© Libro N°. 3014. Miles Vorkosigan 2 - Fragmentos De
Honor. Mcmaster
Bujold, Lois. Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Miles Vorkosigan 2 - Fragmentos De Honor. Lois Mcmaster Bujold
Versión Original: © Miles Vorkosigan 2 - Fragmentos De Honor. Lois Mcmaster Bujold
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MILES VORKOSIGAN 2 FRAGMENTOS DE HONOR
Lois Mcmaster Bujold
Presentación
Si la serie de las aventuras de Miles Vorkosigan es hoy una de
las más famosas y populares de la ciencia ficción de los últimos años, conviene
recordar que FRAGMENTOS DE HONOR fue precisamente la primera novela de esa
serie. Una serie que, hasta hoy, ha conseguido ya cuatro premios Hugo, dos
Nebula y dos Locus. Los tres premios Hugo de novela larga obtenidos por Lois
McMaster Bujold con esta saga, se acercan al récord de Heinlein (4 Hugo de
novela), y superan ya los dos Hugo de novela conseguidos en toda una vida por
autores indiscutidos como Asimov, Clarke, Le Guin, Zelazny o Leiber. La serie
de las aventuras protagonizada por Miles Vorkosigan o sus familiares es ya un
hito indiscutible en la historia del género.
Las narraciones de la mayor parte de estos libros de Lois
McMaster Bujold están ambientadas en un mismo universo coherente, en el que se
dan cita tanto los cuadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE (premiada con el Nebula en
1988 y finalista del Hugo en 1989), como los planetas y los sistemas estelares
que presencian las aventuras de Miles Vorkosigan, su héroe más característico.
En la más reciente de las novelas de la serie, INMUNIDAD DIPLOMÁTICA (prevista
en NOVA número 165), Miles Vorkosigan vuelve precisamente al espacio de los
cuadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE. En el APÉNDICE de este volumen se incluye un
esquema argumental del conjunto de los libros de ciencia ficción de Bujold
aparecidos hasta hoy, ordenados según la cronología interna de la serie.
Conviene saber que, desde el primer momento, toda esa obra, que
hoy incluye ya catorce libros, fue concebida como una serie. Primero
aparecieron tres novelas, escritas entre diciembre de 1982 y 1985, que se
publicaron en edición de bolsillo en 1986. Es evidente que Lois tanteó al
principio diversos personajes posibles: los padres de Miles en FRAGMENTOS DE
HONOR, el mismo Miles en EL APRENDIZ DE GUERRERO y la comandante Elli Quinn (o,
tal vez, el mismo Ethan) en ETHAN DE ATHOS. El diseño del conjunto como una
serie ya existió desde el primer momento pero, como cuenta la misma autora:
Aunque pensaba desarrollarlo como una serie, no estaba segura de
ello: los libros de una serie pueden flotar juntos, pero también pueden
hundirse juntos, y quería estar segura de que cada una de las novelas tuviera
su propio salvavidas. Así que el formato de libro independiente, que más
adelante llegué a considerar como una Idea Artística Realmente Buena, surgió
como un simple plan de supervivencia.
Gracias al éxito de los primeros títulos, Bujold ha continuado
narrando, por ejemplo, las aventuras de los padres de Miles en BARRAYAR (1991),
obteniendo de nuevo el reconocimiento y el favor del público. La aparición de
Mark, el hermano-clon de Miles, en HERMANOS DE ARMAS, DANZA DE ESPEJOS y UNA
CAMPAÑA CIVIL también ha introducido nuevos elementos en la serie, que parece
tender a una mayor introspección psicológica, sin olvidar el trasfondo de
aventuras de space opera que le dan su carácter e interés tan propio. Y, en los
títulos más recientes (KOMARR, UNA CAMPAÑA CIVIL e INMUNIDAD DIPLOMÁTICA), se
incorpora Ekaterin, la esposa de Miles. Como dice la autora:
Crecer, lo he descubierto con el tiempo, es casi como el trabajo
doméstico: nunca se acaba. No es algo que se haga de una vez por todas. Miles,
su familia y amigos se han convertido en mi vehículo para explorar la
identidad, en lo que promete ser una continuada fascinación. Todavía no he
llegado al final de esta historia, ni lograré hacerlo nunca mientras no deje de
aprender nuevas cosas sobre lo que significa ser humano.
Y ésa podría ser, en definitiva, la razón final de la existencia
de esta serie y, para gozo de sus lectores, la convicción de que todavía quedan
muchas cosas que contar sobre Miles Vorkosigan y los suyos, sobre esos
personajes en los que Lois McMaster Bujold ha depositado su visión sobre la
condición humana.
Como ya se ha dicho, FRAGMENTOS DE HONOR (con el nombre
provisional de «ESPEJOS»,) fue la primera de esas novelas. Parece ser que la
versión inicial tuvo que ser recortada para acomodar su extensión al deseo de
los editores. De ahí surgió, años después, BARRAYAR (1991), que obtendría los
premios Hugo y Locus. De pasada les diré que ello ha dejado también en
FRAGMENTOS DE HONOR una maravillosa joya. Me refiero a esa historia (que
afortunadamente Lois no llegó a eliminar) titulada «Después de la batalla», una
especie de cuento corto que aparece después del The End de rigor. Déjenme
decirles, y no tengo miedo alguno a exagerar, que este libro se justificaría
por la simple presencia de esa narración.
Pero, afortunadamente, además de esa maravillosa historia, aquí
tenemos el verdadero origen de Miles Vorkosigan, la aventura inicial que llevó
a sus padres al amor y, en definitiva, a su concepción. No es poca cosa.
En 1996, Lois McMaster Bujold consiguió acordar con sus editores
la publicación en un solo volumen (CORDELIA'S HONOR) de las dos novelas cuyo
personaje central es, en realidad, la madre de Miles Vorkosigan, Cordelia
Naismith. Se trata de FRAGMENTOS DE HONOR (1986), que hoy me enorgullezco de
presentar, y de BARRAYAR (1991), ya aparecida en NOVA.
Ya me he disculpado muchas veces con los atentos lectores de las
aventuras de Miles Vorkosigan por haber retrasado tanto la traducción al
castellano de los primeros libros de la serie. Publicado ETHAN DE ATHOS hace ya
unos años, con este FRAGMENTOS DE HONOR se completa por fin la publicación de
la serie en NOVA, y es posible que pronto se puedan encontrar los títulos
agotados (¡la mayoría!) en una próxima edición de bolsillo.
Se dice que nunca es tarde si la dicha es buena. Y es buena en
el caso de la lectura de FRAGMENTOS DE HONOR, donde ya apuntan todos los
elementos que han hecho famosa y apreciada la serie de las aventuras de Miles
Vorkosigan.
