© Libro N°. 3021. Mis Amigos, Mis Amores. Levy, Marc. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Mis Amigos, Mis Amores. Marc Levy
Versión Original: © Mis Amigos, Mis Amores. Marc Levy
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/03/mis-amigos-mis-amores-marc-levy.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/03/mis-amigos-mis-amores-marc-levy.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MIS AMIGOS, MIS AMORES
Marc Levy
ÍNDICE
ARGUMENTO
4
Paris
5
Capítulo
1 7
Capítulo
2 14
Capítulo
3 27
Capítulo
4 34
Capítulo
5 43
Capítulo
6 54
Capítulo
7 70
Capítulo
8 78
Capítulo
9 88
Capítulo
10 107
Capítulo
11 113
Capítulo
12 122
Capítulo
13 136
Capítulo
14 152
Capítulo
15 161
Capítulo
16 172
Capítulo
17 175
Capítulo
18 184
Capítulo
19 193
Capítulo
20 199
Capítulo
21 206
Capítulo
22 210
Capítulo
23 214
Epílogo
215
ARGUMENTO
Antoine
y Mathias no han perdido el contacto desde que se conocieron de niños. Ahora,
ya treintañeros, siguen compartiendo muchas cosas, pues ambos han pasado por un
divorcio y por la experiencia de ser padres: Antoine, de un niño llamado Louis,
y Mathias, de una niña llamada Emily. Pero mientras que Antoine se fue a vivir
con su hijo a Londres, Mathias sigue residiendo en su París natal, cada vez más
insatisfecho con su trabajo y teniendo que soportar que su hija viva también en
la capital inglesa. Por eso cuando Antoine le propone regentar una pequeña
librería en Londres, él acaba aceptando la oferta. Sin embargo, sus planes se
ven trastocados por la decisión de su ex mujer de trasladarse a París por
motivos laborales y de pedirle que se haga cargo él de Emily, para que la niña
no tenga que adaptarse de nuevo a un cambio de hogar y colegio. Esto dará pie a
que Mathias y Antoine decidan pasar de ser vecinos a vivir en la misma casa
para así criar juntos a sus hijos. Eso sí, comprometiéndose a respetar dos reglas
básicas de convivencia: no contratar a una canguro y no traer mujeres a casa.
Paris
—¿Recuerdas
a Caroline Leblond?
—Segundo
A, se sentaba siempre al final de la clase. Fue tu primer beso. Han pasado ya
algunos años...
—Caroline
Leblond tenía una belleza ruda.
—¿Qué
te ha hecho pensar en ella ahora?
—Aquella
mujer que está cerca del picadero me recuerda a ella.
Antoine
miraba con atención a la joven madre que leía, sentada en una silla. Cuando
pasaba las páginas, lanzaba una mirada rápida a su pequeño hijo que no dejaba
de reír, subido a lomos de su caballo de madera.
—Esa
mujer de allí debe de tener más de treinta y cinco años.
—También
nosotros tenemos más de treinta y cinco años —añadió Mathias.
—¿Crees
que es ella? Tienes razón, se parece a Caroline Leblond.
—¡Con
lo enamorado que estuve de ella!
—¿También
tú eras uno de esos que le hacía los deberes de matemáticas para que te besara?
—Lo
que dices es asqueroso.
—¿Por
qué? Ella besaba a todos los muchachos que sacaban más de un siete.
—¡Te
acabo de decir que estaba locamente enamorado de ella!
—Pues
muy bien, pero ya va siendo hora de que te plantees pasar página.
Sentados
uno junto al otro en un banco junto al carrusel, Antoine y Mathias seguían
ahora con la mirada a un hombre vestido completamente de azul que estaba
colocando una gran bolsa rosa al pie de una silla y que llevaba a su hijita
hasta el tiovivo.
—Hará
unos seis meses —dijo Antoine.
Mathias
examinó el paquete. Por la abertura entreabierta, sobresalían un paquete de
galletas, una botella de naranjada y el brazo de un oso de peluche.
—¡Tres
meses a lo sumo! ¿Aceptas la apuesta?
Mathias
le tendió la mano; Antoine se la estrechó.
—¡Hecho!
La
niña sobre el caballo de crines doradas pareció perder un poco el equilibrio;
su padre pegó un brinco, pero el encargado de la noria ya la había vuelto a
colocar bien en la silla.
—Has
perdido... —repuso Mathias.
Avanzó
hasta el hombre de azul y se sentó cerca de él.
—Al
principio es difícil, ¿verdad? —preguntó Mathias condescendiente.
—¡Ah,
sí! —respondió el hombre a la vez que dejaba escapar un suspiro.
Mathias
miró furtivamente el biberón sin tapa que sobresalía de la bolsa.
—¿Hace
mucho que os separasteis?
—Tres
meses...
Mathias
le dio una palmadita en el hombro y volvió con aire triunfal con Antoine. Le
hizo un gesto a su amigo para que lo siguiera.
—¡Me
debes veinte euros!
Los
dos hombres se alejaron por uno de los caminos del jardín de Luxemburgo.
—¿Vuelves
mañana a Londres? —preguntó Mathias.
—Esta
tarde.
—Entonces,
¿no cenamos juntos?
—A
menos que cojas el tren conmigo...
—¡Mañana
trabajo!
—Vente
a trabajar allí.
—No
empieces otra vez. ¿Qué quieres que haga yo en Londres?
—¡Ser
feliz!
Capítulo
1
Londres,
algunos días después
Sentado
en su despacho, Antoine redactaba las últimas líneas de una carta. La releyó y,
satisfecho, la dobló cuidadosamente untes de deslizaría en su bolsillo.
Las
persianas de las ventanas que daban a Bute Street filtraban la luz de un bello
día de otoño, bañando los entarimados de madera clara del gabinete de
arquitectura.
Antoine
cogió la chaqueta colgada en el respaldo de su silla, se ajustó las mangas de
su jersey y se puso a caminar con paso rápido hacia la recepción. Se paró por
el camino y se inclinó por encima del hombro de su jefe de agencia para
estudiar el plan que estaba trazando. Antoine movió la escuadra y corrigió una
línea. McKenzie se lo agradeció asintiendo con la cabeza; Antoine lo saludó con
una sonrisa y volvió a dirigirse a recepción sin dejar de mirar su reloj.
En
las paredes colgaban fotografías y dibujos de los proyectos realizados por la
agencia desde que ésta se había creado.
—¿Esta
tarde coge usted la baja? —preguntó él a la recepcionista.
—Eh,
sí, ya es hora de traer al mundo a este bebé.
—¿Niño
o niña?
La
joven esbozó una mueca a la vez que se ponía la mano sobre su vientre redondo.
—¡Futbolista!
Antoine
rodeó el escritorio, la abrazó y la apretó contra él.
—Vuelva
pronto..., no demasiado, ¡pero rápido, no obstante! En fin, vuelva cuando
quiera.
Él
se alejó a la vez que le hacía una pequeña señal con la mano y empujó las
puertas de vidrio que conducían a los ascensores.
París,
el mismo día
Las
puertas de vidrio de una gran librería parisina se abrieron al paso de un
cliente visiblemente con prisas. Llevaba un sombrero que le cubría la cabeza,
un fular anudado alrededor del cuello y se dirigía hacia el estante de los
libros escolares. Encaramada a una escalera, una dependienta leía en voz alta
los títulos y cantidades de las obras colocadas en las estanterías, mientras
que Mathias anotaba las referencias en un cuaderno. Sin ningún preámbulo, el
cliente le preguntó con un tono poco agradable dónde estaban las obras
completas de Víctor Hugo de la Pléiade.
—¿Qué
volumen? —preguntó Mathias tras levantar la vista de su cuaderno.
—El
primero —respondió el hombre con un tono de voz todavía más seco.
La
joven dependienta se contorsionó, atrapó el libro con la punta de sus dedos y
se inclinó para dárselo a Mathias. El hombre del sombrero lo agarró rápidamente
y se dirigió hacia la caja. La dependienta intercambió una mirada con Mathias.
Con las mandíbulas apretadas, dejó el cuaderno sobre el mostrador y corrió tras
el cliente.
—¡Buenos
días, por favor, gracias, hasta la vista!
Estupefacto,
el cliente intentó rodearlo; Mathias le arrancó el libro de las manos antes de
volver a su trabajo y repetir a voz en grito: «¡Buenos días, por favor,
gracias, hasta la vista!». Algunos clientes presenciaron azorados la escena. El
hombre del sombrero abandonó furioso la tienda; la cajera se encogió de
hombros; a la dependienta, que seguía en la escalera, le costó mantener su
compostura, y el propietario de la librería le pidió a Mathias que pasara a
verlo antes del final del día.
Londres
Antoine,
que subía por Bute Street a pie, se dispuso a cruzar por el paso de peatones;
un black cab aminoró la marcha y se paró. Antoine le dirigió una señal de
agradecimiento al conductor y avanzó hacia la plaza de enfrente del Liceo
francés. Tras sonar la campana, el patio de la escuela primaria se vio invadido
por una multitud de niños. Emily y Louis, con la cartera en la espalda,
caminaban juntos. El niño saltó a los brazos de su padre. Emily sonrió y se
alejó hacia la verja.
—¿Valentine
no ha venido a buscarte? —preguntó Antoine a Emily.
—Mamá
ha llamado a la maestra: llega tarde y quiere que vaya a esperarla al
restaurante de Yvonne.
—Entonces,
ven con nosotros. Yo te llevo, vamos los tres a comer algo allí.
París
Una
lluvia fina mojaba las aceras relucientes. Mathias se ajustó el cuello de su
gabardina y se dispuso a cruzar el paso de peatones. Un taxi le pitó y lo rozó.
El conductor sacó una mano por la ventanilla con el dedo corazón levantado de
una manera inconfundible. Mathias cruzó la calle y entró en el supermercado.
Las luces vivas de los tubos de neón reemplazaron el tono grisáceo del cielo de
París. Mathias buscó un tarro de café, dudó ante diferentes platos congelados y
escogió un paquete de jamón envasado al vacío. Con su pequeño cesto lleno, se
dirigió a la caja.
El
comerciante le dio el cambio, pero no le deseó las buenas lardes.
Cuando
llegó frente a la tintorería, la cortina de hierro estaba ya bajada, así que
Mathias volvió a su casa.
Londres
Instalados
en la sala desierta del restaurante, Louis y Emily dibujaban en sus cuadernos a
la vez que daban buena cuenta de una crema de caramelo cuyo secreto sólo
conocía la dueña, Yvonne. Ésta venía de la bodega; Antoine la seguía con una
caja de vino, dos tarros de legumbres y tres botes de crema.
—¿Cómo
consigues levantar estas cosas tan grandes? —preguntó Antoine.
—¡Lo
hago sin más! —respondió Yvonne, a la vez que le indicaba que lo dejara todo
sobre el mostrador.
—Deberías
coger a alguien para que te ayudara.
—¿Y
cómo iba a pagar a ese alguien? Ya me cuesta arreglármelas estando yo sola.
—El
domingo vendré a echarte una mano con Louis; arreglaremos tu reservado; aquello
está hecho una verdadera leonera.
—Deja
en paz mi reservado y mejor lleva a tu hijo a montar en pony por Hyde Park, o
llévalo a visitar la Torre de Londres, hace meses que sueña con ello.
—Más
bien está deseando visitar el Museo de los Horrores, que no es lo mismo. Y es
demasiado joven para eso.
—O
tú demasiado mayor —replicó Yvonne mientras colocaba sus botellas de Burdeos.
Antoine
sacó la cabeza por la puerta de la cocina y miró con ganas los dos grandes
platos colocados sobre la encimera. Yvonne le dio unos golpecitos en el hombro.
—¿Os
pongo dos cubiertos para esta noche? —preguntó ella.
—¿Tres
tal vez? —respondió Antoine mirando a Emily, que trabajaba en su cuaderno al
fondo de la sala.
Sin
embargo, apenas hubo pronunciado esa frase, la madre de Emily entró, sin
aliento, en el bistró. Se dirigió hacia su hija, y le dio un beso a la vez que
se disculpaba por su retraso, causado por una reunión en el consulado que la
había retenido. Le preguntó si había terminado sus deberes; la niña le
respondió que sí orgullosa. Antoine e Yvonne la miraban desde el mostrador.
—Gracias
—dijo Valentine.
—De
nada —respondieron al unísono Yvonne y Antoine.
Emily
guardó su cartera y cogió a su madre de la mano. Antes de salir por la puerta,
la niña y su madre se volvieron y ambas se despidieron.
París
Mathias
dejó el marco sobre la encimera de su cocina. Después, rozó el vidrio con la
punta de sus dedos, como si acariciara los cabellos de su hija. En la foto,
Emily cogía con una mano a su madre, y con la otra le decía adiós. Se había
sacado en el jardín de Luxemburgo tres años antes. Era la víspera del día en
que Valentine, su mujer, lo había abandonado para instalarse en Londres con su
hija.
De
pie, tras la mesa de comer, Mathias acercó la mano a la plancha de hierro para
asegurarse de que estaba a la temperatura adecuada. En medio de las camisas que
alisaba a un ritmo de dos cada cuarto de hora, introdujo un paquete envuelto
con papel de aluminio que planchó incluso con mayor atención. Dejó la plancha
en su sitio, la desenchufó y desenvolvió el papel dejando al descubierto una
croque-monsieur humeante. La deslizó sobre un plato y se llevó su cena al sofá
del salón y, al pasar, agarró el periódico que estaba sobre la mesa baja.
Londres
Aunque
al inicio de aquella tarde el bar del restaurante estaba animado, la sala no
estaba ni mucho menos llena. Sophie, la joven florista, que tenía una tienda al
lado del restaurante, entró llevando en sus brazos un enorme ramo. Radiante con
una blusa blanca, colocó las flores de lis en un jarrón que había sobre la
encimera. La patrona le señaló discretamente a Antoine y Louis. Sophie se
dirigió hacia su mesa. Besó a Louis y declinó la invitación de Antoine para que
se uniera a ellos; tenía todavía cosas que hacer en la tienda y, al día
siguiente, debía irse muy pronto al mercado de flores de Columbia Road. Yvonne
llamó a Louis para que fuera a escoger un helado del congelador. El muchacho ya
no pensó en nada más.
Antoine
cogió la carta que llevaba en su abrigo y se la dio discretamente a Sophie.
Ella la desdobló y empezó a leer visiblemente satisfecha. Sin dejar de leer,
cogió una silla y se sentó. Le dio la primera página a Antoine.
—¿Puedes
empezar con: «Amor mío»?
—¿Quieres
que le llame «amor mío»? —respondió Antoine dubitativo.
—Sí,
¿por qué?
—¡Por
nada!
—¿Acaso
te molesta? —preguntó Sophie.
—Me
parece que es demasiado.
—¿Demasiado
qué?
—¡Demasiado,
demasiado!
—No
lo entiendo. ¡Si quieres a alguien con amor, lo llamas «amor mío»! —insistió
Sophie convencida.
Antoine
cogió su bolígrafo y le quitó el capuchón.
—¡Eres
tú la que está enamorada, así que tú decides! Pero bueno...
—¿Bueno
qué?
—Pues
que si estuviera aquí, tal vez lo querrías un poco menos.
—Hay
que fastidiarse, Antoine. ¿Por qué dices siempre cosas así?
—¡Porque
es la verdad! Cuando las personas se ven todos los días, no se miran tanto,
hasta que un día incluso dejan de verse.
Sophie
lo miraba atónita, visiblemente irritada. Antoine volvió a coger la hoja y
dijo:
—Muy
bien, entonces diremos: «Amor mío»...
Él
movió la hoja para que la tinta se secara y se la devolvió a Sophie. Ésta besó
a Antoine en la mejilla, se levantó y lanzó un beso con la mano a Yvonne,
atareada tras la barra. Cuando estaba saliendo por la puerta, Antoine la llamó.
—Perdona
por lo de antes.
Sophie
le sonrió y salió.
El
portátil de Antoine sonó. El número de Mathias apareció en la pantalla.
—¿Dónde
estás? —preguntó Antoine.
—En
mi sofá.
—Pareces
abatido, ¿me equivoco?
—No,
no —respondió Mathias a la vez que apretujaba las orejas de una jirafa de
peluche.
—Hace
un rato he recogido a tu hija de la escuela.
—Lo
sé, ella misma me lo ha dicho, acabo de colgar el teléfono. Ahora tengo que
volver a llamarla.
—¿Tanto
la echas de menos? —preguntó Antoine.
—Sí,
y todavía más cuando acabo de hablar con ella —respondió Mathias con voz
triste.
—Piensa
en la suerte que tendrá después, cuando sea totalmente bilingüe, y alégrate.
Está magnífica y llena de felicidad.
—Todo
eso ya lo sé, pero su padre lo está menos.
—¿Tienes
problemas?
—Creo
que voy a conseguir que me echen del trabajo.
—Razón
de más para venir a instalarte aquí, cerca de ella.
—¿Y
de qué viviría?
—También
hay librerías en Londres, y no falta el trabajo.
—Y
esas librerías tuyas ¿no son un poco inglesas?
—Mi
vecino se va a jubilar. Su librería está en pleno barrio francés y busca un
encargado que lo reemplace.
Antoine
aseguró que si bien aquel sitio era mucho más modesto que el local en el que
trabajaba Mathias en París, en cambio le permitiría ser su propio jefe, lo que
en Inglaterra no era ningún crimen. El lugar tenía encanto, aunque tuviera que
hacerse alguna reforma.
—¿Requeriría
mucho trabajo?
—Eso
es cosa mía —respondió Antoine.
—¿Y
cuánto tendría que darle al propietario?
El
propietario quería evitar por todos los medios que su librería se convirtiera
en una sandwichería. Se contentaría con un pequeño porcentaje de los
beneficios.
—¿Cómo
defines «pequeño» exactamente? —preguntó Mathias.
—¡Pequeño!
Como la distancia que habría entre tu lugar de trabajo y la escuela de tu hija.
—Jamás
podría vivir en el extranjero.
—¿Por
qué? ¿Crees que la vida será más bella en París cuando el tranvía esté acabado?
Aquí el césped no sólo crece entre los raíles, hay parques por todos sitios...
Mira, esta misma mañana he dado de comer a unas ardillas en mi jardín.
—¡Qué
días tan atareados tienes!
—Te
acostumbrarías rápido a la vida en Londres. Hay una energía increíble, las
personas son amables y, cuando estás en el barrio francés, uno piensa que está
verdaderamente en París..., sólo que sin los parisinos.
Antoine
hizo, a continuación, una lista exhaustiva de todos los comercios franceses
instalados alrededor de la escuela francesa.
—Incluso
puedes comprar L'Équipe y tomarte un café creme sin dejar Bute Street.
—Estás
exagerando.
—¿Por
qué crees que los londinenses han llamado a esa calle «Frog Alley»? Mathias, tu
hija vive aquí, y tu mejor amigo, también; y además, no dejas de quejarte de lo
estresante que es tu vida en París.
Molesto
por el ruido que venía de la calle, Mathias se acercó a su ventana; un
automovilista maldecía a los basureros.
—Le
va a ir de un segundo —dijo Mathias a la vez que sacaba la cabeza por la
ventana.
Le
gritó al automovilista que, ya que no respetaba a los vecinos, al menos podría
tener un poco de consideración hacia la gente que tenía un trabajo difícil.
Como respuesta, obtuvo una serie de improperios de parte del conductor. El
camión de la basura acabó por echarse a un lado, y el coche se alejó con un
chirrido de los neumáticos.
—¿Qué
ha sido eso? —preguntó Antoine.
—¡Nada!
¿Qué decías sobre Londres?
Capítulo
2
Londres,
algunos meses más tarde
La
primavera había llegado. Y, aunque en aquellos primeros días de abril el sol se
escondía todavía detrás de las nubes, la temperatura no permitía duda alguna
sobre la llegada de la estación. El barrio de South Kensington estaba en plena
efervescencia. Los puestos de los vendedores rebosaban de frutas y verduras,
bellamente colocadas; la tienda de flores de Sophie también estaba llena, y la
terraza del restaurante de Yvonne estaba a punto de abrir. A Antoine se le
amontonaba el trabajo. Después de comer, había atrasado dos citas para seguir
el avance en las tareas de pintura de una preciosa pequeña librería en la
esquina de Bute Street.
Las
estanterías de la French Bookshop estaban protegidas por plásticos, y los
pintores estaban dando los últimos retoques. Antoine miró su reloj con
inquietud y se volvió hacia su socio.
—¡Es
imposible que acaben esta tarde!
Sophie
entró en la librería.
—Volveré
a venir esta tarde para entregarte el ramo. La pintura ama las flores, pero no
es recíproco.
—Al
paso que van las cosas, mejor vuelve mañana —respondió Antoine.
Sophie
se acercó a él.
—Va
a dar saltos de alegría, que falte una escalera o una aquí y allá no es grave.
—Hasta
que esté acabado del todo, no estará bien.
—Eres
un maniático. Bueno, cierro la tienda y vengo a echaros una mano. ¿A qué hora
llega?
—Ni
idea; ya sabes cómo es, ha cambiado cuatro veces de horario.
Sentado
en la parte trasera de un taxi, con la maleta a sus pies y un paquete bajo el
brazo, Mathias no comprendía nada de lo que le decía el chófer. Por educación,
le respondía con un sí o con un no tímido, al tiempo que intentaba interpretar
su mirada en el retrovisor. Al subir, había escrito la dirección a la que iba
en el dorso de su billete de tren, y se había puesto en manos de aquel hombre
que, a pesar de un problema de comunicación flagrante y de un volante colocado
en el lado erróneo, le parecía, no obstante, de toda confianza.
El
sol aparecía al fin por entre las nubes, y sus rayos iluminaban el Támesis,
convirtiendo las aguas del río en un largo lazo plateado. Al atravesar el
puente de Westminster, Mathias descubrió el contorno de la abadía en la orilla
opuesta. En la acera, una joven pegada al parapeto, con un micrófono en la
mano, recitaba su texto frente a una cámara.
—Cerca
de cuatrocientos mil compatriotas nuestros habrían cruzado La Mancha para venir
a instalarse a Inglaterra.
El
taxi dejó atrás a la periodista y se adentró en el corazón de la ciudad.
Tras
su mostrador, un viejo señor inglés ordenaba algunos papeles en una plegadera
de cuero estropeada por el paso del tiempo. Miró a su alrededor e inspiró
profundamente antes de volver a su trabajo. Accionó con cuidado el mecanismo de
apertura de la caja registradora y escuchó el tintineo delicado de la pequeña
campanilla cuando se abrió el carro de monedas.
—Cielos,
cómo voy a echar de menos este ruido —dijo.
Pasó
la mano por debajo de la antigua máquina y accionó un resorte que liberó de sus
raíles el carro de la caja. Lo colocó sobre un taburete que no estaba lejos de
él. Se inclinó para coger un librito con tapas rojas y gastadas del fondo del
enclave. La novela estaba firmada por P. G. Wodehouse. El viejo señor inglés,
que respondía al nombre de John Glover, olisqueó el libro y lo apretó contra
él. Se puso a hojearlo con una atención que rayaba en la ternura. Después, lo
colocó bien a la vista en el único estante que no estaba envuelto, y volvió
detrás del mostrador. Cerró de nuevo su portafolio y se puso a esperar con los
brazos cruzados.
—¿Todo
va bien, señor Glover? —preguntó Antoine a la vez que miraba su reloj.
—Si
fuera mejor, sería casi indecente —respondió el viejo librero.
—No
debería tardar mucho más.
—A
mi edad, los retrasos en una cita inevitable sólo suponen buenas noticias
—repuso Glover en un tono forzado.
Un
taxi se paró frente a la acera. La puerta de la librería se abrió, y Mathias se
lanzó a los brazos de su amigo. Antoine carraspeó y señaló con la mirada al
anciano señor que lo esperaba al fondo de la librería, a diez pasos de él.
—Ah,
sí, ahora comprendo mejor lo que significa para ti «pequeño» —susurró Mathias a
la vez que miraba a su alrededor.
El
viejo librero se levantó y le tendió una mano franca a Mathias.
—El
señor Popinot, supongo —dijo él en un francés casi perfecto.
—Llámeme
Mathias.
—Me
hace muy feliz recibirle aquí, señor Popinot. Probablemente, al principio, le
costará acostumbrarse al sitio; el lugar puede parecer pequeño, pero el alma de
esta librería es inmensa.
—Señor
Glover, no me llamo Popinot.
John
Glover le tendió el viejo portafolio a Mathias y lo abrió ante él.
—En
el bolsillo central encontrará todos los documentos firmados por el notario.
Tenga cuidado con el cierre, después de setenta años, es extrañamente
caprichoso.
Mathias
cogió la carpeta y le dio las gracias a su anfitrión.
—Señor
Popinot, ¿puedo pedirle un favor, un favorcillo de nada, que me llenaría de
alegría?
—Con
gran placer, señor Glover —respondió Mathias dubitativo—, pero permítame
insistir, no me llamo Popinot.
—Como
usted quiera —repuso el librero en tono condescendiente—. ¿Podría preguntarme
si, por alguna remota casualidad, dispongo en mis estantes de un ejemplar de
Inimitable Jeeves?
Mathias
se volvió hacia Antoine para buscar en los ojos de su amigo alguna explicación.
Antoine se limitó a encogerse de hombros. Mathias carraspeó y miró a John
Glover de la manera más seria del mundo.
—¿Señor
Glover, tendría usted por alguna remota casualidad un libro cuyo título es
Inimitable Jeeves, por favor?
El
librero se dirigió con paso decidido hacia el estante que no estaba envuelto,
cogió el único ejemplar que había sobre él y se lo ofreció con orgullo a
Mathias.
—Como
usted constatará, el precio indicado en la cubierta es de media corona; dado
que ya no es moneda de curso legal, y para que ésta sea una transacción entre
caballeros, he calculado que la suma a la que correspondería sería la de
cincuenta peniques, si usted está de acuerdo, desde luego.
Desconcertado,
Mathias aceptó la propuesta, y Glover le entregó el libro. Antoine le dio a su
amigo los cincuenta peniques, y el librero decidió que había llegado el momento
de mostrar el local al nuevo gerente.
Aunque
la librería apenas ocupaba sesenta y dos metros cuadrados, contando la
superficie ocupada por las bibliotecas y la minúscula trastienda, la visita
duró sus treinta buenos minutos. Durante todo ese tiempo, Antoine tuvo que
soplarle a su mejor amigo las respuestas a las preguntas que continuamente le
planteaba el señor Glover cuando abandonaba el francés para retomar su lengua
natal. Después de enseñarle el buen uso de la caja registradora, y sobre todo
cómo desbloquear el tirador de la caja cuando el resorte hacía de la suyas, el
viejo librero le pidió a Mathias que lo acompañara para cumplir con una
tradición, lo que él hizo de buena gana.
Bajo
el umbral de la puerta, y no sin demostrar una cierta emoción, pues una sola
vez no hacía un hábito, el señor Glover abrazó a Mathias y lo apretó contra él.
—He
pasado toda mi vida en este lugar —dijo él.
—Lo
cuidaré bien, tiene usted mi palabra de honor —respondió Mathias con solemnidad
y sinceridad.
El
viejo librero se acercó a su oreja.
—Acababa
de cumplir veinticinco años y no pude celebrarlos, puesto que mi padre tuvo la
lamentable idea de morir el día de mi cumpleaños. Debo confesarle que nunca
acabé de entender su sentido del humor. A la mañana siguiente, tuve que hacerme
cargo de su librería, que, en la época, era inglesa. El libro que usted tiene
en las manos es el primero que vendí. Teníamos dos ejemplares, y conservé éste
tras jurarme que no me separaría de él hasta que me jubilara. ¡Cómo he amado mi
profesión! Estar rodeado de libros y acompañado todos los días por los
personajes que viven en sus páginas... Cuide bien de ellos.
El
señor Glover miró por última vez la obra de tapas rojas que Mathias tenía en
sus manos y le dijo con una sonrisa en los labios:
—Estoy
seguro de que Jeeves velará por usted.
Saludó
a Mathias y se fue.
—¿Qué
te ha dicho? —preguntó Antoine.
—Nada
—respondió Mathias—. ¿Puedes vigilar la tienda un segundo?
Y
antes de que Antoine respondiera, Mathias se precipitó a la calle tras los
pasos del señor Glover. Alcanzó al viejo librero al final de Bute Street.
—¿Qué
puedo hacer por usted? —preguntó este último.
—¿Por
qué me habéis llamado Popinot?
Glover
miró a Mathias con ternura.
—Debería
adoptar el hábito de no salir jamás en esta época sin paraguas. El tiempo no es
tan malo como se dice, pero en esta ciudad la lluvia empieza a caer sin avisar.
El
señor Glover abrió su paraguas y se alejó.
—Me
habría encantado conocerlo, señor Glover. Estoy orgulloso de ser su sucesor
—gritó Mathias.
El
hombre del paraguas se volvió y sonrió a su interlocutor.
—Si
hay algún problema, encontrará en el fondo de la caja registradora el número de
teléfono de la casita de Kent donde me voy retirar.
La
elegante silueta del viejo librero desapareció al volver la esquina. La lluvia
empezó a caer. Mathias levantó la mirada y observó el cielo encapotado. Oyó a
su espalda los pasos de Antoine.
—¿Qué
querías de él? —preguntó Antoine.
—Nada
—respondió Mathias, a la vez que cogía su paraguas.
Mathias
volvió a su librería, y Antoine, a su despacho; y los dos amigos se volvieron a
encontrar después de comer delante de la escuela.
Sentados
al pie del gran árbol que oscurecía la placita, Antoine y Mathias miraban la
campana que anunciaría el final de las clases.
—Valentine
me ha pedido que recoja a Emily, ella está ocupada en el consulado —dijo
Antoine.
—¿Por
qué mi ex mujer llama a mi mejor amigo para pedirle que recoja a mi hija?
—Porque
nadie sabía a qué hora llegarías.
—¿Ella
llega tarde a menudo a recoger a Emily a la escuela?
—¡Te
recuerdo que cuando vivíais juntos, no llegabas a casa ningún día antes de las
ocho de la tarde!
—¿Tú
eres mi mejor amigo o el suyo?
—Cuando
dices cosas como ésa, consigues que dude sobre si es a ti a quien vengo a
buscar a la escuela.
Mathias
ya no escuchaba a Antoine. Desde el patio de recreo, una niña le brindaba la
sonrisa más bella del mundo. Con el corazón saliéndosele del pecho, él se
levantó y su rostro se iluminó con la misma sonrisa. Al mirarlos, Antoine se
dijo que sólo la naturaleza había podido imaginar una semejanza tan bella.
—¿De
verdad te vas a quedar? —preguntó la niña mientras su padre se la comía a
besos.
—¿Te
he mentido alguna vez? —No, pero siempre hay una primera vez. —¿Y tú estás
segura de que no mientes sobre tu edad? Antoine y Louis los habían dejado
solos. Emily estaba decidida a descubrirle su barrio a su padre. Cuando
entraron de la mano en el restaurante de Yvonne, Valentine los esperaba sentada
en el mostrador. Mathias se acercó a ella y la besó en la mejilla, mientras
Emily se instalaba en la mesa donde solía hacer sus deberes. —¿Estás cansada?
—preguntó Mathias, a la vez que se sentaba en un taburete.
—No
—respondió Valentine. —Sí, estoy seguro, tienes aspecto de estar cansada. —No
lo estaba antes de que me preguntaras, pero puedo llegar a estarlo si quieres.
—¡Ves cómo lo estás! —Emily está deseando dormir en tu casa esta noche.
—Pues
ni siquiera he tenido tiempo de echarle una ojeada. Mis muebles llegan mañana.
—¿No
has visto tu piso antes de mudarte?
—No
he tenido tiempo, todo se precipitó. Tenía muchas cosas que arreglar en París
antes de venir aquí. ¿Por qué sonríes?
—Por
nada —respondió Valentine
—Me
gusta cuando sonríes así por nada.
Valentine
pestañeó.
—Yo
adoro cuando tus labios se mueven así.
—Ya
vale —dijo Valentine con voz dulce—. ¿Necesitas que yo te eche una mano para
instalarte?
—No,
ya me las arreglaré. ¿Quieres que desayunemos juntos mañana? Vamos, si tienes
tiempo.
Valentine
respiró hondo y le pidió a Yvonne un diabolo frío.
—Puede
que no estés cansada, pero en todo caso, estás contrariada. ¿No será porque voy
a instalarme en Londres? —repuso Mathias.
—Pues
claro que no —dijo Valentine mientras acariciaba con la mano la mejilla de
Mathias—, al contrario.
El
rostro de Mathias se iluminó.
—¿Cómo
que al contrario? —preguntó él con un hilo de voz.
—Tengo
que decirte una cosa —susurró Valentine—, y Emily todavía no está al corriente
de la misma.
Inquieto,
Mathias acercó su taburete.
—Me
vuelvo a París, Mathias. El cónsul acaba de proponerme la dirección de un
servicio. Es la tercera vez que me ofrecen un puesto importante en el Quay
d'Orsay. Siempre he dicho que no, porque no quería cambiar de escuela a Emily.
Se ha construido una vida aquí, y Louis se ha convertido en un hermano para
ella. Ella ya piensa que le quité a su padre, así que no quiero que me reproche
también haberle quitado a sus amigos. Si no hubieras venido a instalarte a
Londres, probablemente lo hubiera rechazado de nuevo; pero ahora que tú estás
aquí, todo cuadra.
—¿Has
aceptado?
—No
se puede rechazar cuatro veces una promoción.
—¡Ésta
habría sido la tercera vez, si las cuentas no me fallan—repuso Mathias.
—Creía
que lo comprenderías —dijo Valentine con calma.
—Lo
que entiendo es que ahora que llego, tú te vas.
—Vas
a hacer tu sueño realidad, vas a vivir con tu hija —dijo Valentine sin apartar
la mirada de Emily, que estaba dibujando en su cuaderno—. La voy a echar
muchísimo de menos.
—Es
tu hija. ¿Qué crees que va a pensar ella?
—Te
quiere más que a nada en el mundo, y además, la custodia compartida no tiene
por qué ser obligatoriamente una semana cada uno.
—¿Insinúas
que es mejor si vive tres años con cada uno?
—Simplemente
vamos a cambiar los papeles, tú me la enviarás durante las vacaciones.
Yvonne
salió de la cocina.
—¿Todo
va bien? —preguntó ella, tras dejar el vaso de diabolo frío ante Valentine.
—¡Formidable!
—respondió Mathias vivamente.
Yvonne,
dudando, los miró alternativamente y se volvió a sus cazuelas.
—Seréis
felices juntos, ¿no crees? —preguntó Valentine tras sorber por la pajita.
Mathias
estaba haciendo trizas un trozo de madera que salía del mostrador.
—¡Si
me lo hubieras dicho hace un mes, todos podríamos haber sido felices... en
París!
—Venga,
¿no crees que todo irá bien? —preguntó Valentine.
—¡Todo
irá formidablemente bien! —dijo gruñendo Mathias, que acabó de arrancar el
trozo de mostrador—. Ya adoro el barrio. ¿Y cuándo piensas hablar con tu hija?
—Esta
tarde.
—¡Formidable!
¿Y cuándo te vas?
—A
finales de semana.
—¡Formidable!
Valentine
posó su mano sobre los labios de Mathias.
—Todo
saldrá bien, ya verás.
Antoine
entró en el restaurante y se dio cuenta enseguida de la cara de circunstancias
de su amigo.
—¿Estás
bien? -preguntó él.
—¡Formidable!
—Me
voy —dijo inmediatamente Valentine, a la vez que abandonaba su taburete—. Tengo
un montón de cosas que hacer. ¿Vienes, Emily?
La
niña se levantó, besó a su padre y después a Antoine, y se reunió con su madre.
La puerta del establecimiento se cerró tras ellas.
Antoine
y Mathias estaban sentados uno al lado del otro. Yvonne rompió el silencio al
dejar un vaso de coñac sobre el mostrador.
—Toma,
bébetelo, es un remedio... formidable.
Mathias
miró a Antoine y a Yvonne por turno.
—¿Cuánto
tiempo hacía que lo sabíais?
Yvonne
se excusó diciendo que tenía mucho trabajo en la cocina.
—¡Tan
sólo unos días! —respondió Antoine—. Y además, no me mires así, no me
correspondía a mí decírtelo... Y no era algo seguro...
—¡Bueno,
pues ahora lo es! —dijo Mathias, bebiéndose el coñac de un trago.
—¿Quieres
que te lleve a ver tu nueva casa?
—Me
parece que por ahora no hay gran cosa que visitar —repuso Mathias.
—Hasta
que recibas tus muebles, te he instalado una cama en tu habitación. Ven a cenar
con nosotros —propuso Antoine—. Louis estará encantado.
—Quiero
a Mathias para mí—dijo Yvonne, interrumpiendo su conversación—; hace meses que
no lo veo, tenemos muchas cosas que contarnos. Venga, Antoine, tu hijo se
impacienta.
Antoine
dudaba en abandonar a su amigo, pero como Yvonne lo presionaba, se resignó y,
al irse, le murmuró al oído que todo iba a ir...
—...
¡Formidable! —concluyó Mathias.
Cuando
subía por Bute Street con su hijo, Antoine llamó al escaparate de Sophie. Ella
se reunió fuera con él enseguida.
—¿Quieres
venir a cenar a casa? —preguntó Antoine.
—No,
eres un cielo, pero aún no he terminado todos los ramos.
—¿Necesitas
ayuda?
El
codazo que Louis asestó a su padre no le pasó desapercibido a la joven
florista. Ella le pasó la mano por el cabello.
—Iros,
es tarde, y me sé de uno que debe de tener más ganas de ver dibujos animados
que de jugar a ser florista.
Sophie
se acercó para besar a Antoine, y él le deslizó una carta en la mano.
—He
puesto todo lo que me has pedido, sólo tienes que copiarla con tu letra.
—Gracias,
Antoine.
—¿Y
algún día nos presentarás a ese tipo al que escribo...?
—Algún
día, te lo prometo.
Al
final de la calle, Louis tiró a su padre del brazo.
—¡Oye,
papá, si te aburre cenar solo conmigo, me lo podrías decir sin más!
Y
mientras su hijo aceleraba el paso para dejarlo atrás, Antoine le soltó:
—He
preparado para los dos una cena que te va a encantar: croquetas caseras y un
suflé de chocolate, todo cocinado por tu padre.
—Ya,
ya... —dijo Louis entre dientes, mientras subía al Austin Healey.
—Mira
que tienes mal carácter —repuso Antoine mientras le colocaba el cinturón de
seguridad.
—¡Pues
igual lo tengo!
—Igual
que tu madre, no te creas...
—Mamá
me envió ayer un correo electrónico —dijo Louis mientras el coche se alejaba
por Brompton Road.
—¿Está
bien?
—Por
lo que me ha dicho, son las personas de su alrededor las que no están muy bien.
Ahora está en Darfur. ¿Dónde está eso exactamente, papá?
—Sigue
estando en África.
Sophie
recogió las hojas que había barrido de las antiguas jardineras de la tienda.
Arregló el ramo de rosas blancas del gran jarrón de la vitrina y puso un poco
de orden en las ramas de rafia suspendidas por encima del mostrador. Se quitó
su blusa blanca y la colgó en la percha de hierro forjado. Tres hojas
sobresalían de su bolsillo. Cogió la carta escrita por Antoine, se sentó en el
taburete de detrás de la caja y comenzó a copiar las primeras líneas.
Algunos
clientes acababan de cenar en la sala. Mathias cenaba solo en el mostrador. El
turno llegaba a su fin. Yvonne se hizo un café y fue a sentarse a un taburete
cerca de él.
—¿Estaba
bueno? Si me respondes que «formidable», te doy una bofetada.
—¿Conoces
a un tal Popinot?
—Nunca
he oído hablar de él, ¿por qué?
—Por
nada —dijo Mathias mientras tamborileaba con los dedos sobre el mostrador.
—¿Has
conocido a Glover?
—Es
una celebridad del barrio. Un hombre discreto y elegante, inconformista, un
enamorado de la literatura francesa. No sé qué mosca le ha picado.
—¿Una
mujer, tal vez?
—Siempre
lo he visto solo —respondió Yvonne secamente—, y además, ya me conoces, jamás
hago preguntas.
—Entonces,
¿cómo lo haces para saber todas las respuestas?
—Me
dedico a escuchar más que a hablar.
Yvonne
posó su mano sobre la de Mathias y la agarró con ternura.
—Te
adaptarás, no te preocupes.
—Me
parece que eres optimista. ¡En cuanto pronuncio dos palabras en inglés, mi hija
se echa a reír!
—Te
aseguro que nadie habla en inglés en este barrio.
—Así
pues, ¿Valentine te había contado sus planes? —preguntó Mathias mientras
apuraba el último trago de su vaso de vino.
—¡Has
venido aquí por tu hija! ¿No contarías con recuperar también a Valentine cuando
te viniste a instalar aquí?
—Cuando
se ama, no se cuenta con nada, me lo has repetido cien veces.
—Todavía
no te has recuperado, ¿verdad?
—No
lo sé, Yvonne; a menudo la echo de menos, eso es todo.
—Entonces,
¿por qué la engañaste?
—Fue
hace mucho tiempo, cometí una estupidez.
—Pues
sí, tal vez, pero ese tipo de estupideces uno las paga toda la vida. Aprovecha
esta aventura londinense para pasar página. Eres un hombre más bien guapo; si
yo tuviera treinta años menos, te tiraría los tejos. Si la felicidad llama a tu
puerta, no la dejes pasar.
—No
estoy seguro de que esa felicidad tuya tenga mi nueva dirección...
—¿Cuántas
citas has estropeado los últimos tres años porque en el amor vivías a caballo
entre el presente y el pasado?
—¿Y
tú qué sabes?
—No
te he pedido que respondieras a mi pregunta, sólo te pido que reflexiones. Y
además, respecto a lo que sé o dejo de saber, acabo de decírtelo, tengo treinta
años más que tú. ¿Quieres un café?
—No,
es tarde, me voy a acostar.
—¿Sabrás
llegar? —preguntó Yvonne.
—Es
la casa de al lado de la de Antoine, no es la primera vez que vengo.
Mathias
insistió en pagar su cuenta, recogió sus cosas, saludó a Yvonne y salió a la
calle.
La
noche había caído tras los cristales sin que ella se hubiera dado cuenta.
Sophie volvió a doblar la carta, abrió el armario que había debajo de la caja y
la colocó encima de la pila de cartas redactadas por Antoine. Lanzó la que
acababa de reescribir dentro de la gran bolsa de plástico negra, entre las
hojas y los tallos cortados. Cuando se fue de la tienda, la dejó en el pasillo
con el resto de la basura.
Algunos
cirros tapaban el cielo. Mathias, con la maleta en la mano y su paquete bajo el
brazo, subía Brompton Road a pie. Se paró un momento preguntándose si se había
pasado de casa.
—¡Formidable!
—murmuró a la vez que volvía a ponerse en marcha.
En
el cruce, reconoció la vitrina de una agencia inmobiliaria y giró por
Clareville Grove. Casas de todos los colores bordeaban la callejuela. En las
aceras, los almendros y cerezos se balanceaban por el viento. En Londres, los
árboles crecen sin orden, como les parece, y no es algo extraño ver por aquí o
por allá a peatones obligados a bajar a la calzada para rodear una rama enorme
que entorpecía el paso.
Sus
pisadas resonaban en la calma de la noche. Se paró ante el número 4.
La
casa se había dividido a principios del siglo pasado en dos partes desiguales,
pero había conservado todo su encanto. Los ladrillos rojos de la fachada
estaban recubiertos de abundante glicinia que llegaba hasta el techo. Al final
de un tramo de escalera, había dos puertas una junto a la otra. Cuatro ventanas
repartían la luz por las habitaciones; una en los pocos metros en los que vivía
hace una semana el señor Glover, y tres en el resto, donde vivía Antoine.
Antoine
miró su reloj y apagó la luz de la cocina. Una vieja mesa de madera blanca
servía para separarla del salón, amueblado con dos sillones crudos y una mesita
de centro.
Un
poco más lejos, detrás de una placa de vidrio, Antoine había montado un pequeño
estudio que compartía con su hijo cuando éste hacía los deberes, y donde Louis
también solía jugar a escondidas con el ordenador de su padre. Toda la planta
baja daba por la parte trasera a un jardín.
Antoine
subió las escaleras, entró en la habitación de su hijo, que dormía desde hacía
tiempo. Lo arropó, le dio un beso lleno de ternura en la frente, acercó su
nariz al cuello del niño para notar su olor infantil y volvió a salir de la
habitación cerrando la puerta con suavidad.
La
luz de las ventanas de Antoine acababa de apagarse. Mathias subió algunos
peldaños de la escalera, introdujo la llave en la cerradura de su puerta y
entró en su casa.
La
planta baja estaba totalmente vacía. Colgada del techo, una bombilla se
balanceaba al final de un cable retorcido y proporcionaba una luz triste. Dejó
el paquete en el suelo y subió a ver el piso de arriba. Había dos habitaciones
que se comunicaban con un cuarto de baño. Dejó la maleta sobre la cama turca
que le había instalado Antoine. Sobre una caja, que hacía las veces de mesita
de noche, encontró una nota de bienvenida a su nueva casa de su amigo Antoine.
Se acercó a la ventana; en la parte de abajo, la parcela de jardín tenía una
extensión de varios metros cubiertos de césped. Una lluvia fina empezó a
golpear el cristal de la ventana. Mathias arrugó en su mano la nota de Antoine
y la dejó caer al suelo.
Los
peldaños de la escalera crujían de nuevo bajo sus pies.
Recogió
el paquete que había dejado en la entrada, volvió a salir y recorrió la calle
en sentido inverso. Tras él, una cortina se cerraba en la ventana de Antoine.
De
regreso en Bute Street, Mathias entreabrió la puerta de la librería, que olía
todavía a pintura. Empezó a quitar una a una las fundas que protegían los
estantes. Ciertamente, el sitio no era muy grande, pero las estanterías
conseguían aprovechar plenamente la altura que había hasta el techo. Mathias
vio la escalera antigua que se deslizaba por su raíl de cobre. Dado que estaba
aquejado desde la adolescencia de un vértigo acusado e incurable, decidió que
toda aquella obra que no estuviera al alcance de la mano, es decir, más arriba
del tercer estante, no estaría disponible, sino que sería parte de la
decoración. Volvió a salir y se arrodilló en la acera para desenvolver su
paquete. Contempló la placa de esmalte que contenía y, ayudándose del dedo,
dejó a la vista la inscripción Libraire Francaise. El hueco de la puerta tenía
las medidas adecuadas para colocarla en él. Cogió de su bolsillo cuatro largos
tornillos, tan viejos como el rótulo, y desplegó su navaja suiza. Una mano se
posó sobre su hombro.
—Toma
—dijo Antoine, ofreciéndole un destornillador—. Vas a necesitar uno más grande.
Así,
mientras Antoine sujetaba la placa, Mathias se esforzaba para que los tornillos
se clavaran en la madera.
—Mi
abuelo tenía una librería en Esmirna. El día que la ciudad fue pasto de las
llamas, esta placa fue lo único que pudo llevarse con él. Cuando era niño, la
sacaba de vez en cuando de un cajón de su alacena, la dejaba en la mesa del
comedor y me contaba cómo había conocido a mi abuela, cómo se había enamorado
de ella y que, a pesar de la guerra, nunca habían dejado de amarse. Nunca
conocí a mi abuela, no volvió de los campos.
Tras
colocar la placa, los dos amigos se sentaron en la puerta de la librería. Bajo
la pálida luz de un farol de Bute Street, cada uno escuchó el silencio del
otro.
Capítulo
3
El
sol bañaba la planta baja de la casa. Antoine cogió la leche de la nevera y
bañó los cereales de Louis.
—No
eches demasiada, papá, que si no se reblandecen —dijo Louis, apartándole el
brazo a su padre.
—¡Ésa
no es razón para derramar el resto por la mesa! —repuso Antoine a la vez que
cogía una bayeta del borde del fregadero.
Llamaron
a la puerta, y Antoine cruzó el salón. Mathias, en pijama, se coló por la
puerta apenas entreabierta con paso firme.
—¿Hay
café?
—¡Buenos
días!
—¡Buenos
días! —respondió Mathias mientras se sentaba junto a Louis.
El
niño hundió su cabeza en el bol.
—¿Con
mucho sueño? —preguntó Antoine.
—Mi
lado izquierdo ha dormido bien, pero el derecho no tenía suficiente sitio.
Mathias
cogió una tostada de la cesta del pan y la untó generosamente de mantequilla y
mermelada.
—¿Qué
te ha traído aquí de buena mañana? —preguntó Antoine tras dejar la taza de café
frente a su amigo.
—¿Me
has hecho inmigrar al Reino Unido o al reino de los liliputienses?
—¿Qué
pasa?
—¡Un
rayo de sol ha entrado en mi cocina, y como los dos no cabíamos en ella, he
venido a desayunar a tu casa! ¿Tienes miel?
—¡La
tienes delante!
—De
hecho, me parece que por fin lo entiendo —repuso Mathias mientras mordía su
tostada—. Aquí los kilómetros se convierten en millas; los grados Celsius, en
Fahrenheit, y lo pequeño, en minúsculo.
—¡He
estado tomando el té en casa de mi vecino dos o tres veces, y el sitio me
parecía más bien acogedor!
—¡Pues
no es nada acogedor, es simplemente minúsculo!
Louis
se levantó de la mesa y subió a buscar el cartabón a su habitación. Unos
minutos después, volvió a bajar.
—Si
no tienes inconveniente, voy a dejar a mi hijo en la escuela. ¿No vas a la
librería?
—Tengo
que esperar al camión de mudanzas.
—¿Necesitas
ayuda?
—No,
qué va, sólo me llevará unos segundos, lo que me cueste bajar dos cajas y un
puf; ¡con eso mi chocilla estará ya llena a reventar!
—Como
quieras —respondió Antoine secamente—. Cierra la puerta cuando te vayas.
Mathias
alcanzó a Antoine, que se había reunido con Louis en la escalera.
—¿Tienes
toallas limpias en algún sitio? Voy a ducharme aquí; en mi casa, hay que estar
a la pata coja para caber.
—¡Me
tienes harto! —respondió Antoine al irse de casa.
Louis
ocupó su sitio en el asiento del Austin Healey y se abrochó solo el cinturón de
seguridad.
—Me
tiene verdaderamente harto —murmuró Antoine mientras daba marcha atrás.
Un
camión de la Delahaye Moving hacía maniobras para estacionarse frente a su
casa.
Diez
minutos más tarde, Mathias llamó a Antoine para que acudiera en su ayuda. Había
cerrado bien la puerta, tal y como él le había pedido, pero se había dejado sus
llaves en la mesa del comedor. Los de la mudanza esperaban frente a la casa, y
él estaba en pijama en medio de la calle. Antoine, que acababa de dejar a Louis
en la escuela, deshizo el camino andado.
El
responsable de la compañía Delahaye Moving había conseguido convencer a Mathias
de que dejara a sus hombres trabajar en paz, tras hacerle entender que con sus
aspavientos en medio de los operarios lo único que conseguía era retrasar su
trabajo. Le prometió que cuando volviera por la noche, todo estaría instalado.
Antoine
esperó a que Mathias se duchara; cuando estuvo listo, se volvieron a ir juntos
en el viejo cabriolé descapotado.
—Te
dejo y me voy, que ya llego muy tarde —dijo Antoine cuando salían de Clareville
Grove.
—¿Te
vas al despacho? —preguntó Mathias.
—No,
tengo que pasarme por una obra.
—No
es necesario dar una vuelta por la librería, todavía debe de oler demasiado a
pintura. Te acompaño.
—Está
bien, ven conmigo, ¡pero ten mucho cuidado!
—¿Por
qué dices eso?
El
Austin Healey se lanzó por Oíd Brompton.
—¡Tranquilo!
—gritó Mathias.
Antoine
lo miró excitado.
—¡Reduce
la velocidad!
Antoine
aprovechó un semáforo en rojo para recoger su cartera, que estaba a los pies de
Mathias.
—¡Deja
de frenar por mí! —dijo él, volviendo a erguirse.
—¿Por
qué me has puesto esto sobre las rodillas? —preguntó Mathias.
—Ábrela
y mira qué hay dentro.
Mathias
sacó intrigado un documento.
—Desdóblalo.
En
cuanto el coche arrancó, el plano se quedó pegado a la cara de Mathias, que
intentó en vano desembarazarse de él durante el resto del trayecto. Poco
después, Antoine estaba junto a la acera, delante de un portal de sillería. Una
verja de hierro forjado daba paso a una callejuela sin salida. Antoine recuperó
su plano y salió del Austin.
A
ambos lados, había bloques torcidos, y unas antiguas cuadras, que habían sido
rehabilitadas y convertidas en pequeñas casitas de campo. Por las fachadas de
colores trepaban rosales.
Los
techos ondulados a veces estaban hechos de tejas de madera y a veces de
pizarra. Al fondo de la callejuela, un edificio, mayor que todos los demás,
dominaba el paisaje. Una gran puerta de roble se alzaba en lo alto de unas
escaleras. Antoine animó a su amigo, que se había quedado rezagado, a que se
reuniera con él.
—¿Supongo
que no habrá ratas? —preguntó Mathias al acercarse.
—¡Entra!
Mathias
descubrió un espacio inmenso, iluminado por grandes ventanas, donde estaban
trabajando algunos obreros. En el centro, una escalera llevaba al primer piso.
Un tipo grande de aspecto desastrado se acercó a Antoine con un plano en la
mano.
—¡Todo
el mundo estaba esperándolo!
Escocés
por parte de padre y normando por parte de madre, McKenzie, que ya había pasado
la treintena, hablaba un francés marcado por un acento que ponía en evidencia
la variedad de sus orígenes. Señaló un ventanuco y le preguntó a Antoine:
—¿Ha
tomado una decisión?
—Todavía
no —respondió Antoine.
—A
este paso, no conseguiré tener los sanitarios a tiempo. Tengo que hacer el
encargo a última hora de hoy como muy tarde.
Mathias
se acercó a ellos.
—Perdona
—dijo irritado—, ¿me has hecho atravesar Londres para que te ayude a solucionar
un asunto de cagaderos?
—¡Espera
un segundo! —respondió Antoine antes de volverse hacia su jefe de obra—. ¡Tus
proveedores me importan un carajo, McKenzie!
—¡A
mí también me importan un carajo los proveedores! —repitió Mathias bostezando.
Antoine
fulminó a su amigo con la mirada, y Mathias soltó una carcajada.
—Bueno,
yo cojo tu coche, y tú le pides a tu jefe de obra que te lleve. ¿Es eso
posible, McKenzie?
Antoine
retuvo a Mathias por el brazo y lo atrajo hacia él.
—Necesito
tu opinión, ¿dos o cuatro?
—¿Cagaderos?
—Se
trata de una antigua granja de carros que la agencia compró el año pasado.
Ahora dudo de si dividirla en dos o cuatro apartamentos.
Mathias
miró a su alrededor, levantó la cabeza hacia el ventanuco, dio una vuelta sobre
sí mismo y puso los brazos en jarra.
—¡Sólo
uno!
—Vale,
de acuerdo, ¡llévate el coche!
—¡Tú
me has preguntado, y yo te he respondido!
Antoine
se alejó de él y se reunió con los obreros, que estaban enfaenados desmontando
una antigua chimenea. Mathias siguió observando el lugar, subió al primer piso,
se acercó a un mapa clavado en la pared, volvió a la pared del ventanuco,
extendió los brazos y exclamó con voz atronadora:
—¡Un
único apartamento con dos cagaderos haría feliz a cualquiera!
Estupefactos,
los obreros alzaron la cabeza, mientras que Antoine, desesperado, se llevaba
las manos a la suya.
—¡Mathias,
estoy trabajando! —gritó Antoine.
—¡Pero
si yo también!
Antoine
subió los escalones de cuatro en cuatro para reunirse con Mathias en el primer
piso.
—¿A
qué estás jugando?
—¡Tengo
una idea! Abajo, nos haces una habitación enorme, y aquí arriba, dividimos la
planta en dos... verticalmente -añadió Mathias a la vez que trazaba una
separación imaginaria con las manos.
—¿Verticalmente?
—repitió Antoine exasperado.
—¿Cuántas
veces desde que éramos chavales hemos hablado de compartir el mismo techo? Tú
eres soltero y yo, también; es una ocasión de ensueño.
Mathias
extendió los brazos en cruz y repitió «división vertical ».
—¡Ya
no somos chavales! Y si uno de nosotros volviera a salir con una mujer, ¿cómo
la dividiríamos? —farfulló Antoine liándose.
-Pues
bien, si uno de los dos volviera con una mujer..., ¡se iría fuera!
—¿Quieres
decir que no podría haber mujeres en casa?
—¡Exactamente!
—dijo Mathias, separando un poco más los brazos—. ¡Mira! —añadió a la vez que
agitaba el plano—.Incluso yo, que no soy arquitecto, puedo imaginar el sitio de
ensueño que podría ser esta casa.
—Muy
bien, pues sueña, yo tengo cosas que hacer —respondió Antoine al tiempo que le
arrancaba el plano de las manos.
Al
volver a bajar, Antoine se volvió de nuevo hacia Mathias, que parecía desolado.
—
¡Digiere de una buena vez tu divorcio y déjame trabajar en paz!
Mathias
se precipitó hacia la balaustrada para llamar a Antoine, que acababa de
reunirse con McKenzie.
—¿Alguna
vez te has llevado tan bien con una pareja como nos llevamos nosotros desde
hace quince años? ¿Y nuestros hijos no están felices cuando nos vamos de
vacaciones juntos? ¡Sabes muy bien que esto funcionaría! —argumentó Mathias.
Estupefactos,
los obreros habían cesado toda actividad desde el inicio de la conversación.
