© Libro N°. 3019. Minuto Para El Crimen. Blake, Nicholas. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Minute for Murder
Versión Original: © Minuto Para El Crimen. Nicholas Blake
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MINUTO PARA EL CRIMEN
Nicholas Blake
Título original: Minute for Murder
Traducción: Estela Canto
Noticia
Nicholas Blake es el poeta Cecil Day Lewis (1904-1972).
Desciende, por línea materna, de Oliver Goldsmith. Se educó en Oxford. Bajo su
verdadero nombre ha publicado las siguientes obras: Poesía: Transitional Poem,
From Feathers to Iron, The Magnetic Mountain, Overtures to Death, Poems in
Wartime; teatro: Noah and the Waters; novela: Child of Misfortune; crítica: A
Hope for Poetry, Poetry for You. En colaboración con L. A. G. Strong ha
compilado A New Anthology of Modern Verse. Ha traducido también, en verso
inglés, las Geórgicas de Virgilio. Según Francis Scarfe, Transitional Poem
inicia el movimiento llamado de la "Liberación de la Poesía", Trátase
de una de las más tardías manifestaciones del futurismo.
Bajo el seudónimo de "Nicholas Blake" ha publicado las
novelas policiales: The Beast Must Die (La bestia debe morir), There's Trouble
Brewing (Los toneles de la muerte), A Question of Proof (Cuestión de pruebas),
Thou Shell of Death (¡Oh envoltura de la muerte!), The Case of the Abominable
Snowman (El abominable hombre de nieve), Matice in Wonderland, The Smiler with
the Knife, Head of a Traveller (La cabeza del viajero),
John Strachey afirma: "Cuando condesciende a Nicholas Blake
escribe aún mejor que cuando 'se da por entero a la literatura', como Day
Lewis". Según Howard Haycraft, "es de los pocos escritores que
concilian la excelencia literaria con el arte de urdir misterios perfectos.
Trátase de un maestro del género policial".
J. L. B. Y A. B. C.
Los lectores se tranquilizarán al saber que el departamento de
gobierno en el que tiene lugar la acción de este libro no existió ni pudo
existir. Y aseguro a mis antiguos colegas, a quienes dedico este libro, que en
tanto todos los personajes desagradables, incompetentes, malvados u homicidas
que aparecen aquí son producto de mi imaginación, todos los personajes
encantadores, eficientes y nobles han sido extraídos directamente de la vida
misma.
N.B.
CAPÍTULO I
Se abre un nuevo renglón
LA ENCARGADA de la limpieza, que estaba arrodillada, se irguió,
recogió el balde, el cepillo, el escobillón y se dirigió hacia la puerta. Allí,
como de costumbre, se volvió, sonrió y dijo:
-Bueno, señor Strangeways, pórtese bien -como lo hacía siempre
antes de llamar a la oficina del director.
La señora Smith se sentía muy superior desde dos años atrás
cuando un actor popular dio una charla radial sobre ella, diciendo que era una
fregona de rodillas gotosas y corazón de leona, que limpiaba las oficinas
gubernamentales mientras las bombas silbaban a su alrededor y que representaba
a todas las indomables fregonas de Gran Bretaña, que cumplían sus tareas con el
alma destrozada y una picante broma arrabalera en los labios. Desde entonces,
la señora Smith consideró el elogio como un tributo personal, y trató a los
caballeros representantes del gobierno con natural camaradería cuando se
trataba de altos empleados, y con cierto desdén cuando eran de inferior
categoría.
Nigel Strangeways, como de costumbre, sopló el polvo acumulado
sobre su escritorio y arrojó por la ventana las colillas de cigarrillos del
día anterior. Eran las nueve de la mañana. Le gustaba empezar temprano el
trabajo, antes de que el teléfono o sus colegas pudieran interrumpirle. Hasta
las diez el Ministerio de Moral permanecía silencioso, exceptuando los golpes
de las señoras Smith, y los furtivos deslizamientos de algunos jóvenes
empleados concienzudos, todavía no afectados por el amodorramiento moral que se
había apoderado de todos a partir del día de la victoria. Nigel sacó un montón
de fotografías cuyas leyendas habían sido redactadas por Brian Ingle.
RÁPIDOS E INEXORABLES COMO FLECHAS DISPARADAS POR LA MANO DE
NÉMESIS -LEYÓ-ESTOS AVIONES "SPITFIRES" VIGILAN LAS CONCENTRACIONES
DE TRÁNSITO ALEMANAS EN LA ZONA AÉREA DE GELSENKIRCHEN.
Cambió "vigilar" por "atacar". Escribió al
margen: "Las flechas no se disparan con la mano". Examinó la
fotografía correspondiente al comentario y escribió: "No son Spitfires
sino Typhoons". ¡Pobre Brian, pensó, siempre terriblemente impreciso,
siempre incurablemente romántico, siempre perdido entre palabras inapropiadas
o metáforas confundidas!... Pero, ¿cómo prescindir de él? ¡Pobre Brian,
llevando a las tareas informativas, después de cinco años, el mismo entusiasmo
abundante e indiscriminado que antes de la guerra lo convirtiera en audaz y
nuevo periodista del Sunday Clarion! Jimmy estuvo muy bien al darle este
trabajo. Y Jimmy era hábil en la elección de empleados. Por ello era un
director de primera categoría.
-No -había dicho firmemente al comienzo-, no quiero
propagandistas en mi División. Quiero gente que crea lo que dice. No podemos
vender distraídamente esta guerra al público.
Y tenía razón. Cuando Brian Ingle informaba al público que una
escuadrilla de Spitfires, o de Typhoons era un montón de flechas lanzadas por
la mano de Némesis, la gente creía en sus palabras y la respuesta apropiada se
repetía: una guerra justa. Nigel tomó su goma y borró: "Las flechas no se
disparan con la mano".
Se abrió la puerta. Entró un mensajero con los brazos cargados
de carpetas y de cartas. Miró desesperadamente alrededor y luego, con paso de
sonámbulo, se dirigió al escritorio de Nigel; colocó parte de su carga en la
canasta para correspondencia y afirmó, fatigosamente, que era un hermoso día
para esa época del año. Como de costumbre, Nigel pasó los papeles de la
canasta a su carpeta. Admitió que era una hermosa mañana y miró por la abertura
del opaco material que el Departamento de Trabajo había puesto en el marco de
la ventana cuando una bomba hizo saltar el vidrio.
-Todavía no hemos visto ni la mitad -afirmó sombríamente el
mensajero.
-¿La mitad de qué?
-Recuerde lo que le digo, señor. Cuando venga la paz, la paz
verdadera, como diríamos, habrá un quios en este país, un verdadero quios.
Nigel tradujo rápidamente "caos".
-¿Por qué supone eso? -preguntó.
-Salta a la vista. Millones de jóvenes han aprendido a matar...
con bastante arte. Piense en los comandos y demás, atacando, destripando con
un fusil como... Bueno, al regreso, ¿qué encontrarán?
-Un quios -dijo Nigel involuntariamente-. Es decir...
-Usted lo ha dicho. Encontrarán que la señora se les ha fugado
con algún tipo; o un par de agregados en la familia; o un fulano sentado
cómodamente en la oficina que era suya... ¿Qué haría usted en este caso? Está
claro. Se disparan unos balazos. La violencia engendra la violencia, como dice
el condenado Aldous Huxley. Millones de hombres. Después de mi guerra
-prosiguió el mensajero, señalando las cintas de una medalla de los años
1914-18, que llevaba sobre su uniforme azul marino-, fue diferente. Estábamos
hartos de matar. Teníamos bastante con la matanza hecha, queríamos una vida
tranquila. Estábamos abrumados. Usted creerá que es duro de mi parte el
decirlo, señor, pero en esta guerra no se ha matado bastante. ¡Diablo, no!
Escuche mi opinión.
Después de diez minutos de análisis social, el mensajero se
inclinó perezosamente ante Nigel y salió dejando caer al trasponer la puerta
un gran sobre con la inscripción en tinta roja: "Muy secreto", dos
carpetas y un sobre rosado, a nombre del señor James Lake, del que emanaba un
perfume muy poco oficial. Llamando al descuidado mensajero, Nigel volvió a
colocar el gran sobre y las carpetas entre sus brazos. Pero decidió entregar él
mismo la carta: esto le daría pretexto para charlar con "Nuestra
Rubia".
Nuestra Rubia, como se apodaba a la secretaria privada del
director, Nita Prince, en toda la extensión de la División de Propaganda
Visual, representaba a esta propaganda visual en toda su fuerza y mareante
realidad. Reunía en su persona, como decía el especialista Merrion Squires, la
cruda atracción de los cartelones, el misterio del isotipo, el deslumbrante
brillo de los retratos de un estudio fotográfico y la dorada mediocridad de
las frases de Brian Ingle. Siguiendo la tradición de la División de Propaganda
Visual, Nita escondía una elevada eficiencia bajo una estudiada vaguedad, falta
de formalidad y aparente descuido. Cuando Nigel entró, ella revisaba
desesperadamente una canasta repleta de documentos, mientras su rubio cabello
le caía sobre la cara.
-¡Hola, Nita!
Ella se irguió junto al escritorio: era una criatura alta, de
suaves miembros. Ofreció a la vista de Nigel la belleza total de sus retoques
matutinos.
-¡Oh, es usted! -dijo ella-. Mire esta canasta. A veces me
pregunto cómo podemos seguir adelante.
-Seguimos adelante porque el pueblo inglés, después de haber
desenvainado la espada, no volverá a envainarla hasta que, hombro a hombro con
nuestros valientes aliados, hayamos arrancado la última cabeza de hidra del
agresor totalitario.
-Si quiere usted conocer mi opinión le diré que no envainamos la
espada porque es mucho más difícil envainar que desenvainar... fíjese cuán
difícil es hacerlo en el teatro. ¿Qué lleva usted allí?
Nigel mostró el perfumado sobre rosado. -Otra carta amorosa para
el jefe. El viejo Kirby la dejó caer en mi oficina.
El deslumbrante rostro de Nita Prince no reveló ninguna
emoción, ni siquiera esa leve expresión satisfecha que revela a una mujer
confiada en su fuerza contra todas las competidoras. Iba a tomar la carta,
cuando sonó el teléfono que tenía sobre su escritorio.
-¡Hola! División de Propaganda Visual. Sí. No, el director está
en una conferencia. Lo siento. Soy la secretaria. ¿En qué puedo serle útil?..
¡Ah!, ¿el señor Snaith? Buenos días.
Nita Prince giró los ojos hacia Nigel en una mirada de largo
sufrimiento y, alejando el receptor de su oreja, buscó un cigarrillo en su
cartera. Nigel le dio fuego. En el teléfono una voz rezongaba y murmuraba.
-Bueno -dijo Nita, cuando ésta calló un momento-, nos
apresuraremos todo lo posible con su pedido. Podremos entregárselo dentro de
una semana.
Un rumor de tormenta respondió desde el receptor telefónico.
-Sí, nos damos cuenta de su urgencia. Lamento que haya debido
esperar tanto -respondió Nita, con voz de miel derretida-, pero hemos tenido
dificultades con unas fotografías; el censor no las ha entregado aún...
¿Cómo?.. No, el censor naval. Su censor, señor Snaith -Nita sacó la lengua al
invisible señor Snaith, momentáneamente silencioso. Pero los truenos se
renovaron. -¡Oh, eso es otra cosa! Realmente debía hablar de ello con el jefe
de la Unidad Editorial. Nigel se dirigió a la puerta.
-¿Que él es un charlatán incompetente? ¡Por favor, señor Snaith!
Quizá usted desee hablar con él... se halla ahora en la oficina... ¿No?..
Bueno, lamento mucho, pero el director se encuentra muy ocupado hoy. Veamos...
-sin prestar atención a su libro de anotaciones, Nita enumeró todas las
ocupaciones del director-. Hoy no es posible... y mañana... Oh, ¿usted no
puede mañana? Bueno, quizá sea mejor no hacer nada. Puede usted tener
confianza en el cumplimiento de nuestros compromisos estipulados... Sí, marcha
muy bien. Los mayoristas han ordenado ya 700.000 ejemplares, y lo estamos
traduciendo a seis, no, a ocho idiomas extranjeros... Sí, lo mantendremos bien
informado. Adiós, señor Snaith.
-Es usted una máquina humana de calcular -dijo Nigel. Y añadió,
sintiendo que la frase no era muy halagadora-: No comprendo cómo puede usted
recordar todas esas estadísticas de memoria.
-No olvido nada. He nacido así.
-¿Para qué molesta Snaith?
-Quiere el nuevo trabajo de las series del Pacífico. ¡Viejo
idiota! Deberían retirar a esos oficiales de Relaciones Públicas. Y Snaith es
el peor de todos. Por el teléfono parece un moscardón zumbando y, cuando viene
aquí, produce dolor de estómago.
-Si yo fuera un marino destacado en el Pacífico -dijo Nigel
soñadoramente- no querría un folleto lleno de fotografías de chozas de bambú,
de cacharros con historias melanesias y de indicaciones de cómo tratar bien a
los nativos. No: pretendería más bien un folleto con grandes retratos de
muchachas despampanantes como usted.
-Entonces es mejor que discuta sus nuevas ideas con Jimmy dijo
Nita, sonriendo suavemente-, y desearía que se fuera. ¿No tiene ningún trabajo
que hacer? Deme antes esa carta.
Nigel arrojó la carta sobre el escritorio. Al llegar a la puerta
se volvió. Nita miraba la carta sin tocarla con expresión helada, como si una
venenosa araña tropical hubiera aparecido súbitamente sobre su escritorio.
Evidentemente evitaba tocarla. Sus dedos se mantenían
rígidamente crispados sobre su falda.
-No la morderá -dijo Nigel desde la puerta.
Nita Prince se sobresaltó.
-¡Demonios, Nigel! Entre y salga correctamente. No puedo
soportar que la gente se detenga en las puertas... Perdón. Estoy muy
fastidiada esta mañana... ¡Ese asqueroso Snaith!
Eso no, pensó Nigel: ha estado usted tratando con Snaithes
durante seis años sin alterarse en lo más mínimo. Está nerviosa por la carta.
Y usted no ha abierto la carta. Y, como no la ha abierto, lo que la altera es
la letra del sobre. Alguien que no debía escribir ha escrito a Jimmy. ¿Tal vez
alguien del pasado? Bueno, no pensemos más en ello. No es asunto mío.
Pero la inveterada curiosidad de Nigel sobre la vida del prójimo
no lo dejó en paz. Era la primera vez que veía a la deslumbrante y
conquistadora Nita terriblemente conmovida. Ni siquiera durante el verano del
año anterior, cuando las bombas silbaban tan frecuentemente como un tren
suburbano en el Ministerio de Moral, y el piso más alto del edificio se sacudía
por las explosiones, había dejado Nita de permanecer en su escritorio, contando
los minutos, tranquilizando a la gente inquieta que telefoneaba, y envuelta en
su aura de invulnerabilidad.
-Una bomba inteligente -había dicho Merrion Squires- lo pensará
dos veces antes de dar una cita a Nuestra Rubia.
Pero Squires, según era él mismo el primero en reconocerlo, no
creía en las rubias.
De regreso a su oficina, mientras miraba mecánicamente un
proyecto de folleto titulado Historia de guerra por nuestros amigos de cuatro
patas -que había sido enviado al Ministerio por un entusiasta amigo de los
animales, con la súplica de que el folleto fuera publicado a expensas del
gobierno, con todos los comentarios ("Tengo en mi poder unas deliciosas
instantáneas de mi perrito 'Mopkins' que ha estado en servicio activo durante
todos los ataques aéreos, ladrando siempre para prevenirme, cuando las sirenas
se callaban")-, Nigel pensó cuán poco conocía sobre la vida de sus
colegas. Desde 1940 hasta unos meses atrás todos habían trabajado
desesperadamente de diez a catorce horas diarias. Todos trabajaban, con
excepción de Edgar Billson, uno de los empleados civiles permanentes, que
conocía sus derechos y partía, con su galera, todas las tardes a las cinco.
Pero, trabajando de aquella manera año tras año, aunque los compañeros de
trabajo sean tan familiares como la esfera de nuestro reloj, sabemos tan poco
sobre sus vidas privadas como sobre el interior del reloj, cuando éste marcha
perfectamente. Se sabía, por ejemplo, que Merrion Squires desconfiaba de las
rubias; que Brian Ingle tenía el corazón débil; que Edgar Billson vivía en
Pinner; que Jimmy Lake estaba casado con una muchacha simpática y tranquila que
le hizo sentar cabeza. Pero ahora que lo peor había pasado, aquellas pequeñas
informaciones no bastaban a la curiosidad de Nigel.
Por ejemplo, ¿era Nita Prince amante de Jimmy? La División, en
general, creía que lo era. Pero Nigel había estado demasiado ocupado para
averiguar y demasiado cansado para que esto le importara realmente. ¿Tenía
acaso Brian Ingle, que la trataba como si ella fuera el Santo Grial, idea de
cómo era Nita verdaderamente? ¿Acaso lo sabía Nigel? ¿Y por qué Harker
Fortescue, que normalmente era un hombre de reacciones directas y de palabra
ruda, no lograba disciplinar a Merrion Squires, quien, frecuentemente, lo
trataba con falta de respeto frente a los empleados menores? ¿Y era Edgar
Billson tan pomposo en su casa como en el Ministerio?
"Comenzaré un nuevo archivo, se dijo Nigel; un archivo
secreto: el archivo de la División. En los pocos meses que me restan al
servicio del gobierno, veré cuanto puedo averiguar sobre mis colegas. Y
anotaré todo en mi archivo secreto. Y el día que me vaya lo quemaré. Esto me
pondrá al día. Porque puede llegar la hora en que nuevamente me encuentre
enredado en el crimen. ¡Que Dios no lo permita!" .
Entró a verlo, en ese inspirado momento, Brian Ingle. Era un
hombre pequeño, gordezuelo, más bien rubio, que daba siempre la impresión de
trotar en la vida. Trotando se acercó al escritorio de Ni-gel, y lo único que
le faltó fue menear la cola.
-¡Ah, sí! Sus comentarios -dijo Nigel. Los ojos pardos de Ingle
brillaron en una especie de entusiasmo-. He sugerido uno o dos cambios. ¿No
son Typhoons esos aviones? Además...
-Claro, claro -interrumpió Brian Ingle sin aliento-. ¿Pero le
gustan? En conjunto, ¿cree que están dentro de la línea requerida? ¿No le
parece que son un poco... retóricos?
-No, están muy bien... con los cambios que he sugerido -dijo
Ni-gel con firmeza.
Sabía por experiencia que Brian Ingle se enamoraba de sus
propias palabras. De todas sus palabras. Por siempre jamás. Era capaz de
volver a ponerlas en la última prueba. Entre él y Nigel se había establecido
una especie de juego: Nigel había inventado un complicado procedimiento para
controlar las pruebas finales, en gran parte con el fin de impedir las
maniobras de Ingle.
-Lo que me sorprende es su entusiasmo. Ingle se inclinó sobre el
escritorio de Nigel. -¿Entusiasmo?
-Sí. La guerra con Alemania ha terminado, pero usted escribe los
comentarios con el sagrado fuego de 1940.
-¿Se burla usted de mí?
-No. Pero quiero decir que, hoy por hoy, nadie puede interesarse
en los temas del día de la invasión. Son temas muertos. El público está harto
de relatos, fotografías, exhibiciones y películas sobre la guerra. Nosotros
seguimos produciendo sólo porque los Servicios Departamentales no pueden
vencer su afán de publicidad... un afán que nosotros, lo reconozco, hemos sido
los primeros en provocar. O tal vez, no pueden dejar de gastar unas buenas
toneladas de papel a la antigua manera y... ¿qué estaba diciendo?
-No le conviene que Jimmy lo oiga hablar así -dijo Brian
riendo-, pero, sinceramente, si desea saber por qué continúo poniendo todas mis
energías en un trabajo que ya es solamente un montón de papel, le diré que...
eso del papel es una metáfora apropiada... Bueno, me divierte escribir. Me
divierte escribir cualquier cosa.
Ingle había pronunciado esta revelación después de una larga y
silenciosa pausa de incubación o examen, que contrastaba curiosamente con sus
maneras habituales, rápidas y bruscas. El corazón de Nigel se conmovió ante el
hombrecito. Decidió ser ultrajantemente indiscreto.
-Acaso después de haber movido cielo y tierra para ser admitido
en el ejército, y después de haber sido rechazado en cada examen médico, creyó
usted que lo mejor que podía hacer era matarse aquí con el trabajo.
Brian quedó pacificado un momento, con la turbación
característica de los ingleses al escuchar tales intimidades. Después estalló
inesperadamente:
-¡Oh, tonterías! Y eso se aplica a cada uno de nosotros. El
hecho es que poseo toda la energía de un escritor, menos el talento creador:
curiosidad, exuberancia, iniciativa... todo lo necesario. Pero no puedo
inventar. Por eso me convertí en crí... en periodista. Por eso escribo ahora
brillantes informes: las fotografías proporcionan la inventiva, las ideas. Y yo
tejo los comentarios.
Hubiera correspondido a Nigel sentirse ahora turbado, si esa
reacción fuera en él posible. Pero su costumbre de contemplar el comportamiento
de los hombres con absoluto desprendimiento, sin colorearlo jamás con sus
propias emociones y prejuicios, impidió esto.
-Usted debería casarse -prosiguió.
Hubo otro de los interminables y cargados silencios de Ingle.
Pareció estudiar la sugerencia desde todos los ángulos, mientras una mirada
abstraída inundaba sus ojos pardos. Quizás estaba nuevamente turbado.
-"Recuerda a tu Creador en los días de la juventud"
-respondió finalmente-. Tal vez tiene usted razón. El inconveniente es que mis
aspiraciones son muy elevadas en ese sentido. Lo contrario de mi periodismo,
como dirían los intelectuales -añadió, torciendo la boca.
Parecía a punto de revelar más intimidades cuando la puerta se
abrió de golpe, como si una bomba hubiera estallado en el corredor, y Pamela
Finlay, la ayudante de Nigel, se precipitó en la oficina.
-¡Buenos días a todos! Lamento haberme retrasado, Strangeways.
Estuve en el consultorio del dentista. ¡Uf... qué sofocación!
Pasó corriendo junto a Nigel, mientras los papeles volaron de
encima de los escritorios, de modo que la estrecha oficina pareció el corredor
de un tren expreso y abrió de golpe las dos hojas de la ventana. Allí aspiró
vigorosamente el aire y realizó unos rápidos ejercicios respiratorios. Brian
Ingle trotaba en el despacho, recogiendo papeles.
-Realmente creo que debería comprar una de esas cañas
puntiagudas que usan los limpiadores de parques -dijo Nigel suavemente-.
Quisiera ser cuidador de parques.
-Aquí están sus hojas de Vallombrosa, señorita Viento del Oeste
-dijo Brian, con cierta reserva.
-¿Vallom...? ¡Oh, otra vez los intelectuales! Es una cita de
Shelley, ¿verdad? ¡Bueno, a trabajar!
La señorita Finlay se sacó el tapado de manera frenética, como
si se tratara de la túnica de Neso, se dejó caer junto a su escritorio y miró
los papeles que había sobre él.
-Brian y yo discutíamos sobre el matrimonio -dijo Nigel-, a
nuestra manera intelectual.
-El golpe ha fallado -dijo la señorita Finlay con decisión.
-¿Ha fallado?
-Fallado... es decir, si se refiere usted a las esperanzas de
Ingle. Nita no lo quiere. Y me atrevo a decirle, Ingle, que si usted supiera
lo que le conviene, debería agradecer al cielo que ella no lo quiera. No
comprendo cómo los hombres...
Pero Brian Ingle, profundamente ruborizado, recogió sus
informes y sus fotografías que estaban sobre el escritorio de Nigel y salió de
la oficina.
-La falta de tacto de las mujeres hiela mi sangre -dijo Nigel.
-¡Oh, tonterías! ¿Por qué los hombres no se atreven a mirar los
hechos de frente?
Pamela Finlay tomó el teléfono interno y se preparó a sostener
una de sus celebradas conversaciones.
-Tres cinco nueve tres... Todos saben que Nuestra Rubia...
¡Hola! ¿Tres cinco nueve tres? ¿Bloggs? Habla la secretaria del señor
Strangeways. ¿Dónde están esas pruebas? La serie del Lejano Oriente, número
cuatro... ella es un molusco humano, pero no está adherida a Ingle... Las
prometió usted ayer... Pese a lo mucho que él se interesa en ella... ¡Vamos,
Bloggs! ¿Ha comenzado ya la lectura de pruebas?.. Él necesita una mujer de tipo
maternal... ¡Oh! ¿Casi han terminado? He oído eso antes... no es de tipo cortesana.
Después de todo, Nuestra Rubia es fiel a su manera... Ya sé que usted está
ocupado; también lo estamos nosotros. El punto muerto para las imprentas es el
día 15. El señor Strangeways necesita esas pruebas sin falta a mediodía. Si es
necesario iré yo a buscarlas personalmente.
Evidentemente bastó con la amenaza. La señorita Finlay dejó caer
el receptor mientras de éste salía todavía un murmullo confuso y continuó con
la otra parte de su conversación.
-Fiel a su manera. Lo que significa un hombre por vez. Y
solamente eso. Cuando él trabajaba aquí se suponía que Nita estaba
comprometida con Charles Kennington. Pero en cuanto él se fue, ella comenzó
con Jimmy. Reconozco que ha durado mucho tiempo. Tal vez Jimmy le gusta. Pero
eso no impide que lance a todos los varones miradas provocativas y
enigmáticas. Y todos caen en la trampa. ¡Pobre Ingle! Bueno, no es culpa de
ella. Hay que reconocer eso.
-Bueno, bueno, bueno -comentó Nigel.
-Vamos, diga algo.
-¿Qué voy a decir?
-Diga que siento envidia. Y naturalmente que la siento.
Cualquier mujer normal tendría envidia. Todas las oficinas repletas de solteros
aceptables... y todos rodeando a Nita. Es una pésima distribución de
comodidades elementales.
Una estruendos a carcajada de la señorita Finlay hizo crujir las
paredes, ya bastante maltratadas por las bombas V. El acostumbrado golpecito
amenazador resonó desde la oficina del director.
-¿Incluso Fortescue? -preguntó Nigel.
-Así es, y el viejo Harker lo toma muy en serio.
-Estaba pensando... cuán poco nos conocemos. Naturalmente,
siempre ha habido chismes. Pero no significan mucho: no hay en ellos malicia ni
verdadera curiosidad. Hemos trabajado demasiado intensamente para tener
sentimientos personales. De todos modos, los hemos reprimido, para que esta
División fuera eficiente y para ayudar a ganar la guerra. Y a causa de los
ataques aéreos, hemos llegado a tener tolerancia para con los ataques de los
colegas. Pero, ahora que todo se ha calmado, ¿no cree usted que esos reprimidos
sentimientos personales surgirán a la superficie? ¿No han comenzado ya a surgir
últimamente?
-¿Quiere usted decir que la División se está inquietando?
-Algunos de nosotros, ¿no le parece?
-Déjeme pensar.
Habitualmente la señorita Finlay unía la acción a la palabra.
Frunció el entrecejo, ocultó su gran rostro de fresco cutis entre las manos y
dejó pasar los dedos por su rizado pelo.
-Estoy tratando de recordar... fue el jueves último. Yo estaba
de turno, a la hora de almorzar, en la Divisional. Bueno, estaba tejiendo
junto al teléfono cuando el director suplente metió las narices por la puerta y
dijo que yo podía irme: él permanecería en su oficina a la hora del almuerzo y
contestaría los llamados. Me pareció raro: el viejo Harker no suele descender
hasta los puestos subalternos. Yo regresé aquí y caminé un ratito. Luego,
cuando me dirigía a la cantina, oí una discusión en la oficina del director
suplente. Harker y... nunca podrá usted suponer quién era el otro. Veamos si lo
adivina.
-El general Eisenhower.
Pamela Finlay dejó que estallara una de sus carcajadas.
-¡No sea tonto! Era ese individuo Billson.
-¿Harker reprendiendo a Billson? No es raro. Todos hacemos lo
mismo. Debemos recordar su lugar a los empleados inferiores.
-No. Lo curioso es que parecía ser Billson quien reprendía a
Harker. Y ya sabe usted que Billson es muy correcto. Tiene siempre una actitud
deferente ante los empleados superiores. Y no parecía en modo alguno deferente.
Naturalmente, a través de esta pared no pude oír bien lo que decían. Pero el
tono de las voces parecía presagiar un crimen. La voz de Billson especialmente.
Casi me salieron ampollas en la oreja por la fuerza con que la apreté contra la
pared. Oí decir a Billson: "Es la última oportunidad que le doy". Y,
poco después, Harker respondió muy fríamente: "Usted está en un aprieto,
Billson". Y añadió algo como: "Por mí puede irse con los
perros". Tuve la impresión de que Billson amenazaba al director suplente,
y de que éste le respondía duro y fuerte.
-¡Qué divertido! ¿Algo más?
-El nombre "Prince". Creo que lo pronunciaron con
frecuencia.
-¡Oh, Dios! Nita, ¿otra vez?
-Sí. Eso fue todo. Pero cuando me dirigía a la cantina, Billson
salió de la oficina del director suplente y pasó junto a mí con una expresión
como nunca he visto en su cara.
-¿Cómo era esa expresión?
-Absolutamente furiosa. No, furiosa no es la palabra exacta.
Pamela Finlay revolvió sus cabellos, como si buscara allí le mot
juste.
-Una expresión desesperada, de náufrago -dijo al fin,
triunfante-. ¿Qué opina usted de todo esto?
-Muy sencillo, Billson ha descubierto que el director suplente
tiene relaciones con Nita. Intenta hacer un chantaje y éste, hábilmente, ha
hecho comprender a Billson que está en situación difícil, porque a él le consta
que Billson tiene con Nita una familia de ocho hijos ilegítimos.
El cuarto se estremeció con las carcajadas de la señorita
Finlay. Volvió a oírse un golpe dado con cierta violencia desde la habitación
contigua. Sonó el teléfono.
-Es para usted -dijo la señorita Finlay.
La voz de la secretaria de Harker Fortescue dijo:
-El director suplente saluda atentamente y suplica al señor
Strangeways que compre un silenciador y que lo aplique a su secretaria.
Igualmente desea verlo después del café. Ha terminado el mensaje.
Poco después se oyó el ruido de las ruedas de una mesita en el
extremo del corredor, mientras una voz gritaba desmayadamente:
-¡Café, café!
La señorita Finlay tomó dos tazas y se precipitó fuera.
Nigel bebió el brebaje conocido como café en el Ministerio de
Moral. No había mejorado con los años: era siempre un líquido de color
indefinido, que podía haber sido hecho con un compuesto de habas, repasadores y
madera. La señorita Finlay, que sentía por Nigel un afecto maternal, tenía la
costumbre de poner en la taza de él dos o tres terrones de azúcar de su
propiedad privada. Pero los terrones
apenas suavizaban el sabor amargo.
-Yo pensaba -dijo Nigel soñadoramente- en algo más elevado.
La señorita Finlay frunció el entrecejo en agonizante
concentración, como un niño que trata de realizar mentalmente una suma
difícil.
-Sí, todavía más alto -prosiguió Nigel-. Jimmy mismo está
mostrando huellas de cansancio y de preocupación, ¿no le parece?
-Naturalmente, eso es muy común después de seis años. Pero me
parece que es algo más que el cansancio de la guerra.
Nigel quedó en silencio. Pensaba. Jimmy tenía una energía
sorprendente: hizo marchar a todos en los peores momentos. Pone la máquina en
marcha y da el lubricante... su tacto es increíble... jamás da un paso en falso
con sus empleados... ¡Y somos un grupo tan heterogéneo y torpe! Tengo la
impresión que últimamente le está fallando el pulso... posiblemente no lo
pierda, pero debe hacer un esfuerzo para mantenerlo. A veces está distraído.
Tiene que forzarse para atender los asuntos urgentes. No parece tan rápido y
confiado cuando hay que tomar decisiones. Se muestra también irritable, y esto
es lo más curioso en un hombre que siempre ha tenido tan buen carácter. Tal
vez sea sólo la reacción después del esfuerzo. La guerra ha terminado casi; si
tenemos suerte todos nos desbandaremos dentro de seis meses. Entonces él podrá
volver a su antiguo empleo y tranquilizarse. Es un buen tipo. Realmente le
tengo afecto.
Cinco minutos después Nigel fue a la oficina contigua a ver al
director suplente. Como de costumbre, Harker Fortescue telefoneaba. Tendió un
cigarrillo a Nigel, quien se dejó caer en el amplio sillón de cuero destinado a
las visitas distinguidas y esperó pacientemente. Estudió entretanto, con más
atención que otras veces, teniendo en cuenta la curiosa historia de la señorita
Finlay, la cabeza calva, la cara demacrada, los fríos ojos de pescado de su
superior. La fachada era familiar, no le decía nada nuevo. Hacía tiempo había
comprendido que era una fachada. Bajo los modales cuidadosamente cultivados del
director suplente, de su brusquedad, de su voz impersonal, concentrada en este
momento en molestar a alguno del otro lado de la línea había, indudablemente,
aunque muchos empleados lo dudaran, un ser humano.
Nigel había descubierto a este ser humano en los años malos,
cuando él y Fortescue trabajaban juntos, noche a noche, en una tentativa para
mantener al día el creciente trabajo que encargaban a la División los otros
ministerios.
Más tarde o más temprano, frecuentemente después de medianoche,
concurrían, tambaleantes de cansancio, a la cantina, donde Ni-gel consumía una
bandeja repleta de pasta de jamón, pickles, pan, bizcochos y merengue, mientras
Fortescue bebía un vaso de leche. Fue durante las comidas de medianoche cuando
Fortescue reveló su pasión secreta. Durante años y años, con el celo y la
maniática persistencia de un niño que junta autógrafos, había coleccionado, no
autógrafos, ni estampillas ni porcelanas ni muebles ni tapas de cajas de
fósforos ni polillas raras. Había coleccionado lo que él llamaba "mis
retratos sucios". Y no se trataba de fotografías pornográficas en el
sentido más lato de la palabra. Eran instantáneas de personajes importantes,
famosos o notorios, tomadas en momentos malos o descuidados... en su mayor
parte, antes del advenimiento de aquel nivelador universal: las instantáneas.
En busca de tesoros Fortescue había recorrido todo el mundo: había asistido a
remates y recorrido viejos tenduchos en busca de álbumes de fotografías. Poseía
una antigua que mostraba a Tolstoi rechazando bruscamente un ramo de flores
ofrecido por su sonriente mujer; otra de la detención de Landru; una de Dama
Melba, tomada de espaldas, en el momento en que ésta ocultaba la pelota de
croquet de su contrincante en un matorral; la de un arzobispo, famoso por sus
sermones sobre el ascetismo, en el momento de llevarse a la boca un gran bocado
de caviar. Afirmaba -y Nigel no estaba pronto a discutirlo- que lo mejor de su
colección era una instantánea, tomada por un ayudante de campo con nervios de
acero, que mostraba a Hitler mordiendo una alfombra.
Todas las vacaciones que a Harker Fortescue le concedía la
agencia fotográfica en la que trabajaba en tiempos de paz, las dedicaba a su
excéntrica afición. Era una afición, pensó Nigel, maravillosamente
representativa de la infantilidad, el retorcido humor sardónico y la fantasía
que se ocultaban bajo la fachada del director suplente.
-Sí, comprendo eso -decía Harker Fortescue-. Pero no es ése el
asunto. Si quiere usted presentar un retrato completo de la construcción de
tanques es necesario: (a) que no trate usted de explicar los errores cometidos
en 1939-40, y (b) que dé todo su valor a la contribución del soldado. Esto es
básico -"básico" es una de las grandes palabras de la personalidad
directiva de Fortescue-. ...¿Qué?.. Sólo puedo decir que hemos realizado este
trabajo durante seis años y que lo conocemos bien.
La dureza en la voz del director suplente fue más pronunciada,
sus fríos ojos fijos brillaban hipnóticamente como buscando al personaje
invisible del otro lado del teléfono.
-Naturalmente, señor Walters, si usted desea otro tipo de
producción, si usted quiere propaganda para su ministro, puede usted ir
directamente a la oficina de imprenta. Creo que ellos se encargan de ese tipo
de cosas. Nosotros no tocamos aquí eso, debemos cuidar nuestra reputación. El
público se ha acostumbrado a oírnos decir la verdad, dentro de límites
precisos, es cierto; y puedo asegurarle que nuestra costumbre de decir la
verdad paga elevados dividendos.
El director suplente movió su silla de este a oeste; esto era
señal de que la crisis estaba pasando. Nigel pensó, no por primera vez, que en
estas conversaciones telefónicas Harker parecía un perro ovejero, rodeando,
empujando, conduciendo a un obtuso ganado lanar hacia donde quería llevarlo y,
ocasionalmente, mordiendo una pezuña errante. Era, en verdad, el perfecto
segundo de Jimmy, con su notable manera de atrapar todos los detalles y su
fría obstinación. Jimmy proporcionaba la originalidad del trato, el amplio
margen político, la cortesía. Harker la lógica, el trabajo y la rudeza.
Gentilmente Harker Fortescue colgó el receptor. Se volvió a
Nigel acariciándose la cabeza calva.
-Eso lo sitúa. Es mejor que usted continúe con el asunto.
Prepare una Hoja de Recepción para el trabajo. Enviarán una sinopsis el lunes
próximo. Confíe a Billson un examen preliminar del material fotográfico. Y
procure que la Unidad de Trabajo Artístico sea puntual esta vez... se están
demorando con frecuencia. Tendrá que tratar con Walters de ahora en adelante,
pero yo ya lo he preparado para usted.
Fortescue continuó impartiendo instrucciones que Nigel,
aparentemente dormido sobre un sofá, grababa en su memoria. Hacía tiempo que
Fortescue había abandonado sus esfuerzos para que Nigel tomara notas y,
frecuentemente, se divertía sutilmente rogándole, tras una ardua conferencia,
un prolijo y aburrido informe hecho por alguno del comité, informe que Nigel
repetía con la poco halagadora precisión de un dictáfono.
-Ahora veamos el Mapa de Proyecto -dijo el director suplente. El
mapa era un documento formidable que ocupaba casi la mitad de la pared, y
parecía el cuadro térmico de un hospital de quinientas camas, visto por uno de
los pacientes in extremis.
-¿Debemos hacerlo? -murmuró Nigel.
-Nunca he podido hacerle comprender -expresó Fortescue- que
alguien debe tener todos los hilos, pues de otro modo nos quedaríamos
embotellados. Ésa es su obligación como jefe de la Unidad Editorial. Yo no
pienso hacer el trabajo suyo.
-Ya que habla de embotellamiento -agregó Nigel suavemente-, debo
informarle que ese lamentable objeto que tiene colgado en la pared, aunque sea
útil para prevenirlo a usted contra el delirium tremens, es bastante
impreciso.
Se dirigió al mapa y apoyando el dedo sobre una línea de tinta
roja, dijo:
-Este proyecto recibió aprobación ministerial el 17... usted
sólo lo llevó a nivel de control. ¿Un descuido, eh, Fortescue?
La boca del director suplente se torció divertida.
-Alcánceme la tinta roja, muchacha -ordenó a su secretaria-. Y
una lapicera y una regla.
Pero antes de que pudiera trazar la línea roja, se abrió la
puerta y entró Jimmy Lake. Lanzó una carta sobre el escritorio de Fortescue y
se acercó a la ventana con las manos en los bolsillos volviéndoles la espalda.
-¿Debo leer esto?
-¡Ajá! -afirmó el director, sin volverse. Fortescue leyó la
carta con su habitual minuciosidad. Finalmente exclamó:
-¡Alalá! ¡Qué historia! ¡Stultz! ¡Alalá! ¿Recuerda usted a
Charles Kennington, Nigel? Ésta es una carta suya.
-Pero él ha muerto.
-No está muerto -dijo Jimmy Lake, siempre mirando por la
ventana-. Que Nigel lea la carta.
Ésta estaba escrita en un papel rosa, perfumado; su caligrafía
grande, florida, adornada-era la misma del sobre también rosa, que había
sobresaltado a Nita Prince por la mañana temprano. Nigel comenzó a reír.
"Querido Jimmy:
"¡Qué papel imposible! Los alemanes, verdaderamente, tienen
un maravilloso mal gusto. Naturalmente el papel es robado. Quiero decir que he
robado el papel a los alemanes. Adoro la palabra "robar" ¿Y tú?.. ¡Es
tan directa, viril y satisfactoria! Bueno, he estado cierto tiempo en la Gran
Alemania. Una gente tan poco sólida... cuando no gritan, braman. Y ahora braman
como locos. He hecho uno de mis viajes en traje femenino, cuyo punto
culminante, después de algunas aventuras vulgares dentro y en los alrededores
de Hamburgo, fue la captura de Stultz. Sí, lo toqué en el hombro con mi mano de
lirio. No era un tipo simpático. No coincidía con mi idea del hermoso tipo
rubio nórdico. En realidad, desde el principio, estuve contra él. Me han dicho
que había hecho algunas cosas desagradables en los campos de concentración;
pero pasemos de largo, porque no soporto los relatos de atrocidades. Como digo,
golpeé al poco atractivo Stultz en el hombro, y debo haberlo golpeado un poco
fuerte, porque inmediatamente destapó su frasquito de "Camino al
Infierno"... y lo escupió... sí, literalmente lo escupió, tan grande fue
su sorpresa. Y esto fue misericordioso para tu pequeño Charles, pues no puedo
soportar el espectáculo de alguien muriendo envenenado a mis pies, aunque
dicen que el cianuro es rápido, uno de los mejores venenos. Lamento fastidiarte
con detalles sórdidos e inquietantes, pues estoy seguro que tu vida está ya
llena de ellos. Tomo la pluma para decirte que regresaré a casa lo antes
posible. Daré ésta a un sargento devastadoramente encantador que sale con
permiso, y contrabandeará la carta y la echará al correo en Inglaterra. El
pequeño Charles seguirá también rápidamente. Espero estar de vuelta el 20.
Telefonéame entonces al Claridge. Deseo ansiosamente oír tus novedades.
Cariños a Alicia. Y a Nita, si todavía está contigo. Y a todos los muchachos y
muchachas.
"Cariñosamente,
BERTHA BODENHEIM
(alias CHARLES KENNINGTON)"
-¿Y ha regresado? -preguntó Nigel, después de descifrar la
notable carta.
-Sí, acabo de telefonearle -dijo el director, siempre mirando
por la ventana-. Vendrá aquí mañana por la mañana.
-Debemos hacerle una fiestita de bienvenida -propuso Harker
Fortescue-. ¿Fue todo fraguado cuando se anunció que había "desaparecido,
posiblemente muerto"?
-Quizá -murmuró Jimmy, volviéndose al fin. Su divertida
expresión se transformó en sonrisa-. ¡Qué carta! ¡Dios mío, qué carta!
Empezó a reír a carcajadas, sacudiéndose levemente, según era su
costumbre. Se dejó caer en el sillón de cuero, mientras las lágrimas
provocadas por la risa caían por sus mejillas.
CAPÍTULO II
Comienza la acción
-¡TA, TA, señor Strangeways, pórtese bien! -dijo la señora
Smith, saliendo con su balde y su estropajo.
Nigel abrió la ventana y vació su cenicero sobre la cornisa que
circundaba el edificio a la altura del sexto piso. Abajo, en el parque, los
fatigados y descoloridos plátanos eran sacudidos por un viento que parecía
haber soplado todo el verano, arrastrando el polvo de los escombros de las
casas bombardeadas hasta los ojos de los londinenses, exasperando sus nervios,
que estaban ya excitados por los peligros de la guerra y sus incomodidades.
Sobre esa cornisa, el verano anterior, Merrion Squires había establecido un
mirador. Cuando comenzaron los ataques aéreos se creó un sistema especial de
alarma en el Ministerio. Un prolongado toque de bocina anunciaba cuando un
grupo de atacantes se aproximaba a esa zona de Londres. Si alguno de los
aviones se dirigía hacia el Ministerio, se escuchaba una serie de breves
llamadas. Al oír esta señal, los empleados que ocupaban los pisos más altos
-especialmente en el extremo sur del edificio- salían por la escalera de
emergencia del extremo norte y descendían tres o cuatro pisos. La aplicación de
este sistema con las breves llamadas de alarma sonando a intervalos irregulares
durante el día y todo el personal en la escalera una o dos veces cada hora,
provocaban una grave alteración en el trabajo. Por eso los más arriesgados
decidieron permanecer en las oficinas, a menos que el rugido de una bomba
estuviera demasiado cerca para ser ignorado.
Allí Merrion Squires se había establecido como espectador
independiente.
-Quiero ver lo que los canallas hacen -dijo.
Cuando sonaba una alarma general, él salía por la ventana y se
instalaba en la cornisa, armado de sus prismáticos y de un silbato de policía.
Desde ese estratégico lugar podía examinar el cielo; si creía que una bombase
aproximaba, para pasar sobre el Ministerio o caer en él, hacía sonar su
silbato. La División descubrió que era un hábil pronosticador, y su llamado,
poco a poco, reemplazó a las sirenas de alarma como señal para correr hacia la
escalera. Así se ahorró mucho tiempo y todos estuvieron contentos, sin
exceptuar a Merrion Squires. Todos, menos la División de Establecimientos.
Esta División, que se ocupaba de problemas de personal y de mantenimiento, vio
con malos ojos las actividades de Squires. Ellos pagaban observadores
oficiales, para que dieran alarmas oficiales. Señalaron también que, por otra
parte, Merrion Squires recibía salario como empleado civil, con el grado de
especialista, en la Unidad de Trabajos de Arte en la División de Propaganda
Visual. Le informaron igualmente que, si continuaba desempeñando esa tarea
extra, se verían obligados a deducir de su salario la cantidad equivalente al
período (o períodos) que diariamente ocupaba fuera de su labor específica y en
su oficiosa tarea de vigilancia.
Instantáneamente, Merrion contestó con un vivaz contraataque. En
un magistral y minucioso informe a la División de Establecimientos, computaba
el total de horas ganado semanalmente para el trabajo por su sistema personal
de alarma, añadiendo -con algo de audacia- el total de horas de trabajo
perdido en la primera semana de ataques con el sistema de alarma oficial, y
sugería un aumento de salario para él.
La División de Establecimientos, sorprendida ante este reclamo
heterodoxo, nunca logró volver a la ofensiva. Un año después, seguían
contándose los minutos entre los antagonistas, aunque tiempo atrás se había
llegado a un absoluto punto muerto, sin que ninguna de las partes hubiera
descubierto una fórmula que resolviera el asunto.
Mirando hacia el parque, Nigel pudo ver la marca de la bomba que
había terminado con las actividades de Merrion. A unos 150 metros veías e un
grupo de árboles destrozados y marchitos. Allí había estallado una de las
últimas bombas que cayeron sobre Londres. Todos oyeron el distante rugido, que
se aproximaba; todos oyeron el silbato de Merrion, sonando más urgentemente
que nunca; corrieron hacia la escalera y se precipitaron en ella confusamente.
Después hubo un estremecedor silencio. La bomba descendía. Luego
un alado estremecimiento, como si Satanás cayera del cielo. En seguida un
estallido paralizador y otro instante de silencio, seguidos por el crujido de
los vidrios rotos.
Cuando regresaron al sexto piso encontraron a Merrion Squires en
su oficina, tendido en el suelo, sin sentido y cubierto de sangre. La puerta de
su oficina había sido arrancada de los goznes y arrastrada al corredor; la
pared estaba cubierta de astillas de vidrio; el suelo parecía un montón de
desperdicios en tanto Merrion aún tenía firmemente sujeto en la mano su famoso
silbato.
Al recobrarse, sus primeras palabras estremecidas fueron:
-Ya se enterará de esto la División de Establecimientos.
Se supo que estaba todavía sentado en la cornisa cuando cayó la
bomba, y su estallido lo arrastró hacia el interior de la oficina.
-¿Por qué demonios no se refugió, pedazo de tonto? -preguntó
Jimmy Lake.
-¿En qué refugio? -preguntó Merrion, con su indolente acento
irlandés.
Después confesó a Nigel que había estado demasiado asustado para
moverse.
-Allí estaba yo, como un querubín sentado en lo alto. Y la gran
bomba asesina avanzaba directamente hacia mí. Primero pensé esperar uno o dos
segundos, para ver si tomaba otra dirección. Luego intuí que era demasiado
tarde para volver a la oficina... y, de todos modos, era inútil. Estaba
hipnotizado. Y –añadió- si Ingle vuelve a enviarme otro comentario sobre
nuestros valientes luchadores del frente interno mirando a la muerte cara a
cala, lo mataré. Es verdad, Nigel, mataré al pequeño traficante de comentarios.
Mis nervios ya no lo soportarán.
Nigel cerró la ventana y regresó a su escritorio, meditando
sobre las absurdas contingencias de la guerra. Una bomba arrancaba el lado de
una casa y dejaba una serie de lavabos pendiendo sobre el borde de un abismo.
Arrancaba la fachada de un ser humano, y se podían ver los interiores
psicológicos, sólo un momento; la pared volvía a levantarse y el interior se
limpiaba. Se limpiaba, pero la estructura estaba torcida, tal vez peligrosa e
invisiblemente debilitada. Y, a veces, quizá se fortalecía. Si se soportaba,
el descubrimiento de la propia fuerza era un aliento. Esto, según se aprende
en las tribus primitivas, es lo que da sentido a los dolores.
De Merrion Squires el pensamiento de Nigel pasó a otro héroe,
aún más increíble: Charles Kennington. Era grato pensar cuántos como él habían
surgido en la guerra. Por ejemplo los muchachos sensibles, de larga cabellera,
que habían votado en Oxford afirmando que bajo ningún principio morirían por el
rey y por la patria, y que unos años más tarde fueron a la guerra con los
profesionales de la Real Fuerza Aérea, y ayudaron a ganar la batalla de Gran
Bretaña con la misma habilidad y descuido con que antes hacían discursos. Los
pacifistas a conciencia, que se negaban a matar y que realizaron prodigios de
valor durante los ataques, como miembros de los escuadrones de rescate y de las
brigadas de bomberos. Los inteligentes estudiantes, que un día desaparecieron de
su universidad y al siguiente se supo que habían descendido en paracaídas en el
territorio ocupado, organizando la resistencia, dinamitando puentes y
enfrentando una patrulla de fusilamiento en un sórdido patio. Los anónimos
hombres de ciencia, que se acercaron a las bombas sin estallar y fríamente las
desarmaron, como si realizaran un experimento en un laboratorio, y que
generalmente no murieron hechos trizas. Todos los excéntricos, los aficionados,
la gente que no creía en la guerra y que se enfureció de veras cuando la guerra
irrumpió en sus vidas, que fueron sumamente peligrosos para cualquier cosa que
se pusiera en su camino, ya fuera un alemán o un trozo de alfombra roja. La
gente que resultó tanto más desconcertante para el enemigo porque no eran rudos
exteriormente, y porque sus mentes escapaban siempre a los límites puestos por
los estudiantes teutónicos al carácter inglés. Era un toque de fantasía lo que
daba encanto a ese carácter, y también las reacciones inesperadas, tan
desconcertantes para la lógica, pensó Nigel.
Charles Kennington era un auténtico representante de este tipo
humano. De aspecto encantador, aunque algo afeminado, era fotógrafo social
antes de la guerra. Su clientela, que él provocaba e insultaba en forma que a
todos parecía extremadamente elegante, no podía creer que, cuando Charles
desaparecía durante una quincena, era para asistir a un campamento del Ejército
Territorial.
En septiembre de 1939 no se le vio por más tiempo, regresando
entre sus amigos después de Dunquerque, con el brazo en cabestrillo y una cruz
militar en la chaqueta. En realidad sus heridas fueron mucho más graves y su
comportamiento fue más valeroso aún de lo que hacían suponer sus
condecoraciones. Jimmy Lake, que era cuñado suyo, se dirigió a la Oficina de
Guerra y consiguió que lo nombraran en el Ministerio de Moral, como censor
militar. Fue allí donde Nigel lo encontró por primera vez, pues Kennington se
ocupaba de la censura del material fotográfico y, por lo tanto, estaba en
contacto constante con la División de Nigel. En verdad Charles Kennington había
contribuido en gran parte a dar a la División su carácter alegre, descuidado,
heterodoxo, pensó Nigel. Desde el principio Charles fue un problema para los
empleados permanentes del Ministerio, por su costumbre de fechar los informes
según el calendario de la Iglesia de Inglaterra. Edgar Billson, que era
empleado superior en la Biblioteca Fotográfica, y que dirigía los asuntos
financieros, fue quien más molesto se sintió por esta costumbre. Cuando recibió
un informe fechado "Tercer día antes de la fiesta de Santa Petronilla,
virgen y mártir", se dirigió personalmente a protestar, para encontrar
sólo una sorpresiva respuesta de Charles Kennington:
-Pero querido amigo, ¿no es usted cristiano?
Un año, después Kennington tuvo autorización médica y retornó al
servicio activo. Jimmy Lake tenía de vez en cuando noticias suyas, hasta el día
en que se dio aquella lacónica información: "Desaparecido. Posiblemente
muerto", durante la batalla del Rin. Y ahora se presentaba con la novedad
de haber capturado a Stultz, el tercer jefe nazi, que los aliados buscaban
desde hacía dos meses. Todo era muy satisfactorio, dentro de la tradición
inglesa, pensó Nigel; muy satisfactorio para todos, con excepción de Nita
Prince quien, evidentemente, no estaba muy contenta de recibir el mensaje de un
muerto.
Se abrió la puerta.
-¿Qué pasa? -preguntó Merrion Squires-. ¿Meditando otra vez?
-Sí, meditaba -contestó Nigel, retirando los pies de la silla
contra la que se apoyaban y ofreciéndola a su visitante.
"Estaba meditando sobre Charles Kennington y sobre usted.
-Muy amable. ¿Pero cuál es la conexión? Nunca lo conocí. Se fue
antes de mi llegada.
-Excentricidad. Rareza. La fantasía en el carácter inglés.
-Si sugiere usted que soy un inglés o un raro... -estalló
furioso Merrion Squires, apoyando su larga cara de payaso en el respaldo de la
silla donde se había montado, como un niño que juega a andar a caballo.
-¡Oh, no! Usted es sencillamente un inglés del este, con
temperamento artístico.
Este doble insulto no encontró la respuesta esperada en
Squires.
-Hablando de temperamentos, ¿qué pasa con Nuestra Rubia?
-¿Qué sabe usted?
-¿Ha visto antes excitada a esa muchacha? Seguramente no. Porque
no es de tipo excitable. Permanece serena, como una gran orquídea carnívora,
con la boca abierta, y todos vuelan dentro.
-No me impresionan sus conocimientos de botánica.
-¡Al diablo con la botánica! -estalló Merrion-. Yo conozco a las
mujeres. Bueno, ayer a la tarde fui a ver a Jimmy y, cuando llegué a la puerta,
la oí decir: "Es muy tarde para retroceder ahora. No puedes hacerlo. Todos
lo saben o lo adivinan. Es inútil fingir que no estás enamorado de mí". En
ese momento entré. Nuestro director y Nuestra Rubia estaban muy próximos el
uno al otro. Debo reconocer que Jimmy parecía bastante tranquilo. Miraba por la
ventana, con las manos en los bolsillos. "¿Qué desea, Merrion?",
preguntó como de costumbre. Pero Nita -hubo una nota de placer en la voz de
Squires-, Nita estaba frenética. Positivamente ruborizada, y temblorosa, como
una mujer de verdad. Jimmy y yo nos pusimos a trabajar. Y Nita empezó a
escribir a máquina. Créase o no, debió romper dos notas que había comenzado a
escribir. ¿Cuándo la ha visto cometer una equivocación? Jamás. Entonces...
-Creo que está un poco preocupada por el regreso de Charles
Kennington -dijo Nigel lentamente-. Dicen que estaba comprometida con él.
Merrion Squires hizo un dramático ademán con las manos.
-¡Ya está! Yo ignoraba eso. Tiene miedo que Kennington descubra
sus relaciones con Jimmy. Por eso decía que era inútil que él fingiera no
estar enamorado de ella: Kennington se enterará tarde o temprano, porque es un
secreto a voces. ¡Bueno, vaya asunto!
-¿Puedo saber por qué está tan diabólicamente satisfecho?
-Merrion Squires lanzó a Nigel una de sus rápidas miradas, semisatánica, casi
furtiva.
-¡Oh, me gusta ver maltratar a las orquídeas! No se trata de
nada personal. Abstracto amor a la justicia. Y eso explica algo más
prosiguió-. Cuando terminamos nuestro trabajo, Jimmy me mostró la carta de
Kennington y me dijo que lo esperaba esta mañana y que me presentara en su
oficina a la hora del café si quería conocerlo. Aparentemente estará allí la
mitad de la División, para ver la llegada del héroe conquistador. Es raro que
Jimmy no haya contratado una banda de música: iría bien con los establecimientos.
Bueno, Nuestra Rubia le dirigió una mirada y afirmó que a Kennington le
fastidiaría que hicieran mucho ruido por su llegada, y propuso que ella se
tomase medio día libre. Y Jimmy -ya sabe usted cuán suave y paciente es su voz
cuando encuentra oposición-, Jimmy dijo que no podía darle la mañana libre,
pues tenía a mediodía una conferencia que ella debía taquigrafiar y le
preguntó si de todos modos no deseaba ver el Número Uno.
-¿Qué es eso?
-Posiblemente ese individuo Kennington trae una muestra del
veneno que sacó al nazi. Para mitigar nuestra hambrienta curiosidad. Y Nita
teme que Kennington la vea junto a Jimmy aunque sea en medio de gente. Teme que
sus rostros los delaten.
-¡Qué terrible imaginación tiene usted! -dijo Nigel-. Nunca he
oído tal fárrago de adivinanzas. ¿Por qué estaría inquieta Nita? Se suponía que
Kennington había muerto. Ella estaba en su perfecto derecho para...
-Es usted desesperante. El hecho es que Nita está inquieta. Más,
que inquieta, frenética. Y si tiene usted una teoría mejor...
Cualquier teoría que Nigel hubiera podido producir fue
interrumpida por un golpe en la puerta. Ambos gruñeron. Edgar Billson era la
única persona de la División que siempre llamaba antes de entrar.
Como siempre, éste atravesó la oficina en medio de un poco
amable silencio, con las puntas de sus botas elásticas hacia arriba y los ojos
fijos en el suelo, como si no notara la presencia de Nigel hasta llegar frente
a su escritorio. Hecha la aproximación de rigor, levantó la vista.
-Buenos días, Strangeways.
-Buenos días.
-Tengo una queja que hacer. ¿Pero está usted ocupado?