Como era de esperar, el enfrentamiento de culturas y tradiciones
domina el encuentro de los padres de Miles, contemplado, como no podía ser de
otra manera, desde la óptica de Cordelia, la madre, procedente de un planeta
como Beta, abierto y libre, rotundamente distinto del enquilosado y militarista
Barrayar que, pese a todo, proporciona a la serie la mayor parte de las
intrigas políticas y los condicionamientos sociales que hacen tan interesantes
estas aventuras.
En el lugar equivocado, en el momento equivocado y por las
razones equivocadas, Cordelia Naismith, de la Fuerza Expedicionaria Betana,
llevaba incluso el uniforme equivocado: sin saberlo había entrado en batalla
vistiendo el viejo uniforme pardo del equipo científico de Exploración
Astronómica. Su encuentro con Aral Vorkosigan, el poderoso y temido Vor,
apodado «el carnicero de Komarr», sólo podía ser resultado de una de esas
complejas intrigas, tan sórdidas y abundantes en la militarizada sociedad de
Barrayar.
Tras el primer contacto con Aral, Cordelia volverá a la guerra
como capitana de una nave suicida en una misión de engaño: transportar a través
de las líneas Vor un arma terrible capaz de atrapar y destruir a toda la flota
enemiga.
Un complejo conjunto de intrigas dentro de intrigas, de
traiciones envueltas en otras traiciones, de nuevos engaños que se unen a otros
conocidos, obligará a Cordelia a establecer una paz personal con su principal
oponente: Aral Vorkosigan. Una paz que puede acarrear la ignominia, aunque
presagia nuevas posibilidades no sólo entre Cordelia y su enamorado, sino
también entre los pueblos de ambos.
Y aunque ya lo haya dicho en otras presentaciones de la serie,
déjenme contarles mi explicación sobre el porqué de su indiscutible éxito.
Ya en la presentación de EL APRENDIZ DE GUERRERO (NOVA número
33), una novela que me divirtió y sorprendió gratamente, expuse las razones
que, a mi juicio, convierten la saga de Vorkosigan en un éxito seguro e
inevitable: «Grandes dosis de inteligencia, mucha ironía y, sobre todo, una
gran habilidad narrativa al servicio de un personaje llamado a devenir un
clásico en la historia de la ciencia ficción.»
Ahora me atrevería a añadir algo que la propia Lois cuenta,
respecto del tratamiento narrativo de FRAGMENTOS DE HONOR, casi como si lo
considerara un error de novata (aunque, evidentemente, no lo es en absoluto):
[en esas primeras novelas], mi único plan para estructurar mi
material era insertar un aparato de escucha en el cerebro de mi personaje
principal y seguirle sin cesar a través de las primeras semanas de acción.
La realidad es que ese aparato de escucha, o tal vez el cerebro
de sus personajes principales, tiene, en el caso de Bujold, un «algo» especial
que reclama y mantiene la atención del lector de forma francamente poco usual.
De ahí el éxito que, a estas alturas, nadie puede discutir.
Y no se trata, como podría haber parecido al principio, de
ciencia ficción «sólo» de aventuras. Poco a poco los personajes van adquiriendo
peso, y ese aparato de escucha que Lois ha puesto en el cerebro de Cordelia, de
Miles, de Mark, etc. se ha ampliado recientemente a los puntos de vista de
Ekaterin en KOMARR y de hasta cinco personajes en UNA CAMPAÑA CIVIL
(subtitulada precisamente «Una comedia de biología y costumbres», recordándonos
lo mucho que influyen en nuestra personalidad tanto la dotación biológica como
el entorno en que nos hemos educado).
Es evidente que hay algo mágico en la sorprendente capacidad de
esta autora para hacer que sus lectores se diviertan y pidan más, más y más.
Soy sorprendido testigo de cómo los lectores de NOVA se han dirigido,
directamente a mí o a la editorial, requiriendo que apareciesen más títulos de
una serie que es, con mucho, la más larga de las aparecidas en NOVA. Con gran
satisfacción les hago caso. (No soy masoquista y me gusta divertirme y debo
decir que me divierto, y mucho, con las aventuras de Miles y sus amigos.)
Pasen y lean, la diversión y el entretenimiento inteligente
están garantizados (y no se olviden de seguir leyendo tras haber llegado al
«Fin» que, por una vez, y sin que sirva de precedente, no es tal...)
MIQUEL BARCELÓ
A Pat Wrede,
por ser una voz
en el desierto.
1
Un mar de bruma gravitaba sobre el bosque nublado, suave, gris,
luminiscente. En las alturas la bruma parecía más brillante mientras el sol de
la mañana empezaba a calentar y despejar la humedad, aunque en el barranco una
fresca penumbra silenciosa todavía podía confundirse con el crepúsculo que
precede al amanecer.
La comandante Cordelia Naismith miró al botánico de su equipo y
ajustó las cintas de su recolector biológico para sentirse algo más cómoda
antes de continuar su escalada. Se apartó de los ojos un largo mechón de pelo
rojizo empapado de niebla y lo dirigió impaciente hacia su nuca. Su próxima
zona de investigación sería decididamente a menor altitud. La gravedad de este
planeta era ligeramente inferior a su mundo natal, la Colonia Beta, pero no
compensaba la tensión fisiológica impuesta por el fino aire de las montañas.
Una vegetación más densa marcaba la frontera superior del
bosque. Siguiendo el húmedo sendero del riachuelo del barranco, se agacharon
para pasar por el túnel viviente y luego salieron al aire libre.
La brisa de la mañana despejaba los últimos restos de niebla
hacia las doradas altiplanicies. Se extendían interminablemente, promontorio
tras promontorio, hasta culminar por fin en los grandes macizos grises de un
pico central coronado de chispeante hielo. El sol de este mundo brillaba en el
profundo cielo turquesa dando una abrumadora riqueza a las hierbas doradas, las
diminutas flores, a los manojos de plantas plateadas como encajes que lo
salpicaban todo. Los dos exploradores contemplaron asombrados la montaña
envuelta en el silencio.
El botánico, el alférez Dubauer, sonrió a Cordelia por encima
del hombro y cayó de rodillas junto a uno de los arbustos plateados. Ella se
acercó hasta el promontorio más cercano para contemplar el panorama que había
más allá. El bosque se hacía más denso en las suaves pendientes. Quinientos
metros por debajo, bancos de nubes se extendían como un mar blanco hasta el
horizonte. A lo lejos, al oeste, la hermana menor de esta montaña asomaba entre
las cumbres.
Cordelia anheló encontrarse en las llanuras de abajo, para ver
la novedad del agua cayendo del cielo, cuando algo la sacó de su
ensimismamiento.
