© Libro N°. 3015. Miguel Strogoff. Verne, Julio. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Miguel Strogoff. Julio Verne
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MIGUEL STROGOFF
Julio Verne
ÍNDICE
PRIMERA
PARTE
1.
Una fiesta en el Palacio Nuevo
2.
Rusos y tártaros
3.
Miguel Strogoff
4.
De Moscù a Nijni Novgorod
5.
Un decreto en dos artículos
6.
Hermano y hermana
7.
Descendiendo por el Volga
8.
Remontando el Kama
9.
En tarenta noche y día
10.
Una tempestad en los montes Urales
11.
Viajeros en apuros
12.
Una provocación
13. Sobre
todo, el deber
14.
Madre e hijo
15.
Los pantanos de la Baraba
16.
El último esfuerzo
17.
Versos y canciones
SEGUNDA
PARTE
1.
Un campamento tártaro
2.
Una actitud de Alcide Jolivet
3.
Golpe por golpe
4.
La entrada triunfal
5.
¡Abre bien los ojos! ¡Ábrelos!
6.
Un amigo en la gran ruta
7.
El paso del Yenisei
8.
Una liebre atraviesa el camino
9.
En la estepa
10.
El Baikal y el Angara
11.
Entre dos orillas
12.
Irkutsk
13.
Un correo del Zar
14.
La noche del 5 al 6 de octubre
15.
Conclusión
PRIMERA
PARTE
UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO
Señor, un nuevo mensaje.
¿De dónde viene?
De Tomsk.
¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?
Sí, señor; desde ayer.
General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan
al corriente de cuanto ocurra.
A sus órdenes, señor respondió el general Kissoff.
Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la
fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.
Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de
Preobrajensky y de Paulowsky no habían cesado de interpretar sus polcas,
mazurcas, chotis y valses escogidos entre lo mejor de sus repertorios.
Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a
través de los espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la
«Vieja casa de Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en
otros tiempos y cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir
de tema a los corrillos.
El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien
secundado en sus delicadas funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes,
los chamberlanes de servicio y los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente
de animar los bailes. Las grandes duquesas, cubiertas de diamantes y las damas
de la Corte, con sus vestidos de gala, rivalizaban con las señoras de los altos
funcionarios, civiles y militares de la «antigua ciudad de las blancas
piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa, todos los
invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este tipo
de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los
largos vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de
condecoraciones ofrecía un aspecto indescriptible bajo la luz de cien
candelabros, cuyo resplandor quedaba multiplicado por el reflejo de los
espejos.
El aspecto era deslumbrante.
Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que
poseía el Palacio Nuevo, era, para este cortejo de altos personajes y damas
espléndidamente ataviadas, un marco digno de la magnificencia. La rica bóveda,
con sus dorados bruñidos por la pátina del tiempo, era como un firmamento
estrellado. Los brocados de los cortinajes y visillos, llenos de soberbios
pliegues, empurpurábanse con los tonos cálidos que se quebraban centelleantes
en los ángulos de las pesadas telas.
A través de los cristales de las vastas vidrieras que rodeaban
la bóveda, la luz que iluminaba los salones, tamizada por un ligero vaho, se
proyectaba en el exterior como un incendio rasgando bruscamente la noche que,
desde hacía varias horas, envolvía el fastuoso palacio.
Este contraste atraía la atención de los invitados que sin estar
absortos por el baile se acercaban a los alféizares de las ventanas, desde
donde se apreciaban algunos campanarios, confusamente difuminados en la sombra,
pero que perfilaban, aquí y allá, sus enormes siluetas. Por debajo de los
contorneados balcones se veía también a numerosos centinelas marcar el paso
rítmicamente, con el fusil sobre el hombro y cuyo puntiagudo casco parecia
culminar en un penacho de llamas bajo los efectos del chorro de fuego recibido
del interior. Oíanse también las patrullas que marcaban el paso sobre la grava,
con mayor ritmo que los propios danzarines sobre el encerado de los salones. De
vez en cuando, el alerta de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y un
toque de trompeta, mezclándose con los acordes de las bandas, lanzaba sus
claras notas en medio de la armonía general.
Más lejos todavía, frente a la fachada y sobre los grandes conos
de luz que proyectaban las ventanas de Palacio, las masas sombrías de algunas
embarcaciones se deslizaban por el curso del río cuyas aguas, iluminadas a
trechos por la luz de algunos faroles, bañaban los primeros asientos de las
terrazas. El principal personaje del baile, anfitrión de la fiesta y con el
cual el general Kissoff había tenido atenciones reservadas únicamente a los
soberanos, iba vestido con el uniforme de simple oficial de la guardia de
cazadores. Esto no constituía afectación por su parte, antes reflejaba la
habitud de un hombre poco sensi-ble a las exigencias del boato. Su vestimenta
contrastaba con los soberbios trajes que se entrecruzaban a su alrededor y era
esa misma la que lucía la mayoría de las veces entre su escolta de georgianos,
cosacos y lesghienos, deslumbrantes escuadrones espléndidamente ataviados con
los brillantes uniformes del Cáucaso.
Este personaje, de elevada estatura, afable apariencia y
fisonomía apacible, pero con aspecto de preocupación en aquellos momentos, iba
de un grupo a otro, pero hablando poco y no parecía prestar más que una vaga
atención tanto a las alegres conversaciones de los jóvenes invitados como a las
frases graves de los altos funcionarios o de los miembros del cuerpo
diplomático, que representaban a los principales gobiernos de Europa. Dos o
tres de estos perspicaces políticos psicólogos por naturaleza habían observado
en el rostro de su anfitrión una sombra de inquietud, cuyo motivo se les
escapaba, pero que ninguno de ellos se permitió interrogarle al respecto. En
cualquier caso, la intención del oficial de la guardia de cazadores era, sin
lugar a dudas, la de no turbar con su secreta preocupación aquella fiesta en
ningún momento y como era uno de esos raros soberanos de los que casi todo el
mundo acostumbra acatar hasta sus pensamientos, el esplendor del baile no
decayó ni un solo instante.
Mientras tanto, el general Kissoff esperaba a que aquel oficial,
al que acababa de comunicar el mensaje transmitido desde Tomsk, le diera orden
de retirarse; pero éste permanecía silencioso.. Había cogido el telegrama y, al
leerlo, su rostro se ensombreció to-davía más. Su mano se deslizó
involuntariamente hasta apoyarse en la empuñadura de su espada, para elevarse a
continuación, a la altura de los ojos, cubriéndoselos. Se hubiera dicho que le
hería la luz y buscaba la oscuridad para concentrarse mejor en sí mismo.
¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el
Gran Duque? dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una
ventana.
Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan
atravesar la frontera siberiana.
Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y
Transballkalia, ¿habrán recibido la orden de partir inmediatamente hacia
Irkutsk?
Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha
podido llegar más allá del lago Baikal.
¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de
Yeniseisk Omsk, Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión?
Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la
certeza de que, en estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del
Irtiche y del Obi.
¿No se tiene ninguna noticia del traidor Ivan Ogareff ?
Ninguna respondió el general Kissoff . El jefe de policía no
está seguro de si ha atravesado o no la frontera.
¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni Novgorod,
Perm, Ekaterinburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Kolivan, Tomsk y a
todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación!
Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante
respondió el general Kissoff.
No digas una palabra de todo esto.
El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de
una profunda reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin
que nadie reparase en su partida.
En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos
instantes, pero cuando decidió mezclarse entre los militares y políticos que
formaban grupos en varios puntos de los salones, su rostro había recuperado el
aspecto habitual.
Sin embargo, los graves acontecimientos que habían motivado la
conversación anterior no eran tan secretos como el oficial de la guardia de
cazadores y el general Kissoff creían. Si bien es verdad que no se hablaba de
ello ni oficialmente, ya que las lenguas, siguiendo «órdenes oficiales» no
podían desatarse, algunos altos personajes habían sido informados más o menos
extensamente sobre los acontecimientos que se desarrollaban más allá de la
frontera. Pero lo que ignoraban era que, cerca de ellos, dos personajes
desconocidos hasta para los miembros del cuerpo diplomático, y que no lucían
uniforme ni condecoración alguna que les distinguiera entre los invitados a
aquella recepción del Palacio Nuevo, conversaban en voz baja y parecían haber
recibido información muy precisa.
¿Cómo? ¿Por qué medio? ¿Gracias a qué estratagemas sabían estos
dos simples mortales lo que tantos altos personajes apenas sospechaban? No era
tan fácil de precisar. ¿Poseían el don de adivinar o de prevenir? ¿Tenían un
sexto sentido que les permitía ver más allá de los estrechos horizontes a los
que está limitada la mirada humana? ¿Tenían un olfato particular para captar
las noticias más secretas? ¿Se había transformado su naturaleza gracias a ese
hábito que era ya connatural en ellos? Casi podía afirmarse.
Estos dos hombres, inglés uno y francés el otro, eran ambos
altos y delgados. Éste, moreno como un provenzal. Aquél, rubio como un
caballero de Lancashire. El inglés, calmoso, frío, flemático, parco en sus
gestos y en sus palabras, parecía no hablar ni ges-ticular sino a impulsos de
un estímulo que operaba a intervalos regulares. El galo, por el contrario,
vivo, petulante, expresándose a la vez con los labios, ojos y manos, tenía mil
maneras de hacerse entender, mientras que su interlocutor no parecía poseer más
que una, inmutable y estereotipada, postura.
Lo contradictorio entre estas dos personalidades habría
sorprendido hasta al menos observador de los hombres; pero un fisonomista,
observando un poco a estos dos extranjeros, habría determinado rápidamente la
particularidad fisiológica que caracteri-zaba a cada uno de ellos diciendo que
el francés era «todo ojos» y el inglés «todo oídos».
En efecto; el hábito de la observación había agudizado
singularmente su vista. La sensibilidad de su retina era tan fulminante como la
de los prestidigitadores, que reconocen una carta nada más que con un rápido
movimiento en un corte de baraja, o por cualquier marca, imperceptible para
otra persona. Este francés poseía, pues, en el más alto grado, lo que se llama
«memoria visual.»
El inglés, por el contrario, estaba especialmente preparado para
oír y captar cualquier sonido. Cuando su aparato auditivo había percibido el
tono de una voz, no lo olvidaba jamás y, al cabo de diez o veinte años, lo
podía reconocer entre mil. Sus orejas no tenían, ciertamente, la facultad de
orientarse como las de los animales dotados de grandes pabe-llones auditivos;
pero, ya que los sabios han dejado constancia de que las orejas humanas no son
totalmente inmóviles, se hubiera podido decir que las del referido inglés se
enderezaban, torcían o inclinaban en busca de sonidos, de manera poco
ostensible para un naturalista.
Es preciso observar que esta perfección de la vista y oído de
estos dos hombres les servía maravillosamente en sus tareas. El inglés era
corresponsal del Daily Telegraph y el francés lo era del... De cuál o de qué
periódicos era corresponsal, él no lo decía jamás. Y cuando alguien se lo
preguntaba, respondía que era corresponsal de su «prima Magdalena». En el
fondo, este francés, bajo su apariencia de frivolidad, era sumamente perspicaz
y astuto. Pese a que hablaba un poco a tontas y a locas, puede que para
camuflar mejor su deseo de oír, no se extravertía jamás. Su misma locuacidad
era como un mutismo y resultaba, si cabe, más cerrado, más discreto que su
compañero del Daily Telegraph. Si ambos asistían a esta fiesta dada en el
Palacio Nuevo la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y
con el único propósito de informar a sus lectores.
Huelga decir que estos dos hombres amaban apasionadamente la
misión que la vida les había encomendado; disfrutaban lanzándose como hurones a
la caza de la más insignificante noticia, sin que nada ni nadie les amedrentase
ni les hiciera desistir en su empeño. Poseían una imperturbable sangre fría y
la espartana bravura de los hombres de su profesión. Verdaderos jockeys de
carreras de obstáculos de la información, saltaban vallas, atravesaban ríos y
sorteaban todos los obstáculos con el ardor incomparable de los purasangre, que
se matan por llegar a la meta los primeros.
Además, sus periódicos no les regateaban el dinero el más
seguro, rápido y perfecto elemento de información conocido hasta hoy-. Pero
había que reconocer también en su honor que jamás fomentaban sensacionalismo y
que únicamente se ocupaban en asuntos político sociológicos.
En resumen, hacían lo que viene llamándose desde hace varios
años «el gran reportaje político militar. » Siguiéndoles de cerca veremos que
la mayoría de las veces tenían una singular manera de interpretar los hechos y,
sobre todo, sus consecuencias, poseyendo cada uno de ellos su «propia opinión».
Pero, al fin y al cabo, como jugaban limpio, tenían dinero abundante y no lo
regateaban dada la ocasión, nadie les criticaba.
El periodista francés se llamaba Alcide Jolivet. Harry Blount
era el nombre del inglés. Acababan de saludarse por primera vez, en esta fiesta
del Palacio Nuevo, de la cual tenían que informar a sus lectores por encargo
expreso de sus respectivos periódicos. Las diferencias de carácter, unidas a
una cierta competencia profesional, eran motivos sufi-cientes para que no
reinase entre ellos una mutua simpatía, sin embargo, no sólo no trataron de
evadir el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al corriente de
las noticias del momento. Eran, después de todo, dos profesionales que cazaban
en el mismo predio y con las mismas reservas; así, la pieza que a uno se le
escapaba podía ser abatida por el otro. Por su propio interés, les convenía
estar «a tiro».
Aquella noche estaban los dos al acecho y, efectivamente, algo
flotaba en el ambiente.
Aunque se trate de falsos rumores se decía Alcide Jolivet
conviene cazarlos.
Cada uno de los dos periodistas buscó charlar intencionadamente
con el otro durante el baile, momentos después de la partida del general
Kissoff, y procuraron sondearse mutuamente.
A todas luces, señor, es una fiesta encantadora dijo Alcide
Jolivet, con sus aires de simpatía, creyendo que debía entrar en conversación
con esta frase tan típicamente francesa.
Yo ya he telegrafiado que es sencillamente espléndida respondió
Harry Blount con estas palabras, reservadas especialmente para expresar la
admiración de un ciudadano del Reino Unido.
Sin embargo añadió Alcide Jolivet he creído que debía advertir
tambien a mi prima...
¿A su prima? preguntó Harry Blount a su colega, en tono de
sorpresa.
Sí respondió Alcide Jolivet , a mi prima Magdalena... Es a ella
a quien envío mis crónicas. A mi prima le gusta estar bien informada y con
rapidez... Por eso he creído que debía advertirle que durante esta fiesta una
especie de nube parece ensombrecer la frente del Soberano.
Pues a mí me ha parecido que estaba. radiante respondió Harry
Blount, queriendo disimular su propio pensamiento respecto a este asunto.
Y, naturalmente, lo habrá hecho usted «resplandecer» en las
columnas del Daily Telegraph.
Exactamente.
¿Recuerda usted, señor Blount dijo Alcide Jolivet , lo que
ocurrió en Zaket en 1812?
Lo recuerdo como si lo hubiera presenciado respondió el
periodista inglés.
Entonces prosiguió Alcide Jolivet sabrá usted que en medio de
una fiesta que se celebraba en honor del zar Alejandro, se le anunció que
Napoleón acababa de franquear el Niemen con la vanguardia del ejército francés.
Sin embargo, el Zar no abandonó la fiesta, pese a la gravedad de la noticia,
que podía costarle el Imperio, ni dejó entrever ningún atisbo de inquietud...
De la misma manera que nuestro anfitrión no ha mostrado ninguna
cuando el general Kissoff le ha notificado que acaba de ser cortada la
comunicación entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.
¡Ah! ¿Conocía usted este detalle?
Sí, lo conocía.
Pues a mí me sería difícil desconocerlo, ya que con mi último
cable ha llegado hasta Udinsk dijo Alcide Jolivet con aire satisfecho.
Y el mío hasta Krasnoiarsk solamente respondió Harry Blount con
no menos satisfacción.
Entonces ¿sabrá usted que han sido transmitidas órdenes a las
tropas de Nikolaevsk?
Sí, señor, al mismo tiempo que se ha telegrafiado una orden de
concentración a los cosacos del gobierno de Tobolsk.
Nada tan cierto, señor Blount; conocía también esos detalles. Y
puede estar seguro de que mi querida prima sabrá rápidamente alguna otra cosa.
Como también lo sabrán los lectores del Daily Telegrapb, señor
Jolivet.
¡Claro! ¡Cuando se ve todo lo que ocurre...
¡Y cuando se oye todo lo que se dice ... !
Toda una interesante campaña a seguir, señor Blount.
La seguiré, señor Jolivet.
Entonces, es posible que nos encontremos en algún terreno menos
seguro que el encerado de este salón.
Menos seguro, si, pero...
¡Pero también menos resbaladizo! respondió Alcide Jolivet,
sujetando a su colega en el momento en que perdía el equilibrio, al dar unos
pasos hacia atrás:
Después de esto, los dos corresponsales se separaban, contentos
de saber cada uno de ellos que el otro no le aventajaba en cuanto a noticias se
refiriese. En efecto, estaban empatados.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas
al Gran Salón, donde aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas
profusamente de preciosas porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central,
reservada a príncipes, princesas y miembros del cuerpo diplomático,
resplandecía un centro de mesa de precio incalculable, procedente de una
fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de orfebrería,
centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las
manufacturas de Sèvres.
Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba
preparada la cena.
En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se
acercó apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores.
¿Qué ocurre? preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo
había hecho la primera vez.
Los telegramas no pasan de Tomsk, señor.
¡Un correo, rápido!
El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra
pieza del Palacio Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente
amueblado en roble y situado en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus
paredes se veían, entre otras telas, algunos cuadros firmados por Horacio
Vemet.
El oficial abrió la ventana con ansiedad, como si el aire
escaseara en sus pulmones y salió al gran balcón para respirar el aire puro de
aquella hermosa noche de julio.
Ante sus ojos, bañado por la luz de la luna, se perfilaba un
recinto fortificado en el cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un
arsenal. Alrededor de este recinto se distinguían hasta tres ciudades
distintas: Kiltdi Gorod, Beloï Gorod y Zemlianoï Gorod, inmensos barrios
europeo, tártaro y chino, que dominaban las torres, los campanarios, los
minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, cuyos verdes domos estaban
coronados por cruces plateadas. Las aguas de un pequeño río, de curso sinuoso,
reflejaban los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso mosaico
de diverso colorido que se enmarcaba en un vasto cuadro de diez leguas.
Este río era el Moskova; la ciudad era Moscú; el recinto
amurallado era el Kremln, y el oficial de la guardia de cazadores que con los
brazos cruzados y el ceño fruncido oía vagamente el murmullo que salía del
Palacio Nuevo de la vieja ciudad moscovita, era el Zar.
2
RUSOS Y TÁRTAROS
Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del
Palacio Nuevo en un momento en que la fiesta dedicada a las autoridades civiles
y militares y a los principales personajes de Moscú estaba en pleno apogeo, era
porque graves acontecimientos estaban desarrollándose más allá de la frontera
de los Urales. Ya no cabía ninguna duda. Una formidable invasión estaba
amenazando con sustraer las provincias siberianas al dominio ruso.
La Rusia asiática, o Siberia, cubre una superficie de quinientas
sesenta mil leguas, pobladas por unos dos millones de habitantes. Se extiende
desde los Urales, que la separan de la Rusia europea, hasta la costa del
Pacífico. Limita al sur con el Turquestán y el Imperio chino, a través de una
frontera bastante indefinida, y en el norte limita con el océano Glacial, desde
el mar de Kara hasta el estrecho de Behring. Está formada por los gobiernos o
provincias de Tobolsk, Yeniseisk, Irkutsk, Omsk y Yakutsk; comprende los
distritos de Okotsk y Kamtschatka y posee también los países kirguises y
chutches, cuyos pueblos están también sometidos en la actualidad a la
dominación moscovita.
Esta inmensa extensión de estepas, que comprende más de ciento
diez grados de oeste a este, es, a la vez, una tierra de deportación de
criminales y de exilio para aquellos que han sido condenados a la expulsión. La
autoridad suprema de los zares está representada en este inmenso país por dos
gobernadores generales. Uno reside en Irkutsk, capital de la Siberia oriental.
El otro en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Tchuna, afluente
del Yenisei, separa ambas Siberias.
Ningún ferrocarril surca todavía estas planicies, algunas de las
cuales son verdaderamente fértiles, ni facilita la explotación de los
yacimientos de minerales preciosos que convierten a esas inmensas extensiones
siberianas en más ricas por su subsuelo que por su superficie. Se viaja en
diligencias o en carros durante el verano, y en trineo durante el invierno.
Un solo sistema de comunicaciones, el telegráfico, une los
límites este y oeste de Siberia, a través de un cable que mide más de ocho mil
verstas de longitud (8.536 kilómetros). Más allá de los Urales pasa por
Ekaterinburgo, Kassimow, Ichim, Tiumen, Omsk, Elamsk, KoliVan, Tomsk,
Krasnoiarsk, Nijni Udinsk, Irkutsk, Verkne Nertschink, Strelink, Albacine,
Blagowstensk, Radde, Orlomskaya, Alexandrowskoe y Nikolaevsk. Cada palabra
transmitida de uno a otro extremo del cable vale seis rublos y diecinueve kopeks.
De Irkutsk parte un ramal de línea que va hasta Kiatka, en la frontera mongol
y, desde allí, a treinta kopeks por palabra, se transmiten telegramas a Pekín
en catorce días.
Ha sido esta línea, tendida entre Ekaterinburgo y Nikolaevsk, la
que acaba de ser cortada, primeramente más allá de Tomsk y, algunas horas
después, entre Tomsk y Kolivan. Por eso el Zar, al escuchar al general Kissoff
cuando se presentó a él por segunda vez, sólo dio por respuesta una orden: «Un
correo rápido.» Hacía sólo unos instantes que el Zar permanecía inmóvil frente
a la ventana de su gabinete cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta, por
la que entró el jefe superior de policía.
Pasa, general dijo el Zar con gravedad y dime lo que sepas
acerca de Ivan Ogareff.
Es un hombre extremadamente peligroso, señor respondió el jefe
superior de policía.
¿Tenía el grado de coronel?
Sí, señor.
¿Era un jefe inteligente?
Muy inteligente, pero imposible de dominar y de una ambición tan
desenfrenada que no retrocede ante nada ni ante nadie. Pronto se metió en
intriga secretas y fue por lo que Su Alteza, el Gran Duque lo degradó y más
tarde envió exiliado a Siberia.
¿En qué época?
Hace dos años. Después de seis meses de exilio fue perdonado por
Vuestra Majestad y volvió a Rusia.
¿Y desde esa época no ha vuelto a Siberia?
Sí, señor. Volvió; pero esta vez voluntariamente respondió el
jefe superior de policía, añadiendo en voz baja : hubo un tiempo, señor, en que
(cuan do se iba a Siberia) ya no se regresaba.
Siberia, mientras yo viva, es y será un país de que se vuelva.
El Zar tenía sobrados motivos para pronunciar estas palabras con
verdadero orgullo, ya que había demostrado muy a menudo, con su clemencia, que
la justicia rusa sabía perdonar.
El jefe superior de policía no respondió, pero era evidente que
no se mostraba partidario de las medias tintas. Según él, todo hombre que
atraviesa los Urales conducido por la policía, no debía volverlos a franquear;
el que esto no ocurriera así en el nuevo reinado, él lo deploraba sinceramente.
¡Cómo! ¡No más condenas a perpetuidad por otros crímenes que los del derecho
común! ¡Exilados políticos regresando de Tobolsk, Yakutsk, Irkutsk! En
realidad, el jefe superior de policía, acostumbrado a las decisiones
autocráticas de los ucases, que no perdonaban jamás, no podía admitir esta
forma de gobernar. Pero se calló, esperando a que el Zar le hiciera más
preguntas. Éstas no se hicieron esperar.
¿Ivan Ogareff preguntó el Zar no ha vuelto por segunda vez a
Rusia, después de ese viaje a las provincias siberianas, cuyo verdadero motivo
desconocemos?
Ha vuelto.
¿Y, después de su regreso, la policía ha perdido su pista?
No, señor, porque un condenado no se convierte en verdadero
peligro más que el día en que se le indulta.
El ceño del Zar se frunció por un instante, haciendo temer al
jefe superior de policía que había ido demasiado lejos, pese a que el
empecinamiento que mostraba en sus ideas era, al menos, igual a la devoción que
sentía por su soberano. Pero el Zar, desdeñando estos indirectos reproches
respecto a su política interior, continuo con sus concisas preguntas.
Últimamente, ¿dónde estaba Ivan Ogareff ?
En el gobierno de Perm.
¿En qué ciudad?
En el mismo Perm.
¿ Qué hacía?
Al parecer, no tenía ninguna ocupación y su conducta no
levantaba sospecha alguna.
¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
No, señor.
¿Cuándo abandonó Perm?
Hacia el mes de marzo.
¿Para ir a ... ?
Se ignora.
¿Y desde entonces, no se sabe qué ha sido de él? Nada, señor.
Pues bien, yo lo sé respondió el Zar . He recibido algunos
avisos anónimos que no han pasado por las manos de la policía y, a juzgar por
los hechos que se están desarrollando más allá de la frontera, tengo motivos
para creer que son exactos.
¿Quiere decir, señor, que Ivan Ogareff tiene algo que ver con la
invasión tártara?
Exactamente. Y voy a ponerte al corriente de lo que ignoras.
Ivan Ogareff, después de abandonar Perm, ha pasado los Urales y se ha internado
en Siberia, entre las estepas kirguises, intentando allí, no sin éxito,
sublevar a la población nómada. Se dirigió despues hacia el sur, hacia el
Turquestán libre, y en los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze ha
encontrado jefes dispuestos a lanzar sus hordas tártaras sobre las provincias
siberianas, provocando una invasión general del Imperio ruso en Asia. El movimiento
fomentado secretamente acaba de estallar como un rayo y ahora tenemos cortadas
las vías de comunicación entre Siberia oriental y Siberia occidental. Además,
Ivan Ogareff, ansiando vengarse, quiere atentar contra la vida de mi hermano.
El Zar iba excitándose mientras hablaba y cruzaba la estancias
con pasos nerviosos. El jefe superior de policía no respondió nada, pero se
decía a sí mismo que, en los tiempos en que un emperador de Rusia no perdonaba
jamás a un exilado, los proyectos de Ivan Ogareff no hubieran podido
realizarse. Transcurrieron algunos instantes de silencio, des-pués de los
cuales el jefe superior de policía se acercó al Zar, que se había dejado caer
en un sillón, diciéndole:
Vuestra Majestad habrá dado, sin duda, las órdenes necesarias
para que la invasión sea rechazada inmediatamente.
Sí respondió el Zar . El último mensaje que ha podido llegar a
Nijni Udinsk ordenaba poner en movimiento a las tropas de los gobiernos de
Yeniseisk, Irkutsk y Yakutsk y las de las provincias de Amur y del lago Baikal.
Al mismo tiempo, los regimientos de Perm y Nijni Novgorod y los cosacos de la
frontera se dirigen a marchas forzadas hacia los Urales, pero,
desgraciadamente, transcurrirán varias semanas antes de que se encuentren
frente a las columnas tártaras.
Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el Gran Duque,
aislado en estos momentos en el gobierno de Irkutsk, ¿no ha tomado más
contactos directos con Moscú?
No.
Pero, gracias a los últimos mensajes, debe conocer las medidas
que ha tomado Vuestra Majestad y qué refuerzos puede esperar de los gobiernos
más cercanos al de Irkutsk.
Lo sabe respondió el Zar , pero lo que ignora es que Ivan
Ogareff, al mismo tiempo que el papel de rebelde, se dispone a desempeñar el de
traidor, y mi hermano tiene en él un encarnizado enemígo personal. La primera
gran desgracia de Ivan Ogareff se debe a mi hermano y, lo que es peor, no
conoce a este hombre. El proyecto de Ivan Ogareff es entrar en Irkutsk con
nombre falso, ofrecer sus servicios al Gran Duque y ganarse su confianza. Así,
cuando los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará, franqueándoles la
entrada y con ella a mi hermano, cuya vida estará directamente amenazada. Éstos
son los informes que tengo; esto es lo que ignora mi hermano y que necesita
saber.
Pues bien, señor, un correo inteligente, con coraje...
Lo estoy esperando.
Y que actúe con rapidez agregó el jefe de policia porque,
permitidme que lo recalque, señor, no hay tierra más propicia a las rebeliones
que Siberia.
¿Quieres decir que los exiliados políticos harán causa común con
los invasores? gritó el Zar, perdiendo su dominio ante la insinuación del jefe
superior de policía.
Perdóneme Vuestra Majestad... respondió, balbuceando, el
interlocutor del Zar, pues era evidente que ése había sido el pensamiento que
había atravesado por su mente inquieta y desconfiada.
¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! replicó el Zar.
Hay otros condenados, aparte de los políticos, en Siberia
respondió el jefe superior de policía.
¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta!
¡Son el desecho del género humano! ¡No pertenecen a ningún país! Además, la
sublevación, y mucho menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra
Rusia, contra este país al que los exiliados no han perdido la esperanza de
volver... ¡y al que volverán! ¡No, un ruso no se unirá jamás a un tártaro para
debilitar, ni siquiera por una sola hora, el poderío de Moscú!
El Zar tenía sus razones para creer en el patriotismo de
aquellos a quienes su política momentáneamente había alejado. La clemencia (que
era la base de su justicia cuando podía controlarla personalmente) y la
dulcificación tan considerable que había adoptado en la aplicación de los
ucases, le garantizaban que no podía equivocarse. Pero, aun sin que estos
poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las circunstancias no podían
ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la población kirguise
se uniera a los invasores.
Los kirguises se dividen en tres hordas: la grande, la pequeña y
la mediana, y cuentan alrededor de cuatrocientas mil «tiendas», o sea, unos dos
millones de almas. De estas diversas tribus, unas son independientes y otras
reconocen la soberanía, ya sea de Rusia, ya sea de los khanatos de Khiva,
Khokhand y Bukhara, es decir, de los más terribles jefes del Turquestán. La
horda más rica, la mediana, es, al mismo tiempo, la más numerosa y sus
campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los cursos del Sara Su,
Irtiche e Ichim superior, el lago Hadisang y el Aksakal. La horda grande, que
ocupa las comarcas al este de la mediana, se extiende hasta los gobiernos de
Omsk y de Tobolsk.
Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaran,
significaría la invasión de la Rusia asiática y, por tanto, la separación de
Siberia al este del Yenisei.
Ciertamente, los kirguises son verdaderos novatos en el arte de
la guerra y constituyen más bien una banda de rateros nocturnos y asaltantes de
caravanas que una formación de tropas regulares. Por eso ha dicho Levchine que
«un frente cerrado o un cuadro de buena infantería podría resistir a una masa
de kirguises diez veces más numerosa y un solo cañón provocaría en ellos una
verdadera carnicería». Pero para ello es necesario que ese cuadro de buena
infantería llegue al país sublevado y que los cañones se trasladen desde los
parques de las provincias rusas hasta lugares alejados dos o tres mil verstas.
Aparte, salvo la ruta directa que une Ekaterinburgo con Irkutsk, las estepas,
frecuentemente pantanosas, no son fácilmente practicables, y pasarían varias
semanas antes de que las tropas rusas se encontraran en condiciones para
enfrentarse a las hordas tártaras.
Omsk es el centro de la organización militar de Siberia
occidental, encargada de mantener sumisas a las poblaciones kirguises. Allí se
encuentran los límites de estos nómadas, no sometidos totalmente y que se han
sublevado en más de una ocasión, por lo que al Ministerio de la Guerra no le
faltaban motivos para temer que Omsk se viera ya seriamente amenazada. La línea
de colonias militares, es decir, de puestos de cosacos que se escalonan desde
Omsk hasta Semipalatinsk, era de temer que hubiera sido cortada en varios
puntos. Además, posiblemente los grandes sultanes que gobiernan aquellos
distritos kirguises habían aceptado voluntariamente la dominación de los
tártaros, musulmanes como ellos, que aportarían a la lucha el rencor provocado
por la servidumbre a que estaban sometidos y el antagonismo de las religiones
griega y musulmana. Porque desde hace mu-cho tiempo, los tártaros del
Turquestán y, principalmente, los de los khanatos de Bukhara, Khokhand y
Kunduze, buscaban, tanto por la fuerza como por la persuasión, sustraer a las
hordas kirguises de la dominación moscovita.
Pero digamos algo sobre los tártaros.
Pertenecen principalmente a dos razas distintas: la caucásica y
la mongol. La raza caucasica, que segun Abel de Rémusat «se considera en Europa
el prototipo de la belleza de nuestra especie porque de ella proceden todos los
pueblos de esta parte del mundo», reúne bajo una misma denominación a los
turcos y a los indígenas de puro origen persa. La raza puramente mongólica
comprende, en cambio, a los mongoles, manchúes y tibetanos. Los tártaros que
amenazaban el Imperio ruso eran de raza caucásica y habitaban principalmente el
Turquestán, extenso país dividido en diferentes estados, gobernados por khanes,
de cuyo nombre procedía la denominación de khanatos. Los principales khanatos
son los de Bukhara, Khiva, Khokhand,, Kunduze, etc.
En la época a que nos referimos, el khanato más importante era
el de Bukhara. Rusia había tenido que enfrentarse varias veces con sus jefes
que, por interés personal y por imponerles otro yugo, habían mantenido la
independencia de los kirguises contra la do-minación moscovita. Su jefe actual,
Féofar Khan, seguía las huellas de sus predecesores.
El khanato de Bukhara se extiende de norte a sur entre los
paralelos 37 y 40, y de este a oeste entre los 61 y 66 grados de longitud, es
decir, sobre la superficie de unas diez mil leguas cuadradas. Este estado
cuenta con una población de dos millones y medio de habitantes, un ejército de
sesenta mil hombres, que se triplicaban en tiempos de guerra, y treinta mil
soldados de caballería. Es un país rico, con una producción variada en
ganadería, agricultura y minería y engrandecido considerablemente por la anexión
de los territorios de Balk, Aukoi y Meimaneh. Posee diecinueve grandes
ciudades, entre las que se encuentran Bukhara, rodeada de una muralla
flanqueada por torres, que mide más de ocho millas inglesas; ciudad gloriosa
que fue cantada por Avicena y otros sabios del siglo X, está considerada como
el centro del saber musulmán y es una de las ciudades más célebres del Asia
central; Samarcanda (donde se encuentra la tumba de Tamerlan) posee el célebre
palacio donde se guarda la piedra azul sobre la que ha de venir a sentarse todo
nuevo khan que suba al poder y está defendida por una ciudadela extremadamente
fortificada; Karschi, con su triple recinto, situada en un oasis envuelto por
un pantano lleno de tortugas y lagartos, es casi impenetrable; Chardjui,
defendida por una población de más de veinte mil almas y, finalmente, Katta
Kurgan, Nurata, Dyzah, Paikanda, Karakul, Kuzar, etc., forman un conjunto de
ciudades difíciles de someter. El khanato de Bukhara, protegido por sus
montañas y rodeado por sus estepas es, por tanto, un estado verdaderamente
temible y Rusia iba a verse obligada a oponerle fuerzas importantes.
El ambicioso y feroz Féofar Khan, que gobernaba entonces ese
rincón de Tartaria apoyado por otros khanes, principalmente los de Khokhand y
Kunduze, guerreros crueles y rapaces, dispuestos siempre a lanzarse a las
empresas mas gratas al instinto tártaro, y ayudado por los jefes que mandaban
las hordas de Asia central, se había puesto a la cabe-za de esta invasión, de
la que Ivan Ogareff era el verdadero cerebro. Este traidor, impulsado tanto por
su insensata ambicion como por su odio, había organizado el movimiento de los
invasores de forma que cortase la gran ruta siberiana.
¡Estaba loco si, de verdad, creía debilitar el Imperio
moscovita! Bajo su inspiración, el Emir éste era el título que tomaban los
khanes de Bukhara había lanzado sus hordas más allá de la frontera rusa,
invadiendo el gobierno de Semipalatinsk, en donde los cosacos, poco numerosos
en ese punto, habían tenido que retroceder ante ellas. Había avanzado luego más
allá del lago Baljax, arrastrando a su paso a la población kirguise, saqueando,
asolando, enrolando a los que se sometían, apresando a los que ofrecían
resistencia, iba trasladándose de una ciudad a otra, seguido de toda la
impedimenta típica de un soberano oriental (lo que podría llamarse su casa
civil, mujeres y esclavas), todo ello con la audacia de un moderno Gengis Khan.
¿Dónde se encontraba en este momento? ¿Hasta dónde habían
llegado sus soldados a la hora en que la noticia de la invasión llegó a Moscú?
¿Hasta qué lugar de Siberia habían tenido que retroceder las tropas rusas?
Imposible saberlo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. El cable, entre
Kolivan y Tomsk, ¿había sido cortado por unas avanzadillas del ejército
tártaro, o era el grueso de las fuerzas quien había llegado hasta las
provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se
extendía ya la sublevación hasta las regiones del este? No podía decirse. El
único agente que no teme ni al frío ni al calor, al que no detienen las
inclemencias del invierno ni los rigores del verano; que vuela con la rapidez
del rayo: la corriente eléctrica no podía circular a través de la estepa, ni
era posible advertir al Gran Duque, encerrado en Irkutsk, sobre el grave
peligro que le amenazaba por la traición de Ivan Ogareff.
Únicamente un correo podría reemplazar a la corriente eléctrica,
pero ese hombre necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas
verstas (5.523 kilómetros) que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las
filas de los sublevados e invasores, ne-cesitaba desplegar una inteligencia y
un coraje sobrehumanos. Pero con esas cualidades se va lejos.
«¿ Encontraré tanta inteligencia y tal corazón? », se preguntaba
el Zar.
3
MIGUEL STROGOFF
Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al
general Kissoff.
¿Y el correo? le preguntó con impaciencia el Zar.
Está ahí, señor respondió el general Kissoff
¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?
Respondo de él ante Vuestra Majestad.
¿Estaba de servicio en Palacio?
Sí, señor.
¿Lo conoces?
Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones
difíciles.
¿En el extranjero?
En la misma Siberia.
¿De dónde es?
De Omsk. Es siberiano.
¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje ... ?
Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde
otros fracasarían.
¿Su edad?
Treinta años.
¿Es fuerte?
Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed
y fatiga.
¿Tiene un cuerpo de hierro?
Sí, señor.
¿Y su corazón?
De oro, señor.
¿ Cómo se llama?
Miguel Strogoff.
¿Está dispuesto a partir?
Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.
Que pase dijo el Zar.
Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el
gabinete imperial.
Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas
y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la
raza caucásica y sus miembros, bien proporcionados, eran como palancas
dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este
hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de
desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo,
daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su cabeza, de frente ancha, se
encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su
casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba únicamente
cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor
rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada
recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos
músculos supercillares levemente contraídos denotaban un elevado valor el valor
sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos y su poderosa
nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes
propios de los hombres generosos y buenos.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de
rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca
la cabeza ante la duda y que jamás se muestra indeciso.
Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un
poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran
seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea
voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que
agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo
retrataba de un solo trazo.
Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la
caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido,
pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro.
Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo
especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de
oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en
toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un
«ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en
Rusia según la observación del célebre novelista Turgueniev , y que conducía a
las más elevadas posiciones del Imperio moscovita.
En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje
de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los
obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda
alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables
para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país
que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo
recorrido, sino porque él mismo era siberiano.
Su padre, el anciano Pedro Strogoff, fallecido diez años antes,
vivía en la ciudad de Omsk, situada en el gobierno de este mismo nombre, donde
su madre, Marfa Strogoff, seguía residiendo. En ese lugar, entre las salvajes
estepas de las provincias de Omsk, fue donde el bravo cazador siberiano educó
«con dureza» a su hijo Miguel, según expresión popular. La verdadera profesión
de Pedro Strogoff era la de cazador. Y tanto en verano como en invierno, bajo
los rigores de un calor tórrido o de un frío que sobrepasaba muchas veces los
cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, las espesuras de maleza
y abedules o los bosques de abetos, tendiendo sus trampas, acechando la caza
menor con el fusil y la mayor con el cuchillo. La caza mayor era nada menos que
el oso siberiano, temible y feroz animal de igual talla que sus congéneres de
los mares glaciales. Pedro Strogoff había cazado más de treinta y nueve osos,
lo cual indica que igualmente el número cuarenta había caído bajo su cuchillo.
Pero si hemos de creer la leyenda que circula entre los cazadores rusos, todos
aquellos que hayan muerto treinta y nueve osos han sucumbido ante el número
cuarenta.
Sin embargo, Pedro Strogoff había traspasado esa fatídica cifra
sin recibir un solo rasguño.
Desde entonces, Miguel, que tenía once años de edad, no dejó de
acompañar a su padre, llevando la ragatina, es decir, la horquilla para acudir
en su ayuda cuando sólo iba armado con un cuchillo. A los catorce años Miguel
Strogoff mató su primer oso sin ayuda de nadie, lo cual no era poca cosa; pero,
además, después de deshollarlo, arrastró la piel del gigantesco animal hasta la
casa de sus padres, distante muchas verstas, lo cual revelaba que el muchacho
poseía un vigor poco comun.
Este género de vida le fue muy provechoso y así, cuando llegó a
la edad de hombre hecho, era capaz de soportarlo todo: frío, calor, hambre, sed
y fatiga. Era, como el yakute de las tierras septentrionales, de hierro. Podía
permanecer veinticuatro horas sin comer, diez noches consecutivas sin dormir y
sabía construirse un refugio en plena estepa, allí donde otros quedarían a
merced de los vientos.
Dotado de sentidos extremadamente finos, guiado por unos
instintos de Delaware en medio de la blanca planicie, cuando la niebla cubría
todo el horizonte, aun cuando se encontrase en las más altas latitudes (allí
donde la noche polar se prolonga durante largos días), encontraba su camino
donde otros no hubieran podido orientar sus pasos.
Su padre le había puesto al corriente de todos sus secretos y
las más imperceptibles señales, como: proyección de las agujas del hielo,
disposición de las pequeñas ramas de los árboles, emanaciones que le llegaban
de los últimos límites del horizonte, pisadas sobre la hierba de los bosques,
sonidos vagos que cruzaban el aire, lejanos ruidos, vuelo de los pájaros en la
atmósfera brumosa y otros mil detalles que eran fieles jalones para quien
supiera reconocerlos. Y Miguel Strogoff había aprendido a guiarse por ellos.
Templado en las nieves como el acero de Damasco en las aguas sirias, tenía,
además, una salud de hierro, como había dicho el general Kissoff y, lo que no
era menos cierto, un corazón de oro.
La unica pasion de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa,
que jamás había querido abandonar la casa de los Strogoff, a orillas del
Irtiche, en Omsk, donde el viejo cazador y ella habían vivido juntos tanto
tiempo. Cuando su hijo partió de allí fue un duro golpe para ella, pero se
tranquilizó con la promesa que le hizo de volver siempre que tuviera una
oportunidad; promesa que fue escrupulosamente cumplida.
Cuando Miguel Strogoff contaba veinte años, decidieron que
entrase al servicio personal del emperador de Rusia, en el cuerpo de correos
del Zar. El joven siberiano, audaz, inteligente, activo y de buena conducta,
tuvo la oportunidad de distinguirse especialmente con ocasión de un viaje al
Cáucaso, a través de un país difícil, hostigado por unos turbulentos sucesores
de Samil. Posteriormente volvió a distinguirse en una misión que le llevó hasta
Petropolowsky, en Kamtschatka, el límite oriental de la Rusia asiática. Durante
estos largos viajes desplegó tan maravillosas dotes de sangre fría, prudencia y
coraje que le valieron la aprobación y protección de sus superiores, quienes le
ascendieron con rapidez.
En cuanto a los permisos que le correspondían una vez realizadas
tan lejanas misiones, jamás olvidó consagrarlos a su anciana madre, aunque
estuviera separado de ella por miles de verstas y el invierno hubiese
convertido los caminos en rutas impracticables. Sin embargo, Miguel Strogoff,
recién llegado de una misión en el sur del imperio, por primera vez había
dejado de visitar a su madre.
Varios días antes se le había concedido el permiso reglamentarlo
y estaba haciendo los preparativos para el viaje, cuando se produjeron los
sucesos que ya conocemos. Miguel Strogoff fue, pues, llamado a presencia del
Zar ignorando totalmente lo que el Emperador esperaba de él.
El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos
instantes con su penetrante mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía
absolutamente inmóvil. Después, el Zar, satisfecho sin duda de este examen, se
acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña al jefe superior de policía para
que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta que sólo contenía
algunas líneas.
Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la
firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así
sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos.
La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las
armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que
se acercara.
Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil,
presto a responder.
El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:
¿Tu nombre?
Miguel Strogoff, señor.
¿Tu grado?
Capitán del cuerpo de correos del Zar.
¿Conoces Siberia?
Soy siberiano.
¿Dónde has nacido?
En Omsk.
¿Tienes parientes en Omsk?
Sí, señor.
¿Qué parientes?
Mi anciana madre.
El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después,
mostrando la carta que tenía en la mano, dijo:
Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la
entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.
La entregaré, señor.
El Gran Duque está en Irkutsk.
Iré a Irkutsk.
Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e
invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta
carta.
Lo atravesaré.
Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a
quien es probable que encuentres en tu camino.
Desconfiaré.
¿Pasarás por Omsk?
Está en la ruta, señor.
Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es
necesario que no la veas.
Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:
No la veré.
Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.
Lo juro.
Miguel Strogoff agregó el Zar, entregando el pliego al joven
correo , toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y
puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano.
Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.
¿Así que pasarás, a todo trance?
Pasaré o moriré.
Es preciso que vivas.
Viviré y pasaré respondió Miguel Strogoff.
El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada
seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.
Vete, pues, Miguel Strogoff dijo . Vete, por Dios, por Rusia,
por mi hermano y por mí.
Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete
imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.
Creo que has acertado, general dijo el Zar.
Yo también lo creo, señor respondió el general Kissoff , y
Vuestra Majestad puede estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto le
sea posible a un hombre valiente y decidido.
Es todo un hombre, en efecto dijo el Zar.
4
DE MOSCÙ A NIJNI NOVGOROD
La distancia que Miguel Strogoff tenía que franquear entre Moscú
e Irkutsk era de cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros). Cuando la
línea telegráfica aún no existía entre los montes Urales y la frontera oriental
de Siberia, el servicio de despachos oficiales se hacía mediante correos, el
más rápido de los cuales empleaba dieciocho días en recorrer la distancia de
Moscú a Irkutsk. Pero esto era una excepción y lo general era que para
atravesar la Rusia asiática se emplease, ordinariamente, de cuatro a cinco
semanas, aunque todos los medios de transporte estaban a disposición de estos
emisarios del Zar.
Como hombre que no temía al frío ni a la nieve, Miguel Strogoff
hubiera preferido viajar durante la ruda estación invernal, que permite
organizar un servicio de trineos en toda la extensión del recorrido. De esta
manera, las dificultades que entraña el empleo de diversos medios de locomoción
quedaban, en parte, disminuidas sobre aquellas inmensas estepas cubiertas de
nieve, ya que hay menos cursos de agua que atravesar y el trineo se desliza
fácilmente sobre aquel manto helado. Ciertos fenómenos atmosféricos de esta
época son temibles, como la persistencia e intensidad de las nieblas, el frío
extremado, además de las largas y terribles ventiscas, cuyos torbellinos lo
envuelven todo y hacen desaparecer caravanas enteras. Ocurre también que los
lobos, acosados por el hambre, cubren a millares las llanuras. Pero era
preferible correr esos riesgos porque, con la crudeza del invierno, los
invasores tártaros se verían obligados a acantonarse en las ciudades, sus
Merodeadores no correrían por la estepa, todo movimiento de tropas sería
impracticable y Miguel Strogoff podría pasar más fácilmente. Pero él no había
podido elegir su tiempo ni su hora y debía aceptar las circunstancias para
partir, cualesquiera que fueran.
Ésta era la situación que Miguel Strogoff apreció claramente,
preparándose para afrontarla.
Además, no se encontraba en las condiciones habituales de un
correo del Zar, ya que era preciso que nadie sospechara esta circunstancia
mientras realizara su viaje, porque en un país invadido, los espías abundan y
él sabía que su misión era muy comprometida. Por eso el general Kissoff se
limitó a entregarle una importante suma de dinero para el viaje, e, incluso, el
medio de facilitárselo hasta cierto punto, pero sin entregarle ninguna orden
escrita en la que constara que estaba al servicio del Emperador, «Sésamo» que
abría todas las puertas; entrególe úmcamente un podaroshna.
Este podaroshna, extendido a nombre de Nicolás Korpanoff,
comerciante domiciliado en Irkutsk, autorizaba a su titular para hacerse
acompañar en caso necesario por una o varias personas, y era valedero hasta en
los casos en que el gobierno moscovita prohibía a sus súbditos abandonar el
territorio ruso. El podaroshna es una autorizacion para tomar caballos de
posta, pero Miguel Strogoff no podía emplearlo más que en las ocasiones en que
poseer este documento no le hiciera sospechoso, es decir, que únicamente podía
hacer uso de él mientras estuviera en territorio europeo. En resumen, cuando se
encontrase en Siberia, es decir, cuando atravesara las provincias sublevadas,
no podría actuar como dueño de las paradas de posta, ni hacerse entregar
caballos con preferencia a cualquier otro, ni requisar medios de transporte
para su uso personal. Miguel Strogoff no debía olvidar esto: él no era un
correo, sino un simple comerciante llamado Nicolás Korpanoff, que iba de Moscú
a Irkutsk y, como a tal, sometido a todas las eventualidades de un viaje
ordinario.
Pasar desapercibido, con más o menos rapidez, pero pasar. Tal
debía ser su programa.
Treinta años atrás, la escolta de un viajero importante no
comprendía menos de doscientos cosacos a caballo, doscientos infantes,
veinticinco jinetes baskires, trescientos camellos, cuatrocientos caballos,
veinticinco carros, dos lanchas transportables y dos cañones. Tal era el
material necesario para un viaje por Siberia. Pero él, Miguel Strogoff, no
tenía cañones, ni jinetes, ni infantes, ni bestias de carga.
Iría, si podía, en coche o a caballo; si no había más remedio,
iría a pie.
Las primeras mil cuatrocientas verstas (1.493 kilómetros), que
comprendían la distancia entre Moscú y la frontera rusa, no debían ofrecer
dificultad alguna. Ferrocarriles, diligencias, buques a vapor y caballos de
refresco en todas las paradas, estaban a dis-posición de todo el mundo y, por
consiguiente, a la merced del correo del Zar.
Aquella mañana del 16 de julio, desprovisto de su uniforme,
portando un saco de viaje sobre sus espaldas y ataviado con un simple traje
ruso compuesto de túnica ceñida al talle, cinturón tradicional de mujik, anchos
calzones y botas cinchadas al jarrete, Miguel Strogoff se dirigió a la estación
para tomar el primer tren que le conviniera.
No llevaba ningún tipo de armas, al menos ostensiblemente; pero
bajo su cinturón se ocultaba un revólver y en su bolsillo una especie de
machete, de esos que tienen tanto de puñal como de alfanje y con los cuales un
cazador siberiano sabe destripar a un oso tan limpiamente que no deteriora en
lo más mínimo su preciosa piel.
La estación de Moscú estaba a rebosar de viajeros y es que las
estaciones de los ferrocarriles rusos son lugares de reunión muy frecuentados,
tanto por los que parten como por los que son simples espectadores de la
partida de trenes. Se toma como una pequeña bolsa de noticias.
El tren en el que tomó asiento Miguel Strogoff debía llevarle
hasta Nijni Novgorod, en donde, por aquella época, se detenía el ferrocarril
que, enlazando Moscú con San Petersburgo, debía proseguir hasta la frontera
rusa. Esto significaba un trayecto de unas cuatrocientas verstas (426
kilómetros), que el tren franqueaba en una decena de horas.
Una vez en Nijni Novgorod, Miguel Strogoff tomaría, según las
circunstancias, la ruta terrestre o uno de los buques a vapor del Volga, con el
fin de llegar a los Urales lo antes posible. Se acomodó, pues, en su rincón,
como digno burgués a quien no inquieta demasiado la marcha de sus negocios y
busca matar el tiempo durmiendo. Pero como no iba solo en el compartimiento, no
durmio mas que con un ojo y escuchó con los dos oídos.
Sus vecinos, como la mayor parte de los viajeros que
transportaba el tren, eran mercaderes que se dirigían a la célebre feria de
Nijni Novgorod; conjunto necesariamente heterogeneo, compuesto por judíos,
turcos, cosacos, rusos, georgianos, calmucos y otros, pero casi todos ellos
hablando la lengua nacional.
En efecto, el rumor de la sublevación de las hordas kirguises y
de la invasión tártara había trascendido algo y los viajeros que el azar le
destinó como compañeros de viaje lo comentaban con cierta circunspección. Se
discutía, pues, los pros y contras de los graves acontecimientos que se
desarrollaban más allá de los Urales, y los comerciantes temían que el gobierno
ruso se hubiera visto obligado a tomar medidas restrictivas, sobre todo en las
provincias limítrofes con la frontera, con lo cual se resentiría el comercio.
Naturalmente, estos egoístas no consideraban la guerra, es
decir, la represión de la revuelta y la lucha contra la invasión, más que bajo
el punto de vista de sus intereses particulares amenazados. La sola presencia
de un simple soldado uniformado hubiera sido suficiente para contener las
lenguas de estos mercaderes, pues ya se sabe cuán grande es la importancia que
se da al uniforme en Rusia. Pero en el compartimiento ocupado por Miguel
Strogoff, nada hacía sospechar la presencia de un militar, y el correo del Zar,
viajando de incógnito, no era de los hombres que se traicionan.
Limitábase, pues, a escuchar.
Se afirma que el té de las caravanas está en alza dijo un persa,
que se identificaba por su gorro forrado de astracán y su oscura tunica de
anchos pliegues, rozada por el uso.
¡Oh! El té no ha de temer la baja respondió un viejo judío, de
gesto ceñudo . El que se encuentre en el mercado de Nijni Novgorod se expenderá
fácilmente por el oeste, pero, desgraciadamente, no ocurrirá lo mismo con los
tapices de Bukhara.
¡Cómo! ¿Está usted esperando algún envío de Bukhara? preguntó el
persa.
No, pero sí lo espero de Samarcanda, y no está menos expuesto.
¡Cuenta con las expediciones de un país en el que se han sublevado todos los
khanes desde Khiva hasta la frontera china!
¡Bueno! respondió el persa . Si no llegan los tapices, supongo
que tampoco llegarán las letras de cambio.
¡Y los beneficios, Dios de Israel! ¿No significan nada para
usted? exclamó el pequeño judío.
Tiene razón dijo otro viajero . Los artículos de Asia central
corren el peligro de escasear en el mercado. Y ocurrirá lo mismo con los
tapices de Samarcanda, las lanas, sebos y chales de Oriente.
¡Pues tenga cuidado, padrecito! respondió un viajero ruso de
aspecto socarrón . ¡No vaya usted a engrasar horriblemente los chales si los
mezcla con los sebos!
¡No es cosa de risa! respondió el comerciante, a quien no
parecían gustarle mucho esta clase de bromas.
Aunque nos tiremos de los pelos y nos rasguemos las vestiduras
no haremos cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Y menos el de las
mercancías! respondió el viajero.
¡Bien se ve que no es comerciante! hizo observar el judío.
No, a fe mía, digno descendiente de Abraham. No vendo lúpulo, ni
edredón, ni miel, ni cera, ni cañamones, ni carne salada, ni caviar, ni lana,
ni madera, ni cintas, ni cáñamo, ni lino, ni marroquinería, ni..
Pero, ¿compra usted? preguntó el persa, cortando la retahíla del
viajero.
Lo menos posible, y sólo para mi consumo particular respondió
éste, guiñándole un ojo.
¡Es un bufón! dijo el judío dirigiéndose al persa.
¡O un espía! respondió éste bajando la voz.
No nos fiemos y hablemos lo menos posible. La policía no es
precisamente blanda en los tiempos que corren y uno no sabe nunca al lado de
quién viaja.
En el otro rincón del compartimiento se hablaba un poco menos de
las transacciones mercantiles y un poco más de la invasión tártara y sus
funestas consecuencias.
Los caballos de Siberia van a ser requisados dijo un viajero y
las comunicaciones entre las distintas provincias de Asia central se harán bien
difíciles.
¿Es cierto pregunto su vecino que los kirguises de la horda
mediana han hecho causa común con los tártaros?
Eso se dice respondió el viajero, bajando la voz , pero quién
puede presumir de saber algo en este país.
He oído hablar de concentraciones de tropas en la frontera. Los
cosacos del Don se han reunido en el curso del Volga y se les va a enfrentar
con los kirguises sublevados.
Si los kirguises han descendido por el curso del Irtiche, la
ruta a Irkutsk no debe de ser muy segura respondió el vecino . Además, ayer
intenté enviar un telegrama a Krasnoiarsk y no pudo pasar. Me temo que las
columnas tártaras hayan aislado la Siberia oriental.
En suma, padrecito replicó el primer interlocutor , estos
comerciantes tienen razón al estar inquietos por sus negocios y por sus
pedidos. Después de requisar los caballos se requisarán los barcos, los coches
y todos los medios de transporte, hasta que llegue el momento en que no se
pueda dar un paso en toda la extensión del Imperio.
Me temo que la feria de Nijni Novgorod no termine tan
brillantemente como comenzó respondió el segundo interlocutor, moviendo la
cabeza , pero la seguridad y la integridad del territorio ruso está ante todo.
¡Los negocios no son más que negocios!
Si en este compartimiento el tema de las conversaciones no
variaba mucho, tampoco era distinto en los otros coches que componían el tren;
Pero en todas partes un buen observador hubiera advertido la extrema prudencia
en el planteamiento de las impresiones que intercambiaban. Cuando alguna vez se
adentraban en el terreno de los hechos, jamás llegaban a insinuar las
intenciones del gobierno moscovita, ni siquiera a apreciarlas.
Esto fue justamente advertido por uno de los pasajeros que iban
en el vagón de cabeza. Este viajero, evidentemente extranjero, lo miraba todo
con ojos bien abiertos y no paraba de hacer preguntas a las cuales sólo se le
respondía con evasivas. A cada instante sacaba la cabeza fuera de la
ventanilla, de la que tenía el cristal bajado, con vivo desagrado de sus
vecinos, y no perdía detalle del paisaje de la derecha; preguntaba el nombre de
las más insignificantes localidades, su situación, cuál era su comercio, su
industria, el número de sus habitantes, el nivel medio de vida de cada sexo,
etc.; y todo lo iba anotando en un bloc ya sobrecargado de citas.
Era el corresponsal Alcide Jolivet, que si hacía tantas
preguntas insignificantes era porque entre tantas respuestas como provocaba,
esperaba sorprender algún hecho interesante para su prima. Pero, naturalmente,
se le tomó por un espía y delante de él no se decía ni una sola palabra que
tuviera relación con los acontecimientos del día.
Viendo, pues, que no podría averiguar nada sobre la invasión
tártara, escribió en su bloc: «Viajeros, de una discreción absoluta. En materia
política, muy duros de gatillo.»
Y mientras Alcide Jolivet anotaba minuciosamente todas sus
impresiones sobre el viaje, su colega, que había embarcado en el mismo tren y
con igual motivo, estaba entregado a idéntico trabajo de observación en otro
compartimiento. Ninguno de los dos había visto al otro aquel día en la estación
de Moscú e ignoraban recíprocamente que iban a visitar el teatro de la guerra.
únicamente que Harry Blount, hablando poco y escuchando mucho, no había
inspirado a sus compañeros de viaje la desconfianza que Alcide Jolivet con sus
preguntas. De manera que no le habían tomado por un espía y sus vecinos, sin
apurarse, conversaban ante él, llegando a veces más lejos de lo que su
circunspección natural les hubiera debido permitir. Por tanto, el corresponsal
del Daily Telegraph había podido comprobar hasta qué punto los acontecimientos
preocupaban a los hombres de negocios que se dirigían a Nijni Novgorod y la
amenaza que pesaba sobre los intercambios comerciales con Asia central; por lo
que no dudó en anotar en su bloc esta justa observación: «Los viajeros,
extremadamente inquietos. Sólo se habla de la guerra, y con una libertad que
asombra entre el Vístula y el Volga.»
Los lectores del Daily Telegraph no podían estar menos
informados que la prima de Alcide Jolivet. Además, como Harry Blount iba
sentado en la parte izquierda del tren y no se había fijado más que en esta
mitad del paisaje, sin molestarse en contemplar una sola vez el de la derecha,
formado por amplias planicies, no tuvo ningún reparo en apuntar en su bloc, con
todo su aplomo británico: «Paisaje montañoso entre Moscú y Wladimir.»
Sin embargo, era evidente que el gobierno moscovita, en
presencia de tan graves eventualidades, estaba tomando severas medidas hasta en
el interior del Imperio. La sublevación no había franqueado la frontera
siberiana, pero en estas provincias del Volga vecinas del país de los
kirguises, eran de temer desagradables influencias.
En efecto, la policía no había encontrado aún la pista de Ivan
Ogareff, el traidor que había provocado una intervención extranjera para vengar
sus rencores particulares y parecía haberse reunido con Féofar Khan, o puede
que intentara fomentar la revuelta en el gobierno de Nijni Novgorod que, en
esta época del año, encerraba una población com-puesta por elementos tan
diversos. ¿No habría entre tantos persas, armenios y calmucos que afluían al
gran mercado, agentes suyos encargados de provocar un movimiento interior?
Todas las hipótesis eran posibles en un país como Rusia.
Este vasto imperio, que tiene una extensión de doce millones de
kilómetros cuadrados, no puede tener la homogeneidad de los estados de Europa
occidental. Entre los diversos pueblos que lo componen, forzosamente han de
existir diferencias que van más allá de los simples matices autóctonos. El
territorio ruso en Europa, Asia y América, se extiende desde los 15 grados de
longitud este hasta los 133 de longitud oeste, es decir, a lo largo de cerca de
200 grados (unas 2.500 leguas) y desde el paralelo 38 al 81 de latitud norte, o
sea, 43 grados (unas 1.000 leguas). Cuenta con setenta millones de habitantes
que hablan treinta lenguas distintas. La raza eslava es, sin duda, la dominante
y comprende, además de los rusos, a los polacos, lituanos y curlandeses, y si a
ellos añadimos los fineses, estonianos, lapones, chesmiros, chubaches, permios,
alemanes, griegos, tártaros, las tribus caucasianas, las hordas mongoles, los
calmucos, samoyedos, kamchadalas y aleutios, se comprenderá que la unidad de
tan vasto estado es difícil de mantener y no podía ser más que obra del tiempo,
ayudado por la sagacidad de los gobernantes.
Sea como fuere, Ivan Ogareff había sabido, hasta entonces,
escabullirse de las pesquisas de la policía y, probablemente, debía de haberse
unido a los ejércitos tártaros. Pero en cada estación donde se detenía el tren,
se presentaban inspectores de policía que revisaban a todos los pasajeros y les
sometían a minuciosa identificacion, pues tenían orden expresa del jefe
superior de policía de buscar a Ivan Ogareff. El Gobierno, en efecto, creía
saber que el traidor aún no, había tenido tiempo de abandonar la Rusia europea.
Cuando un viajero parecía sospechoso, tenía que identificarse en el puesto de
policía y el tren volvía a ponerse en marcha sin ninguna inquietud por el que
quedaba atrás.
Con la policía rusa, excesivamente expeditiva, es inútil
razonar. Sus miembros ostentan graduaciones militares. No hay más remedio que
obedecer sin rechistar las órdenes de un soberano que tiene potestad para
encabezar sus ucases con la fórmula: «Nos, por la gracia de Dios, Emperador y
Autócrata de todas las Rusias, de Moscú, Kiev, Wladimir y Novgorod; Zar de
Kazan, de Astrakán; Zar de Polonia, Zar de Siberia, Zar del Quersoneso Táurico;
Señor de Pskof; Gran Príncipe de Smolensko, de Lituania, de Volinia, de Podolla
y Finlandia; Príncipe de Estonia, de Livonia, de Curlandia y de Semigalia, de
Bialistok, de Karella, de Iugria, de Perm, de Viatka, de Bulgaria y de muchos
otros países; Señor y Gran Príncipe del territorio de Nijni Novgorod, de
Chernigof, de Riazan, de Polotosk, de Rostof, de Jaroslav, de Bielozersk, de
Udoria, de Obdoria, de Kondinia, de Vitepsk, de Mstislaf; dominador de las
regiones hiperbóreas; Señor de los países de Iveria, de Kartalinia, de
Gruzinia, de Kabardinia y de Armenia; Señor hereditario y soberano de los
príncipes cherquesos, de los de las montañas y otros; Heredero de Noruega;
Duque de Schlewig Holstein, de Stormarn, de Dittmarsen y de Holdenburg.»
¡Poderoso soberano, en verdad, aquel cuyo emblema es un águila de dos cabezas
que sostiene un cetro y un globo, rodeada de los escudos de Novgorod, Wladimir,
Kiev, Kazan, Astrakán y Siberia, y que está envuelta por el collar de la Orden
de San Andrés y remadada con una corona real!
En cuanto a Miguel Strogoff, lo tenía todo en regla y quedaba al
abrigo de cualquier medida de la policía.
En la estación de Wladimir el tren se detuvo durante algunos
minutos, los cuales le bastaron al corresponsal del Daily Telegraph para hacer
una semblanza extremadamente completa, en su doble aspecto físico y moral de
esta vieja capital rusa.
En la estación de Wladimir subieron al tren nuevos pasajeros,
entre ellos una joven que entró en el compartimiento de Miguel Strogoff.
Ante el correo del Zar había un asiento vacío que ocupó la
joven, después de depositar todo su equipaje. Después, con los ojos bajos, sin
haber echado una mirada a los compañeros de viaje que le destinó el azar, se
dispuso para un trayecto que debía durar aún algunas horas.
Miguel Strogoff no pudo impedir fijarse atentamente en su nueva
vecina. Como se encontraba sentada de espaldas al sentido de la marcha, él le
ofreció su asiento, por si lo prefería, pero la joven rehusó dándole las
gracias con una leve reverencia.
La muchacha debía de tener entre dieciseis y diecisiete años. Su
cabeza, verdaderamente hermosa, representaba al tipo eslavo en toda su pureza;
raza de rasgos severos, que la destinaban a ser más bella que bonita en cuanto
el paso de los años fijaran definitivamente sus facciones. Se cubría con una
especie de pañuelo que dejaba escapar con profusión sus cabellos, de un rubio
dorado. Sus ojos eran oscuros, de mirada aterciopelada e infinitamente dulce;
su nariz se pegaba a unas mejillas delgadas y pálidas por unas aletas
ligeramente móviles; su boca estaba finamente trazada, pero daba la impresión
de que la sonrisa había desaparecido de ella desde hacía mucho tiempo.
Eraalta y esbelta, a juzgar por lo que dejaba apreciar el abrigo
ancho y modesto que la cubría. Aunque era todavía una niña, en toda la pureza
de la expresión, el desarrollo de su despejada frente y la limpieza de rasgos
de la parte inferior de su rostro, daban la impresión de una gran energía
moral, detalle que no escapó a Miguel Strogoff. Evidentemente, esta joven debía
de haber sufrido ya en el pasado, y su porvenir, sin duda, no se le presentaba
de color de rosa; pero parecía no menos cierto que debía de haber luchado y que
estaba dispuesta a seguir luchando contra las dificultades de la vida. Su
voluntad debía de ser vivaz, constante, hasta en aquellas circunstancias en que
un hombre estaría expuesto a flaquear o a encolerizarse.
Tal era la impresion que, a primera vista, daba esta jovencita.
A Miguel Strogoff, dotado él mismo de una naturaleza enérgica, tenía que
llamarle la atención el carácter de aquella fisonomía, y, teniendo siempre buen
cuidado de que su persistente mirada no la importunase lo más mínimo, observó a
su vecina con cierta atención.
El atuendo de la joven viajera era, a la vez, de una modestia y
una limpieza extrema. Saltaba a la vista que no era rica, pero se buscaría
vanamente en su persona cualquier señal de descuido.
Todo su equipaje consistía en un saco de cuero, cerrado con
llave, que sostenía sobre sus rodillas por falta de sitio donde colocarlo.
Llevaba una larga pelliza de color oscuro, liso, que se anudaba
graciosamente a su cuello con una cinta azul. Bajo esta pelliza llevaba una
media falda, oscura también, cubriendo un vestido que le caía hasta los
tobillos, cuyo borde inferior estaba adornado con unos bordados poco
llamativos. Unos botines de cuero labrado, con suelas reforzadas, como si
hubieran sido preparadas en previsión de un largo viaje, calzaban sus pequeños
pies.
Miguel Strogoff, por ciertos detalles, creyó reconocer en aquel
atuendo el corte habitual de los vestidos de Livonia y pensó que su vecina
debía de ser originaria de las provincias bálticas. Pero ¿adónde iba esta
muchacha, sola, a esa edad en que el apoyo de un padre o de una madre, la
protección de un hermano, son, por así decirlo, obligados? ¿Venía, recorriendo
tan largo trayecto, de las provincias de la Rusia occidental? ¿Se dirigía
únicamente a Nijni Novgorod, o proseguiría más allá de las fronteras orientales
del Imperio? ¿La esperaba algún pariente o algún amigo a la llegada del tren?
Por el contrario, ¿ no sería lo más probable que al descender del tren se
encontrase tan sola en la ciudad como en el compartimiento, en donde nadie
debía de pensar ella parecía hacerle caso? Todo era probable.
Efectivamente, en la manera de comportarse aquella joven
viajera, quedaban visiblemente reflejados los hábitos que se van adquiriendo en
la soledad. La forma de entrar en el compartimiento y de prepararse para el,
viaje; la poca agitación que produjo en su derredor, el cuidado que puso en no
molestar a nadie; todo ello denotaba la costumbre que tenía de estar sola y no
contar más que consigo misma.
Miguel Strogoff la observaba con interes, pero como él mismo era
muy reservado, no buscó la oportunidad de entablar conversación con ella, pese
a que habían de transcurrir muchas horas antes de que el tren llegase a Nijni
Novgorod.
Solamente en una ocasión, el vecino de la joven aquel
comerciante que tan imprudentemente mezclaba el sebo con los chales se había
dormido y amenazaba a su vecina con su gruesa cabeza, basculando de un hombro
al otro; Miguel Strogoff lo des-pertó con bastante brusquedad para hacerle
cornprender que era conveniente que se mantuviera más erguido.
El comerciante, bastante grosero por naturaleza, murmuró algunas
palabras contra «esa gente que se mete en lo que no le importa», pero Miguel
Strogoff le lanzó una mirada tan poco complaciente que el dormilón volvióse del
lado opuesto, librando a la joven viajera de tan incómoda vecindad, mientras
ella miraba al joven durante unos instantes, reflejando un mudo y modesto
agradecimiento en su mirada.
Pero tenía que presentarse otra circunstancia que daría a Miguel
Strogoff la medida exacta del carácter de la joven.
Doce verstas antes de llegar a la estación de Nijni Novgorod, en
una brusca curva de vía, el tren experimentó un choque violentísimo y después,
durante unos minutos, rodó por la pendiente de un terraplén.
Viajeros más o menos volteados, gritos, confusión, desorden
general en los vagones, tales fueron los efectos inmediatos ante el temor de
que se hubiera producido un grave accidente; así, incluso antes de que el tren
se detuviera, las puertas de los vagones quedaron abiertas y los aterrorizados
viajeros no tenían más que un pensamiento: abandonar los coches y buscar
refugio fuera de la vía.
Miguel Strogoff pensó al instante en su vecina, pero, mientras
los otros viajeros del compartimiento se precipitaban fuera del vagón, gritando
y empujándose, la joven permaneció tranquilamente en su sitio, con el rostro
apenas alterado por una ligera palidez.
Ella esperaba. Miguel Strogoff también.
Ella no había hecho ningún movimiento para salir del vagón.
Miguel Strogoff no se movió tampoco.
Ambos permanecieron impasibles.
«Una naturaleza enérgica», pensó Miguel Strogoff. Mientras, el
peligro había desaparecido. La rotura del tope del vagón de equipajes había
provocado, primero el choque, después la parada del tren, pero poco había
faltado para que descarrilara, precipitándose desde el terraplén al fondo de un
barranco. El accidente ocasionó una hora de retraso, pero al fin, despejada la
vía, el tren reemprendió la marcha y a las ocho y media de la tarde llegaban a
la estación de Nijni Novgorod.
Antes de que nadie pudiera bajar de los vagones, los inspectores
de policía coparon las portezuelas examinando a los viajeros.
Miguel Strogoff mostró su podaroshna extendido a nombre de
Nicolás Korpanoff, y no tuvo dificultad alguna. En cuanto a los otros pasajeros
del compartimiento, todos ellos con destino a Nijni-Novgorod, no despertaron
sospechas, afortunadamente para ellos.
La joven presentó, no un pasaporte, ya que el pasaporte no se
exige en Rusia, sino un permiso acreditado por un sello particular y que
parecía ser de una especial naturaleza. El inspector lo leyó con atención y
después de examinar minuciosamente el sello que contenía, le preguntó:
¿Eres de Riga?
Sí respondió la joven.
¿Vas a Irkutsk?
Sí.
¿Por qué ruta?
Por la ruta de Perm.
Bien respondió el inspector , pero cuida de que te refrenden
este permiso en la oficina de policia de Nijni Novgorod.
La joven hizo un gesto de asentimiento.
Oyendo estas preguntas y respuestas, Miguel Strogoff experimentó
un sentimiento de sorpresa y piedad al mismo tiempo. ¡Cómo! ¡Esta muchacha,
sola, por los caminos de la lejana Siberia en donde a los peligros habituales
se sumaban ahora los riesgos de un país invadido y sublevado! ¿Cómo llegará a
Irkutsk? ¿ Qué será de ella ... ?
Finalizada la inspección, las puertas de los vagones quedaron
abiertas, pero, antes de que Miguel Strogoff hubiera podido iniciar un
movimiento hacia la muchacha, ésta había descendido del vagón, desapareciendo
entre la multitud que llenaba los andenes de la estación.
5
UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS
Nijni Novgorod, o Novgorod la Baja, situada en la confluencia
del Volga y del Oka, es la capital del gobierno de este nombre. Era allí donde
Miguel Strogoff debía abandonar la línea férrea, que en esta época no se
prolongaba más alláde esta ciudad. Así pues, a medida que avanzaba, los medios
de comunicacion se volvían menos rápidos, a la vez que más inseguros.
Nijni Novgorod, que en tiempqs ordinarios no contaba más que de
treinta a treinta y cinco mil habitantes, albergaba ahora más de trescientos
mil, o sea, que su población se había decuplicado. Este crecimiento era debido
a la célebre feria que se celebraba dentro de sus muros durante un período de
tres semanas. En otros tiempos había sido Makariew quien se había beneficiado
de esta concurrencia de comerciantes; pero desde 1817, la feria había sido
trasladada a Nijni Novgorod.
La ciudad, bastante triste habitualmente, presentaba entonces
una animación extraordinaria. Diez razas diferentes de comerciantes, europeos o
asiáticos, confraternizaban bajo la influencia de las transacciones
comerciales.
Aunque la hora en que Miguel Strogoff salió de la estación era
ya avanzada, se velan aun grandes grupos de gente en estas dos ciudades que,
separadas por el curso del Volga, constituyen Nijni Novgorod, la más alta de
las cuales, edificada sobre una roca escarpada, está defendida por uno de esos
fuertes llamados kreml en Rusia.
Si Miguel Strogoff se hubiese visto obligado a permanecer en
Nijni Novgorod, difícilmente hubiera encontrado hotel o ni siquiera posada un
tanto conveniente porque todo estaba lleno. Sin embargo, como no podía marchar
inmediatamente porque le era necesario tomar el buque a vapor del Volga, debía
encontrar cualquier albergue. Pero antes quería conocer la hora exacta de
salida del vapor, por lo que se dirigió a las oficinas de la compañía
propietaria de los buques que hacen el servicio entre Nijni-Novgorod y Perm.
Allí, para su disgusto, se enteró de que el Cáucaso éste era el
nombre del buque no salía hacia Perrn hasta el día siguiente al mediodía.
¡Tenía que esperar diecisiete horas! Era desagradable para un hombre con tanta
prisa, pero no tuvo más remedio que resignarse. Y fue lo que hizo, porque él no
se disgustaba jamás sin motivo.
Además, en las circunstancias actuales, ningún coche, talega o
diligencia, berlina o cabriolé de posta ni veloz caballo, le hubiera conducido
tan rápido, bien sea a Perm o a Kazan. Por ello más valía esperar la partida
del vapor, que era más rápido que ningún otro medio de transporte de los que
podía disponer y que le haría recuperar el tiempo perdido.
He aquí, pues, a Miguel Strogoff, paseando por la ciudad y
buscando, sin impacientarse demasiado, un albergue donde pasar la noche. Pero
no se hubiera preocupado mucho si no fuera por el hambre que le pisaba los
talones, y probablemente hubiera deambulado hasta la mañana siguiente por las
calles de Nijni Novgorod. Por eso, lo que se proponía en-contrar era, más que
una cama, una buena cena, pero encontró ambas cosas en la posada Ciudad de
Constantinopla.
El posadero le ofreció una habitación bastante aceptable, no muy
llena de muebles, pero en la que no faltaban ni la imagen de la Virgen ni las
de algunos iconos, enmarcadas en tela dorada. Inmediatamente le fue servida la
cena, teniendo suficiente con un pato con salsa agria y crema espesa, pan de
cebada, leche cuajada, azúcar en polvo mezclado con canela y una jarra de
kwass, especie de cerveza muy comun en Rusia. No le hizo falta más para quedar
saciado. Y, por supuesto, se sació mucho más que su vecino de mesa que en su
calidad de «viejo creyente» de la secta de los Raskolniks, con voto de
abstinencia, apartaba las patatas de su plato y se guardaba mucho de ponerle
azúcar a su té.
Terminada su cena, Miguel Strogoff, en lugar de subir a su
habitacion, reemprendió maquinalmente su paseo a través de la ciudad. Pero pese
a que el largo crepúsculo se prolongaba todavía, las calles iban quedándose,
poco a poco, desiertas, reintegrándose cada cual a su alojamiento.
¿Por qué Miguel Strogoff no se había metido en la cama como era
lo lógico después de toda una jornada pasada en el tren? ¿Pensaba en aquella
joven livoniana que durante algunas horas había sido su compañera de viaje? No
teniendo nada mejor que hacer, pensaba en ella. ¿Creía que, perdida en esta
tumultuosa ciudad, estaba expuesta a cualquier insulto? Lo temía, y tenía sus
razones para temerlo. ¿Esperaba, pues, encontrarla y, en caso necesario,
convertirse en su protector? No. Encontrarla era difícil y en cuanto a
protegerla... ¿Con qué derecho?
« ¡Sola se decía , sola en medio de estos nómadas! ¡Y los
peligros presentes no son nada comparados con los que le esperan! ¡Siberia!
¡Irkutsk! Lo que yo voy a intentar por Rusia y por el Zar ella lo va a hacer
por... ¿Por quién? ¿Por qué? ¡Y tiene autorización para traspasar la frontera!
¡Con todo el país sublevado y bandas tártaras corriendo por las estepas ... !»
Miguel Strogoff se detuvo para reflexionar durante algunos
instantes.
«Sin duda pensó la intención de viajar la tuvo antes de la
invasión. Puede ser que ignore lo que está pasando... Pero no; los mercaderes
comentaron delante de ella los disturbios que hay en Siberia y ella no pareció
asombrarse... Ni siquiera ha pedido una explicación... Lo sabía y sin embargo
continúa... ¡Pobre muchacha! ¡Ha de tener motivos muy poderosos! Pero por
valiente que sea y lo es mucho, sin duda , sus fuerzas la traicionarán durante
el viaje porque, aun sin tener en cuenta los peligros y las dificultades, no
podrá soportar las fatigas y nunca conseguirá llegar a Irkutsk ... »
Mientras reflexionaba, Miguel Strogoff no cesaba de caminar al
albur, pero como conocía perfectamente la ciudad, no tendría dificultad alguna
en encontrar el camino de la pensión.
Después de haber deambulado durante una hora fue a sentarse en
un banco adosado a la fachada de una gran casa de madera que se levantaba en
medio de otras muchas que rodeaban una vasta plaza.
Estaba sentado hacía unos cinco minutos cuando una mano se apoyó
fuertemente en su hombro.
¿Qué haces aquí? le preguntó con voz ruda un hombre de elevada
estatura al que no había visto venir.
Estoy descansando le respondió Miguel Strogoff.
¿Es que tienes la intención de pasar aquí la noche? replicó el
hombre.
Sí, si ello me interesa contestó Miguel Strogoff con un tono
demasiado acre para pertenecer a un simple comerciante, que es lo que él debía
ser.
Acércate para que te vea dijo el hombre.
Miguel Strogoff, acordándose que debía ser prudente antes que
nada, retrocedió instintivamente.
No hay ninguna necesidad de que me veas respondió.
Y con toda su sangre fría, interpuso entre él y su interlocutor
una distancia de unos diez pasos.
Observándolo bien, le pareció entonces que se las había con uno
de esos bohemios que uno se encuentra en todas las ferias y con los cuales hay
que evitar cualquier tipo de relación. Después, mirándolo más atentamente a
través de las sombras que comenzaban a espesarse, distinguió cerca de la casa
un gran carretón, morada habitual y ambulante de los cíngaros o gitanos que
acuden en Rusia como un hormiguero allá donde hay algunos kopeks a ganar.