Uno barría; otro parecía inmerso en la lectura de una nota técnica, y un
tercero estaba limpiando sus herramientas.
Furioso,
Antoine se alejó de su jefe de obra y volvió a salir a la callejuela. Mathias
bajó la escalera, tranquilizó a McKenzie con un guiño amistoso y se reunió con
su amigo en el coche.
—No
entiendo por qué te pones tan nervioso. Me parece que es una buena idea. Y
además, para ti es fácil, no te acabas de mudar a un armario.
—Sube
o te dejo aquí —respondió Antoine mientras abría la portezuela del coche.
McKenzie
los perseguía con grandes aspavientos. Sin aliento, les preguntó si podían
llevarlo porque un trabajo tremendo lo estaba esperando en la agencia. Mathias
salió del coche para permitirle subir. A pesar de su gran tamaño, McKenzie se
acomodó lo mejor que pudo en el simulacro de asiento trasero del coche, y el
Austin Healey se precipitó por las calles de Londres.
Desde
que habían salido de la callejuela, Antoine no había pronunciado palabra. El
Austin se paró en Bute Street, frente a la Libraire Francaise. Mathias inclinó
el sillón para liberar a McKenzie, pero este último, perdido en sus
pensamientos, no se movía.
—Después
de lo dicho —murmuró McKenzie—, si os vais a vivir juntos, ya puedo hacer el
pedido.
—
¡Hasta esta tarde, querido! —bromeó Mathias al alejarse.
Antoine
lo alcanzó enseguida.
—¿Vas
a hacer el favor de parar ahora mismo con todo esto? Ya somos vecinos, ¿no te
parece suficiente?
—Cada
uno vive en su casa, ¡no tiene nada que ver! —respondió Mathias.
—¿Qué
mosca te ha picado? —preguntó Antoine preocupado.
—El
problema no es ser soltero, sino vivir solo.
—Ese
es el principio básico de la soltería. Y además, no estamos solos, vivimos con
nuestros hijos.
—¡Solos!
—¿No
vas a parar de repetirlo?
—Necesito
una casa con niños que rían, quiero que haya vida cuando vuelva a casa, no
quiero más domingos siniestros, quiero fines de semana con niños que rían.
—Eso
ya lo has dicho dos veces.
—¿Y
qué? ¿Te supone un problema que se rían dos veces?
—¿Hasta
tal punto has tocado fondo con la soledad? —preguntó Antoine.
—Vete
a trabajar, McKenzie se está durmiendo en el coche —dijo Mathias a la vez que
entraba en su librería.
Antoine
lo siguió al interior y le cerró el paso.
—¿Y
qué ganaría yo viviendo bajo el mismo techo que tú?
Mathias
se agachó para recoger el correo que el cartero le había deslizado por debajo
de la puerta.
—No
lo sé, podrías enseñarme a cocinar.
—Lo
que yo decía, ¡no cambiarás jamás! —dijo Antoine, volviendo a irse.
—Podemos
contratar a una canguro, y lo peor que podría pasar es que nos hartáramos.
—Estoy
en contra de las canguros —gruñó Antoine mientras se alejaba hacia su coche—.
Ya he perdido a su madre, no quiero que un día mi hijo me deje porque no me
haya ocupado de él.
Se
instaló tras el volante y arrancó el motor. A su lado, McKenzie roncaba con la
nariz hundida en la hoja de servicio. Con los brazos cruzados y un pie en la
puerta, Mathias llamó a Antoine.
—Tu
despacho está justo enfrente. Antoine sacudió a McKenzie y abrió la puerta.
—¿Qué hace usted todavía ahí? Creía que tenía una montaña de trabajo.
Desde
su tienda, Sophie contemplaba la escena. Meneó la cabeza y volvió a la
trastienda.
Capítulo
4
Mathias
estaba contento por lo frecuentada que estaba siendo la librería aquella
jornada. Aunque, al entrar, los clientes se extrañaban por no ver al señor
Glover, todos lo acogieron calurosamente. Incluso las ventas del día lo
sorprendieron. Mientras cenaba temprano en el mostrador de Yvonne, Mathias
empezaba a vislumbrar la posibilidad de estar a la cabeza de un pequeño negocio
encantador que tal vez le permitiría algún día darle a su hija estudios en
Oxford, cosa que soñaba para ella. Volvió andando a su casa al final del día.
Frédéric Delahaye le devolvió sus llaves, y el camión desapareció al cabo de la
calle.
Había
cumplido con su palabra. Los operarios habían instalado el canapé y la mesa de
centro en la planta baja, las camas y las mesitas de noche en las dos pequeñas
habitaciones de arriba. La ropa estaba colocada, y la vajilla ocupaba su lugar
en la cocinita que estaba bajo la escalera. Habían necesitado talento: el sitio
no era muy grande y, ahora, cada centímetro cuadrado estaba ocupado. Antes de
hundirse en la cama, Mathias preparó la habitación de su hija de manera que era
casi idéntica a la que ocupaba en París durante las vacaciones escolares.
Al
otro lado de la pared, Antoine volvía a cerrar la puerta de la habitación de
Louis. La historia de aquella noche había suscitado miles de preguntas que su
hijo no había dudado en plantearle antes de irse a acostar. Si el padre se
alegraba de ver dormir a su hijo, el cuentacuentos se preguntaba, mientras
bajaba la escalera de puntillas, en qué momento del relato se había quedado su
hijo. Era una cuestión importante, porque en ese punto debería retomar el hilo
de la historia. Sentado en la mesa del comedor, Antoine desplegó el mapa de la
antigua granja y modificó algunos trazos. Avanzada la noche, después de haber
arreglado su cocina, le dejó un mensaje a McKenzie para citarlo al día
siguiente en la obra a las diez.
El
jefe de la agencia había sido puntual. Antoine le dio el nuevo plano a
McKenzie.
—Olvidémonos
durante dos segundos de sus problemas con los suministros y dígame lo que
piensa en realidad —dijo Antoine.
El
veredicto de su colaborador fue inmediato. Transformar este lugar en un único y
gran espacio para vivir retrasaría las obras tres meses. Habría que solicitar
los permisos necesarios y revisar los presupuestos, y el alquiler para
amortizar las obras de semejante superficie sería terriblemente caro.
—¿Qué
entiende usted por «terriblemente»? —preguntó Antoine.
McKenzie
le susurró una cifra que le hizo sobresaltarse.
Antoine
arrancó el papel de calco sobre el que había modificado el proyecto original y
lo echó a una papelera de la obra.
—¿Lo
llevo a la oficina? —le preguntó él a su jefe de agencia.
—Tengo
mucho que hacer aquí, me reuniré con usted al final de la mañana. Entonces,
¿dos o cuatro apartamentos?
—¡Cuatro!
—respondió Antoine mientras se alejaba ya de allí.
El
Austin Healey desapareció al final de la calle. El tiempo era apacible, y
Antoine decidió cruzar Hyde Park. A la salida del parque, dejó por tercera vez
que el semáforo se pusiera en rojo. La fila de coches que se extendía tras el
Austin no dejaba de crecer. Un policía a caballo se dirigía hacia él por el
camino de caballos que bordeaba la carretera. Se paró junto a su coche y miró a
Antoine, que seguía absorto en sus pensamientos.
—Hace
un buen día, ¿no cree? —preguntó el policía.
—¡Magnífico!
—respondió Antoine, mirando al cielo.
El
policía señaló con el dedo el semáforo que cambiaba a ámbar v le preguntó a
Antoine:
—¿Por
alguna remota casualidad, alguno de esos colores le inspira algo?
Antoine
lanzó una mirada a su retrovisor y descubrió, asombrado, el embotellamiento que
acababa de provocar. Se excusó, puso una marcha y arrancó bajo la mirada
divertida del caballero, que tuvo que echar pie a tierra para regular la
circulación.
—¿Cómo
se me pudo ocurrir pedirle que se instalara aquí? —masculló mientras subía por
Queen's Gate.
Se
paró frente a la tienda de Sophie. La joven florista parecía una bióloga con su
bata blanca. Aprovechaba el buen tiempo para arreglar su escaparate. Los ramos
de flores de lis, de peonías, de rosas blancas y rojas, colocadas en cubos,
estaban alineados en la acera, rivalizando en belleza.
—¿Estás
contrariado por algo? —preguntó ella al verlo.
—¿Has
tenido gente esta mañana?
—¡Te
he hecho una pregunta!
—¡No,
no estoy contrariado en absoluto! —respondió Antoine rezongón.
Sophie
le dio la espalda y entró en su tienda; Antoine la siguió.
—Mira,
Antoine —dijo ella, colocándose tras el mostrador—, si te molesta escribir esas
cartas, ya me las arreglaré de otra manera.
—No,
no tiene nada que ver con eso. Estoy preocupado por Mathias, está harto de
vivir solo.
—Ya
no estará solo porque estará con Emily.
—Quiere
que vivamos juntos.
—¿Bromeas?
—Dice
que sería formidable para los niños.
Sophie
se volvió para escapar a la mirada de Antoine y se dirigió a la trastienda.
Tenía una de las risas más bellas del mundo, y también una de las más
comunicativas.
—Ah,
sí, es muy normal que vuestros hijos tengan dos padres —dijo ella mientras se
secaba las lágrimas.
—No
pretendas hacerme una apología de la normalidad. ¡Hace tres meses hablabas de
tener un hijo con un desconocido!
El
rostro de Sophie cambió inmediatamente.
—Gracias
por recordarme ese intenso momento de soledad.
Antoine
se acercó a ella y le cogió la mano.
—Lo
que no es normal es que, en una ciudad de siete millones y medio de habitantes,
personas como Mathias y tú sigan solteras.
—Mathias
acaba de llegar a la ciudad..., y tú tal vez no estés soltero.
—A
mí me da igual —murmuró Antoine—, pero no me había dado cuenta de que estuviera
solo hasta ese punto.
—Todos
estamos solos, Antoine, aquí, en París, o en cualquier otro sitio. Podemos
intentar huir de la soledad, mudarnos, hacer todo lo posible por conocer gente,
pero eso no cambia nada. Al final del día, cada uno vuelve a su casa. Los que
viven en pareja no se dan cuenta de su suerte. Han olvidado las noches frente a
una bandeja de comida preparada, la angustia ante la cercanía del fin de
semana, el domingo esperando que suene el teléfono. Millones de personas
vivimos así en las capitales del mundo. La única buena noticia es que no somos
tan diferentes los unos de los otros.
Antoine
pasó la mano por los cabellos de su mejor amiga. Ella esquivó su gesto.
—Te
digo que te vayas a trabajar, tengo muchas cosas que hacer.
—¿Vendrás
esta noche?
—No
me apetece —respondió Sophie.
—He
organizado una cena para Mathias; Valentine se va a finales de semana; tienes
que venir, no quiero estar solo en la mesa con ellos dos. Y además, te
prepararé tu plato preferido.
Sophie
le sonrió a Antoine.
—¿Almejas
con jamón?
—A
las ocho y media.
—¿Los
niños cenarán con nosotros?
—Cuento
contigo —respondió Antoine mientras se alejaba.
Sentado
tras el mostrador de su librería, Mathias leía el correo del día. Algunas
facturas, un prospecto y una carta de la escuela que le informaba de la fecha
de la próxima reunión de padres de alumnos. Había una nota dirigida al señor
Glover. Mathias cogió el papelito que estaba al fondo de la caja registradora y
volvió a copiar en el sobre la dirección de su propietario en Kent. Se hizo
prometer que iría a enviarla a la hora del desayuno.
Llamó
a Yvonne para reservar su sitio. «No te molestes más, a partir de ahora, el
tercer taburete del mostrador es el tuyo», respondió ella.
La
campanilla de la puerta sonó. Una joven esplendorosa acababa de entrar en su
librería. Mathias dejó su correo.
—¿Tiene
usted la prensa francesa? —preguntó ella.
Mathias
le señaló el estante que estaba junto a la entrada. La joven cogió un ejemplar
de cada periódico y se dirigió a la caja.
—¿Tiene
usted morriña? —preguntó Mathias.
—No,
todavía no —respondió divertida la joven.
Ésta
buscó dinero en su bolsillo y le alabó por su librería, que le parecía
encantadora. Mathias le dio las gracias y le cogió los diarios de las manos.
Audrey miraba a su alrededor. En lo alto de una estantería, un libro captó su
atención, y se puso de puntillas.
—¿Es
el volumen de literatura del siglo XVII de Lagarde y Michard lo que veo allí
arriba?
Mathias
se acercó y asintió con un gesto de cabeza.
—¿Puedo
comprarlo?
—Tengo
un ejemplar en mucho mejor estado justo delante de usted —afirmó Mathias al
tiempo que sacaba un libro de los estantes.
Audrey
estudió la obra que le ofrecía Mathias y se la devolvió inmediatamente.
—¡Éste
es sobre el siglo xx!
—Es
verdad, pero está casi nuevo. Tienen tres siglos de diferencia, es normal que
se resienta. Mire usted misma, ni un pliegue, ni la menor mancha.
Ella
se echó a reír de buena gana y señaló el libro que estaba en lo alto de la
estantería.
—¿Me
da usted mi libro?
—Puedo
hacer que se lo traigan, si usted quiere, pues es muy pesado —respondió
Mathias.
Audrey
lo miró desconcertada.
—Voy
al Liceo francés, justo al final de la calle; prefiero llevármelo.
—Como
usted quiera —respondió Mathias resignado.
Cogió
la vieja escalera de madera, la deslizó por su raíl de cobre hasta colocarla
frente al estante en el que estaba el Lagarde y Richard.
Respiró
profundamente, puso el pie sobre el primer escalón, cerró los ojos y trepó como
mejor pudo.
Cuando
ya estuvo a una buena altura, empezó a buscar con la mano a ciegas. Al no
encontrar nada, Mathias entreabrió los ojos, buscó las tapas, se apoderó del
libro y se dio cuenta de que era incapaz de volver a bajar. El corazón se le
escapaba por la boca. Totalmente paralizado, se agarró con todas sus fuerzas a
la escalera.
—¿Está
bien?
La
voz de Audrey llegaba ahogada hasta sus oídos.
—No
—murmuró él.
—¿Necesita
ayuda?
Su
«sí» era tan débil que apenas era audible. Audrey trepó hasta él. Cogió el
libro con delicadeza y lo tiró al suelo. Después, con las manos sobre las
suyas, lo guió mientras lo reconfortaba. Con mucha paciencia, consiguió que
descendiera tres peldaños. Protegiéndolo con su cuerpo, acabó convenciéndolo de
que el suelo ya no estaba muy lejos. Él le susurró que todavía necesitaba un
poco de tiempo. Cuando Antoine entró en la librería, Mathias, que seguía
agarrado a Audrey, sólo estaba a un escalón del suelo.
Ella
lo soltó, y Mathias, intentando recuperar algo de su dignidad, recogió el
libro, lo puso en una bolsa de papel y se lo ofreció. Se negó a que le pagara;
ella se lo agradeció y salió de la librería bajo la mirada intrigada de
Antoine.
—¿Puedo
saber qué estabas haciendo exactamente?
—¡Mi
trabajo!
Antoine
lo miró perplejo.
—¿Puedo
ayudarte?
—Habíamos
quedado para almorzar.
Mathias
reparó en los periódicos que se habían quedado junto a la caja. Los cogió
enseguida, le pidió a Antoine que lo esperara un instante y se precipitó a la
calle. Corriendo hasta quedarse sin aliento, subió por Bute Street, giró en
Harrington Road y consiguió atrapar a Audrey en la placita que rodeaba el
complejo escolar. Sin aliento, le tendió la prensa que ella había olvidado.
—No
era necesario —dijo Audrey como agradecimiento.
—Me
he puesto en ridículo, ¿no?
—No,
ni lo más mínimo; el vértigo se puede curar —dijo ella mientras cruzaba la
verja del colegio.
Mathias
la miró atravesar el patio; cuando volvía a la librería, se volvió y la vio
alejarse hacia el porche del patio. Unos segundos después, Audrey se volvió, a
su vez, y lo vio desaparecer al doblar la esquina.
—Tienes
un agudo sentido de los negocios —dijo Antoine como bienvenida.
—Ella
me ha pedido un Lagarde y Richard, iba al Liceo francés, así que era profesora,
de manera que no me reproches que me emplee a fondo por la educación de
nuestros hijos.
—Profesora
o no, ni siquiera ha pagado los periódicos.
—¿Nos
vamos a almorzar? —dijo Mathias mientras le abría la puerta a Antoine.
Sophie
entró en el restaurante y se unió a Antoine y Mathias. Yvonne les llevó un
plato al gratín sin darles posibilidad de elegir.
—¡Tu
local está a reventar! —dijo Mathias—. Veo que te van bien los negocios.
Antoine
le asestó un golpe con el pie por debajo de la barra. Yvonne volvió a irse sin
decir palabra.
—¿Qué
pasa? ¿Ya he dicho algo inconveniente?
—Tiene
muchas dificultades para ganarse la vida. Por la noche, casi no hay nadie —dijo
Sophie mientras servía a Antoine.
—La
decoración es un poco antañona, debería hacer reformas.
—¡Te
has convertido en un experto decorador!
—Lo
digo para ayudar. Es evidente que no es muy reciente.
—Y
según tú, ¿de cuándo es? —replicó Antoine, encogiéndose de hombros.
—Sois
un par de críos puñeteros.
—Podrías
ocuparte de la renovación, ¿es tu trabajo, no? —repuso Mathias.
—Yvonne
no tiene medios y detesta los créditos, es de la vieja escuela —respondió
Sophie—. Y no se equivoca, ¡ojalá yo pudiera librarme de los míos!
—Entonces
¿no hay nada que hacer? —insistió Mathias.
—¿Y
si comieras y te callaras durante cinco minutos? —dijo Antoine.
De
vuelta al despacho, Antoine se dedicó a recuperar el retraso acumulado durante
la semana. La llegada de Mathias había perturbado un poco el transcurso de los
días. Las primeras horas de la tarde se esfumaron; el sol empezaba a ponerse
tras las grandes ventanas, y Antoine miró su reloj. Tras el tiempo que le llevó
ir a buscar a su hijo a la escuela y hacer algunas compras, llegó a su casa
para preparar la cena.
Louis
puso la mesa y se instaló en el pequeño despacho para hacer sus deberes,
mientras Antoine cogía fuerzas para cocinar escuchando distraído el reportaje
que emitía TV5 en la televisión del salón. Si Antoine hubiera alzado la vista,
probablemente habría reconocido a la joven mujer que había conocido horas antes
en la librería de Mathias.
Valentine
llegó la primera en compañía de su hija; Sophie llamó unos minutos más tarde, y
Mathias, como buen vecino, llegó el último. Todos ocuparon su lugar en la mesa,
excepto Antoine, que seguía entre los pucheros. Con un delantal, sacó un plato
quemando del horno y lo dejó sobre la superficie de trabajo de la cocina.
Sophie se levantó para ayudarlo, y Antoine le tendió dos platos.
—Las
chuletas con judías verdes son para Emily; el plato de puré, para Louis. Tus
almejas estarán listas en dos minutos, y el hachís parmentier * de Valentine ya
sale.
—¿Y
para la 7 que hay? —preguntó ella burlona.
—Lo
mismo que para Louis —respondió concentrado Antoine.
—¿Tienes
pensado cenar con nosotros? —preguntó Sophie al volver a la mesa.
—Sí
—prometió Antoine.
Sophie
lo miró unos instantes, pero Antoine la llamó al orden: el puré de Louis iba a
enfriarse. Él se resignó a abandonar sus dominios en la cocina el tiempo justo
para llevar los platos de Mathias y de Valentine. Los dejó frente a cada uno y
esperó sus reacciones. Valentine se extasió ante el suyo.
—No
probarás nada mejor cuando estés en París —dijo él mientras regresaba a la
cocina.
Antoine
llevó enseguida las almejas de Sophie y esperó a que las probara antes de
volver a los fogones.
—Ven
a sentarte, Antoine —suplicó ella.
—Ya
voy —respondió él con una esponja en la mano.
Los
platos de Antoine encantaban a los comensales, pero su plato seguía intacto.
Yendo y viniendo a cada momento, apenas participaba en las conversaciones que
animaban la velada. Como a los niños se les cerraban los ojos, Sophie se
ausentó el tiempo que le llevó subir a acostarlos. Louis se quedó dormido en
brazos de su madrina, antes incluso de que ella hubiera tenido tiempo de
arroparlo. Se fue de puntillas y volvió sobre sus pasos, incapaz de refrenar
las ganas de una nueva tanda de besos. En sueños, el niño entreabrió los ojos y
balbuceó una palabra que se parecía a «Darfour». Sophie le respondió «Duerme,
mi amor», y salió dejando la puerta entreabierta.
De
vuelta en el salón, lanzó una mirada discreta a Antoine, que estaba lavando los
platos y había dejado a Valentine y Mathias discutiendo.
Sophie
dudó sobre si volver a ocupar su sitio, pero Antoine avanzó hacia la mesa con
un gran bol de espuma de chocolate.
—¿Me
darás algún día la receta? —preguntó Valentine.
—¡Un
día de estos! —respondió Antoine, que volvió a irse de inmediato.
La
velada acabó; Antoine propuso que Emily se quedara a dormir, y él la
acompañaría al día siguiente al colegio. Valentine aceptó de buen grado, no era
necesario despertar a su hija. Era medianoche, muy tarde como para que Yvonne
les hiciera una visita sorpresa, y todo el mundo se fue.
Antoine
abrió la nevera, puso un trozo de queso en un plato, un pedazo de pan, y se
instaló en la mesa para cenar al fin. Unos pasos resonaron en la escalera.
—Creo
que me he dejado el móvil aquí —dijo Sophie al entrar.
—Lo
he dejado en el mostrador de la cocina —respondió Antoine.
Sophie
encontró su teléfono y se lo metió en el bolsillo. Miro atentamente el
estropajo que estaba sobre el escurreplatos del fregadero, dudó durante un instante
y lo cogió.
—¿Qué
te pasa? —preguntó Antoine—. Estás rara.
—¿Sabes
cuánto tiempo has pasado con esto esta tarde? —dijo Sophie con voz apagada a la
vez que agitaba el estropajo.
Antoine
frunció el ceño.
—Te
preocupabas por la soledad de Mathias —continuó ella—, pero ¿alguna vez has
pensado en lo solo que estás tú?
Ella
le tiró el estropajo, que aterrizó en medio de la mesa, y se fue.
Hacía
una hora que Sophie se había ido. Antoine daba vueltas por el salón. Se acercó
a la pared que daba a la casa de Mathias. Dio unos golpes, pero no obtuvo
respuesta; su mejor amigo debía de dormir desde hacía mucho tiempo.
Un
día, Emily le confiaría a su diario íntimo que la influencia de Sophie sobre su
padre había sido determinante. Louis añadiría en el margen que estaba
completamente de acuerdo con ella.
Capítulo
5
Valentine
se enrolló la sábana alrededor del cuerpo y se sentó a horcajadas sobre
Mathias.
—¿Tienes
cigarrillos?
—Ya
no fumo.
—Yo
sí —dijo ella mientras revisaba el interior de su bolso, que estaba a los pies
de la cama.
Ella
se acercó a la ventana, y la llama del mechero iluminó su rostro. Mathias no
apartaba la mirada de ella. Le gustaba el movimiento de sus labios al fumar, el
remolino de las bocanadas de humo.
—¿Qué
miras? —preguntó ella, con el rostro pegado a la ventana.
—A
ti.
—¿He
cambiado?
—No.
—Es
terrible lo mucho que voy a echar de menos a Emily.
Se
levantó para reunirse con ella.
Valentine
posó la mano sobre la mejilla de Mathias, acariciando la incipiente barba.
—Quédate
—murmuró él.
Ella
le dio una calada al cigarrillo, y la punta incandescente crepitó.
—¿Me
sigues queriendo?
—¡Para!
—Olvida
lo que acabo de decir.
—Olvida
lo que acabo de decir, borra lo que he hecho, ¿qué es para ti la vida? ¿Un
dibujo a lápiz?
—Si
los lápices fueran colores, no sería tan malo.
—Madura,
amigo mío.
—Si
hubiera madurado, no te habrías enamorado de mí.
—Si
lo hubieras hecho después, seguiríamos juntos.
—Quédate,
Valentine, démonos una segunda oportunidad.
—Ése
es nuestro castigo, tal vez a veces pueda ser tu amante, pero no tu mujer.
Mathias
cogió el paquete de cigarrillos, dudó y lo dejó caer.
—No
enciendas la luz —musitó Valentine.
Ella
abrió la ventana e inspiró el aire fresco de la noche.
—Cojo
el tren mañana —murmuró ella.
—Habías
dicho que sería el domingo. ¿Te espera alguien en París?
—¿Qué
importa eso?
—¿Lo
conozco?
—Para
de hacernos daño, Mathias.
—Vaya,
eres tú más bien la que me lo hace.
—Entonces,
ahora sabes lo que sentí; y además, en esa época todavía no nos habíamos
separado.
—¿A
qué se dedica?
—;Qué
más da?
—Y
cuando te acuestas con él, ¿va todo bien?
Valentine
no respondió, tiró el cigarrillo a la calle y volvió a cerrar la ventana.
—Perdóname
—murmuró Mathias.
—Me
visto y me voy.
Llamaron
a la puerta, y ambos se sobresaltaron.
—¿Quién
puede ser? —preguntó Valentine.
Mathias
miró la hora en el despertador que había sobre la mesita de noche.
—Ni
idea. Quédate aquí, voy a bajar a ver. Subiré tus cosas.
Se
ató una toalla a la cintura y salió de la habitación. Los golpes en la puerta
aumentaron de intensidad.
—¡Voy!
—gritó él mientras bajaba la escalera.
Antoine,
con los brazos cruzados, miraba a su amigo con determinación.
—Bueno,
escúchame bien; hay algo en lo que nunca cederé: ¡nada de canguros en casa!
Nosotros mismos nos ocuparemos de los niños.
—¿De
qué hablas?
—¿Todavía
quieres que vivamos bajo el mismo techo?
—Sí,
pero sería mejor discutirlo en otro momento.
—¿Qué
quieres decir con «en otro momento»? ¿Quieres aplazarlo por un tiempo?
—Quiero
decir que podríamos hablarlo más tarde.
—No,
no, hablémoslo ahora mismo. Tenemos que instaurar unas reglas y hay que
respetarlas.
—Vale,
lo podemos hablar pronto, pero mañana.
—¡No
empieces!
—Antoine,
me parecen bien todas las reglas que pongas.
—¿Cómo
puede ser eso? Entonces, si te dijera que tendrías que pasear al perro todas
las tardes, ¿estarías de acuerdo?
—¡Ah,
por supuesto que no!
—Entonces
no estás de acuerdo en todo.
—Antoine...,
no tenemos perro.
—No
empieces a enredarme.
Valentine,
envuelta en una sábana, se asomó por la barandilla de la escalera.
—¿Va
todo bien? —preguntó inquieta.
Antoine
levantó los ojos y la tranquilizó con un gesto de la cabeza. Valentine volvió a
la habitación.
—Ah,
sí, verdaderamente estás muy solo —farfulló Antoine cuando ya se iba.
Mathias
volvió a cerrar la puerta de la casa. No había dado ni un paso hacia el salón,
cuando Antoine llamó de nuevo a la puerta. Mathias abrió.
—¿Se
va a quedar?
—No,
se va mañana.
—Ahora
que has tenido una pequeña dosis, espero que no me vengas lloriqueando en seis
meses porque la eches de menos.
Antoine
bajó los peldaños de la escalera y los volvió a subir para entrar en su casa.
La luz del patio se extinguió.
Mathias
recogió las cosas de Valentine y fue a reunirse con ella en la habitación.
—¿Qué
quería? —preguntó ella.
—Nada,
ya te lo explicaré.
Por
la mañana, la lluvia había vuelto con la primavera a Londres. Mathias estaba ya
sentado en la barra del bar de Yvonne. Valentine acababa de entrar, tenía el
pelo mojado.
—Voy
a almorzar con Emily, mi tren sale esta tarde.
—Ya
me lo dijiste ayer.
—¿Podrás
arreglártelas?
—El
lunes tiene inglés; el martes, yudo; el miércoles la llevo al cine; el jueves
toca guitarra, y el viernes...
Valentine
había dejado de escucharle. Al otro lado del cristal había visto a Antoine en
la acera de enfrente entrando en sus oficinas.
—¿Qué
quería a mitad de la noche?
—¿Quieres
un café?
Mathias
le explicó su proyecto de vivir juntos y le detalló todas las ventajas que él
veía. Louis y Emily se llevaban como hermanos, y la vida bajo un mismo techo
sería más fácil de organizar, sobre todo para él. Yvonne, hundida, prefirió
dejarlos solos. Valentine se rió varias veces y abandonó su taburete.
—¿No
dices nada?
—¿Qué
quieres que diga? Si estáis seguros de que eso os hará felices...
Valentine
fue a buscar a Yvonne a la cocina y la abrazó.
—Vendré
a verte muy pronto.
—Eso
es lo que todo el mundo dice cuando se va —respondió Yvonne.
De
vuelta a la sala, Valentine besó a Mathias y salió del restaurante.
Antoine
había estado esperando a que Valentine doblara la esquina. Abandonó su puesto
de observación en la ventana del despacho, bajó las escaleras y se dirigió al
local de Yvonne. Una taza de café lo esperaba ya sobre el mostrador.
—¿Qué
tal fue? —le preguntó a Mathias.
—Muy
bien.
—Por
la noche, le envié un correo electrónico a la madre de Louis.
—¿Has
tenido respuesta?
—Esta
mañana al llegar al despacho.
—¿Y?
—Karine
me preguntaba si, el próximo curso, Louis debería poner tu apellido en su ficha
escolar. Yvonne recogió dos tazas de la barra.
—¿Y
habéis hablado con los niños?
La
transformación de los baños era económicamente imposible, pero Antoine le
explicó a Mathias, con la ayuda de un croquis, la idea que había tenido durante
la noche.
El
tabique que dividía su casa no era una pared maestra. Bastaba con tirarlo abajo
para devolverle el aspecto original a la casa y crear un gran espacio común en
la planta baja. Algunas reformas en los suelos y en los techos serían
necesarias, pero las obras no deberían llevar más de una semana.
Dos
escaleras llevarían a las habitaciones, lo que, después de todo, les permitiría
tener la sensación de poseer un espacio propio en el primer piso. McKenzie iría
a verlo para dar su visto bueno al proyecto. Antoine se volvió a su despacho, y
Mathias, a su librería.
Valentine
fue a buscar a Emily a la escuela. Había decidido llevar a su hija a almorzar
al Mediterráneo, uno de los mejores restaurantes italianos de la ciudad. Un
autobús las llevaba por Kensington Park Road.
El
sol bañaba las calles de Notting Hill. Se instalaron en la terraza, y Valentine
pidió dos pizzas. Se prometieron que se llamarían por teléfono todas las noches
para contarse sus respectivos días y que se enviarían montones de correos
electrónicos.
Valentine
empezaba un nuevo trabajo, no podría coger vacaciones en Semana Santa, pero en
verano harían un gran viaje, sólo para chicas. Emily tranquilizó a su mamá:
todo iría bien, cuidaría a su padre, comprobaría antes de acostarse que la
puerta de la entrada estaba bien cerrada y que todo estaba apagado. Prometió
que se pondría en todo momento el cinturón de seguridad, incluso en los taxis,
que se taparía las mañanas que hiciera frío, que no pasaría el tiempo
merodeando por la librería, que no dejaría la guitarra, al menos no hasta el
próximo curso, y finalmente, cuando Valentine la dejó en la escuela, ella misma
cumplió su promesa. No lloró, al menos hasta que Emily entró en la escuela. Un
Eurostar la llevó esa misma tarde a París. En la Gare du Nord, un taxi la llevó
al pequeño estudio que ocuparía en el noveno distrito.
McKenzie
hizo dos agujeros en el tabique de separación y estuvo encantado de poder
confirmar a Mathias y a Antoine que no era una pared maestra.
—¡Cuando
hace eso, me pone de los nervios! —confesó Antoine mientras iba a buscar un
vaso de agua a la cocina.
—¿Qué
es lo que hace? —preguntó Mathias con perplejidad, mientras seguía a su amigo.
—¡El
numerito con el taladro para verificar lo que yo le había dicho! Todavía sé
reconocer una pared maestra, mierda, soy arquitecto igual que él, ¿no?
—Seguramente
—respondió Mathias con una voz débil.
—No
pareces convencido.
—Estoy
menos seguro de tu edad mental. ¿Por qué me cuentas esto a mí? Díselo a él
directamente.
Antoine
volvió con su jefe de agencia con paso decidido. McKenzie se guardó las gafas
en el bolsillo superior de su camisa y no le dio el placer a Antoine de hablar
primero.
—Creo
que todo podría estar acabado en tres meses, y os prometo que la casa
recuperará su aspecto original. Incluso podemos retocar las cornisas.
—¿Tres
meses? ¿Piensa usted tirar la pared con una cucharita de café? —preguntó
Mathias, cuyo interés por la conversación acababa de duplicarse.
McKenzie
explicó que en ese barrio toda obra estaba condicionada a las autorizaciones
adecuadas. Las gestiones llevarían ocho semanas, al término de las cuales la
agencia podría solicitar a los servicios de aparcamiento que autorizaran la
presencia de un volquete que se llevara los desechos. La demolición no llevaría
más de dos o tres días.
—¿Y
si nos saltamos la autorización? —le sugirió Mathias a McKenzie al oído.
El
jefe de agencia no se tomó la molestia de responderle. Recogió su chaqueta y le
prometió a Antoine que prepararía las solicitudes de autorización ese mismo fin
de semana.
Antoine
miró su reloj. Sophie había aceptado cerrar su tienda para ir a buscar a los
niños a la escuela, y había que ir a liberarla de su carga. Los dos amigos
llegaron a la tienda con media hora de retraso. Sentada en el suelo, Emily
ayudaba a Sophie a limpiar las rosas, mientras que Louis escogía, tras el
mostrador, las tiras de rafia por su tamaño. Para hacerse perdonar, los dos
padres la invitaron a cenar. Sophie aceptó con una sola condición, que fueran
al local de Yvonne. Así, tal vez, Antoine cenaría al mismo tiempo que ellos.
Éste no hizo comentario alguno.
A mitad
de la comida, Yvonne se unió a su mesa.
—Mañana
cerraré —dijo ella a la vez que se servía un vaso de vino.
—¿Un
sábado? —preguntó Antoine.
—Necesito
descansar.
Mathias
se mordisqueaba las uñas, y Antoine le asestó un golpe en la mano.
—¡No
hagas eso!
—¿De
qué hablas? —preguntó inocentemente Antoine.
—¡Sabes
bien de lo que estoy hablando!
—Y
pensar que vais a vivir juntos... —repuso Yvonne, esbozando una sonrisa.
—Vamos
a tirar una pared, nada más.
Aquel
sábado por la mañana, Antoine llevó a los niños al Chelsea Farmers Market.
Mientras se paseaban por los puestos del vivero, Emily escogió dos rosales para
plantarlos con Sophie en el jardín. Como se avecinaba tormenta, tomaron la
decisión de ir a la Torre de Londres. Louis les hizo de guía durante toda la
visita al Museo de los Horrores, tomándose como un deber tranquilizar a su
padre a la entrada de cada sala. No tenía razón alguna por la que inquietarse,
pues los personajes eran de cera.
Mathias,
por su parte, aprovechaba esa mañana para preparar sus encargos. Consultaba la
lista de los libros vendidos durante aquella primera semana, satisfecho del
resultado. Mientras apuntaba en el margen de su cuaderno los títulos de las
obras que debían pedir, la mina de su lápiz se paró frente a la línea en la que
figuraba un ejemplar de un Lagarde y Michard del siglo xviii. Apartó los ojos
del cuaderno, y su mirada se fue a detener en la vieja escalera clavada en el
raíl de cobre.
Sophie
ahogó un grito. El corte iba de un lado a otro de su falange. La podadera había
resbalado sobre el tallo. Fue a refugiarse a la trastienda. El alcohol de 90
grados le produjo una quemazón pasmosa. Respiró hondo, roció de nuevo la herida
y aguardó un momento para recuperar el ánimo. La puerta de la tienda se había
abierto, cogió una caja de tiritas de un estante del botiquín, cerró la puerta
y volvió a ocuparse de su clientela.
Yvonne
cerró la puerta del armarito que estaba encima del lavabo. Se puso un poco de
colorete en las mejillas, se atusó el pelo y decidió que le iría bien un fular.
Atravesó la habitación, cogió su bolso, se puso las gafas de sol y bajó por la
pequeña escalera que conducía al restaurante. La persiana estaba bajada,
entreabrió la puerta que daba al rellano, verificó que había vía libre y pasó
frente a los escaparates de Bute Street, procurando pasar rápido por el de
Sophie. Se subió al autobús que tomaba Oíd Brompton Road, le compró un billete
al revisor y subió al piso superior. Si la circulación era fluida, llegaría a
tiempo.
El
autobús la dejó frente a la verja del cementerio de Oíd Brompton. El lugar
estaba lleno de magia. Los fines de semana, los niños iban en bicicleta por los
caminos que verdeaban y se cruzaban con los que se dedicaban a correr. Sobre
las lápidas, de varios siglos de antigüedad, había ardillas, que no mostraban
temor alguno hacia los paseantes. Levantándose sobre sus patas traseras, los
pequeños roedores atrapaban las nueces que les daban para gran placer de las
parejas de enamorados que disfrutaban bajo los árboles. Yvonne subió por la
avenida principal hasta la puerta que daba a Fulham Road. Era su camino
preferido para llegar al estadio. El Stamford Bridge Stadium ya estaba lleno.
Como cada sábado, los gritos que se elevaban de las gradas alegrarían durante
algunas horas la vida apacible del cementerio. Yvonne cogió la entrada del
fondo de su bolso y se ajustó su fular y sus gafas de sol.
En
Portobello Road, una joven periodista bebía té en la terraza del bar Electric,
en compañía de su técnico de cámara. Aquella misma mañana, en la casa alquilada
en Brick Lane por la cadena de televisión que la había contratado, había visto
todas las grabaciones de la semana. El trabajo realizado era satisfactorio. A
ese ritmo, Audrey habría acabado muy pronto su reportaje y podría volver a
París a ocuparse del montaje. Pagó la cuenta que le había llevado el camarero y
dejó a su operario, decidida a aprovechar el resto de la tarde para ir de
tiendas, que había en abundancia en el barrio. Al levantarse, cedió el paso a
un hombre y a dos niños hambrientos y extenuados después de una mañana
movidita.
Los
hinchas del Manchester United se levantaron todos a la vez. El balón había
chocado contra la portería del equipo del Chelsea. Yvonne se volvió a sentar
sin dejar de aplaudir.
—¡Qué
ocasión desperdiciada! ¡Menuda vergüenza!
El
hombre sentado a su lado sonrió.
—Créeme,
en los tiempos de Cantona esto no habría pasado —continuó diciendo ella,
furiosa—. Vamos, no me digas que con un poco más de concentración, estos
imbéciles no habrían podido marcar.
—No
iba a decir nada —repuso el hombre con voz tierna.
—De
todos modos, no sabes nada de fútbol.
—A
mí me gusta el críquet.
Yvonne
posó la cabeza sobre su hombro.
—No
sabes nada de fútbol; pero, de todas maneras, me gusta estar contigo.
—¿Eres
consciente de lo que pasaría en tu barrio si se enteraran de que eres del
Manchester United? —le susurró el hombre al oído.
—¿Por
qué crees que tomo tantas precauciones para venir aquí?
El
hombre miraba a Yvonne, que tenía la mirada fija en el césped. Él hojeó el
folleto que tenía sobre sus rodillas.
—Es
el final de temporada, ¿no?
Yvonne
no respondió, pues estaba absorta en el partido.
—Entonces,
¿es posible que el próximo fin de semana tenga la suerte de que te reúnas
conmigo? —añadió él.
—Ya
veremos —dijo ella mientras seguía al delantero del Chelsea que avanzaba
peligrosamente por el terreno de juego, Posó un dedo sobre la boca de su
compañero y añadió —: No puedo hacer dos cosas a la vez y, a menos que alguien
se decida a parar a ese bobo, mi tarde se ha ido al cuerno y la tuya también.
John
Glover cogió la mano de Yvonne y acarició las manchas oscuras que la vida había
dibujado en ella. Yvonne se encogió de hombros.
—Mis
manos eran bellas cuando era joven.
Yvonne
se levantó de un bote, con el rostro crispado y aguantando el aliento.
Desviaron el balón en el último momento y lo enviaron a la otra punta del
campo. Ella resopló y se volvió a sentar.
—Esta
semana te he echado de menos, ¿sabes? —dijo ella más tranquila.
—¡Pues
ven el próximo fin de semana
—¡Tú
eres el que se ha jubilado, no yo!
El
árbitro acababa de pitar la media parte. Ellos se levantaron para ir a buscar
refrescos al quiosco. Cuando subían las escaleras de las gradas, John le pidió
noticias de su librería.
—Es
su primera semana, tu Popinot se está adaptando, si eso es lo que quieres saber
—respondió Yvonne.
—Eso
es exactamente lo que quería saber —repitió John.
Después
de volver temprano, los niños jugaban en su habitación mientras esperaban una
merienda digna de ese nombre. Antoine, con un delantal de cuadros, apoyado en
el mostrador de su cocina, leía atentamente una nueva receta de crepés.
Llamaron a la puerta. Mathias esperaba en la escalera, recto como un palo.
Intrigado por su ridículo atavío, Antoine lo miró fija mente.
—¿Puedo
saber por qué llevas gafas de esquiar? —preguntó él.
Mathias
lo empujó para que volviera a entrar. Cada vez más perplejo, Antoine no le
quitaba la vista de encima. Mathias dejó a sus pies un toldo doblado.
—¿Dónde
está tu cortadora de césped?
—¿Y
qué quieres hacer con una cortadora de césped en mi salón?
—¡La
de preguntas que puedes llegar a hacer! ¡Es agotador!
Mathias
atravesó la habitación y volvió a salir al jardín trasero de la casa, y Antoine
siguió sus pasos. Mathias abrió la puerta del pequeño trastero, sacó la
cortadora y, con mucho esfuerzo, la levantó sobre dos bancos de madera
abandonados. Verificó que las ruedas no tocaban el suelo y se aseguró de que el
conjunto estaba en equilibrio. Después de poner la palanca del embrague en
punto muerto, tiró del cordón para encenderla.
El
motor de dos marchas se puso en marcha causando un ruido ensordecedor.
—Voy
a llamar a un médico —gritó Antoine.
Mathias
volvió en sentido inverso, atravesó la casa, desplegó el toldo y volvió a su
casa. Antoine se quedó solo, con los brazos colgando, en medio de su salón y
preguntándose qué mosca había podido picar a su amigo. Un golpe terrible hizo
temblar el muro de separación. Con el segundo golpe de mazo, un agujero de
dimensiones considerables permitía ver el rostro alegre de Mathias.
—Welcome
home! —gritó Mathias radiante, al tiempo que hacía más grande el agujero de la
pared.
—¡Estás
completamente loco! —gritó Antoine—. ¡Los vecinos nos van a denunciar!
—¡Con
el ruido que hay en el jardín, me sorprendería! Ayúdame en lugar de gruñir. Los
dos juntos acabaríamos al caer la noche.
—¿Y
después? —gritó Antoine sin dejar de mirar los trozos de pared que caían sobre
su parqué.
—Después
meteremos los desechos en sacos de basura, los dejaremos en tu trastero y los
tiraremos dentro de unas semanas.
Otro
trozo de pared acababa de hundirse, y mientras Mathias seguía con su trabajo,
Antoine reflexionaba sobre los retoques que serían necesarios para que su salón
recuperara un día una apariencia de normalidad.
En
la habitación del primer piso, Emily y Louis habían encendido la televisión,
convencidos de que los informativos no tardarían en relatar el seísmo que
golpeaba el barrio de South Kensington. De noche, decepcionados porque la
Tierra no hubiera temblado verdaderamente, pero orgullosos por estar metidos en
el ajo, así como contentos por estar levantados tan tarde, ayudaron a llenar
los sacos de grava que Antoine llevaba al fondo del jardín. Al día siguiente,
McKenzie recibió una llamada de urgencia. Por el tono de Antoine, había
comprendido la gravedad de la situación. Obligado por su deber, aceptó reunirse
con ellos, aunque fuera domingo, y llegó con la camioneta de la empresa.
Cuando
el fin de semana ya acababa, a excepción de algunos retoques de pintura que
había que hacer en el techo, Mathias y Antoine se habían mudado oficialmente
juntos. Invitaron a todos sus amigos a celebrar el acontecimiento y, cuando
McKenzie supo que Yvonne había aceptado salir de su casa para la ocasión,
decidió quedarse con ellos.
La
primera discusión entre los amigos se debió al tema de la decoración de la
casa. Los muebles de Antoine y de Mathias producían un efecto extraño al estar
juntos en la misma habitación. En opinión de Mathias, la planta baja era de una
sobriedad que rayaba en lo monacal; al contrario, Antoine argumentaba que el
sitio era muy acogedor. Todos ayudaron a transportar los muebles. Un velador de
Mathias halló su sitio entre dos sillones club de Antoine. Después de una
votación que dio como resultado cinco a uno (Mathias fue el único que votó a
favor, y Antoine se abstuvo elegantemente), una alfombra de origen persa, algo
más bien dudoso para Antoine, fue enrollada, atada y guardada en el trastero
del jardín.
Para
asegurar la paz en la operación, McKenzie tomó el mando de las restantes
operaciones, e Yvonne era la única que podía vetarlo. Ahora bien, en cuanto
Yvonne daba su opinión, las mejillas del jefe de agencia tenían una cierta
tendencia a volverse rojas, y su vocabulario se reducía a «Tiene usted toda la
razón, Yvonne».
Al
final de la tarde, la planta baja se había reorganizado totalmente. Sólo
quedaba por aclarar la cuestión del primer piso. A Mathias le parecía que su
habitación era peor que la de su mejor amigo. Antoine no veía el motivo, pero
prometió ocuparse de ello con la mayor rapidez posible.
Capítulo
6
A la
euforia del domingo, le sucedió la primera semana de vida en común. Empezó con
un desayuno inglés preparado por Antoine. Antes de que la familia al completo
bajara, deslizó discretamente una nota bajo la taza de Mathias, se secó las
manos en el delantal, y gritó a quienes quisieran escucharlo que los huevos
iban a enfriarse.
—¿Por
qué hablas tan alto?
Antoine
se sobresaltó, pues no había oído llegar a Mathias.
—Nunca
había visto a nadie tan concentrado en la preparación de dos tostadas.
—¡La
próxima vez te las tostarás tú! —le respondió Antoine a la vez que le tendía su
plato.
Mathias
se levantó para servirse una taza de café y vio la nota de Antoine.
—¿Qué
es esto? —preguntó él.
—Enseguida
lo leerás, siéntate y come mientras esté caliente.
Los
niños llegaron en tromba y pusieron fin a su conversación. Emily señaló con un
dedo acusador el reloj, iban a llegar tarde a la escuela.
Con
la boca llena, Mathias se levantó de un bote, se puso el abrigo, cogió a su
hija de la mano y la llevó hacia la puerta. Emily apenas tuvo tiempo de coger
la barra de cereales que Antoine le lanzó desde la cocina y, cuando se quiso
dar cuenta, se vio, con la cintera a la espalda, corriendo por la acera de
Clareville Grove.
Mientras
atravesaban Oíd Brompton Road, Mathias leyó la nota que se había llevado y se
detuvo de golpe. Cogió enseguida su portátil y marcó el número de casa.
—¿A
qué viene esta historia de volver a casa como muy tarde a medianoche?
—Bueno,
vuelvo a empezar: regla número 1, nada de canguros; regla número 2, no se
pueden llevar mujeres a casa; y regla número 3, podemos quedar en las doce y
media de la noche, pero es lo máximo que voy a ceder.
—¿Acaso
tengo cara de Cenicienta?
—Las
escaleras crujen, y no tengo ganas de que nos despiertes todas las noches.
—Pues
me quitaré los zapatos.
—Bueno,
de cualquier forma, preferiría que te los quitases al entrar.
Y
Antoine colgó.
—¿Qué
quería? —preguntó Emily, tirándole vigorosamente del brazo.
—Nada
—farfulló Mathias—. Y a ti, ¿cómo te prueba la vida en pareja? —preguntó a su
hija mientras cruzaban la calle.
El
lunes, Mathias fue a buscar a los niños a la escuela. El martes, fue el turno
de Antoine. El miércoles, a la hora del desayuno, Mathias cerró la librería
para ir, como padre acompañante, con la clase de Emily a visitar el museo de
Historia Natural. La niña necesitó la ayuda de dos amigas para sacarlo de la
sala donde se exponían las reproducciones a tamaño real de los animales de la
era jurásica. Su padre se negaba a moverse hasta que el tiranosaurio mecánico
no hubiera soltado al tiranodon que sacudía con sus mandíbulas. A pesar de la
oposición de la maestra, Mathias consiguió que cada niño probara con él el
simulador de terremotos. Un poco más tarde, como sabía que la señora Wallace se
negaría también a que asistieran al nacimiento del universo, proyectado en la
bóveda del planetario a las doce y cuarto, se las ingenió para librarse de ella
a las doce y once minutos, aprovechando el momento en que se fue al lavabo.
Cuando el jefe de seguridad le preguntó cómo había podido perder a veinticuatro
niños de golpe, la señora Wallace supo de repente dónde estaban sus alumnos. Al
salir del museo, Mathias los invitó a todos a gofres para hacerse perdonar. La
maestra de su hija aceptó comer uno, y Mathias le insistió para que se comiera
un segundo, cubierto con crema de castañas. El jueves, Antoine se encargaba de
las compras, mientras que Mathias lo hacía el viernes. En el supermercado, los
tenderos no entendieron ni una palabra de lo que él se esforzaba en pedirles;
así, se fue a buscar la ayuda de una cajera que resultó ser española; una
clienta quiso echarle una mano, pero debía de ser sueca o danesa, cosa que
Mathias no llegó a saber nunca, aunque eso tampoco cambiaba nada su situación.
Cuando ya no pudo más, cogió su teléfono móvil y llamó a Sophie en las secciones
pares, y a Yvonne en las impares. Finalmente, decidió que la palabra
«costillas», apuntada en la lista, podía leerse perfectamente; mientras que
s«pollo», después de todo, Antoine podía haberlo escrito mejor.
El
sábado fue un día lluvioso, y todos se quedaron en casa a estudiar. El domingo
por la tarde, una tremenda risa alocada estalló en el salón donde Mathias y los
niños jugaban. Antoine levantó la mirada de sus bosquejos y vio el rostro
relajado de su mejor amigo, y en ese momento pensó que la felicidad se había
instalado en su vida.
El
lunes por la mañana, Autrey se presentó ante la verja del Liceo francés.
Mientras ella se entrevistaba con el director, su operario de cámara filmaba el
patio del recreo.
—Detrás
de esa ventana el general De Gaulle lanzó el llamamiento del 18 de junio —dijo
el señor Bécherand, a la vez que señalaba la fachada blanca del edificio
principal.
La
escuela francesa Charles-de-Gaulle proporcionaba una enseñanza de renombre a
más de dos mil alumnos, desde primaria hasta el bachillerato. El director le
hizo visitar varias clases y la invitó, si ella lo deseaba, a participar en la
reunión de profesores que tendría lugar esa misma tarde. Autrey aceptó con
entusiasmo. Para su reportaje, el testimonio de los profesores sería muy
valioso, así que pidió poder entrevistar a algunos profesores, y el señor
Bécherand le respondió que sólo tenía que ponerse de acuerdo directamente con
cada uno de ellos.
Como
todas las mañanas, Bute Street era un hervidero. Sus camionetas de reparto
llegaban una detrás de otra para aprovisionar a los numerosos comercios de la
calle. En la terraza del Coffee Shop, que estaba junto a la librería, Mathias
disfrutaba de un capuchino mientras leía el periódico, y destacaba un poco en
medio de todas las mamas que estaban allí después de haber dejado a sus niños
en la escuela. En el otro lado de la calle, Antoine estaba en su oficina. Sólo
le quedaban unas horas para acabar un estudio que tenía que presentar a última
hora de la tarde a uno de los clientes más importantes de la agencia, y además,
le había prometido a Sophie redactarle una nueva carta.
Después
de una mañana sin descanso, y entrada ya la tarde, invitó a su jefe de agencia
a hacer una pausa muy merecida para el almuerzo. Cruzaron la calle para ir al
local de Yvonne.
No
se entretuvieron mucho en comer. Los clientes no tardarían en llegar, y todavía
había que imprimir los planos. Tras dar cuenta del último bocado, McKenzie se
escabulló.
En
la puerta, le susurró: «Hasta la vista, Yvonne», a lo que ella respondió, sin
levantar la mirada del libro donde llevaba la contabilidad: «Sí, sí, eso es,
hasta la vista McKenzie».
—¿No
le puedes pedir a tu jefe que me dé un respiro?
—Está
enamorado de ti. ¿Qué quieres que haga?
—¿Sabes
cuántos años tengo?
—Sí,
pero es británico.
—Eso
no lo justifica todo.
Ella
cerró el registro y suspiró.
—Voy
a abrir un buen Burdeos, ¿te apetece una copa?
—No,
pero me encantaría que vinieras a bebértelo conmigo.
—Prefiero
quedarme aquí, da mejor impresión a los clientes.
La
mirada de Antoine recorrió la sala desierta; dándose por vencida, Yvonne
descorchó la botella y se unió a él con la copa en la mano.
—¿Qué
va mal? —le preguntó él.
—No
voy a poder seguir así por mucho más tiempo, estoy demasiado cansada.
—Contrata
a alguien para ayudarte.
—No
obtengo suficientes beneficios; si contrato a alguien, tendré que cerrar, y te
puedo asegurar que no me falta mucho para hacerlo.
—Habría
que remozar este local.
—Más
bien habría que remozar a la propietaria —suspiró Yvonne—. Y además, ¿con qué
dinero?
Antoine
sacó un lápiz de minas del bolsillo de su abrigo y empezó a dibujar un esbozo
en el mantelito de papel.
—Mira,
llevo pensándolo un tiempo, creo que podemos encontrar una solución.
Yvonne
se ajustó las gafas, y sus ojos se iluminaron con una sonrisa llena de ternura.
—¿Llevas
mucho tiempo pensando en la sala de mi restaurante?
Antoine
llamó a McKenzie desde el teléfono de la barra para pedirle que empezaran la
reunión sin él, pues iba a llegar un poco tarde. Colgó y volvió junto a Yvonne.
—Bueno,
¿te lo puedo explicar ahora?
Aprovechando
un momento de calma de la tarde, Sophie fue a visitar a Mathias para llevarle
un ramo de rosas de jardín.
—Un
pequeño toque femenino no hará ningún daño —dijo ella, poniendo el jarrón cerca
de la caja.
—¿Por
qué? ¿Te parece demasiado masculino este sitio?
El
teléfono sonó. Mathias se excusó con Sophie y descolgó.
—Desde
luego que puedo ir a la reunión de padres de alumnos... Sí, esperaré a que
vuelvas para acostarme... ¿Vas tú a buscar a los niños, entonces?... ¡Sí, yo
también, un beso!
Mathias
colgó. Sophie lo miró fijamente y se volvió a trabajar.
—¡Olvídate
de todo lo que acabo de decir! —añadió ella, riendo, y cerró la puerta de la
librería.
Mathias
llegó tarde. A su favor podía decirse que había tenido mucho trabajo en la
librería. Cuando entró en la escuela, el patio de recreo estaba desierto. Tres
profesores que hablaban en el porche acababan de volver a sus respectivas
clases. Mathias rodeó el muro y se puso de puntillas para mirar por una
ventana. El espectáculo era bastante extraño. Tras los pupitres, los adultos
habían ocupado el lugar de los niños. En la primera fila, una mamá estaba
levantando la mano para hacer una pregunta y un padre agitaba la suya para
llamar la atención de la maestra. Decididamente los que fueron los empollones
de la clase lo serían toda su vida.
Mathias
no tenía ni idea del lugar al que tenía que ir; si no cumplía su promesa de
reemplazar a Antoine en la reunión de padres de alumnos de Louis, tendría que
oír sus quejas durante meses. Para gran alivio suyo, una joven mujer estaba
cruzando el patio. Mathias corrió hacia ella.
—Señorita,
¿dónde están las CM2A, por favor?
—Llega
demasiado tarde, la reunión acaba de terminar, salgo de ella en este mismo
instante.
De
repente, reconoció a su interlocutora. Mathias se felicitó por la suerte que
acababa de tener. Audrey estrechó la mano que él le tendía, gesto que la cogió
desprevenida.
—¿Le
ha gustado el libro?
—¿El
Lagarde y Michard?
—Necesito
que me haga usted un favor enorme. Yo soy CM2B, pero el padre de Louis está
ocupado en su oficina, así que me pidió que...
Audrey
tenía un encanto indiscutible, y Mathias, ciertas dificultades para ir al
grano.
—¿Tiene
un buen nivel la clase? —murmuró él.
—Sí,
eso creo.
Sin
embargo, la campana de la escuela interrumpió la conversación. Los niños
enseguida invadieron el patio. Audrey le dijo a Mathias que había sido un
placer volver a verlo; ya se iba, cuando al pie de un platanero se formó una
multitud. Ambos levantaron la cabeza: un niño había trepado por un árbol y
ahora estaba agarrado a una de las ramas más altas. El pequeño estaba en un
equilibrio precario; Mathias se lanzó y, sin dudar, se agarró al tronco y
desapareció entre las hojas.
Audrey
oyó la voz del librero, que intentaba ser tranquilizadora.
—¡Todo
va bien, ya lo tengo!
Con
el rostro pálido, y agarrado en lo alto del árbol, Mathias no dejaba de mirar
al niño que estaba sentado en una rama frente a él.