—¿Qué demonios puede estar quemando Rosemont para que apeste de
esta manera? —murmuró.
Una columna negra y aceitosa se alzaba tras el siguiente macizo
montañoso, para extenderse, dispersarse y disiparse con las brisas superiores.
Desde luego, parecía proceder del campamento base. Cordelia la estudió con
atención.
Un gemido lejano, que creció hasta convertirse en un aullido,
taladró el silencio. Su lanzadera planetaria apareció tras el risco y cruzó el
cielo sobre ellos, dejando una estela chispeante de gases ionizados.
—¡Vaya despegue! —exclamó Dubauer, la atención concentrada en el
cielo.
Cordelia pulsó su comunicador de muñeca de onda corta.
—Naismith a Base Uno. Contesten, por favor.
Un siseo pequeño y hueco fue su única respuesta. Llamó de nuevo,
dos veces, con el mismo resultado. El alférez Dubauer gravitaba ansioso sobre
su hombro.
—Prueba con el tuyo —dijo ella. Pero tampoco él tuvo suerte—.
Recoge tus cosas, vamos a regresar al campamento. Marcha forzada.
Corrieron jadeantes hacia el siguiente risco y se internaron de
nuevo en el bosque. Los enormes árboles estaban a esa altura caídos,
retorcidos. Al subir les habían parecido artísticamente salvajes; al bajar eran
una amenazadora pista de obstáculos. La mente de Cordelia esbozó una docena de
posibles desastres, cada uno más extraño que el anterior. Así lo desconocido
dibuja dragones en los márgenes de los mapas, reflexionó, y contuvo su pánico.
Recorrieron el último tramo de bosque hasta conseguir ver con
claridad el calvero seleccionado como base principal. Cordelia se quedó
boquiabierta, sorprendida. La realidad sobrepasaba la imaginación.
Brotaba humo de cinco montículos negros que antes habían sido un
ordenado círculo de tiendas. Una cicatriz humeante ardía en las hierbas donde
estuvo posada la lanzadera, al otro lado del barranco, frente al campamento.
Había equipo destrozado por todas partes. Las instalaciones sanitarias
bacteriológicamente selladas habían sido destruidas; sí, incluso las letrinas
habían sido incendiadas.
—Dios mío —jadeó el alférez Dubauer, y avanzó como un sonámbulo.
Cordelia lo agarró por el cuello.
—Agáchate y cúbreme —ordenó, y caminó luego con cautela hacia
las silenciosas ruinas.
La hierba alrededor del campamento estaba pisoteada y
chamuscada. La aturdida mente de Cordelia se esforzó por explicar la
carnicería. ¿Aborígenes que no habían detectado previamente? No, nada que no
fuera un arco de plasma podría haber fundido el tejido de las tiendas. ¿Los
alienígenas de cultura avanzada que tanto tiempo llevaban buscando, sin
encontrarlos? Quizás algún inesperado estallido de enfermedad, no previsto por
su larga investigación microbiológica robótica y las inmunizaciones de rigor...
¿podría haber sido un intento de esterilización? ¿Un ataque por parte de algún
otro gobierno planetario? Sus atacantes difícilmente podrían haber salido del
mismo agujero de gusano que ellos habían descubierto, aunque sólo habían
cartografiado aproximadamente un diez por ciento del volumen del espacio en el
radio de un mes-luz de este sistema. ¿Alienígenas?
Fue tristemente consciente de que su mente completaba el
círculo, como uno de los animales cautivos de su equipo de zoólogos que
corriera frenético dentro de una rueda de ejercicios. Rebuscó sombría entre la
basura en busca de alguna pista.
La encontró entre la alta hierba, a mitad de camino del
barranco. El largo cuerpo con el uniforme pardo del Servicio de Exploración
Astronómica Betana estaba completamente extendido, los brazos y piernas
torcidos, como si lo hubieran alcanzado mientras corría hacia el refugio del
bosque. Cordelia contuvo la respiración al reconocer su identidad. Le dio la
vuelta suavemente.
Era el atento teniente Rosemont. Tenía los ojos vidriosos y
fijos y preocupados, como si todavía fueran un espejo de su espíritu. Se los
cerró.
Buscó la causa de su muerte. No había sangre, ni quemaduras, ni
huesos rotos. Sondeó el cuero cabelludo con sus largos dedos blancos. La piel
bajo su pelo rubio estaba magullada, la firma delatora de un disruptor neural.
Eso dejaba fuera a los alienígenas. Colocó la cabeza del teniente sobre su
regazo un instante, acariciando los rasgos familiares, como una ciega. Ahora no
era el momento de llorar.
Regresó al círculo ennegrecido a cuatro patas y empezó a
investigar entre los destrozos del equipo comunicador. Los atacantes habían
sido bastante concienzudos en esa tarea, como testificaban los trozos
retorcidos de plástico y metal que fue encontrando. Gran parte del valioso
equipo parecía haber desaparecido.
Hubo un rumor entre las hierbas. Cordelia agarró su pistola
aturdidora y se detuvo. El tenso rostro del alférez Dubauer asomó entre la
vegetación color pajizo.
—Soy yo, no dispare —dijo en un tono estrangulado que pretendía
que fuera un susurro.
—He estado a punto de hacerlo. ¿Por qué no te quedaste donde te
dije? —susurró ella a su vez—. No importa, ayúdame a buscar un comunicador que
pueda contactar con la nave. Y permanece agachado, podrían volver.
—¿Quiénes? ¿Quién ha hecho esto?
—Hay donde elegir: novobrasileños, barrayareses, cetagandanos,
podría ser cualquiera. Reg Rosemont está muerto. Disruptor neural.
Cordelia se arrastró hasta el montículo que ahora era la tienda
de especímenes y escrutó lo que quedaba con mucho cuidado.
—Tiéndeme ese palo de allí —dijo.
Hurgó con atención el montón. Las tiendas habían dejado de
humear, pero de ellas todavía se alzaban oleadas de calor que les golpeaban el
rostro como el sol veraniego de su hogar. El tejido torturado se apartó como un
papel calcinado. Enganchó el palo en un cofrecito medio derretido y lo arrastró
hacia afuera. El cajón interior no estaba quemado, pero sí retorcido y, como
descubrió cuando intentó abrirlo, atascado.
Unos cuantos minutos más de investigación le hicieron hallar
unos pobres sustitutos de martillo y cincel, un trozo plano de metal y un
grueso bulto que reconoció tristemente como un antiguo, delicado y carísimo
registrador meteorológico. Con esas herramientas de cavernícola y un poco de
fuerza bruta por parte de Dubauer, abrieron el cajón con un ruido que resonó
como un tiro de pistola y los hizo saltar a ambos.