Mientras tanto, el bohemio había dado dos o tres pasos adelante
y se preparaba para interpelar más directamente a Miguel Strogoff, cuando se
abrió la puerta de la casa y apareció una mujer, apenas visible entre las
sombras, la cual avanzó vivamente y, en un lenguaje rudo que Miguel Strogoff
identificó como una mezcolanza de mongol y siberiano, dijo:
¿Otro espía? Déjalo y vente a cenar. El papluka está esperando.
Miguel Strogoff no pudo evitar sonreírse por la calificación que
le aplicaba la mujer, precisamente a él, que temía sobremanera a los espías.
El hombre, en el mismo lenguaje, pero empleando un acento muy
distinto al de la mujer, respondió algunas palabras que venían a decir, poco
más o menos:
Tienes razón, Sangarra. Por lo demás, mañana nos habremos ido.
¿Mañana? replicó a media voz la mujer, con un tono que denotaba
cierta sorpresa.
Sí, Sangarra, mañana respondió el bohemio y es el mismo Padre el
que nos envía... adonde queremos ir.
Y después de esto, hombre y mujer entraron en la casa, cerrando
cuidadosamente la puerta tras ellos.
«¡Bueno! se dijo Miguel Strogoff . Si estos bohemios tienen
interés en que no les entienda, tendría que aconsejarles que empleasen otra
lengua para hablar delante de mí! »
En su calidad de siberiano y por haber pasado toda su infancia
en la estepa, Miguel Strogoff como queda dicho comprendía casi todos los
idiomas empleados desde Tartaria al océano Glacial. En cuanto al preciso
significado de las palabras de los bohemios, no se preocupó demasiado por
avenguarlo. ¿Qué interés podía tener para él?
Como era ya hora avanzada, Miguel Strogoff decidió volverse al
albergue con la intención de descansar un poco. Siguiendo el curso del Volga,
en donde las aguas desaparecen bajo las sombras de innumerables embarcaciones,
encontró fácilmente la forma de orientarse para volver a la pensión. Aquella
aglomeración de carretones y casas ocupaba, precisamente, la vasta plaza donde
se celebraba cada año el principal mercado de Nijni Novgorod, lo cual explicaba
la afluencia de tal cantidad de saltimbanquis y bohemios que acudían de todas
partes del mundo.
Una hora más tarde, Miguel Strogoff dormía con sueño algo
agitado, en una de esas camas rusas que tan duras parecen a los extranjeros. El
día siguiente, 17 de julio, sería su gran día.
Las cinco horas que le quedaban aún por pasar en Nijni Novgorod
le parecían un siglo. ¿Qué podía hacer para ocupar la mañana, como no fuese
deambular por las calles como la víspera? Una vez tomado su desayuno, arreglado
el saco y visado su podaroshna en la oficina de policía, no tenía nada más que
hacer hasta la hora de la partida. Pero como no estaba acostumbrado a
levantarse después que el sol, se vistió, colocó cuidadosamente la carta con
las armas imperiales en el fondo de un bolsillo practicado en el forro de la
túnica, apretó el cinturón sobre ella, cerró el saco de viaje y echándoselo
sobre los hombros salió de la posada. Como no quería volver a la Ciudad de
Constantinopla, liquidó su cuenta, contando con almorzar a orillas del Volga,
cerca del embarcadero.
Para mayor seguridad, Miguel Strogoff volvió a presentarse en
las oficinas de la compañía para reafirmarse de que el Cáucaso partía a la hora
que le habían anunciado. Un pensamiento le vino entonces a la mente por primera
vez. Ya que la joven livoniana había de tomar la ruta de Perm, era muy posible
que tuviera el proyecto de embarcar también en el Cáucaso, con lo que no
tendrían más remedio que hacer el viaje juntos.
La ciudad alta, con su kremln, cuyo perímetro medía dos verstas
y era muy parecido al de Moscú, estaba muy abandonada en aquella ocasión; ni
siquiera el gobernador vivía allí. Sin embargo, la ciudad baja estaba
excesivamente animada.
Miguel Strogoff, después de atravesar el Volga por un puente de
madera guardado por cosacos a caballo, llegó al emplazamiento en donde la
víspera se había tropezado con el campamento de bohemios. La feria de Nijni
Novgorod se montaba un poco en las afueras de la ciudad y ni siquiera la feria
de Leipzig podía rivalizar con ella. En una vasta explanada situada más allá
del Volga se levanta el palacio provisional del gobernador general, que tiene
la orden de residir allí mientras dura la feria, ya que a causa de la va-riada
gama de elementos que a ella concurrian, necesitaba una vigilancia especial.
Esta explanada estaba ahora llena de casas de madera,
simétricamente dispuestas, de forma que dejaban entre ellas avenidas bastante
amplias como para que pudiera circular libremente la multitud. Una aglomeración
de casas de todas formas y tamaños constituía un barrio aparte y en cada una de
estas aglomeraciones se practicaba un género deter-minado de comercio. Había el
barrio de los herreros, el de los cueros, el de la madera, el de las lanas, el
de los pescados secos, etc. Algunas de estas casas estaban construidas con
materiales de alta fantasía, como ladrillos de té, bloques de carne salada,
etc., es decir, con las muestras de aquellos artículos que los propietarios
ofrecían a los compradores con esa singular forma de reclamo tan poco
americana.
En esas avenidas bañadas en toda su extensión por el sol, que
había salido antes de las cuatro, la afluencia de gente era ya considerable.
Rusos, siberianos, alemanes, griegos, cosacos, turcos, indios, chinos; mezcla
extraordinaria de europeos y asiáticos comentando, discutiendo, perorando y
traficando. Todo lo que se pueda comprar y vender parecía estar reunido en esa
plaza. Porteadores, caballos, camellos, asnos, barcas, carros, todo vehículo
que pudiera servir para el transporte estaba acumulado sobre el campo de la
feria. Cueros, piedras preciosas, telas de seda, cachemires de la India,
tapices turcos, armas del Cáucaso, tejidos de Esmirna o de Ispahan, armaduras
de Tiflis, té, bronces europeos, relojes de Suiza, terciopelos y sedas de Lyon,
algodones ingleses, artículos para carrocerías, frutas, legumbres, minerales de
los Urales, malaquitas, lapizlázuli, perfumes, esencias, plantas medicinales,
maderas, alquitranes, cuerdas, cuernos, calabazas, sandías, etc. Todos los
productos de la India, de China, de Persia, los de las costas del mar Caspio y
mar Negro, de América y de Europa, estaban reunidos en aquel punto del globo.
Había un movimiento, una excitación, un barullo y un griterío
indescriptibles y la expresividad de los indígenas de clase inferior iba pareja
con la de los extranjeros, que no les cedían terreno sobre ningun punto. Había
allí mercaderes de Asia central que habían empleado todo un año para atravesar
tan inmensas llanuras escoltando sus mercancías, y los cuales no volverían a
ver sus tiendas o sus despachos hasta dentro de otro año. En fin, la
importancia de la feria de Nijni Novgorod era tal que la cifra de las
transacciones no bajaba de los cien millones de rublos.
Aparte, en las plazas de los barrios de esta ciudad improvisada,
había una aglomeración de vividores de toda clase: saltimbanquis y acróbatas,
que ensordecían con el ruido de sus orquestas y las vociferaciones de sus
reclamos; bohemios llegados de las montañas que decían la buenaventura a los
bobalicones de entre un público en continua renovacion; cingaros o gitanos
nombre que los rusos dan a los egipcios, que son los antiguos descendientes de
los coptos , cantando sus más animadas canciones y bailando sus danzas más
originales; actores de teatrillos de feria que representaban obras de
Shakespeare, muy apropiadas al gusto de los espectadores, que acudían en
tropel. Después, a lo largo de las avenidas, domadores de osos que paseaban en
plena libertad a sus equilibristas de cuatro patas; casas de fieras que
retumbaban con los roncos rugidos de los animales, estimulados por el látigo
acerado o por la vara del domador; en fin, en medio de la gran plaza central,
rodeados por un cuádruple círculo de desocupados admiradores, un coro de
«remeros del Volga», sentados en el suelo como si fuera el puente de sus
embarcaciones simulaban la acción de remar bajo la batuta de un director de
orquesta, verdadero timonel de su buque imaginario.
Por encima de la multitud, una nube de pájaros se escapaba de
las jaulas en que habían sido transportados. ¡Costumbre bizarra y hermosa!
Según una tradición muy arraigada en la feria de Nijni-Novgorod, a cambio de
algunos kopeks caritativamente ofrecidos por buenas personas, los carceleros
abrían las puertas a sus prisioneros y éstos volaban a centenares, lanzando sus
pequeños y alegres trinos.
Tal era el aspecto que ofrecía la explanada y así permanecería
durante las seis semanas que ordinariamente duraba la feria de Nijni Novgorod.
Después de este ensordecedor período, el inmenso barullo desaparecería como por
encanto, y la ciudad alta reemprendería su carácter oficial, la ciudad baja
volvería a su monotonía ordinaria y de esta enorme afluencia de comerciantes
pertenecientes a todos los lugares de Europa y Asia central, no quedaría ni un
solo vendedor con algo que vender, ni un solo comprador que buscase alguna cosa
que comprar.
Conviene precisar que, esta vez al menos, Francia e Inglaterra
estaban cada una representada en el gran mercado de Nijni Novgorod por uno de
los productos más distinguidos de la civilizacion moderna: los señores Harry
Blount y Alcide Jolivet.
En efecto, los dos corresponsales habían venido en busca de
impresiones que pudieran servirles en provecho de sus lectores y ocupaban de la
mejor forma las horas que les quedaban libres, ya que ellos también embarcaban
en el Cáucaso.
En el campo de la feria se encontraron precisamente uno y otro,
pero no se mostraron muy sorprendidos, ya que un mismo instinto debía
conducirles tras la misma pista; pero esta vez no entablaron conversación y
limitáronse a cruzar un saludo bastante frío.
Alcide Jolivet, optimista por naturaleza, parecía creer que todo
iba sobre ruedas y, como el azar le había proporcionado por suerte para él mesa
y albergue, había anotado en su bloc algunas frases particularmente favorables
para la ciudad de Nijni Novgorod.
Por el contrario, Harry Blount, después de haber buscado
inútilmente un sitio para cenar, había tenido que dormir a la intemperie, por
lo que su apreciación de las cosas tenía un muy distinto punto de vista y
trenzaba un artículo demoledor contra una ciudad en la cual los hoteles se
niegan a recibir a los viajeros que no piden otra cosa que dejarse des-pellejar
«moral y materialmente».
Miguel Strogoff, con una mano en el bolsillo y sosteniendo con
la otra su larga pipa de madera de cerezo, parecía el más indiferente y el
menos impaciente de los hombres. Sin embargo, en una cierta contracción de sus
músculos superficiales, un observador hubiera reconocido fácilmente que tascaba
el freno.
Desde hacía unas dos horas deambulaba por las calles de la
ciudad para volver, invariablemente, al campo de la feria. Circulando entre los
diferentes grupos, observó que una real inquietud embargaba a todos los
comerciantes llegados de los lugares vecinos de Asia. Las transacciones se
resentían visiblemente. Que los bufones, saltimbanquis y equilibristas hicieran
gran barullo frente a sus barracas se comprendía, ya que estos pobres diablos
no tenían nada que perder en ninguna operación comercial, pero los negociantes
dudaban en comprometerse con los traficantes de Asia central, sabiendo a todo
el país turbado por la invasión tártara.
También había otro síntoma que debía ser señalado. En Rusia el
uniforme militar aparece en cualquier ocasión. Los soldados se mezclan
voluntariamente entre el gentío y, precisamente en Nijni Novgorod durante el
período de la feria, los agentes de la policía están ayudados habitualmente por
numerosos cosacos que, con la lanza sobre el hombro, mantienen el orden en esta
aglomeración de trescientos mil extranjeros.
Sin embargo, aquel día, los cosacos u otras clases de militares,
estaban ausentes del gran mercado. Sin duda, en previsión de una partida
inmediata, estaban concentrados en sus cuarteles.
Pero, mientras no se veía un soldado por ninguna parte, no
ocurría así con los oficiales ya que, desde la víspera, los ayudas de campo con
destino en el Palacio del gobernador se habían lanzado en todas direcciones,
todo lo cual constituía un movimiento desacostumbrado que sólo podía explicarse
dada la gravedad de los acontecimientos. Los correos se multiplicaban por todos
los caminos de la provincia, ya hacia Wladimir, ya hacia los montes Urales. El
cambio de despachos telegráficos entre Moscú y San Petersburgo era incesante.
La situación de Nijni-Novgorod, no lejos de la frontera siberiana, exigla
evidentemente serias precauciones. No se podía olvidar que en el siglo XIV la
ciudad había sido tomada dos veces por los antecesores de estos tártaros que
ahora la ambición de Féofar Khan lanzaba a través de las estepas kirguises.
Un alto personaje, no menos ocupado que el gobernador general,
era el jefe de policía. Sus agentes y él mismo, encargados de mantener el
orden, de atender las reclamaciones, de velar por el cumplimiento de los
reglamentos, no descansaban un instante. Las oficinas de la administración,
abiertas día y noche, se veían asediadas incesantemente, tanto por los
habitantes de la ciudad como por los extranjeros, europeos o asiáticos.
Miguel Strogoff se encontraba precisamente en la plaza central
cuando se extendió el rumor de que el jefe de policía acababa de ser llamado
urgentemente al palacio del gobernador general. Un importante mensaje, se
decía, había motivado esta llamada.
El jefe de policía se presentó, pues, en el palacio del
gobernador y enseguida, como por un presentimiento general, la noticia
circulaba entre la gente; contra toda previsión y contra toda costumbre, iba a
ser tomada una medida grave.
Miguel Strogoff escuchaba cuanto se decía para, en caso de
necesidad, sacar provecho de las noticias.
¡Se va a cerrar la frontera! gritaba uno.
¡El regimiento de Nijni Novgorod acababa de recibir orden de
marcha! respondía otro.
¡Se dice que los tártaros amenazan Tomsk!
¡Aquí llega el jefe de policía! se oyó gritar por todas partes.
Súbitamente se produjo un gran barullo que fue disminuyendo poco
a poco hasta que fue sustituido por un silencio absoluto. Todos presentían que
el gobernador iba a dar algún comunicado grave.
El jefe de policía, precedido por sus agentes, acababa de
abandonar el palacio del gobernador general. Un destacamento de cosacos le
acompañaba e iba abriendo paso entre la multitud a fuerza de golpes,
violentamente dados y pacientemente recibidos.
El jefe de policía llegó al centro de la plaza y todo el mundo
pudo ver que tenía un despacho en la mano.
«DECRETO DEL GOBERNADOR DE NIJNI NOVGOROD.
»Artículo primero. Prohibido a todo individuo de nacionalidad
rusa abandonar la provincia, bajo ningún concepto.
»Artículo segundo. Se da la orden a todos los extranjeros de
origen asiático de abandonar la provincia en el plazo máximo de veinticuatro
horas.»
6
HERMANO Y HERMANA
Estas medidas, tan funestas para los intereses privados, estaban
justificadas por las circunstancias.
«Prohibido a todo individuo de nacionalidad rusa abandonar la
provincia bajo ningun concepto.» Si Ivan Ogareff se encontraba aún en la
provincia, esto le impediría, o le impondría serias dificultades al menos,
reunirse con Féofar Khan, con lo que el terrible jefe tártaro contaría con un
gran auxiliar.
« Orden a todos los extranjeros de origen asiático de abandonar
la provincia en el plazo máximo de veinticuatro horas.» Esto significaba alejar
en bloque a los traficantes venidos de Asia central, así como a las tribus de
bohemios, egipcios y gitanos, que tienen más o menos afinidad con las
poblaciones tártaras o mongoles y a los cuales había reunido la feria. Por cada
persona era de temer un espia, por lo que su expulsión era aconsejable, dado el
estado de cosas.
Pero se comprende fácilmente que estos dos artículos hicieron el
efecto de dos rayos abatiéndose sobre la ciudad de Nijni Novgorod,
necesariamente más amenazada y más perjudicada que ninguna otra.
Así pues, los nacionales que tenían negocios que les reclamaban
más allá de la frontera siberiana no podían dejar la provincia, momentáneamente
al menos. El tono del primer artículo era serio. No admitía excepciones. Todo
interés privado debía sacrificarse ante el interés general. En cuanto al
segundo artículo del decreto, la orden de expulsión era, asi-mismo, inapelable.
No concernía a otros extranjeros que a los de origen asiático, pero éstos no
tenían más remedio que empaquetar sus mercancias y reemprender la ruta que
acababan de recorrer. En cuanto a todos los saltimbanquis, cuyo número era
considerable, tenían cerca de mil verstas que recorrer antes de llegar a la
frontera mas proxima y para ellos esto significaba la miseria a corto plazo.
Inmediatamente se elevó un clamor de protesta contra esta
insólita medida, un grito de desesperación que fue prontamente reprimido por
los cosacos y los agentes de policía. Casi al instante comenzó el
desmantelamiento de la vasta explanada. Se plegaron las telas tendidas delante
de las barracas; los teatrillos de feria se desarmaron; cesaron los bailes y
las canciones; se desmontaron los tenderetes; se apagaron las fogatas; se
descolgaron las cuerdas de los equilibristas; los viejos caballos que arrastraban
aquellas viviendas ambulantes fueron sacados de las cuadras para ser enjaezados
a las mismas. Agentes y soldados, con el látigo o la fusta en la mano,
estimulaban a los rezagados y derribaban algunas de las tiendas, incluso antes
de que los pobres bohemios hubieran tenido tiempo de abandonarlas.
Evidentemente, bajo la influencia de tales medidas, antes de la llegada de la
tarde, la plaza de Nijni Novgorod estaría totalmente evacuada y al tumulto del
gran mercado le sucedería el silencio del desierto.
Es preciso repetir todavía, porque se trataba de una agravación
obligada de las medidas, que a estos nómadas a los que les afectaba
directamente el decreto de expulsión, les estaban también prohibidas las
estepas siberianas y no tendrían más remedio que dirigirse hacia el sur del mar
Caspio, bien a Persia, a Turquía o a las planicies del Turquestán.
Los puestos del Ural y de las montañas que forman como una
prolongación de este río sobre la frontera rusa, no podían traspasarlos.
Tenían, pues, ante ellos, un millar de verstas que se verían obligados a
atravesar, antes de pisar suelo libre.
En el momento en que el jefe de policía acabó la lectura del
decreto, por la mente de Miguel Strogoff cruzó instintivamente un pensamiento:
«¡Singular coincidencia pensó entre este decreto que expulsa a
los extranjeros originarios de Asia y las palabras que se cruzaron anoche entre
los dos bohemios de raza gitana! “Es el Padre mismo quien nos envía adonde
queremos ir”. dijo el hombre. Pero “el Padre” ¡es el Emperador! ¡No se le
designa de otra forma entre el pueblo! ¿Cómo estos bohemios podían prever la
medida tomada contra ellos?, ¿cómo la conocían con anticipación y dónde quieren
ir? ¡He aquí gente sospechosa a la cual el decreto del gobernador parece serle
más útil que perjudicial! »
Pero estas reflexiones, seguramente exactas, fueron cortadas por
otra que ocuparía todo el ánimo de Miguel Strogoff. Y olvidó a los gitanos, sus
sospechosos propósitos y hasta la extraña coincidencia que resultaba de la
publicación del decreto... El recuerdo de la joven livoniana se le presentó
súbitamente.
¡Pobre niña! exclamo como a pesar suyo no podrá atravesar la
frontera...
En efecto, la joven había nacido en Riga, era livoniana y, por
consecuencia, de nacionalidad rusa y no podía, por tanto, abandonar el
territorio ruso. El permiso que se le había extendido antes de las nuevas
medidas, evidentemente ya no era válido. Todos los caminos de Siberia le
estaban inexorablemente cerrados y, cualquiera que fuese el motivo que la
conducía a Irkutsk, ahora le estaba totalmente prohibido.
Este pensamiento preocupó vivamente a Miguel Strogoff, el cual
se decía, aunque muy vagamente al principio, que sin descuidar nada de lo que
su importante misión exigía de él, quizá le fuera posible servir de alguna
ayuda a esta valiente muchacha. La idea le agradó. Conocedor de los peligros
que él mismo, siendo hombre enérgico y vigoroso, tenía personalmente que
afrontar en un país del cual conocía perfectamente todas las rutas, no tenía
más remedio que pensar en que estos peligros serían infinitamente más temibles
para una joven. Ya que iba a Irkutsk, tenía que seguir su misma ruta, viéndose
obligada a atravesar las hordas de invasores, como él mismo iba a intentar
conseguir. Si. por otra parte, ella no tenía a su disposición más que los
recursos necesarios para un viaje en circunstancias ordinarias, ¿cómo podría
llevarlo a cabo en unas condiciones que las circunstancias habían hecho, no
solamente peligrosas, sino tan costosas?
«¡Pues bien! se dijo, ya que toma la ruta de Perm, es casi
imposible que no la encuentre. Así podré velar por ella sin que se dé cuenta, y
como me da la impresión de que tiene tanta prisa como yo por llegar a Irkutsk,
no,me ocasionará ningun retraso.»
Pero un pensamiento sugiere otro y no había pensado hasta
entonces que en la hipótesis de que pudiera realizar esta buena acción,
recibiría un buen servicio. Una idea nueva acababa de nacer en su mente y la
cuestión se presentó ante él bajo otro aspecto.
«De hecho se dijo yo puedo tener más necesidad de ella que ella
de mí. Su presencia no me será perjudicial y me servirá para alejar de mí las
sospechas, ya que un hombre corriendo solo a través de la estepa puede
fácilmente ser tenido por un correo del Zar. Si, por el contrario, me acompaña
esta joven, puedo tranquilamente pasar ante los ojos de todos como el Nicolás
Korpanoff de mi podaroshna. Es, pues, necesario que me acompañe. ¡Es preciso
encontrarla! ¡No es probable que desde ayer por la tarde haya conseguido
encontrar un coche para abandonar Nijni Novgorod! ¡A buscarla, pues, y que Dios
me guíe! »
Miguel Strogoff abandonó la gran plaza de Nijni Novgorod, en
donde el tumulto provocado por la ejecución de las medidas prescritas había
llegado a su punto álgido. Recriminaciones de los extranjeros proscritos,
gritos de los agentes y cosacos que la emprendían a golpes con ellos... Era un
barullo indescriptible. La joven que buscaba no podía estar allí. Eran las
nueve de la mañana. El vapor no partía hasta el mediodía, por tanto, Miguel
Strogoff disponía de unas dos horas para encontrar a aquella que quería
convertir en su compañera de viaje.
Atravesó de nuevo el Volga y recorrió otra vez los barrios de la
otra orilla, donde la multitud era bastante menos considerable. Puede decirse
que revisó calle por calle de la ciudad alta y baja, entró en las iglesias,
refugio natural de todo aquel que llora, de todo el que sufre y en ninguna
parte encontró a la joven livoniana.
Y, sin embargo se repetía no puede haber abandonado todavía
Nijni Novgorod. ¡Continuemos buscando!
Miguel Strogoff continuó errando durante dos horas sin pararse
en ninguna parte ni sentir la fatiga; obedecía a un sentimiento imperioso que
no le permitía reflexionar. Pero fue en vano.
Le pasó entonces por la imaginación que podía ser que la joven
no conociera el decreto, circunstancia improbable, ya que un golpe como ése no
podía asestarse sin ser conocido por todo el mundo. Además, interesada
evidentemente por conocer cualquier noticia proveniente de Siberia, ¿cómo podía
ignorar las medidas tomadas por el gobernador y que tan directamente la
afectaban?
Pero, en fin, si ella las desconocía, estaría a aquellas horas
en el embarcadero y allí, cualquier insoportable agente le negaría sin
miramientos el pasaje. Era necesario verla antes a cualquier precio, para que
gracias a él evitara tal contrariedad.
Pero fueron vanos todos sus esfuerzos y estaba perdiendo toda
esperanza de encontrarla. Eran entonces las once. Miguel Strogoff, aunque en
cualquier otra circunstancia no era necesario, fue a presentar su podaroshna a
la oficina del jefe de policía. El decreto no podía, evidentemente, afectarle,
ya que esta circunstancia estaba prevista, pero quería asegurarse de que nada
se opondría a su partida de la ciudad.
Tuvo, pues, que volver a la otra orilla del Volga, en donde se
encontraban las oficinas del jefe de policía. Allí había gran afluencia de
gente porque aunque los extranjeros tenían que abandonar el país, estaban
igualmente sometidos a las formalidades de rigor. Sin esta precaución cualquler
ruso mas o menos comprometido en el movimiento tártaro hubiera podido, gracias
a cualquier ardid, pasar la frontera, lo que pretendía evitar el decreto. Se
les expulsaba, pero necesitaban un permiso de salida.
Así, pues, saltimbanquis, bohemios, cingaros, gitanos, mezclados
con los comerciantes persas, turcos, hindúes, turquestanos y chinos, llenaban
el patio y las oficinas de la policía.
Todos se apresuraban, ya que los medios de transporte iban a
estar singularmente solicitados por tal multitud de expulsados y los que
llegasen tarde corrían el riesgo de no poder cumplir con el plazo fijado, lo
cual les expondría a la brutal intervención de los agentes del gobernador.
Miguel Strogoff, gracias al vigor de sus codos, pudo atravesar
el patio, aunque entrar en la oficina y llegar hasta la ventanilla de los
empleados era una hazaña realmente difícil. Sin embargo, unas palabras dichas
al oído de un agente y la entrega de unos oportunos rublos fueron suficientes
para abrirle paso.
El agente, después de introducirle a la sala de espera, fue a
avisar a un funcionario de más categoria. No tardaría, pues, Miguel Strogoff,
en estar en regla con la policía y libre de movimientos.
Mientras esperaba, miró a su alrededor y... ¿qué vio? Allí,
sobre un banco, echada más que sentada, una joven, presa de muda desesperación,
aunque no pudo apenas distinguir su rostro porque unicamente su perfil se
dibujaba sobre la pared.
Miguel Strogoff no se había equivocado. Acababa de reconocer a
la joven livoniana.
Desconociendo el decreto del gobernador, había venido a la
oficina del jefe de policía para hacerse visar su permiso... Pero se le había
negado el visado. Sin duda estaba autorizada para ir a Irkutsk, pero el decreto
era formal y anulaba todas las autorizaciones anteriores, por lo que los
caminos de Siberia se le habían cerrado.
Miguel Strogoff, dichoso por haberla encontrado al fin, se
acercó a ella.
La joven lo miró un instante y sus ojos brillaron por un momento
al volver a ver a su compañero de viaje. Se levantó instintivamente de su
asiento y, como un náufrago que se agarra a su única tabla de salvación, iba a
pedirle ayuda...
En aquel momento, el agente tocó la espalda de Miguel Strogoff.
El jefe de policía le espera dijo.
Bien respondió Miguel Strogoff.
Y, sin dirigir una sola palabra a la que tanto había estado
buscando, sin prevenirla con algún gesto que podría haberlos comprometido a los
dos, siguió al agente a través de los grupos compactos de gente.
La joven livoniana, viendo desaparecer al único que podía acudir
en su ayuda, se dejó caer nuevamente sobre el banco.
Aún no habían transcurrido tres minutos cuando reapareció Miguel
Strogoff acompañado por un agente. Llevaba en la mano su podaroshna que le
franqueaba las rutas de Siberia.
Se acercó entonces a la joven livoniana y, tendiéndole la mano,
le dijo:
Hermana...
¡Ella comprendió y se levantó, como si una súbita inspiración no
le hubiera permitido dudar!
Hermana prosiguió Miguel Strogoff tenemos autorización para
continuar nuestro viaje a Irkutsk. ¿Vienes conmigo?
Te sigo, hermano respondió la joven enlazando su mano con la de
Miguel Strogoff.
Y juntos abandonaron las oficinas de la policía.
7
DESCENDIENDO POR EL VOLGA
Poco antes del mediodía, la campana del vapor atraía al
embarcadero a una gran cantidad de gente, ya que allí acudieron los que partian
y los que hubieran querido partir. Las calderas del Cáucaso tenían la presión
suficiente. Su chimenea dejaba escapar una ligera columna de humo, mientras que
el extremo del tubo de escape y las tapaderas de las válvulas se coronaban de
vapor blanco.
No es necesario decir que la policía vigilaba la partida del
Cáucaso y se mostraba implacable con aquellos viajeros que no reunían las
condiciones exigidas para abandonar la ciudad.
Numerosos cosacos iban y venían por el muelle, prestos para
acudir en ayuda de los agentes, aunque no tuvieron necesidad de intervenir, ya
que las cosas se desarrollaron sin incidentes.
A la hora fijada sonó el último golpe de campana, se largaron
amarras, las poderosas ruedas del vapor golpearon el agua con sus palas
articuladas y el Cáucaso navegó entre las dos ciudades que constituyen Nijni
Novgorod.
Miguel Strogoff y la joven livoniana habían tomado pasaje en el
Cáucaso, embarcando sin ninguna dificultad. Ya se sabe que el podaroshna
librado a nombre de Nicolás Korpanoff autorizaba a este negociante a hacerse
acompañar durante su viaje a Siberia. Eran un hermano y una hermana los que
viajaban bajo la garantía de la policía imperial.
Ambos, sentados a popa, miraban alejarse la ciudad, tan agitada
por el decreto del gobernador.
Miguel Strogoff no había dicho ni una palabra a la joven y ella
tampoco le había preguntado nada. Él esperaba a que hablase ella si lo creía
conveniente. Ella tenía deseos de abandonar la ciudad en la que, sin la
intervención de su providencial protector, hubiera quedado prisionera. No decía
nada, pero su mirada reflejaba su agradecimiento.
El Volga, el Rha de los antiguos, está considerado como el río
más caudaloso de toda Europa y su curso no es inferior a las cuatro mil verstas
(4.300 kilómetros). Sus aguas, bastante insalubres en la parte superior, quedan
purificadas en Nijni Novgorod gracias a las del Oka, afluente que procede de
las provincias centrales de Rusia.
Se ha comparado justamente el conjunto de canales y ríos rusos a
un árbol gigantesco cuyas ramas se extienden por todas las partes del Imperio.
El Volga forma el tronco de este árbol, el cual tiene sus raíces en las setenta
desembocaduras que se extienden sobre el litoral del mar Caspio. Es navegable
desde Rief, ciudad del gobierno de Tver, es decir, a lo largo de la mayor parte
de su curso.
Los buques de la compañía que hacía el servicio entre Perm y
Nijni Novgorod recorren bastante rápidamente las trescientas cincuenta verstas
(373 kilómetros) que separan esta última ciudad de Kazan. Es cierto que estos
buques sólo tienen que descender la corriente del Volga, la cual aumenta en
unas dos millas por hora la velocidad propia del vapor. Pero cuando se llega a
la confluencia del Kama algo más abajo de Kazan, se ven obligados a remontar la
corriente de aquel afluente hasta la ciudad de Perm. Por ello, aunque las
máquinas del Cáucaso eran poderosas, su velocidad no llegaba más que a las
dieciséis verstas por hora y contando con una hora de parada en Kazan, el viaje
de Nijni Novgorod a Perm duraría alrededor de sesenta a sesenta y dos horas.
El buque de vapor estaba en buenas condiciones y los pasajeros,
según sus recursos, ocupaban tres clases diferentes de pasaje. Miguel Strogoff
había podido conseguir dos de primera clase para que la joven pudiera retirarse
a la suya y aislarse cuando quisiera
El Cáucaso iba atestado de pasajeros de todas las categorías.
Había entre ellos un cierto número de traficantes asiáticos que habían
considerado que lo más prudente era salir cuanto antes de Nijni Novgorod. En la
parte del buque reservada a primera clase iban armenios con sus largos
vestidos, tocados con una especie de mitra; judíos identificables por sus
bonetes cónicos; acomodados chinos con sus trajes tradicionales, largos y de
color azul, violeta o negro, abiertos por delante y por detrás y cubiertos por
una túnica de anchas mangas, cuyo corte es parecido al de las que usan los
popes; turcos portando todavía su turbante nacional; hindúes, con su bonete
cuadrado y un cordón en la cintura (algunos de los cuales se designaban con el
nombre de shikarpuris), que tenían en sus manos todo el tráfico de Asia
central; en fin, los tártaros, calzando botas adornadas con cintas multicolores
y el pecho lleno de bordados. Todos estos negociantes habían tenido que dejar
en la bodega y en el puente sus abultados bagajes, cuyo transporte les debía de
costar caro ya que, según el reglamento, cada persona no tenía derecho más que
a un peso de veinte libras.
En la proa del Cáucaso se agrupaban los pasajeros en mayor
número, no solamente extranjeros, sino también aquellos rusos a los que el
decreto no prohibía trasladarse a otras ciudades de la provincia.
Allí había mujiks, tocados con gorros o casquetes y portando
camisas a cuadros pequeños bajo sus bastas pellizas; campesinos del Volga, con
pantalón azul metido dentro de las botas, camisa de algodón de color rosa atada
por medio de un cordón y casquete chato o bonete de fieltro. Se veían también
mujeres vestidas con ropas de algodón floreado, con delantales de vivos colores
y pañuelos de seda roja sobre la cabeza. Éstos constituían principalmente el
pasaje de tercera clase a los que, por suerte para ellos, la perspectiva de un
largo viaje de retorno no preocupaba demasiado. Esta parte del puente estaba
muy concurrida y por eso los pasajeros de popa no se aventuraban demasiado a
transitar entre aquellos grupos tan heterogéneos que tenían señalado su sitio delante
de los tambores.
Entretanto, el Cáucaso desfilaba a toda máquina entre las
orillas del Volga, cruzándose con numerosos buques que los remolcadores
arrastraban remontando la corriente del Volga y que transportaban toda clase de
mercancías con destino a Nijni Novgorod. Pasaban trenes cargados de madera,
largos como esas interminables hileras de sargazos del Atlántico y chalanas
cargadas a tope con el agua llegándoles hasta la borda. Todos ellos hacían un
viaje inútil ya que la feria acababa de ser suspendida en sus comienzos.
Las orillas del Volga, salpicadas por la estela del buque,
coronábanse con numerosas bandadas de patos salvajes que huían lanzando gritos
ensordecedores. Un poco más lejos, sobre aquellas secas llanuras bordeadas de
alisos, sauces y tilos, se esparcían algunas vacas de color rojo oscuro,
rebaños de ovejas de lana parda y piaras de cerdos blancos y negros. Algunos
campos, sembrados de trigo y centeno, se extendían hasta los últimos planos de
ribazos a medio cultivar pero que, en suma, no ofrecían ninguna particularidad
digna de atención. En estos paisajes monótonos, el lápiz de un dibujante que
hubiera buscado algún motivo pintoresco, no habría encontrado nada digno de
reproducir.
Dos horas después de la partida del Cáucaso, la joven livoniana
se dirigió a Miguel Strogoff, diciéndole:
¿Tú vas a Irkutsk, hermano?
Sí, hermana respondió el joven . Llevamos la misma ruta y, por
tanto, por donde yo pase, pasaras tu.
Mañana, hermano, sabrás por qué he dejado las orillas del
Báltico para ir mas allá de los Urales.
No te pregunto nada, hermana.
Lo sabrás todo respondió la joven, cuyos labios esbozaron una
triste sonrisa . Una hermana no debe ocultar nada a su hermano. Pero hoy no
podría... La fatiga y la desesperación me tienen destrozada.
¿Quieres descansar en tu camarote? preguntó Miguel Strogoff.
Sí... sí... hasta mañana...
Ven, pues...
Dudaba en terminar la frase, como si hubiera querido acabarla
con el nombre de su compañera, el cual ignoraba todavía.
Nadia le dijo la muchacha tendiéndole la mano.
Ven, Nadia respondió Miguel Strogoff y dispón con entera
libertad de tu hermano Nicolás Korpanoff.
Y la condujo al camarote que había reservado para ella, situado
en el salón de popa.
Miguel Strogoff volvió al puente, ávido de noticias que pudieran
modificar su itinerario y se mezcló entre los grupos de pasajeros, escuchando
pero sin tomar parte en las conversaciones. Aparte de que si el azar quería que
alguien le preguntase y se viera en la obligación de responder, se
identificaría como el comerciante Nicolás Korpanoff, al que el Cáucaso llevaba
en viaje de vuelta a la frontera, porque no quería que nadie sospechase que
tenía un permiso especial para viajar por Siberia.
Los extranjeros que el vapor transportaba no podían,
evidentemente, hablar de los acontecimientos del día, del decreto y sus
consecuencias, porque aquellos pobres diablos, apenas recuperados de las
fatigas de un viaje a través de Asia central, no osaban exteriorizar de ninguna
manera su cólera y su desespero. Un miedo con mezcla de respeto los enmudecía.
Además, era probable que hubieran embarcado secretamente en el Cáucaso
inspectores de policía encargados de vigilar a los pasajeros y, por tanto, más
valía contener la lengua. La expulsión, después de todo, siempre era mejor que
el confinamiento en una fortaleza. Así pues, entre aquellos grupos, o se
guardaba silencio, o se hablaba con tanta prudencia que no se podía sacar de
ellos nada provechoso.
Pero si Miguel Strogoff no tenía nada que aprender en aquel
sitio ya que, como no lo conocían, hasta algunas bocas se cerraban al verle
pasar, sus oídos recibieron los ecos de una voz poco preocupada de ser o no ser
oída.
El hombre que tan alegremente se expresaba hablaba en ruso, pero
con acento extranjero, y su interlocutor le respondía en la misma lengua, pero
notándose claramente que tampoco era su propio idioma.
¿Cómo? decía el primero . ¿Usted, en este barco, mi querido
colega? ¿Usted, a quien vi en la fiesta imperial en Moscú y sólo entreví en
Nijni-Novgorod?
Yo mismo respondió secamente el segundo personaje.
Pues bien, francamente, no esperaba verme seguido por usted tan
pronto ni tan de cerca.
¡Yo no le sigo a usted, señor, le precedo!
¿Me precede? ¡Me precede! Digamos que marchamos paralelamente,
llevando el mismo paso, como soldados en una parada militar y que, si usted
quiere podemos convenir, provisionalmente al menos, que ninguno de los dos
adelantará al otro.
Todo lo contrario. Pasaré delante de usted.
Eso lo veremos allá, cuando estemos en el escenario de la
guerra; pero hasta entonces ¡qué diablos!, seamos amigos de ruta. Más tarde
tendremos muchas ocasiones de ser rivales.
Enemigos.
¡Sea, enemigos! ¡Tiene usted, querido colega, tal precisión al
hablar que me es particularmente agradable! ¡Con usted sabe, al menos, a qué
atenerse uno!
¿Hay algo de malo en ello?
Nada hay de malo. Pero a mi vez, le quiero pedir permiso para
precisar nuestra reciproca situacion.
Precise.
Usted va a Perm... como yo.
Como usted.
Y, probablemente, desde Perm se dirigirá a Fkaterinburgo, ya que
ésta es la mejor ruta y la más segura para franquear los montes Urales.
Probablemente.
Una vez traspasada la frontera, estaremos en Siberia, es decir,
en plena invasión.
Estaremos.
Pues bien, entonces y solamente entonces será el momento de
decir: «Cada uno para sí, y Dios para ... »
Dios para mí.
¡Dios sólo para usted! ¡Muy bien! Pero ya que tenemos a la vista
unos ocho días neutros y como no lloverán noticias durante el viaje, seamos
amigos hasta el momento de convertirnos en rivales.
Enemigos.
¡Sí! ¡Justamente, enemigos! Pero hasta entonces, pongámonos de
acuerdo y no nos devoremos mutuamente. Yo le prometo guardar para mí todo lo
que pueda ver...
Y yo todo lo que pueda oír.
¿Está dicho?
Dicho está.
Hela aquí.
Y la mano del primer interlocutor, es decir, cinco dedos
ampliamente abiertos, estrecharon vigorosamente los dos dedos que
flemáticamente le tendió el segundo.
A propósito dijo el primero , esta mañana he podido telegrafiar
a mi prima hasta el texto del decreto, después de las diez y diecisiete.
Y yo lo he mandado a mi Daily Telegraph después de las diez y
trece.
¡Bravo, señor Blount!
¡Muy bien, señor Jolivet!
Me tomaré la revancha.
Será difícil.
Lo intentaré, al menos.
Diciendo esto, el corresponsal francés saludó farniliarmente al
corresponsal inglés, el cual, inclinando la cabeza, le devolvió el saludo con
toda su ritual seriedad británica.
A estos dos cazadores de noticias, el decreto del gobernador no
les afectaba, ya que no eran ni rusos ni extranjeros de origen asiático. Si
habían dejado Nijni Novgorod, continuando adelante, era porque les impulsaba el
mismo instinto; de ahí que hubieran to-mado idéntico medio de locomoción y
siguieran la misma ruta hasta las estepas siberianas. Companeros de viaje,
amigos o enemigos, tenían por delante ocho días antes de que se «levantase la
veda» Y entonces, que ganara el más hábil. Alcide Jolivet había hecho los
primeros avances y, aunque a regañadientes, Harry Blount los había aceptado.
Sea como fuere, aquel día el francés, siempre abierto y algo locuaz, y el
inglés, siempre cerrado, comieron juntos en la misma mesa y bebieron un Cliquot
auténtico a seis rublos la botella, generosamente elaborado con la savia fresca
de los abedules de las cercanías.
Miguel Strogoff, al oír hablar de esta forma a Alcide Jolivet y
Harry Blount, pensó:
He aquí dos curiosos e indiscretos personajes a los que
probablemente volveré a encontrar por el camino. Me parece prudente mantenerlos
a distancia.
La joven livoniana no fue a comer. Dormía en su camarote y
Miguel Strogoff no quiso despertarla. Llegó la tarde y aún no había reaparecido
sobre el puente del Cáucaso.
El largo crepúsculo impregnó toda la atmósfera de un frescor que
los pasajeros buscaban ávidamente, después del agobiante calor del día. Con la
tarde bien avanzada, la mayor parte de los pasajeros aún no deseaban volver a
los salones o camarotes y tendidos en los bancos respiraban con delicia un poco
de la brisa que levantaba la velocidad del buque. El cielo, en esta época del
año y en estas latitudes, apenas se oscurecía entre la tarde y la mañana, y
dejaba al timonel la luz suficiente para orientar el barco entre las numerosas
embarcaciones que descendían o remontaban el Volga.
Sin embargo, como había luna nueva, entre las once y las dos de
la madrugada, oscureció un poco más y casi todos los pasajeros dormían
entonces, reinando un silencio roto únicamente por el ruido de las paletas que
golpeaban el agua a intervalos regulares.
Una cierta inquietud mantenía desvelado a Miguel Strogoff, el
cual iba y venía por la popa del vapor. Sin embargo, una de las veces llegó más
allá de la sala de máquinas, donde se encuentra la parte del barco reservada a
los pasajeros de segunda y tercera clase.
Allí dormían no solamente sobre los bancos, sino también sobre
los fardos, cajas y hasta sobre las planchas del puente. Los marineros de la
sala de máquinas eran los únicos que estaban despiertos y se mantenían de pie
sobre el puente de proa. Dos luces, una verde y otra roja, proyectadas por los
faroles de situación del buque, enviaban por babor y estribor algunos rayos
oblicuos sobre los flancos del vapor.
Era necesaria cierta atención para no pisar a los durmientes,
caprichosamente tendidos aquí y allá. Para la mayor parte de los mujiks,
habituados a acostarse sobre el duro suelo, las planchas del puente debían
serles más que suficientes, pero habrían acogido de mala manera a quien les
despertase con un puntapié o un pisotón.
Miguel Strogoff, pues, ponía toda su atención en no molestar a
nadie y, mientras iba hacia el otro extremo del buque, no tenía otra idea que
la de combatir el sueño con un paseo un poco más largo.
Había llegado ya a la parte anterior del puente y subía por la
escalerilla del puente de proa, cuando oyó voces cerca de él que le hicieron
detenerse. Las voces parecían venir de un grupo de pasajeros que estaban
envueltos en mantas y chales, por lo que era imposible reconocerlos en la
sombra, pero a veces ocurría que la chimenea del vapor, en medio de las volutas
de humo, se empenachaba de llamas rojizas cuyas chispas parecían correr entre
el grupo, como si millares de lentejuelas quedaran súbitamente alumbradas por
un rayo de luz.
Miguel Strogoff iba a continuar cuando distinguió más claramente
algunas palabras, pronunciadas en aquella extraña lengua que había oído la
noche anterior en el campo de la feria.
Instintivamente pensó escuchar, protegido por la sombra del
puente que le impedía ser descubierto. Pero era imposible que pudiera
distinguir a los pasajeros que sostenían la conversación. Por tanto, se dispuso
a aguzar el oído.
Las primeras palabras que captó no tenían ninguna importancia,
al menos para él, pero le permitieron reconocer precisamente las dos voces del
hombre y la mujer que había conocido en Nijni-Novgorod, por lo que multiplicó
su atención. No era de extrañar, en efecto, que estos gitanos a los que había
sorprendido en plena conversación, expulsados como todos sus congéneres,
viajaran a bordo del Cáucaso.
Fue un acierto el ponerse a escuchar, porque hasta sus oídos
llegaron claramente esta pregunta y esta respuesta, hechas en idioma tártaro:
Se dice que ha salido un correo de Moscú a Irkutsk.
Eso se dice, Sangarra, pero ese correo llegará demasiado tarde o
no llegará.
Miguel Strogoff tembló imperceptiblemente al oír esta respuesta
que le aludía tan directamente. Intentó asegurarse de si el hombre y la mujer
que acababan de hablar eran los que él suponía, pero las sombras eran entonces
demasiado espesas y no los pudo reconocer.
Algunos instantes después, Miguel Strogoff, sin ser descubierto,
volvió a popa y cogiéndose la cabeza entre las manos trató de reflexionar. Se
hubiera podido creer que estaba soñando.
Pero no dormía ni tenía intención de dormir. Reflexionaba sobre
esto con viva aprensión:
¿Quién sabe mi partida y quién tiene, por tanto, interés por
conocerla?
8
REMONTANDO EL KAMA
Al día siguiente, 18 de julio, a las seis y cuarenta de la
mañana, el Cáucaso llegaba al embarcadero de Kazan, separado siete verstas
(siete kilómetros y medio) de la ciudad.
Kazan, situada en la confluencia del Volga y del Kazanka, es una
importante capital del gobierno y del arzobispado griego, al mismo tiempo que
gran centro universitario.
La variada población de esta ciudad estaba compuesta por
cheremisos, mordvianos, chuvaches, volsalcos, vigulitches y tártaros, entre los
cuales estos últimos eran los que habían conservado más especialmente su
carácter asiático.
A pesar de que la ciudad estaba bastante alejada del
desembarcadero, una multitud se apretujaba sobre el muelle a la espera de
noticias. El gobernador de la provincia había publicado un decreto idéntico al
de su colega de Nijni Novgorod. Se veían tártaros vestidos con su caftán de
mangas cortas y tocados con sus tradicionales bonetes de largas borlas que
recuerdan las de Pierrot; otros, envueltos en una larga hopalanda y cubiertos
con un pequeño casquete, parecían judíos polacos y mujeres con el pecho cubierto
de baratijas, la cabeza coronada por diademas en forma de media luna, formaban
diversos grupos que discutían entre sí.
Oficiales de policía mezclados entre la multitud y algunos
cosacos con su lanza a punto guardaban el orden y se encargaban de hacer sitio
a los pasajeros que descendían y a los que embarcaban, no sin antes haber
examinado minuciosamente a ambas categorías de pasajeros, que estaban
compuestos, por una parte, por los asiáticos afectados por el decreto de
expulsión y, por la otra, mujiks que con sus familias se detenían en Kazan.
Miguel Strogoff miraba con aire indiferente ese ir y venir
propio de todos los embarcaderos a los que se aproxima cualquier vapor. El
Cáucaso haría escala en Kazan durante una hora, que era el tiempo necesario
para proveerse de combustible. La idea de desembarcar no pasó por su
imaginación, ya que no quería dejar sola a la joven livoniana, que aún no había
reaparecido sobre el puente.
Los dos periodistas se habían levantado con el alba, como
correspondía a todo diligente cazador, y bajaron a la orilla del río
mezclándose entre la multitud, cada uno por su lado. Miguel Strogoff vio, por
una parte a Harry Blount, con el bloc en la mano, dibujando algunos tipos y
tomando nota de algunas observaciones; por la otra, Alcide Jolivet se
contentaba con hablar, seguro de que su memoria no podía fallarle nunca.
Por toda la frontera oriental de Rusia había corrido el rumor de
que la sublevación y la invasión tomaban caracteres considerables. Las
comunicaciones entre Siberia y el Imperio eran ya extremadamente difíciles.
Esto fue lo que Miguel Strogoff, sin haberse movido del puente, oyó decir a los
nuevos pasajeros.
Estas noticias le causaban verdadera inquietud y excitaban el
imperioso deseo que tenía de estar más allá de los Urales para juzgar por sí
mismo la gravedad de la situación y tomar las medidas necesarias para hacer
frente a cualquier eventualidad. Iba ya a pedir más precisos detalles a
cualquiera de los indígenas de Kazan, cuando su mirada fue a fijarse de golpe
en otro punto.
Entre los viajeros que abandonaban el Cáucaso Miguel Strogoff
reconoció a la tribu de gitanos que la víspera se encontraba todavía en el
campo de la feria de Nijni Novgorod. Sobre el puente del vapor se encontraban
el viejo bohemio y la mujer que le había calificado de espía. Con ellos, y sin
duda bajo sus órdenes, desembarcaban también una veintena de bailarinas y
cantantes, de quince a veinte años, envueltas en unas malas mantas que cubrían
sus carnes llenas de lentejuelas.
Estas vestimentas, iluminadas entonces por los primeros rayos de
sol, le hicieron recordar aquel efecto singular que había observado durante la
noche. Era toda esta lentejuela bohemía lo que brillaba en la sombra, cuando la
chimenea del vapor vomitaba sus llamaradas.
«Evidentemente se dijo esta tribu de gitanos, después de
permanecer bajo el puente durante el día, han ido a agazaparse bajo el puente
durante la noche. ¿Pretendían pasar lo más desapercibidos posible? Esto no
entra, desde luego, entre las costumbres de su raza. »
Miguel Strogoff no dudó ya de que aquellas palabras que tan
directamente le aludieron habían partido de este grupo invisible, iluminado de
vez en cuando por las luces de a bordo, y que las habían cambiado el hombre y
la mujer, a la que él había dado el nombre mongol de Sangarra.
Con movimiento instintivo se acercó al portalón del vapor, en el
instante en que la tribu de bohemios iba a desembarcar para no volver.
Allí estaba el vicio bohemio, en una humilde actitud, poco en
consonancia con la desvergüenza natural en sus congéneres. Se hubiera dicho que
intentaba evitar hasta las miradas más que atraerlas. Su lamentable sombrero,
tostado por todos los soles del mundo, inclinábase profundamente sobre su
arrugado rostro. Su encorvada espalda se cubría con una vieja túnica en la que
se arrebujaba, pese al calor que hacía. Bajo aquel miserable atuendo hubiera
sido muy difícil apreciar su talla y su figura.
Cerca de él, la gitana Sangarra, exhibiendo una soberbia pose,
morena de piel, alta, bien formada, con magníficos ojos y cabellos dorados,
aparentaba tener unos treinta años.
Varias de las jóvenes bailarinas eran francamente bonitas y
tenían el aspecto característico de su raza netamente acusado. Las gitanas son
generalmente atrayentes y más de uno de esos grandes señores rusos, que se
dedican a rivalizar en extravagancias con los ingleses, no han dudado en
escoger esposa entre estas bohemías.
Una de las cantantes tarareaba una canción de ritmo extraño,
cuyos primeros versos podían traducirse asi:
El coral brilla sobre mi piel morena.
Y la aguja de oro en mi moño.
Voy a buscar fortuna
Al país de...
La alegre joven continuó su cancion, pero Miguel Strogoff ya no
pudo oír nada más.
Parecióle entonces que la gitana Sangarra lo miraba de una forma
especialmente insistente. Se hubiera dicho que quería grabar sus rasgos en la
memoria, de forma que ya no se le borraran.
«¡He aquí una gitana descarada! se dijo Miguel Strogoff . ¿Me
habrá reconocido como el hombre al que calificó de espía en Nijni Novgorod?
Estos condenados gitanos tienen ojos de gato. Ven claramente a través de la
oscuridad y bien podría saber ... »
Miguel Strogoff estuvo a punto de seguir a Sangarra y su tribu,
pero se contuvo.
«No pensó , nada de imprudencias. Si hago detener a ese viejo
decidor de buenaventuras y su banda, me expongo a revelar mi incógnito. Además,
ya han desembarcado y antes de que hayan traspasado la frontera yo ya estaré
lejos de los Urales. Bien pueden tomar la ruta de Kazan a Ichim, pero no ofrece
ninguna seguridad, aparte de que una tarenta tirada por buenos caballos siempre
adelantará al carro de unos bohemios. ¡Entonces, tranquilízate, amigo Korpanoff
! »
En aquel momento, además, Sangarra y el viejo gitano acababan de
desaparecer entre la multitud.
Si a Kazan se la llama justamente «la puerta de Asia» y esta
ciudad está considerada como el centro de todo el tránsito comercial con
Siberia y Bukhara es porque de allí parten las dos rutas que atraviesan los
montes Urales. Miguel Strogoff había elegido muy juiciosamente la que pasa por
Perm, Ekaterinburgo y Tiumen, que es la gran ruta de postas, mantenidas a costa
del Estado, y que se prolonga desde Ichim a Irkutsk.
Existía una segunda ruta la que Miguel Strogoff acababa de
aludir , que evita el pequeño rodeo por Perm, que unía igualmente Kazan con
Ichim, pasando Porjelabuga, Menzelinsk, Birsk, Zlatouste, en donde abandona
Europa, Chelabinsk, Chadrinsk y Kurgana. Puede que esta ruta fuera un poco mas
corta que la otra, pero su pequeña ventaja quedaba notablemente disminuida por
la ausencia de paradas de posta, el mal estado del terreno y la escasez de
pueblos. Miguel Strogoff pensaba con razón que no podía haber hecho mejor
elección y si, como parecía probable, los bohemios seguían esta segunda ruta de
Kazan a Ichim, tenía todas las probabilidades de llegarantes que ellos.
Una hora después, la campana anunciaba la salida del Cáucaso,
llamando a los nuevos pasajeros y avisando a los que ya viajaban en él. Eran
las siete de la mañana y el barco ya había concluido la carga de combustible;
las planchas de las calderas vibraban bajo la presión del vapor. El buque
estaba preparado para largar amarras y los viajeros que iban de Kazan a Perm
ocupaban ya sus respectivos lugares a bordo.
En aquel momento, Miguel Strogoff observó que de los dos
periodistas únicamente Harry Blount se encontraba a bordo.
¿Iba, pues, Alcide Jolivet a quedarse en tierra?
Pero en el instante mismo en que se soltaban las amarras,
apareció Alcide Jolivet a todo correr. El buque había comenzado la maniobra y
la pasarela estaba quitada y puesta sobre el muelle, pero el periodista francés
no se arredró y, sin dudarlo un instante, saltó con la ligereza de un clown,
yendo a parar sobre la cubierta del Cáucaso, casi en brazos de su colega.
Ya creí que el Cáucaso iba a partir sin usted le dijo éste,
mitad en serio, mitad en broma.
¡Bah! respondió Alcide Jolivet . Les hubiera alcanzado aunque
para ello tuviera que fletar un buque a expensas de mi prima, o correr de posta
en posta a veinte kopeks por versta y por caballo. ¿Qué quiere usted? El
telégrafo está lejos del muelle.
¿A ido usted a telégrafos? preguntó Harry Blount apretando los
labios.
Sí; he ido respondió Alcide Jolivet con su más amable sonrisa.
¿Y funciona todavía hasta Kolivan?
Esto lo ignoro, pero puedo asegurarle, por ejemplo, que funciona
de Kazan a París.
¿Ha mandado usted un telegrama... a su prima?
Con todo entusiasmo.
¿Es que ha sabido usted algo?
Escuche, padrecito, por hablar como los rusos respondió Alcide
Jolivet , soy un buen muchacho y no quiero ocultarle nada. Los tártaros, con
Féofar Khan a la cabeza, han traspasado Semipalatinsk y descienden por el curso
del Irtiche. ¡Aproveche la noticia!
¡Cómo! Una noticia tan grave y Harry Blount la desconocía. Sin
embargo, su rival, que la había captado probablemente de alguno de los
habitantes de Kazan, la había transmitido ya a París. ¡El periódico inglés
estaba atrasado de noticias! Harry Blount, cruzando sus manos en la espalda,
fue a sentarse a popa del buque, sin decir ni una sola palabra.
Hacia las diez de la mañana, la joven livoniana abandonó su
camarote para subir a cubierta.
Miguel Strogoff se dirigió hacia ella con la mano extendida.
Mira, hermana le dijo, después de haberla conducido hasta la
proa del barco.
Y, efectivamente, el lugar valía la pena ser contemplasdo con
atención.
En aquel momento, el Cáucaso llegaba a la confluencia del Volga
con el Kama y era allí donde abandonaban el gran río, después de descender su
curso durante más de cuatrocientas verstas, para remontar el importante
afluente a lo largo de un recorrido de cuatrocientas sesenta verstas (490
kilómetros).
En aquel lugar se mezclaban las aguas de las dos corrientes, que
tenían distinta tonalidad, y el Kama prestaba desde la orilla izquierda el
mismo servicio que el Oka desde la derecha cuando atravesaba Nijni-Novgorod,
desinfectándolo con sus limpias aguas.
Allí se ensanchaba ampliamente el Kama, y sus orillas, llenas de
bosques, eran realmente bellas. Algunas velas blancas animaban sus aguas,
impregnadas de rayos solares. Las costas, pobladas de alisos, de sauces y, a
trechos, de grandes encinas, cerraban el horizonte con una línea armoniosa, que
la resplandeciente luz del mediodía hacía confundir con el cielo en ciertos
puntos.
Pero las bellezas naturales no parecían distraer, ni por un
instante, los pensamientos de la joven livoniana. No tenía más que una
preocupación: finalizar el viaje; y el Kama no era más que un camino para
llegar a ese final. Sus ojos brillaban extraordinariamente mirando hacia el
este, como si con su mirada quisiera atravesar ese impenetrable horizonte.
Nadia había dejado su mano en la de su compañero, volviéndose de
repente hacia él, para decirle:
¿A qué distancia nos encontramos de Moscú?
A novecientas verstas le respondió Miguel Strogoff.
¡Novecientas sobre siete mil! murmuró la joven.
Unos toques de campana anunciaron a los pasajeros la hora del
desayuno. Nadia siguió a Miguel Strogoff al restaurante, pero no toco siquiera
los entremeses que les sirvieron aparte, consistentes en caviar, arenques
cortados a trocitos y aguardiente de centeno anisado, que servían para
estimular el apetito, siguiendo la costumbre de los países del norte, tanto en
Rusia como en Suecia y Noruega. Nadia comio poco, como una joven pobre cuyos
recursos son muy limitados y Miguel Strogoff creyó que debía contentarse con el
mismo menú que iba a comer su compañera, es decir, un poco de kulbat, especie
de pastel hecho con yemas de huevos, arroz y carne picada; lombarda rellena con
caviar y té por toda bebida.
La comida no fue, pues, ni larga ni cara y antes de veinte
minutos se habían levantado ambos de la mesa, volviendo juntos a la cubierta
del Cáucaso.
Se sentaron en la popa y Nadia, bajando la voz para no ser oída
más que por él, le dijo sin más preámbulos:
Hermano; me llamo Nadia Fedor y soy hija de un exiliado
político. Mi madre murió en Riga hace apenas un mes y voy a Irkutsk para unirme
a mi padre y compartir su exilio.
También yo voy a Irkutsk respondió Miguel Strogoff y consideraré
como un favor del cielo el dejar a Nadia Fedor, sana y salva, en manos de su
padre.
Gracias, hermano respondió Nadia.
Miguel Strogoff le explicó entonces que él había obtenido un
podaroshna especial para ir a Siberia y que por parte de las autoridades rusas,
nada dificultaría su marcha.
Nadia no le preguntó nada más. Ella no veía más que una cosa en
aquel encuentro providencial con el joven bueno y sencillo: el medio de llegar
junto a su padre.
Yo tenía le dijo ella un permiso que me autorizaba ir a Irkutsk;
pero el decreto del gobernador de Nijni Novgorod lo anuló y sin ti, hermano, no
hubiera podido dejar la ciudad en la que me encontraste y en la cual, con toda
seguridad, hubiera muerto.
¿Y sola, Nadia, sola te aventurabas a atravesar las estepas
siberianas?
Era mi deber, hermano.
¿Pero no sabes que el país está sublevado e invadido y queda
convertido casi en infranqueable?
Cuando dejé Riga no se tenían aún noticias de la invasión
tártara respondió la joven . Fue en Moscú donde me puse al corriente de los
acontecimientos.
¿Y, a pesar de ello, continuaste el viaje?
Era mi deber.
Esta frase resumía todo el valeroso carácter de la muchacha. Era
su deber y Nadia no vacilaba en cumplirlo.
Después le habló de su padre. Wassili Fedor era un médico muy
apreciado en Riga donde ejercía con éxito su profesión y vivía dichoso con los
suyos. Pero al ser descubierta su asociación a una sociedad secreta extranjera,
recibió orden de partir hacia Irkutsk y los mismos policías que le comunicaron
la orden de deportación, le condujeron sin demora más allá de la frontera.
Wassili Fedor no tuvo más que el tiempo necesario para abrazar a
su esposa, ya bastante enferma por entonces, y a su hija, que iba a quedar sin
apoyo, y partió, llorando por los dos seres que amaba.
Desde hacía dos años, vivía en la capital de la Siberia oriental
y allí, aunque casi sin provecho, había continuado ejerciendo su profesión de
médico. No obstante, hubiera sido todo lo dichoso que puede ser un exiliado, si
su esposa y su hija hubieran estado cerca de él. Pero la señora Fedor, ya muy
debilitada, no pudo abandonar Riga; veinte meses después de la marcha de su
marido, moría en brazos de su hija, a la que dejaba sola y casi sin recursos.
Nadia Fedor solicitó y obtuvo fácilmente la autorización del gobernador ruso
para reunirse con su padre en Irkustk y escribió al autor de sus días
comunicándole su par-tida. Apenas tenía con qué subsistir durante el viaje,
pero no dudó en emprenderlo. Ella haría lo que pudiera... y Dios haría el
resto.
Mientras tanto, el Cáucaso remontaba la corriente del río. Llegó
la noche y el aire se impregnó de un delicioso frescor. La chimenea del vapor
lanzaba millares de chispas de madera de pino y el murmullo de las aguas, rotas
por la quilla del barco, se mezclaba con los aullidos de los lobos que
infestaban las sombras de la orilla derecha del Kama.
9
EN TARENTA NOCHE Y DÍA
Al día siguiente, 19 de julio, el Cáucaso llegaba al
desembarcadero de Perm, última estación de su servicio por el Kama.
Este gobierno, cuya capital es Perm, es uno de los más vastos
del Imperio ruso, penetrando en Siberia después de atravesar los Urales.
Canteras de mármol, salinas, yacimientos de platino y de oro, minas de carbón,
se explotan en gran escala en su terri-torio. Aunque se espera que Perm, por su
situación, se convierta en una ciudad de primer orden, ahora es poco atrayente,
sucia y fangosa y ofrece pocos recursos. Para aquellos que van de Rusia a
Siberia, esta falta de confort les es indiferente, porque van provistos con
todo lo necesario; pero aquellos que llegan de los territorios de Asia central,
después de un largo y agotador viaje, agradecerían, sin duda, que la primera
ciudad europea del Imperio estuviese mejor aprovisionada.
Los viajeros que llegan a Perm venden sus vehículos, más o menos
deteriorados por la larga travesía a través de las planicies siberianas. Y es
allí también en donde los que van de Europa a Asia compran su coche si es
verano o sus trineos en invierno, antes de emprender un viaje de varios meses a
través de las estepas.
Miguel Strogoff había planeado ya su programa de viaje y sólo
tenía que ejecutarlo.
Existe un servicio de correos que franquea con bastante rapidez
la cordillera de los Urales, pero dadas las circunstancias, este servicio
estaba desorganizado. De todos modos, Miguel Strogoff, que quería hacer un
viaje rápido sin depender de nadie, no hu-biera tomado el correo y hubiese
comprado un coche, corriendo con él de posta en posta, activando por medio de
na vodku suplementarios el celo de los postillones que en el país eran llamados
yemschiks.
Desgraciadamente, a causa de las medidas tomadas contra los
extranjeros de origen asiático, un gran número de viajeros había abandonado ya
Perm y, por consiguiente, los medios de transporte eran extremadarnente
escasos. Miguel Strogoff no tuvo más remedio que contentarse con lo que los
demás habían desechado. En cuanto a conseguir caballos, el correo del Zar,
mientras no llegase a Siberia, podía tranquilamente exhibir su podaroshna y los
encargados de las postas le atenderían con preferencia; pero una vez fuera de
la Rusia europea, no podía contar más que con el poder de los rublos.
Pero ¿en qué clase de vehículo iba a enganchar los caballos? ¿A
una telega o a una tarenta?
La telega no es más que un auténtico carro descubierto, de
cuatro ruedas, en cuya confección no interviene ningún otro material más que la
madera. Ruedas, ejes, tornillos, caja y varas, eran de madera de los vecinos
bosques y para el ajuste de las diversas piezas de que se compone la telega se
emplean gruesas cuerdas. Nada más primitivo, ni más incómodo, pero también nada
más fácil de reparar si se produce algún accidente en ruta, ya que los abetos
son abundantes en la frontera rusa y los ejes pueden encontrarse ya cortados
prácticamente en cualquier bosque. Es con telegas como se hace el correo
extraordinario conocido con el nombre de perekladnoï, para las cuales cualquier
camino es bueno, aunque a veces ocurre que se rompen las ligaduras que unen las
distintas piezas y, mientras el tren trasero queda atascado en cualquier bache
de la carretera, el delantero continúa adelante sobre las otras dos ruedas.
Pero este resultado se considera poco satisfactorio.
Miguel Strogoff se hubiera visto obligado a viajar con una
telega, si no hubiese tenido la suerte de encontrar una tarenta.
Este vehículo no es que sea el último grito del progreso de la
industria carrocera; como a la telega, le faltan las ballestas; la madera, en
sustitución del hierro, no escasea; pero sus cuatro ruedas, separadas ocho o
nueve pies, le aseguran cierta estabilidad en aquellas carreteras llenas de
baches y a menudo desniveladas. Un guardabarro protege a los viajeros del lodo
del camino y una capota, que puede cerrarse hermeticamente, convierte el
vehículo en un agradable protector contra el riguroso calor y las borrascas
violentas del verano. La tarenta es, además, tan sólida y fácil de reparar como
la telega y no está tan expuesta a dejar su tren trasero en el camino.
A pesar de todo, para descubrir esta tarenta, Miguel Strogoff
tuvo que buscar minuciosamente, y era probable que en toda la ciudad no hubiera
otra, pero no por eso dejó de regatear el precio, por pura fórmula, para
mantenerse en su papel de Nicolás Korpanoff, simple comerciante de Irkutsk.
Nadia había seguido a su compañero en esta carrera a la búsqueda
de un vehículo porque, pese a que los fines de sus respectivos viajes eran
diferentes, ambos tenían los mismos deseos de llegar y, por tanto, de partir de
Perm. Se hubiera dicho que estaban animados por una misma voluntad.
Hermana dijo Miguel Strogoff , hubiera querido encontrar para ti
algún vehículo más confortable.
¡Y me dices esto a mí, hermano, que hubiera ido a pie si hubiese
sido necesario, para reunirme con mi padre!
No dudo de tu coraje, Nadia, pero hay fatigas físicas que una
mujer no puede soportar.
Las soportaré sean cuales fueren respondió la joven . Y si oyes
escaparse de mis labios una sola queja, déjame en el camino y sigue solo tu
viaje.
Media hora más tarde, tras la presentación de su podaroshna,
tres caballos de posta estaban enganchados a la tarenta. Estos animales,
cubiertos de pelo, parecían osos levantados sobre sus patas. Eran pequeños y
nerviosos, de pura raza siberiana.
El postillón los había enganchado colocando el más grande entre
dos largas varas que llevaban en su extremo anterior un cerco llamado duga,
cargado de penachos y campanillas, y los otros dos sujetos simplemente con
cuerdas a los estribos de la tarenta, sin arneses, y por toda rienda unos
bramantes.
Ni Miguel Strogoff ni la joven livoniana llevaban equipajes. Las
exigencias de rapidez en uno y los modestos recursos en la otra les impedían
cargarse de bultos. En estas condiciones esto era una gran ventaja, porque la
tarenta no hubiera podido con los equi-pajes o con los viajeros, porque no
estaba construida más que para llevar dos personas, sin contar el yemschik,
quien tendría que sostenerse en su asiento por un milagro de equilibrio.
El yemschik se relevaba en cada parada. El que les tenía que
conducir durante la primera etapa del viaje era siberiano, como sus caballos, y
no menos peludo que ellos, con cabellos largos cortados a escuadra sobre la
frente, sombrero de alas levantadas, cinturon rojo y capote con galones
cruzados sobre botones en los que tenía grabada la marca imperial.
Al llegar con sus atalaj es había lanzado una mirada inquisidora
sobre los viajeros de la tarenta. ¡Sin equipaje! «¿Dónde diablos lo habrían
puesto?», pensó, al ver su apariencia tan poco acomodada, haciendo un gesto muy
significativo.
¡Cuervos! dijo, sin preocuparse de ser oído o no . ¡Cuervos a
seis kopeks la versta!
¡No! ¡Águilas! respondió Miguel Strogoff, que comprendía
perfectamente el argot de los yemschiks ¡Águilas, comprendes, a nueve kopeks
por versta y la propina!
Les respondió un alegre restallído de látigo. El «cuervo», en el
argot de los postillones rusos es el viajero tacaño o indigente, que en las
paradas no paga los caballos más que a dos o tres kopeks por versta; el
«águila» es el viajero que no retrocede ante los precios elevados y que da
generosas propinas. Por eso el cuervo no podía tener la pretensión de volar tan
rápidamente como el ave imperial.
Nadia y Miguel Strogoff ocuparon inmediatamente sus sitios en la
tarenta, llevando un paquete con provisiones que ocupaba poco sitio y que les
permitiría, en caso de retraso, aguantar hasta su llegada a la casa de posta,
que, bajo la vigilancia del Estado, eran muy bien atendidas. Bajaron la capota
para preservarse del insoportable calor y, al mediodía, la tarenta, tirada por
sus tres caballos, abandonaba Perm en medio de una nube de polvo.
La manera de sostener el ritmo de las caballerías adoptada por
el postillón, hubiera llamado la atención de cualquier otro viajero que, sin
ser ruso o siberiano, no estuviera acostumbrado a esta forma de conducir.
Efectivamente, el caballo del centro, regulador de la marcha, un poco más
grande que los otros dos, sostenía imperturbablemente, cualesquiera que fuesen
las irregularidades del terreno, un trote largo y de una perfecta regularidad.
Los otros dos animales parecían no conocer otro tipo de marcha que el galope,
meneándose con mil fantasías muy divertidas. El yemschik no los castigaba,
únicamente los estimulaba con los restallídos de su látigo en el aire. ¡Pero
qué epítetos les prodigaba cuando se comportaban como bestias dóciles y
concienzudas! ¡Cuántos nombres de santos les aplicaba! El bramante que le
servía de guía no le hubiera sido de mucha utilidad con animales medio fogosos,
pero las palabras na pravo, a la derecha, y na levo, a la izquierda, dichas con
voz gutural, producían mejores efectos que la brida o el bridón.
¡Y qué amables interpelaciones surgían en tales ocasiones!
¡Caminad palomas mías! ¡Caminad, gentiles golondrinas! ¡Volad,
mis pequeños pichones! ¡Ánimo, mi primito de la izquierda! ¡Empuja, mi
padrecito de la derecha!
Pero cuando el ritmo de la marcha descendía, ¡qué expresiones
insultantes les dirigia y que parecían ser comprendidas por los susceptibles
animales!
¡Camina, caracol del diablo! ¡Maldita seas, babosa! ¡Te
despellejaré viva, tortuga, y te condenarás en el otro mundo!
Sea como fuere, con esta manera de conducir, que exigla más
solidez de garganta que vigor en los brazos del yemschik, la tarenta volaba
sobre la carretera y devoraba de doce a catorce verstas por hora.
A Miguel Strogoff, habituado a esta clase de vehículos y a esta
forma de conducir, no le molestaban ni los sobresaltos ni los vaivenes. Sabía
que un vehículo ruso no evita los guijarros, ni los hoyos, ni los baches, ni
los árboles derribados sobre la carretera, ni las zanjas del camino. Estaba
hecho a todo esto. Pero su compañera corría el peligro de lastimarse con los
golpes de la tarenta, pero no se quejaba.
Durante los primeros instantes del viaje, Nadia, llevada así a
toda velocidad, permanecia callada. Después, obsesionada siempre con el mismo
pensamiento, dijo:
He calculado que debe de haber una distancia de trescientas
verstas entre Perm y Ekaterinburgo, hermano. ¿Me equivoco?
Estás en lo cierto, Nadia respondió Miguel Strogoff y cuando
hayamos llegado a Ekaterinburgo nos encontraremos al pie mismo de los Urales en
su vertiente opuesta.
¿Cuánto durará la travesía de las montañas?
Cuarenta y ocho horas, ya que viajaremos noche y día. Y digo
noche y día, Nadia, porque no puedo pararme ni un solo instante y es preciso
que marche a Irkutsk sin descanso.
Yo no te retrasaré ni una hora, hermano. Viajaremos noche y día.
Bien, Nadia. Entonces, si la invasión tártara nos deja libre el
paso, antes de veinte días habremos llegado.
¿Tú has realizado ya antes este viaje? preguntó Nadia.
Varias veces.
En invierno hubiéramos llegado con más rapidez y con mayor
seguridad. ¿No es así?
Sí, sobre todo, con mucha más rapidez. Pero habrías sufrido
mucho con el frío y la nieve.
¡Qué importa! El invierno es el amigo de los rusos.
Sí, Nadia, pero hace falta un temperamento a toda prueba para
resistir tal y tanta amistad. Yo he visto muchas veces, en las estepas
siberianas, llegar la temperatura a más de cuarenta grados bajo cero. He
sentido, pese a mi vestido de piel de reno, que se me helaba el corazón, mis
brazos se retorcían, mis pies se helaban bajo mis triples calcetines de lana.
He visto los caballos de mi trineo cubiertos por un caparazón de hielo y
fijárseles el vaho de su respiración en las narices. He visto el aguardiente de
mi cantimplora convertido en una piedra tan dura que mi cuchillo no podía
cortar... Pero mi trineo volaba como un huracán; no había obstáculos en la
llanura nivelada y blanca en todo lo que podía abarcar la vista. Ningún curso
de agua en el que tuviera que buscar un vado. Ningún lago que hubiera que
atravesar en barca. Por todas partes hielo duro, camino libre y paso asegurado.
¡Pero a costa de cuántos sufrimientos, Nadia! ¡Sólo podrían decirlo aquellos
que no han vuelto y cuyos cadáveres están cubiertos por la nieve!
Sin embargo, tú has vuelto, hermano dijo Nadia.
Sí, pero yo soy siberiano y desde niño, cuando acompañaba a mi
padre en sus cacerías, me acostumbré a estas duras pruebas. Pero tú, Nadia,
cuando me has dicho que el invierno no te habría detenido, que irías sola,
dispuesta a luchar contra las terribles inclemencias del clima siberiano, me ha
parecido verte perdida en la nieve y caída para no levantarte más.
¿Cuántas veces has atravesado la estepa durante el invierno?
Tres veces, Nadia, cuando iba a Omsk.
¿Y qué ibas a hacer en Omsk?
Ver a mi madre, que me esperaba.
¡Y yo voy a Irkutsk, en donde me espera mi padre! Voy a llevarle
las últimas palabras de mi madre, lo cual quiere decir, hermano, que nada me
hubiera impedido partir.
Eres una muchacha muy valiente, Nadia le respondió Miguel
Strogoff , y el mismo Dios te hubiera guiado.
Durante esta jornada la tarenta fue conducida con rapidez por
los yemschiks que se iban relevando en cada posta. Las águilas de las montañas
no hubieran encontrado su nombre deshonrado por estas «águilas» de las
carreteras. El alto precio pagado por cada caballo y la largueza de las
propinas recomendaban especialmente a los viajeros. Es probable que los
encargados de las postas encontrasen extraño que, después de la publicación de
los decretos, un joven y su hermana, evidentemente rusos los dos, pudieran correr
libremente a través de Siberia, cerrada a todos los demás, pero cuyos papeles
estaban en regla y, por tanto, tenían derecho a pasar. Así pues, los mojones
iban quedando rápidamente tras de la tarenta.
Miguel Strogoff y Nadia no eran los unicos que seguían la ruta
de Perm a Ekaterinburgo, ya que desde las primeras paradas, el correo del Zar
había observado que un coche les precedía; pero como los caballos no les
faltaban, no se preocupó demasiado.
Durante aquella jornada, las pocas paradas que hizo la tarenta
se realizaron únicamente para que los viajeros comieran. En las paradas de
posta se encuentra alojamiento y comida, pero, además, cuando faltan las
paradas, las casas de los campesinos rusos ofrecen siempre hospitalidad. En
esas aldeas, casi todas iguales, con su capilla de paredes blancas y techumbre
verde, el viajero puede llamar a cualquier puerta y todas le serán abiertas.
Aparecerá el mujik sonriente, y tenderá la mano a su huésped; le ofrecerá el
pan y la sal y pondrá el somovar al fuego; el viajero se encontrará como en su
casa. Si es necesario, el resto de la familia se mudará de casa para hacerle
sitio. Cuando llega un extranjero, es pariente de todos, porque es «aquel que
Dios envía».
Al llegar la noche, Miguel Strogoff, guiado por un cierto
instinto, preguntó al encargado de la posta cuántas horas de ventaja les
llevaba el vehículo que les precedía.
Dos horas, padrecito respondió el encargado.
¿Es una berlina?
No, una telega.
¿Cuántos viajeros?
Dos.
¿Van a buena marcha?
¡Como águilas!
¡Que enganchen enseguida!
Miguel Strogoff y Nadia, decididos a no detenerse ni un momento,
viajaron toda la noche.
El tiempo continuaba apacible, pero se notaba que la atmósfera
iba volviéndose pesada y cargándose de electricidad. Ninguna nube interceptaba
la luz de las estrellas, pero parecía que una especie de bochorno empezaba a
levantarse del suelo. Era de temer que alguna tempestad se desencadenase en las
montañas, y allí son terribles. Miguel Strogoff, habituado a reconocer los
síntomas atmosféricos, presentía una próxima lucha de los elementos que le
tenía preocupado.
La noche transcurrió sin incidentes y pese a los saltos que daba
la tarenta, Nadia pudo dormir durante algunas horas. La capota, a medio
levantar, permitía respirar un poco de aire que los pulmones buscaban
ávidamente en aquella atmósfera asfixiante.
Miguel Strogoff veló toda la noche, desconfiando de los
yemschiks que se dormían muy a menudo sobre sus asientos, y ni una hora se
perdió entre las paradas y la carretera.
Al día siguiente, 20 de julio, hacia las ocho de la mañana, los
primeros perfiles de los montes Urales se dibujaron hacia el este.
Sin embargo, esta importante cordillera que separa la Rusia
europea de Siberia se encontraba todavía a una distancia bastante considerable
y no podían contar con llegar allí antes del fin de la jornada. El paso de las
montañas deberían hacerlo, necesariamente, durante la noche.
El cielo estuvo cubierto durante todo el día y la temperatura
fue, por consiguiente, bastante más soportable, pero el tiempo se presentaba
extremadamente borrascoso.
En aquellas condiciones hubiera sido quizá más prudente no
aventurarse por las montañas durante la noche, y es lo que hubiera hecho Miguel
Strogoff de haber podido detenerse; pero cuando en la última parada el yemschik
le hizo observar los truenos que resonaban en el macizo montañoso, se limitó a
decirle:
Una telega nos precede siempre, ¿verdad?
Sí.
¿Qué ventaja lleva ahora sobre nosotros?
Alrededor de una hora.
Adelante, pues, y habrá triple propina si llegamos a
Ekaterinburgo mañana por la mañana.
10
UNA TEMPESTAD EN LOS MONTES URALES
Los montes Urales se extienden sobre una longitud de más de tres
mil verstas (3.200 kilómetros), entre Europa y Asia. Tanto la denominación de
Urales, que es de origen tártaro, como la de Poyas, que es su nombre en ruso,
ambas son correctas ya que estas dos palabras significan «cintura» en las
lenguas respectivas. Naciendo en el litoral del mar Ártico, van a morir sobre
las orillas del Caspio.
Tal era la frontera que Miguel Strogoff debía franquear para
pasar de Rusia a Siberia y, como se ha dicho, tomando la ruta que va de Perm a
Ekaterinburgo, situada en la vertiente oriental de los Urales, había elegido la
más adecuada, por ser la más fácil y segura y la que se emplea para el tránsito
de todo el comercio con el Asia central.
Era suficiente toda una noche para atravesar las montañas, si no
sobrevenía ningún accidente. Desgraciadamente, los primeros fragores de los
truenos anunciaban una tormenta que el estado de la atmósfera daba a entender
que sería temible. La tensión eléc-trica era tal que no podía resolverse mas
que por un estallído violento de los elementos.
