta arriba.
―¡Tú
estás loca! Ya es suficiente.
Ingrid
había hecho bien llamándolo examen. Sólo que el examen no había aclarado nada.
Ingrid podía recorrer tranquilamente aquel camino, lo que era un tanto en su
contra; pero, por otro lado, ante la petición del comisario, no se había
mostrado nerviosa, tan sólo asombrada, y esto era un tanto a su favor. Y el
hecho de que no hubiera estropeado nada del coche, ¿cómo se tenía que
considerar: un detalle de signo positivo o negativo?
―Bueno,
¿qué? ¿Lo repetimos? Venga, hombre, ha sido el único momento de la noche en que
me he divertido.
―No,
he dicho que no.
―Pues
entonces, conduce tú, a mí me duele mucho el pie.
El
comisario condujo por la orilla del mar y comprobó que el coche estaba en
perfecto estado, que no había nada roto.
―Eres
muy buena conductora.
―Mira
―dijo Ingrid, hablando en tono muy serio, como una profesional―, cualquiera
puede bajar por esa pendiente. El mérito es conseguir que el coche llegue en
las mismas condiciones en que estaba al principio. Porque si al final te
encuentras delante de una carretera asfaltada, y no con una playa como ésta,
debes reducir rápidamente la marcha. No sé si me explico bien.
―Te
explicas divinamente. En resumen, que el que llega a la playa con la suspensión
rota es que no sabe conducir.
Ya
habían llegado al aprisco. Montalbano giró a la derecha.
―¿Ves
aquellos matorrales tan grandes? Allí es donde encontraron a Luparello.
Ingrid
no dijo nada, ni siquiera mostró demasiada curiosidad. Recorrieron el sendero,
en el que aquella noche había muy poco movimiento, y llegaron bajo el muro de
la vieja fábrica.
―Aquí
la mujer que estaba con Luparello perdió el collar y arrojó el bolso al otro
lado del muro.
―¿Mi
bolso?
―Sí.
―No
fui yo ―murmuró Ingrid―, y te juro que de esta historia no entiendo ni torta.
Al
llegar a la casa de Montalbano, Ingrid fue incapaz de bajar del coche, por lo
que el comisario tuvo que rodearle la cintura con un brazo mientras ella se
apoyaba en su hombro. Una vez dentro, se sentó en la primera silla que
encontró.
―¡Jesús!
Ahora sí que me duele.
―Ve
allí y quítate los pantalones para que te pueda vendar el tobillo.
Ingrid
se levantó quejándose y avanzó cojeando y apoyándose en los muebles y las
paredes.
Montalbano
llamó a la comisaría. Fazio le comunicó que el empleado de la gasolinera lo
había recordado todo y había identificado perfectamente al hombre que se
sentaba al volante, al que querían matar. Turi Gambardella, un miembro de la
cosca de los Cuffaro, como habían supuesto.
―Galluzzo
―añadió Fazio― ha ido a casa de Gambardella. Su mujer dice que hace un par de
días que no lo ve.
―Te
habría ganado la apuesta ―dijo el comisario.
―¿Y
usted cree que yo iba a ser tan gilipollas como para picar el anzuelo?
Montalbano
oyó el rumor del agua procedente del cuarto de baño. Ingrid debía de ser de esa
clase de mujeres que cuando ve una ducha no puede resistir el impulso de
utilizarla. Marcó el número del móvil de Gegè.
―¿Estás
solo? ¿Puedes hablar?
―Solo,
sí. Pero lo de hablar, depende.
―Tengo
que preguntarte un nombre. Es una información que no te compromete, ¿está
claro? Pero quiero una respuesta exacta.
―¿El
nombre de quién?
Montalbano
se lo explicó, y Gege no tuvo la menor dificultad para decirle un nombre e
incluso añadir un apodo de propina.
Ingrid
se había tumbado en la cama y se había echado encima una toalla grande que la
tapaba muy poco.
―Perdóname,
pero no puedo estar de pie.
De
un estante del cuarto de baño, Montalbano cogió un tubo de pomada y un rollo de
gasa.
―Dame
la pierna.
El
movimiento hizo que asomara la minúscula braguita y que un pecho digno del
pincel de un pintor experto en mujeres mostrara también un pezón que pareció
mirar a su alrededor como si le llamara la atención aquel ambiente desconocido.
También esta vez Montalbano comprendió que en Ingrid no había el menor
propósito de seducción, y se lo agradeció.
―Ya
verás como dentro de poco te encuentras mejor ―le dijo tras haberle aplicado la
pomada al tobillo y habérselo vendado fuertemente con la gasa. Durante todo ese
tiempo, Ingrid no le había quitado los ojos de encima.
―¿Tienes
whisky? Tráeme medio vaso sin hielo.
Era
como si se conocieran de toda la vida. Tras entregarle el vaso, Montalbano
acercó una silla y se sentó al lado de la cama.
―¿Sabes
una cosa, comisario? ―dijo Ingrid, mirándolo con sus luminosos ojos verdes―.
Eres el primer hombre auténtico que conozco desde hace cinco años.
―¿Mejor
que Luparello?
―Sí.
―Gracias.
Y ahora presta atención a mis preguntas.
―Házmelas.
Montalbano
estaba a punto de abrir la boca cuando oyó sonar el timbre de la puerta. No
esperaba a nadie, y fue a abrir, perplejo. De pie en el umbral, Anna, vestida
de paisano, lo miró sonriendo.
―¡Sorpresa!
―Lo apartó, y entró en la casa―. Te agradezco el entusiasmo. ¿Dónde te has
metido? En la comisaría me han dicho que estabas aquí. He venido y estaba todo
a oscuras. He llamado por teléfono por lo menos cinco veces, y nada, hasta que,
al final, he visto la luz. ―Anna miró atentamente a Montalbano, que todavía no
había abierto la boca―. ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto mudo? Bueno, mira...
―Interrumpió la frase: a través de la puerta entreabierta del dormitorio,
acababa de ver a Ingrid, semidesnuda, con un vaso en la mano. Primero palideció
y después se ruborizó intensamente―. Perdonadme ―musitó antes de salir a toda
prisa.
―¡Síguela!
―le gritó Ingrid a Montalbano―. ¡Explícaselo todo! Yo ya me voy.
Furioso,
Montalbano propinó a la puerta un fuerte puntapié que hizo vibrar la pared
mientras el automóvil de Anna se alejaba, derrapando con la misma furia con la
que él había cerrado la puerta.
―¡No
tengo por qué explicarle nada, coño!
―¿Me
voy?
Ingrid
se había incorporado en la cama, dejando los triunfantes pechos fuera de la
toalla.
―No,
pero cúbrete.
―Perdona.
Montalbano
se quitó la chaqueta y la camisa, mantuvo un rato la cabeza bajo el agua del
grifo de la bañera y volvió a sentarse al lado de la cama.
―Quiero
que me cuentes muy bien la historia del collar.
―De
acuerdo. El lunes pasado, a Giacomo, mi marido, lo despertó una llamada que no
entendí, pues estaba muerta de sueño. Se vistió rápidamente y salió. Al cabo de
dos horas, regresó y me preguntó dónde había ido a parar el collar, pues
llevaba algún tiempo sin verlo por casa. Yo no podía decirle que estaba dentro
de mi bolso, en casa de Silvio. Si me hubiera pedido que se lo enseñara, no
habría sabido qué contestarle. Así que le dije que lo había perdido hacía por
lo menos un año y que no se lo había querido decir por temor a que se enfadara.
El collar valía un montón de dinero y, por si fuera poco, me lo había regalado
en Suecia. Entonces, Giacomo me hizo firmar en un papel en blanco, para el
seguro, según me dijo.
―¿Y
la historia del aprisco cómo ocurrió?
―Ah,
eso fue después, cuando regresó a la hora del almuerzo. Me explicó que Rizzo,
su abogado, le había dicho que, para el seguro, se necesitaba una explicación
más convincente que la de la pérdida, y le había aconsejado montar el número
del apresco.
―Aprisco
―la corrigió pacientemente Montalbano; el cambio de letra le molestaba.
