© Libro N°. 3018. Mineros Del Oort. Pohl, Frederik. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Mining the Oort
Versión Original: © Mineros Del Oort. Frederik Pohl
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MINEROS DEL OORT
Frederik Pohl
Titulo original Mining the Oort
Traducción. Carlos Gardini
1.a edición: mayo 1994
© 1992 Frederik Pohl © Ediciones B, S.A., 1994
Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)
Printed in Spain ISBN: 84-406-4691-7 Depósito legal: NA.
589-1994
Impreso por GraphyCems Ctra. Estella-Lodosa, km 6 31264 Morentin
(Navarra)
Ilustración de cubierta: TRAZO
Realización de cubierta: Estudio EDICIONES B
PRESENTACIÓN
Por
fin, en 1993, la SFWA (Science Fiction Writers of America) otorgó a Frederik
Pohl su merecidísimo título de Gran Maestro Nébula. Se trató, simplemente, de
corroborar un hecho evidente. Nadie puede dudar de que Frederik Pohl es uno de
los maestros indiscutibles de la ciencia ficción, género al que ha dedicado
toda su vida, tanto en su actividad de autor como en su faceta de agente
literario y editor. En los primeros años, su obra como escritor y editor es una
referencia obligada al estudiar el nacimiento de una ciencia ficción crítica de
inspiración sociológica, de la que MERCADERES DEL ESPACIO (1953) es una obra
emblemática. En los años setenta, tras un largo período como editor y
organizador, Pohl sorprendió a todos cuando retornó a su actividad de escritor.
Su reaparición quedó marcada por la ambición y la capacidad innovadora de sus
nuevas novelas. Obtuvo, por primera vez en la historia, dos Nébula consecutivos
con obras maestras tan distintas e interesantes como HOMBRE PLUS (1976) o
PÓRTICO (1977) y, a partir de entonces, nuevos éxitos han saludado la aparición
de todas sus obras.
Tras
haber sido presidente de la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de
América, entre 1974 y 1976, Pohl ha cosechado tres premios Hugo, dos Nébula,
dos Memorial John W. Campbell, el premio Apollo Francés, el Edward E. Smith, el
premio del Libro Americano y, por fin, el título de Gran Maestro Nébula. Todo
un aval de esta segunda etapa de la brillante carrera de uno de los mejores
autores del género. El lector interesado podrá hallar en las páginas finales de
este libro algunos de los títulos más destacados de la última década del Pohl
escritor, la mayoría traducidos ya al castellano. Todos ellos son libros dignos
e interesantes que se leen con gusto y satisfacción. Yo recomiendo
evidentemente el asombroso UN MUNDO AL FINAL DEL TIEMPO (1990, NOVA ciencia
ficción, número 49) que, para un crítico tan influyente como Dan Chow, del
prestigioso fanzine LOCUS, resulta ser, simplemente, «el libro más ambicioso de
Pohl desde la Saga de los Heeche», iniciada con PÓRTICO (1977).
Pohl
reveló hace años que, en esta segunda época de gran creatividad, sigue siendo
su particular «secreto» para escribir: redactar cuatro páginas cada día, sea
cual fuere la circunstancia en que se halle. Gracias a esta curiosa «técnica»,
en los últimos años encontramos una abundantísima producción de un Pohl maduro
y con un profundo dominio del oficio; precisamente el oficio y la
profesionalidad que caracteriza a un autor capaz de abordar hoy día
prácticamente cualquier registro de la ciencia ficción.
La
obra que hoy presentamos corresponde a este período.
En
una mirada superficial, parece que se tratara de una novela construida al
amparo de una moda. En los últimos años han aparecido en Estados Unidos muchas
novelas de ciencia ficción que tratan el tema de Marte y de su futura
colonización. Casi todos los autores de gran renombre han hecho su aportación:
desde veteranos como Jack Williamson (Beachhead, 1992) o Ben Bova (Mars, 1992)
hasta algunos de los jóvenes autores con mayor futuro en el género, Kim Stanley
Robinson (Red Mars, 1992) o Greg Bear (Moving Mars, 1993). Fred Pohl también ha
seguido esta moda (seguramente no ajena a la expedición de la NASA al planeta
rojo) con lapresente novela, MINEROS DEL OORT (1992).
En
el caso de Fred Pohl, sin embargo, la situación es distinta. Él mismo aportó a
la técnica marciana una novela fundamental con su HOMBRE PLUS (1976, premio
Nébula), un hito prácticamente insuperable sobre la difícil adaptación del ser
humano al ambiente de Marte, consecuencias psicológicas incluidas.
En
esta ocasión, década y media más tarde, Pohl aborda un registro distinto, una
aventura sencilla presenciada desde la perspectiva de un colono de Marte, un
representante de una nueva sociedad. Una sociedad acostumbrada a la escasez y
ala solidaridad y, en cierta forma, enfrentada a los intereses economicistas y
cortos de miras del planeta madre Tierra.
Marte
es un mundo árido y hostil, pero es el único hogar para Dekker DeWoe y otros
muchos colonos marcianos. Un nuevo hogar que puede llegar a ser un mundo
fecundo gracias a los cometas de la Nube de Oort, cuyos cuerpos helados
contienen los gases necesarios para dar vida al planeta rojo. Dekker quiere
convertirse en uno de los Mineros del Oort y deberá viajar a la Tierra para
entrenarse pero, también, para enfrentarse a las presiones del shock cultural y
a la posibilidad de que pueda perderse el futuro de todo un planeta a causa de
las especulaciones financieras de los terrícolas.
La
novela es sencilla y poco sofisticada. Junto a la acción y a los
descubrimientos que va realizado el protagonista, el autor ilustra también la
dificultad que encierra el empeño de terraformar Marte. Hay, tal vez, un eficaz
didactismo en los aspectos técnicos que permite la lectura del libro a lectores
no especializados en la ciencia ficción.
Pero
el didactismo técnico no es lo más importante de esta novela. Respondiendo a su
ideología, Pohl se empeña en mostrarse también voluntariamente didáctico en los
temas sociales que, a mi parecer, son los más importantes de esta novela.
Dekker, en su viaje a la Tierra, sirve de punto de vista ideal desde el cual
criticar algunas de las formas más agudas del mercantilismo y del interesado
economicismo del planeta. Pohl nos habla de la importancia de la solidaridad en
un entorno peligroso como es Marte en vías de terraformación, pero también nos
habla del egoísmo de los ricos y de las consecuencias de la especulación
financiera, que puede llegar a dar al traste con los mejores proyectos, como
parece ser el de convertir Marte en un lugar habitable y menos peligroso para
el ser humano.
En
este sentido la novela es modélica. Entretiene por la trama de la aventura y
por las peripecias del joven Dekker DeWoe y, al mismo tiempo, nos hace
reflexionar sobre algunas de las peores características del capitalismo
especulativo que domina los aspectos socioeconómicos de nuestra sociedad.
Un
hecho me parece particularmente ilustrativo de ello.
Como
ocurre algunas veces, al hacer la traducción hemos utilizado lo que los
editores norteamericanos etiquetan como «uncorrected proof», es decir, las
pruebas de imprenta (o «galeradas» en el argot profesional) previas a la
edición final del libro. Es una práctica habitual en el mundo editorial español
para aligerar el proceso de la traducción, aun cuando después sea necesario
mayor cuidado en la corrección de estilo y comprobar que, efectivamente, no
haya habido cambios en la edición final En realidad esos cambios suelen ser
inexistentes o mínimos.
No
ha sido así en este caso. Gardini ha traducido a partir de esa uncorrected
proof, que ha resultado idéntica al libro excepto en el final. Parece ser que,
Pohl, no
contento
con lo que había escrito, ha introducido modificaciones desde la mitad del
capítulo 42 hasta el final del libro. Una simple decena de páginas que resultan
pocas en un libro que supera las trescientas, pero que muestran la voluntad de
Pohl de explicitar un claro mensaje en torno a la solidaridad. Un mensaje que
se expresa, deforma sintética, en las últimas frases del protagonista,
precisamente las que cierran la novela. (Aunque sea ocioso decirlo, la versión
que llega al lector español es la definitiva del Pohl, habiendo sido
sustituidas las últimas páginas que tradujera Gardini, por una nueva traducción
de las últimas páginas de la definitiva versión norteamericana.)
Estoy
convencido de que ese inhabitual cambio en la uncorrected proof con vistas a
dar forma final a la novela refleja el interés de Pohl por el contenido o
«mensaje» final de su novela: una crítica a la escasez de miras del
mercantilismo y del economicismo de la sociedad en que vivimos y un canto a la
solidaridad. Algo que ya era el eje de otras de sus novelas clásicas, como la
famosísima MERCADERES DEL ESPACIO (1953).
Para
finalizar, no resisto la tentación de incluir aquellas breves notas que el
traductor Carlos Gardini ha escrito para hacer más asequible la corrección de
estilo. Como ya es habitual en el cuidado trabajo de Gardini, se trata de un
pequeño vocabulario que puede ayudar a algún lector a seguir la novela:
«Un
déme es una comunidad marciana. La palabra no es inventada, sino que existe en
inglés para designar unidades jurisdiccionales de la antigua África, pero su
origen, por cierto, está en el griego demos, y en el contexto es de fácil
comprensión, por lo cual se ha conservado tal como está en el original.
El
término units (cues en el original) es la forma abreviada para designar las
unidades monetarias de los terrícolas.
El
término comemugre es una forma despectiva con que los humanos de Marte se
refieren a los humanos de la Tierra.
Las
serpientes son aparatos utilizados por los mineros de la Nube de Oort, para la
captura de cornetas»
Y
nada más. Disfruten de una de las últimas y amenas novelas de uno de los
mejores maestros de la ciencia ficción y, todo hay que decirlo, uno de mis
personajes favoritos y más admirados en el curioso mundillo de este género.
MlQUEL
BARCELÓ
Dedicatoria
A
Harry Harrison, que me impulsó a hacerlo
1
En
Marte no hay demasiados problemas que una buena atmósfera no pueda resolver.
Lamentablemente, esto es precisamente lo que le falta. Mirando la situación
desde una perspectiva humana —la única perspectiva que siempre han tenido los
humanos—, la escasa atmósfera de Marte tiene graves problemas. El primero es su
insuficiencia. La presión del aire en la superficie apenas llega a nueve o diez
milibares. Es tan poca que la gente de la Tierra la llamaría vacío, aunque no
lo es del todo.
Es
una mala noticia para los aspirantes a ingenieros en ecopoiesis —como han dado
en llamarse los profesionales que transforman otros planetas en imitaciones
aceptables de la Tierra—, pues la escasez de gases atmosféricos en Marte les
dificulta la tarea. Pero también hay buenas noticias para los que aspiran a
emigrar a Marte: existe un lugar del sistema solar donde todos esos volátiles
que faltan en Marte se encuentran en abundancia.
Ese
lugar no está muy cerca, pero eso tiene solución. La distancia no importa
demasiado en el espacio, donde basta propinar a una cosa el impulso atinado
para que tarde o temprano llegue adonde uno desea. La fuente de estos gases
está en el linde de la familia de satélites del Sol, aún más lejos que Plutón;
es la zona donde los cometas se desplazan eternamente en órbitas lentas y
frías... al menos hasta que un par de ellos abandonan la órbita y se deslizan
hacia el Sol. Ese lugar se llama la Nube de Oort.
2
Cuando
Dekker DeWoe tenía ocho años —en años de Marte, por cierto, pues Dekker era
marciano y en Marte no usaban el calendario terrícola, ni nada terrícola de lo
cual pudieran prescindir—, el primer cometa se precipitó hacia Marte al final
de su fatigoso viaje desde la Nube de Oort.
Fue
un momento maravilloso. También fue un momento estremecedor para el pequeño
Dekker, que nunca había vivido nada igual. Pero en general fue maravilloso
porque, como todos decían siempre, significaba que Marte viviría de nuevo
—algún día— cuando esos cometas comenzaran a llegar en gran cantidad. Algún
día. Pero ese día, la llegada del cometa no sólo fue causa de gran euforia,
sino un buen fastidio. Le trastornó la vida, porque Dekker tuvo que empacar
para alejarse de la trayectoria del cometa.
Y no
sólo Dekker DeWoe y su madre. Toda la población del déme marciano llamado
Sagdayev (cuarenta y tres hombres, mujeres y niños) tuvo que mudarse, y eso
representaba un gran acontecimiento para un niño de ocho años. Dekker no se
asustó, pues pocas cosas lo asustaban. Estaba en una edad donde no es fácil
asustarse —el equivalente terrícola habría sido quince años— y además había
heredado el coraje de sus padres pioneros. Aun así, había cosas que Dekker
encaraba con prudente respeto —como las filtraciones de aire, la posibilidad de
extraviarse, los bonos— y el desplazamiento de toda la ciudad estaba incluido.
Pero
la mudanza era provisional. La evacuación era sólo una precaución, decía su
madre. Se suponía que el cometa haría impacto en la Chryse Planitia, mil
kilómetros al noreste de la colonia minera de Sagdayev, pero para la gente
cauta esa distancia no era suficiente. Nadie sobrevivía mucho en Marte si no
cultivaba la cautela. Así que los marcianos del déme de Sagdayev decidieron no
correr riesgos.
—No
queremos estar cerca de la zona del impacto —explicó su madre, mientras decidía
cuáles pertenencias debía empacar y cuáles debía abandonar—. Tal vez hayan
calculado mal.
—¿Quieres
decir que el cometa podría caer en Sagdayev? —preguntó el asombrado Dekker.
—Claro
que no, o al menos no lo creo. Mejor dicho, no, estoy segura. De veras. Pero si
cayera demasiado cerca sacudiría la ciudad, y podría abrir una brecha en la
integridad de presión. —Suspiró, echando una ojeada a la única habitación—. A
veces creo que no debimos haber construido Sagdayev aquí, en el linde del
Crestón, ¿pero cómo íbamos a saberlo?
Dekker
no respondió a esa pregunta retórica, pero sí a la pregunta subyacente.
—El
cobre está aquí —señaló.
—¿Qué
te parece si dejas a Oso Valiente? —preguntó distraídamente su madre—. Ya no
juegas con él.
Dekker
no titubeó en admitir que así era. Le admiraba que su madre no tuviera reparos
en desechar buenos zapatos y el mono de trabajo de su padre ausente. Lo había
conservado sólo por sentimentalismo; su bomba de aire estaba vieja y tenía
filtraciones y, por cierto, Boldon DeWoe jamás regresaría para ponérselo de
nuevo. Incluso ella arrojó el calentador que a veces usaban para preparar
chocolate caliente cuando Dekker era pequeño.
—Podemos
regresar a buscar estas cosas más tarde —explicó su madre—. Quizá.
Probablemente, Dekker. Creo que Sagdayev se salvará, pero por ahora no podemos
cargar con más de veinte kilogramos por persona.
No
sólo abandonaban sus pertenencias personales, sino toda esa ciudad subterránea
que habían excavado con esfuerzo en el suelo marciano. Cerraron la refinería de
metal y taparon la entrada de la preciosa mina de cobre. Incluso abandonaron la
mayoría de los espejos solares y los generadores fotovoltaicos que
suministraban energía a todas las colonias marcianas. Cosecharon todo lo que
estaba maduro, o casi maduro, en los jardines aeropónicos del nivel inferior
del déme, pero dejaron el resto de los cultivos. No se molestaron con las tres
hectáreas de setas con cabeza de cristal que procuraban sobrevivir en la ladera
del volcán extinguido sobre el cual habían construido. Ni siquiera se llevaron
las cocinas y cuartos de baño. No había lugar. Habían traído cuatro vehículos
de carga desde Ciudad Sol, más un vehículo presurizado para las personas. Lo
que no cabía en los vehículos debía quedarse.
Los
adultos aún estaban cargando los vehículos cuando la madre de Dekker le ordenó
que se acostara en su última noche en Sagdayev. Dekker no lloró. Los marcianos
de ocho años eran demasiado adultos para llorar, pero esa noche tuvo
pesadillas, y cuando su madre lo despertó antes del alba tenía los ojos
legañosos. Ella le ordenó vestirse, lo acomodó en su asiento de metal en el
vehículo presurizado y le dejó allí. Gertrud DeWoe había sido designada como
relevo del conductor, y debía guiar el gran tractor que arrastraba el convoy de
carros en vez de quedarse con su hijo.
Tenían
un largo trayecto hasta la metrópoli de Ciudad Sol, más de ochocientos
kilómetros en línea recta, pero no podían viajar en línea recta. La zona entre
el pico Tharsus Tolus, donde se encontraba Sagdayev, junto a la rica mina de
cobre, y la imponente montaña cercana a Ciudad Sol, Pavonis Mons, era
accidentada y desigual. Tenían que realizar muchos desvíos, y además no
viajaban a mucha velocidad. El tractor de energía solar era lento por
naturaleza, aun con todos los acumuladores fotovoltaicos adicionales en los
carros. Y cuando bajaba el sol ya no se acumulaba más energía eléctrica.
Después del ocaso, el tractor sólo podía continuar hasta donde se lo permitía
la energía que había acumulado en las baterías, dejando una prudente reserva
para mantener a todos con vida y con posibilidades de respirar hasta el
amanecer del día siguiente.
La
travesía duró cinco días.
Fueron
cinco largos días. Dekker tenía poco que hacer excepto quedarse sentado y comer
cuando les servían la comida, y levantarse tres o cuatro veces por día cuando
le llegaba el turno en los estrechos sanitarios. Habían instalado cuatro
virtuales, y cuando le llegaba el turno a Dekker podía usar todos los
entretenimientos que había en la memoria. Era bastante grato verse rodeado por
viejas historias, e incluso ponerse al día con sus tareas escolares. Pero eso
sólo pasaba un par de horas por día. El viaje puso a prueba el entrenamiento de
todos los marcianos de Sagdayev. Si no los hubieran entrenado desde el
nacimiento en Modales y Consideración e Interacción No Agresiva, habría habido
puñetazos. Aun así, hubo más gritos y rezongos de los que Dekker estaba
acostumbrado a oír. Pero él no participó en ninguno de los enfrentamientos que
hubo entre los adultos.
Dekker
no estaba totalmente solo. Tres o cuatro veces por día su madre lo llamaba por
la línea telefónica de la cabina del tractor, sólo para charlar, y en el
ínterin uno de los amigos de su madre lo acompañaba, porque el hombre ocupaba
el asiento contiguo. Se trataba de Tinker Gorshak. A Dekker no le agradaba ese
hombre, pero le complacía tener un hombro donde apoyar la cabeza cuando se
dormía.
Dekker
no habló demasiado durante el viaje. Leyó sus textos escolares mientras estaba
despierto. Dormía todo lo posible. Y aunque tenía demasiados años para esas
cosas, siempre tenía en cuenta la confortante presencia de ese juguete sin
orejas ni ojos que se había escondido en el traje a último momento, cuando su
madre miraba hacia otro lado. Porque en esa situación extrema, ni siquiera el
maduro Dekker DeWoe se había resignado a permitir que Oso Valiente se
enfrentara a solas con el cometa.
3
Lo
mejor de Marte, al menos a juicio de los marcianos, era el Gancho Orbital de
Ciudad Sol, y no venía incluido en el equipo original del planeta. Era una
construcción, obra de los terrícolas, lo cual demostraba que éstos no eran tan
malos. El Gancho Orbital tenía una historia interesante. Era uno de los
inventos humanos de importancia fundamental —el otro era el motor Augenstein de
antimateria, que había permitido construir las flotas espaciales por las cuales
valía la pena construir un Gancho Orbital—, y se había inventado mucho antes de
que se necesitara cualquiera de ambos. El Gancho Orbital, en efecto, se había
inventado mucho antes de que existiera la menor posibilidad de construirlo. El
hombre que diseñó el primer «ascensor espacial» era un ingeniero de Leningrado
llamado Yuri Artsutanov, y lo había hecho en 1960.
Yuri
Artsutanov había sido un visionario. En 1960 ningún ser humano había llegado a
los confines del espacio, y ni siquiera existían los materiales necesarios para
construir ese ingenio. Pero Artsutanov sugirió que si se colocaba un satélite
en órbita geoestacionaria sobre el ecuador de un planeta, y se colgaba de allí
un cable de treinta y seis mil kilómetros de longitud, ese armazón equivaldría
a una «torre orbital». Entonces podrían circular ascensores por el cable para
llevar naves, cargamentos y personas desde la superficie del planeta hasta la
órbita por un coste mínimo, muy inferior al que se pagaría por usar cohetes.
Todo
funcionó tal como Artsutanov había previsto. Una vez que se creó el impulsor
Augenstein y las naves espaciales se volvieron rápidas y baratas, fue posible
pasear por todo el sistema solar, una vez que se llegaba a la órbita. Pero ese
primer paso era el más difícil, y para eso estaba el Gancho Orbital.
El
primer Gancho Orbital de la Tierra no había resultado tan barato. Se había
tendido entre Nairobi y una órbita geosincrónica, así que su construcción costó
tanto como una guerra. Pero cuando llegó el momento de instalar uno en Marte el
precio se había reducido, pues no fue necesario trasladar todos los materiales
que lo constituían desde la superficie del planeta hasta el espacio. El Gancho
Orbital de Marte se comenzó en el espacio: se usaron minerales de los
asteroides, refinados en órbita, y así Marte quedó a un viaje en ascensor del
resto del universo. Los audaces e industriosos colonos marcianos, que
necesitaban de todo, pudieron importar así todo lo que deseaban. Sólo tenían
que pagar las facturas de importación.
4
Ciudad
Sol era una colonia muy diferente de Sagdayev. La montaña de Ciudad Sol era la
majestuosa Pavonis Mons, que con sus veinte kilómetros de altura resultaba
imponente aun para un nativo de Marte como Dekker DeWoe. La ciudad estaba en
pleno ecuador marciano, y por eso la llamaban «Ciudad Sol». Era el punto adonde
bajaba el Gancho Orbital, así que era la metrópoli de todo el planeta.
Otro
elemento memorable de Ciudad Sol era su vastedad, por pautas marcianas. En sus
túneles y cámaras subterráneas, talladas bajo el caliche de la superficie
marciana y doblemente aisladas para preservar la preciosa atmósfera, vivían más
de novecientas personas.
Dekker
DeWoe estaba apabullado. Nunca había visto a tantos desconocidos. Algunos de
ellos eran realmente raros, y algunos ni siquiera eran marcianos. Ciudad
Sol
era el sitio al que llegaban los visitantes extraplanetarios, y donde se
alojaban muchos de ellos. Albergaba a muchos alemanes, norteamericanos,
ucranios, japoneses, brasileños. ¡Familias enteras de terrícolasl Mientras
recorrían un pasadizo, la madre de Dekker señaló a un grupo de terrícolas, tres
o cuatro adultos y un par de niños.
—Échales
una buena ojeada —le susurró—. No los verás con frecuencia.
Dekker
sabía por qué. Los terrícolas solían quedarse encerrados en sus lujosos
aposentos.
—¿Podemos
ver el lugar donde viven? —preguntó.
—Bien,
podemos caminar por su sección —dijo su madre, tras reflexionar un instante—.
Pero no nos han invitado.
Pero
cuando llegaron al sector terrícola, un nivel por debajo de las secciones
superiores de Ciudad Sol —un poco más peligrosas— no había mucho que ver. Era
sólo otro pasadizo, muy parecido al resto de la ciudad, aunque designado como
zona diplomática. Allí se oía una música estridente. Eso era bastante extraño;
la gente bien educada no molestaba a los demás con sus ruidos. Por fuera no
difería en nada del corredor que albergaba el cubículo provisional de los
DeWoe, aunque Dekker notó algo raro en él. En las paredes había mástiles de
donde colgaban pequeños rectángulos de tela multicolor.
—Son
bonitos —dijo Dekker, por ser cortés.
—Son
banderas —explicó su madre—. Creo que la que tiene las franjas rojas es la de
Estados Unidos de América. —Mientras regresaban a su hogar, ella le sorprendió
contándole que, en ese corredor, los terrícolas tenían habitaciones privadas
para cada persona, así como otros lujos inconcebibles tales como bañeras y
mascotas—. Dos de esas familias tienen gatos —suspiró su madre cuando
regresaron a su sector—, y Tinker dice que también tenían un loro, pero se
murió. —Y cuando Dekker preguntó cómo podían permitirse semejante derroche,
ella dijo sombríamente—: Los terrícolas pueden permitirse cualquier cosa,
Dekker. Sobre todo porque nosotros pagamos por ello.
—Claro
—dijo él, comprendiendo—, los bonos.
—Los
bonos —gruñó Tinker Gorshak desde la puerta, sobresaltando a Dekker, quien no
sabía que el hombre estaba allí—. Los terrícolas y los bonos —dijo, escupiendo
las palabras.
Además
no estaba solo. Un chiquillo aferraba una pierna de Tinker, el pulgar en la
boca, mirando a Dekker.
—Es
mi nieto, Tsumi —dijo con orgullo el hombre—. Vinimos a ver si necesitabais
ayuda. Os divertiréis juntos, Dekker.
Notando
que su madre le miraba, Dekker extendió la mano para estrechar la del
chiquillo. La retiró deprisa; era la que Tsumi tenía en la boca, y estaba
húmeda de saliva, pero Tinker, sin reparar en ello, continuó con su perorata.
—Los
terrícolas dicen que están aquí para supervisar sus inversiones, pero en
realidad son turistas. ¡Vinieron a ver los fuegos de artificio! Y pagan mil
units por día y por persona. ¿Sabes qué son las units, Dekker? Es el dinero de
ellos. Moneda fuerte.
La
madre de Dekker sacudió la cabeza.
—Dekker
sabe qué son las unidades monetarias terrícolas, Tinker—dijo.
—¿Y
sabe que tenemos que pedirles units en préstamo, para que podamos usar los
fondos para pagarles? Porque ellos no quieren las cosas que tenemos aquí. Lo
que ellos quieren tiene que venir de la Tierra, y se tiene que pagar en
unidades monetarias de la Tierra.
Gertrud
DeWoe suspiró.
—Tinker
—dijo, medio en broma—, creo que tú necesitas las clases de docilidad más que
los niños. Pero ya que has venido, trabajemos un poco. Ayúdame a guardar las
cosas.
Esa
labor no llevó mucho tiempo a los refugiados de Sagdayev —a pesar de ese
molesto nieto de Tinker— porque no tenían muchas pertenencias para guardar. Lo
curioso era, observó Tinker, que los habitantes de Ciudad Sol estaban haciendo
lo mismo. A los refugiados de Sagdayev les resultaba cómico que la gente de
Ciudad Sol se preocupara por el impacto del cometa. Ciudad Sol estaba tan lejos
que ni siquiera la afectarían los temblores de tierra. Marte era demasiado
viejo para alentar mucha actividad sísmica, aunque diez millones de toneladas
de fragmentos de cometas se estrellaran contra su corteza. Aun así, como los
refugiados eran huéspedes en Ciudad Sol, era cortés ayudar a sus anfitriones.
Así que todos se pusieron a sujetar cosas, a sacar libros de los anaqueles, a
reforzar paredes, a guardar objetos frágiles y a ayudar a las cuadrillas de
emergencia a practicar control de daños con sellador por si una pared externa
sufría una fisura.
Lo
malo de que todos estuvieran ocupados era que Dekker también tenía que estar
ocupado. No haciendo nada útil, sino cuidando de un chiquillo. Era idea de
Tinker, pero Gertrud DeWoe la había respaldado.
—Claro
que puedes cuidar de Tsumi —razonó—. Serás una gran ayuda. Tinker ya está
bastante atareado, y también el padre de Tsumi.
También
ella, aunque no necesitó aclararlo, así que Dekker se resignó a la compañía del
mocoso.
El
problema era que el mocoso no tenía interés en mostrarle Ciudad Sol, lo cual
habría sido interesante. Quería que Dekker jugara con él, y Dekker pronto se
cansó de eso. Tsumi ni siquiera quería usar las capuchas de realidad virtual,
al menos las que tenía edad suficiente para usar, aunque para los niños era una
oportunidad sensacional. Con todo el mundo tan ocupado, la mayoría de las
capuchas estaban libres. Ese mocoso no podía estarse quieto.
Al
borde de la desesperación, Dekker sugirió:
—¿No
quieres leer un libro?
—Un
libro —rezongó Tsumi—. Al cuerno con los libros. Si quieres un libro, puedes
quedarte con los míos. —Buscó en su bolsillo y extrajo el cartucho de un
libro—. Ese vejete se piensa que esto es un buen libro —dijo, arrojándoselo a
Dekker—. Yo no quería esta inmundicia. Quería un libro sobre la guerra.
Dekker
atajó el libro y lo examinó. Se titulaba Las aventuras de Huckleberry Finn, y
según la cubierta su autor se llamaba Mark Twain.
—No
seas idiota —le dijo al niño—. ¿Quién quiere leer libros sobre la guerra?
—Yo.
¿Acaso vosotros no veis las guerras? ¿En los cursos de docilidad para mayores
de ocho años? Si vosotros podéis, ¿por qué yo no puedo leer sobre ellas?
—Porque
eres demasiado pequeño.
—Eso
no es justo —dijo Tsumi con desdén. Bien, pensó Dekker, quizá no lo fuera. Pero
no era su culpa. Él no había redactado el reglamento que prohibía a los menores
de ocho años ver material sobre las guerras y, llegado el caso, tampoco era
justo que él tuviera que aguantar esa tarea insufrible. Dekker pensó que su
madre se equivocaba. Era posible que el viejo Tinker Gorshak necesitara algunas
clases de docilidad, pero nadie las necesitaba más que su nieto.
Pero
pronto Dekker se encontró más aliviado, porque llegó la hora del curso de
docilidad de Tsumi. Aunque todos estuvieran muy atareados o aunque el tiempo
escaseara, el curso de docilidad no se cancelaba, pues la sociedad lo
necesitaba para sobrevivir a sus tensiones internas.
Dekker,
con sus ochos años, no tenía que asistir al curso del pequeño. Una vez que
logró meter a Tsumi en el aula quedó liberado. Encontró un sitio tranquilo
donde sentarse. Cogió el libro que Tsumi le había arrojado y oprimió el botón
de arranque para ver de qué se trataba.
No
tenía grandes expectativas. Pero a medida que las palabras se desplazaban por
la pantalla, les echó un vistazo, luego se puso a leer con atención, y al fin
quedó atrapado.
Cuando
al fin pudo devolver a Tsumi a manos de su abuelo, Dekker conservó el libro.
Cuando disponía de tiempo lo leía, maravillándose de conceptos tan asombrosos
como «esclavos», «armas» y, sobre todo, «ríos». Cuando llegó a la parte donde
Huck fingía su suicidio —¡suicidio!— para escapar de las zurras de su padre
alcohólico — ¡zurras!—, retrocedió y releyó dos veces para cerciorarse de que
comprendía lo que decía el autor.
Así
que Dekker no era el único niño de la historia humana cuyo padre no había
cuidado de él.
Dekker
trató de tomarlo como una idea alentadora, pero no pudo.
Todas
las noches proyectaban imágenes del cometa en las pantallas, una enorme y sucia
bola de nieve de diez kilómetros de diámetro.
Su
temperatura ya no era tan gélida como cuando había nacido en la cuasi
interestelar Nube de Oort, porque ya se había aproximado al sol para perder
velocidad antes de lanzarse al encuentro de Marte. Se estaba recalentando. Sus
gases formaban una cola espectacular, e incluso el núcleo se estaba volviendo
borroso.
Dekker
no se contentaba con ver crecer los cometas en los noticiarios. No era como
estar en la superficie, con yelmo y traje térmico. Así que, cuando encargaron a
la madre de Dekker que fuera al exterior para ayudar con las importantes
células de energía solar de la ciudad, Dekker se invitó a participar en la
cuadrilla de trabajo. Ese mocoso no estaría allí. Sería divertido estar con los
operarios, aunque Tinker Gorshak también estaría allí.
5
Marte
no está totalmente desprovisto de agua. Pero tampoco lo está el desierto del
Sahara, si uno está dispuesto a extraer el agua cristalizada de los granos de
arena, y si uno se conforma con una ínfima recompensa. Casi toda el agua
accesible de Marte está en sus helados casquetes polares, lo cual no le sirve
de mucho a nadie. También hay cierta cantidad de agua congelada en el lodo,
bajo el caliche de la superficie, pero se queda allí, porque el distante sol no
calienta la superficie tanto como para derretir la cantidad necesaria; Marte
sólo recibe la mitad de la luz solar que recibe la Tierra. Algunos parajes de
Marte indican que antaño hubo allí verdaderos caudales de agua, a juzgar por
ciertos terrenos aluviales, y por los cauces dendríticos denominados lahares.
Es posible que alguna vez corrieran ríos por los lahares, cuando la actividad
volcánica derritió parte de ese lodo congelado y lo obligó a ascender a la
superficie, de modo que se despeñó cuesta abajo hasta evaporarse en el aire
tórrido. Ya no sucede así. Cuando los primeros humanos llegaron a Marte,
algunos intentaron derretir el lodo helado que había bajo la capa dura. Pensaba
que si podían expulsar algunos volátiles podrían aumentar la densidad de la
atmósfera, y recalentar el ambiente, lo cual ayudaría a extraer más volátiles.
Dicho de otro modo, si uno tuviera huevos podría preparar huevos con tocino,
siempre que tuviera tocino.
6
El
grotesco y herrumbrado paisaje de Marte era el único paisaje que conocía Dekker
DeWoe. No habría intentado convencer a nadie de que era hermoso. Pocos jóvenes
piensan en cosas tales como la belleza del paisaje, y Marte era muy común para
Dekker. El lugar donde vivía no le sorprendía ni le llamaba la atención.
Salir
con la cuadrilla de trabajo constituyó un agradable descanso después de los
túneles de Ciudad Sol, sobre todo porque a Tsumi Gorshak no le permitieron ir.
Sin embargo, Tinker, el abuelo de Tsumi, seguía impacientando a Dekker. Tinker
insistía en ayudar. Cada vez que Dekker cogía un borde de las grandes láminas
de pátina protectora, Gorshak acudía a echarle una mano, con una sonrisa tras
el visor del traje. Dekker estaba enfurruñado con el viejo, que lo trataba como
un niño.
Dekker
siempre procuraba alejarse de Tinker Gorshak, y no sólo por su fastidioso
nieto. Tinker tenía sus propios defectos. Por lo pronto, era muy, muy viejo.
Tenía casi cuarenta años marcianos, más de setenta años terráqueos; a fin de
cuentas, tenía hasta bisnietos. Tinker Gorshak era uno de los primeros colonos
de Marte. Por esa razón Dekker sentía cierto respeto por Tinker, pero también
era cauto porque sabía por qué el viejo procuraba ser su amigo. Gorshak lo
trataba bien —lo llevaba de paseo, le mostraba el lento crecimiento de los
hongos de cristal, le regalaba manzanas o fresas de los huertos aeropónicos de
los invernáculos, le preguntaba cómo le iba en la escuela— pero Dekker no se
sentía halagado. No quería los obsequios de Gorshak, y no creía que el viejo
tuviera mayor interés en su bienestar. Tinker Gorshak sólo quería casarse con
Gertrud DeWoe, y Dekker no habría querido que su madre se casara de nuevo,
aunque su padre hubiera muerto en vez de divorciarse.
Al
mismo tiempo le costaba rechazar la ayuda de Gorshak, pues aunque se esforzaba
con las cubiertas de las células fotovoltaicas, la tarea exigía músculos
adultos. Había que tender grandes mantas de plástico sobre los largos espejos y
los canalones de las fotocélulas que transformaban la luz del sol en energía
eléctrica. La gente de Sagdayev murmuraba que era una pérdida de tiempo. Claro
que era aconsejable proteger el suministro de energía. Si algo sucedía a las
células fotovoltaicas, Ciudad Sol estaría en graves apuros. ¿Pero qué podían
ocurrirles a ellos? Ningún trozo del cometa llegaría a destruir los espejos de
Ciudad Sol. Quizás hubiera tremendas tormentas de polvo, pero éstas siempre
constituían un problema en Marte, y los equipos fotovoltaicos de todos los
demes habían sobrevivido a muchas tormentas de polvo.
Así
que Dekker no representaba una gran ayuda para los hombres y mujeres que
sudaban enfundados en sus trajes, desplegando las grandes mantas y, para colmo,
le costaba mantener los ojos en el suelo porque estaba demasiado fascinado con
lo que veía en el cielo. Ante todo estaba el cometa, con su cola reluciente y
lechosa extendiéndose en todo el horizonte incluso en pleno mediodía. Aún más
interesantes eran las colinas donde una telaraña de cables se extendía hasta
volverse invisible, allá donde las cápsulas del Gancho Orbital se elevaban
desde la superficie hasta la órbita.
También
era cierto que el calor del día marciano le restaba fuerzas. Ciudad Sol se
hallaba en pleno ecuador marciano, y en medio de ese día de verano la
temperatura superaba los veinte grados Celsius. Cuando Dekker soltó la punta de
una manta por tercera vez, Tinker Gorshak gesticuló airadamente. Gertrud se
acercó a Dekker y apretó el visor contra su casco.
—Desiste,
Dekker —le aconsejó con voz chillona y débil—. Búscate otra ocupación.
Terminaremos esto sin ti.
Dekker
asintió. Realmente prefería hacer otra cosa, y sólo había estado esperando la
oportunidad.
Regresó
hacia la entrada de la ciudad, mirando por encima del hombro. Cuando notó que
estaban demasiado atareados para fijarse en él, cambió de rumbo, echó a andar
al amparo de los espejos, y se dirigió hacia la planicie.
Este
paisaje era totalmente nuevo para Dekker: sombras negras como tinta, rocas del
color del óxido, un cielo rosado con un pequeño y brillante sol. No sólo era
diferente de la Tierra, sino también de los parajes con que Dekker estaba
familiarizado. El suelo de Sagdayev era más pardo y gris en esta época del año;
en Ciudad Sol sólo se veían arenas rosadas que el viento arrastraba sobre el
caliche. Un terrícola no habría apreciado la diferencia, pero Dekker sí.
Era
natural, desde luego. Cualquier marciano sabía que sólo los marcianos conocían
Marte. Los terrícolas no podían entender. Había un programa terrícola de TV que
Dekker y los demás chicos marcianos miraban a veces, porque era divertido. No
tenía la intención de ser divertido. Era una especie de teleteatro sobre las
pasiones y perversiones de los colonos marcianos, pero cualquier marciano podía
ver que era falso. Todo se había rodado con ordenadores en platos de la Tierra.
Podía engañar a los comemugres, pero aun así era un fraude.
Dekker
se detuvo a un kilómetro de la cuadrilla. Por tratarse de Marte, era un día
brillante bajo un sol caliente. Dekker reguló las serpentinas de calefacción
del traje y miró el cielo.
El
cometa era majestuoso.
Era
inmenso. La cola se bifurcaba en dos estelas de luz lechosa, apenas opacada por
el sol. Se extendía desde el horizonte occidental, más allá del sol del
mediodía y los esqueléticos cables del Gancho Orbital, casi hasta la cumbre de
la montaña que estaba al este. Dekker no podía abarcarlo de un solo vistazo. La
máscara facial no estaba diseñada para contemplar el cielo. Aunque le brindaba
una visión de casi 360 grados en todas las direcciones horizontales, no estaba
hecha para mirar hacia arriba.
Así,
estando lejos de adultos entrometidos, Dekker hizo lo que tenía que hacer para
presenciar el espectáculo. Se tendió en el rojizo y pedregoso suelo marciano.
Se apoyó en el costado de una roca que tenía una rojiza pátina de polvo y miró
hacia arriba. Sacó el brazo de la manga del traje, buscó en él un bizcocho en
el bolsillo de su cintura, y con dos dedos lo deslizó por el rígido cuello del
casco. Mordisqueó el bizcocho pensativamente mientras admiraba el cometa.
Dekker
se sentía feliz. En las yermas planicies de ese planeta muerto no buscaba sólo
el cometa, sino algo que se llamaba «intimidad».
Dekker
no dedicaba mucho tiempo a pensar si le disgustaba vivir en una ciudad
subterránea, donde todo el mundo estaba siempre apiñado. No tenía pautas de
comparación, pues había vivido en el déme de Sagdayev desde que había nacido.
Por vasta que le pareciera Ciudad Sol, era sólo una Sagdayev más grande. En las
colonias marcianas un joven no podía hallar la soledad que necesitaba. En
cuanto tuvo edad suficiente para salir a solas, Dekker dedicó gran parte de su
tiempo libre a explorar las áridas dunas. Así había visto el cometa en cuanto
se pudo detectar a simple vista, más de un año atrás, cuando era apenas un
borrón diminuto y perlado en el cielo nocturno. Lo había seguido en su rumbo
hacia el sol hasta que se perdió en el resplandor, y lo detectó de nuevo cuando
inició su regreso hacia la órbita de Marte. Ahora era una vista espectacular.
Aún no tenía el aspecto de los campos verdes, las tormentas lluviosas y los
ocasos nubosos, pero en eso debía transformarse, aunque Dekker sabía que este
cometa era apenas el primer e ínfimo comienzo del largo esfuerzo para infundir
vida a Marte.
Y
allá en el Oort, donde el cometa había nacido y había vivido mil millones de
años sin peripecias hasta que un minero lo atrapó y lo desvió enviándolo hacia
el sol... allá en el Oort, en ese momento, otros mineros capturaban otros
cometas.
Tal
como en un tiempo había hecho el padre de Dekker.
Dekker
dejó de pensar en ello. No quería pensar en su padre. Ya había pasado muchas
horas pensando en él y llorando por él, cuando era pequeño, en los largos años
marcianos que habían transcurrido desde que Boldon DeWoe lo alzó para darle un
beso de despedida y dejarle un animal de paño para que recordara a su padre.
Luego partió hacia el Oort, y nunca regresó.
Sin
duda estaba vivo en alguna parte de la Tierra. La madre de Dekker se lo había
contado, en una de las pocas ocasiones en que hablaba de su ex esposo. Pero
Boldon DeWoe nunca había regresado para ver a su hijo.
Dekker
prefería otra ocupación para pasar su precioso tiempo de soledad, así que buscó
en el bolsillo del traje y extrajo el libro de Huckleberry Finn. Buscó la parte
sobre la reyerta entre los Grangerford y los Shepherdson y la leyó de nuevo.
Era desconcertante. Espantoso. La gente se mataba, y no por un alocado impulso
pasional sino deliberadamente, por una cuestión de orgullo... sí, y otros
aplaudían, como si ese comportamiento bestial fuera el más natural del mundo,
incluso el más adecuado.
No
lograba entender. Desistió del intento al cabo de un rato y siguió leyendo.
Estaba de vuelta en la balsa, con Huck y Jim, el esclavo fugitivo, cuando algo
le hizo detener la lectura. Apagó el libro y parpadeó, moviéndose dentro del
traje. Una leve vibración sacudía el suelo. Se levantó de un brinco.
Un
buggy se acercaba, dirigiéndose hacia Ciudad Sol.
Claro
que Dekker no podía oírlo. Era imposible oír mucho en la tenue atmósfera
marciana, pero vio claramente al buggy, que ascendía por una loma. El conductor
le vio. El vehículo vaciló, viró bruscamente. Un par de esas grandes ruedas de
alambre tejido escupieron guijarros rojizos, luego todas las ruedas giraron
juntas y el vehículo se aproximó. Se detuvo a poca distancia, y una muchacha
miró a Dekker desde la cabina de control.
Dekker
notó que la había visto antes. Era una de las terrícolas que su madre le había
señalado, y hasta había oído su nombre. ¿Anna? ¿Annette? Algo parecido. Pero
sin duda era terrícola. No era preciso mirarle la cara para saberlo, porque a
ningún joven marciano le habrían dado un buggy para pasear.
La
terrícola le indicó que trepara al buggy.
Dekker
la miró con mal ceño. No había ido a la planicie para hablar con una terrícola
malcriada. Pero ella ya le había arruinado su soledad y, de todos modos, era
más fácil hacer lo que le indicaba que discutir con gestos. Accedió, trepó
entre las ruedas de metal, dos veces más altas que él, y subió por la
escalerilla.
Cuando
oyó el siseo del aire y el chasquido de la compuerta interior, entró y se quitó
la máscara facial.
—¿Estás
perdido? —preguntó la muchacha—. No tendrías que venir solo por aquí. ¿Qué
pasaría si te cayeras? Tu padre te reprenderá, niño.
—No
estoy perdido —replicó Dekker. No se molestó en aclararle que estaba equivocada
en otros sentidos. Si se caía. Supuestamente hablaba de romperse una pierna.
¿Cómo iba a romperse una pierna en un lugar donde no había ninguna altura de
donde caerse, y donde sólo la suave gravedad marciana podía acelerar la caída?
Aunque se desmayara con el golpe, el radio del traje enviaría una señal de
auxilio y alguien iría a rescatarlo.
También
se equivocaba en otro detalle. Su padre no estaba allí para castigarlo, pero no
quería hablar de ese tema con esa comemugre de la Tierra.
—Supongo
que querías mirar el cometa, como yo —dijo ella, estudiándole el rostro—. Mi
nombre es Annetta Cauchy.
Él
le estrechó la mano, sobre todo para demostrar que conocía las costumbres de la
Tierra.
—Yo
soy Dekker DeWoe. —Y, para demostrar que la reconocía, añadió—: Tú eres la hija
del señor Cauchy.
Ella
asintió grácilmente, como si se tratara de un cumplido.
—¿No
es bonito el cometa? —preguntó cortésmente.
—Eso
creo.
Ella
cabeceó de nuevo, satisfecha con su aprobación. Luego le aconsejó:
—Más
vale que te guste. Costó millones de dólares traer esas cosas aquí, y mi papá
es uno de los que paga por traerlo. Es un suscriptor de los bonos.
Aunque
Dekker se preguntó qué era un «suscriptor», no respondió a ese comentario.
Estaba harto de oír hablar de lo que pagaban los terrícolas y de lo que querían
a cambio. De cualquier modo, ella no parecía esperar una respuesta. Estaba
señalando el cable del Gancho Orbital, donde una cápsula descendía rápidamente
del otro lado de Ciudad Sol.
—La
empresa de mi padre también contribuyó a pagar por eso —comentó—. Es bonito. Yo
bajé por allí cuando vine de la Tierra con mis padres. Subiré por allí cuando
me vaya a casa. ¿Te gustaría ir al espacio un día?
—Claro
que sí. Y un día iré —dijo Dekker de mal modo.
La
muchacha lo miró con cortés escepticismo. Suspiró para indicar que cambiaría de
tema, pero sin prejuicio de sus propias opiniones, y frunció el ceño mirando la
ladera.
—Dime,
Dekker, ¿no te parece que este lugar es bastante siniestro? Parece que alguien
hubiera desparramado rocas.
Dekker
miró intrigado el paisaje.
—¿Qué
otro aspecto debería tener?
—Es
aburrido. ¿Nunca cambia?
—No
sé cómo será aquí—dijo Dekker a la defensiva—, pero Sagdayev es bonito en
invierno.
—¿Quieres
decir que hay nieve?
—¿Nieve?
—preguntó Dekker, sorprendido de tanta ignorancia—. No hay nieve, pero a veces
hay escarcha en las rocas, y otras cosas.
Ella
no parecía muy convencida.
—¿Yo
tenía razón? ¿Estabas mirando el cometa?
—En
realidad estaba leyendo un libro —dijo él, alegrándose de demostrarle que
estaba equivocada.
—No
deberías leer con un traje de presión. Es malo para la vista.
Él
ignoró ese comentario.
—Era
un libro terráqueo llamado Huckleberry Finn, ¿Alguna vez lo leíste?
—¿Leerlo?
No. Creo que lo tuvimos en la escuela. De cualquier modo, se está haciendo
tarde. Será mejor que te lleve a casa. ¿Tienes hambre?
—No
—dijo él, pero cuando vio que ella le ofrecía dulces cambió de parecer.
Cogió
uno. Era cuestión de buenos modales, y además descubrió que era muy sabroso.
¡Era chocolate! Y contenía algo afrutado, dulzón y exquisito; como ella dejó la
caja abierta, Dekker cogió otro. No creía que su madre lo hubiera aprobado,
pero sabía que los terrícolas no seguían las mismas normas de conducta que los
marcianos.
La
muchacha apoyó las manos en los controles.
—Quítate
el traje —le ordenó mientras movía las palancas de velocidad de ambos juegos de
ruedas.
No
las movía suavemente como un buen conductor, sino que simplemente les daba toda
la aceleración. Las ruedas del buggy giraron, derrochando energía.
—Así
gastarás las ruedas —le informó, queriendo añadir que no quería que lo llevara
a Ciudad Sol, pues era muy capaz de caminar.
Pero
ella había dejado las chocolatinas fuera, y no pareció molestarse cuando Dekker
cogió un par más.
7
Aunque
lográramos elevar la atmósfera de Marte a la presión de mil milibares que hay
en la Tierra, sería irrespirable. No contiene lo que la gente necesita para
respirar.
Ante
todo se necesitaría oxígeno, el cual existe en el aire de Marte. Más de la
mitad de la escasa atmósfera de Marte es oxígeno. El problema es que ese
oxígeno forma parte del bióxido de carbono. Casi el 95% de la escasa cantidad
de aire que posee Marte es ese prácticamente inútil bióxido de carbono y el
resto, un 5%, consiste en otro gas igualmente inservible para la vida humana,
el argón. Lo que Marte necesita para reverdecer es hidrógeno que pueda
reaccionar con parte de ese oxígeno para crear agua; nitrógeno, para que se
mezcle con el resto del oxígeno y reduzca el aire a algo que la gente pueda
respirar sin quemarse los pulmones. Sí, y también para producir alimentos,
porque sin nitrógeno no crecen las plantas.
8
Cuando
regresaron a la entrada de Ciudad Sol, Dekker observó críticamente mientras la
muchacha acoplaba el buggy a la cámara de entrada. Lo hizo con bastante
destreza, y Dekker halló pocos motivos para criticarla. La siguió adentro,
cerró la puerta y se volvió al ver que alguien los observaba. Era otro
comemugre, un varón unos años mayor que Dekker, bajo y rechoncho como todos los
terrícolas. Los miraba con aire divertido. Annetta lo saludó cálidamente.
—Dekker—dijo—,
quiero presentarte a mi amigo Evan.
—Hola
—dijo cortésmente Dekker, estrechando la mano del joven—. Pero debo irme, tengo
algo que hacer. Gracias por las chocolatinas.
El
tal Evan no le prestó la menor atención.
—Escucha
—le dijo a la muchacha—, en cuanto a la fiesta de esta noche...
Dekker
ya se alejaba. No era del todo cierto que tuviera algo que hacer. Aun así, era
cierto en lo esencial. Tarde o temprano, aunque estuviera en un déme extraño, y
aunque faltaran horas para que chocara el cometa y, a pesar de todos los
esfuerzos realizados para impedir que Ciudad Sol sufriera daños, las funciones
esenciales de la vida en Marte continuaban. Para Dekker, una de ellas era la
clase obligatoria de Docilidad.
Pero
le quedaba una hora libre, y la dedicó a pasear. A solas, por suerte, pues
Tsumi —a regañadientes, sin duda— estaba cuidando esos animalillos, los
capibaras.
Aquí
nada era como en Sagdayev. El lugar no sólo era más grande, sino que tenía un
trazado extraño. Ante todo era enorme —con seis niveles, en vez de tres como
Sagdayev— y Dekker disfrutó de una hora de exploraciones, siempre fingiendo que
realizaba una tarea importante para que nadie le preguntara por qué no hacía
nada útil.
Calculó
mal el tiempo. Cuando llegó la hora de la clase de Docilidad comprendió que no
sabía adonde ir. Pidió instrucciones, pero en medio de la excitación reinante
por el impacto del cometa nadie parecía saber nada, y así que llegó al aula
justo cuando comenzaba el Juramento de Ayuda.
El
aula estaba atestada. Había unos sesenta alumnos, y Dekker se asombró al ver
que Tsumi Gorshak era uno de ellos. ¿Qué hacía ese chiquillo en una clase
destinada a mayores de ocho años? Ante todo, ¿por qué Tsumi miraba satisfecho
al supervisor y señalaba a Dekker al mismo tiempo?
Dekker
se sentó en el suelo al lado de Tsumi y se unió a la salmodia:
Juro
consagrar mi vida
a
quienes la comparten,
a la
seguridad y bienestar de mi planeta,
y de
todos sus habitantes.
Un
mundo,
con
libertad y justicia para todos, a través de la solidaridad.
Pero
todos lo miraban, y en cuanto terminaron Tsumi susurró: —Has llegado tarde. No
fue el único. El supervisor lo señalaba. —La puntualidad —dijo el joven, que
tenía poco más de diez años y una barba rala— es la cortesía de los reyes.
¿Cómo te llamas? —Dekker DeWoe. —Dekker DeWoe. Bien, Dekker DeWoe, la
impuntualidad quita tiempo a los demás. Está mal usar el tiempo ajeno como si
fuera propio.
—No
quise ofender —dijo Dekker, mirando en torno para ver si por casualidad Annetta
Cauchy estaba en el aula. No estaba. No había terrícolas en la clase. Tal vez
los terrícolas no necesitaban que les enseñaron a no ser agresivos. O tal vez
no les importaba.
—Además
—continuó el supervisor—, tu sobrino estaba preocupado. —No quise... —repitió
mecánicamente Dekker, y de pronto reparó en las palabras del hombre y miró con
mal ceño a Tsumi, quien se encogió de hombros sumisamente. —Dije que me habías
citado aquí—susurró Tsumi. —No tenías derecho —respondió Dekker, pero calló
porque el superior se dirigía a todos. Dekker optó por callarse. —Comencemos.
No os conozco a todos, así que empecemos por el principio.
Este
es un curso de docilidad. ¿Qué significa «docilidad»? Miró en torno. Una joven
de Ciudad Sol ya había alzado la mano. —Docilidad consiste en aprender a tener
en cuenta las necesidades de la sociedad y los demás —dijo.
—Correcto.
Eso no significa pasividad. No somos pasivos, ¿verdad? Pero somos dóciles, es
decir, somos civilizados. Y, siendo gentes civilizadas, hemos prestado nuestro
Juramento de Ayuda. ¿Todos lo hacen?
—Todos
en Marte —dijo de inmediato la misma joven. —Todos en el espacio —intervino
otro—, incluso los habitantes de Luna. Pero no los terrícolas. El supervisor
cabeceó satisfecho. —Es verdad. Al ver a nuestros huéspedes terrícolas,
recordad que son un poco diferentes. Claro que tienen su propia educación...
por fuerza, pues de lo contrario aún tendrían guerras allá. Pero en la escuela
hacen otro tipo de juramento. Ellos prestan juramento de «lealtad». ¿Qué
significa eso?
Dekker
conocía la respuesta, y era buen momento para recobrar parte de su prestigio.
—Significa que juran ser leales, y en cierto modo eso significa hacer lo que
otro les ordena. —Exacto —dijo el supervisor, sorprendido—.Juran lealtad a una
bandera. ¿Nosotros tenemos bandera?
La
clase guardó silencio un momento, y Dekker también, pues le interesaba oír la
respuesta. Al fin una muchacha que tenía casi la misma edad que el supervisor
alzó la mano.
—No,
porque no la necesitamos. Nos tenemos unos a otros. El supervisor asintió.
—Correcto. Las banderas —continuó, abordando el tema del día— sirven para saber
contra qué bando luchamos. Para saber a quién matar. —Aguardó el pequeño jadeo
de desconcierto del público. Lo obtuvo. Continuó—: Sí, mataban a la gente según
la bandera, y lo más espantoso, amigos, es que a las personas les gustaba
matar. No les gustaba morir, ni sufrir quemaduras, ni parálisis, ni ceguera...
pero pensaban que la lucha les daba la oportunidad de ser héroes. ¿Qué es un
héroe? ¿Alguien lo sabe?
El
pequeño Tsumi alzó la mano. No esperó a que lo llamaran, sino que gritó:
—¡Alguien
muy valiente que hace grandes cosas!
El
supervisor lo midió con la mirada.
—Es
un modo de mirarlo, sí—dijo, con un tono que sugería que no aprobaba esa
perspectiva—. Pero eso depende de qué consideres «grandes». La gente tenía una
idea distinta de los héroes. Pensaban que eran como dioses... y en esos
tiempos, pensaban que los dioses hacían siempre lo que deseaban. No se
cuestionaban, atropellaban a los demás y siempre creían tener razón. Un hombre
llamado Bernard Knox escribió que los héroes eran como dioses, y puntualizó:
«Los héroes podían ser violentos, antisociales, destructivos, y habitualmente
lo eran.» Ahora decidme, amigos. ¿Llamaríamos héroes a gente así? ¿O veríamos
algo heroico en una guerra?
—No
—rugió la clase a coro. Aun Dekker. Pero no, notó sorprendido, el pequeño
Tsumi, que estaba sentado junto a él con el pulgar en la boca y una expresión
pensativa.
No
terminaron la clase. Cuando el supervisor iniciaba la principal actividad de
trabajo conjunto —una labor cooperativa que consistía en construir una
estructura geodésica a partir de puntales y cuerdas, imposible de hacer a menos
que cada integrante del grupo hiciera movimientos absolutamente coordinados con
los del resto— sonó una alarma de escape de aire.
Era
una mera práctica. Siempre era mera práctica, pero alguna vez quizá fuera real,
y tenían que estar preparados, así que nunca lo tomaban en broma, aunque
estuvieran seguros de que era un ejercicio. Todos se desperdigaron para revisar
los sellos automáticos de los corredores, las puertas y los conductos,
cerciorándose de que todo estuviera herméticamente cerrado, en toda Ciudad Sol,
en cuestión de un par de minutos; y luego no quedó nada que hacer salvo
quedarse sentados unos minutos en una habitación pequeña, con el aire inmóvil y
un poco enrarecido, hasta que las luces parpadearon tres veces y un gemido
anunció que todo estaba en orden.
Para
entonces la clase de docilidad se había dispersado, y el supervisor había ido a
ocupar su puesto para el ejercicio. Dekker buscó a Tsumi Gorshak, aunque no con
demasiado empeño, y luego fue a descansar en la habitación que compartía con su
madre.
Tenía
la conciencia limpia, y grandes esperanzas. Quería permanecer despierto todo el
tiempo posible esa noche, para no perderse un solo momento de la aproximación y
el impacto del cometa.
Despertó
cuando oyó que alguien entraba por la puerta, y se incorporó con la esperanza
de que fuera su madre. Pero era sólo Tinker Gorshak, con aire sorprendido.
—Conque
aquí estás. Tu madre no estaba del todo segura. Tuvo que asistir a una reunión,
pero dijo que esta noche podríamos comer aquí, para ver el cometa juntos. Es
una mujer maravillosa, Dekker.
Dekker
cabeceó resignadamente, vertiendo agua en el cuenco para lavarse la cara y
peinarse.
—¿Comeremos
aquí?
—Nos
preparemos la cena —dijo Tinker con satisfacción—. Sólo nosotros tres... Ojalá
Tsumi hubiera podido venir, pero esta noche debe estar con su padre. Ayúdame
mientras caliento la mantequilla para el guisado.
Dekker
obedeció, ayudando a preparar la cena. El animal-muerto tenía un olor
apetecible, lo cual causó a Dekker sentimientos ambiguos. Era magnífico
preparar algo con su madre en vez de ir al comedor comunitario, pero no
necesariamente con la intromisión de Tinker Gorshak. En tal caso, Dekker habría
preferido ir al comedor. La habitación era un poco sombría. Toda Ciudad Sol
lucía un poco sombría, pues sólo se permitía una luz por habitación para
conservar la energía en caso de accidente, y además hacía calor, pues las
máquinas climáticas operaban al mínimo. Pero era una ocasión especial, así que
les permitían tener encendida la pantalla de noticias.
La
pantalla retransmitía las observaciones de los satélites y, al mirar, Dekker
pudo ver el núcleo del cometa que tenía el color grisáceo y amarillento de la
barba de Tinker Gorshak, y estaba lleno de protuberancias, como una alcachofa.
Giraba lentamente, y cada pocos segundos los impulsores escupían chorros para
corregir el curso.
Dekker
miró la hora. Aún faltaba mucho. El impacto se produciría a media mañana de la
zona de descenso, es decir al mediodía de Ciudad Sol, que estaba más al este.
—Se
hace así para que el impacto se produzca al sesgo —le informó Tinker mientras
preparaban la comida—. Así se libera menos energía cinética y el suelo se
sacude menos. ¿Cómo andas con esas cebollas?
—Ya
están casi picadas —le respondió Dekker, frotándose los ojos irritados con el
dorso de la mano.
Gorshak
echó las cebollas picadas al guisado, lo revolvió, lo olisqueó críticamente, le
puso la tapa.
—Estará
preparado dentro de veinte minutos —declaró—. Gertrud estará de regreso antes,
y en caso contrario, será más sabroso cuanto más se cocine. ¿Qué dices, Dekker?
¿Quieres beber algo? ¿Té, agua?
Dekker
meneó la cabeza y observó cómo el viejo se preparaba un cóctel. Alcohol puro,
diluido con agua en proporción de uno a tres, aromatizado con extracto de
menta. Dekker arrugó la nariz. Era una de las cosas que no le agradaban de
Tinker Gorshak. Su padre jamás bebía alcohol, según él recordaba. Tampoco su
madre, cuando estaba su padre.
—Bien—dijo
Gorshak, bebiendo un buen sorbo—. ¿Has pensado qué harás cuando seas grande?
—No
mucho —admitió Dekker.
—Quiero
decir —explicó Gorshak—, todo cambiará ahora que las plantas de cristal están
en un callejón sin salida. —Puso esa cara de disgusto que ponía cada vez que
tocaba el tema de las plantas marcianas—. Siempre tuve esperanzas...
Se
interrumpió sin aclarar cuáles eran sus esperanzas, pero no era necesario.
Dekker sabía a qué se refería. Como genetista, la principal tarea de Tinker
Gorshak en Marte consistía en cuidar y cruzar plantas fotosintéticas
artificiales —organismos, en verdad: no se podían llamar plantas, pues no se
parecían a nada que hubiera crecido en la Tierra— que los marcianos cultivaban
con la esperanza de crear algún alimento natural. Eran objetos pequeños,
fungiformes, y con quitasoles de cristal que dejaban pasar luz suficiente para
la fotosíntesis, pero impedían el paso de la mortífera luz ultravioleta. Esta
precaución era muy necesaria en Marte, donde no había capa de ozono que los
protegiera. Los hongos eran maravillosos por el solo hecho de crecer.
Pero
ahí cesaba la maravilla. Como fuente de nutrición, los hongos de cabeza de
cristal no ofrecían esperanzas. Necesitaban largas raíces para llegar a la
escasa agua congelada que había bajo la dura corteza de Marte, y consagraban
gran parte de su energía metabólica a hundir esas raíces y a crear las
pantallas solares, de modo que no quedaba nada que mereciera cosecharse.
Pero
ésa había sido la fantasía de Tinker Gorshak, no la de Dekker. Cuando Dekker
pensaba en su carrera profesional —cosa que no hacía a menudo— se inclinaba más
por la ocupación que había tenido Bordón DeWoe, minero del Oort, que por la del
hombre que quería usurpar el lugar de su padre.
Tinker
alzó la tapa de la cacerola, olió, y se sentó, mirando a Dekker.
—Tsumi
dice que tienes su libro —dijo.
Dekker
se sonrojó.
—Ah,
sí. El Huckleberry Finn. Supongo que debo devolvérselo.
—¿Lo
has leído?
Dekker
dudó un instante, pero no vio motivos para negarlo.
—Pues
sí.
Tinker
cabeceó con satisfacción, se levantó para llenarse el vaso.
—Quería
que Tsumi aprendiera algo, pero ese chico no es muy lector. En cambio tú sí,
¿verdad? —Dekker cabeceó con cautela—. Cuéntame, pues. ¿Qué piensas de la Ley
de la Balsa?
Dekker
trató de recordar.
—¿La
Ley...?
—De
la Balsa, eso es. Lo que dice Huck el mutuo entendimiento, Dekker. ¿Llegaste a
esa parte?
—No
sé bien a cuál te refieres.
—Es
cuando Huck y Jim flotan corriente abajo por el río Mississippi, y ocurren esas
cosas malas en tierra... linchamientos, robos y demás. Y Huck piensa que la
gente se lleva bien en la balsa y dice... creo recordar las palabras exactas...
«En una balsa es necesario que todos estén satisfechos, se sientan bien y sean
amables con los demás.» ¿Lo recuerdas?
—Oh,
claro —dijo Dekker, entusiasmado—. Luego siguen río abajo y llegan a...
—No,
no me refiero a eso, Dekker. No quería hablarte sobre la historia misma, sólo
sobre lo que dice Huck. ¿No te das cuenta que sobre eso tratan los cursos de
docilidad? No se trata sólo de llevarse bien, sino de lograr que todos estén
satisfechos, y de procurar el bienestar de los demás. No sólo en la balsa, sino
en todas partes. También en nuestro planeta. Es lo que hacemos en Marte,
mientras que los terrícolas siempre se adueñan de todo lo que pueden y compiten
entre sí...
Se
interrumpió, riendo de sí mismo.
—Bien
—dijo—, a veces yo mismo me olvido de la Ley de la Balsa. Supongo que debería
ser más considerado con los terrícolas. Pero me resulta difícil. De cualquier
modo, quería que Tsumi comprendiera eso. ¿Me sigues?
—Creo
que sí—dijo Dekker dubitativamente.
—Ojalá
Tsumi entendiera. Ese chico no busca las compañías más adecuadas, y su padre...
bien, no debería decir nada contra su padre. —Miró la hora—. De todos modos,
Dekker, terminaré de preparar la cena. Sí quieres leer el libro, adelante. Es
un relato atractivo, ¿verdad?
Dekker
asintió y se puso a leer. Pero, aunque la novela era cautivante, se alegró
cuando llegó su madre, con aire divertido e intrigado.
—Tengo
un mensaje para ti, Dekker —le dijo de inmediato—. Estás invitado a una fiesta.
Dekker,
desconcertado, miró sorprendido a su madre. ¿Quién le conocía tanto en Ciudad
Sol como para invitarlo a nada? Y la sorpresa fue mayor cuando su madre le
dijo:
—Es
una muchacha de la Tierra, Anetta Cauchy. Dice que sus padres darán una cena de
preimpacto, y quiere que vayas.
Dekker
abrió los ojos con asombro, pero su asombro no superaba el de Tinker Gorshak.
—Has
aprovechado tu tiempo libre —gruñó el viejo.
—Me
alegra que hayas entablado amistades tan pronto —dijo Gertrud. Aguardó a que su
hijo respondiera algo, pero Dekker no respondió—. ¿Qué dices? ¿Quieres ir?
—Un
momento —intervino Gorshak con mal ceño—. Pensé que celebraríamos una fiesta
íntima aquí. Sólo los de la familia. —Quiso palmear la rodilla de Dekker y no
notó que Dekker, que no consideraba a Tinker Gorshak parte de su familia,
soltaba un bufido. Gorshak continuó—: ¿De qué le sirve mezclarse con esa gente?
Sólo quieren chuparnos la sangre. Creo que debería responderle a esa muchacha
que se coma su invitación.
—Tinker,
no le hará daño ver cómo vive la otra mitad —dijo Gertrud—. Siempre que quiera
ir. ¿Qué dices, Dekker?
—Creo
que debería ir —dijo Dekker—. Es decir, es como la Ley de la Balsa, ¿verdad?
Tinker
frunció el ceño, sonrió pícaramente.
—Es
algo de lo que estábamos hablando —le dijo a Gertrud—. Quizá tenga razón.
—Pues
bien —dijo Gertrud DeWoe, sin molestarse en tratar de entender la alusión—.
¿Entonces por qué no llevas un regalo?
Otra
sorpresa. Dekker miró a su madre azorado.
—¿Un
regalo?
—En
efecto, un regalo. Los terrícolas siempre se están haciendo regalos. No puedes
ir a una fiesta sin llevar algo para tu anfitriona.
—Pero
no tengo nada que regalar —protestó Dekker.
—¿Quién
tiene? —rezongó Tinker Gorshak—. Pero eso no impide que los comemugres siempre
quieran algo. —Reflexionó un instante—. Bien, si estás seguro de que quieres
ir, Dekker, déjame hacer un par de llamadas. Veamos qué puedo conseguirte.
9
Un
cometa de tamaño respetable puede tener más de cien mil millones de toneladas
de masa, y en los cometas más ricos cuatro quintos de esa masa pueden ser agua.
No agua líquida, por cierto, pero el hielo es igualmente bueno.
El
agua es lo primero que se necesita para hacer cultivos. Los viejos granjeros de
la Tierra calculaban que se necesitaban siete millones de toneladas de agua de
riego para cubrir ciento cincuenta kilómetros cuadrados de tierras de labranza
con una capa de agua de dos centímetros y medio. La otra cifra que debemos
tener en cuenta es que se necesitan veinticinco centímetros por año para que
crezcan más cultivos, aun con ínfima irrigación.
Eso
significa que un cometa de buen tamaño permite irrigar unos cuatro millones de
kilómetros cuadrados.
En
la práctica es un poco más complejo. Esas cifras sólo servirían si
mantuviéramos el agua encerrada en un sitio, cosa que es imposible, y si el
impacto no arrojara de vuelta al espacio la mayor parte, que es precisamente lo
que ocurre. Si eso fuera todo...
Pero
los marcianos querían mucho más que eso. Querían agua de reserva, y también
aire. Así que necesitaban muchos cometas, porque querían hacer florecer todo el
planeta.
Era
una suerte que el Oort tuviera billones de cometas.
10
Cuando
Dekker DeWoe llegó a casa de la familia Cauchy, regalo en mano, lo primero que
le sorprendió fueron las paredes.
Dekker
sabía qué aspecto debían tener las paredes. Todos los marcianos pasaban la vida
dentro de paredes, y todas las paredes de Ciudad Sol, y de toda colonia
marciana, estaban hechas del mismo material. Parecía hormigón, pero como en
Marte no había agua suficiente para derrochar en el proceso de verter hormigón,
no lo era. Las paredes estaban hechas del material más barato y conveniente,
procedente de las rocas de Marte. La roca era barata de obtener y fácil de
tratar, mientras uno contara con suficiente calor solar. Se excavaba la piedra
desnuda que cubría la superficie, se trituraba, se comprimía y se recalentaba
hasta diluirla en paneles chatos.
La
mayoría de los marcianos hacían luego todo lo posible para decorar esas paredes
monótonas. Al menos las pintaba... no con pincel, sino con una especie de
«crayones», porque el pigmento venía en varillas cerosas. O colgaban cuadros. O
las revestían con anaqueles y aparadores, que habitualmente era una necesidad,
pues el espacio vital escaseaba.
Pero
eso era lo máximo que un marciano podía costearse en decoración de paredes, y
Dekker nunca había visto paredes tapadas con colgaduras. Además no eran
colgaduras de guijarros, sino de paño, hilados con telas orgánicas,
probablemente de algodón, seda y lana verdaderos, textiles de fibra natural que
se tenían que haber embarcado desde la Tierra. Y, como Tinker Gorshak habría
señalado, a expensas de sus anfitriones marcianos.
El
consuelo de Dekker era tener al menos un regalo valioso para sus anfitriones,
pues Tinker Gorshak le había ayudado. El viejo no aprobaba que Dekker se
codeara con los terrícolas, pero aun así había postergado su cena para escoltar
a Dekker hasta el invernáculo de Ciudad Sol, y allí había pedido una rosa a su
colega, el afable señor Chandy. Cuando el boquiabierto Dekker entró en el
apartamento de los terrícolas — más de una habitación, obviamente, pues en ésta
no había camas, aunque ocupaba el triple de la única habitación que él
compartía con su madre—, extendió la flor como si fuera su credencial de
embajador, mirando todo con azoramiento.
No
eran sólo las colgaduras, sino todo lo demás. Hasta las luces. Aquí no se
cumplía la regla de mantener una única bombilla al mínimo; una luz brillante
bañaba la habitación. Y tampoco había visto gente vestida así: telas sedosas y
transparentes para las mujeres, camisas abullonadas y pantalones cortos y
holgados para los hombres, nada que los pudiera mantener calientes o en buen
estado bajo un traje de presión. Y jamás había visto una mesa tan larga,
abarrotada de comida. Platos de toda especie. Condimentadas esferas de
animal-muerto caliente. Apio crudo y fresco. Zanahorias cortadas en lonjas
finas (debían llevarse mejor con el genetista del invernáculo que Tinker
Gorshak). Cuencos de salsas amarillas, rosadas o verdes, para mojar allí las
verduras.
—Me
alegra que hayas podido venir, Dekker —dijo la terrícola alta y rubia que lo
recibió—. ¡Oh, una rosa! Qué amable de tu parte —concluyó, oliéndola y
entregándola a la hija—. Mira Annetta, Dekker nos ha traído una rosa.
—La
pondré con las demás —le dijo la muchacha a la madre, y cogió el brazo de
Dekker—. Venga, Dekker, vamos a la fila de la comida. Debes estar famélico.
A
Dekker le fastidiaba que esa muchacha siempre diera por sentado que él tenía
hambre. Resultó aún más fastidioso, casi bochornoso, ver que en la mesa del
buffet había media docena de floreros con toda clase de capullos; cuando
Annetta puso su humilde aportación en uno de los floreros, apenas se
distinguía.
Pero
en cuanto Annetta le pasó una bandeja, Dekker descubrió que ella tenía razón.
Tenía hambre, y sus glándulas salivales se habían activado ante el olor y el
color de esa notable comida. Y Annetta se dedicaba a atenderlo.
—¿Quieres
langosta, Dekker? ¿Alguna vez probaste langosta? Bien, éstas están cocidas en
microondas, no se las consigue vivas aquí, pero aun así... ¡Y prueba el
guacamole! Mi madre misma lo preparó, cultivó sus propios aguacates en los
jardines hidropónicos.
El
«guacamole» se parecía demasiado a la pasta de algas que los cocineros añadían
a las sopas y guisados, Dekker no estaba dispuesto a tocar esa cosa rojiza que
Annetta llamaba langosta. Pero había muchos otros platos para escoger. Se dejó
guiar hacia las ensaladas, y las patas de ave-muerta en salsa de barbacoa, pero
se paró en seco cuando echó un buen vistazo al cartel que había detrás de la
mesa.
De
la pared colgaba un estandarte que proclamaba: CAUCHY, STERNGLASS & CO.
CELEBRA EL TRIUNFO DE LAS ECOPOIESIS. Y debajo había una hilera de fotografías,
de esas seudotridimensionales que aparentaban tener profundidad. Un bosquecillo
de árboles frutales en flor, algunas personas con tablas largas sujetas a los
pies, deslizándose abajo por una inmensa ladera nevada, hombres y mujeres
desnudos y risueños, todos jóvenes, todos bellos —todos inequívocamente
terrícolas en sus proporciones—, zambulléndose y nadando a orillas de un
inmenso lago azul. Lo sorprendente era que parecían extrañamente familiares,
aunque desde luego él nunca había visto nada similar personalmente.
—¿Eso
es la Tierra? —preguntó.
—Tonto
—rió ella—, eso es Marte. Tal como será en el futuro. ¿No reconoces el Olympus
Mons? Son imágenes retocadas. No se proponen ser reales. La compañía de papá
las usa para alentar a los inversores cuando anuncian una nueva emisión.
—¿Emisión?
¡Ah, los bonos!
—Claro,
los bonos. ¿Tienes todo lo que quieres? Por ahora, quiero decir.
Pues
ven, te quiero presentar a ciertas personas.
No
era lo que Dekker hubiera preferido, pero estaba decidido a ser un buen
huésped. Anneta ya no era la muchacha de traje pardo que había conocido en la
ladera. Parecía haber crecido en esas pocas horas. Estaba vestida de blanco, y
no con pantalones cortos sino con una falda larga hasta el tobillo,
transparente como la de la madre. Llevaba un collar de piedras chispeantes, con
una grande y roja que pendía sobre sus incipientes senos juveniles, y tenía el
cabello claro salpicado con algo que parecía oro en polvo.
Dekker
estaba deslumbrado por la comida, el ambiente, la muchacha, los invitados.
Todos vestían como personajes de un videoteatro. Todos eran terrícolas o casi
todos. Reconoció a una pareja mayor de marcianos como notables del gobierno de
Ciudad Sol. Parecían esforzarse por usar sus buenos modales, y Dekker notó que
los trataban con exagerada cortesía pero sin verdadero interés, pues en verdad
era una fiesta terrícola. Dekker también vio con cierto desdén una gran
«bandera» norteamericana colgada de un mástil en un rincón de la sala, y luego
descubrió que, sin embargo, no todas esas personas era norteamericanas. Cuando
lo presentaron no entendió bien los nombres, pero supo que había una pareja
alemana, algunos japoneses y un grupo de brasileños. Había otras nacionalidades
que ni siquiera podía identificar. En total sumaban unas treinta personas, tal
vez toda la población terrícola de Ciudad Sol.