Los aguachentos ojos de Billson dirigieron una mirada a Merrion
Squires, después se volvió.
-Lamento oír eso. ¿Quiere tomar asiento?
Luego, mientras su visitante observaba todo con displicencia,
ignorando obstinadamente la silla en la que Merrion Squires permanecía
montado, Nigel añadió:
-Tome la silla de la señorita Finlay.
-¿Ha salido hoy su secretaria?
-No, todavía no ha llegado.
-Algunas secciones se están volviendo muy perezosas -dijo
Billson, colocando la silla de la señorita Finlay a regular distancia del
escritorio de Nigel y sentándose en ella.
-Así me han dicho -contestó Nigel suavemente-. ¿Tiene usted
muchas dificultades en su sección?
-Al contrario. El nivel de asistencia en la Biblioteca
Fotográfica es ejemplar.
-Me alegra saberlo.
-Vi que la señorita Finlay se retiraba ayer a las 4.52.
-¿Es que va usted a quejarse oficialmente de mi secretaria?
-No... es decir, por ahora no.
Edgar Billson tendió sus puños almidonados y miró intranquilo a
Merrion Squires, que a su vez lo observaba fijamente por encima del respaldo de
su silla, con la pensativa mirada de un caballo que asoma sobre la media puerta
del pesebre.
-Se trata de esas Formas Rosadas. No puedo trabajar en ellas si
la Unidad de Producción continúa llenándolas de manera tan descuidada.
-¿No sería mejor discutir eso con el director suplente? Las
Formas Rosadas fueron invención suya.
-El señor Fortescue me rogó que discutiera el asunto con usted.
-¿Entonces qué pasa?
Edgar Billson colocó un montón de hojas sobre el escritorio de
Nigel. Tosió y agregó:
-El propósito de las Formas Rosadas...
-Es atraer las miradas masculinas. Selección Natural... -estalló
Squire con irresponsabilidad.
-Cállese, Merrion -dijo Nigel.
-El propósito de las Formas Rosadas –continuó Billson más
suavemente- es facilitar y coordinar la ordenación de fotostatos y de
impresiones rudas en la Unidad de Producción durante los estadios preliminares
de... de la producción.
-Sí, ya lo sé -dijo Nigel. Una de las características más
fatigantes de Billson eran sus discursos sobre elementos de trabajo que ya
todos conocían.
-Si examina usted estos ejemplos, comprobará que no se ha
seguido el procedimiento habitual. Faltan las fechas, las anotaciones son a
veces ilegibles; no siempre se estipula la calidad de la impresión requerida.
-Veo que falta una fecha. Sólo una -respondió Nigel, mirando
rápidamente las hojas.
-Además, los pedidos de impresiones rudas y de fotostatos me
parecen excesivos para lo que razonablemente se requiere. ¿Por qué, por
ejemplo, ha pedido su unidad seis copias del impreso Q. W. 5339? Tres hubieran
bastado.
-Es para apurar el trabajo en una de nuestras ocupaciones más
urgentes. Usted recuerda, sin duda, que la serie Q. W. es un archivo de
fotografías. Queremos utilizar una de ellas. Para hacer esto es necesario
someter el archivo a tres censores de seguridad: el naval, el militar y el
aéreo. Tres copias separadas apresuran las cosas. Las tres restantes eran para
nuestro uso aquí, en la oficina.
Durante esta mesurada respuesta Edgar Billson se había
ruborizado cada vez más. Estalló, con inusitada violencia:
-Lo malo es que ustedes, los empleados temporarios, no tienen
idea de las tradiciones del servicio civil. La velocidad no es todo en nuestro
trabajo, Strangeways.
-Me sorprende usted -interrumpió Merrion Squires.
-Está también la amplia cuestión de la economía pública. Yo
respondo ante el tesoro de todos los gastos seccionales bajo voto interno. No
quiero gastar los fondos públicos de manera irresponsable con el pretexto de
acelerar el trabajo de la División.
-Es mejor que se queje usted al director, si desea discutir la
política que él sigue en la División -dijo Nigel tranquilamente.
-No entiendo. ¿A qué se refiere usted?
-Me refiero a las órdenes generales, dadas por el director en la
reunión de mayo 1940; estas órdenes fueron transmitidas a todos los jefes
seccionales, en el sentido de que ninguna forma de obstruccionismo oficial
debía interferir en el continuo y rápido trabajo de la Divisiones.
-¿Sugiere usted que...?
-Sugiero que mi unidad necesita seis copias de Q. W. 5339. Y
mientras necesitemos seis copias, seguiremos reclamándolas. Además estoy
cansado de que usted me indique mis obligaciones oficiales. Y, si vuelve usted
a emplear la palabra "irresponsable" al referirse a mi trabajo,
pediré al director que tome medidas disciplinarias contra usted -Nigel hizo
una pausa-. Si deja usted esas hojas aquí, las examinaré luego.
Edgar Billson le lanzó una mirada maligna; luego se levantó y se
dirigió hacia la puerta. Pero la dignidad de su partida fue arruinada por la
intempestiva entrada de Pamela Finlay, quien lo empujó varios metros dentro de
la habitación.
-Debo reconocer que lo soportó usted bastante bien -dijo
Merrion, cuando Billson se retiró finalmente-. No sabía que ese conejo tuviera
tan buenos dientes. ¿Lo sabía usted? Cualquiera pensaría que los archivos Q.
eran su colección de fotografías pornográficas... ¡Parece interesarse tanto en
ellos...!
Veinte minutos después el director llamó a Nigel que lo encontró
sentado en el borde del escritorio, con sus largas piernas bamboleantes,
mientras gran parte del suelo, frente a él, estaba cubierto por fotografías
arregladas en grupos. Jimmy Lake saludó con la mano a Nigel y volvió a
concentrarse en las fotografías. Éstas eran dobles, para una de las series del
Pacífico. De vez en cuando el director se refería a una de las páginas de
Merrion Squires, bajaba de su escritorio, cambiaba las posiciones relativas de
algunas y sustituía otras por fotografías que había en un grupo, junto a la
ventana. Luego volvía a su posición contemplativa. Parece, pensó Nigel, un
lento solitario jugado con impresos de 10 por 12 pulgadas en lugar de barajas.
Comunicó su impresión al director.
-Sí -repuso Jimmy Lake-. Este juego es muy bueno para
tranquilizar los nervios.
Hubo otro largo silencio. Nigel estaba acostumbrado a esos
silencios, aunque esa mañana el director parecía más distraído que de
costumbre. Finalmente habló Jimmy.
-No, no sirve. Está muerto -dijo, señalando a uno de los
grupos-. Ése de ahí. Dígame qué le encuentra de malo.
Era como si Menuhin pidiera que se explicara un error en un
concierto de violín ejecutado por Szigeti, porque la brillantez técnica en los
despliegues de Merrion Squires sólo era superada por el extraordinario sentido
del director para la presentación visual de series y la exposición de ideas.
Sin embargo, Nigel tomó parte en el asunto.
-Ésta es la fotografía clave -dijo, señalando una-. Se le
debería dar más valor. Haga una exposición de tres cuartos de ella y coloque
las otras en línea vertical en la página a la derecha.
El director sonrió suavemente.
-¡Oh! -dijo-. ¿Por qué demonios no está aquí Merrion?
-Ya lo he llamado una vez -explicó Nita Prince. -Entonces vuelva
a llamarlo
Nigel vio un pañuelo arrugado sobre el escritorio de Nuestra
Rubia y ojeras bajo sus ojos. Su voz, cuando pidió el número, parecía algo
alterada, como si estuviera enormemente cansada.
-Quiero hablar con Merrion Squires –repitió Jimmy
pacientemente-. Ha llamado a Brian Ingle.
-Perdón -dijo Nita, y volvió a llamar. Curioso, pensó Nigel.
Fuera cual fuera su vida privada, la muchacha siempre fue eficaz en la
oficina. Y la mirada que había lanzado a Jimmy era también curiosa... ¿Tal vez
una mirada de reproche? ¿De decisión? ¿De enojo? ¿De duda? Nigel no se sentía
capaz de definirla. Era, de todos modos, una mirada muy distinta a la habitual,
donde se leía confianza, una discreta seguridad, un feliz secreto
compartido... No; esta mirada era más desnuda, más vulnerable.
Cuando Merrion llegó, ellos volvieron a concentrarse en las
fotografías. Le señalaron el despliegue equivocado, en el suelo.
-Sí, es muy pobre -asintió-. Estaba esperando los impresos Q.
Entre ellos hay una fotografía mucho mejor.
El director elevó sus cejas como interrogando a Nigel.
-He tenido algunas dificultades con Billson por esas fotos -dijo
éste, y explicó la situación de la manera menos comprometedora que le fue
posible: no deseaba dañar a Billson.
-Llama a Billson, muchacha -dijo el director-. Dile que debemos
tener los impresos de la serie Q. W. en veinticuatro horas, que yo lo ordeno.
-Siempre se demora con esas series Q. –dijo Merrion-. Algún día
las entregará.
-Olvide a Billson un momento y concéntrese en su trabajo, hijo
mío. Estos despliegues suyos -Jimmy los tomó con disgusto- son de segundo
orden.
"Segundo orden" era el término crítico más duro
empleado por el director y lo utilizaba muy rara vez. Nigel se sorprendió al
oír la agresividad que súbitamente apareció en su tranquila voz. Evidentemente
Merrion también se sorprendió.
-Tal vez ya no soy de utilidad en la División -replicó,
burlándose sólo a medias.
-Ya se le dirá cuando no sea usted útil... Pierda usted cuidado
dijo Jimmy, mirando a Merrion de frente.
Otro extraño despliegue de las garras que oculta bajo guante de
terciopelo, pensó Nigel.
-Debe llevárselas... ésta y ésta, y hacerlas de nuevo. Ya le
pedí antes que las cambiara y vuelvo a repetírselo.
-Ya le dije que sus sugerencias para los cambios no eran
acertadas -el temperamento irlandés de Merrion sufría ante las críticas, y
Jimmy, generalmente, lo trataba con más cortesía-. No puedo adaptar mi técnica
a caprichos de aficionados.
"Aficionados" era quizá un concepto más duro que
"segundo orden".
-Creo que haría usted mejor en medir sus palabras -dijo Jimmy
con su tono más tranquilo y humano-. Usted es uno entre muchos expertos que
trabajan aquí. Pero no lo sabe todo. No es usted más inteligente que los
demás. Y recientemente, ha causado usted más molestias que todos los otros
juntos. El director suplente me ha dicho...
-¡Oh!, ¿debemos discutir esto ahora? -exclamó Nita, con voz
temblorosa-. Estoy segura que Merrion...
-No necesito su simpatía, florecilla -dijo Merrion furioso.
Nigel esperó un estallido del director. Pero Jimmy Lake se
volvió hacia la ventana, como desentendiéndose del asunto y dejando a los
otros dos pelearse entre sí. El resultado de su gesto, deliberado o no, fue
suavizar los ánimos. Tras un instante, tratando de sonreír, expresó Nita:
-Jimmy se esfuerza en ser duro de corazón. Pero no lo consigue.
¿Verdad, Jimmy?
Nigel recordó más tarde el tono con que ella dijo estas
palabras. Un tono en el cual había algo curiosamente alarmante e imposible de
aclarar. De todos modos, Nigel no pudo interpretarlo en ese momento porque la
puerta se abrió de golpe y un hombrecito pequeño y vivaz, en uniforme de
oficial, se detuvo a la entrada, con las manos dramáticamente unidas sobre el
corazón, mirando a todos con expresión de sorpresa teatral.
-¡Ángeles míos! -exclamó la aparición con voz alta y ligera-.
¡Jimmy, más distinguido que nunca! ¡Y Nigel! ¡Y otro hermoso caballero! ¡Y
Nita! ¡Ah, muchacha magnífica!
Se deslizó hacia ella como una hada de pantomima sobre un
alambre y la besó efusivamente. Detrás de él entró tímidamente en la habitación
una mujer pequeña, tranquila. Jimmy Lake, que miraba con expresión divertida la
escena junto al escritorio de Nita, no notó la presencia de la recién llegada
hasta que ésta lo tocó en el hombro. Entonces se volvió.
-¡Querida muchacha! ¿Qué haces aquí?
Su voz denota consternación, pensó Nigel. Y no era para
sorprenderse: Alice Lake jamás fue invitada a ir a la oficina... por lo menos
estando allí Nita Prince.
-Charles me ha traído -dijo ella. Su voz tenía el mismo timbre
ligero y alto que la de Charles Kennington... una voz de muñeca. Nigel había
olvidado completamente que los Kennington eran mellizos. Viéndolos juntos por
primera vez, mientras Jimmy presentaba a Charles a Merrion Squires, pudo
contemplar con comodidad su parecido: el tono de la voz, la cara triangular, la
ancha frente y el mentón puntiagudo, los pequeños huesos delicados. Pero
Charles parecía haberse apoderado de toda la vitalidad; su hermana estaba como
apagada junto a él, era como su sombra, sonriendo amablemente, pero silenciosa
y abstraída.
-Sí, yo la traje -balbuceó Charles-. Alice y yo somos
inseparables. ¿Verdad, querida? No pensamos volver a separamos nunca, nunca
más.
Sonrió a su hermana desde su sitio, junto al escritorio de Nita,
con el brazo descuidadamente apoyado sobre los hombros de la muchacha.
Nigel pensó que había cierta atmósfera de tensión o de
turbación en el momentáneo silencio que siguió. El director, con las manos en
los bolsillos, volviéndoles la espalda, estaba de pie junto a la ventana. Si
le incomodaba la presencia de su esposa no hacía nada para facilitar la
situación, con su habitual ligereza para enfrentar situaciones difíciles.
Todos los demás comenzaron a hablar al mismo tiempo.
-Me alegro de verla nuevamente -dijo Merrion Squires a la
señora Lake-. Su última novela me pareció excelente.
-Quedas muy distinto con el uniforme -dijo Nita, volviendo sus
brillantes ojos hacia Charles Kennington.
-Ahora, queridos míos -comenzó a decir éste-, quiero oír todas
las novedades. ¿Cuánto tiempo hace?.. Parece que hubieran transcurrido años
desde que los he visto a ustedes. Me siento completamente apartado del mundo de
los negocios, del mundo donde los hombres son cifras, y las mujeres son...
mujeres -besó rápidamente a Nita en la frente-. Dame informes -suplicó.
Nita respondió:
-¡Oh, sencillamente hemos pasado el tiempo mientras tú te
hacías matar y resucitabas y te divertías robando en Alemania!
-No me mataron, querida -dijo Charles severamente-. Lo demás
está bien, si se exceptúa la resurrección. Te doy mi palabra: nunca me mataron.
-¡Qué cantidad de cintas tienes! -dijo Nita, tocando la pechera
del uniforme-. Sólo tenías una cuando te vi la última vez. ¿Te has portado muy
valientemente, querido?
-He sido muy intrépido, amor. He enfrentado más formas en
triplicado que cualquier soldado en el ejército británico.
-Usted y Merrion deben hacerse amigos –dijo Jimmy Lake
secamente-. Él es otro héroe.
-¡Un héroe! -exclamó Charles Kennington tendiendo las manos a
Squires-. Debe usted contarme sus hazañas
-Nos salvó a todos de una bomba -dijo Jimmy.
Charles Kennington se estremeció suavemente. -No me hablen de
bombas. No puedo detestarlas más de lo que las detesto. Especialmente las
bombas angloamericanas. Me las arrojaban encima cuando estaba en Alemania.
-Unas prácticas de bombardeo muy imprecisas -dijo Jimmy.
-Bueno, no. No exactamente. ¿Saben ustedes? Generalmente yo
estaba en la delantera de las tropas.
-¿Eras espía? ¡Charles! ¿Es por eso que se te dio por muerto?
preguntó Nita.
Ella alborotaba el ambiente. Nigel no la había visto nunca tan
ruborizada y excitada. Su mata de rubios cabellos caía sobre la mano de Charles
Kennington cuando le hablaba. Pero había algo deliberado en la manera de
dirigirse a él. Era, pensó Nigel, como si en realidad se dirigiera a otra
persona... tal vez a Jimmy Lake. Después reflexionó: no, ésta era solamente la
hábil representación de una mujer inteligente que quiere parecer toda dulzura
ante su antiguo novio y que está, al mismo tiempo, consciente de su nuevo
amante... en una especie de conspiración con éste, tal vez para retardar el
momento en el que Charles Kennington sufriera la verdad.
Nita Prince se ruborizaba, se deshacía como una nueva Danae en
un aguacero de oro; realmente ahora representaba una comedia. Hasta Merrion
Squires la miraba, mientras conversaba con la señora Lake en un rincón. Sólo
ésta parecía fuera de escena, con los ojos bajos y las manos dulcemente unidas
sobre el regazo.
-¡Mi querido colega el archidiácono! -exclamó Charles, cuando
entró Harker Fortescue seguido por Brian Ingle-. ¿Qué tal marchan los
ofertorios? ¿Ha cosechado buenos frutos? ¡Brian, encantado de verlo! Bueno,
todo es como antes. ¡Un momento! -levantó su sacerdotal dedo en el aire-.
Falta un miembro de la congregación. ¿Dónde está el reverendo Billson? ¿No ha
sido arrebatado de nuestro medio, verdad?
-No puedes desear verlo, Charles -dijo Nita riendo.
-Amor mío: todos somos iguales ante los ojos de Dios. Por favor,
manden a buscar a nuestro compañero; debe estar entre las viñas.
Nita tomó el teléfono.
-Debemos felicitarlo, Charles -dijo el director suplente. Una
labor de primer orden. Naturalmente nos enteramos por los periódicos, aunque
no mencionaban su nombre. "Joven oficial inglés captura al nazi número
tres." Absolutamente de primer orden.
-Recordaré sus palabras, querido archidiácono.
-Espero que nos contará usted todo -dijo Brian Ingle-. ¿Estaba
usted... quiero decir, trabajaba usted solo en Alemania? Debe ser atroz para
los nervios realizar una tarea de esa especie -añadió, pensativamente-. Admiro
a la gente que...
-Tan malo para los nervios como permanecer aquí sentados
mientras caen las bombas V -dijo Charles, con sonrisa cautivadora y dulce,
abandonando su afectación por un momento. Nigel advirtió la misma sonrisa, como
un reflejo, sobre la cara de Alice Lake. Brian Ingle se ruborizó e
inconscientemente irguió los hombros.
-¡Oh, tonterías, Charles! -dijo alegremente. -Seguramente les
contaré todo. No es que sea demasiado estimulante -prosiguió Charles,
volviendo a su antigua manera-. Realismo social en su forma más cruda, queridos
míos. ¡Hola! ¡Aquí está Edgar! ¡Y no ha envejecido un día!
Charles era la única persona en el Ministerio de Moral que
llamaba al señor Billson por su nombre de pila.
Edgar Billson atravesó la habitación saltando con agilidad de
paloma entre las fotografías que permanecían sobre el piso. Al llegar junto a
Charles levantó los ojos por primera vez, tosió, extendió su larga mano blanca
y dijo:
-Me alegro de volver a verlo, mayor. Permítame que lo felicite
por su arriesgado golpe. Hum. Está muy bien que se haga una reunión para usted
-añadió, con tono levemente censorial, como si acabara de ocurrírsele la idea
de que el Tesoro podía no sancionar los gastos de entretenimiento social de la
División.
-Sí, delicioso, ¿verdad? ¡Si tuviera mi cámara fotográfica! ¡Qué
grupo encantadoramente informal harían todos! Tal vez podría acomodarlos...
Veamos... sí, como uno de esos grupos de picnics intelectuales victorianos.
Saben ustedes... contra un fondo de montañas. Altos pensamientos entre picos.
Los caballeros se reclinaban en toda su longitud sobre el césped, mirando hacia
el progreso; las damas se sofocaban llevando volúmenes de versos y canastas
con el almuerzo. Y... -golpeó las manos deleitado al oír el grito de
"Café" en el extremo del corredor-. Aquí llega el picnic! ¡Hermoso,
nutritivo café!
Nita salió, llevando las tazas en una bandeja. Merrion Squires,
que había permanecido silencioso (quiere el papel principal o ninguno, pensó
Nigel), exclamó por fin:
-Bueno, ¿dónde está esa criminal muestra de veneno que se nos ha
prometido?
-En seguida. Lo había olvidado. Me encanta que ustedes
compartan mi perversa pasión por el sensacionalismo -dijo el mayor
Kennington, hurgando en los grandes bolsillos de su casaca, de donde sacó una
bola de piolín, una caja de manicura, una biblia, una bolsita de confitura,
algunas balas de revólver y una caja de fósforos.
"¡Aquí está!
Abrió la caja de fósforos y tomó de allí un pequeño objeto
cilíndrico, del largo de la uña de su dedo pulgar, como un pequeño encendedor
en escala minúscula. Lo presentó alegremente entre el pulgar y el índice.
-La idea era guardarlo entre las muelas de atrás, para cuando
llegara una emergencia. Entonces, si uno de los esbirros de las
plutodemocracias echaba la mano encima... bueno, bastaba un movimiento con la
lengua, tragar, y las puertas del más allá se abrían para los nazis.
El grupito de la habitación se había disgregado y vuelto a
reunir alrededor de Charles Kennington.
-¿Quieres decir que no es soluble? –preguntó Jimmy Lake.
-No. Es diferente al que usamos nosotros. Ten cuidado de cómo lo
manejas. El tubito es atrozmente frágil. y el contenido... ¡Bueno!
Charles giró los ojos.
-¿Qué es? ¿Cianuro de potasio? -preguntó Harker Fortescue.
-Ácido cianhídrico puro.
-¡Alalá! -dijo Harker.
En ese momento entró Nita con su bandeja con tazas y el grupo
volvió a disgregarse; Jimmy y Brian Ingle se precipitaron a ayudarla. Los otros
hicieron pasar el pequeño tubito de mano en mano.
-Vengan a tomar el café -dijo Nita. La bandeja estaba ahora
sobre el escritorio del director.
-¡Cuidado con mis fotografías! -dijo Jimmy-. Perdón, debimos
haberlas retirado del suelo. Nita, quieres...
-¡Oh, no! -dijo Kennington-. Me deleitan las fotografías. ¡Qué
cantidad! ¿Para qué son?
Jimmy Lake le explicó:
-Merrion y yo acabamos de discutir sobre estos dos grupos
añadió, sonriendo amablemente a su subordinado. Merrion lo agradeció,
discretamente.
Todos estaban ahora en el fondo de la habitación, donde se
encontraba el gran escritorio de Jimmy. Algunos sostenían en la mano las tazas
de café; otros las pusieron sobre el escritorio.
-Esperen un momento. Deben ver los diseños que ha hecho Merrion
para la carátula. Uno de ellos es de primera calidad.
El director parecía ahora interesado en congratularse con
Merrion Squires. Abrió un cajón y extrajo los diseños. Después se dirigió
hacia la biblioteca, a la izquierda de la mesa de Nita, mientras su mano
tocaba ligeramente el codo de la muchacha.
-Ayúdame a mostrarlos.
Después de colocar los diseños en alto, contra los libros, el
director volvió a tomar el brazo de Nita y se apartó con ella, para que los
demás pudieran ver bien.
-¿Cuál prefieres, Charles? Harker y yo no podemos ponemos de
acuerdo.
El director tenía la costumbre, cuando habían sido preparados
varios diseños para carátulas, de consultar la opinión de sus empleados sobre
éstos. Por otra parte, sus subordinados sabían que él ya había elegido y que
ellos debían estar preparados a justificar su propia elección con juicio
crítico, si deseaban que el director cambiara de idea. Todos los examinaron un
momento en silencio, moviéndose de un lado a otro para verlos bien. Finalmente
Charles Kennington dijo:
-Prefiero ése. El individuo con cara de asesino, asomando entre
la Santa Rita.
Jimmy Lake miró hacia donde estaba el director suplente,
silbando suavemente entre dientes. Evidentemente Charles había elegido bien.
-No -dijo el director suplente-, ese diseño es demasiado
literario.
Hizo una pausa, buscando una palabra aún más ofensiva. .
-Demasiado refinado. Ponedlo junto a una carátula de Cleggs y no
llamará la atención.
-Harker cree que las carátulas deben parecerse a anuncios de
pasta dentífrica -dijo Merrion Squires, nada contento con la referencia a su
principal rival en dibujo.
-Creo que debemos impresionar al público en la primera mirada o
estamos perdidos -declaró tercamente el director suplente.
Sonó el teléfono sobre el escritorio de Nita. Ella se acercó a
Jimmy para retirar su taza de café de encima del escritorio antes de contestar
el llamado.
-¡Maldito teléfono! -exclamó-. ¿Cuál es mi taza?
-Ésta, ¿verdad? -dijo Brian Ingle, señalando una de las dos
próximas a la mano de ella.
-No. Ésa es la del señor Lake. Ésta es la mía. Tomó la taza, fue
junto a su mesa y contestó el llamado. Jimmy la siguió, llevando su propia
taza. Sentado en el borde del escritorio de Nita, mientras balanceaba sus
largas piernas, indicó con su mano libre el diseño elegido por el director
suplente.
-Mire ese diseño, Harker. Tómelo con tranquilidad, descanse un
instante y mírelo. Es lamentable la manera como usted prefiere lo más patente.
Este diseño ha muerto al nacer; es un cadáver, un aborto. Durante seis años he
tratado de educar su sentido visual y tiene usted el valor de decirme que
éste... que esta fealdad en colores crudos... es un diseño de carátula. ¡No,
no!
Jimmy tomó un trago de café.
La boca del director suplente se torció.
-Para usted sólo existe un principio para los diseños de
carátulas que debemos dar a nuestro público. Yo creo que los diseños deben ser
patentes, deben ser crudos. Ése -señaló con los dedos el diseño escogido por el
director y se preparó a recibir un ataque es un buen diseño, lo reconozco; un
buen diseño para la cubierta de un viejo volumen de belles lettres de
Bloomsbury.[1]
Alice Lake rió entre dientes.
-¿Un individuo con cara de asesino asomando entre la Santa
Rita? ¡Pobre Bloomsbury!
-Lo malo de usted, Harker... -comenzó a decir Jimmy Lake; pero
no siguió más adelante. Súbitamente Nita Prince lo interrumpió con un acceso de
tos.
-Tose, querida -dijo él, adelantándose y palmeándola en los
hombros.
Pero Nita Prince no tosió más. La tos se transformó
inmediatamente en una dolorosa sofocación. Su hermosa cara se contrajo; los
ojos miraron desesperadamente. Las manos de Nita apretaron y arañaron su
garganta, y luego se agitaron débilmente en el aire. Antes de que ninguno se
moviera, ella había caído atravesada sobre su escritorio. Un tintero se dio
vuelta, giró lentamente desde el escritorio hasta el suelo y la tinta manchó,
al derramarse, el brillante cabello rubio.
CAPÍTULO III
[1] Bloomsbury, barrio intelectual de Londres (N. del T.)
Pasa al señor Strangeways
TRATANDO más tarde de recordar la escena con tranquilidad, Nigel
Strangeways la encontró curiosamente difícil de reconstruir. Era como si una
bomba hubiera estallado en medio de la mañana, destrozándola en fragmentos
extraños, que no se correspondían entre sí. Allí estaba el débil grito de
muñeca de Alice Lake: -¡Oh, Jimmy!
Allí estaba el director, mirando a Nita consternado, y
murmurando una y otra vez:
-Nita, ¿qué pasa? ¿Qué pasa, Nita?
Allí estaba Edgar Billson, quitándose los anteojos y frotándolos
contra la manga, y volviéndoselos a colocar, como si no pudiera creer lo que
veía a través de ellos. Allí estaba Merrion Squires, temblando sin control.
Allí estaba Harker Fortescue, rígido como una estatua en medio del cuarto. Allí
estaba Brian Ingle, que fue el primero en moverse, corriendo por la habitación
y abriendo la ventana de junto al escritorio de Nita, mientras gritaba:
-¡Denle aire!
Después lo recordaba de pie junto al cuerpo de Nita, como si
todavía pudiera protegerla contra lo que había ocurrido. Allí estaba Charles
Kennington en cuyo rostro, antes de que lo cubriera con las manos, Nigel
vislumbró una expresión extraordinaria... una mirada casi podría jurarlo- de
ciega y loca sorpresa.
Nigel recorría la habitación a grandes pasos. Por el momento
sólo hubo tres cosas que hacer. Las hizo, mientras los demás lo miraban, como
ovejas. Tanteó el corazón de Nita, abrió sus párpados. Estaba muerta. Olfateó
entonces sus labios y la taza de café: sí, había sido envenenada con cianuro;
suavemente volvió a depositar la deslumbrante cabeza sobre el escritorio.
Llamó a Scotland Yard y pidió hablar con el superintendente Blount.
-¿Blount? Gracias a Dios está usted ahí. Habla Strangeways. En
el Ministerio de Moral. ¿Puede usted venir inmediatamente? Tenemos una muerte
por envenenamiento, con cianuro. ¿Qué pasa? ¡Al diablo con su etiqueta! Espere
un momento...
Súbitamente Nigel recordó que debía hacerse una cuarta cosa.
Dejando el receptor sobre el escritorio, se inclinó y olfateó las manos y los
dedos de Nita.
-¿Está usted ahí?.. Sí, seguramente es un asesinato... ¿Lo hará
usted? Bueno. ¿Y quiere recoger a un médico en el camino? Será más rápido que
llamar a uno por teléfono. Oficina F del Ministerio... Sí, me encargué de eso.
Hasta luego.
Un murmullo absurdamente teatral se elevó cuando él usó la
palabra "asesinato", como si se encontrara entre una multitud de
extras cinematográficos cuando se registra un sonido apropiado.
-¿Qué diablos quiere usted decir, Nigel? -preguntó Harker
Fortescue con voz histérica.
Y Jimmy Lake, triste y vagamente, dijo: -Nigel, seguramente
usted está equivocado.
Brian Ingle, que estaba de pie, un poco alejado, hizo una
desesperada corrida hacia el cadáver, sollozando, como si estuviera en los
últimos metros de una carrera; gentilmente, Nigel debió apartarlo.
-Lo siento -dijo-. Pero nadie puede tocarla ahora. Y ninguno
debe salir de la habitación hasta que llegue la policía.
Se volvió hacia el director.
-Disculpe que proceda así, pero tengo experiencia en estos
asuntos. El superintendente Blount es un viejo amigo mío. ¿Nos sentamos?
-¿Qué le hace a usted pensar que se trata de un asesinato?
preguntó el mayor Kennington. Parecía un ser diferente; su voz era como un
latigazo; su frágil cuerpo se estremecía y sus ojos chispeaban de
inteligencia. Nigel vio, en una vislumbre, al hombre que había capturado a Otto
Stultz.
-La taza de café huele a cianuro. Pero sus dedos no. Si Nita
hubiera tomado el veneno poniendo directamente ese trofeo de usted en su boca,
la taza no tendría olor. Si ella hubiera vaciado el tubito dentro del café, sus
dedos, seguramente, tendrían olor. Pero los dedos no huelen. Por
consiguiente...
El mayor Kennington pareció a punto de hablar, de protestar en
alguna forma. Después se encogió también de hombros.
-¿Quién tuvo últimamente el veneno? -preguntó finalmente
dirigiéndose al grupo, apretujado junto al escritorio del director.
-Esto es intolerable -dijo Edgar Billson-. No acepto la
autoridad del señor Strangeways.
-Entonces aceptará usted la mía -dijo el director, con paciente
firmeza-. Y permanecerá usted en esta habitación. No es necesario responder a
las preguntas, antes de la llegada de la policía, si no quiere usted hacerlo.
Harker Fortescue expresó entonces:
-Es posible que ella haya puesto el tubito en su boca y tomado
un sorbo de café para tragarlo, Nigel. Y un poco del veneno puede haber pasado
a la taza en esa forma.
-Es una posibilidad muy débil-replicó Nigel-. Por eso he dicho a
Blount que se trataba, casi con certeza, de un crimen.
-¿Por qué hablamos todos de esta manera? -musitó la alta
vocecita de Alice Lake-. Hace un momento esa pobre muchacha vivía y ahora ha
muerto.
Jimmy marchó hacia su esposa, con una expresión intensa y
conmovedora en el rostro, y le tomó la mano.
En ese momento pidió Charles Kennington: -Nigel, hágame el
favor de guardar esa taza de café. Vea si puede sacar algo con una cuchara.
Ya sabe usted qué quiero decir.
Nigel revolvió la taza, que estaba llena en su cuarta parte.
Después se dirigió a Kennington, meneando lentamente la cabeza. El director,
que se movía otra vez inquietamente por el cuarto, con las manos en los
bolsillos, llegó hasta la ventana abierta.
-¡No! -exclamó Nigel bruscamente-. Lo siento, Jimmy, pero creo
que nadie debe acercarse ahora a la ventana.
-¿Teme que el asesino desaparezca por ahí? -indagó burlona-mente
Merrion Squires-. Creo que es lo mejor que podía hacer.
En el turbado silencio Nigel respondió:
-No se trata de eso. Se trata del veneno de Stultz. Se estaban
acostumbrando a denominarlo "veneno de Stultz" y no "veneno de
Charles"; lo primero era más cortés.
-El tubo no es soluble, ¿saben ustedes?.. Y no se encuentra en
la taza de Nita. Por eso, si alguien volcó el contenido del tubito en la taza,
tiene todavía el tubito en su poder, o lo ha dejado caer en algún rincón del
cuarto. Si todavía lo conserva, tratará de arrojarlo por la ventana cuando
nadie mire. Naturalmente, todos seremos registrados.
-Esto es indignante -murmuró furioso Edgar Billson. .
El teléfono sonó junto al brazo flojo y extendido de Nita.
-¡Dios mío, Dios mío! -exclamó Jimmy Lake-. Esto es demasiado. Nigel, ¿quiere
usted...?
Nigel fue hacia la puerta y habló a una de las mecanógrafas en
la antesala.
-Por favor, reciban todos los llamados para el director. Ha
ocurrido un accidente en esta oficina. Tranquilícese, señorita Grangely.
Reciba todas las llamadas. Diga que el director está ocupado. No deje que nadie
entre en esta habitación. Ni siquiera los mensajeros. Cuando llegue el
superintendente Blount, hágalo pasar. A nadie más. ¿Entiende? ¡Ah, sí, cancele
la conferencia del director a mediodía con la Oficina del Exterior! Telefonee
al señor Gillespie y diga que el director se ha viste forzado a cancelarla.
Después a mi secretaria y a las secretarias del director suplente, del señor
Ingle, y a la del señor Billson, y dígales que estamos ocupados. Ordéneles que
continúen trabajando.
-Gracias, Nigel -expresó Jimmy Lake suavemente.
Fue luego Harker Fortescue quien habló para decir:
-Oiga: si ese maldito veneno debía estar en los dedos de ella,
debe estar por consiguiente en los dedos de quien...
-Tiene razón -exclamó Charles Kennington-. Nigel, usted...
-De acuerdo -afirmó el director-. Supongo que nadie se opondrá.
-Si pretende usted que el señor Strangeways olfatee los dedos de
todo el mundo, protesto. Es un procedimiento teatral -alegó Edgar Billson.
-En modo alguno -dijo Merrion Squires-. Nos distraerá a todos de
nuestra desdicha. A todos menos a uno, claro está.
Tendió las manos a Nigel.
La pequeña escena que siguió fue extrañamente curiosa. La alta
figura de sueltos miembros de Nigel Strangeways se inclinó sobre una y otra
mano, como en una ceremonia de corte. Hasta Edgar Billson cedió, aunque de mala
gana. Finalmente Nigel extendió sus propios dedos, primeramente ante el
director, y después ante Charles Kennington.
-Bueno -preguntó Merrion con impaciencia-. ¿Quién es el
culpable?
-Los dedos de ninguno de nosotros huelen a cianuro -dijo Nigel.
Hubo un gran movimiento de alivio.
-¿Puedo regresar a mi trabajo, por lo tanto? –se atrevió a decir
Billson.
-Temo que no. En primer término, ese veneno se vaporiza
fácilmente...
-Yo podía haberle dicho eso -interrumpió Billson.
-… y ha pasado algún tiempo desde. .. Bueno -suspiró Nigel-, ya
veremos. Supongo que podríamos tratar de averiguar qué ha pasado con el tubito
de Stultz.
Dijo las últimas palabras en forma deliberadamente descuidada.
Quería dar la impresión de que se había tranquilizado. Si la gente no estaba en
guardia podían surgir interesantes discrepancias entre lo que decían ahora y lo
que dirían más tarde a la policía, cuando volvieran a estar sobre aviso... por
lo menos así sucedería con uno de ellos.
-Preparen sus historias, muchachos -dijo Merrion Squires.
Billson miró a Nigel.
-No estoy de acuerdo con este procedimiento. El asunto debe
demorarse hasta que una investigación autorizada de la policía... hum... tenga
lugar.
-Vamos, Billson -le pidió el director, volviendo a su manera
habitual, un poco insistente, un poco autoritaria-. No sea usted molesto. De
todos modos tenemos que pasar el tiempo.
Todos estaban ahora sentados en uno de los extremos de la
habitación. Algunos contra la pared y otros agrupados alrededor del escritorio
del director. Alice Lake ocupaba la silla de Jimmy, y él se sentaba de lado en
el escritorio, tomándole otra vez la mano. Era como si todos buscaran juntarse
para protegerse del cadáver de Nita, extendido sobre su mesa en el otro extremo
del cuarto, con un brazo apuntando hacia ellos, en rígida postura acusatoria.
Entre ellos y ella, en el suelo, yacía el mar divisor de las fotografías, los
grupos desordenados por los pies que acababan de hollarlas.
-No creo que debamos hacer esto -dijo Alice Lake-. Cuando Nita
regresó con la bandeja de café...
-Sí. Recuerdo que su marido y yo corrimos a ayudarla -expuso
pesadamente Brian Ingle.
La señora Lake prosiguió:
-Bueno, en ese momento yo tenía eso. Usted puso la bandeja aquí
-colocó los dedos sobre el borde izquierdo del escritorio y... déjeme
pensar... ¿qué hice con el tubito?.. Sí, lo tenía en la mano derecha y lo puse
detrás de mí, sobre el escritorio; yo estaba de pie a su frente, en el rincón
de la derecha. Lo puse detrás de mí para tomar mi taza de café. Sí, eso es. Y
entonces mi marido tomó los dibujos de carátula del señor Squires y atravesó la
habitación para colocarlos sobre la biblioteca.
-¿Vio usted allí el tubito del veneno cuando sacó los diseños
del cajón? -preguntó Nigel al director-. ¿Era el cajón alto de la derecha,
verdad?
-Sí, en realidad lo vi allí. Estaba junto al almanaque de mi
escritorio
-¿No lo tocó usted entonces o lo movió?
-No.
-Muy bien -dijo Nigel-. ¿Vio usted el tubo después de eso,
señora Lake?
-Sí. Cuando Charles señaló uno de los dibujos y dijo: "El
asesino asomando entre la Santa Rita"... creo que fue una asociación de
ideas... pero, de todos modos, miré alrededor y vi el recipiente allí, detrás
de mí. -¿Alguien lo vio sobre el escritorio después de eso? Hubo un silencio.
-¿Alguien lo vio sobre el escritorio en algún momento? -Yo lo vi -afirmó Brian
Ingle-. Quiero decir: vi que la señora Lake lo ponía allí. Fue después que
Ni...
Nita nos llamó para decirnos que tomáramos el café.
-¿Alguien más?
Otro silencio.
-Parece que ya sabemos todo sobre el tubito. Veamos: la taza de
Nita estaba aquí -indicó el borde derecho del escritorio, cerca del almanaque
del director-. Cuando el teléfono sonó ella tomó la taza y la llevó hasta su
mesa. Desde ese punto enfrentaba a todo el mundo, y no parece posible...
-No olvide que todos estábamos interesados en los diseños
musitó Harker Fortescue.
-Eso es verdad. Pero nadie se acercó al escritorio de ella
excepto Jimmy...
Alice Lake interrumpió rápidamente:
-Seguramente alguno habría visto si mi marido hubiera volcado en
ese momento el contenido del tubito en la taza.
-Exactamente -apoyó Nigel-. En este caso parece ser que ella
misma lo hubiera volcado. Por consiguiente...
-No -exclamó Brian Ingle, sin entender lo que Nigel quería
decir-. Ella no lo hizo. Yo... bueno, yo la miraba desde allí. Yo lo habría
visto... además, ella no lo hubiera hecho... no era persona de...
Su voz se quebró. Nigel dijo suavemente:
-Pero la gente se suicida. La gente de quien menos se espera esa
determinación.
-Pero generalmente no lo hacen en una habitación llena de
testigos -replicó Charles Kennington-. Nigel, ¿dice usted que la taza estaba
llena solamente hasta su cuarta parte?
-Sí. Como usted ve, esto es muy significativo. Significa que el
veneno no pudo haber sido puesto hasta que ella no bebió la mitad... por lo
menos un veneno tan rápido como éste. Y esto hace que el período de
operaciones del asesino haya sido aún más estrecho.
Nigel estaba ahora en el centro de la habitación, manteniendo a
todos bajo la mirada de sus pálidos ojos azules, que parecían tan abstraídos
pero que perdían tan pocas cosas. Prosiguió:
-Volvamos a las tazas. La de Nita estaba sobre el escritorio del
director, y Jimmy debe haber estado muy cerca de ella. Cuando sonó el teléfono,
Nita preguntó: "¿Cuál es la mía?". Y usted, Brian, dijo: "Ésta,
¿verdad?" Y Nita respondió: "No. Ésta es la del señor Lake".
-¿Quiere usted decir que alguien se equivocó al envenenar la
taza? -preguntó Merrion Squires, mirando de soslayo, a Alice Lake y a Brian.
-Sólo quiero aclarar la posición de las tazas -replicó Nigel-.
¿Cuándo volvió usted a tomar su taza? -indagó a Jimmy.
-Sólo cuando fui a sentarme sobre el escritorio de Nita.
-¿Cuánto tiempo transcurrió desde que dejó la taza hasta que
volvió a tomarla?
-Un par de minutos. Menos. Diría casi que sólo un minuto -repuso
el director.
-Y tenemos pruebas -recordó burlonamente Merrion Squires,
mientras su larga cara de payaso hacía muecas a todos desde el respaldo de la
silla en la cual estaba montado- de que sólo media hora antes del crimen el
director había tenido una amarga disputa con Merrion Squires. Como dos y dos
son cuatro, con su conocido genio para la aritmética mental, el astuto
Strangeways...
-Querido mío -estalló Charles Kennington, con un fondo
rechinante en la voz-, querido mío, en las presentes circunstancias,
podríamos evitar las formas más vulgares del ingenio.
Nigel observó que las delicadas manos de Charles estaban
temblando, y que sus nudillos estaban blancos. La muerte de Nita lo había
afectado más profundamente de lo que quería mostrar... esto era seguro.
La cabeza de Merrion Squires se había erguido bruscamente, como
si hubiera recibido una bofetada en el rostro; estaba a punto de responder
enfurecido, cuando se oyeron pasos en el corredor.
-Es la policía -dijo Nigel, dirigiéndose a la puerta.
Poco después un médico se inclinaba sobre el cuerpo de Nita, y
un policía uniformado se sentaba firmemente junto al escritorio de ella,
mientras Nigel sostenía una grave conversación con el superintendente Blount,
en la antesala. Pocos minutos después introdujo a Blount y a su ayudante, un
sargento detective, en la oficina del director, e hizo las presentaciones. La
gran habitación pareció aún más pequeña. Jimmy Lake debió haber sentido
también esto, pues preguntó si podían recogerse las fotografías que estaban
sobre el piso, y que molestaban a todos para caminar.
-Es preferible dejar las cosas como están un ratito, señor -dijo
Blount, con aquella voz tranquilizadora que había hecho equivocar a tantos
criminales con respecto a él. Se volvió un momento para cambiar unas rápidas
frases entre dientes con el médico quien, después de esto, tomó su valija y
partió.
-¡Ah, ah! ¡Pobre muchacha! -Haciendo ruidos conmiseratorios
Blount se volvió otra vez a ellos; parecía un personaje de Dickens con su
cabeza calva, sus brillantes anteojos y su sonrisa benevolente-. El señor
Strangeways me ha dicho, señores, que ninguno de ustedes se opone a ser
registrado.
Discretamente el director miró a sus compañeros, como un
anfitrión que busca los ojos de sus invitados.
-De acuerdo -dijo.
-Bueno, esto es espléndido. ¿Empezamos inmediatamente? El
sargento Messer aquí presente se encargará de ello y vendrá una mujer de
Scotland Yard para registrarla a usted, señora -se inclinó ante la señora
Lake-. Ahora veamos: sé que todos ustedes son personas ocupadas, pero temo que
deberán ustedes permanecer reunidos en este cuarto hasta que... ¿Tiene usted
algún biombo a mano, señor?
-Sí, hay uno grande en mi oficina. ¿Puedo ir a recogerlo?
preguntó el director suplente marchando hacia la puerta. El superintendente
Blount tendió su gorda mano.
-No se moleste, señor -contestó-. Uno de mis hombres, que está
afuera, lo traerá si usted indica dónde está.
-Mi oficina queda directamente enfrente de ésta, después de la
antesala.
Blount fue a la puerta y dio instrucciones. Poco después el
biombo fue colocado en un rincón de la oficina del director, y el sargento
detective comenzó a trabajar. A pedido suyo, Jimmy Lake fue el primero en ser
registrado. Cuando surgió de detrás del biombo, parecía pálido, pensó Nigel.
El sargento detective Messer apareció también y meneó casi imperceptiblemente
la cabeza a Blount.
-Parece usted un poco apabullado, señor -dijo Blount con
simpatía-. Seguramente ha sido un gran golpe para usted... Esta pobrecita
muchacha... Es horrible...
El director asintió, sin hablar; sacó un pañuelo de seda y se
secó el rostro. Luego murmuró:
-Bueno, superintendente, supongo que usted querrá interrogamos.
¿Juntos o separados? Y espero, querido amigo, que me devolverá usted esta
oficina cuanto antes: tengo mucho trabajo que hacer.
El superintendente Blount asintió y dijo: -Muy penoso. Muy
penoso. Hombre ocupado. Jefe de departamento. Trabajo de importancia
nacional. Ah, ah, ah. Sin embargo debo examinar esta habitación muy
cuidadosamente. ¿Qué sugiere usted, señor?
Finalmente se resolvió que Jimmy Lake proseguiría su trabajo en
la oficina del director suplente hasta que la suya fuera examinada, y que
Blount interrogaría a los presentes uno a uno, después de haber sido
registrados, en la oficina de un empleado que actualmente estaba ausente.
Aquella noche, a las once, Nigel Strangeways y Blount se
enfrentaron junto a una botella de whisky. Estaban en una salita dormitorio
del club de Nigel, donde éste vivía desde que su mujer, Georgia, había sido
muerta mientras conducía una ambulancia en un ataque aéreo en abril de 1940.
-No, realmente no puedo -decía Nigel-. Esa gente es amiga mía
después de todo; no es un caso como los otros. Además, en cierto modo, los
conozco muy bien. ¡He trabajado con ellos durante cinco años, demonios! Y ya no
puedo verlos objetivamente.
-Bueno, a su salud, Strangeways -el superintendente miró
meditativamente su vaso.
"Si no estuviera tan desorientado no le preguntaría a usted
dijo después de una pausa.
-Y yo estoy absolutamente entontecido. Ya no tengo ideas, tengo
sólo movimientos reflejos.
-¡Ajá! ¿Jugamos entonces una partida de piquet?
-Encantado.
Nigel tomó las cartas y cortaron para la primera mano. Mientras
repartía, Blount expresó:
-Naturalmente, el mayor Kennington debería ser procesado por
negligencia criminal. No debió haber traído ese tubo con veneno; y después,
pasarlo de mano en mano y perderlo de vista... fue realmente escandaloso.
-Él no podía suponer que hubiera un presunto envenenador entre
sus antiguos amigos y conocidos, esperando la oportunidad para... tomo las
cinco -dijo Nigel, descartándose-. ¡Malditas bazas!
-Eso sugeriría que fue él quien...
-Mi querido superintendente: usted sabe tan bien como yo que eso
no sugiere nada. Usted está tratando de confundirme. Muy bien: prefiero
discutir el crimen antes que este fastidioso juego.
Nigel lanzó las cartas sobre la mesa y volvió a llenar el vaso
de Blount.
-Bueno, bien, ¿dónde encontró usted el tubo?
-No lo hemos encontrado. No lo tenía ninguno de sus amigos.
Tampoco esperaba yo que lo tuvieran. Pero esta tarde hemos registrado
completamente el cuarto... Y no hubo ni rastros del tubo de veneno. ¿Qué opina
ahora?
-Debe estar allí.
-Créame, Strangeways, no está. No acostumbramos perder las
cosas, y ésa es una habitación desnuda, desolada. No: su hombre debe haberlo
arrojado por la ventana en seguida de usarlo. Naturalmente, buscamos abajo, en
la calle, pero...
-No puede haber hecho eso: las ventanas permanecieron cerradas
hasta después de la muerte de la muchacha. Entonces Brian Ingle abrió una...
¡Dios mío!
-¡Ajá! -dijo Blount.
-Tonterías. Brian adoraba a Nita. Él nunca...
-Eso suponiendo que fuera Nita la persona a quien el asesino
quería envenenar. Pero había varias tazas juntas sobre el escritorio...
-Vea, Blount: si vamos a discutir este desagradable asunto, será
mejor hacerlo ordenadamente. Dígame usted primero qué resultado dieron sus
interrogatorios.
-Eso es mejor.
El superintendente bebió un poco de whisky y se lamió los labios
apreciativamente. Pensó, con cierta complacencia, que sabía cómo manejar a
Strangeways. Sacó de su bolsillo, que parecía una bolsa, un manojo de papeles
(copias a máquina de los interrogatorio s de los distintos testigos) y,
mirándolos ocasionalmente para refrescarse la memoria, hizo a Nigel un resumen
de los testimonios. Entrando y almacenándose en la mente de Nigel, el conjunto
de estos testimonios fue como sigue:
Primero: el tubito del veneno. Según Charles Kennington, Jimmy
Lake había sugerido que lo llevara al Ministerio para mostrarlo a sus antiguos
amigos. Según Jimmy Lake, Charles había sugerido llevarlo. Pero Jimmy estuvo de
acuerdo en que, cuando él llamó ayer a Charles al Claridge, lo había invitado a
venir al Ministerio y que, posiblemente, fue él quien puso en la cabeza de
Charles la idea de llevar el veneno. "Cuando le telefoneé -decía el
testimonio de Jimmy-lo felicité por haber capturado a Stultz y, naturalmente,
durante la conversación, dije algo de que me gustaría ver su "Camino al
otro mundo"... así llamaba él al tubito en una carta que me escribió
recientemente. Entonces le pedí que viniera esta mañana, y que nos contara la
historia... y, bueno, dije: "Trae todos tus trofeos contigo".
Interrogado nuevamente, Kennington repitió que su cuñado le había pedido que
trajera el recipiente. Dijo: "Trae tu trofeo contigo". Por lo menos,
eso es lo que entendí.
Segundo: la reunión. De los presentes en la oficina del
director, todos menos Alice Lake y Edgar Billson, habían sido invitados por
Jimmy el día anterior, y se les había dicho que Kennington traería el tubo del
veneno para mostrarlo. Dijeron que se sabía esto en toda la División. Billson,
sin embargo, negaba haber oído nada sobre la reunión hasta que la señorita
Prince le había telefoneado, poco antes de las once de la mañana, pidiéndole
que fuera a la oficina del director. La señora Lake dijo que su hermano la
había llamado por teléfono el día anterior, inmediatamente después de su
llegada a Londres. No, no había sido una terrible sorpresa. Seguramente había
sido una sorpresa feliz; pero ella nunca había creído que Charles estuviera
muerto. Él le dijo que probablemente no podría ir a verla hasta el día
siguiente, pues tenía que verse con algunos antiguos amigos. Su marido le había
hablado de la reunión de la oficina, aunque no la había invitado. De todas
maneras, ella no concurría allí con frecuencia y prefería estar a solas con
Charles la primera vez que volviera a verlo. Pero Charles, cuando fue a su casa
a las diez de la mañana, insistió en que ella fuera al Ministerio con él. Ni
Charles ni Jimmy le habían dicho que el primero llevaría el veneno. El testimonio
de la señora Lake fue corroborado por su marido y por su hermano.
Tercero: las tazas de café. El testimonio de todos los testigos,
aunque ampliaba lo que habían dicho a Nigel inmediatamente después del suceso,
no parecía contradecirlo en ningún punto. El superintendente Blount relató
minuciosamente la historia de las tazas. La señorita Finlay había estado
inmediatamente detrás de la señorita Prince entre la gente que esperaba la mesa
rodante con el café y aseguraba que la señorita Prince había entrado
directamente en la antesala con la bandeja. Una de las mecanógrafas que estaba
allí aseguraba haberla visto entrar en la oficina del director. Además de la
evidente imposibilidad de ello, testigos oculares aseguraban que la señorita
Prince no podía haber echado veneno en una de las tazas en el camino desde la
mesa rodante hasta la oficina. Brian Ingle había afirmado, además, que ella no
había utilizado "el veneno de Stultz" para envenenar su café. Él
apenas le había quitado los ojos de encima en todo el tiempo que permanecieron
en la oficina del director: "Yo la quería mucho. Y ella parecía tan
rara... diferente en todo caso... muy excitada y hermosa pero, de algún modo,
yo presentí que era desdichada... no, seguramente no se sentía sólo
desdichada, sino al borde de algo, algo que estaba detrás de todo".
Cuarto: la reunión. Blount había trabajado sobre este punto con
gran tenacidad, controlando y volviendo a controlar los movimientos de cada uno
de los presentes en la oficina del director, desde el instante en que Nita
regresó con la bandeja, en relación a las tazas de café del director y de la
señorita Prince. El hecho era que, a menos que la señora Lake, su marido y
Brian Ingle estuvieran mintiendo, el tubito del veneno no podía haber sido
utilizado hasta que la bandeja fue colocada sobre el escritorio del director,
cuando la rubia muchacha les dijo que se aproximaran a tomar su café. A partir
de ese momento, el testimonio de Alice decía que ella había colocado el tubito
sobre el escritorio, detrás de ella, y Jimmy afirmaba que él lo había visto
allí cuando sacó los diseños del cajón. A menos que ambos estuvieran
mintiendo, el tubo no podía haber sido usado antes de ese momento. Si ambos
mentían, el análisis del grupo hecho por Blount demostraba que cada miembro de
la reunión estuvo, en uno u otro momento, lo bastante cerca del escritorio
como para haber envenenado la taza de Nita o la del director, mientras ellos
colocaban los diseños sobre la estantería. ¿Pero por qué habrían de mentir
Alice y Jimmy, cuando la mentira sólo disculparía a los demás? Finalmente Alice
había repetido su afirmación de que ella había visto el tubito sobre el
escritorio, cuando su hermano dijo la frase "el individuo con cara de
asesino mirando entre la Santa Rita". Si esto era verdad, el director
quedaba libre de sospecha porque, desde ese momento hasta que sonó el teléfono,
él estuvo en medio de la habitación, y Nita llevó la taza de café hasta su
escritorio. Esto también libraba a Charles Kennington quien, según el
testimonio de Harker Fortescue, había marchado entonces hacia la izquierda del
escritorio. No libraba completamente a ningún otro, pues todos habían estado
cambiando de posición, cerca del escritorio, para ver los diseños de las
carátulas y cualquiera podía haber envenenado la taza de Jimmy o la de Nita,
mientras los demás estaban de pie junto al escritorio. Por otra parte, el
período entre la frase de Charles y el llamado del teléfono de la señorita
Prince era muy breve, menos de medio minuto, suponía Blount. Y nuevamente: ¿por
qué habría de mentir Alice Lake, cuando la mentira sólo llamaba la atención
sobre su proximidad a las dos tazas, y acortaba el período en el cual el veneno
pudo ser echado en la taza?
Quinto: el móvil. En la primera serie de interrogatorios Blount
se había contentado con la pregunta de práctica: ¿conocía alguien alguna razón
por la que la muchacha muerta pudiera haber sido asesinada o se hubiera
suicidado? Las respuestas fueron vagas o enteramente negativas. Brian Ingle
había repetido su afirmación de que Nita parecía al borde de algo. Merrion
Squires decía que ella había estado "agitada" esa mañana y la noche
anterior. El director, reconociendo francamente que Nita había sido su querida,
afirmó que la misma se inquietó mucho con la llegada de la carta de Charles
Kennington, preocupada ante la posible reacción de su ex novio; Nita creía
que debían decir la verdad inmediatamente a Charles, pero él la había
convencido de no hacerlo... Después de todo, había dicho Jimmy, hacía cuatro
años que Charles había partido en servicio activo; Nita no lo había visto en
todo ese tiempo y, últimamente, tuvo toda la razón del mundo para suponer que
él había muerto. Charles no podía exigir nada ahora y quizá él también había
perdido interés en ella. El mayor Kennington reconoció que él y Nita estaban
"casi comprometidos" cuando él trabajaba en el Ministerio, pero
aseguraba que la correspondencia entre ambos había disminuido mucho poco antes
de su "muerte", anunciada en la lista de bajas; él, seguramente, no
había esperado que ella le "echara los brazos al cuello" a su
regreso. ¿Sabía Charles que Nita había entregado su cariño a otra persona?
"No, no con certeza. Pero no suponía que una magnífica muchacha como Nita
iba a pasar mucho tiempo sin tener quien la consolara."
Alice Lake dijo que ella no ignoraba, desde hacía algún tiempo,
las relaciones entre Nita y su marido. Jimmy se lo había confesado. Ella aceptó
la situación; mientras él fuera feliz, ella podía soportarlo.
-Ahí tiene usted -dijo Blount, golpeándose repetidas veces su
cabeza calva... señal de que estaba perplejo-. Tenemos un asesinato que,
concebiblemente, puede haber sido un suicidio. No tenemos ni un ápice de motivo
que justifique el crimen o el suicidio. Tenemos una muchacha envenenada a la
vista de ocho personas, incluido usted mismo. Tenemos un tubo de veneno que se
diluye en el aire... No, hemos recorrido la calle debajo de la ventana, hemos
buscado cada pulgada en cincuenta metros a la redonda, y el tubo no estaba
allí. Era un objeto minúsculo y puede haber sido arrastrado por la llanta de
algún automóvil. He hecho llamados por la radio, para el caso de que algún
peatón lo haya recogido, pero no soy optimista. Y, como si todo esto no fuera
bastante, ignoramos si el asesino mató a quien deseaba matar: por equivocación
puede haber envenenado la taza de esa pobre muchacha en lugar de la taza del
señor Lake. Y lo peor de todo es la espontánea naturaleza de este crimen. .
