© Libro N°. 3022. Mis Enigmas Favoritos. Benitez, J.J. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Mis Enigmas Favoritos. J.J. Benitez
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MIS ENIGMAS FAVORITOS
J.J. Benitez
MIS
ENIGMAS FAVORITOS
J.J. Benítez
ÍNDICE
PRÓLOGO
PERÚ:
"EL BAUTISMO DE FUEGO"
EL "CANDELABRO"
DE PARACAS
CHILE:
LOS "GEOGLIFOS" OLVIDADOS
MÉXICO:
EL VALLE DE LAS "SIETE LUMINARIAS"
LOS
FRUTOS DEL PARAÍSO
¿TURQUÍA:
¿QUIÉN VOLABA EN LA ANTIGUEDAD?
COSTA
RICA: EL TÚNEL DE LOS "ÍDOLOS"
CHILE:
LAS MOMIAS MÁS ANTIGUAS DEL MUNDO
LAS
ESFERAS "DEL CIELO"
BERMUDAS:
LA "OTRA REALIDAD"
ICA:
LA "BESTIA NEGRA" DE LA CIENCIA
ARGENTINA:
¿UN FETO HUMANO PETRIFICADO?
EL
ENIGMA DE LOS "HOMBRES ALADOS"
ESTADOS
UNIDOS: LA GRAN CATÁSTROFE DE HACE SESENTA Y CINCO MILLONES DE AÑOS
LOS
"PRIMOS" DE "NESSIE"
NEPAL:
NI "ABOMINABLE" NI "DE LAS NIEVES"
EL
SECRETO DE COLÓN
EL
SECRETO DE VERNE
EL
SECRETO DE PARSIFAL
EL
SECRETO DE LUCÍA
EL
SECRETO DE MALAQUÍAS
ARGELIA:
"ASTRONAUTAS" EN LA EDAD DE LA PIEDRA
MALÍ:
EL "ARCA DE LOS NOMMOS"
SIBERIA:
LA MÁS GRANDE EXPLOSIÓN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA
PASCUA:
LOS OTROS ENIGMAS
BRASIL:
LA "SOGA DEL MUERTO"
MÉXICO:
UN "AS" EN LA MANGA
ITALIA:
EL ENIGMA DE LOS ENIGMAS
PRÓLOGO
Entre mis numerosos proyectos profesionales contando, claro
está, con el beneplácito de la Divina Providencia figura uno largamente
acariciado y por el que siento una notable debilidad: “Galaxia insólita”. Un
proyecto, lo sé, que dada su envergadura resultará poco menos que imposible de
rematar. Porque mi idea es mostrar aquellas incógnitas universales y aquellos
países y regiones del globo en los que el misterio, la magia o las leyendas'
hacen del lugar un enclave “insólito”. Llevo veinte años preparándome para
ello. He recorrido más de tres millones de kilómetros y presiento que ha
llegado el momento. Con “Mis enigmas favoritos”, primera entrega de “Galaxia
insólita”, intento esbozar lo que, en breve, constituirá este apasionante y
ambicioso trabajo de investigación a lo largo y ancho del mundo. Sé también que
en la presente' obra no están todos los que son. Enumerar la legión de enigmas
que florece en la Tierra sería como pretender desgranar una playa. Me he
limitado a dibujar los que, hoy por hoy, siguen poniendo en pie mi curiosidad y
para los que también lo adelanto la Ciencia no ha encontrado una explicación
“clara y terminante”.
Y alguien se preguntará: ¿y por qué esta irresistible atracción
por lo mágico e inescrutable? Entre las justificaciones posibles me inclino por
una, apuntada por Víctor Hugo hace más de un siglo: “El arco del infinito está
interrumpido escribe el poeta y novelista francés en Les travailleurs de la
mer. Pero lo prohibido nos atrae, a pesar de ser un abismo. Donde el pie se
detiene, puede seguir el espíritu. No hay ningún hombre que no lo ensaye, por
débil e insignificante que sea.” He aquí la gran razón. El progreso y el avance
espiritual están magistralmente sujetos a la curiosidad. ¿Qué sería del ser
humano sin enigmas? Corrigiendo a Pascal, este innato deseo de saber no
constituye la peor enfermedad. Muy al contrario: ha sido ese excelso don el que
ha motorizado la inteligencia.
Para muchos hombres, también lo sé, como para Dostoievski, “son
demasiados los enigmas que pesan sobre el corazón humano”. Y en mi osadía me
atrevo a aligerar la sentencia del genial ruso en Los hermanos Karamazov. No
son los misterios los que pesan, sino nuestra conmovedora pequeñez. No es el
gigantismo cósmico o el irritante silencio que se derrama con la muerte los que
nos abruman. Es la todavía frágil y jovencísima inteligencia que nos fue
regalada la que puja y se revela, sin admitir que esas incógnitas vienen a ser
como los números del calendario. Cada uno es despejado en su momento.
Benditos, pues, los misterios que, como las estrellas, iluminan
regularmente nuestra existencia, humillando al engreído y confundiendo al
necio. Los enigmas como los sueños provocan la duda, estimulan la imaginación y
abren las puertas interiores. Y visibles o invisibles permanecen al acecho o
dormidos en el regazo de la Historia, a la espera de una mirada, de una
intuición, de un pensamiento o de un propósito. En definitiva, a la manera de
un reclamo publicitario en la pared del alma, nos recuerdan nuestra condición
de “perpetuos aprendices
J.J. BENÍTEZ
A mis hijos, Iván, Satcha, Lara y Tirma con la esperanza de que
algún día tomen el relevo.
¡Queda tanto por “soñar”. .!
PERÚ: EL “BAUTISMO DE FUEGO”
Recuerdo la pampa de Nazca, al sur del Perú, con especial cariño
y agradecimiento. Allí, por el año 1974, tuve oportunidad de verificar por mi
mismo lo que otros, mucho antes que yo, habían calificado de “colosal
jeroglífico”. Las famosas “líneas de Nazca” junto a los ovnis y la no menos
enigmática “biblioteca de piedra” de Ica, también en Perú constituyeron mi
“bautismo de fuego” en lo que a investigación de lo insólito se refiere. ¿Cómo
no estar reconocido a ese hospitalario y fascinante país andino? Allí se
abrieron mis ojos a las “otras realidades”. Allí, en suma, osciló la brújula de
mi vida, marcando un nuevo “norte”, insospechado hasta esos momentos.
Desde entonces he procurado retornar al Perú con regularidad. Y
en cada una de mis visitas casi como un obligado ritual” he vuelto a caminar
por la ocre y sedienta pampa nazqueña, formulándome los mismos y arcanos
interrogantes:
¿Quién trabajó este gigantesco enigma? ¿Cómo fue ejecutado? ¿Por
qué?”
Lo he insinuado ya. El presente trabajo no pretende
exhaustivamente cada uno de estos misterios. La bibliografía en torno a muchos
de ellos es tan magnífica generosa. Mi intención también lo he mencionado es
“sobrevolarlos”, contribuyendo así y en la medida de mis posibilidades a
ensanchar el “horizonte interior”.
Y es mi obligación adelantar que en estos momentos (enero de
1991) el enigma de Nazca lejos de clarear, continúa sumido en un borrascoso
océano de hipótesis y contra hipótesis. Y ninguna de ellas como acontece con
los grandes misterios es mejor ni peor que las restantes. Todas aportan un rayo
de luz, pero ninguna reúne la fuerza suficiente para “iluminar” el valle del
Ingenio en su totalidad y despejar el secreto de esos cincuenta kilómetros
plagados de gigantescas figuras de animales, supuestas “pistas” de aterrizaje y
enrevesadas líneas, espirales, triángulos, cuadriláteros y trapezoides.
Creo que la palabra más ajustada es “impotencia”. Cuando uno
camina por este desolado desierto peruano
con un índice pluviométrico de un centímetro cúbico al año es
imposible percatarse de la magnificencia de lo que ha sido trazado entre el
polvo y los guijarros rojizos. Es menester elevarse en un helicóptero o en un
avión para “descubrir” la auténtica naturaleza y las dimensiones de este
“tablero diabólico”. De hecho, fueron los pilotos peruanos en los años veinte
quienes, al sobrevolar la región, dieron la voz de alerta sobre tan insólito
“paisaje”. Después, a partir de 1926, los estudiosos han ido desfilando por la
pampa, levantando planos, midiendo y examinando las figuras y elaborando toda
suerte de posibles “explicaciones”. Sin embargo, las noticias sobre la
existencia de estas docenas de dibujos se remontan a la conquista española. De
ese tiempo, justamente, procede la que podría estimarse como la primera
“hipótesis de trabajo” que procuró la solución del enigma. Fue un magistrado
español, Luis de Monzón, quien incluyó en sus crónicas a finales del siglo XVI
la versión unánimemente aceptada por los ancianos indios de la pampa que
“reconocían a los viracochas como la causa y motivo que había propiciado la
ejecución de las líneas y figuras”. ¿Y quiénes eran los
viracochas? Al parecer, un grupo étnico minoritario,
descendiente del mítico “hombre-dios Viracocha, llegado de los cielos” y que
tuvo a bien “instruir” a una parte de los pueblos andinos. Entre otros, a los
nazqueños. Según esta tradición, las plantas, animales, hombres y figuras
geométricas dibujados en la pampa habrían sido una “forma de contacto” con esos
“dioses” capaces de volar. Algo así como un “homenaje y culto” destinados a
“alguien” que tenía el don o la capacidad de “ver desde lo alto”. Y aunque
estoy convencido que todas las leyendas y mitologías encierran una parte de
verdad, esta ancestral creencia no termina de aclarar el “cómo”. Me consta que
la presencia de seres no humanos sobre la Tierra es antiquísima. Y entra
incluso dentro de lo verosímil que un remoto asentamiento hubiera tenido
conocimiento y constancia de esas visitas, reflejándolas a su manera sobre el
desierto. El problema, sin embargo, como digo, no queda resuelto con esta bella
y romántica hipótesis. ¿ Cómo se logró semejante perfección en los
alineamientos y en los dibujos? Ni que decir tiene que no creo en la tesis de
los “extraterrestres” como autores materiales de la maravilla de Nazca. Una
cosa es que pudieran “provocar” o “inducir” y otra muy distinta que
“ejecutaran” el trabajo. Como tampoco acepto la concepción del valle del
Ingenio como un grandioso “aeropuerto” interestelar. Después de casi veinte
años de investigación sobre ovnis me parece sencillamente ridículo que esas
naves prodigiosas necesiten de “pistas” para aterrizar o despegar.
Sí ha habido alguien que ha tratado de demostrar que esas
formidables figuras fueron trazadas por los viejos pobladores de Nazca, con el
auxilio de cuerdas y estacas. Me refiero, naturalmente, a María Reiche, la
“bruja de la pampa”. En estos últimos veintisiete años he tenido la fortuna de
conversar con ella en diferentes oportunidades, llegando a volar en su compañía
sobre el gran jeroglífico. El trabajo de esta matemática alemana, que consagró
cuarenta años de su vida al estudio, limpieza y conservación de las líneas, es
sencillamente faraónico. Yo la he visto barrer literalmente el desierto,
despejando de piedras los surcos que forman las figuras. En honor a la verdad,
la investigación de la pampa de Nazca se dividirá algún día en “antes y después
de María Reiche”. Para esta voluntariosa germana, el valle del Ingenio podría
ser el “más grande libro de astronomía del mundo”. Una idea que recogió de su
predecesor en el estudio de las figuras: el profesor Paul Kosok, de la
Universidad de Long Island, quien en 1926 “tropezó” con el “tablero maldito”
cuando investigaba los antiguos sistemas de irrigación. Para Reiche, las líneas
y figuras constituyen un método de predicción astronómica: solsticios, posición
y cambios de las estrellas, etc. Y todo ello según la “bruja” con una
intencionalidad puramente agrícola meteorológica astronómica.
Sin embargo, la admirable labor de Maria Reiche no termina de
convencer. Y así lo expuse en muchas de mis conversaciones con la tenaz
alemana. Ciertamente, algunas de las figuras podrían haber sido plasmadas con
el concurso de estacas y cordeles. Pero ¿cómo explicar la simetría existente
entre dibujos que se hallan a más de dieciocho kilómetros? Los expertos en
topografía saben de las enormes dificultades que presenta una obra de esta
naturaleza. Por otra parte, ¿dónde están los instrumentos y las herramientas
necesarios para la confección de un “libro de astronomía” de semejantes
características? Y un último y no menos espinoso reparo a las tesis de Reiche:
dada la extrema sequedad del lugar donde “llueve” una media hora
cada dos años, ¿ qué sentido tiene desplegar semejante esfuerzo para escrutar
la meteorología o los astros?
Para el astrónomo peruano Luis Mazzotti siguiendo la línea de
Kosok y Reich, Nazca nos ofrece todo un “mapa estelar”, con la configuración de
las constelaciones, tal y como fueron observadas desde aquellas latitudes
australes hace unos mil quinientos años. Según esta teoría, figuras como las
del colibrí, la araña, el mono, la ballena, etc., no serían otra cosa que
representaciones idealizadas de dichas constelaciones. Pero ¿y qué decir de las
“pistas”, líneas y demás formas geométricas?
Lamentablemente, tampoco la hipótesis de Mazzotti viene a
resolver el gran problema de fondo: ¿cómo fueron trazadas?
Y otro tanto sucede con las recentísimas teorías aportadas por
los astrónomos y antropólogos norteamericanos Anthony Aveni, Gary Urton y
Persis Clarkson. “Las líneas rectas más largas afirman estos científicos
servían quizá para conectar lugares ságrados, marcando los caminos rituales que
debían seguirse en las fiestas y ceremonias.”
Si fuera así, ¿dónde están los restos de estos templos o lugares
sagrados?
Y el enigma sigue en pie, desafiante. Y hasta el momento,
investigadores y estudiosos sólo parecen coincidir en una circunstancia
indiscutible que, quizá, guarda la clave del secreto: las figuras de Nazca sólo
visibles en su totalidad desde el aire pudieron ser ejecutadas “para alguien
que volaba...”.
EL “CANDELABRO” DE PARACAS
Es inevitable. Alrededor de los pequeños y grandes enigmas
surgen siempre “cortinas de humo”, especulaciones amarillistas e
“intoxicaciones” de muy oscuros orígenes. E imagino que a o largo de este
trabajo tendré oportunidad de ir analizando más de una y más de dos. Éste es el
caso del celebérrimo “candelabro” de Paracas, al norte de la recién comentada
pampa de Nazca. La verdad es que en estos últimos años he llegado a leer y
escuchar las más peregrinas hipótesis sobre su construcción y finalidad. Una de
las más difundidas y mejor aceptada quizá por la carga “mágica” que arrastra es
la que sostiene que el gran “tridente” señala hacia el valle del Ingenio, “como
una especie de cósmica advertencia de la proximidad del cosmódromo nazqueño”. Y
lógicamente, aquellas personas que no han tenido la fortuna de visitar el lugar
o, sencillamente, no se han tomado la molestia de inspeccionar los tapas,
pueden llegar a creer en semejante “invento”. ida más remoto y carente de base.
Esta inmensa y misteriosa figura trazada sobre la ocre salitrosa
duna que se desliza hacia el océano Pacífico en punta Pejerrey, en la península
de Paracas no guarda
relación alguna con las “pistas” y dibujos que conforman el
referido “tablero maldito” de Nazca. En una de mis primeras visitas al
promontorio, hs análisis efectuados con las brújulas fueron terminantes. El eje
central y principal del “candelabro” marcaba el norte. Para ser exactos: 348
grados. O lo que es lo mismo, una desviación de 12 grados hacia el oeste, en
relación con el norte magnético. (Como es sabido, en esta zona, la desviación
magnética se calcula en unos siete grados este.) Ello situaba la dirección de
la figura a 355 grados. En otras palabras, no existía la menor relación con
Nazca, al menos en lo que a direccionalidad se refiere. Ni con la pampa, ni con
la ciudad de Cuzco, ni tampoco con la mítica Machu Picchu. Muy probablemente,
si el “candelabro” o “tridente” de Paracas apareciera orientado hacia alguno de
estos conocidos enclaves, el velo de misterio que lo cubre quizá hubiera sido
levantado hace tiempo... Lamentablemente, al trazar una línea recta
siguiendo su brazo principal, uno se pierde en el interior del
continente americano, sin alcanzar a desentrañar el porqué de tan
desconcertante símbolo.
Tampoco el estudio de sus colosales magnitudes o la forma en que
pudo ser trabajado arrojan la suficiente luz como para aclarar la razón o
razones de su existencia.
Durante algún tiempo busqué una posible relación numérica entre
las medidas que le dan cuerpo. Fue inútil. Sus 183 metros de longitud máxima,
su inclinación en relación al mar (40 grados), la anchura de los brazos (3,2
metros) o la profundidad de los mismos (oscilando entre 1 y 1,2 metros), no
aportaron datos o pistas concretos.
En cuanto a su antiguedad, los investigadores se hallan
igualmente atrapados. Resulta muy difícil estimarla.
Quizá uno de los puntos en común con la pampa nazqueña resida en
la extrema sequedad del paraje, que ha permitido una notable conservación de la
figura. La atmósfera salitrosa que envuelve el promontorio ha actuado como
aglutinante, apelmazando y endureciendo la arena que rodea al “candelabro”.
Cuando uno camina sobre la mencionada duna es fácil advertir que las líneas del
“tridente” pudieran haber sido formadas mediante una simple técnica de
“vaciado”, con un férreo prensado de las paredes laterales. Como es lógico, los
fuertes vientos reinantes rellenan y vacían regularmente los “brazos” aunque,
hasta el momento, que se sepa, no han sido capaces de borrarlos.
Al excavar en el interior de dichos “brazos”, el investigador se
encuentra con otra sorpresa. A diez o quince centímetros 4ependiendo de los
lugares examinados, la arena desaparece y surge una costra blancoamarillenta,
de naturaleza cristalina, muy común en toda la península de Paracas. Esta
sedimentación natural, amén de su cegadora luminosidad, presenta una superficie
asombrosamente lisa. La deducción es inevitable: hace cientos o quizá miles de
años, el “candelabro” de Paracas podía ofrecer una lámina y un color
infinitamente más atractivos que en la actualidad. Si hoy se dibuja desde el
aire o desde el mar como un todo rojizoamarillento, en el pasado, esa imagen
tuvo que destellar al sol como un “tridente” de plata.
Pero ¿cuál es su finalidad? Como en el caso de Nazca, las tesis
son tan múltiples como variopintas. Y todas, directa o indirectamente,
coinciden en el único hecho aparentemente claro: tanto por su ubicación como
por sus proporciones parece concebido para ser observado en la distancia. Y
ahí, en definitiva, arranca el gran problema. A diferencia de las figuras de la
pampa nazqueña, la “confección” del “tridente” no debió ofrecer excesivas
dificultades técnicas a sus ejecutores. Ahora bien, ¿por qué ese trazado
gigantesco, por qué ese particular emplazamiento y por qué esa dirección norte?
Como digo, hasta el momento nadie ha sido capaz de desvelar uno
solo de estos interrogantes.
Algunos afirman que podríamos estar ante un gigantesco y
especialísimo “faro”, que habría contribuido a mejorar la navegación por estos
turbulentos acantilados. De
hecho, con tiempo despejado, el “candelabro” es perfectamente
visible a veinte kilómetros de la costa.
Otros lo identifican con un signo ritual, relacionado
probablemente con sacrificios humanos. El eje principal, en efecto, se
encuentra alineado con la isla Blanca y relativamente próximo a otro grupo de
islas las Chincha, en las que los arqueólogos descubrieron las momias de
jóvenes mujeres decapitadas. Tanto en la cerámica como en los célebres mantos
de la cultura “paracas” y en las manifestaciones artísticas de los “nazca”, el
“tridente” o “cactus-tridente” es relativamente frecuente. Pero ¿nos hallamos ante
un símbolo ritual o ante un “árbol de la vida”, como insinúan determinados
expertos?
En lo que no puedo estar de acuerdo es en la aberrante hipótesis
de María Belli de León, que llegó a escribir que “el candelabro de tres brazos
se encuentra grabado magnéticamente en la roca, como guía hacia el astro-puerto
de Nazca, iluminándose en la noche”. Ni las brújulas presentan alteración
alguna sobre el “tridente”, ni éste fue “grabado” sobre la roca, ni tampoco
señala hacia el sudeste (emplazamiento de la pampa nazqueña) y mucho menos
disfruta de esa pretendida iluminación nocturna. En lo que respecta a la
opinión más generalizada entre
los arqueólogos ”un signo de carácter astronómico”, en mi
opinión es como no decir nada. ¿A qué signo concreto se están refiriendo? ¿Y
por qué dibujarlo de modo y manera que sólo sea visible desde el aire o desde
el océano?
CHILE: LOS “GEOGLIFOS” OLVIDADOS
Siguiendo hacia el sur por esta enigmática costa peruana, entre
otras fascinantes incógnitas a las que me referiré en su momento, el
investigador, nada más cruzar la frontera, puede acceder a otro misterio de
características similares a los precedentes. Al norte de Chile, entre Anca y
Tocopilla, diseminados por el ardiente desierto de Atacama uno de los más duros
del planeta, se contabilizan decenas de figuras y dibujos que, al igual que en
Nazca y Paracas, parecen concebidos y realizados para ser observados desde el
aire o desde la distancia. Pero estos “geoglifos”, a diferencia de los
peruanos, permanecen prácticamente olvidados. Y me atrevería a decir más: con
la honrosa excepción de los científicos de la Universidad de Tarapacá (Anca) y
de algunos muy pocos estudiosos del resto del mundo, esta magnífica muestra del
arte precolombino es sencillamente ignorada por la colectividad científica.
Cuando uno camina por los áridos cerros del valle de Azapa, de
Chiza Suca, Tiliviche y Abra, o brega con las infernales pendientes y quebradas
de Cerro Figuras, Soronal y Cerro Unita o sobrevuela en helicóptero o avioneta
los Cerros Pintados, la perfección y grandiosidad de estas imágenes le hacen
enmudecer. Allí, en mitad de la desolación del desierto, aparecen “líneas y
pistas” como las de Nazca, figuras de “hombres”, gigantescos “sapos”, rebaños
de camélidos, enigmáticos círculos, espirales, “flechas” y, en fin, un
diabólico maremágnum de simbolos de muy difícil interpretación.
Muchos de estos “geoglifos”, a diferencia también de los
nazqueños no ofrecen duda alguna sobre la “técnica” de su realización. Basta
aproximarse a ellos para observar que han sido ejecutados mediante la
acumulación de piedras de origen volcánico que oscilan entre los diez y
cincuenta centímetros de longitud. De esta forma, el material lítico gris
oscuro, distribuido a manera de mosaico, se destaca sobre el resto del terreno,
multiplicando el efecto visual. En otros lugares, los autores se han limitado a
“limpiar” de rocas y guijarros las laderas y cumbres de los cerros, propiciando
así toda suerte de imágenes. Algunas de estas desconcertantes estructuras
superan los cien metros de longitud.
Pero, aunque en este caso se sepa o sospeche el método de
realización de tales figuras, lo que sigue siendo una incógnita es el “porqué”
o “para qué” de su existencia.
En mis conversaciones con el profesor Luis Briones, especialista
en arte rupestre y conservador de los “geoglifos”, salió a relucir,
naturalmente, el problema de fondo: ¿cuál pudo ser la finalidad de estos
cientos de imágenes, la mayoría perdida en los más recónditos parajes del
desierto chileno? Y como ocurre con los enigmas “gemelos” del Perú, las
explicaciones de los arqueólogos y científicos son vagas, oscuras y tímidas.
¿Se trataba de “señalizaciones”? ¿Algo así como los modernos
indicadores de nuestras carreteras y autopistas? La hipótesis de trabajo podría
encajar en determinados “geoglifos”, ubicados al filo de los antiguos caminos y
cañadas. Pero ¿cómo ajustar esta tesis a las figuras que reposan lejos de las
rutas caravaneras? Por otra parte, las enormes proporciones de muchos de estos
símbolos sólo perceptibles con claridad desde una cierta distancia y en
especial desde el aire parecen reñidas con una intencionalidad puramente
“orientativa”.
También se ha barajado la socorrida idea, favorita de los
arqueólogos y antropólogos ortodoxos, de una “representación ritual que
propiciase buenas cosechas y mejores rebaños”. La explicación sería verosímil
para las figuras de los camélidos. Pero, ¿ qué ocurre con los enigmáticos
“círculos”, las gigantescas “cabezas de hombres”, las “pistas” o los
“rectángulos”, por mencionar algunos ejemplos?
Y la gran duda planea de nuevo sobre el enigma de los
“geoglifos” de Anca: ¿por qué esa obsesión en los pueblos que habitaban la
vieja placa tectónica de Nazca por dibujar y fabricar imágenes que pudieran ser
vistas desde el aire?
Quizá el lector haya adivinado la respuesta...
SÁHARA: “MOSCAS” Y “BOOMERANG” GIGANTESCOS
Pero no es sólo el continente sudamericano el que ofrece esta
serie de peculiares enigmas. La “obsesión” por las figuras, dibujos y
construcciones observables únicamente “ desde lo alto” aparece también en otros
rincones del planeta. Algunos caso de Estados Unidos y Gran Bretaña, bien
conocidos por los amantes de la Arqueología. Otros, como el del Sáhara,
perfectamente ignorados. Y a este nuevo misterio voy a referirme, aunque debo
adelantar que la información que ha llegado hasta mí resulta escasa e incompleta,
por razones obvias. Y me explico. El escenario e dicho enigma se halla
localizado en las ardientes arenas de lo que fue el Sáhara español. Hoy,
lamentablemente, esta región se encuentra envuelta en una guerra de guerrillas
y mis sucesivos intentos por adentrarme en la misma han prosperado. Será
cuestión de aguardar tiempos ores para penetrar en dicho desierto y explorar la
zona 'n detenimiento.
La noticia llegó a mi poder a través de los pilotos del ejército
del Aire español, que prestaron sus servicios en aquella parte de África.
Fueron ellos, justamente, quienes
“descubrieron” en sus vuelos las extrañas formaciones existentes
en los territorios de El Aaiún, Chej Merebbi Raban, Lehmeira, Musa, Sallat
Aseraui, Moroba, Habchi, Chabien, Jang Saccim, Quesar, Tuccat, Tifariti, Bir
Lehmar y Fadral Tamat. Y fueron ellos quienes las “bautizaron” con los nombres
de “moscas” y “boomerang”, trazando los primeros planos de su situación.
“Moscas” y “boomerang” responden a las curiosas formas que
presentan desde el aire. Las primeras se asemejan a estos insectos, con dos
enormes “alas” de puntas redondeadas, separadas por una especie de canal recto
y provistas de una “cabeza” oscura y mal definida. Según los cálculos de los
pilotos las dimensiones de las “moscas” en ningún caso sobrepasaban los
cincuenta metros.
Los “boomerang”, en cambio, son gigantescos. Algunos alcanzan un
kilómetro y medio de longitud. En las fotografías tomadas desde los aviones se
observa una zona central oscura y casi triangular de la que parten sendas
líneas estrechas y extraordinariamente largas. Una estructura, en suma, muy
similar a la de la famosa arma australiana.
Inexplicablemente, todos los “boomerang” se hallan orientados
hacia el oeste. Las “moscas”, sin embargo, no guardan un orden aparente. Se
encuentran distribuidas por doquier y en formaciones anárquicas.
Según los pilotos, la localización en tierra de tan
desconcertantes construcciones es labor ardua. Pese a disponer de la ubicación
de muchas de ellas, las dunas del desierto han terminado por cubrirlas,
dificultando las tareas de reconocimiento. Lo que sí se sabe es que no
corresponden a formaciones naturales o a simples accidentes del terreno. Están
“fabricadas” con enormes piedras oscuras y, en el caso de los “boomerang”, como
digo, manteniendo una orientación tan rígida como críptica. ¿Por qué hacia el poniente?
Cuando la población nativa, los saharauis, fue interrogada
acerca de estas enigmáticas “obras”, su respuesta fue siempre la misma:
“Pertenecen a nuestros gloriosos antepasados.”
Y un torrente de preguntas surge de inmediato.
¿A qué antepasados se refieren? ¿Nos encontramos, como en los
enigmas de Perú y Chile, ante una civilización con unos conocimientos muy
superiores a los que imaginamos? ¿Por qué los “boomerang” señalan hacia el
Atlántico? ¿Qué se oculta bajo las “alas” de las “moscas”? ¿Fueron conscientes
de que tales construcciones sólo podían ser divisadas desde el aire? ¿Acaso
tenían capacidad para volar?
Como digo, será menester internarse en el Sáhara e investigar
directamente sobre este irritante misterio para tratar de aportar un mínimo de
luz.
Pero no todos los enigmas de estas características se hallan
anclados en la antiguedad. También en los tiempos modernos han sido detectados
dibujos y figuras sólo ví desde el aire, cuya explicación constituye un moto
rompecabezas para la ciencia oficial. Éste es el caso las asombrosas
“estrellas” descubiertas en 1957 sobre territorio francés.
FRANCIA: LAS “ESTRELLAS” DE CHARTRES
Un buen día, a través de un viejo amigo ingeniero nuclear en
Francia tuve conocimiento de un extraño suceso. Al parecer, sobre territorio
francés habían sido descubiertas unas gigantescas y enigmáticas figuras, Sólo
visibles desde el aire. Presentaban la forma de “estrella”, con una serie de
curiosas “coincidencias”. Las imágenes aportadas por el ingeniero eran
elocuentes. Y puse en marcha la investigación.
La respuesta del Instituto Geográfico Nacional del país me dejó
perplejo. Las “estrellas” en cuestión existen, por supuesto, constituyendo a
juicio de los especialistas galos uno de los más indescifrables enigmas con que
se haya enfrentado la ciencia...
Todo arrancó en 1957. El mencionado Instituto había vado a cabo
una rutinaria misión aérea sobre Chartres, fotografiando la zona situada al
sur-sudoeste. A decir verdad, durante las tomas fotográficas, ninguno de los
miembros de la tripulación y del equipo de Cartografía detectó nada anormal. La
sorpresa llegaría poco después, cuando
los expertos se dispusieron a analizar las imágenes aéreas. Allí
aparecía “algo” tan espectacular como inexplicable: unas curiosas alineaciones
de manchas claras, regularmente espaciadas sobre diversos suelos de la región.
La alineación principal sumaba una veintena de “manchas”,
espaciadas entre sí unos trescientos sesenta metros y ubicadas sobre un eje
casi norte-sur, con una declinación de siete grados y veinticinco minutos hacia
el este.
El examen detallado de cada “mancha” reveló una estructura
invariable esto es importante, en forma de “estrella” y de treinta y cinco
metros de diámetro. El “hallazgo”, como digo, desconcertó a los geógrafos
franceses.
Y los análisis se repitieron, así como las tomas aéreas. Todo
coincidía.
El uso de la visión estereoscópica, con la ayuda de los clichés
efectuados sucesivamente por el avión en su desplazamiento, permitió fijar un
límite superior al relieve eventual de estos objetos, cuarenta centímetros,
como mucho, con relación al suelo. Si las dimensiones y la estructura de estas
“estrellas” son notablemente constantes, se puede observar en cambio que su
“luminosidad” es muy variable.
Sin embargo, dos fotografías diferentes que engloben la misma
“estrella”, efectuadas el mismo día o con algunos días de intervalo, la
muestran siempre en idéntico lugar, con similar contraste. Esto eliminó la
posibilidad de un artefacto, convenciendo a los franceses de la innegable
realidad de dichos objetos ópticos. (Los clichés originales fueron placas de 18
por 18 centímetros, con una emulsión pancromática sensible al espectro
visible.)
Pero quizá uno de los factores que más impresionó y desconcertó
a los investigadores fue la enorme semejanza existente entre las “estrellas”.
Todas ellas, como fue dicho, alcanzaban los treinta y cinco metros de diámetro,
con un total de nueve ramas. Cada uno de estos brazos aparecía integrado por
cuatro círculos o puntos, perfectamente visibles. En total, pues, cada figura
se hallaba “construida” por treinta y seis puntos.
Naturalmente, desde que estas enigmáticas imágenes fueran
tomadas y descubiertas por el Instituto Geográfico Nacional Francés, las
hipótesis para tratar de explicarlas han sido múltiples. Sin embargo, hasta el
momento, ninguna puede estimarse como definitiva.
Para algunos, estas “estrellas” de nueve puntas pudieron ser la
consecuencia de operaciones desplegadas por la Compañía General de Geología, a
base de cargas explosivas colocadas a escasa profundidad y siguiendo una
disposición en estrella. Con este procedimiento, no obstante, difícilmente se
hubiera logrado una simetría tan perfecta y, mucho menos, un grado de
luminosidad como el que ofrecían los círculos que conformaban las figuras.
Otros aseguraron que nos hallábamos ante restos de
construcciones prehistóricas. Y algunos arqueólogos apuntaron la posibilidad de
que dichas formaciones “en estrella” fueran “cromlechs”; es decir, monumentos
de los antiguos druidas, formados por menhires dispuestos en círculo como en el
caso de Carnac o en varios círculos concéntricos alrededor de otro menhir más
elevado o de una piedra esférica.
Cuando los investigadores acudieron a los campos donde fueron
fotografiadas las “estrellas” no hubo forma de encontrar un solo resto
megalítico. Y la hipótesis prehistórica fue olvidada.
Por otra parte, ¿por qué los “cromlechs” existentes en el mundo
no han podido ser fotografiados desde el aire con semejante nitidez y, sobre
todo, con esa “luminosidad”?
¿Podía tratarse de otro fenómeno? ¿Quizá de las “huellas”
dejadas por ovnis? Curiosamente, en uno de los números de Sdence et Vie se
habla de la aparición de objetos voladores no identificados sobre esa región.
El hecho tuvo lugar en octubre de 1954. Pues bien, al superponer una de estas
alineaciones de ovnis sobre las de las “estrellas”, el cincuenta por ciento de
las mismas coincidía.
¿ Casualidad?
La solución sigue sin aparecer. Y el mundo de la ciencia se
enfrenta a otro misterio.
¿Qué son las “estrellas” de Chartres? ¿Quién las formó? Y, sobre
todo, ¿con qué fin?
MÉXICO: EL VALLE DE LAS “SIETE LUMINARIAS”
Y hablando de “estrellas” me viene a la memoria otro increíble
paraje de este planeta “encantado”: el valle de Santiago, en el centro de
México. Allí, al recorrerlo, tuve la oportunidad de adentrarme en un nuevo
enigma, íntimamente vinculado a las estrellas que dan forma a la llamada “Osa
Mayor”. En realidad no debería hablar de un enigma, sino de varios... Pero
arrancaré por el que me condujo hasta el citado valle, en el estado de
Guanajuato. En una superficie de siete kilómetros cuadrados se alzan siete volcanes
extinguidos. Antes de la llegada de los conquistadores la región recibía el
nombre de “Camémbaro” que, justamente, viene a significar “País de las Siete
Luminarias”, en recuerdo
siempre según la tradición de las “antorchas” que manaban de los
mencionados cráteres. Y con los españoles, “Camémbaro” fue sustituido por valle
de Santiago, fundándose la ciudad del mismo nombre a poco más de 1.700 metros
de altitud. Esto ocurría en mayo de 1607. Pues bien, por aquellas fechas, los
misioneros y cronistas recibieron detalles en torno a algunos de los
misteriosos sucesos que se registraban en el interior de los dormidos volcanes,
cuyo magma había sido reemplazado por lagos de aguas profundas y turquesas. En
uno de ellos conocido hoy como “La Alberca” habitaba un monstruo que recibía el
nombre de “Chan”. En el de “Yuriría”, la laguna cambiaba de color poco antes de
los terremotos...
Pero fue en nuestro siglo cuando, al sobrevolar y fotografiar
las “Siete Luminarias”, las tomas aéreas pusieron de manifiesto “algo”
sorprendente: los siete volcanes principales del valle de Santiago se hallaban
distribuidos “a imagen y semejanza” de la famosa constelación del “Cano” u “Osa
Mayor”. Y en honor a la verdad, cuando uno examina estas fotografías tiene que
reconocer que la coincidencia, cuando menos, es desconcertante. Los siete
círculos coinciden casi a la perfección con las siete estrellas fundamentales
de la referida constelación. Por supuesto, para una mente medianamente
racional, este hecho sólo puede ser considerado como una “simple y curiosa
casualidad” o como un “capricho de la naturaleza”. Y puede que esté en lo
cierto. O puede que no... Porque hay algo mas. Algo que contribuye a complicar
el misterio. Me fue comunicado por la investigadora Guadalupe Rivera de
Iturbide. Alertada por estas imágenes y por los estudios del ilustre pensador
mexicano Ignacio Ramírez en el siglo pasado, la directora del Instituto de
Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana puso en marcha un
ambicioso proyecto, consistente en el levantamiento topográfico de la totalidad
del país. Partiendo de la base de que numerosas ciudades del viejo continente
en especial las griegas habían sido diseñadas de acuerdo con los mapas
zodiacales, fue inspeccionando los asentamientos del territorio mexicano,
verificando con asombro cómo cada uno de los poblamientos se correspondía con
una determinada constelación. Y según la doctora Rivera, el valle de las “Siete
Luminarias” constituía el centro geográfico matemático de la “gran espiral” que
cubre todo México. Y sus hallazgos fueron más allá de lo imaginable. Porque, al
estudiar y relacionar el antiguo calendario azteca con este asunto, Guadalupe
Rivera llegó a la conclusión de que cada 1.040 años, la “Osa Mayor” termina
situándose en la vertical de los mencionados siete volcanes. ¿Otra casualidad?
Pero, como insinuaba anteriormente, en este paradisíaco lugar se
dan otros fenómenos, a cual más extraño.
Olvidaré temporalmente la historia de “Chan”, para volver sobre
ella en el capítulo de los “monstruos atrapados”. Y centraré mi atención en el
cráter “Yuriría”.
Cuando lo inspeccioné, el nivel de la laguna que lo llena desde
tiempo inmemorial había descendido notablemente. Y los nativos se mostraban
preocupados. Porque las aguas de esta caldera según la tradición y las más
modernas observaciones disfrutan de una singular virtud: cambian de color antes
de los terremotos.
Desde hace años, atraídos por semejante circunstancia, numerosos
investigadores en especial biólogos y vulcanólogos han ido desfilando por las
orillas de este lago interior, a la búsqueda de una explicación. Y, en efecto,
algunos han sido testigos de excepción del súbito y siempre alarmante proceso.
De pronto, las verdes y apacibles aguas adquieren una coloración rojiza. Y en
cuestión de días o semanas, bien en México o en cualquier otro punto del
planeta, se registra un movimiento telúrico. Así ocurrió en Julio de 1985. Los
habitantes del valle de Santiago descubrieron con horror cómo el “Yuriría”
había modificado el color de sus aguas, ofreciendo una amenazante tonalidad
sanguinolenta y un intenso y pestilente olor. Aquélla era la “señal”. Mes y
medio después, el 19 de septiembre, la ciudad de México era azotada por un
violento seísmo. Y otro tanto 4onteció en 1989. En septiembre, el lago amaneció
teñido de rojosangre. Días más tarde, en octubre, sendos movimientos sísmicos
asolaban China y California. El cráter, una vez más, lo había advertido.
Y aunque es ahora, merced a la moderna tecnología, cuando se ha
empezado a tomar en consideración el insólito “proceder” del “Yuriría”, la
verdad es que las noticias sobre tan extraña “virtud” se pierden en la noche de
los tiempos. Naturalmente, como sucede con harta frecuencia, siempre fueron
tomadas como “fantasías del populacho” o “supersticiones propias de pueblos
incultos y atrasados”. Y la ciencia ha tenido que doblegarse ante la abrumadora
realidad, reconociendo, en definitiva, que las viejas leyendas y tradiciones no
eran sólo fruto de la imaginación popular. El propio nombre del antiquísimo
asentamiento humano existente junto al volcán ”Yuririapúndaro” nos habla ya del
conocimiento de estos hechos por parte de los indígenas. Porque “Yuririapúndaro”
significa “lago de sangre”.
¿Y qué opinan los científicos sobre tan asombroso enigma?
Hoy por hoy se muestran cautelosos. Los análisis de las muestras
extraídas en pleno “cambio” de tonalidad han arrojado una importante pero
todavía insuficiente “pista”:
el “rojosangre” de las aguas se debe fundamentalmente a la
presencia en la superficie del lago de un microorganismo protozoario flagelado
de color rojizo. No cabe duda, por tanto, que la modificación de la tonalidad
natural del lago obedece a la irrupción, posiblemente desde el fondo, de esta
suerte de microorganismos. Pero, ¿qué es lo que provoca el repentino
desplazamiento de estas colonias de seres vivos? ¿Quizá una serie de ondas
subterráneas desconocidas aún para la Ciencia que precede a los terremotos
propiamente dichos? ¿Y por qué en las aguas del “Yuriría” y no en las de los
volcanes próximos? Podríamos aceptar que, en el caso de los seísmos de la
ciudad de México o California, la proximidad de dichos lugares pudiera provocar
un fenómeno previo de distorsión en las profundidades del referido cráter. Pero
¿y en el caso de China?
LOS FRUTOS DEL PARAÍSO
Y para cerrar estos breves apuntes en torno al enigmático valle
de las “Siete Luminarias” quizá debería hacer mención del no menos misterioso
cerro de Culiacán, que se alza a una decena de kilómetros de los cráteres.
Allí, según la leyenda, existe una “mágica ciudad subterránea”. Pero pospondré
mis investigaciones en las faldas y cima de este coloso para una mejor ocasión
y en beneficio de otro enigma que, de no haberlo visto con mis propios ojos,
difícilmente lo hubiera aceptado. Porque, ¿quién puede imaginar una col de
cuarenta y tres kilos? ¿Cómo aceptar que la tierra pueda ofrecer matas de apio
de un metro de altura, cañas de maíz de cuatro, hojas de acelga de 1,85 metros
o que, de una sola semilla de cebolla, nazcan hasta doce ejemplares, con un
peso total de quince kilos?
Sé que puede parecer una fantasía, muy propia de libros y
películas de ciencia-ficción. A las imágenes me remito. Ellas hablan por sí
solas.
Todo empezó en los años setenta y justa y misteriosamente en los
dominios del valle de Santiago. Varios campesinos y vecinos del lugar entre los
que destacan José Carmen García Hernández y Óscar Arredondo Ramírez
sorprendieron a propios y extraños con unos frutos gigantescos, como jamás se
había visto en la historia de México
y, si me apuran, del resto del mundo.