—¡Bingo! —dijo Dubauer.
—Llevémoslo al barranco —dijo Cordelia—. Tengo los pelos de
punta. Desde lo alto podría vernos cualquiera.
Todavía agachados, buscaron rápidamente cobijo, dejando atrás el
cadáver de Rosemont. Dubauer se lo quedó mirando mientras pasaban, inquieto,
airado.
—Quien hizo esto lo va a pagar con creces.
Cordelia simplemente sacudió la cabeza.
Se arrodillaron entre los matorrales parecidos a helechos para
intentar hacer funcionar el íntercomunicador. La máquina produjo algo de
estática y tristes pitidos, se apagó, luego escupió algo parecido a una señal
de audio a base de golpes y sacudidas. Cordelia encontró la frecuencia adecuada
y empezó a llamar.
—Comandante Naismith a Nave Exploradora René Magritte.
Contesten, por favor.
Después de una agonía de espera, llegó la débil respuesta,
cargada de estática.
—Aquí el teniente Stuben. ¿Está usted bien, capitana?
Cordelia volvió a respirar.
—Muy bien por ahora. ¿Y vuestra situación? ¿Qué ha ocurrido?
La voz del doctor Ullery, segundo de la partida de investigación
después de Rosemont, contestó.
—Una patrulla militar de Barrayar rodeó el campamento, exigiendo
nuestra rendición. Dijeron que reclamaban el lugar por derecho de
descubrimiento anterior. Entonces algún alocado de gatillo fácil en su bando
disparó un arco de plasma, y se desató el infierno. Reg los mantuvo a raya con
su aturdidor y los demás logramos llegar a la lanzadera. Hay una nave
barrayaresa de clase general aquí arriba con la que llevamos un rato jugando al
escondite, si entiende lo que quiero decir...
—Recuerda que estás transmitiendo en abierto —le recordó
bruscamente Cordelia.
El doctor Ullery vaciló, luego continuó.
—Cierto. Todavía exigen nuestra rendición. ¿Sabe si han
capturado a Reg?
—Dubauer está conmigo. ¿Todos los demás están ahí?
—Todos menos Reg.
—Reg está muerto.
Un chirrido de estática ahogó la maldición de Stuben.
—Stu, estás al mando —lo interrumpió Cordelia—. Escucha con
atención. Esos militaristas impetuosos no son, repito, no son de fiar. No
rindas la nave bajo ningún concepto. He visto los informes secretos de los
cruceros clase general. Os superan en cañones, en blindaje y en dotación, pero
tenéis el doble de velocidad. Así que salid de su radio de alcance y quedaos
allí. Retiraos hasta la Colonia Beta si es preciso, pero no corráis ningún
riesgo. ¿Entendido?
—¡No podemos dejarla, capitana!
—No podréis enviar una lanzadera de recogida a menos que os
quitéis de encima a los barrayareses. Y si nos capturan, hay más posibilidades
de volver a casa a través de los canales políticos que mediante una unidad de
rescate; pero eso sólo será posible si conseguís llegar a casa para quejaros,
¿está absolutamente claro? ¡Responde!
—Comprendido —replicó el doctor, reacio—. Pero capitana...
¿Cuánto tiempo cree que podrá esquivar a esos locos hijos de puta? Al final la
capturarán.
—Todo el que sea posible. En cuanto a vosotros... ¡en marcha!
Cordelia había imaginado ocasionalmente a su nave funcionando
sin ella; nunca sin Rosemont. Hay que impedir que Stuben intente jugar a los
soldados, pensó. Los barrayareses no son aficionados.
—Hay cincuenta y seis vidas ahí arriba que dependen de ti.
Puedes contarlas. Cincuenta y seis es más que dos. Recuérdalo siempre, ¿de
acuerdo? Naismith, corto y cierro.
—Cordelia... Buena suerte. Stuben, cierro.
Cordelia se echó hacia atrás y contempló el pequeño comunicador.
—Vaya papeleta.
El alférez Dubauer resopló.
—Eso es quedarse corto.
—Eso es una valoración exacta. No sé si te has dado cuenta...
Un movimiento entre las sombras llamó su atención. Empezó a
ponerse en pie, la mano en el aturdidor. El alto soldado de Barrayar con el
uniforme de camuflaje verde y gris se movió aún más rápido. Dubauer lo superó,
empujándola a ciegas tras él. Cordelia oyó el chasquido de un disruptor neural
mientras se lanzaba hacia el barranco y el aturdidor y el comunicador escapaban
de sus manos. Bosque, tierra, arroyo y cielo giraron salvajemente a su
alrededor, su cabeza golpeó algo con un crujido enfermizo y la oscuridad la
engulló.
El moho del bosque presionaba contra la mejilla de Cordelia. El
húmedo olor a tierra le hacía cosquillas en la nariz. Inspiró profundamente,
llenando la boca y los pulmones, y entonces el olor a podredumbre le retorció
el estómago. Apartó la cara del barro. El dolor explotó en su cabeza en líneas
radiales.
Gruñó. Oscuros fosfenos chispeantes nublaban su visión, luego se
despejaron. Obligó a sus ojos a concentrarse en el objeto más cercano, casi a
medio metro a la derecha de su cabeza.
Pesadas botas negras, hundidas en el lodo y rematadas por unos
pantalones de camuflaje a manchas verdes y grises, piernas abiertas en un
paciente descanso militar. Ella reprimió un gemido de alerta. Muy suavemente
volvió a colocar la cabeza en el negro limo y rodó cautelosamente de lado para
ver mejor al oficial de Barrayar.
¡Su aturdidor! Contempló el pequeño rectángulo gris del cañón,
sujetado con fuerza por una mano ancha y pesada. Sus ojos buscaron ansiosos el
disruptor neural. El cinturón del oficial estaba repleto de equipo, pero la
canana del disruptor en su cadera derecha estaba vacía, igual que la funda del
arco de plasma a su izquierda.
Apenas era más alto que ella, pero era fornido y recio. Pelo
oscuro despeinado veteado de gris, ojos grises, fríos e intensos... de hecho,
todo su aspecto era desaliñado para las estrictas ordenanzas militares
barrayaresas. Llevaba el uniforme tan arrugado y sucio y manchado como el suyo,
y tenía un hematoma en el pómulo derecho. Parece que también ha tenido un día
de perros, pensó ella, aturdida. Entonces los chispeantes remolinos negros se
expandieron y volvieron a ahogarla.
Cuando su visión se despejó de nuevo, las botas se habían ido...
no. Allí estaba, sentado cómodamente en un tronco. Ella trató de concentrarse
en algo que no fuera su vientre rebelde, pero su vientre ganó el control con
una sacudida.
