© Libro N°. 3020. Mirkheim. Anderson, Poul. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Mirkeim © 1977
Versión Original: © Mirkheim. Poul Anderson
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MIRKHEIM
Poul Anderson
A Jerry Pournelle
PROLOGO
X-500.000
En un tiempo había existido una estrella grande y orgullosa que
brillaba como cien soles juntos. Su resplandor blanco azulado había lucido
inmutable durante cuatrocientos millones de años, un reto para la oscuridad que
la rodeaba y un desafío para aquellos otros soles cuyas lejanas luces se
apiñaban en el cielo. Un compañero digno de su majestad giraba a su alrededor a
gran distancia; un planeta con una masa igual a la de la Tierra mil quinientas
veces y que brillaba como una brasa debido al calor de su propia contracción.
Puede que también hubieran existido mundos y lunas inferiores, ahora no podemos
decirlo. Sólo sabemos que las estrellas gigantes rara vez están acompañadas y
que, por tanto, aquello se debía a una curiosa orden de Dios, al destino o a la
casualidad.
Los gigantes mueren jóvenes, tan arrogantemente como han vivido.
Un día, el combustible de hidrógeno del núcleo se terminó. En lugar de
hincharse y enrojecer, como hacen los soles inferiores cuando envejecen, aquél
se desplomó sobre sí mismo. Energías inimaginables quedaron en libertad, los
átomos chocaron unos contra otros y se fundieron creando elementos nuevos y
extraños; la estrella explotó. Durante un corto período de tiempo su furia la
hizo brillar casi tanto como toda su galaxia.
Ningún mundo ordinario podría haber soportado la tormenta
incandescente que fue entonces arrojada hacia el exterior. Debió desaparecer
por completo algo equivalente a la Tierra, vaporizado hasta el mismo hierro del
núcleo. Incluso el poderoso compañero de la estrella perdió la mayor parte de
su masa, saliendo despedidos hacia el infinito el hidrógeno y el helio. Esto
absorbió tanta energía que el corazón metálico de aquel globo solamente fue
derretido. Sobre él bullía la materia que arrojaba la estrella en su lucha con
la muerte.
Gran parte de esa materia escapó hacia el espacio. Durante
décadas de milenios, los restos del sol y de su planeta giraron en el centro de
una nebulosa que, vista desde lejos, relucía como un encaje encantado. Pero a
lo largo de años luz se fue desvaneciendo y disipando y la oscuridad avanzó
hacia su interior. Lo que quedaba del planeta se congeló, destellando apenas en
los puntos donde sus compuestos metálicos reflejaban el brillo de
constelaciones lejanas.
Estas ruinas solitarias fueron a la deriva por las profundidades
durante medio millón de años.
X-28
El mundo que los hombres llaman Babur nunca será un hogar para
ellos. Cuando Benoni Strang salió de su nave fue violentamente consciente del
peso. Sobre sus huesos cayó casi el doble del empuje del Hermes que le había
engendrado o de la Tierra que había engendrado a su raza. La carne gemía bajo
su propia carga. La armadura que le mantenía con vida se convirtió en una
piedra sobre los hombros, sobre los pies.
Aunque podía haber activado su propulsor y volar desde la
escotilla, prefirió no obstante caminar por la pasarela hasta el suelo, como un
rey de visita.
Al principio apenas pudo ver qué seres le esperaban. Mogul, el
sol, estaba alto en un triste cielo púrpura enturbiado por nubes rojas, y
aunque su brillo era más fuerte que el del Sol o Maia, a aquella distancia era
diminuto. El suelo nevado desprendía algo de luz, al igual que un acantilado de
hielo a un kilómetro de distancia y que la catarata de amoniaco líquido que se
despeñaba desde su cumbre. Pero su vista no llegaba hasta el horizonte. Creía
que su límite visual por la izquierda estaba marcado por un bosquecillo de
árboles bajos con largas hojas negras y que, a la derecha, podía distinguir la
centelleante ciudad que sabía estaba allí. Sin embargo, esto era tan incierto
como el recibimiento que le esperaba. Y todas las formas que divisaba eran tan
extrañas, que cuando apartaba la vista de ellas no podía recordarlas. Aquí
tendría que volver a aprender desde el principio cómo usar sus ojos.
Una atmósfera de hidrógeno y helio hacía que el estruendo de la
catarata, el sonido de las botas sobre la pasarela y después el crujido de los
témpanos cuando pisó el suelo sonasen estridentes. En cambio, el ruido de su
respiración dentro del casco, el sonido de la sangre, los percibía como sordos
toques de tambor. El sudor le humedecía la frente y sabía que apestaba, pero
apenas lo advertía. Se sentía demasiado jubiloso por haber llegado.
Delante de él, la mancha fue cobrando forma con cada paso que
daba hasta que se convirtió en un amasijo de unas doce criaturas. Una de ellas
se acercó para reunirse con él. Se aclaró la garganta y dijo torpemente por el
micrófono:
—Soy Benoni Strang. Queríais que viniese aquí.
El baburita llevaba un vocalizador que transformaba los zumbidos
y balbuceos en palabras ánglicas.
—Lo pedimos en tu beneficio además del nuestro. Si vas a
mantener estrechas relaciones con nosotros e investigarnos, y nosotros a ti,
debes venir a menudo a la superficie de nuestro planeta y tratar directamente
con nosotros. Esta visita será una prueba de tu capacidad.
Su capacidad ya había sido comprobada en las cámaras de
reproducción ambiental de la escuela donde se había preparado, pero Strang no
se lo dijo. Podría ofenderles. Los humanos sabían poco sobre los baburitas, a
pesar de dos décadas de contactos que habían culminado en un comercio que
intercambiaba tecnología espacial por metales pesados y algunos artículos más.
No tenemos ni idea de lo que ellos pueden saber sobre nosotros, recordó él.
—Te doy las gracias —dijo—. Tendréis que ser pacientes conmigo,
pero pronto estaré en una posición que recompense vuestros esfuerzos.
—¿Cómo?
—Encontrando nuevas áreas donde podamos hacer negocios en
beneficio mutuo.
Strang no dijo que sus superiores no tenían demasiadas
esperanzas de que eso llegase a suceder. Le había costado trabajo conseguir
aquel destino dirigido principalmente a proporcionar unos cuantos años de
experiencia práctica a un joven xenólogo cuya educación se había centrado en
los planetas subjovianos.
El no había insinuado nada sobre las ambiciones que alimentaba.
La hora de hacerlo llegaría cuando tuviese pruebas de que su plan era
posible..., si es que llegaba a serlo.
—Después de nuestra experiencia en Suleimán —dijo el nativo—,
ponemos en duda lo que podemos conseguir de la Liga Polesotécnica.
La monocorde voz artificial no podía transmitir el
resentimiento. ¿Existiría detrás realmente una emoción parecida? ¿Quién podía
leer el corazón de un baburita? Ni siquiera tenían nada semejante a uno.
—La Compañía Solar de Especias y Licores no es toda la Liga
—contestó Strang—. La mía es completamente distinta. No tienen en común más que
ser ambas miembros de la Liga, y eso significa ahora menos que en el pasado.
—Estudiaremos esto —le dijo el ser—. Por eso cooperaremos con tu
equipo científico. Queremos conseguir información además de proporcionarla,
queremos obtener los conocimientos que necesitamos para que nuestra
civilización pueda reclamar un lugar junto ala vuestra.
Los sueños del corazón de Strang se avivaron.
X-24
Las dos lunas de Hermes estaban en lo alto: Caduceus ascendía,
pequeña pero casi llena, y la ancha guadaña de Sandalion se hundía hacia el
oeste. Arriba, en la penumbra del atardecer, un par de alas atraparon la luz
del sol que se acababa de poner y despidieron reflejos dorados. Un pájaro
tilirra cantaba entre el follaje de un milhojas agitado por la débil brisa. La
prisa del río Palomino resonaba en el fondo del cañón que él mismo había ido
excavando, pero el sonido llegaba a lo alto convertido en un murmullo.
Sandra Tamarin y Peter Asmundsen salieron a la terraza de la
mansión. Deteniéndose junto a la balaustrada, contemplaron el paisaje que les
rodeaba: el agua que destellaba abajo entre la sombra, a su alrededor el bosque
circundaba Windy Rim, y enfrente las siluetas violáceas de las colinas
arcádicas. Sus manos se encontraron.
—Me gustaría que no tuvieras que irte —dijo ella al fin.
—A mí también me gustaría no tener que irme —replicó él—. Ha
sido una visita maravillosa.
—¿Estás seguro de no poder arreglártelas desde aquí? Tenemos
equipos completos de comunicación, computación y recuperación de datos, de
todo.
—En un caso normal llegaría con eso. Pero ahora..., la verdad,
mis empleados de la casta de los travers tienen quejas legítimas. Creo que yo
en su lugar también amenazaría con ir a la huelga. Si no puedo evitar que los
leales tengan preferencia en la promoción, por lo menos puedo negociar ciertas
compensaciones para los travers, por ejemplo vacaciones extras. Y sus líderes
estarán más inclinados a llegar a un compromiso si me tomo la molestia de
reunirme con ellos en persona.
—Supongo que tienes razón. Posees intuición para esas cosas. Me
gustaría poseerla a mí también —suspiró ella.
Se contemplaron mutuamente durante cierto tiempo antes de que él
dijera:
—La tienes, y más de lo que piensas. Y es mejor así...
Probablemente serás nuestra próxima Gran Duquesa —dijo sonriendo.
—¿Lo crees de veras?
El tema que habían estado dejando de lado durante aquellas
vacaciones salió por fin en aquel momento. La mujer añadió:
—En un tiempo yo también lo creía; ahora no estoy tan segura.
Por eso me he venido aquí, a la casa de mis padres. Después de ver las
consecuencias de mi propia estupidez, mucha gente ha dejado en claro lo que
piensa de mí.
—Déjate de tonterías —dijo él, quizá con más aspereza de lo que
quería—. Si tu padre no estuviese incapacitado por sus intereses en ciertos
negocios no habría ninguna duda en cuanto a su elección. Tú eres su hija y la
mejor alternativa que tenemos... Igual que él o quizá mejor... Precisamente por
eso eres lo bastante inteligente para saber que lo que digo es cierto. ¿Me
estás diciendo que vas a dejar que un puñado de puritanas y snobs te hagan
daño? Dios mío, deberías estar muy orgullosa de Eric. Con el tiempo tu retoño
será el mejor Gran Duque que Hermes haya tenido nunca.
Sus ojos se apartaron de los de él y se perdieron en la
oscuridad de la espesura. Apenas pudo oírla.
—Si es que puede doblegar lo malo de su padre que hay en él.
Volvió a mirarle a los ojos y dijo con voz fuerte mientras se
erguía:
—He dejado de odiar a Nick van Rijn. En realidad, él fue más
honrado conmigo que yo con él o conmigo misma. ¿Y cómo podría lamentar el haber
tenido a Eric? Pero últimamente..., Pete, tengo que admitir que me gustaría que
Eric fuese legítimo. Me gustaría que su padre fuese un hombre que pudiese vivir
entre nosotros.
—Una cosa así podría tener arreglo —respondió él.
Después su lengua se detuvo y permanecieron largo tiempo en
silencio; dos humanos grandes y rubios buscándose mutuamente el rostro a través
de una penumbra que casi les impedía la visión. La brisa arrullaba, el tilirra
cantaba y el río reía en camino hacia el mar.
X-18
Una nave recorrió el espacio hasta encontrar la supernova
extinguida. El capitán David Falkayn observó el núcleo en órbita a su alrededor
y vio sus riquezas. Pero su aspecto era tan amenazador que lo bautizó con el
nombre de Mirkheim.
Poco después condujo allí otras naves que llevaban a bordo a
unos seres que tenían la intención de extraer algo de aquella desolación.
Sabían que el tiempo del que dispondrían sería corto y que, por consiguiente,
debían trabajar duro y con decisión.
Falkayn y sus camaradas no se quedaron mucho tiempo. Tenían que
vivir sus propias vidas. Regresaban de vez en cuando, ansiosos de saber cómo
había marchado el trabajo, y los trabajadores les bendecirían siempre.
X-12
Strang ya no caminaba cuando descendía a Babur, sino que viajaba
con relativa facilidad sostenido por unos correajes sobre un deslizador
gravitatorio. Los nativos sabían que podía manejarse sobre su mundo lo bastante
bien como para ganarse su respeto. Lo había demostrado una vez y otra, a veces
con riesgo de su vida cuando aquella tierra violenta sufría un estallido, un
terremoto o una avalancha. Hoy estaba sentado en una cámara construida de hielo
y hablaba durante horas con el ser que él llamaba Ronzal.
Este no era el verdadero nombre del baburita, que consistía en
un conjunto de vibraciones que el computador del vocalizador había decidido
traducir como «ronzal». Lo más probable era que no fuese nada parecido, aunque
Strang nunca lo había podido averiguar con seguridad. Sin embargo, en el curso
del tiempo él y el portador del nombre se habían vuelto tan amigos como era
posible serlo en aquellas circunstancias. ¿Y quién podía decir a qué equivalía
aquello?
El idioma que empleaban en conversación dependía de lo que
cualquiera de ellos quisiese decir. El ánglico o el latín de la Liga se
prestaban mejor a algunos conceptos y el «siseman» a otros (estas tres sílabas
eran otro invento del vocalizador). Y aun así de vez en cuando se veían
obligados a buscar a tientas una forma de expresar lo que querían decir. Ni
siquiera estaban siempre seguros de lo que el otro pensaba. Aunque habían
pasado sus carreras intentando pacientemente construir puentes sobre las diferencias
entre sus cerebros y sus historiales, la tarea estaba lejos de ser terminada.
Pero Ronzal podía decir algo que hizo sonar las trompetas en el
interior de Strang.
—La oposición final ha sido vencida. Todo el globo está reunido
en la Banda Imperial. Ahora estamos listos para mirar hacia fuera.
¡Al fin, por fin! Pero todavía quedan años antes que nosotros
—Babur y yo— podamos hacer algo más que mirar. Tranquilo, Benoni; muchacho,
tranquilo.
El humano reprimió la exaltación de sus pensamientos.
—Maravilloso —dijo.
Ese era todo el entusiasmo que valía la pena demostrar, puesto
que las dos razas no expresaban el júbilo de la misma forma. Añadió:
—Claro que mis colegas y yo lo esperábamos. Habíais conseguido
tantas victorias que nos dejaba perplejos que hubiera sociedades que se
atrevieran a resistirse. De hecho acabo de volver de una conferencia con mis...
—vaciló—, mis superiores.
En realidad ya no lo son. Según los acontecimientos aquí han ido
cobrando impulso, al verse cada vez más probable que Babur de hecho podría
convertirse en el tipo de instrumento que yo había predicho, y al haberme
convertido yo en su principal y vital lazo con Babur, me he vuelto su igual y
al final seré su jefe.
No importa ahora, no tiene sentido fanfarronear, hasta que pueda
poner de nuevo los pies en Hermes queda aún un fatigoso camino.
—Estoy autorizado para comenzar conversaciones con el fin de
crear una armada espacial para vosotros —dijo.
—Entre nosotros hemos estado considerando cómo eso podría ser
posible desde un punto de vista económico —respondió Ronzal—. ¿Cómo podemos
hacer frente al coste?
Strang habló con precaución, mientras luchaba contra el
estremecimiento que le recorrió intentando recuperar la frialdad.
—Es posible que nuestra relación esté madura para abandonar el
intercambio valor-por-valor inmediato que hemos empleado hasta ahora. Es
evidente que con los recursos que podéis ofrecernos no podréis comprar el
desarrollo armamentístico.
(Oro y plata, que en Babur eran baratos porque con sus
temperaturas el mercurio sólido cumplía mejor sus funciones industriales.
Secreciones de plantas que eran un conveniente punto de partida para las
síntesis orgánico-halogénicas. Otros productos que formaban eslabones de una
cadena comercial, que iba de planeta en planeta, hasta que los comerciantes
conseguían por fin lo que querían. El comercio entre dos mundos tan extraños
mutuamente siempre sería marginal, aun en el mejor de los casos.)
—Nuestras razas pueden intercambiar servicios además de
productos —dijo Strang.
Ronzal permaneció en silencio, sin duda meditando sobre aquello.
¿Se atrevería a confiar profundamente en unos monstruos que respiraban oxígeno,
bebían agua líquida y desprendían un calor de horno de sus armaduras? Strang
comprendía a aquel ser. El había pasado por la misma inseguridad, y tampoco
nunca completamente tranquilo. Como para recordarse a sí mismo lo fuera de
lugar que él mismo se encontraba allí, a través de la penumbra miró de reojo al
baburita.
Cuando ambos estaban de pie, la cabeza de Ronzal llegaba a la
cintura del humano. Detrás de un torso erecto se extendía una barrica
horizontal desprovista de cola y sostenida por ocho cortas patas, que parecía
llevar hileras de agallas que en realidad eran los opérculos protectores de las
tráqueas que aireaban su cuerpo tan eficientemente como sus pulmones el de
Strang, debido a la densa atmósfera de hidrógeno. Del tronco surgían un par de
brazos que terminaban en garras como las de la langosta y de las muñecas nacían
unas fuertes tijeretas que hacían las veces de dedos. La mayor parte de la
cabeza consistía en un hocico esponjoso con cuatro ojos diminutos. La suave
piel estaba listada con los colores naranja, negro, azul y blanco, y en su
mayor parte iba cubierta por una fina túnica.
El baburita no tenía boca. Destrozaba la comida con las garras y
la ponía en una bolsa digestiva que tenía junto al abdomen, donde era licuada
para que el hocico pudiese hundirse allí y absorber la sustancia nutritiva. Los
sentidos del oído y del olfato se centraban en los órganos traqueales. Hablaban
con diafragmas vibrátiles a ambos lados de la cabeza. Había tres sexos y los
individuos pasaban cíclicamente de uno a otro, según conductas y circunstancias
que Strang nunca había conseguido dilucidar por completo.
Un humano desentrenado únicamente hubiese percibido algo
grotesco. El, que contemplaba al ser en su propio ambiente, veía dignidad,
poder y una extraña belleza.
Detrás del vocalizador, un zumbido preguntó:
—¿Quién de nosotros obtendrá beneficios?
—Los dos —aunque Strang sabía que sus palabras carecían de
significado para su interlocutor, dejó que resonasen con fuerza—: Ganaremos
Seguridad, Poder, Gloria, Justicia.
X-9
Tal y como se divisaba desde una transferencia activada en el
invernadero de Nicholas van Rijn, situado en la parte superior del Winged
Cross, el Conglomerado de Chicago era un paraíso de agujas, torres, paredes de
muchos colores, cristales de vitrilo, vías de comunicación que se curvaban
agradablemente, señales centelleantes, un poco de árboles y verde aquí y
allí..., el cielo y el lago tan chispeantes de movimiento como el propio suelo.
Los Falkayn nunca se cansaban del espectáculo cuando estaban allí de visita.
Para David era relativamente nuevo, pues se había pasado la mayor parte de su
vida fuera de la Tierra, pero Coya, que había estado visitando a su abuelo
desde antes de aprender a andar, también lo encontraba siempre nuevo. Hoy
aquello atraía su atención todavía más que antes porque ambos embarcarían
pronto en su primer viaje juntos más allá de los cometas, en el límite del
sistema solar.
El anciano les estaba ofreciendo una pequeña cena de despedida
estrictamente privada. Los servidores vivos que podía permitirse el lujo de
tener no contaban, pues su discreción estaba bien probada y, por otra parte,
había enviado a sus dos amantes del momento a su casa de Djakarta para que le
esperasen allí dentro de un día o dos. Los Falkayn iban provistos de buen
apetito, sabían la idea que tenía Van Rijn de una pequeña cena: duraría dos
horas desde el primer caviar de esturión hasta el último queso, magnífico en su
decadencia. Una sonata de Mozart sonaba alegremente en señal de bienvenida, las
jarras de cerveza se codeaban con unos vasitos de akvavit helado y una docena
de variedades de mariscos ahumados, y el aire estaba sutilmente impregnado de
incienso de Tai-Tu. Su anfitrión vestía en su honor algo mejor de lo que solía:
una camisa de manga larga con encajes en el cuello y puños, un chaleco
iridiscente y unos pantalones color ciruela —aunque sus pies calzaban unas
sandalias de paja— y parecía de un borrascoso buen humor. Fue entonces cuando
repiqueteó el teléfono.
—¿Wat drommel? —gruñó Van Rijn—. Le dije a Mortensen que no
pasase llamadas de nadie con menos categoría que el arcángel San Gabriel. Ese
pudín de cerebro que tiene se habrá enfriado y desecho en pedacitos.
Su enorme forma trastabilló sobre la alfombra de gato tropical
hasta llegar al instrumento en el extremo opuesto de la habitación. Apretó el
botón para aceptar la llamada, mientras decía:
—Le daré lo que se merece, ¡maldita sea!
—Al habla la señora Lennart, señor —anunció la figura que
apareció en la pantalla—. Dijo usted que hablaría con ella en cuanto
respondiese a su petición de entrevista. ¿La pasamos?
Van Rijn vaciló, tirándose de la perilla que adornaba su triple
papada bajo su tieso bigote. Sus ojos negros parecidos a abalorios y colocados
muy cerca el uno del otro a ambos lados de la enorme nariz ganchuda bajo la
inclinada frente fueron como dardos hacia sus invitados. Muchos afirmaban, pero
no era cierto, que el dueño de la Compañía Solar de Especias y Licores tenía un
computador criogénico como alma postiza. Estaba bastante chiflado por su nieta
favorita y su reciente esposo había sido su protegido antes de convertirse en
su agente.
—Ya sé lo que va a graznar —musitó—. Porquerías. Va a
estropearnos una juerga feliz.
—Pero será mejor que aproveches la oportunidad de hablar con
ella cuando se presenta, ¿no es cierto, Gunung Tuan? —contestó Coya—. Adelante.
Davy y yo admiraremos la vista.
Ella no sugirió que recibiese la llamada en otra habitación. Que
él podía confiar en ellos, como de hecho lo hacía, no necesitaba decirse con
palabras. Las lealtades se iban haciendo más intensas personalmente según
disminuía la confianza en las instituciones públicas, tanto en las del Mercado
Común Solar como en las de la Liga Polesotécnica.
Van Rijn suspiró como un tifón enano y se repantingó en un
asiento, con la panza descansando majestuosamente sobre el regazo.
—No tardaré demasiado, no, cortaré la discusión —les prometió—.
Esa Lennart me produce indigestión, ja, hace que mis malditos jugos hiervan.
Pero necesitamos guardarnos las espaldas mutuamente, por muy huesuda que sea la
suya... Pasa la llamada —le dijo a su secretario jefe.
Falkayn y Coya se volvieron con sus bebidas hacia la
transparencia y contemplaron el exterior. Pero sus miradas se apartaron de allí
porque ambos pensaban que el otro era una vista mucho más espléndida que lo que
les rodeaba.
El podría estar menos enamorado que ella: le llevaba dieciocho
años y era un vagabundo que había conocido muchas mujeres en muchos lugares
distintos. Lo que sentía en realidad era que, después de todo aquel tiempo,
había llegado por fin a un refugio que había estado buscando siempre, aun sin
saberlo. Coya Conyon, que seguía con orgullo una costumbre en auge en su
generación y se llamaba a sí misma Coya Falkayn, se veía alta y esbelta en su
traje pantalón escarlata. Su liso cabello negro le llegaba a los hombros,
enmarcando un rostro de forma oval con ojos grandes y verdes con pintas
doradas, boca grande y dulce sobre la pequeña pero firme barbilla y una nariz
chata como la de él. Su tez era marfileña, bronceada por el sol.
Y ella todavía no se había cansado de mirarle. El también era
alto, su vestimenta gris dejaba traslucir una complexión atlética, su rostro
era anguloso en las mejillas y de pómulos altos. Como era corriente entre las
familias aristocráticas de Hermes, tenía los ojos azules, el pelo rubio y el
porte altivo de aquella casta, aunque sus labios desmentían su herencia, pues
eran propensos a reír con mucha facilidad. No necesitaba hasta el momento
ningún tipo de artificio meditécnico para parecer más joven de los cuarenta y
un años que tenía.
Sonrieron mientras hacían chocar sus jarras de cerveza. El
aullido de Van Rijn devolvió de mala gana sus mentes a la habitación.
—¿Qué está diciendo?
El mercader se había erguido en su asiento. Sus tirabuzones
negros, que habían estado de moda hacía tres décadas, danzaron enroscados sobre
sus carnosos hombros. En Falkayn se filtró el recuerdo de un episodio reciente
durante el cual una compañía de la competencia había montado toda una
complicada operación de espionaje para averiguar si el viejo se teñía el pelo o
no. Aquello podría ser una pista sobre si su capacidad de rapiña pronto
disminuiría con la edad. El intento había fallado.
—No debería usted contar chistes, Lennart —continuó Van Rijn—,
no es su estilo. Aunque estuviese usted vestida de payaso con una mueca pintada
en la cara y un globo rojo en la mano, continuaría pareciendo que iba a citar a
algún profeta judío de los menores, en un mal momento. Hablemos francamente de
cómo nos organizamos para detener esta plaga.
La mirada de Hanny Lennart le taladró desde varios miles de
kilómetros de distancia. Era una rubia delgada y tétrica, incongruentemente
vestida con una túnica bordada de oro.
—Usted es el único que está haciendo el payaso, señor Van Rijn
—dijo ella—. Le digo con bastante claridad que las Compañías no se opondrán a
la ley de Garver. Y déjeme que le sugiera algo en su propio beneficio. Siendo
la tendencia general la que sabemos, sería muy poco inteligente por su parte
que lanzase contra esa ley a todos sus politiqueros de superficie y a todos los
artistas subterráneos que se dejen sobornar por usted. Estarían predestinados a
fracasar y no conseguiría otra cosa que mala voluntad.
—Pero... Helen verdoeming! ¿Es que no comprende lo que producirá
esto? Si los sindicatos consiguen tener ese tipo de influencia sobre la
dirección, no será la nariz del camello lo que se meta en nuestra tienda. No,
maldita sea, será su mal aliento y sus huellas llenas de arena, y en seguida
todo él, y ya puede suponer lo que hará.
—Sus temores son una exageración —dijo Lennart—, siempre lo han
sido.
—Nunca. Todo lo que yo predije que sucedería ha venido
sucediendo, año tras año, pión, pión, pión. Escuche. Un sindicato es una
organización en busca de beneficios, por mucho bombo que den a eso del
bienestar de los trabajadores. Muy bien, no hay nada de malo en ello, con tal
de que su avaricia sea razonable. Pero en nuestros tiempos los sindicatos
también son organizaciones políticas, ligados al gobierno como pulpos siameses
gemelos. Si se les permite controlar esos fondos, es el propio gobierno el que
se nos está metiendo en el negocio.
—Lo que puede ser recíproco —declaró Lennart—. Francamente..., y
hablando ahora personalmente, no como portavoz autorizado de las Compañías...,
francamente, creo que su idea del gobierno como el enemigo natural de toda vida
inteligente es propia de la era del mesozoico. Si quiere un ejemplo claro de lo
que esto puede provocar, mire fuera del Sistema Solar, mire lo que hacen los
Siete en un mundo tras otro, rutinariamente, brutalmente. ¿O no le importa?
—Los propios Siete no quieren que la competencia libre...
—Señor Van Rijn, tanto usted como yo estamos muy ocupados. He
tenido la cortesía de llamarle directamente para decirle que no malgaste sus
esfuerzos intentando conseguir que las Compañías se opongan a que la ley de
Garver sea aprobada, así que ya colegirá que ésa es nuestra intención. Estamos
contentos de que la ley se apruebe y razonablemente seguros de que esto
ocurrirá, a pesar de lo que pueda hacer usted y los de su clase. ¿Quiere
terminar esta discusión y que ambos volvamos a nuestras ocupaciones específicas?
Van Rijn se puso del color de las pulgas y barbotó algunas
palabras que ella tomó por señal de asentimiento.
—Entonces adiós —dijo ella, y cortó la comunicación.
La pantalla vacía zumbó.
—Hum, parecen malas noticias —se atrevió a decir Falkayn
acercándose al viejo después de unos minutos.
Lentamente, Van Rijn fue perdiendo su semejanza con un volcán a
punto de explotar.
—Noticias desgraciadas —murmuró—. Injustas, desagradables,
malolientes, fangosas noticias. Haremos como si nunca las hubiésemos oído.
Coya se acercó al asiento y le acarició la melena con la mano.
—No, Gunung Tuan —dijo tranquilamente—, cuéntanoslo, te sentirás
mejor.
Van Rijn les transmitió las nuevas entre juramentos y frases
menos comprensibles en varios idiomas. El delegado de Lunogrado en el
Parlamento, Edward Garver, había presentado una ley por la cual la
administración de los fondos de las pensiones privadas concedidas a empleados
que fuesen ciudadanos del Mercado Común pasaba a estar controlada por sus
sindicatos. En el caso de Solar de Especias y Licores esto quería decir el
Sindicato de Técnicos Unidos principalmente. Las Compañías —se llamaba así a
las que tenían su base y operaban mayoritariamente dentro de los confines del
Mercado Común— habían decidido no oponerse a la aprobación de la medida. Antes
bien, sus representantes trabajarían con los comités nombrados al efecto para
perfeccionarla a satisfacción de todos. Esto quería decir que la Liga
Polesotécnica como tal no podría hacer nada: las Compañías y sus satélites
controlaban demasiados votos en el Consejo. Además, los Siete del Espacio
probablemente la recibirían con indiferencia, ya que una ley así no les
afectaba demasiado. Eran las empresas independientes como la de Van Rijn las
que se verían más controladas, pues operaban a escala interestelar, pero con
gran parte de sus mercados en el interior del Mercado Común.
—Y cuando los Técnicos Unidos digan dónde debemos invertir,
Técnicos Unidos consigue un gran poder extra —terminó el mercader—. Poder no
sólo en nuestros negocios, sino también en las finanzas, en la economía, en el
gobierno..., y será el gobierno quien llevará la dirección del show de forma
progresiva. Ach, no os envidio los hijos que tendréis vosotros dos.
—¿No ves ninguna esperanza de impedirlo? —preguntó Falkayn—. Yo
sé lo muy a menudo que has jugado con cualquiera que se desmandaba. ¿Qué me
dices de un esfuerzo de relaciones públicas? Presiones sobre los legisladores
apropiados, cabildeos, todos los trucos que tan bien conoces.
—Creo que no hay nada que hacer con los cinco grandes contra
nosotros —dijo pesadamente Van Rijn—. Quizá esté equivocado, pero... ja, ja,
David, chico, te llevo treinta años y las personas al final se cansan, aunque
tengan cromosomas de larga vida y cantidad de buenos tratamientos antisenectud.
No haré mucho.
Se dio ánimos a sí mismo.
—Pero, Dios mío, ¿qué son todas esas tonterías que estoy
diciendo? Se supone que pasamos una noche feliz y nos emborrachamos antes de
que Coya se vaya con tu equipo y encuentre montones de beneficios nuevos y encantadores.
Se puso de pie.
—¡Lo que necesitamos aquí es más bebida! Estamos tan secos como
Marte. ¿Dónde está esa botella de cola? ¡Digo que bebáis más cerveza! ¡Más
akvavit! ¡Más de todo, maldita sea!
X-7
El sol Elena era un enano, pero la cercanía de su planeta Valya
hacía que su disco luciese grande y de un rojo anaranjado en el cielo color
índigo. La mañana estaba a la mitad y no se pondría hasta dentro de unas
cuarenta horas. El océano brillaba tan tranquilo como un lago. La tierra
ondulaba bajo una cubierta bermeja de arbustos y turba. Unos diminutos y
brillantes voladores, que no eran insectos, galopaban sobre una brisa cálida y
que sonaba un poco a hierros entrechocándose.
Delante del edificio central de la base científica, Eric
Tamarin-Asmundsen. hablaba de su ira y de sus intenciones a la comandante Anna
Karagatzis. A su lado se agazapaba el nativo que ellos denominaban Charlie, de
largas extremidades, delgado, cubierto por pelos azules y con una cabeza que
parecía una lágrima con antenas.
—Le estoy diciendo que allí no hará otra cosa que perder el
tiempo —dijo la mujer—. ¿Cree que yo no he pasado de las protestas a las
súplicas y a las amenazas? Wyler se rió de mí... hasta que se enfadó y a su vez
nos amenazó si no dejaba de darle la lata.
— ¡Yo no sabía eso! —Eric se puso rígido mientras la sangre se
agolpaba en su rostro e intentaba calmarse—. Pero es un farol. ¿Qué podrían
atreverse a hacer contra cualquiera de nosotros? ¿Se atreverían?
—No estoy segura —dijo Karagatzis con un suspiro—, pero he
estado en su campamento y he visto lo bien armados que están. ¿Y qué somos
nosotros más que una comunidad de investigadores y personal de servicios que
nunca en su vida ha disparado un tiro? Los hombres de la Estelar pueden hacer
lo que quieran. Y estamos alejados de todas las jurisdicciones civilizadas.
—¿De verdad? ¿No es cierto que el Mercado Común pretende tener
derecho a castigar las fechorías de sus ciudadanos en cualquier lugar que éstos
se encuentren?
—Es cierto. Pero supongo que muchos, si no todos, los de este
grupo tienen diferentes ciudadanías. Además, no conseguiríamos una
investigación policial aquí, los más cercanos están a más de doscientos años
luz de distancia.
—Hermes no está tan lejos.
Karagatzis le dedicó una mirada de sondeo. Era grande. Sus
rasgos marcados por la intemperie le hacían mayor de los veintiún años que
tenía; corpulento, de nariz romana, mandíbula cuadrada y ojos castaños,
normalmente era feo de una forma agradable, pero ahora la rabia le hacía
aparecer siniestro. Según el estilo de los hombres en su planeta natal y en la
Tierra, no llevaba barba, pero sí unos rizos negros cortados por encima de las
orejas. Vestía un mono normal y botas, aunque la insignia de la familia ducal
campeaba sobre un emblema en el hombro.
—¿Qué es lo que Hermes podría hacer? —se preguntó Karagatzis—.
¿Qué querría hacer? Estoy segura de que Valya no significa nada para su pueblo.
—Estelar de Metales comercia con nosotros —le recordó él—. No
creo que los jefes de Wyler le agradeciesen que provocase a un buen compañero
de negocios.
—¿Es que un conjunto más de barbaridades en otro de esos mundos
atrasados molestaría realmente a alguien? ¿Le importaría mucho a usted si
estuviese allá, si nunca hubiese estado aquí de servicio y oyese la historia?
Sea honrado consigo mismo.
—Estoy aquí y debo hacer lo que pueda, ¿no? —dijo él respirando
profundamente.
—Bien —ella había tomado una decisión—. Muy bien, Lord Eric
—hablaba cuidadosamente, como si ella también hubiese sido educada en el
dialecto del ánglico que hablaban en Hermes—, tiene permiso para ir y ver si su
influencia puede mejorar la situación. Pero no fanfarronee. No nos comprometa
en algo imprudente. Y no le prometa nada a los nativos.
El dolor rompió su caparazón mientras añadía:
—Ya ha sido bastante doloroso verlos venir a nosotros perplejos
y creyendo que los humanos éramos sus amigos y... y tener que admitir que no
podemos hacer nada.
Eric bajó su mirada en la dirección de Charlie. El autóctono le
había buscado cuando él regresó. Se habían conocido cuando el de Hermes estaba
haciendo trabajo de campo en las montañas de las que Charlie ahora había tenido
que fugarse. Cogido por sorpresa, sólo pudo decir:
—Señora, no he alimentado conscientemente las esperanzas de este
individuo. Karagatzis le sonrió tristemente y dijo:
—Por lo menos las mías no.
—No tardaré mucho —dijo Eric—. Deséeme suerte, adiós.
Se alejó rápidamente con Charlie a su lado.
Cuando se marchaba se cruzaron con varias personas que les
saludaron, aunque no de forma demasiado alegre. La invasión estropeaba los
proyectos de todo el mundo, directa o indirectamente. Quizá sería más apropiado
decir que a aquellos trabajadores les gustaban los nativos de Valya. Era duro
permanecer sin poder hacer nada mientras el pueblo de las montañas estaba
siendo despojado.
¿Indefensos?, pensaba él. Ya lo veremos. Al mismo tiempo, el
fondo de su mente le decía que aquello había estado sucediendo desde hacía
varias semanas ya. ¿No habría hecho alguien algo si es que era realmente
posible doblegar a la Estelar?
El y sus compañeros se habían ido a otro de los continentes,
principalmente para observar los rituales de las danzas. La coreografía era una
íntima y complicada parte de la vida en todos los lugares de aquel planeta.
Habían dejado aparcado su vehículo bastante lejos del emplazamiento de los
danzantes, para minimizar el efecto de su presencia. No les había parecido que
hubiese ningún riesgo importante en suprimir así el contacto por radio. Pero
cuando regresaron se encontró con una desgracia que quizá hubiese sido capaz de
impedir...
En el exterior de la base había una docena de refugios
provisionales cuyo plástico resaltaba chillón sobre los suaves rojos y pardos
de la vegetación. Karagatzis le había contado a Eric cómo los hombres de la
Estelar de Metales habían expulsado de las montañas a los pocos buscadores de
oro independientes que estaban allí antes que ellos y cuyas actividades habían
sido inofensivas debido a su pequeña escala y a todos los nativos que se
resistieron. Las víctimas estaban esperando que llegase su próxima nave con
suministros para que se los llevase de allí.
Uno de los hombres que esperaban sentados, ociosos y amargados,
se levantó y se acercó. Eric le había conocido anteriormente: era Leandro
Mendoza.
—Hola, Tamarin-Asmundsen —dijo sin sonreír.
Debido a su preocupación, el de Hermes se sintió sorprendido
durante una fracción de segundo. ¿Quién? Normalmente los apellidos no se
empleaban cuando se hablaba con los de su clase; cuando se dirigían a él
formalmente era «Lord Eric», y de lo contrario sencillamente «Eric» o «Gunner»
para amigos íntimos. Recordó que Mendoza estaba usando el ánglico según se
hablaba en la Tierra y se maldijo a sí mismo.
—Hola —dijo, deteniéndose de no muy buena gana.
—Ha estado fuera, ¿no? —preguntó Mendoza—. Acaba de enterarse,
¿verdad?
—Sí, y si me permite tengo prisa.
—¿Va a visitar a Sheldon Wyler? ¿Qué cree que podrá hacer?
—Lo averiguaré.
—Tenga cuidado, no sea que lo averigüe en forma poco agradable,
como nos pasó a nosotros.
—Ah, sí, he oído que sus guardias les expulsaron de sus propias
excavaciones con la ayuda de armas. ¿Dónde están sus aparatos?
—Los vendimos. No teníamos otra alternativa. Todos nosotros
habíamos invertido una nova en nuestros equipos y aún no habíamos ganado
suficiente para pagar por su transporte a otro lugar. Nos los compró a un
precio que nos deja medio arruinados.
—¿Habrá sido acertado eso? —dijo Eric despreciativamente—: ¿No
han puesto en peligro su caso cuando lo lleven ante un tribunal? Por supuesto
que los demandarán, espero.
Mendoza dejó escapar la risa.
—¿Ante un tribunal del Mercado Común? Si la propia Estelar no
tiene al juez en nómina estará en la otra compañía, y acostumbran a hacerse
favores mutuamente. Nuestras quejas hubiesen sido rechazadas antes de terminar
de exponerlas.
—Me refiero a la Liga Polesotécnica. A su tribunal de ética.
—¿Está bromeando? —después de unos segundos, Mendoza añadió—:
Bueno, adelante, si eso es lo que quiere; le agradezco su buena intención.
Se apartó con la cabeza baja.
Eric continuó su camino.
—¿Qué decía tu otro yo? —preguntó Charlie.
Aunque eso era una traducción muy tosca de los gorgojeos de su
pregunta. Los psicólogos aún no habían conseguido aprender los conceptos del yo
y del tú que subyacían tras el lenguaje de las tierras altas. Y ahora, pensaba
Eric, toda aquella cultura se hallaba en trance de desaparición debido a los
hombres que operaban en su país.
Su vocabulario también era escaso, aunque eso se debía a las
sesiones con un educador inductivo.
—Es uno de los que estaban cogiendo oro antes de que los recién
llegados les echasen —explicó.
—Sí, nosotros les conocemos bien. Pagaban generosamente con
herramientas y ropas por el derecho a cavar unos pocos agujeros. Los últimos en
llegar no pagan nada y, lo que es peor, están dispersando el ganado de los
bosques.
—El hombre que habló conmigo no esperaba que yo consiguiese
nada.
—¿Y tú?
Eric no contestó.
En el garaje, Eric escogió un vehículo e hizo una seña a Charlie
para que subiera primero. Las antenas del nativo de Valya se estremecieron
porque nunca
había volado antes. Pero cuando el vehículo se elevó
silenciosamente por la acción de la antigravedad, contempló la Tierra a través
de la burbuja de la cabina, y dijo:
—Puedo guiarte. Hacia allí.
Señaló el nordeste.
Un humano con un historial parecido no podría haber interpretado
tan rápidamente una vista aérea por primera vez, pensó Eric. Había llegado allí
hacía casi un año, dispuesto a sentirse paternalista y amigable con seres cuya
cultura más desarrollada se encontraba aún en el equivalente a la Edad del
Bronce y ya había llegado a admirarles. Tecnológicamente, por supuesto, no
tenían nada que enseñar a una especie que navegaba por el espacio. Pero se
preguntaba qué influencia tendría con el tiempo su arte y su filosofía.
Si es que sus sociedades conseguían sobrevivir, pues muchas
veces los cimientos de la existencia son terriblemente vulnerables. Un ejemplo
inmediato: los habitantes de las tierras altas obtenían la mayor parte de sus
alimentos de unas bestias que comían hojas, ni salvajes ni domésticas, sino
algo que no equivalía exactamente a ninguna de esas dos palabras. La expedición
de la Estelar de Metales había diseminado los rebaños al llenar el territorio
más rico de estruendosas máquinas excavadoras; se habían convertido en algo así
como una plaga de langosta en la antigua Tierra.
Por los tres equivocados Hados, el pensamiento le mordió a Eric,
¿por qué tiene que ser el oro un recurso industrial importante? Su parte madura
le dijo secamente: Por su conductividad, maleabilidad y relativa inercia
química. Protestó: ¿Por qué tiene que venir aquí precisamente una corporación
extraña, cuando podrían ir a miles de mundos desprovistos de vida? La respuesta
no tardó en llegar: Un planetólogo advirtió la existencia de un rico depósito y
la noticia fue conocida, originando una fiebre del oro en pequeña escala, de la
que a su vez se enteró la compañía. Los trabajos de prospección ya estaban
hechos y en Valya los hombres no necesitamos caros y delicados aparatos de
soporte vital.
¿Entonces por qué el filón tiene que estar justo donde está? Esa
pregunta no tenía respuesta.
El vehículo voló rápidamente sobre las llanuras de la costa. La
tierra subía y se escarpaba, transformándose en una cordillera cubierta por
bosques. Al lado de un lago apareció un feo parche desnudo. Charlie lo señaló y
Eric descendió.
Ya sobre el suelo, un par de guardias salieron corriendo a
darles alcance: un humano y un merseiano.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —dijo el hombre con violencia—. Esta
es una zona particular y está prohibida la entrada.
—¿Quién te dio los títulos de propiedad? —se erizó Eric.
—No te importa. Los tenemos y los hacemos valer. Fuera.
—Quiero ver a Sheldon Wyler.
—Ya habéis visto lo suficiente, cabezas de chorlito. Marchaos,
¿o es que tenemos que ponernos duros? —mientras hablaba, el guardia había
llevado la mano hacia la pistola enfundada en su cintura.
—No creo que a él le guste que ataques al presunto heredero del
trono de Hermes —dijo Eric.
Los mercenarios no pudieron ocultar por completo su nerviosismo.
El Gran Ducado no estaba tan lejos y, de hecho, poseía una pequeña armada.
—De acuerdo, venid —dijo el humano por fin.
Eric vio pocos trabajadores mientras cruzaban el polvoriento
campamento. La mayoría estaban violando el bosque. La Estelar no se contentaba
con excavar en los filones y cribar los riachuelos. Arrancaba el cuarzo de
maderas enteras, lo pasaba por un extractor móvil y dejaba montañas de desechos
venenosos; enviaba ríos enteros a través de separadores hidráulicos, sin
importarle toda la fauna acuática que ello destruía.
La monástica oficina se encontraba en el interior de una cabina
prefabricada. Wyler estaba sentado detrás de un gran escritorio. Era corpulento
y de rasgos pesados, con un bigote que le daba aspecto de morsa, y al principio
manifestó unos modales sorprendentemente suaves. Despidió a los guardias, y
dijo:
—Siéntese. ¿Fuma? Estos puros están liados con tabaco cultivado
en la Tierra. Eric negó con la cabeza y se sentó.
—Así que algún día será usted Gran Duque —continuó Wyler—.
Pensaba que ese trabajo era electivo.
—Lo es, pero normalmente es elegido el hijo mayor.
—¿Y cómo es que se encuentra aquí haciendo de científico,
entonces?
—Preparándome. Un Gran Duque también tiene tratos con no
humanos. Experiencia xenológica... —la voz de Eric se apagó. ¡Maldición! Este
bergante ya me ha puesto a la defensiva.
—¿Así que en realidad no habla en representación de su mundo?
—No, pero... no... Bueno, yo escribo allá y con el tiempo
volveré.
—Por supuesto —asintió Wyler—, nos gustaría que tuviera una
buena opinión de nosotros. ¿Qué le parecería oír nuestra versión del caso?
Eric se inclinó hacia delante con las manos sobre las rodillas.
—La señora Karagatzis ya me ha contado lo que usted le dijo. Sé
cómo han conseguido ustedes su «permiso para explorar y desarrollar». Sé que
pretenden que como la propiedad privada no es una institución local no están
violando ningún derecho. Y dice también que dentro de uno o dos años habrán
terminado, harán las maletas y se marcharán. Sí. No necesita repetirme todo
eso.
—Entonces seguramente no tiene usted que repetirme a mí lo que
dijo su comandante.
—¿Pero es que no le importa lo que está haciendo? Wyler se
encogió de hombros.
—Cada vez que una nave espacial toca la superficie de un nuevo
planeta hay unas consecuencias. Sabíamos que nadie había puesto objeciones a la
minería de los independientes, aunque no tenían permiso..., ninguna
justificación legal. Estaba dispuesto a tratar de conseguir alguna compensación
para esos saltamontes... los nativos. Pero para eso hubiese necesitado la ayuda
de vuestros expertos. Lo que obtuve fue el maldito obstruccionismo.
—Sí, porque no hay ninguna forma de compensar la ruina de un
país. ¿Para qué seguir? —estalló Eric—. Nunca le importó. Desde el principio
teníais la intención de ser una banda de salteadores.
—¿No le parece que eso tendrían que decidirlo los tribunales? No
es que crea que vayan a ir a juicio, cuando no pueden demostrar ningún daño
serio —Wyler apoyó los dedos sobre la mesa y entrelazó los dedos—. Con
franqueza, me desilusiona usted, no esperaba que repitiese una conversación
rancia. Ya sabe que yo también puedo pretender que estoy aquí haciendo el bien.
La industria necesita oro. Ustedes han puesto la conveniencia de unos miles de
malditos salvajes sobre las necesidades de billones de seres civilizados.
—Yo..., yo... Muy bien —Eric irguió la cabeza—. Hablemos
francamente. Ha hecho usted un enemigo de mí y yo tengo influencia en Hermes.
¿Quiere dejar las cosas tal como están o no?
—Como es natural, la Estelar de Metales quiere conservar la
amistad, si lo permitís; en cuanto a esa amenaza... admito que no soy un
experto en vuestros asuntos, pero creo recordar que tenéis allí una casta
descontenta. ¿Querrán hacer propios los problemas de un puñado de alienígenas
mucho después de que estas operaciones hayan terminado? Lo dudo. Creo que su
madre tiene más sentido común que todo eso.
Al final, Eric regresó a su vehículo igual que vino. Era la
primera derrota absoluta que había conocido en su vida. Como le previniera
Karagatzis, el decírselo a Charlie la hizo doblemente penosa.
X-5
El satélite de Babur, al que los humanos habían llamado Ayísha,
tenía aproximadamente el mismo tamaño que la Luna. Benoni Strang contemplaba
las rocas cenicientas y agujereadas por los cráteres, escasamente iluminadas,
desde una escotilla en una de las cúpulas de la colonia. El cielo estaba negro
y las estrellas brillaban en aquel vacío sin parpadear. El planeta colgaba
giboso, como un gran escudo de ámbar blasonado por las bandas que formaban las
nubes, cuya blancura era suavizada por tonos de ocre y cinabrio. Cerca, en el
horizonte, se elevaba el esqueleto de un soporte de pruebas para naves
espaciales que parecía una torre dispuesta para poner sitio al universo.
El interior de las cúpulas era algo más que cálido. El peso
normal en la Tierra, aire que un hombre podía atreverse a respirar. Strang
estaba de pie sobre una hierba aterciopelada entre arbustos llenos de flores.
Detrás de él, y en el parque, se encontraban una sala de baile, una piscina,
fuentes, mesas donde se podía uno sentar y cenar la comida más delicada y los
vinos más exquisitos. En otros puntos de la base había diversiones de todo
tipo, desde una tienda de productos de artesanía y un teatro de aficionados
hasta los vicios más complicados que existiesen en cualquiera de los mundos
conocidos. La gente que trabajaba allí necesitaba no sólo distraerse de un
trabajo muy exigente, sino también compensaciones por el hecho de tener que
pasar buena parte de su vida en Ayisha y Babur con ambiente artificial, de no
permisos ni poder recibir visitantes y de tener que someter a censura su
correo. Los que al fin no podían soportarlo por más tiempo, a pesar de la
generosa paga que se iba acumulando allá en el hogar, tenían que ser sometidos
a un lavado de cerebro antes de partir. Aquello formaba parte del contrato, que
era hecho valer prontamente por la policía de la colonia.
La mente de Strang volvió a los primeros años: el trabajo, el
peligro y la austeridad de la época en que los hombres habían construido por
primera vez una cabeza de puente en aquella soledad, y casi los echó de menos.
Entonces había sido joven.
Aunque nunca fui especialmente alegre como se supone que lo son
los jóvenes, pensó. Siempre fui demasiado ambicioso.
—¿En qué estás pensando tan melancólico? —le preguntó Emma
Reinhardt.
Se volvió a mirarla. Era una atractiva alemana, ayudante de
ingeniería, que tenía muchas probabilidades de convertirse en su primer amante;
últimamente habían estado muchas veces juntos.
—Oh —dijo él—, pensaba sólo en lo lejos que hemos llegado desde
que empezamos aquí y en lo que falta todavía.
—¿Alguna vez piensas en otra cosa que no sea tu... tu misión?
—preguntó ella.
—Siempre me ha exigido todo lo que yo tengo para dar —admitió
él.
Ella le estudió a su vez. Era delgado, de altura media y de
movimientos graciosos. Su rostro era rectangular y de rasgos regulares, su
cabello y su bigote eran castaños oscuros y sus ojos de un gris azulado. Para
aquellos momentos de ocio llevaba un traje pantalón de confección muy cuidada.
—A veces me pregunto qué será de ti cuando este proyecto termine
—murmuró ella.
—Aún falta bastante para que eso suceda —dijo él—. Ahora mismo
calculo que faltan seis años estándar antes de que podamos hacer nuestro primer
movimiento importante.
—A menos que seáis sorprendidos.
—Sí, lo que no se puede predecir es prácticamente inevitable.
Bueno, confío en que lo que hemos construido sea lo suficientemente sólido para
poder ajustarse... y actuar.
—No me entiendes —dijo ella—. Es claro que todavía tienes ante
ti un largo período de dirección de este asunto. Pero, con el tiempo, se te
escapará de las manos, o, por lo menos, habrá también otras manos. ¿Y entonces
qué?
—Entonces, o mejor dicho, antes de eso, me iré a casa.
—¿A Hermes?
El asintió mientras decía:
—Sí. En cierta forma, todo este trabajo ha sido para mí un medio
de llegar a ese fin. Ya te he contado lo que sufrí allí.
—La verdad, y hablando con franqueza, a mí no me ha parecido tan
terrible —dijo ella—. Como eras de la casta de los travers no podías votar, los
aristócratas poseían todas las tierras y... Bueno, no hay duda de que un chico
ambicioso se sentiría frustrado. Pero te marchaste del planeta, ¿no?, y te
hiciste una carrera. Nadie intentó impedírtelo.
—¿Qué me dices de los que se quedaron allí?
—Sí, ¿qué me dices de ellos? ¿De verdad están tan mal?
—¡Son unos seres inferiores! No importa lo cómodas que puedan
parecer las condiciones que se les imponen, son seres de segunda categoría. No
tienen ningún tipo de voz en los asuntos de su propio planeta. Y las familias
no tienen ningún interés en el progreso ni en el desarrollo, sólo piensan en
agarrarse a sus preciosos privilegios feudales. Te estoy diciendo que todo ese
podrido sistema debiera haber sido destruido hace cien años. No, debiera haber
sido abortado desde el mismo principio... —Strang se detuvo—. Pero no podrás
comprenderlo porque no lo has experimentado.
Emma Reihnhard fue recorrida por un ligero estremecimiento.
Acababa de percibir fanatismo.
X-l
Leonardo Rigassi, un capitán del espacio procedente de la
Tierra, fue el hombre que rastreó el mundo que estaban buscando varias
tripulaciones, y vio, con asombro, que había otros que habían llegado mucho
antes que él. Gente que llamaba a aquel mundo Mirkheim.
Por tanto, aquél fue el año que Dios, el destino, o la
casualidad, habían ordenado.
1
Delfinburg recorría lentamente el mar de las Filipinas. En las
calles del distrito del ocio miles de colores fulguraban saltarines, la carne
se rodeaba con la carne. Para los que buscaban diversiones más tranquilas había
otros lugares, entre ellos el jardín del tejado del Godwana House. Situado a
estribor de uno de los diques flotantes que iban en cabeza, ofrecía una
arrebatadora panorámica: por un lado la ciudad del océano y por el otro el
propio mar. Durante el día era normal que las aguas estuviesen abarrotadas de
botes, pero después del anochecer lo normal era que sólo se divisasen las luces
móviles de unos cuantos pesqueros que patrullaban los rebaños de peces y, en
los climas tropicales, los buques que bombeaban los minerales desde el fondo
para alimentar las capas de plancton. Aquellas luces semejaban luciérnagas que
se hubiesen apartado mucho de la tierra.
Aquella noche las luces del jardín lucían más tenues y la
orquesta tocaba en sordina música de baile del Renacimiento clásico: valses,
mazurcas, tangos, mientras las parejas estrechamente unidas se deslizaban
dulcemente. Las flores y los arbustos que rodeaban la pista de baile enviaban
fragancias de rosas, jazmines, crisálidas y siemprevivas a la deriva por el
suave viento. Arriba, las estrellas parecían estar tan cerca que casi se podían
tocar.
—Me gustaría que esto pudiese durar siempre —murmuró Coya
Falkayn. Su esposo intentó reírse.
—No, no lo creo, querida. Nunca he conocido a una chica que
resistiese la monotonía peor que tú, ni que tuviese más talento para romperla.
—Pues hay un montón de cosas que me gustaría que fuesen
eternas..., pero al mismo tiempo, ya me entiendes —dijo ella.
Cuando siguió hablando, el notó que también ella se estaba
esforzando por emplear un tono ligero.
—La vida debiera ser como un alfa-uno cantoriano. Te traduzco,
mi querido analfabeto matemático: una infinidad de infinidades.
En cambio, pensó él, recorremos caminos únicos en un solo
espacio-tiempo, durante cien años más o menos, si tenemos los mejores
tratamientos antisenectud disponibles..., a menos, claro, quépase algo que
liquide por completo una determinada línea vital. No me importa demasiado mi
propia mortalidad, Coya; pero ¡cómo me molesta la tuya!
—Bien —le dijo—, yo solía soñar con gran número de mujeres,
todas bellísimas y accesibles. Pero me encuentro con que tú eres muchas y a la
vez una.
Inclinó la cabeza y apoyó su mejilla contra la de ella,
percibiendo el limpio olor de su cabello entre rastros de perfume.
—Vamos, mi amor —dijo—. Ya que tenemos que hacer las cosas una
detrás de otra, concentrémonos en el baile.
Ella asintió, pero aunque sus movimientos seguían siendo
diestros, él sintió que su tensión interior no se había aflojado; sus dedos se
entrelazaban con los suyos de forma innecesariamente fuerte. Así que al final
de la canción sugirió:
—¿Nos bebemos algo fuera?
La condujo hasta una barra en el exterior. Después de conseguir
una copa de champán, ella dijo a su vez:
—Me gustaría mirar el mar un rato.
Encontraron un sitio privado al lado de la barandilla externa.
Un emparrado cargado de uvas los separaba discretamente de la pista de baile y
de cualquier otra pareja que hubiese buscado también la paz que podía
encontrarse allí. La Luna estaba justo sobre el lado de estribor, lanzando un
amplio reflejo y haciendo que las crestas de las olas más próximas
centelleasen; por lo demás, el resto del agua era como obsidiana líquida. Las
hojas brillaban, pálidas, entre las sombras. Bajo sus pies, la cubierta transmitía
a los huesos el latido de los motores, tan silenciosos como los latidos de la
sangre en su corazón, y un oído agudo apenas hubiera discernido un siseo
alrededor de las proas.
Con la mano libre, Falkayn levantó hacia él la barbilla de Coya.
Sonrió con el lado izquierdo de su rostro.
—No te preocupes por mí —dijo—, antes nunca lo habías hecho.
—Sí que lo hice cuando era una chiquilla —contestó ella—. Oía la
última aventura del fabuloso equipo de la Munddlin Through y me quedaba helada
al pensar en lo que te podía haber pasado.
—Cuando te uniste a nosotros nunca advertí que tuvieras miedo, y
entonces si que nos vimos en medio de unos cuantos torbellinos.
—Exacto. Yo estaba allí. O bien no había nada que temer, o
estábamos demasiado ocupados para asustarnos. Yo tenía que estar en casa,
preguntándome si te volvería a ver.
Ella apartó la mirada de la suya y miró hacia el cielo, hasta
alcanzar el camino espectral de la Vía Láctea y descansar en una de sus blancas
estrellas.
—Todas las noches miraré a Deneb y me haré preguntas —dijo.
—¿Puedo recordarte —dijo él tan alegremente como pudo—, que
además de Babur y Mirkheim, en los alrededores está Hermes? Una vez vine de
allí y es seguro que lo repetiré.
—Pero si estallase la guerra...
—Bueno, yo soy ciudadano de Hermes, no del Mercado Común. Y voy
en una misión abierta para solicitar información, digamos que de diplomacia no
oficial, nada más. Es posible que los baburitas no sean la raza más fácil del
universo, pero son racionales. No querrán hacer enemigos sin necesidad...
—Si tu trabajo es así de sencillo, y de seguro, entonces, ¿por
qué tienes que ir tú?
—Ya sabes por qué —Falkayn suspiró—. Experiencia. Adzel, Chee y
yo hemos estado en tratos con no humanos durante más de treinta años y formamos
un equipo condenadamente eficiente —de nuevo sonrió—. En caso de que te
interese, la modestia es la segunda virtud apreciada en los mandamientos; la
primera es la sinceridad. Pero, escucha, ahora va en serio. Gunung Tuan tuvo
razón al pedirnos que vayamos. Tendremos muchas más probabilidades que
cualquier otro de conseguir algo útil, o, por lo menos, de volver con alguna
información concreta. Y tú todo eso lo sabes, querida. Si querías poner pegas,
¿por qué has esperado a la última noche que pasamos juntos?
Ella se mordió el labio y contestó:
—Lo siento, creí que podría evitar que se me notase el miedo...
hasta que te fueras.
—Mira, también estaba siendo honrado cuando me puse a jurar por
conseguir este trabajo precisamente ahora que tú no puedes venir. Cuando dije
que ojalá pudieras acompañarme no mentía. ¿Crees que haría eso si pensase que
iba a haber algún riesgo? La mayor incógnita de la educación es simplemente
cuánto tiempo tendremos que estar fuera.
Ella asintió lentamente. Cuando nació Juanita los dos habían
dejado de vagabundear por el espacio, porque aquello significaba ausencias de
Ja Tierra por tiempo indefinido. La generación anterior a la suya, más
hedonista y menos equilibrada, había engendrado ya suficientes neuróticos y
ella sentía, y había hecho opinar a su esposo lo mismo, que los niños necesitan
y merecen un hogar estable. Y ahora iba a tener otro.
—Sigo sin comprender por qué tienes que ser tú —dijo en un
último intento de rebeldía—. Después de tres años en el Sistema Solar...
—Tú estás un poco oxidada, claro —terminó él por ella—; pero tú
sólo estuviste tres años viajando por el espacio con nosotros. Yo más de
veinte, y los trucos del oficio van prácticamente grabados en mis genes. No
pude negarme cuando el viejo me lo pidió.
Y menos tratándose del mismísimo mundo de Mirkheim, que fue la
causa de que yo traicionase hace dieciocho años su confianza en mí, pasó por su
mente. He sido perdonado y soy el príncipe heredero de Van Rijn, pero nunca me
he perdonado por completo a mí mismo, y aquí está la oportunidad de hacer las
cuentas.
Coya sabía lo que él pensaba y levantó la cabeza.
—Vale, vale, señor, acepte mis disculpas. Si llegase a estallar
la guerra, muchas mujeres estarían en peor situación que yo.
—Exacto —replicó él tranquilamente—. Es bastante posible que mi
grupo pueda contribuir un poquito para guardar la paz.
—Y mientras tanto, nos quedan horas y horas por delante —en la
luz de la luna ella levantó la copa mientras otra vez la música llegaba
juguetona—. ¿No te parece que nuestra primera obligación es brindar con
excelente champán?
—Así habla la mujer que a mí me gusta —Falkayn le devolvió la
sonrisa.
Los bordes de sus copas chocaron entre sí.
Cuando los dos miembros humanos del equipo de Muddlin Through se
retiraron, los dos no humanos se habían separado para seguir distintos caminos.
Chee se había enrolado como xenóloga de otro equipo de exploración comercial.
No estaba dispuesta a retirarse todavía y además quería hacerse indecentemente
rica a base de comisiones, para permitirse hasta el menor capricho cuando
regresase por fin al planeta que la astronomía designa como O2Eridani A II,
conocido en ánglico como Cynthya. Cuando la crisis de Mirkheim se produjo, ella
estaba casualmente en la Tierra y eso fue probablemente lo que había
cristalizado la idea de Nicholas van Rijn de revivir el trío..., aunque debía
haber consultado antes el registro de su compañía con la esperanza de enterarse
de si, indudablemente, podía entrar inmediatamente en contacto con ella.
—¿Qué? —había escupido ella cuando él la llamó a su
alojamiento—. ¿Yo? Espiar y sonsacar... No, cierre la boca, ya sé que usted lo
llamará «recibir informaciones» e «intentos de negociación». Malgasta usted las
sílabas como un lexicógrafo borracho —ella arqueo la espalda y continuó—: ¿Me
está proponiendo en serio que vayamos a Babur... en medio de una guerra
posible? Esos barriles de mantequilla que se come diariamente deben habérsele
subido al cerebro.
La imagen de Van Rijn, en la pantalla, hizo rodar los ojos en la
dirección aproximada del cielo, con gesto piadoso.
—No te excites, gatita peluda —apremió con el tono más untuoso
que le fue posible—. Piensa en que, una vez más, viajarás con tus amigos más
queridos. Piensa que ayudarás a impedir o a detener algo que puede causar la
muerte de mucha gente o quizá reducirá los beneficios de todos. Piensa en la
gloria que puedes ganar, explotándolo con atrevimiento, gloria que puedes
transmitir a tus hijos. Piensa...
—Pensaré en el dinero contante y sonante que pueda ofrecer —le
interrumpió Chee—. Diga una cifra.
Van Rijn elevó las manos simulando un gesto de horror.
—¿Eres capaz de hablar así en un asunto como éste? ¿Qué es lo
que eres, de todas formas?
—Ya sabemos lo que soy. Decidamos ahora mi precio.
Chee se puso cómoda sobre un cojín, colocó un cigarrillo
suavemente narcotizante en una interminable boquilla de marfil y lo encendió,
pues las bebidas alcohólicas no afectaban su sistema nervioso. Aquello iba para
largo.
Con muchas lamentaciones por parte de él, insolencias por la de
ella y amplio regocijo por ambas partes, se fijó regateando el precio de un
servicio que podría ser peligroso y ciertamente no produciría ningún beneficio
monetario. Ella insistió en que a Adzel se le pagase lo mismo. El wodenita,
cuando se le dejaba solo, era demasiado tímido y el velar por los intereses de
aquel meticuloso grandullón podía contar como su buena obra del mes. Van Rijn
admitió lo que ella ya sospechaba: que Adzel había sido reclutado por una
desvergonzada apelación a su sentido del deber.
El aún estaba en los Andes y no pensaba salir de allí hasta la
víspera de su partida. Cuando la fecha llegó, Chee averiguó en el registro de
la compañía que había cogido habitación en un hotel barato de Terraport. El
nombre le sonaba de otras veces: era el tipo de hotel que no tenía medios para
producir aproximadamente el ambiente propio de un no humano. Bueno, pensó, en
realidad Adzel no necesitaba dos gravedades y media, aire espeso y caliente, la
cegadora luz de un sol de tipo F5 y todas las demás delicias que existían en el
mundo que los hombres llamaban Woden. Se había pasado sin ellas durante los
años a bordo de Muddlin Through, por no hablar del monasterio budista donde
había pasado los tres últimos años en calidad de lego. Sin duda piensa en dar a
los pobres el dinero que se ahorre, o para cualquier otra causa igualmente
desastrada, adivinó. Después cogió un taxi hasta el aeropuerto más cercano y,
una vez allí, el primer vuelo transoceánico.