-¿Crimen espontáneo?
-Nadie pudo haber sabido, hasta el día anterior, que iba a haber
veneno en la oficina del director. -Ninguno, con excepción de Charles
Kennington. -Concedido. Y nadie podía suponer que Charles Kennington iba a
entregar a nadie el veneno. Parecería que el crimen hubiera sido impremeditado.
"Al diablo -dice alguien-, ahí está ese veneno sobre la mesa. ¡Bueno, ya
que se presenta así, bien puedo echarlo en una de las tazas de café!"
-Sí, parece un trabajo del momento -asintió Nigel. -Lo malo es
que no sabemos de dónde proviene el veneno. La manera habitual de dar con la
huella de un envenenador es saber quién le suministró el veneno... ya sabe
usted: el sospechoso A es reconocido por el boticario que vendió la poción.
Pero este crimen suyo...
Blount se interrumpió, tendiendo con disgusto las manos al aire.
-Es otro punto en favor de la teoría del suicidio, naturalmente.
Quiero decir: una persona predispuesta al suicidio encuentra las cosas
simplificadas si se le presenta un veneno a mano. Un presunto asesino no espera
que la casualidad le presente los medios de cometer el crimen.
-¿Sugiere usted que se trata de un suicidio o que el mayor
Kennington ha cometido el crimen? -preguntó Blount, lanzando una atrevida
mirada a Nigel a través de sus anteojos de aro de acero.
Nigel miraba distraídamente un Bonnard colgado en la pared
opuesta.
-Quisiera saber dónde y cuándo se encontró Kennington ayer con
Nita -dijo.
El superintendente se revolvió en su silla.
-¿Qué demonios quiere usted decir? Él no ha dicho nada sobre...
-Ése es el asunto. ¿Por qué no lo ha dicho? Cuando él entró esta
mañana en la oficina del director, saludó a todos muy cordialmente, como a
amigos que no se ve hace tiempo. Luego Nita le dijo: "Pareces muy
diferente en uniforme". Pero, cuando él trabajaba en el Ministerio en los
años 1940 y 1941, siempre vestía uniforme. Si Nita no lo hubiera visto desde
entonces, si no lo hubiera visto recientemente en ropa civil, ¿cómo podría
haber dicho esto? Kennington trató de disimularlo rápidamente. Comenzó nuevamente
a charlar diciendo: "Hace años que no veo a ninguno de ustedes", y
Nita comprendió y expresó inmediatamente, que él sólo llevaba una condecoración
cuando lo vio la última vez. Sugiero, Blount, que convendría que estudiara
usted cuidadosamente los movimientos de Nita y de Charles en el día de ayer.
Creo que se encontraron en alguna parte y que él vestía ropa civil.
-¡Ah, rufián!-exclamó Blount frotándose las manos con deleite-.
¡Aquí está el hombre que no quería tener nada que ver con el caso!
Investigación rutinaria, ¿no? Investigación rutinaria. Naturalmente,
estudiamos los movimientos de la muchacha. Y su historia. Hemos estado anoche
en su departamento. Uno o dos descubrimientos interesantes.
Hizo una sugestiva pausa, pero Nigel no tragó el anzuelo.
-¿Y ahora que se ha revelado usted, qué más tiene que decirme?
-Nigel narró la conversación entre el director y Nita, que
Merrion Squires había escuchado el día anterior y la disputa entre Harker
Fortescue y Edgar Billson, contada por la señorita Finlay. Todavía poblaban su
mente pequeños signos y presentimientos, pero aún no estaba pronto a
mostrárselos a Blount.
-¡Ah, bueno, la señorita Prince parece haber sido... un punto de
discordia! -dijo el superintendente. Se sirvió otro vaso de whisky, lo tendió a
la luz y bebió-. Una bebida vigorizante. Muy vigorizante... ¿Y qué opinaba
usted de ella? -exclamó bruscamente.
-Desearía que no utilizara contra mí sus trampas de tercera
categoría -protestó Nigel-. Mis nervios no lo toleran. Yo no me ocupaba mucho
de mis colegas. ¿Quién lo hace? ¿Qué opina usted, por ejemplo, del sargento
detective Messer?
-Es un buen hombre. Enérgico. Ambicioso. Un poco pedante.
Inteligente. Y demasiado pronto a sacar conclusiones... Es joven, ¿sabe
usted?.., y cuando se es joven e inteligente los detalles rutinarios
impacientan; se ven las conclusiones lógicas a la distancia y se está pronto a
saltar algunos peldaños para llegar a ellas.
-¿Quiere usted decir que no es de entera confianza?
Blount lo miró, realmente sorprendido.
-Mi querido amigo, Messer es un hombre preparado. Nuestros
hombres son siempre de confianza. He dicho que era impaciente en
los detalles. Pero no estaría una hora conmigo si los pasara por alto.
-Bueno, digamos que es un ser humano enseñado a proceder como
una máquina y dejémoslo así. Ahora, éste es mi asunto: nosotros, en la División
de Propaganda Visual, somos todos seres humanos, más bien inteligentes y poco
comunes en su mayoría, y nos han enseñado o nos hemos enseñado nosotros mismos,
una rutina altamente mecánica y altamente técnica. El principio de nuestra
propaganda es la humanidad; pero, para cumplir con los pedidos, tenemos que
mecanizarla... que trabajar al detalle, trabajar de manera inhumana para
entregar propaganda humana en grandes cantidades. -¿Una fábrica de emociones
en masa? -sugirió Blount.
-Si así le parece. Y los operarios se ocupan de producir
emociones naturales con métodos artificiales. Tanto peor para ellos. Puede
usted comprender el efecto de una actitud así en las vidas privadas. Los
arrastra a la irrealidad y, por lo tanto, a la irresponsabilidad en las
ordinarias relaciones humanas.
-¿Piensa usted en Nita Prince?
-No. En realidad pienso en el director. -Nigel se detuvo un
instante-. Merrion Squires describió a Nita como una orquídea carnívora. A
Merrion también le agradan las frases llamativas. Nita... Nita era mucho más
complicada que eso. Pero, en cierto modo, Merrion no se equivocaba. Creo que su
apariencia era muy engañosa. "Una hermosa rubia." Si yo digo esto,
¿en qué piensa usted?.. En una criatura tranquila, decorativa, un poco tonta.
En una modelo de dientes deslumbrantes, piernas de una milla de largo y una
figura que se transforma en sólo una cosa: en una fantasía primitiva, suave,
dorada, brillante. Y Nita era todo esto. En la superficie. Y algo más también.
Algo en sus ojos, en su voz, decía: "Realmente soy muy distinta. ¿Soy
hielo o fuego? ¿No querría usted saberlo? Venga a averiguarlo".
-¿Y qué encontró usted?
-Yo no acepté la invitación. No sé quiénes la aceptaron, excepto
Kennington y el director. Brian Ingle creía que ella era una diosa; Merrion
Squires suponía que era una simple ramera. Variedad infinita. Me atrevo a
suponer que ellos tejían sus fantasías sobre aquella superficie blanca y
suave. Y supongamos... supongamos, Blount, que debajo de esa superficie, ella
no era fuego ni hielo, sino una mujer ordinaria, vulnerable, tonta y atrevida,
realista ante sus propios sentimientos y engañadora para los sentimientos de
los demás; tal vez deseosa de tener un hogar e hijos, una vida tranquila,
modesta, con el marido regresando de la oficina a las cinco en punto y quince
días de veraneo en Skegness. Supongamos que ella detestara ser una especie de
deslumbrante Odeón humano, un Palacio del Placer, un Templo del Misterio...
-Creo que sería mejor que se viera usted conmigo mañana a la
mañana en el departamento de ella, si el señor Lake le da permiso dijo Blount.
-Suponga que eso era lo que Nita quería que alguien descubriera
-prosiguió Nigel-. ¿No tendría usted un motivo interesante para...?
Se interrumpió un momento.
-Esto me recuerda... Una pequeña equivocación de palabras. Tal
vez no significa nada. Ya le he dicho que Charles Kennington usó una frase para
uno de los diseños de Squires: "El individuo con cara de asesino asomando
entre la Santa Rita". Pocos minutos después la señora Lake repitió la
frase exactamente. Hubo una broma... el director suplente dijo que el diseño
podía servir para un volumen de belles lettres de Bloomsbury. Bueno, después
del hecho, traté de averiguar el paradero del tubo del veneno. Y la señora Lake
dijo que ella lo había visto sobre el escritorio cuando Charles dijo: "el
asesino asomado entre la Santa Rita". Sólo omitió una palabra. Puede
haber sido pura casualidad. Por otra parte, ese testimonio libraba a su
marido: si el tubo estaba todavía sobre el escritorio en ese momento, Jimmy no
puede haber envenenado a Nita Prince. Pero, si Alice Lake vio que él lo hacía,
o si sospechaba que Jimmy podía haberlo hecho, si deseaba protegerlo, ésa es la
mentira que inventaría una mujer inteligente. Y la equivocación que le hizo
decir solamente "asesino" revelaría lo que estaba en su mente.
-¡Ah, bueno! Esto es demasiado fantástico para mí -dijo Blount,
levantándose para irse-. Es terriblemente tarde. Debo irme. Una conversación
muy interesante, Strangeways. Le estoy agradecido. Y si va usted mañana, a las
diez a la calle Dickens número 19...
En la puerta Blount se volvió otra vez:
-Y no olvide usted que el marido de ella no era la única persona
que quedaba libre con el testimonio de la señora Lake.
CAPÍTULO IV
Referencia: señorita N. Prince
-ASÍ QUE éste -dijo Nigel mirando inquisitivamente a su
alrededor- es el nido de amor.
Eran las diez y media del día siguiente. Nigel había concurrido
al Ministerio más temprano que de costumbre y, trabajando rápidamente, terminó
varias tareas postergadas el día anterior. Después fue a ver al director, a
quien encontró en su oficina charlando con el oficial de investigaciones del
Ministerio, señor Adcock... un ex policía letárgico, gordo y alegre que,
aparte de misteriosos destrozos de sobretodos, el invierno anterior, no había
tenido entre manos nada más importante que los acostumbrados objetos perdidos
y otras molestias menores desde que trabajaba en el Ministerio.
-¿Qué pasa, Nigel? -preguntó Jimmy Lake amablemente. Parecía
fatigado y preocupado. Nigel le habló del pedido del superintendente Blount.
-Naturalmente -dijo Jimmy-. Tome el día libre. Suponga que está
cumpliendo un deber profesional. Y, si es posible, quisiera que me prestara su
oficina y su secretaria: esta oficina no me es muy agradable ahora.
Cambiaron todavía algunas palabras. El director dijo que Edgar
Billson estaba fastidiado porque tenía que salir con permiso a fin de semana y
la policía había pedido que ninguno de los presentes en la oficina de Jimmy el
día anterior saliera de Londres. El trabajo de la División iba a ser seriamente
dañado por la investigación policial, pese a que el superintendente Blount
parecía una persona llena de tacto y muy razonable. Y además de todo estaba la
pequeña e idiota molestia de que faltaran archivos secretos. Pero Jimmy no
quería molestarlo con esto ahora: el señor Adcock se encargaría de resolver
esto.
Nigel se detuvo en el camino para informar a la señorita Finlay
que el director iba a ocupar su oficina.
-Debe usted solicitar que todos sus llamados telefónicos sean
pasados a mi aparato. ¿Quiere usted cuidarlo un poco? Está muy afectado.
Pamela Finlay estaba relativamente tranquila esa mañana. En
verdad todo el piso daba la sensación de una atmósfera inquieta y muda, como si
alguien estuviera gravemente enfermo: las voces hablaban bajo, los pies
marchaban discretamente y el súbito ruido de una máquina de escribir resonaba
como una discusión en el cuarto de un enfermo.
-Algunas mecanógrafas están asustadas -dijo la señorita Finlay,
con un esfuerzo para moderar su habitual tono impetuoso.
-¿Temen ser la próxima víctima? Dígales que no sean idiotas.
-Lo haré -contestó la señorita Finlay alzando la voz-. Será un
placer. Chismes, chismes, chismes todo el tiempo entre esas muchachas. ¿Es
verdad, Strangeways, que está usted en combinación con la policía? Se dice
que...
-El superintendente es un viejo amigo mío. A propósito: ¿qué es
eso de un archivo que falta? ¿Ha oído usted algo?
-No. ¡Oh, espere un momento! ¿Se trata del archivo que el
director reclamaba a gritos ayer de tarde? ¿PHQ 14/150? ¿No lo han encontrado
todavía? Apuesto a que el director suplente se le ha sentado encima.
Nigel recordaba ahora vagamente. Merrion Squires se había
presentado a eso de las cinco, pidiendo un archivo que el Registro afirmaba
había sido entre gado al director, y que el director afirmaba no haber
recibido. Nigel no prestó atención en aquel momento, limitándose a decir a la
señorita Finlay que verificara si el archivo no estaba en su oficina. Recordaba
sin embargo la expresión de sorpresa de ella cuando Merrion Squires dijo:
"Las secretarias van y vienen, pero los archivos permanecen para
siempre".
-El irlandés -dijo entonces- no tiene nuestras ideas sobre la
santidad de la vida humana.
Los ojos de la señorita Finlay se agrandaron.
-Entonces fue Merrion Squires. ¿Lo ha arrestado ya la policía?
-¡Demonios, no! Reflexionaba solamente sobre el carácter
irlandés... No, no debe usted sacar conclusiones tan rápidas o me meterá usted
en un proceso por difamación.
-Lo siento -dijo la señorita Finlay sin dar ninguna muestra
visible de arrepentimiento-. Olvídelo. Pero no creo que Squires lo hubiera
hecho si... Reconocerá usted que no había mucho afecto entre él y la señorita
Prince, Strangeways.
-Mi querida muchacha: no hay mucho afecto entre yo y el señor
Billson, pero no nos asesinamos por eso.
Pamela Finlay abrió la boca para lanzar una de sus habituales
estruendosas carcajadas; después se llevó la mano a la boca y miró con
reproche a Nigel, como si él fuera culpable de su indiscreción. Nigel cambió de
tema y le dio algunas indicaciones sobre el trabajo del día. Poco después tomó
un ómnibus que lo condujo a Bloomsbury, barrio en el que se encuentra la calle
Dickens.
-Así que éste es el nido de amor -dijo el superintendente
Blount-. Bueno, ¿qué le decía?
-¿Ha estado usted aquí antes, quizá?
-Jamás.
-Por lo tanto, saber de antemano cómo era este departamento es
una hábil presunción suya.
El departamento de Nita estaba en el piso más alto de la calle
Dickens número 19. Nigel se había fijado que en la planta baja estaba el
estudio de un abogado y en el primero y segundo piso las oficinas de una
pequeña firma editorial. Había también un sótano, donde posiblemente vivía el
portero, pues un perro había ladrado furiosamente desde abajo cuando subió las
escaleras. Muy conveniente, pensó, mirando la discreta chapa de bronce del
editor, en el descanso del primer piso; este individuo y el abogado salen a
las cinco o seis de la tarde; a partir de ese momento, la casa queda vacía:
nadie podía ver quién visitaba a Nita, a menos que el portero estuviera
espiando. Muy conveniente para Nita. Pero, quizá, muy inconveniente para
Blount.
El superintendente lo hizo pasar.
-Sí, puede usted tocar todo. El encargado de las impresiones
digitales ha recorrido ya los cuartos -fueron sus primeras palabras-. Ésta es
la sala. El dormitorio y el cuarto de baño están allí. La cocina queda detrás
de aquella puerta. Una casita muy hogareña.
Blount lo había dicho. No podía imaginarse nada más distante de
la idea que tiene un productor cinematográfico de un nido de amor. N
o había allí seductores divanes ni brillantes copas de cocktail
ni un ropero repleto de vaporosos saltos de cama ni fotografías firmadas ni
rutilante multiplicidad de espejos. No había el menor incentivo sensual. Ni
siquiera el rastro de un exótico perfume en el aire. Si las habitaciones
estaban algo recargadas, este recargo era de la más agresiva respetabilidad.
Sobre la cama de hierro de cuatro patas yacía un modesto camisón de satín
blanco, cuidadosamente doblado. Esta nota de severidad se repetía en la
cómoda, que carecía del acostumbrado marco.
En vasos de marfil y cristal de colores,
abiertos, yacían sus extraños y sintéticos perfumes,
ungüentos, polvos o líquidos...
Nigel se encontró murmurando para sí estos versos mientras
miraba los cepillos de mango de madera, el sencillo peine, la simple caja de
pañuelos que olía... especialmente a agua de colonia. Encontró los cosméticos
de Nita amontonados en el fondo del cajón. Y, en su subconsciente, se empezó a
formar una nueva imagen de Nita... una imagen sobré ella y Jimmy que,
finalmente, le hizo cambiar su resolución de la noche anterior de no
inmiscuirse más en el asunto.
Recorrió luego la salita, llevando distraídamente un conejo de
lana que había encontrado en la silla junto a la cama de Nita.
-Encuentro todo esto muy patético -dijo a Blount, que revolvía
los cajones de un escritorio. Depositó el conejo sobre la chimenea, junto a una
pipa que había allí... seguramente propiedad de Jimmy Lake-. Sólo necesita...
¡Diablo, aquí está! -recogió agujas de zurcir e hilo, y una media de hombre de
sobre un sillón forrado con cretona.
-Una muchacha de tipo doméstico, ¿no le parece? -dijo Blount-.
Pero vea esto ahora.
Mostró a Nigel un montón de recortes de periódicos. El primero
mostraba a la muchacha muerta en traje de baño y sonriendo fotogénicamente,
rodeada por un grupo de ninfas en atrevidas posturas. Debajo se leía:
"Nita Prince, de dieciocho años, ganadora del concurso de belleza del
Daily Clarion, con otras competidoras". La fecha del diario era agosto
1936.
-Apuesto a que encontró estos recortes metidos en el fondo del
cajón -dijo Nigel.
-Así es. ¿Qué está usted pensando?
-¿En qué cajón?
Blount señaló.
-Era el único que estaba cerrado. Ya ve usted por qué.
Nigel sacó el cajón del escritorio y lo colocó en el suelo.
Revolvió su contenido. Montones de cartas atadas con cintas de brillantes
colores. Un gran sobre del cual Nigel sacó algunas fotografías. Éstas
mostraban también a Nita Prince, pero esta vez no llevaba traje de baño. Detrás
de ellas se leía: "Fortescue. fotografías".
-¿Seguramente ha visto usted esto? –preguntó Nigel.
-Sí. Ella fue modelo de los llamados estudios de arte. El señor
Fortescue me lo dijo.
-¡Hum! Es el cuerpo de una joven bien alimentada -dijo Nigel-.
¡Qué pobres frases usa la policía! ¿Encontró algo en las cartas?
-Me temo que la pobre muchacha fuera... haya vivido demasiado
agitadamente en su primera juventud -dijo cortésmente Blount.
-¿Quiere usted decir que no ha encontrado cartas recientes?
-Bueno, había algunas notas del señor Lake. Pero nada del mayor
Kennington. Me parece que eso es raro, teniendo en cuenta que ella guardaba
tantas cosas. Y encontrará una cinta parecida a las otras en el canasto de
papeles. -Blount miró significativamente a Nigel-. Una cinta, pero sin cartas
que la acompañaran.
-Comprendo su punto de vista. ¿Pero no le parece raro que una
persona recoja su manojo de cartas y deje la cinta que las ataba?
-La gente hace tonterías. Por eso los policías estúpidos pueden
descubrirlos.
Nigel comenzó nuevamente a recorrer la habitación a zancadas. Se
detuvo frente a una naturaleza muerta de Matthew Smith, en la pared opuesta a
la chimenea. Sus ojos observaron las fundas de cretona, las cortinas de subido
tono castaño, la victrola y los álbumes de discos al lado... cuartetos de
Beethoven y Mozart, sinfonías de Sibelius, variaciones. Posiblemente Jimmy
había mejorado el gusto de Nita. Nigel se dirigió a la estantería de libros.
Efectivamente: relegadas al fondo estaban las novelitas, las revistas de cine y
las novelas policiales de los días malos de Nita Prince. Arriba había algunos
libros serios, en ediciones "Everyman": una fila de poetas ingleses,
con los poetas victorianos favoritos de Jimmy Lake en gran cantidad; luego algunas
novelas de E. M. Forster, de D. H. Lawrence y de Henry Green.
Nigel recogió un libro de tapas verdes, que yacía sobre la mesa
junto al sillón: "Poemas por A. H. Clough, miembro del Colegio Oriel,
Oxford". En la primera página: "A N., con el amor de J., julio 28,
1945". Nigel miró las páginas entre las cuales se hallaba la marca. Un
pasaje estaba marcado con lápiz... con una línea al lado y un signo de
exclamación.
¡Terrible palabra deber! No debías,
Eustasia, no debías.
No debías haberla usado. ¡Oh, cielos,
la detesto!
¡Oh, cancelo, rechazo, niego y repudio
completamente
toda deuda de esta clase; niego todo reclamo,
y deshonor!
¡Sí, la escritura de mi propio corazón, la firma
de mi alma! ¡Ah, no!
¡Estaré libre en esto! Tú no podrás, nadie podrá
someterme.
No, amiga mía, si querías saberlo, esto estaba
sobre todas las cosas.
Eso que me hechizaba, ¡ah, sí!, hasta que ella
me consideró nada.
No, podía tomarlo como quería; acércate;
aprieta los lazos como imagino;
Átame y comprométeme profundamente... y ¡ah!
en la mañana siguiente,
todo será como antes, como pérdidas en los juegos
que se juegan por nada.
Sí, cuando vine, lo que significaba miedos en mi
alma,
con una semirrepresentación,
que se quebraba en el primer paso, en el doloroso
papel de evasión,
cuando para sofocarlo fui a comprometerme, no
a buscar,
compromisos,
¡allí, con sus tranquilos ojos ella me encontró y
no supo nada...
permaneció allí, sin esperar, inconsciente. No habló
de obligaciones,
no reconoció deudas... ¡ah!, no. Te creo,
por excelentes razones.
-Oiga esto, Blount -dijo Nigel, y leyó el pasaje en voz alta.
Cuando terminó, el superintendente meneó su cabeza calva. -Caramba, caramba. No
me gusta. Es un egoísta. Un mal caso de
negativismo. No se retira. Quiere comer y guardar el pastel.
¡Caram
ba! -Sin embargo, es sincero sobre su persona. -Los egoístas
suelen serlo. Pueden permitírselo.
Quiero decir que se admiran tanto por su sinceridad, que no ven
el desagradable cuadro de sí mismos que esta sinceridad revela. Pero esto no
nos lleva muy lejos.
-No estoy tan seguro de ello. Éste es un libro que Jimmy Lake
dio a Nita hace sólo unos días. El o ella han marcado este pasaje y... ¡Hola!,
¿qué es esto?
Nigel sostenía el libro muy cerca de su cara. Se acercó a la
ventana, hizo señas a Blount y le indicó una débil marca de lápiz, que no
había visto antes, en. el margen, sobre las últimas líneas del poema:
A
-Esta "A" mayúscula -dijo Nigel- podría significar
"Alice". La complaciente Alice Lake, que no exige a Jimmy cumplir con
sus deberes conyugales. Lea otra vez el pasaje, Blount, y vea cuán bien
"ella" se adapta a la señora Lake... la mujer poco exigente, que no
ata a su marido en ninguna forma; que, cuando él se presentó "en el
doloroso papel de evasión", lo recibió tranquilamente, sin comprender su
turbación y no se refirió para nada a la deuda que él tenía con ella.
Casualmente ese "él" tampoco hace un mal retrato de Jimmy. Creo que
Jimmy es bastante difícil en asuntos sentimentales.
-Me está usted diciendo -masculló Blount lentamente-, que un
hombre no asesina a su querida cuando tiene una mujer complaciente.
-Exactamente. Pero supongamos que este signo de exclamación en
el margen tenga un sentido irónico. Supongamos que Alice Lake es muy celosa,
que ha hecho una escena y que se ha portado muy diferentemente a la mujer del
poema. Bueno, es posible que un hombre asesine a una mujer celosa si ella se
interpone en su camino, pero...
-¿...pero sólo asesina a su querida cuando ésta lo ha
traicionado con otro hombre, o cuando lo ha hartado con sus pedidos?
-¿Acaso este apacible rincón hogareño indica que Nita fuera
veleidosa? No: decididamente quería ser una especie de mujer de su casa para
Jimmy.
Sonó el teléfono y Blount fue a atenderlo. Tras una breve
conversación el superintendente colgó el receptor.
-Han hecho la autopsia -dijo-. El tubito no estaba en el cuerpo.
Eso parece descartar la posibilidad de suicidio. Había sólo una ligera
posibilidad de que ella hubiera tragado el tubito después de morderlo aunque,
en esa forma, habría sido difícil explicar las huellas de veneno en la taza.
-¿Dónde demonios fue a parar el tubito entonces? -Bueno, el
señor Ingle lo tiró por la ventana o...
-¿O una de sus búsquedas fracasó?
-No creo que eso sea posible -dijo Blount, con cierta
vacilación-. Reconozco que, desde mi punto de vista, el registro de los allí
presentes fue pura formalidad. Después de todo, lo último que un asesino
habría hecho, luego de volcar el contenido del tubo en la taza, sería conservar
el tubo consigo. Lo mejor era dejarlo caer en algún rincón de la gran
habitación y tuvo tiempo de sobra para ello, después que usted les dijo que
habría un registro personal. Pero aún no creo que mi gente haya cometido un error.
-Me parece que se ha metido usted en un lío. Significado: alguno
de los presentes en el cuarto tenía el tubito. Oportunidad: alguno de los
presentes en el cuarto lo tenía, a menos que la señora Lake diga la verdad
cuando afirma que vio el tubo sobre el escritorio un minuto antes de que la
muchacha muriera. Por lo tanto, sólo nos queda el móvil.
-Un caso clavado de aguja sin hilo -dijo Blount secamente-. Por
eso debe usted ocuparse de este asunto. Está usted en una situación mucho mejor
que la de la policía para conocer el móvil.
Nigel, de pie junto a la chimenea, lanzó una mirada al conejo de
lana.
-No estoy seguro de no cambiar de idea -dijo al fin-. No me
agrada todo esto... este patético hogar destruido. ¿Cuáles fueron los
movimientos de Kennington el día antes de la crisis? ¿Y los de Nita? preguntó
bruscamente.
-Kennington puede probar sus movimientos desde el instante en
que llegó a Londres hasta las 10.30 de esa noche. Salió del Ministerio de
Guerra a las 10.20. Un coche lo llevó desde ese lugar hasta el Claridge y, una
vez allí, se dirigió directamente a su cuarto. Todo esto ha sido comprobado. No
puede haber visto antes a la señorita Prince. Afirma que se acostó. De todos
modos, los porteros nocturnos ratifican que no lo vieron salir nuevamente.
Ocupémonos ahora de la señorita Prince. Nita dejó el Ministerio a las 6.30.
Regresó inmediatamente aquí. Alrededor de las 6.40 bajó y dijo a la señora
Humble -ése es el nombre de la portera- que esperaba más tarde una visita y que
no se molestara al oír el timbre, pues ella misma abriría la puerta. Poco
después de las ocho la señora Humble oyó que alguien entraba. Creyó que se
trataba del señor Lake. Él reconoció haber estado en la calle Dickens, con
intención de pasar allí la noche; pero Nita Prince parecía inquieta y no muy
contenta de verle; por eso Jimmy se retiró a eso de las nueve y regresó al
Ministerio. Trabajó hasta muy tarde y se quedó allí a dormir. La señora Humble
suponía que Jimmy era el visitante al que se había referido la señorita Prince.
Por eso, cuando sonó el timbre de la calle, un poco después de las once, ella
subió para abrir la puerta. Oyó entonces que la señorita Prince bajaba
corriendo las escaleras; por eso la señora Humble sólo asomó la cabeza por la
puerta de comunicación entre el sótano y el vestíbulo. Vio que la señorita
Prince abría la puerta de entrada y hacía pasar a una mujer.
-¡Una mujer! -exclamó Nigel.
-¡Ajá! No pudo ver claramente a la mujer... la luz del vestíbulo
era confusa; pero cree que podría reconocerla. Bueno, la señora Humble fue a
acostarse. La despertaron los ladridos de su perro: el perro ladra siempre que
alguien entra o sale. Oyó cerrarse la puerta de entrada. Miró su reloj
despertador. Era la una menos diez. Y el perro sólo ladró cuatro veces esa
noche: para la llegada y la salida del señor Lake; y para la llegada y la
salida de la segunda visitante mencionada. Por lo tanto, la señorita Prince no
tuvo otros visitantes.
Nigel reflexionó un momento. La segunda visita: seguramente las
amigas de Nita no la visitaban tan tarde. ¿Y por qué quiso ella librarse de
Jimmy Lake antes de la llegada de la segunda visita... a menos que tuviera que
decir a su amiga algo que Jimmy Lake no debía oír? Nita fue asesinada al día
siguiente. Como respondiendo al inmediato pensamiento de Nigel, Blount dijo:
-La señora Humble dijo que la visita... la mujer esa, era de
pequeña estatura... o, mejor dicho, era más pequeña que la señorita Prince.
-¿Ha interrogado usted a Alice Lake sobre este asunto?
-La estoy esperando ahora -Blount consultó su reloj pulsera-.
Llegará dentro de cinco minutos. Le telefoneé esta mañana temprano, después de
hablar con la señora Humble.
-¿No se opuso a venir aquí?
-En modo alguno. La señora Humble la acompañará. Si la
reconoce, me hará una seña de asentimiento. Si no está segura meneará la
cabeza.
-¡Ah! Muy importante. Por lo que parece. Nigel se volvió a mirar
la estantería. No: la educación de Nita Prince no incluía las novelas de Alice
Kennington; tal vez eran demasiado satíricas para su gusto; tal vez eran
también demasiado satíricas para Jimmy. Si Alice era como las novelas que
escribía con su nombre de soltera, era fácil comprender por qué Jimmy se había
enamorado de la humana Nita, de Nita, la muchacha hogareña y chapada a la
antigua.
-¿Tomó usted todas las impresiones digitales?
-Lo hice ayer por la tarde -repuso Blount-. Ninguno se opuso.
Excepto Billson quien, en principio, se opone a todo. Pero también se presentó.
Y el empleado que se ocupa de las impresiones digitales registró anoche estos
cuartos. A mediodía sabremos los resultados. Naturalmente -añadió con una
mueca-, las damas suelen llevar guantes cuando van de visita.
-¿No encontró vasos u otras cosas?
-La señora Humble lavó todo ayer de mañana.
Dice que sólo vio las cosas en la bandeja del desayuno de Nita.
Si alguno de los visitantes tomó un trago, es evidente que la señorita Prince
en persona lavó el vaso. Pero no había mucha bebida. Sólo encontré una botella
de gin y un poco de jugo de lima en el armario de la cocina. Eso es todo.
Pocos minutos después sonó el timbre y se oyeron pasos subiendo
las escaleras. Se abrió la puerta de la salita. Alice Lake apareció en el
umbral, mirándolos tímidamente. Detrás de ella había una mujer zaparrastrosa,
sonriendo de oreja a oreja y asintiendo con la cabeza en dirección al
superintendente. La cara de Blount permanecía impasible; pero sus cejas se
unieron en un momentáneo gesto de impaciencia cuando el mayor Kennington entró
en la habitación siguiendo a su hermana.
-Espero no estar de trop, queridos míos -dijo alegremente
Charles-. Alice cree necesario mi apoyo moral.
-Así es -dijo Blount-, está bien. Lamento haberla arrastrado
hasta aquí, señora Lake, pero así era más sencillo. ¿Quiere usted tomar
asiento? Nigel conocía ya la manera del superintendente Blount para
tranquilizar a los testigos. Sus modales eran corteses y considerados; poseía
una alegría dickensiana y daba la impresión de una leve torpeza. Había visto a
gente inteligente caer en la trampa... los había visto tranquilizarse,
mientras la conciencia de su superioridad intelectual aparecía en sus caras o
en sus palabras: "Ah, no es tan formidable después de todo. Creo que podré
manejarlo muy bien". Y Nigel había visto a esa gente penosamente
desilusionada. Alice Lake es una mujer inteligente, pensó, mirándola
tranquilamente desde la ventana, mientras Blount tendía su trampa para atraer
la confianza de ella. Es también una actriz consumada... suponiendo que haya
estado hace dos noches en este cuarto... Alice miraba a su alrededor con
expresión de sorpresa y débil turbación, como si pensara: "Aquí es donde
vivían ella y Jimmy". Y era una mujer atractiva, en su manera tranquila y
mesurada. Nigel observó su nítido y pequeño perfil: el pelo se levantaba por
atrás en una moda neoeduardiana; las facciones eran delicadas, la nariz larga,
fina, ligeramente respingada, la boca irónica, las orejitas muy pálidas;
llevaba chaqueta y falda negras, y una blusa de seda blanca vaporosa; sus pies
eran pequeños y sus manos lucían guantes blancos. Parecía fresca y elegante
comparada con la mayoría de las mujeres londinenses después de seis años de
guerra.
-Sí, no cabe duda que la pobre muchacha fue asesinada -dijo
Blount con su manera más torpe-. Es muy triste. Espero que usted comprenda,
señora Lake, cuán importante es su testimonio.
Alice Lake levantó sus agudas cejas y no contestó nada.
-Me interesa su afirmación de que el tubo del veneno estaba
sobre la mesa cuando usted dijo haberlo visto... un minuto antes de que la
señorita Prince llevara la taza hasta su escritorio. ¿Está usted segura de que
estaba allí?
-¡Oh, sí! Completamente segura.
-¿No había posibilidad de que ya hubiera sido usado y vuelto a
colocar allí? ¿Pudo usted verlo completamente o sólo en parte? ¿Estaba junto
al almanaque de su marido, verdad?
-Sí, pude verlo completamente. Naturalmente no podía saber si
era distinto en caso de ser utilizado.
-¡Oh, habrías notado la diferencia perfectamente! -interrumpió
Charles Kennington-. Estos tubos son objetos muy frágiles, quebradizos: se
hubiera roto completamente a través.
-Así es -dijo Blount-. Comprende usted que su testimonio libra
de sospechas a su marido, ¿verdad?
-Me alegro de saber esto -replicó fríamente la señora Lake-. Y,
además, es verdad. Puedo asegurarle que no estoy mintiendo para proteger a
nadie. No tengo carácter para hacer eso.
-Mi hermana es una muchacha locamente victoriana -afirmó
Charles-. Realmente cree que la virtud debe prevalecer siempre. Es una mujer
responsable.
-Cállate, Charles -le pidió Alice con impaciencia.
Blount prosiguió:
-Naturalmente, su testimonio no la libra a usted de sospechas.
Estaba usted próxima al tubo del veneno y a la taza de la señorita Prince.
-También comprendo esto -dijo Alice. Nigel anotó para ella (no
estaba seguro si como marca buena o mala) el hecho de que Alice no señalara
cuán raro era que un asesino diera voluntariamente una información tan
peligrosa.
Blount se rascó la punta de la nariz.
-¿No sentiría usted de todos modos un fuerte deseo de proteger
a su marido?
-¡Claro que sí! Quiero mucho a Jimmy. El hecho de que le dejara
vivir su propia vida...
Charles Kennington suspiró, giró los ojos y levantó las manos
teatralmente. Evidentemente la política de laisser faire de Alice era motivo de
desacuerdo entre los dos.
-Sí, Charles, vivir su propia vida. Eso no significa que Jimmy
me sea indiferente. ¿No ve usted que no hay motivo para que él envenenara a
esa muchacha? Por lo tanto no tendría objeto que intentara protegerlo.
-Así es -dijo Blount, con una señal de aprobación-. ¿Le había
dado su marido alguna indicación reciente de que sus relaciones con la
señorita Prince no marchaban bien... o de que ella lo engañaba con otro? ¿Había
tal vez otro hombre?
-Oh, realmente no. Hace unos dos meses me tanteó sobre el
divorcio. De una manera vaga -Alice Lake sonrió débilmente-. Supongo que ella
insistía. Lo comprendo muy bien. Su vida no puede haber sido muy satisfactoria,
todo esto... -con su mano enguantada hizo un leve ademán que abarcaba el piso
más alto de la calle Dickens N° 19.
-Esto es muy interesante. ¿Y qué dijo usted?
-Le dije a Jimmy que hiciera lo que debía hacer. Le dije que
para mí sería terrible -su voz alta y fría continuó-, pero él debía
resolverse. Yo no podía resolver nada por él. Si le interesa le diré que Jimmy
vino hacia aquí corriendo y le dijo a ella que no podía forzarme al divorcio,
porque me rompería el corazón. Blount parpadeó un poco.
-Esto es muy sincero de su parte, señora Lake.
¿Y la señorita Prince no quería aceptar la situación? ¿Y por eso
quiso verla a usted? ¿Para discutir privadamente el asunto?
-¿Discutir privadamente el asunto?
-Sí. La otra noche, cuando usted vino aquí. Los verdes ojos de
la señora Lake se abrieron atónitos.
-Debe tratarse de un error. Jamás he estado antes aquí.
El mayor Kennington se levantó del brazo del sillón, donde
estaba sentado, y se apoyó contra la chimenea. Dirigió a Alice y a Blount una
mirada rápida y divertida, como si éstos discutieran un tema abstracto.
-Vamos, señora Lake -dijo Blount-. Tengo un testigo que vio a la
señorita Prince abriéndole la puerta de entrada poco después de las once, hace
dos noches.
-Pero eso es absurdo -dijo ella agudamente-.
Yo estaba acostada, en casa.
-¿Puede usted probar eso, señora Lake?
-No lo creo. Veamos: bueno, mi marido me llamó a las 10.30 para
decirme que trabajaría hasta tarde en el Ministerio y que se quedaría a dormir
allí. Pero creo que no puedo probarlo. Estaba sola en la casa.
-¿Quién le ha dicho eso? -preguntó el hermano, en la embarazosa
pausa que siguió.
-La señora Humble, portera de esta casa.
-¿No podríamos hablar con ella? A veces se confunden las
identidades.
-Naturalmente -Blount llamó al sótano por el teléfono interno.
Poco después apareció la señora Humble, sonriente, sin aliento y desarreglada.
-Me parece que aún tengo buenos ojos -dijo la señora Humble
agresivamente-. La misma estatura. La misma carita. Es una dama, pensé. Es
ella, es ella, lo juro.
-¿Se fijó usted cómo estaba vestida? –preguntó Charles
Kennington.
-Un tapado negro tres cuartos, muy elegante. Blusa blanca.
Guantes blancos.
-¿Cómo era el sombrero? -preguntó Alice.
-¡Al diablo con usted, señora! ¡Como si usted no lo supiera! Un
sombrero de paja negra, echado hacia atrás, que dejaba ver la cara.
No había más que decir. Blount dijo a la mujer que podía
retirarse. Pero cuando la puerta se cerró tras ella, la señora Lake dijo
tranquilamente:
-Temo que se trate de una equivocación, superintendente. Yo
nunca uso sombrero. No poseo ninguno. Todos pueden decírselo.
El superintendente reaccionó muy bien. Riendo y masajeándose su
calva cabeza, dijo:
-Muy bien, muy bien. Esto demuestra que no se puede ser
demasiado cuidadoso. Es muy hábil de su parte, señora Lake, esa historia del
sombrero. Magnífico, magnífico. El toque final, como quien diría rió, con
apreciación chabacana de sus propios chistes-. Parece que tuviera usted una
doble, señora Lake.
Nigel habló por primera vez desde la llegada de los visitantes.
-Charles -dijo-, cuando nos encontramos en la oficina de Lake
ayer de mañana, Nita le dijo a usted: "Pareces diferente en
uniforme". Esto implicaba que ella lo había visto a usted recientemente,
sin uniforme. Usted decía, en su carta a Jimmy que, para atrapar a Stultz, se
había disfrazado de mujer. Tiene usted la misma estatura que su hermana y se le
parece muchísimo. No me diga que ella tiene aún otro doble.
Durante esta démarche Charles Kennington había ocultado el
rostro entre las manos. Ahora miraba a todos de nuevo, sacudido por la risa.
-¡Oh Dios! -rió-. ¡Qué exposición! ¡Mi "carita"!
Demasiado humillante. ¡"Un mayor del ejército británico se disfraza de
mujer"... sabía que esto llegaría a traerme algún día inconvenientes con
la policía!
-¿Qué significa todo esto? Tranquilízate, Charles -dijo su
hermana bruscamente.
-Homo sum -replicó Charles-. Quiero decir, naturalmente,
"yo soy". Sí, confesaré. Mea maxima culpa.
Ésta era la historia: Nita le había telefoneado a la hora de
almorzar el día que él llegó a Londres. Parecía muy inquieta y dijo que
deseaba verlo a solas. Él le dijo que debía estar en el Ministerio de Guerra
hasta muy tarde. Por eso convinieron en que él iría a su casa tarde en la
noche, cuando terminara su trabajo.
-Pero, ¿por qué disfrazarse para visitarla? -preguntó Nigel.
Parece que a Nita la asustaba que pudieran reconocerlo al ir a
su casa. Había dicho que la encargada era una chismosa terrible: diría a todo
el mundo que Nita recibía hombres a medianoche.
-Le dije que era una tontería. Pero la pobre muchacha estaba tan
alarmada que... bueno, súbitamente se me ocurrió que tenía conmigo mis ropas
de mujer y que podía usarlas. Eso la tranquilizaría. Hasta podría divertirla.
Por eso regresé al Claridge al terminar la conferencia, me cambié de ropa, tomé
un taxi y vine aquí.
-¿Y lo consiguió? -preguntó Nigel. -¿Conseguí qué?
-Alegrarla.
-Francamente no. Mi trabajo en Alemania, ¿sabe usted?, me
obligaba a representar bien mi papel femenino: de otro modo el disfraz hubiera
sido sin objeto. Por eso, al disfrazarme de nuevo, automáticamente, me
encontré representando. Y esto no agradó mucho a Nita... Quiero decir que ella
deseaba que yo volviera a ser yo mismo cuando entramos aquí, en sus
habitaciones; pero yo seguía transformado en Bertha Bodenheim, y la broma no
le cayó bien. No es el tipo de broma que gusta a una mujer muy femenina.
-¿Para qué deseaba verlo? -preguntó Blount, algo fríamente.
-Oh, puede usted suponerlo -la alta voz de Charles se parecía
increíblemente a la de su hermana al protestar-. ¿No lo comprende? Estábamos
comprometidos. Después Nita inició relaciones con Jimmy... tenía razón en
hacerlo y estaba bien que lo hiciera... pero temía que yo la reclamara. Nita
quería ser la primera en informarme de lo que había ocurrido, pues no deseaba
que la verdad me llegara indirectamente al día siguiente. Y, naturalmente,
quería ponerme de su parte... es curioso cómo las mujeres ingenuas cuando...
-¿De su lado? ¿Quiere usted decir contra su hermana? preguntó
Nigel.
-Naturalmente, querido mío. Nita sabía que yo adoraba a Alice.
Quería que se le perdonara (1) haberme abandonado, (2) haberse apoderado del
marido de Alice. ¡Oh, sí! Hablamos de todo.
-¿Y la perdonó usted?
-Creo que la tranquilicé, pobrecita -dijo Charles, lanzando a
Ni-gel una mirada rápida y velada-. No es que me gustara ver destrozar la vida
de Alice, pero...
-No estaba destrozada -interrumpió la señora Lake.
-Bueno, ya sabes lo que quiero decir: quebrada interiormente,
querida, ya que te empeñas en ser pedante y orgullosa. Pero, por lo que ella me
dijo, juzgué que la situación estaba razonablemente controlada, que el
triángulo era más o menos un cuadrado. Evidentemente se sentía atraída por
Jimmy. Estaba cambiada completamente... quedé sorprendido. -¿Puede usted
extenderse sobre eso?
-Parecía tan hogareña, querido mío, tan domesticada. Muy
diferente a lo que era el año que yo trabajé en el Ministerio. Nita se
expresaba, ¿cómo podría explicarlo?.. bueno, como una tranquila y respetable
mujer casada. Un contraste muy extraño. Hablando francamente, la encontré
aburrida.
mente, la encontré aburrida.
-¿Mencionó ella el divorcio? Quiero decir, ¿contempló la
posibilidad de que el señor y la señora Lake se divorciaran? -preguntó Blount.
-No.
-¿No había en su conversación nada que pudiera ayudarnos? Piense
cuidadosamente, mayor Kennington... ¿nada sugería que hubiera un hombre o una
mujer que tuvieran motivos para acabar con ella?
-No. Debo confesar que "ese hombre o esa mujer" me
parecen muy alarmantes. ¿Quiere usted decir que mi hermana y mi cuñado son
obviamente sospechosos?
-No, mayor Kennington. Ya que usted habla de eso le diré que los
sospechosos son su hermana y usted -dijo Blount tranquilamente-. Ustedes dos
tenían más motivos que nadie para tener celos.
Ni un pelo del elegante peinado de Alice Lake pareció inmutarse
oyendo esto. Se limitó a mirar a su hermano, con una mueca irónica en los
labios. Charles Kennington se miró las uñas un momento, después dijo:
-Hay más motivos que los celos, superintendente, para los
crimes passionnels.
-¿Por ejemplo?
-¡Ah, no! ¡En modo alguno! -replicó Charles, volviendo a su tono
frívolo-. El principal sospechoso no va a comprometerse más sugiriendo los
feos motivos que podrían tener los demás.
Alice lo miraba con expresión intrigada. Como Charles no habló
más, ella se volvió a Blount.
-Pero existe la posibilidad de que se haya envenenado la taza
por equivocación. Quiero decir: que se intentara realmente envenenar a mi
marido.
-Así es: existe esa posibilidad.
-Oh, comprendo -dijo ella después de una pausa, haciendo una
mueca-. ¡Yo también tendría motivos para matarlo a él! ¿Celos otra vez? ¿La
mujer traicionada? Charles, hiciste una tontería en poner la tentación en mi
camino.
-¿Qué? ¡Ah, sí, el veneno de Stultz! ¿Pero cómo iba a suponer
que...? Ah, bueno, es una lección. Mi querida hermanita extraviada: te
acompañaré al cadalso con mis consuelos espirituales. Yo...
-No creo que debamos prolongar esta conversación -interrumpió
Blount seriamente-. Ustedes dos deben comprender que el crimen es una cosa
seria. Ya conoce usted mi opinión, mayor, acerca de su actitud al llevar ese
veneno a la oficina del señor Lake y, aparentemente, olvidarse del peligro que
eso representaba.
-Ya sé. Fue una distracción. No puedo lamentarlo más. Pero
todas esas fotografías me distrajeron. Las fotografías me atraen tanto que...
-Al mismo tiempo -continuó Blount-, usted y su hermana deben
comprender que todos los que estaban en la oficina son sospechosos. La policía
no se contenta con los motivos obvios. Soy franco con usted porque usted mismo
ha hablado de los "obviamente sospechosos".
-Sus sentimientos lo honran, superintendente -dijo el
incorregible Charles-. Me parece que, en circunstancias más felices, usted y
yo nos entenderíamos admirablemente. Bueno, querida mía, creo que podemos
dejar a los sabuesos entregados a sus averiguaciones.
-Naturalmente, tendremos que comprobar sus dos afirmaciones.
-¿Afirmaciones? ¡Oh! ¿Quiere usted estar seguro de que fui yo y
no Alice quien estuvo aquí la otra noche? Bueno, la carencia de sombrero de
Alice puede probarse muy fácilmente. Y es posible que el portero del Claridge
recuerde a una atractiva muchacha que se deslizó escaleras arriba a eso de la
1.30... tuve que caminar de regreso con mis zapatitos de taco alto. Pero es
posible también que él no me haya visto. Espere un instante. ¡Qué tontería!
¿Encontraron ustedes un trozo de cinta en el canasto de papeles?
-Así es.
-Esto ahorra muchas molestias. Nita me devolvió algunos
antiguos billets-doux que yo le había escrito. Estaban atados con la cinta. Me
pidió que los llevara conmigo y los destruyera. Así lo hice. Eso prueba que
estuve aquí.
-¿Por qué tomó las cartas y dejó la cinta? -preguntó Nigel.
Las facciones de Charles Kennington denotaron el más dramático
desagrado.
-¡Querido mío! ¿Cómo puede usted preguntarlo? ¿No ha visto acaso
la cinta? ¡Solferino! ¡No podía irme con un trozo de cinta solferina! ¡Me
haría mal a la piel!
-¡Ah! -dijo Blount cuando la pareja se fue-, es bastante dura
esa señora Lake. Clientes tranquilos ambos. Muy tranquilos. ¡Ah!
-Pienso que Charles dijo la verdad
-Sería mejor para él. Su historia puede probar se fácilmente
como falsa si...
-No me refiero a su venida aquí. Estoy seguro de que vino. Me
refiero a su afirmación de que su hermana dice siempre la verdad... de que ella
cree que la verdad debe prevalecer. Creo que debo cultivar su amistad.
-¿Alguna otra intuición? -preguntó Blount sarcásticamente.
-Una o dos frases de Charles.
-¿Quiere usted decir cuando le preguntó si había perdonado a
Nita y él contestó: "Creo que la tranquilicé"?
-Eso es muy agudo de su parte, Blount. Sí. Parece siniestro si
se piensa a sangre fría, ¿no le parece? Pero creo principalmente en... Bueno,
primeramente en una curiosa palabra que usó al referirse al tubo del veneno; y
segundo, en su poco habitual silencio en uno de los temas de conversación.
CAPÍTULO V
Director: urgente
ESA NOCHE, ya muy tarde, Nigel Strangeways regresó al
Ministerio. Había pasado una tarde sin provecho, primero en el departamento de
Nita Prince, leyendo angustiosamente las cartas que ella había guardado, y que
sólo probaban sus indiscreciones juveniles. Después con Blount, tratando de
obtener informes de las amigas de Nita. Aparecía claro que, desde sus
relaciones con Jimmy Lake, ella había olvidado sus antiguas amistades y se
había convertido en una muchacha hogareña. La única mujer en quien Nita había
confiado últimamente -la señorita Sproule, una joven especialista de otra
División-, dijo que Nita estaba preocupada por lo que iba a ser de ella después
de la guerra. El Ministerio se cerraría; sus oportunidades para estar con Jimmy
iban a disminuir. Esto no aportaba nada nuevo. El director había reconocido
esto en una entrevista con Blount el día anterior. Era evidente que una
delicadeza natural le había impedido hablar de la sugestión de divorcio. Pero
dijo que él y Nita estaban preocupados por el futuro. Esto debía ser frecuente
en relaciones semejantes, pensó Nigel... la guerra había impedido que la gente
pensara en el futuro, o que previera las consecuencias de sus acciones
privadas. Seguramente muchos amantes estaban preocupados por el temor de no
poder continuar sus relaciones después del fin de las hostilidades, y se
asustaban casi del advenimiento de la paz. La señorita Sproule les había
dicho, sin embargo, que Nita no estaba dispuesta a abandonar a Jimmy. "Si
él debe elegir entre una de nosotras -había dicho Nita-, yo me encargaré de ser
la elegida".
Nigel entró en el gran vestíbulo del Ministerio. En atención al
empleado de la recepción, cuyo deber era registrar a todos los que entraban,
Nigel hizo un ademán hacia el bolsillo interior delantero de su chaqueta, pero
el empleado leía una revista y ni siquiera miró. Nigel atravesó el vacío y
resonante corredor hacia los ascensores. Casi inmediatamente llegó al piso de
arriba. Entró en su oficina: no había ningún mensaje para él. Se encaminó a la
oficina del director suplente y, como de costumbre, encontró a Harker Fortescue
trabajando.
-Deje eso -dijo Nigel-. Vamos a la cantina.
La cara del director suplente parecía cadavérica a la luz de la
lámpara de pantalla verde del escritorio; Harker estaba demacrado de cansancio.
-Está bien -exclamó-. ¡Demonios, qué día! Veamos si Jimmy
quiere venir también.
El director, que se encontraba en su oficina, declinó la
invitación. Dijo que la investigación policial había molestado su trabajo toda
la mañana; el Control había insistido, pero todos los esfuerzos de su personal
no lograron dar con el archivo secreto desaparecido; alguien iba a pasada muy
mal; por lo tanto ellos podían ir solos a celebrar su festín de medianoche.
-Lo toma muy a pecho -dijo Harker Fortescue, cuando descendían
en el ascensor.
-Es natural. Después de todo, Nita...
-¡Oh, no me refiero a eso! Aunque indudablemente lamenta mucho
su pérdida. El pobre nos ha molestado toda la tarde con ese archivo.
-Creo que es una manera de distraerse de lo que pasó ayer.
-De distraemos a todos. Y es lo mejor -asintió Harker con
torpeza-. Le aseguro, Nigel, que éste es un asunto feo. Según usted salieron
del ascensor y marcharon hacia la cantina en el piso bajo- habrá mucho barro
antes de que la policía descubra la verdad.
-Así es, en verdad.
-¿Trabaja usted con la policía?
-Sí y no. Trabajo con ellos, pero no necesariamente para ellos.
-¡Ah! Supongo que usted entiende lo que quiere decir. Yo no
entiendo nada. De todos modos esto parece una pesadilla. Creía conocer a todos
en la División... sabía que ninguno de nosotros podía hacer una cosa semejante.
Y ahora que ha ocurrido pasamos la mitad del tiempo repitiéndonos que no podía
ocurrir, pellizcándonos y descubriendo que estamos finalmente despiertos. La
otra mitad del tiempo la pasamos evitando las miradas de los colegas. ¿Es que
un hombre parece distinto después de haber cometido un asesinato? Debería
cambiar, pero...
-No se preocupe, Harker -dijo Nigel bondadosamente-. Está usted
muy cansado. Lo que necesita es un buen plato de pasta de jamón y pickles.
El director suplente se estremeció vivamente y pidió su
acostumbrado vaso de leche. Fueron hacia una mesa situada en un rincón de la
cantina; ésta, muy grande, estaba vacía con excepción de un grupo de muchachas
telefonistas, de unos mensajeros que bostezaban sobre sus juegos de dominó, y
de uno o dos representantes de la prensa que esperaban el próximo informe
oficial. El aparato de aire acondicionado zumbaba; la desnuda lamparilla
eléctrica brillaba sobre las teteras, el mostrador, las sillas y mesas de acero
cromado.
-Es curioso que llamen cantina a este lugar -murmuró Harker-.
Parece más bien el comedor de tercera clase de un barco que se dirige al
infierno.
-Está usted lleno de fantasías esta noche.
-Es una manera de pasar el tiempo, amigo mío, mientras usted
inicia la investigación.
-Comprendo. Bueno, podría usted comenzar a decirme cuál fue el
motivo de su disputa con Billson.
-¿A qué disputa se refiere? -La cara del director suplente, bajo
las luces, parecía sin expresión: un crudo mapa trazado sobre tosco papel.
-Hace dos semanas. A la hora de almorzar. Discutieron sobre Nita
Prince. La señorita Finlay les oyó a través de la pared. -Nigel metió otro
trozo de pan con manteca en su boca. Repitió las palabras que su secretaria
había oído. "La última oportunidad"... -¿Qué última oportunidad le
daba él a usted? ¿Y por qué estaba él en un "aprieto"?
La boca de Harker Fortescue se torció en una mueca burlona.
-Esa señorita Finlay es muy entrometida. ¿Por qué no la enseña
mejor? Siempre saca conclusiones equivocadas. .
-¿Quiere usted decir que en realidad sostenía una conversación
amistosa con Billson?
-No he dicho eso. Solamente he dicho que no hablábamos de la
señorita Prince.
-Pero Pamela Finlay le oyó decir a usted...
-Oyó una palabra que, con su habitual distracción, interpretó
como "Prince". La palabra era "impresos". Me quejaba de las
demoras de la División de Billson para entregar fotografías impresas a la
Sección de Producción de Unidades.
El director suplente miraba a Nigel curiosamente, como quien
cree haber dicho una broma especialmente sutil y desea ver si hace efecto.
Nigel bajó la vista.
-Pero, si era usted quien se quejaba, ¿por qué le dijo él que le
daba la última oportunidad?
-Mi querido amigo, usted conoce a Billson. Es muy hábil. Y es
además un empleado civil permanente. En principio discute todo. No quiere
aceptar responsabilidades. Cuando comencé a quejarme, él, a su vez, presentó
una larga queja contra las Formas Rosadas. Dijo que el sistema no servía.
Afirmó que debía rehacer el procedimiento... me daba la última oportunidad de
hacerlo... o pediría transferencia a otro departamento. Estaba muy enojado.
También lo estaba yo, debo reconocerlo. Billson siempre me saca de quicio.
-¿Entonces le dijo usted que podía "irse con los
perros" en lo que a usted concernía? Son palabras muy fuertes, Harker.
El director suplente sonrió amablemente a Nigel.
-Realmente creo que despediré a la señorita Finlay. Se equivoca
en todo. Le dije sólo que debía irse a otra parte. El Departamento de Aduanas
en el Ministerio de Transportes de Guerra tiene una vacante para un entendido
en finanzas, y allí es donde él amenazaba pedir transferencia. Desearía que lo
hiciera. ¡Aunque Dios debería apiadarse del pobre Ministerio de Transportes de
Guerra!
-Comprendo. Así se explica todo -dijo Nigel suspirando
gentilmente-. ¿Conocía usted bien a Nita antes de la guerra, cuando ella
trabajaba para su agencia?
-No la conocía. Sólo fue modelo nuestra ocasionalmente. Nunca ha
sido mi costumbre tener nada que ver con las modelos. Aunque debo reconocer
que ella era muy inquietante en esa época.
-¿Comprende usted, seguramente, que la policía investigará
cuidadosamente todas las amistades de Nita? ¿Y que investigarán también su
pasado?
-¡Oh, sí! ¿"Investigaciones rutinarias"? Lo sé. Mi
pasado es puro como una sábana blanca... en ese sentido. ¿Algo más?
-¿Por qué supone usted que alguien quería matar a Nita?
Los fríos ojos de Harker Fortescue escudriñaron a Nigel, sin
pestañar. Después de un momento dijo:
-Hablando puramente en abstracto, existen tres motivos para
matar a una mujer bonita -levantó tres dedos y los dejó caer lentamente uno a
uno-. Uno: celos. Dos: saciedad. Tres: en el caso de cierto tipo de mujer,
porque intenta hacer chantaje.
-¿Supone usted que Nita pertenecía a ese tipo de mujer?
-Era una pecadora arrepentida. Arrepentida, téngalo en cuenta.
¿Estamos de acuerdo en eso? Por lo tanto, no era un chantaje por dinero; pero
una mujer puede hacer chantaje con otras cosas.
-Prosiga -dijo Nigel, mientras sus pálidos ojos azules miraban
somnolientamente el pelo metálico de una telefonista que charlaba con sus
compañeras en una mesa distante... sin duda discutiendo también el escándalo
del Ministerio.