―Aprisco,
aprisco ―repitió Ingrid―. A mí, la verdad, la historia no me convencía
demasiado, me parecía retorcida, demasiada invención. Entonces, Giacomo me hizo
ver que, a los ojos de todo el mundo, yo era una puta y, por consiguiente, a
nadie le habría extrañado que se me hubiera ocurrido la idea de que me llevaran
al aprisco.
―Comprendo.
―¡La
que no comprende soy yo!
―Tenían
intención de que la pringaras tú.
―No
conozco la palabra.
―Mira.
Luparello muere en el aprisco mientras está en compañía de una mujer que lo ha
convencido para ir allí, ¿de acuerdo?
―De
acuerdo.
―Pues
quieren hacer creer que aquella mujer fuiste tú. El bolso es tuyo, el collar y
los vestidos que hay en la casa de Luparello también, tú sabes bajar por el
Canneto... Por lo tanto, yo debería llegar a una única conclusión: esa mujer se
llama Ingrid Sjostrom.
―Ya
entiendo ―dijo Ingrid. Contempló en silencio el vaso que sostenía en la mano y,
de pronto, experimentó una sacudida―. No es posible.
―¿Qué?
―Que
Giacomo estuviera de acuerdo con la gente que quiere que la pringue yo, como tú
dices.
―Puede
que lo hayan obligado a estar de acuerdo. La situación económica de tu marido
no es muy buena, ¿sabes?
―Él
no me ha dicho nada, pero yo lo sabía. Sin embargo, estoy segura de que, si lo
ha hecho, no ha sido por dinero.
―De
eso yo también estoy seguro.
―Pues
entonces, ¿por qué?
―La
explicación podría ser otra, es decir, que tu marido se haya visto obligado a
involucrarte para salvar a una persona a la que aprecia más que a ti. Espera.
Montalbano
se dirigió a la otra estancia, donde había un pequeño escritorio atestado de
papeles, y cogió el fax que le había enviado Nicolò Zito.
―Pero
salvar a otra persona, ¿de qué? ―le preguntó Ingrid en cuanto regresó―. Si
Silvio murió mientras hacía el amor, nadie tiene la culpa. No lo mataron.
―Proteger
a esta persona, pero no de la ley, Ingrid, sino de un escándalo.
La
mujer leyó el fax, primero con asombro y cada vez con mayor regocijo: cuando
llegó a la historia del Club de Polo, soltó una sincera carcajada. Después se
entristeció, dejó caer el papel sobre la cama e inclinó la cabeza hacia un
lado.
―¿Era
él, tu suegro, el hombre al que llevabas al domicilio de soltero de Luparello?
Para
contestar, Ingrid tuvo que hacer un notable esfuerzo.
―Sí.
Y veo que en Montelusa hablan de ello a pesar de que yo he hecho todo lo
posible por evitarlo. Es lo más desagradable que me ha sucedido en Sicilia en
todo el tiempo que llevo aquí.
―No
es necesario que me cuentes los detalles.
―Quiero
que sepas que no fui yo la que empezó. Hace dos años, mi suegro tenía que
asistir a un congreso en Roma. Nos invitó a mí y a Giacomo, pero en el último
momento mi marido no pudo ir. El insistió en que fuera yo, pues no había estado
nunca en Roma. Todo fue muy bien, hasta que la última noche mi suegro entró en
mi habitación. Estaba como enloquecido. Me acosté con él para calmarlo.
Gritaba, me amenazaba. Durante el viaje de vuelta en avión, estuvo casi a punto
de echarse a llorar y dijo que jamás volvería a ocurrir. Ya sabes que vivimos
en el mismo edificio, ¿verdad? Bueno, pues una tarde en que mi marido había
salido y yo estaba en la cama, mi suegro se presentó en mi habitación como
aquella noche, temblando de pies a cabeza. Tuve miedo como la otra vez. La
criada estaba en la cocina... Al día siguiente le dije a Giacomo que quería
cambiar de casa. Él se sorprendió, yo insistí, y discutimos. Volví a plantearle
el tema varias veces, y cada vez me contestó que no. Desde su punto de vista,
él tenía la razón. Entretanto, mi suegro insistía, me besaba, me tocaba siempre
que podía, a riesgo de que lo viera su mujer o Giacomo. Por eso le pedí a
Silvio que me prestara de vez en cuando su casa.
―¿Tu
marido sospecha algo?
―No
lo sé, no se me ha ocurrido pensado. Algunas veces me parece que sí y otras me
convenzo de que no.
―Una
pregunta más, Ingrid. Al llegar a Capo Massaria, mientras abrías la puerta, me
dijiste que, de todos modos, dentro no encontraría nada. Y, cuando viste que
dentro todo estaba como siempre, te llevaste una sorpresa. ¿Alguien te había
asegurado que habían sacado todo lo que había en la casa de Luparello?
―Sí,
me lo había dicho Giacomo.
―Entonces,
¿tu marido lo sabía?
―Espera,
no me líes. Cuando Giacomo me dijo lo que tendría que decir en caso de que me
preguntaran los del seguro, o sea, que había estado con él en el aprisco, a mí
me preocupaba otra cosa: el hecho de que, una vez muerto Silvio, más tarde o
más temprano alguien descubriría la casita, donde estaban mis vestidos, mi
bolso y otras cosas mías.
―¿Quién
crees que hubiera podido encontrarlos?
―Pues
no sé, la policía, su familia... Entonces, se lo conté todo a Giacomo, pero le
mentí. No le dije nada de su padre, le di a entender que allí me reunía con
Silvio. Por la noche, me explicó que estaba todo arreglado, que un amigo se
encargaría de todo y que, si alguien descubría la casita, sólo encontraría las
paredes encaladas. Y yo le creí. ¿Qué te ocurre?
―¿Cómo
que qué me ocurre?
―Te
tocas constantemente la nuca.
―Ah,
sí. Me duele. Debe de ser de la bajada por el Canneto. ¿Qué tal va el tobillo?
―Mejor,
gracias.
Ingrid
se echó a reír. Pasaba de un estado de ánimo a otro con la misma facilidad que
los niños.
―¿De
qué te ríes?
―Tu
nuca, mi tobillo... Parecemos dos pacientes hospitalizados.
―¿Te
sientes con ánimos para levantarte?
―Si
por mí fuera, me quedaría aquí hasta mañana por la mañana.
―Tenemos
otras cosas que hacer. Vístete. ¿Puedes conducir?
Catorce
El
lenguado rojo de Ingrid aún estaba en el aparcamiento del bar Marinella. Por lo
visto, debía parecer demasiado comprometedor robarlo, ya que no había muchos en
Montelusa y provincia.
―Coge
tu coche y sígueme ―dijo Montalbano―. Volvemos a Capo Massaria.
―¡Dios
mío! ¿Para qué?
Ingrid
se enfadó, pues no le apetecía regresar allí, y el comisario lo comprendía muy
bien.
―En
tu propio interés.
A la
luz de los faros, que inmediatamente apagó, el comisario observó que la verja
de la casa estaba abierta. Bajó y se acercó al automóvil de Ingrid.
―Espérame
aquí. Apaga las luces. ¿Recuerdas si al salir, cerramos la verja?
―No
lo recuerdo muy bien, pero creo que sí.
―Da
la vuelta al coche, pero procura hacer el menor ruido posible.
La
mujer realizó la maniobra. Ahora, el morro del automóvil apuntaba hacia la
carretera provincial.
―Escúchame
bien. Voy a bajar. Tú quédate aquí y aguza el oído. Si me oyes gritar o ves
algo raro, no pierdas el tiempo pensando, ponte en marcha y vuelve a casa.
―¿Crees
que hay alguien dentro?
―No
lo sé. Tú haz lo que te digo.
Montalbano
sacó de su coche el bolso bandolera y la pistola. Se alejó, procurando pisar
con cuidado, y bajó por los peldaños. Esta vez la puerta de la casa se abrió
sin ofrecer resistencia y sin ruido. Cruzó el umbral, empuñando la pistola. El
salón estaba débilmente iluminado por el reflejo del mar. Abrió de una patada
la puerta del cuarto de baño e hizo lo mismo con las demás, sintiéndose, en
clave cómica, un héroe de ciertas películas americanas. En la casa no había
nadie, y tampoco se veía la menor señal de que alguien hubiera estado. No tardó
mucho en convencerse de que él mismo había olvidado cerrar la verja. Abrió el
ventanal del salón y miró hacia abajo. En aquel lugar, Capo Massaria se
proyectaba hacia el mar como la proa de un barco, y el agua debía de ser muy
profunda. Metió en el bolso unos cuantos cubiertos de plata y un pesado
cenicero de cristal, le dio vueltas por encima de su cabeza y lo arrojó lejos.