No
había muchos niños. Dekker estaba seguro de ser el más joven de los presentes.
Suponía
que Annetta no era mucho mayor, y había otra muchacha terrícola y un varón un
poco mayores; nadie más que no fuera adulto. Annetta se encargó de las
presentaciones. Eso fue una odisea, porque Dekker tenía un plato de comida y la
boca habitualmente llena, y no lograba retener ninguno de los nombres el tiempo
suficiente para decir hola. Aun así, retuvo algunos: Evan, más bajo que él pero
con una copa de vino en la mano, e Ina, con más maquillaje en el rostro que la
misma Annetta. Recordó que Evan era el que había conocido en la cámara de
entrada, y observó que Evan e Ina se cogían de la mano, y que Annetta se mordía
el labio al notarlo.
—¿Qué
edad tienes, Dekker? —preguntó el chico, mirándole con aire divertido.
—Ocho
—replicó Dekker, mirando críticamente al terrícola. Evan tenía forma de tonel,
y Dekker pensó que ese tío era capaz de partido en dos. Vaya idea, se dijo
reprobatoriamente. Unos minutos con esos comemugres y ya se olvidaba de sus
clases de no violencia.
—Pero
eso representa quince años terráqueos —intervino Annetta.
—¿De
veras? —dijo Evan, frunciendo los labios—. Entonces tienes edad suficiente para
beber una copa de vino con nosotros.
Dekker
sabía qué era el vino, pues a menudo había probado un pequeño sorbo del de su
madre.
—Claro
que sí—declaró—. Bebemos alcohol a menudo. —Y entonces le dieron esa frágil
copa de cristal con ese líquido de sabor amargo. Aun así la tragó y logró
comentar—: Buen vino.
—Es
una pena que no podamos vernos mucho —le dijo Annetta cálidamente—. Mi padre
nos llevará de vuelta a casa en cuanto veamos que el impacto del cometa ha
salido bien.
—A
casa significa la Tierra —explicó Evan, sonriendo mientras llenaba la copa de
Dekker—. Supongo que nunca has estado allá. No, claro que no, Deberías ir, si
alguna vez puedes. París, Roma, San Francisco, Rio... la Tierra es maravillosa,
Dekker. ¡Los paisajes! ¡La cultura! ¡Las mujeres! Venga, déjame llenar esa
copa.
—Creo
que Dekker preferiría un refresco —dijo Annetta preocupadamente.
—¿Por
qué? —preguntó Dekker—. No, me apetece mucho este vino. Y de hecho así era. No
por el sabor, por cierto, ¿A quién podía gustarle tragar un vinagre débil? Pero
le provocaba un efecto cálido y placentero. Y no era sólo el vino. La gente más
madura que Dekker DeWoe se embriagaba desplazándose en compañía de los
prestigiosos. Para Dekker era fascinante observar cómo se trataban los
terrícolas. Siempre sonrientes pero siempre serios... ¿cómo de cirlo? Severos a
pesar de la sonrisa. ¡Y las cosas que decían! Él captaba fragmentos de frases y
conversaciones, tan incomprensibles para él como el antiguo etrusco. ¿Qué eran
«títulos dobles», «debentures autoamortizables», «exenciones extraplanetarias»?
Y siempre estaba Annetta, mirándolo preocupadamente mientras Evan, con
expresión socarrona, insistía en llenarle la copa, en conversar con aire
paternalista.
—Es
una pena que nunca hayas estado en una nave espacial, es tan instructivo. Tres
semanas de viaje, con el universo entero ante tus ojos...
—Apuesto
a que nunca has estado en una aeronave —dijo Dekker agresivamente, bebiendo un
sorbo de vino.
—¿Una
qué? —preguntó con tolerancia el terrícola, enarcando una ceja.
—Una
aeronave dirigible. Las usamos continuamente... para transporte. Tienen aire
caliente. Sobrevuelas el Valles Marineris con rumbo a las minas, por ejemplo, y
ves esas grietas...
Annetta
apareció de repente.
—Ven,
deja que me lleve eso —dijo, arrebatándole la copa mientras miraba a Evan con
cara de pocos amigos—. ¿Un dirigible? Parece interesante, Dekker.
—Lo
es —afirmó Dekker, y pasó a describir las maravillas de volar en una máquina
más liviana que el aire en Marte. Bien, en realidad no era su propia
experiencia, pero ellos no tenían por qué saberlo. Lo había visto a menudo en
los virtuales, y era tal como se lo había descrito su madre.
—Conque
tenéis virts —dio Ina, la muchacha—. Virtuales —aclaró al notar que él no
comprendía.
Dekker
la miró parpadeando. Parecía bastante agradable, baja y rechoncha, demasiado
agradable para estar con ese engreído de Evan.
—¿Acaso
mencioné los virtuales? —preguntó, tratando de recordar.
—Claro
que tienen virtuales, Ina —dijo Evan, apoyándole la mano en el hombro—. Sólo
imagen y sonido, desde luego. En la Tierra —le informó a Dekker— tenemos virts
multisensoriales. Desde luego... —inesperadamente le guiñó el ojo y le tocó las
costillas—, no son muy convincentes a menos que te dopes un poco.
—¿Qué
te dopes? ¿Bebiendo vino?
Evan
rió.
—Oh,
mucho mejor que eso. Hablo de doparse en serio.
—Oh,
ya sé. Lo vi en los vídeos. Pero va contra la ley.
—Claro
que va contra la ley. ¿Pero quién se deja intimidar por eso?
Dekker
bebió un sorbo de vino, pensando en lo que significaba violar deliberadamente
las leyes. Le pareció ridículo. ¿Para qué existían leyes si no se respetaban?
Pero
el terrícola aún insistía.
—¿Qué
hay de los juegos? —preguntó, llenándole de nuevo la copa.
—Pues
claro que tenemos juegos. Toda clase de juegos. Exploración es bueno, y también
está Voladura, y Construcción...
—Hablo
de juegos competitivos. Juegos de guerra. Juegos con acertijos.
—Creo
que nunca los vi —confesó Dekker.
—Me
parecía —suspiró Evan, acariciando la espalda de Ina con actitud
autocomplaciente—. ¿Ya qué se dedica tu padre?
—Minero
del Oort —dijo Dekker, omitiendo los verbos para no mencionar que su padre ya
no estaba con él.
—Minero
de Oort —repitió el terrícola, fingiendo descaradamente que estaba
impresionado—. Qué interesante, Dekker. El mío no tiene una actividad tan
atractiva. Es sólo un vulgar gerente de fondos de inversión, si sabes a qué me
refiero.
Dekker
se estaba hartando de que todos supusieran que él no entendía nada.
Especialmente cuando no entendía.
—Se
relaciona con los bonos —aventuró, pues todo lo que hacían los terrícolas
parecía relacionarse con los Bonos.
—Sí,
más o menos. Alguien tiene que comprarlos con dinero verdadero. Nosotros somos
los que facilitamos esa tarea, y así es como se venden vuestros bonos. Eso
significa que somos nosotros quienes os hemos posibilitado todo esto. Los
mineros del Oort son admirables, pero se requiere dinero, dinero en units, para
traer esos cometas aquí. Sin nosotros este planeta sería un desierto
inservible. Pero no tienes que agradecérmelo. Bebe un poco más de vino.
—Creo
que debería comer algo sólido —dijo Annetta. Dekker no había notado que ella
había regresado—. ¿Qué has comido, Dekker?
Él
intentó recordar.
—Creo
que alguna de esas cosas con animal-muerto.
Hubo
un apresurado bisbiseo, y Evan se echó a reír.
—¡Oh,
Dekker! Eres increíble. ¿Por qué dices «animal-muerto»? ¿Crees que lo
comeríamos vivo?
Dekker
se concentró hasta recordar la respuesta. La había aprendido en viejas clases
de docilidad que ya estaban sepultadas en su subconsciente.
—Porque
siempre lo decimos. Es para recordarnos que para comer algo, para comer carne,
hay que sacrificar a una criatura.
Evan
abrió los ojos en un remedo de sorpresa.
—Pero
para eso están, chaval. No, no te preocupes por esas cosas. Venga, dame esa
copa.
El
vino lo ponía de buen humor, pero también le daba la sensación de tener la piel
tirante, y el suelo no parecía tan sólido.
Sin
embargo, Dekker pensaba que se estaba comportando bastante bien. Evan al fin lo
dejó en paz —Dekker lo vio en un rincón con Anneta Cauchy, aceptando con aire
tolerante los reproches de la muchacha— y Dekker se puso a
caminar
y a hablar con la gente. No todos le hablaban. Algunas personas, especialmente
una de esas mujeres de piel cetrina con cabello lacio y negro, no parecían
entenderle muy bien, y cuando ella dijo algo Dekker se sorprendió al notar que
le hablaban en otro idioma.
Pero
otros fueron muy simpáticos. La madre de Annetta, por ejemplo. Dekker no
comprendía por qué le hablaba con ese aire preocupado, pero cuando ella le
preguntó por su casa él le habló gustosamente del déme de Sagdayev. Describió
el paisaje, las habitaciones, la mina de cobre; le contó que concentraban el
calor solar para extraer cobre derretido del filón, y que el oxígeno que antes
lo rodeaba se añadía a la reserva del déme. Iba a explicarle algunas de las
diferencias entre Ciudad Sol y Sagdayev cuando descubrió que ella ya no
escuchaba. Eso le sorprendió, pues no recordaba que ella hubiera dado media
vuelta. Tampoco recordaba por qué tenía otra copa llena en la mano, pero se la
llevó alegremente a los labios. Era asombroso que el sabor hubiera mejorado tanto.
Confiaba
en estar desempeñando un buen papel en esa extraña fiesta donde la gente se
afanaba por impresionar a los demás en lugar de divertirse. Lo que más le
asombraba era el orden jerárquico establecido: los menos ricos trataban con
deferencia a los más ricos, y todos trataban con paternalismo a la única pareja
marciana. Eso fastidió a Dekker, pero los marcianos sonreían como si
disfrutaran de esa opulencia y esas risas.
Y
ese corpulento terrícola, Evan, siguió llenando la copa de Dekker, y todo
resultaba cada vez más espléndido, más hermoso e interesante... hasta que notó
que alguien se lo llevaba.
—¿De
dónde saliste? —graznó, dando la vuelta para ver el rostro de Tinker Gorshak.
—Vine
a buscarte, idiota —gruñó Gorshak—. Sabía que te pondrías en ridículo. Cállate.
Lo que necesitas es dormir toda la noche.
11
Por
mucho que se necesite agua y aire, hay límites. Nadie desea que cien mil
millones de toneladas se estrellen en masa contra un planeta. La polvareda que
cubriría el cielo sería inmensa aun tratándose de Marte, por no mencionar el
temblor que lo sacudiría todo.
Así
que es preciso tomar precauciones. Antes que el cometa se aproxime, se colocan
cargas de demolición en el núcleo, de manera que lo despedacen en trozos
pequeños (es decir, relativamente pequeños). La mayoría de los fragmentos arden
o se volatilizan con la fricción del aire —aun el aire de Marte tiene capacidad
para lograrlo— y se espera que los impactos sísmicos de los residuos resulten
tolerables.
Tampoco
es aconsejable que se estrellen contra la superficie a gran velocidad, así que
se guía el cometa para que se acerque al planeta por detrás, de modo que ambos
sigan la misma dirección orbital en torno del Sol y se reduzcan las velocidades
combinadas. En el último momento, se activan los cohetes de desaceleración de
los impulsores Augenstein que, previsoramente, se han instalado en el cometa,
de modo que la velocidad de impacto no supere los dos kilómetros por segundo.
Luego uno expulsa los Augenstein, cruza los dedos y empieza a rezar.
12
Dekker
no durmió toda la noche, a pesar de todo, ni siquiera todo lo que él hubiera
querido. Parecía que sólo habían transcurrido unos minutos cuando su madre lo
sacudió para despertarlo.
—¿Te
encuentras bien, Dekker? —le preguntó preocupada—. Pensé que no querrías
perderte el impacto.
Él
la apartó con mal ceño. Alguien le martillaba clavos en la cabeza. Tinker
Gorshak le ofrecía una taza de líquido caliente.
—Té
fuerte —masculló Gorshak—. Venga, bebe. Pronto te pondrás bien. La resaca jamás
mató a nadie.
Y al
cabo de unos tragos ardientes y una eternidad de sienes palpitantes, dio la
impresión de que Tinker Gorshak tenía razón. Cuando cesaron las palpitaciones
que sentía detrás de los ojos, Dekker se arropó en una manta delante de la
pantalla para ver qué sucedía. Faltaban treinta minutos para el impacto, y en
la pantalla se veían los impulsores del cometa desprendiéndose y alejándose,
brillantes y diminutas estrellas fugaces, para ser capturadas y rescatadas por
los operarios de una lanzadera. Después ya no hubo más llamaradas de cohetes,
pues a partir de entonces el cometa estaría sometido a meros principios de
balística.
Dekker
sorbió el té y comenzó a sentirse nuevamente humano, tan humano como para
evocar las escenas de la fiesta.
—En
realidad yo no le gustaba —anunció, asombrado de su descubrimiento—. Sólo me
invitó para darle celos a ese tío.
—Terrícolas
—gruñó Gorshak, mirando el reloj—. Dentro de dos minutos...
—Creo
que ni siquiera ellos se llevan bien —reflexionó Dekker—. Evan hacía bromas
sobre los japoneses y brasileños, y eran bromas maliciosas.
—Claro
que no se llevan bien. ¿Aún no sabes cómo son los terrícolas? Antes tenían
guerras —le informó Gorshak—. Con gusto las tendrían, salvo que nadie se anima.
Ahora sólo tratan de adueñarse del dinero ajeno.
—Oh
sí, el dinero —dijo Dekker, recordando—. ¿Qué es un suscriptor de bonos,
Tinker?
—¿Un
suscriptor? Un suscriptor es alguien que te chupa la sangre y quiere que se lo
agradezcas.
—Tinker
—intervino su madre—. Dekker, así hacen las cosas en la Tierra. Nosotros
pedimos dinero prestado vendiendo bonos... ya sabes qué son los bonos. Pero no
vendemos los bonos directamente a la gente que quiere invertir en ellos. Eso
llevaría demasiado tiempo, y además no sabemos cómo hacerlo. Así que alguien
«suscribe» los bonos. Nos los compran a nosotros y luego los venden, varios por
vez, a la gente que los quiere.
—Robando
parte del dinero en el camino —dijo Tinker Gorshak.
—Tú
sabes que no es robar, Tinker —protestó Gertrud DeWoe—. No hay ley terrícola
que lo prohíba. Además, nosotros lo aceptamos. Si el bono se vende por cien de
sus unidades monetarias, el suscriptor nos da noventa. Cada vez que vende uno
gana diez units.
Dekker
reflexionó, pues algo se le escapaba.
—¿Pero
qué pasa si no encuentra comprador?
—Entonces
tiene nuestros bonos a precio de ganga —dijo Tinker—. Pero no te preocupes,
Dekker. Siempre encuentra comprador. Por cualquier medio.
El
chico asintió, pensando en las imágenes retocadas de la pared de los Cauchy,
pero sin animarse a mencionárselas a Tinker. Pensaba en otra cosa.
—Ina
dijo... le estaba diciendo algo a Annetta. Era algo desagradable, como
«desligarse» de sus bonos si el impacto del cometa tenía éxito...
—Si
tenía éxito —exclamó Gorshak con indignación—. ¡Vaya manera de hablar! Y si
tiene éxito, entonces sabes que sucederá. Nos inundarán con inmigrantes de la
Tierra.
—Todos
somos inmigrantes de la Tierra —le recordó Gertrud DeWoe— o nuestros padres lo
fueron.
—¡Pero
nuestras raíces están aquí! Para nosotros no se trata sólo del dinero, sino de
la libertad.
Dekker
rehusó dejarse distraer por esa discusión.
—¿Pero
qué significa desligarse?
—Es
otra cosa que hacen ellos —dijo su madre—. Tienen un dicho: «Compra cuando las
noticias son malas, vende cuando son buenas.» Un impacto de éxito será una
buena noticia, y eso significa que el precio de los bonos puede elevarse.
—Pero
todos saben que el cometa caerá. ¿Acaso los bonos tendrían más valor por el
hecho de ver la caída?
—En
realidad no tendrían más valor, Dekker, pero la gente creería que lo tienen, y
así es como actúan los terrícolas. Se guían por el valor que ellos atribuyen a
las cosas. Si un propietario de bonos ahora quisiera quitárselos de encima (no
me imagino por qué, quizá porque desea invertir el dinero en otra parte), sería
buen momento para vender.
—Es
una tontería —declaró Dekker.
—Pues
así son los terrícolas —dijo Tinker Gorshak—. ¡Eh, mirad! ¡Está estallando!
Y
así era. La pantalla mostró la explosión de las cargas secuenciales que había
en el interior del cometa. Un fragmento tras otro se desprendió de un flanco
del cometa. La masa principal se partió en dos, y luego las cargas de
demolición de cada sector estallaron simultáneamente y el cometa se transformó
en una lluvia de escombros que caían hacia Chryse Planitia. Las cámaras de
superficie de Ciudad Sol proyectaron una toma: la arremolinada masa del cometa
ya era visible a simple vista, y caía hacia el este. El cometa ya no tenía
cola. En cambio, ellos estaban ahora dentro de la cola. Sólo veían un brillo
inusitado en el cielo.
—Ojalá
funcione —rogó Gertrud DeWoe.
—Ojalá
podamos pagarlo —rezongó Tinker Gorshak—. Esas sanguijuelas de la Tierra nos
cobran bastante por el capital. ¿Sabes cuánto cuesta, Dekker? No hablo de todo
el proyecto. Ahora sólo hablo de esa fiesta a la que fuiste... ¿quién crees que
la paga? Y lo único que hacen es verlo caer... mil units por día cada uno, y
nosotros tenemos que pagar...
—¡Mirad!
—exclamó la madre de Dekker.
Una
nueva toma desde las cámaras orbitales: millares de fragmentos cobrando un
brillo deslumbrante al chocar con la tenue atmósfera marciana, y el calor de la
fricción produciendo mil meteoros enceguecedores. Luego proyectaron una toma
desde las cámaras de tierra del Olympus Mons.
Y
los fragmentos chocaron.
No
eran pequeños. El mayor pesaba más de diez millones de toneladas. Aun algunos
de los más pequeños tenían el tamaño de un rascacielos. Al chocar creaban nubes
que parecían explosiones nucleares, iluminadas de rojo, blanco y amarillo, y
toda esa energía cinética se transformaba al instante en calor de impacto.
Los
habitantes de Ciudad Sol no sintieron el sacudón de ese impacto —estaban
demasiado lejos— pero las agujas de los sismógrafos brincaron violentamente.
Cuando
Gertrud DeWoe acostó a su hijo, éste dijo con voz somnolienta:
—Supongo
que no notaremos ninguna diferencia de inmediato.
Su
madre no se rió de él. Sólo sacudió la cabeza.
—De
inmediato no. Se necesitarán años para que Marte posea una atmósfera aceptable.
Y quizá no podamos respirarla directamente. Habrá demasiado bióxido de carbono,
poco oxígeno libre, muy poco nitrógeno. Tendremos que hallar el nitrógeno en
otra parte. Y entonces necesitaremos cultivar algas y liqúenes para iniciar la
fotosíntesis y contar con oxígeno libre, y luego... ¡Pero Dekker —exclamó,
luciendo más entusiasta y joven que nunca—, cuánto significará para nosotros!
¿Puedes imaginar cultivos creciendo bajo el cielo? ¿Y el clima volviéndose
cálido? —Como en la Tierra —dijo él con amargura. —¡Mejor que en la Tierra!
¡Somos menos, y nos llevamos mejor! —Lo sé —dijo Dekker, que en efecto lo
sabía. En Marte a todo el mundo le habían dicho una y otra vez por qué
necesitaban pedir prestado todo ese dinero para llevar esos cometas: agua para
los cultivos, agua para generar oxígeno para los animales y las personas.
Lagos. Tal vez hasta lluvia. El efecto de invernáculo del vapor de agua, que
entibiaría el clima. La energía cinética de cada impacto de los cometas
transformada en calor, contribuyendo a calentar el planeta.
—¿Crees
que viviremos para verlo? —preguntó. Su madre titubeó. —Pues no, Dekker. Al
menos yo no, o no para ver la mejor parte, porque pasarán muchos años. Pero
quizá tú lo veas, o tus hijos, o tus nietos... —Demonios —dijo Dekker,
defraudado—. ¡No quiero esperar tanto tiempo! —En tal caso —dijo su madre con
una sonrisa afectuosa—, será mejor que cuando crezcas te vayas allá y ayudes a
acelerar las cosas. —¿Sabes? —bostezó Dekker—. Creo que es precisamente lo que
haré.
13
Lo
raro era que Dekker DeWoe lo decía en serio. Terminó por cumplir con su
palabra, en cierto modo, aunque no salió exactamente como él había planeado, y
durante mucho tiempo pareció que no iba a funcionar.
Comenzó
bastante bien. Esa misma semana, antes que los habitantes de Sagdayev
regresaran a su hogar, Dekker dio el primer paso. Viajó por su cuenta a la casa
central de la Oort Corporation en Ciudad Sol y dijo a la empleada que deseaba
llenar una solicitud parra entrenarse en la academia de la Tierra.
—Eres
demasiado joven —respondió ella. —No lo seré siempre. Ella negó con la cabeza.
—Pero ahora lo eres. No hay caso. Mira, regresa cuando tengas... ¿cuánto? —
Pues
la empleada también era terrícola, así que tuvo que ponerse a hacer cálculos—.
Cuando
tengas doce o trece años. —Lo haré. Pero deseo llenar la solicitud ahora. —No
puedes llenarla hasta que tengas la edad adecuada—dijo ella con brusquedad,
dando el tema por concluido. No le resultó tan fácil. Dekker no desistió. Se
quedó allí, razonando pacientemente con la mujer, y al final, tal vez porque
ella estaba de buen humor o porque incluso una terrícola podía sentir compasión
de un joven empecinado, anotó el nombre y lo introdujo en un archivo de espera.
Incluso le dio un temario con todas las materias que debería saber para aprobar
el examen de ingreso de la academia y, aunque le dijo varias veces que era
improbable que lo aceptaran, le deseó buena suerte.
Eso
sorprendió a Dekker. —¿Para qué necesito suerte? Si apruebo el examen, tendrán
que dejarme entrar. —Pero pensé que lo sabías. El examen se realiza en la
academia. En la Tierra. —¿ Y ? Ella rió, casi con afecto. —¿Y cómo piensas
llegar allá para examinarte, Dekker DeWoe? ¿Tú mismo te pagarás el billete?
Era
una buena pregunta. Dekker meditó sobre ella mientras regresaba a su
habitación, y habló sobre ella con su madre en cuanto la vio.
La
raíz del problema —la raíz de todos los problemas marcianos— era el dinero. Los
marcianos no lo tenían. No tenían unidades monetarias terráqueas para pagar el
billete de un solicitante a la Tierra excepto deduciendo el coste del viaje —un
precio exorbitante, mucho mayor del justificado por los costes operativos de
una nave espacial— de otras cosas que el planeta necesitaba aún más.
Claro
que Gertrud DeWoe podía ahorrar dinero —y también Dekker, cuando tuvo edad
suficiente para ello—, pero sus ahorros no valían nada para ese propósito. No
les pagaban en unidades monetarias de la Tierra. Si les hubieran permitido
comprar units a la tasa de cambio oficial habrían podido apañárselas, pero en
Marte había usos más importantes para las units que enviar a otro joven a
trabajar en el Oort.
—¡Pero
cuando esté allí podré costearme los gastos! —se quejó Dekker—. A los mineros
del Oort les pagan en units. Incluso se paga una asignación en la academia...
¡Hasta podría enviar dinero a casa!
—Les
pagan, lo enviarías —convino su madre—. La parte difícil es enviarte allá,
Dekker.
—El
viaje, de acuerdo. Pero no entiendo. Se supone que pagamos los bonos enviando
alimentos a la Tierra, ¿verdad? ¿Entonces por qué cuesta menos despachar
cincuenta toneladas de trigo a la Tierra que despacharme a mí?
—Es
sencillo —dijo ella sombríamente—. Los terrícolas necesitan el trigo, Dekker.
Pero no te necesitan a ti.
El
único punto débil de esa barrera impenetrable era que Marte sí necesitaba que
los marcianos fueran al Oort, y no sólo porque sus ganancias eran una ayuda
para la balanza de pagos. Así que había becas disponibles. No muchas, pero
suficientes para alguien con suficientes luces y suficiente tenacidad.
Así
que Dekker estudió el doble que los demás, y sus calificaciones lo mostraban.
La beca que lo llevaría al Oort era una posibilidad, y entretanto él tenía un
empleo, pues aun un aspirante a minero del Oort tenía que trabajar en Marte.
Dekker
trabajaba como tercer piloto en un dirigible interdeme, aunque en esa etapa no
pilotaba demasiado. «Camarero» habría sido la descripción más atinada, porque
su principal tarea consistía en cerciorarse de que los pasajeros conservaran el
orden y no causaran problemas, pero estaba calificado para tomar los controles
si el piloto y el copiloto morían de golpe en vuelo. Aun así, era un trabajo
valioso. La paga era buena, aunque fuera sólo en moneda marciana, le permitía
recorrer Marte, desde el Casquete Polar Norte hasta los demes más alejados del
escarchado sur, y le permitía tratar con muchas personas interesantes, entre
ellas mujeres jóvenes que se alegraban de conocerle mejor.
Dekker
gozaba de este beneficio. No podía decirse que tuviera una novia en cada
puerto, pero iba a muchos puertos. Además, ese empleo le brindaba buena
experiencia para pilotar una nave localizadora en el Oort.
Y
luego esa perspectiva casi se esfumó.
La
causa fue un pequeño traspié en los mercados financieros de la Tierra. Nada
grave, al menos para la mayoría de los terrícolas. Algunos especuladores
quedaron en bancarrota, otros se enriquecieron de repente, pero esas cosas
sucedían de cuando en cuando.
Pero
cuando la Tierra estornudaba, Marte se enfermaba de neumonía. El problema se
presentó en un mal momento. Se estaba por realizar una nueva emisión de bonos,
y en ese clima inestable se los valoró menos que de costumbre. Las units
escaseaban siempre, pero ahora se habían esfumado. Se recortaron las
importaciones, los objetos suntuosos desaparecieron del mercado marciano
—aunque los colonos de la Tierra aún estaban en buena posición— y se canceló
ese valiosísimo lujo que era el programa de becas.
Dekker—como
todos los marcianos, pues de lo contrario no habrían sobrevivido— era experto
en aprovechar lo que tenía y no perder tiempo quejándose de lo que no tenía.
Perder
las esperanzas de viajar al Oort fue un golpe duro, pero Dekker tenía otra vida
que vivir, y consagró sus esfuerzos a vivirla. Cuando tuvo once años —unos
diecinueve, por pautas de la Tierra— no sólo obtuvo un ascenso a segundo
piloto, sino una medalla. Al menos, lo más aproximado a una medalla que existía
en Marte. Era una pequeña roseta verde, un premio al valor.
En
Marte no había muchas medallas para premiar el valor, y por dos razones. La
primera era que se necesitaba tanto coraje para sobrevivir allí que nadie hacía
alharaca por demostrar una cuota adicional de valor. La segunda razón era que
cada vez que alguien debía exhibir esa cuota adicional de valor era porque otro
había cometido una peligrosa tontería. Como olvidarse de asegurar la válvula de
LH2 en el dirigible de Dekker antes del despegue. Así que allí estaban, volando
a tres mil metros sobre el Valles Marineris, derrochando su preciosa reserva de
hidrógeno. Aparte del peligro que corría la nave, el hidrógeno era demasiado
difícil de obtener para desperdiciarlo.
¿Qué
podía hacer un tercer piloto ansioso de ascender a segundo? Le costó una oreja,
mientras estaba aferrado al exterior del globo y esa sustancia helada se
escapaba junto a su vulnerable cabeza, pero la oreja podía reemplazarse. Así
obtuvo el ascenso y la roseta: una transacción bastante conveniente.
Pero
el Oort aún estaba muy lejos.
A
veces, en los vuelos nocturnos, cuando los pasajeros dormitaban y el capitán
permitía que otro piloto cogiera el timón, Dekker subía a la burbuja de
observación para mirar los cometas, las docenas de cometas que comenzaban a
llenar el firmamento y borronear las estrellas. No se sentía deprimido ni
lloraba por sus oportunidades perdidas; sólo miraba los cometas y se preguntaba
cómo sería estar allá, capturando los más grandes y enviándolos hacia Marte.
Ahora
llegaban muchos cometas por semana. Marte aún carecía de una verdadera
atmósfera, aunque las tormentas de polvo eran más densas y mucho más
frecuentes, pero en ocasiones el dirigible sobrevolaba una zona de impacto
reciente y Dekker veía los grandes cráteres que habían abierto los fragmentos.
Más de una vez logró persuadirse de que una bruma tenue asomaba en el fondo de
los cráteres. Los pilotos afirmaban que el dirigible volaba ahora a más altura.
La presión del mundo había subido, sin duda, un par de milibares.
Un
día, mientras Dekker hablaba con una bonita pasajera en la sala de espera de un
pequeño déme de Ulysses Patera llamado Collins, recibió una llamada de su
madre.
—Necesito
hablar contigo —le dijo—. Ven a casa.
Y no
quiso decir más.
Dekker
tomó una licencia de cinco días y se dirigió hacia Sagdayev. Últimamente no
veía a su madre con frecuencia, porque ella conservaba su puesto de
representante de Sagdayev ante los Comunes —con la tediosa y agobiante tarea de
velar por los intereses del planeta— y rara vez estaba en casa. Dekker esperaba
que ella fuera a recibirlo, pero la primera persona que vio en la cámara de
pasajeros al salir fue Tinker Gorshak. El viejo Tinker parecía preocupado, pero
en cuanto vio a Dekker puso una sonrisa de bienvenida.
—Hola,
muchacho —dijo—. Tu madre quiere hablar contigo.
—Lo
sé. ¿Pero de qué?
Tinker
adoptó un aire misterioso.
—Ella
tiene derecho a decírtelo en persona. Escucha, quería preguntarte si Tsumi está
en tu nave.
—¿Tsumi?
No, hace meses que no lo veo. ¿No está aquí?
—Si
estuviera aquí no te lo preguntaría. Se suponía que el pequeño bastardo estaría
en su escuela de Ciudad Sol, pero la escuela llamó el otro día para decir que
estaba faltando a sus clases. Anda con un grupo de personas que me desagradan,
Dekker. Llamé a todos los amigos suyos que conocía y les dije que le avisaran
que regresara aquí para poder enderezarlo, pero...
El
viejo suspiró, se recobró.
—Pero
ve a ver a tu madre, Dekker. Ella te espera.
Cuando
Dekker llegó a la pequeña habitación de Gertrud DeWoe, Tinker ya había llamado
para avisarle que él iba en camino, así que ella lo estaba esperando. Incluso
había preparado una taza de chocolate.
Él
la abrazó y ella le besó con afecto, lo miró a los ojos.
—Tengo
noticias para ti, Dekker. ¿Aún quieres trabajar en el Oort?
—Pues
claro —dijo él sin pensar, y de pronto reaccionó—: ¿Hay una oportunidad? ¿Han
vuelto a ofrecer las becas?
—De
ningún modo —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. ¿No has visto las noticias? Los
terrícolas vuelven a tener problemas... huelgas, bancos en quiebra... En fin,
tendremos que hacer más recortes, en realidad. Pero se trata de otra cosa.
—Ella titubeó, lo miró como disculpándose—. Lo cierto es que me puse en
contacto con tu padre.
Dekker
pestañeó.
—¿Mi
padre?
—Bien,
¿por qué no? —preguntó ella a la defensiva—. Le informé sobre lo que hacías
hace un tiempo, en cuanto cancelaron el programa de becas. Dekker, no le rogué
nada. No podía. Está viviendo de su pensión por invalidez, y no le sobra
dinero. Pero dijo que lo intentaría. Tardó mucho tiempo, pero...
Dekker
sintió que se le aceleraba el corazón.
—¿No
querrás decirme que me pagará el viaje hasta la academia, verdad?
—Eso
quiero decirte, Dekker. El dinero para tu billete a la Tierra está aquí, y él
te alojará mientras sigues algunos cursos para refrescar tus conocimientos
antes del examen de ingreso y... bien, Dekker. Así son las cosas. El resto
depende de ti.
14
Lo
primero que descubría alguien que visitaba la Tierra era que la Tierra no tenía
un único Gancho Orbital, como Marte. La Tierra tenía tres, pues había mucho más
tráfico entre la superficie y el espacio que en cualquier otro planeta, y los
tres ganchos estaban muy atareados.
Todos
debían tocar tierra en el ecuador, porque un satélite geoestacionario sólo
puede mantenerse en posición en el ecuador. El que estaba en el país
sudamericano de Ecuador era el más atareado, aunque las montañas que rodeaban
Quito
dificultaban el trasbordo. El que estaba en Pontianak era el más nuevo, y tal
vez un día fuera el mejor, porque al estar sobre la costa facilitaba el
traslado de mercancías voluminosas, o al menos lo facilitaría cuando los
marcianos lograran cultivar productos suficientes para embarcar a Borneo. Hasta
entonces, Pontianak tenía tan poco tráfico que todavía usaba un solo cable.
Pero el de Kenia era el mejor en muchos sentidos, entre otras cosas porque
resultaba conveniente para las empresas e industrias de esa gran ciudad
africana llamada Nairobi.
Nairobi
era tan grande y activa que la gente se olvidaba de que era una ciudad sólo por
accidente. Carecía de esos elementos que suelen impulsar el crecimiento de una
ciudad. No tenía río ni puerto ni nada que la distinguiera de las altas
planicies que la rodeaban. Existía sólo porque era un lugar cómodo para poner
una estación cuando, tiempo atrás, se construyó el primer ferrocarril que iba
desde el corazón del África hasta la costa. Ahora era todavía estación, aunque
de otra clase, y ésta era la clave de su prosperidad.
15
El
viaje a la Tierra fue una experiencia única para Dekker DeWoe. Era un sueño
hecho realidad.
Al
principio fue esa pequeña cápsula del Gancho Orbital, gimiendo por el cable
desde la superficie marciana hasta el punto de transferencia, mientras Ciudad
Sol se alejaba y la aceleración le hundía el corazón en el estómago, pero el
corazón también le palpitaba de euforia. Luego fue la nave y el cubículo
privado que le dieron, que quizá no fuera mayor que una bañera, pero estaba en
una nave espacial, con todas las maravillas que eso suponía para estremecer el
corazón de un maduro joven de doce años. ¡No! ¡Ahora contaría en años
terráqueos! Veinte años.
Para
entusiasmarlo aún más, a once días de viaje hubo una alarma por explosión
solar. Una protuberancia solar hizo erupción irradiando un furibundo borbotón
de partículas, lo cual obligó a todos a permanecer en refugio central durante
veinticuatro horas, hasta que la curva rojiza de esa protuberancia se derrumbó
y la radiación solar se extinguió. No fue una experiencia peligrosa, pero era
algo que podría contar al nieto de Tinker y los demás chicos de Sagdayev... si
alguna vez regresaba a Sagdayev, y si los chicos aún lo eran cuando él
regresara.
Claro
que Dekker ya no era un chico. Pero aun un joven adulto como Dekker DeWoe
sentía un cosquilleo en el corazón al abordar una nave espacial para realizar
el viaje de cien millones de kilómetros hasta la Tierra. De cualquier modo que
se lo mirase, era algo muy especial.
Pero
se tardaba más de veinte días en atravesar esos cien millones de kilómetros. No
había adonde ir y siempre estaban las mismas personas (dieciocho en total,
entre tripulantes y pasajeros), así que la experiencia pronto perdió interés.
Pero
la Tierra era algo totalmente distinto.
Una
vez que bajó por el enorme Gancho Orbital y se plantó en el suelo terráqueo,
Dekker no tardó en comprender la diferencia. No todo sería diversión. La Tierra
le dolía, le lastimaba los huesos a cada paso con su cruel tirón. La Tierra era
sucia. La Tierra era hostil, o la gente lo era, o así le parecía a un
esmirriado chico marciano que no podía correr ni saltar muy bien, y cuyo padre
era un perdedor. Los consejos y advertencias, los batidos de calcio, las
inyecciones de poliesteroides y el adoctrinamiento de a bordo no habían
preparado a Dekker para los muchos aspectos desagradables de la Tierra, y menos
aún para enfrentarse con su padre.
Cuando
Dekker salió de la aduana, al pie del Gancho Orbital de Nairobi, arrastrando su
maleta con ruedecillas, buscó a su padre pero no lo vio. En cambio vio a un
hombre lento y encorvado que se le acercaba con pasos vacilantes, y tardó un
instante en comprender que esa ruina ambulante era Boldon DeWoe.
El
hombre se detuvo para mirar a Dekker a medio metro. Cuando Dekker lo miró de
cerca recordó que ese hombre había sido marciano, porque tenía el físico
esbelto y estirado de los marcianos. Pero ahora estaba encorvado hasta alcanzar
la talla de un terrícola, y además se apoyaba en un grueso bastón. No tenía
buen aspecto. Tenía los hombros arqueados, pero erguía la cabeza y la barbilla
para mirar al hijo. No se besaron ni se abrazaron, ni siquiera se dieron la
mano. Boldon DeWoe cabeceó, como si recibiera lo que esperaba y no hubiera
esperado mucho.
—Bien,
aquí estás —dijo—. ¿Qué pasó con tu oreja?
Dekker
no quiso contar la complicada historia de la pérdida de hidrógeno en el
dirigible y el dolor del trasplante.
—Congelamiento
—dijo.
Su
padre no hizo comentarios.
—¿Esos
son todos tus bártulos? Bien, andando. Debemos coger el tren. —Ya había echado
a andar por la rampa cuando se detuvo para añadir, por encima del hombro—:
Hijo.
Dekker
lo siguió, moviéndose casi tan despacio como el padre, con todo ese peso para
arrastrar. Tal vez deberían haberse besado, pensó, pero él no había tenido
ánimos para tomar la iniciativa.
Bajaron
por una escalera móvil hasta una plataforma donde aguardaba una veintena de
vagones que no estaban enganchados como un tren. Boldon fue hasta el primer
coche de la fila. Subió, tecleó un código e insertó en una ranura un objeto
brillante y grueso que llevaba colgado del cuello. Miró al hijo.
—Así
es como pagas las cosas, con tu amuleto de crédito. Aquí tienes que pagar las
cosas.
—En
Marte también pagamos las cosas —dijo Dekker—. Aunque quizá no lo recuerdes.
Su
padre no hizo comentarios. Se acomodó en un asiento y dijo, mirando a Dekker:
—¿Por
qué tienes la cara tan roja?
—Te
hacen transfusiones de sangre antes del aterrizaje, para aumentar los glóbulos
rojos. Además son las inyecciones y... —alzó una pierna para mostrarle—, los
tensores.
—Aférrate
bien, entonces —dijo su padre, justo a tiempo. En ese momento dos o tres coches
chocaron contra el de ellos, formando finalmente un tren. La aceleración
resultó más violenta de lo que Dekker esperaba. Pensó por un momento que se
descompondría, pero no fue así. Los demás pasajeros no parecían molestos. Sólo
había cuatro más en el pequeño coche, y todos parecían terrícolas. Cuando el
tren se detuvo, tres de ellos descendieron.
Los
otros coches se desacoplaron también, y el coche de ellos reanudó la marcha. A
los cinco minutos se detuvo y Boldon DeWoe descendió.
—Este
es el vecindario —dijo por encima del hombro.
No
era un vecindario muy atractivo. Coches y furgones recorrían las calles,
escupiendo vaharadas de vapor por los tubos de escape. La gente, la mayoría
negra, atestaba las aceras; los edificios eran asombrosamente altos para
alguien que llegaba de Marte —algunos tenían de ocho a diez pisos— pero
parecían viejos y descuidados. Incluso el aire tenía un olor raro. Humoso,
contaminado. Dekker estornudó mientras su padre daba la vuelta y subía
penosamente una escalera de ladrillo.
Cuatro
o cinco hombres negros remoloneaban en el rellano, bebiendo cerveza. La mayoría
usaba pantalones cortos y camisas raídas de colores chillones. Algunas de esas
prendas estaban desteñidas, la mayoría estaban manchadas de sudor. Los hombres
parecían bastante cordiales. Se apartaron para cederles el paso, y todos
saludaron a Boldon con un amable cabeceo.
Esto
no era lo que Dekker había esperado, y el hombre que era su padre no era la
persona que él recordaba. Dekker recordaba a un Boldon DeWoe flaco, sonriente,
alto y huesudo, mucho incluso para un marciano. No ese viejo nudoso y achacoso,
tan encorvado que no era más alto que los terrícolas negros del rellano. Pero
cuando Boldon DeWoe presentó a Dekker dijo:
—Este
es mi hijo.
Dekker
se sintió un poco mejor, porque su padre parecía estar orgulloso de él.
El
ascensor le arrebató parte de ese momentáneo optimismo, porque no sólo apestaba
a sudor rancio y cosas peores sino que le hacía tambalear las piernas
debilitadas. Pero se alegró de que hubiera ascensor, porque subir a pie habría
sido peor; el apartamento de su padre estaba en el último piso.
Al
fin vio el lugar donde vivía su padre, donde él viviría. No sólo era pequeño —
Dekker estaba habituado a los lugares pequeños— sino mugriento.
—Tú
dormirás en el diván —le dijo su padre, acercándose a un fregadero para lavar
un vaso—. Es corto, pero tú eres joven. Yo beberé un trago.
—No,
gracias —dijo Dekker, aunque no le habían convidado. Sacó una caja medio vacía
de botellas del diván y sacudió los cojines antes de apoyar su equipaje. Luego
se puso a recoger platos sucios en todo el cuarto.
—Deja
eso —ordenó su padre, sentándose con el trago en la mano—. Quiero averiguar qué
sabes. ¿Qué es un Augenstein?
Dekker
parpadeó.
—¿Qué?
—Un
motor Augenstein. ¿Qué es, cómo funciona?
Evidentemente
hablaba en serio.
Dekker
apoyó su colección de platos en un aparador, apartando una pila de ropa limpia
y desordenada para dejar espacio. Se sentó.
—Bien,
un Augenstein es lo que impulsa las naves espaciales. Su cámara energética es
un bloque poroso de tungsteno en una atmósfera de hidrógeno. Una pipeta
atraviesa el bloque y conduce antiprotones a la cámara central. Los
antiprotones reaccionan con el hidrógeno, y el calor impulsa el fluido por la
tobera del cohete. En general usan roca triturada para el fluido de impulso,
pero podría ser...
Su
padre se movió.
—No
digas usan, Dekker. Usamos. Di usamos.
—¿Cómo?
—Acostúmbrate
a decirlo. Quiero que pienses como un minero del Oort para que actúes como un
minero del Oort. Usamos roca pulverizada para el fluido impulsor, aunque por
supuesto que no lo usamos en el Oort. ¿Qué hacemos allá?
—Usamos
la masa de los cometas.
Su
padre cabeceó, bebiendo un sorbo.
—La
masa de los cometas, en efecto. Llenamos el tanque con los gases congelados de
un cometa. ¿Qué hay de los antiprotones que alimentan el Augenstein?
—¿Los
antiprotones?
—¿De
dónde vienen? ¿Cómo los generan?
Por
un instante Dekker sintió la tentación de señalarle a su padre que había dicho
los generan y no los generamos, pero no le pareció buena idea. Este inesperado
examen parecía muy importante para el viejo. Dekker respondió, como si
estuviera en una clase:
—La
antimateria se fabrica en la Luna, a causa del vacío, la disponibilidad de
energía eléctrica y el riesgo de accidentes. La energía fotovoltaica del sol
alimenta un acelerador anular de cuarenta kilómetros de diámetro, dentro de un
gran cráter, y el acelerador genera antipartículas. ¿Quieres que escriba la
reacción?
—Sí
—dijo Boldon DeWoe, y señaló una memopantalla que estaba bajo las ropas
apiladas en el aparador. Observó atentamente mientras Dekker anotaba la
ecuación en la pequeña pantalla. Cuando hubo terminado, su padre preguntó cómo
haría Dekker para determinar los deltas en una órbita de Mercurio a Marte,
cuáles cometas era los más valiosos, cómo se controlaban sus órbitas. No hizo
comentarios sobre las respuestas.
—De
acuerdo —dijo al fin—, ¿te encuentras en forma?
No
se conformó con una respuesta sino que ordenó a Dekker que extrajera su
cartucho de antecedentes y proyectara los resultados de sus exámenes físicos:
tiempo de reacción, percepción en profundidad, factor de concentración y demás.
Boldon DeWoe se reclinó pensativamente, miró el cielo raso, suspiró. Se ir guió
y caminó cojeando hacia la nevera.
—¿Quieres
una cerveza? —preguntó.
Dekker
no quería cerveza. Nunca le había gustado el alcohol desde aquella fiesta en
casa de Annetta Cauchy. No obstante aceptó, porque beber cerveza con su padre
parecía un modo de establecer un vínculo. Sintió un cosquilleo burbujeante
detrás de la nariz.
—Estarás
cansado —dijo su padre.
Dekker
asintió.
—Pues
vayamos a dormir. Necesitarás descansar todo lo posible, Dekker. Aquí en
Nairobi hay una buena escuela preparatoria. Conozco a algunos profesores. La
escuela no se especializa en el Oort, pero pueden pulirte en el aspecto
teórico. —Hizo una pausa para beber—. La escuela no es barata, Dekker, y no
tengo mucho dinero. ¿Tienes algunas units?
—¿Unidades
terráqueas? No. Tú enviaste el dinero para el billete, pero no sobró nada.
—No
pensé que sobraría. Bien, te conseguiré un amuleto, pues lo necesitarás, y
transferiré cien units a tu cuenta, para que tengas dinero de bolsillo. Pero no
será mucho, y no podré costearte la escuela para siempre. De cualquier modo no
podrías quedarte para siempre. Dentro de siete semanas tendrás que examinarte
para el entrenamiento en el Oort, y son difíciles como el demonio.
—Ya
he seguido todos los cursos preparatorios —declaró Dekker con orgullo.
—Claro
que sí. En Marte, hace mucho tiempo. De todos modos, aquí será más difícil.
Ante todo tendrás problemas físicos, pues no estás habituado a la gravedad. Te
fatiga. He oído que puedes trabajar con empeño cuando te lo propones. ¿Es
verdad?
—Creo
que sí.
—Pues
debes proponértelo, Dekker. Es importante. Yo sólo puedo brindarte una
oportunidad.
Al
cabo de una semana Dekker comprendió que la escuela era tan difícil como Boldon
DeWoe había anunciado. A pesar de la advertencia de su padre, no lo había
creído. Había creído la confortante opinión marciana de que, como en Marte todo
era naturalmente mejor que en la Tierra, a pesar de los problemas que
presentaba el entorno físico, cualquiera que pudiera desempeñarse bien en una
escuela marciana saltaría a la cabeza, de la clase en cualquier escuela de la
Tierra.
No
fue así. Los demás alumnos resultaron ser tremendamente rápidos y listos. Casi
todos eran negros, algo que al principio sorprendió a Dekker. Por cierto que no
le sorprendía la existencia de gente negra, pues había muchos negros en Marte.
Pero en ninguna parte de Marte la población era mayoritariamente negra —ni
mayoritariamente blanca, ni mayoritariamente nada— como aquí.
La
excepción más visible era el profesor, Cummings. Era bastante más pálido que
sus alumnos, pero su tez era color chocolate con leche, bastante más oscura que
la de Dekker. En consecuencia Dekker se destacaba. No sólo por la piel. Y no
sólo por la talla, aunque era mucho más alto que el resto. La otra diferencia
conspicua era su modo de vestir. Tanto varones como mujeres llevaban pantalones
cortos y camisas de colores brillantes —y ambas prendas permanecían planchadas
a pesar del trajín— que contrastaban con los gastados polidenims de Dekker, y
todos usaban zapatos que, según Dekker descubrió atónito, eran de cuero. No de
una sola especie de piel de animal-muerto, además, pues algunos usaban piel de
cerdo y otros de vaca, y había un par cuyo calzado estaba hecho de piel de
avestruz. Dekker nunca había pensado que alguien se vestiría con algo tomado de
un animal-muerto.
Además
había otras sorpresas. No tanto en el curriculum, aunque Dekker se consternó
cuando supo que debía memorizar muchas fechas históricas que en Sagdayev no
tenían mayor importancia. Aun así, la mayoría de los cursos le resultaban
bastante fáciles. La matemática era matemática, sin importar el planeta donde
vivieras, y lo mismo sucedía con la física, la química y la astronomía. La
mayor sorpresa era que los estudiantes de Nairobi no tuvieran las clases
obligatorias de docilidad. En cambio, dos veces por semana tenían asombrosas
sesiones de «forcejeo». Estaban destinadas, explicó el profesor cuando notó el
asombro de Dekker, a reducir las tensiones para que la gente pudiera llevarse
mejor, y los forcejeos eran reales, y muy físicos.
Además,
para un marciano que acababa de llegar a la Tierra y cuyos huesos y tendones
aún se estaban adaptando, era bastante peligroso. El primer ejercicio que
hicieron se llamaba la «frenada». Todos los estudiantes menos uno formaban un
anillo estrecho, enlazándose el cuerpo con los brazos, bien apretados, y el
otro estudiante debía meterse dentro del anillo. Al principio Dekker pensó que
le gustaría, porque la estudiante que tenía al lado era una joven
inusitadamente alta llamada Sally Moi. Sentir la cálida presión de su cuerpo no
era desagradable, por cierto. Pero entonces Cummings ordenó comenzar, y el otro
estudiante escogió a Dekker como el eslabón más débil. Agachó la cabeza y
embistió con fuerza contra los ríñones de Dekker, dejándolo sin aliento.
Eso
fue suficiente para Cummings, quien excusó a Dekker del ejercicio y en la
próxima sesión, una especie de lucha, lo puso con un joven llamado Walter
Ngemba, quien prometió ser moderado. Ser moderado no fue suficiente. Walter
Ngemba fue tan cuidadoso como había prometido, pero cuando alzó a Dekker y lo
aplastó contra la colchoneta, Dekker hizo una mueca de dolor. El señor Cummings
intervino de nuevo. Dekker fue enviado a un costado, y debió conformarse con
que sus huesos marcianos se salvaran de astillarse, pero lamentó no poder
participar y perderse la oportunidad de luchar con Sally Moi. Las mujeres no
eran importantes para sus planes inmediatos, pues podían entorpecer su
perspectiva de ingresar en la academia, pero le era muy grato abrazar ese
cálido cuerpo.
El
señor Cummings tocó un silbato y miró a Dekker de buen talante.
—Creo
que hoy pasaremos a la fase verbal un poco antes
—dijo—.
Dekker, ya que no obtuviste mucho de la parte física, ésta es tu oportunidad de
desquitarte con Walter. Tal vez te interese insultarlo.
—¿Por
qué? —preguntó Dekker.
—Pues
para ofenderle. ¿No practicáis gestión de hostilidad en Marte? Esta es una
oportunidad para expresar todas las cosas malas que has pensado. Usa insultos
racistas. Por ejemplo, «vosotros estúpidos cafres, ni siquiera sois humanos».
Dekker
miró a Walter Ngemba, quien aguardaba con una sonrisa expectante.
—¿Qué
es un cafre? —preguntó.
—Llámalo
animal, si prefieres. O parásito, tal vez. Venga, Dekker, alguna vez habrás
oído insultos étnicos en tu vida, ¿verdad?
Dekker
pensó un segundo, luego recordó.
—Comemugre
—aventuró—. Walter, eres un comemugre, ¿verdad?
Y se
asombró cuando toda la clase, Walter Ngemba incluido, se echó a reír y más aún
cuando el señor Cummings, para demostrar a Dekker cómo era el procedimiento,
permitió que toda la clase insultara a Dekker al mismo tiempo, y descubrió
cuántos términos ofensivos usaban los terrícolas para expresar el sencillo
concepto de «marciano».
Estaban
muy lejos, pensó, de la Ley de la Balsa.
Al
cabo de dos semanas en la Tierra, el cuerpo de Dekker había comenzado a aceptar
que debería realizar mayor esfuerzo en este planeta. Aún le dolía caminar, e
incluso ponerse de pie, pero le dolía menos. Dekker DeWoe decidió que la Tierra
era un lugar horrendo. Podría ser bueno si fuera menos bullicioso y estuviera
menos atestado, y si los terrícolas hubieran aprendido la Ley de la Balsa.
Pero
no era así. Los terrícolas no se esforzaban para que los demás estuvieran
cómodos, felices, satisfechos con el mundo. Ni siquiera se tenían simpatía, y
en sus sesiones de gestión de hostilidad a lo sumo hallaban modos de
disimularlo.
A
Dekker le parecía bastante pueril.
Pensaba
que sus compañeros actuaban como niños porque los trataban como niños. Lo peor
era que él sentía que le sucedía lo mismo. Cada tarde, cuando salía de la
escuela, su padre lo aguardaba en ese tonto coche de tres ruedas para llevarlo
a casa. Los demás estudiantes salían deprisa del patio, y la vieja pacificadora
procuraba en vano que cruzaran la calle ordenadamente, y a Dekker iban a
buscarlo como a un chiquillo. No era el único. A Walter Ngemba también lo
recogían todos los días en la escuela — aunque en una limusina celeste de seis
metros de largo, no en un triciclo—, pero Dekker DeWoe, un adulto que había
ganado una medalla al heroísmo, no lo toleraba.
Cuando
Dekker estaba dentro de ese vehículo oscilante, entorpecido por los tensores
para las piernas, su padre se encargaba de trabarle la puerta y lo miraba un
instante antes de arrancar.
—¿Tu
madre no te enseñó a dar las gracias? —preguntaba, con aliento aguardentoso.
—Gracias
—decía Dekker, para ahorrar tiempo, pero luego añadía—: Pero preferiría que no
vinieras a buscarme.
—Pamplinas.
¿Te has olvidado de que es jueves? De cualquier modo, no tienes fuerza
suficiente para caminar hasta casa.
—Pues
quiero ponerme fuerte —replicó Dekker. Señaló a la pacificadora, quien los
miraba con ojos entornados—. Quiere que arranques, papá.
—Al
cuerno con ella. —Pero el viejo pisó el acelerador y el triciclo arrancó.
Dekker notó que la pacificadora tenía una expresión ambigua. Con una mitad del
rostro sonreía, por Dekker (siempre le reservaba un saludo jovial), pero con la
otra mitad ponía una expresión adusta. Dekker estaba seguro de que esa otra
mitad era por su padre. Dekker presentía que los terrícolas despreciaban a su
padre, incluso los vecinos que lo saludaban tan cálidamente en el rellano, pues
ninguno de ellos pasaba todo el tiempo bebiendo cerveza y remoloneando en el
rellano, ya que debían ir a trabajar.
Boldon
DeWoe no tenía trabajo, ni lo tendría jamás.
Como
era jueves, el día de las inyecciones y de la máquina de ejercicios, el padre
de Dekker no viró a la derecha para regresar a casa sino que atravesó la
bocacalle a mayor velocidad de lo que la pacificadora hubiera preferido y
enfiló hacia la clínica. A Dekker no le gustaba ninguna inyección, ni siquiera
los indoloros poliesteroides, pero odiaba los reforzadores de calcio, que le
dejaban los muslos magullados y doloridos todo el día. Cuando terminaron con
esa molestia, ambos subieron en ascensor a las salas de terapia física del
último piso. Allí Boldon DeWoe extraía su pantalla de textos mientras Dekker se
acomodaba en las máquinas de ejercicio corporal. El viejo despedía al
asistente, porque no confiaba en que nadie salvo él graduara la máquina a la lentitud
necesaria para su hijo, y mientras los músculos marcianos de Dekker se
flexionaban y estiraban en el brazo de hierro de la máquina, su padre, con una
mano en los controles, leía a su hijo guías de estudio para las lecciones del
día siguiente.
—Mañana
habrá examen de historia. Necesitas saber la Guerra de las Rosas, así que
repasemos.
—Ay
—dijo Dekker cuando la máquina le torció la rodilla—. Papá, ¿cómo sabes lo que
pasará mañana?
—Pues
tengo amigos, ¿qué crees? —dijo su padre, bajando un poco el control de
velocidad—. ¿Ahí está mejor?
Dekker
no respondió, en parte porque la menor velocidad no era «mejor», sino apenas
más tolerable para sus frágiles huesos marcianos, y en parte porque no quería
admitir que necesitaba un cuidado especial.
—¿Qué
clase de amigos?
—Buenos
amigos. Ahora cállate. Veamos qué recuerdas de la Guerra de las Rosas. ¿Era
York contra Lancaster...?
Dekker
se rebeló.
—Esas
son antiguallas de esos tiempos alocados, papá. ¿Por qué tengo que aprender
sobre las guerras?
—Porque
la escuela lo exige, y no necesitas más motivos. ¿Qué me dices?
Dekker
cedió a la lógica de la argumentación.
—Fue
en Inglaterra —jadeó—. Ambos bandos querían que uno de los suyos fuera rey, y
las guerras se llamaron así porque el emblema de ambos bandos era una rosa,
blanca de un lado y roja del otro. Lucharon más de cien años y...
Y
así sucesivamente, hasta que se libró la batalla donde murió el rey Ricardo y
vencieron los Tudor. Entonces su padre, relativamente satisfecho, se levantó,
apagó la máquina de textos y puso ese aire lejano, distraído y sediento que
Dekker había aprendido a reconocer. Pero no interrumpió la sesión de
ejercicios. Dejó que llegara el sexagésimo segundo del sexagésimo minuto de la
hora y entonces liberó a Dekker, que estaba agotado y se frotaba las
extremidades doloridas, y lo condujo abajo y al triciclo.
Dekker
notó que su padre conducía a mayor velocidad que de costumbre durante el
regreso. No hizo comentarios, hasta que estuvieron en el apartamento y su padre
sacó una cerveza de la nevera y, mirando la hora, se sentó frente al viejo
vídeo de pantalla plana.
Dekker
ya conocía la rutina. Había una hora de estudio antes que su padre se pusiera a
preparar la cena.
—Continuaré
con ello —dijo Dekker, disponiéndose a sentarse antes que se lo ordenaran.
—No,
esta vez no —dijo su padre—. Puedes hacerlo después, Dekker. Dentro de un
minuto darán un programa especial sobre Marte. Quizá quieras mirarlo.
—De
acuerdo —dijo Dekker. Se levantó para ponerse detrás de la silla de su padre,
pero se puso a recoger cosas en la habitación mientras pasaban los títulos. Era
un deber que Dekker había asumido. Restando horas al sueño, había guardado todo
lo que podía guardarse y había fregado todo lo que podía fregarse. El lugar no
cumplía con los requisitos de higiene de Marte, pero al menos era más
tolerable. Su padre no parecía reparar en ello, y cada día aparecían
calcetines, botellas y platos sucios.
Cuando
comenzó el programa, Dekker dejó de ordenar y miró la pantalla.
Ya
sabía la mayoría de las cosas que diría el informe, pero aún así era bueno
enterarse de que los controladores de Oortcorp ahora lograban esparcir más del
99% de los fragmentos en una elipse angosta que no sumaba más de setecientos
kilómetros de longitud; ya no era necesario evacuar demes enteros. Desde luego,
el uno por ciento restante aun podía causar bastantes daños donde caía, pero en
Marte sobraban los terrenos áridos donde no se podían causar daños. Ni siquiera
una vez, declaró el narrador del programa, al cabo de más de seiscientos
impactos, se habían producido víctimas o daños materiales de importancia, y en
uno de los parajes más profundos del Valles Marineris, un día habían medido una
presión de casi cuarenta milibares.
Entonces
Dekker hizo un descubrimiento. Cuando la pantalla mostraba los gigantescos
cráteres que habían dejado los impactos, cuando pasaba a alguno de los nuevos
demes con sus molinos de viento y sus granjas de superficie, protegidas por una
burbuja, cuando mostraba Marte tal como era, su padre contraía el fatigado
rostro.
Dekker
reflexionó cuidadosamente, pero sólo quedaba una conclusión. Su padre añoraba
su hogar.
Dekker
se aclaró la garganta para hablar, pero su padre lo silenció.
—Aguarda—dijo—.
Ahora llegan a la parte importante. —Pero ha terminado. —El programa ha
terminado. Ahora vienen los comentarios de los expertos. Es lo que quiero que
veas. Dekker se encogió de hombros. —De acuerdo. —Pero sus piernas protestaban
contra esa larga permanencia en pie, así que fue a sentarse, y mientras se
servía un vaso de agua descubrió un par de platos que necesitaban limpieza, y
regresó a la pantalla a tiempo para oír a una mujer madura con un mechón de
cabello dorado.
—Las
cuentas no salen —decía—. Transformar a Marte en una especie de parque nacional
es muy simpático, pero no tenemos las units necesarias. Los hábitats agrícolas
pueden producir alimentos más deprisa, y más económicamente.
—¿De
qué está hablando? —preguntó Dekker alarmado. —Si escucharas —rezongó su
padre—, oirías. Dekker escuchó, primero con alarma, luego con incredulidad,
luego con furia. Un joven pálido con suéter rosado afirmaba que era el destino
de la humanidad colonizar cada terreno que se pudiera colonizar, y eso incluía
Marte. Un hombre más moreno, mayor y barbado, protestó:
—Esa
es la frívola forma de pensar que puso en marcha el proyecto Oort. Boldon
DeWoe, gruñendo con irritación, apagó el aparato y fue a buscar otra cerveza.
Dekker lo siguió. —¿A qué venía todo eso? —preguntó. Su padre se encogió de
hombros. —Ya has oído. Es lo que intentaba decirte. Si quieres ingresar en la
academia, será mejor que lo hagas ahora, porque hay mucha gente que desea
cancelar el proyecto. —¡No pueden hacer eso! Boldon DeWoe meditó sobre esa
frase durante los segundos que tardó en regresar a su silla y sentarse.
—No
—dijo al fin—, quizá no puedan. Al menos yo creo que no. Pero no por las
razones que crees, Dekker. Creo que lo mantendrán en marcha porque ya han
invertido demasiado, y no querrán anularlo. Pero pueden reducir el presupuesto,
restarle impulso...
—¡Es
una estupidez! —estalló Dekker.
—Claro
que sí, muchacho. ¿Alguna vez dije que los terrícolas no eran estúpidos? Pero
es una posibilidad real, así que no pierdas el tiempo. Debes pasar el examen
psicológico dentro de pocas semanas, y eso es en Denver, así que tendrás que
aprovechar la escuela al máximo y con la mayor prisa posible. ¿Que significa
eso, Dekker?
—Que
debo estudiar. —Correcto. Ahora quiero ver el partido. Encendió de nuevo el
aparato y se puso el auricular para escuchar en privado, pero Dekker se quedó
frente a él. Recordaba la expresión que había puesto su padre al ver las
escenas de Marte. —¿Papá? —aventuró. Su padre se quitó un auricular para oír a
su hijo. —¿Hay algo que no entiendes? —No, sólo quería preguntarte, ¿Por qué no
regresaste a Marte después de...? Su padre lo miró con mal ceño. —¿Después de
lastimarme, quieres decir? —¿Por qué no regresaste? —insistió Dekker. Su padre
hizo un gesto de fastidio. —Diablos, Dekker. ¿Qué haría yo en Marte? —¿Qué
haces aquí? —preguntó Dekker, abusando de su suerte.
Esta
vez Boldon se enfureció de veras, pero al fin sonrió, comprendiendo que la
pregunta era justa.
—Ya
que preguntas, te lo diré. Debo estar aquí en la Tierra. Aquí es donde cobro mi
pensión...
—Te
la darían en Marte, ¿verdad?
—Me
la darían en moneda marciana. Aquí la recibo en units. ¿Entiendes la
diferencia?
—Claro
que sí.
—Entonces
no hagas preguntas tontas. —Vaciló antes de añadir—. Y existe otra razón. Aquí
tengo talleres de reparación.
—¿Talleres
de reparación?
—Los
llaman hospitales, pero... —Se palmeó el muslo—. Todo esto es electrónico,
Dekker, y cuando el sistema falla tienen que abrirlo, sacar los componentes y
repararlos. Sí, también en Marte hay talleres de reparación, pero tienen que
importar los componentes de la Tierra. Eso significa que deben pagarlos en
units. Quizá ya no sea muy útil, Dekker, pero no quiero ser una carga. Y de
cualquier modo, mis amigos están aquí. —Se calzó el auricular en la oreja para
demostrar que la conversación había concluido.
Dekker
no se quedó conforme.
—Cuando
dices «amigos» —insistió—, te refieres a los que beben contigo, ¿verdad?
Su
padre se quitó el auricular de la oreja y estudió la crítica expresión de
Dekker.
—Crees
que me quedo aquí para beberme mi pensión sin que nadie me fastidie, ¿verdad?
—Aguardó una respuesta antes de continuar, pero Dekker callaba—. Cuando digo
«amigos», me refiero a gente que puede ayudarnos. A ambos, Dekker. Bebo, es
verdad. Pero es mejor tener gente que te acompañe a beber que no tener ningún
amigo cuando no tienes futuro.
—¡Tú
podrías tener un futuro!
Su
padre negó con la cabeza.
—Me
temo que no, Dekker. Tú deberás tenerlo por ambos.
16
El
alto y esmirriado físico marciano funciona bien en Marte, pero no tanto en la
Tierra. La diferencia radica en la gravedad. El marciano que llega a la Tierra
descubre que de pronto debe cargar continuamente con unos cuarenta kilogramos
más, y que la musculatura de su cuerpo no es apropiada para ello.
Así
que se refuerzan los músculos con poliesteroides. Eso es bastante fácil. Pero
luego los músculos pueden ejercer más fuerza de la que los huesos pueden
soportar, y para mantener el esqueleto intacto hay que inyectar más calcio en
los huesos. Eso también funciona, pero más despacio, así que mientras el
esqueleto se vuelve más denso y más rígido, los largos huesos de las piernas
necesitan un andamiaje externo: de ahí los tensores. Pero hay otros problemas.
Esos músculos nuevos exigen más oxígeno, así que mientras la médula ósea genera
más glóbulos rojos se inyectan un par de litros más de sangre. Luego está el
corazón. Tiene que esforzarse más para desplazar toda esa sangre adicional. Se
necesita una batería de bloqueadores beta y estimulantes para ayudar al corazón
en esta nueva tarea.
Y
una vez que se ha hecho todo esto, el resultado es un cuerpo más vigoroso que
sin embargo recuerda el estado en que nació. Se fatiga. Trabaja más despacio.
Lo que dicen es cierto. Es bastante fácil sacar a un chico de Marte, pero nunca
puedes sacar a Marte del chico.
17
Dekker
no servía para preocuparse, pero sí para trabajar, así que trabajó. Trabajó en
los cursos que le parecían descabellados, más historia inglesa y ciencias
políticas. Dejó de pensar en la estremecedora posibilidad de que cancelaran el
proyecto Oort y, cuando sus primeras calificaciones llegaron a la pantalla de
texto del apartamento de su padre, se alegró —y se asombró— de descubrir que
era el tercero de la clase.
Su
padre, en cambio, sólo cabeceó.
—Has
trabajado y estudiado con empeño —declaró—. ¿Qué esperabas? Pero debes
esmerarte un poco más en matemática, porque tienes que quedar bien.
—¿Quedar
bien? —preguntó Dekker, pero su padre ya se había calzado los auriculares y
ponía el partido de fútbol Nairobi-Johannesburgo. Dekker volvió a sus estudios.
Lo
único que le preocupaba de veras era la reacción de sus compañeros ante ese
nuevo chico marciano, marciano y blanco, que se colocaba encima de veintinueve
de sus treinta y dos compañeros. Sin embargo, no le demostraron hostilidad.
Afira Kantado, la joven que era cuarta en la clase —es decir, la que habría
sido tercera si Dekker no la hubiera desplazado— lo miró hurañamente cuando se
publicaron las notas, pero los demás le felicitaron, bromearon con él, o ni
siquiera mencionaron el tema, lo cual le parecía lo mejor.
Las
bromas que hacían se relacionaban con su acento, pero Dekker se había resignado
a ello tiempo atrás. No era él quien hablara raro, sino ellos, porque —el señor
Cummings le había dicho, cuando charlaban un día antes de la clase— que era
natural que hablaran así cuando tenían padres que habían asistido a buenas
instituciones. Dekker descubrió que esas «buenas instituciones» se limitaban a
dos: un par de universidades llamadas Oxford y Cambridge. Esos jóvenes asistían
a esta escuela preparatoria porque en cuanto se graduaran la mayoría iría a
completar su educación en esa Inglaterra donde se encontraban las «buenas
instituciones».
Dekker
se sintió mejor al enterarse. Cuando también descubrió que estos estudiantes
eran los más brillantes de Nairobi, no se sintió tan preocupado por las
comparaciones con los alumnos marcianos.
Dekker
también empezó a descubrir que no todos los tonos de negro eran iguales. En su
provinciana perspectiva original, todos los terrícolas eran meros terrícolas.
Su padre le había enseñado que estos terrícolas se llamaban kenianos, y ahora
descubría que, a su vez, los kenianos se dividían a sí mismos. Casi la mitad de
los varones, y casi todas las mujeres se consideraban kikuyu, mientras que ese
puñado de individuos altos y ondulantes, de aspecto casi marciano, se llamaban
masai. Y ahí no terminaba todo, pues había un puñado que venía de otras
«tribus».
Dekker
tuvo que pedir que le explicaran la palabra. Una tribu no era lo mismo que un
déme, según descubrió. Las tribus dependían de los genes, no de la posición
geográfica. Asombrosamente, uno continuaba formando parte de la tribu aunque se
mudara al déme de otra tribu.
Dekker
estaba azorado. ¿Qué importaba quiénes eran tus parientes?
Pero
aparentemente importaba, aunque Dekker no podía distinguir entre una tribu y
otra, salvo porque los masai eran de proporciones gratamente alargadas en
comparación con los kikuyu. Pero los kenianos veían la diferencia.
Infaliblemente. Una buena proporción de las clases de «educación ciudadana»
—nombre formal de las sesiones de forcejeo— estaban consagradas a ese tema, y
el señor Cummings siempre les recordaba que no importaba en qué tribu se habían
originado sus ancestros, pues todos eran iguales.
Afira
Kantado cuestionó esa afirmación señalando a Dekker. —Él no es igual —dijo.
—Claro que sí, Kantado —dijo pacientemente el señor Cummings—, o al menos
deberías actuar como si lo fuera. —Ella no quedó convencida, así que el
profesor explicó—. Todos sabéis cuál es el fundamento de la buena conducta
ciudadana. No es preciso gustar de todos los demás. Si no os agradan, está
bien. Es natural que otras personas os disgusten. Lo importante es guardarse
los rencores, salvo en estas sesiones. Si expresáis vuestras hostilidades y
furias en el mundo exterior, se producen conflictos, una violencia que a la
larga puede desembocar en guerras. No queremos guerras, ¿verdad? Así que
debemos... ¿DeWoe? ¿Querías decir algo?
Dekker
tenía la mano levantada. —No es así como lo hacemos en Marte —observó. Hubo un
murmullo burlón en la clase. El señor Cummings los miró severamente. —No, claro
que no, DeWoe —convino—. Cada lugar tiene sus costumbres.
Entiendo
que en Marte se procura que todos gusten de todos, ¿verdad? Dekker frunció el
ceño. —No «gustar», exactamente. Hay mucha gente que a mí no me gusta. Pero
tenemos que confiar unos en otros, y cuidar unos de otros... tenemos que
asegurarnos de que todos sean tratados equitativamente. Como... —Iba a decir
«como en la Ley de la Balsa», pero cambió de parecer—. Como si fuéramos una
familia.
El
señor Cummings cabeceó comprensivamente.
—Supongo
que eso es muy importante en Marte, donde las condiciones son mucho más...
inhóspitas. Y por cierto sería así en condiciones aún más duras. Por ejemplo,
DeWoe, tú planeas ir a trabajar a la Nube de Oort. ¿Por qué no cuentas a la
clase cómo es ese lugar?
—Nunca
he estado allí—objetó Dekker. —Pero tú padre sí. Él debe haberte contado
anécdotas. Lo cierto era que no le había contado nada. Pero Dekker no estaba
dispuesto a admitirlo en público, así que hizo lo posible.
—El
Oort es como Marte, pero peor. Uno no puede cambiar de lugar. No puede sentir
envidia de otro, ni aprovecharse de él. Hay que tratar de entender cómo siente
el otro.
—A
mí me parece bien —comentó Walter Ngemba, sin molestarse en levantar la mano.
—A mí me parece estúpido —comentó Afira Kantado—. ¿Qué hay del sexo? —¿Sexo?
—repitió Dekker, tratando de imaginar qué tenía que ver el sexo con la
docilidad... o la «educación ciudadana». —Tu hablas de «el otro». ¿Qué hay de
hombres y mujeres? ¿No puede haber dos hombres que amen a la misma mujer?
—Oh,
eso —dijo Dekker, aliviado—. Eso no es problema. Un hombre toma una esposa
oficial, o una mujer toma un esposo oficial, y viven juntos mientras lo deseen.
Luego se separan.
Un
masai levantó la mano, riendo entre dientes.
—Cuando
tu padre estaba en el Oort, ¿tenía una esposa oficial? —Mi padre tiene esposa.
Ella es mi madre. ¿Para qué querría otra esposa? Varios alzaron la mano,
sonriendo pícaramente. El señor Cummings sacudió la cabeza. —Ésta es una
conversación muy interesante —observó—, pero la hora ha terminado. La
retomaremos en nuestra próxima sesión... por ahora, buenas tardes a todos.
Cuando
se reunieron en la puerta, Walter Ngemba tocó el brazo de Dekker y dijo para
consolarlo:
—Lamento
lo de Merad. Es sólo que es masai, sabes.
Dekker
lo miró sorprendió.
—Creí
que todos eran iguales.
—Oh,
lo son. Incluso los masai. Es sólo que a veces son... incivilizados. Pero he
pensado una cosa. ¿Tienes planes para el fin de semana? Porque mi padre dijo
que le encantaría que vengas a visitar nuestra granja.
—¿Granja?
—La
finca de la familia. Está en el Valle de la Grieta. ¿Puedes venir?
Era
una sorpresa, pero muy agradable.
—Claro
que sí, gracias —dijo Dekker, pero luego recapacitó—. Aunque tengo mucho que
estudiar...
—Podemos
estudiar juntos, tenemos muchas materias comunes. ¿Necesitas preguntarle a tu
padre?
¿Necesitar?
—No
exactamente —dijo Dekker.
—Bien,
habíale sobre ello. Supongo que estará fuera esperándote, ¿verdad?
Pero
resultó ser que esa tarde Boldon DeWoe no estaba esperando. No había indicios
del pequeño triciclo. Mientras Dekker aguardaba en la acera, mirando el
tráfico, la pacificadora se le acercó, guardando su teléfono con aire
preocupado.
—Eres
Dekker DeWoe, ¿verdad? Bien, tengo un mensaje para ti. Debes ir a buscar a tu
padre al Sunshine Shabeen.
—¿El
qué?
—Es
un bar. ¿Sabes dónde está? No importa. De todos modos tendrás que coger un taxi
y el chofer sabrá. Todos los chóferes conocen el Sunshine Shabeen.
Dio
media vuelta para soplar perentoriamente el silbato y, antes que Dekker pudiera
preguntar nada, un taxi abandonó la corriente de tránsito. Sí, el chofer sabía
muy bien dónde quedaba el Sunshine Shabeen. Dekker sólo tenía una preocupación:
que las pocas units de su amuleto le alcanzaran para pagar la cuenta.
No
alcanzaron. Dekker tuvo que hurgar en los bolsillos de su padre para encontrar
el dinero para pagarle al taxista, y luego hallar lo suficiente para que los
llevara a casa. Su padre no le ayudó en nada, pues estaba ebrio como una cuba y
totalmente dormido. Además era casi imposible moverlo, y Dekker no habría
podido hacerlo por su cuenta.
Afortunadamente
había dos corpulentos pacificadores esperando fuera del Shabeen, y tras echar
un vistazo al esmirriado Dekker decidieron ayudarle.