Por el camino atrajo las miradas de muchos. Un extraterrestre
como compañero de viaje todavía era raro en la Tierra..., aunque fuese un
nativo de Cynthia cuya cultura más desarrollada hacía tiempo que había iniciado
la era espacial. Ella estaba acostumbrada y le gustaba que la gente conociese
el aspecto que tiene una especie realmente bella. Los humanos veían un pequeño
ser, de unos noventa centímetros de largo más una frondosa cola que medía otros
cuarenta y cinco. En proporción, sus patas eran largas y terminaban en pies de
cinco dedos prensiles; los brazos eran también largos y tenían manos de seis
dedos. Su redonda cabeza tenía unos gigantescos ojos color esmeralda, orejas
puntiagudas, hocico corto de nariz ancha y boca delicada enmarcada por unas
patillas poco pobladas y con dientes extremadamente afilados. Excepto por la
piel gris desnuda de las manos y los pies, el resto del cuerpo estaba cubierto
por sedosos pelos de gran blancura, que alrededor de los ojos formaban una
especie de máscara gris azulada. Una vez había oído cómo la comparaban con un
cruce entre un gato de angora, un mono, una ardilla y un mapache, y se
preguntaba perezosamente quién de ellos se suponía que estaba en las dos partes
de su familia. La especulación era natural, puesto que era de una especie
vivípara y bisexual como Adzel... y, además, homeotérmica como la suya, aunque
ninguno de ellos era estrictamente un mamífero.
Un niñito gritó: «¡Hola gatita!», e intentó acariciarla. Chee
levantó la vista de su ejemplar del Times de Londres y le dijo a su madre:
—¿Por qué no se come a su cría?
A partir de entonces la dejaron en paz.
Cuando llegó subió a un taxi y le dio la dirección del hotel.
Era ya después de anochecido y Adzel seguramente estaría en el hotel. Esperaba
que no estuviese demasiado sumido en la meditación y que oyese el timbre de la
puerta. Supo que se estaba desenroscando y que se disponía a abrir al oír el
seco chasquido de unas escamas contra otras. Bien. Le apetecía volver a ver a
aquel querido idiota.
La puerta se abrió y miró hacia arriba. La cabeza de Adzel
estaba a más de dos metros del suelo, al final de un cuello grueso y
serpenteante y de un torso del tamaño de un caballo que sostenía dos brazos
correspondientemente poderosos terminados por manos de cuatro dedos. Su cuerpo
centauroide se extendía hacia atrás unos cuatro metros y medio, incluyendo una
cola parecida a la de un cocodrilo. También su cabeza recordaba vagamente la de
un reptil, con el largo morro, los labios de aspecto gomoso, dientes de
omnívoro entre los que sobresalían unos cuantos colmillos de aspecto alarmante
y los enormes ojos de color ámbar, protegidos por arcos superficiales saledizos
y las orejas puntiagudas. Una sierra de placas triangulares le recorría todo el
espinazo desde la parte superior de la cabeza hasta la cola. Para que sus
camaradas pudieran montar sobre él sin peligro, una de estas placas, la que se
encontraba detrás del torso, había sido extirpada mediante una operación
quirúrgica. Todo en aquella mole relucía con las escamas que pasaban del verde
oscuro del lomo al dorado en la zona de la panza.
—¡Chee Lan! —tronó en ánglico—. ¡Qué sorpresa tan espléndida!
Entra, querida, entra.
Los cuatros cascos hendidos que sostenían un peso de una
tonelada causaron un ruido parecido al de un trueno cuando se hizo a un lado
para dejarla pasar.
—No esperaba verte antes de reunimos mañana en la nave —continuó
él—, pensé que sería mejor si...
—Nosotros tres y Atontado no necesitaremos demasiadas revisiones
—estuvo ella de acuerdo.
—... si yo intentaba...
—Pero me figuré que sería mejor que comparásemos nuestras notas
por anticipado —le interrumpió ella de nuevo—. Ni con pinzas se separaría a
Davy de su familia antes de la hora señalada, pero tú y yo no tenemos ahora
mismo ningún romance.
—Yo estoy intentando...
—¿Tienes un amor?
—¿Qué dices? Estoy intentando ponerme al corriente de la
situación actual.
Adzel señaló con un gesto el aparato de video de la habitación
por el que hablaba un individuo.
—... panorámica de la historia de la crisis. Esta se remonta
mucho más atrás del descubrimiento de Mirkheim el año pasado que, de hecho, fue
un redescubrimiento. El Consorcio de Supermetales estaba en posesión del
planeta desde hacía unos quince años, extrayendo sus riquezas sin dejar que se
supiera de dónde provenía el tesoro que ellos estaban vendiendo. Trataron de
crear la impresión de que su origen era un proceso industrial secreto, fuera
del alcance de todas las tecnologías conocidas, y lo consiguieron hasta cierto
punto. Pero con el tiempo fueron varios los científicos que dedujeron que era
mucho más probable que los supermetales hubieran sido producidos y concentrados
por la naturaleza...
—¿Lo has oído? —la cola de Chee señaló la pantalla.
—Sí, claro, pero espero que dará un resumen comprensible de los
acontecimientos actuales —dijo Adzel—. Recuerda que durante tres años no he
oído ningún noticiario, ni leído literatura secular, excepto boletines
planetológicos.
Chee se alegró de saber que no había descuidado su profesión.
Probablemente no sería de utilidad en aquel viaje, pero nunca se sabe y, en
cualquier caso, el que se mantuviera al día de los avances científicos
demostraba que no había sido del todo despedido de la rueda de su karma
particular.
—De vez en cuando nos visitaban algunas personas —continuaba el
dragón—, pero yo las evitaba lo más posible, temiendo que mi aspecto podría
distraerles de la serenidad del ambiente.
—Si ven tu versión de la postura del loto, con toda seguridad se
distraerán —dijo bruscamente Chee—. Escucha, yo puedo informarte mejor y con
más rapidez que ese payaso.
—¿Te gustaría tomar un poco de té? —preguntó Adzel señalando un
termo de cinco litros—. Hice que me lo prepararan en el lugar donde comí esta
tarde. Toma este cenicero, está limpio.
Lo puso sobre el suelo y lo llenó para que Chee pudiera sorberlo
mientras él se llevaba el recipiente a la boca.
Mientras tanto, el conferenciante del video rozaba la superficie
de la física básica.
«La tabla periódica de los elementos no tiene nada más que
elementos radiactivos desde la serie de los actinios en adelante. En los átomos
más grandes, la repulsión mutua entre los protones sobrepasa por tuerza las
fuerzas de atracción en el interior del núcleo. La proporción de desintegración
se hace tan grande a partir del uranio que los antiguos investigadores de la
Tierra no encontraron en la naturaleza estos elementos y tuvieron que producir
el neptunio y el plutonio artificialmente. Más tarde se demostró que en las
rocas existían cantidades mínimas de ambos, pero su presencia allí es una mera
precisión técnica. Prácticamente, el total de lo que existía en el principio ha
desaparecido, descompuesto en núcleos más simples. Y después del plutonio, las
vidas de los restantes elementos son tan cortas que los aparatos más potentes y
complicados apenas pueden producir una cantidad suficiente para que se refleje
en instrumentos ultrasensitivos antes que el producto desaparezca.
»Sin embargo, la teoría indicaba que debiera existir una
"isla de estabilidad" entre los números atómicos 114 y 122: nueve
elementos, la mayoría de cuyos isótopos son sólo relativamente radiactivos.
Fabricarlos en cantidades infinitesimales fue un triunfo de los laboratorios.
Para fundir tantas partículas se necesitaba una energía gigantesca. La teoría
también sugería las propiedades, tanto físicas como químicas, de aquellos
materiales o de los compuestos sólidos a partir de los cuales podían volatilizarse
aisladamente: el sueño de un ingeniero como catalizadores, conductores,
componentes de aleaciones de una fuerza suprema. Nadie veía el camino para la
realización de aquel sueño... hasta que surgió de pronto una idea.
(Hacía dieciocho años que David Falkayn lo había pensado, el
primero de todos, aunque el locutor no lo sabía. Se limitaba a recitar el
razonamiento de pensadores posteriores.)
»Se cree que toda la materia comenzó como un caos de hidrógeno,
el átomo más pequeño. Parte de este hidrógeno se derritió en la bola de fuego
primordial y formó el helio; debido al enorme calor y presión de los núcleos de
las estrellas que se condensaron con ese gas, el proceso continuó y continuó, y
así se fueron formando los elementos mayores, al reaccionar paso a paso unos
átomos con otros. Las primeras generaciones de estrellas enriquecieron con
estos núcleos el medio interestelar a partir del cual se formarían las
generaciones posteriores de soles y planetas, bien esparciendo la materia con
los vientos solares, bien al morir como rojos gigantes o como novas y
supernovas. En aquellos antiguos hornos se formaron el carbón de nuestras
proteínas, el calcio de nuestros huesos y el oxígeno que respiramos.
»La serie hubiese terminado en el hierro si no se hubiesen
formado unas estrellas tremendamente grandes. El hierro está al fondo de la
curva de la energía: unir aún más protones y neutrones está fuera del alcance
del poder de cualquier estrella que brille constantemente. Pero las estrellas
monstruo no mueren pacíficamente: se convierten en supernovas y, durante poco
tiempo, su brillo es comparable con el de toda una galaxia. En ese momento de
violencia inimaginable, se producen reacciones que de otra forma serían
imposibles y cobran forma el oro, el cobre, el uranio, todos los elementos por
encima del hierro, que son arrojados al universo para formar parte de nuevas
estrellas y mundos.
»Los supermetales de la isla de estabilidad están entre las
sustancias creadas de esta manera. Siendo tan difíciles de producir, sólo se
dan en una proporción diminuta, tan pequeña que al principio ninguno fue
encontrado en la naturaleza, ni siquiera después de que el hombre se liberó del
Sistema Solar y comenzó a explorar su rincón de la galaxia. Sin embargo,
debieran estar allí. El problema consistía en localizar una concentración
susceptible de ser medida.
«Suponiendo que una estrella gigante contase con un planeta
gigante, lo suficiente macizo como para que su núcleo pudiese sobrevivir a la
explosión. No era imposible, aunque la teoría decía que no resultaba probable.
El sol al estallar lanzaría contra el núcleo un torrente de elementos, de los
cuales los de baja volatilidad se condensarían o incluso formarían láminas.
Efectivamente, serían una fracción insignificante del total que la supernova
había vomitado hacia el espacio, pero sería una fracción igual a miles de
millones de toneladas de metales valiosos y una cantidad menor de supermetales,
inmensamente más preciosos. Teniendo en cuenta que su radiactividad era
relativamente pequeña, una proporción importante de los supermetales debiera
durar varios millones de años...
«... evidentemente, sus primeros descubridores habían realizado
un análisis matemático en un computador de los mejores —decía el locutor—. Un
programa sofisticado podría calcular la probabilidad de que, en un momento
determinado, y en un punto determinado del espacio, hubiera existido una
supernova con un compañero superjoviano y esbozar donde debieran encontrarse
los restos de ambos en la época actual, utilizando los datos de que se dispone
sobre la distribución y órbita de las estrellas en esta vecindad galáctica y
datos similares sobre gases interestelares, polvo estelar, campos magnéticos,
etc. Con más precisión: el programa produjo una distribución espacio-temporal
de las probabilidades, lo que a su vez condujo a una zona de investigación
óptima. La dirección de Deneb, en una región a medio camino desde la Tierra,
era la que tenía más probabilidades.
»Si algunos científicos pudieron deducir esto hace un año o dos,
entonces era lógico pensar que el grupo de Supermetales había empleado el mismo
razonamiento antes. Por tanto, tenía que existir la cueva del tesoro y, antes o
después, sería encontrada si se buscaba con las necesarias energías. Las naves
se lanzaron ansiosamente en su búsqueda.
»El capitán Leopoldo Rigassi, de la Fundación Europea para la
Explotación, fue quien lo consiguió.
»El secreto fue descubierto. Los seres que hablaban en nombre de
Supermetales contaron con toda franqueza cómo habían estado trabajando en el
planeta, que ellos llamaban Mirkheim, y habían intentado obtener su propiedad
legalmente. Inmediatamente, surgió el peligroso enjambre de preguntas. La
primera y más importante es saber quién tiene jurisdicción, qué gobierno posee
el derecho a decidir allí. Los operadores de Supermetales no están respaldados
por ningún gobierno, se hallan aislados y...»
—¿Quieres cerrar esa caja de disparates? —exigió Chee—. Tienes
que saber ya todo lo que van a decir.
—Perdóname, pero esa actitud no es nada humilde —le reprochó
Adzel.
No obstante, se estiró y cerró el aparato. El silencio se
apoderó de la destartalada habitación durante un momento.
Y también su masa llenaba la habitación. En un conocido gesto de
los viejos tiempos, se acomodó sobre el suelo y enroscó el extremo de su cola
para que Chee pudiese descansar cómodamente sobre ella. La cynthiana lo aceptó,
llevando consigo su cenicero de te.
—Por ejemplo —dijo él—, me he sentido muy aliviado al enterarme
de que nosotros —tú, Davy y yo— aún no hemos sido identificados en público como
los primeros en descubrir Mirkheim, de hecho, como los que llamamos así a ese
planeta. Esa notoriedad hubiera sido de lo más molesta, ¿no te parece?
—Oh, si eso llegase a suceder, yo he estado acariciando ciertas
ideas para sacar dinero de ello —contestó Chee—; pero con el asunto tan
locamente desequilibrado como está ahora... Sí, sin duda es mucho mejor que la
gente de Supermetales haya cumplido su promesa. No sé cuánto tiempo más la
cumplirán, ya no tienen ningún motivo para ocultar nuestro anonimato. Supongo
que lo están haciendo por la fuerza de la costumbre: no contar nada, ni
siquiera un recuerdo, a las zarpas que quieren arrebatarles su tesoro.
—Y sus esperanzas —dijo Adzel en voz baja—. ¿Crees que podrán
obtener una compensación justa?
—¿Del gobierno que consiga que se respeten sus pretensiones, es
decir, del Mercado Común o de Babur? ¡Jo, jo, jo! El control del Mercado Común
quiere decir control por corporaciones que no buscan otra cosa que beneficios y
por burócratas y políticos que odian a la compañía de Supermetales porque nunca
se doblegaron fácilmente ante ellos. La posesión de los baburitas significa...
¿quién lo puede saber? Aunque no puedo imaginarme a Babur haciendo lo más
mínimo en favor de los derechos de unos pocos respiradores de oxigeno.
—¿Crees seriamente que Babur podría conseguir Mirkheim? La base
de sus pretensiones, eso del principio de la «esfera de intereses», suena
descabellado.
—No es mucho más absurdo que el «derecho de descubrimiento» que
pretende hacer ejecutivo el Mercado Común. Yo diría que el asunto lo decidirá
una guerra rápida.
—¿De veras pelearían por... por un montón de aleaciones
destrozadas? —preguntó Adzel, aplanado.
—Amigo mío, a menos que Babur esté simplemente faroleando, cosa
que dudo, será difícil evitar una guerra.
Chee aspiró el olor del té mezclado con el cálido y ligeramente
acre olor corporal del wodenita, y continuó:
—¿No entiendes por qué Van Rijn nos envía allí ahora?
Principalmente en busca de información..., cualquier tipo de información, para
así poder planear lo que va a hacer. Ahora mismo, todo es agua de borrajas. El
gobierno del Mercado Común está dando pasos a ciegas, como todo el mundo; no se
sabe qué se puede esperar de unas criaturas tan alienígenas como los baburitas.
Pero, además, si se nos presenta la oportunidad, debemos intentar conseguir, o
sugerir, un trato. En la posición en que están, pueden hacer mucho daño a buena
parte de las propiedades y del comercio de Solar de Especias y Licores y, de
hecho, tienen, en particular contra nosotros, algo de que vengarse.
—¿Por qué?
—¿No lo sabes? Hace unos treinta años intentaron de mala forma
meterse en un negocio que tenía la Solar en un planeta por aquella zona. Para
ellos era más lucrativo que para nosotros, pero aun así nuestro representante
allí no veía por qué teníamos que aceptar pasivamente algo que equivalía a un
robo a mano armada. Mediante un inteligente truco les despojó de sus ganancias
y se aseguró de que no les resultase provechoso volver. Ese fue el primer
movimiento agresivo de Babur en el espacio. Ahora parecen pensar que ya están
preparados para moverse de verdad. Y todo el cosmos sabe que el Mercado Común
no lo está.
—Y así es como nosotros tres y nuestra nave viajaremos de nuevo,
como si volviesen otra vez los viejos tiempos —suspiró Adzel—, sólo que esta
vez nuestra misión no es hacia un más allá lleno de esperanzas.
2
Todavía deslizándose por debajo del horizonte, Maia, el sol de
Hermes, arrancaba destellos a los campanarios y torres de Starfall. Cuando
surgió sobre la bahía del Amanecer, su luz se derramó hacia el oeste por encima
del río Palomino, siguiendo por la Avenida Olímpica hasta la colina de los
Peregrinos. Allí su resplandor se perdió entre árboles, jardines y edificios;
la masa de piedra gris del Viejo Registro, las fluidas líneas del Registro
Moderno con sus paredes cubiertas por numerosos paneles de cristal, la austera
esbeltez de la Estación de Señales. Uno de sus rayos traspasó los cristales de
una de las terrazas superiores del Registro Moderno y llegó hasta la cama de
Sandra Tamarin-Asmundsen.
Ella se despertó de sus sueños. —Pete, querido —susurró,
inclinándose para alcanzarle.
Al abrir los ojos se acordó de que estaba sola, y la soledad se
apoderó de ella por un instante.
Pero habían pasado ya más de cuatro años del accidente que le
había costado la vida a Pete Asmundsen, aquel hombre grande, jovial, fuerte,
pero sobre todo dulce. El tiempo había aliviado el dolor, el tiempo y el
trabajo que representaba ser la Gran Duquesa, la cabeza de un planeta donde
moraban cincuenta millones de personas resueltas. Se sentó y se obligó a sentir
el placer del aire fresco y la suave luz.
Como de costumbre, su despertador aún no había sonado. Lo apagó,
se levantó y salió a la terraza. Su piel desnuda fue acariciada por la brisa,
el rocío y los macizos de flores. No vio a nadie más por allí, aunque desde lo
alto de la colina se divisaba la ciudad, detrás la bahía y, más allá, el océano
Boreal. Un nidifex pasó volando, agitando sus alas de mil colores y cantando
estridentemente.
Al cabo de un minuto, Sandra volvió al interior, conectó su
teléfono con la televisión y comenzó su media hora diaria de gimnasia, en la
que tenía más fe que en los tratamientos antisenectud, a pesar de que los
estuviese siguiendo dócilmente al encontrarse a medio camino entre los
cincuenta y los sesenta. No es que su gran cuerpo hubiese cambiado mucho desde
la juventud, ni tampoco que hubiese demasiadas arrugas sobre su amplio rostro
de pómulos anchos, la mayoría eran patas de gallo alrededor de los ojos verdes
de cejas oscuras. Pero su cabello rubio sí se había vuelto plateado.
Se movía automáticamente, y para escapar al aburrimiento
concentró su atención en la primera edición de noticias. Lo primero fue la
crisis de Mirkheim.
«Rumores muy extendidos de que Babur ha dado a conocer una nueva
declaración de la cual ha llegado un ejemplar a Hermes. Los portavoces de la
corona no han querido confirmarlo ni negarlo, aunque prometieron un próximo
comentario oficial.
»Los rumores se basan en el aterrizaje ayer en Williams Field de
una nave rápida que se sabe estaba destinada a Valya. Repasaremos brevemente la
situación. Los baburitas han entregado sus tres últimas declaraciones en el
planeta primitivo Valya, en lenguaje ánglico y mediante una nave que se ha
colocado en órbita alrededor de aquel planeta y transmite los mensajes al
puesto científico enclavado en el planeta, junto con una petición para que
distribuyan el contenido de los mensajes lo más ampliamente posible. Por tanto,
varios gobiernos, incluido el nuestro, mantienen varias naves allí y se han
puesto de acuerdo para no permitir a ninguna agencia de noticias hacer lo
mismo. Este es todo el contacto que se ha tenido con esa raza no humana, y los
portavoces dicen que pueden derivarse malos resultados de una divulgación
prematura.»
Los rumores eran ciertos, aunque en realidad no valía la pena
tanta excitación. «La autarquía de Babur Unido», que nadie sabía qué
significaba, se había limitado a repetir sus pretensiones. Mirkheim estaba muy
cerca, los supermetales eran de una importancia estratégica incalculable, y
Babur no podía tolerar, y no toleraría, que ese globo cayese en poder de
ninguna potencia que hubiese demostrado hostilidad contra la legítima actividad
espacial de Babur. La única novedad consistía en que esta vez estas potencias
hostiles eran llanamente identificadas como el Mercado Común Solar y la Liga
Polesotécnica. Siguiendo los apremios de sus consejeros, Sandra había
suspendido la publicación de la nota hasta que un comité de xenólogos pudiese
examinarla en busca de nuevas implicaciones. Ella dudaba de que encontrasen
alguna más.
«Ayer se recibió también una cinta de un discurso del primer
ministro del Mercado Común Solar, Lapierre, en una convención del Partido de la
Justicia. Sostuvo que su gobierno está dispuesto a negociar, pero que hasta
ahora Babur no ha hecho ninguno de los movimientos preliminares de costumbre,
como negociar un intercambio de embajadores. Dijo también que el Mercado Común
no cederá bajo ninguna circunstancia ante lo que denominó "descarada
agresión". Admitió sombríamente que Babur parecía contar con una gran
fuerza naval. Recordó que un grupo de oficiales humanos fueron invitados a
contemplar una concentración de naves de guerra, poco después de que una nave
baburita radiase su primera declaración sobre Mirkheim en órbita alrededor de
la Tierra, en una asombrosa demostración de insolencia. Dijo que, aunque la
información de que se dispone no es completa ni mucho menos, parece que, de
alguna forma, Babur ha ido construyendo una flota aún mayor de la que mostró a
los oficiales, durante un largo período y sin ser advertida por nadie. Sin
embargo, Lapierre insistió en que el Mercado Común se mantendrá firme y tomará,
si llegase el caso, "medidas de fuerza". Cita textual.»
Sandra ahogó un juramento. Aquello era un antiguo mal. La nave
más rápida dotada de hipermotor tardaba más de dos semanas, del calendario
terrestre, en viajar desde el sol de la Tierra al de Hermes, el de Babur o el
de Mirkheim. Entre dos de estos sistemas, todos en el mismo sector, aún se
contaba por días el tiempo de viaje. Sociedades enteras podían acabar
colisionando por pura falta de información. Amargamente, deseó que existiese
algún equivalente de la radio más rápido que la luz.
Aunque también podía argumentarse que, a causa del aislamiento,
los primeros colonos de Hermes habían podido desarrollar libremente un nuevo
estilo de civilización que, en conjunto, ella encontraba bueno...
Aunque no a todo el mundo le gustaba. El programa transmitió un
informe gráfico del último acto del Frente de Liberación. Había tenido lugar la
noche anterior en un punto de los Longstrands. La violencia de los oradores y
el tamaño y entusiasmo de la multitud resultaban preocupantes. Si todos
aquellos Travers estaban dispuestos a acudir en persona a aquella costa helada,
¿cuántos más lo verían aplaudiendo desde sus hogares?
Cuando el noticiario pasó a tratar asuntos de menor importancia,
ella escuchó los memorándums que sus secretarios habían grabado durante la
noche. De repente algo atrajo su atención con tanta fuerza que, olvidándose de
la gimnasia, se acurrucó en el suelo y contempló fijamente la imagen de su
primer secretario.
«Alrededor de la medianoche aterrizó en Williams Field una nave
perteneciente a la Compañía de Supermetales —dijo la voz—. El capitán se
identificó ante las autoridades del aeropuerto y me localizó en mi casa.
Solicitó una entrevista privada urgente con vos, madame, y pensé en
despertaros, pero confío en haber hecho bien concertando una entrevista a las
9.30, pendiente de vuestra aprobación. Mientras tanto, y como precaución,
ordené que toda la tripulación permaneciese a bordo de la nave.
»El comandante es un wodenita del orden superior llamado Nadi
—las imágenes mostraron una gran forma moviéndose entre los humanos—, que
encabeza la pequeña fuerza de defensa que la Compañía de Supermetales mantiene
alrededor de Mirkheim. Seguramente recordaréis cómo, cuando capturaron la nave
del reciente redescubridor del planeta, Leonardo Rigassi, Nadi ordenó en
seguida que la liberasen, ya que el secreto se había descubierto, y mantener
prisioneros sólo produciría mala voluntad sin retrasar gran cosa lo inevitable.
»Dice —continuó el secretario del Gran Ducado— que la compañía
ha decidido apelar a Hermes pidiéndole que establezca un protectorado sobre
Mirkheim, y esto es lo que quiere discutir con vos.»
Sandra se tensó. ¡Vaya un chorro al rojo vivo que me dejan caer
en la palma de la mano! Se forzó a sí misma y terminó sus ejercicios, lo que la
tranquilizó un poco, tarea completada por una ducha de agua fría. Se tomó
además todo el tiempo necesario para trenzarse el cabello y vestirse. Se vistió
con un estilo más cuidado que de costumbre: una túnica en la que los únicos
colores brillantes eran los de la familia de los Tamarin sobre una insignia en
el hombro. Con pasos tranquilos, se dirigió a desayunar.
Sus dos hijos más jóvenes, los que le había dado Peter, se
encontraban aún en la cama. Eric estaba en la mesa, vaciando a fieros tragos su
taza de café. La cámara rebosaba fragancias de la cocina. La pared oriental era
un panel de vitrilo que permitía ver todo aquel lado de la Colina de los
Peregrinos, los últimos edificios de Starfall y una campiña de un verde
intenso. Sobre el horizonte, flotaba pálido el pico del Gloudhelm.
Como todos los hombres de Hermes cuando entraba una mujer, Eric
se levantó al penetrar Sandra en la estancia. Vestía su túnica fresca, pero
tenía el aspecto del que no ha dormido en toda la noche. ¿Habría ido aquella
noche de juerga? Su primogénito y probable heredero era generalmente un
individuo bastante sobrio, pero a veces le afloraba la sangre de su padre. No,
esta vez no, decidió ella, después de escudriñar los rasgos del muchacho.
—Buenos días, madre —estalló él—. Escucha, me enteré de lo de
Nadi y he estado hablando con él y su tripulación... ¿Aprovecharemos la
oportunidad? Se nos está escapando a toda velocidad.
Sandra se sentó y se sirvió de la cafetera.
—Baja de la estratofesra —le aconsejó.
—¡Pero podemos hacerlo! —Eric comenzó a dar grandes zancadas de
un lado para otro, haciendo resonar sus suelas sobre el parquet—. A pesar de
sus bravatas, Babur, el Mercado Común y la Liga vacilan, ¿no es verdad? Todos
tienen miedo a dar un paso en falso. Un solo movimiento decisivo...
El camarero apareció con las bandejas llenas de comida.
—Siéntate y come —dijo Sandra.
—Pero... mira, madre, ya sabes que no tengo ninguna descabellada
idea de que seamos una gran potencia imperial. Nunca podremos hacer frente a
ninguno de los otros. Pero si estamos en posesión de Mirkheim, firmemente
aliados con sus primitivos descubridores, que son los que tienen más derechos
moralmente, ¿no crees que los demás se echarían atrás?
—No lo sé. La moralidad no parece contar demasiado en estos
tiempos. Siéntate. Tu comida se enfriará.
Eric obedeció haciendo gestos con la mano derecha mientras la
izquierda formaba un apretado puño.
—Somos los árbitros naturales de esta situación. Nadie tiene por
qué temernos. Podríamos encargarnos de que todo el mundo obtuviese una porción
justa —el fuego ardía bajo su fea cara—. ¡Pero, maldita sea, primero tenemos
que estar allí! ¡Y rápido!
—Alguien ha sugerido a la Liga Polesotécnica para ese mismo
papel —le recordó Sandra.
—¿Esos? —en su desprecio cortó el aire—. Si están demasiado
corrompidos, demasiado divididos para controlar a sus propios miembros según
las reglas éticas que ellos mismos se impusieron... Estás bromeando, ¿no?
—No lo sé —le respondió Sandra lentamente—. Cuando yo era joven,
la Liga era una fuerza para la paz, porque, a largo plazo, la paz es más
provechosa que la guerra. Ahora... a veces me estremezco. Y a veces sueño
despierta con que pueda ser reformada a tiempo.
¿Por hombres como Nicholas van Rijn, tu padre, Eric?, se
preguntó a sí misma. No es que ése se sintiera llamado alguna vez a llevar a
cabo una misión sagrada, simplemente querría preservar su independencia por
cualquier medio que además le produjese más beneficios.
¿Es demasiado tarde para eso?
Un rápido resumen de la historia pasó por su mente, le era tan
conocida como si fuera su propia vida, pero la repasó una vez más con la vaga
esperanza de hallar alguna solución.
El comercio interestelar estaba destinado a florecer debido a la
abundancia de energía nuclear, a las naves espaciales con hipermotor,
relativamente baratas y fáciles de operar, y a los restantes desarrollos
tecnológicos. En teoría, cualquier planeta habitable debía ser autosuficiente,
capaz de sintetizar todo lo que no produjese naturalmente. En la práctica, a
menudo era más económico importar bienes, especialmente en vista de las
restricciones sobre la industria para preservar el medio ambiente. Además, cuanto
más rica se hacía la civilización Técnica, más comerciaba con productos de
lujo, artes, servicios y otras exquisiteces que no podían ser duplicadas.
Las empresas privadas acaparaban la mayor parte de la economía
Técnica, se extendían sobre extensiones del espacio mayores que las que estaban
sujetas a cualquier gobierno, frecuentemente en zonas donde no existía gobierno
alguno, y pronto se hicieron más ricas que cualquier nación. Las compañías
fundaron la Liga Polesotécnica como una asociación para ayudarse mutuamente y,
hasta cierto punto, para imponerse disciplina unas a otras. Por las estrellas
se extendió la Pax Mercatoria.
¿Cuándo se vició? ¿Fue debido a los propios defectos de sus
virtudes?
Teniendo que servir a menudo como sus propios magistrados,
legisladores, comandantes navales, tratándose siempre de individualistas
ingobernables y adquisitivos, con unos egos gigantescos, los grandes mercaderes
de la Liga comenzaron a vivir cada vez más como reyes antiguos. Los abusos se
hicieron más corrientes: coacciones, venalidad, explotación sin escrúpulos.
Aparentemente era imposible impedir gran parte de estas cosas, debido a la
gigantesca escala de las operaciones y a la tremenda velocidad del flujo de
información.
No, espera. La Liga podría haberse vuelto a controlar a sí misma
de todas formas... si no se hubieran formado dos poderosas fracciones, que con
el paso de los años se fueron haciendo cada vez más diferenciadas.
Por un lado estaban las compañías, cuyos negocios se hallaban
principalmente en el interior del Sistema Solar: Cibernética Global, General
Atómica, Unidad de Comunicaciones, Sintéticos Terrestres, Biológicos
Planetarios. Su relación con los principales sindicatos se había ido
estrechando cada vez más: Técnicos Unidos, Trabajadores de Industrias y
Servicios, la Asociación Científica del Mercado Común, etc.
Y, por otra parte, estaban los Siete del Espacio: Promotora
Galáctica, Sistemas XT, Transportes Interestelares, Ingenieros Sánchez, Estelar
de Metales, Seguros el Lazo del Tiempo, Empresas Abdallah..., titanes unidos
entre los otros soles.
El resto, como Solar de Especias y Licores, permanecían en
abierta competencia y precaria independencia. La mayor parte eran feudos de un
solo hombre o una sola familia. ¿Tienen algún futuro? ¿O no son más que fósiles
de una era anterior, más libre? Oh, Nick, pobre diablo.
—Déjate de filosofías y mandemos a Mirkheim un representante de
Hermes —dijo Eric—. Piensa en la baza que nos daría eso para negociar con los
Siete, aunque sólo fuera eso. Ya han estado abusando de nosotros durante
demasiado tiempo. No debemos temer que el Mercado Común nos hiciese la guerra.
La opinión pública no soportaría una guerra entre humanos, mientras Babur se
ríe al fondo.
—No estoy segura de eso. Ni tampoco de que Babur permaneciera
pasivo. Francamente, ese imperio me da miedo.
—Es una fanfarronada.
—Ni lo sueñes. Siempre se dio por supuesto que nunca habría
conflictos serios entre seres que respiran oxígeno y seres que respiran
hidrógeno porque no necesitan el mismo tipo de productos y son demasiado
extraños mutuamente para disputar por ideologías. Por eso se prestó tan poca
atención a Babur, por eso es tan misterioso todavía... Pero los informes que he
podido obtener presentan a la Banda Imperial de Sisema como un agresor poderoso
que se ha apoderado de todo el planeta, y aún no se ha saciado. Y Mirkheim es
una propiedad que todo el mundo quiere.
Y por pura avaricia, la mente de Sandra siguió adelante. Los
supermetales ya comienzan a revolucionar la tecnología en la electrónica, las
aleaciones, los procesos nucleares, no sé cuántas cosas más. Si Babur se
apoderase de su única fuente, podría negárselos a la humanidad.
—Estoy de acuerdo en que los humanos deberíamos dejar a un lado
nuestras diferencias durante cierto tiempo —dijo—. Quizá Hermes debiera
cooperar con el Mercado Común.
—Puede ser. Pero ¿no ves madre que si nos hacemos cargo de
Mirkheim primero podríamos fijar las condiciones nosotros...? De otra forma, si
nos dejamos estar, tendremos que coger lo que a cualquiera le apetezca
dejarnos.
A Sandra le recordaba a su padre, no por la chispa de idealismo
que había en él, sino por su airada impaciencia por pasar a la acción.
Las laringes debían estar zumbando por todo Starfall, porque un
wodenita no pasaba lo que se dice desapercibido entre humanos. Pero nadie más
escucharla lo que ella y Nadi dijesen aquella mañana. La sala donde se
conocieron estaba destinada a conferencias confidenciales: larga, con paneles
de madera oscura, con balcones que daban a un césped donde un mastín hacía la
guardia. Ella la había convertido en algo suyo adornándola con souvenirs de los
viajes de su juventud: fotografías de escenas exóticas, extrañas obras de arte,
armas destinadas a manos que no eran humanas, todo esto se alineaba sobre las
paredes .Entró unos minutos antes de la hora de la cita y sus ojos se fijaron
en un hacha de batalla de Diomedes. Su espíritu volvió hacia Nicholas van Rijn
en una cuenta atrás por los años.
Nunca había amado al mercader. Lo encontró siempre
insoportablemente primitivo, en muchas formas, aun en aquella despreocupada
fase de su vida. Pero aquella misma fuerza bruta había salvado las vidas de
ambos en Diomedes. Y ella estaba buscando un hombre que fuera su compañero, ni
dominante ni servil hacia una mujer que era la sucesora más probable al trono
de Mermes. (Por aquel entonces, el Gran Duque Robert era viejo y no tenía
hijos, y su sobrina Sandra era la salida natural para los electores, puesto que
poco bueno podía decirse en favor de los otros miembros de la familia Tamarin).
No había conocido en Kermes a nadie que la hubiese emocionado demasiado, lo que
era una de las razones de sus giras. A pesar de sus fallos, Van Rijn no era un
hombre del que pudiese sentirse despreciativa, ninguno de sus romances
anteriores había estado tan plagado de tormentas y terremotos... ni de tantos
recuerdos para reírse o exaltarse después. Al cabo de un año, ella sabía que él
no pensaría nunca en el matrimonio ni en cualquier otra cosa que ella pudiese
desear si él no lo deseaba. En aquel tiempo ella era una naturalista ardiente y
Eric estaba en su vientre ya, pero a pesar de ello se marchó. Van Rijn no hizo
ningún esfuerzo para detenerla.
Su separación no fue del todo acre, y después intercambiaron
algunas comunicaciones de negocios, cuyo tono no había sido del todo hostil.
Con el paso de los años ella llegó a recordarlo con más dulzura que al
principio..., esto es, cuando pensaba en él, lo que no sucedía muy a menudo
después de conocer a Peter Asmundsen.
Era de Hermes, no de las familias pero sí de una respetable
familia de los Leales. Había organizado y conducido personalmente empresas
sobre planetas gemelos del sistema de Maia y varias hazañas le habían
convertido en un héroe popular. Cuando se casó con Sandra Tamarin y adoptó
legalmente a Eric, el escándalo que había rodeado su regreso se acalló. Aunque
tampoco fue demasiado el escándalo, bajo la influencia de la Liga y del Mercado
Común, la aristocracia de Hermes habían desarrollado una actitud tolerante
hacia los asuntos personales. Pero era probable que su consorte hubiese tenido
mucho que ver con su elección al trono tras la muerte del Duque Robert. Y
después que Pete murió... ella imaginaba que nunca querría a nadie más.
¿Entonces por qué estoy pensando en Nick cuando debería estar
pensando en lo que voy a hacer con Nadi? Supongo que tiene que ver con Eric.
Para bien o para mal, Eric heredará este mundo tal y como yo haya ayudado a
formarlo. Por supuesto, lo mismo pasará con Joan y Sigurd, pero sobre Eric
quizá recaiga el liderazgo.
Si es que queda algo que gobernar. Dio una inquieta vuelta
alrededor de la cámara, se detuvo ante el hacha y dejó que sus dedos se
curvaran alrededor del mango. Cómo deseaba poder salir con aquel día tan
hermoso, cazar, jugar, esquiar, navegar, conducir su hoverciclo a velocidades
que horrorizaban a sus bienpensantes súbditos. O podría visitar la troupe
teatral que patrocinaba; su fascinación quizá comprendáis mejor nuestra
posición si conocéis sus orígenes.
Ella se recostó en su asiento. El tenía razón. Aunque no
consiguiese otra cosa, una explicación del fondo de la crisis daría a sus
nervios tiempo para relajarse y a su cerebro tiempo para prepararse.
—Adelante —invitó.
—Hace dieciocho años —dijo Nadi—, David Falkayn, como sin duda
recordaréis, era aún un explorador comercial para la Compañía Solar de Especias
y Licores. Junto con sus compañeros salió en secreto, buscando deliberadamente
un mundo como Mirkheim. El análisis de los datos astronómicos le indicaba que
posiblemente un planeta así existía y, si eso era así, dónde estaría
aproximadamente. Además lo encontró. »En lugar de notificárselo a su jefe
—continuó Nadi—, como se supone que debe hacer un explorador comercial cuando
encuentra un nuevo territorio prometedor, Falkayn fue a otros lugares. Se
entrevistó con líderes bien escogidos entre los pueblos subdesarrollados, los
pueblos pobres, las razas humildes cuyo abandono y abuso por la Liga había
despertado su indignación. Fue él quien consiguió que formasen un consorcio con
el propósito de extraer y vender las riquezas de Mirkheim, para que los
beneficios pudiesen ir a sus pueblos.
Sandra asintió... Los portavoces de Supermetales habían estado
defendiendo su causa en términos parecidos desde la expedición de Rigassi.
Recordó a un hombre que había hablado en público en Starfall.
—... Cómo planetas como Woden, Ikrananka, Ivanhoe, Vanessa.
"¿cómo llegarán a las estrellas los habitantes de planetas así? ¿Cómo
llegarán a compartir la tecnología que facilita el trabajo, preserva la salud,
impide el hambre, educa, da el control sobre una naturaleza indiferente? Apenas
tienen nada que vender: unas especias, un tipo de pieles, un estilo de arte,
posiblemente unos cuantos recursos naturales como aceites o minerales
fácilmente accesibles. Así no podrán ganar bastante para comprar naves espaciales,
plantas energéticas, autómatas, laboratorios de investigación, escuelas. La
Liga no tiene interés en concederles subsidios. La caridad pública y privada
hacen ya frente a más peticiones de las que pueden atender. ¿Deben entonces
razas enteras pasar por milenios de una angustia que se puede evitar para
desarrollar solos cosas que hace ya tiempo que se conocen en otros lugares?
»¿Y qué pasa con las colonias plantadas por los humanos, o los
de Cynthia, u otras especies que viajan por el espacio? No las colonias que han
triunfado, que prosperan, como Hermes, sino las tristes, las alejadas, cuyos
habitantes poseen poco más que el orgullo de ser independientes. Si pueden
comprar los medios para ello, podrán modificar la dureza de su medio ambiente.
De otra forma, se arriesgan a la extinción final.
»La Compañía de Supermetales fue organizada en mundos de este
tipo por individuos de toda confianza. El provecho que se obtendría con una
inversión relativamente pequeña de capital era fantástico. Pero ¿respetarían
sus derechos de propiedad los magnates de la Liga? ¿Les dejarían los gobiernos
en soberana paz? El precio era demasiado grande para arriesgarlo...
—Hum... ¿Señora? —llegó la voz de Nadi. Ella salió
sobresaltadamente de sus recuerdos.
—Mis disculpas —dijo—. Mi mente se había ido.
—Temo haberos aburrido.
—No, no. Al contrario. De hecho, más tarde me gustaría oír
detalles de los trucos que usasteis para mantener escondidos vuestros tesoros.
Maniobras de evasión cuando seguían vuestras naves, precauciones contra
sobornos, secuestros, chantajes... Es asombroso que hayáis durado tanto tiempo.
—Vimos muy cerca el fin cuando el jefe de Falkayn, Nicholas van
Rijn, dedujo que los supermetales debían proceder de un mundo como Mirkheim, y
utilizó el mismo método para encontrarlo... ¿Os he molestado?
—No, me sorprendiste. ¿Van Rijn? ¿Cuándo?
—Hace diez años estándar. Falkayn y su futura esposa le
convencieron para que guardara el secreto. De hecho, ayudó con mucha amabilidad
a nuestros agentes a mantener el asunto confuso, para retrasar el inevitable
descubrimiento.
—Si, claro, a Nick le habrá divertido hacer algo así —Sandra se
inclinó hacia delante—. Bien, esto es fascinante, pero pertenece al pasado.
Como has dicho antes, ya sabía la mayor parte de lo que has contado, y los
detalles podemos ponerlos después si es que seguimos en contacto. Yo siento
simpatía por vuestra postura, pero comprenderás que mi primer deber es para con
mi pueblo de Hermes. ¿Qué puede ganar mi pueblo en Mirkheim que valga la pena
el riesgo y el coste?
El gigantesco ser parecía solo e indefenso.
—Os suplicamos vuestra ayuda. A cambio de mantenernos en el
negocio, os convertiréis en socios de la riqueza.
—Y en blanco de todos los que quieran esa misma parte o una
mayor —Sandra chupó con fuerza su puro—. Quizá no sepáis, capitán Nadi, que soy
un gobernante absoluto. El Gran Duque o Gran Duquesa es elegido entre la
familia Tamarin, que no puede tener ningún dominio, por los presidentes de
todos los dominios de Hermes. Mis poderes son estrictamente limitados.
—Lo sé, señora. Pero me han dicho que podéis reunir una asamblea
legislativa, electrónicamente, con una hora de anticipación. Me han dicho que
vuestros líderes, que viven en un mundo que aún tiene una frontera salvaje,
están acostumbrados a tomar decisiones rápidas.
»Señora, nuestra intervención podría impedir que ejércitos
enteros se estrellasen —continuó el wodenita—. Pero os queda muy poco tiempo
para actuar. Si no os movéis pronto, entonces lo mejor será que no lo hagáis.
El pulso de Sandra latió con más fuerza.
Por el cosmos que tiene razón, pensó entre el rumor de su
sangre. El y Eric, y estoy segura que bastantes más querrán hacerlo. Si tenemos
cuidado y mantenemos abierta una línea de retirada, la apuesta no es demasiado
alta. Claro que necesitaré más información y más opiniones antes de llamar a
los presidentes y hacerles una recomendación; pero creo que, ahora mismo,
tenemos alguna probabilidad.
¡Sí, nosotros! He estado trabajando como una esclava demasiado
tiempo y soy la comandante en jefe de la armada. Si Hermes envía una
expedición, yo la guiaré.
3
El Consejo de la Liga Polesotécnica se reunió en Lunogrado para
considerar la situación en Mirkheim, pero, por haber sido convocado
apresuradamente, no estaban incluidos representantes de todos los miembros: las
cabezas de varias firmas independientes no pudieron ser localizadas a tiempo o
no les fue posible abandonar su trabajo con la necesaria rapidez. Sin embargo,
sólo los representantes de las compañías y de los Siete del Espacio llegaban
casi al quórum, y los portavoces de las compañías independientes que habían
llegado o estaban ya en camino eran suficientes para completarlo.
Después de las primeras veinticuatro horas de punto muerto,
Nicholas van Rijn invitó a dos de los delegados a su suite del hotel Universal
y éstos aceptaron, cosa que difícilmente habrían hecho si hubiera sido
cualquier otro de los independientes. La empresa de Van Rijn era lo
suficientemente grande y sus tentáculos estaban esparcidos tan ampliamente que
le había hecho poderoso. Aun con los sistemas de datos y de lógica modernos, a
muchos observadores les costaba trabajo creer que un hombre solo pudiera permanecer
por encima de todo aquello, sin tener que formar cooperaciones, como lo habían
hecho las compañías gigantes. Por esto era el líder natural de todas aquellas
empresas que no habían suscrito ninguno de los estrictos acuerdos que mantenían
unidas a las compañías o a los Siete del Espacio.
Por otra parte, Bayard Story parecía ser el genio que dominaba
al segundo de estos dos grupos, y Hanny Lennart al primero.
La medianoche lunar se aproximaba, y la vista, desde una
transparencia situada en la habitación central de la suite, era impresionante.
Los edificios estaban bastante separados unos de otros y no eran altos porque
tenían que quedar por debajo de los campos de fuerza que mantenían el aire
dentro de la burbuja y el estrato de ozono sobre él. La baja gravedad permitía
en los parques árboles erguidos y arqueados como si fueran fuentes, entre
grandes flores de colores vivos. Por todas partes brillaban luces colocadas
sobre postes en forma de parras, luces que no ocultaban la vista del tétrico
suelo de cráteres detrás de los campos cultivados, de la muralla circular de
Platón, ni del cielo, escalonándose en pendientes y acantilados hasta alcanzar
el horizonte próximo. Las estrellas, vivas, inmutables, semejantes a piedras
preciosas, brillaban por miríadas; la Vía Láctea era un río de mercurio; hacia
el sur el encanto azul y blanco de la Tierra estremecía el corazón. Al lado de
aquella panorámica, la opulenta cámara parecía enormemente pobre.
Lennart y Story llegaron al mismo tiempo. Van Rijn fue a
abrirles dando saltos sobre el suelo sin tocarlo apenas; no había utilizado el
mecanismo que hubiera suministrado una gravedad equivalente a la terrestre.
—Vaya, vaya, vaya. Han estado confabulándose antes de venir aquí
¿nie? —rugió mientras abría la puerta—. No, no lo neguéis, no le contéis
mentiras a un pobre viejo gordo y solitario que tiene un pie en la tumba. Venid
y beberos su licor.
Story barrió la habitación con la mirada, y dijo amablemente:
—Desde la primera vez que he oído hablar de usted, señor Van
Rijn, y eso fue hace más tiempo de lo que yo desearía, la gente habla sobre sus
protestas de vejez y debilidad. Haría una buena apuesta a que le quedan aún
unos veinte años o más para hacer maldades.
—Ja, tengo un aspecto saludable, estoy construido como una tarta
de boda hecha de ladrillos. Pero vosotros, que podríais ser hijos míos —aunque
yo siempre he tenido mejor gusto con las mujeres— una gravedad baja ayuda más
de lo que os podéis imaginar. ¡Cómo me gustaría retirarme, olvidar los
tropezones y maldades de este mundo malvado, dejar mi alma tan limpia de
pecados que chille!
—¿Para dejar sitio a nuevos y mayores pecados?
—Déjense de tonterías, por favor —les interrumpió Lennart—. Se
supone que esto va a ser una discusión seria.
—Si insiste, señora Lennart... —respondió Story—. Personalmente,
tengo ganas de divertirme un poco. Y creo que, además, sería lo mejor. El
Consejo es un ejercicio de futilidad, me pregunto por qué me he molestado en
venir.
Los otros lo contemplaron fijamente durante un instante, como si
ellos también se preguntasen algo. Era la primera vez que lo veían; sólo habían
sabido —como resultado de informaciones rutinarias— que durante los diez
últimos años su nombre había estado en la lista de directores de Desarrollo
Galáctico, en la base central que la compañía tenía en Germania. Resultaba
evidente que era tan rico y tenía tanta influencia que podía suprimir toda
publicidad sobre su persona y actuar de forma casi invisible.
Era un hombre bastante agraciado: talla media, delgado, rostro
bronceado y rectangular de rasgos regulares, ojos de un gris azulado y cabello
y bigote castaño claro, con unas hebras blancas. La elasticidad de su paso
indicaba que empleaba bastante sus músculos, quizá bajo condiciones
intermitentemente severas. Su suave forma de hablar tenía un rastro de un
acento que no era terrestre, aunque demasiado erosionado por el tiempo para ser
identificable. Su traje, caro y en tonos verdes apagados, le sentaba como si
hubiera emanado de su cuerpo. A su lado, Lennart ofrecía un aspecto desaliñado
y macilento. Y Van Rijn, comparado con cualquiera de los dos, estaba
escandaloso con su vestimenta favorita: una blusa arrugada, manchada de rapé, y
un sarong enrollado alrededor de un ecuador propio de Júpiter.
—Comed, bebed, fumad —urgió el anfitrión, señalando un bar
portátil bien provisto, las bandejas de complicados canapés, las cajas de puros
y cigarrillos. El fumaba en una pipa capillera que había visto años de servicio
y que olía peor cada día que pasaba. Continuó—: Quería que hablásemos aquí en
vez de en el interior de un circuito sellado, así podremos relajarnos, ser
honrados y no nos parecerá mal lo que, quizá, alguno tenga que decir.
Story asintió y se sirvió un whisky escocés estilo civilizado:
puro y con un poquito de agua. Van Rijn volvió a llenar una jarra de ginebra a
la que añadía de lo que él llamaba angst en onrust. Se acomodaron en los
asientos. Mientras, Lennart se sentaba muy tiesa sobre un sofá enfrente de
ellos y sin querer aceptar nada.
—Bien —dijo ella—. ¿Qué es lo que tiene en la cabeza?
—Deberías ver si podemos llegar a un acuerdo, y de no ser así,
delimitar las zonas en que diferimos, ¿no es eso? —empezó Story.
—Y además intercambiar información —añadió Van Rijn.
—Eso podría ser una mercancía muy valiosa, especialmente cuando
escasea —observó Story.
—Espero que comprenda que ninguno de nosotros puede hacer
promesa alguna, señor Van Rijn —Lennart hablaba separando las palabras, como
cortándolas—. Somos sólo ejecutivos de nuestras respectivas corporaciones
—(Ella era la vicepresidente de Cibernética Global)—. Y, de hecho, ni las
Compañías ni los Siete forman un bloque monolítico; sólo los unen ciertos
acuerdos comerciales.
Que recitase algo que hasta un colegial debiera saber no insultó
a Van Rijn.
—Y unas direcciones entrelazadas unas con otras —añadió él
blandamente, mientras cogía un diminuto sándwich de anguila ahumada y huevo
revuelto frío—. Además, ustedes dos tienen más voz en el asunto de lo que
reconocen. Ja, pueden aullar como hornos que explotan siempre que lo desean. Y
esos acuerdos comerciales lo que quieren decir es que las Compañías forman un
cartel y los Siete otro, con un montón de aliados políticos en buena-posición.
—Nosotros no; en el Mercado Común, no —dijo Story—. Eso se ha
convertido en la plutocracia de la señora Lennart, no en la nuestra.
Las delgadas mejillas de la mujer se tiñeron de color.
—Eso puede usted decirlo con mucha más razón de los pobres
estados-marioneta de esos pobrecitos planetas —respondió ella—. En cuanto al
Mercado Común, llevamos ya cincuenta años de reformas progresivas para
fortalecer la democracia.
—Maldita sea —murmuró Van Rijn—, quizá hasta se crea usted eso.
—Espero que no estemos aquí para darle un repaso a esa política
partidista que huele a rancio —dijo Story.
—Yo también lo espero —contestó Van Rijn—. Eso es lo que se
sacará en limpio en el Consejo, eso es lo que haremos allí si lo dejamos por su
cuenta. Todos los miembros tomarán una postura y no podrán abandonarla porque
habrán esparcido mucha basura alrededor. Se pelearán hasta que el cielo se
caiga. Y no pasará nada más..., a menos que unos cuantos líderes nos pongamos
de acuerdo para dejar que suceda algo más. De eso es de lo que quiero que
hablemos.
—El asunto es sencillo —declaró Lennart, repitiendo lo que había
dicho más de una vez en la mesa de la conferencia—. Mirkheim es un recurso
demasiado valioso, de demasiada importancia estratégica, para que se le deje
caer en las garras de seres que han demostrado su hostilidad, incluidos ciertos
seres humanos. En justicia, el Mercado Común tiene derecho a la soberanía sobre
ese planeta, en tanto en cuanto la expedición de Rigassi estaba compuesta por
ciudadanos nuestros. Además, el Mercado Común tiene el deber de salvaguardarlo
para con la humanidad, para con la misma civilización. Las Compañías apoyan
este punto de vista. Es una obligación patriótica y, francamente, me sorprende
que personas de su educación no lo reconozcan así.
—Yo me eduqué en una escuela donde pegaban duro —contestó Van
Rijn—. Y sospecho que usted también, señor Story. ¿No? Usted y yo deberíamos
entendernos bien.
—Yo entiendo por qué cambia de tema —lanzó Lennart—. Le
avergonzaría una conversación sobre moral.
—Hablando de moralidad, y también de inmoralidad —dijo Van
Rijn—, ¿qué pasa con los que descubrieron Mirkheim por primera vez? ¿Qué
derechos cree usted que tienen ellos?
—Eso puede decidirse en los tribunales, después de asegurar
Mirkheim.
—¡Ja, ja!, en unos tribunales cuyos jueces compráis como
acciones de vuestras compañías. Ya oigo un ruido al fondo, vosotros afilando a
vuestros abogados. Esa fue la razón por la que la Compañía de Supermetales
trabajó en secreto.
Story arqueó las cejas.
—¿Espera usted que creamos —dijo— que los ayudó y escondió
durante una década a causa de un abstracto sentimiento de justicia?
—¿Qué le hace suponer que yo, un tranquilo y anciano cultivador
de la comodidad de mi barriga, estaba en el complot?
—No se ha hecho público, pero los trabajadores de Mirkheim le
dijeron a Rigassi que un miembro de la Liga Polesotécnica les había estado
ayudando a pasar desapercibidos desde el mismo instante en que rastreó el
planeta —dijo Story—. No dijeron quién era, estaban simplemente, patéticamente,
intentando parecer más fuertes de lo que son...
Lennart respiró profundamente, y exclamó:
—¿Cómo sabe usted eso?
Story sonrió, lo que quería decir que no estaba dispuesto a
revelar el sistema de espionaje organizado por su bloque. Continuó dirigiéndose
a Van Rijn:
—Con la perspectiva actual, ese hombre tiene que haber sido
usted. Y por cierto, hizo un trabajo maravilloso. Especialmente todas esas
insinuaciones que dejó caer, todas esas pistas que puso al descubierto que
señalaban que una civilización más avanzada que la nuestra era la que estaba
produciendo esos supermetales. Expediciones solemnemente enviadas en su
búsqueda... Seguramente se trata del engaño más espléndido de la historia
—después de un momento, añadió—: ¿Le importaría decirnos por qué lo hizo?
—Bien, me llamarían mentiroso si dijese que pensé que eso era lo
correcto, y quizá me lo llame yo también a mí mismo —Van Rijn se tragó un
combinado de queso de Limburger y cebolla sobre pan moreno, dio unos golpecitos
a su pipa con un dedo que parecía un cuerno y aspiró el humo. Después, continuó
entre anillas de humo—: Admito que en parte lo hice porque me convenció una
persona a la que quiero mucho. Y en parte, porque para los independientes como
yo es mejor que los supermetales salgan libremente al mercado. No quiero que
ninguno de sus dos carteles se adueñen del poder que el monopolio de Mirkheim
pondría en sus manos. La empresa original, eso es lo más razonable.
Eso era lo que él había defendido en el Consejo: que la Liga
Polesotécnica ejerciese todo el poder que tenía cuando estaba unida en un
esfuerzo para que Mirkheim fuese declarado un planeta sin gobiernos, bajo la
protección de la Liga, y que Supermetales se hiciese miembro de ésta. Sabía
perfectamente bien que no había ninguna probabilidad de que esta resolución
fuera adoptada, a menos que pudiera cambiar un montón de cabezas duras. Las
Compañías insistían en que ellas sostendrían la causa del Mercado Común; los
siete preferían que la Liga como tal se mantuviese ajena al conflicto,
estrictamente neutral y preparada para negociar con los que resultasen
vencedores. Van Rijn siguió con el mismo tema.
—Story, no tiene ningún sentido que estemos aquí sentados,
cruzando los brazos. La señora Lennart tiene razón, en cierto modo: que Babur
se apodere de Mirkheim es el peor resultado posible para todos. Babur está
quizá mejor armado que el Mercado Común; lo que es seguro es que sus líneas de
comunicación son más cortas, pues está más cerca de Mirkheim que nosotros.
—¿Quién ha llevado las cosas hasta este punto? —dijo Lennart con
un tono que se volvió estridente—. ¿Quién comenzó a negociar con los baburitas?
¿Quién les vendió la tecnología que les ha permitido lanzarse al espacio a
cambio de un sucio beneficio? ¡Los Siete!
—Sí, hicimos negocios —dijo Story suavemente—. Recordará usted
que en aquel tiempo ese tipo de transacciones era práctica normal. Nadie puso
objeción alguna. Después..., bueno, admito que nuestras compañías dejaron que
este comercio decayese porque ya no resultaba demasiado provechoso, no porque
adivinasen que Babur estaba armándose. No lo hicimos. Nadie lo hizo. ¿Quién lo
hubiese hecho? Sólo la investigación y el progreso necesarios...; parece
increíble que lo hayan logrado en tan pocos años. Pero —continuó, haciendo un
gesto típico de conferenciante— debido a nuestras experiencias anteriores
sabemos que podemos hacer intercambios con los baburitas. La posibilidad de que
tuviésemos que comprar nuestros supermetales a los baburitas no es peor que la
de tener que comprárselos a las Compañías, que es lo que vendría a significar
que el Mercado Común se apoderase de Mirkheim. Aún podemos negociar con cosas
que Babur necesita.
—¿No preferirías comprar de los dueños actuales a un precio más
barato y a las demás compañías que también trabajarán en Mirkheim y venderán en
un mercado abierto? —preguntó Van Rijn.
—No tienen por qué ser más baratos —dijo Story—. Los que
respiran oxígeno tienen demasiada tendencia a competir directamente con
nosotros —entrelazó los dedos y miró por encima de ellos, primero a Lennart y
después a Van Rijn—. Hablando con franqueza —continuó—, creo que la mayor parte
del miedo a Babur no es otra cosa que un miedo infantil a lo desconocido. Nunca
se tomó nadie la molestia de enterarse de cómo era, cuando parecía ser sólo un
planeta más en el límite del espacio conocido. Pero yo casualmente soy un
antiguo xenólogo, especializado en planetas subjovianos. He estudiado todos los
informes que tienen los Siete de sus tratos con ellos. Yo mismo estuve allí en
el pasado y he hablado con sus líderes. Por tanto, les digo —y estoy aquí para
decir eso mismo en el Consejo— que Babur no es ninguna guarida de ogros. Es el
hogar de una especie tan razonable según sus luces como nosotros lo somos según
las nuestras.
—Exactamente —gruñó Van Rijn—, que Dios nos salve si ellos y
nosotros no somos lo mejor que hay. Pero yo también tuve una vez unos pequeños
roces con los baburitas. Y también he estado examinando todos los datos
disponibles en el Sistema Solar sobre ellos. Sus luces parpadean demasiado.
—Su pretensión sobre Mirkheim es ridícula —añadió Lennart—. No
es otra cosa que un slogan justificativo de la agresión territorial.
—No lo es, según los términos de su cultura dominante —dijo
Story.
—Entonces es una cultura que no podemos permitirnos dejar que se
fortalezca —intervino ella—. No disimula en absoluto su pretensión de
establecer un imperio. Si eso se refiriese sólo a mundos del tipo de Babur,
quizá podríamos permitirnos vivir con ellos. Pero según interpreto yo sus
declaraciones y acciones hasta la fecha, lo que planean es convertirse en la
potencia hegemónica de todo ese volumen espacial. Eso no puede tolerarse.
—¿Cómo lo detendrán? —preguntó Van Rijn.
—Haciendo lo apropiado en Mirkheim, para empezar. Con rapidez,
decisivamente —contestó ella—. Nuestros servicios de inteligencia indican que
Babur se echará atrás ante un fait accompli.
—¿Nuestros servicios de inteligencia? —murmuró Story—. ¿Son así
de buenos sus contactos con el ministerio de Defensa?
Van Rijn exhaló espesas nubes azuladas.
—Creo que acaba de decirme algo de lo que no estaba del todo
seguro, señora Lennart —dijo.
Ella le miró fijamente, y una sombra de aprensión cruzó sus
rasgos.
—Yo no..., comprenderá que sólo estoy hablando de mis opiniones
personales... —tartamudeó.
—Yo tengo mis propios contactos. No tan secretos como parecen
ser los suyos. Pero cosas tan simples como permisos de salida a naves civiles
hacia el espacio profundo...; de repente, hay muchas a las que se les ha dicho
que deben esperar, ese tipo de cosas...; gota a gota voy recopilando hechos
hasta que reúno todo el rompecabezas. Y la conozco hace muchos años, Lennart,
su forma de hablar también dice mucho —dijo Van Rijn.
Van Rijn se levantó, ligero a causa de lo poco que pesaba con
aquella gravedad, tan ligero que parecía una luna ascendente que eclipsase la
brillantez de la Tierra.
—Story —dijo—, no lo anunciarán ahora mismo, pero le apuesto
rubíes a que el gobierno del Mercado Común ya ha enviado a Mirkheim una
flotilla de combate. Y no estoy nada seguro de que Babur se lo tome dócilmente.
Se volvió hacia una estatuilla de San Dimas, de arenisca
marciana, que se erguía sobre el mueble bar, su compañero en los viajes de toda
su vida.
—Será mejor que te des prisa y comiences a rezar por nosotros
—le dijo.
4
La nave espacial Muddlin Through partió del Sistema Solar a toda
hipervelocidad en dirección al sol que los hombres llamaban Mogul. En términos galácticos,
aquellas estrellas podían casi considerarse vecinas y las rítmicas ondas
Schródinger la conducían a una pseudovelocidad miles de veces equivalente a la
verdadera velocidad de la radiación. Sin embargo, antes de que alcanzase su
destino sus relojes tendrían que registrar dos semanas y media; tan grande es
el universo. Los seres inteligentes hablan con ligereza del paso de los
años-luz porque no pueden comprender lo que están haciendo.
David Falkayn, Chee Lan, Adzel y el robot Atontado estaban
jugando al póquer en el salón. Mejor dicho, los que jugaban eran los tres
primeros. El computador estaba representado por un sensor audiovisual y un par
de brazos metálicos. Era un modelo avanzado que funcionaba a nivel de
conciencia, y para mantener la nave en su rumbo se necesitaba una parte muy
pequeña de su capacidad. Los viajeros vivientes aún tenían menos cosas que
hacer.
—Apostaré un crédito —dijo Chee.
Una ficha azul tamborileó en el centro de la mesa.
—Dios mío —Adzel dejó sus cartas—. ¿Alguien quiere que le traiga
más refrescos?
—Sí, gracias —dijo Falkayn pasándole una jarra de cerveza
vacía—. Voy a subirla.
Dobló la apuesta. Después de medio minuto durante el cual el
silencio fue atravesado por el débil rumor de los motores y los ventiladores,
preguntó:
—Eh, Atontado, ¿qué pasa?
—Las probabilidades en contra y a favor de mi baza son
exactamente las mismas —dijo la monocorde voz artificial.
La cavilación electrónica continuó durante unos cuantos segundos
hasta que el robot se decidió.
—Muy bien —dijo igualando la apuesta de Falkayn.
—¿Kiyao? —se preguntó Chee con las patillas temblorosas y
moviendo con la cola el taburete sobre el que estaba sentada—. Bueno, si os
empeñáis...
Ella también igualó la apuesta.
El humano se regocijó en su fuero interno. Tenía un full.
Externamente, fingió pensárselo antes de subir la apuesta de nuevo. Atontado le
siguió.
—¿Estás seguro de no necesitar algún ajuste? —le preguntó
Falkayn.
—Los dioses te destruyan —dijo Chee presuntuosamente, y también
siguió.
Mientras tanto, Adzel había vuelto con la cerveza de Falkayn,
haciendo tronar sus cascos sobre la alfombra. Cuando estaba de viaje, el
wodenita se abstenía de beber cerveza, pues ninguna nave hubiera podido llevar
la suficiente, y en su lugar sorbía un martini de un vaso de un litro.