El capitán enemigo se agitó involuntariamente mientras ella
vomitaba, pero continuó sentado. Se arrastró los pocos metros que había hasta
el pequeño arroyo al fondo del barranco, y se lavó la boca y la cara en su agua
helada. Sintiéndose relativamente mejor, se sentó en el suelo y croó:
—¿Bien?
El oficial inclinó la cabeza, con un leve gesto de cortesía.
—Soy el capitán Aral Vorkosigan, al mando del crucero de guerra
imperial General Vorkraft. Identifíquese, por favor. —Su voz era de barítono,
su habla apenas tenía acento.
—Comandante Cordelia Naismith. Exploración Astronómica Betana.
Somos un grupo científico —remarcó, acusadora—. No combatientes.
—Eso he advertido —dijo él secamente—. ¿Qué le ha pasado a su
grupo?
Los ojos de Cordelia se entornaron.
—¿No estuvo usted allí? Yo estaba en las montañas, ayudando al
botánico de mi equipo.
Y añadió, con más urgencia:
—¿Ha visto a mi botánico... mi alférez? Me empujó al barranco
cuando nos emboscaron...
Él alzó la mirada hacia el borde del barranco, al lugar desde
donde ella había caído... ¿hacía cuánto?
—¿Era un chico de pelo castaño?
El corazón de ella dio un brinco, lleno de enfermiza
expectación.
—Sí.
—Ahora ya no hay nada que pueda hacer por él.
—¡Eso ha sido un asesinato! ¡Lo único que tenía era un
aturdidor! —Sus ojos frieron al barrayarés—. ¿Por qué atacaron a mi gente?
Él acarició pensativo el aturdidor.
—Su expedición —dijo lentamente—, iba a ser detenida,
preferiblemente de manera pacífica, por violación del espacio barrayarés. Hubo
un altercado. Me alcanzaron por la espalda con un rayo aturdidor. Cuando
recuperé el sentido, encontré su campamento tal como lo ha encontrado usted.
—Bien. —Una bilis amarga le agrió la boca a Cordelia—. Me alegra
que Reg le alcanzara, antes de que lo asesinaran.
—Si se refiere a ese chico rubio, equivocado pero sin duda
valiente, no podría haberle dado a una casa a dos pasos. No sé por qué los
betanos se ponen uniforme de soldado. No están mejor entrenados que los niños
de un picnic. Si en sus filas hay soldados profesionales, no se nota.
—Era geólogo, no un asesino contratado —replicó ella—. Y en
cuanto a mis «niños», sus soldados no fueron capaces de capturarlos.
Él frunció el ceño. Cordelia cerró la boca bruscamente. Oh,
magnífico, pensó. Ni siquiera ha empezado a retorcerme los brazos y ya le estoy
dando información gratis.
—No lo sabían —murmuró Vorkosigan. Señaló con el aturdidor
corriente arriba, hacia el lugar donde el comunicador yacía roto. Un pequeño
surtidor de vapor brotaba del destrozo—. ¿Qué órdenes le dio a su nave cuando
le informaron de su huida?
—Les dije que recurrieran a su iniciativa —murmuró ella
vagamente, tanteando en busca de inspiración en medio de una niebla palpitante.
Él hizo una mueca.
—Buena orden para un betano. Al menos tiene la seguridad de que
la obedecerán.
Oh, no. Mi turno.
—Eh. Sé por qué mi gente me dejó aquí. ¿Por qué lo abandonaron
los suyos? ¿No es un comandante en activo, aunque sea barrayarés, demasiado importante
para dejarlo por ahí perdido? —Se enderezó aún más—. Si Reg no pudo haberle
dado a una casa a dos pasos, ¿quién le disparó a usted?
Eso le ha dolido, pensó ella, mientras el aturdidor con el que
él había estado haciendo gestos ausentes giraba para apuntarla. Pero dijo
solamente:
—Eso no es asunto suyo. ¿Tiene otro comunicador?
Vaya, vaya, ¿se había enfrentado este severo comandante
barrayarés a un motín? ¡Bueno, confusión en el enemigo!
—No. Sus soldados lo destruyeron todo.
—No importa —murmuró Vorkosigan—. Sé dónde conseguir otro.
¿Puede caminar ya?
—No estoy segura.
Ella se puso en pie, y luego se llevó las manos a la cabeza para
contener los dolores.
—Es sólo una contusión —dijo Vorkosigan, sin ningún pesar—.
Caminar le hará bien.
—¿Hasta dónde? —jadeó ella.
—Unos doscientos kilómetros.
Ella se desplomó de rodillas.
—Que tenga un buen viaje.
—Yo solo, dos días. Supongo que usted tardará más, con eso de
que es geóloga, o lo que sea.
—Astrocartógrafa.
—Levántese, por favor.
Él se levantó rápidamente y la sujetó por el codo con una mano.
Parecía curiosamente reacio a tocarla. Ella estaba helada y envarada; pudo
sentir el calor de su mano a través del grueso tejido de la manga. Vorkosigan
la empujó con decisión por la pendiente del barranco.
—Habla en serio —dijo ella—. ¿Qué va a hacer con una prisionera
en una marcha forzada? ¿Y si le hundo la cabeza con una roca mientras duerme?
—Correré el riesgo.
Llegaron a lo alto. Cordelia se apoyó en uno de los arbolitos,
sin resuello. Vorkosigan ni siquiera respiraba con dificultad, advirtió ella
con envidia.
—Bueno, no voy a ir a ninguna parte hasta que haya enterrado a
mis oficiales.
Él pareció irritarse.
—Es una pérdida de tiempo y de energía.
—No voy a dejarlos para los carroñeros como si fueran animales
muertos. Sus matones de Barrayar puede que sepan mucho de asesinar, pero
ninguno de ellos podría haber muerto de manera más marcial.
Él se la quedó mirando, con expresión ilegible, y luego se
encogió de hombros.
—Muy bien.
Cordelia empezó a abrirse paso por el contorno del barranco.
—Creía que estaba aquí —dijo, sorprendida—. ¿Lo ha movido usted
de sitio?
—No. Pero no puede haberse arrastrado hasta muy lejos, en su
estado.
—¡Dijo que estaba muerto!
—Y lo está. Su cuerpo, sin embargo, seguía animado. El disruptor
no debió de alcanzarle el cerebelo.
Cordelia siguió la pista de vegetación quebrada hasta una
pequeña elevación. Vorkosigan la siguió en silencio.
—¡Dubauer!