Dekker
se sorprendió de que fueran tan serviciales. Una vez que trasladaron a Boldon
DeWoe al taxi, el más corpulento de los pacificadores le deseó buenas noches.
Se alejaron, aunque por cierto tenían razones para actuar con mayor severidad.
Cuando Dekker vio la sangre seca en la nariz del padre no tuvo dudas de que la
conducta del viejo había sido muy antisocial.
Pero
los pacificadores no le habían arrestado.
Era
extraño, pero Dekker tenía otras cosas en mente. Lamentablemente no había
pacificadores en las cercanías del edificio de apartamentos, y el huraño
taxista no demostró mayor interés en ayudar. Para peor, una llovizna había
ahuyentado a los que remoloneaban en el rellano, y Boldon DeWoe, encogido como
estaba, era demasiado pesado para que Dekker pudiera subirlo por la escalera.
Entonces
oyó una voz.
—¡Eh,
allá abajo! —Al mirar hacia arriba, vio que la vecina de al lado, la señora
Garun, se asomaba por la ventana—. Aguarda un segundo, por favor. Pediré a
Jeffrey y Maneen que te den una mano con tu padre.
Jeffrey
y Maheen se presentaron en cuestión de segundos. Eran fornidos y bonachones, y
pronto subieron a Boldon DeWoe al apartamento y lo tendieron en la cama.
—Se
pondrá bien si lo tapas y le dejas dormir la mona, amigo —le aconsejó uno de
ellos al marcharse.
Dekker
hizo lo que le decían. Era evidente que Jeffrey y Maheen tenían más experiencia
que él en estos asuntos, y de cualquier modo no parecía haber necesidad de
hacer otra cosa. Después de reflexionar, Dekker miró la nevera pero al fin
desistió de la idea de prepararse la comida. En cambio sacó sus cartuchos de
lecciones y se puso a estudiar.
Estaba
realizando ejercicios de cálculo (aunque no sabía para qué necesitaría el
cálculo, pues siempre había calculadoras de bolsillo disponibles) cuando oyó un
golpe en la puerta.
Era
de nuevo la señora Garun, esta vez con un cuenco de sopa.
—Pensé
que querrías algo de comer —dijo con tono de disculpa—. También tu padre,
cuando despierte. Los chicos piensan que no despertará en toda la noche, pero
de cualquier modo siempre puedes calentarle un plato.
—Gracias
—dijo Dekker, alzando la tapa y oliendo. Era una mezcla de animal-muerto con
verduras, y olía muy bien.
La
señora Garun se demoró un minuto.
—Tu
padre es un buen hombre —dijo, enjugándose las manos en el delantal—. Es una
pena que se haya lastimado así en el Oort.
—Gracias
—repitió Dekker, a falta de una respuesta más apropiada, pero la mujer no había
terminado.
Ella
titubeó, y dijo con tono confidencial.
—¿Sabes,
Dekker? Una vez pensé que yo misma podría ir allá.
Dekker
quedó sorprendido, y su expresión hizo reír a la señora Garun.
—Oh
—comentó ella—, no siempre trabajé en el departamento de facturación de la
compañía eléctrica. Cuando era joven tenía ideas más ambiciosas. Estudié
ingeniería en Newcastle-on-Tyne, y pensé que terraformar Marte desde el Oort
era una idea maravillosa... pero después me casé con el señor Garun, y no quiso
que me fuera sin él. Así que hice lo que más se le parecía.
Miró
a Dekker esperando un comentario, y él aventuró:
—¿Fue
a trabajar para la compañía eléctrica?
—Oh
no. Me refiero en cuanto al Oort. Decidí apoyar el proyecto a mi manera. Cuando
falleció el señor Garun, invertí el dinero del seguro en bonos del Oort. —Se
desanudó el delantal y se lo quitó pensativamente—. Sólo que últimamente se han
devaluado un poco, ¿verdad?
—No
entiendo mucho sobre cuestiones financieras —se disculpó Dekker—. No tenemos
esas cosas en Marte.
—Sí,
ya lo sé. Sólo que... es algo que me preocupa. Odio vender con pérdidas. Por
otra parte, ¿cómo será el futuro? No me gustaría despertarme una mañana
descubriendo que no tengo un céntimo. —Sonrió—. Lo que me anima es ver jóvenes
como tú, Dekker, que renuncian a todo para ir allá y lograr que funcione. Dios
te bendiga. Y, por favor, si necesitas algo, tan sólo llama a mi puerta.
Cuando
la señora Garun regresó a su apartamento, Dekker tomó la sopa pensativamente.
Era muy sabrosa, aunque no lograba reconocer qué especie de animal-muerto le
habían metido, pero sintió un regusto feo en el paladar. No era la sopa. Era
algo distinto, peor.
Echó
un vistazo para comprobar si su padre aún dormía. Lavó el plato y buscó la
última comunicación de su madre para rastrear algo que ella había dicho.
Gertrud
DeWoe no se había saltado ni una semana. Aunque el contacto con Marte era
costoso, estaba en la pantalla todos los jueves, siempre cansada pero lúcida,
siempre con noticias. Tinker Gorshak estaba enfermo, Tinker estaba mejor,
habían inaugurado los nuevos molinos de viento en las laderas cercanas a
Sagdayev, y eso era bueno porque las tormentas de polvo eran feroces
últimamente y las granjas fotovoltaicas siempre se estaban tapando; le habían
pedido que representara nuevamente a Sagdayev en el parlamento de los demes de
Ciudad Sol. Dekker sacudió la cabeza, sorprendiéndose una vez más de esa
noticia. ¿Su madre en política? Tsumi Gorshak había recibido una amonestación
por faltar a sus clases de docilidad. Y los presupuestos de importaciones se
habían reducido de nuevo.
Luego
venía la parte que él buscaba. Le reprodujo dos veces. Andaban escasos de
units, explicaba su madre, porque habían debido postergar la nueva emisión de
los bonos, pues los financieros terrícolas les habían informado que por el
momento el mercado estaba muy «flojo».
Dekker
frunció el ceño. ¿Por qué los terrícolas siempre causaban problemas con los
bonos? Un trato era un trato, ¿o no? Todos habían sabido desde el principio que
los bonos no darían beneficios hasta que el proyecto Oort estuviera concluido
o, al menos, hasta que Marte pudiera empezar a sembrar los cultivos que
generasen units para afrontar los pagos. ¿Entonces por qué continuaban esos
altibajos en el precio... con más altos que bajos, en realidad?
No
tenía sentido. Y no sólo Marte resultaba afectado por esos trucos financieros,
sino también terrícolas decentes como la señora Garun.
Dekker
bostezó e intentó ahuyentar estas preguntas imposibles. Apagó la pantalla y fue
a acostarse, dejando la ropa en el suelo. Ahora los ronquidos de su padre eran
menos estruendosos, aunque Dekker se asombró de oír un zumbido sordo que a
veces se mezclaba con ellos pero que no venía de Boldon DeWoe. Dekker se tendió
de espaldas con los ojos abiertos, pensando en la señora Garun, pensando en su
madre y, casi al dormirse, pensando en sus padres, tratando de recobrar el
recuerdo del momento en que los tres vivían juntos, antes que su padre se fuera
al Oort. Dekker estaba casi seguro de que sus padres habían sido felices. Nunca
se lo había planteado así, pero al menos habían parecido felices, y su madre
había llorado cuando Boldon DeWoe se marchó. ¿Entonces qué había salido mal?
Un
estruendo fuera interrumpió sus reflexiones. Sobresaltado, Dekker fue desnudo
hasta una ventana.
La
llovizna se había convertido en una violenta tormenta eléctrica. Grandes
fogonazos de luz violácea caracoleaban en el cielo negro, perfilando los
edificios de la ciudad. Los distantes murmullos se habían convertido en truenos
crujientes que rodaban y se estrellaban, y la lluvia tamborileaba
violentamente. Y no era sólo lluvia. Algunos goterones rebotaban en el
antepecho, y Dekker notó asombrado que estaba mirando lo que llamaban
«granizo».
Y
todo titilaba extrañamente —las calles, las torres de doscientos metros del
centro, las luces de los vehículos— porque estaba mojado.
¡Era
una maravilla! Todo mojado. Mojado con un agua que se derrochaba a manos
llenas, que caía del cielo. No planificada ni obligada, quizás a veces no
deseada. Torrentes. Haciendo brillar las calles y los tejados con el reflejo de
los relámpagos.
De
esto se trataba, pensó el maravillado Dekker. Así sería Marte algún día, cuando
el último cometa del Oort hubiera llevado su bendición de agua y gases al viejo
planeta para rejuvenecerlo. Todo valdría la pena entonces. Dekker se prometió
que así sería.
Todos
los sacrificios, como el de la señora Garun; todo el dolor, como el de su
padre; todo el esfuerzo, como el suyo...
Un
ruido lo sobresaltó, y se volvió al ver un reflejo en la ventana.
Su
padre estaba allí, apoyado en el respaldo de una silla, cubriéndose el cuerpo
flojo con una sábana.
—¿Estás
bien? —preguntó Dekker.
Su
padre calló un instante, como si buscara la respuesta.
—Claro
—dijo al fin—. ¿Tú me trajiste a casa?
Dekker
cabeceó.
—Está
bien, pues —dijo su padre. No era una expresión de arrepentimiento porque
hubieran tenido que llevarlo a su casa, y mucho menos una disculpa. Pero era
todo lo que Boldon DeWoe tenía que decir sobre el tema. Continuó mirando la
lluvia en silencio.
Dekker
recordó el consejo de la señora Garun.
—¿Quieres
un poco de sopa?
—Claro
que no. ¿La señora Garun anduvo por aquí? Ella es muy amable, pero no.
Era
una excepcional oportunidad para hablar con él, y había cosas que Dekker quería
preguntarle. Se aclaró la garganta.
—Papá
—dijo, comenzando por lo menos importante—. Walter Ngemba me invitó a ir a casa
de su padre este fin de semana.
Su
padre se volvió dolorosamente hacia él.
—Ngemba
—repitió pensativamente—. ¿Su padre es dueño de plantaciones en el Mará?
—Le
dije que iría.
Boldon
DeWoe se encogió de hombros.
—Te
conviene ir, Dekker. Pareces bastante cansado, y te conviene reposar. Además,
es útil conocer a gente como los Ngemba.
Dekker
cobró aliento y pasó al tema más importante.
—Hoy
preguntaron por ti en la escuela.
—¿Hablaste
de mí? —preguntó cautelosamente su padre.
—Bien,
más o menos. Estaban hablando de la vida en el Oort, y las esposas oficiales,
cosas así... bien, me despertaron una curiosidad. Sobre mamá y tú. Nunca
regresaste a casa después del accidente, papá. ¿No echas de menos a tu esposa?
Su
padre lo miró inexpresivamente.
—¿Sabes
cuan grave fue el accidente?
—Bien...
no. Supongo que bastante grave.
—Bastante.
—Su padre escrutó la lluvia un momento—. Supongo que tu madre no quería hablar
de ello —dijo al fin—. Fue la droga, Dekker. No puedes atracar una nave
localizadora cuando has ingerido drogas, así que hubo un choque. ¿Sabes cómo es
una nave localizadora? Prácticamente formas parte de la nave; tu traje está
insertado en el poco lugar que hay, y no sales del traje hasta regresar. Así
que cuando la proa de la nave se estrujó me atrapó las piernas y la parte
inferior del cuerpo, y me faltó poco para morir. Morí, en realidad. Mi corazón
estaba detenido cuando me sacaron, y les costó bastante revivirme. Tampoco el
atracadero quedó bien... y sufrí una buena reprimenda. Pudieron haberme quitado
la pensión, pero supongo que entendieron que ya había pagado un alto precio, al
quedar así. Oh —dijo, notando la expresión pasmada de Dekker—, sí, Dekker, yo
fui el culpable. Yo era el piloto que ingería drogas.
—¡Pero
nosotros no hacemos eso!
Su
padre lucía muy fatigado.
—No,
no lo hacemos. En casa no. Nunca lo había hecho antes, pero es diferente en el
Oort. Te pasas semanas enteras buscando, totalmente a solas. Y otras personas
lo hacen. Lo hacen mucho aquí en la Tierra, y algunos se llevan la droga
dondequiera que van.
—Pero...
Dekker
se tragó el resto de ese pero. Sacudió la cabeza, no en un gesto de reproche (o
no sólo de reproche) sino de pena y sorpresa. Tardó un instante en recordar lo
que deseaba averiguar.
—Pero
podrías haber regresado a casa —dijo.
—No
creo, Dekker.
—Porque
te sentías, bueno, abochornado, sí, lo entiendo. ¿Pero no echabas de menos a
tu...? —Estuvo por decir «familia», pero el orgullo se lo impidió—. ¿A tu
esposa?
Su
padre lo miró un instante.
—¿Qué
haría ahora con una esposa? —dijo.
El
viernes la tormenta ya había pasado, el cielo estaba despejado y el sol
africano ardía más que nunca. Si Dekker DeWoe había pensado que Nairobi era
caluroso —y en efecto lo era— al llegar al Masai Mará descubrió una nueva
dimensión del calor.
No
lo sintió de inmediato. Walter Ngemba tenía un avión privado esperando en los
aledaños de la ciudad. Fueron allá en la larga limusina celeste, la piloto se
tocó la gorra mientras se sujetaban, y el avión despegó con rumbo a una pista
de aterrizaje privada al pie de una montaña. La pista no era un aeropuerto,
sino sólo mil metros de asfalto en medio de los escasos matorrales, una manga
de viento que colgaba de un mástil y nada más. Ni siquiera había un galpón para
proteger a los pasajeros de los rayos del sol. Tampoco había pasajeros. Sólo
había chaparrales y un suelo desnudo y seco. Después de las bulliciosas calles
de Nairobi, con sus muchedumbres, este lugar resultaba casi acogedor, casi
marciano.
—Mira
allá —dijo Walter Ngemba. Se inclinó sobre el hombro de Dekker (pues
cortésmente le había cedido el asiento del copiloto, ya que el copiloto era
innecesario en ese diminuto avión) y señaló algo parecido a un gran insecto que
se deslizaba hacia ellos por el chaparral. La cosa levantaba una polvareda.
—Allá
viene nuestro transporte. Y allá está nuestro complejo, en el cerro, más allá
del ojo de agua.
Dekker
no veía nada que pudiera llamarse un complejo. No veía nada de nada, por el
modo en que el avión viraba y se ladeaba, a menos que esos pantallazos de
rectángulos rojos en el pardo manchado del paisaje fueran techos de edificios.
Dekker tampoco se esforzaba mucho en mirar. Sólo pensaba en aferrarse del
asiento, pues ese avión no era un majestuoso dirigible marciano, sino que se
movía a brincos. La piloto ya había sobrevolado el asfalto una vez
—aparentemente para ahuyentar a una criatura que se desplazaba junto a la
pista— y luego trazó un arco cerrado disponiéndose a aterrizar.
Cuando
el avión terminó de carretear, el vehículo con forma de insecto había llegado a
la pista. Era un vehículo de colchón de aire, y una alta y esbelta mujer masai
saltó del asiento para abrirles la puerta.
Fue
entonces cuando sintió el calor.
El
aire no era húmedo como el de Nairobi, sino seco y agobiante. Dekker pensó que
si debía quedarse en ese horno unos minutos, los sesos se le encogerían como un
huevo escalfado. Pero no fue necesario. El interior del vehículo tenía aire
acondicionado, y en cuanto la mujer cerró la puerta fue a ayudar al piloto a
llevar las maletas al compartimiento del equipaje.
Walter
no prestaba atención a la mujer. Hurgó en la pequeña nevera del vehículo y sacó
un par de cervezas.
—Bienvenido
a territorio de los Ngemba —dijo, alzando la lata en un brindis—. Espero que no
te moleste el vehículo de colchón de aire. Me temo que levanta mucha polvareda,
y ya hay bastante polvo, pero al menos no andaremos a los barquinazos,
golpeándonos los ríñones. ¿Viste los leones?
Leones.
Dekker sorbió pensativamente la cerveza, tratando de recordar qué criaturas
extrañas había visto. En el vuelo desde Nairobi, Walter le había codeado a cada
instante, señalando elefantes, jirafas y varios animales que pacían, todos los
cuales Dekker sólo conocía por fotos. ¿Pero leones?
—Creo
que no —dijo—. ¿Cuándo fue eso?
—Ahora
—dijo Walter, señalando—. Están por allá. ¿No los ves?
A
poco más de diez metros, a la sombra de unos matorrales espinosos, media docena
de grandes felinos pardos los miraban sin curiosidad. Dekker sintió que se le
erizaba el vello.
—Cielos
—dijo.
Y lo
repitió varias veces más, aunque en general sin aliento, en las veinticuatro
horas siguientes. Las apariencias lo habían engañado. La «granja» Ngemba era un
lugar muy poco marciano.
El
solo hecho de estar físicamente en la granja Ngemba fue una ordalía para
Dekker. El calor era enceguecedor al aire libre y, en el interior, el aire
acondicionado estaba helado. Para peor, la casa principal estaba llena de
escaleras por donde debía subir y bajar. La tensión psicológica de estar allí
era aún más abrumadora. Las ideas de Dekker sobre la vastedad, que ya se habían
alterado con su llegada a la Tierra, se expandieron nuevamente cuando comenzó a
comprender el tamaño de esa finca. Había un comedor y una sala para desayunar,
había una sala «matinal» y una sala para el «sol», y había una biblioteca.
Dekker no pudo disimular su sorpresa cuando entró en la biblioteca. Estaba
atiborrada de libros. No los cartuchos a los que Dekker estaba habituado, sinos
libros verdaderos, impresos en papel y encuadernados en tela o cuero, objetos
grandes y pesados que cubrían las cuatro paredes de esa enorme habitación.
—Sí,
el viejo es un gran lector —concedió Walter—. Un poco anticuado, ¿verdad? Claro
que no dedica todo el tiempo a leer. Aquí también administra sus inversiones.
Dekker
miró en torno intrigado.
—¿Cómo?
Walter
sonrió y tecleó una consola. Una fila entera de lomos de libros se deslizó
revelando un conjunto de pantallas.
—Canales
directos con sus corredores —dijo Walter con orgullo—. Pero no los conectaré.
Se enfadaría muchísimo si me sorprendiera jugando con ellos. Él compra y vende
títulos. —Y al ver la expresión de Dekker añadió—: ¿Sabes qué son los títulos?
—¿Como
los bonos?
—¿Te
refieres a los bonos de la Oortcorp? Bien, sí, son títulos, pero hay muchas
clases. Hay acciones comunes, acciones preferenciales, debentures
autoamortizables... cielos, ni siquiera yo sé en qué consisten todos. Ahora
papá está invirtiendo en contratos futuros, creo. —Walter suspiró—. Oh, tú no
sabes qué son. Bien, firmas un contrato. Dices que dentro de seis meses
venderás algunos títulos a cierto precio, y otro fulano firma el contrato
contigo para comprarlos.
—¿Cómo
sabes cuál será el precio dentro de seis meses?
—Bien,
ésa es la parte difícil, ¿eh? Tal vez no lo sepas. Tal vez te equivoques y
luego te perjudiques. Los que saben adivinar ganan dinero... como el viejo.
—Parece...
—Dekker estaba por decir «estúpido», pero lo pensó dos veces—. Parece
complicado.
Walter
rió.
—No
te ofendas, Dekker, pero los marcianos no entienden el mercado, ¿verdad?
Pero
ven, aún no te he mostrado la sala de juegos.
Debía
de haber por lo menos treinta salas en la casa principal, sólo compartidas por
Walter, su hermana menor, Doris, y sus padres; su padre y su madrastra en
realidad, pues la esbelta y juvenil Gloría Ngemba era la segunda esposa del
padre de su compañero. Dekker no logró contar todos los sirvientes. Pero aunque
fueran muchos, esa cantidad no influía sobre la proporción entre espacio y
ocupantes, pues tenían sus propios aposentos, bastantes espaciosos desde el
punto de vista de un marciano, más allá del galpón para vehículos y el taller
de reparaciones.
A
Dekker le costó decidir cuál de estas nuevas categorías de seres vivientes era
la más extraña, si los animales salvajes que merodeaban por el Mará, o los
criados que poblaban el complejo Ngemba. Nada en Marte ni en Nairobi lo había
preparado para ninguna de ambas. Tampoco estaba preparado para los problemas de
«vestirse para la cena» (¿por qué alguien se pondría ropas especiales sólo para
cenar?) ni para Theodore Ngemba.
No
conoció a Theodore Ngemba de inmediato. Cuestiones de negocios demoraban al
señor Ngemba, así que Dekker fue recibido por dos mujeres de la familia, la
bella Gloria y la adolescente Doris, ambas con traje de montar y con olor a los
caballos de los que acababan de apearse. Un criado lo acompañó hasta sus
aposentos — ¡aposentos!— y luego Walter lo llevó a recorrer la finca.
Dekker
apreció la cortesía, pero no el ejercicio. Tuvo que subir y bajar muchas
escaleras, porque el establecimiento estaba en la cima de una colina.
—Para
evitar que se acerquen los animales —explicó Walter—. La mayoría no se
acercarían de un modo u otro, pero algunos búfalos son bastante estúpidos.
Pero
no todos los animales se mantenían alejados. En la rosaleda tres jardineros
reparaban los daños causados por algunos intrusos —«babuinos», explicó Walter—
y en medio de los arbustos brincaban criaturillas velludas de brazos largos a
quienes Walter llamaba monos colibrí. Junto a la piscina un alto masai vestido
con una túnica blanca patrullaba la zona armado con una honda, con la función
de mantener a los monos alejados del agua.
—Demonios
—dijo Walter cuando se aproximaron a la piscina—. La niña está allí, maldita
sea.
La
niña era su hermana, quien se sujetaba el cabello junto a la piscina. Estudió a
Dekker mientras se arreglaba el cabello.
—¿Te
gusta nadar? —preguntó.
Dekker
titubeó. Quizás alguna vez hubiera existido un marciano que tuviera la
capacidad para mantenerse a flote en una masa de agua. Dekker no había conocido
a ninguno. No dijo eso. Se limitó a contestar que no sabía.
—Yo
te enseñaré, si gustas —dijo ella—. Es fácil. Mírame.
La
miró, y descubrió que la hermana menor, Doris Ngemba, no era tan niña. Cuando
se quitó la bata para zambullirse en la piscina, no usaba nada sobre los senos
y sólo un paño ínfimo sobre la zona pública. Dekker siguió con los ojos cada
movimiento. Y no era el único. El masai que empuñaba la honda también la
observaba atentamente, hasta que notó que Walter lo observaba a él. El hombre
sonrió con embarazo, se volvió, disparó una piedra contra los arbustos antes de
alejarse.
Doris
nadó un ancho de piscina y regresó. Ahora estaba aferrada del borde, mojada y
sonriente.
—¿Qué
dices? —le preguntó a Dekker.
—¿Qué
dices de no mostrar los pechos frente a los masai? —comentó su hermano con
ofuscación.
—Oh,
los masai —dijo ella, con supremo desdén por toda la tribu—. De todos modos no
hablaba contigo, querido Walter. Hablaba con Dekker. ¿Te interesan las
lecciones de natación?
—Quizá
mañana —dijo Walter, respondiendo por su huésped—. Ahora Dekker debe bañarse y
vestirse para la cena. Y será mejor que tú también lo hagas, porque a papá no
le gusta esperar.
No
hicieron esperar al señor Theodore Ngemba, aunque se presentaron
inconvenientes. Cuando Walter descubrió que su invitado no tenía chaqueta tuvo
que explorar las estancias de la servidumbre en busca de ropas de un ex
mayordomo masai que le sentaran bien. Al menos le sentaron pasablemente para
una cena, aunque el ex mayordomo era mucho más gordo y la chaqueta resultaba
holgada para el físico marciano de Dekker.
Eran
seis a cenar: Los Ngemba, Dekker y una mujer mayor que usaba perlas. Seis
personas para cenar, notó Dekker, y ocho criados para servir. Un criado detrás
de cada persona de la mesa, y un par más para llevar y traer las fuentes. Y la
mujer mayor no era la única que usaba gemas caras, porque tanto Doris como su
madrastra usaban piedras brillantes en el cabello y alrededor del cuello, y aun
Theodore Ngemba tenía un collar con una gruesa cadena de oro de la cual pendía
un medallón de oro. Dekker no había visto semejante ostentación de riqueza
desde esa cena con la familia de Annetta Cauchy en la noche del impacto del
primer cometa.
Incómodo
en su molesta chaqueta, Dekker se encontró sentado entre la señora Ngemba y la
mujer mayor, quien resultó ser una socia del señor Theodore Ngemba. Se
apellidaba Kurai. Comía en silencio, escuchando a los demás, lo cual era una
suerte para Dekker, pues ignoraba de qué se debía hablar durante una cena.
Walter
se encargaba de llenar las lagunas en la conversación.
—Dekker
demostró mucho interés en la biblioteca —dijo a su padre.
Theodore
Ngemba miró con indulgencia al huésped de su hijo.
—¿Es
usted lector, señor DeWoe?
—Sí...
señor —dijo Dekker, mirando de soslayo a Walter para cerciorarse de que decía
lo correcto.
—Vaya.
¿Y qué ha leído últimamente?
Dekker
se puso a pensar mientras todos lo miraban. Bastante poco, con excepción de los
textos escolares. Luego recordó un buen tema.
—Una
vez leí un libro de un hombre llamado Mark Twain. Se llama Huckleberry Finn.
Huck Finn navega por el río Mississippi con un hombre llamado Jim, un esclavo
fugitivo, y hablan sobre lo que llaman la Ley de la...
Demasiado
tarde advirtió que el señor Ngemba fruncía el entrecejo y calló.
—Ese
libro es ofensivo —dictaminó el anfitrión—. No lo admito en mi biblioteca.
Contiene palabras que no se toleran en una conversación decente.
—Lo
lamento —dijo Dekker, deseando estar en otra parte.
La
señora Kurai lo rescató. Cuando su criado le puso delante el plato de sopa,
dijo con voz amigable.
—Entiendo
que usted irá a trabajar a la Nube de Oort.
—Eso
espero —dijo cortésmente Dekker, mirando para ver qué cuchara cogía ella—.
¿Posee usted bonos?
—Algunos
—respondió la mujer con aire divertido—. Antes tenía más, por cierto. Supongo
que como todos, al principio.
Dekker
la miró con curiosidad
—Pero
todavía es el principio —declaró—. Faltan unos veinticinco años para terminar
el proyecto.
—Cuarenta
—corrigió Doris Ngemba.
—Está
contando en años marcianos, boba —dijo su hermano.
—Conque
usted cree que el proyecto continuará —dijo el señor Ngemba desde la cabecera,
despidiendo al criado que sostenía la bandeja de animal-muerto—. Está
resultando bastante costoso, ¿verdad?
Dekker
frunció el ceño.
—Mi
madre está en la junta de planificación de los demes —dijo—, y no ha dicho nada
sobre costes adicionales.
—Tal
vez no, tal vez no. Pero por cierto no es sólo el coste físico, ¿verdad? Está
el coste del dinero... la amortización y el interés. Y parece que existen otras
posibilidades aparte de reparar ese planeta de ustedes, señor DeWoe. Es verdad
que nuestras granjas no producen alimentos suficientes para la población
mundial, especialmente aquí, con esas malditas bestias que siempre invaden
nuestras parcelas...
—El
gobierno nos paga por todo el daño que causan —señaló su hija.
—Concedido,
Doris. Nos dan un reintegro, de modo que la gente de Nairobi puede mantener con
vida a sus preciosos animales para mostrarlos a los turistas. No nos reintegran
tanto como debieran, quizá, pero eso no viene al caso. Lo que sí viene al caso
es que los alimentos que producimos van a la boca de elefantes e hipopótamos,
no de personas. Oh —dijo, mirando expansivamente a los demás—, supongo que aquí
nos va bastante bien. Los criados comen lo que no comemos nosotros, y lo que no
engullen ellos lo roban para sus familias. Imagino que unas cuatrocientas o
quinientas personas saborean los platos de nuestras cocinas de cuando en
cuando. Aun así, la población crece más deprisa que los recursos alimenticios,
¿verdad? Así que tenemos que pensar en el futuro. Supongo, señor
DeWoe,
que la idea de sembrar en Marte debe haber parecido muy atractiva al principio.
Mi padre lo creía así, me temo. Por eso invirtió tanto capital en los bonos.
Pero ahora... —Se encogió de hombros y sonrió.
Luego
Doris pidió a Dekker que les contara cómo era la vida en Marte, y Dekker no
pudo averiguar a qué se refería ese «pero ahora».
A la
tarde siguiente Dekker había aprendido muchas cosas, pero no ésa. Había
aprendido cuál era la palabra que el señor Ngemba consideraba tan ofensiva.
—Es
una mala palabra —le dijo Walter durante el desayuno, mirando en torno—. No me
gusta decirla cuando los sirvientes pueden oírnos, así que te la deletreo.
N-E-G-R-O. Nunca la uses, por favor.
—Nunca
la he usado —dijo Dekker—. Y creo que nadie la usó, ni siquiera en esas clases
de educación ciudadana. A fin de cuentas, esa historia sucedía hace mucho
tiempo. La gente seguía otras normas de conducta.
—Bien,
ahora no las seguimos aquí, Dekker. Por favor.
—Claro
—dijo Dekker, inspeccionando la comida. Era otra de las cosas que había
aprendido, en qué consistía un desayuno inglés. Incluía fuentes tapadas que
contenían partes de animal-muerto, como «arenques ahumados» y «ríñones», así
como una gran cantidad de pan tostado y té. Bajo la atenta tutela de Doris casi
había aprendido a nadar, aunque no a nadar bien, pues en su flaco cuerpo
marciano no había grasa suficiente para flotar, y esto le requería un vigoroso
esfuerzo. Hizo una brevísima visita a la «sala de juegos», donde Walter le
había mostrado, entre otras cosas, lo que poseían los terrícolas ricos en
materia de virtuales. Había aprendido qué era el «tenis», aunque se excusó de
jugar por ser demasiado frágil, mientras la señora Ngemba y sus dos hijastros
se turnaban en la pista. Sin embargo, tuvo que jugar al croquet. Un marciano
podía jugar a ese juego —se basaba en la destreza y la precisión, no en la
fuerza bruta— y logró derrotar tanto a Doris Ngemba como su hermano en el
último aro.
Almorzaron
en la terraza, con la grata ausencia de todos los adultos. Cuando terminaron
Walter sugirió:
—Te
prometí que estudiaríamos, Dekker. ¿Quieres hacerlo?
Asombrosamente,
Walter lo decía en serio, y Dekker descubrió que estudiar con un amigo era
mucho mejor que hacerlo a solas ante la pantalla del apartamento de su padre.
Dekker era mejor que Walter en matemática, pero el joven kikuyu estaba en su
salsa cuando se trataba de astronomía planetaria. Dekker se sorprendió de que
Walter supiera tanto sobre las lunas de los gigantes gaseosos, los patrones
orbitales de los asteroides y las dimensiones y características de los planetas
mismos. No era un tema al que Dekker hubiera consagrado mucho tiempo. No le
parecía útil. Dekker entendía que era interesante para satisfacer la curiosidad
científica, pero no tenía la intención de aventurarse cerca de ninguno de los
planetas menos benignos.
Walter
no tenía tales reservas. Sabía tanto sobre los gigantes gaseosos como sobre los
planetas de características terráqueas. Peroraba sobre radios, masas, períodos
orbitales y la composición química de todo, de Saturno a Plutón, con tanta
fluidez como si se relacionara con las acciones de la granja de su padre.
Estudiaron
tan a gusto que continuaron durante la cena. A sugerencia de Walter, la
llevaron al estudio del joven. Dekker nunca había pensado que esta opción
existiera, y se alegró de poder liberarse de la compañía de los mayores.
—Te
gusta mucho la astronomía —dijo Dekker, terminando su tortilla.
—¿A
ti no? —preguntó
No
había querido decir nada en especial, pero Walter se sonrojó.
—Sí,
claro, En cierto modo. Cuando era niño pasaba mucho tiempo en las planicies de
noche, mirando las estrellas.
—También
yo. Demonios, Dekker, aún lo hago. Escucha, está oscuro. Termina el café, o
llévalo contigo, y salgamos a la terraza.
Aún
no había anochecido del todo. Un fulgor purpúreo y opaco colgaba sobre la
escarpa del oeste, pero habían despuntado las estrellas, y también los cometas,
más numerosos que nunca, y Dekker los miró con placer de propietario.
—Un
cielo magnífico. Aquí está casi tan despejado como en Sagdayev —comentó.
—Me
gustaría ver Sagdayev alguna vez —dijo Walter con voz nostálgica. Dekker no
respondió. Un terrícola rico podía realizar un tour a Marte cuando se le
antojara, y tal vez incluso obligar a la vapuleada economía marciana a pagar la
cuenta, si quería y si el señor Theodore Ngemba aún poseía algunos bonos. Pero
no le pareció cortés decírselo a su amigo.
Se
inclinó sobre la baranda, oteando la oscura llanura. Allí nada se movía, aunque
imaginó a ese león que había visto junto a la pista aérea deslizándose
sigilosamente entre los matorrales. Una brisa cálida soplaba desde la llanura,
pero la noche era silenciosa. Dekker oyó un murmullo de conversación desde la
sala de naipes, donde Doris jugaba a la canasta con la madrastra, y el distante
zumbido de los bichos que se incineraban contra las lámparas insecticidas
desperdigadas en el terreno.
—Allá
está Marte —dijo Walter, señalando el cielo.
Dekker
quedó sorprendido.
—¿Dónde?
Y
cuando lo localizó —brillante, pero más amarillo que rojo, cerca de ese punto
blanco y rutilante que era Júpiter— lo miró maravillado. Tan diminuto, tan
distante, pero aún así su propio mundo.
—Hablame
de Marte —solicitó Walter.
Dekker
trató de describirle Sagdayev, y luego Walter Ngemba habló de su propia vida.
Dekker se sorprendió de saber que la gente que había conocido no constituía
toda la familia de Walter. Tenía dos hermanas menores. Ambas vivían con la
madre, la primera esposa de Theodore Ngemba, en uno de los balnearios más
refinados de las islas Seychelles. Durante la semana escolar, él vivía con una
tía en Nairobi, la dueña de la limusina celeste. Admitió que llevaba una vida
privilegiada. Y aun así ansiaba más.
No
aclaró más de qué, y Dekker no preguntó. Después de un rato de silencio, Dekker
se volvió hacia él, pensando en decirle que era hora de acostarse.
Walter
miraba embelesado los cometas. Dekker quiso decirle algo, pero la expresión
fascinada del joven keniano lo detuvo. ¿Pero qué más podía desear un terrícola
rico?
El
domingo por la mañana tuvieron un sereno desayuno. Los adultos bebían champaña
y Theodore Ngemba peroraba. Había visto el noticiario mientras se vestía y no
estaba conforme.
—La
educación ciudadana —anunció— no está cumpliendo con su función. ¿Habéis visto
las noticias? Un episodio de violencia tras otro, en todo el mundo. En este
momento se realiza una gran huelga en un sitio llamado Khalistán, dondequiera
que esté.
—Está
en la India —le informó su hija—. Hacen huelga porque quieren la
independencia... como Mará.
—Mará
—escupió despectivamente el señor Ngemba—. Qué tontería.
Walter
vio la confusión de Dekker y le explicó.
—Mará
es algo que quieren los masai, Dekker. Esto es Mará. Los masai quieren tener su
propio país, independiente de Kenia, y lo llaman Mará.
—Sí
—dijo su padre—, ¿y qué harían con Mará si lo tuvieran? Los masai no tienen
industrias ni universidades, no tienen cultura. Ni siquiera saben administrar
una granja.
—Los
que asisten a nuestra escuela parecen bastante brillantes —sugirió Dekker.
—Quizás
una selecta minoría, sí —concedió generosamente el señor Ngemba, muy consciente
de su generosidad—. ¿Pero cuántos son?
La
señora Kurai rió entre dientes.
—Suficientes
para expulsarte si se unen, Theodore. Tal como tu tatarabuelo expulsó a los
ingleses.
Él
sonrió.
—Pero,
querida Dolores, no pueden hacerlo. Los masai no tienen a los Mau Mau para que
lo hagan por ellos, y si alguno de ellos intentara fundar una organización de
ese tipo pondríamos a los rebeldes en rehabilitación hasta que se les fuera esa
idea.
Había
más preguntas que Dekker deseaba hacer a esa gente. Aguardó hasta que él y
Walter estuvieron solos antes de pedir explicaciones. Walter parecía
ligeramente avergonzado.
—Oh,
los Mau Mau. Sí, varios antepasados nuestros fueron Mau Mau... por fuerza, de
lo contrario, nuestra familia no habría alcanzado tanta prominencia. Era una
cuestión política. Kenia era colonia inglesa, hasta que un hombre llamado Jomo
Kenyatta unió a los kikuyu en la organización que llamaban Mau Mau, para
expulsar a los ingleses.
—¿Incitando
a la huelga, como esa gente del Khalistán?
Walter
lo miró asombrado.
—Claro
que no, Dekker. Matando ingleses hasta convencerlos de que era demasiado
costoso quedarse. Creí que los sabías. Los Mau Mau se reunían en torno de una
finca inglesa una apacible noche y liquidaban a todos los habitantes, y se
marchaban antes que llegaran las tropas. Un método sanguinario, sí, pero dio
resultado. Al cabo de varios años de tratar de capturarlos, los ingleses
captaron la indirecta y empacaron sus cosas.
Dekker
quedó atónito. Cuando Walter le vio la expresión, se apresuró a añadir:
—Eso
fue hace mucho tiempo, desde luego. Ahora las cosas han cambiado.
—Eso
espero.
—Claro
que sí. Escucha —dijo Walter, cambiando forzadamente de tema—, creo que ya
hemos estudiado bastante por un fin de semana, y no quiero que soportes a mi
padre más de lo estrictamente necesario. ¿Qué dices de coger una camioneta de
safari para recorrer las sendas de animales?
Eso
hicieron, con Walter al volante, y fue toda una experiencia. Traqueteando por
las poceadas sendas, Dekker se preguntó si podría retener el desayuno, pero las
extrañas criaturas que veía le hicieron olvidar su malestar. Vio el cadáver de
un animal parecido a un antílope colgado de un árbol, y preguntó a Walter de
qué se trataba.
—Es
la presa de un leopardo —explicó Walter—. Cuelgan allá arriba los animales que
cazan, para conservarlos pero es difícil que hoy veamos un leopardo. —No vieron
ningún leopardo, pero vieron elefantes, unos cuarenta a la vez, trotando entre
los matorrales y mascando hierba. Vieron hipopótamos en el recodo de un río.
Una criatura semejante a un tronco, tan quieta como si estuviera embalsamada,
observaba pacientemente desde la orilla—. Un cocodrilo —explicó Walter—. Espera
pillar a un bebé hipopótamo.
Vieron
antílopes, búfalos y jirafas, infinitamente más altas, vistas desde el suelo,
de lo que parecían desde el avión cuando descendían.
Si
uno olvidaba los animales y el calor —y desde luego el aire—, pensó Dekker,
casi podía imaginar que estaba en Marte. Las llanuras evocaban esas laderas
color herrumbre que rodeaban Sagdayev, salvo por esa vegetación achaparrada que
se veía por doquier. Sintió una punzada de nostalgia. Walter detuvo la
camioneta y miró su reloj.
—He
estado pensando —dijo, y calló.
Dekker
aprovechó la oportunidad.
—También
yo. Walter, ¿qué quisieron decir tu padre y la señora Kurai cuando hablaron del
proyecto Oort?
Walter
parecía incómodo con la pregunta.
—Temí
que me lo preguntaras. Han estado vendiendo su participación en el proyecto,
creo. Es decir, no creo. La han vendido. No están satisfechos con las
perspectivas financieras. Tiene algo que ver con esos nuevos hábitats.
Dekker
lo miró sorprendido. Había oído hablar de los hábitats, como todo el mundo:
cubículos que flotaban en el espacio, en órbita de la Tierra, a veces fuera de
órbita, completamente autónomos.
—Están
hablando de cultivar alimentos en los hábitats —explicó Walter—. Mi padre ha
invertido mucho en ellos. Se supone que será más económico que cultivar en
Marte, con todos esos embarques... y las granjas de los hábitats arrojarían
beneficios mucho antes.
—Pero
no se trata de eso —dijo sensatamente Dekker—. Marte es todo un planeta. Sé que
debemos pagar los bonos con cosechas... y lo haremos, y con intereses... pero
eso no es todo. Tendremos un mundo nuevo.
—Por
cierto. Yo sólo te repito lo que dice mi padre. —Walter titubeó y de pronto
cambió de tema—. Pronto te irás de la escuela, ¿verdad?
—¿Me
iré?
—Bien,
eso dijo el señor Cummings. Para iniciar tu entrenamiento.
—Supongo
que sí—murmuró Dekker, preguntándose cómo ese joven conocía sus planes tan bien
como él mismo.
Walter
cabeceó.
—No
iba a decirte nada... y por amor de Dios, ni siquiera lo menciones en casa...
pero es posible que te vea allí. Lo cierto es que, igual que tú, yo también
deseo probar suerte entrenándome para el Oort.
—¿Y
qué opina tu padre?
—Aún
no lo sabe —respondió Walter con expresión huraña—. Le disgustará la idea. Pero
este otoño seré mayor de edad, y entonces pienso presentar la solicitud.
Dekker
lo estudió.
—Buena
suerte —dijo—. ¿En eso estabas pensando?
—¿Qué?
—Antes
dijiste que habías estado pensando.
—Oh.
—Walter sonrió, miró la hora—. No, había estado pensando en otra cosa. Mira,
Dekker, vi el modo en que miras a Doris. Ella es muy coqueta, además de ser
demasiado pequeña para... bien, para cualquier cosa, por no mencionar lo que
diría mi padre. Pero hay otras posibilidades.
Dekker
quedó desconcertado, y también un poco resentido, porque no tenía la menor
intención de hacer nada con Doris Ngemba salvo mirarla.
—¿Qué
posibilidades? —preguntó.
—Te
mostraré —dijo Walter, con aire dichosamente culpable, y puso en marcha la
camioneta. Y a los diez minutos estuvieron en una aldea de chozas con techo de
bálago, dispuestas en círculo en torno a una plaza de tierra pisoteada, con los
hombres masai remoloneando bajo el sol de la tarde y mujeres masai correteando
de aquí para allá. Había moscas por todas partes, y un hedor persistente.
—Estiércol
de vaca—dijo Walter, sonriendo—. Lo usan como argamasa para las chozas.
Walter
detuvo la camioneta y bajó, seguido por Dekker. Miró en torno y señaló una
choza.
—Allá
cuidarán de ti —dijo. El hombre que estaba fuera de la choza se había puesto en
pie y saludaba a Walter con un cabeceo—. Es la casa de Sheila. Te gustará. Yo
tomaré a otra que vive en la choza de al lado.
—¿Tomar?
—dijo Dekker, empezando a entender pero no queriendo comprometerse sin estar
seguro.
—Así
se ganan la vida —dijo Walter con impaciencia—. ¿Qué otra cosa pueden vender,
salvo sexo? Si te preocupa el dinero, olvídalo, pues yo invito. Eres mi
huésped. De paso, te han dado la vacuna, ¿verdad?
—¿Vacuna?
—Contra
el HIV. Demonios, no te la han dado, ¿verdad? Bien, espera un minuto. —Se
acercó a la choza, cuchicheó con el hombre de la puerta y regresó con un
paquete de preservativos—. Usa uno de éstos, Dekker. No la beses, y no habrá
problemas. —Se detuvo a pensar—. Oh, escucha, tú eres marciano... estas cosas
vienen en un solo tamaño, pero se estiran. ¿Te irán bien, no es cierto?
Cuando
Dekker regresó al apartamento de su padre esa noche, había aprendido algo más:
no sólo croquet, natación y el arte de escoger el tenedor apropiado en una cena
formal, sino cómo tratar con una prostituta. Había sido un fin de semana muy
educativo.
Pero
su educación no estaba completa.
Quería
hacer preguntas a su padre, y le agradó ver que, aunque había una botella en la
mesa, y un vaso vacío, Boldon DeWoe estaba bastante sobrio.
La
primera pregunta fue casi retórica.
—¿Es
verdad que seguirán adelante con el proyecto de realizar cultivos para la
Tierra en los hábitats espaciales?
Su
padre demostró sorpresa, luego abatimiento.
—Así
dicen. Se supone que los japoneses ya deben comenzar a hacerlo, pero a mi
entender todavía es pura cháchara. Tú viste ese programa en la pantalla. De
cualquier modo, aún pienso que ya han invertido demasiado en Marte. No podrán
detenerlo.
—¿E
informaste a la escuela que me marcho?
Su
padre cambió de expresión: un poco culpable, un poco resentido.
—Alguien
anduvo hablando, ¿eh? No, no lo dije a la escuela. Se lo dije a Brian Cummings,
porque necesitaba su colaboración.
—¿Qué
clase de colaboración? —preguntó Dekker.
Su
padre se encogió de hombros.
—Sólo
colaboración. De un modo u otro, es verdad. Aquí has llegado tan lejos como
puedes llegar. Iremos a Denver.
—¿Denver?
—Está
en Colorado, Estados Unidos. Allí está la casa matriz de Oortcorp.
—Sé
dónde está la casa matriz de Oortcorp —dijo envaradamente Dekker.
—Espero
que sí. Allí deberás someterte a un test psíquico y pasar el examen de ingreso,
y más vale que apruebes ambos, Dekker, porque instalarnos allí nos costará un
buen fajo.
—¿Puedes
costearlo?
—Es
lo único que puedo costear —dijo su padre agriamente. Miró ansiosamente la
botella, pero no bebió.
18
Supongamos
que nos ponen a cargo de una vasta empresa que se propone cazar cometas en la
Nube de Oort y trasladarlos miles de millones de kilómetros para llevar aire y
agua al planeta Marte. Es un proyecto enorme. Si lo vemos de una punta a otra,
apenas cabe dentro de los confines de todo el sistema solar, pero necesita un
sitio que pueda considerar su hogar. Necesita una casa central.
Si
tuviéramos que escoger un lugar para esa casa central, ¿cuál elegiríamos?
Existen
varias opciones, y todas buenas. Primero, podríamos poner la casa central en la
Nube de Oort, donde los mineros localizan los cometas más adecuados y los
manipuladores de serpientes los capturan con instrumentos e impulsores
Augenstein y los envían a su destino en Marte. Un lugar un poco alejado, es
verdad, pero allí se encuentra la materia prima.
O
podemos instalar la casa central cerca de uno de los dos satélites «Co-Marte»,
las dos estaciones de control que se encuentran en los puntos troyanos de la
órbita del planeta, a ciento veinte grados de distancia entre sí y respecto de
Marte. Allí se controla la travesía de los cometas desde el Oort y alrededor
del Sol hasta Marte.
O se
puede instalar la casa central en órbita del planeta Marte, donde se realizan
las últimas tareas de ajuste y demolición antes de cada impacto.
Son
buenos lugares, pero la Oort Corporation no escogió ninguno de ellos. Escogió
una montaña en las afueras de Denver, Colorado, Estados Unidos, Tierra. En
pleno fondo del pozo gravitatorio terráqueo. En plena superficie terráquea, de
modo que la mitad de cada día el planeta donde estaban les impedía comunicarse
directamente con medio sistema solar, y sólo podían hacerlo mediante satélites
repetidores.
Ese
lugar tenía sus defectos, por cierto. Pero tenía una gran ventaja que no se
presentaba en las demás posibilidades.
La
casa central de Oortcorp estaba bien plantada en su propio planeta, donde sólo
los terrícolas podían controlarla, y donde nadie podía cuestionar quién era el
dueño.
19
Denver
era todo lo contrario de Nairobi —más fría, más húmeda, gente blanca— pero
Dekker no tuvo tiempo para pasear como turista. Él y su padre no disponían de
mucho dinero, así que cogieron el dirigible en vez del avión supersónico de
alas fijas y llegaron a tiempo para localizar una habitación amueblada y
prepararse para el primer obstáculo que Dekker debía superar.
Se
trataba del test psicológico, y Dekker no podía decir que estuviera preparado.
Para someterse al test tuvo que salir de la cama a rastras con cuatro horas de
sueño y viajar en autobús montaña arriba, y luego la terrícola que administraba
el test —la doctora Rosa McCune— empezó ordenándole que se desvistiera.
—Está
bien, toda la ropa. Desnúdate. DeWoe. ¿Qué te pasa? ¿Estás avergonzado de tu
cuerpo?
Dekker
ni siquiera había pensado en ello, sólo en que la sala de examen era fría aun
para un marciano. Pero había más razones para callar esto que para comentarlo,
así que se limitó a obedecer las órdenes. Mientras se desnudaba, la mujer lo
estudió y dio un pequeño discurso.
—Dekker
DeWoe —dijo—, suponiendo que ingreses en el programa, y suponiendo que
permanezcas en él, y es muy probable que no suceda ninguna de ambas cosas, así
que no tengas demasiadas esperanzas... tendrás que someterte con frecuencia a
estos tests. No regularmente. No dije eso. No serán regulares, en absoluto.
Pero frecuentes. La razón es que la carrera que deseas seguir es muy exigente.
Los débiles no pueden aguantarla, y cuando encontramos un debilucho lo echamos
a puntapiés. ¿Entiendes?
—Claro
—dijo Dekker con una sonrisa.
Ella
anotó algo en su libreta, tal vez que él sonreía, así que Dekker dejó de
sonreír.
—Sin
embargo, debo señalar que este test es diferente de los demás. ¿Quieres saber
por qué?
—Supongo
que sí.
Intentó
nuevamente suprimir la sonrisa, aunque era divertido que esa mujer le hubiera
ordenado que se desvistiera, incluidos los tensores para las piernas, pero ni
siquiera le hubiera permitido sentarse.
—La
diferencia —continuó ella —es que esta vez sabías de antemano que te someterían
a un test, así que tuviste la oportunidad de prepararte. No volverás a tener
esa advertencia previa. Ahora; ¿ves la pantalla de la pared? Coge el
controlador con la mano. Cuando te ordene que empieces, aprieta el interruptor
y mantén el cursor dentro de la mirilla hasta que te ordene parar.
Dekker
miró la pantalla en blanco.
—¿Qué
cursor...? —comenzó.
—Empieza
—ordenó ella.
La
pantalla se iluminó de inmediato y Dekker parpadeó. Un resplandor multicolor
que cambiaba de forma e intensidad inundaba la pantalla, pero Dekker distinguió
el círculo móvil y verde —el único círculo de la pantalla— y el punto brillante
y dorado que debía ser el cursor. El controlador manual tenía un diseño
inusitado, pero Dekker lo dominó rápidamente y logró conservar el cursor dentro
del círculo, aunque con ciertas dificultades. La dificultad no radicaba sólo en
los movimientos imprevisibles del círculo, sino en que la psicóloga no le
prestaba atención. Peor aún, bostezó, caminó hacia la ventana y comenzó a
cambiarse la ropa delante de él. Un estruendo lo distrajo un segundo. Cuando
Dekker comprendió que era un intento deliberado de romper su concentración, la
pantalla titiló, se apagó un segundo, cambió de configuración. Entonces se
abrió la puerta y entró un hombre, se puso entre Dekker y la pantalla e inició
una conversación en voz alta con la psicóloga, que ahora estaba en ropa
interior.
Continuó
así sin cesar y, cuando terminó, la doctora Rosa McCune, sin pausa, lo sometió
al test escrito, que era aún más largo y aburrido, y él tuvo que permanecer
desnudo y apoyado en sus fatigadas piernas durante todo eso.
—Claro
que intentaban desconcentrarme, lo noté —le dijo a su padre cuando regresó a la
pequeña habitación amueblada que habían alquilado—. Estar desnudo y todo eso. Y
dejarme de pie sin los tensores.
—Son
rudos con los marcianos. Tendrás que acostumbrarte.
—Lo
haré. Bien, en cierta medida ya estoy acostumbrado. Aun así, creo que ya casi
puedo arreglarme sin los tensores. Además fue bastante raro. Todas esas
preguntas del test. «¿Cuándo fue la última vez que habló con Dios?» y, «¿son
sus deposiciones negras y alquitranadas?» Al menos tienen sentido del humor.
—Todos
los test psicológicos son graciosos. La psicología es graciosa —dijo su padre,
y tosió un momento. Se aclaró la garganta, se llenó el vaso y dijo—: Lo
importante es que aprobaste.
—No
lo sé con certeza. Ella no dijo nada.
—Ella
no dijo que fallaste, así que aprobaste. De cualquier modo, eres marciano.
Puedes afrontar el estrés.
Boldon
DeWoe se levantó y caminó cojeando hasta la nevera para buscar más cubos de
hielo. Parecía más frágil y más enfermo que nunca. Este clima no le sentaba
bien.
—¿Cuánto
tiempo te quedarás aquí? —dijo Dekker.
—Hasta
que ingreses en la academia. Ahora escucha, he encontrado a un preceptor para
ti. Se llama Marcus Hagland, y él aprobó el curso pero, antes de darle una
misión, lo expulsaron con alguna acusación. Tendrás que seguir estudiando,
Dekker.
—Lo
sé.
—Sé
que lo sabes —dijo su padre, sentándose con un suspiro—. ¿Alguna vez oíste cómo
llaman los marcianos de aquí a este lugar?
—No
sabía que aquí había marcianos.
—Los
listos no están, se largaron de Denver hace tiempo. Pero los que se han quedado
la llaman Villa Húmeda. Y eso es.
Fría,
húmeda y sórdida. La odié cuando me entrenaba, y ahora más. Al menos agradece a
Dios que no esté nevando.
—No
me disgustaría ver nieve.
Su
padre cabeceó.
—En
un tiempo yo pensaba lo mismo. La primera vez que vine aquí. Hizo una pausa
miró a su hijo, sonrió—. Dekker, ¿recuerdas que te dejé un regalo cuando me
fui? ¿Un animalillo de paño?
—Lo
llamé Oso Valiente —dijo Dekker con embarazo. No estaba habituado a las
remembranzas sentimentales de su padre.
—No
creo que lo hayas conservado —dijo su padre con cierta ansiedad.
—Pues
sí, aunque no aquí. Pero nunca me deshice de él.
Su
padre asintió. Dekker no supo si estaba complacido o no. Su padre bebió un
sorbo.
—En
cuanto a los marcianos de Denver, no pueden beneficiarnos en nada, Dekker, y no
tenemos tiempo para hacer vida social. Marcus llegará por la mañana, y hasta el
momento del examen lo único que podrás hacer es estudiar.
Y
así fue. El preceptor llegó y se quedó todo el día, y Dekker dedicó todo el día
a estudiar. Dekker no sabía qué pensar de él. Marcus Hagland era marciano, pero
atípicamente huraño, casi hostil. Tenía una tos tan persistente como la de
Boldon DeWoe, y cuando Dekker aprovechó un descanso para preguntarle por qué se
quedaba en Denver, él sólo respondió:
—Las
cosas cambiarán.
—¿En
qué sentido? —preguntó Dekker.
—Del
único modo en que pueden cambiar —dijo Marcus, sacudiendo la cabeza—. Ahora
volvamos a tus curvas de trayectoria. Para una primera aproximación, puedes
ignorar todo salvo los principales planetas en un radio de cien millones de
kilómetros de tu trayectoria y el sol mismo, pero luego, cuando necesites
precisar los deltas para tus correcciones de curso...
Y
así sucesivamente. Después de los primeros días, Dekker comenzó a preguntarse
si realmente había una ciudad fuera de esa habitación. La habitación no era
mucho más pequeña que el apartamento de Nairobi, pero olía peor y era más fría.
Era
una suerte que fuera más fría, pues Dekker nunca se había acostumbrado al calor
de Kenia. La otra ventaja era que Dekker podía asomarse por la salida de
emergencia y apoyarse en la oxidada baranda para ver la lejana montaña coronada
por las oficinas centrales de Oortcorp. No veía el edificio, sólo el reflejo de
un destello de luz en una ventana cuando le daba el sol. Pero allí estaba. Era
el lugar donde había aprobado el test psicológico, y el lugar adonde iría si
aprobaba el examen de ingreso.
Y
cuando pensaba en ello regresaba a la pantalla para estudiar más. Atareado como
estaba, Dekker notó que su padre no sólo tosía más que nunca sino que bebía más
de la cuenta. No lo observó personalmente, porque Boldon DeWoe bebía poco en la
habitación. Salía («Así no te interrumpiré mientras trabajas, Dekker») y
regresaba tosiendo y tambaleándose.
Lo
único bueno era que su padre estaba más tratable, y a veces, cuando regresaba
de beber licor barato, estaba dispuesto a ser sociable con el hijo.
A
Dekker le agradaba esa parte. Le gustaba oír a su padre hablando del tiempo que
había pasado en el Oort, no lo del accidente y las drogas, sino el
compañerismo, la meta común, la aventura.
—Supongo
que a veces desearás estar de vuelta allá —sugirió Dekker, y su padre le clavó
los ojos.
—¡Demonios,
muchacho! ¿De qué sirve desearlo? —Pero luego se ablandó—. Si tuviera
intenciones de desear algo, desearía que estuvieras ya en la academia para
poder largarme y regresar a Kenia. Tal vez llegar a conocer a tus refinados
amigos Mau Mau y lograr que me inviten a su granja.
Era
la primera vez que Dekker le oía mencionar a los Mau Mau.
—No
sabía que estabas enterado de la existencia de los Mau Mau.
—¿Cómo
puedes vivir en Nairobi y no enterarte? La mayoría de ellos ya no hablan mucho
de los Mau Mau. No les gusta recordar que sus ancestros violaban chiquillas y
descuartizaban bebés. Pero no puedes culparlos mucho por eso. Fue hace mucho
tiempo. Todo el planeta era diferente. Todos aún luchaban por todas partes, y
algunos eran mucho peores que los Mau Mau.
Dekker
sacudió la cabeza.
—No
sé cómo han logrado vivir sin guerras, teniendo en cuenta lo que sienten unos
por otros.
—Bien,
no tenían otra opción, Dekker —dijo su padre, sonándose la nariz—. Las guerras
terminaron por ser malas para los negocios, y antes no era así. Antes eran
buenas para los negocios, o eso se pensaba, pero luego se hicieron demasiado
grandes y causaron demasiados trastornos. Entonces organizaron a los
pacificadores. Si la gente se pone demasiado díscola, la mandan a
rehabilitación hasta que se calma.
—Pero...
—empezó Dekker, pero decidió esperar a que su padre dejara de toser.
—¿Pero
qué? —jadeó al fin Bolton DeWoe, la cara roja y los ojos llorosos.
Al
ver así a su padre, Dekker se había olvidado de la pregunta.
—¿Te
sientes bien?
—Claro
que no. ¿Cómo puedo sentirme bien con este clima del demonio? —preguntó su
padre—. Dekker, escucha, creo que tendré que acostarme un rato, pero primero
tengo algo para ti. —Caminó penosamente hasta el armario, tanteó el cerrojo.
Estaba sudoroso y torpe. Necesitó tres intentos para dar con la combinación,
pero al fin extrajo un cartucho envuelto en un sobre cerrado.
—Esto
es lo que vas a estudiar —ordenó—. Dile a Marcus que resuelva todos los
ejercicios contigo mañana. Él te explicará todo lo que no entiendas.
Dekker
insertó el cartucho en su máquina y miró dubitativamente la pantalla.
—¿Qué
es?
—¿A
qué se parece?
Se
parecía a una copia del examen de ingreso del programa del Oort. Una lista de
cincuenta preguntas se desplazaba por la pantalla, y no eran simples preguntas
de opción múltiple. La mayoría exigían cálculos complicados o una larga
exposición, y todas eran difíciles.
Dekker
miró a su padre con suspicacia.
—¿Dónde
conseguiste esto?
El
viejo respiraba con dificultad, pero logró sonreír con arrogancia.
—Yo
diría que no es de tu incumbencia, Dekker. Lo envió una persona amiga. Una
amiga. —Iba a volverse, pero miró a su hijo—. ¿Pero sabes una cosa? Esa amiga
tiene buen aspecto. Quizá te hayas perdido una buena oportunidad, muchacho.
—¿Quién?
¿Qué oportunidad? —preguntó Dekker, pero su padre estaba tosiendo otra vez.
—Olvídalo
—jadeó Boldon—. Dekker, no puedo hablar ahora. Sólo haz lo que te digo, ¿de
acuerdo? Me voy a la cama.
Y
Dekker hizo lo que le decían, intrigado, mientras su padre resollaba y tosía en
el otro lado de la habitación. Decidió que le exigiría una aclaración en cuanto
su padre estuviera en condiciones de responder. Entretanto trabajó con las
preguntas hasta que se sintió demasiado agotado para pensar.
Su
padre parecía profundamente dormido. Dekker lo cubrió con la manta y se acostó
en su propia cama, cerró los ojos, se durmió un instante... y despertó en medio
de la noche, creyendo haber oído algo.
La
habitación estaba en silencio. Dekker, alarmado, se levantó y miró la cama de
su padre.
Estaba
vacía.
Mientras
él dormía su padre se había levantado y había vuelto a salir. Por la mañana aún
no había regresado, y no apareció en todo el día.
Cuando
Marcus Hagland se presentó para las lecciones del día, no sabía nada sobre el
paradero de Boldon DeWoe.
—¿Por
qué me preguntas a mí, DeWoe? Tu padre y yo no somos amigos íntimos. Es sólo
una relación de negocios. ¿Denunciaste su desaparición?
—¿A
quién debo denunciarla?
—A
los pacificadores, desde luego. ¿A quién más? Aún así —añadió
Hagland
para tranquilizarlo—, yo que tú no me apresuraría. Tal vez se durmió en algún
bar y aparecerá cuando tenga ganas. —No habló más sobre Boldon DeWoe, y examinó
el cartucho que Boldon le había dado al hijo. Sonrió—. Parece que en efecto
tiene amigos importantes. ¿Cuánto pagó por esto?
—No
sé.
Era
la sencilla verdad, aunque Dekker pensó que en realidad esa verdad distaría de
ser sencilla.
Hagland
cabeceó, con la vaga sonrisa de un cómplice comprensivo.
—Tal
vez estas cosas no se preguntan. O tal vez —dijo, cambiando de tono—, os he
juzgado mal a ti y a tu padre. Tengo la impresión de que ambos estáis
dispuestos a sortear ciertas reglas con un buen propósito. ¿Sales a tu padre,
DeWoe?
—¡Mi
padre no haría nada contra la ley!
—¿No?
Como digas. ¿Y qué hay de ti?
—No
sé qué está insinuando.
Marcus
se tomó su tiempo para responder, estudiando a Dekker.
—Es
sencillo. Quizá puedas hacer algún bien si te lo propones. Sabes que los
terrícolas están saboteando este proyecto. Supongamos que pudieras hacer algo
para enderezar este entuerto... digamos algo que atentara contra la ley.
¿Estarías dispuesto a correr el riesgo?
—¿De
infringir la ley? No. Y si alguien me pidiera seriamente que infringiera la
ley, creo que pensaría en hablar con los pacificadores —respondió Dekker con
disgusto.
El
preceptor lo miró con desdén y se encogió de hombros.
—Bien,
olvida que te lo pregunté. Pongámonos a trabajar. —Llevó la pantalla a la
primera pregunta—. Aquí estamos. «El análisis espectral muestra las siguientes
concentraciones en un cometa. Evalúe si es adecuado.» Muéstrame cómo
comenzarías tu evaluación.
Y
así iniciaron la sesión y, al transcurrir el día, Dekker se sintió menos
disgustado con su preceptor y más preocupado por su padre. Sólo cuando Marcus
se hubo ido, y Dekker se estaba preparando algo para cenar, pensó en tomar en
serio el consejo de ese hombre y denunciar la desaparición a los pacificadores.
Los
pacificadores lo sabían todo al respecto.
El
empleado de la jefatura local tenía el informe a mano. Boldon DeWoe había ido
aún más lejos de lo que habitualmente consentía la tolerancia hacia los
borrachos. Lo habían arrestado por iniciar una gresca en un bar. ¡Una gresca!
El juicio ya había terminado, Boldon DeWoe estaba condenado y sentenciado a la
rehabilitación, y ya comenzaba a cumplir su condena en el Centro de
Rehabilitación de Colorado, en un lugar llamado Pueblo.
Pueblo
no estaba tan lejos de Denver, pero el precio del viaje en tren abrió un
boquete en el presupuesto de Dekker. Aun así no vaciló. Sabía qué debía hacer,
y al romper el día estaba en camino. Era su padre.
Dekker
DeWoe nunca había viajado en un tren de levitación magnética. El viaje lo llevó
por túneles y puentes a través de profundos y boscosos valles. Notó con cierta
indiferencia que el paisaje era magnífico. El viaje pudo haber sido una
experiencia placentera, si su vida le hubiera ofrecido otras alegrías que le
permitieran apreciarla.
No
las había. Toda su vida era un embrollo, y la preocupación por su padre era
sólo el más nuevo y urgente de sus problemas. La conciencia le obligó a tratar
de estudiar con su pantalla de bolsillo en el viaje, pero no podía
concentrarse. Desistió, se guardó el lector en el bolsillo y cerró los ojos.
Dormitó
los últimos cincuenta kilómetros del viaje y se apeó, rígido y dolorido, en la
bulliciosa terminal de Pueblo. La ciudad de Pueblo resultó ser una Denver más
pequeña y no mucho menos mugrienta, y Dekker tardó media hora en averiguar
dónde se hallaba el centro de rehabilitación y en localizar el medio más barato
para llegar. La gente de Pueblo no era demasiado servicial. Era evidente que
nadie había oído hablar del Juramento de Ayuda, y cuando logró que alguien le
hablara el tiempo suficiente para indicarle que existía un autobús que iba
hasta la puerta del centro, llegó a la terminal justo cuando uno se marchaba.
Tuvo
que esperar una hora para el próximo, y casi lo perdió también, pues se quedó
dormido en la atestada y calurosa sala de espera. Pasó media hora más, con
muchas paradas, hasta que el caluroso y abarrotado autobús llegó a la puerta
del centro.
Dekker
fue la única persona que se bajó allí. Un pacificador estaba de pie ante la
puerta con barrotes, mirándolo con frialdad. Cuando Dekker se le acercó
cojeando, pues los tensores le pesaban más que nunca, el pacificador le miró el
amuleto que tenía en el cuello antes de que Dekker pudiera quitárselo y
entregárselo. El pacificador lo insertó en un lector manual y estudió los
resultados.
—Dekker
DeWoe —leyó en la pantalla—. Conque eres marciano, ¿eh? No recibimos a muchos
marcianos aquí.
—Espero
que no —dijo Dekker. El hombre no estaba escuchando. Sacó el amuleto y dijo:
—Puedes entrar. Pasa por la puerta principal y no te apartes de la vereda. Hay
alarmas, no te conviene activarlas.
Luego
debió recorrer una larga vereda que iba a lo largo de un sendero de grava hasta
el insulso y blancuzco edificio principal. Evidentemente había muchas personas
que necesitaban rehabilitación en Colorado, pues el edificio era enorme. Seis
pisos por lo menos, aunque era difícil calcularlo porque el edificio no tenía
ventanas. Y cuando lo dejaron entrar, lo tuvieron esperando casi una hora antes
que una empleada aceptara verle.
—Sí
—dijo asintiendo—, está aquí. Boldon DeWoe. ¿Usted es su hijo? —Sí. —Bien,
esperemos que le vaya mejor que a su padre. Lo detuvieron porque cometió un
acto de violencia en un lugar llamado Rosie's Bar & Grill en Denver.
Procesado en el Quinto Tribunal Municipal, juez Harmon; obtuvo la habitual
sentencia indefinida.
Dekker
parpadeó. —¿Sentencia indefinida? ¿Qué significa eso? Ella se encogió de
hombros. —Significa que se quedará aquí hasta ser rehabilitado. Cuando quiera
que sea.
Veamos,
es su tercera condena. —Dekker parpadeó de nuevo; su padre no había mencionado
condenas previas—. Así que es improbable que salga muy pronto. Yo diría que nos
acompañará al menos durante tres meses, quizá seis o más si causa problemas.
Aunque tal vez no. Aquí no puede obtener nada para beber, y parece que suele
portarse bien cuando está sobrio. Supongo que usted desea verle.
—Sí,
para eso vine aquí. La empleada enarcó una ceja, pero sólo dijo: —Puede verle
diez minutos en la sala de entrevistas. Pero no puede ser ahora.
Los
rehabilitandos no pueden abandonar sus unidades durante las horas del ciclo,
así que deberá aguardar a que termine el ciclo. Eso será a las seis y media.
—¿Seis y media? —Quiere verle, ¿verdad? —Luego, casi amablemente, la empleada
añadió—: Su turno está comiendo ahora. Puede verle si desea. Dos tramos de
escaleras arriba, donde dice «Comedor». No vaya a otra parte, porque hay
alarmas. Allá hay un visor.
Había
un ventanal que ocupaba una galería entera, en realidad, con un espejo del otro
lado, lo cual les permitía mirar el vasto comedor, y veinte personas que
miraban por la ventana. La mayoría eran visitantes como Dekker, aunque había
cuatro guardias que reían en voz baja sin dejar de vigilar, alertas a las
infracciones de los prisioneros.
Había
por lo menos quinientos prisioneros comiendo, sentados rígidamente en bancos
ante mesas de madera con caballete. Si Boldon DeWoe estaba entre ellos, Dekker
no pudo encontrarle. Había rehabilitandos de todo tipo —viejos y jóvenes,
hombres y mujeres, con tez de todos los colores— pero todos parecían iguales
desde atrás del vidrio: callados, rápidos en sus movimientos, los ojos fijos en
los platos, casi como máquinas. Cuando sonó una estridente chicharra, se
levantaron deprisa y salieron de la sala.
Entonces
Dekker reconoció a su padre. Cuando se levantó para marcharse, aunque cojeaba y
estaba encorvado, resultaba bastante más alto que los demás, aunque
asombrosamente había tres o cuatro marcianos más en la sala. Boldon DeWoe se
vía viejo y enfermo, y preocupó a Dekker.
Entonces
se levantaron los pacificadores. —El espectáculo ha terminado —dijo uno de
ellos—. Andando, gente. Debemos limpiar este lugar.
Todos
los demás parecían saber qué hacer. Se volvieron y se dirigieron hacia la
salida, pero Dekker se demoró.
—Disculpe
—le dijo al pacificador—, estoy esperando para ver a mi padre.
El
hombre lo miró fijamente.
—Los
rehabilitandos no pueden separarse del grupo hasta que haya terminado el ciclo
—dijo.
—Lo
sé.
El
pacificador se encogió de hombros.
—Hay
una sala para visitantes. Un tramo de escaleras abajo, y no trate de ir a otra
parte porque hay alarmas. Pero no podrá verle hasta las seis.
—También
lo sé —dijo Dekker. La mayoría de las visitas se habían marchado pero, al
reunirse con el grupo, Dekker vio otra puerta abierta. Seis hombres y mujeres
con uniformes de internos aguardaban allí, con escobas y estropajos en la mano,
las cabezas gachas. Su padre no estaba entre ellos.
—Deprisa
—urgió el pacificador—. Ellos no pueden entrar hasta que todos ustedes hayan
salido, y tienen trabajo que hacer.
La
sala de las visitas tenía tamaño para varias docenas de personas, pero la única
que estaba allí era una anciana que almorzaba. Miró a Dekker varias veces.
—¿No
trajiste nada para comer? —preguntó.
—No
creí que tendría que esperar tanto.
—Nunca
te avisan nada de antemano, ¿eh? —Ella reflexionó un minuto, luego le ofreció
medio panecillo. El precio por eso fue la conversación, pero Dekker lo pagó con
gusto. La mujer conocía cómo funcionaba todo. ¿Esas personas que miraban comer
a los rehabilitandos? Venía sólo para eso, a echar un vistazo a sus seres
queridos; cada interno sólo podía tener un contacto por mes con el exterior,
pero aun así la gente quería verles de vez en cuando, ¿no? Hoy ella iba a ver a
su hija, y sí, sabía todo sobre ese lugar. Ella misma había estado un par de
veces cuando era joven. No era tan malo. Tampoco era bueno, porque los guardias
siempre te azuzaban para que iniciaras una pelea o replicaras de mal modo.
Cuando no derramaban cosas en el suelo o tiraban una pila de ropa sucia para
que tuvieras que empezar todo de nuevo. Pero podías aguantarlo. Y nadie tenía
que pasar allí más de un año.
Cuando
terminó el almuerzo recogió las migajas.
—De
lo contrario ellos tendrán que limpiar —aclaró, y unió dos sillas para hacerse
lugar para dormir.
Dejó
a Dekker sumido en sus pensamientos. Esos pensamientos no le agradaban, así que
sacó la pantalla y se enfrascó en planificación de trayectorias y análisis de
impacto, mientras la sala se llenaba lentamente y se le iba el poco tiempo que
tenía.
Cuando
el pacificador ladró su nombre pudo entrar en una pequeña sala de visita, donde
su padre ya estaba sentado, al parecer más viejo y más enfermo. Les dieron dos
sillas de madera enfrentadas a un metro y medio de distancia, pero no les
permitieron tocarse. No había ningún guardia presente para obligarlos, pero una
de las ventanas estaba empotrada en la pared, y Dekker sabía que alguien miraba
desde atrás.
—Hola,
papá—dijo—. ¿Cómo estás?
Era
una pregunta retórica. Boldon DeWoe tenía los ojos inflamados y parecía diez
años mayor que cuarenta y ocho horas antes. Aún respiraba entrecortadamente.
—Bien
—fue lo único que dijo, dejando que Dekker tratara de pensar en algo que decir.
Diez
minutos no era mucho tiempo, pero aún así no tenían conversación suficiente
para llenarlo. A fin de cuentas, ¿qué había que decir? Su padre reconoció que
era culpable de las infracciones de que lo acusaban —eso le llevó diez segundos
a lo sumo— y Dekker dijo que seguía estudiando, y no les quedó demasiado. Sólo
al marcharse Dekker necesitó hablar.
—Mira
—dijo desesperadamente—, las cosas no están tan mal. Saldrás de aquí dentro de
un par de meses, con suerte, y luego podrás empezar a cuidarte. Para entonces
estaré en el programa, así que no deberás preocuparte por mí.
—Claro,
Dekker —dijo su padre.
—Aprobaré
el examen. Lo prometo.
Su
padre cabeceó.
—Así
podrás regresar a Nairobi y abandonar este clima frío y húmedo...
—Correcto.
Dekker
sacudió la cabeza.
—Papá
—dijo—, te quiero.
Su
padre calló un instante.
—Lo
sé —dijo al fin. Miró en torno, se acercó a su hijo, lo rodeó con los brazos y
le besó la mejilla.
Retrocedió
con una sonrisa.
—Creo
que eso me costará diez días más, pero valdrá la pena.
20
A la
mañana siguiente, de vuelta en la habitación amueblada de Villa Húmeda, Dekker
despertó al oír golpes en la puerta. Cuando se calzó los tensores y fue a
abrir, se encontró con la mirada acusatoria de Marcus Hagland.
—¿Qué
haces, durmiendo hasta tarde? —preguntó—. ¿Dónde estuviste ayer? — Y cuando
Dekker se lo hubo explicado, Hagland pareció entre divertido y ofuscado—. Claro
que lo encerraron. Es un marciano, ¿o no? Apuesto a que su adversario era un
japonés, un yanqui o algún otro terrícola, y apuesto a que no lo arrestaron a
él. Tendrías que abrir los ojos y ver qué está pasando, DeWoe.
Dekker
no respondió. Se acercó a la cocina y preguntó:
—¿Quiere
café?
—¿Por
qué no? —Pero Hagland lo miraba de hito en hito, y añadió, antes que Dekker le
sirviera—: Será mejor que primero hablemos de dinero. Me debes lo de ayer,
aunque no estuvieras aquí. Yo cumplí con mi obligación de presentarme. Así que
actualicemos esta cuenta antes de empezar.
Eso
tomó a Dekker por sorpresa.
—Es
verdad. Entiendo a qué se refiere. Pero no puedo hacer nada al respecto. No
tengo suficiente dinero en mi amuleto.
—¿Qué?
—Bien
—dijo Dekker con embarazo—, mi padre era el que pagaba. Yo sólo tenía para
emergencias... y casi todo se me fue ayer.
—¡Cielos!
—gruñó Marcus—. ¿Cómo puedes ser tan tonto? Viste a tu padre. ¿No pensaste en
decirle que transfiriese los fondos a tu cuenta?