-Con seguridad -dijo Harker Fortescue-. Una pecadora
arrepentida llegará a los extremos para defender su arrepentimiento... quiero
decir, recurrirá a cualquier extremo de chantaje emocional. Se aferrará a la
respetabilidad tan firmemente como una mujer respetable se aferra a soñar con
lo que ellas llaman "amor romántico".
-¿Todo esto, seguramente "en abstracto"?
El director suplente asintió.
-Muy interesante -suspiró nuevamente Nigel-. y ahora, mientras
le traigo otro vaso de leche, podría usted pensar... puramente en abstracto...
en darme una versión un poco menos extraña de su disputa con Edgar Billson.
Nigel Strangeways se levantó y marchó hacia el mostrador,
dejando a Fortescue tragando saliva detrás de él. Sonó el teléfono de la
cantina. Una de las camareras del mostrador lo atendió.
-¡Señor Fortescue! ¡Señor Fortescue! -llamó con voz cantante.
El director suplente marchó hacia el mostrador. Las
irreverentes voces de la cantina, que habían bajado un momento, volvieron a
elevarse. Un instante después Harker llamaba por señas a Nigel.
-¡Jimmy, Jimmy! ¿Está usted ahí? -le oyó gritar Nigel.
-¿Qué pasa?
-Parece enfermo. ¡Demonios, nos han cortado la comunicación!
-Harker sacudió rabiosamente la horquilla del teléfono.
-¡No importa eso! ¡Rápido! Subamos.
Nigel Strangeways se abrió paso entre las mesas, con Fortescue
pisándole los talones. Algunas caras se volvieron estúpidamente a mirarlos,
como las ovejas cuando pasa un tren. Sus pies apurados resonaron en el largo
corredor del piso bajo. Nigel puso el dedo en el botón del ascensor y lo
mantuvo allí.
-¿Qué dijo? -preguntó, mientras las luces indicadoras se
encendían y apagaban... seis, cinco, cuatro...
-Dijo solamente: "¿Harker, es usted? Venga". Y su voz
se apagó. Sonaba muy curiosamente.
La puerta del ascensor se abrió. Ambos se precipitaron en él.
Nigel tocó el botón del piso más alto. El ascensor debió haber subido sin
detenerse pero, en la planta baja, se paró otra vez: la puerta se abrió y
permaneció abierta unos treinta segundos; después, automáticamente, volvió a
cerrarse. Lo mismo sucedió en el primer piso. Harker comenzó a lanzar
maldiciones. Pero Nigel lo empujó fuera del ascensor, diciendo, de prisa:
-Corra al escritorio de recepción. Que nadie salga del edificio.
Nadie. Me comunicaré con usted. En seguida.
Nigel permaneció en el ascensor. Éste había llegado hasta el
sótano sin detenerse; ahora parecía que iba a detenerse en cada piso. Sí.
Segundo piso: una parada, una pausa, la puerta se abre, otra pausa...
¡Maldición! Esto significa que alguien dejó apretados los botones
correspondientes a cada piso antes de que nosotros entráramos en el ascensor.
Alguien quiere demoramos. Lo mejor es salir y subir por las escaleras. Pero tal
vez alguien desea que se haga esto. Es mejor no hacerlo, hijo mío. ¿Por qué no
marcha directamente este condenado ascensor?
En la próxima parada Nigel sacó la cabeza y miró hacia arriba.
El piso más alto estaba en la oscuridad. Nigel apagó la luz eléctrica del
ascensor. Al llegar no deseaba ser un blanco perfecto, con la luz encendida.
Soy tan atroz como la señorita Finlay, pensó; inmediatamente saco
conclusiones; es infantil. Posiblemente Jimmy tiene un ataque de indigestión o
se cortó un dedo o encontró el archivo desaparecido. Bueno, llegamos al sexto
piso: una parada, una pausa, se abre la puerta...
Se deslizó rápidamente por la puerta abierta. Oscuridad.
¡Malditos oscurecimientos, seguramente los japoneses...! Sus dedos tantearon
la pared; encontró los botones eléctricos, los apretó todos. El corredor. Muy
familiar. Muy vacío. Todas las puertas cerradas. Es mejor caminar por aquí
tranquilamente. A mi izquierda está la puerta de la oficina de Brian, la puerta
de Merrion, mi puerta; a la derecha las dos puertas de la Biblioteca
Fotográfica. Todo en orden. Ahora, la antesala. Abierta. A la derecha, la puerta
de Jimmy, cerrada: una luz aparece por debajo.
Nigel movió el pestillo y entró. Por un instante, como sus
miradas se dirigieron naturalmente hacia el escritorio de Jimmy, Nigel creyó
que la habitación estaba vacía. Sólo un momento. Sus ojos se movieron hacia la
izquierda. Y allí, en el escritorio donde había muerto Nita Prince, estaba
Jimmy Lake. El aliento de Nigel casi se detuvo porque el director parecía estar
rezando. Estaba arrodillado junto al escritorio, con la cabeza oculta entre los
brazos extendidos: era como si estuviera rezando al espectro de Nita, que una
vez se había sentado allí; era como si Jimmy estuviera rogándole que volviera.
Entonces Nigel percibió el objeto que salía de su espalda. Y la situación fue
otra vez normal, ya que el crimen parecía normal en esta habitación.
Nigel Strangeways atravesó la habitación en tres zancadas y se
detuvo un momento mirando el mango del cuchillo que sobresalía de la espalda de
Jimmy; después tomó al director y lo puso boca abajo en el suelo.
Arrodillándose metió la mano entre la camisa de Jimmy. El corazón latía
todavía. Nigel tomó el receptor del teléfono, que yacía fuera de su horquilla,
junto al brazo extendido de Jimmy. Se comunicó con la oficina de entrada y
pidió hablar con el señor Fortescue.
-¿Harker? Habla Nigel. Oiga: debe apresurarse. Jimmy ha sido
apuñalado. Todavía respira: el cuchillo lo hirió un poco alto. Llame a primeros
auxilios y dígales que manden alguien en seguida; que traigan un médico, en
seguida. Luego llame al control y dígale a Lewis que suba. ¿Detiene usted a
todo el mundo en la entrada?.. Bueno, nadie debe salir por ahí, nadie, lo
repito, ni siquiera el ministro. Vea al encargado de los mensajes esta
noche... él deberá reunir a todos sus hombres, hacerlos salir por la entrada de
la calle de Menning, y apostarlos alrededor del edificio, tantos hombres como
sea posible de cada lado y, si ven a alguien salir por una ventana del piso
bajo, deben detenerlo. La puerta lateral volverá a cerrarse, naturalmente.
Quiero también que un hombre compruebe si las demás puertas están cerradas. Si
encuentra alguna puerta abierta deberá informarme en seguida. ¿Me comprende?
Bueno. Recuerde: primero el médico y suba usted con él cuando llegue.
Nigel cortó la comunicación; tomó luego el teléfono externo y
marcó el número del domicilio particular del superintendente Blount. El
superintendente estaba a punto de acostarse. Nigel le relató lo sucedido y le
informó sobre las medidas tomadas. Blount dijo que iría inmediatamente,
llevando consigo un par de policías.
Marchando hacia la puerta, Nigel apagó la luz. La lámpara sobre
el escritorio del director se apagó, lo mismo que la bujía central en el techo.
El cuarto quedó en oscuridad completa. Nigel encendió otra vez la luz y se
acercó al escritorio. No había huellas de lucha. Todo estaba en perfecto
orden... el secante, el almanaque, la bandeja con las lapiceras, el tintero y
una bandeja con papeles cuidadosamente arreglados, aparecían sobre la ancha
superficie. Probó los cajones: estaban todos cerrados. Irguiéndose se dirigió
al escritorio de Nita, mientras miraba la alfombra. Entre el escritorio de Nita
y la puerta había unas manchas de sangre fresca sobre la alfombra; mirando muy
cerca, con los ojos casi a nivel del suelo, aparecían débiles marcas sobre la
alfombra, como si algo pesado hubiera sido arrastrado hasta la puerta. Cubrió
estas manchas con papel de diario.
En ese momento llegó la enfermera del puesto de primeros
auxilios. Era una mujer tranquila y comprensiva que inmediatamente inspiró
confianza a Nigel.
-El señor Lake ha sido apuñalado. ¿Ha llamado usted a un
médico?
-Sí. Estará aquí en cinco minutos.
-Bien hecho. Échele un vistazo, por favor. Todavía está vivo.
¿Podemos hacer algo por él antes de la llegada del médico?
La enfermera tomó el pulso del herido, hizo una señal a Nigel y
colocó al hombre inconsciente en posición más cómoda.
-Es posible que haya una hemorragia interna -dijo-pero el
cuchillo no ha tocado el corazón. Se curará si el pulmón no ha sido afectado.
¿Cómo...?
-No pregunte por ahora. ¡Oh, aquí llega el señor Lewis! .
Se abrió la puerta y entró el encargado del control. Era un
hombre pequeño, atento, de cabello rojo.
-¿Dios mío, qué es esto? ¿Es el señor Lake? -preguntó.
-El señor Lake ha sido atacado. Es posible que su atacante se
encuentre aún en el edificio. El señor Fortescue se encarga de detener a todo
el mundo. ¿Tiene algunos serenos trabajando esta noche?
-Lo siento, señor Strangeways. Somos únicamente tres. Desde que
terminó la guerra con Alemania hemos limitado...
-Basta con tres. Usted conoce este edificio como la palma de su
mano. Quiero que lo registre de arriba abajo. Comience en este piso y marche
hacia abajo. Pronto llegarán unos policías para ayudarlo. Haga una lista de
todas las personas que encuentre. Si alguien parece sospechoso, arréstelo
inmediatamente. Después yo pediré disculpas si es necesario. Y busque muy bien
en cualquier sitio donde pueda esconderse un hombre o una mujer. ¿Conoce usted
de vista al señor Ingle, al señor Squires y al señor Billson de esta División?
-Así es.
-¿Y al mayor Kennington, que trabajaba en la Censura Militar?
-También.
-Si encuentra a alguno de ellos, tráigalos en seguida aquí. No
se preocupe por los modales: yo lo protegeré. ¿Entendió todo?
-Así es. Si me permite, utilizaré este teléfono para llamar a
mis muchachos. Otra vez tenemos barullo.
El señor Lewis acababa de dejar la habitación con sus serenos,
para comenzar la inspección, cuando entró el director suplente con el médico.
-Sí -dijo el último después de un rápido examen-. Un feo asunto.
Pero, con buena suerte, se curará. Primero extraeré este cuchillo. Enfermera,
¿tiene usted algodón y vendas a mano? Bueno.
-Use mi pañuelo, por favor. Alrededor del mango -dijo Nigel.
El médico le lanzó una rápida mirada y después tomó el pañuelo.
Él y la enfermera se arrodillaron junto al cuerpo. Harker Fortescue volvió la
cabeza. El facultativo dio un fuerte tirón al cuchillo. Al hacer esto, mientras
la enfermera aplicaba algodón, Jimmy Lake murmuró algo.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Nigel con cierta emoción.
El médico respondió:
-No lo sé con certeza. Parecía decir: "Alice. No me dejará
ir, querida". ¿Oyó usted; enfermera?
-Creí oír eso mismo, señor.
-Esto me recuerda algo -murmuró Nigel-. Debo telefonear a su
mujer. Por favor, enfermera, dígame toda palabra que él pronuncie. Puede ser de
vital importancia.
Nigel encontró el número del teléfono particular de Jimmy en el
libro de direcciones. Alice Lake contestó al llamado. Estaba acostada, pero
sacaría el coche e iría inmediatamente. ¡Oh, Dios, pensó Nigel, debí hacer esto
antes! ¿Cuánto tiempo hace que Jimmy telefoneó a la cantina?.. Diez o quince
minutos. Llamando aparte a Fortescue, le pidió que telefoneara al mayor
Kennington, a Merrion Squires, a Brian Ingle y a Edgar Billson a sus
respectivos domicilios. Los tres últimos vivían demasiado lejos del Ministerio
para tener tiempo de llegar en caso...
-Se está recobrando -dijo el médico, que había aplicado unos
remedios-. No, por favor, todo el mundo atrás.
Nigel vio moverse la pálida cara del director; sus ojos se
abrieron un poco, volvieron a cerrarse, después se abrieron nuevamente y
miraron a todos con infinita sorpresa.
-Las luces se apagaron -musitó débilmente-. ¡Hola, Nigel!
-No hable -le pidió el médico y volviéndose a Nigel añadió-: aún
no podrá ser interrogado.
-Está bien -dijo Nigel-, una cosa está muy clara: él no vio a su
atacante.
-¿Cómo sabe usted eso, señor? -preguntó el médico, levantándose
de junto a su paciente y colocando un largo cuchillo, con el mango envuelto en
el pañuelo de Nigel, sobre el escritorio. Nigel no contestó. Miraba
consternado el cuchillo; retiró el pañuelo. Sí, era uno de los cuchillos
agudos, de hoja fina, de dieciocho pulgadas de largo, que se usaban en el
Estudio de Arte para cortar papel de dibujo... el mejor sustituto del estilete
que podría encontrar un asesino moderno.
-Y ahora, señor-exclamó el facultativo dirigiéndose a Harker
Fortescue-, si ha terminado usted con el teléfono, le rogaría que me permitiera
llamar una ambulancia. Es necesario llevar a este caballero al hospital.
-No -dijo Jimmy, que yacía con el suelo con los ojos cerrados-,
no quiero ir al hospital. Llévenme a casa. Llamen a Alice.
-Pero mi querido señor...
-Ella está en camino, Jimmy -interrumpió Nigel. Llamó al médico
aparte y le dijo unas cuantas palabras rápidas.
-No, no puedo tomar la responsabilidad. Necesita cuidados
especiales.
Nigel se encogió de hombros. Jimmy habló nuevamente y su voz
sorprendió a Nigel, pues había recobrado su tono firme, normal, cansado,
paciente, inexorable.
-No iré al hospital. No se discuta más eso. Alice, mi mujer, es
enfermera. Es muy competente. Lo lamento, doctor, pero...
El médico le lanzó una mirada interrogante y luego se volvió al
teléfono, para llamar una ambulancia. -¿Qué novedades hay, Harker? -preguntó
Nigel. -Todos están en casa, excepto Merrion.
-Quisiera saber si contestaron personalmente.
-Brian y Charles Kennington sí. La esposa de Billson contestó
por él, y dijo que su marido había estado en casa toda la noche.
Nigel frunció el entrecejo. Comenzó a silbar entre dientes una
canción monótona. Se oyeron pasos firmes en el corredor: el superintendente
Blount, dos policías uniformados y un hombre en ropa civil entraron en la
habitación.
-¡Caramba, caramba! -exclamó-. ¿Cómo está, doctor?
-Curará siempre que...
Jimmy, débil pero firmemente, interrumpió:
-Superintendente: diga a este excelente doctor que no iré al
hospital.
-¡Bueno, caramba! -volvió a exclamar el superintendente
rascándose la cabeza calva-. ¿Un punto muerto, eh? ¿Un punto muerto?
-¿No convendría esperar la llegada de la señora Lake antes de
decidir? -dijo Nigel. Llevó a Blount aparte y le habló. Un minuto después los
dos hombres uniformados partían para ayudar en el registro del edificio,
mientras Harker Fortescue regresaba a la entrada, con orden de telefonear
inmediatamente si alguno de los mensajeros que rodeaban el Ministerio había
apresado a alguien; también debía informar si el empleado de la entrada había
visto a algún miembro de la División de Propaganda Visual llegando esa noche
temprano al Ministerio.
-Y ahora doctor -expresó Blount-, debo hacer una pregunta a su
paciente.
Desechando el ademán negativo del médico, se inclinó junto a
Jimmy.
-Sólo una pregunta, señor Lake: ¿vio usted a su atacante?
-No. Ya le he dicho que se apagaron las luces.
-¿Sospecha usted de alguien?
La cabeza del director se sacudió pesadamente y después cayó a
un lado.
-Se ha desmayado -protestó el doctor-. Insisto en que nadie
más...
-Es todo lo que deseaba preguntar -dijo Blount y, volviéndose a
Nigel, añadió-: Tenía usted razón, pero no comprendo cómo...
-Ya le explicaré. ¡Hola! ¿Qué es esto?
El pelirrojo señor Lewis había regresado excitadísimo. Traía un
gran mameluco blanco que Nigel reconoció inmediatamente como la ropa que usaban
los empleados en la Unidad de Trabajos de Arte. El señor Lewis se lo entregó,
arrollado.
-Lo he encontrado en el quinto piso, metido en el agua en uno de
los lavabos. Pensé que podría interesarle. Mire la manga derecha, señor
Strangeways.
Nigel desenvolvió el mameluco. En el puño, seco, se veía una
mancha roja que Blount comprobó, al tocarla, que todavía estaba húmeda. El
resto de la manga estaba seco. Blount volvió el interior del cuello, puso el
dedo en la etiqueta y torció la boca. Por encima del hombro del
superintendente, Nigel leyó en la etiqueta, claramente marcado el nombre:
"M. Squires".
Blount dio instrucciones para continuar la búsqueda con Merrion
Squires como sujeto principal. Cinco minutos después llegó la señora Lake. El
director, que había recobrado nuevamente el sentido, le lanzó una mirada
conmovedora cuando ella entró... una mirada, pensó Ni-gel, como la que lanzaría
un niño pequeño a su madre, si se hubiera lastimado en un juego que ella le
había prohibido: una mezcla de dolor, desafió y duda. Alice pareció tomar todo
con bastante tranquilidad: no hubo exclamaciones, ni llantos, ni preguntas. Su
marido insistió una vez más en ser llevado a su casa y no al hospital.
-Está bien, Jimmy -dijo ella, con su vocecita alta e
indiferente-. Se hará así si lo deseas. Y si el doctor está de acuerdo.
Con la presencia de la señora Lake, el médico pareció más
accesible. Consintió después de cambiar unas palabras con ella en permitir que
el herido fuera a su casa, a condición de enviar una enfermera profesional a la
mañana siguiente para que ayudara a la señora Lake. Apenas llegada la
ambulancia, Jimmy fue colocado en una camilla y sacado de la habitación,
seguido de Alice y el médico.
Blount y Nigel quedaron solos, pues el policía vestido de civil
había sido enviado al alojamiento de Merrion Squires para vigilar la casa, en
caso de que éste hubiera abandonado ya el edificio.
Nigel hizo a Blount un completo relato de todo lo sucedido, es
decir, de los hechos conocidos. Cuando terminó, Blount le preguntó cómo supo
que Jimmy no había visto en ningún momento a su atacante.
-Primero, lo supe por los botones del ascensor.
Segundo, porque Jimmy no estaba muerto.
-Téngame usted consideración. Es más de medianoche, hace mucho
frío y mi cerebro no funciona demasiado bien.
-Escuche entonces: el hecho de que los botones estuvieran todos
apretados después que el ascensor bajó hasta el sótano, sugiere que el criminal
deseaba demorarnos para poder escapar.
-Sí, eso lo comprendo -dijo Blount secamente. -No podía
intentar demorarnos a menos que supiera que estábamos en camino. Después de
todo no se hubiera atrevido a atacar a Jimmy si no hubiera sabido que el piso
estaba vacío de gente, como suele estarlo a estas horas de la noche. ¿Y cómo
podía saber que alguien subía del piso bajo si no hubiera oído a Jimmy
telefonear a la cantina del sótano?
-Hasta ahí todo está claro.
-Bueno: supongamos que el criminal, después de haber apuñalado a
Jimmy, lo oyó telefonear. El criminal no podía encontrarse ya en esta
habitación, pues si no, se lo hubiera impedido. Pero, cuando lo oyó telefonear
y comprendió que no lo había matado, ¿por qué no regresó y terminó con él? El
único motivo posible es que temió ser reconocido. Sabía que nosotros estábamos
en camino. No tenía la seguridad de que, al ser atacado por segunda vez, Jimmy
no sobreviviera un minuto, el minuto que nosotros necesitábamos para llegar
aquí y que Jimmy nos dijera su nombre. Además, naturalmente, él dejó el
cuchillo en el cuerpo. Pero, si Jimmy lo hubiera reconocido cuando lo apuñaló,
entonces hubiera sido imperativo que, a cualquier riesgo, regresara y lo
matara antes de nuestra llegada. No regresó a terminar con Jimmy. Por lo tanto,
Jimmy no lo había reconocido.
-¡Ah! Sí, es muy ingenioso. ¿Cómo reconstruye usted las cosas
por lo tanto?
-El criminal abrió la puerta, metió la mano por la abertura y
apagó la luz; todo esto sucedió en un instante. A propósito: uno de estos
botones controla la lámpara del escritorio de Jimmy. La habitación puede
quedar completamente a oscuras: lo he probado. ¿Usted recuerda que dijo, hace
un momento: "la luz se apagó"?.. Naturalmente, Jimmy se dirigía a
los botones de la luz, pensando que se trataba de una broma de Harker o de
algún otro. El criminal se deslizó en la habitación. Se colocó detrás de él,
tanteó y lo apuñaló. Después salió. Hay manchas de sangre sobre la alfombra, a
pocos pasos de la puerta. Allí es donde cayó Jimmy. Hay también huellas de
haber arrastrado algo, o a alguien. Allí, debajo de los periódicos. Jimmy no
había perdido el sentido. Se arrastró hasta los botones de la luz, los oprimió
y volvió a arrastrarse hasta el teléfono más próximo, sobre el escritorio de
Nita. Sugiero que el criminal vio la luz por debajo de la puerta
o que oyó los movimientos de Jimmy. Era demasiado tarde para
hacer nada sin ser reconocido. Corrió por el pasadizo, apretó todos los
botones del ascensor, apagó las luces del corredor... si ya no lo había hecho
al entrar, se precipitó por las escaleras y ocultó su mameluco en el lavabo,
entonces... -Nigel hizo un ruido con los dedos.
-Entonces, posiblemente, descendió el resto de las escaleras y
trató de salir del edificio.
-No tenía tiempo de atravesar la oficina de entrada antes de la
llegada de Harker.
-Hay muchas ventanas en el piso bajo. He reparado en que sus
mensajeros no se mueven demasiado pronto. No, no creo que encontremos esta
noche al señor Merrion Squires.
-¿Al señor Merrion Squires? No, no creo que lo encontremos.
Algo, en el tono de Nigel, hizo que Blount lo mirara
intensamente.
-Me he fijado en que usted sigue hablando del
"criminal". Muy correcto. No suele usted ser siempre tan correcto.
-Bueno, yo le pregunto.
-Oh, ya sé qué va a decir usted -murmuró Blount-, generalmente
un asesino no utiliza un cuchillo que puede ser fácilmente reconocido como
propiedad suya; y si lo hace, no lo deja en el cuerpo de la víctima, para que
lo encontremos. Tampoco lleva un mameluco donde su nombre aparece claramente
escrito, ni lo usa en una habitación oscura, donde ese mameluco blanco puede
verse. Tampoco pone después el mameluco en un lavabo en el piso de más abajo,
cuidando que el puño con la sangre de su víctima sobresalga del agua. Todo esto
es muy deplorable. ¡Ah, sí! Pero entonces, ¿dónde está Merrion Squires? ¿Por
qué no se encuentra en su cama, acostado en su blanco lecho?
-Blount -dijo Nigel-, hay veces en las que tengo buena opinión
de usted.
-No soy tan tonto como parezco -concedió Blount-. Por lo menos,
así lo espero. Bueno, pronto sabremos... Simpson va a telefonearme desde el
alojamiento de Squires. Entretanto, echaré un vistazo a esta habitación.
Acurrucado en el sillón que Blount había dejado, con los ojos
semicerrados, Nigel observó el trabajo del superintendente, que se movía sólida
y conscientemente de uno a otro extremo del cuarto, levantando los periódicos
puestos sobre la alfombra, midiendo, haciendo marcas con tiza, tomando notas,
deteniéndose, como para estudiar el enigma, mientras murmuraba y se reía
consigo mismo. Después de un cuarto de hora de estas maniobras, la habitación
misma empezó a
parecer castigada, fatigada y culpable.
-Tendría usted que dedicarse al cine, Blount.
-¿Qué?
-Y todo el mundo debería estar obligado a ver sus películas.
Como medida de profilaxis. Una cantidad enorme de gente quedaría vacunada
contra el crimen si pudieran ver una investigación policial, una verdadera
investigación, desde el principio hasta el fin.
-¿Unos episodios que se llamaran por ejemplo: "El crimen no
da recompensa"?
-No. Esto sería demasiado dramático, demasiado comercial. La
eficacia del film estaría en la lenta, minuciosa y fatigante investigación, el
espectáculo de un robusto caballero de aspecto paternal, con galera, que revisa
hasta un guijarro en una playa; eso descorazonaría a cualquier individuo de
malas intenciones que estuviera planeando una felonía.
-El criminal profesional no tiene tanta imaginación. En conjunto
es un individuo estúpido. Una mentalidad de una sola pieza.
-Pero ahora no se trata de profesionales. Nunca sabrá usted nada
sobre el asunto de la División de Establecimientos, si no estudia las cosas en
conjunto. ¿Se le ha ocurrido, Blount, que este ataque a Jimmy, comparado con el
último...? .
Sonó el teléfono. Blount tomó el receptor.
-Sí, habla Blount. ¿Que no está en su casa? ¿Que salió a las
10.25?... Está bien, Simpson. Espere ahí mis noticias.
Se volvió a Nigel.
-¿Qué piensa de esto?
-Adivine. ¡Diablos, hace frío en este sillón! Debe ser el viento
del alba. Es como estar en el pico de una montaña esperando que nos rescaten.
¡Oh, Dios mío!
Blount se mostró realmente sorprendido. Nigel se había puesto de
pie y se volvía hacia la ventana situada detrás del sillón. Silenciosamente se
dirigió hacia ella, abrió una ranura y miró algo.
-Blount, esta ventana no está cerrada. Por aquí entraba la
corriente de aire.
-Ciérrela entonces -dijo Blount ya irritado.
-No. Temo que esta noche haya alguien sentado en el pico de una
montaña.
Nigel corrió completamente la cortina, abrió la ventana de par
en par, sacó por ella la cabeza y gritó en la oscuridad:
-¡Merrion, Merrion! Idiota, ¿no haría mejor en entrar?
-¿Está él ahí? ¿Puede verlo?
-No. Pero Merrion acostumbraba sentarse en la cornisa, fuera de
esta ventana, cuando llegaban las bombas. Blount, ¿quiere correr las cortinas y
encender las luces en todas las habitaciones de este lado? Si Squires se
encuentra allí, yo iré a buscarlo.
-Ese es trabajo mío, Strangeways.
-Por favor. Yo conozco a Merrion. Tal vez sea necesario
manejarlo con cuidado.
-Está bien. Vigile entonces.
Nigel trepaba ya a la ventana. La cornisa tenía unos dos pies de
ancho, pero la oscuridad que la rodeaba la hacía parecer de dos pulgadas. En
el momento que los ojos de Nigel comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad
-permitiéndole distinguir las luces del tránsito a lo lejos, abajo, en el
rincón de la izquierda-, surgió luz en la oficina de Harker Fortescue, formando
un hueco resplandeciente que hizo más negra aún la oscuridad que lo rodeaba.
Después se encendió la luz de su propia oficina, y luego la de las oficinas de
Merrion y de Brian Ingle. La cornisa, iluminada ahora, parecía desierta.
Surgieron uno o dos gritos furiosos desde la calle: la gente estaba ya tan
acostumbrada a los oscurecimientos que, aunque éstos no eran ya necesarios,
todavía protestaban automáticamente al ver luz. Nigel se sintió presa de
furiosa ira contra los paseantes.
-Idiotas -murmuró, y luego, sostenido por su rabia, comenzó a
caminar rápidamente sobre la cornisa.
Si Merrion se encontraba allí, debía estar en el extremo del
edificio, donde acababa la cornisa. La luz que surgía de las habitaciones
deslumbraba a Nigel, entorpeciendo su mirada. La dificultad era casi la misma
que cuando estaba todo oscuro. Atravesó los distintos huecos de luz, esperando
que Merrion, en caso de estar allí, no se hubiera vuelto loco; y esperando
también que estuviera loco, para que sus conjeturas fueran ciertas.
Una ráfaga de viento sacudió las copas de los árboles en la
plaza vecina y pareció castigar la pared del Ministerio, golpeando
malvada-mente a Nigel. Pasaba ahora frente a la ventana de Brian Ingle. Allí
estaba el final de la cornisa y ninguna figura se encontraba acurrucada allí:
sólo se veía el negro abismo.
Entonces Nigel percibió, con una mezcla de miedo, alivio, e
irritación, los blancos nudillos de una mano en el borde de la cornisa. Fue
deliberadamente hasta el borde, se arrodilló y miró.
Vio vuelto hacia él el rostro de Merrion Squires, más semejante
que nunca al de un payaso, pálido como si estuviera enharinado. Estaba
suspendido como sobre un abismo. Abajo, veíanse las luces del tránsito verdes o
rojas.
-Así que está usted ahí -dijo Nigel, como por decir algo.
-Si intenta tocarme me dejaré caer.
La acumulada ira de Nigel estalló.
-Está bien, déjese caer. Rómpase la crisma, no es asunto mío.
Si hubiera meditado para encontrar una frase apropiada durante
una hora, no habría podido encontrar una mejor. La mirada salvaje desapareció
de los enloquecidos ojos de Merrion. Una especie de resentimiento apareció en
su lugar.
-Linda manera de hablar a un viejo amigo -musitó sin aliento.
-Si no sube usted pronto -exigió Nigel fríamente-, ya no podrá
hacerlo.
-¿A quién le importa que me mate? A usted no.
-Jimmy ha sido apuñalado y...
-Sí. Ya lo sé. Con mi cuchillo. ¿Es mejor que dé el salto
mortal, verdad?
-Sería mejor que subiera y me dijera lo que sabe sobre este
asunto.
Los ojos giraron en la blanca cara de payaso: parecían los de un
loco.
-Yo no sé nada, yo...
-Ésta es la conversación más ridícula que he tenido en mi vida.
Estoy tomando frío y deseo irme a acostar. Jimmy no está muerto
y no morirá. Usted morirá en cambio si permanece ahí más tiempo. Si se suelta
tardará quince segundos en llegar a la calle. Permanecerá consciente todo el
tiempo, y le parecerá mucho, mucho más de quince segundos. Y al caer, es
posible que no muera inmediatamente. Hay gente que ha caído de mayores alturas
y ha sobrevivido varios días en atroz agonía. ¿Por qué sufrir todo eso cuando
ni yo ni la policía estamos seguros de que sea usted quien ha atacado a Jimmy?
Merrion Squires, con la cara llena de gotas de sudor, miró a
Ni-gel. Finalmente dijo:
-¿Me jura usted que eso es verdad?
-Sí.
-Está bien. Ayúdeme a subir.
Nigel se tendió sobre la cornisa y cogió las muñecas de Merrion.
Los pies de éste comenzaron a arañar la lisa superficie de la pared. Su
respiración llegó entre sollozos:
-¡No puedo! No tengo fuerza. Yo...
-Haga fuerza, por favor. No sea niño...
Estas palabras parecieron animar a Merrion. Insultó
furiosamente a Nigel, hizo un nuevo esfuerzo y surgió del pozo de oscuridad a
la iluminada cornisa. Allí perdió ánimo otra vez y volvió a sollozar.
-¿Está usted pronto ahora? -preguntó Nigel rápidamente-.
Tenemos que regresar a la ventana de Jimmy. Las demás están cerradas por
dentro.
Merrion Squires lo interrumpió curiosamente. -Nigel, usted acaba
de hacerme una pregunta...
-Bueno, ¿está usted pronto? No hay prisa. Tómese tiempo...
-No me refiero a eso. Usted dijo: "¿Por qué sufrir todo
eso?"
Su cuerpo tembló convulsivamente.
-Le diré. Porque no lo sé. Porque no sé si yo he apuñalado o no
a Jimmy Lake.
CAPÍTULO VI
Señor Squires: su opinión, por favor
-NO IGNORO que las cosas no se presentan bien para mí después de
aquella discusión que tuve con el director sobre mis diseños para las carátulas
del Pacífico -dijo Merrion Squires.
-No creo que tuviera usted inevitablemente que matar al jefe
porque éste lo reprendió.
Merrion Squires lanzó a Nigel una de sus miradas,
semiprovocativas, casi defensivas.
-Ah, pero no olvide usted el carácter irlandés. Es un carácter
vengativo. Nunca olvida una injuria.
-Bueno, si tiene usted que confesar algo, espere la llegada del
superintendente. Estará aquí inmediatamente.
Nigel Strangeways se levantó de la mesa sobre la que estaba el
desayuno y comenzó a recorrer a grandes pasos la habitación de Merrion. Eran
las 8.45 de la mañana siguiente a la noche de la agresión a Jimmy Lake. Cuando
salieron de la cornisa, Merrion no estaba en estado de ser interrogado. Con el
consentimiento de Blount, Nigel lo había acompañado de regreso a su alojamiento
en un coche de la policía, y había permanecido allí toda la noche. El policía
en ropa civil que el superintendente insistió en poner de guardia, fue relevado
por otro en cuanto empezaron a desayunar. La búsqueda en el edificio del
Ministerio no dio como resultado más que una ventana sin cerrar en la planta
baja... que podía o no significar algo. Seguramente la policía estaba investigando.
-Debo reconocer que es muy difícil imaginarlo a usted como
detective -dijo Merrion-. No estoy seguro de no preferirlo en su papel
normal... el de serio y justo Jehová de la Unidad Editorial. ¿No encuentra
usted un poco molesto andar averiguando las vidas de sus viejos camaradas?
-Yo lo prefiero. Y me divierten las averiguaciones. Creo que he
nacido curioso. Colecciono fragilidades humanas como Harker colecciona... Esto
es muy bonito, un trabajo realmente encantador.
Nigel reparó en un dibujo a lápiz de Merrion, con un aire de
alegre sorpresa, destinado a ocultar que ya había visto el dibujo esa ma
ñana, cuando Merrion dormía mientras él registraba la salita.
-¿Ha posado para usted la señora Lake? -preguntó.
-¿Es éste el tipo de fragilidades humanas que usted colecciona?
-indagó a su vez Merrion, con voz aguda.
-¿Por qué está usted tan evasivo? No hay nada malo en hacer el
dibujo de la cabeza y de los hombros de una mujer hermosa.
Después de una pausa, Merrion dijo, de mala gana:
-Sí, ella posó para mí. No puedo dibujar de memoria.
-¿La conoce usted bien?
-Le he hecho un poco la corte, si es eso lo que usted, quiere
saber.
-Eso no me interesa en lo más mínimo, pero ya que se refiere
usted a eso...
-¿En qué otra forma quiere que me interesara una mujer bonita?
¿Con qué resultado?
La elusiva mirada de Merrion Squires pasó de Nigel al retrato
que éste sostenía. Parecía meditar si debía ofenderse o no. Después hizo una
mueca de exasperación.
-Nada notable. No la "conseguí", como diría usted.
Unos besos. Ella es como un estanque profundo y frío.
-Un caso de profundidad que encuentra otra profundidad. ¿Quiere
usted decir que ella está todavía enamorada de Jimmy?
-Dudo que ame a nadie más que a sí misma -Merrion hablaba
seriamente ahora-. No, Jimmy era el lánguido y ansioso amante de las dos.
-Sí, parece que la pobre Nita...
-¡Nada de pobre Nita! Es en Alice en quien él ha puesto su
capital emocional, hijo mío. No se equivoque.
-Entonces tuvo una extraña manera de demostrarlo -arguyó Ni-gel,
verdaderamente sorprendido.
-Oh, no sea tan ingenuo. Nita era para él un sustituto... un
sustituto para el calor femenino, la admiración y la ternura que no
encontraba en su casa. Fue muy hábil de parte de ella comprender que era eso
lo que Jimmy necesitaba. Pero, naturalmente, no era eso lo que Jimmy deseaba...
no en lo más profundo de sí mismo. Y empezaba a
comprenderlo.
-¿Él lo deseaba, y no lo deseaba a la vez?
-Sí, mi inocente amigo. Jimmy no es capaz de sostener una
relación honda y emocional. Es el tipo de hombre que, a último momento,
detesta verse comprometido. Yo lo sé. Yo también soy así. Y Alice nunca le
exigió nada; Alice le dejaba aire para respirar. Por eso afirmo que Jimmy puso
en ella su capital emocional. Empezó relaciones con Nita porque siempre hay
dualismo en esas naturalezas. Con una parte suya desea entregarse a alguien...
quiere desafiar a su otra mitad, que exige. mantener la integridad y no
comprometerse. La primera parte de la naturaleza de Jimmy buscó a Nita, que
representaba la responsabilidad emocional. Pero su otra parte era siempre más
fuerte y lo hacía retroceder. En verdad es raro que Nita durara tanto
tiempo... representa un gran homenaje a esa muchacha, si se piensa en ello.
-¿Fue Nita quien le dijo todo esto? -preguntó Nigel después de
una pausa meditativa.
-¡Dios mío, no! Me alegra no haber estado jamás en términos tan
amistosos con la difunta.
-¿Se alegra? Usted siempre fue muy duro con ella, ¿verdad?
-Veía el destino de Jimmy y me decía: "Por la gracia de
Dios no está en su lugar el señor Squires".
-¿Y cómo sabe usted todo esto? ¿Por simple razonamiento?
-Oh, no -dijo Merrion-, Alice me lo dijo. Me dio la clave, como
quien dice -su voz hizo una sorprendente imitación del tono alto y frío de la
señora Lake-: "Sé que se arrepentirá. No le agradan las mujeres
insistentes. Ella se convertirá en un infierno para él antes de poco tiempo,
Merrion".
Un pensamiento cruzó la mente de Nigel: si la señora Lake y
Merrion eran cómplices, ésta podía ser una sutil manera de alejar de ambos las
sospechas... es decir, si ellos eran cómplices con respecto a Nita. Por otra
parte, ¿si el veneno estaba destinado a Jimmy Lake, por qué reconocía Merrion
su amistad con Alice? Pero lo cierto es que si se había hecho un atentado
contra Jimmy tan poco tiempo después del envenenamiento, eso probaba que el
veneno le estaba también destinado.
Nigel no tuvo tiempo de seguir su pensamiento porque fue
anunciado el superintendente Blount. Blount tenía modales oficiales e
impersonales esa mañana. Comunicó a Merrion su carácter oficial y le rogó que
relatara todos sus pasos en la noche, anterior. Lanzando una rabiosa mirada al
sargento, que se había sentado para tomar notas del interrogatorio, Squires
comenzó.
Dijo que el día anterior, poco después de almorzar, había
encontrado sobre su escritorio una nota de Nigel pidiéndole que fuera al
Ministerio a las once de la noche para discutir un asunto importante; se le
rogaba también que esperara en su oficina la llegada de Nigel. Así lo hizo.
Debía de haber llegado pocos minutos después que Nigel y el director suplente
bajaron a la cantina. No, al entrar no había visto a otros miembros de la
División. Unos diez o quince minutos después... Merrion no estaba muy seguro
del tiempo transcurrido... oyó que unos pasos atravesaban junto a su puerta y
se dirigían a la escalera. Un poco después vio, por la banderola de la puerta,
que se habían apagado las luces del corredor. Dejó su oficina para averiguar
qué ocurría, y le llamó la atención un extraño ruido en la oficina del
director. Entró y vio a Jimmy tal como lo había encontrado Nigel, arrodillado
junto al escritorio de Nita y con el cuerpo extendido encima. Sobresaliendo de
la espalda de Jimmy, Merrion vio su cuchillo, o un cuchillo que se parecía
mucho al suyo. Supuso que Jimmy estaba muerto. Se acercó al cuerpo para estar
seguro de ello, cuando oyó el ruido del ascensor, que se abría su puerta y que
unos pasos avanzaban por el corredor. Se encontró atrapado en la oficina, con
un cadáver que tenía clavado su cuchillo. No le quedaba más que saltar por la
ventana, cerrarla por fuera y aguardar los acontecimientos en la cornisa.
-Naturalmente, perdí la cabeza -terminó diciendo-. Si hubiera
conservado el juicio habría arrancado el cuchillo y lo habría llevado conmigo.
-Ha sido una suerte para usted que no lo haya hecho -dijo Nigel;
esta frase le valió una furiosa mirada de Blount.
-Supongo que usted no escribió esa nota al señor Squires
preguntó el superintendente a Nigel y éste meneó la cabeza-. ¿Qué hizo usted
con la nota?
-La estrujé y la metí en el bolsillo. Aquí está -dijo Merrion
Squires.
-¡Ah, escrita a máquina. Veo que tiene sus iniciales, señor
Strangeways.
-Eso es fácil-dijo Nigel, mirando el papel sobre el hombro de
Blount-. En el Servicio Civil usamos nuestras iniciales para todo, hasta para
firmar el libro de asistencias. Nada es más fácil que falsificar unas iniciales
que se ven diariamente en toda clase de papeles.
Blount hizo repetir su historia a Merrion Squires, haciendo unas
preguntas aparentemente inocentes, que hubieran estallado como dinamita en
caso de ser fraguada la historia. Pero no logró conmover a Squires. Pese a sus
miradas evasivas, que frecuentemente hacían dudar de la veracidad de Merrion,
él parecía estar ahora diciendo la verdad.
-¿Se sabía generalmente en la División que el señor Lake
acostumbraba trabajar tarde de noche?
-No podría decirlo. Yo lo ignoraba. Naturalmente, él lo hacía
con frecuencia -repuso Squires.
-¿Y el director suplente? ¿Comprende usted lo que deseo saber,
señor Squires? Tanto si su afirmación es correcta, como si no lo es, tengo que
saber cómo el criminal podía tener la certeza de encontrar al señor Lake en su
oficina y conocer al mismo tiempo que no habría otra persona en los
alrededores.
-Puedo ayudarlo en eso. No siendo el criminal, como no lo soy
-continuó Merrion Squires.
-Harker, el director suplente, es de costumbres muy regulares.
Siempre baja a la cantina alrededor de las once, cuando ha trabajado hasta muy
tarde -interrumpió Nigel-. Y probablemente el criminal se había asegurado, de
una u otra manera, que Jimmy iba a estar en la oficina. Quizás tenía una cita
con él.
-Si es así, pronto sabremos de quién se trata. Esta tarde iré a
ver al señor Lake. El médico dice que ya puede ser interrogado.
Blount lanzó a Squires una mirada fija.
-Usted no me intimidará en esa forma -dijo Merrion,
ruborizándose-. Si apuñalé a Jimmy fue completamente sin pensarlo, se lo
aseguro. Nada estaba más lejos de mi mente cuando llegué al Ministerio anoche.
Tendió la mano para impedir la pregunta que Blount estaba a
punto de formular.
-Y si se me permite una modesta contribución al humano
conocimiento, diré que, obviamente, X debió esperar en la Biblioteca
Fotográfica... cuya puerta enfrenta la antesala de la oficina del
director..., debió aguardar en la oscuridad, con la puerta ligeramente
abierta, hasta que vio a Harker salir para su orgía diaria en la cantina;
entonces se deslizó en la habitación de Jimmy.
-Así es, señor Squires. ¿Notó usted la falta de su mameluco
blanco cuando llegó anoche a su oficina?
-No. No me fijé que había desaparecido. Me sentía un poco
soñador.
-¿Tan soñador que no recuerda si atacó o no al señor Lake?
-Blount lanzó todo su peso e ímpetu detrás de la pregunta, como un jugador de
fútbol frente al arco enemigo.
Merrion Squires permaneció silencioso. Sus ojos recorrieron
inquietos el techo de su habitación, los libros apiñados en los estantes, la
guitarra en el rincón, los diseños y acuarelas que decoraban las paredes, el
piso lleno de revistas, de zapatos y de materiales de pintura, como si buscara
consejo o apoyo.
-Vamos, señor Squires -exigió Blount perentoriamente-, usted
dijo anoche al señor Strangeways (debería decir esta mañana) que usted ignoraba
si había apuñalado o no al señor Lake. Acaba usted de repetir algo en el mismo
sentido. Seguramente está claro para usted que...
-Está bien, está bien, no proteste. Sí, supongo que es mejor que
sepa usted lo peor. ¿Conoce usted por casualidad la palabra
"esquizofrenia", superintendente?
-La oímos con frecuencia en los tribunales -replicó Blount
fríamente-. Siempre está en labios del abogado defensor.
-¿Recuerda usted la epidemia de "destrozos" del
invierno pasado en el Ministerio, Nigel?
-Sí.
-Bueno, me ven ustedes convertido en Jack el destripador de los
tapados.
Aquella historia había causado breve sensación en el Ministerio.
Varias mujeres encargadas de las noticias, en la División de Propaganda Visual
encontraron sus tapados en las perchas tajeados de arriba abajo. Este
fantástico y malicioso daño fue aún más impopular en un tiempo en que
escaseaban los cupones de racionamiento de ropa. Se extendió un feo espíritu
de sospecha, que llegaba casi al borde del pánico y que casi lo sobrepasó ante
el inapropiado comentario de la señorita Finlay: "Un día de éstos habrá
alguien dentro del tapado acuchillado". El daño terminó tan brusca y
misteriosamente como había empezado; el tapado de la señorita Prince fue el
último en ser atacado. No se pudo dar con el criminal. Quince días después hubo
un curioso epílogo: cada una de las víctimas encontró sobre su escritorio un
sobre conteniendo dinero y cupones para comprar un nuevo tapado.
Merrion Squires, enfermo de disgusto contra sí mismo, con las
manos temblando sobre el respaldo de la silla que ocupaba en su habitual
postura de horcajadas, revelaba ahora que él había sido el culpable. Pero
Merrion no se enteró de haber sido culpable, hasta que otro empleado lo
encontró operando, con el cuchillo en la mano.
-Fue como si hubiera sido sonámbulo, y alguien me hubiera
despertado. Quiero decir que no tenía idea de lo que estaba haciendo con el
cuchillo en la mano. Lo último que recuerdo es haber estado en mi escritorio,
trabajando en unos diseños. Pero allí estaba el cuchillo en mi mano, y también
el tapado mutilado. Fue un despertar muy desagradable, puedo asegurarles.
Merrion añadió que posiblemente la bomba que lo había volteado
de la cornisa debía haber creado algo equivalente a un defecto geológico en su
inconsciente. Sin embargo, el hecho de haber sido descubierto parecía haber
restablecido el equilibrio. Por lo menos así esperaba, ya que no hubo nuevos
tapados destrozados... hasta la última noche, cuando reapareció la pesadilla.
-Puede usted imaginarse lo que siento. Me encontré en la misma
habitación. Mirando el mismo cuchillo. Pero esta vez había una persona dentro
de la chaqueta. Y me sentí somnoliento cuando estaba en mi oficina, esperando
que llegara Nigel. ¡Oh Dios, aún no lo sé! ¿Acaso reaparece en mí el señor
Hyde?
Merrion Squires escondió la cabeza entre las manos. El
superintendente preguntó, con voz más bondadosa que la usada hasta entonces:
-¿Y quién lo descubrió aquella vez? ¿Acaso la señorita Prince?
-Oh, no. Fue Billson.
Blount y Nigel cambiaron miradas interrogadoras.
-¿Billson? Pero yo suponía que es el tipo de hombre que comenta
en seguida una cosa así -dijo Blount.
-También lo creía yo. Pero nuestro Edgar resultó ser un
oportunista. O muy humano, si prefiere llamarlo así.
Según Merrion, Billson le prometió que el asunto no seguiría
adelante si él devolvía los tapados destrozados. Ofreció dar cupones, si
Merrion no tenía bastantes. Billson llevó su bondad al extremo de proponer a
Merrion que, si éste le daba el dinero en billetes de una libra, lo pondría en
un sobre junto con los cupones sobre el escritorio de las damnificadas, para
que todas tuvieran exactamente el precio de costo de un nuevo tapado.
-¡Dios mío! --exclamó Nigel-. Esto echa nueva luz sobre Billson.
-Sí, realmente. Me pareció muy esclarecedor. Pero debo decir
que, para un entendido en finanzas, su sencilla división del dinero fue un poco
errónea.
-¿Cómo?
-Me pidió doscientas libras. Cada una de las muchachas encontró
veinticinco libras en su sobre. Veinticinco libras bastaban para comprar un
tapado nuevo. Pero ciento veinticinco libras me parece una comisión demasiado
elevada.
-¡Pero eso fue un verdadero chantaje! -estalló Blount.
-Claro que lo fue. ¿Pero qué podía yo hacer? Aun cuando yo
hubiera estado de acuerdo en dar a conocer la historia de los tapados, no
podía acusar a Billson de chantaje. Fue muy hábil de su parte. En verdad creo
que soy bastante ingenuo en cierto sentido, pero cuando me pidió las doscientas
libras realmente creí que iba a dividirlas entre las tres muchachas... darles
más de doble del valor de cada tapado como compensación.
-Pero... pero el señor Billson es un empleado civil permanente
dijo Blount.
-¿Y por lo tanto debe ser incorruptible? Ya lo sé. No puedo
esperar que usted crea mi historia. Y no tengo manera de probarla.
-¿Ha intentado Billson sacarle a usted dinero desde entonces?
-En realidad así es. La última semana. Pero no lo consiguió.
Súbitamente se me ocurrió que, del mismo modo que yo no podía probar que él me
hacía chantaje, tampoco él podría probar que era yo el autor del destrozo de
tapados. De todos modos sería mi palabra contra la suya.
-¿Podemos volver un momento a los tapados? -preguntó Nigel-.
¿Tiene usted idea de por qué destrozó esos tapados y no otros?
Las manos de Merrion Squires volvieron a temblar y sus ojos
recorrieron inquietamente el cuarto.
-Usted recuerda que todas las damnificadas eran muchachas
bonitas -dijo al fin, formando penosamente las palabras-. ¡Ah, oh, al diablo
con ello! Confesémoslo: poco antes había tenido una disputa con Nita: ella me
rechazó, como quien dice. Y las otras... -se encogió de hombros
significativamente-. ¿Comprende usted -las palabras se precipitaron
confusamente ahora-, comprende usted por qué estaba en tal atolladero anoche?
Hace un par de días, como usted sabe, Nigel, tuve una discusión con Jimmy...
Diez minutos después Nigel y Blount marchaban en un automóvil
hacia Pinner, donde se encontraba la casa de Edgar Billson. Durante la
entrevista con Squires se había formado una idea en la mente de Ni-gel, y
deseaba comprobarla.
-¿Qué opina usted de todo esto? -preguntó.
-Veamos. Muy turbio. Puede ser verdad. Naturalmente, no podemos
probarlo. Es poco posible que Billson quiera confesar -los ojos de Blount
brillaron detrás de los anteojos de aro de acero-. Pero supongamos que no sea
cierto. Supongamos que no fue Billson sino Nita Prince quien descubrió a
Squires en el momento de destrozar su tapado. Supongamos que era ella quien lo
tenía en su poder... que era Nita quien tal vez le hacía el chantaje. Entonces
tendríamos un posible motivo para asesinar a la señorita Prince. Y no sería
extraño que Squires haya descubierto después que ella había revelado su secreto
al director. Por lo tanto, el señor Lake tenía que desaparecer también. Si
esto fuera verdad, toda la historia de Squires sería un ingenioso plan para
distraer nuestra atención del área de peligro... de su motivo oculto para
envenenar a la muchacha.
-Esto parece bastante acertado. Y debo reconocer que, antes de
su llegada él estuvo diciendo cosas que hacían recaer las sospechas de la
muerte de Nita en otra persona.
Nigel hizo a Blount un resumen de la conversación.
-Pero -prosiguió- si Merrion es el asesino, ¿por qué, por qué,
por qué ha confesado haber tenido una disputa con Nita antes del incidente del
último tapado? El resto de su confesión tendía a aislar el ataque a Jimmy... ya
fuera él culpable o no lo fuera. Pero en cuanto Merrion ha confesado por propia
voluntad que su disputa con Nita... (que ella hubiera rechazado sus avances)
puede haber sido un motivo inconsciente para destrozar su tapado... entonces se
mete directamente en lo que llamaremos el área peligrosa: entonces une el
ataque a Jimmy con el asesinato de Nita.
-Creo que es un poco escurridizo el señor Squires. No me gustan
sus ojos. Nunca mira de frente.
-Bueno, podemos decir una cosa en su favor: los envenenadores
siempre usan la misma arma.
-Pero este caso es diferente. No había más que un tubo de
veneno. Proporcionado gratis y libremente por ese atolondrado de Kennington.
Estaba a mano. Como estaba a mano anoche el cuchillo de Squires. y puede usted
decir que Squires estuvo bastante hábil al hablamos de esquizofrenia. Y se
podría argumentar que, habiendo sido verdadera víctima de la esquizofrenia
cuando destrozó los tapados, podía emplear el mismo método con el señor Lake,
en la seguridad de que, en caso de ser descubierto, la defensa estaba ya
establecida.
-¿Por qué no empleó entonces el mismo método con Nita? A
propósito, hablando de tubos de veneno -murmuró Nigel-, he visto que tiene
usted un nuevo sargento.
Blount pareció muy contrariado.
-Sí. El sargento Messer volverá a usar uniforme.
No me agradan los descuidos.
-¿No registró bien?
-No revisó cuidadosamente algunos de los posibles escondites...
escondites personales -repuso Blount gentilmente.
-Pero diablos, estábamos todos en el cuarto. Ninguno estaba
desvestido. ¿Cómo podía nadie esconder en esa forma un objeto?
-Así razonó Messer. Pero no era asunto suyo razonar. De
cualquier modo no es necesario desnudarse para meterse algo en la boca.
-Seguramente nadie iba a ser tan loco como para meterse el tubo
del veneno en la boca. Podían haber quedado algunas gotas de veneno. De todos
modos los vapores...
-Eso es muy cierto. De todos modos, Messer no desempeñó bien su
cometido.
-¿Y qué tal hizo el registro la mujer?
-Se portó bien.
-¡Ah! Pero no logro comprender cómo el asesino se ocupó de hacer
desaparecer el tubo del veneno, habiendo tanto peligro de ser descubierto,
cuando necesitaba solamente dejarlo caer en el suelo o...
-Tal vez tuvo miedo de haber dejado impresiones digitales.
-¿En un objeto tan pequeño?
-Se ha probado la identidad de un criminal por un mero
fragmento de impresión digital, gracias a la fotografía al microscopio. Pero
tal vez nuestros sospechosos ignoren esto... después de todo, no son sino
simples aficionados.
-Todos menos uno, Blount -dijo Nigel lentamente-. Creo que
Charles Kennington no ignora nada de... escondrijos. Y subterfugios. Y de echar
tierra a los ojos. Debemos recordar que capturó a Stultz.
-Es inútil que nos demos la cabeza contra la pared. Cuando
lleguemos a casa de Billson propongo que...
El superintendente detalló su plan.
La señora Billson barría el suelo de la sala cuando sonó el
timbre. Observó por la mirilla de la puerta, retirando la cortina de
muselina. Un señor gordo, de lentes, con galera y traje azul; un caballero
alto, sin sombrero, de cabello rojizo. No podían ser corredores... los
corredores no andan nunca en pareja. Rápidamente se quitó su delantal
floreado, lo metió detrás del sofá, se alisó los revueltos cabellos grises y se
dirigió a la puerta. Debía enfrentarlos. Si no lo hacía ahora debería hacerlo
más tarde. Se preguntó distraídamente si había que convidar con algo a los
cobradores o deudores que iban a una casa.
-Buenos días, señores. Si vienen ustedes por la cuenta de
Shoolbridge, les aseguro que el señor Billson les enviará un cheque lo antes
posible.
-Supongo, señora, que está usted equivocada. Soy oficial de
policía y quisiera hablar unas palabras con usted. ¿Podemos entrar? -Blount
tendió su tarjeta oficial.
La señora Billson apenas la miró. "¡Oh, Dios mío, pensó, he
hablado con precipitación y Edgar se pondrá furioso! ¿Para qué he
hablado?"
-Naturalmente. Pasen, por favor. Disculpen el desorden. Hoy en
día no es posible conseguir una mucama -dijo, con acento tan refinado que hizo
crispar a Nigel.
-Se trata de un asunto grave, señora... gracias, permaneceré de
pie... pero espero que usted logrará aclararlo satisfactoriamente.
-Puedo asegurarles que...
Blount tendió una mano que pareció inmensa como la condenación
eterna a la alarmada mujer.
-Permítame: la última noche prendimos a un ratero. Encontramos
en su poder, entre otras cosas, una cartera que suponemos pertenece a su
marido. El hombre reconoció que acababa de robarla y...
-¡Dios mío, Edgar no me dijo nada...!
-Ahora, ha llegado a mi conocimiento que anoche, muy tarde, un
oficial del Ministerio de Moral llamó a esta casa, y se le dijo que su marido
había permanecido toda la noche sin salir de aquí. Usted comprende, señora,
que esto pone a la policía en una situación difícil. Desearíamos devolver la
cartera al señor Billson. Por otra parte, ¿cómo puede la cartera haber sido
robada si él permaneció aquí toda la noche?
-¡Ah, puedo explicar eso! Edgar... el señor Billson, quiero
decir, no desea que la gente del Ministerio sepa que él va a...
-Alguna escapada ocasional a las carreras de perros, ¿eh?
-Blount sonreía como un tiburón satisfecho--. Muy comprensible. Naturalmente,
hay que ser cuidadoso cuando se está en el Servicio Civil. Por lo tanto él le
pidió que dijera que había estado toda la noche en casa si alguien llamaba.
¿Había él regresado ya cuando telefoneó el señor Fortescue?
-No, regresó una media hora después. En el camino se detuvo en
casa de unos amigos.
-Bien, bien. Me alegro de haber aclarado eso. No es conveniente
perder carteras estos días, ¿eh? A propósito, ¿en qué estadio estaba?
-Dijo que iba a Harringay.
-Espero que le haya ido bien.
-No pudo decírmelo. Yo estaba acostada cuando regresó.
Tenemos... este... cuartos separados. Y esta mañana fue al trabajo sin tocar
el desayuno; apenas pude cambiar una palabra con él.
-Espero, por usted, que no nos equivoquemos acerca de Billson
dijo Nigel, mientras el coche de la policía marchaba hacia el centro de
Londres-. De lo contrario él protestará horriblemente por la entrevista que
hemos tenido con su mujer.
-Déjelo hacer. ¿Se fijó usted, Strangeways, que la mujer nos
tomó al principio por oficiales de la justicia? Todo está de acuerdo.
-Sí. y todo esto parece fortalecer la historia de Merrion. Si
Billson ha jugado más de la cuenta y se ha endeudado, esto explicaría por qué
tomó las 125 libras de Merrion, en lugar de delatarlo a las autoridades.