Como es natural, la noticia voló, conmocionando a las
autoridades y estamentos oficiales. Y una legión de expertos se personó en los
terruños, verificando la realidad de semejante “revolución agrícola”. Pero,
desconfiados, sometieron a los “artífices” de las gigantescas cosechas a una
prueba de fuego. Y en 1977, en un campo experimental próximo a Tampico
(Tamaulipas), ingenieros agrícolas del gobierno y los campesinos de Santiago se
enfrentaron en un curioso reto. Los unos sembraron las hortalizas siguiendo los
métodos tradicionales. Los otros pared con pared, según su secreto saber y
entender. El resultado fue espectacular. Mientras los ingenieros obtenían una
producción media por hectárea de ocho toneladas, el “campo” de los
“revolucionarios” superaba las cien... Y la “mágica fórmula” según los
depositarios del preciado tesoro era extensible a todo tipo de productos:
cereales, flores, tubérculos, etc. Y lo demostraron. Las formidables “cosechas”
comenzaron a invadir los mercados de la región. Y durante un tiempo, los
hogares de los santiaguinos se vieron beneficiados por este “regalo de los
cielos”. Baste decir que, por ejemplo, con dos monumentales hojas de acelga
podía alimentarse toda una familia. Y algo similar ocurría con las patatas,
maíz, cebollas, coles y demás verduras.
La esperanzadora noticia, sin embargo, no agradó a las
multinacionales. Tal y como habían demostrado los impulsores de este
sensacional hallazgo, la siembra y los cuidados de los productos sometidos a la
“secreta fórmula” no requerían de fertilizantes ni pesticidas. El proceso se
desarrollaba de forma natural, sobre cualquier tipo de suelo y bajo unas
condiciones climáticas y de riego enteramente normales. Y surgieron las
amenazas y presiones. Y los campesinos se vieron obligados a abandonar sus
experimentos y sus tierras. Uno de ellos, incluso, terminaría en prisión. Y la
“gran revolución agrícola” fue abortada.
Las multinacionales, sin embargo, no consiguieron arrancarles el
“secreto” de tan prodigioso sistema. Un “secreto” que ha sido transmitido a un
escogido grupo de amigos incondicionales de los “revolucionarios” mexicanos. Un
“secreto” que guarda una íntima relación con el noble arte de la astrología y
que según mis confidentes” fue legado a estos habitantes del enigmático valle
de las Siete Luminarias” por seres “no humanos”.
Sé que estas aseveraciones pueden hacer sonreír malévolamente a
los incrédulos y escépticos. Están en su derecho. Pero ¿pueden ellos de la mano
de la ciencia oficial obrar un “milagro” semejante?
Y puede que llegue el día cuando los valores espirituales del
hombre hayan madurado en que ese “secreto” se abra de nuevo al mundo, en
beneficio de todos.
¿TURQUÍA: ¿QUIÉN VOLABA EN LA ANTIGUEDAD?
Esta pregunta latente en algunos de los enigmas ya expuestos y
en otros que iremos analizando cobra especial fuerza en el misterio que me
dispongo abordar: los célebres mapas de Piri Reis. ¿Cómo es posible que en los
albores del siglo xvi, alguien tuviera conocimientos geográficos y
cartográficos de tierras que oficialmente no habían sido descubiertas? ¿Cómo
entender que en esas fechas hubiera noción de los perfiles de un continente
antártico “sin hielos” o de las cordilleras septentrionales de Canadá? Porque
éstos, entre otros, han sido los sorprendentes hallazgos obtenidos por los
científicos tras los iniciales estudios de los mapas descubiertos en Turquía.
Fue en noviembre de 1929 cuando, al practicar un inventario en
el viejo palacio-museo de Topkapi, en Estambul, los empleados abrieron un
antiguo cofre, hallando su interior una serie de pergaminos enrollados de los
que no se tenía conocimiento oficial. Las primeras investigaciones corrieron a
cargo del entonces director del Museo Nacional turco, Halil Eldem. Y fue
entonces cuando surgieron las primeras sorpresas. Los pergaminos lógicamente
deteriorados habían sido confeccionados sobre piel de gacela y, según las
inscripciones que figuran en los mismos, elaborados en 1513 en la ciudad de
Gallípoli por Piri Reis Ibn Hadji Mehemet. Es decir, por el almirante Pin, hijo
del peregrino a la Meca Hadji Mehemet. Este personaje Piri Reis, además de
almirante de la flota turca, fue un notable cartógrafo y un humanista de
reconocido prestigio, que hablaba griego, italiano, español y portugués. Fruto
de sus innumerables viajes nos queda un libro de memorias l Bahriye o Libro del
mar en el que aparecen doscientos quince planos y mapas. En los dos fragmentos
que constituyen estos famosos documentos de Piri Reis aparece una leyenda que
dice textualmente: “Así se refiere cómo ha sido trazado este mapa. Nadie en el
siglo presente posee uno similar. Ha sido elaborado y diseñado por el humilde
suscrito. La carta es producto de estudios comparativos y deductivos hechos
sobre veinte cartas y mapamundis, sobre ocho “Djaferiye" similares, sobre
un mapa árabe de las Indias y sobre un mapa trazado recientemente por cuatro
portugueses en el que los países de Sind, Hind y China están trazados con
criterios geométricos, y también sobre un mapa de Colón elaborado en la parte
occidental. Hay que decir que si la carta de esos países es exacta y válida
para los marinos, es igualmente exacta y válida para los siete mares.”
Al parecer, el mapa de Colón al que se refiere el almirante
turco fue suministrado por un marinero que había navegado con el ilustre
genovés y que fue capturado por Kemal Ris, pariente de Piri Reis.
Obviamente, la reacción de los investigadores turcos no se hizo
esperar. En aquellos pergaminos del siglo xv' se observaban continentes e islas
que no “cuadraban” con la época. ¿Qué se sabía en 1513 de la Antártida y de esa
lengua de tierra que dibujó el almirante turco y que enlazaba el cono sur
americano con la referida masa antártica? ¿Es que alguien, ignorado hasta esos
momentos, había llevado a cabo una exploración del norte de Canadá y de las
islas árticas? Para asombro de los geógrafos e historiadores de Estambul, en
los mapas de Piri Reis habían sido dibujados ríos, montañas, escollos y bahías
inexplorados en esas fechas, así como los perfiles de las costas europeas,
americanas, africanas, árticas y antárticas. Las cordilleras aparecían,
incluso, con indicaciones de sus relieves. Los ríos, con gruesas líneas. Los
arrecifes no visibles, señalados con cruces y las aguas poco profundas,
marcadas con puntos rojos.
Y persuadidos de que estos fragmentos eran dignos de un estudio
concienzudo, las autoridades turcas los depositaron en manos del doctor Kahie,
de la Universidad de Bonn que, “casualmente”, visitaba Estambul en aquellos
días. Y en septiembre de 1931 eran “oficialmente” presentados a la comunidad
científica europea, en el transcurso del XVIII Congreso de Estudios Orientales,
celebrado en la ciudad holandesa de Leyden. Pero, lamentablemente, las
investigaciones de Kahie pasaron inadvertidas. Y fue menester aguardar al año
1953 para que los casi olvidados pergaminos de Piri Reis “resucitaran” al mundo
de la ciencia y del interés internacional. Todo ocurrió de forma aparentemente
casual. Aunque algunas copias circulaban ya desde hacia años por diferentes
bibliotecas y museos, en dicha fecha fueron remitidos a la Marina
estadounidense, como un regalo de sus colegas turcos. Y la Navy los hizo llegar
al Departamento de Hidrografía Naval. Al poco, el singular obsequio al que, en
un principio, no se le prestó excesiva atención fue sometido al dictamen de un
experto cartógrafo: Arlington H. Mallery. Paciente y meticuloso, éste fue a
embarcarse en la ardua labor de revisar cada uno de los perfiles de los
continentes descritos por el almirante turco. Y lo que a primera vista parecía
un conglomerado de despropósitos fue revelándose como una increíble “caja de
Pandora”. Al explorar los detalles, Mallery observó con estupor cómo los
accidentes geográficos dibujados por Pín Reis encajaban con los hoy conocidos,
aunque, inexplicablemente, estaban “fuera de sus posiciones correctas”. Este
extraño “error” fue justificado como una lógica falta de información de los
navegantes medievales en lo que a longitudes y latitudes se refiere. Pero, al
profundizar en las investigaciones, el científico norteamericano terminó por
comprender que en aquellos perfiles parecía latir una desconocida ley
matemática. n otras palabras: una pauta o proyección, sabiamente manejada por
sus autores. Y Mallery solicitó el concurso de Walters, un veterano cartógrafo
de la Sección Hidrográfica estadounidense.
Entre ambos hallaron una pauta que les permitió desarrollar y
proyectar los planos de Piri Reis sobre un globo terráqueo, sometiéndolos a
continuación a la moderna proyección denominada de “Mercator”. Y ahí surgieron
las grandes sorpresas.
Por ejemplo: los meridianos terrestres habían sido dibujados con
excelente precisión. Algo inaudito en el siglo xvi...
Por ejemplo: los mapas de Piri Reis mostraban la “totalidad” del
planeta, con “información” detallada sobre macizos montañosos casos de la
Antártida y del norte de América actualmente cubiertos por los hielos.
Por ejemplo: el almirante turco había “equivocado” el actual
estrecho de Drake, sustituyéndolo por una lengua de tierra que unía el cono sur
americano con la Antártida. Al comparar los mapas con las modernas fotografías
aéreas en infrarrojo, que revelan el perfil submarino de dicha región, se
estimó que Piri Reis estaba en lo cierto: ambos continentes habían permanecido
unidos por ese estrecho “puente”, al menos hasta el final de la última
glaciación. Pero esa “circunstancia” se remontaba a unos once mil años...
Por ejemplo: la Antártida aparece “sin hielos” en los mapas
turcos. Y sus contornos, montañas y valles coinciden básicamente con lo hoy
descubierto bajo el manto helado de casi dos kilómetros. ¿Cómo podía saber Piri
Reis de la existencia de la península de Palmer o de la tierra de Maud, por no
alargar la cuestión, si dichos parajes no fueron identificados hasta la llegada
de la expedición británico -sueco -noruega a la Antártida (19491952)?
Por ejemplo: si en 1513 la isla de Cuba presentaba la forma
actual, ¿por qué en los mapas de Piri Reis fue dibujada con su extremo
occidental básicamente formado por islotes? La solución llegó de la mano del
profesor Hapgood: “En tiempos remotos, esa zona de Cuba, en efecto, se hallaba
sumergida.”
Y las investigaciones continúan. Y en un futuro es muy posible
que los científicos nos sorprendan con nuevos y espectaculares datos. De
momento, lo que ya nadie duda es que el almirante turco tuvo acceso a planos,
documentos e informaciones con una “base real y rigurosa”. Una “documentación”,
en definitiva, heredada quizá de una humanidad que pobló la Tierra hace miles
de años y que
para elaborar mapas como el de Piri Reis tenía que disfrutar de
conocimientos y medios técnicos asombrosos. Entre otros en palabras del propio
Mallery de la capacidad de volar. Una “humanidad” que, como nos cuenta Platón,
pudo ser arrasada “en el transcurso de un día y una noche” y, justamente, hace
once mil o doce mil años. Un pueblo que decenas de estudiosos han bautizado
como los atlantes”.
COSTA RICA: EL TÚNEL DE LOS “ÍDOLOS”
No voy a negarlo. La “Atlántida” me ha subyugado durante años. Y
como cualquier curioso medianamente informado, estoy convencido de su
existencia y de su probable y cataclísmica desaparición. Y acepto ¿por qué no?
la fecha apuntada por Platón: alrededor de once mil o doce mil años. Pero me
resisto a entrar en las viejas y manoseadas hipótesis que circulan en torno a
la “isla continente” que, según todos los indicios, podía ocupar el cenro del
océano Atlántico. Y aunque me dispongo a hablar de ella, lo haré de la mano de
“otros enigmas” que, según mi corto conocimiento, podrían estar vinculados a
los portentosos conocimientos de los “atlantes” o ser consecuencia de ellos.
Está bien que aventureros, exploradores y científicos busquen
los restos de tan espléndida civilización en los fondos marinos. Pero, mientras
ese redondo y definitivo hallazgo no salga a la superficie, ¿por qué no
trabajar igualmente en el entorno que presumiblemente quedó radio de acción de
la gran isla? ¿No entra dentro de lo posible que esa dinámica cultura hubiera
extendido su poder e influencia a otras muchas tierras y pueblos relativamente
cercanos? ¿No podría haber ocurrido que los supervivientes, instalados en las
costas americanas, europeas y africanas, fueran los impulsores de tantas y tan
magníficas obras como las que adornan uno y otro extremos del Atlántico? ¿Quién
no se ha detenido a reflexionar alguna vez sobre la brusca y misteriosa “aparición”
de las cuatro primeras dinastías egipcias, rebosantes de sabiduría? ¿ Brotaron
de la noche a la mañana y de las neolíticas tribus que malvivían en el Nilo?
¿Quién habló del concepto de inmortalidad y enseñó hace cinco mil años las
técnicas de momificación a los primitivos agricultores y pescadores del norte
de Chile? ¿Cómo explicar la presencia en las selvas de Costa Rica 4esde hace
más de dos mil años de cientos de pequeñas y gigantescas esferas de piedra,
cuya perfección haría palidecer a los canteros más cualificados
del siglo xx? ¿Por qué las alineaciones de dichas esferas
apuntan a lugares tan remotos como Egipto, Reino Unir do, Galápagos o Pascua?
Pero entremos ya en algunos de estos fascinantes enigmas que
insisto podrían estar “hablándonos en silencio” de un remoto, brillante y común
origen.
Y lo haré con otra primicia. Un intrigante y sensacional
“hallazgo” que me fue dado compartir con tres excelentes investigadores y
mejores amigos: Andreas Faber Kaiser y los hermanos Carlos y Ricardo Vílchez.
Fue una apacible mañana de octubre de 1985, cuando alguien llamó
a la puerta de mi habitación en el hotel Irazú, en San José de Costa Rica. En
aquellas fechas, yo asistía a un interesante congreso sobre “Los grandes
misterios del hombre”.
Minutos después, los tres visitantes cuyo anonimato debo
respetar iniciaban el relato de una larga y enrevesada historia que me dejó
atónito y que trataré de simplificar.
Años atrás, una familia costarricense había obtenido una
información que modificó el rumbo de sus vidas. En un cerro situado a unos
treinta kilómetros de la capital existía un antiquísimo túnel que, muy
posiblemente, conducía a un templo o a una ciudad, anteriores a la llegada de
los conquistadores españoles. Según los nativos, sobre dicho cerro amén de un
sinfín de leyendas, a cuál más oscura y misteriosa se observaban con frecuencia
poderosas y silenciosas “luces”, que parecían “explorar o vigilar” la cima. Y
siguiendo las “instrucciones recibidas”, estos hombres y mujeres vendieron
cuanto poseían, instalándose en la soledad del enigmático cerro. Y allí, en
secreto, durante meses, procedieron a la perforación del lugar hasta que, al
fin, se vieron recompensados con el descubrimiento de la boca del túnel. Y en
un titánico esfuerzo fueron extrayendo las toneladas de tierra y piedras que
cegaban la galería, dejando al descubierto un pasadizo que descendía casi en
vertical y cuyas paredes de hasta tres metros aparecían meticulosamente
escuadradas y pulimentadas. Pero lo más asombroso de esta novelesca historia es
que, en el transcurso de las excavaciones, la familia había ido encontrando una
serie de supuestos “ídolos” de piedra y una “inscripción” cuyo significado
ignoraban. Y ansiosos por arrojar algo de luz sobre los crípticos
descubrimientos se habían decidido a ponerse en contacto con este humilde
investigador que les habla.
Y cargados de buena fe llegaron hasta mí con el mayor de los
sigilos y en la compañía de un abultado y enigmático saco que se negaron a
abrir hasta que no dieron cumplida cuenta de su narración. El contenido
consistía en siete cabezas de piedra, negras, rosadas y blancas, de muy bella
factura y de un considerable peso. Todas ellas según mis confidentes habían ido
apareciendo en el transcurso de los trabajos de “vaciado” de la galería.
Parecían representar “hombres”, “animales” o una mezcla de ambos. Dos de los
“ídolos” me recordaron de inmediato algunos de los “dioses” del antiguo Egipto.
¿Cómo era posible? Nos hallabamos en Costa Rica, a miles de millas del
territorio de los faraones...
Y a las pocas horas, tras hacer partícipes del pequeño gran
“secreto” a mis compañeros Faber Kaiser y los dos hermanos Vílchez, nos pusimos
en camino hacia la región donde se alza el mencionado cerro. Una zona que,
siguiendo las recomendaciones de nuestros guías y anfitriones, no puedo
desvelar por ahora.
Y efectivamente. En la cumbre, camuflada entre la exuberante
vegetación, se abría la entrada del túnel.
A qué ocultarlo. Nuestra sorpresa no tuvo límites. Ante nosotros
apareció una desahogada galería que penetraba poco menos que en caída vertical
hacia las entrañas de la tierra. Y merced a una sucesión de frágiles escaleras
de mano fuimos descendiendo, hasta alcanzar el medio centenar de metros de
profundidad. Y examinamos la asombrosa y ciclópea estructura de sus paredes,
forjadas a base de inmensos bloques de hasta tres metros de altura” pulcramente
trabajados y, en apariencia, escuadrados con idéntica minuciosidad. Pero ¿quién
había movido aquellas moles de cientos de toneladas? Y lo más importante: ¿para
qué? ¿A qué lugar conducía el túnel? La familia no supo o no quiso responder a
ninguno de los interrogantes. La única realidad palpable es que la excavación
se hallaba detenida y que semejante construcción tenía que obedecer a un
propósito. Pero ¿a cuál?
Por el momento, esto es todo lo que estoy autorizado a revelar.
CHILE: LAS MOMIAS MÁS ANTIGUAS DEL MUNDO
¿Momias más antiguas que las egipcias? ¿En Chile?
Tuve que viajar hasta los laboratorios de antropología y
arqueología de la Universidad de Tarapacá, en la ciudad norteña de Anca, para
comprobar que las informaciones eran correctas. En los últimos años, en los
inmensos arenales que rodean la capital, e incluso en el casco urbano de la
misma, han sido “detectadas” más de trescientas. Lamentablemente, sólo unas
decenas han llegado a manos de los especialistas. Pero la muestra fue más que
suficiente para que el equipo que dirige el profesor Iván Muñoz pudiera
analizarla y extraer muy sabrosas conclusiones.
Los restos humanos momificados -pertenecientes a hombres,
mujeres y niños- fueron rápidamente fechados, arrojando una antiguedad que
oscilaba entre los seis mil y los dos mil años antes de Cristo. Es decir, en
algunos casos, muy anteriores a las egipcias. Pero lo que dejó perplejos a los
científicos chilenos y norteamericanos que se interesaron por el hallazgo fue
la singular técnica de momificación utilizada por aquel remoto y, teóricamente,
primitivo pueblo. Un procedimiento que poco o nada tiene
que ver con los sistemas del antiguo Egipto. El primer paso
consistía en la atracción de las vísceras, la musculatura y la piel del cadáver
que, a continuación, era sometido a un cuidadoso proceso de secado. Y otro
tanto se hacía con las cavidades del cuerpo, calentándolas y resecándolas a
base de cenizas calientes y brasas. Acto seguido,a fin de proporcionar al
difunto una mayor rigidez, las extremidades superiores e inferiores eran
perforadas por sendos maderos. Y la totalidad del cuerpo se amarraba con el
concurso de fibras vegetales. La segunda fase de la momificación consistía en
un meticuloso “remodelado” del individuo. Para ello, las oquedades craneales,
torácicas y 1pélvicoabdominales se rellenaban de arcilla, pieles de auquénidos,
cenizas, plumas o restos de vegetales. E inmediatamente se le devolvía la piel,
ajustándola a los miembros con notable precisión. Y los “sacerdotes” de esta
desconocida “Casa de la Muerte” americana procedían a “modelar” el rostro y los
genitales y a colocar sobre el cráneo la correspondiente peluca. Por último, el
cadáver era recubierto por una oscura lámina de manganeso o bien por una
“pasta” de color ocre, confeccionada a base de óxido de hierro. El “toque”
final consistía en la “reconstrucción” de los rasgos faciales del personaje,
cuyos ojos, nariz y boca eran simulados mediante cuidadosas incisiones.
Y a la vista de semejantes “conocimientos”, uno se pregunta:
¿cómo es posible que este grupo humano asociado por los arqueólogos al
“complejo cultural de Chinchorro”, integrado por primitivos pescadores y
recolectores de frutos que incluso ignoraban la utilización de la cerámi1ca,
pudiera estar en posesión de unas técnicas artificiales de momificación, únicas
en el mundo? ¿ Casualidad? ¿ “Ciencia infusa”? Para los antropólogos no hay
respuesta. Sencillamente, “no saben”. Pero el “problema”, además, entraña otro
no menos oscuro enigma: si aquellos hombres de hace seis mil años practicaban
la momificación era porque “sabían o creían en la existencia de una vida
después de la muerte”. Y estaban tan seguros de ello que no dudaban en
“preparar” a sus difuntos para el “más allá”. Y una nueva duda aparece ante el
investigador:
“¿Quién pudo hablarles de tan hermosa y esperanzadora
trascendentalidad?” Más aún: “¿Quién les “adiestró” en semejante
“técnica"?”
Como decía el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga...”.
LAS ESFERAS “DEL CIELO”
De entre los enigmas que la Providencia ha tenido a bien situar
en mi camino a lo largo de las costas americanas recuerdo uno cuya naturaleza
tiene “maniatada” a la ciencia oficial. Todos los intentos de explicación han
fallado. Y, sin querer, uno termina desembocando en esa aparentemente “loca”
idea de una civilización remota e ignorada
¿la “Atlántida”? que pudo extender su sabiduría por las orillas
del océano que la devoró.
Una cosa es leer sobre ellas y contemplarlas en fotografías y
otra muy distinta examinarlas y tocarlas. Porque las increíbles esferas de
piedra de las selvas del sur de Costa Rica son todo un reto a la lógica y a la
imaginación humanas. He tenido la fortuna de caminar por la espesa jungla que
cubre el delta del Diquis y la región de Palmar Sur y me faltan las palabras.
Son centenares algunos hablan de miles las “bolas”, como gustan llamarlas los
nativos, que se hallan repartidas por las plantaciones de bananeros, por las
orillas de los ríos, por las llanuras y hasta en lo más alto de las colinas.
Esferas generalmente de granito, aunque también las hay de basalto y de hule,
de todas las medidas y de una perfección que hace enmudecer. Esferas que
oscilan entre las tres y cuatro pulgadas (alrededor de nueve a doce
centímetros) y los tres metros de diámetro. Esferas “del cielo”, según las
viejas leyendas, que, en el caso de las más voluminosas, superan las dieciséis
toneladas. Esferas, insisto, cuyo tallado pulcro, meticuloso y milimétrico no
parece obra de manos humanas, sino de fantásticas “máquinas”.
Lamentablemente, nada sabemos de sus constructores y de su
verdadera finalidad. Han sido halladas formando grupos los más nutridos de
cuarenta y cinco y sesenta esferas, respectivamente y también en solitario. Las
primeras noticias “oficiales” que dan cuenta de su existencia proceden de
George P. Chittenden, quien, en 1930, al explorar la selva por cuenta de la
multinacional United Fruit Company, fue a tropezar con muchas de estas
enigmáticas “bolas”. Chittenden comunicó el hallazgo a la doctora Doris Stone
quien, en 1940 y 1941, tuvo el acierto de trasladarse al delta, procediendo a
su estudio y, lo que es más importante, al levantamiento de planos con la
ubicación original de algunas de estas esferas. En 1943 publicaría sus primeros
informes, aportando mapas de cinco emplazamientos en los que se alzaban
cuarenta y cuatro “bolas” y suministrando datos sobre otros ejemplares
localizados en las proximidades del pueblo deUvita y en las orillas del río
Esquina. A partir de esas fechas, otros arqueólogos e investigadores entre los
que destacan Mason y Samuel K. Lothrop, de la Universidad de Harvard se
adentraron también en las selvas, con el loable propósito de desvelar el
misterio. Pero el “progreso” había empezado una triste y desoladora labor de
destrucción. Las compañías bananeras en especial la United Fruit arrasaron
bosques y campiñas, sepultando, removiendo o destruyendo con sus máquinas
decenas y decenas de aquellas esferas. Las protestas de los arqueólogos no
prosperaron. Los intereses económicos de las multinacionales prevalecieron por
encima de sus demandas y la humanidad se vio privada en buena medida de uno de
sus más codiciados tesoros histórico-culturales. Muchas de las “bolas”,
arrancadas de la jungla y de los campos, fueron transportadas a pueblos y
ciudades y colocadas en plazas, jardines y propiedades o edificios particulares
como piezas ornamentales. Esta serie de desgraciadas actuaciones humanas ha
significado un duro golpe al posible esclarecimiento del enigma. Al moverlas de
sus lugares originales se ha malogrado la posibilidad de interpretarlas en su
conjunto. Todos los especialistas a quienes consulté se muestran de acuerdo:
“Las alineaciones detectadas entre las esferas podrían haber arrojado mucha luz
respecto a su finalidad y razón de ser.” Pero, aun así, no todo está perdido.
Gracias a los Providenciales mapas de la doctora Stone y de Lothrop y a las
actuales exploraciones y cálculos de Ivar Zapp, un ingeniero afincado en San
José de Costa Rica, algunas de las primitivas alineaciones han podido ser
rescatadas y analizadas, ofreciéndonos una fascinante hipótesis de trabajo que
trataré de sintetizar.
De acuerdo con las mediciones efectuadas por el mencionado
profesor de la Universidad de Harvard en uno de los conjuntos que permanecía
inalterado, varias de las esferas parecían “marcar” rumbos marinos. Unas
“señalaban” hacia el nordeste y las otras en dirección opuesta: hacia el
sudoeste. Al llevar al mapa esta última alineación, los investigadores
observaron con asombro cómo la línea trazada pasaba sobre las islas de Cocos,
Galápagos y Pascua. Esta desconcertante “pista” animó a los estudiosos a probar
con otras alineaciones. Y las sorpresas se multiplicaron. Las “bolas” apuntaban
con precisión hacia destinos tan remotos como Grecia, Asia Menor, Reino Unido y
Egipto entre otros.
Pero no satisfechos con estos resultados, Ivar Zapp y su
entusiasta equipo sometieron una de estas “direcciones” (199 grados) al
dictamen de la computadora de a bordo de uno de los aviones de la compañía
Lacsa. Al suministrarle los datos -latitud y longitud- de Palmar Sur, donde fue
hallado el conjunto de esferas; dirección marcada por la alineación,
equivalente en este caso al “rumbo de despegue” (199 grados) y las
correspondientes coordenadas de las islas ya mencionadas: Cocos, Galápagos y
Pascua el ordenador vino a ratificar lo ya sabido: los hipotéticos “navegantes”
habrían alcanzado “Rapa-Nui” con un error de setenta kilómetros. Entraba, pues,
dentro de lo posible que estos cientos o miles de “bolas” de piedra fueran el
reflejo y la constatación de toda una sabiduría relacionada con la navegación
oceanica. Y los interrogantes, una vez más, se empujan unos a otros. Si esto es
así, ¿ quiénes fueron los constructores? ¿A qué época debemos remontarnos? Por
el momento no hay respuestas.
Algunos arqueólogos han tratado de solventar la incógnita,
asociando la antigüedad de las esferas con los restos de cerámica desenterrados
en sus proximidades. De esta forma, siguiendo tan poco fiable método, han
llegado a insinuar que pudieron ser fabricadas hacia el siglo XV. Pero la
hipótesis en cuestión “tropieza” con varios y serios inconvenientes. Por
ejemplo: ninguno de los cronistas y conquistadores españoles de esa época hacen
alusión a los hipotéticos “constructores de esferas”. De haber tenido noticia
de tan magnífica labor, hombres como Vázquez de Coronado, Gil González Dávila o
Perafan de Rivera 10 hubieran mencionado con toda seguridad.
Por otra parte, como pude constatar en una de mis correrías por
la selva, muchas de estas “bolas” se encuentran actualmente sepultadas. Es
posible que la acción de la naturaleza inundaciones, seísmos, etc. haya
originado numerosos enterramientos. Otros, en cambio, tienen un origen muy
diferente. Con toda probabilidad, el enorme peso de las esferas ha provocado el
lento pero irremediable hundimiento de las inmensas masas de granito en el
húmedo y esponjoso suelo arcilloso. Y según los investigadores, ese hundimiento
se registra a razón de un milímetro por año.
Si tenemos en cuenta que algunas de las “bolas” sacadas a la luz
miden más de dos metros de diámetro, ello nos sitúa a una distancia de veinte
siglos, como mínimo... Y lo cierto es que la antiguedad de las mismas debe ser
tan dilatada que ni siquiera ha permanecido en la mitología y en la memoria
colectiva de los pueblos autóctonos de la región. Cuando se refieren a ellas,
los nativos las recuerdan como “algo” ancestral y “directamente vinculado a los
cielos”. Pero eso es todo. Y, como siempre, la arqueología ortodoxa ha
despachado la cuestión, atribuyendo su origen a un “desconocido ritual
mágico-religioso”. Una explicación que lo dice todo y no dice nada...
Otros arqueólogos como los profesores Carlos Aguilar y Vicente
Guerrero han tenido la humildad y sensatez de reconocer que “no saben y no
consiguen explicarse el origen y la finalidad de las mismas”. Simple y
llanamente, son un misterio.
Porque, si desconocida es la técnica de ejecución de tan
descomunales y perfectas “bolas”, más aún lo es el sistema utilizado para su
desplazamiento. No podemos olvidar que las canteras se hallan a decenas de
kilómetros de los lugares donde han ido apareciendo. Y aunque se trate de
esferas, su circulación por la jungla, salvando ríos, quebradas y pantanos,
hubiera resultado harto comprometida. ¿Y qué decir de las ubicadas en las cimas
de las colinas? Los razonamientos de algunos arqueólogos no se apoyan en bases
lógicas y racionales. Para estos científicos, el “transporte” de las esferas
era un problema de “años y mano de obra”. Pero ¿cómo mover una mole de
dieciséis toneladas a lo largo de cincuenta kilómetros, sorteando toda clase de
accidentes geográficos y sin que la superficie resulte dañada? Según los
arqueólogos e investigadores que han trabajado cerca de ellas, su esfericidad
es tan exacta que, en ocasiones, para obtener las medidas, se han visto
obligados a recurrir a las computadoras... Y, curiosamente, según todos los
análisis, cuanto mayor es la “bola”, más precisas son las dimensiones y más
suave y pulida aparece la superficie.
Pero el gran enigma de las esferas de piedra se extiende también
hasta otros lugares de América. Ejemplares parecidos a los de Costa Rica han
sido descubiertos en Brasil, en el estado de Veracruz (México), en Panamá y en
las montañas de Guatemala. Todas ellas -curiosa y sospechosamente- , en “Áreas
que pudieron caer bajo la influencia de esa remota, ignorada y adelantada
“humanidad”...
BERMUDAS: LA “OTRA REALIDAD”
Hay quien defiende que la “humanidad” que pobló la “Atlántida”
existe todavía. Y la sitúan en las profundidades del océano. Allí dicen ha
podido sobrevivir en secreto y merced a su extraordinario grado de desarrollo
tecnológico. Y según esta hipótesis, habría que responsabilizar a los ocultos
“atlantes” del millar largo de desapariciones de barcos y aviones, registradas
en el tristemente célebre “triángulo mortal do las Bermudas” desde el siglo
XIX. Y aunque todo es posible en esta fascinante “galaxia insólita”,
personalmente me cuesta trabajo comulgar con semejante proyecto. En lo que sí
estoy de acuerdo es en el carácter misterioso de esa esquina del Atlántico.
Nadie mínimamente documentado pone en duda las mencionadas desapariciones. Y
aunque muchas de ellas hayan podido tener un origen perfectamente explicable,
otras, en cambio, siguen envueltas en oscuras circunstancias.
He volado y navegado entre Florida, Puerto Rico y Bermudas en
numerosas oportunidades. Y en una de esas ocasiones, en la compañía de mi
compadre Fernando Múgica, pude comprobar cómo se alteraban los instrumentos de
navegación del pequeño avión que nos trasladaba a las islas Vírgenes.
Afortunadamente el “enloquecimiento” de las brújulas, horizontes y demás
instrumental fue cuestión de minutos. Otros pilotos, en cambio, han corrido
peor suerte. Y los que han logrado escapar de tan diabólico enigma nadie sabe cómo
ni por qué cuentan prácticamente lo mismo: “El cielo cambió de color..., todo a
nuestro alrededor era brumoso y amarillento..., los compases giraban sin
control..., en mitad de la tormenta se escuchaba un alarido estremecedor...,
los relojes se atrasaron..., alguien o algo muy poderoso tiraba de nosotros.”
Y con los buques sucede “algo” parecido. En 1982, por citar uno
de los muchos ejemplos constatados, el harto ruso de investigación científica
Vitiaz, que navegaba por el citado “triángulo mortal”, fue víctima de unos
sucesos incomprensibles. Según la meteoróloga Jurate Mikolaiunene, “nada más
penetrar en la zona, el barómetro descendió con rapidez, a pesar de la aparente
calma del mar. Acto seguido, la tripulación empezó a quejarse de intensos
dolores de cabeza, vómitos y náuseas desgarradoras. A la mañana siguiente, el
radiotelegrafista fue encontrado inconsciente en su camarote. Al dirigirnos a
las islas Bermudas, a fin de hospitalizar al tripulante, en mitad del océano
apareció “algo” increíble: una especie de “ciudad”, con enormes edificios y en
la que la gente desplegaba una febril actividad...”.
Para los investigadores más comedidos y prudentes, esta suerte
de hechos absurdos, visiones, nieblas y tormentas en mitad de un océano en
calma podrían tener su origen en un súbito y, por supuesto, inexplicable
“cambio de dimensión”. Por razones que ignoramos, en esa región del mundo
estaríamos asistiendo a un fluctuante fenóme. no en el que hombres y máquinas
pasarían de la realidad visible y cotidiana a otra tan filica y real como la
nuestra que sólo en determinados momentos y circunstancias se hace relativamente
“tangible”. Un misterio, en definitiva, que sólo el futuro dominio del
“espacio-tiempo” podrá aclarar.
ICA: LA “BESTIA NEGRA” DE LA CIENCIA
Parece un contrasentido. Y es lógico y natural que las ciencias
que se esfuerzan por indagar en el pasado del hre se muestren “nerviosas”.
Mientras la antropología cifra la aparición de la llamada “especie bípeda” en
cuatro millones de años, algunos de los enigmas vienen a cuestionar tan sesudos
cálculos. Y yo me planteo:
¿Puede ocurrir que todos tengan razón? Los estudios e
indagaciones de los científicos no dejan lugar a dudas:
La humanidad” la que conocemos (?) es rabiosamente ”joven”.
Basta echar una ojeada a la cronología de los más destacados descubrimientos
para comprobar que, comparativamente con las edades geológicas, apenas si hemos
“empezado a caminar”. Se cree, por ejemplo, que el uso del fuego fue
“descubierto” hace quinientos mil años. En cuanto a la rueda como medio de
transporte, su utilización se remonta a tres mil quinientos años. Los primeros
cálculos conocidos que hablan de la distancia a la Luna datan del año 150 antes
de Cristo. Los modestos anteojos surgen en 1249 y sólo a partir del 1609 el ser
humano está en disposición de contemplar la Luna a través de un telescopio. ¿Y
qué decir de las modestas “cerillas”? Fue menester esperar hasta 1831 para que
un químico francés las “inventara”...
¿Para qué seguir? En ocasiones, la soberbia intelectual y el
engreimiento de “esta civilización” resultan conmovedores. ¿ Qué pueden
representar unos miles de años de supuesta “cultura” frente a los cientos de
millones de lustros de un pasado ignoto? ¿Quién está en condiciones de
demostrar que la Tierra “sólo” ha visto prosperar a una única humanidad? Que la
ciencia no lo acepte no significa que no hayan existido otros “pueblos”, tan
remotos como “humanos”. Y a decir verdad, los “vestigios” están ahí. Cuestión
muy diferente es que los científicos los ignoren o desprecien... En otro orden
de cosas, ¿no sucedió lo mismo con la esfericidad de la Tierra o con la
explicación racional de los meteoritos? Estos últimos, como se recordará, no
fueron aceptados por la ciencia oficial hasta el año 1794...
Uno de esos “increíbles y misteriosos” vestigios apareció a
principios de los años sesenta en un desierto peruano:
Ocucaje, en las proximidades de la ciudad de Ica. Cuando en 1974
visité por primera vez la casa-museo del doctor Javier Cabrera Darquea, gran
impulsor de este descubrimiento, mis dudas fueron inmensas. A lo largo de
varios años, unos pocos y humildes campesinos habían ido proporcionándole un
sinfín de piedras grabadas con las más asombrosas escenas: cacerías de animales
antediluvianos, supuestos “trasplantes” de órganos, “operaciones quirúrgicas”
de toda índole, “hombres” que volaban a lomos de enigmáticos y gigantescos
“pájaros”, masas continentales que poco o nada tenían que ver con las hoy
conocidas, planos celestes y un largo etcétera.
No aburriré al lector con una descripción de dichas
'secuencias”. La bibliografía sobre la famosa “biblioteca de piedra” es
abundantísima. Mi primer libro, “casualmente”, fue dedicado a esa anónima,
fascinante y según la ciencia imposible “humanidad” . Porque, de haber
existido, tendríamos que remontarnos al periodo Cretácico, al final de la Era
Secundaria. Es decir, a más de sesenta y cinco millones de años. Sólo así
“encajarían las piezas”. La paleontología no acepta el “matrimonio” seres
humanos y dinosaurios. Y, sin embargo, esta supuesta “aberración” se repite una
y otra vez en las piedras de Ica. Y para Javier Cabrera no cabe la menor duda
de que tal convivencia pudo ser real.
Pero esto, obviamente, nos llevaría a aceptar la existencia de
una “humanidad” muy anterior a la nuestra. ¿ Y por qué no? ¿ Es que las once
mil rocas grabadas que ha logrado reunir el investigador peruano son una
falsificación? Los análisis efectuados sobre la pátina que las cubre y las
piedras encontradas en los enterramientos precolombinos demuestran que no. Pero
hay más. En los últimos años, una serie de hallazgos ajenos a la “biblioteca”
propiamente dicha han hecho buenas algunas de las “escandalosas” aseveraciones
de Javier Cabrera. Recuerdo que fui testigo de varias de estas hipótesis, allá
por los años 1974 y 1975. Por aquel entonces, basándose en la “información”
grabada en las piedras, el doctor Cabrera anunció que la hormona antirrechazo,
vital para los trasplantes, debería buscarse en los fluidos de la mujer
embarazada. Curioso: nadie tomó en consideración sus palabras. Seis años más
tarde, en 1980, un equipo de médicos ingleses llegaba a idéntica conclusión...
Y otro tanto ocurriría con la extinción de los dinosaurios.
Cabrera había “leído” en las piedras que la violenta y rápida desaparición de
estos monstruos pudo deberse a la caída de un enorme asteroide o, quizá, al
choque de un cometa. En mi libro Existió otra humanidad (1975) se recogen estas
“proféticas” palabras... Años después, todo un premio Nobel norteamericano al
que me referiré más adelante lanzaba al mundo y a la comunidad científica esta
misma y plausible teoría.
Cabrera también se pronunció sobre la existencia de “dos lunas”
en torno a la Tierra. Así aparecen, con toda nitidez, en muchas de las piedras
grabadas. Y lo que todavía no sabe mi buen amigo Javier Cabrera es que, en
1990, cuando trabajaba en una serie de investigaciones a lo largo de la
cordillera de los Andes, fui a tropezar con varias y antiquísimas “leyendas” en
las que, justamente, se menciona a una remota civilización integrada por
“hombres de corta estatura y grandes cráneos” que tuvieron que refugiarse en
las cavernas del altiplano como consecuencia de la caída de una de las dos
lunas que giraban entonces alrededor del planeta.
¿Y cómo explicar la presencia, en los “mapamundis” de la
“biblioteca” de Ocucaje, de la lengua de tierra que unía en la antiguedad los
continentes sudamericano y antártico? ¿Es que los supuestos “falsificadores”
tuvieron acceso a los ya mencionados mapas de Piri Reis y a las fotografías
aéreas infrarrojas de Estados Unidos? ¿Unos humildísimos y prácticamente
analfabetos campesinos?
En 1985, en una de mis últimas conversaciones con javier
Cabrera, el tenaz médico fue a mostrarme y regalarme “algo” que constituía uno
de sus postreros hallazgos: los restos fosilizados de un ser humano. Unos
restos óseos que habían sido hallados en el mismo estrato geológico en los que
reposan decenas de dinosaurios igualmente petrificados. Y ambos restos los del
“hombre” y los de los animales antediluvianos han aparecido en un paraje cuyo
nombre lo dice todo: Ocucaje. Pero la ciencia, como era de esperar, se ha
encogido de hombros...
ARGENTINA: ¿UN FETO HUMANO PETRIFICADO?
El revolucionario hallazgo del doctor Cabrera no ha sido el
único. En 1966, en ese mismo continente, un minero fue protagonista de otro
singular descubrimiento. Sucedió en las estribaciones del Nevado de Cachi, en
la provincia argentina de Salta. Ricardo Liendro marchaba con su mulo cuando se
sintió atraído por una extraña roca. La tomó en sus manos y, al examinarla, se
le escurrió de entre los dedos, precipitándose contra el suelo. Se abrió en dos
mitades y en su interior apareció una pequeña figura en piedra, que guardaba un
extraordinario parecido con un feto humano.
La pieza fue sometida al dictamen de los médicos. Y todos
llegaron a la misma conclusión: se trataba, en efecto, de un feto humano, pero
petrificado. En otras palabras: un feto cuya edad podía oscilar alrededor de
los dos millones de años. ¿Cómo era posible? Según la paleontología, la
irrupción del hombre en América se remonta a unos cuarenta mil años como
máximo. ¿Se trataba, quizá, de un error? El informe de ginecólogos y
anatomistas no deja lugar a dudas. He aquí algunas de sus conclusiones:
Al examen visual, la pieza mencionada da la impresión, sin
posibilidad de equivocación, de que se trata de los restos petrificados de un
feto humano, de una edad próxima a los cuatro o cinco meses. El contenido de
esta cavidad petrificada, que se abre espontáneamente, presenta, de arriba
hacia abajo, un polo de longitud aproximada de seis centímetros, redondeados y
con las características de ser el polo cefálico (cabeza del feto), notándose
muy claramente en la parte inferior de este polo una hendidura representante
del cuello e, inmediatamente por debajo de la misma, una prominencia: el hombro
izquierdo. Hacia abajo de esta prominencia, una superficie rectangular, el
dorso del feto; continuando esta superficie encontramos más abajo otra
prominencia redondeada que sería la nalga izquierda, terminando ésta en otra
prominencia igualmente redondeada (la rodilla izquierda) y naciendo de ésta y
en dirección hacia abajo, la pierna del mismo lado, terminando hacia abajo en
una prominencia que representa el pie del mismo lado.