Falkayn subió la apuesta otro crédito y Atontado le siguió; Chee
y Falkayn le contemplaron como si pudieran leer alguna expresión en sus lentes
de vitrilo. Chee añadió lentamente dos fichas a la apuesta. Falkayn suprimió
una sonrisa y volvió a subir. Atontado también lo hizo. Los pelos de Chee se
erizaron.
—¡Que se vayan al infierno tus malditos transistores! —gritó, y
tiró su mano.
Falkayn vaciló. Atontado había reconocido que sus cartas eran
mediocres, pero... Las enseñó. Su oponente tenía cuatro reinas.
— ¡Por los luceros azules! — Falkayn casi se levantó de la furia
— . Dijiste que las probabilidades...
— Me refería a las probabilidades en favor de engañarte —
explicó Atontado mientras apilaba la apuesta.
— Me da la impresión de que, después de nuestra larga
separación, tendremos que aprender el estilo de jugar de cada cual desde el
principio — observó
Adzel.
— Bueno, escuchad — Chee barajaba el mazo — , me estoy cansando
de jugar siempre al póquer. Escojamos un juego cada uno, ¿de acuerdo? Yo digo
que demos siete cartas y que gane el que saque menos.
Falkayn hizo una mueca.
— Que cosa tan desagradable.
— Las probabilidades en juegos así son tan determinables como en
los juegos conocidos — declaró Atontado.
— Sí, pero tú eres un computador — gruñó Falkayn.
— ¿Quieres cortar? — le preguntó Chee a Adzel.
— ¿Qué? — el dragón parpadeó — . Oh..., disculpadme, estaba
aprovechando la oportunidad para meditar.
Su enorme mano dividió el mazo de cartas con una delicadeza
asombrosa. La paliza que recibió en aquella ronda no pareció molestar sus
sentimientos. Pero cuando le tocó a él escoger, anunció plácidamente:
— Esto va a ser como el béisbol.
— ¡Oh, no! — gimió Falkayn — . ¿Qué os ha sucedido a los dos en
estos tres últimos años?
Pronto había perdido y permaneció sentado, bebiendo y pensando
con expresión lúgubre.
Cuando le tocó la vez, dijo:
— Ahora veréis, bastardos. Vamos a jugar al Número Uno. ¿Lo
conocéis? Damos siete cartas, altas y bajas, los reyes y los dieces valen un
punto, los sietes y los ases, comodines.
— Om maní padme hum — musitó Adzel conmovido.
Chee arqueó el lomo y escupió. Acomodándose de nuevo sobre su
cojín, protestó:
— Atontado puede fundir los fusibles.
— Es un problema menos complejo que calcular una entrada en
órbita — la consoló la nave — , aunque es bastante más ridículo.
El juego se arrastró de una forma más bien extraña hasta que
Falkayn se llevó todas las apuestas, mayormente por cansancio.
— Espero que todos hemos aprendido nuestra lección — dijo — . Te
toca a ti, Atontado.
— Supongo que también se me permitirá inventar un juego poco
ortodoxo — contestó la máquina.
Falkayn dio un respingo. Chee enroscó su cola, pero Adzel
propuso:
— Es juego limpio. Sin embargo, de aquí en adelante, limitémonos
a jugar simplemente al póquer.
— Mi afirmación es que este juego os confirmará en vuestro deseo
— les dijo Atontado mientras barajaba — . Se juega igual que el póquer, sólo
que el juego no va demasiado lejos. Los jugadores recogen sus cartas sin
verlas, de forma que todo el mundo pueda ver las manos de los demás menos la
suya propia.
Después de un conmocionado silencio, Chee inquirió:
— ¿Qué tipo de pervertidos fueron los que te hicieron la última
revisión?
— Me estoy autoprogramando dentro de los límites de los tipos de
tareas para los que fui construido — le recordó el computador — . Por tanto,
siempre estoy activado pero sin nada que hacer, me dedico a que mi ociosidad
sea creativa.
—Creo que la herejía maniquea acaba de marcar un tanto —dijo
Adzel.
Van Rijn hubiera entendido la referencia; pero aunque Falkayn
era razonablemente culto, no la comprendió.
Aquel juego, por lo menos, fue misericordiosamente corto. El
humano se levantó cuando terminó.
—No contéis conmigo —dijo—. Voy a echar un vistazo a la cena.
Entre los hobbies con que mataba el tiempo cuando estaba de
viaje estaba la alta cocina, de la misma forma que Chee lo hacia pintando y
esculpiendo y Adzel estudiando historia terrestre.
Después de dar la vuelta al asado no se dirigió directamente al
salón otra vez, sino que encendió una pipa y se encaminó al puente. Sus pisadas
resonaban con fuerza debido a que se encontraban en el período, unas cuantas
horas cada veinticuatro, durante el cual el generador de gravedad de la nave
sobrepasaba en un cincuenta y cinco por ciento el empuje de la Tierra. Esto se
hacía para acostumbrar a la tripulación a la gravedad que tendrían que soportar
en Babur si llegaban a tocar la superficie de aquel planeta. Los cuarenta y
cinco kilos de más no le cansaban demasiado; se distribuían de manera uniforme
sobre un cuerpo en buena forma. Lo que principalmente tenían que adaptar él y
sus compañeros eran sus sistemas cardiovasculares. No obstante, sentía la pesadez
en sus huesos.
Los compensadores ópticos del puente proyectaban un simulacro
exacto de la parte del cielo que se quisiese contemplar. Falkayn se detuvo en
el panel de control. Más allá de los relucientes instrumentos se extendía la
oscuridad, albergando una espesura de estrellas. Brillaban por todos lados,
enjambres luminosos afilados como espadas, la catarata de plata de la Vía
Láctea, las Nubes Magallánicas y la galaxia de Andrómeda, a la cual distancias
que él nunca llegaría ver sobrepasadas hacían aparecer pequeña y extraña. Como
si percibiese el frío primario entre ellos, protegió con su puño la cazoleta de
su pipa, su símbolo en los viajes. Bajo los susurros producidos por la nave
yacía un infinito silencio.
Sin embargo, pensó, esos soles lejanos no están tranquilos.
Ardían aterradoramente, la materia rodaba por el espacio, la energía bullía y
trabajaba en el nacimiento de nuevos mundos y estrellas. Tampoco era eterno
aquel universo; tenía su propio y extraño destino. Mirarlo significaba conocer
la pena y la gloria de estar vivo.
Coya había conseguido más de una vez su deseo de que hicieran el
amor allí.
Los ojos de Falkayn buscaron en la dirección del Sol, aunque ya
hacía mucho que había desaparecido de la vista. Su experimentada vista aún era
capaz de encontrar la dirección entre constelaciones cambiadas hasta el punto
de que algunas no eran ya reconocibles y que estaban camufladas por el gran
número de estrellas brillando en el vacío. ¿Cómo te las arreglas ahora,
querida?, pensó, aunque sabía muy bien que gritar «ahora» a través de
distancias interestelares era un ruido sin significado. No esperaba sentir
nostalgia en este viaje, me olvidaba de que mi hogar está donde tú estés.
En parte, reconoció, su pena era culpabilidad; no había sido
sincero con ella. Pensaba que existía más peligro en este viaje de lo que había
admitido. (Y ella intentó ocultarle que también pensaba lo mismo.) Sin embargo,
la sangre había saltado en su interior después de tres años de sosiego cuando
Van Rijn había insinuado la idea. Unas líneas de un poema arcaico, una de sus
principales aficiones, pasaron por su cabeza:
Formo parte de todo lo que he conocido,
Pero toda apariencia es un arco en el cual
Brilla ese mundo desconocido, cuyos límites se desvanecen
Constantemente cada vez que yo avanzo.
¡Qué monótono detenerse, terminar,
Oxidarse herrumbroso, sin que el uso dé lustre!
Como si respirar fuese vivir...
Mientras se consolaba con el humo, decidió que bien podría
admitir que el suyo era un caso desesperado de fiebre aventurera. Más adelante,
Coya y los chicos podrían ir con él también. Mientras tanto... :
Marineros míos,
Almas que habéis trabajado, luchado y pensado conmigo...
Que siempre acogisteis con juguetona bienvenida
El trueno y el rayo de sol, y que opusisteis
Corazones libres, cabezas altas...
Se interrumpió con una risotada. Ni Adzel ni Chee Lan acogerían
con entusiasmo la idea de remar en una galera griega. No es que no hubiesen
hecho cosas igualmente extrañas de vez en cuando, y quizá volvieran a hacerlas.
Sería mejor que volviera al juego. Después de cenar, y si estaban de humor para
ello, sacaría su violín y tocaría un rato. Nunca se cansaría de ver a aquellos
dos bailando una danza campesina.
5
El sol de Babur brillaba más del doble que el de la Tierra, pero
la distancia entre él y el planeta era más de seis veces mayor, por lo que
Mogul se veía en el cielo como un disco diminuto de un resplandor insoportable.
Uno de los cuatro satélites con que contaba el planeta estaba tan cerca que
podían verse los cráteres; el resto eran pequeñas hoces afiladas. El mundo era
un globo parduzco, ensombrecido en parte por la noche, en parte velado por
bandas y remolinos de nubes blancas con tonos dorados, marrones o rosáceos. Lo
majestuoso del panorama hizo entender a Falkayn por qué el humano que lo había
descubierto lo bautizó con el nombre de un conquistador de la India que había
pasado a la historia con el sobrenombre de Tigre. No sabía lo acertado de su
bautismo, pensó.
El puente donde se encontraba se hallaba en el más profundo
silencio y sólo se oía el murmullo de los ventiladores. Muddlin Through
maniobraba con el hipermotor apagado a una velocidad verdadera de unos cuantos
kilómetros por segundo. Chee estaba en la torreta de control de armamento y
Adzel en la sala de máquinas, sus puntos problemáticos. La responsabilidad de
decidir cuándo el peligro se haría tan grande que fuese necesario huir o luchar
recaía en Falkayn. Dudaba de que fuese posible alguna de estas dos cosas. Las
dos naves de guerra que habían salido a desafiarlos cuando se acercaban, y que
ahora los escoltaban, flanqueaban y seguían su casco en forma de dardo como
lobos acorralando una presa. La distancia los hacía aparecer diminutos, hasta
que Falkayn hizo una ampliación de la sección donde se encontraban: entonces
vio que tenían el tamaño de un destructor Técnico, pero con un armamento mucho
más numeroso; eran arsenales volantes.
Cuando Atontado habló, dio un salto y rebotó contra la malla de
seguridad que le retenía en su asiento.
—He comenzado el análisis de los datos obtenidos de los
detectores de masa y de neutrino, del radar y de los registradores de impulsos
de gravedad y de hipervelocidad, y del campo interplanetario local. Unas
cincuenta naves, aproximadamente, están en órbita alrededor de Babur; sujeto a
correcciones. Sólo hay una cuyo tamaño se corresponda más o menos con el de un
acorazado o equivalente. La mayor parte parecen ser naves sin armas, quizá
transportes capaces de tocar superficie. Pronto estará disponible una información
más detallada.
—¿Cincuenta? —exclamó Falkayn—. Pero sabemos..., en aquella
exhibición cerca de Valya..., sabemos que su flota es igual, por lo menos, a la
del Mercado Común. ¿Dónde está la mayoría?
Sus compañeros habían estado escuchando por el intercomunicador,
del que ahora surgió el lento bajo de Adzel:
—Es inútil especular. Nos faltan hechos sobre los planes de
Babur, incluso sobre la sociedad cuyos dueños han bosquejado esos planes.
Nadie les prestó atención hasta que fue demasiado tarde, pensó
Falkayn. Seres que respiran hidrógeno, que son alienígenas, que, tanto en
mercados como en recursos, tienen muy poco que ofrecernos a los respiradores de
oxígeno, y por la misma razón, no debieran tener nada por lo que pelearse con
nosotros. Había demasiados planetas atrayéndonos con tesoros, con productos
básicos, con nativos no demasiado distintos de nosotros. Ni siquiera
recordábamos que existiese Babur... Todo un mundo, tan antiguo, complejo y
lleno de maravillas como puede serlo la Tierra.
—Creo que sé dónde están las naves que faltan —dijo Chee—. Nunca
estuvieron destinadas a permanecer ociosas.
La mente de Falkayn daba grandes pasos por una ruta muy hollada
ya.
¿Cómo lo logró Babur?... ¿Cómo construyó una fuerza tan grande
en sólo veinte o treinta años? No han podido simplemente limitarse a poner
armas en unas copias de las pocas naves mercantes que habían producido hasta
entonces; limitarse a trabajar sobre planos de militares humanos. Todo tuvo que
ser adaptado a las peculiares condiciones de Babur, las características
necesidades de sus formas vitales.
Recordó las formas de las naves que les daban escolta: con una
gigantesca panza, como si estuvieran preñadas... ¿Con qué tipo de nacimiento?
Aquel volumen extra albergaba tanques criogénicos. El reciclaje del aire no era
por sí solo adecuado para seres que respiraban hidrógeno, una atmósfera así se
filtra lentamente al exterior por los átomos del casco y debe ser repuesto a
partir de gases líquidos. Una fina lámina de una determinada aleación de
supermetales podía acabar con eso, pero los baburitas no sabían que Mirkheim
existiese cuando alguien tomó la decisión de construir una flota de guerra. Y
el problema de las filtraciones era sólo el más fácil de resolver, el más obvio
al que habían tenido que hacer frente los ingenieros.
Antes de que comenzase la fabricación de las naves, el esfuerzo
tanto en investigación como en desarrollo debía haber sido extraordinariamente
sofisticado. ¿Cómo fueron capaces de completarlo los baburitas en el tiempo en
que lo habían hecho, ellos que nunca habían salido de su mundo nativo cuando
los hombres los encontraron?
¿Habrían alquilado expertos en el exterior? Si así fuese,
¿quiénes y cómo habían podido pagarles?
Su repetición de las preguntas que fueron formulándose sin
respuesta desde la primera vez que se había percibido la amenaza, fue
interrumpida. Atontado estaba haciendo una de sus raras contribuciones a la
conversación:
—Es probable que los baburitas hayan estado previniendo una
guerra con otros respiradores de hidrógeno.
—No —contestó Adzel—. En ningún lugar del espacio conocido hay
otros con una tecnología comparable, excepto los imiritas, que son tan
distintos de ellos como los baburitas de nosotros.
—Sugiero que me escribas un programa de ciencia política —dijo
el computador.
—¿Queréis dejar de decir tonterías vosotros dos? —ladró
Falkayn—. El hecho es que tienen aquí muchas menos naves de las que sabemos
poseen. Y yo comparto la disparatada idea de Chee de dónde habrán ido el resto
de las naves. Si nosotros...
El comunicador exterior gimió. Lo activó, y la imagen de un
baburita llenó toda la pantalla.
Unas sombras se movían en la penumbra alrededor de aquella
fantasmagórica forma, mezcla de ciempiés, centauro y langosta, que realmente no
se parecía a ninguno de aquellos animales. Los cuatro diminutos ojos detrás del
esponjoso hocico no podían hacer buen contacto con los suyos. El ser zumbó su
latín de la Liga, unos ruidos que el vocalizador convertía en los sonidos
apropiados.
—Hemos comunicado con la Banda Imperial de Sisema y vais a
recibir instrucciones. Esperad.
El anuncio no era ni cortés ni grosero; únicamente decía cómo
estaban las cosas.
Después la imagen se desvaneció. Falkayn estuvo solo con sus
pensamientos durante un minuto, y éstos volvieron a repasar lo poco que sabían.
«Sisema» no era nada más que la forma en que el vocalizador
traducía un sonido que en el original era un fino zumbido. Lo de «Banda
Imperial» era un intento de los baburitas, sugerido probablemente por
anteriores visitantes humanos, para traducir un concepto que no tenía
equivalente en la Tierra. Aparentemente, la unidad social en Acarro —así
llamaba el vocalizador a una de las regiones del planeta— no era el individuo,
la familia, el clan o la tribu, sino una asociación de seres unidos por lazos
más poderosos y penetrantes que todos los que los hombres conocían, que tenía
que ver con cierta reciprocidad y complementariedad de sus ciclos sexuales,
pero que abarcaba todos los aspectos de la vida. Cada Banda tenía su propia
personalidad, y las distintas Bandas eran entre sí más diferentes que los
miembros de unas y otras. Pero los informadores habían contado a los xenólogos
que cada miembro era único y hacía una contribución especial; la unión de todos
no era subordinación, era comunicación (¿comunión?) en un nivel más profundo
que el consciente. ¿Podría ser telepatía? Resultaba difícil saber qué querría
decir una palabra así en este mundo, y los informadores no se habían prestado a
hablar más o no pudieron hacerlo. De hecho, los baburitas irradiaban ondas de frecuencia
de forma variable, y estas ondas eran lo bastante fuertes para ser detectadas
por un aparato sensible en las cercanías. Si esto se debía a la química de sus
neuronas (?), quizá otro sistema nervioso (?) pudiese actuar como receptor. Era
posible, pues, que una parte de la tradición no fuese transmitida en forma
escrita u oral, sino percibida directamente.
En potencia inmortal, una Banda practicaba la adopción además de
la reproducción. Las interadopciones unían los diversos grupos de la misma
forma que las familias humanas se habían aliado antiguamente por medio de
matrimonios. La Banda Imperial parecía tener prioridad en casos semejantes y
era la dominante, adueñándose de un liderazgo que, finalmente, le había
proporcionado el dominio de todo el planeta. Sin embargo, no se trataba de una
verdadera monarquía o dictadura. Las Bandas se autorregulaban, no eran
propensas a entrar en conflicto con su propia especie y necesitaban poco
gobierno, en el sentido terrestre de la palabra.
Falkayn pensó que aquello hacía aún menos comprensible su
repentina agresividad. Hacía treinta años intentaron cierto negocio audaz y
fueron escaldados por el agente de Solar de Especias y Licores...; pero,
diablos, aquello había sido un incidente sin importancia, no era la razón por
la que se habían puesto recientemente a vociferar sobre su derecho a «controlar
su espacio ambiental». Tampoco parecía segura la idea de dividir las estrellas
en esferas de influencia. La Liga no podía tolerarlo si quería sobrevivir como
un conjunto de empresarios en un mercado abierto. El Mercado Común podría
aceptar el principio..., pero no lo haría si eso significaba la pérdida de
Mirkheim, exactamente el explosivo tema que Babur había seleccionado para
precipitar la crisis.
Supongo que hasta los agentes de esas compañías de los Siete que
comerciaron aquí en otros tiempos no fueron capaces de profetizar lo que harían
después unas mentes tan extrañas a las nuestras... ¡Caya!
Otra vez la pantalla le dio la imagen de un baburita. Lo
identificó como otro distinto del anterior únicamente por el color y la forma
de la túnica, a pesar de que Falkayn estaba bien adiestrado en advertir las
diferencias individuales entre no humanos. La extravagancia del total
prácticamente ahogaba todos los detalles de su percepción.
—¿Eres el capitán Ahkyeh? —preguntó el ser sin ningún preámbulo.
Obviamente, no había oído su nombre lo suficientemente bien para emitir un
zumbido equivalente. Continuó—: Este miembro te habla en nombre de la Banda
Imperial de Sisema. Le has contado a nuestros centinelas el propósito de tu
venida. Vuélvelo a describir con los detalles exactos.
Los músculos de la espalda y el vientre de Falkayn se tensaron.
Durante un instante no fue consciente de la imagen enfrente de él sino de las
estrellas, el planeta, los satélites, el sol, que brillaban en el hemisferio
por encima de su cabeza. Derrumbarse muerto, despojado de todo aquel esplendor,
perdiendo a Coya, a Juanita, al niño que iba a nacer... Pero aquellas naves de
guerra que le aprisionaban no abrirían fuego de repente. ¿O sí lo harían? El
hábito del coraje hizo acto de presencia, y contestó con voz firme:
—Perdóname si no pronuncio un saludo o una cortesía similar, me
han dicho que tu pueblo no emplea frases semejantes, por lo menos con especies
distintas. —Eso es sensato, ¿ qué ritos podríamos tener en común?— Mis socios y
yo no estamos aquí representando a un gobierno, sino como enviados de una
compañía de la Liga Polesotécnica, Solar de Especias y Licores. Sabemos que,
hace algo más de dos de vuestros años, tuvimos una disputa con vosotros en el
planeta que nosotros llamamos Suleimán. Esperamos que esto no os impida ahora
escucharnos.
El también empleaba un vocalizador, no porque conociera nada del
lenguaje del otro ser, sino para que pudiese convertir sus palabras en sonidos
que el otro fuera capaz de entender fácilmente. Se preguntó lo distorsionadas
que llegarían sus palabras. Si el lenguaje de Siseman fuese tonal como el
chino, poco más que balbuceos habrían llegado al otro lado. El baburita obraba
sabiamente al pedir una repetición.
—Escuchamos —decía en aquel momento.
—Me temo que no puedo describir ningún plan concreto. El
conflicto en torno a Mirkheim nos preocupa mucho, me refiero a la compañía para
la cual trabajamos mis amigos y yo. Por supuesto, los jefes de otras firmas
asociadas piensan de la misma forma.
Una guerra sería desastrosa para el comercio y para todo lo
demás. Además de los motivos económicos..., el sentido común nos pide que
hagamos todo lo posible para ayudar a impedirla. Sin duda sabéis que la Liga
Polesotécnica no es un gobierno, pero que su poder es comparable a uno. Para la
Liga sería un placer prestar sus buenos oficios para lograr un acuerdo
pacífico.
—Tú no hablas en nombre de toda la Liga. Ya no tiene una sola
voz.
¡Touché! —pensó Falkayn, que sintió como si realmente una daga
le atravesase el corazón—. Por el cosmos, ¿cómo saben eso los baburitas?
Deberían ignorar los entresijos de la política de la Técnica, de la misma forma
que nosotros ignoramos los de la suya.
Claro que si hace tiempo que se están preparando para luchar
contra nosotros, nos habrán investigado con cuidado antes. Pero ¿cuándo y cómo?
Un baburita viajando entre nosotros haciendo preguntas hubiese sido demasiado
conspicuo para que Van Rijn no se hubiese enterado. Y está claro que no han
podido limitarse a obtener información de algún mercader de los Siete,
especialmente después de que ese comercio prácticamente se extinguió.
Sólo el hecho de que estén tan bien informados sobre nosotros es
importantísimo. Van Rijn tiene que saberlo.
Había llegado a esta conclusión en un instante casi intuitivo.
Era mejor que el funcionario (?) no adivinase su depresión.
—Nos alegrará discutir eso con vosotros y todo lo demás
—contemporizó—. Si podemos ayudar a comprender algo y entender nosotros mejor
el asunto, este viaje habrá sido un éxito. Me gustaría recalcar que no
representamos en modo alguno al Mercado Común. De hecho, ninguno de nosotros
tres es un ciudadano del Mercado Común. Las compañías de la Liga negociarán con
el que se quede con Mirkheim, a menos que se lo quede Babur y se guarde los
supermetales en exclusiva. Espero que se nos considere como una especie de
embajadores, que harán algo de espionaje si se les da la oportunidad. Tenemos
experiencia en negociar con las distintas razas, por tanto, quizá tengamos más
probabilidades de intercambiar información e ideas.
El baburita disparó varias preguntas desconcertantemente astutas
que Falkayn contestó lo más vagamente que se atrevió. Ya que el baburita sabía
que la Liga tenía divisiones en su seno, intentó dar la impresión de que la
brecha era menos seria de lo que parecía en realidad. Al final, su interrogador
dijo:
—Seréis conducidos a un lugar de aterrizaje en Babur. Se os
proporcionará alojamiento con ambiente terrestre.
—Oh, podemos permanecer perfectamente en nuestra nave, ponernos
en órbita y comunicarnos por la pantalla —dijo Falkayn.
—No. No podemos permitir que una nave armada, seguramente
equipada con aparatos de observación, esté libremente en el espacio local.
—Lo comprendo, pero..., hum..., podríamos posarnos sobre uno de
los satélites.
—No. Será necesario estudiaros con detalle, y no podréis tener
libre acceso a vuestra nave. De otra forma, podríais intentar escaparos si el
proceso toma un giro que os es desfavorable. Una nave-guía está en camino. Haz
lo que ordene su capitán.
La pantalla se oscureció.
Falkayn estuvo un rato sentado y silencioso, mientras oía los
juramentos de Chee.
—Bueno —dijo por fin—; aunque no sea otra cosa, echaremos un
vistazo al terreno desde cerca. Atontado, que esos aparatos de observación
estén ocupados.
—Lo están —le aseguró el computador—. El análisis de los datos
también continúa. Es evidente que la mayoría de las naves que rodean Babur
pertenecen a respiradores de oxígeno.
—¿Sí?
—Las radiaciones infrarrojas muestran que sus temperaturas
internas son demasiado altas para habitantes de este planeta.
—Sí, sí, es evidente —llegó la voz de Chee—. Pero ¿quiénes las
tripulan? ¿Mercenarios? ¿Cómo, por la barriga peluda de Nicholas van Rijn,
pudieron entrar en contacto con ellos los baburitas, y no digamos contratarlos?
—Sospecho que ésas son las preguntas que será mejor no hagamos
—dijo Adzel—. Aunque, por supuesto, debemos intentar encontrar las respuestas.
La nave que debía conducirlos a superficie apareció ante su
vista, mayor que Muddlin Through, aunque capaz también de aterrizar, como lo
probaban los dispositivos que podían apreciarse. Sólo la porción de su
armamento que estaba visible era superior a todo lo que llevaba la Muddlin
Through. Falkayn no se atrevió a proponer a sus compañeros una carrera hacia la
libertad.
Después de recibir las órdenes de ruta y de entregarlas a
Atontado para que las ejecutara, dedicó su atención al hemisferio que se
contemplaba en la pantalla transparente. De vez en cuando hacía rodar la escena
o ampliaba una parte. Quería ver lo más posible, y no sólo porque podría
resultar de utilidad. Estaba a punto de hollar un mundo extraño, completamente
nuevo. Un mundo. Sentía la emoción de siempre, a pesar de todos sus años de
viajes y de que estuviese viajando bajo escolta.
Babur se engrandeció enormemente cuando las naves aceleraron
para descender. La curva de aproximación les hizo circundar el globo y vio al
diminuto y ardiente sol, dorado al ponerse y escarlata al surgir por encima de
un océano de nubes sutilmente coloreadas. Después frenó bruscamente y el
planeta ya no estaba delante de él o a su lado, sino debajo. Hasta sus oídos
llegó el fino zumbido de la atmósfera al dividirse. Las estrellas del espacio
se desvanecieron en un cielo de color púrpura. Los relámpagos brillaban en una
tormenta muy por debajo del rechinante casco.
La superficie del planeta apareció ante su vista. Las montañas,
cubiertas por el hielo o puramente glaciares, despedían un brillo blanco
azulado. El agua era un mineral sólido en aquel lugar, el líquido que ocupaba
su lugar era amoniaco. El aire estaba formado por hidrógeno y helio, con restos
de vapor de amoniaco, metano y otros compuestos orgánicos más complejos.
Algunos materiales habían evolucionado hasta llegar a estar dotados de vida.
Bajo las nubes rosáceas se extendía un mar gris. Para un cuerpo
doce y tres cuartas partes mayor que la Tierra y casi tres veces su diámetro
era un mar pequeño, porque el amoniaco es menos voluminoso que el agua. El
interior de los enormes continentes era árido; la vegetación, de color negro,
era escasa y un polvo brillante flotaba sobre el vasto círculo del horizonte.
No se veía ningún rastro de habitantes.
Un volcán despedía llamas y humor desde su cumbre pero no
entraba en erupción como lo haría un volcán terrestre; se derretía, los
torrentes que arrojaba rugiendo se congelaban formando vetas y láminas que
brillaban como si fuesen espejos. La misma estructura de Babur era muy distinta
a la terrestre: un núcleo metálico cubierto de hielo y estratos rocosos, con
agua en las profundidades convertida en un sólido caliente dispuestos siempre a
explotar cuando la presión descendiese. Allí había Atlántidas de verdad:
tierras que en un año o dos se hundían bajo las aguas, nuevos países levantados
con la misma rapidez. Falkayn divisó un lugar semejante y apenas tocado aún por
la vida: las cordilleras y llanuras vírgenes todavía temblaban con sus
terremotos.
Siguiendo su oblicuo descenso, las naves pasaron sobre un
segundo desierto y después llegaron a un litoral fértil. Un bosque formado por
árboles enanos de los que revoloteaban largas cintas con hojas. Unas criaturas
aéreas hacían frente a un temporal con sus robustas alas. Una enorme bestia
azul se revolcaba en un lago gris bajo los salpicones de una lluvia de
amoniaco. La soledad cedía el paso a las granjas, campos oscuros en forma de
hexágonos, casas construidas de hielo reluciente y sujetas al suelo por cables
para hacer frente a las tormentas. Falkayn espió, haciendo ampliaciones, a los
trabajadores y a sus bestias de carga. Apenas podía distinguir unas especies de
otras. ¿Vería un baburita tan poca diferencia entre un hombre y un caballo como
veía él?
Sobre la costa apareció una ciudad, que como no podía crecer
hacia arriba se extendía a lo ancho: eran kilómetros de pirámides, cubos,
cúpulas de colores parduzcos. Los edificios de una parte que debía ser moderna
estaban diseñados aerodinámicamente para soportar el embate de vientos mucho
más fuertes que los que soplaban en la Tierra. Debajo avanzaban vehículos con
ruedas y con raíles, encima aparatos aéreos...; pero el tráfico era muy escaso
para una comunidad de aquel tamaño.
La ciudad desapareció bajo la curva del globo.
—Dirigios a esa pista —les ordenó el guía.
Falkayn vio una extensión pavimentada, salpicada por grandes
agujeros circulares en su mayoría cubiertos por discos de metal provistos de
goznes. Había unos cuantos abiertos y revelaban en su interior unos cilindros
huecos incrustados profundamente en el suelo. Le habían explicado que, en aras
de la seguridad, las naves que aterrizaban eran albergadas en aquella especie
de hangares. El guía le dijo cuál debía utilizar y Atontado condujo la nave por
allí con facilidad.
—Bueno, aquí estamos —dijo Falkayn innecesariamente.
Sus palabras sonaron fuertes y torpes, ahora que su vista se
había reducido a un vacío iluminado por el flúor.
—Pongámonos pronto los trajes —continuó—. Quizá a nuestros
anfitriones no les guste que les hagamos esperar... Atontado, mantén todos los
sistemas listos para entrar en funcionamiento. No dejes pasar a nadie, si no es
uno de nosotros. Si alguien discute contigo sobre eso, mándalo que hable con
nosotros.
—Quizá necesitemos una contraseña —llegó la voz de Adzel.
—Buena idea —dijo Falkayn—. Hum... ¿Conocéis esto? Silbó unas
cuantas notas, y dijo:
—Dudo que los baburitas hayan oído alguna vez «One Ball Riley».
Por debajo de su jovialidad, pensó: ¿Qué importa? Estamos
completamente a su merced. Y después: ¡No necesariamente, por Dios!
Junto a la escotilla principal, él, Adzel y Chee se pusieron los
trajes. Se tomaron el tiempo necesario para una revisión completa. El paseo que
tenían que dar era corto, pero el más mínimo fallo resultaría fatal.
—Que te vaya bien, Atontado —dijo Adzel, antes de cerrar su
placa facial.
—Siempre que no te sientes aquí a inventar nuevas deformaciones
del póquer —añadió Chee.
—¿Os interesarían más variaciones sobre el backgammon? —preguntó
el computador.
—Vamos, moveos, por el amor de Dios —dijo Falkayn.
Después de terminar sus preparativos, cada uno cogió su
impedimenta personal, preparada previamente, y salió por la escotilla. Un
ascensor situado en un nicho de la pared del hangar, dotado de un mando para
subir y bajar, los llevó a la parte superior. Adzel tuvo que utilizarlo en
solitario, y aun así la mayor parte de su cuerpo colgaba por fuera del aparato.
Sin embargo, el hecho de que pudiese soportar su peso era sugerente. El
ascensor estaba destinado para el uso exclusivo de pasajeros; Falkayn había visto
en otros puntos de la pista soportes para naves en carga y descarga y
equipamiento para el traslado de las mercancías. Así pues, los baburitas tenían
visitantes mayores que ellos con la frecuencia suficiente para justificar la
construcción de aquella máquina.
Cuando salió a la superficie, Falkayn se fijó también en los
controles de la cubierta del hangar. Había un volante que dirigía un pequeño
motor que accionaba el sistema hidráulico, subiendo o bajando la pesada pieza
metálica.
Pesadez..., el peso le golpeaba, al no estar aliviado ya por el
campo de gravedad del interior de su nave. Sus ojos veían aquel mundo envuelto
en penumbra, pues ya no contaban con las ampliaciones ópticas. El final del
corto día de Babur se acercaba y Mogul brillaba muy bajo sobre unos edificios a
su izquierda. Nubes de color ámbar colgaban en un cielo color púrpura, y
soplaba una ruda galerna. Como la presión de la atmósfera era tres veces y un
tercio superior a la de la Tierra, abrirse paso a través de aquel viento se
parecía a vadear un río. Tanto el aire como todos los ruidos que conducía
tenían un sonido estridente.
Varios baburitas salieron a su encuentro, llevando armas
energéticas; y les indicaron el camino por medio de gestos, avanzando por la
pista con dificultad hacia un complejo que ocupaba por completo uno de sus
lados. Falkayn reconoció la estructura cuando estuvo lo bastante cerca para
darse cuenta de los detalles entre la escasa luz. No era ningún taller o
almacén de hielo como los que brillaban en otros lugares, se trataba de una
unidad ambiental de fabricación humana, un bloque construido con aleaciones y plásticos
notables por su resistencia, de gruesas paredes y con un triple aislamiento. De
algunas de las reforzadas ventanas salía una luz amarilla. Falkayn sabía que en
su interior el aire estaría cálido y reciclado y, como parte de ese reciclaje,
el hidrógeno que se formaba era tratado catalíticamente para fabricar agua. El
helio que penetraba ocupaba el lugar de una cantidad de nitrógeno equivalente.
Una quinta parte del gas era oxígeno. Un generador de gravedad mantenía el peso
dentro de lo normal en la Tierra.
—Nuestro hogar, lejos del hogar —murmuró. El asombro de Chee
tomó forma en el micrófono colocado en su oído.
—¿Un edificio tan grande? ¿A cuántos habrán alojado a la vez? ¿Y
por qué?
Un miembro de la escolta habló por un comunicador situado junto
a una compuerta. Era evidente que había solicitado ayuda del interior, porque
la válvula exterior se abrió, retrocediendo hacia dentro al cabo de dos
minutos. Los tres nativos del Sistema Solar entraron en la cámara en respuesta
a los gestos. Apenas había espacio para ellos. Las bombas rugieron al absorber
el aire de Babur; el aire del interior salió silbando por una pequeña boca y la
válvula interior se abrió.
Detrás había una especie de vestíbulo, vacío a excepción de un
armario donde se guardaban usualmente trajes espaciales. Había dos seres
esperándoles, ligeramente vestidos, pero ambos portaban armas a sus costados.
Uno era un merseiano, un bípedo cuyo rostro se parecía toscamente al humano,
pero cuyo cuerpo cubierto de piel verde, su marcha arrastrada y su poderosa
cola no lo eran. El otro ser era un macho humano.
Falkayn dio un paso adelante, lo que le hizo casi perder el
equilibrio al cesar el peso hacia abajo de la gravedad de aquel planeta. Abrió
su placa facial y oyó:
—Hola, bienvenidos al monasterio.
—Gracias —musitó.
—Antes de nada, una palabra de aviso —dijo el hombre—. No
intentéis crear problemas, por muy corpulento que sea vuestro amigo, el
wodenita. Los baburitas tienen por todas partes guardias armados. Cooperad
conmigo y yo os ayudaré a aposentaros cómodamente. Estaréis aquí durante
bastante tiempo.
—¿Por qué?
—No supondréis que os van a dejar ir antes de que termine la
guerra, ¿verdad? ¿O es que no lo sabíais? La flota principal de Babur ha salido
a apoderarse de Mirkheim y las naves de exploración informaron de que naves
humanas se dirigían hacia allí.
6
El hombre, grande, de rasgos fuertes y espeso bigote, se
presentó a sí mismo como Sheldon Wyler.
—Claro que estoy trabajando para los baburitas
—dijo casi con frialdad—. ¿Qué es para mí el Mercado Común o la
Liga? Y no os molestéis en preguntarme detalles porque no os los diré.
No obstante, les dio el nombre de su compañero que había
permanecido en un hosco silencio: Blyndwyr, de los Vach Ruethen.
—Hay bastantes merseianos alistados en la flota
—dijo voluntariamente—. Pertenecen en su mayor parte al partido
aristocrático de su planeta y odian a la Liga porque les dio de lado y comerció
con el grupo de los Gethfennu. Es curioso, casi nadie dentro de la Liga parece
capaz de comprender el cosmos de enemigos que se han ido creando a lo largo de
los años.
Después que los recién llegados se quitaron los trajes, se
escurrió detrás de Adzel para llegar a un teléfono en la pared. Cuando marcó,
la pantalla se iluminó con la imagen de un baburita.
—Están aquí —informó en ánglico, y continuó describiendo a los
tres del Muddlin Through.
—Vamos a enseñarles sus alojamientos —dijo después.
—¿Ha registrado sus efectos personales en busca de armas?
—preguntó la voz del vocalizador.
—Oh, no. ¿Para qué...? Muy bien, de acuerdo, no cuelgue —y
dirigiéndose a los prisioneros, añadió—: Ya lo habéis oído. Tenemos que
registrar vuestro equipo.
—Adelante —dijo Adzel tranquilamente—. No somos tan locos como
para usar armas de fuego dentro de una unidad ambiental, así que no hemos
traído ninguna.
Wyler se echó a reír.
—Blyndwyr y yo somos tan buenos tiradores que podemos haceros
volar de un disparo sin agujerear nada más —dijo.
Repasó rápidamente el equipaje mientras el merseiano mantenía la
mano sobre la empuñadura del arma. Las patillas de Chee temblaban con la rabia,
sus pelos se erizaron y sus ojos verdes se habían helado. Falkayn sentía que
las náuseas le atenazaban la garganta.
Después de comprobar que las bolsas no contenían nada más
peligroso que unos compactos juegos de herramientas, Wyler desconectó el
teléfono y les condujo a lo largo de un pasillo. La habitación en la que
desembocaba tenía cuatro catres y una ventana que la oscuridad iba cegando
rápidamente.
—El baño y lo demás está allí —dijo señalando—. Podréis cocinar;
la cocina está bien provista. Blyndwyr y yo no vivimos aquí ahora, pero nos
veréis bastante. Portaos bien y no se os hará daño. Eso incluye que me contéis
todo lo que queramos saber.
Adzel introdujo por la puerta sus miembros delanteros y la
habitación pareció repentinamente abarrotada.
—Bueno, supongo que será mejor que duermas en el vestíbulo,
chico —dijo Wyler—. Os diré lo que vamos a hacer: iremos directamente al
comedor, donde hay sitio para todos nosotros, y charlaremos.
Falkayn luchó contra su coraje como si fuera un boxeador que
intentase derribarle. Al caminar le dolía el cuello a causa de la tensión.
Llévale la delantera, pensó. Reúne información, por muy improbable que parezca
que puedas llevársela a alguien para que haga uso de ella.
—¿Para qué es este edificio? —pudo pronunciar en un tono que
pretendía que sonara normal.
—Antes era necesario para los equipos de ingenieros —dijo
Wyler—. Más tarde alojó a los oficiales de las fuerzas auxiliares formadas por
respiradores de oxígeno, mientras estaban recibiendo instrucción.
—Hablas demasiado —le reprochó Blyndwyr. Wyler se mordió el
labio.
—Bueno, no me contrataron para ser un maldito interrogador...
—se relajó un poco, y añadió—: Demonios, mi contestación era bastante obvia,
¿no te parece? Y además, no van a ir a ningún sitio para contarlo... Ya
estamos.
El comedor era amplio y resonante. Los muebles habían sido
amontonados contra las paredes y el aire olía a moho como si nadie hubiese
ajustado el reciclaje durante algún tiempo. Adzel se quedó inmóvil como
una estatua de un demonio elemental, Chee se sentó a sus pies
barriendo con la cola el suelo y sus flancos, Falkayn y Wyler cogieron un par
de sillas y se sentaron y Blyndwyr permaneció a un lado, vigilante siempre.
—Suponed que empezáis contando quién os envió aquí y por qué
—dijo Wyler—. Hasta ahora habéis sido absolutamente vagos.
Nuestra misión también era vaga, pensaba Falkayn. Van Rijn
confiaba en que podríamos improvisar según nos íbamos enterando de cosas y, en
vez de eso, hemos sido capturados tan tontamente como peces en una red, y quizá
igual de irremediablemente.
En voz alta, se atrevió a mostrarse desafiante.
—Quizá nosotros estemos más interesados en lo que está haciendo
usted —dijo—. ¿Cómo podría defenderse de una acusación de traición a su propia
especie?
Wyler dio un respingo.
—¿Es que va a soltarme un sermón, capitán? —contestó—. No tengo
por qué aguantarlo. Lo pensó un momento, y añadió:
—Muy bien, muy bien, se lo explicaré. ¿Qué hay de malo en los
baburitas? Si no tuvieran una flota nunca tendrían una oportunidad. El Mercado
Común se apoderaría de Mirkheim y de toda la condenada revolución industrial
que Mirkheim significa, sin que los demás consigan ni una migaja. Lo mismo
pasaría si fuera la Liga. Los baburitas no piensan de esa forma: para ellos no
es cuestión de beneficios o pérdidas en el balance de fin de año, no, es una
oportunidad para la raza. Con los supermetales pueden conseguir un puesto entre
los grandes: comprar naves, montar expediciones, implantar colonias, sin
mencionar todo lo que podrían hacer aquí..., ¡inmediatamente además!
—Pero Mirkheim no era predecible —arguyó Falkayn—. ¿Por qué se
estaba armando Babur antes de eso? ¿Por qué estaba planeando luchar y contra
quién?
—El Mercado Común tiene una flota, ¿no es así? Y la Liga también
mantiene naves de guerra. A veces han sido empleados. Nunca se sabe lo que
puede surgir el día de mañana. Usted en particular, debería acordarse de los
shenna. Babur tiene derecho a protegerse.
—Habla como un converso.
—Usted no habla como un hombre de negocios, capitán Falkayn
—dijo Wyler enfadado—. Creo que está usted tomándome el pelo. Y no voy a
aguantarlo, ¿me oye? Quizá se imagine usted que el ser famoso le protegerá.
Olvídese de eso. Está muy lejos de todo, en un territorio al que su reputación
le importa un bledo. Aquí no se sienten obligados en absoluto a enviarle de
vuelta sano y salvo; si es necesario, no saldrá nunca de aquí. Si tenemos que
hacerlo le exprimiremos todo lo que sabe. Y si eso no funciona bien, seguiremos
adelante... —se detuvo, tragó saliva y suavizó su gesto y su tono. Continuó—:
Pero no tenemos por qué pelear. Estoy seguro de que es usted un hombre
razonable. Y dice que uno de sus objetivos es ver qué es lo que puede apañar
para su jefe. Bien, yo podría ayudarle en eso, si usted me ayuda a mí primero.
Hagamos un poco de café y hablemos con sentido común.
Un torrente de sílabas salieron repiqueteando de la boca de Chee
Lan.
—¿Qué dice? —preguntó Wyler.
Ella escupió las palabras como si fueran balas.
—Estaba haciendo comentarios sobre esos ciempiés congelados
amigos suyos que usted no querrá traducirles.
Falkayn continuó muy tranquilo en su asiento, aunque su sangre
hacía un ruido semejante al fragor de una catarata. Chee había empleado el
lenguaje de Haijakata, que los tres conocían y que seguramente nadie más
comprendía en muchos años luz a la redonda. Si no escapamos ahora moriremos
aquí tarde o temprano. Y es importante que llevemos de vuelta lo poco que hemos
averiguado. Creo que podemos apoderarnos de esos dos y conseguir que Davy
vuelva a la nave aunque sea disfrazado.
—Sus comentarios, no obstante, son bastante suaves —dijo el
wodenita—. Yo mismo podría ir tan lejos como para decir... —cambió al
haijakatano—. Chee, si puedes encargarte tú del piel verde, yo me encargaré del
hombre.
—Verdad y triple verdad —dijo la cinthyana dando saltos, pues no
eran pasos, sin detenerse.
Parecía un gato jugando, pero su cola abultaba el doble de su
tamaño normal.
La mano de Wyler bajó hasta su arma y Blyndwyr emitió un silbido
y retrocedió, agarrando su pistola dentro de la cartuchera. Falkayn se mantuvo
completamente inmóvil, creyendo entender lo que se proponían sus compañeros,
pero no del todo seguro. Únicamente estaba dispuesto a confiar en ellos.
Será mejor que distraiga su atención.
—No podéis culpar a mis amigos por excitarse —dijo—. No son
ciudadanos del Mercado Común, yo tampoco lo soy, y no hemos venido aquí en
beneficio de la Liga, sólo de una compañía. No obstante, vamos a estar
internados aquí indefinidamente e interrogados bajo amenazas, posiblemente
mediante drogas o tortura. Lo mejor que puede usted hacer, Wyler, es hacer que
los mandamás de Babur nos escuchasen. Deberían abandonar esta ciega hostilidad
que sienten contra la Liga. Aquellos de sus miembros que son independientes
quieren que ésta se haga cargo de Mirkheim. Eso garantizaría el acceso de todos
a los Supermetales.
—¿De veras? —rezongó Wyler—. La Liga está dividida en fracciones
y los baburitas lo saben.
—¿Cómo? Teniendo en cuenta que nosotros lo ignoramos casi todo
de ellos, ¿cómo saben ellos tantas cosas sobre nosotros? ¿Quién se las contó?
¿Y qué les hace arriesgar todo su futuro sobre la palabra de esas personas?
—Yo no lo sé todo —admitió Wyler—. Maldita sea, este planeta es
ocho veces mayor que la Tierra y la mayor parte de él es tierra. ¿Por qué no
iban a sentirse seguros los de la Banda Imperial? —y después echó la mandíbula
hacia delante en un gesto de resolución—. Y ésa es la última pregunta que me
hace, Falkayn; ahora empiezo yo.
La inquietud de Chee la llevó cerca del merseiano, cuya atención
había vuelto a centrarse en los humanos sentados. Ella dio un abrupto salto de
lado en su dirección, aterrizó en la mitad de su vientre y se agarró
fuertemente a su correaje con los dedos de los pies, agarrándole con las dos
manos el brazo que tenía sobre la pistola. A pesar de ello, él gritó e intentó
desenfundar, pero ella era demasiado fuerte y resistió. Cuando el merseiano
quiso golpearla con su puño libre, le mordió haciéndole saltar sangre.
Adzel había dado un solo paso que le puso al alcance de Wyler, a
quien levantó de la silla y tiró sobre el suelo, sujetándole después allí con
el peso de su cola sobre el torso del humano. Además se acercó a Blyndwyr, lo
cogió por el cuello, lo sacudió con cuidado y lo derribó completamente
atontado. Chee le arrebató el arma y se echó a un lado. Falkayn cogió el arma
de Wyler cuando éste forcejeaba para llegar a su cartuchera.
Adzel liberó a Wyler y dio un paso atrás hacia sus camaradas. El
hombre se puso de pie, tambaleándose; Blyndwyr se sentó jadeando.
—¿Estáis locos? —tartamudeó el humano—. ¿Para qué sirve esta
tontería? No podéis..., no podéis...
—Quizá sí podamos —dijo Chee. La alegría vibraba en el interior
de Falkayn. Sabía que tendría que haber sido más cauteloso, haber prohibido el
ataque, permanecer sumiso para que no le mataran. Pero aunque ninguno de
nosotros sea terrestre, Coya sí lo es y, en conjunto, la Tierra se ha portado
bien con nosotros. Además, nuestra nave es la única que tiene el viejo Nick en
esta zona. Nos envió principalmente para conseguir información, para no tener
que tantear completamente a ciegas. Y su bienestar también es el bienestar de
miles de sus trabajadores, de millones en todos los pueblos planetarios que
comercian con él... Al infierno con eso. ¡Lo que importa es escapar! El fuego
de su sangre rugió con demasiada fuerza como para que él escuchara también la
voz del miedo.
Pero, al mismo tiempo, su parte lógica seguía lúgubremente
consciente.
—Quedaos donde estáis —les dijo a Wyler y a Blyndwyr—. Adzel,
Chee, vuestra idea es que yo puedo escapar disfrazado como él, ¿no?
—Claro —la cynthiana se acurrucó sobre sus caderas y comenzó a
cepillarse el pelo—. Para un baburita un humano debe parecerse mucho a otro
humano.
Adzel inclinó la cabeza y se frotó el hocico, produciendo un
fuerte sonido como el de una lija.
—Quizá no por completo —dijo—. El señor Wyler, de hecho, tiene
bigote y el pelo negro. Debemos hacer algo sobre ese particular.
—Mientras tanto, Wyler, vaya quitándose la ropa —ordenó Chee.
El merseiano, algo repuesto, hizo un gesto como si fuera a
levantarse. Ella ladeó el arma en su dirección.
—Quédate quieto —dijo empleando el eriau, idioma nativo del
reptiliano—. Yo tampoco soy mala tiradora.
Con las mejillas blancas, Wyler gritó:
—¡Os digo que estáis en una órbita en la que os estrellaréis!
¡No podréis escapar y moriréis por nada!
—Te digo que te desnudes —contestó Chee—. ¿O tiene que hacerlo
Adzel?
Wyler comenzó a quitarse la ropa después de una mirada a la boca
de la pistola y a los implacables ojos detrás.
—Falkayn, ¿es que no tiene usted un poco de sentido común?
—imploró.
La respuesta que consiguió fueron unas palabras pensativas:
—Sí, estoy pensando en cómo podríamos llevarlo con nosotros para
interrogarle.
Las orejas de Chee se irguieron.
—¿Nosotros, Davy? —preguntó—. ¿Cómo íbamos a salir de aquí Adzel
y yo? No, puedes rescatarnos después.
—Estoy completamente decidido a que vengáis también los dos
—dijo Falkayn—. No sabemos lo vengativos que pueden ser los baburitas, o sus
aliados humanos y merseianos.
—Además, necesitaré vuestra ayuda con Wyler; y también en la
nave cuando hayamos despegado.
Adzel regresó de la cocina donde había estado revolviendo.
—Aquí está lo necesario para proporcionarte un bigote y un tinte
en el pelo —anunció con orgullo—. Una lata de salsa de chocolate.
No parece ser lo que un héroe realmente deslumbrante utilizaría
en su fuga de una prisión, pero tendría que servir. Mientras se desvestía, se
ponía las ropas de Wyler y se sometía al «maquillaje», Falkayn intercambió con
sus compañeros unas rápidas palabras y desarrollaron un plan, no mucho más
precario que el que les había llevado hasta allí.
Adzel desgarró las vestimentas de Blyndwyr y le ató fuertemente
a su lugar. El y Chee mantuvieron a Wyler libre y desnudo, bajo la vigilancia
de un arma de fuego. Toda la despedida que el tiempo permitía a Falkayn
fue una bendición musitada por el wodenita. Quizá los tres nunca
volverían a viajar juntos otra vez, quizá nunca regresaría junto a Coya y
Juanita, pero no se atrevió a pararse para pensar en eso, ahora no.
El vestíbulo resonó con sus pisadas. Cuando llegó a la compuerta
marcó el número que había visto antes y esperó, sintiendo lo mismo que si
estuviera en un duelo, esperando que su contrario le disparara. Cuando los
cuatro ojos del baburita le contemplaron desde la pantalla, no pudo evitar
pasarse la lengua por sus resecos labios. Un sabor dulce le recordó lo tosco de
su disfraz.
Habló sin ningún preliminar, como había hecho antes Wyler.
—Los prisioneros parecen haber perdido valor. Me han pedido que
coja de su nave varias medicinas y remedios. Creo que eso podría hacerles
cooperar.
Esperaba que los baburitas conocieran tan poco de la psicología
humana como de sus cuerpos.
Antes de que la criatura contestase pasó un latido, luego otro.
—Muy bien, los guardias sabrán que deben esperarte —y luego
oscuridad.
Falkayn encontró en un armario el traje espacial de Wyler y los
correajes necesarios. El traje iba pintado de una forma característica,
seguramente todos los empleados no nativos del planeta tenían alguna señal
especial a efectos de identificación. Por tanto, debía acoplarse allí dentro,
aunque él era algo más alto. Le hubiera venido bien algo de ayuda, pero no se
atrevió a que ninguno de los otros dos entrase en el radio de alcance del
teléfono, por si el baburita le volvía a llamar.
Cuando salió por la compuerta, sintió la gravitación como si
fueran las mandíbulas de un bulldog. Ante él se extendía la pista de aterrizaje
completamente vacía, salpicada con las cubiertas de los hangares como por
marcas de viruela. Aquí y allí la cruzaba una forma de ciempiés, con alguna
misión inimaginable. Luces blancas y azules brillaban sobre las fachadas de los
edificios, tanto que el hielo del que estaban construidos relucía como el frío
hecho visible. El viento gemía y le empujaba. No había ninguna estrella en la
oscuridad por encima de su cabeza, sólo dos de los satélites, de las lunas de
Babur. El camino hasta su destino fue largo.
Cuando abrió el hangar, entró en el ascensor y descendió le
parecía imposible que nadie saliese a impedírselo. Cuando llegó a la entrada de
personal de su nave, el interior de su casco estaba tan lleno de sudor que se
ahogaba, apenas pudo silbar la contraseña y, desde la tumba de su infancia,
surgió la superstición que graznaba: Esto no puede continuar. Es demasiada
buena suerte.
Ya hemos tenido mala suerte, se defendió él. Llegamos demasiado
tarde..., cuando la flota ya había partido.
¿Crees que si aún estuviera aquí, estarías tan poco vigilado?
La válvula giró, y mientras esperaba en la antecámara a que el
aire cambiase, Falkayn invocó algunas de las técnicas budistas que empleaba
Adzel y recobró parte de la calma.
«No debería existir el arco, la flecha ni el arquero; sólo el
disparo.»
En el interior no se quitó la armadura espacial, aunque el frío
la recubrió inmediatamente de una blanca escarcha. Un relampagueo de un
conmutador en los controles de calor limpió instantáneamente su placa facial y
fue corriendo hasta el puente. Mientras introducía su incómoda masa en el
asiento de seguridad, dijo por la radio:
—Atontado, tenemos que liberar a Adzel y a Chee. Yo conduciré
porque tú no has visto dónde están.
Aterrizaremos delante de una compuerta de entrada. Vuélala
rápidamente..., no tendrán tiempo para salir en la forma normal; y ábreles la
válvula exterior de la entrada número dos de la panza de la nave para que
puedan subir. En cuanto estén a bordo, asciende al espacio, realizando las
maniobras de evasión que tus instrumentos te sugieran como las más adecuadas.
En cuanto estemos lo bastante lejos, pon la hipervelocidad, y quiero decir lo
antes posible, olvídate de los márgenes de seguridad. ¿Está claro?
—Como de costumbre —dijo el computador.
La planta de energía cobró vida, total y susurrante-mente. Los
generadores del campo negativo arremetieron contra esa fábrica de relaciones
físicas que llamamos espacio. La nave se deslizó hacia arriba.
Sus dedos danzaban con dificultad sobre la consola del piloto
manual, estorbados por los guantes. Pero si el casco fuese agujereado
seriamente por un disparo enemigo, cualquier respirador de oxígeno que no
llevase protección moriría. En el exterior rugía el aire. Había dejado sin
conectar el compensador de aceleración para poder contar con aquella ayuda
extrasensorial en su complicada tarea, y ahora las fuerzas le zarandeaban, le
lanzaban contra la red de seguridad y de vuelta contra el asiento.
El edificio estaba justo enfrente. Descendió y revoloteó delante
de él. Desde una de las tórrelas, un cañón lanzó un cartucho con carga
explosiva. Hubo una llamarada y la puerta exterior se derrumbó en ruinas. Con
la delicadeza propia de un cirujano, un rayo de energía trazó un encaje sobre
la válvula interior. El metal se puso al rojo vivo y se fundió.
Las figuras de ciempiés corrían por la pista. ¿Es que no existen
defensas de superficie? Bueno, ¿quién podría haber supuesto un ataque de este
tipo? Espera. .. Arriba..., a la luz de la luna, unas formas se zambullían
repentinamente... Vehículos aéreos.
La barrera se desplomó y algo parecido a una nube de escarcha
borboteó en el punto donde los gases baburitas y terrestres entraron en
contacto. Fugazmente, Falkayn se alegró de que las puertas del módulo donde
yacía Blyndwyr se cerrasen automáticamente. Adzel se arrojó hacia fuera, su
gigantismo duplicado por su traje espacial. ¿Llevaba a Chee y a Wyler? Desde
arriba escupieron una andanada de fuego. La nave hizo girar hacia allí su cañón
y relampagueó en aquella dirección. Adzel se había perdido de vista, detrás de
la curva del casco. ¿Qué había sucedido, por el amor de Dios, qué había
sucedido?
—Están a bordo —informó Atontado al tiempo que hacía que la nave
diera un salto.
La aceleración comprimió a Falkayn estrechamente contra su
asiento.
—Los compensadores —ordenó con voz ronca.
Volvió a sentirse una gravedad estable, se oyó el bramido de la
atmósfera al sentirse hendida y aparecieron las primeras estrellas. Falkayn se
desabrochó la placa facial y oprimió el botón del comunicador interior con
dedos temblorosos.
—¿Estáis bien? —preguntó a sus compañeros.
Un cohete explotó muy cerca, el estallido de una luz, el ruido,
un temblor de la cubierta. Muddlin Through continuó su camino.
—Estamos bien, básicamente —resonaron los tonos de Adzel entre
la furia que les envolvía—. Chee y yo, quiero decir. Desgraciadamente, nuestro
prisionero fue alcanzado por un disparo proveniente de un vehículo aéreo,
cuando lo llevaba bajo mi brazo derecho, penetró su traje espacial y lo mató
instantáneamente. Dejé el cuerpo allí.
Ahí está nuestra mala suerte, pensó Falkayn con rabia. Yo le
habría drogado y quizá me hubiese enterado. .. ¡Maldita sea dos veces!
—También mi traje resultó dañado, aunque no lo
bastante como para que no funcionase la reparación automática, y
tengo una escama chamuscada —continuaba Adzel—. Chee iba a mi izquierda y no
sufrió daño alguno... Me gustaría rezar una plegaria por Sheldon Wyler. Falkayn
había recuperado la frialdad.
—Después —dijo—. Antes tenemos que escapar. Contamos con la
sorpresa y la velocidad a nuestro favor, pero la alarma ya debe haber llegado
al espacio. Colocaos en vuestros puestos de combate, los dos.
Sabía, y también ellos, que en un encuentro con cualquier nave
de guerra más pesada que una corbeta estarían perdidos. Durante cierto tiempo
podrían esquivar los mísiles, pero el enemigo también lo haría, y mientras
tanto, los rayos de energía, impulsados por generadores mucho más grandes que
los que podía transportar Muddlin Through, morderían unas placas mucho más
delgadas que las de ellos.
No obstante, la probabilidad de un combate era pequeña. Era
inverosímil que ningún baburita tuviese en aquel momento una posición y una
velocidad tales como para igualar vectores, en el mismo punto espacial, con la
nave del sistema solar, que aceleraba a toda velocidad. Prácticamente, todos
los duelos a muerte en el espacio tenían lugar porque los oponentes
deliberadamente lo habían querido así.
Pero los torpedos que rastreaban el blanco, dotados con una masa
tan pequeña que les permitía enormes cambios en la velocidad y en la dirección,
eran otra cosa. Y lo mismo podía decirse de los rayos que viajaban a la
velocidad de la luz.
El cielo de Babur había quedado muy atrás, el globo aún se veía
gigantesco sobre el firmamento, pero iba empequeñeciéndose. Los miles de
estrellas ardían, algunas de ellas del color de la sangre.
—¿Cuándo podemos pasar a la hipervelocidad, Atontado? —preguntó
Falkayn.
No debía faltar mucho. Se encontraban por encima del pozo de
gravedad de Mogul y ascendiendo rápidamente por el de Babur. Pronto la métrica
del espacio sería demasiado insignificante para interferir indebidamente con
unos osciladores sutilmente ajustados. Una vez se estuviesen moviendo a su
máxima pseudovelocidad más rápida que la luz, prácticamente no existía nada que
poseyera unas piernas más rápidas que las suyas.
—Una hora coma dieciséis, dado nuestro vector actual —dijo el
computador—. Pero propongo que añadamos varios minutos a ese tiempo para,
aplicando un empuje transversal, nos acerquemos al satélite llamado Ayisha. Mis
instrumentos muestran ahí un esquema de radiaciones posiblemente anómala.
Falkayn vaciló durante un segundo. Si en aquel satélite había
instalaciones pesadas de superficie... Decisión.
—Muy bien, adelante.
El tiempo reptaba. Chee gritó salvajemente por dos veces, al
destruir con su arma un misil interceptando su curso. Todo lo que Falkayn podía
hacer era sentarse y pensar. Casi todo eran recuerdos en embarullada selección:
en Lunogrado, volando con Coya en unas alas de tela; en Ikrananka, un sol rojo
brillando por siempre sobre el desierto; la rigidez de su padre sobre noblesse
oblige; el temor que sintió a que le cayera Juanita de las manos cuando se la
pusieron en brazos; su primera noche con Coya y la última; las discusiones
juveniles en el salón de bebidas sobre Dios y las chicas; los Burgueses de
Calais de Rodin; el doble rielar de la luna sobre el Océano de la Aurora; una
lluvia de fuego entre dos estrellas; Coya a su lado contemplando las curvadas
torres de una ciudad situada en un planeta que aún no tenía un nombre humano;
su madre empleando un prisma para explicarle la formación del arco iris; Coya y
él riendo como niños durante una pelea con bolas de nieve en una estación
invernal en el Antártico; el esplendor de un Ythiriano en las alas; Coya
trayéndole café y unos sandwiches cuando estaba de turno de noche estudiando
los datos sobre un mundo nuevo que la nieve estaba circundando; Coya... El
disco de la luna, lleno de cicatrices, creció en la pantalla. Falkayn lo
amplificó, lo estudió, repentinamente lo encontró: un extenso complejo de
cúpulas, torres, hangares para naves, campos de aterrizaje, aparatos para
pruebas...
—¡Informes! —ordenó automáticamente. ¿Le daba la impresión de
que Atontado sonaba molesto? Imposible.
—Por supuesto —dijo el robot—. Las señales infrarrojas son de
seres que termodinámicamente son similares o idénticos a los humanos.
—¿Quieres decir que todo eso no es de los baburitas? Bueno,
entonces...
—¡Ayu! —gritó Chee Lan mientras todo brillaba momentáneamente
con un brillo incandescente—. ¡Cerca, amigos míos, cerca!
—Sugiero que no nos entretengamos —dijo Adzel.
La colonia, o lo que fuese, quedó oculta por una cadena
montañosa, en tanto que la nave pasaba sobre Ayisha a toda velocidad.
—Según mis instrumentos —informó Atontado—, si seguimos como en
el momento presente las condiciones se harán progresivamente menos insalubres
para nosotros.
Eso quiere decir que vamos a escapar, pensó Falkayn, que estamos
libres.
Los dolores y pulsaciones producidos por la tensión llegaron
hasta su cerebro subiendo por todo su cuerpo.
—¿Dónde vamos entonces? —oyó decir a Chee. Se forzó a sí mismo a
decir:
—A Mirkheim. Podríamos llegar justo antes que los baburitas y a
tiempo para avisar a esos humanos que se acercaban al planeta y a los
trabajadores que se encuentran allí.
—Lo dudo —replicó la cynthiana—. Lo más probable es que el
enemigo nos lleve demasiada ventaja. ¿Debemos correr el riesgo? ¿No es más
importante llevar a la Tierra la información que hemos recogido, decirles que,
no sabemos cómo, Babur se ha hecho con una importante fuerza militar y técnica
de respiradores de oxígeno? Un torpedo correo quizá no llegase.
—No, debemos intentar avisarles —dijo Adzel—. Eso podría impedir
una batalla. Una muerte violenta ya es demasiado.
Falkayn asintió, cansado. Su mirada fue hacia atrás, hacia las
inmutables estrellas. Pobre Wyler, pensó. Pobres todos nosotros.
7
En el intercomunicador apareció el capitán del Alpha Cygni.
—Madame —dijo él—. Navegación informa que estamos a un año luz
de nuestro destino.
—Oh... —Sandra se sintió sorprendida. ¿Tan pronto? ¿Cómo habían
entonces tardado tanto desde Hermes? Un año luz, pensó a toda velocidad. La
mayor distancia en la que son detectables instantáneamente las pulsaciones de
nuestros hipermotores. Ahora los del planeta saben que nos estamos acercando. Y
quizá sean enemigos—. Ordena que todas las unidades estén listas para entrar en
acción.
—Alerta amarilla para todos. A la orden, madame.
La imagen desapareció.
Sandra miró fijamente a su alrededor. El puente del almirante
era una cueva desabrida y estrecha, excepto donde la pantalla permitía ver el
cielo. El aire soplaba cálido, oliendo vagamente a aceite y productos químicos,
y zumbaba ligeramente con los latidos del motor. De repente, todo le pareció
irreal: su uniforme de la armada un disfraz, todo lo que pasaba una ridícula
obra de teatro.