Indudablemente algún amigo un poco turbio le consiguió los cupones extras en el
mercado negro. Anima mi espíritu la idea de que el correcto Billson vive una
doble vida.
Blount parecía preocupado.
-Pero esto no explicaría su tentativa de asesinar al señor Lake.
-¿Cree usted que él es culpable?
-No tengo mentalidad estrecha. Todavía necesitamos más hechos.
Pero puedo asegurarle esto: si el señor Squires dice la verdad, el hombre con
más posibilidades de atacar al señor Lake es el hombre que sabía que Squires
estaba detrás del asunto de los tapados y que, por lo tanto, podría utilizar
el mameluco y el cuchillo de Squires para inculparlo. Pero, ¿por qué trataría
Billson de matar al señor Lake? Supongamos que Lake hubiera averiguado sus
deudas y su afición a las carreras de perros... esto no es bastante para matar
a un hombre, ni siquiera para un empleado del Servicio Civil. Y de todos modos
eso no lo libraría de sus acreedores.
-Blount, tengo una idea. Hace un tiempo que me da vueltas en la
cabeza. Escuche.
Mientras Nigel exponía su teoría, la cara del superintendente se
fue iluminando tan intensamente como un amanecer cinematográfico en tecncolor.
En un momento hasta llegó a quitarse la galera para golpear su cabeza calva;
esta vez el gesto significó excitación y no perplejidad.
-¡Ah, bueno, bueno! Es muy interesante, muy sugestivo.
Esperemos que el señor Lake se encuentre en estado de corroborarlo.
Supongamos que lo haga...
Comenzaron a trazar planes. El conocimiento interno que tenía
Nigel del Ministerio demostró ser muy útil. Se convino en no interrogar sobre
los acontecimientos de la noche última, fuera del interrogatorio rutinario de
Blount sobre los movimientos de cada uno de los sospechosos, con el firme
propósito de que confirmaran las coartadas que los llamados telefónicos de
Fortescue les habían proporcionado. Era difícil el problema de acallar las
sospechas de Billson. Se decidió que Blount tomaría la ofensiva contra la
coartada de la noche última, porque la mujer de Billson seguramente informaría
a su marido telefónicamente sobre la visita de la policía. Billson, entonces,
quizá retrocedería hasta su segunda línea de defensa... diría que había estado
en un estadio. Tras la comprobación de práctica, Blount parecería aceptar esta
coartada. Si Billson conservaba algunas dudas, éstas desaparecerían por lo que
iba a ocurrir más tarde.
Al llegar al Ministerio, Nigel se dirigió directamente a la
oficina del director suplente. Vio a un policía sólidamente sentado a la puerta
de la oficina de Harker Fortescue, provocando las risas y las miradas de las
mecanógrafas de la antesala. Nigel pidió a éste que despachara a su secretaria
por cinco o diez minutos: quería hablar unas palabras a solas. Cuando la
secretaria se fue, Nigel se echó hacia atrás en el sillón y comenzó:
-Harker, necesitamos su colaboración. Debe usted pedir una
reunión de emergencia esta tarde. No parecerá extraño, estando Jimmy fuera de
combate, debiendo organizarse el trabajo y demás.
-Para no hablar del jefe de la Sección Editorial, que anda con
policías cuando... -Está con las manos en la masa, para prevenir dificultades.
Ya lo sé. En el curso de la reunión usted deberá decir dos cosas. Primero: que
se hará una detención en cualquier momento por tentativa de asesinato al
director; añadirá que el superintendente le ha dicho que, inmediatamente de
esto, la policía abandonará el edificio y que, por lo tanto, podrán continuar
el trabajo.
-¿Es esto verdad?
-En cierto modo. La segunda cosa y usted deberá autorizarla, es
hacer mañana por la mañana un examen de los archivos fotográficos
Q.
Los fríos ojos de pescado de Harker Fortescue brillaron con
algo que parecía animación. Se acarició la barbilla. Abrió un cajón, sacó un
paquete de cigarrillos, ofreció uno a Nigel y encendió el suyo. O más bien
trató de encenderlo; pero el encendedor no funcionó y al final Nigel tuvo que
darle un fósforo.
-¿Para qué todo esto? -preguntó-. ¿Alguna de sus sutiles
maniobras?
-Sí y no. Pero, lo antes posible, debemos revisar los archivos
Q.
-¡Pero demonios, no ahora! La División cuenta con poca gente. Y
si esta tarde encarcela usted a uno de nosotros por... -Usted
deberá únicamente anunciar la revisación. En seguida. Es posible que baste con
un examen superficial.
El director suplente miró a Nigel pensativamente.
-Oh, ¿se trata de eso? Bueno, les deseo buena suerte. ¿Conoce
usted el archivo secreto PHQ que preocupaba a Jimmy? Todavía no han dado con
él. Y contiene la lista completa, la única lista completa, de las fotografías
sin revelar QW. No podrán controlar nada sin ese archivo.
-Sí. Ya lo sé. Usted deberá decir que el archivo ha sido
encontrado.
Viendo que Harker parecía aún con pocos deseos de colaborar,
Nigel añadió:
-Veremos a Jimmy esta mañana temprano. Si es necesario le pediré
que le ordene a usted controlar los archivos Q mañana por la mañana.
-Mi querido Nigel, no es necesario saltar sobre mí en esta
forma. Naturalmente, lo anunciaré. Sin embargo me alegraría recibir una notita
de Jimmy. ¿Debo entender, por lo tanto, que él está mejorando?
-Sí.
Jimmy Lake yacía en la cama, con el hombro completamente
vendado, el rostro aún tan pálido como las vendas, pero evidentemente en
posesión de todas sus facultades cuando Blount y Nigel llegaron a su casa. La
enfermera dijo que podían conversar con él un cuarto de hora y dejó la
habitación dirigiendo una rápida mirada a su reloj. Alice Lake estaba sentada
junto a la cama. Blount pidió al director que le contara lo sucedido la noche
anterior. Jimmy aseguró que no tenía cita con nadie en esa ocasión. Cuando la
puerta se abrió él no había mirado inmediatamente (esto Nigel lo pudo imaginar
fácilmente: cuando Jimmy estaba concentrado en su trabajo, podía cualquiera
entrar en la habitación, sentarse y encender un cigarrillo, antes de que él
levantara la vista). Inmediatamente, dijo Jimmy, se apagaron las luces.
Permaneció inmóvil unos instantes, creyendo que se trataba de Harker regresando
de la cantina. Dijo algo como: "Encienda las luces, tonto". Nada
ocurrió. Entonces él se levantó y fue hacia el botón eléctrico. Sí, supuso que
había alguien en el cuarto, pero todavía creyó que se trataba de Harker.
Cuando estuvo cerca de la puerta, sintió que una mano se posaba en su hombro
por detrás. Entonces llegó el golpe, que lo tendió en el suelo. Vagamente
sintió que alguien salía de la habitación, cerrando la puerta detrás de sí. No
gritó por miedo a que volviera su asaltante, pero se arrastró hasta la puerta,
encendió la luz y, antes de desmayarse, tuvo tiempo de llamar a Harker por
teléfono.
Todo esto parecía estar de acuerdo con la reconstrucción de
Nigel. Pero las siguientes preguntas de Blount revelaron que Jimmy no podía dar
ningún detalle sobre la identidad de su asaltante. Y después estaba la idea
terrible, el hecho inesperado de que no había dado cita a nadie esa noche.
¿Cómo pudo saber el atacante que él iba a estar allí? Esto podía contestarse
fácilmente. Ambos, Brian Ingle y Edgar Billson, le habían telefoneado por la
tarde, pidiendo verlo por unos trabajos que querían someter a su aprobación.
Les había dicho que todavía no se había ocupado de ellos pero que esperaba
estudiarlos esa noche y que, posiblemente, estarían prontos a la mañana.
Nigel estudió la cara del director mientras éste hablaba. Jimmy
Lake parecía inocente, indefenso, irresponsable, como todo enfermo. La hermosa
cabeza cuadrada; la voz débil y mesurada; el gesto habitual de pasar la lengua
por el interior de los labios, como si esto pudiera ayudado a hablar: nada de
eso había cambiado. Sin embargo, Nigel creyó percibir ansiedad en el fondo.
Oscuramente sintió que Jimmy Lake trataba de encontrar las implicaciones
posibles en las palabras del superintendente, mientras que, al mismo tiempo,
las contestaba directamente. De vez en cuando los ojos de Jimmy se volvían
hacia su esposa: entonces aparecía en ellos una ansiedad diferente. Era como si
estuviera en sueños, tanteando el camino para llegar hasta ella y sin poder
alcanzada, pensó Nigel. Por su parte, Alice Lake parecía fría y tranquila como
siempre. El estado de su marido, tan frágil y conmovedor, no modificaba su aire
de lejanía. Se sentaba junto a la cama de Jimmy más como enfermera que como
esposa. Cuando éste le tendió la mano derecha afectuosamente, Nigel casi creyó
que Alice iba a tomarle el pulso.
Blount preguntaba ahora sobre el archivo desaparecido. Nigel
había explicado al superintendente el procedimiento general en los archivos
PHQ. Durante la guerra invadían el Ministerio fotografías de todos los teatros
de operaciones, internos y externos. Cada fotografía era entregada al censor
correspondiente, naval, militar o aéreo y, si era necesario, a los tres
censores a la vez. Todas las fotografías que habían pasado por la censura eran
archivadas y ordenadas bajo título en la Biblioteca Fotográfica, desde donde
podían pasar a la prensa o eran usadas para la producción del Ministerio. Cada
fotografía detenida por los censores era colocada aparte, con el negativo, en
una sección especial de la biblioteca. Estas fotografías detenidas, o
"envasadas", como decían ellos, pertenecían a los archivos PHQ. Cada
uno de éstos contenía una lista de las fotografías numeradas, nombradas y
designadas en los números del Departamento Q, donde los negativos y los
impresos se ponían aparte, junto con una breve nota sobre el asunto, fecha de
recepción, fecha de censura, etcétera, y cualquier correspondencia interna
sobre ellas. Tales fotografías habían sido censuradas por motivos de seguridad:
era posible que alguna informara sobre la posición de una bomba sin estallar en
Londres, del daño causado por un bombardeo, del número de un barco o de una
División, o mostrara el funcionamiento de algún aparato secreto, como el
radar.
Sucedía a veces que las fotografías archivadas eran más
dramáticas, o de mejor calidad que las entregadas para propósitos
publicitarios. Y también podía suceder que la razón original que exigió que
fueran archivadas, ya no fuera válida. Por eso, la Unidad Editorial de Nigel
tenía la costumbre, cuando buscaba material fotográfico para una nueva
producción, de examinar los archivos Q, en busca de fotografías notables. Si
encontraba una muy buena, volvía a enviarla a la censura. Un año atrás,
recorriendo los archivos Q, Nigel hizo una nota para una muy sensacional:
Q5339, tomada en el Pacífico. Cuando recientemente había vuelto a trabajar en
una nueva producción en las series del Pacífico, la había recordado y había
hecho pasar una orden para seis impresiones en bruto, con la esperanza de que
los censores permitieran usarla ahora. Esa fotografía había provocado su
disputa con Billson en la mañana de la muerte de Nita Prince.
Nigel comprendía penosamente que, si el Archivo Secreto
correspondiente a cualquier grupo de fotografías "envasadas"
faltaba, sería extremadamente difícil, ya que no imposible, controlar los
originales. Verdad era que cada grupo de impresos estaba numerado en serie.
Pero, con mucha frecuencia, una de las fotografías impresas demostraba ser
peligrosamente reveladora hasta para estar encerrada en los archivos secretos
del Departamento Q, y el censor pedía entonces que fuera destruida, junto con
el negativo. Por lo tanto, faltando el importante archivo Q, sería muy difícil
probar que una fotografía dada no había sido destruida; y si Nigel no hubiera
tomado nota de la Q5339, nada indicaría que ésa y su negativo existieron un
año atrás y que, por lo tanto, no había sido destruida por pedido oficial.
Se supo que Nigel no fue el único en preocuparse por este
asunto. El día de la muerte de Nita Prince, el archivo PHQ14/150 había sido
enviado al director desde el Registro, pero el archivo nunca llegó a poder de
Jimmy. Él lo había solicitado esa mañana, pues quería discutir con Merrion
Squires algunos cambios en el diagrama para las operaciones del Pacífico, y
suponía que la lista de fotografías "envasadas" en el archivo podía
darle algunas ideas sobre el nuevo material. El oficial de investigaciones del
Ministerio había seguido el rastro del archivo hasta la bandeja de papeles en
la antesala de la oficina del director. Un mensajero lo había colocado allí...
Lo recordaba por el sello rojo del sobre, poco antes de las once, cuando los
empleados más importantes de la División estaban reunidos en la oficina del
director para recibir a Charles Kennington. A partir de entonces, el archivo
había desaparecido. Era poco probable que hubiera sido retirado después que
todos estuvieron reunidos, porque una mecanógrafa había permanecido en la
antesala toda la mañana, y ella aseguraba firmemente que hubiera visto si
alguien se hubiera acercado a la bandeja. Pero, poco después de las once, la
mecanógrafa había dejado la antesala por un período de cinco minutos.
Jimmy Lake había estado demasiado preocupado el resto del día
para sacar conclusiones. A la mañana siguiente, sin embargo, recordó que
Charles Kennington había pedido a Nita que invitara a Edgar Billson a la
reunión. Esto había ocurrido poco después de las once, cuando los demás ya se
habían reunido en la oficina de Jimmy. Teóricamente era posible que Billson
hubiera tomado el archivo de la bandeja y lo hubiera ocultado en su oficina sin
ser visto antes de ir a la reunión. Por sugestión de Jimmy, el oficial de
investigaciones había hecho cuidadosas averiguaciones en la División, con
intención de probar esa teoría el día anterior... es decir, el día en que el
director fue atacado. Jimmy recordaba, al igual que Nigel, cómo, menos de una
hora antes de la muerte de Nita, había pedido a ella que llamara a Billson,
diciéndole que debía entregar en las próximas veinticuatro horas las
fotografías Q.W., pedidas por la Unidad Editorial, sobre las cuales Billson se
mostraba tan extrañamente evasivo. ¿Todo esto formaría parte de la misma
trama?, se preguntaba el director. ¿Acaso Billson había perdido los negativos
en cuestión? ¿O estaban estropeados? ¿Cómo podía explicarse de otra manera la
dificultad que ponía en entregar las fotografías o la desaparición del archivo
PHQ... suponiendo que fuera realmente él quien lo hizo desaparecer?
Jimmy estuvo de acuerdo en que todos los archivos Q debían ser
examinados a la mañana siguiente, y garabateó una nota al director suplente
dándole instrucciones al respecto. Firmó con sus iniciales.
-Ahora, señor Lake -dijo Blount-, su enfermera nos echará de
aquí en cualquier momento. Pero debo hacerle todavía una pregunta. Usted habla
de esas fotografías como si estuvieran perdidas o estropeadas. ¿No ve usted
ninguna. otra posibilidad?
Jimmy frunció el entrecejo. Una expresión de angustia invadió su
rostro.
-No creo que ningún miembro de mi División...
-Es muy doloroso para usted, señor. No crea que no lo
comprendo. Pero esas fotografías, o sus negativos, pueden ser de inestimable
valor para una potencia enemiga. Y... supongamos que el veneno que tomó la
señorita Prince estaba destinado para usted, como lo estaba indudablemente la
puñalada... ¿Ve usted ahora el motivo?.. Un hombre puede llegar a cualquier
extremo para protegerse contra una acusación de alta traición, señor Lake.
CAPÍTULO VII
Del señor Billson al director suplente
LA REUNIÓN solicitada estaba en su punto culminante. Sentado al
escritorio, el director suplente deslizó el dedo hasta el próximo renglón en
la planilla de producción.
-Este trabajo parece irrealizable -dijo-. Fui al Estudio el 20
del mes pasado, y todavía no ha sido aprobado el diagrama. Es escandaloso.
¿Qué ha pasado, Merrion?
-Al director no le agradaron dos de mis diagramas -respondió
Merrion Squires, sentado muy erguido en su silla a horcajadas y contemplando a
Harker pensativamente por encima del respaldo-. Por eso me devolvió el trabajo,
y he procurado encontrar otras fotografías.
-Es absolutamente escandaloso. Se trata de un trabajo
habitual... no ofrece dificultades técnicas. El Almirantazgo está clamando por
él. Y me habla usted de nuevas fotografías. ¿Qué pasa con los títulos?
-Oh, están hechos -tartamudeó Brian Ingle ansiosamente-. Y Nigel
los ha pasado ya. Quiero decir, ha pasado todos menos dos.
-¿Y las finanzas?
-Eso está arreglado -afirmó el señor Oddie, que era el oficial
responsable de los gastos de impresión.
-Bueno, parece que sólo hay un inconveniente. En la Unidad de
Trabajo de Arte. Veamos: se ha fijado la entrega para el 31 de agosto. Y
estamos... ¡Dios mío, tenemos que apresurarnos! El Control ha dado prioridad a
este trabajo, y debe ser entregado conforme se prometió. Esto es básico. Nigel,
usted deberá apresurar el trabajo en cada estadio -se dirigió a la figura
aparentemente inconsciente en el profundo sillón de cuero, con la señorita
Finlay tomando ansiosamente notas a su lado.
-Nos hemos visto detenidos en la Biblioteca Fotográfica. Hace
cuestión de una semana ordené nuevas fotografías para Merrion. Una de ellas, en
los archivos Q, no ha sido entregada aún. Sospecho que las empleadas de Billson
la han perdido.
-Debo protestar ante esto -dijo Billson fríamente, mientras en
su pastosa cara aparecía una expresión no desconocida para sus colegas-. He
discutido con el señor Strangeways sobre la necesidad de suministrar seis
copias de la fotografía en cuestión. Es por principio. El señor Strangeways no
parece haber comprendido, después de cinco años de experiencia en los
procedimientos del Servicio Civil, la necesidad de hacer economías. Yo soy
responsable ante el Tesoro por...
-Sí, ya sabemos todo eso -interrumpió Harker Fortescue-.
También sé que se trata de un trabajo apurado y el presupuesto no perderá el
equilibrio si se hacen unas pocas copias más de fotografías. ¿Para qué las
quería usted, Nigel?
-Para someterlas simultáneamente a los tres censores.
-Está bien. Billson: que se las entreguen con toda rapidez.
-El mayor está actuando -murmuró Merrion Squires, en voz
bastante alta.
Edgar Billson lanzó una curiosa mirada al director suplente.
-¿Son ésas sus instrucciones definitivas? ¿Seis copias de la
Q5339 -en el fondo de su voz había algo que Nigel no logró interpretar
-Sí -murmuró Harker Fortescue-. Y a propósito de los archivos
Q: serán controlados mañana por la mañana, Billson.
-Ah, temo que eso no sea posible. Varios empleados míos están
con permiso y yo no puedo perder tiempo en controles rutinarios -la blanca cara
de Billson parecía tan obstinada como una masa de harina que rehúsa elevarse.
-Lo siento -dijo Harker-. He recibido una nota del director
dando firmes instrucciones. ¿Quiere verla?
Tendió el papel a Billson, quien se sacó los anteojos y los
limpió antes de leer.
-No puedo aceptar esto -dijo al fin-. Dirigiré al director un
pedido de demora, con el pretexto de... carencia de facilidades burocráticas.
-¡Oh, Dios, hemos terminado! -murmuró otra vez teatralmente
Merrion.
-Lo lamento. Tenemos que hacerlo -insistió el director suplente
con frialdad-. Por lo tanto terminemos de una vez. A propósito, el archivo
PHQ, que faltaba, ha aparecido. Y no se trata de un control rutinario,
Billson. Entiendo que estará presente un representante del Ministerio.
Nigel abrió mucho los ojos. No esperaba que Harker tendiera allí
el anzuelo, pero viendo la consternación en la cara de Billson, se alegró de
ello. Un murmullo de interés y de sorpresa comenzó a oírse en la habitación,
pero el rumor fue pronto silenciado por las palabras de Harker:
-Bueno, esto es todo, en lo que se refiere a la planilla de
producción. Ahora veremos la planilla de comisiones pendientes. ¿Dónde está mi
página, muchacha? -preguntó a su secretaria, que estaba sentada en el extremo
de la mesa. Mientras ella sacaba la página de una carpeta, Harker prosiguió:
-Comisiones pendientes. Sí, temo que en ausencia del director
(ustedes se alegrarán de saber que él está fuera de peligro, aunque no podrá
regresar aquí en una o dos semanas), tendremos que volver a distribuir el
trabajo. Y hay otra cosa. La policía me ha informado que, de un momento a otro,
hará una detención por la tentativa de asesinato a Jimmy. Esperemos -dijo
Harker sombríamente- que no se trate de ninguno de nosotros. Si así lo hacen,
contaremos todavía con menos gente. Por otra parte, el superintendente ha
prometido retirar a sus hombres del edificio en cuanto se haya efectuado la
misma. Por lo tanto, aquellos de nosotros destinados a quedar aquí podremos
continuar tranquilamente con nuestro trabajo.
Hubo un significativo silencio en la habitación. Finalmente
Brian Ingle interrogó:
-¿Esto quiere decir que... que el asesinato de Nita se aclarará
al mismo tiempo? Quiero decir: ¿se trata en ambos casos de la misma persona?
-No podría decirlo. No disfruto hasta tal punto de la confianza
de la policía. Ahora veamos el número 368 en la planilla -apuntó Harker, en el
tono de quien anuncia el número de un himno en la iglesia.
-Guíanos, Padre Celestial, guíanos -murmuró Merrion Squires.
La reunión comenzó a discutir trabajos comisionados por otros
departamentos, que no estaban aún en estado de producción. Se ocupaban de esto
cuando, unos diez minutos después, entró el superintendente Blount, seguido
por un sargento uniformado. Avanzó formidablemente hasta el escritorio de
Harker, se inclinó y murmuró algunas palabras a su oído. Todos vieron que
Harker hacía una señal afirmativa con la cabeza. Blount se volvió a los demás.
-Le ruego que me siga, señor Squires -dijo.
Vigilando a Edgar Billson a hurtadillas, Nigel vio que el cuerpo
de éste perdía tensión, mientras su frente se llenaba de gotas de sudor. Nadie
habló. Podían haber sido convidados en la fiesta en que Perseo arrojó la cabeza
de la Gorgona. Merrion Squires lanzó una mirada de infinito reproche a Nigel;
luego, sin decir una palabra, marchó hacia la puerta, entre Blount y el
sargento.
El director suplente miró interrogativamente a Nigel.
-Sí -contestó Nigel-, temo que así sea.
-Señores y señoras, creo que es mejor dar por terminada esta
reunión -expresó Harker.
Al salir, Nigel miró a su alrededor. El director suplente tenía
la cabeza oculta entre las manos...
Cinco horas más tarde, a las diez de la noche, Blount y Nigel
estaban sentados en la oficina de este último, en el Ministerio. Estaban
sentados en la oscuridad y hablaban entre murmullos. Blount se había quitado el
disfraz que usara para entrar al Ministerio sin ser reconocido por nadie que
pudiera estar en acecho. La puerta estaba ligeramente abierta, de manera que
podían oír cualquier rumor de pasos que atravesaran el corredor en dirección a
la Biblioteca Fotográfica.
Sonó el teléfono. Blount tomó el receptor, escuchó un momento y
dijo:
-Está bien.
-Es mi hombre -anunció a Nigel-. Billson ha salido de su casa en
un auto.
-Esperemos que no se ausente a Dublín o a alguna otra parte.
-No tema. Tengo allí una patrulla móvil. Ahora estarán
siguiéndolo. Si intenta escaparse, lo atraparemos. Si viene aquí, lo
atraparemos también. Está en un atolladero.
-Eso mismo le dijo Harker no hace mucho. Es curioso cómo se
toman las cosas metafóricamente hoy en día. Cuando la señorita Finlay oyó que
Harker le decía que, por él, podía irse con los perros, nunca pensé en el
sentido literal de la frase. Además Harker debía conocer la pasión de Billson
por el juego.
-Ah, todo comenzó así indudablemente. Billson se endeudó
seriamente y uno de sus amigos carreristas era un pillo... estaba en contacto
con agentes enemigos, y Billson comenzó a vender copias de las fotografías
secretas de usted. Sospecho que, accidentalmente, él destruyó el negativo de la
que usted buscaba mientras hacía una copia. Posiblemente de otras también: no
es tan tonto como para entregar los negativos a los alemanes, cuando sabe que
pueden reclamárselos aquí en cualquier momento. Bueno, ya averiguaremos todo
por él.
-Si no se ha alarmado.
-No creo eso. Nuestra pequeña representación de esta tarde
estaba destinada a tranquilizarlo.
-¿Y nuestra visita a su casa esta mañana? -Oh, ya he hablado con
él más temprano sobre eso. Tal como lo esperaba, él ha dicho lo mismo que su
mujer. Dijo que anoche había estado en el estadio, y que quería ocultar eso en
el Ministerio. Me dio los nombres de uno o dos testigos. Indudablemente fue
temprano al estadio, y después se retiró. Pretendí creerle. Dije que,
naturalmente, tendría que verificar su historia. Me disculpé por la historia
que había contado a su mujer sobre la cartera... ah, el individuo tuvo la
audacia de decirme que tenía intenciones de pedir una investigación oficial
sobre mis métodos. Tiene carácter debajo de esa cara de cartón.
-Bueno, me pregunto de qué le servirá ese carácter esta noche.
Si viene.
-Tratará de arreglar esos archivos Q, para que el delegado del
Ministerio no encuentre nada.
El teléfono sonó otra vez. Era la patrulla móvil que seguía a
Billson, para decir que éste se había detenido en casa de un tal Solly Hawks.
Solly, explicó Blount a Nigel, era un sujeto sospechoso, bien conocido de la
policía, que había sido dirigente de una banda carrerista; había cumplido una
condena por dañar gravemente a un taquillero, y se le suponía ahora mezclado en
actividades del mercado negro.
-¡Qué amistades excesivamente bajas tiene nuestro Edgar! -dijo
Nigel. Casi en seguida añadió-: Hay una cosa que me intriga, Blount. Ese
archivo secreto.
Los archivos secretos siempre circulan bajo cubierta, quiero
decir, en un sobre con sello rojo. ¿Cómo demonios podía saber Billson que el
sobre en la bandeja del escritorio de Jimmy contenía el archivo que él quería
hacer desaparecer?
-Sí, ya pensé en eso esta tarde, cuando conversaba con el
oficial de investigaciones. En verdad me dijo que nadie había reclamado el
archivo ese día, lo que es un poco extraño.
-Así es -dijo Nigel-. La única manera en que Billson pudo haber
sabido que el archivo era enviado al director, era llamando al Registro para
preguntar.
-¡Oh, bueno, indudablemente todo se aclarará! -dijo Blount.
Ambos continuaron conversando en voz baja en la oscuridad.
Ni-gel sintió que sus nervios se apretaban. El momento se acerca. ¿Daría
resultado la trampa tendida? De todos modos, si Billson caía en ella, no
escaparía como la noche anterior: las salidas del Ministerio estaban todas
vigiladas esta vez... Blount se había encargado de ello.
De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se apagaron las luces
del corredor. Alguien había subido las escaleras en siniestro silencio. Blount
estaba junto a la puerta abierta. Nigel pudo oír un débil rumor de pasos
afuera, junto a la puerta. Y entonces sucedió la primera cosa inesperada de
aquella noche tan sorprendente.
Se abrió una puerta en el extremo del corredor y oyeron que
alguien se movía, no en la Biblioteca Fotográfica, sino en la oficina del
director suplente. Siguió un ruido como de un cajón que se abre.
-¿Ha visto usted quién era? -preguntó Nigel en el oído de
Blount.
-No.
Un momento después oyeron que los pasos se movían en la
antesala y nuevamente en el corredor. El ruido de una llave que giraba y otra
puerta que se abría. Sí, el hombre había entrado ahora en la Biblioteca
Fotográfica por la puerta que enfrentaba a la antesala. Según su plan
preconcebido, Blount y Nigel salieron. Otra puerta conducía a la Biblioteca
Fotográfica por la puerta que se encontraba al final del corredor; Blount tenía
la llave y había tomado la precaución de aceitar la cerradura la noche anterior.
Nigel marchó hacia la puerta por la que el intruso había penetrado en la
Biblioteca y apoyó contra ella la oreja. Tal como lo había esperado oyó
cerrarse una puerta interna. El misterioso personaje había penetrado en el
anexo de la Biblioteca, donde se guardaban las fotografías Q. Nigel recorrió
el corredor muy lentamente, paso a paso; tanteó buscando a Blount; le tocó el
codo. Muy, muy lentamente, Blount introdujo la llave en la cerradura, la dio
vuelta y silenciosamente, pulgada a pulgada, abrió la puerta.
Se habían quitado los zapatos. Marcharon hacia la Biblioteca
Fotográfica, tanteando el camino apoyándose en la estantería más próxima, en
medio de una profunda oscuridad. Esas bibliotecas de acero, cuya estantería
movible contenía grupos de fotografías ensobradas, estaban colocadas
transversalmente alrededor de la larga habitación, y estaban separadas por
divisiones. Desde el final de la estantería donde se apoyaban Blount y Nigel
veían la división final, y la puerta del Anexo Q quedaba directamente frente a
ellos, en la distancia. Pudieron ver una línea de luz debajo de esa puerta.
Hicieron allí una pausa. Y entonces ocurrió la segunda cosa
inesperada: es decir, no sucedió nada. La pared que separaba el anexo de la
Biblioteca era tan débil que, forzosamente, ellos debían oír cualquier
movimiento que se hiciera en el anexo. Sin embargo el ruido anticipado de
cajones que se abrían y de pasos recorriendo la habitación no tuvo lugar.
Parecía que el intruso estuviera allí sentado, sin hacer nada; o quizás leyera
un libro moralizante o pasara un momento de trance, pensó Nigel, irritado.
Blount le tocó el brazo. Comenzaron a deslizarse hacia el anexo,
uno a cada lado de la pared divisoria, tanteando el camino cautelosamente
entre las aberturas del final de las estanterías, para, el caso de que hubiera
quedado allí alguien oculto. Después de lo que pareció a Nigel un espacio de
eternidad, se encontraron en la mitad de la larga habitación. Aquello parecía
un lento "ballet": en cualquier momento podría abrirse la puerta del
anexo y una antorcha podría iluminar la Biblioteca; si esto sucedía, ellos
deberían esconderse detrás de una de las estanterías.
Pero nada sucedió. La persona que perseguían podía estar
muerta, dado el completo silencio que allí reinaba. Ambos comenzaron otra vez
a moverse lentamente, sólo para esconderse casi inmediatamente detrás de las
estanterías, porque el zumbido del ascensor llegó hasta ellos en el silencio
del edificio y después el ruido de las puertas del ascensor abriéndose, y pasos
que marchaban por el corredor normalmente, y más tarde se oyó golpear una
puerta: la de la oficina de Jimmy o la de la de Harker.
Esta nueva visita, tan poco furtiva, era desconcertante. Parecía
burlarse de ellos, convertir sus procedimientos en una farsa melodramática,
pensó Nigel. Pero ahora, como si esos inesperados pasos hubieran roto un
hechizo, se apagó la luz del anexo, se abrió la puerta y unos pies marcharon en
la oscuridad hacia la puerta de la Biblioteca, que se abrió con suavidad. Nigel
maldijo a la estantería de acero, que obstruía su visión porque, de otro modo,
hubiera podido ver de quién se trataba a la luz del corredor. Después de unos
treinta segundos la puerta de la Biblioteca se cerró otra vez suavemente,
posteriormente la puerta del anexo y, por debajo de ella, volvió a aparecer la
línea de luz. Billson, pensó Nigel, había salido a echar un vistazo para ver
quién entraba en la antesala de la oficina del director. Era un individuo
cauteloso Billson. No, no lo era tanto ahora. Finalmente, desde el anexo,
llegó el ruido largamente esperado del movimiento de las estanterías de metal y
también un rumor semejante a un crujido. Los negativos, pensó Nigel, marchando
ahora más rápidamente bajo la protección de aquel ruido, hacia la puerta del
anexo, mientras Blount marchaba también a su mismo paso del otro lado del
tabique divisorio.
Habían llegado a la última fila de estanterías entre ellos y el
anexo, y Blount estaba a punto de ganar la distancia que lo separaba de la
puerta, cuando un nuevo ruido llegó hasta ellos, una especie de zumbido,
sorprendente y maligno en cierto modo, y la luz que salía por la puerta se
intensificó de tal modo que la línea pareció una vara de acero puesta al fuego
vivo. En el instante siguiente hubo violentos zumbidos y rumores y, en el mismo
momento, se abrió la puerta del anexo y apareció una figura, recortada contra
aquel infierno.
-Edgar Billson, yo...
Blount se colocó a tiempo detrás de una estantería de acero. La
figura, de pie ahora contra la puerta de la Biblioteca, había sacado un
revólver y disparó un tiro. La bala, con el sonido de un alambre de acero que
se quebrara bajo una alta tensión, atravesó diagonalmente la habitación y se
estrelló contra una estantería, detrás de Nigel. La puerta de la Biblioteca se
cerró de golpe
-¡Apague ese fuego! Yo voy tras de él -gritó Blount, corriendo
hacia la puerta, encendiendo las luces y desapareciendo en el corredor. Nigel
pudo oír el sonido de un silbato de policía, y pasos que corrían por la
escalera de emergencia a la derecha, donde tantas veces habían corrido los
empleados al oír la cercanía de una bomba.
Corrió hacia la habitación del director suplente y en la puerta
tropezó con Harker Fortescue.
-¿Qué demonios pasa? ¿Quién ha tirado?
-¡Hay fuego en el anexo, Harker! Traiga esos baldes para
incendio que hayal final del corredor. Tengo que telefonear. Estoy con usted
en seguida. Nigel se precipitó hacia el teléfono de Harker.
-¡Hola! ¿Control? Rápido... ¿Lewis? Habla Strangeways. Fuego en
el sexto piso. Malo. Envíe algunos mensajeros aquí para ayudar con los
baldes... Somos dos solamente. Envíe la brigada de bomberos, y traiga esa bomba
movible que hay en el patio del fondo, apúrese... No se preocupe, ya verá el
fuego. Muy bien. Rápido entonces.
Regresó corriendo, a la Biblioteca Fotográfica. Harker
Fortescue estaba a punto de echar un balde de agua al fuego. Al hacer esto el
blanco centro de magnesio pareció estallar enviando llamas en todas
direcciones.
-¡Dios mío! -exclamó Harker, retrocediendo hasta la puerta-.
Aquí hay un incendiario, lo juro. El agua no basta. Traigamos los baldes de
arena.
Corrieron hasta el final del corredor y se apoderaron de los
baldes. Pero el calor que surgía de las pilas de negativos ardiendo les impidió
echar la arena en el centro del incendio; las llamas corrían ahora por todas
partes, trepando a los muebles y a las cortinas para oscurecimientos, animadas
por una ráfaga de viento entre la puerta y la ventana abierta.
-Es inútil -dijo Nigel, sofocado y arrastrando hacia atrás a
Harker-. Lewis enviará algunos muchachos para ayudarnos con los baldes.
Quédese aquí y diríjalos. Impida, si es posible, que el fuego pase a la
Biblioteca. Es lo único .que podemos hacer hasta que lleguen los bomberos.
Nigel sabía que podía confiar en Harker, pues éste había sido de
las brigadas de salvamento durante los primeros ataques aéreos. Atravesó
corriendo el pasaje y llegó al ascensor al mismo tiempo que descendían las
brigadas de Lewis, marchando al trote tranquilo, que parecía el paso más ligero
que podía emplear un mensajero del Ministerio. Nigel tomó el ascensor y
descendió a la planta baja.
En el vestíbulo, junto al escritorio de la entrada, se había
reunido una pequeña muchedumbre de empleados, hablando excitadamente y
poniéndose en el camino de la brigada encargada por Lewis de recoger la bomba;
trataban desesperadamente de llegar al patio del fondo, donde se encontraba la
bomba. Un policía reconoció a Nigel y se abrió paso hasta él, en medio de la
multitud, mientras gritaba:
-¡Háganse a un lado, por favor! ¡A un lado! ¡Dejen pasar!
-¿Ha visto usted al superintendente?
-No, señor. Pero oímos su silbato. Todos nuestros hombres están
alerta. Hemos cubierto todas las salidas y el coche de la policía ilumina con
sus reflectores el frente del edificio.
-Está bien. No deje salir a nadie.
Nigel corrió hacia el escritorio de la entrada, clamando
silencio.
-¿Hay aquí serenos bomberos? ¿Del Ministerio? Seis o siete
hombres dieron un paso adelante.
-Síganme.
Nigel los guió rápidamente por las escaleras hasta el sótano, a
lo largo de los corredores semejantes a catacumbas, hasta que llegaron al pie
de la escalera de emergencia. Se encontraban en la parte trasera del edificio.
-Dos de ustedes se detendrán aquí. Atrapen a cualquiera que
desee entrar o salir. Si se trata del señor Billson... ¿lo conocen? Vigilen.
Está armado. Vengan los demás.
El silbato de Blount resonaba nuevamente. Nigel corrió en
dirección al sonido. Encontró a Blount sin aliento, desarreglado, pero
intacto, a la entrada de los dormitorios del sótano, a unos cincuenta metros de
distancia.
-Lo he arrinconado aquí. Siguió este camino. Lo atraparemos
ahora.
Esos dormitorios, donde muchos de los empleados del Ministerio
habían dormido durante los ataques aéreos, eran una serie de cuartos divididos
por frágiles paredes y formaban una especie de laberinto subterráneo. Junto a
ellas estaban aún los lechos de madera, y algunos pocos estaban ocupados por
aquellos que no se acostumbraban a la idea de que hubiera terminado la guerra
con Alemania... o por aquellos cuyas casas estaban en ruinas y que, por lo
tanto, no tenían donde dormir. Aquí y allá un rostro miraba entre las mantas,
murmurando juramentos contra los que turbaban su reposo nocturno, mientras el
grupo de Nigel, al que se había añadido una pareja de policías que llegaron al
oír el silbato de Blount, recorría metódicamente el laberinto; dos hombres habían
quedado a la entrada para detener a Billson si éste intentaba escapar.
Era fácil comprender cómo Blount había perdido aquí a su
hombre. Las paredes provisorias convertían a las habitaciones del sótano en
algo tan intrincado como las vueltas de una llave. Un hombre podía ocultarse
aquí hasta el día del juicio final, si era seguido por otro. Pero no podía
ocultarse de todo un grupo que marchaba cautelosa e inexorablemente hacia
adelante, examinando cada lecho para estar seguros de que nadie se ocultaba
entre las mantas; encendiendo las luces de cada compartimiento, de modo que,
al resplandor de las bujías eléctricas, las paredes blancas semejaban más que
nunca al laberinto de una catacumba.
Ahora era sólo cuestión de tiempo. Y también estaba la
necesidad de evitar que, al salir de detrás de una de las paredes, una bala no
hiriera a alguien. Quizá el revólver de Billson tenía aún cinco balas, pensó
Nigel inquieto. Pero el grupo llegó al último compartimiento, y Blount espió
cautelosamente por el borde de la última pared. Y el compartimiento estaba
vacío.
-¡Demonios, es imposible! Debe estar aquí. Esto es un punto
muerto.
-No, señor -dijo uno de los serenos-, hay una salida de
emergencia en la pared detrás de la cama.
Blount se precipitó hacia el lecho, que, puesto de lado,
revelaba una plancha de metal, parecida a la puerta de un horno, en la pared
blanqueada. Blount tomó el picaporte, tiró y después empujó: la puerta se
abrió en la oscuridad
-¿Qué hay afuera?
-El patio del fondo -dijo el sereno.
Blount atravesó el agujero en la pared. Nigel lo siguió y, un
momento después, miraba una escena notable. En el centro del patio se
encontraba la bomba transportable del Ministerio: Lewis, en el borde, dirigía
un chorro de agua contra una ventana del sexto piso; era como si las llamas
trataran de salir por ella y como si el continuo chorro de agua las rechazara.
Al mismo tiempo podía oírse un ruido en la calle, hacia el extremo del patio;
un policía abrió la puerta en la verja de diez pies de altura que separaba el
patio de la calle. La puerta se abrió de par en par para recibir a los camiones
de los bomberos. Viendo esto, Nigel comprendió que Billson debía haber contado
con ello si había decidido salir por la puerta de emergencia. El aire estaba
lleno de gritos y rumores, del tamborileo de la máquina de la bomba
transportable, de silbatos de sirena. Los ojos de los hombres de Lewis, y los
de los bomberos que llegaban, estaban fijos en el fuego de arriba. Luego, con
el súbito resplandor de los reflectores de los camiones que surgían de la
calle, Nigel vio una figura que se deslizaba contra la reja hacia la puerta
abierta. Blount la vio al mismo tiempo, gritó y corrió hacia la puerta para
cerrarla. Pero Blount estaba a una distancia de cien metros, y Billson sólo a
veinte; además Blount, pese a sus gritos, no había conseguido llamar la
atención de los policías que estaban junto a la puerta.
Nigel arrebató a Lewis el manubrio de la máquina, se apoyó en él
con todo su peso cuando la fuerza del agua amenazó arrancárselo y lanzó el
chorro hacia abajo, en un perfecto arco. Billson estaba ahora a unos diez
metros de la puerta abierta y su silueta se destacaba contra la luz de los
reflectores de los camiones de los bomberos. El chorro pareció tantear
buscándolo, vacilar y luego saltar contra él. Billson fue lanzado contra la
verja por la fuerza del agua, y quedó allí, con los brazos tendidos, retenido
por una lanza de agua.
Diez minutos después estaban sentados en una sala de
conferencias, en la planta baja del Ministerio. El pálido rostro de Edgar
Billson emergía entre un montón de frazadas: había perdido la pelea por el
chorro de agua que impregnó su ropa; sus ojos, que siempre parecían húmedos,
parecían nadar ahora, en una ola de fatiga y piedad por sí mismo. Nigel había
pedido a Blount que el director suplente estuviera presente en el
interrogatorio de Billson, pretendiendo que un empleado superior del Ministerio
debía vigilar la desaparición de los archivos fotográficos Q.
Blount había acusado a su prisionero de incendiario, tratándolo
con rudeza oficial. Edgar Billson... el viejo Billson tan conocido como campeón
del obstruccionismo, como argumentador, como profesional para destruir todos
los procedimientos, era apenas reconocible en la estremecida criatura que
tenían ante ellos. No reclamó su derecho a recibir consejos legales.
Evidentemente estaba decidido a confesar totalmente. Y anunció esta
determinación lanzando una maligna mirada a Harker Fortescue; esta mirada confirmó
la teoría que se estaba formando en la mente de Nigel.
Hacía cerca de un año, dijo Billson, él había sufrido una serie
de pérdidas en el juego y se había endeudado seriamente. Poco tiempo después
llegó a ponerse en contacto con una persona, quien sugirió que, de tiempo en
tiempo, él podría "prestarle" los negativos de cualquier fotografía
interesante en los archivos Q.
Por el préstamo de cada negativo se pagaban pequeñas sumas al
contado, y los negativos serían devueltos al día siguiente.
-¿El nombre y dirección de esa persona? -preguntó Blount.
-Se lo diré más tarde -dijo Billson, con voz estrangulada.
Continuó narrando que, al principio, no había sospechado nada malo, porque los
negativos requeridos tenían censura policial y no censura de seguridad.
-¿Quiere usted decir, por ejemplo, la fotografía de un jefe
aliado con los pantalones bajos, tomado por un fotógrafo oficial? ¿Ese tipo de
fotografías? -preguntó Nigel.
-Precisamente. Pero, después de algún tiempo, la persona a que
me refiero, solicitó otro tipo de fotografías... radar y aviación, por ejemplo.
Yo protesté vigorosamente. Dije que si esas fotografías caían en poder de
agentes enemigos, podrían revelar informaciones de vital importancia. Ustedes
comprenderán, caballeros, cuando sepan de quién se trata, por qué no podía yo
sospechar que él fuera un agente enemigo.
-Oh, terminemos con estos circunloquios -dijo Nigel con
impaciencia-. Es obvio que la persona en cuestión es nuestro estimado
director suplente.
El sargento que tomaba notas del interrogatorio de Billson
rompió la punta del lápiz y juró casi furioso. Blount se sacudió en su silla,
como si una bomba hubiera estallado debajo. Billson mostró los dientes en una
mueca de rata y asintió. Harker Fortescue, con el rostro todavía manchado de su
lucha contra el fuego, miró fríamente a Billson diciendo:
-No sea usted idiota. Superintendente, yo debo explicar...
-Nos ocuparemos de usted más tarde -argumentó Blount
enérgicamente-. Y le prevengo que cualquier cosa que diga será anotada y
utilizada en su proceso. Ahora, Billson, ¿está usted dispuesto a jurar que la
persona a quien usted proporcionó los negativos de las fotografías Q es Harker
Fortescue?
-Sí. Con mucho placer.
-No importa el placer. Siga con su historia.
Cuando Fortescue pidió una segunda selección de los negativos
con censura de seguridad, prosiguió diciendo Billson, él comenzó a sentir las
más violentas sospechas. Pero Billson se encontraba ahora atrapado. Habiendo
entregado ya un conjunto de fotografías, podía ser acusado de complicidad en
una ofensa muy grave. Además, todavía estaba seriamente endeudado, y sus
acreedores lo apuraban... en una palabra: sucumbió a la tentación. Se puede
imaginar su consternación cuando, al día siguiente, Fortescue le dijo que se
habían estropeado cuatro de esos negativos: una bomba V.2. había caído en la
vecindad de la casa de Fortescue y la explosión había roto una botella de ácido
sobre los negativos en el cuarto oscuro. Aseguraba que, desde entonces,
Fortescue no había solicitado nuevos negativos: Billson suponía que se había
asustado. Las transacciones entre ambos se habían interrumpido y jamás
volvieron a mencionarse entre ellos las fotografías secretas.
-Hasta que usted intentó hacerme un chantaje con ellas -dijo el
director suplente.
-Protesto contra esa palabra -replicó Billson.
-Ahora, finalmente, sabemos sobre qué discutían usted y él en su
oficina, a la hora del almuerzo, hace tres semanas -aclaró Nigel.
-Mi situación financiera se había vuelto... difícil nuevamente.
Decidí pedir un préstamo al director suplente.
-"Pedir un préstamo", está bien -dijo Fortescue-. Me
amenazó usted con revelar todo y yo dije que si iba preso, usted me
acompañaría. Usted estaba en un atolladero, querido Billson, y no lo ignoraba.
Aunque no se hubiera llegado a un proceso por alta traición, y se habría
llegado a ello, su conducta, seguramente le hubiese costado la expulsión del
Servicio Civil. Yo no era empleado permanente, ¿por qué habría de preocuparme?
-¡Usted! -Billson lanzó un grito más apropiado para una pista de
carreras que para el salón de conferencias-. Usted me arrastró a esto. ¿Por
qué no tomó usted mismo los negativos? Hubiera sido muy sencillo hacerlo. Usted
tiene la llave del anexo Q.
Nigel se inclinó hacia adelante con ansiedad. Muchas cosas
dependían de la respuesta a esta histérica pregunta.
-Hay muchas razones posibles -dijo Harker Fortescue, con los
ojos tranquilamente fijos en Billson-. Tal vez temía que usted me descubriera
apoderándome de los negativos. Tal vez deseaba probar la inteligencia de uno de
mis subordinados. Tal vez me estaba burlando de usted.
Billson juró otra vez, fuertemente. Blount, que astutamente
había dejado a ambos frente a frente, intervino ahora.
-Todo esto es muy instructivo. Pero creo que debe usted seguir
con su relato, Billson. ¿Cuándo planeó usted por primera vez librarse del señor
Lake? ¿Fue Fortescue también cómplice en eso?
Desde el fondo del edificio podía oírse el grito ocasional de
algún bombero y el rumor de las máquinas. El fuego había sido dominado cuando
llegaron a la sala de conferencias y pronto sería extinguido.
La crisis llegó, dijo Billson, cuando Strangeways pidió varias
copias fotográficas, entre las cuales estaba la fotografía secreta cuyo
negativo era uno de los cuatro destruidos por Fortescue en el cuarto oscuro.
Billson se había demorado todo lo posible, pero cuando el director envió una
orden perentoria, diciendo que las fotografías debían entregarse en las
veinticuatro horas siguientes, se encontró en situación muy peligrosa. Tal vez
hubiera podido explicar la desaparición de un negativo... podía haber sido
enviado por error a otra parte o haberse perdido. Pero la búsqueda de uno
revelaría inevitablemente que faltaban otros tres. Indudablemente habría una
inspección y Billson admitió que se encontraba presa del terror ante la idea
de que se llegaran a saber los propósitos traidores con los que se habían
utilizado esos negativos.
Su primera idea fue destruir el archivo PHQ, sin el cual iba a
ser sumamente difícil el control de dichos negativos. Pero encontró que este
archivo ya había desaparecido.
-¿Qué es eso? -exclamó Blount-. ¿Quiere usted decir que no fue
usted quien se apoderó del archivo?
Billson negó tenazmente y Blount no pudo hacerlo retractar.
Ni-gel estaba seguro de que Billson decía la verdad: habiendo confesado tanto
era inconcebible que mintiera en la cuestión del archivo. Y era después del
asesinato de Nita Prince que el director había empezado a insistir y protestar
por la falta del archivo. Nigel no tuvo tiempo de seguir adelante con su
pensamiento porque Billson acusaba ahora a Fortescue de haber hecho desaparecer
el archivo.
-Naturalmente él lo ha hecho. Él perdía tanto como yo si se
descubría el asunto.
En la tarde de la muerte de la señorita Prince, prosiguió
diciendo Billson, comenzó a temer que el director estuviera sobre la pista de
los negativos desaparecidos. Jimmy Lake había hecho grandes protestas en toda
la División reclamando el archivo; y que hiciera esto pocas horas después del
asesinato de su secretaria, en un momento en que un hecho tan terrible debía
lógicamente hacerle olvidar todo lo demás, parecía confirmar que tenía las más
graves sospechas en el asunto de las fotografías Q. El director, dentro de lo
que Billson sabía, era la única persona en toda la División que podía tener
una idea de la verdad. Su secretaria confidencial estaba muerta; el director
suplente -la única persona con quien podía consultar este asunto- seguramente
no iba a revelar nada. Si el director era silenciado no proseguirían las
investigaciones sobre las fotografías Q... no proseguirían adelante, de todos
modos, si se podía culpar a otro de su muerte.
Por consiguiente, Billson trazó planes para echar la culpa a
Merrion Squires. El descubrimiento que hiciera tiempo atrás, de Squires
tajeando el tapado de la señorita Prince, le dio la idea. Escribió a máquina
una nota a Merrion, y la firmó con las iniciales de Nigel, para asegurarse de
que Merrion acudiera esa noche al Ministerio; se apoderó del cuchillo y del
mameluco blanco de Merrion; el director ya le había dicho que iba a trabajar
hasta tarde, y se sabía generalmente en la División que, cuando el director
suplente trabajaba hasta tarde, bajaba a la cantina a eso de las once. Billson
dijo que primeramente tuvo intenciones de usar el mameluco cuando atacó al
director. Pero luego temió que, hasta en la profunda oscuridad, el mameluco
pudiera ser visto. Por lo tanto lo dejó junto a la puerta. Cuando comprendió
que el cuchillo no había matado al director, pues oyó moverse a Jimmy Lake y
vio una línea de luz apareciendo por debajo de la puerta, no se atrevió a
entrar nuevamente. Escuchando desde la puerta, oyó que Jimmy telefoneaba. Cogió
entonces el mameluco, corrió hacia el ascensor, apretó todos los botones para
detener a los que subían, corrió hacia el lavabo, en el piso más abajo, se
hizo un tajo en la pierna y dejó caer la sangre sobre el mameluco, que escondió
entonces en donde suponía iba a ser prontamente encontrado. Sabía que su sangre
era del mismo grupo que la del director, pues ambos eran voluntarios entre los
dadores de sangre del Ministerio. Finalmente descendió por las escaleras hasta
la planta baja, entró en una de las habitaciones del frente del edificio, y
saltó por una ventana a la calle. Cuando se alejaba, vio a los mensajeros
formando cordón: había escapado a tiempo.
Al llegar a este punto de su confesión, Billson debió ser
interrogado insistentemente por Blount. Pero en general había confesado
libremente. Y Nigel, supuso que esto era porque, como Jimmy Lake estaba ya
fuera de peligro, Billson no temía que se le acusara por asesinato, mientras
que en el asunto de las fotografías iba a solicitar clemencia al rey, y, por
lo tanto, recibiría una sentencia menor. Probablemente iba a conseguir esto,
porque, sin su testimonio, no se podía acusar a Fortescue de traición. Pero si
Billson confesaba el ataque a Jimmy porque no tuvo éxito, seguramente era
inocente del asesinato de la señorita Prince, si el veneno que ella bebió
estaba destinado para Jimmy. Lo último que Billson haría, si fuera autor del
envenenamiento del café, sería confesar un segundo ataque contra el director.
Blount interrogaba ahora a Billson sobre los acontecimientos del
día. Las instrucciones del director de controlar los archivos Q no lo tomaron
de sorpresa. Esto era inevitable, ya que Jimmy vivía. Pero la pretendida
detención de Merrion Squires por el atentado a Jimmy y la retirada de la
policía del edificio lo habían convencido de que, por el momento, no se
sospechaba de él con respecto a la desaparición de las fotografías. Además el
director suplente había dicho que el archivo PHQ había sido hallado, y que el
control de las fotografías sería cosa difícil. Decidió destruir los archivos
Q... no quería que fueran a parar a manos del inspector. ¿Un incendio
accidental? La idea del incendio le hizo trazar todo un plan. Sabía que Harker
Fortescue guardaba en su armario una bomba de práctica incendiaria... un
recuerdo de sus días de maniobras. Deseaba vengarse de Fortescue: decidió que
si su vida debía arruinarse Fortescue caería con él.
Telefoneó a Solly Hawks para probar una coartada nocturna y
también para pedir prestado un revólver, en caso que Fortescue quisiera
intervenir. Previamente se aseguró, como frecuentemente lo hacía, de que
Fortescue iba a dormir en el Ministerio. Fue a la oficina de éste, tomó la
bomba incendiaria y también se apoderó de una pequeña linterna del tamaño de
una pluma fuente, de uno de los cajones de Fortescue, con intenciones de
dejarla caer en la Biblioteca Fotográfica, como prueba contra el director suplente.
Después se dirigió al anexo y esperó. Esto explicaba el período de inactividad
que había sorprendido a Nigel. Era esencial para los planes de Billson que el
fuego no estallara antes de la llegada de Fortescue a su oficina: de otro modo
él podría probar una coartada. Billson esperó hasta oír pasos en el vestíbulo,
fue hasta la antesala para asegurarse de que Fortescue estaba allí, después
regresó y arrojó la bomba sobre los negativos Q. De un golpe pensaba destruir
las pruebas de traición en contra suyo y echar la culpa del incendio al
director suplente. Si la investigación de las fotografías Q seguía adelante,
sólo se contaría ya con la palabra de Fortescue contra la suya. Y Fortescue
sería acusado de haber prendido fuego a los negativos, mientras que Billson
tendría una coartada para esa noche proporcionada por algún acomodaticio amigo
de Solly Hawks.
-Después de todo yo obedecía sus instrucciones -terminó
diciendo Billson-. Él me había dicho que destruyera las pruebas.
-¿De qué demonios habla ahora? Esto parece cada vez más una
locura -dijo Fortescue, tranquilamente.
-Usted lo sabe demasiado bien -dijo Billson lanzándole miradas
chispeantes-. Después de la reunión, cuando usted declaró que iba a hacerse una
investigación en los archivos Q, usted siguió con las comisiones pendientes.
Repitió la frase y añadió que la policía se retiraría hoy del edificio. Y
añadió aún que los que quedáramos podríamos continuar el trabajo en paz.
Supongo que usted negará que ésa fue la sutil manera suya de decirme que debía
destruir inmediatamente los archivos Q.
-Seguramente no lo niego. Nunca he oído tantas tonterías en mi
vida.
-De todos modos -dijo Blount-, me parece que usted deberá
explicar muchas cosas. Usted está en libertad; naturalmente, para contestar o
no las preguntas sin consejo legal.
El director suplente miró fijamente a Blount, a Nigel, a la
maligna cara de Edgar Billson, uno tras otro. Cuando habló, su voz tenía el
tono altanero, autoritario con que acostumbraba a dirigirse a sus subordinados
en las ocasiones oficiales.
-Estaría en mi derecho si negara todo. Es la palabra de Billson
contra la mía. Y no se puede dar mucho crédito a la palabra de un asesino
reconocido... O posible asesino. Fuera de esto, no existe un ápice de prueba
contra mí. Ni la encontrarán ustedes. Ustedes y el inspector se enloquecerán
tratando de descubrir contactos míos con el enemigo, cualquier evidencia de que
yo he dado informaciones secretas. Nunca las encontrarán. Porque no lo he
hecho. Sin embargo, no es mi intención negar todas las declaraciones de
Billson. Lo que desearía saber -los ojos de Harker chispearon un momento- es
cómo Strangeways supo que yo era el misterioso señor X que Billson mencionaba.
Recostado en su silla, Nigel parecía estudiar un mapa en la
pared opuesta, que ilustraba la campaña de "Coma más Papas". Sin
quitar de allí la vista, dijo:
-Probablemente es tan sólo una frase la que afirma que todo
coleccionista es un criminal en potencia. Indudablemente muchos de ellos son
verdaderos criminales. No lo sé. Blount: ¿por qué no pide al director suplente
que le diga algo sobre su colección de "fotografías sucias"?
Si el superintendente de policía hubiera sido capaz de
sorprenderse, se habría sorprendido ahora. Harker se golpeó la cabeza calva,
todavía ennegrecida por el hollín y sus finos labios se torcieron.
-Strangeways es un empleado sumamente útil -afirmó-. Es suerte
que tenga tan buena memoria. No es la primera vez que me aprovecho de ella.
Entonces narró su versión de la historia de Billson.
Después de explicar al superintendente la naturaleza de su
colección de "fotografías sucias" -esa galería de los grandes en
momentos de descuido y en desconsideradas posturas, que había descrito a Nigel
una noche en la cantina-, prosiguió diciendo cómo se le había ocurrido adornar
su galería con selecciones de las fotogramas censuradas Q. Él estaba demasiado
ocupado para revisarlas en busca de material conveniente. Por eso se le ocurrió
utilizar para ello a Billson. En el principio fue una simple idea fantástica.