Corrió hacia la figura vestida de oscuro que estaba encogida
entre los helechos. Mientras se arrodillaba a su lado, él se volvió y se
estiró, y luego empezó a temblar lentamente de arriba abajo, los labios
torcidos en una extraña mueca. ¿Frío?, pensó ella, y entonces advirtió lo que
estaba viendo. Se sacó el pañuelo del bolsillo, lo dobló, y se lo colocó entre
los dientes. La boca de Dubauer ya estaba manchada de sangre de una convulsión
anterior. Después de unos tres minutos suspiró y se quedó flácido.
Ella resopló inquieta y lo examinó con ansiedad. Dubauer abrió
los ojos y pareció concentrarse en su rostro. Se agarró a su brazo y emitió
ruidos, todo gemidos y vocales ahogadas. Ella trató de aliviar su agitación
animal acariciándole amablemente la cabeza y secándole la baba ensangrentada de
la boca; él se calmó.
Cordelia se volvió hacia Vorkosigan, con la visión nublada por
las lágrimas de furia y dolor.
—¡No está muerto! Sólo herido. Necesita ayuda médica.
—No está siendo usted realista, comandante Naismith. Nadie se
recupera de las heridas causadas por un disruptor.
—¿No? No se puede calcular desde fuera el daño que su sucia arma
ha causado. Todavía puede ver y oír y sentir... ¡no puede rebajarlo al rango de
cadáver a su conveniencia!
El rostro de Vorkosigan parecía una máscara.
—Si lo desea —dijo lentamente—, puedo acabar con su sufrimiento.
Mi cuchillo de combate está bastante afilado. Usado con rapidez, puede cortarle
la garganta casi sin dolor. O, si considera que es su deber como comandante,
puedo prestarle el cuchillo para que lo utilice usted.
—¿Es lo que haría por uno de sus hombres?
—Por supuesto. Y ellos harían lo mismo por mí. Ningún hombre
podría desear vivir de esa forma.
Ella se levantó y lo miró con firmeza.
—Ser de Barrayar debe de ser como vivir entre caníbales.
Un largo silencio se produjo entre ellos. Dubauer lo rompió con
un gemido. Vorkosigan se agitó.
—¿Qué propone entonces que hagamos con él?
Ella se frotó las sienes, cansada, buscando un razonamiento que
pudiera penetrar aquella fachada impenetrable. Su estómago ondulaba, sentía la
lengua como de lana, sus piernas temblaban por el agotamiento, el bajo nivel de
azúcar en la sangre y la reacción al dolor.
—¿Adónde tiene planeado ir? —preguntó por fin.
—Hay un depósito de suministros situado... en un lugar que
conozco. Oculto. Contiene comunicadores, armas, comida... Poseerlo me pondría
en posición de, ejem, corregir los problemas en mi mando.
—¿Tiene suministros médicos?
—Sí —admitió él, reacio.
—Muy bien. —Ahí va nada—. Cooperaré con usted, le doy mi
palabra, como prisionera; le ayudaré en todo lo que pueda siempre que no ponga
en peligro mi nave, si llevamos con nosotros al alférez Dubauer.
—Eso es imposible. Ni siquiera puede andar.
—Creo que puede, si se le ayuda.
Él la miró, lleno de irritación contenida.
—¿Y si me niego?
—Entonces puede dejarnos aquí a los dos o matarnos a los dos.
Cordelia apartó la mirada del cuchillo, alzó la barbilla y
esperó.
—Yo no mato a los prisioneros.
Ella se sintió aliviada al oírlo hablar en plural. Dubauer había
vuelto a ser considerado humano por su captor. Cordelia se arrodilló para
ayudar al alférez a ponerse en pie, rezando para que Vorkosigan no decidiera
poner fin a la discusión disparándole con el aturdidor y matando a su botánico
a continuación.
—Muy bien —capituló él, dirigiéndole una extraña mirada llena de
intensidad—. Tráigalo. Pero debemos viajar rápido.
Ella consiguió incorporar al alférez. Sujetándolo con fuerza por
el hombro, lo guió en su temblequeante caminar. Parecía que él podía oír, pero
no decodificar ningún significado de los ruidos del habla.
—Ve —le defendió ella, a la desesperada—, puede andar. Sólo
necesita un poco de ayuda.
Llegaron al borde del calvero cuando la luz de la tarde lo
marcaba con largas sombras negras, como la piel de un tigre. Vorkosigan se
detuvo.
—Si estuviera solo, llegaría hasta el escondite con las raciones
de emergencia de mi cinturón —dijo—. Con ustedes dos, tendremos que
arriesgarnos a buscar más comida en su campamento. Podrá enterrar a su otro
oficial mientras yo busco.
Cordelia asintió.
—Busque algo con lo que excavar. Tengo que atender a Dubauer
primero.
Él hizo un gesto de asentimiento con la mano y se dirigió hacia
el círculo arrasado. Cordelia pudo recuperar un par de mantas medio quemadas de
entre los restos de la tienda de las mujeres, pero nada de ropas, medicinas ni
jabón, ni siquiera un cubo para transportar o calentar agua. Finalmente
consiguió que el alférez la acompañara hasta el arroyuelo y lo lavó lo mejor
que pudo, junto con sus heridas y sus pantalones, con el agua fría; lo secó con
una de las mantas, volvió a ponerle la camiseta y la chaqueta del uniforme y lo
envolvió con la otra manta de cintura para abajo, como si fuera un sarong. Él
tiritó y gimió, pero no se resistió a su improvisado tratamiento.
Vorkosigan, mientras tanto, había encontrado dos cajas de
raciones, con las etiquetas quemadas pero por lo demás intactas. Cordelia abrió
una bolsita plateada, le agregó agua del arroyo, y descubrió que eran gachas
enriquecidas con soja.
—Qué suerte —comentó—. Seguro que Dubauer podrá comerlas. ¿Qué
hay en la otra caja?
Vorkosigan estaba haciendo su propio experimento. Añadió agua a
su bolsa, la mezcló apretándola, y olisqueó el resultado.
—No estoy seguro del todo —dijo, tendiéndoselo—. Huele raro.
¿Podría estar estropeado?
Era una pasta blanca de fuerte olor.
—Está bien —le aseguró Cordelia—. Es salsa de queso artificial
para ensalada.
Se acomodó y contempló el menú.
—Al menos tiene muchas calorías —se animó—. Todos necesitaremos
calorías. Supongo que no llevará una cuchara en ese cinturón suyo.
Vorkosigan desenganchó un objeto del cinturón y se lo tendió sin
más comentarios. Resultó estar compuesto por varios pequeños utensilios
plegados sobre un mango, cuchara incluida.
—Gracias —dijo Cordelia, absurdamente complacida, como si
satisfacer su humilde deseo hubiera sido un truco de mago.
Vorkosigan se encogió de hombros y se marchó para continuar su
búsqueda en la oscuridad, y ella empezó a darle de comer a Dubauer. Él parecía
vorazmente hambriento, pero incapaz de valerse por sí mismo.