La actitud del feto en flexión es característica del ser humano.
Adherido al vientre y también al miembro inferior se aprecia un disco con las
características del órgano denominado placenta, con un borde circular y dos
caras: una externa (a la vista) y la otra unida al vientre y al citado miembro
inferior.
Se aprecia también la existencia de un gran número de crestas y
surcos con unas direcciones características y propias de las arterias y venas
de la placenta en su trayecto haciael cordón umbilical.
Hacia el costado derecho del feto, a nivel de borde, se nota una
prominencia de un centímetro y medio de longitud, con dos bordes (uno convexo y
otro cóncavo) que denuncian la presencia de cortes de un segmento del referido
cordón umbilical.
Entre el vientre y la placenta se advierten una serie de
abultamientos que podrían ser miembros.
Llama poderosamente la atención la forma de la cavidad
petrificada ovoide, típica de la matriz humana cuando contiene el feto.
Dada la conservación de la forma y las características
anteriormente detalladas, es factible que la petrificación se produjese cuando
el feto se hallaba contenido en la matriz...
Y si en verdad nos encontramos ante los restos petrificados de
un ser humano con una antiguedad próxima a los dos millones de años, ¿a qué
conclusión podemos llegar? Obviamente, a la ya mencionada: la ciencia oficial
debería revisar sus rígidos parámetros. Nuestra humanidad, con toda
probabilidad, no ha sido la primera y quién sabe, quizá no sea la última... Si
en los inescrutables designios de la Providencia figura el total exterminio de
la actual raza humana, y si en un lejano futuro apareciera sobre el planeta una
nueva forma de vida inteligente, ¿qué clase de “vestigios” delatarían nuestra
pasada existencia? Si el margen de tiempo entre una y otra “humanidades” fuera
de 65 millones de años por citar el caso de las piedras de Ica, ¿qué elementos
podrían soportar el natural deterioro? En principio, sólo uno: las rocas y los
restos petrificados.
EL ENIGMA DE LOS “HOMBRES ALADOS”
En ocasiones no es preciso sufrir las incomodidades o peligros
de una jungla, de una cordillera o de un desierto para descubrir el rastro de
un misterio. A veces, como
me ha ocurrido en media docena de oportunidades, uno tropieza”
con los enigmas en los lugares y momentos más insospechados. Bien en un museo,
bien a través del estudio de la obra o del pensamiento humanos o,
sencillamente, a lo largo de una inocente y “casual” conversación. iiva como
ejemplo lo acaecido en el Museo Antropológico
“ Tello”, en la ciudad de Lima.
Es una de mis visitas al Perú allá por los años setenta,
enfrascado en la investigación de las célebres “pistas y dibujos” de la pampa
nazqueña, me vi en la siempre agradable necesidad de revisar el patrimonio
artístico depositado en los museos. Y, de pronto, en una de las vitrinas surgió
la presa: una insólita colección de “huacos” o pequeñas figuras de cerámica que
representaban a otros tantos hombres alados”. De acuerdo con los rótulos
explicativos“ que los acompañaban, las piezas en cuestión pertenecen a las
culturas de Paracas, Nazca y Tiahuanaco. Allí, al menos, habían sido halladas.
Y según los arqueólogos, su antiguedad podía ser estimada en unos setecientos o
mil años antes de Cristo.
¿Hombres provistos de alas? La respuesta de la ciencia oficial
como era de esperar fue tan nebulosa como vacía:
“Podría tratarse de una manifestación mitológico-religiosa.” Lo
curioso es que, en aquellas vitrinas, junto a los policromados “seres alados”,
eran exhibidos otros “huacos” pertenecientes a las mismas culturas que
reproducían, con idéntica perfección y fidelidad, las más variadas escenas
familiares, de caza y pesca, religiosas y festivas. La conclusión era obvia:
esa “fidelidad” a la hora de representar las costumbres y trabajos de aquellos
pueblos precolombinos no podía ser estimada para una parte de los “huacos”,
sino para la totalidad. Si las civilizaciones de Nazca, Paracas o Tiahuanaco se
habían tomado la molestia de “inmortalizar” a unos hombres “provistos de alas”
es porque, sencillamente, formaban parte de su “bagaje” históricocultural o del
pulso diario de sus vidas. Aquellos pueblos, necesariamente, “sabían de otros
hombres que disfrutaban de la capacidad de volar”. Y quién sabe si trataron de
imitarlos. De lo que no cabe la menor duda es de que tales anhelos,
pretensiones o conocimientos terminaron por ser plasmados en forma artística:
la más noble expresión de la inquietud humana.
¿Y no resulta harto “sospechoso” que semejantes figuras hayan
aparecido en los “escenarios” donde permanecen los gigantescos y enigmáticos
“dibujos”, sólo visibles “desde lo alto”?
¿Cómo explicar la aparatosa “coincidencia” en la misma región
entre unos “hombres alados”, representados en arcilla en Nazca, y otros “seres
que vuelan a lomos de animales prehistóricos” en la “biblioteca lítica” de Ica?
ESTADOS UNIDOS: LA GRAN CATÁSTROFE DE HACE SESENTA Y CINCO
MILLONES DE AÑOS
Grabé sus palabras en septiembre de 1974. Así consta en mis
archivos. Y así fue publicado en los periódicos a lo largo de aquel otoño. El
solitario investigador de las piedras de Ica fue mostrándome algunas de las
“escenas” grabadas en las enormes rocas desenterradas en el desierto de Ocucaje
y sentenció sin titubeos: “Aquella humanidad y también los animales
antediluvianos que compartían la Tierra con ella fueron aniquilados hace
sesenta y cinco millones de años. ¿ La causa? Una violentísíma devastación, provocada
por la caída de un asteroide o, quizá, de una de las lunas que giraban entonces
en torno al planeta... “
Y durante años, la hipótesis de Javier Cabrera Darquea sólo fue
eso: una fantástica especulación que hizo sonreír burlonamente a los
científicos ortodoxos. Pero, he aquí que, en 1980, y después de arduos y
prolongados estudios, un equipo de investigadores de la Universidad de
Berkeley, en California, capitaneados por Luis Walter Álvarez, Helen V. Michel
y Frank Asaro, conmocionó al mundo con una tesis prácticamente similar: “La
extinción de los dinosaurios y de casi la mitad de la vid; existente en la Tierra
hace sesenta y cinco millones de años pudieron deberse a la caída de un enorme
meteorito y a los efectos secundarios químico-climáticos que se derivaron del
impacto y que afectaron a la biosfera terrestre.”
Me faltó tiempo para entrar en contacto con Luis W. Alvarez,
Premio Nobel de Física en 1968. Y en junio de 1980 recibía un completo dossier
sobre lo descubierto hasta esos momentos por el mencionado equipo
norteamericano.
Ninguno de los científicos que trabajaron, y siguen colaborando,
en este proyecto conocía la “biblioteca” de piedra del Perú. Sus motivaciones
obedecían a planteamientos muy diferentes. Y, sin embargo, como veremos,
siguiendo unas pautas experimentales y sujetas al más estricto rigor
científico, desembocaron en las mismas conclusiones que defendía el médico
peruano.
He aquí sintetizadas y “traducidas” a un lenguaje asequible las
investigaciones y planteamientos más notables de este grupo de físicos,
geólogos, químicos y paleontólogos norteamericanos:
1. Los estudios arrancaron con una finalidad tan concreta como
diferente a la que se iría perfilando a lo largo de las pesquisas: conocer en
cuánto tiempo se había producido la extinción de los célebres dinosaurios. La
mayoría de los geólogos y paleontólogos sostenía que la desaparición había
obedecido a un proceso lento y gradual. Y para ello se adoptó como “escenario”
de los trabajos lo que la ciencia denomina “límite o frontera KT” (de la
palabra alemana “Kreide”: Cretácico). Es decir, una discontinuidad existente
entre el citado período Cretácico n el que los monstruos prehistóricos
dominaron la Tierra y el Terciario, en el que, súbita e inexplicablemente, ese
dominio pasó a los mamíferos. Los paleontólogos ya habían intuido “algo”
extraño y espectacular. Entre otras razones, porque el registro fósil que
aparece en las rocas sedimentarias, en el nivel correspondiente a sesenta y
cinco millones de años, presenta esa anómala “discontinuidad”. ¿Cómo era
posible que ammonites o dinosaurios, abundantísimos durante millones de años,
se extinguieran “de la noche a la mañana”? Por otra parte, también los estudios
sobre fósiles de polen y de animales marinos unicelulares (foraminíferos)
demostraban que la extinción había sido muy brusca. Pero, ¿por qué? He ahí la
gran pregunta...
2. Los sucesivos análisis de los terrenos ubicados en esa
“frontera KT”, tanto en los Apeninos de Umbría como en Zumaya y Caravaca, en
España (profesores Ward y Jan Smit), Texas, Dinamarca (acantilado de Stevens
Klint), Nueva Zelanda (Woodside Creek), Nuevo México y Montana, entre otros,
pusieron de manifiesto con claridad el anormal índice de iridio depositado en
dichos sedimentos. Como es sabido, este metal se muestra escaso en la corteza
terrestre (a razón de 0,03 partes por mil millones). En el cosmos, sin embargo,
su abundancia es muy notable, habiéndose detectado hasta quinientas partes por
mil millones en las condritas carbonáceas (un tipo primitivo de litometeorito).
Y mediante el sistema de “activación de neutrones” (NAA), los científicos
descubrieron con sorpresa cómo ese volumen de iridio se disparaba anormalmente
en las “catas” examinadas. En Italia, Dinamarca y Nueva Zelanda alcanzó índices
que rebasaban en treinta, ciento sesenta y veinte veces, respectivamente, los
valores habituales. Era evidente que esta gran saturación de iridio no podía
proceder de la normal “lluvia” meteórica que recibe el planeta. La única
“explicación” racional a la que llegaron los científicos es estremecedora: esa
ingente cantidad de iridio tenía que ser el resultado del choque de un
formidable asteroide.
3. La hipótesis propuesta por el equipo de la Universidad de
California despertó la curiosidad de otros expertos. Y en los últimos años, más
de un centenar de científicos, procedentes de veintiún laboratorios y trece
países, se han lanzado a la exploración de noventa y cinco lugares ubicados por
todo el mundo y que se distinguen como“fronterizos” entre el Cretácico y el
Terciario. Los resultados han sido idénticos: el iridio aparece en cantidades
desproporcionadas. Pero la “anomalía” ha sido detectada, no sólo en
afloramientos de superficie, sino, incluso, en sedimentos marinos. En otras
palabras: el suceso tuvo consecuencias mundiales, aunque el impacto propiamente
dicho debió de registrarse en el hemisferio norte.
4. Según L. Álvarez y sus colegas, el asteroide que chocó contra
la Tierra hace sesenta y cinco millones de años podía presentar un diámetro de
seis a catorce kilómetros. Penetraría en la atmósfera a razón de unos veinte a
veinticinco kilómetros por segundo, abriendo en ella un “vacío” de otros diez
kilómetros. Teniendo en cuenta que la energía cinética del asteroide tuvo que
ser equivalente a 10 megatones, el cráter originado por la colisión habría
alcanzado los cuarenta kilómetros de profundidad por otros cien o doscientos de
diámetro. Para que nos hagamos una idea del colosal cataclismo, la explosión
fue mil veces superior a la registrada entre el 26 y 27 de agosto de 1883 en el
Krakatoa.
5. Lo más probable aseguran los científicos es que el asteroide
se precipitara sobre el mar. En la actualidad sólo se conocen tres cráteres de
cien o más kilómetros, consecuencia quizá de impactos semejantes: dos de ellos
en Sudbury y Vredefort y el tercero en Siberia, en Popigay. Pero ninguno
corresponde a ese “límite KT”. Los primeros son del Precámbrico de 4.600 a 600
millones de años” y el soviético, mucho más “joven”, “sólo” tiene 28,8
millones. Hay, pues, grandes posibilidades de que la inmensa roca sideral
chocara con el océano. Y según los especialistas, a juzgar por las proporciones
de iridio, el “punto de encuentro” podría localizarse en el Atlántico Norte.
Que el inmenso cráter no haya sido localizado es
del todo comprensible, debido al movimiento de las placas
tectónicas y al hecho de que, en estos sesenta y cinco millones de años, gran
parte del océano pre-terciario ha sido sustraído.
6. Como consecuencia del brutal choque, millones de toneladas de
polvo, agua y material meteorítico fueron lanzadas hacia la atmósfera,
esparciéndose por el globo terráqueo. Y el día se convirtió en noche. Y por
espacio de meses, quizá años, esa densa capa de polvo y cenizas impidió que la
luz del sol llegase hasta la superficie, provocando una especie de “invierno
nuclear”. La fotosíntesis resultaría anulada o gravemente dañada, afectando a
su vez al resto de las cadenas alimenticias. Y las extinciones de muchas de las
especies fue inevitable. En 1980, en base a estos datos, Richard P. Turco y
Brian Toon, de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio,
simularon en un ordenador los efectos de una colisión de esta naturaleza. Pues
bien, el polvo arrojado al espacio eclipsaría de tal forma la luz solar que,
durante meses, los seres humanos no serían capaces de distinguir sus manos,
aunque las colocasen a la altura de la cara.
En los océanos, las cadenas alimenticias basadas en plantas
microscópicas como ocurre con las algas productoras de “coccolitos” correrían
idéntica fortuna, extinguiéndose casi en su totalidad. Y otro tanto ocurriría
con los seres de niveles superiores: “belemnitas”, “amonites” y reptiles
marinos. En cuanto a los animales de gran tamaño herbívoros y carnívoros,
dependientes directa o indirectamente de la vegetación, el caos les conduciría
igualmente a una rápida e irremediable desaparición. Según los cálculos de Hans
Thierstein y Dale Russel, el cataclismo pudo originar la extinción de casi el
50 por ciento de las especies planctónicas, entre el 15 y el 25 por ciento de
la vida existente en las grandes profundidades marinas, alrededor del 14 por
ciento de los seres de agua dulce y el 20 por ciento de las especies
terrestres. Ningún vertebrado de más de 25 kilos de peso afirma Russel pudo
sobrevivir a la catástrofe.
7. En opinión de los científicos, este “vuelco” en los sistemas
evolutivos de las especies hace sesenta y cinco millones de años permitió el
desarrollo y la “prosperidad” de otras formas de vida que a la larga condujeron
al “nacimiento” del hombre. En suma: si la Naturaleza no hubiera propiciado la
desaparición de los dinosaurios, la actual humanidad sería una incógnita...
Como vemos, el investigador de la “biblioteca” de piedra peruana
llevaba razón. A no ser y volvemos al socorrido argumento de los científicos
recalcitrantes que semejante maravilla sólo sea el fruto de una burda
falsificación. E insisto una vez más: ¿en qué cabeza cabe que unos indios
peruanos prácticamente analfabetos, en los años setenta, se “adelanten” a los
estudios y conclusiones de la Universidad de Berkeley, publicados en 1980? ¿Con
qué objetivo? ¿Para ganar cincuenta soles (alrededor de medio dólar en 1970)
por piedra? Según mis cálculos, los altorrelieves de cada una de esas rocas de
varios cientos de kilos de peso habrían precisado más de seis meses de
trabajo... ¿Y por qué plasmar tan interesante “descubrimiento” en unas toscas
piedras que además, según los nativos de Ocucaje, eran extraídas o
desenterradas de algún secreto paraje del desierto? La hipótesis de una
falsificación, sencillamente, es insostenible.
Y vuelvo a preguntarme: si las piedras de Ica han “acertado” en
lo que a la violenta extinción de los dinosaurios se refiere, ¿ no estarán
proclamando también la gran verdad de flna “humanidad” que convivió con ellos?
Lamentablemente, ante la indiferencia de la ciencia, sólo
podemos esperar. Una vez más, será el tiempo juez último e inexorable quien
conceda o retire la razón...
LOS “PRIMOS” DE “NESSIE”
Y uno, casi sin querer, saca conclusiones. Aquella apocalíptica
destrucción hace sesenta y cinco millones de ños terminó borrando del mapa a
los grandes saurios. Cierto. Pero ¿a todos? ¿No pudo ocurrir que algunas
“colonias” quedaran a salvo en los parajes más insospechados? Por ejemplo, en
determinados lagos. Esta hipótesis manejada con frecuencia por los
investigadores podría explicar la enigmática presencia de seres monstruosos,
algunos casi mitológicos en aguas de Escocia, la antigua Unión Soviética, Argentina,
China y México, entre otros países. ¿Quién no ha oído hablar de “Nessie”, la
extraña natura que, al parecer, se esconde en las fangosas y profundas lagunas
que dibujan el canal Caledoniano, en las altas tierras escocesas? Los
testimonios sobre el más famoso de los monstruos se remontan al siglo VI.
Curiosamente un santo quien, en el año 565, dejó la primera referencia conocida
del singular animal que habita el lago Ness. Y desde aquel “encuentro” de San
Columbano, misionero irlandés que evangelizó Escocia, los “avistamientos” por
emplear un término “ufológico” se cuentan por centenares. Para que nos hagamos
una idea, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días han sido
contabilizadas más de 250 “apariciones” en las aguas y casi una treintena en
tierra. Y todas las descripciones de “Nessie” o de los “Nessies” apuntan hacia
una familia de animales claramente antediluvianos. Seguramente, un descendiente
de un reptil anfibio que logró adaptarse al hábitat de los referidos lagos
escoceses. Quién sabe si un “pariente” del “plesiosauno” o del “ictiosaurio”...
Para cualquier investigador mínimamente documentado, la realidad de este
escurridizo y poco común animal en el rosario de lagos que separa las Tierras
Altas de las Tierras Altas del Noroeste es hoy incuestionable. No voy a
extenderme ahora en esos cientos de testimonios, sobradamente conocidos y
discutidos. Sí haré mención, de entre las muchas imágenes que circulan sobre
“Nessie”, de la que estimo como una de las pruebas más interesantes de su existencia:
la película captada el 23 de abril de 1960 por T. Dinsdale, un ingeniero
aeronáutico, durante su estancia en Foyers, en pleno centro del lago. Las
palabras y el filme de Dinsdale son elocuentes:
- Percibí algo en la superficie de las aguas. Parecía una barca
boca abajo. Y empezó a moverse, provocando un fuerte oleaje en su zona
posterior. Era un animal, de esto estoy seguro. Vi sus aletas y filmé sus
movimientos, en claro zigzag. Después se sumergió... “
La película fue analizada y, según la Royal Air Force, no existe
la menor duda sobre su autenticidad. En ella se distingue un cuerpo de unos dos
metros de ancho, con un
lomo que emerge alrededor de un metro y que se desplaza a una
velocidad de diecisiete kilómetros por hora. La longitud total del animal fue
calculada en unos dieciocho metros. Gracias a este documento se activaron las
investigaciones científicas en torno a “Nessie” aunque, por suerte o por
desgracia, hasta el día de hoy nadie ha logrado atraparlo. Se tiene, eso sí, un
muy preciso “retratorobot” del monstruo: cabeza achatada, cuello largo y
tubular de unos dos metros por treinta centímetros de diámetro, ojos pequeños y
brillantes, dos protuberancias a manera de cuernos sobre la cabeza, y un cuerpo
fusiforme provisto de gibas y aletas.
Pero no era del enigma del lago Ness de lo que quería hablar en
el presente capítulo, sino de esos “otros Nessies” quizá “primos” del escocés,
menos célebres pero igualmente fascinantes y rodeados de toda suerte de
leyendas. Otros “monstruos”, habitantes también de remotos lagos, que vendrían
a fortalecer la teoría de una fauna prehistórica que sobrevivió tras la gran
catástrofe de finales del Cretácico.
“Chan” es uno de ellos. Para saber de él es preciso viajar hasta
el ya comentado valle de las “Siete Luminarias”, en el centro de México. En uno
de esos cráteres -el Tallacua-, según una tradición muy anterior a los
conquistadores españoles, habita una gigantesca “serpiente de agua”, bautizada
con el nombre maya de “Chan”. Curiosa y sospechosamente, en los redondos y
profundos lagos de los “zenotes” de las selvas del Yucatán, la mitología maya
ha plasmado con frecuencia, en el centro de los mismos, una serpiente enroscada
un “chan”, venerada como una “deidad”.
Para los nativos del valle de Santiago, la existencia de esa
poderosa criatura en el fondo de las turquesas aguas que llenan el volcán
extinguido del “Tallacua” es igualmente indiscutible. Respetado y temido,
“Chan” ha permanecido en la memoria colectiva de los pueblos de esta región
hasta el punto que, cada septiembre, desde hace siglos o milenios, los hombres
y mujeres de las “Siete Luminarias” ascienden en peregrinación hasta lo alto de
la caldera, ofrendando al monstruo los primeros frutos y suplicando su
protección. Este ritual podría carecer de importancia, siendo atribuible a una
de las muchas y rutinarias manifestaciones mágico-religiosas de las culturas
precortesianas, de no ser por una circunstancia que ha venido a ratificar las
viejas noticias en torno a “Chan”: decenas de testigos afirman haber visto hoy
a la bestia que habita en el Tallacua. De no haberles interrogado personalmente
no habría dado crédito a tales rumores. Pero debo inclinarme ante la palabra de
estos pescadores, campesinos, policías y sacerdotes, entre otros, que afirman,
en pleno siglo xx, “haber visto entre las aguas un monstruo inmenso y rugiente
como una ballena”.
¿Ejemplos?
El de Vicente García, conocido hacendado del valle de Santiago
quien, a principios de siglo, cuando se bañaba en el lago del Tallacua en
compañía de un sacerdote amigo, se vio sorprendido por un animal de grandes
proporciones. Según el médico José Manuel García Rivera, nieto de Vicente, su
abuelo llegó al pueblo demudado y reconoció haber disparado contra la criatura.
Pero “Chan” se sumergió en las profundidades.
También Guillermo García Aguilar y Rafael García aseguran con
horror haber visto nadando en las aguas de la laguna un poderoso animal de seis
metros de longitud y “cabeza similar a la de un becerro”.
En cuanto a los pescadores que frecuentan el lago, raro es el
paisano que no ha tenido un encuentro con “Chan”.
El caso más impresionante fue, sin duda, el del policía local
Refugio Silva quien, en compañía de varios agentes, fue a tropezar con el
monstruo cuando patrullaba por las orillas del Tallacua. El inspector no lo
dudó e hizo fuego contra “Chan”. Pero el animal de largo cuello y cuerpo
abombado desapareció entre tán fuerte remolino.
Cuando, con la ayuda del Escuadrón de Rescate Acuático del
Cuerpo de Bomberos de Salamanca, localidad próxima al valle de Santiago,
verifiqué la profundidad y naturaleza de las aguas que llenan el “Tallacua”,
algo quedó claro para este investigador: entre quince y veinte metros se
perciben unas fuertes corrientes de oeste a este que ponen de manifiesto la
existencia de uno o varios canales subterráneos que pudieran poner en
comunicación la laguna de “Chan” con el resto de los volcanes. Esta hipótesis
fue confirmada por el comandante Juan Quiroga y por otros lugareños que, en
diferentes ocasiones, han arrojado troncos y maderas al lago del Rincón de
Parangueo (uno de los volcanes próximos) y, al poco, los han visto emerger en
la superficie del Tallacua. Si el monstruo existe y así lo declara la leyenda y
los testimonios recientes cabe la posibilidad, como ocurre con los lagos de
Escocia, que su hábitat no se reduzca únicamente a la hoya del Tallacua, sino a
todo un complejo entramado de túneles submarinos. Y es igualmente verosímil que
el “Chan” no sea un único y solitario ejemplar, sino toda una “familia” de
animales prehistóricos, atrapada desde hace millones de años en el laberinto
acuático de las “Siete Luminarias”.
Pero estos “primos” de “Nessie” no son los únicos. También en
China se tienen noticias de otro monstruo de pifrecido corte y comportamiento a
los ya referidos. Este ejemplar ha sido visto en el lago Karas, de cuarenta
kilómetros cuadrados de superficie y ubicado en las montañas de Altai, cerca de
la frontera noroccidental con la antigua Unión Soviética. La singular bestia
fue observada por un grupo de pastores mongoles cuando se disponía a devorar un
caballo.
En cuanto al territorio ruso, en la actualidad se sabe de otros
dos lagos el KolKol y Labynkyr en los que, según los testigos, pudieran haber
sobrevivido sendas colonias de monstruos igualmente antediluvianos.
En el primero, situado en Kazajstán, numerosos testimonios
hablan de un enorme animal de unos quince metros de longitud, parecido a una
serpiente y al que se le ve nadar por la superficie. También en este lago se
repiten los extraños oleajes y los sobrecogedores ruidos.
En el segundo caso, en las montañas orientales de Yakutia, al
noroeste de la extinguida Unión Soviética, los primeros testimonios conocidos
datan del año 1953. Los observadores en cuestión ,el geólogo V. Tverdojlebov y
su ayudante, narraron así su experiencia:
Marchábamos por una de las escarpadas orinas del lago Labynkyr.
Y de pronto distinguimos una mancha blanca bajo las aguas. Y al instante
desapareció. Creímos que se trataba de algún reflejo solar. Pero “aquello”
regresó. A cosa de trescientos o cuatrocientos metros de la orilla observamos
un objeto blanquecino que se movía a gran velocidad y en nuestra dirección.
Nadaba o se desplazaba mediante impulsos, emergiendo periódicamente. Estaba
claro que era un animal enorme y muy extraño. Tenía dos manchas simétricas que
identificamos con los ojos y que destacaban del resto del cuerpo. Y en su parte
superior, una especie de aleta... Y al aproximarse a unos cien metros detuvo la
marcha, retrocediendo con lentitud. Y desde aquel punto surgió una cadena de
olas, consecuencia de los movimientos de la bestia. Y allí mismo se hundió,
desapareciendo...
El geólogo, impresionado, elaboró un informe pero, como era de
esperar, sus colegas no lo tomaron en consideración. Para los lugareños, sin
embargo, el “incidente” no era una novedad. En aquel lago de quince kilómetros
de longitud por cuatro de ancho y alrededor de cincuenta metros de profundidad
“siempre habían ocurrido fenómenos extraños”. Los cazadores perdían
inexplicablemente a sus perros cuando éstos se arrojaban a las aguas en busca
de las piezas. Las aves huían súbita y misteriosamente de las orillas y los
violentos oleajes y remolinos
con el tiempo en calma habían sido observados por decenas de
pastores y pescadores.
También en el cono sur americano he tenido ocasión de recoger
testimonios de personas de toda fiabilidad que afirman haber sido testigos de
las evoluciones de uno de estos enigmáticos animales en las bellísimas aguas
del lago Nahuel Huapi, en las proximidades de la ciudad argentina de San Carlos
de Bariloche. Este nuevo “primo” de “Nessie” conocido como el “Nahuelito”
parece responder a las mismas características y comportamiento que sus
congéneres del resto del mundo.
Y me pregunto: ¿serán éstos los únicos sobrevivientes de la gran
catástrofe?
Basta lanzar una ojeada al resto de los continentes para
comprender que el cataclismo estudiado por los científicos de California, tal y
como aseguran, tuvo que afectar por igual a los grandes saurios que dominaban
la totalidad del planeta. Sólo así es comprensible esa multitud de informes
sobre monstruos acuáticos, generados a todo lo largo de la historia y desde los
confines más remotos. La lista de “primos” de “Nessie” sería interminable. Los
hay en Australia, en la Polinesia, en la India, en África meridional, en
Estados Unidos y Canadá. En estos dos últimos países
por mencionar otro ejemplo esclarecedor se han producido más
“avistamientos” de bestias lacustres “no identificadas” que en Europa y Asia
juntas. Según los investigadores norteamericanos, en la actualidad se tienen
noticias de noventa lagos en los que, al parecer, han sido vistos otros tantos
“Nessies”. Raro es el pueblo americano que no dispone de leyenda y mitología
propias, relacionadas con estos seres, casi siempre de “largo cuello, cabeza de
becerro y abultadas aletas”. Desde hace siglos, los indios algonquinos, los
micmac, los iroqueses, los potawatomi, los kalapuya, los shawnee y otras tribus
de los Grandes Lagos y de las Montañas Rocosas han hecho mención de infinidad
de criaturas, aparentemente fantásticas ”inquilinos” antiquísimos de estos
lagos, a los que temían y veneraban. A principios del siglo XIX, por ejemplo,
los potawatomi se opusieron a la construcción de un aserradero en el río Wabash
(Indiana), porque la instalación “podía perturbar a la mítica serpiente que
habitaba sus aguas”.
En Canadá, entre los numerosos “Nessies” que pueblan sus lagos,
hay dos que acaparan el interés de la opinión pública: “Ogopogo” y “Manipogo”.
Ambos, aunque probablemente se trate de sendas “familias”, han sido vistos en
decenas de oportunidades en la red lacustre de Manitoba, Simcoe y Okanagan. Su
existencia al menos los primeros informes data de 1850. En 1959, el matrimonio
Miller fue protagonista de una de las más claras apariciones del monstruo.
Regresaban de una excursión por el lago Okanagan y a unos 75 metros de la
lancha observaron la cabeza de un extraño animal. Al tomar los prismáticos,
Dick Miller comprobó que se trataba de “Ogopogo”. La cabeza, achatada como la
de una serpiente, se encontraba a unos 25 centímetros por encima del agua. La
barca maniobró dirigiéndose hacia el monstruo y el matrimonio tuvo oportunidad
de contemplarlo por espacio de tres minutos. Al poco, las cinco jorobas y la
cabeza desaparecían en las profundidades.
Y el misterio se fue con él. Y ahí permanece..., por el momento.
NEPAL: NI “ABOMINABLE” NI “DE LAS NIEVES”
Si los cientos o miles de “Nessies” que han sido vistos,
fotografiados y filmados constituyen uno de los más intrigantes y escurridizos
enigmas, el de los “hombres-mono” no se queda atrás. Naturalmente en este fugaz
repaso a “mis enigmas favoritos” no pretendo “vaciarme”, dando cuenta de esas
cinco mil descripciones recopiladas hasta hoy en todo el orbe y en las que se
dibujan unas criaturas peludas, semihumanas, siempre esquivas y perdidas en las
altas cordilleras o en los bosques y junglas impenetrables. Estudiar las
apariciones de los “sasquatch” canadienses, de los “bigfoot” norteamericanos,
de los “maricoxi” amazónicos, de los “chemosit” africanos, de los “almas”
caucásicos, de los “chuchunaa” siberianos, le los “hibagón” japoneses, de los
“yowie” australianos o de os “xueren” chinos me arrastraría a un trabajo
enciclopélico. Y no es ése el objetivo del presente libro. Como ya e
mencionado, “sólo se trata de rememorar viejos y lovísimos sueños...”. Y entre
esos “sueños” hay uno por
el que siento una especial predilección. Un “sueño” que se
remonta a la lejana infancia y que en el invierno de 1987” al fin, me llevó
hasta los Himalayas. No se por qué pero, de entre todas esas criaturas
bautizadas como “hombres-mono”, es el famoso “yeti” el que ha ganado la partida
de la curiosidad. Y durante semanas recorrí las altas tierras del Nepal, a la
búsqueda de indicios y pruebas sobre tan fascinante personaje. Entiendo que,
entre los seres mitológicos, entre las leyendas y la fantasía popular, entre lo
real y lo irreal, el “abominable hombre de las nieves” ocupa uno de los tronos
más destacados.
Como la mayor parte de los investigadores que se ha asomado a
este enigma, llegué a Katmandú cargado de escepticismo. ¿Se trataba de una
superstición? ¿Qué base real podía sostener la existencia de esta criatura,
mitad hombre, mitad simio? Con el paso de los días, tras escuchar los
testimonios de montañeses, monjes y, en especial, de los esforzados sherpas,
mis dudas fueron disipándose. “Algo” había de cierto en semejante cúmulo de
coincidencias. Ni uno solo de los interrogados puso en duda la realidad de los
yeti. Algunos habían tropezado con sus huellas en la nieve. Otros aseguraron
haber escuchado sus pasos y sonidos guturales en los alrededores de las aldeas,
de los monasterios y en las proximidades de los campamentos de los alpinistas.
Los menos juraban haberlos visto en los bosques que preceden a las regiones de
nieves perpetuas. Y los más recordaban infinidad de encuentros protagonizados y
transmitidos por sus antepasados.
Y he dicho bien: “los yetis”. Porque, según los habitantes del
Nepal, no se trata de un ser único y solitario, sino de muy bien diferenciadas
especies o familias. Aunque la criatura en cuestión es conocida y reconocida en
medio mundo como “yeti”, su verdadero nombre por el que es designado desde hace
siglos en las altas cadenas montañosas del Tíbet y el Nepal es “yahteh”. Estos
vocablos, al combinarse, vienen a significar “hombre salvaje de los lugares
rocosos” o “animal que habita en las rocas”. Los nepalíes, al menos en el
pasado, jamás utilizaron la expresión “le hombre de las nieves”. Entre otras
razones lógicas porque ningún hombre o animal podría sobrevivir en las severas
cumbres de los Himalayas. De hecho, según mis investigaciones, la mayor parte de
las observaciones se ha registrado en altitudes inferiores y generalmente
boscosas. Curiosamente, en el idioma nepalí, “yeti” quiere decir “ermitaño”.
Y fueron los sherpas, como digo, quienes me proporcionaron una
más amplia y precisa información. Estos silenciosos y espartanos guías de
muchos de los montañeros y expedicionarios que se aventuran en los célebres
Himalayas no comprendían las dudas y el escepticismo de los occidentales en lo
que a los yetis se refiere. Su propia historia aparece ligada a la de los
“yahteh”. Así me fue narrada por los ancianos sherpas:
Allá arriba, por encima de las nubes y más allá de Katmandú y de
las montañas azules que la rodean, hay una tierra virgen, de incalculable
belleza, a la que llaman Khumbu. Es tierra de nieves y ventisqueros, de ríos
salvajes y suaves y verdes valles, de yacs, águilas y leopardos de las nieves.
Sus habitantes son los sherpas. Llegamos a Khumbu hace muchos años, procedentes
de las montañas del Tíbet. Y aquí plantamos la patata y el trigo sarraceno. Y
aquí criamos nuestras ovejas y nuestros yacs. Somos gente dura pero alegre...
Y antes, mucho antes de que todo esto ocurriera, Khumbu era ya
la patria de los yeti. Entonces, los yeti eran pacíficos y confiados. Hasta que
un día, los hombres y mujeres de las nieves observaron una larga hilera de
sherpas y de yacs que traspasaban las fronteras del Tíbet y se instalaban en
sus dominios. ¿Quiénes eran estas gentes? ¿Por qué venían a Khumbu?
Y los sherpas montaron sus tiendas en la región de Tarnga. Y
después construimos casas de piedra y cultivamos los campos. Y los yeti
siguieron observándonos. Hasta que un día, después del monzón, los sherpas
recogimos la cosecha. Y el apetitoso olor de las patatas llegó hasta ellos. Esa
noche, uno de los yeti decidió aventurarse en la aldea, robando cuantas patatas
pudo. Y lo mismo sucedió cuando, días más tarde, los sherpas celebraron la
fiesta de la cerveza. Esa misma noche, mientras la aldea dormía, los yeti se
adentraron en el poblado, probando la cerveza y emborrachándose. A partir de
entonces, los yeti se convirtieron en un problema para los sherpas. Robaban su
comida y su cerveza, imitando en todo a los humanos
Finalmente, los sherpas celebraron un gran consejo e idearon un
plan para librarse de los yeti. Primero dispusieron grandes cantidades de
cerveza. Después, provistos de espadas de madera, simularon una pelea. Y esa
misma noche, los hombres y mujeres de las nieves entraron de nuevo en la aldea,
apoderándose de la cerveza y de las espadas que, aparentemente, habían sido
olvidadas por los silerpas. Lo que no sabían los yeti es que las armas de
madera habían sido previamente sustituidas por otras de metal. Y tal y como a
lan visto hacer a los sherpas, bebieron se emborracharon, luchando entre ellos.
Poco después, la tribu de los yeti yacía despedazada sobre la nieve. Todos
murieron, exce to un yeti hembra y su hijo. Y al comprender que todo había sido
un engaño, huyó hacia las montañas, lejos de los hombres. Desde entonces, el
yeti odia a los humanos...
Así narran los sherpas sus primeros encuentros con los yeti. Y
aunque, obviamente, parece tratarse de una leyenda más, no es menos cierto que
contiene algunas posibles verdades. Por ejemplo: de acuerdo siempre con los
testimonios de quienes aseguran haberlos visto, los yeti forma una nutrida
colonia. En este sentido, los sherpas los
tienen clasificados en tres grandes grupos: los “metrey” o yetis
caníbales, de un metro y medio de altura. Son los únicos dqueicen que atacan al
hombre. Los “chutrey” o comedores de animales de gran tamaño: preferentemente
el yac o buey de las montañas. Miden alrededor de 2,5 metros. Por último, el
llamado “theima”, que habita en los intrincados bosques de los Himalayas,
siempre por debajo de la línea de nieve. Es herbívoro e igualmente inofensivo.
Es obligado puntualizar que, hasta el momento, a pesar de las
múltiples expediciones científicas enviadas a estos parajes con el loable
propósito de desvelar el misterio, los resultados han sido infructuosos. La
creencia en el “abominable” se sustenta básicamente en los testimonios de
quienes afirman haber tropezado con él o con sus huellas. Pues bien, en base a
esas descripciones, el aspecto físico del yeti o de los yeti podría ser el
siguiente: entre uno y tres metros de estatura. Cuerpo fornido y de apariencia
humana, cubierto de un largo y espeso pelo que varía entre el gris y el rojizo.
Cabeza puntiaguda. Brazos largos y oscilantes y enormes pies, de unos cuarenta
a cincuenta centímetros de longitud y dedos pulgares extrañamente desviados
hacia el exterior. Camina erguido aunque, cuando corre, lo hace también
ayudándose de las manos, al estilo de los simios. Las áreas donde ha sido visto
con mayor frecuencia pertenecen a las faldas de los Himalayas, entre los 3.300
y 5.500 metros. Raramente se le ha localizado en las altas cumbres.
Quizá la más antigua representación gráfica conocida de un yeti
es la descubierta por el antropólogo checo E. Viek en el Dicdonario anatómico
para el reconocimiento de diferentes enfermedades. En este tratado de medicina
tibetana fue dibujado una especie de “hombremono”, de pie sobre una roca. En el
texto se aclara que se trata de un “hombre salvaje, habitante de las montañas y
dotado de una fuerza extraordinaria”. En cuanto a la primera referencia escrita
que ha podido llegar a Occidente se remonta a 1832. El naturalista británico B.
H. Hodgson lo describe en su diario como un “demonio peludo, sin cola, que, de
pronto, apareció ante sus asistentes”.
Pero quizá los testimonios mas valiosos son aquellos que hablan
de sus huellas. Han sido legión los montañeros que aseguran haberlas visto y
seguido. En 1886, Myriad, miembro de una expedición británica, encontró unas
enormes y misteriosas pisadas en la nieve, a 4.877 metros de altitud, en el
Himalaya Sikkim. En 1989, un oficial inglés, el comandante L. A. Wadell, fue a
tropezar también con una serie de huellas inexplicables, en la región
nororiental de Sikkim, a 5.182 metros. Años después, en 1906, el célebre
botánico Henry Elwes aseguraba haber visto un enorme bípedo peludo. Y otro
tanto escribió el funcionario británico de bosques, J. R. P., que halló unas
gigantescas pisadas de casi cincuenta centímetros, con los pulgares en ángulo
recto sobre el eje de los pies. En 1921, el teniente coronel Howard Bury
observó otras enigmáticas huellas a 6.400 metros de altitud, durante una
expedición al Everest. Tanto Howard como uno de los sherpas que le acompañaba
distinguieron a un ser de gran talla, peludo y que caminaba como un hombre. Un
año más tarde, una patrulla del ejército británico declaró haber visto una
extraña criatura en Sikkim, a 3.000 metros. Era de aspecto humano comentaron y
se movía con gran rapidez. En 1925, un botánico hindú, A. N. Tombazi, escribía
en su libro “Relato de una expedición fotográfica a las laderas meridionales
del Kanchenjunga,” cómo en la nieve del monte Kabru, a 4.572 metros, habían
contemplado a un ser claramente humano, arrancando raíces y arbustos. Caminaba
erecto y se hallaba desnudo. A los pocos minutos desapareció en la espesura. Al
acercarse al lugar, Tombazi halló huellas frescas de pisadas. Los pulgares y
talones eran idénticos a los de un hombre, aunque la totalidad de la impronta
era tan larga como su pierna. Contabilizó un total de quince pasos. En 1935, un
yeti se presentó en la aldea sherpa de Kathagsu. Fue visto por numerosos
vecinos, que le arrojaron piedras. La criatura había matado dos ovejas. En
1937, el capitán Hunt fue testigo de excepción de otras dos hileras de pisadas
en Zemu. “Eran unas huellas enormes escribe el lord que nada tenían que ver con
osos o leopardos de las nieves.”
La lista de testigos, en fin, es interminable.
Y a partir de 1951, gracias a las magníficas fotografías de las
huellas de un supuesto yeti, obtenidas por Eric Sifipton en el ventisquero de
Menlung, la comunidad científica decide tomar cartas en el polémico asunto.