—Bueno,
vaya, ahora estamos aquí como dos tontos —le dijo al niño.
—¿Me
van a regañar? —preguntó el niño.
—Si
quieres mi opinión, te lo merecerías.
Unos
segundos más tarde, las hojas empezaron a moverse y un vigilante apareció
subido a una escalera.
—¿Cómo
te llamas? —preguntó el hombre.
—Mathias.
—Se
lo preguntaba al niño.
El
niño se llamaba Víctor, y el vigilante lo cogió en brazos.
—Entonces
escúchame bien, Víctor. Hay cuarenta y siete peldaños; vamos a contarlos
juntos, sin mirar abajo, ¿de acuerdo?
Mathias
vio a los dos desaparecer por aquella frondosidad. Las voces se amortiguaron.
Solo y petrificado, se quedó mirando fijamente el horizonte.
Cuando
el vigilante lo invitó a bajar, Mathias se lo agradeció sinceramente. Después
de haber subido tan alto, iba a disfrutar un poco más de la vista. No obstante,
le preguntó a aquél si había algún inconveniente en dejarle la escalera.
La
reunión acababa de terminar. McKenzie acompañó a los clientes hasta la entrada.
Antoine cruzó la agencia y abrió la puerta de su despacho. Se reunió con Emily
y Louis, que lo esperaban en el canapé de la recepción. Su calvario llegaba a
su fin. Había llegado el momento de volver a casa. Esa noche, el Cluedo y las
patatas fritas compensarían la hora perdida. Emily aceptó el trato y metió sus
cosas en la mochila; Louis corría ya hacia los ascensores, zigzagueando entre
las mesas de dibujo. El pequeño pulsó todos los botones de la cabina y, después
de una visita inesperada al sótano, salieron por fin al vestíbulo del inmueble.
Tras
el escaparate, Sophie los veía subir por Bute Street. Los dos niños tiraban de
las mangas del abrigo de Antoine. El le envió un beso desde la acera de
enfrente.
—¿Dónde
está papá? —preguntó Emily al ver la librería cerrada.
—En
mi reunión de padres de alumnos —respondió Louis, encogiéndose de hombros.
El
rostro de Audrey apareció entre el follaje. —¿Empezamos como la última vez?
—Estamos mucho más altos, ¿no?.
—El
método es el mismo, un pie después del otro y no mire jamás abajo, ¿prometido?.
En
ese momento de su vida, Mathias le habría prometido la luna a quien la hubiera
querido. Audrey añadió:
—La
próxima vez que quiera que nos veamos, no es necesario que pase por todo esto.
Hicieron
una pausa en el vigésimo peldaño, después otra en el décimo. Cuando sus pies tocaron
por fin el suelo, el patio había quedado vacío. Eran casi las ocho de la tarde.
Audrey
le propuso a Mathias acompañarlo hasta la placita. El guardián cerró la verja
tras ellos.
—Esta
vez, me he puesto verdaderamente en ridículo, ¿no es así?
—No,
ha tenido usted coraje.
—Cuando
tenía cinco años, me caí de un tejado.
—¿De
verdad? —preguntó Audrey.
—No...
No es verdad.
Sus
mejillas se sonrojaron. Ella lo miró fijamente durante un buen rato, sin decir
nada.
—Ni
siquiera sé cómo agradecérselo.
—Acaba
de hacerlo —respondió ella.
El
viento le hizo estremecerse.
—Vuelva
adentro, va usted a coger frío —murmuró Mathias.
—Usted
también —respondió ella.
Audrey
se alejó. Mathias habría querido que el tiempo se detuviera. En mitad de
aquella acera desierta, sin que supiera por qué, ya la echaba de menos. Cuando
la llamó, ella había dado doce pasos; no se lo confesaría nunca, pero ella
había contado todos y cada uno de ellos.
—¡Me
parece que tengo una edición del diecinueve del Lagarde y Michard!
Audrey
se volvió.
—Y
yo creo que tengo hambre —respondió ella.
Aunque
aseguraban estar hambrientos, cuando Yvonne llegó a recoger la mesa, se
preocupó al ver que casi no habían tocado sus platos. Desde el mostrador, al
captar la mirada que Mathias le echaba a los labios de Audrey, comprendió que
su cocina no tenía nada que ver. A lo largo de la tarde, se confiaron sus
respectivas pasiones, la que Audrey sentía por la fotografía, y la que Mathias
sentía por los manuscritos antiguos. El año anterior había adquirido una carta
de Saint-Exupéry escrita de su puño y letra. No era más que un pequeño papel
garabateado por el piloto antes de un vuelo, pero para él, que era un
coleccionista, tenerlo entre sus manos le procuraba un placer indescriptible.
Confesó que a veces, por la noche, en su soledad parisina, sacaba la nota del
sobre, desplegaba el papel con una precaución infinita, después cerraba los
ojos, y su imaginación lo transportaba a una pista de tierra de África. Oía la
voz del mecánico gritar «contacto», mientras hacía girar la hélice y encendía
el motor. Los pistones se ponían a retumbar, y le bastaba inclinar la cabeza
hacia atrás para notar el viento contra las mejillas. Audrey comprendía lo que
sentía Mathias. Cuando se ponía a mirar antiguas fotografías, se hundía en
ellas, y llegaba a encontrarse en los años veinte, caminando por las
callejuelas de Chicago. En el rincón de un bar, bebía alcohol en compañía de un
joven trompetista, músico genial, al que sus compañeros llamaban Satchmo.
Y en
la calma de la noche, escuchaba un disco, y Satchmo la llevaba a pasear por las
líneas de algunas partituras. Otras noches, otras fotografías la conducían a la
fiebre de los clubs de jazz; bailaba al ritmo de los endiablados ragtimes, y se
escondía cuando la policía llevaba a cabo redadas.
Inclinada
durante horas sobre una foto tomada por William Claxton, había dado con la
historia de un músico tan bello y apasionado que se había enamorado de él. Al
notar algo de celos en la voz de Mathias, añadió que Chet Baker había muerto al
caer desde un segundo piso de su habitación de hotel en Amsterdam, en 1988, a
la edad de cincuenta y nueve años.
Yvonne
carraspeó en el mostrador; el restaurante iba a cerrar ya. El salón estaba
vacío. Mathias pagó la cuenta, y los dos se volvieron a encontrar en Bute
Street. Tras ellos, acababan de echar la persiana. El propuso ir a pasear por
la orilla del río, pero era tarde y ella tenía que irse. Por la mañana la
esperaba una montaña de trabajo. Los dos se dieron cuenta de que durante la
velada no habían hablado ni de su vida, ni de su pasado, ni tampoco de su
oficio, pero habían compartido sus sueños e ilusiones; después de todo, había
sido una bella conversación para ser la primera. Intercambiaron sus números de
teléfono. Cuando la acompañó hasta South Kensington, Mathias se dedicó a alabar
el oficio de profesor y afirmó que dedicar la vida a los niños era signo de una
increíble generosidad, y, en cuanto a la reunión de padres, ya vería cómo se
las arreglaba. Sólo tendría que ir inventándoselo sobre la marcha conforme
Antoine le preguntara. Audrey no entendía ni una palabra de lo que estaba
diciendo, pero era un momento tierno, y ella se limitó a asentir. Él le tendió
torpemente una mano, y ella lo besó en la boca; un taxi la llevaba ya hacia el
barrio de Brick Lane. Con la conciencia tranquila, Mathias subió por Oíd
Brompton.
Cuando
entró en Clareville Grove, habría jurado que los árboles que se inclinaban bajo
el viento lo saludaban. A pesar de parecer tonto, frágil y feliz a la vez, les
devolvió la señal con la cabeza. Subió los peldaños de su escalera sin hacer el
menor ruido, hizo girar lentamente la llave en la cerradura y, tras un leve
crujido de la puerta, entró en el salón.
La
pantalla del ordenador iluminaba la mesa donde estaba trabajando Antoine.
Mathias se levantó la gabardina con mil precauciones. Con los zapatos en la
mano, Mathias empezó a avanzar hacia la escalera cuando la voz de su compañero
lo sobresaltó.
—¿Tienes
idea de la hora que es?
Antoine
le lanzó una mirada inquisitoria. Mathias dio media vuelta y avanzó hasta la
mesa de trabajo. Cogió una botella de agua mineral que estaba allí, se la bebió
de un trago y la volvió a dejar a la vez que se forzaba a bostezar.
—Bueno,
me voy —dijo Mathias mientras estiraba los brazos—. Estoy muy cansado.
—¿Adonde
vas exactamente? —preguntó Antoine.
—Pues
a mi casa —respondió Mathias, señalándole el primer piso.
Volvió
a coger su gabardina y se dirigió a la escalera, y, de nuevo, Antoine lo llamó.
—¿Cómo
te ha ido?
—Bien,
al menos eso creo —respondió él sin saber muy bien de qué le estaban hablando.
—¿Has
visto a la señora Morel?
Con
expresión tensa, Mathias se cerró el cuello de la gabardina.
—¿Cómo
lo sabes?
—Habrás
estado, por supuesto, en la reunión de padres de alumnos, ¿sí o no?
—¡Evidentemente!
—dijo él con seguridad.
—Entonces,
¿has visto a la señora Morel?
—¡Por
supuesto que he visto a la señora Morel!
—¡Perfecto!
Y ya que te lo preguntabas, lo sé porque soy yo quien te pidió que fueras a
verla —repuso Antoine con un tono voluntariamente falso.
—¡Eso
es! Exactamente, ¡tú me lo pediste! —exclamó Mathias, aliviado por percibir
algo de luz al final de un túnel oscuro.
Antoine
se levantó y empezó a andar de un lado a otro; las manos cruzadas en la espalda
le daban un aire de profesor que no dejaba indiferente a su amigo.
—Así,
has visto a la profesora de mi hijo, eso está bien. Ahora, concentrémonos;
intenta hacer otro pequeño esfuerzo... ¿Me podrías hacer un pequeño resumen de
la reunión de padres?
—Ah...
¿Por eso me esperabas? —preguntó Mathias con pretendida inocencia.
Por
la mirada que le acababa de lanzar Antoine, Mathias comprendió que su margen de
improvisación se reducía a cada secundo que pasaba. Antoine no guardaría la
calma por mucho más tiempo, así que el ataque era la única defensa posible.
—Yo
he ido como un mandando, no me pidas demasiado. ,!Qué quieres que te cuente?
—Sería
un buen comienzo empezar explicándome qué te ha contado la maestra..., e
incluso un buen final, teniendo en cuenta la hora que es.
—¡Todo
va perfecto! Tu hijo es absolutamente perfecto en todos los aspectos. Su
maestra incluso temió a principio de curso que fuera superdotado. Puede
resultar halagador para los padres, pero muy difícil de sobrellevar; no
obstante, puedes estar tranquilo, ya que Louis sólo es un alumno excelente.
Pues ya está, ya te lo he dicho todo, sabes tanto como yo. Me he sentido tan
orgulloso de él que incluso le he dejado creer que era su tío. ¿Estás contento?
—¡Estoy
en éxtasis! —dijo Antoine al tiempo que volvía a sentarse furioso.
—¡Eres
increíble! Te digo que tu hijo está en la cumbre de su carrera escolar, y a ti
te importa un bledo. No eres nada fácil de satisfacer, viejo amigo.
Antoine
abrió un cajón para sacar una hoja de papel, que empezó a agitar en el aire.
—¡Estoy
loco de alegría! Dado que soy padre de un niño que no llega al mínimo en
historia y geografía, que tiene apenas un 11 en francés, y un 10 pelado en
cálculo, me siento verdaderamente sorprendido y alabado por el comentario de su
maestra.
Antoine
dejó el boletín de notas de Louis sobre la mesa y lo empujó hacia la dirección
de Mathias, que, dubitativo, se acercó, lo leyó y lo volvió a dejar enseguida.
—Pues
es un error administrativo, no entiendo cómo ha podido pasárseles —comentó él
con una mala fe que frisaba en la indecencia—. Bueno, me voy a acostar, te veo
tenso y no me gusta cuando te pones así. ¡Que duermas bien!
Entonces,
Mathias volvió a dirigirse con paso decidido a la escalera. Antoine volvió a
llamarlo por tercera vez. Alzó la mirada al techo y se volvió de mala gana.
—¿Y
ahora qué?
—¿Cómo
se llama ella?
—¿Quién?
—Eso
me lo tienes que decir tú... La que te ha hecho faltar a la reunión de padres
de alumnos, por ejemplo. ¿Es guapa al menos?
—¡Mucho!
—acabó por admitir Mathias, avergonzado.
—¡Ya
estamos! ¿Cómo se llama? —insistió Antoine.
—Audrey.
—Es
bonito... ¿Audrey qué más?
—Morel
—susurró Mathias con una voz apenas audible.
Antoine
aguzó el oído con una pequeña esperanza de no haber oído bien el nombre que
Mathias acababa de pronunciar. La preocupación se leía ya en sus rasgos.
—¿Morel?
¿Algo así como señora Morel?
—Sí,
algo así—dijo Mathias, terriblemente avergonzado esta vez.
Antoine
se levantó y miró a su amigo, acogiendo con sarcasmo la noticia.
—Veo
que cuando te pedí que fueras a la reunión, te lo tomaste muy a pecho.
—Bueno,
ya sabía yo, no debería haberte dicho nada —dijo Mathias mientras se alejaba.
—¿Perdón?
—gritó Antoine—. ¿Has dicho algo? Aclárame una duda, ¿en la lista de tonterías
posibles, crees que todavía podrías encontrar alguna que no hayas hecho, o ya
las has agotado?
—Oye,
Antoine, no exageremos, ¡he vuelto solo, e incluso antes de medianoche!
—Ah,
¿encima te jactas de no haber traído a la maestra de mi hijo a casa?
¡Formidable! Gracias, así no la verá demasiado ligera de ropa a la hora del
desayuno.
Al
no hallar otra opción que la huida, Mathias subió al primer piso. Cada uno de
sus pasos parecía querer contestar a las reprimendas que le hacía Antoine.
—¡Eres
patético! —gritó él a su espalda.
Mathias
levantó la mano en señal de rendición.
—Está
bien, para. Alguna solución habrá.
Cuando
Mathias entró en su habitación, escuchó a Antoine que, en la planta baja,
todavía lo acusaba de tener muy mal gusto. Cerró la puerta, se acomodó en su
cama y suspiró mientras se desabrochaba el cuello de su gabardina.
En
su mesa, Antoine hundió una tecla de su ordenador. En la pantalla, un coche de
Fórmula 1 quemaba el asfalto de la pista.
A
las tres de la mañana, Mathias seguía dando vueltas en su habitación. A las
cuatro, en calzoncillos, se sentó tras su escritorio colocado cerca de la
ventana y empezó a mordisquear su bolígrafo. Un poco más tarde, redactó las
primeras palabras de una carta que iba dirigida a la atención de la señora
Morel. A las seis, la papelera recibía el undécimo borrador que Mathias
desechaba. A las siete, con el cabello enredado, releyó una última vez su texto
y lo metió en un sobre. Los peldaños de la escalera crujían; Emily y Louis
bajaban ya a la cocina. Con la oreja pegada a la puerta, alcanzó a oír los
ruidos del desayuno, y cuando oyó a Antoine llamar a los niños para ir a la
escuela, se puso un albornoz y se precipitó a la planta baja. Mathias atrapó a
Louis en el portal. Le dio la carta, pero antes de tener tiempo de explicar de
qué se trataba, Antoine cogió la carta y les pidió a Emily a Louis que fueran a
esperarlo un poco lejos.
—¿Qué
es esto? —le preguntó a Mathias a la vez que agitaba el sobre.
—Una
carta de ruptura. Es lo que querías, ¿no?
—¿No
puedes encargarte tú mismo de tus líos? ¿Tienes que mezclar a los niños en
esto? —susurró Antoine, llevándose a Mathias un poco más lejos.
—Me
pareció que era mejor así—acertó a balbucear este último.
—¡Y
encima cobarde! —dijo indignado Antoine, antes de reunirse con los niños.
No
obstante, cuando se montó en el coche, puso la nota en la mochila de su hijo.
Después de que el coche desapareciera, Mathias cerró la puerta de la casa y
subió a arreglarse. Cuando entró en el baño, sonreía divertido.
La
puerta de la tienda acababa de abrirse. Desde la trastienda, Sophie reconoció
los pasos de Antoine.
—¿Te
llevo a tomar un café? —dijo él.
—Vaya,
pones cara de haber tenido una mala racha —respondió ella a la vez que se
secaba las manos en su blusa.
—¿Qué
te has hecho? —preguntó Antoine al fijarse en la gasa manchada de sangre
negruzca del dedo de Sophie.
—Nada,
un corte, pero no acaba de cicatrizar, es imposible con toda esta agua.
Antoine
le cogió la mano, le quitó el esparadrapo e hizo una mueca. Sin darle tiempo de
rechistar a Sophie, la condujo hasta el botiquín, limpió la herida y le hizo un
nuevo vendaje.
—Si
no se te ha curado en dos días, te llevo a ver a un médico —farfulló él.
—Vale,
vamos a tomar ese café —respondió Sophie, agitando el dedo índice vendado—. Y
¿me harás el favor de contarme lo que te fastidia?
Puso
el cerrojo, se guardó la llave en el bolsillo y se llevó a su amigo del brazo.
Un
cliente esperaba impaciente frente a la librería. Mathias subía por Bute Street
a pie, y se encontró a Antoine y Sophie, que iban en su dirección; su mejor
amigo, sin ni siquiera mirarlo, entró en el bistró de Yvonne.
—¿Qué
ha pasado entre vosotros dos? —preguntó Sophie tras dejar su taza de café con
leche sobre la mesa.
—¡Te
ha salido bigote!
—Muchas
gracias, ¡qué amable!
Antoine
cogió su servilleta y le secó los labios a Sophie.
—Hemos
discutido un poco esta mañana.
—¡La
vida de pareja, amigo mío, no puede ser perfecta todos los días!
—¿Te
ríes de mí? —preguntó Antoine con la mirada fija en Sophie, que tenía
dificultades para contener su risa.
—¿Cuál
era el motivo de vuestra disputa?
—Nada,
déjalo estar.
—Tú
eres el que debería dejarlo estar, si vieras la cara que llevas... ¿De verdad
no quieres decirme de qué se trata? Un consejo femenino siempre puede ayudar,
¿no?
Antoine
miró a su amiga y se rindió ante la sonrisa que ella le brindaba sin maldad.
Buscó en los bolsillos de su chaqueta y le ofreció un sobre.
—Toma,
espero que sea de tu agrado.
—Siempre
me gustan.
—Lo
único que hago es reescribir lo que tú me pides —repuso Antoine mientras volvía
a leer el texto.
—Sí,
pero lo haces con tus propias palabras y, gracias a ti, las mías adquieren un
sentido que yo no consigo darles.
—¿Estás
segura de que este tipo te merece de verdad? Una cosa puedo asegurarte, si yo
recibiera unas cartas como ésas, y no es porque yo las escriba, fueran cuales
fuesen mis obligaciones personales o profesionales, ya habría venido a llevarte
conmigo.
Sophie
apartó la mirada.
—No
era eso lo que quería decir —repuso Antoine apesadumbrado, tomándola en sus
brazos.
—Ves,
de vez en cuando deberías fijarte en lo que dices. No se cuál es el motivo de
la riña, pero necesariamente será una pérdida de tiempo, así que coge tu
teléfono y llámalo.
Antoine
dejó su taza de café.
—¿Por
qué debería dar yo el primer paso? —gruñó él.
—Porque
si los dos os hacéis la misma pregunta, vais a arruinaros el día sin motivo.
—Tal
vez, pero en esta ocasión, él ha sido el que ha metido la pata.
—¿Qué
es eso tan grave que ha hecho?
—Puedo
decirte que ha hecho una tontería, pero no lo voy a denunciar.
—¡Como
dos críos! ¿Se ha disculpado?
—En
cierta manera, sí —respondió Antoine, volviendo a pensar en la notita que
Mathias le había entregado a Louis.
Sophie
descolgó el teléfono de la barra y lo llevó hasta la mesa.
—¡Llámalo!
Antoine
volvió a dejarlo en su lugar.
—Mejor
iré a verlo —dijo él levantándose.
Pagó
los cafés, y ambos volvieron a salir a Bute Street. Sophie se negó a volver a
su tienda antes de ver a Antoine franquear la puerta de la librería.
—¿Qué
puedo hacer por ti? —preguntó Mathias, levantando la mirada de su lectura.
—Nada,
pasaba sin más, a ver si todo iba bien.
—Todo
va bien, te lo agradezco —dijo él al tiempo que pasaba una página del libro.
—¿Tienes
clientes?
—Ni
un alma, ¿por qué?
—Me
aburro —susurró Antoine.
Antoine
giró el cartelito colgado en la puerta de vidrio del lado de Cerrado.
—Ven,
te llevo a dar una vuelta.
—Creía
que tenías una montaña de trabajo.
—¡Deja
de discutir todo el tiempo!
Antoine
salió de la librería, se subió a su coche, que estaba aparcado frente al
escaparte, e hizo sonar dos veces el claxon. Mathias dejó su libro protestando
y se encontró con él en la calle.
—¿Dónde
vamos? —preguntó al subir al coche.
—¡A
hacer novillos!
El
Austin Healey cogió Queen's Gate, atravesó Hyde Park y se dirigió a Notting
Hill. Mathias encontró sitio en la entrada del mercado de Portobello. Las
aceras estaban invadidas por tenderetes. Bajaron esa calle, parándose en cada
puesto. En el de un ropavejero, Mathias se probó una chaqueta con grandes rayas
y un sombrero de dibujos variados; cuando se dio la vuelta para pedirle la
opinión a Antoine, éste se había alejado ya, demasiado avergonzado para
quedarse junto a él. Mathias devolvió la prenda al colgador y le confió a la
vendedora que Antoine no tenía gusto alguno. Dos bonitas mujeres bajaban por la
calle vestidas de verano. Sus miradas se cruzaron; ellas les sonrieron al pasar
por su lado.
—Lo
he olvidado —dijo Antoine.
—Si
te refieres a tu billetero, no te preocupes, yo te invito —dijo Mathias a la
vez que cogía la cuenta.
—Hace
seis años que me limito a ser padre, y me doy cuenta de que ya ni siquiera sé
cómo abordar a una mujer. Un día, mi hijo me pedirá que le enseñe a ligar, y yo
no sabré qué decir. Te necesito, tendrás que volver a enseñármelo todo desde el
principio.
Mathias
se bebió su zumo de tomate de un trago y volvió a dejar el vaso sobre la mesa.
—Tendrás
que aclararte respecto a lo que quieres, ¡si te niegas a que una mujer entre en
nuestra casa!
—Eso
no tiene nada que ver, ¡estaba hablando de seducción! ¡Va, déjalo estar!
—¿Te
digo la verdad? Yo también lo he olvidado, amigo mío.
—En
el fondo, ¡creo que nunca lo he sabido! —suspiró Antoine.
—Con
Karine supiste qué hacer, ¿no?
—Karine
me hizo padre y después se fue a ocuparse de los hijos de otros. Hay mejores
experiencias sentimentales, ¿no es cierto? Venga, vamos a trabajar.
Dejaron
la terraza y volvieron a subir por la calle, caminando uno junto al otro.
—Espero
que no te moleste que vuelva a probarme la chaqueta, y esta vez, ¡dame tu
opinión de verdad!
—Si
me juras que la llevarás delante de nuestros hijos, yo mismo te la regalo.
De
vuelta a South Kensington, Antoine aparcó el Austin Healey frente a su
despacho. Apagó el motor y esperó unos instantes antes de salir del coche.
—Me
siento fatal por lo de ayer noche, tal vez llegué un poco demasiado lejos.
—No,
no, tranquilízate, comprendo tu reacción —dijo Mathias con un tono forzado.
—¡No
estás siendo sincero!
—¡Pues
no, no lo estoy siendo!
—Eso
es lo que yo pensaba, ¡todavía me guardas rencor!
—¡Está
bien, escucha Antoine, si tienes algo que decir sobre el tema, dilo ya, de
verdad que tengo trabajo!
—Yo
también —repuso Antoine mientras salía del coche.
Y al
entrar en sus oficinas, oyó la voz de Mathias a su espalda.
—Gracias
por haberte pasado, lo aprecio de veras.
—No
me gusta cuando nos enfadamos, ya lo sabes —respondió Antoine al tiempo que se
daba la vuelta.
—A
mí tampoco.
—No
hablemos más entonces, ya está olvidado.
—Sí,
está olvidado —contestó Mathias.
—¿Vuelves
tarde esta noche?
—¿Por
qué?
—Le
prometí a McKenzie que iríamos a cenar juntos al local de Yvonne para
agradecerle que viniera a ayudarnos con la casa, así que sería genial si
pudieras hacerte cargo de los niños.
De
vuelta a la librería, Mathias descolgó el teléfono y llamó a Sophie.
El
teléfono sonaba. Sophie se excusó ante su cliente.
—Claro
que puedo —dijo Sophie.
—¿No
te molesta? —insistió Mathias al otro lado del hilo telefónico.
—No
te voy a ocultar que me disgusta la idea de mentir a Antoine.
—No
te pido que mientas, sólo que no le digas nada.
La
frontera entre la mentira y la omisión era mínima; pero, de todos modos, aceptó
hacerle a Mathias el favor que le pedía. Cerraría la tienda un poco antes y se
reuniría con él hacia las siete, tal y como había prometido. Mathias colgó.
Capítulo
7
Yvonne
aprovechaba la calma de las primeras horas de la tarde para arreglar un poco su
bodega. Miró la caja que había frente a ella. El cháteau la Begorce era su vino
preferido, y guardaba con celo las botellas más raras que poseía para las
grandes ocasiones, pero no había habido ninguna desde hacía muchos años. Pasó
la mano sobre la fina capa de polvo que recubría la madera, rememorando con
emoción la tarde de mayo en la que el Manchester United se hizo con la copa de
Inglaterra. Un dolor en la parte inferior del seno la sacudió sin avisar.
Yvonne se contrajo intentando conseguir algo de aire, que de repente le
faltaba. Se apoyó en la escalera que subía a la sala y buscó sus medicamentos
en el bolsillo del delantal. A sus dedos rechonchos les costaba agarrar el
frasco. Con dificultad, consiguió quitar la tapa, se puso tres comprimidos en
la palma de la mano y se los echó a la boca, inclinando la cabeza hacia atrás
para tragar mejor.
Extenuada
por el dolor, se sentó en el suelo y esperó a que la química hiciera su efecto.
Se dijo a sí misma que si Dios no quería nada de ella ese día, su corazón se
apaciguaría en unos minutos y todo iría bien; todavía le quedaban cosas por
hacer. Se prometió aceptar la siguiente invitación de John a Kent, en el caso
de que se la volviera a hacer, pues ya eran muchas las veces que la había
rechazado. A pesar de su pudor, de su rechazo, añoraba a aquel hombre con
locura. ¿Era necesario que las personas se alejaran para que uno se diera
cuenta del lugar que éstas ocupaban en su vida? Cada mediodía, John se
instalaba en la sala. Se habría dado cuenta de que su plato era diferente del
de los demás clientes?
Seguro
que había reparado en ello; John era un hombre discreto, tan pudoroso como
ella, pero era intuitivo. Yvonne se alegraba de que Mathias se hubiera hecho
cargo de su librería. Cuando le anunció que se retiraba, fue ella la que le
mencionó la posibilidad de buscar un sucesor para que el trabajo de toda una
vida no desapareciera. Y además, había visto en ello una ocasión perfecta para
que Mathias se reencontrara con los suyos; entonces le sugirió la idea a
Antoine para que fuera calando en él, de manera que se la apropiara hasta creer
que había sido suya. Cuando Valentine le confesó sus deseos de volver a París,
ella se dio cuenta inmediatamente de las consecuencias que tendría para Emily.
Detestaba meterse en asuntos ajenos, pero en esa ocasión había obrado bien al
intervenir un poquito en el destino de aquellos que amaba. Todo aquello, no
obstante, no era óbice para que sin John todo fuera diferente. Un día, con toda
seguridad, se lo explicaría.
Levantó
la cabeza. La bombilla que colgaba del techo se puso a girar, llevándose con
ella todos los objetos de la habitación, como en un ballet. Las paredes
parecían ondularse, y se sintió aplastada por una fuerza terrible que la
empujaba hacia atrás. No conseguía alcanzar la escalera, respiró profundamente
y cerró los ojos antes de que su cuerpo cayera de lado. Su cabeza se posó
lentamente sobre el suelo. Oyó los latidos de su corazón resonar en sus
tímpanos, y después, nada.
Llevaba
una faldita de flores y una blusa de algodón. Era el día de su séptimo
cumpleaños, y su padre la llevaba de la mano. Para contentarla, le había
comprado dos entradas en la taquilla de la gran noria de madera, y cuando la
barra de seguridad se bajó, se sintió más feliz que nunca. Al llegar a lo más
alto, su padre había señalado con el dedo el horizonte. Sus manos eran
magníficas. Acariciando de un solo gesto los tejados de la ciudad, le había
dicho unas palabras mágicas: «A partir de ahora, la vida te pertenece; nada te
resultará imposible, si lo deseas verdaderamente». Ella era su orgullo, su
razón de vivir, la cosa más bella que había hecho en su vida. Y le hizo
prometer que no le diría todo eso a su madre, porque podía ponerse un poco
celosa. Se había reído porque sabía que su padre quería a su mamá tanto como a
ella. En la primavera siguiente, una mañana de invierno, había corrido tras él
en la calle. Dos hombres de traje oscuro habían ido a buscarlo a casa. Hasta
que cumplió diez años, su madre no le confesó la verdad. Su padre no se había
ido en viaje de negocios, sino que había sido detenido por la milicia francesa,
y no había vuelto nunca.
Durante
los años de la Ocupación, en el camaranchón que le hacía las veces de
habitación, la niña se había imaginado que su papá había huido. Cuando sus
guardianes le hubieran dado la espalda, él se habría librado de sus ligaduras y
habría roto la silla en la que lo torturaban. Tras hacer acopio de todas sus
fuerzas, se habría escapado por los sótanos del comisariado y habría
desaparecido por una puerta que hubieran dejado abierta. Después de unirse a la
Resistencia, habría conseguido llegar a Inglaterra. Así, mientras ella y su
madre se las apañaban como podían en aquella Francia triste, él servía a las
órdenes de un general que no se había rendido. Todas las mañanas, al
levantarse, se imaginaba que su padre deseaba llamarla, pero en el reducto
donde se escondía con su madre no había teléfono.
Al
cumplir los veinte, un oficial de policía llamó a su puerta. En aquella época,
Yvonne vivía en un estudio encima de la lavandería en la que trabajaba. Se
habían hallado los restos de su padre en una fosa en medio del bosque de
Rambouillet. El joven estaba realmente azorado por ser portador de una noticia
tan triste, y más todavía porque el informe de la autopsia confirmaba que las
balas que le habían reventado el cráneo habían salido del cañón de un arma
francesa. Yvonne, sonriente, había intentando tranquilizarlo. Tenía que ser un
error, su padre debía de estar muerto porque no había sabido nada de él después
de acabar la guerra, pero estaba enterrado en algún lugar de Inglaterra. Tras
ser arrestado por el ejército, había conseguido escapar y se había ido a
Londres. El policía se armó de valor: habían encontrado unos papeles en el
bolsillo que permitían constatar sin ninguna duda su identidad.
Yvonne
cogió la cartera que el inspector le ofrecía. Sacó un carné de identidad
amarillento, manchado de sangre, y acarició la foto, sin desprenderse en ningún
momento de su sonrisa. Cuando cerró la puerta, se contentó con decir en voz
suave que su padre había debido de abandonarlas en el transcurso de su evasión.
Alguien había debido de robarlas, así de sencillo.
Esperó
a la noche para desdoblar la carta oculta en la cartera de cuero. La leyó y
cogió la llavecita de una consigna que su padre había adjuntado.
Al
morir su primer marido, Yvonne vendió la lavandería, que había conseguido
comprar haciendo tantas horas a la semana que ningún miembro de la sección
sindical a la que pertenecía habría creído posibles. Se embarcó rumbo a Calais
en un transbordador que cruzaba el canal de La Mancha, y llegó a Londres una
tarde de verano, con una maleta como todo equipaje.
Se
plantó frente a la fachada blanca de un gran edificio en el barrio de South
Kensington. Arrodillada al pie de un árbol que daba sombra en una placeta, hizo
un agujero en la tierra con sus manos. En él dejó un carné de identidad
amarillento, manchado de sangre seca, y murmuró: «Ya hemos llegado».
Cuando
un policía le preguntó lo que estaba haciendo, se puso de pie y respondió
llorando:
—He
venido a devolverle a mi padre sus papeles. No nos habíamos visto desde la
guerra.
Yvonne
recobró el conocimiento y se levantó lentamente. Su corazón había recobrado un
ritmo normal. Subió la escalera y, al llegar a la sala, decidió cambiarse de
delantal. Mientras se lo anudaba a la espalda, una joven mujer entró y fue a
instalarse en la barra. Pidió la bebida alcohólica de más alta graduación que
tuvieran. Yvonne la miró de arriba a abajo, le sirvió un vaso de agua mineral y
fue a sentarse a su lado.
Enya
había emigrado el año anterior. Había encontrado trabajo en un bar del Soho. La
vida allí era tan cara que tenía que compartir un estudio con tres estudiantes
que, como ella, hacían pequeños trabajos por aquí y por allá. Enya no estudiaba
desde hacía mucho tiempo.
El
restaurador norteafricano que la empleaba, al echar de menos su país, había
cerrado el negocio. Después, un empleo de mañanas en una panadería, otro como
cajera en un local de comida rápida a la hora del almuerzo y un último como
repartidora de publicidad al final de la jornada le habían permitido ir
tirando. Sin papeles, sólo le quedaba la precariedad. En dos semanas, había
perdido todo sus empleos. Le preguntó a Yvonne si no tenía algo para ella, se
le daba bien servir mesas y no tenía miedo del trabajo duro.
—¿Así
es como quieres encontrar trabajo? ¿Bebiendo alcohol en la barra de un bar?
—preguntó la patrona.
Yvonne
no tenía los medios para contratar a nadie, pero le prometió a la muchacha
preguntar a los comerciantes de la calle. Si se presentaba alguna oportunidad,
se lo haría saber. Enya sólo tenía que ir pasándose de vez en cuando. Con la
intención de completar la lista de sus cualidades, Enya añadió que también
había trabajado en una lavandería. Yvonne se volvió para mirarla de frente. Se
quedó unos minutos en silencio y le dijo que, hasta que llegaran tiempos
mejores, podía ir a comer allí de vez en cuando; no le cobraría con la
condición de que no se lo dijera a nadie. La chica no sabía cómo agradecérselo;
Yvonne le dijo que no lo hiciera en absoluto y se volvió a sus quehaceres.
Al
inicio de la velada, Antoine estaba sentado a la mesa en compañía de McKenzie,
que devoraba a Yvonne con la mirada. Cogió su móvil para enviarle un mensaje de
texto a Mathias: «Gracias por ocuparte de los niños. ¿Va todo bien?».
Enseguida
recibió una respuesta: «Todo va bien. Los niños han cenado, cepillado de
dientes en curso, en la cama en 10 minutos».
Al
poco, Antoine recibió un segundo mensaje: «Trabaja hasta tan tarde como
quieras, yo me ocupo de todo».
La
luz acababa de apagarse en la sala del cine de Fulhamm, y la película empezaba.
Mathias apagó su móvil y hundió la mano en la bolsa de palomitas que Audrey le
ofrecía.
Sophie
abrió la puerta de la nevera para examinar su contenido. En la bandeja de
arriba, encontró unos tomates muy rojos, alineados en un orden tan perfecto que
parecían un batallón de soldados de un ejército del Imperio. Había unas lonchas
de viandas frías colocadas ordenadamente en un papel de celofán junto a un
plato con quesos, un tarro de pepinillos y un bote de mahonesa.
Los
niños dormían en el piso superior. Cada uno había tenido derecho a su propia
historia y a sus mimos.
A
las once, la llave giró en la cerradura. Sophie se volvió y vio a Mathias en el
umbral de la puerta con una sonrisa de felicidad en la cara.
—Tienes
suerte, Antoine todavía no ha llegado —dijo Sophie para recibirlo.
Mathias
dejó su cartera en el estante que había en la entrada de la casa. Fue a
sentarse junto a ella, la besó en la mejilla y le preguntó qué tal había ido la
noche.
—La
extinción del fuego se ha llevado a cabo con media hora de retraso respecto al
horario habitual, pero es el derecho de las canguros que actúan de incógnito.
Louis tiene algún problema, está muy contrariado, pero no he podido sacarle
nada.
—Yo
me encargo —dijo Mathias.
Sophie
cogió su fular colgado en el perchero, lo enrolló alrededor de su cuello y
señaló la cocina.
—He
preparado algo de comer para Antoine. Lo conozco, seguro que llega con el
estómago vacío.
Mathias
se acercó y agarró un pepinillo. Sophie le dio una palmada en la mano.
—¡He
dicho que era para Antoine! ¿Es que no has cenado?
—No
he tenido tiempo —respondió Mathias—, he vuelto corriendo después del cine, no
sabía que la película era tan larga.
—Espero
que haya merecido la pena —dijo Sophie en un tono burlón.
Mathias
miró el plato de viandas frías.
—¡Algunos
tienen suerte!
—¿Tienes
hambre?
—No,
vete, prefiero que no estés cuando llegue; si no, se olerá algo.
Mathias
cogió la tabla de quesos, eligió un trozo de gruyer y se lo comió sin
demasiadas ganas.
—¿Has
visto el primer piso? Antoine ha rehecho mi lado por completo. ¿Qué te parece
la decoración? —preguntó él con la boca llena.
—¡Simétrica!
—respondió Sophie.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Quiero
decir que vuestras habitaciones son iguales, incluso las lamparitas de noche
son idénticas, es ridículo.
—¡No
veo por qué! —dijo Mathias humillado.
—Estaría
bien que, en alguna parte de este edificio, «tu casa» signifique «tu casa», y
no «vivo en casa de un amigo».
Sophie
se puso el abrigo y salió a la calle. Notó enseguida el frío de la noche, se
estremeció y se puso en marcha. El viento soplaba en Oíd Brompton Road. Un
zorro (hay muchos en la ciudad) la acompañó durante algunos metros, protegido
por las verjas del parque de Onslow Gardens. En Bute Street, Sophie vio el
Austin Healey de Antoine aparcado frente a sus oficinas. Lo rozó con su mano,
levantó la cabeza y miró durante unos instantes las ventanas iluminadas. Se
ajustó el fular y continuó su camino.
Al
entrar en el estudio en el que vivía unas cuantas calles más allá, no encendió
la luz. Sus vaqueros se deslizaron por sus piernas, los dejó enrollados en el
suelo, lanzó su jersey a lo lejos y se metió enseguida bajo las sábanas; las
hojas del platanero que veía por la pequeña ventana que estaba sobre su cama
habían adquirido un color plateado bajo la luz de la luna. Se volvió de lado,
apretando su almohada contra ella, y esperó a que le llegara el sueño.
Mathias
subió los escalones y apretó la oreja contra la puerta de la habitación de
Louis.
—¿Estás
dormido? —susurró él.
—¡Sí!
—respondió el pequeño.
Mathias
giró el pomo de la puerta, y un rayo de luz llegó hasta la cama. Entró de
puntillas y se sentó junto a él.
—¿Quieres
que hablemos? —preguntó él.
Louis
no respondió. Mathias intentó levantar una esquina del cubrecama, pero el niño,
que se escondía debajo, la cogía con fuerza.
—No
siempre eres divertido, ¿sabes? A veces eres un poco tonto.
—Tendrías
que explicarme un poco más, amigo mío —repuso Mathias con voz suave.
—Me
han castigado por tu culpa.
—¿Qué
he hecho?
—¿Tú
qué crees?
—¿Es
por la nota a la señora Morel?
—¿Has
escrito a muchas maestras?. ¿Puedes decirme por qué le has dicho a la mía que
su boca te vuelve loco?
—¿Te
la ha leído? ¡Eso es muy feo!
—Ella
es la fea.
—¡Ah
no, no digas eso! —dijo Mathias.
—¡Ah,
vale! ¿Me estás diciendo que Séverine la pingüina no es fea?
—Pero
¿quien es esa Séverine? —preguntó inquieto Mathias.
—¿Estás
amnésico o qué? —dijo Louis furioso y asomando la cabeza por debajo de las
sábanas—. ¡Es mi maestra! —gritó.
—No,
se llama Audrey —replicó Mathias convencido.
—¡Como
mínimo, aceptarás que sepa mejor que tú cómo se llama mi maestra!
Mathias
se quedó muerto, y Louis se preguntó quién era esa famosa Audrey.
Su
padrino le describió entonces con todo lujo de detalles a la joven mujer con un
tono de voz atractivamente cascado. Louis lo miró perplejo.
—Estás
desvariando, porque me has descrito a la periodista que está haciendo un
reportaje sobre la escuela.
Como
Louis ya no dijo nada más, Mathias añadió:
—¡Vaya
mierda!
—¡Sí,
y debo señalarte que tú nos ha metido en ella! —añadió Louis.
Mathias
aceptó copiar él mismo cien veces la frase «No enviaré cartas groseras a mi
maestra», y falsificar la firma de Antoine en la parte de abajo de la hoja de
castigo, a cambio de que Louis guardara en secreto aquel incidente. Después de
pensárselo, el niño llegó a la conclusión de que el trato no era demasiado
ventajoso, pero si su padrino añadía los dos últimos libros de Calvin y Hobbes,
estaría eventualmente dispuesto a reconsiderar su oferta. Llegaron a un acuerdo
a las once y treinta y cinco, y Mathias salió de la habitación.
Tuvo
el tiempo justo de meterse en la cama. Antoine acababa de llegar y subía por la
escalera. Al ver la luz que se colaba por debajo de la puerta, llamó y entró
enseguida,
—Gracias
por la comida —dijo Antoine visiblemente emocionado.
—De
nada —respondió Mathias a la vez que dejaba escapar un bostezo.
—No
era necesario que te molestaras, te había dicho que iba a cenar con McKenzie.
—Lo
olvidé.
—¿Todo
bien? —preguntó Antoine, escrutando a su amigo.
—¡Formidable!
—Te
noto algo raro.
—Sólo
estoy cansado. Luchaba contra el sueño para esperarte.
Antoine
le preguntó si todo había ido bien con los niños. Mathias le dijo que Sophie
había ido a verlo y que habían pasado la velada juntos.
—¿Ah,
sí? —preguntó Antoine.
—¿No
te molestará?
—No,
¿por qué iba a molestarme?
—No
sé, te noto raro.
—Entonces,
¿todo ha ido bien? —insistió Antoine.
Mathias
le sugirió que hablara en voz más baja, porque los niños estaban durmiendo.
Antoine le dio las buenas noches y se fue. Treinta segundos más tarde, volvió a
abrir la puerta y le aconsejó a su amigo que se quitara el impermeable antes de
dormir, porque esa noche ya no iba a llover más. Ante el asombro de Mathias,
añadió que las solapas le sobresalían de las sábanas y volvió a cerrar la
puerta sin hacer ningún otro comentario.
Capítulo
8
Antoine
entró en el restaurante con un gran cartón con dibujos bajo el brazo. McKenzie
lo seguía, llevando un caballete de madera que colocó en medio de la sala.
Invitaron
a Yvonne a sentarse en una mesa para conocer el proyecto de renovación de la
sala y del bar. El jefe de agencia instaló los planos sobre el caballete, y
Antoine empezó a explicarlos.
Feliz
por haber al fin hallado el medio de captar la atención de Yvonne, McKenzie iba
pasando las hojas, y en cuanto se le presentaba la oportunidad, corría a
sentarse a su lado para mostrarle unas veces los catálogos de luces, y otras
los abanicos de gamas de colores.
Yvonne
estaba maravillada y, aunque Antoine evitaba hablar del coste, ya adivinaba que
la empresa estaba fuera de sus posibilidades. Cuando acabó la presentación, les
agradeció las molestias que se habían tomado y le pidió al inefable McKenzie
que la dejara sola con Antoine. Necesitaba hablar con él cara a cara. McKenzie,
que a menudo perdía el sentido de la realidad, llegó a la conclusión de que
Yvonne, trastornada por su creatividad, quería comentar con su jefe la
turbación que se había adueñado de ella.
Sabiendo
que compartía con Antoine una complicidad indefectible y desprovista de toda
ambigüedad, recogió el caballete, la cartulina con dibujos y se fue, no sin
golpear una primera vez la esquina de la barra, y una segunda, el marco de la
puerta. La calma volvió a la sala. Yvonne posó sus manos sobre las de Antoine.
McKenzie espiaba la escena desde detrás de los cristales, levantado sobre la
punta de los dedos, y tuvo que agacharse bruscamente cuando reparó en la
emoción que traslucía la mirada de Yvonne. Todo iba por buen camino.
—Es
maravilloso lo que habéis hecho, ni siquiera sé qué decir.
—Basta
con que me digas el fin de semana que te iría bien —respondió Antoine—. Lo he
dispuesto todo para que no tengas que cerrar el restaurante entre semana. Los
obreros llegarán un sábado por la mañana y el domingo por la tarde habrán
acabado.
—Mi
querido Antoine, no puedo pagar ni la pintura de las paredes —dijo ella con voz
frágil.
Antoine
cambió de silla para ir a sentarse más cerca de Yvonne. Le explicó que el
sótano de sus oficinas estaba lleno de botes de pintura y de objetos
recuperados de las obras. McKenzie había concebido el proyecto de renovación
del restaurante partiendo de esos excedentes que les molestaban. También le
daría un pequeño toque barroco y moderno a su establecimiento. Y cuando le
preguntó si no se daba cuenta del enorme favor que le haría al poder deshacerse
de todos esos trastos, los ojos de Yvonne se llenaron de lágrimas. Antoine la
cogió entre sus brazos.
—Para,
Yvonne, vas a hacer que yo también me ponga a llorar. Además, el dinero aquí no
pinta nada, sólo me importa que seamos felices, tú y nosotros. Seremos los
primeros en disfrutar de tu nueva decoración, pues almorzamos aquí a diario.
Ella
se secó las mejillas y lo reprendió por hacerla llorar como a una chiquilla.
—También
vas a pretender convencerme de que los rutilantes apliques que me ha enseñado
McKenzie en el catálogo de novedades son materiales reciclados.
—¡Son
muestras que nos regalan los proveedores! —respondió Antoine.
—¡Qué
mal mientes!
Yvonne
prometió pensárselo; Antoine insistió, ya lo había pensado todo por ella.
Empezaría las obras dentro de algunas semanas.
—Antoine,
¿por qué haces todo esto?
—Porque
me hace feliz.
Yvonne
lo miró a los ojos y suspiró.
—¿No
estás harto de ocuparte de todo el mundo? ¿Cuándo te vas a decidir a cuidar de
ti mismo?
—Cuando
haya acabado con lo demás.
Yvonne
se acercó y tomó sus manos en las suyas.
—¿Qué
crees, Antoine, que la gente te aprecia porque les haces favores? No te voy a
querer menos porque me hagas pagar las obras.
—Sé
de personas que se van a la otra punta del mundo para hacer el bien; yo, por mi
parte, intento hacer tanto bien como pueda a las personas que quiero.
—Eres
una buena persona, Antoine, deja de castigarte porque Karine se fuera.
Yvonne
se levantó.
—Entonces,
si acepto tu proyecto, ¡quiero un presupuesto! ¿Está claro?
Al
salir a la calle para vaciar un jarrón de agua en la alcantarilla, Sophie se
quedó estupefacta al ver a McKenzie arrodillado delante del cristal del
restaurante de Yvonne, y le preguntó si necesitaba ayuda. El hombre se
sobresaltó y la tranquilizó de inmediato: los cordones de los zapatos estaban
un poco flojos, pero ya lo había arreglado. Sophie miró el par de mocasines
viejos que llevaba, se encogió de hombros y dio media vuelta.
McKenzie
entró en la sala. Tenía una pequeña duda sobre los apliques que le había
enseñado a Yvonne, y eso lo tenía verdaderamente preocupado. Ella puso los ojos
en blanco y se volvió a meter en la cocina.
El
hombre tenía las uñas negras, y su aliento apestaba al aceite rancio del fish
and chips del que se iba alimentando a lo largo del día. Detrás del mostrador
del aquel sórdido hotel, con mirada libidinosa, devoraba la segunda página del
Sun. Una pin-up anónima se exponía allí como cada día, casi desnuda, en una
posición que no dejaba dudas.
Enya
empujó la puerta y avanzó hasta él. No levantó los ojos de su lectura y se
contentó con preguntar, con voz anodina, durante cuántas horas quería ella
disponer de la habitación. La joven preguntó el precio del alquiler semanal, no
tenía suficiente dinero, pero prometió ir pagando su deuda cada día. El hombre
soltó su periódico y la miró. Era bonita. Frunciendo la boca, le explicó que su
establecimiento no ofrecía ese tipo de servicio, pero que podía pagar de una
manera u otra, siempre había formas de arreglarlo. Cuando le puso la mano en el
cuello, ella lo abofeteó.
Enya
caminaba, con los hombros caídos, y sentía odio por aquella ciudad en la que
carecía de todo. Aquella mañana, su casero la había echado después de no pagar
el alquiler un mes.
Las
noches de soledad, que eran numerosas, Enya recordaba la textura de la arena
caliente deslizándose entre sus dedos cuando era niña.
La
ironía había marcado el destino de Enya; durante toda su adolescencia, ella,
que había carecido de todo, soñaba con conocer, aunque sólo fuera un día, una
sola vez, el significado de la palabra «demasiado», y, aquel día, era
demasiado.
Caminaba
por el borde de la acera y se fijó en el autobús que subía a gran velocidad por
la avenida; la calzada estaba húmeda, le bastaba con dar un paso, un pasito.
Inspiró profundamente y se lanzó hacia delante.
Una
mano sólida la agarró por el hombro y le hizo dar marcha atrás. El hombre que
la sujetaba en sus brazos tenía el aspecto de un caballero. Todo el cuerpo le
temblaba, como si tuviera fiebre alta. El se quitó su abrigo y se lo pasó por
los hombros. El autobús paró; el conductor no había visto nada. El hombre subió
a bordo con ella. Atravesaron la ciudad sin decir nada. El la invitó a
compartir un té y una comida. Sentado junto a una chimenea en un viejo pub
inglés, se tomó todo el tiempo necesario para escuchar su historia.
Cuando
se separaron, no le dejó que se lo agradeciera; era costumbre en esa ciudad
vigilar a los peatones que cruzaban la calle. El sentido de la circulación
difería del resto de Europa, y muchos accidentes se evitaban gracias a un poco
de civismo. Enya había vuelto a sonreír. Le preguntó su nombre, y él respondió
que podría encontrar su tarjeta en el bolsillo del abrigo que le dejaba
gustoso. Ella lo rechazó, pero él le juró que le hacía un gran favor. Le
confesó que detestaba ese abrigo, su compañera lo adoraba, así que si se lo
olvidaba tontamente en un perchero, ella lo perdonaría rápidamente. Le hizo
prometer que guardaría el secreto. El hombre desapareció con tanta discreción
como había aparecido. Un poco más tarde, cuando se metió las manos en los bolsillos
del abrigo, no encontró ninguna tarjeta de visita, sino algunos billetes que le
permitirían dormir caliente durante el tiempo necesario para encontrar una
solución a sus problemas.
Mathias
estaba atendiendo a un cliente y se puso a correr a su mostrador para descolgar
el teléfono.
—French
Bookshop, ¿dígame?
Mathias
le pidió a su interlocutor que le hablara más lentamente, ya que le costaba
muchísimo entender lo que decía. El hombre se irritó un poco y repitió sus
palabras vocalizando lo mejor que podía. Quería encargar diecisiete colecciones
completas de la enciclopedia Larousse. Su deseo era regalárselas a cada uno de
sus niños para que aprendieran francés.
Mathias
lo felicitó. Era una bella y generosa idea. El cliente preguntó si podía hacer
el encargo, y esa misma tarde arreglaría el pago. Mathias, loco de alegría,
cogió un bolígrafo y una libreta y empezó a escribir los datos del que sería,
sin ninguna duda, el mayor cliente del año. Desde luego, la venta tenía que ser
importante para que se esforzara tanto en descifrar una algarabía tan
incomprensible. Mathias comprendía como mucho una frase de cada dos que
pronunciaba su interlocutor, y era incapaz de identificar un acento tan
extraño.
—¿Y
dónde quiere usted que le envíe las colecciones? —preguntó con voz engolada
para honrar a un cliente tan importante.
—¡En
tu culo! —respondió Antoine muñéndose de risa.
Doblado
en dos en la ventana de su despacho, Antoine tenía dificultades para ocultar a
sus colaboradores los espasmos por la risa que lo sacudían y las lágrimas que
rodaban por sus mejillas. Todo su equipo lo miraba. Al otro lado de la calle,
agachado tras su mostrador, Mathias, del que se había apoderado la misma risa
loca, intentaba recuperar un poco de aire.
—¿Llevamos
esta noche a los niños al restaurante? —preguntó Antoine con hipo.
Mathias
se levantó y se secó los ojos.
—Tengo
mucho trabajo, pensaba llegar tarde.
—Déjalo
ya, te veo desde mi despacho, no hay ni un alma en la librería. Bueno, voy a
buscar a los niños a la escuela, esta noche haré croquetas y después veremos
una película.
La
puerta de la librería se abrió, y Mathias reconoció enseguida al señor Glover.
Colgó el teléfono y fue a darle la bienvenida. El propietario miró a su
alrededor. Los estantes estaban perfectamente ordenados; la madera de la vieja
escalera, barnizada.
—Bravo,
Popinot —dijo él saludándolo—. Sólo pasaba a ver cómo le iba, en ningún caso
quería molestarle, ahora ésta es su casa. Estaba en la ciudad para arreglar
unos asuntos. Me he visto sorprendido por un ataque de nostalgia, así que he
venido a hacerle una visita.
—Señor
Glover —insistió Mathias—, ¡deje de llamarme Popinot!
El
viejo librero miró el paragüero que estaba junto a la entrada desesperadamente
vacío. Con un gesto perfectamente calculado, lanzó el suyo.
—Se
lo regalo. Que tenga un buen día, Popinot.
El
señor Glover abandonó la librería. Había visto suficiente. El sol acababa de
salir entre las nubes, y las aceras de Bute Street brillaban bajo sus rayos:
era un bonito día.
Mathias
oyó la voz de Antoine que gritaba desde el teléfono. Volvió a coger el aparato.
—Ocúpate
de las croquetas, que yo me las apañaré. Ve a buscar a los niños y os veré en
casa.
Mathias
colgó y miró su reloj; volvió a coger el teléfono y marcó el número de una
periodista que ya debía de estar esperándolo.
Audrey
esperaba delante de la puerta del Royal Albert Hall. Aquella tarde, había un
concierto de góspel. Había podido conseguir dos entradas, los sitios estaban en
platea, en el lugar más caro del gran hemiciclo. Bajo su impermeable, ajustado
en la cintura, llevaba un vestido negro escotado, simple y elegante.
Antoine
pasaba por delante del escaparate con los dos niños. Mathias fingió estar
absorto en su libro de contabilidad, esperó a que hubieran subido la calle,
avanzó hasta el umbral para verificar que había vía libre y giró el rótulo.
Cerró con llave y corrió en dirección opuesta. Saltó dentro de un taxi que
estaba parado frente a la entrada del metro de South Kensington y le dio el
papel en el que había escrito la dirección donde había quedado. Llamó a Audrey
en vano, pues su móvil no daba señal.
La
circulación era tan densa en Kensington High Street que los coches iban casi
parados desde Queen's Gate. El conductor del taxi informó amablemente a su
pasajero de que había un concierto en el Royal Albert Hall, y que seguramente
semejante atasco se debía a ello. Mathias le respondió que lo dudaba un poco,
porque precisamente él iba allí. Como no aguantaba más, Mathias pagó la carrera
y decidió hacer el resto del camino a pie. Se puso a correr lo más rápido que
pudo y llegó sin aliento a la entrada principal. El vestíbulo del gran teatro
estaba desierto. Sólo quedaban unos cuantos agentes de seguridad. Uno de ellos
le informó de que el espectáculo había empezado. Valiéndose de la mímica,
Mathias intentó explicarle que la persona que lo acompañaba estaba allí. Fue en
vano. No podían dejarlo pasar sin entrada.
Una
vendedora de programas que hablaba francés fue en su ayuda. Enya estaba
haciendo una sustitución. Le dijo que el telón volvería a caer alrededor de la
medianoche. Él le compró un programa y le dio las gracias.
Impotente,
Mathias decidió entrar. En la calle, reconoció el taxi que lo había llevado,
levantó la mano, pero el coche siguió su camino. Dejó un mensaje en el móvil de
Audrey, balbuceando algunas torpes palabras de disculpa, y perdió la poca
sangre fría que le quedaba cuando empezó a llover. Empapado y tarde, llegó a su
casa.
Emily
se levantó del sofá para ir a darle un beso a su padre.
—¡Haz
el favor de quitarte el impermeable, estás chorreando sobre el parqué! —dijo
Antoine desde la cocina.
—Buenas
noches —respondió Mathias toscamente.
Cogió
un trapo y se secó el pelo. Antoine puso los ojos en blanco. Sin ganas de tener
una escena, Mathias fue a reunirse con los niños.
—¡A
la mesa! —dijo Antoine.
Todo
el mundo se instaló alrededor de la cena. Mathias miró la cacerola de arroz
blanco.
—¿No
habíamos quedado en croquetas?
—Sí,
a las ocho y cuarto habíamos quedado en croquetas, pero a las nueve y cuarto se
han quemado.