Miguel Strogoff procuró que su compañera se instalase lo mejor
posible, por lo que la capota, que podría ser arrancada fácilmente por una
borrasca, fue asegurada más sólidamente por medio de cuerdas que se cruzaban
por encima y por detrás. Se reforzaron los tirantes de los caballos y, para
mayor precaución, el cubo de las ruedas se rellenó de paja, tanto para asegurar
su solidez como para reducir los choques, difíciles de evitar en una noche
oscura. Los ejes de los dos trenes, que iban simplemente sujetos a la caja de
la tarenta por medio de clavijas, fueron empalmados por medio de un travesaño
de madera que aseguraron con pernos y tornillos. Este travesaño hacía el papel
de la barra curva que sujeta los dos ejes de las berlinas suspendidas sobre
cuellos de cisne.
Nadia ocupó su sitio en el fondo de la caja y Miguel Strogoff se
sentó cerca de ella. Delante de la capota, completamente abatida, colgaban dos
cortinas de cuero que, en cierta medida, debían proteger a los viajeros contra
la lluvia y el viento. Dos grandes fa-roles lucían fijados en el lado izquierdo
del asiento del yemschik, y lanzaban oblicuamente unos débiles haces de luz muy
poco apropiados para iluminar la ruta. Pero eran las luces de posición del
vehículo, y si no disipaban la oscuridad, al menos podían impedir el ser
abordados por cualquier otro carruaje que circulara en dirección contraria.
Como se ve, habían tornado todas las precauciones, pues
cualquiera que fuese, toda medida de seguridad era poca ante aquella noche tan
amenazadora.
Nadia, ya estamos preparados dijo Miguel Strogoff.
Partamos, pues respondió la joven.
Se dio la orden al yemschik y la tarenta se puso en movimiento,
remontando las primeras pendientes de los Urales. Eran las ocho de la tarde y
el sol iba a ocultarse. Pese a que el crepúsculo se prolonga mucho en esas
latitudes, había ya mucha oscuridad. Enormes masas de nubes parecían envolver
la bóveda celeste, pero ningún viento las desplazaba. Sin embargo, aunque
parecían inmóviles desde un extremo al otro del horizonte, no ocurría lo mismo
respecto al cénit y nadir, pues la distancia que las separaba del suelo iba
disminuyendo visiblemente. Algunas de sus bandas resplandecían con una especie
de luz fosforescente, describiendo aparentes arcos de sesenta a ochenta grados,
cuyas zonas parecían aproximarse poco a poco al suelo, como una red que
quisiera cubrir las montañas. Parecía como si un huracán más fuerte las lanzase
desde lo alto hacia abajo.
La ruta ascendía hacia aquellas grandes nubes, muy densas, y que
estaban ya llegando a su grado máximo de condensación. Dentro de poco, ruta y nubes
se confundirían y si entonces no se resolvían en lluvia, la niebla sería tan
densa que la tarenta no podría avanzar sin riesgo de caer en algún precipicio.
Sin embargo, la cadena de los Urales no tiene una altitud media
muy notable, ya que su pico más alto no sobrepasa los cinco mil pies. Las
nieves eternas son inexistentes, ya que las que el invierno siberiano deposita
en sus cimas se funden totalmente durante el sol del verano. Las plantas y los
árboles llegan a todas partes de la cordillera. La explotación de las minas de
hierro y cobre y los yacimientos de piedras preciosas necesitan la intervención
de un número considerable de obreros, por lo que se encuentran frecuentemente
poblaciones llamadas zavody, y el camino, abierto a través de los grandes
desfiladeros, es bastante practicable para los carruajes de posta. Pero lo que
es fácil durante el buen tiempo y a pleno sol, ofrece dificultades y peligros
cuando los elementos luchan violentamente entre sí y el viajero se ve envuelto
en la lucha. Miguel Strogoff sabía, por haberlo ya comprobado, qué era una
tormenta en plena montaña, y con razón consideraba que es tan temible como las
ventiscas que durante el invierno se desencadenan con incomparable violencia.
Como no llovía aún, Miguel Strogoff había levantado las cortinas
que protegían el interior de la tarenta y miraba ante él, observando los lados
de la carretera, que la luz vacilante de los faroles poblaba de fantásticas
siluetas. Nadia, inmóvil, con los brazos cruzados, miraba también, pero sin
inclinarse, mientras que su compañero, con medio cuerpo fuera de la caja,
interrogaba a la vez al cielo y a la tierra.
La atmósfera estaba absolutamente tranquila, pero con una calma
amenazante. Ni una partícula de aire permitía alentar. Se hubiera dicho que la
naturaleza, medio sofocada, había dejado de respirar, y que sus pulmones, es
decir esas nubes lúgubres y densas, atrofiados por alguna causa, no iban a
funcionar más. El silencio hubiera sido absoluto de no ser por los chirridos de
las ruedas de la tarenta, que aplastaban la grava del camino; el gemido de los
cubos y ejes del vehículo; la respiración fatigada de los caballos, a los que
faltaba el aliento, y el chasquido de sus herraduras sobre los guijarros, a los
que sacaban chispas en cada golpe. El camino estaba absolutamente desierto. La
tarenta no se había cruzado con ningún peatón, caballísta ni vehículo en aquellos
estrechos desfiladeros de los Urales, a causa de esta noche tan amenazante. Ni
un fuego de carbonero en los bosques, ni un campamento de mineros en las
canteras en explotación, ni una cabaña perdida entre la espesura. Era preciso
tener razones poderosas que no permiten vacilación ni retraso, para atreverse a
emprender la travesía de la cordillera en esas condiciones. Pero Miguel
Strogoff no había dudado. No le estaba permitido vacilar porque empezaba a
preocuparle seriamente quiénes serían los viajeros que ocupaban la telega que
les precedía y qué grandes razones podían tener para comportarse tan
imprudentemente.
Miguel Strogoff quedó a la expectativa durante algún tiempo.
Hacia las once, los relámpagos comenzaron a iluminar el cielo y ya no cesaron
de hacerlo. A la luz de los rápidos resplandores se veían aparecer y
desaparecer las siluetas de los pinos, que se agrupaban en diversos puntos de
la ruta. Cuando la tarenta bordeaba el camino, profundas gargantas podían
percibirse a uno y otro lado, iluminadas por la luz de las descargas
eléctricas. De vez en cuando, un deslizamiento más grave de la tarenta indicaba
que estaban atravesando un puente construido con maderos apenas encuadrados,
tendido sobre algún barranco, en cuyo fondo parecía retumbar el trueno. Además,
el espacio no tardó en llenarse de monótonos zumbidos que se volvían más graves
a medida que subían cada vez más hacia las alturas. A estos ruidos diversos se
mezclaban los gritos y las inter-jecciones del yemschzk, tan pronto alabando
como insultando a las pobres bestias, más fatigadas por la pesadez del aire que
por la pendiente del camino. Las campanillas de las varas no podían animarles
ya mas y por momentos se les doblaban las patas.
¿A qué hora llegaremos a la cima? Preguntó Miguel Strogoff al
yemschik.
A la una de la madrugada... ¡si llegamos! respondió éste
moviendo la cabeza.
Dime, amigo, no es ésta tu primera tormenta en la montaña,
¿verdad?
No, ¡y quiera Dios que no sea la última!
¿Tienes miedo?
No tengo miedo, pero te repito que has cometido un error al
querer partir.
Mayor error hubiera cometido de haberme quedado.
¡Vamos, pues, pichones míos! replicó el yemschik, como hombre
que no estaba allí para discutir, sino para obedecer.
En aquel momento se dejó oír un estruendo lejano, como si un
millar de silbidos agudos y ensordecedores atravesaran la atmósfera calmada
hasta aquel momento. A la luz de un relámpago deslumbrador, al que siguió el
estallído de un terrible trueno, Miguel Strogoff vio grandes pinos que se
torcian en una cima. El viento empezaba a desatarse, pero no agitaba todavía
más que las altas capas de la atmósfera. Algunos ruidos secos indicaban que
ciertos árboles, viejos o mal enralzados, no habían podido resistir los
primeros ataques de la borrasca. Un alud de troncos arrancados atravesó la
carretera, rebotando formida-blemente en las rocas y perdiéndose en las
profundidades del abismo de la izquierda, unos doscientos pasos delante de la
tarenta.
Los caballos se detuvieron momentáneamente.
¡Adelante, mis hermosas palomas! gritó el yemschik, mezclando
los estallídos de su látigo con los ruidos de la tormenta.
Miguel Strogoff tomó la mano de Nadia y le preguntó:
¿Duermes, hermana?
No, hermano.
¡Estate dispuesta a todo. He aquí la tormenta!
Estoy dispuesta.
Miguel Strogoff no tuvo más que el tiempo justo para cerrar las
cortinas de cuero de la tarenta. La tormenta llegaba como una furia.
El yemschik, saltando de su asiento, se lanzó a la cabeza de los
caballos para mantenerlos firmes, porque un inmenso peligro amenazaba todo el
atelaje.
En efecto, la tarenta, inmóvil, se encontraba en una curva del
camino por la que desembocaba la borrasca y era preciso mantenerla de cara al
huracán para que no volcase y cayera al precipicio que franqueaba la izquierda
de la carretera. Los caballos, rechazados por las ráfagas del viento, se
encabritaban, sin que el conductor pudiera calmarlos. A las interpelaciones
amigables les sucedían las calificaciones insultantes. Nada se conseguía. Las
desgraciadas bestias, cegadas por las descargas eléctricas y espantadas por el
estallído incesante de los rayos, comparable a las detonaciones de la
artillería, amenazaban con romper las cuerdas y escapar. El yemschik no era ya
dueño de la situación.
En aquel momento, Miguel Strogoff se lanzó de un salto fuera de
la tarenta, acudiendo en su ayuda. Dotado de una fuerza poco comun, se hizo con
el gobierno de los caballos, no sin un gran esfuerzo.
Pero el huracán redoblaba entonces su furia. La ruta, en aquel
lugar, se ensanchaba en forma de embudo y hacía que la borrasca se arremolinara
con mayor violencia, como hubiera penetrado en las mangas de ventilación de los
barcos. Al mismo tiempo, un alud de piedras y troncos de árboles comenzaba a
rodar desde lo alto de los taludes.
¡No podemos quedarnos aquí! dijo Miguel Strogoff.
¡No nos quedaremos por mucho tiempo! gritó el yemschik,
asustado, recurriendo a todas sus fuerzas para compensar la violencia del
viento .¡El huracán nos enviará pronto a la falda de la montaña por el camino
más corto!
¡Sujeta el caballo de la derecha, cobarde! respondió Miguel
Strogoff . ¡Yo respondo del de la izquierda!
Un nuevo asalto de la borrasca le interrumpió y él y el
conductor tuvieron que arrojarse al suelo para no ser arrastrados, pero el
vehículo, pese a sus esfuerzos y los de los caballos que se mantenían cara al
viento, retrocedió vanas varas y, sin duda, se hubiera precipitado fuera del
camino de no ser por un tronco que lo frenó.
¡No tengas miedo, Nadia! le gritó Miguel Strogoff.
No tengo miedo respondió la muchacha, sin que su voz reflejase
la menor emoción.
Las ráfagas de la tormenta habían cesado un instante y el fragor
de los truenos, después de haber franqueado aquel recodo, se perdía en las
profundidades del desfiladero.
¿Quieres volver atrás? preguntó el yemschik.
¡No; es preciso continuar la subida! ¡Hay que atravesar este
recodo! ¡Más arriba tendremos el abrigo del talud!
¡Pero los caballos se niegan a continuar!
¡Haz como yo y empújales hacia delante!
¡Va a volver la borrasca!
¿Vas a obedecer?
¡Tú lo quieres!
¡Es el Padre quien lo ordena! respondio Miguel Strogoff, quien
invocó por primera vez el nombre del Emperador, ese nombre todopoderoso en tres
partes del mundo.
¡Vamos, pues, mis golondrinas! gritó el yemschik, sujetando el
caballo de la derecha, mientras Miguel Strogoff hacía otro tanto con el de la
izquierda.
Los caballos, así sujetos, reemprendieron penosamente la marcha.
No podían inclinarse hacia los costados, y el caballo de varas, no estando
empujado por los flancos, podía conservar el centro del camino; pero hombres y
bestias, bajo la fuerza de las ráfagas de aire, no podían dar tres pasos
adelante sin retroceder uno o dos. Resbalaban, caían, se levantaban. De este
modo, el vehículo estaba en continuo peligro de volcar. Y si la capota no
hubiera estado tan sólidamente sujeta, la tarenta se hubiera desrnantelado al
primer golpe.
Miguel Strogoff y el yemschik emplearon más de dos horas en
lograr remontar aquella parte del camino, que tendría media versta de largo
como máximo, y que estaba tan directamente expuesta a la furia de la borrasca.
El peligro entonces no estaba solamente en el formidable huracán que luchaba
contra e atelaje y sus dos conductores, sino que, sobre todo estaba en los
aludes de piedras y troncos derribados que la montaña despedía y arrojaba sobre
ellos. De pronto, bajo el resplandor de un relámpago, se percibió uno de esos
bloques de granito, moviéndose con creciente rapidez y rodando en la dirección
de la tarenta.
El yemschik lanzó un grito.
Miguel Strogoff, con un vigoroso golpe de látigo, quiso hacer
avanzar a los caballos, pero éstos no respondieron. ¡Unos pasos solamente y el
alud pasaría por detrás del vehículo!
Miguel Strogoff, en una fracción de segundo, vio la tarenta
deshecha y a su compañera aplastada. Comprendió que no tenía tiempo de
arrancarla del vehículo! Entonces, arrojándose a la parte trasera, colocó la
espalda bajo el eje y afirmó los pies en el suelo y en aquel instante de
inmenso Peligro encontró fuerzas sobrehumanas para hacer avanzar algunos pies
el pesado coche.
La enorme piedra, al pasar, rozó el pecho del joven cortándole
la respiración, como si hubiera sido una bala de cañón, y machacó las piedras
de la carretera, arrancándoles chispas con el bloque.
¡Hermano! gritó Nadia, espantada, al ver la escena a la luz de
los relámpagos.
¡Nadia! respondió Miguel Strogoff . ¡Nadia, no temas nada ... !
¡No es por mí por quien podría temer!
¡Dios está con nosotros, hermana!
¡Conmigo, hermano, bien seguro, porque te ha puesto en mi
camino! susurró la joven.
El avance de la tarenta, debido al esfuerzo de Miguel Strogoff,
no debía desaprovecharse. Fue este descanso dado a los caballos lo que permitió
que éstos reemprendieran de nuevo la dirección. Arrastrados, por así decirlo,
por los dos hombres, remontaron la ruta hasta una estrecha garganta, orientada
de norte a sur, en donde quedaba al abrigo de los asaltos directos de la
tormenta. El talud de la derecha hacía una especie de codo, debido al saliente
de una enorme roca que ocupaba el centro de un ventisquero. El viento, pues, no
formaba remolinos, y el sitio era sostenible, mientras que en la circunferencia
de aquel centro, ni hombres ni bestias hubieran podido resistir. Y, en efecto,
algunos abetos cuya extremidad superior sobrepasaba la altura de la roca, fueron
arrancados en un abrir y cerrar de ojos, como si una gigantesca guadaña hubiera
nivelado el talud a ras de las ramas. La tormenta estaba entonces en toda su
furia. Los relámpagos iluminaban el desfiladero y los estallídos de los truenos
eran continuos. El suelo, estremecido por aquellos golpes de borrasca, parecía
temblar, como si el macizo de los Urales estuviera sometido a una trepidación
general.
Afortunadamente, la tarenta había quedado protegida en una
profunda sinuosidad que la borrasca no podía atacar directamente. Pero no
estaba tan bien defendida como para que algunas contracorrientes oblicuas,
desviadas por algunos salientes del talud, no la empujaran con violencia,
haciéndola golpearse contra la pared rocosa, con peligro de quebrarse en mil
pedazos.
Nadia tuvo que abandonar el sitio que ocupaba y Miguel Strogoff,
después de buscar a la luz de uno de los faroles, descubrió una excavación,
debida al pico de algún minero, en donde pudo refugiarse la joven en espera de
poder reemprender el viaje.
En ese momento era la una de la madrugada , comenzó a caer la
lluvia, y las ráfagas, hechas de agua y viento, adquirieron una violencia
extrema, que no apagaron, sin embargo, los fuegos del cielo. Esta complicación
hacía imposible continuar la marcha.
Cualquiera que fuese, pues, la impaciencia de Miguel Strogoff, y
era muy grande, no tuvo más remedio que dejar transcurrir lo más duro de la
tormenta. Habían llegado ya a la garganta misma que franquea la ruta de Perm a
Ekaterinburgo; no había otra cosa que hacer más que descender; pero descender
las estribaciones de los Urales, en aquellas con-diciones, sobre un suelo
cruzado por mil torrentes bajando de la montaña, en medio de los torbellinos de
aire y agua, era sencillamente jugarse la vida y precipitarse al abismo.
Esperar es grave dijo Miguel Strogoff pero significa, sin duda,
evitar más largos retrasos. La violencia de la tormenta me hace pensar que no
durará ya mucho. Hacia las tres comenzará a clarear el día y la bajada, que no
podemos arriesgarnos a hacer en la oscuridad, será, si no fácil, al menos
posible después de la salida del sol.
Esperemos, hermano respondió Nadia ; pero si retrasas la partida
que no sea por evitar una fatiga o un peligro.
Nadia, ya sé que estás decidida a todo, pero al comprometernos
ambos, yo arriesgo algo más que mi vida y la tuya; faltaría a la misión, al
deber que tengo que cumplir antes que nada.
¡Un deber ... ! murmuró Nadia.
En aquel momento un violento relámpago desgarró el cielo y
pareció, por decirlo así, que la lluvia se volatilizaba; se oyó un golpe seco;
el aire se impregnó de un olor sulfuroso, casi asfixiante, y un grupo de
grandes pinos, alcanzados por la descarga eléctrica, se inflamaban como una
antorcha gigantesca a veinte pasos de la tarenta.
El yemschik, arrojado al suelo por una especie de choque en
retroceso, se levantó afortunadamente sin heridas.
Después, cuando los primeros estampidos del trueno se fueron
perdiendo en las profundidades de la montaña, Miguel Strogoff sintió la mano de
Nadia apretar fuertemente la suya y oyo que murmuraba estas palabras en su
oído:
¡Gritos, hermano! ¡Escucha!
11
VIAJEROS EN APUROS
Efectivamente, durante aquel breve intervalo de calma, oyéronse
gritos hacia la parte superior del camino y a una distancia bastante próxima de
la sinuosidad que protegía la tarenta.
Era como una llamada desesperada, evidentemente lanzada por
algún pasajero en peligro.
Miguel Strogoff escuchó con atención.
El yemschik escuchó tambien, pero moviendo la cabeza, como si le
pareciera imposible responder a esa llamada.
¡Son viajeros que piden socorro! gritó Nadia.
¡Si no cuentan mas que con nosotros ... ! respondió el yemschik.
¿Por qué no? gritó Miguel Strogoff . ¿No debemos hacer nosotros
lo que ellos harían en parecidas circunstancias?
¡Pero no irá usted a arriesgar el carruaje y los caballos ... !
¡Iré a pie! respondió Miguel Strogoff interrumpiendo al
yemschik.
Yo te acompañaré, hermano dijo la joven livoniana.
No, Nadia, quédate aquí; el yemschik permanecerá a tu lado. No
quiero dejarlo solo...
Me quedaré respondió Nadia.
Ocurra lo que ocurra, no abandones este refugio.
Me encontrarás donde estoy.
Miguel Strogoff apretó la mano de su compañera y, franqueando la
vuelta del talud, desapareció en seguida entre las sombras.
Tu hermano ha cometido un error dijo el yemschzk a la joven.
Mi hermano tiene razón respondió simplemente Nadia.
Mientras tanto, Miguel Strogoff remontaba el camino con rapidez.
Si tenía grandes deseos de socorrer a los que así gritaban, también tenía gran
impaciencia por conocer a aquellos viajeros a los que la tormenta no les había
impedido aventurarse por las montañas, y estaba seguro de que se trataba de la
telega que les había precedido desde el principio.
La lluvia había cesado, pero la borrasca redoblaba su violencia.
Los gritos, llevados por las corrientes de aire, se distinguían cada vez más.
Desde el sitio donde Miguel Strogoff había dejado a Nadia, no se podía ver lo
sinuoso que era el camino porque la luz de los relámpagos sólo iluminaba los
salientes del talud, que tapaban el camino. Las ráfagas, cho-cando bruscamente
con todos aquellos ángulos, formaban remolinos difíciles de atravesar, por lo
que era necesaria la fuerza poco común de Miguel Strogoff para resistirlas.
Pero era evidente que los viajeros que hacían oír sus gritos no
estaban muy lejos, aunque el correo del Zar todavía no podía distinguirlos, sea
porque habían ido a parar fuera de la carretera o porque la oscuridad lo
impedía, pero las palabras llegaban con bastante claridad a sus oídos.
He aquí lo que oyó y que no dejó de producirle cierta sorpresa:
¡Zopenco! ¿Vas a volver?
¡Te haré azotar en la próxima parada!
¿Oyes, postillón del diablo? ¡Eh!
¿Así es como le conducen a uno en este país?
¿Y eso es lo que llaman una telega?
¡Eh! ¡Triple bruto! ¡Sigue marchando y no se para! ¡Aún no se ha
dado cuenta de que nos ha dejado en el camino!
¡Tratarme así, a mí, un inglés acreditado! ¡Me quejaré a la
embajada y haré que lo encierren!
El que así hablaba estaba verdaderamente encolerizado pero, de
golpe, le pareció a Miguel Strogoff que el segundo interlocutor tomaba partido
por la situación y estalló en carcajadas, inesperadas en medio de aquella
escena, a las que siguieron estas palabras:
¡Decididamente esto es demasiado chistoso!
¡Se atreve usted a reírse! exclamó agriamente el ciudadano del
Reino Unido.
Cierto, querido colega, y de todo corazón. ¡Y le invito a usted
a que haga otro tanto! ¡Palabra de honor que no había visto esto jamás! ¡Es
demasiado chistoso ... ! ¡Nunca lo había visto...!
En aquel momento, un violento trueno retumbó en el desfiladero
con un estruendo espantoso, que venía multiplicado por los ecos de las montañas
en una grandiosa proporción. Después, cuando el ruido se extinguió, la voz
alegre continuó diciendo:
¡Sí, extraordinariamente chistoso! ¡Esto, desde luego, no
ocurriría en Francia!
¡Ni en Inglaterra! respondió el inglés.
Sobre el camino, iluminado entonces por los relámpagos, Miguel
Strogoff vio a dos viajeros, a unos veinte pasos de él, sentados uno junto al,
otro en el banco trasero de un singular vehículo, que parecia profundamente
atascado en algún bache.
Se acercó a ellos, mientras uno reía y el otro rezongaba, y
reconoció a los dos corresponsales de periódicos que habían embarcado en el
Cáucaso y viajado con él desde Nijni Novgorod a Perm.
¡Eh, buenos días, señor! gritó el francés . ¡Encantado de verle,
en estas circunstancias! Permítame presentarle a mi íntimo enemigo, el señor
Blount.
El reportero inglés saludó y parecía que iba, a su vez, a
presentar a su colega, Alcide Jolivet, conforme a las reglas de la etiqueta,
pero Miguel Strogoff dijo:
Es inútil, señores, ya nos conocemos. Hemos ya viajado juntos
por el Volga.
¡Ah, muy bien! ¡Perfectamente, señor...
Nicolás Korpanoff, comerciante de Irkutsk respondió Miguel
Strogoff . Pero ¿quieren ponerme al corriente sobre la aventura que les ha
ocurrido, tan chistosa para uno y tan lamentable para el otro?
Le hago a usted juez, señor Korpanoff respondió Alcide Jolivet .
Imagínese usted que nuestro postillón ha seguido la ruta con el tren delantero
de su infernal vehículo, dejándonos plantados sobre el tren trasero de ese
absurdo carruaje. ¡La peor mitad de una telega para dos, sin guía y sin
caballos! ¡No es absoluta y superlativamente chistoso!
¡No del todo! respondió el inglés.
¡Sí, colega! ¡Usted no sabe tomarse las cosas por su lado bueno!
¿Y cómo, quiere decirnos, podremos continuar el viaje? preguntó
Harry Blount.
Nada más fácil respondió Alcide Jolivet . Va usted a engancharse
a lo que nos queda del carruaje; yo tomaré las riendas, le llamaré mi pequeño
pichón como un verdadero yemschik, y usted marchará como un verdadero caballo
de posta.
Señor Jolivet respondió el inglés , esta broma ya se pasa de la
raya y...
Tenga calma, colega. Cuando se canse yo le reemplazaré y usted
tendrá derecho a llamarme caracol asmático y tortuga pesada, si no le conduzco
a velocidad infernal.
Alcide Jolivet decía todas estas cosas con tan buen humor que
Miguel Strogoff no pudo reprimir una sonrisa.
Señores les dijo hay algo mejor que hacer. Nosotros hemos
llegado hasta aquí, la garganta superior de la cordillera de los Urales y, por
consiguiente, no nos queda más que descender las pendientes de las montañas. Mi
carruaje está a unos quinientos pasos más atrás; les prestaré uno de mis
caballos, lo engancharán a la caja de su telega y mañana, si no se produce
ningún accidente, llegaremos juntos a Ekaterinburgo.
¡Señor Korpanoff respondió Alcide Jolivet , esa es una
proposicion que parte de un corazon generoso!
Agrego, señores, que si no les invito a que suban a mi tarenta
es porque sólo tiene dos plazas y están ya ocupadas por mi hermana y por mi
aclaró Miguel Strogoff.
Nuevamente gracias, señor respondió Alcide Jolivet , pero mi
colega y yo iríamos hasta el fin del mundo con su caballo y nuestra media
telega.
¡Señor continuó Harry Blount , aceptamos su generosa oferta! ¡En
cuanto a ese yemschik ... !
¡Oh! Crea que no es ésta la primera vez que ocurre semejante
cosa respondió Miguel Strogoff.
¿Pero por qué no vuelve? Él sabe perfectamente que nos ha dejado
atrás. ¡El miserable!
¿Él? ¡Ni se ha enterado!
¿Cómo? ¿Ignora que su telega se ha partido en dos?
Sí. Y conducirá su tren delantero con la mejor buena fe del
mundo hasta Ekaterinburgo.
¡Cuando yo le decía, colega, que esto era de lo más chistoso!...
exclamó Alcide Jolivet.
Señores, si quieren seguirme dijo Miguel Strogoff , nos
reuniremos con mi carruaje y...
Pero, ¿y la telega? observó el inglés.
No tema usted que eche a volar, querido Blount replicó Alcide
Jolivet . Mírela qué bien arraigada está en el suelo. Tanto, que si la dejamos
aquí en la primavera próxima le saldrán hojas.
Vengan, pues, señores, y traeremos aqui la tarenta dijo Miguel
Strogoff.
El francés y el inglés descendieron de la banqueta del fondo,
convertida de esa forma en asiento delantero, y siguieron a Miguel Strogoff.
Mientras caminaban, Alcide Jolivet, siguiendo su costumbre, iba
conversando con todo su buen humor, que ningun contratiempo podía alterar.
A fe mía, señor Korpanoff, que nos saca usted de un buen
atolladero.
Yo no he hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro en mis
circunstancias, señores. Si los viajeros no nos ayudáramos entre nosotros, no
habría más remedio que eliminar las rutas.
Como compensacion, señor, si va usted lejos en la estepa, es
posible que nos encontremos de nuevo y...
Alcide Jolivet no preguntaba de una manera formal a Miguel
Strogoff adónde iba, pero este, no queriendo disimular, respondió con rapidez:
Voy a Omsk, señores.
Pues el señor Blount y yo prosiguió Alcide Jolivet vamos un poco
adelante, allá donde puede ser que encontremos una bala, pero también, con toda
seguridad, noticias que atrapar.
¿Van a las provincias invadidas? preguntó Miguel Strogoff con
cierto apresuramiento.
Precisamente, señor Korpanoff, y es probable que no volvamos a
encontrarnos.
En efecto, señor respondió Miguel Strogoff , yo soy muy poco
amante de los tiros de fusil y golpes de lanza y de naturaleza demasiado
pacífica para aventurarme por los sitios donde se combate.
Desolador, señor, desolador. Y, verdaderamente, no podremos sino
lamentar el separarnos tan pronto. Pero al dejar Ekaterinburgo puede ser que
nuestra buena estrella quiera que viajemos todavía juntos durante algunos días.
¿Se dirigen ustedes a Omsk? preguntó Miguel Strogoff, después de
reflexionar unos instantes.
Todavía no sabemos nada replicó Alcide Jolivet . Pero lo más
probable es que vayamos directamente hasta Ichim y, una vez allí, obraremos
según los acontecimientos.
Pues bien, señores dijo Miguel Strogoff , iremos juntos hasta
Ichim.
Miguel Strogoff hubiera preferido, evidentemente, viajar solo,
pero no podía hacerlo sin que se hiciera sospechoso al buscar separarse de dos
viajeros que iban a seguir la misma ruta que él. Por tanto, ya que Alcide
Jolivet y su compañero tenían intención de pararse en Ichim sin continuar
inmediatamente hasta Omsk, no había ningún inconveniente en que hicieran juntos
esta parte del viaje.
Así pues, queda convenido repitió Miguel Strogoff . Haremos
juntos el viaje.
Después, con tono más indiferente, preguntó:
¿Saben con certeza hasta dónde han llegado los tártaros?
preguntó.
Le aseguro, señor, que no sabemos más que lo que se decía en
Perm, respondió Alcide Jolivet . Los tártaros de Féofar Khan han invadido toda
la provincia de Semipalatinsk y hace algunos días que están descendiendo el
curso del Irtyche a marchas forzadas. Será preciso que se dé prisa si quiere
llegar a Omsk antes que ellos.
En efecto respondió Miguel Strogoff.
Se decía también que el coronel Ogareff había conseguido pasar
la frontera disfrazado y que no podía tardar en reunirse con el jefe tártaro en
el mismo centro del país sublevado.
Pero ¿cómo lo han sabido? preguntó Miguel Strogoff , ya que
todas estas noticias, más o menos verídicas, le interesaban directamente.
Como se saben todas las cosas respondió Alcide Jolivet , las
trae el aire.
¿Pero tiene serios motivos para pensar que el coronel Ogareff
está en Siberia?
Hasta he oído decir que había debido de tomar la ruta de Kazan a
Ekaterinburgo.
¡Ah! ¿Sabía todo eso, señor Jolivet? preguntó entonces Harry
Blount, al cual sacó de su mutismo la observación del corresponsal francés.
Lo sabía respondió Alcide Jolivet.
¿Y sabía también que iba disfrazado de bohemio? preguntó de
nuevo el inglés.
Lo sabía exactamente al mandar el mensaje a mi prima respondió
sonriente Alcide Jolivet.
¿De bohemio? había repetido casi involuntariamente Miguel
Strogoff, que se acordó de la presencia del viejo gitano en Nijni Novgorod, su
viaje a bordo del Cáucaso y su desembarco en Kazan.
No ha perdido su tiempo en Kazan hizo observar el inglés a
Alcide Jolivet con tono seco.
No, querido colega, y mientras el Cáucaso se aprovisionaba, yo
hacía lo mismo.
Miguel Strogoff ya no escuchaba las réplicas que se daban entre
sí Harry Blount y Alcide Jolivet; recordaba la tribu de bohemios, al viejo
gitano, al que no había podido ver la cara; a la extraña mujer que le
acompañaba; la mirada tan singular que había lanzado sobre él; intentaba
rememorar todos los detalles de aquel encuentro, cuando se oyó una detonación
cerca de ellos.
¡Adelante, señores! gritó Miguel Strogoff.
¡Cáscaras! Para ser un digno negociante que huye de las balas,
corre muy aprisa al lugar de donde salen se dijo Alcide Jolivet.
Y, seguido de Harry Blount, que no era hombre de los que se
quedan atrás, se precipitó tras los pasos de Miguel Strogoff.
Algunos instantes después los tres hombres estaban en el
saliente bajo el cual se abrigaba la tarenta en una vuelta del camino.
El grupo de pinos incendiados por un rayo ardía todavía. El
camino estaba desierto, pero Miguel Strogoff no se había equivocado. Hasta él
había llegado el disparo de un arma de fuego.
De pronto, un formidable rugido se dejó oír y una segunda
detonación estalló en la otra parte de talud.
¡Un oso! gritó Miguel Strogoff, que no podía confundir el rugido
de estos animales ¡Nadia! ¡Nadia!
Desenvainando el puñal que llevaba bajo el cinturón, Miguel
Strogoff dio un formidable salto, precipitándose en la gruta donde la joven
había prometido permanecer.
Los pinos, devorados por el fuego, iluminaban la escena con toda
claridad. En el momento en que llegó Miguel Strogoff al lugar en que estaba la
tarenta, una enorme masa retrocedía hacia él.
Era un oso de gran tamaño al cual la tempestad, sin duda, había
expulsado de los bosques que erizaban esta parte de los Urales y había venido a
buscar refugio en aquella excavacion, que era seguramente su retiro habitual,
ocupado ahora por Nadia.
Dos de los caballos, espantados por la presencia de la enorme
bestia, habían roto las cuerdas emprendiendo la huida, y el yemschik, sin
pensar en otra cosa que en sus caballos, se lanzó en su persecución, dejando a
la joven sola en presencia del oso.
La valiente Nadia no había perdido la cabeza. El animal, que no
la había visto aún, atacó al tercer caballo del atelaje y Nadia, abandonando la
sinuosidad en la que se había agazapado, corrió hacia la tarenta y tomando uno
de los revólveres de Miguel Strogoff se fue valientemente sobre el oso haciendo
fuego a bocajarro.
El animal, ligeramente herido en la espalda, se revolvió contra
la joven, la cual intentaba evitarlo dando vueltas a la tarenta, en donde el
caballo intentaba romper sus ligaduras. Pero con los caballos perdidos en las
montañas, el viaje estaba comprometido, por lo que Nadia se fue de cara al oso
y, con una sangre fría sorprendente, en el mismo momento en que las garras del
animal se iban a abatir sobre ella, hizo fuego por segunda vez.
Ésta era la segunda detonación que acababa de escuchar Miguel
Strogoff a algunos pasos de él. Pero ya estaba allí y de un salto se interpuso
entre el oso y la joven. Su brazo no hizo mas que un solo movimiento de abajo
arriba y la enorme bestia, abierta en canal, cayó al suelo como una masa
inerte.
Aquélla fue una buena demostración del famoso golpe de cuchillo
de los cazadores siberianos, que tienen especial cuidado en no estropear las
preciosas pieles de oso, pues tienen un precio muy alto.
¿No estás herida, hermana? dijo Miguel Strogoff, precipitándose
hacia la muchacha.
No, hermano respondió Nadia.
En aquel momento aparecieron los dos periodistas.
Alcide Jolivet se lanzó a la cabeza del caballo y es preciso
creer que tenía una muñeca sólida, porque consiguió dominarlo. Su compañero y
él habían presenciado la rápida maniobra de Miguel Strogoff.
¡Diablos! gritó Alcide Jolivet . Para ser un simple negociante,
señor Korpanoff, maneja usted primorosamente el cuchillo de cazador.
Muy primorosamente agregó Harry Blount.
En Siberia, señores respondió Miguel Strogoff nos vemos
obligados a hacer un poco de todo.
Alcide Jolivet miró entonces al joven.
Visto a plena luz, con el cuchillo sangrante en la mano, con su
alta talla, su aire resuelto, el pie puesto sobre el oso que acababa de
despellejar, Miguel Strogoff era una imagen realmente hermosa.
¡Gallardo mozo! pensó Alcide Jolivet.
Y avanzando respetuosamente con su sombrero en la mano, fue a
saludar a la joven.
Nadia hizo una ligera inclinación.
Alcide Jolivet, volviéndose hacia su compañero, dijo:
¡Digna hermana de su hermano! ¡Si yo fuera oso no me enfrentaría
a esta terrible y encantadora pareja!
Harry Blount, estirado como un palo, permanecía, con el sombrero
en la mano, a cierta distancia. La desenvoltura de su colega tenía como efecto
el remarcar todavía más su rigidez habitual.
En ese momento reapareció el yemschik, que había logrado
apoderarse de los dos caballos y lanzó una mirada de sentimiento sobre el
magnífico animal, tendido en el suelo, que debía quedar abandonado a las aves
de rapiña. Después fue a ocuparse de reenganchar las caballerías.
Miguel Strogoff le puso en antecedentes de la situación de los
dos viajeros y de su proyecto de cederles un caballo de la tarenta.
Como gustes respondió el yemschik . Sólo nos faltaba ahora dos
coches en vez de uno.
¡Bueno, amigo contestó Alcide Jolivet, que comprendió la
insinuación , se te pagará el doble!
¡Adelante, pues, tortolitos míos!
Nadia había subido de nuevo al carruaje y Miguel Strogoff y sus
dos compañeros seguían a pie.
Con las primeras luces del alba, la tarenta estaba junto a la
telega, y ésta se encontraba concienzudamente empotrada hasta la mitad de las
ruedas. Se comprendía, pues, que con semejante golpe se hubiera producido la
separación de los dos trenes del vehículo.
Eran las tres de la madrugada y la borrasca estaba ya menguando
en intensidad, el viento ya no soplaba con tanta violencia a través del
desfiladero y así les sería posible continuar el camino.
Uno de los caballos de los costados de la tarenta fue enganchado
con la ayuda de cuerdas a la caja de la telega, en cuyo banco volvieron a
ocupar su sitio los dos periodistas y los vehículos se pusieron en movimiento.
El resto del camino no ofrecía dificultad alguna, pues sólo tenían que
descender las pendientes de los Urales.
Seis horas después, los dos vehículos, siguiéndose de cerca,
llegaron a Ekaterinburgo, sin que fuera de destacar ningún incidente en esta
segunda parte del viaje.
Al primer individuo que vieron los dos periodistas en la casa de
postas fue al yemschik, que parecía esperarles.
Aquel digno ruso tenía, verdaderamente, una buena figura, y, sin
embarazo ninguno, sonriente, se acercó hacia los viajeros y les tendió la mano
reclamando su propina.
La verdad obliga a decir que el furor de Harry Blount estalló
con una violencia tan británica, que si el yemschik no hubiera logrado
retroceder prudentemente, un puñetazo dado según todas las reglas del boxeo
hubiera pagado su na vodku en pleno rostro.
Alcide Jolivet, viendo la cólera de su compañero, se retorcía de
risa, como quizá no lo había hecho nunca.
¡Pero si tiene razón, este pobre diablo! gritó . ¡Está en su
derecho, mi querido colega! ¡No es culpa suya si no hemos encontrado el medio
de seguirle!
Y sacando algunos kopeks de su bolsillo, se los dio al yemschik
diciéndole:
¡Toma, amigo. Si no los has ganado no ha sido culpa tuya!
Esto redobló la indignación de Harry Blount, quien quería hacer
procesar a aquel empleado de postas.
¡Un Proceso en Rusia! exclamó Alcide Jolivet . Si las cosas no
han cambiado, compadre, no verá usted el final. ¿No conoce la historia de
aquella ama de cría que reclamó doce meses de amamantamiento a la familia de su
pupilo?
No la conozco respondió Harry Blount.
¿Y no sabe qué era el bebé cuando terminó el juicio en el que
ganó la causa el ama de cría?
¿Qué era, si puede saberse?
Coronel de la guardia de húsares.
Al oír esta respuesta se pusieron todos a reír.
Alcide Jolivet, encantado de su éxito, sacó el carnet de notas
de su bolsillo y, sonriente, escribió esta anotación, destinada a figurar en el
diccionario moscovita:
«Telega: carruaje ruso de cuatro ruedas a la salida y dos ruedas
a la llegada. »
12
UNA PROVOCACION
Ekaterinburgo, geográficamente, es una ciudad asiática, porque
está situada más allá de los montes Urales, sobre las últimas estribaciones de
la cordillera; sin embargo, depende del gobierno de Perm y, por tanto, está
comprendida dentro de una de las grandes divisiones de la Rusia europea. Esta
usurpación administrativa debía de tener su razón de ser, porque es como un
pedazo de Siberia que queda entre las garras rusas. Ni Miguel Strogoff ni los
dos corresponsales debían tener inconvenientes en encontrar medios de
locomoción en una ciudad tan importante, que había sido fundada en 1723. En
Ekaterinburgo se constituyó la primera casa de moneda del Imperio; allí está
concentrada la dirección general de las minas. Esta ciudad es, pues, un centro
industrial importante, en medio de un país en el que abundan las fábricas
metalúrgicas y otras explotaciones donde se purifican el platino y el oro.
En esta época había crecido mucho la población de Ekaterinburgo.
Rusos o siberianos, amenazados todos por la invasión de los tártaros, afluían a
ella huyendo de las provincias ya invadidas por las hordas de Féofar Khan y,
principalmente, de los países kirguises, que se extienden del sudoeste del
Irtyche hasta la frontera con el Turquestán.
Si los medios de locomoción habían de ser escasos para llegar a
Ekaterinburgo, por el contrario, abundaban para abandonar la ciudad. En la
coyuntura actual, los viajeros se cuidarían mucho de aventurarse por las rutas
de Siberia.
Con la ayuda de este concurso de circunstancias, a Harry Blount
y Alcide Jolivet les resultó fácil encontrar con qué reemplazar la media telega
que, bien que mal, les había traído hasta Ekaterinburgo. En cuanto a Miguel
Strogoff, como la tarenta le pertenecía y no había sufrido ningún desperfecto
durante el viaje a través de los montes Urales, le bastaba con enjaezar de
nuevo tres buenos caballos para volver rápidamente sobre la ruta de Irkutsk.
Hasta Tiumen y quizás hasta Novo Zaimskoë, esta ruta debía de
ser bastante accidentada, ya que se desliza todavía sobre las caprichosas
ondulaciones del terreno que dan nacimiento a las primeras pendientes de los
montes Urales. Pero después de la etapa de Novo Zaimskoë, comenzaba la inmensa
estepa, que se extiende hasta las proximidades de Krasnolarsk sobre un espacio
de alrededor de mil setecientas verstas (1.815 kilómetros).
Como se sabe, era en Ichim donde los dos corresponsales tenían
la intención de detenerse, es decir, a seiscientas verstas de Ekaterinburgo.
Allí, según se desarrollasen los acontecimientos, se internarían en las
regiones invadidas, bien juntos o bien por separado, siguiendo su instinto, que
les iba a llevar sobre una u otra pista.
Ahora bien, este camino de Ekaterinburgo a Ichim, que se
prolonga hacia Irkutsk, era el único que podía tomar Miguel Strogoff, pero él
no corría detrás de la noticia y, por el contrario, quería evitar atravesar un
país devastado por los invasores, por lo que estaba dispuesto a no detenerse en
ningún lugar.
Señores dijo a sus nuevos compañeros , me satisface mucho hacer
en su compañía esta parte del viaje, pero debo prevenirles que me es
extraordinariamente urgente nuestra llegada a Omsk, ya que mi hermana y yo
vamos a reunirnos con nuestra madre y quién sabe si no llegaremos antes de que
los tártaros hayan invadido la ciudad. No me detendré, por tanto, más que el
tiempo necesario para cambiar los caballos, y viajaré noche y día.
Nosotros nos proponemos también hacer lo mismo respondió Harry
Blount.
Sea, pero no pierdan ni un instante. Alquilen o compren un
carruaje...
Cuyo tren trasero pueda llegar a Ichim al mismo tiempo que el de
delante precisó Alcide Jolivet.
Media hora después, el diligente francés había encontrado,
fácilmente por demás, una tarenta, muy parecida a la de Miguel Strogoff, en la
cual se instalaron enseguida su compañero y él.
Miguel Strogoff y Nadia ocuparon los asientos de su vehículo y,
al mediodía, los dos carruajes abandonaban juntos Ekaterinburgo.
¡Nadia se encontraba, por fin, en Siberia, sobre la larga ruta
que conduce a Irkutsk! ¿Cuáles debían ser entonces los pensamientos de la joven
livoniana? Tres rápidos caballos la conducían, a través de esta tierra de
exilio hacia donde su padre estaba condenado a vivir, puede que por mucho
tiempo, tan lejos de su tierra natal. Apenas veía circular por delante de sus
ojos aquellas largas estepas que por unos momentos le habían estado prohibidas,
porque su mirada iba más allá del horizonte, tras el cual buscaba la faz del
exiliado. Nada observaba del paisaje que estaban atravesando a una velocidad de
quince verstas a la hora; nada de aquellas comarcas de la Siberia occidental,
tan diferentes de las comarcas del este. Aquí, en efecto, apenas había campos
cultivados; el suelo era pobre, al menos en su superficie, pero en sus entrañas
encerraba hierro, cobre, platino y oro. Por todas partes se veían instalaciones
industriales, pero ninguna granja agrícola. ¿Cómo iban a encontrar brazos para
cultivar el suelo, para arar los campos, para recoger las cosechas, cuando era
más productivo excavar en las minas a golpe de pico? Aquí el campesino ha
dejado su sitio al minero. El pico se ve por todas partes mientras que el arado
no se ve en ninguna. El pensamiento de Nadia, sin embargo, abandonó las lejanas
provincias de lago Baikal y se fijó entonces en su situación presente. Se
desdibujó un poco la imagen de su padre y vio la de su generoso compañero, a
quien había conocido por primera vez sobre el ferrocarril de Wladimir, donde un
providencial designio había hecho que lo encontrara. Se acordaba de sus
atenciones durante el viaje, de su llegada a las oficinas de policía de Nijni
Novgorod y la forma tan sencilla con que se había dirigido a ella llamándola
hermana; su dedicación a ella durante todo el viaje por el Volga y, en fin,
todo lo que había hecho en esa terrible noche de tormenta en los Urales, por
defender su vida con peligro de la propia.
Nadia pensaba en Miguel Strogoff y daba graclas a Dios por
haberla puesto en la ruta de aquel valiente protector, aquel amigo discreto y
generoso. Se sentía segura cerca de él, y bajo su mirada. Un verdadero hermano
no hubiera hecho más por ella. Nadia no temía ningún obstáculo y veía ahora con
certeza la llegada a su destino.
En cuanto a Miguel Strogoff, hablaba poco y reflexionaba mucho.
Por su parte, daba gracias a Dios por haberle proporcionado este encuentro con
Nadia; al mismo tiempo que el medio para disimular su verdadera identidad tenía
una buena acción que hacer. La intrépida calma de la joven complacía a su alma
generosa. ¿Que no era de verdad su hermana? Sentía tanto respeto como afecto
por su bella y heroica compañera y presentía que era poseedora de uno de esos
puros y extraños corazones con los cuales siempre se puede contar.
Sin embargo, desde que pisaron el suelo siberiano, los
verdaderos peligros habían comenzado para Miguel Strogoff. Si los dos
periodistas no se equivocaban, Ivan Ogareff había ya traspasado la frontera,
por tanto era necesario proceder con el máximo de precauciones. Las
circunstancias habían cambiado ahora, porque los espías tártaros debían de
inundar las provincias siberianas, y si desvelaban su incognito, si reconocían
su calidad de correo del Zar, significaría el final de su misión y de su propia
vida. Miguel Strogoff, al hacerse estas reflexiones, notaba el peso de la
responsabilidad que pesaba sobre él.
Mientras las cosas se desarrollaban así en el primer vehículo,
¿qué ocurría en el segundo? Nada de extraordinario. Alcidejolivet hablaba en
frases sueltas y Harry Blount respondía con monosílabos. Cada uno enfocaba las
cosas a su manera y tomaba nota sobre los incidentes del viaje; incidentes que,
por otra parte, fueron poco variados durante esta primera parte de su marcha
por Siberia.
En cada parada, los dos corresponsales descendían del vehículo e
iban al encuentro de Miguel Strogoff, pero Nadia no bajaba de la tarenta como
no fuese para alimentarse; cuando era preciso comer o cenar en una de las
paradas de posta, la muchacha se sentaba en la mesa y permanecía siempre en una
actitud reservada, sin mezclarse en las conversaciones.
Alcide Jolivet, sin salirse jamás de los límites de la cortesía,
no dejaba de mostrarse obsequioso con la joven livoniana, a la cual encontraba
encantadora. Admiraba la silenciosa energía que mostraba para sobrellevar las
fatigas de un viaje hecho en tan duras condiciones. Estas paradas forzosas no
complacían demasiado a Miguel Strogoff, que hacía todo lo posible por
abreviarlas, excitando a los jefes de posta, estimulando a los yemschiks y
dando prisa para que el atelaje de los vehículos se hiciera con rapidez.
Termi-nada rápidamente la comida, demasiado para Harry Blount, que era un
comedor metódico, iniciaban de nuevo la marcha y los periodistas se deslizaban
como águilas, ya que pagaban principescamente y, como decía Alcide Jolivet, «en
águilas de Rusia».
No es necesario decir que Harry Blount no cruzaba una sola
palabra directamente con Nadia. Y éste era uno de los pocos temas de
conversación que no buscaba discutir con su compañero. Este honorable gentleman
no tenía por costumbre hacer dos cosas al mismo tiempo.
Habiéndole preguntado en cierta ocasión Alcide Jolivet cuál
podría ser la edad de la joven livoniana, respondió, con la mayor seriedad del
mundo y entrecerrando los ojos:
¿Qué joven livoniana?
¡Pardiez! ¡La hermana de Nicolás Korpanoff
¿Es su hermana?
¡No! ¡Es su abuela! replicó Alcide Jolivet, desarmado ante tanta
indiferencia . ¿Qué edad le supone usted?
Si la hubiera visto nacer, lo sabría respondió Harry Blount
simplemente, como hombre que no quiere comprometerse.
El país que en aquellos momentos cruzaban las dos tarentas
estaba casi desierto. El tiempo era bastante bueno y como el cielo estaba
semicubierto, la temperatura era más soportable. Con dos vehículos mejor
acondicionados, no hubieran podido lamentarse del viaje, porque iban como las
berlinas de posta en Rusia, es decir, con una maravillosa velocidad.
Pero el abandono en que parecía el país era debido a las
actuales circunstancias. En los campos se veían pocos o ningún campesino
siberiano, con sus rostros pálidos y graves, a los cuales una viajera ha
comparado acertadamente con los campesinos castellanos, a los que se parecen en
todo menos en el ceño. Aquí y allí se distinguían algunos poblados ya
evacuados, lo que indicaba la proximidad de las tropas tártaras. Los
habitantes, llevándose consigo los rebaños de ovejas, sus camellos y sus
caballos, habían ido a refugiarse en las planicies del norte. Algunas tribus
nómadas kirguises de la gran horda, que habían permanecido fieles, también
habían trasladado sus tiendas más allá del Irtyche o del Obi, para sustraerse a
las depredaciones de los invasores.
Afortunadamente el cambio de posta continuaba haciéndose
regularmente, igual que el servicio telegráfico, hasta los puntos en que el
cable había sido cortado. A cada parada, los encargados de la posta enjaezaban
los caballos en condiciones reglamentarias y en cada estación telegráfica, los
encargados del telégrafo, sentados frente a sus ventanillas, transmitían los
mensajes que se les confiaban sin más retraso que el que provocaban los
mensajes oficiales. Alcide Jolivet y Harry Blount pudieron transmitir extensas
crónicas a sus respectivos periódicos.
Hasta aquí, el viaje de Miguel Strogoff se llevaba a cabo en
condiciones satisfactorias, sin sufrir retraso alguno, y si lograba salvar la
cabeza de puente que los tártaros de Féofar Khan habían establecido un poco
antes de Krasnoiarsk, tenía muchas probabili-dades de llegar a Irkutsk antes
que los invasores, empleando el mínimo tiempo conocido hasta entonces.
Al día siguiente de haber abandonado Ekaterinburgo, las dos
tarentas alcanzaron la pequeña ciudad de Tuluguisk a las siete de la mañana,
después de haber franqueado una distancia de doscientas veinte verstas sin
incidentes dignos de mención.
Allí, los viajeros consagraron media hora al desayuno. Una vez
terminado, reemprendieron la marcha con una velocidad que sólo podía explicar
la promesa de un puñado de kopeks.
El mismo día, 22 de julio, a la una de la tarde, las dos
tarentas llegaban a Tiumen, sesenta verstas mas allá de Tuluguisk. Tiumen, cuya
población normal es de diez mil habitantes, contaba a la sazón con el doble.
Esta ciudad, primer centro industrial que los rusos establecieron en Siberia,
cuenta con notables fábricas metalúrgicas y de fundición, y no había presentado
jamás una animación como aquélla.
Los dos corresponsales fueron inmediatamente a la caza de
noticias. Aquellas que daban los fugitivos siberianos sobre el teatro de la
guerra no eran precisamente tranquilizadoras.
Se decía, entre otras cosas, que el ejército de Féofar Khan se
aproximaba rápidamente al valle del Ichim y se confirmaba que el jefe tártaro
se reuniría pronto con el coronel Ivan Ogareff, si no había ya ocurrido, con lo
cual se sacaba la conclusión de que las operaciones en el este de Siberia
tomarían mayor actividad. En cuanto a las tropas rusas, había sido necesario
llamarlas principalmente de las provincias europeas, las cuales, encontrándose
tan lejos, aún no habían podido oponerse a la invasión. Mientras tanto, los
cosacos del gobierno de Tobolsk se dirigian hacia Tomsk a marchas forzadas, con
la esperanza de cortar el avance de las columnas tártaras.
A las ocho de la tarde, llegaron a Yalutorowsk, después de que
las dos tarentas hubieran devorado setenta y cinco verstas más.
Se hizo rápidamente el cambio de caballos y, a la salida de la
ciudad, viéronse obligados a atravesar el río Tobol en un transbordador. Sobre
aquel apacible curso era fácil la operación, la cual tendrían que repetir más
de una vez en su recorrido y, seguramente, en condiciones mucho menos
favorables.
A medianoche, después de otras cincuenta y cinco verstas de
viaje, llegaron a Novo Saimsk, abandonando, por fin, el suelo ligeramente
accidentado por montículos cubiertos de árboles, que constituían las últimas
estribaciones de los montes Urales.
Aquí comenzaba verdaderamente lo que se llama la estepa
siberiana, que se prolonga hasta los alrededores de Krasnoiarsk. Es una
planicie sin límites, una especie de vasto desierto herboso, en cuyo horizonte
se confunde el cielo y la tierra en una circunferencia tan perfecta que se
hubiera dicho que estaba trazada a compás. Esta estepa no presentaba a su
mirada otros accidentes que el perfil de los postes telegráficos situados a
cada lado de la ruta y cuyos cables la brisa hacía vibrar como las cuerdas de
un arpa. La misma carretera no se distinguía del resto de la planicie más que
por la nube de ligero polvo que las tarentas levantaban a su paso. Sin esta
cinta blanquecina, que se prolongaba hasta perderse de vista, hubieran podido
creerse en pleno desierto.
Miguel Strogoff y sus compañeros se lanzaron a través de la
estepa con mayor velocidad aún; los caballos, excitados por el yemschik y sin
que ningún obstáculo se interpusiera en su camino, devoraban las distancias.
Las tarentas corrían directamente hacia Ichim, en donde los dos corresponsales
se detendrían si ningún inconveniente modificaba su itinerario.
Alrededor de doscientas verstas separaban Novo Saimsk de la
ciudad de Ichim y, al día siguiente, antes de las ocho de la tarde, podían
haberla ya franqueado, a condición de que no perdieran ni un solo instante. Los
yemschiks pensaban que si los viajeros no eran grandes señores o altos
funcionarios, eran dignos de serlo, aunque sólo fuera por las espléndidas
propinas que entregaban.
Al día siguiente, 23 de julio, en efecto, las dos tarentas no se
encontraban más que a treinta verstas de Ichim. En aquel momento Miguel
Strogoff distinguió sobre la ruta, apenas visible a causa de las nubes de
polvo, un vehículo que precedía al suyo. Pero como sus caballos estaban menos
fatigados, corrían con una velocidad mucho mayor y no tardarían en darles
alcance. No era una tarenta ni una telega, sino una poderosa berlina de posta
que debía de haber hecho ya un largo viaje. Su postillón no tenía más remedio
que mantener el galope de los caballos a fuerza de golpes de látigo y de
injurias. Aquella berlina no había pasado, ciertamente, por Novo Saimsk, sino
que debía de haber seguido el camino de Irkutsk por cualquier ruta perdida en
la estepa.
Miguel Strogoff y sus compañeros, viendo aquella berlina que
corría hacia Ichim, no tuvieron más que un pensamiento: pasarle delante y
llegar antes que ellos a la parada, con el fin de asegurarse los caballos
disponibles. Por tanto, dieron instrucciones a los yemschiks y no tardaron en
ponerse en línea con la berlina. Fue Miguel Strogoff quien llegó primero a su
altura, en el mismo momento en que una cabeza se asomó por la portezuela del
vehículo.
Miguel Strogoff no tuvo tiempo de observarla, pero al pasar,
pese a la velocidad, oyó claramente una palabra, pronunciada con una imperiosa
voz que se dirigió a él:
¡Deténgase!
No se paró, sino todo lo contrario, y la berlina fue dejada
atrás por las dos tarentas.
Se produjo entonces una carrera de velocidad, porque los
caballos de la berlina, excitados sin duda por la presencia y el ritmo de los
caballos que les adelantaban, encontraron fuerzas para mantenerse a su ritmo
durante algunos minutos. Los tres vehí-culos estaban envueltos por nubes de
polvo. De aquellas nubes blanquecinas se escapaban, como una descarga de
cohetes, los restallídos de los látigos, mezclados con gritos de excitación y
de cólera.
Pero pronto Miguel Strogoff y sus compañeros sacaron ventaja;
una ventaja que podía ser muy importante si la parada de postas estaba poco
surtida de caballos, porque era muy fácil que el encargado de la posta no
pudiera suministrar caballos de repuesto a tres vehículos en tan corto espacio
de tiempo.
Media hora después, la berlina quedaba atrás, convertida en un
punto apenas visible en el horizonte de la estepa. Eran las ocho de la tarde
cuando las dos tarentas llegaron a la parada de posta, situada a la entrada de
Ichim.
Las noticias de la invasión empeoraban por momentos. La ciudad
estaba directamente amenazada por la vanguardia de las columnas tártaras y,
desde hacía dos días, las autoridades habían tenido que replegarse sobre
Tobolsk y en Ichim no había quedado ni un funcionario ni un soldado.
Miguel Strogoff, en cuanto llegó a la parada, pidió rápidamente
para él los caballos.
Había hecho bien en adelantar a la berlina, porque únicamente
quedaban tres caballos de refresco que fueron rápidamente enganchados. El resto
de los caballos estaban cansados a causa de algún largo viaje. El encargado de
la posta dio la orden de enganchar rápidamente.
En cuanto a los dos corresponsales, a los que pareció bien el
quedarse en Ichim, no tenían ya por qué preocuparse del medio de transporte e
hicieron guardar su vehículo. Diez minutos después de la llegada, Miguel
Strogoff fue advertido de que la tarenta estaba lista para partir.
Bien respondió.
Después, dirigiéndose a los dos periodistas les dijo
Señores, ya que se quedan en Ichim, ha llegado el momento de
separarnos.
¿Cómo, señor Korpanoff; no se quedan en Ichim ni siquiera una
hora? dijo Alcide Jolivet.
No, señor. Deseo abandonar la parada antes de la llegada de la
berlina que hemos adelantado.
¿Teme que aquellos viajeros le disputen los caballos?
Intento, sobre todo, evitar cualquier dificultad.
Entonces, señor Korpanoff continuó Alcide Jolivet no nos queda
más que darle las gracias una vez más por el servicio que nos ha prestado y
dejar constancia del placer que ha significado viajar en su compañía.
Es posible que nos encontremos en Omsk dentro de algunos días
precisó Harry Blount.
Es posible, en efecto, ya que voy allí directamente respondió
Miguel Strogoff.
¡Pues bien! ¡Buen viaje, señor Korpanoff, y que Dios le guarde
de las telegas! dijo entonces Alcide Jolivet.
Los dos corresponsales tendieron la mano hacia Miguel Strogoff
con la intención de estrechársela lo más cordialmente posible, cuando en
aquellos momentos se oyó el ruido de un carruaje.
Casi inmediatamente se abrió la puerta y apareció un hombre. Era
el viajero de la berlina, individuo de aspecto militar, de una cuarentena de
años, alto robusto, de poderosa cabeza, anchas espaldas y unos espesos
mostachos que se unían a sus rojas patillas. Llevaba un uniforme sin insignias,
un sable de caballería cruzado a la cintura y en la mano un látigo de mango
corto.
Caballos pidió con el tono imperioso de un hombre acostumbrado a
mandar.
No tengo caballos disponibles respondió e encargado de la posta,
inclinándose.
Los necesito inmediatamente.
Es imposible.
¿Qué caballos son esos que acaban de ser enganchados en la
tarenta que he visto a la puerta de la parada?
Pertenecen a este viajero respondió el encargado, señalando a
Miguel Strogoff.
¡Que los desenganchen ... ! gritó el viajero con un tono que no
admitía réplica.
Miguel Strogoff avanzó entonces, diciendo:
Estos caballos han sido contratados por mí.
¡Me importa poco! ¡Los necesito! ¡Venga, pronto, no tengo tiempo
que perder!
Yo tampoco tengo tiempo que perder respondió Miguel Strogoff,
que quería mantener la calma y hacía esfuerzos por contenerse.
Nadia estaba cerca de él, calmada también, pero secretamente
inquieta por aquella escena que hubiera sido preferible evitar.
¡Basta! espetó el viajero y, después, dirigiéndose al encargado
dijo, en tono amenazante : ¡Que los desenganchen y que los coloquen en mi
berlina!
El encargado de la posta, muy embarazado, no sabía a quién
obedecer y miraba a Miguel Strogoff porque encontraba evidente que tenía el
derecho a oponerse a las injustas exigencias del viajero.
Miguel Strogoff dudó un instante. No quería hacer uso de su
podaroshna porque hubiera llamado la atención, pero tampoco quería ceder los
caballos porque retrasaría su viaje y, sin embargo, no podía enzarzarse en una
pelea que podría comprometer su misión.
Los dos periodistas lo miraban, prestos a intervenir si él pedía
su ayuda.
Mis caballos se quedarán en mi coche dijo Miguel Strogoff sin
elevar el tono de voz, como convenía a un simple comerciante de Irkutsk.
El viajero avanzó hacia él, le puso rudamente la mano en el
hombro y gritó:
¡Cómo es eso! ¿No quieres cederme los caballos?
No respondió Miguel Strogoff.
¡Está bien! ¡Serán para aquel de nosotros que quede en
disposición de continuar el viaje! ¡Defiéndete porque no te voy a dar cuartel!
Y diciendo esto, el viajero tiró de su sable, poniéndose en
guardia.
Nadia se puso rápidamente delante de Miguel Strogoff y Harry
Blount y Alcide Jolivet avanzaron hacia él.
No me batiré dijo sencillamente Miguel Strogoff, el cual, para
contenerse mejor, cruzó los brazos sobre el pecho.
¿No vas a batirte?
No.
¿Y después de esto? gritó el viajero.
Y antes de que pudieran contenerlo golpeó el hombro de Miguel
Strogoff con el mango de su látigo.
Ante este insulto, Miguel Strogoff palideció horriblemente y sus
manos se elevaron completamente abiertas, como si quisiera triturar entre ellas
a aquel brutal personaje. Pero con un supremo esfuerzo, volvió a ser dueño de
sí mismo. ¡Un duelo! ¡Era más que un retraso! ¡Podía significar el fracaso de
su misión! ¡Era mejor perder algunas horas ... ! ¡Sí, pero tragarse tamaña
afrenta!
¿Te batirás ahora, cobarde? repitió el viajero añadiendo la
grosería a la brutalidad.
¡No! respondió Miguel Strogoff, sin moverse, mirando al viajero
fijamente a los ojos.
¡Los caballos, al instante! dijo éste entonces, saliendo de la
sala.
El encargado de la posta le siguió rápidamente, encogiéndose de
hombros, después de haber examinado a Miguel Strogoff con aire poco
aprobatorio.
El efecto que este incidente produjo en los periodistas no podía
redundar en ventaja de Miguel Strogoff. Su descontento era manifiesto. ¡Este
robusto joven se dejaba golpear de esa manera, sin intentar vengar tamaño
insulto!
Limitáronse, pues, a saludar y se retiraron.
Alcide Jolivet le dijo a Harry Blount:
Jamás hubiera creído eso de un hombre que se enfrenta tan
valerosamente con un oso de los Urales. ¿Será verdad que el valor se manifiesta
en sus horas y con sus formas? ¡No entiendo nada! ¡Quizá lo que nos hace falta
a nosotros es haber sido siervos alguna vez!
Un instante después, un ruido de ruedas y el estallído de un
látigo indicaban que la berlina, tirada por los caballos de la tarenta, dejaba
rápidamente la parada de posta.
Nadia, impasible, y Miguel Strogoff, estremecido todavía por la
cólera, se quedaron solos en la sala de la parada de posta.
El correo del Zar, con los brazos siempre cruzados sobre el
pecho, se sentó. Se hubiera dicho que era una estatua. No obstante, un rubor
que no debía de ser el de la vergüenza, había reemplazado a la palidez de su
rostro.
Nadia no dudó que tenían que existir grandes razones para que un
hombre como aquél soportara tal humillación.
Yendo hacia él, pues, como él fue hacia ella en las oficinas de
la policía de Nijni Novgorod, le dijo:
Tu mano, hermano.
Y, al mismo tiempo, con sus dedos, con un gesto casi maternal,
le enjugó una lágrima que estaba a punto de caer de los ojos de su compañero.
13
SOBRE TODO, EL DEBER
Nadia había adivinado que un móvil secreto dirigía todos los
actos de Miguel Strogoff y que éste, por razones que ella desconocía, no era
dueño de su persona, que no tenía el derecho de disponer de sí mismo y que, en
estas circunstancias, acababa de inmolarse heroicamente aguantando el
resentimiento de una mortal injuria en aras de su deber.
Nadia no pedía ninguna explicación a Miguel Strogoff. La mano
que acababa de tenderle, ¿no respondía a todo cuanto él hubiera podido decirle?
Miguel Strogoff permanecio mudo durante toda la tarde. El
encargado de la posta no podía proporcionarle caballos frescos hasta el día
siguiente por la mañana y tenían que pasar toda la noche entera en la parada.
Nadia aprovechó la ocasion para reposar un poco y le fue preparada una
habitación.
La joven hubiera preferido, sin duda, no dejar a su compañero,
pero presentía que él tenía necesidad de estar solo y se dispuso a dirigirse a
la habitación que le habían preparado.
Hermano... murmuro.
Miguel Strogoff la interrumpio con un gesto. La joven, exhalando
un suspiro, salió de la sala.
Miguel Strogoff no se acostó. No hubiera podido dormir ni una
sola hora.
En el sitio que había sido golpeado por el látigo del brutal
viajero, sentía como una quemadura.
Cuando terminó sus oraciones de la tarde, murmuró:
¡Por la patria y por el Padre!
Entonces experimentó un insoportable deseo de saber quién era el
hombre que le había golpeado, de dónde venía y adónde iba. En cuanto a los
rasgos de su rostro, estaban tan bien grabados en su memoria que no los
olvidarla jamas.
Miguel Strogoff llamó al encargado de la posta.
Éste era un siberiano chapado a la antigua que se presentó
enseguida mirando al joven un poco por encima del hombro y esperó a ser
interrogado.
¿Eres del país? le preguntó Miguel Strogoff.
Sí.
¿Conoces al hombre que ha tomado mis caballos?
No.
¿No lo has visto jamás?
Jamás.
¿Quién crees tú que es?
Un señor que sabe hacerse obedecer.
La mirada de Miguel Strogoff penetró como un puñal en el corazón
del siberiano, pero la vista del encargado de la posta no se bajó.
¡Te permites juzgarme! le gritó Miguel Strogoff.
Sí respondió el siberiano , porque hay cosas que no se reciben
sin devolverlas, aunque uno sea un simple comerciante.
¿Los latigazos?
Los latigazos, joven. Tengo edad y fuerza para decírtelo.
Miguel Strogoff se acercó al encargado y le colocó sus poderosas
manos en los hombros.
Después, con una voz especialmente calmosa, le dijo:
Vete, amigo mío, vete. Te mataría.
El encargado de la posta esta vez había comprendido.
Me gusta más así murmuró.
Y se retiró sin agregar una sola palabra.
Al día siguiente, 24 de julio, a las ocho de la mañana estaban
enganchados a la tarenta tres poderosos caballos. Miguel Strogoff y Nadia
ocuparon su sitio y pronto desaparecio en una curva de la ruta de la ciudad de
Ichim, de la que ambos debían guardar tan terrible recuerdo.
En las diversas paradas en donde tuvieron que detenerse, Miguel
Strogoff comprobó que la berlina les precedía siempre sobre la ruta de Irkutsk
y que el viajero, con tanta prisa como ellos, atravesaba la estepa sin perder
ni un instante.
A las cuatro de la tarde, después de recorrer setenta y cinco
verstas, llegaron a la estación de Abatskaia, en donde tuvieron que atravesar
el curso del río Ichim, uno de los principales afluentes del Irtyche.
Este paso fue bastante más difícil que el del Tobol, porque la
corriente del Ichim era bastante rapida en aquel lugar.
Durante el invierno siberiano, todos los cursos de agua de la
estepa, con una capa de hielo de varios pies de espesor, eran fácilmente
vadeables y los viajeros los atravesaban casi sin darse cuenta, porque su lecho
desaparece bajo el inmenso manto blanco que recubre uniformemente la estepa,
pero en verano, las dificultades para franquear los ríos pueden ser grandes.
Efectivamente, tuvieron que emplear dos horas para atravesar el
Ichim, lo cual exasperó a Miguel Strogoff, tanto más cuanto que los bateleros
le dieron inquietantes noticias de la invasión tártara.
He aquí lo que decían:
Algunos exploradores de Féofar Khan habían hecho su aparición
sobre ambas orillas del Ichim inferior, en las comarcas meridionales del
gobierno de Tobolsk. Omsk estaba muy amenazada. Se hablaba de un encuentro que
había tenido lugar entre las tropas siberianas y tártaras, sobre la frontera de
las grandes hordas kirguises, el cual había terminado con la derrota de los
rusos, cuyas tropas eran demasiado débiles en ese punto. A consecuencia de ello
había tenido que replegarse el resto de las fuerzas Y, por consiguiente, se
había procedido a la evacuación general de los campesinos de la provincia. Se
relataban horribles atrocidades cometidas por los invasores: pillaje, robo,
incendios, asesinatos. Era el sistema de guerrear de los tártaros.
Las gentes iban huyendo a medida que avanzaba la vanguardia de
Féofar Khan. Ante este abandono de los pueblos y, aldeas, el mayor temor de
Miguel Strogoff era no encontrar ningun medio de transporte. Tenía, pues, una
extrema necesidad de llegar a Omsk. Podía ser que a la salida de la ciudad
consiguiera tomar la delantera a las tropas tártaras que descendían por el
valle del Irtyche y encontrar de nuevo la ruta libre hasta Irkutsk.
En aquel mismo lugar donde la tarenta acababa de franquear el
río es en donde se termina lo que en el lenguaje militar se denomina «la cadena
de Ichim», cadena de torres o fortines de madera, que se extienden desde la
frontera sur de Siberia sobre un espacio de alrededor de cuatrocientas verstas
(427 kilómetros). Antaño, estos fortines estaban ocupados por destacamentos de
cosacos que se encargaban de proteger aquellas comarcas, tanto contra los
kirguises como contra los tártaros. Pero, abandonados desde que el gobierno
moscovita creyó que estas hordas estaban reducidas a una sumisión absoluta,
ahora, cuando hubieran sido tan necesarias, no servían para nada. La mayor
parte de los fortines habían sido reducidos a cenizas y las humaredas, que los
bateleros hicieron observar a Miguel Strogoff, arremolinándose por encima del
horizonte meridional, indicaban la proximidad de la vanguardia tártara.
En cuanto el transbordador depositó la tarenta sobre la orilla
opuesta del Ichim, el vehículo reanudó su ruta por la estepa a toda velocidad.
Eran las siete de la tarde. El cielo estaba cubierto y ya habían
caído varios chaparrones que tuvieron la virtud de eliminar el polvo y hacer el
camino más cómodo.
Miguel Strogoff, desde la parada de Ichim, estaba taciturno, sin
embargo estaba siempre atento para preservar a Nadia de esta carrera sin tregua
ni reposo, pero la joven no se lamentaba nunca. Hubiera querido darles alas a
los caballos. Algo le decía que su com-pañero tenía más urgencia aún que ella
por llegar a Irkutsk. ¡Y cuántas verstas les separaban aún de esta ciudad!
Le vino entonces al pensamiento que si Omsk estaba invadida por
los tártaros, la madre de Miguel Strogoff, que vivía en esta ciudad, corría
grandes peligros que debían inquietar extremadamente a su hijo, lo cual era más
que suficiente para explicar su impaciencia por llegar a su lado.
Nadia creyó, pues, que debía hablar de la vieja Marfa, de lo
sola que debía encontrarse en medio de tan graves acontecimientos.
¿No has recibido ninguna noticia de tu madre desde el comienzo
de la invasión? le preguntó.
Ninguna, Nadia. La última carta que me escribió data ya de dos
meses atrás, pero me daba buenas noticias. Marfa es una mujer enérgica, una
vieja siberiana. Pese a su edad conserva toda su fuerza moral. Sabe sufrir.
Yo iré a verla, hermano dijo Nadia con viveza . Ya que tú me das
el nombre de hermana, yo soy la hija de Marfa.
Y como Miguel Strogoff no respondiera, continuó:
Puede ser que tu madre haya podido salir de Omsk...
Es posible, Nadia respondió Miguel Strogoff , y hasta espero que
haya llegado a Tobolsk. La vieja Marfa aborrece a los tártaros, conoce la
estepa y no tiene miedo; yo espero que haya cogido su bastón para descender por
la orilla del Irtyche. No hay un lugar de la provincia que no conozca. ¡Cuántas
veces ha recorrido el país con mi viejo padre, y cuántas veces yo mismo, siendo
niño, los he seguido en sus correrías a través del desierto siberiano! Sí,
Nadia, yo espero que mi madre haya abandonado Omsk.
Y cuándo la verás?
La veré... a la vuelta.
Sin embargo, si tu madre está en Omsk, perderás alguna hora para
ir a abrazarla, supongo.
No iré a abrazarla.
¿No la verás?
No, Nadia... respondió Miguel Strogoff, suspirando,
comprendiendo que no podía continuar respondiendo a las preguntas de la joven.
¡Y dices que no! ¡Ah, hermano! ¿Qué razones pueden hacer que
renuncies a ver a tu madre si está en Omsk?
¿Qué razones, Nadia? ¡Tú me preguntas qué razones! gritó Miguel
Strogoff con una voz profundamente alterada, que hizo estremecer a la joven .
Pues las mismas razones que me han hecho pasar por cobarde ante aquel miserable
que...
No pudo acabar la frase.
Cálmate, hermano dijo Nadia con su voz más dulce , yo no sé más
que una cosa. Y ni siquiera la sé, ¡la siento! Y es que un sentimiento domina
ahora toda tu conducta: un sagrado deber, si es que puede haber alguno, más
poderoso que el que ata a un hijo con su madre.
Nadia se calló y, desde ese momento, evitó todo tipo de
conversación que pudiera referirse a la particular situación de Miguel
Strogoff. Él tenía algún secreto que guardar y ella lo respetaba.
Al día siguiente, 25 de julio, a las tres de la madrugada, la
tarenta llegó a la parada de posta de Tiukalinsk, después de haber franqueado
una distancia de ciento veinte verstas desde el paso del Ichim.
Se cambiaron rápidamente los caballos, pero, por primera vez, el
yemschik puso algunas dificultades para partir, afirmando que destacamentos de
tártaros batían la estepa y que tanto los viajeros como los caballos y el
vehículo serían una buena presa para esos saqueadores.
Miguel Strogoff no tuvo más remedio que aumentar el valor del
yemschik a base de dinero, ya que en esta ocasión, como en otras, no quiso
hacer uso de su podaroshna. Los últimos decretos habían llegado por telégrafo y
eran conocidos en Siberia, por lo que un ruso que estuviera tan especialmente
dispensado de obedecer aquellas disposiciones hubiera llamado la atención
general, lo cual quería evitar el correo del Zar a toda costa. En cuanto a las
dudas del yemschik, puede que estuviera haciendo comedia y especulando con la
impaciencia de los viajeros, o puede que tuviera realmente razón al temer que
aquélla era una aventura arriesgada.
Al fin, la tarenta emprendió la marcha, y lo hizo con tanta
diligencia que a las tres de la tarde habían recorrido ochenta verstas y se
encontraban en Kulatsinskoë. Una hora despues se encontraban en la orilla del
Irtyche, a sólo una veintena de verstas de Omsk.
El Irtyche es un extenso rio que constituye una de las
principales arterias siberianas cuyas aguas atraviesa Asia hacia el norte. Nace
en los montes Altai y se dirige oblicuamente de sudeste a noroeste, yendo a
desembocar en el Obi, después de un reco-rrido de cerca de siete mil verstas.
En aquella época del año, que es la de la crecida de todos los
ríos de la baja Siberia, el nivel de las aguas del Irtyche era excesivamente
alto. Por consiguiente, la corriente era violenta, casi torrencial, y hacía que
su paso fuese bastante difícil. Un nadador, por bueno que fuera, no hubiera
podido franquearlo, y la travesía en transbordador ofrecía algunos peligros.
Pero estos peligros, como otros, no podían detenerlos ni un
instante, y Miguel Strogoff y Nadia estaban decididos a afrontarlos
cualesquiera que fuesen.
Sin embargo, el correo del Zar propuso a su joven compañera
intentar atravesar el río él solo con el carruaje y los caballos, porque el
peso de todo el atelaje convertiría el transbordador en un poco peligroso, y
después, una vez depositados los caballos y el vehículo en la otra orilla,
volvería a por Nadia.
Pero la joven rehusó porque esto significaba un retraso de una
hora y no quería que su seguridad personal fuera la causa de ningún retraso.
Las orillas estaban inundadas y el transbordador no podía
acercarse demasiado, por lo que el embarque del vehículo se hizo con muchas
dificultades, pero después de media hora de esfuerzos consiguieron embarcar la
tarenta y los tres caballos. Miguel Strogoff, Nadia y el yemschik se instalaron
también y comenzaron la travesía.
Durante los primeros minutos todo fue bien. La corriente del
Irtyche, cortada en la parte superior por un largo entrante de la orilla,
formaba un remanso que el transbordador atravesó fácilmente. Los dos bateleros
daban impulso con sus largos bicheros, que manejaban con gran destreza; pero a
medida que avanzaban, el lecho del río se hacía más profundo y no podían apoyar
las pértigas en su hombro para empujar, porque apenas si sobresalían un palmo
de la superficie del agua, lo cual hacía que su empleo fuera penoso e
insuficiente.
Miguel Strogoff y Nadia, sentados en la popa del transbordador,
temiendo siempre cualquier retraso, miraban con cierta inquietud la maniobra de
los bateleros.
¡Atención! gritó uno de ellos a su compañero.
Este grito estaba motivado por la nueva dirección que tomaba el
transbordador con una excesiva velocidad; dominado por la corriente del río
estaba descendiendo rápidamente el curso. Era, pues, necesario, situarlo de
forma que pudiera atravesar la corriente, y para ello había que emplear los
bicheros a todo rendimiento y, con este propósito, apoyaron los extremos de
éstos en una especie de escotaduras abiertas debajo de las bandas, consiguiendo
poner el transbordador en sentido oblicuo y fueron ganando poco a poco la otra
orilla.
Los dos bateleros, hombres vigorosos, estimulados además por la
promesa de una elevada paga, no dudaron en llevar a buen fin aquella difícil
travesía del Irtyche.
Pero no contaban con un incidente que era difícil de predecir, y
ni su celo ni su habilidad podían hacer nada contra esta circunstancia.
El transbordador se encontraba en el centro de la corriente, a
igual distancia de ambas orillas, descendiendo con una velocidad de unas dos
verstas por hora, cuando Miguel Strogoff se levantó mirando corriente arriba.
Por la corriente bajaban varios barcos con gran rapidez, ya que
a la acción de las aguas se unía la fuerza de los remos con los que iban
dotados.
El rostro de Miguel Strogoff se contrajo de golpe, escapándosele
una exclamación.
¿Qué sucede? preguntó la joven.
Pero antes de que Miguel Strogoff hubiera tenido tiempo de
responderle, uno de los bateleros lanzó una exclamación de espanto:
¡Los tártaros! ¡Los tártaros!
Eran, en efecto, barcas cargadas de soldados que descendían
rápidamente por el Irtyche y antes de que hubieran transcurrido varios minutos
habrían alcanzado el transbordador, demasiado pesado para huir de ellos.
Los bateleros, aterrorizados por esta aparición, lanzaron gritos
de desespero, abandonando los bicheros.
¡Valor, amigos míos! gritó Miguel Strogoff . ¡Valor! ¡Cincuenta
rublos para vosotros si estamos en la orilla derecha antes de que nos alcancen
esas barcas!
Los bateleros, reanimados por estas palabras, reemprendieron la
maniobra y continuaron luchando contra la corriente, pero era evidente que no
podrían evitar el abordaje de los tártaros.
¿Pasarían de largo sin inquietarlos? Era poco probable. Por el
contrario, debía temerse todo de estos salteadores.
No tengas miedo, Nadia dijo Miguel Strogoff , pero prepárate a
todo.
Estoy preparada respondió Nadia.
¿Hasta a arrojarte al río cuando te lo diga?
Cuando tú me lo digas.
Ten confianza en mí, Nadia.
Tengo confianza.
Las barcas tártaras no estaban más que a una distancia de unos
cien pies. Llevaban un destacamento de soldados bukharianos que iban a hacer un
reconocimiento sobre Omsk.