Aquellas imágenes mostraban unas pisadas de 33 centímetros de longitud por
otros 17 de ancho, con cinco dedos perfectamente visibles. Desde entonces hasta
1991, más de veinte expediciones de hombres de ciencia de Gran Bretaña, Estados
Unidos, Japón, China, antigua Unión Soviética, India y Alemania se han
desplazado hasta las laderas de los Himalayas, con el exclusivo fin de
fotografiar o capturar al “yeti”. Pero los resultados, como digo, han sido
negativos. Hasta el propio Edmund Hillary llegó a interesarse por el
“abominable de las nieves”. En 1951 relataba lo siguiente: ... Sen Tensing, uno
de mis más expertos sherpas, me aseguró haber visto al yeti. Al año siguiente,
George Lowe y yo hallamos un mechón de pelo negro a 19.000 pies, en un paso
peligroso. Los sherpas aseguraron que era pelo del yeti y lo tiraron
aterrorizados. “
Sea realidad o fruto de la imaginación, lo cierto es que el
“abominable” forma parte del sentir popular del Nepal. Personalmente, a la
vista de los cientos de testimonios que circulan sobre tan singular criatura,
estoy convencido de su existencia. El yeti es considerado en aquellas latitudes
poco menos que una divinidad. Los restos de un cuero cabelludo, de un cráneo y
de una mano de un yeti son exhibidos y reverenciados en los monasterios
budistas de Pangboche, Namche y Khumjung. Sin embargo, los análisis practicados
han demostrado que se trata de falsificaciones. Pero, a decir verdad, el rigor
científico les trae sin cuidado. Para los sencillos hombres y mujeres de las
montañas del Nepal, la palabra y la tradición están por encima de las hipótesis
y conjeturas de la ciencia oficial. Y en el fondo puede que tengan razón. Aún
así, el enigma del yeti o de los yetis tendrá que ser encarado algún día de
forma sistemática por la comunidad científica. Hasta el momento, los escasos
científicos que se han atrevido a pronunciarse sobre el misterio de los
Himalayas han coincidido en la posibilidad de que estemos ante un ignorado
animal, no incluido en la escala zoológica. Ya en 1955, Heuvelmans apuntó una
tesis que fue bien aceptada: el yeti podría ser un descendiente del
Gigantopithecus, un homínido de tres metros de altura y trescientos kilos de
peso. La teoría ha sido redondeada por tres zoólogos británicos Cronin,
Emeryware y McNeeley que opinan que el “abominable”, de existir, tiene que
pertenecer a una rama de simios gigantes prehistóricos (quizá del Pleistoceno)
que pudieron quedar aislados en las altas y casi inaccesibles cordilleras de
China y Asia centrales.
Pero, naturalmente, sólo se trata de conjeturas. La verdad sobre
este viejo y romántico misterio continúa virgen e inalterada, al igual que las
cumbres que lo amparan.
EL SECRETO DE COLÓN
¿ Por qué no? También los hombres encierran misterios. Y
algunos, tan impenetrables, que siguen resistiendo la corrosió del tiempo, de
la curiosidad y de las investigaciones. Este es el caso de Colón. Desde niño me
llamó la atención, más que el hecho físico del descubrimiento de américa, la
insólita tozudez y la fe ciega del ilustre genovés, que pudo empujarle con
tanto afán a buscar la ayuda y protección de los monarcas y potentados
europeos? ¿simple intuición? ¿Lo que hoy llamaríamos paranoia?
¿delirios de grandeza? ¿Cómo pudo encararse con tanta sagacidad
y audacia a los sabios y consejeros de los reyes de Portugal y España? Como es
sobradamente conocido, en los postreros años del siglo xv, la ciencia “oficial”
negaba la existencia de “otras tierras firmes e islas más allá del “Mar
Tenebroso”. ¿ Es que Colón había tenido conocimiento de los famosos mapas
turcos de Piri Reis? ¿Cuál pudo ser su “secreto”?
La historia es clara y rotunda. Juan de Barros cuenta que el
proyecto de Cristobal Colón, presentado a los soberanos de Portugal y Castilla,
fue rechazado “con rara y absoluta unanimidad” por los técnicos de ambas cortes
peninsulares. “El monarca luso, tras conocer su demanda, le creyó poco; y menos
aún tomaron en consideración sus planes descubridores los consejeros
portugueses, pues todos ellos consideraron las palabras de Colón como vanas,
fundadas simplemente en la imaginación o en cosas como esa isla Cipango de
Marco Polo.”
Pero, curiosa y sospechosamente, lejos de desanimarse ante estos
iniciales fracasos, el genovés se presentó en la corte de los Reyes Católicos y
volvió a desenterrar su “loco” proyecto.
Y yo me pregunto: ¿por qué tanta obstinación? ¿Qué documentos,
mapas o noticias obraban en poder del futuro almirante?
Y la fortuna, como reza la historia, siguió esquiva. Nadie le
tomó en consideración. El testimonio del doctor Rodrigo Maldonado de Talavera,
miembro de la junta dictaminadora del proyecto colombino es rotundo en este
sentido. Dice así:
... .este testigo, con el Prior de Prato... e con otros sabios e
letrados e marineros platycaron con el dicho Almirante sobre su hida a las
dichas yslas, e... todos ellos concordavan que hera ynposible ser verdad lo que
el dicho Almirante desya”.
Ha quedado perfectamente claro para los historiadores que Colón
presentó una idea absurda irrealizable. Sin embargo, el Almirante no cedió un
solo milímetro en sus pretensiones. Esta “tozudez”, como digo, me intrigó
siempre en gran manera. No podía entenderlo. Cristóbal Colón aunque no se
trataba de un genio en navegación y sí de un esforzado autodidacta no tenía un
pelo de tonto y debería haber tenido en gran consideración los consejos y
opiniones de otros famosos marinos con los que se entrevistó. ¿Es que todos
estaban equivocados, a excepción del genovés?
La primera aclaración a estas dudas sobre la incomprensible “fe”
de Colón me llegó en los años setenta, cuan
do una luminosa mañana llamé a las puertas del Monasterio de La
Rábida, en Huelva.
El entonces prior de los franciscanos en dicho lugar, Francisco
de Asís Oterino, me sorprendió con una respuesta que, francamente, no hubiera
imaginado en boca de un monje:
La teoría sobre la existencia de un piloto o navegante anónimo,
que conoció América antes que Colón y que reveló tan extraordinaria experiencia
al Almirante ha cobrado una gran fuerza en los últimos tiempos. Ésa pudo ser la
gran razón, la clave, de esa obstinación que, en efecto, derrochó el
descubridor del Nuevo Mundo. Le aconsejo que hable usted me dijo el amable
franciscano con don Juan Manzano, el máximo estudioso de este asunto en la
actualidad y catedrático de la Universidad Complutense, de Madrid.”
Yo había sabido en años anteriores siempre de forma muy fugaz
que, tal y como señalaba el padre Oterino, algunos autores parecían sentir una
cierta inclinación por esta hipótesis. Pero, a decir verdad, jamás le presté
atención. Creí que, como otros muchos puntos de la historia, aquel capítulo del
“prenauta” o del piloto desconocido no era otra cosa que pura fantasía.
La observación del franciscano, sin embargo, me puso en guardia.
¿Qué había de cierto en aquella desconcertante posibilidad? ¿Qué dicen los más
5%i05 y reconocidos historiadores sobre el piloto anónimo? ¿Existió
verdaderamente?
A partir de aquella visita a La Rábida he procurado bucear en
cuantos textos y documentos han quedado a mi alcance. Y he conversado
extensamente con los más preclaros expertos en asuntos colombinos, muy
especialmente con don Juan Manzano, cuya obra Colón y su secreto me parece una
de las aportaciones definitivas en la resolución de este apasionante misterio.
Pero antes de pasar a los múltiples detalles e informaciones
sobre este enigmático personaje, creo muy necesario hacer un breve balance de
lo que cuentan los más insignes cronistas e historiadores sobre el particular.
Y empezaremos por las versiones absolutamente concordes y casi
desconocidas de dos autores del siglo XVII: el licenciado Baltasar Porreño y el
doctor Gonzalo de Illescas.
Al referirse a los orígenes de la empresa colombina comienzan
describiéndonos la aventura del piloto anónimo en los siguientes términos:
Un cierto marinero, cuyo nombre hasta ahora no se sabe ni de
dónde partió ni qué viaje llevaba, más de que andava por el mar Oceano de
Poniente, tubo un tiempo recio y grande tormenta, la cual lo llevó perdido por
la profundidad y anchura del mar, hasta ponerlo fuera de toda conversación y
noticia de lo que los marineros savían por sciencía y experiencia adonde vio
por los ojos tierras extrañas nunca vistas ni oídas; la misma tormenta que lo
llevó a ver estas incógnitas tierras, esa lo bolvió hacía nuestra España, tan
perdido y destrozado, que murió dentro de pocos días. Este desgraciado marinero
, por no tener otra posada mejor, vino acaso a posar en la isladela Madera, en
casa de Christobal Colon, ginoves, nacido en Nerví, aldea pequeña junto a
Genova. Venía tan pobre y hambriento que, como dixe, no pudo escapar de la
muerte, y no teniendo otra mejor cosa que dexar a su huesped, en pago de la
buena obra que le havia hecho le dio ciertos papeles y canas de marear y
relación muy panicular de lo que havia visto en aquel naufragio. Recíbio esto
Christobal Colon de mu y buena gana, porque su principal officio era marinero,
y hacia cartas de marear. Muerto el pobre piloto, comenzó Colon a levantar los
pensamientos, y a imaginar que si acaso él descubriese aquellas nuevas tierras
no era posible, sino que en ellas hallaria grandes ríquezasyquedaria prospero,
rico y honrado, y para ver si llevaban camino sus imaginaciones, comunicó su
negocio con un fraile franciscano llamado fray Juan Perez de Marchena, del
monasterio de la Rabida, que era buen cosmógrafo, el cual, pareciéndole que no
iba fuera de camino, le aconsejó que no dejase de procurar esta navegación, que
no podía dexar de ser muy provechosa.
Algunos años antes, en 1535, esta leyenda sobre el piloto
anónimo que corría de boca en boca desde que tuviera lugar el descubrimiento
“oficial” del Nuevo Mundo en 1492 apareció por primera vez en letra de
imprenta. Su autor fue Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial y que en
el capítulo segundo de su volumen número dos
”Del origen e persona del almirante primero de las Indias,
llamado Cristobal Colón, e por qué via o manera se movió al descubrimiento de
ellas, según opinión del vulgo dice textualmente sobre la aventura del
predescubridor:
Quieren decir algunos que una carabela que desde España pasaba
para Inglaterra cargada de mercadurías e bastimentos, así como vinos e otras
cosas que para aquella isla se suelen cargar, de que ella caresce e tiene
falta, acaesció que le sobrevinieron tales e tan forzosos tiempos, e tan
contrarios, que hobo de necesidad de correr al Poniente tantos días, que
reconosció una o más de las islas destas partes e Indias; e salió en tierra, e
vido gente desnuda, de la manera que acá la hay; y que cesados los vientos, que
contra su voluntad acá le trujeron, tomó agua y leña para volver a su primer
camino. Dicen más: que la mayor parte de la carga que este navío traía eran
bastimentos e cosas de comer, e vinos; y que así tuvieron con qué se sostener
en tan largo viaje e trabajó e que después le hizo tiempo a su propósito, y
tomó a dar la vuelta, e tan favorable navegación le subcedió, que volvió a
Europa, e fue a Portugal. Pero como el viaje fuese tan largo y enojoso, y en
especial a los que con tanto temor e peligro forzados le hicieron, por presta
que fuese su navegación, les duraría cuatro o cinco meses, o por ventura más,
en venir acá e volver a donde e dicho. Y en este tiempo se murió cuasi toda la
gente del navío, e no salieron en Portugal sino el piloto con tres o cuatro, o
alguno más, de los marineros e todos ellos tan dolientes que en breves días
después de llegados murieron.
Dícese, junto con esto, que este piloto era muy íntimo amigo de
Cristobal Colón, y que entendía alguna cosa de las alturas; y marcó aquella
tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto dio parte dello a
Colom, e le rogó que le hiciese una carta y asentase en ella aquellatierra que
havia visto. Dícese que él le recogió en su casa, como amigo, y le trizo curar,
porque también venía muy enfermo; pero que también se murió como los otros, e
que así quedó informado Colom de la tierra e navegación destas partes, y en él
sólo se resumió este secreto. Unos dicen que este maestre o piloto era andaluz;
otros dicen quel Colom estaba entonces en la isla de la Madera, e otros quieren
decir que en las de Cabo Verde,yue allí aportó la carabela que he dicho, y él
hobo, por esta torm a, noticia desta tierra.
Oviedo, como buen historiador, se limitó a recoger la opinión
del pueblo. Eran los rumores y noticias que circulaban en aquellos años
inmediatos al descubrimiento “oficial”, especialmente por las calles y plazas
de la isla Española, y que Oviedo se limitó a recoger sin mas.
Diecisiete años después de la publicación de la obra de Gonzalo
Fernández de Oviedo, otro reconocido cronista
Francisco López de Gómara refrescaba la aventura del intrépido
protonauta en el capítulo trece de su Historia general de las Indias, publicada
en Zaragoza en el año
1552.
En síntesis, dice así:
...Navegando una carabela por nuestro mar Océano tuvo tan
forzoso viento de levante y tan continuo, que fue a parar en tierra no sabida
ni puesta en el mapa o carta de marear. Volvió de allá en muchos más días que
fue; y cuando acá llegó no traía más de al piloto y a otros tres o cuatro
marineros que, como venían enfermos de hambre y de trabajo, se murieron dentro
de poco tiempo en el puerto. He aquí cómo se descubrieron las Indias por
desdicha de quien primero las vio, pues acabó la vida sin gozar dellas y sin
dejar, a los menos sin haber memoria de cómo se llamaba, ni de dónde era, ni
qué año las halló. Bien que no fue culpa suya, sino malicia de otros o envidia
de la que llaman fortuna. Y no me maravillo de las historias antiguas que
cuenten hechos grandísimos por oscuros principios, pues no sabemos quién de
poco acá halló las Indias, que tan señalada y nueva cosa es. Quedáramos
siquiera el nombre de aquel piloto, pues todo lo al con la
muerte fenesce. Unos hacen andaluz a este piloto, que trataba en
Canarias y en la Madera cuando le acontesció aquella larga y mortal navegación;
otros vizcaino, que contrataba en Inglaterra y Francia; y otros portugués, que
iba o venía de la Mina o India, lo cual cuadra mucho con el nombre que tomaron
y tienen aquellas nuevas tierras. También hay quien diga que aportó la carabela
a Portugal, y quien diga que a la Madera o a otra de las islas de los Azores;
empero, ninguno afirma nada. Solamente concuerdan todos en que fallesció aquel
piloto en casa de Cristobal Colón, en cuyo poder quedaron las escripturas de la
carabela y la relación en de todo aquel luengo viaje, con la marca y altura de
las tierras nuevamente vistas y halladas.
Y, por último, veamos la opinión del dominico fray Bartolomé de
Las Casas, una de las máximas figuras de la historia de aquellos tiempos y
encendido defensor de la obra y de la persona del Almirante de la Mar Océana.
Lejos de silenciar las noticias sobre el predescubrimiento de América que quizá
pudieran eclipsar en parte el brillo de Colón, Las Casas le dedica un generoso
espacio en el capítulo catorce de su gran obra Historia de las Indias.
He aquí, resumido, su inapreciable testimonio, recogido por él
mismo de los primeros pobladores de la mencionada isla La Española:
... Díjose que una carabela o navío que había salido de un
puerto dc España (no me acuerdo haber oído señalar el que fuese, aunque creo
que del reino de Portugal se decía), y que iba cargada de mercaderías para
Flandes o Inglaterra, o para los tractos que por aquellos tiempos se tenían, la
cual, corriendo terrible tormenta y arrebatada de la violencia e ímpetu della,
vino diz que a parar a estas islas y que aquesta fue la primera que las
descubrió. Que esto acaeciese así, algunos argumentos para mostrarlo y: el uno
es, que a los que de aquellos tiempos somos venidos a los principios, era
común, como dije, tratarlo y platicarlo como por cosa cierta, lo cual creo que
se derivaría de alguno o algunos que lo supiesen, o por ventura quien de la
boca del mismo Almirante o en todo o en parte e por alguna palabra se lo oyese.
El segundo es, que en otras cosas antiguas, de que tuvimos relación los
queñúrnos a' primer descubrimiento de la tierra y población de la isla de Cuba
(como cuando della, si Dios quisiere, hablaremos, se dirá) fue una ésta: que
los indios vecinos de aquella isla tenían reciente memoria de haber llegado a
esta isla Española otros hombres blancos y barbados como nosotros, antes que
nosotros no muchos años; esto pudieron saber los indios vecinos de Cuba, porque
como no diste más de diez y ocho leguas la una de la otra de punta a punta,
cada día se comunicaban con sus barquillos y canoas, mayormente que Cuba
sabemos, sin duda, que se pobló y poblaba desta Española.
Que el dicho navío pudiese con tormenta deshecha (como la llaman
los marineros y las suele hacer por estos mares) llegar a esta isla sin tardar
mucho tiempo y sin faltarles las viandas y sin otra dificultad, fuera del
peligro que llevaban de poderse finalmente perder, nadie se maraville, porque
un navío con grande tormenta corre cien leguas, por pocas y bajas velas que
lleve, entre día y noche, y a árbol seco, como dicen los marineros, que es sin
velas, con sólo el viento que coge las jarcias y masteles y el cuerpo de la
nao, acaece andar en veinte y cuatro horas treinta y cuarenta y cincuenta
leguas, mayormente habiendo grandes corrientes, como las hay por estas panes; y
el mismo Almirante dice que en el viaje que descubrió a la tierra firme hacia
Paria anduvo con poco viento, desde hora de misa hasta completas, sesenta y
cinco leas”¡”or las grandes corrientes que lo llevaban; así que no fue
maravilla que” en diez o quince días y quizás en más, aquellos corriesen mil
leguas, mayormente si el ímpetu del viento Boreal o Norte les tomó cerca o en
paraje de Bretaña o de Inglaterra o de Flandes. Tampoco es de maravillar que
así arrebatasen los vientos impetuosos aquel navío y lo llevasen por fuerza
tantas leguas, por lo que cuenta Herodoto en su libro IV que como Grino, rey de
la isla de Thera, una de las Ciudades y del Archipiélao, recibiese un oráculo
que fuese a poblar una ciudad en Africa, y África entonces no era conocida ni
sabían dónde se era, los ancianos y gentes de Levante orientales, enviando a la
isla de Creta, que ahora se nombra Candía, mensajeros que buscasen algunas
personas que supiesen decir dónde caía la tierra de Africa, hallaron un hombre
que había por nombre Carobio, el cual dijo que con fuerza de viento había sido
arrebatado y llevado a África y a una isla por nombre Píatea,
que estaba junto a ella...
Así que, habiendo aquéllos descubiertoo por esta vía estas
tierras, si así fue, tomándose para España vinieron a parrr destrozados;
sacados, los que, por los grandes trabajos y hambres y enfermedades, murieron
en el camino, los que restaron, que fueron pocos y enfermos, diz que vinieron a
la isla de la Madera, donde también fenecieron todos. El piloto del dicho
navío, o por amistad que antes tuviese con Cristobal Colón, o porque como
andaba solícito y curioso sobre este negocio, quiso inquirir dél la causa y el
lugar de donde venía, porque algo se lo debía de traslucir por secreto que
quisiesen los que venían tenerlo, mayormente viniendo todos tan maltratados, o
porque por piedad de verlo tan necesitado el Colón recoger y abrigarlo
quisiese, hobo, finalmente, de venir a ser curado y abrigado en su casa, donde
al cabo diz que murió; el cual, en reconocimiento de la amistad vieja o de
aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir, descubrió a
Cristobal Colón todo lo que les había acontecido y diole los rumbos y caminos
que había llevado y traido, por la cana del marear y por las alturas, y el
paraje donde esta isla dejaba o había hallado, lo cual todo traía por escrito.
Esto es concluye el eminente dominico lo que se dijo y tuvo por
opinión y lo que entre nosotros, los de aquel tiempo y en aquellos días
comúnmente, como ya dije, se platicaba y tenía por cierto, y lo que diz que
eficazmente movió como a cosa no dudosa a Cristobal Colón.
Me ha parecido, en fin, que resultaba del todo necesario iniciar
este capítulo sobre el secreto de Colón con los testimonios de los más
importantes cronistas colombinos. Y pude comprobar con asombro cómo todos ellos
coinciden en la médula y en la parte sustancial del relato. Ni que decir tiene
que esto me animó a seguir rastreando la pista del piloto anónimo. Como afirma
R. H. Tawney, en líneas generales, las leyendas suelen ser tan ciertas en lo
básico como falsas en los detalles...
Pues bien, conforme he ido prosperando en el conocimiento y en
la reunión de datos sobre el llamado predescubrimiento, mi corazón ,como el del
catedrático Juan Manzano, se inclina cada vez más hacia la creencia de que esta
tradición del nauta desconocido fue cierta en lo sustancial y quizá exagerada y
poco clara en los detalles.
A título de síntesis sobre lo aquí expuesto, tanto Oviedo como
Las Casas y Gómara, por citar a los más conocidos, coinciden en el hecho en sí:
la existencia de un marino anónimo y de una carabela que fue empujada por
fuertes vientos y por una tormenta hasta las islas más orientales del actual
Caribe.
No se muestran conformes, sin embargo, en los detalles del
suceso: derrota o ruta que pudo seguir la embarcación, nacionalidad del piloto
anónimo, punto de arribo de la nave, tierras que descubrió, etc.
Todo ello, como digo, y desde mi modesto punto de vista, total y
absolutamente secundario frente a la clave del gran acontecimiento: que
alguien, años antes que Colón, tuvo la suerte o la desgracia de pisar América.
Pero entremos en los fascinantes pormenores de esta ignorada
aventura, tal y como nos ha llegado de la mano de los investigadores.
¿ Qué rumbo llevaba y por qué zonas navegaba nuestro hombre, el
piloto desconocido, cuando la tormenta o los fuertes vientos desviaron su navío
hacia las playas de América?
Aunque algunos autores hablan de una posible travesía entre
Canarias y la isla de Madera y otros apuntan a los mares de Inglaterra y
Francia, la verdad es que los más sólidos indicios -coincidentes además con la
teoría de Oviedo- sitúan a la nao del prenauta en plena singladura desde las
costas de Africa (concretamente de Guinea) hacia España o Portugal.
Esto justificaría plenamente el acentuado interés de Cristóbal
Colón por reunir un máximo de información sobre aquellos mares de la región de
Guinea.
Los cronistas de la época, y hasta el propio hijo del Almirante
Hernando Colón nos cuentan cómo el genovés
se preocupó y trabajó muy intensamente durante sus diversas
estancias en las islas portuguesas de Madera y Porto Santo por allegar informes
de marinos que navegaban a tales mares.
Si, como calcula Juan Manzano, el regreso del piloto anónimo a
la isla donde residía Colón pudo tener lugar hacia el año 1477 ó 1478, es
lógico pensar que una vez conocido el secreto del navegante el interés del
futuro Almirante de la Mar Océana por aquellas tierras desconocidas naciera
justamente en aquellas fechas. Y curiosamente, así consta en todas las
investigaciones hechas sobre Colón. Como es bien sabido, el genovés llegó a
Portugal en 1476. Y una de las primeras cosas que hace en dicho país es contraer
matrimonio con Felipa Moniz. Poco después hacia 1477, y según relata su hijo
Hernando, se trasladó con su mujer a la mencionada isla de Porto Santo,
viviendo en el hogar de su suegra.
Resulta harto sospechoso que, precisamente en aquellas fechas,
apareciese en el genovés su “indestructible empeño” dé embarcarse hacia el
oeste, en busca de un camino hacia las tierras legendarias de Cipango. Si fue a
lo largo de aquellos años de 1477 ó 1478 cuándo el piloto anónimo cayó sobre
las costas de Porto Santo o de Madera, confiando sus venturas y desventuras al
sorprendido Colón, estaría más que justificado, insisto, su repentino interés
por todo tipo de datos en torno a la navegación, vientos, corrientes, etc., que
se daban en la zona de Guinea.
Estos papeles, cartas y anotaciones que llevaba consigo el nauta
moribundo y que la Providencia se encargó de hacer llegar al ligur, fueron en
opinión del historiador Gómara y otros el punto de arranque de los proyectos
descubridores del genovés.
Pero aquellas noticias que fueron proporcionándole los
diferentes y avezados marinos portugueses no debieron de ser suficientes. Y
Colón decide embarcarse hacia los mares de la Guinea, a fin de conocer “sobre
el terreno” hasta los más nimios detalles. Era lógico que así obrase. Después
de todo, y aunque debía disponer de las distancias (unas 750 leguas) de
Canarias a las primeras islas americanas (presumiblemente La Española), derrota
seguida por la carabela del piloto anónimo, así como marcas o señales en dichas
costas e, incluso, el perfil de algunas de estas playas, el genovés no podía
iniciar las gestiones definitivas para el gran “descubrimiento” mientras no
tuviera todas o casi todas las cartas a su favor.
El propio Almirante nos cuenta cómo, al fin, navegó hacia
Guinea. Según los grandes especialistas Jos y Morison, Cristóbal Colón sólo
debió de hacer un viaje a dicha área africana. Esta primera “escaramuza” con el
océano pudo ocurrir hacia el año 1482. En esa época, el rey Juan II de Portugal
mandó construir el castillo de San Jorge de la Mina, en Guinea. Y Colón lo cita
en sus escritos:
... .Yo estuve en el castillo de San Jorge de la Mina, del rey
de Portugal, que está debajo de la Equinoccial; y soy buen testigo ice de que
no es inhabitable, como quieren algunos.”
Todo parece indicar, por tanto, que la ruta que debió seguir el
olvidado prenauta en su involuntario camino hacia América arrancó de las aguas
próximas a Guinea. Esta franja, precisamente, está dominada por los vientos
alisios y una embarcación que se viera arrastrada por os mismos podría cubrir
estos cientos de leguas en escasos días.
Pero ¿qué le ocurrió al navegante anónimo cuando, al fin,
desembarcó en las playas de las islas del Caribe? ¿Por qué nos dice la leyenda
que casi todos perecieron en el viaje de regreso? ¿Cuál pudo ser la verdadera
causa de la muerte de estos marineros rudos y hechos a toda clase de
contrariedades e inclemencias?
Antes de exponer la teoría más y mejor aceptada por los
historiadores, quiero referirme a otro “detalle” que vendría a confirmar la
existencia de ese “secreto”.
Resulta curioso. Si Colón hubiera seguido los consejos
de los hermanos Pinzón, mucho más expertos que el ligur en el
arte de navegar, las carabelas habrían arribado a las tierras de la actual
Florida, en la costa Este de Estados Unidos. Pero Cristóbal Colón disponía de
una ruta, de unas marcas y de unas millas concretas que le mantuvieron firme en
su decisión de viajar hacia el sudoeste.
Para el catedrático Juan Manzano, el prenauta pudo ser
arrastrado por los vientos alisios, desembarcando primero en la isla de
Guadalupe. Desde allí, navegando siempre a lo largo del arco de las Antillas
menores, fue a recalar, tras reconocer el archipiélago de las Virgenes, a La
Española. Y es muy probable que el genovés hubiera recibido de manos del citado
piloto anónimo la distancia de 750 leguas a recorrer desde la isla de Hierro,
en Canarias, hasta la tierra firme que Colón confundió con el Cipango o Japón y
que no era otra cosa que la mencionada isla de La Española. Cincuenta leguas
antes le advirtió el desgraciado prenauta, Colón encontraría un grupo de islas
(las Vírgenes). Pero la expedición colombina, como sabemos, sufrió un error en
la latitud (atribuible, casi con seguridad, a la derrota proporcionada por el
piloto anónimo) y el 12 de octubre descubriría, no la tierra firme que tanto
buscaba Colón, sino una pequeña isla del grupo de las Lucayas, llamada por los
nativos Guanahaní, y que el Almirante bautizó como San Salvador.
Y volviendo al misterioso asunto de las muertes de la
tripulación que “informó” a Colón, según los especialistas cabe la posibilidad
de que el prenauta y su gente permanecieran uno o dos años en La Española
(hacia 1476 o 1477). Este suceso vendría a explicar otro acontecimiento que
sorprendió a los expedicionarios del primer viaje de Colón. Los cronistas
cuentan cómo el Almirante y sus hombres descubrieron con natural estupor cómo
en uno de los poblados al norte de La Española había “hombres y mozas blancos”.
Según el propio genovés, el 16 de diciembre de 1492, después de haber
descubierto aquellas dos primeras indias blancas a cuatro leguas del puerto de
Concepción, los expedicionarios llegaron a otro puerto, donde Colón vio muchos
indios, hombres y mujeres “harto blancos, que si vestidos anduviesen y se
guardasen del sol y del aire, serían cuasi tan blancos como en España”.
La explicación más verosímil hay que buscarla precisamente en la
presencia de los prenautas en la citada isla de La Española, unos dieciséis o
diecisiete años antes del arribo de las tres carabelas “oficiales”. Durante la
estancia de estos hombres en Cuba, es lógico que se mezclaran con las indias,
procreando un número considerable de mestizos y nativos “blancos”.
Pero lo que no podían sospechar estos navegantes anónimos es que
de aquellas uniones sexuales iban a quedar contaminados por uno de los males
que, poco a poco, iría exterminándolos. Las beldades tainas estaban infectadas
de Spirochaeta pallida, vulgarmente conocida como sífilis, una enfermedad
mortal en aquella época. Precisamente, a raíz del regreso en 1493 de los
descubridores “oficiales”, est mal venéreo comenzó a extenderse por España y
Europa. Y según algunos expertos, fue Martín Alonso Pinzón uno de los primeros
en contraer la citada dolencia.
Manzano supone con toda lógica que ésta pudo ser la causa
fundamental de la ruina de la expedición del prenauta, que terminó por
aniquilar a la mayor parte de la marinería. Después de su prolongada estancia
en las tierras de La Española, la enfermedad debió de evolucionar hacia su fase
secundaria, cubriendo el cuerpo de los navegantes con unas pústulas extrañas
(la erupción sifilítica), y produciéndoles, además, elevadas fiebres,
intensísimos dolores y una postración general. Al no encontrar remedio, la expedición
del piloto anónimo muy mermada ya debió de tomar la decisión de regresar a su
patria. Pero sólo tres o cuatro tripulantes muy enfermos debieron alcanzar las
costas de Madeira, muriendo al poco en la citada isla. Y fue Colón, por esos
misterios del destino, quien atendió al prenauta. Éste, en agradecimiento, pudo
informar al ligur
de cuanto sabía, ofreciéndole datos concretos: leguas, rumbo,
marcas, etc., para hallar las enigmáticas tierras a las que había sido
arrastrado contra su voluntad.
E insisto en la curiosa “circunstancia”. Fue a partir de esas
fechas hacia 1478cuando se “despierta” el interés y la tozudez del genovés.
Nunca antes. Una inexplicable “cabezonería” que sólo puede entenderse si
admitimos la realidad de un “gran secreto”. Un “secreto” que, al parecer, se
vio obligado a compartir, en el último momento, con su monje, consejero de La
Rábida y, quizá, con la propia reina Isabel. Seguramente, esa “revelación”
constituyó la clave para que la Corona antes incluso del descubrimiento
aceptara sus propósitos, designándole, incluso, como “almirante de la mar
océana”...
EL SECRETO DE VERNE
“Me siento el más desconocido de los hombres.” Esta frase,
pronunciada por Julio Verne, entraña un gran enigma. No creo equivocarme si
afirmo que la inmensa mayoría de los ciudadanos ha leído alguna vez al escritor
francés. Pero ¿qué sabemos realmente de este genial bretón? ¿Fue un
“iluminado”? ¿Un “profeta”? ¿Cómo pudo adelantarse a su tiempo tan certera y
magistralmente? ¿Cuál era su “secreto”?
Quizá ha sido una de las investigaciones en la que he invertido
más tiempo y más cariño: ocho largos meses buceando en su vida y en su obra. Y
lo que he encontrado me ha dejado perplejo. Verne arrastró, no uno, sino varios
secretos...
Pero, para desvelarlos, es preciso sobrevolar su desconocida y
agitada existencia. Es más: yo diría que su gran secreto es, justamente, su
propia vida.
¿Quién hubiera imaginado a Verne como un político “de
izquierdas”? En 1988 se cumplió, justamente, el centenario de tan insólita
actividad. En mayo de 1888, Julio Gabriel Verne Allotte sorprendía a propios y
extraños, presentándose a las elecciones de la ciudad francesa de Amiens, donde
residía desde 1871. Y lo hizo, para escándalo de su burguesa familia, por una
lista “ultrarroja”, al socaire de los republicanos progresistas. Y Verne
arrasó: en la segunda vuelta conseguiría 8.591 votos, de los 14.000 que integraban
el electorado. Las verdaderas motivaciones que le llevaron a la concejalía no
tuvieron jamás un tinte político. Sus biógrafos lo han recogido una y otra vez:
“Sólo me interesa servir a la sociedad, mejorar la ciudad,
impulsar la instrucción y las Bellas Artes.; Y así lo hizo. El Verne concejal-
reelegido en 1892, 1896 y 1900- potenció el teatro, consiguió becas para la
Escuela de Medicina, mejoró el trazado de Amiens y llegó a construir un
espléndido circo que todavía puede admirarse.
Pero, quizá, una de las más desconocidas facetas de Julio Verne
fue la de viajero. ¿Cuántas veces he oído comentar que el autor de La vuelta al
mundo en ochenta días sólo viajó en sueños y desde su gabinete de trabajo? Nada
más incierto y peregrino.
Entre l857y 1884, es decir, en un total de veintisiete años,
llevó a cabo diez grandes cruceros y un sinfín de viajes “menores”. Su
frustrada vocación marinera no resultaría tan frustrada...
Su pasión por la mar era tal que, en el referido año de 1857,
recién casado con Honorine de Viana, no dudó en abandonarla, para emprender su
primer gran periplo: Escocia. Más aún: en 1861, con su esposa en avanzado
estado de gestación, tampoco lo dudó y, haciendo caso omiso de las lógicas
protestas, se embarcó de nuevo, rumbo a Escandinavia. El crucero resultaría
abortado por un súbito cable de su mujer, reclamándole. Verne llegaría a tiempo
de ver nacer a su único hijo, Michel. Después, merced a los dineros de sus
primeras y triunfantes novelas, haría realidad otro de sus sueños: la compra de
un barco. El San Michel atracado en Crotoy, le llevaría a Inglaterra, al mar
del Norte y a numerosos puertos de la costa francesa. A bordo de este pesquero
reformado concebiría su novela Veinte md leguas de viaje submarino, llegando a
escribirla, incluso, mientras navegaba. Nemo, por tanto, “nacería” en el mar...
Pero aquel barco pronto se le quedaría pequeño. Verne ansiaba
cruzar los siete mares. Y en 1876, a los tres meses de su cuadragésimo octavo
cumpleaños, Julio Gabriel Verne Allotte adquiere un segundo yate: el San Michel
IL Para esas fechas, el inquieto navegante ya había visitado Estados Unidos, en
compañía de su hermano y confidente, Paul.
En marzo de 1867, en efecto, a bordo del gigantesco trasatlánico
Great Eastern, los hermanos Verne se dirigen a Nueva York. Y durante veinte
días recorren la Costa Este y la frontera con Canadá. De todas estas
experiencias nacerían después muchas de sus novelas. Con el segundo Michel se
aventura de nuevo en el mar del Norte, Inglaterra... Y en 1877 “tira la casa
por la ventana”, gastándose 55.000 francos en un tercer y soberbio yate: el San
Michel III; un velero de dos palos, con motor de cien caballos y treinta y tres
metros de eslora. Es la época de sus largos cruceros por el Mediterráneo. Por
sistema, Verne deja de trabajar en julio y navega hasta octubre. Así recorre
las costas de España (Vigo, Cádiz, Málaga), el norte de África, Malta,
Italia..., siendo recibido por el papa León XIII, en 1884. El clamoroso éxito
de novelas como Cinco semanas en globo, De la Tierra a la Luna, La vuelta
'¡mundo en ochenta días, etc., traducidas a numerosos idiomas, hace de estos
cruceros una permanente manifesción de gloria para el vanidoso Verne. Es
agasajado en Lisboa, Gibraltar, Túnez, Venecia... En 1885, sin embargo,
misteriosamente, Julio Verne malvende el San Michel III, ;ándose a volver a la
mar. Su pasión por los viajes desaece y sólo a partir de ese momento “viaja con
la imagi nación”. La razón de este drástico cambio pudiera ser la muerte de su
gran y secreto amor: una mujer afincada en París.
He aquí otro de los rasgos de la vida de Verne, desconocido por
sus miles de lectors. Julio Gabriel Verne nacido en Nantes un 3 de febrero de
1828, fue un niño, un adolescente y un joven desgraciado . Tanto su padre,
Pierre, como la madre, pertenecían a familias burguesas.
El padre de Verne, “ascético, católico a ultranza y maníaco del
orden y la puntualidad”, se negó a los fervorosos deseos de su” hijo
primogénito, Julio, de hacerse marino. El mayorazgo imperaba en aquella época y
Julio Verne, así fue sentenciado por Pierre, heredaría el despacho de abogado
de su padre. La frustración de Verne fue tal que, a los once años, se escapa de
Nantes, embarcándose en un buque, La Coralle, con destino a la India. Pero el
“grumete” es apresado en Paimboeuf -primera escala del barco- y conducido a
Nantes. Allí, su padre le azota sin piedad. Esa paliza sería el principio del
fin de las relaciones entre padre e hijo. Verne jamás le perdonaría su
intransigencia. Para colmo, Verne se enamora de su prima Carolina Tronon. Ésta
le rechaza y convierte la juventud de Verne en un infierno. Con el fin de
proseguir los estudios de derecho 4olorosa imposición de Pierre Verne, Julio se
instala en París y comienza a alternar con los círculos literarios de moda. La
boda de Carolina con un “petimetre de Nantes” termina de hundirle en la
desesperación. Su vida amorosa quedará marcada para siempre. Finalizada la
carrera, Pierre Verne reclama a su hijo a Nantes. Pero Julio se niega. Lleva
tiempo escribiendo piezas teatrales, óperas cómicas y sainetes (la mayoría de
escasa calidad) y no desea perder la que es ya su verdadera vocación. Las
tensas relaciones con su padre sufren un nuevo deterioro: Pierre Verne le corta
la pensión y el joven escritor teatral se ve obligado a malvivir en París,
dando clases de derecho. Encuentra un empleo como secretario del Teatro Lírico
y así “resiste” hasta que, en 1856, con motivo de la boda de un amigo, se
traslada a la ciudad de Amiens, donde conoce a Honorine, una viuda con dos
hijas de corta edad. Planea fríamente su matrimonio con Honorine y decide
casarse a principios de 1857. A través de su cuñado consigue entrar en el mundo
de la bolsa, haciéndose agente. Al mismo tiempo, una vez instalados en París,
sigue trabajando en sus “bagatelas teatrales” y en la cimentación de un gran
proyecto: la “novela de la ciencia”. Pero su matrimonio resultaría un fracaso.
Honoririe está más pendiente de las fiestas y reuniones sociales que del
“sueño” de Verne. Ese “sueño” consiste en llevar el prodigioso mundo de los
descubrimientos técnico-científicos, a los que asiste el escritor en ciernes, a
la literatura. Toda una aproximación del hombre a la naturaleza, y viceversa,
de la mano de la ciencia. Y a los treinta y cuatro años, al fin, escribe su
primera gran novela Cinco semanas en globo, contagiado de la fuerte polémica
existente entonces en Francia alrededor de la aerostática. Pero el fracaso
sigue tras él, implacable. Verne recorre quince editoriales. “Quince necios”,
según sus propias palabras. Al fin, merced a su buen amigo Nadar, un fanático
de los globos, Julio Verne entra en contacto con Julio Hetzel, editor, que lee
el manuscrito, recomendándole que lo corrija y “que haga de aquello una
auténtica novela”. “¿Sabe que tiene usted talento, joven?”, le dijo Hetzel al
despedirse. A principios de 1863, a punto de cumplir los treinta y cinco años,
Verne conoce el triunfo. La publicación de Cinco semanas en globo es un éxito.
Y Verne, eufórico, firma un contrato con Hetzel por veinte años, a razón de
tres libros por año. Algún tiempo después, esas tiránicas exigencias del editor
son aliviadas y convertidas en dos novelas anual. El creador del capitán Nemo,
de Hatteras y de los hijos del capitán Grant deja su trabajo en la bolsa y se
dedica de lleno a la literatura. En sus cuarenta y dos años de vida literaria,
Verne escribiría 65 grandes novelas, bajo el título general de Viajes
extraordinarios y un sinfín de obras menores. Sus ganancias totales han sido
calculádas en unos 60 millones de pesetas. Su editor se embolsaría alrededor de
280 millones...
En julio de 1871,cansado de la superficialidad de su mujer,
decide abandonar París y se instala en la pequeña ciudad provinciana de Amiens,
al norte. Es elegido miembro de la Academia y comienza a padecer la tortura de
un hijo, Michel, “difícil y endemoniado”. El muchacho es recluido en un
reformatorio y, posteriormente, encarcelado y embarcado por su propio padre en
un buque con destino a la India. Dieciocho meses después, a su regreso, Michel,
con la oposición de Julio Verne, contrae matrimonio con una cantante, la
Dugazón, a quien abandonará dos años después para fugarse con una pianista de
dieciséis años. La atormentada vida del escritor se ve definitivamente
destrozada en 1886 cuando, a la puerta de su casa, el hijo de su hermano Paul,
Gaston, le dispara dos tiros de revólver. Uno de ellos le alcanza en un pie,
dejándole cojo para el resto de su vida. El demente es encerrado en un
manicomio y Verne entra en una profunda crisis emocional, de la que jamás se
recuperaría. A partir de entonces su carácter se enturbia, convirtiéndose en un
individuo huraño, que sólo vive para su obra. En 1900, a las neuralgias
faciales que padece desde su juventud, se añade una notable pérdida de visión y
varias crisis de diabetes que, el 24 de marzo de 1905, acaban por conducirlo a
la tumba. Condecorado con la Legión de Honor, Verne recibe honores militares,
siendo enterrado en el cementerio de La Madeleine, en Amiens.
En 1895, entrevistado para el Strand Magazine, Verne negaba en
redondo el calificativo de “profeta de la ciencia”. “Todo es una simple
coincidencia 4eclaraba. Yo no he inventado nada...”
Julio Verne negó siempre que fuera un “iluminado”. Sus novelas,
afirmaba, habían sido escritas en base a unos exhaustivos estudios de su tiempo
y de los numerosos inventos de la época. Personalmente no estoy del todo de
acuerdo con el creador del Nautilus. Es cierto que los primeros ensayos de
navegación submarina se remontan a finales del siglo XVIII, con La Tortue de
Buslinel (1776) y el Nautille de Fulton (1796”. Pero ¿qué decir de la
navegación subpolar? El Nautilus norteamericano que llevaría a cabo semejante
hazaña tendría que esperar al 3 de agosto de 1958...