Pero la imagen del correcto y rígido Billson revolviendo el archivo en busca
de fotografías de los grandes en sus peores momentos... como quien dice, en
paños menores, esta idea había divertido tanto a Harker, que se había dirigido
a Billson "realmente para ver cómo reaccionaba". Ante su sorpresa,
Billson consintió, solicitando que se le pagara una determinada suma por cada
copia; el mismo Billson haría las copias, porque no se atrevía a confiar a
nadie los negativos. Harker no dijo a Billson para qué quería las fotografías.
Después de alguna discusión el trato se hizo.
Pensando luego sobre ello, las sospechas de Harker se
despertaron ante el rápido consentimiento de Billson, lo mismo que por su
pedido de dinero. Realizó algunas averiguaciones discretas y se enteró de que
Billson frecuentaba los estadios de carreras de perros. En realidad, lo que sus
empleados hicieran con su tiempo libre no era asunto del director suplente,
siempre que no se tratara de algo ilegal. Pero se le ocurrió que un oficial del
Ministerio, cuya conducta sugería que estaba endeudado, y que era responsable
de las fotografías secretas, podía ser fuente de inquietud. Por lo tanto
decidió probar la integridad de Billson pidiéndole que le facilitara algunas
fotografías con censura de seguridad que mostraran ciertos aparatos. Al
principio Billson rehusó, mostrando gran dignidad ofendida. Pero bien pronto
cedió, estipulando solamente que él no haría las copias, sino que prestaría los
negativos a Harker, y que el préstamo debía representar una fuerte suma de
dinero.
En este punto, dijo Harker, se dio cuenta de que Billson
sospechaba desde el principio que él era un agente enemigo. Consintió
entonces en aceptar las condiciones de Billson. Se le prestaron dos grupos de
negativos. Cuando se destruyeron accidentalmente algunas fotografías del
segundo grupo, comprendió que las cosas habían ido demasiado lejos. Lo que
comenzara como una broma y se convirtiera en una prueba de la integridad de
Billson, podía ahora, si los hechos llegaban a saberse, poner a Harker en situación
difícil.
-Las nieblas de la manía coleccionista se disiparon por un
momento, y comprendí cuán extraño parecería todo a un observador de fuera
-fueron las palabras que dijo a Blount.
Inmediatamente interrumpió las negociaciones. No había pagado y
no tenía intenciones de pagar a Billson las fuertes sumas de dinero que éste
demandaba por los dos grupos de fotografías. Y la negativa fue el origen de la
disputa entre ellos, disputa que oyó la señorita Finlay. Por otra parte,
sabiendo que sería difícil y embarazoso explicar su propia participación en el
asunto y sintiendo que -pese a ser una persona irreprochable- sería "un
poco bajo" delatar a Billson, no había expuesto los hechos al director.
-¡Ah! -interrumpió Blount-, ése es un punto crucial. Usted no
reveló los hechos a nadie más.
-A nadie. Le dije a Billson -el día después que la señorita
Finlay oyó nuestra discusión- la verdad; le dije para qué le había pedido las
fotografías y añadí que debía cuidarse en el futuro. El imbécil no creyó una
palabra...
-¡Mentira! ¿Quién creería una historia semejante?
-¿Ven ustedes? Todavía no lo cree. Se le ha metido en su
estúpida cabeza que yo soy una Mata Hari del sexo masculino y nada lo
convencerá ahora.
-Entiendo que no tiene usted ningún medio de probar su historia
-dijo Blount.
-Ninguno. Únicamente puedo mostrarle las fotografías en mi
colección privada. Pero, indudablemente, usted puede pensar que eso es para
cubrir las apariencias y que he pasado otras copias ocultamente a nuestro
desagradable enemigo.
El superintendente le lanzó una formidable mirada.
-Hace usted mal en tratar el asunto con ligereza, señor
Fortescue. Es posible que diga usted la verdad. Y es posible que no la diga.
Puede usted estar seguro de que, si ha habido algún contacto entre usted y los
agentes enemigos, eso saldrá ahora a la luz. Habrá una investigación minuciosa
de todos sus movimientos antes y durante la guerra. Pero en el caso de que
usted probara ser inocente en este asunto, todavía sería usted responsable
indirecto de una tentativa de asesinato, de la destrucción por incendio de la
propiedad real... y tal vez de la muerte de la señorita Prince.
-¡Yo no lo hice! -gritó Billson súbitamente-. ¡No hice eso! ¡No
tengo nada que ver con ese asunto! Lo juro.
Fríamente Harker Fortescue esperó que pasara el estallido.
Después dijo:
-No puedo aceptar responsabilidad de ninguna acción cometida por
esta rata después que le expliqué los hechos, diciéndole cuál había sido mi
intención original al pedirle las fotografías. Lamento muchísimo lo que ha
pasado. Pero no siento ninguna simpatía por Billson. Un hombre que trata de
inculpar a Merrion Squires, como él confiesa haberlo hecho... bueno, se merece
lo que le sucede. Me enferma pensarlo. En cuanto a mí... ¿me cree usted, Nigel?
-Creo que todo está de acuerdo. Sí -repuso Nigel sin
comprometerse-. Por otro lado, Harker, usted debe comprender cómo la gente
verá las cosas. Podrán alegar que su colección de "fotografías
sucias" ha sido, desde el principio, una pantalla para sus traidoras
actividades. Sería una buena pantalla, ¿sabe usted? Y se preguntarán qué hacía
usted antes de la guerra, cuando recorrió toda Europa, incluso Alemania, para
enriquecer su colección. Ignorando su sentido del humor, dudarán que una afición
semejante justifique tanta pérdida de tiempo y de dinero. No, Harker, me temo
que el comisionado pondrá un gran signo de interrogación junto a su historia.
CAPÍTULO VIII
(1) Señor Strangeways: para ver
(2) Señor Ingle: para discutir
POR LO tanto, según parece, estamos otra vez en el principio,
pensó Nigel.
Era la tarde siguiente a la de la detención y confesión de Edgar
Billson: una tarde de sábado. La mayoría de los empleados del Ministerio
habían dejado el edificio a la una, para aprovechar lo mejor posible el breve
fin de semana del tiempo de guerra. Cuando Nigel estaba a punto de salir,
Brian Ingle entró en su oficina y, tras algunos rubores y tartamudeos,
preguntó si Nigel podía hacerle un favor. Brian quería un recuerdo de Nita
Prince... un libro que él le había dado una vez. Él la había querido mucho, y
no poseía nada de ella para poder recordarla. Parecía un acto de piedad
simpática, a la antigua. En consecuencia, Nigel había telefoneado a Blount,
preguntándole si tenía inconveniente en encontrar a Brian en el departamento de
Nita esa tarde, para darle el libro. Blount dijo que estaba de acuerdo. Añadió
que las averiguaciones de la policía en el banco de Nita revelaban que ella
poseía sólo un pequeño depósito de 350 libras; que, dentro de lo que sabían,
Nita había muerto sin dejar testamento, y que su pariente más próximo era una
hermana casada que vivía en Nueva Zelanda. Por lo tanto el dinero no podía ser
causa del asesinato.
Nigel había dado cita a Brian Ingle para encontrarlo en el
departamento a las tres de la tarde. Él, después de comprar unos sandwiches en
una taberna vecina, había ido directamente a la calle Dickens, donde la
zaparrastrosa portera lo hizo pasar. Como lo había visto en compañía de Blount,
suponía que Nigel era de la policía, y él tuvo alguna dificultad en librarse de
contestar a la ansiosa pregunta:
-¿Quién mató a la pobre muchacha?
Finalmente ya en las habitaciones -en las cuales, como el viejo
espectro de un castillo, se sentía la presencia de Nita-, Nigel comió sus
sándwiches y cayó en inquietas lucubraciones.
Todo parecía indicar que estaban otra vez en el comienzo. Pero,
naturalmente, ahora Billson parecía la persona más capaz de haber envenenado
envenenado la taza de café. Aunque mucho podía decirse contra esta suposición.
Primero: todos los testimonios demostraban que Jimmy no comenzó a ocuparse
seriamente de los archivos PHQ hasta después del envenenamiento. Seguramente
Billson no habría envenenado la taza de Nita, creyendo que era la de Jimmy, si
no hubiera estado seguro de que Jimmy estaba sobre la pista. La primera señal
de la reacción de Jimmy fue su pedido del archivo. Pero Billson no sabía que
faltaba el archivo, no había intentado obtenerlo para sus propósitos y, por lo
tanto, no podía saber que Jimmy estaba en la pista; por eso no pudo haber pensado
en envenenarlo, hasta después que el envenenamiento tuvo lugar. Esto no es
perfectamente lógico, hijo mío. Ya sé que no lo es. Sigamos entonces la
hipótesis de que Billson fue presa de pánico, antes del envenenamiento,
temiendo que Jimmy descubriera su secreto y que, por lo tanto, planeó matarlo.
Pero comprende, hijo mío, que todo se derrumba ante la palabra
"planear". Billson no fue invitado a la reunión en la oficina de
Jimmy. Él no hubiera ido allí nunca si a Charles Kennington, un minuto antes de
tomar el café, no se le hubiera ocurrido invitarlo. Sólo unos minutos antes de
ocurrir el crimen, Billson había visto por primera vez el instrumento que
sirvió para cometerlo. ¿Y cómo podía planear un crimen con un tubo de veneno
que jamás había visto? Además, si era a Jimmy a quien se intentaba asesinar,
seguramente Billson no hubiera sido tan tonto como para permitir que las tazas
se confundieran. Está bien, muchacho, reconozco todo esto. Pero supongamos que
Billson supiera que debía librarse rápidamente de Jimmy, supongamos que, en
esas circunstancias, se encontrara en una habitación con su víctima y viera
allí un tubo de veneno. ¿No habría actuado entonces rápidamente? Es posible.
Sí, pero esto no estaría de acuerdo con su carácter. Examinemos los otros
crímenes de Billson: el segundo ataque a Jimmy, el incendio de los archivos Q
en el anexo, las calculadas intentonas de culpar a Merrion y a Harker, las
coartadas preparadas... todo parecía frío, calculado, seco y preciso, es
decir, lo opuesto al envenenamiento. Además, ¿qué hizo con el tubo del veneno
después de utilizarlo?
Pero suponiendo que el veneno estuviera dirigido a Jimmy, ¿quién
más tenía motivos para desear su muerte? Harker. Pero solamente si (a) él es
en realidad un traidor y si mentía anoche, cosa que no creo; y (b) si sabía que
Jimmy tenía sospechas sobre los archivos secretos. Pero cuando telefoneé a
Jimmy esta mañana, él dijo definitivamente que no sospechó que pasara nada
raro con las fotografías Q hasta la desaparición del archivo PHQ. Lo pidió la
mañana de la muerte de Nita, simplemente para mirar la lista de las fotografías
archivadas que pudieran ser útiles para la propaganda del Pacífico, si podía
retirarse la censura. No imaginó ni por un momento que hubiera algo más detrás
de la negativa de Billson a entregar las copias Q que él había ordenado que la
acostumbrada testarudez de aquél. No sospechó nada hasta que la desaparición
del archivo le puso algunas ideas en la cabeza. Entonces no discutió sus
sospechas con el director suplente. Y si, por una extraña clarividencia,
Harker pudo ver el futuro estado mental de Jimmy, y por lo tanto intentar
envenenarlo para evitar que se cristalizaran las sospechas que Jimmy aún no
sentía, ¿qué hizo Harker con el tubo del veneno después de haberlo usado?
¿Entonces Merrion Squires? El único motivo posible para que
Merrion deseara librarse de Jimmy es que estuviera más enamorado de lo que
admitía estarlo de la mujer de Jimmy. Blount averiguaría esto, si había algo
que averiguar. Pero, en cualquier caso, esto no era lógico, porque Alice era
libre para pedir el divorcio de su marido... él la había tanteado a ese
respecto. Y lo mismo podía aplicarse a la misma señora Lake, en caso de
sospechar que ella hubiera querido envenenar a su marido para casarse con Merrion.
¿Charles Kennington? ¿Un gesto quijotesco? ¿Asesinar a Jimmy
porque éste había sido infiel a la hermana de Charles? Absurda ¿Porque Jimmy
le había robado la novia? No tan absurdo, pero bastante absurdo.
¿Brian Ingle? Porque amaba a Nita y, desaparecido Jimmy, tal vez
ella lo eligiera. No. Era demasiado frágil como argumento.
Quedaba la otra hipótesis: que no hubo accidente con las copas y
que Nita era la víctima elegida.
Edgar Billson. No había motivo aparente. Harker Fortescue:
descartado. Blount no había podido descubrir ninguna asociación entre Harker y
Nita como no fuera que ella trabajó para la agencia de Harker algún tiempo
antes de la guerra.
¿Merrion Squires? No simpatizaba con Nita. Nos dijo que ella
había rechazado sus avances. Pero Merrion corteja a cualquier mujer... ésto es
una cosa automática en él. Y si todas las que lo han rechazado hubieran de ser
asesinadas, Londres estaría lleno de mujeres muertas. No se había descubierto
un vínculo real entre él y Nita. No hay que contar con él por el momento.
¿Brian Ingle? Estaba enamorado de Nita. Con pocas esperanzas. Un
buen tipo. Era inconcebible que conociendo a Nita por varios años y no
ignorando probablemente las relaciones de ella con Jimmy, hubiera decidido
súbitamente envenenarla.
¿Charles Kennington? En realidad éste era el más sospechoso.
Sólo tenemos su palabra de que pensara entregar su novia a Jimmy sin una
protesta. Él llevó el veneno. Su experiencia y preparación en el Servicio
Secreto hacen que sea la persona más capaz de haberse librado después del
frasquito de veneno. ¿Qué dijo el tonto del mensajero la mañana anterior?...
"Millones de jóvenes han aprendido a matar. Y con mucho arte."
Realmente fue bastante artístico. Al menos podría serlo: un crimen cuidadosamente
planeado, que se quiere hacer pasar por un crimen ocasional. Es obvio que
Kennington tiene muy desarrollado el instinto dramático. ¡Si estas paredes
pudieran repetir lo que él dijo a Nita aquella noche! Ella le confesó sus
relaciones con Jimmy... por esto le pidió que viniera a verla. ¿Se limitó él a
darles su bendición, como nos ha dicho a nosotros? ¿O se enfureció? ¿O
pretendió aceptarlo tranquilamente y salió de allí con instintos asesinos en
el corazón? Nita estaba aún nerviosa a la mañana siguiente... el pañuelo
arrugado, el aire distraído. Pero un obstáculo gigantesco se interpone:
Charles Kennington no parece ser, por ninguna señal o síntoma, un hombre
celoso. Basta mirarlo. Basta pensar un momento en él. ¿Es posible imaginarlo
como Otelo?
Lo mismo puede decirse de su hermana. Ambos son criaturas
altamente civilizadas. ¿Por qué, después de aceptar durante años a la querida
de su marido, Alice Lake iba a decidir asesinarla? Si ella fuera una mujer
neurótica o terriblemente apasionada, si estuviera perdidamente enamorada de
Jimmy, aun en ese caso... bueno, debía ocurrir antes algo que hiciera estallar
su acumulado resentimiento. Pero seguramente Alice Lake no es mujer de ese
tipo. Pensemos en ella sentada junto al lecho de Jimmy, tomándole la mano como
si fuera una enfermera tomándole el pulso. Pensemos. De todos modos debo
conocerla mejor antes de estar seguro. Y debo conocer mejor a Charles.
¿Y Jimmy Lake? El único motivo posible que él podría tener, ya
que su mujer sabía sus relaciones con Nita y no se oponía a ellas, era que
quisiera librarse de Nita y no pudiera hacerlo de otra manera. No hay que
desdeñar ese motivo, hijo mío. En determinadas circunstancias puede ser muy
poderoso. ¿En qué condiciones? Primero: que Nita tuviera un carácter
insinuante, tenaz, terco. Y tenemos clara evidencia de que ella era así.
Segundo: que Jimmy estuviera cansado de ella. N o hay de esto prueba alguna;
una o dos oscuras sugerencias, que pueden interpretarse de manera muy distinta.
Tercero: que no hubiera otra manera de librarse del anzuelo. Parece absurdo:
¿por qué no iba sencillamente a dejarla? ¿O pagarle? Pero, psicológicamente, la
idea del asesinato no es tan absurda: un carácter débil, moralmente frágil, es
incapaz de librarse si no lo hace violentamente. ¿Pero tiene Jimmy debilidad de
carácter? ¿Cómo es Jimmy realmente? En verdad no lo sabes. Averígualo entonces.
Y averigua, de paso, si él sería capaz -después de haber envenenado a la
muchacha- de golpearle la espalda públicamente, mientras le dice que escupa el
veneno. Parece increíble, parece macabro que nadie... y además, ¿cómo se libró
del frasquito del veneno?
El problema volvía, una y otra vez, a aquella pregunta
insoluble, que se aplicaba por igual a todos los sospechosos, exceptuando a
Brian Ingle. Brian podía haber tirado el frasquito a la calle cuando abrió la
ventana. Y el frasquito podía haber sido llevado por la suela de un zapato o
por la cubierta de un automóvil. Pero Brian parecía la persona que precisamente
carecía de motivos para querer matar a Nita o a Jimmy. La experiencia de
Charles Kennington lo colocaba en seguida en la lista de sospechosos. ¿Pero
cómo era posible, hasta para la persona que capturó a Stultz, hacer desaparecer
el frasquito de la habitación? Blount había tratado muy severamente al sargento
Mes-ser. Pero en realidad, según sabía Nigel, el sargento sólo cometió una
equivocación en un punto del registro. Había examinado cuidadosamente las
ropas de los sospechosos detrás del biombo; había buscado en los posible
escondrijos secretos del cuerpo, aunque ninguno de ellos tuvo ocasión de
ocultar el frasquito en esa forma. El único punto en el que podía haberse
descuidado era en examinar las bocas. Había mirado dentro, pero no había pasado
el dedo contra los dientes. Teóricamente el frasquito pudo estar oculto detrás
de los molares... en el lugar donde, según Charles Kennington les informara más
temprano esa misma mañana, los nazis guardaban sus tubitos en caso de peligro
inminente.
Pero había dos terribles objeciones para esta posibilidad.
Primero: sólo un loco podía intentar esconder el tubito de esa manera, cuando
no ignoraba que la policía iba a hacer una búsqueda minuciosa y cuando bastaba
con dejar caer el frasco en cualquier rincón del cuarto, después de meterlo en
el bolsillo, oculto en el pañuelo, para quedar libre de sospecha. Segundo: si
alguno hubiera sido lo bastante loco como para ocultar el tubito en esa forma,
seguramente se hubiera traicionado, porque el tubo fue roto para echar el
veneno en la taza de Nita, y seguramente quedaban bastantes trazas de veneno en
la cápsula como para provocar, por lo menos, un ataque de sofocación al ser
colocado en la boca. En realidad fue la certeza de esto lo que obligó al
cuidadoso sargento Messer a examinar ligeramente las bocas de los sospechosos.
Nigel, encendiendo otro cigarrillo, se preparó a estudiar una
vez más este problema. Se presentaban dos preguntas enigmáticas. ¿Cómo se
ocultó el frasquito a la policía y cómo se lo sacó de la habitación? ¿Por qué
fue necesario para el asesino que el frasquito desapareciera de la habitación?
Varias veces había dado vueltas en su mente a la primera pregunta, sin llegar a
ninguna conclusión. Tal vez si pudiera encontrar la respuesta... N o, si
pudiera imaginar una posible respuesta a la segunda pregunta, ésta echaría
alguna luz sobre la primera.
Veamos, ¿por qué hace desaparecer un asesino el arma del lugar
del crimen? Porque podría ser identificada, y acusarlo. Pero, en este caso,
todos hemos visto el arma: estaba a la vista unos momentos antes del crimen.
Por lo tanto, el criminal no tenía necesidad de hacerla desaparecer. Pero el
asesino la hizo desaparecer. Es un círculo vicioso, sin quiebra, sin modo
alguno de quebrarlo... ¡Oh, sagrados antepasados míos hasta la centésima
generación! ¡Ya lo sé! ¡Ya sé cómo romper el círculo!
Nigel saltó del sillón y comenzó a recorrer la habitación
excitadamente, con la mente llena de la imagen que una frase casual hizo
surgir en ella. Una imagen clara, nítida: absurdamente simple y que, sin
embargo, trastornaba toda su concepción del caso. Implicaba algo perfectamente
lógico, era la única respuesta ajustada a la segunda pregunta; y con creciente
excitación comprendió que también contestaba a la primera. Pero no daba, debió
reconocerlo de mala gana, clave alguna sobre la identidad del asesino. Aunque
esto podía esperar. Tomó el teléfono y llamó al superintendente Blount, en
Scotland Yard.
-¿Blount? Habla Strangeways. Se me ha metido en la cabeza una
idea extraordinaria... Sí, se trata del envenenamiento de Nita Prince. Creo que
sé cómo y por qué el asesino hizo desaparecer el frasquito del veneno... No,
todavía no sé quién es... No, diablos, todavía no tengo ninguna prueba... fue
un puro ejercicio mental. No sea grosero, Blount. Conseguir pruebas es trabajo
de los malditos policías, entre los que usted se incluye. Podría sugerirle,
para comenzar, que averiguara cuáles de los sospechosos podían obtener
veneno... sí, ya sé que estaba al alcance de todos, no soy débil mental; me
refiero a otra fuente de cianuro... ¿Qué?.. Sí, en principio no importa que se
enteren de que usted lo está buscando. Esto trastornará completamente al señor
X, sea quien sea, y es posible que le haga hacer alguna tontería... No, no,
pura comedia. Es esencial averiguar si alguno de ellos podía obtener el veneno
en otra parte. El asunto es... -pero Nigel no tuvo tiempo de desarrollar su
historia, porque sonó el timbre; entró poco después Brian Ingle y Nigel debió
cortar la comunicación.
Brian se sentó en el sillón que Nigel había dejado. Sus ojos
recorrieron la habitación, parpadeando, como si la luz, o lo que veía, los
lastimara.
-¿Ha estado antes aquí? -preguntó casualmente Nigel.
-Oh, no. No. Hubiera sido imposible, ¿verdad? Quiero decir,
sintiendo lo que yo sentía por Nita.
Después de una pausa Nigel dijo:
-Desearía que me hablara de ella.
-Sí, deseaba hacerlo. Pero usted ha estado muy ocupado. Y...
quiero decir, Nigel... ¿sospecha la policía de alguien en particular? ¿De
Billson? He visto que Merrion volvió a trabajar esta mañana; por lo tanto, no
se trata de él.
-Curioso. Es usted la primera persona que me interroga sobre
ello. El dominio de sí mismo de nuestros colegas es notable.
-No creo que se dominen -estalló el hombrecito-, es puro
cinismo. ¿Qué les importa? Una muerte más. Y hemos tenido tantas muertes en
estos últimos años que nuestras reacciones ante la muerte se han atrofiado. Ya
no nos interesa.
-¿Incluso a Jimmy?
Brian Ingle cayó en uno de sus acostumbrados silencios. Nigel
sabía que no debía quebrarlo o tratar de apresurarlo. Era como observar a un
ratón arrastrando una montaña.
-No lo sé -dijo Brian finalmente-. Jimmy estaba enamorado de
ella, naturalmente. Pero... quisiera saberlo.
-Pero... -interrumpió Nigel.
Después de otro pesado silencio. Brian dijo:
-Nita era muy desdichada últimamente.
-¿Le hizo a usted alguna confidencia?
Los ojos de Brian Ingle recorrieron la habitación, algo más
ávidamente.
-Jimmy era bondadoso con ella. Sí, debo reconocerlo -hizo otra
larga pausa-. Sabe usted, Nigel, me era imposible hablar con ese
superintendente. Ya sé que es un hombre muy decente. Pero todo parecía tan
brutal. Ella ha muerto. ¿Qué importa quién la mató? Y... bueno:
Arrancarnos el corazón
Y dejar de lado el amor
Que no queremos usar otra vez
Hasta la Eternidad.
"Yo he tenido que arrancarme muchas cosas. Y toda la
investigación policial (preguntas, preguntas, más preguntas) era como ser
interrumpido por abogados, y llamados telefónicos, y cartas de pésame
cuando... -su voz se quebró un instante- cuando tratamos de consolarnos.
-Sí, ya sé. Pero tal vez podemos decir una cosa; es posible que
la mejor parte de la vida de Nita hubiera terminado ya.
-Yo podría haberla hecho feliz -dijo Brian, con afectada
sencillez-. Usted no ignora -añadió con una sonrisa forzada- que yo puedo
aceptar cualquier grado de domesticidad.
-¿Y Jimmy no podía aceptarla?
Brian Ingle cayó otra vez en abstracción. Cuando habló, como le
ocurría frecuentemente, pareció referirse a otra cosa.
-A veces ella me visitaba en mi casa... yo siempre me negué a
venir aquí... es tal vez la única cosa que le he negado. Nita sabía que podía
confiar en mí para escucharla y para consolarla. Me hablaba de su vida con
Jimmy.
-Eso era cruel de parte de ella, ¿verdad?
-¡Oh, sí! Supongo que sí. Se es cruel cuando se está enamorado.
Se es cruel para todos los demás, quiero decir, cuando se está tan enamorado
como lo estaba Nita de Jimmy. El enamorado pasa por alto los sentimientos de
los demás. Y le aseguro que si Jimmy la hubiera dejado ella habría muerto de
pena.
-Tuvo bastantes amantes antes que Jimmy -dijo Nigel, con
deliberada rudeza. Brian Ingle no se inmutó.
-Precisamente -dijo, siguiendo algún enigmático pensamiento
suyo-. Ya sabe usted que todos la abandonaron, tarde o temprano. Ninguno le
ofreció casarse con ella.
-¿Por qué?
-Porque era demasiado hermosa. Su belleza hacía que los hombres
se equivocaran con ella, Nigel. Creían que se trataba de la perfecta... de la
perfecta cortesana. Y pronto descubrían que se trataba de una especie de
trampa: creían entrar en el templo de Afrodita Pandemos y se encontraban en un
hogarcito cómodo, doméstico, con estufas y tejidos alrededor. Con esto -hizo un
ademán señalando el cuarto.
-Sin embargo, esto parece haber agradado a Jimmy.
-Nita también lo creyó al principio. Durante algún tiempo;
Supongo que también lo creyó él. Jimmy y su mujer son personas sofisticadas.
Son lo que se llama "modernos", de costumbres fáciles. Nita era muy
distinta. La pasión de ella por las cosas domésticas fue, al comienzo, una
especie de juego divertido y nuevo para Jimmy. Pero luego comenzó a comprender
que ella no bromeaba y que con toda seriedad...
-¿No había posibilidad de... "facilidades"?
-¿Puede usted reprochárselo? Sé que es fácil decir que una
mujer le echa las garras a un hombre y que lo sofoca... ah, esa palabra
"sofocar" me recuerda novelas femeninas de cierto tipo, que yo
acostumbraba leer. Pero la gente que habla así nunca ve el otro lado de la
moneda, el lado de la mujer. Precisamente porque Nita había llevado una vida
turbulenta, porque todos esos hombres la quisieron solamente para querida y no
para esposa, era por lo que estimaba tanto la seguridad. Naturalmente, toda
mujer busca la seguridad: es biológico. Pero Nita la ambicionaba terriblemente.
Yo me burlaba de ella. Amablemente, claro está. Pero ella, pobrecita, no tenía
sentido del humor. ¿Y por qué habría de tenerlo en ese asunto? Oh, sí, parecía
tan correcta, invulnerable y llena de éxito., ¿verdad? Y debajo de esto había
pánico y caos. N o creía en sí misma, sospechaba que en ella había algo muy
malo, porque nadie quería casarse con ella y darle seguridad.
-¿Y lo hizo Jimmy? Quiero decir, ¿le dio él seguridad?
-Le dio todo lo superfluo de la seguridad, sí -replicó Brian,
lanzando otra larga mirada alrededor de la habitación-. Y, por un tiempo,
también le proporcionó un sentimiento de seguridad... ya sabe usted cómo pueden
engañarse las mujeres tomando la sombra por la realidad, cuando la realidad no
está presente... ya sabe usted cómo construyen edificios emocionales con
ladrillos de paja. Y como Jimmy le había dado con tanta fuerza el sentimiento
de seguridad... -Brian se interrumpió bruscamente.
-… ¿Su desilusión cuando Nita se enteró de que Jimmy sólo
estaba jugando fue aún más penosa? -sugirió Nigel.
Brian Ingle pareció examinar esto desde todos los ángulos, como
una dueña de casa al efectuar compras frente a un mostrador, antes de
contestar.
-Me pregunto si eso es exacto. He dicho que hubo un tiempo en
que su falso hogar con Nita casi amenazó su hogar verdadero, con su mujer, ya
sabe usted. Él supo que debía escoger entre las dos, que el equilibrio no podía
seguirse manteniendo. A partir de entonces Jimmy estuvo entre dos fuegos... y
Nita empezó a ser desdichada.
Nigel encontraba todo esto terriblemente interesante. Los
comentarios de Brian eran mucho más sólidos que las deslumbrantes y
superficiales conclusiones de Merrion Squires sobre ambas personas.
-¿Cree usted que Jimmy quería dejarla?
-Inconscientemente sí. Pero recuerde que Nita debía tener para
él un gran atractivo sexual. Quiero decir que Jimmy es un hombre débil, sin
propósitos definidos, con algo de personaje de Dickens. Y esperaba que algo
cortara el nudo que él carecía de fuerza para cortar.
-¿Se refiere usted, en este caso, al fin de la guerra?
-Indudablemente. Jimmy se hubiera visto obligado a definirse. Me
atrevo a suponer que él ignoraba qué nudo iba a cortar.
-¿El nudo de Nita o el nudo de Alice?
-Exactamente
-¿Y Nita conocía el conflicto que había en el corazón de Jimmy?
-Sabía que Jimmy había llegado al límite. Y trató, por todos los
medios, de hacer que se decidiera por ella.
-¿De ahí el pedido de divorcio?
-Así es. Y otras cosas. Después de todo la pobre muchacha
defendía su vida.
-¿Otras cosas?
-No lo sé... nunca lo he experimentado... pero puedo imaginar
cómo una mujer puede ser infernal para un hombre que está decidida a retener;
cuando cada mirada, cada ademán o cada silencio son un reproche o un llamado;
cuando se usan todas las trampas. Creo, también, que Nita tenía muchos
recursos.
-Pero, si efectivamente ella le volvía las cosas tan difíciles
¿por qué él no la dejó sencillamente?
-Mi querido Nigel, la vida no es tan sencilla como parece. Jimmy
la tenía metida en la sangre. La amaba. ¡Oh, sí, realmente la quería! No se
podía librar de ella abandonándola sencillamente... Es un hombre demasiado
inteligente para suponerlo.
-¿No podía librarse de ella, de su problema, de su conflicto,
hasta que ella estuviera muerta? -preguntó Nigel intencionadamente.
Brian Ingle se echó hacia atrás en la silla, con las manos hacia
adelante como para protegerse de la pregunta.
-No -exclamó-. No, no. Por favor. Esto es atroz. Parece como si
yo quisiera acusarlo de... Realmente no lo creo.
-¿Pero tal vez se le ha ocurrido esa sospecha?
Siguió el más largo de los silencios de Brian. Parecía preso de
un ataque epiléptico, quedó mudo e insensible. Finalmente habló, como si lo
hiciera para sí mismo:
-Nita estaba asustada.
Otra pausa.
-¿Asustada? ¿Recientemente?
-La mañana en que murió... en que fue asesinada.
-¿Cómo ha sido eso? -preguntó Nigel delicadamente, como si
acunara a un niño.
-No se lo dije al superintendente -dijo Brian lentamente-.
Cuando me interrogó no tuve deseos de hacerlo, no me importaba quién la
hubiera matado, no me parecía importante. Indudablemente estuve mal. De todos
modos, la mañana de su muerte, Nita vino temprano a mi oficina en el
Ministerio. Me di cuenta de que estaba preocupada... hablaba incoherentemente,
tratando de decirme algo. "Oh, Brian, ¿qué voy a hacer? ¿Qué puedo
hacer?" Repetía esto constantemente. Salvajemente. Ya sabe usted que cuando
ese tipo de mujer se alarma se transforma en un animal. Es aterrorizante. La
angustia mental se comunica al cuerpo; se ve su cuerpo, su rostro, como un
animal en una trampa, luchando, saltando, retorciéndose un momento y, en el
siguiente, absolutamente inerte, petrificado, en una especie de coma, como
presintiendo la muerte.
Brian Ingle se interrumpió bruscamente, embargado por el dolor
del recuerdo.
-¿Qué dijo ella? -preguntó Nigel.
-Estoy tratando de recordarlo. Es muy difícil.
Estaba, en realidad.. . parecía presa de un delirio. Sus
palabras casi carecían de sentido. Repetía: "Es mi última oportunidad. El
ha dicho que es mi última oportunidad." "¿La última oportunidad para
qué?", pregunté. "Para dejarlo". "¿Para dejar a Jimmy,
quieres decir?" Asintió. "Pero no lo haré, no lo haré, no lo
haré". Y estalló en terribles sollozos. Traté de tranquilizarla. Se calmó
un poco. Y le pregunté entonces, no sé por qué, cuándo había él dicho eso.
"Anoche. Vino a casa. Brian, estoy asustada. No sé qué hacer." No
pude hablar más con ella porque entró Jimmy... supongo que oyó la voz de ella
desde afuera... y dijo que la necesitaba inmediatamente para que escribiera
algunas cartas.
-¿Recuerda si ella dijo algo más? Cualquier cosa. Aunque
parezca una locura.
-No... Espere un momento... Sí, dijo algo muy extraño... parecía
un delirio. Murmuró: "Me asustó tanto verlo. Sé que él es así. Fue
horrible, Brian. Pero tú no entenderías". Y, después de un momento,
prosiguió: "Quisiera poder confiar en él. No puedo confiar en nadie
ahora". Por lo tanto traté de decirle que siempre podía confiar en mí, e
intenté consolarla. Y ella dijo: "Ya lo sé, Brian. Pero tú eres
diferente". Oh, sí. Yo siempre era diferente. El perrito fiel que se saca
de paseo cuando no hay nadie más con quien pasear...
Brian se interrumpió, avergonzado de aquella muestra de
amargura.
-Y ese "él" de quien ella hablaba, ese "él"
que le daba su última oportunidad, en quien ella hubiera deseado confiar,
¿quién cree usted que era?
-Eso es obvio -los ojos de Brian se abrieron azorados-. ¿De
quién podía hablar sino de Jimmy?
-¿Pero por qué iba a sorprenderla tanto Jimmy cuando lo vio?
-No lo sé. Supongo que no lo esperaba o algo por el estilo.
¿Quién más iba a concurrir a casa de ella de noche, quién más, quiero decir,
tendría poder para alarmada?
-¿Quién en verdad? -preguntó Nigel, mirando sus pies y la suave
alfombra persa sobre la que descansaban. Ese "él" mencionado por la
pobre y enloquecida Nita, debía ser Jimmy; necesitaba ser Jimmy. Pero ella
podía haber hablado de dos "él" diferentes. Todo es posible.
Nuevas preguntas no extrajeron más leche de aquella vaca.
Brian Ingle comenzó a mirar a su alrededor, con aire ausente e
impa
ciente.
-¿Quiere recoger ahora su libro?
Saltando de su asiento Brian se precipitó hacia la estantería, y
la recorrió con la mirada.
-¡Oh, aquí está! -miró un momento la inscripción de la cubierta
y después se metió el libro en el bolsillo.
"¡Hola -dijo-, no sabía que nadie leyera a Clough hoy en
día! tomó los poemas de Clough, que yacían en la mesa junto a la silla de
Nigel, y abrió el libro donde estaba marcado-. Éste es un pasaje interesante
-dijo inmediatamente-. Hubiera sido un buen novelista, ¿verdad? "Como
pérdidas en los juegos que se juegan por nada". Es curioso que haya usado
esa palabra.
-¿Qué palabra?
-Juegos. La misma idea de todos modos: "jugar a la
domesticidad".
-Oh sí, sí. Seguramente.
-Parece, Nigel, que Clough hubiera conocido a Jimmy
personalmente. Extraordinario. Esta descripción parece un retrato de él en
tamaño natural. O de la idea que Nita tenía de él.
-Pero debe haber sido otro parecido en ese pasaje lo que llamó
la atención de ella. ¿Cómo es? "Allí, con sus tranquilos ojos, ella me
encontró y no supo nada... Permaneció esperando, inconsciente. No habló de
obligaciones." Ésta es Alice Lake. Podría asegurarlo.
-Ah. Sí, así debe ser. ¿Pero qué le hace suponer que ése es el
pasaje que interesaba a Nita?
-Mire al margen. Nita escribió allí una A mayúscula. La A de
Alice.
-Esto es una bomba. Sí, así parece. ¡Es tan débil! No lo vi al
principio. Pero no es ella quien ha trazado esta A. No es su letra. Nita
siempre hacía las A como caracteres impresos. Esta A tiene otro trazo. Mire.
Nigel saltó y casi le arrebató el libro.
-Sí, por Dios, tiene usted razón. No comprendo cómo no me di
cuenta. Yo he visto muchísimas veces la A de Nita. Usaba su nombre completo,
Anita, cuando firmaba, ¿verdad? Esto es muy curioso. Y la
última persona que puede haber marcado el libro es el propio
Jimmy.
-Pero su A mayúscula es también muy distinta a ésta.
-Sí. Bueno, quizá esto no significa nada. Tengo que irme ahora.
¿No desea llevarse nada más?
Brian Ingle dijo que no. Sus ojos recorrieron tristemente la
habitación un momento. Después se dio vuelta y salió. En cuando la puerta se
cerró tras de él, Nigel fue hasta la estantería y comenzó a mirar
cuidadosamente las primeras páginas de los libros. Al fin dio con lo que
buscaba: un libro dedicado por Nita a Jimmy. Lo llevó hasta la ventana y
comparó cuidadosamente las letras con la A trazada en el margen de una página
del libro de Clough.
Se le ocurrió de pronto que, si se trazaba una J y se le añadía
un trazo A, se produciría una A exactamente como la que estaba trazada en el
margen. Siempre que fuera una J perfecta. Y ahora, en la primera página del
libro, aparecía: "A Jimmy con todo mi amor, Nita." Y la J de Jimmy
parecía idéntica en forma al lado izquierdo de la letra A escrita en el
margen. La deducción natural era que Nita había escrito allí primeramente una
J, porque el pasaje le había recordado a Jimmy; posiblemente era también ella
quien había trazado el signo de interrogación al lado. Después, alguien
transformó la J en una A. ¿Quién? ¿Y por qué? Nigel no estaba seguro todavía.
De todos modos, podía tratarse de un simple pasatiempo. Posiblemente los
estudiosos de Scotland Yard podrían averiguar si la A era, efectivamente, una
letra compuesta, trazada por dos manos diferentes. Sería provechoso estar
seguro de esto. Nigel salió del departamento llevando los dos libros bajo el
brazo y se encaminó hacia Scotland Yard.
Unas horas después, mientras cenaba en el club, un criado lo
llamó al teléfono. Era un llamado de Blount.
-Ese libro que usted me dejó... Los expertos afirman que la A
está compuesta. La parte de la J está más marcada que el resto, de todos modos.
Y el trazo se afirma hacia el final, que es la manera normal de escribir la
J... comenzando por arriba. Y terminando en la curva. Para escribir una A
mayúscula generalmente se comienza en la curva y se sube luego, y después se
traza hacia abajo el lado derecho de la letra y...
-Está bien. Ya sabía eso. ¿Qué hay de la segunda posible fuente
de suministro de veneno? ¿Ha tenido tiempo de ocuparse de eso?
-Sí. Por lo menos cuatro de los sospechosos podían obtener
cianuro.
-¡Demonio! Esto es demasiado. Demasiado, Blount.
-Billson lo utilizaba para sus fotografías. El señor Lake y el
señor Fortescue poseen, o por lo menos poseyeron alguna vez, cápsulas de
veneno. La señora Lake podía apoderarse de las cápsulas del señor Lake. Billson
firmó el pedido del veneno en forma ordinaria; debemos controlar ahora la
cantidad que recibió en la farmacia con la cantidad que le queda aún. El señor
Lake y el señor Fortescue dicen que obtuvieron el suyo privadamente en el
otoño de 1940, cuando se temía la invasión; ambos sospechaban encontrarse en la
lista negra nazi y, por lo tanto, querían estar preparados.
-¿Pero ellos dicen que no disponen ahora de las cápsulas?
-El señor Fortescue dice que en el día de la Victoria... él hizo
desaparecer el veneno que poseía... en una pequeña ceremonia privada. El señor
Lake (he ido a verlo) tenía su cápsula cuidadosamente guardada. O por lo menos
así creía. Pero cuando abrimos el cajón con la llave que me entregó, la cápsula
no estaba allí. La señora Lake asegura que ella ignoraba la existencia de esta
cápsula y que no podía, por lo tanto, explicar su desaparición. Esto es todo. Y
es mejor que me diga usted qué está pensando.
-Un momento. ¿Todos han dado la información libremente?
-Sí... sí. Creo que la señora Lake se sorprendió un poco; ella
estaba con su marido cuando yo lo interrogué. Pero no hubo ninguna intención
de mentir o de negar.
-¿Sabían Lake y Fortescue que cada uno de ellos poseía cápsulas
de cianuro?
-Sí.
-¿No podía tener Fortescue otra fuente de suministro? ¿No usaba
él también cianuro de potasio para sus fotografías?
-Dijo que no. Lo comprobaremos, claro está.
-¿Comprende usted, Blount, que el reconocimiento del asunto de
la cápsula es un punto a su favor en lo que respecta a las fotografías Q? No es
posible que necesitara veneno si era agente de los nazis.
-De acuerdo, para el caso que los alemanes ocuparan Inglaterra.
Pero lo necesitaba si el contraespionaje británico lo descubría.
-En ese caso, ¿para qué destruir la cápsula el día de la
Victoria? Todavía podía necesitarla.
-Sólo tenemos su palabra de que la haya destruido.
-Seguramente. Pero estaba en su interés presentarla si todavía
la tenía. De todos modos, mi opinión momentánea es que la posesión y la
destrucción de la cápsula es un punto en favor de Harker en el caso de las
fotografías Q, y un punto en contra en el asesinato de Nita Prince.
En el teléfono la voz rezongó un poco.
-Pero mi querido amigo: ¿sugiere usted que el tubo del veneno
del mayor Kennington no fue el arma que se empleó para este crimen? Esto es
absolutamente...
-Oh, hablando de Kennington, ¿seguramente él contaba con algún
medio rápido de suicidio durante su espionaje en Alemania?
-Sí -dijo Blount sombríamente-. Un pato podría nadar en la
cantidad de cianuro que está surgiendo ahora en este caso. Él dice que tenía
una cápsula, pero afirma que la entregó en el Cuartel General a su regreso de
Alemania. Naturalmente, estoy comprobando si eso es verdad. La Oficina de
Guerra me ha enviado una señal.
-Entiendo que esas tres cápsulas, la de Lake, la de Fortescue y
la de Kennington eran de naturaleza soluble.
-Así es.
-¿Y qué hay de Squires y de Ingle? ¿No disponían ellos de algún
poquito de veneno conservado en alguna parte?
-Según sus afirmaciones no es así -dijo Blount gravemente.
-Tanto peor. Indudablemente usted tendrá que recorrer todas las
farmacias. No olvide ninguna. Bueno, Blount, quisiera pedirle un favor.
-¿De qué se trata? -preguntó Blount desconfiadamente. .
-Trate de descubrir más veneno.
La voz del teléfono llegaba de manera enloquecida, y Nigel
retiró el receptor de su oído durante unos segundos. Cuando Blount descargó
su pecho, Nigel dijo:
-Creo que sería una buena idea conseguir un permiso de
allanamiento y comenzar a registrar los objetos de propiedad de todos los
sospechosos en busca de un tubo de veneno... un tubo tan parecido al que
Kennington quitó a Stultz como para confundirse con él.
Hubo un terrible silencio en el teléfono. Nigel sintió que
Blount luchaba para dominar sus emociones. Al fin, con voz difícilmente
controlada, el superintendente preguntó:
-¿Dónde sugiere usted que debo comenzar... este juego de
escondite?
-Oh, comience con los Lake. O con Charles Kennington.
-¿Sabía usted que Kennington se ha mudado a casa de los Lake?
-¿De veras? Bueno, bueno, bueno. Lo invitaré a almorzar mañana,
para que usted pueda trabajar en paz.
-Ahora, en este asunto del permiso de allanamiento, quizá usted
tuviera la bondad de decirme con qué pretexto debo solicitarlo -dijo Blount con
pesado sarcasmo.
-Se me enfría la comida. Lo lamento. Se trata de... Y Nigel
explicó al superintendente la idea que se había presentado a su mente esa
tarde, en el departamento de Nita Prince... la respuesta a la pregunta de por
qué había sido necesario para el asesino hacer desaparecer "la cosa de
Stultz" de la habitación después del crimen y cómo había logrado hacerlo.
Cuando Nigel terminó, Blount estuvo de acuerdo en solicitar el
permiso de allanamiento.
CAPÍTULO IX
Referencia: la señora Lake
A LAS once de la mañana siguiente, un domingo, Nigel Strangeways
se encaminaba en un ómnibus hacia la casa de los Lake, en Regent
Park. La noche anterior había invitado a almorzar al mayor
Kennington. Pero antes de hablar con él, quería hacer algunas preguntas a
Jimmy y a Alice Lake. Había cosas que, aunque no preguntara por ellas, esperaba
descubrir. Nigel creía conocer ahora la identidad, el móvil y el método del
asesino de Nita Prince. Pero carecía de pruebas y no sabía cómo obtenerlas, a
menos que el asesino cometiera un traspié. Las averiguaciones de Blount sobre
otra fuente de suministro de veneno podían provocar este traspié, o podían no
provocarlo. Todo dependía, realmente, de los nervios del asesino... ¿Y acaso
esta persona, que había permanecido tan hábilmente en silencio, que no había
hecho tentativas de disimulo o de despistar y que, por lo tanto, había
eliminado toda ocasión de traicionarse, podría ser arrastrada a la acción por
las averiguaciones de Blount, que indicaban que la policía estaba
peligrosamente cerca de descubrir el modo en que se cometió el crimen?
Recorriendo la desierta calle de Baker en lo alto del ómnibus,
Nigel pensaba intensamente. De ahora en adelante cada una de sus palabras
debería dirigirse a un fin, obligar al asesino, como una nutria acorralada, a
dejar la seguridad del silencio, de la inacción, de la tranquilidad y a salir
al aire libre. Sabía que tenía que vérselas con una mentalidad de gran
inteligencia y sutileza. En realidad ésta era la principal dificultad que
encontrara la policía desde el principio de la investigación... En lo que se
refería a la muerte de Nita Prince, no hubo mentiras generales, sino una
relativa ausencia de cosmografía, de exhibicionismo, de histeria, de falsas
confesiones, de cargos y contracargos en los cuales, normalmente, puede
apoyarse una investigación. Y esto era porque todos los sospechosos, con
excepción de Edgar Billson, eran personas muy inteligentes; además, habían
trabajado juntos durante varios años formando un grupo pequeño y exitoso,
cuyo esprit de corps, aunque ellos no lo reconocieran, los había afectado a
todos individualmente, creando cierta resistencia hacia cualquier influencia de
afuera que tendiera a criticar o a amenazar el grupo en su conjunto.
¿Qué había de verdad en la afirmación de que el director era
responsable de este esprit de corps? Sin disputa Jimmy era la mentalidad
creadora de la División. Su capacidad para el estilo de propaganda visual de
su incumbencia era notable; había creado, casi podía asegurarse, un nuevo
género en ese ramo y las producciones de la División llevaban todas el sello
de su personalidad. Su encanto y su tacto eran, además, indispensables, no
sólo para mantener bien aceitadas las ruedas de la organización, suavizando las
dificultades que surgían a veces entre sus empleados temperamentales, sino para
"vender sus conceptos de propaganda a otros departamentos gubernamentales.
No era difícil comprender su éxito, antes de la guerra, como miembro del Comité
Nacional de Relaciones Públicas en la Industria, esa organización de nombre
pomposo, establecida en la mitad del treinta y tantos, para la exportación de
productos británicos al extranjero. Pero en lo que a esprit de corps se
refiere, considerado como espíritu de lucha, Nigel se inclinaba a creer que la
División debía más a Harker Fortescue que al director. Era la capacidad de
dirección de Harker lo que los ayudó a pasar los ataques aéreos y las largas
horas de trabajo; era el cuidadoso examen que hacía Harker de cada detalle del
trabajo lo que los hizo estar siempre al día; eran la firmeza y la tenacidad
de él las que dieron curso a las ideas creadoras de Jimmy, pese a la
resistencia manifestada al principio por los departamentos gubernamentales,
cada uno de los cuales poseía un cuerpo propio de Relaciones Públicas, y cuyos
empleados desconfiaban o envidiaban el prestigio creciente del Ministerio de
Moral.
Tales eran los pensamientos de Nigel cuando, descendiendo del
ómnibus, caminó bajo el sol de julio por la calle en forma de media luna en
cuyo final se encontraba la casa de los Lake. La pintura estaba descolorida y
cayéndose, la magnífica hilera de casas estaba dividida en dos por una bomba.
Pero la grandeza no había abandonado aquel lugar.
Nigel llamó en el número 35. Alice Lake en persona abrió la
puerta. No pareció demasiado sorprendida de la visita, aunque indudablemente
no la esperaba.
-Hola -dijo, con su fría voz-. ¿Quiere usted ver a Jimmy? Está
levantado. Se ha levantado ayer, aunque no creo que le haga bien después de...
-su voz se apagó, como si hubiera perdido interés en el asunto.
-En realidad deseo verlos a ustedes dos.
-¡Oh!, yo estaba escribiendo. Es muy incómodo que la mucama no
venga los domingos. Me gusta trabajar todas las mañanas cuando estoy
escribiendo un libro. De otro modo pierdo contacto con mis personajes. ¿Se
trata de algo importante?
-Sí. Creo que sí. Aunque no me atrevería a decir que es más
importante que una de sus novelas.
-Espero que no utilice la palabra "importante" en el
sentido de la propaganda. Detesto pensar que yo pudiera ser una "novelista
importante". Significa una cantidad atroz de realismo social, de dureza,
de aburrimiento.
Abrió la puerta del estudio de Jimmy.
-Aquí está el señor Strangeways. Desea hablar con nosotros
dijo.
Jimmy se levantó de su silla. Su brazo izquierdo estaba en
cabestrillo. Sin aparente esfuerzo creó un clima de cordial bienvenida, casi
de solicitud para Nigel, en contraste con los modales descuidados de su
esposa. Poseía ese toque mágico que proviene de la buena educación heredada y
del éxito adquirido; había algo hipnótico en él.. tranquilizador y estimulante
a la vez.
-Es desagradable lo que ocurre con Harker -dijo-. El
superintendente acaba de decírmelo. Naturalmente es idiota pensar que el pobre
Harker trabajara con el enemigo. Pero es fácil comprender que le será difícil
continuar en su puesto mientras sospechan de él. ¿Qué podemos hacer? El
ministro está también algo enfadado.
"Realmente lo ignoro. Yo sería de opinión de imponerme y
sostener a Harker en su puesto. Después de todo será por poco tiempo. E
indudablemente él estará bajo vigilancia.
"Sí. En realidad no puedo prescindir de él. La División lo
necesita. Las cosas están ya bastante desorganizadas y el médico no me
permitirá regresar por lo menos en una semana. Me siento ya bastante bien,
pero ahora veo que una puñalada hace más daño de lo que parece.
Nigel tuvo la impresión de que Jimmy buscaba un poco de
comodidad hogareña y de cuidados; Pero no lograba obtener esto. Alice Lake,
sentada en el lado opuesto de la chimenea, con las manos cruzadas sobre la
falda, apenas parecía prestarles atención. Su mirada estaba abstraída; pensaba
quizá en los personajes que había dejado arriba, en su escritorio. Hubo un
momento de silencio que rompió Ni-gel diciendo simplemente:
-Es también desagradable que ustedes tuvieran una cápsula de
cianuro.
-¡Oh, mi píldora! Sí -el director rió amablemente-. Aunque debo
reconocer que no entiendo qué busca la policía. ¿Creen acaso que el veneno no
provenía del frasquito que trajo Charles? No puedo comprenderlo. ¿O se trata
sencillamente de un procedimiento rutinario?
-Blount tiene una teoría que parece interesarle mucho. ¿Tenían
ustedes la cápsula... en la casa, quiero decir?
La pregunta de Nigel produjo un curioso cambio de atmósfera.
Algo apologético apareció en la respuesta afirmativa de Jimmy. Alice permaneció
quieta, volviendo su delicada cabecita.
-Pero querida mía -Jimmy se dirigía ahora directamente a ella,
con una ligera nota de exasperación en la voz-, tú no estabas en la lista
negra nazi. Alice se ha molestado porque no conseguí también una píldora para
ella -explicó a Nigel.
-No creo que el señor Strangeways pueda interesarse en estas
querellas domésticas -dijo Alice, con voz ligeramente helada.
Tenía ingenio, pero carecía de humor, pensó Nigel: era
verdaderamente satírica,
-¿Ignoraba usted la existencia de esa cápsula? -preguntó Nigel.
-Sólo lo supe ayer por la tarde.
-¿Sabía alguien más que Jimmy poseía una cápsula?
-Harker. Quiero decir que arreglamos conjuntamente nuestro pacto
de suicidio -dijo Jimmy sonriendo amablemente-. No comprendo cómo pudo
enterarse alguien más. Yo guardaba la píldora en un cajón cerrado, en mi
habitación. Estaba en una cajita que llevaba escrita la palabra
"Veneno". En caso de que alguien...
-¿Y la llave del cajón?
-¡Oh, está en mi llavero! Y llevo siempre el llavero en el
bolsillo.
Excepto de noche, cuando lo coloco sobre la cómoda.
-¿Cuándo miró usted por última vez en el cajón... en la cajita
de píldoras, quiero decir, para comprobar si la cápsula estaba allí?
-Hace mucho. Creo que hace exactamente un año. -¿Le dijo Harker
que él había destruido la suya? -No... sí, naturalmente. En el día de la
Victoria. El director se sacudió en una de sus risas silenciosas, recordando,
indudablemente, la ceremonia realizada por Harker.
-Lamento insistir con estas aburridoras preguntas.
Indudablemente el superintendente las hizo ayer. Pero, ¿tendría usted la
bondad de decirme, señora Lake, si cuando su hermano vino a buscarla para ir
al Ministerio, se quedó aquí mucho tiempo? Quiero decir, ¿permanecieron aquí
mucho tiempo antes de salir?
-Lo que usted realmente quiere saber -replicó Alice Lake,
mirándolo fijamente con sus claros y fríos ojos- es si mi hermano fue solo a
la habitación de mi marido, ¿verdad?
-¿Es así?
-No. Permaneció aquí sólo cinco o diez minutos, y después estuvo
conmigo todo el tiempo, hasta que salimos.
-¿Le dijo a usted algo respecto a la señorita Prince esa mañana?
¿Algo referente a haberla visitado la noche anterior? ¿O habló de la ruptura de
su compromiso?
-Estas preguntas no son muy agradables -dijo la señora Lake.
-No las conteste si no desea hacerlo. No tengo ningún cargo
oficial en este asunto. Y comprendo que las preguntas son algo impertinentes.
Pero deseo averiguar quién mató a la muchacha.
-Oh, ¿por qué? -Alice Lake lo interrogó directamente, mientras
sus delicadas facciones permanecían impasibles. La pregunta podía ser de simple
curiosidad intelectual, dada la poca emoción que mostraba.
-Querida mía -interrumpió Jimmy-, no seas tan sofisticada.
Su mujer pareció no oído, pues continuó mirando a Nigel
fijamente, como si esperara una respuesta racional a su pregunta, pero apenas
esperando tenerla.
-Porque -dijo Nigel- si la teoría de Blount es correcta, alguien
a quien quiero y respeto es culpable de un crimen atroz. Preferiría que Blount
estuviera equivocado.
Por un momento Alice Lake pareció algo desconcertada.
-¿No son todos los crímenes atroces? -preguntó
apresuradamente-. No, supongo que no. Lo que llaman crimen pasional... puede
tener excusa. Pobre muchacha, debe haber sufrido mucho con todas estas cosas.
-¿Qué cosas?
-Las de Charles. Y las de Jimmy.
El director, que se movía incómodo en su silla, la increpó:
-Alice, si prosigues con esas raras consideraciones sobre el
caso terminarás por acusarme a mí de un crime passionnel.
-Bueno Jimmy, casi sería un alivio saber que tú eres culpable.
De todos modos es sorprendente. ¡Has tomado con tanta tranquilidad la muerte de
esa pobre muchacha!
-Demonios, ¿quieres que esté continuamente en un ataque de
histeria? Eso es lo que menos te gustaría.
-No, pero... -Alice se mordió los labios-. Todo esto debe ser
muy incómodo e interesante para el señor Strangeways. Naturalmente sé que tú no
lo hiciste, Jimmy -la cara del marido se iluminó, patéticamente, pero volvió
inmediatamente a apagarse cuando ella prosiguió-, porque yo vi el frasquito del
veneno sobre tu escritorio y no podías haberlo usado después, ya que la
señorita Prince retiró su taza antes de que tú regresaras junto al escritorio.
-Habría sido agradable -murmuró Jimmy-, si hubieras creído en mi
inocencia sin necesidad de que ésta fuera demostrada por la policía.
Nigel fue consciente, con mayor intensidad que nunca, de un
creciente abismo entre la pareja... un abismo a través del cual el marido
hacía ademanes conciliatorios y tiernos llamados, sólo para encontrar que la
esposa en el lado opuesto no les prestaba atención o los analizaba fríamente.
En aquel momento Nigel sintió verdadera pena por Jimmy Lake y explicó:
-Temo que no sea todo tan sencillo, señora Lake. Si la teoría de
Blount es exacta, Nita Prince no fue envenenada con el contenido del frasquito
de su hermano. Por eso todos vuelven a ser sospechosos.
-Dios mío -dijo Jimmy, con alguna consternación-, ya sospechaba
que todo ese asunto de la cápsula del veneno no era únicamente investigación
rutinaria. ¿Por qué? Es una locura. ¿Para qué habría alguien de traer veneno
cuando el veneno estaba allí, al alcance de la mano?
-No puedo imaginarlo -dijo Nigel, mientras pensaba cuán
frecuentemente una mentira engendra otra mentira-. Pero Blount es un hombre
inteligente y tenaz, y si él...
-Creo -dijo Alice, mientras sus manos cruzadas se apretaban más
y más sobre su falda-, creo, Jimmy, si tú no te opones, que deberé charlar a
solas con el señor Strangeways. ¿Quiere subir a mi cuarto? -preguntó,
levantándose bruscamente de la silla.