No sería fácil que lo encontraran. Después sacó del armario del dormitorio
todas las pertenencias de Ingrid. Salió y comprobó que la puerta de la casa
estuviera bien cerrada. En cuanto apareció en lo alto de los peldaños, fue
alcanzado por la luz de los faros del automóvil de Ingrid.
―Te
había dicho que mantuvieras los faros apagados. ¿Y por qué le has dado
nuevamente la vuelta al coche?
―Si
hubiera habido problemas, no quería dejarte solo.
―Aquí
tienes tus vestidos.
Ella
los cogió y los colocó en el asiento del copiloto.
―¿Y
el bolso?
―Lo
he arrojado al mar. Ahora, vuelve a casa. Ya no tienen nada con que
involucrarte.
Ingrid
bajó del coche, se acercó a Montalbano y le dio un abrazo. Permaneció un rato
con la cabeza apoyada contra su pecho. Después, sin mirarlo, volvió a subir a
su vehículo, lo puso en marcha y se fue.
La
entrada del puente del Canneto estaba casi bloqueada por un automóvil
estacionado y un hombre que, con los codos apoyados en la capota, se cubría el
rostro con las manos y se balanceaba levemente.
―Pero
¿qué es eso? ―preguntó Montalbano, frenando.
El
hombre se volvió. Tenía la cara cubierta por la sangre que le manaba de una
enorme herida justo en el centro de la frente.
―Un
cabrón ―contestó el hombre.
―No
entiendo, explíquese mejor.
Montalbano
bajó del automóvil y se acercó a él.
―Yo
circulaba tranquilamente, cuando un hijo de puta, al adelantarme, por poco me
echa de la carretera. Entonces, indignado, lo he perseguido tocando el claxon y
con las luces largas. De repente, el tío ha frenado y se ha quedado atravesado
en la carretera. Luego, ha bajado del coche con algo en la mano. Yo estaba
acojonado, pensaba que era un arma. El tío se ha acercado a mi coche ―yo
llevaba la ventanilla abierta― y, sin decir palabra, me ha atizado fuertemente
con el objeto, que entonces he visto que era una llave inglesa.
―¿Necesita
ayuda?
―No,
ya ha dejado de salir sangre.
―¿Quiere
poner una denuncia?
―No
me haga reír. Me duele la cabeza.
―¿Quiere
que lo acompañe al hospital?
―¿Quiere
hacer el favor de ocuparse de sus asuntos?
¿Cuánto
tiempo hacía que no dormía por la noche como Dios manda? Ahora, experimentaba
en la parte posterior del coco un dolor que no le daba tregua. No sentía alivio
ni tendido boca arriba, ni boca abajo. Daba igual, el dolor lo seguía acosando,
sordo, molesto, sin punzadas agudas, lo cual puede que fuera peor. Encendió la
luz. Eran las cuatro. En la mesilla de noche estaban todavía el tubo de pomada
y el rollo de gasa que había utilizado con Ingrid. Los cogió y, delante del
espejo del cuarto de baño, se aplicó un poco de pomada, pensando que quizá lo
aliviaría; después se vendó el cuello con la gasa y la fijó con un trozo de
esparadrapo. Le pareció que el vendaje estaba demasiado apretado, pues le
costaba mover la cabeza. Fue entonces cuando un cegador flash le estalló en el
cerebro, oscureciendo incluso la luz del cuarto de baño. De pronto, se vio
convertido en un personaje de cómic que tenía ojos de rayos X, con los que
podía ver incluso el interior de las cosas.
En
el instituto había un viejo cura que les daba clase de religión. «La verdad es
luz», les dijo un día el cura.
Montalbano
era un alumno muy bromista que estudiaba poco y siempre se sentaba en el último
banco.
«Eso
quiere decir que, si en una familia, todos dicen la verdad, ahorran en el
recibo de la luz.»
Aquel
comentario en voz alta le había valido la expulsión de clase.
Ahora,
treinta y tantos años después, le pidió mentalmente perdón al viejo cura.
―¡Qué
mala cara tiene! ―exclamó Fazio en cuanto lo vio entrar en la comisaría―. ¿No
se encuentra bien?
―Déjame
en paz ―fue la respuesta de Montalbano―. ¿Hay noticias de Gambardella? ¿Lo
habéis encontrado?
―Nada.
Ha desaparecido. Yo ya me he hecho a la idea de que lo vamos a encontrar en el
campo, devorado por los perros.
Algo
en la voz del sargento intranquilizó a Montalbano, que lo conocía desde hacía
muchos años.
―¿Qué
ocurre?
―Pues
que Gallo se ha tenido que ir a urgencias. Se ha hecho daño en el brazo, nada
serio.
―¿Cómo
ha sido?
―Con
el vehículo de servicio.
―¿Corría
más de la cuenta? ¿Se ha pegado un trompazo?
―Sí.
―¿Qué
pasa? ¿Hace falta una comadrona para sacarte las palabras de la boca?
―Bueno,
lo envié al mercado del pueblo porque se había producido una reyerta. Salió
pitando, ya sabe usted cómo es, ha derrapado y se la ha pegado contra un poste.
El coche lo han remolcado a nuestro parque móvil de Montelusa y nos han dado
otro.
―Dime
la verdad, Fazio: ¿nos habían rajado los neumáticos?
―Sí.
―¿Y
no los ha mirado primero, como le he aconsejado mil veces que haga? ¿No queréis
comprender que rajamos los neumáticos es el deporte nacional de esta mierda de país?
Dile que hoy no se presente en el despacho, porque, si lo veo, le parto el
culo.
Entró
en su despacho y cerró de un portazo. Estaba furioso de verdad. Rebuscó en una
caja de hojalata en la que guardaba toda clase de cosas, desde sellos hasta
botones, y encontró la llave de la vieja fábrica. Se fue sin despedirse.
Sentado
en la viga podrida junto a la que había encontrado el bolso de Ingrid,
contemplaba algo que la otra vez le había parecido un objeto indefinible, una
especie de empalme para tubos, y que ahora podía identificar con toda claridad:
un collarín anatómico, aparentemente nuevo, a pesar de que se veía que alguien
lo había utilizado. Por una especie de sugestión, le volvió a doler la nuca. Se
levantó, cogió el collarín, abandonó la vieja fábrica y regresó a la comisaría.
―¿Comisario?
Soy Stefano Luparello.
―Dígame,
ingeniero.
―El
otro día le dije a mi primo Giorgio que usted quería verlo esta mañana a las
diez. Pero justo hace cinco minutos que me ha llamado mi tía, su madre. No creo
que Giorgio pueda venir, tal como era su intención.
―¿Qué
ha ocurrido?
―No
lo sé muy bien, pero por lo visto se ha pasado toda la noche fuera de casa, eso
ha dicho mi tía. Ha regresado hace poco, sobre las nueve, y su estado es
lamentable.
―Perdone,
ingeniero, pero me parece que su madre me dijo que el chico vivía con ustedes.
―Sí,
pero sólo hasta la muerte de mi padre. Después se fue a su casa. En la nuestra,
sin papá, se sentía incómodo. En cualquier caso, mi tía ha llamado al médico, y
éste le ha inyectado un sedante. Ahora duerme como un tronco. A mí me da pena,
¿sabe? Puede que estuviera demasiado apegado a papá.
―Comprendo.
Si ve a su primo, dígale que necesito hablar con él. Pero sin prisas, no es
nada importante, cuando pueda.
―Lo
haré sin falta. Ah, mamá, que está a mi lado, me dice que lo salude de su
parte.
―Salúdela
de la mía. Dígale que yo... Su madre es una mujer extraordinaria, ingeniero.
Dígale que siento un profundo respeto por ella.