Louis
se inclinó hacia él para preguntarle si no podía llegar tarde más a menudo
cuando su padre hiciera croquetas, pues las odiaba. Mathias tuvo que aguantarse
la risa.
—¿Qué
más hay en el frigorífico?
—Un
salmón entero, pero hay que cocinarlo.
Mathias
abrió la nevera silbando.
—¿Tienes
bolsas de congelado?
Perplejo,
Antoine señaló el estante de arriba. Mathias colocó el salmón en la tabla de
trabajo, lo sazonó, lo metió en una bolsa de plástico y cerró el cierre
hermético. Abrió el lavavajillas, colocó el pescado envuelto de esa guisa en
medio de la bandeja de los vasos y cerró la puerta. Giró el programador y fue a
lavarse las manos al fregadero.
—Programa
corto, ¡estará listo en diez minutos!
Y
diez minutos más tarde, ante la mirada atónita de Antoine, volvió a abrir el
lavavajillas y sacó, en medio de una nube de vapor, un salmón perfectamente
hecho.
TV5
volvía a emitir La Grande Vadrouille. Mathias giró su silla para mejorar su
ángulo de visión. Antoine cogió el mando a distancia y apagó el televisor.
—¡Cuando
estamos en la mesa, no se ve la tele, porque si no, no hablamos!
Mathias
se cruzó de brazos y miró fijamente a su amigo.
—¡Te
escucho!
Se
quedaron en silencio durante algunos minutos. Con una satisfacción que no
intentó ocultar, Mathias volvió a coger el mando y a encender la televisión.
Cuando terminaron de cenar, todos se instalaron en el sofá, a excepción de
Antoine, que se dedicó a poner orden en la cocina.
—¿Vas
a acostar a los niños? —preguntó él mientras secaba un plato.
—Vemos
el final y me los subo —respondió Mathias.
—He
visto esa película treinta y dos veces, y queda todavía una hora; es tarde,
podrías haber llegado antes. Haz lo que quieras, pero Louis se va a la cama.
Emily,
que a menudo daba muestras de una madurez mayor que los dos adultos que
llevaban picándose desde el inicio de la noche, decidió que la tensión del
ambiente justificaba plenamente que se subiera a acostar a la misma hora que
Louis. Obligada por la solidaridad, cogió a su compañero de la mano y subió la
escalera.
—¡Mira
que eres pesado! —dijo Mathias mientras los veía desaparecer en sus
habitaciones.
El
mismo también subió, dejando a Antoine con la palabra en la boca.
Mathias
volvió a bajar diez minutos más tarde.
—Se
han cepillado los dientes y las manos, he dejado las orejas, pero esperaremos a
la próxima revisión.
Antoine
fue hacia él.
—Es
importante que nos mostremos unidos ante los niños —dijo él con un tono
conciliador.
Mathias
no respondió, cogió un puro del bolsillo de su chaqueta y encendió un mechero.
—¿Qué
haces? —preguntó Antoine.
—Monte
Cristo Especial n.° 2; lo siento, pero sólo tengo uno.
Antoine
se lo quitó de los labios.
—¡Regla
n.° 4, no fumes en casa! —dijo Antoine a la vez que lo olisqueaba.
Mathias
volvió a coger el puro de las manos de Antoine y salió, exasperado, al jardín.
Antoine tomó la dirección opuesta y fue a sentarse detrás de su mesa, encendió
el ordenador, suspiró y fue a reunirse con Mathias. Cuando se sentó en el
pequeño banco a su lado, Mathias estuvo a punto de decirle que entendía por qué
la madre de Louis se había ido a vivir tan lejos como a África, pero la amistad
que unía a los dos hombres protegía a uno y a otro de los golpes bajos.
—Tienes
razón, soy pesado —dijo Antoine—, pero es más fuerte que yo.
—Me
pediste que te volviera a enseñar a vivir, ¿lo recuerdas? Entonces, empieza por
tranquilizarte. Das demasiada importancia a cosas que no la tienen. ¿Qué
problema había en que Louis se acostara más tarde hoy?
—Pues
que mañana en la escuela habría estado rendido.
—¿Y
qué? ¿No te parece que a veces el recuerdo de una bonita noche de infancia vale
todas las clases de historia del mundo?
Antoine
miró a Mathias, que parecía relajado. Le cogió el puro de las manos, lo
encendió y le dio una larga calada.
—¿Tienes
las llaves del coche? —preguntó Mathias.
—¿Por
qué?
—Está
mal aparcado, te van a poner una multa.
—Me
voy muy pronto mañana.
—Dámelas,
le buscaré un buen sitio.
—Pero
si ya te he dicho que por la noche no hay problema...
—Y
yo te digo que ya has agotado tu cuota de noes de hoy.
Antoine
le ofreció las llaves a su amigo. Mathias le dio unas palmaditas en el hombro y
se fue.
En
cuanto se quedó solo, Antoine volvió a darle una nueva calada, y cuando la
punta enrojecida se apagó, un chaparrón tan violento como repentino empezó a
caer.
Las
filas de sillones ya estaban casi vacías. Audrey fue hacia la salida principal
y se presentó ante el guardia de seguridad que guardaba el acceso a las
bambalinas. Le enseñó su carné de prensa; el hombre verificó su identidad en un
registro y comprobó que la esperaban, tras lo cual se apartó para dejarla
pasar.
Los
limpiaparabrisas del Austin Healy apartaban la lluvia fina. Recordando el
camino recorrido por el taxi, Mathias subió por Queen's Gate, siguiendo a los
otros automóviles para no equivocarse en el sentido de la circulación. Aparcó
en la acera del Royal Albert Hall y subió las escaleras corriendo.
Antoine
miró por la ventana. En la calle, había dos sitios para aparcar libres, uno
enfrente de la casa, y otro un poco más lejos. Incrédulo, apagó la luz y se fue
a acostar.
Los
alrededores del teatro estaban desiertos, la multitud se había dispersado. Una
pareja le confirmó a Mathias que el espectáculo había acabado hacía media hora.
Se volvió hacia el Austin Healey y descubrió una multa en el parabrisas. Oyó la
voz de Audrey y se dio la vuelta.
Estaba
sublime con su vestido de noche; el hombre que la acompañaba tenía unos
cincuenta años y una buena percha. Le presentó a Alfred y le dijo que ambos
estarían encantados de que fuera a cenar con ellos. Iban a ir al restaurante
Aubaine, cuya cocina estaba abierta hasta tarde. Como Audrey tenía ganas de
pasear, le sugirió a Mathias que se adelantara en el coche, y que empezara a
hacer cola, pues las mesas del último turno estaban muy solicitadas. Ahora le
tocaba a él. Ella ya la había hecho para recoger las entradas.
Al
fin de la velada, Mathias probablemente sabía más sobre góspel y sobre la
carrera de Alfred que su propio representante. El cantante le agradeció a
Mathias la invitación. Audrey respondió por él que era lo mínimo, pues había
disfrutado muchísimo durante el concierto. Alfred se despidió, debía irse, ya
que al día siguiente, cantaba en Dublín.
Mathias
esperó a que el taxi hubiera girado en la esquina. Miró a Audrey, que
permanecía en silencio.
—Estoy
cansada, Mathias, todavía tengo que cruzar todo Londres. Gracias por la cena.
—¿Puedo
al menos llevarte?
—¿A
Brick Lane... en coche?
Durante
todo el trayecto, la conversación se limitó a las indicaciones que le daba
Audrey. A bordo del viejo coche, sus silencios sólo se rompían por las palabras
«derecha», «izquierda», «todo recto», y a veces, «conduces por el lado
equivocado». La dejó frente a una pequeña casa, construida por completo con
ladrillos rojos.
—Siento
mucho lo que ha pasado, estuve atrapado en un atasco —dijo Mathias, apagando el
motor.
—No
te he reprochado nada —dijo Audrey.
—De
todos modos —repuso Mathias sonriendo—, excepto en contadas ocasiones, apenas
me has dirigido la palabra durante toda la cena. Si la vida de ese tenor
narcisista hubiera sido la de Moisés, no te habrías mostrado más interesada por
lo que estaba contando; te deleitabas con sus palabras. En cuanto a mí, me ha
dado la impresión de tener catorce años y estar en la picota toda la noche.
—¿Estás
celoso? —dijo Audrey divertida.
Se
miraron fijamente,-sus rostros empezaron poco a poco a acercarse y, cuando
estaban a punto de besarse en los labios, ella inclinó la cabeza y la posó
sobre el hombro de Mathias. Él le acarició la mejilla y la abrazó.
—¿Sabrás
volver? —preguntó ella con voz aterciopelada.
—Prométeme
que vendrás a verme.
—Vete,
mañana te llamo.
—No
puedo irme, todavía estás en el coche —respondió Mathias, que todavía sujetaba
la mano de Audrey con la suya.
Ella
abrió la puerta y se alejó con una sonrisa. Su silueta desapareció en el jardín
que rodeaba la casa. Mathias retomó el camino hacia el centro de la ciudad; la
lluvia volvía a caer. Después de haber cruzado Londres de este a oeste, de
norte a sur, fue a parar dos veces a Piccadilly Circus, dio media vuelta frente
a Marble Arch y se preguntó un poco más tarde cómo podía haber vuelto a llegar
a orillas del Támesis. A las dos y media pasadas, acabó prometiéndole veinte
libras esterlinas a un taxista si éste aceptaba indicarle el camino hasta South
Kensington. Con esa buena escolta, llegó por fin a su destino, hacia las tres
de la mañana.
Capítulo
9
En
la mesa estaban ya los cereales y los tarros de mermelada para el desayuno.
Imitando los gestos de su padre, Louis leía el periódico, mientras Emily
revisaba su lección de historia. Aquella mañana tenía un control. Levantó la
mirada de su libro y vio que Louis se había puesto las gafas que a veces
utilizaba Mathias. Ella le tiró una bolita de pan. Una puerta se abrió en el
primer piso. Emily saltó de su silla, abrió el frigorífico y cogió la botella
de zumo de naranja. Sirvió un gran vaso que puso en el sitio de Antoine,
inmediatamente después, cogió la cafetera y llenó la taza. Louis dejó su
revista para echarle una mano, metió dos rebanadas de pan en la tostadora, la
puso en marcha y ambos volvieron a sentarse como si nada.
Antoine
bajaba por la escalera, con cara somnolienta; miró a su alrededor y le
agradeció a los niños que hubieran preparado el desayuno.
—No
hemos sido nosotros —dijo Emily—, ha sido papá, ha subido a ducharse.
Sorprendido,
Antoine cogió las tostadas y se instaló en su sitio. Mathias bajó diez minutos
más tarde y le aconsejó a Emily que se diera prisa. La niña besó a Antoine y
cogió su mochila de la entrada.
—¿Quieres
que lleve a Louis? —preguntó Mathias.
—Si
quieres. ¡No tengo ni la menor idea del país en el que está aparcado mi coche!
Mathias
buscó en su bolsillo y dejó las llaves y una multa en la mesa.
—¡Lo
siento, ayer llegué demasiado tarde, ya te habían multado!
Le
hizo una señal a Louis para que se apresurara, y salió con los niños. Antoine
cogió la multa y la estudió atentamente. La infracción por aparcar en una zona
reservada para los bomberos se había producido en Kensington High Street a las
doce y veinticinco de la noche.
Se
levantó para servirse otra taza de café, miró la hora en el reloj y subió
corriendo a prepararse.
—¿Estás
nerviosa por tu control? —preguntó Mathias a su hija al entrar en el patio.
—¿Ella
o tú? —intervino Louis, malintencionado.
Emily
tranquilizó a su padre con un gesto de cabeza. Ella se paró en la línea que
delimitaba el suelo el campo de baloncesto. La raya roja no señalaba el área de
las canastas, sino la frontera a partir de la cual su padre debía devolverle la
libertad. Sus compañeros de clase la esperaban bajo el porche. Mathias vio a la
verdadera señora Morel apoyada en un árbol.
—Ha
estado bien que estudiaras este fin de semana, así has conseguido la pole
position —dijo Mathias para intentar darle ánimos.
Emily
se plantó frente a su padre.
—¡Esto
no es una carrera de Fórmula 1, papá!
—Lo
sé, pero ¿tan malo es imaginar un pequeño podium?
La
niña se alejó en compañía de Louis, dejando a su padre solo en medio del patio.
Él la vio desaparecer detrás de la puerta de la clase y volvió a irse, algo
inquieto.
Cuando
entró en Bute Street, se dio cuenta de que Antoine estaba instalado en la
terraza del Coffee Shop, así que fue a sentarse a su lado.
—¿Crees
que ella debe presentarse a las elecciones de representante de la clase?
—preguntó Mathias tras degustar el capuchino de Antoine.
—Eso
depende de si piensas inscribirla en la lista del consejo municipal, no estoy
al tanto del límite de mandatos.
—Veo
que no esperáis a las vacaciones para discutir —dijo Sophie, de buen ánimo, al
reunirse con ellos.
—Pero
si nadie está discutiendo —repuso enseguida Antoine.
Bute
Street volvía a la vida, y los tres aprovechaban la situación plenamente para
saborear su desayuno de comentarios burlones sobre las personas que pasaban, y
de algunas jugarretas.
Sophie
tuvo que abandonarlos, pues dos clientes esperaban ante la puerta de su tienda.
—Yo
también me voy, es hora de abrir la librería —dijo Mathias, levantándose. No
toques la cuenta, invito yo.
—¿Tienes
a alguien más? —preguntó Antoine.
—¿Puedes
precisar qué quieres decir exactamente con «alguien más»? Porque te aseguro que
me has inquietado.
Antoine
cogió la cuenta de las manos de Mathias y la reemplazó por la multa que le
había dado en la cocina.
—Nada,
olvídalo, era algo ridículo —dijo Antoine con voz triste.
—Ayer
por la noche necesitaba tomar el aire, el ambiente en casa era un poco
agobiante. ¿Qué pasa, Antoine? Desde ayer llevas una cara muy larga.
—He
recibido un correo electrónico de Karine. No puede hacerse cargo de su hijo en
Semana Santa. Lo peor es que quiere que le explique a Louis por qué no tiene
opción, y yo ni siquiera sé cómo anunciarle la noticia.
—¿Y
a ella qué le has dicho?
—Karine
está salvando el mundo, ¿qué quieres que le diga? Louis va a hundirse, y me va
a tocar a mí cargar con ello —continuó Antoine con voz temblorosa.
Mathias
volvió a sentarse junto a Antoine. Apoyó su brazo en el hombro de su amigo y lo
apretó contra él.
—Tengo
una idea —dijo él—, ¿y si durante las vacaciones de Semana Santa nos llevamos a
los niños a cazar fantasmas a Escocia? He leído un artículo sobre un circuito
organizado que incluye visitas a viejos castillos encantados.
—¿No
crees que son un poco jóvenes? Tal vez se asusten, ¿no?
—Eres
tú el que va a pasar el mal rato de su vida.
—¿Y
ya estarás libre tú, con la librería y demás?
—La
clientela escasea cuando no hay colegio, así que cerraré cinco días. No será el
fin del mundo.
—¿Cómo
sabes tanto de tu clientela si nunca has estado aquí en ese período del año?
—Lo
sé, pero da igual. Me ocupo de los billetes y de la reserva de hotel. Y esta
noche, díselo tú a los niños.
Miró
a Antoine el tiempo suficiente para asegurarse de que su amigo había recuperado
la sonrisa.
—¡Ah!
Olvidaba un detalle importante. Si nos cruzamos de verdad con un fantasma,
tendrás que ocuparte tú de él, porque todavía no domino el inglés lo
suficiente. ¡Hasta luego!
Mathias
volvió a dejar la multa en la mesa y se fue finalmente a la librería.
Cuando
Antoine reveló durante la cena, ante la mirada cómplice de Mathias, el destino
que habían elegido para sus vacaciones, Emily y Louis se alegraron tanto que
empezaron a hacer enseguida el inventario de los equipos que deberían llevarse
para enfrentarse a todos los peligros posibles. El apogeo de ese momento de
felicidad tuvo lugar cuando Antoine les dio dos máquinas de fotos desechables,
equipadas cada una con un filtro especial para iluminar los sudarios.
Cuando
los niños ya estaban acostados, Antoine entró en la habitación de su hijo y fue
a sentarse en la cama junto a él.
Antoine
estaba inquieto, tenía que compartir con Louis un problema que le preocupaba:
su mamá no podría ir con ellos a Escocia. Él había jurado no decir nada, pero
daba igual: la verdad es que tenía un miedo terrible a los fantasmas. Así que
no sería muy amable imponerle ese viaje. Louis pensó en ello un momento y
estuvo de acuerdo en que no sería muy educado. Entonces, juntos, prometieron
que, para que les perdonara que la abandonaran esa vez, Louis pasaría todo el
mes de agosto con ella a la orilla del mar. Antoine le contó el cuento de esa
noche, y, cuando la respiración apacible del niño le indujo a creer que se
había dormido, su papá volvió a salir de puntillas.
Cuando
Antoine estaba cerrando suavemente la puerta, oyó que su hijo le preguntaba con
una voz apenas audible si, en agosto, su mamá vendría de verdad de África.
La
semana de Mathias y de Antoine pasó a toda velocidad; la de los dos niños, que
contaban los días que los separaban todavía de los castillos escoceses, mucho
más lentamente. Por otro lado, en casa habían llegado a cierto equilibrio, e
incluso cuando Mathias salía a menudo por la noche, a tomar el aire al jardín
con su móvil pegado a la oreja, Antoine se guardaba mucho de hacerle la menor
pregunta.
El
sábado fue un verdadero día de primavera, y todos decidieron irse de paseo al
lago de Hyde Park. Sophie, que se había unido a ellos, intentó sin éxito
alimentar a una garza. Para gran regocijo de los niños, el ave se alejaba en
cuanto ella se acercaba, y volvía cuando se alejaba.
Mientras
Emily repartía sin pensárselo su paquete de galletas, desmigadas por una buena
causa, entre las ocas de Canadá, Louis se encargaba de salvar a los patos
mandarínes de una indigestión segura, corriendo tras ellos. Durante todo el
paseo, Sophie y Antoine caminaron uno junto al otro; Mathias los seguía unos
pasos por detrás.
—Entonces,
¿qué siente el hombre de letras? —preguntó Antoine.
—Es complicado
—respondió Sophie.
—¿Conoces
historias de amor sencillas? Me lo puedes contar, eres mi mejor amiga, no te
juzgaré. ¿Está casado?
—¡Divorciado!
—Entonces,
¿qué lo retiene?
—Sus
recuerdos, me imagino.
—Es
una muestra de cobardía como otra cualquiera. Un paso atrás, un paso adelante,
se confunden las excusas con los pretextos, y uno se da buenas razones para
vivir el presente.
—Viniendo
de ti —replicó Sophie—, es una opinión un poco dura, ¿no te parece?
—Me
parece que eres injusta. Tengo una profesión que me gusta, crío a mi hijo, su
madre se fue hace cinco años; creo que he hecho lo que había que hacer para
darle la espalda al pasado.
—¿Te
refieres a vivir con tu mejor amigo, o a enamorarte de una esponja? —repuso
Sophie riéndose.
—Déjalo
ya, eso es una leyenda.
—Eres
mi mejor amigo, así que tengo derecho a decírtelo todo. Mírame a los ojos y
atrévete a decirme que puedes dormir tranquilo sin que tu cocina esté ordenada.
Antoine
desordenó los cabellos de Sophie.
—¡Eres
una verdadera perra!
—No,
pero tú sí que estás hecho un maniático.
Mathias
aminoró el paso. Cuando consideró que estaba a una distancia adecuada, escondió
el móvil en la palma de la mano y escribió un mensaje que envió enseguida.
Sophie
se cogió del brazo de Antoine.
—Seguro
que en treinta segundos Mathias dice algo.
—¿Qué
quieres decir? ¿Se pone celoso?
—¿De
nuestra amistad? Desde luego —repuso Sophie—. ¿No te habías dado cuenta? Cuando
él estaba en París y me llamaba por la noche para que le contara las
novedades...
—¿Te
llamaba por la noche para enterarse de las novedades? —preguntó Antoine,
interrumpiéndola.
—Sí,
dos o tres veces a la semana; te decía entonces que cuando me llamaba para
enterarse de las novedades...
—¿De
verdad te llamaba cada dos días? —la interrumpió de nuevo Antoine.
—¿Puedo
terminar mi frase?
Antoine
asintió con un gesto de la cabeza. Sophie continuó:
—Si
le decía que no podía hablar con él, porque ya estaba hablando contigo, volvía
a llamar cada diez minutos para saber si habíamos colgado.
—Pero
eso es absurdo, ¿estás segura de lo que dices?
—¿No
me crees? Si apoyo la cabeza en tu hombro, te aseguro que nos alcanzará en
menos de dos segundos.
—Pero
si es ridículo —susurró Antoine—, ¿por qué iba a estar celoso de nuestra
amistad?
—Porque
los amigos también pueden ser exclusivos, y tienes toda la razón, es
completamente ridículo.
Antoine
rascó el suelo con la punta del zapato.
—¿Crees
que ve a alguien en Londres? —preguntó él.
—¿Te
refieres a un psicólogo?
—No,
¡a una mujer!
—¿No
te ha dicho nada, o es que no me quieres confesar que te ha dicho algo?
—De
todas maneras, si ha conocido a alguien, sería una buena noticia, ¿no?
—¡Desde
luego! Estaría loco de alegría por él —concluyó Antoine.
Sophie
lo miró consternada. Se pararon frente a un pequeño puesto ambulante. Louis y
Emily eligieron unos helados; Antoine, una crepé, y Sophie pidió un gofre.
Antoine buscó a Mathias, que se había quedado atrás, con los ojos fijos en la
pantalla del teléfono.
—Apoya
la cabeza en mi hombro para verlo —le dijo a Sophie volviéndose.
Ella
sonrió e hizo lo que Antoine le había pedido.
Mathias
se plantó frente a ellos.
—Bueno,
ya que veo que a todo el mundo le da completamente igual que yo esté aquí o no,
mejor os voy a dejar a los dos solos. Si los niños os molestan, no dudéis en
tirarlos al lago. Me voy a trabajar, al menos así tendré la impresión de que
existo.
—¿Te
vas a trabajar un sábado por la tarde? Tu librería está cerrada —repuso
Antoine.
—Hay
una subasta de libros antiguos. Lo he leído en el periódico esta mañana.
—¿Ahora
vendes libros antiguos?
—Bueno,
escúchame, Antoine, si un día Christie's pone en venta escuadras antiguas o
compases, ¡te haré un dibujo! Y si por casualidad os dierais cuenta de que esta
noche no estoy en la mesa, será que me he quedado a dormir.
Mathias
besó a su hija, le hizo una señal a Louis y se esfumó sin ni siquiera saludar a
Sophie.
—¿Nos
habíamos apostado algo? —preguntó ella con aire triunfal.
Mathias
cruzó el parque corriendo. Salió por Hyde Park Córner, llamó a un taxi y con
muchos esfuerzos pronunció en inglés la dirección a la que se dirigía. El
relevo de la guardia había tenido lugar en el patio de Buckingham Palace. Como
cada fin de semana, numerosos paseantes, que iban a observar el desfile de
soldados de la reina, entorpecían la circulación en los alrededores del
palacio.
Una
fila de caballeros subía al trote por Birdcage Walk. Impaciente, Mathias,
sacando el brazo por la ventana, golpeó la puerta con la mano.
—Esto
es un taxi, señor, no un caballo —dijo el chofer a la vez que lanzaba una
mirada de enfado por el retrovisor.
A lo
lejos, la silueta del Parlamento se recortaba en el cielo. Teniendo en cuenta
la longitud de la fila de coches que se extendía hasta el puente de
Westminster, jamás llegaría a tiempo.
Cuando
Audrey había respondido a su mensaje invitándolo a verse con ella al pie del
Big Ben, había precisado que lo esperaría una media hora, no más.
—¿Es
el único camino? —suplicó Mathias.
—Es
de lejos el más bonito —respondió el conductor, señalando con el dedo las
avenidas llenas de flores de Saint James Park.
Ya
que estaban hablando de flores, Mathias le confió que tenía una cita amorosa,
que cada segundo contaba y que si llegaba tarde, todo se habría perdido para
él.
El
chófer dio enseguida media vuelta. Deslizándose por entre las pequeñas
callejuelas del barrio de los ministerios, el taxi llegó a buen puerto. El Big
Ben daba las tres. Mathias sólo llegaba cinco minutos tarde. Le dio al chófer
una generosa propina en señal de agradecimiento y bajó de cuatro en cuatro los
escalones que conducían al muelle. Audrey lo esperaba en un banco, se levantó y
él se precipitó a sus brazos. Una pareja que paseaba sonrió al ver cómo se
abrazaban.
—¿No
ibas a pasar el día con tus amigos?
—Sí,
pero no podía más, quería verte, me he comportado como un quinceañero durante
toda la tarde.
—Es
una edad que te pega bastante —dijo ella besándolo.
—¿Y
tú? ¿No tenías que trabajar hoy?
—Sí,
por desgracia... Sólo tenemos una media hora para nosotros.
Aprovechando
que estaba en Londres, la cadena de televisión en la que trabajaba le había
pedido que llevara a cabo un segundo reportaje sobre los principales centros de
interés turístico de la ciudad.
—Mi
cámara se ha ido urgentemente a la futura sede de los Juegos Olímpicos, y debo
apañármelas sola. Tengo que filmar al menos diez planos, ni siquiera sé por
dónde empezar y debemos enviarlo todo a París el lunes por la mañana.
Mathias
le susurró al oído la idea genial que acababa de tener. Cogió la cámara que
tenía a sus pies y cogió a Audrey de la mano.
—¿Me
juras que de verdad sabes hacer encuadres?
—Si
vieras las películas que hago en vacaciones, te quedarías con la boca abierta.
—¿Y
conoces lo suficiente la ciudad?
—¡Ya
llevo un tiempo viviendo aquí!
Convencido
de que podría en parte contar con la competencia de los black cabs londinenses,
Mathias no temía desempeñar durante el resto de la tarde el papel de
guía-reportero-cámara.
Obligados
por la proximidad, había que empezar por filmar los majestuosos meandros del
Támesis y los paisajes coloristas de los puentes que lo presidían. Resultaba
fascinante ver cómo, a lo largo del río, los inmensos edificios, fruto de la
arquitectura moderna, habían sabido integrarse perfectamente en el paisaje
urbano. Mucho más que otras ciudades europeas más nuevas, Londres había
reencontrado una indiscutible juventud en menos de dos decenios. Audrey quería
hacer algunos planos del palacio de la reina, pero Mathias insistió en que se
fiara de su experiencia: el sábado, los alrededores de Buckingham se ponían
impracticables. No lejos de ellos, algunos turistas franceses dudaban entre ir
a la nueva Tate Gallery o visitar los accesos de la central eléctrica de
Battersea, cuyas cuatro chimeneas aparecían en la portada de un álbum
emblemático de los Pink Floyd.
El
mayor de ellos abrió su guía para detallar en voz alta los atractivos que
ofrecía el sitio. Mathias aguzó el oído y se acercó discretamente al grupo.
Audrey se había apartado para llamar por teléfono con su productor; los
turistas se inquietaron ante la presencia de aquel hombre extraño que se pegaba
a ellos. El miedo a los carteristas les hizo alejarse en el mismo momento en
que Audrey se guardaba el móvil en el bolsillo.
—Tengo
una pregunta importante que hacerte sobre nuestro futuro —anunció Mathias—. ¿Te
gusta Pink Floyd?
—Sí
—respondió Audrey—. ¿Y por qué eso es importante para nuestro futuro?
Mathias
volvió a coger la cámara y le informó de que su próxima etapa se situaba un
poco más arriba del río.
Cuando
llegaron al edificio, repitiendo palabra por palabra lo que había oído, Mathias
le dijo a Audrey que sir Gilbert Scott, el arquitecto que había concebido aquel
edificio, era también el diseñador de las famosas cabinas telefónicas rojas.
Con
la cámara al hombro, Mathias le explicó que la construcción de la Power Station
de Battersea había empezado en 1929 y que se había acabado diez años más tarde.
Audrey estaba impresionada por los conocimientos de Mathias, y él le prometió
que le iba a gustar todavía más la nueva parada que había escogido.
Cuando
cruzaban la explanada, saludó al grupo de turistas franceses que caminaban en
su dirección, y le hizo un guiño al de mayor edad. Unos minutos más tarde, un
taxi los llevaba a la Tate Modern.
Mathias
había hecho una muy buena elección, era la quinta vez que Audrey visitaba el
museo que albergaba la mayor colección de arte moderno de Gran Bretaña, y no se
iba a cansar nunca. Conocía casi todos los rincones. En la entrada, el guardia
les pidió que dejaran sus equipos de vídeo en el guardarropa. Abandonando
durante unos instantes su reportaje, Audrey cogió a Mathias de la mano y lo
llevó hacia los pisos superiores. Una escalera mecánica los conducía al espacio
en el que se exponía una retrospectiva de la obra del fotógrafo canadiense Jeff
Wall. Audrey se dirigió directamente a la sala número 7 y se paró frente a una
foto de cerca de tres metros por cuatro.
—Mira
—le dijo maravillada a Mathias.
En
la monumental fotografía, un hombre miraba cómo giraban a su alrededor hojas de
papel arrancadas por el viento de las manos de un caminante. Las páginas de un
manuscrito perdido parecían dibujar la figura de una banda de pájaros.
Audrey
vio la mirada emocionada de Mathias y se sintió feliz por poder compartir con
él ese instante. Sin embargo, no era la fotografía lo que lo emocionaba, sino
la forma en la que ella lo miraba.
Se
había prometido no entretenerse, pero, cuando volvieron a salir del museo, el
día casi llegaba a su fin. Siguieron su camino, caminando cogidos de la mano a
lo largo del río en dirección a la torre Oxo.
—¿Te
quedas a cenar? —preguntó Antoine en la puerta de su casa.
—Estoy
cansada y es tarde —respondió Sophie.
—¿Tú
también tienes que ir a una subasta de flores secas?
—Sí,
es mi manera de no tener que aguantar tu mal humor, puedo incluso ir a abrir mi
tienda de noche.
Antoine
bajó la mirada y entró en el salón.
—¿Qué
te pasa? No has dejado de apretar los dientes desde que nos hemos ido del
parque.
—¿Puedo
pedirte un favor? —susurró Antoine—. ¿Podrías no dejarme solo con los niños
esta noche?
Sophie
se sorprendió por la tristeza que veía en sus ojos.
—Con
una condición —dijo ella—, que no pises la cocina y que me dejes llevaros a un
restaurante.
—¿Vamos
al de Yvonne?
—¡Desde
luego que no! Vas a salir un poco de la rutina; conozco un sitio en Chinatown,
con una decoración infame, pero en el que se hace el mejor pato laqueado del
mundo.
—¿Y
está limpio ese sitio del que hablas?
Sophie
no respondió, llamó a los niños y les informó de que el aburrido plan de la
noche acababa de cambiar radicalmente ante una iniciativa suya. Antes de que
acabara la frase, Louis y Emily ya habían vuelto a ocupar su lugar en la parte
trasera del Austin Healey.
Cuando
volvía a bajar las escaleras, susurró imitando a Antoine: «¿Y está limpio ese
sitio tuyo?».
Cuando
el coche iba por Oíd Brompton, Antoine frenó bruscamente.
—Deberíamos
haberle dejado una nota a Mathias para decirle dónde íbamos a estar, él no nos
ha dicho si iba a hacer algo por la noche.
—Resulta
curioso —murmuró Sophie—; cuando hablaste del proyecto de hacerlo venir a
Londres, tenías miedo de que se te pegara, y ahora, ¿crees que vas a ser capaz
de pasar toda una noche sin él?
—Eso
es un poco dudoso —respondieron al unísono Louis y Emily.
La
explanada que rodeaba el complejo Oxo se extendía hasta el río. A uno y otro
lado de la gran torre de cristal, una retahíla de pequeños comercios mostraba
en sus vitrinas sus últimas colecciones de tejidos, cerámica, muebles y
accesorios de decoración. De espaldas a Audrey, Mathias cogió su móvil y marcó
el número sin pensarlo.
—Mathias,
te lo suplico, coge esta cámara y fílmame, va a anochecer enseguida.
Él
se guardó el teléfono en el bolsillo y se volvió hacia ella mostrando su mejor
sonrisa.
—¿Va
todo bien? —dijo ella.
—Sí,
sí, todo va bien. Entonces, ¿dónde estábamos?
—Empiezas
grabando la orilla opuesta, y en cuanto empiece a hablar, cierras el encuadre
en mí. Asegúrate de que, antes de hacerme un primer plano, me haces un plano de
cuerpo entero.
Mathias
apretó el botón de grabación. El motor de la cámara se puso en marcha. Audrey
recitaba su texto, su voz era diferente y sus frases parecían adoptar ese ritmo
entrecortado que parecía imponer la televisión a aquellos que se expresaban a
través de ella. Se interrumpió bruscamente.
—¿Estás
seguro de que sabes filmar?
—¡Desde
luego que sé! —respondió Mathias, apartando su ojo del visor—. ¿Por qué me
preguntas una cosa así?
—Porque
intentas hacer un zum accionando la arandela del parasol.
Mathias
miró el objetivo y volvió a echarse la cámara al hombro.
—Bueno,
quédate conmigo, retomamos la última frase.
Pero
esa vez, Mathias interrumpió la toma.
—Me
molesta tu fular, con el viento te tapa la cara.
El
se acercó a Audrey, volvió a atarle el pañuelo al cuello, la besó y volvió a su
sitio. Audrey levantó la cabeza. La luz de la tarde se había vuelto anaranjada;
más al oeste, el cielo enrojecía.
—Déjalo
estar, es demasiado tarde —dijo ella desolada.
—¡Todavía
veo muy bien por el objetivo!
Audrey
caminó hacia él y le quitó los equipos que lo cubrían.
—Tal
vez, pero frente al televisor sólo verías una gran mancha oscura.
Ella
lo llevó a un banco, cerca del camino. Audrey organizó su material, volvió a
ponerse en pie y se excusó ante Mathias.
—Has
sido un guía perfecto —dijo ella—. ¿Va todo bien?
—Sí
—respondió él a media voz.
Ella
posó la cabeza en su hombro, y ambos miraron silenciosos pasar un barco que
subía lentamente por el río.
—A
mí también me da por pensar, ¿sabes? —murmuró Mathias.
—¿Y
en qué piensas?
Tenían
las manos entrelazadas y jugueteaban con sus dedos.
—Yo
también tengo miedo —repuso Mathias—, pero no es nada grave. Esta noche,
dormiremos juntos y será un fiasco; al menos, ahora sabemos que el otro lo
sabe; por otro lado, ahora que sé que tú lo sabes...
Audrey
lo besó en los labios para hacerle callar.
—Me
parece que tengo hambre —dijo ella, levantándose.
Se
colgó de su brazo y lo guió hacia la torre. En el último piso, había un
restaurante con amplios ventanales de cristal que ofrecían una vista impagable
de la ciudad.
Audrey
apretó un botón, y la cabina se elevó. El ascensor de cristal estaba metido en
una jaula transparente. Ella le enseñó la gran noria a lo lejos; a aquella
distancia, uno casi tenía la impresión de estar más alto. Y cuando Audrey se
volvió, descubrió el rostro de Mathias, pálido como un lienzo.
—¿Estás
bien? —preguntó ella inquieta.
—¡En
absoluto! —respondió él con una voz apenas audible.
Petrificado,
dejó la cámara y se dejó caer a lo largo de la pared. Para evitar que se
desmayara, Audrey se apretó a él y le puso la cara en su hombro, evitando que
viera el vacío. Finalmente, lo rodeó con sus brazos protectores.
El
timbre sonó y se abrieron las puertas en el último piso, frente a la recepción
del restaurante. Un elegante mayordomo miró, bastante asombrado, a aquella
pareja que estaba besándose de una forma tan apasionada y tierna a la vez y que
tenía asegurados muchos bellos despertares. El maitre frunció el ceño, el
timbre volvió a sonar y la cabina del ascensor volvió a bajar. Algunos
instantes después, un taxi se dirigía a Brick Lane llevando a bordo a dos
amantes, que todavía no se habían soltado.
La
sábana la cubría hasta las caderas. Mathias jugaba con sus cabellos. Ella
reposaba la cabeza sobre su torso. —¿Tienes cigarrillos? —preguntó Audrey.
—No
fumo.
Ella
se inclinó, lo besó en la nuca y abrió el cajón de la mesita de noche. Tras
hundir en él la mano, cogió con la punta de los dedos un viejo paquete arrugado
y un mechero.
—Estaba
segura de que ese mentiroso fumaba.
—¿Quién
es el mentiroso?
—Un
compañero fotógrafo a quien la cadena alquila este apartamento. Se ha ido
durante seis meses a hacer un reportaje en Asia.
—Y
cuando no está en Asia, ¿lo ves a menudo?
—¡Es
un compañero, Mathias! —dijo ella, saliendo de la cama.
Audrey
se levantó. Su larga silueta avanzó hasta la ventana. Se llevó el cigarrillo a
los labios, y la llama del mechero tembló.
—¿Qué
estás mirando? —preguntó ella con el rostro pegado al cristal.
—Las
volutas de humo.
—¿Porqué?
—Por
nada —respondió Mathias.
Audrey
se volvió a la cama, se acomodó junto a Mathias y empezó a acariciarle con el
pulgar el contorno de los labios.
—Hay
una lágrima en el borde de tu párpado —dijo ella a la vez que la recogía con la
punta de la lengua.
—Eres
tan bella —murmuró Mathias.
Antoine
temblaba, tiró de la cubierta y dejó al descubierto los pies. Abrió los ojos
tiritando. El salón estaba en la penumbra; Sophie ya no estaba allí. Se llevó
la cubierta; al llegar al descansillo, entreabrió la puerta de Mathias y vio
que la cama de Mathias no estaba deshecha. Entró en la habitación de su hijo.
Se deslizó bajo la manta y posó la cabeza en la almohada. Louis se volvió y,
sin abrir los ojos, abrazó a su padre. La noche pasó.
La
luz del día llenaba la habitación. Mathias abrió los ojos y se estiró. Su mano
buscó a ciegas en la cama. Se encontró una nota sobre la almohada, se recostó y
desplegó la hoja de papel.
Me
he ido a buscar cintas nuevas. Dormías como un ángel. Vuelvo lo más rápido que
pueda. Con amor, Audrey.
P.S.:
La cama sólo está a cincuenta centímetros del suelo, ¡es segura!.
Dejó
la nota en la mesita y bostezó largamente. Tras haber recuperado su pantalón,
que estaba a los pies de la cama, se encontró su camisa en la entrada, su
calzoncillo en una silla no lejos de allí, y se puso a buscar el resto de sus
cosas. En el cuarto de baño, miró con desconfianza el montón de cepillos de
dientes que se entrecruzaban en un vaso. Cogió el dentífrico, dejó que la
primera nuez de pasta cayera al lavabo y se puso la siguiente en la punta del
dedo índice.
Después
de buscar por toda la cocina, sólo encontró dos cajas de té a medias en un
estante, un viejo paquete de tostadas en la esquina de una estantería, algo de
mantequilla pasada en la nevera y sus zapatos bajo la mesa.
Con
prisas por llegar a un sitio donde le sirvieran un desayuno digno de su nombre,
acabó por vestirse a toda prisa.
Audrey
había dejado a la vista un manojo de llaves sobre el velador.
A
juzgar por su tamaño, no todas entraban en la cerradura de aquel apartamento.
Debían abrir el estudio que Audrey tenía en París y que le había descrito
aquella noche.
Acarició
con sus dedos las cuerdecitas de la borla que iba atada al llavero. Y mientras
la miraba, se puso a pensar en la suerte que tenía ese objeto. Lo imaginaba en
la mano de Audrey o en el bolso, pensó en todas las veces que ella jugaría con
él, mientras hablaba por teléfono, o mientras escuchaba las confidencias que le
hacía a una amiga. Cuando tomó conciencia de que estaba a punto de sentir celos
de un llavero, se contuvo. Ciertamente era hora de ir a comer algo.
Las
aceras estaban bordeadas por casitas de ladrillo rojo. Con las manos en los
bolsillos y silbando, Mathias se dirigió a la bifurcación que había un poco más
arriba de la calle. Unos cuantos cruces más allá, se alegró por haber tenido
suerte al fin.
Como
todos los domingos por la mañana, la actividad del mercado de Spitafields
alcanzaba su máximo apogeo; había puestos repletos de frutos secos y de
especias llegadas de todas las provincias de la India. Un poco más lejos,
mercaderes de tapices exponían sus tejidos importados de Madras, de Cachemira o
de Pashmina. Mathias se sentó en la terraza del primer café que encontró y
recibió con los brazos abiertos al camarero que se le presentó.
El
muchacho, originario de la región de Calcuta, identificó enseguida el acento de
Mathias y le dijo hasta qué punto amaba Francia. A lo largo de sus estudios,
había escogido el francés como primera lengua extranjera. Seguía un curso
universitario de economía internacional en la British School Academy. Le habría
gustado estudiar en París, pero la vida no siempre te permitía elegir. Mathias
lo felicitó por un vocabulario que le parecía notable. Aprovechando la
oportunidad de expresarse por fin sin dificultad, pidió un desayuno completo y
un periódico si, por casualidad, rondaba alguno cerca de la caja.
El
muchacho se inclinó para agradecerle ese pedido que lo honraba y desapareció.
Tras calmar su apetito, Mathias se frotó las manos, feliz por aquellos momentos
imprevisibles que la vida le ofrecía, feliz por estar sentado en aquella
terraza soleada, feliz por volver a ver a Audrey pronto, y finalmente, aunque
no fuera consciente del todo, feliz por estar feliz.
Tendría
que avisar a Antoine de que no volvería a casa hasta avanzada la tarde, y
mientras pensaba la excusa con la que justificaría su ausencia, buscó en su
bolsillo el móvil. Debía de haberlo dejado en su abrigo. Lo veía perfectamente
hecho una bola en el sofá del apartamento de Audrey. Le enviaría un mensaje más
tarde, pues el camarero volvía ya, llevando una inmensa bandeja. Dejó en su
mesa una serie de comidas, así como un ejemplar del día anterior del Calcuta
Express y otro del día anterior a aquél del Times of India; estaban escritos en
bengalí e hindi.
—¿Qué
es esto? —preguntó Mathias, estupefacto, a la vez que señalaba con el dedo la
sopa de lentejas que humeaba ante él.
—Dhal—respondió
el camarero—, y halwa suri. ¡Está muy bueno! El vaso de yogur salado es lassi
—añadió él—. Un verdadero desayuno completo... indio. Va usted a quedar
encantado.
El
camarero volvió al interior del local, contento por haber satisfecho a su
cliente.
Ellas
habían tenido la misma idea sin haberse puesto de acuerdo. Hacía un día
radiante, y atraía a numerosos turistas a Bute Street. Mientras una abría la
terraza de su restaurante, la otra organizaba su escaparate.
—¿Tú
también trabajas en domingo? —le dijo Yvonne a Sophie.
—¡Prefiero
estar aquí que dando vueltas en casa!
—Yo
he pensado lo mismo.
Yvonne
se acercó a ella.
—¿A
qué viene esta mala cara? —dijo ella al tiempo que acariciaba la mejilla de
Sophie.
—Una
mala noche, debía de haber luna llena.
—A
menos que esa luna tuya haya decidido estar llena dos veces en una semana,
tendrás que encontrar otra explicación.
—Entonces,
digamos que he dormido mal.
—¿Hoy
no vas a ver a los chicos?
—Pasan
el día en familia.
Sophie
levantó un gran jarrón, Yvonne la ayudó a llevarlo al interior de la tienda.
Una vez estuvo colocado en un buen sitio, la cogió del brazo y la condujo
fuera.
—Venga,
deja tus flores por un momento, no se mustiarán, y ven a tomarte un café a mi
terraza. Tengo la impresión de que tú y yo tenemos cosas que contarnos.
—Corto
este rosal y me reúno contigo enseguida —respondió Sophie, que había vuelto a
sonreír.
La
tijera de podar seccionó el tallo. John Glover miró atentamente la flor. La
corola tenía casi el tamaño de la de una peonía; los pétalos que la formaban
estaban delicadamente arrugados y le daban a su flor el aspecto salvaje con el
que había soñado. Había que reconocerlo, el resultado del injerto que había
llevado a cabo el año anterior sobrepasaba todas sus expectativas. Cuando
presentara esa rosa en la próxima gran exposición floral de Chelsea,
probablemente se llevaría el premio a la excelencia. Para John Glover, no era
sólo una simple rosa, sino que se había convertido en la mayor paradoja a la
que se había enfrentado. En casa de aquel hombre, nacido en una gran familia
inglesa, la humildad era casi una religión. Tras haber heredado de su padre,
muerto honorablemente en la guerra, había delegado la gestión de su patrimonio.
Jamás uno de sus clientes de la pequeña librería en la que había trabajado
durante años habría podido imaginar que aquel hombre solitario, que además
vivía en la parte más pequeña de una casa de la que era propietario, tenía
semejante fortuna.
Cuántos
pabellones hospitalarios habrían podido tener su nombre grabado en sus
frontispicios, cuántas fundaciones habrían podido honrarlo, si no hubiera
impuesto como una condición a su generosidad permanecer en el anonimato. Y sin
embargo, a los sesenta y dos años, ante una simple flor, no podía resistirse a
bautizarla con su nombre.
La
rosa pálida se llamaría Glover. La única excusa que se le ocurría era que no
tenía descendencia. Así que, finalmente, sería el único modo de que su nombre
perviviera.
John
puso la flor en un jarrón y la llevó al invernadero. Miró la fachada blanca de
su casa de campo, feliz por vivir allí un retiro merecido después de años de
trabajo. El gran jardín acogía la primavera en todo su esplendor. No obstante,
en medio de tanta belleza, añoraba a la única mujer a la que había amado, con
la misma discreción con la que había vivido. Algún día, Yvonne se reuniría con
él en Kent.
Los
niños despertaron a Antoine. Apoyado en la barandilla de la escalera, miró al
salón del piso de abajo. Louis y Emily se habían preparado un desayuno que
devoraban de buena gana, sentados a los pies del sofá. Los dibujos animados
acababan de empezar, lo que le proporcionaba a Antoine unos cuantos minutos de
tranquilidad. Intentando que no se dieran cuenta de su presencia, dio un paso
atrás, disfrutando ya del suplemento de sueño que se le ofrecía. Antes de
abandonarse de nuevo en su cama, entró en la habitación de Mathias y vio que la
cama estaba intacta. La risa de Emily llegaba desde el salón. Antoine deshizo
la cama, cogió el pijama colgado en la percha del baño y lo puso a la vista en
una silla. Volvió a cerrar discretamente la puerta y regresó a sus
habitaciones.
Sin
su abrigo, no llevaba encima ni la cartera, ni el teléfono; inquieto, Mathias
empezó a rebuscar en los bolsillos de su pantalón dinero con el que pagar la
cuenta. Notó un billete con la punta de los dedos. Aliviado, le entregó el
billete de veinte libras esterlinas al camarero y esperó su cambio.
El
joven le devolvió quince monedas y recuperó el diario, no sin preguntarle a
Mathias si había buenas noticias. Mathias, al tiempo que se levantaba, le dijo
que sólo leía tamul, y que el hindi todavía se le resistía.
Era
hora de volver, Audrey debía de estar esperándolo en su casa. Volvió a hacer el
camino por el que había venido, hasta que comprendió, en la primera
intersección, que estaba totalmente perdido. Girando sobre sí mismo mientras
buscaba la placa con el nombre de la calle o un edificio que pudiera reconocer,
llegó a la conclusión de que, al haber llegado de noche, una vez guiado por
Audrey y otra en taxi, no tenía forma alguna de volver a encontrar su
dirección.
Sintió
que el pánico se apoderaba de él y le pidió ayuda a un peatón. El hombre,
elegante, llevaba una barba blanca y un turbante muy bien anudado sobre la
frente. Si el Peter Sellers de El Guateque hubiera tenido un hermano, estaría
justo delante de él.
Mathias
buscó una casa de tres pisos, cuya fachada era de ladrillos rojos; el hombre lo
invitó a mirar a su alrededor. Las calles vecinas estaban bordeadas por casas
de ladrillos rojos, y como en muchas ciudades inglesas, todas eran
perfectamente idénticas.
—I
am so lost —anunció Mathias con aire desamparado.
—Oh
yes, sir —respondió el hombre, remarcando las «r»—, don't worry too much, we
are all lost in this big world...
Le
dio una palmadita amistosa en el hombro y siguió su camino.
Antoine
dormía apaciblemente hasta que dos balas de cañón cayeron en su cama: Louis le
tiraba del brazo izquierdo, y Emily, del derecho.
—¿Papá
no está en su habitación? —preguntó la pequeña.
—No
—respondió Antoine al tiempo que se erguía—, se ha ido a trabajar muy pronto
esta mañana. Hoy me ocupo yo de los monstruos.
—Lo
sé —repuso Emily—, he ido a su habitación, y ni siquiera se ha hecho la cama.
Emily
y Louis pidieron permiso para ir en bicicleta por la acera, después de jurar
que no bajarían a la calzada y que serían muy prudentes. Los coches sólo
pasaban muy raramente por aquella callejuela, así que Antoine les dio su
permiso. Y mientras bajaban la escalera corriendo, él se puso el pijama y fue a
prepararse el desayuno. Podía vigilarlos por la ventana de la cocina.
Solo,
en medio del barrio de Brick Lane, con el poco dinero que le quedaba en el
fondo de su bolsillo, Mathias se sentía verdaderamente perdido. En la esquina
de la calle, una cabina telefónica lo esperaba con los brazos abiertos. Se
precipitó a su interior, dejó las monedas sobre el aparato antes de introducir
una febrilmente en la ranura. Desesperado, marcó el único número londinense que
se había aprendido de memoria.
—Perdona
un segundo, ¿puedes explicarme qué haces exactamente en Brick Lane? —preguntó
Antoine mientras se servía una taza de café.
—Vamos,
escucha, amigo mío, no es el mejor momento para hacer ese tipo de preguntas, te
llamo desde una cabina que no se ha limpiado en seis meses y que acaba de
tragarse tres monedas de golpe sólo para decirte buenos días, y no me queda
demasiado.
—No
me has dado los buenos días, me has dicho: «Te necesito» —repuso Antoine, al
tiempo que ponía mantequilla en su tostada—. Está bien, te escucho...
Sin
saber qué decir, Mathias le preguntó resignado si podía pasarle a su hija.
—No,
no puedo, está fuera yendo en bici con Louis. ¿Sabes dónde hemos puesto la
mermelada de cerezas?
—Estoy
bien jodido, Antoine —confesó Mathias.
—¿Qué
puedo hacer por ti?
Mathias
se dio la vuelta en la cabina el tiempo suficiente para constatar que una
verdadera fila india se había formado frente a la puerta.
—Nada,
no puedes hacer nada —murmuró él tras darse cuenta de la situación en que se
hallaba.
—Entonces,
¿por qué me llamas?
—Por
nada, ha sido un acto reflejo... Dile a Emily que me he entretenido en el
trabajo y dale un beso de mi parte.
Mathias
colgó.
Sentada
en la acera, Emily se agarraba su rodilla despellejada, y grandes lágrimas
rodaban ya por sus mejillas. Una mujer cruzaba la calle para ayudarla. Louis
corrió a la casa. Se lanzó sobre su padre y tiró con todas sus fuerzas de su
pantalón de pijama.
—¡Ven,
Emily se ha caído, rápido!
Antoine
se precipitó tras su hijo y volvió a subir corriendo por la calle.
Un
poco más lejos, la mujer, junto a Emily, agitaba los brazos, a la vez que
gritaba escandalizada a quien quisiera escucharla:
—Pero
¿dónde se ha metido mamá?
—Aquí
está mamá —dijo Antoine, llegando hasta ella.
La
mujer miró perpleja el pijama de cuadros escoceses de Antoine, puso los ojos en
blanco y se fue sin decir nada.
—¡Dentro
de quince días nos vamos a cazar fantasmas! —gritó Antoine mientras ella se
alejaba—. Tengo derecho a tener un traje apropiado, ¿no?.
Mathias
se había sentado en un banco. Una mano se posó en su nuca.
—¿Qué
haces aquí? —preguntó Audrey—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
—No,
estaba dando un paseo —respondió Mathias.
—¿Tú
solo?
—Pues
sí, yo solo, ¿por qué?
—Al
volver al apartamento, no respondías, y no llevaba las llaves para poder
entrar, así que me he preocupado.
—No
veo muy bien por qué. Ese reportero compañero tuyo puede irse solo a
Tadjikistán, pero yo no puedo pasear por Brick Lane sin que alguien llame a
Europe Assistance.
Audrey
lo miró sonriendo.
—¿Cuánto
hace que estás perdido?
Capítulo
10
Tras
curarle la rodilla a Emily y hacerles olvidar el disgusto con la promesa de un
desayuno en el que se permitirían todos los dulces, Antoine subió a ducharse y
a vestirse. Al otro lado de la escalera, el apartamento estaba en silencio.
Entró en el cuarto de baño y se sentó en el borde de la bañera, mirando su
reflejo en el espejo. La puerta chirrió; la cabecita de Louis acababa de
aparecer por la abertura.
—¿A
qué viene esa carita? —preguntó Antoine.
—Yo
iba a hacerte la misma pregunta —respondió Louis.
—No
me digas que has venido espontáneamente a darte una ducha.
—He
venido a decirte que si estás triste, puedes hablar conmigo. Mathias no es tu
mejor amigo, sino yo.
—No
estoy triste, querido, sólo un poco cansado.
—Mamá
también dice que está cansada cuando se va de viaje.
Antoine
miró a su hijo, que lo miraba desde la puerta.
—Entra,
ven —murmuró Antoine.
Louis
se acercó, y su padre lo abrazó.
—¿Quieres
hacerle un verdadero favor a tu padre?
Y
como Louis acababa de decirle que sí con la cabeza, Antoine le susurró al oído:
—No
crezcas muy rápido.
Para
completar el reportaje de Audrey, había que atravesar la ciudad y llegar a
Portobello. Como Mathias no había encontrado su cartera en el bolsillo de su
chaqueta, habían decidido coger el bus. Al ser domingo, el mercado estaba
cerrado, y sólo los anticuarios de la parte de arriba de la calle habían subido
la persiana.
Audrey
no dejaba su cámara; Mathias la seguía, sin perder ninguna ocasión de hacerle
una fotografía con el pequeño aparato que había tomado prestado de su bolsa del
vídeo. Al principio de la tarde, se instalaron en la terraza del restaurante
Mediterráneo.
Antoine
subió por Bute Street a pie. Entró en la tienda de Sophie y le preguntó si
quería pasar la tarde con ellos. La joven florista declinó la invitación, la
calle estaba muy animada y todavía le quedaban algunos ramos por preparar.
Yvonne
corría de la cocina a las mesas de la terraza, la mayoría de las cuales ya
estaban ocupadas; algunos clientes se impacientaban esperando a hacer sus
pedidos.
—¿Va
todo bien? —preguntó Antoine.
—No,
en absoluto —respondió Yvonne—. ¿Has visto la gente que hay fuera? En media
hora, esto estará a reventar. Me he levantado a las seis de la mañana para
comprar salmón fresco, que quería servir como plato del día, y no puedo
cocinarlo porque el horno me ha dejado tirada.
—¿Tu
lavavajillas funciona? —preguntó Antoine.
Yvonne
lo miró con cara burlona.
—Confía
en mí —repuso Antoine—, en diez minutos podrás servir tus platos del día.
Y
cuando le preguntó si tenía bolsas de congelar, Yvonne no preguntó nada más,
abrió el cajón y le dio lo que pedía.
Antoine
se reunió con los niños que lo esperaban delante de la barra. Se arrodilló para
preguntarles. Emily aceptó enseguida su propuesta; Louis le pidió una
compensación en dinero de bolsillo. Antoine le hizo notar que era un poco joven
para hacer chantaje, y su hijo le respondió que se trataba de negocios. La
promesa de una azotaina selló el pacto entre los dos. Los dos niños se
instalaron en una mesa del comedor. Antoine entró en la cocina, se puso un
delantal y volvió a salir enseguida con una libreta en la mano para tomar nota
de los pedidos de la terraza. Cuando Yvonne le preguntó qué estaba haciendo
exactamente, él le sugirió en un tono que no daba lugar a réplicas que se fuera
a la cocina mientras él se ocupaba del resto. Añadió que había cubierto su cupo
de negociaciones del día y que los salmones estarían listos en diez minutos.
Dejó
la cámara de fotos en la mesa y apretó el botón de disparo automático. Después
instó a Audrey a acercarse a él para que los dos entraran en la foto. Un
camarero, que encontró divertida la escena, se ofreció a sacarles la foto.
Mathias aceptó de buen grado.
—Verdaderamente,
parecemos dos turistas —dijo Audrey después de darle las gracias al camarero.
—Estamos
visitando la ciudad, ¿no?
—Es
una manera de verlo —dijo ella mientras volvía a servirse vino.
Mathias
le quitó la botella de las manos y le sirvió.
—Un
hombre galante, ¡qué cosa más rara! No me has hablado ni una sola vez de tu
hija —dijo Audrey.
—No,
es verdad —respondió Mathias, bajando la voz.
Audrey
se dio cuenta de que había cambiado la expresión de su rostro.
—¿Tienes
la custodia?
—Vive
conmigo.
—Emily
es un bonito nombre. ¿Dónde está ella ahora mismo?
—Con
Antoine, mi mejor amigo, te cruzaste con él en la librería, pero no debes de
acordarte. De hecho, te conocí en aquel patio de recreo un poco gracias a él.
El
camarero trajo el postre que Audrey había pedido, y un simple café para
Mathias. Ella extendió la crema de castañas sobre su gofre.
—Tampoco
te he dicho nunca que, al principio, creía que eras la maestra de Louis —repuso
Mathias.