—Me
encargaré de ello cuanto antes —prometió Dekker.
—Claro
que sí. Olvida el café, tú lo necesitas más que yo. Y mañana regresaré para
cobrar.
No
se trataba sólo de pagarle a Marcus Hagland por sus enseñanzas, sino que
también necesitaría dinero para alimentarse. En cuanto se vistió fue a buscar
el banco de su padre.
Cuando
al fin averiguó dónde estaba, el subgerente fue cortés pero no le ayudó.
—Verá
usted, nuestro problema es que su padre no está aquí para autorizar la
transferencia de su saldo. Por lo que usted dice, es un rehabilitando.
—Es
un rehabilitando y está en Pueblo. Ése es el problema.
—Bien,
la ley protege los derechos de los rehabilitandos —dijo el hombre—. Tal vez
usted sea el hijo de Boldon DeWoe, tal vez no. Tal vez usted sea... no, señor
DeWoe, no se moleste en tratar de demostrarlo. No se trata de eso. No importa
que usted sea el hijo. Debemos tener en cuenta que su padre quizá no desee que
usted reciba ese saldo.
—¡Pero
no tengo más dinero!
El
subgerente se encogió de hombros.
—Si
no hay nada más... —sugirió.
—Ni
siquiera tengo para comer.
—Si
consigue una declaración certificada de su padre...
—No
le permiten hacer nada semejante. Lo visité, y no puede tener ningún contacto
con el exterior por el resto del mes.
—¿Una
orden del tribunal?
—¿Cómo
la consigo?
—Recurra
a los servicios de un abogado, por cierto. Es muy sencillo —comentó sorprendido
el subgerente. Pero no pudo aclararle cómo recurrir a los servicios de un
abogado cuando no tenía dinero con qué pagarlos.
De
vuelta en la vacía habitación, Dekker pensó que tenía que haber un modo, si
tenía el tiempo y la suerte de averiguarlo. Alguna sociedad de ayuda a los
inválidos, o servicios legales gratuitos para los indigentes. Algo.
Por
otra parte, no quería hacer nada de eso. Eso equivalía a aceptar la caridad
terrícola, y él era marciano. Los marcianos se las apañaban por su cuenta, y la
sola idea de pedir ayuda le hacía sentir sucio.
En
todo caso, se recordó, sólo faltaban cuatro días para el examen de ingreso.
Dekker
evaluó sus recursos. El alquiler del apartamento estaba pagado hasta fin de
mes. Había algo de comida en la pequeña nevera.
No
alcanzaba para cuatro días, pero como ahora estaba solo quizá le durara un par.
Y aunque el viaje a Pueblo había herido de muerte su balance, le quedaban
algunas units en el amuleto, si comía frugalmente.
Si
comía frugalmente y no gastaba en nada salvo en comida, y si tenía el cuidado
de ahorrar el dinero del billete para ir a la montaña para el examen de
ingreso, y sobre todo si renunciaba a los servicios de Marcus. Sobre eso no
había dudas. Un solo día de paga lo habría dejado en bancarrota; el único día
que le debía aún era una ofensa para Marcus, y el preceptor se negó a prestarle
sus servicios por la mera promesa de un reintegro cuando Boldon DeWoe saliera
del establecimiento correccional.
Así
que Dekker hizo lo único posible. Se encerró en la pequeña habitación y
estudió. Cuando tenía hambre trataba de no pensar en la comida. A veces lo
conseguía.
Lamentablemente,
descubrió que también tenía otros apetitos. Hacía un largo tiempo que había
estado con Sheila en la aldea masai.
La
secretaria pacificadora que lo había recibido en el centro del Pueblo no le
había parecido demasiado atractiva cuando estaba allí, pero por alguna razón
seguía viendo la imagen flotante de sus rodillas cruzadas.
Sus
rodillas, y los pechos desnudos y las nalgas color chocolate de Doris Ngemba.
Aun algunas de las partes más útiles de Sheila, aunque sus recuerdos de Sheila
no eran visuales, pues la choza estaba a oscuras.
Había
tantas mujeres en el mundo, reflexionó. Incluso en este mundo inhóspito y
hostil. Sin duda había alguna mujer en alguna parte, aun en Denver, si tan sólo
supiera dónde buscarla.
¿Quién
no compartiría un rato en la cama con un marciano saludable y aceptablemente
guapo?
Pero
no con un marciano sin dinero. Fueron cuatro días muy largos.
Cuando
terminó el examen y le informaron que había aprobado y podría ingresar en los
dormitorios al día siguiente, Dekker agradeció a los supervisores y se marchó.
Otros candidatos estaban allí, celebrándolo bulliciosamente o abrumados por la
depresión. Dekker no habló con ninguno.
No
había necesitado que le dijeran que había aprobado. Lo había sabido nada más
mirar las preguntas, y le confirmaron su creencia de que eran idénticas a las
que su padre le había dado para estudiar.
21
Cuesta
mucho dar nueva vida a un planeta muerto. Se requiere una tremenda movilización
de talento y de recursos.
Los
recursos consisten en el patrimonio físico, y son considerables: estaciones
espaciales, naves localizadoras, transportes, los Augenstein que arrancan los
cometas de sus órbitas en el Oort y los trasladan a Marte para revigorizar la
atmósfera, y todas las herramientas, instrumentos y mecanismos de control.
El
talento es aún más costoso, porque se requiere mucho y continuamente hay que
renovarlo. Para empezar, están las tripulaciones del Oort: seiscientos mineros
y manipuladores de serpientes, además de los mecánicos, supervisores, cocineros
y médicos, y todos los demás que respaldan a los mineros; unas doscientas
cincuenta personas. En cada estación Co-Marte hay otros doscientos
controladores, más cincuenta miembros del personal de apoyo, y lo mismo en las
naves que están en órbita de Marte. El total de personas en el espacio suma así
unas 1.850.
Pero
ahí no termina la nómina de pagos de Oortcorp. Están los administradores, los
instructores y sus asistentes en la base de Denver, que son más de quinientos.
Están los pilotos y tripulaciones de las naves de suministro que aprovisionan
las estaciones del espacio, por no mencionar los miles de empleados de los
proveedores de la empresa, la gente que fabrica los Augenstein y las serpientes
y todos los demás elementos que permiten operar a los equipos. Oortcorp es
indudablemente una gran empresa.
Pero
los graduados de la academia trabajan en el espacio. Si uno resta los equipos
de apoyo, eso deja 1.400 personas que constituyen las dotaciones operativas en
funciones, más unas quinientas o seiscientas con licencia, o en tránsito, y
todos estos hombres y mujeres, que suman un par de miles, tienen que entrenarse
en la base de Denver.
Lo
mismo ocurre con sus reemplazos. Las dotaciones no duran para siempre. Con el
tiempo se jubilan, o se retiran por invalidez, o mueren. La vida laboral media
de un operador es inferior a los diez años, y así la academia se mantiene
ocupada buscando reemplazos. Sólo se entrenan de quince a veinte por mes, nunca
más de los estrictamente necesarios.
Nunca
más de los necesarios, y a todos se les paga a través de los bonos, y así
constituyen una carga sobre las futuras utilidades por exportación del planeta
Marte, si alguna vez generan esas utilidades.
22
La
academia de entrenamiento era dura y exigente, pero era sólo una escuela y, a
la tercera semana, Dekker DeWoe comenzaba a confiar en sus perspectivas. Claro
que tenía preocupaciones. Los terrícolas afrontaban nuevos vaivenes en sus
mercados financieros, y las pantallas de noticias ofrecían la habitual
mezcolanza de escándalos, huelgas, pleitos e insultos políticos. De cuando en
cuando tenía una sensación desagradable en cuanto al examen de ingreso. Y
siempre pensaba en su padre, encerrado en el Centro de Rehabilitación de
Colorado.
Pero
aun así, Dekker estaba casi feliz.
Los
datos objetivos justificaban que estuviera complacido con su suerte. Estaba
donde quería estar, aprendiendo lo que necesitaba saber para servir a su
planeta. Vivía en un lugar cómodo, comía bien, Oortcorp le pagaba un estipendio
de cincuenta units por semana para pequeños lujos, y cada hora de entrenamiento
significaba estar a una hora menos del momento en que saldría al espacio para
hacer de Marte un mundo verde.
Desde
luego, tal vez ese día de triunfo nunca llegara. Por cierto no llegaría para
gran cantidad de compañeros suyos. Dekker conocía muy bien las probabilidades.
Era de conocimiento público que un promedio del 10 % de los estudiantes quedaba
fuera en cada una de las seis fases del curso, y lo que él había aprendido en
esos cursos de matemática le había permitido estimar qué significaba eso.
Significaba una probabilidad estadística de que la mitad de su clase recibiera
un puntapié en el trasero antes de terminar.
Dekker
DeWoe decidió que él nunca figuraría en el 10 % de los que abandonaban.
No
corría peligro inmediato. Dekker afrontaba sin inconvenientes la Fase
Uno,
pues sólo consistía en una reseña de ciencias básicas y adoctrinamiento. La
reseña teórica era muy fácil para Dekker, pues tantas horas de estudio rendían
fruto, con la ayuda de esas útiles indicaciones que Boldon DeWoe había recibido
quién sabía de dónde. El adoctrinamiento era muy fácil para todos, pues sólo
consistía en quedarse sentado mientras el instructor, un hombre delgado y
cetrino llamado Sahad ben Yasif, explicaba, como si alguien necesitara esa
explicación, los desastres que podía causar un cometa si caía en Marte donde no
debía, o si chocaba contra una nave espacial, un habitat o incluso (aunque eso
parecía imposible) otro planeta.
En
general, la Fase Uno no era mucho más exigente que unas vacaciones pagadas para
Dekker DeWoe. Sus aposentos eran suntuosos. Nunca en su vida había tenido tanto
espacio donde vivir. No sólo tenía un dormitorio propio, sino que debía
compartir el estudio y el cuarto de baño con una sola persona.
Esa
persona era terrícola, por cierto; sólo había otros tres marcianos entre los
treinta y cuatro integrantes del curso. Pero el nuevo compañero de cuarto de
Dekker no parecía mala persona. Era un terrícola de la raza de los japoneses,
un tío delgado, elegante, procaz e indolente, a quien le gustaba levantarse
tarde y beber whisky. Cuando se conocieron extendió la mano y le dijo:
—Hola,
soy Toro Tanabe, y no ronco. Tú eres...
Tanabe
calló, echando un buen vistazo al amuleto de crédito de acero inoxidable que
colgaba del cuello de Dekker. Parpadeó sorprendido. Tocándose su amuleto de
oro, dijo con cierto embarazo:
—Qué
diablos, el dinero no es todo, ¿eh? Supongo que nos llevaremos bien.
Y
así fue. La evidente riqueza de Tanabe no molestaba a Dekker quien además, con
su educación marciana, no hacía nada que molestara a Tanabe. Por ser compañeros
de cuarto, se veían muy poco, porque Dekker se quedaba en su habitación cuando
no estaba estudiando en la sala compartida, y Tanabe rara vez aparecía. Al
parecer no se molestaba en estudiar, y los fines de semana, cuando los
estudiantes tenían permiso para abandonar la base y disfrutar de la excitación
de Denver, Tanabe simplemente se esfumaba.
Para
Dekker, a juzgar por su primera impresión, sus treinta y tres compañeros eran
gente aceptable, y entre sus virtudes se contaba que había no menos de catorce
mujeres, presuntamente libres de compromisos pero dispuestas a adquirirlos.
Dekker
reparó en su presencia, sobre todo en la llamada Cresti Ammán, pues no sólo
tenía un interesante cabello rojo y un rostro bonito sino que también era
marciana. Aun así, no pasaba mucho tiempo tratando de verla, al menos al
principio. Hablaron de sus lugares natales —ella era de un pequeño déme llamado
Schiaparelli, en los flancos de Alba Petera— y un par de veces buscaron en vano
amigos comunes. Eso fue todo. Dekker no había olvidado el apetito sexual que lo
había obsesionado en sus últimos días en Villa Húmeda. Pero Cresti parecía
totalmente enfrascada en sus estudios. De cualquier modo, ese apetito no era
tan obsesivo como había sido cuando no parecía existir modo de conseguir
compañera. No se había disipado, pero quedaba sumergido a un nivel tolerable en
la gran aventura de hallar al fin un lugar en el mundo.
Oh,
el mundo de Dekker no era perfecto. Tanabe le contó que su padre había escrito
desde Osaka para contarle que los bonos bajaban nuevamente en el mercado. Y
había otras pequeñas preocupaciones que nunca se disipaban del todo. Pero su
vida era bastante agradable, y Dekker estaba seguro de que todo estaba
destinado a mejorar.
Hubo
una prueba «final» el último día de la Fase Uno. Dekker la aprobó sin
inconvenientes. Asombrosamente, también aprobaron todos los demás, y Sahad ben
Yasif meneó la cabeza. pensativamente.
—Esto
es histórico —declaró—. Debo ser un gran profesor, porque a estas alturas tres
de cada cuatro de vosotros quedarían fuera. Sois un buen curso, así que
recibiréis un premio. Regresad después del almuerzo y os llevaré de excursión.
El
hombre que estaba al lado de Dekker sospechó algo.
—¿Qué
clase de excursión? —preguntó. Se llamaba Jay-John Belster y también era
marciano, pero estaba «terrificado» y no era muy amigable.
—Regresa
y lo sabrás —dijo ben Yasif, y se marchó. En el comedor abundaban las
especulaciones.
—Nos
dará una sesión extra de forcejeo —sugirió uno.
—O
tal vez una gira por los prostíbulos de Villa Húmeda —aventuró otro.
Jay-John
Belster sacudió la cabeza.
—Sea
lo que fuere, puede guardárselo. Tengo mis propios planes para este fin de
semana. Ya estoy harto de estar aquí.
De
cualquier modo, Belster se presentó en el aula después del almuerzo, y también
Toro Tanabe, aunque lamentaba perder la oportunidad de iniciar temprano su fin
de semana. Cuando todos regresaron al aula, ben Yasif apareció y les echó un
vistazo.
—De
acuerdo —dijo—, veamos si sois listos. ¿Cómo hacen los controladores de las
estaciones orbitales para rastrear los cometas entrantes?
Dos
levantaron las manos, y el instructor señaló a una menuda oriental llamada
Shiaopin Ye.
—Tienen
virtuales del sistema solar para rastrear los cometas. Cada doce horas los
verifican, y ordenan las necesarias correcciones de curso.
—Así
es... como descubriréis en la Fase Cuatro, si llegáis allí. Pero aquí en la
academia no usaréis cascos virtuales. ¿Qué usaréis?
—Hay
un gran tanque colina arriba —dijo una voz desde el fondo.
—En
efecto. Lo usamos para el entrenamiento, así que todos pueden ver lo que hacen
los demás cuando les llega el turno. Allí es donde iremos. Tengo permiso para
llevaros a todos a recorrer la sección de entrenamiento en control operativo.
Eso
causó un revuelo; aun Toro Tanabe parecía complacido. Mientras desfilaban hacia
el gran ascensor que los llevaría a la cima de la colina, ben Yasif añadió:
—Hay
una regla que debéis recordar. No tocar nada. La segunda regla es no hablar con
ninguno de los estudiantes operadores a menos que ellos os hablen primero. La
tercera es no meterse en el paso de nadie. Los datos del cometa se toman de los
informes de la estación de control, y son reales. Lo que veréis en el tanque no
es exactamente el modo en que los cometas están actualmente situados en sus
órbitas, y no queremos que los visitantes causen confusiones. Así que lo diré
de nuevo, no tocar. Si algunos de vosotros causa algún estropicio, quedará
eliminado del programa al instante. Sólo que antes se la verá conmigo.
Eso
parecía una amenaza de violencia física, por extraña que fuera la idea. Pero
Sahad ben Yasif era una persona física. Algunos decían que ben Yasif había sido
expulsado del Oort porque había fallado en sus tests psíquicos de agresividad,
así que era posible...
Entonces
Dekker se olvidó de la historia pasada del instructor, porque el ascensor se
había detenido en el nivel de control, y los treinta y pico de miembros de su
clase bajaron, mirando alrededor.
La
cámara de control no estaba en un solo nivel, como las demás aulas o
laboratorios del complejo. La cámara de control tenía dos niveles de altura, y
en el centro había un enorme espacio interior rodeado por balcones. Alrededor
de los balcones había unas cincuenta estaciones de trabajo, cada cual con los
instrumentos y controles que un controlador necesitaba para realizar su tarea.
Menos de veinte estaciones de trabajo estaban ocupadas, y lo que llenaba el
enorme espacio interior era... espacio.
El
sistema solar se extendía ante ellos.
No
estaba en escala. Las proporciones estaban distorsionadas, porque si los
planetas —o los cuerpos diminutos como los cometas— se hubieran reproducido en
su tamaño relativo real, habrían sido invisibles en la vacía vastedad del
sistema solar. Pero todo lo que importaba estaba allí. Una reluciente esfera
naranja del tamaño de una toronja colgada en el centro del espacio; eso era el
sol. Esferas rojas más pequeñas representaban los planetas, hasta el lejano
Neptuno. Plutón no estaba en el tanque, pues no quedaba espacio, y si Plutón
alguna vez presentaba un problema, lo cual era improbable, lo arreglarían los
lanzadores de la Nube de Oort. Cada planeta titilaba en su código de
pulsaciones, al igual que sus lunas. Dekker no podía leer los códigos, pero
sabía distinguir un planeta de otro. A fin de cuentas, había sólo ocho en el
tanque. Cinco brillantes astros blancos, dos grandes y tres más pequeños y
apretujados, indicaban la ubicación de las estaciones de control. Los grandes
no necesitaban código de reconocimiento: eran las estaciones que compartían la
órbita de Marte en torno del Sol, e incluso un principiante podía
identificarlas por su posición. Las tres órbitas marcianas arecéntricas estaban
codificadas, pero los códigos no eran importantes. No era preciso
distinguirlas, pues cualquier haz de comunicaciones apuntado a cualquiera de
ellas se recibiría en las tres. Por último, había un centenar de luces azules y
parpadeantes que representaban las naves que ahora surcaban el espacio, algunas
en órbitas interplanetarias y un par de naves de aprovisionamiento que
enfilaban hacia el Oort.
Después
estaban los objetos que importaban de veras: los cometas.
Los
cometas eran la razón de ser de Oortcorp. Los puntos de los cometas venían en
dos colores, rojo y amarillo. Había cientos de ellos en el tanque, y se
desplazaban en dos grandes corrientes. Dekker no necesitaba que le informaran
cuál era cuál. La corriente roja estaba constituida por los cometas controlados
por la Estación Co-Marte Uno; aún descendían desde el Oort hacia el sol. La
amarilla pertenecía a Co-Marte Dos, y estaba ciento veinte grados detrás de
Marte; esos cometas habían completado el paso del perihelio y —Dios mediante—
ahora estaban en su trayectoria para hacer impacto en Marte, controlados por
los operadores de Co-Marte Dos.
No
era preciso el código cromático para identificar los cometas. Al igual que los
principales planetas, se identificaban simplemente por su posición en el
tanque. Cada objeto que no fuera un cometa estaba cerca del plano de la
eclíptica, ese gran disco celeste donde giraban todos los planetas, asteroides
y lunas del sol. Todo lo que estaba fuera de la eclíptica era un cometa. Los
cometas naturales que habían maravillado a los seres humanos durante milenios
podían proceder de cualquier dirección del cielo, pues la Nube del Oort era un
casquete esférico que rodeaba todo el sistema solar. Los que eran arrancados
del Oort para transformar Marte eran un caso distinto. Procedían de la misma
región, en los aledaños de la constelación de Ceti; ésa era la región de la
nube donde los mineros del Oort los seleccionaban, los preparaban y los
lanzaban.
Cuando
ingresó el curso de Dekker, ben Yasif los acomodó en torno de la galería
inferior, murmurándoles:
—Dispersaos.
Escoged una estación de control y poneos detrás, pero no habléis con nadie. Y
no toquéis nada.
Dekker
sonrió, evocando una vieja excursión escolar a las fundiciones de cobre de
Sagdayev.
Se
encontró de pie con un compañero llamado Fez Mehdevi detrás de un estudiante de
la Quinta Fase que estudiaba nerviosamente el panel de control. Al parecer no
sucedía nada. Todos los estudiantes de Quinta Fase permanecían ociosos, y la
mayoría se volvían para echar una ojeada a los recién llegados. Todos estaban
en el nivel inferior, aunque Dekker vio que alguien se movía en el superior.
Cuando
todos estuvieron ubicados, ben Yasif advirtió:
—Recordad,
estáis aquí sólo como una concesión especial, así que no toquéis nada. Os
vigilaré a todos, y no seré el único.
Le
hizo una seña al instructor de Quinta Fase, quien habló por el micrófono.
—Adelante,
Torres. Comienza tu turno. Empieza tus verificaciones.
Hacía
media hora que estaban allí cuando el instructor de Quinta Fase le murmuró algo
a ben Yassif, y ben Yassif les hizo salir.
No
era suficiente pero, pensó Dekker DeWoe, era maravilloso. Cada uno de esos
objetos se dirigía a su mundo natal, y todos llevarían a Marte un poco más
cerca del paraíso prometido.
La
mayoría de sus compañeros estaban tan entusiasmados como él, y lo comentaron
mientras regresaban a los dormitorios. Cresti Ammán parloteaba sobre el par de
cometas, 65-A4 y 65BK, que entraban en el perihelio.
—Ésa
es la parte que me asusta, el momento en que puedes cometer errores graves.
Jay-John
Belster sacudió la cabeza.
—Para
eso está Co-Marte Dos. Si se aparta de su trayectoria, Dos lo mete en cintura.
Alguien
más se quejaba de los mineros del Oort.
—¿Viste
ese pequeño, 67-JY? Tiene menos de un kilómetro de diámetro. ¿Por qué
desperdiciar una serpiente en algo como eso?
—Y
les causará problemas en el perihelio —predijo Cresti Ammán—. Gracias a Dios
pasará antes que yo llegue allí.
Era
una charla placentera y, por primera vez, Dekker tuvo la impresión de formar
parte de un grupo que casi podía haber sido marciano. Cuando regresó a su
habitación, no le sorprendió descubrir que Toro Tanabe ya estaba allí. Acababa
de regresar de las duchas y se estaba cambiando.
—Bien,
DeWoe —dijo, poniéndose los pantalones—, ¿qué te pareció?
—Fue
sensacional —declaró Dekker, y habría continuado si Tanabe no hubiera alzado
una mano para pararlo.
—Te
diré lo que no me gustó —dijo—. No me gustó que la psicóloga tomara notas sobre
nosotros. ¿La viste?
Dekker
frunció el ceño.
—¿La
psicóloga? Oh, diablos —dijo, recordando—. Rosa McCune, ¿verdad? ¿En la galería
superior?
—La
misma. Observaba a todo el mundo, y hacía anotaciones en su pantalla.
—Creo
que no la reconocí —admitió Dekker—. Con la ropa puesta, quiero decir. Pero tal
vez estaba observando a la gente de la Quinta Fase, ¿no crees?
—Siempre
observan a todo el mundo —masculló Tanabe—. Sólo espera no haber cometido
ninguna estupidez, Dekker, porque ella puede echarte de aquí cuando se le
antoje.
Se
terminó de abotonar la camisa con aire reflexivo.
—Demasiado
tarde para preocuparse, supongo. Bien, ¿qué dices, DeWoe? ¿Me acompañas a la
ciudad este fin de semana?
—No
creo.
—Ah
—dijo Tanabe comprensivamente, tocándose el amuleto de crédito—. Bien, tal vez
en otra ocasión. No veo el momento de salir de este lugar un par de días.
—¿No
vas a comer primero?
—¿Esa
bazofia? —Tanabe tiritó, aunque Dekker no entendió porqué. Para su gusto, la
comida era aceptable y abundante—. No, gracias.
—¿Y
qué hay de la sección de forcejeo de esta noche?
—Tendré
que saltármela. Si quiero empezar temprano esta noche —dijo Tanabe, mirándose
en el espejo. Se pasó un peine por el pelo rígido, corto, rebelde.
Estaba
por marcharse, pero se detuvo un instante.
—Dekker,
¿quieres saber qué pienso de ese pequeño cometa?
—¿El
67-JY? ¿Qué hay con eso?
—Tengo
una corazonada. Mi padre me dijo que los hábitats quieren algunos cometas
propios... ya sabes, para extraerles agua y gases y no tener que importarlos de
la Tierra. Apuesto una cena en Denver a que Oortcorp está introduciendo algunos
cometas bajo cuerda, destinados a los hábitats.
Hasta
la sección de forcejeo le pareció tolerable esa noche, con la inyección de
entusiasmo que le había dado la visita al centro de entrenamiento. Dekker
estaba de buen humor cuando fue a la clase.
No
era algo que un marciano necesitara, pero los marcianos no estaban exentos de
asistir a las sesiones, como no lo estaban los terrícolas más huraños y
reprimidos. Aun así, el comentario de Tanabe sobre los hábitats había
despertado en Dekker DeWoe una tenue necesidad atávica de hacer algo violento.
¿Cómo se atrevían a hacerlo? Esos cometas estaban destinados a Marte. Marte los
pagaba, o al menos los pagaría cuando se hubiera completado la terraformación y
se pudieran sembrar cultivos y comenzara la interminable empresa de saldar las
deudas.
Su
compañero habitual de forcejeo era Belster, el marciano corpulento, pero cuando
Dekker estuvo vestido y se dirigió hacia donde esperaba Belster el supervisor
lo detuvo.
—Hoy
habrá un cambio, DeWoe —le dijo—. Ammán se queja de que Van Kupferfeld es
demasiado fuerte para ella, así que le hemos dado otro compañero. Tú.
Esa
buena noticia reanimó a Dekker, porque estaba llegando al punto en que deseaba
acercarse más a Cresti Ammán. Hasta ahora sólo habían compartido el desayuno un
par de veces, comparando notas, porque Cresti tenía problemas en el curso y no
quería perder tiempo en salidas.
Aun
así, debía cierta consideración al otro estudiante.
—¿Qué
dice Belster? —preguntó.
—¿Qué
tiene que decir? De cualquier modo, Belster es mucho más recio que tú, así que
puede vérselas con cualquiera de los demás. A fin de cuentas, ha estado en la
Tierra más tiempo, ¿verdad? Ve allá. Ammán te está esperando.
Así
era, y lucía, apetecible en su traje de ejercicios, alta, y delgada como debía
ser una persona, y con ese rostro aureolado de cabello rojo. Cuando estaban
enzarzados en el primer ejercicio de lucha, cada cual tratando de obligar al
otro a mover el pie, tocarla fue más grato que mirarla. Tenía un olor dulce y
femenino, y su piel sudada era una promesa suave y lustrosa. Todos los impulsos
masculinos que las tensiones de las últimas semanas habían dejado sumergidos
comenzaron a estremecer el cuerpo de Dekker DeWoe.
Una
vez que se vistieron y el curso regresó a sus aposentos, fue perfectamente
natural que ambos caminaran juntos. Cuando Dekker le sugirió beber una cerveza
esa noche, Cresti Ammán frunció los labios, titubeó, pero al fin dijo:
—¿Por
qué no?
Y
hubiera sucedido.
No
sucedió por un impulso de último momento. Al salir de las habitaciones, Dekker
se detuvo para mirar sus mensajes.
La
señal no parpadeaba, pero a veces Toro Tanabe tomaba sus propios mensajes y se
olvidaba de activar el sistema para su compañero de cuarto.
Esta
era una de esas veces.
Un
solo mensaje aguardaba a Dekker DeWoe, pero era desagradable. El rostro de la
pantalla era una mujer con el uniforme de pacificadora del Centro de
Rehabilitación de Colorado, y lo que dijo, como leyendo un informe bursátil,
fue: «Dekker DeWoe, el Centro de Rehabilitación de Colorado lamenta informarle
que su padre, el rehabilitando Boldon DeWoe, falleció por complicaciones
respiratorias y cardiovasculares a las diez y veintidós de esta mañana.»
Como
era muy tarde Dekker tardó dos horas y veinte minutos en comunicarse con
alguien capaz de responder preguntas en el Centro de Rehabilitación de
Colorado.
—La
oficina administrativa está cerrada el fin de semana —le dijo—. Si usted llama
el lunes a las nueve de la mañana, alguien tendrá en cuenta su solicitud.
—No
es una puñetera solicitud —gruñó Dekker, apretando los dientes—. Es una
puñetera exigencia. Quiero saber qué pasó con mi padre. Ya.
Con
eso no bastó, pero otros cinco minutos de insultos obtuvieron más resultados.
—Muy
bien —dijo el hombre, con hostilidad pero cediendo—. Consultaré la base de
datos. El nombre era Boldon DeWoe, ¿verdad? Espere un momento.
Dekker
esperó.
No
sólo un momento. Esperó durante lo que parecía una eternidad.
No
era tiempo suficiente para que se calmara su cólera, pero sí para que sus
sentimientos quedaran en cuarentena en un sector aislado de su mente, para que
él pudiera pensar concretamente sobre lo que debería hacer. El primer problema
era el tiempo.
Necesitaría
tiempo libre. Eso le causaría trastornos, pues los instructores de Oortcorp no
tomarían a bien que él se fuera tan lejos de la montaña. Pero debía existir la
posibilidad de una licencia de emergencia. ¿Y cómo se encargaban los terrícolas
de los funerales? Las costumbres marcianas no se aplicaban aquí. ¿Y cuánto
costaría? ¿Y qué había del apartamento de Denver? ¿Y qué...?
El
rostro del hombre reapareció.
—Sí—dijo,
estudiando una pantalla invisible—. Boldon DeWoe. Falleció de complicaciones
respiratorias y cardíacas ayer a las diez y veintidós de la mañana. Si hay algo
más...
—¡Un
momento! ¿Qué debo hacer para disponer del cuerpo de mi padre?
—¿Cuerpo?
—preguntó el hombre asombrado.
—El
cuerpo de mi padre —estalló Dekker—. Debo encargarme de sus exequias.
—Pero
usted no sabe —suspiró el hombre—. No habrá exequias. Se siguieron los
procedimientos normales. Se realizó la cremación a las doce y media y se
eliminaron las cenizas. No hay cuerpo.
Después
de colgar, Dekker tardó una hora en acordarse de su cita con Cresti Ammán y
comprender que era demasiado tarde para que ella aún lo estuviera esperando.
23
El
entrenamiento no lo abarcaba todo. Antes que un candidato —o candidata, en el
47% de los casos —pudiera presentarse al examen de ingreso, debía completar los
requisitos. Estos incluían tres cursos de nivel universitario en matemática,
dos en química de gases y cromatografía; tres cursos de física; por lo menos
uno de física nuclear con énfasis en los procesos y productos de reacción de
antimateria; y todos los demás cursos que fueran necesarios para obtener una
diplomatura en ciencias o su equivalente. Y ahí no terminaba todo. También era
necesario tener licencia de piloto, preferiblemente para naves espaciales.
El
curso duraba veinticuatro semanas, divididas en seis segmentos de cuatro
semanas. Fase Uno, Orientación y Repaso; Fase Dos, Propulsión de Antimateria e
Instrumental; Fase Tres, Captura y Preparación de Cometas; Fase Cuatro,
Planificación
de Órbitas; Fase Cinco, Control de Órbitas; y Fase Seis, Repaso y
Especialización (lo cual incluía, para quienes estaban destinados a las naves
orbitales de Marte, Demolición y Control de Impactos).
Pero
ahí no terminaba el entrenamiento. Eso era sólo el límite que se alcanzaba en
la academia, y el curso se hacía más difícil a medida que avanzaba.
En
la Fase Dos comenzaba la parte difícil. Los operarios del Oort no sólo debían
conocer la mecánica de los Augenstein. Cuando había problemas —cuando algo
salía mal y no había nadie más para solucionarlo— tenían que dominarla a la
perfección.
24
La
Fase Dos versaba sobre aparatos. Comenzaba por las reparaciones de emergencia
en un motor Augenstein, el aparato que impulsaba las naves localizadoras en el
Oort, y Dekker vio de inmediato que los tiempos fáciles habían terminado. No lo
lamentaba. Cuanto más duro fuera el trabajo, menos se detendría a pensar en la
muerte del padre a quien había perdido por tanto tiempo, y a quien había
recobrado por tan poco.
En
el tercer día de la Fase Dos, cuando habían quitado la carcasa del Augenstein,
el compañero de Dekker metió la cabeza dentro y la sacó con una expresión de
angustia.
—Todas
estas piezas son tan pesadas, DeWoe —se quejó—. No entiendo por qué tenemos que
hacer este trabajo sucio cuando basta con comprender la teoría.
—La
empresa no lo cree así —replicó Dekker—. Muévete y déjame echar un vistazo.
Pero
cuando él metió la cabeza, dentro, se sorprendió ante la mera mole de los
componentes. Dekker conocía la teoría del Augenstein. Pero sólo la teoría.
Nunca había visto el motor, y no estaba preparado para ese laberinto de
tuberías y la gran carcasa del contenedor magnético que impedía que la cosa les
estallara en la cara.
No
podía estallar allí, naturalmente, porque no tenían un Augenstein encendido en
el taller. No había combustible dentro de la cápsula. Nadie usaba antimateria
en la Tierra ni en Marte, salvo en cantidades ínfimas para investigaciones de
laboratorio.
Nadie
era tan temerario, porque la antimateria no seguía siendo antimateria cuando
había materia normal con la cual pudiera reaccionar, y nadie quería estar cerca
cuando se producía esa reacción. Tenían imitaciones de los motores, una docena
para uso de todo el curso, y cada cual del tamaño de un hidromóvil.
Como
no contenían combustible, no podían funcionar, pero la estructura era completa,
cosas voluminosas y pesadas donde se podía entrar una vez que se quitaban las
tuberías. En la Tierra esa labor era bastante pesada en sí misma, porque con la
gravedad se necesitaban grúas y poleas para alzar las piezas de quinientos
kilogramos y quitarlas de en medio.
Los
alumnos tenían que desarmar los Augensteins y armarlos de nuevo. En el espacio
no se necesitarían las grúas. Por otra parte, nadie haría semejante cosa en la
práctica, ni en el espacio ni en ninguna parte. Cualquiera que intentara
desmantelar un Augenstein en funcionamiento moriría poco después por efecto de
la radiación. La idea, sin embargo, era que tenían que saber cómo funcionaban
todas las piezas por si alguna de ellas fallaba (lo cual, por suerte, era muy
improbable) y era reparable (lo cual era mera fantasía).
Era
un trabajo duro y sucio, y los estudios de Dekker no lo habían preparado para
estas faenas en un ámbito de 1 g. Aun así, estaba mejor preparado que el
compañero que le había puesto su profesor de Fase Dos. Al menos Dekker había
realizado faenas físicas en su vida, pues era marciano. Era evidente que Fez
Mehdevi no lo había hecho. Por lo que veía Dekker, ese hombre jamás había
alzado un dedo para una tarea más ardua que la de oprimir el botón de una
máquina, y no demasiado.
—En
Teherán contratamos mecánicos para estas cosas —gruñó Mehdevi, chupándose un
nudillo que se acababa de despellejar contra la punta de un tubo.
—¿Vuestros
mecánicos pueden vérselas con un sistema de contención magnética?
—¿Acaso
alguien puede hacerlo? —Mehdevi miró con mal ceño el laberinto de piezas—. Esto
debe ser peligroso. Mira, es inestable. Sin el contenedor magnético la
antimateria tocaría las paredes de la nave y estallaría. Pero cuando el
Augenstein no está operando, no hay energía para activar los imanes.
—Por
eso los embarcan con energía externa —dijo Dekker, examinando el apiñamiento de
elementos que se enfriaban.
—¿Pero
si falla? —Mehdevi miró el aparato con odio y suplicó—: Por favor, encárgate de
desacoplar esos tubos, DeWoe. Estoy lastimado.
Así
que Dekker DeWoe, pese a las limitaciones de su físico marciano, se encargó de
la ingrata tarea de desmantelar esa maldita cosa y armarla de nuevo, y cuando
regresó a su habitación por la noche estaba demasiado cansado para preocuparse
por otra cosa.
Lo
cual no le impidió preocuparse.
Noche
tras noche, Dekker DeWoe se quedaba tendido en la cama, escuchando los
ronquidos, gruñidos y gemidos de Toro Tanabe, que estaba del otro lado del
pasillo, y pensando. Jamás había padecido insomnio. El insomnio no existía en
Marte. No le gustaba. No le gustaba la negra depresión que lo dominaba al
pensar en los últimos días de su padre, atrapado en la deshumanizadora
monotonía del Centro de Rehabilitación de Colorado, o en los últimos años de su
padre, cuando el ex piloto del Oort era un guiñapo dolorido y sin futuro.
Fez
Mehdevi, al menos, le había dado un pésame formal cuando se enteró de esa
pérdida —una de las razones por las cuales Dekker no había pedido que le
cambiaran el compañero— pero al resto del curso no parecía importarle. No había
comunicado de inmediato a su madre la noticia de la muerte de Boldon DeWoe,
pero todo lo que Gertrud DeWoe dijo en su mensaje de respuesta (correo vocal,
sin imagen) fue: «Una lástima, Dekker. Lo importante es recordar que él hizo
todo lo posible.»
Era
una respuesta más lacónica y menos personal de lo que Dekker esperaba; no pensó
que tal vez ella no deseaba que su hijo la viera llorar. Dekker aceptaba que
era una lástima. Pero en este mundo no parecía existir lástima suficiente para
consagrarla a las tragedias de Boldon DeWoe.
Había
una complicación por la cual ya no debía preocuparse, sin embargo. Se trataba
de Cresti Ammán. Cresti ya no figuraba en las perspectivas futuras de Dekker.
No se había enfadado por el plantón una vez que Dekker explicó lo que había
sucedido. Pero esa actitud comprensiva ya no importaba demasiado. Las notas que
la psicóloga había tomado en el centro de control habían tenido sus
consecuencias. Había sorprendido a Cresti en algo, nadie sabía bien en qué. A
la mañana siguiente una nota había aparecido en las pantallas de los
dormitorios, anunciando que tres compañeros de Dekker, entre ellos Cresti,
habían sido expulsados sumariamente por «esmero insuficiente». Ahora el curso
sólo tenía treinta y un alumnos, y Cresti Ammán había pasado a la historia.
Asombrosamente,
Toro Tanabe aún duraba.
Aunque
Dekker jamás le había visto estudiar, era el segundo de la clase, muy por
encima del respetable pero modesto octavo puesto de Dekker.
—¿Cómo
cuernos lo consigues? —preguntó Dekker una noche, frotándose los músculos, que
le dolían de tratar de alzar masas de cien kilogramos de metal en el taller.
Tanabe
se sorprendió.
—¿A
qué te refieres? ¿A mis calificaciones? Oh, quizás esa primera fase fue sólo el
resultado natural de una buena educación. He notado que tú no lo haces tan mal,
DeWoe.
—Eso
era teoría. Hablo de lo que hacemos ahora. El Augenstein. Hoy tu equipo fue
mucho más rápido que el mío para examinar el contenedor.
Tanabe
extendió las manos.
—Pero
eso es sólo entrenamiento y práctica, DeWoe. Toda esta parte del curso es una
tontería. Si algo fallara en el contenedor cuando estás en una nave
localizadora, a diez o veinte millones de kilómetros de la base, no te pondrías
a repararlo. Simplemente morirías. Pero como sabíamos que este segmento del
curso era una exigencia, mi padre y yo preparamos una instrucción especial.
—¿Cómo
lo sabías? —preguntó Dekker, y se interrumpió. La expresión de Tanabe se había
ensombrecido, y Dekker recordó el interesante dato de que su padre había
conocido de antemano cómo sería el examen de ingreso—. Es decir, ¿a qué te
refieres con «preparar»? No tenías un Augenstein para practicar, ¿verdad?
—Pues
sí. —Tanabe sonrió—. Los intereses empresariales de mi padre incluyen empresas
espaciales. Gracias a esa suerte, pudo suministrarme un motor como los que
tenemos en el taller, así como un técnico que me ayudó a aprender. Es verdad
que mi padre no aprobaba mi decisión de venir aquí. Lamentablemente, él ya no
cree que el proyecto Oort sea económicamente viable. Aun así, una vez que le
convencí de que necesitaba el entrenamiento, y que él dio su autorización, me
ayudó en todo lo posible. —Terminó de sujetarse sus botas de vaquero y se
levantó—. Por cierto, me imagino que tu equipo se habría desempeñado mejor si
tu compañero no hubiera sido Fez Mehdevi.
Dekker
no respondió. Estaba de acuerdo, pero de un modo oscuro le debía cierta lealtad
a su compañero. Tanabe no insistió. Se miró en el espejo de la pared.
—Bien
—dijo de buen humor—, es hora de empinarse unas cervezas. ¿Quieres venir
conmigo?
Dekker
sacudió la cabeza.
—Mañana
hay una prueba —le recordó a su compañero de cuarto.
—Claro
que sí —convino Tanabe—. Estudia mucho, pues, Dekker. Te veo luego.
Todo
ese ejercicio físico, sumado a las inyecciones, estaba remodelando el cuerpo de
Dekker DeWoe. Ya no necesitaba los poliesteroides; sus músculos habían
respondido a la gravedad terrestre engrosándose y fortaleciéndose hasta que ya
no se sintió como si cargara con el peso de otra persona sobre la espalda. Las
inyecciones de calcio le habían aumentado la densidad de los huesos. No podía
competir con los terrícolas más robustos y fuertes en la clase de forcejeo,
pero dejó de usar tensores en las piernas.
Después
de esta etapa, salir a caminar se transformó en algo más placentero. Y también
más interesante. Cuando hacía buen tiempo, Dekker se permitía la recreación de
caminar por la ladera, entre los muchos edificios del centro de Oortcorp.
Era
un lugar bonito, más parecido a un campus universitario de lo que él había
pensado, aunque en realidad nunca había visto un campus universitario
terrícola. Las autoridades de Oortcorp habían asimilado edificios de todas las
edades, originalmente destinados a diversos propósitos, y los habían adaptado a
medida que crecía el proyecto, además de construir nuevos edificios con
propósitos específicos. Dekker se enteró de que su dormitorio era originalmente
un sanatorio para personas con dolencias pulmonares. El edificio central había
sido un hotel de lujo, y aún poseía las piscinas de natación y las pistas de
tenis. El auditorio central había comenzado como una «sala cinematográfica»,
aunque Dekker ignoraba qué era esto. Montaña abajo, al pie de las aulas, talleres
y oficinas, había varias casas particulares y hoteles más pequeños, aunque ya
no eran «particulares»; ahora albergaban a los empleados administrativos de la
empresa y a los docentes del centro de entrenamiento. Tantos empleados, señaló
una vez Jay-John Belster con amargura. Y los sueldos de todos se pagaban con
dinero obtenido mediante los bonos, que tarde o temprano serían pagados por
Marte.
En
la cima de la montaña, fuera de la vista, se encontraba el auténtico cuartel
general de Oortcorp.
Desde
luego, no se podía ver tan lejos desde fuera. Todo eso no sólo era nuevo sino
que estaba bajo tierra, a causa —ironizaba Jay-John Belster— del miedo de los
terrícolas ricos a las multitudes y las manifestaciones. Lo único que revelaba
su existencia era el despliegue de receptores de comunicaciones, una antena
fija que siempre apuntaba hacia el sureste, hacia el principal satélite
geoestacionario de comunicaciones que estaba en el extremo del Gancho Orbital
que colgaba sobre la costa oeste de Sudamérica, y otras más pequeñas —pero de
metros de diámetro— orientadas hacia las docenas de satélites especiales de
Oortcorp.
Y en
torno, en todas direcciones, estaban los encantadores picos de las Rocosas.
Eran un bálsamo para la vista. Las montañas en sí no eran muy especiales para
un hombre que había vivido en la ladera del Olympus Mons, pero su verdor era
deslumbrante y a veces la nieve era espectacular, y Dekker DeWoe disfrutaba
mirándolas.
Cuando
se anunciaron los resultados del examen sobre Augenstein y teoría de la
antimateria, Dekker había logrado llegar al quinto puesto. Pero la número uno
aún era esa terrícola llamada Ven Kupferfeld, y debajo de ella figuraba Toro
Tanabe, inamovible en su segundo puesto.
Tal
vez ese terrícola fuera más listo que él, caviló Dekker sombríamente, apagando
la pantalla.
No
le gustaba esa idea, pero no tuvo mucho tiempo para pensar sobre esa cuestión.
El curso ya abordaba el tema del mantenimiento de las naves localizadoras y el
cuidado del traje donde un minero del Oort debía vivir veinte o treinta días
consecutivos.
Cuando
los que quedaban se desplazaron al taller de trajes encontraron seis trajes de
localizador aguardando en el taller como media docena de maniquíes decapitados
de una tienda de ropa para gordos. Los trajes venían en seis tamaños, todos
demasiado bajos para un marciano de buena talla, así que los viejos compañeros
tuvieron que separarse cuando la clase se agrupó por tamaños.
—Malditos
terrícolas —gruñó Jay-John Belster al oído de Dekker mientras se separaban en
equipos, los dos marcianos supervivientes con el traje más alto, junto con tres
terrícolas altos y flacos—. Pudieron habernos conseguido un traje decente, pero
aquí les importan un comino los marcianos.
Dekker
no respondió, porque la instructora se había subido a una silla para hablarles.
Era un rostro nuevo para Dekker, una europea llamada Liselotte Durch, y
bastante mayor que los demás presentes. Tenía cabello blanco, rostro arrugado,
voz estridente.
—No
toquéis los trajes hasta que os lo diga —ordenó—. Tampoco os quejéis si no os
sientan bien. Ya sé que no os sentarán. Si alguna vez os envían al Oort, cosa
que os pasará a muy pocos, tendréis uno hecho a medida. No es porque os quieran
ver bonitos. Es porque tenéis que vivir en el traje durante varias semanas
consecutivas. Cuando estéis en la nave localizadora, orinaréis y defecaréis en
el traje, y algunos intentaréis masturbaros en él, pero os advierto que eso no
dará resultado. Os insertarán un catéter antes que abandonéis la nave base, y
si os dejáis vencer por las glándulas y tenéis una erección mientras estáis en
el traje, os va a doler.
La
única función del traje, continuó, diciéndoles lo que ya sabían, era funcionar
como interfaz entre la diminuta nave localizadora y el único tripulante. El
traje los mantendría con vida. Los alimentaría, les daría aire y eliminaría los
desechos; y los equipos auxiliares evaporarían el agua de esos desechos y se la
darían para beber. Sólo para beber.
—Sólo
necesitaréis el agua para beber —dijo—, porque no podréis lavaros ni nada
parecido. Naturalmente, cuando regreséis a la base apestaréis, pero para eso os
contratan. —Los miró con aire desafiante, como esperando protestas. No hubo
ninguna, así que continuó—: Ahora, que uno de vosotros por cada grupo se
desvista y se meta en el traje. Los controles están desactivados, pero aun así
no los toquéis, ni os pongáis los yelmos. DeWoe. ¿Quién de vosotros es DeWoe?
Bien, DeWoe, deja a tu equipo y ven aquí un minuto.
Sorprendido,
Dekker obedeció. Durch no lo miró al principio, pues estaba observando a los
equipos que decidían quién iría primero. Cuando un miembro de cada equipo
comenzó a desvestirse, Durch se volvió hacia él.
—Te
apellidas DeWoe. ¿Tienes algo que ver con Boldon DeWoe? —preguntó.
—Mi
padre. Acaba de morir.
Ella
advirtió como si la noticia no le sorprendiera.
—También
me enteré de eso. Es una lástima. Ya sabrás que él cometió un grave error
—dijo, como si Dekker pudiera ignorar el estado de su padre—. Le conocí en el
Oort. Un hombre listo; me agradaba. Y buen piloto, además, pero no podía
prescindir de las drogas. Espero que no salgas a él.
Cuando
estuvieran buscando cometas en el Oort, les explicó Liselotte Durch,
profesionales adiestrados los meterían en el traje, y ellos se encargarían de
insertar los tubos en el cuerpo del piloto, y verificarían que no hubiera
arrugas en la tela y ajustarían la medida al cuerpo antes de cada misión.
Así
serían las cosas en el Oort. En el entrenamiento era diferente. En el
entrenamiento uno se ponía en paños menores y se quedaba tieso mientras los
compañeros le acomodaban el traje y procuraban cerrar las cremalleras.
—Recordad
—dijo la instructora— que al poneros esto no usáis sólo un traje. Estáis usando
toda la nave.
Y de
hecho se tenía la sensación de estar vestido con una nave entera. Cuando Dekker
quedó encerrado dentro, tratando de encorvarse para caber en un espacio seis
centímetros más bajo que él, se sintió como una momia. No era fácil moverse,
pero en una nave localizadora apenas movería el cuerpo. Los puntiagudos tubos
que le insertarían ahora simplemente le apretaban ciertas partes sensibles. Esa
cosa parecía pesar una tonelada —de hecho pesaba más de cien kilogramos— y
Dekker tuvo que esforzarse para mantenerse en pie.
Si
otros podían hacerlo, Dekker podía. Esto representaba un desafío personal. Como
la instructora le había recordado, su padre había usado un traje similar, mucho
tiempo atrás y a miles de millones de kilómetros.
Dekker
apartó las manos de sus compañeros y se mantuvo erguido.
—Listo
—dijo, y cuando Liselotte Durch dio la orden, Jay-John Belster cogió el casco y
se lo puso encima de la cabeza. Todo el equipo se reunió para colocarlo y
trabar las conexiones.
Por
un instante Dekker estuvo sumido en una negrura total. Esto no era como ponerse
un traje térmico para merodear por las laderas de Sagdayev; era más pesado y
sofocante, y no había suficiente aire. Tuvo un instante de pánico, pero al fin
llegó el suministro externo de aire, una brisa suave y refrescante alrededor de
la cara.
Un
momento después vio los virtuales grabados.
Ya
no estaba ciego. Aún lo rodeaba una negrura, pero esa negrura estaba cuajada de
estrellas, algunas brillantes y otras tenues, blancas como diamantes, o
azuladas, amarillentas y rojizas. Era sólo un virtual parcial, sin sonido y sin
tacto ni olor, pero en el vacío del Oort no habría ruidos externos. No
importaba. La visión era suficiente. Dekker veía lo que verían los ojos de una
nave localizadora en el Oort. Las estrellas que lo rodeaban por doquier no eran
reales. Eran sólo el espectáculo que había presenciado una nave, grabado y
reproducido para su sesión de entrenamiento. Pero eran maravillosas. Él estaba
allí.
La
voz de Liselotte Durch lo sobresaltó cuando le susurró al oído.
—¿Te
encuentras bien? ¿Te estás adaptando?
—Estoy
bien.
—Entonces
inicia el ejercicio —ordenó ella, y Dekker comenzó la lista de procedimientos.
Sus dedos hallaron los teclados que controlaban los movimientos de la nave y
ante sus ojos surgieron las lecturas del instrumental: estado de los
consumibles, tasa de aceleración, verificación de funciones de todas las piezas
de su nave imaginaria. Otro toque, y los radares comunicaron la distancia hasta
los cometas más próximos, unos millones de kilómetros cuando menos, porque el
Oort era una nube muy delgada; otro toque, y el cometa que había escogido
apareció más cerca, una especie de patata opaca que no presentaba esa gran cola
luminosa que dejaría si él lo escogía para capturarlo, envolverlo con sus
instrumentos y motores, y enviarlo a enriquecer el aire de Marte.
Sólo
estuvo diez minutos en el traje. No era suficiente, pero Dekker sonreía cuando
salió. La próxima fue la mujer del equipo, esa muchacha brillante —y también
guapa, a su modo terrícola— de pelo claro llamada Ven Kupferfeld. Miró a Dekker
extrañamente, y sonrió mientras se desvestía.
—Pareces
complacido —dijo.
Él
no respondió. Siguió sonriendo, y esa sonrisa era respuesta suficiente.
Jay-John Belster y otro hombre ayudaron a Dekker a sacar las piernas del traje
y lo prepararon para la mujer, que ahora estaba en su mínima y colorida ropa
interior.
—Esta
es la mejor parte —le murmuró Belster a Dekker mientras ella se disponía a
entrar en el traje—. No me molestaría tener una pizca de eso.
Dekker
se limitó a gruñir su asentimiento, aunque compartía la idea. La ropa interior
de Ven Kupferfeld no sólo era ínfima, sino casi transparente. Ella era muy alta
y delgada por ser terrícola, con lo cual resultaba más atractiva para Dekker
DeWoe. Cuando se metió en el traje y el espectáculo concluyó por el momento,
Dekker y Belster levantaron el casco, con todas sus líneas y tubos para
suministro de aire y alimentación externa, y aguardaron a que sus demás
compañeros realizaran la tediosa tarea de estirar, torcer y cerrar el traje
para que sentara medianamente bien.
Dekker
miró hacia el frente. Liselotte Durch estaba junto a su atril, hablando con
otra mujer que le resultaba conocida. No logró precisar ese recuerdo.
—Belster,
¿sabes quién es esa mujer?
Belster
miró, pero la mujer ya daba media vuelta para irse.
—No
sé. Tal vez sea otra instructora. Pero escucha, DeWoe, quería hacerte una
pregunta. ¿La vieja Durch dijo que conoció a tu padre en el Oort? Pues es una
buena oportunidad para ti. Podrías obtener una ayudita de cuando en cuando.
—Mi
padre me dio toda la ayuda que pudo darme, Belster. Sufrió lesiones en el Oort
hace años, y murió de ello hace un par de semanas.
El
marciano no se sorprendió.
—Bien,
yo no me refería a la ayuda de tu padre, pero ahora que lo mencionas, creo que
oí algo sobre el asunto. Los malditos terrícolas dejaron que se pudriera, ¿eh?
Dekker
se encogió de hombros, y Belster cabeceó con aire de complicidad.
—Malditos
terrícolas —repitió—. Marte les importa un comino. Este proyecto está armado de
tal modo que puedan desangrarnos, y ahora están hablando de cancelar toda la
operación.
—No
pueden hacerlo —afirmó Dekker con convicción.
—Pueden,
si permitimos que se salgan con la suya.
Dekker
lo miró con curiosidad.
—No
tienen ningún derecho —declaró.
Belster
lo miró aprobatoriamente.
—Buen
hombre —dijo—. Mira, Kupferfeld está lista para que le coloquemos el casco.
Démosle una mano... sin desaliñarle el bonito cabello.
En
la sesión de forcejeo de esa noche, Dekker le dio a Ven Kupferfeld algo más que
una mano. Tuvo la oportunidad de darle un masaje completo. Cuando entró en la
sala, el bajo y cetrino Fez Mehdevi se le acercó.
—Por
favor —dijo con voz plañidera—, ¿te molestaría ser mi compañero por esta noche
también?
—Ya
tengo un compañero de reducción de estrés, Mehdevi.
—También
yo, pero ella piensa que no soy suficiente desafío para ella, así que ha
propuesto algunos cambios. Ella... pero aquí viene, ella misma podrá decírtelo.
Esa
«ella» era Ven Kupferfeld. Estaba sonriendo.
—Olvídate
de este tío, Mehdevi —dijo—. Yo mismo lo probaré. Ve a buscarte algún otro.
Dekker
nunca disfrutó tanto de una sesión de reducción de estrés, aunque las tensiones
que le alivió quedaron más que compensadas por las nuevas tensiones que le
provocó. El vestuario de ejercicios de Ven Kupferfeld era menos transparente
que su ropa interior, pero aún mostraba bastante, y mientras forcejeaban Dekker
tuvo la oportunidad de tocar una buena parte.
Era
un placer, pero tenía sus desventajas. Se daba por sentado que un marciano como
Dekker, por mucho que hubiera respondido a las inyecciones y ejercicios, jamás
tendría fuerza suficiente para vérselas con un varón terrícola, excepto con un
sujeto bajo y blando como Fez Mehdevi. Comenzó a preguntarse si tenía vigor
suficiente para vérselas con Ven Kupferfeld. No se trataba de que sus músculos
con poliesteroides fueran mucho menos vigorosos que los de ella. Él problema
estaba en el esqueleto. Mientras trataba de tumbar ese físico resistente, se
preguntó si no se quebrarían sus frágiles huesos marcianos.
Pero
no hubo ningún desastre, y cuando se dirigían a las duchas ella le sonrió,
jadeando.
—Buen
ejercicio, DeWoe. Oye, he oído que estuviste en Kenia antes de venir aquí.
Dekker
se preguntaba cómo todos sabían tanto sobre él, que sabía tan poco sobre los
demás.
—Así
es, Ven.
—Un
lugar espléndido —declaró ella—. Estuve allí hace años. ¿Viste los animales
salvajes?
—Algunos.
Un amigo mío tenía una granja en el Mará.
—Tanzania
es mejor... demonios, Tanzania es maravillosa. Mi abuelo me llevó cuando yo
tenía quince años y vimos jirafas, ñus y leones... todos en libertad, matándose
ante tus propios ojos.
Dekker
nunca había pensado que la muerte fuera un espectáculo deportivo. Se lo dijo, y
ella sonrió pícaramente.
—Eso
depende de quién mata y de quién muere, ¿verdad? De cualquier modo, deberíamos
encontrarnos alguna vez para hablar sobre el asunto.
Dekker
se sintió eufórico, pero fingió calma.
—Me
gustaría. ¿Cuándo?
—Alguna
vez. Pronto. Escucha, DeWoe, supe lo de tu padre. Lo lamento de veras.
—Gracias.
Ella
lo estudió un momento.
—Muchos
marcianos nos echan la culpa a los... ¿Cómo nos llamáis?, ¿comemugres? Bien,
muchos marcianos nos culpan a los comemugres por esas cosas. Como lo que pasó
con tu padre, quiero decir, y me alegra que tú no lo tomes así.
Como
Dekker no estaba tan seguro de no culpar a los comemugres, sintió un nudo en la
garganta. ¿Sería rabia? ¿Estaba pasando demasiado tiempo con los terrícolas y
comenzaba a reaccionar como ellos?
Sabía
que no estaba bien sentir de ese modo, pero no pudo contener una respuesta
brusca.
—¿Qué
te hace pensar que yo no pienso así?
Ella
no se ofendió. Asintió como si la reacción fuera natural, e incluso correcta.
Alejándose hacia las duchas femeninas, dijo:
—No
lo olvides. Alguna vez tenemos que hablar.
La
furia de Dekker se aplacó rápidamente.
—El
fin de semana... tal vez el sábado.
Ella
se detuvo con una sonrisa.
—Este
sábado no... estaré fuera el fin de semana. Pero pronto, Dekker. Tenemos mucho
de que hablar.
25
Los
fines de semana eran tranquilos para Dekker DeWoe. La mitad de los estudiantes
se iban, en general a los prostíbulos de Denver, y el resto estudiaba
frenéticamente para no quedarse atrás. Dekker pertenecía a la clase de los
estudiosos, pero no se ponía frenético. La próxima parte de la Fase Dos versaba
sobre aparatos de comunicaciones como los que usarían en una nave localizadora,
o en cualquier parte del sistema de control del proyecto Oort. Dekker no
necesitaba estudiar mucho para eso. A fin de cuentas, había usado equipos de
comunicación similares en las aeronaves marcianas.
Se
permitió, pues, tomarse un tiempo libre. No para hacer nada en especial, sino
para no hacer nada, al menos dentro de las posibilidades de un activo y
saludable joven marciano. Miró las noticias hasta que le resultaron demasiado
repulsivas. Los secesionistas del Khalistán habían desistido, pero ahora había
problemas en un lugar llamado Brasil. Y los mercados estaban nuevamente
inestables. Recorrió el campus, fortaleciendo las piernas y aspirando el dulce
aire de montaña. Maravillosa hierba, maravillosas flores. Incluso maravillosos
insectos, zumbando de planta en planta; ese lugar estaba pletórico de vida.
Conversó con los compañeros que se habían quedado en el campus durante las
comidas. Grabó una larga y afectuosa carta para su madre. Descansó y durmió
hasta tarde, y escuchó música, sintiéndose satisfecho.
Ese
fin de semana las preocupaciones parecían remotas. Ven Kupferfeld ofrecía la
posibilidad de futuros placeres, pero Dekker no se permitía dar nada por
sentado con los terrícolas, y menos cuando eran mujeres. El modo cuestionable
en que había ingresado en el curso quedó relegado en su memoria; sin duda ya no
importaría mientras continuara desempeñándose bien... y aun la muerte de su
padre era otro dolor que se aplacaba.
Se
acostó apaciblemente el domingo por la noche, sin sentir insomnio. Despertó a
medias cuando oyó que entraba Toro Tanabe —que había aprovechado su fin de
semana en la ciudad hasta el último momento—, y cayó después en un grato sueño
donde había alguien que se parecía mucho a Ven Kupferfeld...
Y de
pronto despertó, sobresaltado y furibundo.
Era
en medio de la noche. Las luces de la habitación estaban encendidas. Un hombre
a quien nunca había visto estaba de pie ante él.
—Arriba—rugió
el hombre, arrancándole las mantas—. No, no trates de vestirte. No tienes
tiempo para eso. ¡Largo de aquí! Tienes trabajo que hacer, y debes hacerlo ya.
Era
una imperdonable intrusión en su tiempo libre. Y no era el único que pensaba
así, pues los gritos coléricos que venían de la habitación de Tanabe le
indicaron que despertaban al japonés del mismo modo, y con mayor resistencia.
Pero cuando Tanabe llegó a tumbos a la sala común, con esa bata de seda que
llamaba «quimono», Dekker vio que lo acompañaba la psicóloga, Rosa McCune.
Entonces
todo se aclaró.
Dekker
comprendió poco a poco lo que ocurría. Las olvidadas advertencias se habían
cumplido. Era un chequeo psicológico por sorpresa. En la mesa de estudios había
un equipo de herramientas y un modelo de la unidad de refrigeración que formaba
parte de un Augenstein.
—Manos
a la obra —ordenó la mujer—. Desarmadlo. Examinad las piezas. Armadlo de nuevo,
y rápido. Tenéis doce minutos, y el reloj está funcionando.
A
esa hora de la noche, y sin aviso, era una tarea odiosa, sobre todo para Toro
Tanabe, que estaba medio ebrio y totalmente aturdido. Dekker nunca había
trabajado con su compañero de cuarto, y mientras comenzaba a tironear de las
trabas con su herramienta deseó que no ocurriera nunca más. Su mayor problema
era quitar de en medio los torpes dedos de Tanabe. Casi era preferible estar
con Fez Mehdevi. Deseaba que al menos los dos psicólogos cerraran el pico, pero
por supuesto no lo hicieron. Parloteaban sin cesar para distraerlos, con
referencias poco halagüeñas a los esfuerzos de Dekker para separar dos
serpentinas y a la necesidad de Tanabe de apoyarse en la mesa para no caerse.
—Al
menos —gimió Tanabe—, déjenme orinar primero, por amor de Dios.
—En
el Oort no tendrías tiempo de orinar, estúpido —rugió la doctora McCune—.
¡Muévete! ¡Os quedan siete minutos!
Los
siete minutos pasaron con increíble celeridad, pero de algún modo, con una
mínima ayuda de Tanabe, Dekker logró realizar la tarea. Luego la mujer les
pidió el brazo un momento para extraerles una muestra de sangre cuyo propósito
Dekker ignoraba. Cuando la psicóloga se llevó su equipo para fastidiar a otros
estudiantes, Dekker y Tanabe se frotaron las pinchaduras del brazo y se
miraron.
—Mierda
—dijo Tanabe. Era todo lo que necesitaba decir. Incluía todo, desde la
humillación de abandonar la cama en medio de la noche, el abatimiento de la
ebriedad, y el temor de que hubieran fallado.
—¿Para
qué querían la sangre? —preguntó Dekker.
—¿Para
qué crees? Drogas —gimió Tanabe—. Si te encuentran droga en la sangre,
despídete. Gracias a Dios, este fin de semana sólo bebí alcohol, y eso no
cuenta. Pero mierda.
—Tal
vez hayamos aprobado —sugirió Dekker para consolarlo.
—¿Cómo
lo sabes? —preguntó Tanabe, ansioso de creerle, pero temeroso.
—Porque
no nos dijeron que habíamos fallado —dijo Dekker—. Así me dijo mi padre que lo
tomara, y hasta ahora ha tenido razón.
Todo
el curso había recibido el mismo tratamiento.
—Sí—se
lamentó Fez Mehdevi cuando comenzaron a explorar los misterios de estado sólido
del equipo de comunicaciones—, también me lo hicieron a mí. Este curso no es
agradable.
—Bien
—dijo sabiamente Dekker, menos confundido a la luz del día—, quizá no sea mala
idea. Ponernos a prueba de ese modo, quiero decir. Si alguna vez tuviéramos
emergencias allá fuera, las tensiones serían mucho más fuertes.
—Mi
Dios no lo permita —dijo Mehdevi con tono de plegaria—. Ahora bien, ¿qué hemos
de hacer con este radiofaro?
Esa
semana anduvo bastante bien para Dekker. El único fracaso fue Ven Kupferfeld.
Dekker no tenía dudas de que esa mujer le había hecho una invitación, casi una
promesa. Pero cada vez que lograba acercarse, la encontraba bastante amigable
pero concentrada en tareas más importantes.
Quizá
todas las terrícolas fueran así. Había sido un error creer que ella estaba
interesada. ¿Quizás porque era marciano? No, decidió. No era eso, al menos no
esta vez. Ven Kupferfeld no parecía tener prejuicios contra los marcianos.
Cuando entablaba una conversación con alguien, era con Jay-John Belster, otro
marciano (aunque ya no tanto). Los dos pasaban mucho tiempo hablando, apartados
del resto de la clase.
Se
consoló pensando que le iba bien en otras cosas. Las clases de comunicaciones
le resultaban tan fáciles como había esperado y, ante todo, había sobrevivido
al test psicológico de Rosa McCune. Dos miembros del curso habían fallado.
Fuera por drogas o porque no habían satisfecho las expectativas, tuvieron que
irse.
Toro
Tanabe no parecía hallar consuelo. Ese viernes por la noche se quedó en el
dormitorio, con aire huraño y abatido. No dedicó el tiempo a estudiar, por
cierto. Ese cambio habría sido excesivo. Pero fue a acostarse temprano. Se
quedó en el campus todo ese día, pero esa noche se acercó a Dekker
sombríamente.
—Debo
pedirte un favor. Creo que esta semana no me fue bien.
—No
te expulsaron —señaló Dekker.
—No,
pero hay un problema. No quiero pasar todo el fin de semana en este lugar
aburrido, y no puedo correr el riesgo de otra... emergencia. El domingo pasado
casi no regreso.
—No
lo sabía.
—Pues
así es. Había estado bebiendo, y el taxista no me ayudó a regresar al
dormitorio.
Dekker
aguardó, sabiendo lo que venía. Tanabe tardó un instante en decirlo.
—Me
gustaría —dijo con un tono compungido que no era típico en él— que me acompañes
mañana a Villa Húmeda. Sólo durante el día. No creo que deba concederme todo el
fin de semana. Oh, no te preocupes por el dinero. Yo invito. Incluso te pagaré
la comida, y hasta algunas bebidas, si deseas. Pero quiero que te asegures de
que esté de vuelta a medianoche, a lo sumo. Tal vez no desee regresar, pero
debes insistir. Creo que lo que pasó el domingo pasado fue una advertencia.
—¿Por
qué te preocupas? Pensé que con tus notas estabas seguro.
—Aquí
nada es seguro. A veces lamento no haber escuchado a mi padre. De todos modos,
¿te asegurarás de que aborde el último autobús, o al menos un taxi? Luego
iremos a dormir y nos levantaremos temprano.
Después
del desayuno cogieron el autobús para la ciudad. Tanabe pagó por ambos, como
había prometido, y Dekker descubrió que Denver era muy distinta cuando se tenía
dinero para gastar, aunque fuera el dinero de otro. Tanabe llamó un taxi,
mostró su amuleto de oro y le dio una dirección al taxista.
Era
una iglesia. Dekker se sorprendió al ver el enorme edificio de mármol.
—No
sabía que eras cristiano —dijo mientras Tanabe le pagaba al taxista.
—¿Cristiano?
Claro que no —dijo Tanabe con indignación—. Una iglesia es un lugar excelente
para conocer mujeres, y me han dicho que aquí hay algunas muy atractivas. —Miró
su reloj, cabeceó satisfecho—. La ceremonia matinal terminará pronto, y
simplemente beberemos café y nos haremos conocer.
Dekker
nunca había estado en una iglesia. Miró en torno con curiosidad mientras
entraba en una antesala adornada con flores. Cuando miró hacia la iglesia a
través de las puertas dobles, quedó fascinado al ver casi un centenar de
terrícolas con sus mejores ropas, bebiendo café y conversando.
—Aguarda
—dijo Tanabe—. Antes de entrar, debemos adaptarnos a los usos de la comunidad.
—Se detuvo ante una mesa y recogió unas placas de identificación de plástico.
Le dio una a Dekker—. Pon «Marte» después de tu nombre —indicó, anotando el
suyo.
—¿Por
qué? Pueden ver que soy marciano, ¿verdad?
—Recuérdaselo
—aconsejó Tanabe—. Me dicen que a la gente de las iglesias le gustaban los
extranjeros. Si tenemos suerte, tal vez debamos ahuyentar mujeres con un
bastón.
Pero
no fue así. Abundaban las mujeres terrícolas en la iglesia, pero pocas eran
jóvenes y ninguna parecía interesada en nada salvo en hablar del tiempo.
Después
de un segundo y cortés rechazo, Tanabe tuvo una idea.
—Mira
lo que hago —dijo, y se acercó a un hombre vestido con túnica—. Deseo hacer una
aportación para la iglesia —dijo, mientras Dekker se le acercaba.
—Muy
amable, señor... Tanabe —dijo el sacerdote, mirando la placa de identificación.
—Una
aportación considerable —añadió Tanabe, mirando en torno para asegurarse de que
lo observaban. Una mujer bien parecida que estaba cerca del sacerdote asentía
aprobando.
—Maravilloso
—dijo el sacerdote—. ¿Elsie? ¿Quieres llevar al señor Tanabe al registro de
recaudaciones?
La
mujer se acercó sonriendo para guiar a Tanabe —quien le guiñó el ojo a Dekker—
a donar su dinero. Pero el japonés regresó a los cinco minutos, de mal talante.
—¡Eso
me costó veinte units, y la mujer está casada con el sacerdote! —se quejó—. Es
escandaloso, ¿verdad? Creí que los sacerdotes no se casaban.
—Creo
que algunos sí—dijo Dekker para consolarlo.
Tanabe
frunció el ceño.
—Esto
no anda bien. Creo que es porque tú estás conmigo. Tal vez no todos los
extranjeros les gusten por igual. Ven, larguémonos de aquí. Al menos podemos
conseguir algo de comer.
Así,
hurañamente, Tanabe llevó a Dekker a un hotel céntrico para comer un desayuno.
Era una experiencia totalmente nueva para Dekker. El hall del hotel se parecía
a una catedral más que la iglesia que acababan de visitar, y el restaurante era
casi igualmente majestuoso. ¡Y la comida! Dekker nunca había visto nada similar
a esos mostradores cargados de cuencos calientes y fuentes de frutas,
ensaladas, pastelillos, panes. Lo más cercano que había visto era el desayuno
en la granja Ngemba, o ese borroso recuerdo infantil de la fiesta de Annetta
Cauchy en Ciudad Sol, cuando cayó el primer cometa, pero esto era cien veces
más opulento.
Pero
para Toro Tanabe también resultó ser un fracaso. También aquí las mujeres
atractivas parecían estar acompañadas. Las que desayunaban a solas o con otras
mujeres no respondieron a las insinuaciones de Tanabe.
Fruncía
el entrecejo cuando regresó donde Dekker estaba probando sus primeros huevos
Benedict.
—Dime,
DeWoe, ¿has tenido éxito con las mujeres en la Tierra?
—Un
poco —dijo Dekker, pensando en Sheila, en la choza masai.
—No,
esa Cresti Ammán no cuenta —dijo Tanabe, que obviamente había entendido mal esa
situación—. A fin de cuentas era marciana, ¿verdad? —Miró el plato de Dekker y
añadió—. Eso tiene buen aspecto. Tráeme un poco.
Si
algo había aprendido Dekker en la Tierra, era que la persona que ponía el
dinero era la que daba las órdenes. No le importaba, pero cuando regresó a la
mesa con los huevos Benedict para Tanabe, los suyos se habían enfriado y Tanabe
miraba con mal ceño su pantalla de bolsillo.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Dekker.
Tanabe,
con la boca llena de huevos escalfados y salsa, dijo:
—De
nuevo he perdido en la lotería. No es nada.
Dekker
rió.
—Pero
de eso se trata la lotería, ¿verdad? ¿No es cierto que casi todos pierden?
—¿No
apostáis en Marte?
—No,
no mucho, y no hay loterías. Algunos viejos juegan a los naipes.
—No,
no. Apostar de veras. De modo que si ganas te vuelves rico.
Dekker
procuró no reírse más.
—Si
un marciano se volviera rico —explicó—, ¿en qué gastaría el dinero?
—Caray...
en lujos. ¡En cosas de la Tierra!
Dekker
sacudió la cabeza. Era demasiado difícil explicar que una lotería marciana no
se pagaría en units, y que ningún marciano quería dar a la Tierra más dinero
del que fuera esencial para la supervivencia.
—¿Cómo
lo hacéis? —preguntó, más por cortesía que por interés, y luego lo lamentó.
Porque Toro Tanabe lo explicó en gran detalle. Había una lotería por semana, le
informó a Dekker. Se elegían diez números de cero a noventa y nueve, y luego
salía una cifra y quien acertaba con los diez números ganaba miles de millones.
—¿De
veras? —preguntó Dekker, impresionado.
—Bien...
siempre que no debas compartirlos —concedió el japonés—. A veces mucha gente
saca los mismos números ganadores, y entonces tienes que dividir las ganancias.
Pero yo tengo un sistema. Verás, todos los números tienen la misma posibilidad
de ganar, pero la ganancia es mayor en algunos que en otros.
Dekker
frunció el entrecejo.
—¿Porqué?
—Porque
—explicó Tanabe, feliz de su inteligencia superior— mucha gente apuesta a
ciertos números. Su cumpleaños. O el cumpleaños de su novia, o su aniversario.
Pero con frecuencia los números que escogen se relacionan con fechas, así que
hay muchas apuestas del uno al doce, por los meses, y del uno al treinta y uno,
por los días. A mucha gente le gusta apostar a números que incluyen un siete,
porque lo consideran un número de suerte, y a muchos les gustan los números
dobles, especialmente el setenta y siete, y siempre tienes muchas apuestas
sobre los números eróticos, como el sesenta y nueve.
Hizo
una pausa para limpiar salsa de la pantalla y siguió masticando.
—¿Qué
tiene de erótico el sesenta y nueve? —preguntó Dekker con curiosidad.
El
japonés lo miró, sacudió la cabeza.
—Olvídalo,
DeWoe. Pero forma parte de mi sistema: evito los números a los que se apuesta
demasiado. Así que mis probabilidades de ganar son tan buenas con mis números
como con otros... puedes sumar las probabilidades.
Apretó
las teclas, y la pantalla exhibió una serie de fracciones:
1/10
x 1/11 x 4/49 x 7/97 x 1/16 x 1/19 x 2/47 x 1/31 x 1/46 x x 1/91=
0,000.000.000.000.057.142
—Ésa
es la probabilidad de que ganen diez números al azar... seis en cien billones o
más. Pero si juegas el mismo número que los demás tienes que dividir el premio
entre muchos. —Clavó los ojos en Dekker—. No me gusta dividir.
Dekker
trató de no juzgarlo.
—Pensé
que ya eras rico, Tanabe —dijo.
—Claro
que sí.
—¿Entonces
por qué...?
Tanabe
se rió de él.
—Oh,
DeWoe —jadeó—, los marcianos sois tan pintorescos. El dinero nunca es
suficiente, ¿no lo sabes? —Calmándose, añadió—: En cualquier caso, nada es
seguro. El mercado es inconstante, DeWoe. Mucha gente que era tan rica como
nosotros hoy es tan pobre como... como un marciano. Casi. Es verdad que mi
padre se ha quitado de encima la mayoría de sus títulos del Oort, ¿pero quién
sabe si los hábitats tendrán éxito?
—A
menos que consigan un cometa —sugirió Dekker.
—Aunque
lo consigan. Representan una tecnología nueva, y nadie sabe qué errores se
pueden cometer. Pero Dekker, recuerda que esto fue una indiscreción. Una
confidencia.
—¿A
quién iba a contárselo?