Vestido con un mono similar de dos colores, que podía servir, en
caso necesario, como protección para el traje espacial, Eric le dirigió una
mirada aguda.
—¿Fiebre? —murmuró—. Yo también. Podía hablar con candidez
porque eran las únicas personas allí.
—Supongo que eso es lo que me pasa —Sandra intentó esbozar una
sonrisa y no lo consiguió.
—Me sorprende. Eres una de las pocas personas aquí que tiene
alguna experiencia de combates.
—Diomedes no era así. Aquello era una guerra cuerpo a cuerpo.
Y..., bueno, nadie esperaba que yo diera las órdenes.
¿Por qué no alquilamos mercenarios hace años para formar el
núcleo de un cuerpo de oficiales del tamaño apropiado?
Porque parecía que la paz que disfrutábamos en Hermes nunca
sería amenazada. Las escaramuzas con fuego real sucedían entre estrellas
demasiado alejadas para que nos enterásemos realmente; nada peor que eso. Nos
avisaron de que habría alienígenas que tendrían acceso al espacio, pero
seguramente no eran demasiado peligrosos..., ni siquiera los shenna, a los que,
después de todo, la Liga derrotó antes de que causasen daños de importancia.
Era seguro, doble y triplemente seguro, que nunca habría guerras entre los
propios pueblos que componen la civilización Técnica. Eso era algo que el
hombre había dejado atrás, como la tiranía y el canibalismo. Mantuvimos unas
cuantas naves con la tripulación mínima para que actuasen como fuerza de
policía y de salvamento y como un seguro contra una emergencia (ahora veo que
un seguro inadecuado). Nos tomábamos a broma sus prácticas con armas pesadas,
excepto cuando las organizaciones de contribuyentes se quejaban.
—¡Maldita sea por haberte dejado venir! —estalló ella—. Deberías
haberte quedado detrás, a cargo de la reserva...
—Madre, ¿no crees que ya hemos estado discutiendo eso lo
suficiente? —contestó Eric—. Allí no hay nadie mejor que Miake Falkayn para
sujetar las riendas. Lo que me hubiera gustado es haber tenido el sentido común
suficiente para pedir un destino que me mantuviera ocupado aquí. Ser tu oficial
ejecutivo sonaba fantástico, pero resulta ser pura opera cómica.
—Bueno, hasta que comencemos las negociaciones yo no soy mucho
más que un pasajero. Ruega a Dios que pueda hacerlo. A lo largo de la historia,
las óperas cómicas siempre se las han arreglado para convertirse en tragedias.
Si Nadi estuviese aquí; su compañía me tranquiliza. Pero había
enviado por delante al jefe de la patrulla de Supermetales, para que toda la
instalación estuviese dispuesta a cooperar con ella.
Faltaban unas tres horas para llegar, a pseudovelocidad
máxima... Respiró profundamente varias veces. No le importaba que hubiera una
batalla. Si eso sucedía, antes de partir se habían puesto de acuerdo en que
ella la dejaría en manos de sus capitanes, con el piloto del buque insignia
como coordinador. Casi con seguridad que su propósito sería escapar No eran
demasiado fuertes. Además del Alpha Cygni, una nave de guerra ligera, había dos
cruceros, cuatro destructores y un transporte que llevaba diez perseguidores
del tipo Meteoro. Y además, no habían dejado gran cosa atrás,
vigilando el hogar.
Su misión era impedir un enfrentamiento, establecer a Hermes
como un agente imparcial, intervenir para que se hiciera justicia y se
restaurase el orden. Y ella sabía cómo manejar a la gente. Se sentó en su
asiento, encendió un puro y comenzó a relajarse, conscientemente, músculo a
músculo. Eric daba grandes zancadas de un lado a otro.
—¡Madame! —las palabras llegaban, duras y no del todo
tranquilas—. ¡Han sido detectados hipermotores!
Sandra se forzó a continuar sentada.
—¿Vienen a nuestro encuentro? —preguntó.
—No, madame. Están en nuestro cuadrante. Haciendo una
extrapolación lo más exacta posible, llevan el mismo destino que nosotros.
Ella giró la cabeza, recorriendo con la vista todas las
pantallas. El sol de Mirkheim aún estaba oculto por la oscuridad; para verlo
tendrían que llegar casi encima de aquella débil ruina. El cuarto cuadrante...
no podía identificar allí lo que buscaba, era sólo una pequeña chispa perdida
entre miles. Pero Mogul estaba en el cuarto cuadrante.
Eric se golpeó la palma con el puño.
—¡Los baburitas! —exclamó.
—Un momento, señor, por favor —dijo el capitán—. Me acaban de
pasar un análisis provisional de los datos... Es una armada gigantesca. Aún no
se han obtenido los detalles, pero, por lo menos, en número, es una fuerza
imponente.
Sandra reprimió las náuseas durante un instante, como si le
hubieran golpeado en el estómago. Después su mente pasó a operaciones de
emergencia. Las dudas en sí misma desaparecieron y las decisiones salieron de
su boca como balas:
—Esto cambia las cosas. Lo mejor será que intentemos parlamentar
desde esta nave, puesto que yo estoy a bordo. Prepare un curso de intercepción
para nosotros. Los demás... pueden llegar a Mirkheim muy por delante de los que
se acercan, ¿no?... Bien, que continúen y se reúnan con Nadi bajo la dirección
del Achilles y que se apresten al combate. Pero en caso de duda..., si
pareciese que a los del Alpha nos hubiese sucedido algo..., deben regresar a
Hermes inmediatamente.
—A la orden, madame —dijo el capitán.
En un rincón de su alma, Sandra sintió compasión por el joven
capitán. En realidad era un muchacho que se esforzaba en mantenerse frío y
eficiente ante la faz del desastre. Repitió sus instrucciones y su imagen se
desvaneció.
—Oh, no —gimió Eric—. ¿Qué vamos a hacer?
—Muy poco, me temo —admitió Sandra—. Por favor, déjame sola,
tengo que pensar.
Se echó hacia atrás y cerró los ojos.
Pasó una hora. De vez en cuando, la información que le
transmitían arrastraba su mente por un instante fuera del círculo en que se
debatía. Los baburitas mantenían su rumbo a una pseudovelocidad moderada. Su
complacencia era casi insultante. Por fin, una de las naves abandonó la
formación y describió un ángulo para aproximarse a la nave de Hermes. Un rato
después, las señales comenzaron a ir de un lado a otro, imponiendo modulaciones
a los osciladores del hipermotor. Queremos comunicar... Comunicaremos. Las
llamadas eran estereotipos, un código, y la velocidad con que se transmitían
los contenidos resultaba desesperadamente lenta, el principio de incertidumbre
convierte pronto en un caos las vibraciones espaciales. Para que haya una
coherencia suficiente para poder transmitir la voz, las naves tienen que
acercarse a pocos miles de kilómetros y las imágenes necesitan una proximidad
aún mayor.
Esa es la razón por la que no se pueden enviar mensajes
directamente entre las estrellas, pensó Sandra, recordando una lección de
física de cuando era joven. Nadie podría colocar tantas estaciones
retransmisoras, que, a su vez, tampoco se quedarían en su lugar. Por tanto,
debemos utilizar correos, y en cualquier lugar puede estallar el infierno antes
de que sepamos siquiera que algo anda mal.
Los instrumentos acumularon datos mejores aún y los computadores
los analizaron hasta que estuvo claro que la nave alienígena que se acercaba
era aproximadamente del tamaño de Alpha y seguramente dotada de un armamento
parecido. Por último, la cara del capitán volvió a aparecer. Estaba pálido.
—Madame, hemos recibido una comunicación vocal. Dice...,
dice..., la reproduzco textualmente: «No os acerquéis más. Igualar vuestra
hipervelocidad a la nuestra y esperad órdenes.» Cita literal, eso es lo que
dice.
Eric enrojeció. Sandra sonrió, y dijo:
—Lo haremos así. Sin embargo, que la respuesta diga, hummmm,
«Haremos lo que solicitáis».
—¡Gracias, Su Gracia!
Toda la persona del capitán registró agradecimiento que, sin
duda, se extendería a toda la tripulación..., aunque era igualmente seguro que
aquel matiz del ánglico no sería comprendido por los baburitas.
Las pantallas seguían sin mostrar otra cosa que estrellas.
Sandra podía imaginar la nave alienígena, un esferoide como la suya, no pensada
para aterrizar jamás en un planeta, salpicada con emplazamientos para las
armas, lanzadores de mísiles, proyectores de energía, resguardados por campos
de fuerza y acero, depósitos que portaban la muerte por medio continente. No la
vería en realidad. Incluso si llegaban a combatir, lo más probable era que no
llegase a verla. La carne a bordo de aquella nave y la carne a bordo del Alpha
nunca se tocarían, no presenciarían la muerte de los otros ni escucharían la
angustia de los heridos. Lo abstracto de todo aquello era digno de una
pesadilla. Peter Asmundsen, Nicholas van Rijn, ella misma, habían estado
siempre en el centro de sus propios hechos: un peligro acometido, un golpe dado
o recibido, una palabra hablada, una mano sujeta, todo en la presencia viva de
los autores. ¿Había pasado ya su tiempo? ¿Ha terminado la salvaje y alegre
época de los pioneros? ¿Estamos cruzando hoy el umbral del futuro?
Los preliminares debían haber tenido lugar antes de que el
capitán anunciase:
«La señora Sandra Tamarin Asmundsen, Gran Duquesa de Hermes; el
delegado de la Comandancia Naval de la Banda Imperial de Sisema.
El sonido del vocalizador era inexpresivo y enturbiado por
irregularidades en la onda que lo transportaba. Pero ¿no era rudeza lo que se
notaba?
—Saludos, Gran Duquesa, ¿por qué estáis aquí? Ella disimuló su
desesperación y contestó:
—Saludos, almirante, o como deseéis ser llamado. También
nosotros nos sentimos curiosos sobre vuestro propósito. No estáis más cerca de
vuestro hogar que nosotros del nuestro.
—Nuestra misión es tomar posesión de Mirkheim en nombre de Babur
Unido.
Sandra deseó casi que las naves estuviesen lo suficientemente
cerca para que fuese posible transmitir imágenes. En cierta forma, habría
servido de algo mirar cuatro ojos diminutos sobre un rostro no humano. No
hubiese sido tan parecido a pelear con un fantasma.
Pero su determinación es tan sólida como un ser invisible,
pensó, y también lo son las armas que la respalda. Habló con cuidado:
—¿No está claro por qué hemos venido los de Hermes? —dijo—.
Nuestro objetivo es simplemente... hacernos cargo, actuar como jueces, mientras
se llega a un acuerdo. Esperábamos que podríamos conseguir que todas las partes
interesadas se estuviesen tranquilas, lo pensasen dos veces y evitasen una
guerra. Almirante, no es demasiado tarde para eso. Nosotros no pertenecemos ni
a la Liga, ni al Mercado Común, ni a Babur.
—Lo es —dijo la voz artificial. ¿Hubo un rastro de ironía cuando
añadió las asombrosas nuevas?
—No nos referiremos al hecho de que la Banda Imperial no desee
vuestra interferencia, sino al hecho, establecido por nuestros exploradores, de
que el Mercado Común tiene ya una nota en Mirkheim. Vamos a echarlos de allí.
Los de Hermes harán bien en retirarse antes de que comience el combate.
—Hijo de perra... —oyó decir a Eric, y ella misma susurró:
—¡Dios misericordioso!
—Reúnase con su flotilla y vuelva a casa —dijo el baburita—. Una
vez haya comenzado la acción atacaremos a todas las naves humanas que
encontremos.
—¡No, espere, espere! —gritó medio levantándose. No llegó
ninguna respuesta. Después de un instante, su capitán le dijo:
—El alienígena se está alejando, madame; regresa a la unidad de
sus compañeros.
—Puestos de combate —ordenó Sandra—. A toda velocidad en rumbo
que intercepte a los nuestros.
Cuando Alpha dio media vuelta, las estrellas se deslizaron como
riachuelos por las pantallas. El latido de los motores se hizo más fuerte.
—¿Mentía ese reptador? —rugió Eric.
A modo de réplica, el capitán describió las lecturas de los
instrumentos: en la vecindad del planeta se detectaban numerosos hipermotores
activados. Era obvio que había alguien presente, alguien que pudo detectar a
los nuevos invasores. ¿Quién más podía ser que una fuerza solar?
—Maldito sea el cosmos, vaya un montón de amateurs que estamos
hechos —el dolor distendía la boca de Eric cuando hablaba—. Los baburitas
mantenían vigilado Mirkheim y supieron cuándo llegaban los terrestres.
Nosotros..., nosotros nos lanzamos hacia delante como un toro enfebrecido.
—No, acuérdate de que confiábamos en que la patrulla de Nadi
vendría a avisarnos si sucedía algo imprevisto —le recordó Sandra,
mecánicamente—. Sin duda los terrestres les capturaron...; no llevaba una nave
particularmente fuerte ni rápida; les capturaron con idea de conservar el
elemento sorpresa. Pero, mientras tanto, los baburitas tenían en los
alrededores observadores a gran velocidad —hizo una mueca y añadió—: Me parece
que los del Almirantazgo del Mercado Común son aún más amateurs que nosotros. Nunca
han tenido que luchar. Hace generaciones que se evaporaron las destrezas, la
doctrina, el estilo militar.
Cosas semejantes necesitan ser reaprendidas en el tiempo que se
avecina.
Continuaron llegando noticias. La flota que tenían delante
estaba saliendo de Mirkheim, desplegándose en formación de combate, y era
considerablemente inferior a la armada proveniente de Babur. Lo sensato hubiese
sido echar a correr y escapar. Pero sin duda su comandante habría recibido de
los políticos, allá en casa, unas órdenes de este estilo: «No abandone con
facilidad. Estamos seguros de que esos piojosos sólo intentarán asustarnos, no
es posible que quieran pelear seriamente contra nosotros.»
Claro que quieren, pensó Sandra. Van a hacerlo ahora mismo.
Eric detuvo sus idas y venidas, y aunque habló en voz baja, fue
como si una llama ardiese en él.
—Madre..., madre, si nos uniésemos al Mercado Común...; después
de todo son seres humanos como nosotros... —dijo.
Ella negó con la cabeza.
—No —contestó—. No serviría de nada, excepto que algunos nativos
de Hermes morirían; perderíamos algunas naves que nos harán falta para defender
nuestra patria. Estoy a punto de ordenar a todas nuestras unidades restantes
que den media vuelta y se dirijan inmediatamente hacia Hermes.
El adivinó su intención, y preguntó:
—Pero ¿nosotros? ¿El Alpha Cygni?
—Continuaremos hasta Mirkheim. Lo más verosímil es que toda la
flotilla solar habrá salido al encuentro de los baburitas cuando lleguemos
allí. En cualquier caso, esta nave es lo bastante poderosa como para que
cualquiera se enfrente con ella despreocupadamente. Tenemos el deber de ayudar
a la gente de Nadi a escapar, si es posible; en cierta forma son nuestros
aliados. Y eso incluye a los técnicos que se encuentran sobre la superficie del
planeta —Sandra esbozó una especie de sonrisa y continuó—: Y además, siempre he
tenido ganas de ver Mirkheim, desde las primeras noticias sobre su
descubrimiento.
En el planeta no había guardia alguna, las naves de la patrulla
de Supermetales estaban en órbita alrededor del mismo, pero vacías. Un rápido
intercambio por la radio confirmó que sus tripulaciones habían sido
transportadas a la base minera, el agujero más profundo que podía encontrarse
en aquel mundo. La nave militar se colocó en su propia órbita y vomitó unos
botes por sus costados para que evacuasen al personal de allá abajo. Sandra
dejó detrás a un protestón Eric, con el mando nominal, y subió a una de las
naves auxiliares.
Ante ella se erguía Mirkheim, monstruoso. A aquella distancia
las cenizas débilmente encendidas de su sol eran invisibles y casi podría
haberse tratado de un planeta vagabundo que nunca hubiese pertenecido a ninguna
estrella, eternamente a la deriva entre constelaciones brillantes y frías.
Casi, pero no del todo. No estaba cubierto de polo a polo por nieves de
atmósfera congelada, el brillo que se observaba era duro, de metal, en algunos
sitios casi como de un espejo. Las montañas y las simas provocaban sombras
ásperas, y zonas de hierro oscuro bosquejaban el rostro de un ogro.
La nave pronto se acercó a la superficie y se inmovilizó sobre
ella. Detrás de Sandra se extendía una planicie, hasta un horizonte tan lejano
que en el alma del espectador surgía el temor de estar solo en una soledad
ilimitada. El suelo no tenía cráteres ni estaba cubierto de polvo como el de un
cuerpo celeste normal que no contara con aire: era oscuro, relucía ligeramente,
y aquí y allí, en los puntos en que los materiales en fusión se habían
congelado, aparecía escabroso, con protuberancias de formas fantásticas. La
oscuridad de aquel mundo se recortaba nítidamente contra el fondo brillante de
la Vía Láctea. La llanura estaba horadada a derecha e izquierda por
excavaciones. Increíblemente —no, era comprensible—, el trabajo continuaba: un
tractor robot arrastraba un tren de vagones de mineral. Delante se alzaba un
farallón, levantado por alguna antigua convulsión sobre la corteza metálica
causada por la supernova, una muralla negra bajo la cual se acurrucaban como si
estuviesen aplastadas las cúpulas, torres y cubos del complejo. En la cima del
promontorio había un mástil de radio que parecía haber sido hilado por arañas.
Cuando la nave descendió, la escena se ladeó y pa-
recio dar un salto hacia delante. Las extremidades de aterrizaje
hicieron contacto, haciendo vibrar casco y tripulantes. El zumbido del motor se
extinguió y el silencio presionó el interior de la nave hasta que Sandra lo
rompió:
—Voy a salir —dijo levantándose.
—¡Madame! —protestó el piloto—. ¡La presión es de más de cinco
gravedades!
—Soy bastante fuerte.
—Nosotros..., vos misma lo ordenasteis..., los llevaremos
directamente a bordo y saldremos corriendo.
—Dudo que aun así no tengamos que hacer frente a alguna
complicación, y cuando eso suceda quiero estar allí para ayudar a resolverla,
no al otro extremo de un cable telefónico.
Y no puedo decirlo, pero siento necesidad de... experimentar,
aunque sea por poco tiempo, esta cosa por la que se han hecho tantos
sacrificios, por la que tanta sangre será derramada muy pronto. Necesito que
Mirkheim sea algo real para mí.
Un par de tripulantes la acompañaron, revisando su traje
espacial con más cuidado que de costumbre y flanqueándola cuando abrió la
compuerta y dio un paso adelante. Lo cual estuvo acertado. Al abandonar el
campo interior de la nave, la gravitación la aplastó, y si los hombres no la
llegan a sostener, se hubiera roto algún hueso en la caída. Los tres se
apresuraron a activar sus propulsores para que los mantuviesen en el aire, como
suspendidos por sus correajes. Aquello les permitió avanzar lentamente sobre el
acerado suelo. Para respirar empujaban unas costillas que parecían de plomo, y
cuando miraban algo, bajo sus pesados párpados, el peso de sus globos oculares
lanzaba borrones y manchas flotando ante su vista. Las emanaciones radiactivas,
suficientes para matar a cualquiera en el plazo de pocas semanas, se deslizaban
por sus cuerpos, sin ser vistas ni sentidas.
y aquí han estado viviendo trabajadores durante dieciocho años,
pensó Sandra. ¿Amo yo tanto a mi propia especie?
Estaban saliendo de una cúpula y, a pesar de la variedad de sus
trajes, reconoció sus razas por contactos en el pasado, o por imágenes y
lecturas. Por supuesto, los conducía Nadi, el wodenita. Cerca de él venían dos
ikranandos de rasgos de cuervo; un gorzuni de cuatro brazos y cabeza
desgreñada; un nativo de Ivanhoe, de aspecto leonino; otro de Vanessa,
lejanamente parecido a un saurio; dos cynthianos (procedentes de sociedades
menos avanzadas que la que ya viajaba por el espacio y que nunca había mostrado
el menor deseo de ayudarles a desarrollarse), y cuatro humanos (de planetas
colonizados, cuya existencia sería mucho más fácil si se hacía la inversión
necesaria, pero por supuesto el capital de la civilización Técnica buscaba
inversiones mucho más lucrativas). En medio de toda aquella esterilidad, eran
grotescos símbolos de la vida, dignos de ser esculpidos por Vigeland. No era
sorprendente que fueran tan pocos. El medio ambiente hacía que los seres vivos
sólo pudiesen trabajar allí durante cortos períodos de tiempo, y la mayor parte
del mismo permaneciendo en el interior del complejo. La principal misión de la
carne y la sangre consistía en llevar a cabo determinadas tareas de
mantenimiento y comunicación y en tomar decisiones fuera de lo rutinario. Por lo
demás, Mirkheim estaba habitado por máquinas. Las máquinas prospeccionaban,
excavaban, transportaban, refinaban, cargaban, hacían el trabajo bruto y la
mayor parte del delicado. Algunas estaban esclavizadas por otras que tenían
computadoras que se autoprogramaban, y el computador central de la base
alcanzaba el nivel de la consciencia. Toda la operación era un milagro de
ingenuidad tecnológica..., y más aún, pensó Sandra, de sisu, esprit, coraje,
falta de egoísmo.
Un hombre se adelantó a los demás. El rostro tras el vitrilo del
casco se veía macilento y enfermo.
—¿La señora de Hermes? —comenzó en anglico con acento—. Soy
Henry Kittredge, de Vixen, superintendente de esta brigadilla.
—Me..., me alegro de conocerle —replicó ella entre jadeos.
La sonrisa del hombre cuando contestó era lúgubre.
—Eso no lo sé, señora. No son lo que se dice circunstancias
felices, ¿verdad? Pero... quiero decirle lo agradecidos que le estamos. Ya
hemos sobrepasado nuestro tiempo de estancia aquí, debiéramos haber sido
relevados hace muchos días. Si tuviéramos que continuar mucho más tiempo,
trabajando en el exterior con la frecuencia de costumbre, la dosis de radiación
hubiera sido excesiva y habríamos muerto en poco tiempo.
—¿No podíais permanecer en el interior del complejo?
—Quizá los terrestres nos lo hubieran permitido. Dudo de que los
baburitas lo hiciesen. ¿Por qué iba a importarles? Y habrían querido que les
enseñáramos a explotar las excavaciones.
Sandra asintió, aunque levantar otra vez la cabeza le costó un
gran esfuerzo.
—Habéis acumulado experiencia durante años, ¿no es así?, y a
veces al coste de vuestras vidas —dijo—. Es una buena razón estratégica para
evacuaros. Sin vuestra ayuda, cualquier otro poder tardará bastante y gastará
mucho en reemprender la explotación. Vosotros..., vosotros y vuestros
compañeros trabajadores, vivan donde vivan, podríais resultar ser valiosos en
una negociación.
—Sí, hemos hablado de eso entre nosotros. Escuchad —en la fatigada
voz del hombre se percibió la ansiedad—. Llevémonos parte del equipo más
importante con nosotros. O, si no quiere quedarse aquí tanto tiempo, déjenos
sabotearlo. ¿De acuerdo?
Sandra vaciló. No había pensado en aquella posibilidad, y ahora
era ella quien tenía que decidir. ¿No resultaba arriesgado quedarse unas horas
más?
Se atrevería. No era probable que las flotas enemigas terminasen
pronto su batalla.
—Nos llevaremos el material —dijo, y se preguntó si estaba
obrando sabiamente o llevada por el despecho.
8
—Demasiado tarde.
Durante un momento, las palabras parecieron suspendidas en la
susurrante quietud del puente. Cualquiera de ellos tres, Adzel, Chee Lan o
David Falkayn, podría haberlas pronunciado; así compartían su dolor y su rabia.
Los tres contemplaban la oscuridad y los inmutables soles sin verlos. Allí
había estallado una hoguera, diminuta debido a la distancia, pero una terrible
gloria aun así.
Parpadeó otra chispa y después otra. En el espacio cerca de
Mirkheim estaban explotando proyectiles nucleares.
Chee se acercó a los controles receptores de hiperondas. El
altavoz zumbó, parloteó, crujió, susurró, mensajes en cifra de nave a nave, a
través de distancias que la luz tardaría horas en recorrer, cuando ella lo fue
colocando en diferentes posiciones. Las avanzadillas de ambas flotas habían
comenzado el combate..., habían pasado al estado normal, se movían a
velocidades verdaderas de kilómetros por segundo y aceleraciones de unas pocas
gravedades y se buscaban una a la otra con misiles, rayos energéticos, cohetes
y torpedos tipo Meteoro...
Adzel estudió los instrumentos, mantuvo un coloquio en voz baja
con Atontado, y anunció:
—La batalla no puede ser muy antigua. En ese caso observaríamos
más rastros de estallidos de fusión, más esquemas complicados de neutrino
dejados por los motores, que los que vemos. Hemos perdido llegar en primer
lugar por un margen de tiempo irónicamente muy pequeño.
—Me pregunto si nuestro aviso hubiese logrado algo diferente
—Falkayn suspiró al tiempo que continuaba—: A juzgar por estos datos —y señaló
con la mano una hilera de contadores—, la flota del Mercado Común llegó antes,
desafió a los baburitas, con la esperanza de que se echasen atrás, se dio
cuenta de que no era ése el caso y ahora estarán peleando puramente por la
supervivencia.
—¿Por qué no se limitan a huir? Falkayn se encogió de hombros,
como si el hecho no le hiciese daño en la garganta.
—Ordenes, sin duda —contestó—. Si surge el combate, infligir el
máximo daño posible... Ordenes dadas por los políticos que están a salvo allá
en la Tierra y que siempre han sostenido que la teoría y la práctica de la
guerra es un tema demasiado malvado para que lo estudie un hombre civilizado.
Antes de que el comandante del Mercado Común decida que debe
retirarse, la pelea puede durar días, pensó. Las naves acelerarán, decelerarán,
recorrerán miles de kilómetros en órbita libre, buscando un oponente y
encontrándolo. Dispararán en un orgasmo de violencia hasta que los dos sean
alejados por sus propias velocidades y tengan un nuevo encuentro, probablemente
con un nuevo enemigo cada uno.
—Teníamos que intentarlo, claro está —dijo monótonamente—. La
pregunta es, ¿qué hacemos ahora?
Mientras Muddlin Through salía de Babur a toda velocidad hacia
Mirkheim, se habían vaciado la cabeza en busca de planes, repasando todas las
contingencias posibles.
—No contactar con ellos —dijo Adzel.
Podrían encontrarse con una nave solar y, a través de ella,
entrar en contacto con el Almirante, pero ya no tenían nada que ofrecerle y el
riesgo que aquello suponía era considerable.
—¿Nos quedamos por aquí?... —preguntó Chee.
Esperar con los sistemas energéticos al mínimo, casi
indetectables en la frontera de una guerra, hasta ver qué sucedía. Pero
seguramente los supervivientes llevarían la noticia a la Tierra.
Pero ya no era tan seguro, como lo había sido anteriormente, que
el gobierno del Mercado Común fuese franco con la gente, y Van Rijn necesitaba
un relato completo.
Ni siquiera era seguro que recibiría el mensaje que le habían
enviado en un torpedo correo después de su huida de Babur. Cuando la cosa
entrase en el Sistema Solar y emitiese su señal, el Servicio Espacial que la
recibía podía no retransmitir el mensaje escrito. Falkayn dudaba que pudiesen
descifrar el código con rapidez; pero, aun así, Van Rijn seguiría en la
oscuridad.
Además, la seguridad de su tripulación era asunto primordial...,
por no hablar de Coya, de Juanita y del niño que aún no habría nacido. No
obstante, allí había seres sensibles, muertos, moribundos, mutilados, en
peligro mortal, y aquel horror continuaría. Espiar en las profundidades antes
de escabullirse rumbo a casa sabía mal. Y además...
—No es que hasta el momento hayamos conseguido unos resultados
maravillosos, ¿verdad? —dijo Falkayn—. Caímos prisioneros como idiotas y
escapamos, muriendo un hombre en la aventura.
—No te sientas culpable por eso, Davy —le consoló Adzel—. Es
cierto que fue una tragedia, pero Wyler estaba colaborando con el enemigo.
—¡Pero, de todas formas, fue algo tan inútil! —dijo el humano, apretando
los puños con tanta rabia que los nudillos se pusieron blancos.
—Vosotros deberíais disciplinar un poco vuestras conciencias
—dijo Chee—. Os molestan demasiado.
Con sus instintos de animal carnívoro despiertos, saltó sobre la
consola y se irguió, blanca contra la oscuridad, las estrellas, los lejanos
estallidos de fuego que señalaban la muerte de alguna nave.
—Podemos recoger información de forma activa, no pasiva —declaró
ansiosamente—. ¿Por qué estamos parloteando? Vayamos a Mirkheim.
—¿Vale la pena que aterricemos? —contestó Adzel.
Habían hablado ya sobre el rescate del personal de Supermetales
abandonado en el planeta, pero sólo podrían llevarse a unos cuantos, pues de lo
contrario recargarían sus sistemas de soporte vital.
—Probablemente no —dijo Chee—. Sin embargo, nos llevará más
cerca del núcleo de la acción. ¿Quién sabe lo que podría resultar de eso?
¡Vamos!
Cuando se dirigían hacia el interior de la atmósfera del
planeta, recibieron el mensaje en un rayo láser, lo cual quería decir que
habían sido detectados y que el mensaje iba dirigido a ellos específicamente.
El código era del Mercado Común; Falkayn lo supo comparándolo con diferentes
señales que habían conocido. No podía leerlo, pero su sentido era simple:
Identificaos o atacaremos.
Atontado les pasó el análisis de los datos. La otra nave era,
con toda probabilidad, un destructor de tipo Continental. Su posición,
aceleración y velocidad eran más concretas. No se acercaría lo bastante como
para que la vista pudiese distinguir ni siquiera una línea negra dibujada
contra la Vía Láctea, pero sus almas podían saltar sobre aquel vacío. Y tanto
una como otra estaban demasiado cerca del sol muerto para entrar en
hiperconducción.
—Evasión —ordenó Falkayn al tiempo que enviaba una transmisión
vocal en ánglico—: No somos vuestros enemigos, estamos aquí por casualidad y
procedemos de la Tierra.
Un minuto después, Atontado informaba de un misil lanzado contra
ellos. No se sorprendió; los hombres que vivían en aquel lejano casco debían
estar paralizados por la fatiga y un reprimido terror, el cansancio les había
convertido en poco menos que máquinas del deber, y si él no contestaba en clave
entonces tenía que ser un baburita que intentaba una treta.
Un rayo a aquella distancia llegaría demasiado atenuado para
causar ningún daño. Una nave tan pequeña como la de los hombres de Van Rijn no
podía transportar un generador de fuerza lo bastante fuerte como para rechazar
un proyectil nuclear enviado con toda su fuerza. Ni, a pesar de su pequeña
masa, debiera tener el potencial necesario para escapar de un atacante que se
vanagloriaba de la producción de sus motores.
Pero Muddlin Through contaba con una producción de energía como
para una nave que la duplicara en tamaño, y no la desperdiciaba en pantallas
energéticas. Los cielos giraron locamente alrededor de la cabeza de Falkayn
mientras el computador hacía que la nave describiera un arco que hubiera
destrozado un vehículo normal. Apartándose del torpedo, abrió fuego sobre éste,
que se desintegró en una lluvia de llamas y gotas incandescentes. Girando de
nuevo, reanudó su rumbo original y la nave terrestre se perdió de vista sin
intentar un segundo ataque.
Durante unos segundos, Falkayn pensó en un hombre cualquiera a
bordo de aquel destructor. Era..., ¿de dónde?..., japonés, por ejemplo, y
siempre recordaría aquellas hermosas islas, los antiguos tejados curvos, los
cerezos en flor bajo las puras laderas del Fuji, un jardín donde el jardinero y
el bonsai trabajaban juntos en un amor que duraba toda la vida, las campanas
del templo repicando fríamente por la noche cuando caminaba con cierta
muchacha. En cambio, allí estaba hoy, atado en aquel lugar mirando los rostros
idiotas de los instrumentos, mientras los motores hacían vibrar sus huesos, con
la lengua hinchada a causa de la sed, completamente sudado a causa de la
tensión, todas sus ropas olían, la sal le hacía picar los ojos y sabía amarga
en sus labios. Las horas se arrastraban una tras otra, la espera, la espera, la
espera, hasta que la realidad se reducía solamente a esto y el hogar era un
enfebrecido sueño medio olvidado; entonces aullaban las alarmas, unas criaturas
que nunca había visto ni en sus pesadillas estaban en algún lugar lejano de una
cabina, o eso decían los instrumentos, y él ordenaba que el computador le diera
los parámetros para lanzar un misil, lo enviaba, se sentaba una vez más a
esperar para saber si había matado o le matarían a él, deseaba con angustia que
su muerte fuera rápida y limpia, no un alarido continuo con la piel arrancada y
los ojos derretidos y, quizá, también él pensara, durante un fugaz momento, si
aquellos monstruos contra los que disparaba no recordarían también una patria
hermosa.
¿De dónde era Sheldon Wyler?
Falkayn habló con voz dura por el micrófono del
intercomunicador:
—Parece que esta vez nos hemos librado.
La mayor parte de las tripulaciones hubiesen buscado
inmediatamente la seguridad después de aquel incidente; pero, en cambio, a Chee
le había sugerido una idea aterradora. Adzel la escuchó, lo pensó y estuvo de
acuerdo en que las posibles ganancias merecían la pena el riesgo. Falkayn
discutió durante un rato, y después asintió, pues la parte de su ser que era el
esposo de Coya fue vencida por otra que él imaginaba enterrada junto a su
juventud.
No es que tuvieran ninguna probabilidad de llevar a cabo una
hazaña rápida y brillante. Pasó el tiempo y la nave continuó moviéndose con
cautela, con los detectores al máximo. Atontado barajaba y apartaba algunas
cartas, Falkayn fumó en pipa hasta que su lengua estuvo en carne viva y no
podía saborear la comida que él mismo obligó a tragar. Chee trabajaba en una
estatuilla atacando la arcilla como si le estuviese amenazando la vida. Adzel
meditó y durmió.
Por fin aquello tuvo un límite.
—Una nave solar ha destruido una baburita —anunció el
computador, y recitó las coordenadas.
Falkayn saltó de un brinco del sopor en que se había sumido.
—¿Estás seguro? —dijo poniéndose de pie.
—El resplandor característico de una detonación ha sido seguido
por una emisión de neutrino de una de las dos fuentes. La otra se está alejando
y no podrá volver a pasar por ese punto a una aceleración apropiada durante un
período de algo más de un día estándar.
—No creo que quieran...
—Podemos estar pegados a las ruinas durante un período que
calculo de tres coma siete horas, con un margen aproximado de cuarenta minutos.
—Supongo que tenemos un cincuenta por ciento de probabilidades
de que sea una nave baburita —dijo Falkayn estremeciéndose.
—No, eso es seguro —contestó el computador—. Llevo un estudio
estadístico de las emisiones termonucleares de los reactores de ambas flotas.
La nave que ha sido derrotada mostraba un espectro claramente baburita.
Falkayn asintió. Los motores de fusión construidos para operar
bajo condiciones subjovianas no irradiarían exactamente igual que los que
trabajaban para seres que respirasen oxígeno. El había sido consciente de eso,
pero no se había dado cuenta de que habría datos suficientes como para que las
matemáticas fuesen de confianza.
—Estupendo por ti, Atontado —contestó—. Sigues sorprendiéndome,
toda esa iniciativa que demuestras.
—También he inventado tres juegos de cartas nuevos —le dijo el
computador... ¿Sonaba esperanzado?
—No importa —dijo Chee—. ¡Vamos hacia esos apestosos restos! Los
latidos del motor se hicieron más intensos.
—La primera vez que navegamos por esta zona del espacio íbamos
más alegres —musitó Adzel—. Claro que, hace dieciocho años terrestres, éramos
más jóvenes.
¿Era sólo cuestión de tacto por su parte? Dieciocho años de su
vida significaban mucho menos que para un cynthiano o para un humano.
—Estábamos muy orgullosos —dijo Falkayn—. Nuestro
descubrimiento, que iba a dar a una docena de razas la oportunidad que
necesitaban. Y ahora...
Su voz se extinguió.
Adzel le puso una mano en el hombro. Para soportar un peso
semejante tuvo que ponerse conscientemente rígido contra el campo de gravedad
de la nave.
—No te sientas culpable por esta guerra, Davy —le apremió el
wodenita—. Lo que hicimos estuvo bien y quizá vuelva a suceder otra vez.
—Sabíamos que el secreto no podía durar —añadió Chee—. Que la
primera persona que repitió nuestro mismo razonamiento fuese Nicolás van Rijn
fue pura suerte, y que pudiésemos convencerle de que se estuviese callado
también lo fue. Tarde o temprano, estaba escrito que tenía que haber un buen
jaleo.
—Claro que sí —contestó Falkayn—. Pero una guerra... Creía que
la civilización habría evolucionado más allá de las guerras.
—Los shenna no lo habían hecho ni tampoco los baburitas —rezongó
Chee—. No tienes que acusar a las sociedades técnicas porque los alienígenas
tengan malos modales. Esa noción de la simetría del pecado es una extraña
tendencia de tu especie.
—En cierta forma, no puedo ver ningún paralelismo entre los dos
casos —arguyó Falkayn—. Maldita sea, para los shenna tenía cierto sentido
planear un ataque contra nosotros, pero los baburitas... ¿Por qué se armaron de
esa forma si nadie había profetizado que existiera un Mirkheim por el cual
pelear? ¿Y, de todas formas, por qué tienen que luchar? Si pudieron comprar las
herramientas y la tecnología necesarias para construirse una armada como la que
tienen, vamos... podrían comprar todos los supermetales que hubiesen necesitado
por una fracción del coste. Me roe la idea de que hay algo entre nosotros, en
la civilización Técnica, que es la responsable.
—Wyler podría habernos dado una pista o tres si hubiera vivido
—dijo Chee—. Me gustaría que dejases de llorar por él, Davy. No era un hombre
agradable.
—¿Quién puede permitirse el serlo en estos tiempos?... Oh, al
infierno con todo esto.
Falkayn volvió a arrellanarse en su asiento.
—De acuerdo. Al infierno en exprés. Yo voy a hacer un poco de
modelado. Chee abandonó el puente.
—Yo por lo menos podría jugar a las cartas contigo, Atontado, si
quieres un poco de diversión —se ofreció Adzel—. Tenemos poco que hacer hasta
que no lleguemos.
Excepto sentarnos y esperar que no nos caiga encima nada que no
podamos manejar, pensó Falkayn.
«... Miedo y temblorosa esperanza,
Silencio y pensamiento; Muerte, el esqueleto,
Y el Tiempo, la sombra...»
Cubierto por su traje espacial, Falkayn se dio un empujón con el
propulsor y vadeó los cien metros de vacío entre su propia nave y el destrozo.
El silencio y las estrellas le rodeaban. No vio ningún rastro de
la batalla; toda aquella agonía se había perdido en las profundas extensiones
del espacio, excepto una forma retorcida que se tambaleaba ante él, entre
fragmentos más pequeños de metal. No se atrevió a pensar en el número de vidas
que habrían desaparecido.. ., seguramente los baburitas amaban tanto como él la
vista de su sol..., sino que volcó su atención totalmente, con sequedad, en la
tarea que le esperaba.
La nave había tenido poco más o menos el tamaño de un crucero.
Un misil había penetrado sus defensas, destrozándola; pero al no haber una
atmósfera rodeándole, el choque no había sido suficiente para reducirla
completamente a pedazos. Los supervivientes, si es que había habido alguno,
habrían encontrado un bote salvavidas intacto en una sección construida para
separarse después de un impacto y conseguirían huir. El trozo más grande del
casco era mayor que toda la Muddlin Through y debiera contener una gran cantidad
de aparatos, no demasiado dañados para su estudio. Un contador de muñeca le
dijo que el nivel de radiactividad era tolerable.
Sintió y escuchó el estruendo que causaban las suelas de sus
botas al tocar las placas y al agarrarse.
Chee se posó cerca y Adzel era una silueta gigantesca, recortada
contra el cielo.
—Quedaros aquí vosotros dos, mientras yo echo un vistazo —les
ordenó; y echó a andar.
Casi era como caminar con la cabeza hacia abajo, porque él no
pesaba nada y la nave muerta giraba lentamente sobre sí misma. Las
constelaciones pasaban a su alrededor como torrentes; la negrura dejaba
entrever las formas de las tórrelas y los alojamientos. Su propia respiración
sonaba con fuerza en sus oídos.
Cuando llegó a un borde donde el casco había sido hendido, midió
cuidadosamente sus pasos entre un amasijo de barras salientes y retorcidas.
Entre dos de ellas había un cuerpo, lo miró durante un minuto a la luz de su
linterna. Una débil gota de luminosidad, que no se difundía a causa de la falta
de aire, arropó una forma demasiado extraña para parecer terrible como los
cadáveres humanos generalmente después de una muerte violenta: el baburita
parecía penosamente pequeño y frágil. Estoy malgastando el tiempo que tengo
todavía, mientras que él ya no lo tiene, pensó Falkayn; y siguió adelante
rodeando el agujero, penetrando en una cavidad en ruinas.
El brillo de las estrellas y su linterna captaban en forma
surrealista complicadas masas medio sumergidas en la oscuridad. Un lúgubre
placer se agitó en su interior. ¡Hemos tenido suerte! Esto parece haber sido la
sala de máquinas principal. Lo que quiere decir que las unidades de control
también se encuentran aquí, si es que sus naves están construidas más o menos
como las nuestras.
Aquello podía significar la consecución del deseo que había
inducido a él y a sus compañeros a emprender la investigación. Se conocía muy
poco sobre la raza que había construido la armada invasora ¿Quién podría decir
qué pistas no se encontrarían en su ingeniería?
¿Se le ocurriría lo mismo al comandante del Mercado Común y
ordenaría una operación de salvamento con el propósito de recopilar
información? Probablemente no, su flota estaba demasiado acosada. Además, todo
lo que había hecho hasta entonces no decía mucho en favor de su
inteligencia...; bueno, caritativamente podía decirse que traicionaba su
ignorancia al más alto nivel.
Y además, suponiendo que los restos llegasen a la Tierra, sería
difícil que el gobierno los compartiese con Van Rijn. Falkayn no estaba siendo
sólo leal a su jefe; temía que el anciano fuera el último pensador competente
que quedaba en todo el Sistema Solar. Van Rijn sería capaz de deducir algo de
una prueba, por pequeña que fuese, y que, para cualquier otra persona,
resultaría insignificante.
No es que aquí podamos hacer un trabajo serio, pensó Falkayn. No
tenemos el equipo necesario. Además, es peligrosísimo quedarnos mucho tiempo,
pero podemos pasar unas cuantas horas investigando y seleccionar así unos
cuantos objetos y llevárnoslos para examinarlos mejor. Quizá hagamos algún
descubrimiento marginal pero útil. Quizá.
¡Adelante! Se deslizó hacia la más próxima de las formas que se
erguían ante él.
9
La noche anterior a su partida, Bayard Story invitó a Nicholas
van Rijn a cenar con él. El Consejo de la Liga se había disuelto sin adoptar
ningún acuerdo y los delegados debían arreglar sus propios asuntos lo mejor que
pudieran.
La Sala Saturno del hotel Universo estaba casi llena, aunque no
lo parecía, gracias a las mesas convenientemente espaciadas y a la discreta
iluminación. Quizá se trataba de que los amigos y los amantes se disponían a
aprovechar todas las oportunidades de divertirse que tuvieran, mientras los
rumores de una guerra hervían por todas partes, o quizá no. El Sistema Solar no
había tenido experiencia directa de un conflicto armado desde hacía tanto
tiempo que resultaba difícil predecir el comportamiento de la gente. Las
parejas se abrazaban estrechamente deslizándose sobre la pista. ¿Había
realmente una nota melancólica en la música de la orquesta en directo? Arriba
estaban los vastos semicírculos de los anillos, de tintes más sutiles que los
arcos iris en un cielo violeta donde en aquel momento se veían cuatro
satélites. Unas centellas luminosas parpadeaban en los arcos y los meteoros
rasgaban los cielos. En el punto donde se ponía un sol diminuto, oscurecido por
el espeso aire, se amontonaban las nubes, pardas y rosadas.
—Este lugar es más apropiado para un romance que para una pareja
de ejecutivos fatigados —observó Story con una ligera sonrisa.
—Bueno, cualquier idea en la que podamos ponernos de acuerdo es
completamente romántica —gruñó Van Rijn desde las profundidades del menú.
Con la mano libre se llevaba a la boca trocitos de akvavit y
tragos de cerveza alternativamente. Story sorbía champán con ron.
—Veamos..., dood en ondergang, déjeme ver, por favor; este lugar
está tan oscuro como el cerebro de un burócrata. Empezaré con una docena de
ostras Limfjord. Limfjord, por favor, camarero, patas de cangrejo heladas y
puntas de espárragos, y cincuenta gramos de paté de Estrasburgo. Después,
mientras me como mi aperitivo, puede llenarme un buen cuenco de sopa de cebolla
a la Ansa. No se la pierda, Story, se
emplean especias que quizá no consigamos nunca más, si ocurre
algo tan estúpido como una guerra. Para la sopa el vino... Continuó así durante
varios minutos.
—Oh, tráigame los tournedós del menú del día, poco hechos —dijo Story
riendo—, y, muy bien, esa sopa de cebolla, puesto que me la han recomendado.
—Debiera prestar más atención a lo que come, muchacho —dijo Van
Rijn.
—Yo no hago un dios de mi estómago —dijo Story encogiéndose de
hombros.
—¿Cree que para mí lo es, no? No, maldita sea, yo hago que mi
estómago trabaje para mí, lo hago trabajar como un esclavo. Yo lo que cuido es
mi paladar. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Quién resulta perjudicado? El primer
milagro de Nuestro Señor fue convertir el agua en vino, y fue una buena
cosecha, sí señor —Van Rijn sacudió la cabeza y los tirabuzones danzaron sobre
su chaqueta de brocado—. Los que arman los líos son los que no están contentos
con la buena comida, la bebida, la música, las mujeres, las ganancias; todo eso
son regalo de Dios. No, nos traen miseria porque tienen que jugar a ser Dios
ellos mismos, serán nuestros Salvadores con mayúscula.
Story se puso serio y replicó:
—¿Está seguro de que no es usted el que se cree en posesión de
la verdad? Lo que defendía ante el Consejo podría; casi con certeza que hubiera
conducido a la Liga a una guerra.
Las cejas de Van Rijn se unieron en un gesto de desprecio.
—Creo que no. La Liga junto con el Mercado Común serían
demasiado para Babur. Se retiraría.
—Quizá... si el Mercado Común estuviese dispuesto a acceder a
que Mirkheim quedase bajo la administración de la Liga. Pero sabe usted que las
Compañías nunca estarían de acuerdo con eso. El Mercado Común..., el gobierno
en posesión de los supermetales significaría que son ellas las que disponen de
ellos. Sería su entrada en el espacio en una escala de operaciones lo bastante
grande como para amenazar a los Siete y a los independientes con empujarles
contra la pared.
—Así pues, manteniéndonos en un punto muerto, vosotros Siete,
así os coma la peste, garantizáis que la Liga no haga nada unida, ni siquiera
exista como tal.
—Quiere usted decir que la Liga permanecerá neutral. ¿Realmente
que se produzca en ella una ruptura abierta e irrevocable? La Liga tendrá una
voz en conjunto si nosotros, los Siete, nos mantenemos en buenas relaciones con
Babur, gane quien gane. De hecho, cuando vuelva a mi base voy a ver si los
Siete pueden prestar sus buenos oficios para lograr un acuerdo —Story levantó
un dedo—. Por eso quería verle esta noche, señor Van Rijn. Una última llamada,
si usted cooperara con nosotros e intentase que los independientes se nos
uniesen...
—¿Cooperar? —Van Rijn sacó su caja de rapé y se llevó una pizca
a la nariz—. ¿A qué equivaldría eso? ¿A hacer todo lo que usted diga?
—Bien, por supuesto tendríamos que tener una estrategia central
que conllevaría un embargo, declarado o no, del comercio con ambos bandos.
Podríamos echar la culpa al azar, ser diplomáticos. Ambos comenzarían pronto a
sentir la falta de materiales, incluyendo los militares, y estarían más
dispuestos a aceptar la mediación de la Liga.
—No la mediación de la Liga —dijo Van Rijn—, de la Liga entera.
¿Cómo encajarían ahí las Compañías? Ellos y el gobierno del Mercado Común son
dos lados de la misma moneda, maldita sea. Eso empezó y ha ido cada vez a más
desde..., desde el Consejo de Hiawatha, creo.
—No estoy diciendo nada que no haya dicho antes muchas veces
—prosiguió Story—. Sólo tengo..., bueno, no lo llamaré probabilidad de hacer
que se atenga usted a razones. Digamos que me pareció que era mi deber intentar
persuadirle hasta el último minuto.
—Mi deber no es lo que estoy escuchando. Lo he dicho cientos de
veces, yo lo he dicho, que si nosotros los independientes nos unimos con los
Siete, o con las compañías, será verdaderamente el fin de la Liga, porque
nosotros somos los últimos miembros con verdadero espíritu.
Van Rijn se echó hacia atrás, se llevó el vaso a los labios y
contempló el enorme simulacro sobre su cabeza. La noche había caído sobre la
escena, los satélites colgaban entre halos helados y la sombra de Saturno
comenzaba a reptar entre los anillos. No había aparecido ninguna estrella.
Suspiró.
—Pero hemos nacido demasiado tarde. ¡Si yo hubiese estado en el
Consejo de Hiawatha, lo que podría haberles dicho!
—Tomaron una decisión perfectamente lógica —dijo Story.
—Sí, eso fue lo peor de todo —asintió Van Rijn.
Los historiadores no apreciarían la ironía de que la reunión
hubiese tenido lugar allí hasta mucho tiempo después. En su época, si hubo
algún simbolismo consciente en la elección del lugar, era puro optimismo.
Después de todo, las colonias O'Neill no sólo habían proporcionado al hombre su
primera morada en el espacio, sino que el florecimiento de industrias
totalmente nuevas en ellas fue de primera importancia en el renacimiento de la
libre empresa. Tan importante llegó a ser ese renacimiento, en formas de vida y
de pensar además de en la economía, que, junto con la unión de sociedades
terrestres anteriormente dispersas, puede decirse que toda una civilización
cobró existencia: la Técnica. Después del desarrollo del hipermotor, la
explosiva expansión del hombre lejos del Sol dejó anticuados aquellos pequeños
mundos artificiales, que sin embargo continuaron fielmente girando alrededor de
sus puntos de Lagrange, siguiendo la Luna, sesenta grados por delante o por
detrás, y no fueron abandonados de la noche a la mañana. Cuando la Liga
Polesotécnica reunió la más importante de sus sesiones ejecutivas, Hiawatha y
su gemela, Minnehaha en particular, servían aún de albergue a importantes
contingentes de trabajadores.
El problema con el que la Liga se enfrentó tenía muchas facetas.
La mayoría de los gobiernos desconfiaban de ella, cosa totalmente lógica, pues
aunque según sus estatutos era simplemente una asociación para ayudarse
mutuamente, tenía más poder que cualquier estado aislado. No sólo humillaba a
los gobiernos sino que les ponía en dificultades cuando no les dejaba opción
sobre decisiones que afectaban profundamente el comercio interior, cuando su
crédito valía más que el dinero oficial, cuando los intentos gubernamentales
para regular el mundo de los negocios eran subrepticiamente olvidados o
despreciados abiertamente. Tampoco se trataba simplemente de que un grupo de
funcionarios ambicionase el poder. Había muchas quejas justificadas. Ningún
sistema inventado por los mortales es perfecto: todos tuercen el rumbo de unas
cuantas vidas. Cualquier muchacho o muchacha pobre, o un no humano, podía
ascender hasta que vivía como si fuera un dios y controlaba fuerzas que
hubiesen estado más allá de la imaginación de los hacedores de mitos. Los
subordinados eficientes podían alcanzar posiciones muy favorables, pero siempre
existirían los que no tenían especial capacidad o simplemente carecían de
suerte. En su mayor parte, el convertirse en burócratas rutinarios no les hacía
sentirse desgraciados, pero algunos se sentían amargados y llenos de veneno. Lo
más importante, sin embargo, era seguramente ese enorme porcentaje de humanidad
que, en realidad, nunca había querido ser libre. La mayoría de esta gente
anhelaba la seguridad que los candidatos políticos les prometían. Una minoría
más activa deseaba solidarizarse con alguna causa excitante y pensaban que
todos los demás debieran desear lo mismo.
La Liga tenía sus propios problemas. La escala y la variedad de
las operaciones y el arrollador flujo de información estaban minando la
administración de las grandes compañías. El concepto de contrato libre estaba
siendo crecientemente olvidado, así como el establecimiento de escrituras; lo
común era la explotación despiadada de sociedades y recursos naturales. Lo más
peligroso era la introducción de las tecnologías modernas entre razas atrasadas
sin una cuidadosa consideración previa... irresponsablemente, a cambio de unos
cuantos créditos, sin tener en cuenta si era acertado dejar a culturas
semejantes en posesión de cosas como naves espaciales y armas nucleares.
Finalmente, el Mercado Común eligió un parlamento que se
comprometió a llevar a cabo profundas reformas; su jurisdicción era todavía el
mercado más importante de la Liga y su principal fuente de mano de obra. Un
asombroso número de leyes nuevas y radicales fueron aprobadas en los «mil
días», y, lo que era más importante, estas leyes comenzaron a ser llevadas a la
práctica, así como muchas ya antiguas.
Por consiguiente, la Liga Polesotécnica reunió un Gran Consejo
en Hiawatha para discutir las acciones alomar.
Se dictaron varias resoluciones que fueron la base de conductas
más humanas e inteligentes hasta entonces. Lo que, sin saberlo, sería su ruina
fue el asunto de las medidas del Mercado Común. En éstas se comprendían una
comisión central de la banca, máximos y mínimos en los intereses, impuestos
sobre la renta, una ley antitrust, arbitraje obligatorio para cierto tipo de conflictos,
préstamos del estado a empresas con problemas, subsidios a industrias
consideradas como críticas, cuotas de producción, y muchas más cosas.
Entre los delegados, unos cuantos cabezas calientes hablaron de
recurrir a las armas, pero fueron acallados. Normalmente, la Liga no se ocupaba
de los asuntos del gobierno, aunque en ocasiones miembros de la Liga hubiesen
derrocado determinados gobiernos que les ponían dificultades. La decisión que
debía ser tomada se resumía así: ¿debería decretar un boicot contra el Sistema
Solar hasta que fuese abolida toda aquella legislación reciente o debería
cumplirla dentro de los límites del Mercado Común?
La segunda postura fue la que ganó: un boicot sería inmensamente
caro, arruinaría a varios de los miembros si no eran sostenidos por los demás y
perjudicaría notablemente a los demás. Además crearía la desagradable imagen de
unos avaros con los dientes afilados contra unos altruistas hombres de estado.
Algunos delegados discutieron en vano que a la larga es mejor defender los
propios principios y que el principio que constituía la justificación y único
sentido de la Liga era la libertad. Sus oponentes les contestaron que la
libertad exige compromisos frecuentes y que, en un plano menos idealista,
también los exige el sentido común; que las leyes no eran del todo malas, de
hecho tenían varios rasgos deseables desde un punto de vista mercantil, y que,
en cualquier caso, las compañías de la Liga no perderían su influencia y
podrían trabajar en pro de algunas modificaciones si permanecían en escena.
Indudablemente, esto resultó ser cierto. Las comisiones de
regulación se convirtieron pronto en criaturas de las industrias que tenían que
regular... y desalentaron (al principio) o alentaron (más tarde) toda nueva
competencia. En esto les ayudaba mucho una estructura fiscal que recaía
pesadamente sobre las clases medias. Después de un rato, los grandes banqueros
no sólo estaban manejando dinero, sino que lo estaban creando y tenían
intereses en la inflación. Los dirigentes de sindicatos que disponían de enormes
fondos para invertir se ajustaban perfectamente al sistema: si no te apuntas no
trabajas, y entre los líderes y los dueños fijaban las condiciones en las que
tenías que trabajar. Las acciones antitrust penalizaban los esfuerzos de los
más eficientes, con gran satisfacción de los menos emprendedores; lo mismo
ocurría con las cuotas, las tarifas, los límites de precios y salarios, la
política de contratos preferenciales. Un conjunto de programas para el
bienestar social, inefectivos pero que se perpetuaban por sí solos, ayudó a
producir los votos que hacían falta para mantener el estado cooperativo.
Porque eso era en lo que se había convertido el Mercado Común.
Los magnates de las Compañías, que ya no se distinguían de los políticos ni de
los burócratas, tenían mucho que decir en las decisiones sobre asuntos que no
tenían nada que ver con las finanzas o con la ingeniería. Sus aliados naturales
se convirtieron en cabezas de diversas entidades —geográficas, culturales,
profesionales— que de esta forma fueron llevadas aún más bajo control
gubernamental.
Mientras tanto, las Compañías que no tenían una posición fuerte
en el Mercado Común, originariamente se encontraron cada vez más aprisionadas,
y en vista de ello se concentraron en desarrollar sus mercados más allá de sus
límites, y también tuvieron que ver con la declaración de independencia de
varios planetas-colonia, en cuyas políticas gradualmente adquirieron gran
influencia. Algunos comenzaron a tomar acuerdos de cooperación, limitando la
competencia entre ellos mismos, excluyendo al resto de la Liga. Así nacieron,
en lentas etapas, los Siete del Espacio.
Las compañías más pequeñas, temerosas de verse absorbidas,
evitaron la unión con cualquiera de ambos bandos y no formaron ninguna
organización entre ellas. Eran los independientes.
El Consejo de Hiawatha no produjo estos resultados de la noche a
la mañana. En realidad, el período inmediatamente posterior, si tuvo algún
rasgo característico fue el de parecer más dominado que nunca por los
capitalistas. Fue la época más expansiva y brillante que la civilización
Técnica conocería nunca. En casa, los remedios aplicados sobre el cuerpo
político tuvieron lugar con bastante lentitud y sus efectos secundarios fueron
aún más lentos en quedar en evidencia. En la frontera estelar, un descubrimiento
siguió a otro, un triunfo a otro triunfo, cada año se resolvía algún problema,
alguien hacía una fortuna, y si los riesgos eran grandes también lo eran las
esperanzas. El árbol continuaba creciendo echando constantemente hojas nuevas,
pero había una serpiente minando sus raíces. En la Tierra había sucedido eso
con frecuencia en épocas anteriores: en la era de Chun Chiu, en la época de la
alianza de Délos, en la era del Renacimiento... Pero después de un siglo...
—Bueno —dijo Story—, la historia pasada no tiene importancia.
Nosotros vivimos ahora, no entonces. ¿Quiere unirse a los Siete en un esfuerzo
para conseguir la paz?
—Unirme —Van Rijn se tiró de la perilla—. Quiere decir que
acepte órdenes de usted y que no haga preguntas molestas.
—Claro está que intentaremos hacer consultas.
Pero con unas comunicaciones tan lentas como las que tenemos, si
se comparan con la velocidad a la que puede desarrollarse una crisis, debemos
tener una cadena de mando rápida. Van Rijn negó con la cabeza y contestó:
—No, siempre siento hambre de información. Story hizo un gesto
como si cortase algo.
—¿Quiere estar completamente alejado del congreso que haga la
paz, sea el que sea?
—No es seguro que haya un congreso, y es doblemente incierto el
saber qué melodía tocará... Ah, ahí llega mi aperitivo. Le sorprenderá, señor
Story, ver todo lo que puedo morder yo solo.
10
Sandra Tamarin-Asmundsen estaba cazando en las colinas Arcadias
cuando le llegó la noticia. Aunque se había sentido culpable por abandonar
Starfall en un momento de crisis, tanto interior como en el extranjero, pues el
descontento aumentaba entre la clase de los Travers, escapar durante un breve
período de aquella atmósfera era como el agua de primavera descendiendo por una
garganta seca.
Sus galgos la habían conducido sobre la pista de un ciánope. Sus
ladridos resonaban bajo las bóvedas del bosque, una canción salvaje en la
oscuridad de aquella verde catedral. Ella había salido disparada en persecución
del ruido, apartando con las manos las ramas y los escasos arbustos, saltando
sobre los troncos caídos, respirando aquel aire que olía a dulce, observando
los altos troncos, las ramas que se arqueaban por encima de su cabeza cargadas
de hojas, las irisaciones del sol entre las sombras, las alas brillantes de un
nidifex, y su cuerpo se regocijó. Tras ella corrían media docena de hombres
pertenecientes al servicio de su hacienda ancestral de Windy Rim. Por lo demás,
toda aquella espesura salvaje era sólo de ella.
Coronó una pendiente y llegó a un prado sobre la cima de un
acantilado. La luz de Maia casi cegaba reluciendo sobre la baja hierba lobulada
salpicada de diminutas ñores silvestres de color blanco que cubrían aquel
espacio abierto. Más allá se divisaban otras colinas, una cordillera majestuosa
detrás de otra, y a lo lejos el pico solitario del Cloudhelm con sus nieves
ocultas por la neblina. Los perros habían acorralado al ciánope contra el borde
del precipicio, pero los de aquella raza que criaban las gentes de aquella
zona, pardos, acostumbrados a las batidas y de fuertes mandíbulas, eran
demasiado sabios para atacar escamas grises como el hierro y unas garras como
rastrillos. Pero puesto que entre todos podían derribar al gran herpetoide si
se les ordenaba, éste se había alejado de ellos. Ahora, no podía retroceder
más, defendía su terreno y silbaba en señal de desafío.
—¡Oh, bien! —exclamó Sandra, desenfundando el rifle y
acercándose con cuidado.
Un disparo apresurado podría herir algún perro o simplemente
enfurecer a la bestia, que era difícil de matar si no se colocaba una bala
directamente en uno de aquellos ojos azules, de aspecto increíblemente
inocente.
El teléfono portátil que llevaba en el cinturón zumbó.
Ella se detuvo en seco. El clamor de los hombres y de los perros
desapareció de su conciencia. El teléfono no estaba conectado con nadie más que
con el Registro Nuevo, vía satélite. Volvió a zumbar. Abrió la pequeña caja
aplanada y la acercó al rostro.
—¿Sí? —contestó.
Una voz habló con prisas.
—Aquí Andrew Baird, Vuestra Gracia —era el vi-ceejecutivo que
había nombrado para hacerse cargo de todo durante su ausencia—. Hemos recibido
un mensaje del almirante Michael —Michael Falkayn, su segundo en el mando de la
pequeña flotilla de Her-mes—. Han detectado una importante flota dirigiéndose
hacia aquí a hipervelocidad, aparentemente provenientes de la dirección del sol
Mogul. La distancia aún es demasiado grande para nada que no sean señales de
clave sencillas. Los extraños no han enviado ninguna hasta ahora, tampoco han
contestado ninguna de las nuestras.
Libre del miedo que la había atenazado, Sandra habló como si
fuera una máquina la que lo hacía en su lugar.
—Que todas las unidades que no estén ya en el espacio se
presenten ante el Almirante. Alerta a todas las fuerzas de policía y de
rescate. Mantenedme informada de los acontecimientos que vayan ocurriendo.
Necesitaré... unos noventa minutos para llegar a mi vehículo y otra hora para
volar hasta ahí.
Sin detenerse ni a oír su despedida, volvió a colocar el
teléfono en su cinturón y dio media vuelta. Sus hombres se habían apiñado, las
miradas que le dirigieron eran de preocupación. Los galgos hicieron menos
ruido, como si presintiesen algo.
—Debo regresar inmediatamente —dijo ella.
Se enjuagó la boca con su cantimplora antes de lanzarse al
descenso por el bosque a un paso rápido pero no forzado. Dos de los cazadores
se quedaron atrás para llamar a los perros. El ciánope se les quedó mirando,
sin comprender la fortuna que le había salvado.
El vuelo de Sandra, dirigido hacia el este, la llevó cerca del
río Palomino, que brillaba como un sable sobre las tierras bajas. Era una de
las propiedades agrarias del dominio de los Runeberg. En la estación en que se
encontraba, el verde de los pastos en verano estaba desapareciendo, pero, aun
desde aquella altura, los rebaños que pacían en aquella extensión eran
majestuosos. Opulentos campos de cereales se mezclaban con las plantaciones de
frutales y con las huertas. Las casas de las familias de Leales encargadas de
las diversas secciones se alzaban presuntuosas bajo sus rojos tejados, rodeadas
de jardines. A lo lejos divisó la mansión de los Runeberg. Había estado allí y
recordaba bien sus habitaciones llenas de encanto, los retratos de los
antepasados, la inmensidad de la tradición y las risas de los niños como una
señal de que nueva vida burbujeaba constantemente bajo todas aquellas cosas.
Una momentánea melancolía la conmovió, y no era la primera vez.
Si hubiera nacido entre las mil Familias que encabezaban los dominios... Su
ascendencia era tan antigua como la de ellos, también sus antepasados habían
estado entre los primeros pasajeros llegados de la Tierra. Casi era un
accidente que los primeros Tamarin no hubieran fundado una corporación para
civilizar una parte concreta de aquel mundo. A cambio, la mayoría habían sido
científicos, técnicos, consultores, exploradores, profesores, aventureros.