―Se
lo diré, muchas gracias.
Montalbano
se pasó una hora firmando papeles y otra escribiendo. Eran unos cuestionarios
del Ministerio tan complejos como inútiles. Galluzzo, muy alterado, ni siquiera
llamó a la puerta, sino que la abrió con tal violencia que la golpeó contra la
pared.
―Pero
¿qué coño te pasa? ¿Qué ocurre?
―Me
acabo de enterar por un colega de Montelusa. Han matado al abogado Rizzo. De un
disparo. Lo han encontrado al lado de su automóvil, en el barrio de San
Giusippuzzu. Si quiere, me informo mejor.
―Déjalo,
voy yo.
Montalbano
consultó el reloj. Eran las once. Salió corriendo.
* *
*
En
casa de Saro no contestaba nadie. Montalbano llamó a la puerta de al lado y le
abrió una viejecita con cara de pocos amigos.
―¿Qué
pasa? ¿Qué maneras son ésas de llamar?
―Perdone,
señora, buscaba a los señores Montaperto.
―¿Los
señores Montaperto? Pero ¿qué señores? ¡Ésos son unos basureros indecentes!
No
parecía que hubiera demasiada simpatía entre ambas familias.
―Y
usted, ¿quién es?
―Soy
comisario de policía.
El
rostro de la mujer se iluminó y empezó a dar voces con agudas notas de alegría.
―¡Turiddru!
¡Turiddru! ¡Ven corriendo!
―¿Qué
pasa? ―preguntó un viejo extremadamente delgado que acababa de aparecer.
―¡Este
señor es comisario! ¿Lo ves como yo tenía razón? ¿Ves como los busca la
policía? ¿Ves como era gente mala? ¿Ves como se han escapado para no acabar en
la cárcel?
―¿Cuándo
se han escapado, señora?
―No
hace ni media hora. Con el chiquillo. Si se da prisa, puede que los alcance en
la calle.
―Gracias,
señora. Voy corriendo.
Saro,
su mujer y su hijo lo habían conseguido.
* *
*
Por
el camino de Montelusa lo obligaron dos veces a detenerse; primero una patrulla
de soldados alpinos y después otra de carabineros. Lo peor fue cuando se
dirigía a San Giusippuzzu, pues, entre bloqueos y controles, tardó tres cuartos
de hora en recorrer menos de cinco kilómetros. En el lugar de los hechos
estaban el jefe superior de policía, el coronel de los carabineros y la
jefatura de Montelusa en pleno. También estaba Anna, que fingió no verlo.
Jacomuzzi miraba a su alrededor, buscando a alguien a quien poder contárselo
todo con pelos y señales. En cuanto vio a Montalbano, corrió a su encuentro.
―Una
ejecución en toda regla, despiadada.
―¿Cuántos
eran?
―Sólo
uno, al menos el que disparó fue sólo uno. El pobre abogado salió de su
despacho a las seis y media de esta mañana, cogió unos papeles y se dirigió a
Tabbia, donde se había citado con un cliente. Se ha comprobado que salió solo
de su despacho, pero por el camino recogió en su coche a algún conocido.
―Puede
que fuera alguien que hacía autoestop.
Jacomuzzi
soltó una carcajada tan sonora, que algunas personas se volvieron a mirado.
―¿Y
tú te imaginas a Rizzo, con la cantidad de líos que tenía, invitando a subir a
su coche a un desconocido? ¡Pero si no se fiaba ni de su propia sombra! Tú
sabes mejor que yo que detrás de Luparello estaba Rizzo. No, no, seguramente ha
sido alguien a quien él conocía; un mafioso, sin la menor duda.
―¿Un
mafioso, dices?
―Pondría
la mano en el fuego. La mafia ha subido el precio, pide cada vez más, y los
políticos no siempre están en condiciones de satisfacer sus exigencias. Pero
hay otra hipótesis. Debió de cometer algún error, ahora que se sentía más
fuerte tras el nombramiento del otro día. Y no se lo han perdonado.
―Jacomuzzi,
te felicito. Esta mañana estás siendo especialmente perspicaz, se ve que has
cagado bien. ¿Cómo puedes estar tan seguro de lo que dices?
―Por
la manera en que el otro lo ha matado. Primero le ha reventado los cojones a
patadas; después, lo ha obligado a arrodillarse, le ha puesto el arma en la
nuca y ha disparado.
Montalbano
experimentó súbitamente una punzada de dolor en la parte posterior de la
cabeza.
―¿Qué
arma era?
―Pasquano
dice que, a juzgar por el orificio de entrada y el de salida, y teniendo en
cuenta que el cañón estaba prácticamente en contacto con la piel, tiene que ser
una siete sesenta y cinco.
―¡Dottor
Montalbano!
―Te
llama el jefe superior ―dijo Jacomuzzi, eclipsándose.
El
jefe superior le tendió la mano y ambos se miraron sonriendo.
―¿Cómo
es posible que usted también esté aquí?
―En
realidad, señor jefe superior, ya me iba. Me encontraba en Montelusa, me he
enterado de la noticia y he venido por simple curiosidad.
―Pues
entonces, hasta esta noche. No falte, se lo ruego. Mi mujer lo espera.
Era
una suposición, una simple suposición, y tan endeble que, si se hubiera
detenido un instante a examinarla, se habría desvanecido. Estaba pisando a
fondo el acelerador, y poco faltó para que en un control le pegaran un tiro. Al
llegar a Capo Massaria, ni siquiera apagó el motor; saltó del vehículo dejando
la puerta abierta, abrió sin dificultad la verja y la puerta de la casa, y
corrió al dormitorio. En el cajón de la mesilla de noche ya no estaba la
pistola. Se insultó a sí mismo de mala manera. Se había comportado como un
gilipollas. Después de haber descubierto el arma, había vuelto un par de veces
a la casa con Ingrid y no se había tomado la molestia de comprobar si el arma
estaba en su sitio. No lo había hecho ni una vez, ni siquiera cuando encontró
la verja abierta y se tranquilizó pensando que había sido él quien había
olvidado cerrarla.
«Ahora
voy a tambasiàre», pensó en cuanto llegó a su casa. Tambasiàre era un verbo que
le gustaba. Significaba ponerse a pasear de habitación en habitación sin un
propósito definido, ocupándose en fruslerías. Y eso fue lo que hizo: colocó los
libros en su sitio, ordenó el escritorio, enderezó un dibujo de la pared,
limpió los quemadores de la cocina de gas. Tambasiàva. No tenía apetito, no
había ido a comer al restaurante y ni siquiera había abierto el frigorífico
para ver qué le había preparado Adelina.
Al
entrar, como de costumbre, había encendido el televisor. La primera noticia que
dio el presentador de Televigata fue la referente a los detalles del asesinato
del abogado Rizzo, los detalles, pues la novedad de aquella muerte ya se había
comentado en una edición extraordinaria. El periodista no tenía la menor duda:
el abogado había sido asesinado por la mafia, atemorizada por el hecho de que
la víctima acabara de acceder a un cargo de alta responsabilidad política,
desde el cual podría luchar con más eficacia contra el crimen organizado.
Porque éste era el mensaje clave de la renovación: guerra sin cuartel a la
mafia.
Nicolò
Zito, que acababa de regresar precipitadamente a Montelusa, también hablaba de
la mafia en Retelibera, pero de una manera tan retorcida, que nadie entendía
nada de lo que decía. Entre líneas, mejor dicho, entre palabras, Montalbano
intuyó que Zito pensaba en un brutal ajuste de cuentas, pero no lo decía
abiertamente por temor a que se añadiera otra querella a las muchas que ya
tenía pendientes. Al final, Montalbano se cansó de toda aquella cháchara hueca,
apagó el televisor, bajó las persianas para que no entrara la luz del día, se
tendió vestido en la cama y se acurrucó. Se quería accuttufare. Otro verbo que
le gustaba. Significaba tanto recibir palos como apartarse de la sociedad. En
aquel momento, ambos significados eran válidos para él.