—¿Cómo?
—¡La
maestra de Antoine!
—Qué
idea tan curiosa. ¿Y por qué lo creías?
—Es
un poco complicado de explicar —respondió Mathias a la vez que mojaba el dedo
en la crema.
—¿Y
su maestra es más guapa que yo? —preguntó Audrey en broma.
—¡Oh,
no!
—¿Tu
hija y Louis se llevan bien?
—Como
hermano y hermana.
—¿Cuándo
vuelves a verla? —preguntó Audrey.
—Esta
tarde —respondió Mathias.
—Ya
me va bien —comentó ella mientras buscaba un cigarrillo en su bolso—. Esta
tarde, tengo que poner en orden unos asuntos.
—Has
dicho eso como si tuvieras intención de tirarte debajo de un tren mañana por la
mañana.
Ella
se volvió para pedir un café al camarero.
—¿Te
vas? —dijo Mathias con voz insegura.
—No
me voy, vuelvo. En fin, imagino que es lo mismo.
—¿Y
cuándo pensabas decírmelo?
—Ahora.
Ella
empezó a remover el café con la cucharilla mecánicamente, y Mathias la
interrumpió.
—No
le has puesto azúcar —dijo él quitándole la cucharilla de los dedos.
—París
sólo está a dos horas y cuarenta minutos. Y además, puedes venir a verme, ¿no?
En fin, si te apetece.
—Desde
luego que me apetece, y todavía me apetece más; que no te vayas, que podamos
vernos entre semana. No te habría propuesto que cenaras conmigo el lunes,
habría sido demasiado pronto y no quería asustarte ni agobiarte, pero te lo
habría dicho el martes; tú me habrías respondido que este martes, por
desgracia, estabas ocupada; entonces, habríamos acordado vernos el miércoles.
El miércoles nos habría ido bien a los dos. Desde luego, la primera mitad de la
semana nos habría parecido interminable; la segunda, un poco menos, porque nos
habríamos visto el fin de semana. Por otra parte, el domingo que viene
habríamos almorzado juntos, en esta misma mesa, que se habría convertido ya en
nuestra mesa.
Audrey
besó a Mathias.
—¿Sabes
lo que deberíamos hacer ahora? —murmuró ella—. Aprovechar este domingo, ya que
estamos sentados en nuestra mesa y aún nos queda la tarde por delante sólo para
nosotros.
Sin
embargo, Mathias era totalmente incapaz de entender lo que Audrey acababa dé
proponerle. Él lo sabía, se pasaría la tarde ocultando su amargura. Puso cara
de divertirse con el aspecto de un peatón. Aunque estaba sentada a su lado,
desde que le había anunciado su marcha, ya la añoraba. Miró las nubes que había
encima de ellos.
—¿Crees
que va a llover? —preguntó él.
—No
lo sé —respondió Audrey.
Mathias
se volvió y le hizo una señal al camarero.
—¿Ha
pedido la cuenta? —preguntó Antoine.
—Aquí
—respondió un cliente que agitaba la mano al otro lado de la terraza.
Antoine,
que llevaba en equilibrio tres platos sobre el antebrazo, recogió de cualquier
manera los cubiertos y pasó la esponja sobre la mesa con una destreza
impresionante. Tras él, Sophie esperaba para ocupar el sitio de los que se
iban.
—Parece
que le gusta su trabajo —dijo ella mientras se sentaba.
—¡Esto
es genial! —exclamó Antoine, exultante, al darle la carta.
—¿Les
dices a los niños que vengan conmigo?
—Como
plato del día tenemos un sabroso salmón al vapor. Si me permite un consejo,
guarde un poco de hambre para los postres, pues nuestra crema de caramelo es
inolvidable.
Y
Antoine volvió a la sala.
Mathias
registraba su chaqueta, pero sus esfuerzos por hallar la cartera eran en vano.
Audrey lo tranquilizó diciéndole que seguro que la había olvidado en casa. Por
otro lado, no lo había visto sacarla ni una sola vez, pues siempre había pagado
en efectivo.
Mathias,
no obstante, estaba inquieto y terriblemente avergonzado por la situación.
Desde
que se conocían, él nunca la había dejado invitarlo, y Audrey se alegraba por
poder hacerlo al fin, aunque sólo fuera a un gofre y algunos cafés. Hasta
entonces, había conocido a muchos hombres que siempre pagaban a medias.
—¿Has
conocido a tantos? —preguntó Mathias.
—Despéjame
una duda, ¿no estarás un poco celoso?
—Ni
lo más mínimo, y además, como dice siempre Antoine, estar celoso implica no
confiar en la otra persona, es ridículo y degradante.
—¿Eso
lo dices tú, o sólo lo piensa Antoine?
—Vale,
estoy un poco celoso —le concedió él—, pero sólo lo justo. Si uno no siente ni
un mínimo de celos, es que no está enamorado.
—¿Tienes
más teorías sobre los celos? —preguntó Audrey al tiempo que se levantaba.
Subieron
a pie por Portobello Road. Audrey iba agarrada del brazo de Mathias; para él,
cada paso que los acercaba a la parada de autobús era un paso que los alejaba a
uno de otro.
—Tengo
una idea —dijo Mathias—: tomémonos un descanso en un banco, el barrio es
bonito, no necesitamos nada más, no nos movamos más de aquí.
—¿Quieres
decir que nos quedemos aquí, inmóviles?
—Eso
es exactamente lo que quiero decir.
—¿Cuánto
tiempo? —preguntó Audrey mientras se sentaba.
—Tanto
tiempo como queramos.
Se
había levantado viento, y ella se estremeció.
—¿Y
cuando llegue el invierno? —preguntó ella.
—Te
abrazaré un poco más fuerte.
Audrey
se inclinó hacia él para susurrarle una idea mejor. Si corrían para coger el
autobús que se veía a lo lejos, podrían llegar a la habitación de Brick Lane en
una media hora a lo sumo. Mathias la miró, sonrió y se volvió a poner en
marcha.
El
autobús se detuvo frente a la parada. Audrey subió por la entrada trasera;
Mathias se quedó en la acera. Por su mirada, ella comprendió sus intenciones y
le hizo una señal al revisor para que no diera todavía la señal de partida.
Puso un pie en la calzada.
—Quiero
que sepas que el día de ayer no fue un fiasco en absoluto —le confió ella al
oído.
Mathias
no respondió nada; Audrey le puso una mano en la mejilla y le acarició los
labios.
—París
sólo está a dos horas y cuarenta minutos —dijo ella.
—Entra,
estás temblando.
Cuando
el autobús se alejó, Mathias agitó la mano y esperó a que Audrey hubiera
desaparecido.
Volvió
a sentarse en el banco de la pequeña plaza de West-Bourne Grove y miró a la
pareja de enamorados que paseaba frente a él. Al registrar su bolsillo buscando
alguna moneda para poder volver a casa, encontró un trozo de papel: «También
yo”.
Capítulo
11
El
día llegaba a su fin. Sophie acompañó a Antoine y a los niños hasta la puerta
de la casa. A Louis le habría gustado que le ayudara a hacer los deberes, pero
le explicó que también ella tenía sus propios deberes.
—¿No
te quieres quedar un rato? —insistió Antoine.
—No,
me voy a casa, estoy cansada.
—¿Merecía
la pena abrir en domingo?
—He
obtenido parte de los beneficios del mes, así podré cerrar algunos días.
—¿Te
vas de vacaciones?
—De
fin de semana.
—¿Dónde?
—Todavía
no lo sé, es una sorpresa.
—¿El
hombre de las cartas?
—Sí,
el hombre de las cartas, como dices tú; voy a reunirme con él en París y
después me llevará a algún sitio.
—¿Y
no sabes adonde? —insistió Antoine.
—Si
lo supiera ya, no sería una sorpresa.
—Espero
que me lo cuentes a la vuelta.
—Tal
vez. De repente, te veo muy curioso.
—Perdona
mi indiscreción —repuso Antoine—, me meto donde no me llaman. Al fin y al cabo
sólo llevo haciendo de Cyrano de Bergerac desde hace seis meses, escribiendo
esas cartas de amor en tu lugar; no veo por qué eso habría de darme algún
derecho a compartir las buenas noticias... Ah, pero cuando uno se va de fin de
semana, sobre todo, no debo preguntar nada, sólo debo aprovechar tu ausencia
para rellenar mi pluma, pues cuando vuelvas, en el momento en que lo añores o
sientas morriña, vendrás a pedirme que vuelva a coger mi pluma y que escriba
una nueva carta que haga que se enamore todavía un poco más, pero en el momento
en que vuelva a invitarte a pasar un fin de semana, no te molestes en decirme
nada.
Con
los brazos cruzados, Sophie miraba fijamente a Antoine.
—¿Ya
está, has terminado?
Antoine
no respondió, no apartaba la mirada de la punta de sus zapatos, y la expresión
de su rostro hacía que se pareciera en cada rasgo a su hijo. A Sophie le
costaba mantener su seriedad. Lo besó en la frente y se alejó calle abajo.
La
noche caía sobre Westbourne Grove. Una joven que llevaba un abrigo demasiado
grande para ella se sentó en el banco que había delante de la parada del
autobús.
—¿Tiene
usted frío? —preguntó ella.
—No,
estoy bien —respondió Mathias.
—Pues
nadie lo diría.
—Hay
domingos así.
—Sí,
yo he tenido muchos —dijo la joven, levantándose.
—Buenas
noches —dijo Mathias.
—Buenas
noches —dijo la joven.
Él
la saludó con un gesto de cabeza; ella hizo lo mismo y subió al autobús que
acababa de llegar. Mathias la vio irse y se preguntó dónde había podido
conocerla.
Después
de la cena, los niños se habían dormido en el sofá, agotados tras la tarde en
el parque. Antoine los llevó a su cama. De vuelta al salón, disfrutaba de un
momento de calma. Se fijó en la cartera de Mathias, que se había dejado
olvidada en la cesta que les servía para dejar las llaves y lo que uno lleva en
el bolsillo. La abrió y tiró lentamente de la esquina de una foto que
sobresalía. En esa foto arrugada por su antigüedad, Valentine sonreía con las
manos colocadas sobre su barriga redondeada; era el testimonio de otros
tiempos. Antoine volvió a poner la foto en su sitio.
Yvonne
entró en la ducha y abrió el grifo. El agua cayó sobre su cuerpo. Antoine le
había salvado el servicio; algunas veces se preguntaba qué haría ella si él no
estuviera ahí.Volvió a pensar en sus salmones cocidos al vapor del lavavajillas
y se echó ella sola a reír. Un ataque de tos calmó rápidamente el ardor de su
risa loca. Agotada pero de buen humor, cerró el agua, se puso una toalla y fue
a acomodarse en su cama. La puerta del final del pasillo acababa de cerrarse.
La chica a la que había prestado la habitación junto al rellano debía de haber
vuelto. Yvonne no sabía gran cosa sobre ella, pero tenía la costumbre de fiarse
de su instinto. Aquella pequeña necesitaba sólo que le echaran una mano para
solucionar sus problemas. Y después de todo, ella también obtenía su provecho.
Su presencia le iba bien; desde que John no estaba en la librería, el peso de
la soledad se hacía notar cada vez más a menudo.
Enya
se quitó la chaqueta y se echó sobre su cama. Cogió los billetes del bolsillo
de sus téjanos y los contó. El día había sido bueno, las propinas de los
clientes del restaurante de West-Bourne Grove donde había hecho una sustitución
eran suficientes como para vivir toda la semana. El patrón estaba contento con
ella y le había propuesto trabajar también el siguiente fin de semana.
Un
destino irónico el de Enya: hacía diez años, su familia había muerto de hambre
tras no resistir un verano sin cosecha. Una joven médica la había recogido en
un campamento de refugiados.
Una
noche, con la ayuda de la doctora francesa, se había escondido en un camión que
se iba. En ese momento, había empezado el largo éxodo que, durante meses, la
llevaría hacia el norte, huyendo del sur. Con sus compañeros de viaje no
compartía la desgracia, sino la esperanza de descubrir un día lo que era la
abundancia.
En
Tánger cruzó el mar. Otro país, otros valles, los Pirineos. Un pastor le había
revelado que, en otros tiempos, pagaban a su abuelo para hacer el camino
contrario; la historia podía cambiar, pero no la suerte de los hombres.
Un
amigo le había dicho que, al otro lado del canal de la Mancha, encontraría lo
que siempre había buscado: el derecho de ser libre y de ser quien era. En las
tierras de Albión, los hombres de todas las etnias, de todas las religiones
vivían en paz respetándose unos a otros, así que embarcó, esa vez, rumbo a
Caláis, bajo los bojes de un tren. Y cuando, agotada, se dejó caer sobre los
raíles ingleses, supo que el éxodo había llegado a su fin.
Aquella
noche, feliz, miraba a su alrededor: una cama estrecha pero con sábanas
limpias, una pequeña mesa con un bonito ramo de violetas que alegraba la
habitación, un ventanuco a través del cual, si uno se inclinaba un poco, se
podían ver los techos del barrio. La habitación era bastante bonita; su
patrona, discreta, y el tiempo que vivía desde hacía unos días tenía aires
primaverales.
Audrey
intentó encajar las cintas de vídeo entre dos jerséis y tres camisetas que
había enrollado. Tenía dificultades para encontrarles sitio en la maleta a las
compras efectuadas aquí y allá durante el mes que había pasado en Londres.
Tras
volver a ponerse de pie, miró a su alrededor para verificar por última vez que
no se olvidaba de nada. No tenía ganas de cenar, le bastaría con un té y,
aunque sentía que pasaría la noche en vela, tenía que intentar dormir un poco.
Por la mañana, cuando llegara a la estación del Norte, el día sólo acabaría de
empezar. Tendría que ir a entregar las grabaciones a la regidora de la cadena,
participar en la reunión de redacción de la tarde, y tal vez incluso, si su
tema era programado en breve, debería visionar las cintas en la sala de
montaje. Cuando entró en la cocina, se quedó mirando el cigarrillo aplastado en
el cenicero. Su mirada se deslizó por la mesa y los dos vasos manchados de rojo
por el vino tinto resecado; también había una taza en el fregadero. La cogió
entre sus manos y miró el borde, preguntándose dónde habría puesto Mathias los
labios. Se la llevó con ella y volvió a la habitación para meterla eh el fondo
de la maleta.
El
salón estaba a oscuras. Mathias cerró la puerta de entrada lo más lentamente
que pudo y se dirigió con sigilo hacia la escalera, se encendió una luz. Se
volvió y descubrió a Antoine, sentado en el sofá. Fue junto a él, cogió la
botella de agua que había sobre la mesa de centro y la vació de un trago.
—¡Si
uno de nosotros dos se enamora, seré yo! —dijo Antoine.
—Como
quieras, amigo mío— respondió Mathias mientras volvía a dejar la botella.
Antoine
se levantó furioso.
—No,
como quiera no, y empiezo a cabrearme. ¡Si me enamorara, sería una traición,
igual que en tu caso!
—¡Cálmate!
Después de haber tirado abajo esa pared, ahora que al fin formo parte de mi
vida cotidiana, que soy feliz con los dos niños, a los que, por otra parte,
nunca había visto tan felices, ¿crees de verdad que correría el riesgo de
mandarlo todo al diablo?
—¡Absolutamente!
—respondió Antoine con convencimiento.
Antoine
empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
—Mira,
todo lo que hay a tu alrededor es exactamente lo que tú querías. Querías niños
que se rieran, y se ríen; querías ruido en tu casa, y apenas nos oímos los unos
a los otros; incluso has conseguido ver la tele durante la cena, así que ahora
escúchame bien: por una vez en tu vida, por una sola vez, vas a renunciar a tu
egoísmo y vas a asumir tus elecciones. Por tanto, si estás a punto de
enamorarte de una mujer, ¡detente ahora mismo!
—¿Te
parezco egoísta? —preguntó Mathias con voz triste.
—Lo
eres más de lo que lo soy yo —respondió Antoine.
Mathias
lo miró durante un buen rato y, sin añadir nada más, se alejó hacia la
escalera.
—Desde
luego —repuso Antoine a su espalda—, no hace falta decir que no me refiero a
que no... Vamos, ¡que no me opongo a que te la tires!
Mathias,
en el primer piso, se paró en seco y se dio la vuelta.
—De
acuerdo, pero yo me opongo a que hables de ella en esos términos.
A
los pies de la escalera, Antoine lo señaló con un dedo acusador.
—¡Te
he pillado! Estás enamorado, tengo la prueba, ¡ahora déjala!.
La
puerta de la habitación de Mathias se cerró con un portazo tras él; las de las
habitaciones de Emily y Louis se cerraron mucho más discretamente.
El
tren llevaba parado en la estación de Ashford treinta minutos, y el controlador
se había tomado como un deber personal el despertar a voces a los pasajeros que
no se habían dado cuenta e informarles de que el tren estaba parado en la
estación de Ashford.
El
mensaje adquirió relevancia cuando el mismo maquinista anunció que era incapaz
de decir cuándo volvería a arrancar el tren, pues había un problema de
circulación en el túnel.
—He
enseñado física durante treinta años, y me gustaría que alguien me explicara
cómo puede haber un problema de circulación en unas vías paralelas y de sentido
único; a menos que el maquinista del tren que vaya delante se haya parado en
medio del túnel para hacer pis —gruñó la anciana dama que estaba sentada frente
a Audrey.
Audrey,
que había cursado estudios literarios, pudo evitar responder cuando su móvil se
puso a sonar. Era su mejor amiga, que se alegraba por su regreso. Audrey le
contó su periplo londinense y, principalmente, los acontecimientos que habían
modificado el curso de su vida aquellos últimos días. ¿Cómo había podido
adivinarlo Elodie? ¡Sí! Había conocido a un hombre muy diferente a todos los
otros. Por primera vez en muchos meses, desde su separación de aquel que había
roto su corazón al hacer la maleta una mañana, había vuelto a tener ganas de
amar. Las largas temporadas de duelo amoroso habían desaparecido prácticamente
en un fin de semana. Elodie tenía razón: la vida tenía esa magia, bastaba con
ser paciente, la primavera siempre acababa llegando. En cuanto se vieran,
aunque por desgracia no fuera esa noche, pues era probable que llegara con
retraso, pero seguro que a la hora del desayuno del día siguiente como muy
tarde. Sí, ella se lo explicaría todo, cada uno de los momentos pasados en
compañía de Mathias. Era un bonito nombre, ¿no?... Sí, a Elodie le
encantaría... Sí, era un hombre guapo... Sí, Elodie lo adoraría; era culto,
cortés. No, no estaba casado... Sí, divorciado; pero, en nuestros días, que un
hombre soltero ya no estuviera casado era una ventaja... ¿Cómo lo había
adivinado?... Sí, no se habían separado en dos días... Lo había conocido en el
patio de una escuela, no, en una librería; en fin, en los dos sitios... Se lo
explicaría todo, prometido, pero el tren arrancaba ya y veía la entrada del túnel...
¿Hola? ¿Hola?
Emocionada,
Audrey miró su teléfono, acarició la pantalla y lo guardó en su bolsillo. La
profesora de física suspiró y pudo, al fin, pasar la página de su libro.
Acababa de leer la misma línea veinte veces.
Mathias
empujó la puerta del local de Yvonne y le preguntó si podía sentarse en la
terraza a tomar un café.
—Te
lo traigo enseguida —dijo Yvonne a la vez que apretaba el botón de la cafetera.
Las
sillas estaban todavía apiladas las unas sobre las otras. Mathias cogió una y
se instaló confortablemente al sol. Yvonne le dejó la taza frente a él.
—¿Quieres
un cruasán?
—Dos
—dijo Mathias—. ¿Necesitas que te eche una mano para montar la terraza?
—No,
si pongo las sillas ahora, los clientes harán como tú y no estaré tranquila en
la cocina. ¿Antoine no está contigo?
Mathias
se bebió el café de un trago.
—¿Me
haces otro?
—¿Va
todo bien? —preguntó Yvonne.
Sentado
a su mesa, Antoine consultaba su correo electrónico. Un pequeño sobre acababa
de aparecer en la parte inferior de su pantalla: «Perdona por haberte
abandonado este fin de semana. Almorcemos en el local de Yvonne a la una. Tu
amigo, Mathias». Respondió tecleando el texto siguiente: «Perdona también por
lo de ayer por la noche, te veo a la una en el local de Yvonne».
Después
de abrir la librería, Mathias encendió su viejo Macintosh, leyó el mensaje de
Antoine y respondió: «Nos vemos a la una, pero ¿por qué dices
"también"?».
En
ese mismo momento, en la sala de informática del Liceo francés, Emily y Louis
apagaban el ordenador desde el que acababan de enviar esos mensajes.
Las
playas de Calais se alejaban; el Eurostar iba a trescientos cincuenta
kilómetros por hora sobre las vías francesas. El móvil de Audrey se puso a
sonar, y en cuanto descolgó, la vieja dama sentada frente a ella dejó su libro.
La
madre de Audrey estaba muy contenta por el regreso de su hija. Audrey tenía una
voz diferente, no era la de costumbre. Era inútil que intentara escondérselo,
su hija debía de haber conocido a alguien; la última vez que le había oído ese
tono, Audrey le había anunciado su idilio con Romain... Sí, Audrey se acordaba
muy bien de cómo había acabado su historia con Romain, y también de todas las
noches que había pasado llorando al teléfono... Todos los hombres eran
iguales... ¿Quién era ese chico nuevo? Pues claro que sabía que había un chico
nuevo; de todos modos ella era la que... Efectivamente, había habido un
encuentro, pero no se iba a precipitar; de todas maneras no tenía nada que ver
Romain, y gracias por volver a meter el dedo en la herida, pero sí, la herida
había cicatrizado, no era eso lo que había querido decir, sólo era que... No,
no había vuelto a hablar con Romain desde hacía seis meses, salvo una vez el
mes pasado por una historia de una maleta olvidada que él apreciaba
aparentemente más que su dignidad...
Bueno,
de todas maneras, no se trataba de Romain sino de Mathias. Sí, era un bonito
nombre... Librero... Sí, también era un bonito oficio... No, no sabía si un
librero se ganaba bien la vida, y «razón de más» no era la respuesta que
esperaba de su madre...
Y
además, para estar así, mejor sería cambiar de tema de conversación...
Sí,
él vivía en Londres, y sí, Audrey sabía que la vida allí era cara, acababa de
pasar un mes... Sí, un mes era suficiente, mamá, me agotas... Pero noooo, no
tenía la intención de instalarse en Inglaterra, lo conocía desde hacía dos
días..., desde hacía cinco días... No, no se había acostado con él la primera
noche... Sí, era verdad que con Romain, ella había querido irse a vivir a
Madrid con él al cabo de cuarenta y ocho horas, pero aquél no era
necesariamente el hombre de su vida, por el momento sólo era un hombre
formidable y no. no tenía que preocuparse por su trabajo, llevaba cinco años
peleando por tener un día su propia emisión, ¡no iba a mandarlo todo al cuerno
por haber conocido a un librero en Londres!... Sí, la llamaría en cuanto
llegara a París, un beso para ella también.
Audrey
volvió a meter el móvil en su bolsillo y respiró hondo. La anciana frente a
ella volvió a coger su libro, pero lo abandonó enseguida.
—Disculpe
si me meto donde no me importa —dijo ella al tiempo que empujaba las gafas
sobre su nariz—, ¿hablaba usted del mismo hombre en las dos conversaciones?
Y
como Audrey, estupefacta, no respondió, ella añadió:
—¡Luego,
que no vengan diciendo que pasar por este túnel no tiene ningún efecto sobre el
organismo!.
Desde
que se habían instalado en la terraza, no habían intercambiado una palabra.
—¿Piensas
en ella? —preguntó Antoine.
Mathias
cogió un trozo de pan de la cesta y lo mojó en el bote de mostaza.
—¿La
conozco?
Mathias
mordió el pan y empezó a masticar lentamente.
—¿Dónde
la conociste?
Esa
vez, Mathias cogió su vaso y se lo bebió de un trago.
—Sabes
que me lo puedes contar —repuso Antoine.
Mathias
volvió a dejar el vaso en la mesa.
—Antes
me lo contabas todo —añadió Antoine.
—Antes,
como dices tú, no habíamos instaurado tus reglas en casa.
—Fuiste
tú el que dijo que no lleváramos mujeres a casa; yo sólo dije que nada de
canguros.
—¡Eso
es de críos, Antoine! Mira, esta noche voy a casa, si es lo que quieres saber.
—No
vamos a hacer un drama porque nos hayamos impuesto ciertas reglas para la
convivencia. Sé amable, haz un pequeño esfuerzo, es importante para mí.
Yvonne
acababa de llevarles dos ensaladas y, tras poner los ojos en blanco, se volvió
a la cocina.
—¿Al
menos eres feliz? —repuso Antoine.
—¿Hablamos
de otra cosa?
—Desde
luego, pero ¿de qué?
Mathias
rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó cuatro billetes de avión.
—¿Has
ido a sacarlos? —preguntó Antoine, cuyo rostro se iluminó.
—Pues
no, ¿tú qué crees?
En
cinco días, después de haber recogido a los niños a la salida de la escuela, se
irían al aeropuerto y dormirían esa misma tarde en Escocia.
Al
final de la comida, los dos amigos se habían reconciliado. No obstante, Mathias
le precisó a Antoine que fijarse reglas no tenía ningún interés, a menos que
fuera para intentar incumplirlas.
Era
el primer día de la semana, así que era el turno de Antoine para ir a buscar a
Emily y a Louis a la escuela. Mathias haría la compra al salir de la librería y
prepararía la cena; Antoine acostaría a los niños. Menos por algunos choques,
la vida de la casa estaba perfectamente organizada...
Por
la noche, Antoine recibió una llamada urgente de McKenzie. El prototipo de
mesas que había diseñado para el restaurante acababa de llegar al despacho. El
jefe de agencia pensaba que el modelo encajaba perfectamente con el estilo de
Yvonne, pero, de todos modos, prefería tener una segunda opinión. Antoine
prometió que se ocuparía de ello a la mañana siguiente, pero McKenzie insistió;
el proveedor podía fabricar la cantidad requerida, en el tiempo y el precio
esperado, pero sólo si se le enviaba el pedido aquella misma tarde. Ir y volver
no le llevaría a Antoine más de media hora.
Mathias,
que todavía no había vuelto, les hizo prometer a los niños que se portarían
bien durante su ausencia. Estaba formalmente prohibido abrirle la puerta a
nadie, responder al teléfono, salvo si era él el que llamaba, lo que hizo reír
a Emily, que recordó que no se podía saber quién llamaba a menos que
descolgaran; también estaba prohibido acercarse a la cocina, enchufar o
desenchufar el menor aparato eléctrico, colgarse de la barandilla de la
escalera, tocar algo... Fue necesario que Emily y Louis bostezaran al unísono
para interrumpir la letanía de un padre que, no obstante, habría jurado por su
honor que no era de natural nervioso.
En
cuanto su padre se fue, Louis se metió en la cocina, subió a un taburete, cogió
dos grandes vasos y se los dio a Emily antes de volver a bajar. Después, abrió
la nevera, escogió dos refrescos, volvió a ordenar las latas como Antoine las
ponía siempre (las coca-colas rojas a la izquierda, las fanta naranja en medio,
y las perrier verdes, a la derecha). Las pajitas estaban en un cajón bajo el
fregadero; las tartaletas de albaricoques estaban colocadas en la caja de
galletas, y la bandeja para llevárselo todo frente al televisor estaba sobre la
mesa. Todo habría sido perfecto si la pantalla hubiera querido encenderse.
Después
de un minucioso examen de los cables, culparon a las pilas del mando a
distancia. Emily sabía dónde encontrarlas: en el radio-despertador de su padre.
Subió a toda velocidad, sin poner apenas la mano sobre la baranda de la
escalera. Cuando entró en la habitación, llamó su atención una pequeña cámara
de fotos que había sobre la mesita de noche. Seguro que era una compra para las
vacaciones de Escocia. Curiosa, la cogió y apretó todos los botones. Por la
pantalla que había en la parte de atrás, desfilaron las primeras fotos que su
papá debía de haber hecho para probar el aparato. En la primera sólo se veían
dos piernas y un trozo de acera; en la segunda, la esquina de un puesto del
mercado de Portobello; en la tercera, había que inclinar la imagen para que se
viera derecho. Lo que se veía en la pantalla no tenía demasiado interés, al
menos hasta la trigésimo segunda foto, la única, por otra parte, que tenía un
buen encuadre. Se veía a una pareja sentada en la terraza de un restaurante que
se besaba frente al objetivo.
Después
de la cena, durante la que Emily no había pronunciado ni palabra, Louis subió a
la habitación de su mejor amiga y escribió en su diario íntimo que el
descubrimiento de aquella cámara de fotos le había causado una gran impresión,
pues era la primera vez que su padre le mentía. Emily añadió al margen que era
la segunda, después del golpe de Papá Noel.
Capítulo
12
Yvonne
cerró la puerta de su estudio y miró el reloj. Mientras avanzaba por el
pasillo, oyó los pasos de Enya, que salía de su habitación.
—Estás
muy guapa esta mañana —dijo ella volviéndose.
Enya
la besó en la mejilla.
—Tengo
una buena noticia.
—¿Me
vas a contar algo más?
—Ayer
me llamaron de inmigración.
—¿Sí?
¿Y eso es una buena noticia? —preguntó Yvonne con inquietud.
Se
fijó en el permiso de trabajo que Enya le enseñaba con orgullo. La abrazó y la
agarró con fuerza.
—Esto
hay que celebrarlo frente a una taza de café —dijo Yvonne.
Bajaron
por la escalera que llevaba al local. Cuando llegó abajo, Yvonne la miró
atentamente.
—¿Dónde
te has comprado ese abrigo? —preguntó ella perpleja.
—¿Por
qué? —preguntó Enya.
—Porque
un amigo mío tenía una igual. Era su abrigo preferido. Cuando me dijo que lo
había perdido, intenté comprarle uno nuevo, pero este modelo hace años que no
se hace.
Enya
sonrió, se quitó el abrigo y se lo ofreció a Yvonne. Su patrona le preguntó
cuánto quería por él; Enya respondió que era un regalo que le hacía de buena
gana. Se lo había encontrado en un perchero un día que le había sonreído la
suerte.
Yvonne
entró en su cocina y abrió la puerta del armario.
—Se
va a alegrar muchísimo —dijo Yvonne, contenta, mientras colgaba el abrigo—. No
se lo quitaba nunca.
Cogió
dos grandes cuencos del estante que había encima del fregadero, echó dos dosis
de café en la parte alta de la cafetera italiana y encendió una cerilla. La
llama de gas se encendió.
—¿Notas
ese olor maravilloso? —dijo Yvonne a la vez que aspiraba el aroma que invadía
la habitación.
Después
del golpe emocional que le había ocasionado la cámara de fotos, Emily había
propuesto una idea. Cada miércoles, Louis y ella almorzarían cara a cara con
sus respectivos progenitores. Como Louis adoraba los nems, los chicos irían al
restaurante tailandés situado al lado par de Bute Street; ella y su padre irían
al local de Yvonne, que estaba en el otro lado, ya que ella tenía antojo de su
crema de caramelo.
Tras
el mostrador, Yvonne secaba los vasos, sin dejar de vigilar a Mathias por el
rabillo del ojo. Emily se inclinó por encima de su plato para atraer la
atención de su papá.
—En
Escocia sería mejor dormir en tiendas. Podríamos acampar en ruinas, así
tendríamos más posibilidades de ver fantasmas.
—Muy
bien —murmuró Mathias mientras se esforzaba en tapar el mensaje que estaba
escribiendo con su móvil.
—Por
la noche, encenderemos hogueras y tú harás guardia.
—Sí,
sí —dijo Mathias con la mirada puesta en la pantalla de su teléfono.
—Allí
los mosquitos pesan dos kilos —repuso Emily, dando golpes en la mesa—, y con lo
que les gustas, ¡en dos picaduras te dejarán seco!
Yvonne
llegó a la mesa para servirles.
—Como
quieras, querida —respondió Mathias.
Y
mientras la patrona volvía a la cocina sin decir una palabra, Emily continuó
con su conversación muy seria.
—Y
después, haré mi primer salto a una cama elástica desde lo alto de una torre.
—Dame
dos segundos, corazón, respondo a este mensaje y estoy contigo.
Los
dedos de Mathias saltaban de una tecla a otra.
—Es
estupendo, nos lanzan y después cortan la cuerda —repuso Emily.
—¿Cuál
es el plato del día? —preguntó Mathias, absorto en la lectura del mensaje que
acababa de llegarle al móvil.
—Una
ensalada de lombrices.
Mathias
dejó por fin su móvil encima de la mesa.
—Discúlpame
un segundo, voy a lavarme las manos —dijo ella, levantándose.
Mathias
besó a su hija en la frente y se dirigió al fondo de la sala. Desde la barra, a
Yvonne no se le había escapado ni un detalle de la escena. Se acercó a Emily y
miró acusadora el plato de puré de patatas que Mathias no había ni siquiera
tocado todavía. Echó una ojeada al exterior y le sonrió. Emily comprendió lo
que le estaba sugiriendo y le devolvió la sonrisa. La pequeña se levantó, cogió
su plato y, bajo la vigilancia de Yvonne, cruzó la calle.
Mathias
se miraba en el espejo colgado encima del lavabo. No le preocupaba que Audrey
hubiera puesto fin a su intercambio de mensajes, pues ella estaba en la sala de
montaje y comprendía muy bien que tenía trabajo... «Yo también estoy ocupado,
estoy comiendo con mi hija, todos estamos muy ocupados... De todas maneras,
como está trabajando en las imágenes de Londres, forzosamente tiene que estar
pensando en mí... Ha debido de ser su técnico el que la ha llamado al orden,
conozco bien a este tipo de hombre, malencarado y celoso... Tengo un aspecto
horrible hoy... Está bien que haya escrito que tenía ganas de verme, no es su
estilo decir cosas que no piensa... Tal vez debería ir a cortarme el pelo...»
Sentados
a una mesa, Antoine y Louis atacaban su segundo plato de nems. La puerca del
restaurante se abrió. Emily entró y fue a sentarse con ellos. Louis no hizo
comentario alguno y se contentó con saborear el puré de su mejor amiga.
—¿Todavía
está con el teléfono? —preguntó Antoine.
Y,
como era su costumbre, Emily respondió que sí con la cabeza.
—Ya
sabes, está contrariado, no te preocupes. Son cosas que nos pasan a los
mayores, es algo normal —dijo Antoine con voz tranquilizadora.
—¿Te
crees que nosotros no estamos preocupados nunca? —repuso Emily mientras
pinchaba un nem del plato.
Mathias
salió de los lavabos silbando. Emily ya no estaba en su sitio. Frente a él, en
la mesa, su teléfono móvil había acabado en medio de su plato de puré. Sin
salir de su asombro, se volvió y se cruzó con la mirada acusadora de Yvonne,
que le señalaba el restaurante tailandés que había enfrente.
De
camino al conservatorio de música, Emily caminaba a grandes pasos, sin
dirigirle una palabra a su padre, quien, no obstante, hacía lo que podía para
disculparse. Reconocía que no había estado muy atento durante la comida y
prometía que no volvería a pasar. Y además, también a él le había pasado lo de
hablar a su hija y que ésta no le respondiera, por ejemplo, cuando dibujaba. La
tierra entera podía derrumbarse sin que ella levantara la cabeza de la hoja.
Frente a la mirada incendiaria que Emily le lanzó, Mathias admitió que su
comparación no había sido acertada. Para hacerse perdonar, aquella noche se
quedaría en su habitación hasta que se durmiera. Antes de entrar a su clase de
guitarra, Emily se puso de puntillas y besó a su padre. Le preguntó si su madre
iría a verla pronto y cerró la puerta.
De
vuelta a la librería, tras haberse ocupado de dos clientes, Mathias se instaló
tras su ordenador y se metió en el sitio de internet del Eurostar.
A la
mañana siguiente, cuando Antoine llegó a su despacho, McKenzie le presentó el
proyecto de renovación del restaurante en el que había estado trabajando
durante toda la noche. Antoine desplegó el juego de planos y los colocó frente
a él. Examinó los dibujos del proyecto y se sorprendió agradablemente por el
trabajo de su colaborador. El restaurante modernizado quedaría muy elegante,
sin perder su identidad. No obstante, cuando consultó el cuaderno de las cargas
técnicas y el presupuesto, escondido en el fondo del bolsillo, Antoine estuvo a
punto de atragantarse. Llamó enseguida a su jefe de agencia. McKenzie, apenado,
reconoció que tal vez se le había ido la mano.
—¿Cree
usted de verdad que si transformamos su restaurante en un palacio, Yvonne
creerá que hemos utilizado materiales sobrantes? —gritó Antoine.
Según
McKenzie, nada era suficientemente bueno para Yvonne.
—¿Y
recuerda usted que su obra maestra debe hacerse en dos días?
—Lo
tengo todo previsto —respondió McKenzie con entusiasmo.
Los
elementos se fabricarían en el taller, y un equipo de doce obreros, pintores y
electricistas estaría a pie de obra el sábado para que todo estuviera acabado
el domingo.
—Y
la agencia también estará acabada el domingo —concluyó abatido Antoine.
El
coste de semejante empresa era enorme. Los dos hombres no se dirigieron la
palabra el resto del día. Antoine había clavado los planos del restaurante en
la pared de su despacho. Lápiz en mano, iba de un lado a otro, yendo de la
ventana a sus croquis, y de los croquis al ordenador. Cuando no dibujaba,
intentaba rebajar el presupuesto de las obras. McKenzie, por su parte, estaba
sentado en su sitio y lanzaba miradas rencorosas a Antoine, como si éste
hubiera insultado a la propia reina de Inglaterra.
Al
final de la tarde, Antoine llamó a Mathias. Iba a volver muy tarde, así que
Mathias tendría que ir a buscar a los niños a la escuela y ocuparse de ellos
esa noche.
—¿Cenarás,
o quieres que te prepare algo cuando vuelvas?
—La
misma cena fría que la última vez sería fantástica.
—¿Has
visto que la vida en pareja a veces tiene cosas buenas? —concluyó Mathias antes
de colgar.
En
mitad de la noche, Antoine acababa los bocetos de un proyecto más realista.
Sólo le quedaba convencer al gerente de la carpintería con la que trabajaba
para que aceptara todas las modificaciones, y esperar que quisiera respaldarlo
en esa aventura. La reforma debía empezar en dos semanas, tres como mucho;
aquel sábado, cogería su coche a primera hora e iría a hacerle una visita con
los planos. El taller estaba a tres horas de Londres, así que estaría de vuelta
a medianoche. Mathias cuidaría de Louis y Emily. Feliz por haber encontrado una
solución, Antoine dejó la oficina y volvió a su casa.
Demasiado
cansado como para comer nada, entró en su habitación y se hundió en la cama. El
sueño se apoderó de él antes de que pudiera desvestirse.
Aquella
mañana hacía un frío glacial, y los árboles se doblaban bajo el ímpetu del
viento. Habían vuelto a sacar los abrigos que habían guardado ante los aires
primaverales, y Mathias, a la vez que calculaba la recaudación de la semana,
pensaba en la temperatura que haría en Escocia. Las vacaciones se acercaban, y
la impaciencia de los niños se hacía cada día más patente. Una cliente entró,
hojeó tres obras que había cogido de los estantes y volvió a salir dejándolas
en una mesa. «¿Por qué me fui de París para venir a instalarme a este barrio
francés?», se dijo Mathias mientras volvía a poner los libros en su sitio.
Antoine
necesitaba un buen café, algo que le permitiera mantener los ojos abiertos. La
noche había sido muy corta, y el trabajo que le esperaba en la agencia apenas
le dejaba tiempo para descansar.
Cuando
volvía a subir por Bute Street a pie, entró rápidamente en la librería de
Mathias y le informó de que debería hacer una visita fuera de la ciudad y que
tendría que ocuparse de Louis. «¡Imposible!», había respondido Mathias, no
podía cerrar su tienda.
—Pues
te toca, los niños no tienen día de cierre —respondió agotado Antoine mientras
se iba.
Se
encontró con Sophie en la Coffee Shop.
—¿Cómo
va la vida entre vosotros dos? —preguntó Sophie.
—Tiene
altos y bajos, como pasa en todas las parejas.
—Te
recuerdo que no sois una pareja.
—Vivimos
bajo el mismo techo, cada uno acaba por encontrar su sitio.
—Creo
que por frases como ésa prefiero ser soltera —replicó Sophie.
—Sí,
pero no lo eres.
—Tienes
mal aspecto, Antoine.
—He
estado toda la noche trabajando en el proyecto de Yvonne.
—¿Y
avanza?
—Empezaré
las obras el fin de semana siguiente a regresar de Escocia.
—Los
niños sólo me hablan de vuestras vacaciones. Esto se va a quedar muy vacío
cuando os vayáis.
—Tienes
al hombre de las cartas. El tiempo pasará más rápido.
Sophie
esbozó una sonrisa.
—Se
diría que te molesta que me vaya —dijo ella mientras soplaba sobre su té, que
hervía.
—No,
¿por qué piensas una cosa así? Si tú estás feliz, yo estoy feliz.
El
móvil de Sophie vibraba sobre la mesa; ella cogió el aparato y reconoció el
número de la librería que aparecía en la pantalla.
—¿Te
molesto? —preguntó la voz de Mathias.
—Nunca...
—Tengo
que pedirte un favor enorme, pero debes prometerme que no le dirás nada a
Antoine.
—Pues
claro.
—Te
noto rara.
—Desde
luego, estoy encantada.
—¿De
qué estás encantada?
—Cogeré
el tren de las nueve y llegaré para almorzar.
—¿Lo
tienes delante? —preguntó Mathias.
—¡Exactamente!
—Ah,
mierda...
—No
hace falta que lo digas, yo también.
Intrigado,
Antoine miraba a Sophie.
—¿Puedes
cuidar de los niños este sábado? —continuó Mathias—. Antoine tiene que salir de
la ciudad, y yo tengo que hacer algo de vital importancia.
—Lo
siento, pero me resulta imposible; no obstante, cualquier otro día lo haré
gustosa.
—¿Te
vas este fin de semana?
—Exactamente.
—Bueno,
veo que te estorbo, te dejo —susurró Antoine a la vez que se levantaba.
Sophie
lo cogió de la muñeca e hizo que volviera a sentarse. Cubrió el aparato con la
mano y le prometió que colgaba en un minuto.
—Veo
que te molesto —gruñó Mathias—. Ya me las apañaré para encontrar alguna
solución; no digas nada, ¿prometido?
—Te
lo juro. Mira en casa de tu vecina, nunca se sabe.
Mathias
colgó, pero Sophie mantuvo algunos segundos más el aparato pegado a su oreja.
—Yo
también te envío un beso bien grande. Hasta pronto.
—¿Era
el hombre de las cartas? —preguntó Antoine.
—¿Quieres
otro café?
—No
entiendo por qué no me lo dices, era evidente que era él.
—¿Y
qué importa?
Antoine
se hizo el ofendido.
—Nada,
pero antes nos lo contábamos todo...
—¿Eres
consciente de que le hiciste la misma observación a tu compañero de piso?
—¿Qué
observación?
—«Antes
nos lo contábamos todo»... Es ridículo.
—¿Él
te habla de nosotros? Menuda cara tiene.
—Creí
que querías que te lo dijera todo.
Sophie
lo besó en la mejilla y volvió a trabajar. En el momento de franquear la puerta
de su agencia, Antoine vio que Mathias se precipitaba al local de Yvonne.
—¡Te
necesito!
—Si
tienes hambre, es un poco pronto —respondió la patrona saliendo de su cocina.
—Esto
es serio.
—Te
escucho —dijo ella mientras se quitaba el delantal.
—¿Puedes
cuidar a los niños el sábado? Dime que sí, te lo suplico.
—Lo
siento, pero tengo planes.
—¿Cierras
el restaurante?
—No,
tengo cosas que hacer y le voy a pedir a la chica a la que le alquilo una
habitación que se ocupe del local. No digas nada, es una sorpresa. Primero,
quiero ponerla a prueba esta tarde y mañana.
—Debe
de ser importante para que abandones tu cocina. ¿Dónde vas?
—¿Acaso
te he preguntado yo por qué quieres que me ocupe de los niños?
—Lo
mío es mala suerte: Sophie se va; Antoine sale de la ciudad; tú, no sé adonde;
y yo le doy igual a todo el mundo.
—Me
alegra ver que ahora aprecias tu vida londinense.
—No
entiendo a qué viene eso.
—Pues
bien, antes, te pasabas los fines de semana solo y no te quejabas como ahora,
así que constato con placer que cuando nos ausentamos, nos echas de menos. Es
todo un cambio.
—Yvonne,
tienes que ayudarme, es cuestión de vida o muerte.
—Pensar
que puedes encontrar un jueves a una canguro que esté libre el sábado demuestra
que eres un optimista... Bueno, déjame ahora que tengo trabajo, veré si te
puedo buscar alguna solución.
Mathias
besó a Yvonne.
—No
le digas nada a Antoine... Cuento contigo.
—¿Necesitas
que te cuide a los niños para volver a una subasta de libros antiguos?
—Algo
así, sí.
—Entonces
tal vez me haya equivocado... No has cambiado tanto.
Al
final de la tarde, Mathias recibió una llamada de Yvonne; tal vez había
conseguido hallar su salvación. Daniéle era la antigua directora de una escuela
y, aunque tenía sus rarezas, era de toda confianza. Por otra parte, deseaba
conocer al padre antes de aceptar cuidar a los niños. Al día siguiente, iría a
visitarlo a la librería y, si se entendían, ella le aseguraría el cuidado de
los niños aquel fin de semana. Mathias le preguntó si Daniéle era discreta.
Yvonne no se dignó a responder. Daniéle era una de sus tres mejores amigas.
—¿Crees
que sabe cosas de fantasmas? —preguntó Mathias
—No,
nada, algo que se me ha ocurrido.
Frente
a las verjas de la escuela, Mathias estaba tan alegre que tuvo que esforzarse
por adquirir un semblante serio cuando sonó la campana.
De
vuelta a la librería, Emily fue la primera en notar que había algo que no
marchaba bien. En primer lugar, su padre no había soltado palabra desde que
habían vuelto, y además, aunque él parecía estar absorto en su lectura, ella
sabía perfectamente que fingía; la prueba estaba en que llevaba diez minutos
leyendo las mismas diez páginas. Mientras Louis hojeaba un cómic, sentado en un
taburete, ella rodeó la caja y se sentó en sus rodillas.
—¿Estás
preocupado?
Mathias
dejó su libro y miró a su hija con aire de desamparo.
—No
sé muy bien cómo deciros esto.
Louis
abandonó su lectura para prestar atención.
—Creo
que tendremos que renunciar a Escocia —anunció con gravedad Mathias.
—Pero
¿por qué? —preguntaron con tristeza y al unísono los niños.
—Es
un poco culpa mía. Cuando reservé las excursiones, no precisé que llevaríamos
niños.
—¿Y?
No es ningún crimen —replicó Emily escandalizada—. ¿Por qué no nos quieren?
—Hay
ciertas reglas en las que no había caído —dijo gimiendo Mathias.
—¿Cuáles?
—preguntó Louis.
—Aceptan
niños, pero con la condición de que tengan conocimientos en fantasmalogía,
porque si no, no se cumplen las condiciones de seguridad requeridas. Los
organizadores no quieren correr riesgos.
—Bien,
pues sólo tenemos que leer unos cuantos libros —respondió Emily—. Aquí debes de
tener, ¿no?
—Nos
vamos en tres días, temo que no tengáis tiempo de alcanzar el nivel.
—Papá,
¡tienes que encontrar una solución! —espetó la niña.
—Pero
qué te piensas, llevo pensando en ello desde esta mañana. ¿Crees que no he
movido ni un dedo? Me he pasado la mañana entera intentando encontrar tu
solución.
—Bueno,
pero la has encontrado, ¿no? —preguntó Louis, que ya no podía consigo mismo.
—Tal
vez tenga una, pero no sé...
—¡Dilo
ya!
—Si
consiguiera encontrar un profesor de fantasmas, ¿aceptaríais seguir un programa
intensivo durante todo el sábado?
La
respuesta fue un sí unánime. Louis y Emily corrieron a buscar sus cuadernos, el
modelo con cuadrícula pequeña, y lápices de colores por si había trabajos
prácticos.
—Ah,
una última cosa —dijo Mathias con un tono solemne—. Antoine os quiere tanto que
se inquieta por cualquier cosa, así que no debe enterarse de nada. Operación
«En boca cerrada no entran moscas». Si llega a enterarse de que los
organizadores tienen reservas sobre la seguridad, lo anulará todo. Esto debe
quedar estrictamente entre nosotros.
—Pero
¿estás seguro de que después de las clases de fantasmas nos dejarán ir? —dijo
Louis inquieto.
—Pregunta
a mi hija acerca de lo eficaz que resulté cuando fuimos a ver dinosaurios.
—Estamos
en buenas manos, te lo juro —dijo Emily en tono seguro—. Después del golpe del
planetario, todo el mundo quiere que sea la delegada de la clase.
Aquella
tarde, Antoine no reparó en los guiños cómplices que se intercambiaban Mathias
y los niños. Se habían ocupado de todas las tareas de la casa. Antoine pensaba
que la vida en familia era cada vez más agradable.
Mathias,
por su parte, no escuchó ni uno de los cumplidos que le hizo Antoine. Sus
pensamientos estaban en otra parte. Le quedaba todavía arreglar un detalle
importante con la amiga de Yvonne. Entonces, podría organizarse su sábado.
Sentada
en el mostrador, Enya revisaba, bolígrafo en mano, las páginas de las ofertas
de empleo. Yvonne le sirvió un café y le pidió que le prestara atención durante
un momento. La joven cerró su diario. Yvonne necesitaba que Enya le hiciera un
favor.
—¿Me
echarás una mano hoy en el restaurante? Te pagaré, por supuesto.
Enya
se dirigió al vestidor.
—Eres
tú la que me hace un favor —dijo ella.
Enya,
que sabía dónde estaba el vestidor, fue enseguida a ponerse un delantal y se
dispuso a poner los cubiertos en la sala. Por primera vez en muchos años,
Yvonne pudo al fin pasarse toda la mañana en su cocina. En cuanto se abrió la
puerta del establecimiento, abandonó los fogones para descubrir que Enya había
tomado, si no servido, los pedidos. La joven manejaba la cafetera con destreza,
abría y cerraba rápidamente la nevera como una verdadera profesional. Al final
del servicio, Yvonne había tomado su decisión. Enya tenía todas las aptitudes
requeridas para reemplazarla el sábado. Era amable con los clientes, sabía
poner en su lugar, sin armar un escándalo, a los que carecían de cortesía y,
para colmo, incluso había conseguido desviar la atención de McKenzie, que, por
otra parte, tampoco parecía estar en su mejor forma. Mathias, que había ido a
tomarse un café, había hablado con la joven camarera. Estaba seguro de haberla
conocido ya en otra ocasión. Yvonne le dijo en un aparte que, si intentaba
seducirla, estaba un poco anticuado, porque ya en sus tiempos los hombres
abusaban de unas excusas tan tontas como ésas para entablar conversación.
Mathias " juró por su honor” que ése no era su caso, estaba seguro de
haber conocido a Enya.
Ella
lo interrumpió para mostrarle la hora que señalaban las agujas del reloj. Había
quedado dentro de muy poco con Daniéle. Mathias se volvió a la librería.
De
su pasado como directora, Daniéle había conservado un aspecto autoritario y una
distinción incontestable. Entró en la librería, sacudió su paraguas, cogió una
revista del estante de los periódicos y decidió observar a Mathias antes de
presentarse. Era el método que había aplicado durante toda su carrera. Al
inicio de curso, estudiaba las actitudes de los padres en el patio de su
escuela y, a menudo, aprendía más sobre ellos así que escuchándolos en las
reuniones de padres de alumnos. Como ella siempre decía: «La vida no ofrece
nunca una segunda oportunidad de formarse una primera opinión». Cuando
consideró que era suficiente, se presentó a Mathias y le anunció que la había
enviado Yvonne. Éste llevó a Daniéle a la trastienda para responder a todas las
preguntas que ella quería hacerle.
Sí,
Emily y Louis eran adorables y muy educados... No, ninguno tenía problemas con
la autoridad parental. Sí, era la primera vez que llamaba a una canguro...
Antoine era contrario a ello... ¿Quién era Antoine? ¡Su mejor amigo!, y el
padrino de Emily. Sí, mamá trabajaba en París... Y sí, era lamentable que
estuvieran separados, por los niños, desde luego; pero lo importante era que no
estuvieran faltos de amor... No, tampoco estaban muy mimados... Sí, eran buenos
alumnos, muy estudiosos. La profesora de Emily creía que era, sobre todo, buena
en matemáticas... ¿La de Louis? Por desgracia, se había perdido la última
reunión en la escuela... No, no había llegado tarde, pero un niño se había
subido a un árbol y él había tenido que socorrerlo... Sí, extraña historia,
pero nadie había salido herido y eso era lo esencial... No, los niños no
seguían ningún régimen particular; sí, comían dulces, pero en cantidades
razonables. Emily iba a clases de guitarra... No había de qué preocuparse... No
ensayaba los sábados.
Al
ver que Mathias se mordía las uñas, a Daniéle le resultó difícil conservar su
seriedad. Ya lo había torturado suficiente, tenía material para bromear con
Yvonne durante un buen rato cuando le contara esa entrevista, tal y como se
habían prometido.
—¿Por
qué se ríe usted? —preguntó Mathias.
—Pues
no sé si me río por su intento de justificar lo de las golosinas o por su
historia del árbol. Bueno, basta de bobadas; como Louis es el pequeño de
Antoine, me imagino que su hija es Emily. ¿Me equivoco?
—¿Conoce
usted a Antoine? —preguntó Mathias aterrorizado.
—Soy
una de las tres mejores amigas de Yvonne, y de vez en cuando hablamos de
ustedes; así que sí, conozco a Antoine, pero estése tranquilo, ¡soy una tumba!
Mathias
abordó la cuestión de los honorarios, pero el placer de pasar el día con Emily
y Louis era bastante para Daniéle. Para la antigua directora de escuela, no
tener nietos pequeños era algo que estaba dispuesta a perdonarle a su hijo.
Mathias
podría aprovechar su sábado con toda tranquilidad.
Daniéle
sabría qué hacer con ese día tan emocionante. ¿Emocionante?.. . Tal vez Mathias
tenía una idea para hacerlo inolvidable.
A la
antigua directora de escuela le pareció una idea extraordinaria. Inculcar a los
niños algunas nociones de historia sobre los sitios que iban a visitar durante
sus vacaciones le parecía muy juicioso. Conocía bien Gran Bretaña y había
visitado varias veces las Highlands, pero ¿qué entendía exactamente Mathias por
clases de fantasmas? Mathias se dirigió a un estante para coger varios libros
de tapa dura: Leyendas de los Tártanos, Los lagos encantados, Tiny MacTimid,
Los pequeños fantasmas viajan a Escocia.
—Con
todo esto, usted lo sabrá todo —dijo al dejar la pila frente a ella.
La
acompañó hasta la puerta de la librería.
—¡Regalo
de la casa! Y sobre todo, no se olvide del pequeño control escrito al final del
día.
Daniéle
salió a la calle hasta arriba de paquetes y se cruzó con Antoine.
—¡Has
tenido una buena venta! —gritó Antoine al entrar en la librería.
—¿Qué
puedo hacer por ti? —preguntó Antoine en un tono inocente.
—Mañana
me voy al amanecer. ¿Tienes programado el día con los niños?
—Todo
está en orden —respondió Mathias.
Por
la tarde, a Mathias le costó quedarse quieto en su sitio a la hora de cenar.
Bajo el pretexto de coger un jersey —«Hace frío en esta casa, ¿no?»—, fue a
leer un mensaje de texto de Audrey: «Tengo trabajo todo el fin de semana en la
sala de montaje». Más tarde, al volver a su habitación —«¿No es su despertador
lo que se oye arriba?»—, supo que debía volver a montar todas las secuencias de
su escapada londinense: «Mi técnico se está tirando de los pelos, todas las
tomas están mal encuadradas». Y diez minutos después, encerrado en el baño,
hizo partícipe a Audrey de su asombro: «¡Te juro que en el visor de la cámara
todo estaba bien!».
El
servicio de la tarde se acababa. Yvonne soltó un gran suspiro al cerrar la
puerta tras la salida de los últimos clientes. Detrás de la barra, Enya lavaba
los vasos.
—Hemos
tenido una buena tarde, ¿no? —preguntó la joven camarera.
—Treinta
cubiertos, no está mal para un viernes por la tarde. ¿Queda algo de los platos
del día?
—Se
ha acabado todo.
—Entonces
ha sido una buena tarde. Te las arreglarás muy bien mañana —dijo Yvonne
mientras recogía los cubiertos de la sala.
—¿Mañana?
—Me
tomo el día libre, te confío el restaurante.
—¿De
verdad?
—No
pongas los vasos de pie en este estante, vibran cuando la cafetera está en
marcha. Encontrarás cambio en el cajón de la caja registradora. Mañana por la
tarde, súbete la recaudación a tu habitación; no me gusta dejarla aquí, nunca
se sabe.
—¿Por
qué confía tanto en mí?
—¿Por
qué no habría de hacerlo? —dijo Yvonne mientras barría el suelo.
La
joven se acercó para quitarle la escoba de las manos.
—Los
interruptores están detrás de ti. Voy a acostarme.
Yvonne
subió las escaleras y entró en su habitación. Se aseó rápidamente y se acomodó
en la cama. Bajo las sábanas, escuchaba los ruidos de la sala. Enya acababa de
romper un vaso. Yvonne sonrió y apagó la luz.
Antoine
se metió en la cama a la misma hora que los niños. La noche sería corta.