£5 demasiado tarde para cambiar eso, pensó. Cuando se escribió
la constitución de un Hermes independiente, se especificó que los jefes del
ejecutivo deberían ser de la familia Tamarin, pero que no podrían poseer ningún
dominio: una gloria solitaria.
Podría haberme negado a ser elegida, recordó ella. ¿Por qué no
lo hice? Bueno, por orgullo, y... y allí estaba Pete, mi marido, para ayudarme.
Pero suponiendo que no hubiera estado..., bueno, de haberme
negado me habría convertido en otro Tamarin que no es ni Gran
Duque ni Gran Duquesa. Hubiera tenido que ganarme la vida lo mejor que
pudiera..., para todos los efectos igual que un Travers, menos en el nombre, y,
bueno, tendría derecho a voto. Defensivamente, como si un oponente de esa clase
la acusase en un debate púbico más: ¿ Y qué hay de malo en el estatus de los
Travers? La palabra viene simplemente de Travailleur, trabajador, descendiente
de los últimos en llegar, un asalariado o un hombre de negocios sin filiación ?
Podría haberme unido a una familia de los Mil casándome con uno
de ellos. Eso habría sido lo mejor. De la misma forma podría haber obtenido el
grado intermedio de Leal, uniendo su sangre con otra que tuviese vinculada una
herencia de forma que pudiese convertirse en socio menor de algún dominio. Pero
el dirigirse con ciertas cortesías a la gente de alto rango que había sido
compañera de juegos de su infancia siempre la habría hecho sentirse incómoda.
Pero pertenecer a las Familias, sí —no necesariamente sedentaria en una gran
hacienda, con más probabilidad en alguna otra de las actividades de una
corporación: científicas, culturales, o funcionarios públicos—, sí, de esa
forma podría echar raíces más hondas en su planeta y saber lo seguros que se
sentirían sus hijos después.
El teléfono del vehículo proyectó la imagen de Eric.
—¡Madre! —gritó—. Te has enterado... Escucha, yo acabo de
hacerlo y...
—Deja libre el circuito —le interrumpió ella—. Baird puede
llamarme en cualquier momento.
Como él estaba prometido y ella deseaba tener nietos, añadió:
—Podrías asegurarte de que Lorna está en algún lugar seguro.
Supongo que tú insistirás en permanecer en el Registro.
—Sí..., yo, yo estarcen la Sala Zafiro.
La imagen de su primogénito desapareció.
La velocidad hacía que el viento rugiese alrededor de la
carlinga de su vehículo. Sandra se enderezó en su asiento. No tenía sentido
desear ser distinta de quien era y, además, ¿lo deseaba de veras? Alguien tenía
que llevar las riendas del estado, y aunque sólo fuese a causa de la
experiencia, ella probablemente podía hacerlo mejor que nadie. Aguantad, pensó,
ya voy, y envió el pensamiento por delante de ella.
Starfall apareció sobre el horizonte, oscuro al principio sobre
la lámina brillante de la bahía del Amanecer; después, cuando descendió,
aparecieron los edificios, las calles, los parques, los muelles, los monumentos
que siempre había amado. A lo lejos se veía la Casa de la Ciudad, con la
dignidad de sus ladrillos rojos; cerca se erguía la torre de la iglesia de San
Carlos, el Hotel Zeus dominaba el bulevar Fénix, las flores se mecían como
gallardetes alrededor de la estatua de Elvander, en el parque de Riverside; en
la plaza de la Constitución el tráfico era denso y las terrazas de los cafés
estaban abarrotadas; llegó hasta identificar la callejuela Jackboot donde
estaba la taberna del Ran-ger's Roost que la había visto beber, charlar y
cantar en los días de su juventud, como a tantas generaciones antes que a
ella... La Colina de los Peregrinos. Un vehículo de la policía estaba
suspendido sobre la Estación de Señales. Sandra envió su nombre y se dirigió al
aparcamiento ducal. La idea de que todo aquello podría desaparecer con un
estallido de fuego radiactivo resultaba insoportable.
La sala de las Insignias era grande y austera, adornada
únicamente con las enseñas de las Familias sobre las paredes. Estas estaban
llenas de color, pero pronto se confundían unas con otras en la mente al ser
mil de ellas apiñadas juntas en aquel espacio. Era el piso
superior y las ventanas dejaban entrar al cielo, la luz de la larga tarde, una
chispa del océano y un ornitoide aleteando por los alrededores. Sin embargo,
mientras Sandra se sentaba tras su escritorio, la cámara parecía pequeña,
cálida, querida.
Una pantalla de comunicación tridimensional ocupaba la mitad de
la oscura pared del fondo. La escena que mostraba parecía irradiar un frío que
penetraba en el tuétano de los humanos. El baburita cuya silueta representaba
no parecía enano ni extravagante..., más bien la representación de algo
gigantesco y triunfante. La imagen mostraba parte de un compartimento a bordo
de su nave colocada en órbita sincrónica sobre la ciudad a la que enviaba un
rayo compacto. Los adornos y enseres eran demasiado extraños para que ella los
distinguiese bien. Detrás y alrededor de aquel ser había una penumbra rojiza en
la que se agitaban unas sombras apenas visibles.
—Oídnos bien —dijo un vocalizador—. Representamos a la Banda
Imperial de Sisema y a la raza unida.
»La guerra entre la Autarquía de Babur y el Mercado Común Solar
es inevitable. Nuestra información nos dice que el Mercado Común intentará
ocupar el Sistema Maiano. Es obvio que vuestros recursos serían de gran valor
para una armada en acción muy lejos de sus bases, especialmente el planeta
terrestroide Hermes. Aquí es fácil construir bases, fabricar municiones y
piezas de recambio, expulsar de los sistemas de soporte vital de las naves las
toxinas acumuladas, proporcionar descanso y cuidados médicos al personal.
Posiblemente podrían incluso encontrarse reclutas entre la población. La Banda
Imperial no puede permitirlo.
—¡Nosotros somos neutrales! —dijo Sandra juntando las manos.
Las palmas estaban húmedas y los dedos helados.
—Vuestra neutralidad no sería respetada —dijo el baburita—. Es
necesario que la Banda Imperial se adelante al Mercado Común y establezca un
protectorado. Escúchanos bien. Un destacamento naval, que vuestro Almirante os
habrá dicho es considerablemente superior en número a vuestras fuerzas, está
esperando en el límite exterior de vuestro sistema planetario. Su misión
consiste en impedir que las fuerzas del Mercado Común penetren en él.
—Cooperaréis con ellos —continuó el baburita—. La mayor parte de
los tripulantes respiran oxígeno y tendrán su base en Hermes. Se os garantiza
que se comportarán correctamente, pero las acciones hostiles dirigidas contra
ellos serán castigadas severamente. Vuestros tratos con ellos, además de con el
mando baburita, los haréis a través de nuestra autoridad militar.
«Conduciros en la forma correcta y no necesitaréis temer nada.
No hay ningún planeta en todo el Sistema Maiano que los baburitas pudiesen
colonizar. Sus costumbres y las vuestras son tan distintas que la interferencia
de unos con otros es absolutamente improbable. Deberíais temer en cambio el
imperialismo del Mercado Común, contra el que seréis protegidos.
Sandra medio se incorporó.
—Pero no queremos vuestra protección... —silenció otras palabras
como sucio gusano.
—Es necesario que aceptéis —dijo aquella voz sin emociones—. La
resistencia causaría bajas en la Banda Imperial, pero vosotros perderíais todas
vuestras fuerzas de combate. Después Hermes quedaría expuesto a ser bombardeado
desde el espacio. Piense en el bienestar de su pueblo.
Sandra cayó otra vez en su asiento.
—¿Cuándo vendríais? —preguntó.
—Avanzaremos en cuanto esta conferencia haya terminado.
—No, esperad. No comprendéis... Yo no puedo dictar órdenes a
todo el mundo. No tengo poderes dictatoriales.
—Tendrás tiempo para persuadir. Las naves de la Banda Imperial
lo necesitarán para desplegarse, puesto que no pueden usar hipervelocidad en
las partes interiores del sistema. Cuatro estaciones de vuestro planeta os
serán concedidas antes de que sean aceptadas la rendición de vuestra armada y
el aterrizaje de las primeras unidades de ocupación.
Hubo más: protestas ardorosas y heladas exigencias, ruegos y
negativas, un regateo de detalle tras detalle, rabia y desesperación rechazadas
por una tranquila impasibilidad, pero todo fue mucho más rápido de lo que
hubiese sido entre dos humanos. Sencillamente: al baburita no le preocupaban lo
más mínimo cosas tales como fórmulas honoríficas para salvar apariencias,
alternativas, compromisos. Si la diferencia entre las dos razas hubiese sido
menos amplia posiblemente sí lo hubiera tenido en cuenta. Sandra se acordó del
ciá-nope en el acantilado, con los perros y los cazadores ante él.
Cuando por fin la pantalla quedó en blanco, se cubrió los ojos
durante un rato antes de llamar a su gabinete para que vinieran a ver la
grabación de la entrevista y le dieran los consejos pertinentes.
Eric Tamarin-Asmundsen paseaba de un lado a otro en la sala de
estar del apartamento de su madre. Ella había bajado las luces y dejado abierto
los balcones porque era una noche muy bella; las dos lunas estaban en alto y
casi llenas, el rocío brillaba entre las coronas de los árboles y sobre el
césped, el fresco aire olía fuertemente a flores y se oía el canto de un
tilirra. Detrás de la muralla del jardín, el modesto resplandor de la ciudad
permitía ver unas cuantas torres. Las luces de los vehículos volando por encima
de sus cabezas parecían luciérnagas de muchos colores.
Las botas de Eric resonaban fuertemente sobre la alfombra.
—No podemos rendirnos —dijo por doceava y frenética vez—.
Seríamos esclavos para siempre.
—Nos han prometido autogobierno en cuestiones internas —le
recordó Sandra desde la silla en que estaba sentada.
—¿Cuánto vale esa promesa? Ella chupó con fuerza su puro. El
humo le hacía daño, había fumado demasiado en las últimas horas.
—No lo sé —admitió con un tono inexpresivo—. Aunque no puedo
imaginarme qué interés podrían tener los baburitas en la política local.
—¿Es que vas a esperar con las manos cruzadas a averiguarlo?
—No podemos luchar. Michael me envió su bien pensada opinión y
nuestras fuerzas son absolutamente inferiores. ¿Por qué vamos a matar y a ser
matados para nada?
—Podemos organizar guerrillas.
—Pasarían todo su tiempo luchando para sobrevivir.
En aquella época, Hermes tenía un continente único, Tierra
Grande, tan enorme que la mayor parte de su interior era un desierto de veranos
ardientes e inviernos despiadados.
—Lo que es peor, eso sería invitarles a que tomasen represalias
sobre todos los demás —continuó Sandra—. Y nunca podrían derrotar a unas tropas
bien equipadas sobre el terreno y a unas naves que arrojan misiles desde sus
órbitas.
—Oh, no podemos liberarnos nosotros solos —el brazo de Eric
golpeaba el aire—. Pero no comprendes que si de verdad dejamos que nos
pisoteen, si en realidad llegásemos a añadir nuestra nota a la de ellos
y dejásemos que nuestras fábricas trabajasen para ellos.... ¿qué
le importaría al Mercado Común lo que nos sucediera? Podría dejarnos en manos
de Babur para siempre, si llegasen a hacer un trato. Mientras que si somos sus
aliados, por poco importantes que seamos... Sandra asintió, pero dijo:
—Créeme, el Consejo y yo hemos estado discutiendo sobre esto
durante mucho tiempo. No me atrevo a decirle a Michael que conduzca nuestras
naves hacia el exterior. Un escuadrón de los enemigos le interceptaría y habría
que luchar.
Eric se detuvo en medio de una de sus idas y venidas.
—Hermes no es responsable si él y sus hombres desobedecen tus
órdenes, ¿verdad? —preguntó.
Durante unos segundos, Sandra y él engarzaron sus miradas.
—El Almirante y yo nos entendemos —dijo ella por fin.
—¿Qué? —dijo Eric resplandeciendo.
—Entre nosotros no pasó ninguna frase significativa. Será mejor
que no diga más, ni siquiera a ti.
—¡Tú vendrás también! —gritó él—. ¡Por la Trinidad, un gobierno
en el exilio, eso es!
—Mi deber es permanecer aquí.
—No.
Sandra se derrumbó en el sillón.
—Eric querido —dijo—, estoy completamente agotada. No me des la
lata. Deberías ir junto a Lorna.
El miró a la enorme mujer que había apartado el rostro y
contemplaba la noche; al cabo dijo:
—De acuerdo, entiendo. ¿Me ayudarás para que Lorna me perdone?
Ella asintió fatigada.
—Esperaba que irías y no te suplicaré —dijo en voz baja—. Eres
hijo mío.
—Y de mi padre.
Ella hizo un gesto negativo mientras la sombra de una sonrisa
pasaba por sus labios.
—El no se echaría hacia adelante como un valeroso guerrero. Se
quedaría donde estaba y crearía problemas hasta que los baburitas llegasen a
desear no haber salido nunca de su planeta.
La calma de la mujer se rompió por fin.
—¡Oh, Eric! —dejó caer su puro y se levantó con los brazos
extendidos.
Se abrazaron con fuerza, ya no podían decirse nada más con
palabras. Después de un cierto tiempo, él la besó y se marchó.
Eric no cogió el yate espacial ducal, sino su bote personal que
apenas alcanzó a tiempo a las naves de Hermes, acelerando ya para salir del
sistema. El Almirante Falkayn no le llamó a bordo del Alpha Cygni, sino que le
destinó al destructor Atlantis Norte, lo cual resultó ser una buena idea.
Muy poco después, y como era predecible, se encontraron con las
unidades de la flota de Babur que se hallaban lo bastante cerca como para
interceptarlos. Aún estaban demasiado cerca del pozo gravitacional de Maia para
emplear la hipervelocidad dentro de un margen de seguridad.
—Mantener constantes vuestros vectores —les ordenó el Almirante
Falkayn—. No habrá más que este combate. Fuego a discreción.
El capitán del Atlantis Norte había tenido con Eric la cortesía
de permitirle estar en el puente, siempre que el presunto heredero estuviese
totalmente callado, una orden más rígida que unas cadenas. Cuando las fuerzas
hostiles se fueron aproximando, Eric realizó esfuerzos para cumplir la orden.
A su alrededor, las estrellas brillaban a millares, la
Vía Láctea marcaba el contorno del cielo como si fuera espuma;
oscurecida por la distancia brillaba una nebulosa, que llevaba en su vientre
nuevos soles y planetas, las Nubes Magallánicas y la galaxia de Andrómeda
relucían misteriosas. Esa era una parte de la realidad; la parte opuesta era la
aspereza que le circundaba, el vago latido de las energías conductoras y el
murmullo de los ventiladores, los hombres que manipulaban hileras de
instrumentos y controles, la humedad y el olor de su propio sudor... y un
susurro:
—El primer disparo ha sido suyo. Ha debido pararlo un misil del
Caduceus.
Una llama ardió brevemente a lo lejos.
Las velocidades cinéticas de ambos grupos eran demasiado altas
para igualarlas en el primer paso. Durante unos minutos se mezclaron,
intercambiando fuego, después se alejaron demasiado para que los disparos
resultasen efectivos. En el punto donde un disparo de la nave en que iba había
chocado con otro de una nave enemiga, Eric vio surgir un lívido color rosa que
se desplegó por el espacio. Por lo demás, las explosiones eran remotas, a
cientos de kilómetros de distancia, y eran registradas como chispazos. Un rayo
energético ni siquiera se registraba, aunque alcanzase el blanco.
El capitán del destructor, que permanecía sentado como si fuera
una estatua, oyó cómo el oficial encargado del análisis del combate informaba
con voz quebrada:
—Señor, prácticamente todos sus disparos están concentrándose en
el Alpha Cygny. Deben tener la esperanza de saturar sus defensas.
—Me temía algo parecido —respondió el capitán con voz
inexpresiva—. Es la única nave importante que tenemos. Los baburitas están
mucho más interesados en detenerla que en parar piojos como este nuestro.
—Si acelerásemos en su dirección, señor, quizá podríamos detener
algunos de los misiles que van contra ella.
—Las órdenes son que mantengamos nuestros vectores —el rostro
del capitán continuó impasible, pero miró de reojo hacia Eric—. Lo importante
es que algunos de nosotros escapemos.
—Sí, señor —dijo el oficial tragando saliva.
La información llegó al cabo de unos cuantos minutos. El Alpha
Cygni había sido alcanzado por un proyectil con cabeza nuclear. Ya no llegaron
más órdenes..., aunque sí llegaba un estallido tras otro, porque ahora las
pantallas y los interceptores de la nave habían desaparecido y, mientras se
alejaban, los baburitas podían reducir su casco a polvo y fragmentos.
El capitán del Atlantis Norte miró a Eric directamente.
—Continuemos —dijo el hijo de la Gran Duquesa ahogando un grito.
La batalla fue extinguiéndose y al poco tiempo la flotilla de
Hermes se atrevió a pasar a la hipervelocidad. Los detectores decían que el
enemigo no les estaba persiguiendo; habían concentrado todo su esfuerzo en la
nave insignia, y eso hizo que los invasores tuvieran sus propias bajas, y que,
temporalmente, fueran inferiores en fuerza. Las divisiones de su armada que se
encontraban en otros puntos estaban demasiado lejos para tener esperanzas de
alcanzarles. Además, combatir a una velocidad más rápida que la de la luz era
muy arriesgado: había que acercarse e intentar igualar las fases, y triunfar
era demasiado improbable para que intentarlo valiese la pena, sobre todo
teniendo en cuenta que Hermes aún no había sido puesto bajo el yugo de los
invasores.
Eric se levantó, sintiendo un dolor distinto en todos y cada uno
de sus músculos.
—Sigamos hacia el Sol a la mayor velocidad posible —ordenó—. Que
todos estén en sus puestos: voy a enviar un mensaje a los hombres —su sonrisa
fue ácida cuando añadió—: Será mejor que les diga algo, ¿no?
De esta forma murió Michael Falkayn, el hermano mayor de David,
y heredero del dominio de los Falkayn desde la muerte de su padre, hacía un par
de años.
11
Tan rápida como cualquier otra nave viajando por esa gotita casi
infinitesimal de la galaxia que hemos someramente explorado, llegó Muddlin
Through a la Tierra, casi simultáneamente con los primeros mensajeros de la
expedición que luchaba en Mirkheim, cuyos supervivientes no aparecerían
cojeando hasta dentro de dos semanas o más. Control de Tráfico la mantuvo en
órbita durante horas, aunque la tripulación consiguió cambiar unas cuantas
palabras con Nicholas van Rijn por la radio.
—Me reuniré con vosotros en Ronga —dijo el mercader.
No fue más explícito, pues era casi seguro que la comunicación
estuviese siendo escuchada.
Era evidente que la probabilidad de la guerra había arrojado al
caos a los burócratas encargados de velar por la seguridad del espacio.
Finalmente, llegó el permiso. Nave y piloto obtuvieron la licencia para
descender sobre cualquier lugar del planeta donde existieran instalaciones
adecuadas. Atontado recibió órdenes de dirigirse a cierto atolón en el Pacífico
Sur.
Visto desde arriba, el escenario era de un increíble encanto. El
agua relucía con los mil tonos del verde y del azul, la luz del sol arrancaba
destellos de aquella inmensidad ondulada, las rompientes estallaban plateadas
sobre el collar de coral que rodeaba la isla, cuya laguna interior brillaba
como una amatista; hacia el oeste se apiñaban las nubes de una pureza teñida de
azul, mientras que el resto del cielo era una cúpula luminosa. Quedan en la
Tierra muy pocos sitios como éste, pensó fugazmente David Falkayn. Eso es lo
que realmente nos envía a buscar en el universo, no la ambición ni la
aventura..., no, es el anhelo de una paz que sólo recuerdan nuestros genes.
Las extremidades de aterrizaje tocaron la superficie de una
pequeña pista pavimentada con tanta suavidad como si fuera de plumas. La
compuerta principal para personal se abrió y su escalerilla saltó al exterior.
Falkayn había estado allí esperando, pero Chee Lan se lanzó entre sus piernas y
llegó al suelo antes que él, dio unos saltos en el aire, salió disparada hacia
la playa y se echó a rodar sobre la cálida arena blanca. El bajó después con
más compostura, hasta que vio quién venía a esperarle. Entonces también echó a
correr.
—¡Davy, oh, Davy! —Coya se lanzó hacia él y se besaron durante
un minuto o más sin interrupción.
Mientras tanto, Adzel se quedaba discretamente separado. Se oía
el rumor de las olas al romperse y los gritos de las aves marinas.
—Intenté llamarte después de llamar al jefe —explotó Falkayn.
Las palabras expresaban con pobreza lo que sentía.
—El ya se había puesto en contacto conmigo y me dijo que viniera
aquí —dijo ella, reclinándose feliz contra su hombro.
—¿Cómo están Juanita y X?
Había sentido, y ahora lo veía, cómo había crecido el niño en el
interior de la mujer durante las semanas de ausencia.
—Gordo y juguetón. Mira allá, vamos —dijo ella tirando de su
brazo.
Van Rijn esperaba en el borde de la pista, sujetando por la mano
a su bisnieta. Cuando los recién llegados se acercaron, la niña se liberó,
saltó para que su padre la abrazase, y desde sus brazos levantó la vista hacia
Adzel y dijo:
—¿Me llevas?
El dragón se la colocó sobre la espalda y todos se dirigieron
hacia la casa. Las palmeras se mecían en un viento que olía dulce en vez de
salado debido a los jazmines; el hibisco y las buganvillas lucían sus ardientes
colores desde los arbustos.
—Bienvenidos a casa, maldita sea —tronó Van Rijn—. Vaya una
espera pestilente ha sido ésta, sin saber si os habían hecho picadillo o qué.
Falkayn se detuvo en seco y un estremecimiento se coló en su
alegría.
—Entonces no has recibido nuestro despacho —dijo—. Enviamos un
torpedo desde las proximidades de Mogul.
—No, no hemos recibido nada. Nuestro banco de datos quedó tan
desnudo como el pecho de una sirena.
El brazo que apretaba la cintura de Coya se tensó. Aquello tenía
que haber sido el helado noveno círculo del infierno para ella.
—Me temía algo parecido —dijo lentamente.
—¿Quieres decir que alguien lo robó? —preguntó Coya.
—Sí —gruñó Van Rijn—. El Servicio Espacial. ¿Quién si no? Está
muy claro; tienen órdenes secretas de llevar cualquier cosa dirigida a mí a
alguien que no soy yo.
—¡Pero eso es ilegal! —protestó ella.
—Por supuesto que las Compañías están detrás y que, en un caso
como éste, les importa un bledo si es legal o ilegal. Supongo que habrás usado
alguna clave, Davy.
—Sí, naturalmente —dijo Falkayn—. No creo que fueran capaces de
descifrarlo.
—No, pero ya comprendes que me han impedido conseguir algo que
quizá fuese una ventaja en una situación como ésta, más fluida que una diarrea.
Yo prácticamente lo esperaba... Ya llegamos.
El grupo subió los escalones, cruzó un porche y entró en una
habitación amueblada con objetos muy ligeros en la que había una mesa cubierta
con bebidas y aperitivos.
Chee se lanzó a una silla, se acurrucó sobre ella y charló.
—Supongo que os habréis enterado de que ha comenzado una batalla
en Mirkheim. Estuvimos allí. Antes, los wna-yao chai reng pfs-s-st baburitas
nos habían hecho prisioneros...
La frase pronunciada en su idioma nativo contenía una sucinta
descripción sobre sus antepasados, ética, limpieza personal y destino si la
dejaran hacer a ella.
—¡Oh, no! —Coya contuvo la respiración.
—Vamos, vamos —ordenó Van Rijn—. Antes decreto que nos tomemos
algo, con un litro de cerveza y quizá unos cuantos filetes de arenques o algo
así para lastrarla. Tú no querrás que tu nuevo hijo se convierta en un adicto a
la adrenalina, ¿no?
—Ni tampoco esta jovencita —dijo Adzel.
Las risas de Juanita habían dado paso a un silencio lleno de
preocupación. El la cogió, la levantó por encima de sus hombros y comenzó a
pasarla de una mano enorme a una enorme mano mientras la niña chillaba de
placer. Sus padres no se preocuparon; estaba más segura con él que con
cualquier otro ser, incluidos ellos mismos.
—Bien... —Falkayn no podía rendirse por completo al ocio—. ¿Qué
ha sucedido en casa mientras tanto?
—Nada, excepto que la bomba sigue haciendo tictac —dijo Van
Rijn—. Bayard Story hizo un último intento para atraerme a una combinación con
los Siete, que significaba que me pusiese a sus órdenes. Le dije que lo pintase
de verde y se marchó del Sistema Solar. Por lo demás, sólo rumores y unos
comentarios en los noticiarios a los que me gustaría hacer una histerectomía.
—¿Quién es Bayard Story? —preguntó Chee.
—Un director de Desarrollos Galácticos, delegado en la reunión
de Lunogrado —le dijo Van Rijn—. Era el portavoz de los Siete y, de hecho, yo
creo que es quien los dirige.
—Humm, sí. Ahora recuerdo, por casualidad vi su llegada en un
reportaje —dijo Falkayn—. Me admiró su habilidad para dar a los periodistas una
declaración breve, brusca, franca, que no decía nada en absoluto.
Se volvió hacia Coya.
—No importa eso ahora. ¿Tú no tienes nada especial que contarme,
cariño?
—Oh, me ofrecieron un contrato los de Transportes Danstrup
—contestó ella, refiriéndose a una compañía independiente dentro de la Liga.
Desde que dejara las exploraciones comerciales había trabajado
como programadora de computadores a alto nivel, en trabajos temporales.
—Querían que hiciese un análisis de la mejor estrategia posible
para ellos en caso de guerra —continuó—. Todo el mundo está aterrorizado a
causa de la guerra, nadie sabe cuáles serían las consecuencias, nadie la desea,
pero sin embargo allá vamos... Es horrible, Davy. ¿Puedes imaginarte lo
horrible que es? Falkayn rozó su cabello con un beso y le preguntó:
—¿Aceptaste el trabajo?
—No, ¿cómo podría hacerlo sin saber lo que te había pasado? He
llenado el tiempo con ocupaciones rutinarias y..., y he jugado mucho al tenis y
ese tipo de cosas, para dormir mejor.
Ambos compartían una desconfianza en las consolaciones químicas
En cierta forma, Van Rijn también lo hacía porque usaba el
alcohol no como una muleta sino como un aguijón.
—¡Bebed, cabezas de serrín! —rugió—. ¿O es que os lo tengo que
poner con una aguja para hipocondríacos? Lo que importa más que nada es que
habéis llegado bien a casa. Así que hablad de eso y después mirad esta preciosa
mesa llena de cosas ricas y comed.
Adzel colocó a Juanita sobre el suelo.
—Ven —le dijo—, vamos a un rincón y hacemos una fiesta para
tomar el té.
La niña se detuvo para acariciar a Chee, que se sometió a la
caricia, limitándose a mover la cola.
Sin embargo, era imposible pasar mucho tiempo pretendiendo que
detrás del azul que cubría sus cabezas no existía un universo. Muy pronto, el
trío de la Muddlin Through estaba relatando sus experiencias. Van Rijn les
escuchaba atentamente, interrumpiéndoles pocas veces, mientras que Coya lo
hacía a menudo con preguntas o exclamaciones.
Al final preguntó:
—¿Os enterasteis de algo más gracias a los aparatos que
rescatasteis de la nave destruida, mientras volvíais?
—Muy poco —contestó Falkayn mientras se frotaba la nuca—. Y
absolutamente chocante. Como era de esperar, la mayor parte de lo que vimos y
de lo que cogimos está hecho siguiendo diseños Técnicos, pero... no podemos
imaginarnos cómo han podido fabricar unos transistores en una atmósfera de
hidrógeno que tendría que envenenar los semiconductores.
—Quizá los produzcan fuera de Babur, en algún satélite —sugirió
Coya.
—Quizá —contestó Falkayn—, aunque no puedo comprender la razón.
Existen tipos de transistores con los que no hay necesidad de tomarse tantas
molestias. También hay una unidad que suponemos que sea un regulador del
contenido de las purezas de un campo, y que consta de un rectificador que opera
a temperaturas muy altas. Muy bien. Pero este rectificador en concreto es de
óxido cúprico y cuando ese material está caliente el hidrógeno lo disuelve:
queda el cobre por un lado y el agua por otro. Por supuesto, la pieza está
dentro de una funda de hierro que la protege..., pero el hidrógeno se filtra a
través del hierro. Por consiguiente, los baburitas tienen una pieza de poca
duración que se ven obligados a reemplazar con mucha frecuencia, lo cual no era
necesario en absoluto.
—Una mala ingeniería como resultado de la precipitación —observó
Coya con el avance de una sonrisa—. No es la primera vez en la historia.
—Cierto —dijo Falkayn—. Pero... mira, los baburitas han contado
con ayuda extraplanetaria. Eso llegaron a admitirlo ante nosotros, recordarás
que en una de sus lunas llegamos hasta a identificar una colonia de
respiradores de oxígeno y además hay mercenarios extranjeros que también
respiran oxígeno. Es evidente que alquilaron a esos extraños para que les
ayudaran con la investigación, el desarrollo y la producción de todo su aparato
militar. ¿Por qué éstos no han hecho un trabajo mejor?
Van Rijn comenzó a dar vueltas de un lado para otro, tirándose
de la perilla y masticando trocitos de cebolla española.
—Es más interesante saber cómo encontraron los baburitas a esa
gente y cómo les pagaron; a ellos y todo lo demás —opinó—. Proporcionalmente a
su tamaño, Babur no es un mundo muy rico ni muy poblado, aun considerando su
falta de desarrollo industrial. Debido a la falta de amoniaco en estado líquido
tiene demasiados desiertos. ¿Con qué puede pagar todo esto?
—En el pasado realizó algún que otro intercambio comercial
interestelar —recordó Falkayn—. Seguramente hicieron algunos contactos... No
sé. Tienes razón, resulta difícil encontrar una explicación para todo lo que
han conseguido económicamente hablando.
—Es difícil encontrar cualquier tipo de explicación, maldita
sea. Nunca os envié allí esperando que os veríais metidos en semejante lío. No,
yo estaba seguro de que los baburitas hablarían con vosotros...; probablemente
no os dirían nada, pero de todas formas hablarían. Debería ser lo más sensato
desde su punto de vista: si van a enfrentarse abiertamente con el Mercado
Común, no enemistarse con la Liga, o por lo menos no convertirla en otro
enemigo activo, ¿no?
—Por el microscópico contacto que tuvimos con ellos daba la
impresión de que parecían despreciar a la Liga. Evidentemente, saben que
existen divisiones en su seno.
—¿Cómo pueden estar tan seguros de eso? ¿Sabemos nosotros los
entresijos de su política? ¿Y por qué no intentar sacar provecho de nuestras
divisiones? Por ejemplo, podrían conseguir que los Siete y los independientes
entrasen en competencia para negociar con ellos... si tratasen a sus
representantes medianamente bien.
—¿No es posible que hayáis dado con un funcionario demasiado
estricto? —se preguntó Coya. Falkayn negó con la cabeza.
—Eso es difícil, por lo poco que sabemos de los baburitas no
parece que estén organizados de esa forma —contestó—. No tienen una jerarquía
formada por individuos ocupando cargos. En su cultura dominante, o quizá en
todas, bandas completas se superponen unas a otras. Un cierto número, muchos,
de seres pueden ser responsables de una fracción determinada de un trabajo y
consultan con sus compañeros; un mismo ser puede estar en varios equipos
diferentes.
—De esa forma hay menos contradicciones —añadió Adzel—, aunque
sospecho que también sea la causa de una imaginación y capacidad de reacción
ante los acontecimientos menores.
—Lo que sugiere que habían decidido de antemano que cualquier
extranjero que llegase sería rápidamente metido en el congelador —dijo Chee—.
Nosotros tres tuvimos tiempo de sobra para especular sobre esto.
—¿Habéis pensado que alguna compañía de los Siete posiblemente
haya estado manteniendo relaciones secretas con Babur? —preguntó Coya.
—Sí —dijo Falkayn encogiéndose de hombros—. Si así fuera no es
de esperar que lo hagan público, dadas las actuales circunstancias. Sería
facilísimo que durante décadas hubiesen sido engañados sobre las verdaderas
intenciones de la Banda Imperial.
—¿Estás seguro de eso, querido?
—Bueno, ¿qué es lo que puede haber supuesto en realidad una
relación semejante? Que uno o unos cuantos agentes de esas compañías visitasen
de vez en cuando una región estrictamente limitada de un planeta que tiene más
de veintidós veces la superficie de la Tierra..., y además con una proporción
mucho mayor de tierra seca.
—Aun así, la sección donde ha estado desarrollándose la acción
significativa no tiene necesariamente por qué ser muy grande —murmuró Chee.
En ese momento se oyó el repiqueteo del teléfono.
—¡Kay-yo! De todas las esclavitudes que os habéis impuesto los
humanos, ésa es con mucho la más insolente.
—Nadie sabe que estoy aquí excepto mi secretario jefe —dijo Van
Rijn.
Se dirigió hacia el instrumento haciendo resonar sus pies
desnudos sobre el tatami que recubría el suelo. Cuando oprimió el botón de
aceptación de la llamada, su secretario anunció:
—Edward Garver desea hablar con usted, señor, personalmente.
¿Qué debo decirle?
—Lo que me gustaría que le dijera no es posible desde un punto
de vista anatómico —gruñó Van Rijn—. Póngalo. Eh, vosotros tres, apartaos del
radio de la pantalla, no hay necesidad de darle información gratis.
Unos hombros cuadrados, una cabeza calva y una cara de perrillo
faldero cobraron repentinamente vida.
—Creo que está usted en Ronga, donde se encuentra su nave pirata
—dijo sin ningún preámbulo el ministro de Seguridad del Mercado Común.
—¿Ya se lo han contado, eh? —dijo Van Rijn, tan tranquilo como
el centro de un huracán.
—El día en que me enteré de que había partido di unas órdenes
—Garver se echó hacia delante como si quisiera salirse por el vidrio—. He
tenido un interés especial en usted desde hace muchísimo tiempo.
Falkayn recordaba a aquel hombre..., y posiblemente Adzel le
recordara aún más, pues había sido arrestado una vez después de un determinado
incidente. Garver había odiado a Van Rijn desde los años en que era el jefe de
policía de la Federación Lunar. Sus mandatos en el parlamento del Mercado Común
habían renovado sus odios. Se trataba de una pasión extrañamente pura, porque a
causa de los choques particulares que casualmente habían tenido, veía al
mercader como el prototipo de todo lo que odiaba en la Liga Polesotécnica.
—Quiero saber dónde ha estado la tripulación, lo que ha hecho y
por qué —dijo—. Estoy llamando personalmente, para que sepa usted que lo digo
en serio.
—Adelante, y desee usted cuanto le apetezca —Van Rijn
relampagueaba—. Trágueselo. Frótese con todo la barriga. Haga pompas. Prueba
sabores distintos.
Por la espalda curvó un dedo y, a su vez, Falkayn hizo un gesto
a Chee y Adzel, que salieron rápidamente, mientras el hombre se quedaba junto a
Coya. Sus compañeros esconderían el diario de navegación y los aparatos
baburitas —a los que el inspector sanitario no había prestado una particular
atención antes del descenso de la Muddlin Through— antes que llegase un grupo
de investigadores a hacer un registro con una orden judicial.
Dejarían otro diario que había sido falsificado como
rutinariamente se hacía siempre. Sería mejor que adoctrinase a su mujer y a su
suegro con rapidez.
—... más esas tonterías —la voz de Garver era ronca—. Supongo
que conoce el ataque baburita contra nuestras naves. Eso significa guerra, se
lo garantizo. El Parlamento se reunirá, vía teléfono multihilo, dentro de una
hora, y sé cuál será su voto.
Yo también lo sé, pensó Falkayn con tristeza mientras Coya
comenzaba a llorar en silencio. No es que tengamos que estar quietos mientras
matan a nuestros hombres. Pero tanta prisa..., bueno, las Compañías ven en
Mirkheim un interés vital para ellas. Si el Mercado Común se adueña de ese
planeta, será su cabeza de puente en el espacio, contra los Siete.
—Y la guerra nos purificará —decía Garver.
Dará al gobierno los poderes sobre la libre empresa que nunca ha
tenido anteriormente. Las Compañías ya no pueden ser consideradas como empresas
libres, no, forman parte de la estructura de poder. Este hombre nos odia porque
nunca nos hemos unido ni politiqueado con la coalición de carteles, políticos y
burócratas. Para él representamos el Caos.
Garver tuvo que refrenarse para no hacer un discurso; pero
continuó con una alegría férrea:
—Mientras tanto, y desde hace una hora, el Primer Ministro ha
declarado el estado de emergencia. A partir de este momento todas las naves
espaciales quedan bajo mi autoridad. Nosotros seremos quienes daremos las
órdenes, Van Rijn, y no saldrá ninguna nave sin nuestro permiso. Le he llamado
con la vaga esperanza de hacerle comprender la gravedad de la situación y lo
que le sucederá si no coopera con nosotros.
—Es muy cariñoso por su parte avisarme —replicó el mercader sin
mostrar emoción alguna—. ¿Tenía algo más que decirme? De acuerdo.
Apagó el instrumento, y volviéndose hacia los demás, dijo:
—No quería darle esta satisfacción. Se puso a dar saltos que
hicieron retumbar el suelo al tiempo que daba puñetazos contra el aire.
—Schijt, pis, en bederf! —aullaba—. ¡Que Dios le mande a la
caldera de satán! ¡Sus padres eran hermanos! ¡Hay que inventar alguna palabra
insultante en Sajón angular solamente para describir a ese individuo!
Ga-a-a-ah...
Adzel, que entraba de nuevo en la casa, dejó caer su carga para
tapar las orejas de Juanita. Chee le sorteó llevando el carrete del diario
buscando un buen escondite. Coya y Falkayn se abrazaron. En el exterior se
escuchó una sirena, mientras dos vehículos de la Policía Central aparecían en
el horizonte y describían una curva descendente para aterrizar.
12
¿Aquello era realmente la Tierra?
Eric no pudo seguir tranquilamente sentado por más tiempo. El programa
que estaba viendo era interesante..., sin duda de poco interés para un nativo,
aunque exótico para él. Pero estaba demasiado inquieto. Se lanzó del sofá,
recorrió su habitación y se detuvo junto a una ventana.
La noche estaba cubriendo el Conglomerado de Río de Janeiro.
Desde su alta posición barrió con la vista las fluidas líneas y los ricos tonos
de los rascacielos, las atrevidas siluetas del Corcovado y el Pan de Azúcar, la
bahía brillante como si la hubieran bruñido, el puente Niteroi con su etéreo
trazado. Por las calles y los pasos elevados corrían torrentes de coches, y por
arriba, en los pasillos aéreos, otros miles de vehículos tejían complicadas
danzas. Abrió la ventana oprimiendo un botón y dejó que un calor húmedo, tan
distinto del aire acondicionado del interior del hotel, llenase sus pulmones.
Realmente no llegaba allí ni un ruido procedente del tráfico, pero los percibía
en cierto modo; era como la vibración inaudible de una máquina monstruosa, casi
como los latidos de una nave espacial. La simple existencia de una megalópolis
semejante era casi aterradora, ahora que la veía tan de cerca.
Tenía las manos entrecruzadas y se dio a sí mismo un fuerte
apretón. No soy un cualquiera, desafió a la inmensidad. He conducido hasta aquí
a una veintena de naves de combate.
Hubo un repiqueteo en la puerta y se volvió abruptamente
mientras el corazón le saltaba de una forma irracional.
—Entre—dijo.
La puerta se abrió de par en par y apareció un hombre, bajo y
moreno, como parecían serlo todos los brasileños, que vestía un uniforme
extravagante y llevaba un paquete.
—Esto ha llegado para usted, señor —dijo en ánglico con bastante
acento.
El hotel Santos-Dumont era de los pocos que aún empleaban
servidores vivientes.
—¿Qué es? —Eric se acercó, perplejo—. ¿Quién va a enviarme algo?
—No lo sé, señor. Llegó hace unos minutos en el correo. Sabíamos
que estaba usted aquí y pensamos que le gustaría recibirlo en seguida.
—Bien, hummm, gracias.
Eric cogió el paquete que iba envuelto en papel de embalaje
común y solamente llevaba su nombre y dirección. El hombre esperó durante un
instante y después se marchó, cerrando la puerta a sus espaldas.
¡Maldita sea!, pensó Eric. ¿Tendría que haberle dado dinero? Me
parece haber leído que ésa era la costumbre terrestre. Su rostro se tino de
rojo.
Bueno, no importa... Dejó el regalo encima de una mesa y tiró
del hilo que abría el paquete. Dentro había una caja y un sobre. La caja
contenía unas ropas recién dobladas. En el sobre había dos hojas. Sobre la
primera estaba escrito: «Para su excelencia Eric Tamarin-Asmundsen, como
agradecimiento por sus valientes esfuerzos, de un miembro de la Humanidad
Unida.»
¿Quién...? Espera, lo mencionaron ayer cuando estuve con esos
políticos y los militares. Es una asociación levemente racista, que
naturalmente desprecia a los baburitas. Con toda esa publicidad que hemos
conseguido al escaparnos de Mermes... Hummm, hay otro mensaje. ¡ESPERA UN
MINUTO, POR DIOS!
«Hijo mío:
Destruye esto después de leerlo. Deja la otra nota a la vista
para que satisfaga la curiosidad de los que te están vigilando.
Tengo ansiedad por verte, tanto por tratarse de ti como en
beneficio de nuestros dos planetas, y quizá de muchos otros. Debe hacerse en
secreto o será inútil. Ahora te diré solamente que tú y tus hombres corréis el
peligro de ser convertidos en peones.
Si te es posible, cancela cualquier cita que tengas, ponte las
ropas que te envío y a las dos —hora terrestre, no de Hermes—, sube al
aparcamiento del tejado del hotel. Coge un taxi con el número 7383 y sigue las
instrucciones. Si esta noche no puedes, mañana a la misma hora.
Viva la libertad y mueran las ideologías.
Tu padre,
[algo parecido al garrapateo de un sismógrafo]
N. van Rijn.»
Eric se quedó donde estaba durante el minuto siguiente. El viejo
Nick en persona, este pensamiento martilleaba dentro de su cuerpo. Por todo el
espacio se cuentan historias sobre él como si ya fuese un mito. Claro que
pensaba hacerle una visita, pero...
Su sangre comenzó a hervir. Después de un viaje agotador, una
recepción cautelosa, la fatigosa monotonía de dos conferencias con terrestres
situados en altos cargos —conferencias más parecidas a interrogatorios que a
otra cosa—, la entrevista ante una cámara de televisión, y ahora esto... ¿Por
qué no?
Estaba invitado a cenar en casa del embajador de Hermes en
Petrópolis. Podría haberse alojado allí, sólo que no tenían habitaciones para
invitados. El presupuesto de la embajada era muy pequeño porque hasta entonces
no había tenido mucho que hacer. Por tanto, el gobierno del Mercado Común le
había alojado en aquel hotel y era muy posible que estuviese siendo espiado.
Ciertamente, le separaron de su tripulación, que había sido enviada a vivir
en..., ¿cómo se llamaba?..., ¿la base de Cabo Verde?
Pero ¿por qué habría de sospechar del Mercado Común? Por todas
partes había encontrado cortesía cuando no cordialidad.
Puede que esta noche me entere. Telefoneó alegando estar muy
cansado y pospuso la cita para el día siguiente. El servicio del hotel le llevó
unos sandwiches y leche. (¡Qué sabores más extraños tenían en la Tierra la
comida y la bebida!) Después se puso sus ropas nuevas. Eran muy llamativas,
medias blancas iridiscentes y un abrigo color escarlata fuerte. Incluso aquí,
donde lo normal era llevar ropas con mucho colorido, él iba a llamar la
atención. ¿No sería mejor pasar desapercibido?
Llevó la espera lo mejor que pudo. Llegó la noche, y cuando era
la hora señalada salió al tejado por un ascensor deslizante. La enrarecida
atmósfera no se había enfriado demasiado y el roto arco iris de las luces de la
ciudad, tan vasto como el horizonte, parecía tan febril como antes. Había
varios taxis en fila y enfrente un hombre apoyado en el borde de la terraza,
como si estuviera admirando el panorama. ¿Será uno de los que me vigilan? Los
pequeños vehículos en forma de lágrima llevaban un número pintado por ambos
lados y el de Eric estaba en el centro de la fila. ¿ Cómo voy a cogerlo sin que
resulte claro que éste es el que quiero?... Ah, sí, ya sé. Espero acertar. Dio
unas vueltas de un lado para otro durante un rato, haciendo girar su capa a su
alrededor como una persona que no sabe bien qué hacer, y al fin, cuando pasaba
junto al 7383, fingió que un impulso le hacía poner una mano sobre la puerta.
Esta se abrió y entró. En el suelo, entre las sombras, había
acurrucada una forma.
—Callado —musitó y añadió en voz alta, para el autopiloto—:
Palacete del Amor.
El vehículo despegó en línea vertical, entró en el pasillo aéreo
que le asignó el sistema director del tráfico y se dirigió hacia el oeste.
—Ahora puedo sentarme —dijo en ánglico—. Nos están siguiendo,
pero desde una distancia que no pueden ver a través de nuestras ventanas.
Extendió la mano.
—Me siento honrado por conocerle, señor. Puede llamarme Tom, si
quiere.
Eric aceptó la mano sin decir palabra. Era como si se estuviera
viendo en un espejo.
No, no del todo. La ropa era idéntica, el cuerpo parecido, la
cabeza ya se parecía menos, aunque podía pasar una inspección no muy cuidadosa.
Tom sonrió.
—En parte estoy disfrazado, llevo el pelo teñido, algunos
añadidos aquí y allá en la cara, etcétera... —explicó—. Y un traje
extravagante, que aparta la atención de la persona. La forma de andar también
es importante. ¿Sabíais que los de Hermes andáis de forma distinta a cualquier
raza de la Tierra? Tenéis las articulaciones más ligeras. Me he pasado todo el
día de ayer entrenando a ritmo intensivo.
—Usted... ¿usted es uno de los hombres de Van Rijn? —preguntó
Eric con la boca algo seca.
—Sí, señor. Uno de los actores que tiene a sueldo. Ahora, por
favor, escúcheme bien. Yo me bajaré en el palacete, mientras usted se tumbará
en el suelo como yo lo hacía. Antes de entrar vacilaré unos segundos, de forma
que puedan verme bien. Mientras tanto, ordene al taxi que se dirija «al yate».
No es un verdadero taxi, aunque por fuera lo parezca. Le llevaré hasta él, y
mañana a las seis de la mañana le volverá a traer al palacete. Yo entraré, y le
dejaremos en el hotel. Por lo que se refiere al Servicio Secreto, habrá usted
pasado la noche en el palacete.
—¿Qué..., qué es lo que se supone que estoy haciendo allí? Tom
parpadeó y después soltó una risotada.
—Pasar una noche gloriosa con las más selectas y deliciosas
muchachas, para resarcirse del largo viaje. No se preocupe, dejaré detrás una
buena historia de sus proezas, en ocasiones semejantes disfruto mucho con mi
trabajo. Nadie hará mención de todo esto, pues en la Tierra esto serían malos
modales. Únicamente preparaos para recibir algún que otro guiño cuando digáis
que estáis cansado porque no habéis dormido bien.
Eric no tuvo necesidad de responder, porque Tom añadió:
—Desciende.
Una fachada, fuertemente iluminada, apareció ante su vista. Un
minuto después aterrizaron. Tom salió y el vehículo volvió a despegar.
El episodio parecía irreal. Eric acercó el rostro a una ventana
y contempló el panorama. La ciudad, la bahía, la costa donde llegó a vislumbrar
kilómetros de un oleaje magnífico, quedaron detrás suyo. Estaba sobre el
océano. La luna aparecía muy baja delante de él, casi llena y proyectando su
magia brillante sobre las olas. Debido a la fuerza de la claridad lunar no se
veían muchas estrellas. ¿Sería aquella tan brillante Alfa Centauro, el fanal
hacia el que se habían dirigido los hombres la primera vez que salieron del
Sistema Solar? ¿Serían aquellas cuatro la Cruz del Sur, tan famosa en los
libros que había leído cuando era pequeño? Las constelaciones eran extrañas.
Maia estaba ahogada por la distancia.
El vehículo se ladeó y Eric vio un barco en el centro de una
inmensidad por lo demás desierta. Era un velero con tres mástiles aparejados a
popa y proa, aunque sólo la vela de mesana y el foque estaban izados para
mantenerlo a la capa. No podía recordar cómo se llamaban los barcos de aquel
tipo; en Hermes no había embarcaciones de recreo tan grandes. No cabía duda de
que aquél tenía un motor auxiliar... Vaya un lugar para encontrarse. El motivo
era mantener un secreto total... Sin embargo, qué romántico, aquí bajo la luna
de la Tierra. ¿Lunático?
El falso taxi se posó junto a la borda de estribor. Eric saltó a
cubierta, produciendo bastante ruido. Gracias a Dios, el aire era fresco. Un
hombre ocupó su lugar y el vehículo se elevó, para ocultarse en algún lugar
hasta que tuviera que regresar.
Había más marineros por allí, pero Eric conoció en seguida al
capitán, que descollaba enorme bajo la pálida claridad lunar. Sólo llevaba una
blusa, una falda enrollada alrededor de la cintura y sobre sus dedos relucían
los diamantes.
—¡Hijo mío! —rugió y salió disparado para recibir al recién
llegado.
El apretón de manos que le dio casi le arrancó el brazo, y las
palmadas en la espalda hicieron que el hermético se tambaleara.
—¡Bienvenido, maldita sea! Puedes apostar que para que esto
llegase a suceder he puesto tantas velas a San Dimas que debe estar
preguntándose si quizá su martirio fue por el fuego —agarró a su hijo por los
hombros—. Sí, te pareces un poco a tu madre, aunque mayormente te pareces a mí,
eres igual. ¡Vaya unas broncas que armamos tu madre y yo! Muchas veces he
deseado no haber sido un bastardo tan indecente y que ella hubiese podido vivir
conmigo durante más tiempo. Ahora te has convertido en un estupendo y sobresaliente
ejemplar, ¿eh? Vayamos abajo y charlemos.
Empujó a Eric hacia delante
Un hombre esbelto que estaba a comienzos de la edad madura y una
mujer embarazada que parecía bastante más joven se encontraban de pie a la
puerta del camarote. Van Rijn se detuvo.
—Este es David Falkayn, habrás oído hablar de él después de este
asunto con los shenna, y su mujer, Coya.. ¡Eh! ¿Pasa algo, jovencito?
David Falkayn, debería haberlo esperado. Eric saludó con la
cabeza como hacían en Hermes los que eran de igual rango.
—Bien recibido —dijo ritualmente, mientras se preguntaba cómo
podría añadir lo que tenía que decirle.
—Abajo, abajo, el akvavit nos llama —rugió Van Rijn, con menos
fuerza que antes.
El salón del buque era de caoba y bronce bruñido como un espejo.
Había una mesa atestada de bebidas refrescantes. El cuarteto se sentó a su
alrededor. Van Rijn sirvió las bebidas con más habilidad de la que podía
esperarse de sus desenfrenados modales.
—¿Cómo estaba Lady Sandra cuando te marchaste? —preguntó con voz
que seguía siendo más suave.
—Soportándolo lo mejor que podía —dijo Eric.
—¡Salud! —Van Rijn levantó el vaso y los demás le imitaron,
tragando de una vez el helado licor de cominos silvestres y siguiendo después
con cerveza. Eric estudió los rostros escudado detrás de su jarra. El de Coya
estaba finamente moldeado, pero había algo en él demasiado fuerte para que
simplemente fuera un rostro bonito. El de David era anguloso de forma y
mostraba un talante bastante serio. No, cuidado, será mejor que piense en él
como «Falkayn». La mayor parte de los terrestres parecen emplear sus apellidos
cuando hablan con alguien a quien no conocen mucho, como hacen los Travers en
Hermes, en vez de emplear el nombre como hacemos las Familias, y él ha estado
mucho tiempo fuera de Hermes.
El rostro de Van Rijn, que recordaba muy bien debido a los
numerosos documentos de hacía una
década después del asunto con los shenna, era el más móvil y el
menos inteligible de los tres. ¿Qué es lo que pienso de él en realidad? ¿ Qué
debería pensar?
Sandra nunca había hablado mucho de su antigua relación. No la
lamentaba, pero no quería vivir en el pasado. Se había casado con Pete
Asmundsen cuando Eric sólo tenía cuatro años, y el padre adoptivo se había
ganado por completo el corazón del niño. Ese era el motivo por el que Eric
nunca había pensado en buscar a Van Rijn, ni pensado gran cosa en él hasta
ahora. Casi habría parecido una deslealtad. Pero la mitad de los genes de aquel
enorme corpachón eran los suyos.
Y... ¡bien, estaba disfrutando muchísimo con aquella escapada!
Falkayn habló y Eric recordó de pronto las nuevas que tenía que
decirle, y dejó de sentirse a gusto.
—Será mejor que vayamos directamente al asunto. Sin duda, te
preguntas el porqué de este secreto tan complicado. Bien, podíamos habernos
reunido abiertamente, pero habría sido bajo vigilancia... y no demasiado
disimulada. De esta forma mantenemos abiertas varias opciones que puedes
escoger.
—Sabía que vendrías —dijo Van Rijn—. Tu madre lo probó en
Diómedes antes de que nacieras.
—No sabemos con seguridad si la información de que dispones
sobre el Mercado Común es completa —añadió Coya con su encantadora voz tan
ronca—. Se trata de que estamos en desgracia con el gobierno.
Será mejor que compre tiempo, mientras ideo una forma de
decírselo a Falkayn.
—Por favor, seguid ahora —apremió Eric.
Ella miró a los dos hombres, que le hicieron un gesto para que
continuara. Habló con rapidez y en abstracto, quizá como un escudo contra el
nerviosismo.
—Bien, en términos generales, y por debajo de todas las claves y
los disimulos, el asunto principal en el Sistema Solar ha sido desde hace mucho
quién será el arbitro definitivo. El estado, que en última instancia se apoya
en la coacción física, o un grupo variable de individuos cuya única fuerza
estriba en el poder económico... Oh, ya sé que no es en absoluto así de
sencillo. Ambos tipos de liderazgo pueden apelar a las emociones...; por
ejemplo, sí, de hecho lo hace porque en el fondo escoger entre ellos refleja
cómo se ve el mundo, cómo se entiende el universo. Y por supuesto, ambas cosas
están entremezcladas. Por ejemplo, en Mermes se da la interesante situación de
un estado que esencialmente ha surgido a partir de corporaciones privadas. Por
otra parte, en el Sistema Solar las llamadas Compañías se han convertido en
parte del gobierno, no oficialmente, pero sí realmente. De hecho, son las que
más han tenido que ver con su fortalecimiento, con la extensión de su control
sobre las vidas de las personas. Por su parte, el gobierno las protege, a las
Compañías, de gran parte de la competencia que sufrían anteriormente, además de
hacerles los muchos y diferentes favores que le solicitan —Coya frunció el ceño
mirando la mesa y prosiguió—: Ya comprenderás que esto no ha sucedido así a
causa de alguna conspiración. Pasó..., así de sencillo. En el Consejo de
Hiawatha..., bueno, no importa.
—Me recuerdas el examen final de la clase de filosofía, querida
—dijo Van Rijn—. La única pregunta era «¿Por qué?» Sobresaliente si se
contestaba «¿Por qué no?» Notable si se contestaba «Porque sí». Cualquier otra
respuesta era un aprobado.
Mientras se esbozaban sonrisas, Coya miró a Eric a los ojos y
siguió:
—Debes conocer lo suficiente sobre la Compañía Solar de Especias
y Licores y los demás independientes para comprender por qué no somos populares
en el Capitolio. No podemos culparlos demasiado de que
nos tengan miedo, después de todo reclamamos el derecho de
actuar libremente y podríamos hacerlo así, y sólo esta pretensión es ya una
amenaza para el sistema. La última ofensa fue cuando Gunun Tuan —el señor Van
Rijn— envió a mi esposo en una expedición privada durante esta crisis. Cuando
volvió, agentes del gobierno registraron la nave y la secuestraron. No
encontraron pruebas para inculpar a David ni éste había hecho nada tampoco
particularmente ilegal. Pero tenemos prohibido salir de la Tierra, como todo el
mundo, excepto en naves comunes de transporte de viajeros. Y somos espiados
incesantemente.
Eric se agitó y sus palabras llegaron con cierta vacilación:
—Hummm, puesto que hay guerra, ¿no son vuestros intereses los
mismos que los del Mercado Común?
—Si quieres decir los mismos que los del gobierno del Mercado
Común, entonces no, probablemente no —dijo Falkayn—. Tampoco lo son
necesariamente los tuyos. No olvides que yo mismo soy ciudadano de Hermes.
Y ahora eres «los Falkayn».
—Yo tengo mis contactos secretos —añadió Van Rijn—. Por tanto sé
que desde que llegaste te han tenido muy vigilado. Ellos piensan que, muy bien,
vienes como aliado, pero ¿se puede confiar en ti? De todas formas, el husmear
es propio de la naturaleza de los gobiernos.
—No te preocupes —aconsejó Falkayn—. Estoy seguro de que serás
aceptado como lo que eres y se te concederá más rango del que quizá te guste.
Tampoco nosotros te pediremos ninguna traición. Ahora mismo, ni siquiera estoy
seguro de lo que te pediremos. Probablemente sólo te pidamos que utilices la
influencia que vas a tener —un héroe popular con un estatus especial y cosas
así— para devolvernos un cierto grado de movilidad. Creo que si piensas en todo
lo que hemos hecho hasta ahora, estarás de acuerdo en que no somos unos
villanos tan malvados como dicen.
Los mineros de Mirkheim. Sus deseos tan idealistas. Eric
asintió.
—A cambio, nuestro grupo puede ayudarte a conseguir que Hermes
se convierta en una pieza del juego —dijo Coya—. Es seguro que Babur y el
Mercado Común no llevarán la lucha hasta que uno de los contendientes quede
totalmente aplastado, no podrían hacerlo. Negociarán después de intercambiar
algunos golpes, y el que gane ventaja en la batalla será quien lleve la
iniciativa en la mesa de conferencias. Esta noche parece que la iniciativa
estará en las garras de los baburitas..., porque todo lo que sabemos nos indica
que sus fuerzas son por lo menos iguales a las del Mercado Común y sus líneas
de comunicación son cortas, mientras las nuestras son largas. El Mercado Común
podría acceder de buena gana a que Hermes siguiese siendo un protectorado, por
llamarlo así, si eso le aseguraba una cantidad anual de supermetales.
Evidentemente, la liberación de tu planeta no es su principal objetivo.
Loma, el hogar que queríamos fundar.
—Lo que me gustaría hacer —intervino Van Rijn— es enviar
mensajes a los jefes de las compañías independientes, agruparlos para emprender
algún tipo de acción conjunta. Ahora mismo no tienen dirección y yo los conozco
y conozco lo chapuceros que son si nadie les dirige. Si puedes conseguir que
alguno de mis hombres llegue hasta ellos, será un verdadero coupde poing.
—Creo que se dice coup de main —corrigió Coya por lo bajo. Van
Rijn levantó la botella de akvavit.
—Será mejor que me dejes echarte un poco más, hijo mío —invitó—.
La noche será larga.
Eric aceptó, se tragó de una vez la ardiente bebida y, antes de
perder los ánimos para la tarea, dijo:
—Sí, tenemos mucho que contar y mucho que hablar; pero antes...
Por todo lo que sé, esto no ha salido en las noticias porque ninguno de mis
hombres ni yo lo mencionamos cuando nos estaban entrevistando. Cuando nos
dirigíamos hacia aquí nos habíamos puesto de acuerdo para evitar mencionar
ningún nombre en la medida de lo posible por temor de provocar represalias en
Hermes, pero... Recordaréis que cuando escapábamos perdimos nuestra nave
insignia. Bueno, su comandante era Michael Falkayn. Creo que era su hermano,
capitán.
El hombre rubio siguió impasible, mientras su mujer le cogía la
mano.
—Lo siento —el tono de Eric temblaba un poco—. Era un oficial
muy valiente.
—Mike... —Falkayn agitó la cabeza—. Perdón.
—Querido, querido —susurró Coya.
El puño de Falkayn golpeó la mesa una sola vez, después parpadeó
con fuerza, buscó los ojos de Van Rijn, y cuando los encontró le sostuvo la
mirada sin temblar.
—¿Comprendes lo que esto quiere decir, no es cierto Gunung Tuan?
—preguntó con voz inexpresiva—. Soy el nuevo jefe de la familia y el presidente
del dominio. Mi obligación principal ahora es para con ellos.
13
La imagen de Irwin Milner saludó por teléfono:
—Saludos, Vuestra Gracia. Espero que os encontréis bien.
Como en el infierno es lo que esperas, pensó Sandra.
Inclinó bruscamente la cabeza a modo de contestación, pero no
pudo forzarse a tanto como a desear buena salud al comandante de las fuerzas de
ocupación baburitas con base en el planeta.
¿Lo había notado y se puso por ello tensa? Observó con más
atención los rasgos del hombre. Era un macizo pelirrojo cuyo uniforme gris se
diferenciaba muy poco del que llevaba el humano de menos rango entre sus
tropas. Había nacido en la Tierra y le habían dicho que el acento del ánglico
que hablaba era de Norteamérica. El decía haber obtenido la nacionalidad del
planeta Germania, y por tanto su neutralidad hacía que sus servicios a Babur no
le convirtieran en culpable de traición.
Eso dice él.
—¿Qué deseaba discutir conmigo, general? —era una exigencia, más
que una pregunta.
—Un cambio necesario —contestó él—. Hasta el momento nos hemos
ocupado solamente de que el protectorado funcione desde el punto de vista
militar.
En órbita hay naves espaciales cuyas tripulaciones son más
extrañas al hombre que un tiburón o la belladona, listos para disparar sus
armas nucleares contra nosotros. Sobre la superficie, mercenarios que respiran
oxígeno: humanos, merseianos, gorzunis, donarrianos... Aventureros, la basura
del espacio,
aunque hasta ahora se han comportado con disciplina. Tampoco es
que les veamos mucho. Se han apoderado de las instalaciones abandonadas de
nuestra armada, el hotel Zeus y algunos edificios más esparcidos por Starfall.
Dice que habrá guarniciones por todas las partes habitadas de Mermes y no me ha
dado ninguna respuesta satisfactoria cuando le he dicho que está claro que esas
naves que nos guardan son más que suficientes para asegurar nuestra buena
conducta.
—Ese trabajo continuará adelante —continuaba Milner—, pero ahora
estamos listos para construir una... infraestructura sólida. Estoy seguro de
que vuestro pueblo comprenderá que no puede gozar de nuestra protección a
cambio de nada. Tendrán que cumplir con su parte, produciendo suministros en
sus fábricas, comida y materias primas en sus posesiones... Estoy seguro,
madame, de que entendéis lo que quiero decir —era como una amenaza velada—. Ya
os lo he dicho antes, el ataque de aquellas naves de Her-mes, su desafío de las
órdenes... Sí, sí, madame, no ha sido culpa vuestra. Pero si en el ejército
había tantos subversivos, ¿qué pasará con los civiles? Podríamos comenzar a
sufrir sabotajes, espionaje, ayuda y consejos a los agentes enemigos. Tenemos
que prevenirnos contra eso, ¿no es así?
Se detuvo.
—Adelante, siga —digo Sandra, que se estaba preparando para
recibir un golpe, y oyó sus propias palabras como si fueran pronunciadas en
algún lugar remoto.
Los primeros días de ocupación habían transcurrido con una
suavidad fantasmagórica. No sabía si la gente estaba tan paralizada que
continuaba mecánicamente con la rutina diaria... ¿o es que la vida cotidiana
proseguía su curso normal, la educación, los placeres, hacer el amor, hasta
reírse? Ella misma se había sentido asombrada al ver que aún podía disfrutar de
una comida, sentirse preocupada cuando su caballo favorito estaba cojo,
sentirse interesada por cualquier trivialidad del noticiario que se saliese de
lo corriente. Por supuesto, el que pocos habitantes del planeta hubiesen visto
a los invasores ayudaba a crear ese efecto. Y a ella le gustaba pensar que sus
discursos habían conseguido algo... Primero en una conferencia a la legislatura
del planeta, a los presidentes de los dominios, después a todo el mundo por
televisión: «No tenemos más alternativa que las muertes inútiles de nosotros y
nuestros hijos... Nos rendimos sin ceder, rogando para que antes o después se
haga justicia... Nuestros antepasados se abrieron paso en una soledad en la que
la mayoría de las formas vitales eran desconocidas para ellos, y muchos
sufrieron y murieron, pero al final vencieron. Nosotros debemos ser dignos de
ellos en esta hora... Prudencia... Paciencia... Resignación...»
—Tenemos que organizamos para el gran esfuerzo —le decía
Milner—. Ahora bien, yo sólo soy un soldado, no conozco los entresijos de la
sociedad de aquí, aunque sé que no hay ninguna igual entre los humanos. Por
consiguiente, traeremos un Alto Comisario. El y su personal trabajarán
estrechamente unidos con vos, para hacer más fácil..., hummmm, la transición y
llevar a cabo las reformas que sean necesarias. Por nacimiento es de Hermes,
madame. Se llama Benoni Strang.