El transbordador se encontraba todavía a dos cuerpos de la
orilla. Los bateleros redoblaron sus esfuerzos. Miguel Strogoff se unió a ellos
y cogio un bichero que maniobraba con una fuerza sobrehumana. Si conseguían
desembarcar la tarenta y lanzarse a todo galope, tendrían muchas probabilidades
de escapar de los tártaros, que no tenían monturas.
¡Pero tantos esfuerzos debían resultar inútiles!
¡Saryn na kitchu! gritaron los soldados de la primera barca.
Miguel Strogoff reconoció el grito de guerra de los piratas
tártaros, al cual debía contestarse arrojandose boca abajo.
Pero como nadie obedeció esta intimación, los soldados hicieron
una descarga de la que resultaron mortalmente heridos dos caballos.
En aquel momento se produjo un choque. Las barcas habían
abordado el transbordador de través.
¡Ven, Nadia! gritó Miguel Strogoff, presto a lanzarse al río.
La joven iba a seguirle cuando Miguel Strogoff, herido por un
golpe de lanza, fue arrojado al agua. Lo arrastró la corriente, agitando la
mano un instante por encima de las aguas, y desapareció.
Nadia había lanzado un grito, pero antes de que hubiera tenido
tiempo de arrojarse al agua en seguimiento de Miguel Strogoff, fue apresada por
los tártaros y depositada en una de sus barcas.
Un instante después, los bateleros habían sido muertos a golpes
de lanza y el transbordador iba a la deriva, mientras los tártaros continuaban
descendiendo el curso del Irtyche.
14
MADRE E HIJO
Omsk es la capital oficial de la Siberia occidental, pese a que
no es la ciudad más importante del gobierno de ese mismo nombre, ya que Tomsk
es más populosa y más extensa, pero es en Omsk en donde reside el gobernador
general de esta primera mitad de la Rusia asiática.
Propiamente hablando, Omsk se compone de dos ciudades distintas,
una que está únicamente habitada por las autoridades y los funcionarios, y la
otra en donde viven especialmente los comerciantes siberianos, aunque es una
ciudad poco comercial.
Consta de una población de diez a trece mil habitantes y está
defendida por un recinto fianqueado por bastiones, pero estas fortificaciones
son de tierra y le prestan una protección muy insuficiente. Esto lo sabían muy
bien los tártaros, que intentaron apo-derarse de ella a viva fuerza, lo cual
consiguieron después de varios días de asedio.
La guarnición de Omsk, reducida a dos mil hombres, había
resistido valientemente, pero superada por las tropas del Emir, había ido
cediendo poco a poco la ciudad comercial, para refugiarse en la ciudad alta.
Allí, el gobernador general, sus oficiales y soldados se habían
atrincherado, convirtiendo aquel barrio de Omsk en una ciudadela, después de
haber almenado las casas y las iglesias y, hasta entonces, se mantenían bien en
esa especie de kremln improvisado, sin gran esperanza de recibir refuerzos a
tiempo.
En efecto, las tropas tártaras que descendían el curso del
Irtyche recibían cada día nuevos refuerzos y, lo que era más grave, estaban
entonces dirigidos por un oficial traidor a su país, pero hombre de gran valía
y de una audacia a toda prueba.
Era el coronel Ivan Ogareff.
Este hombre, terrible como cualquiera de los jefes tártaros a
los que impulsaba adelante, era un militar instruido. Él mismo tenía en sus
venas un poco de sangre mongol por parte de su madre, que era de origen
asiático, y amaba el engaño, complaciéndose en imaginar estratagemas y no
reparaba en medios cuando se trataba de sorprender algún secreto o de tender
alguna trampa.
Bribón por naturaleza, empleaba gustosamente los más viles
artificios, convirtiéndose en mendigo si se terciaba la ocasión, o adoptando
con gran perfección todas las formas y todos los modales. Además, era cruel y
hubiera hecho de verdugo si se presentara la oportunidad. Féofar Khan tenía en
él un lugarteniente digno de secundarle en aquella salvaje guerra.
Cuando Miguel Strogoff llegó a las orillas del Irtyche, Ivan
Ogareff era ya dueño de Omsk y estrechaba el cerco de la ciudad alta ya que
tenía prisa por reunirse en Tomsk con el grueso de las fuerzas tártaras, que
acababan de concentrarse allí.
Tomsk, en efecto, había sido tomada por Féofar-Khan hacía varios
días, y desde allí, los invasores, dueños ya de la Siberia central, debían
marchar sobre Irkutsk.
Esta ciudad era el verdadero objetivo de Ivan Ogareff.
El plan del traidor era ganarse la confianza del Gran Duque bajo
un nombre falso y, cuando considerase llegado el momento, entregar la ciudad y
el Gran Duque a los tártaros.
Dueños de tal ciudad y de tal rehén, toda la Rusia asiática
debía caer en manos de los invasores.
Ahora bien, como ya se sabe, el Zar tenía conocimiento de ese
complot y para frustrarlo era por lo que había confiado a Miguel Strogoff la
importante misión de que era portador. De ahí las severas instrucciones que se
le habían dado al joven correo para que pasase las comarcas invadidas con el
mayor incógnito.
Esta misión la había ejecutado fielmente hasta el momento, pero
¿podría llevarla ahora adelante?
La herida que había recibido Miguel Strogoff no era mortal.
Nadando, evitando ser visto, alcanzó la orilla derecha del río en donde cayó
desvanecido entre unos cañaverales.
Cuando recobró el conocimiento se encontraba en la cabaña de un
campesino que lo había recogido y cuidado, y al cual debía él estar todavía
vivo. Pero ¿cuánto tiempo hacía que era huésped de aquel bravo siberiano? No lo
podía decir. Cuando abrió los ojos vio una bondadosa figura barbuda que le
miraba compasivamente inclinada sobre él. Iba a preguntarle dónde se encontraba
cuando el campesino le previno, diciéndole:
No hables, padrecito, no hables. Estás todavía demasiado débil.
Yo te diré dónde estás y todo lo que ha ocurrido desde que te recogí en mi
cabaña.
Y el campesino le contó a Miguel Strogoff los diversos
incidentes de la lucha que había tenido lugar; el ataque de las barcas
tártaras, el pillaje de la tarenta, la masacre de los bateleros...
Miguel Strogoff ya no le escuchaba y llevó su mano a sus
vestiduras, palpando la carta imperial que aún conservaba consigo sobre su
pecho.
Respiró tranquilizándose, pero no era eso todo:
¡La joven que me acompañaba! dijo.
No la han matado respondió el campesino, saliendo al paso de la
inquietud que leía en los ojos de su huésped . La metieron en una de sus barcas
y continuaron descendiendo por el Irtyche. Es una prisionera que irá a reunirse
con tantas otras que han conducido a Tomsk.
Miguel Strogoff no pudo responder. Apoyó la mano sobre el pecho
para frenar los latidos de su corazón.
Pero, pese a tan duras pruebas, el sentimiento del deber
dominaba su alma entera y preguntó:
¿Dónde estoy?
Sobre la ribera derecha del Irtyche, a sólo cinco verstas de
Omsk respondió el campesino.
¿Qué clase de herida he recibido, que me ha postrado de este
modo? ¿Ha sido un disparo de arma de fuego?
No, ha sido un golpe de lanza en la cabeza, que ya ha
cicatrizado respondió el campesino . Después de algunos días de reposo,
padrecito, podrás continuar la ruta. Caíste al río, pero los tártaros no te
tocaron ni te registraron, y tu bolsa está todavía en tu bolsillo.
Miguel Strogoff tendió la mano al campesino y después, con un
supremo esfuerzo, se enderezó en la cama diciéndole:
Amigo, ¿cuánto tiempo llevo en tu cabaña?
Desde hace tres días.
¡Tres días perdidos!
Tres días durante los cuales has estado sin conocimiento.
¿Puedes venderme un caballo?
¿Quieres partir?
Al instante.
No tengo caballo ni carruaje, padrecito. ¡Allí por donde los
tártaros pasan no queda nada!
Bien, pues ire a pie hasta Omsk a buscar un caballo.
Unas horas de reposo todavía y estarás en mejores condiciones
para continuar el viaje.
Ni una hora.
Vamos, entonces respondió el campesino, comprendiendo que no
podría luchar contra la voluntad de su huésped . Yo mismo te conduciré. Todavía
hay un gran número de rusos en Omsk y podrás pasar desapercibido.
¡Amigo le dijo Miguel Strogoff , ¡que el cielo recompense todo
lo que estás haciendo por mí!
¡Una recompensa! ¡Sólo los locos la esperan en la tierra!
respondió el campesino.
Miguel Strogoff abandonó la cabaña; pero cuando quiso iniciar la
marcha sintió tal desvanecimiento, que seguramente hubiera caído a tierra de no
ser por la ayuda del campesino, sin embargo su gran voluntad hizo que se
recuperara prontamente.
Sentía en su cabeza el golpe de lanza que había recibido y que
afortunadamente había sido ámortiguado por el gorro de pieles con que se
cubría, pero siendo poseedor de la energía que le caracterizaba, no era hombre
para dejarse abatir por tan poca cosa.
Un solo pensamiento cruzaba por su mente: aquella lejana Irkutsk
a la que tenía necesidad de llegar. Pero antes era preciso atravesar Omsk sin
detenerse.
¡Que Dios proteja a mi madre y a Nadia! murmuró . Ahora no tengo
derecho a pensar en ellas.
Miguel Strogoff y el campesino llegaron pronto al barrio
comercial de Omsk y, aunque estaba ocupado militarmente, no tuvieron dificultad
de entrar en él.
La muralla de tierra había sido destruida por muchos sitios, por
cuyas brechas entraron los merodeadores que seguían a los ejércitos de Féofar
Khan.
En el interior de Omsk, por sus calles y plazas, había un
verdadero hormiguero de soldados tártaros; pero era fácil apreciar que una mano
de hierro les imponía una disciplina a la que no estaban acostumbrados.
Efectivamente, no circulaban solos, sino en grupos armados, prestos a repeler
en todo momento cualquier agresion.
En la plaza mayor, transformada en campamento guardado por
numerosos centinelas, dos mil soldados tártaros vivaqueaban ordenadamente. Los
caballos, sujetos a estacas, permanecían siempre ensillados, dispuestos a
partir a la primera orden. Omsk no podía ser más que una parada provisional
para esta caballería tártara que debía sin duda preferir las ricas llanuras de
la Siberia oriental, en donde las ciudades son más opulentas, las campiñas más
fértiles y, por consiguiente, el pillaje más fructífero.
Por encima de la ciudad comercial se levantaba el barrio alto,
el cual Ivan Ogareff había intentado asaltar varias veces, siendo bravamente
rechazado en todas las ocasiones y no habiendo conseguido todavía reducirlo.
Sobre sus aspilleradas murallas ondeaba aún la bandera nacional con los colores
de Rusia.
Miguel Strogoff y su guía saludaron esta bandera con legítimo
orgullo.
El correo del Zar conocía perfectamente la ciudad de Omsk y,
siempre en pos de su guía, evitaba las calles más frecuentadas. No es que
temiera ser reconocido, ya que en toda la ciudad únicamente su madre podía
llamarlo por su verdadero nombre, pero había jurado no verla y no la vería. Por
eso deseaba con todo su corazón que se encontrara refu-giada en algún tranquilo
lugar de la estepa.
Afortunadamente, el campesino conocía a un encargado de posta el
cual, pagándole bien, no se negaría a alquilar o vender un carruaje o un
caballo. Quedaba la dificultad de abandonar la ciudad, pero las brechas
practicadas en la muralla podían facilitar la salida de Miguel Strogoff.
El campesino conducía, pues, a su huésped directamente a la
parada cuando, en una calle estrecha, Miguel Strogoff se detuvo de pronto y
retrocedió hasta esconderse detrás de una esquina.
¿Qué te pasa? le preguntó vivamente el campesino, sorprendido de
aquel brusco movimiento.
¡Silencio! se limitó a decir Miguel Strogoff, llevando un dedo a
sus labios.
En aquel momento, un destacamento de tártaros desembocaba de la
plaza mayor y entraba en la calle por la que circulaban Miguel Strogoff y su
compañero.
A la cabeza del destacamento, compuesto por una veintena de
jinetes, marchaba un oficial vestido con un simple uniforme. Pese a que su
mirada iba de un lado a otro, no podía haber visto a Miguel Strogoff, que se
había batido rápidamente en retirada.
El destacamento iba a un buen trote por la estrecha calle sin
que el oficial ni su escolta hicieran caso de los habitantes del lugar, los
cuales apenas tenían tiempo de echarse a un lado, lanzando gritos medio
ahogados a los que respondían inmediatamente los soldados con golpes de lanza,
por lo que la calle estuvo despejada en un instante.
Cuando la escolta hubo desaparecido, Miguel Strogoff se volvió
hacia el campesino, Ireguntando:
¿Quién es ese oficial?
Y mientras hacía esta pregunta su rostro se quedó pálido como el
de un muerto.
Es Ivan Ogareff respondió el campesino con una voz baja que
respiraba odio.
¡Él! gritó Miguel Strogoff, lanzando esta palabra con un tono de
rabia que no pudo disimular.
Acababa de reconocer en aquel oficial al viajero que le había
humillado en la parada de Ichim.
Pero repentinamente se iluminó su espíritu. Aquel viajero, al
que apenas había entrevisto, le recordaba al mismo tiempo al viejo gitano cuyas
palabras había sorprendido en el mercado de Nijni Novgorod.
Miguel Strogoff no se equivocaba, aquellos dos hombres eran la
misma persona. Vestido de gitano y mezclado entre la tribu de Sangarra, Ivan
Ogareff había podido abandonar la provincia de Nijni Novgorod, en donde había
ido a buscar afiliados a su maldita obra entre los numerosos extranjeros que
del Asia central concurrían a la feria. Sangarra y sus gitanas, verdaderos
espías a sueldo, debían serle absolutamente fieles. Era él quien por la noche,
sobre el campo de la feria, había pronunciado aquella extraña frase cuyo
significado podía Miguel Strogoff comprender ahora. Era él quien viajaba a
bordo del Cáucaso con toda la tribu de gitanos y era también él quien,
siguiendo otra ruta de Kazan a Ichim a través de los Urales, había llegado a
Omsk, convirtiéndose en dueño de la ciudad.
Apenas debía de hacer tres días que Ivan Ogareff había llegado a
Omsk, por lo que, sin su funesto encuentro en Ichim y sin los acontecimientos
que le retuvieron tres días en la orilla del Irtyche, Miguel Strogoff le
hubiera adelantado en la ruta de Irkutsk.
¡Quién sabe cuántas desgracias se hubieran podido evitar!
En todo caso, Miguel Strogoff debía evitar más que nunca el
encuentro con Ivan Ogareff para no ser reconocido. Cuando llegase el momento de
encontrarse cara a cara, ya sabría buscarlo, aunque se hubiera convertido en
dueño de toda Siberia.
El campesino y él reemprendieron la marcha a través de la
ciudad, llegando a la parada de posta. Abandonar Omsk a través de una de las
brechas de la muralla no iba a ser muy difícil por la noche. En cuanto a
encontrar un vehículo que reemplazase la tarenta, fue imposible, ya que no
había ninguno para alquilar ni vender. Pero ¿qué necesidad tenía él ahora de un
carruaje? Un caballo le era más que suficiente y, afortunadamente, pudo
agenciarse uno. Era un animal resistente, apto para soportar grandes fatigas y
al cual, Miguel Strogoff, que era un buen jinete, podía sacar buen partido.
El caballo fue pagado a alto precio y algunos minutos más tarde
estaba dispuesto para la partida.
Eran entonces las cuatro de la tarde.
Miguel Strogoff, obligado a esperar a la noche para franquear la
muralla pero no queriendo dejarse ver por la ciudad, se quedó en la parada de
posta haciéndose servir algunos alimentos.
La sala común estaba abarrotada de gente. Igual que pasaba en
las estaciones rusas, los habitantes de estas ciudades, ansiosos de noticias,
iban a buscarlas a las paradas de posta. Se hablaba de la próxima llegada de un
cuerpo de tropas moscovita, no a Omsk, sino a Tomsk, destinado a reconquistar
esta ciudad de las garras de Féofar Khan.
Miguel Strogoff prestaba gran atención a todo cuanto se decía,
pero sin mezclarse en ninguna conversación.
De pronto, oyó un grito que le hizo estremecer; un grito que le
llegó al alma, cuyas dos palabras fueron lanzadas en su oído:
¡Hijo mio.
¡Su madre, la vieja Marfa, estaba ante él! ¡Le sonreía,
temblando de emoción, y tendiendo sus brazos!
Miguel Strogoff se levantó e iba a arrojarse hacia ella cuando
el pensamiento del deber y el peligro que aquel lamentable encuentro encerraba
para él y para su madre le detuvieron enseguida, y tal fue su dominio de sí
mismo, que ni un solo músculo de su cara se contrajo.
Una veintena de personas se encontraban reunidas en la sala
común y entre ellas podía ser que hubiera algún espía, aparte de que en la
ciudad se sabía de sobras que el hijo de Marfa Strogoff pertenecía al cuerpo de
correos del Zar.
Miguel Strogoff no se movió.
¡Miguel! gritó su madre.
¿Quién es usted, mi buena señora? preguntó Miguel Strogoff,
balbuceando mas que pronunciando las palabras.
¿Quién soy, preguntas, hijo mío? ¿Es que no reconoces a tu
madre?
Se equivoca usted... respondió Miguel Strogoff fríamente .
Quizás alguna semejanza...
La vieja Marfa se acercó a él y mirándolo fijamente a los ojos
le dijo:
¿Tú no eres el hijo de Pedro y Marfa Strogoff
Miguel Strogoff hubiera dado su vida por pode estrechar
fuertemente a su madre entre sus brazos.. Pero si cedía era su fin, el de ella,
de su misión y de su juramento... Dominándose completamente, cerró los ojos
para no ver la irreprimible angustia que reflejaba la mirada venerable de su
madre y retiró sus manos para no tenderlas hacia aquellas otras que le buscaban
temblorosamente.
Yo no sé, realmente, qué es lo que quiere usted decir, buena
mujer respondió Miguel Strogoff, retrocediendo algunos pasos.
¡Miguel! gritó aún la mujer.
¡Yo no me llamo Miguel! ¡No he sido nunca su hijo! ¡Yo soy
Nicolás Korpanoff, comerciante de Irkutsk!
Y bruscamente abandonó la sala, mientras re sonaban unas
palabras pronunciadas tras él por últi ma vez:
¡Hijo mío! ¡Hijo mío!
Miguel Strogoff, haciendo un esfuerzo supremo, se había
marchado, sin ver a su vieja madre que se dejaba caer casi inerte sobre un
banco. Pero en el momento en que el encargado se precipitó hacia ella para
socorrerla, la anciana se levantó. Una súbita reve-lacian había entrado en su
espíritu. ¡Ella, renegada por su hijo! ¡Esto no era posible! En cuanto a que
ella pudiera equivocarse, era más imposible todavía. Era evidente que el que
acababa de ver era su hijo y si él no la había reconocido es que no había querido,
que no debía reconocerla, que tenía terribles razones para comportarse de
aquella manera. Entonces, reprimiendo sus sentimientos maternales, no tuvo más
que un pensamiento: «¿ Lo habré perdido sin querer?»
¡Estoy loca! dijo a los que la interrogaban . ¡Mis ojos me han
engañado! ¡Ese joven no es mi hijo! ¡No tenía su voz! ¡No pensemos más en ello
porque acabaré viéndolo en todas partes!
Pero menos de diez minutos después, un oficial tártaro se
presentaba en la parada de posta.
¿Marfa Strogoff ? preguntó.
Soy yo respondió la anciana mujer, con tono calmoso y la mirada
tan tranquila que los testigos de la escena que acababan de presenciar no la
hubieran reconocido.
Ven conmigo dijo el oficial.
Marfa Strogoff siguió con paso seguro al oficial tártaro,
abandonando la casa de postas.
Algunos minutos después se encontraba en el vivac de la plaza
mayor, ante la presencia de Ivan Ogareff, el cual tuvo inmediato conocimiento
de todos los detalles de la escena.
Ivan Ogareff, suponiendo la verdad, había querido interrogar él
mismo a la anciana siberiana.
¿Tu nombre? preguntó con tono rudo.
Marfa Strogoff.
¿Tú tienes un hijo?
Sí.
¿Es correo del Zar?
Sí.
¿Dónde está?
En Moscú.
¿Tienes noticias suyas?
No.
¿Desde cuándo?
Desde hace dos meses.
¿Quién era, pues, aquel joven al que hace unos instantes has
llamado hijo en la parada de posta?
Un joven siberiano al que he confundido con él respondió Marfa
Strogoff . Es la décima vez que creo encontrar a mi hijo desde que la ciudad
está llena de extranjeros. Creo verlo por todas partes.
¿Así que aquel joven no es Miguel Strogoff?
No es Miguel Strogoff.
¿Sabes, vieja, que puedo hacerte torturar hasta que digas toda
la verdad?
He dicho la verdad y la tortura no hará cambiar en nada mis
palabras.
¿Ese siberiano no era Miguel Strogoff? preguntó nuevamente Ivan
Ogareff.
¡No! ¡No era él! respondió nuevamente también Marfa Strogoff .
¿Cree que por nada del mundo renegaría de un hijo como el que Dios me ha dado?
Ivan Ogareff miró malignamente a la anciana, la cual no bajó la
vista. No dudaba que había reconocido a su hijo en aquel siberiano y que si él
había renegado de su madre entonces, y su madre renegaba de él a su vez, era
por un motivo gravisimo.
Para Ivan Ogareff, pues, no había ninguna duda de que el
pretendido Nicolás Korpanoff era Miguel Strogoff, correo del Zar camuflado bajo
un nombre falso y encargado de una mision cuyo conocimiento le era capital. Por
ello dio la orden inmediata de que se iniciara su persecución. Después,
volviéndose hacia Marfa Strogoff, dijo:
Que esta mujer sea conducida a Tomsk.
Y mientras los soldados la apresaban con brutalidad, murmuró
entre dientes:
Cuando llegue el momento, ya sabré hacer hablar a esta vieja
bruja.
15
LOS PANTANOS DE LA BARABA
Miguel Strogoff había obrado con acierto al abandonar tan
bruscamente la parada, porque las órdenes de Ivan Ogareff habían sido
transmitidas enseguida a todos los puntos de la ciudad, y sus señas enviadas a
todos los encargados de las postas, con el fin de que no pudiera salir de Omsk.
Pero, en aquellos momentos, el correo del Zar había ya franqueado una de las
brechas de la muralla y su caballo corría por la estepa y, si no era perseguido
inmediatamente, tenía muchas probabilidades de escapar.
Era el 29 de julio, a las ocho de la tarde, cuando Miguel
Strogoff abandonó Omsk. Esta ciudad se encontraba a poco más de medio camino
entre Moscú e Irkutsk, y, si quería adelantarse a las columnas tártaras, tenía
que llegar allí en menos de diez días.
Evidentemente, el deplorable azar que le había puesto en
presencia de su madre había revelado su identidad, e Ivan Ogareff no podía
ignorar que un correo del Zar acababa de atravesar Omsk dirigiéndose hacia
Irkutsk. Los mensajes que llevaba este correo debían ser de una importancia
extrema y Miguel Strogoff sabía que harían todo lo posible por apoderarse de
él.
Pero lo que no podía saber es que Marfa Strogoff estaba en manos
de Ivan Ogareff y que era ella quien iba a pagar, puede que con su vida, el
impulso que no había podido detener al encontrarse de pronto en presencia de su
hijo. Y afortunadamente no lo sabía porque, ¿hubiera podido resistir esta nueva
prueba?
Miguel Strogoff estimulaba a su caballo, comunicándole toda la
impaciencia febril que le devoraba y no le pedía más que una cosa, que le
llevara rápidamente hasta la próxima parada en donde pudiera obtener un caballo
más rápido.
A medianoche había franqueado setenta verstas y llegaba a la
estación de Kulikovo, pero allí, tal como temía, no se encontraban caballos ni
carruajes, porque algunos destacamentos tártaros habían pasado por aquella gran
ruta de la estepa y lo habían robado y requisado todo, tanto en las poblaciones
como en las casas de posta. Miguel Strogoff apenas pudo conseguir algún
alimento para él y para su caballo.
Le interesaba, por tanto, conservar y cuidar el que tenía,
porque no sabía cuándo podría reemplazarlo.
Mientras tanto, quería dejar la mayor distancia posible entre él
y los jinetes que Ivan Ogareff debía de haber lanzado en su persecución, por lo
cual resolvió seguir adelante y, después de una hora de reposo, reemprendió su
carrera a través de la estepa.
Hasta entonces, afortunadamente, las condiciones atmosféricas
habían favorecido el viaje del correo del Zar. La temperatura era soportable y
la noche, muy corta en esa época, estaba iluminada por esa media claridad de la
luna que, tamizándose a través de algunas nubes, hacía la ruta muy practicable.
Miguel Strogoff iba, pues, adelante, sin ninguna duda, sin
ninguna vacilación. Pese a los dolorosos pensamientos que le obsesionaban,
había conservado una extrema lucidez de espíritu y marchaba hacia su objetivo,
como si éste fuese visible en el horizonte.
Cuando se detenía en algún recodo del camino, era para dejar
tomar aliento durante unos instantes a su caballo. Entonces, echando pie a
tierra, libraba de su peso al animal y aprovechaba para poner el oído en el
suelo y escuchar si algún galope se propagaba por la superficie de la estepa.
Cuando se había asegurado de que no se oían ruidos sospechosos, continuaba la
marcha hacia delante.
¡Ah, si todas estas comarcas siberianas estuvieran invadidas por
la noche polar, y esa noche durara varios meses! ¡Lo deseaba con toda
vehemencia porque podía atravesarla con mucha mayor seguridad!
El 30 de julio, a las nueve de la mañana, pasó por la estación
de Turumoff, encontrándose con la region pantanosa de la Baraba.
Allí, las dificultades naturales podían ser extremadamente
graves. Miguel Strogoff lo sabía, pero también sabía que podría sobrellevarlas.
Estos vastos Pantanos de la Baraba se extienden de norte a sur
desde el paralelo sesenta al cincuenta y dos, y sirven de depósito a todas las
aguas fluviales que no encuentran salida ni hacia el Obi ni hacia el Irtyche.
El suelo de esta vasta depresión es totalmente arcilloso y, por consecuencia,
permeable, de tal forma que las aguas se acumulan, haciendo que esta region sea
muy difícil de atravesar durante la estación cálida.
No obstante, el camino hacia Irkutsk pasa por allí, en medio de
estas lagunas, estanques, lagos y pantanos, donde el sol provoca emanaciones
malsanas que convierten este camino, además de fatigoso, en terriblemente
peligroso para el viajero.
En invierno, cuando el frío solidifica todo líquido; cuando la
nieve ha nivelado el suelo y condensado las míasmas, los trineos pueden
deslizarse impunemente sobre la dura corteza de la Baraba, y los cazadores
frecuentan con asiduidad aquellas comarcas tan abundantes en caza, a la busca
de martas, cebellinas y esos preciosos zorros cuya piel es tan buscada. Pero
durante el verano, los pantanos se vuelven fangosos, pestilentes y hasta
impracticables cuando el nivel de las aguas ha crecido demasiado.
Miguel Strogoff lanzó su caballo en medio de una pradera de
turba, en la que ya se notaba la falta de la hierba baja de la estepa, de la
que se alimentan exclusivamente los inmesos rebaños siberianos. No se trataba
de una pradera sin límites, sino una especie de inmenso vivero de vegetales
arborescentes.
La hierba se elevaba entonces a cinco o seis pies de altura e
iba dejando su sitio a las plantas acuáticas, a las cuales la humedad, ayudada
por el calor estival daba proporciones gigantescas.
Eran principalmente juncos y butomos, que formaban una red
inextricable, una impenetrable espesura adornada por miles de flores que
llamaban la atención por la viveza de su colorido, entre las cuales brillaban
las azucenas y los lirios, cuyos perfumes se mezclaban con las cálidas
emanaciones que el sol evaporaba.
Miguel Strogoff, galopando entre aquella espesura de juncos, no
podía ser visto desde los pantanos que bordeaban el camino. Los grandes
matorrales se elevaban por encima de él y su paso únicamente estaba señalado
por el vuelo de las innumerables aves acuáticas que se levantaban sobre las
orillas del camino y se extendían por las profundidades del cielo en grupos
escandalosos.
No obstante, la ruta estaba claramente trazada; aquí avanzaba
directamente entre la espesa maleza de plantas acuáticas; allá rodeaba las
orillas sinuosas de grandes estanques, algunos de los cuales tenían varias
verstas de longitud y de anchura y casi merecían el nombre de lagos. En otros
lugares no era posible evitar las aguas pantanosas y atravesaba el camino, no
sobre puentes, sino sobre inseguras plataformas apoyadas sobre lechos de
arcilla, cuyos maderos temblaban como débiles planchas colocadas sobre un
abismo. Algunas de estas plataformas se prolongaban por espacio de doscientos o
trescientos pies y mas de una vez, los viajeros, al menos los de las tarentas,
habían experimentado un mareo parecido al que provoca la mar.
Miguel Strogoff corría siempre, sobre suelo duro o sobre suelo
que temblaba bajo sus pies; corría sin detenerse nunca, saltando por encima de
la brechas abiertas en la podrida madera; pero por rápidos que fueran, caballo
y jinete no podían protegerse de las picaduras de los mosquitos que infestaban
aquel pantanoso país.
Los viajeros que se ven obligados a atravesar la Baraba durante
el verano tienen la precaución de proveerse de caretas de crin, a las cuales va
unida una cota de malla de un alambre muy fino que les cubre los hombros. Pero
pese a estas precauciones, es raro que consigan atravesar los pantanos sin
tener la cara, el cuello y las manos acribillados por puntitos rojos. La
atmósfera parece estar allí erizada de agujas y hasta podría creerse que una de
aquellas antiguas armaduras de caballero no sería suficiente para protegerse
contra los dardos de aquellos dípteros. Es aquél un funesto país que el hombre
disputa, pagando alto precio, a las tipulas, a los mosquitos, a los
maringuinos, a los tábanos e incluso a millares y millares de insectos
microscópicos que no son visibles a simple vista, pero cuyas intolerables
picaduras, a las que nunca se acostumbraban los cazadores siberianos mas
en-durecidos, se hacen sentir claramente.
El caballo de Miguel Strogoff, asaeteado por estos venenosos
insectos, saltaba como si le clavasen en los ijares las puntas de mil espuelas
y, acometido por una furiosa rabia, se encabritaba y se lanzaba a toda
velocidad, devorando verstas y más verstas con la rapidez de un tren expreso,
sacudiendo sus flancos con su cola y buscando en la rapidez de su carrera un
alivio para tal suplicio.
Era necesario ser tan buen jinete como Miguel Strogoff para no
ser derribado por las reacciones del caballo, con sus bruscas paradas y los
saltos que daba para librarse de los aguijones de los insectos.
Pero el correo del Zar se había vuelto, por así decirlo,
insensible al dolor físico, como si se encontrase bajo la influencia de una
anestesia permanente, no viviendo más que para el deseo de llegar a su meta,
costara lo que costase, y no veía más que una cosa en aquella carrera
insensata: que la ruta iba quedando rápidamente detrás de él.
¿Quién hubiera podido creer que en aquellos lugares de la
Baraba, tan malsanos durante la estación calurosa, pudiera encontrar refugio
población alguna?
Sin embargo, así era. Algunos caseríos siberianos aparecían de
tarde en tarde entre los juncos gigantescos. Hombres, mujeres, niños y viejos,
cubiertos con pieles de animales y ocultando el rostro bajo vejigas untadas de
pez, guardaban sus rebaños de enflaquecidos carneros; pero para preservar a
estos animales de los ataques de los insectos, los resguardaban bajo el humo de
hogueras de madera verde, que alimentaban noche y día y cuyo acre olor se
propagaba lentamente por encima de la inmensa marisma.
Cuando Miguel Strogoff notaba que su caballo estaba rendido de
fatiga, a punto de abatirse, se paraba en uno de estos miserables caseríos y
allí, olvidándose de sus propias fatigas, frotaba él mismo las picaduras del
pobre animal con grasa caliente, según la costumbre siberiana; después, le daba
una buena ración de forraje, y sólo cuando lo había curado y alimentado, se
preocupaba un poco de sí mismo, reponiendo sus fuerzas comiendo un poco de pan
y carne acompañado con algunos vasos de kwais. Una hora más tarde, dos a lo
sumo, reemprendía a toda velocidad la interminable ruta hacia Irkutsk.
De esta forma, Miguel Strogoff franqueó noventa verstas desde
Turumoff, insensible a toda fatiga, llegaba a Elamsk a las cuatro de la tarde
del 30 de julio.
Allí fue necesario darle una noche de reposo al caballo, porque
el vigoroso animal no hubiera podido continuar por más tiempo el viaje.
En Elamsk, como en todas partes, no existía ningun medio de
transporte, por la misma razón que en los pueblos precedentes faltaba toda
clase de caballos y carruajes.
Esta pequeña ciudad, que los tártaros no habían visitado
todavía, estaba casi enteramente despoblada, ya que era fácil que fuese
invadida por el sur y, sin embargo, era muy difícil que recibiera refuerzos por
el norte. Así, parada de posta, oficina de policía y residencia del gobernador
habían sido abandonadas por orden de la superioridad, y los funcionarios por su
parte y los habitantes por otra, todos los vecinos que estaban en condiciones
de emigrar habían decidido refugiarse en Kamsk, en el centro de la Baraba.
Miguel Strogoff tuvo, pues, que resignarse a pasar la noche en
Elamsk, para dar reposo a su caballo durante unas doce horas. Se acordaba de
las instrucciones que se le habían dado en Moscú: «Atravesar Siberia de
incógnito, llegar cuanto antes a Irkutsk, pero con precaución, sin sacrificar
el resultado de la misión a la rapidez del viaje.» Por consiguiente, tenía que
conservar el único medio de transporte que le quedaba.
Al día siguiente dejó Elamsk en el momento en que, diez verstas
más atrás, en el camino de la Baraba, aparecían los primeros exploradores
tártaros, por lo que se lanzó de nuevo a través de aquella pantanosa
La ruta era llana, lo cual hacía más fácil la marcha, pero muy
sinuosa, lo que prolongaba el camino; sin embargo, era imposible dejarla para
correr en línea recta a través de aquella infranqueable red de estanques y
pantanos.
Al otro día, primero de agosto, Miguel Strogoff pasó, al
mediodía, por la aldea de Spaskoë, ciento veinte verstas más allá, y dos horas
más tarde se detenía en la de Pokrowskoë.
Allí tuvo que perder también, por un reposo que era forzoso,
todo el resto del día y la noche entera; pero reemprendió la marcha al día
siguiente por la mañana, corriendo siempre a través de aquel suelo inundado, y
el 2 de agosto, a las cuatro de la tarde, después de una etapa de setenta y
cinco verstas, llegaba a Kamsk.
El país había cambiado. Esta pequeña ciudad de Kamsk es como una
isla, habitable y sana, en medio de tan inhóspitas comarcas. Ocupa el centro
mismo de la Baraba y merced a los saneamientos realizados y a la canalización
del río Tom, afluente del Irtyche que pasa por Kamsk, las pestilentes marismas
se habían transformado en ricos terrenos de pasto. Sin embargo, aquellas
mejoras no habían conseguido desarraigar por completo las fiebres que, sobre
todo en otoño, hacían peligrosa la estancia en la ciudad. Pero así y todo, era
un refugio para los habitantes de la Baraba cuando las fiebres palúdicas les
arrojaban del resto de la provincia.
La emigracion provocada por la invasión tártar a no había
despoblado todavía la pequeña ciudad de Kamsk. Sus habitantes creían
probablemente estar seguros en el centro de la Baraba o, al menos, pensaban
tener tiempo de huir si se encontraban directamente amenazados.
Miguel Strogoff, pese a sus deseos, no pudo obtener ninguna
noticia en aquel lugar. Antes al contrario, hubiera sido el gobernador el que
se hubiese dirigido a él para conocer nuevas noticias, de haber sabido cuál era
la verdadera identidad del pretendido comerciante de Irkutsk. Kamsk, en efecto,
por su misma situacion, parecia encontrarse al margen del mundo siberiano y de
los graves acontecimientos que se desarrollaban.
Miguel Strogoff no se dejó ver ni poco ni mucho. Pasar
desapercibido no le bastaba: hubiera querido ser invisible. La experiencia del
pasado le volvía más desconfiado para el presente y el porvenir. Así pues, se
mantuvo apartado, poco deseoso de recorrer las calles del lugar, no queriendo
abandonar el albergue en el cual habíase detenido.
Habría podido encontrar un vehículo en Kamsk que fuera más
cómodo que el caballo que llevaba desde Omsk; pero después de pararse a
reflexionar, temió que la compra de una tarenta atrajase la atención hacia él
y, hasta que hubiera traspasado las líneas ocupadas ahora por los tártaros, que
cortaban Siberia siguiendo el valle del Irtyche, no quería arriesgarse a
provocar sospechas.
Además, para llevar a cabo la difícil travesía de la Baraba;
para huir a través de los pantanos, en caso de que algún peligro le amenazara
directamente; para distanciarse de los jinetes lanzados en su persecución; para
arrojarse, si era necesario, entre la más densa espesura de los juncos, un
caballo era, evidentemente, mejor que un carruaje. Más allá de Tomsk, en el
mismo Krasnoiarsk, aquel importante centro de la Siberia occidental, Miguel
Strogoff ya vería lo que convenía hacer.
En cuanto a su caballo, ni siquiera había tenido el pensamiento
de cambiarlo por otro. Se había acostumbrado ya a aquel valiente animal y sabía
lo que podía dar de sí. Había tenido mucha suerte al comprarlo en Omsk, y el
campesino que le había conducido a la parada de postas le había hecho un gran
servicio.
Pero si Miguel Strogoff se había ya acostumbrado al caballo,
éste parecía que poco a poco iba acostumbrándose a las fatigas de semejante
viaje, y a condición de que se le reservara algunas horas de reposo, su jinete
podía esperar que le conduciría más allá de las provincias invadidas.
Durante la tarde y la noche del 2 al 3 de agosto, Miguel
Strogoff permaneció confinado en su albergue, sito en la entrada de la ciudad,
por lo que era poco frecuentado y estaba al abrigo de inoportunos curiosos.
Rendido por la fatiga, se acostó después de haber cuidado de que
a su caballo no le faltase nada; pero no pudo dormir más que con un sueño
intermitente. Demasiados recuerdos, demasiadas inquietudes le asaltaban a la
vez. Las imágenes de su anciana madre y de su joven e intrépida compañera, que
habían quedado detrás de él, sin protección, pasaban alternativamente por su
mente y se confundían a menudo en un solo pensamiento.
Después su recuerdo volvía a la misión que había jurado cumplir,
y cuya importancia iba haciéndose cada vez más patente desde su salida de
Moscú. La invasión era extremadamente grave y la complicidad de Ivan Ogareff la
hacía más temible todavía.
Cuando su mirada se posaba sobre la carta revestida con el sello
imperial aquella carta que sin duda contenía el remedio para tantos males; la
salvación de aquel país desolado por la guerra , Miguel Strogoff sentía en su
interior un deseo feroz de lanzarse a través de la estepa; de franquear a vuelo
de pájaro la distancia que le separaba de Irkutsk; de ser un águila para
elevarse por encima de los obstáculos; de ser un huracan para atravesar el aire
con una velocidad de cien verstas a la hora; de llegar, al fin, frente al Gran
Duque y gritarle: «Alteza, de parte de Su Majestad, el Zar.»
Al día siguiente por la mañana, a la seis, Miguel Strogoff
reemprendió el camino con intención de recorrer en esta jornada las ochenta
verstas que separan Kamsk de la aldea de Ubinsk. Al cabo de unas veinte
verstas, encontró de nuevo los pantanos de la Baraba que ninguna derivación
desecaba ya y el suelo quedaba a menudo sumergido bajo un pie de agua. El
camino era allí difícil de reconocer, pero gracias a su extrema prudencia,
ningún incidente interrumplo su marcha.
Miguel Strogoff llegó a Ubinsk y dejó reposar a su caballo
durante toda la noche, porque quería, en la jornada siguiente, recorrer sin
desmontar las cien verstas que separan Ubinsk de lkulskoë. Partió, pues, al
alba, pero, desgraciadamente, en esta parte de la Baraba el suelo era cada vez
más detestable.
Efectivamente, entre Ubinsk y Kamakova, las lluvias, muy
copiosas unas semanas antes, habían depositado las aguas en aquella estrecha
depresión como sobre una cuenca impermeable. No había solución de continuidad
en aquellos estanques, pantanos y lagos. Uno de estos lagos lo suficientemente
considerable como para merecer esa denominación geográfica , el Chang nombre
chino , tuvo que bordearlo Miguel Strogoff a lo largo de veinte verstas y a
costa de grandes esfuerzos y dificultades extremas, lo cual ocasionó retrasos
que toda la impaciencia del correo del Zar no podía impedir. Había hecho bien
en no tomar un vehículo en Kamsk, porque su caballo pasaba por lugares por los
que ningún carruaje hubiera podido pasar.
A las nueve de la tarde, Miguel Strogoff llegaba a lkulskoë, en
donde se detuvo toda la noche. En esa aldea perdida en la Baraba no se tenía
absolutamente ninguna noticia sobre la guerra y es que, por su misma
naturaleza, esta parte de la provincia quedaba dentro de la bifurcación que
formaban las dos columnas tártaras que avanzaban una sobre Omsk y la otra sobre
Tomsk, por eso había escapado hasta aquel momento de los horrores de la
invasión.
Pero las dificultades de aquella inhospita naturaleza iban, al
fin, a terminarse, ya que si no sobrevenía ningún retraso, al día siguiente
acabaría de atravesar la Baraba, y después de las ciento veinticinco verstas
que aún le separaban de Kolyvan, volvería a encontrar una ruta mucho más
practicable.
Al llegar a esta importante aldea, se encontraría a igual
distancia de Tomsk y, posiblemente, siguiendc el consejo de las circunstancias,
se decidiría por rodear esta ciudad que, si las noticias eran exactas, estaba
ocupada por Féofar Khan.
Pero si aquellas aldeas, tales como Ikulskoë y Karguinsk, que
atravesaría al día siguiente, estaban tranquilas gracias a que su situación
geográfica nc era apropiada para que pudieran maniobrar las columnas tártaras,
¿podía temer Miguel Strogoff que en las ricas margenes del Obi, si no tenía que
enfrentarse con las dificultades de la naturaleza, tendría que enfrentarse con
el hombre? Era verosímil.
No obstante, si era necesario, no dudaría en lanzarse fuera de
la ruta de Irkutsk y viajar entonce, a través de la estepa, con evidente riesgo
de encontrarse sin recursos, ya que por allí, efectivamente, nc habían caminos
trazados, ni ciudades, ni aldeas. Apenas si se encuentran algunas aldeas
perdidas o simples cabañas habitadas por gente muy pobre y muy hospitalaria,
sin duda, pero que apenas posee lo necesario Sin embargo, no dudaría ni un
instante.
Al fin, hacia las tres y media de la tarde, después de haber
pasado la estación de Kargatsk, Miguel Strogoff dejó las últimas depresiones de
la Baraba y el suelo duro y seco del territorio siberiano sonaba de nuevo bajo
los cascos de su caballo.
Había dejado Moscú el 15 de julio. Aquel día pues, 5 de agosto,
habían transcurrido ya veinte jornadas desde su partida, incluyendo las setenta
hora,, perdidas en las orillas del Irtyche.
Mil quinientas verstas le separaban todavía de Irkutsk.
16
EL ÚLTIMO ESFUERZO
Miguel Strogoff tenía razón al temer algún mal encuentro en
aquellas planicies que se prolongaban más allá de la Baraba, porque los campos,
hollados por los cascos de los caballos, mostraban claramente que los tártaros
habían pasado por allí, y de aquellos bárbaros podía decirse lo mismo que se
dice de los turcos: «Por allá por donde pasa el turco, no vuelve a crecer la
hierba.»
El correo del Zar debía, pues, tomar las más minuciosas
precauciones para atravesar aquellas comarcas. Algunas columnas de humo que se
elevaban por encima del horizonte indicaban que todavía ardían las aldeas y los
caseríos. Aquellos incendios ¿habían sido provocados por la vanguardia de las
fuerzas tártaras, o el ejército del Emir había llegado ya a los últimos limites
de la provincia? ¿Se encontraba Féofar Khan personalmente en el gobierno del
Yeniseisk? Miguel Strogoff no lo sabía y no podía decidir nada mientras no
estuviera seguro sobre este punto. ¿Estaba el país tan abandonado que no
encontraría un solo siberiano a quien dirigirse?
Miguel Strogoff anduvo dos verstas sobre una ruta absolutamente
desierta, buscando con la mirada, a derecha e izquierda, alguna casa que no
hubiera sido abandonada, pero todas las que visitó estaban completamente
vacías.
Finalmente distinguió una cabaña entre los árboles que todavía
humeaba y, al aproximarse, vio, a algunos pasos de los restos de la casa, a un
anciano rodeado de niños que lloraban y una mujer, joven todavía, que sin duda
debía de ser su hija y madre de los pequeños, arrodillada sobre el suelo y
contemplando con mirada extraviada aquella escena de desolación. Estaba
amamantando a un niño de pocos meses, al que pronto le faltaría hasta la leche.
¡Todo eran ruinas y miseria alrededor de esta desgraciada familia!
Miguel Strogoff se dirigió hacia el anciano con voz grave:
¿Puedes responderme?
Habla contestó el viejo.
¿Han pasado por aquí los tártaros?
Sí, puesto que mi casa está ardiendo.
¿Eran un ejército o un destacamento?
Un ejército, puesto que por lejos que alcance tu vista, todos
los campos están devastados.
¿Iba comandado Por el Emir?
Por el Emir, puesto que las aguas del Obi se han teñido de rojo.
¿Y Féofar Khan ha entrado en Tomsk?
Sí.
¿Sabes si los tártaros se han apoderado de Kolyvan?
No, puesto que Kolyvan no está ardiendo.
Gracias, amigo. ¿Puedo hacer algo por ti y por los tuyos?
Nada.
Hasta la vista.
Adiós.
Y Miguel Strogoff, después de depositar veinticinco rublos sobre
las rodillas de la desgraciada mujer, que ni siquiera tuvo fuerzas para dar las
gracias, montó de nuevo sobre su caballo y reemprendió la marcha que por un
instante había interrumpido.
Ahora ya sabía que debía evitar pasar a todo trance por Tomsk.
Dirigirse a Kolyvan, adonde los tártaros aún no habían llegado, todavía era
posible y lo que debía hacer en esta ciudad era reavituallarse para una larga
etapa y lanzarse fuera de la ruta de Irkutsk, dando un rodeo para no pasar por
Tomsk, después de haber franqueado el Obi. No había otro camino a seguir.
Una vez decidido este nuevo itinerario, Miguel Strogoff no dudó
ni un instante, e imprimiendo a su caballo una marcha rápida y regular, siguió
la ruta directa que le llevaba a la orilla izquierda del Obi, del que le
separaban aún cuarenta verstas. ¿Encontraría un transbordador para poder
atravesar el río, o los tártaros habrían destruido todo tipo de embarcaciones,
viéndose obligado a atravesar el río a nado? Ya lo resolvería.
En cuanto al caballo, muy agotado ya, después de pedirle que
empleara el resto de sus fuerzas en esta etapa, Miguel Strogoff intentaría
cambiarlo por otro en Kolyvan. Sentía el que dentro de poco el pobre animal se
quedaría sin su dueño.
Kolyvan debía ser, pues, como un nuevo punto de partida, porque
a partir de esta ciudad su viaje se efectuaría en unas nuevas condiciones.
Mientras recorriese el país devastado, las dificultades serían grandes todavía,
pero si después de evitar Tomsk podía reemprender la marcha por la ruta de
Irkutsk a través de la provincia de Yeniseisk, que los invasores no habían
desolado todavía, esperaba llegar al final de su viaje en pocos días.
Después de una calurosa jornada, llegó el atardecer y, a
medianoche, una profunda oscuridad envolvía la estepa. El viento, que había
desaparecido al ponerse el sol, dejaba la atmósfera en una calma absoluta.
Únicamente dejaban oírse sobre la desierta ruta el galope del caballo y algunas
palabras con las que su dueño le animaba. En medio de aquellas tinieblas era
preciso poner una atención extrema para no lanzarse fuera del camino, bordeado
de estanques y de pequeñas corrientes de agua, tributarias del Obi.
Miguel Strogoff avanzó tan rápidamente como le era posible, pero
con una cierta circunspeccion, confiando tanto en su excelente vista, que
penetraba las sombras, como en la prudencia de su caballo, cuya sagacidad le
era sobradamente conocida.
En aquel momento, Miguel Strogoff, habiendo puesto pie a tierra
para cerciorarse de la dirección exacta que tomaba el camino, creyo oir un
murmullo confuso que procedía del oeste. Era como el ruido de una cabalgata
lejana sobre la tierra reseca. No había duda. A una o dos verstas detrás de él
se producía una cierta cadencia de pasos que golpeaban re-gularmente el suelo.
Miguel Strogoff escuchó con mayor atención, después de haber
puesto su oído en el eje mismo del camino.
Es un destacamento de jinetes que vienen por la ruta de Omsk se
dijo . Marchan a paso rápido, porque el ruido aumenta. ¿Serán rusos o tártaros?
Miguel Strogoff escuchó todavía.
Sí, estos jinetes vienen a todo galope. ¡Estarán aquí antes de
diez minutos! Mi caballo no podrá mantener la distancia. Si son rusos, me uniré
a ellos, pero si son tártaros, es preciso evitarlos. ¿Pero cómo? ¿Donde puedo
esconderme en esta estepa?
Miguel Strogoff miró a su alrededor y su penetrante mirada
descubrió una masa confusamente perfilada en las sombras, a un centenar de
pasos delante de él, a la derecha del camino.
Allí hay una espesura se dijo , aunque buscar refugio es
exponerme a ser apresado si los jinetes la registran; no tengo elección. ¡Aquí
están! ¡aquí están!
Instantes después, Miguel Strogoff, llevando a su caballo por la
brida, llegaba a un pequeño bosque de maleza, al cual tuvo acceso por una
vereda. Aquí y allá, completamente desprovista de árboles, discurría aquella
senda entre barrancos y estanques, separados por matas de juncos y brezos
nacientes. A ambos lados, el terreno era absolutamente impracticable y el
destacamento debía pasar forzosamente por delante de aquel bosquecillo, ya que
seguía la gran ruta hacia Irkutsk.
Miguel Strogoff buscó la protección de la maleza, pero apenas se
había internado unos cuarenta pasos cuando se vio detenido por una corriente de
agua que encerraba la espesura en un recinto semicircular.
Las sombras eran tan espesas que el correo del Zar no corria
ningún peligro de ser visto, a menos que el bosquecillo fuera minuciosamente
registrado. Condujo, pues, su caballo hasta la orilla del riachuelo y, después
de atarlo a un árbol, volvió al lindero del bosque para cerciorarse de a qué
bando pertenecían los jinetes.
Apenas acababa de agazaparse detrás de la maleza, cuando un
resplandor bastante confuso, del que se destacaban aquí y allá algunos puntos
brillantes, apareció entre las sombras.
¡Antorchas! se dijo.
Y retrocedió vivamente, deslizándose como un felino, hasta
ocultarse en la parte más densa de la espesura.
A medida que iban aproximándose al bosquecillo, el paso de los
caballos comenzaba a hacerse más lento. ¿Registrarían aquellos jinetes la ruta,
con la intención de observar hasta los más pequeños detalles?
Miguel Strogoff debió de temerlo y retrocedió hasta la orilla
del curso de agua, dispuesto a sumergirse si era preciso.
El destacamento, al llegar a la altura de aquella espesura, se
detuvo. Los jinetes descabalgaron. Eran alrededor de una cincuentena y diez de
ellos llevaban antorchas que iluminaban la ruta en una amplia extensión.
Por ciertos preparativos, Miguel Strogoff se dio cuenta de que
por una fortuna inesperada, el destacamento no iba a registrar la espesura,
sino que iba a vivaquear en aquel lugar para dar reposo a los caballos y
permitir a los hombres que tomaran algún ali-mento.
Efectivamente, los caballos fueron desensillados y comenzaron a
pastar por la espesa hierba que tapizaba el suelo. En cuanto a los jinetes, se
tendieron a lo largo del camino y comenzaron a repartirse la comida que
llevaban en sus mochilas.
Miguel Strogoff conservaba toda su sangre fría y deslizándose
entre los matorrales, intentó ver y oír.
Era un destacamento que procedía de Omsk y estaba compuesto por
jinetes usbecks, raza dominante en Tartaria, cuyo tipo se asemeja sensiblemente
al mongol. Estos hombres, bien constituidos, de una talla superior a la media,
de rasgos duros y salvajes, estaban cubiertos con un talpak, especie de gorro
de piel de carnero negra, e iban calzados con botas amarillas de tacón alto,
cuyas puntas se dirigían hacia arriba, como los zapatos de la Edad Media. Su
pelliza era de indiana y estaba guateada con algodón crudo, sujetándola a la
cintura mediante un cinturón de cuero con pintas rojas. Sus armas defensivas
eran un escudo y las ofensivas estaban constituidas por un sable curvo, un
largo cuchillo y un fusil de mecha suspendido del arzón de la silla. Una capa
de fieltro de colores brillantes cubría sus espaldas.
Los caballos, que pastaban con toda libertad por los linderos de
la espesura, eran de raza usbecka, como los jinetes que los montaban. Esta
circunstancia podía distinguirse perfectamente a la luz de las antorchas que
proyectaban una viva claridad sobre el ramaje de la maleza.
Estos animales, un poco más pequeños que el caballo turcomano,
pero dotados de una notable fortaleza, son bestias de fondo que no conocen otro
tipo de marcha que el galope.
El destacamento estaba mandado por un pendjabaschi, es decir, un
comandante de cincuenta hombres, que tenía bajo sus órdenes a un deh baschzi,
simple jefe de diez hombres. Estos dos oficiales llevaban un casco y una media
cota de malla y el distintivo que indicaba su grado eran unas pequeñas
trompetas colgadas del arzón de su silla.
El pendja baschi había tenido que dejar reposar a sus hombres,
que estaban fatigados a causa de una larga marcha. Conversando con su
subordinado mientras iban y venían, fumando sendos cigarrillos de beng, hoja de
cáñamo que constituye la base del hachís, del que los asiáticos hacen tan gran
uso, paseaban por el bosque, de manera que Miguel Stro-goff, sin ser visto,
podía captar su conversación y comprenderla, ya que se expresaban en lengua
tártara.
Ya desde las primeras palabras que llegaron a los oídos del
fugitivo, la atención de Miguel Strogoff se sobreexcitó.
Efectivamente, era a él a quien se estaban refiriendo.
Este correo no puede habernos sacado tanta ventaja decía el
pendja baschi y, por otra parte, es absolutamente imposible que haya tomado
otra ruta que la de la Baraba.
¿Quién sabe si ni siquiera ha abandonado Omsk? respondió el deb
bascbi . Puede ser que todavía esté escondido en alguna casa de la ciudad.
Se dice que es natural del país; un siberiano y, por tanto, debe
de conocer estas comarcas; puede que haya salido de la ruta de Irkutsk para
volver a ella más tarde.
Pero entonces le habremos adelantado respondió el pendja baschi
porque hemos salido de Omsk menos de una hora después de su partida y hemos
seguido el camino más corto con los caballos a todo galope. Por tanto, o se ha
quedado en Omsk o llegaremos a Tomsk antes que él para cortarle la retirada y,
en cualquiera de los dos casos, no llegará a Irkutsk.
¡Es una mujer fuerte, aquella vieja siberiana que es,
evidentemente, su madre! dijo el deh-baschi.
Al oír esta frase, el corazón de Miguel Strogoff aceleró sus
latidos y pareció que fuera a romperse.
Sí respondió el pendja baschi , continúa sosteniendo que aquel
pretendido comerciante no es su hijo, pero ya es demasiado tarde. El coronel
Ogareff no se ha dejado engañar y, tal como ha dicho, ya sabrá hacer hablar a
esa vieja bruja cuando llegue el momento.
Cada una de estas palabras era como una puñalada que se asestara
a Miguel Strogoff. ¡Había sido identificado como correo del Zar! ¡Un
destacamento de caballería, lanzado en su persecución no podia dejar de
cortarle la ruta! Y, ¡supremo dolor!, ¡su madre estaba en manos de los tártaros
y el cruel Ivan Ogareff se vanagloriaba de que la haría hablar cuan-do
quisiera!
Miguel Strogoff sabía perfectamente que la enérgica siberiana no
hablaría nunca y eso le costaría la vida.
No creía ya que pudiera odiar a Ivan Ogareff más de lo que lo
había odiado hasta aquel instante, pero, sin embargo, una nueva oleada de odio
le subió al corazón.
¡El infame que había traicionado a su país, amenazaba ahora con
torturar a su madre!
Los dos oficiales continuaron conversando y Miguel Strogoff
creyó entender que en los alrededores de Kolyvan era inminente un
enfrentamiento entre las tropas tartaras y las moscovitas, que habían llegado
procedentes del norte.
Un pequeño cuerpo del ejército ruso, compuesto por unos dos mil
hombres, había aparecido sobre el curso inferior del Obi, dirigiéndose hacia
Tomsk a marchas forzadas.
Si era cierto, este cuerpo de tropas gubernamentales iba a
encontrarse con el grueso de las fuerzas de Féofar Khan y sería inevitablemente
aniquilado, quedando toda la ruta de Irkutsk en poder de los invasores.
En cuanto a lo que se refería a él mismo, por algunas palabras
del pendja baschi, Miguel Strogoff supo que habían puesto precio a su cabeza y
que se había dado orden de capturarlo, vivo o muerto.
Tenía, pues, necesidad imperiosa de adelantar al destacamento de
jinetes usbecks sobre la ruta de Irkutsk y dejar de por medio el río Obi. Pero
para ello era necesario huir antes de que levantaran el campamento.
Tomada esta resolución, Miguel Strogoff se preparó para
ejecutarla.
El alto en el camino del destacamento no podía prolongarse mucho
porque el pendja baschi no tenía intención de permitir a sus hombres más de una
hora de descanso, aunque sus caballos no pudieran ser cambiados en Omsk por
otros de refresco y debían de estar, por tanto, tan fatigados como el de Miguel
Strogoff, por las mismas razones de tan largo viaje.
No había, pues, ni un instante que perder.
Era la una de la madrugada y necesitaba aprovechar la oscuridad
de la noche, que pronto sería invadida por las luces del alba, para abandonar
el bosquecillo y lanzarse de nuevo sobre la ruta.
Pero aunque le favoreciera la noche, el éxito de la huida, en
aquellas condiciones, parecía casi imposible.
Miguel Strogoff no quería dejar ningún cabo suelto. Tomó el
tiempo necesario para reflexionar y sopesar minuciosamente los factores que
tenía en contra con el fin de mejorar las condiciones a su favor.
De la disposición del terreno sacó las siguientes conclusiones:
no podía escapar por la parte de atrás del soto, formado por un arco de maleza
cuya cuerda era el camino principal; el curso de agua que rodeaba este arco
era, no solamente profundo, sino bastante ancho y muy fangoso; grandes matas de
juncos hacían absolutamente impracticable el paso de este curso; bajo aquellas
turbias aguas se presentía un fondo cenagoso sobre el que los pies no podían
encontrar ningun punto de apoyo; además, más allá del curso de agua, el suelo
estaba cubierto de matorrales y difícilmente se prestaba a las maniobras de una
rápida huida; una vez dada la alarma, Miguel Strogoff sería perseguido
tenazmente y pronto rodeado, cayendo irremisiblemente en manos de los ji-netes
tártaros.
No había, pues, mas que un camino practicable; uno sólo, y éste
era la gran ruta.
Lo que Miguel Strogoff debía intentar era llegar hasta ella
rodeando el lindero del bosque y, sin llamar la atención, franquear un cuarto
de versta antes de ser descubierto, pidiendo a su caballo que empleara lo que
le quedaba de energía y vigor y que no cayera muerto de agotamiento antes de
llegar a la orilla del Obi; después, bien con una barca, o a nado si no había
ningún otro medio de transporte, atravesar este importante río.
Su energía y su coraje se decuplicaban cuando se encontraba cara
al peligro. Con aquella huida iba su vida, la misión que se le había
encomendado, el honor de su país y puede que la salvación de su propia madre.
No podía dudar y puso manos a la obra.
El tiempo apremíaba porque ya se producían ciertos movimientos
entre los hombres del destacamento. Algunos jinetes iban y venían por el
camino, frente al lindero del bosque; otros estaban todavía echados al pie de
los árboles, pero los caballos iban reuniéndose poco a poco en la parte central
del soto.
Miguel Strogoff tuvo, en principio, la intención de apoderarse
de algunos de aquellos caballos, pero se dijo, con razón, que debían de estar
tan cansados como el suyo y que, por tanto, más valía confiar en éste, que tan
seguro era y tan buenos servicios le había prestado hasta aquel momento.
El enérgico animal, escondido tras altas malezas de brezo, había
escapado a las miradas de los jinetes usbecks, ya que éstos no se habían
adentrado hasta el límite extremo del bosquecillo.
Miguel Strogoff, deslizándose sobre la hierba, se aproximó a su
caballo, que estaba acostado sobre el suelo. Le acarició con la mano y le habló
con dulzura para hacer que se levantara sin ruido alguno.
En aquel momento se produjo una circunstancia favorable: las
antorchas, completamente consumidas, se apagaron, y la oscuridad se hizo aún
mas profunda, sobre todo en aquellos lugares que estaban cubiertos de maleza.
Después de ponerle el bocado al caballo, aseguró la cincha de la
silla, apretó la correa de los estribos y comenzó a llevar al caballo de la
brida con toda lentitud.
El inteligente animal, como si hubiera comprendido lo que de él
se esperaba, siguió a su dueño dócilmente, sin que se le escapase el más ligero
relincho, pese a lo cual, algunos caballos usbecks, levantaron sus cabezas y se
dirigieron, poco a poco, hacia los linderos de la espesura.
Miguel Strogoff llevaba su revólver en la mano derecha, presto a
volarle la cabeza al primer jinete tártaro que se le aproximara. Pero,
afortunadamente, no fue dada la alarma y pudo alcanzar el ángulo que formaba el
bosque por la parte derecha, encontrándose de nuevo sobre el duro suelo de la
ruta.
La intención de Miguel Strogoff, para evitar ser visto, era no
montar sobre el caballo hasta que se encontrara a una prudente distancia de la
espesura; cuando hubiese conseguido llegar a una curva del camino que se
encontraba a unos doscientos pasos de allí.
Desgraciadamente, en el momento en que Miguel Strogoff iba a
franquear el lindero del bosque, el caballo de alguno de los jinetes, al
olfatearlo, relinchó y se lanzó al galope por el camino.
Su propietario se precipitó en su seguimiento para detenerle,
pero al percibir una silueta que se destacaba con las primeras luces del
amanecer, gritó:
¡Alerta!
Al oír este grito, todos los hombres del destacamento se
precipitaron sobre sus caballos para lanzarse a la ruta. Miguel Strogoff no
tuvo más remedio que montar y lanzarse a todo galope.
Los dos oficiales se pusieron a dar órdenes, gritando y
arengando a sus hombres, pero en aquel momento el correo del Zar ya había
iniciado su carrera.
Se oyó entonces una detonación y Miguel Strogoff sintió que una
bala atravesaba su pelliza.
Sin volver la cabeza ni responder al ataque, picó espuelas y,
franqueando el lindero del bosquecillo de un formidable salto, se lanzó a
rienda suelta en dirección al Obi.
Los caballos de los jinetes usbecks estaban desensillados y
podía, por tanto, tomar una cierta ventaja sobre sus perseguidores; pero no
podían tardar mucho en lanzarse tras sus pasos. Efectivamente, menos de dos
minutos después de haber abandonado el bosquecillo, oyó el galope de varios
caballos que, poco a poco, iban ganando terreno.
La luz del alba comenzaba a clarear el día y los objetos se
hacían visibles en un radio mayor.
Miguel Strogoff, volviendo la cabeza, se apercibió de que un
jinete se le iba acercando rápidamente.
Se trataba del deh baschi. Este oficial, contando con un
magnífico caballo, iba a la cabeza de los perseguidores y amenazaba con
alcanzar al fugitivo.
Sin pararse, Miguel Strogoff dirigió hacia él su revólver y
mirándole sólo un instante, con pulso seguro, apretó el gatillo.
El oficial usbeck, alcanzado en pleno pecho, rodó por el suelo.
Pero los otros jinetes le seguían de cerca y, sin prestar
atención al estado del deh baschi, excitados por sus propias vociferaciones,
hundiendo las espuelas en los flancos de sus caballos, iban acortando poco a
poco la distancia que les separaba de Miguel Strogoff.
Durante una media hora, sin embargo, el correo del Zar pudo
mantenerse fuera del alcance de las armas tártaras, pero notaba que su caballo
se agotaba por momentos y, a cada instante, temía que tropezara con cualquier
obstáculo y cayera para no levantarse más.
El día era ya bastante claro, aunque el sol no había aparecido
por encima del horizonte.
A una distancia de poco más de dos verstas, se distinguía una
pálida línea bordeada por árboles bastante espaciados entre sí. Era el Obi, que
discurría de sudoeste a noreste casi al mismo nivel del suelo, cuyo valle
estaba formado por la misma estepa siberiana.
Los jinetes tártaros dispararon varias veces sus fusiles contra
Miguel Strogoff, pero sin alcanzarle, y varias veces también el correo del Zar
se vio obligado a descargar su revólver contra algunos de los jinetes que se
acercaban demasiado a él. Cada vez que su revólver vomitó fuego, un usbeck rodó
por el suelo, en medio de los gritos de rabia de sus compa-ñeros.
Pero esta persecución no podía acabar más que con desventaja
para Miguel Strogoff, porque su caballo estaba ya reventado.
Sin embargo, consiguió llevar a su jinete hasta la orilla del
río.
Sobre el Obi, absolutamente desierto, no había una sola barca ni
un transbordador que le pudiera servir para atravesar la corriente.
¡Valor, mi buen caballo! gritó Miguel Strogoff . ¡Vamos! ¡Un
último esfuerzo!
Y se precipitó al río, que en aquel lugar debía de tener una
media versta de anchura.
Aquella corriente tan rápida era extremadamente difícil de
remontar y el caballo de Miguel Strogoff no hacía pie en ninguna parte. Sin
ningún punto de apoyo, no había más remedio que atravesar a nado aquellas
aguas, tan rápidas como las de un torrente. Afrontarlas era, por parte de
Miguel StrogOff, un verdadero alarde de valor.
Los jinetes se habían parado en la orilla, dudando en adentrarse
en la corriente.
En ese momento, el pendja baschi, tomando su fusil, miro con
rencor al fugitivo, que se encontraba ya en medio de la corriente, y disparo
contra él.
El caballo de Miguel Strogoff, herido en un flanco, se hundió
bajo su dueño.
Éste no tuvo más que el tiempo justo de desembarazarse de los
estribos en el mismo momento en que el pobre animal desaparecía bajo las aguas
del río. Después, sumergiéndose para evitar la lluvia de balas que hendían el
agua a su alrededor, consiguió llegar a la orilla derecha del río,
desapareciendo entre los cañaverales que crecían en la margen del Obi.
17
VERSOS Y CANCIONES
Miguel Strogóff se encontraba ya relativamente seguro, aunque su
situación continuaba siendo terrible.
Ahora que aquel valiente animal que tan fielmente le había
servido acababa de encontrar la muerte entre las aguas del río, ¿cómo podría él
continuar el viaje?
Tenía que proseguir a pie, sin víveres, en un país arruinado por
la invasión, batido por los exploradores del Emir y encontrándose todavía a una
distancia considerable del final de su viaje.
¡Por el Cielo! gritó, haciendo desaparecer todas las razones de
desánimo que acababan de embargar su espíritu . ¡Llegaré! ¡Dios proteja a la
santa Rusia!
Miguel Strogoff se encontraba entonces fuera del alcance de los
jinetes tártaros.
Éstos no se habían atrevido a perseguirle a través del río y,
por tanto, debían de creer que se había ahogado porque, tras su desaparición
bajo las aguas, no habían podido verle llegar a la orilla derecha del Obi.
Pero el correo del Zar, deslizándose entre los gigantescos
cañaverales de la orilla, había alcanzado la parte más elevada de la margen,
aunque con muchas dificultades, ya que un espeso limo depositado durante la
época de los desbordamientos de las aguas la hacía poco practicable.
Una vez sobre terreno más sólido, Miguel Strogoff se paró para
meditar lo que le convenía hacer.
Lo que quería, en primer lugar, era evitar la localidad de
Tomsk, ocupada por los tártaros, no obstante, le era preciso llegar a algún
caserío o alguna casa de postas para agenciarse algún caballo. Una vez en
posesión del animal, se lanzaría fuera de los caminos controlados por las
fuerzas tártaras y no volvería a recuperar la ruta de Irkutsk hasta llegar a
los alrededores de Krasnoiarsk.
A partir de este punto, si se apresuraba, podía aún encontrar el
camino libre y descender hacia el sudeste por las provincias del lago Balkal.
A continuación, Miguel Strogoff comenzó a buscar una
orientación.
Dos verstas más adelante, siguiendo el curso del Obi, se veía
una pequeña ciudad, pintorescamente elevada sobre un ligero promontorio del
suelo, y algunas iglesias con cúpulas bizantinas, pintadas de verde y oro,
perfilaban sus siluetas sobre el fondo gris del cielo.
Era Kolyvan, adonde iban a refugiarse durante el verano los
funcionarios y empleados de Kamsk y otras ciudades, para huir del clima malsano
de la Baraba.
Kolyvan, según las noticias que el correo del Zar había podido
conseguir, no debía de estar aún en manos de los invasores. Las tropas
tártaras, divididas en dos columnas, habíanse dirigido por la izquierda hacia
Omsk y por la derecha hacia Tomsk, descuidando la parte del país que quedaba
entre ambas.
El propósito, simple y lógico, de Miguel Strogoff, era llegar a
Kolyvan antes que los jinetes tártaros, que, remontando la orilla izquierda del
Obi, hubieran alcanzado la ciudad. Allí, pagando diez veces su valor, se
procuraría nuevas ropas y un caballo y volvería sobre la ruta de Irkutsk, a
través de la estepa meridional.
Eran las tres de la madrugada y los alrededores de Kolyvan, en
una calma absoluta, parecían completamente abandonados.
Evidentemente, la población campesina, huyendo de los invasores,
a los que no podían oponerse, habían emigrado hacia el norte, refugiándose en
las provincias del Yeniseisk.
Miguel Strogoff se dirigía a paso rápido hacia Kolyvan, cuando
llegaron hasta él lejanas detonaciones.
Se paró, distinguiendo netamente unos sordos ruidos que
atravesaban las capas de la atmósfera y una crepitación cuyo origen no podía
escapársele al correo del Zar.
¡Son cañones! ¡Y descargas de fusilería! se dijo . ¿El pequeño
cuerpo de ejército ruso se enfrenta ya con los tártaros? ¡Quiera el Cielo que
llegue antes que ellos a Kolyvan!
Miguel Strogoff no se equivocaba.
Muy pronto se fue acentuando poco a poco el ruido de las
detonaciones, y tras él, sobre la parte izquierda de Kolyvan, los vapores se
condensaban por encima del horizonte; y no eran nubes de humo, sino las grandes
columnas blanquecinas muy claramente perfiladas que producen las descargas de
artillería.
Sobre la izquierda del Obi, los jinetes usbecks que perseguían a
Miguel Strogoff se detuvieron a esperar el resultado de la batalla entre
aquellas desiguales fuerzas.
Por esta parte, Miguel Strogoff no tenía nada que temer, de
manera que apresuró su marcha hacia la ciudad.
Sin embargo, las detonaciones se intensificaban, aproximándose
sensiblemente. No se trataba de un ruido confuso, sino de cañonazos disparados
uno tras otro. Al mismo tiempo la humareda, empujada por el viento, se elevaba
en el aire, haciendo evidente que los combatientes se desplazaban con rapidez
hacia el sur.
Kolyvan iba a ser, con toda seguridad, atacada por su parte
septentrional.
Pero ¿intentaban las tropas rusas defenderla contra los tártaros
o, por el contrario, lo que pretendían era recuperarla porque estaba en manos
de las fuerzas de Féofar Khan?
Era imposible saberlo, y ello sumergía a Miguel Strogoff en un
mar de dudas.
No se encontraba más que a una media versta de Kolyvan cuando
una gran llamarada se produjo entre las casas de la ciudad y el campanario de
una iglesia se derrumbó en medio de un torrente de polvo y llamas.
¿Se desarrollaba la batalla dentro del mismo Kolyvan?
Así debió de creerlo Miguel Strogoff y, siendo evidente que
rusos y tártaros estaban batiéndose por las calles de la ciudad, se detuvo un
instante.
¿No era mejor, aunque tuviera que ir a pie, dirigirse hacia el
sur y el este, llegar a cualquier pueblecito, como Diachinsk, u otro
cualquiera, y agenciarse allí a cualquier precio un caballo?
Era la única salida que tenía y, enseguida, abandonando la
orilla del Obi, Miguel Strogoff se dirigió rapidamente hacia la derecha de la
ciudad de Kolyvan.
En ese momento, las detonaciones eran extremadamente violentas.
Muy Pronto las llamas se elevaron por encima de la parte izquierda de la ciudad
y el incendio devoraba todo un barrio.
Miguel Strogoff corría a través de la estepa, buscando la
protección de los árboles diseminados por el campo, cuando un destacamento de
caballería tártara apareció por la derecha.
Era evidente que no podía continuar huyendo en aquella
dirección, porque los jinetes avanzaban rapidamente hacia la ciudad y le
hubiera sido imposible escapar.
De pronto, en un ángulo de un frondoso grupo de árboles, vio una
casa aislada, a la cual le era posible llegar antes de ser descubierto.
Miguel Strogoff, pues, no tenía otra cosa que hacer mas que
correr, esconderse, y pedir que le proporcionaran algún alimento, pues sus
fuerzas estaban agotadas y tenía necesidad de reponerlas.
Se dirigió precipitadamente hacia la casa, que estaba a una
media versta de distancia, y al aproximarse la identificó como una estación
telegráfica. Dos cables se extendían en dirección oeste este y un tercero
estaba tendido hacia Kolyvan.
Era de suponer que, en aquellas circunstancias, la estación
estaría abandonada, pero al menos Miguel Strogoff podría refugiarse en ella y
esperar la caída de la noche, si no tenía más remedio, para lanzarse de nuevo a
través de la estepa, batida por los exploradores tártaros en toda su extensión.
Lanzose, pues, hacia la puerta, abriéndola de un violento
empujón.
Sólo una persona se hallaba en la sala donde se hacían las
transmisiones telegráficas.
Era un empleado calmoso, flemático, indiferente a todo cuanto
sucedía fuera de allí. Fiel a su estación, esperaba detrás de su ventanilla a
que el público llegase a solicitar sus servicios.
Miguel Strogoff, al verlo, corrió hacia él, preguntándole con
voz apagada por la fatiga:
¿Qué sabe usted?
Nada respondió el empleado, sonriendo.
¿Son los rusos y los tártaros quienes combaten?
Eso se dice.
Pero ¿quiénes son los vencedores?
Lo ignoro...
Tanta tranquilidad en medio de aquellas terribles
circunstancias, tanta indiferencia, apenas podía creerse.
¿No está cortada la comunicación? preguntó Miguel Strogoff.
Está cortada entre Kolyvan y Krasnoiarsk, pero todavía funciona
entre Kolyvan y la frontera rusa.
¿Para el Gobierno?
Para el Gobierno cuando lo juzga conveniente. Para el público
cuando paga... Son diez kopeks por palabra. Cuando quiera, señor...
Miguel Strogoff iba a gritarle a este extraño empleado que él no
tenía ningún mensaje que transmitir, que no pedía más que un poco de pan y
agua, cuando la puerta de la casa se abrió violentamente.
Miguel Strogoff, creyendo que la estación había sido invadida
por los tártaros, se apresuró a saltar por la ventana, cuando vio que en la
sala solamente habían entrado dos hombres que no tenían ninguna semejanza con
los soldados tártaros.
Uno de ellos llevaba en la mano un despacho escrito a lápiz y,
adelantándose al otro, se precipitó hacia la ventanilla del impasible empleado
de telégrafos.
En aquellos dos hombres Miguel Strogoff reconoció, con la
sorpresa que es de suponer, a los dos personajes en quienes menos pensaba y a
los que no creía encontrar ya nunca más.
Eran los corresponsales Harry Blount y Alcide Jolivet, que ya no
eran compañeros de viaje, sino enemigos, ahora que operaban sobre el campo de
batalla.
Habían salido de Ichim solamente unas horas después de la
partida de Miguel Strogoff, y si habían llegado a Kolyvan antes que él era
porque había perdido tres días a orillas del Irtyche.
Ahora, después de haber presenciado ambos la batalla que
acababan de librar rusos y tártaros frente a la ciudad, saliendo de Kolyvan en
el momento en que la lucha se extendía por sus calles, se habían precipitado
hacia la estación telegráfica, con el fin de enviar a Europa sus mensajes
rivales, disputándose uno al otro la primacía de los acontecimientos.
Miguel Strogoff se apartó de en medio, retirándose a un rincón
en sombras, desde donde, sin ser visto, podría escuchar, porque era evidente
que los periodistas le proporcionarían noticias que le eran necesarias para
saber si debía entrar en Kolyvan o no.
Harry Blount, más rápido que su colega, había tomado posesión de
la ventanilla y tendía su mensaje al empleado, mientras Alcide Jolivet,
contrariamente a su costumbre, pateaba de impaciencia.
Son diez kopeks por palabra dijo el empleado al tomar el
despacho del inglés.
Harry Blount depositó sobre el pequeño mostrador un puñado de
rublos, bajo la mirada estupefacta de su colega.
Bien dijo el empleado.
Y con la mayor sangre fría del mundo, comenzó a telegrafiar el
siguiente despacho:
Daily Telegraph, Londres.
De Kolyvan, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto.
Enfrentamiento de las tropas rusas y tártaras...
Esta lectura era hecha en alta voz, por lo que Miguel Strogoff
oyó perfectamente lo que el corresponsal inglés transmitía a un periódico
londinense.
Tropas rusas rechazadas con grandes pérdidas. Tártaros entrado
hoy mismo en Kolyvan...
Con estas palabras terminaba el mensaje.
¡Me toca a mí ahora! gritó Alcide Jolivet, que quería transmitir
el despacho dirigido a su prima en el faubourg Montmartre.
Pero el periodista inglés no tenía intención de abandonar la
ventanilla, para poder ir transmitiendo las noticias a medida que se
desarrollaban los acontecimientos. Por tanto, no cedió el sitio a su colega.
¡Pero usted ya ha terminado! gritó Alcide Jolivet.
No he terminado aún respondió tranquilamente Harry Blount.
Y continuó escribiendo una serie de frases que iba entregando al
empleado con toda rapidez, mientras leía en voz alta sin perder su
impasibilidad.
Al principio, Dios creó el Cielo y la Tierra...
Harry Blount telegrafiaba los versículos de la Biblia, para
dejar pasar el tiempo sin tener que ceder el sitio a su rival. Aquello costaría
a su periódico sus buenos millares de rublos, pero seria el primero en estar
informado de los acontecimientos. ¡Que esperase Francia!
Se concibe el furor de Alcide Jolivet, que en cualquier otra
circunstancia hubiera encontrado que aquélla era una buena jugada, pero en
aquella ocasión incluso quería obligar al empleado de telégrafos a aceptar su
mensaje, con preferencia al de su colega.
El señor está en su derecho respondió tranquilamente el
empleado, señalando a Harry Blount y sonriendo con aires de la mayor
amabilidad.
Pero continuó transmitiendo al Daily Telegraph los primeros
versículos de las Sagradas Escrituras.
Mientras el empleado operaba, Harry Blount se acercaba
tranquilamente a la ventana y observaba con los prismaticos cuanto ocurría en
los alrededores de Kolyvan, con el fin de completar sus informaciones.
Dos iglesias están ardiendo. El incendio pa
rece extenderse hacia la derecha. La Tierra era
informe y estaba desnuda; las tinieblas cubrían
la faz del abismo...
Alcide Jolivet sentía un feroz deseo de estrangular al honorable
corresponsal del Daily Telegraph.
Interpeló nuevamente al empleado, el cual, siempre impasible, le
respondió:
Está en su derecho, señor... Está en su derecho... A diez kopeks
por palabra.
Y telegrafió la siguiente noticia que le fue facilitada por
Harry Blount:
Fugitivos rusos huyen de la ciudad. Y Dios dijo:
hágase la luz. Y la luz fue hecha...
Alcide Jolivet estaba literalmente rabiando.
Mientras tanto, Harry Blount había vuelto junto a la ventana,
pero esta vez, distraído sin duda por el interés del espectáculo que tenía ante
sus ojos, prolongó su observación demasiado tiempo y cuando el empleado de
telégrafos hubo transmitido el tercer versí-culo de la Biblia, Alcide Jolivet
se apresuró a llegar hasta la ventanilla, sin hacer ruido y, tal como había
hecho su colega, después de depositar nuevamente un respetable fajo de rublos
sobre la tablilla, entregó su despacho, el cual el empleado leyó en voz alta:
Madeleine Jolivet,
10, Faubourg Montmartre (París)
De Kolyvan, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto.
Fugitivos huyendo de la ciudad. Rusos derrotados. Persecución
encarnizada de la caballería tártara...
Y cuando Harry Blount volvió de la ventana, oyó a Alcide Jolivet
que completaba su telegrama, tarareando con voz burlona:
Hay un hombrecito,
vestido todo de gris,
en París...