—A
nadie, espero. —Tanabe miró con tristeza los platos, luego el comedor. Sonrió—.
Ah, han llegado más mujeres. Veré si tengo suerte.
No
la tuvo, y al regresar dijo:
—Este
lugar no nos sirve, y si he de conseguir compañía femenina no quiero perder más
tiempo. Me marcho.
—De
acuerdo —dijo Dekker—. ¿Adonde iremos ahora?
Tanabe
sacudió la cabeza.
—No
iremos. Yo iré solo. No quiero seguirles el juego a estas fastidiosas mujeres
norteamericanas, así que tendré que pagar por ello —dijo de mal humor—, y no
pagaré por ti.
—¿Pagar
por qué? —preguntó Dekker, quien no imaginaba que la prostitución existiera
fuera de una aldea masai. Miró incrédulamente a Tanabe, quien se lo explicó.
—Así
que encuéntrate alguna ocupación por unas horas —concluyó Tanabe—. Ve a un
museo o algo parecido, y luego encuéntrame donde cenaré... el restaurante se
llama Turly's, y está en el Strip; allí habrá otras personas de la base. Es un
establecimiento modesto, pero a los norteamericanos les gustan esas cosas.
Beberemos unos tragos, y luego podrás llevarme de vuelta.
Así
que Dekker estaba nuevamente solo en Villa Húmeda.
No
tenía la obligación de seguir las órdenes de Tanabe, pero tampoco tenía ideas
más atractivas. No conocía a nadie en Denver, sin contar a Marcus. Por un
momento pensó en tratar de encontrar al preceptor, tan sólo para hablar con la
única otra persona de las cercanías que había conocido a su padre. Pero no le
atraía ver a Marcus.
Además
estaba la cuestión del dinero.
Los
exiguos ahorros de Dekker no lo llevarían muy lejos en la gran ciudad. Cuando,
a falta de una idea mejor, siguió la sugerencia de Tanabe, descubrió que ni
siquiera los museos eran gratuitos. Entrar en el museo de arte y el planetario
le costó más de lo que quería sacar de su escaso crédito. Al menos, se consoló,
no debía comprar comida. Aún tenía el estómago lleno después de ese suculento
desayuno. Y se prometió que la cena sería aún más suculenta.
Y
trató de no pensar en las aventuras sexuales que tendría Tanabe mientras él
miraba antiguas pinturas.
El
planetario era bonito, aunque las muestras de Marte eran tristemente
anticuadas, y los museos de arte moderno, aunque no fueran atractivos, eran
ciertamente curiosos. Después de la última exhibición de arte holográfico
interactivo, Dekker sintió dolor en los pies, las piernas, todo el cuerpo, pues
la caminata lo había agotado.
Se
sentó en una plaza, mirando un mapa de la ciudad de Denver. Estudió el cielo
con ojos entornados, tratando de decidir dónde quedaba el norte, pero ahí no
había mucho que lo ayudara. El sol estaba oculto detrás de las nubes. Debajo de
las nubes flotaba una procesión constante de helidirigibles de carga que
descendían hacia el puerto de Denver, zigzagueando entre las espesas nubes; eso
le sirvió, pues halló el puerto en el mapa.
Para
llegar al lugar donde se reuniría con Tanabe tendría que ir hacia el norte, y
aparentemente había un autobús que iba en la dirección del «establecimiento
modesto».
Era
temprano. Pero no era muy divertido sentarse allí. Trató de interesarse en la
fauna no humana de la Tierra, como los insectos y las palomas. En Marte no
había insectos, y no sabía cuáles picaban. Arrojó a las palomas algunas migajas
de un panecillo que se había llevado del hotel, y luego se arrepintió. Empezaba
a tener hambre.
Dekker
miró el tráfico. Era un fin de semana, ¿o no? ¿Entonces por qué esa gente
conducía sus hidromóviles, dejando un penacho de gases de escape? ¿Los
terrícolas nunca caminaban? ¿Ni se quedaban en casa? Los gases estaban
saturando el aire, pensó.
Y
entonces notó que la humedad que le mojaba la ropa no era sólo por el escape de
los vehículos que justificaban el nombre de Villa Húmeda. Había empezado a
llover de nuevo.
Los
autobuses terrícolas nunca parecían ir adonde prometían. Necesitó un trasbordo
y un largo viaje en un segundo autobús, y luego la parada estaba a varias
manzanas de Turly's y aún llovía. Cuando Dekker llegó al restaurante estaba
empapado y retrasado.
—¿Por
qué no pudiste llegar a tiempo? —gruñó Tanabe, volviéndose irritado cuando
Dekker le tocó el hombro—. Ya hemos comido casi todo lo que pedimos. No sé si
queda algo, pero fíjate a ver qué encuentras. —Siguió hablando con el terrícola
moreno que tenía al lado, luego pensó en otra queja—. ¿Por qué estás tan
mojado? Tendrías que haberte comprado una gabardina, o al menos un paraguas.
—Lo
lamento —replicó Dekker, queriendo decir que no se había habituado a un planeta
donde a veces hacía tanto calor que un marciano sudaba, y a veces tanto frío
que necesitabas botas y guantes forrados, y a menudo llovía. ¿Quién podía
pensar en aprovisionarse con tantos tipos de ropa?
Tanabe
parpadeó, se encogió de hombros.
—Siéntate
en alguna parte —dijo tentativamente—. Supongo que ya conoces a todos.
—No,
no los conozco —dijo Dekker, pero Tanabe estaba hablando ya con el hombre
moreno. El hombre pertenecía al curso que les seguía, y Dekker recordaba
vagamente que venía de alguna parte del África. No de Kenia, lo cual le habría
dado al menos tema de conversación, sino de otro paraje africano llamado Alto
Volta. Al parecer ambos estaban comparando sus aventuras sexuales de la tarde,
algo en lo que Dekker no podía competir.
Encontró
un espacio vacío en la mesa y se sentó. La visión de una cena suculenta se
evaporó de su mente; los restos de comida eran escasos y poco atractivos. Aun
así, era posible beber. Dekker encontró un vaso que parecía estar limpio y se
sirvió de una jarra. Bebió un sorbo, mirando con disgusto los restos de algo
que llamaban pizza, fríos y gomosos.
—¿Tienes
hambre? —preguntó una voz femenina.
Se
volvió y se encontró con Ven Kupferfeld.
—Sí—dijo
simplemente.
—Me
parecía. Allá sirven comida gratuita. —Señaló un extremo de la estancia,
oscurecida por el humo—. Y además tienes frío, ¿verdad? —Dekker asintió,
notando que era verdad.
—Bien,
será mejor que me pidas prestado el suéter —dijo ella, desanudando las mangas
que se había sujetado a la cintura. Era evidente que ella no tenía frío. No
estaba muy abrigada, pues sólo llevaba un top diminuto y una falda que apenas
le cubría las caderas.
—Vosotros
os enfermáis fácilmente —continuó.
—No
nos enfermamos —corrigió él—, si hemos recibido todas nuestras inmunizaciones,
como es mi caso.
Aun
así, el abolsado suéter se notaba agradablemente tibio sobre el cuerpo helado
—a ella debía quedarle inmenso—, además de envolverlo en el encantador y
atractivo aroma de Ven Kupferfeld.
Lamentablemente,
esas reflexiones no llevaron a nada. En cuanto ella cumplió con su misión
piadosa reanudó una entusiasta y murmurada conversación con otro estudiante a
quien Dekker no conocía. Dekker miró la mesa sin placer. Olía a cerveza
derramada y humo de tabaco, lo cual le revolvía el estómago sin calmarle el
hambre. Se levantó y fue a explorar la «comida gratuita». Resultó ser poco más
atractiva que esa repulsiva pizza fría; en el mostrador sólo había emparedados
y extrañas salsas de animal-muerto untadas sobre galletas. Dekker la estudió
con desánimo, extrañando ese magnífico desayuno; esto no era un buen sustituto.
Se
preguntó qué cuernos hacía en ese lugar. Tanabe no demostraba interés en él. Al
parecer la única razón para estar allí era embriagarse, y Dekker tenía buenas
razones familiares para no hacer eso. Habría sido más interesante si hubiera
podido hablar con Ven Kupferfeld, pero ella no lo había alentado. Desconocía a
la mayoría de esas personas, o bien estaban hablando con otros. Vio a Jay-John
Belster en la barra, hablando con otro marciano. Dekker miró de nuevo para
asegurarse, pues se sorprendió al notar que el otro no era un estudiante. Era
sin duda el antiguo preceptor de Dekker, Marcus Hagland. Belster miró hacia él,
pero Dekker desvió los ojos.
Mientras
Dekker se preparaba un emparedado con grasientas tajadas de animal-muerto y pan
húmedo, Belster se le acercó.
—Hola
—dijo, recogiendo una tajada, plegándola y metiéndosela en la boca.
—Hola
—respondió Dekker—. Ignoraba que conocías a Marcus Hagland.
—¿Marcus?
¿Así se llama? En realidad no lo conozco. Sólo es parroquiano del lugar. Creo
que antes estudiaba en la academia, pero dicen que la Oortcorp lo echó por
hacer trampa. —Masticó pensativamente y añadió—: Tu amigo Tanabe se está
embriagando de veras.
—Es
cosa suya —dijo lacónicamente Dekker, aunque lo que Belster decía era cierto.
El japonés estaba rojo y sudoroso, y Dekker observó que había pasado de la
cerveza al whisky.
Belster
masticó y tragó.
—¿No
deberías hacerte cargo? Pensé que ibas a ser su niñera y llevarlo de vuelta a
la base.
Dekker
no respondió. Belster lo había defraudado mucho. Teniendo en cuenta que había
tan pocos marcianos en el curso, tendrían que haber sido amigos. Pero ese
hombre siempre era ofensivo.
—¿Se
puede beber algo aparte de alcohol? —preguntó.
—Refrescos,
tal vez —dijo Belster—, pero tendrás que pagarlos. Escucha, he oído que tu
madre es una persona influyente en Marte.
—Es
una representante en los Comunes, si a eso te refieres.
Belster
soltó una risa seca.
—Malditos
Comunes. La han pifiado de veras, tratando de ahorrar dinero para complacer a
los terrícolas.
—Mi
madre trabaja mucho por Marte —dijo Dekker rígidamente.
—Oh,
claro que sí. Sólo que está en la comisión de bonos, ¿verdad? Y ellos son los
que me despidieron.
—¿Despidieron?
¿De dónde? —preguntó Dekker sorprendido.
—Estaba
trabajando para la delegación de comercio aquí... No era un mal empleo.
Entonces crearon esa condenada comisión parlamentaria, y comenzaron a despedir
a gente a diestro y siniestro, para recortar gastos.
—¡Pero
tenían que recortarlos! La deuda se estaba volviendo inmensa...
—Sé
muy bien lo de esa maldita deuda —gruñó Belster—. Sólo digo que ahora estaría
trabajando en San Francisco si no hubiera intervenido la comisión de tu madre.
— Miró hurañamente a Dekker, luego concedió—: Supongo que no es culpa tuya.
—Señaló aTanabe con el pulgar—. Él chico malo es él, no tú ni yo. Su padre
tiene grandes inversiones en los hábitats. ¿Por qué sales con él?
—Yo
no lo escogí. Me lo asignaron como compañero de cuarto —dijo Dekker, y luego
añadió con mayor franqueza—. De cualquier modo, me invitó a venir a Denver con
él. Yo no podía costeármelo.
—Claro
que te invitó —convino el marciano—. ¿Por qué no? Los japoneses tienen todo el
dinero, ellos y los rusos. Y no me parece que sea muy generoso con su
invitación. —Miró a Tanabe sin disimular su odio. Sin apartar los ojos del
japonés, le dijo a Dekker—: ¿No te gustaría sacárselo todo a esa gente?
—Supongo
que sí—dijo Dekker sin entender, pero sin el deseo de interrumpir la
conversación con esta persona desagradable que al menos parecía tratar de serlo
menos—. Pero eso es precisamente lo que haremos, ¿verdad, Belster? Cuando el
proyecto comience a mostrar resultados, y Marte tenga su propia atmósfera y
podamos empezar a desarrollar el planeta...
—Pero
no hablo de lo que pasará dentro de cincuenta años, por amor de
Dios.
Hablo de ahora.
Dekker
se encogió de hombros. Parecía que Belster quería llegar a algo, pero Dekker no
le entendía.
—Suponiendo
que tengas razón, ¿cómo lo haríamos?
Belster
pestañeó con una expresión curiosa.
—Tal
vez haya maneras —dijo—. Te veo luego.
Y lo
dejó nuevamente solo.
El
problema de ser un invitado era que no podía irse hasta que su anfitrión lo
deseara. Dekker no lo estaba pasando bien. Todos los demás parecían encontrarse
a sus anchas, riñendo y discutiendo de modos que bordeaban peligrosamente el
agravio. No le sorprendía que las voces fueran más agresivas. Ya habían bebido
mucho, y continuaban haciéndolo. Aunque Dekker sabía que la ebriedad era la
escapatoria terrícola tolerada frente a ese régimen impuesto de reprimir la
hostilidad, se preguntó cuánto pasaría hasta que intervinieran los
pacificadores.
Ahora
que se había secado, el lugar parecía desagradablemente caluroso. Se quitó el
suéter y se lo sujetó a la cintura, mirando en torno. Estaba más atestado que
nunca, aunque no veía a Marcus Hagland. Mejor así, se dijo, y pensó con rencor
que no tenía buenas razones para estar allí. No había nadie con quien le
interesara hablar, con la posible excepción de Ven Kupferfeld, y ella estaba
hablando con otro hombre.
Quizá
ni siquiera tuviera buenas razones para estar en la Tierra. Para ayudar a su
planeta, claro. Pero si el proyecto Oort era tan frágil como todos parecían
creer, entonces era posible que al completar el curso descubriera que no había
empleos. ¿Qué haría entonces con su carrera?
¿Y
qué sería de Marte?
No
le gustó ese pensamiento. A falta de mejor ocupación, se dirigió nuevamente a
la comida gratuita.
No
quedaba mucha. Mientras trataba de juntar tajadas suficientes para hacerse otro
emparedado, alguien tropezó con él.
—Lo
lamento —dijo ella, y al volverse Dekker vio que era la instructora que había
visto hablando con Liselotte Durch.
—No
importa —dijo él, e iba a continuar con el emparedado cuando ella extendió la
mano para tocarle el brazo.
—Aguarda,
yo te conozco.
—Tal
vez me hayas visto en la academia. Soy un estudiante. Me llamo Dekker DeWoe.
—Sé
que eres un estudiante —dijo ella con impaciencia—. No me refiero a eso. Quiero
decir que te pareces a... Oh, cielos, tú eres el chico marciano, ¿verdad?
El
la miró fijamente, recordó,
—De
Ciudad Sol, sí. Tú eres la que celebró la fiesta, antes del primer impacto —le
dijo a la crecida Annetta Cauchy.
Ella
no había cambiado mucho. Claro que estaba más rellena. Los pequeños senos ahora
eran plenamente adultos, y usaba más maquillaje del que se había puesto en la
fiesta de sus padres. Pero no suficiente, observó Dekker, para ocultar la
telaraña de vasos sanguíneos rotos que le aureolaban los ojos. Annetta Cauchy
había afrontado una descompresión explosiva en alguna ocasión.
Había
un cambio importante: su apellido ya no era Cauchy, sino Bancroft.
—Mi
ex esposo —explicó—. Lo dejé hace tiempo... no, eso no es cierto. Él me dejó a
mí, cuando descubrió que yo no heredaría varios millones de units. Supongo que
conservé el apellido por despecho.
Él
estaba sorprendido de que fuera tan baja, por lo menos veinte centímetros menos
que él. Cuando conversaba con Liselotte Durch estaba en la plataforma de
profesores, a mayor altura que los estudiantes. De cerca podía verle la
coronilla. Usaba una extraña boina, alta en el lado izquierdo, que le dejaba
caer el cabello sobre el hombro izquierdo. Pero la boina se le había deslizado
un poco, junto con el cabello, y él llegó a ver una cicatriz blanca de seis o
siete centímetros de largo.
Ella
notó que la miraba y se tocó la boina.
—Un
recuerdo de Estación Dos —le dijo.
—Ah.
Una de las estaciones Co-Marte. Yo espero ir al Oort, en realidad.
—Por
supuesto. Todos los reclutas piensan que es el único lugar al cual ir, pero sin
los controles de las estaciones los cometas no llegarían al planeta. —Sonrió y
sacudió la cabeza—. De cualquier modo, tuvimos un problema al atracar y mi
cabeza se metió en el medio, así que allí conseguí estos recuerdos. Pero la
Estación Dos estaba bien. Estuve allá un año, hasta que me enviaron de vuelta.
No por el accidente. Un problema médico —añadió, aunque él no había
preguntado—. Un problema físico, nada de esa bazofia psicológica.
—Yo
no dije nada —dijo Dekker.
—Bien
—se disculpó ella—, sé que no lo dijiste, pero soy un poco quisquillosa porque
muchos dicen que la gente pierde el seso en las estaciones. Yo no fui una de
ellas. De cualquier modo, es agradable verte de nuevo. ¿Te gusta la Tierra?
—Está
bien—dijo él, tocando los restos de su emparedado.
Ella
lo estudió con expresión curiosa.
—¿Por
qué comes esa basura? —preguntó—. Oh, aguarda. ¿Tienes hambre?
—¿Crees
que estaría comiendo esto si no tuviera hambre?
Ella
sonrió.
—Yo
también comería algo. Ven aquí. ¿Te gusta el bistec?
—No
puedo pagarme un bistec.
—Diablos,
yo tampoco, pero no vamos a pagarlo. —Lo llevó a la barra—. Dos bistecs y dos
botellas de buena cerveza —pidió—, y anótalo en la cuenta de ese tío. — Señaló
a Tanabe. Luego se volvió hacia Dekker—. ¿Conque vas a ayudar a mejorar tu
planeta?
Dekker
no estaba dispuesto a bromear sobre ello, ni siquiera por una comida gratis. Se
encogió de hombros.
—Oh
—dijo ella—, no debería bromear. Sé cuánto significa para ti.
—¿Y
para ti?
—Es
decir que deseas saber qué hago en el programa. —Annetta reflexionó un
momento—. En parte me inscribí porque el maldito proyecto Oort, cuando se fue
al traste, dejó a papá en la bancarrota. Él aún se aferra a esos bonos, pero
sólo porque no puede afrontar la pérdida si los vende. En parte fue porque me
afectó tu gente cuando estuve allá en mi infancia. Los marcianos están locos.
Marte no vale tantos problemas. Pero os admiro, en cierto modo. —Llegó la
comida y ella la miró fríamente—. Cuando pienso en lo que comíamos entonces...
En fin, Dekker, uno vive y aprende, ¿verdad? Dime, ¿eres pariente de esa
senadora marciana que sale continuamente en las noticias?
Dekker
no había notado que Gertrud DeWoe se estaba volviendo tan famosa, pero asintió.
—Mi
madre.
Ella
lo miró sorprendida.
—Claro,
ahora la recuerdo. Fue la que llamó a mis padres después de la fiesta y les
reprochó que hubieran embriagado a su hijo... Pero fue un buen momento, Dekker,
¿verdad? Toda esa noche, quiero decir, no sólo la fiesta y los fuegos de
artificio. La caída del cometa. Nunca la olvidé. ¿Y qué hiciste cuando yo
regresé a la Tierra?
—Crecí
—dijo él, sonriendo. Pero ella quería oír detalles, y también él.
Mientras
intercambiaban anécdotas, Dekker notó que comenzaba a pasarlo bien. La comida
era una ayuda, y también la cerveza embotellada, que según notó era importada
del Japón y mucho mejor que el brebaje que había en las jarras. Cuando Annetta
terminó de comer, apartó el plato, bebió la cerveza y se levantó.
—Debo
regresar a la base. Fue agradable verte. Pero recuerda, cuando entres en mi
clase seré tu profesora. Nada de familiaridad.
—Claro.
Y gracias por el bistec.
—Ya
te dije que yo no pago. Va a la cuenta de tu amigo japonés.
—¿Tanabe?
¿Pero por qué iba a pagar él?
—No
te preocupes, está en deuda conmigo. —Echó un vistazo a la larga mesa, donde
las voces se estaban elevando—. Y parece que ya es hora de llevarlo de vuelta,
antes que se meta en problemas.
Tenía
razón. Dekker suspiró y se acercó a Tanabe, que estaba sentado con Ven
Kupferfeld y otros. Se desanudó el suéter y se lo devolvió.
—Gracias
—Ella lo miró sin interés, pero aceptó la prenda y volvió a su conversación,
que ahora se había transformado en una discusión de tres. Ven estaba tan
acalorada como los demás.
—Los
occidentales —decía Tanabe, con voz gangosa— habéis pasado a la historia. —Le
sonrió afablemente a Ven Kupferfeld, pero su mirada era socarrona—. Fuisteis
importantes por un tiempo, pero nunca tanto como os habéis creído.
—¿De
veras? —replicó ella—. Pues los japoneses habéis pensado que éramos sumamente
importantes, teniendo en cuenta cuánto nos habéis imitado.
—Oh,
querida Kupferfeld —rió él—, ¿eso crees? Pero fuisteis misioneros tan devotos,
Kupferfeld. Queríais tanto que todo el mundo aprendiera a ser como vosotros...
así que accedimos por mera cortesía. —Se sirvió otro trago—. Especialmente los
rusos. ¿Recuerdas cómo fue eso? Estabais desesperados porque los rusos os
imitaran. Sí, y también los chinos. Queríais que ellos adoptaran costumbres
norteamericanas... elecciones norteamericanas, iglesias norteamericanas,
atascamientos de tráfico norteamericanos y, sobre todo, libre empresa
norteamericana. ¿Nunca pensasteis en lo que sucedería cuando los rusos y los
chinos, con tanta población y tantos recursos, comenzaran a copiar vuestra
economía? ¡Vaya, si casi llevaron al Japón a la quiebra! ¿Cómo no iban a perjudicar
a Estados Unidos?
—Nos
iba bien hasta que vosotros os escabullísteis del proyecto Marte —gruñó otro
estudiante de mal modo.
—¿Nos
escabullimos? —rió Tanabe—. Sólo modificamos un poco nuestro plan de
investigaciones. Obviamente los hábitats representaban una mejor perspectiva.
—¡Nos
abandonasteis! —rugió el otro.
—Qué
lástima que no vierais la situación con claridad —se compadeció Tanabe.
—¡Ahora
estamos clavados con esos malditos marcianos! —exclamó el otro.
Y
desde atrás de Dekker, Jay-John Belster masculló:
—Oye,
cuidado con lo que dices de los marcianos.
Tanabe
lo miró a través de los vapores del alcohol. Intentó levantarse (casi, pensó
Dekker escandalizado, como si fuera a pelear) pero miró en torno. No había
caras amigables. El otro estudiante era tan hostil como Belster, e igualmente
corpulento.
Tanabe
se desplomó en la silla y le sonrió a Dekker DeWoe.
—Creo
—hipó— que ya es hora de que me lleves a casa.
Pero,
para sorpresa de Dekker, cuando estaban fuera Tanabe se despabiló.
—Me
disgusta mucho esa gente —murmuró, sin que le resbalara una palabra—. ¡Eh,
taxi!
Y
cuando estuvieron en el interior apoyó la cabeza en el asiento y cerró los
ojos.
—Despiértame
cuando lleguemos a la base —ordenó, y se durmió al instante.
26
La
Fase Tres del curso de entrenamiento para el proyecto Oort consistía en lo que
llamaban «manipulación de serpientes». Era importante, pues los operarios más
diestros del programa Oort no eran los controladores de cometas ni los pilotos
que sabían buscarlos. La tarea más ardua correspondía a los manipuladores de
serpiente, que eran los encargados de preparar el cometa para la captura.
Para
capturar el cometa deseado y enviarlo a seguir su camino, se requería
envolverlo con una larga cadena de instrumentos, Augensteins y máquinas. No era
tarea fácil. Era como esculpir polvo. Pues eso son los cometas, polvo y nieve;
la nieve consiste en gases congelados y no tiene más fuerza estructural que un
sorbete. Atravesarlo con una cadena por control remoto desde miles o millones
de kilómetros requería destreza, por no mencionar que esa frágil masa debía ser
reforzada para que resistiera el impulso de un motor Augenstein. La cadena de
instrumentos se llamaba serpiente, y los operarios que cosían esas cadenas al
frágil núcleo del cometa se llamaban manipuladores de serpientes.
Las
serpientes que manipulaban eran las más rebeldes del universo. Manipular cobras
habría sido mucho más fácil.
27
Cuando
concluyeron la Fase Dos, tres alumnos más habían sido eliminados, incluido el
ex compañero de equipo de Dekker, Fez Mehdevi, pero Dekker ahora ocupaba el
puesto número tres en la clase. Ven Kupferfeld aún estaba a la cabeza de todos
los demás. Por su parte, Toro Tanabe había descendido al cuarto puesto. Lo que
había ganado con los Augensteins lo había perdido en sistemas de comunicaciones
y sensores, porque lamentablemente su padre no había podido comprarle
duplicados de estos aparatos.
—Cuarto
lugar. No es suficiente —dijo Tanabe, mirando la pantalla—. Mi padre diría que
debo esmerarme más, así que quizá me quede aquí este fin de semana. Tal vez
hasta estudie.
—Entonces
puedes acompañarme a cenar en el comedor —dijo Dekker.
—No
—suspiró Tanabe—, no es preciso llegar tan lejos. Tengo algunos fideos de raman
que mi madre tuvo la amabilidad de enviarme. Sólo necesitan agua hirviendo, y
calentaré aquí un poco de agua.
Dekker
se encogió de hombros. Iba a marcharse, pero se detuvo para preguntar.
—Tanabe,
quería preguntarte una cosa. ¿Qué has oído sobre la gente que expulsan de las
estaciones de control por razones psicológicas?
Tanabe
se sorprendió.
—¿No
lo sabías? Pero allá es donde fue la doctora McCune, a Co-Marte Dos. Y nada más
llegar se puso a echar gente.
—Ni
siquiera sabía que se había ido —se lamentó Dekker.
—No
es motivo para entristecerte, estoy de acuerdo, aunque la persona que la ha
reemplazado quizá no sea más amable. Ahora permíteme cenar. —Titubeó, y dijo
con embarazo—. Creo que incluso rezaré.
Al
salir Dekker vio a Fez Mehdevi sentado en el pasillo con sus maletas.
—Demonios
—dijo Dekker, comprendiendo la situación—. Mala suerte, Mehdevi.
—Muy
mala —dijo amargamente Mehdevi—. Mi padre estará furioso, DeWoe. No es bueno
ser el hijo menor.
Dekker
no respondió nada, pues era un novato en esa preocupación aparentemente
universal sobre los padres para haberse formado una opinión. En cambio
preguntó:
—¿Qué
harás ahora?
Mehdevi
miró el techo buscando una respuesta, como si esa pregunta jamás se le hubiera
ocurrido.
—Vaya,
supongo que regresaré a ver a mi esposa en Basora. No sé qué dirán mi padre y
mis hermanos, pero espero que ella se alegre de verme. Bah, no creo que se
alegre, pero al menos podré satisfacer mis necesidades físicas.
Dekker,
que comenzaba a comprender la urgencia de esas necesidades físicas, sintió
curiosidad.
—Creí
que te habías anotado en un servicio de citas.
Mehdevi
lo miró con cara de pocos amigos.
—Aquí
no existe la menor intimidad —declaró—. Pero es cierto. Me anoté, y nadie
respondió. Porque soy musulmán, por supuesto. ¡Cómo se juntan estos
norteamericanos, japoneses y europeos! Nos tratan como perros.
Dekker
intentó consolarlo.
—A
mí me tratan igual, Mehdevi.
—Oh,
pero tú eres marciano —dijo Mehdevi, sorprendido—. No quiero ofenderte, DeWoe,
pero no es lo mismo.
De
ese modo, en la Fase Tres el curso quedó reducido a veintinueve integrantes.
Dekker tenía una nueva compañera, una mujer llamada Shiaopin Ye, de pelo negro
y tez color arena. Era despabilada, inteligente, eficiente, pero además era
mayor que Dekker y, como aclaró a todos los varones libres del curso, casada.
Estas consideraciones impedían una relación personal, pero aun así la mujer le
agradaba. Era una gran mejora sobre el torpe Mehdevi. Siempre figuraba de sexta
a novena en la clase por sus calificaciones, y en ocasiones pudo ayudar a
Dekker DeWoe en algunas simulaciones engorrosas.
Y él
necesitaba esa ayuda.
La
primera semana de la Fase Tres no anduvo mal. La instructora era una mujer
llamada Eva Manuela Martina, y lo que enseñó en la primera semana fue la
identificación espectrográfica de los componentes de un cometa. Eso requería
conocimiento teórico, y Dekker lo tenía. No tuvo problemas en cotejar las
lecturas de ordenador producidas cuando un láser imaginario bombardeaba la
superficie de un cometa imaginario y producía un arco iris de líneas y colores.
Los ordenadores marcaban las crestas y los valles, y Dekker podía diagnosticar
el valor de ese cuerpo simulado: éste era diminuto, aquél tenía demasiado
monóxido de carbono y silicatos, éste era un auténtico tesoro, porque estaba
rodeado de amoníaco, lo cual significaba el escaso y precioso nitrógeno.
Luego
pasaron a manipulación de serpientes.
Para
operar los controles se requería algo más que conocimiento. Se requería
práctica y habilidad. Aun en los primeros días, cuando lo único que hacían era
familiarizarse con los paneles y pantallas de cada estación de trabajo, era
engorroso. Se requería mano firme y ojo de lince para operar los controles que
enviarían una serpiente de instrumentos a sesenta millones de kilómetros, hacia
el corazón de un cometa, y lograr que cada equipo de comunicaciones, sensor de
diagnóstico y tobera Augenstein se insertara en el sitio indicado.
Trabajar
a tanta distancia era lo más difícil. Claro que la distancia era tan irreal
como el cometa y la serpiente de instrumentos; eran simplemente programas
procedentes de las bases de datos de la academia. Pero eran buenos programas, y
los efectos eran convincentes. Las lecturas de los instrumentos duraban los
doscientos segundos que se requerían para que los impulsos electromagnéticos
recorrieran esos sesenta millones de kilómetros imaginarios, y las
instrucciones de retorno demoraban lo mismo en regresar a la serpiente. Era
imposible reaccionar ante lo que sucedía en el cometa, a causa de la distancia.
Había que anticiparse a lo que sucedería, y Shiaopin Ye era mucho mejor que
Dekker DeWoe para intuir los problemas que aún no se habían presentado en el
distante corazón del blanco.
A
veces Dekker lamentaba que ella no estuviera más libre, y que no fuera un poco
más guapa. Por cierto no era su primera opción en sus esperanzas íntimas. Ven
Kupferfeld aún era el blanco más prometedor, pero sólo permanecía amistosa.
A
veces era muy amistosa, cálida como una hermana, como cuando se sentó junto a
él durante una comida y le dijo que admiraba a los marcianos, pero él sólo
lograba tocarla en las sesiones semanales de forcejeo y, en general, le
asignaban otro compañero.
Dekker
tenía la esperanza de que le asignaran a Ven como compañera de trabajo cuando
el curso pasara de detección de blancos a manipulación de serpientes. Nuevos
exámenes por sorpresa habían eliminado a un par de estudiantes más. Eso
significaba cambios de pareja, y trabajar juntos podía conducir a estudiar
juntos, y estudiar juntos podía conducir a más. No sucedió así. Ven Kupferfeld
tuvo una nueva pareja, en efecto, pero esa pareja fue Jay-John Belster.
Fue
Shiaopin Ye, pues, quien acompañó a Dekker cuando se dispusieron a realizar la
primera preparación «real» —simulada, en verdad— de un cometa.
—Vosotros
dos iréis primeros —declaró la instructora, señalando a Dekker y Ye— , y todos
los demás se reunirán a mirar. ¿Esto os pondrá nerviosos? Sí, pero pensad cuan
nerviosos estaréis cuando trabajéis con una serpiente real y un cometa real, y
haya más cosas en juego que un mero ejercicio. En todo caso, como ésta es
vuestra primera penetración, he fijado el alcance en medio millón de
kilómetros, así que os resultará más fácil que cualquier cosa que experimentéis
en el Oort. ¿Ambos comprendéis?
Ye y
Dekker asintieron.
—Muy
bien, pues. Manos a la obra. Yo activaré vuestra pantalla.
Y se
inclinó para presionar el botón de activación. En la pantalla apareció la
imagen de un cometa.
No
tenía cola, desde luego. En el Oort, donde se identificaban y preparaban los
cometas, no había suficiente radiación solar para hacer hervir los gases
congelados del objeto blancuzco de la pantalla. En las cercanías flotaba la
serpiente, que ahora no lucía muy serpentina, porque tenía la forma compacta
que se usaba para desplazarla.
—Listo
—dijo Dekker, preparándose para el primer paso.
Shiaopin
Ye inhaló profundamente.
—Despliega
la serpiente —ordenó, y Dekker tecleó las instrucciones para poner el paquete
en modalidad de penetración. Segundos después el paquete se abrió, y Dekker le
vio retroceder mientras su compañera configuraba el programa para la inserción.
Dekker no participaría en esto. Por el momento debía encargarse de que la
serpiente se desenredara y de verificar que cada elemento se desplazara
libremente. Todos los componentes de la serpiente eran «inteligentes», pues en
ocasiones abarcaba más de cinco mil kilómetros de distancia, y toda corrección
del operador llegaría demasiado tarde para reparar una rotura en una hebra rota
que podía significar la pérdida de un cometa. Pero a veces las partes autónomas
de la hebra podían fallar.
—Inserción
completada —informó Ye. En la pantalla, la cabeza de la serpiente se había
plantado con firmeza en la corteza del cometa, y las lecturas indicaban que
estaba seguro.
—Iniciando
penetración —dijo Dekker, activando el programa que guiaría el motor de
antimateria de la serpiente mientras se abría paso por el cuerpo niveo y
polvoriento del cometa. Segundos después, vio que comenzaba a arrastrar su
largo convoy de instrumentos, medidores de tensión y tanques con mezcla de
polímeros.
—No
tan rápido —advirtió Ye, y Dekker la miró de soslayo. Era la primera vez que
ella revelaba nerviosismo. Dekker le guiñó el ojo para tranquilizarla, y ella
sonrió abochornada.
La
advertencia era innecesaria, pues Dekker no estaba actuando con imprudencia.
Uno no podía ser imprudente cuando guiaba un impulsor térmico que perforaba
esas capas y bolsones de gases congelados, remolcando la serpiente.
En
cuanto la cabeza estuvo bien incrustada, Dekker activó los polimerizadores de
la serpiente. Estos permitían aplicar el potente impulso de un Augenstein a un
objeto tan frágil como un cometa. Los polimerizadores introducían semillas de
moléculas orgánicas de cadena larga en el hielo derretido. Cuando los
impulsores hubieran pasado y la estela de escoria que habían dejado se
congelara de nuevo, ya no sería simple hielo. Sería un fuerte cable de
polímeros que mantendría al cometa unido cuando se disparasen sus motores
Augenstein.
Todo
esto representaba el trabajo preliminar que se debía hacer para empujar un
cometa. La integridad estructural del cometa no era de fiar. Los cometas eran
como sorbetes de gases congelados y carecían de estructura. Era preciso
mecharlos con un reguero de polímeros y una telaraña de grapas para que se
mantuvieran unidos bajo el impulso de 0,25 g del Augenstein, porque de lo
contrario se hacían trizas. Desplazar un cometa era como tratar de empujar una
montaña de gelatina con un bulldozer.
Dekker
echó otro vistazo a Shiaopin Ye. Se había calmado y estaba configurando los
programas para el emplazamiento de los motores. Eso era bueno, pues ahora
estaba realizando la parte más exigente de la manipulación de serpientes. Tenía
que estudiar todos los datos que enviaban esas sondas y medidores, para hallar
los sitios más adecuados para montar los motores Augenstein en esa masa frágil.
Ye escogió los sitios y los marcó con círculos verdosos.
—Verifica,
por favor —dijo, reclinándose.
Dekker
estudió las lecturas.
—Confirmado
—dijo, y Ye inició la tarea de poner la serpiente simulada en posición.
Dekker
sintió un aroma dulzón, y oyó una voz conocida.
—Buen
trabajo, Ye —dijo afablemente Ven Kupferfeld. Dekker frunció el entrecejo y se
llevó un dedo a los labios. No era buen momento para romper la concentración de
Ye. Ven dijo, bajando la voz—: Ojalá yo tuviera la mano tan firme como ella.
—Es
una cuestión de delicadeza —susurró Dekker—. No puedes moverlo bruscamente.
Tienes que deslizarlo suavemente, hasta que encaje... como enhebrar una aguja
con un hilo débil, ¿entiendes?
—No
sé —replicó ella—. Jamás he enhebrado una aguja.
Cuando
la serpiente estuvo en su sitio, Dekker y Ye aceptaron las felicitaciones de
sus compañeros, y hasta la instructora declaró que había sido un ejercicio
satisfactorio.
Al
regresar a los dormitorios, Ye y Dekker iban rodeados por grupos de compañeros.
A Dekker le agradó que Ven Kupferfeld fuera una de sus acompañantes. No le
agradó tanto que Jay-John Belster los siguiera, pero por suerte eso no duró. La
mayoría se dirigieron hacia el gimnasio; Belster titubeó, miró a Ven Kupferfeld
y al fin saludó y se fue con los demás, dejando a Dekker y Ven Kupferfeld a
solas.
—Bien
—dijo Dekker—. Aquí estamos.
—Ya
era hora —dijo Ven cálidamente—. Hemos demorado un poco en tener esa charla de
que habíamos hablado. Han sido dos meses muy duros, ¿verdad?
—No
pensé que fuera duro para alguien que siempre está primera en las
calificaciones.
Ella
sonrió.
—Pura
suerte, supongo —dijo con modestia—. Pero al menos parece que todavía estaré
aquí para el próximo módulo. Tú también, DeWoe. Estuviste sensacional en ese
ejercicio. —Él le restó importancia con un ademán que no era del todo sincero,
pues sabía que lo había hecho bien. Ella lo miró especulativamente—. Dime una
cosa, ¿estás casado?
Sorprendido,
él le dio una respuesta franca.
—No.
Nunca pensé en ello.
—Entiendo.
¿Entonces por qué no vamos a beber una cerveza u otra cosa?
Por
cierto fue otra cosa, y por cierto no fue una cerveza.
Tampoco
fue en el bar estudiantil. Ven tenía un coche —¡un coche particular!— aparcado
en las afueras de la escuela, lo cual explicaba un pequeño enigma que había
intrigado a Dekker: la razón por la cual veía tan poco a Ven Kupferfeld en los
dormitorios de noche era porque no vivía allí. Ven condujo montaña abajo y le
mostró una tarjeta al guardia. Que simplemente los dejó pasar.
Se
detuvieron en un aparcamiento, entre un grupo de edificios que Dekker nunca
había visto.
—¿Qué
es esto? —preguntó, mirando en torno.
—Dicen
que antes era un refugio de esquiadores, hasta que el proyecto se adueñó de la
colina. Aún puedes ver las torres del elevador.
Señaló
una hilera de estructuras de metal que subían por la montaña.
—Aquí
es donde vivo.
Vivía
en un apartamento que miraba montaña abajo hacia la distante Denver. Era una
vista espectacular.
—Ponte
cómodo —dijo, y desapareció en otra habitación.
Ese
apartamento tenía el doble de tamaño del hogar familiar de DeWoe, no el
diminuto cubículo que su madre había tomado cuando su hijo se fue a Oortcorp,
sino la espaciosa suite de dos habitaciones donde creció Dekker DeWoe.
—Es
lo que llamaban un condominio. Me lo dio mi abuelo —explicó ella, abriendo un
bar. Se había puesto blusa y falda, y estaba aún más bonita que antes. Señaló—.
El de la repisa es él.
La
repisa era más interesante que el abuelo, porque estaba encima de un auténtico
hogar, un lugar donde uno podía quemar material combustible. DeWoe se
sorprendió al mirar la imagen.
—¿Por
qué usa ese extraño traje? —preguntó.
La
muchacha iba a darle un trago pero vaciló, como preguntándose si Dekker merecía
estar en esa habitación. Luego se calmó.
—Mi
abuelo era general —explicó—. Ése era su uniforme.
—Uniforme
—repitió Dekker, saboreando el trago y preguntándose por qué un uniforme tenía
que ser tan complicado mientras paladeaba la extrañeza del licor. Estaba lleno
de sabores, humosos, profundos y dulces.
—En
los ejércitos todos usan uniformes, Dekker. Así muestran que son soldados. Por
supuesto, ya no lo hacen. El abuelo quedó sin trabajo en los últimos treinta
años de su vida, cuando eliminaron todos los ejércitos. Pero era buen hombre.
Tenía tiempo de sobra, y me llevó a muchos lugares.
—¿Fue
él quien te llevó a África? —preguntó Dekker.
Ella
titubeó.
—Bien,
fue uno de ellos. El primero, al menos. Mi padre era un tunante, pero mi abuelo
Jim compensó ese fallo. Me llevó a muchos lugares. —Enderezó la foto con
afecto—. África fue el mejor.
Al
parecer esperaba que él preguntara por qué, así que Dekker preguntó. Ella
sonrió enigmáticamente.
—No
creo que te conozca tanto como para contarte eso aún. ¿Tienes hambre? —Dekker
asintió y ella dijo—: Pues échame una mano.
Esa
mujer no sólo tenía espacio suficiente para dos familias, sino comida
suficiente para seis en la nevera, y puso alimentos para seis en la mesa.
—Habitualmente
como aquí —dijo, como si Dekker no lo hubiera entendido—. ¿Está bien?
Dekker
sonrió y asintió, masticando su emparedado. Era conejillo de Indias con
pimientos y aceite, y un vino de bayas para acompañar.
—Es
comida marciana, ¿verdad? Pensé que te agradaría.
Dekker
sonrió al pensar que ella había planeado invitarlo allí. ¿Por qué otra razón
hubiera guardado los alimentos que comían en los demes? Por supuesto, pensó
luego, él no era el único marciano de la clase. No le gustaron esos
pensamientos.
Ella
comía con tanta voracidad como él, y entretanto decía:
—Si
no hubiera sido por el abuelo Jim, yo no tendría nada de esto. El idiota de mi
padre perdió todo su dinero. Soy tan pobre como tú, Dekker.
—No
es tan malo —comentó, sin la intención de que lo tomaran en serio.
Ella
no lo tomó en serio, sino que sonrió.
—Oh,
no ha sido tan malo, y los viajes fueron agradables. El abuelo no sólo me llevó
a sitios turísticos. Fuimos a Gettysburg, Volgogrado, la costa de Normandía y
muchos otros lugares. Amaba los viejos campos de batalla, y creo que yo misma
llegué a amarlos. Cuando niña yo también quería ser general, pero...
Se
interrumpió, lo miró pensativamente.
—¿Te
parece extraño? —preguntó.
El
se encogió de hombros. Se sentía incómodo, pues sí, le parecía extraño.
—Es
anticuado, de todos modos —admitió ella—. Pero tú también eres un poco
anticuado, ¿eh, Dekker?
Él
pensó cómo responder, y escogió el modo más sencillo.
—Soy
marciano.
Ella
asintió.
—Y
Jay-John Belster dice que eres un buen marciano. Quieres que tu planeta reciba
todo lo que le espera, ¿verdad? No es motivo para avergonzarte, Dekker.
Dekker,
que nunca había pensado en avergonzarse de ser marciano, no se sintió
complacido de saber que Jay-John Belster lo había evaluado.
—No,
no lo es —respondió.
—Belster
también dice que tu madre es una persona influyente en Marte.
El
tono de ella había cambiado, y lo puso incómodo.
—Es
senadora, sí. Supongo que es lo máximo a que puedes aspirar en Marte, pero
Marte no es un sitio tan grande... todavía.
—Pero
te gustaría que lo fuera, ¿verdad?
—¡Pues
claro, Ven! ¿Por qué crees que estoy aquí?
Ella
no respondió a eso.
—Supongo
que es duro ser marciano... es decir, cuando eres tan pobre y aquí la mayoría
son tan ricos. Quiero decir... —Señaló su casa—. Yo soy una indigente, a ojos
de gente como tu amigo Tanabe, y sin embargo tengo mucho más que tú. ¿Eso te
causa resentimiento?
Esa
mujer hacía preguntas raras. Dekker trató de hallar una respuesta que no la
ofendiera.
—Supongo
que no es justo. Los marcianos trabajamos con mayor empeño que vosotros, y no
tenemos demasiado.
Eso
pareció satisfacerla. Cambió de tema.
—¿Por
qué tu oreja es así?
—Es
un trasplante. Mi oreja original se congeló.
Ella
tendió la mano para tocarla. Ese contacto fue agradable.
—¿Pero
tienes todo lo demás? —preguntó.
Él
asintió, y ella alzó la copa en un brindis. Y un instante después, para asombro
de Dekker DeWoe, Ven se levantó, se alzó la falda y se la quitó.
Lo
que tenía debajo era otra versión de lo que él había visto cuando se probaron
los dermotrajes, minúscula, traslúcida y adornada con corazones y flores.
—¿Y
bien? —dijo ella, mirándolo con severidad—. ¿Vas a mostrarme como funcionan tus
partes?
—Sí,
claro —dijo Dekker, porque ésa era obviamente la respuesta adecuada, y no
andaba tan lejos de lo que él mismo había pensado. Sólo que lo había cogido por
sorpresa. Y pronto ambos estuvieron desnudos y abrazados en la mullida cama de
Ven Kupferfeld, y la tibia solidez de ese cuerpo menudo y macizo lo asombró de
nuevo, antes que se besaran por primera vez.
La
cópula fue como todas las cópulas, infinitamente diferente pero siempre igual.
Por lo que la experiencia le permitía juzgar a DeWoe, todo había salido bien.
Duró un tiempo razonablemente largo. Le alivió todas esas tensiones y le curó
todos esos dolores, y el modo somnoliento en que ella lo abrazó indicaba que
también estaba satisfecha.
No
hablaron mucho después. Ven estaba dormida cuando Dekker se levantó, se vistió
y salió en silencio.
En
el aparcamiento miró con añoranza el hidromóvil, pero seguro que tendría que
regresar sin él. No importaba. El ejercicio le sentaría bien. Se detuvo a mirar
el cielo antes de iniciar el largo ascenso. Era una noche clara en la ladera de
la montaña. El fulgor de la luna ocultaba las pocas estrellas visibles desde la
Tierra, pero en el cielo brillaban las estrías que trazaban los cometas en su
camino para rejuvenecer Marte. Era una vista agradable para Dekker DeWoe, quien
estaba complacido con el mundo en ese momento. Un enorme cometa se extendía
como una salpicadura de plata líquida sobre medio firmamento, y había una
docena de cometas más distantes, pero con una cola plenamente visible.
—Y
de eso se trata —se dijo Dekker. Y no le molestó el largo ascenso para regresar
a los dormitorios.
Cuando
llegó al edificio de dormitorios sus músculos marcianos y sus huesos marcianos
sí estaban molestos.
Claro
que había valido la pena. Una satisfacción tanto tiempo postergada era una
satisfacción mayor; la cópula sólo había confirmado su idea de que acostarse
con Ven Kupferfeld sería algo que valdría la pena repetir una y otra vez.
Tal
vez incluso por el resto de su vida.
Dekker
empezaba a preguntarse si estaba enamorado. Era una pregunta interesante que
contribuyó a acortar esa larga caminata.
No
estaba muy seguro de cómo se diagnosticaba ese estado. Estaba seguro de no
sufrir todos los síntomas. Por ejemplo, no pensaba que Ven Kupferfeld fuera la
única mujer posible para él. Ni siquiera la consideraba perfecta. Por otra
parte, esa mujer tenía ciertas actitudes estrafalarias —¡generales, campos de
batalla!— y Dekker no dudaba de que había muchas cosas de su interior que no le
había mostrado, por mucho que le hubiera ofrecido su persona física.
Aun
así, estaba contento cuando entró en el pasillo del dormitorio. No eufórico. No
se sentía transportado, ni estaba dispuesto a matar dragones por esa mujer, ni
a llorar por su posible pérdida, pero estaba contento.
Se
sorprendió al ver que el pasillo no estaba tan apacible como era normal los
fines de semana. Un nuevo curso comenzaba. Un par de los nuevos estudiantes
estaban llevando sus bártulos a sus habitaciones, mirando en torno con
curiosidad. Dekker, todo un veterano de Tercera Fase, les sonrió amablemente y
abrió la puerta de su habitación.
Estaba
oscura. Toro Tanabe se había ido a pasar el fin de semana en Villa Húmeda, y
Dekker no había atinado a encender las luces cuando tropezó con un paquete.
El
paquete era para él.
Lo
enviaban del Centro de Rehabilitación de Colorado. Incluía una nota con su
nombre y domicilio, y decía que el Centro se complacía en entregarle los
efectos personales de su difunto padre, Boldon DeWoe. El paquete contenía
ropas, algunos artículos de tocador y una carta.
Era
lo único capaz de hacerle dejar de pensar en Ven Kupferfeld.
Se
quedó sentado en el diván un largo rato, con la carta en la mano, aunque no
pensaba en la carta sino en su padre. Pensaba en ese hombre triste y arruinado
que había optado por vivir el fracaso de su vida en un sitio donde nadie que lo
quisiera pudiera verle, y en el modo en que habría sido el mundo si Boldon
DeWoe no hubiera sufrido su accidente en el Oort.
Dekker
no lloró, aunque estuvo a punto. No se hubiera avergonzado. Simplemente sentía
algo más profundo de lo que nunca había sentido. Aunque había pesadumbre,
también había paz.
Leyó
la carta de su padre una vez más.
Mi
querido hijo Dekker:
Como
parece que me estoy muriendo, me han dejado escribir esto. Sólo quiero decirte
que lamento no haber regresado. Quería hacerlo. Quería verte crecer, y quería
estar con tu madre. Simplemente no tuve hombría suficiente para afrontar la
compasión.
No
tengo el menor derecho a darte consejos paternos, pero te los daré de todos
modos. Haz lo posible por cuidar de tu madre, aléjate de Marcus y toda la gente
como él, porque está enferma, o quizá simplemente es malvada. Ignoro cuál es la
diferencia. Y lo más importante: no envidies a los terrícolas, y sobre todo no
intentes ser como ellos.
Ojalá
hubiera sido mejor padre para ti, Dekker. Merecías algo mejor.
Tu
padre
Y
una posdata decía: Cuida de Oso Valiente. Me alegra que lo hayas conservado. Te
habría dado más de haber podido.
28
Los
mineros del Oort —los localizadores, los manipuladores de serpiente, los
lanzadores— se consideraban la parte más importante del proyecto, porque eran
ellos quienes enviaban los cometas en su largo descenso hacia el impacto. Pero
allí terminaba su tarea. El curso que se programaba originalmente sólo lanzaba
el cometa en la dirección del sol.
Eso
era suficiente para los primeros tres o cuatro años. Luego era preciso apresar
y guiar cada cometa entrante, y eso era aún más difícil, o al menos planteaba
otro tipo de dificultad.
Los
cometas llegaban del Oort en mil rumbos distintos, y ninguno era el acertado.
El curso acertado lo llevaría hacia el perihelio, tan cerca del sol como para
obtener el máximo impulso de la gravedad solar, pero no tanto como para que el
calor del sol disipara gran parte de su masa, y luego lo alejaría del sol en
una trayectoria que condujera a Marte. Ésta era la parte engorrosa.
De
esa parte se encargaban los satélites de control que compartían la órbita de
Marte. Analizaban la trayectoria de cada cometa entrante y ordenaban las
correcciones de curso. No había segundas oportunidades. En cada punto del largo
descenso el cometa necesitaba vigilancia, para que adoptara el rumbo óptimo de
inserción. A veces se requerían hasta quinientas correcciones para dar mayor
precisión al importante momento en que la gravedad solar arrancaría al cometa
de su curso original y lo pondría en el plano de la eclíptica, aminorando al
mismo tiempo la velocidad con ayuda de las toberas, justo en la fracción de
segundo indicada para que se aproximara a Marte en el punto adecuado de su
órbita.
Eso
aprendían los estudiantes en la Fase Cuatro. Algunos decían que era la fase más
importante del curso. Otros —sobre todo los que estaban en las estaciones
orbitales de Marte y del Oort— decían que no, pero en realidad todos tenían
razón. En la dura y larga tarea de guiar un cometa desde el Oort hasta Marte,
no había ninguna parte que no fuera importante.
29
Estar
«enamorado», o simplemente «a gusto», o tal vez «en celo», daba mucho que
pensar a Dekker, pero no por ello descuidaba sus estudios. Tampoco Ven. Ambos
estudiaban juntos en esas noches en que ella estaba dispuesta a pasarlas con
él, al menos parte del tiempo.
La
Fase Cuatro era interesante, y eso le ayudó a concentrarse. No eran sólo las
materias, sino que la instructora era su vieja amiga de Ciudad Sol, Annetta
Bancroft.
Dekker
respetaba la autoridad de esa mujer y no la interpelaba por el nombre de pila,
ni intentaba ningún tipo de intimidad con su instructora. De cualquier modo, no
era difícil evitar la familiaridad. Estaban muy ocupados. Después de los
primeros días de conferencias y pruebas, regresaron a la cámara de simulaciones
que habían visitado brevemente unas semanas antes.
Dekker
se alegró de descubrir que tenía un talento natural para manipular cometas. Ven
lo admiraba —quizá con un dejo de envidida— y Annetta Bancroft le palmeaba la
espalda.
—Deberías
solicitar un puesto en una estación —le aconsejó. Cuando él respondió que
deseaba ir a la Nube de Oort, ella pareció pensativa. Pero Dekker sabía que
Annetta tenía razón. Era muy bueno en las vitales tareas de mantener los
cometas en curso, resolver los problemas orbitales y ordenar las correciones.
¿Sería por su experiencia como piloto? No lo creía. Los problemas generales
eran los mismos —guiar y anticiparse— pero aquí la mayor parte de la
planificación se hacía con un ordenador. Los ordenadores rastreaban las
posiciones y trayectorias de cada cometa entrante, haciendo preguntas y
trazando un nuevo curso cada diez segundos, en todos los segundos de todos los
años que un cometa tardaba en llegar a destino. Aun así, un ser humano debía
verificar las soluciones del ordenador antes de cada corrección de curso. Esto
era axiomático; los ordenadores rara vez se equivocaban, pero se necesitaban
seres humanos para detectar a tiempo los errores graves.
En
el centro de control, cada vez que Dekker tecleaba una trayectoria y observaba
la dorada línea de predicción que se extendía desde el cometa hasta el punto en
que alcanzaría el perihelio, y tecleaba «normativa» para cotejarla con la
solución real del controlador que estaba en la órbita de Marte, las dos líneas
concordaban a la perfección. Una vez el resto de la clase lo aplaudió
espontáneamente. Desde luego, Annetta ordenó silencio, pero Dekker pensó que su
padre se habría sentido orgulloso.
Pero
no pensaba con tanta frecuencia en su padre. No se había olvidado de Boldon
DeWoe; lo recordaba con dolor. Pero Dekker tenía muchas otras preocupaciones, y
una de ellas lo acompañaba en persona gran parte del tiempo, y en sus
pensamientos el resto de sus horas: Ven Kupferfeld.
Pasar
tanto tiempo pensando en Ven Kupferfeld, o en una mujer, era algo nuevo en la
experiencia de Dekker. Había dormido con varias mujeres, pero nunca había
sentido tanta fascinación por otro ser humano. Cuando estaban juntos era
consciente de las diferencias que los separaban: terrícola/marciano,
rica/pobre, refinada/ingenuo, y ante todo varón/mujer, porque en la Tierra,
pensaba Dekker, las diferencias fundamentales entre hombres y mujeres eran
mucho más marcadas que en Marte.
Pero
cuando estaban separados, las diferencias no parecían importar. Lo dominaba el
afán de estar con ella.
Estaba
con ella mucho menos de lo que hubiera deseado. Una vez que tuvo acceso a su
lecho, Dekker pensó que habría repeticiones a granel. Las hubo, pero no tan
frecuentes como él hubiera querido. De vez en cuando, cuando ella se le
acercaba al final del día, Ven lo miraba con esa sonrisa cálida pero opaca que
preanunciaba que le diría que esa noche estaba ocupada.
Aun
así, compartían muchas veladas, y al cabo de un tiempo hasta Toro Tanabe lo
notó. El egocéntrico Tanabe tardó más de una semana en observar que habían
cambiado de papel. Ahora era Dekker quien llegaba tarde al dormitorio, muy
satisfecho consigo mismo. Luego Tanabe tardó menos de un segundo en deducir el
porqué. Apagó su pantalla y miró a su compañero de cuarto.
—Por
amor de Dios, es Ven Kupferfeld, ¿verdad? —preguntó asombrado.
—A
veces estudiamos juntos, sí.
—Oh,
claro, sí, sé exactamente qué estudiáis. Sin duda aprendes mucho de tanto
estudiar. Pero esa mujer no está en tu categoría, DeWoe.
Como
Dekker compartía esa opinión, replicó con mayor acaloramiento que en otras
circunstancias.
—Ella
no lo cree así. Si quieres saberlo, es casi tan pobre como yo.
Tanabe
sacudió la cabeza.
—La
clase no es sólo cuestión de dinero —declaró—. Al menos, en ocasiones no lo es.
Kupferfeld proviene de una familia muy importante, mientras que tú eres un...
Se
contuvo a tiempo para no decir «marciano». No dijo nada por un instante. Luego,
movido por un impulso momentáneo hacia la amabilidad, cambió de tema. Señaló su
pantalla apagada.
—Me
estoy volviendo loco con estas integrales —gimió—. Es fácil resolverlas aquí en
la pantalla, pero resulta mucho más difícil cuando trato de guiar un cometa.
—¿Eso
es lo que hacías? —preguntó Dekker con curiosidad, porque cuando la pantalla
estaba encendida había creído ver otra cosa.
Tanabe
puso una expresión esquiva.
—No
en este momento —confesó Toro—. Uno necesita distraerse. En realidad, era una
de esas novelas sobre Marte.
—Demonios
—rió Dekker.
—Sólo
deseaba entender cómo era tu mundo —declaró Tanabe.
—No
lo entenderás con esas novelas. —Dekker había visto pocos de esos programas,
pues le resultaban insultantes: títulos con letras que goteaban sangre, colonos
marcianos malvados secuestrando mujeres terrícolas, viviendo como animales en
sus toscos refugios subterráneos, peleando. ¡Peleando!
—Lo
sé —dijo humildemente Tanabe—. Claro que son muy exagerados... Y las noticias
son tan malas que lo apagué. El índice de Tokio bajó ciento cincuenta anoche.
—No
sé qué significa eso —dijo Dekker, con cortesía pero sin interés.
—Significa
que mi padre es medio millón de units más pobre de lo que era ayer — dijo
amargamente Tanabe—. Oh, queda muchísimo... hasta ahora. ¿Pero dónde terminará?
Dekker
disimuló un bostezo.
—Es
sólo dinero, Tanabe. ¿Por eso estás estudiando tanto?
—¿Mientras
tú estudias otras cosas con esa mujer? —Tanabe titubeó, luego dijo— : Sé que no
es cosa mía, DeWoe, pero escucha mi consejo. Ven Kupferfeld no sólo está bien
conectada, sino que es mucho más fuerte que tú. Te comerá vivo, hombre.
—Sí,
eso me agradaría —convino Dekker, para hacer que ese tío fastidioso se callara.
Tanabe se calló y se fue a su cuarto, y cuando ambos se levantaron por la
mañana actuó con cortesía pero no volvió a mencionar la peligrosidad de Ven
Kupferfeld.
Dekker
sí, en cambio.
La
próxima vez que estaba en casa de Ven, terminando la comida micrococida que
habían preparado con elementos de la despensa, «para ahorrar tiempo para el
estudio», no pudo evitar contarle la divertida historia de que Tanabe había
intentado prevenirlo contra ella.
Ven
no parecía sorprendida, ni siquiera ofendida. Simplemente entregó a Dekker su
plato sucio y sus cubiertos pensativamente. Lo siguió con los ojos y preguntó:
—¿Y
tú qué piensas, Dekker? ¿Te estoy causando daño?
—Claro
que no —dijo él—. No creo que Tanabe piense que puedes dañarme. Él sólo trataba
de decirme que eres muy distinta de mí.
—¿Lo
soy?
Dekker
se volvió para responder con un rotundo «No», pero recapacitó.
—Bien,
claro que eres distinta. Pero eso no tiene nada de malo. Me gustas así.
—¿Distinta
en qué, Dekker? —insistió ella.
Él
extendió las manos, sonriendo.
—¿Por
dónde quieres que empiece?
—Por
donde gustes. Empieza con lo primero que te venga a la mente.
—Bien...
—Él reflexionó un instante. Después de rechazar las dos o tres «primeras»
ocurrencias, se decidió por una—. Bien, experiencia. Tu has estado en muchos
lugares que yo sólo he oído nombrar. Con tu abuelo, quiero decir.
—¿Qué
lugares?
—Supongo
que todos ellos. Esos campos de batalla, por ejemplo. Y África. ¿Por qué fuiste
allá, de todos modos? No hay campos de batalla en África.
—Claro
que sí. África es tan sangriento como cualquier continente del mundo, y eso es
mucho decir. Pero no fue por eso que me gustó.
Dekker
recordó algo.
—Pero
no quisiste contarme por qué, pretextando que aún no me conocías lo suficiente.
¿Y ahora?
—Tal
vez no —dijo ella besándole la mejilla, pero aun así empezó a contárselo—. La
reserva africana estaba protegida... eso lo sabes. —Dekker asintió—. Bien, aun
así logramos matar un animal.
Él
la miró fijamente.
—Cómo?
—¿Cómo?
Mi abuelo Jim sobornó a los cuidadores, ¿qué crees?
Mientras
ella se lo contaba, Dekker la miró incrédulamente. Pero parecía ser cierto. El
abuelo tenía «contactos». Sus contactos aceptaron el dinero, les permitieron
entrar en la reserva, sobornaron a los cuidadores, incluso les dieron armas,
dos magnéticas calibre 38. Las armas no servían para matar elefantes —ni
siquiera los cuidadores sobornados se atreverían con algo tan grande y
conspicuo como un elefante— pero sí para matar criaturas más pequeñas, si uno
las sabía usar.
Incluso
un león.
—Mi
abuelo deseaba que yo tuviera eso —dijo ella con un tono entre feroz y
sentimental—. Un león, un león viejo y cruel, de melena negra. Un matador de
hombres. El cuidador encontró el rastro del léon y luego se esfumó. Mi padre
abatió a una gacela y la usó de carnada. No la mató, sólo le dio en el hombro
para que no pudiera correr mucho, y la seguimos hasta que llegó el león. Oh,
Dekker, yo estaba asustada. Sólo tenía esa arma tan pequeña. Pero permití que
el león matara a su presa, y luego maté al león. Un disparo. Entre los ojos. El
abuelo me levantó y me dio un gran beso.
Se
interrumpió, mirando el rostro de Dekker. Luego se echó a reír, no con sorna,
sino con buen humor.
—Oh,
Dekker, qué bueno que los marcianos sean mejores para follar que para luchar.
¿Qué dices? ¿Por qué no volvemos a aquello en lo que eres bueno?
Todo
anduvo tan bien como siempre, pero mientras Dekker aún respiraba
entrecortadamente, Ven Kupferfeld ya se había incorporado.
—Creo
que no terminamos el vino, ¿verdad? No lo desperdiciemos.
Él
la siguió, tan desnudo como ella. Ella lo miraba reflexivamente.
—Esas
cosas te escandalizan, ¿verdad, Dekker? Matar un león ilegalmente, quiero
decir. Lo lamento. Quizá Tanabe tenía razón.
—Claro
que no —dijo Dekker con énfasis, pues no estaba seguro.
—Admito
que no es socialmente apropiado. No puedo evitarlo. Mi abuelo era un buen
hombre, y destruyeron su carrera.
Dekker
se le acercó, tratando de encontrar un terreno para el consenso.
—Supongo
que algunas buenas personas resultaron perjudicadas cuando abolieron las
guerras —aventuró.
—No
abolieron las guerras, Dekker. Solamente abolieron los ejércitos, y los echarán
de menos cuando llegue la próxima guerra.
Él
la miró atónito.
—¿Cómo
puede haber una próxima guerra? ¿Con qué la librarían?
Ella
sacudió la cabeza.
—Nunca
subestimes la capacidad humana para encontrar modos de pelear.
Quizá
sea atávico, pero extraño los viejos tiempos. ¿Y tú, Dekker? ¿Acaso los
marcianos no odian a nadie?
—¿Odiar?
No lo creo —dijo, hurgando en su memoria—. Aunque hay muchas personas que no me
agradan.
—No,
yo hablo de odio. Mi abuelo odiaba a los japoneses.
—Pero
Toro Tanabe... —comenzó Dekker, pero ella lo interrumpió con impaciencia.
—No
hablo de tu compañero de cuarto, hablo de todos ellos. El abuelo decía que
ellos lograron abolir las guerras, ellos y sus pacificadores. Y ahora son los
reyes de la creación.
Ella
lo miró como si aguardara un comentario, pero Dekker no tenía nada que decir.
Esto era totalmente ajeno para un marciano, y ajeno a su experiencia personal.
Bien, a menos que contara a la familia Ngemba y los masai. Pero los Ngemba
jamás habían hablado de odio.
—¿Y
qué hay de nosotros? —preguntó ella—. Los terrícolas, ¿los marcianos no odian a
los comemugres?
—Existe
cierto temor, y resentimiento por el coste de los bonos, y...
—No
temor. Odio. ¿No os sentiríais bien si algo malo les pasara a los terrícolas?
No me refiero a matarlos.
—No.
—Dekker reflexionó un instante, y luego repitió con mayor énfasis—: No.
—Pues
yo me sentiría bien si algo les pasara a los japoneses. Una vez les dimos una
buena tunda, y ojalá pudiéramos hacerlo de nuevo.
Ven
reflexionó un momento, le acarició la mejilla.
Ese
simple contacto alteró el tono de la discusión.
—Entiendo
a qué te refieres —dijo Dekker vagamente, y muy falsamente, disponiéndose a una
nueva repetición de su entretenimiento favorito. Pero había interpretado mal
las intenciones de Ven. Ella no se le acercó como él esperaba. Tampoco se
apartó. Se quedó sentada, apoyándose en una esquina del diván.
—¿Por
qué temes tanto las guerras? —preguntó abruptamente.
Eso
lo sorprendió.
—No
temo las guerras, Ven. Sólo pienso que son bárbaras. Estamos mejor sin ellas.
—¿Estás
seguro de saber de qué hablas? —insistió ella—. ¿Alguna vez has visto una
guerra?
—Claro
que no. Nadie ha visto una guerra.
—Oh,
no me refiero a una guerra real. Me refiero al virtual de una guerra.
Dekker
se sorprendió.
—No
sabía que la gente tuviera virtuales de guerras.
—La
gente pudiente tiene toda clase de cosas, Dekker. Y también la gente no
pudiente, si tuvo abuelos ricos. —Lo estudió un instante—. Desde luego, son
mejores si estás de ánimo...
Él
no entendió bien.
—Oh,
quieres decir si bebemos más vino.
—No
exactamente. Bien, el vino servirá, creo. La pregunta es si tienes agallas para
experimentar una guerra.
Si
ella no hubiera hablado de «agallas», Dekker quizás hubiera rehusado.
Precisamente por eso ella había usado esa palabra, y minutos después estaban en
el dormitorio. Ella sacó cascos de realidad virtual de un armario y le ayudó a
colocarse el auricular sobre los hombros.
El
equipo de realidad virtual no era como un traje térmico marciano, sino mucho
peor. Al igual que los trajes de las naves localizadoras, carecía de visor.
Aunque aquí también sentía el aire fresco en la nariz, tenía la misma sensación
de asfixiarse en la oscuridad. Cuando le habló Ven, su voz estaba sofocada.
—¿Estás
preparado? —preguntó.
—Preparado.
—Entonces
hagámoslo. Lo que veremos es de la Guerra de Secesión norteamericana, lo que
llamaron la Batalla de los Siete Días. Aquí está...
Y
ahí estaba.
No
hubo ningún chasquido ni parpadeo de advertencia. De pronto Dekker estaba
mirando las riberas de un río de diez metros de anchura, con pantanos y bosques
en las orillas. Tenía plena sensación de presencia, no sólo vista y oído sino
también otros sentidos. El aire húmedo olía a madera quemada —¿fogatas de los
vivaques, tal vez?— y también había un aroma químico y desagradable que no pudo
identificar. Explosiones lejanas retumbaban por encima de algunos trinos y del
zumbido constante de los insectos.
Oyó
algo a sus espaldas y dio la vuelta. Aunque sabía que la escena sólo consistía
en imágenes electrónicas proyectadas dentro del casco, su visión se desplazó
cuando él movió el cuerpo. A la vuelta de un recodo del río vio hombres en
uniforme azul que azuzaban a unos caballos para que sacaran un cañón del río.
Un
cañón. Era una verdadera guerra.
—Es
el río Chickahominy —le dijo al oído la voz de Ven—. Estamos presenciando el
inicio de la Batalla de los Siete Pinos.
—¿No
habías dicho los Siete Días?
—No
seas cargante, Dekker. Siete Pinos es una de las batallas que compuso los Siete
Días. Echemos un vistazo a los generales.
La
escena se desplazó. Ahora veía a dos hombres de uniforme gris que estaban a
solas, estudiando un mapa que tenían desplegado entre ambos. Uno era alto y
desaliñado, el otro más elegante, aunque tenía la casaca manchada de sudor. Más
allá de los generales, hombres blancos a caballo cabalgaban en formación, con
rifles a los costados. Unos cuarenta hombres negros vestidos con camisas y
pantalones de algodón, trajinaban descalzos cavando trincheras mientras tres
mujeres negras con falda negra y pañuelos en la cabeza les llevaban cubos de
agua.
—Esos
dos hombres son los comandantes confederados —dijo Ven—. El corpulento es el
general Thomas Jackson. Luego se hizo famoso, cuando lo llamaban «Muralla de
Piedra», pero ahora es sólo un comandante de cuerpo a las órdenes del general
Robert E. Lee, quien está al lado. Resultará ser el general más grande de la
guerra, y acaba de recibir el mando del Ejército de Virginia del Norte. Espera.
Otro
cambio de escena. Ahora Dekker miraba a otro grupo, a la vera de un camino de
tierra. Furgones cargados descendían ruidosamente hacia un río. ¿De nuevo el
Chickahminy? Dekker supuso que sí, y estos hombres también estudiaban mapas.
—Éste
es el otro bando, Dekker. El joven apuesto con casaca azul es George McClellan.
Comanda los ejércitos de la Unión, y están invadiendo el Sur. Mira, Dekker,
ahora sus ejércitos están a cien kilómetros de Richmond, la capital de la
Confederación, y si McClellan puede continuar la marcha y capturar la ciudad,
la guerra habrá terminado.
—¿Y
lo hará?
—No
—dijo ella con desdén—. Pudo hacerlo, pero no lo hizo. El imbécil tenía todos
los elementos a su favor, pero retrocedió porque Lee lo engañó. Si quieres
saber qué sucedió, fue una vergüenza. El Norte no tomó Richmond sino tres años
después, y no fue McClellan quien lo hizo. Por eso es una batalla interesante,
Dekker, porque McClellan tenía todas las ventajas y Lee le pateó el trasero.
Calló
un instante. Dekker notó que también aquí había aves e insectos, y el aire
estaba caluroso y húmedo como en el otro lado. No era tan malo como había
pensado. Los bosques eran bonitos. Esos hombres antiguos no parecían
monstruosos. Al parecer nadie salía lastimado, y si esto era una buena muestra
de lo que era una guerra, Dekker no entendía por qué eran tan espantosas.
—Ahora
observa —continuó Ven—. Esta serie de batallas duró siete días, recuerda, así
que no podremos mirar todo. Pero podemos ver algunos momentos culminantes.
Entonces
Dekker DeWoe saboreó la guerra por primera vez.
Los
momentos culminantes que vio en el virt de Ven Kupferfeld lo sumieron en
honduras que jamás había experimentado.
La
guerra no consistía simplemente en hombres elegantes estudiando mapas. La
guerra era violencia sanguinaria y muerte brutal. La guerra apestaba a sangre,
excrementos y carne quemada. La guerra consistía en hombres gritando, caballos
tratando de incorporarse mientras se les derramaban las tripas, soldados
heridos pisoteados detrás de sus parapetos mientras el enemigo brincaba con
bayonetas, jinetes sableando a artilleros atrapados contra sus cañones. La
guerra era asesinato, repetitivo, múltiple, incesante.
Ven
pasaba el virt de una escena de carnicería a la otra, sin tener en cuenta el
tiempo ni la secuencia. En un momento Dekker vio el sol muy alto en el cielo,
en otro estaban en una maraña de pantanos y chaparrales con una violenta
tormenta rugiendo en la luz del alba mientras hombres empapados avanzaban entre
matorrales, disparando al moverse; en otro estaban en plena oscuridad iluminada
con truenos de otro tipo, anaranjadas lenguas de fuego que brotaban desde
baterías de cañones apiñados en una ladera, escupiendo metralla sobre los
hombres aullantes que estaban en las oscuras laderas de abajo.
Dekker
ya tenía suficiente con los primeros segundos, pero se obligó a mirar diez
largos minutos más. Necesitaba asegurarse de comprender todo lo que se debía
comprender sobre este antiguo y olvidado —o no tan olvidado— registro de las
atrocidades del bárbaro pasado de la especie humana.
Al
fin se hartó. Quizás hubiera más que aprender, pero Dekker DeWoe no estaba
dispuesto a aprenderlo. Se quitó el casco y lo apoyó en la cama, procurando no
enredar los cables que lo conectaban con el panel de control.
Ven
Kupferfeld estaba sentada, muy erguida, las manos entrelazadas sobre el regazo,
la cabeza oculta por el casco. El campo de exterminio de Virginia desapareció
de la vista de Dekker. En torno sólo veía el cálido y confortable dormitorio de
Ven; aún oía el estruendo del combate que llegaba desde el interior del casco,
tenue y lejano, pero no sabía cómo apagarlo. No se molestó. Se quedó allí.
Dekker
no sentía ganas de vomitar, pero sí repulsión. Aguardó con paciencia, sin
hablar ni moverse, hasta que Ven Kupferfeld se quitó el casco y los ecos de la
carnicería cesaron.
Ella
lo miró fieramente.
—¿Bien?—preguntó—.
¿Qué piensas?
Él
pensó su respuesta.
—Creo
que estoy avergonzado de la especie humana —dijo.
Ella
se levantó y guardó los cascos. Luego lo miró con desdén.
—Oh,
eres un auténtico marciano, ¿verdad? No quieres enfrentar la realidad de los
seres humanos.
—No
me gusta que maten a la gente.
—¿Por
qué te molesta tanto, Dekker? —dijo ella, más apaciguada—. Morir no es una
aberración. La gente muere continuamente. Todos mueren tarde o temprano, y a
veces mueren de modos más desagradables que recibiendo un balazo en la cabeza
en una batalla. ¿Qué tiene de malo que la gente muera con un propósito, porque
cree tanto en algo como para arriesgar el pellejo?
—¿Por
qué morían esos hombres? Me dijiste que esta guerra duró años. Por lo que pude
ver, murieron en vano.
—No
fue en vano, porque el Sur ganó esas batallas. No importa lo que sucedió
después, pero esa vez triunfaron. Claro que hubo bajas. En esos siete días el
Sur perdió veinte mil hombres, y McClellan algunos más.
Él
la miró con ojos desorbitados.
—Cuarenta
mil muertos —musitó.
—Claro
que no, no todos muertos. La mitad de esas bajas murieron, en combate o como
resultado de sus heridas, ¿pero qué hay con ello? Eso fue hace mucho tiempo.
¿Qué diferencia hay en que los hayan matado? Hoy estarían todos muertos, ¿o no?
De cualquier modo, no se trata de eso.
—¿Pues
de qué se trata?
—De
ganar, Dekker. Se trata de ganar. Lo que importa es ganar, porque cuando ganas
puedes coger todo lo que mereces tener, aunque otros te digan que no. —Lo miró
con expresión más blanda—. Bien, por el momento no hablaremos más de ello.
Confía en mí, Dekker. Cambiarás de parecer cuando madures un poco. ¿Quieres
venir ahora a la cama?