Quince
Más
que una nueva receta para preparar los pulpitos, el invento de la señora Elisa,
la esposa del jefe superior de policía, fue para el paladar de Montalbano una
auténtica inspiración divina. Se sirvió por segunda vez un abundante plato y,
cuando estaba a punto de terminar, aminoró el ritmo de la masticación para
prolongar, aunque fuera por poco tiempo, el placer que el plato le estaba
deparando. La señora Elisa lo contemplaba satisfecha: como toda buena cocinera,
disfrutaba de la extasiada expresión del rostro de los comensales mientras
saboreaban uno de sus platos. Y Montalbano, por la expresividad de su rostro,
era uno de sus invitados preferidos.
―Gracias,
se lo agradezco muy de veras ―le dijo el comisario al final, lanzando un
suspiro.
Los
pulpitos habían obrado en parte una especie de milagro; pero sólo en parte,
pues, aunque era cierto que ahora Montalbano se sentía en paz con Dios y con
los hombres, no lo era menos que seguía sin estar en paz consigo mismo.
Al
terminar la cena, la señora recogió la mesa y llevó una botella de Chivas para
el comisario y otra de licor amargo para su marido.
―Y
ahora mientras vosotros empezáis a hablar de vuestros muertos asesinados en la
vida real, yo me voy a ver los falsos muertos de la televisión, los prefiero.
Era
un rito que se repetía por lo menos una vez cada quince días. A Montalbano le
resultaban simpáticos el jefe superior y su mujer, y éstos correspondían
ampliamente a su simpatía. El jefe superior era un hombre distinguido, culto y
reservado, casi una figura de otra época.
Hablaron
de la desastrosa situación política, de las peligrosas incógnitas que el
creciente desempleo estaba creando, de la grave situación del orden público.
Después, el jefe superior pasó a una pregunta directa.
―¿Me
quiere explicar por qué no ha cerrado todavía el asunto Luparello? Hoy he
recibido una preocupada llamada de Lo Bianco.
―¿Estaba
enfadado?
―No,
como le he dicho, simplemente preocupado. Perplejo, más bien. No consigue
explicarse la razón de su demora. Y yo tampoco, si he de serle sincero. Mire,
Montalbano, usted me conoce y sabe que jamás me permitiría ejercer la más
mínima presión sobre uno de mis funcionarios para obligarle a tomar una
determinada decisión.
―Lo
sé muy bien.
―Por
consiguiente, si le hago la pregunta es para satisfacer mi curiosidad personal.
¿Me explico? Estoy hablando con mi amigo Montalbano, que conste. Un amigo cuya
inteligencia y perspicacia conozco muy bien, y cuyo civismo en las relaciones
humanas es algo muy poco frecuente hoy en día.
―Se
lo agradezco, señor jefe superior, y seré sincero, como usted merece. Lo que no
me convenció de toda esta historia fue el lugar donde se descubrió el cadáver.
Desentonaba mucho, de manera estridente, con la personalidad y la conducta de
Luparello, hombre astuto, prudente y ambicioso. Me pregunté: ¿por qué lo ha
hecho? ¿Por qué ha ido al aprisco para mantener una relación sexual que, en
aquel ambiente, resultaba extremadamente arriesgada y ponía en peligro su
imagen? No encontré una respuesta. Mire, señor jefe superior, era algo así como
si, salvando las distancias, el presidente de la República hubiera muerto de un
infarto mientras bailaba el rock en una discoteca de ínfima categoría.
El
jefe superior levantó una mano para interrumpirlo.
―Su
comparación no es apropiada ―observó con una sonrisa que no era una sonrisa―.
Hemos visto recientemente a algún ministro que se ha desmelenado bailando en
salas de fiestas de categoría más o menos ínfima, y no se ha muerto.
El
«por desgracia» que evidentemente estaba a punto de añadir se perdió antes de
brotar de sus labios.
―Pero
el hecho está ahí ―prosiguió diciendo tozudamente Montalbano―. Y esta primera
impresión me la confirmó ampliamente la viuda del ingeniero.
―¿Ha
tenido ocasión de conocerla? Una mujer que piensa con la cabeza.
―Fue
la señora quien quiso hablar conmigo, y así me lo hizo saber. En el transcurso
de una conversación que mantuve ayer con ella, me dijo que su esposo tenía una
casita en Capo Massaria, y me facilitó las llaves. Por consiguiente, ¿qué razón
tenía para exponerse al peligro en un lugar como el aprisco?
―Yo
también me lo he preguntado.
―Admitamos,
por un momento y por el puro placer de la discusión, que se dejó convencer por
una mujer dotada de una extraordinaria capacidad de persuasión. Una mujer que
no era del lugar y que lo condujo allí por un camino absolutamente
impracticable. Tenga en cuenta que la que iba al volante era una mujer.
―¿Un
camino impracticable, dice usted?
―Sí,
no sólo tengo testimonios muy precisos al respecto, sino que dicho camino se lo
hice recorrer a mi sargento, y yo mismo también lo he recorrido. El vehículo
atravesó incluso el lecho seco del río Canneto, y la suspensión se rompió. En
cuanto el vehículo se detiene, prácticamente empotrado en un matorral de gran
tamaño, la mujer se coloca encima del hombre que tiene a su lado y empiezan a
hacer el amor. Durante el acto, el ingeniero sufre la indisposición que lo
lleva a la muerte. Sin embargo, la mujer no grita ni pide socorro: con
terrorífica frialdad, desciende del automóvil, recorre muy despacio el sendero
que conduce a la carretera provincial, sube a un automóvil que se acerca y se
larga.
―No
cabe duda de que todo es muy raro. ¿La mujer hizo autoestop?
―Ha
dado usted en el clavo. Parece ser que no, y tengo un testimonio al respecto.
El vehículo al que subió llegó a toda prisa, incluso con la puerta abierta. El
conductor sabía a quién encontraría y que debía recogerla sin pérdida de
tiempo.
―Perdone,
comisario, pero todos estos testimonios, ¿los ha incluido en un acta?
―No.
No había motivo para que lo hiciera. Verá, hay un hecho indudable: el ingeniero
murió por causas naturales. Oficialmente, no tengo ningún motivo para abrir una
investigación.
―Ya,
pero si ocurrió lo que usted dice, se podría investigar, por ejemplo, la
omisión del deber de socorro.
―Convendrá
usted conmigo en que eso es una bobada...
―Sí.
―Bien,
llegado a este punto, la señora Luparello me hizo observar un detalle
fundamental, y es el de que su marido, ya muerto, llevaba los calzoncillos
puestos del revés.
―Espere
―dijo el jefe superior―, vayamos con calma. ¿Cómo podía saber la señora que su
marido llevaba los calzoncillos al revés, en caso de que efectivamente los
llevara así? Que yo sepa, la señora no estuvo en el lugar de los hechos y no
estaba presente cuando los de la Científica tomaron las muestras.
Montalbano
se preocupó, había hablado impulsivamente, sin tener en cuenta la necesidad de
mantener al margen a Jacomuzzi, pues era éste quien había entregado las
fotografías a la señora. Pero ya no podía salir del atolladero.
―La
señora tenía en su poder las fotografías tomadas por los de la Científica; no
sé cómo las consiguió.
―Puede
que yo sí lo sepa ―dijo el jefe superior en tono enojado.
―Las
examinó atentamente con una lupa, me las mostró y era cierto.
―Y,
sobre la base de esta circunstancia, ¿la señora se formó una opinión?
―Pues
sí. Ella parte de la premisa de que si, en el momento de vestirse, su marido se
hubiera puesto los calzoncillos del revés, inevitablemente se habría dado
cuenta a lo largo del día, pues tenía que ir al lavabo varias veces porque
tomaba diuréticos. Por consiguiente, partiendo de esta hipótesis, la señora
cree que el ingeniero, sorprendido en una situación cuanto menos embarazosa, se
vio obligado a vestirse rápidamente y dirigirse al aprisco. Allí, según ella,
lo comprometerían de manera irreparable, por lo menos hasta el extremo de
obligarlo a abandonar la política. A este respecto, hay algo más.
―No
me oculte ningún detalle.
―Los
dos basureros que encontraron el cuerpo, antes de llamar a la policía, hablaron
con el abogado Rizzo, pues sabían que éste era el álter ego de Luparello. Pues
bien, Rizzo no sólo no se mostró sorprendido, estupefacto, asombrado,
preocupado ni alarmado, sino que los instó a denunciar inmediatamente el hecho.