Pareciéndole una irreverencia el mezclar lo sagrado con lo
profano, como había hecho su colega, Alcide Jolivet sustituía los versículos de
la Biblia por un alegre refrán de Beranger.
¡Ah! gritó Harry Blount.
Es la vida... respondió Alcide Jolivet.
Mientras tanto, la situación se agravaba en los alrededores de
Kolyvan. La batalla se aproximaba y las detonaciones estallaban con extrema
violencia.
En aquel momento, una explosión conmocionó la estación
telegráfica; un obús acababa de hacer impacto en uno de los muros, derribándolo
en medio de nubes de polvo que invadieron la sala de transmisiones.
Alcide Jolivet acababa entonces de escribir sus versos:
rechoncho como una manzana,
que, sin contar con un ochavo...
pero se paró, se precipitó sobre un obús y, tomándolo con las
dos manos, lo lanzó por la ventana antes de que estallase, volviendo
tranquilamente a ocupar su sitio delante de la ventanilla. Ésta fue tarea que
realizó en cuestión de segundos.
Cinco segundos más tarde, el obús estalló fuera de la estación
telegráfica.
Pero, continuando transmitiendo su mensaje con la mayor sangre
fría del mundo. Alcide Jolivet escribió:
Obús del seis ha hecho saltar la pared de la
estación telegráfica. Esperamos otros del mismo
calibre...
Para Miguel Strogoff no existía ninguna duda de que los rusos
habían sido derrotados por los tártaros. Su último recurso era, pues, lanzarse
a través de la estepa meridional.
Pero en aquel momento se oyó una terrible descarga de fusilería,
disparada de muy cerca de la estación telegráfica, y una lluvia de balas hizo
añicos los cristales de la ventana.
Harry Blount, herido en la espalda, se desplomó.
Alcide Jolivet iba, en aquel momento, a transmitir una noticia
suplementaria:
Harry Blount, corresponsal del Daily Telegraph, caído a mi lado,
herido por casco de metralla...
cuando el impasible empleado le dijo con su inalterable calma:
Señor, la comunicación está cortada.
Y, abandonando su ventanilla, tomó tranquilamente su sombrero,
limpiándolo con la manga y, siempre sonriente, salió por una pequeña puerta que
Miguel Strogoff no había visto.
La estación telegráfica fue entonces invadida por soldados
tártaros, sin que el correo del Zar ni los periodistas tuvieran tiempo de
batirse en retirada.
Alcide Jolivet, con su inútil mensaje en la mano, se había
precipitado hacia Harry Blount, tendido en el suelo y, con todo su noble
coraje, lo había cargado sobre su espalda, con la intención de salir huyendo
con su compañero.
¡Pero era ya demasiado tarde!
Ambos cayeron prisioneros y, al mismo tiempo que ellos, Miguel
Strogoff, sorprendido de improviso en el momento en que iba a saltar por la
ventana, cayó en manos de los tártaros.
SEGUNDA PARTE
1
UN CAMPAMENTO TÁRTARO
A una jornada de camino de Kolyvan, algunas verstas más allá de
la aldea de Diachinsk, se extiende una vasta planicie que dominan algunos
árboles gigantescos, principalmente pinos y cedros.
Esta parte de la estepa está ordinariamente ocupada, durante la
estación estival, por pastores siberianos, que encuentran en ella pasto
suficiente para alimentar a sus numerosos ganados; pero en estos días se
hubiera buscado vanamente uno solo de estos pobladores nómadas de la estepa.
Esto no quería decir que la planicie estuviera desierta. Por el
contrario, presentaba una gran animación.
Allí, efectivamente, se levantaban las tiendas de las tropas
tártaras; allí acampaba Féofar Khan, el feroz Emir de Bukhara, y allí era
adonde al día siguiente, 7 de agosto, habían sido conducidos los prisioneros
hechos por los tártaros en Kolyvan, después del desastre sufrido por el pequeño
cuerpo de ejército ruso.
De aquellos cerca de dos millares de soldados rusos que se
habían enfrentado a las dos columnas enemigas, apoyadas a la vez en Omsk y en
Tomsk, no habían quedado con vida más que unos pocos centenares.
Los acontecimientos iban, pues, de mal en peor, y el gobierno
imperial parecía estar verdaderamente comprometido más allá de la frontera de
los Urales.
Momentáneamente, al menos, así era, pero era de esperar que las
tropas rusas respondieran, más pronto o más tarde, a la agresión de aquellas
hordas invasoras.
De todas formas, la invasión había ya alcanzado el centro de
Siberia y, a través de las comarcas sublevadas, iba a extenderse, bien a las
provincias del este, bien a las del oeste. Irkutsk estaba ahora aislada y
cortadas todas las comunicaciones con Europa. Si las fuerzas de los gobiernos
de Amur y de la provincia de Irkutsk no llegaban a tiempo para reforzar a su
reducida e insuficiente guarnición, esta capital de la Rusia asiática caería
irremisiblemente en manos de los tártaros y, antes de que hubiera podido ser
recuperada, el Gran Duque, hermano del Emperador, habría sido víctima de la
venganza de Ivan Ogareff.
¿Qué había sido de Miguel Strogoff? ¿Había al fin sucumbido bajo
el peso de las pruebas por las que había atravesado? ¿Se daba por vencido ante
la serie de desgracias que le habían ido siempre persiguiendo después de su
aventura en Ichim? ¿Consideraba perdida la partida, fallída su misión y en la
imposibilidad de cumplir la orden que le habían encomendado sus superiores?
Miguel Strogoff era uno de esos hombres que no se detienen
mientras les quede vida.
Por el momento aún vivía y no había sido herido, conservaba la
carta imperial y no había sido descubierta su identidad. Se encontraba, sin
duda, entre aquella innumerable cantidad de prisioneros a los que los tártaros
arrastraban tras de sí como si se tratase de un vil rebaño; pero, al
aproximarse a Tomsk, se iba también acercando a Irkutsk y, fuera como fuese,
iba siempre por delante de Ivan Ogareff.
«¡Llegaré! », se repetía.
Y desde los acontecimientos de Kolyvan, toda su vida estaba
concentrada en este único pensamiento: ¡Verse libre!
¿Cómo escaparía, sin embargo, de los soldados del Emir? Cuando
llegase el momento, ya vería.
El campamento de Féofar Khan presentaba un soberbio espectáculo.
Innumerables tiendas, hechas de piel, de fieltro o de tela de seda, brillaban
bajo los rayos del sol. Los altos penachos que coronaban sus conicas cúpulas,
se balanceaban entre una nube de gallardetes y estandartes multicolores. De
entre estas tiendas, las más ricas pertenecían a los seides y a los khodjas,
que son los personajes mas importantes del khanato. Un pabellón especial,
adornado con una cola de caballo cuyo mástil sobresalía por encima de una serie
de palos pintados de rojo y blanco, artísticamente conjuntados, indicaban el
alto rango de los jefes tártaros. Extendiéndose hasta el infinito se levantaban
millares de tiendas turcorromanas, que reciben el nombre de karaoy y que habían
sido transportadas a lomo de camellos.
El campo contenía al menos ciento cincuenta mil soldados, entre
infantes y jinetes, reunidos bajo la denominación común de alamanos. Entre
ellos, y como tipos mas principales del Turquestán, distingulanse
inmediatamente aquellos tadjiks de regulares rasgos, piel blanca, estatura
elevada y ojos y cabellos negros que constituían el grueso del ejército tártaro
y cuyos khanatos de Khokhand y Kunduze, de donde eran oriundos, habían aportado
un contingente casi igual que el de Bukhara. Entre estos tadjiks se mezclaban
otros componentes de las diversas razas que residen en el Turquestán, o que son
originarios de los países lindantes, estos otros hombres eran usbecks, de baja
estatura y pelo rojizo, semejantes a los que se habían lanzado en persecución
de Miguel Strogoff, kirguises, de rostro achatado como el de los kalmucos,
revestidos con cotas de malla, ar-mados unos con lanza, arco y flechas de
fabricación asiática y otros con un sable, fusil de mecha y el tchakan, pequeña
hacha de mango corto cuya herida es siempre mortal. Había mongoles de talla
mediana, cabellos negros y atados en una trenza que les caía sobre la espalda,
cara redonda, tez curtida, ojos hundidos y vivos y barbilampiños, que vestían
ro-pas de mahón azul guarnecidas con piel negra, ajustadas al cuerpo mediante
cinturones de cuero con hebilla de plata, calzados con botas adornadas con
vistosas trencillas y cuya cabeza cubrían con gorros de seda, adornados con
tres cintas que ondeaban tras ellos. Por último, veíanse también a los afganos,
de piel curtida, árabes de tipo primitivo de las bellas razas semíticas, y
turcomanos, a cuyos ojos parecían faltarles los párpados. Todo este
conglomerado estaba alistado bajo la bandera del Emir; bandera de los
incendiarios y devastadores.
Además de estos soldados libres, había también un cierto numero
de soldados esclavos, principalmente persas, que iban mandados por oficiales
del mismo origen y que, ciertamente, no eran los menos estimados en el ejército
de Féofar Khan.
Aparte de todos estos soldados, había numerosos judíos
encargados de los servicios domésticos, que llevaban la ropa ceñida al cuerpo
con una cuerda y cubrían su cabeza con pequeños bonetes de paño oscuro, porque
tenían prohibido llevar el clásico turbante. Mezclados con todos estos grupos
de hombres, había unos centenares de los llamados kalendarios, especie de
religiosos mendicantes, que vestían ropas hechas jirones, recubiertas con
pieles de leopardo.
Con esta descripcion se puede tener una idea bastante completa
de la enorme aglomeración de tribus diversas, todas ellas comprendidas bajo la
denominación de ejército tártaro.
Cincuenta mil de esos soldados iban a caballo y los animales no
ofrecían una menor variedad que los hombres. Entre ellos, sujetos de diez en
diez a dos cuerdas paralelas, con la cola atada y la grupa cubierta por una red
de seda negra, distinguíanse los caballos turcomanos, de patas finas, cuerpo
largo, pelo brillante y cuello elegante; los usbecks, que son bestias de gran
resistencia; los khokhandianos, que transportan, además del jinete, dos tiendas
y toda una batería de cocina; los kirguises, de colores claros, llegados de las
orillas del río Emba, donde son cazados a lazo por los tártaros, lazo que
recibe el nombre de arcane; y muchos otros, producto de los cruces de razas,
que eran de menor calidad.
Las bestias de carga contábanse por millares. Eran camellos de
pequeña talla, pero bien constituidos, pelo largo y crin espesa cayéndoles
sobre el cuello; animales dóciles y mucho más fáciles de aparejar que el
dromedario; nars de una sola jiba, de pelaje rojo como el fuego, ensortijado en
forma de bucles, y asnos, rudos para el trabajo, cuyas carnes son muy estimadas
por los tártaros y forman parte de su alimentación.
Sobre todo aquel conjunto de hombres y bestias; sobre toda
aquella inmensa aglomeración de tiendas, grandes grupos de pinos y cedros
proyectaban una sombra fresca, atravesada aquí y allá por algunos rayos de sol.
Nada más pintoresco que aquel cuadro, en cuya realización el más violento de
los coloristas hubiera empleado todos los colores de su paleta.
Cuando los prisioneros que los tártaros hicieron en Kolyvan
llegaron frente a las tiendas de Féofar-Khan y de los grandes dignatarios del
khanato, los tambores se pusieron a batir, extendiendo sus sones por todo el
campamento. Sonaron las trompetas y a estos sonidos, ya de por sí
ensordecedores, se mezclaron las descargas de fusilería y de los cañones del
calibre cuatro y seis, con sus graves detonaciones, que formaban la artillería
del Emir.
La instalación de Féofar Khan era puramente militar, pues lo que
pudiéramos llamar su casa civil, su harén y el de sus aliados, había sido
instalado en Tomsk, ahora ya en poder de los tártaros.
Una vez levantado el campo, Tomsk iba a convertirse en la
residencia del Emir hasta el momento en que pudiera trasladarse a la capital de
la Siberia oriental.
La tienda de Féofar Khan dominaba a las vecinas. Revestida de
amplias cortinas de brillante seda, suspendidas de cordones con borlas de oro,
y coronada con espesos penachos que el viento agitaba, estaba situada en el
centro de una amplia planicie, cercada por una especie de valla de magníficos
abedules y gigantescos pinos.
Delante de la tienda había una mesa de laca con incrustaciones
de piedras preciosas, y abierto encima de ella estaba el Corán, libro sagrado
de los musulmanes, cada una de cuyas hojas era una lámina de oro finamente
labrada. Esta maravillosa obra de arte ostentaba en su cubierta el escudo
tártaro en el que campeaban las armas del Emir.
Alrededor de aquel espacio despejado, se elevaban en semicírculo
las tiendas de los altos funcionarios de Bukhara. En ellas residía el jefe de
la caballeriza, que tenía el honor de seguir a caballo al Emir hasta la entrada
de su palacio; el halconero mayor; el hus-cbbegui, portador del sello real; el
toptschi baschi, jefe supremo de la artillería; el khodja, presidente del
Consejo, que recibe el beso del príncipe y puede presentarse ante él sin
cinturón; el cheikh ulislam, jefe de los ulemas, representante de los
sacerdotes; el cazi-askev, quien, en ausencia del Emir, juzga todas las
diferencias que se suscitan entre los militares y, finalmente, el jefe supremo
de los astrólogos, cuya misión es consultar a las estrellas cada vez que el
Khan piensa trasladarse de un sitio a otro.
Cuando los prisioneros llegaron al campamento, el Emir se
encontraba en su tienda, pero no se dejó ver. Esta circunstancia fue favorable,
sin duda, porque una palabra suya, un solo gesto, podía haber ocasionado una
sangrienta ejecución.
Féofar Khan se mantuvo retirado, en aquel tipo de aislamiento
que forma parte del majestuoso rito de los monarcas orientales, a quienes más
se admira y sobre todo se teme, cuanto menos se dejan ver.
En cuanto a los prisioneros, iban a ser encerrados en cualquier
lugar, maltratados, alimentados apenas y expuestos a todas las inclemencias del
tiempo, en espera de que Féofar Khan resolviera.
Entre todos aquellos desgraciados, Miguel Strogoff era el más
dócil y el más paciente. Se dejaba conducir porque lo llevaban adonde él quería
ir y por supuesto, en mejores condiciones para su seguridad que si se
encontrara libre en el camino de Kolyvan a Tomsk. Escapar antes de haber
llegado a esta ciudad era exponerse a caer nuevamente en manos de los
invasores, que eran dueños de la estepa. El límite más oriental ocupado hasta
entonces por los ejércitos enemigos no estaba situado más allá del meridiano ochenta
y dos, que pasa por Tomsk, y por tanto, cuando el correo del Zar consiguiera
franquear este meridiano, contaba con estar fuera de la zona invadida, pudiendo
atravesar el Yenisei sin peligro llegando a Krasnoiarsk antes de que
Féofar-Khan invadiera la provincia.
«Una vez hayamos llegado a Tomsk se repetía continuamente Miguel
Strogoff para reprimir algunos movimientos de impaciencia que a menudo le
asaltaban , en pocos minutos me pondré fuera del alcance de la vanguardia
tártara, y con solo doce horas que gane a Féofar Khan, serán doce horas ganadas
también a Ivan Ogareff, que me bastarán para llegar antes que éste a Irkutsk.»
Lo que Miguel Strogoff temía, por encima de todo, era
encontrarse en presencia de Ivan Ogareff en el campamento tártaro porque,
además de que se exponía a ser reconocido, presentía, por una especie de
intuición, que a quien más le interesaba tomar la delantera era a aquel
traidor. Comprendía, además, que al reunirse las tropas de Ivan Ogareff con las
de Féofar Khan, se completarían los efectivos del ejército invasor y que, tan
pronto como se llevase a cabo esta reunión, todas las fuerzas enemigas marcharían
masivamente contra la capital de la Siberia oriental.
Todos sus temores estaban, por tanto, dirigidos hacia ese lado y
trataba de escuchar con toda atención para ver si algún toque de trompeta
anunciaba la llegada del lugarteniente del Emir.
A estos pensamientos se unía el recuerdo de su madre y de Nadia,
prisionera una en Omsk y la otra transportada sobre una de las barcas del
Irtyche y, sin duda, ahora una cautiva más, como Marfa Strogoff. ¡Y no podía
hacer nada por ellas! ¿Las volvería a ver algún día? Ante esta pregunta, a la
que no osaba responderse, se le oprimía dolorosamente el corazón a Miguel
Strogoff.
Harry Blount y Alcide Jolivet habían sido conducidos al
campamento tártaro al mismo tiempo que Miguel Strogoff y muchos otros
prisioneros. Su compañero de viaje en otros tiempos, hecho prisionero a la vez
que ellos en la estación telegráfica, sabía que estaban encerrados, como él, en
aquel estrecho recinto vigilado por numerosos centinelas, pero no había hecho
intención de acercarse a ellos. En aquellos momentos, al menos, le importaba
muy poco lo que pudieran pensar de él después de los sucesos de la parada de
posta de Ichim. Por otra parte, quería estar solo para obrar con entera
libertad en caso necesario, por lo que procuró mantenerse retirado y permanecer
a la escucha.
Alcide Jolivet, desde que su compañero había caído herido a su
lado, no había cesado de prodigarle sus cuidados.
Durante el trayecto de Kolyvan hasta el campamento, es decir,
durante varias horas de marcha, Harry Blount, apoyado en su rival, había podido
seguir al convoy de prisioneros.
Habían querido hacer valer su calidad de súbditos francés e
inglés, pero de nada les sirvió frente a aquellos bárbaros que sólo respondían
con golpes de lanza o de sable.
El periodista inglés tuvo, pues, que seguir la suerte de todos
los demas y esperar a reclamar más tarde para obtener satisfacciones sobre
semejante trato.
El trayecto, de todas formas, fue doloroso para él porque su
herida le hacía sufrir y, sin la asistencia de Alcide Jolivet puede que no
hubiera podido llegar al campamento.
El corresponsal francés, que no abandonaba nunca su filosofía
práctica, había reconfortado física y moralmente a su colega por medio de todos
los recursos que tenía a su alcance. Su primer cuidado, cuando se vio
definitivamente encerrado en el campamento, fue inspeccionar la herida de Harry
Blount, despojándole hábilmente de las ropas que le molestaban y comprobando,
afortunadamente, que la metralla solamente había rozado la espalda, provocando
una herida superficial.
No es nada dijo , una simple rozadura. Después de dos o tres
curas, querido colega, quedará como nuevo.
¿Pero, esas curas ... ?
Las haré yo mismo.
¿Tiene usted algo de médico?
¡Todos los franceses somos un poco médicos!
Hecha esta afirmación, Alcide Jolivet desgarró su pañuelo
haciendo tiras con uno de los pedazos y compresas con el otro, sacó agua de un
pozo situado en el centro del recinto, lavó la herida que, por fortuna, no era
grave y sujetó hábilmente las tiras mojadas en el hombro de Harry Blount.
Le curaré con agua dijo . Este líquido es todavía el sedante más
eficaz que se conoce para el tratamiento de las heridas y el que más se emplea
ahora. ¡Los médicos han tardado seis mil años en descubrir esto! ¡Sí! ¡Seis mil
años, en cifras redondas!
Le estoy muy agradecido, señor Jolivet respondió Harry Blount,
tendiéndose sobre un lecho de hojas secas que, a modo de cama, le había
preparado su compañero.
¡Bah! ¡No vale la pena! Usted, en mi lugar, habría hecho lo
mismo por mi.
Yo no sé nada... respondió un poco ingenuamente Harry Blount.
¡No bromee! ¡Todos los ingleses son generosos!
Sin duda, pero los franceses...
Pues sí, los franceses son buenos; un poco bestias, si usted
quiere, pero se les disculpa porque son franceses. Pero no hablemos de eso y,
si quiere hacerme caso, no hablemos de nada. El reposo le es ahora
absolutamente necesario.
Pero Harry Blount no tenía ningún deseo de callarse. Si el
herido debía, por prudencia, guardar reposo, el corresponsal del Daily
Telegraph no era hombre que se limitase sólo a escuchar.
Señor Jolivet preguntó . ¿Cree usted que nuestros últimos
mensajes habrán podido traspasar la frontera?
¿Por qué no? respondió Alcide Jolivet . Le aseguro que en estos
momentos, mi bien amada prima sabe ya lo ocurrido en Kolyvan.
¿Cuántos ejemplares de sus noticias tira su prima? preguntó
Harry Blount quien, por primera vez, le hizo esta pregunta directa a su colega.
¡Bueno! respondió riendo Alcide Jolivet . Mi prima es una
persona muy discreta y no le gusta que se hable de ella y se desesperaría si
supiera que turbaba el sueño del que tiene usted tanta necesidad.
No quiero dormir respondió Harry Blount . ¿Qué debe de pensar su
prima de los acontecimientos de Rusia?
Que, por el momento, parecen ir por mal camino. ¡Pero, bah! El
gobierno moscovita es poderoso y no puede ser verdaderamente inquietado por una
invasión de bárbaros. Siberia no se les escapará de las manos.
¡La excesiva ambición ha perdido a los más grandes imperios!
sentenció Harry Blount, que no estaba exento de unos ciertos «celos ingleses»
hacia las pretensiones rusas en Asia central.
¡Oh! ¡No hablemos de política! gritó Alcide Jolivet . ¡Lo
prohibe la Facultad de Medicina! ¡No hay nada peor para las heridas de la
espalda!... a menos que le sirva de somnífero.
Hablemos entonces de lo que tenemos que hacer respondió Harry
Blount . Señor Jolivet, yo no tengo ninguna intención de permanecer
indefinidamente prisionero de los tártaros.
¡Ni yo, pardiez!
¿Nos escaparemos a la primera ocasión?
Sí, si no hay ningún otro medio de recuperar la libertad.
¿Conoce usted algún otro medio? preguntó Harry Blount, mirando a
su compañero.
¡Por supuesto! Nosotros no somos beligerantes, sino neutrales, y
nos reclamarán nuestros gobiernos.
¿Reclamar a este bruto de Féofar Khan?
No, él no entendería nada. Pero sí su lugarteniente, el coronel
Ivan Ogareff.
¡Es un bribón!
Sin duda, pero es un bribón ruso y sabe que no puede bromear con
los derechos de la gente, aparte de que no tiene ningún interes en retenernos,
sino al contrario. Únicamente que pedirle cualquier cosa a ese caballero no me
hace ninguna gracia.
Pero ese caballero no está en el campamento Al menos yo no lo he
visto agregó Harry Blount
Vendrá. No puede faltar a la cita. Tiene necesidad de reunirse
con Féofar Khan. Siberia está cortada en dos y seguramente el ejército del Emir
no espera mas que reunirse con Ivan Ogareff para lanzarse sobre la ciudad de
Irkutsk.
¿Qué haremos una vez que estemos libres?
Una vez libres, continuaremos nuestra campaña siguiendo a los
tártaros hasta el momento en que los acontecimientos nos permitan pasar al
bando opuesto. ¡No es preciso abandonar la partida qué diablos! No hemos hecho
mas que comenzar. Usted, colega, ha tenido la suerte de ser herido al servicio
del Daily Telegraph, mientras que yo todavía no he recibido nada estando al
servicio de mi prima. Vamos, vamos... Bueno murmuró Alcide Jolivet , ya se está
durmiendo. Varias horas de sueño y algunas compresas de agua fresca y no será
necesario nada más para poner de pie a un inglés. ¡Esta gente está hecha de
hojalata!
Y mientras Harry Blount dormía, Alcide Jolivet vigilaba su
sueño, después de sacar su bloc y cargarlo de notas, decidido a compartirlas
con su colega para mayor satisfacción de los lectores del Daily Telegrapb. Los
acontecimientos les habían unido y no tenían por qué envidiarse.
Así pues, lo que más temía Miguel Strogoff era lo que más
deseaban precisamente los dos periodistas con todo su vivo interés: la llegada
de Ivan Ogareff
A los dos hombres podía, efectivamente, serles de utilidad,
porque, una vez reconocida su calidad de corresponsales inglés y francés, nada
había mas probable que el que fueran puestos en libertad. El lugarteniente del
Emir haría entrar a éste en razón, seguramente, aunque éste no hubiera dudado
en tratar como simples espías a los dos periodistas.
El interés de Alcide Jolivet y Harry Blount era, pues, contrario
al del correo del Zar, el cual había comprendido la situación y tenía otra
razón que sumar a muchas otras de las que tenía para evitar el encontrarse con
sus anteriores compañeros de viaje. Por ello tenía que arreglárselas de forma
que no lo viesen.
Pasaron cuatro días durante los cuales no cambió el estado de la
situación. Los prisioneros no oyeron ni una sola palabra que hiciera alusión a
un posible levantamiento del campamento tártaro. Continuaban siendo severamente
vigilados y si hubiesen intenta-do escapar les hubiera sido imposible atravesar
el cordón de infantes y jinetes que les guardaban noche y día.
En cuanto a la comida que les daban, apenas era suficiente. Dos
veces al día les echaban un pedazo de intestino de cabra asado sobre carbones y
unas porciones de ese queso llamado krut, fabricado con leche agria de oveja,
el cual, mojado con leche de burra, constituye el plato kirguís conocido
comúnmente con el nombre de kumyss. Y esto era todo lo que comían.
Aparte de esto, el tiempo se puso detestable y se produjeron
grandes perturbaciones atmosféricas que amenazaban borrascas de lluvia.
Aquellos desgraciados, sin ningún abrigo, tuvieron que soportar
aquellas inclemencias malsanas sin que nada se hiciese para atenuar sus
miserias. Alguno de los heridos, mujeres y niños, murieron, y los mismos
prisioneros tuvieron que enterrar sus cadáveres porque los guardianes ni
siquiera se molestaban en darles sepultura.
Durante estas duras pruebas, Alcide Jolivet y Miguel Strogoff se
multiplicaron, cada uno por un lado, prestando cuantos servicios podían
prestar. Menos acobardados que muchos otros, fuertes y vigorosos, resistían
mejor la situación y con sus consejos y sus cuidados, se hicieron
imprescindibles para aquellos que sufrían y se desesperaban.
¿Cuánto iba a durar aquel estado de cosas? ¿Féofar Khan,
satisfecho de sus primeros éxitos, quería esperar algún tiempo antes de
lanzarse sobre Irkutsk?
Era de temer, pero no fue así como ocurrió.
El acontecimiento tan deseado por Alcide Jolivet y Harry Blount,
y tan temido para Miguel Strogoff, se produjo en la mañana del 12 de agosto.
Ese día sonaron las trompetas, doblaron los tambores y se oyeron
descargas de fusilería. Una enorme nube de polvo se levantó a lo largo de la
ruta de Kolyvan.
Ivan Ogareff, seguido por varios millares de hombres, hizo su
entrada en el campamento tártaro.
2
UNA ACTITUD DE ALCIDE JOLIVET
Ivan Ogareff llevaba al Emir todo un cuerpo de ejército.
Aquellos jinetes e infantes formaban parte de la columna que se había apoderado
de Omsk. Ivan Ogareff no había podido reducir la ciudad alta, en la cual según
se recordará habían buscado refugio el gobernador de la provincia y su
guarnición, por lo que estaba decidido a seguir adelante, sin retrasar las
operaciones que debían culminar con la conquista de la Siberia oriental. Por
eso, después de apostar una fuerte guarnición en Omsk y reunir las hordas, que
habían sido reforzadas en ruta por los vencedores de Kolyvan, vino a reunirse
con el ejército del Emir.
Los soldados de Ivan Ogareff quedaron en los puestos avanzados
del campamento, sin recibir orden de acampar. El proyecto de su jefe era, sin
duda, no detenerse, sino seguir adelante y alcanzar, en el menor plazo posible,
la ciudad de Tomsk, centro importante que estaba destinado a convertirse en el
puesto de partida de las operaciones futuras de los invasores.
Al mismo tiempo que sus soldados, Ivan Ogareff conducía un
convoy de prisioneros rusos y siberianos capturados en Omsk y en Kolyvan. Estos
nuevos desgraciados no fueron conducidos al encercado general porque era
demasiado pequeño ya para los prisioneros que contenía, por lo que quedaron en
los puestos avanzados del campamento, sin abrigo y casi sin comida.
¿Qué destino reservaba Féofar Khan a estos infortunados? ¿Los
internaría en Tomsk para diezmarlos con una de esas sangrientas ejecuciones,
tan familiares a los jefes tártaros? Éste era uno de los secretos del
caprichoso Emir.
Aquel cuerpo de ejército había salido de Omsk arrastrando tras
de sí a la multitud de mendigos, merodeadores, comerciantes y bohemios que
forman la retaguardia de todo ejército en marcha. Aquella gente vivía a costa
del lugar que atravesaban y a sus espaldas dejaban pocas cosas que saquear.
La necesidad de seguir adelante era para asegurar el
aprovisionamiento de las columnas expedicionarias, ya que toda la región comprendida
entre los cursos del Ichim y del Obl estaba terriblemente devastada y no
ofrecía recurso alguno. Las tropas tártaras dejaban tras de sí un auténtico
desierto y los propios rusos tendrían que atravesarlo con muchas dificultades.
Entre aquellos innumerables bohemios llegados de las provincias
del oeste, figuraba la tribu de gitanos que había acompañado a Miguel Strogoff
hasta Perm y entre ellos estaba Sangarra. Esta espía salvaje, alma condenada de
Ivan Ogareff, no dejaba nunca a su dueño. Se les ha visto a los dos preparando
sus maquinaciones en la misma Rusia, en el gobierno de Nijni Novgorod; después
de la travesía de los Urales, se habían separado sólo por unos días, porque
Ivan Ogareff tenía que llegar rápidamente a Ichim, mientras que Sangarra y su
tribu se dirigieron a Omsk por el sur de la provincia.
Se comprenderá fácilmente cuál era la ayuda que aportaba aquella
mujer a Ivan Ogareff. Con sus compañeras penetraba en todos los sitios,
escuchaba y lo transmitía todo. Ivan Ogareff estaba al corriente de todo cuanto
ocurría hasta en el corazón de las provincias invadidas. Eran cien ojos y cien
oídos siempre abiertos para servir a su casa. Ademas, pa-gaba con largueza
aquel espionaje que le proporcionaba magnífico provecho.
Sangarra estuvo una vez comprometida en un grave asunto y fue
salvada por el oficial ruso. Jamás olvidó cuanto le debía y por eso vivía
entregada a él en cuerpo y alma. Cuando Ivan Ogareff entró por la vía de la
traición, había comprendido la misión espe-cífica que podía desempeñar aquella
mujer. Cualquier orden que se le diera, era prontamente ejecutada por Sangarra.
Un instinto inexplicable, mucho más fuerte que el agradecimiento, la había
impulsado a hacerse esclava del traidor, a quien venía ligada desde los tiempos
de su exilio en Siberia. Sangarra, confidente y cómplice, mujer sin patria y
sin familia, había puesto su vida vagabunda al servicio de los invasores que
Ivan Ogareff iba a lanzar sobre Siberia. A la prodigiosa astucia natural de su
raza, unía una feroz energía que no conocía ni el perdón ni la piedad. Era una
salvaje digna de compartir el wigwan de un apache o la choza de un andamíano,
Desde su llegada a Omsk con sus gitanas, ya no le había separado
ni un instante de Ivan Ogareff. Sabía la circunstancia que había enfrentado a
Miguel y Marfa Strogoff y estaba al corriente de los temores de Ivan Ogareff
sobre el paso de un correo del Zar. Los conocía y participaba de ellos, siendo
capaz de torturar a la prisionera Marfa Strogoff con todo el refinamiento de un
piel roja para arrancarle su secreto.
Pero aún no había llegado la hora en que Ivan Ogareff quería
enfrentarse a la vieja siberiana. Sangarra debía aguardar, y esperaba, sin
perder de vista a Marfa Strogoff, fijándose en sus menores gestos, en sus
palabras, observándola día y noche, buscando escuchar que la palabra «híjo» se
escapara de su boca, pero hasta entonces había sido frustrada por la
inalterable impasibilidad de Marfa Strogoff, la cual ignoraba que fuera objeto
de tal espionaje.
Mientras tanto, a los primeros toques de corneta, los jefes de
la caballería del Emir y de la artillería tártara, seguidos por una brillante
escolta de jinetes usbecks, se trasladaron a la entrada del campamento para
recibir a Ivan Ogareff.
Llegados a su presencia, le rindieron los más grandes honores
invitándole a que les acompañara hasta la tienda de Féofar Khan.
Ivan Ogareff, imperturbable como siempre, respondió fríamente a
las deferencias de que fue objeto por parte de los altos funcionarios enviados
a su encuentro. Iba vestido muy sencillamente, pero, por una especie de
descarada bravata, lucía aún el uniforme de oficial ruso.
En el momento en que tiraba de las riendas del caballo para
obligarlo a atravesar el recinto del campamento, Sangarra, pasando entre los
jinetes de la escolta, se aproximó a él y permaneció inmóvil.
¿Nada? preguntó Ivan Ogareff.
Nada.
Ten paciencia.
¿Se acerca la hora en que obligarás a hablar a la vieja?
Se acerca, Sangarra.
¿Cuándo hablará la vieja?
Cuando lleguemos a Tomsk.
¿Y cuándo llegaremos?
Dentro de tres días...
Los grandes ojos negros de Sangarra adquirieron un
extraordinario brillo, retirándose con paso tranquilo.
Ivan Ogareff oprimió los flancos de su caballo y, seguido por su
estado mayor de oficiales tártaros, se dirigió hacia la tienda del Emir.
Féofar Khan esperaba a su lugarteniente. El Consejo, formado por
el guardador del sello real, el kodja y algunos otros altos funcionarios, había
tomado ya asiento en la tienda.
Ivan Ogareff descendió del caballo, entró y se encontró frente
al Emir.
Féofar Khan era un hombre de cuarenta años, alto de estatura,
rostro bastante pálido, ojos salientes y fisonomía feroz. Una barba negra,
dividida en pequeños bucles, caía sobre su pecho. Con su traje de campaña, cota
de mallas de oro y plata; tahalí cuajado de resplandecientes piedras preciosas;
la vaina de su sable curvo como un yatagán, cubierta de joyas brillantes; botas
con espuelas de oro y casco coronado por un penacho de diamantes que despedían
mil fulgores, Féofar ofrecía a la vista el aspecto, más extraño que imponente,
de un Sardanápalo tártaro, soberano indiscutido que dispone a su capricho de la
vida y la hacienda de sus súbditos; cuyo poder no tiene límites y al cual, por
privilegio especial, se da en Bukhara la calificación de Emir.
En el momento en que aparecio Ivan Ogareff, los grandes
dignatarios permanecieron sentados sobre sus cojines festoneados de oro; pero
Féofar Khan se levantó del rico diván que ocupaba en el fondo de la tienda, en
donde el suelo desaparecía bajo una espesa alfombra bukharlana.
El Emir se aproximó a Ivan Ogareff y le dio un beso, cuyo
significado no dejaba lugar a dudas, ya que con él le convertía en jefe del
Consejo y le situaba temporalmente por encima del kodja.
Después, Féofar, dirigiéndose a Ivan Ogareff, dijo:
No tengo nada que preguntarte. Habla, pues, Ivan. Aquí no
encontrarás más que oídos dispuestos a escucharte.
Takhsir respondió Ivan Ogareff , he aquí lo que tengo que
comunicarte.
Ivan Ogareff se expresaba en tártaro y daba a sus frases esa
enfática entonación que distingue a las lenguas orientales.
Takhstr, no hay tiempo para palabras inútiles. Lo que he hecho a
la cabeza de tus tropas, lo sabes de sobras. Las líneas del Ichim y del Irtyche
están en nuestro poder y los jinetes turcomanos pueden bañar sus caballos en
esas aguas que ahora se han convertido en tártaras. Las hordas kirguises se han
sublevado ante la llamada de Féofar Khan y la principal ruta de Siberia te
pertenece desde Ichim hasta Tomsk. Puedes dirigir tus columnas tanto hacia el
oriente, en donde se levanta el sol, como hacia el occidente, en donde se pone.
¿Y si marcho con el sol? preguntó el Emir, el cual escuchaba sin
que su mirada traicionara ninguno de sus pensamientos.
Marchar con el sol respondió Ivan Ogareff es lanzarte hacia
Europa; es conquistar rápidamente las provincias siberianas de Tobolsk hasta
los Urales.
¿Y si voy contra la dirección de la antorcha celeste?
Significa someter a la dominación tártara, con Irkutsk, las más
ricas comarcas del Asia central.
Pero ¿y los ejércitos del sultán de Petersburgo? dijo Féofar
Khan, designando al Emperador de Rusia con este caprichoso título.
No tienes nada que temer ni por el levante ni por el poniente
respondió Ivan Ogareff . La invasión ha sido rápida y antes de que el ejército
ruso haya podido acudir en su socorro, Irkutsk o Tobolsk habrán caído en tu
poder. Las tropas del Zar han sido aplastadas en Kolyvan, como lo serán allá
donde los tuyos luchen con los insensatos soldados de occidente.
¿Y qué consejo te inspira tu devoción a la causa tártara?
preguntó el Emir, después de unos instantes de silencio.
Mi consejo respondió vivamente Ivan Ogareff es que marchemos en
dirección contraria al sol. Que las hierbas de las estepas orientales sean
pasto de los caballos turcomanos. Mi consejo es que tomemos Irkutsk, la capital
de las provincias del este y, con ella, el rehén cuya posesión vale toda una
comarca. Es preciso que, en defecto del Zar, caiga en nuestras manos el Gran
Duque, su hermano.
Aquél era el supremo resultado que perseguía Ivan Ogareff.
Escuchándolo, se le hubiera podido tomar por uno de esos crueles descendientes
de Stepan Razine, el célebre pirata que arrasó la Rusia meridional en el siglo
XVIII. ¡Apoderarse del Gran Duque y maltratarlo sin piedad, era la más plena
satisfacción que podía dar a su odio! Además, la caída de Irkutsk pondría
inmediatamente bajo la dominación tártara a toda la Siberia oriental.
Así se hará, Ivan respondió Féofar.
¿Cuáles son tus órdenes, Takhsir?
Hoy mismo, nuestro cuartel general será trasladado a Tomsk.
Ivan Ogareff se inclinó y, seguido por el huschbegui, se retiró
para hacer ejecutar las órdenes del Emir.
En el momento en que iba a montar a caballo, con el fin de
alcanzar los puestos avanzados del campamento, se produjo un tumulto a una
cierta distancia, en la parte del campo destinado a los prisioneros. Se dejaron
oír unos gritos y sonaron algunos tiros de fusil. ¿Era una tentativa de
revuelta o de evasión que iba a ser rápidamente reprimida?
Ivan Ogareff y el huschbegui dieron algunos pasos adelante y,
casi inmediatamente, dos hombres a los que los soldados no pudieron detener,
aparecieron ante ellos.
El buschbegui, sin pedir información, hizo un gesto que era una
orden de muerte, y la cabeza de aquellos prisioneros iba a rodar por los suelos
cuando Ivan Ogareff dijo algunas palabras que detuvieron el sable que ya se
levantaba sobre sus cráneos.
El ruso había comprendido que aquellos prisioneros eran
extranjeros y dio orden de que los acercaran a él.
Eran Harry Blount y Alcide Jolivet.
Desde la llegada de Ivan Ogareff al campamento, habían pedido
ser conducidos a su presencia, pero los soldados rechazaron su petición. De ahí
la lucha, tentativa de fuga y tiros de fusil que, afortunadamente, no
alcanzaron a los dos periodistas, pero su castigo no se hubiera hecho esperar
de no haber sido por la intervención del lugarteniente del Emir.
Éste examinó durante unos instantes a los dos prisioneros, los
cuales le eran absolutamente desconocidos. Sin embargo, estaban presentes en la
escena que tuvo lugar en la parada de posta de Ichim, en la cual Miguel
Strogoff fue golpeado por Ivan Ogareff; pero el brutal viajero no prestó
atención a las personas que se encontraban entonces en la sala de espera.
Harry Blount y Alcide Jolivet, por el contrario, le reconocieron
perfectamente y el francés dijo a media voz:
¡Toma! Parece que el coronel Ogareff y aquel grosero personaje
de Ichim son la misma persona.
Y agregó al oído de su compañero:
Expóngale nuestro asunto, Blount. Hágame ese favor, porque me
disgusta ver un coronel ruso en medio de estos tártaros y, aunque gracias a él
mi cabeza está todavía sobre mis hombros, mis ojos se volverían con desprecio
si le mirase a la cara.
Dicho esto, Alcide Jolivet tomo una actitud de la más completa y
altanera indiferencia.
¿Ivan Ogareff comprendió lo que la actitud del prisionero tenía
de insultante para él? En cualquier caso, no lo dio a entender.
¿Quiénes son ustedes, señores? preguntó en ruso con un tono muy
frío, pero exento de su habitual rudeza.
Dos corresponsales de periódicos, inglés y frances respondió
lacónicamente Harry Blount.
¿Tendrán, sin duda, documentos que les permitan establecer su
identidad?
He aquí dos cartas que nos acreditan, en Rusia, ante las
cancillerías inglesa y francesa.
Ivan Ogareff tomó las cartas que le entregó Harry Blount y las
leyó con atención, diciendo después:
¿Piden autorización para seguir nuestras operaciones militares
en Siberia?
Pedimos la libertad, eso es todo –respondió secamente el
corresponsal inglés.
Son ustedes libres, señores respondió Ivan Ogareff , y siento
curiosidad por leer sus crónicas en el Daily Telegraph.
Señor contestó Harry Blount con su más imperturbable flema ,
cuesta seis peniques por numero, además del franqueo.
Y, dicho esto, Harry Blount se volvió hacia su compañero, el
cual pareció aprobar completamente su respuesta.
Ivan Ogareff no pestañeó y, montando en su caballo, se puso a la
cabeza de su escolta, desapareciendo enseguida en una nube de polvo.
Y bien, señor Jolivet, ¿qué piensa de Ivan Ogareff, general en
jefe de las fuerzas tártaras? preguntó Harry Blount.
Pienso, querido colega, que ese huschbegui tuvo un gesto muy
hermoso cuando ordenó que no nos cortaran la cabeza.
Fuera cual fuese el motivo que hubiera tenido Ivan Ogareff para
tratar de aquella manera a los dos corresponsales, el caso es que estaban
libres y que podían recorrer a su gusto el teatro de la guerra. Así que su
intención era no abandonar la partida.
Aquella especie de antipatía que les enfrentaba en otro tiempo
se había convertido en una amistad sincera. Unidos por las circunstancias, no
deseaban ya separarse y las mezquinas cuestiones de rivalidad profesional
estaban enterradas para siempre. Harry Blount no podía olvidar lo que debía a
su compañero, el cual no se lo recordaba en ninguna ocasión y, en suma, aquel
acercamiento, al facilitar las operaciones necesarias para los reportajes,
redundaría en beneficio de sus lectores.
Y ahora preguntó Harry Blount , ¿qué vamos a hacer de nuestra
libertad?
¡Abusar, pardiez! respondió Alcide Jolivet . Irnos
tranquilamente a Tomsk a ver lo que pasa.
¿Hasta el momento, que espero sea pronto, en que podamos unirnos
a cualquier cuerpo de ejército ruso?
¡Usted lo ha dicho, mi querido Blount! No es preciso
tartarizarse demasiado. El buen papel es todavía para aquellos cuyos ejércitos
llevan la civilización, y es evidente que los pueblos de Asia central lo tienen
todo que perder y absolutamente nada que ganar en esta invasión. Pero los rusos
responderán bien. No es más que cuestión de tiempo.
Sin embargo, la llegada de Ivan Ogareff, que acababa de dar la
libertad a Alcide Jolivet y Harry Blount, era, por el contrario, un grave
peligro para Miguel Strogoff. Si el destino ponía al correo del Zar en
presencia de Ivan Ogareff, éste no dejaría de reconocerlo como el viajero al
que tan brutalmente había golpeado en la parada de posta de Ichim y, aunque
Miguel Strogoff no respondió al insulto como hubiera hecho en cualquier otra
circunstancia, atraería la, atención sobre él, todo lo cual dificultaba la
ejecución de sus proyectos.
Ahí estaba el aspecto desagradable que significaba la presencia
de Ivan Ogareff.
No obstante, una feliz circunstancia que provocó su llegada fue
la orden dada de levantar aquel mismo día el campamento y trasladar a Tomsk el
cuartel general.
Esto significaba el cumplimiento del más vivo deseo de Miguel
Strogoff. Su intención, como se sabe, era llegar a Tomsk confundido entre el
resto de los prisioneros; es decir, sin riesgo de caer en manos de los
exploradores que hormigueaban en las inmediaciones de aquella importante
ciudad. Sin embargo, a causa de la llegada de Ivan Ogareff y ante el temor de
ser reconocido por él, debió de preguntarse si no le convendría renunciar a
aquel primer proyecto e intentar huir durante el viaje.
Miguel Strogoff iba, sin duda, a decidirse por esta segunda
solución, cuando supo que Féofar Khan e Ivan Ogareff habían partido ya hacia la
ciudad, al frente de algunos millares de jinetes.
Esperaré, pues se dijo , a menos que se me presente alguna
ocasión excepcional para huir. Las oportunidades malas son numerosas más acá de
Tomsk, mientras que más allá crecerán las buenas, ya que en varias horas habré
traspasado los puestos más avanzados de los tártaros hacia el este. ¡Tres días
de paciencia aún y que Dios venga en mi ayuda!
Efectivamente, era un viaje de tres días el que los prisioneros,
bajo la vigilancia de un numeroso destacamento de tártaros, debía hacer a
través de la estepa. Ciento cincuenta verstas separaban el campamento de la
ciudad y el viaje era fácil para los soldados del Emir, que tenían abundancia
de todo, pero muy penoso para aquellos desgraciados, debilitados ya por las
privaciones. Más de un cadáver jalonaría aquella ruta siberiana.
A las dos de la tarde de aquel 12 de agosto, con una temperatura
muy elevada y bajo un cielo sin nubes, el toptschi baschi dio la orden de
partir.
Alcide Jolivet y Harry Blount, después de comprar dos caballos,
habían tomado ya la ruta de Tomsk, en donde la lógica de los acontecimientos
iba a reunir a los principales protagonistas de esta historia.
Entre los numerosos prisioneros que Ivan Ogareff había conducido
al campamento tártaro, había una anciana mujer cuya taciturnidad hasta parecia
aislarla en medio de todos aquellos que compartían su desgracia. Ni una sola
queja salía de sus labios. Se hubiera dicho que era la imagen del dolor.
Aquella mujer, casi siempre inmóvil, más estrechamente vigilada que ningún otro
prisionero, era, sin que ella pareciera darse cuenta, observada por la gitana
Sangarra. Pese a su edad, había tenido que seguir a pie al convoy de
prisioneros, sin que nada atenuara sus miserias.
Sin embargo, algún providencial designio había situado a su lado
a un ser valiente, caritativo, hecho para comprenderla y asistirla. Entre sus
compañeros de infortunio había una joven, notable por su belleza y por su
impasividad, que no cedía en nada a la de la anciana siberiana, que parecía
haberse impuesto la tarea de velar por ella. Ninguna palabra habían cruzado las
dos cautivas, pero la joven se encontraba siempre cerca de la anciana, en todos
los momento en que su ayuda podía serle útil.
Marfa Strogoff no había aceptado enseguida, sin desconfiar, los
cuidados que le prodigaba aquella desconocida. Sin embargo, poco a poco, la
evidente rectitud de la mirada de la joven, su reserva y la misteriosa simpatia
que un dolor común establece entre los que sufren iguales infortunios, habían
hecho desvanecer la frialdad altanera de Marfa Strogoff.
Nadia porque era ella , había podido así, sin conocerla, dar a
la madre los cuidados y atenciones que había recibido del hijo. Su instintiva
bondad la había inspirado doblemente porque al socorrer a la anciana, aseguraba
a su juventud y belleza la protección de la edad de la vieja prisionera. En
medio de aquella multitud de infelices a los que los sufrimientos habían
agriado el carácter, el grupo silencioso que formaban las dos mujeres, una de
las cuales parecía la abuela y la otra la nieta, imponía a todos cierto
respeto.
Nadia, después de ser arrojada por los exploradores tártaros
sobre una de sus barcas, fue conducida a Omsk. Retenida como prisionera en la
ciudad, participó de la suerte de todos los que la columna de Ivan Ogareff
había capturado hasta entonces y, por consecuencia, de la propia suerte de
Marfa Strogoff.
De no haber sido tan enérgica, Nadia hubiera sucumbido a aquel
doble golpe que acababa de recibir. La interrupción de su viaje y la muerte de
Miguel Strogoff la habían, a la vez, desesperado y enardecido. Alejada quizá
para siempre de su padre, después de tantos esfuerzos para hallarle y, para
colmo de dolor, separada del intrépido compañero al que el mismo Dios parecía
haber puesto en su camino para conducirla hasta el final, lo había perdido todo
de repente y en un mismo golpe.
La imagen de Miguel Strogoff, cayendo ante sus ojos víctima de
un golpe de lanza y desapareciendo en las aguas del Irtyche, no abandonaba su
pensamiento. ¿Cómo había podido morir así un hombre como aquél? ¿Para quién
reservaba Dios sus milagros si un hombre tan justo, al que a ciencia cierta
impulsaba un noble deseo, había podido ser tan miserablemente detenido en su
marcha? Algunas veces la cólera superaba a su dolor y cuando le venía a la
memoria la escena de la afrenta tan extrañamente sufrida por su compañero en la
parada de posta de Ichim, su sangre hervía a borbotones.
«¿Quién vengará a ese muerto que no puede vengarse a si mismo?»,
se decía.
Y, dirigiéndose a Dios con todo su corazón, exclamaba:
¡Señor, haz que sea yo quien lo vengue!
¡Si al menos, antes de morir, Miguel Strogoff le hubiera
confiado su secreto! ¡Si aun siendo mujer, casi niña, ella hubiera podido
llevar a buen fin la tarea interrumpida de este hermano que Dios no hubiera
debido darle, puesto que tan pronto se lo había quitado ... !
Absorta en estos pensamientos, se comprende que Nadia se
volviera insensible a las miserias de su cautiverio.
Fue entonces cuando el azar, sin que ella lo hubiera sospechado,
la había reunido con Marfa Strogoff. ¿Cómo podía imaginar que aquella anciana
mujer, prisionera como ella, fuera la madre de su compañero, el cual no había
sido nunca para ella más que el comerciante Nicolás Korpanoff? Y, por su parte,
¿cómo Marfa Strogoff habría podido adivinar que un lazo de gratitud unía a
aquella joven con su hijo?
Lo que impresionó a Nadia y a Marfa Strogoff fue la especie de
secreta conformidad en la manera con que cada una, por su parte, soportaba su
dura condición. Esa indiferencia estoica de la vieja muj er hacia los dolores
materiales de su vida cotidiana, el desprecio por los sufrimientos corporales,
Marfa no podía superarlos más que por un dolor moral igual al suyo. Eso era lo
que pensó Nadia y no se equivocó.
Fue, pues, una simpatía instintiva por aquella parte de sus
miserias que Marfa Strogoff no mostraba jamás, lo que impulsó enseguida a Nadia
hacia ella. Esa forma de soportar sus males iba en armonía con el alma valiente
de la joven, por eso no le ofreció sus servicios, sino que se los dio. Marfa no
tuvo que rehusarlos ni aceptarlos.
En los trozos en que el camino se hacía difícil, allí estaba
Nadia para ayudarla con sus brazos. A las horas de la distribución de víveres,
la anciana no se movía, pero la joven compartía con ella su escaso alimento y
fue así como aquel penoso viaje fue de mutuo consuelo, tanto para una como para
la otra.
Gracias a su joven compañera, Marfa Strogoff pudo seguir en el
convoy de prisioneros, sin ser atada al arzón de una silla como tantos otros
desgraciados, arrastrados así sobre ese camino de dolor.
Que Dios te recompense, hija mía, de lo que haces por mis viejos
años le dijo una vez Marfa Strogoff, y éstas fueron, durante algún tiempo, las
únicas palabras que se cruzaron entre las dos infortunadas mujeres.
Durante aquellos días (que les parecieron largos como siglos),
la anciana y la joven parecía lógico que se sintieran impulsadas a comentar
entre ellas su recíproca situación. Pero Marfa Strogoff, por una circunspección
fácil de comprender, no había hablado, y aun con mucha brevedad, más que sobre
sí misma. No había hecho ninguna alusión ni a su hijo ni al funesto encuentro
que les había puesto cara a cara.
Nadia, por su parte, también permaneció, si no muda, sin
pronunciar ninguna palabra inútil. Sin embargo, un día, sintiendo que estaba
delante de un alma sencilla y noble, su corazón se desbordó y contó a la
anciana, sin ocultar ningún detalle, todos los acontecimientos, tal como habían
sucedido desde su salida de Wladimir hasta la muerte de Nicolás Korpanoff. Lo
que dijo de su joven compañero interesó vivamente a la anciana siberiana.
¡Nicolás Korpanoff ! dijo . Háblame de ese Nicolás. No sé más
que era un hombre, uno sólo entre toda la juventud de estos tiempos, en el que
no me extraña una conducta tal. ¿Nicolás Korpanoff era su verdadero nombre?
¿Estás segura, hija mía?
¿Por qué tenía que engañarme sobre este punto si no lo había
hecho en ningún otro? respondió Nadia.
Sin embargo, impulsada por una especie de presentimiento, Marfa
Strogoff dirigía a Nadia pregunta tras pregunta.
¿Dijiste que era intrépido, hija mía? ¡Has demostrado que lo
era!
¡Sí, intrépido! respondió Nadia.
« ¡Así se hubiera portado mi hijo! », repetía Marfa Strogoff
para sí.
Después continuó la conversación:
Me has dicho también que nada le detenía, que nada le
acobardaba, que era dulce en su misma fortaleza, que tenías en él tanto como un
hermano y que ha velado por ti como una madre...
¡Sí, sí! dijo Nadia . ¡Hermano, hermana, madre, lo ha sido todo
para mí!
¿También, un león defendiéndote?
¡Un león de verdad! ¡Sí, un león, un héroe!
«Mi hijo, mi hijo», pensaba la anciana siberiana.
Pero, sin embargo, me has dicho que soportó una terrible afrenta
en esa casa de postas de Ichim.
La soportó respondió Nadia bajando la cabeza.
¿La soportó? murmuró Marfa Strogoff estremeciéndose.
¡Madre, madre! gritó Nadia . ¡No lo condene! ¡Tenía un secreto.
Un secreto del cual sólo Dios, a estas horas, es juez!
¿Y en aquel momento de humillación, le despreciaste? preguntó
Marfa, levantando la cabeza y mirando a Nadia como si hubiera querido leer
hasta en lo más profundo de su alma.
¡Le admiré sin comprenderlo! respondió la joven . ¡Nunca le vi
tan digno de respeto!
La anciana calló unos instantes.
¿Era alto? preguntó después.
Muy alto.
Y muy guapo, ¿no es así? Vamos, habla, hija mía.
Era muy guapo respondió Nadia, enrojeciendo.
¡Era mi hijo! ¡Te digo que era mi hijo! grito la anciana
abrazando a la joven.
¡Tu hijo! ¡Tu hijo! exclamó Nadia, confusa.
¡Vamos! dijo Marfa . ¡Termina, hija mía! ¿Tu compañero, tu
amigo, tu protector, tenía madre? ¿No te habló nunca de su madre?
¿De su madre? replicó Nadia . Me hablaba de su madre a menudo,
como yo le hablaba de mi padre; siempre, todos los días. ¡Él adoraba a su
madre!
¡Nadia, Nadia! ¡Acabas de contarme la historia de mi hijo! dijo
la anciana, agregando impetuosamente . ¿No debía ver en Omsk a esa madre a la
que tanto dices que adoraba?
No respondió la joven , no debía verla.
¿No? gritó la anciana . ¿Te atreves a decirme que no?
Lo he dicho, pero me falta añadir que, por motivos muy poderosos
que yo desconozco, comprendí que Nicolás Korpanoff debía atravesar el país en
el más absoluto secreto. Para él era una cuestión de vida o muerte, más aún, un
compromiso de deber y de honor.
Una cuestión de deber, en efecto; de imperioso deber dijo Marfa
Strogoff , de esos deberes a los que se sacrifica todo; de esos que, para
llevarlos a cabo, se rechaza todo, hasta la alegría de dar un beso, que puede
ser el último, a su vieja madre. Todo lo que no sabes, Nadia, todo lo que ni yo
misma sabía, lo sé ahora. ¡Tú me lo has hecho comprender todo! Pero la luz que
has hecho penetrar hasta lo más profundo de las tinieblas de mi corazon, esa
luz, yo no puedo hacer que entre en el tuyo. El secreto de mi hijo, Nadia, ya
que él no te lo ha revelado, es preciso que yo se lo guarde. ¡Perdóname, Nadia!
¡El bien que me has hecho no te lo puedo devolver!
Madre, yo no le pregunto nada replicó Nadia.
Todo quedaba, de este modo, explicado para la vieja siberiana;
todo, hasta la inexplicable conducta de su hijo cuando la vio en el albergue de
Omsk, en presencia de los testigos de su encuentro. Ya no existía la menor duda
de que el compañero de la joven era Miguel Strogoff, al que una misión secreta,
algún importante mensaje secreto que tenía que llevar a través de las comarcas
invadidas, le obligaba a ocultar su calidad de correo del Zar.
«¡Ah, mi valeroso niño! pensó Marfa Strogoff . ¡No, note
traicionaré y las torturas no podrán arrancarme jamas que fue a ti a quien vi
en Omsk!»
Marfa Strogoff habría podido, con una sola palabra, pagar a
Nadia toda la devoción que le había demostrado. Hubiera podido decirle que su
compañero Nicolás Korpanoff o, lo que era lo mismo, Miguel Strogoff, no había
muerto entre las aguas del Irtyche, ya que varios días después de aquel
incidente, ella lo había encontrado y le había hablado...
Pero se contuvo y guardó silencio, limitándose a decir:
¡Espera, hija mía! ¡La desgracia no se cebará siempre sobre ti!
¡Tengo el presentimiento de que verás a tu padre y, tal vez aquel que te dio el
nombre de hermana no haya muerto! ¡Dios no puede permitir que haya perecido tan
noble compañero ... ! ¡Espera, hija mía, espera! ¡Haz como yo! ¡El luto que
llevo no es por mi hijo!
3
GOLPE POR GOLPE
Tal era entonces la situación de Marfa Strogoff y de Nadia, la
una junto a la otra. La vieja siberiana lo había comprendido todo; y si la
joven ignoraba que su añorado compañero aún vivía, por lo menos sabía quién era
la mujer a la que había tenido por madre y le daba las gracias a Dios por
haberle dado la alegría de poder reemplazar al lado de la prisionera al hijo
que había perdido.
Pero lo que ninguna de las dos podía saber es que Miguel
Strogoff, cogido prisionero en Kolyvan, formaba parte del mismo convoy y que le
llevaban a Tomsk como a ellas.
Los prisioneros que trajera consigo Ivan Ogareff quedaron unidos
a los que el Emir tenía ya en el campamento tártaro. Esos desgraciados, rusos o
siberianos, militares o civiles, constituían varios millares y formaban una
columna que se extendía sobre una longitud de varias verstas. Entre ellos los
había que eran considerados más peligrosos y fueron esposados y sujetos a una
larga cadena. Había también mujeres y niños atados o suspendidos de los pomos
de las sillas de montar, y despiadadamente arrastrados a través del camino. Se
les conducía como un rebaño. Los jinetes encargados de su escolta les
obli-gaban a guardar cierto orden y un ritmo de marcha, por lo que muchos de
los que quedaban rezagados caían para no levantarse más.
Como consecuencia de esta disposición en la marcha, resultó que
Miguel Strogoff, que iba en las primeras filas de los que habían salido del
campamento tártaro, es decir, entre los prisioneros hechos en Kolyvan, no podía
mezclarse con los prisioneros llegados de Omsk y situados en último lugar. De
ahí que no podía suponer la presencia de su madre y de Nadia en el convoy, como
ellas no podían sospechar la suya.
El viaje desde el campamento a Tomsk, hecho en aquellas
condiciones, bajo el látigo de los soldados, mortal para muchos de los
prisioneros, se hacía terrible para todos. Se iba a atravesar la estepa por una
ruta más polvorienta todavía, después del paso del Emir y su vanguardia.
Se dio orden de marcha con rapidez y los descansos eran pocos y
muy cortos. Aquellas ciento cincuenta verstas que debían franquear bajo un sol
abrasador, por muy rápidamente que fueran recorridas, tenían que parecerles
interminables.
La comarca que se extiende sobre la derecha del Obi hasta la
base de las estribaciones de los montes Sayansk, cuya orientación es de norte a
sur, es una comarca muy estéril. Apenas algunos raquíticos y abrasados arbustos
rompen de vez en cuando la monotonía de la inmensa planicie. No hay cultivos
porque todo es secano y, sin embargo, el agua es lo que más falta hacía a los
prisioneros, sedientos por una marcha tan penosa.
Para encontrar una corriente de agua hubiera sido necesario
desviarse unas cincuenta verstas hacia el este, hasta el pie mismo de las
estribaciones, que determinan la partición de las cuencas del Obi y el Yenisei.
Allá discurre el Tom, pequeño afluente del Obi, que pasa por Tomsk antes de
perderse en una de las grandes arterias del norte. Allí hubieran tenido agua
abundante, una estepa menos árida y una temperatura menos agobiante. Pero los
jefes del convoy de prisioneros habían recibido órdenes estrictas de dirigirse
a Tomsk por el camino más corto, porque el Emir temía que algunas columnas
rusas que pudieran descender de las provincias del norte les atacasen por el
flanco, cortándoles el camino. La gran ruta siberiana no costea las orillas del
Tom, al menos en la parte comprendida entre Kolyvan y un pequeño pueblo llamado
Zabediero, por lo tanto, era preciso seguir esta gran ruta sin acercarse al
sitio donde pudiera aplacarse la sed.
Es inútil insistir sobre los sufrimientos de los desgraciados
prisioneros. Varios centenares de ellos cayeron sobre la estepa y sus cadáveres
debían quedar allí hasta que los lobos, llegado el invierno, devoraran sus
últimos restos.
Del mismo modo que Nadia estaba siempre presta a socorrer a la
anciana siberiana, Miguel Strogoff, libre de movimientos, prestaba a sus
compañeros de infortunio, más débiles que él, todos los cuidados que la
situación le permitía.
Daba ánimos a unos, sostenía a otros, se multiplicaba, iba y
venía hasta qúe la lanza de algún soldado le obligaba a volver al sitio que se
le había asignado en la fila.
¿Por qué no intentaba la huida? Había decidido, después de
pensarlo detenidamente, no lanzarse por la estepa hasta que fuese segura para
él, y se había empeñado en la idea de ir hasta Tomsk a expensas del Emir y,
decididamente, tenía razón. Viendo los numerosos destacamentos que batían la
llanura sobre ambos flancos del convoy, tanto hacia el sur como hacia el norte,
era evidente que no hubiese podido recorrer dos verstas sin ser capturado de
nuevo. Los jinetes tártaros pululaban por todas partes. Muchas veces hasta
parecía que salieran de la tierra semejantes a esos insectos dañinos que la
lluvia hace aparecer sobre el suelo como un hormiguero. Además, la huida en
esas condiciones hubiera sido extremadamente difícil, si no imposible, porque
los soldados de la escolta desplegaban una estrecha vigilancia, ya que se
jugaban la cabeza si escapaba alguno de los prisioneros.
Al fin, el 15 de agosto, a la caída de la tarde, el convoy
llegaba al pueblecito de Zabediero, a una treintena de verstas de Tomsk. A
partir de aquel lugar, la ruta seguía el curso del Tom.
El primer impulso de los prisioneros hubiera sido el
precipitarse en las aguas del río, pero los guardianes no les permitieron
romper filas hasta que estuviera organizada la parada. Pese a que la corriente
del Tom era casi torrencial en esa época, podía favorecer la huida de algunos
audaces o desesperados, por lo que fueron tomadas las más severas medidas de
vigilancia. Con barcas requisadas en Zabediero se formó una barrera de
obstáculos imposible de franquear. En cuanto a la línea del campamento, apoyada
en las primeras casas del pueblo, quedaba guardada por un cordón de centinelas
igualmente impenetrable.
Miguel Strogoff, que en aquellos momentos habría podido pensar
en lanzarse a la estepa, comprendió, después de haber estudiado detenidamente
la situación, que sus proyectos de fuga eran casi inejecutables en aquellas
condiciones y, no queriendo comprometerse en nada, esperó.
Los prisioneros debían acampar la noche entera a orillas del
Tom. Efectivamente, el Emir había aplazado hasta el día siguiente la
instalación de sus tropas en la ciudad de Tomsk, decidiendo una fiesta militar
que señalara la inauguración del cuartel general tártaro en esta importante
ciudad. Féofar Khan ocupaba ya la fortaleza, pero su ejército vivaqueaba en los
alrededores, esperando el momento de hacer su entrada solemne.
Ivan Ogareff dejó al Emir en Tomsk, adonde ambos habían llegado
la víspera, volviendo al campamento de Zabediero. Desde este punto debía partir
al día siguiente la retaguardia del ejército tártaro. Tenía dispuesta una casa
para que pasase la noche y, al amanecer, al frente de sus jinetes e infantes,
se dirigía hacia Tomsk, en donde el Emir quería recibirle con la pompa que es
habitual entre los soberanos asiáticos.
Cuando, por fin, quedó organizada la parada, los prisioneros,
destrozados por los tres días de viaje y víctimas de ardiente sed, pudieron
apagarla y reposar un poco.
El sol ya se había ocultado, aunque el horizonte todavía estaba
iluminado por las luces del crepúsculo, cuando Nadia, sosteniendo a Marfa
Strogoff, llegó a la orilla del Tom. Hasta entonces ninguna había podido
abrirse paso entre las filas de los que se agolpaban para beber.
La vieja siberiana se inclinó sobre la fresca corriente y Nadia,
con el cuenco de su mano, llevó el agua a los labios de Marfa, bebiendo luego a
su vez. La anciana y la joven encontraron gran alivio con aquellas aguas
bienhechoras.
De pronto, Nadia, en el momento en que iba a retirarse de la
orilla, se enderezó y un grito involuntario se escapó de sus labios.
¡Allí estaba Miguel Strogoff, a sólo unos pasos de ella! ¡Era
él! ¡Todavía podía verle bajo las últimas luces del crepúsculo!
El grito de Nadia hizo estremecer al correo del Zar... Pero tuvo
bastante dominio sobre sí mismo como para no pronunciar ni una sola palabra que
pudiera comprometerle.
¡Sin embargo, al mismo tiempo que a Nadia, había reconocido a su
madre!
Miguel Strogoff, ante este inesperado encuentro, temiendo no ser
dueño de sí mismo, llevó la mano a los ojos y se alejó de aquel lugar en
seguida.
Nadia se había lanzado instintivamente a su encuentro, pero la
anciana murmuró unas palabras a su oído:
¡Quieta, hija mía!
¡Es él! respondió Nadia con la voz rota por la emoción . ¡Vive,
madre! ¡Es él!
Es mi hijo replicó Marfa Strogoff , es Miguel Strogoff y ya ves
que no he dado el menor paso hacia él. ¡Imítame, hija mía!
Miguel Strogoff acababa de experimentar una de las más violentas
emociones que le fuera dado sentir a un hombre. Su madre y Nadia estaban
allí... Las dos prisioneras que casi se confundían en su corazón, Dios las
había puesto una junto a la otra en este común infortunio. ¿Sabía Nadia, pues,
quién era él? No, porque había visto el gesto de Marfa Strogoff deteniéndola en
el momento en que iba a lanzarse hacia él. Su madre había comprendido y
guardaba el secreto.
Durante aquella noche Miguel Strogoff estuvo veinte veces
tentado de reunirse con su madre, pero comprendió que debía resistir a ese
inmenso deseo de estrecharla entre sus brazos, de apretar una vez más las manos
de su joven compañera entre las suyas. La menor imprudencia podía perderlo.
Además, había jurado no ver a su madre... y no la vería voluntariamente. Una
vez que hubieran llegado a Tomsk, ya que no podía huir aquella misma noche, se
lanzaría a través de la estepa sin siquiera haber abrazado a los dos seres que
resumían toda su vida y a los cuales dejaba expuestos a todos los peligros.
Miguel Strogoff esperaba, pues, que este nuevo encuentro en el
campamento de Zabediero no trajese funestas consecuencias ni para su madre ni
para él. Pero no sabía que ciertos detalles de esa escena, pese a lo
rápidamente que se había desarrollado, fueron captados por Sangarra, la espía
de Ivan Ogareff.
La gitana estaba allí, a pocos pasos, espiando, como siempre, a
la vieja siberiana sin que ésta lo sospechara. No había podido ver a Miguel
Strogoff, que ya había desaparecido cuando ella se volvió; pero el gesto de la
madre reteniendo a Nadia no le había pasado desapercibido y un especial brillo
de los ojos de Marfa se lo había dicho todo.
No albergaba ninguna duda de que el hijo de Marfa Strogoff, el
correo del Zar, se encontraba en aquel momento en el campamento de Zabediero,
entre los numerosos prisioneros de Ivan Ogareff.
Sangarra no lo conocía, pero sabía que estaba allí. No intentó
siquiera descubrirlo porque hubiera sido imposible en las sombras de la noche y
entre aquella multitud de prisioneros.
En cuanto a continuar espiando a Nadia y Marfa Strogoff, era
inútil, puesto que era evidente que las dos mujeres se mantendrían alerta y
sería imposible captarles cualquier palabra o gesto que pudiera comprometer al
correo del Zar.
La gitana no tuvo mas que un pensamiento: prevenir a Ivan
Ogareff. Y, con esta intención, abandonó enseguida el campamento.
Un cuarto de hora después llegaba a Zabediero y era introducida
en la casa que ocupaba el lugarteniente del Emir.
Ivan Ogareff la recibió inmediatamente.
¿Qué deseas de mí, Sangarra? le preguntó.
El hijo de Marfa Strogoff está en el campamento respondió
Sangarra.
¿Prisionero?
Prisionero.
¡Ah! exclamó Ivan Ogareff . Yo sabré...
Tú no sabrás nada le cortó la gitana , porque ni siquiera lo
conoces.
¡Pero lo conoces tú! ¡Tú lo has visto, Sangarra!
No lo he visto, pero su madre se ha traicionado con un
movimiento que me lo ha revelado todo.
¿No te equivocas?
No.
Tú sabes la importancia que para mí tiene la detención del
correo dijo Ivan Ogareff . Si la carta que le entregaron en Moscú llegara a
Irkutsk, si consigue llevarla al Gran Duque, éste estará sobre aviso y no podré
llegar hasta él. ¡Es preciso que consiga esa carta a cualquier precio! ¡Ahora
vienes a decirme que el portador de esa carta esta en mi poder! ¡Te lo repito,
Sangarra, ¿no te equivocas?!
Ivan Ogareff había hablado con gran vehemencia. Su emoción
evidenciaba la gran importancia que concedía a la posesión de la carta
imperial, pero Sangarra no se sintió turbada en ningun momento por la
insistencia del lugarteniente del Emir al repetirle su pregunta.
No me equivoco, Ivan respondió.
¡Pero, Sangarra, en este campamento hay varios millares de
prisioneros y tú dices que no conoces a Miguel Strogoff !
No replicó la gitana, cuya mirada se impregno de una salvaje
alegría , yo no lo conozco, pero su madre sí. Ivan, sera preciso hacerla
hablar.
¡Mañana hablará! exclamó Ivan Ogareff.
Después, tendió su mano a la gitana, la cual la besó, sin que en
este gesto de respeto, habitual en las razas del norte, hubiera nada de servil.
Sangarra volvió al campamento para situarse junto al lugar que
ocupaba Nadia y Marfa Strogoff, y pasó la noche observando a ambas mujeres. La
anciana y la joven no pudieron dormir, pese a que la fatiga les abrumaba,
porque las inquietudes las mantenían desveladas ¡Miguel Strogoff había sido
hecho prisionero como ellas! ¿Lo sabía Ivan Ogareff y, si no lo sabía, no
acabaría enterándose? Nadia no tenía otro pensamiento que el de que su
compañero, a quien había llorado como muerto, aún vivía. Pero Marfa Strogoff
veía más allá en el futuro y, si era sincera consigo mismo, tenía sobrados
motivos para temer por la seguridad de su hijo.
Sangarra, que, amparándose en las sombras se había deslizado
hasta situarse justo detrás de las dos mujeres, se quedó allí durante varias
horas aguzando el oído. Pero nada pudo oír, porque un instintivo sentimiento de
prudencia hizo que Nadia y Marfa no intercambiaran ni una sola palabra.
Al día siguiente, 16 de agosto, alrededor de las diez de la
mañana, sonaron las trompetas en los linderos del campamento» y los soldados
tártaros se apresuraron a tomar inmediatamente sus armas.
Ivan Ogareff, después de salir de Zabediero, llegaba al
campamento en medio de su numeroso estado mayor de oficiales tártaros. Su
mirada era más sombría que de costumbre y su gesto indicaba estar poseído de
una sorda cólera que sólo buscaba una oportunidad para estallar.
Miguel Strogoff, perdido entre un grupo de prisioneros, vio
pasar a aquel hombre y tuvo el presentimiento de que iba a producirse alguna
catástrofe, porque Ivan Ogareff sabía ya que Marfa Strogoff era madre de Miguel
Strogoff, capitán del cuerpo de correos del Zar.
Ivan Ogareff llegó al centro del campamento, descendió de su
caballo y los jinetes de su escolta formaron un amplio círculo a su alrededor.
En aquel momento, Sangarra se le acercó murmurándole:
No tengo nada nuevo que decirte, Ivan.
Ivan Ogareff respondió dando una breve orden a uno de sus
oficiales.
Enseguida, las filas de prisioneros fueron brutalmente
recorridas por los soldados. Aquellos desgraciados, estimulados a golpes de
látigo o empujados a punta de lanza, tuvieron que levantarse con toda rapidez y
formar en la circunferencia del campamento. Un cuádruple cordón de infantes y
jinetes dispuestos tras ellos hacía imposible cualquier tentativa de evasión.
Pronto se hizo el silencio y, a una señal de Ivan Ogareff,
Sangarra se dirigió hacia el grupo entre el cual se encontraba Marfa Strogoff.
La anciana la vio venir y comprendió lo que iba a pasar. Una
sonrisa desdeñosa apareció en sus labios; después, inclinándose hacia Nadia, le
dijo en voz baja:
¡Tú no me conoces, hija mía! Ocurra lo que ocurra y por dura que
fuese la prueba, no digas una palabra ni hagas ningún gesto. Se trata de él, y
no de mí.
En ese momento, Sangarra, después de haberla mirado por unos
instantes, puso su mano sobre el hombro de la anciana.
¿Qué quieres de mí? le preguntó Marfa Strogoff.
Ven respondió Sangarra.
Y, empujándola con la mano, la condujo frente a Ivan Ogareff, en
el centro de aquel espacio cerrado.
Marfa Strogoff, al encontrarse cara a cara con Ivan Ogareff,
enderezó el cuerpo, cruzó los brazos y esperó.
Tú eres Marfa Strogoff, ¿no es cierto? preguntó el traidor.
Sí respondió la anciana con calma.
¿Rectificas lo que me constestaste cuando te interrogué en Omsk,
hace tres días?
No.
¿Asi pues, ignoras que tu hijo, Miguel Strogoff, correo del Zar,
ha pasado por Omsk?
Lo ignoro.
Y el hombre en el que creíste reconocer a tu hijo en la parada
de posta ¿no era él? ¿No era tu hijo?
No era mi hijo.
¿Y no lo has visto después, entre los prisioneros?
No.
Tras esta respuesta, que denotaba una inquebrantable resolución
de no confesar nada, un murmullo se levantó entre la multitud de prisioneros.
Ivan Ogareff no pudo contener un gesto de amenaza.
¡Escucha! gritó a Marfa Strogoff . ¡Tu hijo está aquí y tú vas a
señalarlo inmediatamente!
No.
¡Todos estos hombres, capturados en Omsk y en Kolyvan, van a
desfilar ante ti y si no señalas a Miguel Strogoff recibirás tantos golpes de
knut como hombres hayan desfilado!
Ivan Ogareff había comprendido que, cualesquiera que fuesen sus
amenazas y las torturas a que sometiera a la anciana, la indomable siberiana no
hablaría. Para descubrir al correo del Zar contaba, pues, no con ella, sino con
el mismo Miguel Strogoff. No creía posible que cuando madre e hijo se
encontraran frente a frente, dejara de traicionarles algún movimiento
irresistible.
Ciertamente, si sólo hubiera querido apoderarse de la carta
imperial, le bastaba con dar orden de que se registrara a todos los
prisioneros; pero Miguel Strogoff podía haberla destruido, no sin antes
informarse de su contenido y, si no era reconocido, podía llegar a Irkutsk,
desbaratando los planes de Ivan Ogareff. No era únicamente la carta lo que
necesitaba el traidor, sino también a su mismo portador.
Nadia lo había oído todo y ahora ya sabía qué era Miguel
Strogoff y por qué había querido atravesar las provincias invadidas sin ser
reconocido.
Cumpliendo la orden de Ivan Ogareff, los prisioneros desfilaron
uno a uno por delante de Marfa Strogoff, la cual permanecía inmóvil como una
estatua y cuya mirada expresaba la más completa indiferencia.
Su hijo se encontraba en las últimas filas y cuando le tocó el
turno de pasar delante de su madre, Nadia cerró los ojos para no verlo.
Miguel Strogoff permanecía aparentemente impasible, pero las
palmas de sus manos sangraban a causa de las uñas que se habían clavado en
ellas.
¡Ivan Ogareff había sido vencido por la madre y el hijo!
Sangarra, situada cerca de él, no pronunció más que dos
palabras:
¡El knut!
¡Sí! gritó Ivan Ogareff, que no era dueño de sí mismo . ¡El knut
para esta vieja bruja! ¡Hasta que muera!
Un soldado tártaro, llevando en la mano ese terrible instrumento
de tortura, se acercó lentamente a Marfa Strogoff.
El knut está compuesto por una serie de tíras de cuero, en cuyos
extremos llevan varios alambres retorcidos. Se estima que una condena a ciento
veinte de estos latigazos equivale a una condena de muerte. Marfa Strogoff lo
sabía; pero sabía también que ninguna tortura le haría hablar y estaba
dispuesta a sacrificar su vida.
Marfa Strogoff, asida por dos soldados, fue puesta de rodillas.
Su ropa fue rasgada para dejar al descubierto la espalda y delante de su pecho,
a solo unas pulgadas, colocaron un sable. En el caso de que el dolor la hiciera
flaquear, aquella afilada punta atravesaría su pecho.
El tártaro que iba a actuar de verdugo estaba de pie a su lado.
Esperaba.
¡Va! dijo Ivan Ogareff.
El látigo rasgó el aire...
Pero antes de que hubiera golpeado, una poderosa mano lo había
arrancado de las manos del tártaro.
¡Allí estaba Miguel Strogoff! ¡Aquella horrible escena le había
hecho saltar! Si en la parada de Ichim se había contenido cuando el látigo de
Ivan Ogareff lo había golpeado, ahora, al ver que su madre iba a ser azotada,
no había podido dominarse.
Ivan Ogareff había triunfado.
¡Miguel Strogoff! gritó.
Después, avanzando hacia él, dijo:
¡Ah! ¡El hombre de Ichim!
¡El mismo! exclamó Miguel Strogoff.
Y levantando el knut, cruzó con él la cara de Ivan Ogareff.
¡Golpe por golpe! dijo.
¡Bien dado! gritó la voz de un espectador que, afortunadamente
para él, se perdió entre la multitud.
Veinte soldados se lanzaron sobre Miguel Strogoff con la
intención de matarlo, pero Ivan Ogareff, al que se le había escapado un grito
de rabia y de dolor, los contuvo con un gesto.
¡Este hombre está reservado a la justicia del Emir! ¡Que se le
registre!
La carta con el escudo imperial fue encontrada en el pecho de
Miguel Strogoff, el cual no había tenido tiempo de destruirla, y fue entregada
a Ivan Ogareff.
El espectador que había pronunciado las palabras « ¡Bien dado!
», no era otro que Alcide Jolivet. Él y su colega se habían detenido en el
campamento, siendo testigos de la escena.
¡Pardiez! dijo Alcide Jolivet . ¡Estos hombres del norte son
gente ruda! ¡Debemos una reparación a nuestro compañero de viaje, porque
Korpanoff, o Strogoff, la merece! ¡Hermosa revancha del asunto de Ichim!
Sí, revancha respondió Harry Blount , pero Strogoff es hombre
muerto. En su propio interés hubiera hecho mejor no acordándose tan pronto.
¿Y dejar morir a su madre bajo el knut?
¿Cree usted que tanto ella como su hermana correran mejor suerte
con su comportamiento?
Yo no creo nada; yo no sé nada respondió Alcide Jolivet .
¡Únicamente sé lo que yo hubiera hecho en su lugar! ¡Qué cicatriz! ¡Qué
diablos, es necesario que a uno le hierva la sangre alguna vez! ¡Dios nos
habría puesto agua en las venas, en lugar de sangre, si nos hubiera querido
conservar siempre imperturbables ante todo!
¡Bonito incidente para una crónica! dijo Harry Blount . Si Ivan
Ogareff quisiera comunicamos el contenido de la carta...
Ivan Ogareff, después de manchar la carta con la sangre que le
cubría el rostro, había roto el sello y la leyó y releyó largamente, como si
hubiera querido penetrar todo su contenido.
Terminada la lectura, dio órdenes para que Miguel Strogoff fuera
estrechamente agarrotado y conducido a Tomsk con los otros prisioneros, tomó el
mando de las tropas acampadas en Zabediero y, al ruido ensordecedor de los
tambores y trompetas, se dirigió hacia la ciudad donde esperaba el Emir.