Verne llevaba razón, en parte. Todos sus libros fueron
cuidadosamente documentados. De la Tierra a la Luna, por ejemplo, contó con los
cálculos matemáticos de su primo Henri Garcet, pero la “visión” de Verne, en mi
opinión, fue genial. Hasta esos momentos, la conquista de la Luna, de la mano
de escritores como Luciano, Sorel, Cyrano de Bergerac o Alían Poe, sólo había
sido un intento puramente romántico. Verne daría el salto, adentrándose en el
posíbilismo científico. ¿Y qué decir de sus correcciones de trayectorias,
cohetes auxiliares y de su precisión en los puntos de lanzamiento y recogida
del “obús”? El astronauta Frank Borman, cuyo vehículo espacial cayó en el
Pacífico, a sólo cuatro kilómetros del punto señalado por Verne, llegaría a
manifestar: “No puede tratarse de simples coincidencias.”
¿Y son “coincidencias” sus repetidas premoniciones sobre el
nazismo, sobre el futuro auge de Estados Unidos o sobre la creación de la bomba
atómica? Yo invito a los lectores a que se paseen por su novela Frente a la
bandera. Quedarán sobrecogidos. Y en La caza del meteoro (publicada en 1908),
Verne va mucho más allá. Anticipándose a Einstein, Bohr y Rutherford, uno de
sus héroes, Xirdal, asegura: “. . .por mucho que se descomponga [se refiere a
la materia] en moléculas, átomos y partículas, siempre quedará una última
fracción por la que se replanteará íntegramente el problema y su eterno
recomienzo, hasta el momento en que se admita un principio primero que no será
ya materia. Este primer principio inmaterial, es la energía”.
Verne, hace ahora 126 años, hablaba ya de la conquista de los
planetas. En este sentido, las palabras del protagonista de su novela De la
Tierra a la Luna, son definitivas. Así se expresaba Ardan: “. . Se va a ir a la
Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va hoy de
Liverpool a Nueva York, fácilmente, rápidamente, seguramente, y el océano
atmosférico será pronto atravesado como el océano de la Luna.” ¡Esto ocurría en
1865!
Por supuesto, no todo fueron asombrosas anticipaciones. Julio
Verne, tal y como afirmaba, se aprovechó también de las ideas y hallazgos de
otros. Por ejemplo, del poeta y narrador norteamericano Edgar Alían Poe y de un
folleto turístico de la Agencia de Viajes Cook. Su gran novela La vuelta al
mundo en o¿henta días nació precisamente así: de un cuento de Poe (“Tres
domingos en una semana”)' y de un anuncio. René Escaich fue el descubridor del
artículo publicitario, aparecido en 1870 en Le Magasin Pittoresque, que sirvió
de inspiración al “viejo oso”. Este anuncio decía así:
“Gracias a la horadación del istmo de Suez, es posible ahora,
partiendo de París, dar la vuelta al mundo en menos de tres meses. El servicio
para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado... “ Y a
continuación, el periódico reproducía el 'itinerario completo, incluyendo los
días de duración de cada etapa del viaje. “En total concluía el artículo, 80
días.”
Las posibles explicaciones a esa genial “intuición”, “visión de
futuro”, “iluminismo” o “anticipación” (podemos etiquetarlo como queramos”,
sólo podrían ser dos. Primera: en base a su erudición y enciclopédicos
conocimientos científicos, Julio Verne llegó a “presentir” el ulterior
desarrollo de aquellas máquinas, apenas intuido por la sociedad del siglo XIX.
Segunda: además de lo anterior, Verne pudo tener acceso a unas “fuentes” del
conocimiento, mucho más depuradas y secretas. Son numerosos los biógrafos y
“vernianos” que han empezado a descubrir una lectura iniciática en la obra de
Verne. El Viaje al centro de la Tierra, El castillo de los Cárpatos, el propio
capitán Nemo, etc., contienen para quien pueda y sepa leerlo todas las claves
de los viajes iniciáticos, de la simbología alquímica, de la trascendencia, en
el más puro sentido de la expresión. Hombres como Lamy, Moré y Michel
Carrouges, entre otros, han apuntado la existencia en los Viajes
extraordinarios de todo un secreto “formalmente inscrito, objetivamente
proyectado”.
Estoy absolutamente convencido. Después de conocer su vida, sus
numerosas cartas, su obra y, en especial, después de haber estudiado su
magnífica tumba en Amiens, sólo puedo desembocar en una conclusión: Julio Verne
fue un iniciado y un iniciador. Michel Lamy, por citar un solo ejemplo, dedica
323 páginas a este fascinante y, hasta ahora, ignorado aspecto del escritor,
mal llamado “de juventud” Es casi seguro que Verne conocía las ocultas
doctrinas de los masones, rosacruces, alquimistas y que, incluso, hubiera
podido pertenecer a hermandades tan secretas y esotéricas como los “Iluminados
de Baviera” o la “Sociedad angélica”. Las exigencias de la puritana sociedad
burguesa a la que perteneció y el estrecho “marcaje” de que fue objeto por
parte de Hetzel, su editor, le encasillaron en un título que hoy todavía está
vigente: escritor de aventuras para adolescentes y jóvenes. Nada más erróneo.
Ciertamente, Verne tuvo que someterse a estas servidumbres. Pero, si se analiza
desde esta otra perspectiva, se observará que el escritor, bajo el ropaje de la
aventura, ha introducido, “de contrabando”, un sinfín de “secretos”,
directamente relacionados con sus propios dramas personales y con 105
conocimientos aprendidos de esas sociedades y hermandades iniciáticas.
Y volviendo a las explicaciones a su genial “iluminismo”, yo me
pregunto: si Julio Verne supo o perteneció a los “Iluminados de Baviera”, a la
“Golden Dawn” (la elite de los rosacruces de aquel momento) o a los “Hermanos
del alba dorada”, ¿por qué rechazar la hipótesis de un Verne en “contacto” con
“entidades espiñuiales o celestes” y, obviamente, con los altos secretos de
tales sectas?
Según Samuel Lidelí Mathers, la “Golden Dawn” estaba organizada
en torno a once grados iniciáticos, bajo la protección y dirección de los
llamados “Superiores desconocidos”. ¿Quiénes eran esos “Superiores
desconocidos”? Aquellos que han investigado o se han interesado por este mundo
mágico en el que trabajo desde 1972 saben muy bien la respuesta... Ello sí
explicaría satisfactoriamente las asombrosas “anticipaciones” en el tiempo, su
secreta lectura y el elevado nivel evolutivo de los pensamientos vernianos. No
tengo el menor pudor en afirmar que julio Gabriel Verne Allotte aunque,
lógicamente, carezco de las pruebas definitivas pudo haber estado en “contacto”
o “comunicación” con seres, fuerzas o entidades extrahumanas, que abrieron su
mente a un mundo ajeno a la civilización de entonces. En el mftico y misterioso
Verne cabe eso y mucho más... Será preciso bucear en toda la obra de los Viajes
extraordinarios (ya se ha empezado) para desvelar y sacar a la superficie los
múltiples enigmas sepultados por este esotérico Verne. Novelas como Los
quinientos mdlones de la Begún o El eterno Adán, por mencionar un par de ellas,
nos están esperando desde hace casi cien años.
Verne, defensor de la Tierra hueca, pionero de los ovnis y uno
de los primeros ecologistas conocidos, ha sido víctima de la superficialidad de
una crítica que no ha sabido leer en profundidad. Como muy bien apunta Miguel
Salabert en su librojulio Verne, ese desconocido, “el continente ha ocultado el
contenido”. Verne, en efecto, es uno de los autores más y peor leídos de la
historia. Los niños y jóvenes pueden soñar con sus novelas, pero son los
adultos los verdaderos destinatarios de esa obra prodigiosa. Con razón, en los
últimos años de su vida, exclamaba: “Me siento el más desconocido de los
hombres... “
No quiero concluir este apresurado apunte sobre Julio Verne sin
hacer mención de “algo” que, en mi opinión, guarda una estrecha vinculación con
todo lo expuesto. Más aún: me atrevo a decir que su monumento funerario, en el
camposanto de La Madeleine, en Amiens, viene a ser la síntesis final del
auténtico Verne. El Verne mágico, secreto, esotérico, iniciado e iniciador, ha
sido plasmado en piedra y mármol, merced al talento y a la no menos secreta
intención del escultor e íntimo amigo de Julio Verne, Albert Roze. He pasado
muchas horas estudiando, midiendo y observando esa tumba. Y he sometido cada
uno de los detalles contenidos en la misma a expertos kabalistas y hombres
sabios, conocedores del mundo de la simbología. El resultado es fascinante.
Verne, que elaboró en vida alrededor de 4.000 criptogramas, ha dejado en su
sepultura su último gran enigma: el que sintetiza su vida, sus sueños y su
obra. Una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad del “phoenix” que resurge
de sus cenizas; el “etz hajaím” o Arbol de la vida de los kabalistas y la
“tariqat” o asociación iniciática sufí... Una estrella de seis puntas (!)
flotando sobre la palmera: la unión del fuego celeste y el agua para la
reconstrucción interior, en palabras de Mario Satz, y que los kabalistas llaman
“shamaim”... Una cruz inscrita en un círculo, que alude a la “cuadratura del
círculo”: el opus alquímico completo, acabado y realizado... Una rama de olivo:
“la paz del justo” (una versión bíblica del laurel olímpico)... Una lápida
sepulcral pentagonal sobre las espaldas de ese Verne de mármol que 'renace” de
la tierra... Una losa pitagórica, que nos recuerda la “salud microcosmica”...
La propia leyenda funeraria, con cinco de sus letras “especial y
estratégicamente” destacadas sobre el resto: “J”, “L”, “V”, “R” y “E” y que los
expertos en kábala y numerología han descifrado como una “pista” más que nos
habla de “resurreccion”... Una mano derecha alzada hacia el Oeste, con una muy
específica posición de sus dedos (uno-tres-uno)... Un rostro igualmente
orientado hacia el oeste, hacia el rojo alquímico... hacia el “renacimiento”...
Una mano izquierda firmemente asentada en la tierra... Un sudario que cubre la
cabeza de este Verne “que no ha muerto”... los siete abetos, formando un
semicírculo, que guardan tumba por su cara este... No olvidemos que “Verne”
significa “árbol”...
Y lo más espectacular y desconcertante: esa mano dei cha, tal y
como relato en mi libro Yo, Julio Verne que, en “día mágico” del verano,
oscurece parte de la leyenda f neraria, abriendo nuestros ojos a otro gran
secreto Verne... Pero dejaré al lector que descubra por sí misn ese postrer
“mensaje”. Al igual que Verne cifró su obra, también he cifrado la mía,
obedeciendo a la sentencia que encabeza las Bodas químicas de Christian
Rosenkrentz: Los arcanos se envilecen cuando son revelados. Y una vez profanados,
pierden su gracia. No arrojéis margaritas a los cerdos y no hagáis nunca a un
asno un lecho de rosas.”
EL SECRETO DE PARSIFAL
Cómo lo diría..
Sobre este mundo “encantado” dormitan enigmas por los que
siempre he transitado “de puntillas”. En ocasiones, porque soy consciente de mi
extrema limitación. Quizá sea mejor así. En otros casos, porque mis
informaciones o la intuición me dictan que el misterio en cuestión no es tal.
En este último orden figura, por ejemplo, el no menos célebre Santo Grial.
Conozco la leyenda y parte de la generosa literatura vertida por su causa. Y
sintiéndolo en el alma, me parece harto improbable que alguien por muy José de
Arimatea que fuera pudiera rescatar, hace dos mil años, el cáliz utilizado por
Jesús de Nazaret en la “Última Cena”. También se dice que el Santo Grial o
Graal pudo recoger la sangre de Cristo en el momento de la lanzada. Esta
hipótesis para quien disponga de un mínimo de documentación sobre cómo
transcurrieron aquellas dramáticas horas de la crucifixión es igualmente
insostenible y casi descabellada .
Pero lo que es innegable es que la leyenda prosperó. Y durante
años, toda suerte de personajes reales algunos e irreales la mayoría se empeñó
en el romántico sueño de encontrar la supuesta reliquia. Uno de los más famosos
fue el caballero Parsifal o Percival, escudero primero y amigo después de otro
mítico personaje sir Lancelot, miembro de la Tabla Redonda que presidiera el
rey Arturo.
Parsifal entraría en la historia y en la mitología como uno de
esos esforzados e inmaculados caballeros que inmolaron su vida en pro del
sagrado vaso. Y he aquí que, en el transcurso de mis lecturas e indagaciones en
torno a la “maravillosa locura” de este custodio del Santo Sepulcro, fui a
descubrir que, además del Grial, el sir inglés tenía otra “obsesión”: el
rescate de una “pieza”, igualmente mágica, que recibía muy diferentes nombres.
Se trataba, al parecer, de un bastón de piedra 4e origen poco claro y
características extraordinarias, conocido entre las sociedades secretas como
“Piedra de la sabiduría”, “Bastón de mando” y “Piedra que habla”. Y por esos
caprichos del destino, el Grial, a nivel popular y literario, eclipsó al
Bastón. Pero, según pude verificar en los sucesivos trabajos de documentación,
Parsifal prosiguió la doble búsqueda con idéntico entusiasmo.
Éste, para mí, desconocido enigma la “Piedra de la sabiduría”,
aunque estrechamente vinculado al falso Grial, si me puso en guardia. Y traté
de reunir las piezas del “rompecabezas”. ¿Qué se sabía del aparentemente
poderoso “Bastón de mando”? ¿Por qué las sociedades herméticas, los caballeros
de la Tabla Redonda y los Templarios, entre otros, lo buscaban con tanto afán?
Las pesquisas, lejos de despejar el misterio, terminaron por
oscurecerlo hasta límites insospechados. Siguiendo el hilo de la tradición y de
un buen número de documentos iniciáticos pude llegar hasta el siglo xii. En las
obras de Cliretien de Troyes (trovador de 1140) y de Wolfram (místico y poeta
alemán) se canta, en efecto, la “vida y mi
lagros” de Parsifal, haciendo alusión concreta a la santa misión
de búsqueda del Graal y del “Bastón que habla”. El primero dedica al mítíco y
misterioso caballero nada menos que nueve mil versos. El segundo construye
entre 1150 y 1170 el más importante poema conocido de la antiguedad, en honor
al célebre súbdito del rey Arturo. En dicho “canto”, que, al parecer, sirvió de
base e inspiración a Wagner para la composición de su ópera Parsifal, aparecen
algunos versos desconcertantes. En la “montaña del sol”, por ejemplo, se dice
textualmente:
En qué lejana cordillera podrá encontrar a la escondida Piedra
de la sabiduría ancestral que mencionan los versos de los veinte ancianos, de
la isla Blanca y de la estrella Polar. Sobre la montaña del Sol con su
triángulo de luz surge la presencia negra del Bastón austral, en la Armórica
antigua que en el sur está. Sólo Parsifal, el ángel, por los mares irá con los
tres caballeros del número impar, en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo
Grial, por el Atlántico Océano un largo viaje realizará hasta las puertas
secretas de un silencioso país que Argentum se llama y así siempre será. El
caballero del Sol, con su fuerza caminará, llevado por la Piedra del combate
ancestral. Diadema de Lucifer, luz de corona encantada convertida en vaso, por
el poder del Dios Vultán junto al Bastón de Mando, por los siglos,
descansará...
¿Cómo es posible que en el siglo xii alguien hablara de tierras,
más allá del Atlántico, que se hallaban por descubrir? ¿Es que Parsifal viajó
hasta “Argentum” (¿Argentina?), con la misión de localizar la “Piedra de la
sabiduría”?
Y por si no fuera suficiente con tales “aclaraciones”, el
criptico Eschenbach añade:
“... De dónde ha salido el caballero angelical si hace milenios
en el corazón de Pamir nació. Los Hiperbóreos lo recuerdan como un Vril
convertido en el defensor del Vaso Sagrado, de la música cósmica y de todo el
lugar. Para buscar las Tierras Blancas, de la Galia partió, como buen Templario
la Cruz Gamada lo acompañó. Antiguos viajeros del Himalaya y la Rueda del Sol
le dieron la presencia del milenario Bastón en las altas montañas del Argentum
Polar. Porque el Lapis Exilis fue caído del Cosmos envuelto en un tonante fuego
celestial. Oculto lo mantuvieron los Dioses de la Tierra en un Monte Sagrado de
la innombrada Viarava donde Vultán le otorgará su Mágico Destino...”
Al sondear estas “puntualizaciones” del poeta alemán me vi
definitivamente perdido. En efecto, la “entidad” que protagoniza el “canto”
–Parsifal- presenta raíces indoarias, extraordinariamente alejadas en el
tiempo. Muy posiblemente, este personaje entró a formar parte de la mitología
asiática hace miles de años y, con el paso de los siglos, su historia, nombre y
misión fueron “absorbidos” por la cultura cristiano-occidental. Y es verosímil
que la primigenia y sagrada búsqueda la existente en las referidas leyendas
indoarias estuviera centrada, obviamente, en la “Piedra de la Sabiduría que
cayó del Cosmos” y no en el Santo Grial, de “creación” mucho más reciente. Aun
así, a pesar de las “deformaciones” propiciadas por el hombre y por la
historia, la antiquísima creencia en torno a ese mágicomitico “Bastón de Mando”
logró sobrevivir, siendo incorporada aunque sólo fuera en segundo plano a los
“esforzados trabajos” del Parsifal medieval. Y olvidándome, por el momento, de
los laberínticos orígenes de la “Piedra que habla” fui a centrarme en las
noticias que señalaban su hipotética ubicación: a todas luces, el cono sur
americano.
Y con no poca sorpresa fui constatando que, mucho antes 4ue este
humilde investigador, otros hombres de ciencia, aventureros, místicos,
iluminados, e, incluso, expediciones militares de muy diferentes países, se
habían interesado por el “Bastón de Mando”. El célebre filósofo e iniciado
inglés Roger Bacon se refiere a él en una obra publicada en el año 1230. Y
asegura sin titubeos que “el Libro Sagrado y la Piedra de la Sabiduría se
encuentran es
idos en una cordillera de un lejano y silencioso territorio,
situado en el extremo meridional del Hemisferio Sur”. En 1830, un ambicioso
jefe araucano conocedor de las leyendas de las tribus que habitaban el norte y
centro de la Argentina y en las que se recogía la existencia del “Bastón de
Mando” o “Piedra Imán” decide penetrar con sus guerreros en las sierras de la
Ventana, Tandil, Balcarse, Pillahuincó y San Luis, llegando incluso al sur de
la ciudad de Córdoba. Calfucurá sabe que quien posea la “Piedra que habla”
dominará el mundo. Pero sus intentos fracasan. Y el misterioso “Bastón”
continuará oculto durante cien años más. En esta enrevesada historia, servidor
iría de sorpresa en sorpresa. Al examinar las tradiciones de los indios de las
Sierras Chicas o de Viarava y las Sierras Grandes o de Charava, al norte de
Argentina, comprobé estupefacto cómo, en efecto, muchas de ellas se referían “a
la llegada de un hombre santo, blanco y barbado, que, tras una larga búsqueda,
había muerto en la Montaña Sagrada. Y ahora era el guardián de la “Piedra de la
Sabiduría”. Los descendientes de una de estas tribus –los
“comechingones” me aclararon que dicha “Montaña Sagrada” recibe
hoy el nombre de Uritorco o “Cerro que Truena”. El monte en cuestión se halla
enclavado a pocos kilómetros de la localidad de Capilla del Monte, en la
referida provincia argentina de Córdoba. Y el enigma, como digo, siguió
enroscándose sobre sí mismo. ¿Quién era ese “hombre santo”? ¿Quizá el Parsifal
que fuera cantado por el poeta alemán en el siglo xii? Pero, ¿cómo era posible?
Y la fama de esta mágica piedra, en especial entre los iniciados
y las sociedades secretas, alcanzaría tal auge que, entre 1920 y 1940,
sucesivas expediciones de ingleses, alemanes, indios, japoneses y franceses se
lanzarían a su “caza y captura”, explorando el cerro Milimoyu, en los Andes,
así como las montañas de Casuati, Calaguala y Cabana. El propio Hitler avisado
por los ocultistas que le rodeaban y aconsejaban organizó una secreta misión,
con el exclusivo fin de apoderarse del celebrado “Bastón de Mando, de la “Cruz
Gamada” y el “Santo Grial” que, según la tradición, había portado Parsifal. Y
removió buena parte de Europa y Asia, explorando las viejas construcciones
cátaras y templarias. Y uno de los “comandos” llegó también hasta Sudamérica,
adentrándose en Bolivia, Chile y Argentina. Pero Hitler fue burlado por el
destino. En 1934 un humilde y casi irrelevante personaje que respondía al
nombre de Orfelio Ulises, halló al fin la codicia cayera en poder de los nazis.
Pero Ulises no encontró “Bastón de Mando” por casualidad. Durante 8 años habia
permanecido en el Tíbet, iniciándose en profundas enseñanzas esotéricas. Y fue
allí donde supo de la “Piedra que habla” y de cómo hallarla. Fueron los
maestros de la mítica “Samballah” quienes le hablaron de la legendaria piedra y
de sus ocultos poderes. Porque el “Bastón de Mando” según la remota mitología
que lo arropa y defiende fue creado por los dioses para “regenerar” a la
especie humana. La “Piedra de la Sabiduría” contiene todas las respuestas y
“habla” a quien le pregunte.
Y de acuerdo con las enseñanzas recibidas, Orfelio Ulises
regresó al continente americano, iniciando una tenaz y meticulosa búsqueda.
Años más tarde, al excavar al pie de la “Montaña Sagrada” el Uritorc, apareció
ante sus atónitos ojos un negro y pulido bastón de basalto. Aquél, en opinión
de Ulises y de cuantos maestros herméticos han podido examinarlo, era el
“talismán arrojado desde los cielos”.
Y la “Piedra de la Sabiduría” permanece desde entonces en
Argentina, bajo la celosa vigilancia de una sociedad iniciática. En 1948, el
arqueólogo e ingeniero alemán Jorge von Hauenschild procedió a un exhaustivo
análisis de la pieza. El pulido -netamente neolítico- presenta una antigüedad
aproximada de ocho mil años. Su longitud es de 1,10 metros por cuatro
centímetros de diámetro en su base. El cuerpo del bastón ha sido trabajado en
forma de cono, alcanzando un peso de cuatro kilos. De acuerdo con las pruebas
de espectrografía, en sus extremos y en la zona central fueron detectados
sendos e intensos campos electromagnéticos de origen desconocido. Gracias a una
serie de “contactos”, cuya identidad no estoy autorizado a revelar, he tenido
acceso a la “Piedra que habla” en dos oportunidades. Y, sinceramente, no he
observado ni percibido nada extraordinario. A pesar de las “maravillas”
relatadas por su “guardián”, el profesor Terrera, el “Bastón de Mando” no
parece haber modificado la suerte de los argentinos y mucho menos la del mundo.
De ahí que, con todos mis respetos a cuantos lo veneran, me formule una casi
obligada pregunta: ¿estamos, en verdad, ante la auténtica “Piedra de la
Sabiduría”, de la que hablan los iniciados y que fue la obsesión de Parsifal?
EL SECRETO DE LUCÍA
No puedo remediarlo. Cada vez que me enfrento a este enigma dudo
del carácter democrático de la Iglesia católica. Están a punto de cumplirse
setenta y cinco años y la “cúpula” vaticana sigue encerrada en un mutismo que
sólo contribuye a fomentar las especulaciones. Y el lector tendrá que reconocer
conmigo que setenta y cinco años son muchos años...
La verdad es que he perdido la cuenta. Puede que en estas dos
últimas décadas haya intentado desvelar el llamado “tercer secreto de Fátima”
en más de diez ocasiones. Pues bien, todo ha sido inútil. La Santa Madre
Iglesia de la que forman parte mil millones de personas “no sabe y no
contesta”. Pero, ¿por qué? ¿Qué puede encerrar ese supuesto “mensaje divino”
para que ninguno de los cinco pontífices que, al parecer, lo han leído haya
sido capaz de hacerlo público?
Después de tantos años de consultas e indagaciones he llegado a
formarme una idea bastante precisa sobre el particular. Pero, antes de
exponerla, conviene echar un vistazo al contenido de los dos primeros
“secretos”. Algunos de sus párrafos esde mi punto de vista dejan mucho que
desear en lo que a su “origen divino” se refiere. El lector juzgará por sí
mismo.
Obedeciendo a una carta de su obispo, el 25 de julio de 1941,
Lucía, la única sobreviviente de las misteriosas apariciones de 1917 en Cova de
Iría, escribía lo siguiente:
...El secreto consta de tres cosas distintas, dos de las cuales
voy a revelar.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un mar de fuego que parecía estar
debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego estaban los demonios y las almas
como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana.
Llevados por las llamas que de ellos mismos salían juntamente con horribles
nubes de humo, flotaban en aquel fuegoy caían hacia todos los lados igual que
las pavesas en los grandes incendios sin peso ni equilibrio, entre gritos y
gemidos de desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de espanto. Los
demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales
espantosos y desconocidos pero transparentes y negros. Esta visión duró sólo un
momento...
En palabras de la vidente, esta “visión” fue protagonizada por
los célebres pastorcillos lusitanos el 13 de julio de 1917.
Ni que decir tiene que la teología moderna o los creyentes con
un mínimo de sentido común rechazan de píano la existencia del “infierno” y,
por añadidura, la referida y macabra “visión” de unas almas consumiéndose en un
“mar de fuego”. Para los que nos consideramos hijos de un Padre Universal que
sólo sabe del amor, la posibilidad de un “infierno” constituye una de las
peores “calumnias” que ha podido levantar el ser humano contra Él. En
consecuencia, una de dos: o el primer “secreto” de Fátima fue una confusión de
los videntes o una muy poco caritativa fórmula de “amedrentamiento” de la
sociedad de aquel tiempo por parte de los 4(responsables” de las apariciones.
Tanto en uno como en otro caso, el origen e intencionalidad divinos del
“mensaje” quedarían en entredicho.
En cuanto al segundo “secreto” al hacer alusión a temas más
puntuales la cosa cambia. Según Lucía, en esa tercera aparición, la Señora les
anunció el próximo fin de la guerra (se refería a la Primera Guerra Mundial). Y
así fue. “Pero, si no dejan de ofender a Dios continuó la Señora en el reinado
de Pío XI comenzará otra peor.”
Y volvió a acertar. El pronóstico se cumpliría el 12 de marzo de
1938, con la invasión de Austria por las tropas de Hitler.
Y el segundo “secreto” continuaba así
...Cuando veáis una noche alumbrada por una, luz desconocida,
sabed que es la gran señal que Dios os da que va a castigar al mundo por sus
crímenes, por medio de la guerra, el hambre y las persecuciones a la Iglesia y
al Santo Padre. Para impedirlo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi
inmaculado corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si
atendieran a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, ella
esparcirá sus errores por el mundo promoviendo guerras y persecuciones a la
Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir,
varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi corazón inmaculado triunfará. El
Santo Padre me consagrará a Rusia que se convertirá y será concedido al mundo
algún tiempo de paz.
Vayamos por partes. Muchos defensores del misterio de Fátima han
identificado la “noche alumbrada” con una aurora boreal registrada entre el 25
y el 26 de enero de 1938. Aunque con muchas reservas, efectivamente, podría
calificarse como una “señal”. Sin embargo, el resto del “mensaje” no aparece
claro. Y me explico. La Segunda Guerra Mundial, a la que alude este segundo
“secreto”, no fue provocada por Rusia, sino por la Alemania nazi. Fue después
de la contienda cuando, en plena guerra fría, la Unión Soviética se alzó como
una amenaza para el mundo occidental. Pero, en honor a la verdad, la
responsable de tan tensa y dramática situación mundial no fue únicamente la
Unión Soviética. También Estados Unidos, Japón y otras naciones contribuyeron
lo suyo a semejante estado de cosas. ¿ Cómo entender entonces las palabras de
la Señora?
El 7 de julio de 1952, en efecto, el Papa se decidió al fin a
consagrar a Rusia al corazón inmaculado de María. Pero, ¿cambió la situación?
¿Rusia se convirtió? ¿Le fue concedido al mundo un tiempo de paz? La crisis de
los misiles de Cuba y las sucesivas guerras de los “Seis Días”, de Vietnam, del
“Yom Kippur”, de Mganistán, de IránIrak, etc., hablan por sí solas...
Ciertamente, en 1989 y 1990, el mundo asistió a un radical
cambio en la vieja Rusia y en los países del Este. Pero habían transcurrido
treinta y ocho años desde la consagración de la Unión Soviética por parte del
Papa... Y es más:
en estos momentos febrero de 1991, ese “cambio” en las
estructuras soviéticas parece más aparente que real.
Y a la vista de lo expuesto vuelvo a plantearme el problema de
fondo: ¿merecen credibilidad los dos primeros “secretos” de Lucía y sus
compañeros de apariciones? En pura lógica, silos “mensajes” conocidos destacan
por su confusión y graves errores, ¿por qué presuponer que el tercer “secreto”
sea diferente? ¿No será ésta la verdadera razón que obliga a guardar silencio
al Vaticano? Recuerdo unas palabras del cardenal Ratzinger, uno de los pocos
privilegiados que ha tenido acceso al tercer “secreto”, que confirman dicha
sospecha: “El contenido de la carta de sor Lucía sigue siendo secreto y no ha
sido publicado nunca por nadie. Si se ha tomado la decisión de no hacerlo
público no es porque los papas quieran esconder algo terrible, sino porque el
Papa considera que dicho secreto no añade nada a todo lo que el cristiano sabe
por la Revelación ni a las revelaciones marianas aprobadas por la Iglesia en
sus contenidos ya conocidos. Estas revelaciones no hacen sino confirmar la
necesid4d de la penitencia, de la conversión, del perdón y del ayuno.”
Pero, curiosa e inquieta, la opinión pública mundial al menos la
que se dice creyente no termina de resignarse y, de vez en vez, exige a los
pontífices que abran el viejo “secreto”. Y en los últimos treinta años, fruto
de esa incertidumbre, han surgido decenas de supuestas “filtraciones”. Una de
las más aparatosas tuvo lugar el 5 de noviembre de 1978. Ante la sorpresa de
medio mundo, el prestigioso diario francés Le Monde publicaba en su segunda
página un recuadro “de pago”, a dos columnas, en el que la organización Fátima,
Sagrados Corazones de Maremme revelaba las claves del codiciado enigma. Según
esta información, la Señora de Fátima había anunciado “una gran guerra en la
segunda mitad del siglo”. Pero, ni ésta ni las sucesivas publicaciones alusivas
al “sobre lacrado” envia7 do en 1957 a Roma disfrutan en la actualidad de la
ménor credibilidad. Se sabe que en 1980, durante la estancia de Juan Pablo II
en la ciudad alemana de Fulda, en el transcurso de una conversación, el
pontífice hizo algunas alusiones a las “revelaciones de Fátima”. Y habló de
“océanos que invadirán los continentes, de hombres arrebatados a la vida de
modo repentino y por millones y en un instante...”. Inmediatamente, al
publicarse la conversación, la Sala de Prensa del Vaticano lo desmintió sin
paliativos. Pero las personas que habían asistido a la tertulia presentaron las
grabaciones...
¿Puede ser ése el contenido del tercer “secreto”? ¿Estaríamos a
las puertas de una Tercera Guerra Mundial? La intuición a pesar de la crítica
situación por la que atravesamos en estos momentos me dice que no. Y puestos a
especular sobre tan impenetrable enigma, ¿por qué rechazar esa otra posibilidad
n la mente de muchos que sí justificaría el empecinado silencio de la Iglesia?
Estoy pensando, naturalmente, en el final del papado...
Pero tan delicado asunto merece un capítulo aparte.
EL SECRETO DE MALAQUÍAS
¿El fin del Pontificado? Si éste fuera el contenido del tercer
“secreto” de Fátima, tampoco sería la primera vez que alguien se arriesga a
pronosticarlo. En algunas de las más sonadas profecías que ruedan por el mundo
ya se habla de ello. Personalmente, ni las de Nostradamus, ni las de la Gran
Pirámide, ni tampoco las de Juan XXIII por mencionar las más relevantes me
inspiran excesiva confianza. Hay una, en cambio, que sí parece fiable. Una
profecía no tan popular pero que, a juicio de los expertos, ha cosechado
notables aciertos. Una profecía enteramente relacionada con los papas..., y su
posible extinción. Una profecía la de san Malaquías que no he dudado en incluir
entre “mis enigmas favoritos”.
Buena parte de mis conocimientos sobre estos misteriosos textos
nació al socaire de un jesuita: el padre Juan Manuel Igartua, de la Universidad
de Deusto. No exagero al afirmar que se trata de una de las máximas autoridades
europeas en la investigación y en el estudio de dicha profecía. Pero entremos
en harina. ¿ Quién era san Malaquías? ¿Por qué sus insólitas “predicciones” han
causado tanto impacto?
Todo empezó en el siglo 'cvi, cuando un monje de gran fama por
su santidad y sabiduría Arnoldo de Wic”i publicó un libro titulado Lignum
vitae. Corría el año 1595.
En dicha obra, Wion incluyó una lista de 113 lemas o leyendas
sobre otros tantos pontífices. Pues bien, en la introducción a la famosa
“lista”, el monje escribía textualmente:
En Down (IrlandaHibernia), bajo el arzobispo de Armagh.
SAN MALAQUIAS, irlandés, monje de Bencor y arzobispo de Ardinac,
habiendo presidido aquella sede durante algunos años, renuncio al arzobispado
por motivos de humildad, hacia el año del Señor de 1137. Y contento con la sede
de Down (Dunensis) permaneció en ella hasta el fin de su vida. Murió el año
1148 el día 2 de noviembre. (Referencia: San Bernardo, en la vida que escribió
de él.)
Según este monje, la profecía en forma de lemas había sido
escrita por san Malaquías en pleno siglo xii. La Iglesia reconoce que Malaquías
fue una figura de notable relieve, tanto por su santidad como por los “dones
carismáticos de milagros y profecías con que estuvo adornado”. Entre estos
hechos milagrosos, san Bernardo que escribió la vida de san Malaquías en
treinta y un capítulos ,cuenta, por ejemplo, cómo el santo irlandés llegó a
predecir su propia muerte. Y al contrario de lo que sucede hoy día con algunos
futurólogos, Malaquías acertó... El suceso tuvo lugar diecinueve días antes del
fallecimiento.
Puesto que no ha sido hallado el documento original que pudo
haber escrito san Malaquías en relación a esas 113 leyendas, lemas o profecías,
en la actualidad existen dudas sobre la paternidad de dicha “lista”. La
existencia de tal documento, sin embargo, sí parece una realidad. El propio
Wion se refiere a él con claridad. Y tampoco podemos olvidar que el “original”
de la profecía fue copiado por el maestro impresor de Venecia, M.. Angelers en
1595, a petición de Wion. Y gracias a ello lo conocemos. Es posible que el
manuscrito original se encuentre perdido en cualquier archivo o biblioteca del
mundo.
Parece probable n opinión de los especialistas que el documento
del monje Wion esté inspirado o sea una copia, en sus sesenta y nueve primeros
lemas, del libro de Onofre Panvinio: Epitome Romanorum Ponttflcum, publicado
por dicho historiador en 1557. Es decir, treinta y ocho años antes. Para el
padre Igarnia, este agustino Panvinio pudiera haber sido el verdadero autor de
la llamada profecía de san Malaquías. Los lemas aparecen divididos en dos
grandes bloques: del número 1 al 69 y de ahí en adelante, hasta el mencionado
113. La primera mitad hasta el 69 parece confeccionada casi como un juego y
merced, sin duda, a la gran erudición y conocimientos eclesiásticos de
Panvinio. La segunda parte, en cambio, sobre los papas futuros, es otra
historia. Y ahí surge la profecía con toda su fuerza.
La “lista” en cuestión que no es otra cosa, insisto, que una
sucesión de lemas relativos a los papas arranca con Celestino II, que vivió en
1143. Precisamente en tiempos de Malaquías. Dada la gran extensión de la
profecía, me limitaré a bucear en las últimas leyendas; es decir, las relativas
a los Pontífices de “nuestro tiempo”.
Con el número 105 ”Fides intepida” o “La fe intrépida” se hace
alusión a Pío XI, que gobernó entre 1922 y 1939. Pues bien, la profecía
“encaja” de lleno en la trayectoria de este papa y en su “intrépida fe”. En
1925 proclamó la realeza de Cristo. En 1928 defendió el carácter reparador del
culto al Corazón de Jesús y en 1933 instituyó el Año de la Redención. Esta
“fe”, especialmente “intrépida”, alcanzaría su máximo nivel con la publicación
de dos valientes encíclicas: una contra el comunismo y la otra contra el
nazismo hitleriano.
¿Y qué decir de la profecía 106? El lema dice textualmente:
“Pastor angelicus” o “El pastor angélico”, en una clarísima alusión al
siguiente papa: Pío XII (1939-1958).
Curiosamente, la familia Pacelli Etigenius en la que nacería Pío
XII luce en su emblema la paloma de Noé. Y según el análisis de los
investigadores el lema “pastor angelicus”, que tiene resonancias bíblicas y una
hierre tradición medieval, sigfica “un pastor mensajero” o “que anuncia”. Pío
XII presenta en su nombre y apellidos notables señalamientos: “Eugenio”, que
quiere decir “de buena raza y noble de condición” y “Pacelli”, que procede de
“pace” (paz”. Su escudo, que corresponde al apellido familiar, presenta la
paloma del arca de Noé con el ramo de olivo en el pico, sobre un monte y el
agua del diluvio. Es la paloma noética ”mensajera de la paz” de Dios sobre la
tierra que la anunció al regresar al arca. En otras palabras, un “mensajero de
paz” o “pastor angelicus”. Por otra parte, Pío XII ha quedado retratado como un
auténtico “mensajero de paz” entre los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Y llegamos al lema o profecía 107: “Pastor et nauta” o“Pastor y
navegante” destinado al inolvidable Juan XXIII (1953-1963).
Cuando fue elegido Pontífice desempeñaba el puesto de cardenal -
patriarca de Venecia y recibía el título de “Pastor Venetiarum” o “Pastor de
Venecia”. El propio Juan XXIII, en la tercera sesión del Sínodo Romano de 1960,
declaró abiertamente que la imagen de Jesús que había dirigido su vida
eclesiástica era la del Buen Pastor. Y todos, sin excepción, reconocerían que
la vida de este Papa fue la de un “maravilloso y buen pastor”, así como un
notable “navegante” y “piloto”, capaz de “guiar la nave de San Pedro como nadie
hasta esos momentos”. Como es sabido, el Concilio Vaticano II constituyó uno de
los más importantes “giros” en el rumbo de la Iglesia.
Y resulta igualmente asombroso que la palabra “nauta” aparezca
tan sólo en dos ocasiones en toda la profecía. Una para designar a Gregorio
XII, en 1406, y la otra con Juan XXIII. Curiosamente, ambos papas tuvieron
relación con Venecia, la ciudad de los navegantes. Gregorio XII
era natural de dicha capital yJuan XXIII, como fue dicho, ocupó
el patriarcado de la misma antes de su elección como Papa.
La profecía, nuevamente, se había cumplido.
El siguiente en la “lista” fue Pablo VI. Su lema: “Flos florum”
o “Flor de las flores” (1963-1978).
Asombrosamente, en el escudo de este pontífice figuraba, y por
triplicado, la flor de lis: la flor de las flores. Hay que reconocer que el
acierto a 368 años de la publicación de dicha “lista” es rotundo...
Pero fue en el papa Juan Pablo 1 donde la profecía se manifestó
“redonda”. Veamos...
Con el lema 109 ”De medietate lunae” o “De la mitad de la luna”
nos encontramos ante el malogrado Juan Pablo 1(1978).
Y en este caso, como digo, Malaquías, me dejó perplejo. El
nombre de Juan Pablo 1 era Albino. Su apellido, Luciani. Pues bien, el primero
forma pareja con el segundo: “luz blanca”. Justamente, el color de la luna.
Su lugar de nacimiento Forno di Canali, en la diócesis de
Belluno o Bellunensis hace referencia igualmente a la luna: “BelLuno” (la luna
es denominada en latín como “Luno”, en masculino). “Luno” y “Belluno” son, por
tanto, nombres de origen romano.
Por otro lado, la elección de Juan Pablo I ocurrió el 26 de
agosto de 1978 a las seis de la tarde. Esa misma noche (la del 25 al 26) fue el
día astronómico de la “media luna”. También su nacimiento, acaecido el 17 de
octubre de 1912, ocurrió en cuarto creciente. Y lo mismo sucedió con la fecha
de su ordenación sacerdotal (7 de julio de 1935), con la elección como obispo
de Venecia (15 de diciembre de 1958) y como patriarca de dicha ciudad (15 de
diciembre de 1969). En cada una de esas importantes conmemoraciones, la luna se
hallaba “en su mitad”... En cuanto a la última fecha quizá la más notable, la
de su designación como pontífice, también coincidió con la “mitad de la luna”.
Este encadenamiento de “sorpresas” se ve fortalecido cuando se consulta el Anuario
Pontificio de 1978. Al revisar los nombres, lugares de nacimiento y
características personales de los 130 cardenales que entraron en aquella
ocasión al cónclave y del que resultó elegido Juan Pablo 1, m uno solo tiene
vinculación alguna con el lema “De la mitad de la luna”. Luciani, en cambio,
reúne hasta cuatro referencias personales. Expresándolo en términos
matemáticos, la probabilidad para que se produzca ese múltiple acierto es de
111382... Sobra todo comentario.
Y llegamos al actual pontífice. La “lista” de Malaquías “habla”
también de Juan Pablo II aunque, obviamente, hasta que no concluya su papado no
estaremos en condiciones de analizar la profecía en profundidad. De momento,
esto es lo que sabemos:
El lema número 110 dice “De labore solis” o “De la fatiga o el
trabajo del sol”. Y fue a “coincidir” con el cardenal polaco Karol Wojtyla,
designado sucesor de san Pedro un 16 de octubre de 1978. Porcellié, en su libro
Lexikon señala que “labor”, en latín, significa, en primer lugar, “una caída de
fuerzas” del que actúa. Esto se presta a una doble interpretación:
Primera: estamos ante un papa que “vino del frío”. Juan Pablo II
procede de un país con un sol “sin fuerzas”, donde los ríos y lagos se hielan
en invierno y en el que las temperaturas invernales descienden hasta treinta
grados bajo cero.
Segunda: el 13 de mayo de 1981en opinión de los estudiosos de la
profecía, con el gravísimo atentado de que fue objeto el pontífice, se produjo
un evidente “desfallecimiento” y. “caída de fuerzas”, tanto en la persona de
Juan Pablo II como a nivel eclesiástico y yo diría que de toda la comunidad
mundial.
Si se toma la palabra “solis” (del sol” como un símbolo de la
Iglesia y del propio papa, el lema en cuestión resulta acertado. Existe otro
precedente en la mencionada “lista”
de Malaquías: el número 49 (“Flagellum solis” o “El flagelo del
sol”), que correspondió a Alejandro V, un antipapa.