Volviéndose desde la puerta Nigel percibió una curiosa
expresión en el rostro del director. ¿Acaso de enojo? ¿De desilusión? ¿De
miedo? ¿O de creciente amargura? Quizá un poco de todo.
-Lamento que mi habitación esté en lo alto de la casa -dijo
Alice Lake, comenzando a subir las escaleras.
-¡Qué casa encantadora! Aunque debe ser difícil de calentar en
invierno.
-¡Oh, tenemos una buena caldera para la calefacción central!
-¿Pero no es difícil conseguir combustible ahora?
-Jimmy la llena por las noches. Cuando tenemos combustible,
naturalmente. Tomamos una ración de tres baños calientes por semana. Es
molesto carecer de gas.
Después de subir varios pisos -las habitaciones del tercero y
del cuarto permanecerían cerradas, mientras durara la guerra, según explicó la
señora Lake-llegaron al torreón de Alice: un cuarto de trabajo formado por dos
o tres habitaciones de servicio cuyas paredes se habían derribado. Aquí, desde
lo alto de la casa, había una magnífica vista de Regent Park. Esta vista
parecía la única concesión hecha al sentido estético, porque la habitación
estaba desnuda, daba casi impresión de desolación al visitante: una gran mesa
de cocina cubierta por notas y papeles, hacia donde se volvieron
automáticamente las miradas de Alice Lake; una estufa eléctrica; una gastada
silla de paja y varias de madera; unos pocos estantes en las paredes que
estaban a su vez pintadas de color crema y a las cuales no adornaba ningún
cuadro.
-Ciertamente éste es un cuarto de trabajo -dijo Nigel.
-¿Le parece demasiado severo? Así debe ser: aleja a la gente...
a mi marido. En realidad necesitaría un alambrado de púas en el rellano de la
escalera. No sabe usted cómo, si uno es escritor (especialmente escritora), la
gente cree que puede disponer de todo nuestro tiempo. Hay que pelear con uñas y
dientes para defenderlo. No me refiero a usted, naturalmente. Siéntese, por
favor. Hay cigarrillos sobre la chimenea.
Alice Lake se sentó en una silla dura junto a la mesa de cocina.
Sus miradas recorrieron una vez más los papeles. Después los apartó suavemente,
como si fueran una tentación.
-Dígame señor Strangeways... ¿Es de mi marido de quien sospecha
la policía?
-Verdaderamente no sé en estos momentos quién es el principal
sospechoso. Sinceramente.
Alice cruzó las manos sobre la falda y lo miró de frente.
-Preguntaba usted por mi hermano. No quiero hablar de él
delante de Jimmy. La mañana en que vino a buscarme... dijo algo sobre Nita
Prince.
-¿Qué dijo?
-Bueno, no tuvimos mucho tiempo para hablar: sólo permaneció
aquí diez minutos y después tomamos un taxi para ir al Ministerio. Pero en
realidad me preguntó si yo pensaba pedir el divorcio. Yo no pensaba hacerlo,
como usted no ignora.
-¿Había discutido él la situación con Nita?
-Sí, la noche anterior. Él se lo dijo a usted.
-Quiero decir: ¿le dijo Charles en esa oportunidad que había
discutido con Nita la noche anterior?
-Oh, comprendo. Sí, me dijo que la había visto después de
regresar a Inglaterra, aunque no me contó las circunstancias.
-¿Las circunstancias?
-Esa tontería de disfrazarse.
-¿Tiene usted la impresión de que Nita quería utilizarlo como
intermediario para el divorcio?
Alice Lake pareció considerar esto como una proposición
abstracta o como una posible situación para una de sus novelas.
-No. No exactamente -replicó después de una pausa-. Creo que él
procuró averiguar mis intenciones al respecto por... por interés propio.
-¿Estaba todavía interesado en Nita por lo tanto?
-Supongo que podría interpretarse así. Sí, naturalmente estaba
interesado. Pero estoy segura de que no pensaba obligarla a mantener el
compromiso.
-¿Cree usted que si Jimmy la hubiera dejado y hubiera vuelto a
usted, Charles se habría casado con ella?
-Ésas son simples suposiciones -dijo ella, casi
reprobatoriamente, con su voz alta y ligera-. Es difícil imaginar a Charles
como un hombre casadero... es difícil para mí imaginarlo. Pero probablemente
estoy demasiado cerca de él para verlo con claridad.
Nigel atacó por otro ángulo.
-¿Cree usted que Charles haría todo lo posible para defender el
matrimonio de usted?
-Si creía que valía la pena defenderlo, sí... En ese caso
supongo que lo hubiera hecho.
-¿Le dijo a usted aquella mañana que la noche anterior había
dado a Nita una última oportunidad para dejar a Jimmy? ¿O sugirió que lo había
hecho?
Una expresión de miedo y de perplejidad atravesó el rostro de
Alice; era la primera vez, durante la charla, que ella demostraba alguna
emoción.
-No -dijo-, realmente no. Hay una atroz suposición en eso.
Prosiguió con más calma: -Después de todo, al ver a Nita, sólo oyó el punto de
vista de ella. Todavía no nos había visto a Jimmy ni a mí. N o tenía base para
juzgar nuestro matrimonio... para saber si valía la pena
"defenderlo".
-¿No le había escrito usted sobre el asunto?
-No, hacía tiempo que no le escribía. Usted recordará que se
suponía que Charles había muerto.
-¿Conoce usted bien a Merrion Squires?
El repentino cambio de frente no pareció desconcertar a Alice
Lake. Realmente, pensó Nigel, parecía aliviada. Alice dijo que había salido
algunas veces con Merrion durante el primer año de infidelidad de su marido, y
que Merrion le había hecho algunos retratos.
-Supongo que yo tenía una vaga y tonta idea de "pagar a
Jimmy en su misma moneda" -su voz colocó la frase entre satíricas
comillas-, pero, naturalmente, no hice nada. No soy mujer de ese tipo. Tal vez
Jimmy nunca se habría apartado de mí si lo fuera -añadió, con un delicado
encogimiento de hombros.
-Temo que mis preguntas se vuelvan cada vez más impertinentes
-dijo Nigel, sonriéndole-, pero mucho depende de eso... Usted utilizó una frase
sobre si su matrimonio valía la pena de ser defendido... Le ruego que me
perdone, ¿pero realmente cree eso? ¿Lo cree ahora?
Alice Lake dejó de mirarlo y dirigió su rostro hacia la ventana,
hacia los canteros de flores, hacia el lago sobre el que la ventana se abría.
Hubo un largo silencio. Nigel creyó que ella entendía perfectamente las
implicaciones de su pregunta, así como los tiempos empleados.
-¿Quiere usted decir -preguntó finalmente-, quiere usted decir,
que Nita Prince murió en vano? No, ésa es una manera vulgar, odiosa de decirlo.
Bueno, realmente no puedo asegurarlo. Pasará tiempo antes de que yo y Jimmy
volvamos a entendernos.
-¿Actualmente son ustedes desdichados juntos?
La boca de Alice Lake comenzó a temblar. Abrió su cartera y tomó
un pañuelo.
-Lo siento -dijo Nigel-, pero es muy obvio. Realmente no quiero
herirla, pero...
-¿Qué tiene que ver esto con el crimen, con la muerte de la
muchacha? -estalló al fin, llena de resentimiento.
-Yo creo -dijo Nigel, escogiendo las palabras con infinito
cuidado-, yo creo que usted sospecha que su... que alguien que usted ama ha
matado a Nita Prince. Y esta sospecha hace imposible para usted volver a ser
como antes con Jimmy. ¿Tengo razón?
Teniendo el pañuelo sobre la boca Alice fue hasta la puerta y la
abrió. Con voz sofocada dijo:
-Es mejor que me vaya ahora.
Nigel Strangeways descendió las escaleras, en vuelto en sus
pensamientos. No salió de la casa, sino que se dirigió nuevamente al estudio de
Jimmy.
-Temo haber inquietado a su esposa -dijo, sin preámbulos
El director lo miró intensamente, pero no hizo comentarios.
Estaba aún sentado en la silla donde lo habían dejado.
-Tuve que hacerle algunas preguntas íntimas.
-Alice detesta la intimidad -musitó el director, hablando casi
consigo mismo.
-Le he hecho preguntas acerca de usted.
-¿Acerca de mí?
-Acerca de usted y de ella. Y de usted y de Nita.
-No creo que ella sepa mucho sobre Nita y sobre mí. Hay... hay
cosas que la naturaleza de ella no le permite saber o comprender afirmó Jimmy
con voz cargada.
-Por esto quiero hacérselas a usted -Nigel miró a Jimmy con sus
pálidos ojos azules-. ¿Sabía su mujer que quería usted librarse de Nita?
La pregunta pareció caer interminable en el cuarto silencioso,
como una piedra que cae en un manantial. Finalmente Jimmy rompió el silencio.
-No lo creo. Después de todo tampoco lo sabía muy bien yo
mismo.
-¿Hasta que estuvo libre?
-Nigel, podría enfadarme con razón por estas preguntas. Pero
supongo que su intención es buena. ¿Hasta que estuve libre? No... bueno,
siempre algo en mí ha querido volver a Alice. Digámoslo así.
-¿Pensaba usted tal vez que el regreso de Charles Kennington
resolvería su problema? ¿Esperaba que él le hiciera cumplir su compromiso?
-Sí. Debo decir que está idea ocupó mi mente.
-Por lo tanto le dijo usted a Nita que ésta era su última
oportunidad.
-¿Última oportunidad? -repitió Jimmy estúpidamente.
-Su última oportunidad de dejarlo a usted, de regularizar su
vida, de casarse, de tener la seguridad que siempre había buscado, si volvía
con Charles.
Jimmy Lake pasó su lengua por el interior de los labios, en su
ademán habitual, meditativo.
-Realmente intenté averiguar sus intenciones, saber qué pensaba
hacer, ahora que Charles había regresado. Pero no hablé de una última
oportunidad. Eso parece una amenaza.
-¿Está usted seguro de que usted... cómo podría decirlo... de
que usted no insistió en que volviera con Charles?
-Quisiera que usted dijera directamente lo que piensa. ¿No nos
conocemos acaso bastante?
-Quiero decir exactamente lo que he dicho.
El director se encogió de hombros con impaciencia. -No la
amenacé en modo alguno. Supongo que usted habla de la noche antes de su
muerte. Ni entonces ni en ninguna otra ocasión -pareció comprender la
importancia de la frase e hizo una mueca a Nigel-. Y, si la hubiera amenazado,
comprenderá que no lo diría ni siquiera a usted.
-No puedo alentarlo a que me diga nada comprometedor -replicó
Nigel, estudiando atentamente la pálida y aristocrática cara de Jimmy-, en
este momento yo soy la Gestapo, y no puedo remediarlo. Lo malo es que la nueva
teoría de Blount acerca de cómo se cometió el crimen, destroza todas nuestras
suposiciones previas. Debo decirle que las cosas se complicarán terriblemente
para todos los que tengan otra muestra de cianuro, especialmente si no pueden
presentarla.
-Naturalmente esto se refiere a mí. Y a Alice. Y a Charles. Y al
pobre Harker... él no puede demostrar que se deshizo de su píldora.
-Pero Harker no tenía motivos para matar a Nita. -¿Así que todo
queda entre nosotros tres? Una reunión de familia.
-Así parece. Y cada uno de ustedes tenía un motivo poderoso para
matar a Nita.
El director acomodó su hombro herido.
-Vamos, Nigel. Seguramente no sospecha usted de Alice: ella
aceptó la situación durante cinco años.
-Ella la aceptó porque estaba segura de que usted volvería
finalmente a ella. Pero supongamos que últimamente haya ocurrido algo que le
hizo temer que eso no podría realizarse. Supongamos que Alice creyera que Nita
iba a ganar la partida después de todo.
-Mi querido amigo, eso es una tontería. Alice... bueno, nos ha
visto usted juntos. Habrá visto que el hijo pródigo no ha sido recibido con el
cordero más gordo.
-Después de hablar con su esposa he comprendido que ella está
tan inquieta como usted sobre esto. Es posible que aún esté muy enamorada de
usted.
-¿Realmente cree eso? -preguntó Jimmy, inclinándose hacia
Ni-gel, con una mirada ansiosa e infantil, que parecía quitarle veinte años de
encima. Después su expresión fue otra vez tensa-. ¡Oh, comprendo! ¿Sugiere
usted que me ama lo bastante como para haber matado a Nita para recobrarme?
-Ésa es una consideración que la policía tendrá en cuenta
-siguió Nigel suavemente-. Pero además está Charles. Y una tercera
posibilidad.
El director lanzó una mirada interrogadora a Nigel. -Que el
crimen fue hecho en complicidad entre dos de ustedes tres. ¿Y qué hay con
Charles ahora? Usted lo ha visto bastante últimamente. ¿Le parece muy
preocupado por la muerte de Nita?
-Éste es un nuevo aspecto de su personalidad -dijo Jimmy-, un
aspecto muy terrible. Y no estoy dispuesto a proporcionarle podridos chismes
sobre mi familia. Por lo tanto, terminemos con esto -Jimmy sonreía amablemente,
pero su voz tenía la tonalidad de una puerta que se golpea.
-Bueno, entonces no lo molestaré más. Sólo una pregunta... ese
libro de Clough que usted dio a Nita... ¿por qué marcó ella un pasaje de Amours
de voyage?
-¿De veras? ¿Qué pasaje?
Nigel recitó las primeras líneas.
-Oh, sí. Seguramente. ¿Se refiere usted a la A mayúscula en el
margen?
Nigel asintió. El director pareció confundido, casi turbado y
agregó:
-Es una de esas tonterías que se hacen... que hicimos juntos.
Nita dijo que el personaje se me parecía, y escribió una J en el margen. Yo le
dije que la mujer descrita se parecía a Alice y transformé la J en una A. Pobre
Nita... no pareció muy contenta: no podía soportar la existencia de Alice, ni
siquiera como una inicial en un libro.
-Pero pese a todo no borró la letra.
-Todo esto son trivialidades -dijo Jimmy-. Tal vez ha encontrado
usted allí una clave.
-Usted lo ha dicho -replicó Nigel-. Existe la posibilidad de que
usted haya alterado la J porque no deseaba que la policía conociera su
verdadero carácter.
-¡Dios mío! ¡Qué sutileza equivocada!
-Bueno, debo irme ahora. Muchas gracias. ¿Está por aquí
Charles? Debe almorzar conmigo.
-No, ha salido a pasear por el parque.
En un asiento del piso alto del ómnibus, al regresar, Nigel
estaba contento del descanso que esto le proporcionaba. Las entrevistas habían
sido agotadoras y necesitaba refrescar su mente antes de la tercera, que
probablemente era la más importante y la más difícil. Tenía que reconocer que
había avanzado muy poco. Tanto Alice como Jimmy daban la impresión de un casi
pedante mantenimiento de la verdad, tal como la entendían. Especialmente Alice.
Seguramente hubo un fondo de inquietud, pero no mayor que el que puede
esperarse en una pareja que todavía no estaba cómoda entre sí, cada uno
pensando que el otro era responsable de la muerte de Nita Prince. Si uno de
ellos era culpable, Nigel debía saludar la formidable habilidad demostrada por
él mismo, presentando las cosas tan natural y tranquilamente, pero eludiendo
inteligentemente descubrirse. Sin embargo, Nigel creía que mientras uno de
ellos había dicho la verdad, el otro sólo pretendió dar impresión de
sinceridad.
Hacía diez minutos que Nigel estaba en el club cuando llegó el
mayor Kennington, luciendo su uniforme y de muy buen ánimo.
-Supuse que usted querría verme con todos los galones, querido
mío -fue su primera frase, dicha con mucho empressement, delante de todos los
colegas de Nigel que esperaban bebidas en el mostrador.
-¿Jerez? ¿Gin? ¿Qué desea tomar? -preguntó Nigel
apresuradamente.
-Un Dubonnet, si lo hay. Traigo todos los galones -continuó
Charles- porque seguramente deberé enfrentar una corte marcial. Debí traer
también la espada, pero ignoro dónde la puse. ¿Dónde he podido dejarla? Es muy
lamentable. Recuerdo perfectamente que la blandía cuando dirigí a mis hombres
en aquella carga atravesando el Rin. ¿Después? No, es inútil. Mi mente
permanece vacía. Bueno, a su salud.
Charles Kennington tomó un sorbo de Dubonnet, indiferente a los
murmullos de los demás.
-¿Y cómo marcha el crimen? -preguntó-. ¿Alguna revelación
especial? ¿Quién marcha a la horca?
-Alice, Jimmy y usted parecen estar muy cerca de ella contestó
Nigel amablemente-. Pero no hablemos hasta después de almorzar.
-Lo que usted quiera, pero no Alice. No lo tolero. Mi hermana
está más allá de las sospechas. ¿Y cómo anda todo en el viejo Ministerio?
Cosas muy chocantes ocurrieron la otra noche, según tengo entendido. El
reverendo Billson fue atrapado en flagrante delicta, y había conmovedores
incendiarios en el lugar. El archidiácono Fortescue hizo algunas porquerías
con su cámara. Yo perdí toda la diversión. En mis días el Ministerio era algo
muy distinto.
Un caballero de aspecto severo murmuró con voz bastante
avinagrada a su compañero:
-Muy desagradable. Un oficial falso, claro está. No comprendo
dónde ha conseguido todas esas medallas. Me parece muy extraño.
-Las he comprado, querido señor -dijo Charles alegremente-. En
el mercado Caledonio. Le aseguro que tienen allí una colección muy buena, si
desea adquirir alguna. Y a precios muy razonables. Puedo recomendarle la
pequeña con la cinta roja y blanca... ¡Es tan divertida!, ¿verdad? Parece un
pensamiento.
El caballero avinagrado miró y tosió, procurando hablar.
-Creo que es mejor ir a almorzar -pidió Charles a Nigel- antes
de que le mot juste surja en la mente de nuestro amigo.
Nigel tuvo la suerte de conseguir una mesa separada para su
convidado y para él, lejos de sus colegas del club. Durante el almuerzo
hablaron de cosas ordinarias, y sólo cuando estuvieron en la habitación de
Nigel comenzó la "corte marcial", como decía Charles. Nigel dijo que
la nueva teoría de Blount invalidaba el testimonio de la señora Lake de haber
visto el frasquito sobre el escritorio de Jimmy, intacto, un minuto antes del
crimen; al mismo tiempo afirmó también que las sospechas se cernían sobre Jimmy,
Alice y el mismo Charles.
-¿Quiere usted decir que el frasquito no fue utilizado para el
crimen?
Nigel asintió.
-Nunca creí que lo fuera.
-Oh, ¿por qué? -preguntó Nigel, sorprendido. -Por una razón: si
yo lo hubiera utilizado habría tenido cuidado de dejarlo caer en el suelo
cuando ninguno miraba y entonces hubiera sido encontrado.
-Comprendo -asintió Nigel, que estaba bajo la impresión de que
Charles decía la verdad, pero no toda la verdad-. Bueno, supongamos que usted
hubiera envenenado a Nita con otro tubito de ésos... ¿para qué habría hecho
desaparecer de la habitación el frasquito de Stultz? ¿Para qué correr el enorme
riesgo de que lo descubrieran en usted al querer sacarlo de allí? El mayor
Kennington contestó rápidamente.
-Para que la policía estuviera pensando siempre en ese
frasquito. Para tener la seguridad de que no iban a buscar otra fuente de
veneno.
-Exactamente. Por eso, cuando la policía descubrió otra fuente
de veneno (la cápsula de cianuro de Jimmy, de la que podían disponer ustedes
tres y nadie más) y cuando descubrieron que faltaba esa cápsula...
-Entonces las cosas se presentaron feas para la Sociedad de Lake
& Kennington -dijo Charles riendo alegremente.
-¿Pero no le parece a usted raro que si Jimmy utilizó esa
píldora, no tenga preparada una historia para explicar su desaparición?
-Veo que su método socrático me arrinconará dentro de un
momento. Pero, mi querido Sócrates, debo reconocer que realmente eso me parece
muy extraño.
-Usted mismo no ha ido a la casa de los Lake hasta la mañana del
crimen. Y sólo permaneció allí diez minutos. Y además del testimonio de su
hermana de que usted permaneció junto a ella todo el tiempo, no parece posible
que usted pudiera sacar la cápsula de un cajón cerrado sin dejar señales de
romperlo.
-No era posible por una razón más valedera aún -replicó Charles,
algo impertinentemente-. Yo ignoraba que la cápsula estuviera allí.
-¿Quiere usted decir que ahora es la primera vez que oye hablar
de la píldora?
Charles Kennington amenazó con el dedo a Nigel.
-Vamos, vamos. No podrá atrapar usted a un veterano envenenador
como yo tan fácilmente. Yo sabía desde hace años que Jimmy había comprado una
píldora. Sólo supe un par de días después del crimen que todavía la
conservaba... que todavía creía conservarla y dónde la guardaba.
-¿Se lo dijo Jimmy?
-No. En realidad me lo dijo Alice. Me lo dijo descuidadamente,
en passant.
-Ella no me dijo que se lo había dicho a usted. Pero el asunto
es éste: usted ignoraba dónde se encontraba la píldora hasta después del
crimen. Jimmy no ha intentado explicar la desaparición, como seguramente lo
habría hecho si él la hubiera utilizado. Sólo nos queda Alice.
Las manos de Charles Kennington se cruzaron sobre su pecho en su
habitual gesto dramático, después se tendieron a Nigel. Pero el poseur había
desaparecido ahora.
-Vea Nigel, las bromas son las bromas, pero...
-Y el superintendente me ha dicho que su hermana se inquietó
cuando la interrogó sobre la cápsula. No me parece que todo esto sea una broma.
Naturalmente, la policía puede considerar una tercera posibilidad... que usted
y ella fueran cómplices. Esto explicaría muchas cosas.
-Debo confesar que ésta es la conversación más terrible que he
tenido en mi vida.
-Lo malo es que ninguno de ustedes tres dice nunca una mentira
innecesaria.
Los ojos de Charles Kennington se velaron un momento bajo sus
largas pestañas de doncella.
-Alice jamás dice una mentira -replicó-. Es una verdadera
aristócrata; adora la verdad.
-¿Dijo ella entonces la verdad cuando aseguró que usted y ella
habían-discutido el asunto del divorcio la mañana en que usted fue a visitarla?
-La verdad más exacta.
-¿Y que usted había discutido sobre eso con Nita la noche
anterior?
El mayor Kennington no contestó. Nigel insistió:
-Cuando usted y su hermana fueron al departamento de Nita al día
siguiente al del crimen, usted afirmó categóricamente que no había discutido
con la muchacha la cuestión del divorcio. Eso me sorprendió: parecía usted tan
hablador sobre todo lo demás... y apenas pronunció unos monosílabos sobre ese
asunto.
-¡Qué memoria tiene usted! Es muy inquietante.
-Sí, y recuerdo que usted también dijo: "Creo que la
tranquilicé, pobrecita". Sin embargo a la mañana siguiente, la mañana del
asesinato, la pobrecita estaba en un estado terrible: había llorado; dijo a
Brian Ingle que estaba asustada y afirmó que se le había dado una "última
oportunidad" para dejar a Jimmy.
-Al diablo -dijo Charles-, las cosas se complican, ¿verdad?
-La policía -respondió Nigel, mirando distraídamente su
cigarrillo- podría, con todo esto, acusar a usted y a Alice de complicidad.
Supongamos que usted se puso en comunicación con Alice en cuanto regresó a
Inglaterra... que ésta le contó las relaciones de Jimmy y Nita. Usted visitó a
Nita esa misma noche: le dijo que debía dejar a Jimmy o que... La chica rehusó.
Usted regresó al Claridge y telefoneó a Alice, que estaba sola en la casa. Le
avisó que Nita rehusaba dejar a Jimmy. Juntos hicieron un plan. Quizá usted
pidió solamente a Alice que se apoderara de la cápsula del veneno de Jimmy y
que la tuviera pronta para dársela a usted al día siguiente. Usted adora a su
hermana; haría cualquier cosa para aumentar su felicidad o para recuperarle la
perdida. Y, naturalmente, si por casualidad la policía descubría el método del
asesinato, usted contaba con una línea personal de defensa en que apoyarse...
la píldora que falta es la de Jimmy y eso hace que las sospechas recaigan
inevitablemente sobre él.
-¡Diablos! -exclamó Charles Kennington-; ¡realmente parece que
estoy muy complicado! Ahora, si tuviera mi espada, caería sobre ella a la
manera romana.
-Espero que no sea necesario -dijo Nigel-, si usted me dice
realmente qué sucedió entre usted y Nita esa noche. Es posible que no quiera
hacerlo por dos motivos: para protegerse o para proteger a alguien que quiere.
Y...
-Muy buenas razones, ambas. No puede usted esperar que le ayude
a apretar el nudo con mis delicados dedos. Vea, Nigel... Charles se había
levantado y recorría la habitación a grandes pasos-. Este Dubonnet es bastante
bueno. Desearía... no, no puedo todavía. ¿Ha leído usted alguna novela de
Alice?
-No, temo que no.
-Es una lástima. Eso le permitiría conocerla realmente. ¿Cómo
podría decirlo? ¿Puede usted imaginar a Jane Austin envenenando a alguien?
-No -contestó Nigel, sonriendo.
-¿Comprende? La idea le hace sonreír. Las muchachas Bronte, en
cambio, envenenarían su taza después de echarle una mirada... por lo menos
Emily o Charlotte. ¿Por qué? Porque eran apasionadas, reprimidas,
trastornadas, muchachas que daban todo o nada. Todo por el amor. Pero Alice no
entendería el sentimiento de todo por el amor. Es terriblemente civilizada. Y
es poco sexual. Naturalmente, ama a Jimmy. Pero sus sentimientos se distribuyen
por igual entre él y su trabajo. Siempre ha sido así. Es una artista genuina:
lo lleva en la sangre. Supongamos que perdiera a Jimmy... siempre le quedaría
su otro amor, que está tan metido en su sangre como Jimmy. Su vida no estaría
vacía si Jimmy la dejara. Si lee alguno de sus libros verá cuán objetiva es,
cuán desapasionada. Los excesos del amor, el frenesí satánico o divino no
llegan a tocarla, como no tocaban a Jane Austin, no porque se oponga a ellos o
porque ignore su existencia, sino porque no entran en su experiencia personal.
Y es una artista demasiado minuciosa y concienzuda, demasiado estrecha, si se
quiere, para imaginarlos. Y otra cosa: su equilibrio es muy grande. Sabe que
si lo perdiera, esto podría significar el final de su vida como artista.
Siempre ha evitado, instintivamente, la violencia y el exceso, y mezclarse
demasiado en los sentimientos de otra gente. Hay en ella un desdén natural...
¿cómo podría describirlo?.. bueno, ella cultiva su propio jardín. Saca de la
vida una corriente bastante fuerte como para fertilizarlo sin inundarlo; una
especie de arroyo de adorno, con puentes en miniatura y pequeñas cascadas
artificiales y mansos peces en el fondo... todo muy decorativo y poco
fatigante. Es una mujer profundamente egoísta, centrada en sí misma. Su defensa
contra la gente y contra los sentimientos que pretenden invadir su hortus
conclusus es burlarse de ellos, distraerse con ellos. Podía arrancar de su
pecho el odio que Nita debía inspirarle construyendo una pequeña imagen de ella
y clavándola, con agujas al rojo vivo, en un libro. Nunca habría asesinado a
Nita. Le divertiría mucho más asesinarla en su fantasía. Y eso es lo que estaba
haciendo, Nigel. Me mostró algo de su nueva novela el otro día y... bueno, hace
pedazos a la pobre Nita, la desnuda... me recordó a cierta mujer
colaboracionista después que los maquis se apoderaron de ella; es imposible
imaginar nada menos sexual que el espectáculo de una mujer rapada, desnuda,
caminando en una rue nationale, en la distancia, con sus zapatos de taco alto.
Créame o no, Alice está preocupada ahora porque la muerte de Nita hace que su
novela pierda ímpetu.
Nigel escuchó esto muy atentamente, espiando la vivaz cara
triangular de Charles Kennington, quien, dejando de lado su habitual descuido,
realizaba una especie de discurso de defensa. Uno se sentía a la vez atraído y
rechazado por él; atraído por la forma en que defendía lealmente a su hermana
y rechazado por la manera en que lo hacía.
-¿Y qué ocurre con usted? -preguntó Nigel-. ¿Protesta usted
también por la muerte de Nita, como afirma que lo hace su hermana?
El mayor Kennington pareció algo resentido.
-¿Protestar? Ésa es una fea palabra. Comprendo que usted tome el
partido de Nita.
-Sí, supongo que así es. Prefiero la gente que muerde a la gente
que mastica; la gente que no tiene reservas en el amor. Pero no se trata de
esto. Sólo pregunto: ¿el retrato que usted hace de Alice, se aplica también a
su hermano gemelo?
La cara de Charles mostró su mueca fea e inteligente: casi se le
pudo ver colocándose otra vez la máscara.
-¡Oh, yo no soy artista como Alice! No hay sublimación para mí.
No es que no haya hecho parecer tontos a algunos de mis modelos en mis días de
fotógrafo. En gran escala soy un individuo vengativo, un torrente de
represiones. Un carácter muy poco agradable. Por otra parte, a veces muerdo más
de lo que mastico... después de todo me comprometí con Nita.
-¿Todavía no quiere decirme lo que hablaron usted y ella aquella
noche?
-Discutimos la situación. No puedo decirle nada más. Todavía no.
No puedo confiar en nadie, ni siquiera en usted.
-¿No puede esperar que nadie interprete correctamente su
testimonio?
-Es usted un viejo astuto. Sí. Y estoy ahora en situación un
poco complicada. Las serpientes no me dejan ver el pasto.
Llamaron a la puerta. Un mucamo del club entró y presentó a
Nigel una nota en una bandeja. Éste reconoció la letra del superintendente,
rasgó el sobre y leyó:
"Objeto A, encontrado entre los objetos de pertenencia del
mayor Kennington. Objeto B, restos posibles hallados en cenicero, llevados para
análisis.
Telefonéeme en seguida.
D. BLOUNT (Superintendente)."
-Y hablando de serpientes -dijo Charles-, parece que usted
hubiera descubierto un áspid en su pecho.
-No es eso lo que he encontrado. El superintendente ha
registrado la casa de los Lake. Ha encontrado un tubo de veneno idéntico al
que usted arrebató a Stultz.
Los ojos del mayor Kennington brillaron. Su voz pareció fría y
muy peligrosa.
-¿Así que usted me ha invitado aquí para sacarme de casa
mientras la policía buscaba...?
-Sí -asintió Nigel-, el frasquito se encontró entre los objetos
de su pertenencia.
Charles Kennington se levantó de la silla y fue hacia la puerta
con la rapidez de un gato. Nigel no intentó detenerlo. En la puerta Charles se
detuvo un momento.
-Ahora lo ha hecho usted -exclamó-, ahora lo ha hecho.
Y salió.
CAPÍTULO X
Mayor Kennington: muy reservado
UN PAR de horas más tarde Nigel recordaba las últimas palabras
de Charles. Charles hablaba con más verdad de lo que suponía al decir:
"Ahora lo ha hecho usted". Nigel sentía la exasperación de un hombre
que ha completado un juego de ingenio al que falta una sola pieza y, de pronto,
al encontrarla, descubre que la pieza no corresponde.
Inmediatamente después de la partida de Charles se puso en
comunicación con Blount, quien le informó que el frasquito había sido
encontrado en una valija cerrada de Charles y que la cerradura no mostraba
señales de haber sido violentada. Blount estaba todavía en casa de los Lake,
esperando el regreso y la explicación del mayor Kennington. No había dicho nada
a los otros miembros de la casa sobre el hallazgo y había convenido en guardar
secreto por el momento. Lo que él y Nigel denominaban el objeto B, era el
archivo PHQ, que había desaparecido el día del asesinato. Algunos restos fueron
descubiertos en un balde de ceniza y eran ahora analizados en Scotland Yard.
Alice había limpiado la estufa dos días antes, desde que la herida de Jimmy le
impidió realizar esta tarea, pero el basurero no había llevado aún el balde de
ceniza.
Una hora después Blount volvió a telefonear. Dijo que el mayor
Kennington había reconocido el frasquito como el de Stultz, pero que no había
aclarado por qué se encontraba en su valija. Reconocía además que la llave de
la valija jamás había salido de su poder. Insistió, firmemente, en que nadie
podía haber colocado allí el frasquito. Aunque Blount lo amenazó con acusarlo
de obstruir la investigación policial y le explicó que la posesión del
frasquito lo colocaba en una situación muy difícil, Kennington permaneció
imperturbable. Por el momento, Blount no podía hacer nada más. Porque había
llegado una noticia del Cuartel General del mayor Kennington en Alemania,
diciendo que él había entregado la cápsula de cianuro que le fuera dada para su
peligroso trabajo contra los nazis antes de dejar el país; al mismo tiempo el
testimonio de Alice hacía imposible que Charles hubiera sacado la cápsula de
Jimmy del cajón, antes del asesinato.
Dejando de lado el móvil del crimen, Blount se encontraba ante
dos preguntas para las que, por el momento, carecía enteramente de respuesta.
Si Kennington había envenenado a la muchacha, ¿de dónde provenía el veneno? Si
no lo había hecho, ¿qué hacía el frasquito del veneno de Stultz en su valija, y
por qué rehusaba dar explicaciones al respecto? Porque la teoría de Nigel
acerca del método del crimen, teoría provisionalmente aceptada por Blount,
sostenía que el asesino había sacado "la cosa de Stultz" de la oficina
del Ministerio una vez que Nita había muerto.
Después del segundo llamado de Blount, Nigel estuvo escribiendo
en algunos trozos de papel. Era como si el juego de ingenio hubiera fracasado
en el último momento y él se preparara a separar las piezas y a comenzar otra
vez por el principio. Arregló sus papelitos sobre el piso, en cuatro grupos, A,
B, C y D, se puso boca abajo en el suelo y empezó a estudiarlos; de vez en
cuando colocaba uno en otra columna y estudiaba el efecto. Veamos cuáles eran
estos grupos:
A1: La angustia de Nita al ver una carta con letra de Charles el
día antes del asesinato. La insistencia de ésta (testimonio de C.K.) de que la
visita que Charles le hizo esa noche debía permanecer secreta.
A2: Las palabras de la muchacha con Jimmy en la tarde previa al
asesinato (testimonio M.S.): "Es demasiado tarde para retroceder ahora. No
puedes hacerlo. Todos lo saben o lo adivinan. Es inútil pretender que no estás
enamorado de mí". Nita no deseaba estar en la reunión que daba J. a la
mañana siguiente en honor de C.K. (testimonio de M.S.) J. dijo que ella debía
asistir. Angustia general de Nita ante el regreso de C.
A3: Ambos, C. y J., visitan a Nita la noche antes del asesinato.
A4: Intranquilidad de Nita a la mañana siguiente "La última
oportunidad" (testimonio de B.I.) ¿Quién se la dio? ¿La última
oportunidad para hacer qué?
A5: Las palabras de Nita a la mañana siguiente: "Jimmy
intenta ser duro de corazón. Pero no lo consigue" (testimonio: yo mismo y
M. S.).
A6: ¿Nita coqueteó con C. cuando éste llegó a la oficina de J.?
Coquetería dirigida a Jimmy. ¿Por qué?
A7: Aparente determinación de Nita de no dejar a Jimmy
(testimonio: la señorita Sproulle, Brian y otros).
A8: Análisis de Brian del temperamento de Nita y de su estado de
ánimo. Extremadamente convincente.
A9: Palabras de Nita a B.I. "Me sorprendí tanto al verle.
Sabía que era así. Fue horrible, Brian. Pero tu no entenderías."
"Él", probablemente Charles Kennington. ¿Fue este "él"
quien le dio la "última oportunidad" para dejar a Jimmy?
B1: Falta de control general de Jimmy, irritabilidad, etc.,
durante las últimas semanas. Su comportamiento con Nita el día antes del
asesinato; su negativa a darle la mañana libre el día siguiente.
B2: El estallido de Jimmy contra Merrion la mañana del crimen.
B3: La consternación de Jimmy (?) cuando C. llevó a Alice a la
reunión.
B4: El comportamiento de Jimmy después de haber sido registrado
por el sargento Messer.
B5: Ligera discrepancia de testimonio entre J. y C. acerca de
quién tuvo la idea de que C. llevara "la cosa de Stultz" a la
reunión.
B6: La preocupación de Jimmy por el archivo PHQ la tarde
después del crimen.
B7: Conducta de Jimmy acerca del divorcio (testimonio Alice K.
"Dijo que vendría aquí en seguida y le diría que no podía obligarme al
divorcio, porque me destrozaría el corazón". Buen comentario
psicológico).
B8: Frase de Jimmy al recobrar el conocimiento después de haber
sido apuñalado: "Alice. No quiere dejarme ir, querida". Su decisión
de no ser llevado al hospital.
B9: Frase de Merrion sobre Jimmy: "Es en Alice en quien ha
puesto su capital emocional". Análisis de Merrion de las relaciones
Jimmy-Nita-Alice; probablemente exacto en lo referente a J. (ver tambiénA8).
B10: La inicial A en los poemas de Clough y la explicación de
Jimmy al respecto.
B11: Información voluntaria de Jimmy sobre su propia cápsula de
veneno.
B12: Alice a Jimmy: "Has tomado con tanta tranquilidad la
muerte de la pobre muchacha", etc. Jimmy a Alice: "Había ciertas
cosas que la naturaleza de ella no podía comprender o imaginar".
C1: Testimonio de Alice sobre la "cosa de Stultz",
afirmando que estaba sobre el escritorio un momento antes del crimen.
C2: Alice... invitada de último momento a la reunión en la
oficina de J. (naturalmente es posible que ella tuviera intenciones de ir sin
ser invitada). Ver también B3.
C3: El registro de Alice por la empleada de policía fue
perfecto. Ella no podía tener entonces el frasquito del veneno. Pero...
C4: Ver B10: la remota posibilidad de que la inicial J fuera
transformada en A por Nita o por Jimmy, como irónico comentario al carácter de
Alice, ya que ella era en realidad extremadamente celosa.
Pero C5: Análisis de C. sobre el carácter de A. esta mañana.
Aunque no es desinteresado (desea protegerla), parece verdadero.
C6: Ver B8 y B12.
C7: Alice y Merrion. Algo turbio.
C8: Alice evidentemente resentida porque Jimmy no había
adquirido una píldora de cianuro para ella en el caso de una ocupación nazi.
C9: La situación completa entre Alice y J. ahora. Verdadero
pesar de A. de que ella y J. no se entiendan. Mi sensación de un abismo entre
ellos.
C10: Testimonio de A. sobre la cápsula de J. Su inquietud
cuando Blount la interrogó por primera vez sobre esto.
C11: Alice sospecha o pretende sospechar que su marido ha
envenenado a Nita ¿Cuál de las dos cosas?
D1: Charles Kennington llevando la "cosa de Stultz" a
la reunión. Criminal o criminalmente descuidado. Su curiosa frase en el
departamento de Nita: "Cómo podía sospechar que publicarlo nos iba a
llevar a..." Su expresión de sorpresa cuando Nita cayó muerta (¿o no he
entendido esa expresión?).
D2: Ver B5: C. y J. los únicos que podían saber el día anterior
que habría veneno en la fiesta que J. daba a C.
D3: Entrevista de Charles con Nita la noche anterior; su
negativa de dar más detalles al respecto o de explicamos por qué
originariamente nos dijo que no había discutido la cuestión del divorcio J.-A.
con Nita. "Creo que la tranquilicé, pobrecita". -muy curioso y él no
ha... ver A4.
D4: "Hay otras causas, superintendente, además de los
celos, para los crimes passionnels." ¿Hablaba C. en el vacío cuando dijo
esto? Frases de Harker a mí en la cantina antes del ataque a Jimmy.
D5: Charles recuperó sus cartas dirigidas a Nita pero dejó la
cinta que las ataba, porque el color solferino "me hace daño". Quizá.
D6: Instinto dramático de Charles. Pero no fue él quien colocó
las fotografías en el suelo y puso sobre la estantería los diseños para
carátula de Merrion.
D7: Ver A9. Nita también dijo a Brian: "Desearía confiar en
él. No puedo confiar en nadie ahora".
D8: Frase de Alice: "Creí que él (C.) quería averiguar mis
intenciones sobre el divorcio en interés propio". Su afirmación de que C.
haría cualquier cosa para defender su matrimonio si creía que valía la pena
defenderlo. Su gran inquietud cuando le pregunté si C. le había dicho que
acababa de dar a Nita una última oportunidad para dejar a
J.
D9: Pero, a menos que A. esté mintiendo, Charles no se pudo
apoderar de la cápsula de veneno de J. antes del asesinato (¿o lo hizo
después?). Pero la "cosa de Stultz" ha sido encontrada en el equipaje
de C.
D10: Extraordinaria falta de franqueza y evasividad de Charles
en la conversación de esta tarde. Su afirmación insistente de que Alice dice
siempre la verdad. Su frase al partir: "Ahora usted lo ha hecho".
Curioso, ¿por qué "usted"?
Nigel jugaba todavía con estas piezas y las colocaba en
distintos lugares, encontrando que siempre había una pieza que no correspondía
al juego, cuando sonó el teléfono. Era Jimmy Lake, invitándolo a comer. Sí,
Charles estaría .presente, pero faltaría Alice... Alice se tomaba libre la
noche, según dijo Jimmy.
El primer sentimiento de Nigel fue de verdadera inquietud.
Sintió algo desagradable en la boca del estómago. No era que no esperara la
invitación de Jimmy: después de todas las averiguaciones hechas hoy era
sorprendente que el criminal, de una u otra manera, no se viera forzado a
descubrirse. Pero Nigel no podía ver con placer el último acto de lo que le
parecía una tragedia lamentable e inútil. y tampoco podía saber, faltando
aquella última pieza, cómo iba a desarrollarse la tragedia.
Mientras bebía su jerez, un par de horas más tarde, en el
estudio de Jimmy, Nigel percibió dos cosas: primero que Charles Kennington
era presa de gran tensión nerviosa y segundo que había atmósfera tensa entre
él y su cuñado... una atmósfera antagónica apenas menos perceptible por estar
ahogada por una cortesía convencional. El mayor Kennington bebía mucho. Nigel
notó, durante el almuerzo, que tenía mucho apetito: devoraba la comida y
tragaba vino sin avergonzarse. Con la botella de whisky a su lado, vació en
menos de diez minutos tres vasos. Casi podía suponerse que se preparaba para
una prueba o para alguna empresa peligrosa; y no podía suponerse que el hombre
que había capturado a Stultz se inquietara fácilmente. Nigel no había vuelto a
ver juntos a Jimmy y a Charles desde la fatal reunión en la oficina del
director. No sabía si habían discutido el crimen entre sí. Pero no podía menos
de notar que cada uno de ellos se dirigía solamente a Nigel, que evitaban
mirarse, como si hubieran disputado recientemente y todavía no hubieran hecho
las paces. Era imposible que Jimmy Lake fuera descortés... llevaba la buena
educación en los huesos, con una especie de gracia innata y natural; pero se
percibía el esfuerzo que realizaba en su aire distraído, en la forzada atención
que prestaba a las frases de Nigel. En cuanto a Charles Kennington, sólo podía
decirse que era descarado. Faltaban el brío y el encanto habitual de su
conversación, que disculpaban sus importunidades; parecía, mientras relataba a
Nigel las actividades de Jimmy en su empleo de Relaciones Públicas antes de la
guerra, salvajemente satírico y ultrajante: no podía haber estado más
ferozmente ofensivo si hubiera retado a Jimmy a alguna violencia física.
-No comprendo cómo Alice no ha metido todavía a Jimmy en una
novela -terminó--. Es absurdamente un carácter de los que pueden atraerla... el
gran decorador de vidrieras... podría arreglar vidrieras para toda Inglaterra.
Tipo de revista barata.
-Eso hice -dijo Jimmy fría y suavemente-. Ése era mi trabajo.
-Y ahora, durante la guerra, ha presentado su espejo deforman-te
a la moralidad de la nación... o sea cual sea el espejo que hace parecer
derecho lo que está torcido... diciendo a todos cuán maravillosamente se han
portado, cuán valientes han sido, cuán industriosos, cuán democráticos, cuán...
-Bueno, creo que en general se han portado maravillosamente.
Hasta Charles no ha estado mal.
-Una buena medalla de conducta otorgada por ti. Es demasiado
deshonroso.
-Vamos adentro a comer algo -dijo Jimmy firmemente.
Sobre el aparador del exquisito y blanco comedor había un pollo
frío, budín, ensalada y una bandeja con bebidas.
-¿Quieres cortarlo? -dijo Jimmy señalando el pollo a Charles-.
Yo no puedo hacerlo aún. Mi hombro me molesta. Y Nigel lo cortará después para
mí. Es ésta una agradable sensación de inutilidad. Se vuelve a ser niño.
Cuando se hubieron servido y comenzaron a comer, Charles
Kennington expresó:
-Bueno, Nigel, ambos deseamos saber las últimas novedades del
crimen. Por eso lo hemos invitado, supongo que se habrá dado cuenta de ello.
Vamos, querido mío, no se haga usted rogar, termine con nuestra ansiedad. ¿O
tiene oculto debajo de la mesa a ese terrible superintendente suyo, esperando
recoger las migajas que dejemos caer? Si es así me quedaré finalmente en paz.
-¿Realmente quiere usted saberlas? -preguntó Nigel, mirándolo
intensamente.
-Realmente. Naturalmente, no conozco la opinión de nuestro
huésped.
-Creo que puedo contestar por mi cuenta, Charles. Nigel nos
dirá lo que crea conveniente decimos.
-Entonces -dijo Nigel-, es mejor que les explique mi teoría del
crimen.
-Ah, se trata ahora de su teoría -arguyó el director, sonriendo
suavemente-. ¿Es acaso distinta a la teoría desarrollada por el
superintendente?
-Es la misma: la mía. Lamento haberlos decepcionado. Era
necesario al comienzo.
-Realmente es un monstruo de duplicidad este inocente empleado
civil de ojos azules, Jimmy. Debías haberlo despedido hace tiempo. Todavía será
tu ruina.
-¡Oh, silencio, Charles! Palabras, palabras, palabras todo el
día. Deja hablar a Nigel.
-Fue de esta manera -comenzó diciendo Nigel, y describió cómo,
en la tarde que fue al departamento de Nita, luchó contra dos preguntas sin
respuesta... ¿cómo se escondió el frasquito a la policía y cómo fue sacado
fuera de la habitación y por qué el asesino tuvo necesidad de sacarlo de la
habitación?
-Creí posible encontrar una respuesta satisfactoria a la segunda
pregunta. Argumenté de esta manera: ¿para qué hace desaparecer un criminal el
arma de la escena del crimen? Porque si se descubriera podría comprometerlo.
Pero, en este caso, todos habíamos visto el arma unos minutos antes, por lo
tanto parecía inútil retirarla corriendo tanto riesgo al hacerlo. Y el asesino
la retiró de todos modos. Recuerdo que pensé que era un círculo vicioso,
irrompible. Y súbitamente la palabra "irrompible" hizo surgir una
imagen ante mis ojos... La imagen del frasquito del crimen intacto, sin estar
roto.
Charles y Jimmy se habían inclinado hacia adelante y seguían sus
palabras con concentrada atención, olvidando, por el momento, la comida.
-Supuse que la "cosa de Stultz" no fue utilizada para
el crimen, excepto como una especie de subterfugio. Inmediatamente tuve la
respuesta de por qué el culpable debía hacer desaparecer el frasquito. Tenía
que hacerla desaparecer sencillamente porque no había sido utilizado. Ésta era
la única respuesta lógica. Era necesario que lo hiciera desaparecer para
hacernos creer que el tubito fue el arma empleada para el crimen. Porque si se
encontraba entero, inmediatamente la policía trataría de averiguar qué otras
posibles fuentes de suministro de veneno podían estar al alcance de los
sospechosos.
-Muy brillante en verdad -dijo Charles, que parecía nuevamente
circunspecto y tranquilo.
-Y esta respuesta me dio también la respuesta a la primera
pregunta... cómo el asesino ocultó el frasquito. Si la "cosa de
Stultz" se hubiera empleado para envenenar el café de Nita, el tubo debía
estar roto. Descubrí que el sargento que efectuó el registro había sido algo
descuidado: no buscó como debía en la boca de los sospechosos. Naturalmente, el
único lugar donde podía ocultarse el tubito era detrás de los molares. Si el
frasquito estaba roto debían quedar en él algunas gotas de veneno o por lo
menos, emanaciones de cianuro, que podían provocar, en el mejor de los casos,
un severo ahogo. Evidentemente el asesino no podía arriesgarse a esto. Y nadie
se sofocó. Si el frasquito estaba intacto, no se corría ese riesgo. Por lo
tanto, el tubo no estaba roto. Indudablemente existía el peligro de no estaba
roto. Indudablemente existía el peligro de que el frasquito fuera descubierto
en la boca del asesino. Pero con certeza él tenía preparada una explicación
para esta eventualidad. Podía decir que, distraídamente, había vuelto a colocar
el tubo en su bolsillo
-¿Vuelto a colocar el tubo en el bolsillo? -preguntó agudamente
el mayor Kennington.
-Bueno, si usted quiere, que había vuelto a colocar el tubo en
su bolsillo antes de la muerte de Nita. Y que cuando se inició la revisación,
él perdió la cabeza y se metió el tubito en su boca. Cualquier invención.
Además, si el tubo era descubierto, no se le podría acusar inmediatamente,
porque el veneno estaba aún allí. Indudablemente la policía buscaría
cuidadosamente otras fuentes de posible obtención de cianuro. Pero el asesino
estaba preparado a arriesgar esto y creía que no podría descubrirse otra fuente
de suministro de veneno para él.
-¡Oh, Dios -exclamó Jimmy-, mi píldora de veneno! Pero no había
dificultad en averiguar esto. Supongo que la policía visitó hoy esta casa en
busca de la "la cosa de Stultz", ¿verdad?
-Sí -dijo Nigel, mientras miraba los dedos de Charles
Kennington apretándose en el borde de la mesa.
-Pero seguramente el asesino... lo primero que debía hacer era
librarse del frasquito. De todos modos debía hacerla en cuanto tuviera la
seguridad de que no había engañado a la policía con su pequeña estratagema.
-Usted supone eso... pero es posible que hubiera decidido
guardar el tubito... para su uso personal si las cosas no marchaban bien.
-O para emplearlo en otra persona -interrumpió el mayor
Kennington.
-O como usted dice, para emplearlo en otra persona.
-Bueno, posiblemente no lo han encontrado aquí -dijo Jimmy- y,
por lo tanto, es mejor que dejemos de comer y de beber por el momento.
Charles Kennington interrumpió rápidamente.
-Hasta ahora se trata de simples teorías. Queremos saber a quién
acusa la policía. Siempre en el supuesto -añadió, haciendo una mueca desde el
otro lado de la mesa- que debamos continuar con la farsa policial de que es la
policía misma y no nuestro Nigel quien dirige el caso.
Se sirvió más pollo y ensalada. Los tres comieron en silencio
durante unos momentos. Después Nigel agregó:
-Está bien, les diré exactamente lo que pensamos. Les ruego que
me hagan saber si encuentran algún error en la reconstrucción de este crimen.
Tres personas tenían un motivo poderoso para desear la desaparición de Nita
Prince... las tres personas que viven actualmente en esta casa. Dos de ellas,
la señora Lake y Jimmy, podía apoderarse de la píldora de cianuro. Charles
conocía la existencia de la píldora, pero, aparentemente, no se podía apoderar
de ella con facilidad. ¿De acuerdo? Muy bien. El crimen ocurre inmediatamente
después del regreso de Charles a Inglaterra. Esto nos parece
extraordinariamente significativo. Usted, Jimmy, ha tenido oportunidad de matar
a Nita hace semanas o hace años, si deseaba hacerlo. ¿Por qué arriesgarse
entonces a cometer un crimen sensacional y peligroso delante de siete
personas? ¿Parece esto razonable? No, déjeme terminar -dijo Ni-gel al ver que
el mayor Kennington quería protestar-: la segunda prueba favorable a la
inocencia de Jimmy es que se utilizara la "cosa de Stultz" como
subterfugio. Era esencial para el asesino que el frasquito desapareciera antes
de cometido el crimen. Pero, en esos momentos, el tubito pasaba de mano en
mano. ¿Cómo podía confiar Jimmy en apoderarse del tubo sin llamar la atención?
Por otra parte, era Charles quien lo había traído, el tubo le pertenecía;
natural que él lo tomara de manos de quien lo tuviera en el momento crítico, y
que dijera después que lo había colocado sobre el escritorio o en alguna otra
parte. Pero esto no fue necesario. Porque en realidad, ¿quién lo tenía en el
momento crítico?
-Nigel, esto es... -comenzó Jimmy Lake con voz quebrada.
-Alice lo tenía. Ella fue la última persona que cogió el tubo
esa mañana. Su testimonio de que estaba sobre el escritorio de Jimmy un minuto
antes del crimen libraba a Jimmy de la sospecha de que él lo hubiera utilizado.
Y también libraba a Charles. Esto es muy importante. Y es de importancia vital
cuando se sabe que la señora Lake podía disponer de la cápsula de cianuro con
la que realmente se cometió el crimen; ella pareció muy turbada cuando
descubrimos esto. Sabemos que hay gran cariño entre Charles y su hermana. Era
natural que la primera visita de él al regresar a Inglaterra fuera para ella, y
que ella le dijera que su matrimonio estaba amenazado. Y ella misma testimonió
que Charles le había telefoneado inmediatamente después de su regreso a Londres.
Alice no ignoraba que solamente una acción drástica podía salvar su matrimonio.
Usted, Charles, ha procurado por todos los medios convencerme de que su hermana
no es una mujer celosa, de que sería incapaz de ir tan lejos para conservar a
su marido. Pero cuando Jimmy fue atacado por Billson, murmuró algo que el
médico y la enfermera oyeron; Jimmy estaba semiconsciente y dijo: "Alice.
Ella no me dejará ir, querida." ¿Sugiere esto que Alice es más posesiva de
lo que parece? Y, después de todo, más o menos, ella rehusó divorciarse de
Jimmy. Ella y Charles estuvieron de acuerdo en que éste vería a Nita y le haría
un último pedido; y si Nita rehusaba, ellos actuarían drásticamente. Charles es
capaz de hacer cualquier cosa por su hermana... ya sabemos esto. Visitó a la
muchacha. Le dio la "última oportunidad" para que dejara a Jimmy.
Ella rehusó, aunque se asustó terriblemente... El "pedido" de Charles
encerraba una clara amenaza para ella. A la mañana siguiente el hermano vino
aquí a buscar a Alice. Le dijo que Nita no cedía. Decidieron entonces llevar a
cabo su plan. Alice se había apoderado de la cápsula de cianuro de Jimmy.
Fueron juntos al Ministerio. Uno de los dos encontró la oportunidad de dejar
caer la cápsula en el café de Nita. Tranquilamente Alice retiró la "cosa
de Stultz" de sobre el escritorio en el último momento, mientras estábamos
distraídos por las carátulas de Merrion. Durante la confusión general después
de la muerte de Nita le dio el tubo a Charles. Esto es también muy importante.
Se necesitaba una extraordinaria presencia de ánimo para ocultar el frasquito
del veneno, en la forma que se ocultó, durante el registro de la policía. Una
extremada presencia de ánimo y la familiaridad con esos tubos de veneno que
podía dar absoluta tranquilidad. El único de los sospechosos que poseía esa
familiaridad y esa presencia de ánimo era Charles. Y él pudo hacerlo. Hasta
que la policía encontró esta tarde el tubito en su valija cerrada. Y todo esto
parece terminar la reconstrucción, ¿verdad, Charles?
-¿Quiere usted repetir eso? -pidió Jimmy, mirando a Nigel con
mal disimulada sorpresa. Nigel repitió y prosiguió después:
-Temo que esto sea muy doloroso para usted, Jimmy. Pero...
bueno, no pude dejar de notar esta mañana cuando estuve aquí el comportamiento
de su mujer para con usted... el muro invisible entre ustedes que usted trataba
de escalar, y ante el cual ella se estrellaba... como si un terrible peso en
la conciencia le impidiera trepar.
La mano derecha de Jimmy Lake cubría su rostro. -Nigel musitó
con voz quebrada-, ¿es verdad todo esto? No puedo, no quiero creerlo. No puedo
creer esto de Alice -levantó la vista y miró los ojos de Charles Kennington-.
Charles, ¿es esto verdad? Por el amor de Dios dime que es mentira.
El mayor Kennington lo miraba, con una expresión indefinible en
la cara. Hubo un momento de silencio en la habitación: la cálida y amenazante
quietud de las nubes antes del primer estallido de la tormenta. Después
Charles dijo, muy tranquilamente.
-Tú debes saber si es verdad, Jimmy. Tú debes saberlo después
su expresión se transformó en un instante. Fue otra vez la criatura alerta,
inteligente y peligrosa que Nigel había entrevisto una vez... después de la
muerte de Nita; el hombre que había vivido semanas enteras en suelo enemigo y
había perseguido a Stultz con persistente habilidad, tan terrible como
cualquiera de las acciones de aquel execrable nazi. Continuó diciendo el mayor:
"Ahora que Alice va a ser detenida como cómplice del acto o
como asesina, tal vez tú hagas algo. Tal vez tú hagas algo.
-¿Yo? ¿Qué puedo hacer, mi querido Charles? Yo haría cualquier
cosa...
-No tienes que hacer nada. Sólo debes confesar.
Eso es todo.
Jimmy Lake se irguió en su asiento, mirando fijamente a su
cuñado. El aire entre ellos pareció crujir preñado de mensajes sin palabras.
-¿Yo confesar? ¿Has perdido el juicio?
-¿Pretendes mentir y salvar el pellejo a costa de Alice? Bueno,
haz lo que quieras -Charles Kennington dejó de mirarlo, despreciativamente-.
Veamos, Nigel, esa reconstrucción de usted. Se quiebra enteramente en un
punto. Usted dice que en la mañana de la muerte de Nita, yo vine aquí y que
Alice tenía la píldora de su marido "pronta" para entregármela. ¿Es
así? -Así es.
-¿Y que éste era el resultado de una conversación que
sostuvimos ella y yo el día anterior? ¿Parte de un plan que preparamos
entonces?
Nigel asintió.
-¿Y cómo se apoderó ella de la cápsula? ¿Y cuándo? El cajón
estaba cerrado. La policía sabe que sólo había una llave... ¡oh, si he
interrogado a Blount al respecto! Y esa llave estaba en el llavero de Jimmy. Y
Jimmy lleva siempre el llavero en el bolsillo, excepto por la noche, cuando se
desviste. Y aquella noche Jimmy durmió en el Ministerio. Esto deshace su
reconstrucción. Ahora, si quieren ustedes prestarme atención, oirán la mía.