Vorkosigan regresó.
—He encontrado esto.
Le tendió una pequeña pala de geólogo de un metro de largo, para
excavar muestras de terreno.
—Es poca cosa para lo que hay que hacer, pero todavía no he
encontrado nada mejor.
—Era de Reg —dijo Cordelia, aceptándola—. Servirá.
Condujo a Dubauer hasta un lugar cercano a su siguiente trabajo
y lo sentó. Se preguntó si algún helecho del bosque podría proporcionarle un
poco de aislamiento, y resolvió dedicarse a ello más tarde. Marcó las
dimensiones de una tumba cerca del lugar donde había caído Rosemont, y empezó a
apartar la gruesa hierba con la pala. El terreno era duro, pedregoso y
resistente, y ella se quedó sin aliento rápidamente.
Vorkosigan apareció entonces, surgido de la noche.
—He encontrado algunas bengalas.
Partió un tubo del tamaño de un lápiz y lo dejó en el suelo,
junto a la tumba, donde desprendió un brillo fantasmagórico verdigris. La
observó críticamente mientras ella trabajaba.
Cordelia apartó la tierra, lamentando aquella vigilancia.
Lárgate, pensó, y déjame enterrar a mi amigo en paz. Se sintió aún más incómoda
cuando un nuevo pensamiento la asaltó: tal vez no me deje terminar, estoy
tardando demasiado... Cavó con más fuerza.
—A este paso, estaremos aquí hasta la semana que viene.
Si se movía lo bastante rápido, pensó ella, irritada,
¿conseguiría golpearlo con la pala? Sólo una vez...
—Vaya a sentarse con su botánico. —Él extendió la mano; ella
comprendió que por fin iba a ayudarla a cavar.
—Oh... —Soltó la herramienta. Él tomó su cuchillo de combate y
lo clavó en las raíces de las hierbas donde Cordelia había marcado su
rectángulo y empezó a cavar, de manera mucho más eficaz que ella.
—¿Qué clase de carroñeros han encontrado por aquí? —preguntó
entre paletadas—. ¿A qué profundidad cavo?
—No estoy segura —respondió ella—. Sólo llevábamos aquí tres
días. Pero es un ecosistema bastante complejo, y los nichos más inimaginables
parecen estar ocupados.
—Mmm.
—El teniente Stuben, mi zoólogo jefe, encontró un par de
hexápodos muertos y a más que medio devorar. Detectó a algo que definió como
cangrejo peludo rondando uno de ellos.
—¿Qué tamaño tenían? —preguntó Vorkosigan con curiosidad.
—No lo dijo. He visto imágenes de los cangrejos de la Tierra, y
no parecen muy grandes... Del tamaño de su mano, tal vez.
—Un metro puede ser más que suficiente.
Él continuó la excavación con poderosas y breves mordeduras de
la inadecuada pala. La bengala iluminaba su rostro desde abajo, proyectando
hacia arriba sombras de la poderosa mandíbula, la nariz ancha y recta, y las
tupidas cejas. Tenía una antigua cicatriz en forma de ele, advirtió Cordelia,
en el lado izquierdo de la barbilla. Le recordó a un rey enano de alguna saga
norteña, cavando en las profundidades insondables.
—Hay un palo junto a las tiendas —se ofreció ella—. Podría
colgar esa luz para que ilumine su trabajo.
—Eso ayudaría.
Cordelia regresó a las tiendas, más allá del círculo de la
bengala, y encontró el palo donde lo había dejado caer esa mañana. Al regresar
a la tumba, amarró la luz al palo con unos cuantos hierbajos y lo clavó en la
tierra, haciendo así que el círculo de luz fuera más amplio. Recordó su plan de
recolectar helechos para Dubauer, y se dirigió hacia el bosque, pero se detuvo.
—¿Ha oído eso? —le preguntó a Vorkosigan.
—¿Qué? —Incluso él empezaba a respirar entrecortadamente. Se
detuvo, hundido hasta las rodillas en el agujero, y prestó atención.
—Una especie de roce, procedente del bosque.
Él esperó un momento, y luego sacudió la cabeza y continuó con
su trabajo.
—¿Cuántas bengalas hay?
—Seis.
Tan pocas. Ella odiaba desperdiciarlas usándolas de dos en dos.
Estaba a punto de preguntarle si le importaba cavar un rato en la oscuridad,
cuando oyó de nuevo el ruido, con más claridad.
—Hay algo ahí fuera.
—Eso ya lo sabemos —dijo Vorkosigan—. La cuestión es...
Las tres criaturas saltaron al unísono hacia el círculo de luz.
Cordelia logró atisbar unos cuerpos bajos y rápidos, con demasiadas patas
negras y velludas, cuatro ojos negros como perlas en rostros sin cuello, y
picos amarillos afilados como cuchillas que chasqueaban y siseaban. Tenían el
tamaño de cerdos.
Vorkosigan reaccionó instantáneamente, golpeando al más cercano
en la cara con la hoja de la pala. Un segundo animal se abalanzó sobre el
cuerpo de Rosemont, mordiendo la carne y la tela de un brazo, e intentando
apartarlo de la luz. Cordelia agarró su palo y lo golpeó con saña entre los
ojos. El pico rompió el extremo de la vara de aluminio. El animal siseó y
retrocedió ante ella.
A estas alturas Vorkosigan ya había desenvainado su cuchillo de
combate. Atacó vigorosamente al tercer animal, gritando, apuñalando y pateando
con sus pesadas botas. La sangre brotó cuando las garras arañaron su pierna,
pero él descargó un golpe con su cuchillo que envió a la criatura aullando y
siseando hacía el refugio del bosque junto con sus compañeros de camada.
Dándose un momento para respirar, Vorkosigan pescó su pistola aturdidora del
fondo de la funda demasiado grande del disruptor donde, a juzgar por sus
maldiciones en voz baja, se había deslizado, y se quedó de pie, escrutando la
oscuridad.
—Cangrejos peludos, ¿eh? —jadeó Cordelia—. ¡Stuben, se te va a
caer el pelo! —gritó, y apretó los dientes.
Vorkosigan limpió en la hierba la oscura sangre del cuchillo y
lo devolvió a su vaina.
—Será mejor que la tumba tenga al menos dos metros de
profundidad —dijo seriamente—. Tal vez un poco más.
Cordelia suspiró, mostrando su acuerdo, y devolvió el palo algo
más corto a su posición original.
—¿Cómo está su pierna?
—Puedo encargarme de ello. Será mejor que se ocupe de su
alférez.