También es curioso que sean éstas las dos únicas referencias al
sol en toda la “lista”...
¿Se trata entonces de una “caída de fuerzas” o de un
“desaliento” de la Iglesia católica como institución o estamos ante una
profecía que se refiere exclusivamente a la figura de Juan Pablo II?
Hoy por hoy, la intransigencia y el casi medieval
conservadurismo del actual papa parecen otorgar la razón a la profecía. Los
escándalos financieros de la Banca Vaticana y el “císma” provocado por la
llamada Teología de la Liberación son dos ejemplos reveladores que, en
definitiva, han deteriorado la imagen de la Iglesia. Y puede que no sean los
únicos, ni tampoco los últimos sucesos que “mermen sus fuerzas”. El tiempo a no
tardar nos lo dirá...
Y llegamos al final de la profecía. Los lemas 111, 112 y 113
relativos a los últimos papas rezan así:
“Gloria olivae” o “La gloria del olivo” (111).
“In persecutione extrema” o “En la última persecución” (112).
“Petrus Romanus” o “Pedro Romano” (113).
Según los expertos, la profecía 111 pudiera estar anunciando un
tiempo de paz mundial. Y deberá corresponder a un pontífice bajo cuyo gobierno
reinará la paz. Este Papa
todavía anónimo será el sucesor de Juan Pablo II. Y en su
escudo, en su nombre o apellidos, en sus características personales y
familiares o, simplemente, en su pontificado, deberá “brillar” el ya referido
lema: “La gloria del olivo”.
Y según san Malaquías, acto seguido se producirá una dura
persecución de la Iglesia católica. Así se deduce del lema 112: “En la última
persecución”. Pero, ¿a qué suerte de tribulaciones y sufrimientos puede
referirse la profecía?
Por último, en cuanto al lema 113, los investigadores no saben a
qué atenerse. ¿Estaríamos ante el último Papa?
¿ Se trataría del final del Vaticano y, con él, de la Iglesia
Católica?
Algunos especialistas en san Malaquías opinan que dro Romano”
quizá sea una síntesis o una clave de to profecía.
Sea como fuere a la vista de los rotundos e impresionantes
aciertos cabe la posibilidad de que, en un fu no excesivamente lejano, el mundo
asista perplejo a la desaparición o a una profunda transformación de lo que
durante dos mil años, se ha dado en llamar Iglesia Católica, Apostólica y
Romana...
Y puede que ese “suceso” se corresponda con el bíblico y no
menos anunciado “final de los tiempos”. Pero, n “final” apocalíptico o
catastrofista, sino luminoso y definitivamente benéfico para esta castigada
humanidad. Un “final” que podría marcar el “principio” de una va era...
ARGELIA: “ASTRONAUTAS” EN LA EDAD DE LA PIEDRA
Así es la vida del investigador de lo insólito. Hoy estudia el
futuro. Mañana, el no menos impenetrable pasado...
Y del hipotético “final” del papado saltaré ahora a otro de mis
enigmas favoritos casi un “hijo predilecto” y que, obviamente, no podía faltar
en este trabajo: los ovnis.
¿Y qué puede decir este aprendiz de casi todo y maestro de nada
sobre los mal llamados “objetos volantes no identificados”? La verdad desnuda
es que, después de veinte años de febril investigación, de más de tres millones
de kilómetros recorridos en su persecución e, incluso, después de haberlos
visto, cada vez sé menos...
Tengo muy claro, eso sí, que los ovnis son astronaves “no
humanas”. Y estoy convencido también que esas civilizaciones nos visitan “desde
siempre”. Y que “su rastro” está ahí, grabado con sutileza. A veces, pintado o
esculpido en las paredes de la prehistoria. En ocasiones, “infiltrado” y
“camuflado” en la mitología, en las leyendas, en los libros sagrados de todos
los pueblos y hasta en sus más ancestrales ritos, danzas y supersticiones.
Basta abrir los ojos y el corazón para percibirlos.
Tassili, en el Sáhara argelino, es uno de los múltiples
ejemplos. Casi con seguridad, de entre las evidencias de visitas “no humanas”
en el pasado de la Tierra, una de las más claras y sugestivas. Y aunque este
misterio, como tantos otros, bien merecería un tratado enciclopédico, me
limitaré a “sobrevolarlo”, invitando con ello a unos momentos de reflexión, que
no es poco...
Al igual que ocurre con otros enigmas, en el de las cinco mil
pinturas de Tassili sobran las palabras. Las imágenes lo dicen todo.
Tassilin Ajjer saltó a la luz pública en 1933, gracias a las
investigaciones de Henri Lhote y su equipo. En una plataforma arenosa de 800
kilómetros de longitud por 60 de ancho, al norte del Hoggar, la docena de
científicos que dirigía Lhote fue a tropezar con lo que se ha dado en llamar la
“Capilla Sixtina” de la Edad de la Piedra. A saber:
millares de pinturas que representan a los hombres y a la fauna
que poblaban el Sáhara hace miles de años, cuando el desierto era todavía un
vergel. Pues bien, entre esas representaciones pictóricas ejecutadas en
diferentes períodos de la historia, las más antiguas, fechadas entre 4.000 y
10.000 años antes de Cristo, dejaron estupefactos a los expedicionarios
franceses. Entre las escenas de caza, las danzas religiosas, los rituales y las
múltiples imágenes de animales salvajes, ganado, etc., aparecía un sinfín de
pinturas de “seres” y “objetos” que, a todas luces, nada tenían que ver con los
“nativos”. Y esos indescifrables personajes fueron bautizados como los “cabezas
redondas” y los “nadadores”. “Cabezas redondas” porque, a diferencia de los
hombres, mujeres y niños que completan los rojizos y violetas “murales” todos
ellos perfilados con una exquisita fidelidad, estos “seres” presentan unas
enigmáticas)' desproporcionadas cabezas, provistas de un “solo ojo”, dc
“antenas” y de toda una serie de “elementos” que “no encajan” en el perfil
físico de aquellos pobladores dc J abbaren. Nada mejor que las palabras de un
estudioso
como Jean Gossart para ir aproximándonos al enigma de los
'cabeza redondas”: “ . . a pesar de nuestra legendaria cautela, debemos admitir
que estas “cabezas redondas" tienen verdaderamente un aire extraterrestre.
Las líneas horizontales a la altura del cuello hacen pensar en los pliegires de
un elemento de empalme entre el traje y la escafandra”.
En efecto, ésa es la impresión que proporciona la contemplación
de dichas pinturas. Mezclados con los indígenas pueden distinguirse “otros
individuos” que parecen portar cascos, trajes y botas que hoy sí somos capaces
de identificar. Y junto a estos “astronautas” de la Edad de la Piedra, los
pintores de Tassili se esforzaron por “dejar constancia” de otros “seres” no
menos ajenos a su primitiva cultura: los “nadadores”. Decenas de “hombres y
mujeres” igualmente provistos de singulares indumentarias que para terminar de
enredar el misten “flotan” en el aire, al estilo de nuestros cosmonautas en sus
paseos espaciales. Y mezclado con la fidelísima fauna del lugar antilopes,
elefantes, rinocerontes, etc., un tercer “elemento” distorsionador: “objetos”
de formas ovaladas y esferoides, provistos de “patas”, que “flotan” igualmente
sobre los grupos humanos y los rebaños o se “asientan” entre ellos. Una de
estas pinturas en particular resulta altamente significativa. En ella, un
“cabeza redonda”, situado al pie de una imagen ovoide de la que parten muy
familiares “fulgores” arrastra hacia el “objeto” a un total de cuatro mujeres
indígenas. Para los investigadores de ovnis, esta escena pintada hace más de
cuatro mil años encierra un valor y un “mensaje” casi definitivos. Hoy sabemos
de cientos de casos de secuestros en los que los tripulantes “no humanos”
introducen a los testigos en sus naves, sometiéndolos a toda suerte de
“chequeos”. ¿Ocurrió algo similar en el remoto pasado de la Tierra? A la vista
de lo expresado en la “Capilla Sixtina” africana, ¿quién se atrevería a
dudarlo? La conclusión, aunque pueda parecer fantástica, es casi obligada: los
pueblos que habitaron Tassili fueron testigos de excepción de las visitas de
astronaves y seres que, con toda probabilidad, descendieron en su hábitat,
examinándolos, investigándolos y quién sabe quizá, hasta procreando con ellos.
Y esta serie de “sucesos” obviamente, constituyó el “gran acontecimiento” de
sus vidas. Y mereció ser incluido en la más noble y sagrada de su actividades:
las representaciones pictóricas.
Y concluyo con otra consideración de Gossart. Un audaz
estimación que no precisa de mayores comentarios:
...No he rechazado a priori la idea de que parte de la pinturas
de Tassili pueda tratarse de extraterrestres, par tiendo del principio de que
una hipótesis no puede ser des cartada por la única razón de que parezca
extravagante ( simplemente, demasiado atrevida)
MALÍ: EL “ARCA DE LOS NOMMOS”
Y en ocasiones, como decía, el “rastro” de esas visitas “no
humanas” queda inmortalizado, y así puede hallarse, en la “roca” de la
tradición oral. Ahí están algunas ancianas tribus de Malí para demostrarlo. ¿
Qué otra conclusión puede derivarse de lo transmitido desde hace siglos por los
dogones? Porque, aunque suene a fabulación, ya en el siglo XII y posiblemente
desde mucho antes, estos primitivos africanos “tenían conocimiento” de la
existencia de una estrella que fue observada, por primera vez, en la segunda
mitad del siglo XIX. ¿Es que los dogones disponían de telescopios? ¿Se trataba
quizá de una cultura con avanzados conocimientos matemáticos y astronómicos?
Nada de eso.
La primera sorpresa la recibió un prestigioso antropólogo
francés, el doctor Marcel Griaule. En 1931, al visitar las tribus que se
asientan en los montes Hombon y en la meseta de Bandiagara, en Malí, quedó
perplejo ante lo que contaban aquellos atrasados nativos y que conforma la
mitología dogon. Según sus ancestros y así ha sido comunicado de padres a hijos
la estrella Sirio dispone de un “acompañante”: otro “sol” de menores
proporciones e “invisible” a los ojos humanos. Y en torno a este sistema estelar,
los dogones habían constituido todo un ceremonial sagrado. Sirio recibía el
nombre de “Digitaria”. En cuanto a la segunda estrella, los dogon la bautizaron
como “Po Talo” (nombre que recibe también la más pequeña de las simientes
utilizadas habitualmente por estos pueblos). Y “sabían” igualmente que el
segundo sol g¡ra en torno a Sirio, describiendo una órbita elíptica Y le
explicaron al atónito Griaule que “Po Tolo” emplea algo más de cincuenta años
en dicho recorrido. El antropólogo,impresionado, regresó a Malí en 1946,
extendiendo sus investigaciones a otras etnias sudanesas: los “bambara. y los
“bozo”, de la región de Segir, y los “rniaianka”, del distrito de Kutiala. Y en
la compañía de la también antropóloga Germaine Dieterlen fue verificando como
los asombrosos conocimientos astronómicos de los dogones eran comunes entre los
cuatro núcleos triales. En 1951, los científicos se decidieron a publicar tan
desconcertante hallazgo. Pero su informe –“Un sistema sudanés de Sirio”- no
alcanzó eco alguno entre la comunidad científica.
Desde nuestra perspectiva -escribieron con timidez Griaule y
Dieterlen- los documentos reunidos no han dado lugar a ninguna hipótesis o
investigación de procedencia. Unicamente han sido ordenados en el sentido de
que las manifestaciones de las cuatro tribus principales han sido reunidas en
una sola exposición. En ningún momento se ha planteado o decidido la cuestión
de saber de dónde unas personas totalmente desprovistas de los instrumentos
apropiados, pueden conocer el curso y las características especiales de unos
astros prácticamente invisibles.
No les faltaba razón a los antropólogos franceses. Porque ese
invisible sol que acompaña al brillante Sirio no sería oficialmente “intuido”
hasta 1834. En esa fecha, el astrónomo Bessel se percató de que el movimiento
de la fulgurante estrella de la constelación del Can Mayor resultaba muy
irregular. Y durante diez largos años, Sirio fue
“espiada” por los astrónomos, llegando a la conclusión de que
“algo” afectaba a su desplazamiento. Y ese “algo” fue bautizado como Sirio B. A
pesar de los esfuerzos desplegados, los instrumentos ópticos no lograron
detectarlo. Y buena parte de los científicos estimó que quizá se encontraban
ante un astro frío, sin luz propia. La verdad es que el formidable brillo de la
estrella principal Sirio o Sino A hacía poco menos que imposible la
localización del segundo cuerpo celeste. Pero todo llegaría. Y en 1862, al
fi", el óptico norteamericano Alvan Clarke conseguiría ver por primera vez
en la historia al misterioso “hermano menor” de Sirio. Y los científicos
comprobarían ya en el siglo xx que Sirio B no era otra cosa que una estrella
del tipo “enana blanca”, con una escasa luminosidad y un aplastante poder
gravitacional. Y determinarían su elíptica y el tiempo que invierte en su
desplazamiento junto al majestuoso Sirio A. Exactamente, 50,04 años. Y los
astrónomos tuvieron que reconocer que las investigaciones de Griaule y
Dieterlen eran tan correctas como sorprendentes. ¿Cómo era posible que las
tribus africanas de los dogones supieran de la existencia de Sirio B, de su
trayectoria y del tiempo empleado en dicha elíptica?
Pero las “informaciones” de estos primitivos pueblos de Malí no
se limitaban a lo ya mencionado. Sus antepasados también les habían transmitido
que, además de “su extraordinaria pequeñez”, “Po Tolo” es “el más pesado de los
cuerpos celestes”. (“Po”, como fue dicho, sirve para designar entre los dogones
a la más pequeña de las gramíneas. “Tolo”, por su parte, equivale a
“estrella”.) En lo referente a la extremada “pesadez” de Sirio B o “Po Talo”,
la tradición dogon es elocuente:
“.. El astro considerado como el más pequeño es, al mismo
tiempo, el más pesado cuerpo celeste: Po Tolo es el objeto más diminuto que
existe. Es el astro de mayor peso. Está formado por un metal denominado
“sagala”, algo más brillante que el hierro y de un peso tal que ningún ser de
la Tierra logra alcanzar. En efecto, este astro pesa tanto como todo el cereal
y todo el hierro de la Tierra.”
“Causalmente”, la primera estrella “enana blanca” descubierta
por el hombre fue Sirio B. Y al determinar su luminosidad, masa y temperatura
se comprobó que era un cuerpo con una masa similar a la del Sol y un radio
extraordinariamente pequeño, muy próximo al de la Tierra. Su densidad media fue
estimada en una tonelada por centímetro cúbico. Los dogones, una vez más,
tenían razón.
Y otro tanto sucedió al comparar los dibujos de los movimientos
de traslación de Sirio A y B en el firmamento, así como la trayectoria descrita
por “Po Tolo” en torno a la estrella madre. Las elípticas elaboradas por los
astrónomos eran gemelas a las que obraban en poder de la tradición de estas
tribus.
Y para mayor desconcierto de la ciencia oficial, los dogones hablaron
también del movimiento de rotación de “Po Tolo” y del tiempo empleado en dicho
giro: un año.
Y “sabían” de la existencia del cinturón de asteroides de
Saturno y de las cuatro lunas interiores de Júpiter. Como se recordará, fue en
enero de 1610 cuando Galileo enfocó el recién inventado telescopio hacia el
“gigante” de nuestro sistema solar, observando por primera vez los cuatro
satélites interiores jupiterianos.
Y en esta forzada síntesis sobre los enigmáticos conocimientos
astronómicos de los dogones, el investigador termina desembocando en la gran
pregunta: ¿cómo lo sabían? Y los depositarios de esta asombrosa tradición
narran así el origen de lo que constituiría su más sagrada mitología:
• Hace miles de años llegaron a nuestra tierra los “nommos”.
Eran unos seres mitad hombres, mi tad peces, que vivían en el sistema de Sirio.
Eran los señores del agua. Y también fueron llamados por nuestros antepasados
como los “instructores” y los “amonestadores”. Y bajaron de los cielos, al
nordeste en la tierra seca del Zorro. Y llegaron en un “arca”, produciendo una
enorme polvareda... Y el choque con el suelo lo dejó rugoso y el “arca” patinó
sobre la superficie... Y al principio, al “arca” era roja como el luego y
después, al aterrizar, se volvió blanca... Y cuando el “arca” se posó, un
chorro de sangre saltó hacia el cielo... Y cuando hubo aterrizado, los “señores
del agua” sujetaron el “arca” con cuerdas y la arrastraron hasta una hondonada
que, a su vez, llenaron de agua. Y el “arca” flotaba como una piragua...
De acuerdo con las investigaciones de Griaule y Grenville
Temple, fueron estos seres “no humanos” quienes facilitaron las ya mencionadas
informaciones a las tribus de los dogones. Unos seres que, según las
descripciones aportadas por los nativos, podían presentar una configuración
física parecida a la de los delfines. Es decir, con boca y órganos
respiratorios separados. En este sentido, la tradición especifica que los
“nommos respiraban a través de dos delgadas hendiduras situadas encima de cada
una de las clavículas”.
Para Robert Kyle G. Temple que estudió el enigma de los dogones
durante siete años este “suceso” pudo ocurrir hace 5.500 años. Y, obviamente,
fue tan impactante para los primitivos pobladores de Malí que se ha mantenido
vivo y firme en la memoria colectiva de las generaciones, pasando a formar
parte de sus danzas y cultos religiosos. Y cada cincuenta años de acuerdo con
el tiempo de traslación de “Po Tolo” o Sirio B, los dogones celebran su más
solemne ceremonia: la fiesta “Sigui”. Para este acontecimiento con el que
vienen a expresar su deseo de renovación utilizan unas máscaras que rememoran
la figura de los “hombres-peces”, así como la forma del “arca” en la que
descendieron los “flonimos”. Y también, con tan fausto motivo, el jefe de cada
aldea dogon confecciona un recipiente en el que se fermenta la primera cerveza.
Pues len, una vez concluida la fiesta, dicho recipiente era obligatoriamente
guardado y conservado junto a los que habían sido utilizados en las ceremonias
precedentes. De esta forma, sumando los recipientes de fibra de baobab, los
antropólogos consiguieron remontarse hasta el siglo X] Ahí se perdía la “pista”
digamos física de tan significativa festividad. Pero, aun concediendo que el
arranque de ceremonia “Sigui” se hubiera registrado en dicha época, misterio de
Sirio no tiene explicación racional. A no se claro está, que los dogones
cuenten la verdad...
SIBERIA: LA MÁS GRANDE EXPLOSIÓN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA
Sé que las evidencias de posibles visitas de civilizaciones “no
humanas” en el pasado de la Tierra pueden contarse por decenas. Quizá algún día
entre los sesenta grandes proyectos que bullen hoy en mi atormentado corazón
ponga manos a la obra y me aventure a ordenarlos y a difundirlos. Por el
momento, entiendo que as presentes “pruebas” constituyen un “anticipo” tan
fascinante como significativo y que, en buena ley, deberían estremecer a la
comunidad científica. Lamentablemente, como en otros órdenes de la vida, la
ciencia ortodoxa sigue ocupando el furgón “de cola” de la sociedad...
Tassili: un “rastro” de seres “no humanos” que descendieron
sobre el Sáhara hace diez mil años.
Malí: un “rastro” de seres “no humanos” que entraron en contacto
con las tribus dogon hace 5.500 años.
Y como un tercer “ejemplo”, otro suceso más reciente pero
igualmente “desequilibrador” para cuantos se obstinan en la oscurantista
hipótesis de que “estamos solos” en el universo: Siberia. Año 1908. Lugar: a
poco más de cien kilómetros al norte de la remota población rusa de Vanavara.
El 30 de junio de dicho año hacia las 7horas y 17 minutos una formidable
explosión arrasaba 3.100 kilómetros cuadrados de taiga, carbonizando más de un
millar de renos y abatiendo como plumas extensas masas boscosas. De sur a norte
y a lo largo de más de ochocientos kilómetros, miles he dicho bien: miles de
rusos de la región comprendida entre el río Tunguska Inferior y la línea del
ferrocarril Transiberiano asistían perplejos al vuelo “horizontal” de un objeto
cilíndrico blancoazulado y silencioso que cruzó los cielos a una altura de
5.000 a 7.000 metros y a una velocidad aproximada de 0,7 kilómetros por
segundo. Y, de pronto, el “gran tubo”, al sobrevolar Keshma, cambió súbitamente
de dirección, enfilando hacia el este. Y sobre la región de Preobrazhenka, los
atónitos colonos lo vieron girar hacia el noroeste. Segundos después, en un
apartado paraje situado entre los ríos Chunya y Tunguska Medio se registraba la
más grande detonación conocida hasta hoy sobre la faz de la Tierra. Según los
científicos, el misterioso “objeto volante no identificado” se desintegró en el
aire, a unos 3.000 metros y con una fuerza equivalente a cuarenta megatones. Es
decir, con una potencia diez veces superior a la desarrollada por la bomba
atómica lanzada sobre Hiroshima. Y el cielo así rezan los testimonios de los
tunguskos “se partió en dos”. Y un fulgor similar al del sol bañó la inmensidad
de la taiga siberiana. Y acto seguido, una ardiente columna ”en forma de lanza”
se alzó desde el horizonte, alcanzando más de veinte kilómetros de altura. Y un
“huracán de fuego” y una sucesión de “truenos y cañonazos” barrieron un radio
de cien kilómetros, derribando cuanto halló a su paso: hombres, animales,
chozas, bosques y hasta los raíles del Transiberiano. Y durante un tiempo
“interminable”, la tierra tembló en sucesivas oleadas. Y la Tunguska se vio
alcanzada por una “lluvia negra”.
El estallido fue de tal magnitud que los sismógrafos de medio
mundo acusaron el impacto. En un primer momento fue asociado a un poderoso
terremoto. Las vibraciones, por ejemplo, fueron captadas en el Centro
Sismográfico de Irkutsk, a ochocientos kilómetros al sur de la Tunguska. Y
también en Moscú, San Petersburgo y Jena (Alemania), situados a cinco mil
kilómetros. Y otro tanto ocurriría en puntos tan remotos como Java y
Washington. Y en las noches de ese 30 de junio y del 1 de julio, inmensas y
luminosas “nubes plateadas” cubrieron el norte de Rusia, así como buena parte
de Europa. La extraña luminiscencia mereció toda suerte de comentarios
periodísticos y científicos. Y no era para menos. La luz “nocturna” era tan
intensa que, durante dos días, el viejo continente “vivió” un “crepúsculo”
interminable. En ciudades como Londres, Viena, Berlin o Copenhague fue posible
hacer fotografías durante la noche o leer en el interior de las viviendas sin
ayuda de iluminación artificial alguna.
También la meteorología se vio alterada. En las cinco horas
siguientes a la explosión, violentas corrientes de aire azotaron el norte de
Europa. Durante veinte minutos, los barómetros de seis estaciones inglesas
registraron súbitas y anormales fluctuaciones. Y las masas de aire de acuerdo
con los cálculos de los expertos dieron dos veces la vuelta al mundo.
Y la comunidad científica de 1908 se preguntó por la razón o
razones de tan aparatosas “luminiscencias”, de tan anónimos seísmos y de tan
inusuales turbulencias. Y surgieron decenas de teorías y posibles
explicaciones. Pero, curiosamente, nadie asoció dichos fenómenos con la
terrible detonación registrada en la meseta de la Siberia central. En cierto
modo era comprensible. Rusia atravesaba una crítica situación sociopolítica y
la región de la Tunguska era poco menos que “el fin del mundo”. En otras palabras:
salvo los propios afectados y cuatro modestos periódicos de la
zona, nadie tomó en consideración el formidable estallido. Más aún: para buena
parte de las autoridades y científicos rusos, la historia del objeto
“cilíndrico” y la “columna de fuego” terminaría convirtiéndose en una
“fantasía” más de los poco fiables tunguskos, tan propensos a la fabulación y a
las leyendas. Y fueron necesarios trece años para que el inexorable destino
“desenterrara” el enigma de la explosión de la Tunguska.
En 1921, Leónidas A. Kulik, un notable científico del Museo
Mineralógico de la vieja San Petersburgo, recibía un modesto obsequio: un
antiguo calendario. En el reverso se reproducía un reportaje de un periódico
siberiano, hablando de la caída de un gigantesco meteorito en las proximidades
de la ciudad de Tomsk. Kulik, empeñado en el rastreo de estas piedras cósmicas,
se sintió fascinado por las noticias de aquel venerable calendario de San
Petersburgo. ¿Casualidad? La verdad es que aquel breve y trasnochado aviso
cambiaría el rumbo de su vida y, de paso, rescataría del olvido uno de los más
atractivos misterios del siglo XX. Kulik contaba entonces treinta y ocho años
de edad.
Y tenaz y minucioso puso en marcha una exhaustiva investigación.
Durante meses se preocupó de consultar los rotativos de la región. Y ahí surgió
la primera gran sorpresa. Las noticias y reportajes señalaban que en 1908, en
un punto no determinado de la provincia del río Yeniséi, un “objeto ardiente”
se había precipitado sobre la taiga, provocando fuertes temblores de tierra y
horribles explosiones. Aquello entusiasmó a KuliL Uno de los informes
periodísticos publicado por un diario de Krasnoyarsk aseguraba que “en algunas
aldeas, a lo largo del cauce del río Angara, en plena taiga, los colonos habían
sido testigos del paso de un objeto celeste, de aspecto brillante, que cruzó el
cielo de sur a norte... Y cuando el objeto volador alcanzó el horizonte, una intensa
llamarada partió en dos el cielo... Y el resplandor fue tan intenso que se
reflejó en las habitaciones cuyas ventanas estaban orientadas hacia el .......
Y en la isla que se levanta frente a la aldea, los caballos comenzaron a
relinchar y las vacas corrían desorientadas y mugían. Uno tenía la impresión de
que la tierra se iba a abrir y que todo iba a ser tragado por el abismo...”
Y Leónidas Kulik, a la vista de la documentación recogida,
consiguió lo que parecía un milagro en la Rusia de 1921: que la Academia de
Ciencias patrocinara una expedición, con el único y exclusivo objeto de
encontrar el inmenso y misterioso meteorito caído trece años antes en Siberia.
Era la primera operación medianamente seria que se ponía en marcha. Y en
septiembre, Kulik y sus colaboradores partieron de Petrogrado (Leningrado),
cruzando los Urales en el ferrocarril Transiberiano. Y en el trayecto fueron deteniéndose
en las ciudades de Omsk, Tomsk, Krasnoyarsk y Kansk. En todas ellas en especial
en la última aparecieron nuevos testigos y valiosos testimonios que confirmaron
lo ya sabido. Pero, como era de esperar, el supuesto meteorito no apareció. Y
Kulik, con buen criterio, llegó a la conclusión de que el “cuerpo sideral”
tenía que haberse estrellado más al norte, hacia los caudalosos ríos Tunguska.
Y la falta de medios y la proximidad del duro invierno truncaron este primer
intento. Pero el intrépido “cazador de meteoritos” no se rindió. Y nada más
regresar a Petrogrado comenzó a gestionar y a preparar una segunda expedición.
Pero Kulik tendría que esperar hasta febrero de 1927 para materializar su “gran
sueño”. En esos seis anos trabajó intensamente en la reunión de toda suerte de
datos que pudieran clarificar el cada vez más enigmático cuadro de la explosión
de 1908. Merced a la ayuda y colaboración de otros científicos que viajaron por
la región de Vanavara, Kulik supo que, desde el estallido, los tunguskos se
hallaban sometidos a una especie de temor supersticioso. Miles de renos habían
perecido en el siniestro. Chozas, almacenes y granjas de las riberas de los
ríos Chambé, Tunguska y Angara fueron demolidos o desplazados como consecuencia
de las detonaciones y del “fuego invisible” que se abatió sobre la taiga. Para
muchos de los nativos, el suceso era obra del dios “Ogdy” (Fuego), que les
había maldecido con su presencia. De ahí que resultara tan dificil convencerles
para que se adentraran en el punto de contacto.
Y aunque la información reunida por Kulik no coincidía con las
características y el comportamiento de un meteorito en su ingreso en la
atmósfera, el audaz pionero del enigma de la Tunguska siguió convencido de que
se hallaba ante la caída de un importante cuerpo sideral. ¿Qué otra cosa podía
pensar? Y al desembarcar en Kansk a pesar de encontrarse a seiscientos
kilómetros al sudoeste de los ríos Tunguska los nuevos testimonios le
sobrecogieron. Aquella mañana del 30 de junio de 1908, una explosión “subterránea”
estremeció toda la ciudad. Los enseres cayeron de los armarios y repisas y las
lámparas se balancearon inexplicablemente. Y en marzo, tras reunir un modesto
equipo y las provisiones necesarias, se adentró en la taiga, rumbo a lo
desconocido. La verdad es que las penalidades de este viaje merecerían figurar
en un libro aparte. En un trineo tirado por caballos, Kulik y sus hombres ora
guiados por los testimonios de los nativos, ora por su propia intuición fueron
avanzando hacia el norte. En el poblado de Vanavara la aldea más cercana al
lugar de la detonación, los expedicionarios se hicieron con “pistas” más
seguras. Aquellos humildes campesinos y pastores, además de presenciar el “gran
resplandor luminoso sobre el horizonte”, habían padecido un calor abrasador y
los efectos de una onda expansiva que les derribó en tierra y que hizo volar
tejados, puertas y empalizadas. Algunos perdieron el conocimiento y otros
quedaron sin habla, como consecuencia, sin duda, del horrible “trueno” que
siguió a la “columna de fuego y humo” que se levantó hasta el cielo. Las ropas
y la piel de los que se hallaban fuera de las casas resultaron quemadas por un
“fuego invisible” y, al poco, todo se cubrió de polvo y cenizas.
Y Kulik, convencido de que su “meta” estaba al alcance de la
mano, .se adentró en la taiga, en compañía de Ilya Potapovich, su guía y
traductor. Potapovich era un tungusko que también había presenciado la llegada
de dios Ogdy. Y el 8 de abril tomaron el sendero que corría paralelo al río
Tunguska Medio, a la búsqueda del río Chambé. Y durante cinco días, los dos
hombres y sus caballos tuvieron que sortear los intrincados y pestilentes
pantanos de la taiga, llegando exhaustos y con síntomas de escorbuto hasta las
orillas del río Makirta. Era el 13 de abril de 1927. Y ante el valiente Kulik
se abrió el escenario de la gran explosión de 1908. “Aun el resultado de un
rápido examen
escribió el científico ruso excedió cuanto habían contado los
testigos y superó mis más desmedidas esperanzas.” Desde su puesto de
observación, el primer científico que ganaba la región de la Tunguska asistió a
un espectáculo devastador: miles de troncos de pinos y abedules yacían en
tierra, derribados por la onda expansiva. Y todos orientados en una misma
dirección: hacia el sur. Y los esforzados expedicionarios prosiguieron su
avance hacia el norte, abriéndose paso a duras penas entre las “murallas” de árboles
truncados. “La mayoría relató Kulik presentaban extrañas quemaduras. Parecía
como si los troncos hubieran sido quemados "desde arriba". Aquello,
por supuesto, no respondía a un incendio convencional.”
Pero las penalidades del ruso no habían terminado. Y cuando en
mitad del atronador silencio y de la desolación que reinaban en el lugar estaba
a punto de alcanzar el epicentro de la explosión, los guías tunguskós,
atemorizados, se negaron a continuar. Y Kulik, impotente, tuvo que retornar a
Vanavara. El 30 de abril, con nuevos guías, partía por segunda vez. Y en junio,
al fin, abriéndose paso a hachazos entre el inmenso cementerio de troncos
calcinados, llegaba a una cuenca pantanosa que recibía el nombre de pantano del
Sur. Y Kulik, tras largas y meticulosas indagaciones, estimó que aquél podía
haber sido el lugar de la explosión. Tomando como centro la enorme cii CL
científico comprobó cómo los bosques se hallaban derribados en forma radial. Sí
marchaba hacia el este, las copas de los árboles apuntaban justamente en esa
dirección .Si lo hacía en sentido opuesto, miles de troncos señalaban hacia el
oeste. Y lo mismo sucedía con el norte y con el Sur. No cabía duda: la
desintegración del gigantesco meteorito tenía que haberse registrado sobre
dicho pantano del Sur. Pero ¿ dónde estaba el cráter que, forzosamente, tenía
que haber abierto la roca del espacio? Ni Kulik ni las sucesivas expediciones
que se aventuraron posteriormente en la Tunguska lo encontraron jamás. Y el
misterio, lejos de disiparse, se oscureció...
Y para mayor desconcierto, muy cerca del epicentro, Kulik
descubrió un no menos extraño bosque. Entre los 3.100 kilómetros cuadrados de
taiga arrasada, un reducido grupo de árboles continuaba en pie, sin ramas y tan
muerto como el resto de los troncos que yacía en su entorno. Y Kulik lo bautizó
como el “Bosque de los postes de telégrafo”.
A partir de aquel histórico año de 1927, tanto Kulik como otros
muchos científicos de todo el mundo hicieron de la Tunguska un lugar obligado
de peregrinación. Para el “descubridor” de la arrasada taiga, a pesar de la
falta de evidencias, el suceso de 1908 fue siempre la consecuencia del impacto
de un meteorito. Un formidable cuerpo espacial que, presumiblemente, estalló en
el aire, liberando una energía equivalente a 1023 ergs (treinta millones de
toneladas de TNT). Ello habría explicado satisfactoriamente la tremenda
destrucción, los registros en los sismógrafos y las turbulencias en medio
mundo. Sin embargo, como digo, los posteriores y más completos estudios
terminaron por desestimar la hipótesis del meteorito. Y surgieron nuevas
teorías. Algunas, como las de la irrupción de una “gota de antimateria” en la
atmósfera terrestre o la colisión con un “agujero negro”, mucho más fantásticas
e
insostenibles que la apuntada a partir de 1946 por Alexander
Kazantsev. También fue barajada la posibilidad de que los restos de un corneta
pudieran haber caído sobre Siberia a una velocidad de 40.000 kilómetros por
hora, desintegrándose a cincuenta kilómetros de altura y originando una
formidable onda de choque. Pero la ciencia tampoco se vio complacida con esta
explicación. Un corneta que se hubiera aproximado a la Tierra habría sido
detectado por los astrónomos mucho antes de su hipotética entrada en la atmósfera
terrestre. Recordemos, por ejemplo, el caso del Halley en 1910. Y nada de esto
había sucedido. Por otra parte, según los testigos, el supuesto “cometa”
desarrolló un vuelo “horizontal”, a una velocidad que, de acuerdo con los
cálculos del geofísico soviético Zolotov, nunca pudo superar los dos o tres
kilómetros por segundo y, en el colmo de los colmos, cambiando de trayectoria
en dos ocasiones. Y tampoco debemos olvidar las repetidas descripciones de los
testigos presenciales: “Era un objeto cilíndrico..., parecido a un gigantesco
tubo.”
Y en agosto de 1945, a raíz de la explosión de la bomba atómica
sobre Hiroshima, otro soviético Alexander Kazantsev se atrevió a formular una
hipótesis que, a primera vista, encajaba a las mil maravillas con lo descrito,
observado y analizado en la Tunguska. Al examinar los efectos de la tristemente
célebre “Pequeño muchacho” que estallaría a seiscientos metros sobre la ciudad
japonesa, Kazantsev comprobó que guardaban una gran similitud con el
“resplandor”, las detonaciones, el “fuego invisible”, la onda de choque, las
tormentas electromagnéticas, las luminiscencias nocturnas y las turbulencias
registradas en 1908 en Siberia. Incluso el “Bosque de postes de telégrafo” que
formaba una especie de anillo en torno al pantano del sur, era similar a los
árboles que habían quedado en pie en los alrededores del castillo de Hiroshima
(Cuartel General de la Quinta Divisón Japonesa” y sobre el que se produciría la
explosión atómica. Y a partir de 1958, las nuevas expediciones comprobarían con
asombro cómo en los troncos de Siberia se había registrado un fenómeno similar
al detectado en los árboles de Hiroshima. A raíz de la explosión de 1908, los
anillos vivos habían experimentado un crecimiento muy superior al de épocas
anteriores. Si los que precedieron al formidable estallido oscilaban entre 0,4
y 2 milímetros, los aparecidos con posterioridad alcanzaban hasta cinco y diez
milímetros de grosor. Y las sucesivas recogidas de muestras vinieron a
confirmar las sospechas de Kazantsev: “El suceso de la Tunguska de 1908 tenía
mucho que ver con una explosión nuclear.” Científicos como Zolotov y Plenajov,
en 1959, y Florensky y Nekrasov, en 1961, demostraron que el índice de
radiactividad en el epicentro de la catástrofe era una y media y dos veces
superior a lo admitido como “normal”. Y en los anillos interiores de plantas y
árboles n aquellos que se formaron en 1908 las pruebas espectrográfícas
denunciaron la existencia de cesio 137 en proporciones sólo explicables ante
una deflagración atómica. Y la hipótesis de Kazantsev fue tomando cuerpo, muy a
pesar de los hipercríticos y recalcitrantes: “Una nave espacial obviamente “no
humana" había estallado sobre la Tunguska.”
Y un nuevo elemento vendría a sumarse a los datos ya
disponibles: la totalidad de la zona devastada bosques, colinas, pantanos, etc.
aparecía materialmente acribillada por milimétricos glóbulos esféricos, que
habían actuado a la manera de perdigones. Los análisis resolvieron que se
trataba de silicatos y magnetita. Y lo más curioso es que la distribución de
estos racimos de “pequeñas esferas brillantes”” incrustadas en el suelo y en
los troncos, se correspondía con la forma elíptica de la explosión. Una forma
poco usual y que, en opinión de los investigadores rusos, sólo podía deberse a
una detonación “directiva”; es decir, con un efecto que “no era el mismo en
todas direcciones”. Y Zolotov y Zigel redondearon la tesis de Kazantsev: “El
explosivo en cuestión tenía que hallarse en el interior de
un envase .. Un “envase”, como habían repetido los testigos
hasta la saciedad, claramente “cilíndrico”. Poco después, merced a análisis más
detallados, en las muestras fueron encontrados restos de cobalto, níquel, cobre
y germanio. Y la teoría de la “nave espacial” cobró nuevas fuerzas. Y los
escépticos podrán preguntarse con razón:
“Pero, ¿quién volaba en 1908?” A decir verdad, muy pocos..., y
mal. Recordemos que fue en diciembre de 1903 cuando Orville Wright efectuó el
primer vuelo con motor en una máquina más pesada que el aire. Y aquel “salto”
duró un minuto, con un recorrido de 250 metros...
Y hoy, en febrero de 1991, ochenta y tres años después, el
enigma de la explosión en la Tunguska continúa abierto. Con motivo de tan
misteriosa catástrofe se han escrito más de doscientos documentos científicos,
casi dos mil artículos periodísticos y sesenta novelas, por no mencionar el
sinfín de películas y programas de televisión. Pero las grandes preguntas
siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un
“experimento”? ¿Y por qué en esa región del planeta?
PASCUA: LOS OTROS ENIGMAS
¿Y a qué negarlo? En relación a las posibles visitas de seres
“no humanos” a lo largo de la historia y de la prehistoria también se han dicho
y se han escrito las más absurdas, extravagantes y ridículas hipótesis.
Elucubraciones que, a poco que se investigue, se desmoronan como un castillo de
naipes. Las pirámides de Egipto, las grandes construcciones incaicas o la
célebre losa funeraria de Palenque, entre otros, son algunos de los socorridos
temas a los que recurren sistemáticamente aquellos “vivos” que “ven la
presencia extraterrestre debajo de todas las piedras”... Y en ocasiones,
lamentablemente, los verdaderos enigmas que pudieran encerrar estas “maravillas
del hombre” terminan aplastados u olvidados por culpa de esas innecesarias
teorías “extrahumanas”. Éste es el caso, por ejemplo, de la isla de Pascua. Por
el mundo circulan decenas de libros en los que la pequeña y remota Rapa Nui
viene a figurar casi como una “base ovni” y sus colosales estatuas de piedra
los moais como “la más rotunda prueba de la presencia extraterrestre en la
antiguedad del planeta”. Nada más falso e inconsistente. Pascua esconde grandes
y apasionantes misterios, por supuesto, pero no de ese orden... Y aunque los
ovnis también han sido vistos sobre sus volcanes, campos y costas, a ningún
investigador medianamente sensato se le puede ocurrir vincular sus monumentos a
la mano o a la influencia de seres legados del espacio.
Y dicho esto, sí quisiera entrar en un nuevo y fugaz “planeo”
algunos de los enigmas que, desde' mi punto de vista, sí justifican el halo
mágico que envuelve la tierra del legendario rey Hotu Matua.
Recuerdo que en mi segunda visita a Pascua mientras cubría los
3.700 kilómetros que la separan de Santiago de Chile volví a formularme una
cuestión que, casi con seguridad, se habrán planteado muchos de los
investigadores que han tenido la fortuna de recorrer sus 165 kilómetros
cuadrados: ¿y qué resta por descubrir en Rapa Nuí? A estas alturas con una
bibliografía superior a los dos mil volúmenes, la isla de Pascua es una de las
áreas del planeta más y mejor estudiadas. Pretender encontrar algo insólito, ignorado
o sencillamente nuevo se me antojó tan inútil como pretencioso. Mucho antes de
mis dos primeras estancias en la isla había procurado leer y estudiar cuanto
podía tener relación con su nebulosa historia, con sus sucesivas culturas, con
sus singulares estatuas, monumentos y manifestaciones artísticas y con sus no
menos abundantes calamidades. Decenas de textos de arqueólogos, antropólogos,
etnólogos, exploradores y aventureros han ido desfilando ante mi precaria
inteligencia. Y después de una atenta lectura, “todo” en Pascua parecía tener
una explicación lógica y racional. Según los expertos, los polémicos moais eran
obra humana. Allí estaban las canteras para demostrarlo. También las viejas
discusiones acerca de las fórmulas empleadas por los pascuenses en el traslado
de estas colosales estatuas se hallaban zanjadas. Cada científico aunque no
hubiera puesto los pies en la isla ofrecía su propia y magistral solución: “Los
moais eran arrastrados a lo largo de kilómetros mediante cuerdas.”
Otros hablaban de “trineos de madera sobre los que eran tumbadas
las esculturas”. Y más de uno incluyendo al ínclito Heyerdahl y al ingeniero
checo Pavel se había aventurado a “demostrar sobre el terreno” que bastaban
unas sogas convenientemente amarradas a la cabeza y a la base del moai para
hacer bascular y avanzar la figura con los típicos movimientos de un ganso...