4
LA ENTRADA TRIUNFAL
Tomsk, fundada en 1604, casi en el corazón mismo de las
provincias siberianas, es una de las más importantes ciudades de la Rusia
asiática. Tobolsk, situada por encima del paralelo sesenta, e Irkutsk, que se
levanta más allá del meridiano cien, han visto crecer Tomsk a sus expensas.
Sin embargo, Tomsk, como queda dicho, no es la capital de esta
importante provincia, sino que es en Omsk en donde reside el gobernador general
y todos los elementos oficiales.
Pese a ello, Tomsk es la ciudad más importante de este
territorio, que limita con los montes Altai, es decir, en la frontera china del
país de los jalcas. Desde las pendientes de estas montañas son incesantemente
transportados hasta el valle del Tom cargamentos de platino, oro, plata, cobre
y plomo aurífero. Siendo tan rico el país, la ciudad también lo es, porque es
el centro de estas fructíferas explotaciones. De ahí el lujo de sus mansiones,
de sus mobiliarios y de sus costumbres, que puede rivalizar con las más grandes
capitales de Europa.
Es una ciudad de millonarios enriquecidos por el pico y la pala
que, si no tiene el honor de ser la residencia de los representantes del Zar,
tiene el consuelo de contar con los más importantes hombres de negocios que
residen en la ciudad concesionaria de minas más importantes del gobierno
imperial.
Antiguamente Tomsk pasaba por estar situada en el fin del mundo,
y si se quería ir a ella había que hacer todo un largo viaje. Pero en la
actualidad esto no es más que un simple paseo, cuando el país no está hollado
por las plantas de los invasores. Pronto será construido el ferrocarril que la
enlazará con Perm, atravesando la cadena de los Urales.
¿Es bonita la ciudad? Hay que convenir en que los viajeros no
están de acuerdo con este punto de vista. La señora de Bourboulon, que
permaneció varios días en ella durante su viaje desde Shangai a Moscú, la
describe como una ciudad poco pintoresca. Si nos atenemos a su descripción,
ésta es una ciudad insignificante, con viejas casas de piedra y ladrillo, con
calles estrechas y muy diferentes de las que se encuentran ordinariamente en
las ciudades siberianas más importantes; sucios barrios donde se amontonan
particularmente los tártaros y en los cuales pululan con toda tranquilidad los
borrachos, «cuya embriaguez es apática, como la de todos los pueblos del
norte».
El viajero Henri Russel Killough, sin embargo, se declara
entusiasta admirador de Tomsk. ¿Será a causa de que la visitó en pleno
invierno, cuando la ciudad está bajo su manto de nieve, y la señora Bourboulon
la visitó durante el verano? Podría ser, lo cual confirmaría la opinión de que
ciertos países fríos no pueden apreciarse en toda su belleza más que durante la
estación fría, como ciertos países cálidos, durante la estación calurosa.
Sea como fuere, el señor Russel Killough afirmó positivamente
que Tomsk no es solamente la más hermosa ciudad de Siberia, sino una de las más
hermosas ciudades del mundo, con sus casas de columnas y peristilos, sus aceras
de madera, sus calles largas y regulares y sus quince magníficas iglesias que
se reflejan en las aguas del Tom, más largo que ningún río de Francia.
La verdad está seguramente en el término medio de las dos
opiniones. Tomsk cuenta con una población de veinticinco mil habitantes y está
pintorescamente situada sobre una amplia colina, cuyo declive es bastante
áspero.
Pero la ciudad más hermosa del mundo se convierte en la más fea
cuando se ve ocupada por invasores. ¿Quién hubiera querido admirarla en esta
epoca? Defendida únicamente por varios batallones de cosacos a pie, que residen
allí permanentemente, no había podido resistir los ataques de las columnas del
Emir. Una cierta parte de su población, que es de origen tártaro, no había
acogido desfavorablemente a esas hordas de tártaros como ellos y, en estos
momentos, Tomsk no parecía ser más rusa o más siberiana que en el caso de que
hubiera sido trasladada al centro de los khanatos de Khokhand o de Bukhara.
Era, pues, en Tomsk donde el Emir iba a recibir a sus tropas
victoriosas. Una fiesta con cantos, danzas y fantasías, seguida de una ruidosa
orgía, iba a celebrarse en honor de estas tropas.
El teatro elegido para la ceremonia, dispuesto siguiendo el
gusto asiático, era un vasto anfiteatro situado sobre una parte de la colina,
que domina a un centenar de pies el curso del Tom. Todo este horizonte, con su
amplia perspectiva de elegantes mansiones y de iglesias con sus ventrudas
cúpulas, los numerosos meandros del río y los bosques sumergidos en la cálida
bruma, aparecía todo dentro de un admirable cuadro de verdor que le
proporcionaban algunos soberbios grupos de pinos y de gigantescos cedros.
A la izquierda del anfiteatro se había levantado una especie de
brillante decorado, representando un palacio de bizarra arquitectura sin duda,
imitaba algún espécimen de esos monumentos bukharlanos, semimoriscos y
semitártaros , colocado provisionalmente sobre anchas terrazas. Por encima de
ese palacio, en la punta de los minaretes de que estaba erizado por todas
partes, entre las ramas más altas de los árboles que daban sombra al
anfiteatro, revoloteaban a centenares las cigüeñas domésticas que habían llegado
de Bukhara siguiendo al ejército tártaro.
Estas terrazas estaban reservadas para la corte del Emir, los
khanes aliados suyos, los grandes dignatarios de los khanatos y los harenes de
cada uno de estos soberanos del Turquestán.
De estas sultanas, cuya mayor parte no son más que esclavas
compradas en los mercados de Transcaucasia o Persia, unas tenían el rostro
descubierto y otras llevaban un velo que las ocultaba a todas las miradas, pero
todas iban vestidas con un lujo extremo. Sus elegantes túnicas, cuyas mangas
recogidas hacia atrás anudábanse a la manera del puf europeo, dejaban ver sus
brazos desnudos, cuajados de brazaletes unidos por cadenas de piedras
preciosas, y sus diminutas manos, en cuyos dedos brillaban las uñas pintadas
con jugo de henneb. Al menor movimiento de sus túnicas, unas de seda,
comparables por su suavidad a las telas de araña, y otras de flexible aladja,
que es un tejido de algodón a rayas estrechas, percibíase el fru fru tan
agradable a los oídos de los orientales. Bajo estos vestidos llevaban
brillantes faldas de brocado que cubrían el pantalón de seda, sujeto un poco
más arriba de sus finas botas, de graciosas formas y bordadas de perlas.
Algunas de las mujeres que no iban cubiertas con velos mostraban sus cabellos
hermosamente trenzados, que escapaban de sus turbantes de colores variados,
ojos admirables, dientes magníficos y tez brillante, cuya belleza acrecentaba
la negrura de sus cejas, unidas por un ligero tinte artificial y sus párpados
pintados con lápiz.
Al pie de las terrazas, abrigadas por estandartes y orifiamas,
vigilaba la guardia personal del Emir, con su doble sable curvado pendiendo de
la cadera, puñal en la cintura y lanza de diez pies de longitud en la mano.
Algunos de estos tártaros llevaban bastones blancos y otros eran portadores de
enormes alabardas, adornadas con cintas de plata y oro.
En todo el contorno, hasta los últimos planos de este vasto
anfiteatro, sobre los escarpados taludes cuya base bañaba el Tom, se amontonaba
una multitud cosmopolita, compuesta por todos los elementos oriundos de Asia
central. Allí estaban los usbecks con sus grandes gorros de piel de oveja
negra, su barba roja, sus ojos grises y sus arkaluk, especie de túnica cortada
a la moda tártara; allí se encontraban los turcomanos, vestidos con su traje
nacional, consistente en pantalón ancho de color claro, dormán y manto de piel
de camello, gorro rojo, cómco o plano, botas altas de cuero de Rusia y el puñal
suspendido de la cintura por medio de una correa; allí, cerca de sus dueños,
agrupábanse las mujeres turcomanas que, llevando en los cabellos postizos de
pelo de cabra en forma de trenzas, dejaban ver bajo la djuba rayada en azul,
púrpura y verde la camisa abierta, y mostraban sus piernas adornadas con cintas
de colores, entrecruzadas desde las rodillas hasta los chanclos de cuero; y,
como si todos los pueblos de la frontera ruso china se hubiesen levantado a la
voz del Emir, veíanse también allí manchúes con la frente y las sienes
rasuradas, los cabellos trenzados, las túnicas largas, camisa de seda ajustada
al cuerpo por medio de un cinturón y gorros ovales de satén de color cereza,
bordados en negro y con franjas rojas, y, con ellos, los admirables tipos de
las mujeres manchúes, coquetonamente adornadas con flores artificiales
prendidas con agujas de oro y mariposas delicadamente posadas sobre sus negras
cabelleras. Completaban aquella multitud invitada a la fiesta tártara numerosos
mongoles, bukharianos, persas y chinos del Turquestán.
Unicamente los siberianos faltaban a esta recepción dada por los
invasores. Los que no habían podido huir estaban confinados en sus casas, con
el temor de que Féofar Khan ordenase el pillaje de la ciudad como digno remate
a esta ceremonia triunfal.
A las cuatro, el Emir hizo su entrada en la plaza, bajo el
ensordecedor ruido de las trompetas, de los tambores y las descargas de
artillería y fusilería.
Féofar montaba sobre su caballo favorito, que ostentaba en la
cabeza un penacho de diamantes.
El Emir se había puesto su traje de guerra y a su lado marchaban
los khanes de Khokhand y de Kunduze, los grandes dignatarios de los khanatos y
todo su numeroso estado mayor.
En ese momento hizo su aparicion sobre la terraza la favorita de
Féofar, la reina, si esta calificación puede darse a los sultanes de los
estados bukharianos. Pero, reina o esclava, esta mujer de origen persa era
admirablemente bella. Contrariamente a la costumbre mahometana y, seguramente,
por capricho del Emir, llevaba el rostro descubierto. Su cabellera, Partida en
cuatro partes, acariciaba sus hombros de brillante blancura, apenas cubiertos
con un velo de seda laminado en oro que, por detrás, iba sujeto a un gorro
recamado de piedras preciosas de incalculable valor. Bajo su falda de seda
azul, con an-chas rayas de tonos más oscuros, caía el zir djameh, de gasa de
seda, y por encima de la cintura sobresalía el pirahn, camisa del mismo tejido
que se abría graciosamente subiendo alrededor de su cuello; pero desde la
cabeza a los pies, calzados con pantuflas persas, era tal la profusión de
joyas, tomanes de oro enhebrados en hilos de plata, rosarios de turquesas
firuzehs extraídas de las célebres minas de Elburz, collares de cornalinas, de
ágatas, de esmeraldas, de ópalos y de zafiros que llevaba sobre su corpiño y su
falda, que parecía que estas prendas estaban tejidas con piedras preciosas. En
cuanto a los millares de diamantes que brillaban en su cuello, brazos, manos,
cintura y pies, millones de rublos no hubieran bastado para pagar su valor y, a
la intensidad de los fulgores que despedían, se hubiera podido creer que en el
interior de cada uno de ellos, una corriente eléctrica provocaba un arco
voltalco hecho de rayo de sol.
El Emir y los khanes pusieron pie a tierra, al igual que los
dignatarios que componían su cortejo, ocupando todos ellos su sitio en una
magnífica tienda elevada en el centro de la primera terraza. Delante de la
tienda, como siempre, el Corán estaba sobre la mesa sagrada.
El lugarteniente de Féofar Khan no se hizo esperar y, antes de
las cinco, los sones de las trompetas anunciaron su llegada.
Ivan Ogareff el «cariacuchillado», como ya se le llamaba ,
vistiendo esta vez uniforme de oficial tártaro, llegó a caballo frente a la
tienda del Emir. Iba acompañado por una parte de los soldados del campamento de
Zabediero, que situaron a los lados de la plaza, en medio de la cual no quedaba
más que el espacio justo reservado a los espectáculos.
En el rostro del traidor se veía una ancha cicatriz que cruzaba
oblicuamente su mejilla de parte a parte.
Ivan Ogareff presentó al Emir a sus principales oficiales y
Féofar Khan, sin apartarse de la frialdad que constituía el fondo de su rango,
los acogió de manera que quedaron satisfechos del recibimiento.
Esa fue, al menos, la impresión de Harry Blount y Alcide
Jolivet, los dos inseparables que ahora se habían asociado para la caza de
noticias.
Después de haber dejado Zabediero, habían llegado a Tomsk con
toda rapidez. Su proyecto era abandonar cuanto antes la compañía de los
tártaros y unirse a cualquier cuerpo de ejército ruso lo más pronto posible y,
si podían, llegar con ellos hasta Irkutsk.
Lo que habían visto de la invasión, sus incendios, pillaje y
muertes, les había horrorizado profundamente y sentían el deseo de encontrarse
entre las filas del ejército siberiano.
Sin embargo, Alcide Jolivet había hecho comprender a su colega
que no podían abandonar Tomsk sin tomar algunas notas sobre aquella entrada
triunfal de las tropas tártaras aunque sólo fuera para satisfacer la curiosidad
de su prima , y Harry Blount se decidió a quedarse durante unas horas; pero la
misma tarde debían partir ambos para volver sobre la ruta de Irkutsk y, bien
montados como iban, esperaban adelantarse a los exploradores del Emir.
Alcide Jolivet y Harry Blount estaban, pues, mezclados entre la
multitud y miraban la forma de no perderse ningún detalle de una fiesta que les
proporcionaría motivo para una buena crónica. Admiraron la magnificencia de
Féofar Khan, sus mujeres, sus oficiales, su guardia y toda esa pompa oriental,
de la que las ceremonias europeas no pueden dar ni una ligera idea. Pero se
volvieron con desprecio cuando Ivan Ogareff se presentó ante el Emir y
esperaron, con cierta impaciencia, a que la fiesta comenzase.
Lo ve usted, mi querido Blount dijo Alcide Jolivet , hemos
venido demasiado pronto, como buenos burgueses que velan por su dinero. Todo
esto no es mas que un levantamiento de telón y hubiera sido de mejor gusto
llegar en el momento que comenzase el ballet.
¿Qué ballet? preguntó Harry Blount.
¡El ballet obligatorio, pardiez! Pero creo que va a levantarse
el telón.
Alcide Jolivet hablaba como si se encontrase en la ópera y,
sacando sus gemelos se preparó a observar, como buen entendido, a las primeras
figuras de la troupe de Féofar.
Pero una penosa ceremonia iba a proceder a las diversiones.
En efecto, el triunfo del vencedor no podía ser completo sin la
humillación pública de los vencidos, por lo que varios centenares de
prisioneros, conducidos a latigazos por los soldados, fueron obligados a
desfilar delante de Féofar Khan y sus aliados, antes de ser encerrados con el
resto de sus compañeros en la cárcel de la ciudad.
Entre aquellos prisioneros figuraba, en primera fila, Miguel
Strogoff, que iba especialmente custodiado por un pelotón de soldados. Su madre
y Nadia estaban también allí.
La vieja siberiana, siempre tan enérgica cuando se trataba de
sus propios sufrimientos, tenía ahora el rostro horriblemente pálido. Esperaba
alguna horrible escena, porque su hijo no había sido conducido ante el Emir sin
una razón determinada. Temía por él. Ivan Ogareff había sido golpeado
públicamente con el knut que ya se había levantado sobre ella y no era hombre
que perdonase las ofensas. Su venganza no tendría piedad. Algún insoportable
suplicio, habitual en los bárbaros de Asia central, amenazaba con certeza a
Miguel Strogoff. Si Ivan Ogareff había impedido que lo mataran los soldados que
se habían lanzado sobre él, era porque sabía muy bien lo que hacía reservándole
a la justicia del Emir.
Además, madre e hijo no habían podido hablarse después de la
funesta escena del campamento de Zabediero, porque les mantenían
implacablemente separados el uno del otro. Esto agravaba aún más sus penas, las
cuales se hubieran suavizado de haber podido vivir juntos unos pocos días de
cautiverio. Marfa Strogoff hubiera querido pedir perdón a su hijo por todo el
mal que le había causado involuntariamente, ya que se acusaba a sí misma de no
haber sabido dominar sus sentimientos maternales. ¡Si hubiera sabido contenerse
en Omsk, en aquella parada de posta, cuando se encontró cara a cara con él,
Miguel Strogoff hubiera pasado sin ser reconocido y cuántas desgracias hubieran
evitado!
Y Miguel Strogoff pensaba, por su parte, que si su madre estaba
allí, era para que sufriera también su propio suplicio. ¡Puede que, como a él,
le estuviera reservada una espantosa muerte!
En cuanto a Nadia, se preguntaba qué podía hacer para salvar a
uno y otra; cómo poder ayudar al hijo y a la madre. No sabía qué cosa imaginar,
pero presentía vagamente que antes que nada debía evitar llamar la atención
sobre ella. ¡Era preciso disimular, hacerse pequeña! Puede que entonces pudiera
romper la red que aprisionaba al león. En cualquier caso, si se le presentara
cualquier ocasión, intentaría aprovecharla aunque tuviera que sacrificar su
vida por el hijo de Marfa Strogoff.
Mientras tanto, la mayor parte de los prisioneros acababa de
desfilar por delante del Emir y, al pasar por delante de él, cada uno de los
cautivos había tenido que postrarse, clavando la frente en el suelo en señal de
servidumbre. ¡La esclavitud comenzaba por la humillación! Cuando alguno de
aquellos infortunados era demasiado lento al inclinarse, las rudas manos de los
guardias les lanzaban violentamente contra el suelo.
Alcide Jolivet y su compañero no podían presenciar parecido
espectáculo sin experimentar una verdadera indignación.
¡Es infame! ¡Vámonos! dijo Alcide Jolivet.
¡No! respondió Harry Blount . ¡Es preciso verlo todo!
¡Verlo todo ... ! ¡Ah! gritó de pronto Alcide Jolivet, agarrando
el brazo de su compañero.
¿Qué le pasa? preguntó Harry Blount.
¡Mire, Blount! ¡Es ellal
¿Ella?
¡La hermana de nuestro compañero de viaje! ¡Sola y prisionera!
¡Es preciso salvarla!
Conténgase respondió Harry Blount fríamente . Nuestra
intervención en favor de esta joven podría serle más perjudicial todavía.
Alcide Jolivet, que ya estaba presto para lanzarse, se detuvo, y
Nadia, que no les había visto porque llevaba el rostro medio velado por sus
cabellos, pasó por delante del Emir sin llamar su atención.
Después de Nadia llegó Marfa Strogoff y, como no se lanzó al
suelo con suficiente rapidez, los guardias la empujaron brutalmente.
Marfa Strogoff cayó al suelo.
Su hijo tuvo un movimiento tan terrible que los soldados que le
guardaban apenas pudieron dominarlo.
Pero la vieja Marfa se levantó y ya iba a retirarse cuando
intervino Ivan Ogareff, diciendo:
¡Que se quede esta mujer!
En cuanto a Nadia, fue devuelta entre la multitud de prisioneros
sin que la mirada de Ivan Ogareff se posara sobre ella.
Miguel Strogoff fue entonces empujado delante del Emir y allí se
quedó de pie, sin bajar la vista.
¡La frente a tierra! le gritó Ivan Ogareff.
¡No! respondió Miguel Strogoff.
Dos guardias quisieron obligarle a inclinarse, pero fueron ellos
los que se vieron lanzados contra el suelo por la fuerza de aquel robusto
joven.
Ivan Ogareff avanzó hacia Miguel Strogoff, diciéndole:
¡Vas a morir!
¡Yo moriré respondió fieramente Miguel Strogoff , pero tu rostro
de traidor, Ivan, llevará para siempre la infamante marca del knut!
Ivan Ogareff, al oír esta respuesta, palideció intensamente.
¿Quién es este prisionero? preguntó el Emir con una voz que por
su calma era todavía más amenazadora.
Un espía ruso respondió Iva'n Ogareff.
Al hacer de Miguel Strogoff un espía ruso, sabía que la
sentencia dictada contra él sería terrible.
Miguel Strogoff se había lanzado sobre Ivan Ogareff, pero los
soldados lo retuvieron.
El Emir hizo entonces un gesto ante el cual se inclinó toda la
multitud. Despues, a una señal de su mano, le llevaron el Corán; abrió el libro
sagrado y puso un dedo sobre una de las páginas.
Para el pensamiento de aquellos orientales, era el destino, o
mejor aún, el mismo Dios, quien iba a decidir la suerte de Miguel Strogoff. Los
pueblos de Asia central dan el nombre de fal a esta práctica. Después de haber
interpretado el sentido del versículo que había tocado el dedo del juez,
aplicaban la sentencia, cualquiera que fuese.
El Emir había dejado su dedo apoyado sobre la página del Corán.
El jefe de los ulemas, aproximándose, leyó en voz alta un versículo que
terminaba con estas palabras.
«Y no verá más las cosas de la tierra.»
Espía ruso dijo Féofar Khan , has venido para ver lo que pasa en
un campamento tártaro ¡Pues abre bien los ojos! ¡Ábrelos!
5
«¡ABRE BIEN LOS OJOS! ¡ABRELOS!»
Miguel Strogoff, con las manos atadas, era mantenido frente al
trono del Emir, al pie de la terraza.
Su madre, vencida al fin por tantas torturas físicas y morales,
se había desplomado, no osando mirar ni escuchar nada.
«¡Abre bien los ojos! ¡Ábrelos!», había dicho Féofar Khan,
tendiendo el amenazador dedo hacia Miguel Strogoff.
Sin duda, Ivan Ogareff, que estaba al corriente de las
costumbres tártaras, había comprendido el significado de aquellas palabras,
porque sus labios se habían abierto durante un instante con una cruel sonrisa.
Después, había ido a situarse tras Féofar-Khan.
Un toque de trompetas se dejó oír enseguida. Era la señal de que
comenzaba el espectáculo.
¡He aquí el ballet! dijo Alcide Jolivet a Harry Blount , pero contrariamente
a todas las costumbres, estos bárbaros lo dan antes del drama.
Miguel Strogoff tenía la orden de mirar y miro.
Una nube de bailarinas irrumpió entonces en la plaza y empezaron
a sonar los acordes de diversos instrumentos tártaros. La dutara, especie de
mandolina de mango largo de madera de moral, con dos cuerdas de seda retorcida
y acordadas por cuartas; el kobize, violoncelo abierto en su parte anterior,
guarnecido de crines de caballo, que un arco hacía vibrar; la tschibizga,
flauta larga, de caña, y trompetas, tambores y batintines, unidos a la voz
gutural de los cantores, formando una armonía extraña a la que se agregaron
también los acordes de una orquesta aérea, compuesta por una docena de cometas
que, suspendidas por cuerdas que partían de su centro, sonaban al impulso de la
brisa, como arpas eólicas.
Enseguida comenzaron las danzas.
Las bailarinas eran todas de origen persa y, como no estaban
sometidas a esclavitud, ejercían su profesión libremente. Antes figuraban con
carácter oficial en las ceremonias de la corte de Teherán, pero desde el
advenimiento al trono de la familia reinante estaban casi desterradas del reino
y se veían obligadas a buscar fortuna en otras partes.
Vestían su traje nacional y, como adorno, llevaban profusión de
joyas. De sus orejas pendían, balanceándose, pequeños triángulos de oro con
largos colgantes; aros de plata con esmaltes negros rodeaban sus cuellos; sus
brazos y piernas estaban ceñidos por ajorcas, formadas por una doble hilera de
piedras preciosas; y ricas perlas, turquesas y coralinas pendían de los
extremos de las largas trenzas de sus cabellos. El cinturón que les oprimía el
talle iba sujeto con un brillante broche, parecido a las placas de las grandes
cruces europeas.
Unas veces solas y otras por grupos, ejecutaron muy
graciosamente varias danzas. Llevaban el rostro descubierto pero, de vez en
cuando, lo cubrían con un ligero velo, de tal manera que hubiera podido decirse
que una nube de gasa pasaba sobre todos aquellos ojos brillantes, como el vapor
por un cielo tachonado de luminosas estrellas.
Algunas de estas persas llevaban, a modo de echarpe, un tahalí
de cuero bordado en perlas, del que pendía un pequeño saco en forma triangular,
con la punta hacia abajo, que ellas abrían en determinados momentos para sacar
largas y estrechas cintas de seda de color escarlata y en las cuales podían
leerse, en letras bordadas, algunos versículos del Corán.
Estas cintas, que las bailarinas se pasaban de unas a otras,
formaban un círculo en el que penetraban otras bailarinas y, al pasar por
delante de cada uno de los versículos, practicaban el precepto que contenía, ya
postrándose en tierra, ya dando un ligero salto, como para ir a tomar asiento
entre las huríes del cielo de Mahoma.
Pero lo más notable, que sorprendió a Alcide Jolivet, fue que
aquellas persas se mostraban, en lugar de fogosas, indolentes. Les faltaba
entusiasmo y, tanto por el género de las danzas como por su ejecución,
recordaban más a las apacibles y decorosas bayaderas de la India que a las
apasionadas almeas de Egipto.
Terminada esta primera parte de la fiesta, oyóse una voz que,
con grave entonacion, dijo:
¡Abre bien los ojos! ¡Ábrelos!
El hombre que repetía las palabras del Emir era un tártaro de
elevada estatura, ejecutor de los altos designios de Féofar Khan. Se había
situado detrás de Miguel Strogoff y llevaba en la mano un sable de hoja larga y
curvada, una de esas hojas damasquinadas, que han sido templadas por los
célebres armeros de Karschi o de Hissar.
Cerca de él, los guardias habían trasladado un trípode sobre el
que se asentaba un recipiente en donde ardían, sin producir humo, algunos
carbones. La ligera ceniza que los coronaba no era debida más que a la
incineración de alguna sustancia resinosa y aromática, mezcla de olíbano y
benjuí, que, de vez en cuando, se echaba sobre su superficie.
Mientras tanto, las persas fueron inmediatamente sustituidas por
otro grupo de bailarinas, de raza muy diferente, que Miguel Strogoff reconoció
enseguida.
Y hay que creer que los dos periodistas también las
reconocieron, porque Harry Blound dijo a su colega:
¡Son las gitanas de Nijni Novgorod!
¡Las mismas! exclamó Alcide Jolivet . Imagino que a estas espías
deben de reportarles más beneficios sus ojos que sus piernas.
Al considerarlas agentes al servicio del Emir, Alcide Jolivet no
se equivocaba.
Al frente de las gitanas figuraba Sangarra, soberbia en su
extraño y pintoresco vestido, que realzaba más aún su belleza.
Sangarra no bailó, pero situóse como una intérprete de mímica en
medio de sus bailarinas, cuyos fantaslosos pasos tenían el ritmo de todos los
países europeos que su raza recorre: Bohemía, Egipto, Italia y España. Se
animaban al sonido de los platillos que re-piqueteaban en sus brazos y a los
aires de los panderos, especie de tambores que golpeaban con los dedos.
Sangarra, sosteniendo uno de esos panderos en su mano, no cesaba
de hacerlo sonar, excitando a su grupo de verdaderas coribantes.
Entonces avanzó un gitanillo, de unos quince años, llevando en
la mano una cítara, cuyas dos cuerdas hacía vibrar por un simple movimiento de
sus uñas, y empezó a cantar. Una bailarina que se había colocado junto a él,
permaneció inmóvil escuchando; pero cuando el gitano entonó el estribillo de
esta extraña canción de ritmo tan bizarro, reemprendía su interrumpida danza,
haciendo sonar cerca de él su pandero y sus platillos.
Después del último estribillo, las bailarinas envolvieron al
gitano en los mil repliegues de su danza.
En ese momento, una lluvia de oro salió de las manos del Emir y
de sus aliados, de las manos de los oficiales de todo grado y, al ruido de las
monedas que golpeaban los cimbales de las danzarinas, se mezclaban todavía los
últimos sones de las cítaras y los tamboriles.
¡Pródigos como ladrones! dijo Alcide Jolivet al oído de su compañero.
Era, en efecto, dinero robado el que caía a puñados, porque
mezclados con los tomanes y cequies tártaros, llovían también los ducados y
rublos moscovitas.
Después, se hizo el silencio durante un instante y la voz del
ejecutor, poniendo su mano en el hombro de Miguel Strogoff, repitió las
palabras cuyo eco se volvía cada vez más siniestro:
¡Abre bien los ojos! ¡Ábrelos!
Pero, esta vez, Alcide Jolivet observó que el ejecutor no tenía
ya su sable en la mano.
Mientras tanto, el sol se abatía ya tras el horizonte y una
penumbra comenzaba a invadir la campiña. La mancha de pinos y cedros se iba
haciendo más negra por momentos, y las aguas del Tom, oscurecidas en la
lejanía, se confundían con las primeras brumas. La sombra no podía tardar en
adueñarse del anfiteatro que dominaba la ciudad.
Pero, en aquel instante, varios centenares de esclavos, llevando
antorchas encendidas, invadieron la plaza. Conducidas por Sangarra, las gitanas
y las persas reaparecieron frente al trono del Emir y dieron mayor realce, por
el contraste, a sus danzas de tan diversos géneros. Los instrumentos de la
orquesta tártara se desataron en una salvaje armonía, acompañada por los gritos
guturales de los cantantes. Las cometas, bajadas a tierra, reemprendieron el
vuelo, elevándose en toda una constelación de luces multicolores, y sus
cuerdas, bajo la fresca brisa, vibraron con mayor intensidad en medio de la
aérea iluminación.
Después de esto, un escuadrón de tártaros vino a mezclarse a las
danzarinas, con su uniforme de guerra, para comenzar una fantasía pedestre que
produjo el más extraño efecto.
Los soldados, con sus sables desenvainados y empuñando largas
pistolas, ejecutaron una sarta de ejercicios, atronando el aire al disparar
continuamente sus armas de fuego, cuyas detonaciones apagaban los sonidos de
los tambores, de los panderos y de las cítaras. Las armas, cargadas con pólvora
coloreada, según la moda china, con algún ingrediente metálico, lanzaban
llamaradas rojas, verdes y azules, por lo que habría podido decirse que todo
aquel grupo se agitaba en medio de unos fuegos de artificio.
En cierta manera, aquella diversión recordaba la cibística de
los antiguos, especie de danza militar cuyos corifeos maniobraban bajo las
puntas de las espadas y puñales, y cuya tradición es posible que haya sido
legada a los pueblos de Asia central; pero la cibística tártara era más bizarra
aún a causa de los fuegos de colores que serpenteaban sobre las cabezas de las
bailarinas, las lentejuelas de cuyos vestidos semejaban puntos ígneos. Era como
un caleidoscopio de chispas, cuyas combinaciones variaban hasta el infinito a
cada movimiento de la danza.
Por avezado que estuviera un periodista par¡siense en los
especiales efectos de la decoración de los escenarios modernos, Alcide Jolivet
no pudo reprimir un ligero movimiento de cabeza que, entre Montmartre y la
Madeleine, hubiera querido decir: «No está mal, no está mal.»
Después, de pronto, como a una señal, apagáronse aquellos fuegos
de fantasía, cesaron las danzas y desaparecieron las bailarinas. La ceremonia
había terminado y únicamente las antorchas iluminaban el anfiteatro que unos
instantes antes estaba cuajado de luces.
A una señal del Emir, Miguel Strogoff fue empujado al centro de
la plaza.
Blount dijo Alcide Jolivet a su compañero . ¿Es que se queda
usted a ver el final de todo esto?
Por nada del mundo le respondió Harry Blount.
¿Supongo que los lectores del Daily Telegraph no son aficionados
a los detalles de una ejecucion al estilo tártaro?
No mas que su prima.
¡Pobre muchacho! prosiguió Alcide Jolivet, mirando a Miguel
Strogoff . ¡Este valiente soldado merecía morir en el campo de batalla!
¿Podemos hacer algo para salvarlo? dijo Harry Blount.
No podemos hacer nada.
Los dos periodistas se acordaban de la generosa conducta de
Miguel Strogoff hacia ellos, y ahora sabían por qué clase de pruebas había
tenido que atravesar, siendo esclavo de su deber y, sin embargo, entre aquellos
tártaros que no conocen la piedad, no podían hacer nada por él.
Poco deseosos de asistir al suplicio reservado a ese
desafortunado, volvieron a la ciudad.
Una hora más tarde, galopaban sobre la ruta de Irkutsk y entre
las tropas rusas iban a intentar seguir lo que Alcide Jolivet denominaba «la
campaña de la revancha».
Mientras tanto, Miguel Strogoff estaba de pie, mirando
altivamente al Emir o despreciativamente a Ivan Ogareff. Esperaba la muerte y,
sin embargo, se hubiera buscado vanamente en él un síntoma de debilidad.
Los espectadores, que permanecían aún en los alrededores de la
plaza, así como el estado mayor de Féofar Khan, para quienes el suplicio no era
más que una atracción más de la fiesta, esperaban a que la ejecución se
cumpliese. Después, satisfecha su curiosidad, toda esta horda de salvajes iría
a sumergirse en la embriaguez.
El Emir hizo un gesto y Miguel Strogoff, empujado por los
guardias, se aproximó a la terraza y entonces, en aquella lengua tártara que el
correo del Zar comprendía, dijo:
¡Tú, espía ruso, has venido para ver! ¡Pero estás viendo por
última vez! ¡Dentro de un instante, tus ojos se habrán cerrado para toda luz!
¡No era, pues, a la muerte, sino a la ceguera, a lo que había
sido condenado Miguel Strogoff! ¡Perder la vista era, si cabe, mucho más
terrible que perder la vida! El desgraciado estaba condenado a quedar ciego.
Sin embargo, al oír la sentencia pronunciada por el Emir, Miguel
Strogoff no mostró ningún signo de debilidad. Permaneció impasible, con sus
grandes ojos abiertos, como si hubiera querido concentrar toda su vida en la
última mirada. Suplicar a aquellos feroces hombres era inútil y, además,
indigno de él. Ni siquiera pasó por su pensamiento. Su imaginación se concentró
en su misión fracasada irrevocablemente, en su madre, en Nadia, a las que no
volvería a ver. Pero no dejó que la emoción que sentía se exteriorizase.
Después, el sentimiento de una venganza por cumplir invadió todo
su ser y volviéndose hacia Ivan Ogareff, le dijo con voz amenazadora:
¡Ivan! ¡Ivan el traidor, la última amenaza de mis ojos será para
ti!
Ivan Ogareff se encogió de hombros.
Pero Miguel Strogoff se equivocaba; no era mirando a Ivan
Ogareff como iban a cerrarse para siempre sus ojos.
Marfa Strogoff acababa de aparecer frente a él.
.¡Madre mía! gritó . ¡Sí, sí! ¡Para ti será mi última mirada, y
no para este miserable! ¡Quédate ahí, frente a mí! ¡Que vea tu rostro
bienamado! ¡Que mis ojos se cierren mirándote ... !
La vieja siberiana, sin pronunciar ni una palabra avanzó ...
.¡Apartad a esa mujer! gritó Ivan Ogareff.
Dos soldados apartaron a Marfa Strogoff, la cual retrocedió,
pero permaneció de pie, a unos pasos de su hijo.
Apareció el verdugo. Esta vez llevaba su sable desnudo en la
mano, pero este sable, al rojo vivo, acababa de retirarlo del rescoldo de
carbones perfumados que ardían en el recipiente.
¡Miguel Strogoff iba a ser cegado, siguiendo la costumbre
tártara, pasándole una lámina ardiendo por delante de los ojos!
El correo del Zar no intentó resistirse. ¡Para sus ojos no
existía nada más que su madre, a la que devoraba con la mirada! ¡Toda su vida
estaba en esta última visión!
Marfa Strogoff, con los ojos desmesuradamente abiertos, con los
brazos extendidos hacia él, lo miraba...
La lámina incandescente pasó por delante de los ojos de Miguel
Strogoff.
Oyóse un grito de desesperación y la vieja Marfa cayó inanimada
sobre el suelo.
Miguel Strogoff estaba ciego.
Una vez ejecutada su orden, el Emir se retiró con todo su
cortejo. Pronto sobre la plaza no quedaron más que Ivan Ogareff y los
portadores de las antorchas.
¿Quería, el miserable, insultar todavía más a su víctima y,
después del ejecutor, darle el tiro de gracia?
Ivan Ogareff se aproximó a Miguel Strogoff, el cual, al oírlo
que iba hacia él, se enderezó.
El traidor sacó de su bolsillo la carta imperial, la abrió y,
con toda su cruel ironía, la puso delante de los ojos apagados del correo del
Zar, diciendo:
¡Lee ahora, Miguel Strogoff, lee, y ve a contar a Irkutsk todo
lo que hayas leído! ¡El verdadero correo del Zar es, ahora, Ivan Ogareff!
Dicho esto, cerró la carta, introduciéndola en el bolsillo y
después, sin volverse, abandonó la plaza, seguido por los portadores de las
antorchas.
Miguel Strogoff se quedó solo, a algunos pasos de su madre
inanimada, puede que muerta.
A lo lejos, se podían oír los gritos, los cantos, todos los
ruidos de la orgía que se desarrollaba. Tomsk brillaba de lluminacion como una
ciudad en fiesta.
Miguel Strogoff aguzó el oído. La plaza estaba silenciosa y como
desierta.
Arrastrándose, tanteando, hacia el lugar en donde su madre había
caído, encontró su mano y se inclinó hacia ella, y aproximando su cara a la
suya, escuchó los latidos de su corazón. Después, parecía como si le hablase en
voz baja.
¿Vivía la vieja Marfa todavía y entendió lo que le dijo su hijo?
En cualquier caso, no hizo ningún movimiento.
Miguel Strogoff besó su frente y sus cabellos blancos.
Después se levantó y, tanteando con los pies, intentaba también
guiarse extendiendo sus manos, caminando, poco a poco, hacia el extremo de la
plaza.
De pronto, apareció Nadia.
Fue directamente hacia su compañero y con un puñal que llevaba
consigo, cortó las ligaduras que sujetaban los brazos de Miguel Strogoff.
Éste, estando ciego, no sabía quién le liberaba de sus ataduras,
porque Nadia no había pronunciado ninguna palabra.
Pero de pronto dijo:
¡Hermano!
¡Nadia, Nadia! murmuró Miguel Strogoff.
¡Ven, hermano! respondió Nadia . Mis ojos serán los tuyos a
partir de ahora. ¡Yo te conduciré a Irkutsk!
6
UN AMIGO EN LA GRAN RUTA
Media hora después, Miguel Strogoff y Nadia habían abandonado la
ciudad de Tomsk.
Un cierto número de prisioneros pudo escapar aquella noche de
manos de los tártaros, porque oficiales y soldados, embrutecidos por el
alcohol, habían relajado inconscientemente la severa viligancia mantenida en el
campamento de Zabediero y durante la marcha del convoy.
Nadia, después de ser conducida con los demás prisioneros, pudo
huir y llegar al anfiteatro en el momento en que Miguel Strogoff era conducido
a presencia del Emir.
Allí, mezclada entre la multitud, lo había visto todo, pero no
se le escapó un solo grito cuando el sable, al rojo vivo, pasó ante los ojos de
su compañero. Tuvo la fuerza suficiente para permanecer inmovil y muda. Una
providencial inspiración le dijo que reservara su libertad para guiar al hijo
de Marfa Strogoff a la meta que había jurado alcanzar. Su corazon, por un
momento, dejó de latir cuando la vieja siberiana cayó desmayada, pero un
pensamiento le devolvió toda su energía:
« ¡Yo seré el lazarillo de este ciego! », se dijo.
Después de la partida de Ivan Ogareff, Nadia permaneció
escondida entre las sombras. Había esperado a que la multitud desalojara el
anfiteatro en el que Miguel Strogoff, abandonado como un ser miserable del que
nada puede temerse, había quedado solo. Le vio arrastrarse hasta su madre,
inclinarse hacia ella, besarle la frente y después levantarse y huir
tanteando...
Unos instantes después, ella y él, cogidos de la mano, habían
descendido del escarpado talud y, siguiendo la margen del Tom hasta el límite
de la ciudad, habían franqueado una brecha del recinto.
La ruta de Irkutsk era la única que se dirigía hacia el este. No
podía equivocarse.
Nadia hacía caminar rápidamente a Miguel Strogoff porque era
posible que al día siguiente, después de algunas horas de orgía, los
exploradores del Emir se lanzaran de nuevo por la estepa, cortando toda
comunicación. Interesaba, pues, adelantarse a ellos y llegar a Krasnoiarsk, a
quinientas verstas (533 kilómetros) de Tomsk y no abandonar la gran ruta más
que en caso imprescindible. Lanzarse fuera de la ruta trazada era lanzarse
hacia la incertidumbre y lo desconocido; era la muerte a breve plazo.
¿Cómo pudo Nadia soportar la fatiga de aquella noche del 16 al
17 de agosto? ¿Cómo encontró la fortaleza física necesaria para recorrer tan
larga etapa? ¿Cómo sus pies, sangrando por una marcha forzada, pudieron
conducirla? Es casi incomprensible. Pero no es menos cierto que al día
siguiente, doce horas después de su partida de Tomsk, Miguel Strogoff y ella se
encontraban en el villorrio de Semilowskoe, habiendo recorrido cincuenta
verstas.
Miguel Strogoff no había pronunciado ni una sola palabra. No era
Nadia quien sujetaba su mano, sino que era él quien retuvo la de su compañera
durante toda la noche; pero gracias a aquella mano que le guiaba únicamente con
sus estremecimientos, había podido marchar a paso ordinario.
Semilowskoe estaba casi enteramente abandonado. Los habitantes,
temerosos de los tártaros, habían huido a la provincia de Yeniseisk. Apenas dos
o tres casas estaban todavía habitadas. Todo lo que la cíudad podía contener de
útil o valioso había sido trans-portado sobre carretas.
Sin embargo, Nadia tenía necesidad de hacer allí un alto de
algunas horas porque ambos estaban necesitados de alimento y de reposo.
La joven condujo, pues, a su compañero hacia un extremo del
pueblo, donde había una casa vacía con la puerta abierta y entraron en ella. Un
banco de madera se hallaba en el centro de la habitación, cerca de ese fogón
que es común en todas las viviendas si-berianas, y se sentaron en él.
Nadia miró entonces detenidamente la cara de su compañero ciego,
como no la había mirado nunca hasta ese momento. En su mirada habíamucho más
que agradecimiento, mucho más que piedad. Si Miguel Strogoff hubiera podido
verla, habría leído en su hermosa y desolada mirada la expresión de una
devoción y una ternura infinitas.
Los párpados del ciego, quemados por la hoja incandescente,
tapaban a medias sus ojos, absolutamente secos. La esclerótica estaba
ligeramente plegada y como encogida; la pupila, singularmente agrandada; el
iris parecía tener un azul más pronunciado que anteriormente; las cejas y las
pestañas habían quedado socarradas en parte; pero, al menos en apariencia, la
mirada tan penetrante del joven no parecía haber sufrido ningún cambio. Si no
veía, si su ceguera era completa, era porque la sensibilidad del nervio óptico
había sido radicalmente destruida por el calor del acero.
En ese momento, Miguel Strogoff extendió las manos preguntando:
¿Estás aquí, Nadia?
Sí respondió la joven , estoy a tu lado y no te dejaré nunca,
Miguel.
Al oír su nombre, pronunciado por Nadia por primera vez, Miguel
Strogoff se estremeció. Comprendió que su compañera lo sabía todo; lo que él
era y los lazos que le unían a la vieja Marfa.
Nadia –dijo-, va a ser necesario que nos separemos...
¿Separarnos? ¿Y eso por qué, Miguel?
No quiero ser un obstáculo en tu viaje. Tu padre te espera en
Irkutsk y es necesario que te reunas con él.
¡Mi padre, Miguel, me maldeciría si te abandonara después de lo
que has hecho por mí!
¡Nadia, Nadia! respondió Miguel Strogoff, apretando la mano que
la joven había puesto sobre la suya . ¿Quieres, pues, renunciar a ir a Irkutsk?
Miguel replicó la joven , tú tienes más necesidad de mí que mi
padre. ¿Renuncias tú a ir a Irkutsk?
¡Jamás! gritó Miguel Strogoff con un tono que denotaba que no
había perdido nada de su energía.
Pero, sin embargo, no tienes la carta...
¡La carta que Ivan Ogareff me ha robado... ¡Pues bien! ¡Sabré
pasar sin ella! ¿No me han tratado ellos de espía? ¡Pues me comportaré como un
espía! ¡Diré en Irkutsk todo lo que he visto, todo lo que he oído y te juro por
Dios vivo que el traidor me encontrará un día cara a cara! Pero es preciso que
llegue antes que él a Irkutsk.
¿Y hablas de separarnos, Miguel?
Nadia, aquellos miserables me han dejado sin nada.
¡Me quedan algunos rublos y mis ojos! ¡Puedo ver por ti, Miguel,
y te conduciré allá, porque tú solo nunca llegarías!
¿Y cómo iremos?
A pie.
¿Cómo viviremos?
Mendigando.
Partamos, Nadia.
Vamos, Miguel.
Los dos jóvenes no se daban ya el nombre de hermano y hermana.
En su miseria común, se sentían mas estrechamente unidos uno al otro. Juntos
dejaron la casa, después de haber descansado unas horas. Nadia, recorriendo las
calles del poblado, se había procurado algunos pedazos de tchornekhleb, especie
de pan hecho de cebada, y un poco de esa aguamiel, conocida en Rusia con el
nombre de meod.
Esto no le había costado nada, porque Nadia había comenzado su
tarea de mendigo. El pan y la aguamiel habían aplacado, bien que mal, el hambre
y la sed de Miguel Strogoff. Nadia le había reservado la mayor parte de esta
insuficiente comida y Miguel comía los pedazos de pan que su compañera le daba,
uno tras otro, bebiendo en la cantimplora que ella llevaba a sus labios.
¿Comes tú, Nadia? preguntó él varias veces.
Sí, Miguel respondía siempre la joven, que se contentaba con los
restos que dejaba su compañero.
Miguel y Nadia abandonaron Semilowskoe y reemprendieron el
penoso camino hacia Irkutsk. La joven resistía enérgicamente tanta fatiga, pero
si Miguel Strogoff la hubiera visto, puede que no hubiera tenido coraje para
seguir adelante. Pero como Nadia no se quejaba, ni lanzaba ningún suspiro,
Miguel Strogoff marchaba con una rapidez que no era capaz de reprimir. ¿Pero,
por qué? ¿Podía esperar aún adelantarse a los tártaros? Iba a pie, sin dinero y
estaba ciego, y si Nadia, su único guía, le faltase, no tendría más remedio que
acostarse sobre uno de los lados de la ruta y morir miserablemente. Pero si
finalmente, a fuerza de energía llegaban a Krasnolarsk, aún no estaba todo
perdido, puesto que el gobernador, al que se daría a conocer, no dudaría en
proporcionarle los medios necesarios para llegar a Irkutsk.
Miguel Strogoff caminaba, pues, absorto en sus pensamientos y
hablaba poco. Teniendo cogida la mano de Nadia, ambos estaban en comunicación
incesante. Les parecía que no había necesidad de palabras para intercambiar sus
pensamientos. De vez en cuando Miguel Strogoff decía:
Háblame, Nadia.
¿Para qué, Miguel? ¿No son los mismos nuestros pensamientos?
respondía la joven, procurando que su voz no delatara ninguna fatiga.
Pero algunas veces, como si su corazón dejase de latir por un
instante, sus piernas se debilitaban, su paso se hacía más lento, su brazo se
estiraba y se quedaba atrás. Miguel Strogoff se paraba entonces, y fijaba sus
ojos sobre la pobre muchacha como si intentase verla a través de la oscuridad
que llevaba consigo. Su pecho se hinchaba y sosteniendo más fuertemente a su
compañera, continuaba adelante.
Sin embargo, en medio de las miserias que no les daban tregua,
una circunstancia afortunada iba a producirse, evitando a ambos muchas fatigas.
Hacía alrededor de dos horas que habían salido de Semilowskoe,
cuando Miguel Strogoff se paró preguntando:
¿Está desierta la ruta?
Absolutamente desierta respondió Nadia.
¿No oyes ningún ruido detrás de nosotros?
Sí.
Si son tártaros, es preciso que nos ocultemos Obsérvalo bien.
¡Espera, Miguel! respondió Nadia, retrocediendo un poco y
situándose unos pasos hacia la derecha.
Miguel Strogoff quedó solo por unos instantes escuchando
atentamente.
Nadia volvio casi enseguida, diciendo:
Es una carreta que va conducida por un joven
¿Va solo?
Solo.
Miguel Strogoff dudó por un momento. ¿Debía esconderse? ¿Debía,
por el contrario, intentar la suerte de encontrar sitio en ese vehículo, si no
por él, por ella? Él se contentaría con apoyar unicamente una mano en la
carreta, incluso la empujaría en caso de necesidad, porque sus piernas estaban
muy lejos de fallarle, pero presentía que Nadia, arrastrada a pie desde la
travesía del Obi, es decir, desde hacía ocho días, había llegado al final de
sus fuerzas.
Esperó, pues.
La carreta no tardó en llegar al recodo de la ruta. Era un
vehículo bastante deteriorado, pero podía transportar tres personas, lo que en
el país recibe el nombre de kibitka.
Normalmente una kzbitka está tirada por tres caballos, pero
aquélla era arrastrada por uno solo, de largo pelo y larga cola, cuya sangre
mongol le aseguraba vigor y coraje.
La conducía un muchacho que tenía a su lado un perro.
Nadia reconoció que este joven era ruso. Tenía una expresión
dulce y flemática que inspiraba confianza y no parecía desde luego, el hombre
más apresurado del mundo. Iba a paso tranquilo, para no cansar al caballo, y,
al verle, no se hubiera podido creer que marchaba sobre una ruta que los
tártaros podían cortar de un momento a otro.
Nadia, manteniendo a Miguel Strogoff cogido de la mano, se
apartó a un lado del camino.
La kibitka se detuvo y el conductor miró a la joven sonriendo.
¿Adónde vais vosotros de esta manera? preguntó, poniendo ojos
redondos como platos.
El sonido de aquella voz le era familiar a Miguel Strogoff y fue
sin duda suficiente para reconocer al conductor de la kibitka y tranquilizarse,
ya que su frente se distendió enseguida.
¡Bueno! ¿Adónde vais? repitió el joven, dirigiéndose más de
lleno a Miguel Strogoff.
Vamos a Irkutsk respondió éste.
¡Oh! ¡No sabes, padrecito, que hay verstas y verstas todavía
hasta Irkutsk!
Lo sé.
¿Y vas a pie?
A pie.
Tú, bueno, ¿pero la señorita ... ?
Es mi hermana dijo Miguel Strogoff, que creyó prudente devolver
ese calificativo a Nadia.
¡Sí, tu hermana, padrecito! ¡Pero créeme que no podrá llegar
jamás a Irkutsk!
Amigo respondió Miguel Strogoff aproximándose , los tártaros nos
han despojado de todo cuanto teníamos y no me queda un solo kopek que
ofrecerte; pero si quieres poner a mi hermana a tu lado, yo te seguiré a pie,
correré si es necesario y no te haré perder ni una hora...
¡Hermano! gritó Nadia . ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Señor, mi
hermano está ciego!
¡Ciego! respondió el joven, conmovido.
¡Los tártaros le han quemado los ojos! dijo, tendiendo sus manos
como implorando piedad.
¿Quemado los ojos? ¡Oh! ¡Pobre padrecito! Yo voy a Krasnoiarsk.
¿Por qué no montas con tu hermana en la kibitka? Estrechándonos un poco
cabremos los tres. Además, mi perro no pondrá inconveniente en ir a pie. Pero
voy despacio para no cansar a mi caballo.
¿Cómo te llamas, amigo? preguntó Miguel Strogoff.
Me llamo Nicolás Pigassof.
Es un nombre que no olvidaré nunca respondió el correo del Zar.
Bien, pues sube, padrecito ciego. Tu hermana estará cerca de ti,
en la parte de atrás de la carreta. Yo iré delante para conducir. Hay ahí un
buen montón de corteza de abedul y paja de cebada. Estaréis como en un nido.
¡Vamos, Serko, déjanos sitio!
El perro se apeó sin hacerse de rogar. Era un animal de raza
siberiana, de pelo gris y talla pequeña, con una gruesa y bondadosa cabeza, que
parecía estar muy compenetrado con su dueño.
Miguel Strogoff y Nadia, en un instante, estuvieron instalados
en la kibitka y el correo del Zar extendió sus manos como buscando las de
Nicolás Pigassof.
¡Aquí están mis manos, si quieres estrecharlas! dijo Nicolás .
¡Aquí están, padrecito! ¡Estréchalas todo lo que te plazca!
La kibitka reanudó la marcha. El caballo, al que Nicolás no
golpeaba nunca, iba a paso de andadura. Si Miguel Strogoff no iba a ganar en
rapidez, al menos le ahorraba a Nadia nuevas fatigas.
Era tal el estado de agotamiento de la joven que, al sentirse
balanceada por el monótono movimiento de la kzbitka, cayó en una completa
postración. Miguel Strogoff y Nicolás la acostaron sobre el follaje de abedul,
acomodándola lo mejor que les fue posible.
El compasivo muchacho estaba profundamente conmovido por el
estado de la joven, y si Miguel Strogoff no derramó ninguna lágrima fue porque
la hoja del sable al rojo vivo le había quemado los lacrimales.
Es muy linda dijo Nicolás.
Sí respondió Miguel Strogoff.
¡Quieren ser fuertes, padrecito, valientes, pero en el fondo,
son tan frágiles estas muchachas! ¿Venís de muy lejos?
Sí.
¡Pobres! ¡Debieron de hacerte mucho daño, los tártaros, cuando
te quemaron los ojos!
Mucho daño respondió el correo del Zar, volviéndose hacia
Nicolás como si hubiera querido verle.
¿No lloraste?
Sí.
¡Yo también hubiera llorado! ¡Pensar que ya no verás más a los
seres queridos! ¡Claro que ellos te ven a ti! ¡Esto siempre puede ser un
consuelo!
Sí, puede serlo. Díme, amigo. ¿No me has visto tú en ninguna
parte? preguntó Miguel Strogoff.
¿A ti, padrecito? No, jamás.
Es que tu voz no me es desconocida.
¡Veamos! respondió Nicolás, sonriendo . ¡Dices que conoces mi
voz! ¡Puede que lo que quieras saber es de dónde vengo! ¡Pues yo te lo diré!
Vengo de Kolyvan.
¿De Kolyvan? dijo Miguel Strogoff . Entonces fue allí donde nos
encontramos. ¿No estabas tú en la estación telegráfica?
Puede ser respondió Nicolás , yo estaba allí. Era el encargado
de transmitir los telegramas.
¿Te quedaste hasta el último momento?
¡Claro! ¡Es, sobre todo en esos momentos, cuando se debe estar!
¿Estuviste el día en que un inglés y un francés se pelearon,
dinero en mano, para ocupar el primer puesto de la ventanilla, y que el inglés
transmitió los primeros versículos de la Biblia?
Es posible, padrecito, pero no me acuerdo.
¡Cómo! ¿No te acuerdas?
Yo no leo nunca los telegramas que transmito. Mi deber es
olvidarlos y, para ello, lo mejor es ignorarlos.
Esta respuesta de Nicolás Pigassof lo definía.
Mientras tanto, la kibitka continuaba caminando a su aire lento,
que Miguel Strogoff hubiera querido hacer más rápido, pero Nicolás y su caballo
estaban acostumbrados a un ritmo de marcha que ni uno ni otro hubieran podido
abandonar. El caballo andaba durante tres horas seguidas y descansaba una. Y
así, noche y día. Durante los altos en el camino, el caballo pastaba y los
viajeros comían en compañía del fiel Serko. El carruaje estaba aprovisionado
por lo menos para veinte personas y Nicolás, generosamente, había puesto todas
las reservas a disposición de sus dos huéspedes, a quienes consideraba como
hermanos.
Después de una jornada de reposo, Nadia recobró en parte sus
fuerzas. Nicolás velaba para que estuviera lo más cómoda posible. El viaje se
hacía en unas condiciones soportables, lentamente, sin duda, pero con
regularidad. Ocurría a menudo que, durante la noche, Nicolás se dormía y
roncaba con tal convicción que ponía de manifiesto la tranquilidad de su
conciencia. En aquellas ocasiones, si hubiera podido ver, hubiese visto las
manos de Miguel Strogoff tomando las bridas del caballo y hacerle caminar a paso
más rápido, con gran asombro de Serko que, sin embargo, no decía nada. Después,
cuando Nicolás se despertaba, el trote se convertía inmediatamente en el paso
anterior, pero la kibitka ya había ganado al menos unas cuantas verstas sobre
su velocidad reglamentaria.
De este modo atravesaron el río Ichimsk, los pueblos de
Ichimskoe, Berlkylskoe, Kuskoe, el río Mariinsk, el pueblo del mismo nombre,
Bogostowlskoe y, finalmente, el Tchula, pequeño río que separaba la Siberia
occidental de la oriental. La ruta discurría tan pronto a través de inmensos
paramos, que ofrecían un vasto horizonte a las miradas, como a través de
interminables y tupidos bosques de abetos, de los que parecía que no iban a
salir jamás.
Todo estaba desierto. Los pueblos habían quedado casi
enteramente abandonados. Los campesinos huyeron más allá del Yenisei, confiando
en que este gran río pudiera frenar el avance de los tártaros.
El 22 de agosto, la kibitka llegó al pueblo de Atchinsk, a
trescientas ochenta verstas de Tomsk. Les separaban aún de Krasnoiarsk ciento
veinte verstas.
No se había presentado ningún incidente durante los seis días
que viajaban los tres juntos, durante los cuales cada uno había conservado su
actitud; uno siempre con su inalterable calma y los otros dos, inquietos,
deseando que llegara el momento en que su compañero se separase de ellos.
Puede decirse que Miguel Strogoff veía el paisaje por el que
atravesaban, por los ojos de Nicolás y Nadia. Ambos jóvenes se turnaban para
explicarle los sitios por donde pasaba la kibitka y siempre sabía si estaban en
medio de un bosque o en una planicie, si se veía alguna cabaña en la estepa, o
si algún siberiano aparecía en el horizonte. Nicolás no callaba ni un momento.
Le gustaba conversar y, cualquiera que fuese su manera de ver las cosas, era
agradable escucharle.
Un día, Miguel Strogoff le preguntó qué tiempo hacía.
Bastante bueno, padrecito respondió , pero son los últimos días
de verano. El otoño es corto en Siberia y muy pronto sufriremos los primeros
fríos del invierno. ¿Es posible que los tártaros piensen acantonarse durante la
estación fría?
Miguel Strogoff movió la cabeza en señal de duda.
¿No lo crees, padrecito? respondió Nicolás . ¿Piensas que
avanzarán hacia Irkutsk?
Temo que así sea respondió Miguel Strogoff.
Sí... Tienes razón. Tienen con ellos un sujeto maldito que no
les dejará que se enfríen por el camino. ¿Has oído hablar de Ivan Ogareff?
Sí.
¿Sabes que no está bien eso de traicionar a su patria?
No... No está bien... respondió Miguel Strogoff, que deseaba
permanecer impasible.
Padrecito continuó Nicolás , encuentro que te indignas bastante
cuando hablo ante ti de Ivan Ogareff. ¡Tu corazón de ruso debe de saltar cuando
se pronuncia ese nombre!
Créeme, amigo, le odio yo más de lo que tú podrás odiarle nunca
dijo Miguel Strogoff.
¡Eso no es posible! respondió Nicolás . ¡No, no es posible!
¡Cuando pienso en Ivan Ogareff, en el daño que ha hecho a nuestra santa Rusia,
me domina la cólera, y si lo tuviera delante de mí..
¿Qué harías ... ?
Yo creo que lo mataría.
Estoy seguro respondió tranquilamente Miguel Strogoff.
7
EL PASO DEL YENISEI
El 25 de agosto, a la caída de la tarde, la kibitka llegaba a la
vista de Krasnoiarsk. El viaje desde Tomsk había durado ocho días y si no pudo
hacerse más rápidamente, pese a los esfuerzos de Miguel Strogoff, era porque
Nicolás había dormido poco. De ahí la imposibilidad de activar la marcha del
caballo, el cual, guiado por otras manos, no hubiera tardado más de sesenta
horas en hacer ese mismo recorrido.
Afortunadamente, todavía no se veía ningún tártaro. Los
exploradores no habían aparecido sobre la ruta que acababa de recorrer la
kibitka, lo cual era bastante inexplicable. Evidentemente, era preciso que algo
grave hubiera ocurrido para impedir que las tropas del Emir se lanzaran sin
retardo sobre Irkutsk.
Esta circunstancia, efectivamente, se había producido. Un nuevo
cuerpo de ejército ruso, reunido a toda prisa en el gobierno de Yeniseisk,
había marchado sobre Tomsk con el fin de intentar recuperar la ciudad, pero
eran unas fuerzas demasiado débiles para enfrentarse contra todas las fuerzas
que el Emir tenía allí concentradas, y se habían visto obligados a batirse en
retirada.
Féofar Khan tenía bajo su mando, contando a sus propias tropas y
las de los khanatos de Khokhand y de Kunduze, doscientos cincuenta mil hombres,
a los que el gobierno ruso todavía no estaba en situación de oponer una
resistencia eficiente. La invasion, pues, no parecía que iba a ser detenida de
inmediato y toda aquella masa de tártaros podían marchar sobre Irkutsk.
La batalla de Tomsk había tenido lugar el 22 de agosto, lo cual
ignoraba Miguel Strogoff y explicaba por qué la vanguardia del Emir no había
aparecido todavía por Krasnoiarsk el día 25.
Pero, por otra parte, aunque Miguel Strogoff no podía conocer
los últimos acontecimientos que se habían desarrollado después de su partida,
al menos sabía que llevaba varios días de ventaja a los tártaros, por lo que no
debía desesperar de llegar antes que ellos a Irkutsk, todavía distante unas
ochocientas cincuenta verstas (900 kilómetros).
Además, confiaba que en Krasnolarsk, población que contaba con
unos doce mil habitantes, no le iban a faltar los medios de transporte. Ya que
Nicolás tenía que quedarse en esta ciudad, sería preciso reemplazarlo por un
guía y sustituir la kibitka por otro vehículo más rápido.
Miguel Strogoff, después de dirigirse al gobernador de la ciudad
y de haber establecido su identidad cosa que no le sería difícil , no dudaba de
que éste pondría a su disposición los medios necesarios para llegar a Irkutsk
lo más rápidamente posible. En ese caso, no tendría otro deber que dar las
gracias al valiente Nicolás Pigassof y reanudar la marcha inmediatamente con
Nadia, a la cual no quería dejar antes de haberla puesto en manos de su padre.
Sin embargo, si Nicolás había resuelto quedarse en Krasnoiarsk
era a condición, como había dicho, de encontrar un empleo.
Efectivamente, este empleado modelo, después de haberse quedado
en la estación telegráfica hasta el último momento, intentaba ponerse de nuevo
a disposición de la Administración, repitiéndose a sí mismo que no quería tocar
un sueldo que no hubiera antes ganado.
Así que, en caso de que sus servicios no fueran útiles en
Krasnoiarsk, caso de que estuviera todavía en comunicación telegráfica con
Irkutsk, se proponía desplazarse a la estación de Udinsk o, en caso preciso,
hasta la misma capital de Siberia. En este caso, pues, continuaría el viaje con
los dos hermanos, los cuales no podrían encontrar un guía más seguro ni un
amigo más devoto.
La kibitka se encontraba ya solamente a una media versta de
Krasnoiarsk y a derecha e izquierda se veían numerosas cruces de madera que se
levantaban a ambos lados del camino en las proximidades de la ciudad.
Eran las siete de la tarde y sobre el claro del cielo se
perfilaban las siluetas de las iglesias y de las casas construidas sobre la
alta pendiente de las margenes del Yenisei. Las aguas del río reflejaban las
últimas luces del crepúsculo.
La kibitka se paro.
¿Dónde estamos, hermana? preguntó Miguel Strogoff.
A una media versta de las primeras casas respondió Nadia.
¿Es ésta una ciudad dormida? continuó Miguel Strogoff - . No
oigo ni un solo ruido.
Y yo no veo brillar ni una sola luz en las sombras, ni una sola
columna de humo elevarse en el aire continuó Nadia.
¡Singular ciudad! ¡No se oye ningún ruido y se acuesta temprano!
Miguel Strogoff tuvo un presentimiento de mal augurio. No había
comunicado a Nadia las esperanzas que había depositado sobre Krasnolarsk, en
donde esperaba encontrar los medios para proseguir con seguridad el viaje.
¡Temía tanto recibir, una vez más, una decepción! Pero Nadia había adivinado su
pensamiento, aunque no comprendía del todo por qué su compañero tenía tanta
prisa por llegar a Irkutsk, ahora que no tenía en su poder la carta imperial.
Un día, hasta le había preguntado sobre este particular.
He jurado ir a Irkutsk se contentó responderle.
Pero, para cumplir su misión, aún tenía que encontrar un medio
rápido de transporte en Krasnolarsk.
Bien, amigo dijo a Nicolás . ¿Por qué no avanzamos?
Es que temo despertar a los habitantes de la ciudad, con el
ruido de mi carreta.
Y, con un ligero golpe de látigo, Nicolás estimuló a su caballo.
Serko lanzó algunos ladridos y la kibitka recorrió al trote corto el camino que
se adentraba en Krasnoiarsk. Diez minutos después entraban en la calle
principal.
¡La ciudad estaba desierta! En aquella «Atenas del norte», como
la ha llamado la señora Bourboulon, no había ni un solo ateniense; ni uno solo
de sus carruajes, tan brillantemente enjaezados, recorría las calles espaciosas
y limpias; ni un solo paseante andaba por las aceras, construidas en la base de
las magníficas casas de madera, de aspecto monumental. Ni un solo siberiano,
vestido a la última moda francesa, se paseaba por su admirable parque,
levantado entre un bosque de abedules, que se extiende hasta la orilla del
Yenisei. La gran campana de la catedral estaba muda; los esquilones de las
demás iglesias guardaban silencio, siendo raro, sin embargo, que una ciudad
rusa no esté llena del sonido de sus campanas. Esto era el abandono completo.
¡No había un solo ser viviente en esta ciudad, poco antes tan animada!
El último mensaje que habíase recibido del gabinete del Zar
antes de la interrupción de las comunicaciones contenía la orden al gobernador,
a la guarnición y habitantes, cualquiera que fuese su raza y condición, de
abandonar Krasnoiarsk, llevándose consigo cualquier objeto que tuviera algún
valor o que pudiera servir de alguna utilidad a los invasores, yendo a
refugiarse a Irkutsk. Y la misma orden había sido transmitida a todos los
pueblos de la provincia.
El gobierno moscovita quería dejar un desierto frente a los
invasores. Estas órdenes, a lo Rostopschin, nadie soñó en discutirlas ni un
solo instante, siendo ejecutadas inmediatamente, por lo que no había quedado ni
un ser viviente en Krasnolarsk.
Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás recorrieron silenciosamente las
calles de la ciudad, experimentando una involuntaria sensación de estupor.
Ellos solos producían los únicos ruidos que se dejaban oír en aquella ciudad
muerta. Miguel Strogoff no dejaba traslucir los sentimientos que experimentaba
en aquel instante; pero le fue imposible dominar un movimiento de rabia por la
mala suerte que le perseguía, haciendo que fallasen una vez más sus esperanzas.
¡Dios mío! exclamó Nicolás . ¡jamás ganaré mi sueldo en este
desierto!
Amigo dijo Nadia . Tendrás que reemprender la marcha con
nosotros.
Es preciso, realmente respondió Nicolás . El telégrafo debe de
funcionar todavía entre Udinsk e Irkutsk, y allí... ¿Nos vamos, padrecito?
Esperemos a mañana le respondió Miguel Strogoff.
Tienes razón respondió Nicolás . Hemos de atravesar el Yenisei y
es preciso ver...
¡Ver! murmuró Nadia, pensando en su compañero ciego.
Nicolás, comprendiendo el sentido de la expresión de Nadia se
volvió hacia Miguel Strogoff, diciéndole:
Perdón, padrecito. ¡Ay! ¡Es verdad que para ti, la noche y el
día son la misma cosa!
No tienes nada que reprocharte, amigo respondió Miguel Strogoff,
pasando la mano por sus ojos , porque teniéndote a ti de guía puedo valerme
aún. Tómate algunas horas de descanso y que las aproveche también Nadia.
¡Mañana será otro día!
Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás no tuvieron que buscar mucho
tiempo para encontrar un sitio donde alojarse. Todas las puertas estaban
abiertas, pero no encontraron más que algunos montones de follaje. A falta de
otra cosa mejor, el caballo tuvo que contentarse con este escaso pienso. En
cuanto a las provisiones de la kibitka, todavía no se habían agotado y cada uno
tomó su ración. Después de haber dicho sus oraciones de rodillas, delante de un
modesto icono de la Panaghia suspendida de la pared e iluminada por los últimos
destellos de una lámpara, Nicolás y la joven se durmieron, mientras que Miguel
Strogoff velaba porque no podía dormir.
Al día siguiente, 26 de agosto, antes del alba, la kibitka había
sido atelada de nuevo y atravesaba el parque de abedules que conducía a la
orilla del Yenisei.
Miguel Strogoff estaba muy preocupado.¿Cómo se las apañarían
para atravesar el río si, como era lo más probable, habían sido destruidos
todos los transbordadores y todas las embarcaciones, con el fin de entorpecer
la marcha de los tártaros? Él conocía el Yenisei, porque lo había franqueado ya
varias veces, y sabía que su anchura es muy considerable y los rápidos son
violentos en ese doble curso que ha abierto entre las islas.
En circunstancias normales, mediante transbordadores
especialmente equipados para el transporte de viajeros, coches y caballos, el
pasaje del Yenisei exige un lapso de tres horas y únicamente con grandes
dificultades, los transbordadores alcanzan la orilla derecha. Ahora, en
ausencia de toda clase de embarcación, ¿cómo podrá la kibitka llegar de una
orilla a otra?
« ¡Pasaré como sea! », se repetía Miguel Strogoff.
Comenzaba a clarear el día cuando llegaron a la orilla izquierda
del río, en el mismo sitio donde terminaba una de las grandes alamedas del
parque. En aquel lugar, las márgenes dominaban el Yenisei a un centenar de pies
por encima de su curso y, por tanto, se le podía observar en una vasta
extensión.
¿Veis alguna barca? preguntó Miguel Strogoff, moviendo
visiblemente sus ojos de un lado a otro, empujado, sin duda, por la mecánica de
la costumbre, como si hubiera podido ver con ellos.
Apenas es de día, hermano dijo Nadia . Sobre el río todavía hay
una bruma espesa y aún no pueden distinguirse las aguas.
Pero las oigo rugir respondió Miguel Strogoff.
Efectivamente, de las capas inferiores de aquella niebla, salía
un sordo tumulto de corrientes y contracorrientes que se entrechocaban. Las
aguas, muy abundantes en esa época del año, debían de discurrir con la
violencia de un torrente. Los tres se pusieron a escuchar, esperando a que
desapareciera aquella cortina de brumas. El sol remontaba con rapidez el
horizonte y sus primeros rayos no tardarían en disipar aquellos vapores.
¿Bien? preguntó Miguel Strogoff.
Las brumas comienzan a disiparse, hermano, y la luz del día ya
penetra en ellas.
¿Todavía no ves el nivel de las aguas, hermana?
Todavía no.
Un poco de paciencia, padrecito dijo Nicolás . ¡Todo esto va a
desaparecer! ¡Ya el viento empieza a soplar y comienza a disipar la niebla! Las
colinas altas de la orilla derecha ya dejan ver sus hileras de árboles. ¡Todo
se va! ¡Todo vuela! ¡Los hermosos rayos de sol han condensado este montón de
brumas! ¡Ah, qué hermoso espectáculo, mi pobre ciego, y qué desgracia que no
puedas contemplarlo!
¿Ves alguna barca? preguntó Miguel Strogoff.
No veo ninguna respondió Nicolás.
¡Mira bien, amigo, tanto sobre esta orilla como sobre la
opuesta, mira bien todo lo lejos que pueda alcanzar tu vista, un barco, un
transbordador, una cáscara de nuez!
Nicolás y Nadia se agarraron a los últimos árboles del
acantilado, colgándose casi sobre el curso del río, pero abarcando, de esta
forma, un inmenso campo de accion para sus miradas. El Yenisei, en ese lugar,
no mide menos de versta y media de ancho y forma dos brazos casi de las mismas
dimensiones cada uno, por los que circula el agua con rapidez, y entre los
cuales se levantan varias islas pobladas de sauces, olmos y álamos, semejando
otros tantos buques verdes anclados en el río. Más allá se dibujaban las altas
colinas de la orilla oriental, coronadas de bosques y cuyas cimas se
empurpuraban ahora con las luces del día. Hacia arriba y hacia abajo, el
Yenisei se escapaba hasta perderse de vista. Aquel admirable panorama ofrecíase
a las miradas en un perimetro de cincuenta verstas.
Pero no había una sola embarcación, ni sobre la orilla izquierda
ni sobre la derecha, ni en las márgenes de las islas. Ciertamente, si los
tártaros no traían consigo el material necesario para construir un puente de
barcos, su marcha hacia Irkutsk se vería frenada durante cierto tiempo, frente
a esta barrera del Yenisei.
Me acuerdo le dijo entonces Miguel Strogoff , que más arriba,
junto a las últimas casas de Krasnoiarsk, hay un pequeño embarcadero que sirve
de refugio a las barcas. Amigo, remontemos el curso del río y miráis si se han
dejado olvidada alguna embarcación sobre la orilla.
Nicolás se lanzó hacia la dirección señalada y Nadia, llevando a
Miguel Strogoff de la mano, lo guiaba a paso rápido. ¡Una barca, un bote lo
suficientemente grande para transportar la kibitka, cualquier cosa, ya que si
había llegado hasta aquí, no dudaría en intentar la travesía del río!
Veinte minutos después, los tres habían llegado al pequeño
muelle del embarcadero, en donde las últimas casas llegaban casi al nivel de
las aguas. Aquello parecía una especie de aldea situada por debajo de
Krasnoiarsk.
Pero sobre la playa no había una sola embarcación, ni un bote en
la estacada que servía de embarcadero, ni siquiera había el material necesario
para construir una balsa que bastara para transportar tres personas.
Miguel Strogoff interrogó a Nicolás, pero el joven dio la
descorazonadora respuesta de que la travesía del río le parecía absolutamente
impracticable.
¡Pasaremos! respondió Miguel Strogoff.
Y continuaron buscando, registrando las casas próximas que
estaban asentadas sobre la margen del río, abandonadas como todas las demás. No
tenían otra cosa que hacer mas que empujar la puerta, pero se trataba de
cabañas de gente pobre, que estaban enteramente vacías. Nicolás registraba una
y Nadia otra, y hasta el mismo Miguel Strogoff intentaba reconocer con el tacto
cualquier objeto que pudiera serles de utilidad.
Nicolás y la joven, cada uno por su lado, habían registrado
vanamente y se disponían a abandonar su búsqueda, cuando oyeron que les
llamaban, alcanzando ambos la orilla y viendo a Miguel Strogoff que les
esperaba en el umbral de una puerta.
¡Venid! les gritó.
Nicolás y Nadia se apresuraron a ir hacia él yy seguidamente,
entraron en la casa.
¿Qué es esto? preguntó Miguel Strogoff, tocando con la mano un
montón de objetos que estaban arrinconados en la cabaña.
Son odres respondió Nicolás , y hay, a fe mía, media docena.
¿Están llenos?
Sí, llenos de kumyss, y nos vienen a propósito para renovar
nuestras provisiones.
El kumyss es una bebida elaborada con leche de yegua o de
camello, revitalizante y hasta embriagadora, y Nicolás se felicitaba por
haberla encontrado.
Pon uno aparte y vacía todos los demás le dijo Miguel Strogoff.
Al instante, padrecito.
He aquí lo que nos ayudará a atravesar el Yenisei.
¿Y la balsa?
Será la misma kibitka, que es bastante ligera para flotar. Además,
la sostendremos con los odres, así como al caballo.
¡Bien pensado! dijo Nicolás , Y con la ayuda de Dios, llegaremos
a buen puerto... ¡Aunque no en línea recta, porque la corriente es rápida!
¡Qué importa! le respondió Miguel Strogoff . Lo primero es
pasar. Después ya encontraremos la ruta de Irkutsk en la otra parte del río.
Manos a la obra dijo Nicolás, que comenzó a vaciar los odres y a
transportarlos hasta la kibitka.
Reservaron un odre lleno de kumyss y los otros, después de
vaciados, llenos de aire de nuevo y cerrados cuidadosamente, los emplearon como
flotadores. Dos de los odres fueron atados a los flancos del caballo destinados
a sostener al animal en la superficle del agua y otros dos situados entre las
barras y las ruedas, tenían por misión asegurar la línea de flotación de la
caja, la cual se transformaba, de esta forma, en una balsa.
La operación quedó pronto terminada.
¿No tendrás miedo, Nadia? preguntó Miguel Strogoff.
No, hermano respondió la joven.
¿Y tú, amigo?
¿Yo? gritó Nicolás . ¡Por fin realizo uno de mis sueños: navegar
en carreta!
La orilla del río, en aquel lugar, formaba una pendiente suave,
favorable para el lanzamiento de la kibitka al agua. El caballo la arrastró
hasta la misma orilla y pronto el aparejo flotaba sobre la superficie del río.
Serko se echó al agua valientemente, siguiendo a nado a la carreta.
Los tres pasajeros, que se habían descalzado por precaución, se
sostenían de pie sobre la caja, pero gracias a los odres, el agua no les
llegaba siquiera a los tobillos.
Miguel Strogoff llevaba las riendas del caballo y, según las
indicaciones que le iba suministrando Nicolás, dirigía oblicuamente al animal,
pero sin exigirle grandes esfuerzos, porque no quería hacerle luchar contra la
corriente.
Mientras la kibitka siguió el curso de las aguas, todo fue bien
y al cabo de varios minutos habían dejado atrás los barrios de Krasnolarsk,
pero cuando empezaron a desviarse hacia el norte, se puso en evidencia que
llegarían a la otra orilla muy alejados de la ciudad. Pero esto importaba poco.
La travesía del Yenisei se hubiera realizado, pues, sin grandes
dificultades, hasta con aquel aparejo tan imperfecto, si la corriente hubiera
sido regular. Pero, desgraciadamente, aquellas tumultuosas aguas estaban
cruzadas en su superficie por muchos torbellinos y pronto la kibitka, pese al
vigor que empleaba Miguel Strogoff para hacer que se desviara, fue
irremisiblemente arrastrada hacia uno de aquellos vórtices.
El peligro se hizo mucho mayor porque la carreta ya no oblicuaba
hacia la orilla oriental, sino que daba vueltas con extrema rapidez,
inclinándose hacia el centro del torbellino como un jinete en la pista de un
circo. Su velocidad era excesiva y el caballo apenas podía mantener la cabeza
fuera de la superficie del agua, corriendo el peligro de morir ahogado. Serko
se había visto obligado a subir a la kibitka para encontrar un punto de apoyo.
Miguel Strogoff comprendió lo que pasaba, al sentirse empujado
siguiendo una línea circular que se estrechaba poco a poco y del que no podrían
salir. No dijo ni una sola palabra, pero sus ojos hubieran querido ver el
peligro para evitarlo más fácilmente... ¡Pero no podían ver!
Nadia estaba también callada. Sus manos, asidas con fuerza al
vehículo, la sostenían contra los movimientos desordenados del aparato, el cual
se inclinaba más y más hacia el centro del vórtice.
En cuanto a Nicolás, ¿es que no comprendía la gravedad de la
situación? ¿Era flema, desprecio al peligro, coraje o indiferencia? ¿No tenía
valor la vida para él y, siguiendo la expresión de los orientales, pensaba que
era una «parada de cinco días» que de grado o por fuerza, hay que dejar al
sexto? En cualquier caso, su risueño rostro no se nubló ni un instante.
La kibitka estaba, pues, atrapada por aquel torbellino y el
caballo había llegado al final de sus fuerzas. De pronto, Miguel Strogoff,
deshaciéndose de las ropas que podían molestarle, se lanzó al agua; después,
empuñando las riendas con brazo vigoroso, le dio al caballo un impulso tal, que
logró empujarlo fuera del radio de atracción, recuperando, enseguida, el curso
de la rápida corriente, derivando de nuevo la kibitka con toda velocidad.
¡Hurra! gritó Nicolás.
Dos horas después de haber dejado el embarcadero, la kibitka
había atravesado el primer brazo del río y alcanzaba la orilla de una isla,
unas seis verstas más abajo de su punto de partida.
Allí, el caballo arrastró la carreta sobre tierra firme y
dejaron que el valiente animal se tomara una hora de reposo. Después,
atravesando la isla en toda su anchura, a cubierto de los hermosos abedules, la
kibitka se encontró en el borde del otro brazo del río, algo más pequeño que el
anterior.
Esta travesía resultó mucho más fácil porque ningún torbellino
rompía el curso de las aguas en este segundo lecho, pero la corriente era tan rápida
que no lograron alcanzar la orilla derecha más que después de un recorrido de
cinco verstas. Se habían desviado, pues, un total de once verstas.
Estos grandes cursos de agua del territorio siberiano, sobre los
cuales todavía no se ha levantado ningún puente, son los más serios obstáculos
con que se enfrentan las comunicaciones. Todos ellos habían sido más o menos
funestos para Miguel Strogoff. Sobre el Irtyche, el transbordador que le
conducía con Nadia había sido atacado por los tártaros. En el Obi, después de
morir su caballo, herido por una bala, había podido escapar de milagro de los
jinetes que le perseguían. En definitiva, el paso del Yenisei era todavía el
que se había realizado con mayor fortuna.