¿Strang? No es de las Mil Familias. Quizá sea de los Leales,
pero lo dudo. Estoy segura de que me acordaría del nombre si lo fuese.
Entonces, tiene que ser...
—Ha llegado hoy y le gustaría reunirse con vos informalmente lo
antes posible —decía Milner—. Ya sabe, conoceros y haceros ver que éste es
también su mundo y que lleva en su corazón lo mejor para Hermes. ¿Qué hora
sería conveniente para vos, madame? Son muy corteses con los prisioneros,
¿verdad?
Durante la espera vagó por la cumbre de la Colina de los
Peregrinos hasta llegar al Registro Antiguo, con la sola compañía de uno de sus
galgos. El macizo edificio de piedra no albergaba en aquel tiempo otra cosa que
crónicas y un museo; en los convencionales jardines que lo rodeaban no había
nadie más. El silencio hacía que sus pasos resonasen con fuerza sobre los
senderos cubiertos de gravilla.
Los parterres y unos setos bajos formaban un complicado diseño
enlazado con un árbol de vez en cuando. La mayor parte de las flores habían
desaparecido, los únicos colores aparte del verde eran el violeta y el blanco
de algunas flores, el azul fuerte de las bayas maduras de los arbustos y los
primeros amarillos de las hojas de los abedules y púrpuras en otros árboles. El
cielo estaba brumoso y velaba el resplandor de Maia; había una ligera brisa
suavemente olorosa, y allá arriba se oía el revoloteo de unas alas. A pesar de
la latitud, el otoño es suave en los alrededores de Starfall, pues Hermes tiene
menos inclinación sobre su eje que la Tierra. Bajo la colina brillaba el río,
hacia el este las torres y tejados de la ciudad llegaban hasta la bahía, y por el
oeste pronto aparecían las tierras de labranza y los pastos con el fondo
fantasmal del Cludhelm. Se veía poco tráfico y no se oía nada; parecía como si
el planeta estuviese celebrando el sábado judío.
Pero en realidad, nada dejaba nunca de funcionar, y las fuerzas
de la invasión menos aún. Tenía que regresar en seguida al interior y regatear
las libertades de su pueblo. Recordó que había sido justamente en aquella
estación, con un tiempo parecido, cuando ella y Pete habían tenido problemas en
el Arroyo del Silbido, durante un paseo a caballo. Pete... Su mente retrocedió
unos veintidós años de Hermes...
Se habían conocido hacía cierto tiempo, pero el momento en que
él la pediría en matrimonio —o ella a él, porque nunca estuvieron muy seguros
de quién había pedido a quién— aún pertenecía al futuro. No obstante, estaban
viéndose con mucha frecuencia. El había sugerido que saliesen juntos a
practicar algún deporte al aire libre. Ella dejó a Eric con su madre y voló
desde Windy Rim hacia el nordeste, hasta Brightwater, en las estribaciones de
las Montañas del Trueno, cruzando el valle de Apolo.
Brightwater no le pertenecía, los Asmundsen eran de la clase de
los Leales de los Runeberg, suyo dominio tenía posesiones en aquellos lugares,
así como en la llanura costera y en otras regiones. Pero los Asmundsen habían
sido durante generaciones los colonos de la propiedad llamada Brightwater y los
directores de las minas de cobre y fábricas de refinamiento del mineral que
constituían la única industria de la zona. Pete se contentaba con dejar que su
hermano mayor dirigiese todo aquello y hacía negocios por su cuenta, explorando
los planetas del Sistema de Maia y desarrollando sus recursos. El dominio,
naturalmente, reportaba parte de los beneficios, pero también era cierto que
había hecho las inversiones iniciales, después de que él hubiese convencido al
presidente y a sus consejeros de que su idea era buena.
La familia dio la bienvenida a Sandra, al principio con las
formalidades debidas a su rango, pero luego con calor y alegría. Después de haber
conocido otras culturas en sus viajes, ella advertía lo que anteriormente le
hubiese pasado inadvertido: la absoluta ausencia de servilismo. Si por
nacimiento cada uno de
ellos tenían derecho a un solo voto en los asuntos del dominio,
y cada Runeberg adulto tenía derecho a diez, ¿qué más daba? Sus derechos eran
igualmente inviolables: disfrutaban privilegios hereditarios, tales como el uso
de aquella lucrativa región; no tenían que cargar con el tedioso trabajo de
concertar todos los detalles del trato con los otros dominios; si alguno de
ellos tenía problemas, el deber de la estirpe presidencial era movilizar todos
los recursos necesarios para echarle una mano. Indudablemente, ellos sostenían
a los Runeberg de la misma forma que éstos apoyaban al jefe del estado que la
legislatura eligiese entre los miembros de la familia Tamarin. Como su
conocimiento de estos asuntos se hacía más profundo según iba pasando el
tiempo, Sandra se preguntó a quién envidiaba más, si a las Familias o a los
Leales.
El día que iba a recordar mucho tiempo después, ella y Pete
cogieron los caballos para una cabalgada hasta Arroyo del Silbido, la comunidad
industrial. Allí visitarían la factoría y almorzarían antes de regresar. El
camino era encantador: una pista que seguía el borde de la montaña y descendía
hacia valles cuyos bosques estaban comenzando a añadir el oro, el bronce, el
turquesa, la amatista y la plata a sus verdes, bordeaba rápidos arroyuelos y
cruzaba prados que tenían al cielo como techo. Cabalgaron en silencio casi todo
el tiempo, un silencio que era más que amistoso. Pero durante una hora, Pete se
desahogó con ella, hablándole de ciertas preocupaciones suyas. El Gran Duque
Robert, viejo y perdiendo facultades, había comenzado pidiendo su opinión sobre
asuntos que tenían que ver con el desarrollo interplanetario, y últimamente se
le pedía en casi todo tipo de asuntos. Pete no quería convertirse en eminencia
gris. Sandra hizo todo lo que pudo, con bastante torpeza por cierto, para
asegurarle que era simplemente un consejero valioso. En su fuero interno
pensaba que si ella era alguna vez escogida como sucesora, aquel hombre nunca
escaparía de aquel papel.
Entraron en la ciudad de golpe, porque no tenía suburbios ni
alrededores cultivados. Contaba con una sola carretera pavimentada que llevaba
a la mina; el resto del tráfico era aéreo. Su núcleo era la esbelta refinería,
en su mayor parte automatizada y diseñada con mucho cuidado para no dañar el
medio ambiente. A su alrededor se apiñaban las tiendas, las casas y los
edificios públicos de sus pocos miles de habitantes. Las calles olían a bosque.
Aunque hoy estaban vacías de una forma extraña. —¿Qué es lo que
pasa aquí? —preguntó Pete, enviando su caballo al galope hacia delante.
Pronto se hizo audible un ruido humano: los gritos airados de
una multitud. Los jinetes se encaminaron en aquella dirección, doblaron una
esquina y se encontraron en un pequeño parque donde estaban trescientas o
cuatrocientas personas. La mayoría vestían monos de trabajo con insignias, lo
que los identificaba a los Leales de los Runeberg que estaban aparte de los
demás y parecían disgustados. También los policías que se veían en las esquinas
del parque eran leales. Evidentemente, una alteración del orden era considerada
posible.
Se acercaba el final del descanso del mediodía, pero parecía
claro que la reunión continuaría en horas de trabajo y que la dirección había
decidido no darle importancia al asunto. Los organizadores habían escogido el
momento con astucia: el hermano de Pete se encontraba ausente, supervisando el
inicio de la explotación en una nueva mina.
Una mujer estaba de pie sobre la caja de un camión y hablaba por
un amplificador. Sandra reconoció aquella figura nervuda, los intensos rasgos
morenos, el traje pantalón de estilo militar; la había visto muchas veces en
los noticiarios en Windy Rim: era Christa Broderick, nacida Traver pero
heredera de una inmensa fortuna que sus padres habían conseguido con granjas
marinas. Sus palabras salían como una tormenta:
—... Hace tiempo que tenía que terminar el reinado de las Mil
Familias y de sus lacayos. Los dominios no son otra cosa que corporaciones
cerradas, cuyas propiedades tienen que pasar de generación en generación, según
las leyes que ellos mismos han hecho. ¿Y quiénes son esas corporaciones? Nada
más que las empresas que casualmente llegaron las primeras y se apoderaron de
las mejores tierras de todo el planeta. La Declaración de Independencia no fue
otra cosa que un intento de escapar de la democratización que estaba en embrión
en el Mercado Común, un intento de perpetuar una aristocracia que incluso robó
un título medieval para el nuevo jefe del estado.
»¿Y quiénes sois vosotros, los Travers, sino los trabajadores y
los negociantes excluidos de los privilegios herederos, sin derecho al voto,
pero que sin embargo proporcionáis la energía causante de todo el progreso que
pueda estar dándose en Hermes? Sois la parte de la población que no está
atrapada por la red de la costumbre y de la superstición, la parte cuya
vitalidad arrastraría este mundo estancado a una edad moderna y a la primera
línea del futuro, si no os encontraseis atados de pies y manos por los
adoradores de los antepasados. ¿Quiénes sois? Una mayoría de las tres quintas
partes de la población.
»Debo admitir que los feudalistas son listos. Os alquilan, os
compran cosas y os venden otras, dejan en paz vuestras vidas privadas, de vez
en cuando adoptan a uno de vosotros, y sobre todo os dejan exentos de pagar
impuestos. He oído a más de un Traver diciendo que él, o ella, están muy
felices con este estado de cosas. Pero preguntaros a vosotros mismos, ¿no es
esto una forma sutil de esclavitud? Se os está denegando el derecho a poneros
impuestos a vosotros mismos, para conseguir unos propósitos de utilidad pública
seleccionados por vuestros representantes democráticamente elegidos. ¿Estáis
contentos con este gobierno de aristócratas decadentes que no hace nada, o
preferiríais dejar a vuestros hijos un estado..., sí, diré incluso un mercado
común..., para el que cualquier cosa sea posible? ¡Contestadme!
Una parte de los oyentes aplaudió, otra silbó y la mayoría
permaneció sumida en un silencio lleno de preocupación. Era la primera vez que
el Frente de Liberación enviaba un orador —su propio líder, además— a Arroyo
del Silbido. Sandra comprendió que, por supuesto, los que estaban allí habrían
visto reuniones y oído discursos hechos en otras partes por sus telepantallas;
algunos habrían leído algo sobre el tema, otros se habrían dejado caer por la
sede del movimiento en Starfall. Con una celeridad asombrosa, comprendió que no
había nada tan poderoso como el encuentro de la carne con la vista, la voz con
el oído, los cuerpos muy próximos los unos a los otros. Entonces se despertó en
ella el mono ancestral. Por un breve y sardónico momento pensó que quizá ésta
fuese la razón por la que las Familias y los Leales disfrutaban tanto con las
apariencias.
Al volver la cabeza, Broderick les vio, a ella y a Pete,
montados a caballo. Tanto uno como otro habían sido en cierta forma famosos y
los conocía de vista. Saltó contra ellos al instante, pero el sarcasmo fue
delicado.
—¡Vaya! ¡Saludos! Vosotros, mirad todos quién está aquí. Pete
Asmundsen, el hermano de vuestro director general, y Sandra Tamarin,
seguramente vuestra próxima Gran Duquesa. Señor, madame —este segundo título
recordó a los que conocían la existencia de Eric que él a su vez podría llevar
sangre extranjera al trono—, espero no haberos ofendido al proponer algunas
reformas.
—No, no —contestó Pete—. Por favor, continúe.
—Quizá le gustaría contestarme.
—El discurso es suyo.
Los Leales y la mitad de los Travers se echaron a reír y
Broderick vio con claridad que el encanto se había roto. Hombres y mujeres
empezaban a mirar sus relojes, la mayoría eran trabajadores especializados que
si estaban demasiado tiempo ausentes causarían problemas en sus respectivos
departamentos. Tendría que empezar de nuevo para volver a despertar el interés.
—Me alegro de que estéis aquí —dijo—. Hay muy pocos de vuestra
clase que se tomen la molestia de debatir los temas que toca el Frente de
Liberación. Gracias por mostrar espíritu público... ¿Queréis contestarme?
Unas miradas expectantes se volvieron hacia la pareja. Sandra
sintió con desmayo que su lengua estaba aprisionada y que el paladar la
oprimía. Entonces Pete adelantó un poco su caballo, se irguió en él con la luz
brillando sobre su melena rubia y sus ojos azules y dijo con voz lenta y
profunda que se oyó de extremo a extremo del parque:
—Vaya, gracias, pero únicamente estamos de visita. Cualquiera
interesado en los pros y contras de este tema debería hojear el número doce del
Meteoro Semanal de Starfall. Además, también hay un buen número de libros,
discursos grabados y montón de cosas más. Yo podría decir esto, valga lo que
valga: No creo que la democracia o la aristocracia, o cualquier otro sistema
político, sean un fin en sí mismos, son sólo medios para llegar a un fin, ¿no?
De acuerdo, entonces preguntaros a vosotros mismos si lo que hemos conseguido
no está por lo menos sirviendo el propósito de que Hermes sea un lugar
agradable donde vivir.
»Si os sentís inquietos —continuó—, bueno, creo que casi todos
sabéis que estoy a cargo de un esfuerzo de explotación de los otros planetas,
en lugar de sobreexplotar éste en que vivimos. Es un trabajo duro y muchas
veces peligroso; pero si vivís, tenéis muchas probabilidades de haceros ricos y
tendréis la satisfacción de saber que hicisteis lo que no muchas personas
podrían haber hecho. Estamos cortos de mano de obra, crónicamente, y me
alegrará muchísimo recibir vuestras solicitudes por correo —hizo una pausa y
añadió—: A mi hermano no le gustará tanto.
—Adelante, continuad —dijo mientras todos reían, y condujo a
Sandra lejos de allí.
Más tarde, mientras cabalgaban de vuelta entre los bosques sin
haber comido, él se disculpó:
—Lo siento, tendremos que intentarlo otra vez, no tenía ni idea
de que pasaría esto.
—Me alegro de que sucediese así —contestó ella—. Resultó
interesante. No, fue algo más.
Aprendí algo, recordó Sandra Tamarin-Asmundsen. Una de las cosas
fue que te amaba, Pete.
El Frente de Liberación había ido ganando fuerza con cada año
que pasaba. La mayor parte de su reinado lo había pasado en busca de unos
compromisos. El principal era que ahora los Travers tenían derecho a votar en
los asuntos municipales. Broderick y los suyos seguían sosteniendo que aquello
era poco menos que nada y parecían tener más seguidores cada día. ¿ Cómo será
Benoni Strang?
Cuando lo recibió en su sala de conferencias, demostró ser una
sorpresa. Esbelto, de talla media, rasgos bastantes agradables en un rostro
rectangular adornado con un cuidado bigote y un bronceado natural, cabello
castaño ligeramente canoso peinado hacia atrás y hablaba con la misma suavidad
con la que se movía. Sus trajes eran de material rico, de tonos suaves pero
cortados a la última moda terrestre. Se inclinó ante ella, como debía hacer un
Traver si quería mostrarse cortés. (Uno de las Familias hubiese tendido la mano
y un Leal saludado.)
—Saludos, Vuestra Gracia. Os agradezco el honor que me hacéis.
Aunque el acento de Hermes había desaparecido, las palabras eran
las rituales. Debía haber pasado muchos años separado de los Strangs. Había
buscado en una guía de la ciudad y eran miembros de su clase.
Su garganta estaba rígida, como para impedir que el corazón
saltase fuera. Traidor, traidor.
—Siéntese —dijo haciendo un esfuerzo. Ella lo hizo en su sillón
esculpido. El la obedeció, mientras decía:
—Estar de vuelta es un sentimiento maravilloso, madame. Casi
había olvidado lo bello que era esto.
—¿Dónde ha estado?
Debo averiguar todo lo que pueda de este hombre, aunque para
hacerlo tenga que sonreírle.
—En muchas partes, madame. Una carrera a saltos que me encantará
contaros si así lo deseáis. Sin embargo, sospecho que hoy preferiréis que vaya
directamente al grano.
—Sí. ¿Por qué está usted trabajando para los babu-ritas?
—En realidad no trabajo para ellos, madame. Espero conseguir lo
mejor para Hermes. Es el mundo de mis padres, aunque no siempre haya sido
agradable para mí.
— ¡Una invasión!
Strang frunció el ceño, como si se sintiese herido.
—Simpatizo con vuestra angustia, madame —di jo—, pero Babur se
anticipó al Mercado Común. Sus servicios de información descubrieron que el
Estado Mayor del enemigo tenía un plan, cuyos preliminares ya habían sido
puestos en marcha, para apoderarse de este sistema.
Eso es lo que tú dices, pensó Sandra, que no pudo evitar una
duda:
—No puede culparse a Babur por su actuación —continuó Strang—.
¿Acaso no es éste el mejor de dos males, desde vuestro punto de vista? No
quiere gobernar sobre vosotros, no podría hacerlo, la idea es ridícula. Quizá
sea deseable algún tipo de asociación para el comercio y la defensa mutua,
después de la guerra, como mucho. Pero en cambio, el Mercado Común siempre ha
deplorado el hecho de que algunas de sus colonias se declarasen independientes.
Eso es cierto. Nuestros antepasados lo hicieron porque en sus
nuevos hogares estaban desarrollando sociedades, intereses, filosofías
demasiado extrañas a la Tierra, la Luna o Venus como para encajar bien con las
leyes y costumbres que se habían desarrollado en esos mundos. El Mercado Común
no resistió con las armas nuestra independencia, aunque muchos de sus
ciudadanos pensaron que debiera haberlo hecho.
—Madame —dijo Strang con ansiedad—, yo he sido un xenólogo
especializado en planetas subjovianos, y en particular en Babur. Conozco esa
raza y sus diferentes culturas mejor que ningún otro humano; no es una
presunción por mi parte, es el simple enunciado de un hecho. Además, como ya
dije antes, soy de Hermes, sí, soy un patriota de Hermes. Dios sabe que no soy
perfecto, pero creo que soy el mejor que podían escoger para Alto Comisario.
Por eso me ofrecí voluntario para este puesto.
—Estoy segura de que no fue debido a un impulso repentino —dijo
Sandra con desprecio—. Toda esta operación debe haber sido planeada hace mucho
tiempo.
—Exacto, madame; en cierto modo, he dedicado a esto toda mi
vida. Desde que de niño, aquí en Starfall, fui consciente de que había cosas
que estaban muy mal y pensé en cómo podrían ser enderezadas.
El miedo rozó a Sandra y la hizo estallar:
—He perdido más tiempo de mi vida escuchando la autocompasión
del Frente de Liberación del que me gusta recordar. ¿Cuál es su historia?
La respuesta vino con una fría rabia.
—Si aún no lo habéis comprendido, entonces es probable que nunca
lo entendáis. ¿Es que no tenéis imaginación? Pensad en vos misma de niña, en
una escuela pública atestada de alumnos, mientras que los niños de las Familias
obtenían enseñanza individual de los mejores profesores del planeta. Pensad en
tener sueños de realización, de convertiros en alguien cuyo nombre sea
recordado, y después os encontráis con que toda la tierra valiosa, los
recursos, todos los negocios clave, pertenecen a los dominios —a las Familias y
a sus Leales— que abocan todas las oportunidades de cambio porque podría
alterar sus privilegios y obligarles a usar el cerebro. Pensad en una relación
amorosa que hubiera llevado a un matrimonio, que iba a hacerlo, hasta que los
padres de ella se entrometieron porque un yerno Traver rebajaría su posición
social, les impediría utilizar a la muchacha para hacer una alianza rica...
—Strang se interrumpió y el silencio llenó la habitación durante medio minuto.
Después habló con calma—: Madame, completamente aparte de la justicia, Hermes
debe ser reorganizado para que pueda ayudar a su propia defensa. Esta sociedad
arcaica semifeudal es demasiado atrasada, demasiado improductiva..., y lo más
importante, demasiado alineante. El propio motín de la armada y su huida a la
Tierra demostraron que ni siquiera vuestro gobierno está a salvo de la
insolencia e insubordinación de un cuerpo de oficiales extraído de la
aristocracia. Por razones prácticas además de morales, tenéis que ganaros la
lealtad de la mayoría Traver. Pero ¿por qué iba a importarle lo que les suceda
a las Familias y a sus Leales? ¿Qué participación tienen en el planeta en
conjunto? La producción no puede estar dividida entre los dominios durante más
tiempo? Tiene que integrarse en una escala global. Lo mismo con la
distribución, los tribunales, la policía, la educación, la beneficencia, todo.
Los dominios tienen que ser disueltos; en su lugar necesitamos a toda la
población.
«Después de la guerra... habrá un universo totalmente nuevo. La
Liga Polesotécnica ya no será la fuerza dominante ni el Mercado Común el estado
más poderoso. Una negociación tediosa no será la única forma de resolver las
disputas entre las naciones y las razas. Hermes tendrá que adaptarse o
hundirse. Yo quiero que esa adaptación comience inmediatamente.
»Vamos a tener una revolución, madame. Espero que vos y vuestras
clases altas cooperéis voluntariamente. Pero, sea como sea, va a tener lugar
una revolución.
14
Hanny Lennart, que por un crédito al año estaba sirviendo de
Ministro Adjunto Extraordinario de Relaciones Extrasolares del Mercado Común,
declaraba con todo un océano y un continente por medio:
—Apreciará usted lo difícil de la situación en que nos ha puesto
su llegada, almirante Tamarin-Asmundsen. Agradecemos su oferta de unir su
fuerza con las nuestras. Sin embargo, admite usted que su gobierno, que
nosotros todavía reconocemos, no le ordenó que viniese aquí.
—Me han dicho eso más de una vez —contestó Eric por teléfono, lo
más secamente que pudo.
En su interior ardía la ira. ¿No dirás nunca nada cierto, momia?
Ella lo hizo y el fin del suspense casi le dejó sin aliento.
—Le estoy llamando informalmente para hacerle saber sin demora
que he decidido apoyar la postura adoptada por vuestro embajador; es decir, el
gobierno de Hermes está bajo control extraño y sólo aquellos de sus
representantes que se encuentran fuera de allí pueden representarlo
adecuadamente. Espero que esto obtenga la aprobación del gobierno.
—Gracias..., muchas gracias —susurró él.
—Se necesitará por lo menos un mes —le avisó ella—. El Gabinete
se enfrenta con una legión de problemas urgentes. Vuestro caso no es urgente,
porque nuestra flota no se moverá hasta que no posea información razonablemente
exacta de la flota baburita y sus posiciones. ¡No queremos un segundo Mirkheim!
—Según las noticias, un buen número de vuestros ciudadanos no
quieren que la flota se mueva nunca —aventuró Eric—. Quieren negociar la paz.
Las finas cejas de Lennart se contrajeron.
—Sí, los locos. Ese es el nombre más suave que puedo darles:
locos.
Recuperó en seguida su tono brusco y continuó:
—Mientras, mi propuesta en cuanto a ustedes concierne está
pendiente de aceptación por el gobierno; tengo la autoridad y la obligación de
fijaros un estatus temporal. Hablando con franqueza, me sorprende que el
embajador Runeberg ponga tantas dificultades a vuestro internamiento. Es una
mera formalidad durante un período de tiempo muy limitado.
Ha hablado con Nicholas van Rijn, ese es el porqué. Eric intuyó
con fuerza que estaba ganando aquella baza. Pero aún no había terminado y la
pelea tenía muchos movimientos más. Su mente y su lengua comenzaron a trabajar
a toda velocidad.
—Estoy seguro de que él ya se lo habrá explicado, señora.
Después de la guerra tendremos que responder ante nuestro gobierno, y si
aceptamos ser internados eso implicaría que su estatus sería dudoso. Tampoco
podemos ponernos a vuestras órdenes hasta que no seamos reconocidos
públicamente como vuestros aliados.
Lennart apretó los labios, pero accedió:
—Algún día tendré que estudiar vuestro curioso sistema legal,
Almirante... Muy bien, confío en que estéis dispuesto para empezar, de forma no
oficial, los planes para la integración de vuestra flotilla en nuestra armada.
—Nuestra flota junto a la vuestra; por favor, señora —la marea
de la confianza subió en el interior de Eric—. Sí, por supuesto, excepto cuando
esté ocupado cuidándome del bienestar de mis hombres. Y hablando de ellos, ya
han sido internados de hecho. Eso tiene que terminar. Quiero una declaración
por escrito de que están libres para viajar y moverse con cualquier misión
inocente que puedan tener que cumplir.
La discusión que siguió a esta petición duró menos de lo que
Eric había esperado y Lennart se rindió a sus exigencias, que después de todo
parecían de poca importancia. Además, el gobierno del Mercado Común era novato
en asuntos de guerra, estaba inseguro sobre cuál sería la mejor forma de
manejar a sus propios ciudadanos. No tenía por qué insultar gratuitamente a los
héroes populares del momento. Los propagandistas de Van Rijn habían hecho bien
su cometido.
Por fin, Eric cortó la comunicación, se reclinó y dejó escapar
un suspiro que se convirtió en un juramento. Su mirada vagó desde la pantalla
en su escritorio hasta una ventana detrás de la cual unos prados muy verdes
ascendían hacia las nieves y la blancura de un glaciar. Sus nuevos alojamientos
y bases estaban situados en un chalet de los Alpes Meridionales de Nueva
Zelanda, que había sido apresuradamente equipados con equipo de comunicación y
de proceso de datos. Después de tomar algunas precauciones, era considerado a
prueba de espías y de escuchas. El acaudalado «simpatizante» que se lo había
prestado era un hombre de paja de Van Rijn.
Su entusiasmo dejó paso a una ola de rabia. Regatear, pensó.
Planes, esperar, esperar. ¿Cuándo pelearemos, por el amor de Dios?
Por el amor de Loma. La imagen de su prometida surgió ante él,
más nítidamente que cualquier fantasma traído por la electrónica, pero incapaz
de hablar. Ella habitaba a doscientos veintitantos años luz, bajo las armas de
Babur, y él ni tan siquiera había podido darle un beso de despedida. La pluma
se le escapó de entre los dedos.
Van Rijn, que había estado escuchando desde la habitación
contigua, apareció en la puerta.
—Lo conseguimos, ¿eh? —pero su tono no era muy alegre por
aquella victoria mínima—. Quisiera gritar hurra y tirar el sombrero al aire,
pero no tengo corazón para eso. Tenemos que movernos de prisa, ¿no es así?
Preparemos un plan, ahora mismo.
Eric se esforzó para prestar atención al mercader.
—Oh, ya lo he hecho —dijo.
—¿Sí? —los pequeños ojos negros parpadearon; pero el hombre
continuó—: Vine para que pudiésemos estar seguros de que nadie nos escuchase.
Eric enterró su frustración. Podía dar otro paso hacia su deseo.
—Lo preparé mientras venías hacia aquí —dijo—. Después, justo
después de que llegases, llamó Lennart, como habíamos estado deseando. He
pensado que te vayas tranquilamente a tu retiro en mitad del océano, a Ronga,
como para descansar unos cuantos días de las molestias que sin duda te ha
estado causando el gobierno.
Los bigotes de Van Rijn vibraron mientras preguntaba:
—¿Quién te ha hablado de ese lugar?
Mientras hablaba, Eric se sentía cada vez mejor:
—David Falkayn. ¿Recuerdas aquella noche en tu yate? Hacia la
mañana, cuando parecía que ya habíamos hablado bastante, él y yo subimos a
cubierta a respirar un poco de aire fresco, antes de que el coche viniese a
buscarme. Describió los diversos campos de aterrizaje privados que poseías,
para cualquier emergencia, y me parece que Ronga es el más apropiado.
Eso no fue todo lo que me dijo, pensó. Ya entonces, sabía lo que
quería hacer y tenía una idea bastante clara de cómo conseguirlo. Hoy he estado
actuando, y aún lo estoy, tanto en mi propio beneficio como en el suyo.
—Ahora bien —continuó bajo la mirada fija y quisquillosa de Van
Rijn—, cada uno de mis cruceros transporta un vehículo pequeño y ligerísimo,
equipado para viajes interestelares. Yo personalmente ordenaré que uno de ellos
descienda en Ronga, supongo que algún funcionario naval del Mercado Común
tendrá que concederme permiso, pero apuesto que solamente consultará en una
lista si Ronga posee un campo civil apropiado para el aterrizaje de una nave
semejante y que no hará más comprobaciones, como por ejemplo de quién es el
campo. No se atreverá a ponerme dificultades, he estado portándome de
una forma muy altanera..., ya viste cómo hablé con Lennart...,
con la esperanza de que se corra la voz de que hay que tratarme con pinzas de
terciopelo vinílico.
»Para evitar que escuchen mi llamada —continuó Eric—, lo mejor
sería que hicieses una visita a mi embajador cuando te marches de aquí..., si
es preciso despiértale, y le entregas los nombramientos de tus agentes como
oficiales de la armada de Hermes. Después llevarás a la isla, para entregar en
mano, mis órdenes de abandonar el Sistema Solar según instrucciones verbales.
Cuando llegue el vehículo se montarán en él, está equipado con las provisiones
imprescindibles para varias semanas de viaje. ¿Puedes encargarte de que los no
humanos lleven cualquier elemento nutritivo adicional que puedan necesitar?
—No creo que la nave tenga problemas en obtener permiso para
ascender. El funcionario de turno supondrá que quiero visitar mis naves que
están en órbita. Pero una vez esté lejos de la Tierra, se dirigirá al espacio
profundo, que es lo suficientemente grande como para que no puedan
interceptarla, si tus hombres conocen su oficio. La armada del Mercado Común no
está doblegada para evitar posibles movimientos de dentro hacia fuera, como lo
estaba la de los baburitas en Hermes —se echó a reír mientras seguía hablando—:
Sí, claro, a causa de esto tendré que aguantar rayos y truenos —terminó—. Me
gustará contestarles que he obrado completamente dentro de mis derechos. No
estamos prisioneros aún, ni bajo el mando supremo del Mercado Común. Si su
funcionario dio por hecho que yo quería darme una vuelta, no es culpa mía. No
estoy obligado a explicarles cualquier orden que dé a la gente bajo mis
órdenes..., aunque, de hecho, es completamente razonable que enviase
exploradores para ver desde lejos cómo van las cosas en Hermes. Claro que todo
el jaleo será la primera diversión que he tenido desde que me sacaste de Río a
escondidas.
Van Rijn permaneció inmóvil durante unos segundos.
—¡Ja, ja, ja! —gritó después—. Está claro que eres hijo mío, una
astilla del viejo tronco, sí, ¡en ti se cumplen por completo las leyes de
Mendel! Deja que encuentre una botella de ginebra que ordené que trajeran con
el equipo de la oficina y beberemos a la salud del enemigo.
—Después —contestó Eric, aunque se sentía algo conmovido—.
Aunque me apetece emborracharme contigo..., padre. Pero ahora mismo tenemos
muchas cosas que hacer. Aceptaré tu palabra de que nadie puede haberte seguido
hasta aquí. Pero, si no estás bajo vigilancia, si tu situación no es conocida
durante mucho tiempo, los vigilantes podrían empezar a hacer especulaciones,
¿no?
Buscó los útiles de escribir.
—Dame otra vez los nombres de los compañeros de David —pidió.
Van Rijn dio un respingo sin moverse.
—¿David? ¿Falkayn? No, no, hijo mío. Tengo otros esperando esas
órdenes. Eric se sorprendió.
—Entiendo que no te guste enviarle otra vez al peligro. Pero
¿tienes a alguno más eficiente?
—No —Van Rijn comenzó a dar pasos de un lado a otro—. Aunque
admito que odio ver a Coya tratando de ocultar su pena cuando él está fuera, le
enviaría a él, solo que... Bueno, ya le oíste aquella noche en el yate. No irá
a concertar una alianza entre las compañías independientes, como se supone que
tendría que hacer. No, él no miente sobre este punto: si le dan la oportunidad,
irá a Hermes.
—Claro que sí. ¿Es que no está bien?
—¡Tumbas y tormentas! —exploró Van Rijn—.
¿Qué es lo que puede hacer allí? ¿Hacer que lo maten? Entonces,
¿para qué ha servido todo este montón de maniobras?
—Yo doy por supuesto que cuando me dijo aquella madrugada en tu
yate que él y sus compañeros podían entrar en el planeta sin ser vistos no
mentía —dijo Eric—. Una vez allí es totalmente probable que tenga que quedarse
durante el resto de la guerra. Desde mi punto de vista, eso está bien porque
sus consejos y dirección serán invaluables. También me dijo que sería difícil
que la nave volviese de nuevo al espacio, pero que sus compañeros tienen
probabilidades de lograrlo después de haberle dejado a él en tierra; tienen el
récord de asuntos parecidos. Ellos reunirán a tus empresarios, aunque,
francamente, no entiendo muy bien qué es lo que crees que puede conseguirse con
ello.
—Poco quizá —concedió Van Rijn—. Pero... tengo un
presentimiento, hijo. Un presentimiento que me dice que debemos trabajar con lo
que queda de la Liga, y quizá averigüemos las razones de la forma de actuar de
Babur y cómo podemos cambiar eso. Porque, se miren como se miren, no tienen
ningún sentido —levantó una mano que parecía una losa y continuó—: Sí, ya sé
que la mayoría de las guerras no lo tienen. Pero cada vez me preocupa más qué
es lo que los líderes de Babur piensan que pueden ganar lanzándose a un imperialismo
en contra nuestra —se golpeó la frente con los nudillos y terminó—: En algún
punto de esta vieja cabezota está apareciendo una idea... Davy insistirá en ir
primero a Hermes, y puede ser que Adzel y Chee no puedan salir de allí. Déjame
enviar a cualquier otro, por favor.
Que su padre utilizase por último esa frase para dirigirse a él,
produjo en Eric un extraño estremecimiento.
—Lo siento —dijo—. Tiene que ser Falkayn, no me importan los
términos que imponga. Verás, tengo que llevar una rosa en mi cola..., oh, eso
es un proverbio de Hermes..., en beneficio de mis hombres tengo que guardarme
las espaldas, legalmente. Falkayn tiene mi misma nacionalidad y sus compañeros
tampoco pertenecen al Mercado Común, ¿verdad? Por tanto, tengo derecho a
confiarles una misión. ¿Tienes entre tus hombres a algunos exploradores
igualmente capacitados que cumplan esos mismos requisitos?
—No —susurró Van Rijn, que parecía repentinamente haber
encogido.
Es viejo, pensó Eric, está cansado y, al fin, olvidado. Deseó
agarrarle por los hombros, pero sólo pudo decir:
—¿Es que la diferencia es tan grande? Como mucho, estableceremos
contacto, primero con mi patria, después con tus colegas. Esperemos que resulte
útil —sus siguientes palabras sonaron vibrantes—: Después de todo, todo
dependerá de lo bien que luchemos.
Van Rijn le miró largamente.
—¿No lo entiendes, verdad, muchacho? —preguntó en voz baja y
ruda—. Ganemos, perdamos o empatemos, una guerra un poco larga significará el
fin del Mercado Común tal y como lo conocemos ahora, y de la Liga y de Hermes.
Pide a los santos que no tengamos que luchar hasta que la guerra decida por
nosotros.
Estuvo silencioso durante unos minutos y después añadió:
—Quizá ya sea demasiado tarde para nosotros. De acuerdo,
adelante en la forma en que queréis hacerlo.
El atardecer caía extravagante sobre el océano, formando tonos
que iban desde el naranja quemado hasta el oro derretido, pasando por el
ardiente coral.
Desde el horizonte hasta las rompientes de luz saltaba sobre el
agua. Venus estaba arriba, por el lado del oeste, y, bajo el canto del oleaje,
Ronga se hallaba en completo silencio. Los olores de las flores diurnas se
desvanecían al enfriarse el aire.
Adzel caminaba por una playa que bordeaba el exterior del
atolón. A su izquierda, un bosquecillo de palmeras relucía recortado sobre el
violeta oriental. Las escamas brillaban sobre su costado derecho; Chee Lan
cabalgaba sobre él y su piel parecía dorada. Estaban pasando la última hora
antes de volver al espacio.
Fue Cheen quien rompió el silencio en que ambos habían estado
sumidos durante un buen rato:
—Después que esto termine volveré a Cynthia, si es que seguimos
vivos. Para siempre. Adzel murmuró algo que sonó como una pregunta.
—Desde que empezó todo esto, he estado pensando en hacerlo —le
dijo ella... ¿O quizá se lo decía a sí misma?—. Y esta noche... La belleza de
este lugar me inquieta. Es demasiado parecido a mi hogar y demasiado distinto.
Intento recordar los bosques vivos de Dao-lai, los árboles malo en flor y las
alas a su alrededor, alas por todas partes, pero esto es todo lo que veo.
Intento recordar a la gente que quiero, y todo lo que me queda son sus nombres.
Es una forma muy fría de vivir.
—Me alegro de que tu apetito de riqueza se haya saciado —le dijo
Adzel. Ella se encrespó instantáneamente.
—¿Por qué, por el caos, me confesaría contigo, gruñosaurio
superdesarrollado? No puedes saber lo que es la añoranza de la patria. En
cualquier lugar que te encuentres puedes perseguir esa tontería de iluminación
tuya, hasta que la hayas dejado reducida a harapos.
La enorme cabeza se sacudió de un lado a otro, lo cual
significaba desacuerdo, pero era un gesto aprendido ente los hombres y nunca se
había visto en ninguna tierra de Woden.
—Lo siento, Chee, no quise ser presuntuoso, sólo alegrarme por
ti.
Ella se calmó con tanta rapidez como se había enfadado y
ronroneó en señal de amistad. El continuó tímidamente:
—Es cierto que en mi vanidad soñé con estar libre de los lazos
del nacimiento. Pero este sol es poco ardoroso, estos horizontes son estrechos
y muchas veces sueño que vuelvo a galopar con mis compañeros sobre una planicie
azotada por el viento. Y anhelo una esposa, yo, que se supone que sólo tengo
esos deseos cuando está cerca de mí una hembra en su estación. Quizá sean los
jóvenes lo que realmente quiero, tambaleándose a mis pies hasta que los cojo en
brazos.
—Sí, eso —murmuró Chee—. Un amante con el que siempre pueda ser
cariñosa.
La playa se estrechó al rodear un bosquecillo. Cuando la
rodearon, Falkayn y Coya aparecieron ante su vista, mirándose el uno al otro
con las manos unidas y sin ver ninguna otra cosa. Adzel no aminoró la
constancia de sus zancadas, tampoco ni él ni su jinete miraron hacia otro lado
u observaron a la pareja. Aquellos cuatro seres eran de tres razas distintas,
pero de una sola amistad, y tenían muy poco que ocultarse los unos a los otros.
—Oh, no lamento nada —dijo la wodenita—. Estos años han sido
buenos, deseo que mis hijos tengan la misma suerte que tuve yo viajando entre
milagros.
—Yo también —contestó Chee—. Aunque tengo miedo..., tengo miedo
de que ya hayamos visto lo mejor. La época que se avecina...
Su voz se apagó...
—Nadie te pide que soportes hoy el futuro —la consoló Adzel—.
Saboreemos esta última aventura nuestra tal como viene.
La cynthiana cobró fuerzas, como si saliese de un río helado, y
de un salto recobró su estilo anterior.
—¿Aventura? —gruñó—. ¿Apretujados en un casco la mitad del de la
Muddlin Through y sin nuestras diversiones preferidas? ¡Ni siquiera tiene un
computador que sepa jugar al póquer!
15
Mermes parecía una estrella azul al principio; después creció
hasta ser un disco color zafiro veteado de blanco y de color más oscuro en el
emplazamiento de su único continente; todo lo demás era el resplandor de los
mares brillantes por el sol o plateados por la luna. Después ocupó la mitad del
firmamento y ya no estaba delante sino debajo.
Había llegado el momento de peligro. La tripulación había
conducido la Streak siguiendo una órbita parabólica que penetró en el Sistema
de Maia desde un punto alejado de su plano elíptico, con la planta de energía
nuclear cerrada y los aparatos de soporte vital funcionando al mínimo gracias a
unos capacitadores eléctricos. De esta forma, si el radar de algunas de las
naves de vigilancia de los baburitas la localizaba, sería tomada con toda
probabilidad por un meteoroide, procedente del espacio interestelar, un tipo de
objeto bastante corriente. Pero ahora, Falkayn tenía que aplicar empuje aunque
fuese brevemente, para darle la velocidad precisa, si no quería que la nave
ardiese al entrar en contacto con la atmósfera.
Ante sus ojos se deslizaban listas de datos: datos sobre la
densidad del aire y su gradiente, la gravedad, la altitud, la curva planetaria,
los vectores en constante cambio de la nave. Un resultado de computador comenzó
a brillar con más fuerza: dentro de treinta segundos sería factible el descenso
aerodinámico, supuesta una deceleración adecuada, y la nave descendería en un
punto equis. Tenía que decidir si aprovechaba aquella oportunidad o esperaba la
siguiente. Después se necesitaría una fuerza negagravitatoria menor, pero
también el casco se calentaría más y el lugar de aterrizaje sería distinto.
Apretó el botón que seleccionaba el descenso inmediato, mitad por razonamiento,
mitad por un instinto muy adiestrado.
La deceleración le hizo incrustarse en la red de seguridad, al
no existir un campo interior que la compensara. El peso se desplomó sobre su
cuerpo, desgarrones oscuros cruzaron ante su vista, el trueno sonaba en su
casco. Al cabo de algunos minutos todo aquello terminó y volaban libremente
describiendo una línea oblicua. Estaban tan altos en la estratosfera que las
estrellas aún brillaban en un cielo de un azul muy oscuro.
—¿Estáis todos bien ahí? —carraspeó por el intercomunicador.
—Tan bien como puede estarlo un tomate triturado —gruñó Chee
desde la tórrela de control del armamento.
—Para mí la maniobra fue bastante refrescante, después de tanto
tiempo sin pasar nada —dijo Adzel desde el departamento del motor—. Tengo
muchísimas ganas de desembarcar y estirar las piernas.
A bordo de la Streak, Adzel no tenía espacio para otra cosa que
ejercicios isométricos y flexiones. Cada vez que los otros querían descansar,
tenía que salir de la cámara de recreo, que era la única donde podía
extenderse, si no quería terminar sirviendo de portería en un juego de
balonmano.
—Puede que tengas que correr más de lo que te gustaría —decía
Chee oscuramente—. Si algún detector ha detectado nuestra fuente de energía...
—Estábamos pasando justo por encima del centro del océano
Coribántico —le recordó Falkayn—. Las probabilidades nos son favorables...
¡Ehhhh!, ya empezamos a saltar.
La nave golpeó la cara interna de la estratosfera y troposfera
en un ángulo calculadamente pequeño. Rebotó sobre aquel gas mucho más denso
como lo hace una piedra botando sobre el agua. El choque hizo estremecer su
estructura. Continuó volando durante cierto tiempo, casi libre, elevándose
hacia el espacio y después describiendo una curva descendente otra vez para
golpear y volver a saltar... otra vez... otra vez... Cada vez penetraba en la
atmósfera más profundamente a una velocidad más baja. En el exterior, el día
volvía azul el cielo que sólo mostraba estrellas cuando la nave circundaba el
lado nocturno del planeta. El lamento del aire al ser hendido se hinchó hasta
convertirse en el rugido de un huracán. El mar y la tierra comenzaron a llenar
más vista que el cielo.
Por fin estuvieron a sólo unos cuantos kilómetros de la
superficie, actuando como un cuerpo en suspensión. Para pedir las coordenadas
geográficas, Falkayn apretó un botón, pues los satélites de navegación enviaban
señales continuamente. Ansiosamente, comparó el mapa que tenía en las manos. Se
encontraban encima de Tierra Grande, dirigiéndose hacia un punto de aterrizaje
situado en las montañas Cabeza de Trueno. Bajo él se extendía el desierto
interior del continente, iluminado por el sol, el suelo rojo se alzaba en
fantásticos promontorios esculpidos por el viento, las hierbas eran escasas, el
hombre estaba ausente por completo. Si no había sido observado aún, dudaba de
serlo alguna vez, y por tanto podría utilizar el motor para llevar la nave
bastante cerca de Hornbeck, el hogar ancestral de los Falkayn.
La voz de Chee cortó sus esperanzas como si fuera una espada.
—¡Yao leng! Dos naves del nordeste y del sudeste convergen sobre
nuestro rastro.
—¿Estás segura? —casi gritó Falkayn.
—Radar y... sí, maldición y condenación, emisiones de neutrino,
tienen plantas de energía nuclear. No creo que puedan navegar por el espacio,
pero son grandes y puedes apostar que rápidas.
Oh, no, no, no, algo se retorcía en el interior de Falkayn.
Hemos sido descubiertos. ¿Cómo? Bien, las fuerzas de ocupación deben ser
mayores y más dispersas de lo que Eric creyó comprender, sea cual sea la razón.
Después de todo, él se marchó antes de la ocupación... Alguien advirtió un
estallido energético allá arriba e interrogó a un centro que dijo que quizá no
era nada baburita y una amplia red detectara entró en acción y fuimos
descubiertos y las naves militares más próximas fueron destacadas para
comprobar quiénes éramos.
Echó a un lado el desmayo que sentía y preguntó:
—¿Hay alguna posibilidad de derribarles cuando se acerquen más?
—Yo diría que pobre —contestó Chee.
Falkayn asintió. Streak no era Muddlin Through. Con atmósfera y
un campo de gravedad fuerte, era mucho menos ágil que unos aparatos diseñados
para unas condiciones semejantes. No tenía generador de campo magnético capaz
de detener un misil, sus contactos, desprovistos de protecciones, resultaban
desesperadamente vulnerables a los rayos. Lo más verosímil sería que una nave
de combate de primera clase la volara en pedazos antes de que pudieran hacer su
primer disparo.
Intentar volver al espacio hubiese sido tan inútil como intentar
combatir. Ya estaban marcados por los ingenios detectores. Una nave espacial en
órbita ya debía haber sido alertada.
Durante el viaje, los tres discutieron esto y todas las demás
contingencias que se les pudieron ocurrir.
—De acuerdo —dijo Falkayn—. ¿Dónde nos alcanzará, Chee?
—Dentro de quinientos kilómetros más, si mantienen su vector
actual —respondió la cinthyana.
—Hemos tenido suerte después de todo. Estaremos ya muy
adentrados en las montañas Thunderhead y en una parte que yo conocía bien
cuando era pequeño. Aterrizaremos cerca de nuestro destino y nos esconderemos
entre los bosques; quizá podamos escapar a la persecución. Vosotros dos dejad
ahora mismo vuestros puestos, no tiene ningún sentido ya que sigáis estando de
guardia. Chee, coge nuestras raciones suplementarias.
Los tres podían alimentarse con sustancias nativas de Hermes,
pero faltaban algunas vitaminas y minerales. Falkayn continuó dando órdenes:
—Adzel, coge el equipo de viaje.
Había un fardo preparado desde el principio del viaje que
incluía propulsores sobre los cuales podían volar si eludían la persecución del
enemigo.
—Quedaros junto a la compuerta de personal, pero ataros a algún
soporte. Muy pronto empezaré a usar los frenos.
Streak continuó su largo descenso, produciendo un estallido
sónico que hizo temblar el terreno. Sobre el borde de aquel mundo se alzaron
unas montañas azules y fantasmagóricas, después grises y pardas y oscuras,
pobladas de árboles talus, las nieves eternas. Cuando la nave las sobrevolaba,
las cumbres parecían formar rastrillos amenazadores. Las alturas orientales
eran más suaves y caían formando largas curvas hacia el valle de Apolo, detrás
del cual se encontraban las colinas de Arcadia, la llanura costera, la capital,
Starfall, y el océano de Aurora. En esta vertiente el aire era más húmedo,
había nubes, los prados alpinos relucían pálidos como el otoño y las laderas
más bajas estaban cubiertas por un manto de bosques.
¡Allá vamos! Con un último impulso, la nave espacial quedó
virtualmente en suspenso, se colocó en posición vertical, se hundió y chocó.
Sus extremidades de aterrizaje mordieron el terreno, encontraron algo sólido y
se ajustaron para mantenerse firmes. Para entonces, Falkayn ya no estaba en su
sitio. Una dosis de equilibrio había compensado sus órganos del equilibrio
durante el tiempo que tenía que pasar bajo una gravedad nula. Dio un empujón a
una puerta, se lanzó por un pasillo, encontró la escotilla abierta y salió a
toda velocidad por la pasarela, detrás de sus compañeros.
Ellos le dejaron ir el primero. Se lanzó por el calvero donde
había posado la nave hacia los árboles que le escudaban; el vacío cielo estaba
lleno de muerte. Arbustos y sarmientos crecían gruesos y rígidos entre los
troncos. Recuperó su antigua habilidad y los apartó con lentos movimientos de
los brazos y las espinillas. Adzel tenía que seguirle con más precaución, a
menos que quisiese meter la cola en una trampa, pero cada una de sus zancadas
era mayor que las del hombre. Chee viajaba de rama en rama con gran facilidad.
Cuando algo parecido a un silbido se oyó por encima de sus
cabezas, Falkayn estaba suponiendo que habrían recorrido tres kilómetros.
Mirando hacia arriba vio uno de los vehículos dirigiéndose hacia el Streak.
Aquella forma esbelta era la de un A velan, producido para su utilización en
planetas ocupados por humanos después de que el susto proporcionado por los
shenna los había hecho armarse en cierto grado, y era una máquina bélica tan
formidable como había temido. En su costado llevaba pintada una insignia: los
ochos unidos que simbolizaban al Babur unido. Seguramente aquel aparato y otros
semejantes habían sido comprados a través de testaferros años atrás y puestos
bajo el cuidado de mercenarios humanos.
Cuando desapareció de su vista, Falkayn sintió cómo brotaba el
alivio en su interior. No les había espiado.
—Déjame echar un vistazo —gritó Chee. Adzel le arrojó un par de
gemelos ajustables a sus ojos y la cynthiana se elevó en solitario.
Falkayn se alegró de la parada, pero no por haberse cansado ya.
Aún podía correr treinta kilómetros por un camino libre de obstáculos, sin
respirar demasiado fuerte. Pero la parada constituía una oportunidad para
expansionar sus sentidos, de convertirse en parte de aquel mundo, en lugar de
verlo como una sucesión de peligros, uno tras otro.
La última luz de la tarde acuchillaba los troncos y las ramas
desde un azul en el que vagaban pequeñas nubes. En aquella zona, los árboles
eran en su mayoría «cortezas de piedras», sin hojas en aquella estación y
«tejadillos», cuyas copas se habían vuelto amarillas pero que proporcionarían
cubierta si escogía su camino de antemano. El suelo del bosque era menos tupido
en aquella zona que en el punto donde habían tomado tierra: el recién caído
manto que lo cubría crujía bajo sus pies, despidiendo un olor rico y húmedo.
Entre las ramitas desnudas revoloteaban los ornitoides y una especie de piojos
voladores danzaban en los rayos de sol como si fueran motas de polvo. Falkayn
se sintió atenazado por un poderoso y repentino sentimiento de... no de haber
vuelto al hogar..., era un sentimiento de anhelo. ¿Sería aquél aún su país o
había vagabundeado lejos de él durante demasiados años?
No tuvo tiempo de pensar en aquello. Chee descendía
apresuradamente.
—Uno de ellos ha bajado y el otro está sobrevolando, seguramente
junto a nuestra nave —informó—. Pronto averiguarán que no hay nadie cuidando
esa tienda.
—Será mejor que nos movamos de prisa —propuso Adzel.
—No —decidió Falkayn—. Hasta que no sepamos lo tenaces que van a
ser, no. Escondámonos bien mientras podamos, especialmente tú, viejo cocodrilo.
Chee volvió a su puesto de vigía, mientras que Adzel se escurrió
dentro de unos arbustos. Falkayn utilizó su pistola para cortar arbustos y
ramas que esparció sobre la sobresaliente cola del wodenita. El podía
esconderse con más facilidad...
La cynthiana se deslizó hasta el suelo y corrió como un rayo.
—Se terminó el juego —dijo secamente—. Vienen cuatro hombres
volando con propulsores describiendo espirales para rastrear mejor. ¿Os
apostáis algo a que han conseguido un rastreador de olores?
Falkayn se puso rígido. A menos que encontrasen una cueva, no
podrían esconderse de un instrumento sensible a los gases de la respiración y
del sudor. Los animales salvajes podrían provocar retrasos con falsas alarmas,
pero aquello apenas sería suficiente para beneficiar realmente a las piezas de
aquella cacería.
Esto podría ser el fin, después de todos estos años de buena
suerte. La idea sonaba extraña. Idiotamente, preguntó en voz alta:
—¿Cómo es posible que tengan un rastreador de olores?
—Como precaución contra posibles guerrillas, o quizá ya haya
guerrillas activas —dijo Chee—. Aunque me parece que sólo uno de los hombres
vuela con un rastreador. Si tuvieran más de uno, se habrían dividido en dos
grupos.
—¿Podríamos lanzarnos nosotros al aire?
—¡Chu, no! ¿Qué le ha pasado a tu cerebro? Nos verían con toda
certeza, estamos muy cerca.
—Cuando se acerquen, mis radiaciones se registrarán con mucha
más frecuencia que las vuestras. Seguid adelante vosotros dos y dejadme aquí.
Yo les entretendré —dijo Adzel bajo su escondite.
—¿Es que también tu cerebro se ha convertido en copos de avena?
—gruñó Chee.
—Escuchad, amigos. En cualquier caso, para mí es imposible
escapar...
Falkayn recuperó la inteligencia con la misma rapidez con que
una espada vuelve a su vaina.
—¡Resplandor del sol! —gritó—. Demos la vuelta a esa idea.
Adzel, quédate donde estás; Chee, tú ven conmigo y guíame en una dirección que
les haga olemos los primeros.
—¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó ella con las orejas en
punta.
—¡Date prisa, vamos, lengua de trapo! —dijo Falkayn—. Te lo
explicaré mientras corremos.
Falkayn se irguió bajo un tejadillo, en el borde de un grupo de
cortezas de piedra cuyas ramas y ramitas recortadas contra lo que podía ver del
cielo dibujaban formas esqueléticas. Escuchó un zumbido por encima de su cabeza
y sus cazadores aparecieron ante su vista, muy alejados de las copas de los
árboles. Eran humanos aunque no lo pareciesen; los propulsores a sus espaldas
parecían un par de gruesas aletas; los cascos que cubrían sus cabezas, hueso
desnudo; el metal brillaba con aquella tranquila luz. Por lo demás, llevaban
unos desconocidos uniformes grises y tres de ellos transportaban armas
energéticas cuyos largos ca-cañones traicionaban su potente capacidad
destructiva. El jefe, que volaba más bajo que el resto, llevaba una caja con
antenas y válvulas delante, contadores en la parte de atrás: sí, era un
rastreador de olores.
Aquel hombre señaló algo. Del arma de otro de ellos salió una
descarga, que rebanó limpiamente unas ramas que cayeron y se aplastaron
envueltas en humo de olor acre. Una voz amplificada tronó en ánglico con un
fuerte acento:
—¡Salid al descubierto o quemaremos el suelo bajo vuestros pies!
Falkayn dio un paso al frente con las manos en alto. No tenía
miedo, pero todos sus sentidos estaban agudizados al máximo: veía una a una
cada hoja que crujía bajo sus botas, percibía cómo cedían bajo su paso, sabía
que la brisa se llevaba el sudor de sus mejillas, bebía los aromas del
crecimiento y de una decadencia llena de salud: le parecía imposible que la
presencia de Chee no fuese un disparo de aviso.
Los soldados se detuvieron.
—Así está bien, quédate donde estás —ordenó la voz.
Los cuatro hombres conferenciaron; naturalmente, tenían miedo de
una emboscada. Sin embargo, su instrumento sólo delataba la presencia de aquel
hombre.
Un animal arbóreo que colgaba de una de las ramas altas no
contaba, era inconspicuo: su pelo gris con manchas oscuras, su postura era la
de un animal congelado por la inmovilidad del terror. Chee se había revolcado
entre el humus bajo las hojas muertas. Y los hombres no eran de Hermes, no
sabían nada sobre la vida nativa del planeta. Era hasta posible que ninguno de
ellos la hubiese siquiera advertido.
Uno de los hombres permaneció arriba y sus compañeros
descendieron para apoderarse del prisionero. Cuando pasaban cerca de la
cynthiana, ella sacó la pistola que tenía oculta bajo el vientre y abrió fuego.
La primera descarga acertó en el rastreador, desgarrando la
cubierta y penetrando en los circuitos. El que lo llevaba gritó y lo soltó,
pero el disparo siguió su trayectoria y le alcanzó también a él, cerrando la
herida mortal al tiempo que la hacía. Su cuerpo continuó su descenso, colgando
roto del propulsor.
El segundo disparo erró y sólo alcanzó su blanco en la pierna,
pero le puso fuera de combate. Voló directamente hacia lo alto, y era terrible
oír sus gritos.
El tercero disparó contra Chee, que ya se había deslizado por la
parte trasera del tronco y estaba en camino hacia el suelo, saltando de rama en
rama atravesando metros de aire. Apuntó su arma hacia Falkayn, pero éste ya
había regresado bajo el refugio del follaje. Desde sus escondites, tanto él
como Chee dispararon como pudieron y el soldado se retiró. El y su compañero
indemne enviaron llamarada tras llamarada, ciegos por la furia; en los puntos
donde tocaban el suelo, los árboles ardían y el terreno humeaba. Centenares de
alas se alzaron en pánico, los gritos de los tili casi ahogaban el seco trueno
de los disparos.
Era inútil. Deslizándose de refugio en refugio, Falkayn estuvo
fuera de aquella zona en cuestión de segundos. Chee tenía menos problemas en
moverse sin ser vista. Cuando volvieron a reunirse con Adzel, Chee subió a un
árbol y no divisó ningún elemento hostil, aparte de una de las naves a bastante
altura. Los mercenarios debían haber ayudado a su compañero herido.
—No tendrán otro rastreador hasta que alguien no traiga uno de
repuesto —dijo Falkayn.
Igual que antes no había sentido miedo, ahora no sentía
entusiasmo, simplemente sabía lo que tenía que hacer y la urgencia le hacía
pensar de prisa.
—Antes de que eso suceda, tenemos que estar muy lejos.
Partiremos ahora, lentamente y con todas las precauciones. Cuando se haga de
noche, lo que gracias a Dios será pronto, nos moveremos de prisa, y quiero
decir de prisa —dirigiéndose al wodenita, añadió—: Nada de esos nobles
autosacrificios, ¿eh? Me llevas a mí y a Chee sobre la espalda y alcanzaremos
una buena velocidad, sin necesidad de detenernos para descansar.
Sí, pensó. El antiguo equipo sigue trabajando bastante bien, y
señaló una marca que se divisaba entre los árboles: una inconfundible cima
nevada.
—Hacia allí. Ahí vive mi gente.
16
Hornbeck ocupaba una meseta que surgía de una ladera baja del
monte Nivis. Por el horizonte septentrional, el bosque trepaba hasta las
alturas donde la blancura de la nieve resplandecía eternamente, y hacia el
oeste sus límites también eran abruptos, pero por el este y por el sur la vista
sólo alcanzaba el cielo al final de las tierras de labor. La casa solariega de
piedra gris se erguía ligeramente aparte de un conglomerado de viviendas de
inferior categoría y otras dependencias. Allí, en la madera y los yacimientos
de hierro, estaba el origen del dominio de los Falkayn, aquí estaba aún su
corazón, aunque desde hacía tiempo sus empresas se hubiesen extendido por todo
el planeta.
Mientras paseaban por un sendero que serpenteaba entre los
campos, los contempló: vacíos terrenos pardos, desnudos totalmente en aquella
estación, con excepción de los lugares donde el ganado pastaba las
últimas hierbas abandonadas por el otoño. El día era despejado,
fresco y no había viento, y el silencio era tan grande que el crujir de sus
botas sobre la gravilla del sendero parecía lleno de un misterioso significado.
Muy alto por encima de su cabeza aleteaba un «alas de acero», alerta en busca
de alguna presa. Nada se movía sobre el suelo ni se veía un solo vehículo
volando y rompiendo el silencio. Toda la colonia se había encogido en sí misma,
enviando pocos mensajes al mundo exterior, y para eso breves; enviaba algunos
de sus miembros aquí y allí, con los labios apretados, para misiones muy
concisas, no se invitaba a visitantes... Como si se preparase para un asalto.
Ataque que pronto sobrevendría, pensó Falkayn, de forma más
peligrosa que un ataque físico.
Aquella mañana, la primera desde su llegada, él y su madre
habían salido para hablar, después del torbellino de emoción de la noche del
encuentro. Pero caminaron durante media hora sin decir palabra. El no estaba
seguro de lo que ella pensaba; habían pasado muchos años, y él mismo ni
siquiera podía pensar en hacer algún plan. Su cuerpo estaba demasiado ocupado
recordando...
Por fin fue Athena Falkayn quien tomó la palabra. Era una mujer
alta, todavía hermosa y fuerte, cuya espesa cabellera blanca llegaba hasta los
hombros. Iba vestida, al igual que su hijo, con un atuendo sencillo, con el
escudo familiar, pero ella había añadido un collar de ámbar.
—David, querido, estaba tan contenta de volver a verte, tan
horrorizada de todos los riesgos que has corrido primero, y después de
comprender que habías salido indemne de todos ellos, que hasta ahora no he
tenido tiempo para preguntártelo: ¿para qué has venido en realidad?
—Ya te lo dije —le contestó él.
—Sí. Para suceder a Michael como es tu derecho.
—Y mi obligación.
—No, David. Lo sabes muy bien. John y Vicky y sus cónyuges son
perfectamente competentes —se trataba de sus dos hermanos pequeños que no
vivían allí—. Si vamos a eso, desde la muerte de tu padre fui yo la que me
ocupaba casi de todo, puesto que Michael estaba fuera mucho tiempo con su
destino en la armada. ¿O es que te has vuelto tan extraño que crees que no
podremos arreglárnoslas?
Falkayn parpadeó y se frotó la cara, que estaba marcada por los
días del duro viaje, viviendo de lo que encontraban por el camino y sin
atreverse a volar.
—Eso nunca —contestó—. Pero, bueno, con mi experiencia...
—¿No podrías haberla aplicado ahí en el espacio con más
utilidad, ayudando a organizar la guerra?
La mirada que su madre dirigió al cielo, patrullado por unas
naves invisibles, fue como si hubiese alzado un puño.
—Lo dudo —dijo él ásperamente—. ¿Crees que el gobierno del
Mercado Común querría mi colaboración? En cuanto a Van Rijn..., bien, quizá me
haya equivocado..., o puede que no. Pero... mira, Hermes siempre ha vivido en
paz. Las vueltas y tumbos de la historia son irreales para ti —para todos los
que vivís en este planeta—, porque sólo son un sinfín de nombres y fechas que
aprendemos de niños y que después olvidamos porque no significan nada para
nosotros. Yo, sin embargo, he visto la guerra, la tiranía, conquistas,
derrocamientos, en decenas de razas. Esto me ha hecho visitar lugares de la
Tierra, desde Jericó y las Termópilas hasta Hiroshima y Vladivostok; aunque
había tantos sitios como éstos que nadie tendría tiempo para visitarlos todos,
conozco algo sobre la forma en que funcionan esos horrores. No mucho, la Liga
tiene un montón de gente tan bien informada como yo o incluso mejor, pero creo
que conozco el asunto mejor que la mayor parte de los de Hermes. El la cogió
del brazo y suplicó:
—Antes de continuar, por favor, pon un poco de aire dentro de
este vacío en el que me he estado moviendo desde que llegué. Dime cuál es la
situación aquí. He oído algo sobre una revolución social patrocinada por las
autoridades de los ocupantes, pero no conozco los detalles. Ayer todos
estábamos muy excitados y..., ¡Dios!..., nos pusimos muy sentimentales,
¿verdad? Todo fueron maldiciones contra los traidores que han soliviantado a
los Travers; pero no puede ser tan simple como todo eso.
—No, no lo es —admitió Athena—. Aunque quizá tú puedas ver algo
distinto de lo que yo temo ver.
—Cuéntame.
—Bueno, yo disto un año luz de tener todos los datos, y quizá
mis propios prejuicios distorsionen los que tengo. Deberías hablar con otras
personas, consultar los archivos de noticias...
—Pues claro —Falkayn rió con tristeza—. Tengo cincuenta años,
madre. Bueno en Hermes cuarenta y cinco.
La sonrisa de la mujer sintonizó en melancolía con la de su
hijo.
—Supongo que tengo que creerlo, pero no soy capaz de sentir que
hace todo ese tiempo desde que el médico te dejó sobre mi estómago y pudimos
oír que tenías un magnífico par de pulmones.
Continuaron caminando. Un puente de tablas que cruzaba el
Hornbeck interrumpía el sendero. Se detuvieron en su centro y se apoyaron sobre
la barandilla, contemplando las piedras del fondo a través de la superficie
ondulada del agua. La corriente producía un ruido como un gorgoteo.
—Bien —dijo ella con voz baja y sin expresión—, ya sabes que los
baburitas se presentaron en este sistema y anunciaron que éramos sus
protegidos; pensaban apoderarse de nuestras escasas naves de guerra, pero
Michael las condujo hacia el exterior del sistema. Después de unos segundos,
repitió en voz baja el nombre de Michael con una mezcla de orgullo y pena. Las
moscas doradas con alas de gasas danzaban sobre el arroyo.