Dekker
estudió a la mujer de la cual había estado casi enamorado. Estaba muy bonita,
tendida en la cama que ambos compartían. No sonreía, pero tenía el rostro
arrebatado y respiraba rápidamente.
Dekker
sacudió la cabeza y se levantó.
—Esta
vez no —dijo cortésmente—. Gracias por la cena y el virt, pero creo que
regresaré al dormitorio.
30
Dekker
no volvió a ver a Ven Kupferfeld por un tiempo. Es decir, la veía, e incluso le
hablaba en la clase cuando era necesario, y ella le respondía con la misma
cortesía. Eso era todo. Ven parecía conforme con esperar a que se le pasara.
Ninguno de ambos mencionaba el virt de la Guerra Civil que habían presenciado
juntos, y nadie sugirió pasar otra noche juntos. Era como si nunca hubiera
ocurrido.
Pero
sí había ocurrido. Dekker DeWoe quedó muy confundido por los efectos. Incluso
interfirió con su trabajo, y Annetta Bancroft lo reprendió por distraerse
frente a toda la clase. Cuando terminó la clase, lo detuvo cuando salía.
—¿Qué
te pasa, DeWoe? —le preguntó con cierta amabilidad.
Él
se encogió de hombros.
—He
tenido muchos problemas —dijo él.
Ella
lo observó un instante.
—Sé
lo de tu padre —dijo, e hizo una pausa, como invitándole a responder. Al fin
continuó—: Sea lo que fuere, será mejor que lo enfrentemos. Según tu cartilla,
pronto deberás someterte a una entrevista psiquiátrica. Concerté una cita para
ti esta noche. Preséntate ante la doctora Kalem. Si algo te molesta, deja que
ella trate de ayudarte. Te ha ido bien hasta ahora. No lo estropees.
Él
reflexionó un instante y le dio las gracias. Lo decía en serio. Notaba que la
mujer trataba de ayudarle, y no era culpa de ella si no podía.
Dekker
no esperaba demasiado de la entrevista con la doctora Merced Kalem, y no obtuvo
más de lo que esperaba. Era rutina. Esta vez no le pidieron que se desnudara, y
estaba preparado para los tests y las molestias habituales. Cuando Kalem
comenzó luego a preguntarle sobre sus problemas, Dekker estaba preparado.
Recordando lo que había dicho Annetta Bancroft, comentó la muerte de su padre y
sus preocupaciones sobre los posibles efectos de la competencia con los
hábitats agrícolas, y nunca mencionó el nombre de Ven Kupferfeld.
Tampoco
mencionó el tema de la guerra, y cuando la doctora lo dejó en libertad, Dekker
estaba seguro de que la mujer no incluiría comentarios desfavorables en sus
antecedentes. Incluso llegó a tiempo para cenar en el comedor.
Comió
deprisa y solo, y al terminar se sintió mejor. No había nada de qué
preocuparse, se dijo. Sí, Ven Kupferfeld tenía aspectos repugnantes en su
carácter. ¿Y qué? Ocurría con la mayoría de las personas —las que no eran
marcianas, al menos— y ninguno de esos apetitos y afanes ocultos, aberrantes,
animales, importaba de veras, porque para eso estaban las sesiones de educación
social y reducción de hostilidad. Era evidente que estas sesiones daban
resultado. No eran tan buenas como las clases de docilidad de Marte, pero nada
en la Tierra lo era. Y los resultados eran claros: ni siquiera los terrícolas
tenían guerras.
Estaba
tan convencido de haber solucionado sus problemas que se sorprendió cuando, en
su cuarto, notó que Toro Tanabe lo miraba con mal disimulada preocupación.
—¿Cómo
fue? —preguntó Tanabe.
Dekker
se encogió de hombros.
—Lo
de costumbre. Al menos Kalem no es tan perra como McCune.
—Pocas
lo son —convino Tanabe, pero ni siquiera el egocéntrico Toro Tanabe estaba
dispuesto a dejar las cosas ahí. Estudió a Dekker un instante, luego enfrentó a
su compañero de cuarto—. Es evidente que algo te tiene a mal traer. ¿Qué es?
—Nada
—dijo Dekker. Luego cambió de parecer—. Bien, hay algo que vi la otra noche.
Tanabe, ¿alguna vez has oído hablar de virtuales de guerras? Me refiero a los
que tienen escenas realmente sanguinarias, con gente a la que le vuelan las
tripas ante tus ojos.
Tanabe
pareció sorprendido, luego divertido.
—Pero
claro, DeWoe. A veces me olvido de que eres marciano y no sabes lo que saben
todos. Hay muchos tipos de esos virts. No sólo guerras, sino historias llenas
de tormento y muerte, violencia masiva, asesinatos, violaciones... Escucha,
DeWoe, no quiero que me interpretes mal. A mí no me gusta, pero lamentablemente
parece que a muchos sí. No hay ciudad en la Tierra donde no puedan comprarse.
—¡Es
repugnante! Matan personas en esas cosas.
Tanabe
soltó una carcajada. Se tapó la mano con la boca y dijo:
—Vaya,
DeWoe, no tienes precio. ¿Crees que de veras matan a esa gente? Subestimas a
los técnicos de los virts. La mayoría de las partes violentas son simulaciones
por ordenador, por cierto. Es notable que parezcan tan reales.
—¿La
mayoría?
Tanabe
se puso incómodo.
—Bien,
va contra la ley matar gente para hacer un virt. Aun así, y recuerda que sólo
repito un rumor, dicen que ciertas matanzas son... tal como se filmaron. Es
decir, algunas muertes son reales, aunque sospecho que los actores no saben
esto cuando los contratan. No sé si es verdad. —Titubeó—. ¿Has visto uno de
esos virts?
Dekker
asintió, y Tanabe suspiró.
—Te
advertí que esa mujer te devoraría, DeWoe.
El
problema era que Dekker disfrutaba de la compañía de Ven Kupferfeld. La
extrañaba. No sólo extrañaba hacer el amor, aunque esto era algo que echaba de
menos cada vez más; extrañaba sus caricias; sus charlas, y saber que se
reunirían para hacer el amor y hablar de nuevo. Extrañaba las diferencias que
los separaban. ¿Cuántas veces tenía la oportunidad de hablar íntimamente con
alguien tan diferente de él como Ven Kupferfeld? Claro que ella estaba
equivocada. Pero era fascinante ver en qué medida había errado creyéndose en lo
cierto.
Además,
siempre estaba allí. En clase podía verla en su estación de trabajo, a poca
distancia de la suya. Siempre le veía la atractiva cabeza cuando se inclinaba
sobre su teclado; desde su punto de vista ella estaba más allá de la reluciente
imagen del planeta Saturno, con ocho o nueve brillantes cometas en torno. Ven
nunca le miraba, al menos no mientras miraba él. Se concentraba en su tarea. Al
margen de todo lo demás, Ven Kupferfeld era una buena estudiante y era muy
trabajadora. Merecía obtener lo que quería...
Aunque,
pensó, no todo lo que parecía querer.
Oyó
la voz de Annetta Bancroft por el altavoz.
—Tu
turno, DeWoe. En el momento anunciado, tu panel se activará. Ya.
El
teclado parpadeó una docena de veces en varios colores de luz, y luego se quedó
quieto. En el tanque, el gran planetario virtual que representaba el sistema
solar quedó bajo su control. Sabía que cada objeto se movía en su propia
órbita, aunque desde luego no veía el movimiento de los planetas. Hasta
Mercurio, que giraba en torno del Sol en sólo ochenta y ocho días, parecía
quieto. En el enorme tanque sólo había algunos indicios de movimiento. Dekker
veía las dos lunas naturales de Marte, y sus tres estaciones orbitales girando
en torno del planeta, y dos de los cometas cercanos al perihelio estaban
visiblemente en movimiento.
Esos
cometas eran los primeros objetos que Dekker chequeó en el tablero. Ambas
trayectorias eran óptimas.
Era
una situación difícil, pues en el perihelio el control tenía que ser más
preciso. Si el cometa no emergía de su tránsito solar con la dirección y la
velocidad correctos, produciría graves problemas. Luego los controladores de
Co-Marte Dos tendrían todo lo necesario para corregir el último tramo del vuelo
hacia Marte. A veces no podían, y un costoso cometa, con tanta inversión en
tiempo y equipo, se perdía irremediablemente. Bien, no irremediablemente,
porque luego llegaría al afelio y comenzaría de nuevo su descenso.
Pero
tardaría un siglo en regresar.
Cuando
se dispersaron para el almuerzo, Dekker había ordenado cuatro correcciones, dos
de ellas en un solo cometa —los malditos elementos orbitales del 3P-T38 estaban
mal aun después de la primera corrección— y confirmado, con ayuda de los
ordenadores, que los otros dieciocho cometas a su cargo no necesitaban
correcciones inmediatas. Saludó a Annetta Bancroft en la puerta.
—Lamento
esa corrección adicional —dijo.
Ella
se encogió de hombros.
—Tenías
un cometa inestable. Verifiqué con la controladora de la estación. Ella también
tuvo problemas con 3P-T38.
Eso
era un alivio. Dekker sabía que a veces los manipuladores de serpientes no
habían hecho las cosas a la perfección, o que el cometa mismo tenía bolsones de
material mal compactado que los sensores no habían detectado; tendría que
vigilar atentamente ese cometa en la próxima sesión.
Ella
extendió la mano para detenerlo.
—La
doctora Kalem te aprobó —le dijo. Dekker había pensado que así era, pues
todavía estaba en el curso. Pero ella insistió—. No dejes que tus testículos se
interpongan en tus estudios, DeWoe. No necesito darte ese consejo, ¿verdad?
—No.
—Pero
aun así te lo digo. Ven Kupferfeld también es buena. Me gustaría aprobar a
ambos, pues sois la clase de gente que necesitamos allá. Me han dicho que yo
misma regresaré pronto, y me alegraría contar con cualquiera de vosotros. Pero
quizá no los dos en el mismo lugar.
Allí
terminó la conversación. Cuando Bancroft se despidió, Dekker recordó sus
palabras mientras se dirigía al comedor, tratando de interpretar el mensaje
oculto que le había dado la instructora. ¡Ése era un truco muy terrícola! En
Marte la gente decía las cosas sin rodeos, a menos que fueran ofensivas. ¿Por
qué los terrícolas no hacían lo mismo?
Cuando
llegó al comedor, sus compañeros habían llenado tres mesas y no quedaban
asientos libres. Shiaopin Ye le sonrió a modo de disculpa, pero eso quedó más
que compensado por la mirada hostil de Jay-John Belster.
Dekker
se sentó a solas, y se sorprendió cuando minutos después alguien puso una
bandeja frente a la suya. Era nada menos que Ven Kupferfeld.
—Hola
—dijo ella de buen humor.
Él
respondió con un gruñido. Ella sonrió.
—Todavía
estás enfadado conmigo. No te gustó mi virt, ¿verdad? Supongo que era bastante
sangriento, por ser tu primera experiencia. ¿Creíste que era real?
Él
se encogió de hombros, y ella continuó persuasivamente.
—Pero,
Dekker, no es posible. En 1860 no había equipos para grabación virtual. Es sólo
una representación, ¿sabes? Las que hacen para los coleccionistas.
Dekker
bajó el tenedor y la miró.
—¿Pero
la gente compra estas cosas?
—jClaro
que la gente compra estas cosas! No todos son unos debiluchos que no pueden
soportar... —Ven se contuvo—. Lo lamento, no quise herirte. Sólo quise decir
que la gente tiene diferentes gustos.
Dekker
continuó comiendo, pensativamente. Luego tragó sus patatas y su salsa de
animal-muerto y dijo:
—Bien,
lo que vimos fue real alguna vez, ¿verdad? La gente de los virts no lo inventó.
Si la gente es tan morbosa como para ver asesinatos fingidos, lo lamento. Pero
cuando esto sucedió fue real.
—¡Es
sólo historia, Dekker!
—Es
la historia que se supone debemos superar —corrigió él.
Ella
sacudió la cabeza.
—Dekker,
no comprendes. La guerra no consiste sólo en matar. Claro que hubo muchas bajas
en los Siete Días, por eso la batalla es famosa. Pero no todas las batallas
fueron así. Algunas de las mayores victorias bélicas de la historia se
obtuvieron sin disparar un tiro. Mira el modo en que Adolph Hitler conquistó
Austria y Checoslovaquia. Sus tanques entraron, nadie resultó muerto, no hubo
la menor resistencia, porque todos sabían que no serviría de nada. Mira el modo
en que Estados Unidos venció a los rusos. No disparó un tiro. La sola capacidad
para hacerlo le permitió ganar.
Dekker
reflexionó un momento, sacudió la cabeza.
—Eso
no cambia las cosas. No sé mucho sobre guerras pero, estadísticamente, ¿cuántas
guerras se ganaron sin matar gente? ¿Una de cada diez?
—No
tantas —admitió Ven—. Habitualmente ambos bandos sufren bajas. Pero la
posibilidad existe.
—Suponiendo
que así sea, aun entonces, sólo ganan porque pueden matar gente. Que lo hagan o
no, no tiene importancia. El asesinato está mal, Ven. La fuerza está mal.
—¿Aun
en nombre de una buena causa?
Al
mirarla, Dekker pensó que estaba más bonita que nunca. Decidió ser justo y
darle la oportunidad de exponer sus argumentos. Quizá no fuera sólo el afán de
ser
justo, sino el aroma de ese perfume.
—¿Quién
puede juzgar qué es una buena causa? —preguntó.
—Cada
cual debe juzgarlo por sí mismo, por cierto. Aunque seas sólo tú, y la mayor
parte del mundo crea que estás loco... tal vez especialmente si es así. Dekker,
¿sabes qué es un terrorista?
Él
la miró divertido. ¡Esa mujer siempre iba de aquí para allá con sus
argumentaciones!
—Claro
que sé lo que es un terrorista. Existían aquí. También sé qué es un dinosaurio,
y ambos están extinguidos.
Ella
apoyó los codos en la mesa, a los costados del plato, y se inclinó para mirarlo
a la cara.
—Tal
vez eso no me agrada tanto como a ti. ¿Sería tan malo tener un tiranosaurio
cerca de cuando en cuando? ¿No te imaginas una de esas enormes criaturas
contoneándose en una jungla?
Dekker
rió.
—Así
podrías dispararle, como al león.
Ella
quedó sorprendida, luego se enfadó.
—¡Mierda,
Dekker! Ojo con lo que dices cuando pueden escucharte. Ése es un delito que se
castiga con la extradición.
—Lo
lamento. Es sólo que la muerte siempre parece estar presente en tus temas.
—¿Por
qué no? Matar es natural. O lo hacemos nosotros, o pagamos a carniceros para
que lo hagan por nosotros... de lo contrario no podríamos comer carne. Los
terroristas también son naturales.
—Claro
que no —protestó Dekker—. He leído bastante historia. Los terroristas ponían
bombas, secuestraban aviones y mataban gente inocente.
—Es
cierto, pero es también tu historia, ¿o no? ¿De dónde vienen los marcianos?
Él
se sintió incómodo.
—¿Adonde
quieres llegar?
—Quiero
llegar a que recurres al terrorismo cuando las probabilidades en tu contra son
tan abrumadoras que no tienes más opción. ¿Sabes dónde queda Israel?
—¿Cerca
de Egipto?
—Así
es. Es un gran pequeño país, Dekker. El abuelo Jim una vez me llevó allí,
porque quería ver cómo eran los terroristas después de vencer. Los terroristas
dirigían ese país, Dekker, o al menos sus descendientes. Ya no les llamaban
políticos, les llamaban estadistas. Pero fueron los terroristas, la pandilla
Stern, el Irgun Zvai Leumi y demás, los que pusieron las bombas, mataron gente
inocente y les dieron ese país. ¡Tú estuviste en Kenia! Así que sabes algo
sobre los Mau Mau y Jomo Kenyatta, a quien luego llamaron el padre de su
patria. Antes lo llamaban asesino despiadado.
Él
terminó el puré de patatas antes de hablar. Ella esperó.
—No
me importa cómo llames a los asesinos. Aún son asesinos. Lo lamento, Ven. No
estamos de acuerdo.
—Qué
pena —dijo ella al cabo de un momento. Se levantó, sin tocar su comida.
31
La
Fase Cinco era el momento en que los esfuerzos rendían fruto. Cuando un cometa
había concluido su largo descenso hacia el sol, atravesaba el perihelio y
entraba en un vector de aproximación a Marte, se fijaba su curso y su velocidad
relativa se reducía a pocos kilómetros por segundo. Ya casi había llegado, pero
esa última etapa podía ser fatal. Para eso estaban las estaciones orbitales de
Marte.
Controlaban
los últimos días de vida del cometa. El control se facilitaba cuando el cometa
se acercaba al planeta, porque las distancias disminuían y el tiempo de
respuesta se volvía cada vez más breve, y las correcciones de curso se
efectuaban casi en cuanto se ordenaban. Pero al mismo tiempo se requería mayor
precisión. El cometa no podía caer en cualquier lugar de Marte. No podía caer a
quinientos kilómetros de un déme ni en una planta industrial. No podía caer en
el Valles Marineris, el Olympus Mons o muchos otros parajes que se consideraban
de valor histórico. El cometa debía aterrizar donde estaba destinado a
aterrizar, con un error circular que no superaba los doscientos kilómetros, y
eso incluía el 99% de los fragmentos.
Así
que las últimas horas de un cometa eran sus horas más activas. Había que fijar
el impacto final, expulsar a los Augenstein y enviarlos a una órbita segura
para recobrarlos. La antimateria no podía entrar en la atmósfera marciana. Las
cargas de demolición debían estallar en la secuencia adecuada, con la fuerza
indicada, para fragmentar el impacto. Y no había margen para el error.
32
En
la Fase Cinco sólo quedaban veintiún alumnos en el curso de Dekker. Era lo que
se esperaba con el desgaste natural, pero había otro dato más desagradable.
Dekker había pasado al puesto número once.
Eso
le resultaba inesperado. Era culpa de Ven Kupferfeld, se dijo amargamente. Si
no hubiera desperdiciado tanto tiempo jugando al tierno Romeo de una
sanguinaria Julieta, estaría en plena cima, donde le correspondía. Pero gracias
a Dios eso había terminado y ahora podía volver a lo que le importaba.
Le
fastidiaba, sin embargo, ver que Ven conservaba su puesto de número uno.
Le
fastidiaba aún más comprobar que no dejaba de pensar en ella. Extrañaba a Ven
Kupferfeld. La extrañaba en todos sentidos, su conversación, su bonito cabello,
la humedad de su cuerpo, su perfume, su tibieza cuando dormitaban en su cómoda
cama. Hasta extrañaba su despiadada perspectiva del mundo, que sin duda era
inadecuada, errónea y aun repulsiva, pero era suya. Habían disentido
inconciliablemente sobre algunos de los valores humanos más fundamentales, pero
aun esos disensos eran interesantes.
Dekker
se rebelaba contra el modo en que esa mujer le invadía los pensamientos. No era
justo. Suponía que le resultaría fácil aceptar que ya no eran amantes, dadas
las circunstancias. A fin de cuentas, él había tomado la decisión de
interrumpir la relación. Pero no fue así.
Lo
bueno era que la Fase Cinco estaba a sólo cuatro semanas de la Fase
Seis,
y que la Fase Seis terminaría con Dekker yendo a capturar cometas para Marte,
siempre que elevara sus calificaciones. Se consagró a esa tarea.
Lo
que le facilitaba eso en la Fase Cinco era que estaba viendo cómo Marte se
volvía verde. Cada estación de trabajo de la sala de entrenamiento tenía sus
propias simulaciones, dos juegos de ellas. Si el controlador estudiante
seleccionaba una de ellas obtenía una visión de la superficie de Marte. Si
seleccionaba la otra veía un tanque, como el de las estaciones Co-Marte, pero
mucho más pequeño; sólo mostraba la región que rodeaba la órbita de Marte. El
resto del sistema solar no importaba. Aparte de las naves ocasionales que se
veían en el espacio, los controladores orbitales sólo se interesaban en Marte,
sus lunas, las tres estaciones y esa hilera de puntos que representaba los
cometas —ahora todos amarillos— que estaban en manos de las estaciones orbitales
para su aproximación final.
El
instructor de la Fase Cinco era un marciano llamado Merike Chophard, y Dekker
se alegraba de tenerle allí. Chophard era el primer marciano que Dekker veía en
una posición de autoridad en esa empresa dedicada a la regeneración de Marte.
Bien, con cierta autoridad, tanta como podía tener un profesor, pero al menos
demostraba que los marcianos no siempre estaban al pie del tótem en ese lugar
dominado por los terrícolas.
En
la primera sesión, Chophard comenzó por enviar a toda la clase a las estaciones
de trabajo: «las que os gusten. Sólo sentaos y familiarizaos con los
controles». No había mucha competencia por los asientos. Con la clase ahora
reducida a veintiún sobrevivientes, apenas llenaban la mitad de los espacios
disponibles.
La
parte más exigente de la tarea era la que se mostraba en la simulación orbital;
allí se modelaba la trayectoria de aproximación final, y allí se ejecutaba la
fragmentación del enorme cometa en trozos manejables.
No
era la parte que más fascinaba a Dekker DeWoe, sin embargo. Cuando el tiempo lo
permitía, se deleitaba en cambiar la vista para enfocar la superficie de Marte
en vez de los cometas entrantes. La vista era maravillosa. Las estaciones de
Marte estaban en órbitas de cinco horas, girando aún más cerca del planeta que
la más cercana de las dos pequeñas lunas, y en la simulación Dekker veía el
lento desplazamiento del paisaje marciano. Identificaba fácilmente esa familiar
geografía, sin importar que abajo fuera de día o de noche; los sensores de la
estación no estaban limitados a la luz visible. Incluso podía reconocer la
posición de ciertos demes, aunque la tosca resolución de la simulación apenas
permitía distinguir los pequeños edificios; contuvo el aliento cuando por
primera vez vio aparecer en el horizonte la montaña en cuya ladera reposaba
Sagdayev.
Y
vio el impacto de los cometas en la realidad. Bien, no en la realidad. Como
todo lo demás en las pantallas, eran simulaciones o grabaciones de impactos que
ya habían sucedido, pero no por ello menos emocionantes. En una sesión vio dos
de ellos muy juntos, uno muy cerca de la línea del alba, el otro acercándose, a
ochocientos kilómetros y media hora más tarde. Vio los gases que brotaban de
cada uno de los cincuenta puntos de impacto de cada cometa.
Estos
gases formaban nubes con forma de hongo que se elevaban en el cielo. Dekker
notó emocionado que las nubes permanecían. Ya no tenía a Ven Kupferfeld, pero
tenía algo mucho más importante. Marte comenzaba a tener vida.
Cuando
esa noche regresó a su cuarto, lo aguardaban dos mensajes.
Primero
reprodujo el mensaje visual. Asombrosamente, era de su viejo compañero de
Nairobi, Walter Ngembu.
Era
raro que Ngembu le hubiera enviado un mensaje visual grabado en vez de
llamarle. ¿Por la diferencia horaria? Sin duda no para ahorrase el coste de una
comunicación directa. A juzgar por la imagen, Walter no parecía cambiado. La
misma elegancia en su camisa y sus pantalones bien planchados, el cabello bien
peinado, la misma sonrisa amigable. Pero la sonrisa comenzó a borrarse cuando
Walter empezó a hablar: «Dekker, amigo mío, lamento decirte que no podré
reunirme contigo en Denver a pesar de todo. En mi cumpleaños hablé con mi padre
sobre mi plan de solicitar el ingreso en el proyecto Oort. Me pidió que
aguardara a que él hiciera ciertas averiguaciones, y eso hice. Cuando llegaron
sus respuestas, me invitó a su estudio y me dejó leer la pantalla.
«Dekker,
me temo que no tendría caso solicitar mi ingreso en el curso. No estoy
autorizado para decir qué organismo de inteligencia consultó mi padre, pero
estoy convencido de que el informe es fiable. Afirmaba que la necesidad de
terraformar Marte ha disminuido, porque los productos agrícolas que podrían
justificarlo pueden producirse más rápida y económicamente de otras maneras
—supongo que se relaciona con los nuevos hábitats que están construyendo los
japoneses—, y añadía que todo el proyecto sufriría una revisión dentro de pocos
meses. Me temo que eso signifique su cancelación. Dadas las circunstancias, mi
padre dijo que no tenía sentido solicitar el ingreso, y tuve que darle la
razón. Lo lamento, pues, pero no te veré allí. Sin embargo, Dekker, recuerda
que si cierran el centro de entrenamiento siempre puedes venir a nuestra
finca.»
Cuando
terminó el mensaje, Dekker se quedó mirando la pantalla. Al menos, pensó, eso
explicaba por qué Walter usaba el correo de imágenes. No había querido que
Dekker le hiciera preguntas sobre esos organismos de inteligencia. ¿Pero serían
de fiar?
Dekker
se volvió al detectar un movimiento en la puerta de la habitación de Toro
Tanabe. El japonés estaba allí con aire culpable. Carraspeó como pidiendo
disculpas cuando vio la mirada acusatoria de Dekker.
—Disculpa,
DeWoe. No quería fisgonear.
—Pero
lo hiciste.
—Oí
algo, sí. —Titubeó, y añadió deprisa—: Creo que es injusto que ese africano
culpe a los japoneses, pues no estamos solos en esto.
—Pero
tu padre invirtió dinero en los hábitats, ¿verdad?
—Invirtió
mucho en ellos, sí —admitió Tanabe—. Por favor, recuerda que mi padre es un
hombre de negocios. En los negocios hay que ser práctico. Los hábitats pueden
producir alimentos en gran cantidad en menos de diez años... ¿y cuánto tardaría
Marte en conseguirlo? Treinta o cuarenta años más, en el mejor de los casos.
Así que me temo que hay cierta verdad en esos informes, aunque no creo que sea
inevitable la cancelación del proyecto. Pero, Dekker, los japoneses no somos
reacios a ayudar a tu planeta. Yo tampoco deseo su cancelación. A fin de
cuentas, estoy aquí.
No
aguardó una respuesta, sino que se retiró a su cuarto y cerró la puerta. Poco
después salió de nuevo, el abrigo en el brazo, y se fue del apartamento sin
hablar de nuevo con Dekker.
Dekker
suspiró. Bien, pensó, ya había oído un sinfín de rumores sobre los peligros que
corría el proyecto. Si eran ciertos, ¿qué podía hacer él? No más de lo que ya
estaba haciendo: continuar su trajín con la esperanza de que los rumores
resultaran ser erróneos. Entonces recordó el otro mensaje. Éste era verbal, y
pronto vio que era de su madre.
Lamentó
no verle el rostro, pues Gertrud DeWoe parecía cansada al hablar. «Tengo buenas
y malas noticias. La buena es que quizá te vea pronto, Dekker, porque debo ir a
la Tierra para una reunión que versará sobre los bonos. La mala noticia es que
estoy obligada a hacer el viaje. Los Comunes me han designado. Los terrícolas
se están poniendo difíciles. Quieren renegociar los términos, y no parecen
dispuestos a hacer muchas concesiones. En cuanto llegue, trataré de robar un
poco de tiempo para asistir a tu graduación, así que no todo son desventajas.»
Eso
era todo.
Al
cabo de un momento Dekker apagó la pantalla, se levantó, se enjuagó la cara y
se dirigió hacia el comedor. Fue solo. No le molestaba que Toro Tanabe hubiera
salido sin esperarlo. No tenía muchas ganas de hablar con él, pues necesitaba
organizar las ideas a solas.
Esas
ideas no eran alentadoras. Claro que le complacía pensar que Gertrud DeWoe
llegaría pronto —y que tal vez asistiera a su graduación— pero los demás
pensamientos eran deprimentes. ¡Renegociar los términos! No había nada más que
ceder; los terrícolas ya tenían en sus garras a las próximas seis generaciones
de marcianos. Hubiera querido hablar con su madre. O con su padre. O incluso
—repasó mentalmente la lista de gente con la que hubiera querido hablar— con
Ven Kupferfeld. Quizás ella no supiera más que él, pero al menos habría podido
ayudarle a entender qué había detrás de todo esto, al menos para revelarle qué
deseaban los terrícolas. Ya lo tenían todo. ¿No podían ofrecer un poco de
asistencia a sus congéneres humanos de Marte?
Con
sólo hacer la pregunta, Dekker obtuvo la respuesta. Sabía exactamente lo que
habría dicho Ven, y que se reiría de él al decirlo. Los terrícolas querían lo
que siempre querían. Querían más.
No
tenía apetito, pero cogió una bandeja de comida en el mostrador del comedor.
Cuando se sentó en el rincón de la sala donde habitualmente se sentaba su
curso, se preguntó si debería hablar con alguno de ellos sobre estos
interrogantes.
Incluso
así, no tuvo esa oportunidad. Todo el curso estaba parloteando sobre otro tema,
un nuevo rumor. Se decía que el curso que se acababa de graduar ya había
recibido sus destinos. Todos irían a Co-Marte Dos, aunque hubieran solicitado
otro puesto.
—Es
por los tests psicológicos —enfatizaba Tanabe, agitando un tenedor—. DeWoe, ¿te
has enterado? Rosa McCune ha hecho de las suyas. Co-Marte Dos ha desechado la
mitad de su personal por «inestabilidad», así que tienen poca gente.
—Entonces
partiremos de inmediato —dijo Shiaopin Ye, dejando su plato de sopa—. Eso es
bueno.
—Pero
no era lo que me interesaba. Yo quería ir al Oort —gruñó otro. También era lo
que quería Dekker DeWoe, y la mayoría de ellos, pues en la Nube de Oort la paga
era mejor y la aventura más atractiva.
Pensándolo
bien, Dekker decidió tomarlo del modo más positivo.
—Creo
que solicitaré un puesto en la órbita de Marte —dijo. Cuanto más lo pensaba,
más le gustaba la idea—. Sí, eso haré. —Las estaciones orbitales tenían una
ventaja evidente. Si estaba a sólo unos kilómetros de Marte, y no a varios
días-luz, podría ir a casa de cuando en cuando. El personal de las estaciones
orbitales tenía licencias. Con un pase de una semana podría estar cinco días en
Sagdayev.
Notó
que Jay-John Belster lo miraba con una expresión divertida y desdeñosa. Pero
fue Tanabe quien habló.
—No
estabas escuchando, DeWoe. No dije nada sobre las estaciones orbitales
marcianas. Dije las co-marcianas. Allá está el problema, así que allá irán
todos. Supongo que la gente que está en órbita de Marte no se desquicia tan
pronto porque no sufre tantas tensiones.
—Pero
eso es raro, ¿verdad? —comentó Ye—. No me refiero a las dotaciones que están en
órbita de Marte, sino a las demás. Nada similar ha sucedido con las dotaciones
que están en la Nube. No he oído que enviaran de vuelta a gran cantidad de
ellos por problemas psicológicos. Y sin embargo los mineros deben sufrir muchas
más tensiones. Cualquiera diría que allá es más fácil perder la chaveta.
—Así
es —intervino Jay-John Belster—. La Nube de Oort es muy inhóspita. La gente
fuerte puede afrontarlo, pero los débiles se convierten en borrachos y
drogadictos. Recordad al padre de DeWoe.
Cuando
Dekker dejó el comedor, Shiaopin Ye lo acompañó unos pasos.
—Perdona,
Dekker —le dijo al cabo de un momento—. Estás preocupado.
—No
es nada.
Ella
sacudió la cabeza.
—Ese
hombre. Belster es una persona deshonesta, Dekker. No es de los tuyos.
—Es
marciano, ¿verdad?
—No,
no lo creo. Fue marciano en otro tiempo, pero ahora es sólo un codicioso como
los demás. Desea más de lo que merece, y nada puede satisfacerle.
Dekker
se detuvo para mirar a la mujer. ¿Acaso ella le había leído la mente?
—Pero
eso está mal —dijo, hurgando en su memoria en busca del lejano detalle que
explicara por qué estaba mal. Lo encontró—. Es la Ley de la Balsa —dijo
triunfalmente.
—¿Qué
es la Ley de la Balsa?
—Sólo
dice que la gente no debe aprovecharse de los demás. Todos deben ser
satisfechos, o todos serán desdichados.
—Es
una ley razonable. Es una lástima que Jay-John Belster no la entienda. Buenas
noches.
Dekker
se quedó solo e insatisfecho, renuente a regresar a su habitación y a la
compañía de Toro Tanabe. No tenía ganas de estudiar. Había estudiado bastante
desde que Ven Kupferfeld dejó de ser una distracción.
Había
oscurecido, y estaba fresco. Reflexionó un instante, mirando en torno.
Le
sorprendió ver a Jay-John Belster en la puerta del comedor, mirándolo, pero
Belster no intentó acercarse, y Dekker no tenía ganas de hablar con él.
Impulsivamente, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro de entrenamiento.
Ya que no iba a estudiar, al menos podía hacer algo útil, y los virtuales de
estudio de la biblioteca del centro quedaban abiertos hasta horas tardías. No
le vendría mal iniciarse en la Fase Seis, sobre todo porque verificar cosas en
los virtuales le resultaría placentero.
Media
hora después, Dekker DeWoe estaba sentado con un casco de virtuales en la
cabeza, en una biblioteca vacía. Como era probable que lo enviaran a Co-Marte
Dos, el primer virtual que ordenó fue una especie de catálogo de viajes de la
estación. Una voz grabada lo acompañaba mientras recorría los sectores de la
estación. «Las estaciones Co-Marte —decía esa voz profunda y melodiosa— ofrecen
un entorno de gravedad cero, y lo primero que debe aprender cada nuevo
tripulante es el arte de desplazarse sin una gravedad que lo sostenga.» Rápidas
tomas de obvios novatos pataleando en anchos corredores, tratando de coger las
agarraderas de las brillantes paredes rojas. «Como no hay arriba ni abajo,
todos los pasajes son rectilíneos y están marcados con diferentes colores:
rojo, verde, amarillo. Ésta es una estación de control.» Escena de un panel y
un tanque muy similares a los de la sala de entrenamiento, con un operador que
verificaba la trayectoria de cuatro cometas. «En la estación de control se
realiza la verdadera labor de las estaciones Co-Marte, pero hay sólo cuatro de
ellas, y habitualmente sólo dos están en operación al mismo tiempo. Todo lo
demás, con una masa de quince mil toneladas, consiste en meros sistemas de
soporte para los controladores que están de turno. Pero los sistemas de soporte
también son de vital importancia, pues sin ellos los controladores no podrían
trabajar. Echemos un vistazo a los aposentos de la tripulación, donde usted
aprenderá a dormir en microgravedad cuando no esté de turno...»
El
yo virtual de Dekker se había detenido frente a una puerta que, como todas las
de la estación, se podía cerrar herméticamente al instante en caso de que
hubiera una catastrófica pérdida de presión. Entró y miró en torno. Una joven
estaba dormida en una especie de cuna, las rodillas arqueadas, los brazos
plegados sobre la cintura.
Dekker
estudió la habitación. Por cierto era pequeña, pero tolerable. No era tan
pequeña como los camarotes que había ocupado en su viaje a la Tierra, y tampoco
era mucho más pequeña que la habitación que había compartido con su madre en
Sagdayev. Un marciano podía estar muy cómodo en una habitación como ésa, pensó,
hasta que el tour lo llevó a otra estancia, apenas más amplia, donde había dos
«camas» amarradas lado a lado en una pared, y la voz explicó que era un
aposento «conyugal».
Qué
agradable sería, pensó Dekker, si hubiera alguien con quien compartir un
aposento conyugal en la estación. No Ven Kupferfeld, por cierto; eso quedaba
descartado. Pero sin duda habría otras mujeres allí.
El
resto del recorrido fue menos entretenido, quizá porque la mujer aparecía de
nuevo en el linde de sus pensamientos. Era instructivo. Por primera vez
comprendió lo que se necesitaba para mantener a un puñado de controladores
trabajando a cien millones de kilómetros del ser humano más próximo. Se
necesitaba todo lo que un ser humano podía requerir para la supervivencia:
sistemas de alarma, mecanismos automáticos de seguridad, redes de
comunicaciones que lo enlazaran todo, cocinas, sanitarios, salas de «relajación»
con virts, juegos y lugares para sentarse a charlar. Y, desde luego, la planta
de energía, que consistía en un par de Augensteins en funcionamiento
permanente, destinados a producir calor, más que impulso, y electricidad
magnetohidrodinámica para operar los sistemas de la estación.
Pero
eso no era todo. Estaba la proliferación de antenas que erizaban el casco de la
estación; estaban las naves de reparación que circunnavegaban el casco externo
cuando una de esas indispensables antenas sufría un desperfecto, y estaba la
enfermería, casi un pequeño hospital, porque algunas emergencias médicas no
podían aguardar el viaje de dos semanas hasta el planeta más próximo. Las
estaciones Co-Marte Uno y Dos no eran meras estaciones espaciales. Eran
ciudades en miniatura que estaban lejos de tierra firme.
Además
eran demasiado complejas como para absorberlas en una sola dosis, y Dekker
interrumpió la emisión antes que el tour hubiera terminado. No se quitó el
caso. Pensó un momento y echó un vistazo a la estación del Oort. No era muy
parecida a las estaciones Co-Marte, pero tampoco era muy diferente, excepto
porque la mitad de las tripulaciones estaban en la Nube buscando cometas.
Investigó una nave orbital de Marte, casi idéntica a las estaciones Co-Marte, y
luego, presa de la nostalgia, examinó un virtual de Marte.
Pasaría
mucho tiempo antes que regresara allí, pensó.
Echó
una rápida ojeada a la consola para comprobar si no había cambios. No los
había. Aun ese fastidioso 67-JY estaba bien a la vista, alejándose del
perihelio con rumbo a Marte. O al menos eso esperaba. ¿Era posible que lo
secuestraran para conducirlo a los hábitats?
Apagó
el aparato y se quitó el casco. No estaba mucho más tranquilo que antes... y se
sorprendió al descubrir que tenía una visita.
Annetta
Bancroft lo observaba desde el tabique bajo que separaba su estación de trabajo
de la contigua.
—Me
pregunté quién estaba aquí—dijo ella—. Sospeché que eras tú, pero me preguntaba
si alguna vez superarías tu confusión.
Él
no supo que responder.
—Lamento
los inconvenientes, Bancroft.
—Oh,
vamos, Dekker. Ya no soy tu instructora. Hace tiempo que nos conocemos,
¿verdad? Además, quizá debamos trabajar juntos dentro de un mes. Prueba de
nuevo.
¿Cuál
es mi nombre? —Annetta. Bien, Annetta, me agrada verte —dijo él cortesmente,
pensando en despedirse. Ella lo detuvo cuando él estaba por levantarse. —¿A qué
viene tanta prisa? Tengo la impresión de que últimamente no te diviertes mucho,
Dekker. ¿Es porque Ven Kupferfeld aún te tiene a mal traer? —¡Claro que no! —¿Y
eso significa que no es cosa mía? Tal vez no. Sólo que me pregunto qué pasará
si os envían juntos a Co-Marte Dos. Porque es probable que yo también esté, y
si alguien tiene problemas le trae problemas a todos. Eso le recordó su
conversación con Shiaopin Ye. —Correcto. La Ley de la Balsa.
Asombrosamente,
ella asintió. —Eso es algo marciano. Lo mencionaste en la fiesta, cuando éramos
niños. —¿De veras? Ella rió. —No dije que hablaras con coherencia, Dekker. Ese
despreciable Evan te hizo pasar un mal rato con la bebida, ¿eh? Pues ya tiene su
merecido. Se casó con esa zorra estúpida que se estaba exhibiendo, y no se
soportan. Pero busqué la referencia después. Viene de un libro de Mark Twain.
—Annetta bajó del tabique y le cogió el brazo, guiándolo hacia la puerta—.
Cuéntame, pues. ¿Crees que te gustará Co-Marte Dos?
—¿Está
decidido que iré allí? Ella hizo una mueca. —Podría decirse que sí. ¿Es lo que
querías hacer? —No, quería ir a la Nube. —Bien, no te culpo... la paga es
mejor, por lo pronto. Si puedes resistir la soledad.
¿Entonces
intentarás que te cambien de destino?
—No
—dijo Dekker, comprendiendo que acababa de tomar una decisión, y buscando
razones para respaldarla—. Co-Marte es el lugar más importante. Alguien tiene
que asegurarse de que los cometas lleguen a Marte en una trayectoria que las
naves orbitales puedan manejar, y me alegrará ser una de esas personas.
—Has
hablado como un auténtico marciano. Aunque sería un error —añadió Annetta con
seriedad—. Los marcianos no suelen andar bien en las estaciones Co-Marte.
Él
se paró en seco y la miró con enfado. —¿De qué estás hablando? —No te enfades
conmigo, Dekker, es un dato estadístico. ¿Sabes que dos de tres de los
marcianos que enviaron a Co-Marte Dos figuraban en la tanda que acaban de
enviar de vuelta?
No
me preguntes por qué. Entre los terrícolas fueron sólo uno de cada diez. Quizá
sea mera coincidencia, pero las probabilidades son definitivamente
desfavorables. Yo no lo inventé. Puedes mirar los registros con tus propios
ojos.
—Tú
no eres marciana, y a ti te enviaron de vuelta —señaló Dekker. —¡Eso fue muy
distinto! Yo sufrí un accidente. No te desquites conmigo, Dekker. Tengo mis
propios problemas. —Sí, lo sé, Annetta. Los ricos siempre creen que tienen
problemas, aunque ni siquiera saben qué es un problema. Ella se sorprendió de
ese tono tan amargo, pero al fin se distendió y casi se echó a reír. —No soy
rica, primor. Estás viviendo en el pasado. —Pero en Ciudad Sol... —En Ciudad
Sol —dijo ella pacientemente—, mi padre era gerente general de una importante
compañía financiera, pero eso era entonces. No se apresuró a desplazar sus
inversiones, y el banco lo despidió. Eso sucedió hace años. —Ella se envolvió
el cuerpo con los brazos, tiritando. Estaban de pie al aire libre, y la brisa
que bajaba de la montaña era fría.
—¿Fueron
los bonos?
—Claro
que fueron los bonos. Él debió retirar al banco de esa transacción antes que
nadie, pero se demoró más de la cuenta. Así que ahora sabes por qué he
trabajado para Oortcorp en estos últimos cinco años. Los marcianos me han
costado mi feliz vida de niña rica, así que es justo que me retribuyáis.
—Tiritó de nuevo—. Dekker, me gusta hablar contigo, pero aquí hace un frío del
demonio. ¿No podemos ir a otra parte?
—¿Adonde?
—Mi
habitación está ladera arriba. Incluso tengo cerveza.
Dekker
nunca había estado en los aposentos del personal permanente. Ni siquiera estaba
seguro de por qué estaba allí. Si una mujer marciana lo hubiera invitado a
beber un vaso de cerveza en su habitación de Sagdayev porque fuera hacía frío
—suponiendo que alguien saliera a pasear por los alrededores de la fría y
ventosa Sagdayev—, él habría entendido que la invitación era literal.
Tal
vez aquí sugiriese otra cosa. A fin de cuentas, la invitación de Ven Kupferfeld
había sido bastante similar pero había resultado en mucho más.
Así
que mantuvo la boca cerrada y una predisposición abierta. De cualquier modo era
una experiencia interesante. El edificio donde se albergaban los instructores
había sido otro de esos hoteles que había comprado la Oortcorp. Era aún más
opulento, a su estilo anticuado, que nada que Dekker hubiera conocido. Cuando
entró con Annetta Bancroft, esperaba que alguien le pidiera una identificación,
pero nadie lo hizo, ni siquiera una voz remota detrás de una cámara de
vigilancia. Ni siquiera parecía haber cámara de vigilancia. Dos o tres personas
estaban sentadas en un rincón de la sala, bebiendo café y conversando; ni
siquiera se volvieron para mirar a Dekker y Annetta.
Cuando
Annetta lo conducía hacia los ascensores, Dekker vio a otro par de instructores
usando cascos en una pequeña habitación lateral, sin duda embarcados en un
viaje de realidad virtual, y una mujer preparando un origami al lado de una
fuente. Ellos tampoco miraron.
Annetta
no habló con nadie, ni siquiera con Dekker. Lo guió por un corredor del quinto
piso y apretó la mano contra el lector de palmas de la puerta. Cuando ésta se
abrió, invitó a Dekker a entrar y cerró.
Dekker
miró a su alrededor. Más grande que los aposentos de las estaciones Co-Marte,
pero más pequeña que la habitación que compartía con Toro Tanabe. Y bastante
menos ordenada. Había una cama mal hecha, cubierta de faldas y pantalones.
—Pensaba
pasar la noche remendando mi ropa —dijo ella.
Dekker
no se sentó. Se acercó a la ventana y miró la ladera que descendía hacia las
distantes luces de Denver. A pesar del fulgor de la ciudad, los cometas más
cercanos ya iluminaban el cielo. Ella le señaló una silla y fue hacia la
nevera.
—¿Los
instructores no tienen mejores habitaciones? —preguntó Dekker.
Ella
lo miró extrañada, se echó a reír.
—Siempre
olvido que los marcianos dicen lo que piensan. Pude haber tenido algo mejor, si
hubiera querido pagarlo. Pero esto es sólo hasta que me trasladen a Co-Marte
Dos. —Le entregó una cerveza y se sentó en el extremo de un diván—. Entiendo
que no te llevas bien con Jay-John Belster.
—¿Debería?
—preguntó él con fastidio. En ese mundo todos parecían saber muchísimo sobre lo
que él consideraba su vida privada.
—Vamos,
Dekker, hablas con tu vieja amiga Annetta. Para responder a tu pregunta, sí.
Deberías llevarte bien con Belster, y con Ven Kupferfeld, aunque ya no quieras
follar con ella, y en realidad deberías tratar de llevarte bien con todos,
porque así lo dice la Ley de la Balsa, ¿verdad?
Eso
le dolió un poco.
—No
creo que a Belster le interese llevarse bien con nadie. No creo que le interese
nada que no signifique un beneficio para él.
—¿Piensas
que yo soy distinta?
Él
reflexionó.
—No
te conozco tanto como para tener una opinión.
Ella
no replicó. Cogió una blusa, la alzó a contraluz y se puso a remendar una
costura.
—Odio
esto —dijo—. Odio ser pobre. Dime qué no te gusta de Jay-John.
—¿Porqué?
Ella
se encogió de hombros, cortó un hilo con los dientes.
—Él
y yo somos amigos. Él también es pobre.
Dekker
no pudo contener la risa.
—Conque
eres amiga de todos los pobres.
—No
—respondió ella, sin sonreír—. Sólo de los que están dispuestos a remediarlo.
—¿Cómo?
Belster es un hombre violento, Annetta. No puedo dejar de pensar...
Ella
esperó, y al fin comprendió que él no terminaría la frase.
—Creo
que entiendo. No te gusta la gente deshonesta y violenta.
—Pues
lo has dicho muy bien —dijo Dekker.
—Y
sospechas que Jay-John está metido en algún proyecto criminal. Tal vez pienses
que Ven también. ¿Crees que yo también formo parte de la conspiración, Dekker?
—¿Cómo
diablos puedo saberlo?
Ella
lo estudió un momento, suspiró.
—Demonios,
Dekker. Sé lo que te molesta. Crees que Jay-John tendría que ser un dechado de
bondad porque es marciano. No quieres creer que un marciano pueda cometer
alguna maldad.
—¡No
sólo una maldad! No me gusta lo que dice, ni muchas de las cosas que dice Ven.
Ella
suspiró.
—Supongo
que ellos depositaban más esperanzas en ti que yo, Dekker.
Dekker
frunció el ceño.
—¿De
qué esperanzas hablas?
—Bien,
esperanza de que... Olvídalo. Meras esperanzas. Mira, Dekker, supongamos que
tienes razón. Supongamos que existe una especie de conspiración. ¿Qué harías al
respecto?
—Vaya...
pues no sé. Depende de lo que sea.
—Pero
si fuera violenta, te sentirías obligado a detenerla, ¿verdad?
—Claro
—dijo él, sorprendido.
Annetta
sonreía.
—Lo
lamento, Dekker. Es que eres tan marciano. De todos modos, tienes algo de
razón. Hay algo, y va contra la ley, sólo que tú no harás nada al respecto.
Cuando eres pobre, y no quieres serlo, debes tomar algunos atajos. Eso es lo
que hacemos. ¿Quieres saber cuáles son esos atajos?
Él
reflexionó un momento.
—No
sé si quiero saberlo —dijo al fin.
—Bien,
yo lo sé, así que te contaré. Lo que hacemos es vender información a gente que
la desea... información, por ejemplo, acerca de cómo serán los exámenes. ¿Te
parece perverso, Dekker? Yo creo que simplemente tratamos de desquitarnos con
el sistema que nos ha jodido.
Él
apoyó la cerveza con indignación.
—¡Demonios,
Annetta! ¡No estás hablando de una escuela preparatoria! Estás aprobando a
gente que no sabe lo que hace, estás poniendo en peligro todo el proyecto...
por no mencionar vidas humanas.
Ella
meneó la cabeza.
—Te
equivocas. Yo he estado allí —le recordó—. Una vez que empiezas a trabajar en
una estación de control, los veteranos te vigilan el primer mes, atentos como
linces. Si hay algo que ya no sepas, lo aprenderás antes que ellos te permitan
manipular algo por tu cuenta. Ahí tienes la conspiración, Dekker. ¿Y ahora por
qué no regresas a tu dormitorio y tratas de descansar? Porque no puedes
delatarnos, ¿sabes?
—¡Claro
que puedo!
—Pues
no puedes —insistió ella con seriedad—, porque te jugarías el pellejo.
¿Recuerdas tu examen de ingreso? ¿Recuerdas que tu padre te dio las respuestas
antes que te presentaras? ¡Demonios, Dekker! ¿Dónde crees que las obtuvo?
33
Algunos
estudiantes de la escuela de entrenamiento de Oortcorp decían que la Fase Seis
era el «curso de las gansadas». Cuando esos estudiantes se graduaran y fueran a
trabajar para el proyecto quizá cambiaran de opinión, porque la Fase Seis era
importante.
Esta
importancia se relacionaba con los sitios donde irían a trabajar. Esos sitios
estaban desperdigados en miles de millones de kilómetros de espacio y cumplían
diversas funciones, pero todos compartían un rasgo vital. Todos eran cascos de
metal flotando en el medio ambiente más hostil que los seres humanos hubieran
enfrentado: el espacio.
El
espacio es mortífero en un grado que no tiene parangón sobre la Tierra. Un ser
humano despojado de recursos en la Tierra podría sobrevivir, al menos por un
tiempo. Podría durar semanas sin alimento, días sin agua. Pero sin aire se
moriría de inmediato. Si ese ser humano fuera arrojado al espacio sin
protección, sus pulmones estallarían, su sangre herviría, y moriría en minutos.
Lo
único que impide que los viajeros del espacio sufran esa muerte expeditiva y
brutal es el complejo de bombas, purificadores de aire y regeneradores de agua,
plantas energéticas y sistemas de soporte vital, y esos sistemas eran
prácticamente idénticos en todas las estaciones del proyecto Oortcorp.
Si
algo andaba mal —y tarde o temprano siempre había algo que andaba mal— había
que repararlo de inmediato. De lo contrario, la gente moría. No habría expertos
de fuera para salvarlos. No se podía llamar a un fontanero ni pedir una
ambulancia que recorriera esos millones de kilómetros de espacio vacío. La
gente que trabajaba allí no podía depender de nadie salvo de sí misma. Tenía
que aprender cada una de las labores que se necesitaban para mantener en
funcionamiento ese complejo y falible sistema, y de eso trataba la Fase Seis.
34
El
curso de Dekker había comenzado con un total de treinta y cuatro individuos
escogidos, todos seleccionados atentamente por su educación, capacidad e
inteligencia. Se redujo rápidamente.
Hacia
el final de la Fase Cinco casi la mitad de los treinta y cuatro estaban
eliminados. Dekker DeWoe todavía estaba ahí. También Ven Kupferfeld, Toro
Tanabe, Shiaopin Ye y Jay- John Belster, y una docena más del equipo original,
pero eso era todo. Dieciséis de esos brillantes y capaces estudiantes habían
resultado no ser lo bastante brillantes ni capaces —o, pensaba Dekker,
suficientemente deshonestos— para mantener sus calificaciones y la capacidad
psicológica necesarias para sobrevivir a la prueba, así que el número se redujo
a dieciocho... por una noche.
Cuando
llegó esa noche, Dekker no sabía nada. Estaba preparándose para acostarse,
mirándose en el espejo mientras se cepillaba los dientes, disgustado con lo que
veía. No le disgustaba su imagen física, pues físicamente se hallaba en el
mejor estado de su vida, las inyecciones de poliesteroides y calcio eran meras
dosis de mantenimiento, y hacía meses que no usaba los tensores. Casi le
resultaba posible olvidar que era un marciano en un planeta al cual le costaba
adaptarse, excepto cuando, en ocasiones, se lo recordaban hechos insólitos como
la primera y repentina nevisca de otoño. ¡Nieve! Y sus avances en la escuela
eran óptimos. Merecía felicitaciones, siempre que uno ignorase cómo había sido
posible.
A
fin de cuentas, llegar a la Fase Seis era en sí mismo una victoria. Aun así,
Dekker DeWoe sabía que esa victoria estaba construida sobre un fraude. Y no
sólo el suyo. Dekker no había hablado mucho con Toro Tanabe después de su
conversación con Annetta Bancroft, porque al fin había comprendido cómo el
japonés había logrado salir tan airoso. Cuando miraba al resto de sus
compañeros, sospechaba que muchos de ellos también eran fraudes.
Y
cuando se miraba en el espejo veía a una criatura muy poco marciana, un
farsante.
Era
terrible saber que Annetta, y probablemente Ven, y quizá varios más supieran la
verdad sobre él, pero lo peor era saberla él mismo.
Aun
las escasas buenas noticias se habían convertido repentinamente en malas. Era
bueno que su madre asistiera a su graduación..., ¿pero qué le diría cuando la
viera?
Esa
noche, cuando oyó una algarabía en el pasillo, se asomó desde el cuarto de
baño, cepillo de dientes en mano, para ver qué sucedía. Toro Tanabe ya estaba
en la puerta, hablando excitadamente con alguien de fuera. Al volverse y ver a
Dekker, Tanabe dijo:
—¡Ven
a ver, Dekker! Tenemos nueva sangre para la Fase Seis. —Como Dekker vaciló,
añadió con irritación—: No importa que te estés preparando para acostarse. Ven
de todos modos, deprisa.
Dekker
se dio prisa, a su modo. Es decir, cuando se lavó la cara y se puso una bata lo
hizo rápidamente, pero cuando llegó a la puerta los últimos recién llegados ya
desaparecían por una puerta pasillo abajo. Dekker siguió a Tanabe intrigado.
—¿Dijiste
que vendrán a la Fase Seis con nosotros? —Le preguntó a Toro.
—Sí,
pero eso no es todo. No son estudiantes comunes. Todos ellos, los ocho, son
veteranos de la Nube de Oort. Han trabajado en investigación y desarrollo en la
Tierra entre un turno y otro, pero en vez de regresar al Oort les han ordenado
que se unan a nosotros en un curso de actualización y luego vayan a Co-Marte
Dos.
Dekker
miró perplejo a su compañero de cuarto.
—Jamás
oí hablar de semejante cosa.
—¡Es
que nunca hubo semejante cosa! Es totalmente irregular. ¿Entiendes, Dekker? Eso
significa que Co-Marte Dos necesita gente con urgencia.
—Mi
nombre es Marty Gillespie —dijo a la mañana siguiente el instructor de la Fase
Seis—, y fui jefe de servicios de la asamblea del Gancho Orbital de Nairobi
hasta que me jubilé. —Tenía aspecto de jubilado. Era un hombre mayor con una
coronilla calva y una coleta blanca sujeta a la altura de la nuca. Era bajo y
rechoncho, y tenía arrugas en el rostro, pero estudiaba al nuevo curso con
rostro afable—. Aquí aprenderéis lo que se necesita para el mantenimiento
cotidiano de una estación espacial, pero antes de eso quiero que cada cual se
ponga de pie y me diga su nombre.
Dekker,
que estaba cerca del instructor, se volvió para ver a los nuevos. No eran
difíciles de distinguir. Había ocho personas que habían estado en el Oort, seis
hombres y dos mujeres, y descollaban entre los rostros familiares. Se
comportaban con un aplomo del que carecían los demás, y se habían apiñado en un
grupo cerrado. Dekker notó que una de las mujeres, aunque aparentemente mayor
que él, era muy alta y bastante atractiva. Memorizó el nombre de inmediato:
Rima Consalvo.
Gillespie
reparó en el agrupamiento y sacudió la cabeza.
—Tendréis
que formar parejas para compartir los terminales, y no quiero que los nuevos se
queden todos juntos. Quiero que los nuevos que han llegado de la Nube se junten
con compañeros que no vengan de allí. Podréis contarles cómo son las cosas
allá, y ellos podrán contaros cosas que acaban de aprender aquí y que quizá
vosotros hayáis olvidado. Veamos pues, tú y tú, tú con ella, vosotros dos
juntos...
Dekker
aprovechó la oportunidad. Sólo debió desplazarse disimuladamente en medio de la
multitud, y cuando Gillespie llegó a Rima Consalvo, Dekker estaba al lado de
ella. Ella lo miró extrañada, y sonrió cuando Gillespie los designó pareja.
—Gusto
en conocerte —susurró Dekker, y ella asintió.
—Recordad
con quién estáis —ordenó el instructor—. Tal vez querráis saber a qué me
refiero con el mantenimiento cotidiano. No me refiero sólo a higienizar los
cuartos, aunque también tendréis que hacerlo. Ante todo me refiero a conservar
el pellejo, el propio y el de todos los compañeros de la estación. Eso
significa saber cómo afrontar una pérdida de energía, un accidente, un
incendio. Segundo, significa asegurarse de que la estación cumpla con su
función: mantenimiento de instrumental y comunicaciones. Por último, es preciso
mantener alimentada y sana a la tripulación, y contenta con su trabajo, lo cual
significa cocinar, lavar ropa, asear y reparaciones generales... desde reparar
una puerta que chirría hasta destapar un sanitario. ¿Alguna pregunta?
Estudiaba
la expresión de sus estudiantes. Ninguno de ellos parecía complacido, pero fue
Toro Tanabe quien levantó la mano.
—¡Yo
no ingresé en este curso para destapar o reparar sanitarios!—protestó.
—Nadie
lo hace —dijo afablemente Gillespie—, pero a veces hay que reparar sanitarios.
Defecamos en ellos, así que los reparamos si es preciso. ¿Alguna otra pregunta?
—Miró en torno—. Probablemente nadie sepa qué preguntar, ¿verdad? Bien, vayamos
al grano. Que cada equipo ocupe su lugar. Escoged cualquier pantalla, son todas
iguales. Empecemos por echar un vistazo al mantenimiento de la integridad de
presión.
Una
vez que se sentaron, Rima miró inquisitivamente a Dekker. Dekker asintió, y fue
ella quien encendió la pantalla.
Como
todos los programas de entrenamiento de la escuela, era claro y completo,
aunque para Dekker no era interesante. Mantener la integridad de presión no era
un tema difícil para alguien que se había criado en un hermético déme marciano.
Tampoco lo era para alguien que hubiera pasado cuatro años en la Nube de Oort.
Aun así, miraron juntos el esquema tridimensional del sistema de aire de una
estación, junto con los programas automáticos para sellar todas las compuertas
en caso de un descenso de presión. Dekker notó aprobatoriamente que Rima
Consalvo prestaba atención, a pesar de que ella ya debía de saberlo todo de
antemano. Esa actitud era casi marciana. Tenían una pantalla interactiva, pero
en este primer tutorial ellos no podían hacer nada sino mirar, y ambos
mantenían las manos apartadas del teclado. Dekker tuvo muchas oportunidades
para notar que Rima Consalvo tenía un bonito perfil y que su perfume, aunque no
era el de Ven Kupferfeld, era muy agradable.
Cuando
terminó de ejecutarse el programa y el instructor preguntó si alguien tenía
dudas, pasó un rato hasta que una de las estudiantes alzó la mano.
—Tal
vez aún no hayamos llegado a esa parte del curso —sugirió—, ¿pero qué sucede si
hay una colisión masiva y la energía de los sistemas automáticos se desconecta
al mismo tiempo que se raja el casco?
Gillespie
la miró aprobatoriamente.
—Buena
pregunta, Clarkson. Veo que estás atenta. Pero tienes razón, aún no hemos
llegado a eso. Dentro de un minuto trabajaremos con problemas simulados, y éste
será uno de ellos. ¿Alguna otra pregunta? Entonces vamos al segundo ejercicio
de las pantallas, y veamos cuáles serían algunos de los problemas.
En
el trayecto al comedor caminaron juntos, como era natural, y Dekker tuvo tiempo
para hablarle a Rima Gonsalvo sobre sí mismo. Lo hizo con sonrisas y gestos
entusiastas, y no sólo porque sabía que Ven Kupferfeld los seguía a pocos
pasos. Consalvo parecía sentirse cómoda y demostraba interés en él, además de
ser interesante ella misma. Evidentemente había tenido una infancia
privilegiada—como todo terrícola— pero luego se había inscrito para ir al Oort.
Describió su estancia de cuatro años en la Nube, donde se había especializado
en manipulación de serpientes, aunque también había trabajado en naves
localizadoras.
—Pero
eso te desgasta mucho, DeWoe, estar tantas semanas a solas. La manipulación de
serpientes es mejor. No tienes que usar esos malditos trajes, y estás en la
base con tus amigos, así que cuando estás libre tienes con quien hablar. Temía
echar de menos a todos mis compañeros —añadió, mientras se sumaban a la fila—,
pero parece que también aquí hay buenas personas.
Ese
comentario agradó a Dekker, pues naturalmente llegó a la conclusión de que él
era una de esas personas. Lamentablemente se separaron en la fila, porque
Consalvo tuvo que ir en busca de una bandeja limpia, y la conversación se
interrumpió en su mejor parte. Dekker le reservó un asiento, pensando que
dispondrían de toda la hora del almuerzo para conocerse mejor. Tal vez incluso
para lograr que ella respondiera con mayor claridad a ciertas preguntas. Por
ejemplo, por qué había cambiado la vida fácil por el Oort. Por ejemplo, su
edad. Calculaba que Consalvo tendría poco más de treinta, en años terrícolas,
pero parecía tener esa extraña renuencia de las mujeres terrícolas a revelar su
edad, como si diez años más o menos pudieran cambiar tanto las cosas. De cualquier
modo, parecía estar a gusto con él, y Dekker consideró que eso era prometedor
para su futuro en Co-Marte Dos.
Pero
cuando Consalvo salió de la fila con su bandeja, siguió de largo con un cabeceo
y una sonrisa cordial pero distante, para sentarse a dos o tres mesas de
distancia.
Dekker
quedó decepcionado. También quedó sorprendido al ver que se sentaba nada menos
que con Ven Kupferfeld. Poco después se les unió otro hombre. Dekker lo
reconoció como uno del nuevo grupo del Oort, alguien llamado Berl Korman.
Hubo
una segunda sorpresa, quizá, más desagradable, cuando Jay-John Belster se sentó
a la misma mesa.
Dekker
concentró la atención en su chuleta de animal-muerto. No era un desprecio, se
dijo. Era natural que Rima Consalvo quisiera conocer a otros nuevos compañeros.
¿Pero por qué esos dos? Al menos, pensó, su elección parecía demostrar que no
lo eludía por un prejuicio contra los marcianos, suponiendo que alguien aún
pudiera considerar a Jay-John Belster un verdadero marciano.
Cuando
regresaron al centro de entrenamiento después del almuerzo, Consalvo parecía
amigable como antes. El resto de la clase aún estaba entrando, lo cual les dio
la oportunidad de conversar un poco. Dekker decidió no mencionar que había
esperado contar con su compañía durante el almuerzo. Era cierto, pero no era
aconsejable decirlo, pues daría la impresión de ser posesivo sin mayor excusa,
considerando que hacía tan poco tiempo que se conocían.
Aun
así, no vio razones para no comentar:
—No
sabía que conocías a Jay-John Belster.
—¿Belster?
Oh sí, le conocí anoche. También a Kupferfeld. ¿Te ardían los oídos? Ella dijo
cosas muy agradables sobre ti, DeWoe.
Esa
fue otra sorpresa. Eso fue tan inesperado que le impidió hacer más comentarios,
y poco después estaban enfrascados en la lección de la tarde y hubo que
postergar todo comentario personal.
—La
clave de todos los sistemas de seguridad —anunció Marty Gillespie, continuando
a partir de donde lo había dejado— son las comunicaciones. Los sensores no
sirven de nada si los datos no llegan a los relés de seguridad, así que los
enlaces intraestación son vitales. Todos tienen triple redundancia, pero eso no
significa que no puedan fallar al mismo tiempo. Es lo que denominamos
«vulnerabilidad común», lo cual significa que lo que hace fallar a uno tiene el
mismo efecto en los demás. Así que ahora trabajaremos en la red de
comunicaciones; encended y pasad al próximo ejercicio.
Así
Dekker y Rima Consalvo pasaron la tarde estudiando enlaces de comunicaciones en
un modelo de estación espacial. Había mucho que aprender: la red de emergencia,
que afrontaba desastres potenciales como incendios, descensos de presión o
explosiones solares; los relés, que mantenían continuamente actualizadas las
pantallas de los controladores; los circuitos que transmitían comunicaciones
externas; los enlaces vocales intraestación y todos los demás.
La
última tarea del día consistía en verificar los enlaces entre el instrumental
de observación de cometas y la pantalla de los controladores. Los sensores de
Co-Marte Dos interrogaban continuamente a todos los cometas y recibían informes
de estado, los cuales se pasaban a las consolas de cada estación; una vez que
los ordenadores presentaban sus análisis y soluciones, las instrucciones de los
controladores desandaban ese camino hasta llegar a los receptores de los
cometas.
—El
peor problema aquí —dijo Marty Gillespie— es cuando hay un desperfecto en el
enlace que se encuentra en el cometa. Aquí hay un ejemplo. Mirad ese pequeño
cometa de la parte superior, 67-JY. Hace meses que ofrece respuestas erráticas,
y los controladores han tenido muchos problemas. Mañana veremos qué órdenes
podéis usar para realizar chequeos de paridad de dos vías, y los estudios de
sistema que se usan para corregir lo que parece ser un desperfecto en los
mecanismos instalados en el cometa, sin que se pueda enviar un equipo para que
lo repare en persona. Pero eso es todo por hoy. Os deseo buenas noches, y os
veré por la mañana.
Rima
Consalvo se levantó, se desperezó y bostezó mientras Dekker apagaba la
pantalla. Él le sonrió.
—¿Empiezas
a recordarlo todo?
Ella
lo miró sin comprender, luego entendió.
—Oh,
te refieres a la manipulación de cometas. Sí, eso creo, pero me alegra que nos
den este curso. Creo que lo necesito. Dekker, si tengo algún problema, ¿te
molestaría estudiar conmigo uno de estos días?
—Pues
claro —dijo él con entusiasmo—. ¿Qué te parece esta noche?
Ella
sacudió la cabeza.
—Esta
noche no —dijo, como si lo lamentara—, porque tengo un compromiso. En realidad,
veo que esa persona me está esperando. Pero gracias,
DeWoe,
y te veré por la mañana.
—Buenas
noches —dijo él, mirando cuál de sus afortunados compañeros la esperaba.
Pero
no era ninguno de sus compañeros, y esa fue otra gran sorpresa de esa mujer
sorprendente, porque la persona que aguardaba en la puerta, saludando a Rima
Consalvo, no era una estudiante. Era Annetta Bancroft. Era pésima suerte, pensó
Dekker, que la gente en que Consalvo parecía más interesada incluyera a tantas
personas que él ansiaba eludir.
Otra
de las personas que había tratado de eludir era su compañero de cuarto, pero
cuando Dekker regresó a su habitación encontró a Toro Tanabe mirando con
desánimo su pantalla.
La
repetición del Juramento de Ayuda durante su infancia había dejado una impronta
indeleble en Dekker DeWoe. No pudo evitar sentir compasión por su compañero de
cuarto; Tanabe sería un farsante, pero también era, en cierto modo, un amigo.
De cualquier modo, ¿qué derecho tenía Dekker a criticar a otro farsante?
—Alégrate,
Tanabe —dijo cordialmente—. Ha sido difícil, pero ya estamos cerca de la meta.
El
japonés lo miró con abatimiento.
—Supongo
—dijo—, ¿pero qué hay con eso? ¿Qué expectativas tendremos cuando nos
graduemos?
—Estás
realmente preocupado por tener que reparar sanitarios —sugirió Dekker, pero
Tanabe sacudió la cabeza—. ¿Entonces has perdido otra lotería?
—En
realidad —dijo Tanabe con orgullo—, la última vez obtuve cinco números de una
tarjeta. Si hubieran sido seis habría ganado ochocientas o novecientas units
como premio consuelo. —Titubeó, luego admitió—: No es el curso. Es nuevamente
el mercado, DeWoe. Ha bajado quinientos puntos en los dos últimos meses.
—No
lo he seguido —admitió Dekker.
—No,
claro que no. Los marcianos no se interesan en eso, ¿verdad? Aun así, me
preocupa. Las cosas se pondrán feas para mi padre si baja mucho más. Tiene
muchos contratos de compra futura que vencen pronto.
—Bien
—dijo jovialmente Dekker, sin el menor interés en que le explicaran nuevamente
los contratos de compra futura—, al menos tendrás un empleo regular en Co-Marte
Dos, así que podrás mantenerlo en su vejez si se va a la quiebra. Por mi parte,
me iré a cenar.
—Iré
contigo —dijo Tanabe, levantándose. En el camino al comedor Dekker se preguntó
a qué se debía la conducta de Tanabe, y mientras salían de la fila comprendió
qué era. Los problemas financieros de Tanabe debían de ser reales. Hacía varios
fines de semana que no se permitía un viaje a Denver, y estaba comiendo casi
todas sus comidas con los demás, en la cafetería.
Por
caridad, Dekker decidió mostrarse de buen talante durante la comida, y cuando
regresaron a las pantallas Tanabe parecía haberse recobrado.
—Creo
que tienes razón, DeWoe —declaró, tomando un descanso para preparar ese
insípido té japonés que Dekker odiaba, pero que bebió por cortesía—. A fin de
cuentas, es improbable que mi padre vaya a la quiebra. Quizá sea menos rico,
pero no quedará en la indigencia, y si yo tuviera que reparar sanitarios
supongo que podría hacerlo. Por un tiempo. Pero es más probable que yo pueda
dedicarme a algo como mantenimiento de plantas energéticas. Es un trabajo
decente, y recordarás que estuve bien en esa parte del curso. De cualquier
modo, es sabido que los Augenstein nunca fallan. Es imposible. Si sufren un
desperfecto, todos mueren.
—Qué
alegre eres —dijo Dekker—. De acuerdo, echemos otro vistazo a estos programas
de eliminación de problemas.
En
la tercera semana de la Fase Seis, calculó Dekker, a su madre le faltaban sólo
días para atracar en una de las terminales orbitales de la Tierra, lo cual era
agradable. Además le iba bien en el curso, aunque no había progresado mucho con
Rima Consalvo. Estudiaron juntos un par de veces, y ella fue amigable pero
impersonal, y casi nunca la veía después de clase. Su conducta le recordaba la
que había observado en Ven Kupferfeld en las primeras semanas de conocerla.
Era
muy posible, se dijo Dekker, que ésta fuera la conducta normal de las
terrícolas libres cuando un varón se interesaba en ellas. No estaba seguro. Por
cierto no era la conducta de un marciano. Aun así, se recordó, siempre era
posible que saliera bien, pues a la larga las cosas habían tenido un desarrollo
acelerado con Ven Kupferfeld. Tal vez sólo necesitara paciencia.
Entretanto
estaba aprendiendo muchísimo sobre los desperfectos que podía sufrir un
mecanismo complejo como Co-Marte Dos. Hacía tiempo que la pregunta de Doris
Clarkson había obtenido respuesta: si una colisión en gran escala causaba un
descenso de presión y un fallo de suministro energético al mismo tiempo, la
estación pasaba a una fuente alternativa. Todas las puertas se cerraban, los
tanques de reserva seguían enviando aire a los sectores de la estación que aún
tenían presión, los tripulantes sobrevivían encerrados en el lugar donde los
hubieran sorprendido —incómodos, pero vivos— hasta que se lograran efectuar las
reparaciones o una nave de la Tierra o de Marte acudiera al rescate.
De
todos modos, esa clase de colisión era improbable. Una nave de servicios o una
de las naves que realizaban reparaciones e inspecciones fuera de la estación
podía estrellarse al atracar, pero nunca a alta velocidad. Un cometa natural
errabundo o un asteroide podían causar muchos más daños si chocaban contra la
estación, pero era muy improbable que eso sucediera, y si uno de esos objetos
seguía un curso de colisión hacia la estación, los sensores lo detectarían con
mucha antelación y la estación utilizaría sus impulsores para apartarse del
camino.
Una
explosión solar representaba una amenaza mucho más real. No eran improbables.
Eran constantes, y la lluvia de partículas solares era mortífera. Pero los
sensores de la estación detectarían la explosión óptica mucho antes que
llegaran las partículas, y todos se recluirían en la cámara protegida del
núcleo —que existían en todos los objetos que el hombre enviaba al espacio,
como una necesidad básica de diseño— y aguardarían a que pasara.
No,
los verdaderos peligros eran internos. Una explosión de los Augenstein sería
instantáneamente fatal, aunque, como había señalado Toro Tanabe, muy
improbable. La mayor preocupación era el fuego.
Eso
sorprendió a Dekker al principio. ¿Qué podía arder en una estación espacial?
Muchas cosas. Ño la estructura misma; la estación estaba diseñada para contener
la menor cantidad posible de objetos inflamables. La gente que tripulaba la
estación era otra historia. Inevitablemente los tripulantes llevaban sus
pertenencias predilectas y, dada la oportunidad, muchas podían arder. Los
incendios no serían enormes —nadie se achicharraría en una fogata de zapatillas
y camisas— pero no era necesario. Donde había fuego había humo, y en el espacio
cerrado de la estación el humo era el verdadero peligro. El humo podía matar.
Había
una cura sencilla pero drástica: los sistemas de evacuación de emergencia.
Estos podían expulsar el aire instantáneamente de cualquier parte de la
estación, e incluso de toda la estación, excepto los compartimientos sellados,
si era necesario. Cada compartimiento y pasaje quedaría cerrado. El fuego
perecería por falta de aire. Una vez extinguidas las llamas, se reponía el aire
usando los depósitos de reserva.
Shiaopin
Ye alzó la mano después de efectuar un drenaje simulado del aire.
—Esto
me parece peligroso. ¿Y si alguien decidiera expulsar todo el aire cuando no
hay incendio?
—Permíteme
responderte de este modo, Ye. ¿Tú cocinas? Wijo Gillespie.
—A
veces, claro.
—¿Y
tienes cuchillos afilados para preparar la comida?
—Naturalmente.
—¿Alguna
vez te cortaste la garganta? No, no respondas. Sé que no. Los accidentes
peligrosos no ocurren si nadie los produce. Hay cosas peligrosas a tu
alrededor, continuamente. Cualquier conductor puede torcer el volante y
atrepellarte, pero no lo hace. Simplemente debemos aprender a convivir con
cosas que podrían matarnos.
Esa
noche, mientras esperaban para comenzar con la sesión de liberación de
hostilidades, Ye tocó nuevamente el tema.
—No
estoy satisfecha, Dekker —dijo—. Aún pienso que esto es peligroso.
—Gillespie
dice que no ocurre —respondió Dekker, notando que Rima Consalvo estaba
escuchando.
—Gillespie
podría estar equivocado. ¿Y si alguien quiere suicidarse y llevarse a toda la
estación consigo? Podría expulsar el aire, o cancelar los controles de
seguridad de los Augenstein, o estrellar una de esas navecillas de reparación
contra el casco. ¿Qué lo detendría?
Dekker
no tenía una respuesta, sólo la sensación general de que el instructor estaba
en lo cierto. Fue Rima Consalvo quien respondió.
—Ese
problema no existe, Ye. Se detendría a tiempo. ¿Para qué crees que son esos
tests psicológicos? Los suicidas no suben a una estación. Se los elimina de
antemano.
—¿Siempre?
—preguntó Ye, dubitativamente.
—Siempre
hasta ahora, al menos —le aseguró Consalvo—. Será mejor que hagas intensos
ejercicios esta noche, Ye, para liberarte de esos sentimientos negativos.