Mathias, por su parte, se encerró en su habitación y continuó intercambiando
mensajes con Audrey. Hacia las once, ella le avisó de que bajaba a la
cafetería. El local estaba en el sótano, así que no tendría cobertura. Le dijo
también que tenía unas ganas locas de estar entre sus brazos. Mathias abrió el
armario y dejó todas sus camisas sobre la cama. Después de varias pruebas,
escogió una blanca de cuello italiano, la que mejor le quedaba.
Sophie
volvió a cerrar la pequeña maleta que había dejado en la silla. Cogió su
billete de tren, verificó la hora de salida y entró en el baño. Se acercó al
espejo para estudiar la piel de su rostro, sacó la lengua e hizo una mueca. Se
puso la camiseta que estaba colgada detrás de la puerta y volvió a su
habitación. Después de poner el despertador, se tumbó en la cama, apagó la luz
y pidió que el sueño no tardara en llegar. Al día siguiente, quería tener buen
aspecto y, sobre todo, no quería tener ojeras.
Con
las gafas en la punta de la nariz, Daniéle está inclinada sobre su gran
cuaderno de espiral. Cogió la regla y subrayó con marcador amarillo el título
del capítulo que acababa de copiar. El segundo tomo de Leyendas de Escocia
estaba sobre su mesa, y recitó en voz alta el tercer párrafo de la página que
estaba abierta ante ella.
Emily
abrió suavemente la puerta. Cruzó el rellano de puntillas y llamó a la
habitación de Louis. El pequeño apareció en pijama. Con pasos sigilosos, ella
lo llevó por la escalera. Una vez en la cocina, Louis entreabrió la puerta de
la nevera para tener un poco de luz. Tomando unas precauciones extremas, los
niños prepararon la mesa del desayuno. Mientras Emily se llenaba un vaso de
zumo de naranja y alineaba las cajas de cereales frente al cubierto, Louis se
instaló en la mesa de su padre y puso los dedos sobre el teclado. El momento
más peligroso de la misión había llegado. Cerró los ojos y apretó la tecla de
impresión, a la vez que rogaba con todas sus fuerzas para que la impresora no
despertara a sus padres. Esperó durante algunos segundos y cogió la hoja de la
bandeja de recepción. El texto le parecía perfecto. Dobló el papel en dos para
que se mantuviera bien derecho sobre la mesa y se lo dio a Emily. Tras echar
una última ojeada para verificar que todo estaba en su lugar, los dos niños
subieron a toda prisa a acostarse.
Capítulo
13
Cinco
y media. El cielo de South Kensington era rosa pálido, estaba amaneciendo. Enya
cerró la ventana y volvió a acostarse.
El
despertador marcaba las cinco y cuarenta y cinco. Antoine cogió un grueso
jersey de su armario y se lo pasó por los hombros. Cogió su bolsa y la abrió
para verificar que su informe estaba completo. Los planes de ejecución estaban
en su lugar; el juego de bocetos, también. La volvió a cerrar y bajó las
escaleras. Al llegar a la cocina, descubrió que lo esperaba un desayuno.
Desdobló la hoja que estaba delicadamente dispuesta delante del plato y leyó la
nota: «Sé muy prudente y no sobrepases el límite de velocidad, ponte el
cinturón (aunque te sientes detrás). Te he preparado unos termos para el
camino. Te esperaremos para cenar, y acuérdate de traer un regalo para los
niños, siempre les gusta cuando te vas de viaje. Un beso. Mathias». Muy
conmovido, Antoine cogió los termos, recuperó sus llaves de la cesta de la
entrada y salió de casa. El Austin Healey estaba aparcado al final de la calle.
El ambiente era primaveral, el cielo estaba despejado, el viaje sería
agradable.
Sophie
se desperezó al entrar en la cocina de su pequeño apartamento. Se preparó una
taza de café y miró la hora en el reloj del horno microondas. Eran las seis,
tenía que darse prisa si no quería perder el tren. Dudó sobre qué ponerse
mientras miraba la ropa colgada en el armario y decidió que unos pantalones
téjanos y una camisa servirían.
Las
seis y media. Yvonne cerró la puerta que daba al patio trasero. Con una pequeña
maleta en la mano, se puso sus gafas de sol y subió por Bute Street en
dirección a la estación de metro de South Kensington. Había luz en la ventana
de la habitación de Enya. La joven estaba despierta; podía irse tranquila, pues
aquella pequeña sabía manejarse, y además, de todas maneras, era mejor que
cerrar todo el día.
Daniéle
miró su reloj. Eran las siete en punto. Le gustaba la precisión. Llamó al
timbre. Mathias la hizo entrar y le ofreció una taza de café. La cafetera
estaba sobre la mesa; las tazas, en el escurridor; y el azúcar, encima de la
pica. Los niños seguían dormidos. Los sábados se despertaban, por lo general, a
las nueve, así que tenía dos horas por delante. Se puso el abrigo, se ajustó el
cuello de la camisa frente al espejo de la entrada, puso un poco de orden en su
cabello y le dio las gracias mil veces. Estaría de vuelta como muy tarde hacia
las siete. El contestador estaba conectado. Le dijo que, sobre todo, no
respondiera si llamaba Antoine; si necesitaba hablar con ella, él dejaría que
sonara dos veces, colgaría y volvería a llamar. Mathias se fue de la casa,
subió por la calle corriendo y llamó a un taxi en Oíd Brompton.
Sola
en el gran salón, Daniéle abrió su mochila y sacó dos cuadernos de
Clairefontaine; había dibujado un pequeño fantasma azul en la tapa de uno, y
uno rojo, en la del otro.
Cuando
cruzó Sloane Square, todavía desierta a esa hora de la mañana, Mathias miró su
reloj; llegaría a la hora a Waterloo.
La
salida de metro estaba frente a la entrada del puente de Waterloo. Yvonne cogió
las escaleras mecánicas. Cruzó la calle y miró las grandes ventanas del Saint
Vincent Hospital. Eran las siete y media, todavía le quedaba un poco de tiempo.
En la calzada, un taxi negro iba a toda velocidad hacia la estación.
Eran
las ocho. Con la pequeña maleta en la mano, Sophie llamó a un taxi que pasaba a
su lado. «Waterloo International», dijo ella a la vez que cerraba de nuevo la
puerta. El black cab subió por Sloane Avenue. La ciudad estaba resplandeciente;
alrededor de Eaton Square, los magnolios, almendros y cerezos estaban en flor.
La gran explanada del palacio de la reina estaba llena de turistas que miraban
el relevo de la guardia. La parte más bonita del trayecto empezaba en el
momento en que el coche entraba en el Birdcage Walk. Bastaba entonces con girar
la cabeza para ver a algunos metros a unas garzas grises picoteando los
cuidados céspedes de Saint James Park. Una joven pareja caminaba ya por un
sendero, y cada uno agarraba de una mano a una niña, a la que llevaban dando
saltos. Sophie se inclinó hacia el vidrio de separación para darle unas
instrucciones al conductor; en el semáforo siguiente, el coche cambió de
dirección.
—¿Y
tu partido de críquet? ¿No era hoy la final? —preguntó Yvonne.
—No
te pedí permiso para acompañarte porque me lo habrías negado —respondió John a
la vez que se levantaba.
—No
veo qué interés tienes en pasarte la mañana esperando. Los pacientes no tienen
derecho a ir acompañados.
—En
cuanto recojamos tus resultados, y no tengo duda alguna de que serán
satisfactorios, te llevaré a almorzar al parque, y después, si todavía estamos
a tiempo, asistiremos al partido que se juega esta tarde.
Eran
las ocho y cuarto. Yvonne presentó su hoja de cita en la taquilla de admisiones
diarias. Una enfermera acudió a su encuentro, empujando una silla de ruedas.
—Si
ustedes ponen todo de su parte para que uno tenga la impresión de estar
enfermo, ¿cómo quieren que mejoremos? —espetó Yvonne, quien se negaba a
sentarse en la silla.
La
enfermera dijo que lo sentía, pero el hospital no toleraba que se quebrantaran
las reglas. Las compañías de seguros exigían que todos los pacientes circularan
así. Furiosa, Yvonne cedió.
—¿Por
qué sonríes? —le preguntó ella a John.
—Porque
me doy cuenta de que, por primera vez en tu vida, estás obligada a hacer lo que
te digan... Y ver una cosa así bien vale todas las finales de críquet.
—¿Sabes
que me pagarás ese chascarillo cien veces?
—Aunque
fuera multiplicado por mil, seguiría siendo un buen negocio —dijo John riendo.
La
enfermera se llevó a Yvonne. Cuando John se quedó solo, su sonrisa desapareció.
Respiró hondo y se dirigió hacia los bancos de la sala de espera. El reloj de
la pared marcaba las nueve. La mañana iba a ser muy larga.
Cuando
volvió a su casa, Sophie abrió su maleta y colocó sus cosas en el armario. Se
puso su blusa blanca y se fue de la habitación.
Mientras
caminaba hacia su tienda, escribió un mensaje en su móvil: «Imposible ir este
fin de semana, dales un beso a papá y mamá por mí, tu hermana que te quiere».
Le dio a la tecla de envío.
Nueve
y media. Sentado junto a la ventana, Mathias veía desfilar la campiña inglesa.
En el altavoz una voz anunciaba la entrada inmediata en el túnel.
—¿No
le molestan los oídos cuando pasamos bajo el mar? —preguntó Mathias a la
pasajera que iba sentada delante de él.
—Sí,
noto un pequeño zumbido. Voy y vuelvo una vez por semana y conozco a algunas
personas a quienes les causa unos efectos secundarios más serios —respondió la
anciana dama, retomando inmediatamente el curso de su lectura.
Antoine
le dio al intermitente y salió de la MI. La carretera que bordeaba la costa era
la parte del viaje que prefería. A ese paso, llegaría al taller con media hora
de adelanto. Cogió el termo de café que había dejado en el asiento del
pasajero, se lo puso entre las piernas y desenroscó el tapón con una mano,
mientras agarraba el volante con la otra. Se lo llevó hasta los labios y
suspiró.
—¡Qué
idiota, es zumo de naranja!
Un
Eurostar corría en la lejanía. En menos de un minuto, desaparecería en un túnel
que pasaba por debajo de la Mancha.
Bute
Street seguía en calma. Sophie abrió las rejas de su escaparate. A algunos
metros de ella, Enya instalaba la terraza del restaurante. Sophie le dirigió
una sonrisa. Enya desapareció en la sala y volvió a salir unos minutos más
tarde con una taza en la mano.
—Ten
cuidado, quema —dijo ella, ofreciéndole un capuchino a Sophie.
—Gracias,
eres muy amable. ¿Yvonne no está aquí?
—Se
ha tomado el día libre —respondió Enya.
—Sí,
me lo había dicho, no sé dónde tengo la cabeza. No le digas que me has visto
hoy, no vale la pena.
—No
le he puesto azúcar, no sabía si tomabas —dijo Enya mientras volvía al trabajo.
En
su tienda, Sophie pasó la mano por la mesa de trabajo en la que cortaba sus
flores. La rodeó y bajó para coger la caja que contenía las cartas. Escogió una
del montón y volvió a poner la cajita en su lugar. Sentada en el suelo, oculta
tras el mostrador, leía en voz baja, y sus ojos se humedecieron. Qué idiota
era, tenía que gustarle hacerse daño. Decir que sólo estábamos el sábado. El
domingo era habitualmente su peor día. La soledad que la embargaba pesaba tanto
que, paradójicamente, no tenía fuerzas ni coraje para ir a buscar el consuelo
de los suyos. Desde luego, podría haber aceptado la invitación de su hermano,
no renunciar esa vez de nuevo. El habría ido a buscarla a la estación, como
estaba previsto.
Su
cuñada y su sobrina le habrían hecho mil preguntas durante el trayecto. Y al
llegar a casa de sus padres, cuando su padre o su madre le hubieran preguntado
cómo le iba la vida, probablemente se hubiera puesto a llorar. ¿Cómo iba a
explicarles que no había dormido en brazos de un hombre desde hacía tres años?
¿Cómo decirles que, por la mañana al desayunar, sentía que se ahogaba mirando
la taza de café? ¿Cómo podía describirles el peso de sus pasos cuando volvía
por la noche a su casa? El único momento de felicidad eran las vacaciones,
cuando veía a sus amigos; pero las vacaciones siempre se acababan y la soledad
recuperaba sus dominios. Así que, como iba a llorar de todos modos, al menos de
esa forma nadie la veía.
Y
aunque aquella vocecilla le decía que todavía estaba a tiempo de coger el tren,
no le veía el sentido. Al día siguiente por la tarde, sería todavía peor. Por
eso había preferido deshacer su maleta, y era mejor así.
La
fila de pasajeros que esperaban en el andén de la Gare du Nord no tenía fin.
Tres cuartos de hora después de bajar del Eurostar, Mathias subía por fin a
bordo de un taxi. Desde que los alrededores de la estación estaban en obras, le
explicó el chófer, sus colegas no querían ir. Acceder a ella, igual que salir,
era un periplo surrealista. Estuvieron de acuerdo en que el autor del plan de
circulación de la ciudad no debía de vivir en París, o que, si no, tenía que
ser un personaje salido de una novela de Orwell. El conductor se mostró
interesado por la evolución del tránsito en el centro de Londres desde que
habían instalado un peaje, pero a Mathias sólo le importaba la hora que veía en
el salpicadero. A juzgar por el embotellamiento del bulevar Magenta, no
llegaría pronto a la explanada de la torre de Montparnasse.
La
enfermera detuvo la silla frente a la marca del suelo. Yvonne ponía buena cara.
—Ya
está, ¿puedo levantarme ahora?
John
pensaba que el personal del hospital no la echaría de menos, pero se
equivocaba, la joven besó a Yvonne en las dos mejillas y confesó que no se
había reído tanto en años. El momento en que Yvonne había abroncado al jefe de
servicio Gisbert permanecería grabado en su memoria y en la de sus colegas para
siempre. Incluso cuando estuviera jubilada, se reiría al pensar en la cara de
su jefe cuando Yvonne le había preguntado si era doctor en medicina o en
tontería.
—¿Qué
te han dicho? —preguntó John en voz baja.
-—Que
me tendrás que soportar aún unos cuantos años más.
Yvonne
se puso las gafas para estudiar la factura que el agente hospitalario acababa
de deslizar le por debajo del cristal de la ventanilla.
—Tranquilíceme
en un aspecto: ¿esta suma no irá al bolsillo del inútil que se ha ocupado de
mí?
El
cajero le aseguró que no y rechazó el cheque que ella le ofrecía. Su honestidad
le impedía cobrar una segunda vez el coste de sus pruebas. El señor que estaba
detrás de ella había pagado ya la suma debida.
—¿Por
qué has hecho eso? —preguntó Yvonne al salir del edificio.
—No
tienes seguro, y estos chequeos son una ruina. Hago lo que puedo, y tú no me lo
pones fácil, mi querida Yvonne, por ocuparme de ti, así que por una vez que te
he pillado desprevenida, he aprovechado la oportunidad con cobardía.
Ella
se puso de puntillas para besar a John tiernamente en la frente.
—Bueno,
pues sigue un poco, y llévame a almorzar, tengo un hambre de lobo.
Los
primeros clientes de Enya se instalaron en la terraza. La pareja consultó el
menú del día y preguntó si el plato que habían tomado la semana anterior estaba
todavía en la carta. Se referían a un delicioso salmón cocido al vapor, servido
sobre un lecho de ensalada.
A
doscientos kilómetros de allí, un Austin Healey pasaba bajo el porche de
ladrillos de un gran taller de carpintería. Antoine aparcó en el patio y llegó
a pie a la recepción. El patrón lo recibió con los brazos abiertos y lo
acompañó a su despacho.
Decididamente,
los dioses no estaban de su parte. Después de haberse enfrentado a los
sinsabores de la circulación, Mathias estaba perdido en medio de la inmensa
explanada de la estación de Montparnasse. Un vigilante de la torre le indicó el
camino a tomar. Los estudios de televisión estaban en el lado opuesto en que se
encontraba él. Tenía que subir la calle de l'Arrivée y el bulevar de Vaugirard,
girar a la izquierda en el bulevar Pasteur y tomar la avenida de la segunda
división blindada que encontraría igualmente a su izquierda. Si corría,
llegaría en diez minutos. Mathias hizo una breve parada para comprar un ramo de
rosas a un vendedor ambulante y llegó al fin a la entrada de los estudios. Un
agente de seguridad le pidió que se identificara y buscó en su cuaderno el
número de extensión del Departamento de Imagen. Tras establecer la
comunicación, informó a un técnico de que estaban esperando a Audrey en la
entrada.
Ella
llevaba unos téjanos y una chambra que realzaba con simpatía la curva de sus
senos. Sus mejillas enrojecieron en cuanto vio a Mathias.
—¿Qué
estás haciendo aquí?
—Estaba
dando un paseo.
—Es
una bonita sorpresa; pero te lo suplico, esconde esas flores. Aquí no, todo el
mundo nos está mirando —susurró ella.
—Sólo
veo a dos o tres tipos allá, detrás del cristal.
—Los
dos o tres tipos en cuestión son el director de la redacción, el jefe del
informativo y una periodista que es la mayor portera de la empresa; así que te
lo ruego, sé discreto. Si no, me tendré que aguantar los cotilleos durante
quince días.
—¿Tienes
un momento libre? —preguntó Mathias a la vez que escondía el ramo detrás de su
espalda.
—Voy
a avisarles de que me voy una horita. Espérame en el café, ahora mismo voy.
Mathias
la miró cruzar la puerta. Detrás de la mampara, se podía ver el plato de
televisión donde se desarrollaba en directo la edición del telediario de la
una. Se acercó un poco, el rostro del presentador le resultaba familiar. Audrey
se volvió asombrada y le señaló con el dedo el camino de salida. Resignado,
Mathias obedeció y dio media vuelta.
Ella
lo alcanzó al final del camino; él la esperaba en un banco; a su espalda, se
estaban jugando tres partidas de tenis en un campo municipal. Audrey cogió las
rosas y se sentó a su lado.
—Son
muy bonitas —dijo ella antes de besarlo.
—Estate
alerta, tenemos tres agentes del SDEC detrás de nosotros que están disputando
un partido con otros tres agentes de la D.G.S.E.
—Siento
lo de antes, pero no tienes idea de qué hay allí.
—¿Un
plato de televisión, por ejemplo?
—No
quiero mezclar mi vida privada con mi trabajo.
—Lo
entiendo —dijo refunfuñando Mathias, con la mirada fija en las flores que
Audrey había dejado sobre las rodillas.
—¿Vas
a estar de morros?
—No,
pero es que he cogido el tren esta mañana, y no sé si te das cuenta de hasta
qué punto estoy contento de verte.
—Yo
estoy igual de contenta que tú —dijo ella, besándolo de nuevo.
—No
me gustan las historias de amor en que uno debe esconderse. Si siento algo por
ti, quiero poder decírselo a todo el mundo, quiero que las personas que me
rodeen compartan mi felicidad.
—¿Y
ése es el caso? —preguntó Audrey sonriendo.
—No
todavía..., pero ya llegaría. Y además, no le veo la gracia. ¿Por qué te ríes?
—Porque
has dicho «historia de amor», y eso me gusta de verdad.
—Entonces,
después de todo, ¿estás un poco contenta de verme?
—
¡Imbécil! Vamos, aunque trabajo para una cadena libre de televisión, como tú
dices, no puedo disponer tan libremente de mi tiempo.
Mathias
cogió a Audrey de la mano y la llevó hacia la terraza de un café.
—¡Nos
hemos dejado tus flores en el banco! —dijo Audrey a la vez que aminoraba el
paso.
—Déjalas,
están mustias. Las compré en la plaza de la torre. Me habría gustado comprarte
un ramo verdaderamente bonito, pero me he ido antes de que Sophie abriera.
Y
como Audrey no decía nada, Mathias añadió:
—Una
amiga, florista en Bute Street, ¡mira cómo tú te pones también un poco celosa!
Un
cliente acababa de entrar en la tienda. Sophie se ajustó la blusa.
—Buenos
días, vengo por la habitación —dijo el hombre dándole la mano.
—¿Qué
habitación? —preguntó Sophie intrigada.
Tenía
aspecto de explorador, y parecía algo perdido. Explicó que acababa de llegar
aquella mañana de Australia, y hacía escala en Londres antes de partir hacia la
costa Este de México. Había hecho la reserva por internet, e incluso había
pagado un anticipo, y estaba sin duda alguna en la dirección que figuraba en su
bono de reserva, como Sophie podía constatar por sí misma.
—Tengo
rosas salvajes, girasoles, peonías; además, la estación acaba de empezar y
están perfectas. Sin embargo, no tengo habitaciones de huéspedes —dijo,
riéndose con ganas—. Me temo que le han timado.
Desconcertado,
el hombre dejó su maleta junto a una funda que, a juzgar por la forma, protegía
una plancha de surf.
—¿Conoce
usted algún sitio asequible en el que pueda dormir esta noche? —preguntó él con
un acento que dejaba en evidencia sus orígenes australianos.
—Hay
un hotel muy mono cerca de aquí. Subiendo, lo encontrará al otro lado de Oíd
Brompton Road. Está en el número 16.
El
hombre se lo agradeció calurosamente y volvió a coger sus cosas.
—Es
cierto que sus peonías son magníficas —dijo él al salir.
El
patrón de la carpintería estudiaba los planos. De todas maneras, el proyecto de
McKenzie habría sido difícil de realizar en los plazos establecidos. Los
bocetos de Antoine simplificaban considerablemente el trabajo del taller; las
maderas todavía no habían sido servidas, y, por tanto, no habría problemas en
cambiar el pedido. Cerraron el acuerdo con un apretón de manos. Antoine podía
irse a visitar Escocia con total tranquilidad. El sábado siguiente a su
regreso, un camión conduciría los muebles hacia el restaurante de Yvonne. Los
obreros irían a la vez y se pondrían a trabajar; el martes por la tarde, todo
habría terminado. Era el momento de hablar de otros proyectos en curso; dos
cubiertos los esperaban en un albergue, situado apenas a diez kilómetros de
allí.
Mathias
miró su reloj: ¡ya eran las dos de la tarde!
—¿Y
si nos quedáramos un poco más en esta terraza? —dijo él con alegría.
—Tengo
una idea mejor —respondió Audrey, llevándolo de la mano.
Ella
vivía en un pequeño estudio ubicado en una torre frente al puerto de Javel. Si
cogían el metro, no tardarían ni un cuarto de hora en llegar. Mientras ella
llamaba a su redacción para anunciar el retraso y Mathias llamaba por teléfono
para cambiar el horario de regreso de su tren, el metro volaba sobre los
raíles. El tren se paró en la estación de Bir-Hakeim. Bajaron corriendo por las
grandes escaleras metálicas y se apresuraron más al llegar al andén de
Grenelle. Cuando llegaron a la explanada que rodeaba la torre, Mathias, sin
aliento, se inclinó hacia delante, con las manos en la rodillas. Se volvió a
levantar para contemplar el edificio.
—¿Qué
piso? —preguntó él con voz entrecortada.
El
ascensor subía hacia el vigésimo séptimo piso. La cabina era opaca, y Mathias
sólo prestaba atención a Audrey. Al entrar en el estudio, avanzó hasta la
ventana con vistas al Sena. Ella echó las cortinas para que no tuviera vértigo,
y él hizo lo propio quitándole la parte de arriba; ella dejó que su pantalón se
deslizara por sus piernas.
La
terraza no se vaciaba. Enya corría de mesa en mesa. Cobró la cuenta de un
surfero australiano y aceptó de buena gana guardarle la tabla. Sólo tenía que
apoyarla contra una pared de la oficina. El restaurante estaba abierto aquella
noche, así que podría pasar a buscarla hasta las diez. Ella le indicó el camino
que tenía que tomar y volvió enseguida al trabajo.
John
besó la mano de Yvonne.
—¿Cuánto
tiempo? —dijo él mientras le acariciaba la mejilla.
—Te
lo he dicho, me haré centenaria.
—¿Y
qué te han dicho los médicos?
—Las
mismas tonterías que de costumbre.
—¿Que
te tienes que cuidar, tal vez?
—Sí,
algo así. Ya sabes que es difícil entenderlos con su acento.
—Jubílate
y vente conmigo a Kent.
—Vamos,
si te escuchara, acortaría considerablemente la duración de mi vida. Sabes
perfectamente que no puedo dejar mi restaurante.
—Hoy
lo has hecho.
—John,
si mi restaurante tuviera que cerrar después de mi muerte, sería como morir dos
veces. Y además, tú me quieres como soy, y por eso te quiero yo.
—¿Sólo
por eso? —preguntó John con un tono ingenuo.
—No,
también por tus grandes orejas. Vamos al parque, nos vamos a perder tu final.
Aquel
día, no obstante, a John no le importaba nada el críquet. Cogió un poco de pan
de la cesta, pagó la cuenta y cogió a Yvonne del brazo. El la condujo hasta el
lago. Juntos darían de comer a las ocas que corrían ya a su encuentro.
Antoine
le dio las gracias a su anfitrión. Ambos volvían al taller. Antoine tenía que
detallar sus bocetos al jefe del mismo. En dos horas como máximo, podría volver
a casa. De todas maneras, no había razón para apresurarse porque Mathias estaba
con los niños.
Audrey
encendió un cigarrillo y volvió a acostarse con Mathias.
—Me
gusta el sabor de tu piel —dijo ella, acariciándole el torso.
—¿Cuándo
vendrás? —preguntó él al tiempo que daba una calada.
—¿Fumas?
—Lo
he dejado —dijo él tosiendo.
—Vas
a perder el tren.
—¿Eso
quiere decir que tienes que volverte al estudio?
—Si
quieres que vaya a verte a Londres, tengo que terminar de montar este
reportaje, que está a años luz de estar acabado.
—¿Tan
malas eran las imágenes?
—Todavía
peores, me veo obligada a recurrir a los archivos; no dejo de preguntarme por
qué mis rodillas te obsesionan tanto, prácticamente sólo has filmado eso.
—Es
culpa del visor ese, no mía —respondió Mathias mientras se vestía.
Audrey
le dijo que no la esperara, iba a aprovechar que estaba en su casa para
cambiarse y coger algo para picar. Para compensar el tiempo perdido, trabajaría
durante toda la noche.
—¿De
verdad has perdido el tiempo? —preguntó Mathias.
—No,
pero tú eres verdaderamente imbécil —respondió ella, y lo besó.
Mathias
ya estaba en el rellano. Audrey lo observó durante un buen rato.
—¿Por
qué me miras así? —preguntó él, al tiempo que llamaba al ascensor.
—¿No
hay nadie más en tu vida?
—Sí,
mi hija.
—¡Vete
entonces!
Y la
puerta del estudio se cerró tras el beso que le acababa de enviar.
—¿A
qué hora es tu tren? —preguntó Yvonne.
—Ya
que no quieres que vayamos a tu casa, y que Kent te queda demasiado lejos, ¿qué
te parecería dormir en un palacio?
—¿Tú
y yo en un hotel? John, ¿no eres consciente de nuestra edad?
—A
mis ojos no tienes edad, y cuando estoy contigo, yo tampoco la tengo. Nunca te
veré de forma diferente que con el rostro de aquella joven que entró un día en
mi librería.
—¡Eres
único! ¿Te acuerdas de nuestra primera noche?
—Recuerdo
que lloraste como una magdalena.
—Me
eché a llorar porque no me habías tocado.
—No
lo hice porque tenías miedo.
—Justamente
lloré porque tú te habías dado cuenta de eso, imbécil.
—He
reservado una suite.
—Vamos
a cenar a tu palacio, después ya veremos.
—¿Podré
intentar embriagarte?.
—Creo
que llevas haciéndolo desde que te conocí —dijo Yvonne, tomando su mano en la
suya.
Las
cinco y media. El Austin Healey iba por carreteras comarcales. Sussex era una
región magnífica. Antoine sonrió; a lo lejos, un Eurostar estaba parado en
medio del campo. Los pasajeros que iban a bordo no podrían llegar a tiempo a su
destino, mientras que él estaría en Londres en unas dos horas.
Las
cinco y treinta y dos. El controlador había anunciado que llegarían con una
hora de retraso sobre el horario previsto. A Mathias le habría gustado poder
llamar a Daniéle para avisarla. No había razón alguna para que Antoine llegara
antes que él, pero era preferible preparar una buena coartada. El campo era
magnífico, pero por desgracia para él, su móvil no tenía cobertura.
—Odio
las vacas —dijo él mientras miraba por la ventana.
La
jornada llegaba a su fin. Sophie guardó los pétalos en el cajón previsto para
ello. Siempre tiraba unos cuantos en sus ramos. Bajó la persiana metálica de la
tienda, se quitó la blusa y salió por la trastienda. Había refrescado, pero
había una luz demasiado bonita como para volver de inmediato a su casa. Enya la
invitó a elegir una mesa entre las que estaban libres, y había muchas. En la
sala del restaurante, un hombre con aspecto de explorador perdido estaba
cenando solo. Ella respondió a su sonrisa, dudó un momento, pero después le
hizo una señal a Enya para decirle que iba a cenar junto al muchacho. Siempre
había soñado con visitar Australia, tenía mil preguntas que hacerle.
Las
ocho. El tren llegaba por fin a la estación de Waterloo. Mathias se precipitó
por el andén y corrió por la cinta transportadora, esquivando a todos aquellos
que le estorbaban el paso. Llegó el primero a la parada de taxis, y le prometió
al chófer una propina sustancial si lo dejaba en South Kensington en media
hora.
El
reloj dio las ocho y diez; Antoine dudó y giró por Bute Street. Evidentemente,
la tienda de flores estaba cerrada, ya que aquel fin de semana Sophie estaba de
viaje. Con el brazo apoyado en el sillón vacío del pasajero, dio marcha atrás y
retomó el camino de Clareville Grove. Había un sitio justo delante de la casa.
Aparcó y cogió del maletero las dos miniaturas que el jefe del taller le había
hecho: un pájaro de madera para Emily, y el avión para Louis. Mathias no podría
reprocharle haberse olvidado de llevar algún regalo para los niños.
Cuando
entró en el salón, Louis le saltó a los brazos. Emily, que estaba a punto de
acabar un dibujo con la tía Daniéle, apenas levantó la cabeza.
Sophie
se había comido el primer plato en Sydney, había cortado el filete en Perth, y
saboreado una crema de caramelo mientras visitaba Brisbane. Estaba decidido,
algún día viajaría a Australia. Por desgracia, Bob Walley no podría hacerle de
guía en mucho tiempo. Su vuelta al mundo lo llevaría al día siguiente a México.
Un complejo vacacional a la orilla del mar le había prometido un empleo de
monitor de vela durante seis meses. ¿Después? No sabía nada, la vida guiaba sus
pasos. Soñaba con Argentina, después, dependiendo de sus medios, iría a Brasil
y a Panamá. La costa Oeste de los Estados Unidos sería la primera etapa del
periplo que haría al año siguiente. Tenía una cita en primavera con los amigos
para perseguir la gran ola.
—¿Dónde
exactamente de la costa Oeste? —preguntó Sophie.
—En
algún lugar entre San Diego y Los Ángeles.
—Vaya,
eso es precisión —dijo Sophie, riendo con ganas—. ¿Cómo consigues encontrarte
con tus amigos?
—Por
el boca a boca, al final siempre acabamos sabiendo dónde encontrarnos. El mundo
de los surferos es una pequeña familia.
—¿Y
después?
—San
Francisco, pues no podemos dejar de pasar por debajo del Goleen Gate con la
vela. Después buscaré un barco que me acepte a bordo y me iré a las islas de
Hawai.
Bob
Walley contaba con quedarse al menos dos años en el Pacífico, pues había muchos
atolones por descubrir. En el momento de pedir la cuenta, Enya le recordó al
joven surfero que no se olvidara la tabla que le había confiado. Lo esperaba
apoyada en la pared, en la entrada de la oficina.
—¿No
han querido guardársela en el hotel? —preguntó Sophie.
—Había
mencionado que la habitación había de tener un precio asequible... —respondió
Bob.
Para
continuar con su viaje, tenía que vigilar su presupuesto. No podía gastar en
una noche lo que le permitiría vivir casi durante un mes en América del Sur.
Pero Sophie no debía inquietarse.
El
tiempo era bueno; los parques de Londres, magníficos; y le gustaba dormir bajo
las estrellas. Solía hacerlo.
Sophie
pidió dos cafés. Un explorador australiano que se iba a México y no volvería
hasta el siglo siguiente... ¿Que no se inquietara porque pasara la noche fuera?
Eso era que no la conocía. Ella se sentía de repente culpable por haberle
aconsejado mal por la mañana; si aquel guapo surfero no había podido encontrar
una habitación a precio asequible, era un poco culpa suya... Qué mono era el
hoyuelo de su mentón... Sólo para dejar de sentirse culpable, sólo para eso...
Era una monada cómo se le marcaba al sonreír... Qué manos tan bonitas tenía...
Ojalá sonriera una sola vez más, sólo una mísera vez más... Sólo había que
encontrar el valor... Después de todo no debía de ser tan difícil decirlo...
—No
conoce usted la región, pero en Londres puede llover a cualquier hora, sobre
todo por la noche, y cuando llueve, llueve de verdad.
Sophie
cogió discretamente la cuenta, la arrugó y la tiró discretamente bajo la mesa.
Le indicó a Enya que iría a pagar al día siguiente.
Un
poco más tarde, Bob Walley le cedía el paso a Sophie para entrar en su
apartamento, John hacía lo mismo con Yvonne en el umbral de la suite que había
reservado en el Carlton, y cuando Mathias introdujo su llave en la cerradura de
la puerta, fue Antoine quien le abrió la puerta. Acababa de acompañar a Daniéle
a un taxi...
Las
imágenes desfilaban a toda velocidad. Audrey apretó una tecla de la mesa de
montaje para parar la cinta. En la pantalla, reconoció la antigua planta
eléctrica, con sus cuatro chimeneas gigantescas. En la plaza, micro en mano,
sonreía; su rostro estaba completamente desenfocado, pero recordaba
perfectamente que sonreía. Abandonó su mesa y decidió que era el momento de
bajar a buscarse un café bien caliente a la cafetería. La noche iba a ser muy
larga.
De
pie, frente al fregadero, Mathias secaba la vajilla. Junto a él, Antoine, con
el delantal atado a la cintura y guantes de goma, limpiaba enérgicamente un
cucharón a esponjazos.
—Vas
a rayar la madera con el lado del estropajo.
Antoine
lo ignoró. Durante toda la noche, no había pronunciado palabra. Después de
cenar, Emily y Louis, que habían notado que amenazaba tormenta en casa, habían
preferido mantenerse a distancia para revisar las clases del día; antes de
irse, Daniéle les había dejado deberes que hacer.
—¡Eres
un cabezón! —dijo Mathias a la vez que dejaba un plato a secar.
Antoine
abrió la basura y tiró el cucharón y la esponja. Después se agachó para coger
una nueva de un armario.
—¡De
acuerdo, he incumplido tu sacrosanta regla! —continuó Mathias enfadado—. He
tenido que ausentarme dos horas al final del día, apenas dos horas, y me he
permitido hacer una llamada a una amiga de Yvonne para que cuidara a los niños.
¿Dónde está el problema? Y además, ellos la adoran.
—¡Una
canguro! —gruñó Antoine.
—¡Estás
limpiando un vaso de plástico! —gritó Mathias.
Antoine
se quitó el delantal y lo tiró de cualquier manera al suelo.
—Te
recuerdo que habíamos dicho...
—Habíamos
dicho que nos íbamos a divertir, no que íbamos a hacerle la competencia a la
caseta de Don Limpio en la Feria de París.
—¡No
respetas nada! —respondió Antoine—. Nos habíamos fijado tres reglas, sólo tres
míseras reglas.
—¡Cuatro!
—replicó Mathias en el mismo tono—. Y no he encendido ni un cigarrillo en casa,
¡así que vigila lo que dices! Me agotas, yo me voy a acostar. ¡Ah, qué bien nos
lo vamos a pasar en las vacaciones!
—Esto
no tiene nada que ver con las vacaciones.
Mathias
subió las escaleras y se detuvo en el último peldaño.
—Escúchame
bien, Antoine, a partir de mañana, cambio la regla. Nos comportaremos como una
pareja normal; si necesitamos a una canguro, la llamaremos —concluyó él antes
de entrar en su habitación.
Solo
junto a la barra, Antoine se quitó los guantes y miró a los niños, que estaban
sentados en el suelo con las piernas cruzadas. Emily estaba utilizando unas
tijeras; Louis cogió la barra de pegamento. Minuciosamente pegaron las fotos
recortadas y compararon los colages que habían hecho en sus cuadernos.
—¿Qué
estáis haciendo exactamente? —preguntó Antoine.
—¡Una
exposición sobre la vida familiar! —respondieron Emily y Louis al tiempo que
escondían su trabajo.
Antoine
dudó durante un momento.
—Es
hora de ir a acostarse, mañana hay que despertarse al alba para irnos a
Escocia. Vamos, todo el mundo a la cama.
Emily
y Louis no se hicieron de rogar y recogieron sus cosas. Después de acostar a su
hijo, Antoine apagó la luz y esperó algunos instantes en la penumbra.
—Supongo
que me daréis vuestra exposición sobre la vida familiar para que la lea antes
de dársela a la maestra.
Cuando
entró en el cuarto de baño, se topó de frente con Mathias, ya en pijama, que se
estaba cepillando los dientes.
—¡Y
además, me gustaría hacerte notar que he pagado yo a la canguro! —dijo él a la
vez que dejaba el vaso sobre la mesita.
Mathias
se despidió de Antoine y salió de la habitación. Cinco segundos más tarde,
Antoine volvía a abrir la puerta para gritar:
—¡La
próxima vez, mejor págate unas clases de francés, porque tu nota de esta mañana
estaba llena de faltas de ortografía! Pero Mathias ya estaba en su habitación.
Los
últimos clientes se habían ido. Enya cerró la puerta y apagó el neón de la
parte delantera. Limpió la sala, se aseguró de que las sillas estaban colocadas
correctamente en las mesas y volvió a la oficina.
Verificó
una última vez que todo estaba en orden, y tras el mostrador repasó y vació la
caja tal y como Yvonne le había pedido; separó las propinas de la recaudación y
metió los billetes en un sobre. Lo escondería bajo su colchón y se lo daría a
Yvonne cuando volviera. Quiso volver a cerrar la caja registradora, pero estaba
bloqueada; metió la mano y notó algo que estorbaba al fondo. Era una cartera
muy vieja de cuero. Picada por la curiosidad, Enya la abrió y halló una hoja de
papel amarillento que desdobló.
7 de
agosto de 1943
Hija
mía, mi tierno amor:
Esta
es la última carta que te escribo. Dentro de una hora me van a fusilar. Me iré
con la cabeza alta, orgulloso de no haber hablado. No te inquietes por esta
gran desgracia que nos toca vivir; yo sólo moriré una vez, pero los cerdos que
me van a disparar morirán siempre que la historia los mencione. Te dejo como
herencia un apellido del que estar orgullosa.
Quería
alcanzar Inglaterra, y voy a desangrarme en el patio de una prisión de Francia;
pero tanto por ti, como por ella, vuestra libertad bien vale mi vida. He
luchado por una humanidad mejor y confío plenamente en que cumplirás los sueños
que yo no pude realizar.
Nunca
renuncies a lo que empieces, la libertad de los hombres tiene este precio.
Mi
pequeña Yvonne, pienso en el día en que te llevé a la gran noria de Ternes.
Estabas muy guapa con tu vestido de flores. Señalabas con el dedo los tejados
de París. Recuerdo la promesa que hiciste. Además, antes de que me arrestaran,
escondí para ti en una consigna un poco de dinero que conseguí ahorrar; te
ayudará. Ahora sé que los sueños no tienen precio, pero tal vez te sirva para
realizar el tuyo, cuando yo ya no esté. Dejo la llave en esta cartera. Tu madre
sabrá guiarte donde sea necesario.
Oigo
los pasos que se acercan. No tengo miedo por mí, sólo por ti.
Ya
ves, oigo la llave girar en la cerradura de mi celda y sonrío pensando en ti,
hija mía. Abajo en el patio, atado al palo, diré tu nombre.
Aunque
muera, nunca te abandonaré. En mi eternidad, serás mi razón de ser.
Cumple
tus sueños, eres mi gloria y mi orgullo.
Tu
papá que te quiere
Confusa,
Enya volvió a doblar la carta y la volvió a poner en su lugar en la cartera,
cerró la caja registradora y apagó las luces de la sala. Cuando subió la
escalera, le pareció que detrás de ella, los peldaños de madera crujían bajo
los pasos de un padre que nunca había llegado a abandonar a su hija.
Capítulo
14
Cada
uno se había encargado de despertar al padre del otro. Louis saltaba con los
pies juntos sobre la cama de Mathias, y Emily había levantado bruscamente la
colcha de la de Antoine. Una hora más tarde, en medio de gritos y empujones
—Mathias no encontraba los billetes, y Antoine no estaba seguro de haber
cerrado la llave del gas— el taxi se dirigía por fin al aeropuerto de Gatwick.
Tuvieron que cruzar la terminal corriendo para conseguir embarcar, los últimos,
antes del cierre de la pasarela. El Boeing 737 de la British Midlan aterrizó en
Escocia a la hora del almuerzo. Mathias había creído, al llegar a Londres, que
tener que utilizar el inglés sería un infierno para él, pero su encuentro con
el encargado del servicio del alquiler de coches del aeropuerto de Edimburgo le
mostró que hasta ese momento sólo había conocido el purgatorio.
—No
entiendo ni una palabra de lo que dice este tipo. Un coche es un coche, ¿no?
¡Te juro que parece que tenga un bombón en la boca! —gruñó Mathias.
—Déjame,
ya me ocupo yo —respondió Antoine a la vez que lo empujaba.
Una
media hora más tarde, el Kangoo verde manzana tomaba la autovía M9 en dirección
norte. Cuando pasaron la ciudad de Lilinthgow, Mathias prometió un helado de
seis bolas al primero de los tres que consiguiera pronunciar el nombre. Después
de perderse al rodear Falkirk, llegaron al caer la noche a la resplandeciente
ciudad de Airth, cuyo castillo dominaba la orilla de Forth. Allí pasarían la
noche.
El
mayordomo que los acogió era tan encantador como repulsivo. Su rostro estaba
surcado por cicatrices, y llevaba un parche en el ojo izquierdo. Su voz aguda
no pegaba en absoluto con su aspecto de viejo corsario. Ante las incesantes
peticiones de los niños y a pesar de la hora avanzada, aceptó gustoso
enseñarles el lugar. Emily y Louis saltaron de alegría cuando abrió las puertas
de dos pasadizos secretos que salían del gran salón. Uno permitía llegar a la
biblioteca; el otro, a la cocina. Cuando los condujo hacia el último piso del
torreón, explicó en tono serio que las habitaciones 3, 9 y 23 eran más frías
que las otras durante la noche, y que era normal porque estaban encantadas.
Conforme a las reservas realizadas, les habían guardado esas dos últimas, cada
una con dos camas.
Antoine
se acercó al oído de Mathias.
—¡Tócalo!
—¿De
qué estás hablando?
—Te
digo que lo toques, sólo para verificar que es de verdad.
—¿Has
bebido?
—Mira
la cara que tiene... ¿Quién te dice que no es un espectro? Tú has sido el que
quería que viniéramos aquí. Arréglatelo como puedas, rózalo si prefieres, pero
quiero ver con mis propios ojos que tu mano pasa a través de su cuerpo.
—Eres
ridículo, Antoine.
—Te
lo advierto, no doy un paso más si no lo haces.
—Como
quieras...
Así,
aprovechando la penumbra que reinaba al fondo del pasillo, Mathias le pellizcó
el muslo al mayordomo, que se sobresaltó.
—Bien,
¿ya estás contento? —susurró Mathias.
Enojado,
el hombre se volvió y miró fijamente a los dos amigos con el único ojo que le
quedaba.
—¿Prefieren
ustedes que instalemos las dos camas pequeñas en la misma habitación y las
suyas en la otra?
Al
notar cierta ironía punzante en la pregunta, Mathias, con voz grave, confirmó
enseguida que cada padre dormiría con su hijo.
De
vuelta a la recepción, Antoine se acercó a Mathias.
—¿Te
puedo hablar sólo un minuto? —murmuró él, llevándoselo aparte.
—¿Qué
pasa ahora?
—Tranquilízame:
todo eso de las historias de fantasmas es una broma, ¿verdad? ¿No creerás que
este sitio está encantado de verdad?
—¿Y
en un telesilla en las pistas de esquí me preguntarás si hay verdaderamente
nieve en la montaña?
Antoine
carraspeó y volvió junto al recepcionista.
—Está
decidido, todos compartiremos la misma habitación con una cama grande para los
niños y otra para los padres, ya nos apretaremos. Y además, como ha dicho que
hacía frío, evitaremos un resfriado.
Emily
y Louis estaban eufóricos, las vacaciones empezaban estupendamente bien.
Después de la cena frente a la chimenea del comedor, donde un fuego de leña
crepitaba en el hogar, Mathias abrió la marcha hacia las escaleras del torreón.
La habitación que ocupaban era magnífica. Dos grandes camas con baldaquín, de
madera cincelada y con adornos rojos, estaban frente a las ventanas que daban a
la rivera. Emily y Louis se durmieron en cuanto se apagó la luz. Mathias se
puso a roncar en medio de una frase. Antoine, al contrario, ante el primer
ulular de una lechuza, se pegó a él y no se movió en toda la noche.
A la
mañana siguiente, se les sirvió un desayuno copioso ante de irse. A
continuación, se dirigieron en el coche hacia su próxima etapa. Pasaron toda la
tarde visitando el castillo de Stirling. El impresionante edificio había sido
construido sobre rocas volcánicas.
El
guía les contó la historia de lady Rose. Esa bella y turbadora mujer debía su
nombre al color del vestido de seda que siempre llevaba su fantasma cuando lo
habían visto.
Algunos
decían que era María, la reina de Escocia coronada en 1553 en la vieja capilla;
otros preferían creer que se trataba de una viuda desgraciada, que buscaba la
sombra de un marido, muerto en medio de terribles combates durante el sitio que
llevó a cabo Eduardo I para apoderarse del castillo en 1304.
Aquellos
lugares están también encantados por el espíritu de lady Grey, intendente de
María Estuardo que salvó a esta última de una muerte certera apoderándose de
sus sábanas, a las que acababan de prender fuego. Por desgracia, con cada
aparición de lady Grey, sobrevenía una tragedia en el castillo.
—¡Cuando
pienso que nos podríamos haber pasado las vacaciones en el Club Med! —gruñó
Antoine en aquel momento de la visita.
Emily
lo obligó a callarse, pues no podía oír lo que decía el guía.
Asimismo,
aquella noche habría que aguzar el oído para escuchar los pasos misteriosos que
resonaban desde los contrafuertes. Eran los de Margarita Tudor, que cada noche
esperaba el regreso de su marido Jaime IV, quien había desaparecido en los
combates contra el ejército de su cuñado Enrique VIII.
—Comprendo
perfectamente que lo perdiera, ¿cómo se iba a aclarar con todos esos números?
—exclamó Mathias.
Aquella
vez fue Louis quien lo llamó al orden.
A la
mañana siguiente, Louis y Emily estaban más impacientes que nunca. Aquel día
iban a visitar el castillo de Gladis, famoso por ser uno de los más bellos y
más encantados de Escocia. El guardián estaba encantado de recibirlos; el guía
habitual estaba enfermo, pero él sabía mucho más. De las habitaciones al
pasillo y de los pasadizos a los torreones, el anciano les explicó que la reina
madre había residido en aquel lugar cuando era niña, y que volvió para traer al
mundo a la encantadora princesa Margarita. Pero la historia del castillo se
remontaba a la noche de los tiempos, también había sido la morada del más
infame de los reyes de Escocia, Macbeth.
Las
piedras albergaban allí una multitud de fantasmas.
Aprovechando
una pausa —las escaleras de la torre del reloj habían agotado las piernas de su
guía—, Mathias se apartó del grupo. Para su gran desespero, su teléfono móvil
no tenía cobertura. Hacía dos días que le había enviado el último mensaje a
Audrey. De camino a otras habitaciones, se enteraron de que se podía ver el
espectro de un joven criado, muerto de frío, y el de una mujer sin lengua que
deambulaba por los pasillos al caer la noche. No obstante, el mayor de los
misterios era el de la habitación desaparecida. Desde el exterior del castillo,
se podía ver perfectamente la ventana, pero desde el interior, nadie podía
encontrar la entrada. La leyenda contaba que el conde de Gladis estaba jugando
a las cartas en compañía de amigos y que se había negado a interrumpir la
partida cuando el reloj de la torre anunciaba la llegada del domingo. Un
extranjero vestido con una capa negra se unió entonces a ellos. Cuando un
criado les llevó la comida, descubrió a su señor jugando con el diablo en medio
de un círculo de fuego. La habitación fue entonces sellada y se perdió la
entrada para siempre; sin embargo, el guía, al terminar la visita, añadió que
por la noche, desde sus habitaciones, tendrían el placer de escuchar el reparto
de cartas.
De
vuelta al parque, Antoine hizo una confesión: ya no aguantaba más esas
historias de desaparecidos; no era cuestión de que un hombre congelado le
atendiera si tenía la mala idea de llamar al servicio de habitación por la
noche, y mucho peor era tener por vecina a una mujer sin lengua.
Furioso,
Louis le reprochó que no supiera nada en materia de fantasmas, y como su padre
no veía adonde quería llegar, Emily acudió al rescate.
—Los
espectros y los aparecidos no tienen nada que ver. Si estuvieras un poco
informado, sabrías que hay tres categorías de fantasmas: los luminosos, los
subjetivos y los objetivos, y, aunque te puedan dar algo de canguelo, son todos
inofensivos; mientras que tus aparecidos, como dices cuando lo confundes todo,
son muertos vivientes y son malvados. ¡Así que ya ves que no tienen nada que
ver!
—¡Vale,
pues ectoplasma o cataplasma, yo esta noche duermo en un Holiday Inn! Y además,
¿me podríais explicar desde cuándo sois expertos en fantasmas vosotros dos?
—respondió Antoine, mirando a los niños.
Mathias
intervino de inmediato.
—¡Ahora
no te irás a quejar porque nuestros niños sean cultos!
Mathias
trituraba su móvil en el fondo del bolsillo de su impermeable. En un hotel
moderno, tendría más probabilidades de poder hacer una llamada; era el momento
de ayudar a su amigo. Anunció a los niños que esa noche cada uno tendría su
habitación. Aunque las camas de los castillos escoceses eran inmensas, no
dormía demasiado bien desde que compartía la suya con Antoine. Aunque los guías
habían dicho que las habitaciones eran glaciales, había tenido mucho calor las
últimas noches.
Y
cuando se alejaron hacia el coche, caminando delante de Louis y Emily, que
seguían enfadados, los fantasmas del lugar habrían podido oír una extraña
conversación...
—Sí,
te juro que te me has pegado. ¡Primero te mueves continuamente, y luego te me
pegas!
—No,
de eso nada. Además, roncas.
—Vaya,
eso sí me sorprendería. Ninguna mujer me ha dicho jamás que roncara.
—¿Ah,
sí? ¿Y cuándo fue la última noche que pasaste con una mujer? Carolina Leblond
ya decía que roncabas.
—¡Cállate!.
Por
la tarde, mientras se instalaban en el Holiday Inn, Emily llamó a su madre para
explicarle su día en el castillo. Valentine se alegraba de oír su voz. Desde
luego, la echaba de menos; todas las noches antes de dormir, le daba un beso a
su foto, y en la mesa siempre tenía a la vista el dibujo que le había dado
Emily... Sí, a ella también se le estaba haciendo larga la separación, pero
iría a verla muy pronto, tal vez el mismo fin de semana después de su vuelta.
Sólo tenía que pasarle con su padre y lo organizaría todo con él. Ella tenía
que participar en un seminario el sábado, pero cuando saliera, cogería
directamente el tren... Prometido, iría a buscarla el domingo por la mañana y
pasarían el día juntas... Sí, como hacían cuando vivían juntas, pero ahora
tenía que pensar en aquellos castillos tan bonitos y aprovechar esas vacaciones
maravillosas que le regalaba su padre... Y Antoine, sí, ¡desde luego!
Mathias
habló con Valentine y le volvió a pasar el auricular a su hija. Cuando Emily
colgó, él le hizo una señal a Antoine para que mirara discretamente a Louis. El
pequeño estaba sentado solo frente a la televisión, mirando fijamente la
pantalla; pero el aparato estaba apagado.
Antoine
abrazó a su hijo y le hizo una carantoña que contenía el amor de cuatro brazos
juntos.
Aprovechando
que Antoine estaba bañando a los niños, Mathias volvió a la recepción tras
pretextar que se había olvidado el jersey en la Kangoo.
En
el vestíbulo, consiguió ayudándose con gestos y aspavientos que el conserje lo
entendiera. Por desgracia, el hotel sólo tenía un ordenador, en el despacho de
contabilidad, y los clientes no tenían acceso ni podían enviar correos
electrónicos. De todos modos, el empleado le propuso amablemente enviar uno por
él, en cuanto su jefe no mirara. Unos minutos más tarde, Mathias le dio un
texto garabateado en un trozo de papel.
A la
una de la mañana, Audrey recibió el siguiente mensaje: «Mi e ido en Eccocia con
los niños, vuelto sábado próximo, impasible verte. Te eco de menis
teribalamente. Matthiew».
A la
mañana siguiente, cuando Antoine ya estaba al volante de la Kangoo y los niños
con los cinturones puestos en los asientos de atrás, el recepcionista cruzó
corriendo el aparcamiento del hotel para darle un sobre a Mathias, en el que
podía leerse: «Mi Matthiew, estaba inquieta por no poder verte, espero que
tengas un buen viaje, me gustan mucho Eccocia y los eccoceses. Iré a verte muy
pronto, yo también te eco de menis. Muco. Tu Hepburn».
Feliz,
Mathias dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo.
—¿Qué
era? —preguntó Antoine.
—Un
duplicado de la cuenta del hotel.
—¿Yo
pago la noche y te dan a ti la factura?
—Tú
no puedes incluirla en tus gastos, pero yo sí. Ahora, deja de hablar y estate
atento a la carretera; si leo bien el mapa, tienes que tomar el siguiente
desvío a la derecha. Te he dicho a la derecha, ¿por qué giras a la izquierda?
—Porque
tienes el mapa al revés, bobo.
El
coche subía hacia el norte, en dirección a las Highlands. Se pararían en el
precioso pueblo de Speyside, célebre por sus destilerías de whisky; después de
la comida del mediodía, irían todos a visitar el famoso castillo de Candor.
Emily explicó que estaba tres veces encantado, primero por un ectoplasma
misterioso vestido por completo de seda violeta, después por el célebre John
Campbell de Candor, y, finalmente, por la triste mujer sin manos. Y cuando se
enteró de quién era la tercera habitante del lugar, Antoine pisó el pedal del
freno y el coche derrapó más de cincuenta metros.
—¿Qué
mosca te ha picado?
—¡Debéis
elegir ahora mismo! O almorzamos o vamos a ver a la mujer de los muñones, no
podemos hacer las dos cosas, ¡demasiado es demasiado!
Los
niños bajaron la cabeza y se abstuvieron de hacer cualquier otro comentario. Se
tomó una decisión: Antoine estaba exento de la visita, los esperaría en el
albergue.
En
cuanto llegaron, Emily y Louis se escabulleron para ir a la tienda de recuerdos
y dejaron a Antoine y a Mathias solos en la mesa.
—Lo
que me fascina es que llevamos durmiendo tres días en sitios cada uno más
angustioso que el anterior, y pareces estar pillándole el gusto. Esta mañana,
durante la visita al castillo, actuabas como si tuvieras la edad mental de un
niño de cuatro años —dijo Antoine.
—A
propósito del gusto —respondió Mathias mientras leía el menú—, ¿te apetece
tomar el plato del día? Siempre está bien probar las especialidades locales.
—Eso
depende. ¿Qué es?
—Haggis.
—No
tengo ni idea de lo que es, pero está bien —dijo Antoine a la camarera que les
tomaba nota.
Diez
minutos más tarde, ésta puso frente a él un estómago de oveja relleno, y
Antoine cambió de opinión. Un par de huevos al plato bastarían, tampoco tenía
mucha hambre. Al final de la comida, Mathias y los niños se fueron a hacer su
visita y dejaron allí a Antoine.
En
la mesa vecina, un joven y su compañera hablaban de sus proyectos de futuro.
Aguzando el oído, Antoine pudo entender que su vecino era arquitecto como él.
Antoine, que, solo en la mesa, se moría de aburrimiento, ya tenía una segunda
razón para meterse en la conversación.
Antoine
se presentó, y el hombre le preguntó si era francés, tal y como había creído
adivinar. Antoine no debía ofenderse bajo ningún motivo, ya que su inglés era
perfecto; pero tras haber vivido él mismo dos años en París, le resultaba fácil
identificar el ligero acento.
Antoine
adoraba Estados Unidos y quiso saber de qué ciudad provenían. Él también había
reconocido su acento.
La
pareja era originaria de la costa Oeste, vivían en San Francisco y se estaban
tomando unas merecidas vacaciones.
—¿Han
venido a Escocia a ver fantasmas? —preguntó Antoine.
—No,
eso ya lo puedo hacer en casa, me basta con abrir los armarios —dijo el joven,
mirando a su compañera.
Ella
le dio un puntapié por debajo de la mesa.
Él
se llamaba Arthur, y ella, Lauren. Ambos iban a recorrer Europa siguiendo casi
al pie de la letra el itinerario recomendado por una pareja de viejos amigos,
George Pilguez y su compañera, que habían vuelto encantados del viaje que
habían hecho el año anterior. Además, durante su periplo, se habían casado en
Italia.