—Me imagino que Lady Sandra necesitaría un buen acopio de sangre
fría —continuó—. La flota había desaparecido, su primogénito se había ido con
ella... ¿Qué mejor excusa para destronarla? Debe haber hecho frente a esas
criaturas y hacerles comprender que sólo ella podía mantener un gobierno, que
de otra forma heredarían la anarquía en un planeta del cual no sabían
prácticamente nada, todo lo cual era cierto. Su propósito es salvar nuestras
vidas, nuestra forma de vivir, todo lo que se pueda. Si tiene que ceder en
algunas cosas, bueno, por lo menos yo le agradeceré cualquier cosa que logre
conservar.
Falkayn asintió, y dijo:
—Eres sabia, madre. Ayer noche, escuchando a algunos de esos
cabezas locas... Ayúdame a decirles que en la guerra y en la política no hay
lugar para el romanticismo.
La mirada de Athena se posó en un glaciar que resplandecía bajo
las nieves del monte Nivis, y continuó:
—Poco después los baburitas trajeron mercenarios que respiran
oxígeno, humanos en su mayoría. Casualmente sé algo sobre esta gente porque la
Duquesa me pidió personal de confianza para hacer averiguaciones, puesto que
sería inevitable que algunas de las empresas de nuestro dominio entraran en
tratos con los ocupantes, y Lady Sandra sabía que yo siempre he sido íntima de
nuestros principales Seguidores. Tanto los humanos como los alienígenas son un
grupo abigarrado, reclutado durante un largo período de tiempo: los arruinados,
los amargados, avariciosos, los fuera de la ley, inmorales, aventureros sin
rumbo fijo... Falkayn asintió, pues sabía que la civilización Técnica, en su
expansión por el espacio con la velocidad y la ceguera de una fuerza de la
naturaleza, había engendrado un buen número de aquellos seres.
—Sólo reclutarlos debe haber exigido la existencia de toda una
organización respaldada por abundantes recursos —dijo.
—Eso es evidente —contestó Athena—. Supongo que sus oficiales
superiores conocían algo de la verdad, pero los rasos no lo sabían; lo que se
les dijo a ellos fue lo siguiente: un consorcio de inversores, que querían
permanecer en el anonimato, estaba preparando secretamente un ejército para
alquilar tropas de choque que lucharían a buen precio en cualquier lugar donde
se las enviase; bien en beneficio de sociedades que se encontrasen arrastradas
ante una amenaza como la de los shenna, o para ayudar a aspirantes a
imperialistas que se aventurasen fuera del espacio conocido. En particular
insistieron en que los ymiritas podrían estar interesados y que auxiliares que
respirasen oxígeno les resultarían muy útiles en planetas más pequeños; por
ejemplo, para recaudar tributos en forma de artículos manufacturados
obedeciendo órdenes.
Falkayn casi se quedó con la boca abierta.
—Casi tengo que... ni, tengo que admitir que son audaces —dijo—.
Aunque pensar en Ymir era lo más lógico, es el objeto favorito de las
supersticiones.
Porque prácticamente no sabemos nada sobre él, recordó. Llamamos
así a un planeta gigantesco, que hace que Babur parezca un enano a su lado,
cuyos habitantes viajan y fundan colonias por el espacio y que aparentemente no
están interesados en contactar estrechamente con nosotros..., o quizá hayan
decidido que somos demasiado distintos y que no vale la pena.
—Me preguntó por qué vosotros, la Liga, no tuvisteis ninguna
sospecha de todo ese reclutamiento —continuaba Athena—. Los cálculos más
aproximados que puedo hacer por las conversaciones que me han contado..., y
bueno, entre nosotros, por los interrogatorios de guerrillas que públicamente
negamos pero que nos mantiene informados... —cogió aliento y continuó—. No
importa, la gente a mis órdenes ha hecho un recuento lo más correcto posible de
las tropas de ocupación... Son cerca del millón y tenemos informaciones que
sugieren que hay otros tantos en la reserva.
Falkayn silbó. Pero...
—Es totalmente lógico que no nos llegase ninguna información
sobre lo que estaba sucediendo —le dijo a su madre—. Un par de millones de
sujetos recluta-dos poco a poco en diez mil lugares distintos, en docenas de
planetas, no forman una estadística particularmente notable. De todas formas,
siempre hay intrigas en curso en alguna parte. Puede que agentes de una
compañía o dos hayan comprendido algo de lo que estaba sucediendo; pero si fue
así, ellos, o sus jefes, no consideraron conveniente pasar la información al
resto de nosotros y pedir una investigación a fondo. La comunicación entre los
miembros de la Liga ya no es lo que era en el pasado.
El espacio es demasiado grande y nosotros estamos demasiado
divididos.
—Eso me había parecido —dijo Athena suspirando—. Bien, también
me he enterado de que los soldados eran advertidos de que permanecerían
aislados durante años, pero la paga que se iba acumulando era magnífica y, en
apariencia, disfrutaban de diversiones y espectáculos extraordinariamente
generosos; cualquier cosa, desde cervecerías y burdeles hasta bibliotecas
multisensoriales. Además, el planeta donde eran enviados tenía sus propias
maravillas naturales que podían explorar, a pesar de su tristeza. De tipo más
bien terrestroide, caliente, húmedo, perpetuamente cubierto por
las nubes...
—¿Nubes? —dijo Falkayn—. Y nadie que no estuviese acceso a Altos
Secretos podría saber qué planeta era.
—Ellos le llamaban entre sí Faraón. ¿Te dice algo ese nombre?
—No.
—Puede que además esté fuera del espacio conocido.
—Lo dudo. Hay siempre exploradores extendiendo los límites del
espacio conocido y podrían encontrarlo. Yo diría que Faraón fue visitado una
vez y figura en los catálogos con un número, ni siquiera un nombre, como un
globo no demasiado interesante, comparado con la mayor parte de los demás...
Okey. El ejército vivió y se entrenó allí hasta que hace poco fue embarcado y
se enteró de que estaba trabajando para Babur contra el Mercado Común y,
posiblemente, también contra la Liga. ¿Ha afectado eso a su moral?
—La verdad, no lo sé. Mi personal, como verdaderos Herméticos,
no se han hecho lo que se dice íntimos de los invasores. Mi impresión es que la
mayoría de ellos aún se sienten perfectamente confiados. Si acaso, se alegran
de poder devolver el golpe a una civilización Técnica que les trató a patadas.
Por lo menos, los merseianos que hay entre ellos sienten así. Si algún
individuo tiene remordimiento, la disciplina militar los mantiene tranquilos.
Es un ejército altamente disciplinado —Athena sacudió la cabeza y terminó—:
Temo no poder decirte más sobre ellos.
Falkayn cogió sus manos, que descansaban sobre la barandilla, y
las apretó con fuerza.
—¡Por Judas, madre! ¿De qué te estás disculpando? Te has
equivocado de carrera, deberías haber estado a cargo del cuerpo de información
de Nick van Rijn.
Mientras tanto, no podía evitar pensar en que la reunión de
aquella hueste debía haber sido épica. Tenía que haberlo hecho alguien con
mucho poder.
—Continuemos andando —dijo Athena—. Necesito que el ejercicio me
libere de mis miserias.
Adaptando su paso al de ella, Falkayn se sobrecogió.
—Sí, debe haber sido una especie de degustación anticipada del
infierno tener que estar aquí sentado día tras día, inútil, mientras que...
¿Tengo razón en suponer que al principio los baburitas prometieron su no
injerencia en asuntos domésticos?
—Más o menos.
—Y después de que tuvieron unas cuantas bases seguras aquí, se
olvidaron de eso y han estado trayendo más y más tropas, estacionándolas por
todo el planeta para evitar una sublevación.
—Exacto. Nos han impuesto un Alto Comisario que hace casi
siempre lo que le apetece. Si Lady Sandra no le presta un mínimo de
cooperación, es evidente que la depondrá y nos pondrá completamente bajo la ley
marcial. Así que la pobre y valiente mujer aguanta, con Dios sabe cuántas
luchas, con la esperanza de conservar alguna representación para las Familias,
los Leales y los Travers fieles... Parte de nuestras instituciones...
—Claro que, al mismo tiempo, al seguir siendo Gran Duquesa da un
cierto aire de legitimidad a los decretos de él... Bien, ¿quién soy yo para
criticarle? No estoy allí sobre el trono. Dime algo sobre este Alto Comisario.
—Nadie sabe mucho. Su nombre es Benoni Strang; tampoco te dirá
nada el nombre, ¿no? El pretende ser de Hermes, haber nacido Traver y haber
ascendido por sí solo a puestos de responsabilidad. Hice que comprobasen todo
eso en los registros de nacimiento y de la escuela, y es cierto. Parece que
algunas malas experiencias en su juventud lo han convertido en un
revolucionario, pero en lugar de afiliarse en el Frente de Liberación se marchó
del planeta..., consiguió una beca de Desarrollo Galáctico para estudiar xenología,
y nadie de aquí, ni siquiera su familia, supo algo acerca de él durante las
tres décadas siguientes, hasta que de repente volvió a aparecer entre los
baburitas. Los conoce muy bien, creo que tanto como es posible hacerlo a un
respirador de oxígeno. Pero es un hombre sofisticado que se nota que se ha
movido en ambientes humanos al más alto nivel.
Falkayn frunció el ceño contemplando los campos. Un animalillo
chapoteaba por el borde del sendero dirigiéndose hacia la cuneta, una pequeña
forma peluda cuya libertad no era afectada por las naves ni los soldados.
—Y está aprovechando esta oportunidad para vengarse —dijo
Falkayn—. Supongo que él diría para arreglar viejas injusticias, es lo mismo.
¿Ha conseguido que le apoye el Frente de Liberación?
—No, en realidad no —dijo Athena—. Su líder, Christa Broderick,
fue entrevistada por la televisión después de que el Comisario hiciera pública
su intención de llevar a cabo algunas reformas sociales básicas. A ella eso le
parecía bien, y muy pronto un buen número de sus seguidores se dieron de baja,
alegando que ellos eran Herméticos antes que otra cosa. Y después él no ha
hecho ningún esfuerzo para entrar en contacto con su organización; la está
ignorando por completo. Ella parece resentida, y aunque la censura no le
dejaría denunciarlo abiertamente, su silencio público indica bien a las claras
su postura. Los seguidores Travers del Alto Comisario están formando un
partido.
—La acción de Strang no me sorprende —observó Falkayn—. El no
querrá tener como aliado a un grupo nativo fuerte, pues tendría que darle voz,
y esa voz no siempre sería un eco de la suya. Si uno planea reestructurar una
sociedad, lo primero es atomizarla.
—El ha hecho saber —contestó Athena—, a través del trono, que
habrá una nueva Asamblea que redactará una nueva Constitución —lo cual ya sabes
que está previsto en nuestra constitución— en cuanto puedan ser establecidos
los procedimientos adecuados para la elección de los delegados.
—¡Sííí! Eso quiere decir, tan pronto como él pueda dominarla,
por no mencionar el hecho de que todo sucederá bajo las bocas de los
lanzamisiles de los baburitas. ¿Sabes qué cambios piensa hacer?
—Nada ha sido prometido definitivamente aún, excepto el fin de
los privilegios especiales. Pero estamos oyendo hablar tanto de una «propuesta»
que estoy segura de que es algo programado para ser aprobado. Los dominios
serán «democratizados» y llevarán a cabo todas sus operaciones por medio de una
autoridad comercial y central.
—Una base buena y sólida para un estado totalitario —dijo
Falkayn—. Madre, hice bien en regresar. Ella le miró durante un rato antes de
preguntar:
—¿Qué te propones?
—Tendré que enterarme de más cosas y pensar mucho antes de
decidirme por algo concreto —contestó él—. Sin embargo, creo que básicamente me
haré cargo de la presidencia de este dominio como me corresponde por derecho y
organizaré la resistencia entre el resto.
—Te encarcelarán en el instante en que tu presencia aquí sea
pública —protestó ella.
—¿Lo crees así? No es probable. Apareceré en público con mucho
ruido. ¿Qué he hecho de ilegal? Nadie puede probar cómo o cuándo llegué aquí.
Podría haber estado meditando en una heredad en el campo desde antes de la
guerra. Y... el episodio Shenna me convirtió en un héroe modelo estándar; ya sé
que no es muy modesto por mi parte —el hecho a menudo ha sido una condenada
molestia—. Si Strang procede con tanta cautela como dices, no actuará contra mí
sin una provocación flagrante, que yo no le proporcionaré. Creo que puedo
contar con la adhesión de las Familias y los Leales, devolverles la moral, y
que también puedo atraer a muchos de los Travers. Cuando se reúna la Gran
Asamblea tendremos peso en ella, no mucho a lo mejor, pero algo. Puede que, por
lo menos, logremos preservar las libertades civiles más elementales y mantener
a Hermes como un símbolo al que el Mercado Común no pueda abandonar.
—David, me temo que eres demasiado optimista —avisó Athena.
—Ya lo sé —contestó él lúgubremente—. Por lo menos, odiaré los
próximos años, o todo lo que dure la guerra..., separado de Coya y de nuestros
chicos, con el mismo vacío en nuestras vidas...; pero tengo que intentarlo, ¿no
es cierto? Si abandonamos toda esperanza, perderemos todas las esperanzas.
Falkayn había dejado a Adzel y a Chee en los bosques antes de
recorrer los últimos kilómetros hasta la mansión. Una de sus primeras
preocupaciones fue esconderlos en lugar seguro sin que demasiada gente se
enterase de su presencia, ni siquiera los de Hornbeck.
Athena se había encargado de ello inmediatamente. La Duquesa
Sandra había distribuido entre gente de confianza al personal de Supermetales
que ella había evacuado de Mirkheim, tan pronto como los baburitas anunciaron
su intención. Athena se había hecho cargo de Henry Kittredge, el jefe de
operaciones, enviándolo a una cabaña de caza, en la espesura. Nadie sabía que
estaba allí, excepto ella y unos cuantos ultraleales que le llevaban todo lo
que necesitaban. Se alegró mucho cuando el wodenita y la cynthiana fueron
conducidos, volando en sus propulsores después de oscurecido, para hacerle
compañía.
Por la mañana, los tres se sentaron y charlaron durante largo
rato. Kittredge se sentó en el porche de la cabaña de troncos, Chee se colgó de
una silla a su lado y Adzel se tendió cómodamente sobre el suelo exterior,
levantando la cabeza por encima de la barandilla de la galería. La luz del sol
se filtraba entre los árboles que rodeaban la cabaña, haciendo resaltar con
viveza los colores amarillo, tostado, blanco, azul de las hojas que quedaban.
De vez en cuando, remotos zumbidos y aleteos provocados por la vida animal
surgían de entre las moteadas sombras. Por lo demás, el aire era silencioso,
cortante y bastante fresco.
—Libros, cintas, televisión —decía Kittredge—. Charlar siempre
que alguien me traía más pitanza. Se hacía demasiado solitario. Pero resultaba
aburrido, a veces he llegado a desear que sucediese algo, cualquier cosa, buena
o mala.
—¿No podrías haber buscado diversión en el bosque? —le preguntó
Adzel.
—Nunca me he atrevido a ir demasiado lejos, podría perderme o
pasarme alguna de las mil cosas imprevistas que le suceden a uno en un planeta
muy distinto del propio.
Chee hizo caer las cenizas del cigarrillo que tenía en la
boquilla.
—Vixen tiene un hemisferio habitable para los humanos —dijo—, y
con bosques y todo.
—Pero no son como éstos, sólo en apariencia se parecen —replicó
Kittredge—. Demonios, con todos los mundos que habrás visto ya podías saberlo.
Me conformaría con regresar a ver Vixen, y nunca más volvería a sacar el rabo
de allí —añadió melancólicamente.
—Creo que lo mismo nos sucede a los demás —murmuró Chee.
—Yo os entiendo —dijo Adzel suavemente—. El hogar es el hogar,
por muy duro que sea.
—En Vixen ahora se vive mejor que antes —dijo Kittredge con un
estallido de orgullo—. Nuestra parte de Supermetales ha llegado para pagar el
establecimiento de una cadena de estaciones meteorológicas que necesitábamos
como el pan y..., bueno, por lo menos eso hemos ganado, sea lo que sea de
Mirkheim en el futuro.
Chee se agitó inquieta.
—Podría haber alguna diferencia en lo que suceda con Mirkheim al
final si Adzel y yo pudiésemos continuar nuestra misión —declaró—. ¿Tienes idea
de cómo podríamos conseguir una nave?
Kittredge se encogió de hombros.
—Lo siento, pero no tengo ni idea. Supongo que dependerá de lo
que esté sucediendo por esos mundos.
—Debes saber algo sobre eso —le apremió Adzel—. Te has pasado
aquí un montón de tiempo viendo los noticiarios y también tienes que haber
hablado con los de Mermes viva voce.
—¿Hablar cómo? —dijo Kittredge arqueando las cejas.
—No le hagas caso —le aconsejó Chee—. Se pone así de vez en
cuando. Y vosotros dos, ¿qué sabéis de él? ¿Qué tipo de sociedad tiene?
—Sabemos bastante —le aseguró Adzel—. David Falkayn lo discutía
con nosotros una y otra vez. Tenía que hacerlo.
—Sí, supongo que es lógico —dijo Kittredge compasivo—. Bien,
todo lo que he podido descubrir es que los baburitas intentan por medio de su
comisario, el humano, montar una revolución en Hermes..., desde arriba, aunque
sin duda esperan obtener apoyo en los de abajo. Todo el esquema de las leyes y
la propiedad va a ser revisado, la aristocracia será abolida y se establecerá
una «república participativa», qué sabe Dios lo que quiere decir.
El cuello de Adzel se enderezó y Chee se sentó completamente
rígida con los mostachos temblorosos.
—¿Chu-wai? —exclamó—. ¿Por qué demonios tiene que importarles a
los baburitas el tipo de gobierno que haya en Hermes mientras esté bajo su
control?
—Creo que planean mantener su control aquí —contestó Kittredge—
también después de la guerra..., y para eso tendrán que establecer un gobierno
nativo probaburita, puesto que de otra forma gran parte de sus fuerzas estarían
aquí empantanadas —se acarició la barbilla y añadió—: Me figuro que esta
invasión no fue simplemente para adelantarse a la del Mercado Común.
—Eso fue una mentira llena de veneno desde el principio —dijo
Chee vivamente—. El Mercado Común nunca tuvo semejante intención, y los
baburitas no podían ignorarlo.
—¿Estás segura?
—Completamente. Van Rijn por lo menos habría oído rumores y nos
lo hubiera dicho. Además, nosotros venimos directamente del Sistema Solar.
Hemos visto el desorden en que se halla el esfuerzo bélico allí: falta de
preparación militar, torbellino político, uno de los principales partidos
aullando aterrorizado por la paz a cualquier precio... El Mercado Común no
está, y nunca lo ha estado, en forma para lanzarse a una política imperialista.
—Entonces, ¿por qué demonios invadieron Hermes los baburitas? ¿Y
por qué quieren conservarlo dentro del imperio que piensan construir alrededor
de Mirkheim?
—Ese es un misterio entre otros misterios —contestó Adzel—, y el
mayor de ellos es el porqué los baburitas se lanzan a una campaña de conquista.
¿Qué esperan ganar? Un mundo, una especie inteligente, saben que siempre se
pierde reemplazando el comercio pacífico por la subyugación armada. Hasta el
mismo Napoleón observó una vez que con las bayonetas puede hacerse todo menos
sentarse encima de ellas. Por supuesto que es posible que en Babur exista una
pequeña clase dominante que anhele los beneficios de todo esto... ¡Hro-o-oh!
Se puso en pie de un salto mientras Chee desenfundaba la pistola
que llevaba en una cartuchera. Entre los árboles había aparecido un coche.
—Tranquilos, tranquilos —dijo Kittredge riendo y levantándose de
su asiento—. Trae suministros extra para alimentaros a vosotros dos.
Adzel se relajó y Chee también, aunque más lentamente, y
preguntando:
—¿No es un poco arriesgado? Una patrulla de observación podría
verlo.
—Yo pregunté eso mismo —le tranquilizó Kittredge—. La señora
Falkayn dice que la familia siempre ha dejado a sus servidores el uso de esta
cabaña para cazar cuando no estaba ocupada por algún familiar o amigo. No hay
nada de extraordinario en que alguno de ellos se dé un pequeño paseo hasta aquí
durante unas horas.
El vehículo aterrizó en el claro delante de la cabaña y el
piloto descendió del aparato. Kittredge musitó: «¡No le conozco!», y la mano de
Chee se dirigió de nuevo hacia el arma.
—Soy un amigo —dijo el extraño—. Me envía Lady Athena; os traigo
comida.
Se acercó, bajo, corpulento, curtido por el sol y el viento,
vestido con sencillez y con un andar ligeramente tambaleante.
—Me llamo Sam Romney, de Longstrands.
Hubo presentaciones y apretones de manos. Kittredge trajo
cerveza y todo el mundo se sentó cómodamente.
—Soy pescador —contaba Romney—, dueño de naves e independiente,
pero he hecho con los Falkayn la mayor parte de mis negocios y hemos intimado
bastante, de hecho, hum, uno de sus hombres de Mirkheim está ahora mismo de
superintendente en uno de mis arrastreros en alta mar. Las despensas de
Hornbeck no podrán alimentar a alguien de tu tamaño, Adzel, no sin que se
notara demasiado el agujero, así que ayer por la noche la señora Athena me
envió un mensajero pidiéndome que viniese con esto y explicándome más o menos
cómo están las cosas. También piensa, y creo que tiene razón, que podría ser
útil para vosotros tener contactos con el exterior, en estos tiempos en los que
nadie sabe qué va a suceder mañana.
—Quizá —musitó Chee, que se enroscó sobre un cojín y encendió
otro cigarrillo. El daño que pudiera haberse hecho ya estaba hecho.
Adzel examinó estrechamente al recién llegado.
—Perdone —le dijo—, pero ¿no es usted uno de los Travers?
—Claro que sí —contestó Romney.
—No pretendo dudar de su lealtad, señor, pero se nos ha dado a
entender que la situación social de Hermes es muy conflictiva.
—Se puede confiar en los Travers de este dominio —señaló
Kittredge—, si no yo hubiera sido atrapado hace semanas.
—Sí, por supuesto, el fenómeno del servidor leal es
razonablemente general —dijo Adzel—, y es evidente que el capitán Romney está
de nuestra parte. Me pregunto simplemente cuántos más hay como él.
El marinero escupió en el suelo y contestó:
—No lo sé. Eso es una maldición, tener al enemigo entre
nosotros, no poder ya decir en voz alta lo que pensamos. Pero os puedo decir
esto: hay muchos Travers que nunca se han tragado todas esas monsergas del
Frente de Liberación. Como yo mismo. No tengo ninguna queja contra las Familias
y los Leales, ni un átomo. Sus antepasados se lo ganaron, y si ellos no lo
mantienen lo pueden perder en juego limpio. Además, una vez que el gobierno
comience a dividir la propiedad, ¿dónde se detendrá? Yo trabajé duro para
conseguir lo que tengo y quiero que mis hijos lo hereden después..., no una
pandilla de vagos que nunca se han molestado en hacer nada por sí mismos,
excepto eructar al unísono cuando su glorioso líder les ordena que lo hagan
—sacó una pipa y la bolsa de tabaco y continuó—: Además, varios del Frente me
han contado, ya sabéis que de todas formas la gente de vez en cuando habla en
plan confidencial, que tampoco ellos están contentos. No quieren que los
cambios sean impuestos por esos reptiles, y que Babur se valga de un traidor
como Strang hace que todo el asunto huela peor todavía. Y ellos, es decir, los
del Frente, no han sido invitados a ninguna conferencia. Strang les ha dedicado
un montón de alabanzas por, como dice él, los nobles ideales que han defendido
durante tanto tiempo... ¡Puaf! Les ha dado unas cuantas palabras bonitas, como
quien tira un hueso a un perro, y eso es todo —después de cargar la pipa, la
encendió antes de terminar—: Claro que tenemos una minoría, pero bastantes de
todos modos, de perros que están locos de alegría ante las perspectivas que se
nos presentan. Tengo que decir en honor suyo que su líder, Christa Broderick,
no se cuenta entre éstos. Pero esto no quiere decir otra cosa más que todo lo
que le queda es un fragmento de la antigua organización, sin ningún poder
efectivo. Puede que cuando se reúna la Gran Asamblea la Duquesa conserve algo
de influencia, pero Broderick no, Broderick no. Adzel buscó los ojos de Chee, y
dijo:
—Socia, sospecho que debemos asegurarnos de que Davy habla con
Lady Sandra antes de que se dé a conocer o haga algo irrevocable.
17
—Os llamo con motivo del Aniversario de Elvander, Madame
—declaró la imagen de Benoni Strang.
Sandra estuvo a punto de perder el control de sí misma durante
unos instantes. Había tenido que controlarse demasiado a menudo, hasta ahora
siempre volvía a sentarse, esperando cansadamente el próximo golpe. Fuera
resonaban los truenos; y volvió a escuchar la trompeta del viento y la marcha
de la lluvia, como si Pete estuviese cabalgando a su lado. Se irguió en su
asiento y replicó fríamente:
—¿Y qué ocurre? Aún falta un mes.
—Siempre es de sabios prevenir los acontecimientos, Madame —dijo
Strang—. Os suplico que anunciéis que este año no se celebrará públicamente
esta fiesta, en vista de la emergencia; que estarán prohibidas cualquier tipo
de manifestaciones.
—¿Cómo? ¿En la principal fiesta de nuestro planeta?
—Exactamente, Madame. El riesgo de una avalancha de emociones es
demasiado alto. Los ciudadanos que lo deseen pueden celebrarlo tranquilamente
en sus hogares, pero tampoco podemos permitir fiestas privadas demasiado
numerosas. Las iglesias deben permanecer cerradas.
En realidad, era de esperar, pensó Sandra. Pero el
más antiguo de todos sus recuerdos era su padre levantándola en
brazos por encima de una multitud en Riverside Common, para que pudiese ver la
cascada de fuegos artificiales que saltaba desde una barcaza cubierta de
banderas; el agua parecía viva con tanta luz.
—¿Y si no promulgo este decreto? —desafió. Strang frunció el
ceño antes de contestar:
—Debéis hacerlo, Madame. Por el bien de vuestro pueblo. Motines,
que podrían degenerar en una rebelión abierta...; los militares no tendrán más
remedio que disparar... —se detuvo y añadió—: Si no sois vos quien dé esa
orden, yo lo haré. Eso minaría seriamente vuestra autoridad.
¿ Qué autoridad? Sin embargo, este educado y macabro juego al
que jugamos los dos es lo único que retrasa. .. ¿qué?
—Una masacre os haría perder gran parte de vuestros
simpatizantes —le avisó ella.
—El que vos misma hayáis empleado una palabra tan emocional como
ésa demuestra que en caso de incidentes mis oficiales podrían verse obligados a
recurrir a medidas extremas, Madame —su boca se había endurecido bajo el
atildado bigote.
—Está bien, cancelaré las festividades; de todas formas, lo más
probable es que nadie estuviese de humor para celebrar nada.
—Gracias, Madame. Hum..., me consultaréis sobre la forma de
decirlo, ¿verdad?
—Sí. Buenos días, Comisario.
—Buenos días, Vuestra Gracia.
Otra vez sola, Sandra se levantó y se acercó a una ventana
abierta. No había encendido la iluminación y la tormenta había convertido a la
sala de conferencias en una sombría cueva donde sólo se apreciaban unas pocas
cosas: el pulido brillo de un panel de madera, los mortecinos colores de un
cuadro, la curva del hacha de batalla de Diomedes. Pero el viento dejaba entrar
en la estancia una fuerte y cruda frescura. Ráfagas de lluvia acribillaban el
jardín y formaban una muralla que ocultaba el mundo exterior. La luz de los
relámpagos hacía que incluso la más pequeña rama desnuda de un arbusto
resaltase sobre el manto metálico del cielo, y mientras volvía la oscuridad el
trueno se alejaba rodando hacia espacios inalcanzables.
Hoy no iría a dar un paseo a caballo, cosa que había estado
haciendo todas las mañanas montando su caballo favorito desde la Colina de los
Peregrinos hasta Riverway, siguiendo el Palomino hasta la calle Silver, y de
allí, a la Avenida Olímpica, una distancia de varios kilómetros con la vuelta,
siempre sola para que la gente la viese y quizá se sintiese reconfortada. A
menudo la saludaban con respetuosas inclinaciones o le lanzaban besos. Pero con
aquel tiempo habría muy pocas personas y el gesto no valdría la pena el
esfuerzo.
Pero quiero hacerlo, estoy harta de esperar. No cabalgar por
Starfall hacia el Oeste, hacia el campo por el camino del cañón, galopando
contra el viento y la lluvia, galopando sin parar, aplastando con los cascos
los cráneos de Strang y sus hombres, y después a las colinas, las montañas, los
desiertos, un salto hacia el horizonte y entre las estrellas.
Cuando oyó el zumbido, aflojó los. puños que había cerrado inconscientemente,
y dirigiéndose hacia el comunicador oprimió el botón que significaba que
aceptaba la llamada.
—¿Sí?
—Madame —dijo la voz de su mayordomo—, Martin Schuster espera
vuestro permiso para entrar.
—¿Quién? Ah, si. Puede entrar. No sé quién será; sólo sé que A
thena Falkayn me envió un mensaje pidiéndome que le recibiera en privado,
y por eso dio la casualidad que yo estuviese aquí cuando Strang
—y este recuerdo le hizo tragar saliva— llamó. La puerta se abrió y volvió a
cerrarse silenciosamente. Ambos se parecían en que eran altos, rubios y de edad
madura. Al contemplar su esbelta silueta con más atención, ahogó un grito de
reconocimiento y el asombro la paralizó.
—Saludos, Vuestra Gracia; gracias por recibirme —dijo él
inclinando la cabeza.
Conservaba un leve rastro del acento de Hermes, aunque no de su
forma de hablar, pues ella sabía bien que en todos aquellos años David Falkayn
no había estado nunca en la Tierra durante mucho tiempo seguido, ni en ningún
otro planeta donde el anglico fuese el idioma dominante.
—Lo que tengo que decir es confidencial —prosiguió él.
—Ciertamente —dijo ella sintiendo que su corazón se estremecía,
y añadiendo con cierta vacilación—. Esta sala es a prueba de escuchas. Desde la
ocupación, los guardias y los técnicos trabajan día y noche aquí y es segura.
—Muy bien —sus miradas se encontraron—. Creo que me conocéis.
—¿David Falkayn?
—Sí.
—¿Por qué ha vuelto?
—Para ayudar en lo que pueda. Tenía la esperanza de que vos,
señora, pudieseis darme alguna idea de cómo puedo hacerlo.
El gesto de Sandra fue deslabazado.
—Bienvenido, señor. ¿Puedo ofrecerle algo, un refresco, algo de
fumar?
—Ahora no, gracias —Falkayn se quedó en pie hasta que ella se
sentó, y con manos temblorosas extrajo un puro de un humidificador, le mordía
el extremo y lo encendía.
—Cuénteme su historia —le dijo ella.
—Eric llegó al Sol sin sufrir ningún daño —comenzó él, y
continuó. Ella interrumpió muy pocas veces su sucinta narración con alguna
pregunta.
Cuando terminó, ella sacudió la cabeza y suspiró.
—Admiro su valor y sus recursos, capitán Falkayn; quizá pueda
usted ayudarnos, aunque lo veo muy difícil. Como mucho, podremos llevar a cabo
acciones dilatorias, obteniendo de Strang concesiones temporales a cambio de
nuestra cooperación en la cimentación de lo que acabará siendo su propia y
personal dictadura. Lo único que puede salvar realmente a Hermes es la derrota
de Babur.
—Que si alguna vez llega a suceder costará años, vidas, dinero,
incalculables trastornos sociales... —dijo él—. El Mercado Común está confuso,
desalentado y apático. La Liga se halla paralizada por sus propias rivalidades
intestinas. Creo que, dentro de algún tiempo, el Mercado Común se lanzará a una
guerra final, mayormente porque así lo quieren las Compañías que consideran
Mirkheim como su salvoconducto para entrar en el espacio en una escala que les
permitirá competir con los Siete. Pero no podrán reunir a una población
decidida y un ejército poderoso de la noche a la mañana. Mientras tanto,
Babur... ¿quién puede saber lo que hará? Sí, madame, dudo mucho que los de
Hermes podamos confiar en un rescate desde el exterior.
—¿Qué propondrías entonces? —dijo ella chupando tan ferozmente
del puro que el humo le escoció en la lengua.
—Maniobras políticas como las que habéis estado llevando a cabo
y en las que quizá yo pueda ayudaros. La organización simultánea de una
resistencia armada que operaría desde nuestros enormes continentes. Podríamos
conseguir que el apoyar a Strang le costase
a Babur más de lo que está dispuesto a pagar. Babur no gana
mucho con su presencia aquí.
—Cualquiera que haya sido la verdadera razón para esta invasión,
¿no seguirá siendo válida? —discutió ella aun en contra de lo que realmente
deseaba—. Y no subestime nunca a Strang. Seguramente ya ha previsto que
podríamos intentar lo que acaba usted de sugerir, y habrá tomado las medidas
adecuadas para evitarlo. Es un genio... de la maldad, pero un genio.
Falkayn permaneció unos minutos contemplando la lluvia desde la
ventana, y dijo:
—Debéis conocerle mejor que ninguna otra persona de este
planeta.
—Lo que no quiere decir mucho: es una especie de máquina, y no
es fácil acercarse a él. Me pregunto cuándo dormirá. Un poco antes de que
llegase usted me llamó personalmente para decirme que debía prohibir todos los
festejos públicos del Aniversario de Elvander. Podría habérselo encargado a un
ayudante; pero no, tuvo que hacerlo él en persona.
Falkayn sonrió un poco, y dijo pensativo:
—Debo estudiarle, intentar nacerme una idea de su estilo. Me han
dicho que pronuncia discursos y que es raro que haga declaraciones en nombre
propio.
—Cierto. Debo admitir que no es egoísta..., o más bien que no
está interesado en la apariencia del poder, sino en éste en sí mismo, en su
sustancia.
—Ni siquiera sé qué aspecto tiene —dijo Falkayn.
—Voy a ponerle la grabación de nuestra conversación.
Sandra sintió cierto alivio en levantarse, acercarse al teléfono
y pulsar el botón. No estaba muy sergura de cómo debía responder a este hombre
un compatriota, pero un total extraño, famoso, pero desconocido, un hombre que
le había sido traído por la tormenta.
Sobre la pantalla iluminada aparecieron los rasgos familiares y
odiados: « Buenos días, Vuestra Gracia...»
—/ Yaaaaaaah!
El grito casi la dejó sorda. Dio media vuelta y vio que Falkayn
se había puesto en pie, con los puños apretados.
—¡No puede ser! —rugió. Después, con un susurro, añadió—: ¡Es
él!
—«Os llamo con motivo del Aniversario de Elvan-der, «Madame»
—decía la grabación.
—Apagúelo —pidió rudamente Falkayn—. ¡Por Judas! —miró a su
alrededor como si buscase consejo entre las sombras, y añadió—: ¿Qué otra cosa
puedo decir? ¡Por Judas!
Fue como si la ramificación de un relámpago recorriese la
columna vertebral de Sandra, pero se trataba de un relámpago frío, muy frío. Se
dirigió hacia él andando con rigidez, y le dijo:
—¿Qué pasa, David?
—Este... —temblaba con violencia—. ¿Strang tiene algún doble,
hermano gemelo o algo parecido?
—No —vaciló un momento—. No, estoy segura de que no lo tiene.
El comenzó a dar pasos de un lado para otro, retorciendo las
manos detrás de la espalda.
—¿Es una pieza del rompecabezas, la clave de toda una respuesta?
—musitaba—. Cállese; déjeme pensar.
Ninguno de los dos advirtió aquella falta de etiqueta.
Mientras él recorría la habitación formando palabras no
pronunciadas o un juramento no humano de vez en cuando, ella esperó junto a la
fría corriente de aire que entraba por la ventana. Cuando por fin él se detuvo
y la miró, pareció tremendamente apropiado que lo hiciera justamente debajo del
hacha.
—Esta información tiene que llegar hasta la Tierra
—dijo él—. A Van Rijn, inmediatamente y en secreto. ¿Cómo
podemos enviar un mensaje?
—No hay forma de hacerlo —respondió ella meneando la cabeza.
—Tiene que haberla.
—No la hay. ¿Crees que no lo he deseado, que no me he sentado
con mis oficiales tratando de imaginar cómo podríamos hacerlo? El planeta está
envuelto en una maraña de radares, detectores y naves. Tus amigos nunca
hubieran salido vivos de aquí. Claro que vosotros llegasteis a la atmósfera
enmascarándoos como un meteorito, pero ya sabes lo que pasó después. Y... los
meteoritos no ascienden, sólo caen.
Falkayn dio un puñetazo a la pared.
—Escuchad, lo que yo sé ahora podría determinar el curso de toda
esta maldita guerra. Si se lo decimos a Van Rijn a tiempo. Eso vale
virtualmente cualquier sacrificio que nos pueda costar.
—¿Por qué? —le preguntó ella agarrándole por el brazo. El le
dijo el porqué.
—No es la solución a toda la adivinanza —añadió él—. Eso se lo
dejo a Van Rijn, se le dan bien es tipo de cosas. Hasta podría estar
equivocado, en cuyo caso nuestro esfuerzo no habrá servido para nada. Pero hay
que hacer el esfuerzo. ¿No lo creéis así?
—Sí —dijo ella asintiendo a ciegas—, aunque es una apuesta a
ciegas. Si algo sale mal, habremos perdido más que nuestras vidas.
—Ciertamente, pero debemos intentarlo —insistió él—. Por muy
fantástico que parezca, nuestro plan es mejor que nada. Seguramente hay un
intercambio de comunicaciones entre Strang y el alto mando baburita. Si
pudiésemos secuestrar una de esas naves...
—Es imposible —dijo Sandra apartándose de él y volviendo a la
ventana. El viento atronaba, la lluvia era cada vez más Sobre la pantalla
iluminada aparecieron los rasgos familiares y odiados: «Buenos días, Vuestra
Gracia...»
—¡Yaaaaaaah!
El grito casi la dejó sorda. Dio media vuelta y vio que Falkayn
se había puesto en pie, con los puños apretados.
—¡No puede ser! —rugió. Después, con un susurro, añadió—: ¡Es
él!
—«Os llamo con motivo del Aniversario de Elvan-der, «Madame»
—decía la grabación.
—Apagúelo —pidió rudamente Falkayn—. ¡Por Judas! —miró a su
alrededor como si buscase consejo entre las sombras, y añadió—: ¿Qué otra cosa
puedo decir? ¡Por Judas!
Fue como si la ramificación de un relámpago recorriese la
columna vertebral de Sandra, pero se trataba de un relámpago frío, muy frío. Se
dirigió hacia él andando con rigidez, y le dijo:
—¿Qué pasa, David?
—Este... —temblaba con violencia—. ¿Strang tiene algún doble,
hermano gemelo o algo parecido?
—No —vaciló un momento—. No, estoy segura de que no lo tiene.
El comenzó a dar pasos de un lado para otro, retorciendo las
manos detrás de la espalda.
—¿Es una pieza del rompecabezas, la clave de toda una respuesta?
—musitaba—. Cállese; déjeme pensar.
Ninguno de los dos advirtió aquella falta de etiqueta.
Mientras él recorría la habitación formando palabras no
pronunciadas o un juramento no humano de vez en cuando, ella esperó junto a la
fría corriente de aire que entraba por la ventana. Cuando por fin él se detuvo
y la miró, pareció tremendamente apropiado que lo hiciera justamente debajo del
hacha.
—Esta información tiene que llegar hasta la Tierra
—dijo él—. A Van Rijn, inmediatamente y en secreto. ¿Cómo
podemos enviar un mensaje?
—No hay forma de hacerlo —respondió ella meneando la cabeza.
—Tiene que haberla.
—No la hay. ¿Crees que no lo he deseado, que no me he sentado
con mis oficiales tratando de imaginar cómo podríamos hacerlo? El planeta está
envuelto en una maraña de radares, detectores y naves. Tus amigos nunca
hubieran salido vivos de aquí. Claro que vosotros llegasteis a la atmósfera
enmascarándoos como un meteorito, pero ya sabes lo que pasó después. Y... los
meteoritos no ascienden, sólo caen.
Falkayn dio un puñetazo a la pared.
—Escuchad, lo que yo sé ahora podría determinar el curso de toda
esta maldita guerra. Si se lo decimos a Van Rijn a tiempo. Eso vale
virtualmente cualquier sacrificio que nos pueda costar.
—¿Por qué? —le preguntó ella agarrándole por el brazo. El le
dijo el porqué.
—No es la solución a toda la adivinanza —añadió él—. Eso se lo
dejo a Van Rijn, se le dan bien es tipo de cosas. Hasta podría estar
equivocado, en cuyo caso nuestro esfuerzo no habrá servido para nada. Pero hay
que hacer el esfuerzo. ¿No lo creéis así?
—Sí —dijo ella asintiendo a ciegas—, aunque es una apuesta a
ciegas. Si algo sale mal, habremos perdido más que nuestras vidas.
—Ciertamente, pero debemos intentarlo —insistió él—. Por muy
fantástico que parezca, nuestro plan es mejor que nada. Seguramente hay un
intercambio de comunicaciones entre Strang y el alto mando baburita. Si
pudiésemos secuestrar una de esas naves.,.
—Es imposible —dijo Sandra apartándose de él y volviendo a la
ventana. El viento atronaba, la lluvia era cada vez más copiosa, los truenos
retumbaban como ruedas gigantescas. El invierno llegaba a Starfall. David se
acercó a la mujer y la acusó:
—Sabéis algo más.
—Sí —contestó ella bajo el ruido, pero sin volver la cabeza—, sé
algo más. Pero..., Dios mío..., mi pueblo... y el tuyo, tu madre, hermano,
hermana, camaradas espaciales, todos se quedarán aquí...
Esta vez fue su turno de quedarse callado y después apremiar:
—Continuad.
—Aún tengo el yate ducal —le dijo ella hablando con gran
lentitud—. Strang ha sugerido más de una vez que quizá disfrutase de un crucero
para relajarme y yo siempre le he contestado que no. Lo que él quiere es
evidente: puedo volar hasta el Sol, no se opondrá.
—No, claro que no —asintió Falkayn en voz baja—. Eso le daría
una excusa perfecta para adueñarse de todo, con el apoyo de los extremistas del
Frente de Liberación. Imaginaos: «La Gran Duquesa, al igual que su hijo antes
que ella, se ha pasado al enemigo con la intención de ponerse al frente de una
fuerza extranjera y aplastar nuestra gloriosa revolución.»
—Las Familias, los Leales y los Travers fieles no tendrían quien
les dirigiese. Se sentirían traicionados por mí..., y pronto se verían
oprimidos por un reino de terror.
—Veo que conocéis la Historia, Lady Sandra. De nuevo volvieron a
quedar en silencio.
—Yo seguiría aquí —dijo él por fin—. Me daría a conocer y haría
lo que pudiese. Ella giró en redondo y negó:
—Oh, no, David, no. Yo me llevaría a todos mis familiares,
incluyendo a la prometida de Eric, porque eso haría más real a los ojos de
Strang que pienso
escapar. Pero tú..., tú vendrías con un nombre falso,
sustituyendo a uno de los tripulantes. No puedo dejarte aquí.
—¿Por qué no?
—Aquí estarías de incógnito, sin utilidad alguna, mientras que
en el espacio podríamos necesitar tus conocimientos. También podrías invocar tu
prestigio e intentar cubrir mi ausencia..., y eso provocaría el terror con toda
seguridad. Strang sabría que habíamos conspirado y se vería obligado a golpear
definitivamente. Pero si tú no estás a mano, si efectivamente la aristocracia
se halla sin líderes, desalentada, puede pensar que es mejor política no
apretarles demasiado.
—Y si no lo hace...
—Ya lo he dicho antes, David. Todos los de Hornbeck deben
quedarse, excepto tú.
El rindió su mirada ante la de ella. Después de un largo rato,
hipnotizado por el suelo, apenas le oyó decir:
—Si ayudamos a abortar una guerra total habremos salvado cientos
de millones de vidas, pero serán vidas de seres que nunca llegamos a conocer
—irguió la cabeza y añadió—: Así sea. ¿Por qué estás ahí quieta, Sandra?
Cuando el yate Castillo Catherine se elevó de Williams Field,
las primeras nieves cubrían el terreno. Más allá del ferrocreto, las grúas, los
edificios y las máquinas se extendían en el campo de un blanco azulado,
totalmente dormido, ondulándose hacia el oeste hasta llegar a las felinas
siluetas de las colinas de Arcadia. El cielo era de un azul sin mácula. El
aliento humeaba en las fosas nasales y las pisadas resonaban con fuerza.
El Alto Comisario, Benoni Strang, había proporcionado a Su
Gracia una guardia de honor de sus propios soldados, que le presentaron armas
cuando ella y su tripulación pasaron entre ellos. Ella se llevó la mano a la
ceja para corresponder al saludo. Todo el protocolo fue absolutamente correcto.
Al igual que lo habían sido los requisitos que precedieron al
día de la partida. Su Gracia habia expresado su deseo de visitar el planeta
exterior Chronos, disfrutar la belleza de sus anillos y escalar y esquiar en su
satélite, Ida; naturalmente, el permiso fue concedido.
Ella, sus hijos, Lorna Stanton y los hombres subieron a bordo.
Nadie prestó especial atención a los tripulantes, aunque en sus rostros podía
verse que sabían dónde iban realmente. La pasarela se retiró detrás suya; la
compuerta se cerró. Pronto los motores zumbaron, se creó la negagravedad, el
casco se elevó como un copo de nieve llevado por la brisa hasta que estuvo tan
alto que brilló como una estrella, y después desapareció.
Dejando atrás las naves de vigilancia, el Castillo Caíherine
aceleró en una órbita elíptica, cada vez más cerca del exterior del sistema. El
sol se hacía más pequeño, la Vía Láctea comenzó a ser visible. Cuando la
distancia fue suficiente, la nave pasó a la hipervelo-cidad y escapó de la luz
proveniente de Maia.
Nadie les persiguió.
Cuando era obvio que estaban libres, Sandra, en privado, buscó a
David, apoyó la cabeza sobre su pecho y sollozó.
18
Hanny Lennart parecía incómoda y Eric sospechaba que esto era
debido no tanto al hecho de que tenía que reñirle sino al lugar donde hacerlo.
Puesto que era el jefe de un ejército de un mundo con el que el Mercado Común
aún sostenía relaciones normales, no era fácil una reprimenda normal. Ella le
pidió que almorzaran juntos, y él había escogido Tjina House, de una lista que
Van Rijn le proporcionara anteriormente.
El camarero que hacía el número veintiuno depositó su plato de
condimento, se inclinó con las manos juntas y se retiró de la sala privada.
Cuando lo deseasen, los comensales podían solitar cualquier otra cosa. El día
en el Estrecho de Sunda era encantador y una de las paredes había sido retirada
para permitir que el aire tropical, refrescado por el mar, fluyese en el
interior. El jardín descendía en terrazas de mil tonos hacia el agua, las
palmeras se agitaban y el bambú se balanceaba suavemente. Sobre el azul cobalto
se deslizaban la majestuosa forma de un barco mercante y las aladas velas de
embarcaciones deportivas. Un músico invisible extraía dulzura de una flauta de
madera.
Eric dio un buen trago a su cerveza y comenzó a preparar su
curry. Lennar le dirigió una mirada de desaprobación desde el otro lado de la
mesa.
—Tanto lujo parece indecente en tiempo de guerra —dijo.
—¿Tiempo de guerra? —replicó él—. Estaría de acuerdo si nos
estuviésemos preparando.
—Paciencia, por favor, almirante Tamarin-As-mundsen, aunque me
temo que sea una cualidad que os falta. De eso es de lo que quiero hablaros.
—Adelante, señora —el recuerdo de Lorna, de su madre, de su
planeta, hizo que la comida le pareciera repentinamente insípida, pero
continuó—: Me gustaría que me explicasen la estrategia de los Solares, si es
que tienen alguna. No tendría por qué estar aquí inflándome de comida.
Preferiría estar combatiendo.
—Este gobierno no puede aprobar la independencia de sus actos.
—¡Entonces déjenos integrarnos con sus fuerzas y dénos algo que
hacer!
Lennart frunció los labios y contestó:
—Con toda franqueza, Almirante, el único responsable de tanto
retraso sois vos. Después de vuestra complicidad en la fuga de David
Falkalyn...
—¿Qué fuga? Estoy harto de repetir que él y sus compañeros
fueron como oficiales de Hermes en misión de servicio para reunir información
siguiendo órdenes mías..., porque el Mercado Común ha descuidado
persistentemente algo tan elemental como eso.
Lennart cedió un poco y semejó una especie de sonrisa.
—No riñamos. Yo he discutido por defenderos, he dicho que en
realidad no podéis ser culpado por desear tener noticias sobre vuestra patria
ni por vuestra ahora obvia relación con vuestro padre. Sí, no quería que
formaseis parte del mando unificado lo antes posible.
Eric sabía que esto era para poder ser sometido a un tribunal
marcial si volvía a actuar por su cuenta.
—Bien, Almirante —continuó Lennart—, lo que yo deseo discutir
ahora son las dificultades adicionales que me habéis creado, que habéis creado
a todos vuestros amigos. Vuestras apariciones en mítinis, vuestro discurso en
el programa aquel, han molestado
a los altos cargos. Da la impresión de que sois un enredador
crónico, si excusáis mi lenguaje.
—Pues claro, señora, soy un enredador y pretendo serlo
—respondió él—, pero para los baburitas. Tengo prisa en moverme. Si se trata de
que aún no estamos preparados para una batalla definitiva, podemos amargarle
bastante la vida al enemigo: estorbar su comercio, soltar megatones sobre sus
bases, hasta que comprenda que le compensará liberar a Hermes y negociar un
acuerdo sobre Mirkheim.
La expresión de Lennart se hizo lúgubre.
—No puede haber compromiso; si lo hubiera, Babur habrá salido
ganando con su agresión. Tiene que ceder en todos los puntos..., y
especialmente en el de Mirkheim, que fue el que precipitó toda la guerra. Con
ese fin tenemos que reunir más fuerza que la que poseemos en este momento. Esto
no puede hacerse de la noche a la mañana, y mientras tanto nuestras fuerzas
deben proteger al Mercado Común precisamente de esas mismas tácticas que
señalabais.
Eric pensó en muchedumbres ciegas de temor, manifestándose en
favor de una política semejante, además de comentaristas influyentes, hombres
de negocios, políticos... Sí, había presión sobre el gobierno. Pero ¿no estaba
siendo en gran parte manipulada? Las Compañías tenían un interés primordial en
proteger a sus propiedades de un ataque, en fabricar alimentos ilimitadamente
consiguiendo grandes beneficios, en que los ciudadanos adquiriesen el hábito de
ser controlados de cerca por un estado en el que ellas detentaban una buena
porción del poder, y por lo que a ellas se refería, Hermes podía irse al
infierno.
Pero ¿por qué mi padre me impulsó a que hiciera aquellas
declaraciones, enemistándome con las autoridades? Tiene sus propios propósitos.
En aquel tiempo yo estaba demasiado impaciente para sospecharlo yprotestar me
salía de una manera natural. Pero empiezo a ver que tendremos que hablar más él
y yo. No se sintió capaz de continuar aquel minueto.
—Señora —gruñó—, estos argumentos han sido lanzados de un lado a
otro hasta que han perdido todo significado, convirtiéndose en eslogans. Vamos
a dejarlo. ¿Podemos llegar a algún acuerdo o estamos inevitablemente
enfrentados?
—No sois muy diplomático.
—Mi comida se está enfriando —dijo Eric empezando a comer.
—Bien... Si insistís en portaros con rudeza...
—¿Para qué estamos aquí? Adelante.
—Bien. Entonces con franqueza —habló Lennart—, si os comportáis
con discreción, os abstenéis de hacer más declaraciones públicas, os preparáis
vos y vuestra gente para nuestro gran propósito común...; si demostráis que
podéis hacer eso, entonces yo creo, no lo prometo, pero lo creo, que a su
debido tiempo podré persuadir al alto mando para que os aliste bajo los
términos originales.
O sea, más retraso, y mi padre ha sido el causante indirecto.
¿Por qué?
—¿Cuál es la alternativa? —preguntó.
El rubor cubrió la cara de Lennart, que contestó:
—No es posible esperar que el Mercado Común garantice refugio y
ayuda por tiempo indefinido a un violador de su hospitalidad.
Eric se encrespó.
—No perderé el tiempo en analizar esa frase, señora —replicó—.
Pero sí me preguntaré en alta voz qué es exactamente «el Mercado Común». ¿Un
individuo recibiendo a otro individuo como huésped? ¿O un gobierno? En ese
caso, ¿quién forma el gobierno, quién tiene realmente el poder? ¿Por qué nos
han recibido y por qué no les gusta que yo presente a la opinión pública un
punto de vista distinto al suyo? Creía que
esto era una democracia —levantó la mano y prosiguió—:
Suficiente; no quiero irritar a nadie, y estoy dispuesto a ser realista.
Admitirá usted que mi primer deber es para con Hermes, y que si la liberación
de Hermes no va a ser uno de sus objetivos, mis compañeros y yo no tenemos nada
que ver con esta guerra. Pero estoy dispuesto a trabajar en favor de mi punto
de vista tranquilamente, exponiéndolo ante los ministros del gabinete, los
presidentes de las corporaciones, y los líderes de los sindicatos, y no ante la
opinión pública en general.
—Eso seguramente sería aceptable —dijo Lennart, relajándose un
poquito.
—Una pequenez más —continuó Eric—. Vuestro ejército ha
secuestrado una nave espacial perteneciente a la compañía de mi padre. Quiero
que la suelten y que la destinen a mis fuerzas.
—¿Por qué? —dijo ella sorprendida.
—No es que sea muy importante, pero es de mi padre y siento que
le debo algo.
En realidad fue Coya quien me suplicó que insistiese sobre esto.
«Muddlin Through» no es realmente de Van Rijn, es de David.
Aunque, ¿no habrá sido el viejo Nick el que haya montado ese
ataque de sentimentalismo. «Muddlin Through» tiene una capacidad mayor que la
mayoría de las naves corrientes.
Lennart apretó con fuerza su tenedor antes de lanzarse:
—Ese es otro asunto que tenemos que discutir hoy. Aquí en la
Tierra vuestro parentesco era conocido, pero esperábamos que el señor Van Rijn
no representase algo para vos. Nunca le habíais visto. Al principio nuestras
esperanzas parecieron cumplirse, pero de repente empezasteis a colaborar con
él, sin duda después de poneros en contacto clandestinamente. Nos sentimos muy
desilusionados.
—¿Por qué? ¿Debería haberle despreciado? ¿Se me pidió alguna vez
que hiciese algún informe sobre mis idas, venidas y reuniones? ¿No se trata de
un ciudadano de alta posición en el Mercado Común?
—Sólo técnicamente, almirante Tamarin-Asmund-sen, sólo
técnicamente. Su influencia ha sido muy perniciosa.
Eso quiere decir que se ha puesto en la vanguardia del combate
contra el creciente control del estado y que, de vez en cuando, ha privado a
las Compañías de algunos jugosos beneficios.
—Puedo explicar eso a su placer, señora —dijo Eric con
resignación—. Pero antes, ¿qué pasa con esa nave? Puede achacar mi insistencia
a mi primitivo y colonial gusto por las cosas tangibles.
Lennart permaneció pensativa, y luego preguntó:
—¿Estaría bajo vuestra custodia o bajo la de vuestro padre?
—Bajo la mía. Será integrada en el ejército de Her-mes, y eso la
llevará bajo las órdenes del Mercado Común cuando nuestras fuerzas se integren.
—Hum... No veo objeciones importantes. No es mi departamento,
pero haré una recomendación en ese sentido. A cambio...
—De acuerdo, yo dejaré de molestar —dijo Eric con la boca llena.
Ahora sí que la comida sabía bien. Lennart seguiría regañándole
durante todo el tiempo que estuviesen juntos, pero no tenía que escucharla con
demasiada atención. Podía dedicarse a soñar en la forma de llevar allí a
Loma... alguna vez.
Nicholas Falkayn nació en la mansión de su bisabuelo, en
Delfinburg; que en aquel momento navegaba por el mar del Coral, sobre los
restos de una antigua batalla. El trabajo fue largo, porque era un
niño grande y su madre era muy delgada. Ella no permitió la
entrada a nadie, excepto los médicos, ya que su hombre estaba lejos, y, de vez
en cuando, en su rostro pudo advertirse una especie de sonrisa, como si
estuviera diciendo al universo que depusiera su orgullo.
Después recibió encantada a su nuevo hijo, y cuando Van Rijn
entró en su cuarto semejante a un huracán, le estaba cuidando.
—¡Hurra, hurra, hurra! —tronó el anciano—. ¡Maldita sea,
enhorabuena! ¿Ese es el renacuajo? ¡Ah!, un llorón. Se parece a la familia; ya
veo..., no sé a cuál, seguramente a la de Adán; a esta edad todos parecen
gusanillos rojos y arrugados. ¿Cómo estás tú?
—Inquieta —se quejó Coya—. No me dejan levantarme hasta mañana.
—Traigo un poco de consuelo —le dijo Van Rijn con un teatral
susurro deslizando una botella de brandy que traía oculta bajo la chaqueta.
—Bueno, no sé si... Mejor que empiece a acostumbrarse pronto.
Gracias, Gunung Tuan —contestó Coya dando un buen trago.
El estudió sus pálidos rasgos: sus ojos parecían demasiado
grandes y el cabello negro que estaba esparcido sobre las almohadas.
—Siento no haber podido venir antes. No pude dejar los asuntos
que tenía entre manos.
—Deben haber sido importantes.
—Se trataba de un pequeño comerciante, que es el que me
suministra una determinada especie que no se encuentra en este planeta. La
jula, ¿la conoces? A mí me sabe a jabón de chocolate, pero a los de Cynthia les
encanta. Debido a la guerra y a la prohibición del comercio, estaba amenazado
por la bancarrota y yo no podía hacerle un préstamo por teléfono debido a esas
idiotas leyes antitrust. ¿Acaso es mejor que se arrastre de rodillas ante el
gobierno y suplique una migaja? Así pues, nos reunimos y hablamos personalmente,
y ahora todo marcha bien otra vez.
—Eres muy bueno.
—No, no, bah, los tiempos son malos, y peores van a venir
todavía. Si no nos unimos tendremos que dejarnos aplastar. Pero son cosas que
no te importan. ¿Cómo estás tú, pajarillo?
Ella ya había aceptado hacía mucho tiempo el hecho de que él
nunca dejaría de llamarla con el apodo que le había adjudicado cuando era
pequeña, y contestó:
—Estupendamente. Mis padres llamaron hace una hora y me dijeron
que te diese recuerdos.
—Mándales mis besos cuando vuelvas a hablar con ellos.
Van Rijn dio una vuelta examinando la cámara. La luz solar,
penetrando oblicuamente en el interior, arrojaba reflexiones onduladas sobre la
pared.
—Son buena gente —dijo—; pero, como toda su generación, no
comprenden que una imagen no es suficiente. En la Tierra hemos sido demasiado
intelectuales durante demasiado tiempo.
Coya permaneció en silencio y Van Rijn le oprimió cariñosamente
el pecho.
—Discúlpame —dijo Van Rijn—. No debiera haberlos criticado. Todo
el mundo hace lo que considera mejor. Pero el contacto de una mano...,
especialmente estando Davy lejos de ti...
Señaló con un dedo al bebé que, saciado de momento, giró la
cabeza en su dirección y dejó escapar unas cuantas burbujas lechosas.
—¡Ja, ja, ya domina el arte de hacer discursos políticos!
—Davy —susurró Coya, que añadió en voz alta—. No, no gritaré, no
importa cómo le hayan engañado.
Pero Gunung Tuan, ¿qué crees que puede estar sucediéndole?
Van Rijn se retorció uno de sus tirabuzones sin piedad, y
contestó:
—¿Cómo puedo saberlo yo? Hay demasiadas incógnitas, querida,
demasiadas incógnitas.
Ella levantó el brazo que no estaba ocupado con el niño.
—¿No tienes ninguna hipótesis? Aunque sea provisional, pero una
respuesta.
Van Rijn hizo una mueca, dejó caer su gran peso sobre una silla
de golpe y dio un largo trago a la botella que, después, ofreció a Coya. Ella
hizo una señal negativa, mientras le miraba con gran atención.
—Es un misterio —dijo él—. Algunas partes son claras, y feas...
Otras... —se encogió de hombros, como una montaña desprendiéndose de una capa
de nieve—. Otras cosas no tienen ningún sentido. Tenemos muchas paradojas, ya
me has oído hablar de esto otras veces.
—Sí, pero he estado tan preocupada por David, y después con el
crío... Habla, por favor. No importa que te repitas. Necesito ser capaz de
imaginar que de alguna forma estoy trabajando en beneficio de Davy.
—Okey —suspiró Van Rijn—. Repasemos la lista. Empezó a contar
los puntos con sus peludos dedos.
—Primero. ¿Cómo consiguió Babur las armas para la guerra? ¿Y por
qué? Nadie podía haber adivinado la existencia de Mirkheim, que fue sólo la
chispa que hizo estallar la catástrofe y que también cogió a Babur desprevenido
y seguramente hizo que actuase antes de lo que tenía pensado.
»Segundo. Un par de compañías de los Siete han estado teniendo
tratos con Babur durante muchos años. ¿Cómo es que no tuvieron noticias de que
se estaban armando? Sí, ya sé, los contactos fueron pocos y poco frecuentes, y
ese planeta es enorme y extraño. Pero de todas formas...
«Tercero. ¿Por qué está Babur tan seguro de que puede ganar? ¿Y
por qué es tan despreciativo de la Liga como para arrestar a tu esposo cuando
fue allí en son de paz? Babur no es en realidad un poderoso. La mayor parte del
planeta es un desierto.
»Cuarto. Parece que Babur está empleando un buen número de
mercenarios que respiran oxígeno. Dime tú cómo esos respiradores de hidrógeno
los han reclutado en secreto durante años y en diferentes planetas. No, alguien
ha estado ayudándoles..., también con la investigación, el desarrollo y la
producción de toda su maquinaria bélica. Pero ¿quién y por qué?
»Quinta. ¿Qué es lo que les hace creer que sabe lo bastante
sobre nosotros, unos totales alienígenas para ellos, como para declararnos la
guerra y, después, negociar algún tipo de paz? ¿Quién ha estado contándoles
historias sobre nosotros?
»Sexto. ¿Por qué tienen que invadir un planeta pequeño,
terrestroide y neutral...?
El teléfono de la cabecera de la cama gimió. Coya reprimió un
juramento y aceptó la llamada. La imagen del secretario ejecutivo de Van Rijn
apareció en pantalla.
—Señor —dijo entre tartamudeos—, señor, hay noticias... u-u-una
nave de Hermes, con la Gran Duquesa a bordo que ha emitido un comunicado de que
su gobierno se ha exiliado... y... ¡y David Falkayn está con ella!
La gloria explotó en la habitación.
Cuando comenzaron a hacerse preguntas a sí mismos, la tristeza
les invadió de nuevo.
19
La tercera parte de un siglo había hecho que los recuerdos que Sandra
tenía sobre la Tierra se hubiesen vuelto vagos. Recordaba el gigantismo de los
conglomerados metropolitanos, pero había olvidado lo sobrecogedores que podían
llegar a ser. Había experimentado ambientes totalmente controlados, totalmente
sintéticos, pero sólo ahora comprendió que, de forma distinta desde luego,
aquello podía serle tan extraño como los planetas exteriores de Mai. Además, en
su anterior visita había sido una turista, con libertad para volar de un lado a
otro, disponible para cualquier aventura que pudiese presentarse, no había
conocido las pesadas cadenas que la Tierra impone a las personalidades
importantes. Todas las horas tenían su cita, todos los encuentros constituían
una danza ritual de palabras, todas las sonrisas eran medidas por su efecto
sobre el público. Le enseñaron algunas de las maravillas naturales que
quedaban, pero sólo pudo verlas. Ni le fue posible arrastrarse a lo largo de un
sendero del Gran Cañón, ni despojarse de su ropa y zambullirse en el lago
Baikal. Y por todas partes, por todas partes, sus guardianes debían
acompañarla.
—¿Quién querrá aquí el poder, a este precio? —se lamentó una
vez.
David Falkayn había sonreído irónicamente, y contestado:
—Los políticos no tienen tanto poder. Representan su papel, pero
la mayor parte de las decisiones las toman en realidad los propietarios, los
ejecutivos, los burócratas, los jefes de los sindicatos, gente que no es tan
notoria como para necesitar toda esa protección ni esa programación ordenada de
su tiempo... Por supuesto, los políticos piensan que ellos son quienes dirigen
el gobierno.
Por tanto, había sido un bien inmenso estar de vuelta entre los
suyos, a bordo de su buque insignia, el crucero Chronos, por muy estéril y
limitado que fuese su interior. En órbita independiente alrededor del Sol, la
flotilla de Hermes equivalía al suelo patrio. Hasta había conseguido dejar
detrás al servicio secreto, después de una desagradable discusión. Los hombres
y mujeres a bordo eran de su misma tierra, nacidos bajo los mismos cielos,
caminaban con el ligero contoneo y hablaban con el acento que eran suyos, y
permanecían juntos en una soledad que ellos compartían.