¡Esto no hubiera sido tan divertido exclamó Nicolás, cuando ya
se encontraban sobre la orilla derecha del río , si no hubiese sido tan
difícil!
Lo que para nosotros no ha sido más que difícil, puede que sea
imposible para los tártaros.
8
UNA LIEBRE ATRAVIESA EL CAMINO
Miguel Strogoff podía, al fin, creer que la ruta hacia Irkutsk
estaba libre. Se había adelantado a los tártaros, retenidos en Tomsk, y cuando
los soldados del Emir llegaran a Krasnoiarsk, sólo encontrarían una ciudad
totalmente abandonada y sin ningun medio de comunicación inmediato entre las
dos orillas del Yenisei, lo que retardaría unos días más su partida, hasta que
montasen un puente de barcas, lo cual era difícil, lento y laborioso.
Por primera vez desde su funesto encuentro con Ivan Ogareff en
Ichim, el correo del Zar se sentía menos inquieto y podía esperar que ya no
surgirían nuevos obstaculos hasta el final del viaje.
La kibtika, después de circular oblicuamente hacia el sur
durante una quincena de verstas, encontró y volvió a tomar el largo camino
abierto en la estepa.
La ruta era buena y esta parte entre Krasnoiarsk e Irkutsk, se
considera como la mejor de todo su recorrido. En ella hay menos baches y los
viajeros disfrutan de las extensas sombras que les protegen de los ardientes
rayos del sol, gracias a los bosques de pinos y de cedros que algunas veces
cubren su recorrido por espacio de cien verstas. Ésta no es la inmensa estepa
cuya línea circular se confunde en el horizonte con el cielo. Tan rico país
estaba ahora vacío, y con todos sus pueblos abandonados. No se veía ni un solo
campesino siberiano, entre los cuales predomina la raza eslava. Era un
desierto; como se sabe, un desierto por orden superior.
El tiempo era bueno, y el aire ya era fresco durante las noches,
que se hacía más cálido, pero ya con muchas dificultades, bajo los rayos del
sol. Efectivamente, llegaban los primeros días de septiembre y en esta región,
de latitud elevada, el arco descrito por el sol se acorta visiblemente en el
horizonte. El otoño es de poca duración, pese a que esta porción del territorio
siberiano no está situada más que por encima del paralelo cincuenta y cinco,
que es el mismo de Edimburgo y de Copenhague. Algunos años, el invierno sucedía
inopinadamente al verano y estos duros inviernos de la Rusia asiática (en los
que el termómetro baja hasta la temperatura de congelación del mercurio) son
tan rigurosos, que por aquellos lugares se considera una temperatura soportable
la que marca alrededor de los veinte grados centígrados bajo cero.
El tiempo favorecía, pues, a los viajeros. No había tormentas ni
lluvias. El calor era moderado y las noches frescas. La salud de Nadia y de
Miguel Strogoff era perfecta y, desde que habían dejado Tomsk, iban
recuperándose poco apoco de sus fatigas pasadas.
En cuanto a Nicolas Pigassof, jamás se había encontrado mejor.
Para él aquello era un paseo más que un viaje; una excursión agradable en la
que empleaba sus vacaciones de funcionario sin destino.
«¡Decididamente se decía esto es mucho mejor que permanecer doce
horas diarias sentado en una silla manejando el transmisor! »
Mientras tanto, Miguel Strogoff había conseguido de Nicolás que
imprimiera un paso más rápido a su caballo. Para hacerle llegar a este
resultado, le había contado que Nadia y él iban a reunirse con su padre,
exiliado en Irkutsk, y que tenían grandes deseos de llegar. Ciertamente, era
preciso no cansar al caballo, porque lo más probable era que no encon-trasen
otro con que cambiarlo; pero dejándole descansar frecuentemente por ejemplo,
cada quince verstas , podrían tranquilamente franquear sesenta verstas cada
veinticuatro horas. Además, el caballo era vigoroso y, por su misma raza, muy
apto para soportar grandes fatigas, y como el rico pasto no le faltaría a lo
largo de toda la ruta, porque la hierba era abundante y buena, había la
posibilidad de pedirle un mayor rendimiento en su trabajo.
Nicolás se rindió ante estas razones. Se había sentido
emocionado por la situación de aquellos dos jóvenes, que iban a compartir el
exilio de su padre. Lo encontraba tan patético que, con aquella sonrisa tan
suya, dijo a Nadia:
¡Bondad divina! ¡Qué alegría tendrá el señor Korpanoff cuando
sus ojos os contemplen y cuando sus brazos se abran para recibiros! ¡Si llego
hasta Irkutsk, lo cual me parece ya lo más probable, me prometéis que estaré
presente en esta entrevista! ¿No es así?
Después, dándose un golpe en la frente, continuo:
¡Pero, ahora que pienso, qué dolor experimentará también cuando
vea que su hijo mayor está ciego! ¡Ah! ¡Está todo bien complicado en este
mundo!
Como consecuencia de todo esto, el resultado fue que la kibitka
marchaba con mayor velocidad y, cumpliéndose los cálculos de Miguel Strogoff,
recorrían de diez a doce verstas por hora.
Merced a esto, el 28 de agosto los viajeros pasaban por el
poblado de Balaisk, a ochenta verstas de Krasnoiarsk, y el 29, por el de
Ribinsk, a cuarenta verstas de Balaisk.
Al día siguiente, treinta y cinco verstas mas allá, llegaban a
Kamsk, población ya mucho más importante, bañada por el río que lleva su mismo
nombre, pequeño afluente del Yenisei que desciende de los montes Sayansk.
Kamsk, sin embargo, no es una gran ciudad, pero sí un pueblo importante cuyas
casas de madera están pintorescamente agrupadas alrededor de una plaza,
dominada por el alto campanario de su catedral, cuya cruz dorada resplandece
bajo los rayos del sol.
Casas vacías, e iglesia desierta. Ni una parada, ni un albergue
habitado, ni un caballo en las cuadras, ni un animal doméstico suelto por la
estepa. Las órdenes del gobierno moscovita eran ejecutadas con absoluto rigor.
Todo aquello que no había podido ser transportado, fue destruido.
A la salida de Kamsk, Miguel Strogoff hizo saber a Nicolás y
Nadia que sólo encontrarían una pequeña ciudad de cierta importancia, Nijni
Udinsk, antes de llegar a Irkutsk. Nicolás respondió que ya lo sabía, tanto más
cuanto que esta pequeña ciudad contaba con una estación telegráfica. Por eso,
s, Nijni Udinsk estaba abandonada como Kamsk, no tendría más remedio que buscar
trabajo en la capital de Siberia oriental.
La kibitka pudo vadear, sin demasiada dificultad, el pequeño río
que corta la ruta más allá de Kamsk y entre el Yenisei y uno de sus grandes
tributarios, el Angara, que riega Irkutsk, ya no había que temer el obstáculo
de ningún gran curso de agua, más que, tal vez, el Dinka. El viaje, pues, no
podía experimentar retrasos por parte alguna.
Desde Kamsk al poblado más próximo, la etapa era muy larga,
alrededor de ciento treinta verstas.
No es preciso decir que las paradas reglamentarias se cumplieron
religiosamente, «sin lo cual decía Nicolás , el caballo hubiera reclamado
justamente». Habían convenido que este resistente animal descansaría cada
quince verstas y en todos los contratos, aunque sea con bestias, deben
observarse sus cláusulas.
espués de haber franqueado el pequeño río Biriusa, la kibitka
llegaba a Biriusinsk, en la mañana del 4 de septiembre.
Allí, afortunadamente, Nicolás, que veía disminuir las
provisiones, tuvo la suerte de encontrar un horno abandonado con una docena de
pogatchas, especie de bollos preparados con grasa de carnero, y una gran
cantidad de arroz cocido en agua. Estas provisiones uniéronse a la reserva de
kumyss encontrada en Krasniarsk y con ellas la kibitka estaba suficientemente
aprovisionada.
Después de un alto conveniente, reemprendieron la ruta al
mediodía del 5 de septiembre. La distancia hasta Irkutsk ya no era mas que de
quinientas verstas y nada señalaba detrás de ellos la llegada de la vanguardia
tártara. Miguel Strogoff pensó, con fundamento, que en lo sucesivo ya no
encontraría más obstáculos en su viaje y que, con ocho días más, estarla en
presencia del Gran Duque.
A la salida de Biriusinsk, una liebre atravesó el camino,
treinta pasos delante de la carreta.
¡Ah! dijo Nicolás.
¿Qué tienes, amigo? preguntó Miguel Strogoff, como ciego al que
el menor ruido pone en guardia.
¿No has visto ... ? dijo Nicolás, cuyo sonriente rostro se había
ensombrecido súbitamente.
Después, continuó:
¡Ah, no! ¡No has podido verlo y eso es una suerte para ti,
padrecito!
Yo tampoco he visto nada dijo Nadia.
¡Tanto mejor, tanto mejor! ¡Pero yo... yo sí lo he visto!
¿Pero qué es lo que has visto? preguntó Miguel Strogoff.
¡Una liebre que acaba de cruzarse en nuestro camino! respondió
Nicolás.
En Rusia, cuando una liebre cruza la ruta de un viajero, la
superstición popular ve en ello la señal de una desgracia próxima.
Miguel Strogoff comprendió la agitación de su compañero, aunque
él no compartía de ninguna manera esta credulidad respecto a las desgracias que
podían acarrear las liebres cruzadas en el camino, por lo que intentó
tranquilizarle diciéndole:
No hay nada que temer, amigo.
¡Nada para ti y para ella, ya lo sé, padrecito, pero sí para mí!
respondió Nicolás, continuando : ¡Es el destino!
Y volvió a poner al trote a su caballo.
Sin embargo, a despecho de tan malos augurios, la jornada
transcurrió sin ningún incidente.
Al día siguiente, 6 de septiembre, al mediodía, la kibitka hizo
alto en el poblado de Alsalevsk, tan desierto como toda la comarca de su
alrededor.
Allí, en el suelo de una de las casas, Nadia encontró dos de
esos cuchillos de hoja sólida que sirven a los cazadores siberianos, y dio uno
a Miguel Strogoff, guardándose el otro para ella, escondiéndolo entre sus
vestiduras.
La kibitka se encontraba sólo a unas setenta y cinco verstas de
Nijni Udinsk.
Nicolás, durante estas dos jornadas, no pudo recuperar su buen
humor habitual. El mal presagio le había afectado mucho más de lo que podía
creerse, porque él, que hasta entonces no había podido permanecer callado ni
una hora, se encerraba a menudo en un mutismo del que Nadia le sacaba con
grandes esfuerzos. Estos síntomas eran, verdaderamente, los de un espíritu muy
apesadumbrado, lo cual se explica cuando se trata de hombres pertenecientes a
las razas del norte, cuyos supersticiosos antepasados habían sido los
fundadores de la mitología septentrional.
A partir de Ekaterinburgo, la ruta de Irkutsk sigue casi
paralelamente al grado de latitud cincuenta y cinco, pero al salir de
Biriusinsk se inclina francamente hacia el sudeste, cortando a través el
meridiano cien, toma el camino más corto para llegar a la capital de Siberia
oriental, atravesando las últimas estribaciones de los montes Sayansk, los
cuales no son más que una derivación de la gran cordillera Altai, visible a una
distancia de doscientas verstas.
La kibitka corría sobre esta ruta. ¡Sí, corría! Lo cual
manifestaba la prisa que tenía Nicolás por llegar, ya que no evitaba el cansar
a su caballo. Con toda su resignación fatalista, no se creería seguro hasta
encontrarse tras las murallas de Irkutsk. Muchos rusos hubieran pensado como él
y más de uno, tirando de las riendas de su caballo, lo hubiera hecho volver
atrás después del paso de la liebre por su misma ruta.
Sin embargo, algunas observaciones que hizo Nicolás, cuya
exactitud comprobó Nadia, transmitiéndoselas a Miguel Strogoff, hacían temer
que sus dificultades no habían terminado aún.
Efectivamente, el territorio atravesado desde Krasnoiarsk había
sido respetado y sus condiciones naturales estaban intactas, pero ahora los
bosques tenían señales de fuego y de hierro y las praderas que se extendían a
los costados de la ruta estaban devastadas, todo lo cual evidenciaba que un
considerable ejército había pasado por allí.
Treinta verstas antes de llegar a Nijni Udinsk, los indicios de
la devastación reciente no podían ser más claros y era imposible atribuirlos a
otros que no fueran los tártaros.
No solamente los campos estaban hollados por los cascos de los
caballos, sino que los bosques se veían talados a golpe de hacha y las casas
esparcidas a lo largo del camino no solamente estaban vacías, sino que unas
aparecían demolidas en parte y otras medio incendiadas y en sus paredes podía
verse el impacto de las balas.
Se concibe cuáles serían las inquietudes de Miguel Strogoff. No
cabía duda de que algún cuerpo de ejército tártaro había atravesado esta parte
de la ruta y, sin embargo, era imposible que fuesen soldados del Emir, porque
no habrían podido adelantarse a él sin que los hubiera localizado. Pero,
entonces ¿quiénes eran estos nuevos invasores y a través de qué camino perdido
en la estepa habían alcanzado la ruta de Irkutsk? ¿A qué nuevos enemigos iba a
enfrentarse el correo del Zar?
Miguel Strogoff no comunicó sus temores a Nicolás ni a Nadia
para no inquietarles. Estaba resullto a continuar su ruta, mientras un
obstáculo infranqueable no les detuviera. Más tarde ya vería qué es lo que
convenía hacer.
Durante la jornada siguiente, el paso reciente de un contingente
importante de jinetes e infantes se hacía cada vez más manifiesto. Unas
humaredas se levantaban por encima del horizonte. La kibitka iba con toda
precaución porque algunas casas de los pueblos abandonados ardían todavía y el
incendio no parecía haber sido provocado más de veinticuatro horas antes.
En la jornada del 8 de septiembre, la kzbitka se paró y el
caballo se negaba a seguir adelante. Serko ladraba escandalosamente.
¿Qué ocurre? preguntó l-iguel Strogoff.
¡Un cadáver! respondió Nicolás, lanzándose fuera de la carreta.
Era el cadáver de un mujik, horriblemente mutilado y frío ya.
Nicolás se santiguó y después, ayudado por Miguel Strogoff,
trasladaron el cadáver a un lado de la carretera. Hubieran querido darle
sepultura decente, enterrarlo profundamente con el fin de que los animales
carnívoros de la estepa no pudieran devorar sus miserables restos, pero Miguel
Strogoff no quiso perder tiempo.
¡Partamos, amigo, partamos! exclamó . ¡No podemos perder ni una
sola hora!
Y la kibitka reanudó su marcha.
Además, si Nicolás hubiese querido rendir el postrer tributo a
todos los cadáveres que iban a encontrar a partir de entonces sobre la gran
ruta siberiana, no le hubiera sido posible hacerlo. En las proximidades de
Nijni Udinsk, fueron por veintenas los cuerpos sin vida extendidos sobre el
suelo.
Era preciso, por lo tanto, continuar su camino hasta el momento
en que fuera manifiestamente imposible no caer en manos de los invasores.
El itinerario, pues, no fue modificado y pudieron ver cómo la
devastación y las ruinas se acumulaban en cada pueblo. Todas estas aldeas,
cuyos nombres indican que han sido fundadas por exiliados polacos, eran
víctimas de horribles pillajes e incendios. La sangre de las víctimas aún
chorreaba, pero no podía saberse en qué condiciones se habían desa-rrollado
aquellos lamentables acontecimientos, porque no quedaba un solo ser vivo para
contarlo.
Aquel día, hacia las cuatro de la tarde, Nicolás señaló hacia el
horizonte los altos campanarios de las iglesias de Nijni Udinsk, que estaban
coronados por altas columnas de vapor, que no eran precisamente nubes.
Nicolás y Nadia miraban y comunicaban a Miguel Strogoff el
resultado de sus observaciones. Era preciso tomar una decisión. Si la ciudad
estaba abandonada, podían atravesarla sin riesgo, pero si por alguna causa
inexplicable estaba ocupada por los tár-taros, se imponía un rodeo al precio
que fuera.
Avancemos con prudencia dijo Miguel Strogoff , pero avancemos.
Recorrieron todavía una versta.
¡No son nubes, son humaredas! gritó Nadia ¡Hermano, han
incendiado la ciudad!
Efectivamente, el incendio era demasiado visible. Las llamaradas
aparecían entre vapores de humo y los torbellinos de fuego se hacían cada vez
más espesos al elevarse hacia el cielo. Sin embargo, no se veían fugitivos. Era
probable que los incendiarios encontrasen la ciudad abandonada y la estaban
incendiando. Pero ¿se trataba de tropas tártaras? ¿Serían rusos que obedecían
las órdenes del Gran Duque? ¿Había querido el Gobierno del Zar que desde
Krasnoiarsk y el Yenisei ninguna ciudad ni pueblo pudiera ofrecer cobijo a los
invasores? En lo que concernía a Miguel Strogoff, ¿qué debía hacer, detenerse o
continuar la ruta?
Estaba indeciso pero, no obstante, después de haber sopesado los
pros y los contras, pensó que cualesquiera que fuesen las fatigas de un viaje,
por la estepa, sin un camino trazado, era preferible que arriesgarse a caer por
segunda vez en manos de los tártaros. Iba, pues, a proponer a Nicolás abandonar
la gran ruta y, si no era absolutamente preciso, no recuperarla hasta haber
franqueado Nijni Udinsk, cuando se oyó un disparo, proveniente de la derecha.
Silbó una bala y el caballo, herido en la cabeza, cayó muerto.
En el mismo instante, una docena de jinetes se lanzaron al
galope por la ruta, rodearon la carreta y Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás, sin
que tuvieran tiempo de darse cuenta de lo que pasaba, fueron hechos prisioneros
y conducidos rápidamente hacia Nijni Udinsk.
Miguel Strogoff, pese a este inesperado ataque, no había perdido
su sangre fría. No pudiendo ver a sus enemigos, tampoco podía soñar en
defenderse, pero aunque hubiese podido usar sus ojos, no lo hubiera intentado,
porque significaba ir hacia una muerte cierta. Pero, si no veía, oía, o podía
escuchar lo que decían los soldados y comprenderlos.
Efectivamente, por la lengua en que hablaban, reconocio que eran
tártaros y, según sus palabras, procedían del ejército de invasores.
Lo que Miguel Strogoff supo, tanto por la conversacion que
mantenían en aquel momento ante él, como por los fragmentos de frases que pudo
captar más tarde, era que estos soldados no estaban directamente bajo las
órdenes del Emir, detenido más allá del Yenisei, sino que formaban parte de una
tercera columna, especialmente compuesta por tártaros de los khanatos de
Khokhand y de Kunduze, con la cual el ejército de Féofar Khan debía reunirse en
los alrededores de Irkutsk.
Por consejo de Ivan Ogareff, y con el fin de asegurar el éxito
de la invasión en las provincias del este, esta columna, después de haber
franqueado la frontera del gobierno de Semipalatinsk y pasando por el sur del
lago Balkach, había costeado la base de los montes Altai. Saqueando y asolando,
bajo el mando de un oficial del khanato de Kunduze, había llegado al curso alto
del Yenisei. Allí, previendo la orden que el Zar diera a Krasnolarsk, para
facilitar la travesía del río a las tropas del Emir, este oficial había lanzado
a la corriente del Yenisei una flotilla que, bien como embarcaciones o bien
como material para un puente, permitirían a Féofar Khan lanzarse sobre la ruta
de Irkutsk en la margen derecha del río.
Después, esta tercera columna había descendido hasta el valle
del Yenisei, siguiendo la falda de las montañas, y volvió a alcanzar la ruta a
la altura de Alsalevsk. De ahí que, a partir de esta pequeña ciudad, se
acumulasen aquella espantosa cantidad de ruinas que era el telón de fondo de
todas las guerras de los tártaros.
Nijni Udinsk acababa de sufrir la suerte común y aquella columna
de cincuenta mil tártaros la había ya abandonado para ir a tomar posiciones
frente a Irkutsk. El ejército del Emir no debería tardar en darles alcance.
Tal era, por esas fechas, la grave situación frente a la que se
encontraba esta parte de la Siberia oriental, completamente aislada, y los
defensores de su capital, relativamente poco numerosos.
Esto fue, pues, lo que averiguó Miguel Strogoff: la llegada
frente a Irkutsk de una tercera columna de invasores y su próxima reunión con
las tropas del Emir y de Ivan Ogareff. Por consiguiente, el asedio de Irkutsk
y, seguidamente, su rendición, no era más que cuestión de tiempo, quizá de un
corto plazo.
Se comprende los graves pensamientos que asaltaban a Miguel
Strogoff, el cual desistiría de su empeño si a lo largo de tantas vicisitudes
hubiera perdido todo su coraje y todas sus esperanzas. Pero nada de eso había
ocurrido, sino que sus labios no murmuraron otra palabra que la siguiente:
¡Llegaré!
Media hora después del ataque de los jinetes tártaros, Miguel
Strogoff, Nicolás y Nadia entraban en Nijni Udinsk. El fiel perro les seguía de
lejos. Pero los tres prisioneros no debían permanecer en esta ciudad, que
estaba en llamas y abandonada por todos sus moradores.
Fueron obligados a montar sobre caballos y conducidos con
rapidez; Nicolás, resignado como siempre; Nadia, siempre con la confianza
puesta en Miguel Strogoff y éste, aparentemente indiferente, pero presto a
aprovechar la primera ocasión que se presentara para escapar.
Los tártaros se habían dado cuenta de que uno de los prisioneros
era ciego y su natural barbarie les sugirió la idea de burlarse del
desafortunado. Para ello iban a todo galope, pero como el caballo de Miguel
Strogoff no iba guiado por nadie más que por él, iba al albur, haciendo falsos
movimientos que llevaban el desorden al destacamento, prodigando contra el
correo del Zar injurias y brutalidades que herían el corazón de la joven y
llenaban de indignación a Nicolás. Pero nada podían hacer, porque no hablaban
la lengua tártara y, además, cualquier intervención suya hubiera sido
brutalmente reprimida.
Esos soldados, pronto encontraron un refinamiento para su
crueldad y tuvieron la idea de cambiar el caballo de Miguel Strogoff por otro
que estuviera ciego. La excusa para el cambio la dieron las palabras de uno de
los jinetes, al cual Miguel Strogoff había oído decir:
¡Puede que no esté ciego, este ruso!
Esto sucedía a sesenta verstas de Nijni Udinsk, entre los
pueblos de Tatán y Chibarlinskos.
Montaron, pues, a Miguel Strogoff sobre otro caballo y poniendo
irónicamente las riendas en sus manos, excitaron al caballo a golpes de látigo,
pedradas y gritos hasta que le lanzaron al galope.
El animal, no pudiendo ver porque estaba ciego como su jinete,
al no ser mantenido en línea recta, tan pronto tropezaba contra un árbol como
se lanzaba fuera de la ruta, pudiendo producirse un choque o una caída que
tuviera funestas consecuencias.
Miguel Strogoff no protestaba ni dejó escapar una sola queja. Su
caballo se cayó y esperó tranquilamente a que vinieran a volverlo a montar.
Efectivamente, le pusieron en la silla, continuando aquel juego sangriento.
Nicolás, ante aquellos malos tratos, no pudo contenerse y quiso
correr en socorro de su compañero, pero fue detenido brutalmente.
El juego se hubiera prolongado por largo tiempo, con gran
jolgorio de los tártaros, si un accidente más grave no le hubiera puesto fin.
En cierto momento, en la jornada del 10 de septiembre, el
caballo ciego se desbocó y corrió derecho hacia un precipicio, de una
profundidad de treinta a cuarenta pies, que bordeaba la ruta.
Nicolás quiso lanzarse en su seguimiento, pero fue detenido. El
caballo iba sin guia y se precipitó en el barranco con su jinete.
Nadia y Nicolás dieron un grito de espanto... Debieron de creer
que su desgraciado compañero se había destrozado en la caída.
Cuando acudieron a levantarle, Miguel Strogoff pudo ponerse de
pie sin ninguna herida, pero el desafortunado caballo se había roto dos piernas
y estaba fuera de servicio.
Los tártaros lo dejaron morir allí mismo, sin siquiera darle el
tiro de gracia. Miguel Strogoff fue atado a la silla de uno de los jinetes,
teniendo que seguir a pie al destacamento.
¡Aun así, no salió de sus labios una sola queja ni una protesta!
Marchó con paso rápido, casi sin notar los tirones de la cuerda que le sujetaba
al caballo. Era siempre el «hombre de hierro» del que el general Kissof había
hablado al Zar.
Al día siguiente, 11 de septiembre, el destacamento franqueaba
la población de Chibarlinskoe.
Entonces se produjo un incidente que debía traer graves
consecuencias.
Había llegado ya la noche y los jinetes tártaros, habiendo hecho
un alto, bebieron bastante encontrándose más o menos borrachos cuando fueron a
reanudar la marcha.
Nadia, que hasta entonces y como por un milagro, había sido
respetada por los soldados tártaros, fue insultada de pronto y sin que mediara
ninguna palabra por uno de ellos.
Miguel Strogoff no había podido ver ni oír nada, pero Nicolás
vio todos los pormenores.
Entonces, con toda la tranquilidad que le caracterizaba y sin
haber reflexionado el alcance de su acción, Nicolás fue derecho hacia el
soldado y, antes de que éste pudiera hacer ningún movimiento para detenerlo, se
apoderó de una pistola que llevaba en las cartucheras de la silla y la descargó
a bocajarro contra el soldado que acababa de insultar a la joven.
Al ruido de la detonación, el oficial que mandaba el
destacamento se apresuró a acudir enseguida.
Los jinetes iban a hacer pedazos al desgraciado Nicolás, pero
entre ellos y la víctima se interpuso el oficial, el cual dio orden de que se
le agarrotase. Así lo hicieron y, poniéndole atravesado sobre su caballo partió
al destacamento al galope.
La cuerda que ataba a Miguel Strogoff había sido roída por él y,
al recibir el inesperado tirón que dio el caballo tártaro, guiado por un jinete
medio borracho, se rompió, sin que el soldado lanzado a una rápida carrera, se
diera cuenta.
Miguel Strogoff y Nadia se encontraron solos en medio de la
ruta.
9
EN LA ESTEPA
Miguel Strogoff y Nadia estaban, pues, libres y solos una vez
más, como lo estuvieron durante el trayecto desde Perm hasta las orillas del
Irtyche. ¡Pero cómo habían cambiado las condiciones del viaje! Entonces, una
confortable tarenta con sus caballos frecuentemente cambiados y abundantes
paradas de posta bien surtidas les aseguraban la rapidez del viaje. Ahora iban
a pie y ante toda imposibilidad de procurarse medios de locomoción, sin
recursos e ignorando de qué modo podrían subvenir a sus más elementales
necesidades. ¡Y todavía les quedaban cuatrocientas verstas de viaje! Además,
Míguel Strogoff no veía más que a través de los ojos de Nadia.
En cuanto a ese amigo que les había dado el destino, acababan de
perderle en las más funestas circunstancias.
Miguel Strogoff se había dejado caer sobre uno de los lados del
camino y Nadia, de pie, esperaba una palabra de él para reemprender la marcha.
Eran las diez de la noche y hacía tres horas y media que el sol
se había ocultado tras el horizonte. No había a la vista ni una casa, ni una
choza. Los últimos tártaros se perdían ya en la lejanía. Miguel Strogoff y
Nadia estaban, pues, absolutamente solos.
¿Qué harán con nuestro amigo? gritó la joven . ¡Pobre Nicolás!
¡Nuestro encuentro le ha sido fatal!
Miguel Strogoff no respondió.
Miguel continuó Nadia . ¿No sabes que te ha defendido cuando se
burlaban de ti los tártaros, y arriesgó su vida por mí?
Miguel Strogoff permanecía callado, inmóvil, con la cabeza
apoyada sobre las manos. ¿En qué pensaba? ¿Aunque no le respondía, había oído
las palabras de la joven?
Sí, las había oído, puesto que cuando Nadia dijo:
¿Adónde he de llevarte, Miguel?
¡A Irkutsk! respondió.
¿Por la gran ruta?
Sí, Nadia.
Miguel Strogoff seguía siendo el hombre que había jurado llegar
hasta el final de su viaje. Seguir la gran ruta era ir por el camino más corto.
Si la vanguardia de Féofar Khan aparecía, tendría tiempo de lanzarse a través
de la estepa.
Nadia tomó la mano de Miguel Strogoff y emprendieron el camino.
Al día siguiente por la mañana, 12 de septiembre, hacían una
corta parada los dos jóvenes, veinte verstas más lejos del lugar de los
recientes sucesos en el pueblo de Tulunovskoe. La villa estaba incendiada y
desierta.
Durante toda la noche, Nadia intentó encontrar el cadáver de
Nicolás, por si acaso había sido abandonado sobre la ruta, pero fue en vano que
buscase entre los cadáveres que encontraban por el camino, porque su
desafortunado amigo no apareció.
¿No le tendrían reservado aquellos bárbaros algún cruel suplicio
cuando llegasen a Irkutsk?
Nadia se encontraba agotada por el hambre, así como su
compañero, pero tuvo la buena suerte de encontrar, en una casa de la villa, una
cierta cantidad de carne seca y de sukbaris, pedazos de pan que, secos por la
evaporación pueden conservar indefinidamente sus cualidades nutritivas. Miguel
Strogoff y la joven cargaron con todo lo que podían transportar, asegurando así
la comida para varias jornadas y, en cuanto al agua, no tenían por qué
preocuparse en aquellas comarcas regadas por mil pequeños afluentes del Angara.
Se pusieron otra vez en camino. Miguel Strogoff iba siempre a
paso regular, regulado por el paso lento de su compañera. Nadia, no queriendo
quedarse atrás, forzaba su marcha. Afortunadamente, su compañero no podía ver
el estado miserable en que se en-contraba reducida.
Sin embargo, Miguel Strogoff lo presentía.
Estás al cabo de tus fuerzas, mi pobre niña le decía de vez en
cuando.
No respondía ella.
Cuando ya no puedas más, yo te llevaré, Nadia.
Sí, Miguel.
Durante aquel día fue preciso atravesar el Oka, pero su curso
era vadeable y no ofrecía ninguna dificultad.
El cielo estaba encapotado y la temperatura era soportable; pero
era de temer que lloviese, lo cual hubiera aumentado sus miserias.
Efectivamente, cayeron algunos chaparrones, pero por fortuna
fueron de poca duración.
Caminaban siempre igual, cogidos de la mano y hablando poco. Se
detenían dos veces al día y reposaban durante seis horas por la noche. En unas
cabañas abandonadas, Nadia encontró algunos pedazos más de esa carne seca, tan
abundante en el país, que no cuesta más que a dos kopeks y medio la libra.
Pero contrariamente a lo que podía ser la esperanza de Miguel
Strogoff, no había una sola bestia de carga en toda la comarca. Los caballos y
camellos fueron muertos o transportados a otros lugares. No tenían más remedio
que continuar a pie la travesía de esta interminable estepa.
Las huellas de la tercera columna tártara que se dirigía hacia
Irkutsk eran bien visibles. Aquí un caballo muerto, allá un carruaje
abandonado. Los cadáveres de los desdichados siberianos iban jalonando también
la ruta, principalmente a la entrada y salida de las poblaciones. Nadia,
dominando su repugnancia, revisaba todos los cadáveres.
Pero, en suma, el peligro no estaba delante, sino atrás. La
vanguardia del más importante ejercito del Emir, mandado por Ivan Ogareff,
podía a ecer de un momento a otro. Las barcas transportadas al Yenisei inferior
debían de haber llegado ya a Krasnoiarsk y habrían servido para atravesar
rápidamente el río. El camino, a partir de allí, estaba ya libre para los
invasores, porque ningun cuerpo de ejército ruso podía barrerlos entre
Krasnoiarsk y el lago Baikal. Miguel Strogoff, pues, esperaba la llegada de los
explo-radores tártaros.
Nadia, en cada parada, subía a algún promontorio o a cualquier
sitio elevado y miraba atentamente hacia el oeste, pero ninguna nube de polvo
señalaba todavía la aparición de tropas a caballo.
Después, reanudaban la marcha y cuando Miguel Strogoff notaba
que era él quien arrastraba a Nadia, hacía más lento su paso. Hablaban poco y
únicamente Nicolás era el objeto de sus conversaciones. La joven recordaba todo
lo que había significado para ellos aquel compañero de unos días.
Cuando le respondía, Miguel Strogoff intentaba dar a Nadia
alguna esperanza, de la que no había trazas en si mismo, porque sabía
perfectamente que el infortunado muchacho no podía escapar a una muerte cierta.
Un día, Miguel Strogoff dijo a la joven.
No me hablas nunca de mi madre, Nadia.
¡Su madre! ¡Nadia no quería hablarle de ella! ¿Por qué aumentar
su dolor? ¿Había muerto la vieja siberiana? ¿No había dado su hijo el último
beso al cadáver de su madre, caído sobre el anfiteatro de Tomsk?
¡Háblame de ella, Nadia! suplicó, sin embargo, Miguel Strogoff
¡Me dará tanta dicha!
Entonces, Nadia hizo lo que ni siquiera había intentado hasta
entonces. Le contó todo lo que les había sucedido a Marfa y a ella desde su
encuentro en Omsk, donde ambas se habían visto por primera vez, explicando cómo
un extraño instinto la había impulsado hacia la anciana prisionera, sin
conocerla, prodigándole sus cuidados y recibiendo de la vieja siberiana una
mayor firmeza para afrontar la situación. Miguel Strogoff, para ella, en
aquella época, era todavía Nicolás Korpanoff.
¡Lo que hubiera debido ser siempre! respondió Miguel Strogoff
con la frente ensombrecida.
Y al cabo de un rato, agrego:
¡He faltado a mi promesa, Nadia! ¡Había jurado que no verla a mi
madre!
¡Pero tú no has intentado verla, Miguel! respondió Nadia . ¡Fue
el azar quien te puso en su presencia!
Había jurado que, ocurriera lo que ocurriese, no me descubriría!
¡Miguel, Miguel! ¿Viendo el látigo levantado sobre Marfa
Strogoff, cómo podías resistirlo? ¡No! ¡No hay promesa ni juramento alguno que
pueda impedir a un hijo ayudar a su madre!
He faltado a mi juramento, Nadia insistió Miguel Strogoff . ¡Que
Dios y el Padre me perdonen!
Miguel dijo entonces la joven , tengo que hacerte una pregunta.
No me respondas, si crees que no debes responderme. De ti nada puede herirme.
Habla, Nadia.
¿Por qué, ahora que la carta del Zar no está en tu poder, tienes
tanta prisa por llegar a Irkutsk?
Miguel Strogoff apretó más fuertemente la mano de su compañera,
pero no contestó.
¿Conocías el contenido de la carta antes de abandonar Moscú?
siguió preguntando Nádia.
No, no lo conocía.
¿Debo pensar, Miguel, que te empuja a Irkutsk únicamente el
deseo de dejarme en manos de mi padre?
No, Nadia respondió con gravedad Miguel Strogoff . Te engañaría
si te dejara creer que es así. Voy allí porque mi deber me ordena ir. En cuanto
a conducirte a Irkutsk, ¿no eres tú quien me conduce a mí ahora? ¿No veo por
tus ojos? ¿No es tu mano la que me guía? ¿ No has devuelto centuplicados los
servicios que te haya podido hacer? Ignoro si la mala suerte dejará de
abrumarnos, pero si algún día tú me das las gracias por haberte dejado en manos
de tu padre, yo te las daré por haberme conducido a Irkutsk.
¡Pobre Miguel! respondió Nadia emocionada . ¡No hables así!
¡Ésta no es la respuesta que yo te pido! Miguel, ¿por qué tienes tanta prisa
por llegar a Irkutsk?
Porque es preciso que esté allí antes de que Ivan Ogareff se
haga llamar Miguel Strogoff.
¿Pese a todo?
¡Pese a todo, llegaré!
Al pronunciar estas últimas palabras, Miguel Strogoff no hablaba
únicamente así por odio al traidor. Pero Nadia comprendió que su compañero no
se lo decía todo porque no se lo podía decir.
El 15 de septiembre, tres días más tarde, ambos llegaron a la
aldea de Kuitunskoe, a sesenta verstas de Tulunovskoe. La joven caminaba con
grandes sufrimientos, sostenida apenas por sus doloridos pies. Pero resistía y
no tenía más que un pensamiento:
«Puesto que no puede verme, seguiré caminando hasta que me
caiga.»
Por otra parte, ningún obstáculo se les había presentado en esta
parte de su viaje; ningún peligro tuvieron que afrontar esos últimos días de la
ruta, desde la partida de los tártaros. únicamente muchas fatigas.
Así transcurrieron esos tres días, en los que se hizo bien
patente que la tercera columna de invasores avanzaban rápidamente hacia el
este, lo cual era fácilmente reconocible por las ruinas que dejaban tras su
paso, las cenizas que ya no humeaban y los cadáveres descompuestos que yacían
esparcidos por el suelo.
Nada se veía aún hacia el oeste. La vanguardia del Emir no
aparecia por parte alguna. Miguel Strogoff llegó a hacerse las más
inverosímiles suposiciones para explicar ese retraso. ¿Los rusos, con un
contingente suficiente, amenazaban recuperar Tomsk o Krasnolarsk? ¿Aislada de
las otras, la tercera columna estaba en peligro de verse cortada? Si era así,
le sería fácil al Gran Duque defender Irkutsk, y el tiempo ganado en una
invasión era camino adelantado para rechazarla.
Miguel Strogoff se dejaba llevar por esas esperanzas, pero bien
pronto comprendía que eran quiméricas, y no contaba mas que consigo mismo, como
si la seguridad del Gran Duque hubiera estado únicamente en sus manos.
Sesenta verstas separaban Kultunskoe de Kimiteiskoe, pequeña
población situada a poca distancia del Dinka, tributarlo del Angara. El correo
del Zar pensaba con cierto temor en el obstáculo que significaba este afluente,
de cierta importancia, situado en su camino. Ni soñar encontrarse con algún
transbordador o alguna barca, y se acordaba, por haberlo atravesado en otros
tiempos más afortunados, que era muy difícil de vadear. Pero una vez franqueado
aquel obstáculo, ningún río y ningún afluente interponíase ya en su camino y,
después de recorrer otras doscientas treinta verstas, se hallarían en Irkutsk.
Fueron precisos tres días para llegar a Kimilteiskoe. Nadia no
podía ya con sus piernas. Cualquiera que fuese su fortaleza moral, su fuerza
física iba a derrumbarse. Pero Miguel Strogoff no se daba perfecta cuenta de
esto.
Si no hubiera estado ciego, Nadia le hubiera dicho:
Vete, Miguel, déjame en cualquier cabaña y llega a Irkutsk,
cumple con tu misión. Ve a ver a mi padre y dile dónde estoy, dile que le
espero y los dos juntos sabréis encontrarme. Vete. No tengo miedo.
Me esconderé de los tártaros. Me conservaré para ti y para él.
Vete, Miguel, ya no puedo más...
Varias veces, Nadia había tenido que detenerse y entonces Miguel
Strogoff la tomaba en sus brazos y, no teniendo que preocuparse de la fatiga de
la joven, desde el momento en que la llevaba él, andaba más rápidamente con su
infatigable paso.
El 18 de septiembre, a las diez de la noche, llegaron por fin a
Kimilteiskoe. Desde lo alto de una colina, Nadia percibió en el horizonte una
línea menos oscura que el resto del paisaje. Era el Dinka, en cuyas aguas se
reflejaban algunos relámpagos sin trueno que iluminaban de vez en cuando el
cielo.
Nadia condujo a su compañero a través de la arruinada población.
Las cenizas de las hogueras estaban ya frías y era lógico pensar que los
tártaros habían pasado por allí por lo menos cinco o seis días antes.
Al llegar a las últimas casas, Nadia se dejó caer sobre un banco
de piedra.
¿Hacemos un alto ahora? le preguntó Miguel Strogoff.
Ya es de noche, Miguel respondió Nadia . ¿No quieres descansar
un poco?
Hubiese querido atravesar antes el Dinka respondió Miguel
Strogoff . Hubiera querido dejar entre nosotros y la vanguardia del Emir este
río, ¡pero tú no puedes ya ni arrastrarte, pobre Nadia!
Vamos, Miguel respondió Nadia, tomando la mano de su compañero y
siguiendo adelante.
A dos o tres verstas de allí, el Dinka cortaba la ruta de
Irkutsk. Este último esfuerzo que le pedía su compañero no podía la joven dejar
de llevarlo a cabo; marcharon, pues, ambos, a la luz de los relámpagos.
Atravesaban entonces un desierto sin límites, en medio del cual se perdía el
pequeño río. Ni un árbol, ni un montículo sobresalían en esta vasta planicie,
en donde recomenzaba la gran estepa siberiana.
No soplaba la más ligera brisa y la calma era tan absoluta que
el más leve ruido hubiera podido propagarse a una distancia infinita.
De pronto, Miguel Strogoff y Nadia se detuvieron, como si sus
pies se hubieran quedado aprisionados en alguna grieta del suelo.
¿Has oído? preguntó Nadia.
Después, un lamento se dejó oír. Era un grito desesperado, como
la última llamada a la vida de un ser humano agonizante.
¡Nicolás, Nicolás! gritó la joven, impulsada por algún siniestro
pensamiento.
Miguel Strogoff, que escuchaba, movió la cabeza.
¡Ven, Miguel, ven! dijo Nadia.
Y la joven, que hacía un momento apenas podía arrastrar sus
pies, encontró que de pronto sus fuerzas volvían a ella bajo el empuje de a
violenta excitación.
¿Hemos salido del camino? preguntó Miguel Strogoff, al sentir
bajo sus pies una tupida hierba, en lugar del polvoriento camino.
Sí... Sí, es preciso... respondió Nadia . ¡El grito ha partido
de allá, de la derecha!
Unos minutos después estaban solo a una media versta de la
orilla del río.
Dejóse oír un ladrido que, aunque más débil, venía, ciertamente,
de muy cerca.
Nadia se detuvo.
¡Si! dijo Miguel Strogoff . ¡Es Serko quien ladra! ¡Ha seguido a
su dueño!
¡Nicolás! gritó la joven.
Pero su llamada no obtuvo respuesta.
Únicamente algunas aves de rapiña tendieron el vuelo y
desaparecieron en las alturas.
Miguel aguzaba el oído y Nadia miraba tratando de penetrar en
las sombras de esta planicie, impregnada de efluvios luminosos, que
centelleaban como hielo, pero no vio nada ni a nadie.
Y, sin embargo, se oyó nuevamente una voz que esta vez gritaba
con tono lastimoso: «¡Miguel! »...
Inmediatamente, un perro ensangrentado saltó hacia Nadia. Era
Serko.
¡Nicolás no podía estar lejos! ¡Solamente él había podido
murmurar el nombre de Miguel! ¿Dónde estaba? Nadia ya no tenía ni fuerzas para
llamarlo.
Miguel Strogoff, arrastrándose por el suelo, buscaba con la
mano.
De pronto, Serko lanzó un nuevo ladrido y se precipitó sobre una
gigantesca ave que se había posado en tierra.
Era un buitre que, cuando Serko se lanzó sobre él, levantó el
vuelo, pero casi inmediatamente volvió a la carga, atacando al perro... ¡Éste
ladró todavía al buitre... Pero un formidable picotazo se abatió sobre su
cabeza y, esta vez, Serko cayó sin vida sobre el suelo!
Al mismo tiempo, un grito de horror se escapó de la garganta de
Nadia.
¡Allí... Allí!
¡Una cabeza sobresalía del suelo! La joven hubiera tropezado con
ella de no ser por la intensa claridad que el cielo proyectaba sobre la estepa.
Nadia cayó arrodillada al lado de aquella cabeza.
Nicolás, enterrado hasta el cuello según la atroz costumbre de
los tártaros, había sido abandonado en la estepa para que muriera de hambre y
sed, o víctima de las dentelladas de los lobos o de los picotazos de las aves
de rapiña. Era un suplicio horrible para la víctima, que estaba aprisionada en
el suelo, cuya tierra había sido apretada a su alrededor, no pudiéndola remover
porque sus brazos estaban atados al cuerpo, como los de un cadáver en su ataúd.
Vivía en un molde de arcilla que no podía romper y no podía hacer otra cosa que
implorar la llegada de la muerte, que tardaba demasiado en venir.
Allí era donde los tártaros habían enterrado a su prisionero
hacía ya tres días... Tres días llevaba Nicolás esperando aquel socorro que
llegaba demasiado tarde.
Los buitres habían distinguido esta cabeza destacarse a ras del
suelo y el perro había tenido que defender a su dueño contra las feroces aves.
Miguel Strogoff, valiéndose de su cuchillo, empezó a remover la
tierra para desenterrar a aquel vivo.
Los ojos de Nicolás, cerrados hasta aquel momento, se abrieron.
Reconociendo a Miguel y a Nadia, murmuró:
¡Adiós, amigos! ¡Estoy contento de haberos vuelto a ver! ¡Rezad
por mí ... !
Éstas fueron sus últimas palabras.
Miguel Strogoff continuó removiendo el suelo que, al haber sido
tan fuertemente apretado, tenía la dureza de la roca, consiguiendo al fin
retirar el cuerpo del infortunado. Comprobó si su corazón aún latía... Pero ya
había dejado de existir.
Quiso entonces enterrarlo, para que no quedase expuesto sobre la
estepa, en aquel agujero en donde había estado enterrado en vida, y lo alargó y
amplió, de manera que pudiera ser enterrado muerto. El fiel Serko sería
colocado al lado de su dueño...
En aquel momento se produjo un gran tumulto sobre la gran ruta,
a una distancia de media versta.
Miguel Strogoff escuchó.
Por el ruido, había reconocido que un destacamento de jinetes
avanzaba hacia el Dinka.
¡Nadia, Nadia! dijo en voz baja.
Al oír su voz, Nadia dejó de rezar y se enderezó.
¡Mira, mira! le dijo el joven.
¡Los tártaros! murmuró Nadia.
Era, en efecto, la vanguardia del Emir, que desfilaba con toda
rapidez hacia Irkutsk.
¡No me impedirán que lo entierre! dijo Miguel Strogoff en tono
resuelto.
Y continuó su trabajo.
Muy pronto, el cuerpo de Nicolás, con las manos cruzadas sobre
el pecho, fue acostado en la tumba.
Miguel Strogoff y Nadia, arrodillados, rezaron durante media
hora por aquel pobre muchacho, inofensivo y bueno, que había pagado con la vida
su devoción hacia ellos.
¡Ahora dijo Miguel Strogoff, acabando de apretar la tierra sobre
el cadáver , los lobos de la estepa ya no podrán devorarlol
Después extendió su mano amenazadora hacia la tropa de jinetes
que pasaba, diciendo:
-¡En marcha, Nadia!
Miguel Strogoff no podía seguir caminando por la gran ruta, que
estaba ya ocupada por los tártaros, y tenía que andar a través de la estepa,
dando un rodeo para llegar a Irkutsk.
No tenía ya que preocuparse por la travesía del Dinka.
Nadia no podía dar un paso, pero podía ver por él, así que,
tomándola en sus brazos, se adentró hacia el sudoeste de la provincia.
Le quedaban todavía por recorrer doscientas verstas. ¿Cómo las
anduvo? ¿Cómo no sucumbió a tantas fatigas? ¿Cómo pudieron alimentarse en ruta?
¿Con qué sobrehumana energía llegó a remontar las primeras estribaciones de los
montes Sayansk? Ni Nadia ni él hubieran podido decirlo.
Sin embargo, doce días después, el 2 de octubre, a las seis de
la tarde, una inmensa lámina de agua se extendía a los pies de Miguel Strogoff.
Era el lago Baikal.
10
EL BAIKAL Y EL ANGARA
El lago Baikal está situado a mil setecientos pies por encima
del nivel del mar. Tiene una longitud de alrededor de novecientas verstas y una
anchura de cien. Su profundidad es desconocida. Según la señora Bourboulon,
aseguran los marineros que navegan por este lago que quiere que se le llame
«señora mar», porque cuando se oye llamar «señor lago», se enfurece enseguida.
Sin embargo, según una leyenda que corre por esta comarca,
ningún ruso se ha ahogado jamás en sus aguas.
Este inmenso depósito de agua dulce, alimentado por más de
trescientos ríos, está encerrado en un magnífico circuito de montañas
volcánicas. No tiene otra salida para sus aguas que el río Angara, que después
de pasar por Irkutsk, va a desembocar en el Yenisei, un poco más arriba de la
ciudad de Yeniseisk.
En cuanto a los montes que lo circundan, son un brazo de los
Tunguzes, que derivan del vasto sistema orográfico de la cordillera Altai.
En esta época los fríos ya se dejan sentir. En cuanto llega a
este territorio, sometido a unas condiciones climatológicas tan particulares,
el otoño parece que queda anulado por un precoz invierno.
Eran los primeros días de octubre y el sol ya se escondía por
detrás del horizonte a las cinco de la tarde, bajando la temperatura de las
largas noches por debajo de los cero grados. Las primeras nieves, que no
desaparecerían hasta el verano, ya teñían de blanco las cimas vecinas del
Baikal. Durante el invierno siberiano, este mar interior, con una capa de hielo
de varios pies de espesor, se veía cruzado continuamente por los trineos de los
correos y de las caravanas.
Bien sea porque se le falta al respeto llamándole «señor lago»,
o por cualquier otra razón más meteorológica, el Baikal está sujeto a violentas
tempestades y sus olas, rápidas como las de todos los mediterráneos, son muy
temidas por las balsas, los barcos y los vapores que lo atraviesan durante el
verano.
Miguel Strogoff acababa de llegar al extremo sudoeste del lago,
llevando a Nadia, de la que podía decirse que toda su vida se concentraba en
los ojos. ¿Qué podían esperarlos dos en aquella parte salvaje de la provincia,
como no fuera morir de agotamiento y de inanición? Y, sin embargo, ¿qué quedaba
por recorrer de aquel largo camino de seis mil verstas, para que el correo del
Zar llegase a su destino? Nada más que sesenta verstas desde el lago hasta la
desembocadura del Angara y ochenta verstas desde allí hasta Irkutsk. En total,
ciento cuarenta verstas que significaban tres días de recorrido a pie para un
hombre fuerte y vigoroso.
-Era todavía Miguel Strogoff ese hombre?
Sin duda, el cielo no quería someterlo a esta prueba y la
fatalidad que se cernía sobre él parecía querer abandonarlo por un instante.
Ese extremo del Balkal, esa porción de la estepa que crecía desierta y que, en
realidad, lo era en todo tiempo, no lo estaba entonces.
Unos cincuenta individuos se encontraban reunidos en el ángulo
que forma el extremo sudoeste del lago.
Cuando Miguel Strogoff desembocó por el desfiladero de las
montañas llevando en brazos a Nadia, ésta los había visto enseguida.
La joven debió de temer por un instante que fuera un
destacamento de tártaros enviado para patrullar las orillas del lago Balkal, en
cuyo caso, la huida seria imposible.
Pero se tranquilizó pronto y gritó:
¡Rusos!
Después de este último esfuerzo, los párpados de la joven se
cerraron y su cabeza cayó sobre el pecho de Miguel Strogoff.
Habían sido vistos y varios de aquellos rusos corrían hacia
ellos, conduciendo al ciego y a la joven a la orilla de una pequeña playa en la
que había amarrada una balsa.
La balsa iba a partir.
Estos rusos eran fugitivos de diversa condición, a los que un
interés común había reunido en esta parte del Baikal. Empujados por los
tártaros, intentaban refugiarse en Irkutsk y, no pudiendo llegar por tierra, ya
que los invasores habían tomado posiciones frente a la ciudad, en las dos
orillas del Angara, esperaban llegar descendiendo el curso del río, que
atravesaba Irkutsk.
Este proyecto hizo estremecer el corazón de Miguel Strogoff. Iba
a jugar su última carta; pero tuvo la suficiente fortaleza para disimular,
porque quería guardar su incógnito más severamente que en ninguna ocasion.
El plan de los fugitivos era muy sencillo. Utilizarían la
corriente de la orilla superior del Baikal hasta la desembocadura del Angara,
para llegar a la salida del lago y desde ese punto hasta Irkutsk serían
arrastrados por la rápida corriente del río, que discurre con una velocidad de
diez a doce verstas por hora, pudiendo estar a las puertas de la ciudad en día
y medio.
En aquel lugar no se encontraba ni una sola embarcación y fue
preciso suplirla por una balsa o, mejor dicho, por un tren de troncos que
construyeron, parecido a los que descienden habitualmente por los ríos
siberianos. Un bosque de pinos que se elevaba sobre la orilla les había
proporcionado el material necesario para aquel aparejo flotante. Los troncos,
atados entre sí con ramas de mimbre, formaban una plataforma sobre la que
podían aposentarse cómodamente cien personas.
A esta balsa fueron conducido Nadia y Miguel Strogoff.
La joven había vuelto ya en sí y, después de comer junto con su
compañero las provisiones que les proporcionaron aquellos fugitivos, se acostó
sobre un lecho de hojarasca, quedando enseguida profundamente dormida.
Miguel Strogoff no dijo nada de lo ocurrido en Tomsk a los que
le interrogaron, haciéndose pasar por un habitante de Krasnoiarsk que no había
podido llegar a Irkutsk antes de que las tropas del Emir se hicieran dueñas de
la orilla izquierda del Dinka; agregando que muy probablemente el grueso de las
fuerzas tártaras ya había tomado posiciones frente a la capital de Siberia.
No podían, pues, perder ni un instante. Además, el frío se hacía
cada vez más intenso y la temperatura, durante la noche, caía por debajo de los
cero grados, habiéndose formado ya algunos hielos sobre la superficie del
Baikal. La balsa podía maniobrar fácilmente sobre las aguas del lago, pero no
ocurriría lo mismo en la corriente del Angara, en el caso de que los tempanos
comenzaran a entorpecer su curso.
Por toda esta serie de razones, era preciso que los fugitivos
iniciaran la marcha cuanto antes.
A las ocho de la tarde se largaron amarras y, bajo la acción de
la corriente, la balsa siguió la línea del litoral. Grandes pértigas manejadas
por aquellos robustos mujiks bastaban para rectificar su rumbo cuando era
preciso.
Un viejo marinero del Baikal había tomado el mando. Era un
hombre de unos sesenta y cinco años, curtido por las brisas del lago, con una
espesa y larga barba blanca cayéndole sobre el pecho; cubría su cabeza, de
aspecto grave y austero, con un gorro de piel, y vestía una larga y amplia
hopalanda ajustada a la cintura, que le llegaba hasta los tacones.
El taciturno anciano, sentado a popa, daba las órdenes por señas
y no pronunció ni diez palabras en diez horas. Por otra parte, toda maniobra se
reducía a mantener la balsa dentro de la corriente que bordeaba el lago a lo
largo del litoral, sin adentrarse en su interior.
Se ha dicho ya que en la balsa se encontraban rusos de distinta
condición. Efectivamente, a los campesinos indígenas, hombres, mujeres,
ancianos y niños, se habían unido tres peregrinos, sorprendidos por la invasión
durante su viaje, algunos monjes y un pope.
Los peregrinos llevaban su báculo y su calabaza colgando de la
cintura e iban salmodiando con voz plañidera. Uno venía de Ukrania, otro del
mar Amarillo y un tercero de las provincias de Finlandia. Este último, de
avanzada edad, llevaba un pequeño cepillo, cerrado con un candado, colgando de
la cintura, como si hubiera estado sujeto al pilar de una iglesia. De las
limosnas que recogiera durante su largo y fatigoso viaje, nada era para él, que
ni siquiera poseía la llave de ese candado, el cual no se abriría hasta su
vuelta.
Los monjes venían del norte del Imperio. Hacía tres meses que
salieron de la ciudad de Arkhangel, a la que ciertos viajeros, han atribuido el
aspecto de cualquier ciudad oriental. Habían visitado ya las Islas Santas,
cerca de la costa de Carelia; el convento de Solovetsk; el convento de Troitsa
y los de San Antonio y San Teodosio en Kiev, la antigua ciudad favorita de los
jagallones; el monasterio de Simeonof, en Moscú; el de Kazan, así como su
iglesia de los Viejos Creyentes, y volvían a Irkutsk con su hábito, su capuchón
y los vestidos de sarga.
En cuanto al pope, era un sencillo cura de aldea; uno de esos
seiscientos mil pastores del pueblo con que cuenta el Imperio ruso. Iba tan
miserablemente vestido como los propios campesinos, y es que, en verdad, no era
más acomodado que cualquiera de ellos, porque no teniendo ni rango ni poder en
la Iglesia, precisaba trabajar como cualquiera de ellos su pedazo de tierra,
aparte de bautizar, casar y enterrar. Había podido sustraer a su mujer e hijos
de las brutalidades de los tártaros, enviándolos a las Provincias del norte. Él
había quedado en su parroquia hasta el último momento; después se vio obligado
a huir, pero al encontrar cerrada la ruta de Irkutsk no le quedó más remedio
que dirigirse al lago Baikal.
Estos religiosos, agrupados en la proa de la balsa, rezaban a
intervalos regulares, elevando la voz en medio de la silenciosa noche y, al
final de cada versículo de sus oraciones, sus labios entonaban el Slava Bogu
(Gloria a Dios).
Durante esta parte de la navegación no se produjo ningún
incidente. Nadia había quedado sumergida en un profundo sopor y Miguel Strogoff
velaba su sueño al lado de la joven. Sólo a largos intervalos le asaltaba el
sueño y, aun así, su pensamiento estaba siempre despierto.
Al llegar el día, la balsa, frenada por una violenta brisa
contraria a la dirección de la corriente, se encontraba todavía a cuarenta
verstas de la desembocadura del Angara. Probablemente no podrían llegar allí
antes de las tres o las cuatro de la tarde. Pero eso no constituía ningun
inconveniente, antes al contrario, porque los fugitivos descenderían por el río
durante la noche y, ocultos entre las sombras, podrían pasar mas fácilmente
desapercibidos y llegar a Irkutsk.
El único temor que manifestó varias veces el viejo marinero era
el relativo a la formación de bloques de hielo sobre la superficie de las
aguas. La noche había sido extremadamente fría y se veian numerosos tempanos
deslizarse hacia el oeste bajo el impulso del viento. Éstos no eran de temer
porque no podían desviarse hacia el Angara, ya que habían so-brepasado su
desembocadura. Pero cabía pensar que si se originaban en las partes orientales
del lago, podrían venir arrastrados por la corriente y deslizarse entre las dos
orillas del río. Esto podía acarrearles dificultades y posibles retrasos; puede
que hasta al-gún insuperable obstáculo detuviera la balsa.
Miguel Strogoff tenía, pues, un inmenso interés en saber cuál
era el estado del lago y si los témpanos aparecían en gran número. Nadia se
había ya despertado y contestaba a las incesantes preguntas del correo del Zar,
dándole cuenta de cuanto ocurría sobre la superficie de las aguas.
Pero mientras el intenso frío iba formando bloques de hielo,
otros curiosos fenómenos se producían en la superficie del Balkal. Unos
magníficos surtidores de agua hirviente brotaban de algunos de esos pozos
arteslanos que la naturaleza había abierto en el mismo lecho del río. Los
chorros de agua caliente se elevaban a gran altura, empenachándose de vapores
irisados por los rayos del sol, que el frío condensaba casi al instante. Este
curioso espectáculo hubiera ciertamente maravillado a cualquier turista que
hubiese viajado en plena paz y por puro placer sobre las aguas de este mar
siberiano.
A las cuatro de la tarde, el viejo marinero señaló la
desembocadura del Angara, entre las altas rocas graníticas del litoral. Podía
distinguirse sobre la orilla derecha el pequeño puerto de Livenitchnaia, su
iglesia y unas pocas casas edificadas sobre la orilla.
Pero para agravar las circunstancias, los primeros hielos
procedentes del este derivaban ya entre las orillas del Angara y, por
consecuencia, descendían hacia Irkutsk.
Sin embargo, su número no podía ser todavía lo suficientemente
capaz como para obstruir el río, ni el frío lo bastante intenso como para
aumentar su tamaño.
La balsa llegó al pequeño puerto y se detuvo. El viejo marinero
había decidido hacer un alto de una hora con el fin de realizar algunas
operaciones indispensables. Los troncos estaban desunidos y amenazaban
separarse, por lo que era imprescindible volverse a atar sólidamente a fin de
que pudieran resistir la rápida corriente del Angara.
Durante el verano, el puerto de Livenitchnala es una estación de
llegada Y salida para los viajeros del Baikal, según se dirijan a Klakhta,
última ciudad de la frontera ruso china, o regresen de ella.
Es, pues, un puerto muy frecuentado por los buques de vapor y
por los pequeños barcos de cabotaje del lago.
Pero en estos momentos Livenitchnaia estaba abandonada. Sus
habitantes no podían quedarse allí porque se exponían a las depredaciones de
los tártaros, que recorrian ya las dos orillas del Angara. Habían enviado a
Irkutsk la flotilla de barcos que pasan ordinariamente el invierno en su puerto
y, cargados con todo lo que podían transportar, se habían refugiado a tiempo en
la capital de Siberia oriental.
El viejo marinero, pues, no esperaba recoger nuevos fugitivos en
el puerto de Livenitchnaia,'sin embargo, en el momento en que se aproximaban a
la orilla, dos individuos salieron corriendo de una casa deshabitada, con toda
la rapidez que les permitían sus piernas.
Nadia, sentada en popa, miraba distraídamente.
De pronto se le escapó un grito y tomó la mano de Miguel
Strogoff que, al notar el sobresalto de la muchacha, levantó la cabeza.
¿Qué tienes, Nadia? preguntó.
Nuestros dos compañeros de viaje, Miguel.
¿El inglés y el francés que encontramos en el desfiladero de los
Urales?
Sí.
Miguel Strogoff se estremeció, porque corría peligro de ser
desvelado el severo incógnito del que no quería salir.
Efectivamente, no era a Nicolás Korpanoff a quien Alcide Jolivet
y Harry Blount iban a ver ahora, sino al verdadero Miguel Strogoff, correo del
Zar.
Desde que se separaron en la parada de Ichim, se había tropezado
dos veces con los periodistas. La primera en el campamento de Zabediero, cuando
cruzó la cara de Ivan Ogareff con un golpe de knut, y la segunda en Tomsk,
cuando fue condenado por el Emir. Sabían, por consiguiente, a qué atenerse
respecto a su verdadera personalidad.
Miguel Strogoff tomó rápidamente una decisión.
Nadia dijo , cuando hayan embarcado los dos extranjeros,
ruégales que se sitúen a mi lado.
Eran, efectivamente, Harry Blount y Alcide Jolivet, a quienes no
el azar, sino la fuerza de los acontecimientos, había empujado hasta
Livenitchnala, como había empujado también a Miguel Strogoff y a Nadia.
Dijeron que, después de haber asistido a la entrada de los
tártaros en Tomsk, marcharon de allí antes de la salvaje ejecución con que iba
a terminar la fiesta. No dudaban, pues, que su antiguo compañero de viaje había
sido condenado a muerte e ignoraban que la sentencia del Emir había sido que le
quemaran los ojos.
Los dos personajes se habían agenciado sendos caballos, saliendo
de Tomsk aquella misma tarde, con el bien decidido propósito de fechar sus
proximas crónicas desde los campamentos rusos de la Siberia oriental.
Alcide Jolivet y Harry Blount se dirigieron a marchas forzadas
hacia Irkutsk. Esperaban tomarle la suficiente ventaja a Féofar Khan y,
ciertamente, lo hubiesen conseguido de no impedírselo la inopinada aparición de
esa tercera columna, llegada de las comarcas del sur por el valle del Yenisei.
Como Miguel Strogoff y Nadia, encontraron el camino cortado antes de llegar al
río Dinka, viéndose en la necesidad de desviarse hasta el Baikal.
Cuando llegaron a Livenitchnaia encontraron el puerto
completamente abandonado, pero como era imposible entrar en Irkutsk por ningún
otro camino, porque la ciudad estaba completamente rodeada por el ejército
tártaro, cuando llegó la balsa ya llevaban allí tres embarazosos días, sin
saber qué decisión tomar.
Los fugitivos les comunicaron sus proyectos y como ciertamente
tenían bastantes probabilidades de que pudieran pasar desapercibidos durante la
noche hasta llegar a Irkutsk, intentaron la aventura.
Alcide Jolivet se puso inmediatamente en contacto con el viejo
marinero y le pidió pasaje para él y para su compañero, ofreciéndole pagar el
precio que se les exigiera, fuera cual fuese.
Aqui no se paga le respondió con gravedad el marinero , se
arriesga la vida. Eso es todo.
Los dos periodistas embarcaron y Nadia les vio dirigirse hacia
la proa de la balsa.
Harry Blount era siempre el inglés frío que apenas le dirigió la
palabra durante todo el tiempo que estuvieron juntos en la travesía de los
montes Urales.
Alcide Jolivet parecía estar un poco mas serio que de costumbre.
Hay que convenir que su seriedad estaba sobradamente justificada por las
circunstancias.
El francés se había ya instalado en la proa de la balsa cuando
notó que una mano se apoyaba en su hombro. Se volvió y reconoció a Nadia, la
hermana de aquel que era, no Nicolás Korpanoff, sino Miguel Strogoff, correo
del Zar.
Iba a escapársele un grito de sorpresa cuando la joven llevó un
dedo a sus labios, indicándole silencio.
Vengan les dijo Nadia.
Y, con aire de indiferencia, haciendo a Harry Blount una señal
para que le siguiera, se fueron tras la joven.
Pero si la sorpresa de los periodistas había sido grande al
encontrarse con Nadia sobre la balsa, su asombro no tuvo límites cuando
reconocieron a Miguel Strogoff, al que no creían vivo.
Cuando se le aproximaron, el correo del Zar permaneció
completamente inmóvil.
Alcide Jolivet se volvió hacia la joven.
No les puede ver, señores dijo Nadia . Los tártaros le quemaron
los ojos. Mi pobre hermano está ciego.
Un vivo sentimiento de piedad se reflejó en los rostros de
Alcide Jolivet y su com-pañero.
Segundos después estaban ambos sentados junto a Miguel Strogoff,
estrechando su mano y esperando a que hablara.
Señores dijo Miguel Strogoff en voz baja , ustedes no deben
saber quién soy ni qué he venido a hacer en Siberia. Les pido que mantengan mi
secreto. ¿Me lo prometen?
Por mi honor respondió Alcide Jolivet.
Por mi fe de caballero agregó Harry Blount.
¿Podemos serle útiles en algo? preguntó el francés . ¿Quiere
usted que le ayudemos a cumplir su misión?
Prefiero llevarla a cabo solo respondió Miguel Strogoff.
¡Pero esos miserables le han quemado los ojos! dijo Alcide
Jolivet.
Tengo a Nadia y sus ojos me bastan.
Media hora más tarde, la balsa, después de haber largado amarras
del puerto de Livenitchnaia, se introducía en el río.
Eran las cinco de la tarde y estaba cerrándose la noche. Sería
una noche muy oscura y, sobre todo, muy fría, porque la temperatura estaba ya
por debajo de los cero grados.
Alcide Jolivet y Harry Blount habían prometido guardar el
secreto a Miguel Strogoff, pero, sin embargo, no le abandonaron. Estuvieron
conversando en voz baja y el ciego completó las noticias que tenía con las que
pudieron proporcionarle los dos periodistas, con lo que pudo hacerse una idea
bastante exacta de la situación.
Era cierto que los tártaros rodeaban Irkutsk y que las tres
columnas invasoras se habían reunido ya. No podía dudarse de que el Emir e Ivan
Ogareff estuvieran frente a la capital.
Pero ¿por que mostraba el correo del Zar tanta prisa por llegar
a Irkutsk, ahora que ya no podía entregar al Gran Duque la carta imperial y el
hermano del Zar ni siquiera le conocía?
Alcide Jolivet y Harry Blount no comprendieron esto más de lo
que lo comprendía Nadia.
Por lo demás, no se habló del pasado hasta el momento en que
Alcide Jolivet creyó que era un deber decir a Miguel Strogoff:
Nosotros le debemos nuestras excusas por no haberle estrechado
la mano cuando nos despedimos en la parada de Ichim.
Estaban en su derecho al creerme un cobarde.
En cualquier caso agregó Alcide Jolivet , azotó usted
magníficamente la cara de ese miserable. ¡Llevará la marca mucho tiempo!
No, no mucho tiempo contestó sencillamente Miguel Strogoff.
Media hora después de la salida de Livenitchnaia, Alcide Jolivet
y Harry Blount estaban al corriente de las duras pruebas por las que habían
tenido que atravesar Miguel Strogoff y su supuesta hermana. No Podían hacer
otra cosa que admirar sin reservas aquella energía y aquel valor, que
únicamente quedaban igualados por la devoción de la muchacha.
Pensaron de Miguel Strogoff exactamente lo mismo que había dicho
de él el Zar, en Moscú: «En verdad, es un hombre.»
La balsa se deslizaba con rapidez entre los bloques de hielo que
arrastraba la corriente del Angara.
Un panorama móvil se desplazaba lateralmente sobre las dos
orillas del río y por una ilusión óptica parecía que era aquel aparejo flotante
el que estaba inmóvil ante la sucesión de pintorescas vistas. Aquí las altas
fallas graníticas, extrañamente perfiladas; allá abruptos desfiladeros por
donde discurría algún río torrencial; algunas veces, un largo portalón con una
ciudad humeante todavía; después, unos amplios bosques de pinos que proyectaban
brillantes llamaradas. Pero si los tártaros habían dejado huellas de su paso
por todas partes, no se les veía aún, ya que esperaban agruparse más
estrechamente en los alrededores de Irkutsk.
Durante este tiempo los peregrinos continuaron rezando en voz
baja y el viejo marinero, esquivando los bloques de hielo que se les echaban
encima, mantenía imperturbable la balsa en el centro de la rápida corriente.
11
ENTRE DOS ORILLAS
Tal como era de prever, dado el estado del tiempo, una profunda
oscuridad envolvía toda la comarca a las ocho de la tarde. Era luna nueva y,
por tanto, el disco dorado no aparecía en el horizonte. Desde el centro del río
las orillas eran invisibles y los acantilados se confundían a poca altura con
las espesas nubes que apenas se desplazaban. Algunas ráfagas de aire, que
venlan a veces del este, parecían expirar en el estrecho valle del Angara.
La oscuridad favorecía en gran medida los proyectos de los
fugitivos. En efecto, aunque los puestos avanzados de los tártaros estuvieran
escalonados sobre ambas orillas, la balsa tenía muchas probabilidades de pasar
desapercibida.
Tampoco era verosímil que los asediadores hubieran bloqueado el
río más arriba de Irkutsk, porque sabían que los rusos no podían recibir
ninguna ayuda proveniente del sur de la provincia.
No obstante, dentro de poco sería la misma naturaleza la que
estableciera esa barrera, cuando el frío cimentase los hielos acumulados entre
las dos orillas.
A bordo de la balsa reinaba un absoluto silencio.
Las voces de los peregrinos no se habían dejado oír desde que se
adentraron en el curso del río. Todavía rezaban, pero sus rezos sólo eran
murmullos que en forma alguna podían llegar hasta la orilla.
Los fugitivos, tendidos sobre la plataforma, apenas rompían con
sus cuerpos la línea horizontal del agua. El viejo marinero, acostado en proa
cerca de sus hombres, se ocupaba únicamente de apartar los bloques de hielo,
maniobra que hacía en el más completo silencio.
Estos bloques a la deriva, si no llegaban más adelante a
constituir un obstáculo infranqueable, favorecían a los fugitivos.
Efectivamente, el aparejo, aislado sobre las aguas libres del río, hubiera
corrido un serio peligro, caso de ser localizado incluso a través de la espesa
oscuridad, mi ntras que de esta forma podía confundirse con esas masas móviles
de todos los tamaños y formas, y el rumor que producía la rotura de los bloques
al chocar entre ellos cubría cualquier otro ruido sospechoso.
A través de la atmósfera se propagaba un frío que hacía sufrir
cruelmente a los fugitivos, quienes sólo podían abrigarse con unas cuantas
ramas de abedul. Se apretaban unos contra otros con el fin de soportar mejor la
baja temperatura, que durante aquella noche llegaría a los diez grados bajo
cero. El poco viento que soplaba, enfriado al atravesar las montañas del este,
mordía las carnes.
Miguel Strogoff y Nadia, tendidos en popa, soportaban los
crecientes sufrimientos sin formular una queja. Alcide Jolivet y Harry Blount,
situados junto a ellos, resistían como mejor podían aquellos primeros asaltos
del invierno siberiano. Ni unos ni otros hablaban ahora, ni siquiera en voz
baja. Por lo demás, la situación les absorbía por completo. A cada instante
podía producirse un incidente, sobrevenir un peligro, hasta una catástrofe de
la que no saldrían indemnes.
Miguel Strogoff, siendo un hombre que esperaba llegar pronto al
final de su largo viaje, parecía estar singularmente tranquilo. Además, hasta
en las más graves coyunturas, su energía no le había abandonado jamás.
Entreveía ya el momento en que podría, por fin, permitirse pensar en su madre,
en Nadia y en sí mismo. No temía más que una última desgracia: que la balsa
fuese totalmente detenida por una barrera de hielo antes de haber llegado a
Irkutsk. No pensaba más que en esto pero, por lo demás, estaba absolutamente
decidido, si no había más remedio, a intentar cualquier supremo golpe de
audacia.
Nadía, gracias al efecto bienhechor de varias horas de reposo,
había recuperado sus fuerzas físicas, que el sufrimiento había podido
quebrantar algunas veces, sin haber nunca abatido su energia moral. Pensaba
también que en el caso de que Miguel Strogoff hiciera un nuevo esfuerzo para
llegar a su meta, ella tenía que estar con él para guiarle. Pero, a medida que
iban acercándose a Irkutsk, la imagen de su padre se dibujaba con mayor nitidez
en su espíritu. Lo veía en la ciudad sitiada, lejos de los seres queridos, pero
y de esto Nadia no abrigaba ninguna duda luchando contra los invasores con todo
el ardor de su patriotismo.
Por fin, si el cielo les favorecía, dentro de pocas horas
estaría en sus brazos, transmitiéndole las últimas palabras de su madre, y ya
nada les separaría jamás. Si el exilio de Wassili Fedor no había de acabarse,
su hija se quedaría exiliada con él. Pero, por un impulso natural irreprimible,
el pensamiento de Nadia se volvió hacia aquel al que ella debía el poder ver a
su padre, a ese generoso compañero, ese «hermano» el cual, una vez rechazados
los tártaros, regresaría a Moscú y puede que ya no volviera a verlo... En
cuanto a Alcide Jolivet y Harry Blount, no tenían más que un mismo y unico
pensamiento: que la situación era extremadamente dramática y que, bien
descrita, les iba a proporcionar una de las crónicas más interesantes.
El inglés pensaba, pues, en los lectores del Daily Telegraph, y
el francés en los de su prima Magdalena, pero en el fondo, ambos estaban
visiblemente emocionados.
«¡Tanto mejor! pensaba Alcide Jolivet . ¡Es necesario conmoverse
para conmover! ¡Creo que hay un célebre verso a proposito para esto, pero, al
diablo si sé ... !
Y sus ejercitados ojos trataban de penetrar las sombras que
envolvían el río.
Sin embargo, grandes resplandores rompían a veces las tinieblas
e iluminaban los grandes macizos de las orillas, dándoles un fantástico
aspecto. Se trataba de algún bosque en llamas o de alguna ciudad todavía
ardiendo, siniestra representación de los cuadros del día en contraste con la
noche.
El Angara se iluminaba entonces de una margen a la otra y los
hielos se convertían en otros tantos espejos que reflejaban la luz de las
llamas en todas direcciones y de todos los colores, desplazándose siguiendo los
caprichos de la corriente.
La balsa, confundida con uno de esos cuerpos flotantes, pasaba
desapercibida.
El peligro no estaba allí.
Pero un peligro de otra naturaleza amenazaba a los fugitivos.
Éstos no podían preverlo y, sobre todo, no podían hacer nada por evitarlo.
Fue a Alcide Jolivet a quien el azar eligio para localizarlo;
véase en qué circunstancias:
El periodista estaba acostado sobre la parte derecha de la
balsa, habiendo dejado que su mano rozase la superficie del agua. De pronto,
fue sorprendido por la impresión que le produjo el contacto de la corriente en
su superficie. Parecía ser de consistencia viscosa, como si se tratase de
aceite mineral.
Alcide Jolivet, corroborando con el olfato lo que había sentido
con el tacto, ya no se equivocaba. ¡Era, con seguridad, una capa de nafta
líquida que la corriente arrastraba sobre la superficie del agua!
¿Flotaba realmente la balsa sobre esta sustancia tan
eminentemente combustible? ¿De dónde procedía la nafta? ¿Había sido derramada
en la superficie del Angara por un fenómeno natural, o debía servir como
ingenio destructor puesto en práctica por los tártaros? ¿Querían incendiar
Irkutsk por unos medios que las leyes de la guerra no justificaban jamás entre
naciones civilizadas?
Tales fueron las preguntas que se hizo Alcide Jolivet, pero
creyó que no debía poner al corriente de este incidente a nadie más que a Harry
Blount, y ambos estuvieron de acuerdo en que no debían alarmar a sus compañeros
de viaje revelándoles el nuevo peligro que les amenazaba.
Como se sabe, el subsuelo de Asia central es como una esponja
impregnada de hidrocarburos líquidos. En el puerto de Bakú, sobre la frontera
persa; en la península de Abcheron, sobre el mar Caspio; en Asia Menor; en
China; en Yug Hyan y en el Birman, los yacimientos de aceites minerales brotan
a millares en la superficie de los terrenos. Es el «país del aceite», parecido
al que lleva ese mismo nombre en Norteamérica.
Durante ciertas fiestas religiosas, principalmente en Bakú, los
indígenas, adoradores del fuego, lanzan a la superficie del mar la nafta
líquida, que flota gracias a que tiene una densidad inferior a la del agua.
Después, una vez que llega la noche, cuando la mancha mineral se ha esparcido
por el Caspio, la inflaman para admirar aquel incomparable espectáculo de un
océano de fuego ondulado a impulsos de la brisa.
Pero lo que en Bakú no es mas que una diversión, en las aguas
del Angara sería un mortal desastre si, intencionadamente o por imprudencia,
una chispa inflamara el aceite, el incendio se propagaría más allá de Irkutsk.
En cualquier caso, sobre la balsa no era de temer ninguna
imprudencia pero sí que había que temer los incendios que se propagaban por las
dos orillas del Angara, porque bastaba que una brasa o una chispa cayera en el
río para incendiar aquella corriente de nafta.
Se comprende los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, los
cuales, en presencia de aquel nuevo peligro se preguntaban si no sería
preferible acercar la balsa a una de las orillas, desembarcar y esperar los
acontecimientos.
En cualquier caso dijo Alcide Jolivet , cualquiera que sea el
peligro, yo sé de uno que no va a desembarcar.
Al decir esto aludía a Miguel Strogoff.
Mientras tanto, la balsa se deslizaba rápidamente entre los
bloques de hielo, cuyo número aumentaba cada vez más.
Hasta entonces no habían divisado ningún destacamento tártaro
sobre las márgenes del Angara, lo que indicaba que la balsa no había llegado
todavía a la altura de los puestos más avanzados. Sin embargo, hacia las diez
de la noche, Harry Blount creyó distinguir numerosos cuerpos negros que se
movian en la superficie de los témpanos. Aquellas sombras saltaban de un bloque
a otro y se aproximaban rápidamente.
¡Tártaros! pensó.
Y deslizándose hacia el viejo marinero, situado en proa, le
mostró aquel sospechoso movimiento.
No son más que lobos dijo . Los prefiero a los tártaros, pero
será preciso que nos defendamos, y sin hacer ruido.
En efecto, los fugitivos tuvieron que luchar contra esos feroces
carniceros a los que el hambre y el frío lanzaban a través de la provincia. Los
lobos habían olido a los fugitivos de la balsa y pronto los atacaron.
Se veían precisados a luchar contra esas bestias, pero no podían
emplear armas de fuego, porque las posiciones tártaras podían encontrarse muy
cerca de allí. Las mujeres y los niños se agruparon en el centro de la balsa, y
los hombres, unos armados con pértigas, otros con cuchillos y la mayor parte
con palos, se vieron obligados a rechazar a los asaltantes. Ellos no dejaban
oír un solo grito, pero los aullidos de los lobos desgarraban el aire.
Miguel Strogoff no había querido permanecer inactivo y se había
tendido en el costado de la balsa atacado por la jauría de carniceros. Sacando
su cuchillo, cada vez que un lobo se ponía a su alcance, su mano sabía hundirle
la hoja en la garganta.
Harry Blount y Alcide Jolivet no permanecieron pasivos y
desplegaron una gran actividad, secundados con todo coraje por sus compañeros
balsistas.
Toda esta matanza de lobos se desarrollaba en silencio, aunque
varios de los fugitivos no habían podido evitar graves mordeduras de los
atacantes.
Sin embargo, la lucha no parecía tener un final inmediato. La
jauría de lobos se renovaba sin cesar, por lo que era preciso que la orilla
derecha del Angara estuviera infestada de esos animales.
¡Esto no terminará nunca! dijo Alcide Jolivet.
Y, de hecho, media hora después del comienzo del asalto, los
lobos corrían a centenares por encima de los bloques de hielo.
Los fugitivos, extenuados por el cansancio, se debilitaban
visiblemente y estaban perdiendo la batalla. En ese momento, un grupo de diez
lobos de gran tamaño, enfurecidos por la cólera y el hambre, con los ojos
brillantes como ascuas en la sombra, in-vadieron la plataforma de la balsa.
Alcide Jolivet y su compañero se lanzaron en medio de aquellos temibles
animales, y Miguel Strogoff, arrastrándose hacia ellos, iba ya a intervenir en
la desigual lucha cuando, de pronto, se produjo un cambio de frente.