—¿Y
ustedes también han venido a casarse? —preguntó Antoine picado por la
curiosidad.
—No,
todavía no —respondió la esplendorosa joven.
—Pero
estamos festejando otro feliz acontecimiento —continuó su vecino—, Lauren está
embarazada, esperamos a nuestro bebé para finales de verano. Sin embargo, no se
puede decir, por ahora es un secreto.
—¡No
quiero que se enteren en el Memorial Hospital, Arthur! —dijo Lauren.
Ella
se volvió hacia Antoine y lo cogió aparte.
—Acaban
de hacerme titular, y prefiero evitar que circulen rumores de que voy a faltar
por los pasillos. ¿No le parece normal?
—El
verano pasado la nombraron jefa de servicio, y su trabajo la obsesiona un poco
—repuso Arthur.
La
conversación se alargó: la joven médica era una contertulia sin igual; Antoine
estaba maravillado por la complicidad que demostraba tener con su compañero.
Cuando se excusaron, tenían todavía viaje por delante; Antoine les felicitó por
el bebé y les prometió que sería discreto. Si un día visitaba San Francisco,
esperaba no tener motivo alguno para ir al Memorial Hospital.
—No
jure nada, créame, ¡la vida tiene más imaginación que nosotros!
Al
irse, Arthur le dio su tarjeta tras hacerle prometer que si un día iba a
California, los llamaría.
Mathias
y los niños volvieron locos de alegría por la tarde. Antoine tendría que
haberlos acompañado, pues el castillo de Candor era magnífico.
—¿Qué
te parecería conocer San Francisco el año que viene? —preguntó Antoine cuando
ya estaban de nuevo en la carretera.
—Las
hamburguesas no me van —respondió Mathias.
—Tampoco
a mí el haggis, y aquí estoy.
—Bueno,
vale, ya veremos el año que viene. ¿No puedes ir más rápido?
Al
día siguiente, se fueron al sur e hicieron una larga parada a orillas del lago
Ness. Mathias apostó cien libras esterlinas a que Antoine no sería capaz de
meter un pie en el lago, y ganó la apuesta.
El
viernes por la mañana, las vacaciones se acababan ya. En el aeropuerto de
Edimburgo, Mathias bombardeó a Audrey con mensajes. Envió uno escondido detrás
de un quiosco de periódicos; otros dos, desde los lavabos donde había tenido
que volver para recoger una bolsa olvidada al pie del lavabo; un cuarto,
mientras Antoine pasaba por el arco de seguridad; un quinto, a sus espaldas
mientras bajaban por la pasarela que llevaba al avión; y el último, mientras
Antoine guardaba los abrigos de los niños en los compartimentos de equipajes.
Audrey estaba contenta por su vuelta, tenía unas ganas locas de verlo e iría de
visita pronto.
En
el avión que los llevaba, Antoine y Mathias discutieron, como a la ida, para no
sentarse junto a la ventanilla.
A
Antoine no le gustaba quedarse arrinconado al fondo de la fila, y Mathias le
recordaba que tenía vértigo.
—Nadie
tiene vértigo en un avión, eso lo sabe todo el mundo —gruñó Antoine a la vez
que se sentaba de mala gana.
—Cuando
miro el ala, yo sí lo tengo.
—Pues
no la mires. De todas maneras, ¿qué interés tiene mirar un ala? ¿Tienes miedo
de que se despegue?
—No
tengo miedo en absoluto. Tú eres el que teme que se caiga el ala, y por eso no
te quieres sentar junto a la ventanilla. ¿Quién se aprieta los puños cuando hay
turbulencias?
De
vuelta en Londres, Emily resumió perfectamente la amistad que ligaba a los dos
hombres. Le confió a su diario íntimo que Antoine y Mathias eran iguales pero
muy diferentes, y esa vez, Louis no añadió nada al margen.
Capítulo
15
En
el despacho del director de información, aquel viernes por la mañana, Audrey
recibió una noticia que la volvió loca de alegría. La redacción de la cadena,
satisfecha por su trabajo, había decidido otorgar más importancia a su tema.
Para completar su reportaje, debería ir a la ciudad de Ashford, donde se había
instalado una parte de la comunidad francesa. Lo mejor para realizar las
entrevistas sería encontrarse con las familias el sábado al mediodía a la
salida de la escuela. Audrey aprovecharía también para volver a grabar algunas
imágenes inutilizables a causa de una historia que el director de información
no entendía en absoluto. Durante toda su carrera, nunca había oído hablar de
«un visor de cámara que no encuadraba los planos», pero siempre había una
primera vez para todo. Un cámara profesional se reuniría con ella en Londres.
Apenas tenía tiempo de ir a casa a hacer la maleta, ya que su tren salía en
tres horas.
La
puerta se había abierto, pero Mathias no había salido de la trastienda; a
aquella hora de la mañana, muchas personas que esperaban que llegara la hora
del final de la jornada escolar entraban en su local a hojear una revista y
volvían a irse unos minutos más tarde sin comprar nada. No obstante, al oír una
voz ligeramente ronca que preguntaba si tenía el Lagarde y Michard, dejó caer
su libro y se precipitó hacia la librería.
Se
miraban, los dos sorprendidos por la felicidad de verse; para Mathias, la
sorpresa era total. La cogió entre sus brazos, y esa vez fue ella la que casi
sintió vértigo. ¿Durante cuánto tiempo iba a estar allí?... ¿Para qué hablar de
su partida si acababa de llegar?... Porque el tiempo sin verla le había
parecido muy largo... Cuatro días allí, iba a ser muy corto... Tenía la piel
suave, tenía ganas de ella... Ella tenía en el bolsillo de su impermeable la
llave del apartamento de Brick Lane... Sí, encontraría un modo para dejar a su
hija a buen cuidado. Antoine se ocuparía de ello... ¿Antoine?... Un amigo con
el que se había ido de vacaciones. Pero ya habían hablado bastante. Estaba tan
contento de verla, tenía tantas ganas de oír su voz... Ella tenía que
confesarle algo, sentía un poco de vergüenza; pero como le había costado tanto
contactar con él cuando estaba en Escocia... Le costaba decirlo... Había
acabado por creer que estaba casado, que le mentía. Todos aquellos mensajes que
llegaban antes de la cena, y después, los silencios durante las noches. Lo
sentía. muchísimo, pero eso le pasaba por cicatrices que tenía del pasado...
Desde luego que no estaba enfadado, al contrario, ahora estaba todo claro, era
mucho mejor que las cosas se hubieran aclarado. Evidentemente, Antoine sabía lo
suyo con ella, en Escocia no había dejado de hablarle de ella. Y se moría de
ganas de conocerla, tal vez no aquel fin de semana, porque tenían poco tiempo y
sólo quería estar con ella... Ella volvería a última hora de la noche, ahora
tenía una cita en Pimlico con un cámara que se llevaba a Ashford. Por
desgracia, sí, estaría fuera al día siguiente, tal vez también el domingo; era
verdad, al final sólo les quedarían dos días... Tenía que irse de verdad,
llegaba tarde. No, no podía acompañarla a Ashford, la cadena había exigido que
la filmara un profesional... No tenía razón alguna para poner esa mala cara, su
colega estaba casado y esperaba un niño... Tenía que dejarla irse, iba a
perderse su cita... También quería besarlo de nuevo. Se verían en el bar de
Yvonne hacia las ocho.
Audrey
se subió a un taxi, y Mathias se precipitó al teléfono. Antoine estaba reunido,
pero se conformó con que McKenzie le avisara de que les diera la cena a los
niños y de que no lo esperara. No pasaba nada grave; un amigo parisino, de paso
por Londres, le había dado una sorpresa al entrar en su librería. Su mujer
acababa de abandonarlo y le pedía la custodia de los hijos. Su amigo estaba
hecho polvo, e iba a intentar animarlo aquella noche. Había pensado llevarlo a
casa, pero no era una buena idea... por los niños. McKenzie estaba de acuerdo
en todo con Mathias, habría sido una muy mala idea. Sentía sinceramente lo del
amigo de Mathias, qué tristeza... Y, a propósito de los niños, ¿cómo lo
llevaban los de su amigo?
—Bueno,
escuche, McKenzie, se lo preguntaré esta noche y le llamo mañana para
contárselo.
McKenzie
carraspeó y prometió pasar el mensaje. Mathias fue el primero en colgar.
Audrey
llegó tarde a su cita. El cámara escuchó lo que se esperaba de él y preguntó si
había esperanzas de poder acabar el mismo día.
Audrey
tampoco tenía ganas de dormir en Ashford, pero el trabajo estaba antes que lo
demás. Se citaron para la mañana siguiente en el andén de la estación para
coger el primer tren.
De
vuelta al barrio, fue a buscar a Mathias. Había tres clientes en su librería;
desde la calle le indicó que lo esperaría en el local de Yvonne.
Audrey
se instaló en la barra.
—¿Le
guardo una mesa? —preguntó la patrona.
Audrey
no sabía si cenaría allí. Prefería esperar en el bar. Pidió una bebida. El
restaurante estaba desierto, e Yvonne se acercó para conversar con ella y matar
el tiempo.
—¿Usted
es la periodista que investigaba sobre nosotros? —dijo Yvonne, levantándose—.
¿Cuánto tiempo se va a quedar esta vez?
—Tan
sólo unos días.
—Entonces,
este fin de semana, sobre todo no se pierda la gran fiesta de las flores de
Chelsea —dijo Sophie, que fue a sentarse a su lado.
El
acontecimiento, que sólo tenía lugar una vez al año, presentaba las creaciones
de los mejores horticultores del país. Se podían ver y comprar nuevas
variedades de rosas y orquídeas.
—La
vida parece muy dulce a este lado de la Mancha —dijo Audrey.
—Depende
de para quién —respondió Ivonne—. Sin embargo, debo confesar que cuando uno
encuentra su lugar en el barrio, ya no tiene ganas de salir.
Yvonne
añadió, para gran alegría de Sophie, que al cabo del tiempo, las personas de
Bute Street se habían convertido en una familia.
—En
todo caso, parece que han hecho una bonita panda de amigos —repuso Audrey,
mirando a Sophie—. ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?
—A
mi edad, ya no se cuenta. Antoine abrió su agencia aquí un año después del
nacimiento de su hijo, y Sophie se instaló un poco después, si mi memoria no me
falla.
—¡Ocho
años! —repuso Sophie mientras sorbía por la pajita de su vaso—. Y Mathias ha
sido el último en llegar.
Parecía
que Yvonne casi lo había olvidado.
—Es
verdad que él lleva aquí poco tiempo —dijo Sophie.
Audrey
enrojeció.
—Pone
usted una cara rara. ¿He dicho algo inoportuno? —preguntó Yvonne.
—No,
nada en particular. De hecho, también tuve la ocasión de entrevistarlo, y
parecía que había vivido en Inglaterra desde siempre.
—Exactamente,
desembarcó el 2 de febrero —afirmó Yvonne.
Nunca
podría olvidar esa fecha, pues aquel día, John se había jubilado.
—El
tiempo es relativo —añadió ella—. Mathias debe de tener la impresión de que se
mudó hace más tiempo. Ha sufrido varios inconvenientes desde que se instaló
aquí.
—¿Cuáles?
—preguntó discretamente Audrey.
—Me
mataría si hablara de ello. Ah, y de todas maneras, él es el único que ignora
lo que todo el mundo sabe.
—Creo
que tienes razón, Yvonne, ¡Mathias te mataría! —lo interrumpió Sophie.
—Tal
vez, pero todos estos secretos me reconcomen, y además, hoy tengo ganas de
hablar —repuso la dueña mientras se servía un nuevo vaso de vino—. Mathias
nunca ha llegado a reponerse de su separación de Valentine, la madre de su
hija. Y aunque esté dispuesto a jurar lo contrario, en buena parte, ha venido
aquí para reconquistarla. Pero no ha tenido suerte, porque ella se mudó a París
en cuanto él llegó a la ciudad. Y todavía se enfadaría más conmigo por decir
esto, pero creo que la vida le ha hecho un gran favor. Valentine no volverá.
—Ahora,
creo que definitivamente se va a enfadar contigo —repitió Sophie para cortar a
Yvonne—. Todas estas historias no deben de interesar en absoluto a la señorita.
Yvonne
miró a las dos mujeres sentadas en su bar y se encogió de hombros.
—Es
probable que tengas razón, y además, tengo cosas que hacer.
Cogió
su vaso y volvió a la oficina.
—Al
zumo de tomate invita la casa —dijo al irse.
—Lo
siento —dijo Sophie turbada—. Normalmente Yvonne no es muy chismosa, excepto
cuando está triste. Y, a juzgar por la sala, no se anuncia una buena noche.
Audrey
se quedó en silencio. Dejó el vaso en el mostrador.
—¿Le
pasa algo? —preguntó Sophie—. Está usted pálida.
—Soy
yo la que lo siente. Es por el tren. Me he sentido mal durante todo el viaje
—dijo Audrey.
Audrey
tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para no dar muestras del peso que le oprimía
el pecho. No se debía a que Yvonne hubiera revelado el motivo por el que
Mathias había abandonado París; pero, al oír el nombre de Valentine, se sentía
inmersa en una intimidad que no le pertenecía, y la herida había sido dolorosa.
—Debo
de tener una pinta horrorosa —comentó Audrey.
—No,
ya ha recuperado el buen color —replicó Sophie—. Venga conmigo, vamos a caminar
un poco.
Ella
la invitó a refrescarse en su trastienda.
—Muy
bien, ahora está mucho mejor —dijo Sophie—. Debe de haber un virus en el aire,
yo también he sentido náuseas esta mañana.
Audrey
no sabía cómo darle las gracias. En ese momento, Mathias entró en la tienda.
—¿Estás
aquí? Te he buscado por todas partes.
—Deberías
haber empezado por aquí, donde siempre estoy —respondió Sophie.
Pero
Mathias estaba mirando a Audrey.
—Había
venido a admirar las flores mientras te esperaba —repuso esta última.
—¿Vamos?
—preguntó Mathias—. Ya he cerrado la librería.
Sophie
se calló. Su mirada pasaba de Audrey a Mathias y de Mathias a Audrey. Y cuando
los dos se fueron, no pudo evitar pensar que Yvonne había dado en el clavo.
Si
un día Mathias se llegaba a enterar de su conversación, tendría ganas de
matarla.
El
taxi subía por Oíd Brompton Road. En el cruce de Clareville Grove, Mathias
señaló su casa con un dedo.
—Parece
grande —dijo Audrey.
—Tiene
encanto.
—¿Me
llevarás un día de visita?
—Sí,
algún día —respondió Mathias.
Ella
apoyó la cabeza en el cristal. Mathias le acariciaba la mano; Audrey permanecía
silenciosa.
—¿Estás
segura de que no quieres ir a cenar? —preguntó él—. Estás rara.
—Me
encuentro mal, ya se me pasará.
Mathias
propuso dar un paseo, el aire de la noche le iría bien. El taxi los dejó junto
al Támesis. Se sentaron en un banco, junto al malecón. Frente a ellos, las
luces de la torre Oxo se reflejaban | en el río.
—¿Por
qué has querido venir aquí? —preguntó Audrey.
—Porque
desde nuestro fin de semana, he vuelto varias veces. Es un poco nuestro sitio.
—No
era lo que te preguntaba, pero no importa.
—¿Qué
pasa?
—Nada,
te lo aseguro, idioteces que me han fastidiado el ánimo; pero intento
olvidarlas.
—Entonces,
¿te ha vuelto el apetito?
Audrey
sonrió.
—¿Crees
que algún día podrás subir allá arriba? —preguntó! ella, levantando la cabeza.
En
el último piso, las ventanas del restaurante estaban iluminadas.
—Algún
día, tal vez —respondió Mathias con aire soñador.
Condujo
a Audrey al paseo que bordeaba el río.
—¿Qué
era lo que me querías preguntar?
—Me
preguntaba por qué habías venido a vivir a Londres.
—Me
imagino que es para conocerte —respondió Mathias.
Al
entrar en el apartamento de Brick Lane, Audrey llevó a Mathias hacia su
habitación. Se pasaron el resto de la noche abrazados en la cama; conforme
pasaba el tiempo, el recuerdo del mal momento que había pasado en el bar de
Yvonne se esfumaba. A medianoche, Audrey tenía hambre, pero el frigorífico
estaba vacío. Se vistieron a toda velocidad y bajaron corriendo a Spitafields.
Entraron en uno de esos restaurantes que permanece abierto toda la noche. La
clientela era heterogénea. Como estaban sentados junto a una mesa de músicos,
se mezclaron en su conversación. Y, mientras Audrey se exaltaba al sostener,
contra la opinión de los demás, que Chet Baker había sido mejor trompetista que
Miles Davis, Mathias la devoraba con los ojos.
Las
callejuelas de Londres resultaban bonitas cuando ella caminaba agarrada de su
brazo. Escuchaban el ruido de sus pasos, jugaban con su sombra que se alargaba
bajo la luz de una farola. Mathias volvió a acompañar a Audrey hasta la casa de
ladrillos rojos, se dejó de nuevo arrastrar al interior y volvió a irse cuando
ella lo echó avanzada la noche. Ella cogía el tren en unas horas, y la esperaba
una larga jornada de trabajo. No sabía cuándo volvería de Ashford; pero lo
llamaría mañana, eso se lo prometía.
De
regreso a casa, Mathias se encontró a Antoine trabajando en su mesa.
—¿Qué
haces todavía levantado?
—Emily
ha tenido una pesadilla, me he levantado para calmarla y no he podido volver a
dormir, así que intento aprovechar el tiempo.
—¿Ella
está bien? —preguntó Mathias, inquieto.
—No
te he dicho que estuviera enferma, sino que había tenido una pesadilla, y es
por culpa vuestra, por todas esas historias de fantasmas.
—¿Es
que has olvidado por qué nos fuimos a Escocia?
—El
fin de semana que viene empiezo las obras en el local de Yvonne.
—¿Estabas
trabajando en eso?
—Entre
otras cosas.
—¿Me
lo enseñas? —dijo Mathias mientras se quitaba el abrigo.
Antoine
abrió la carpeta de dibujo y expuso los bocetos ante su amigo. Mathias se quedó
extasiado.
—Va
a quedar formidable. ¡Qué contenta se pondrá Yvonne!
—Ya
podrá.
—¿Y
sigues siendo tú quien costea las obras?
—No quiero
que ella se entere, ¿está claro?
—¿Y
saldrá muy caro el proyecto?
—Si
no cuento los honorarios de la agencia, digamos que invertiré los beneficios de
otras dos reformas.
—¿Y
tienes los medios?
—No.
—Entonces,
¿por qué lo haces?
Antoine
miró durante un rato a Mathias.
—Está
muy bien lo que has hecho esta noche, consolar a un amigo al que ha dejado su
mujer, y más ahora que sufres tanto por tu separación.
Mathias
no respondió nada, se inclinó sobre los dibujos de Antoine y miró una última
vez cuál sería el nuevo aspecto de la sala.
—¿Cuántos
asientos habrá en total? —preguntó él.
—Los
mismos que cubiertos, setenta y seis.
—¿Y
cuánto valen las sillas?
—¿Por
qué? —preguntó Antoine.
—Porque
quiero regalárselas.
—¿Te
apetece ir a fumar un puro al jardín? —dijo Antoine, cogiendo a Mathias por el
hombro.
—¿Has
visto qué hora es?
—No
te pongas a repetir mis réplicas. Es la mejor hora de todas, va a amanecer.
¿Vamos?
Sentado
en el suelo, Antoine sacó dos Monte Cristo de su bolsillo. Olisqueó las capas
antes de acercar uno a la llama de una cerilla. Cuando consideró que el cigarro
de Mathias estaba listo, lo cortó, se lo ofreció y se ocupó de preparar el
suyo.
—¿Quién
era ese amigo tuyo con problemas?
—Un
tal David.
—No
me suena —respondió Antoine.
—¿Estás
seguro? Me asombras. ¿Nunca te he hablado de David?
—¡Tienes
brillo en los labios, Mathias! Sigue riéndote en mi cara y vuelvo a construir
la pared que separaba la casa.
Audrey
durmió durante todo el trayecto. Al llegar a Ashford, el cámara tuvo que sacudirla
para despertarla antes de que el tren entrara en la estación. No tuvieron ni un
respiro en todo el día, pero la relación entre ellos fue cordial. Cuando le
pidió que se quitara su echarpe porque le molestaba para enfocar, sintió unas
ganas locas de lanzarse a su móvil; pero el teléfono de la librería estaba
siempre ocupado. Louis había pasado gran parte del día en la trastienda,
sentado delante del ordenador. Enviaba correos electrónicos a África, y Emily
corregía las faltas de ortografía. Para ella, era una buena forma de calmar la
impaciencia con la que se enfrentaba a cada hora, a causa de...
Por
la tarde, en la mesa, anunció la noticia. Su mamá la había llamado, llegaría
avanzada la noche y se alojaría en el hotel que estaba al otro lado de Bute
Street. Iría a buscarla mañana por la mañana. Sería un domingo genial, y lo
pasarían las dos solas.
Cuando
acabaron de cenar, Sophie se llevó aparte a Antoine y le propuso llevar a Louis
a la fiesta de las flores de Chelsea. Su hijo tenía una gran necesidad de un
momento de complicidad femenina. Cuando su padre estaba presente, se abría
menos. Para Sophie, Louis era un libro abierto.
Conmovido,
Antoine se lo agradeció. Y además, le convenía, así aprovecharía para pasar el
día en la agencia y sacar adelante el trabajo atrasado. Mathias no decía nada.
Después de todo, cada uno se había organizado su propio programa sin tenerlo en
cuenta. ¡Él también tenía el suyo! A condición, no obstante, de que Audrey
regresara de Ashford. Su último mensaje decía: «A lo peor, mañana a media
tarde».
Antoine
se había ido de casa en cuanto había amanecido. Bute Street dormía todavía
cuando entró en la agencia. Puso la cafetera en marcha, abrió de par en par las
ventanas y se puso manos a la obra.
Tal
y como había prometido, Sophie pasó a buscar a Louis a las ocho. El pequeño
había insistido en llevar su americana, y Mathias, que todavía estaba medio
dormido, había tenido que esforzarse para hacer bien el nudo de la pequeña
corbata. En la fiesta de las flores de Chelsea, había ciertas costumbres, y era
común ir muy elegante. Sophie había hecho reír a Emily a carcajadas cuando
había entrado en el salón con su gran sombrero. En cuanto Louis y Sophie se
hubieron ido, Emily subió a prepararse. Ella también quería estar guapa. Se iba
a poner un mono azul, zapatillas y su camiseta rosa; siempre que iba vestida
así, su madre decía que iba muy mona. Llamaron a la puerta, todavía le quedaba
peinarse, así que no le importó hacer esperar a su madre; después de todo, ella
llevaba dos meses esperándola.
Mathias,
con el pelo alborotado, recibió a Valentine en pijama.
—¡Qué
sexy! —dijo ella al entrar.
—Pensaba
que llegarías más tarde.
—Estaba
de pie a las seis, y desde entonces, he estado dando vueltas en la habitación
del hotel. ¿Está Emily despierta?
—Está
poniéndose sus mejores galas, pero no te he dicho nada; debe de haberse
cambiado por décima vez, no te imaginas cómo está el cuarto de baño.
—Después
de todo, ha heredado dos o tres cosas de su padre —dijo riendo Valentine—. ¿Me
preparas un café?
Mathias
se dirigió a la cocina y pasó detrás del mostrador.
—Es
bonita vuestra casa —exclamó Valentine mientras miraba a su alrededor.
—Antoine
tiene buen gusto. ¿Por qué te ríes?
—Porque
es lo que decías de mí a los amigos que venían a cenar a nuestra casa —dijo
Valentine, sentándose en un taburete.
Mathias
llenó la taza y la colocó delante de Valentine.
—¿Tienes
azúcar? —preguntó ella.
—No
tomas —respondió Mathias.
Valentine
recorrió la cocina con la mirada. Todo estaba bien ordenado en los estantes.
—Es
formidable lo que habéis construido juntos.
—¿Te
estás burlando? —preguntó Mathias a la vez que se servía un café.
—-No,
estoy sinceramente impresionada.
—Ya
te lo he dicho, Antoine se ocupa de todo.
—Tal
vez, pero aquí se respira felicidad, y tú debes de ser el responsable de ello.
—Digamos
que hago lo que puedo.
—Tranquilízame,
¿al menos discutís alguna vez?
—¿Antoine
y yo? Jamás.
—Te
he pedido que me tranquilizaras.
—Bueno,
vale, un poco todos los días.
—¿Crees
que a Emily le queda mucho para estar lista?
—¿Qué
quieres que te diga? ¡Después de todo, esta niña ha heredado dos o tres cosas
de su madre!
—No
te puedes imaginar cuánto la echo de menos.
—Sí
puedo, la he echado de menos durante tres años.
—¿Ella
es feliz?
—Lo
sabes bien, la llamas todos los días.
Valentine
se desperezó a la vez que bostezaba.
—¿Quieres
otra taza? —preguntó Mathias, volviéndose hacia la cafetera eléctrica.
—La
necesitaría, no he descansado mucho esta noche.
—¿Llegaste
tarde ayer?
—Razonablemente,
pero he dormido muy poco. Estaba impaciente por ver a mi hija. ¿Estás seguro de
que no puedo subir a darle un beso? Es una tortura.
—Si
quieres fastidiarle la sorpresa, ve; si no, aguántate y deja que baje. Ayer por
la noche ya estaba preparando lo que se iba a poner.
—En
todo caso, te veo en forma, incluso en albornoz —dijo Valentine a la vez que le
acariciaba la mejilla a Mathias.
—Estoy
bien.
Valentine
jugueteaba con un azucarillo.
—He
retomado la guitarra, ¿sabes?
—Muy
bien, siempre te dije que no deberías haberlo dejado
—Pensaba
que ayer vendrías a verme al hotel. Sabías en que habitación estaba.
—Eso
no lo haré más, Valentine.
—¿Has
conocido a alguien?
Mathias
asintió con la cabeza.
—¿Y
es tan serio como para serle fiel? Entonces has cambiado de verdad. Tiene
suerte.
Emily
bajó por la escalera, cruzó el salón y saltó a los brazos de su madre. Ambas se
unieron en un torbellino de besos y abrazos. Mathias las miraba, y la sonrisa
que se dibujó en la cara demostró que los años que pasan no siempre borran los
momentos escritos en pareja.
Valentine
cogió a su hija de la mano. Mathias las acompañó. Abrió la puerta de la casa,
pero Emily había olvidado su bolso en la habitación. Mientras ella subía a
buscarlo, Valentine la esperó en el rellano.
—Te
la traigo a eso de las seis, ¿te parece bien?
—Organiza
la excursión con tu hija como quieras, pero yo le corto los bordes al pan de
molde; bueno, ahora que estás con ella, haz lo que te parezca mejor, pero ella
lo prefiere sin corteza.
Valentine
pasó la mano por la mejilla de Mathias con ternura.
—Tranquilo,
tanto ella como yo nos las apañaremos.
Y,
aupándose por encima de su hombro, gritó a Emily que se diera prisa.
—Apresúrate,
querida, estamos perdiendo tiempo.
Pero
la pequeña ya la cogía de la mano y se la llevaba a la calle.
Valentine
volvió con Mathias y se acercó a su oreja.
—Me
alegro por ti, te lo mereces, eres un hombre formidable.
Mathias
se quedó unos instantes en el rellano, mirando cómo se alejaban Emily y
Valentine por Clareville Grove.
Cuando
volvió a entrar en la casa, su teléfono móvil sonaba. Lo buscó por todas
partes, sin encontrarlo. Finalmente, lo vio en el alféizar de la ventana,
descolgó justo a tiempo y reconoció inmediatamente la voz de Audrey.
—De
día —dijo ella con voz triste—, la fachada es todavía más bella, y tu mujer es
verdaderamente preciosa.
La
joven periodista que se había ido de Ashford al alba para darle una bonita
sorpresa al hombre del que se había enamorado cerró su teléfono y dejó
Clareville Grove.
Capítulo
16
En
el taxi que la llevaba a Brick Lane, Audrey se decía que tal vez sería mejor no
volver a amar, poder borrarlo todo, olvidar las promesas, rechazar ese veneno
con sabor a traición. ¿Cuántos días y noches serían necesarios para que
cicatrizaran las heridas? Sobre todo, no tenía que pensar en los fines de
semana venideros. Debería volver a aprender a controlar los latidos de su
corazón cuando se cree ver al otro a la vuelta de una esquina, no bajar los
ojos porque una pareja se bese en un banco delante de ti y nunca más esperar
que el teléfono suene.
Evitar
imaginar la vida de aquel al que se ha amado. Por piedad, no verlo al cerrar lo
ojos, no pensar en sus días. Gritar que estás enfadado y que te han engañado.
¿En
qué se convertirá el tiempo de la ternura, de las manos que se cruzan al
caminar juntos?
En
el retrovisor, el chófer veía llorar a su pasajera.
—¿Está
usted bien, señora?
—No
—respondió Audrey sollozando.
Ella
le pidió que se parara; el taxi aparcó a un lado. Audrey abrió la puerta y se
lanzó, doblada en dos, sobre una barandilla. Y mientras sacaba toda su pena, el
hombre que la llevaba apagó el motor y, sin decir una palabra, le puso
torpemente una mano en el hombro. Él se limitó a ofrecerle su compañía. Cuando
le pareció que lo peor había pasado, volvió a su sitio tras el volante, detuvo
el taxímetro y la llevó a Brick Lane.
Mathias
se había puesto un pantalón, una camisa y el primer par de zapatillas que había
caído en sus manos. Había corrido hasta Oíd Brompton, pero había llegado
demasiado tarde. Llevaba dos horas deambulando por las calles de Brick Lane,
que le parecían todas iguales. No era ni aquélla, ni esta otra, ni la de allí
por la que acababa de girar, y todavía menos ésta. En cada cruce, gritaba el
nombre de Audrey; pero nadie se asomaba a las ventanas.
Perdido,
emprendió el camino hacia el único sitio que reconocía, el mercado. Un criado
lo saludó en la terraza de un café. Todo estaba lleno de gente. Llevaba dos
horas recorriendo el barrio. Tras perder la esperanza, volvió a sentarse en un
banco que le resultaba familiar. De repente, sintió una presencia a su espalda.
—Cuando
Romain me dejó, me dijo que me amaba pero que tenía que vivir con su mujer.
¿Crees que el cinismo puede no tener límites? —dijo Audrey mientras se sentaba
a su lado.
—Yo
no soy Romain.
—Fui
su amante durante tres años. Treinta y seis meses esperando una promesa que
jamás hizo. ¿Qué problema tengo para enamorarme de un hombre que quiere a otra?
Ya no tengo fuerzas, Mathias. No quiero mirar mi reloj nunca más y decirme que
la persona a la que amo acaba de volver a casa, que se sienta a la mesa de
otra, le dice las mismas palabras, finge que yo no existo. No puedo decirme
nunca más que sólo he sido un episodio, una aventura que los habrá unido más,
que él ha entendido gracias a mí que la amaba a ella. He perdido tanta dignidad
que he acabado compadeciéndome de ella. Te lo juro, un día llegué a
sorprenderme por estar enfadada por las mentiras que él había debido de
contarle. Si ella lo hubiera oído, si hubiera visto sus ojos, su deseo, cuando
se encontraba en secreto conmigo... Mira si he sido tonta. Tampoco quiero oír
nunca más la voz de esa amiga que cree estar protegiéndote y te dice que el
otro también se equivocó, que tal vez era sincero y que es mejor así. No quiero
tener nunca más media vida. Me ha costado meses llegar a creer de nuevo que yo
también merezco tener una vida entera.
—No
vivo con Valentine. Sólo ha venido a buscar a su hija.
—Lo
peor, Mathias, no es haberla visto besarte en la puerta, yendo tú en pijama, y
ella, bella como yo no lo seré nunca...
—No
me besaba, me confiaba un secreto que no quería que Emily oyera —la interrumpió
Mathias—. Y si tan sólo supieras...
—No,
Mathias, lo peor era cómo la mirabas tú.
Y
como él no decía nada, ella lo abofeteó.
Entonces,
Mathias se pasó el resto de la tarde explicándole todo lo concerniente a su
nueva vida, hablándole de la amistad que lo unía a Antoine, de todas las
diferencias que habían tenido que superar para conseguir una complicidad como
la suya. Ella lo escuchaba sin decir nada, y más tarde todavía, cuando él le
explicó sus vacaciones en Escocia, ella casi volvió a encontrar la sonrisa.
Aquella
noche, prefería quedarse sola, pues estaba agotada. Mathias lo entendía. Le
propuso ir a buscarla al día siguiente, irían a cenar juntos a un restaurante.
Audrey aceptó la invitación, pero tenía otra idea.
Cuando
llegó a Clareville Grove, vio el taxi de Valentine desaparecer al doblar la
esquina. Antoine y los niños esperaban en el salón. Louis había pasado un día
genial con Sophie. Emily estaba un poco melancólica, pero disfrutó de toda la
ternura del mundo en los brazos de su padre. Toda la noche la dedicaron a pegar
las fotos de las vacaciones en los álbumes. Mathias esperó a que Antoine se
hubiera acostado, llamó a la puerta de su habitación y entró.
—Te
voy a pedir que hagas una pequeña excepción a la regla número dos: no me harás
pregunta alguna y me dirás que sí.
Capítulo
17
Reinaba
un silencio insólito en la casa. Los niños revisaban sus deberes; Mathias ponía
la mesa, y Antoine arreglaba la cocina. Emily dejó su libro en la mesa y recitó
en voz baja la página de historia que acababa de aprenderse de memoria. Al
dudar en un párrafo, le dio un golpecito en el hombro a Louis, que estaba
haciendo sin ganas su ejercicio.
—¿Quién
venía justo después de Enrique IV? —susurró ella.
—Ravaillac
—respondió Antoine mientras abría el frigorífico.
—¡Ah,
en absoluto! —dijo Louis con seguridad.
—Pregúntale
a Mathias y verás.
Los
dos niños intercambiaron una mirada cómplice y volvieron a concentrarse
enseguida en sus cuadernos. Mathias dejó la botella de vino que acababa de
descorchar y se acercó a Antoine.
—¿Qué
delicia nos has preparado para cenar? —preguntó con voz dulzona.
Empezaron
a caer truenos, y una lluvia pesada empezó a golpear los cristales de la casa.
—¡Menudo
chaparrón! —dijo Antoine.
Más
tarde, Emily le confiaría a su diario íntimo que el plato que más detestaba su
padre en el mundo entero era el gratinado de calabacín, y Louis añadiría al
margen que, aquella tarde, su papá había preparado, gratinado de calabacín.
Llamaron
a la puerta. Mathias revisó por última vez su aspecto en el pequeño espejo de
la entrada y le abrió la puerta a Audrey.
—Entra
rápido, estás empapada.
Ella
se quitó el abrigo y se lo dio a Mathias. Antoine se ajustó el delantal y fue a
recibirla también. Ella estaba irresistible con su vestido negro.
Habían
colocado elegantemente cubiertos para tres. Mathias sirvió el gratinado, y
empezaron una animada conversación. Por deformación profesional, Audrey tenía
la costumbre de dirigir los debates; para no hablar de sí misma, lo mejor era
hacer muchas preguntas a los demás; esta estrategia resultaba mucho más eficaz
si tu interlocutor no reparaba en ella. Al final de la comida, Audrey se había
enterado de muchas cosas sobre la arquitectura; Antoine, por su parte, habría
tenido dificultades para definir el oficio de periodista reportero
independiente.
Cuando
Audrey le preguntó sobre sus vacaciones en Escocia, Antoine se deleitó
enseñándole las fotos. Se levantó y cogió hasta tres álbumes de la biblioteca
antes de volver a sentarse tras acercar su silla.
Cada
vez que pasaba una página, las anécdotas que contaba terminaban todas con una
mirada a su mejor amigo y con un invariable: «¡Eh, Mathias!».
Este
último luchaba por reprimir su irritación, pues prefería permanecer en un
segundo plano y no perturbar la complicidad que se había establecido entre
Antoine y Audrey.
Al
final de la cena, Emily y Louis bajaron en pijama para dar las buenas noches.
Fue imposible evitar que se quedaran en la mesa. Emily se sentó junto a Audrey
y enseguida tomó el relevo de Antoine. Así, se aplicó en el comentario de todas
las fotos, en este caso de las que habían tomado haciendo deportes de invierno
el año anterior. En aquella época, explicaron Emily y Louis por turnos, papá y
papá no vivían todavía juntos; pero todos pasaban juntos las vacaciones,
excepto las de Navidad, en las que se veían cada dos años, tal y como dijo la
pequeña.
Audrey
hojeaba el tercer álbum; desde la cocina, Mathias no le quitaba ojo. Cuando su
hija puso una mano sobre el brazo de Audrey, una sonrisa había iluminado su
rostro. Estaba seguro de ello.
—La
cena era deliciosa —le dijo ella a Antoine.
Él
le dio las gracias y enseguida señaló una fotografía.
—Ésta
de aquí, la tomamos justo antes de que bajaran a Mathias de la pista en
camilla. Ése de ahí, el de debajo de la capucha roja, soy yo. Los niños no
salen. De hecho, Mathias no tenía nada en absoluto, sólo fue una gran caída.
Y
como Mathias empezaba a morderse las uñas, aprovechó para darle un ligero toque
en la mano.
—Bueno,
espero que no nos remontemos a las vacaciones de la guardería —dijo Mathias
exasperado, y volviendo a morderse las uñas.
Entonces,
Antoine le tiró de la manga.
—Espuma
de tres chocolates con corteza de naranja —anunció Antoine a media voz—.
Normalmente, me piden la receta; pero hoy no sé qué ha pasado, se ha chafado
—añadió él mientras la removía con el cucharón.
Miraba
tan contrariado su preparación, que Audrey intervino.
—¿Tenéis
hielo picado? —preguntó.
Mathias
se levantó de nuevo y llenó un cuenco de cubitos de hielo.
—Esto
es todo lo que tenemos.
Audrey
envolvió los cubitos en su servilleta y le dio unos fuertes golpes sobre la
mesa. Cuando la desplegó, vieron una nieve espesa que enseguida incorporó a la
espuma. Con algunas vueltas de espátula, el postre había recobrado su
consistencia.
—Y
ya está —dijo sirviendo a los niños, bajo la mirada estupefacta de Antoine.
—¡El
postre y a la cama! —-dijo Mathias a Emily.
—¡Les
habías prometido una película! —se interpuso Antoine.
Emily
y Louis se habían dirigido ya hacia el sofá del salón mientras Audrey
continuaba sirviendo la espuma de chocolate.
—Para
él, no demasiada —dijo Antoine—; no digiere bien por la noche.
Antoine
no prestaba ninguna atención a Mathias, que le lanzaba una mirada sombría. Echó
hacia atrás su silla para dejar pasar a Audrey.
—Déjenme
ayudarlos —insistió cuando Antoine quiso quitarle los platos de las manos.
—Entonces,
¿siempre has sido periodista? —prosiguió, afable, mientras abría el grifo del
fregadero.
—Desde
los cinco años —respondió Audrey, riendo.
Mathias
se levantó, cogió el paño de cocina de las manos de Audrey y le sugirió que
fuera al salón. Ella se reunió con los niños en el sofá. Cuando se alejó,
Mathias se inclinó sobre Antoine.
—Y
tú, cretino, ¿has sido siempre arquitecto?
Mientras
seguía sin hacerle caso, Antoine se volvió para observar a Audrey. Emily y
Louis se habían acurrucado contra ella; la inclinación de sus cabezas anunciaba
la llegada del sueño. Antoine y Mathias abandonaron enseguida la vajilla y el
paño de cocina para ir a acostarlos.
Audrey
los miró subir la escalera, llevando cada uno en sus brazos a su angelito de
cara adormilada. Cuando llegaron al descansillo, ningún adulto vio el guiño
cómplice que acababan de intercambiar Louis y Emily.
Los
dos padres volvieron a bajar unos minutos más tarde. Audrey ya se había vuelto
a poner su impermeable y esperaba de pie en medio del salón.
—Me
voy a casa, es tarde —dijo—. Muchas gracias por la velada.
Mathias
descolgó su gabardina del perchero y anunció a Antoine que la acompañaría.
—Estaré
encantada de que un día me des la receta de la espuma —prosiguió Audrey,
besando a Antoine en la mejilla.
Bajó
los peldaños de la escalinata del brazo de Mathias, y Antoine volvió a cerrar
la puerta de la casa.
—Habrá
algún taxi en Oíd Brompton —dijo Mathias—. Te va bien, ¿no?
Audrey
callaba y escuchaba sus pasos resonar en la calle desierta.
—Emily
te adora.
Audrey
asintió con un ligero movimiento de la cabeza.
—Lo
que quiero decir —añadió Mathias— es que si tú y yo...
—He
comprendido lo que quieres decir —lo interrumpió Audrey.
Se
paró para mirarlo a la cara.
—He
tenido una llamada de mi redacción esta tarde. Me han hecho de plantilla.
—¿Y
es una buena noticia? —preguntó Mathias.
—¡Mucho!
Al fin voy a tener mi emisión semanal... en París —añadió, bajando los ojos.
Mathias
la miró enternecido.
—E
imagino que luchas por eso hace mucho tiempo.
—Desde
los cinco años —respondió Audrey, con una frágil sonrisa.
—La
vida es complicada, ¿eh? —prosiguió Mathias.
—Elegir
es lo complicado —respondió Audrey—. ¿Volverías a vivir en Francia?
—¿Va
en serio?
—Hace
cinco minutos, allá abajo en la acera, ibas a decirme que me querías. ¿Iba en
serio?
—Puedes
estar segura de que hablo en serio, pero está Emily...
—No
deseo otra cosa que querer a Emily..., pero en París.
Audrey
levantó la mano, y un taxi aparcó al lado.
—Y
luego está la librería... —murmuró Mathias.
Ella
puso la mano en su mejilla y retrocedió hacia la calzada.
—Lo
que habéis construido Antoine y tú es maravilloso; tienes mucha suerte, has
encontrado tu equilibrio.
Subió
al coche y volvió a cerrar la puerta enseguida. Inclinada sobre la ventanilla,
miraba a Mathias; tenía un aspecto tan perdido en aquella acera.
—No
llames, ya es bastante difícil así —dijo ella con voz triste—. Tengo tu voz en
mi contestador, todavía la escucharé algunos días y después, lo prometo, la
borraré.
Mathias
avanzó hacia ella, tomó su mano y la besó.
—Entonces,
¿ya no tendré derecho a verte?
—Sí
—respondió Audrey—, me verás en televisión.
Hizo
una señal al conductor, y Mathias vio cómo el taxi desaparecía en la noche.
Volvió
sobre sus pasos en la calle desierta. Le parecía ver todavía las huellas de las
pisadas de Audrey en la acera mojada. Se apoyó en un árbol, cogió su cabeza
entre sus manos y se dejó deslizar a lo largo del tronco del árbol.
El
salón estaba iluminado por una sola y pequeña lámpara puesta sobre el velador.
Antoine esperaba, sentado en la butaca de cuero. Mathias acababa de entrar.
—Reconozco
que antes estaba en contra, pero esto... —exclamó Antoine.
—Ah,
sí, esto —respondió Mathias, dejándose caer en la butaca de enfrente.
—Ah,
no, porque esto, realmente... ¡Ella es formidable!
—Bueno,
si estás convencido de ello, ¡mejor! —respondió Mathias, apretando las
mandíbulas.
Se
levantó y se dirigió hacia la escalera.
—Me
pregunto si no le ha dado un poco de miedo —planteó Antoine.
—¡No
te lo preguntes!
—¿No
ha saltado la chispa, sin embargo?
—Qué
va, ¿por qué? —preguntó Mathias, alzando el tono.
Se
acercó a Antoine y le cogió la mano.
—¡De
ningún modo! Y luego, sobre todo, tú no has hecho nada por... ¿Esto es saltar
la chispa? —dijo, asestándole un golpe en la palma—. Dime, esto no es saltar la
chispa —repitió golpeando de nuevo—. ¡Es tan formidable que acaba de dejarme!
—Espera,
no me cargues con toda la culpa, los niños también han puesto toda la carne en
el asador.
—¡Cállate,
Antoine! —dijo Mathias, alejándose hacia la entrada.
Antonio
lo alcanzó y lo retuvo por el brazo.
—Pero
¿qué te creías? ¿Que para ella esto no sería difícil? ¿Cuándo vas a dejar de
ver la vida nada más que a través de tus pequeñas pupilas?
Y
mientras le hablaba de sus ojos, los vio llenarse de lágrimas. Su cólera
desapareció instantáneamente. Antoine cogió a Mathias por el hombro y le dejó
desahogar su pena.
—Lo
siento, tío, va, cálmate —dijo, estrechándolo contra él—. Quizá no esté
perdido.
—Sí,
está acabado —dijo Mathias, volviendo a salir de la casa.
Antoine
lo dejó alejarse en la calle. Mathias tenía necesidad de estar solo.
Se
detuvo en el cruce de Oíd Brompton. Allí era donde había cogido un taxi la
última vez con Audrey. Un poco más lejos, pasó ante el taller de un fabricante
de pianos. Audrey le había confiado que tocaba de vez en cuando y que
fantaseaba con retomar los cursos. Pero, en el reflejo de la vitrina, era su
propia imagen lo que detestaba.
Sus
pasos lo guiaron hasta Bute Street. Vio el rayo de luz que pasaba bajo la
persiana del restaurante de Yvonne, entró en el callejón y golpeó la puerta de
servicio.
Yvonne
dejó sus cartas y se levantó.
—Excusadme
un minuto —dijo a sus tres amigas.
Daniéle,
Colette y Martine gruñeron concertadamente. Si Yvonne abandonaba la mesa,
perdía su turno.
—¿Tienes
gente? —dijo Mathias a la vez que entraba en la cocina.
—Puedes
jugar con nosotras si quieres. Ya conoces a Daniéle, es tacaña pero farolea
todo el rato. Colette está un poco achispada, y Martine es fácil de ganar.
Mathias
abrió el refrigerador.
—¿Tienes
algo para picar?
—Los
restos del asado de esta noche —respondió Yvonne mientras observaba a Mathias.
—Pensaba
más bien en un dulce. Me sentaría bien. Pero, va, no te preocupes por mí, voy a
encontrar mi felicidad allá dentro.
—¡Viéndote
la cara, dudo que la encuentres en mi frigorífico!
Yvonne
volvió a la sala a reunirse con sus amigas.
—Has
perdido la vez —dijo Daniéle, amontonando las cartas.
—Ha
hecho trampas —anunció Colette, sirviéndose otro vaso de vino blanco.
—¿Y
yo? —dijo Martine, acercando su vaso—. ¿Quién te ha dicho que no tengo sed?
Colette
miró tranquilizada la botella: todavía había para servir a Martine.
Yvonne
cogió las cartas de las manos de Daniéle. Mientras las barajaba, sus tres
compañeras volvieron la cabeza hacia la cocina. Y como la señora de la casa no
chistaba, se encogieron de hombros y volvieron a su partida.
Colette
tosió suavemente. Mathias acababa de entrar, se sentó a su mesa y las saludó.
Daniéle le sirvió una baza sin preguntarle.
—¿A
cuánto la apuesta? —preguntó Mathias, inquieto al ver la suma amontonada en la
mesa.
—¡Cien
y a callar! —respondió Daniéle con viveza.
—Paso
—anunció enseguida Mathias, arrojando sus cartas.
Las
tres colegas, que no habían tenido tiempo ni siquiera de mirar las suyas, le
lanzaron una mirada incendiaria antes de tirarlas a su vez. Daniéle reagrupó
las cartas del mazo, hizo cortar a Martine y repartió de nuevo. Una vez más,
Mathias desplegó su baza y anunció a continuación que pasaba.
—¿Quieres
hablar quizá? —sugirió Yvonne.
—¡Ah,
no! —respondió al punto Daniéle—. Por una vez que no cotorreas entre partida y
partida, ¡a callar!
—No
se dirigía a Martine, ¡sino a él! —replicó Colette, señalando a Mathias con el
dedo.
—¡Pues
bien, tampoco él habla! —respondió Martine—. Tan pronto como digo una palabra,
se me echa la bronca. ¡Hace tres turnos seguidos que pasa, en tal caso que
hable con su apuesta y que se calle!
Mathias
tomó el mazo y repartió las cartas.
—Mira
que envejeces mal, amiga mía —replicó Daniéle a Martine—. ¡No se está diciendo
nada de hablar durante la partida, sino de dejarlo hablar! ¿No ves que está
hecho polvo?
Martine
reordenó sus cartas y cabeceó.
—Ah,
vale, esto es diferente. Si debe hablar, entonces que hable. ¡Qué quieres que
te diga!
Desplegó
un trío de ases y recogió la apuesta. Mathias cogió su vaso y lo bebió de un
trago.
—¡Hay
gente que hace dos horas de transporte público todos los días para ir a
trabajar! —dijo hablando solo.
Las
cuatro amigas se miraron sin decir una palabra.
—París
sólo está a dos horas cuarenta —añadió Mathias.
—¿Vamos
a calcular el tiempo del trayecto a todas las capitales europeas, o vamos a
jugar al póquer? —se quejó Colette.
Daniéle
le dio un codazo para que se callara.
Mathias
las miró alternativamente antes de retomar su letanía.
—Sin
embargo, es complicado cambiar de ciudad y volver a vivir en París.
—Es
menos complicado que inmigrar de Polonia en 1934, si quieres mi opinión
—rezongó Colette a la vez que tiraba una carta.
Esta
vez fue Martine la que dio un codazo.
Yvonne
reprendió a Mathias con la mirada.
—¡No
parecía serlo tanto a comienzos de la primavera! —respondió vivamente.
—¿Por
qué dices eso? —preguntó Mathias.
—¡Me
has entendido muy bien!
—En
todo caso, nosotras no hemos entendido nada —prosiguieron a coro las tres
colegas.
—No
es la distancia física lo que echa a perder a una pareja, sino lo que se
instala en su vida. Por eso has perdido a Valentine, no porque la hayas
engañado. Ella te quería demasiado como para no acabar por perdonarte un día.
Pero tú estabas muy lejos de ella. Va siendo hora de que te decidas a crecer un
poco, ¡intenta hacerlo al menos antes de que tu hija sea más madura que tú!
¡Ahora cállate, te toca jugar!
—Me
parece que voy a abrir otra botella —anunció Colette, dejando la mesa.
Mathias
había ahogado su tristeza en compañía de las cuatro hermanas Dalton. Aquella
noche, volviendo a subir la escalera de la casa, tuvo un verdadero sentimiento
de vértigo.
Al
día siguiente, Antoine trajo a los niños de la escuela antes de irse enseguida.
Tenía mucho trabajo en la agencia por culpa de la obra de Yvonne. Y puesto que
Mathias corría en el parque para cambiar de idea, Sophie acabó por cuidarlos
durante dos horas. Emily se dijo que si su padre quería cambiar de idea,
debería haber elegido una mejor; ir a correr al parque no era muy astuto en su
estado. Desde que su papá había comido gratinado de calabacines, tenía un
aspecto espantoso y su vértigo empeoraba. Y como esto duraba ya dos días, debía
de estar incubando algo.
Convino
con Louis en no hacer comentario alguno. Con un poco de suerte, Sophie se
quedaría a cenar, y cuando ella estaba allí, siempre era una buena noticia:
delante de la tele con la cena en una bandeja, y acostarse tarde.
Precisamente
aquella noche, Emily confió a su diario íntimo que había notado que algo no iba
bien. En el momento en el que había oído el ruido de la caída en la escalera,
le había dicho a Louis que había que pedir enseguida ayuda, y Louis añadió al
margen que la ayuda en cuestión era su papá.
Antoine
esperaba yendo arriba y abajo por el pasillo del centro médico. La sala de
espera estaba llena a reventar. Cada cual esperaba su turno, hojeando las
revistas descantilladas y apiladas en una mesa baja. Inquieto como estaba, no
tenía ganas de leer.
Al
fin, el médico salió de la sala de reconocimiento y fue a su encuentro. Le rogó
que hiciera el favor de seguirlo y lo llevó aparte.
—No
hay ninguna contusión cerebral, sólo un grueso hematoma en la frente, y las
radiografías son completamente tranquilizadoras. Por prevención, hemos hecho
una ecografía. No se ve gran cosa, pero la mejor noticia que puedo darle es que
el bebé está bien.
Capítulo
18
La
puerta del departamento se entreabrió. Sophie llevaba una blusa azul y las
zapatillas que le habían hecho poner para los exámenes.
—Ve
a esperarme fuera —le dijo a Antoine.
Volvió
a sentarse en las sillas, enfrente de recepción. Cuando se reunió con él, no
tenía muy buen aspecto.
—¿A
qué esperas para hablarme? —preguntó Antoine.
—¿Hablarte
de qué? No es una enfermedad.
—El
padre ¿es el tipo a quien escribo tus cartas? La cajera del dispensario hizo
una seña a Sophie. La factura estaba mecanografiada, podía ir a abonarla.
—Estoy
cansada, Antoine, ¡pago y me llevas!.
La
llave giró en la cerradura. Mathias puso su cartera en el taquillón. Instalado
en la butaca de cuero, Antoine leía a la luz de la lámpara del velador.
—Perdón.
Es tarde, pero es que tenía un trabajo de locos.
—Hum.
-¿Qué?
—Nada,
tú tienes un trabajo de locos todas las noches.
—¡Pues
sí, tengo un trabajo de locos!
—Habla
menos fuerte, Sophie duerme en el despacho.
—¿Has
salido?
—¿De
qué hablas? Se ha puesto enferma.
—Ah,
vaya, ¿es grave?
—Ha
vomitado y se ha desmayado.
—¿Ha
comido de tu espuma de chocolate?
—Una
mujer que vomita y que se desmaya, ¿quieres los subtítulos?
—¡Oh,
mierda! —dijo Mathias, dejándose caer en la butaca de enfrente.
Entrada
la noche, Antoine y Mathias estaban cara a cara, sentados en la mesa de la
cocina. Mathias todavía no había cenado; Antoine sacó una botella de vino
tinto, una cesta y un plato de diferentes quesos.
—El
siglo XXI es genial —dijo Mathias—. Uno se divorcia por una nadería, las
mujeres tienen sus hijos con surferos de paso y después dicen que nos
encuentran menos seguros de nosotros mismos que antes.
—Sí,
y luego hay también hombres que viven en pareja, bajo el mismo techo. ¿Vas a
soltar todas las tonterías que se te ocurran?
—Va,
pásame la mantequilla —pidió Mathias, preparándose una rebanada de pan.
Antoine
descorchó la botella.
—Hay
que ayudarla —dijo, sirviéndose un vaso.
Mathias
cogió la botella de manos de Antoine y se sirvió a su vez.
—¿Qué
piensas hacer? —preguntó.
—No
hay padre... Voy a reconocer al niño.
—¿Y
por qué tú? —se sublevó Mathias.
—Por
obligación, y además, porque se lo he dicho primero.
—Ah,
sí, dos verdaderas buenas razones.
Mathias
reflexionó unos instantes y bebió de un trago el vaso de Antoine.
—De
todos modos, tú no podrás ser, pues ella nunca querrá un padre ciego —dijo con
una sonrisa en los labios.
Los
dos amigos se miraron en silencio y, como Antoine no comprendía la alusión de
su amigo, Mathias prosiguió:
—¿Cuánto
tiempo hace que te escribes cartas a ti mismo?
La
puerta del despacho acababa de abrirse. Sophie apareció en pijama, con los ojos
enrojecidos. Miraba a los dos compadres.
—Vuestra
conversación es repugnante —dijo, mirándolos de hito en hito.
Recogió
sus cosas, las hizo una bola bajo el brazo y salió a la calle.
—Ya
ves, lo que yo decía, ¡estás completamente ciego! —repitió Mathias.
Antoine
se precipitó detrás de ella. Sophie estaba ya lejos en la acera; corrió y al
fin acabó por alcanzarla. Ella continuaba yendo hacia el bulevar.
—¡Párrate!
—dijo, tomándola entre sus brazos.
Sus
labios se acercaron, hasta llegar a rozarse, y por primera vez se besaron. El
beso duró, y luego Sophie levantó la cabeza y miró a Antoine.
—No
quiero verte más, Antoine, nunca más, y a él tampoco.
—No
digas nada —la acarició Antoine.
—Preparas
cena para diez, pero jamás te sientas a la mesa; te molesta hacer equilibrios
para vivir y restableces el restaurante de Yvonne; te has ido a vivir con tu
mejor amigo porque se sentía solo mientras que tú no lo deseabas realmente. ¿De
verdad crees que te dejaré criar a mi hijo? ¿Y sabes lo más terrible? Que es
por todas estas razones por lo que estoy enamorada de ti desde siempre. Ahora
ve a cumplir con tus obligaciones y déjame en paz.
Con
los brazos colgando, Antoine miró a Sophie alejarse, solo, en pijama en Oíd
Brompton.
De
vuelta a casa, encontró a Mathias, sentado en el parapeto del jardín.
—Los
dos os deberíais dar una segunda oportunidad.
—Las
segundas oportunidades nunca funcionan —gruñó Antoine.
Mathias
sacó un cigarro de su bolsillo, hizo rodar la capa entre los dedos y lo
encendió.
—Es
verdad —respondió—, pero en nuestro caso no es lo mismo, ¡no nos acostamos!
—Tienes
razón, ¡realmente eso es un incentivo! —respondió Antoine con ironía.
—¿Qué
arriesgáis? —preguntó Mathias, mirando las volutas de humo.
Antoine
se levantó, cogió el cigarro de Mathias. Se dirigió hacia la casa y se volvió
en el umbral de la puerta.
—¡Nada,
aparte de equivocarse!
Y
entró en el salón dando una enorme calada al cigarro.