—Luego, desechando los temores de Shiaopin Ye, se volvió sonriendo hacia
Dekker—. DeWoe, creo que también a mí me vendrían bien unos ejercicios
intensos. ¿Quieres ser mi compañero esta noche?
Claro
que quería. Cuando quedaron en ropa de ejercicios, él descubrió lo que había
esperado desde siempre: al margen de la edad que tuviera, Rima Consalvo
conservaba una silueta de primera. Practicaron flexiones, torsiones y
empellones.
En
el fondo Dekker aún consideraba que esos ejercicios eran una tonta y terrícola
pérdida de tiempo. Ningún marciano necesitaba esas luchas terapéuticas, pues
todos aprendían desde la infancia la necesidad de tolerarse en vez de
simplemente encubrir la intolerancia. Pero cuando uno hacía estos ejercicios
con una mujer atractiva a quien deseaba conocer mejor, no era mal modo de pasar
una velada.
Siempre
había sido cauto al hacer ejercicios con terrícolas, aunque fueran mujeres.
Para su sorpresa, tuvo pocas dificultades con Rima Consalvo. Ella no logró
expulsarlo del cuadrilátero, y cuando él procuraba tumbarla de espaldas
Consalvo soltó un grito de dolor y dejó de resistirse.
—¡Oye,
DeWoe! ¡Me estás dislocando el brazo! Tómalo con calma, por favor— jadeó.
Él
la soltó, alarmado. Se agachó para asegurarse de que estuviera bien. Ella lo
miraba con rencor, frotándose la clavícula.
—Sé
que eres marciano, pero recuerda que acabo de estar cuatro años en el Oort. Yo
también tuve que recibir inyecciones para regresar a la Tierra, igual que tú...
así que hazme el favor de no usar tanto músculo.
—Lo
lamento.
—Olvídalo.
—Rima se levantó despacio, respirando entrecortadamente—. Además me has hecho
sudar muchísimo. Debo apestar como un cerdo.
—Para
mí hueles muy bien —dijo Dekker. Ella lo miró ambiguamente, sonrió.
—De
cualquier modo, la sesión ha terminado, gracias a Dios. Oh, mira, se acerca la
caballería.
Dekker
se volvió, viendo que todos se disponían a marcharse, y que el ex colega de
Consalvo, Berl Korman, se acercaban a ellos. Miraba a Dekker con mal ceño.
—¿Estás
bien? —le preguntó a Consalvo, sin dejar de mirar a Dekker.
—Claro
que estoy bien. Este tío es una masa de músculos, pero no hay daño permanente.
De paso, ¿os han presentado? Berl era nuestro mejor localizador en la nube,
Dekker. Siempre me agradó preparar sus cometas, porque todos eran sólidos y
fáciles de manipular.
Dekker
estrechó la mano del hombre.
—¿Fuiste
tú quien localizó ese díscolo 67-JY? —preguntó, con el propósito de dar un tono
civilizado a la conversación mediante una broma bien intencionada.
Korman
no lo tomó así. De nuevo puso mal ceño.
—¿Por
qué quieres saberlo?
—Calma,
Berl. DeWoe sólo bromeaba —intervino Consalvo.
—¿De
veras? ¿Y por qué mencionó ese cometa en especial?
—Por
nada —le respondió Dekker—. Sólo porque es pequeño y todos parecen tener
problemas para hallar los vectores adecuados.
Iba
a decir más, pero Consalvo interrumpió.
—Olvídalo,
Berl. Sigue adelante y yo te alcanzaré. —Cuando el hombre se alejó de mal
talante, ella le dijo a Dekker—: Eso lo puso incómodo. De hecho, fue él quien
localizó el 67-JY, así que es un poco quisquilloso con eso.
—Oh
—dijo Dekker, ya sin interés. Lo que le había llamado la atención era que ella
vería al otro después. Al otro y no a él.
—En
verdad, si quieres culpar a alguien, fui yo quien lo preparó, así que ambos
somos quisquillosos con ese tema. Aun así, mejor demasiado pequeños que
demasiado grandes, ¿verdad? No querrás que enviemos plutones.
Dekker
dio un respingo.
—Claro
que no.
Todos
sabían qué eran los plutones, cometas inmensos del tamaño de Plutón, de donde
tomaban el nombre. Uno de esos bastaría para llenar de aire la atmósfera de
Marte, pero a costa de destruir el planeta. Entonces comprendió que ella
también estaba bromeando.
Cambió
de tema, pasando a algo que le interesaba más.
—Te
gusta Korman, ¿verdad?
—Pues
claro que sí. Es un buen hombre. —Estudiándolo, añadió—: También me gustas tú,
Dekker. Espero que ya lo sepas.
—¿De
veras?
Ella
se rió ante ese tono escéptico.
—Vamos,
Dekker. Sé que he sido un poco esquiva. No es porque no me gustes, sino todo lo
contrario. —Mientras él intentaba comprender, ella añadió—: Mira, no sabes cómo
es la vida en una estación, aun en Co-Marte Dos. Una vez allí, pasas mucho
tiempo con la misma gente. Eso significa que no quieres intimar demasiado con
nadie demasiado pronto, porque puedes lamentarlo. Si luego te separas, suele
haber cierto rencor... y eso provoca problemas. Nadie quiere esos problemas
cuando convive con un grupo tan pequeño de personas.
—La
ley de la Balsa —dijo Dekker, cabeceando.
—Bien,
no sé qué es la Ley de la Balsa, pero ésa es la idea. A menos que arriba
cambien de parecer, ambos iremos a Co-Marte Dos. Eso significa que estaremos
juntos mucho tiempo, Dekker. Quiero estar segura de lo que quiero antes de
meterme demasiado. ¿Entiendes lo que digo?
Dekker
sonrió.
—Claro
que sí —dijo, y dejando de lado toda cautela, la cogió por los hombros y le dio
un beso rápido e impulsivo, y luego se dirigió hacia la ducha, de mejor humor
que nunca.
Mucha
gente no comprendía que en las estaciones del proyecto Oort, que a veces
reunían a unas doscientas personas, sólo veinte trabajaban regularmente como
controladores. Los demás trabajaban en la cocina, la limpieza, el mantenimiento
de sistemas y todas las demás tareas de apoyo que permitían operar a los
controladores.
Eso
fue lo que les señaló Marty Gillespie en la última semana.
—Pronto
os asignarán vuestras tareas adicionales. Así las llaman, como si se hicieran
sólo cuando quedan unos minutos libres después de manipular cometas. No toméis
muy en serio lo de «adicionales». Lo cierto es que constituirán vuestra labor
principal. Pasaréis más tiempo en ellas que controlando, al menos hasta que la
próxima tanda de novatos llegue para relevaros de esas faenas.
Toro
Tanabe alzó la mano.
—No
he recibido este agotador adiestramiento técnico para transformarme en un
criado —se quejó.
—¿No?
Qué lástima, porque pasará un tiempo antes que puedas usar ese deslumbrante
entrenamiento técnico. Oh, de vez en cuando te darán un turno, para que no te
olvides de lo que aprendiste, o mejor dicho, para que aprendas, porque siempre
estarás en pareja con un profesional, y él observará cada uno de tus
movimientos. Si eres bueno, tarde o temprano serás un operador certificado. En
el ínterin, harás lo que te ordenen, Tanabe. Eso incluye reparar sanitarios,
por si todavía te preocupa.
Sonrió
cortésmente al japonés, quien no quedó conforme pero se calló.
—Muy
bien —continuó Gillespie—. Sin embargo, aquí no aprenderéis a reparar
sanitarios. Ahora aprenderéis a usar los tutoriales de la base de datos de la
estación, que se encargarán de enseñaros a partir de ahora. —Pulsó el teclado,
miró a la clase—. Acabo de simular un inodoro roto. Ahora debéis iniciar el
diagnóstico, y veamos qué equipo lo repara primero.
La
clase puso manos a la obra. El primer equipo que terminó no fue el de Dekker,
aunque tanto él como Rima Consalvo conocían la técnica. La gente que había
vivido en Marte o en el Oort tenía práctica en esos asuntos. Fueron más
despacio por culpa de Dekker, porque la testosterona le aguzaba los sentidos
cada vez que se rozaban los brazos o se tocaban las manos en el teclado. Por
suerte, Consalvo parecía igualmente consciente de su presencia.
A
eso se limitaron sus contactos. Tampoco hubo más besos, aunque un par de veces
Rima Consalvo le apretó afectuosamente el brazo o le tocó la mejilla antes de
pasar a sus otros compromisos sociales de la noche. En las raras ocasiones en
que Dekker la veía hablando con otros, el grupo incluía a Ven Kupferfeld o
Annetta, a veces a Jay-John Belster o el otro veterano del Oort, Berl Korman.
Cuando Dekker superó las inhibiciones creadas por los buenos modales y el
sentido común, tanto como para animarse a preguntarle qué hacían juntos,
Consalvo se encogió de hombros.
Dekker
no insistió. No quería enterarse de que quizá Consalvo estuviera entrevistando
a otros candidatos para una relación más profunda cuando llegaran a la
estación, y de que uno de ellos fuera, por ejemplo, Jay-John Belster.
En
la noche anterior a la graduación algunos de los miembros más entusiastas del
curso propusieron una celebración. Tenían motivos para celebrarlo.
Asombrosamente, nadie había suspendido la Fase Seis y el rumor se había
transformado en hecho concreto: todos irían a Co-Marte Dos.
Dekker
sospechó que se trataría de esas francachelas terrícolas donde todos se
dedicaban a embriagarse, tal vez cantando y vociferando, y no le resultaba
alentador. Aun así, era indudable que Rima Consalvo asistiría. Decidió ir, pero
se tomó su tiempo. Se detuvo en su habitación para ver si habían llegado sus
órdenes formales, así como sus tareas adicionales.
No
habían llegado, pero le aguardaba un mensaje de su madre.
«Hola,
Dekker. Estoy en un dirigible en las cercanías de Panamá, aunque desde las
ventanillas sólo veo agua. Eso significa que tuve un buen aterrizaje y estoy en
camino. Llegaré a Denver mañana por la mañana. No vayas a buscarme al
aeropuerto, pues me proporcionarán un coche y un chófer. Me instalarán en las
habitaciones VIP de Oortcorp, lo cual parece atractivo, aunque tengo la
sensación de que tratan de engordarme para el sacrificio. De un modo u otro, te
llamaré por la mañana. ¡Y lograré ver tu graduación, a pesar de todo!»
Así
que Dekker llegó tarde a la celebración, aunque a nadie pareció importarle.
Resultó ser una fiesta bastante deslucida y poco poblada. Sólo había concurrido
la mitad del curso, y todos estaban silenciosamente sentados en la sala de
recreación bebiendo cerveza mientras hablaban con desánimo.
No
había casi ninguna de las personas en que Dekker estaba más interesado. En
rigor, ninguna de ellas, porque la única que le interesaba ver era Rima
Consalvo y, según le explicó Shiaopin Ye, ella se había ido temprano con Ven
Kupferfeld. Toro Tanabe también se había ido, y algunos de los otros ni
siquiera se presentaron.
En
cierto modo —aunque no del modo más importante—, era un alivio. Dekker no
ansiaba bullicio ni ebriedad. Por amabilidad, dijo algunas palabras a sus
compañeros y luego se sentó con Ye y bebió medio vaso de cerveza. Sin la
presencia de Rima Consalvo, le parecía una pérdida de tiempo, y cuando Ye dijo
que se iría a su cuarto a empacar, Dekker también se marchó.
Esperaba
encontrar a Toro Tanabe en sus aposentos, sin duda empacando sin saber qué
tesoros dejar para llegar al límite de masa. No fue lo que esperaba. Tanabe
estaba allí; y empacando, pero arrojaba sus pertenencias en las maletas sin ton
ni son, maldiciendo con furia. Dekker lo miró.
—¿No
tendrías que dejar algunas de esas cosas? —preguntó.
—Dejaré
todo —rezongó Tanabe—. No me llevaré nada, ni siquiera a mí mismo, pues no
pienso ir a Co-Marte Dos. ¿Sabes qué «tarea adicional» me han asignado? Ni
siquiera reparar sanitarios. Esperan que Toro Tanabe, hijo de Waishi Tanabe,
trabaje de cocinero.
—Demonios
—dio Dekker. Sabía que, a pesar de las palabras de Marty Gillespie, Tanabe
había apostado a que la suerte le permitiría pasar directamente a control de
cometas. Tanabe era un jugador empedernido. Aun así, dijo generosamente—: Es
una lástima, Tanabe, considerando que tus notas han sido tan buenas... incluso
mejores que las mías.
Tanabe
sacudió la cabeza.
—Claro
que sí, y claro que tendrían que haberme asignado una tarea más digna, y no
esta faena para labriegos hainan. Pero no son sólo las notas. Esta gente nunca
se olvida. ¿Recuerdas que tuve algunos problemas disciplinarios...?
—Llegar
tarde y ebrio, ¿quieres decir? —dijo Dekker, tratando de ayudar.
Tanabe
lo miró con una cierta impaciencia, pero se encogió de hombros.
—Sí,
esas cosas. Aún tienen constancia de esos traspiés, así que no prestan atención
a mis demás calificaciones.
—Sí.
Las notas que obtuviste en las respuestas que compraste a Annetta Bancroft.
Tanabe
quedó tan sorprendido como abochornado.
—¿Bancroft?
¿Era ella quien suministraba las respuestas? No lo sabía. Me las dio tu querida
amiga, Kupferfeld, y no me dijo quién se las daba a ella. Eso me sorprende.
Había pensado que Bancroft era una persona honorable.
Dekker
también se sorprendió, pero todo encajaba.
—Lamento
que sepas eso de mí, DeWoe —continuó Tanabe con voz compungida. Dekker se
encogió de hombros incómodamente—. Aun así, ¿qué importa si alguien lo sabe
ahora? Ya no pueden expulsarme. Asistiré a la graduación, pero luego les
informaré que renuncio, y volaré a Tokio para comunicar a mi padre que he
vuelto a mis cabales.
—Aun
así es una pena.
Gracias.
Pero quizá no. Creo que mi padre me necesitará ahora. En su último mensaje
informaba que había rumores sobre ciertas maniobras que afectarán el mercado de
un modo u otro. Al parecer viene una delegación marciana de alto nivel. ¿Por
casualidad...?
—Sí.
Es mi madre. Al menos ella forma parte.
—Bien
—murmuró Tanabe, sin hacer más comentarios—. De acuerdo, debo empacar. De paso,
DeWoe, ¿no sientes curiosidad? Tus órdenes también estaban en la máquina. Me
tomé la libertad de leerlas. Creo que no está mal. Eres especialista en control
de daños.
35
Había
nevado durante la noche, y Dekker tiritaba cuando subió la colina donde se
alojaba su madre. Cuando llegó allí, pensó que se había equivocado. Nunca había
estado en los aposentos VIP, pero lo extraño fue que al entrar en el pasillo,
dejando huellas de nieve, todo le resultaba familiar. Era familiar, y cuando
oyó que lo llamaban por el nombre y vio que Annetta Bancroft se le acercaba
desde la sala del desayuno, llevando una taza de café y pareciendo sorprendida,
comprendió por qué. Estaba en el hotel donde ella tenía su pequeña habitación.
Annetta
lo miró con hostilidad.
—¿Qué
haces aquí, DeWoe? ¿Me estás buscando?
—No.
Mi madre está en este edificio, en los aposentos VIP.
—Oh,
está bien —dijo ella, aplacándose—. Están en la torre. Debes coger los otros
ascensores, pasillo abajo. —Dekker asintió, dispuesto a marcharse, pero ella lo
detuvo—. Oye, hablemos. Me embarcaré contigo. Puede que no seamos amigos, pero
al menos actuemos como tales.
Él
se encogió de hombros con impaciencia, pero aceptó la lógica de la
argumentación.
—De
acuerdo.
—Muy
bien. ¿Recibiste tu asignación de tareas adicionales?
Al
parecer la directiva de actuar como amigos cobraba efecto inmediato, así que
Dekker siguió su ejemplo.
—Me
dieron control de daños. Supongo que pudo haber sido peor.
—En
efecto, pudo. Es lo mejor que puedes conseguir... aparte de controlador.
Trabajarás en toda la estación, así que tendrás la oportunidad de conocer a
todo el mundo y aprender de todo.
—Pero
no me han entrenado para eso.
—Demonios,
DeWoe, nadie consigue aquello para lo cual lo han entrenado.
Ya
llegará tu hora. Escucha, ¿sabes quien es Pelly Marine? No, no lo sabes aún,
pero Pelly es el jefe de estación de Co-Marte Dos, y también comenzó en control
de daños. Serví a sus órdenes durante dos años. Es un buen hombre. —Evaluó a
Dekker con la mirada—. Se parece mucho a ti, en realidad —añadió, dándole tema
para reflexionar mientras subía en el ascensor a los pisos VIP.
No
reflexionó durante mucho tiempo. Gertrud DeWoe estaba esperando a su hijo, y
abrió la puerta con una sonrisa en cuanto él llamó.
—Hola,
Dekker —dijo afectuosamente—. Entra y déjame echar una ojeada a lo que han
hecho de ti.
Cuando
se besaron, ella no lo abrazó como solía hacerlo. No podía. Usaba andaderas
para sostenerse en la aplastante gravedad de la Tierra, pero le dio un beso
húmedo en las mejillas.
—¿Quieres
desayunar? —preguntó ella.
—Comí
mientras esperaba tu llamada —dijo él, sacudiendo la cabeza. Se estudiaron un
instante. Dekker notó con desánimo que ella parecía cansada y frágil. Vieja. Su
voz era lo único que no había envejecido. Aún tenía el suave y claro tono de
contralto que lo había arrullado en la infancia, y que ahora le acusaba de
estar gordo.
—Son
los poliesteroides. Te acostumbras a ellos.
Ella
sacudió la cabeza y caminó con paso vacilante hasta una silla.
—No
estaré aquí tanto tiempo. Un par de semanas a lo sumo, espero. Mañana por la
mañana debo estar en Tokio.
—¿Cómo
va eso?
Ella
hizo una mueca. Se inclinó con esfuerzo hacia una mesilla y extrajo una botella
pequeña de la cartera. Se sirvió en un vaso, y Dekker notó sorprendido que era
whisky.
Trató
de disimular su reprobación, pero Gertrud DeWoe no se dejó engañar. Ella rió.
—Vamos,
querido Dekker. No es tan grave como crees. Necesito un trago porque me duele
todo. De cualquier modo, para ti será de mañana, pero para mí es medianoche.
Así que no está mal beber un trago, y no te preocupes. Estaré sobria para tu
graduación.
Bebió
un sorbo, se apoyó en la silla.
—Para
responder a tu pregunta, los terrícolas quieren renegociar los términos del
préstamo, y estoy aquí para persuadirles de que no los modifiquen. —Reflexionó
un minuto—. No, no es así. No estoy aquí para persuadir, sino para suplicar.
Él
la miró parpadeando.
—Oh,
Dekker—se lamentó ella—, ¿no prestas atención a lo que ocurre? Esta mañana en
el dirigible me enteré de que los rusos también se proponen instalar hábitats
orbitales, como los japoneses. Creo que lo harán, porque cuando usan sus hojas
de cálculo, los satélites suponen una mejor inversión. De cualquier modo, los
satélites de alguien embarcarán alimentos para la Tierra dentro de cinco años.
Diez a lo sumo. No podemos alcanzarlos, así que algunos suscriptores se
retiran.
—Pero
no pueden cancelar el proyecto, ¿o sí? Ya han invertido demasiado...
—No,
no pueden... eso espero. Al menos, no pueden liquidar el proyecto de buenas a
primeras. Pero sí pueden aumentarnos el interés, y nosotros no podemos
costearlo. —Bebió otro sorbo—. Creo que el futuro no es tan brillante como
pensábamos, Dekker. A pesar de que entonces tampoco se veía tan bien.
Dekker
miró a su madre con ese aire escandalizado con el que un político
norteamericano miraría a un colega que insinuara que George Washington no había
sido tan buen presidente.
—¿De
qué estás hablando? ¡Marte será autónomo y libre!
—Marte
será una plantación y nosotros seremos los esclavos corrigió Gertrud DeWoe—.
Nosotros recogeremos el algodón y sembraremos el maíz, y les venderemos materia
prima y compraremos bienes manufacturados... como en el viejo Imperio
Británico, la gente de la metrópoli enriquecerá a costa de la pobreza de sus
colonias. Lamento hablar así, Dekker, en tu gran día, cuando estás por salir
para trabajar para nosotros. Pero así serán las cosas si no los convenzo de que
no alteren los términos. Verás, no sólo quieren mayor interés. Quieren
garantías.
—Ya
tienen garantías.
—No
como las que quieren. Quieren que el tratado del préstamo sea la ley
fundamental de Marte, aun por encima de la constitución. Quieren que el tratado
les otorgue el derecho a reclamar territorio marciano, usando policías de la
Tierra, en caso de que no efectuemos los pagos.
—¿Policías?
¿Con armas?
—Oh,
no, nadie habló de armas. ¿Para qué necesitarían armas con nosotros? Ni
siquiera necesitarían a sus pacificadores, pues los marcianos siempre cumplen
sus promesas. Sólo quieren ser nuestros dueños.
—No
puedes permitirlo —afirmó Dekker.
—Me
temo que no podemos impedirlo, si insisten. Ellos tienen el dinero. — Gertrud
sacudió la cabeza con fastidio—. De cualquier modo, a eso he venido, a tratar
de que actúen con decencia. Quizá tenga éxito. Dios sabe que haré todo lo
posible. Los terrícolas también son seres humanos, y no todos son explotadores
malvados. Si logro que recuerden que todos formamos parte de la misma especie
humana... —Meneó la cabeza—. Cambiemos de tema. ¿Cómo andas tú?
Dekker
no pudo efectuar una transición tan rápida. Además no quería responder esa
pregunta.
—Bien
—dijo, levantándose y caminando hacia la ventana.
Su
madre se volvió dolorosamente para mirar con él.
—Estuve
sentada aquí mirando esa nieve antes de que llegaras. Es bonita.
—Lo
es —convino Dekker, mirando el reloj. Su madre lo notó.
—¿Debes
prepararte para la graduación?
—Pronto.
No de inmediato. No será una ceremonia demasiado fastuosa. Aquí la graduación
tiene una importancia relativa. Sólo firmamos las condiciones de empleo, y un
instructor da un pequeño discurso para felicitarnos y desearnos suerte. Eso es
todo.
—Será
importante para mí, Dekker. Sabes, iba a traer a Tsumi como asistente mío.
—¿Tsumi?
—Bien,
te hubiera preferido a ti, pero lo que estás haciendo es más importante. Tsumi
estaba desesperado por venir. Yo necesitaba a alguien que me ayudara. Alguien
con piernas más jóvenes que las mías.
—¡Pero
Tsumi! —exclamó Dekker. Recordaba cuan difícil había sido conseguir el billete
para viajar a la Tierra, y le irritaba que resultara tan fácil para Tsumi
Gorshak.
—Sé
que no te agrada, Dekker. Aun así, pensé que se lo debía a Tinker. Pero no dio
resultado. Tsumi solicitó una licencia de piloto, falló en el examen... y trató
de sobornar al instructor, Dekker. No hay otra opción que despedirlo.
—Entiendo
—dijo Dekker, entendiendo mucho más de lo que ella había dicho. Ella lo miraba
con curiosidad.
—¿En
qué estás pensando, Dekker?
Dekker
titubeó. ¿Pero qué podía contarle? ¿Que él era un farsante que encubría a otros
farsantes, que no era mucho mejor que Tsumi Gorsahak?
Sacudió
la cabeza y miró de nuevo el reloj.
—Es
sólo que debería ponerme en movimiento. Tenemos que leer los artículos y
hacernos un análisis de sangre antes de la ceremonia.
—¿Un
análisis de sangre? ¿Por narcóticos? —Él asintió con la cabeza y ella dijo con
tono de lamentación—: Tal vez me haya equivocado con los terrícolas. Tal vez no
formemos parte de la misma especie, pese a todo.
Y
diez horas después estaban en camino: el grupo de Dekker, los veteranos del
Oort y Annetta Bancroft.
Hubo
una sola sorpresa, y fue Toro Tanabe.
En
el último momento, avergonzado y sin mirar a Dekker, Tanabe se presentó y firmó
las condiciones de empleo junto con todos los demás. Sólo cuando rompieron
filas y se disponían a marcharse, Tanabe notó que Dekker lo miraba. El japonés
sonrió con embarazo.
—A
fin de cuentas —dijo—, sería una lástima haber llegado tan lejos y no seguir
hasta el final, ¿verdad? Al menos, ya que debo cocinar, quizá pueda disfrutar
de la comida.
36
Co-Marte
Dos estaba en la misma órbita que el planeta Marte —por eso se llamaba
Co-Marte— pero le iba a la zaga en un tercio de un año marciano, y estaba
situada en lo que se llama un «punto troyano». Había otra estación de control
como ésta en el otro punto troyano de esa órbita, también a ciento veinte
grados de distancia pero en dirección contraria. Estas dos estaciones
co-marcianas dominaban todo el firmamento. Las estaciones que estaban en órbita
de Marte podían ayudar si era preciso, pero esto rara vez sucedía. Cualquiera
de las estaciones podía, en un aprieto, manipular todos los cometas al mismo
tiempo, al menos los que no estaban bloqueados por el sol. Se dividían el
trabajo por razones de seguridad. Co-Marte Dos se encargaba de los vectores de
los cometas entrantes en el tramo final de su aproximación a Marte, y así era
la más importante de todas. Al menos eso querían creer sus tripulantes.
Co-Marte
Dos no era pequeña. Tenía el tamaño aproximado de un buque de carga de la
Tierra, y hubiera pesado quince mil toneladas si hubiera tenido peso. No tenía
peso porque estaba en órbita. Dentro de la estación nada pesaba nada, porque en
Co-Marte Dos no había rotación, así que no había una seudogravedad centrífuga
que retuviera los objetos como en las estaciones de la Nube de Oort. Co-Marte
Dos no podía darse el lujo de tener rotación. Sus miles de antenas apuntaban
con gran precisión a ciertos puntos específicos del cielo, y no podían girar.
Sus
tripulantes ni siquiera experimentaban la microgravedad que había en las
estaciones de transferencia de un Gancho Orbital. No experimentaban la menor
gravedad, lo cual revolvía el estómago a muchos. Los corredores de Co-Marte Dos
iban en las tres direcciones del espacio tridimensional, y no existían
escaleras. Para comodidad de la dotación, los corredores estaban pintados de
rojo, verde y amarillo, lo cual correspondía a izquierda-derecha,
adelante-atrás y arriba-abajo.
Una
vez que se habituaban a estas pequeñas excentricidades, los tripulantes de
Co-Marte Dos descubrían que el sitio no estaba tan mal. Los generadores de
electricidad magnetohidrodinámica, impulsados por Augensteins, permitían
comodidades civilizadas. Necesitaban mucha energía. Los sensores de la estación
debían llegar más allá de la órbita de Neptuno para mantenerse en contacto con
los cometas. Estos sensores eran potentes, y antes que la nave de
aprovisionamiento estuviera a diez mil kilómetros de Co-Marte Dos era preciso
desconectar muchos de ellos, pues de lo contrario freirían a todos los que iban
a bordo con la energía de radiofrecuencia que emitían.
37
Atracaron,
entraron en la estación. Dekker DeWoe ahora formaba parte de Co-Marte Dos, y
por tanto del proyecto Oort. Desbordaba de alegría, pero no tuvo tiempo para
disfrutarla, porque lo primero venía primero, y antes que Dekker y sus
compañeros tuvieran la oportunidad de echar una ojeada a su nuevo entorno había
que descargar la nave de aprovisionamiento en la que habían llegado.
Era
una tarea dura y difícil. Dekker sudaba como un cerdo, sin peso, trajinando
desmañadamente en la falta de gravedad.
—Allá
va —gritaba Jay-John Belster desde el interior de la escotilla, y Dekker u otro
tenía que zambullirse para atajar la caja, bolsa o pieza que entraba flotando y
tratar de guiarla hacia la pared más próxima. Ahí terminaba la tarea. El objeto
se quedaba en su sitio porque había retazos de tela adhesiva en cada pieza de
cargamento y las paredes de la bodega estaban revestidas con ella. Pero el
cargamento nunca terminaba. Cuando una cosa quedaba firme, otra ya se acercaba
flotando, y había que tratar de recobrar la posición a tiempo para manotearla.
Era
un trabajo pesado y tedioso. Dekker chocó varias veces contra una pared o un
reborde, pero no le importaba mientras pudiera sentir esa exaltación. Dekker
DeWoe estaba en casa. Sabía que era un diminuto engranaje en una maquinaria tan
vasta como el sistema solar. Aun así, mientras se arrojaba contra un paquete
tan grande como él y manoteaba una agarradera, se sentía totalmente satisfecho.
Estaba allí. Al fin participaba activamente en el renacimiento de su planeta.
Cuando, semanas o meses más tarde, los quebrados fragmentos de un cometa se
estrellaran en las planicies marcianas dejando su cuota de gases para impulsar
la vida, sería porque Dekker DeWoe formaba parte del equipo que lo había
conducido a destino.
Era
una lástima que su estómago no disfrutara tanto como él. Su primera experiencia
de falta de peso estaba cobrando un precio previsible. Sus glándulas segregaban
chorros de saliva, y Dekker se temía que esta incomodidad no terminara allí.
Dos de sus compañeros ya sufrían mareos y habían ido a darse inyecciones, pero
él no estaba dispuesto a rendirse.
Envidiaba
la soltura con que actuaba el personal de la estación que se había acercado a
colaborar. Los observó cuando pudo tomarse un descanso, pues ellos sabían cómo
hacerlo. Nadaban despreocupadamente en el vacío, asiendo una agarradera con una
mano, trabajando con la otra; a veces incluso usaban ambas manos para trabajar,
porque se aferraban con un dedo del pie mientras arrastraban un objeto. No se
molestaban en atajar los objetos que estaban descargando, pues su tarea
consistía en remolcarlos a su lugar correspondiente dentro de la estación.
Una
cosa intrigó a Dekker. Por alguna razón, antes de salir del compartimiento de
entrada, todos debían detenerse en la salida. Allí una mujer los registraba con
un instrumento que parecía un embudo encajado en una caja de metal.
Dekker
no pudo identificar el instrumento, pero reconoció a la mujer. Era Rosa McCune,
la psicóloga que le había hecho el examen de ingreso, Tragó saliva y codeó a
Shiaopin Ye, que en ese momento estaba junto a él, aunque cabeza abajo.
—¿Qué
está haciendo? —jadeó Dekker.
—Creo
que es un detector de drogas —dijo Ye, apoyando un objeto redondo y blanco
contra la pared.
—Drogas
—bufó Dekker con desdén, y tuvo que detenerse porque los músculos del abdomen
le palpitaban ominosamente. Cogió una agarradera y cerró los ojos, para ver si
eso ayudaba, pero no fue así. Tuvo una sensación de caída en espiral; le
chirriaban los oídos, y sus glándulas bombeaban más saliva.
—¿Te
encuentras bien, DeWoe? —preguntó Ye con preocupación—. Mira, la doctora McCune
te está observando.
Dekker
abrió los ojos. La psicóloga, en efecto, lo observaba. Colgada de un pie, el
detector en una mano, lo miraba fijamente.
—¿Qué
te ocurre? —ladró.
—Estoy
bien —mintió Dekker.
—Pues
no parece. Eres DeWoe, ¿verdad? De acuerdo, apártate mientras nos encargamos de
esto. Garalek, lleva a este hombre adentro y dale una inyección. No queremos
que vomite sobre nuestras provisiones.
Quizá
Dekker no hubiera llegado por su cuenta a la enfermería, aunque estaba a sólo
veinte metros. El hombre a quien McCune había ordenado que lo llevara lo
arrastró del cuello, a gran velocidad, y en cuanto le aplicaron una inyección
en el brazo Dekker se sintió mejor.
El
hombre sonreía.
—Se
pasará —dijo—. ¿Te llamas DeWoe? Yo soy Lloyd Garalek, servicios sanitarios.
Dekker
le estrechó la mano.
—Supongo
que debemos regresar—dijo.
—No
hay prisa. No querrás perderte el gran discurso de bienvenida de Parker, pero
él no se presentará en la bodega hasta que todo el cargamento esté fuera de la
nave.
Dekker,
sintiéndose mejor, tuvo curiosidad.
—¿Quién
es Parker? ¿El jefe de estación?
—¿Jefe
de estación? No. Ése es Pelly Marine. Simantony Parker es el subjefe. Es uno de
vosotros. De cualquier modo, cuando su señoría termine su discurso quizá inicie
un alerta de práctica para despabilaros... aunque quizás no lo haga de
inmediato, pues Pelly Marine está en descanso, y Parker no lo despertará si
sabe lo que le conviene.
Se
desperezó. Luego se desplazó por la habitación con un puntapié y se cogió de la
puerta para mirar a Dekker.
—Concédete
otros diez minutos —le aconsejó—. Ojalá yo pudiera concedérmelos, pero debo
regresar al trabajo, porque Rose McCune me estará vigilando. ¿Puedes
orientarte?
—Sí,
claro —dijo Dekker, sintiéndose ligeramente insultado—. Doblo a la izquierda al
salir.
—¿Conque
doblas a la izquierda, eh? —Río el hombre—. ¿Dónde queda la izquierda cuando
estás cabeza abajo? Mira los números, DeWoe. Sigue los números descendientes.
Hasta luego.
Dekker
no se tomó diez minutos, pero se tomó tres o cuatro, sobre todo para practicar
ese puntapié contra la pared con que se impulsaba Lloyd Garalek. Se requería
más habilidad de la que esperaba, pero cuando se aventuró en el corredor verde
que lo llevaría de vuelta a la bodega se sentía tan confiado como para avanzar
sin fracturarse el cráneo. Tampoco necesitó mirar los números de las puertas.
La bodega era fácil de identificar por el ruido que venía de allí.
Ya
estaban por terminar de descargar, y los veteranos ya habían estibado la mitad
del cargamento. Y Simantony Parker había llegado, identificable por las órdenes
que impartía a todos los que estaban a la vista.
Dekker
entendió de inmediato a qué se refería Garalek al decir «uno de vosotros».
Quería decir marciano, pues Simantony Parker era inconfundiblemente marciano.
También era algo extraño e inusitado, un marciano gordo.
—Estibadores,
alto —ordenó—. Los novatos, coged una agarradera para que pueda hablar con
vosotros.
Señaló
una parte vacía de la pared, y Dekker logró elevarse con sus compañeros. En la
torpe búsqueda de lugares, Dekker se encontró aferrado a la misma pared que Ven
Kupferfeld, quien le sonrió cordialmente.
Dekker
respondió con una sonrisa. No era una reacción instintiva, sino el resultado de
una decisión consciente. Iban a estar juntos largo tiempo, y la Ley de la Balsa
imponía amabilidad.
No
hablaron, porque el jefe provisional se estaba preparando para su discurso.
—Dije
silencio, todos —ordenó. Eso no impidió que los estibadores continuaran
moviendo cargamento ni que Rosa McCune buscara contrabando con su detector,
pero los nuevos controladores se callaron—. Mi nombre es Simantony Parker.
Lamento que Pelly Marine no esté aquí para hablaros. Pelly es nuestro jefe de
estación, pero ahora está en descanso, así que es mi deber como su sustituto
daros la bienvenida a bordo.
Hizo
una pausa para estudiarlos, les obsequió con una sonrisa.
—Nos
alegra que estéis aquí, porque nuestro personal es insuficiente, y lo sigue
siendo a pesar de vuestra llegada. El aspecto positivo es que contamos con más
espacio que de costumbre, así que todos tendréis habitaciones individuales.
Esta medida es provisional. Si alguno desea alojarse con otra persona, puede
arreglarse. No tenéis que hacerlo ahora; podéis mudaros cuando os guste. —Miró
su pantalla de mano, para recordar qué debía decir—. Ah sí. ¿Todos tenéis
asignadas vuestras tareas adicionales? Bien. Cuando lleguéis a vuestro cuarto
buscad a vuestro jefe de departamento en la pantalla. Entiendo que todos sabéis
usar el sistema de comunicaciones. Comunicaros con él, os dirá cuándo debéis
presentaros a trabajar. ¿Alguna pregunta?
Toro
Tanabe alzó la mano.
—¿Cuándo
comenzaremos a trabajar en nuestras tareas primarias?
Parker
sonrió.
—Es
decir, ¿cuándo dejaréis vuestras tareas adicionales? No puedo prometer nada al
respecto. Tendréis que ganaros ese privilegio. Sin embargo, sabemos cómo os
sentís, así que organizaremos una rotación. Pondremos a algunos de los nuevos
en un equipo de control todos los días, para que cada uno tenga al menos un
turno en una estación de control durante los próximos veintiséis días. Después
de eso, veremos. ¿Alguien más? Oh, un minuto. ¿Tienes algo para nosotros,
McCune?
—Ya
lo creo —gruñó McCune desde la puerta. Estaba junto a una caja, empuñando un
detector que emitía una señal constante—. Son narcóticos, Parker. Tengo una
lectura positiva.
—Cielos
—masculló Parker—. ¿Quién es el hijo de perra que ha traído drogas a la
estación? Si alguno de los novatos...
McCune
sacudió la cabeza.
—No
es de ellos, me temo. Ven aquí y echa un vistazo a la etiqueta.
Parker
fue hacia la puerta, echó un vistazo a la caja, irguió la cabeza con furia.
—Bien—dijo—.
Todos a trabajar. Dejad todo aquí. Yo mismo ordenaré esto.
Dekker
estaba asignado a la habitación Amarillo B3-43, y una vez que averiguó cuál era
el Amarillo B3 no tuvo problemas en la localizarla. Varios de sus compañeros de
curso estaban en el mismo sector; vio a Doris Clakson saliendo por su puerta
mientras él arrastraba laboriosamente sus petates, y ella le dijo que Shiaopin
Ye estaba enfrente.
La
habitación era igual a las que mostraban los virtuales: más grande que un
armario, sin sillas ni camas —inservibles donde nadie se sentaba ni se
acostaba— pero muy tolerables. El espacio disponible era adecuado para sus
pocas pertenencias personales. No tenía cuarto de baño privado, por cierto,
pero eso no era grave; un marciano no habría reparado en esa carencia si no
hubiera pasado un tiempo entre los lujos de los térricolas. Extrajo el arnés
para dormir, acariciándolo con curiosidad, y decidió que sería fácil meterse
dentro, aunque dudaba que fuera cómodo. Aun así, los doscientos tripulantes de
Co-Marte Dos habían aprendido a hacerlo, Dekker DeWoe aprendería también. Tarde
o temprano.
La
pantalla era fácil de operar, y cuando buscó «control de emergencia» en el menú
halló el código de llamada del jefe de departamento, Jared Clyne.
Clyne
fue una sorpresa, no porque fuera negro —tan negro como Walter Ngemba— sino
porque Dekker no esperaba que también fuera marciano.
—Hola
—dijo Clyne desde la pantalla—. Tú eres Dekker DeWoe, ¿verdad? Bien. Lamento no
haber estado allí cuando llegó vuestra nave, pero no quería aguantar el
discurso de Parker. De cualquier modo, mucho gusto en conocerte. Veamos. —Clyne
miró algo que estaba encima de la cámara. Un reloj, supuso Dekker—. Debemos
reunimos pronto. ¿Te encuentras a gusto?
—Creo
que sí—dijo Dekker. Con la excitación de la llegada a la estación, ni siquiera
había pensado en ello.
—De
acuerdo. Ven en cuanto puedas. Pero no enseguida. Mejor espera a que haya
terminado el ejercicio por sorpresa, de lo contrario nos interrumpirán. Rojo
2-11. ¿Sabes dónde queda?
—No,
pero lo averiguaré.
—Ya
lo creo —rió Clyne—. Es una de las muchas cosas que no puedes hacer en la
estación: perderte.
Su
imagen desapareció de la pantalla, la cual quedó en el menú «alerta». Dekker
vaciló un instante, preguntándose qué deseaba hacer. ¿Tenía hambre? No, pensó,
pero pronto tendría. Seleccionó «servicios de comida». Estaba leyendo que los
comedores estaban abiertos veinticuatro horas por día y que había tres de ellos
en la estación cuando oyó un carraspeo a sus espaldas.
Era
Toro Tanabe, quien se asomaba por la puerta abierta. Si no hubiera oído el
carraspeo, Dekker no lo habría reconocido en seguida, porque nunca había visto
el rostro de Tanabe en un ángulo de ciento cincuenta grados.
—Entra
—dijo Dekker, señalando una agarradera—. Bien, ¿qué opinas de Co-Marte Dos?
Tanabe
se tomó la pregunta en serio.
—No
está mal, supongo, si no esperas comodidades. Pero no me gusta este asunto de
los narcóticos. No tengo una fuerte oposición moral a la droga, DeWoe, pero es
una tontería tenerla en la estación, cuando sabes que te pillarán.
—Evidentemente
alguien pensó lo contrario. ¿Saben de quién era?
—No.
McCune no quiere decir nada, y tampoco Parker. ¿Le conoces, DeWoe? No, supongo
que no... Supongo que sólo la gente de la Tierra cree que todos los marcianos
deben conocerse, tal como los norteamericanos piensan de los japoneses. De
cualquier modo —añadió más animado—, en ciertos sentidos este lugar es muy
civilizado. Hay servicio de correo vocal a la Tierra; ya he llamado a mi gente
para comprar mis billetes de lotería de esta semana.
—Buena
suerte.
—Sí,
gracias. —Tanabe se aclaró la garganta. Parecía un poco abochornado—. Estoy en
el cuarto contiguo, DeWoe. Yo... bien, creo que debería disculparme por no
preguntarte si deseas compartir el cuarto conmigo, como en la academia.
—Oh,
está bien —dijo Dekker, que jamás había tenido en cuenta esa opción. De
compartir el cuarto con alguien, no habría elegido a Toro Tanabe. Habría sido
Rima Consalvo. O Ven. O incluso Annetta.
Tanabe
parecía estar pensando algo similar.
—Es
sólo que, si tengo suerte, quizá siga la costumbre local de las «esposas
oficiales». Creo que es muy recomendable.
Dekker
trató de no sonreír con sorna.
—¿Piensas
en alguien en especial?
—Aún
no. Pero no me sorprendería que tú sí. Aunque no creo que haya tantas opciones
como podemos esperar. En la estación hay más hombres que mujeres, y me han
dicho que la mayoría ya están comprometidas.
Dekker
digirió ese comentario antes de preguntar:
—¿Sabes
si alguno de los nuestros ha adoptado una esposa oficial?
Mejor
dicho, si alguna de las nuestras ya era esposa oficial. Eso era lo que le
interesaba.
—No
lo creo. No creo que hayan tenido tiempo. Aun así, si tienes planes, creo que
es buena idea comenzar a... ¡Santo Dios! —exclamó sobresaltado cuando un ruido
penetrante rugió en toda la estación—. ¿Qué diablos es eso?
—Creo
que es el ejercicio de alarma por explosión solar. Sin duda es una prueba,
Tanabe, pero quizá no lo sea, así que será mejor que bajemos al refugio.
Dekker
no hubiera necesitado saber dónde estaba el refugio —él y Tanabe sólo tenían
que seguir a la gente que se desplazaba en la misma dirección—, pero lo sabía;
en tantas horas de estudiar los virtuales había aprendido el trazado de la
estación. El refugio no estaba en el centro de la estructura, como en las naves
espaciales y las terminales de los Ganchos Orbitales; en esas cosas los lugares
más seguros estaban en el centro, porque rotaban. Co-Marte Dos no rotaba, y el
centro de la estación estaba lleno con tanques de agua de reserva y la pesada
maquinaria que bombeaba agua y aire en toda la estación. El refugio se
encontraba detrás de esas masas que protegían contra la radiación, en el lado
contrario al sol, y cuando no había ninguna emergencia ni ejercicio se usaba
como gimnasio.
Para
dos personas que acababan de salir de la academia de entrenamiento de la
Tierra, lo difícil no era encontrarlo, sino llegar. Ni Dekker ni Tanabe
dominaba aún el arte de desplazarse en cero g, así que se movían a tontas y a
locas.
—Gracias
a Dios que es sólo un ejercicio —jadeó Tanabe—. ¡Detestaría hacer esto en una
verdadera emergencia!
Nunca
es una verdadera emergencia —le dijo Dekker con el aplomo de quien se había
criado en un planeta donde las explosiones solares a veces causaban problemas.
Pensó en explicarle a Tanabe que la radiación solar siempre venía en dos
entregas: primero la luz visible de la explosión; luego, horas más tarde, la
lluvia de partículas. Lo habría hecho si le hubiera sobrado el aliento. Los dos
se detuvieron en una intersección, y mientras se disponían a cambiar de
dirección, de amarillo a verde, Dekker vio a Annetta Bancroft y la doctora Rosa
McCune en el corredor verde. No se dirigían al refugio. Simplemente se
demoraban allí, y estaban en medio de una acalorada discusión. Dekker se
sorprendió al ver que Annetta lagrimeaba de furia, y que la psicóloga sacudía la
cabeza impávidamente.
Tanabe
las miró con curiosidad, pero Dekker le tironeó el brazo y el japonés le siguió
a regañadientes.
—¿Qué
fue eso? —jadeó.
—No
es cosa nuestra —dijo Dekker, como buen marciano—. Vendrán cuando estén
preparadas. Allá está el refugio.
Tardó
un rato en meterse, porque había gente atestada ante la puerta, y del interior
llegaba un estridente parloteo. Una vez que entraron, Dekker, miró en torno con
curiosidad. La sala era más grande de lo que esperaba, y las seis paredes
estaban revestidas con los aparatos de resortes que todos usaban regularmente
para mantener los huesos duros y evitar que se les debilitaran los músculos.
Había gente apiñada en todos los ángulos posibles.
Cuando
Dekker halló algo de donde agarrarse, vio que Shiaopin Ye nadaba hacia ellos
cabeza abajo. Aun así Dekker notó su expresión preocupada.
—¿Qué
sucede? —le preguntó.
Ella
sacudió la cabeza, girándose para conversar en una posición más normal.
—No
sé a qué sitio hemos venido, Dekker. ¿Estabas allí cuando hallaron los
narcóticos?
—Sí.
—¿Sabes
a quién pertenecían? Estaban en los efectos personales del jefe de estación,
Marine. Lo despertaron y lo sometieron a un análisis, y tenía drogas en la
corriente sanguínea. Rosa McCune lo enviará de vuelta con la nave. Ahora el
jefe es Parker.
—Cielos
—dijo Tanabe—. ¿El jefe? ¿Y lo expulsaron de su propia estación?
Dekker
meneó la cabeza.
—Si
usa drogas, tiene que irse. Especialmente por ser el jefe.
—Pero
si el jefe es un adicto —insistió Ye—, ¿qué nos dice eso sobre Co-Marte Dos?
Dekker
no tenía respuesta para eso. Dio la vuelta para mirar hacia la puerta.
Llegaban
los últimos rezagados; Annetta Bancroft se desplazaba por la pared. Ya no
lagrimeaba, pero aún estaba furiosa. La seguían Rosa McCune y el nuevo jefe.
Parker dio una orden y la puerta se cerró.
Parker
cogió un micrófono.
—Silencio
—ordenó—. Debo anunciar algo. Se han hallado narcóticos en la nave y, en
consecuencia, la doctora McCune ha ordenado un análisis de sangre para todo el
personal. No se trata de una emergencia real sino de un ejercicio, pero cada
uno de vosotros dará una muestra de sangre antes de marcharse. El ejercicio ha
terminado, pero podéis hacer fila para entregar las muestras. —Y añadió, al
cabo de una pausa—: Por favor.
Dekker
comprendió que tomar muestras a doscientas personas llevaría bastante tiempo.
Eso era un fastidio, pero pronto reparó en un fastidio mayor. Había una
sencilla función biológica que había descuidado desde su llegada. Muy pronto
tendría que aliviar la vejiga.
Tenía
que haber un cuarto de baño en el refugio. En efecto, había una docena de
ellos, a lo largo de una pared.
Pero
ahora estaba en gravedad cero.
Sonreía
al salir, orgulloso por habérselas apañado con la complicada maquinaria de un
sanitario de cero g, y descubrió que su jefe Jared Clyne colgaba en las
cercanías. Clyne también sonreía.
—Te
vi entrar, así que pensé en quedarme cerca por si necesitabas ayuda en tu
primera vez. ¿Cómo te fue?
—No
creo que nunca llegue a gustarme, pero me las he arreglado.
—Bien
—dijo Clyne—. Escucha, estaremos aquí un buen rato, así que podemos hablar
ahora en vez de reunimos en la oficina. ¿Estás adiestrado en sistemas de
emergencia? Entonces no tendré que enseñarte nada. Sólo necesitarás recorrer la
estación conmigo o uno de los otros, para que te familiarices con el lugar. Los
virtuales son buenos pero, por mi parte, no me siento cómodo con las cosas
hasta que las he tocado. Ahora Wang está de turno. Saldrá dentro de una hora.
Si tienes ganas, los tres podemos conseguir algo para comer y puedes conocerle.
—Tengo
ganas —dijo Dekker—. Después de eso, tal vez deba dormir un poco.
—No
hay problema. —Clyde dio media vuelta para mirar hacia la salida. Media
dotación seguía apiñada allí, esperando turno para dar sus muestras de sangre.
—¿Clyne?
—aventuró Dekker, intrigado—. ¿Dijiste que esa otra persona estaba de turno?
¿Trabajando de controlador?
—Correcto.
Tiempo parcial. Todos los miembros de la estación hacen un turno, al menos una
vez por mes.
—Sí,
pero si la emergencia hubiera sido real... ¿Los controladores no deben venir al
refugio?
—No,
DeWoe. Las consolas están a la sombra de las explosiones... Las ponen allí a
propósito, porque el refugio está entre ellas y el sol. Están seguros allí. Si
la explosión es grave, los controladores pueden recibir un poco de radiación
secundaria... un rebote desde la estructura de la estación. Pero las dosis
serían leves. Desde luego, también hay que vigilar las dosis leves, pues las
exposiciones tienen un efecto acumulativo, de modo que la próxima vez que
hubiera una explosión otro equipo de operadores estaría a cargo de las
consolas.
Echó
otra mirada a la puerta.
—Estaremos
aquí un rato. ¿De dónde eres, DeWoe?
—Sagdayev.
Es un pequeño déme en...
—Demonios,
DeWoe, sé dónde queda Sagdayev. Yo soy de Kennedy... ya sabes, en Elysium. Pero
hace tiempo que no lo visito. —Miró pensativamente a Dekker—. Si eres de
Sagdayev, debes de ser pariente de Gertrud DeWoe.
—Mi
madre —dijo Dekker, esperando la inevitable queja sobre ella.
No
la recibió.
—Es
una gran mujer, DeWoe. Mi tío trabajó con ella en los Comunes. Me alegra
tenerte aquí.
—Gracias
—dijo Dekker, sintiéndose más cómodo. Cualquiera que admirase a Gertrud DeWoe
era automáticamente amigo de su hijo. Y cuanto más conversaba con Jared Clyne,
más le gustaba el hombre. Descubrió que Clyne había ascendido a controlador de
tiempo completo cuando Rosa McCune realizó esa purga de «inestables», pero
también actuaba como jefe de la unidad de control de daños—. No es que no me
fíe de los demás, DeWoe, sino que prefería conservar el puesto hasta que la
estación recobrara todo su personal.
—¿Ahora?
—Todavía
no, pero al menos ya estamos más cerca. De todos modos, no me interesa tener
tanto tiempo libre. Mi esposa fue una de las que resultó expulsada.
—Vaya,
qué lástima.
Clyne
asintió.
—Eso
pensé. Pero ella estaba demasiado nerviosa las dos últimas semanas. Espero que
solucionen el problema en la clínica, y luego la envíen de vuelta... si tengo
suerte. -—Se aclaró la garganta y miró a la muchedumbre de la puerta—. Quizá
debamos ponernos en la fila.
—De
acuerdo —dijo Dekker, mirando atentamente cómo Clyne se deslizaba de una pared
a otra, evitando chocar con las demás personas. Intentó imitarle y casi lo
consiguió; con un solo empellón se puso detrás de su jefe y miró a su
alrededor.
Sólo
quedaban treinta personas en el gimnasio. Tres personas tomaban las muestras de
sangre. Rosa McCune y, según le informó Clyne, los dos médicos de la estación.
No era un procedimiento complicado; un pinchazo, una pausa, la anotación del
nombre en la pequeña ampolla, una venda autoadhesiva en el brazo, y el sujeto
podía irse.
Annetta
Bancroft acababa de salir. Cuando Jared Clyne vio que Dekker la miraba,
comentó:
—Mal
momento para ella.
—¿Annetta?
¿Por qué? Noté que estaba alterada, pues la vi discutiendo con McCune antes de
entrar aquí. Pero ignoro de qué se trataba.
—Yo
creo saberlo —dijo Clyne—. Apuesto a que era por Pelly Marine. McCune le ha
expulsado, pues halló narcóticos en sus embarques de la Tierra.
—Lo
he sabido.
—Bien,
es natural que Annetta estuviera alterada. Antes era su esposa oficial.
38
Para
que Marte tuviera una atmósfera tan densa como la Tierra, era preciso encontrar
mucho gas en alguna parte. ¿Cuánto es «mucho»? Digamos 4.000.000.000.000.000
—cuatro mil billones— de toneladas de gas.
Eso
es mucho en términos humanos, pero bastante poco en las cifras que usan los
astrónomos. Afortunadamente no todo debe venir del Oort. Hay una abundante
provisión en Marte.
Para
que un planeta sea capaz de albergar vida, se necesita ante todo aquello que
los científicos llaman «volátiles», principalmente agua y aire.
Si
miramos la composición de los planetas del sistema solar, veremos que los
volátiles están distribuidos en forma bastante ordenada. Mercurio, el planeta
más cercano al sol, no tiene casi nada; lo que pudo haber tenido se evaporó
rápidamente por obra del calor del sol, pues los volátiles más calientes tienen
moléculas que se mueven más rápidamente, y así alcanzan velocidad suficiente
para superar la atracción del planeta, y se han perdido en el espacio.
Venus
y la Tierra, que están más lejos del sol y son mucho más grandes que Mercurio,
son más afortunados, pues han retenido gran cantidad de volátiles. Cuando más
nos alejamos, dejando atrás el cinturón de asteroides, descubrimos que casi
todos los planetas han retenido sus volátiles; de hecho, los gigantes gaseosos,
de Júpiter a Neptuno, son esencialmente volátiles, pero en parte porque son
enormes y tienen una colosal atracción gravitatoria, y también porque están
lejos del sol, y por lo tanto son fríos, así que los volátiles no han podido
escapar.
Todo
eso es muy claro y sensato, y concuerda con las suposiciones que existen sobre
la evolución del sistema solar. Con una excepción.
El
caso raro es el planeta Marte.
Marte
parece haber recibido una cuota de volátiles menor de la que le correspondía.
Es evidente que alguna vez los tuvo, pues existen indicios de valles fluviales,
lo cual significa que en algún momento hubo agua líquida. Algunos de estos
sitios, como el Valles Marineris, son más grandes que cualquier valle de la
Tierra. Parecen como un Gran Cañón del Colorado en versión ampliada y, si
también fueron tallados por la erosión del agua líquida, esa cantidad de agua
debía de ser descomunal. Tanto como para que Marte tuviera grandes océanos. ¿De
qué tamaño? Si esa agua estaba uniformemente distribuida en toda la superficie,
era suficiente para cubrir todo el planeta hasta medio kilómetro de
profundidad. Claro que no tenía por qué estar uniformemente distribuida. Podía
estar acumulada, como en los océanos de la Tierra, en los puntos más bajos.
Pero habría sido una gran cantidad.
¿Adonde
fueron, pues, esos volátiles?
La
mayor parte se deben haber perdido en el espacio, pues la débil gravedad de
Marte no podía retenerlos. Pero no todo se perdió. Ante todo, quedó suficiente
para constituir los casquetes de hielo polar. Además, hay mucho más en los
minerales de la superficie marciana.
Allí
es donde el programa Oort obtiene su mayor bonificación. Una vez que se hayan
arrojado en el planeta suficientes cometas para elevar la presión y la
temperatura de superficie, esos volátiles invisibles, encerrados y congelados,
podrán volver a ser visibles.
39
En
Co-Marte Dos todos tenían la obligación de realizar una agotadora sesión de
ejercicios por día. Dekker pensaba que, para un marciano que no se proponía
regresar a la Tierra si podía evitarlo, era una tarea innecesaria: no
necesitaba los músculos con poliesteroides que lo habían mantenido con vida en
la academia de entrenamiento, y tampoco le importaba perder un poco de calcio
en los huesos.
—Para
tu corazón, entonces —le aconsejó Jared Clyne—. De un marciano a otro, es lo
que me digo a mí mismo. No importa por qué lo haces. La mejor razón para
hacerlo es que no tienes opción, porque si faltas más de dos o tres días por
mes Rosa McCune te despachará en la próxima nave.
Así
que Dekker pasaba su hora por día en el gimnasio, como todos los demás,
flexionando brazos y piernas en los resortes que ofrecían la única resistencia
real que sus músculos afrontarían en la estación. La máquina que más odiaba era
la que llamaba el «potro». Uno se sujetaba los pies a un juego de resortes y se
estiraba todo lo posible para coger las agarraderas de otro juego, y luego se
esforzaba para alzar la pierna izquierda y bajar el brazo derecho, y luego al
revés, durante un mínimo de diez espantosos minutos.
Cuando
terminaba con el potro siempre estaba dolorido. En una ocasión vio que la
persona que había empezado a ejercitarse junto a él era Annetta Bancroft.
Ella
lo miró con jovial distancia.
—Hola.
¿Cómo andas?
—¿Al
margen de los dolores, quieres decir? —Preguntó él, frotándose los muslos—.
Bien. ¿Y tú?
Annetta
dijo que andaba bien. La conversación habría cesado allí si Dekker no hubiera
añadido:
—Lamento
lo que sucedió. Me refiero a Perry Marine.
Ello
lo miró con una sonrisa borrosa.
—En
este lugar no hay secretos, ¿eh? Es cierto. Pelly y yo estuvimos juntos más de
un año. Admito que el asunto me cogió por sorpresa, porque nunca usó drogas
mientras yo estaba con él. Pero la gente cambia, ¿verdad? Supongo que Parker
cumplió con su deber. Me cuentan que Pelly estaba actuando de manera sospechosa
y crispada en las últimas semanas.
—Eres
muy compasiva —dijo Dekker con sinceridad, e incluso con simpatía. Pocos
terrícolas serían tan objetivos en un caso así—. Pero es curioso. Es lo mismo
que dijo Jared Clyne sobre su esposa oficial. La que Rosa McCune expulsó por
inestabilidad.
Annetta
lo miró severamente, se arqueó para registrar las amarras de sus pies. Terminó
de sujetarse y respondió:
—Tal
vez haya una epidemia de inestabilidad en esta estación. Procura no
contagiarte, DeWoe.
Por
un tiempo Dekker pensó que quizás hubiera algo contagioso en Co-Marte Dos,
porque todos parecían un poco crispados, o distraídos, o simplemente
misteriosos. Por lo pronto, algunos de sus ex compañeros, entre ellos Ven
Kupferfeld y Jay-John Belster, parecían haberse perdido de vista. Nunca estaban
con el grupo con el cual habían llegado, pues de algún modo se habían integrado
al instante con el elenco permanente de Co-Marte Dos. Tampoco había visto a
Annetta Bancroft, salvo por ese breve contacto en el gimnasio, ni, más
importante aún, a Rima Consalvo, excepto cuando la llamó un par de veces.
Cuando se comunicó con ella sólo obtuvo una amable evasiva. Era amable, pues
ella dijo con dulzura que debían reunirse alguna vez. Pero aun así fue una
evasiva.
Dekker
se asombró de que en una comunidad de sólo doscientas personas cinco o seis
pudieran escabullirse de tal modo.
No
tenía mucho tiempo para cavilar sobre ello, sin embargo, pues recorría sin
cesar toda la estación. De inmediato formó parte del equipo de control de
daños. Nunca salía solo en sus inspecciones; si no lo acompañaba Jared Clyne,
lo acompañaba otro de los miembros de equipo, como Dzhowen Wang —«Joe», para
abreviar— o la esposa oficial y compañera de equipo de Wang, una mujercita
morena llamada Hattie Horan. Centímetro por centímetro, Dekker y su compañero
del momento recorrían los corredores de la estación, desde las cámaras de
presión hasta las bombas de agua. De vez en cuando se cruzaba con viejos
compañeros;
Shiaopin
Ye en comunicaciones, encauzando los mensajes entrantes hacia la persona o
departamento pertinente; Doris Clarkson, asistente del gimnasio a
regañadientes; Toro Tanabe, con inusitado buen humor, trabajando duramente en
las «cocinas» de la estación. Cuando Tanabe vio a Dekker, metió una olla en un
horno, se quitó los guantes, reguló el temporizador y se acercó a saludarle.
—Te
presento a Joe Wang —dijo Dekker—. Mi ex compañero de cuarto, Toro Tanabe.
Parece que disfrutas de tu trabajo, Tanabe.
Tanabe
enganchó un pie en la agarradera de la pared para enjugarse las manos en el
delantal antes de saludar a Wang.
—A
decir verdad, DeWoe, lo disfruto bastante, sí. El trabajo es fácil, como ves.
En la mayoría de los platos sólo se trata de sacar las cosas del refrigerador y
meterlas en el microondas. Pero la comida podría ser mejor, ¿no crees?
Dekker
reflexionó un momento.
—A
mí me parece bien —dijo.
—Sí
—dijo amablemente Tanabe—, pero tú eres marciano, ¿verdad? Aun así, no es tan
mala como la bazofia que nos servían en la academia. Creo que lo peor es que no
podemos freír nada, ni siquiera tempura. Produce demasiada grasa para que los
recirculadores de aire puedan manejarla. Pero los fideos son aceptables. Ven
alguna vez cuando yo esté de turno y te prepararé un sukiyaki especial. Pedí al
cocinero de mi madre que me enviara la receta. Lo mismo vale para ti —añadió,
para el compañero de Dekker.
—No
trates de sobornar a los inspectores —dijo Wang, pero pronto sonrió—. De
cualquier modo, debemos inspeccionar si hay comida derramada, y tu modo de
manejar los desperdicios, y los sellos herméticos de las unidades de cocina...
Huelo algo.
—Sólo
cuando abrimos los hornos —dijo un marciano alto, acercándose. Era el cocinero
principal, y mientras Dekker y Wang buscaban posibles causas de incendió, él y
Dekker charlaron sobre su infancia.
Al
salir, Dekker comentó:
—Parecen
buena gente. ¿Sabes lo que me sorprende, Wang? No esperaba que aquí hubiera
tantos marcianos.
—¿Por
qué no?
—Alguien
me dijo que los marcianos no congeniaban muy bien.
—Pamplinas.
Los marcianos se las apañan tan bien como los demás. Además, me agradan los
marcianos. A decir verdad, Hattie y yo estamos pensando en instalarnos en Marte
cuando se termine nuestro tiempo aquí.
—Seríais
bienvenidos, por cierto —dijo Dekker, conmovido. Era la primera vez que un
terrícola le decía algo semejante. Pero, por otra parte, se encontraba en una
estación de Oortcorp. No había terrícolas comunes. Estos eran hombres y mujeres
que se habían presentado voluntariamente para dejar sus hogares de la Tierra y
aventurarse en el espacio durante varios años, para ayudar a Marte a
convertirse en un planeta fecundo. No podían ir allí sólo por dinero. También
debía de haber una dosis de idealismo.
Se
sintió afortunado de estar allí con esos seres humanos. Sólo cuando él y Hattie
Horan estaban registrando los sistemas de emergencia de una de las cámaras de
presión, donde grandes trajes espaciales se erguían como espantajos
decapitados, destinados al mantenimiento extravehicular, entrevió una estación
de control de cometas al lado. No conocía a ninguna de las mujeres que
trabajaban allí, pero sintió una punzada en el pecho. Él también debería estar
allí...
Al
cabo de unos minutos se convenció de que era justo que él no estuviera; el
nuevo jefe de estación era un hombre ecuánime —a fin de cuentas era marciano— y
había prometido que todos obtendrían un turno.
Una
hora después, de regreso en su cuarto, recibió las nuevas órdenes de rotación
por la pantalla, y de pronto puso en duda la ecuanimidad de Simantony Parker.
Parker
había prometido que uno de los nuevos tendría un turno por día. Había respetado
esa promesa. La rotación era para los próximos cinco días, y había cinco
nombres nuevos.
Eran
Ven Kupferfeld, Jay-John Belster, Berl Korman, Rima Consalvo y Annetta
Bancroft.
Tres
tramposos y dos reemplazos de último momento, procedentes del Oort. Sólo ellos,
y nadie más. Era una rarísima coincidencia.
Cuando
se presentó ante Jared Clyne a la mañana siguiente, no pudo evitar mencionar el
tema, aunque sin llegar al extremo de mencionar el tema de las trampas en los
exámenes.
—¿Cómo
crees que el jefe escogió a los nuevos que irían a los paneles de control?
Clyne
lo miró con cierta hostilidad.
—¿A
qué te refieres?
—Bien...
están Consalvo y Korman, por ejemplo. ¿Por qué esos dos y no los otros que
vinieron de la Nube?
Clyne
pareció distenderse.
—Tiene
que comenzar en alguna parte, ¿verdad? Y está Annetta Bancroft. Ella también
figura en la lista, pero la han incluido porque ya posee experiencia.
—Sí,
pero...
—Sí,
pero aun así no te gusta —dijo Clyne pacientemente—. Bien, no eres el único. A
mí tampoco me gusta, porque Parker ha trastocado todo. Me puso otra vez en
funciones todos los días... tendré que estar allí dentro de un par de horas.
Eso significará diez días consecutivos para mí, DeWoe. Nunca hacemos eso.
—¿Pues
por qué lo hizo? —preguntó Dekker, sorprendido de su tono plañidero.
Clyne
se encogió de hombros.
—Es
el jefe de estación. Él toma esas decisiones. ¿Ahora podemos trabajar? Dzhowen
Wang piensa que debemos desmantelar una de las bombas de aire para
mantenimiento, así que echemos un vistazo a su historia de servicios antes que
él llegue. Fíjate si puedes llamarla por pantalla.
Dekker
la llamó por pantalla, pero mientras inspeccionaban el esquema se abrió una
ventana en una esquina de la imagen. Era Shiaopin Ye.
—¿Clyne?
Aquí el centro de comunicaciones. Tenemos algunos problemas con los circuitos
ópticos, y creo que deberías echarles un vistazo.
Clyne
frunció el entrecejo.
—Déjame
hablar con tu jefe —ordenó.
—Lo
lamento. Toby Mory no está aquí, sólo Carlton y yo. ¿He llamado al departamento
que corresponde? Carlton no estaba segura, pero yo pensé que como los circuitos
formaban parte del sistema de emergencia para explosiones solares...
—Sí,
has llamado al sitio indicado. Echaremos un vistazo y te llamaremos. — Mientras
reprogramaba la pantalla para ver los circuitos ópticos, Clyne miró a Dekker— .
Ella vino contigo, ¿verdad?
—Sí,
Shiaopin Ye. Estaba en mi curso. Buena estudiante.
—Bien,
entonces será mejor que inspeccionemos.
Inspeccionaron,
y cuando Dzhowen Wang llegó poco después, los tres ejecutaron señales de prueba
por la red de fibra óptica.
—No
sabía que esta tarea también nos correspondía —comentó Dekker.
—Las
comunicaciones, no. El sistema de alarma, sí. Pero yo no veo nada. ¿Y tú, Joe?
Wang
meneó la cabeza.
—No,
pero si es intermitente no lo veríamos.
—Vale.
—Clyne llamó al centro de comunicaciones, y esta vez habló con el jefe de
departamento, Toby Mory, que parecía molesto.
—Lo
lamento, Jared, —dijo Mory—. Sólo salí media hora. Ye debió esperar a que yo
regresara en vez de molestarte.
—Ningún
problema, Toby. Escucha, no hallamos ninguna discrepancia en la red, así que
pediré a Wang y DeWoe que echen un vistazo al exterior. Lo haría yo mismo, pero
debo prepararme para mi turno. Tal vez la antena solar esté cambiando de
alineación. Si descubren algo, te lo haré saber.
Apagó
la pantalla y encaró a sus asistentes.
Bien,
amigos. ¿Tenéis ganas de dar un paseo en una navecilla de reparaciones?
Como
las inspecciones lo habían llevado por toda la estación, Dekker ya había estado
en la cámara de presión, pero no en una nave de reparaciones. A través de una
compuerta veía la nave amarrada fuera, y la idea de abordarla, aun con un traje
espacial, le provocaba un cosquilleo en la nariz.
Mientras
Dzhowen Wang registraba la operación en la pantalla, Dekker miró a su
alrededor. Los trajes espaciales, la compuerta, los controles de los conductos
de emergencia, la ventana que daba a la estación de control contigua... eso era
una tentación irresistible, y cuando miró por la ventana, para echar un vistazo
al afortunado par de controladores que estaban de turno, tardó un momento en
comprender que las conocía.
Era
Anneta Bancroft. Ella y otra mujer verificaban trayectorias en el panel, quizá
preparándose para una corrección, pensó Dekker con envidia. Los cometas
llegaban desde el sol con gran exceso de velocidad, y se necesitaban repetidas
correcciones para desacelerarlos.
Dekker
la miraba con ansiedad —no envidiando su buena suerte, sino lamentando no
compartirla— cuando Wang completó su informe y se apartó de la pantalla. Aferró
el hombro de Dekker para frenarse.
—Está
bien —dijo—. Apagarán los transmisores que hay entre este lugar y el sol para
no freímos. —Miró la estación de control—. Oye, ésa es Bancroft, ¿eh? Me
preguntó cómo se sentirá.
Dekker
lo miró intrigado.
—¿Porqué?
—Pues
por estar aquí, al lado de la cámara donde sufrió el accidente. Mira, aún
puedes ver los raspones en la cámara, donde ella chocó. ¿No lo sabías?
—Oí
algo —admitió Dekker.
—Bien,
le faltó poco para perder el pellejo. Estaba en su traje, disponiéndose a
salir, pero no estaba bien agarrada cuando expulsó el aire. La succión la
arrojó contra el borde de la cámara. Casi le desgarró el traje, casi murió. No
por el accidente. Su estado se complicó.
—¿De
qué estado hablas? —preguntó Dekker.
—Supongo
que no es un secreto —dijo Wang tras un titubeo—. Estaba encinta. Perdió al
bebé. Este lugar debe tener malos recuerdos para ella.
Se
alejó, enfilando hacia la hilera de trajes.
—Manos
a la obra, DeWoe. No quieren que estemos fuera más de quince minutos, así que
no perdamos tiempo.
Pensativamente
Dekker ayudó a Wang a ponerse el traje, y luego dejó que Wang lo ayudara a él.
Prestó toda su atención —sabía que era vital inspeccionar bien el traje antes
de una actividad extravehicular— pero aún seguía pensando en el bebé. Annetta
jamás había mencionado un bebé.
Los
trajes espaciales no eran muy distintos de los trajes que había usado para
caminar por la superficie de Marte. No había motivos para que lo fueran, pues
la diferencia entre la tenue atmósfera marciana y el vacío del espacio era
ínfima. Era una suerte que un par de trajes estuvieran construidos para físicos
marcianos, aunque le sentaba muy ajustado.
Una
vez que se ciñeron los trajes, Wang acercó el casco al de Dekker.
—Apártate
mientras evacuo la cámara —dijo—. ¿Tienes tu llave?
Dekker
sacó su llave y se la ofreció, pero Wang se limitó a negar con la cabeza.
—Sólo
verificaba. Usaré la mía.
Sacó
la llave de emergencia del bolsillo del traje y la insertó en el panel. Allí
había diez controles, y cada uno se iluminó consecutivamente: uno por cada una
de las diez cámaras de la estación, con una luz roja y parpadeante para indicar
que las cámaras no estaban aisladas; Wang pulsó el teclado y quedaron aislados
del interior de la estación.
Luego
hizo girar la llave. La puerta externa se abrió; Dekker sintió el tirón del
aire que salía al espacio. Ambos abordaron la nave —un vehículo diminuto,
frágil y esquelético, apenas un chasis con impulsores y herramientas para
reparar todo lo reparable en el exterior de la nave, totalmente abierta al
espacio— y luego Wang soltó amarras.
Dekker
contuvo el aliento. Dejó de pensar en el bebé de Annetta y todo lo demás,
maravillado.
Flotaban
en el espacio. La estación Co-Marte Dos era una enorme presencia al lado de
ellos... o debajo, o arriba; estaba junto a ellos en alguna dimensión, pero
Dekker no distinguía cuál. Y no había nada más a su alrededor, en millones de
kilómetros. Por dondequiera que mirase, había puntos y salpicaduras de luz:
estrellas, planetas, la hueste de brillantes cometas que llevaban vida a Marte.
Eran docenas, grandes y cercanos o distantes y borrosos, con antorchas de gas
brillante encendidas por el calor del sol. Los cometas resplandecían en el
cielo de Marte, y eran imponentes aun a través del turbio aire de la Tierra,
pero aquí iluminaban todo el firmamento.
No
había tiempo para mirarlos, porque Wang se estaba impacientando. Le indicó a
Dekker que se preparase para la aceleración, y encendió un impulsor. Las naves
de reparación eran demasiado pequeñas para necesitar algo tan potente como un
Augenstein. Los motores eran versiones reducidas de los impulsores de peróxido
de hidrógeno que usaba la estación cuando necesitaba corregir su órbita, y
permitían que el vehículo se alejara suavemente de la cámara de presión. Wang
lo llevó rápidamente a un reposo relativo, y luego le dio el pequeño impulso
que necesitaba para moverse hacia el lado del sol.
Dekker
vio que las luces de advertencia estaban apagadas en todos los sensores de ese
lado. De lo contrario los habrían freído. Flotaban sobre los platos y antenas
de los transceptores de comunicaciones, los sensores y telescopios, y mientras
bordeaban la estación los visores se nublaron con el primer impacto de la
cegadora luz solar. Un momento después aparecieron los tubos del telescopio que
daba hacia el sol.
Wang
examinó el casco con un visor de aumento, indicando a Dekker que lo imitara.
Al
cabo de un instante se inclinó para tocarle el casco.
—¿Qué
piensas, Dekker? ¿Ves algún daño?
Dekker
se tomó su tiempo para cerciorarse. Si los ojos externos de la estación estaban
dañados, sería algo visible; un espejo astillado por el impacto de un
micrometeorito, o un componente flojo.
—A
mí me parecen bien —dijo.
—A
mí también. Las conexiones parecen firmes. No veo ningún problema. Regresemos.
—¿Debemos
regresar? —preguntó Dekker, embelesado por el espectáculo, ansiando quedarse.
Pero sólo hizo la pregunta cuando notó que los cascos, ya no se tocaban, de
modo que Dzhowen Wang no pudo oírle.
El
hechizo no se quebró sólo porque regresaron a la estación. Dekker sonreía de
placer cuando salieron de la cámara de presión, y sonrió a Annetta Bancroft y
su compañera, que salían de la estación de control al terminar su turno.
Annetta
lo miró intrigada, luego sonrió también.
—Me
alegra verte contento, Dekker.
Wang
la miró, miró a Dekker con mayor seriedad, luego agitó la mano y se alejó.
Mientras
él y la otra mujer desaparecían por el corredor, Annetta dijo:
—De
paso, gracias por devolvernos nuestra visión.
—¿Visión?—repitió
Dekker. Estaba confundido, a medio camino entre el embeleso de haber salido al
espacio y el recuerdo del bebé. Entonces comprendió de qué hablaba Annetta. Por
cierto. Las pantallas de los controladores se habrían apagado al cancelarse los
sensores externos de la estación mientras ellos estaban fuera—. Lo lamento.
—Está
bien. Tuvimos que postergar una corrección, pero obtuvimos una nueva solución y
la aplicamos cinco minutos después. Ningún problema. —No parecía tener prisa
por irse. Aferraba una agarradera, y su cuerpo estaba en un ángulo de cuarenta
y cinco grados respecto de la pared. Parecía contenta de conversar con él—. No
es la primera vez. Hemos tenido interferencias los dos últimos días. ¿Os han
molestado?
Dekker
sacudió la cabeza, pero no podía evitar miraría fijamente. El hecho de que ella
hubiera estado encinta no cambiaba nada, por no mencionar que no era cosa de
él. Sintió el impulso de decir algo, y lo intentó:
—Si
esas interferencias se repiten, ¿tendremos problemas con las comunicaciones?