En cuanto al oscuro origen de las primeras civilizaciones que
desembarcaron en Rapa Nui, lingüistas, etnólogos, antropólogos y demás
especialistas daban como muy probable el noroeste del océano Pacífico, en plena
Polinesia. Y los más audaces apuntaban incluso hacia las islas Marquesas. Según
estos investigadores, esos “colonizadores” polinésicos habrían tomado posesión
de Pascua en una fecha relativamente cercana al siglo v de nuestra era.
Y con este bagaje de hipótesis, sesudas explicaciones y
supuestamente exhaustivas investigaciones me adentré de nuevo en la isla.
Corría el mes de septiembre de 1990. Y a decir verdad, con una inequívoca y
molesta sensación de “estar perdiendo el tiempo”. Puede sonar a increíble pero
así fue mi segundo ingreso en Pascua. El primero, en enero y febrero de ese
mismo año, no cuenta. Para cualquier extranjero, su “bautismo de fuego” con la
isla termina conviniéndose en una “borrachera” de imágenes, de luces, de
sensaciones y de datos. Creo no equivocarme si afirmo que Rapa Nui por su
especial contenido y continente reclama siempre una segunda vez.
Y como suele acontecerme de vez en cuando, a las pocas horas
envuelto ya en la inevitable magia de sus caminos, el inicial escepticismo
desapareció. Estaba en un error. A pesar de esa generosa y muy académica
bibliografía, “no todo” está claro ni aclarado en la isla que, según los
antiguos nativos, constituye “el ombligo del mundo”. Y poco a poco, sin prisas,
dejándome llevar por la intuición, por una meticulosa observación y, en
especial, por la palabra y la tradición que atesoran los actuales pascuenses, fui
abriendo mi horizonte interior y verificando como muchos de los enigmas
rapa-nui continúan intactos
Es preciso moverse por sus suaves colinas, por sus negros
ariscos acantilados o por sus rojizas sendas para comprender que, en ocasiones,
los dogmáticos textos de los científicos se hallan tan alejados de la realidad
como la propia isla de Pascua de las tierras más cercanas. Curiosamente, éste
fue el lamento más repetido por el centenar largo de rapanui a quienes
interrogué. La ciencia, salvo escasas y honrosas excepciones, “pasa de largo” e
ignora la opinión y la tradición de los nativos. En parte, por la ya consabida
autosuficiencia de los investigadores. Y también a qué negarlo a causa de la
picaresca de algunos de los pascuenses, que han hecho del comercio, de la
exageración y del infundio un “modus vivendi”. Pero no seré yo quien
descalifique a los dos mil habitantes de la isla por obra y gracia de una
docena de vividores...
Y quizá una de las mejores y más redondas pruebas, que atestigua
cuanto afirmo, es la escrupulosa unanimidad de sus declaraciones. En este
sentido desplegué un especial cuidado en interrogarles por separado. Pues bien,
no hallé una sola contradicción en lo que podríamos calificar como los “grandes
misterios”. Así les fue narrado por sus antepasados y así lo cuentan ahora.
Y aunque soy consciente de las limitaciones que impone siempre
la simplificación, trataré de esbozar aquellos asuntos que más me impactaron y
que, insisto, distan mucho de estar resueltos y sentenciados por la ciencia
oficial.
La mítica patria de la que, al parecer, partió la primera
expedición que se instaló en RapaNui me fascinó desde que, hace ya muchos años,
cayera en mis manos el primer libro sobre la isla. En la mitología rapanui,
este lugar recibe el nombre de Hiva. Y son las mismas leyendas las que apuntan
el porqué de esa arriesgada travesía del Arjid o rey Hotu Matua, a la búsqueda
de nuevas tierras. Hiva se hallaba amenazado por el mar. No sabemos si corría
peligro de hundimiento o si sus costas eran víctimas de fenómenos oceánicos que
imposibilitaban la supervivencia de sus Pobladores. Lo cierto es que según esa
tradición, antes de emprenderla marcha, “el espíritu del joven Haumaka viajó
hasta una lejana isla que disponía de tres islotes y una gran cavidad en uno de
sus extremos”. Y Hotu Matua, prudente y previsor, envió por delante a sus
exploradores que, en efecto, encontraron la tierra misteriosamente
“visualizada” por el súbdito del rey. Y bautizaron los tres islotes como Motu
Nui, Motu Iti y Motu Kao Kao. Y la gran concavidad existente en la esquina
sudoeste fue llamada Rano Kau. Y una vez explorada en su totalidad eligieron la
paradisíaca playa de Anakena, al norte, como el lugar adecuado para el
desembarco de su rey y de su pueblo. Y esa misma mitología heredada de
generación en generación asegura que, en agradecimiento, los audaces
exploradores quedaron inmortalizados en piedra. Y para ello fue levantado un
“ahu”. Y sobre dicho altar, siete grandes estatuas o moais. Y ese “ahu”
recibiría el nombre de Akivi.
Pues bien, la totalidad de los pascuenses a quienes consulté me
habló siempre de Hiva como una “realidad incuestionable”. Había existido y, de
acuerdo con las informaciones orales y las que contienen las crípticas
tablillas “rongorongo” (presumiblemente, la forma de escritura ideográfica que
trajo consigo Hotu Matua), nada tenía que ver con las actuales teorías
científicas sobre el lugar de procedencia de dicha expedición. Para los
rapanui, Hiva formó parte de un gran continente, desaparecido en el mar. Unas
tierras que se alzaban hacia el sudoeste y no en el norte (las Marquesas) como
apuntan los arqueólogos y antropólogos. Y afirman también que Nueva Zelanda es
la clave. Y me proporcionaron un dato que me apresuré a verificar y que, de ser
cierto, obligaría a revisar los modernos planteamientos. La mitología pascuense
establece que los siete “gigantes” de piedra del “ahu” Akivi, relativamente
cercano a la costa Oeste, guardan justamente el “secreto” del lugar donde se
hallaba Hiva y del que partieron. “La mirada de estos moais (de los
exploradores del rey) está puesta en Hiva.”
Recuerdo que dediqué varios días a la inspección y al estudio de
estas estatuas. Y todas las mediciones arrojaron el mismo y sorprendente
resultado: los moais en cuestión se hallan orientados hacia el oeste -
sudoeste. Exactamente hacia el rumbo de 245 grados. Al consultar los mapas y
cartas marinas quedé desconcertado. Aquélla, efectivamente, es la dirección que
“une” Pascua con Nueva Zelanda...
Pero no deseo extenderme sobre tan sorprendente asunto. Ahora
deberán ser los expertos en oceanografía, perfiles submarinos, etc., quienes
profundicen en la versión rapanui. Y, quién sabe, quizá lleguen a intuir o a
descubrir que aquellas otras leyendas sobre el no menos mítico continente “Mu”,
igualmente desaparecido en dichas latitudes, guardan una estrecha relación con
Hiva.
Y Hotu Matua y los doscientos hombres, mujeres y niños que
integraban aquella expedición descendieron en las cristalinas aguas de Anakena.
Con el rey, además de su familia y los aristócratas, llegaron también los
sabios o “maorís”, los sacerdotes o “ivi atúa”, los guerreros o “matatoa” y los
artesanos, campesinos y pescadores. Y entre los personajes de alto rango, unos
“especialistas” en la escritura sagrada de Hiva: los “tangata maori rongo
rongo”. Y en sus manos omoun gran tesoro, un total de sesenta y nueve tablillas
con los misteriosos signos “rongorongo”, en las que según la leyenda se
contenía la historia del audaz pueblo. Un pueblo que, a juzgar por sus obras y
por lo que nos ha transmitido la tradición, poseía unos muy altos y poco
usuales conocimientos y poderes. Y de entre todos los enigmas que encierra la
isla, fue éste el de la inquietante sabiduría de la civilización procedente de
Hiva el que, sin duda, me pareció más fascinante, profundo y olvidado. Porque
¿qué otra cosa puede
pensarse de unos hipotéticamente primitivos y atrasados
individuos que conocían y practicaban el parto “submarino”, que sabían de la
“inmortalidad del alma”, que veneraban a un único Dios creador, que utilizaban
las propiedades del liquido amniótico para la regeneración de las células, que
levantaron observatorios astronómicos y que, en fin, aprovechaban el poder de
la mente para mejorar sus cosechas o para trasladar sus gigantescas estatuas?
La leyenda lo expresa con meridiana claridad.
Y nada más llegar a la isla, la esposa del rey Vakaio-Hiva
alumbró a su hijo bajo las aguas del mar. Y ese lugar sagrado se llama
Loto-Tauregna
Y otro tanto aconteció con la hermana de Hotu Matua, Ava Reipúa.
Y esa singular “maternidad” se ha conservado prácticamente intacta a escasos
metros de la blanca y deslumbrante playa de Anakena. Pero muy pocos
investigadores han reparado en la extraña roca rectangular, permanentemente
sumergida y “acondicionada” para que las mujeres pudieran sentarse sobre ella
de forma que el agua les cubriese hasta el pecho. Aun aceptando que el
desembarco de Hotu Matua hubiera ocurrido hacia el año 400 de nuestra era, ¿cómo
entender que aquel pueblo supiera de las excelencias de este tipo de
alumbramiento? Ha sido en el siglo XX cuando, a título puramente experimental,
los países nórdicos se decidieron a practicar el “nacimiento submarino”. Y
todos los indicios apuntan a que, en estas especiales circunstancias, tanto el
bebé como la madre sufren infinitamente menos que en los partos convencionales.
Los cambios de presión en el feto resultan casi inapreciables, así como las
diferencias de temperatura, índices de salinidad, etc.
¿Y cómo explicar la costumbre respetada hasta hace muy pocos
años por los rapanui de recoger el líquido amniótico de las embarazadas? En un
lugar tan sagrado como Orongo se conservan aún las “maternidades” donde desde
tiempo inmemorial, las parturientas daban a luz dejano caer el citado líquido
por unos canales expresamente practicados con este fin. Y esas “aguas” eran
utilizadas para el cuidado de la piel y en las ceremonias de fertilización de
la tierra. ¿De dónde les venía este conocimiento sobre las muy particulares y
especificas propiedades regenerativas del “amnios”?
¿Y qué decir de sus “observatorios astronómicos”? Las “tupas” o
torres utilizadas por los antiguos pascuenses para estos menesteres, y que han
sido exhaustivamente investigadas por el profesor Grant McCall y el arqueólogo
Edmundo Edwards, son una constante fuente de sorpresas. ¿Cómo es posible que
pudieran conocer con semejante pulcritud las trayectorias de los astros, los
solsticios, los eclipses y hasta el norte magnético? ¿ Por qué muchas de estas
“tupas” fueron construidas en función de las Pléyades? ¿Qué representaban para
los sabios y sacerdotes de Hotu Matua? ¿Cómo explicar que la famosa piedra
esférica venerada al filo del mar, en la bahía de Las Tortugas, y que recibe el
nombre de TepitoKura, presente las mismas medidas que el globo terráqueo? ¿Casualidad?
Los que me conocen un poco saben que hace años que no creo en esa palabra...
Y después de explorar en la memoria colectiva de los nativos y
de “peinar” la isla en todas direcciones, estoy convencido de que esta
“sabiduría” fue mucho más allá de lo que podamos imaginar. Los hombres de Hiva,
por ejemplo, supieron desarrollar y aprovechar el innegable poder de la mente.
Ignoro quiénes fueron sus “instructores” aunque eso, en estos momentos, poco
importa. Lo cierto es que, de la mano de la tradición y de sus obras, uno
deduce que fueron plenamente conscientes de la importancia de “algo” que hoy,
tristemente, yace sepultado e infravalorado: “la fuerza física de las ondas
cerebrales”. Una sutil capacidad que, utilizada positiva y convenientemente,
podría modificar entornos, comportamientos y destinos. Y esa mal llamada
“mitología” pascuense nos recuerda que los sabios y sacerdotes de Hotu Matua
eran capaces de “atraer los bancos de peces”, de “curar con el único auxilio de
sus manos” o de “hacer prosperar las cosechas a voluntad”. Y todo ello, merced
a un “don”, una “gracia” o un “poder” que llamaron “mana”. Una expresión,
“mana”, repetida hasta la saciedad y que los científicos ortodoxos desprecian
olímpicamente. Sin embargo, como digo, cuando uno le presta un mínimo de
atención, observa con perplejidad cómo los nativos la incluyen sin recelos ni
titubeos en el mismísimo “corazón” de sus más sagradas tradiciones. No pude
encontrar a uno solo de los actuales pascuenses que se burlara de tan singular
y remoto poder. Todos creen en la existencia del “mana” como algo real, aunque
invisible. “Algo” que poseían muchos de sus antepasados y que formaba parte de
lo cotidiano. “Algo” que el progreso ha terminado por exterminar. “Algo” que se
hallaba en el interior del hombre y que “sólo podía ser utilizado para el
bien”...
Y los pascuenses, por ejemplo, hablan de los “manavai”. Y los
muestran orgullosos. Y uno, necesariamente, tiene que descubrirse ante la
perfección y la eficacia de estos antiquísimos “invernaderos”, excavados en la
tierra y magníficamente protegidos de los feroces vientos isleños por muros de
piedra. Unos bloques, generalmente de origen volcánico, de hasta ochocientos y
mil kilos de peso. Y en estas singulares construcciones, a uno o dos metros de
profundidad, como un “milagro”, la naturaleza adopta un “microclima” que
permite multiplicar la cantidad y la calidad de cuanto se cultive en ellos. Y
la tradición rapanui dice que esos “manavai” eran una insignificante muestra
del “divino poder” que adornaba a sus ancestros. Y cada “invernadero” era
levantado con la fuerza del “mana”. Así fueron transportadas las pesadas rocas
que los delimitan. “Por el aire y con la sola ayuda de la voluntad del
sacerdote poseedor del “mana”.” Y una vez concluido, la alfombra de tierra del
“manavai” era bendecida
por el “mana” y en nombre del Dios creador “Makemake”. Pero, de
todo esto, hace ya mucho tiempo. Porque, con las guerras intestinas, los
“hombres sabios de Hiva” terminarían por ser aniquilados. Y el “mana”
desapareció con ellos. Mejor dicho según la firme creencia de los áncianos, fue
“guardado en secreto”. Y todas mis preguntas sobre su paradero fueron resueltas
con una misma y unánime repuesta: “Sólo las tablillas “rongorongo"
contienen la verdad sobre el “mana".” Lamentablemente, nadie, hasta hoy,
ha logrado descifrarlas.
Y así, merced a esta fuerza mental, fue posible el laborioso
transporte de los moais a lo largo y ancho de la isla. Ésta es la única
explicación admitida por los pascuenses. Y es curioso. A pesar de los
aparentemente lógicos razonamientos de los científicos de todo orden que han
ido desfilando por la isla y que persiguen la justificación racional del
traslado de las grandes estatuas, los nativos se encogen de hombros, guardan
silencio o se burlan con mayor o menor disimulo.
¿Y por qué no? Todas cuantas experiencias han sido puestas en
práctica para demostrar que los moais podrían haber sido arrastrados desde la
cantera del Rano Raraku hasta los “ahus” donde fueron alzados han naufragado o
resultado insuficientes. Los que amarraron el moai “sin piernas” existente en
Tonga Riki, con el fin de probar si la fórmula de las sogas y el “paso de
ganso” podían desentrañar el enigma tuvieron que reconocer que el
procedimiento, amén de irritantemente lento, no era seguro. En dicho “experimento”,
la cabeza y la base del moai fueron previamente cubiertos y protegidos con
totora. Y siguiendo las instrucciones de los arqueólogos, un total de cuarenta
y ocho nativos comenzó a tirar de las seis cuerdas, estratégicamente anudadas
alrededor de los atados de totora: cuatro en la zona de la cabeza y las dos
restantes en la base.
Y, efectivamente, el coloso, gracias a los movimientos
coordinados de los trabajadores, comenzó a deslizarse sobre
la llanura. Al cabo de una hora, el moai, sometido al continuo
riesgo de desplome, había “caminado” un total de catorce metros. Las cuerdas,
los rodillos de madera o los famosos “trineos” nunca constituyeron una solución
definitiva. Durante las complejas operaciones de transpone de ese mismo moai
hasta el buque que debería trasladarlo en 1982 a la ciudad japonesa de Oxaca,
los operarios se vieron en la necesidad de asegurarlo con fuertes maromas. Pues
bien, a pesar del exquisito cuidado desplegado en su manipulación, las sogas lo
dejarían marcado para siempre. Aquellos visitantes que se aproximen a la
cantera podrán comprobarlo a placer. Y yo me pregunto: silos cientos de
estatuas que fueron desplazadas a lo largo de kilómetros, desde el Rano Raraku
hasta los “ahus”, tuvieron que ser arrastradas mediante el uso de cuerdas como
proponen una y otra vez los arqueólogos, ¿por qué no presentan señales como las
del moai “con pasaporte”, como lo llaman los pascuenses? ¿No será como aseguran
los nativos que el “método” de transporte nada tenía que ver con lo que vienen
defendiendo los científicos?
Y otro “detalle” altamente significativo. Si el movimiento de
estos “gigantes” de quince y veinte metros de longitud y hasta cincuenta
toneladas de peso ya habría supuesto unas muy notables dificultades a la hora
de salvar los accidentes geográficos que separan la cantera, al este de la
isla, del resto del territorio, ¿cómo explicar la ubicación de algunos de los
moais al pie de acantilados como el de Orongo? Cuando uno navega en las
proximidades de esta escarpada pared de más de cien metros de altura y contempía
los restos de los “ahus” allí dispuestos no es fácil asimilar que las dos
estatuas plantadas al filo de las peligrosas rompientes pudieran ser bajadas
mediante cuerdas. Pero, silos moais Kovo Hue y Kohaae, que presidieron hasta
hace pocos años esa esquina oeste de Pascua, no fueron deslizados desde lo alto
de Orongo, ¿cómo llegaron hasta allí?
He aquí otra difícil “asignatura pendiente” para lo científicos.
Y los pascuenses replican rotundos: “Co “ mana".” Una vez esculpidos, los
moais cuya función primordial era mantener viva la memoria del difunto quien
representaba eran deslizados hasta las laderas de Rano Raraku y allí aguardaban
el momento del fallecimiento del personaje que lo había encargado. Y sólo
entonces se procedía a su traslado. Y para ello según la tradición el jefe o
sacerdote que poseía el “mana” lo alzab en el aire y, con el solo poder de su
mente, era guiado y entronizado en el “ahu” o altar familiar. Y el difunto
“vivía así, para siempre, entre los suyos...
Pero éstos, y otros misterios a los que algún día me referiré,
sólo pueden ser comprendidos por unos pocos...
BRASIL: LA “SOGA DEL MUERTO”
El poder de la mente..
He aquí otro de mis enigmas favoritos. Después de lo que me tocó
vivir en las selvas amazónicas, ¿ cómo dudar de la realidad del “mana”?
¿Cómo olvidar aquel martes, 28 de noviembre de 1989? Pocas veces
en mi agitada y torpe vida he “sentido” tan cercana tan “mía” lo que, en un
alarde intelectual, podría definir como la “posesión de la verdad”. Claro que
seamos sinceros no fue mi densa naturaleza física quien protagonizó esta nueva
aventura. ¿ Fue mi mente? ¿ O quizá ese otro “yo” del que tanto hablan los
iniciados y esotéricos? En realidad, poco importa. Aquel 28 de noviembre en
Brasil, una parte de mí mismo puede que la más nobl “vivió” una singular
experiencia: el desafío de la ayahuasca o “soga del muerto”. Y dicho esto,
bueno y justo será que arranque con un mínimo de orden y concierto.
Por aquellas fechas, según reza mi inseparable “diario de
campo”, nada más aterrizar en Río de Janeiro, mi compañero de venturas y
desventuras, el doctor Jiménez del Oso, me lanzó una malévola insinuación: en
el caso de trabar contacto con los míticos ayahuasqueros de la selva amazónica,
¿estaría dispuesto a compartir con a 'a toma de este poderoso y enigmático
alucinógeno? La sugerencia a qué ocultarlo me dejó en fuera de juego”. ¿ Qué
sabía este trotamundos de la ayahuascaa”? ,prácticamente nada. En mis casi
veinte años de peregrinaje tras lo insólito y lo misterioso había sabido de
toda suerte de chamanes, curanderos, brujos, pócimas y rituales más o menos
mágicos. Pero, sinceramente, muy pocos llegaron a movilizar mi insaciable
curiosidad. Mi particular “guerra” con los enigmas que conviven con el ser
humano se desarrollaba en otros “frentes”, bien conocidos de cuantos se han
asomado a mis treinta libros.
Y dudé. Según mi buen saber y entender, la ayahuasca como el
hongo mazateco, el peyote, etc. no era otra cosa que un bebedizo con notables
propiedades alucinógenas, utilizado desde tiempo inmemorial por las tribus de
la cuenca amazónica y, por lo general, con una intencionalidad mística o
religiosa. Algo así como un “billete de ida” al inaccesible universo de lo
“invisible”, de lo “divino” y de lo “mágico” por excelencia. Y digo yo que fue
mi natural repugnancia por las drogas lo que siempre me mantuvo a años luz de
tan oscuros paisajes y paisanajes. Yo sabía del poder de la mente. Los cursos
de “control mental” pusieron en mis manos una espléndida “caja de herramientas”
con la que ejercitarla y hacerla volar más allá de las normales y conocidas
fronteras de lo cotidiano. Y ahí, justamente, surgió el reto. Como tantos
avanzados del espíritu, servidor también había practicado el noble ejercicio de
“proyectar” su mente, “elevándose” sobre la materia y “explorando” los mundos
interiores y exteriores... Pero, a pesar de los muchos y espectaculares
resultados a los que algún día tendré que referirme, este tipo de “ejercicios”
mentales ofrece siempre unas razonables dudas. ¿En verdad el ser humano puede
“volar”, con la sola ayuda de su cerebro, “visitando” física y realmente los
más lejanos y recónditos parajes del planeta..., o de otros astros? ¿Córno
conjugar la lógica con esas “transportaciones mentales, capces de llevarle a
uno al domicilio de un desconocidoy, lo que resulta más asombroso” hacerle ver”
la distribución del mobiliario o la decoración de las paredes? ¿Es que la mente
humana disfruta de la casi mágica capacidad de “visualizar” a una persona
desconocida, con la sola invocación de su nombre y apellidos y lugar de
residencia? Estos y otros “ejercicios”, a cual más fascinante e increíble,
habían sido practicados, como digo, por quien esto escribe. Y las sucesivas y
pertinentes comprobaciones posteriores fueron confirmando la bondad de tales
“ejercicios”. Pero la duda, parafraseando a Bini, siguió aguijoneando mi
inteligencia. Y surgió la ayahuasca.
Si mis informaciones eran correctas, este brebaje actuaba sobre
el cerebro, provocando, entre otros fenómenos de naturaleza alucinatoria, uno
muy concreto que llamó mi atención y que, en definitiva, me inclinó a aceptar
la prueba. La ayahuasca una liana de la especie Banisteria coapí, de la familia
de las “malpigiáceas” contiene un alcaloide denominado “banisterina” que, amén
de su poder como anestésico local, tiene la facultad de excitar el sistema
nervioso central. Uno de sus principios activos fue bautizado con el sugerente
nombre de “telepatina”, en virtud de sus efectos en el campo de la
clarividencia y de la telepatía. Pues bien, éste fue mi objetivo: tratar de
verificar
por una vía química que trabajase directamente sobre el cerebro
lo que ya sabia y había practicado por los “caminos naturales” (“proyección” de
la mente mediante las técnicas de “control mental”). Y tras un análisis de los
pros y contras de tan inusual aventura, acepté el desafío. A pesar de la escasa
información disponible en aquellos momentos en torno a los ingredientes que
conforman la poderosa sustancia y que, en buena ley, hacen peligrosa su
ingestión, confié en mi buena estrella. Estábamos ante la magnífica y, quizá,
irreprimible posibilidad de desplegar toda una “aventura científica”. Toda una
experiencia personal meticulosamente controlada- que podía desvelarnos algunos
de los insondables misterios de nuestra mente. Nuestra intención, además, era filmar
el proceso paso a paso. Nunca, que nosotros una televisión española había
tenido acceso a tan secreto ritual (la razón de mi presencia en América durante
el otoño e invierno de 1989 obedecía a la realización de una serie de
programas, dirigidos por el doctor Jiménez del Oso y que recibieron el título
genérico de “En busca del misterio”.)
Y dicho y hecho. Durante varias jornadas me entregué a la
compleja y casi policiaca labor de intentar conectar con los ayahuasqueros.
Aunque la toma de este brebaje se halla bastante generalizada en el Amazonas,
el proceso de conexión y penetración en tan crípticos grupos no siempre resulta
sencillo. Pero los “contactos” fructificaron. Y un buen día me vi sentado
frente a un tal Paolo Sirva, jefe de una especie de comunidad que recibe el
nombre de “Cielo del Mar” y que han hecho de la ayahuasca una suerte de
“eucaristía” y el “eje” de sus vidas. El amigo Silva e Souza llevaba catorce
años tomando regularmente la “soga del muerto” o “santo daime”, como denominan
también a la ayahuasca en dicho grupo. Se trataba de una comunidad integrada
por unas trescientas personas de los más dispares orígenes sociales y
profesionales, que había plantado su “cuartel general” a las afueras de Río, en
plena selva. Esta secta recibía los ingredientes básicos para la confección del
brebaje desde el mismísimo corazón de la Amazonia, en la reserva de Mapiá. Y
finalmente, tras no pocas y laboriosas conversaciones, convencidos de la
rectitud de nuestras intenciones, aceptaron la singular propuesta: Fernando
Jiménez del Oso y yo tomaríamos el “daime” o “planta del conocimiento”, en una
ceremonia especial exclusivamente preparada para aquellos dos inquietos y
osados aventureros de lo insólito. Dadas las características de la ayahuasca,
sin duda uno de los más agresivos alucinógenos conocidos-, el mencionado líder
dirigía personalmente el ritual y la parafernalia de este tipo de ceremonias.
Él conocía las
los tiempos que obligadamente deben transcurrir entre una y otra
toma y los cánticos y rezos -que según la más pura tradición ayahuasquera-
tenían la misión de “conducir” al “receptor” por los invisibles caminos del
“más allá”. Y aceptamos, naturalmente. Tanto mi compañero, Jiménez del Oso,
como yo nos sentimos felices y emocionados. La verdad es que, en nuestra
inconsciencia, no sabíamos muy bien dónde estábamos a punto de penetrar.
Obviamos, por supuesto, las consignas más o menos “doctrinarias” de la secta,
limitándonos, eso sí, a respetar los consejos de carácter práctico que nos
fueron impartidos por el “líder” y que podían beneficiar nuestro estado físico,
de cara a la ingestión de la intrigante sustancia. A saber: nada de alcohol y
un espartano ayuno, al menos a lo largo de las veinticuatro o cuarenta y ocho
horas precedentes al gran momento. Y ese esperado encuentro con lo desconocido
llegó el martes, 28 de noviembre.
Hacia las tres de la tarde (hora local de Río), el equipo de
filmación con su engorrosa tonelada de material fue a instalarse al fin en la
“iglesia” de madera que preside la frondosa selva, propiedad de la hermandad
del “santo daime”. El cielo, negro y bochornoso, amenazaba tormenta. Y así fue.
A las cinco y media, una torrencial y tropical cortina de agua nos obligó a
refugiarnos en el espacioso lugar de reunión de la secta: una rústica y cuidada
cabaña rectangular que, como digo, hacía las veces de “templo”. En el centro
había sido dispuesta una mesa, primorosamente vestida con inmaculados manteles
y sobre la que descansaban una gran cruz de doble brazo, flores silvestres,
estampas católicas, un retrato del “Padrino Sebastián” (un anciano maestro
espiritual del grupo), agua en abundancia y un alto y campanudo recipiente de
blanca cerámica, provisto en su cuello inferior de un grifo y que asocié al
punto con el depósito que podía contener la ayahuasca. Y enfrentados a los dos
largos costados del insólito “altar”, unos bancos y sillas en los que,
presumiblemente, deberían sentarse los miembros designados por la hermandad
para acompañarnos y dirigirnos en el singular “viaje”. Como creo haberlo
mencionado, esta “escolta” por parte de los ya “iniciados” era obligada para
aquellos que, como nosotros, se enfrentaban a la “soga del muerto” por primera
vez. Al parecer, según los entendidos, los efectos del brebaje son tan
violentos e incontrolados que el “lego” debe ser “guiado”, “aconsejado” y
“tranquilizado” por la voz de un experto. Esta circunstancia, lejos de serenar
nuestro ánimo, nos movió hacia la desconfianza. Tanto Jiménez del Oso como yo
teníamos nuestros propios “planes y objetivos” y no deseábamos “interferencias”
de ningún tipo. Pero lo pactado era lo pactado y, de momento, dejamos hacer a
nuestros anfitriones.
A las siete, todo se hallaba dispuesto. Las dos cámaras de cine,
en sendas y estratégicas posiciones, bajo el control de Jorge Herrero, Pepe
Villalba y Ángel Yebra. El sonido en las manos de Pepe Nogueira y la vigilancia
del complejo entramado de cables, luces y material técnico al cuidado de Adolfo
Cristóbal. Y en la sombra, dirigiendo la filmación, Carlos Puerto. Todos estos
excelentes profesionales y mejores amigos, amén de ocuparse de la grabación de
tan loca peripecia, se convertirían en buena medida en testigos de excepción de
cuanto estoy relatando. Ellos asistieron al “viaje” desde fuera y nosotros,
desde dentro. Incluso, dada la enigmática “puerta” que estaba a punto de
abrirse en nuestros cerebros, dos de los miembros del equipo Juan Fernández, productor,
y el mencionado Adolfo, en un gesto de solidaridad y compañerismo,
permanecerían atentos a todo lo concerniente a la seguridad e integridad física
del psiquiatra y del periodista.
La toma de la ayahuasca fue prevista para las ocho de la noche.
Y una hora antes, respetuosos con el ritual, el doctor y yo nos retiramos a una
oscura y pequeña estancia, contigua a la “iglesia” en la que aguardaban
nuestros cada vez más inquietos compañeros, así como la treintena de hombres y
mujeres del “santo daime”, seleccionada para la ceremonia. Era curioso: entre
estos últimos se respiraba un aire de fiesta. La ingestión del “sagrado licor”
constituía siempre un respetuoso motivo de regocijo. Y era recibido como un
“don del cielo”, como una “santa conexión con la divinidad”, como la “suprema
gracia” y la posibilidad de “ver, sentir y dialogar con las jerarquías del más
allá”...
Paolo Silva, en su condición de “maestro ayahuasquero”, nos
recomendó sosiego y descanso. En mi caso, al menos, lo que en verdad necesitaba
era acción: degustar de una vez aquella pócima de los infiernos y verificar por
mí mismo sus cacareados y supuestamente convulsivos efectos. Y tras
descalzarnos y acomodarnos sobre las mugrientas colchonetas que alfombraban el
cuartucho, cada uno se sumió en sus propios pensamientos. Por mi parte traté de
revisar el “plan” concebido para dicha ocasión. En los minuciosos
interrogatorios a que había sometido a la gente del “santo daime”, todos,
unánimemente, coincidían en la necesidad de “dejarse llevar” por la propia
“planta del conocimiento”. Era lo acostumbrado. Debía ser mi mente, libre y sin
ataduras, la que “eligiera” el rumbo. Si, todo aquello estaba muy bien y
probablemente dentro de la más pura “ortodoxia” ayahuasquera. Pero,
indisciplinado y anárquico, procuré que las “riendas” de los “salvajes
caballos” que me disponía a montar estuvieran en todo momento bajo mi único y
exclusivo control. Yo fijaría unos objetivos claros, concretos y, por encima de
todo, comprobables “a posteriori”. Todo lo demás me traía sin cuidado. En el
fondo, como fue dicho, ésta era la razón básica que justificaba mi
participación en tan delicada operación. ¿Y cuáles eran esos “
simplificarlos: objetivos”? Trataré de explicarlo.
El primero y más importante, un “viaje”. Si la “soga del muerto”
como aseguran los iniciados le permite a uno “volar mentalmente” donde guste y
desee, ¿por qué no tratar de ejecutar un “experimento” tan atractivo? En este
sentido, mi propósito era el siguiente: “volar” hasta una determinada ciudad
del País Vasco, “penetrar” en un domicilio concreto e intentar “ver” si en el
suelo de una de las habitaciones había sido depositado un objeto que,
obviamente, yo no debía conocer hasta después de concluida la experiencia. El
objeto en cuestión elegido en secreto por la persona que habitaba dicha casa y
a la que expuse el proyecto por teléfono y dos días antes de la toma de la
ayahuasca tenía que reunir, además, un característica especial, multiplicando
así la dificultad del “experimento”:
la naturaleza del mismo debía ser ajena al mencionado suelo de
la habitación. Por ejemplo: si el lugar seleccionado por el dueño de la
vivienda era el dormitorio, en el suelo tendría que descansar “algo” que no
fuera habitual en ese lugar. Desde una cafetera a un plato de sopa, por citar
dos objetos “extraños”. Naturalmente, tanto el doctor Jiménez del Oso como
algunos de los integrantes del equipo fueron puestos al corriente de semejante
maquinación mucho antes de la ingestión del alucinógeno.
Si los alcaloides propiciaban el “viaje” y este inconsciente
aventurero lograba “visualizar” el objeto de marras, ubicado a casi diez mil
kilómetros el remate del “experimento”, era coser y cantar. Bastaba con
telefonear de nuevo a nuestro “contacto” en España y preguntar la naturaleza de
la pieza seleccionada.
El segundo “objetivo” que nos permitía una precisa y posterior
comprobación fue sugerido por uno de los miembros del equipo, cuya identidad no
estoy autorizado a desvelar. El “experimento” era relativamente similar al
primero: “viajar” a un domicilio existente en la ciudad de Madrid, “recorrerlo”
en su totalidad y “descubrir y describir” un regalo efectuado por mi confidente
a la familia que habitaba en esa casa. (Debo advertir que en aquellas fechas
noviembre de 1989, el equipo de televisión llevaba dos meses fuera de España.)
Naturalmente, la única información recibida de mi amigo fue la dirección en la
que se levanta dicha vivienda madrileña.
Junto a estos dos “proyectos”, susceptibles, como digo, de
verificación “a posteriori”, incluí otros dos, de naturaleza íntima y personal
y que, como detallaré en su momento, no había forma humana de ratificar
objetivamente. Aun así, amparándome en una deducción lógica (aceptando que la
“lógica” tenga algo que decir en semejante proceso), silos dos primeros
“viajes” resultaban positivos y “acertaba” en las descripciones, ¿qué derecho
tenía a dudar de la “realidad” de mis dos postreros propósitos?
Pero entremos ya en la asombrosa experiencia...
Minutos antes de las ocho de la tarde (las once en España),
Paolo Roberto Silva e Souza vino a sacarnos de nuestro beatífico reposo. Debo
confesarlo. Ingresamos de nuevo en la resplandeciente “iglesia”, sujetos a las
curiosas y, en cierto modo, benevolentes miradas de los hombres y mujeres que
ocupaban ya sus puestos en torno al “tabernáculo” de la secta y experimenté una
afilada sensación: al cruzar el crujiente entarimado y tomar asiento en aquel
banco sin respaldo me sentí como una víctima propiciatoria. Ciertamente, y por
las razones ya esgrimidas, quien esto escribe había aceptado el reto libre y
voluntariamente. Pero el miedo rondó a mi alrededor. Me habían hablado
igualmente de las desagradables y flagelantes reacciones físicas que se derivan
indefectiblemente de las primeras tomas. La ayahuasca era implacable. Antes de
“penetrar” en ese especial estado de conciencia, el bebedizo “pasaba factura”.
Y un escalofrío quizá premonitorio hizo temblar mis dedos al desatar la correa
del reloj. Pero, como los buenos toreros ante el portón de “los sustos”, apreté
los dientes y busqué refugio en la aparentemente plácida faz de mi compañero de
aventura. Sentado a mi derecha, Fernando Jiménez del Oso, impasible y relajado,
parecía estar a punto de degustar una suculenta paella valenciana. Su
presencia, no en vano es médico, aplacó al fantasma de la incertidumbre. Y, tal
y como había programado, dispuse el “diario de campo”, con la sana y juiciosa
intención de ir anotando todas y cada una de mis reacciones durante el tiempo
que durase la experiencia. Sé que esta actitud puede parecer absurda e
incongruente. Si el sujeto que se sometía a la pócima emprendía en verdad ese
alucinante “viaje”, ¿cómo “conservar” la normalidad y la lucidez que exigen un
control escrito? En principio, según mi cono conocimiento, la mente es una e
indivisible. ¿O no es así? Pero no adelantemos acontecimientos. Que sean los
lectores y los expertos quienes reflexionen sobre lo que estaba a punto de
ocurrir...
Y puntuales, tras unos rezos preñados de sincretismo, la
hermandad del “santo daime” estalló en una sucesión de cánticos monocordes y
repetitivos que no cesarían en las casi cuatro horas que duró la ceremonia. Un
coro arropado por guitarras y que, en todo momento, fue diestra e
inteligentemente dirigido por el “líder”, Paolo Silva, sentado a la cabecera de
la mesa y encargado al mismo tiempo del suministro de la ayahuasca. Ante mi
sorpresa, a lo largo de todo el experimento no hubo una sola voz que hiciera de
“guía”. En esta oportunidad, al menos, el “sistema” utilizado por los
ayahuasqueros fue el de los referidos cánticos, que ensalzaban sin cesar las
virtudes, la bondad y la sabiduría de la floresta amazónica. En mi caso
conviene adelantarlo, esta “fórmula” de conducción resultó tan ineficaz como
molesta. Lejos de “impulsar o estimular” mi mente hacia ese “más allá”, sólo
contribuyeron a distraer mi atención. Y dicho esto, siempre en beneficio de la
autenticidad, a partir de ahora procuraré ajustarme a lo descrito en mi
inseparable diario “de a bordo”. Entiendo
que esas anotaciones y comentarios, registrados “en vivo y en
directo”, son del todo elocuentes:
20.14: primera toma. Paolo, en mitad del ensordecedor coro de
voces, abre el grifo de la enorme cántara de porcelana y procede a llenar un
generoso vaso de cristal. Cálculo aproximado: entre 150 y 200 centímetros
cúbicos. Borbotea un líquido de color “chocolate”, bastante fluido... Fernando
se pone en pie y recibe el vaso de manos del “líder”. Lo apura en siete
segundos. Veo al equipo filmando con frenesí. Me toca el turno. Me alzo
igualmente y me hago con la ayahuasca. No puedo evitarlo: me tiemblan los dedos.
Lo ingiero con mayor lentitud que J. del Oso. El “impacto” está a punto de
jugarme una mala pasada. Casi me atraganto. ¡Es repugnante...! Amargo, frío,
rompe las entrañas... Fernando y yo nos miramos. Cruzamos una significativa
mueca de horror. Ahora sólo podemos esperar. El resto del grupo va desfilando
junto a Paolo y apurando su dosis correspondiente. Arrecian los cánticos...
Intento relajarme. La pócima me hace temblar de pies a cabeza.
Mis reacciones, sin embargo, son normales. La visión, óptima. Escucho con
precisión y claridad. Al fondo, incluso, creo percibir los murmullos del
realizador y de los cámaras... Cierro los ojos, tratando de percibir algo.
Pero, ¿qué se supone que debo captar?
20.54: segunda toma. Son las 23.54 en España. Idéntica dosis.
Entre ambas tomas noto una especie de pinchazo en el centro de la frente. No
hay forma de acostumbrarse al maldito amargor...
Náuseas... Aparecen en oleadas. Mal asunto. Esto empieza a
complicarse. El estómago se retuerce. Dolor sordo a nivel de vientre. Diafragma
y esófago “protestan”.
Hace rato que Fernando y yo no hablamos. Entiendo que sus
síntomas pueden ser parecidos. Tiene mala cara.
21.10: uno de los miembros del grupo mueve la foto del “Padrino
Sebastián”, situándola más cerca de nosotros.
Música y canciones imparables. Son incansables...
21.37: las náuseas se multiplican. Sudor frío. Capto ligeros
mareos. Encuentro dificultad para escribir... Vision: aceptable. Al fondo, por
las ventanas abiertas de la “iglesia” escucho el gratificante ruido de la
lluvia... No
“recibo” ni “capto” nada especial... Creo que an conciencia
continúa intacta y lúcida... Temperatura normal, aunque empiezo a experimentar
algo de frío...
Fernando, al interesarme por su estado, responde lacónicamente:
“Mareos y diarreas.” Me asusto.
21.44: náuseas, mareos y primeros síntomas graves que anuncian
vómitos. Lucho por controlar mi dolorido estómago. Esto es infernal. Me siento
morir...
21.50: imposible contenerme. He tenido que levantarme y
refugiarme en uno de los flancos de la “iglesia”. Las arcadas llegan por
oleadas. Me baña un sudor gélido. No he conseguido vomitar. Creo haber
expulsado algunos ácidos (?)... Estómago, vientre, riñones, esófago y garganta
se resienten del poderoso esfuerzo por expulsar la pócima.
21.52: retorno inseguro al banco. Adolfo se ha situado a nuestra
espalda, vigilante e inquieto. Cierro los ojos de nuevo. Inspiro en
profundidad. Nada. Aquí no pasa nada...
22.07: alguien destapa la cántara de cerámica y vierte una
botella de ayahuasca. Las náuseas y mareos empiezan a remitir Escribo con mayor
lentitud. Sigo percibiendo la realidad
que me rodea. Pepe Villalba ha vuelto a cambiar de chasis. Pero
estos cánticos...
22.09: tercera toma. Idéntica dosis. La ayahuasca rasga como un
cuchillo de hielo. Estoy más tranquilo. No veo a Jiménez del Oso a mi lado.
22.20: la visión se espesa. Debo esforzarme para distinguir la
hora. ¿Primeros síntomas? El malestar general desaparece... Percibo una
progresiva relajación. Pero, esa música... Si pudieran parar... Algo ocurre...
Me distraen... Actúo por mi cuenta...
22.30: abro los ojos. En estos últimos minutos ha sido
magnífico. Paz. Paz... Sensación de paz. Actúo al margen de los cánticos. Soy
consciente de que escribo, de que estoy aquí, del reloj, del equipo. Al mismo
tiempo no estoy aquí... La estrella del techo me ayuda con su secuencia... No
puedo contar ese vuelo... Ahora no...
Me veo obligado a “saltar” sobre mi propio diario. En esas
especiales circunstancias a las dos horas, aproximadamente, de haber ingerido
la primera dosis resultaba poco menos que imposible la transcripción detallada
de lo
que estaba “viendo y viviendo”. Fue paulatino, pero inexorable.