Los
buenos propósitos fueron puestos en práctica desde el día siguiente. Con los
cabellos llenos de espuma, Mathias cantaba a grito pelado en la bañera el aria
de La Traviata, aunque no ponía el corazón. Con un dedo del pie hizo girar el
grifo para subir la temperatura de su baño. El hilillo de agua que corría era
glacial. Al otro lado del muro, Antoine, con su gorro en la cabeza, se frotaba
la espalda con un cepillo de crin, bajo la ducha ardiente. Mathias entró en el
baño de Antoine, abrió la puerta de la ducha, cortó el agua caliente y volvió a
su bañera, dejando una estela de nubéculas de espuma en el parqué.
Una
hora más tarde, los dos amigos se reunieron en el rellano del piso, los dos
vestidos con una bata idéntica, cerrada hasta el cuello.
Cada
uno entró en la habitación de su hijo para acostarlo. De vuelta a lo alto de
las escaleras, dejaron caer al suelo las batas y bajaron los peldaños con un
paso sincrónico; pero esta vez en calzoncillos, calcetines, camisa blanca y
pajarita. Se pusieron los pantalones, que estaban plegados sobre los brazos de
la gran butaca, ataron los cordones de sus zapatos y fueron a sentarse en el
canapé del salón, uno a cada lado de la canguro que había sido llamada para la
ocasión.
Inmersa
en sus crucigramas, Daniéle hizo resbalar la montura de sus gafas hasta la
punta de la nariz y los miró por turnos.
—¡No
más tarde de la una!
Los
dos hombres se levantaron de un salto y se dirigieron hacia la puerta de
entrada. Mientras se disponían a salir, Daniéle divisó las batas que habían
resbalado por los peldaños y les preguntó si «poner orden» de siete letras les
decía algo.
La
discoteca estaba abarrotada. Mathias se encontró aplastado contra la barra del
bar que Antoine se esforzaba en alcanzar. Una criatura que parecía salida de
las páginas de una revista levantaba la mano para atraer la atención de un
camarero. Mathias y Antoine intercambiaron una mirada, pero en vano. Si uno u
otro hubiera tenido el valor de hablarle, el volumen de la música habría vuelto
imposible cualquier conversación. El barman preguntó por fin a la joven qué
deseaba beber.
—No
importa, con tal de que lleve una sombrilla en el vaso —respondió.
—¿Nos
vamos? —gritó Antoine a la oreja de Mathias.
—El
último que llegue al guardarropa invita al otro a cenar—respondió Mathias,
tratando desesperadamente de cubrir la voz de Puff Daddy.
Necesitaron
casi media hora para atravesar la sala. Una vez en la calle, Antoine se
preguntó cuánto tiempo tardaría en desaparecer el zumbido que le silbaba en la
cabeza. Por su parte, Mathias estaba casi afónico. Saltaron al interior de un
taxi en dirección a un club que acababan de abrir en el barrio de Mayfair.
Una
larga fila se extendía delante de la puerta. La juventud dorada londinense se
empujaba para entrar en aquel sitio. Un gorila localizó a Antoine y le hizo una
seña indicándole que pasara delante de todo el mundo. Muy orgulloso, arrastró a
Mathias en su estela, abriéndose paso entre la multitud.
Cuando
llegó a la entrada, el mismo gorila le pidió que señalara a los adolescentes
que los acompañaban. El club les daba preferencia en la entrada cuando los
padres venían con ellos.
—¡Vamonos!
—dijo enseguida Mathias a Antoine.
Otro
taxi, ahora en dirección al Soho, donde un DJ de música house daba un concierto
hacia las once en un lounge trena. Mathias se encontró sentado en un bafle, y
Antoine, en un cuarto de traspuntín, el tiempo justo para cambiar una mirada y
enfilar hacia la salida. El black cab rodaba ahora hacia el East End River, uno
de los barrios más de moda del momento.
—Tengo
hambre —dijo Mathias.
—Conozco
un restaurante japonés no muy lejos de aquí.
—Vamos
donde tú quieras, pero no despidamos al taxi, por si acaso.
Mathias
encontró el lugar estupendo. Todo el mundo estaba sentado alrededor de una
inmensa barra por la que circulaban, sobre una cinta mecanizada, surtidos de
sushis y sashimis. No se pedía, bastaba con elegir entre los miniplatos que
pasaban los que apetecieran. Después de haber probado el atún crudo, Mathias
preguntó si había pan y un trozo de queso; la respuesta fue la misma que cuando
reclamó un tenedor.
Puso
su servilleta en la cinta rodante y volvió al taxi, que esperaba en doble fila.
—¿No
tenías hambre? —preguntó Antoine cuando se reunió con él.
—¡No
hasta el punto de comer mero con los dedos!
Siguiendo
los consejos del chófer, tomaron la dirección de un lap dance club. Esta vez
confortablemente instalados en sus sillones, Mathias y Antoine paladeaban su
cuarto cóctel de la velada, no sin experimentar una cierta embriaguez.
—No
hablamos bastante —dijo Antoine, dejando su vaso—. Cenamos todas las noches
juntos y no nos decimos nada.
—Por
frases como ésa dejé a mi mujer —respondió Mathias.
—¡Tu
mujer es la que se fue!
—Es
la tercera vez que miras el reloj, Antoine. Porque hayamos dicho de volver a
intentarlo, no debes sentirte obligado.
—¿Todavía
piensas en ella?
—Ya
ves, para ti eso es todo, yo te hago una pregunta y respondes con otra.
—Es
para ganar tiempo. Hace treinta años que te conozco, Mathias, treinta años en
que el objeto de cada una de nuestras conversaciones acabas siendo tú. ¿Por qué
iba a cambiar esta noche?
—Porque
eres tú el que rehúsas siempre abrirte. Venga, te desafío, dime una cosa muy
personal, sólo una.
En
sus narices, una bailarina parecía enamorarse perdidamente de la barra de metal
en la que se estremecía. Antoine hizo rodar un puñado de almendras entre los
dedos y suspiró.
—Ya
no tengo deseo, Mathias.
—¡Si
te refieres a lo que pasa en la pista, tranquilo, yo tampoco!
—¿Nos
vamos? —suplicó Antoine.
Mathias
estaba ya de pie y lo esperaba en el guardarropa.
La
conversación se retomó en el taxi que los llevaba de vuelta a casa.
—Creo
que la idea de ligar me ha fastidiado siempre.
—¿Te
fastidió lo de Caroline Leblond?
—No,
con lo de Caroline Leblond a quien fastidié fue a ti.
—¿Hay
algo que una mujer pudiera hacer en la cama que te volviera loco?
—Sí,
esconder el mando a distancia del televisor.
—Sólo
estás un poco cansado, eso es todo.
—Entonces
debe de hacer la hostia de tiempo que estoy cansado. Miraba a esos tipos en la
boite por la noche temprano, parecían lobos al acecho. Eso ya no me divierte,
nunca me ha divertido. Cuando una mujer me mira desde la otra punta de la
barra, necesito seis meses para encontrar el valor de atravesar la sala. Y
luego la idea de despertarme al lado de alguien pero en un cama donde no hay
ningún sentimiento... Ya no puedo con ello.
—Te
envidio. ¿Te das cuenta de la felicidad que da saber que alguien te quiere
antes de desearte? Acéptate como eres, tu problema no tiene nada que ver con el
deseo.
—Es
mecánico, Mathias, hace tres meses que ni por la mañana me funciona. ¡Por una
vez, escucha lo que te estoy diciendo, ya no siento ningún deseo!.
Los
ojos de Mathias se llenaron de lágrimas.
—¿Qué
te pasa? —preguntó Antoine.
—¿Es
por mi culpa? —dijo Mathias, llorando.
—Eres
un completo idiota. ¿Qué idea se te ha metido en la cabeza? ¡Esto no tiene nada
que ver contigo, te digo que la cosa viene de mí!
—¿Es
porque te agobio? ¿Por eso?
—¡Para
ya, estás completamente loco!
—¡Que
sí, que por mi culpa no se te levanta!
—¡Ya
vuelves a empezar! Me pides que te hable de mí y, diga lo que diga, haga lo que
haga, la conversación recae sobre ti. Es una enfermedad incurable. Así que
vamos, no perdamos más tiempo, háblame de lo que te atormenta —gritó Antoine.
—¿De
verdad quieres que...?
—¡El
taxi lo pagas tú!
—¿Crees
que me ha faltado valor con Audrey? —preguntó Mathias.
—¡Dame
tu cartera!
—¿Por
qué?
—Hemos
dicho que el taxi lo pagabas tú, ¿no? ¡Entonces dame tu cartera!
Mathias
se resolvió por fin; Antoine la abrió y cogió, bajo la solapa, la pequeña foto
en la que Valentine sonreía.
—No
es valor lo que te ha faltado, sino discernimiento. Pasa página de una ver por
todas —dijo Antoine mientras pagaba al chófer con el dinero de Mathias.
Volvió
a poner la foto en su lugar y salió del taxi, que acababa de llegar a destino.
Cuando
Antoine y Mathias entraron de nuevo en casa, oyeron un estertor repetitivo.
Antoine, que no había estudiado arquitectura durante diez años para nada,
identificó enseguida el ruido de una tobera agujereada de la que el aire
caliente se escapaba. Su diagnóstico era fácil: la caldera estaba a punto de
rendir el alma. Mathias le hizo notar que el ruido no venía del subsuelo, sino
del salón. Sobresaliendo del extremo del sofá, un par de calcetines se movían
al ritmo del ronquido que les había inquietado. Daniéle, echada cuan larga era,
dormía apaciblemente.
Cuando
Daniéle se fue, los dos amigos descorcharon una botella de Burdeos.
Mathias
hacía todo lo que podía para concentrarse en su trabajo y sólo en su trabajo.
Cuando encontró en el correo de la librería un prospecto que anunciaba la
aparición de la nueva colección de Lagarde y Michard, sintió un cierto pellizco
en el corazón. Lanzó el catálogo a la papelera; pero por la noche, al vaciarla,
lo recuperó para dejarlo bajo la caja.
Todos
los días, al volver a su oficina, Antoine pasaba ante la tienda de Sophie. ¿Por
qué sus pasos lo llevaban por aquel lado de la acera cuando su oficina estaba
enfrente? No sabía nada de ello e incluso habría jurado no darse cuenta. Y
cuando Sophie descubrió a Antoine parado ante su vitrina, desvió su mirada.
Pronto
tenían que empezar los trabajos. Yvonne, ayudada por Enya, ponía un poco de
orden en el restaurante, multiplicando las idas y venidas entre el bar y la
bodega. Una mañana, Enya apartó una caja de cháteau labegorce, e Yvonne le
suplicó que la volviera a dejar en su sitio. Aquellas botellas eran muy
especiales.
Un
día, en la pizarra de la clase, la maestra había escrito con tiza el enunciado
de los deberes de geografía. Emily copiaba en el cuaderno de Louis, quien, por
su parte, con la mirada vuelta hacia la ventana, soñaba con las tierras
africanas.
Una
mañana, mientras volvía al banco, Mathias creyó reconocer la silueta de Antoine
que atravesaba el cruce. Aceleró para alcanzarlo y luego aminoró el paso.
Antoine acababa de pararse ante un almacén de ropa de bebé; dudaba, miraba a
izquierda y derecha, y empujó la puerta de la tienda.
Oculto
tras una farola, Mathias lo observaba a través de la vitrina.
Vio
a Antoine ir de una estantería a otra, rozando con la mano las pilas de
vestidos para bebés. La vendedora se dirigió a él, que con un gesto de la mano
le hizo entender que se contentaba con mirar. Dos pequeñas zapatillas le habían
llamado la atención. Las cogió del estante y las examinó en todos sus detalles.
Después se calzó una en el índice y la otra en el medio.
En
medio de los peluches, Antoine representaba en la palma, de su mano izquierda
la danza de los panecillos. Cuando sorprendió la mirada divertida de la
vendedora, enrojeció y volvió a poner las zapatillas en el anaquel. Mathias
abandonó su farola y se alejó por la calle.
A la
hora del almuerzo, McKenzie abandonó discretamente la agencia y corrió hasta la
estación de South Kensington. Saltó a un taxi y pidió al conductor que lo
llevara hasta Saint James Street. Pagó la carrera, se aseguró de que nadie lo
había seguido y entró de buen humor en la tienda de Archibald Lexington, sastre
al servicio de Su Majestad. Tras un breve paso por el probador, subió a una
pequeña tarima reservada para aquel uso y dejó a sir Archibald hacer los
retoques necesarios en el traje que le había encargado. Al mirarse en el gran
espejo, se dijo que había hecho bien. La próxima semana, cuando tuviera lugar
la inauguración de la futura sala del restaurante de Yvonne, sería todavía más
seductor que de costumbre, sería irresistible.
A
mitad de la tarde, John Glover abandonó su cottage para volver al pueblo. Tomó
la calle principal, empujó la puerta del vidriero y presentó el recibo. Su
encargo estaba listo. El aprendiz que lo había atendido se eclipsó un instante
y volvió llevando un paquete en las manos. John quitó delicadamente el papel
que lo envolvía, descubriendo una fotografía enmarcada. En la dedicatoria se
podía leer: «Para mi querida Yvonne, con toda mi amistad, Éric Cantona». John
agradeció con un gesto de la mano a los artesanos que trabajaban en el taller y
se llevó el marco; aquella noche lo colgaría en la gran habitación del primer
piso.
Y
aquella misma noche, mientras Mathias preparaba la cena, Antoine miraba la
televisión en compañía de los niños. Emily cogió el mando a distancia y comenzó
a hacer desfilar los canales. Estaba secando un vaso cuando Mathias reconoció
la voz de la periodista que hablaba de la comunidad francesa instalada en
Inglaterra. Levantó la cabeza y vio las rayitas del volumen deslizarse a la
izquierda del rostro de Audrey. Antoine había recuperado el mando de las manos
de Emily.
En
París, en los estudios de una cadena de televisión, el director de informativos
salía de una reunión de cierre de edición y se entrevistaba con una joven
periodista. Después de su marcha, un técnico entró en la habitación.
—Entonces,
¿ya está, es oficial, tienes tu programa? —dijo Nathan.
Audrey
afirmó con un gesto de la cabeza.
—¿Voy
contigo?
Y
Audrey respondió que sí de la misma manera.
A
mitad de la noche, mientras Sophie releía unas cartas, sola al fondo de la
trastienda, Yvonne confiaba a Enya, que permanecía sentada en el borde de la
cama, algunos secretos de su vida y la receta de su crema al caramelo.
Capítulo
19
Con
la mirada perdida en el vacío, Mathias giraba la cucharilla en su taza de café.
Antoine se sentó a su lado y se la quitó de las manos.
—¿Has
dormido mal? —preguntó.
Louis
bajó de su habitación y fue a sentarse a la mesa.
—¿Qué
está haciendo mi hija? Vamos a llegar tarde a la escuela.
—De
seguida viene —respondió Louis.
—No
se dice «de seguida» sino «enseguida» —replicó Mathias, alzando la voz.
Levantó
la cabeza y vio a Emily que se deslizaba por la barandilla de la escalera.
—Baja
de ahí inmediatamente —gritó Mathias, levantándose de un salto.
Con
la cara ceñuda, la niña fue a refugiarse al sofá del salón.
—¡Estoy
harto de ti! —siguió gritando su padre—. ¡Ven a la mesa ahora mismo!
Con
los labios temblándole, Emily obedeció y fue a sentarse en su silla.
—Eres
una niña mimada insoportable, hay que repetirte las cosas cien veces. ¿Es que
mis frases no llegan hasta tu cerebro? —continuó Mathias.
Desconcertado,
Louis miró a su padre, que le aconsejó que fuera lo más discreto posible.
—¡Y
no me mires así! —prosiguió Mathias, que no se calmaba—. ¡Estás castigada! Esta
tarde, cuando vuelvas, harás los deberes, cenarás y subirás a acostarte sin ver
la tele, ¿está claro?
La
niña no respondió.
—¿Está
claro, o no? —insistió Mathias, alzando aún más el tono.
—Sí,
papá —balbució Emily, con los ojos anegados en lágrimas.
Louis
cogió su cartera, fusiló a Mathias con la mirada y arrastró a su compañera
hacia la entrada. Antoine no dijo ni palabra y cogió las llaves del coche del
taquillón.
Después
de haber dejado a los niños, Antoine aparcó el Austin Haley delante de la
librería. Mientras Mathias se bajaba, lo agarró del brazo.
—Quiero
pensar que no te sientes bien en este momento, pero esta mañana te has pasado
con tu hija.
—Cuando
la he visto encaramada a la balaustrada, he tenido miedo, un miedo terrible, si
quieres saberlo.
—Porque
tú tengas vértigo, no debes impedirle caminar.
—Está
bien que digas eso, tú que le pones un jersey a tu hijo en cuanto tienes frío.
¿De verdad que he gritado hasta ese punto?
—¡No,
has aullado hasta ese punto! Prométeme una cosa, ve a que te dé el aire, vuelve
al parque esta tarde, ¡lo necesitas!. Antoine le dio una palmada amistosa en el
hombro y se dirigió a su despacho.
A
las trece horas, Antoine invitó a McKenzie a almorzar en el restaurante de
Yvonne. Para empezar, declaró que llevarían los planos de ejecución que
McKenzie había terminado y aprovecharían la comida para comprobar los detalles
sobre el terreno.
Ya
sentados a la mesa, Yvonne vino a buscar a Antoine, ya que preguntaban por él
por teléfono. Antoine se excusó con su colaborador y cogió el auricular en la
barra.
—Dime
la verdad, ¿crees que Emily puede dejar de quererme?
Antoine
miró el auricular y colgó sin responder. Se quedó cerca del aparato, e hizo
bien, pues el timbre tintineaba ya. Descolgó enseguida.
—Me
estás fastidiando, Mathias... ¿Perdón?... No, no hacemos reservas al
mediodía... Sí, gracias.
Y
bajo la mirada intrigada de Yvonne, volvió a colocar el auricular suavemente.
Antoine se volvió hacia su mesa y en cuanto dio media vuelta, el teléfono sonó
de nuevo. Yvonne le tendió el aparato.
—¡No
digas nada y escúchame! —suplicó Mathias, que iba arriba y abajo por su
librería—. Esta noche levanta el castigo, yo volveré después de ti y ya
improvisaré.
Mathias
volvió a colgar enseguida.
Con
el auricular pegado a la oreja, Antoine hizo esfuerzos por calmarse. Y como
Yvonne no le quitaba los ojos de encima, también él improvisó.
—¡Es
la última vez que me sacas de una reunión! —dijo antes de colgar a su vez.
Sentada
en un banco, Daniéle había abandonado su crucigrama para tejer un pelele. Tiró
del hilo de lana y volvió a colocarse las gafas en la punta de la nariz. Frente
a ella, Sophie, sentada con las piernas cruzadas en el césped, jugaba a las
cartas con Emily y Louis. Le dolía la espalda, se excusó con los niños y los
dejó el tiempo de dar algunos pasos.
—¿Qué
le pasa a tu padre ahora? —preguntó Louis a Emily.
—Creo
que es por la periodista que vino a cenar a casa.
—¿Qué
hay entre ellos exactamente? —preguntó el chico, echando una carta.
—Tu
padre... y mi madre —respondió Emily a la vez que tiraba las cartas.
Mathias
iba presuroso por una alameda del parque. Abrió la bolsa de la panadería, metió
la mano y sacó un bollo de pasas que mordió ávidamente. De repente, aminoró sus
pasos y su rostro cambió de expresión. Se ocultó detrás de un roble para espiar
la escena ante él.
Emily
y Louis reían de buena gana. A cuatro patas sobre la hierba, Sophie les hacía
cosquillas por turnos. Se incorporó para hacerles una pregunta.
—¿Una
sorpresa de siete letras?
—¡Tiovivo!
—exclamó Louis.
Como
por arte de magia, hizo aparecer dos tiques en el hueco de su mano. Se levantó
e invitó a los niños a seguirla hacia el carrusel.
Louis,
que iba rezagado, oyó silbar y se volvió. La cabeza de Mathias asomaba tras el
tronco de un árbol. Le hizo acercarse discretamente.
Louis
echó un rápido vistazo a las chicas que caminaban lejos, por delante, y corrió
hacia el banco donde ya lo esperaba Mathias.
—¿Qué
hacías allí? —preguntó el chaval.
—Y
Sophie ¿qué hacía allí? —respondió Mathias.
—No
te lo puedo decir, es un secreto.
—Pues
te digo que cuando supe que cierto chaval había arrancado una escama del
dinosaurio en el museo, yo no dije nada.
—Sí,
pero no es lo mismo, el dinosaurio estaba muerto.
—¿Y
por qué es un secreto que Sophie esté allí? —insistió Mathias.
—Al
principio, cuando te separaste de Valentine y venías a escondidas a ver a Emily
en el jardín de Luxemburgo, también era un secreto, ¿no?
—Ah,
ya veo —murmuró Mathias.
—¡Qué
va, no ves nada de nada! Desde que habéis reñido con Sophie, la echa de menos,
y yo también la echo de menos.
El
chico se levantó de un salto.
—Bueno,
tengo que irme, van a darse cuenta de que no estoy.
Louis
se alejó algunos pasos, pero Mathias lo llamó enseguida.
—Nuestra
conversación también es un secreto, ¿de acuerdo?
Louis
hizo que sí con la cabeza y confirmó su juramento con una mano puesta
solemnemente en el corazón. Mathias sonrió y le tiró la bolsa de bollos.
—Quedan
dos de pasas. ¿Le darás uno a mi hija?
El
chico miró a Mathias, con el aspecto de estar hundido.
—¿Y
qué le digo a Emily, que tu bollo de pasas ha caído de un árbol? ¡Realmente
eres una nulidad mintiendo, amigo mío!
Le
devolvió la bolsa y volvió a irse meneando la cabeza.
Por
la noche, al volver a casa, Mathias encontró a Emily y a Louis sentados delante
de los dibujos animados. Antoine preparaba la comida en la cocina. Mathias se
dirigió hacia él y cruzó los brazos.
—¡No
entiendo nada! —dijo, señalando la televisión encendida—.¿Qué había dicho yo?
Sorprendido,
Antoine levantó la cabeza.
—¡Nada
de televisión! Entonces, lo que digo y nada ¿es lo mismo? ¡Es el colmo! —gritó,
levantando los brazos al cielo.
Desde
el sofá, Emily y Louis observaban la escena.
—Me
gustaría que se respetara un poco mi autoridad en esta casa. Cuando tomo una
decisión sobre los niños, me gustaría que me respaldases, ¡es muy cómodo que
siempre sea el mismo el que castiga y el otro el que recompensa!
Antoine,
que había dejado de mirar a Mathias, dejó de remover el pisto.
—¡Es
una cuestión de coherencia familiar! —concluyó Mathias, mojando el dedo en la
cacerola y guiñando el ojo a su amigo.
Antoine
le asestó un golpe en la mano con el cucharón.
Concluido
el incidente, todos fueron a la mesa. Al final de la cena, Mathias llevó a
Emily a acostarse.
Estirado
al lado de ella, le contó la más larga de las historias que sabía. Y cuando,
para acabar, Théodore, el conejo con poderes mágicos, vio en el cielo el águila
que giraba en redondo (el pobre animal tenía desde su nacimiento un ala más
corta que otra, por unas plumas), Emily se metió el pulgar en la boca y se
acurrucó contra su padre.
—¿Duermes,
princesa? —susurró Mathias.
Se
dejó deslizar suavemente por el costado. Arrodillado junto a la cama, acarició
los cabellos de su hija y se quedó un momento mirándola dormir.
Emily
tenía una mano apoyada en la frente, y la otra retenía aún la de su padre. De
vez en cuando, sus labios temblaban, como si fuera a decir algo.
—Como
te le pareces —murmuró Mathias.
Le
dio un beso en la mejilla, le dijo que la quería más que a nada y abandonó la
habitación sin hacer ruido.
Antoine,
en pijama, acostado en su cama, leía tranquilamente. Llamaron a la puerta.
—He
olvidado recoger mi traje en la tintorería —dijo Mathias, asomando la cabeza
por el resquicio de la puerta.
—He
pasado yo, está en tu ropero —respondió Antoine mientras volvía al principio de
la página.
Mathias
se acercó a la cama y se echó sobre la cubierta. Cogió el mando a distancia y
encendió la televisión.
—Tienes
un buen colchón.
—Es
el mismo que el tuyo.
Mathias
se incorporó y ahuecó el almohadón para mejorar su confort.
—No
te molesto, ¿verdad?
—¡Sí!
—Ya
ves, luego te quejas de que nunca hablamos.
Antoine
le confiscó el mando y apagó el aparato.
—He
vuelto a pensar en tu vértigo, como problema no está desprovisto de
originalidad. Tienes miedo de crecer, de proyectarte hacia delante, y eso te
paraliza, lo cual incluye tus relaciones con los otros. Con tu mujer tenías
miedo de ser un marido y, a veces, con tu propia hija tienes miedo de ser
padre. ¿A cuándo se remonta la última vez que has hecho algo por alguien que no
seas tú?
Antoine
pulsó el interruptor de la lámpara de cabecera y se dio la vuelta.
Mathias
permaneció así algunos minutos, silencioso en la oscuridad; acabó por
levantarse y, justo antes de salir, miró fijamente a su amigo.
—¿Sabes
qué? Consejo por consejo, tengo uno que te concierne, Antoine: ¡dejar entrar a
alguien en la vida de uno es abatir los muros construidos para protegerse, no
esperar a que el otro los derribe!
—¿Y
por qué me dices eso? ¿Quizá no he roto el muro? —gritó Antoine.
—No,
soy yo el que lo ha hecho, y no hablaba de eso. ¿Cuál era la talla de los
calcetines en la tienda de ropa de bebé?
Y la
puerta volvió a cerrarse.
Antoine
no durmió por la noche, o casi. Volvió a encender la luz, abrió el cajón de su
mesilla, tomó una hoja de papel y se puso a escribir. Hasta el alba, cuando
hubo acabado de redactar su carta, no lo venció el sueño.
Tampoco
Mathias durmió aquella noche, o casi. También él volvió a encender la luz, y
como Antoine, hasta el alba, cuando hubo tomado ciertas resoluciones, no lo
venció el sueño.
Capítulo
20
Aquel
viernes, Emily y Louis llegaron tarde a la escuela. Habían tenido que zarandear
a sus padres para arrojarlos de la cama. Y mientras veían los dibujos animados
(con las carteras en la espalda, por si alguien tuviera la desfachatez de
hacerles algún reproche), Mathias se afeitaba en su cuarto de baño y Antoine,
hecho polvo, llamaba a McKenzie para prevenirle de que estaría en la agencia
dentro de una media hora.
Mathias
entró en su librería, escribió con rotulador en una hoja de papel Cansón:
Cerrado todo el día, la pegó en la puerta de vidrio y volvió a salir enseguida.
Pasó
por la agencia, y molestó a Antoine en plena reunión para forzarlo a prestarle
su coche. La primera etapa de su periplo le hizo ir por la orilla del Támesis.
Una vez estacionado en el aparcamiento de la torre Oxo, fue a sentarse en el
banco que estaba frente a la escollera el tiempo de concentrarse.
Yvonne
se aseguró de que no había olvidado nada y verificó de nuevo su billete.
Aquella noche, en la estación Victoria, subiría en el tren de las dieciocho
horas. Llegaría a Chatham cincuenta y cinco minutos más tarde. Volvió a cerrar
su maletín negro, lo dejó en la cama y abandonó su estudio.
Con
el corazón en un puño, bajó la escalera que llevaba a la sala; tenía una cita
con Antoine. Era una buena idea partir aquel fin de semana. No habría soportado
ver aquel gran desbarajuste en su restaurante. Pero la verdadera razón de aquel
viaje, aunque su maldito carácter le prohibía confesárselo, venía más bien del
corazón. Aquella noche, por primera vez, dormiría en el Kent.
Antoine
miró su reloj al salir de la reunión. Yvonne debía de esperarlo desde hacía un
cuarto de hora largo. Hurgó en el bolsillo de su traje, verificó que había un
sobre y corrió a su cita.
Sophie
estaba de perfil ante el espejo colgado en la pared de la trastienda. Acarició
su vientre y sonrió.
Mathias
miró una vez más las ondulaciones del río. Inspiró profundamente y abandonó el
banco. Avanzó con paso decidido hacia la torre Oxo y atravesó el vestíbulo para
entrevistarse con el ascensorista. El hombre escuchó atentamente y aceptó la
generosa propina que Mathias le ofreció a cambio de un servicio que, no
obstante, encontraba extraño. Después pidió a los pasajeros que tuvieran a bien
apretujarse un poco hacia el fondo del ascensor. Mathias entró en la cabina, se
situó frente a las puertas y anunció que estaba listo. El ascensorista apretó
el botón.
Enya
prometió a Yvonne que se quedaría allí todo el tiempo que duraran las obras.
Velaría por que los obreros no estropearan su caja registradora. Ya era difícil
de imaginar que a su vuelta nada sería igual, pero si su vieja máquina
estuviera dañada, el alma de su pequeño restaurante se largaría con viento
fresco.
No
quiso ver los últimos dibujos que Antoine le presentó. Confiaba en él. Pasó
detrás del mostrador, abrió un cajón y le tendió un sobre.
—¿Qué
es eso?
—¡Lo
verás cuando lo abras! —dijo Yvonne.
—¡Si
es un cheque, no pienso cobrarlo!
—Si
no lo cobras, cojo dos botes de pintura y emborrono todo tu trabajo cuando
vuelva. ¿Me has entendido bien?
Antoine
quiso seguir la discusión, pero Yvonne le cogió el sobre y lo puso en su
chaqueta.
—¿Las
coges o no? —dijo, agitando un manojo de llaves—. Quiero renovar la sala, pero
mi orgullo sólo morirá conmigo, soy de la vieja escuela. Sé muy bien que nunca
querrás que te pague tus honorarios; pero en todo caso, ¡mis obras, me las pago
yo!
Antonio
tomó las llaves de manos de Yvonne y le anunció que el restaurante era suyo
hasta el domingo por la noche. Hasta el lunes por la mañana no tenía derecho a
poner los pies allí.
—Por
favor, señor, quite el pie de la puerta, ¡la gente se impacienta! —suplicó el
ascensorista de la torre Oxo.
La
cabina no había dejado aún la planta baja y, aunque el mozo del ascensor había
intentado explicar la situación a los clientes, algunos ya no podían esperar a
llegar a su mesa en el último piso.
—Estoy
casi listo —dijo Mathias—, ¡casi listo!
Inspiró
a fondo y encogió los dedos de los pies en los zapatos.
La
mujer de negocios que estaba a su lado le soltó un paraguazo en la pantorrilla;
Mathias dobló la pierna, y por fin la cabina se elevó en el cielo de Londres.
Yvonne
salió del restaurante. Tenía cita con el peluquero y más tarde volvería a
recoger el equipaje. Enya casi tuvo que echarla, podía contar con ella. Yvonne
la apretó entre sus brazos y la besó antes de subir al taxi.
Antoine
volvía a subir la calle, se paró ante la tienda de Sophie, golpeó la puerta y
entró.
Las
puertas del ascensor se abrieron en la última planta. Los clientes del
restaurante se precipitaron fuera. Agarrado a la barandilla, al fondo de la
cabina acristalada, Mathias abrió los ojos. Maravillado, descubrió una ciudad
como jamás había visto. El ascensorista dio una palmada, luego una segunda y,
por fin, le aplaudió de todo corazón.
—¿Hacemos
otro viaje los dos solos? —preguntó.
Mathias
lo miró y sonrió.
—Entonces
uno cortito nada más, porque después tengo que conducir —respondió Mathias—.
¿Puedo? —añadió, poniendo el dedo en el botón.
—¡Es
usted mi invitado! —respondió orgullosamente el ascensorista.
—¿Vienes
a comprar flores? —preguntó Sophie a la vez que miraba a Antoine, que se
acercaba a ella.
Sacó
el sobre de su bolsillo y se lo tendió.
—¿Qué
es esto?
—Ese
imbécil para el que me pediste que escribiera... Creo que por fin te ha
respondido, así que he querido traerte su carta en persona.
Sophie
no dijo nada, se agachó para abrir el estuche de corcho y dejó la carta encima
de las otras.
—¿No
vas a abrirla?
—Sí,
a lo mejor luego; además, creo que no le gustaría que la leyera delante de ti.
Antoine
avanzó lentamente hacia ella, la abrazó, la besó en la mejilla y volvió a salir
de la tienda.
El
Austin Healy enfilaba por la M25. Mathias se inclinó hacia la guantera y atrapó
el mapa de carreteras. Pasados dieciséis kilómetros, debería tomar la M2.
Aquella mañana había cumplido su primera resolución. Manteniendo la marcha,
cumpliría la segunda en menos de una hora.
Antoine
pasó el resto de la jornada en compañía de McKenzie en el restaurante. Con
Enya, habían apilado las viejas mesas en el fondo de la sala. Mañana, el camión
de la carpintería se las llevaría todas. Ahora, trazaban juntos en los muros
grandes líneas con un hilo de tiza azul, marcando para los carpinteros que
estarían en la obra el sábado los límites de los alféizares de madera, y las
impostas para los pintores que intervendrían el domingo.
Al
final de la tarde, Sophie recibió una llamada telefónica de Mathias. Ya sabía
que ella no quería hablarle, pero le suplicó que le escuchara.
En
medio de la conversación, Sophie dejó el auricular el tiempo de ir a cerrar la
puerta de su tienda para que nadie la molestara. No le interrumpió ni una vez.
Cuando Mathias colgó, Sophie abrió el estuche. Sacó la carta del sobre y leyó
las palabras con las que había soñado durante todos los años de una amistad que
finalmente no era tal.
Sophie:
Creía
que el próximo amor sería otro fracaso, así que ¿cómo arriesgarme a perderte
cuando sólo te tenía a ti?
A
pesar de todo, al alimentar mis temores, te he perdido igualmente.
Todos
estos años te he escrito aquellas cartas, soñando, sin decírtelo jamás, ser
aquel que las leería. Tampoco aquella última noche he sabido decirte...
Querré
a ese niño mejor que un padre porque es tuyo, mejor que un amante incluso si es
de otro.
Si
todavía nos quisieras, yo disiparía tus soledades, te tomaría de la mano para
llevarte por un camino que haríamos juntos.
Quiero
envejecer bajo tu mirada y guarnecer tus noches hasta el fin de mis días.
Estas
palabras, las escribo sólo para ti, amor mío.
Antoine
Mathias
se detuvo en una estación de servicio. Llenó el depósito y volvió a coger la
M25 en dirección a Londres. Hacía un rato, en un pueblecito de Kent, había
cumplido su segunda resolución. Al acompañarlo hasta el coche, el señor Glover
confesó que había esperado aquella visita, pero de la identidad de Popinot no
quiso decir nada.
Al
meterse por la autopista, Mathias marcó el número del portátil de Antoine.
Había buscado a alguien que cuidara de los niños y lo invitaba a cenar.
Antoine
le preguntó qué celebraban. Mathias no le respondió, pero le propuso que
eligiera el sitio.
—Yvonne
se ha ido, tenemos el restaurante para nosotros. ¿Te vale?
Interrogó
rápidamente a Enya, quien estaba completamente de acuerdo en prepararles una
cena ligera. Dejaría todo en la cocina y no habría más que recalentar.
—Perfecto
—dijo Mathias—. Yo llevaré el vino. ¡A las ocho en punto!
Enya
les había dispuesto la mesa hermosamente. Al ordenar la bodega, había
encontrado un candelabro y lo había instalado en el centro de la mesa. Los
platos estaban en el horno, no tendrían más que sacarlos.
Cuando
Mathias llegó, ella los saludó y subió a su habitación.
Antoine
descorchó la botella que Mathias había traído y llenó las copas.
—Esto
va a quedar precioso. El domingo por la noche no reconocerás nada. Si no me he
equivocado, el alma del sitio no habrá cambiado, seguirá siendo el local de
Yvonne, pero más moderno.
Y,
como Mathias no decía nada, levantó su copa.
—Entonces,
¿qué es lo que celebramos?
—Es
por nosotros —respondió Mathias.
—¿Por
qué?
—Por
todo lo que hemos hecho el uno por el otro, en fin, sobre todo por ti. Ya ves,
en la amistad no se pasa por el Ayuntamiento, por lo que en realidad no hay
fecha de aniversario; sin embargo, puede durar toda una vida, ya que se ha
elegido así.
—¿Te
acuerdas de cuando nos conocimos por primera vez? —dijo Antoine mientras
brindaba.
—Con
Caroline Leblond —respondió Mathias.
Antoine
quiso ir a buscar los platos a la mesa, pero Mathias se lo impidió.
—Quédate
sentado, tengo algo importante que decirte.
—Escucho.
—Te
quiero.
—¿Ensayas
para una cita? —preguntó Antoine.
—No,
te quiero de verdad.
—¿Todavía
estás de broma? Para ya con eso, ¡me preocupas de verdad!
—Te
dejo, Antoine.
Antoine
posó su copa y miró fijamente a Mathias.
—¿Es
que hay otro?
—Ahora
eres tú el que bromea.
—¿Por
qué lo haces?
—Por
los dos. Me has preguntado a cuándo se remonta la última vez que he hecho algo
por alguien que no sea yo; ahora podría responderte.
Antoine
se levantó.
—Ya
no tengo hambre. ¿Te parece que nos vayamos?
Mathias
empujó su silla. Abandonaron la mesa y cerraron detrás de ellos la puerta de
servicio.
Pasearon
por la ribera, cada uno respetando el silencio del otro. Acodado en la
balaustrada de un puente que estaba suspendido sobre el Támesis, Antoine cogió
el último cigarro que quedaba en su bolsillo. Lo hizo rodar entre sus dedos y
encendió una cerilla.
—De
todos modos, yo no querría otro niño —dijo Mathias con una sonrisa.
—Creo
que yo sí—respondió Antoine a la vez que le tendía el cigarro.
—Ven,
crucemos, desde el otro lado la vista es más bella —repuso Mathias.
—¿Vendrás
mañana?
—No,
creo que es mejor que no nos veamos durante un tiempo; pero te telefonearé el
domingo para saber cómo han ido las obras.
—Comprendo
—dijo Antoine.
—Voy
a llevar a Emily de viaje. No pasa nada si falta al colegio una semana.
Necesito pasar tiempo con ella, pues tenemos que hablar.
—¿Tienes
proyectos? —preguntó Antoine.
—Sí,
de eso quiero hablar con ella.
—Y
conmigo, ¿ya no quieres hablar?
—Sí
—respondió Mathias—, pero con ella primero.
Un
taxi atravesaba el puente, y Mathias lo llamó. Antoine subió. Mathias cerró la
puerta y se inclinó sobre la ventanilla.
—Vuelve
tú, yo todavía caminaré un rato.
—De
acuerdo —respondió Antoine—. ¿Has visto la hora? —dijo, mirando el reloj—.
Conozco a una canguro que me va echar una bronca en cuanto vuelva.
—No
te preocupes por la señora Doubtfire, me he ocupado de todo.
Mathias
esperó a que el taxi se alejara. Metió sus manos en los bolsillos de la
gabardina y reanudó la marcha. Eran las dos y veinte. Cruzó los dedos para que
se cumpliera su tercera resolución.
Antoine
entró en la casa y miró el taquillón. El salón estaba en la penumbra, iluminado
por el centelleo de la pantalla de televisión.
Dos
pies sobresalían del extremo del sofá: uno llevaba un calcetín rosa, y el otro,
uno azul. Se dirigió hacia la cocina y abrió el refrigerador. En la rejilla,
las latas de soda estaban alineadas según el color. Las desplazó una tras otra
para ponerlas en desorden y volvió a cerrar la puerta. Llenó un vaso de agua
del grifo y se lo bebió de un solo trago.
Al
volver al salón, descubrió a Sophie. Dormía profundamente. Antoine se quitó la
chaqueta para taparle los hombros. Se inclinó hacia ella, le acarició los
cabellos, depositó un beso en su frente y se deslizó hasta sus labios. Apagó la
televisión y se dirigió hacia el otro extremo del sofá. Levantó delicadamente
las piernas de Sophie, se sentó sin hacer ruido y las apoyó en sus rodillas. Al
fin, se hundió en los cojines, buscando una posición para dormir. Cuando dejó
de moverse, Sophie abrió un ojo, sonrió y lo volvió a cerrar enseguida.
Capítulo
21
Antoine
había partido a primera hora de la mañana. Quería estar en su puesto cuando el
camión de la carpintería llegara. Sophie había preparado la maletita de Emily y
reunido algunos bártulos para su padre en una gran bolsa. Mathias pasó a
buscarla hacia las nueve. Se dirigieron a Cornualles y aprovecharon ese momento
a solas para discutir juntos sobre el futuro. Emily abrazó a Louis y le
prometió que le enviaría una postal todos los días. Sophie los acompañó hasta
la puerta.
—Gracias
por la bolsa —dijo Mathias.
—Gracias
a ti —-respondió Sophie a la vez que lo abrazaba—. ¿Funcionará? —preguntó.
—Seguro,
llevo a mi pequeño ángel de la guarda conmigo.
—¿Cuándo
vuelves?
—Dentro
de unos días, todavía no lo sé.
Mathias
tomó a su hija de la mano y bajó los peldaños de la escalinata, después se
volvió para contemplar la fachada de la casa. La glicinia se extendía a cada
lado de las dos puertas de entrada. Sophie lo miraba; él le sonrió, emocionado.
—Cuida
de él —murmuró Mathias.
—Puedes
contar conmigo.
Mathias
volvió a subir los escalones, levantó a Louis y lo besó dulcemente.
—Y
tú cuida de Sophie. Durante mi ausencia, eres el hombre de la casa.
—¿Y
mi padre? —respondió Louis, volviendo a poner los pies en el suelo.
Mathias
le hizo un guiño cómplice y se alejó por la calle.
Antoine
entró en el restaurante desierto. Al fondo de la sala, un candelabro señoreaba
sobre una mesa cubierta por un mantel blanco. El servicio estaba inmaculado,
sólo dos copas estaban llenas de vino. Se acercó y se sentó en la silla que
había ocupado Mathias la víspera.
—Deja
eso, voy a quitar la mesa —dijo Enya, al pie de la escalera.
—No
le había oído.
—Yo
sí—dijo ella, acercándose.
—Bonita
primavera, ¿no cree?
—Con
algunas tormentas, como cada primavera —dijo mientras miraba la sala vacía.
—Creo
que oigo el camión en la calle.
Enya
miró por el escaparate.
—Me
estoy poniendo nervioso —dijo Antoine.
—A
Yvonne le va a encantar.
—¿Dice
eso para tranquilizarme?
—No,
se lo digo porque ayer, después de que usted se fuera, ella vino a mirar sus
dibujos, y créame, sus ojos reían como nunca los había visto hacer.
—¿No
hizo ningún comentario?
—Sí,
dijo:«Ya ves, papá, lo hemos conseguido». Ahora, le haré café. Va, apártese de
ahí, es preciso que quite la mesa.¡Fuera!
Y ya
los carpinteros invadían el restaurante.
El
domingo por la mañana, John había hecho visitar su pueblo a Yvonne.
Estaba
loca por el lugar. A lo largo de la calle principal, las fachadas de las casas
eran todas de colores diferentes, rosas, azules, a veces blancas, incluso
violetas, y todos los balcones desbordaban de flores. Almorzaron en el pub, una
institución local. El sol brillaba en el cielo de Kent, y el patrón los había
instalado en el exterior. Extrañamente, toda la gente de aquel rincón debía de
tener recados que hacer aquel día, porque todos pasaban ante la terraza,
saludando a John Glover y a su amiga francesa.
Volvieron
a casa acortando a campo través; la campiña inglesa era una de las más bellas
del mundo. La tarde era también bella. John tenía trabajo en el invernadero, e
Yvonne aprovechó para echar una siesta en el jardín. Él la instaló en una
tumbona, la besó y fue a buscar sus herramientas en el cobertizo.
Los
carpinteros habían mantenido sus promesas. Todos los revestimientos estaban
colocados. Antoine y McKenzie se inclinaron cada uno en un extremo del
mostrador para verificar los ajustes. Eran perfectos, ni una sola astilla
sobresalía de los montantes. Los barnices realizados en el taller habían sido
pulidos al menos seis veces para obtener semejante brillo. Con mil
precauciones, y bajo la mirada vigilante y despiadada de Enya, la vieja caja
registradora había reencontrado su lugar. Louis la lustraba. En la sala, los
pintores acababan las impostas que habían desgranado y enlucido por la noche.
Antoine miró su reloj. Faltaba descolgar las lonas de protección, limpiar a
escobazos y volver a colocar las nuevas mesas y sillas en su sitio. Los
electricistas fijaban ya los apliques en las paredes. Sophie entró, con un gran
jarrón entre los brazos. Las corolas de las peonías apenas estaban abiertas;
mañana, cuando Yvonne volviera, estarían perfectas.
En
el sur de Falmouth, un padre hacía descubrir a su hija los acantilados de
Cornualles. Cuando se aproximó al borde para mostrarle a lo lejos las costas de
Francia, ella no dio crédito a sus ojos, y corrió a cogerlo en sus brazos, a
decirle que estaba orgullosa de él. Volviendo al coche, aprovechó para
preguntarle si, ahora que ya no tenía vértigo, ella podría por fin deslizarse
por las barandillas de las escaleras sin que la riñera.
Pronto
serían las cuatro y todo estaba acabado. De pie delante de la puerta, Antoine,
Sophie, Louis y Enya miraban el trabajo terminado.
—No
acabo de creérmelo —dijo Sophie, contemplando la sala.
—Tampoco
yo —respondió Antoine a la vez que la tomaba de la mano.
Sophie
se inclinó hacia Louis para hacerle una confidencia, sólo a él.
—Dentro
de dos segundos tu padre me va a preguntar si le gustará a Yvonne —cuchicheó a
su oído.
El
teléfono sonó. Enya descolgó e hizo un gesto a Antoine, ya que la llamada era
para él.
—Es
ella, que quiere saber si está acabado —dijo, dirigiéndose hacia el mostrador.
Y se
volvió, para preguntar a Sophie si pensaba que la nueva sala agradaría a
Yvonne.
Tomó
el aparato, y la expresión de su cara cambió. En el otro extremo del hilo, no
estaba Yvonne sino John Glover.
Había
sentido el dolor al principio de la tarde. No había querido inquietar a John.
Había esperado tanto ese momento. La campiña alrededor de ella irradiaba luz;
el follaje de los árboles oscilaba lentamente con el viento. Qué dulces eran
aquellos perfumes del verano naciente. Estaba tan cansada, que la taza se
deslizó entre sus dedos; para qué luchar por retener el asa, si aquello no era
más que porcelana. John estaba en el invernadero, no oiría ningún ruido. A ella
le gustaba el modo en que cortaba los rosales trepadores.
Qué
extraño, ella pensaba en él y ahí estaba, al final de ese camino. Cómo se
parecía a su padre, tenía su dulzura, aquella misma reserva, una elegancia
natural. ¿Quién era esa niña que lo cogía de la mano? No era Emily. Agitaba
aquella bufanda que ella llevaba el día en que la había llevado a la noria. Le
indicó que se acercara.
Los
rayos del sol eran cálidos; los sentía en su piel. No había de tener miedo,
pues había dicho lo esencial. ¿Un último trago de café, quizá? El recipiente
estaba en el velador, tan cerca y ya tan lejos de ella. Un pájaro pasaba por el
cielo; esa noche sobrevolaría Francia.
John
iba hacia ella. Ojalá fuera hacia la maleza. Valía más estar sola.
La
cabeza le pesaba demasiado. La dejó deslizarse hacia el hombro. Tenía que
mantener los párpados todavía un poco abiertos, impregnarse de todo lo que
había allí. Querría ver las magnolias, inclinarse sobre las rosas. La luz se
apagaba; el sol era menos cálido; el pájaro se había ido. La niña le hacía
gestos, y su padre le sonreía. Cielos, qué bella era la vida cuando se iba... Y
la taza rodó en la hierba.
Se
mantenía completamente derecha en la tumbona, con la cabeza colgando, algunos
trozos de porcelana a sus pies.
John
dejó sus herramientas y corrió por el camino, gritando su nombre.
Yvonne
acababa de morir en un jardín de Kent.
Capítulo
22
A
Yvonne le habría gustado aquel cielo sembrado de cúmulos encima del cementerio
de Oíd Brompton. John abría el cortejo. Daniéle, Colette y Martine seguían en
una sola fila. Sophie, Antoine, Enya y Louis sostenían a McKenzie, inconsolable
en su vestido nuevo. Detrás de ellos, comerciantes, clientes, toda la gente de
Bute Street formaban una larga fila.
Cuando
la miraban ya enterrada, un clamor sin par se elevó del gran estadio. Aquel
miércoles, el Manchester United había ganado el partido. Y, quién lo iba a
decir, aquella silueta que marchaba por la alameda y sonreía a John era la de
un gran jugador.
No
hubo misa, pues Yvonne no quería, sólo unas palabras para atestiguar que,
incluso muerta, estaba todavía allí.
La
ceremonia fue breve, según el deseo de Yvonne. Todos se reunieron en su local,
según el deseo de John.
Las
opiniones eran unánimes, y aun cuando Antoine lloraba, tenía que alegrarse, ya
que el restaurante era aún más bello de lo que ella había imaginado. ¡Seguro
que le habría gustado! Todos se instalaron en las mesas, y las copas se alzaron
en memoria de Yvonne.
A
mediodía, unos clientes de paso entraron en la sala. Enya no sabía qué hacer;
Daniéle le hizo un gesto, había que servirles. Cuando pidieron pagar, avanzó
hacia la caja registradora, sin saber si debía o no marcar aquella cuenta.
John,
que se había adelantado a sus espaldas, apretó la tecla, y la campanilla resonó
en la sala.
—¿Veis?
Está aquí, entre nosotros —dijo.
El
restaurante acababa de reabrir. Por otra parte, susurró John para sí, Yvonne le
había dicho un día que si cerraba, ella moriría una segunda vez. Enya no debía
inquietarse, pues aquella mañana, él la había visto en la obra, corriendo entre
las mesas sin apresurarse jamás. John estaba seguro de que ella sabría cómo
manejarse.
Nada
habría podido volverla más feliz, pero Enya no tenía los medios para reanudar
el negocio. John la tranquilizó: no tenía necesidad de ellos, encontrarían un
acuerdo, una gerencia. Como con Mathias en la librería, le enseñaría. Y luego,
si tenía necesidad de un poco de ayuda, él no estaría lejos. John no tenía más
que una petición. Le tendió un marco de madera con una fina moldura y le pidió
que le permitiera colgarlo encima del bar y que aquella foto se quedara allí
para siempre. Antes de ausentarse (tenía todavía una cosa que arreglar), John
le señaló su abrigo colgado en la percha y, por segunda vez, se lo ofreció. Era
preciso que ella se lo quedara. Traía suerte.
Sophie
miraba a Antoine. Mathias acababa de entrar.
—¿Has
venido? —dijo Antoine, adelantándose hacia él.
—Pues
claro, ya ves.
—Creía
que estarías en el cementerio.
—No
he sabido la noticia hasta esta mañana, al llamar a Glover. He ido lo más
rápido posible, pero ya sabes lo que pasa, con todos esos coches ingleses que
ruedan por el lado incorrecto.
—¿Te
quedas?
—No,
debo irme de nuevo.
—Entiendo.
—¿Puedes
quedarte a Emily unos días?
—Por
supuesto.
—Y
en cuanto a la casa, ¿qué quieres hacer?
Antoine
miró a Sophie, que llevaba un montón de pañuelos a McKenzie.
—De
todos modos, habría necesitado tu habitación —dijo Antoine al verla cogerse el
vientre.
Mathias
se dirigió hacia la puerta, volvió sobre sus pasos y abrazó a su amigo.
—Prométeme
una cosa: hoy no mirarás los detalles que cojean, sino todo lo que has hecho,
que es magnífico.
—Prometido
—dijo Antoine.
Mathias
entró en la librería, donde le esperaba John Glover. John firmó todos los
papeles sobre los que había discutido en Kent. Antes de partir, Mathias se
subió a la escalerilla. Tomó un libro del estante más alto y volvió detrás de
la caja. Había reparado el cajón, que ahora no hacía el ruidito cuando se lo
abría.
Volvió
a agradecer al viejo librero todo lo que había hecho por él y le entregó el
único ejemplar que la librería poseía de las aventuras de Jeeves.
Antes
de irse, Mathias tenía una última pregunta que hacer: ¿quién era aquel Popinot?
Glover
sonrió e invitó a Mathias a coger los dos paquetes que había depositado para él
ante la entrada. Mathias rasgó el papel de regalo que los envolvía. El primero
contenía una placa esmaltada, y el segundo, un magnífico paraguas ornado con un
mango esculpido en madera de cerezo.
—Allá
donde vayas, allá donde vivas, puede llover alguna noche —dijo John,
saludándolo.
Cuando
Mathias salió de la librería, John pasó la mano por el cajón de la caja y
volvió a poner el pequeño resorte exactamente como estaba antes.
El
tren entró en la estación. Mathias corrió por el andén, dejó atrás a toda la
fila de pasajeros y subió al primer taxi. Tenía una cita de la que dependía su
vida, gritó por la ventanilla a la gente que lo injuriaba; pero el coche bajaba
ya por el bulevar Magenta, excepcionalmente fluido aquel día.
Aceleró
el paso a la entrada de la calle peatonal y se puso a correr.
Detrás
del gran ventanal, se podía ver el plato de televisión en el que se preparaba
ya la edición del telediario de las ocho. Un agente de seguridad le pidió que
se identificara y el nombre de la persona que venía a ver.
El
guardia llamó a control.
Ella
estaría ausente unas horas, y el reglamento impedía comunicar el lugar en el
que se encontraba.
—¿Está
al menos en Francia? —había preguntado con la voz vacilante.
—No
se puede decir nada... Ya sabes, el reglamento —había repetido el guardia—. De
todos modos, eso no está apuntado —había añadido al consultar su gran
cuaderno—. Volverá la próxima semana. —Era todo lo que sabía.
—¿Podría
decirle al menos que Mathias ha venido a verla?
Un
técnico que atravesaba el pórtico prestó atención al oír un nombre que le era
familiar.
Sí,
se llamaba Mathias, ¿por qué? ¿Cómo conocía su nombre?...Lo había reconocido,
ella lo había descrito tantas veces, había hablado tan a menudo de él,
respondió el joven. Había tenido que escucharla a menudo para consolarla cuando
había vuelto de Londres. Así que tanto peor para el reglamento, había dicho
Nathan mientras lo apartaba lejos. Ella era su amiga; las reglas estaban bien a
condición de poder infringirlas cuando la situación lo imponía... Si Mathias se
apresuraba, quizá la encontraría en el Champ-de-Mars; en principio, rodaba
allí.
Los
neumáticos del taxi rechinaron cuando dieron la vuelta en la avenida Voltaire.
Desde
las calles ribereñas, la hilera de puentes ofrecía una perspectiva única. A la
derecha, los cristales azulados del Grand Palais acababan de iluminarse; ante
él centelleaba la torre Eiffel. París era realmente la ciudad más bella del
mundo, todavía más cuando uno se alejaba de ella.
Eran
las ocho pasadas. Dieron una última media vuelta a la altura del puente del
Alma, y el taxi aparcó junto a la acera.
Mathias
se arregló la chaqueta, verificó en el espejo retrovisor que sus cabellos no
estaban demasiado desordenados. Metiéndose la propina en el bolsillo, el chófer
lo tranquilizó: su porte era impecable.
Capítulo
23
Estaba
terminando su reportaje y charlaba con algunos colegas. Cuando lo vio en la
explanada, se le cambió la expresión de la cara. Cruzó la plaza corriendo para
ir a su encuentro.
Él
llevaba un traje elegante. Audrey miró las manos de Mathias, que temblaban
ligeramente. Se dio cuenta de que se había olvidado de ponerse los gemelos.
—Nunca
sé dónde los guardo —dijo él, mirándose los puños.
—He
traído tu taza de té conmigo, pero no tus gemelos.
—Ya
no tengo vértigo, ¿sabes?
—¿Qué
quieres, Mathias?
Él
la miró a los ojos.
—He
madurado, démonos una segunda oportunidad.
—Las
segundas oportunidades no funcionan.
—Sí,
lo sé, pero nos acostábamos juntos.
—Lo
recuerdo.
—¿Crees
que podrías querer a mi hija, si viviera en París?
Ella
lo miró fijamente durante un buen rato, lo cogió de la mano y se puso a
sonreír.
—Ven,
quiero verificar una cosa.
Y
Audrey se lo llevó corriendo al último piso de la torre Eiffel.
Epílogo
En
la primavera siguiente, una rosa se llevó el gran premio de la fiesta de
Chelsea. Había sido bautizada con el nombre de Yvonne. En el cementerio de Old
Brompton, ya florecía en su tumba.
Años
más tarde, un joven y su mejor amiga se encontraban tal y como solían hacer
cuando podían.
—Perdona,
mi tren llevaba retraso. ¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Emily, sentándose
en el banco.
—Acabo
de llegar. He ido al aeropuerto a buscar a mamá, que ha vuelto de una misión.
Me la llevo de fin de semana. ¿Y Oxford? ¿Qué tal te han ido los exámenes?
—Papá
se pondrá contento, porque me han dado un pequeño premio.
Sentados
en un banco junto al carrusel del parque, vieron a un hombre vestido por
completo de azul que acababa de instalarse frente a ellos. Éste dejó una gran
bolsa al pie de una silla y acompañó a su hija pequeña hasta el tiovivo.
—Seis
meses —dijo Louis.
—¡Tres
como mucho! —respondió Emily.
Ella
le tendió la mano, y Louis le dio una palmada.
—¡Se
acepta la apuesta!.
Mathias
sigue sin saber quién es Popinot.
Fin


Publicar un comentario