El mayor Kennington levantó el dedo índice y después lo dejó
caer lentamente, como una pistola de duelo que hubiera apuntado a Jimmy.
-Ese decorador de vidrieras ha matado a la pobre Nita. He
permanecido callado hasta ahora porque, como usted sabe, adoro a Alice y haría
cualquier cosa por ella... He evitado decir todo lo que sé acerca de Jimmy
para que ella ignorara que él era un asesino y para evitarle el juicio por
asesinato y lo demás. Pero me niego a proteger a Jimmy cuando hay peligro de
que Alice sea detenida.
Jimmy lo miraba tranquila y contemplativamente, con un esbozo de
sonrisa en la comisura de los labios.
-Bueno, oigamos tu explicación. Supongo que debe darse al
condenado oportunidad de defenderse -dijo y levantándose de junto a la mesa,
fue hasta el aparador y se sirvió comida-. ¿Alguno de ustedes quiere más? Este
budín es una de las especialidades de Alice. Nigel, debería probarlo. ¿Hola,
qué es esto? -la voz de Jimmy acabó en un murmullo-. Alguien llama a la puerta.
Nigel fue silenciosamente hasta la puerta y la abrió de golpe.
Un soberbio gato entró, lentamente, tomándose tiempo, deslizándose pausadamente
con los estudiados movimientos de un maniquí, Jimmy rió.
-Oh, es el pobre Mermelada. Supuse que era, por lo menos, el
superintendente.
Nigel se sorprendió nuevamente de la extraordinaria capacidad de
Jimmy para hacer disminuir la tensión, para desenglobar una escena separándose
de ella: un campeón para romper hechizos. Nigel fue y se sirvió budín,
sintiéndose ligeramente ridículo, como si fuera responsable de todas las
acusaciones y contraacusaciones -y realmente lo era, como si todas ellas fueran
simples conjeturas que no llegaban a la verdad-, pero tenía la certeza de que
no era así. Le pareció que Charles Kennington estaba menos impresionado. Había
rehusado el budín. Permaneció pacientemente sentado junto a la mesa y cuando
los otros dos regresaron, retornó la escena donde se había roto.
-Si están ustedes prontos -prosiguió- continuaré. No
discutiremos demasiado el motivo de Jimmy. Nigel tiene una idea bastante
clara al respecto. También la tengo yo. También la tiene Jimmy, pese a su
extraordinaria capacidad para engañarse a sí mismo. Mató a Nita porque esa era
la única forma en que podía librarse de ella. Estoy lejos de hablar
irrespetuosamente de los muertos, pero si un bulldog salta a la garganta, la
única manera de librarnos de él es matándolo.
-¿Pimienta? -murmuró Jimmy entre bocados de budín.
-Emocionalmente, Nita era un bulldog. Estaba decidida a no
dejar a Jimmy... Dios sabe por qué... y ningún método ordinario la alejaría
de él. Jimmy había intentado todo... todas las variaciones del caso.
-¿Qué te hace suponer eso? -preguntó Jimmy amablemente.
-Ella me lo dijo. La noche en que fui a verla. Me contó todo.
Jimmy acababa de hacer su última tentativa, una o dos horas antes de que yo la
viera. Trató de persuadirla de que volviera conmigo. ¡Oh, sí, positivamente
defendió la decencia! Ella debía hacer lo que era decente y echarse en los
brazos del guerrero que regresaba. Se habló de la santidad del anillo
matrimonial. Es lástima que Jimmy no haya pensado eso unos años antes. No me
detendré sobre el llamado que él hizo a los mejores sentimientos de Nita... mi
garganta me traiciona con facilidad. Esto explica, por otra parte, la pregunta
de Nigel de por qué Jimmy tardó tanto tiempo en decidirse a asesinarla.
Naturalmente una de las razones es el disgusto de cualquier hombre normal a
mancharse las manos con la sangre del prójimo, cuando además este prójimo lo
ama y confía en él... concedo esto a Jimmy. Pero también porque no estaba
seguro de mi muerte, porque esperaba que, a mi regreso, yo lo librara de Nita.
Yo regresé. Pero Nita no cedía. Aquella noche hizo una escena terrible, lo
reconozco. La última de muchas otras. Llevó a Jimmy al borde del abismo. Él
perdió el control y repitió: "Es tu última oportunidad. Te doy la última
oportunidad". Nita comprendió, naturalmente, que mi regreso la ponía en
peligro. Comprendía que Jimmy se precipitaría sobre cualquier excusa para
terminar con ella... sobre cualquier excusa que tranquilizara su conciencia.
Por eso insistió tanto en que mi visita fuera secreta: pensaba que Jimmy
tendría un pretexto para dejarla si sabía que un hombre la había visitado tarde
por la noche.
Charles Kennington se interrumpió un momento, tomó un trago de
whisky y encendió un cigarrillo. Nigel estaba sorprendido y fascinado: este
duelo a sangre fría, entre dos antagonistas tan diferentes y sin embargo de
fuerzas tan parejas, uno de ellos lanzando acusaciones como saetas envenenadas
y el otro manteniendo un frío silencio imperturbable, tomando quizás tiempo
para el contraataque... ¿Cómo iba a terminar? Nigel había lanzado a rodar la
pelota. Se sentía como un hombre que, habiendo arrojado un guijarro, ve que se
precipita ahora una montaña en el abismo.
-La cobardía moral es muy interesante -resumió Charles-. Aquí
está un hombre que carecía de decisión para romper una situación en la que
estaba profundamente comprometido. Entonces su naturaleza se irguió e hizo las
cosas por él. Muy macabro realmente. Estaba en la situación de un hombre que
tiene un pie en tierra firme y el otro metido en un pantano, y pensó que debía
volver a tierra firme. La Biblia recomienda que nos cortemos el pie si nos
ofende y...
-¿Quieres dejar de lado la religión y la psicología morbosa y
explicar cómo supones que cometí el crimen? -preguntó Jimmy Lake, con voz
ligera.
-Seguramente. Sugiero que durante varias semanas llevaste esa
píldora de cianuro contigo, esperando que se presentara una crisis propicia
para poder usarla. Ésta se presentó a mi regreso. Le diste a Nita la última
oportunidad para que te dejara. Ella rehusó. A partir de ese momento estuvo
condenada. Arreglaste muy bien el decorado en tu oficina, siempre he dicho que
eres un buen vidrierista. Las fotografías en el suelo, las carátulas sobre la
estantería... todo estaba allí preparado para distraer nuestra atención en el
momento que pusieras la cápsula en la taza de Nita y en el momento que metiste
en el bolsillo la "cosa de Stultz". Te turbaste considerablemente
cuando yo llevé a Alice conmigo... sí, espero que Nigel haya percibido tu
consternación. Porque siempre has tenido un sentimiento de culpa hacia Alice,
y no querías que ella estuviera allí presente, y temías además que ella viera
todas tus estratagemas... Alice te conoce demasiado. Bueno, de todos modos, me
pediste que llevara la "cosa de Stultz" para enseñarla a los
muchachos. Estabas decidido a que la "cosa de Stultz" apareciera como
arma del crimen, porque sabías que, de otro modo, se descubriría que tú tenías
otra fuente de suministro de veneno. Allí es donde, por una extraña ironía,
Alice paralizó tus planes. Recordará, Nigel, que la taza de Nita estaba a medio
llenar cuando ella murió, lo que significaba que Nita había bebido algo de café
antes que se pusiera la píldora en la taza. Nita bebió ese café antes de
colocar la taza sobre el escritorio de Jimmy. Entonces él fue hasta su
escritorio, sacó las carátulas de un cajón y, presentándolas un momento entre
nosotros y la taza de Nita, dejó caer allí la píldora. Tenía intenciones de
recoger en el mismo momento el frasquito y meterlo en su bolsillo, pero algo
impidió que lo hiciera... tal vez Alice miró alrededor o pasó algo por el
estilo. En ese momento Jimmy estuvo en gran peligro. En cualquier momento Nita
podía beber su café, ya envenenado, y el frasquito intacto sería encontrado
sobre el escritorio. Al mismo tiempo comprendió qué, si alguien veía el
frasquito después que él se hubo retirado para poner las carátulas en la
estantería, y si se demostraba que él no había estado al alcance de la taza de
Nita después que el frasquito fuera visto, ello probaría que él no había
envenenado la taza... con la "cosa de Stultz", naturalmente. Lo que
tenía que hacer era impedir que Nita bebiera el resto del café antes de que él
tuviera tiempo de hacer desaparecer el frasquito. Por eso la tomó firmemente del
brazo y la llevó hasta la estantería, mientras admirábamos las carátulas. Fue
un gesto grosero con Alice allí presente e, incidentalmente, la primera señal
de interés que demostraba a Nita desde que comenzó la fiesta. Cuando sonó el
teléfono ella recogió la taza en lugar de contestar al llamado. Jimmy la
siguió inmediatamente, tomó su propia taza y en el mismo momento... mientras
todos mirábamos vagamente a Nita, como se hace cuando alguien empieza a hablar
por teléfono, él tomó el frasquito y lo metió en su bolsillo.
Charles Kennington hizo una nueva pausa para llenar su vaso.
Después prosiguió:
-Así lo hizo desaparecer. Después se sentó sobre el escritorio
de Nita, a la vista de todo el mundo, para que todos viéramos que no echaba
nada en la taza. Nos demuestra su calaña golpeando a la pobre muchacha en la
espalda cuando estaba sofocada por el veneno, y diciéndole que tosiera... ésa
es una obra maestra de repugnante improvisación. Y más tarde Alice testimonió
que había visto el frasquito intacto sobre el escritorio de Jimmy y lo libró
así de toda sospecha. Lo único que debía hacer ahora era librarse del
frasquito. Pero usted, Nigel, lo previno cuando él marchó hacia la ventana...
supongo que quería arrojarlo fuera en ese momento. Por eso debió adoptar el
plan B y metérselo entre las muelas durante la búsqueda policial. ¿Recuerda
usted qué pálido y estremecido estaba cuando surgió de detrás del biombo?.. No
me sorprende... ¿Y como sacó su pañuelo de seda y se secó la cara?..
Indudablemente en ese momento escupió el frasquito dentro del pañuelo. Eso es
algo gracioso -una rápida expresión divertida atravesó el rostro de Charles-.
Sin embargo es posible que Jimmy haya querido hacer pasar todo el asunto por
un suicidio. En ese caso hubiera roto el contenido del frasquito dentro de la
taza de Nita después que ella murió, aprovechando un momento de distracción
nuestra y hubiera dejado caer el frasquito en el suelo, cerca de donde estaba
ella. Pero, si ésa fue su intención, los acontecimientos le impidieron llevarla
a cabo. Como la taza de Nita estaba por la mitad, ella no podía haberla
envenenado hasta un momento antes de tomar el último trago de café. Y por lo
tanto, sólo podía haberla envenenado después que llegó hasta su escritorio y
tomó el teléfono. Pero Brian Ingle dijo que la había observado todo el tiempo
que ella permaneció junto al escritorio, y que Nita no había envenenado la
taza. Eso descartaba el suicidio -Charles Kennington suspiró-. Lamento ser tan
largo, y fastidioso, y poner todos los puntos sobre las íes; pero he pensado
mucho en el asunto a mi confusa manera, y creo que las cosas sucedieron así.
Los hechos no admiten otra interpretación.
-Es una lástima -interrumpió inmediatamente Jimmy Lake- que,
conociendo tan bien los hechos, no recuerdes uno muy importante.
-¿Cuál? .
-Que la "cosa de Stultz" se encontró en tu valija
cerrada. ¿O tu teoría es... ¿cómo decirlo?.. que yo la "planté" allí?
-No, no sugiero que lo hicieras. En seguida volveremos a eso:
después que hayas dicho lo que tienes que decir. Sigue. Me interesa saber cómo
este Houdini moral saldrá del enredo en que está.
Las posiciones estaban ahora invertidas. En las miradas de
Charles había algo preocupado y calculador: parecía medir a su antagonista y
tratar de descubrir la posible dirección del primer golpe de Jimmy. El
director, que había atendido con cierto desprecio humorístico el ataque de
Charles, ganaba ahora fuerzas e indignación. Su cara fina y pálida mostraba
todavía disgusto por estos procedimientos, pero había también retratada la
resolución de llevarlos hasta el amargo final. Sonrió tristemente a Nigel.
-He estado todo el tiempo atado de manos -comenzó-: yo no
ignoraba que la verdad acerca de Nita y Charles podía matar a Alice. Ella
adora a Charles; siempre ha estado más unida con él que conmigo. Supongo que es
natural que Charles intente salvar el pellejo acusándome a mí: en su lugar yo
habría hecho lo mismo...
-¡Esto es extraordinario! -interrumpió Charles con la voz llena
de desprecio-. Ésta es una flor de hipocresía. Continúa.
-Su error, Nigel, es suponer que Alice tiene algo que ver con
esto. Su teoría de que ella y Charles planearon el asunto juntos porque Alice
no veía otro modo de recobrarme... es terriblemente débil. En verdad, ¿no le
hubiera pedido antes a Charles que tuviera una entrevista conmigo y que
tratara de convencerme? No, por una razón: usted ignora el verdadero motivo
personal de Charles. Sería extraño que usted lo supiera... él ha echado
demasiada tierra en sus ojos. Charles mató a Nita por la sencilla razón de que
ella le fue infiel. Lo sé. En un minuto le diré cómo lo sé.
-Apenas podemos esperar -murmuró Charles Kennington.
-Yo no he estudiado el método de Charles Kennington con tanta
precisión como él sus falsedades en contra de mí. Pero un mentiroso siempre es
extremadamente débil y un asesino siempre protesta demasiado cuando trata de
culpar a otro.
-Oigamos, oigamos -exclamó Charles.
-Ya cambiarás esa actitud de colegial- replicó Jimmy
secamente-. Por lo que veo fue perfectamente posible que Charles envenenara el
café de Nita en la forma que dice lo hice yo. ¿No podía acaso poner el veneno
en la taza cuando ésta estaba sobre mi escritorio? ¿No hubo ocasión de hacerlo?
Nigel asintió silenciosamente.
-¿Pero cómo se apoderó del frasquito... de la "cosa de
Stultz"? Ahí está la treta. Sé que el testimonio de Alice lo libra de
sospechas. Bueno, francamente ignoro la respuesta. Es posible que Alice haya
mentido diciendo que el tubito estaba sobre el escritorio un minuto antes de la
muerte de Nita. Una mentira para proteger a Charles: hasta es posible que lo
haya visto meterse el tubo en el bolsillo. Pero no lo creo. Alice no puede
menos que decir siempre la verdad. Yo... Dios mío, qué tonto soy -la cara del director
se iluminó inteligentemente-. Estoy suponiendo que el tubo fue sacado de sobre
mi escritorio antes de la muerte de Nita. Todos suponemos esto porque
creíamos que era el contenido de ese tubito el que había envenenado el café
de Nita. Pero no lo era. Entonces... sí, indudablemente Charles metió el
frasco en su bolsillo en medio de la confusión, cuando... cuando Nita estaba
muriendo; o poco después. ¿No es eso posible?
Nuevamente, Nigel asintió en silencio.
-Ésa es una idea muy ingeniosa, Jimmy. No podría estar más
impresionado de lo que estoy -dijo Charles-. Pero siempre queda el hecho de
que no podía sacar la cápsula del veneno del cajón de tu es
critorio. Estás otra vez acorralado.
-Supongo que dispondrías de otra fuente de veneno.
-Oh, tenía una pequeña tableta letal para uso propio, en
Alemania. Pero la entregué al Cuartel General antes de salir de allí. ¿No lo
hice acaso, Nigel?
Nigel Strangeways asintió. Por el momento sólo podía vigilar,
asentir de vez en cuando y dejar que las cosas maduraran. Tarde o temprano uno
de los dos cometería un error.
-Bueno, me atrevo a suponer que Charles disponía de otros
medios de obtener cianuro. Tal vez tuviera otros trofeos de caza, para así
decirlo. No es asunto mío realizar la investigación que corresponde a la
policía. Sólo puedo decir que Charles estaba muy interesado en traer la
"cosa de Stultz" a la reunión y en mostrarla... como un instructor
del ejército que mostrara una bomba a un grupo de civiles... descuidado, para
decir lo mejor. Y otra cosa. Reconozco que parece difícil que Charles haya
usado mi píldora para el envenenamiento. Pero podía apoderarse fácilmente de la
píldora después del asesinato, cuando vino a vivir aquí con nosotros; la habría
sacado para acusarme a mí. Es muy interesante que la píldora haya desaparecido
cuando la policía cambió de idea acerca de la forma en que se cometió el
crimen, cuando decidieron buscar otro veneno además del que contenía el
frasquito de Stultz.
-¿Tiene alguna prueba para sostener esa afirmación? -dijo
Ni-gel.
-Charles siempre supo que yo poseía una píldora de veneno. El
otro día me preguntó si siempre la guardaba y dónde estaba.
-Ésa es una infame mentira y tú lo sabes -la voz de Charles
Kennington casi se quebró. Su carita triangular se había achicado y resecado,
como la cara de un muerto.
-Oh, usted realizó sus investigaciones con mucho tacto pero...
-¿Alguien oyó esa conversación? ¿Su mujer? -preguntó Nigel.
-No, Charles y yo estábamos solos.
Nigel volvió a acomodarse en su silla.
-Es otra vez su palabra contra la palabra de él.
-Mucho me lo temo. Y mi palabra contra la de él en lo que
con-cierne a sus amenazas a Nita.
-¿Sus amenazas a Nita?
-Sí, ahora debe saberse. Me atrevo a suponer que usted ha
notado cierto apasionamiento en las palabras de Charles recientemente, cuando
hablaba de su compromiso con Nita. Es posible que Charles pretenda... lo ha
pretendido desde su regreso... que sus sentimientos hacia Nita se habían
evaporado, que realmente no estaba ya interesado en ella. Hasta retiró del
departamento de Nita las cartas que le había escrito... si, Alice me lo dijo...
hubiera sido muy comprometido que la policía las leyera, supongo; podía darles
que pensar. No puede usted imaginarse cuánta pasión viril arde dentro de ese...
de ese engañador aspecto de Charles.
-Esto es muy halagador -dijo Charles-. No lo perdería por nada
del mundo.
-Nita, pobrecita, estaba muy asustada esa mañana. Charles se
había comportado muy rudamente cuando la visitó la noche anterior. ¡Oh, sí! Le
dio una última oportunidad de cumplir con su compromiso; pero lo hacía por sí
mismo, no por Alice. Le dijo: "Si no dejas inmediatamente a mi fascinante
cuñado, si no anuncias mañana por la mañana que tú y yo vamos a casarnos en
seguida, haré que él no pueda tenerte nunca más". Éstas fueron exactamente
sus palabras.
-¿Se las repitió ella misma?
-No, yo las oí.
Charles Kennington murmuró con voz azorada:
-¿Que me oíste? ¿Qué demonios quieres decir?
-Después que dejé a Nita esa noche... bueno, tuvimos una escena
terrible... por eso regresé a casa de ella; sentí que las cosas no podían
quedar así. Fui al Ministerio e intenté trabajar. Pero no pude hacerlo.
Entonces la llamé por teléfono, le dije que estaba arrepentido y que iría a
verla inmediatamente. Ella pareció aterrada ante esta idea. No pude entender el
porqué. Pero tuve sospechas. Empecé a preguntarme si... bueno, si me había
engañado todo el tiempo. De todos modos le dije que no iría, pero decidí ir.
Estoy algo avergonzado de todo esto. Naturalmente, Charles tiene razón en
cierto sentido: probablemente yo hubiera aprovechado la oportunidad de romper
con Nita; creo que pensaba esto cuando regresé al departamento... esperando
encontrarla con un hombre. Esperando y temiendo. Entré utilizando mi propia
llave, subí sigilosamente las escaleras, me deslicé en el vestíbulo y oí voces
en la salita. Era la voz de Charles. En el primer momento no entendí nada.
Escuché un poco. Oí lo que acabo de repetir. Y otras cosas además. Él estaba
pronto a olvidar la infidelidad si...
Jimmy se interrumpió y cerró los ojos, como si intentara evitar
una imagen evocada. Su cara estaba contraída y llena de angustia. Cuando volvió
a hablar su voz era casi un murmullo.
-Ala mañana siguiente... ¡oh, Dios! Nunca la olvidaré. Nita
estaba en un estado terrible. No se atrevió a decirme que Charles la había
visitado. Supongo que creyó que no podía confiar en mí... no podía confiar en
que yo no utilizara el regreso de Charles como pretexto para dar por terminadas
nuestras relaciones. "Relaciones"... que palabra... bueno, si ella me
hubiera dicho que Charles insistía en casarse con ella y que amenazaba hacer no
sé qué si ella no accedía... ¡qué magnífica escapada para mí! No podía ya
esperar protección de mí: no sabía a quién dirigirse. Pero, si yo hubiera
tenido la más remota idea de que las amenazas de Charles eran verdaderas...
-los blancos nudillos de Jimmy se apretaron contra su frente-. Yo debí saberlo,
no debí permitir jamás que... pero parecía imposible que Charles intentara
algo con todos nosotros reunidos en la habitación, después de haber mostrado
el tubito del veneno.
Se levantó bruscamente y empezó a recorrer el cuarto. Los otros
dos estaban en silencio. Nigel pensaba intensamente. Charles Kennington,
acurrucado en su silla, parecía concentrado en sí mismo; era una figura casi
tan pequeña como su reflejo en el espejo convexo en el fondo del cuarto. Jimmy
se detuvo junto al aparador para servirse licor.
-Perdón -dijo-. ¿Quiere usted, Nigel? Es licor de durazno.
Regresó a la mesa y colocó sobre ella dos copas, cuyos pies
sostenía entre los dedos. Nigel tomó una. Jimmy puso la otra junto a Charles
Kennington. Hubo un sentimiento de profunda turbación en el cuarto... el tipo
de turbación que puede producirse si el miembro del club es acusado, delante de
sus colegas, de hacer trampas en el juego.
-No podía hablar antes de esto -Jimmy se dirigió a Charles como
si hubiera entre ellos un acuerdo tácito para ignorar la presencia de Nigel-.
Pero no puedes esperar que permanezca sin hacer nada. ¿Verdad? -había una nota
casi de ruego en su voz-. Lo siento, Charles, pero tú me obligaste a ello.
La cara del mayor Kennington parecía pequeña y enfermiza. No
dijo nada.
-Nigel, supongo que es inútil pedirle que olvide todo lo que
oiga aquí esta noche -dijo Jimmy. Nigel meneó la cabeza. Todavía esperaba. Su
instinto le decía que no todo había terminado aún.
-Cuidaré de Alice. Te lo prometo. Ella estará bien -Jimmy se
dirigía otra vez a Charles-. ¿Por qué no dices algo?
De la figura del mayor Kennington, acurrucada, como envuelta en
la derrota, surgieron al fin palabras.
-Yo quería mucho, mucho a Nita.
Las palabras surgieron lentamente; la entonación era alta y
clara, parecía casi una imitación de la voz de Alice Lake.
-Sólo queda una cosa por hacer, Charles –Jimmy Lake habló con
una especie de velada urgencia.
-Sí -repitió Charles-, sólo queda una cosa por hacer.
Sus dedos tantearon, como los de un autómata, en busca de la
copa de licor.
-Creo... ¡Demonios con este brazo! Nigel, ¿quiere aflojar un
poco el nudo del cabestrillo? Me lastima el hombro... ahí... yo no puedo
alcanzarlo fácilmente.
Nigel se levantó y se inclinó sobre el brazo izquierdo de Jimmy,
forcejeando con el nudo. Después volvió a sentarse. Los dedos de Charles
rodeaban todavía el pie de la copa. Se irguió un poco, mirando el licor color
damasco. Volvió a mirar a Jimmy febrilmente, con ojos ardientes.
-Bueno, a la salud del espectro de Nita -dijo-. Que descanse en
paz.
Hubo una extraña pausa.
-Vamos, Jimmy -insistió-, tú también debes brindar en honor de
ella.
-En honor de Nita -murmuró Jimmy Lake, con la voz ahogada y
apenas perceptible.
Los dos hombres bebieron. Jimmy, como de costumbre, lentamente.
Charles apuró uno de sus grandes tragos.
En el momento siguiente el mayor se puso de pie, con los ojos
llameantes y llevándose la mano a la garganta.
-¡Dios! Me abrasa -su voz llegó entre cortada y difícilmente.
Ni-gel se puso también de pie, pero mientras daba vuelta alrededor de la mesa
para dirigirse hacia Charles, sintió que la mano derecha de Jimmy Lake oprimía
con extraordinaria fuerza su muñeca.
-No, Nigel. Así es mejor. Por amor de Dios, déjelo...
Charles Kennington se tambaleó. Luchó buscando aliento, con la
cara congestionada y los ojos fijados salvajemente en el vacío. Después cayó
de costado sobre la silla, retorciéndose como un gusano; cayó luego de la silla
al suelo, donde permaneció de espaldas, estremeciéndose un poco, hasta quedar
finalmente quieto.
La mano de Jimmy, que oprimía aún la muñeca de Nigel, se aflojó
ahora. Se estremeció violentamente y suspiró... parecía exhausto.
-¿No comprende, Nigel?.. No podía dejar que usted... tenía que
darle ocasión para... Hubiera sido terrible para Alice la detención, el
proceso, la horca, todo -hablaba agitadamente, como rogando-. Tenía la
esperanza de que Charles llevara consigo mi píldora de veneno. Lamento haber
empleado la treta del brazo. Tenía que darle ocasión de poner la píldora en el
licor, sin que usted lo viera.
Nigel lo miró fijamente. No hizo ningún comentario, y se limitó
a preguntar si podía utilizar el teléfono para llamar al médico y a la
policía.
-En aquel rincón -afirmó Jimmy y levantándose de junto a la
mesa, indicó el camino. El teléfono estaba oculto detrás de uno de los paneles
blancos. Jimmy apartó el panel y sacó el teléfono.
-¿Cuál es el número de su médico? –preguntó Nigel.
Jimmy Lake le dio el número. Nigel había comenzado a discar el
número cuando una voz dijo a sus espaldas:
-No moleste al médico, querido mío. Llame solamente a la
policía. Es lo único que hace falta.
Nigel se volvió bruscamente. El mayor Kennington estaba de pie
detrás de la mesa, en el mismo lugar donde había caído y muerto.
Un sonido espantoso, como el gemido de un hombre en una
pesadilla, escapó de los labios de Jimmy Lake. El sonido se interrumpió, tan
bruscamente como había comenzado, y Jimmy se precipitó hacia la puerta. Pero la
mano de Nigel se tendió y lo tomó del hombro, del hombro herido, de manera que
Jimmy se vio obligado a volverse y a retroceder tambaleante hacia la mesa.
Charles se colocó junto a la puerta.
-Nigel -dijo-, haga el favor de registrarlo. Si no está en uno
de sus bolsillos supongo que la encontrará en el suelo. Pero apuesto que está
en el bolsillo derecho del pantalón o del saco.
-¿La "cosa de Stultz"? -preguntó Nigel.
-Sí. Es una manera de decir.
-Está bien, está bien, está bien -murmuró el director, con voz
infinitamente fatigada. Estaba apoyado en el borde de la mesa. Su mano se
dirigió al bolsillo de la derecha. Nigel saltó sobre él. Era el momento de no
correr ya riesgos. Cogió la muñeca del director antes de que la mano hubiera
salido del bolsillo.
-Está bien -repitió Jimmy-. No se alarme. Es solamente esto.
Suavemente levantó la mano, la abrió y, sobre la palma, estaba
un frasquito de veneno, diminuto, roto.
La cabeza de Jimmy se movía estúpidamente de un lado a otro.
-No comprendo -murmuró mirando a Charles-, no comprendo.
-Es una broma. El frasquito sólo contenía agua. Perfectamente
comprobado. Yo seguramente no hubiera bebido el licor que me serviste de no
tener la seguridad de que el veneno era pura agua. Los espejos sirven para
algo, Jimmy. Oh sí, vi que derramabas el contenido del frasquito en la copa de
licor, cuando nos distrajimos con Mermelada. Te estaba vigilando. En aquel
espejo. Claro está que te vigilaba.
-¡Ah! -murmuró Nigel para sí mismo: por fin encajaba la última
pieza del acertijo.
-Está bien -murmuró Jimmy Lake-, está bien, está bien.
Después del gran duelo de ingenios, después de tener en su mano
la victoria y la seguridad y después de haberlas perdido tan atrozmente, no
quedaba ya impulso combativo en él. Tanteó en busca de su silla y se sentó. Con
la cabeza apoyada en la mano derecha dijo entonces:
-Todo está bien. No me importa. Casi lo prefiero así. Maté a la
mujer que no quería matar, a la mujer que no quería matar. Desde entonces lo
he comprendido cada vez más. Oh, Nita, yo...
Comenzó a llorar, terrible y desesperadamente. Evitando las
miradas de Charles Kennington, Nigel fue hacia el teléfono.
CAPÍTULO XI
Descartado
-¿LA MUJER que no quería matar? -preguntó Blount-. ¿Acaso
envenenó por equivocación el café de Nita, en lugar del café de su mujer?
-Oh, no. Nita era la víctima elegida. Pero Jimmy Lake
comprendió demasiado tarde, después de matar a Nita para volver a Alice, que
era a Nita y no a Alice a quien realmente amaba. Ésa es su tragedia. Pese a
todo le tengo lástima. Estaba dividido entre dos pasiones. E indudablemente el
temperamento de Nita no le ahorró ningún disgusto: ella le dio a la vez el
cielo y el infierno.
-De todos modos la mató de manera abominable. Si hubiera sido en
un arrebato...
-Oh sí, ya lo sé. Sin embargo prefiero esa manera a la terrible
sangre fría con la que, finalmente, lo atrapó el mayor Kennington. Jimmy tiene
calor humano. No le importa precipitarse en un abismo. Charles y Alice son, en
comparación, espíritus mezquinos.
-¡Ah sí! Son una pareja de reptiles. Pero dudo que hubiéramos
atrapado a nuestro hombre, con la reconstrucción que usted hizo de los hechos,
si Kennington no lo hubiera hecho salir de su agujero.
Ambos estaban sentados en la habitación de Nigel, la noche
siguiente a la detención de Jimmy. El vaso de whisky al lado de Nigel estaba
intacto. Sabía, desde tiempo atrás, que la detención de Jimmy era la única
conclusión posible para los terribles y confusos acontecimientos de la semana
anterior; pero, ahora que había sucedido, se sentía muy deprimido. No se debe
compadecer a un hombre que ha ejecutado un crimen atroz. Pero...
-Me atrevo a suponer que tiene usted razón, Blount. Aún
entonces Jimmy podía defenderse. Yo fracasé completamente en mi intentona de
hacerle delatarse, pese a la acusación que lancé contra Charles y Alice
durante la comida. Supongo que él vio los puntos débiles. Entonces Charles lo
atacó. Las acusaciones de Charles fueron perfectas en toda la línea: fueron
demasiado para Jimmy. Se sintió herido y, por eso, decidió acusar a su vez a
Charles y hacer que todo pareciera un suicidio, lo que también explicaría la
desaparición de su cápsula de veneno. Fue una maravillosa improvisación. Y se
hubiera salido con la suya si la "cosa de Stultz" hubiera sido,
realmente la "cosa de Stultz". A propósito, ¿cuál es la explicación
de Charles al respecto?
-Muy sencilla. Cuando perseguía a Stultz, Charles llevaba
consigo uno o dos falsos tubos de veneno, idénticos a los de los nazis, pero
llenos de agua. La idea era tener esos tubos a mano para el caso de que una de
las muchachas amigas de Stultz lo traicionara: haría sustituir en ese caso el
frasquito verdadero por uno falso, para que Stultz no pudiera suicidarse al ser
arrestado. Finalmente Charles llegó a Stultz por medio de una muchacha y ella
hizo la sustitución. Debimos comprender que aquel trozo de la carta que
escribió a Jimmy era una broma.
-Sí, no es fácil apoderarse de un tubito llevado entre las
muelas golpeando a un tipo en la espalda.
-Así, Kennington recibió de la muchacha el verdadero frasquito
de veneno y lo trajo, con el falso que le quedaba, como trofeo. Fue el falso
tubo el que presentó en la reunión del Ministerio y el verdadero el que
encontramos en su valija.
-De algún modo habría adivinado eso. Ambos creímos que era
extraordinario que fuera tan descuidado con un tubo de veneno. Y después la
expresión de su cara cuando murió Nita... debí pensar más en ello... era una
expresión de verdadera sorpresa. Una muchacha moría envenenada y el frasquito
desaparecía, pero el frasquito sólo contenía agua. No es raro que estuviera
sorprendido.
-Es lástima que no nos lo haya dicho en seguida.
-Creo que en el momento, Charles no estaba seguro de que no
fuera Alice quien había envenenado la taza de Nita. Sabía que Jimmy poseía una
cápsula de cianuro y pronto descubrió que Alice podía haberse apoderado de la
cápsula. Por eso decidió descubrir las cosas por su cuenta: no confiaba en que
llegáramos a las conclusiones exactas respecto de la cápsula.
-En eso se portó estúpidamente -dijo Blount-. Después que
nosotros... después que usted explicó su teoría sobre la "cosa de
Stultz", sólo Jimmy Lake podía ser culpable. El tenía el motivo más
poderoso, los medios y la oportunidad. Fue él quien preparó la escena... las
fotografías y las carátulas en el cuarto. Y su negativa a ir al hospital cuando
fue atacado por Billson. Eso lo delató. ¿Por qué demonios se opuso a ir al
hospital si no era por miedo a decir allí la verdad, en medio de un delirio o
en sueños? En casa sólo tendría a Alice a su lado... o así lo esperaba.
-Probablemente ella hubiera corrido a darle la información a
usted, con su sinceridad habitual.
-Vamos, señor Strangeways, es usted un poco duro con la señora
Lake.
-No me agradan esas muchachas frescas como pepinos. Tranquilas.
Usted, Blount, no hubiera podido jamás acusar a Jimmy con las pruebas de que
disponía. Eran demasiado débiles. Briznas de paja mostrando la dirección en que
soplaba el viento... y el defensor las hubiera hecho volar por la ventana con
un soplido. Todas ellas. La A mayúscula, por ejemplo.
-¿En el libro de Clough?
-Sí. Jimmy sospechó la trampa que yo le tendía. La evitó, como
muchas otras, diciendo casi la verdad. Reconoció que Nita había trazado la J.
El dijo que ella bromeaba y que, en presencia de ella, él convirtió la J en A,
bromeando a su vez. Esto hizo que todo pareciera muy inocente. Pero si en
realidad se hubiera tratado de una broma, él habría trazado una letra mucho más
firme, una especie de A exagerada, ¿no le parece? Y la letra era tan débil que
casi no la percibí al principio. Lo que sugería que la explicación de Jimmy era
falsa. Lo que significaba que él alteró originariamente la letra para evitar
averiguaciones posibles sobre su carácter, sus acciones y, por lo tanto, sus
motivos. ¡Pero el acusador no podía hacer mucho con esa paja!
-Tiene usted razón. Y esas palabras que él dijo después de ser
atacado: "Alice. Ella no me deja ir, querida". Se pueden interpretar
de dos maneras. O bien imaginaba que se dirigía a Alice y se refería a Nita, o
bien era lo contrario. El asunto del archivo PHQ fue muy curioso -prosiguió
diciendo Blount después de una pausa meditativa-. El lo quemó en la estufa de
su casa. Es curioso porque ésa es la única tentativa, hasta el final, que Jimmy
hizo para desviarnos del camino.
-Siempre me pareció curioso que revolviera el Ministerio de
arriba abajo en busca de ese archivo, el mismo día en que Nita fue asesinada...
si era inocente, claro está. Sin embargo creo que dijo la verdad al afirmar que
ignoraba las relaciones Fortescue-Billson. Mi idea es que necesitaba distraerse
del crimen, y el asunto del archivo estaba a mano.
-No se equivoca usted mucho. Esta mañana lo interrogué al
respecto. Aparentemente lo que sucedió fue esto: mientras revisábamos su
oficina Jimmy trabajó en la oficina de Fortescue. Al dirigirse allí recogió la
bandeja de correspondencia y la llevó consigo. Encima estaba un archivo en el
que decidió trabajar toda la tarde. Lo puso inmediatamente en su valija de
mano, pero en la confusión de su mente, no reparó que metía también el sobre
con el archivo PHQ que fue llevado también en la valija. Lo descubrió al
llegar a su casa. Entretanto, esa misma tarde, revolvió cielo y tierra en busca
del archivo y de las copias que Billson demoraba tanto en entregar. Para no
pensar en lo que había hecho. Dice que, al regresar a casa, tuvo un momento de
pánico. Jamás intentó echar la culpa a ningún otro. Pero al encontrar el
archivo secreto en su valija, pensó destruirlo... para levantar un poco de
polvo y confundir aún más el asunto.
-Parece tan sencillo y natural que creo que es verdad. Pero ése
parece el único momento de pánico que tuvo.
-Hasta que yo empecé a averiguar sobre otras posibles fuentes de
veneno.
-Sí -dijo Nigel-. ¿Por qué cree usted que no negó la posesión de
la cápsula?
-Muy sencillo. Primero: Harker Fortescue sabía que el director
debía poseer una cápsula. Segundo: la señora Lake estaba en la habitación
cuando yo pregunté a su marido y su agitación sugirió que ella había utilizado
la cápsula o...
-¿O que sospechaba que su marido la hubiera usado?
-Bueno, si ella hubiera creído que la cápsula había sido
destruida, o que se habían librado de ella en alguna forma antes del
asesinato, no hubiera estado tan inquieta durante los interrogatorios. Además
Jimmy Lake no se atrevió a pretender destruirla. Y seguramente no tenía medio
de probarlo... sólo podíamos contar con su palabra.
-¿Cómo no intentó ocultar la verdad? Ésa fue su política
después del crimen. Es un hombre muy hábil y un cobarde moral. Su
inteligencia le decía que los criminales se delatan muchas veces por sus
mentiras. Particularmente los asesinos se descubren por mentiras innecesarias.
Y la cobardía moral que le impidió separarse de Nita, también le hizo imposible
mentirnos. Se entregó prácticamente: parecía muerto, como un animal asustado:
no quería comprometerse. Sí, todo estaba de acuerdo. Y, naturalmente, hubo una
inactividad fatal respecto a la píldora de veneno. Ésta no estaba en el cajón,
lo que significaba una de dos cosas... que él o Alice era el asesino.
-Indudablemente fue esa maldita cápsula la que lo hizo salir al
aire libre.
-Sí. Y los celos reprimidos que sentía por Charles. El
sentimiento era mutuo, naturalmente.
-¿Celos?
-Así lo creo. Los dos tenían una curiosa relación con Alice. En
una palabra: su hermano gemelo es el gran amor de la vida de Alice. Creo que
esa relación íntima es lo que explica finalmente el fracaso de su matrimonio.
Si anoche hubiera visto usted juntos a Jimmy y a Charles, me daría la razón. La
comida se transformó en una exhibición de antipatía mutua. Los celos, tanto
tiempo reprimidos, se desbordaron. Sólo por celos Charles atacó tan
malignamente a Jimmy y no creo que Jimmy hubiera elegido a Charles como escape
para su instinto de conservación si los celos no lo hubieran dirigido.
-Todavía no me ha dicho qué sucedió exactamente durante la
comida.
-Creo que la misma Nita se dio cuenta instintivamente de estos
celos -prosiguió Nigel-. La manera en que trató a Charles, en presencia de
Jimmy, aquella mañana en el Ministerio. Y antes, cuando dijo: "Jimmy
intenta ser duro de corazón. Pero no puede". Quería convencerse de que lo
ocurrido entre ella y Jimmy la noche anterior realmente no significaba nada,
que Jimmy jamás iba a endurecer su corazón contra ella, para forzarla a volver
con Charles. Estoy seguro de que esperaba que sus coqueteos con Charles
despertarían los celos de Jimmy y le harían comprender que saldría perdiendo si
la abandonaba. Era su última tentativa.
-¿Y la comida? -preguntó Blount nuevamente-. Usted vacila en
hablar de la comida -sus ojos brillaron fríamente- ¿Usted se desvió un poco,
no? ¿Se le escapó de entre las manos, verdad?
-Tiene mucha razón. Me salí de mis casillas y... pero es mejor
empezar por el principio. Estuve por la mañana en casa de ellos, según usted
sabe, y Charles almorzó conmigo. Mi plan era sembrar la semilla de la
discordia. Yo estaba ya seguro de que Jimmy era nuestro hombre; de que Charles
sabía o adivinaba mucho más de lo que nos decía, y de que Alice sospechaba que
el criminal era su marido. Pero Charles y Jimmy, por motivos diferentes,
estaban decididos a no revelar nada. Tuve que zarandearlos. A Alice le hice
creer que usted sospechaba especialmente de Charles. Claramente comprendí que
estaba preocupada por su marido, más que por Charles; ella se puso
absolutamente a la defensiva en cuanto a él... y no fue solamente porque la
muerte de Nita no hubiera servido para acercarlos; más bien la sospecha de que
Jimmy había matado a Nita ampliaba el abismo entre ellos. Le sugerí esto y su
reacción disipó toda duda de que ella hubiera podido matar a Nita.
Inmediatamente después vi a Jimmy. En el momento no advertí ningún cambio. Pero
quedó intranquilo. Por él y por Alice. Dije claramente que había cargos contra
Jimmy, contra Alice y Charles como cómplices. Dejé que las cosas maduraran en
la mente de Jimmy. En esta forma se vería obligado a hacer algo, para defenderse
o para defender a Alice... esto es lo que yo esperaba. No le importaba que
Charles fuera a la horca en su lugar; pero con Alice la cosa era distinta.
Después tocó el turno a Charles. La primera conclusión a la que llegué en mi
entrevista con él es que dudaba sobre la forma en que se cometió el
envenenamiento; al mismo tiempo ocultaba alguna cosa.
-Ocultaba que el frasquito que llevó al Ministerio era
inofensivo.
-Exactamente. Quiero decir: comprendo eso ahora. En el momento,
pese a una amplia sugerencia de su parte, yo no lo entendí: dijo que jamás
creyó que se había utilizado el frasquito para el crimen. Y cuando le pregunté
por qué creía eso, me dijo: "Bueno, por una cosa: si lo hubieran usado no
se habrían preocupado de sacarlo de la habitación". Después de un momento
ataqué a Alice. Charles hizo entonces una larga y admirable descripción del
carácter de su hermana, para demostrarme que ella no era capaz de asesinar, que
no podía haber matado a Nita, ni por cuenta propia ni en complicidad con
Charles. Pero no quiso ir más lejos. No lo quiso entonces. Sin embargo, la
semilla estaba sembrada. Charles supo que debía actuar rápida y decisivamente
si Jimmy, de quien había sospechado desde el principio, iba a ser atrapado.
Tenga en cuenta que yo todavía no rechazaba completamente la idea de que
Charles fuera culpable. Y entonces usted me comunicó que había encontrado la
"cosa de Stultz" en la valija de Charles. Deshice completamente mi
reconstrucción de los hechos, que se basaba en que el asesino hubiera retirado
el frasquito después del crimen, destruyéndolo o escondiéndolo posteriormente.
La reacción de Charles ante el descubrimiento fue, en verdad, muy curiosa.
Dijo: "Ahora usted lo ha hecho" y salió de mi habitación. Esto me
convenció de que Charles no era el asesino: un culpable jamás habría actuado de
esa manera. Pero, desafortunadamente, esto parecía también justificar a Jimmy.
No inmediatamente, claro está: yo supuse que él había puesto la "cosa de
Stultz" en la valija de Charles. Creí que finalmente se había visto
forzado a actuar. Pero usted telefoneó entonces y dijo que Charles reconocía
haber tenido en el bolsillo la llave de la valija todo el tiempo y afirmó que
era imposible que ningún otro hubiera ocultado allí el frasquito.
-Así que cuando él dijo: "Ahora usted lo ha hecho"...
-Creo que significaba que el fin había llegado para Jimmy y, en cierto modo,
para Alice. Creo que Charles había permanecido mudo hasta ese momento con
respecto a los frasquitos porque le desagradaba la idea de que Jimmy fuera
detenido y adivinaba que, si nosotros sabíamos lo que pasaba con los
frasquitos, tendríamos la pieza que nos faltaba para hacer detener a Jimmy. A
Charles le importaba la tranquilidad mental de su hermana... no quería
ayudarnos a colgar al marido de Alice. Pero ahora debía actuar en defensa
propia. Y en este momento surgió el otro lado de su personalidad... surgió el
mayor Kennington que había perseguido a Stultz. Creo que de pronto comprendió
que detestaba a Jimmy... al hombre que le había arrebatado a su hermana,
abandonándola después por otra mujer y complicándola con un crimen odioso. Iba
a atrapar a Jimmy ahora. Revelar la verdad sobre los frasquitos no aclararía el
caso: Jimmy podría librarse quizás de la acusación. Y además Charles deseaba
una venganza personal.
-¿Entonces le invitaron a cenar?
-Entonces me invitaron a cenar. En cuanto llegué advertí humo y
fuego en el aire. Charles bebía pesadamente... indudablemente para ponerse a
tono con la gran escena. La antipatía entre ambos... bueno, el aire podía
haberse cortado con un cuchillo. Indudablemente Charles había provocado a
Jimmy, haciendo alusiones a esto y a aquello antes de mi llegada. Poniéndolo
deliberadamente nervioso. En realidad había tomado una página de mi libro;
pero, naturalmente, él lo hizo mucho más efectivamente, porque odiaba y
despreciaba a Jimmy y se divertía apretándole los tomillos, mientras que a mí
no me divertía lo más mínimo hacerlo. Jimmy estuvo frío y circunspecto. Sabía
que algo iba a ocurrir... pero no sabía qué. Bueno, empezamos a comer. Decidí
hacer iniciar el juego, por eso les dije cómo había llegado a mi conclusión
acerca del método del asesinato y después, basándome en ello, acusé a Alice y a
Charles.
Esto los sacó de sus casillas, tal como yo había supuesto.
Charles inmediatamente acusó a Jimmy. Puedo asegurarle que todo fue una escena
perversa. E hizo un resumen con toda la interpretación de los hechos conocidos
por Charles.
-Un momento -interrumpió Blount-. ¿Sabía Jimmy Lake en ese
momento que se había encontrado un frasquito de veneno en la valija de Charles?
-Sí, lo dije en el momento culminante de mi acusación contra
Charles y Alice. Jimmy no pudo ocultar su sorpresa. ¡Otro frasquito! Porque él
tenía en el bolsillo el frasquito que Charles llevó al Ministerio. Bueno,
Charles dijo a Jimmy que le valía más confesar. Y, naturalmente, Jimmy se negó
a hacerlo. Entonces Charles prosiguió. Primero explicó, claramente, mi
acusación contra Alice y contra él. Después acusó en la cara a Jimmy de haber
asesinado a Nita. Dijo que no había dicho "todo lo que sabía sobre
Jimmy", para proteger a Alice. Esto decidió a Jimmy. No sabía qué ocultaba
aún Charles, pero suponía que era mortalmente peligroso para él. Entonces puso
su plan en acción.
-¿Su plan? ¿Para matar a Charles Kennington?
-Sí. Creo que todo sucedió en un instante. Pero dudo que hubiera
podido actuar aunque con ello explicaba la desaparición de la píldora, si
Charles no lo hubiera forzado a ello. De todos modos, fue hasta el aparador y
se sirvió más bebida. Esto era perfectamente natural... su representación fue
perfecta anoche, Blount. Consiguió engañarme. Pero no engañó a Charles. Charles
lo espiaba por el espejo: no confiaba lo más mínimo en Jimmy. Jimmy pretendió
que oía algo en la puerta. Fui a abrirla. Era solamente el gato. Aparentemente
el gato siempre araña la puerta durante las comidas, si ya no se le ha
permitido entrar en el comedor. Naturalmente, yo ignoraba esto. Pero Charles lo
sabía. Mientras yo abría la puerta Jimmy derramó el contenido del tubito de
veneno en una de las copas de color. Charles le vio hacer esto en el espejo,
pero no dijo nada. Sabía que el frasquito era el frasquito falso que él había
llevado al Ministerio. Después Jimmy volvió a sentarse y Charles continuó el
ataque. El veneno, según imaginaba Jimmy, estaba ahora preparado sobre el
aparador, invisible en una copa de cristal de color, para ser o no utilizado,
según lo que dijera Charles. Bueno, Charles lanzó una infernal acusación contra
Jimmy. La encontrará detallada en el informe de anoche, que he escrito para
usted. Entre otras cosas Nita le dijo la noche anterior al asesinato que Jimmy
le había pedido en todas formas que lo dejara y que finalizó acusándola y
diciéndole que le daba la última oportunidad. Describió muy ofensivamente el carácter
de Jimmy, y relató detalladamente la forma en que ocurrió el asesinato.
Incidentalmente señaló que la intención premeditada de Jimmy fue hacer
aparecer la muerte de Nita como un suicidio.
-Sí -dijo Blount-, él ha reconocido eso en su confesión.
-Bueno, cuando Charles terminó, Jimmy señaló que la aparición de
la "cosa de Stultz" en la valija de Charles invalidaba todas las
recientes acusaciones de éste. Después se preparó a actuar. Fue una
representación magistral. Dijo que no se había atrevido a decir la verdad
porque no quería destrozar el corazón de Alice, si su hermano era condenado por
asesinato. Pero ahora, más dolorido que furioso, iba a hablar.
-¿Una representación magistral? ¡Una condenada hipocresía,
querrá usted decir! -gruñó Blount.
-Sí. Ya sé. Pero no puedo prescindir de mi antiguo afecto y
admiración por Jimmy. ¡Y luchó tan denodadamente! Yo sabía que era culpable, y
sin embargo debí esforzarme para convencerme de que él no era inocente y que
fue Charles quien... De todos modos, el punto central de la acusación de Jimmy
era que él había regresado más tarde al departamento de Nita, que había
escuchado a la puerta y que oyó a Charles amenazándola si no dejaba a Jimmy y
volvía con él. Presentó un buen retrato de Charles como enloquecido por los
celos.
-Pero él no puede...
-No, naturalmente que no regresó al departamento. Era una
mentira deslumbradora y convincente.
-¡El perro! -murmuró Blount.
-Exactamente. El perro siempre ladra al oír entrar a alguien y
la portera asegura que su perro sólo tuvo cuatro ataques de ladridos esa noche:
cuando la verdadera llegada y partida de Jimmy y cuando el arribo y la salida
de Charles. Jimmy cometió allí un error. Ahora sé positivamente que mentía.
-¿Pero cómo explicaba que Charles tuviera en su poder la
"cosa de Stultz"?
-Muy ingeniosamente. Estaba de acuerdo en que Charles no pudo
ponerse el frasquito en el bolsillo antes de la muerte de Nita... los
testimonios probaban esto. Jimmy sugirió que Charles se metió el tubito en el
bolsillo aprovechando la confusión que siguió a la muerte de Nita. Naturalmente
todo esto era muy arriesgado y más arriesgada aún la respuesta de dónde
provenía el cianuro con el que el café fue efectivamente envenenado. No podía
sugerir que Charles había sacado la píldora de su propio cajón porque los
testimonios probaban que éste no podía haberse apoderado de esa píldora sin la
complicidad de Alice, antes del asesinato. Y de todos modos necesitaba que la
píldora todavía existiera, por así decirlo, porque Charles debía
"suicidarse" con ella. Por eso sugirió vagamente que el mayor debía
tener otro medio de conseguir veneno y lo acusó de haberse apoderado de su
píldora de veneno, después del crimen, para que las sospechas recayeran sobre
él. Hasta afirmó que Charles le había preguntado dónde guardaba la píldora.
Otra mentira, supongo. Kennington protestó que era mentira, de todos modos.
Pero Jimmy podía arriesgarse a que algunas partes de su acusación fueran
débiles y vagas, porque (a) esto le daba mayor verosimilitud, y (b) el
"suicidio" de Charles iba a vindicarlo. Por la misma razón Jimmy
podía reconocer ahora que él hubiera aprovechado la oportunidad para romper
con Nita si Charles insistía en que ella cumpliera el compromiso. Esto fue
brillantemente calculado. Pero el director había comprendido siempre cuán
peligroso era ocultar el motivo suyo para querer matar a Nita.
Nigel hizo una pausa. Automáticamente tendió su mano hacia el
vaso de whisky, pero volvió a depositarlo, intacto.
-Bueno, Jimmy se preparó a matar. Charles, naturalmente,
conocía sus intenciones y procedió de acuerdo. Pretendió estar sobrecogido
por la acusación de Jimmy. Este tenía ahora que vencerlo antes de que Charles
se recobrara porque evidentemente no podía esperar que su cuñado permaneciera
indefinidamente bajo lo que ambos sabían era una falsa acusación. Por lo tanto
Jimmy fue hasta el aparador, distraídamente se sirvió licor de durazno, se
disculpó y me ofreció licor a mí. Puso el otro vaso (en el que previamente
había derramado el contenido del tubo) al lado de Charles. Realizó todo esto
muy abiertamente. Yo podría jurar después que él no había hecho ninguna trampa
con el vaso de Charles.
-Licor de durazno, ¿eh?
-Sí, tiene un olor muy parecido al del cianuro.
Tenía todo planeado. Inmediatamente, Jimmy dijo a Charles:
"Sólo queda una cosa por hacer". Charles pareció sorprendido y
repitió pesadamente la frase. Él representaba también, con toda su habilidad.
-No entiendo cómo Lake no sospechó eso -dijo Blount-. ¿No
sintió acaso que era muy extraño que Kennington se prestara tan mansa y
limpiamente a sus planes?
-Eso supone usted. Pero yo creo que Jimmy estaba demasiado
preocupado en darme la ilusión de un suicidio para prestar demasiada atención a
lo que hacía su presunta víctima. Pensó que la actitud de Charles era originada
por la sorpresa que le producía su ataque y también por el hecho de estar
borracho.. . Charles había bebido durante toda la noche. De todos modos,
después de preparar el camino para el "suicidio" de su cuñado, Jimmy
distrajo nuevamente mi atención: me pidió que le ajustara el cabestrillo y se
las arregló de manera que yo volviera la espalda a Charles en ese momento. En
esa forma yo debía suponer que Charles había echado la píldora de cianuro en su
copa.
-¿Y usted cayó en la trampa?
-Sí y no. Estaba convencido de que Jimmy preparaba algo.
Evidentemente preparaba el escenario del suicidio. Pero debo reconocer que no
suponía que todo iba a ocurrir inmediatamente, delante de mis ojos.
-De esa manera fue asesinada la señorita Prince: delante de
testigos.
-Sí, ya lo sé -dijo Nigel-; no tengo excusa, debo reconocer que
Jimmy me tenía hipnotizado. Inmediatamente sucedió algo macabro. Charles
levantó la copa y pidió permiso a Jimmy para beber a la salud del espectro de
Nita. Charles se divertía muchísimo con su representación. A Jimmy no le
agradó nada aquello. Bueno, Charles tomó un trago... es un hombre muy voraz; lo
había notado antes, imagínese que bebe el licor como si fuera cerveza. Después
hizo una repugnante y precisa imitación de un hombre que ha tomado un trago de
cianuro. Yo me quedé helado. Según le dije, no esperaba algo tan rápido. Y
Jimmy me agarró firmemente para impedir que corriera a ayudar a Charles. Creo
que pasó un minuto muy malo, temiendo que Charles lo acusara de haber
envenenado el licor. Y dijo: "Es mejor así", para reforzar en mí la
impresión de que Charles había preferido terminar de esa manera. Y cuando
Charles estuvo "muerto", Jimmy confesó que lo del brazo era una
estratagema para dar una oportunidad a Charles, "esperando que todavía
llevara consigo la píldora de veneno". Yo me dirigí entonces al teléfono y
pedí a Jimmy el número de su médico... ambos estábamos de espaldas a la mesa...
cuando oímos la voz del hombre, que acababa de morir envenenado con cianuro
anunciando tranquilamente que sólo se necesitaba a la policía. Esto hizo
estallar los nervios de Jimmy, tal como lo deseaba Charles. Lo registramos y
encontramos el famoso frasquito en su bolsillo, roto. Era una prueba
abrumadora. ¡Pobre Jimmy!
-Yo no gasto mi piedad en él -dijo Blount.
-Ya sé que tiene usted razón. Pero no puedo evitar compadecerlo
cuando pienso en su tragedia... la manera en que Némesis le devolvió el golpe
por medio de la única mujer...
-¡Ah, la única mujer! Es a Nita Prince a quien debería
compadecer.
-Oh, la compadezco. Nunca me hubiera metido en este sucio asunto
si no hubiera sentido mucho afecto por ella. Pero no me refiero a Nita. Jimmy
hizo todo por Alice: y fue Alice quien, inconscientemente, sirvió de
instrumento a las Furias. Fue ella quien deshizo la idea primitiva de Jimmy de
que la muerte de Nita pareciera un suicidio, impidiendo que él metiera en su
bolsillo el tubito con veneno en el momento en que pensaba hacerlo. Fue Alice
quien, apareciendo inesperadamente en la reunión aquella mañana, dio forma a
todos los acontecimientos futuros. Porque su presencia allí, con los motivos
que tenía para odiar a Nita, la colocaban bajo sospecha; y si ella no hubiera
estado en peligro, dudo mucho de que Charles se hubiera preocupado de que la
culpa cayera sobre 'Jimmy. Fue por Alice por quien Jimmy cometió el crimen:
sólo para descubrir que la muerte de Nita ampliaba el abismo entre ambos, en
lugar de disminuirlo. Jimmy había construido gradualmente una fantástica figura
de Alice en los años en los que ella estuvo más o menos alejada de él a causa
de Nita... una figura que parecía ofrecerle lo único que Nita no podía darle:
tranquilidad de espíritu. Pero cuando estuvo libre y volvió a Alice, pudo
verla como realmente es... una criatura centrada en sí misma, controlada, sin
pasión; seguramente una compañera agradable y divertida. Pero fundamentalmente
una mujer sin amor y sin ternura. Y Jimmy había descubierto en Nita lo que era
una mujer realmente enamorada. Nita había sido demasiado para él, ya lo sé...
demasiado cariñosa, demasiado insistente, demasiado posesiva. Pero cuando ella
murió, Jimmy comprendió que el amor de ella, con todas sus escenas y sus
tormentos, era lo que él realmente necesitaba. Lo destruyó y la destruyó a
ella porque su carácter no era bastante fuerte para sostenerlo. Pero era eso lo
que quería. El mero recuerdo del amor de Nita hizo que Alice fuera un espectro
para él.
-Ah -dijo Blount-, un caso típico de Némesis.
FIN


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