Hacia las 22.20 horas (madrugada en España), los efectos del alucinógeno
empezaron a percibirse en mi organismo: benéfica relajación muscular, pesadez
en los párpados, movimientos de los globos oculares y una indescriptible
sensación de paz y bienestar. Y todo ello, sin dejar de recibir los lógicos y
naturales estímulos exteriores: ruidos de pisadas a mi alrededor, cánticos,
silencios, carraspeos... Me hallaba plenamente consciente. De vez en vez,
aunque con dificultad, abría los ojos, tomaba algunas notas y regresaba ansioso
y entusiasmado a tan placentero estado. En un primer momento antes de “poner en
marcha” los “objetivos” previamente trazados me llamó la atención un hecho
probablemente pueril. Sobre la mesa, colgando del techo, oscilaba una estrella
dorada, mecida por la brisa que penetraba por los costados abiertos del
“templo”. Sus rítmicos destellos, cada cinco o seis segundos, fueron más útiles
en el proceso de concentración que todos los cánticos de la hermandad. Pero lo
asombroso es que cada uno de los movimientos de alzada de mi cabeza, a la
búsqueda de los mencionados reflejos dorados, se me antojaban interminables,
lentísimos, casi eternos. Y al hacer coincidir mis ojos cerrados con dichos
destellos, mí mente, mi “otro yo” o lo que fuera “escapaba” de mi cuerpo
físico, emprendiendo el “vuelo”. ¡Ah, una vez más, las palabras me limitan!
Y en uno de esos “encuentros” con la estrella me sorprendí a mí
mismo “fuera” de la “iglesia”, flotando sobre la vertical de la misma y en
mitad de la noche. Quizá estuviera a cien o doscientos metros de altitud. Veía
la luz que escapaba por los flancos, pero no su interior. Y con una “seguridad”
que no acierto a comprender emprendí un “vertiginoso” vuelo en mitad de la
negrura. Era una “sensación” (?) viva. Real. Podía “escuchar” (?) el silbido
del aire a través de mi “cuerpo”. Un “cuerpo” que yo “percibía”. Unas “formas”
supongo que humanas transparentes, que me recordaron el crista'. Un “cuerpo”
sin peso, dotado de total libertad. Ingrávido. Dócil. Seguro. Poderoso...
Y en segundos suponiendo que el concepto tiempo pueda ser
utilizado en semejante “estado” fui descendiendo de nivel. Pero, ¿cómo pude
orientarme? Lo ignoro. Lo cierto es que “allí abajo” aparecieron las luces de
una gran ciudad. Y “supe” que era Lisboa. “Instantes” después “abordaba” el
Gran Bilbao. Y “volando” a la altura de las farolas fui a situarme frente a la
casa “elegida”. Ni se me ocurrió “abrir” las puertas. Como lo más natural del
mundo “atravesé” cristales y maderas, penetrando en el interior de la vivienda.
En aquellos “momentos” (?) según las notas del diario, alrededor de la una y
media de la madrugada española, la familia dormía. Y según lo convenido por
teléfono, “recorrí” las habitaciones, a la “búsqueda” del misterioso objeto
depositado en el suelo. Fue un “paseo” igualmente placentero, “recreándome” en
cuanto “veía”, “absorbiendo” hasta el último detalle de muebles y paredes y con
la diáfana “sensación” de que la experiencia era tan cierta como aquella “otra”
que. estaba viviendo entre focos y cámaras de televisión. Pero, ¿ cómo era
posible que pudiera “estar” en dos lugares a un mismo tiempo?
Al penetrar en uno de los dormitorios, mi atención quedó
“clavada” en “algo” que yacía sobre una alfombra. Me aproximé y descubrí una
fotografía de unos quince centímetros de altura. ¿ Qué hacia aquel retrato en
el suelo?
Pero hubo algo más. La mujer que dormía boca abajo en la única
cama existente en dicho dormitorio, y que yo conocía, llevaba el cabello largo,
a cuatro dedos de la cintura. ¿ Cómo era posible me pregunté si dos meses
antes, al partir de España, su pelo apenas si descansaba sobre los hombros? E
intrigado terminé por abandonar el País Vasco, disponiéndome a ejecutar el
segundo de los “trabajos”.
Si en el primero de los “objetivos” yo conocía la ciudad
y la casa en cuestión, no podía decir lo mismo respecto al
domicilio madrileño. Mi ignorancia en lo que a su ubicación se refería era
total. Y, sin embargo, el “vuelo” hacia la calle y la casa fue impecable. Y
“penetré” en ella, desplegando una minuciosa y exhaustiva “exploración” de sus
aposentos. En esta ocasión, los dos únicos moradores se hallaban despiertos. Y
cuando estimé que la “misión” se hallaba consumada, puse en marcha el tercer y
cuarto “experimentos “.
22.43: ahora “vuelo” a mi antojo... Anotaciones lentas... Estoy
bien. Ningún dolor... He visto a Jorge aproximándose con la cámara... Jiménez
del Oso trata de tomarme el pulso... Me niego... Vuelo otra vez...
Mi estado físico era aparentemente bueno. Tal y como se refleja
en el diario, seguía captando cuanto acontecía en mi entorno. Como ya he
mencionado, esta especie de “desdoblamiento” por emplear un término asequible,
aunque no sé si exacto, me tuvo entonces (y todavía me tiene) desconcertado. La
ayahuasca había hecho un blanco perfecto en mi cerebro. La “vía química”, en
suma, funcionaba. Ciertamente tuve que sufrir una hora y media dramática. Pero
el “resultado” mereció la pena. Aquella “sensación”
me siguen faltando las palabras de “flotabilidad”, de “poder”,
de singular “bienestar”, sin perder en ningún momento la conciencia, resultaba
tan atractiva que ahora comprendo mejor a quienes dicen haber experimentado ese
especial “estado de premuerte”. Pero sigamos con este obligado resumen.
El tercer “experimento” tuvo un carácter íntimo. Los pocos que
me conocen y cuantos hayan podido leer mis libros saben que creo en la
existencia de una “fuerza” superior, que “vigila, protege y controla” a cada
ser humano. Unos “seres” que echando mano de una metáfora servidor suele
identificar con los “viejos ángeles de la guarda”. Unos “personajes” que ¿por
qué no? podrían “viajar” en lo que denomino, con tanta familiaridad como
osadía, la “nave nodriza”. Pues bien, aunque no me he referido a ello, por expreso
deseo mío, en el transcurso de los dos primeros “viajes”, uno de estos “seres”
(viejo conocido) me acompañó en todo momento. Y concluido el “asunto” de
Madrid, “deseé” ver (?) esa famosa “nave nodriza”. Y el “ser” que “volaba” a mi
lado “sonrió”, señalándome las “alturas”. Y al igual que en las películas de
Supermán, ese extraño “J. J. Benítez” ascendió como un cohete, abriéndose paso
en la oscuridad del espacio. Unas tinieblas azabache. Espesas. Y recuerdo haber
“visto” por mi derecha la curvatura de la Tierra. A juzgar por la escasa
inclinación de ese arco, que destacaba en la negrura por una estrecha y
difuminada “banda” azul, no debía “hallarme” a demasiada altura. Y “ahí”
terminó mi nuevo “vuelo”. “Algo” me bloqueó, deteniéndome. Y en lo alto no
demasiado lejos descubrí una inmensa “luz” blanca. Guardaba la forma de un
ovoide. Parecía inmóvil. Y “comprendiendo” que el acceso a la misma me estaba
prohibido, me limité a contemplarla. Y en ello estaba cuando, de pronto, de la
gigantesca “luz” surgieron dos “hileras” de “seres”. Y a gran velocidad
descendieron hacia la Tierra. Una desfiló por mi izquierda y la otra por mi
derecha. Pero fue imposible captar o retener sus rostros. El ritmo de aquellas
“procesiones” de “seres” era vertiginoso.
El cuarto “deseo” no sé si debo calificarlo de “experimento”
llegó a renglón seguido. Casi formando parte de esa desconcertante “secuencia”
de personajes “rumbo” a nuestro mundo. No es ningún secreto, al menos para los
que hayan podido leer los Caballos de Troya, que profeso una inquebrantable
admiración y cariño por Jesús de Nazaret. Yo también tuve mi particular
“Damasco” y, desde ese instante, sé que le debo mucho. Y he aquí que, en mi
ingenuidad como algo muy personal me propuse servirme de la ayahuasca para
tratar de verle. Sólo quería contemplarle. “Saber” cómo es en realidad. Puestos
a pedir...
Y Súbitamente, mientras “flotaba” en el espacio, de la magnífica
“luz” se desprendió “algo”. Pero ese “algo”, en lugar de pasar de largo, como
sucediera con los “seres”, fue a situarse frente a este “pecador”. Casi al
alcance de mi mano. Era una cabeza humana (?). Y la reconocí al momento. Pero,
¿cómo era posible? Ese “rostro” impresionante, dulce, majestuoso, llevaba años
colgado en mi lugar de trabajo... Un buen día, allá por el año 1984, justo tras
la aparición del primer Caballo de Troya, la imagen en cuestión “apareció” en
mi domicilio, sin remitente, ni señal alguna del punto de procedencia. Y aquel
rostro me cautivó. Y ahí sigue, frente a mi mesa de trabajo, como una ayuda y
un confidente.
A qué negarlo. Aquel postrer “regalo” de los cielos me dejó
confuso y emocionado. ¿Era ése el auténtico aspecto de Jesús? ¿Y por qué no? La
verdad es que la “aparición” de aquella “imagen” en mitad de la oscuridad del
espacio era lo último que hubiera podido esperar e imaginar. Sinceramente, yo
había “concebido” al Hijo de Dios como un ser de luz...
A las 00.53, alguien tocó en mi hombro. Y al abrir los ojos
comprendí que la experiencia había concluido. Los cánticos cesaron y el equipo
se dispuso a recoger el material. E instintivamente me resistí. No deseaba
“salir” de tan benéfico estado. Según el “diario de campo”, mi estabilidad se
resintió, al menos durante tres horas. Fue menester que mis compañeros me
sujetaran. Mi conciencia era plena, aunque sensiblemente amortiguada por una
especie de “embriaguez” dulce y acogedora. La conversación fue coherente aunque
extraordinariamente lenta. Mis palabras fluían en un tono bajo, sin prisas y
lamentando el brusco “retorno” a la dura “realidad”. Y fue en el autobús, nada
más abandonar el recinto del “santo daime”, cuando, gracias a los excelentes
reflejos periodísticos del jefe de fotografía del equipo, Jorge Herrero, íbamos
a disponer de un documento sonoro de vital importancia. Postrado en el
asiento del autocar que debía devolvernos a Río, recuerdo entre
brumas el pequeño magnetófono de Jorge y algunas de sus preguntas. Y allí,
providencialmente, fui relatando parte de la experiencia. Supongo que el
natural escepticismo de mis amigos debió de tambalearse peligrosamente. ¿
“Volar” con la mente? ¿ “Viajar” a diez mil kilómetros y “penetrar” en las
casas como un fantasma? Ellos sabían de mi honestidad y seriedad. Y la
narración de tan increíbles sucesos les dejó atónitos. Pero la gran sorpresa
llegaría al día siguiente. Fue suficiente una llamada telefónica a la dueña de
la casa, en Bilbao, para verificar que, en efecto, esa madrugada, en el piso de
uno de los dormitorios, el misterioso y desconocido objeto depositado en el
suelo había sido ¡un retrato en color! Que cada cual saque sus propias
conclusiones...
En cuanto al segundo “experimento”, el acierto fue igualmente
total. Mi compañero de equipo, al escuchar la descripción de la vivienda
madrileña, quedó desconcertado. ¿Cómo era posible que pudiera hablarle hasta de
los palos de golf que adornaban las paredes?
Estos asombrosos relatos de los primeros “viajes”
constatados, como digo”, “a posteriori” me inclinaron a creer
que también el tercer y cuarto “experimentos” podían encerrar una notable dosis
de verdad. Como manifestaba el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga... “
Pero, al margen de los “aciertos”, quizá lo que más llamó mi
atención 4e semejante “aventura” y que conservo en mi corazón como un preciado
“tesoro” fue la nítida y rotunda “sensación” de “poseer la Verdad”. Si
“traducir” a palabras la experiencia de la ayahuasca resulta ya comprometido,
intentar describir ese sentimiento es poco menos que imposible. Lo cierto es
que, mientras “volaba y viajaba”, ese extraño “estado de conciencia” me
permitía “saberlo y conocerlo todo”. Y yo estaba seguro de que así era. Y en el
fondo me sentí feliz y esperanzado porque, en definitiva, ése debe de ser el
“mundo” que nos aguarda al
otro lado de la muerte. Y “supe” también que la temida muerte,
tan pésimamente interpretada como explicada a lo largo de la historia, guarda
una íntima relación con cuanto me tocó “vivir” en aquel tiempo sin tiempo.
MÉXICO: UN “AS” EN LA MANGA
Me resisto a olvidarlas. Estos apresurados apuntes -arrancados
de mi agenda “secreta”- no quedarían completos si pasara por alto las llamadas
“apariciones mamas”. Pero ¿cómo hacer?. En mis archivos, el “catálogo” este
tipo de sucesos enigmáticos suma ya más de 21.000 505. A la espera de tiempos
mejores, en los que poder aparecer esa inmensa documentación, me resignaré a
“sobrevolar” uno de estos enigmas. Una “aparición” que, por naturaleza y por el
papel desplegado por la ciencia, ha llenado de asombro a los escépticos y de
fundadas esperanzas a los creyentes.
Trataré de hacer memoria.
Fue por el año 1977 cuando, practicando uno de mis vicios”
favoritos la “exploración” de viejas librerías la casualidad” hizo que cayera
en mis manos la imagen de “hombre barbudo”. Recuerdo que me hallaba en México
Distrito Federal, envuelto en “otros misterios”. Pero aquel humilde y olvidado
estudio de los mexicanos Carlos nas y Manuel de la Mora, en torno a los “ojos
de la Virgen Guadalupe”, me electrizó. Y durante meses renun287
cié a las restantes investigaciones, entregándome en cuerpo y
alma a este, para mí, nuevo y fascinante desafío.
Los mexicanos lo sabían desde hacía cincuenta años. Pero, por
una serie de razones que, de contarlas, alargarían peligrosamente esta breve
incursión, el misterio de la Guadalupana había quedado atrincherado entre unos
pocos privilegiados. Todo había empezado en los anos veinte, cuando el
fotógrafo oficial de la basílica donde se veneraba la hermosa y supuesta
“pintura” de la mencionada Virgen descubrió que en uno de los ojos aparecía un
busto humano. Y Marcué, con las pruebas en la mano, acudió a la jerarquía
eclesiástica. Efectivamente, “allí había un hombre con barba”. Pero la Iglesia
ordenó silencio. Y el enigma permaneció “dormido” durante casi treinta anos. Y
en 1951, como ocurre con frecuencia en estos asuntos, el destino desempolvó la
intrigante historia. Y los ya mencionados Salinas y Mora “redescubrieron” al
“hombre barbudo”. Y lograron que la ciencia pusiera sus ojos en los de la
venerada reliquia. Y por la vieja basílica de Guadalupe fueron desfilando los
más prestigiosos médicos, científicos e investigadores. Y tras numerosos e
implacables exámenes, todos reconocieron que “aquello era inaudito e
inexplicable”.
¿Cómo entender que en los ojos de una imagen que se remontaba
según la leyenda a la segunda mitad del siglo xvi pudiera “aparecer” la figura
de un hombre barbudo?
Pero había más, mucho más en aquellos ojos de ocho milímetros...
Antes de proseguir con los sorprendentes hallazgos que irían
desencadenándose, estimo justo y necesario abrir un paréntesis, con el fin de
situar al lector en los principales antecedentes que constituyen aquellos
“milagrosos hechos” registrados en 1531 en las cercanías de México
Tenochtitlán.
Cuenta el antiquísimo documento náhuatí Nican Mopohua, escrito
por el sabio Antonio Valeriano uno de los indios al servicio del cronista fray
Bernardino de que en los primeros días de diciembre del referido año de 1531,
un “macehualli” o campesino del pueblo de Cuantitlán se dirigía a pie hacia la
capital mexicana. Y al pasar por la falda del cerro del Tepeyac se le presentó
una Niña de vestiduras luminosas. Y esas apariciones se repetirían hasta cuatro
veces en los siguientes días. Y en todas ellas, la Niña encomendó al indio Juan
Diego que comunicara al entonces obispo de la Nueva España, el vizcaíno fray
Juan de Zumárraga, que, siguiendo sus deseos, le edificara allí mismo el
Tepeyac un templo en su honor. Pero el vasco, lógicamente escéptico, no creyó al
humilde “macehualli”. Y quizá por quitárselo de encima terminó pidiéndole una
prueba. Y el 12 de diciembre, siguiendo las indicaciones de la Niña, Juan Diego
se presentó de nuevo en el palacio de Zumárraga. Y en presencia del obispo y de
otros testigos desplegó la tilma o capote que le cubría, dejando caer un puñado
de rosas “de Castilla”. Y los presentes quedaron consternados. En parte, porque
en esa época invernal era del todo imposible que pudieran florecer dichas
rosas. Pero, sobre todo, ante el “dibujo” que se había tomado súbita y
misteriosamente en el tosco manto de fibra vegetal que portaba el indio. Una
“pintura” en color que representaba a la Virgen y que, como reza la leyenda,
“no obedecía a pinceles ni manos humanas”.
Desde entonces, la “milagrosa” imagen de la Virgen de Guadalupe
ha sido expuesta y venerada en sucesivas ermitas y templos, siempre en el cerro
del Tepeya¿, escenario de tan prodigiosos acontecimientos. Y allí puede
contemplarse hoy, sobre el altar mayor de la moderna basílica que lleva su
nombre, en la gigantesca metrópoli azteca.
Pero no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando por los
motivos ya expuestos la supuesta “pintura” de la Niña cobraría un nuevo y
sugestivo valor, al menos para la comunidad científica y para cientos de miles
de ciudadanos de todo el mundo.
Al profundizar en los análisis, los médicos con –en especial los
oftalmólogos- , además de ratificar la realidad incuestionable de ese “hombre
con barba”, fueron a descubrir que dicha imagen se hallaba repetida en ambos
ojos y presentando un conocido efecto óptico: la llama4a “triple imagen de
PurkinajeSanson”. Esto, obviamente, descartaba cualquier posibilidad de azar en
la formación del “busto humano”. ¿Por qué? Muy simple: las referidas imágemes
de PurkinajeSanson habían sido descubiertas por estos médicos en el siglo
XIX...
Este efecto óptico, como saben bien los oftalmólogos y los
aficionados a la fotografía, consiste en un triple reflejo, perfectamente
localizado en cualquier ojo vivo. Cuando una persona, objeto, etc.,
suficientemente iluminados, se encuentran cercanos a los ojos de un ser humano,
son reflejados por triplicado. A saber: una primera imagen en la cara anterior
de la córnea. La segunda en la superficie anterior del cristalino y la tercera
en la cara posterior del mismo cristalino. Y ello se debe a que las caras
anteriores de la córnea y del cristalino actúan a la manera de espejos
convexos, proporcionando imágenes derechas y más pequeñas de los objetos en
cuestión. La cara posterior del cristalino, en cambio, trabaja como un espejo
cóncavo, dando lugar a imágenes invertidas. Pues bien, esto fue lo que hallaron
los especialistas en los ojos de la Virgen de Guadalupe. El “hombre barbudo”
aparecía por triplicado, siguiendo fielmente estas leyes ópticas. Y también se
hallaba en el ojo izquierdo, aunque ligeramente distorsionado, como
consecuencia del efecto estereoscópico.
¿Y todo esto había sido idea del anónimo “pintor” del siglo xvi?
Naturalmente, tan descabellada hipótesis fue rechazada por los científicos.
“Allí” había “algo” que no encajaba, al menos para la “ciencia y la tecnología”
de la Edad Media. Y la ciencia continuó sus indagaciones. Y en 1979 y 1980, dos
expertos norteamericanos en radiaciones infrarrojas los profesores Smith y
Callahan, de la Universidad de florida y del Pensacola College,
respectivamente, tras someter la imagen original a una compleja batería de
experimentos, dieron a conocer las siguientes y espectaculares conclusiones:
1 a Coinciden con otros investigadores que trabajaron
anteriormente sobre el tosco manto en la inexplicable brillantez y frescura de
los colores, así como en la insólita carencia de aparejo o barniz algunos. A
pesar de lo cual 4icen, la túnica y el manto permanecen tan brillantes y
coloreados como si acabaran de ser pintados.
2a En relación a los colores, ni el azul del manto ni el rosado
de la túnica tienen explicación científica. El primero, por estar constituido
por un colorante desconocido. El segundo, por no proceder tampoco de pigmentos
minerales (éstos son opacos a los rayos infrarrojos) ni orgánicos (vegetales o
animales). Estos pigmentos no producen colores permanentes, a menos que estén
cubiertos por una capa de barniz que los proteja. Y no es éste el caso.
3a En cuanto a la “factura” es decir, a la forma de ejecución,
de la supuesta “pintura”, los investigadores no encuentran palabras para
expresar su admiración ante la increíble perfección de la expresión facial de
la Virgen. Parece como si el autor hubiera realizado la imagen “de una vez”,
sin titubeos ni los clásicos “arrepentimientos” propios de todo artista, que le
obligan a retocar, una y otra vez, hasta que culmina la obra.
4a A través de la fotografía infrarroja se aprecia con nitidez
cómo la imagen carece de “direccionalidad”. Algo impropio en una pintura
humana. Lo habitual en cualquier cuadro es que las “direcciones” que han
seguido los pinceles constituyan un lógico “maremágnum” de “trazados”.
5a A lo largo de las investigaciones pudo comprobarse igualmente
que algunas partes de la Guadalupana sí corresponden a retoques o añadidos
humanos. “Alguien metió las manos”, añadiendo por su cuenta la luna, el ángel,
las cuarenta y seis estrellas que figuran en el manto, los rayos que parten del
cuerpo, los arabescos de la túnica, la orla y determinadas “sombras” del
rostro. En suma: la imagen original poco o nada tenía que ver con la que
conocemos.
Y en esa misma década de los años ochenta, otro científico el
profesor Aste Tonsmann, de la Universidad de Cornelí y experto en computadoras
vendría a complicar el “enigma de la Virgen de Guadalupe” con un enésimo
hallazgo para el que la ciencia tampoco tiene explicación posible. Al menos por
el momento...
Mediante un complejo sistema de ampliaciones, el doctor Tonsmann
tuvo la genialidad de “traducir” a dígitos todos y cada uno de los miles de
“grises” que dan forma a los ojos de la Niña. Y merced a la intrincada labor de
un “microdensitómetro”, de las “profundidades” de dichos ojos fueron surgiendo
algunas figuras que nadie había detectado hasta esos instantes. Y de las
córneas de la enigmática “pintura” brotó la imagen de un “indio sentado”, la
“cabeza de un anciano”, “varias mujeres”, y así hasta un total de catorce
“personajes” que, al parecer, formaban parte de una escena. Una escena que, al
igual que el “hombre con barba”, también se repetía en el ojo izquierdo,
eliminando así la palabra “casualidad”.
Y esa “escena” en opinión del atónito profesor pudiera
corresponder a la ya relatada “secuencia” del histórico “milagro de las rosas”,
en el palacio del obispo Zumárraga.
¿Qué ocurrió realmente aquel 12 de diciembre de 1531 en México?
¿Quién o quiénes fueron capaces de semejante “prodigio”? ¿Cómo lo consiguieron?
¿Y por qué estos asombrosos “hallazgos” han saltado a la luz, justamente ahora,
en una época de arrolladora incredulidad? ¿No será que todo en los cielos y en
la tierra se halla “atado y bien atado”?
Que el lector si se siente con fuerzas saque sus propias
conclusiones. Como decía mi viejo maestro, el padre Carreño, parece como si la
Divinidad se hubiera guardado un “as” en la manga...
ITALIA: EL ENIGMA DE LOS ENIGMAS
Tampoco es “casualidad” que concluya este repaso a “mis enigmas
favoritos” con el que siempre he estimado como el gran reto científico del
siglo XX. El más oscuro y luminoso a un tiempo. El más irritante y polémico. El
más tangible y, sin embargo, el más escurridizo. El más sugerente y
prometedor...
Un enigma que se cruzó en mi camino en 1975 y al que he quedado
enganchado sin remedio. Un enigma, en definitiva, que a nivel personal me
permitiría “redescubrir” la figura del más grande Hombre nacido jamás sobre
este joven y atormentado mundo: Jesús de Nazaret.
Llevo, pues, quince años estudiando, investigando e interrogando
a cuantos han tenido o tienen que ver con la Sábana Santa de Turín. Y en ese
dilatado período de tiempo tras acumular cientos de datos he llegado a la
íntima conclusión de que el famoso lienzo de lino, no solamente es auténtico
sino que, sobre todo, contiene la imagen del cadáver de mi admirado Jesús de
Nazaret. Después de tantas y tan prolijas indagaciones, consultas y estudios,
sería de hipócritas y medrosos que me encogiera de hombros, amparándome en la,
a veces, estúpida, “imparcialidad científica”.
Sé lo que estarán pensando los escépticos e indocumentados de
turno.
“¿Y las recientes pruebas del Carbono 14?”... “La ciencia ha
demostrado que ese paño de tela tiene un origen claramente medieval... “ “Los
tres laboratorios que practicaron los análisis se han expresado sin titubeos:
la Sábana Santa ha sido datada entre los años 1260 y 1390.”
Y el revuelo a partir de aquel otoño de 1988fecha de la
divulgación de dichos resultados haría estremecer a los creyentes, incomodando
y llenando de lógica extrañeza a las decenas de científicos que llevaban
décadas explorando la misteriosa y espléndida imagen. Lamentablemente, el ser
humano parece no tener o no querer tener memoria para su propia historia.
Porque la polvareda levantada por los expertos de los laboratorios europeos y
norteamericanos no es nueva. En los primeros años de este siglo, otro grupo de
científicos capitaneados por el biólogo de la Universidad francesa de la
Sorbona, Paul Vignon también “encontró” la explicación al supuesto misterio de
la Síndone. Y la célebre teoría de la “vaporigrafía” dio la vuelta al mundo,
zanjando aparentemente la cuestión. “Las imágenes dijeron son el claro fruto de
la combinación química de los áloes con las emanaciones amoniacales
provenientes del sudor y de la sangre.”
Años más tarde, otros colegas de Vignon demostrarían que la
tesis del amoníaco era una solemne ridiculez... Pero, como digo, durante un
tiempo, sabios y profanos creyeron que “todo estaba resuelto”.
Y algo similar aunque con menor poder de penetración en la
opinión pública acontecería en los años setenta, cuando el norteamericano
McCrone lanzó a los cuatro vientos la “explicación” de una Sábana Santa
“pintada por un anónimo artista”. El hallazgo de partículas de óxido férrico en
el tejido según el científico de Chicago “ponía
las cosas en su justo término”. Y la comunidad científica, que
se había quemado las cejas en exhaustivos análisis de la reliquia, tuvo que
soportar otra oleada de críticas, burlas y recriminaciones. Pero, a no tardar,
otros especialistas en este caso los hematólogos descubrirían el craso error de
McCrone: esos “submicrones” de óxido férrico, detectados en las manchas de
sangre, no eran restos de pintura, sino parte integrante de la propia sangre.
¿Ocurrirá lo mismo con esta nueva y reciente conmoción,
provocada por el escasamente fiable método de la datación por el C14?
Basta echar un vistazo a las cada vez más numerosas
declaraciones de los científicos en torno a dicho sistema para intuir que en
breve plazo puede correr la misma suerte que las “revolucionarias” hipótesis de
Vignon o McCrone.
No aburriré al lector con las ya archisabidas y certeras
argumentaciones que ponen en tela de juicio la fiabilidad de dicha fórmula de
datación: notable “suciedad” de la muestra (se calcula que el diez por ciento
del peso de la Sábana corresponde a materiales orgánicos añadidos con el paso
de los siglos), presencia de una “radiación” desconocida que pudo formar la
imagen y que, sin duda, alteró los genuinos porcentajes de carbono del lino, y
factores como el incendio de Chambéry, que llegó a fundir parte del arca de
plata que contenía el lienzo y que, a todas luces, desequilibró la pureza de la
muestra.
Pero quizá resulte mucho más elocuente recordar algunos de los
estrepitosos y divertidos fracasos que ha llegado a protagonizar este
“infalible método” del C14. La verdad es que hablan por sí solos...
En 1988, la revista Science denunciaba que gracias a la datación
por el radiocarbono, algunos caracoles “vivos” sometidos a dicha medición
habían arrojado una antiguedad de ¡26.000 años!
En otra oportunidad, el C14 había “fijado” la edad de una foca
“recién muerta” en 1.300 años.
La revista Radiocarbon advertía de los peligros de este
procedimiento y proporcionaba otro ejemplo significativo: un mamut que había
existido hace 26.000 años “sólo” presentaba una antigüedad de 5.600.
¿Y qué pensar del “incidente” vivido por el director del
laboratorio de Zurich uno de los encargados de la datación de la Sábana Santa
cuando, al someter el mantel de su suegra al C14, comprobó con estupor que
arrojaba una edad de casi cuatro siglos...? “La culpa -se excusa- la tienen los
detergentes.”
Pero la anécdota del mantel es “cosa de niños” silo comparamos
con el grave traspiés sufrido por otro de los prestigiosos laboratorios
especializados en radiocarbono. En esta ocasión, las “águilas” de Tucson
llegaron a fechar un cuerno vikingo en el año ¡2006 después de Cristo!
¿Y qué decir de los análisis efectuados sobre los árboles
centenarios existentes en Arizona y que, de acuerdo al C14, “aún no habían
nacido”?
Pero volvamos a las fechas proporcionadas por los tres
laboratorios, las cuales, según ellos, “explican” el misterio. A título de
simple curiosidad se me ocurren algunas malévolas dudas...
Veamos. Si el lienzo que se conserva en Turin fue
“confeccionado” o “manipulado” entre 1260 y 1390, ¿cómo aclarar lo siguiente?:
1. La imagen que aparece en el tejido es un “negativo
fotográfico”. Que se sepa, el único descubrimiento relacionado con la óptica en
los siglos XIII y XIV se debe al sabio inglés Roger Bacon quien, hacia 1249,
desarrolló unas lentes convexas que dieron lugar a la aparición de los
anteojos, “primos lejanos” de las gafas. ¿Es que el supuesto “artista” o
“falsificador” se adelantó en seis siglos al hallazgo de la fotografía?
2. Tanto de las fibras del lino como de la caja que lo contiene
ha sido extraído más de medio centenar de tipos de polen diferentes. El
palinólogo Max Frei fallecido en
Suiza en 1983, llegó a identificar, con su microscopio, hasta 57
clases de polen, correspondientes a plantas de Europa, Turquía, Anatolia e
Israel. Es decir, toda una representación de la flora de los países por los que
había “peregrinado” la Síndone durante los primeros siglos, tal y como refieren
infinidad de testimonios y documentos históricos. Y entre esos especímenes
“enganchados” en la trama del tejido fueron halladas muestras de polen
palestino fósil del fango del mar Muerto, del desierto del Neguev y de los
estratos sedimentarios del lago de Tiberíades. Pues bien, la pregunta'es obvia.
Si el polen sólo puede ser identificado con el microscopio, ¿cómo pudo
esparcirlos el “falsificador” de marras de los siglos XIII o XIV, si este
aparato fue inventado en 1590? Y el bueno e ingenioso de Zacharías Janssen no
consiguió lo que nosotros entendemos hoy por microscopio, sino más bien un
rudimentario sistema de aumento, basado en un tubo con dos lentes convexas en
cada uno de los extremos. Fue menester esperar hasta 1650 para que otro
holandés, Jan Swammerdam, ideara un microscopio que permitiera observar los
detalles de las cosas vivas. Sinceramente, no consigo imaginar al “artista”
allá por los años 1260 al 1390, rastreando Judea para localizar las dieciséis
especies de polen de plantas halófitas que sólo prosperan en los suelos con
alta concentración de salinidad (caso del mar Muerto), para después dejarlos
caer sobre la falsa Sábana Santa y confundir así a los hombres del futuro...
3. Numerosos hematólogos han estudiado a fondo las manchas y
coágulos de la Síndone, verificando que, en efecto, se trata de sangre humana.
Una de estas investigaciones a cargo del profesor Baima Bollone arrojó un
resultado sorprendente: las trazas sanguinolentas de la Sábana Santa pertenecen
al grupo “AB”, un grupo sanguíneo muy extendido en las regiones del Líbano y de
Israel. Y surge el interrogante: ¿cómo pudo “seleccionar” el “falsificador” o
“falsificadores” de los siglos XIII o XIV este tipo específico de sangre para
su “magistral trabajo” si el descubrimiento de los grupos sanguíneos fue obra
del médico austríaco Karl Landsteiner en 1900?
4. Si la tradición pictórica nos ha mostrado durante veinte
siglos a un Jesús crucificado por las palmas de las manos y portando una corona
de espinas, ¿por qué en esos años, en los que se afirma ahora que fue
falsificada la Síndone, se hizo una excepción, presentando las huellas de los
clavos en las muñecas y, en lugar de la tradicional corona, las marcas de un
“casco” espinoso que perforó buena parte del cuero cabelludo?
5. En noviembre de 1973, el profesor G. Raes, director del
laboratorio de Meulemeester de Tecnología Textil de la Universidad de Gante
(Bélgica) detectó al microscopio entre las fibras de linc” algunos solitarios
vestigios de algodón. Concretamente, la variedad Herbaceum, muy frecuente en el
Oriente Medio, incluso antes del nacimiento de Cristo. Y aparecen las dudas. Si
en Europa no se tejía algodón en los siglos XIII y XLV, ¿cómo se las ingenió el
“falsificador” pára confeccionar un lienzo que incluyera en su trama este tipo
concreto de Herbaceum? Recordemos que en los siglos xv y xvi, los descubridores
y conquistadores españoles quedaron asombrados al ver a los indígenas del
Caribe y del Yucatán comerciando con ovillos de algodón...
6. ¿Y cómo “aclarar” el fenómeno de la “tridimensionalidad” que
presenta la figura de la Sábana Santa? Han sido necesarios los más complejos
ordenadores, mícrodensitómetros y analizadores de imágenes para dar con él. ¿Y
cuál era el grado de desarrollo tecnológico de los años 1260 a 1390? He aquí
algunos reveladores ejemplos:
• En 1269, el francés Pélerin deMaricourt tuvo la genial idea de
perfeccionar la brújula.
• En 1291, los venecianos “inventan” el espejo.
• En 1298, Europa “recibe” de la India el “torno de hilar”, uno
de los primeros artefactos mecánicos que aliviaría las pesadas labores de hilo
mediante “rueca”.
• Y también en 1298, los galeses “descubren” el “arco largo”, de
1,80 metros de longitud y que permitía disparar las flechas a trescientos
metros.
• En 1300, un alquimista llamado Geber hace la primera
descripción conocida del ácido sulfúrico.
• En 1316, Mondino de Luzzi escribe el primer libro de anatomía.
• En 1335 se instala en Milán el primer reloj mecánico de la
historia. Funcionaba gracias a la acción de la gravedad sobre unas pesas.
• En 1346, como uno de los grandes “hallazgos” del siglo, se
utiliza el cañón en la batalla de Crécy.
7. Los microscopios han revelado la existencia en la urdimbre de
restos de una variedad de carbonato cálcico que recibe el nombre de
“aragonito”, muy frecuente en las cuevas de Jerusalén. Y yo me pregunto: ¿cómo
pudo el “genial falsificador” del siglo XIII o XIV incluir semejante sutileza
en la Sábana si este mineral fue descubierto en 1775?
A la vista de lo expuesto que por sí solo ha llenado ya decenas
de volúmenes hasta el menos avisado en el misterio de la Sábana Santa
comprenderá que las pruebas con el carbono 14 no han despejado, ni mucho menos,
las grandes incógnitas que todavía rodean la atractiva imagen. Muy al
contrario, los especialistas que batallan con el enigma desde hace décadas
entienden que lo han hecho más sugestivo, si cabe. Y estoy convencido de que
este aparente “retroceso” provocará una saludable reacción en cadena, permitiendo
a la ciencia una mayor y más intensa búsqueda. Y eso, en definitiva, nos
proporcionará “más luz”. Luz para intentar aclarar el origen y la naturaleza de
la desconcertante radiación que brotó del cadáver, “chamuscando” las fibras
superficiales del lino. Luz para tratar de asimilar el carácter de “negativo
fotográfico” y de “tridimensionalidad” que encierra dicha imagen.
Y no quiero concluir este apunte sin hacer mención de una
“circunstancia” que desde mi modesto prisma viene a ser la causa de tan viejas
y envenenadas polémicas. Porque, en suma, ¿qué es lo que enciende los ánimos
cuando se toca el asunto de la Síndone? Muy simple: la posibilidad de que esa
imagen, en efecto, pueda corresponder al cadáver del Hijo del Hombre. Si las
huellas que presenta el lienzo de Turín “dibujaran”, por ejemplo, a una mujer o
a un hombre de “otra época y de otro lugar”, científicos y no científicos
habrían adoptado una postura mucho menos enconada. Pero la verdad desnuda al
menos para el que lo quiera contemplar con ojos objetivos es que “todo” señala
hacia dicha hipótesis. Y no se trata de un problema de fe religiosa, sino de
evidencias y, en especial, de cálculo de probabilidad matemática. Echemos un
vistazo a lo que dicen los expertos en este sentido.
A través de la tradición y de los Evangelios tenemos constancia
de cómo discurrió la Pasión y Muerte de Cristo. Pues bien, comparemos esos
datos con lo descubierto por los médicos en la imagen de la Sábana Santa.
1. Sabemos que Jesús fue “coronado de espinas”. En la cabeza del
“Hombre” de la Síndone han sido descubiertas las huellas de las púas de un
“casco espinoso” ¿Era habitual que los reos del siglo í recibieran este tipo de
castigo antes de la crucifixión? Hasta el momento no se ha encontrado un solo
testimonio o documento ni romano, ni asiático ni europeo que refiera algo
similar. La probabilidad, por tanto, para dicho suceso debe ser estimada como
muy baja. Y los científicos, curándose en salud, la han situado en uno contra
cinco mil. (Ver estudio de Gruno Barberis.)
2. Los especialistas en anatomía han confirmado que el “Hombre”
de la Sábana presentaba importantes escoriaciones en las áreas de los hombros,
como consecuencia de haber cargado un pesado tronco o madero: el llamado
“patibulum”. Y de acuerdo también con esta fórmula romana de ejecución, se
tiene conocimiento de que el
reo sólo transportaba el brazo horízontal de la cruz. La
“stipe” opalo vertical solía permanecer fijo en el lugar del
suplido. Es muy probable, en suma, que Jesús fuera amarrado a dicho
“patibulum”, caminando así durante una parte del
recorrido entre la fortaleza Antonia y el Gólgota. Y a la hora
de establecer el cálculo de probabilidad, los analistas tirando por bajo le han
concedido una proporción de uno a dos.
3. Y ese mismo cálculo (uno a dos) es el establecido para el
hecho de los clavos en muñecas y pies. El “Hombre” del lienzo de Turín omo ha
sido demostrado hasta la saciedad presenta unas huellas inequívocas. Y aunque
lo normal en las crucifixiones romanas era amarrar a los condenados y no
malgastar los clavos, las computadoras recibieron la citada proporción de “uno
a dos”.
4. Más insólito es el asunto de la “lanzada”. La costumbre
establecía que, en el supuesto de que el crucificado no hubiera muerto y el
descenso 4e la cruz tuviera que ser adelantado, el reo recibía una serie de
violentos golpes en las piernas, acelerando así el fallecimiento por asfixia. Y
rara era la ocasión en que resultaba alanceado. El “Hombre” que aparece en el
lienzo no fue víctima de este quebrantamiento de los huesos y sí herido en su
costado derecho, una vez muerto, tal y como revelan los Evangelios.
El cálculo matemático para tan inusual acontecimiento fue fijado
en la proporción de uno a diez.
5. Según la costumbre, los cadáveres de los crucificados solían
permanecer durante un tiempo expuestos “a la vergúenza pública”. Esta dramática
circunstancia formaba parte del carácter ignominioso del suplicio. Y una vez
descendidos del madero, lo normal era arrojarlos a una fosa común. En el caso
de Jesús de Nazaret, como sabemos, el cuerpo fue depositado de inmediato sobre
una sábana y trasladado a un sepulcro. Y esto fue lo que ocurrió con el
“Hombre” de la Sábana de Turín. Y los científicos en un gesto de “generosidad”
establecieron que “uno de cada cien crucificados” pudo recibir tan piadoso
tratamiento.
6. También el “Hombre” de la Síndone presenta otra no menos
extraña característica, similar a la experimentada por el cadáver de Cristo:
ese cuerpo fue sepultado sin recibir los obligados y tradicionales cuidados de
lavado y uncion. Mgo inexplicable dentro de los sagrados rituales judíos de la
época. A no ser, claro está, que, como especifican los textos evangélicos,
“razones de urgencia” obligaran a sus deudos y familiares a posponer estas
operaciones. La rareza de este suceso compartida, como digo, en ambos casos
conduce a una probabilidad de uno a veinte.
7. Y lo más desconcertante: el “Hombre” de la Sábana Santa
“sólo” permaneció envuelto en dicho lienzo por un espacio no superior a las
treinta y seis horas. De haber continuado más tiempo, la putrefacción habría
arruinado la misteriosa imagen y la propia sábana. ¿Y qué dicen los
evangelistas? Todos lo sabemos: el cadáver del Maestro “desapareció” del
sepulcro en la madrugada del sábado al domingo. Verdaderamente es poco
verosímil que los que se preocuparon de envolver el cuerpo del “Hombre” de la
Síndone en un lienzo penetraran en la sepultura antes de las treinta y seis
horas para cambiar de sitio al ajusticiado y retirar el paño de lino. Y las
computadoras recibieron una más que “generosa” probabilidad: uno contra
quinientos.
¿Y cuál fue el resultado final?
Yo diría que escalofriante y rotundo: uno contra doscientos
billones.
En otras palabras: sobre la posibilidad de doscientos billones
de crucificados, sólo uno habría reunido las siete “circunstancias”
mencionadas. Y ese “uno” tiene nombre propio: Jesús de Nazaret o, lo que es lo
mismo, el “Hombre” de la Sábana Santa.
Como decía el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga”...
En Larrabasterra, siendo las 18 horas del domingo, 17 de febrero
de 1991.
FIN
* * *


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