Pero su corazón se sentía oprimido. Aquel día se reuniría de
nuevo con Nicholas van Rijn. Aunque estaba en territorio propio, aunque sólo
fuese para evitar el ser espiados electrónicamente, sentía algo de miedo y
estaba enfadada consigo misma por ello. Eric, que estaba esperando a su lado,
debiera haber sido un consuelo, pero era casi un extraño que de mala gana había
dejado la Tierra y su Loma, carne de aquel extranjero que se veía obligada a
recibir. Los tripulantes flanqueando en una doble hilera la compuerta con los
uniformes blancos de gala también se habían vuelto extraños para ella. ¿Qué
estarían pensando bajo sus rostros, cuidadosamente inexpresivos? La ventilación
la tocaba con una frescura que le decía que su piel estaba húmeda.
La válvula interior se abrió, y allí estaba él.
Su primer pensamiento fue de asombro: ¡Qué feo es! Lo recordaba
macizo y anguloso, no corpulento, y para ella eran nuevos la camisa de encaje,
el chaleco iridescente y los bombachos color púrpura que llevaba para la
ocasión. Detrás de él, Falkayn, con una sencilla túnica gris y pantalones,
formaba un contraste cruel. ¡Dios mío, es un viejo! Este conocimiento hizo que
Sandra perdiese su embarazo. Ya no era su hijo el extraño, sino aquella chica
que en un tiempo había sido tan testaruda.
—Saludos, caballeros —dijo, como si se tratara de cualquier otra
persona que recibiese para una conferencia.
Y entonces, Van Rijn, maldita fuese su alma, se negó a ser
enternecedor y le agarró la mano, depositó sobre ella un restallante beso y la
agitó como si esperase que el agua brotase de su boca.
—Buen día, buen día —rugió—. Buenas noches también, vivas y mis
mejores saludos, Vuestra Graciosísima, y que vuestra vida esté llena de
alegría. Ah, sois todo un placer para unos ojos cansados, el tiempo os sienta
cada vez mejor, como a los quesos buenos. Me siento tentado de dar las gracias
a los baburitas por haberos hecho venir, si no fuese porque os han traído
problemas. Por eso deberán pagar hasta con las narices que no tienen; pero
haremos que nos las compren con un quinientos por ciento de recargo. ¿De
acuerdo?
Ella se liberó y, fría de cólera, le presentó al capitán y a los
oficiales superiores de la nave. Eric se encargó de presentarles las excusas
debidas por no ser invitados a tomar una copa antes de la cena, cosa que ya
conocían de antemano porque el mensaje de Van Rijn había solicitado una
entrevista en secreto. Aceptaron mecánicamente esta cortesía que se les debía,
pero con su atención centrada en el mercader, la leyenda viviente. ¿Así que
éste era él? ¿Y qué esperanzas podría un hombre como aquél dar a Hermes?
Al salir con su hijo y Falkayn, él tomó del brazo a Sandra,
quien resistió la familiaridad del gesto, pero no se atrevió a soltarse por
miedo a hacer una escena. El dijo en voz baja:
—Me gustaría decir Weowar arronach... —aquella frase del
lenguaje lannachska de Diomedes la habían hecho suya durante su primer año
juntos—, pero vuelve a ser demasiado tarde. Me alegro de que después hayas sido
feliz.
—Gracias —dijo ella, de nuevo cogida por sorpresa.
Entraron en la antesala. No era grande pero estaba cubierta por
pieles de ciánope y maderas nativas, como un recuerdo del hogar. Aún despedían
un ligero olor. Sobre los mamparos colgaban unos cuadros: el Cloudhelm visto
desde la cumbre boscosa de una de las colinas Arcadias, las dunas del desierto
del Arco-iris, el océano Coribántico del Sur, vivo en la fosforescencia
nocturna. Una pantalla proporcionaba un fuerte contraste: los espacios que
rodeaban el casco de la nave, millones de estrellas, la Vía Láctea, el glóbulo
terráqueo, casi perdido entre los astros, tan frágil como un cristal azul. Eric
se deslizó detrás del diminuto bar.
—Yo haré de barman —dijo—. ¿Qué vais a tomar?
Aquello rompió una cierta tensión. ¿Será de su padre de Quien ha
heredado esa habilidad?, pensó rápidamente Sandra. Yo nunca me he dado buena
maña para cambiar el humor de un grupo. Viendo que los hombres estaban
esperando, escogió un clarete del valle de Apolo. Van Rijn probó una ginebra de
Hermes y declaró que sabía a quemado. Falkayn y Eric tomaron whisky escocés. A
Sandra le pareció divertido... o simbólico, o algo, que aquella bebida hubiera
sido transportada desde Edimburgo hasta Starfall y otra vez de vuelta.
Se acomodaron sobre el banco curvo que circundaba la mesa: ella,
Eric, Falkayn y, en el extremo opuesto, Van Rijn, con gran alivio por su parte.
Cuando ella buscó su caja de puros, el mercader siguió su ejemplo e insistió en
que probase un habano de verdad. Se dio cuenta de que había olvidado lo bueno
que era.
El silencio cayó sobre la reunión. Después de un par de minutos,
Eric se removió en su asiento, dio un trago a su bebida y dijo rudamente:
—¿No sería mejor que nos pusiéramos a trabajar? Estamos aquí
porque el señor Van Rijn tiene algo que decirnos. Estoy ansioso por saber lo
que es.
Sandra se irguió, encontró los ojos del anciano y sintió como si
volasen chispas.
—Sí —asintió—, no tenemos derecho a permanecer ociosos. Por
favor, cuéntenos.
Su mirada buscó la de Falkayn. Nosotros ya lo sabemos. Y la de
Eric. Tú y yo también hemos hablado sobre esto después de que nos abrazásemos
en la Tierra.
Van Rijn dejó escapar una riada de humo por las fosas nasales y
comenzó:
—Deberíamos representar algo así como la escena final de una
novela policíaca, en la cual yo tiro un kilo de pruebas encima de la alfombra y
las hacemos encajar en forma de un villano. Pero todos tenemos una idea, clara
o vaga, de la respuesta. Estamos aquí principalmente para decidir lo que debe
hacerse. De todas formas, permitidme exponerlo todo ante vosotros, para estar
seguros de que pensamos lo mismo.
Durante unos instantes permaneció callado. A Sandra los
murmullos procedentes de las entrañas de la nave le recordaron el rumor de una
cuerda pulsada hasta casi el límite de su resistencia.
—Bayard Story, de Desarrollo Galáctico, líder de los Siete en el
Espacio en nuestra reunión de Lunogrado, es Benoni Strang, alto comisario de
Babur en Hermes. Ese es el hecho que hace que todo lo demás encaje por sí solo.
—Supongo que, con todas las fotos y pruebas que trajo mi madre,
no hay ninguna posibilidad de que estemos equivocados —aventuró Eric con una
cautela que Sandra reconoció como nueva en él.
—No, el parecido es evidente; además, la identidad explica
demasiadas cosas —dijo Van Rijn.
—Especialmente el asunto de quienes ayudaron a Babur —intervino
Falkayn con el tono de un juez que dicta sentencia—. El armamento, la
información militar y política, el reclutamiento de mercenarios, la discreción
de toda la campaña; hasta ahora... los Siete.
—Seguramente no todos —protestó Eric, como si el golpe le
acabase de alcanzar.
—Oh, no —dijo Van Rijn—. Ese secreto nunca hubiese sido
guardado, se hubiese podrido y olido mal en toda la galaxia de haberlo conocido
más personas que unos cuantos cargos a alto nivel..., y, claro está, los
técnicos humanos que contrataban y mantenían estrictamente aislados.
Seguramente, tampoco hay muchos baburitas que lo sepan.
Van Rijn dejó caer uno de sus puños, grande, peludo, nudoso,
sobre la mesa. Era un puño con fuerza para aplastar.
—Eso no constituye ninguna diferencia —declaró—. La política y
las órdenes vienen de arriba abajo. Los baburitas tratan a la Liga con
desprecio porque sus líderes saben que la Liga está dividida interiormente.
—Pero qué esfuerzo tan enorme —se preguntó Eric—. Investigación,
desarrollo, construcción, una década tras otra, hasta que todo un planeta
gigante está dispuesto para lanzar sus hordas... ¿Cómo pudo permanecer oculto
todo eso? El coste de toda esa operación debería aparecer en los libros de
cuentas...
—Subestimas el tamaño de las operaciones a escala interestelar
—le dijo Falkayn—. Ningún empleado, ni siquiera un empleado de categoría con un
puesto importante, puede seguir el rastro de todo lo que hace una compañía
grande. Y distribuido entre varias compañías, los gastos pueden ser disfrazados
fácilmente como fluctuaciones estadísticas. Tampoco debe haber sido demasiado
grande; Babur seguramente suministró la mayor parte de la mano de obra. Las
materias primas también vendrían de allí o de planetas y asteroides
deshabitados. Una vez construidas las máquinas básicas para la fabricación del
resto del utillaje, una parte relativamente pequeña del capital de los Siete
estaría allí invertido. Deben haber pagado fortunas a diversas personas para
que accediesen a vivir una buena parte de sus vidas lejos de sus propias
civilizaciones, pero para una corporación importante, la fortuna de un
individuo es una carga pequeña.
—Hace algún tiempo tuvimos una pista importante de todo este
asunto —añadió lentamente—; las naves de guerra de los baburitas parecen
dotadas de sistemas electrónicos, algunas de cuyas partes no pueden haber sido
fabricadas allí, y otras se deterioran en un atmósfera de hidrógeno. No tenía
por qué ser de esta forma, se pueden hacer mejor. Lo achacamos a una ingeniería
defectuosa, como resultado del apresuramiento, y es bastante probable que los
señores de Babur continúen creyendo que ésta es la razón, si es que en ese
planeta existe alguien con conocimientos científicos a quien se le haya
permitido perder el tiempo pensando en el asunto. Pero la realidad..., los
Siete han querido tener a sus aliados bien sujetos, algo que los mantenga como
subordinados hasta que hayan alcanzado sus propios objetivos. ¿Por qué no
dejarles en necesidad crónica de piezas de repuesto vitales, piezas que son
suministradas desde el exterior?
—La revelación de Mirkheim precipitó la acción —dijo Sandra.
—Resultaba una presa demasiado rica como para dejarla escapar.
Pero ¿cuál es la verdadera meta tanto de Babur como de los Siete? ¿Por qué ir a
la guerra? Eso es lo que aún no logro comprender.
—Yo no estoy seguro de que haya alguien capaz de comprender por
qué los mortales van a la guerra —contestó sombríamente Van Rijn—. Quizá algún
día encontremos a alguna especie inteligente que no haya perdido el humor, y
entonces nos lo dirán.
—Siempre podemos emplear la lógica —dijo Falkayn dirigiéndose a
la mujer—. Un imperialismo que triunfe de hecho compensa a los líderes con
riqueza, poder, el sentimiento de la gloria... sí, y, muchas veces, el
sentimiento del deber cumplido, de un destino realizado.
—Será mejor que nos conformemos con la simple avaricia —observó
Van Rijn.
—En el caso de los baburitas —continuó Falkayn—, no podremos
saberlo con certeza hasta que no se haya hecho una intensa labor de
investigación xenológica..., a menos que nos podamos apoderar de los archivos
de Strang. Pero sabemos que no les gustó que los echaran a un lado en la lucha
por un puesto en la frontera. Sus jefes pueden haber decidido que nada, excepto
la fuerza, conseguiría para su especie aquello que les es debido. Y no olvidéis
que Babur se unió, hace bastante poco, bajo las conquistas de la Banda
Imperial. Sospecho que el deseo de seguir conquistando habrá sido demasiado
fuerte, como ha sucedido muchas veces en la historia humana. Además, pienso que
los gobernantes vieron las aventuras extranjeras como una forma de asegurar su
poder sobre las tierras adquiridas recientemente, como también ha sucedido en
la historia humana... Fuese como fuese, Babur estaba maduro para dejarse
manipular, para recibir ayuda y convertirse en propietario de su zona estelar.
No me sorprendería en absoluto que Benoni Strang fuese el hombre a quien se le
ocurrió la idea y que sea él quien persuadió a los amos de los Siete. Parece
ser que comenzó su carrera como científico en ese planeta.
Sandra asintió mientras a su memoria venía la imagen
de su enemigo: su ardor bajo aquella armadura de cortesía, su
mirada, frecuentemente perdida, palabras que, de vez en cuando, había dejado
escapar.
—¿Y cuáles habrán podido ser los motivos de los Siete?
—preguntó, aunque ella y Falkayn habían hablado de eso durante horas y horas en
el viaje hacia el Sol.
—Ya intenté hacer una lista con unas cuantas causas por las que
los humanos se salen del buen camino —le recordó él.
—Hay otra cosa además —añadió Van Rijn—. Las Compañías se hallan
muy cerca de hacerse con el gobierno del Mercado Común. Por lo menos, el
gobierno no hace nada que ellas no deseen y hace todo lo que ellas quieren. Yo,
que soy un independiente, veo en ello una amenaza, pero no albergo deseos de
poder. Sólo deseo que me dejen jugar y hacer mis pequeños trucos. Pero los amos
de los Siete no piensan así, o no se habrían organizado como lo han hecho.
Deben temer el día en que las Compañías se lancen activamente al espacio. ¿Qué
cosa sería mejor, contra eso, que tener un gobierno propio, un gobierno fuerte?
Pero como ese gobierno no existe aún, tienen que construir un imperio, y
después hasta podrán darse el lujo de que se conozca todo el alcance de la
conspiración.
—Aliados con Babur..., sí, en cierta forma tiene sentido —dijo
Eric—. No es probable que las dos razas entren en colisión, no necesitan el
mismo tipo de cosa, excepto por ejemplo algo como Mirkheim, y podrían llegar a
un acuerdo para repartírselo. Mientras tanto, Hermes sería la base del poder
humano en aquella zona, bajo un gobierno totalitario.
Se interrumpió para dar un puñetazo a la mesa.
—¡No! —gritó.
—De acuerdo —intervino Van Rijn—. Estamos hoy aquí para ver qué
es lo que mejor podemos hacer.
¿Todo el mundo tiene una idea más o menos clara de la situación?
Muy bien, todos a subirse las mangas, y pensemos nuestras próximas acciones.
Sandra sorbió su clarete, como si el gusto de la desaparecida
luz solar pudiese darle fuerzas.
—Por supuesto, no quieres informar al Mercado Común —adivinó.
—Claro que no —replicó Van Rijn—. Comprenden la debilidad del
enemigo, atacan, ganan..., ¿y quién se queda con Mirkheim? Las compañías.
—Aplastarían a los Siete sin piedad —añadió Falkayn—. No creo
que el imperio que consiguiesen formar en el espacio fuese menos vicioso..., ni
más inclinado a la liberación de Hermes. Claro que harían que Babur se
retirase; pero la tentación de imponer allí un gobierno títere que construyese
un estado corporativo a imagen del Mercado Común y que fuese consecuentemente
obediente en cuanto a sus relaciones internacionales... les resultaría difícil
resistirse a eso.
Van Rijn se volvió hacia Eric.
—Por eso fue por lo que yo hice lo posible para retrasar la
integración de tu fuerza con la del Sol —le explicó—. Tenía el presentimiento
de que era mejor conservar tu libertad de acción. Ahora sabemos que sí lo es.
Aquello también había estado en la mente de Sandra durante
muchos días, pero decirlo en voz alta le pareció como si penetrase en un puente
que se rompería con su peso.
—Estás proponiendo que nos marchemos y hagamos la guerra por
nuestra cuenta.
—Sí, pero no ataques directos contra Babur. Ataquemos
propiedades de los Siete, las tienen poco defendidas. Después podemos dejarles
escoger: o retiran su apoyo a sus aliados y de esa forma ambos tienen que hacer
la paz con nosotros, o les arruinamos.
—No tenemos por qué precipitarnos —apremió Falkayn—. Por
ejemplo, decírselo a otros miembros independientes de la Liga, cuantos más
mejor, convencerles de que se unan a la lucha, valdría la plena y ahorraría
bastantes vidas.
—Entonces querrá su parte, cuando se firme la paz —objetó Eric.
—Sí —dijo Falkayn—. ¿Y no crees que será mejor que lo hagan? De
esa forma podríamos salvar algo de estabilidad, algo de decencia.
Sandra pensaba: Mientras tanto, la agonía de Hermes sigue
adelante. Pero yo no me atrevo a oponerme a esto, no tengo la sabiduría
suficiente para pensar en una solución mejor.
¿Habrá alguien que la tenga?
Desde una terraza de la casa de Van Rijn, en Delfinburg, David y
Coya contemplaban de nuevo el mar de noche. A sus espaldas dormían sus hijos.
Ante ellos, una bajada envuelta en sombras que llevaba al muelle de los yates,
poblado de hileras de fantasmagóricas formas de barcos.
Más allá, el fuerte viento levantaba olas que corrían hasta
romperse en blancura, surgían de nuevo y seguían su carrera hacia adelante.
Sobre sus cabezas se arqueaba un cielo sin luna recorrido por estrellas que
parecían volar entre jirones de nubes.
—Es la tercera vez que te vas —decía ella—. ¿Debes realmente
hacerlo?
—No voy a dejar a Adzel y a Chee peleando solos en mi propio
planeta, ¿verdad? —dijo él asintiendo.
—Pero sí puedes dejarnos a nosotros... —ella se detuvo—. No, lo
siento. Olvida que esa idea ha cruzado mi cabeza.
—Esta vez será la última —prometió él, y la atrajo hacia sí.
Ninguno de ellos habló, pero ambos pensaban lo mismo: Si no se
vuelve a casa, es la última vez, no hay duda. Pero lo que Coya dijo fue:
—Muy bien, porque después me llevarás siempre que te vayas a
dondequiera que sea. A mí y a los niños.
—Si es que voy a algún sitio, querida. Después de todo este
alboroto me sentiré muy feliz estableciéndome en la Tierra y dejando que los
trópicos me tuesten los huesos.
Ella sacudió la cabeza haciendo girar su cabello negro.
—No lo harás, ni yo tampoco. No es un mundo para Juanita y Nick.
¿No estarás imaginando que esta guerra va a limpiarlo, verdad? No, la
podredumbre crecerá más y más. Nos marcharemos de aquí mientras todavía podamos
hacerlo.
—Hermes... —durante un rato estuvo callado y continuó—: Quizá,
ya veremos... El universo es grande.
El viento soplaba muy frío y la espuma levantada por las
resonantes olas estaba fría, fría y amarga.
20
Abdallah Enterprises, una de las compañías que formaban los
Siete del Espacio, guardaba su centro en el planeta Hopewell contra posibles
asaltos desde el exterior y sabotajes desde el interior. Pero lo primero
parecía tan poco probable que sólo había una corbeta en órbita alrededor del
planeta y sus sucesivas tripulaciones nunca se habían enfrentado a un problema
mayor que el de llevar el tiempo hasta ser relevadas.
El destructor North Atlantis aceleró para entrar en combate. A
pesar del riesgo que ello significaba, Eric pensó que debía mandar un mensaje
de aviso. «Apartaos antes de que ataquemos.» Fue replicado por un juramento
asombrado, seguido de un puñado de misiles y un rayo energético.
La nave de Hermes se echó a un lado siguiendo su propio empuje.
Los torpedos que la seguían maniobraron incluso con más agilidad, pero ahora
disfrutaban de una buena posición sobre ellos. La nave lanzó una cegadora
tormenta de rayos que desintegraron los misiles formando fuentes de fuego,
oscureciendo momentáneamente las estrellas y el sereno disco del mundo. Eric
quería reservar las municiones que no serían fáciles de reemplazar y no replicó
con el mismo tipo de ataque, sino que ordenó que se acercasen al enemigo hasta
que estuviese al alcance de las armas energéticas. «Atacad», dijo, y una
llamarada de energía nuclear saltó al exterior. . La corbeta aceleró para
escapar, pues al ser su masa más pequeña podía cambiar de velocidad con más
rapidez. La North Atlantis la siguió concienzudamente, destruyendo o rechazando
los misiles, absorbiendo los disparos de los cañones explosivos con las placas
de su armadura, disparando sus propias armas siempre que las variables
configuraciones de la batalla la llevaban lo suficientemente cerca de su presa.
Después de horas de combate, los supervivientes a bordo de una ruina sabían que
no podrían escapar nunca e hicieron señales que significaban rendición.
—Os felicito por vuestro coraje —contestó Eric—, aunque podríais
haberos preguntado si valía la pena todo ese esfuerzo. Podéis descender en
Hopewell con los botes salvavidas. Os aconsejo que no lo hagáis cerca de Ciudad
Abdallah.
Los sistemas de comunicación le habían informado ya de lo
sucedido allí. Muddlin Through, que la acompañaba en su viaje, la dejó
combatiendo y había penetrado en la atmósfera.
Falkayn emitió las palabras que sabía pondrían en peligro su
vida.
—Atención..., atención... Vuestros dueños han conspirado con
Babur para provocar la guerra... El ejército de Hermes va a demoler las
instalaciones de la compañía... Evacuadlas inmediatamente.
Un enjambre de vehículos espaciales salió al encuentro, pero
Muddlin Through no era nave especializada en alcanzar grandes velocidades en el
vacío, totalmente inútil sobre un planeta que había sido Streak. Unos pioneros
comerciales deben estar preparados para encontrar problemas en cualquier tipo
de ambiente. La nave descendió describiendo grandes espirales, de las que se
apartaba de cuando en cuando para esquivar un misil o destruir un oponente.
Desde el asiento del piloto, Falkayn veía la tierra y el mar
ante sus ojos en locos remolinos, las nubes enmarcando el azul brillante del
día, las máquinas bélicas que relampagueaban ante su vista como gotas de lluvia
llevadas por el viento. Aquél no era el tipo de combate espacial que sólo podía
ser dirigido por computadora. Los movimientos eran demasiado rápidos, las
acciones demasiado impredecibles. Fundió su intuición con la lógica de
Atontado, su personalidad y la de la nave se hicieron una sola y cogió el
timón. Los motores rugieron, en el exterior el aire aulló y hasta su olfato
llegó el fuerte picor del ozono.
—¡Hoo y ja! —llegaba la voz de Van Rijn desde la torreta del
control de armamento—, desde donde perseguía, divisaba, disparaba, controlando
él mismo todo el sistema, enviando una nave tras otra a su tumba meteórica—.
¡Bien, bien, bien! ¿Así que mirándome con malos ojos, eh? ¡Te lo devolveré
ahora
mismo! ¡Vaya, ése fue un buen tiro en contra nuestra, casi nos
alcanza; pero no tan bueno como este otro! ¿Qué me dices? ¡Ahí va otra fuera de
combate!
Al final, Muddlin Through fue la única nave suspendida en el
espacio y el silencio reinó durante una media hora.
Debajo se extendía una tierra que había sido rica. Los mineros,
los constructores y los industriales la habían desgarrado y emponzoñado hasta
el punto de que ahora el río discurría envenenado entre montones de basuras,
aceras y almacenes de desechos, llevando la muerte al mar. Pero en Hopewell
había habido pocas protestas por parte de los colonos humanos. Aquello no era
la Tierra, aún había espacio en abundancia, nadie tenía que vivir en el lugar
donde se engendraba tanta prosperidad. Además, el gobierno local pertenecía a
Abdallah Enterprises. En el centro del desierto que había creado, la ciudad
alzaba torres espléndidas sobre pavimentos de muchos colores. Contemplándola,
Falkayn pensó: A su manera, esta era fue grande; yo también la echaré de menos.
Los coches huían en manadas, y vistos desde aquella altura
parecían piojos. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que cada uno llevaba
su carga de terror, confusión, esperanzas destruidas, recuerdos de seres
queridos que estaban en otro lugar o temores por otros. La guerra borraba de la
conciencia todas aquellas peculiaridades. No tuvo ánimos para hablar más con
aquel mundo y dejó que una grabación se repitiera sucesivamente: «Hermes Libre
ataca a los Siete porque son los aliados de Babur. Nuestra campaña terminará
cuando termine la guerra contra el Mercado Común y las ocupaciones de Hermes y
Mirkheim. Llevad nuestro mensaje.» Mientras, quizá algún día, su mujer y sus
hijos huyesen de la misma forma, porque, ¿cuándo iba a conocer la seguridad la
civilización en el futuro?
El tiempo que les dio para escapar fue generoso. Durante quince
minutos nada se movió, y después lanzó el primer torpedo.
Con cincuenta kilotones fue suficiente. Estalló una pelota de
fuego, el humo y el polvo se elevaron formando un pilar monstruoso que se
extendió como un hongo bordeado de hielo, las reverberaciones hicieron resonar
el casco de la nave, y cuando todo se disipó y de nuevo pudo verse algo, en la
tierra había un cráter del que salían unas cuantas vigas retorcidas como los
dedos de un hombre muerto.
—Ponte en órbita a diez radios y esperaremos a que North
Atlantis termine su trabajo —dirigió Falkayn.
Se reunió con sus compañeros de viaje, Van Rijn y el ingeniero
Tetsuo Yoshida, cuando Hopewell había vuelto a convertirse en un precioso globo
blanco y azul entre las estrellas. El mercader seguía estando muy contento.
—¡Hurra, hurra! —gritó—. ¡Me siento rejuvenecido! Tuvimos lo que
Aristóteles llamaría una catarsis, y eso me ha dado un apetito abismal. ¿Qué os
gustaría comer? Supongamos que ase rápidamente un poco de jamón de Virginia con
patatas dulces y ensalada César...
—Después —respondió Falkayn—. No tengo hambre. Van Rijn le miró
con atención.
—Tu conciencia te está molestando, ¿verdad? Pero es una
tontería, muchacho. Hemos ahuyentado a mucho de lo animal que hay en nosotros,
destruyendo algo que bien merecía ser destruido. ¿Es quizá un pecado que
disfrutemos con ello? A mí me encantaría llevar a cabo más ataques como éste.
Yoshida enarcó las cejas, y dijo:
—Yo no objetaría personalmente, pero o mucho me equivoco, señor
Van Rijn, o prometió a sus compañeros de conspiración limitarse a esta única
acción si le daban permiso para tomar parte personalmente en ella.
Es demasiado valioso para arriesgarle, recordó Falkayn, primero
como el líder de toda nuestra estrategia y después como nuestro principal
negociador. Mi trabajo de ahora en adelante consistirá en llevarle a salvo
hasta la base que escoja y después actuar como su consejero y representante
especial.
Aunque maldita sea, tiene razón. Tomar parte personalmente en la
batalla era algo que necesitábamos con urgencia. Hasta yo mismo, yo también.
—Cierto —musitó Van Rijn—. Así que tenemos semanas por delante,
quizá meses en los que no podremos hacer otra cosa que sentarnos sobre nuestra
propia grasa. ¿Se os ocurre cómo podríamos utilizar nuestras mentes para algo
constructivo mientras esperamos el curso de los acontecimientos?
—El póquer —dijo Atontado.
Los expertos se habían puesto de acuerdo en que para que
Mirkheim se pusiese de nuevo a producir se necesitaría tiempo, dinero y
bastantes vidas. Sin embargo, reservas de metales y supermetales fundidos ya en
lingotes yacían esperando el embarque y su valor era incalculable. Las fuerzas
de ocupación baburitas recibieron instrucciones para permitir que los hombres
de la Compañía Estelar de Metales los embarcasen sobre la base de un reparto de
beneficios. A su vez, la Estelar contrató a la Transportes Interestelares para
que los transportase a sus numerosos mercados.
En las profundidades del espacio, unas naves que habían estado
esperando vigilantes, se pusieron al lado de los cargueros, igualaron la fase
de hipervelocidad y mandaron una señal de que deseaban enviar gente a bordo.
Los capitanes no sospecharon nada malo y accedieron. Pero los que entraron,
sonrientes, iban armados y bien protegidos. Tomaron rápida posesión de las
naves en todos los casos.
Las tripulaciones de los cargueros fueron enviadas a diversos
planetas en sus botes salvavidas, con la noticia de que Hermes Libre confiscaba
la nave y la mercancía. Las pérdidas de la compañía de seguros Timebinders, una
de las de los Siete, fueron abrumadoras, y las de Estelar e Interestelar
también, porque el seguro sólo cubría menos de la mitad del valor de aquellas
mercancías.
Unos hombres aterrizaron en zonas desoladas del planeta
Ramanujan y volaron con propulsores y sin ser vistos hasta las cercanías de la
ciudad de Maharajah. A una hora señalada se reunieron junto a un grupo de
torres que constituían los carteles generales de la compañía Sistemas XT.
Después de reducir a los guardias, volaron un equipo que llevaría años
reemplazar y destruyeron bancos de datos que nunca podrían se reemplazados. Los
prisioneros, a quienes después liberaron, dijeron que se habían identificado a
sí mismos como un comando de Hermes Libre.
XT había controlado la economía de aquel planeta, y por tanto el
gobierno era su servidor. Al haber un desempleo masivo, fue sucedido por
bancarrotas, motines, malestar social. El pueblo pidió unos legisladores que
fueran leales al planeta Ramanujan y el parlamento se disolvió con un voto de
no confianza.
Sánchez Ingenieros estaba embarcada en un ambicioso proyecto en
el estéril planeta llamado St. Jacques, muy rico en minerales, proyecto que
haría que sus recursos fuesen fácilmente accesibles a los humanos que habitaban
en su mundo gemelo, Esperanza. Los líderes de la colonia, que no se dejaban
comprar por nadie, habían firmado una rígida cláusula de penalización por
incumplimiento del contrato.
De repente, los técnicos se declararon en huelga, alegando que
la guerra aumentaba considerablemente los riesgos. Los detectives se enteraron,
y los directivos de la empresa revelaron que los jefes del sindicato de
técnicos se habían dejado sobornar. No había pruebas legales disponibles, por
lo menos no se obtendrían sin un proceso legal desastrosamente largo, y además,
si éste se resolvía en su contra, las personas implicadas no tendrían más
remedio que marcharse de la jurisdicción esperanciana.
—La respuesta es sencilla —dijo su portavoz por encima de su
puro al director general de Sánchez—. Utilice su influencia para detener la
guerra.
Mas, en el mejor de los casos, la compañía quedaría gravemente
dañada.
Desarrollo Galáctico poseía una de las lunas de Germania, que
había convertido en una especie de grandes almacenes para toda aquella vecindad
estelar. Allí aterrizaron unas naves, y después de una batalla corta, pero
violenta, sus tripulaciones se apoderaron de todos los tesoros con gran
eficiencia, y después de regresar al espacio bombardearon las instalaciones.
Estos ni siquiera pretendieron ser de Hermes. Eran de la
Sociedad para el Castigo del Pecado y de la Sociedad de Aventureros que querían
castigar a los Siete por su nefanda alianza con los baburitas.
La policía espacial de Germania no movió ni un solo dedo
mientras duró el ataque. Después el gobierno rechazaría las acusaciones de
complicidad, declararía haber sido tomado por sorpresa y se haría cargo de las
restantes instalaciones que Desarrollo Galáctico tenía en el sistema «mientras
tanto no se llegue a un acuerdo que, en vista de la actual emergencia, sea más
en interés general...»
Los Siete devolvieron los golpes. Sus naves fueron acompañadas
por naves de guerra baburitas. Anunciaron que Babur ejercía así su deber y su
derecho a suprimir la piratería. Muy pocos seres se lo creyeron.
Golpes brutales cayeron sobre las bases de las compañías
hostiles, pero en su mayoría habían sido previstos, por lo que fueron
abandonadas. El daño fue por tanto comparativamente pequeño. El carácter del
típico operador independiente era tal que consideró aquello como una
inversión..., si fuera de otra forma se habría unido hacía tiempo a alguno de
los grandes. Podría arruinarse con aquello, pero si no, sería muy rico. Una
participación en Mirkheim, la competencia por parte de los Siete muy reducida;
mientras tanto, reparto del botín... Veía la oportunidad ante él y corría hacia
ella.
Tanto los independientes como los de Hermes podían repostar en
cien mundos distintos, atacar en donde quisieran y volver a desvanecerse en el
infinito. Babur no tenía ventaja semejante. Y el Mercado Común, al ver que las
fuerzas de la Banda Imperial estaban dispersas y bajo fuego, lanzó naturalmente
ataques sonda, que con el tiempo y la falta de una respuesta efectiva,
intensificó. En cuanto a los Siete, toda la compleja estructura en la que
habían basado su poder estaba crujiendo, y cuando Timebinders Insurance dejó de
pagar las pérdidas, supieron que tenían que hacer la paz, al precio que fuese.
La primavera estaba en su apogeo cuando el ejército patriota
atacó Starfall. El ataque tuvo dos vertientes: los seguidores de Christa
Broderick en la ciudad y en sus alrededores, que durante el invierno se habían
limitado al espionaje y al sabotaje mientras cobraban fuerza, aparecieron en
las calles. Cayeron sobre los mercenarios que salieron a su paso, rodearon
enclaves estratégicos como el hotel Zeus y comenzaron a bombardearlos. Al mismo
tiempo, las guerrillas que Adzel y Chee Lan habían conducido en las colinas de
Arcadia y las Montañas Cabeza de Trueno entraron por el oeste y se dirigieron
hacia la Colina de los Peregrinos, con la intención de tomarla. Habían llegado
en una extravagante diversidad de coches, autobuses y camiones, protegidos por
vehículos atmosféricos enviados por la armada ducal. Pero ahora aquella armada
combatía con las naves del enemigo y la lucha por la ciudad debía dirimirse
sobre el terreno.
Mientras las fuerzas del enemigo se negaron a rendirse fue
necesario desalojarlos de uno en uno, cuerpo a cuerpo. Si la flota de Hermes
Libre alcanzaba la victoria un proyectil de cabeza nuclear les aniquilaría,
pero a costa de perder la ciudad. Los hombres de Benoni Strang seguían
combatiendo con la esperanza de que los suyos ganasen la victoria espacial y
por tanto tuviesen a todo el planeta como rehén...; aquellos nativos que habían
servido libremente su régimen revolucionario también combatían por miedo al
castigo que por cierto les aguardaba.
Adzel trotó a lo largo de la explanada, que resonó bajo sus
cascos. Bajo el brazo llevaba un rifle, y Chee, montada sobre sus hombros,
manejaba un arma energética. La mayor parte de los soldados, que les seguían
cautelosamente, llevaban antiguallas, las armas de caza que existían en todas
las residencias aisladas en el campo y en las montañas. La artillería que
arrastraban entre ellos —cañones, morteros, lanzadores de cohetes— utilizaba
explosivos químicos y había sido fabricada clandestinamente en cientos de
pequeñas fábricas y talleres domésticos, según los planos retirados de los
bancos de datos públicos antes de que el primer soldado baburita hubiese
aterrizado.
La tarea verdaderamente difícil había sido coordinar todo el
esfuerzo a lo largo y ancho del planeta y con el retorno en son de guerra de la
Gran Duquesa Sandra. No sólo los Leales y las Familias, también más de un
Traver sentían odio contra el poder; cuando la gente está acostumbrada a la
libertad, gobernar por medio del terror no da buenos resultados, especialmente
cuando hay esperanzas de liberación. Y la rígida censura de Strang no había
podido ocultar por completo el hecho de que la causa de Babur estaba perdiendo
batallas.
Arriba pasaban las naves, que vistas desde el suelo eran tan
irreales como las estrellas; parecían simples motas brillantes. La realidad era
la dureza bajo las plantas de los pies, el sudor, el aliento contenido con
dificultad, el paladear el hecho de que pronto se podía estar muerto, pero que
no había forma de volver atrás. A la derecha fluía el Palomino, pardo y
susurrante; la orilla opuesta se alzaba en pendientes cubiertas de verdor
salpicadas de villas y de árboles de color dorado. A la izquierda había casas
más antiguas, pegadas unas a otras, desiertas y con las ventanas cerradas a cal
y canto. Delante se alzaba la colina, paseos y terrazas, jardines y senderos
techados por el ramaje que conducían a la masa gris del Registro Antiguo.
Detrás se alzaban los encajes de la Estación de Señales y una visión pastel del
Nuevo Registro. Por el este llegaban los sonidos de los disparos.
—Estás temblando —le dijo Chee a Adzel.
—Hoy me veré obligado a matar de nuevo —contestó el wodenita.
John Falkayn aceleró el paso y se puso a su lado. Como los otros
humanos, estaba desaliñado, serio y sombrío, vestido con los trajes más bastos
que tenía y, a manera de uniforme, una banda azul enrollada en el bíceps
izquierdo, donde llevaba cosida la insignia de coronel, recortada de una lámina
metálica.
—Debemos girar por aquel sendero —dijo señalando en su
dirección—. Nos llevará dando un rodeo hasta un bosquecillo de milhojas que nos
proporcionarán algún refugio.
—De acuerdo —dijo Adzel, y tomó esa dirección.
Las balas comenzaron a aullar junto a sus oídos seguidas por el
chasquido de sus rifles. Un hombre gritó, se llevó las manos al estómago y cayó
de rodillas. Sus compañeros se apartaron entre sí aún más y avanzaron agachados
en zigzag, como Chee les había enseñado. Varios se tiraron al suelo para
responder al fuego, antes de seguir adelante.
Cuando se acercaron al bosquecillo el tiroteo arreció,
convirtiéndose en un zumbido que desgarraba el follaje, incrustándose en la
madera y a veces en la carne. Rayos de energía iban y volvían al Registro
Antiguo dejando un rastro de trueno y olor acre. Adzel iba de un lado a otro
calmando a los hombres y disponiéndoles en formación. Un disparo de cuando en
cuando rebotaba en sus escamas. Chee se acurrucaba, pues era un blanco
diminuto, y debido a la distancia no malgastaba ningún disparo.
—El enemigo está concentrado en ese macizo edificio de piedra
—dijo Adzel—. Nuestra primera acción debe ser neutralizarlo.
—¿Destruirlo? ¿Eso es lo que quieres decir? —dijo John Falkayn—.
Dios mío, no. Los archivos, las crónicas. .. Ahí dentro está todo nuestro
pasado.
—Todo vuestro incierto futuro está ahí dentro también —replicó
cortante Chee.
La artillería fue dispuesta en posición y activada. Las armas
rugieron, los cohetes silbaron, los explosivos provocaron nubes de asombro,
humo y chispas. El Registro Antiguo se derrumbó lentamente. Por fin, líos
enormes brazos, el hombre miró vagamente hacia arriba y jadeó:
—Escucha, díselo a ellos. ¿Por qué no se lo dirías? No eres
humano, no te importa todo esto. Yo fui el que planeó esto..., yo, desde el
principio, por el bien de Hermes, sólo por el bien de Hermes... Un nuevo día en
este mundo que amo... Díselo a ellos. Que no lo olviden. Habrá otros días.
El ejército ducal triunfó en el espacio de su planeta nativo
porque, además de contar con considerable ayuda de los mercaderes
independientes, Babur había llamado al sol Mogul a gran parte de la fuerza que
mantenía en Hermes. Esto había sido debido a que los Siete se habían retirado
como aliados desordenadamente, en caos.
A partir de allí, la derrota de Babur dependía únicamente del
tiempo y de su voluntad; la falta de piezas de repuesto para partes de las
naves que se deterioraban con rapidez hubiese hecho que el tiempo fuese muy
corto. No sorprendió, por tanto, a Van Rijn que la Banda Imperial negase una
batalla final; treinta años antes habían mostrado la inteligencia suficiente
para cortar sus pérdidas en Suleimán. Sin embargo, cuando enviaron sus
mensajeros directamente a él, admitió que se habían ganado su asombrado respeto.
¿Todo el tiempo habían sabido tanto sobre la civilización Técnica?
El encuentro tuvo lugar cerca de Mirkheim, entre un par de
naves. Chronos se presentó listo para entrar en combate llevándole a él y a
Sandra (David Falkayn y Eric Tamarin-Asmundsen estaban detrás al mando de la
flota unida y preparados a cobrar venganza si fuese necesario). La nave
baburita, humildemente, no llevaba armas. Estaban en órbita entre incontables
soles semejantes a diamantes mientras se intercambiaban imágenes.
El pequeño ser se irguió ante el receptor y habló por un
vocalizador. A Sandra ya no le parecía feo. ¿Y era sólo su imaginación o sentía
pena en las inexpresivas palabras que salían del aparato?
—... Fuimos utilizados. Comprendemos que nosotros mismos
estábamos entre aquellos que nos utilizaban... Hagamos la paz.
—¿Y qué pasa con el Mercado Común? —preguntó ella.
—Prepara su gran batalla. Pero aún no es fuerte.
—Espera un momento —dijo Van Rijn, y cortó la transmisión del
sonido. Se volvió hacia la mujer.
—Tiene razón. Las Compañías querrán luchar hasta el fin si es
posible, para ganar todo lo que los Siete han perdido. Pero si nosotros, los de
Hermes y los independientes, dejamos de luchar, si utilizamos nuestra
influencia contra la guerra, si dejamos entrever que nosotros resistiremos con
Babur, el deseo de la gente de seguir gastando dinero y vidas se desinflará en
la Tierra y en la Luna hasta que ni siquiera el gobierno del Mercado Común
pueda continuar.
Perpleja, ella contestó:
—No puedo creer que nosotros vayamos ahora a ponernos de parte
de esas... criaturas. Después de lo que han hecho.
Las palabras de él vinieron rotundas.
—¿Pero sí puedes creer en más gente asesinada? No se trata de
que nos pongamos codo a codo con los baburitas, el nuestro se congelaría y el
suyo se evaporaría. Se trata simplemente de que detengamos rápidamente las
hostilidades, con unas condiciones buenas para todo el mundo, y que después
presionemos en el Mercado Común para aplastar a esos chalados que exigen una
«rendición incondicional».
Sandra recorría el puente a grandes zancadas. Sus músculos
anhelaban un caballo, un poco de surfing, un sendero entre glaciares. La
pantalla sólo le ofrecía inmensidades. Van Rijn estaba sentado como una araña,
chupando una pipa cuyo hedor le hacía picar la nariz. En la pantalla pequeña,
la forma del no humano esperaba pacientemente.
—¿Qué crees que debemos proponer? —preguntó ella.
—Ya hemos hablado muchas veces de esto —contestó él—. Ahora que
hemos visto lo ansiosos que están los baburitas por firmar la paz, dejemos unas
cuantas cosas en claro.
»El gobierno del Mercado Común nunca reconocerá a los
independientes como sus agentes, de la misma forma que tampoco podía en
realidad reconocer a la Liga. ¿Alguien más con poderes de decisión, además del
gobierno? Demasiado peligroso. Podría hacer que la gente comenzase a pensar si
realmente necesitan políticos y burócratas por encima de ellos.
»Así pues, tú, que encabezas el gobierno de Hermes, tienes que
dar la cara por nosotros. Hermes se apodera de Mirkheim, como habías propuesto
originariamente, bajo un tratado en el que se afirme que concederás licencias a
compañías de cualquier parte del universo. Un impuesto razonable sobre esas
licencias para compensar todo lo que habéis perdido en la guerra, más un
pequeño extra para comprar bienes que no tenéis en vuestro planeta, como
equipamiento industrial pesado y ginebra. Babur debe ser desarmado. De todas
formas, su flota pronto sería inútil, sin piezas de repuesto del exterior;
además, el Mercado Común no firmaría la paz si Babur fuese a rearmarse. No
obstante, Hermes garantizará su seguridad, además de concederles una parte en
la explotación de Mirkheim —Van Rijn no pudo evitar una risa parecida a un
gorgoteo—. ¡Babur se convertirá en vuestro protectorado! ¡Música celestial!
Sandra se detuvo, se cruzó de brazos, le miró a los ojos y
preguntó con intención:
—¿Y qué me dices de ti? ¿Tú y tus compañías de piratas? Pete, si
estuvieras conmigo aquí.
Pero él no pidió nada, sólo contempló la Vía Láctea, y dijo
ásperamente:
—Ese no es un problema de tu incumbencia. Danos a los que así lo
solicitemos una oportunidad en Mirkheim y todo lo demás será un hueso que
roeremos entre nosotros. Muchos huesos deberán secarse antes de que lo que ha
muerto pueda volver a resurgir.
El se dio un puñetazo en la rodilla y preguntó:
—¿Estás lista para negociar sobre estas bases? Aturdida, ella
asintió. El hombre se volvió hacia el alienígena.
21
En medio del triunfo y la pena, las reuniones, los forcejeos,
las celebraciones y los duelos, en Windy Rim de Hermes se celebró una fiesta
privada, una fiesta de despedida.
Dos de los asistentes partirían pronto hacia el Sol a bordo de
la Chronos: David Falkayn y Eric Tamarin-Admundsen. Sin embargo, hacía semanas
que no se veían, cada uno ocupado con diferentes aspectos de la gigantesca
confusión creada. Era la primera oportunidad que tenían para hablar
tranquilamente desde poco después del armisticio. Después de la cena se
alejaron de los demás durante un rato.
La sala que escogieron para su conversación era un estudio, con
las paredes cubiertas por paneles de madera bellamente veteada, estanterías de
códices con forros de pieles, retratos de los antepasados, una panoplia con
armas, un escritorio sobre el que habían sido escritas muchas decisiones
importantes. Una de las ventanas se abría a la juventud de la noche. El aire
era fresco, fragante, vivo, con el sonido del río abajo en el cañón.
Falkayn alzó su copa. «Felicidades.» Los bordes de los
recipientes chocaron. Los hombres se acomodaron en profundos sillones y
bebieron, un cierto sabor a humo de turba, al mundo de donde era originaria su
raza.
—Bien —dijo Falkayn—. Así que eres el nuevo embajador de Hermes.
—Oh no —replicó Eric—. Runeberg condujo nuestros asuntos con
gran competencia desde todos los puntos de vista durante la guerra. Queremos
que siga haciéndolo. Mi título será el de enviado plenipotenciario, cabeza de
nuestros negociadores con el Mercado Común.
—¿Por qué tú? Por supuesto que no quiero ofenderte, pero ¿qué
experiencia tienes en ese tipo de cosas?
Eric sonrió torcidamente:
—Yo también me lo he preguntado a mí mismo. De hecho, me opuse
con fuerza, pero Madre insistió... Es un asunto político. Soy el presunto
heredero después de ella, el personaje más importante que Hermes podría enviar
a las negociaciones; además, ella tiene de sobra que hacer aquí. En la Tierra
eso debe influir, será una prueba de que estamos muy decididos a llegar al tipo
de acuerdo que queremos. Y... también aquí servirá de algo que la Gran Casa
Ducal continúe ocupándose de los asuntos importantes.
—Entiendo —Falkayn estudió aquella figura fuerte
y de aspecto vulgar—. Yo también creo que es una buena elección,
y no lo digo por adularte. Serás mucho más que un hombre, la sangre de Nicholas
van Rijn y Sandra Tamarin... Eric se sonrojó y dijo:
—Quizá. Pero no estoy entrenado en la diplomacia, no conozco la
forma de hacerlo, los trucos, las dilaciones... David, amigo mío, ¿quieres
ayudarme? ¿Podrás hacerlo?
—¿Cómo?
—Con consejos y... no lo sé. Tú hazlo —Eric bajó la vista y
continuó—: Si es que no estás demasiado ocupado.
—Desde luego que tendré que ocuparme de muchas cosas como para
poder meterme en líos. Voy a hacerme cargo de la Solar de Especias y Licores y
a intentar mantenerla a flote durante todo el periodo difícil que va a venir
—Falkayn dio un pequeño sorbo a su bebida, y cogió su pipa—. Ahora que lo
pienso, eso hará que me meta en líos.
Eric se le quedó mirando fijamente.
—¿Y el señor Van Rijn? —preguntó.
—El condenado estará recorriendo el espacio durante bastantes
años reparando las vallas rotas y no dudo que construyendo algunas nuevas con
piedras robadas a la competencia. Me gustaría... Ah, bueno, no puedo ir de
todas formas, soy un hombre que tengo una familia —Falkayn cargó la pipa antes
de continuar—: Pero sí, Eric, de alguna forma encontraré el tiempo y la energía
para poder ayudarte en lo que pueda; tu trabajo es más importante que el mío.
De hecho, podría decidir no cumplir con el mío si no pensase que es de algún
valor para el tuyo...; quiero decir, devolver alguna estabilidad a esto que nos
gusta llamar civilización. Una fuerte compañía privada bajo el liderazgo
adecuado puede contribuir hacia ese fin..., por lo menos durante cierto tiempo.
—¿Qué es lo que quieres dar a entender? —preguntó Eric.
Falkayn se encogió de hombros al tiempo que replicaba:
—Cada vez comparto más la opinión de Gunung Tuan. La herida
infligida en el viejo orden de cosas es demasiado profunda y no veo nada que
valga la pena para reemplazarla. Nosotros dos podemos comprar tiempo, quizá
incluso unas cuantas décadas, antes de que nuestras divisiones y vendajes se
abran otra vez. Mientras tanto, podéis construir algo en Hermes. Y yo..., yo
puedo buscar un lugar donde empezar de nuevo.
—Nunca te había visto tan triste, David —dijo Eric con voz
conmovida.
Falkayn sonrió y su sonrisa era auténtica, aunque no se trataba
de la sonrisa de un hombre joven.
—Bueno, yo soy básicamente optimista, como debes serlo tú.
Cuando llegue el momento, espero que nosotros y nuestros seres queridos
pertenezcamos al tipo de los que sobreviven. Y, hasta entonces, podemos
encontrar un montón de felicidad.
Se echó hacia delante y golpeó ligeramente el hombro de su
compañero.
—Piensa —le dijo—, vas a casarte con Loma, yo vuelvo con Coya y
los niños —levantó la copa—. Por ellos.
—Por ellos —respondió Eric, que había recobrado el entusiasmo.
—Ellos son todo lo que importa en la vida, ¿no es así? —dijo
Falkayn, y bebió.
Van Rijn y Sandra paseaban por la terraza. De la casa llegaba
una luz suavizada que se perdía pronto en la oscuridad. Por encima estaban las
masas de árboles y colinas que llegaban hasta el cielo lleno de estrellas, la
Vía Láctea, el brillo de una nebulosa y de otra galaxia. Se apoyaron sobre el
borde de la balaustrada. Debajo corría el río, que resplandecía débilmente. El
agua tintineaba.
Van Rijn dejó su jarra de cerveza y miró de reojo a Sandra.
Alta, con un vestido largo azul oscuro que la convertía casi en parte de la
noche; el cabello suelto caía por detrás de los hombros y brillaba con la poca
luz que había en aquel momento.
—¡Dios mío, qué aspecto tienes todavía! —exclamó él—. Eres
demasiado para ser sólo una soberana.
Ella evadió su intento replicando mientras miraba hacia otro
lado:
—Quizá no lo sea durante mucho tiempo.
—Oí que te habían soltado una lista de demandas exageradísimas.
Hacía muy poco que él regresara de Babur, donde había estado
inspeccionando el desmantelamiento de las instalaciones de los Siete. Ella se
lo había pedido así, sabiendo que muy pocas personas serían capaces de
asegurarse de que nada fuese escondido astutamente en algún lugar de todo un
sistema planetario.
—Me lo han presentado bajo la forma de una petición, pero su
significado es inconfundible. La organización de Christa Broderick ha saboreado
la victoria y realmente tienen derecho a nuestra gratitud. Además, el terror
revolucionario ha dejado muy debilitados a las Familias y a los Leales, a toda
la estructura de los dominios.
—Aún tienes muchos seguidores leales a tu persona, ¿verdad?
Incluyendo al ejército.
—Claro —dijo ella—. Pero ¿es que puedo desear que Hermes se
convierta en un estado-policía gobernando una población de esclavos? Las clases
superiores tendrán que sacrificar sus propias libertades para conseguirlo, lo
sabes.
»Ambos bandos regatearán, maniobrarán, discursearán y deformarán
todas las cuestiones hasta que nadie pueda decir cómo eran en un principio.
Además, serán de dos bandos; sabe Dios cuántas facciones surgirán, las
discusiones seguirán durante años. No obstante, al final... Broderick está de
acuerdo en que no podemos convocar una asamblea constitucional hasta que
tengamos una paz en firme, y eso me da esperanzas. Pero después me temo que
deba convocarla. Lo que puedo predecir de momento es que Hermes seguirá siendo
un ducado de nombre, pero en la práctica será una república. Quizá sea lo
mejor, ¿quién lo sabe?
—Dudo de que a la larga haya mucha diferencia —dijo Van Rijn—.
Autócratas, plutócratas, timócratas, burócratas, tecnócratas, demócratas, todos
ellos dicen a los demás lo que deben hacer a punta de pistola. Nos encaminamos
a una era de torpezas.
Su suspiro fue como si bajara la marea.
—Fue un buen tiempo mientras duró, ¿verdad? Hasta que llegó la
humanidad y lo estropeó todo. Otra vez a la escuela, hijos de Adán. Quizá
después de unos cuantos azotes más aprenderéis que el agua no sólo corre cuesta
abajo, sino que alguna vez toca fondo.
Ella volvió la cabeza hacia aquel promontorio que tenía él por
perfil.
—¿Quieres decir que la Liga Polesotécnica está acabada? —le
preguntó. El asintió pesadamente.
—Sí. Oh, mantendremos el nombre, voy a danzar de un lado para
otro como un hongo en la cazuela para remendar el viejo ropaje de forma que
aguante los vientos más fríos hasta que aquellos que están cerca de mí hayan
llegado a un puerto seguro donde no necesiten tantas metáforas. Supongo que aún
durante un siglo más seguirán reuniéndose solemnes consejos de la Liga, hasta
que algún émulo de Napoleón sin sentido del humor llegue y termine la farsa. La
mano derecha de la mujer cogió la mano izquierda del hombre que se agarraba con
fuerza a la balaustrada, como si la moviese una voluntad propia.
—¿Cómo puedes estar seguro, Nick? —preguntó suavemente—. Sí, los
Siete están muy maltrechos y es posible que desaparezcan, pero las Compañías
son si acaso más fuertes que nunca, y lo mismo ocurre con tus independencias,
¿no es cierto?
El le dirigió una larga e irónica mirada.
—¿De dónde viene esa fuerza? —preguntó—. Las Compañías y el
Mercado Común son una misma cosa, se han visto obligadas a preparar el
establecimiento de un gran aparato militar y no lo olvidarán nunca. Los
independientes están aliados contigo. En ambos casos, es lo mismo que
intentaban los Siete: aliarse con un gobierno.
»Compréndelo, la Liga fue en un tiempo una asociación de
empresarios libres que ofrecían bienes y servicios pero que no se los imponían
a nadie. Las empresas privadas no declaran guerras, ni establecen campos de
concentración, son los gobiernos los que lo hacen, porque gobiernos son
aquellas organizaciones que reclaman el derecho de matar a aquellos que no
hacen lo que ellos dicen. Compañías, sindicatos, partidos políticos, Iglesias,
sabe Dios quién más, no importa quién se haga con el control de la máquina
gubernamental: la usarán, la usarán y la usarán.
»Ah, nosotros los mortales no somos lo bastante sabios como para
confiarnos el poder. La Liga... antes de que surgiera todo este problema estaba
dividida y ahora ha librado una guerra civil. Strang sedujo a los Siete para
que secundaran sus planes, pero no hubiera podido nacerlo de no haber estado
maduros para ello. Durante cierto tiempo podremos fingir que todo sigue bien,
pero el cuerpo ha desaparecido. Y el espíritu lo había hecho antes, mucho
antes, cuando hombres que habían sido libres comenzaron a intentar controlar a
otros hombres. Van Rijn tenía la vista perdida en la noche.
—No habrá decisiones importantes de carácter privado —predijo—.
La autoridad se apodera de todo. Slogans en lugar de ideas, comenzando por los
intelectuales, pero pronto llegando al hombre corriente, al trabajador. Los
políticos se nombrarán a sí mismos magos que podrán garantizarnos a todos un
paso agradable por la vida, aprobando leyes, imponiendo impuestos, fabricando
dinero a base de aire. Los negocios e instituciones favorecidas se dividirán el
territorio y estrangularán a cualquiera que pueda desear algo nuevo. Por cada
desastre causado por el gobierno, la cura será más gobierno. El poder crecerá
hasta que su apetito sea demasiado grande para saciarse con un solo planeta;
además, quizá los problemas domésticos puedan exportarse a punta de bayoneta. Pero,
de alguna forma, los verdaderos bárbaros no son nunca aquellos contra los que
se lucha, hasta que es demasiado tarde: la guerra, la guerra, la guerra. Yo os
aconsejaría que rezásemos a los santos, excepto que me pregunto si los santos
nos han abandonado —lanzó al aire la mitad de lo que quedaba en su jarra—.
¡Pero cómo hablo! Cuando un riachuelo se pierde en el mar, lo que queda es sal,
como siempre, ¿no? —se echó a reír—. No deberíamos malgastar el tiempo que el
buen Dios nos ha concedido para beber. Mira, está saliendo una luna.
Sandra le tiró de la manga hasta que él la miró a la cara.
—¿Crees seriamente lo que estabas diciendo, Nick?
—Bueno, durante las dos generaciones siguientes quizá no sea
demasiado malo para Hermes, si puedes refrescar tu régimen pronto.
—Quiero decir, en general..., te veo... —ella se esforzó en
decir—. A veces he tenido el mismo tipo de ideas y... ¿Qué piensas hacer al
respecto?
—Ya te lo he dicho. Poner todos los parches que pueda.
—¿Y después? Si es que aún vivimos después. Con una repentina y
extraña timidez, él apartó la vista.
—No lo sé, espero que poner parches sea divertido, no sé si me
entiendes. Si no quizá no lo intentase, siendo un hombre viejo y cansado como
soy. ¿Después?...; la pregunta es interesante. Puede que después Atontado y
yo... Usaré Muddlind Through y tendremos más de un buen juego de póquer ahí
arriba... Quizá preparemos una pequeña expedición totalmente fuera del espacio
conocido, a ver qué podemos encontrar.
—Te envidio —estalló ella. El se volvió con rapidez.
—Eh, querida, maldita sea —explotó—. ¿Por qué no vienes también?
Ella levantó las manos como para defenderse de algo.
—Oh, no, imposible.
—¡Bah! —él hizo un gesto como si cortara algo—. ¿Cómo violarías
la conservación de la energía si lo hicieras? Quizá la conservación de la
gravedad, quizá. Pero supón que abdicas dentro de cinco o diez años. Deja que
Eric te suceda antes de que el tiempo le vuelva comodón. ¡Te vienes conmigo!
Vació su jarra, la tiró contra el suelo y le dio una palmada en
la espalda mientras señalaba al cielo con un amplio gesto de la mano derecha.
—Un universo donde todos los caminos llevan al azar —continuó—.
La vida nunca nos falla; nosotros fallamos a menos que la busquemos.
Ella se apartó ligeramente, mientras se reía en voz baja.
—No, no, detente, Nick. No vinimos aquí para discutir planes
absurdos... o política, o filosofía..., sólo para estar juntos. Necesito algo
de beber.
—Yo también —dijo Van Rijn—. De acuerdo, beberemos a la salud de
la luna y del sol, cantaremos canciones alegres e intentaremos danzar a la
música de un oratorio de Bach, y no seremos locos solemnes, sino locos
honrados, sólo acuérdate de lo que hemos hablado.
Le ofreció el brazo, ella lo tomó y volvieron a la casa de sus
padres.
Adzel se tambaleaba a lo largo de un sendero en el acantilado
que conducía hasta el río, llevando en una mano una jarra de cinco litros que
le habían dado sus luchadores por la libertad. La había rellenado más de una
vez con martinis y se le oía cantar desde un kilómetro de distancia,
Baw-aw-abejita-eer abejita dum abejita baw, algo semejante a un alegre trueno.
Vio a Chee sentada sobre una roca al borde del agua y se detuvo.
—Hola, pensé que te encontraría aquí.
La cynthiana volvió hacia él la boquilla de su cigarrillo,
provocando el rastro de una diminuta cometa roja con su extremo.
—Y yo di por supuesto que vendrías aquí cuando hubieses bebido
lo bastante para ponerte sentimental —murmuró ella—. Grandullón.
Entre los bosques, el agua y el cielo, Adzel se erguía
ligeramente inestable. Se acercaba la aurora. Por encima de sus cabezas, las
estrellas iban palideciendo entre los farallones del cañón, que eran aún los
baluartes de la noche, y por el este subía la claridad. El torrente brillaba,
resplandecía, se enroscaba sobre los troncos y espumeaba contra las piedras,
abriéndose camino entre las rocas y la maraña de árboles. La voz del agua
sonaba risueña de acantilado en acantilado. El wodenita aspiró largamente la
fresca humedad, los olores del verano de las tierras altas.
—Bueno, nuestra última oportunidad —dijo—. Pasado mañana
emprenderemos viaje de vuelta hacia nuestros hogares. Evidentemente, estoy
deseando volver, sí..., pero han sido buenos años, ¿verdad? Echaré de menos a
mis compañeros. Ya se lo dije a Davy. Llamé por teléfono a Atontado en Williams
Fields y también se lo dije, me contestó que no estaba programado para
emocionarse, pero... me pregunto si era así. Ahora te toca el turno a ti,
pequeño ser —dejó caer una mano que era lo bastante grande como para cogerla entera,
pero la caricia fue muy suave y ella la recibió a cuatro patas, con la boquilla
desganadamente cayendo entre los dientes—. Ven alguna vez a Woden, tu gente
viaja por el espacio y tú estarás haciendo inversiones en viajes espaciales y
haciéndote rica. Ven a visitarme.
—¿Con esa gravedad? ¿Con ese calor? —dijo ella
despreciativamente.
—Esa salvaje y brillante llanura donde los vientos están libres
y el horizonte sin fin siempre ante nosotros, donde hay flores bajo nuestros
pies, una tierra que es el Nirvana viviente... Aiyu, Chee, ya sé que estoy
diciendo tonterías, pero es que me gustaría compartir contigo todo lo que
puedas comprender.
—¿Por qué no vienes tú a verme? Podríamos construirte un juego
de propulsores para que pudieses disfrutar de un viaje de rama en rama.
—¿Crees que me gustaría una cosa así?
—Espero que fueses lo bastante inteligente para ello. La luz
sobre un mar de hojas, pero llena de formas y misterios, un grito de color en
las alas y en los pétalos, las cañadas por donde corren alegres los
riachuelos... —la cynthiana se reprimió y exclamó—: ¡Dood en ondergang, ya estoy
haciendo lo mismo que tú! Adzel sonrió entre sus colmillos, y dijo:
—Por lo menos estamos de acuerdo en que deberíamos vernos de
cuando en cuando para intercambiar mentiras sobre los viejos tiempos.
Chee tiró la colilla, la enterró en la roca donde estaba sentada
y pensó si debía añadir más narcótico al que ya había tomado. Sus ojos
esmeralda en la máscara de su rostro se fijaron en la jarra de Adzel, agitó la
cola como despidiéndose de la prudencia y recargó la boquilla con una bolsa que
llevaba colgada de la cintura.
Después de encender el nuevo cigarrillo, declaró rápidamente:
—Seamos racionales durante un momento, si es que me perdonas la
expresión. Creo que en los años venideros tú y yo volveremos a trabajar juntos
sencillamente porque las circunstancias no nos permitirán disfrutar de nuestro
ocio. No podemos volver a casa y encontrar lo que dejamos atrás en nuestra
juventud; quizá esté aún allí, pero nosotros no somos los mismos, ni tampoco el
resto del cosmos. Seremos ricos, poderosos, yo en términos absolutos, tú en
términos más relativos con respecto a tu sociedad, mientras que en el exterior
el orden de cosas establecido por el pueblo de la Tierra se desmorona en el
ardiente infierno que ellos mismos están estableciendo.
»El viejo Nick sabe todo esto. Hará lo que pueda, aunque sólo
sea porque nunca dejó una partida mientras tuviese una pequeña baza; pero de
todas formas estará haciendo lo que pueda para atajar el mal. Cyn-thia,
Woden... ¿nos quedaremos sentados y dejaremos que se conviertan en víctimas
después que hayamos muerto cómodamente? ¿O gastaremos nuestro dinero y nuestros
conocimientos en ayudarles a prepararse para cuando llegue el momento? —lanzó
una nube de humo contra la enorme cabeza y prosiguió—: No me gusta el panorama
—admitió—; cómo lo maldigo. ¡Yo que me imaginaba que me retiraría rodeada de
confort doméstico y lujos caros! Pero estaremos en contacto, Adzel, durante el
resto de nuestra vida, ya lo verás.
Un estremecimiento recorrió toda la longitud del dragón.
—Me temo que tengas razón —dijo—. Yo mismo he pensado en cosas
semejantes, aunque intenté no pensar en ello, porque son cosas que atan al ser
a la Rueda... Bueno, hay cosas que importan más que la inmediata salvación de
uno mismo.
Chee sonrió y su sonrisa fue un relámpago en medio de la
atenuada oscuridad.
—Vamos a dejar los dos de jugar a hacernos los nobles
—contestó—. Mientras duró nos divertimos jugando a mercaderes. Jugar al poder
es menos divertido y, en el mejor de los casos, sólo servirá para intentar
evitar lo peor. Pero también puede ser divertido y, quién sabe, puede que
nuestras razas nos construyan un monumento cuando un nuevo curso de la historia
haya empezado en todos los planetas.
—Será mejor que conservemos el sentido de las proporciones
—aconsejó Adzel—. Puede que les ayudemos a sobrevivir. ¿Qué harán dentro de mil
años?... Vuelve y velo por ti misma. La realidad es mayor de lo que somos
capaces de imaginarnos.
—Claro —dijo Chee Lan—. Y supón que ahora cambiamos de tema, nos
reunimos con los demás y nos divertimos un poco más antes del desayuno.
—Excelente idea, ex compañera de viaje —contestó Adzel—. Sube a
bordo.
Ella saltó al brazo que él le ofrecía y desde allí pasó a su
espalda. Hacia oriente, unas pocas nubes se tiñeron de rojo sobre los
acantilados.
FIN


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