En varios segundos, los lobos hubieron abandonado, no sólo la
balsa, sino también los bloques de hielo esparcidos por el río. Todos, aquellos
cuerpos negros se dispersaron y pronto se hizo patente que habían alcanzado la
orilla derecha del río a toda velocidad.
Es que los lobos necesitan las tinieblas para actuar y en aquel
momento, una intensa claridad iluminaba todo el curso del Angara.
Se trataba de la iluminación de un inmenso incendio. La villa de
Poshkavsk ardía enteramente. Esta vez los tártaros estaban allí, rematando su
obra. A partir de aquel punto, ocupaban las dos orillas del río hasta Irkutsk.
Los fugitivos llegaban, por tanto, a la zona más peligrosa de su
travesía, y todavía se encontraban a treinta verstas de la capital.
Eran las once y medía de la noche y la balsa continuaba
deslizándose en medio de los hielos, con los cuales se confundía totalmente;
pero de vez en cuando llegaban hasta ella grandes chorros de luz, por lo que
los fugitivos tuvieron que aplastarse contra la plataforma, no permitiéndose el
menor movimiento que pudiera traicionarlos.
El incendio del pueblecito se operaba con una violencia
extraordinaria. Sus casas, hechas de madera de pino, ardían como teas y eran
ciento cincuenta las que ardían a la vez. A las crepitaciones del incendio se
mezclaban los aullidos de los tártaros. El viejo marinero, tomando como punto
de apoyo los témpanos cercanos a la balsa, había conseguido acercarla hacia la
orilla derecha, separándola a una distancia de tres o cuatrocientos pies de las
playas encendidas de Poshkavsk.
Sin embargo, los fugitivos eran muchas veces iluminados por las
llamas, y podían ser localizados si los incendiarios no hubiesen estado tan
absortos en la destrucción de la villa. Pero se comprenderá cuáles debían de
ser los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, cuando pensaban en aquel
líquido combustible sobre el que flotaba la balsa.
Porque, efectivamente, grandes haces de chispas salían
disparadas de las casas, cada una de las cuales era un verdadero horno
ardiendo. En medio de las columnas de humo, las chispas se remontaban en el
aire hasta alturas de quinientos o seiscientos pies. Sobre la orilla derecha,
expuesta de frente a esta hoguera, los árboles y los acantilados aparecían como
inflamados. Por tanto, bastaba que una chispa cayera sobre la superficie del
Angara, para que el incendio se propagase sobre las aguas y llevara el desastre
de una a otra orilla. Esto significaba, en breve plazo, la destrucción de la
balsa y la muerte de quienes transportaba.
Pero, afortunadamente, la débil brisa de la noche no era
suficientemente fuerte de ese lado, sino que soplaba con más fuerza del este y
proyectaba las llamas y las chispas hacia la parte izquierda. Era, pues,
posible que los fugitivos lograran escapar a este nuevo peligro.
Efectivamente, dejaron atrás la población en llamas. Poco a poco
fue desapareciendo el estallído del incendio y disminuyó el ruido de las
crepitaciones, ocultándose las últimas luces por detrás de los altos
acantilados que se elevaban en una brusca curva del Angara.
Era alrededor de medianoche las sombras espesas volvieron a
proteger la balsa. Sobre las dos orillas del río iban y venían los tártaros, a
los que no podían ver, pero sí oír. Las hogueras de los puestos avanzados
brillaban extraordinariamente.
Sin embargo, cada vez se hacía más necesario maniobrar con
precisión en medio de los hielos que se iban estrechando.
El viejo marinero se puso de pie y los campesinos tomaron sus
pértigas. Todos tenían alguna tarea que realizar porque la conducción de la
balsa se volvía más difícil por momentos, al obstruirse visiblemente el curso
del río.
Miguel Strogoff se deslizó hasta la proa.
Alcide Jolivet le siguió.
Ambos hombres escucharon lo que decían el viejo marinero y sus
hombres:
¡Vigila por la derecha!
.¡Los hielos se condensan a la izquierda!
¡Aguanta! ¡Aguanta con la pértiga!
¡Antes de una hora estaremos bloqueados...
¡Dios no lo quiera! respondió el viejo marinero . Contra su
voluntad no hay nada que hacer
¿Ha oído usted? preguntó Alcide Jolivet.
Sí respondió Miguel Strogoff , pero Dio está con nosotros.
Sin embargo, la situación se agravaba cada vez más. Si la balsa
quedaba detenida por el camino, los fugitivos no solamente no llegarían a
Irkutsk, sino que se verían obligados a abandonar el aparejo flotante, el cual,
aplastado por los témpanos no tardaría en desaparecer bajo sus pies. Las
cuerdas de mimbre se romperían, los troncos de pino, separados violentamente se
incrustarían bajo aquella dura costra y los desgraciados no tendrían otro
refugio que los mismos bloques de hielo. Después, una vez que llegase el día,
serían localizados por los tártaros y masacrados sin piedad.
Miguel Strogoff volvió a popa en donde Nadia le esperaba y, aproximándose
a la joven, tomó su mano y le hizo la eterna pregunta:
¿Estás dispuesta, Nadia?
A la cual ella respondió, como siempre:
Estoy dispuesta.
Durante algunas verstas todavía, la balsa continuó deslizándose
en medio de los hielos flotantes. Si el Angara se estrechaba, se formaría una
barrera y, consecuentemente, sería imposible seguir deslizándose por la
corriente. La deriva ya se hacía muy lentamente, porque a cada instante se
producían choques o tenían que dar rodeos; aquí tenían que evitar un abordaje y
allá pasar por una estrechura, todo lo cual significaba inquietantes retrasos.
Efectivamente, no quedaba más que algunas horas de oscuridad y
si los fugitivos no estaban en Irlutsk antes de las cinco de la madrugada,
debían perder todas las esperanzas de llegar jamás.
Pero, pese a cuantos esfuerzos se realizaron, a la una y media
la balsa chocó contra una barrera y se detuvo definitivamente. Los bloques de
hielo que arrastraba el agua se precipitaban sobre la balsa, aprisionándola
contra aquel obstáculo, y la inmovilizaron como si hubiera encallado en un
arrecife.
En aquel lugar el Angara se estrechaba y su lecho quedaba
reducido a la mitad de la anchura normal. Allí, los hielos se habían acumulado
poco a poco, soldándose unos a otros bajo la doble influencia de la presión,
que era muy considerable, y del frío, que había redoblado su intensidad.
Quinientos pasos más adelante, el lecho del río se ensancha de
nuevo y los bloque, desprendiéndose lentamente de aquel campo helado,
continuaban derivando hacia Irkutsk. Es probable, pues, que sin ese
estrechamiento de las orillas no se formara la barrera y la balsa hubiese
podido continuar descendiendo por la corriente. Pero la desgracia era
irreparable y los fugitivos debían abandonar toda esperanza de llegar a su
meta.
Si hubieran tenido a su disposición los útiles que emplean
ordinariamente los balleneros para abrirse canales a través de los hielos; si
hubieran podido cortar ese campo helado hasta el punto donde se ensancha de
nuevo el río, es posible que aún hubiera llegado a tiempo. Pero no tenían
sierras, ni picos, ni herramienta alguna que les permitiera romper aquella
corteza, dura como el cemento.
¿Qué partido tomar?
En ese momento se oyeron descargas de fusil procedentes de la
orilla derecha del Angara y una lluvia de balas alcanzó la balsa.
Evidentemente, los desgraciados fugitivos habían sido
localizados, porque otras detonaciones comenzaron a tronar desde la orilla
izquierda.
Los fugitivos, cogidos entre dos fuegos, se convirtieron en el
blanco de los tártaros y algunos de ellos fueron heridos, pese a que en medio
de la oscuridad, las armas tenían que ser disparadas necesariamente al albur.
Ven, Nadia murmuró Miguel Strogoff al oído de la joven.
Sin hacer observación alguna, «dispuesta a todo», Nadia tomó la
mano de Miguel Strogoff.
Se trata de atravesar la barrera le dijo en voz baja , pero que
nadie nos vea abandonar la balsa.
Nadia obedeció. Miguel Strogoff y ella se deslizaron con rapidez
por la superficie helada del rio, amparándose en la profunda oscuridad que
reinaba, únicamente rota en algunos puntos por los disparos de los tártaros.
La joven se arrastraba delante del correo del Zar. Las balas
hacían impacto alrededor de ellos, como una violenta granizada que crepitaba
sobre el hielo, cuya superficie escabrosa y erizada de vivas aristas les dejaba
las manos ensangrentadas, pero ellos continuaban avanzando.
Diez minutos más tarde llegaban al extremo inferior de la
barrera, en donde las aguas del Angara volvían a discurrir libremente. Algunos
bloques se desprendían, poco a poco, reemprendiendo el curso del río, y
deslizándose hacia Irkutsk.
Nadia comprendió lo que quería intentar Miguel Strogoff y se
dirigió a uno de aquellos bloques que sólo estaba unido a la barrera por una
estrecha lengua.
Ven dijo Nadia.
Miguel Strogoff y Nadia oían los disparos, los gritos de
desesperación, los aullidos de los tártaros, que se dejaban oír río arriba.
Después, poco a poco, aquellos gritos de profunda angustia y de feroz alegría,
se fueron apagando en la lejanía.
¡Pobres compañeros! murmuró Nadia.
Durante media hora, la corriente arrastró rápidamente el bloque
de hielo que transportaba a Miguel Strogoff y Nadia. A cada momento temían que
se hundiera bajo ellos, pero aquella improvisada balsa seguía en la superficie,
deslizándose por el centro de la corriente, de forma que no les sería necesario
imprimirle una dirección oblicua hasta que tuvieran que acercarse a los muelles
de Irkutsk.
Miguel Strogoff, con los dientes apretados y el oído atento, no
pronunciaba una sola palabra. ¡Nunca había estado tan cerca del objetivo y
presentía que iba a alcanzarlo ... !
A la derecha brillaban las luces de Irkutsk y a la izquierda las
hogueras del campamento tártaro.
Miguel Strogoff no se encontraba más que a media versta de la ciudad.
¡Por fin! murmuró.
Pero, de pronto, Nadia lanzó un grito.
Al oírlo, Miguel Strogoff se enderezó sobre el bloque,
haciéndolo balancearse. Su mano señaló hacia lo alto del curso del Angara; su
rostro, iluminado por reflejos azulados, adquirió un siniestro aspecto y,
entonces, como si sus ojos se hubieran abierto de nuevo a la luz, gritó:
¡Ah! ¡Dios mismo está contra nosotros!
12
IRKUTSK
Irkutsk, capital de Siberia oriental, es una ciudad que, en
tiempos normales, está poblada por unos treinta mil habitantes. Una margen
bastante alta que se levanta sobre la orilla derecha del Angara sirve de
asiento a sus iglesias, a las que domina una catedral, y sus casas, dispuestas
en un pintoresco desorden.
Contemplada a cierta distancia, desde lo alto de las montañas
que se elevan a una veintena de verstas sobre la gran ruta siberiana, con sus
cúpulas, sus campanarios, sus agujas, esbeltas como minaretes, y sus domos,
ventrudgs como tibores japoneses, la ciudad tiene aspecto un tanto oriental.
Pero a los ojos del viajero, esta impresión desaparece desde el
mismo instante en que traspasa la entrada de la ciudad. Entonces, Irkutsk,
mitad bizantina, mitad china, se convierte en totalmente europea, con sus
calles pavimentadas con macadán, bordeadas de aceras atravesadas por canales y
sombreadas por gigantescos abedules; por sus casas de piedra y de madera,
algunas de las cuales tienen varios pisos; por los numerosos carruajes que
circulan por ella, no sólo tarentas y telegas, sino berlinas y calesas; y, en
fin, por toda la categoría de sus habitantes, muy al corriente de todos los
progresos de la civilización, a los que no resultan extrañas las más modernas
modas procedentes de París.
En esta época, Irkutsk estaba abarrotada de gente a causa de
todos los refugiados siberianos de la provincia, aunque abuntiaban las reservas
de todo tipo, por el depósito de los innumerables mercaderes que realizan sus
intercambios comerciales entre China, Asia central y Europa. No había, pues,
nada que temer al admitir a los campesinos del valle del Angar, a los mongoles
kalkas, a los tunguzes y a los burets, dejando un desierto entre los invasores
y la ciudad.
Irkutsk es la residencia del gobernador general de Siberia
oriental. Por debajo de él se encuentra el gobierno civil, en cuyas manos se
concentra la administración de la provincia, el jefe de policía, muy atareado
siempre en una ciudad en la que abundan los exiliados políticos, y, finalmente,
el alcalde, jefe de los mercaderes, persona muy considerada por su inmensa
fortuna y por la influencia que ejerce sobre sus administrados.
La guarnición de Irkutsk estaba compuesta entonces por un
regimiento de cosacos a pie, que contaba alrededor de dos mil hombres, y por un
cuerpo permanente de gendarmes, que llevan casco y un¡forme azul con galones
plateados.
Además, como ya se sabe, a causa de unas especiales
circunstancias, el hermano del Zar se encontraba en la ciudad desde el comienzo
de la invasión.
Vamos a precisar estas circunstancias.
Un viaje de importancia política había llevado al Gran Duque a
esas lejanas provincias de Asia central.
El Gran Duque, después de haber recorrido las principales
ciudades siberianas, viajando más como militar que como príncipe, sin ningún
aparato oficial, acompañado de sus oficiales y escoltado por un destacamento de
cosacos, se había trasladado hasta las comarcas que están más allá del Baikal.
Nikolaevsk, la última ciudad rusa situada en el litoral del mar de Okhotsk,
había sido honrada con su visita.
Una vez llegado hasta los confines del inmenso Imperio, el Gran
Duque regresaba a Irkutsk, desde donde contaba con reemprender la ruta de
regreso a Europa, cuando llegaron las noticias de la invasión tan amenazadora
como inesperada. Se dio prisa por llegar a la ciudad, pero cuando llegó, las
comunicaciones con Rusia iban a quedar inmediatamente interrumpidas. Recibió
todavía algunos mensajes de Petersburgo y de Moscú, y hasta pudo contestarlos,
pero después el hilo quedó cortado en las circuns-tancias que ya conocemos.
Irkutsk estaba aislada del resto del mundo.
El Gran Duque no podía hacer otra cosa que organizar la
resistencia, a cuya tarea se entregó con la seguridad y la sangre fría de las
que había dado muestra en innumerables ocasiones.
Las noticias de la caída de Ichim, Omsk y Tomsk, sucesivamente,
habían llegado a Irkutsk. Era preciso, pues, salvar de la ocupación, al precio
que fuera, a la capital de la Siberia oriental.
No se podía confiar en recibir refuerzos inmediatos. Las escasas
tropas diseminadas por las provincias del Amur y el gobierno de Irkutsk no
podían llegar en suficiente número para detener a las columnas tártaras. Por lo
tanto, era necesario poner la ciudad en condiciones de resistir un sitio de
cierta duración.
Los trabajos comenzaron el día en que Tomsk cayo en manos de los
invasores y, al mismo tiempo que recibía esta noticia, el Gran Duque supo que
el Emir de Bukhara, junto con los khanatos aliados, dirigía personalmente el
movimiento; pero lo que ignoraba era que el lugarteniente del cabecilla de
aquellos bárbaros fuera Ivan Ogareff, un oficial ruso al que él mismo había
degradado y al que no conocía personalmente.
Inmediatamente, tal como queda dicho, los habitantes de la
provincia de Irkutsk, recibieron la orden de abandonar pueblos y ciudades. Los
que no se refugiaron en la capital, tuvieron que trasladarse a la parte opuesta
del lago Balkal, donde probablemente no llegarían los estragos de la invasión.
Fueron requisadas las cosechas de trigo y de forrajes, con
destino al abastecimiento de la capital, y este último baluarte del poderío
moscovita en el Extremo Oriente quedó en condiciones para resistir el asedio
durante algún tiempo.
Irkutsk, fundada en 1611, está situada en la confluencia del
Irkut y del Angara, sobre la orilla derecha de este río. Dos puentes de madera
suspendidos sobre pilotes, dispuestos de forma que se abrían a toda la anchura
del canal para facilitar las necesidades de la navegación, unen la ciudad con
los suburbios que se levantan sobre la orilla izquierda.
Por este lado, la defensa era fácil. Los suburbios fueron
desalojados por sus habitantes y los puentes destruidos. El paso del Angara,
muy ancho en ese lugar, no hubiera sido posible bajo el fuego de los sitiados.
Pero el río podía ser franqueado más arriba y más abajo de la
ciudad y, por consiguiente, Irkutsk corría el riesgo de ser atacada por la
parte este, donde no se levanta ninguna muralla que la proteja.
Todos los brazos disponibles se ocuparon, noche y día, en los
trabajos de fortificación. El Gran Duque se encontró con una población dedicada
ardorosamente a esta tarea y que más tarde derrochó coraje en la defensa de la
ciudad. Soldados, comerciantes, exiliados y campesinos, todos se entregaron a
la tarea de salvacion común, y ocho días antes de que los tártaros aparecieran
sobre el Angara, quedaban levantadas unas murallas de tierra y cavada una fosa
que fue inundada por las aguas del Angara, cruzándose entre la escarpa y la
contraescarpa. La ciudad ya no podía ser conquistada por un simple golpe de
mano, sino que era necesario atacarla y asediarla.
La tercera columna tártara, que había llegado remontando el
valle del Yenisei, aparecio frente a Irkutsk el 24 de septiembre, ocupando
inmediatamente los suburbios abandonados, cuyas casas habían sido demolidas con
el fin de que no dificultasen la acción de la artillería del Gran Duque que,
por desgracia, era insuficiente.
Los tártaros se organizaron, pues, mientras esperaban la llegada
de las otras dos columnas, mandadas por el Emir y sus aliados.
La reunión de los distintos cuerpos se operó el 25 de septiembre
en el campamento del Angara, y todo el ejército, salvo las guarniciones dejadas
en las principales ciudades conquistadas, se concentró bajo e mando de Féofar
Khan.
El paso del Angara fue considerado por Ivan Ogareff como
impracticable, al menos frente a Irkutsk; pero una buena parte de las tropas
atravesaron el río varias verstas más abajo, sobre puentes de barcas dispuestas
al efecto. El Gran Duque no intentó siquiera oponerse, porque no hubiera
conseguido otra cosa que entorpecer la operación, pero no impedirla, al no
tener a su disposición artillería de campaña. Con mucho sentido de la
prudencia, pues, quedó encerrado en el interior de Irkutsk.
Los tártaros ocuparon la orilla derecha del río; después se
remontaron hacia la ciudad, incendiando a su paso la residencia veraniega del
gobernador general, situada en unos bosques que dominan el curso del Angara
desde lo alto de la margen. Los invasores fueron a tomar definitivamente sus
posiciones para el asedio, después de haber rodeado completamente Irkutsk.
Ivan Ogareff, hábil ingeniero, era, ciertamente, capaz de
dirigir las operaciones de un asedio regular; pero tenía escasez de medios
materiales necesarios para operar con rapidez. Por eso había confiado
sorprender Irkutsk, meta de todos sus esfuerzos.
Las cosas, como se ve, se le habían puesto de forma muy
diferente a como contaba que se presentasen. Por una parte, la batalla de Tomsk
había retrasado la marcha del ejército; por otra, la rapidez que el Gran Duque
imprimió a los trabajos de defensa. Estas dos razones eran suficientes para
hacer tambalear sus proyectos al encontrarse en la necesidad de plantear un
asedio en toda regla.
Sin embargo, por inspiración suya, el Emir intentó por dos veces
tomar la ciudad a costa de un gran sacrificio de hombres, lanzando en masa a
sus soldados contra los puntos que consideraba más débiles de las
fortificaciones improvisadas. Pero ambos asaltos fueron rechazados con coraje.
El Gran Duque y sus oficiales no dejaron de exponerse en esta
ocasión, poniéndose a la cabeza de la población en las murallas, donde
burgueses y campesinos cumplieron admirablemente con su deber.
En el segundo asalto los tártaros consiguieron forzar una de las
puertas del recinto, teniendo lugar una lucha cuerpo a cuerpo en el comienzo de
la gran calle Bolchaia, de dos verstas de longitud, que va a desembocar en la
orilla del Angara; pero los cosacos, los gendarmes y los ciudadanos civiles,
les opusieron tan tenaz resistencia, que los tártaros se vieron obligados a
volver a sus posiciones y esperar otra oportunidad.
Fue entonces cuando Ivan Ogareff pensó lograr, apelando a la
traición, lo que no había podido conseguir por la fuerza.
Se sabe que su proyecto era penetrar en la ciudad, llegar hasta
el Gran Duque, captarse su confianza y, llegado el momento, abrir una de las
puertas a los sitiadores. Una vez hecho esto, saciaría su venganza en el
hermano del Zar.
La gitana Sangarra, que le había seguido hasta e campamento del
Angara, le impulsó a que pusiera en ejecución su proyecto.
Efectivamente, decidió llevarlo a cabo sin retraso. Las tropas
rusas del gobierno de lakutsk marchaban ya sobre Irkutsk. Estas tropas estaban
concentradas en el curso superior del río Lena, desde donde remontaban el valle
del Angara. Antes de seis días habrían llegado a las puertas de la ciudad, por
lo que antes de ese plazo, Irkutsk tenía que haber sido tomada a traición.
Ivan Ogareff ya no dudó.
La noche del 2 de octubre se celebró un consejo de guerra en el
palacio del gobernador general, donde residía el Gran Duque.
Este palacio, levantado en un extremo de la calle Bolchala,
domina el curso del río en un amplio sector de su recorrido. A través de las
ventanas de la fachada principal, se percibía perfectamente todo el movimiento
del campamento tártaro. Una artillería de mayor alcance que la de los tártaros
hubiera hecho inhabitable este palacio.
El Gran Duque, el general Voranzoff, gobernador de la ciudad y
el alcalde y jefe de los comerciantes, a los que se sumaba un cierto número de
oficiales de alta graduación, acababan de adoptar diversas resoluciones.
Señores dijo el Gran Duque , ustedes conocen exactamente nuestra
situación. Abrigo la firme esperanza de que podremos mantenernos firmes hasta
que lleguen las tropas de Iakutsk. Entonces rechazaremos perfectamente a las
hordas tártaras y no seré yo quien impida que paguen cara la invasión del
territorio moscovita.
Vuestra Alteza sabe que puede contar con toda la población de
Irkutsk dijo el general Voranzoff.
Sí, general respondió el Gran Duque , y rindo homenaje a su patriotismo.
Gracias a Dios todavía no ha sido víctima de los horrores de la epidemía y el
hambre y creo que conseguirá escapar; pero mientras tanto sólo puedo admirar su
coraje en la defensa de las murallas. Recuerde bien mis palabras, señor
alcalde, porque quiero que las transmita lite-ralmente.
Doy las gracias a Vuestra Alteza, en nombre de la ciudad
respondió el alcalde, continuando . Me atrevo a preguntar a Vuestra Alteza qué
plazo máximo de tiempo concede hasta la llegada de las tropas de socorro.
Seis días como máximo, señores respondió el Gran Duque . Esta
mañana ha conseguido entrar en la ciudad un hábil y valiente emisario y me ha
comunicado que cincuenta mil rusos avanzan a marchas forzadas bajo las órdenes
del general Kisselef. Hace dos días estaban en las orillas del Lena, en
Kirensk, y ahora, ni el frío ni la nieve les impedirán llegar. Cincuenta mil
hombres pertenecientes a tropas escogidas, atacando a los tártaros por el
flanco, nos librarán pronto del asedio.
Agregaré dijo el alcalde que el día en que Vuestra Alteza ordene
una salida, estaremos preparados para ejecutar sus órdenes.
Bien, señores. Esperemos a que la vanguardia de nuestras fuerzas
aparezca por las alturas y aplastaremos a los invasores dijo el Gran Duque,
volviéndose después hacia el general Voranzoff, añadiendo : Mañana visitaremos
los trabajos de la orilla derecha. El Angara baja lleno de témpanos que no
tardarán en cimentarse, en cuyo caso los tártaros puede que consiguieran pasar
el río.
Permltidme Vuestra Alteza que haga una observación dijo el
alcalde.
Hacedla, señor.
He visto más de una vez bajar la temperatura a treinta o
cuarenta grados bajo cero y el Angara siempre ha arrastrado trozos de hielo,
sin congelarse enteramente. Esto se debe, sin duda, a la rapidez de su curso.
Si los tártaros no disponen de otros medios para franquear el río, yo puedo
garantizar a Vuestra Alteza que ellos no entrarán así en Irkutsk.
El gobernador general confirmó las palabras de alcalde.
Es una afortunada circunstancia dijo el Grar Duque . No
obstante, estaremos preparados par, afrontar cualquier eventualidad.
Volviéndose entonces hacia el jefe de policía, le preguntó:
¿No tiene usted nada que decirme, señor...?
He de hacer llegar a Vuestra Alteza una súplica que se le dirige
por mediación mía.
¿Dirigida por ... ?
Los exiliados, de los que, como Vuestra Alteza sabe, hay
quinientos en la ciudad. ,
Los exillados políticos, repartidos por toda la provincia,
quedaban concentrados en Irkutsk desde el comienzo de la invasión. Obedeciendo
la orden de refugiarse en la ciudad, abandonando los lugares donde ejercían
diversas profesiones, unos de médicos, otros de profesores, bien en el
Instituto, en la Escuela Japonesa o en la Escuela de Navegación. Desde el
primer momento el Gran Duque, confiando como el Zar en su patriotismo, los
había armado, encontrando en ellos unos valientes defensores.
¿Qué piden los exiliados? preguntó el Gran Duque.
Piden la autorización de Vuestra Alteza para formar un cuerpo de
elite, que sea situado a la cabeza de la primera salida repondió el jefe de
policía.
Sí dijo el Gran Duque, embargado por una emocion que no intentó
disimular . ¡Estos exilados son rusos y tienen derecho a luchar por su país!
Creo poder afirmar agregó el gobernador general que Vuestra
Alteza no tendrá mejores soldados.
Pero necesitan un jefe. ¿Quién va a ser? preguntó el Gran Duque.
Les gustaría que Vuestra Alteza nombrase a uno de ellos que se
ha distinguido en diversas ocasiones.
¿Es ruso?
Sí, de las provincias bálticas.
¿Se llama ... ?
Wassili Fedor.
Este exiliado era el padre de Nadia.
Como se sabe, Wassili Fedor ejercía en Irkutsk su profesión de
médico. Era un hombre bondadoso e instruido, dotado de un gran valor y del más
sincero patriotismo. Todo el tiempo que le dejaba libre su dedicación a los
enfermos y heridos lo empleaba en organizar la resistencia. Fue él quien unió a
sus compañeros de exilio en una acción común. Los exiliados, hasta entonces
mezclados entre las filas de la población, se habían comportado de tal forma
que llamaron la atención del Gran Duque. En varias salidas habían pagado con su
sangre la deuda contraída con la santa Rusia.
¡Santa, en verdad, y amada por sus hijos!
Wassili Fedor se había portado heroicamente y su nombre había
sido citado en varias ocasiones, pero nunca pidió gracias ni favores y cuando
los ex¡liados de Irkutsk tuvieron el pensamiento de formar un cuerpo de elite,
él mismo ignoraba que tuvieran la intención de elegirle su jefe.
Cuando el jefe de policía hubo pronunciado el nombre, el Gran
Duque respondió que no le era desconocido.
En efecto dijo el general Voranzoff , Wassili Fedor es un hombre
con gran valor y coraje. Es muy grande la influencia que ejerce entre sus
compañeros.
¿Desde cuándo está en Irkutsk?
Desde hace dos años.
¿Y su conducta ... ?
Su conducta dijo el jefe de policía , es la de un hombre
sometido a las leyes especiales que lo rigen.
General dijo el Gran Duque , ¿quiere presentármelo
inmediatamente?
Las órdenes del Gran Duque fueron ejecutadas enseguida, y no
había transcurrido ni media hora cuando Wassili Fedor era introducido en su
presencia.
Era un hombre de unos cuarenta años a lo sumo, de fisonomía
severa y triste. Se notaba en él que toda su vida se resumía en una palabra:
lucha, y que había luchado y sufrido. Sus rasgos recordaban extraordinariamente
los de Nadia Fedor.
A él, más que a ningun otro, la invasion tartara lo había herido
en su más querido afecto y arruinado su suprema esperanza de padre, exiliado a
ocho mil verstas de su ciudad natal.
Una carta le había llevado la noticia de la muerte de su esposa
y, al mismo tiempo, la partida de su hija, que había obtenido autorización para
reunirse con él en Irkutsk.
Nadia debía haber salido de Riga el 10 de julio y la invasión se
produjo el 15. Si en esa época Nadia había pasado la frontera. ¿Qué podía haber
sido de ella en medio de los invasores? Se concibe que este desgraciado padre
estuviera devorado por la inquietud, ya que desde aquellas fechas no tenía
ninguna noticia de su hija.
Wassili Fedor, una vez en presencia del Gran Duque, se inclinó y
esperó a ser interrogado.
Wassili Fedor le dijo el Gran Duque , tus compañeros de exilio
han pedido formar un cuerpo de elite. ¿Ignoran que en esta clase de cuerpos es
preciso saber morir hasta el último hombre?
No lo ignoran respondió Wassili Fedor.
Te quieren a ti por jefe.
¿A mí, Alteza?
¿Consientes ponerte al frente de ellos?
Sí, si el bien de Rusia lo precisa.
Comandante Fedor dijo el Gran Duque , tu ya no eres un exiliado.
Gracias, Alteza, pero ¿puedo mandar a los que todavía lo son?
¡Ya no lo son!
¡Lo que acababa de otorgar el hermano del Zar era el perdón para
sus compañeros de exilio, ahora ya sus compañeros de armas!
Wassili Fedor estrechó con emoción la mano que le tendió el Gran
Duque y salió de palacio.
Éste, volviéndose hacia sus oficiales, dijo sonriendo:
El Zar no dejará de aceptar la letra de perdón que he girado a
su cargo. Nos hacen falta héroes que defiendan la capital de Siberia y acabo de
hacerlos.
Era, efectivamente, un acto de justicia y de buena política este
perdón tan generosamente otorgado a los exiliados de Irkutsk.
La noche había llegado ya, y a través de las ventanas del
palacio del gobernador general brillaban las hogueras del campamento de los
tártaros, que con sus resplandores iluminaban más allá de la orilla del Angara.
El río arrastraba numerosos bloques de hielo, algunos de los
cuales quedaban detenidos en su deslizarse sobre las aguas por los pilotes de
los antiguos puentes de madera.
Los que la corriente mantenía en el canal derivaban con extrema
rapidez. Era evidente, como había observado el alcalde, que el Angara
difícilmente se helaría en toda su superficie. El peligró, pues, estaba
conjurado por aquella parte, no debiendo preocupar a los defensores.
Acababan de dar las diez de la noche y ya iba el Gran Duque a
despedir a sus oficiales, retirándose a sus habitaciones, cuando se produjo un
revuelo fuera de palacio.
Casi al instante, se abrió la puerta del salón, apareciendo un
ayudante de campo del Gran Duque, el cual, dirigiéndose hacia él, le dijo:
¡Alteza, un correo del Zar!
13
UN CORREO DEL ZAR
Un movimiento simultáneo impulsó a todos los miembros del
Consejo hacia la puerta entreabierta del salón: ¡Un correo del Zar había
llegado a Irkutsk!
Si los oficiales hubieran reflexionado por un instante la
improbabilidad de este hecho, lo hubieran tomado, ciertamente, como por un
imposible.
El Gran Duque se dirigió con impaciencia hacia su ayudante de
campo, diciéndole:
¡El correo!
Entró un hombre. Tenía el aspecto de estar abrumado por la
fatiga. Llevaba un vestido de campesino siberiano, usado, hecho jirones, y en
el cual se apreciaban agujeros practicados por el impacto de las balas. Un
gorro moscovita le cubría la cabeza y una cu-chillada, mal cicatrizada aún, le
cruzaba la mejilla. Este hombre, evidentemente, había hecho un largo y penoso
camino. Su calzado, completamente destrozado, indicaba que había tenido que
recorrer a pie una parte del viaje.
¿Su Alteza, el Gran Duque? preguntó al entrar.
El Gran Duque fue hacia él.
¿Tú eres correo del Zar? preguntó.
Sí, Alteza.
¿Vienes...?
De Moscú.
¿Cuándo saliste de Moscú?
El 15 de julio.
¿Cómo te llamas?
Miguel Strogoff.
Era Ivan Ogareff. Había usurpado el nombre y la condición de
aquel al que creía reducido a la impotencia. Ni el Gran Duque ni nadie le
conocía en Irkutsk y ni siquiera había tenido necesidad de cambiar sus rasgos,
y como estaba en condiciones de poder probar su pretendida personalidad, nadie
dudaría de él.
Venía, pues, a precipitar el desarrollo del drama de la invasión
apelando a la traición y al asesinato.
Después de la respuesta de Ivan Ogareff, el Gran Duque hizo un
gesto y todos sus oficiales se retiraron.
El falso Miguel Strogoff y él quedaron solos en el salón.
El Gran Duque miró a Ivan Ogareff durante algunos instantes, con
extrema atención. Después le preguntó:
¿Estabas en Moscu el 15 de julio?
Sí, Alteza , y en la noche del 14 al 15, vi a su Majestad, el
Zar, en el Palacio Nuevo.
¿Traes una carta del Zar?
Aquí está.
Ivan Ogareff entregó al Gran Duque la carta imperial, reducida a
dimensiones casi microscópicas.
¿Esta carta la recibiste en tal estado? preguntó el Gran Duque,
extrañado.
No, Alteza, pero tuve que romper el sobre con el fin de
ocultarla mejor a los soldados del Emir.
¿Has estado prisionero de los tártaros?
Sí, Alteza, durante varios días respondió Ivan Ogareff , por
eso, habiendo salido de Moscú el 15 de julio, no he llegado a Irkutsk hasta el
2 de octubre, después de setenta y nueve días de viaje.
El Gran Duque tomó la carta, la desplegó y reconoció la firma
del Zar, precedida de la fórmula sacramental escrita de su propia mano. No
había, pues, ninguna duda sobre la autenticidad de la carta ni sobre la
identidad del correo. Si su feroz fisonomía había ins-pirado, de pronto,
desconfianza en el Gran Duque, esta desconfianza desapareció enseguida.
El Gran Duque permaneció callado durante algunos instantes,
leyendo atentamente la carta con el fin de captar perfectamente todo su
sentido.
A continuación, tomó de nuevo la palabra.
Miguel Strogoff, ¿conoces el contenido de esta carta? preguntó.
Sí, Alteza. Podía verme forzado a destruirla para que no cayera
en manos de los tártaros y, si llegaba ese caso, quería transmitir su texto
exacto a Vuestra Alteza.
¿Sabes que esta carta nos conmina a morir antes que rendir la
ciudad?
Lo sé.
¿Sabes también que en ella se indican los movimientos de tropas
que han sido combinados para detener la invasión?
Sí, Alteza, pero esos movimientos no han tenido éxito.
¿Qué quieres decir?
Quiero decir que Ichim, Omsk, Tomsk, por no citar más que las ciudades
importantes de las dos Siberias, han sido sucesivamente ocupadas por los
soldados de Féofar Khan.
¿Pero ha habido combates? ¿Se han enfrentado nuestros cosacos
con los tártaros?
Varias veces, Alteza.
¿Y han sido rechazados?
Eran unas fuerzas insuficientes.
¿Dónde han tenido lugar esos encuentros?
En Kolyvan, en Tomsk...
Hasta aquí, Ivan Ogareff no había dicho más que la verdad, pero
con la intención de desmoralizar a los defensores de Irkutsk, exagerando las
ventajas obtenidas por las tropas del Emir, añadió:
Y por tercera vez en Krasnolarsk.
¿Y en esta última escaramuza ... ? preguntó el Gran Duque,
apretando los dientes tan fuertemente que apenas dejó salir las palabras.
Fue mucho más que una escaramuza, Alteza, fue una batalla
respondió Ivan Ogareff.
¿Una batalla?
Veinte mil rusos, llegados de las provincias fronterizas y del
gobierno de Tobolsk, lucharon contra ciento cincuenta mil tártaros y, pese a su
valor, fueron aniquilados.
¡Mientes! gritó el Gran Duque, intentando vanamente contener su
cólera.
¡Digo la verdad, Alteza! respondió fríamente Ivan Ogareff -
¡Estuve presente en la batalla de Krasnolarsk y fue allí donde caí prisionero!
El Gran Duque consiguió calmarse y con una seña dio a entender a
Ivan Ogareff que no dudaba de la veracidad de sus palabras.
¿Qué día tuvo lugar la batalla de Krasnoiarsk?
El 22 de septiembre.
¿Y ahora, todas las fuerzas tártaras están concentradas
alrededor de Irkutsk?
Todas.
¿En cuánto las valoras?
En unos cuatrocientos mil hombres.
Nueva exageración de Ivan Ogareff, al evaluar los efectivos de
los tártaros, que pretendía el mismo fin.
¿No debo esperar refuerzos de las provincias del oeste? preguntó
el Gran Duque.
No, Alteza, al menos antes de que finalice el invierno.
¡Pues bien, Miguel Strogoff, escucha esto: aunque no me llegue
ninguna ayuda del este ni del oeste y aunque esos bárbaros fuesen seiscientos
mil, jamás rendiré Irkutsk!
Ivan Ogareff entornó ligeramente los párpados, como si el
traidor quisiera decir que el hermano del Zar no contaba con la traición.
El Gran Duque, de temperamento nervioso, apenas había conseguido
conservar la calma al conocer tan desastrosas noticias. Iba y venía por el
salón, bajo la mirada de Ivan Ogareff, que le contemplaba como a presa
reservada para su venganza.
Se detenía delante de las ventanas, miraba hacia las hogueras
del campamento tártaro, intentaba percibir los sonidos, cuya mayor parte
provenía de los choques de los bloques de hielo arrastrados por la corriente
del Angara.
Se pasó así un cuarto de hora, sin formular ninguna pregunta.
Después, volviendo a desplegar la carta, releyó un pasaje y dijo:
¿Sabes, Miguel Strogoff, que en esta carta se habla de un
traidor del que tengo que prevenirme?
Sí, Alteza.
Ha de intentar entrar en Irkutsk bajo un disfraz, captar mi
confianza y después, llegado el momento, entregar la ciudad a los tártaros.
Sé todo eso, Alteza, y también sé que Ivan Ogareff ha jurado
vengarse personalmente del hermano del Zar.
Pero ¿por qué?
Se dice que este oficial fue condenado por Vuestra Alteza a una
humillante degradación.
Sí... ya me acuerdo... ¡Pero lo merecía, ese miserable, que
ahora ha traicionado a su país conduciendo una invasión de bárbaros!
Su Majestad, el Zar respondió Ivan Ogareff quería, por encima de
todo, que Vuestra Alteza fuera advertido de los criminales proyectos de Ivan
Ogareff contra vuestra persona.
Sí... La carta me informa...
Su Majestad me dijo personalmente que durante mi viaje por
Siberia tenía que desconfiar, sobre todo, de ese traidor.
¿Has tropezado con él?
Sí, Alteza, después de la batalla de Krasnoiarsk. Si hubiera
podido sospechar que era portador de una carta dirigida a Vuestra Alteza en la
que se descubrían sus proyectos, no me habría perdonado.
¡Sí, hubieras estado perdido! respondió el Gran Duque . ¿Y cómo
has podido escapar?
Lanzándome al Irtyche.
¿Cómo has entrado en Irkutsk?
Gracias a una salida que se ha efectuado esta misma noche para
rechazar a un destacamento tártaro. Me he mezclado entre los defensores de la
ciudad y he podido darme a conocer, haciendo que se me condujera inmediatamente
ante Vuestra Alteza.
Bien, Miguel Strogoff respondió el Gran Duque . Has mostrado
valor y celo en esta difícil misión. No te olvidaré. ¿Quieres pedirme algún
favor?
Ninguno, Alteza, a no ser el de batirme a vuestro lado respondió
Ivan Ogareff.
Sea, Miguel Strogoff. Quedas desde hoy agregado a mi persona y
te alojarás en Palacio.
¿Y si, conforme a su intención, Ivan Ogareff se presenta ante
Vuestra Alteza con nombre falso?
Le desenmascararemos gracias a ti y haré que muera a golpes de
knut. Puedes retirarte.
Ivan Ogareff acababa de desempenar con éxito su indigno papel.
El Gran Duque le había dado plena y enteramente su confianza; podía abusar de
ella donde y cuando le conviniera. Habitaría en el mismo palacio y estaría al
corriente del secreto de las operaciones de defensa. Tenía, pues, la situación
en sus manos. Nadie en Irkutsk le conocía; nadie podía arrancarle su máscara.
Estaba resuelto a poner manos a la obra sin retraso.
En efecto, el tiempo apremíaba, porque era preciso que la ciudad
cayera antes de la llegada de las tropas rusas del norte y del este, lo cual
era cuestión de pocos días.
Una vez dueños de Irkutsk, los tártaros no la perderían
fácilmente y, en caso de verse obligados a abandonar la ciudad, no sería sin
antes haberla arrasado hasta los cimientos y sin que rodara la cabeza del Gran
Duque a los pies de Féofar Khan.
Ivan Ogareff, teniendo toda clase de facilidades para ver,
observar y disponer, se preocupó al día siguiente de visitar las defensas.
Por todas partes fue acogido con cordiales felicitaciones por
parte de oficiales, soldados y civiles. Para ellos, el correo del Zar era como
el lazo que había venido a atarles al Imperio.
Ivan Ogareff contó, con ese aplomo que nunca le faltaba, las
falsas peripecias de su viaje. Después, hábilmente y sin insistir demasiado al
principio, habló de la gravedad de la situación, exagerando los éxitos de los
tártaros, tal como había hecho ante el Gran Duque, así como el número de las
fuerzas de que disponían aquellos bárbaros.
De dar crédito a sus palabras, los refuerzos que se esperaban,
si llegaban, serían insuficientes, y era de temer que una batalla librada bajo
los muros de Irkutsk tuviera resultados tan funestos como las de Kolyvan, Tomsk
y Krasnoiarsk.
Ivan Ogareff no prodigaba estas aviesas insinuaciones, sino que
tenía buen cuidado de hacer que penetraran poco a poco en el ánimo de los
defensores de Irkutsk. Daba la impresión de que no respondía más que cuando se
le apremíaba a preguntas y como si fuera a pesar suyo. En todo caso, siempre
añadía que era preciso defenderse hasta el último hombre y hacer volar la
ciudad antes que rendirla.
Con esta labor de zapa, hubiera podido causar mucho daño de no
ser porque la guarnición y la población de Irkutsk eran demasiado patriotas
para dejarse amilanar. De entre aquellos soldados y aquellos ciudadanos,
cercados en una ciudad aislada en el extremo del mundo asiático, no hubo uno
solo que pensara en la capitulación. El desprecio de los rusos por aquellos
bárbaros no tenía límites.
De todas formas le supuso el papel odioso que estaba
desempeñando Ivan Ogareff, porque nadie podía adivinar que el pretendido correo
del Zar fuese un traidor.
Las naturales circunstancias hicieron que desde su llegada a
Irkutsk se establecieran frecuentes contactos entre Ivan Ogareff y uno de los
más valientes defensores de la ciudad, Wassili Fedor.
Se sabe qué inquietudes devoraban a aquel desgraciado padre. Si
su hija, Nadia Fedor, había abandonado Rusia en la fecha señalada, en su última
carta enviada desde Riga, ¿qué le habría ocurrido? ¿Estaba todavía intentando
atravesar las comarcas invadidas, o ya había caído prisionera hacía tiempo?
Wassili Fedor no encontraba tregua en su dolor más que cuando tenía ocasión de
batirse con los tártaros, pero, con gran disgusto suyo, las ocasiones'no se
presentaban muy frecuentemente.
Por lo tanto, cuando se enteró de la inesperada llegada del
correo del Zar, tuvo el presentimiento de que éste podría darle noticias de su
hija. Probablemente no era mas que una esperanza quimerica, pero se agarró a
ella. ¿No había estado el correo del Zar prisionero de los tártaros como
probablemente lo estaba Nadia?
Wassill Fedor fue al encuentro de Ivan Ogareff, el cual
aprovechó la ocasión para entrar en franco contacto con el comandante. ¿Pensaba
el renegado explotar esa circunstancia? ¿Juzgaba a todos los hombres por el
mismo rasero? ¿Creía que un ruso incluso un exiliado político, podía ser lo
bastante miserable como para traicionar a su país?
Sea como fuere, Ivan Ogareff respondió con una cortesía
hábilmente fingida a los intentos del acercamiento del padre de Nadia. Éste, al
día siguiente de la llegada del pretendido correo, se dirigió al palacio del
gobernador general y allí dio a conocer a Ivan Ogareff las circunstancias en
las cuales su hija había debido de salir de la Rusia europea, exponiéndole
cuáles eran sus inquietudes.
Ivan Ogareff no conocía a Nadia, pese a que se habían encontrado
en la parada de postas de Ichim el día en que ella iba todavía con Miguel
Strogoff. Pero entonces había prestado tan poca atención a la joven como a los
dos periodistas que se encontraban tam-bién allí. No podía, pues, dar a Wassili
Fedor ninguna noticia de su hija.
¿En qué época preguntó Ivan Ogareff debió de salir su hija del
territorio ruso?
Casi al mismo tiempo que usted respondió Wassili Fedor.
Yo salí de Moscú el 15 de julio.
Nadia debió de salir también por esas fechas. Su carta me lo
aseguraba formalmente.
¿Estaba en Moscú el 15 de julio?
En esa fecha, seguramente sí.
Pues bien... respondió Ivan Ogareff; y después, recapacitando,
agregó : Pero no... Me equivoco... Iba a confundir las fechas. Desgraciadamente
es muy probable que haya podido traspasar la frontera y no le queda a usted mas
que una esperanza, y es que se haya quedado esperando noticias de la invasión.
Wassili Fedor bajó la cabeza. Conocía a Nadia y sabía
perfectamente que nada le impediría continuar.
Ivan Ogareff, con aquellas palabras, acababa de cometer
gratuitamente un acto de verdadera crueldad. Con otras palabras, podía haber
tranquilizado a Wassili Fedor, pese a que Nadia había pasado la frontera en las
circunstancias que conocemos; Wassili Fedor, al relacionar la fecha en que su
hija se encontraba en Nijni Novgorod con la del decreto que prohibía la salida,
hubiera llegado, sin duda, a la conclusión de que Nadia no había podido quedar
expuesta a los peligros de la invasion porque, pese a ella, continuaba todavía
en el territorio europeo del Imperio.
Ivan Ogareff, obedeciendo a su naturaleza de hombre que no se conmovía
por los sufrimientos ajenos, podía haber dicho estas otras palabras, pero no
las dijo...
Wassili Fedor, con el corazón partido, se retiró. Después de
aquella entrevista se había disipado su última esperanza.
Durante los dos días que siguieron, el 3 y 4 de octubre, el Gran
Duque interrogó varias veces al pretendido Miguel Strogoff, haciéndole repetir
todo lo que se había hablado en el gabinete imperial del Palacio Nuevo. Ivan
Ogareff se había preparado para afrontar cualquier cuestión que se le
planteara, por lo que respondió a todo sin vacilación alguna.
No ocultó, intencionadamente, que el Gobierno del Zar había sido
sorprendido completamente por la invasion y que la sublevación fue preparada en
el mayor secreto; que los tártaros eran ya dueños de la línea del Obi cuando
llegaron a Moscú las primeras noticias de la invasión y que, finalmente, nada
se había decidido en las provincias rusas para mandar a Siberia las tropas
necesarias para rechazar a los invasores.
Después, Ivan Ogareff, enteramente libre de movimientos, comenzó
a estudiar Irkutsk, el estado de las fortificaciones y sus puntos débiles, con
el fin de aprovechar ulteriormente sus observaciones, en el caso de que
cualquier eventualidad le impidiera consumar su traición.
Se detuvo a examinar particularmente la puerta de Bolchaia, que
era lo que quería librar a las fuerzas tártaras.
Por la noche se acerco por dos veces a la explanada de la puerta
y, sin temor a ser descubierto por los sitiadores, cuyos puestos más avanzados
se hallaban a menos de una versta de las murallas, se paseó por el glacis.
Sabía perfectamente que no se exponía a ningún peligro y que hasta había sido
reconocido, porque distinguió una sombra que se deslizaba hasta el pie de las
murallas.
Sangarra, arriesgando su vida, venía a ponerse en comunicación
con Ivan Ogareff.
Los sitiados, por otra parte, desde hacía dos días gozaban de
una tranquilidad a la que no les habían acostumbrado los tártaros desde el
comienzo del asedio.
Era por orden de Ivan Ogareff. El lugarteniente de Féofar Khan
había querido que se suspendiera toda tentativa de tomar la ciudad por asalto.
Por eso desde su llegada a Irkutsk, la artillería había quedado completamente
muda. Esperaba, además, que así se relajaría la estrecha vigilancia de los
sitiados. En cualquier caso, en los puestos avanzados, varios millares de
tártaros se mantenían preparados para lanzarse contra la puerta, que estaría
desguarnecida de defensores en el instante en que Ivan Ogareff les diera la
señal de actuar.
Sin embargo, no podía demorarse ese momento, porque era preciso
terminar el asedio antes de que las tropas rusas llegaran a la vista de
Irkutsk.
Ivan Ogareff tomó su decisión y aquella misma noche, desde lo
alto del glacis, cayó un papel en manos de Sangarra.
El traidor había resuelto entregar Irkutsk la noche siguiente, 5
de octubre, a las dos de la madrugada.
14
LA NOCHE DEL 5 AL 6 DE OCTUBRE
El plan de Ivan Ogareff había sido combinado con el mayor
cuidado y, salvo circunstancias imponderables, debía tener éxito. Era preciso
que la puerta de Bolchaia estuviera libre de defensores en el momento en que la
abriera. Por lo tanto, era indispensa-ble que en aquel momento, la atención de
los mismos se dirigiera hacia otro punto de la ciudad. Para ello había
combinado con el Emir una serie de acciones que dispersaran la atención de los
defensores.
Estas acciones debían llevarse a cabo por el lado de los
suburbios de Irkutsk, hacia arriba y hacia abajo del río, sobre su orilla
derecha.
El ataque contra los dos puntos debía realizarse con la mayor
meticulosidad y, al mismo tiempo, se llevaría a cabo una tentativa de atravesar
el Angara sobre la orilla izquierda. La puerta de Bolchaia, probablemente,
quedaría casi abandonada, mientras que los puestos avanzados simularían
levantar el campo.
Era el 5 de octubre. Antes de veinticuatro horas, la capital de
Siberia oriental debía caer en manos del Emir y el Gran Duque, en poder de Ivar
Ogareff.
Durante el día se produjo un movimiento desacostumbrado en el
campamento tártaro del Angara. Desde las ventanas del palacio y desde las casas
de la orilla derecha, podían distinguirse perfectamente los importantes
preparativos que se estaban llevando a cabo en la orilla opuesta. Numerosos
destacamentos tártaros convergían hacia el campamento y venían a reforzar las
tropas del Emir. Eran los ataques convenidos que se estaban preparando de
manera ostensible.
Además, Ivan Ogareff no ocultó al Gran Duque que era de temer un
ataque por ese lado. Sabía, según dijo, que se llevaría a cabo un asalto por
arriba y por abajo de la ciudad, aconsejando al Gran Duque reforzar esos dos
puestos más directamente amenazados.
Los preparativos observados venían en apoyo de las
recomendaciones hechas por Ivan Ogareff y era urgente tenerlas en cuenta. Así
que, después de un consejo de guerra que se reunió con urgencia en el palacio,
se dieron órdenes de que se concentrara la defensa sobre la orilla derecha del
Angara y en los extremos de la ciudad, en donde las murallas de tierra iban a
apoyarse sobre el río.
Era esto precisamente lo que quería Ivan Ogareff. Evidentemente,
no cojitaba con que la puerta de Bolchaia quedara completamente desguarnecida
de defensores, pero confiaba en que sólo hubiera un pequeño número de ellos.
Además, iba a imprimir a los asaltos una importancia tal que el Gran Duque se
vería obligado a oponerles todas las fuerzas dispo-nibles.
En efecto, un incidente de una gravedad excepcional, imaginado
por Ivan Ogareff, debía ayudar poderosamente a la ejecución de sus proyectos.
Aunque Irkutsk no fuera atacada por los dos puntos alejados de
la puerta de Bolchaia y por la orilla derecha del Angara, este incidente
hubiera sido suficiente, por si solo, para emplear a fondo a todos los
defensores, precisamente allá en donde Ivan Ogareff quería atraerlos, porque
iba a provocar una espantosa catástrofe.
Por tanto, todas las precauciones quedaban tomadas para que a la
hora indicada, la puerta de Bolchaia estuviera libre de defensores,
entregándola a los millares de tártaros que esperaban cubiertos en los espesos
bosques del este.
Durante esta jornada, la guarnicion y la población civil de
Irkutsk se mantuvieron constantemente alerta.
Estaban tomadas todas las medidas que exigía un ataque inminente
en los puntos respetados hasta entonces. El Gran Duque y el general Voranzoff
visitaron los puestos que, por orden suya, habían sido reforzados.
El cuerpo especial de Wassili Fedor ocupaba el norte de la
ciudad, pero con la orden de acudir allí donde el peligro fuera más inminente.
La orilla derecha del Angara quedaba reforzada con la poca artillería de que se
disponía.
Con estas medidas, tomadas a tiempo gracias a las
recomendaciones de Ivan Ogareff, hechas tan oportunamente, se esperaba que el
ataque no tuviera éxito. En ese caso, los tártaros, momentáneamente
desmoralizados, tardarían varios días en hacer cualquier otra tentativa de
asaltar la ciudad. Entretanto, las tropas que el Gran Duque esperaba podían
llegar de un momento a otro. La salvación o la pérdida de Irkutsk estaban,
pues, pendientes de un hilo.
Ese día, el sol, que había salido a las seis y veinte de la
mañana, se ponía a las cinco y cuarenta de la tarde, después de haber trazado
su arco diurno por encima del horizonte durante once horas. El crepúsculo se
resistiría a dejar paso a la noche durante dos horas todavía. Después, el
espacio se llenaría de tinieblas porque grandes nubes se inmovilizarían en el
aire, no permitiendo que la luna hiciera su aparicion.
Esta profunda oscuridad iba a favorecer los proyectos de Ivan
Ogareff.
Desde hacía varios días, un frío extremado preludiaba los
rigores del invierno siberiano y, aquella noche, se dejaba sentir más
intensamente todavía.
Los soldados apostados sobre la orilla derecha del Angara,
forzados a no revelar su presencia, no habían podido encender hogueras, por lo
que sufrían cruelmente con este terrible descenso de la temperatura. Varios
pies por debajo de ellos pasaban los hielos que eran arrastrados por la
corriente del río. Durante el día se les había visto, en hileras apretadas,
derivar rápidamente entre las dos orillas.
Esta circunstancia observada por el Gran Duque y sus oficiales
había sido considerada como favorable, porque era evidente que si el lecho del
río se obstruía, el paso se haría impracticable, porque los tartaros no podrían
maniobrar con balsas ni barcas. En cuanto a admitir que pudieran atravesar el
río sobre el hielo, era de todo punto imposible, pues la barrera recientemente
formada no ofrecería suficiente consistencia al paso de una columna de asalto.
Esta favorable circunstancia para los defensores de Irkutsk
hubiera debido ser indeseable para Ivan Ogareff. Pero no era asi, porque el
traidor sabía perfectamente que los tártaros no intentarían pasar el Angara y
que, al menos por ese lado, la tentativa no sería más que un simulacro.
No obstante, hacia las diez de la noche, se modificó
sensiblemente el estado del río, con gran sorpresa de los asediados, y ahora en
desventaja para ellos. El paso, impracticable hasta aquel momento, de golpe se
hizo posible. El lecho del Angara quedo libre; Los hielos que se deslizaban en
número creciente desde hacía varios días desaparecieron aguas abajo y apenas
cinco o seis bloques quedaron ocupando entonces el espacio comprendido entre
las dos orillas. Pero no presentaban la estructura de los bloques que se forman
en condiciones normales y bajo la influencia de un frío intenso. No eran más
que simples pedazos arrancados a algún glaciar, cuyas aristas, netamente
cortadas, no presentaban rugosidades.
Los oficiales rusos que constataron esta modificación en las
condiciones del río, la dieron a conocer al Gran Duque.
Aquello no tenía otra explicación de que en alguna parte, más
arriba, en una zona más estrecha del Angara, los hielos debían de haberse
acumulado hasta formar una barrera.
Ya se sabe que así era, efectivamente.
El paso del Angara estaba, pues, abierto a los asaltantes,
viéndose los rusos en la necesidad de estrechar la vigilancia más que nunca.
Hasta medianoche no se produjo ningún incidente. Por la parte
este, más allá de la puerta de Bolchaia, la calma era absoluta. Ni una sola
hoguera había encendida en los frondosos bosques que en el horizonte se
confundían con las nubes.
En el campamento del Angara había una gran agitación que era
atestiguada por el continuo desplazamiento de luces.
A una versta por arriba y por abajo del punto donde la escarpa
iba a apoyarse sobre la margen del río, se podía oír un sordo murmullo que
probaba que los tártaros estaban de pie, esperando una señal cualquiera para
entrar en accion.
Todavía transcurrió una hora sin que se produjera la nueva
novedad.
Iban a dar las dos de la madrugada en las campanas de la
catedral de Irkutsk y ningún movimiento había mostrado aún las intenciones
hostiles de los asaltantes.
El Gran Duque y sus oficiales se preguntaban si no habían sido
inducidos a error y si realmente entraba en los planes de los tártaros el
intentar sorprender la ciudad. Las noches precedentes no habían gozado, ni
mucho menos, de tanta tranquilidad. Las descargas estallaban frecuentemente en
dirección a los puestos avanzados y los obuses rasgaban el aire. Sin embargo,
esti noche no ocurría nada.
El Gran Duque, el general Voranzoff y su ayudante de campo,
pues, esperaban, dispuestos a dar las órdenes según las circunstancias.
Se sabe que Ivan Ogareff ocupaba una habitación del palacio. Era
una amplia sala situada en el piso bajo, cuyas ventanas daban a una terraza
lateral. Bastaba cruzar esa terraza para dominar el curso del Angara.
Una profunda oscuridad reinaba en la sala.
Ivan Ogareff, de pie, cerca de una ventana, esperaba que llegase
el momento de actuar. Evidentemente, la señal no podía darla nadie más que él.
Una vez dada, cuando la mayor parte de los defensores de Irkutsk hubieran sido
llamados a los puntos abiertamente atacados, tenía el proyecto de salir del
palacio para ir a cumplir su obra.
Esperaba, pues, en las tinieblas, como una fiera dispuesta a
lanzarse sobre su presa.
Sin embargo, algunos minutos antes de las dos, el Gran Duque
pidió que Miguel Strogoff era el unico nombre que podía darle a Ivan Ogareff
fuese llevado a su presencia. Un ayudante de campo se acercó a la habitación
cuya puerta estaba cerrada y llamó...
Ivan Ogareff, inmóvil cerca de la ventana e invisible en las
sombras, se guardó muy bien de responder.
El ayudante comunicó al Gran Duque que el correo del Zar no se
encontraba en Palacio en aquel momento.
Dieron las dos. Era el momento de iniciar el asalto convenido
con los tártaros, los cuales estaban ya preparados.
Ivan Ogareff abrió la ventana de su habitación, cruzó la terraza
y fue a apostarse en el ángulo norte de la misma.
Por debajo de él, entre las sombras, pasaban las agua del
Angara, que rugían al chocar contra las aristas de los pilares.
Ivan Ogareff sacó un fósforo del bolsillo, lo encendió y prendió
fuego a un puñado de estopa impregnado en pólvora, el cual lanzó al agua.
¡Los torrentes de aceite mineral que flotaban sobre la
superficie del Angara habían sido arrojados por orden de Ivan Ogareff!
Más arriba de Irkutsk, entre el pueblo de Poshkarsk y la ciudad,
estaban en explotación varios yacimientos de nafta. Ivan Ogareff había decidido
emplear este terrible medio para llevar el incendio a la capital, por lo que se
apoderó de las incalculables reservas acumuladas en los depósitos de
combustible líquido que había allí, siendo suficiente demoler un muro para que
se derramara a borbotones.
Esto había sido realizado durante la noche, varias horas antes,
y es por lo que la balsa que transportaba al verdadero correo del Zar, a Nadia
y los demás fugitivos, flotaba sobre una corriente de aceite mineral.
A través de las brechas abiertas en los depósitos que contenían
rmllones de metros cúbicos, la nafta se había precipitado como un torrente y,
siguiendo la pendiente natural del terreno, se había esparcido sobre la
superficie del río, donde su densidad le permitía flotar.
¡Así era como entendía la guerra Ivan Ogareff!
Aliado de los tártaros, se comportaba como ellos. ¡Y contra sus
propios compatriotas!
La estopa cayó sobre las aguas del Angara y, en un instante,
como si la corriente hubiera sido de alcohol, todo el río se inflamó arriba y
abajo con la rapidez de un rayo. Volutas de llamas azuladas se retorcían,
deslizándose entre las dos orillas. Espesos vapores de humo negro se elevaban
por encima de ellas. Los pocos témpanos que iban a la deriva, rodeados por el
fuego, se fundían como la cera sobre la superficie de un horno, y el agua,
vaporizada, se escapaba en el aire con un silbido ensordecedor.
En ese mismo momento estalló el fuego de fusilería en el norte y
en el sur de la ciudad. Las baterías del campamento del Angara disparaban sin
tregua. Varios millares de tártaro se lanzaron al asalto de las
fortificaciones. Las balsas de la orilla, hechas de madera, ardían por todas
partes. Una inmensa claridad disipó las sombras de la noche.
¡Al fin! dijo Ivan Ogareff.
Tenía motivos para aplaudirse. El asalto que había sido
imaginado era terrible. Los defensores de Irkutsk se encontraban entre el
ataque de los tártaros y el desastre del incendio. Sonaron las campanas y toda
persona que estuviera en condiciones se dirigió a los puntos atacados y a las
casas que devoraba el fuego y que amenazaba con extenderse por toda la ciudad.
La puerta de Bolchaia estaba casi libre. Apenas si habían
quedado algunos defensores que, por inspiración del traidor y para que los
acontecimientos que iban a producirse pudieran ser explicados dejándole a él al
margen (siendo atribuidos al odio político), esos pocos defensores habían sido
escogidos entre el pequeño cuerpo de exiliados.
Ivan Ogareff volvió a entrar en su habitación, ahora
brillantemente iluminada por las llamas del Angara, que sobrepasaban la
balaustrada de la terraza, disponiéndose a abandonar el palacio.
Pero, apenas había abierto la puerta, cuando una mujer, con las
ropas destrozadas y el cabello en completo desorden, se precipitó dentro de la
habitación.
¡Sangarra! gritó Ivan Ogareff en el primer momento de sorpresa,
no imaginando que aquella mujer pudiera ser otra que la gitana.
Pero no era Sangarra, sino Nadia.
En el momento en que, estando refugiada sobre el bloque de
hielo, la joven había lanzado un grito al ver propagarse el incendio sobre la
corriente del Angara, Miguel Strogoff la había tomado en sus brazos y se había
lanzado con ella al agua para buscar en las profundidades del río un abrigo
contra las llamas.
Como se sabe, el bloque de hielo que los transportaba no se
encontraba mas que a una treintena de brazas del primer muelle, más arriba de
Irkutsk.
Después de haber nadado bajo las aguas, Miguel Strogoff
consiguió llegar al muelle con Nadia.
¡Al fin había llegado al final de su viaje! ¡Estaba en Irkutsk!
¡Al palacio del gobernador! dijo a Nadia.
Menos de diez minutos después, ambos llegaban a la entrada del
palacio, cuyos asientos de piedra eran lamidos por las llamas del Angara que,
sin embargo, no podían incendiarlo.
Más allá ardían las casas situadas cerca de la orilla.
Miguel Strogoff y Nadia entraron sin ninguna dificultad en el
palacio, abierto a todo el mundo. En medio de la confusión general, nadie
reparaba en ellos, pese a que su aspecto era lamentable.
Una multitud de oficiales acudía en busca de órdenes y los
soldados corrían a ejecutarlas, llenando la gran sala del piso bajo. Allí,
Miguel Strogoff y la joven, en un brusco remolino de la multitud, se vieron
separados.
Nadia, perdida, corrió a través de las salas bajas, llamando a
su compañero y pidiendo ser conducida ante el Gran Duque.
Frente a ella se abrió una puerta que daba a una habitación
inundada de luz. Entró en ella y se encontró, inopinadamente, cara a cara con
aquel que había visto en Ichim y más tarde en Tomsk; cara a cara con aquel que
un instante más tarde, con su mano criminal, entregaría la ciudad a los
invasores.
¡Ivan Ogareff ! gritó Nadia.
Al oír pronunciar su nombre, el miserable se estremeció, porque
si alguien le conocía, todos sus planes se vendrían abajo. No tenía más que una
cosa por hacer: matar a quien acababa de pronunciar su nombre, fuera quien
fuese.
Ivan Ogareff se lanzó sobre Nadia, pero la joven con un cuchillo
en la mano, se apoyó contra la pared decidida a defenderse.
¡Ivan Ogareff! gritó de nuevo Nadia, sabiendo perfectamente que
este nombre atraería en su socorro a quien lo oyese.
¡Ah! ¡Te callarás! dijo el traidor.
¡Ivan Ogareff! gritó por tercera vez la intrépida joven, con una
voz a la que el odio redoblaba la potencia.
Ebrio de furia, Ivan Ogareff sacó un puñal de su cintura,
lanzándose sobre Nadia, acorralándola en una esquina de la sala.
Se disponía a asesinarla cuando el miserable, levantado del
suelo por una fuerza irresistible, fue a rodar por tierra.
¡Miguel! gritó Nadia.
Era Miguel Strogoff.
El correo del Zar había oído las llamadas de Nadia. Guiado por
su voz había llegado hasta la habitación, entrando por la puerta que permanecía
entreabierta.
¡No temas, Nadia! dijo, interponiéndose entre ella e Ivan
Ogareff.
¡Ah! gritó la joven . ¡Ten mucho cuidado, hermano! ¡El traidor
está armado y ve claro ... !
Ivan Ogareff se había levantado, y creyendo que podía dar buena
cuenta del ciego, se lanzó sobre Miguel Strogoff.
Pero, con una mano, el ciego asió el brazo del traidor y con la
otra desvió su arma, lanzándolo de nuevo al suelo.
Ivan Ogareff, pálido de furor y de rabia, se acordó que llevaba
una espada y, desenvainándola, volvió a la carga.
Había reconocido también a Miguel Strogoff. ¡Un ciego! ¡Se
enfrentaba, en suma, con un ciego! ¡Tenía la partida ganada!
Nadia, espantada por el peligro que amenazaba a su compañero en
una lucha tan desigual, se lanzó hacia la puerta en busca de ayuda.
¡Cierra la puerta, Nadia! dijo Miguel Strogoff . ¡No llames a
nadie y déjame hacer! ¡El correo del Zar no tiene hoy nada que temer de ese
miserable! ¡Que venga a mí, si se atreve, lo espero!
Mientras tanto, Ivan Ogareff, que se había revuelto sobre sí
mismo como un tigre, no pronunció ninguna palabra. Hubiera querido sustraer al
oído del ciego el ruido de sus pasos, hasta el de su respiración. Quería
abatirle antes de que hubiera advertido su proximidad. El traidor no buscaba la
lucha, sino que iba a asesinar a aquel al que había robado el nombre.
Nadia, aterrorizada y confiada a la vez, contemplaba con una
muda admiración la terrible escena. Parecía que la calma de Miguel Strogoff la
hubiera tranquilizado súbitamente.
Por toda arma el correo del Zar no tenía más que su cuchillo
siberiano, y no veía a su adversario, armado con una espada. Esto era cierto.
¿Pero, por qué gracia del cielo parecía dominar al traidor desde una altura
increíble? ¿Cómo, casi sin moverse, hacía siempre frente a la punta de la
espada?
Ivan Ogareff espiaba con visible ansiedad a su extraño
adversario. Esa calma sobrehumana lo intimidaba. En vano hacía llamadas a su
razón repitiéndose que en un combate tan desigual toda la ventaja estaba de su
parte. Esa inmovilidad del ciego le hela-ba. Había escogido con la mirada el
sitio donde iba a herir a su víctima... y lo había encontrado. ¿Qué le impedía
terminar de una vez?
Finalmente, dio un salto, dirigiendo una estocada al pecho del
correo del Zar.
Un movimiento imperceptible del cuchillo del ciego paro el
golpe. Miguel Strogoff no había sido tocado y, fríamente, sin mostrar desafío,
espero un segundo ataque.
Un sudor helado rodaba por la frente de Ivan Ogareff. Retrocedió
un paso y se lanzó de nuevo al ataque. Pero obtuvo el mismo resultado que la
primera vez. Un simple movimiento del largo cuchillo bastó para desviar la
inútil espada del traidor.
Éste, ciego de rabia y de terror en presencia de aquella estatua
viviente, fijó su aterrorizada mirada en los ojos totalmente abiertos del
ciego. Esos ojos parecían leer hasta el fondo de su alma y, sin embargo, no
veían, no podían ver; esos ojos ejercían sobre él una espantosa fascinación.
De pronto, Ivan Ogareff dio un grito. Inesperadamente, la luz se
había hecho en su cerebro.
¡Ve! gritó . ¡Ve!
Y como una fiera que trata de volver a su cubil, paso a paso,
aterrorizado, retrocedió hasta el fondo de la sala.
Entonces, la estatua viviente se animó; el ciego marchó
directamente hacia Ivan Ogareff y, situándose frente a él, dijo:
¡Sí, veo! ¡Veo la señal con la que te marqué, cobarde traidor!
¡Veo el sitio en donde voy a hundirte el cuchillo! ¡Defiende tu vida! ¡Es un
duelo lo que me digno ofrecerte! ¡El cuchillo me basta contra tu espada!
¡Ve! se dijo Nadia . Dios misericordioso, ¿es esto posible?
Ivan Ogareff se vio perdido. Pero con un esfuerzo de voluntad,
recobró valor y se lanzó, con la espada por delante, contra su impasible
enemigo.
Las dos hojas se cruzaron, pero el cuchillo de Miguel Strogoff,
manejado por esa mano de cazador siberiano, hizo volar la espada en dos pedazos
y el miserable, con el corazón atravesado, cayó sin vida al suelo.
En ese momento se abrió la puerta, empujada desde fuera, y el
Gran Duque, acompañado por varios oficiales, entró en la estancia que había
pertenecido a Ivan Ogareff.
¿Quién ha matado a este hombre? preguntó.
Yo respondió Miguel Strogoff.
Uno de los oficiales apoyó su revólver contra la sien del correo
del Zar, dispuesto a hacer fuego.
¿Tu nombre? preguntó el Gran Duque, antes de dar la orden de que
se le volara la cabeza.
Alteza respondió Miguel Strogoff . ¿Por que no preguntáis antes
el nombre del que está tendido a vuestros pies?
¡A este hombre le conozco yo! ¡Es un servidor de mi hermano, un
correo del Zar!
¡Este hombre, Alteza, no es un correo del Zar! ¡Es Ivan Ogareff!
¿Ivan Ogareff? gritó el Gran Duque.
¡Sí, Ivan el traidor!
Entonces ¿quién eres tú?
Miguel Strogoff.
15
CONCLUSION
Miguel Strogoff no estaba, no había estado nunca ciego. Un
fenómeno puramente humano, a la vez físico y moral, había neutralizado la
acción de la lámina incandescente que el ejecutor de Féofar Khan había pasado
por delante de sus ojos.
Se recordará que en el momento del suplicio, Marfa Strogoff
estaba allí, tendiendo las manos hacia su hijo. Miguel Strogoff la miraba como
un hijo puede mirar a su madre cuando es por última vez.
Subiéndole del corazón a los ojos, las lágrimas que su valor
trataba en vano de reprimir se habían acumulado bajo sus párpados y, al
volatilizarse sobre la córnea, le habían salvado la vista. La capa de vapor
formada por sus lágrimas, al interponerse entre el sable al rojo vivo y sus
pupilas, había sido suficiente para anular la acción del calor. Es un efecto
idéntico al que se produce cuando un obrero fundidor, después de haber mojado
en agua su mano, la hace atravesar impunemente un chorro de metal fundido.
Miguel Strogoff comprendió inmediatamente el peligro que corría
si daba a conocer su secreto, fuera a quien fuese. Presentía el partido que,
por el contrario, podía sacar a esta situación para lograr el cumplimiento de
sus proyectos.
Le dejaron libre porque lo creían ciego. Era preciso, pues, ser
ciego, serlo para todos, incluso para Nadia, y que ningún gesto, en ningún
momento, hiciera dudar de la veracidad de su ceguera. Su resolución estaba
tomada y hasta debía arriesgar la misma vida para dar a todo el mundo la prueba
de esta ceguera. Ya se sabe cómo la arriesgó.
Únicamente su madre conocía la verdad, porque él se lo había
dicho al oído en la misma plaza de Tomsk cuando, inclinado sobre ella en la
oscuridad, la cubría de besos.
Se comprende, pues, que cuando Ivan Ogareff con ironía situó la
carta delante de sus ojos, que creía ciegos, Miguel Strogoff la había podido
leer, descubriendo los odiosos proyectos del traidor. De ahí la energía que
desplegaba durante la segunda parte del viaje; y por tanto, esa indestructible
voluntad de llegar a Irkutsk y transmitir el mensaje de viva voz. ¡Sabía que la
ciudad iba a ser entregada y que la vida del Gran Duque estaba amenazada! La
salvación del hermano del Zar y de Siberia estaba, pues, todavía en sus manos.
En pocas palabras contaron toda esta historia al Gran Duque y
Miguel Strogoff dijo también ¡y con qué emoción! , la parte que Nadia había
desempeñado en los acontecimientos.
¿Quién es esta joven? preguntó el Gran Duque.
La hija del exiliado Wassili Fedor respondió Miguel Strogoff.
La hija del comandante Fedor ha dejado de ser la hija de un
exiliado dijo el Gran Duque . ¡Ya no hay exiliados en Irkutsk!
Nadia, menos fuerte en la alegría de lo que había sido en el
dolor, cayó de rodillas delante del Gran Duque, el cual la levantó con una
mano, mientras tendía la otra a Miguel Strogoff.
Una hora después, Nadia estaba en brazos de su padre.
Miguel Strogoff, Nadia y Wassili Fedor estaban reunidos y unos y
otros pudieron expansionar su felicidad.
Los tártaros fueron rechazados en su doble ataque contra la
ciudad. Wassili Fedor, con su pequeña tropa, había aplastado a los primeros
asaltantes que se presentaron ante la puerta de Bolchaia, confiando en que les
sería abierta. El padre de Nadia, por un instintivo presentimiento, se había
obstinado en quedarse entre los defensores.
Al mismo tiempo que los tártaros eran rechazados, los asediados
habían dominado el incendio porque la nafta líquida se había consumido
rápidamente sobre la superficie del Angara, y las llamas, concentradas en las
casas de la orilla, habían respetado los otros barrios de la ciudad.
Antes de que se hiciera de día, las tropas de Féofar Khan habían
regresado a sus campamentos, dejando gran número de muertos alrededor de las
fortificaciones.
Entre esos muertos estaba la gitana Sangarra, que había
intentado vanamente reunirse con Ivan Ogareff.
Durante dos días los sitiadores no intentaron ningun nuevo
asalto. Estaban desmoralizados por la muerte de Ivan Ogareff. Este hombre era
el alma de la invasión y únicamente él, con sus intrigas urdidas durante largo
tiempo, había tenido bastante influencla sobre los khanes y sus hordas para
lanzarlos a la conquista de la Rusia asiática.
Sin embargo, los defensores de Irkutsk permanecieron en guardia
porque el asedio continuaba.
Pero el 17 de octubre, desde las primeras luces del alba,
retumbó un tiro de cañón desde las alturas que rodean Irkutsk.
Era el ejército de socorro que llegaba a las órdenes del general
Kisselef y, de esta forma, señalaba al Gran Duque su presencia.
Los tártaros no esperaron mucho tiempo. No querían tentar la
suerte en una batalla que se librase bajo los muros de Irkutsk y levantaron
inmediatamente el campamento del Angara.
Por fin, Irkutsk había sido salvada.
Con los primeros soldados rusos llegaron dos amigos de Miguel
Strogoff. Eran los inseparables Blount y Jolivet. Lograron llegar a la orilla
derecha del Angara deslizándose por la barrera de hielo, pudiendo escapar, así
como los otros fugitivos, antes de que las llamas del río llegaran a la balsa,
lo cual fue reflejado por Alcide Jolivet en su bloc, de esta forma:
«Nos faltó poco para acabar como un limón en una ponchera.»
Su alegría fue grande al encontrar sanos y salvos a Nadia y
Miguel Strogoff y, sobre todo, cuando supieron que su antiguo compañero no
estaba ciego, lo cual indujo a Harry Blount a escribir en su bloc de notas la
observación siguiente:
«El hierro al rojo vivo puede ser insuficiente para eliminar la
sensibilidad del nervio óptico. ¡Hay que modificar el sistema! »
Después, los dos corresponsales, bien instalados en Irkutsk, se
ocuparon en poner en orden sus impresiones del viaje. Como consecuencia, se
enviaron a Londres y París dos interesantes crónicas relativas a la invasión
tártara y que, cosa rara, no se contradecían en nada mas que en pequeños
detalles sin importancia.
Por lo demás, la campaña fue funesta para el Emir y sus aliados.
Esta invasión, inútil como todas las que intentan atacar al coloso ruso, les
dio malos resultados. Pronto se encontraron cortados por las tropas del Zar,
que recuperaron sucesivamente todas las ciudades ocupadas. Además, el invierno
fue terrible y de esas hordas, diezmadas por el frío, sólo una pequena parte
consiguió volver a las estepas de Tartaria.
La ruta de Irkutsk a los montes Urales estaba, pues, libre. El
Gran Duque tenía deseos de volver a Moscú, pero retrasó su viaje para asistir a
una tierna ceremonia que tuvo lugar varios días después de la entrada de las
tropas rusas.
Miguel Strogoff había ido al encuentro de Nadia y delante de su
padre le dijo:
Nadia, todavía eres mi hermana; cuando dejaste Riga para venir a
Irkutsk, ¿dejaste atrás algún otro recuerdo que no fuera el de tu madre?
No respondió Nadia , ninguno y de ninguna clase.
Así, ¿ninguna parte de tu corazón quedó allí?
Ninguna, hermano.
Entonces, Nadia dijo Miguel Strogoff , yo no creo que Dios, al
hacer que nos conociéramos y que atravesaramos juntos tan duras pruebas, haya
querido otra cosa que el que nos uniéramos para siempre.
¡Ah! exclamó Nadia, cayendo en los brazos de Miguel Strogoff.
Y volviéndose hacia Wassill Fedor, dijo enrojeciendo:
¡Padre mío!
Nadia respondió Wassili Fedor , mi mayor alegría será llamaros a
los dos hijos míos.
La ceremonia del casamiento tuvo lugar en la catedral de
Irkutsk. Fue muy sencilla en sus detalles y hermosa por la concurrencia de toda
la población, tanto militar como civil, que quería testimoniar su profundo
agradecimiento a los dos jovenes, cuya odisea ya se había convertido en
legendaria.
Alcide Jolivet y Harry Blount asistían, naturalmente, al
casamiento, del cual querían dar cuenta a sus lectores.
¿No experimenta usted deseos de imitarles? preguntó Alcide
Jolivet a su colega.
¡Pche ... ! respondió Harry Blount . ¡Si tuviera, como usted,
una prima ... !
¡Mi prima no está en condiciones de casarse! respondió riendo
Alcide Jolivet.
Tanto mejor agregó Harry Blount , porque se habla de las
dificultades que van a surgir entre Londres y Pekín. ¿Es que no tiene usted
deseos de saber qué pasa por allá?
¡Pardiez, mi querido Blount! ¡Iba a proponérselo! gritó Alcide
Jolivet.
Y así fue como los dos inseparables se fueron a China.
Algunos días después de la ceremonia, Miguel y Nadia Strogoff,
acompañados por Wassili Fedor, reemprendieron la ruta de Europa. El camino de
dolor de la ida fue un camino de felicidad a la vuelta. Viajaban con extrema
velocidad en uno de esos trineos que se deslizan como expresos sobre las
estepas heladas de Siberia.
Sin embargo, cuando llegaron a las orillas del Dinka, antes de
Birskoe, se detuvieron un día entero.
Miguel Strogoff encontró el sitio en donde habían enterrado al
pobre Nicolás. Plantaron una cruz en la tumba y Nadia rezó por última vez sobre
los restos del humilde y heroico amigo al que ninguno de los dos olvidaría
jamás.
En Omsk, la vieja Marfa les esperaba en la pequena casa de los
Strogoff y la anciana apretó con pasión entre sus brazos a aquella que en su
interior había ya llamado hija cientos de veces. La valiente siberiana tuvo,
aquel día, el derecho de reconocer a su hijo y de mostrarse orgullosa de él.
Después de pasar algunos días en Omsk, Miguel y Nadia Strogoff
regresaron a Europa y, como Wassili Fedor fijó su residencia en San
Petersburgo, ni su hijo ni su hija volvieron a separarse de él más que cuando
iban a visitar a su vieja madre.
El joven correo fue recibido por el Zar, el cual lo agrego
especialmente a su escolta y le impuso la Cruz de San Jorge.
Más adelante, Miguel Strogoff llegó a una alta situación en el
Imperio. Pero no es la historia de sus éxitos, sino la de sus sufrimientos, la
que merecía ser contada.
FIN


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