―Y
eso usted, ¿cómo lo sabe? ¿Acaso le había intervenido el teléfono? ―preguntó
aterrorizado el jefe superior.
―No
le había intervenido nada. Es la fiel transcripción del breve coloquio hecha
por uno de los dos basureros. Lo hizo por motivos que aquí sería prolijo
explicar.
―¿Acaso
pretendía someterlo a chantaje?
―No,
pretendía escribir una obra teatral. Puede creerme, no tenía la menor intención
de cometer un delito. Y aquí entramos en el meollo de la cuestión, es decir,
Rizzo.
―Espere.
Esta noche me había propuesto encontrar la manera de regañarlo. Por esta manía
suya de querer complicar las cosas. Usted habrá leído sin duda Cándido de
Sciascia. ¿Recuerda que el protagonista afirma en determinado momento que cabe
la posibilidad de que las cosas sean casi siempre sencillas? Es lo que yo
quería recordarle.
―Sí,
pero mire, Cándido dice «casi siempre», no siempre. Admite excepciones. Y el de
Luparello es un caso en el que las cosas se disponen de manera que parezcan
sencillas.
―Y,
por el contrario, ¿son complicadas?
―Lo
son, y mucho. Hablando de Cándido, ¿recuerda el subtítulo?
―Claro,
Un sueño siciliano.
―Exacto,
pero esto, en cambio, es una especie de pesadilla. Aventuro una hipótesis que
difícilmente se podrá confirmar ahora que han asesinado a Rizzo. Bueno, pues a
última hora de la tarde del domingo, hacia las siete, el ingeniero llama a su
mujer para decide que regresará muy tarde, pues tiene una reunión política
importante. En su lugar, se dirige a una cita amorosa en la casita de Capo
Massaria. Me apresuro a decirle que una eventual investigación acerca de la
persona que estaba con el ingeniero plantearía muchas dificultades, pues
Luparello era ambidiestro.
―Perdone,
¿qué quiere usted decir? Ambidiestro en mi tierra es alguien que utiliza con la
misma soltura tanto la extremidad derecha como la izquierda, ya sea la mano o
el pie.
―Impropiamente
se dice también de alguien que va indistintamente con un hombre o con una
mujer.
Ambos
hablaban en tono muy serio; parecían dos profesores que estuvieran compilando
un nuevo diccionario.
―¡Qué
me dice! ―exclamó asombrado el jefe superior.
―Me
lo ha dado a entender con toda claridad la señora Luparello. Y la señora no
tenía ningún interés en decirme una cosa por otra, sobre todo en este tema.
―¿Usted
fue a la casita?
―Sí.
Todo estaba perfectamente ordenado. Dentro hay cosas que pertenecían al
ingeniero, y nada más.
―Siga
adelante con su hipótesis.
―Durante
el acto sexual, o inmediatamente después, como es probable que ocurriera habida
cuenta de los restos de esperma encontrados, Luparello muere. La mujer que está
con él...
―Alto
―dijo el jefe superior―. ¿Cómo puede decir con tanta seguridad que se trataba
de una mujer? Usted mismo acaba de trazarme el horizonte sexual, más bien
amplio, del ingeniero.
―Le
diré por qué estoy seguro. En cuanto se da cuenta de que su amante ha muerto,
la mujer pierde la cabeza, no sabe qué hacer, se trastorna, se altera, incluso
se le cae el collar que llevaba, pero no se da cuenta. Después se calma y
comprende que lo único que puede hacer es pedir ayuda a Rizzo, la sombra de
Luparello. Rizzo le dice que abandone inmediatamente la casa y le aconseja
esconder la llave en algún lugar para que él pueda entrar. La tranquiliza, él
se encargará de todo, nadie se enterará de la existencia de aquella cita
concluida de una forma tan trágica. Más calmada, la mujer abandona la escena.
―¿Cómo
que abandona la escena? ¿No fue una mujer la que llevó a Luparello al aprisco?
―Sí
y no. Sigo. Rizzo se dirige a toda prisa a Capo Massaria, viste
precipitadamente al cadáver, pues tiene intención de sacarlo de allí para que
lo encuentren en algún lugar menos comprometedor. Pero, en aquel momento, ve el
collar en el suelo y descubre en el interior del armario los vestidos de la
mujer que lo ha llamado. Comprende entonces que aquél puede ser su día de
suerte.
―¿En
qué sentido?
―En
el sentido de que está en condiciones de poner a todo el mundo con la espalda
contra la pared, tanto a los amigos políticos como a los enemigos, y
convertirse en el número uno del partido. La mujer que lo ha llamado es Ingrid
Sjostrom, una sueca casada con el hijo del doctor Cardamone, el sucesor natural
de Luparello, un hombre que de ninguna manera querrá repartirse nada con Rizzo.
Ahora bien, como usted comprenderá, una cosa es una llamada telefónica y otra
muy distinta la demostración palpable de que la Sjostrom era la amante de
Luparello. Pero hay que hacer algo más. Rizzo comprende que los que se
abalanzarán sobre la herencia política de Luparello serán sus camaradas
políticos afines a él, por lo que, para poder eliminarlos, ha de colocados en
la situación de avergonzarse de enarbolar la bandera de Luparello. Es necesario
ponerlo de vuelta y media y deshonrar totalmente al ingeniero. Se le ocurre la
fabulosa idea de dejarlo en el aprisco. Y, ya que estaba, ¿por qué no hacer
creer que la mujer que quiso ir al aprisco con él fue precisamente Ingrid
Sjostrom ―extranjera, de costumbres en modo alguno monacales―, en busca de
sensaciones estimulantes? Si el montaje da resultado, Cardamone estará en sus
manos. Telefonea a dos de sus hombres, los cuales sabemos, sin poder
demostrarlo, que son los encargados de los trabajos sucios. Uno de ellos se
llama Angelo Nicotra, un homosexual más conocido en su ambiente como Marilyn.
―¿Y
cómo se las arregló para averiguar incluso su nombre?
―Me
lo dijo un confidente que me merece absoluta confianza. Somos amigos, en cierto
modo.
―¿Gegè,
su antiguo compañero de escuela?
Montabano
miró boquiabierto de asombro al jefe superior.
―¿Por
qué me mira así? Yo también soy un lince. Siga.
―Cuando
llegan los hombres, Rizzo hace que Marilyn se vista de mujer, le ordena que se
ponga el collar y le dice que lleve el cadáver al aprisco a través de un camino
impracticable, nada menos que el lecho seco de un río.
―¿Qué
se proponía con ello?
―Conseguir
una nueva prueba contra la Sjostrom, que es una campeona automovilística y
puede recorrer ese camino.
―¿Está
seguro?
―Sí.
Yo estaba en el coche con ella cuando le hice recorrer el lecho del río.
―Dios
mío ―exclamó el jefe superior en tono quejumbroso―. ¿La obligó a hacerlo?
―¡De
ninguna manera! Ella estaba totalmente de acuerdo.
―¿Me
quiere decir a cuántas personas ha utilizado? ¿Se da cuenta de que está jugando
con un material explosivo?
―Todo
se reduce a una pompa de jabón, no se preocupe. Mientras los dos se van con el
muerto, Rizzo, que ha cogido las llaves de Luparello, regresa a Montelusa y se
apodera sin ninguna dificultad de los documentos reservados del ingeniero que
más le interesan. Mientras tanto, Marilyn cumple a la perfección lo que se le
ha mandado: baja del coche tras haber simulado el acto sexual, se aleja y, a la
altura de una vieja fábrica abandonada, esconde el collar junto a un matorral y
arroja el bolso al otro lado del muro.
―¿A
qué bolso se refiere?
―Pertenece
a la Sjostrom, lleva incluso sus iniciales. Lo encontró casualmente en la
casita, y pensó que podría serie útil.
―Explíqueme
cómo ha llegado a estas conclusiones.