—preguntó.
—Nada
grave, si no empeoran. Es una molestia, pero estamos bien. Debe haber algún
código erróneo en los repetidores, de modo que si aislamos la recepción de los
circuitos de la estación pronto podremos averiguar dónde está el problema.
Restaurar los sensores remotos llevará más tiempo, pero podemos prescindir de
ellos si es necesario. —Cambió de posición para enfrentarlo más directamente—.
Dekker, ¿en qué estás pensando? Me miras como si yo tuviera dos cabezas.
—Perdón
—dijo él, sonrojándose.
—Demonios,
Dekker, no te disculpes. Sólo dime lo que tengas que decirme.
Él
titubeó, se decidió.
—Annetta,
cuando tuviste el accidente...
—¿Sí?
—Bien,
estabas encinta, ¿verdad?
Ella
lo miró, aferrándose de la agarradera. Al principio no parecía ofendida, sino
casi aliviada. Luego cambió de expresión.
—Demonios.
Alguien ha contado chismes sobre mí.
—Sé
que no es cosa mía...
—¡Claro
que no!
Él
tragó saliva y siguió adelante.
—Sólo
me preguntaba si Pelly Marine era el padre.
Ella
lo miró con hostilidad.
—¿Hay
algún motivo por el cual deba hablar contigo de mi vida privada? —Él sacudió la
cabeza, y ella se aplacó un poco—. Recordando que no es cosa tuya, como bien
has dicho, y que no tengo por qué darte explicaciones.... pues sí, yo tenía un
esposo oficial entonces, y era Pelly Marine.
—Entiendo.
—Lo
dudo.
—De
acuerdo —dijo Dekker, comenzando a irritarse—, entonces no entiendo. Olvida que
te pregunté.
Pensó
en largarse, pues no soportaba esos juegos de los terrícolas.
Si
ella hubiera sido marciana habría respondido al instante. Más aún, él no habría
tenido que preguntar, porque ella lo habría mencionado tiempo atrás.
—No
te pongas hostil, Dekker. Es que no me gusta que me lo recuerdes. Verás, Pelly
y yo nos habíamos separado antes de mi accidente. Simplemente no lo habíamos
anunciado. Yo quedé encinta y... tuvimos una gran discusión al respecto. Yo
quería tener el bebé.
—¿Y
él no?
—No,
él no quería. Escucha, Dekker, no odio a ese hombre. No lo odiaba entonces,
pero convinimos en separarnos... y luego tuve el accidente, y un aborto, y a
partir de entonces hubo problemas que aquí no podía afrontar. Así que me
enviaron a la Tierra, y acabó todo. Si McCune no hubiera decidido... —Calló de
repente—. Bien, eso no importa. McCune lo envió a la Tierra, así que ya no
está. Pero no importa. Si él estuviera aquí, no pensaríamos en juntarnos de
nuevo.
—Lo
lamento —dijo Dekker, a falta de algo mejor que decir.
—¿Quién
puede lamentarlo? Yo me he recobrado, y Pelly ha pasado a la historia.
Eso
parecía el final de la conversación, excepto que ella aún lo miraba
atentamente. Como evaluándolo. Ven Kupferfeld le había enseñado a identificar
esa mirada insinuante de las terrícolas. La de Annetta era diferente, como si
quisiera decirle algo más.
Y
así era.
—Dekker,
ya que hemos decidido meter las narices en los asuntos del otro, tengo una
pregunta para ti. ¿Por qué no has visto a Rima Consalvo?
Él
la miró boquiabierto.
—¿De
qué hablas? Lo intenté. Ni siquiera pude encontrarla —dijo Dekker con tono
compungido.
—Bien
—dijo Annetta—, creo que al principio estaba bastante ocupada. Todos lo
estábamos, pero ella parece echarte de menos. Se lo he oído decir. Y si quieres
verla... bien, al menos sabes un lugar donde estará mañana, ¿verdad? Aquí
mismo. A esta hora. Cuando salga de su turno.
40
Cuando
el susurro musical de su alarma despertó a Dekker a la «mañana» siguiente —sólo
su «mañana» personal, por cierto, pues Co-Marte Dos operaba las veinticuatro
horas— estaba en medio de un sueño placentero. Incluía a una mujer, por cierto.
No hacían el amor, pero el ambiente del sueño sugería que lo acababan de hacer,
o pronto lo harían, y entre tanto se abrazaban, desnudos y tibios, de ese modo,
maravillosamente indoloro y relajado que sólo era posible en gravedad cero.
Mientras
Dekker se desembarazaba de su arnés, aún sentía los brazos de esa mujer. ¿O esa
sensación consistía sólo en la blanda restricción del arnés, traducida por el
sueño en algo más placentero? ¿Y quién había sido la mujer del sueño?
Reflexionó
sobre esa segunda pregunta mientras bajaba por el corredor amarillo a las
instalaciones sanitarias. Luego tuvo que abandonar ese pensamiento, pues
necesitaba toda su concentración para lo que estaba haciendo. Su habilidad en
los sanitarios de gravedad cero y las cabinas cerradas con rociadores que
sustituían a las duchas en Co-Marte Dos era demasiado precaria para permitirle
pensar en otra cosa mientras usaba esos artefactos.
Cuando
estuvo de regreso en su habitación, flotando ante su pantalla, se repitió la
pregunta. ¿Había sido Rima Consalvo? ¿Ven Kupferfeld? Cualquiera de ambas podía
ser candidata para un sueño erótico de Dekker DeWoe. ¿Pero era una de ellas?
Dekker tenía la fastidiosa sensación de que conocía a la mujer, pero ignoraba
quién era.
Lo
importante, sin embargo, era evaluar las perspectivas para sumar la compañía de
una mujer real, no soñada, a su vida. Annetta Bancroft le había dicho cuáles
eran sus mejores posibilidades, así que Dekker buscó en la pantalla los turnos
de Rima. Llamó «asignaciones laborales» y luego «control de cometas», y
apareció exhibida toda la rotación.
Había
muchos nombres en ella, como era previsible. Co-Marte Dos mantenía dos paneles
activos simultáneamente, con dos controladores en cada panel. Los dos equipos
se turnaban en el control activo y el chequeo de las soluciones del otro, y
cada operador trabajaba dos horas y descansaba dos horas, y otras dos horas
completaban el turno.
Eso
requería mucha gente, así que había veinte controladores a tiempo completo en
la rotación, más una docena de suplentes. Dekker encontró el nombre de Rima
Consalvo donde Annetta le había indicado, entre los suplentes. La hora era
conveniente. Dekker calculó que le resultaría fácil terminar su día de tareas
con tiempo libre antes que Rima completara la segunda mitad del turno. Entonces
ambos estarían libres durante muchas horas. Eso les daría mucho tiempo para
charlar, comer o cualquier otra cosa.
Dekker
pasó al canal de noticias, sintiendo una placentera tibieza en el abdomen
mientras pensaba en esa «cualquier otra cosa».
Esa
sensación no duró. Las noticias se encargaron de disiparla. Recorrió deprisa
los principales titulares, todos deprimentes y ninguno de interés personal. ¿A
qué marciano le importaban las huelgas terrícolas o sus crisis financieras? Al
fin, tras marcar menús más específicos, llegó a un breve informe sobre las
negociaciones por los bonos. Era breve, porque no había nada que decir; las
negociaciones «continuaban» pero no se había alcanzado ninguna «solución».
En
ese momento la imagen de la pantalla tembló.
El
sorprendido Dekker buscó el teclado, pero no había llegado a tocarlo cuando la
pantalla se encendió de nuevo, exhibiendo el menú principal original. Frunció
el entrecejo antes de apagarlo. Eso no tendría que haber sucedido.
Se
le ocurrió que una interferencia en las comunicaciones internas de la estación,
por pequeña que fuera, podía constituir una emergencia. En tal caso, quizá lo
necesitaran, así que llamó a Jared Clyne.
Clyne
no estaba en su oficina, y la leyenda de la pantalla no anunciaba ninguna
urgencia, sólo la invitación estándar a dejar un mensaje.
Cuando
Dekker la apagó de nuevo había decidido lo que haría. Se tomaría tiempo para un
rápido desayuno, porque quizá no hubiera una urgencia real. Pero luego iría
temprano a la oficina por si lo necesitaban. Quizá no fuera así. Y esperaba que
no fuera así. Esperaba que no lo necesitaran para nada que prolongara su día
laboral, al menos, no más allá de la hora en que Rima Consalvo terminaría su
turno.
Pero
el desayuno no fue rápido. La fila era larga, y cuando Dekker llegó al final
encontró a Toro Tanabe sudando con mal ceño mientras repartía paquetes de
comida.
—Hola,
Dekker. No comiences conmigo, por favor. Todos los temporizadores se
desconectaron y tuvimos que regular todo a mano, así que el servicio es lento,
y si tu tortilla está demasiado quemada o demasiado cruda lo lamento, pues no
fue nuestra culpa.
Dekker
se enganchó con un pie y abrió la caja.
—Tiene
buen aspecto —informó—, así que alégrate.
Tanabe
lo miró de mal talante.
—Tú
quieres que me alegre. Con tanta gente quejándose, y con esos informes
bursátiles mostrando que mi padre deberá vender sus títulos a menos de su
valor, y con mi madre diciéndome que soy un necio y una vergüenza para mi
familia por trabajar como cocinero cuando podría estar haciendo algo útil y
viviendo como un rey en Tokio, y con nada menos que cincuenta billetes de
lotería en el último sorteo sin sacar ni siquiera aproximación... con tantas
buenas noticias, ¿quieres que me alegre? Claro, DeWoe, me alegraré con gusto...
siempre que te apartes de mi camino para que pueda alimentar a esta gente.
Divertido,
aunque un poco ofuscado, DeWoe se apartó, aferrando su caja de comida y su
ampolla de café, y buscó un lugar de donde aferrarse. Vio a Shiaopin Ye
comiendo sola en un rincón de la estancia y se le acercó flotando.
Ella
lo saludó con un cabeceo, pero no parecía muy complacida. Él se sujetó una
correa al cinturón y le sonrió.
—¿A
ti también te hacen trabajar mucho? —preguntó jovialmente.
Ella
cerró la caja de comida para evitar que los trozos echaran a volar y terminó de
masticar.
—Te
refieres a la pérdida de comunicaciones —dijo—. Sí. Nos han culpado a todos.
Pero allá está el jefe de comunicaciones, comiendo agradablemente con la
doctora Rosa McCune, así que debe tener razón cuando dice que no hay de qué
preocuparse.
—Ah
—dijo Dekker, bebiendo un buen sorbo de café—, no pareces estar de acuerdo.
—Tienes
razón.
Ella
alzó la tapa de la caja y diestramente cogió otro trozo con sus palillos.
Dekker también se puso a comer, echando un vistazo a Toby Mory y la psicóloga.
—Él
no parece preocupado —sugirió—. Debe saber lo que hace, Ye. Es jefe de sección.
—Exacto
—convino Ye—. Eso es precisamente lo que me dijo hace diez minutos.
—Pero
no le crees.
Shiaopin
Ye lo miró varios segundos antes de responder. Luego cerró la caja y se
desabrochó el cinturón de seguridad.
—DeWoe
—dijo, aferrándose con una mano—, ¿a ti te parece que éste es un equipo feliz?
—¿Feliz?
—Quiero
decir si la gente de aquí te parece cómoda con su trabajo.
—Un
poco más tensa de lo que hubiera esperado, quizá.
—Muy
tensa, diría yo —convino Ye—. Y no logro entender esa tensión. Creo que nos
ocultan algo.
—¿Te
refieres a Toby Mory?
—No
sólo Toby y Mory, aunque también a él. Entiendo mucho sobre sistemas de
comunicaciones. DeWoe. Tú lo sabes, pues seguimos los mismos cursos. Pero
cuando me pongo a verificar los sistemas por mi cuenta. Mory me ordena que me
detenga. Me dice que él ya lo ha hecho.
Dekker
frunció el entrecejo, tratando de entender.
—Si
me estás diciendo que Mory no quiere que se repare el sistema, no tiene
sentido.
—En
efecto, no tiene sentido. Pero muchas cosas que no tienen sentido resultan ser
ciertas, ¿verdad? Por eso pienso regresar allá cuando Mory no esté para
realizar una verificación por mi cuenta.
—¿Qué
esperas encontrar, por amor de Dios?
—No
lo sabré a menos que lo encuentre, ¿verdad? Pero haré esa verificación.
Dekker
le cogió el brazo.
—Si
encuentras algo, ¿me lo contarás? Puede ser de interés para el servicio de
emergencia.
Ella
pensó, suspiró.
—Me
gustas, DeWoe. Siempre me has parecido honesto. Sí, iré a tu habitación o te
dejaré una nota. Sin embargo —añadió—, no usaré la pantalla de comunicaciones.
Mientras
se dirigía a la oficina de Jared Clyne, Dekker pensó que era difícil reírse de
las ridículas ideas de Shiaopin Ye, pues ella no era ridícula. Siempre le había
parecido la persona más serena y sensata del curso.
Eso
no demostraba que no pudiera estar errada en sus sospechas. Ni siquiera
demostraba que no pudiera estar loca, porque Dekker opinaba que cualquier
terrícola podía tener una chifladura oculta bajo el exterior más atractivo.
Ejemplo: Ven Kupferfeld. Y por cierto tenía que admitir que sus observaciones
eran perspicaces. La atmósfera de Co-Marte Dos era más tensa y extraña de lo
que había esperado; la gente se perdía de vista durante varios días, las cosas
fallaban, los enigmas no se resolvían.
Pero
cuando llegó a la oficina, Clyne y Dzhowen Wang no parecían tensos. Los dos
revisaban plácidamente los esquemas del sistema de circulación de aire, y Clyne
lo saludó sorprendido.
—Hola,
DeWoe. Llegas temprano.
—Pensé
que podrías necesitarme —explicó Dekker—. Por el problema de comunicaciones.
—Así
me gusta —dijo Clyne aprobatoriamente—. Pero las comunicaciones no nos
preocupan. Dejaremos que la gente del sector se cure sus propios dolores de
cabeza—. Señaló la pantalla—. Ya que estás aquí, tú y Joe podéis comenzar a
desmantelar esas bombas de aire hoy. —Se volvió para mirar a Dekker con mayor
atención—. ¿Qué te hizo pensar que había una situación de emergencia?
—Bien,
no fui yo, exactamente... ¿Conoces a Shiaopin Ye? Ella pensaba que había un
problema. Incluso... —Dekker se aclaró la garganta, abochornado por su
descabellada sugerencia—. Incluso pensaba que su jefe estaba tratando de
ocultarlo.
Clyne
lo miró atónito.
—¿Toby
Mory? —Dijo al fin—. ¡Claro que no, DeWoe! ¡Le conozco hace ocho años! Ye es
nueva aquí, aún no lo entiende todo. No creo que tenga pruebas para respaldar
esa clase de afirmación.
—Tal
vez consiga algunas. Dijo que lo verificaría por su cuenta... cuando Mory no
estuviera presente.
Clyne
sacudió la cabeza.
—Cielos.
Espero que ninguno de vosotros dos nunca deba actuar a mis espaldas de ese
modo. De cualquier manera, no hay tal emergencia, así que no es problema
nuestro. Será mejor que os encarguéis de esas bombas de aire antes que ellas
sean una emergencia.
Dekker
lo tomó como reprimenda. Mientras se dirigían a la sala de bombas, notó que
Dzhowen Wang lo miraba extrañamente, aunque Wang no habló hasta que llegaron
allá. Ambos realizaron sus chequeos de rutina.
—Sea
lo que fuere, el sistema de aire sigue intacto —dijo Wang.
Dekker
se encogió de hombros con embarazo, y Wang asintió para indicar que el tema
estaba concluido. Permitió que Dekker efectuara la llamada a la oficina del
jefe de estación para solicitar autorización para pasar a las bombas de apoyo.
Luego los dos se pusieron a desmantelar la bomba.
Era
un trabajo agotador en el restringido espacio de la sala de bombas,
especialmente con los problemas de mover enormes objetos de metal en gravedad
cero; un niño marciano habría podido empujar uno con un solo dedo, pero si uno
quedaba apresado entre una bomba y una pared podía lastimarse. Dekker actuó con
cuidado. Procuró imitar al experimentado Toe Wang, que siempre enganchaba un
pie o una mano en una agarradera, y nunca soltaba una pieza de la bomba sin
asegurarla bien. En realidad, era justo lo que necesitaba: trabajo útil,
físico, como el que nunca había hecho desde que se había ido de Marte.
Se
tomaron un rato para una comida rápida en medio del turno, pero Wang ansiaba
poner la bomba en funcionamiento. No hablaban demasiado, y no remoloneaban. Los
soportes sospechosos resultaron estar bien, pero Wang insistió en reemplazarlos
de todos modos. Dekker estuvo de acuerdo.
Sólo
al final, cuando iban a solicitar autorización para volver al funcionamiento
normal, Dekker recordó que existía un problema. Tardó un minuto en comunicarse
con la oficina del jefe de estación, y la imagen era sólo monocroma. Los
sistemas internos estaban sobrecargados, era indudable.
Cuando
se despidieron, Wang miró ceñudamente a Dekker.
—Cuando
Pelly Marine era jefe de estación —comentó—, no sucedían estas cosas. Quizá
fuera un adicto, pero ojalá lo tuviéramos aquí de nuevo.
Dekker
miró su reloj. Le alegró descubrir que aún tenía tiempo de sobra para
prepararse para ver a Rima Consalvo.
Quería
hacerlo, pero también quería asegurarse, así que usó parte de ese tiempo para
pasar por su habitación, por si Shiaopin Ye había dejado una nota, sin duda
para confesar que sus sospechas eran infundadas y para disculparse por haberle
preocupado.
Pero
no había ninguna nota.
Cuando
llamó a la habitación de Shiaopin no recibió respuesta, y cuando decidió llamar
al centro de comunicaciones la persona que respondió era el jefe.
—No
—dijo Mory con cara de pocos amigos—, no está aquí, y estamos bastante
ocupados.
Dekker
se dirigió a la estación de control, sacudiendo la cabeza. ¡Cómo desaparecía la
gente en esa estación! Desde luego, era posible que Rima simplemente lo hubiera
eludido porque estaba decidiendo si deseaba liarse con él. En realidad era un
pensamiento bastante alentador... ¿pero qué pasaba con Ye?
Cuando
llegó a la estación de trabajo de Rima aún era temprano y ella estaba atareada.
Al verle Rima le susurró algo a su compañera y le indicó que entrara.
Dekker
entró.
—Lamento
molestar —se disculpó, hablándole a la otra mujer.
—No
hay problema, Dekker —respondió Rima por ambas—. A Myra no le molesta, y yo te
estaba esperando.
—Ponte
cómodo y observa —dijo amablemente la otra controladora—. No hay mucho que ver.
No hemos programado ninguna otra corrección de curso, de todos modos.
—Gracias
—dijo Dekker, trabando su cinturón en un gancho de la pared. Simplemente
verificaban trayectorias, cometa por cometa; el ordenador digería los elementos
orbitales, analizaba las atracciones gravitatorias que afectarían su curso y
trazaba la línea dorada que proyectaba su llegada a Marte. Dekker miraba los
paneles —lamentando no poder estar allí— y también la interesante nuca de Rima
Consalvo, deseando hacer una exploración más profunda en esa zona. Una vez
Dekker había oído que una mujer terrícola, una celebridad, afirmaba que se
había enamorado de su esposo a primera vista, aunque sólo le había visto la
nuca. A Dekker le había parecido ilógico, pero en ese momento no le parecía del
todo imposible.
Rima
se volvió un momento hacia él.
—Deberías
haber estado aquí hace una hora. Perdimos alimentación durante cinco minutos.
No había absolutamente nada en las pantallas.
—Ni
siquiera en la estación de respaldo —confirmó su compañera—. Nos dio un susto
del demonio.
Dekker
asintió, preguntándose si debía comentarles las sospechas de Shiaopin Ye.
—Parece
que hay problemas de comunicaciones —se limitó a decir. Se inclinó hacia el
panel—. ¡Vaya! ¿Es el 67-JY?
—Sí—dijo
Rima—. ¿Por qué?
—Porque
necesita una corrección, ¿verdad? —Algo le molestaba. El embudo dorado se
extendía hacia Marte, en efecto, pero estaba muy cerca de las probabilidades de
error—. Ya lo creo que necesita una corrección.
—No
es crítica, no —dijo Rima.
—¿Cómo
que no? Es una corrección fácil, Rima. Además esa trayectoria lo acerca a la
Tierra. Conozco ese cometa. Es pequeño, y siempre nos ha causado problemas.
—Yo
también lo conozco —replicó Rima, y entonces Dekker recordó que ella le había
contado que había sido la manipuladora que lo había preparado en el Oort.
Y
era quisquillosa al respecto.
—Está
bien —dijo.
Ella
se ablandó un poco.
—Ya
tuvo una corrección en este turno. La realizó el otro grupo. Así que está bien,
Dekker. Si el próximo turno piensa que necesita otra corrección, puede
efectuarla. —Miró el reloj—. Tal vez ya estén esperando para entrar. Echa un
vistazo afuera, Myra.
La
otra mujer asintió y se deslizó hacia el corredor. Un instante después se asomó
encogiéndose de hombros, indicando que no estaban a la vista, luego señaló
corredor abajo y se dirigió hacia allá.
Dekker
supuso que se dirigía al cuarto de baño, pero Rima rió entre dientes.
—Apuesto
a que lo hace por discreción, por si queremos estar a solas un minuto. Dekker,
¿por qué cuestionas la decisión de una operadora?
—Bien,
supongo que aquí hay más fallos de los que esperaba.
—¿Como
los sistemas de comunicaciones?
—En
efecto.
—¿Y
ese cometa, tal vez? ¿No crees que se operar un panel de control... por no
mencionar que Myra está conmigo, y que hay otros dos controladores en otro
panel?
—No,
claro que sabes. Sólo... bien, hay algunos a quienes les gustaría la idea de
desviar un cometa. Has oído los rumores, ¿verdad?
Ella
lo miró fijamente.
—¿De
qué hablas?
Él
le quitó importancia con un gesto.
—Hay
rumores sobre los hábitats. He oído decir que la gente que está instalando los
hábitats quisiera un cometa propio...
—¿Y
piensas que puede ser el 67-JY?
—¿Por
qué no?
Ella
se echó a reír.
—¿No
aprendiste nada? Mira esos elementos de trayectoria.
—De
acuerdo, sé a qué te refieres. Si quieren aparcar un cometa donde los hábitats
puedan explotarlo, yo no escogería éste. Tiene demasiada velocidad para
aparcarlo en una órbita utilizable. Pero aun así no entiendo por qué lo
mantienen en ese curso.
—Tal
vez aún no lo sepamos todo, Dekker. Aún somos principiantes en esto, ¿verdad?
—Y antes que él pudiera admitir la justicia de esa argumentación, ella añadió—
: De cualquier modo, aquí vienen Myra y el próximo turno. He terminado aquí.
¿Quieres una taza de café?
No
sólo la nuca de Rima Consalvo era atractiva. Mientras la seguía por el corredor
rojo, meciéndose de agarradera en agarradera, Dekker también se sintió atraído
por esas largas piernas, lamentablemente ocultas, que le ondeaban en la cara.
La
«taza» de café no era una taza, por cierto, sino una ampolla, y la sala
demasiado atestada para el gusto de Dekker. Las únicas agarraderas de las que
pudieron engancharse estaban cerca de una conversación sobre lo que sucedía.
Uno
de los veteranos comentaba.
—Hemos
perdido conexiones intraestación, así que todo llega en una sola banda. Las
comunicaciones se están demorando bastante. Alguien está a la escucha y encauza
manualmente el tráfico en cada circuito principal de entrada: Co-Marte Uno, las
estaciones orbitales marcianas, la Tierra. Sin embargo, no recibimos nada de
las naves en tránsito ni de la Nube de Oort, e incluso los circuitos ópticos
solares están anulados.
—Bien,
no necesitamos nada de eso, ¿verdad? —contestó otro—. Al menos por un tiempo.
Es un fastidio, pero aún podemos operar y Parker lo solucionará todo.
Rima
miró a Dekker, y después se acercó al grupo.
—¿Qué
sucede? —preguntó.
El
hombre la miró sorprendido.
—¿No
has usado una pantalla en los últimos minutos? Son las comunicaciones
intraestación. Se han reducido al enlace por voz.
—No
podemos recibir noticias de la Tierra —dijo otro—. Estábamos mirando en la
pantalla de aquí y se apagó de golpe. Increíble.
—Debe
haber ocurrido mientras veníamos aquí—le dijo Dekker a Rima Consalvo. Ella
asintió, pensativa pero no sorprendida. Miró su reloj en vez de responder. Pero
mientras él daba la vuelta para entablar conversación con el otro grupo, ella
habló.
—Dekker
—dijo en voz baja, para que los demás no oyeran—, no quiero más café, y no
tengo ganas de hablar de los problemas de la estación. Es un poco temprano
pero... bien, mi habitación está a la vuelta de la próxima intersección. ¿Por
qué no vamos allá?
Lo
cogió por sorpresa.
—¿Tu
habitación? —repitió, como si esa idea jamás se le hubiera cruzado por la
cabeza.
Ella
asintió.
—Sí.
Mi habitación. Si quieres, por cierto.
Claro
que quería. Lamentaba no poder hacer ambas cosas, hablar con esa gente,
mencionarle lo que había dicho Shiaopin Ye, averiguar más sobre lo que sucedía,
preguntar si no era su deber ponerse en contacto con Jared Clyne para saber si
necesitaban sus servicios. Al mismo tiempo, aceptar la invitación que había
esperado tanto tiempo.
Como
no podía hacer ambas cosas, no tuvo dudas en cuanto a su opción.
No
tardaron mucho en llegar allí, y aún menos en entrar y cerrar la puerta. Rima
sonrió.
—Me
temo que no tengo un trago para ofrecerte —se disculpó.
—No
bebo demasiado —dijo él mecánicamente, pensando que era una respuesta inútil.
—Es
sólo que aquí estamos más tranquilos —dijo ella, mirando el reloj de la pared—.
Tenemos tiempo libre. ¿Qué dices, Dekker? ¿Te gustaría besarme?
Había
una sola respuesta para eso, y luego las cosas sólo podían seguir de una
manera. Las cosas siguieron de esa manera. Muy satisfactoriamente, aunque
Dekker jamás había tenido la experiencia de hacer el amor en gravedad cero y su
torpeza hacía reír a Rima.
Pero
se las apañaron, mediante el uso de todas las extremidades disponibles para
aferrarse de las agarraderas. Cuando terminaron estaban suspendidos en el aire,
sudorosos, relajados y desnudos, flotando lejos de las agarraderas y cogiéndose
de las manos.
Dekker
notó complacido que se parecía mucho a su sueño. La única diferencia era que
esta vez sabía a quién abrazaba.
Pero
había otra diferencia. Rima se movía en sus brazos, irguiendo la cabeza para
mirar el reloj.
—Demonios
—exclamó—, ¡cómo vuela el tiempo! Dekker, será mejor que nos pongamos la ropa.
Él
no esperaba ese comentario.
—¿Porqué?
—Porque
—dijo ella, zafándose y apoyándose en él para acercarse a la pared— tendremos
compañía dentro de cinco minutos. No me importa que ella sepa lo que hemos
hecho... pero aun así. Te puede resultar un poco embarazoso.
—¿Quién
viene? —preguntó Dekker, cogiendo una agarradera y buscando su pantalones
flotantes—. ¿Por qué embarazoso?
Rima,
mientras se vestía en el aire, respondió ambas preguntas al mismo tiempo.
—Ven
Kupferfeld —explicó.
Cuando
Ven llegó parecía preocupada, pero no tanto como para no comprender de
inmediato la situación. Miró a Rima con curiosidad.
—No
veías el momento de probarlo, ¿eh? —preguntó.
—Teníamos
tiempo, así que pensé que convenía relajarse —respondió Rima muy ufana—. ¿Qué
pasa?
Ven
Kupferfeld sacudió la cabeza.
—Hemos
tenido problemas —dijo, sin dar mayores explicaciones. Tampoco tuvo la
oportunidad, en todo caso, porque Dekker había hilado una serie de
razonamientos, y no le gustaban sus conclusiones.
—Cielos
—exclamó—, habéis planeado todo esto, ¿verdad?
Ven
abrió la boca, pero Rima Consalvo la detuvo.
—Claro
que sí, Dekker. Ven y yo queríamos hablarte de algo importante... Pero créeme,
la otra parte fue por diversión. Me gustas, Dekker.
—Les
gustas a todos, Dekker —interrumpió Ven—. Tú y tu madre. Por eso queríamos
hablarte una vez más.
—¿Qué
hay con mi madre? —preguntó él sin entender.
—Ella
es un síntoma del problema que afecta a tu gente —dijo Ven—. Ella es muy
influyente en Marte, ¿verdad? Pero en este momento está de rodillas ante los
japoneses, mendigando migajas. ¿Qué pasa con los marcianos, Dekker? ¿No os
importa que os roben vuestro planeta?
Dekker
estaba desorientado. Miró a Rima, quien sonrió cortésmente pero no le ofreció
ayuda.
—No
están robando Marte —respondió—. Es cuestión de negocios. Vosotros habéis
puesto el dinero que necesitábamos, así que os debemos algo...
—¡Cielos!
—exclamó Ven con disgusto.
—Oye
—dijo Dekker, irritado—, ¿de qué lado estás? Tú eres terrícola.
—Soy
norteamericana, Dekker —protestó ella—, y no lo olvides. A nosotros también nos
están jodiendo. Los japoneses y los europeos, pero sobre todo los malditos
japoneses. Han vendido sus bonos del Oort, y los pobres imbéciles
norteamericanos nos quedamos colgados como todos, y tu madre... —Hizo una
pausa, sacudiendo la cabeza con desprecio—. La están violando, y lo único que
pide es que le pongan una almohada bajo la cabeza.
—Escucha...
—No,
Dekker, escucha tú. No es sólo que mi familia esté en bancarrota, es mi país.
Si continúan con los hábitats, los norteamericanos tendremos que comprar comida
a los japoneses, ¿lo sabías? Mi abuelo se revolcaría en la tumba, pero él
sabría qué hacer.
—Demonios
—estalló Dekker—, tu abuelo era soldado. Mataba gente.
Ella
pareció distraerse un segundo, pero continuó.
—De
acuerdo, mataba. A veces es necesario matar.
—O
divertido —dijo él con amargura—. Como tu león.
—¿Por
qué no? ¿Jamás has matado nada?
—Claro
que no. Por lo pronto, en Marte no hay nada que matar... bien, los peces y los
animales con carne, pero nadie lo hace por gusto.
—Ven
—intervino Rima—, olvida ese tema. Nadie morirá.
Ven
recobró la compostura.
—No,
claro que no. Dekker, ¿recuerdas...?
Tuvo
que interrumpirse, porque el sistema de comunicaciones despertó ruidosamente.
No había imagen en la pantalla, pero se oyó la tensa voz de Simantony Parker.
—A
todo el personal —dijo el jefe de estación—, habla Parker. Hemos recibido la
retransmisión de una advertencia sobre una explosión solar. La información fue
demorada, y las partículas llegarán dentro de cuarenta y cinco minutos.
Asegurad todo el equipo, e id todos al refugio.
—Demonios
—exclamó Dekker—. Será mejor que me presente ante Jared Clyne...
—No,
no lo hagas —objetó Rima—. Será mejor que vayas al refugio, como todos los
demás, mientras todavía tienes tiempo. De todos modos, Ven, date prisa,
¿quieres?
Ven
asintió hoscamente.
—Te
preguntaba, Dekker, si recordabas el virt que te mostré. La Batalla de los
Siete Pinos.
—¿Cómo
podría olvidarlo? —preguntó él amargamente.
—No
estoy hablando de la matanza. Sé que eso afectó tu tonta conciencia marciana.
Estoy hablando de la estrategia. Lee burló a los yanquis. Hizo una amenaza, y
ellos se la creyeron.
—Y
mucha gente murió —insistió Dekker.
—¡Al
cuerno con la gente que murió! Eso era solo un detalle. Nadie tiene que morir
en semejante situación. Si sabes desplegar tus fuerzas, el otro bando cede. Sin
derramamiento de sangre. Supongamos... No, no me interrumpas.
Supongamos
que alguien pudiera demostrarte que el uso de la amenaza de fuerza obligaría a
los japoneses y los demás a respetar los términos originales del convenio. ¿Qué
dirías?
Dekker
la miró como si estuviera ebria o fuera de sus cabales, pero pensó la pregunta.
—¿Sólo
se necesitaría una amenaza?
—Correcto.
—¿Pero
respaldada por la posibilidad de muertes reales?
—Pues
claro, Dekker, ¿qué harías?
—Lo
que haría —dijo Dekker— sería llamar a la doctora Rosa McCune para que se
encargara de enviar a esa persona a la Tierra.
Ven
lo miró un momento con callada repulsión. Sacudió la cabeza.
—Te
dije que sería una pérdida de tiempo —le dijo a Rima Consalvo.
—No
para Dekker y para mí —dijo Rima con cierta picardía—. De cualquier modo,
Dekker, será mejor que vayas al refugio...
—No
—objetó Ven.
—Sí,
Ven. Lamento lo que puedas pensar de esto, Dekker, pero no lamento lo que hemos
hecho juntos, y espero que podamos repetirlo... ya hablaremos de ello más
tarde.
En
una estación espacial donde nada está a más de doscientos metros de todo lo
demás, cuarenta y cinco minutos es mucho tiempo. Evidentemente Ven Kupferfeld y
Rima Consalvo así lo creían, porque se quedaron en la habitación cuando Dekker
se marchó. Dekker reflexionó. Pensó que tenía tiempo para darse un baño antes
de ir al refugio; allí estarían encerrados y apretados durante un rato, y no
quería anunciar a los cuatro vientos lo que él y Rima habían hecho.
Por
otra parte, necesitaba ese tiempo, porque necesitaba meditar.
Se
preguntó si debería hablar con la doctora Rosa McCune o, mejor aún, con el jefe
de estación.
Cuando
más lo pensaba, más le parecía la opción más práctica. Una vez que se decidió,
se dirigió rápidamente hacia el lugar más lógico para encontrarlos: el refugio.
La dificultad era que no sabía qué diría al encontrarlos. No dudaba que Ven y
Rima habían actuado de modo extraño. Más que extraño, amenazador.
Pero
a su juicio los terrícolas siempre actuaban raramente. Los marcianos
«terrificados» como Jay-John Belster no eran mucho mejores, ¿pero eso qué
demostraba?
El
problema desapareció cuando llegó al refugio, pues ni Parker ni la psicóloga
estaban allí.
En
realidad, menos de la mitad del personal estaba dentro del refugio. Obviamente
esas emergencias eran cosa cotidiana para el personal de Co-Marte Dos. Dekker
se había cruzado con varias personas en su camino al refugio, y ninguna parecía
presa del pánico, ni siquiera preocupada. Buscó a alguien más con quien hablar,
pero no halló a nadie. Tampoco estaban Shiaopin Ye ni Toro Tanabe. Ni siquiera
su jefe, Jared Clyne. Tampoco estaban Annetta Bancroft, Jay-John Belster ni el
jefe del sector de comunicaciones, Toby Mory. El único rostro conocido era el
de Dzhowen Wang, que jugaba ociosamente con una pantalla apagada de la pared.
Dekker
no tenía nada que decir a Dzhowen Wang, y la gente con quien deseaba hablar
estaba en otra parte.
La
solución a ese problema era bastante clara. Dekker dio medio vuelta para salir
del refugio. Al guardia de la puerta no le gustó.
—Debes
quedarte dentro —rezongó.
—Olvidé
algo —pretextó Dekker.
—Bien,
encuéntralo y regresa aquí—gritó el hombre—. ¡Tienes sólo quince minutos!
Dekker
hizo una señal para indicar que comprendía. Pensó que no estaba actuando con
sensatez. Tarde o temprano toda la gente de la estación llegaría al refugio, o
al menos todos salvo los que debían operar los paneles de control, pero sin
duda llegaría alguien con quien pudiera hablar. Y si no lograba regresar al
refugio a tiempo...
Tuvo
una rápida visión de esas partículas solares fuertemente ionizadas barriendo la
estación. Él incluido. Hizo una mueca al pensar en esa lluvia de partículas
haciendo impacto en sus órganos, sus ojos, su cerebro, estropeando un millón de
células.
No
era un pensamiento alentador. Lo apartó de su mente y recorrió sistemáticamente
los corredores que conducían al refugio. Más gente se dirigía hacia allí,
tomándose su tiempo para reaccionar ante la alarma. Lo miraron con curiosidad,
pero no halló ninguno de los rostros que buscaba. Se asomó en una sala de
recreación, con sus tableros magnéticos para jugar y sus equipos de realidad
virtual. No había nadie. Tampoco había nadie en los cuartos en penumbra. La
gente que se desplazaba hacia el refugio era cada vez más escasa. El tiempo se
agotaba.
Cuando
al fin vio a dos personas que conocía, eran sólo Ven Kupferfeld y Jay-John
Belster, hablando en voz baja en la intersección de un corredor amarillo y uno
rojo. No eran los que quería ver. No tenía nada que decir a la mujer que había
interrumpido su encuentro con Rima Consalvo, y mucho menos a Jay-John Belster.
Dio media vuelta y se alejó del corredor amarillo.
Cuando
pasó por la cocina, un rostro conocido asomó, lo miró, se metió dentro.
—¡Tanabe!
—exclamó Dekker. El rostro reapareció cautelosamente.
Tanabe
miró preocupadamente hacia ambos lados.
—Entra
pronto, Dekker —suplicó—. No quiero que nadie más entre aquí.
Dekker
obedeció. Mientras Tanabe cerraba la puerta, le preguntó:
—¿Por
qué no estás en el refugio?
—Iré
—dijo Tanabe—, ya lo creo que iré. Pero antes debo hacer algo. ¿Puedes
ayudarme? —¿Ayudarte a qué?
—A
abrir este refrigerador. —Tanabe lo arrastraba hacia los depósitos de
alimentos. Había una puerta marcada con el sello que se usaba para proteger
vituallas valiosas, pero estaba extrañamente raspada y abollada—. Quiero ver
qué hay aquí dentro. Ese imbécil de Belster vino hace un rato con el jefe
Parker y echó a todos de las cocinas. Cuando nos permitieron regresar, mi
refrigerador principal estaba sellado. Quiero saber qué guardaron allí, así que
coge esa cuchilla y ayúdame a abrirlo.
—¡Un
momento! ¡Es el sello del jefe de estación! —No me importa de quién es. Si no
me ayudas, vete al refugio. Dekker miró al hombre, miró su reloj. Ya era hora
de irse. Y por cierto tenía en mente cosas más importantes que la curiosidad de
Tanabe. Pero aun así... —No dije que no te ayudaría. Pero no necesitas
forzarla... a menos que ya hayas estropeado la cerradura. Sacó su llave de
emergencia. —Muy bien —dijo Tanabe, calmándose—. Sí, por favor, Dekker. Eso
sería mucho mejor. Luego podremos largarnos de aquí. ¿Esa llave funciona?
Funcionaba...
apenas. Los golpes de Tanabe habían deformado el borde de la ranura, pero
Dekker logró insertar la llave. Al tercer intento, el código magnético funcionó
y abrió el sello.
Tanabe
aferró el picaporte del refrigerador y abrió la puerta de par en par. Varios
paquetes de comida salieron flotando, pues evidentemente los habían apilado
allí sin asegurarlos. Y detrás de ellos había algo que no debía estar allí.
Un
cuerpo humano, encorvado. Muerto. —Cielos —jadeó Tanabe, apabullado—. ¡Shiaopin
Ye!
En
la puerta se oyó la voz cortante de Jay-John Belster.
—¿Qué
demonios hacéis ahí? —Se aferraba de la jamba de la puerta, y Ven Kupferfeld lo
acompañaba con semblante hostil. La miró a ella—. Pensé que todos estarían en
el refugio.
Dekker
se enderezó para encararlos.
—¿Qué
le pasó a Ye? —preguntó, y de pronto comprendió que Belster empuñaba algo que
parecía ser... sí, un arma. La conclusión era inevitable—. La matasteis.
—¡No!
—exclamó Ven—. No a propósito, fue un accidente. —Pero —sonrió Belster— puede
haber un par de accidentes más. Ven le apoyó la mano en el brazo. —No,
demonios. Los ocultaremos en alguna parte... quizá junto a los paneles, para
que alguien pueda vigilarlos. —¿Por qué tomarse tantas molestias? —objetó
Belster—. Todos los demás están a buen recaudo en el refugio, así que nadie se
interpondrá. Y ya tenemos una muerte. —¡Porque yo lo ordeno! —vociferó Ven.
Estaban demasiado absortos en la discusión para prestar atención a los
prisioneros. Toro Tanabe inhaló profundamente y se lanzó con fuerza hacia
Belster. El marciano se volvió demasiado tarde. Tanabe se zambulló de cabeza en
su vientre. El arma echó a volar. Belster alzó la rodilla jadeando de sorpresa,
y pegándole a Tanabe bajo la barbilla. El japonés se golpeó contra la pared.
Soltó un resuello y se alejó flotando, inmóvil.
El
arma se deslizaba hacia Dekker DeWoe.
Dekker
no lo pensó. Se lanzó hacia el arma, la manoteó, la empuñó, encañonó a Belster
y la mujer. Jamás había empuñado un arma. Era fría, dura y desagradable. La
sola idea de tocarla le disgustaba, mucho más la de usarla.
Belster
estaba recobrándose, aferrándose la ingle. Atinó a reírse entrecortadamente.
—Oye,
DeWoe—dijo burlonamente—, ¿qué demonios piensas hacer con eso?
—Aléjate
de mí—advirtió Dekker.
—¿Por
qué iba a alejarme? —Belster se le aproximaba, aferrándose de la pared—. Tú
sabes que no dispararás, ¿verdad? Entrégamela.
Tendió
el brazo.
Dekker
no le entregó el arma. Pero cuando los dedos de Belster se cerraron sobre cañón
tampoco halló el gatillo. Belster le asestó un puñetazo en la cara, y él rodó
hacia atrás.
Belster
recobró el arma.
—Demasiadas
clases de docilidad. DeWoe —comentó—. Y no pasaste tanto tiempo en la Tierra
como para superarlo, ¿verdad? Bien, Ven, creo que podemos meter un par más en
el refrigerador...
Ven
sostenía a Tanabe.
—No
está muerto —objetó—. Pero quizás se haya fracturado el cráneo. Se dio un buen
porrazo contra la pared.
—Eso
es fácil de remediar —dijo Belster.
Ven
miró a Dekker, sacudió la cabeza.
—No
es necesario. Los amarraremos en alguna parte. De todos modos, dentro de un
rato no importará.
Dekker
se palpaba la mejilla, sintiendo una hinchazón alrededor del ojo, pero
comenzaba a ver ciertas cosas con claridad.
—No
hay explosión solar, ¿verdad? Sólo queríais sacar a todos de en medio para
poder hacer algo... —Se interrumpió de golpe—. ¡Ese cometa!
—Qué
hombre inteligente —comentó Belster con admiración—. Sí, haremos algo con ese
cometa, pero tú no puedes evitarlo, ¿verdad? Ahora muévete. Lo haremos como
dice Ven, pero no intentes ninguna tontería, ¿entiendes? Porque la verdad,
DeWoe, es que no me molestaría matarte.
41
Se
puede arrojar un cometa en Marte sin causar mucho daño, porque en Marte no hay
mucho que dañar.
La
superficie de la Tierra, en cambio, era vulnerable por todas partes. Apenas
quedaba un kilómetro cuadrado de tierra que no tuviera habitantes humanos, o
edificios, o que fuera necesario para la supervivencia, aunque sólo contuviera
bosques necesarios para evitar que una ladera se erosionara y estropeara los
depósitos de agua.
Los
impactos de los cometas eran sólo fuegos de artificios en Marte. En la Tierra
equivaldrían al bombardeo de Hiroshima o Colonia si se dieran en una zona muy
poblada, y aunque fueran en el mar el impacto producirían una vasta turbulencia
que arrasaría la costa en forma de tsunami, una ola gigante. La marejada
arrasaría con los hogares ribereños, anegando edificios y ahogando personas. Un
solo fragmento podía matar millones.
42
Maniataron
a Dekker y le taparon los ojos, y luego lo aplastaron de bruces contra un
adhesivo de la pared de una pequeña cámara de presión, al lado de las
estaciones de control. No se esforzó para liberarse. Podría haberlo hecho, ¿y
después qué? Además estaba aturdido por los acontecimientos. Había escuchado el
sordo jadeo de Toro Tanabe, y las conversaciones que entablaban en la cámara de
control al lado de la cámara, y pensaba.
No
le gustaban sus pensamientos.
Oía
susurros y murmullos a medida que más gente entraba en la sala. Reconoció
algunas voces. Voces femeninas. Annetta Bancroft. Rima Consalvo. Ven
Kupferfeld. Y voces masculinas. Jay-John Belster. Parker, el jefe de estación.
No
estaba sorprendido por las mujeres, había decidido tiempo atrás que las
terrícolas eran un misterio incomprensible. Lo que más lo asombraba era que un
marciano tuviera el descaro de poseer e incluso de usar un arma. Podía
entenderlo en el caso de un marciano corrupto como Jay-John Belster, pero, ¿el
jefe de estación? ¿Su jefe, el afable Jared Clyne...? Ni siquiera contaba a los
terrícolas como Ven Kupferfeld, Annetta Bancroft y los demás, que ni se habían
inmutado al usar un arma para dominarlo.
Cuando
sintió que una mano lo liberaba, pensó que el siguiente paso consistiría en
quitarle la venda. Así fue. Parpadeó ante la gente que tenía delante. El jefe
de estación parecía haberse ido, junto con la mayoría de los terrícolas, pero
Belster y las tres mujeres aún estaban allí.
—Eres
un fastidio, DeWoe —le reprocho Belster—. ¿Por qué no te quedaste en el
refugio, como debías?
Dekker
no respondió. Belster se encogió de hombros y le pasó el arma a Ven Kupferfeld.
—Es
todo tuyo —dijo—. Debemos llegar al centro de comunicaciones.
—Ya
le has oído —dijo Ven, moviendo el arma.
Dekker
no miraba el arma. Miraba a las dos mujeres con quienes había hecho el amor y a
la que había conocido en su infancia.
—Estáis
locas —dijo. No era una exclamación. Era la expresión de un diagnóstico
meditado.
—No
es lo que crees, Dekker —señaló Annetta.
—Ya
no creo que se trate únicamente de hacer trampa en algunos exámenes — convino
Dekker—. ¿Qué debo pensar, Annetta?
Ella
se sonrojó.
—Un
plan violento, supongo. Arrojar un cometa en el Sol o en otra parte de Marte...
—No,
ya he pensado en ello, pero no puede ser. Aquí hay demasiados marcianos para
eso, y ni siquiera un psicótico como Jay-John Belster haría semejante cosa. Y
tampoco se trata de robar un cometa para los hábitats, ¿verdad? Así que estáis
pensando en bombardear la Tierra.
—¡No!
—exclamó Annetta—. ¡Nadie será bombardeado! Cuéntaselo, Ven.
Ven
Kupferfeld se encogió de hombros.
—¿No
crees que ya hemos perdido demasiado tiempo con este debilucho?
—¡Cuéntaselo!
—Bien,
de acuerdo. Verás, Dekker, deposité esperanzas en ti. Pudiste sernos útil. No
por ti, sino por esa influyente madre tuya. Si nos hubieras apoyado, habría
sido una ayuda... después.
Dekker
miró en torno. Rima Consalvo flotaba allí, sin intervenir en las explicaciones.
Annetta Bancroft se mordía el labio.
—¿Después
de qué? —preguntó.
—Son
los japoneses. Tú sabes que ellos están creando problemas con sus malditos
hábitats. Tanto para los marcianos como para nosotros. Quizás aún no sea
demasiado tarde para enseñarte a pensar con sensatez. ¿No crees que debes
ayudarnos a detenerles?
Dekker
pestañeó.
—Detenerles
—repitió confundido. Pero para detenerles...
Cerró
los ojos, tratando de ahuyentar las imágenes que se le ocurrían. Recordaba el
aspecto de Chryse Planitia cuando habían caído los primeros fragmentos de un
cometa... la desierta Chryse Planitia. Se le revolvió el estómago al pensar en
tamaña violencia repetida en la Tierra, sobre ciudades, ciudades humanas que
contenían a gente indefensa. Hombres, mujeres y niños perecerían triturados o
incinerados cuando el suelo hiciera erupción y bullera mientras una lluvia
hirviente caía en un radio de cien kilómetros cuadrados.
—Mataréis
mil millones de personas —susurró con los labios secos.
—Oh,
Dekker —sollozó Annetta, casi riendo—, ¿crees que haríamos semejante cosa? No
permitiremos que el cometa haga impacto, ¿verdad, Ven?
—Claro
que no —dijo Ven Kupferfeld—. Es una treta, Dekker.
—¿Una
treta?
—Una
estratagema militar. —Le sonrió—. Cederán, te lo prometo.
—¿Y
si no ceden?
Ella
titubeó, mirando la hora.
—Dekker,
¿recuerdas el virt de la Batalla de los Siete Días?
—Insistes
en preguntarme eso. Lo vi.
—Sé
que lo viste, por amor de Dios. No sé si lo entiendes. Robert E. Lee protegía
Richamond...
—Ven—protestó
Annetta.
—Cállate,
Annetta. Estoy tratando de explicarle algo a nuestro amigo. McClellan no tomó
Richmond porque Lee fue más listo que él. ¿Y cómo lo consiguió?
Dekker
meneó la cabeza, mirando el arma que empuñaba Ven. ¿Estaría bien arrebatársela?
¿Intervendrían Rima o Annetta? Y si se la arrebataba, ¿qué haría?
—¡Presta
atención, maldito seas! Lee sabía que McClellan caería en la trampa, porque Lee
conocía a McClellan. Habían servido juntos en el ejército y conocía al hombre.
Sabía que McClellan no haría avanzar su fuerza principal cuando su ala derecha
sufría un fuerte ataque, y tenía razón. McClellan resistió donde estaba hasta
que sus pérdidas comenzaron a desalentarlo, y entonces desistió y regresó a
Washington. Aquí ocurre lo mismo, Dekker. Conozco a esta gente, y sé que
cederá.
Parecía
hablarle no sólo a él, sino a Annetta.
—¿Y
luego qué? —preguntó.
—Y
luego firmarán un tratado —respondió Annetta con orgullo—. Dejarán de construir
los hábitats, el proyecto Oort continuará. Nuestras inversiones volverán a
valer algo.
—¿Y
si no ceden?
Ven
lo miró pensativamente.
—Pues
entonces las cosas se pondrán muy feas, ¿verdad? Pero cederán, lo prometo.
—Será
mejor que consigas un médico para Toro Tanabe —dijo Dekker—. No me gusta su
aspecto.
—Diantre
—exclamó Ven con disgusto—. De acuerdo. Rima, ¿quieres quedarte con él?
Rima
Consalva lo miró casi con afecto.
—En
realidad creo que no —dijo.
—Entonces
queda en tus manos, Annetta. —Ven miró de nuevo la hora—. Mantenlo encerrado.
La otra estación comenzará a hacer preguntas en cualquier momento, así que será
mejor que Rima y yo vayamos allá para responderles.
Aún
tenía las manos atadas a la espalda, con esa cinta adhesiva fuerte y
resistente, pero ahí no estaba su verdadero problema. Por los virts terrícolas
que había visto en la infancia sabía cómo arreglarlo. Debía deslizar
dolorosamente los brazos en torno de las piernas arqueadas para que las manos
quedaran enfrente, y cuando encontrara un borde filoso, como el cuello de uno
de los trajes espaciales de la cámara, comenzar a frotar la cinta.
No
cortaba con rapidez suficiente, pero ahí tampoco estaba el problema. Los
verdaderos problemas eran mucho más complicados. Primero, la respiración de
Toro Tanabe se había calmado un poco, pero el hombre aún estaba inconsciente.
También estaba amarrado, pero inconsciente. Segundo, estaba encerrado en una
habitación de donde no veía cómo escapar. Por último, el verdadero problema era
qué haría si se liberaba.
Desde
luego, le susurraba una voz aviesa en la mente, quizá no hubiera motivos para
hacer nada. Ven había dicho que estaban luchando por el proyecto Oort, y eso
era lo que él quería. Y si uno le creía, si creía que la treta daría
resultado... bien, pues entonces se podía creer en cualquier cosa.
Dekker
no creía en esa voz aviesa. Frotó con fuerza, y aún estaba frotando cuando se
abrió la compuerta de la estación de control.
Entró
Annetta, y vio lo que intentaba.
—Jamás
te lo quitarás —le informó.
Él
no dejó de frotar, y ella suspiró.
—Demonios
—dijo ella, y puso una caja de comida en la compuerta, pegándola en un adhesivo
y alejándose—. Me trajeron algo de comida. Pensé que la necesitabas más que yo.
—Tanabe
necesita un médico.
—Le
conseguiré uno en cuanto pueda, lo prometo, pero tú necesitas comer.
Lo
necesitaba. Lo que necesitaba aún más era algo para combatir la sed que sintió
de repente. Sus manos atadas le servían de poco, pero abrió la tapa de la caja,
cogió una ampolla de líquido —que resultó ser café— y succionó ávidamente.
—Gracias
—le dijo a Annetta.
—No
entiendo cómo te las apañarás para comer con las manos atadas, pero supongo que
ya encontrarás el modo. Tengo que regresar al panel.
—Aguarda
un minuto. No creo que sepas lo que está pasando.
—Oh,
Dekker —suspiró Annetta—. Hace un año que estoy al corriente de esto. ¿Crees
que no he colaborado con este plan?
—Sí,
en traer a toda la gente aquí en el momento indicado, y eliminar a todos los
que pudieran sospechar. ¿Pero cuándo planeaste asesinar a Shiaopin Ye?
Ella
tenía su respuesta.
—Eso
fue un accidente. No se pudo evitar. Toby Mory quiso alejarla, pero ella se
resistió.
—Vale.
Como Tanabe.
—¡Te
dije que procuraría conseguirle un médico!
—Sí,
Annetta, pero quizá no dure tanto tiempo, y de todos modos no creo en lo que
dices. Aquí hay demasiadas mentiras. He estado pensando. No lo están haciendo
para salvar el proyecto Oort, Annetta. Nadie podría detenerlo ahora. Hay
demasiadas inversiones. Así que tiene que ser por otra razón, y sospecho que se
trata de lograr que los precios de los bonos suban de nuevo para que todos
puedan recobrar su dinero.
—Es
probable que eso también ocurra, sí. Todos hemos... —Titubeó, luego continuó—.
Bien, hemos juntado nuestros recursos para hacer ciertas maniobras en el
mercado de valores. Ganaré algún dinero con ello, lo admito. ¿Qué tiene de
malo?
—Te
creo lo del dinero, sí. El resto es un embuste, Annetta. O tú me mientes a mí o
ellos te mienten a ti. —¡Nadie está mintiendo!
—¿Eso
crees? ¿Crees que la gente que es capaz de esto se preocuparía por unas
mentiras?
—¡Estamos
haciendo lo correcto! —replicó ella.
—Tampoco
hay ninguna explosión solar ¿verdad?
—Era
el mejor modo de quitar a todos de en medio sin lastimarlos, ¿verdad? Tienen
comida, agua y aire, y estarán bien. —Titubeó—. Oh, yo hubiera preferido otro
método de ser posible. No me gusta decir mentiras. Lo lamento por toda esa
gente, que está encerrada allí sin saber qué ocurre. No me gustan muchas otras
cosas que han sucedido, aparte del accidente de Ye... Bien, ojalá no le
hubieran tendido esa trampa a Pelly, con las drogas. Era un buen hombre. Pero
no era la persona indicada para esto, así que había que sacarlo de la estación.
—¿Y
todos los demás? ¿Los que Rosa McCune echó de mi curso?
Ella
se encogió de hombros.
—Tenían
que dejar lugar para que Jay-John, Ven y yo pudiéramos venir aquí. Sólo somos
once. Teníamos que hacer muchas cosas para organizado a tiempo, ¿no entiendes?
Ésta era la mejor oportunidad. ¿Cuándo contaríamos con un alineamiento de
planetas tan favorables, que nos permitiera que los cometas entrantes se
aproximaran tanto a la Tierra? Lamento que hayan perdido su carrera, pero sin
duda los reinscribirán cuando se conozca esta historia.
—Tal
vez no a todos. Estarán muertos, Annetta. Uno de los muertos quizá sea mi
madre.
—Te
he dicho que nadie morirá—rezongó ella. Cerró la compuerta con violencia, y
Dekker continuó frotándose las ligaduras.
Acababa
de volver a la caja de comida, las manos aún amarradas y doloridas, cuando oyó
que la compuerta se abría de nuevo. Annetta lo estaba buscando.
—Sólo
inspeccionaba —dijo—. Lamento que afrontes tantos problemas.
Él
terminó de mascar el bocado que había logrado morder. El resto del panecillo
flotaba en la habitación.
—¿Ahora
estás dispuesta a escucharme?
—¡No!
Es decir, miré el panel y no hay nada que hacer por un rato. Estoy dispuesta a
hablar contigo un minuto. No para que me convenzas de que estamos haciendo algo
malo, sino para que comprendas que estamos haciendo lo correcto.
—Asesinar
tantas personas no puede ser lo correcto —declaró Dekker.
Ella
lo miró con una mezcla de furia y piedad.
—¡Maldita
seas, Dekker! Insistes en ello, y te he dicho que nadie va a morir.
—¡Salvo
Shiaopin Ye. Y quizá Tanabe!
—¡Belster
dice que se pondrá bien!
El
sacudió la cabeza.
—Además
—señaló—, aún tienes esa arma. ¿Qué harías con ella si yo te atacara?
Ella
retrocedió unos centímetros.
—No
puedes salir de ahí. De cualquier modo, no tiraría a matar, sólo para
detenerte. Te dije...
—Me
dijiste que los japoneses cederían —interrumpió él—, y que prometerían
renunciar a sus hábitats. Es posible. Es posible que prometan cualquier cosa.
¿Pero qué sucederá una vez que hayáis desviado el cometa? ¿Cuándo tiempo
respetarán esa promesa?
—¿Crees
que no pensamos en eso? —dijo ella con desdén—.
Hemos
pensado en todo, Dekker. Hay contratos en la Tierra, listos para ser firmados.
En cuanto vean que hablamos en serio, nuestros negociadores irán a Tokio y los
harán firmar. Incluyen cláusulas punitivas y..., ¿qué?
Dekker
procuraba interrumpirla.
—¿Dices
que irán a Tokio? ¿Quieres decir que no están allí? ¿Porqué?
Ella
lo miró un momento.
—Porque
así hemos arreglado las cosas, eso es todo.
—No,
Annetta, eso no es todo. Piénsalo un poco. No están en Tokio porque saben dónde
caerá el cometa. En pleno Japón.
Ella
sacudió la cabeza.
—Oh,
no. No sabes lo que dices, Dekker. Es imposible.
Él
frunció el entrecejo. ¿Se había olvidado de algún detalle?
—¿Por
qué imposible? ¿Crees que Co-Marte Uno podría tomar el mando y desviarlo?
—Claro
que no... no el 67-JY. Rima y Berl Korman trabajaron en él en el Oort, y le
introdujeron un control. Lo primero que hicimos fue activarlo, y ahora sólo
responde a ese control.
—Ah
—dijo Dekker, comprendiendo al fin—. Por eso escogieron ése; sólo destruirá el
lugar donde caiga. Y el lugar donde caerá es Japón. —Vio que Annetta vacilaba,
y continúo—. ¿Sabes por qué estoy tan seguro? Piénsalo por ti misma. ¿Cuántos
japoneses hay en la estación?
—¿Por
qué? —Ella pensó un minuto, y admitió—: Creo que enviaron a la Tierra a la
mayoría.
—¿La
mayoría?
—Bien,
quizás a todos. ¿Cómo podía saberlo? ¡No llevo los registros!
—No
he visto ninguno aquí, de todos modos. Excepto Tanabe, que fue el último
japonés del curso, y casi abandonó a último momento. ¿Por qué crees que es así?
—Estás
desquiciado —estalló Annetta—, y estoy harta de oír tantas pamplinas. Te diré
lo que debes hacer. En cuanto esto haya terminado, debes irte a casa, DeWoe.
Dedícate a sembrar, olvídate de estas fantasías descabelladas, cásate con una
marciana y ten muchos hijos... ¡Y, sobre todo, no me molestes más!
Y de
nuevo cerró la compuerta con violencia.
Lo
cierto era que Annetta tenía algo de razón, reconoció Dekker mientras seguía
frotando sus ligaduras. Estaba desquiciado. Estaba desquiciado porque todo su
concepto de moralidad y orden social se hallaba al borde del colapso.
¿Cómo
podían los terrícolas hacer semejante cosa? ¿Cómo podía hacerlo un marciano?
¿Era
posible que él se equivocara?
Dekker
evaluó atentamente esa posibilidad, sin dejar de frotar. Era verdad que sufría
estrés. Nunca lo habían encerrado contra su voluntad.
Pensó
que había otro modo de contemplar los hechos. No era el único a quien los
acontecimientos le habían nublado el juicio. También otros habían resultado
sometidos a experiencias traumáticas. Dekker intentó imaginar lo que
significaría ser rico en la Tierra y haber perdido toda su fortuna. ¿Una
conmoción fuerte? No dudaba que lo sería, pensó recordando a la arruinada
Annetta Cauchy que había conocido en Ciudad Sol, vestido blanco, cabello
espolvoreado de oro, heredera indiscutida de todo lo que había a la vista.
Pero, ¿era una conmoción lo bastante fuerte? ¿Podía ser cierto que perder todo
lo que uno tenía produjera un daño tan duradero que sólo pudiera ser curado con
esto?
Dekker
no podía responder a esa pregunta. No dudaba que adquirir y atesorar dinero era
de vital importancia para los terrícolas. Hacía tiempo que tenía evidencias de
ello. De cualquier forma, ¿era posible que se sintieran tan irritados por su
insensata pasión por la riqueza como para cometer esta violencia sanguinaria?
Tampoco
tenía respuesta para esto... y, además, el hilo de sus pensamientos se vio
perturbado por algo nuevo que surgió de pronto en torno a sus doloridas
muñecas.
Dekker
tardó un momento en darse cuenta de lo que era. El persistente frotar había
empezado a dar sus frutos. Una de sus ataduras se había soltado al fin. Ello no
significaba que estuviera libre. Ahora no sentía casi nada en las manos con
excepción del dolor pero, cuando probó a soltarse, todavía le mantenían sujeto.
Sin
embargo estaban un poco más sueltas que antes, y eso abría nuevas posibilidades
que Dekker empezó a explorar. Si tan solo consiguiera tener las manos delante
de él...
Para
lograrlo debía doblar la columna vertebral de una forma que nunca hasta hoy
había intentado. Sabía que iba a hacerle daño. Dolorosamente dobló la espalda
intentando deslizar las muñecas por debajo de las caderas. Vio que no era
imposible. Simplemente era muy doloroso, pero tenía la ventaja de su delgada
anatomía. Un estilizado cuerpo marciano podía flexionarse mucho más que el
voluminoso cuerpo de un terrícola. Incluso así, una vez que tuvo las muñecas
por debajo de las nalgas, todavía existía el problema de pasarlas más allá de
sus largas piernas de marciano.
Eso
fue duro. Le tomó mucho tiempo y mucho dolor forzar un tobillo lo bastante para
liberar de un pie las manos atadas. Después el otro.
Pero
tenía las manos frente a él.
El
resto fue sólo cuestión de encontrar cabos sueltos de las ataduras y tirar de
ellos con los dientes hasta que las manos quedaron libres. Flexionó los dedos
experimentando dolor. La circulación era difícil. Sentía un doloroso hormigueo
en las manos y no las podía mover muy bien, pero logró meter una mano en el
bolsillo del mono y cerró los dedos sobre lo que allí hallaron.
La
llave de emergencia seguía todavía en el bolsillo. Eso significaba que ya no
estaba prisionero.
Mantuvo
la llave entre los dientes mientras se frotaba las muñecas para restablecer la
circulación de la sangre. Después hizo lo que hasta entonces no había hecho y
se empujó hacia donde Toro Tanabe yacía inmóvil y atado a la pared. Le dio la
vuelta para ver como estaba.
Tanabe
ya no respiraba.
Cuando
Dekker se enderezó, tenía el rostro tenso. Colgaba en el aire junto al amigo
muerto, mientras seguía frotándose las manos distraídamente. No se lamentaba
por la muerte de Tanabe. Ya no servía para nada hacerlo. Dekker pensaba ahora
en lo que tenía que hacer. No sería fácil. Era muy probable que le mataran
también a él, pero, ¿qué otra elección tenía?
Cuando
Dekker apareció en la puerta de la estación de control, arrastrando un traje
espacial, Annetta se asombró, empuñó el arma y le apuntó.
—¡Atrás!
¿Cómo has podido soltarte?
Dekker
no contestó. Dio prioridad a otras cuestiones más urgentes. Empujó el traje
espacial hacia Annetta.
—¡Póntelo!
—ordenó.
Annetta
detuvo el flotante traje con una mano y se le enfrentó.
—¡Y
una mierda que lo haré! Mira, Dekker, si crees que tengo miedo de disparar...
—Tanabe
ha muerto —dijo él.
—Oh,
Dekker —bajó la mirada. Suspiró apenada—. Belster prometió que traería, un
doctor antes de que fuera demasiado tarde.
—¡Mintió!
—dijo Dekker, sorprendido por tener que decirlo—. Mintió en todo. Creía que
ahora ya te habrías dado cuenta. La pregunta, es Annetta, ¿cuantos más quieres
que mueran? ¿Yo, por ejemplo?
—Nunca
quise matar a nadie.
—Entonces
—dijo Dekker prudentemente—, es necesario desviar ese cometa antes de que
llegue a la Tierra, ¿no es cierto? Todavía tenemos tiempo para unos cuantos
fogonazos para desviarlo...
—¡No!
—¡Sí!
—le corrigió él—. No tienes elección, Annetta. Sólo puedes impedirlo
disparándome. ¿Vas a hacerlo? —No era una pregunta trivial para él, pero casi
se sintió divertido por la expresión que asomó en la cara de Annetta. Añadió:—
Sabes que ese cometa va a chocar con la Tierra a menos que hagamos algo.
—¿De
qué sirve hablar de ello? —respondió Annetta lamentándose—. Incluso si estás en
lo cierto, no funcionará. No podemos hacerlo. En cuanto comencemos las
igniciones para corregir el curso, sabrán que estamos en la sala de control, y
vendrán para detenernos.
Dekker
intentó ser amable ya que ella había hablado en plural.
—No,
no van poder hacerlo, Annetta. No irán a ninguna parte. Voy a asegurarme de
ello. Pero no tenemos tiempo para discutir. Puedes elegir, puedes dispararme si
eso es lo que deseas, o puedes dejar esa estúpida arma y empezar a meterte en
el traje espacial.
Dekker
no sabía si Annetta haría o no lo que él le había dicho. Se dio la vuelta sin
esperar respuesta. Sintió un hormigueo en la espalda mientras iba hacia la
compuerta, pero no miró atrás ni siquiera cuando empezó a meterse en su propio
traje espacial. Pensaba que era poco probable que ella le disparara, pero la
decisión ya no estaba en sus manos.
Cuando
los sellos del casco estuvieron cerrados, el disparo no había llegado todavía,
y los ruidos del compartimiento cercano sugerían que Annetta estaba haciendo
algo con su traje espacial. Mejor, se dijo con satisfacción. Ahora debía
ponerse a trabajar.
Cogió
la llave de seguridad de emergencia que había dejado flotando en el aire y se
propulsó hacia los controles de la compuerta. No miró el cuerpo de Tanabe. No
servía para nada hacerlo. Tanabe estaba más allá de cualquier ayuda, pero la
Tierra no. Fue difícil insertar la llave con las manos todavía doloridas y
enfundadas ahora en los guantes, pero se trataba de algo que había ensayado
muchas veces en las alarmas de prácticas.
Igual
que entonces, tan pronto hubo activado el sistema, las sirenas de alarma
sonaron y lanzaron su ensordecedor estruendo por toda la estación. El período
de margen era sólo de diez segundos. Dekker confió en que Annetta hubiera
terminado de sellar el traje. No quería matar a nadie, ni siquiera a ella,
aunque hubiera formado parte del mortífero plan. Especialmente a ella, se
corrigió, y se preguntó por qué.
Los
diez segundos pasaron.
Entonces
fue cuando todo ocurrió al mismo tiempo. Dekker oyó el sonido de todas las
puertas de la estación cerrándose de golpe. Un momento después, toda la
estación se sacudió cuando todas las compuertas se abrían para dejar que el
aire de la estación se derramara en el vacío del espacio. Hubo un sonido
huracanado del escape de aire, pero ese sonido disminuyó rápidamente. Tras un
momento, los espacios abiertos de la estación carecían de aire que pudiera
transmitir sonido alguno, y la estación Co-Marte Dos estaba sin aire y
silenciosa a su alrededor.
Pensó
que cualquiera que estuviera fuera de un compartimiento cerrado estaría ahora
muerto. Esperó que nadie hubiera sido tan estúpido. Y todos se veían ahora
obligados a seguir donde estaban hasta que él decidiera llenar de nuevo los
pasillos con aire.
43
Cuando
Dekker quiso volver a la estación de control, el aire del interior bufó hacia
fuera en un estallido repentino. Casi le barrió de la puerta, pero él se agarró
y logró entrar.
Annetta
le esperaba. Vestía el traje espacial y su cara blanca le miraba tras el visor.
Dekker
hizo un gesto para tranquilizarla pero no tocó su casco con el de Annetta para
hablar. No había nada que decir y sí mucho que hacer.
Dekker
se situó ante el teclado, repitió mentalmente lo que había planeado y convocó
en la pantalla todos los elementos orbitales del cometa.
Cuando
obtuvo el cono de probabilidad del cometa, nada había cambiado. La mayor parte
del cono de luz dorada seguía centrado con precisión en el planeta Tierra.
Eso
era lo que había que cambiar. Era un trabajo difícil manejar los controles con
los guantes, pero logró establecer los integrales para una corrección del curso
y preparar las órdenes. En cuanto comprobó la solución del ordenador y la
encontró satisfactoria, envió la orden para el primer gran fogonazo. Casi justo
a tiempo, pensó.
Después
recordó mirar lo que hacía Annetta. Estaba contemplándole desde la puerta
abierta y Dekker pudo ver, a través del visor que lloraba.
No
le sorprendió. Era un buen momento para llorar, había muchas razones para
hacerlo. Se preguntó qué le sucedería a Annetta Bancroft. Seguro que algo. Los
rencorosos terrícolas no dejarían de castigar su participación en los hechos.
Pero nada sería comparable a lo que hubiera ocurrido a muchos millones de seres
humanos si el cometa hubiera llegado a chocar con el planeta.
Volvió
de nuevo al trabajo importante. El dorado cono de probabilidad empezaba a
desplazarse en la pantalla al mismo tiempo que el sistema de simulación
reflejaba el efecto del fogonazo. Dekker estudió la pantalla con detenimiento.
El punto que era la Tierra seguía todavía en el interior del cono de error
probable de la trayectoria del cometa, pero ya no estaba en el centro.
Dekker
frunció el entrecejo ante la pantalla. Iba demasiado despacio. Estableció otra
corrección del curso con otro largo fogonazo.
El
ordenador lo confirmó y Dekker avanzó un enguantado dedo para activarlo...
Y se
detuvo, amenazador.
Había
percibido una nueva sacudida en la estructura de la estación. Sí, una sacudida
breve y pequeña. Pero algo había ocurrido, algo que había provocado un ruido
sordo en alguna lejana parte de la estación.
Golpeó
el interruptor del activador. No importaba. Tal vez alguien había logrado abrir
una puerta y el aire había dado un portazo.
Pero
nadie sería capaz de moverse por los corredores de la estación sin un traje
espacial.
Se
le ocurrió que, aunque las probabilidades eran pequeñas, alguno de los
conspiradores pudiera disponer de un traje espacial. Se volvió hacia la puerta.
Annetta
había desaparecido.
Frunció
el entrecejo de nuevo, preocupado. Esto tampoco era importante, pensó. Annetta
no podía ir a ningún sitio y, además, creía saber qué era ese golpe sordo de
antes.
Cerró
la puerta y la fijó con la llave de seguridad de emergencia. Volvió al teclado.
El
gran fogonazo seguía activo. La Tierra se hallaba ahora fuera del cono de
probabilidad del cometa y seguía apartándose.
Pensó
que era desperdiciar un buen cometa. Marte necesitaba esos gases congelados.
Pensó
también que debía ser un espectáculo impresionante desde la superficie de la
Tierra a la que el cometa ya no iba a golpear.
Ya
había llegado el momento de empezar el lento trabajo de restaurar la presión
del aire en la estación a partir de los depósitos de reserva.
44
Dekker
se sentía exhausto cuando encontró a Annetta Bancroft. No se sorprendió al
encontrarla en la sala común, ya que estaba seguro de que era allí adonde había
ido. La sorpresa era que estaba viva. Aguardaba, abatida, a ser descubierta,
con los cuerpos de los conspiradores flotando a su alrededor.
—Tenía
miedo... —empezó Dekker, pero no terminó el pensamiento.
Ella
concluyó por él.
—Tenías
miedo de que me hubiera suicidado, supongo. Es cierto que lo pensé. Tal vez
debí hacerlo pero, cuando vi que estaban todos muertos, ya no tenía sentido.
—Me
alegro de que no lo hicieras —dijo Dekker—. Ya hay bastantes muertos.
Y
era cierto. Más que suficientes. El cuerpo de Ven Kupferfeld iba a la deriva a
poco más de un brazo de distancia. El cabello flotaba en todas direcciones y
los ojos estaban abiertos sin ver. Había una espuma de sangre en sus labios.
Dekker sacudió la cabeza. Había acertado respecto a ese golpe sordo que había
sacudido la estación: cuando los conspiradores constataron su fracaso abrieron
la puerta de la sala común y se suicidaron.
—Todos
eran terrícolas —dijo con un lamento. Annetta le contempló fijamente y él se
sorprendió. No quería explicar ese pensamiento, pero seguía en su mente: sólo
terrícolas, ningún marciano había formado parte de ese terrible plan. Los otros
miraban a Annette, silenciosos y hostiles y Dekker recordó que necesitaba
dormir. Tomó a Annetta por el brazo.
—Vamos
—dijo.
Ella
no se resistió, pero le miró interrogativa.
—¿Me
estás arrestando?
—¿Yo?,
claro que no —respondió Dekker sorprendido por la idea—. No soy un pacificador,
aunque tal vez, cuando lleguen las naves...
Por
cortesía no finalizó la frase.
No
tenía que hacerlo. Annetta sabía muy bien lo que ocurriría cuando las naves
empezaran a llegar.
—Supongo
que estaré largo tiempo en Rehabilitación —dijo malhumorada—. Pero no seré la
única. Vosotros también tendréis problemas, Dekker. ¿Crees que van a olvidar
los nuevos plazos para los bonos?
Dekker
se encogió de hombros, aunque había estado pensando en lo mismo.
—Bueno
—concedió ella—, tal vez lo hagan gracias a esto. Esta vez. Con todo el
alboroto y la emoción. Pero, ¿qué ocurrirá dentro de un año o dos, cuando todos
se hayan olvidado de lo maravilloso que eres? ¿No te das cuenta de que, en
realidad, no se ha resuelto nada? —le preguntó con furia.
Dekker
la miró con sorpresa.
—Nunca
nada queda «resuelto», Annetta —le respondió—. Sólo intentas hacer que las
cosas vayan un poco mejor... para todos, ya lo ves, no tan solo para ti. —Lo
pensó un momento, y luego añadió:— Quiero decir que lo haces si puedes. Y si no
puedes hacer que las cosas vayan un poco mejor, al menos intentas hacer que no
sean peores.
—¿Eso
es todo lo que cabe esperar? —preguntó Annetta.
—¿Qué
otra cosa podría ser? Con eso basta —aseguró él—. Haces lo que puedes hoy, y
mañana, si tienes suerte, tal vez puedas hacer un poco más. No aprendemos
deprisa —terminó con tristeza—, pero tal vez lo hagamos más pronto o más tarde.
Al menos podemos tener esperanza y, ¿qué más necesitamos?
Fin


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