―Mire,
Rizzo ha estado jugando con una carta descubierta, el collar, y con otra
cubierta, el bolso. El hallazgo del collar, cualquiera que sea la forma en que
se produzca, demuestra que Ingrid estaba en el aprisco en el mismo momento en
que moría Luparello. Si, por casualidad, alguien se guarda el collar en el
bolsillo y no dice nada, él podrá seguir jugando la carta del bolso. Pero,
desde su punto de vista, tuvo suerte, pues el collar fue encontrado por uno de
los dos basureros, que me lo entregó. Él justifica el hallazgo con una excusa
que en el fondo es plausible, pero entretanto ha conseguido establecer el
triángulo Sjostrom―Luparello―aprisco. Sin embargo, resulta que el bolso lo
encontré yo sobre la base de la discrepancia entre dos testimonios: el que
sostenía que la mujer, cuando bajó del automóvil del ingeniero, llevaba en la
mano un bolso que ya no tenía ―como mantiene el otro― cuando subió al coche que
la recogió en la carretera provincial. Resumiendo, los dos hombres regresan a
la casita, lo ordenan todo y le devuelven las llaves. Con las primeras luces
del alba, Rizzo llama a Cardamone y empieza a jugar bien sus cartas.
―Sí,
desde luego, pero también empieza a jugarse la vida.
―Ésa
ya es otra cuestión, en caso de que lo sea ―dijo Montalbano.
El
jefe superior lo miró, alarmado.
―¿Qué
quiere decir? ¿Qué demonios está pensando?
―Simplemente
que, de toda esta historia, el único que sale bien librado es Cardamone. ¿No le
parece que el asesinato de Rizzo ha sido para él absolutamente providencial?
El
jefe superior reaccionó de inmediato, y no se supo si hablaba en serio o en
broma.
―¡Mire,
Montalbano, no me venga con ideas geniales! ¡Deje en paz a Cardamone, que es un
caballero incapaz de matar una mosca!
―Era
sólo una broma, señor jefe superior. Si me está permitido preguntarlo, ¿qué
novedades ha habido en la investigación?
―¿Qué
novedades quiere usted que haya? Usted ya sabe la clase de hombre que era
Rizzo, de diez personas que conocía, honradas o no, ocho entre las honradas y
las que no deseaban su muerte. Una jungla, un bosque de posibles asesinos
directos o indirectos, querido amigo. Le diré que su historia resulta en cierto
modo verosímil sólo para quienes saben de qué pasta estaba hecho el abogado
Rizzo. ―Tomó un vasito de licor amargo y se lo bebió a pequeños sorbos―. Usted
me fascina. El suyo es un elevado ejercicio de inteligencia. A veces me parece
usted un equilibrista que se mueve en la cuerda floja y sin red de protección.
Porque, hablando con toda franqueza, bajo su razonamiento no hay más que el
vacío. No tiene ninguna prueba de lo que me ha dicho, todo podría interpretarse
de otra manera, y un buen abogado sabría desmontar sin demasiado esfuerzo sus
deducciones.
―Lo
sé.
―¿Qué
piensa hacer?
―Mañana
por la mañana le diré a Lo Bianco que, si quiere archivarlo, no hay ningún
inconveniente.
Dieciséis
¿Montalbano?
Soy Mimi Augello. ¿Te he despertado? Perdóname, pero es para tranquilizarte. He
regresado a la base. Tú, ¿cuándo sales?
―Cojo
el avión en Palermo a las tres, lo que quiere decir que tendré que salir de
Vigàta sobre las doce y media, inmediatamente después de comer.
―Pues
entonces ya no nos veremos, porque pensaba ir al despacho un poco más tarde.
¿Hay alguna novedad?
―Te
las contará Fazio.
―¿Cuantos
días piensas estar fuera?
―Hasta
el jueves inclusive.
―Pásalo
bien y descansa. Fazio tiene tu número de Génova, ¿verdad? Si hay algo gordo,
te llamo.
El
subcomisario Mimi Augello había regresado puntualmente de sus vacaciones, y él
podía irse tranquilo, pues Augello era muy competente. Llamó a Livia para
decirle la hora de llegada y, ésta, rebosante de felicidad, le dijo que iría a
recibirlo al aeropuerto.
* *
*
Al
llegar al despacho, Fazio le comunicó que los obreros de la fábrica de sal,
todos ellos en situación de movilidad laboral ―piadoso eufemismo para decir que
habían sido despedidos―, habían ocupado la estación. Sus mujeres, tendidas
sobre las vías, impedían el paso de los trenes. Los carabineros ya se habían
desplazado al lugar. ¿Tendrían que ir ellos también?
―¿Para
qué?
―Pues
no sé, para echar una mano.
―¿A
quién?
―¿Cómo
a quién, dotto? A los carabineros, a las fuerzas del orden, que, además, somos
nosotros, hasta que no se demuestre lo contrario.
―Si
de veras se te ocurre echar una mano a alguien, échasela a los que han ocupado
la estación.
―
Dotto, siempre lo he pensado: usted es comunista.
―¡Comisario?
Soy Stefano Luparello. Perdone. ¿Ha ido a vede mi primo Giorgio?
―No,
no sé nada de él.
―En
casa estamos muy preocupados. En cuanto se ha recuperado del sedante, ha salido
y ha vuelto a desaparecer. Mamá quisiera su opinión. ¿Cree usted que deberíamos
ir a Jefatura para que se ordene su búsqueda?
―No.
Dígale a su madre que no me parece oportuno. Giorgio volverá a aparecer, dígale
que esté tranquila.
―De
todos modos, si tuviera alguna noticia, le ruego que nos lo haga saber.
―Será
muy difícil, ingeniero, porque estoy a punto de irme unos días de vacaciones.
Regreso el viernes.
Los
primeros días junto a Livia, en su chalet de Boccadasse, le hicieron olvidar
casi por completo Sicilia, gracias a los profundos y reparadores sueños de que
disfrutó, abrazado a Livia. Casi, pero no del todo, pues dos o tres veces el
olor, el habla y las cosas de su tierra lo sorprendieron a traición, lo
levantaron ingrávidamente en el aire y lo devolvieron durante unos cuantos
segundos a Vigàta. Y estaba seguro de que cada vez Livia se había dado cuenta
de aquellas ausencias, y se lo había quedado mirando sin decir nada.
La
noche del jueves, recibió una llamada de Fazio absolutamente inesperada.
―Nada
importante, dottore, era sólo para oír su voz y confirmar su regreso de mañana.
Montalbano
sabía que las relaciones del sargento con Augello no eran muy fáciles.
―¿Necesitas
que te consuele? ¿Acaso el malvado de Augello te ha zurrado en el trasero?
―Nunca
le parece bien lo que hago.
―Ten
paciencia, te he dicho que vuelvo mañana. ¿Hay alguna novedad?
―Ayer
detuvieron al alcalde y a tres concejales. Prevaricación y encubrimiento. Por
las obras de ampliación del puerto.
―Finalmente
han llegado a donde tenían que llegar.
―Sí,
dotto, pero no se haga ilusiones. Aquí quieren copiar a los jueces de Milán,
pero Milán queda muy lejos.
―¿Alguna
otra cosa?
―Hemos
encontrado a Gambardella, ¿lo recuerda? Al que pretendían matar mientras echaba
gasolina en su coche. Pero no estaba tirado en el campo a la vista de todos,
sino incaprettato, con las manos y los pies atados a la espalda en el
portaequipaje de su automóvil, al que después prendieron fuego, quemándolo por
completo.
―Y
si lo quemaron por completo, ¿cómo habéis podido averiguar que Gambardella
estaba incaprettato?
―Utilizaron
un alambre, dotto.
―Nos
vemos mañana, Fazio.
Y
esta vez fueron no sólo el olor y el habla de su tierra los que lo atrajeron
como un imán; también la estupidez, la crueldad y el horror.
* *
*
Tras
haber hecho el amor, Livia permaneció en silencio un buen rato y después le
cogió la mano.
―¿Qué
ocurre? ¿Qué te ha dicho tu sargento?
―Nada
importante, no te preocupes.
―Pues
entonces, ¿por qué te has puesto triste?
Montalbano
se ratificó en su convicción: si había en el mundo una persona a la que él
hubiera podido cantar una misa entera y solemne, aquella persona era Livia. Al
jefe superior sólo le había cantado media misa y ni siquiera seguida. Se
incorporó en la cama y modificó la posición de la almohada.
―Escúchame.
Le
habló del aprisco, del ingeniero Silvio Luparello y del afecto que le profesaba
su sobrino Giorgio; de cómo, en determinado momento, aquel afecto se había
(¿trastornado?, ¿corrompido?) convertido en amor y pasión; de la última cita en
el piso de soltero de Capo Massaria, de la muerte de Luparello, de Giorgio
―enloquecido por el temor al escándalo, no por él sino por la imagen y la
memoria de su tío―, y de cómo el joven lo vistió como pudo y lo llevó a rastras
hasta el coche para sacarlo de allí y que lo encontraran en otro lugar. Le
habló de la desesperación de Giorgio al darse cuenta de que la simulación no se
sostendría en pie, de que todos se darían cuenta de que transportaba un muerto;
de la idea de colocarle el collarín anatómico que hasta pocos días antes él se
había visto obligado a llevar y que todavía estaba en el coche. De cómo había
intentado ocultar el collarín con un trapo de color negro, de cómo, de repente,
había temido caer víctima de la epilepsia que lo aquejaba, de cómo había
llamado a Rizzo ―le explicó a Livia quién era el abogado― y de cómo éste había
comprendido que aquella muerte, debidamente arreglada, podía cambiar su suerte.
Le
habló de Ingrid, de su marido, Giacomo, del doctor Cardamone, de la violencia
―no encontraba otra palabra― que éste ejercía contra su nuera («qué cosa tan
miserable», comentó Livia), de cómo Rizzo sospechaba aquella relación y había
tratado de involucrar a Ingrid, consiguiendo su propósito con Cardamone, pero
no con él; le habló de Marilyn y de su cómplice, del alucinante viaje en coche,
de la horrenda pantomima en el interior del automóvil estacionado en el aprisco
(«perdóname un momento, tengo que tomar una bebida fuerte»). Cuando Livia
regresó, le contó los sórdidos detalles del collar, el bolso y los vestidos, le
habló de la desgarradora desesperación de Giorgio al ver las fotografías y
comprender la doble traición de Rizzo hacia la memoria de Luparello y hacia él,
que deseaba salvar a toda costa aquella memoria.
―Un
momento ―dijo Livia―, ¿es guapa esta Ingrid?
―Guapísima.
Y, como sé muy bien lo que estás pensando, te diré más: he destruido todas las
falsas pruebas que había en su contra.
―Eso
no es propio de ti ―dijo Livia, resentida.
―He
hecho cosas aún peores, presta atención. Rizzo, que tiene en sus manos a
Cardamone, consigue su objetivo político, pero comete un error: subestima la
reacción de Giorgio, un joven de extraordinaria belleza.
―¡Y
dale! ¡Él también! ―dijo Livia, tratando de bromear.
―Pero
de temperamento muy frágil―añadió el comisario―. Dejándose arrastrar por la
emoción, corre trastornado a la casa de Capo Massaria, toma la pistola de
Luparello, se encuentra con Rizzo, descarga su rabia pateándole y después le
dispara un tiro en la nuca.
―¿Lo
has detenido?
―No,
ya te he dicho que he hecho cosas peores que eliminar las pruebas. Mira, mis
compañeros de Montelusa creen, y la hipótesis no es del todo descabellada, que
a Rizzo lo ha matado la mafia. Y yo no les he revelado la que, a mi juicio, es
la verdad.
―Pero
¿por qué?
Montalbano
extendió los brazos sin contestar. Livia se fue al cuarto de baño, y el
comisario oyó el rumor del agua en la bañera. Cuando más tarde le pidió permiso
para entrar, la encontró todavía en la bañera llena de agua, con el mentón
apoyado en las rodillas dobladas.
―¿Tú
sabías que en aquella casa había una pistola?
―Sí.
―¿Y
la dejaste allí?
―Sí.
―Te
has ascendido tú solo, ¿verdad? ―preguntó Livia tras permanecer un buen rato en
silencio―. De comisario a dios, un dios de tercera categoría, pero dios de
todos modos.
Nada
más bajar del avión, corrió al bar del aeropuerto. Necesitaba tomarse un café
auténtico, después de la innoble agua sucia que le habían servido a bordo. Oyó
que lo llamaban, era Stefano Luparello.
―¿Qué
hace, ingeniero, regresa a Milán?
―Sí,
vuelvo a mi trabajo, he estado demasiado tiempo ausente. Y me buscaré una casa
más grande. En cuanto la encuentre, mi madre se reunirá conmigo. No quiero
dejarla sola.
―Hace
muy bien, a pesar de que en Montelusa ella tiene a su hermana, al sobrino...
El
ingeniero se tensó.
―Entonces,
¿no lo sabe?
―¿Qué?
―Giorgio
ha muerto.
Montalbano
dejó la taza; la sacudida le había hecho derramar el café.
―¿Cómo
ha sido?
―¿Recuerda
que el día en que usted se iba lo llamé para saber si Giorgio había ido a
verle?
―Lo
recuerdo muy bien.
―A
la mañana siguiente, aún no había regresado a casa. Entonces me sentí obligado
a avisar a la policía y a los carabineros. Realizaron una búsqueda
absolutamente superficial, perdone que se lo diga; a lo mejor, estaban
demasiado ocupados investigando el asesinato del abogado Rizzo. El domingo por
la tarde, un pescador vio desde su barca un coche que había caído sobre la
escollera, justo bajo la curva Sanfilippo. ¿Conoce la zona? Está poco antes de
llegar a Capo Massaria.
―Sí,
la conozco.
―El
pescador se acercó al coche remando. Vio que en el asiento del conductor había
un cuerpo y corrió a avisar a las autoridades.
―¿Consiguieron
establecer la causa de la muerte?
―Sí.
Como usted sabe, desde la muerte de papá mi primo vivía en un estado
prácticamente de confusión mental, demasiados tranquilizantes, demasiados
sedantes. Cuando llegó a esa curva, en lugar de rodearla, siguió en línea recta
y, como circulaba a gran velocidad, reventó el pretil. No se había recuperado,
sentía una auténtica pasión por mi padre, lo amaba profundamente.
Pronunció
las palabras «pasión» y «amaba» en tono firme y preciso, como si, remarcando
los límites, quisiera eliminar cualquier posible difuminación del significado.
Por el altavoz llamaron a los pasajeros del vuelo de Milán.
En
cuanto salió del aparcamiento del aeropuerto donde había dejado su coche,
Montalbano pisó a fondo el acelerador. No quería pensar en nada, sólo
concentrarse en la conducción. Unos cien metros más allá, se detuvo al borde de
un pequeño lago artificial. Bajó y abrió el maletero, cogió el collarín
anatómico, lo arrojó al agua y esperó a que se hundiera. Sólo entonces sonrió.
Había querido actuar como un dios, Livia tenía razón, pero aquel dios de
tercera categoría, en su primera, y esperaba que fuera la última, experiencia,
había dado plenamente en el clavo.
Para
ir a Vigàta, tenía que pasar a la fuerza por delante de la Jefatura Superior de
Montelusa. Fue allí precisamente donde su automóvil decidió pararse. Montalbano
intentó repetidamente ponerlo en marcha, pero fue inútil. Bajó, y estaba a
punto de entrar en la Jefatura para pedir ayuda, cuando se le acercó un agente
que lo conocía y había observado sus infructuosas maniobras. El agente levantó
el capó, tocó algunas cosas y lo volvió a cerrar.
―Todo
en orden. Pero mande que le echen un vistazo.
Montalbano
volvió a subir al automóvil, lo puso en marcha y se inclinó para recoger unos
periódicos que se habían caído. Cuando se incorporó, vio a Anna apoyada en la
ventanilla abierta.
―¿Cómo
estás, Anna? ―La muchacha se limitó a mirarlo sin contestar―. ¿Y bien?
―¿Y
tú eres un hombre honrado? ―le preguntó Anna con voz silbante.
Montalbano
comprendió que se refería a la noche en que había visto a Ingrid semidesnuda en
su cama.
―No,
no lo soy ―contestó―. Pero no por lo que tú te piensas.
Fin


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