Dubauer, aturdido, se había despertado con el estrépito y
trataba de marcharse a gatas. Cordelia intentó tranquilizarlo, luego tuvo que
vérselas con otro ataque, y al final, para su alivio, Dubauer se quedó dormido.
Vorkosigan, mientras tanto, se había curado su arañazo usando el
pequeño botiquín de emergencia de su cinturón y siguió cavando, apenas un poco
más despacio. Cuando se hundió en el agujero hasta la altura de los hombros,
hizo que ella ayudara a sacar tierra de la tumba usando la caja vacía de
especímenes botánicos como cubo improvisado. Era casi medianoche cuando él
llamó desde el fondo del pozo.
—Creo que ya está —dijo, y salió—. Lo podría haber hecho en
cinco segundos con un arco de plasma —jadeó, recuperando el resuello. Estaba
sucio y sudoroso bajo el frío aire de la noche. Hilillos de niebla surgían del
barranco y el arroyo.
Juntos arrastraron el cadáver de Rosemont hasta el borde de la
tumba. Vorkosigan vaciló.
—¿Quiere la ropa para su alférez?
Era una sugerencia inevitablemente práctica. A Cordelia le repugnaba
la indignidad de bajar a Rosemont desnudo a la tierra, pero deseó al mismo
tiempo haberlo pensado antes, cuando Dubauer tenía tanto frío. Sacó el uniforme
de los miembros ya tiesos con la macabra sensación de que estaba desnudando un
muñeco gigantesco, y luego lo arrojaron a la fosa. Rosemont cayó de espaldas
con un golpe ahogado.
—Espere un momento.
Sacó el pañuelo de Rosemont del bolsillo de su uniforme y saltó
a la tumba y resbaló con el cadáver. Extendió el pañuelo sobre su rostro. Era
un pequeño gesto de desafío a la realidad, pero se sintió mejor por hacerlo.
Vorkosigan le sujetó la mano y la aupó.
—Muy bien.
Volvieron a verter la tierra en el agujero mucho más rápidamente
de lo que la habían excavado, y la apisonaron lo mejor posible caminando sobre
ella.
—¿Desea realizar algún tipo de ceremonia? —preguntó Vorkosigan.
Cordelia sacudió la cabeza, pues no le apetecía recitar el vago
servicio funeral oficial. Pero se arrodilló junto a la tumba durante unos
minutos y rezó una oración más seria, menos segura por sus muertos. La oración
pareció revolotear y desvanecerse en el vacío, tan silenciosa como una pluma.
Vorkosigan esperó paciente a que se levantara.
—Es bastante tarde —dijo—, y hemos visto tres buenas razones
para no ir dando tumbos en la oscuridad. Bien podemos quedarnos aquí hasta el
amanecer. Yo me encargaré de la primera guardia. ¿Todavía quiere golpear mi
cabeza con una roca?
—En este momento, no —respondió ella con sinceridad.
—Muy bien. La despertaré más tarde.
Vorkosigan empezó su guardia con una patrulla del perímetro del
calvero, llevándose la bengala consigo, que temblequeó entre la negra distancia
como una luciérnaga cautiva. Cordelia se tendió junto a Dubauer. Las estrellas
titilaban débilmente a través de la bruma. ¿Podría una de ellas ser todavía su
nave, o la de Vorkosigan? No era probable, a la distancia a la que sin duda
estaban ya.
Se sintió vacía. Energía, voluntad, deseo resbalaban entre sus
dedos como líquido brillante, absorbidos por una especie de arena infinita.
Miró a Dubauer, tendido a su lado, y apartó su mente del fácil vórtice de la
desesperación. Todavía soy comandante, se dijo a sí misma bruscamente; tengo el
mando. Todavía me sirves, alférez, aunque no puedas servirte a ti mismo...
La idea pareció el hilo que conducía a una gran reflexión, pero
se fundió en sus manos, y poco después se quedó dormida.
2
Dividieron los escasos restos del campamento en mochilas
improvisadas y empezaron a bajar de la montaña con las grises brumas de la
mañana. Cordelia llevaba a Dubauer de la mano y lo ayudaba cuando tropezaba. No
estaba segura de que la reconociera claramente, pero se aferraba a ella y
evitaba a Vorkosigan.
El bosque se fue haciendo más denso y los árboles más altos a
medida que descendían. Vorkosigan se abrió paso entre los matorrales con su
cuchillo durante un rato y luego llegaron al lecho del arroyo. Manchas de luz
empezaron a filtrarse entre las copas de los árboles, iluminando los regazos
del agua y las piedras del fondo como si fueran una capa de monedas de bronce.
La simetría radial era común entre las diminutas criaturas que
ocupaban los nichos ecológicos de los insectos de la Tierra. Algunas variedades
aéreas parecidas a medusas llenas de gas flotaban en nubes iridiscentes sobre
el arroyo como bandadas de delicadas pompas de jabón, asombrando a Cordelia con
su visión. Parecían tener un efecto tranquilizador también sobre Vorkosigan,
pues detuvo el paso tras lo que a ella le había parecido un ritmo mortífero.
Bebieron del arroyo y permanecieron sentados un rato mientras
veían los pequeños remolinos correr e hincharse en el chorro de la cascada.
Vorkosigan cerró los ojos y se apoyó contra un árbol. Cordelia advirtió que
también él estaba al borde del agotamiento. Lo estudió con curiosidad, puesto
que ahora no la observaba. Se había comportado todo el tiempo con cortante pero
digna profesionalidad militar. Sin embargo, a ella seguía molestándole una
alarma subliminal, una persistente sensación de que había olvidado algo
importante. Surgió en su mente de repente, como una pelota mantenida bajo el
agua y que rompe la superficie al ser soltada y botar al aire.
—Sé quién es usted. Vorkosigan, el Carnicero de Komarr.
Inmediatamente deseó no haber hablado, pues él abrió los ojos y
se la quedó mirando, mientras un peculiar juego de expresiones surcaba su
rostro.
—¿Qué sabe usted de Komarr? —Su tono añadía: «betana ignorante».
—Lo que sabe todo el mundo. Era una canica sin valor que su
pueblo se anexionó por la fuerza para así dominar sus agujeros de gusano. El
Senado se rindió, y sus miembros fueron asesinados inmediatamente. Usted estaba
al mando de la expedición, o...
Sin duda el Vorkosigan de Komarr era almirante, ¿no?
—¿Era usted? Creí que había dicho que no mataba prisioneros.
—Lo era.
—¿Lo degradaron por eso? —preguntó ella, sorprendida. Pensaba
que ese tipo de conducta era normal en Barrayar.
—Por eso no. Por lo que vino después.
Pareció reacio a decir nada más, pero la sorprendió de nuevo al
continuar.
—Lo que vino después fue reprimido de manera más efectiva. Yo
había dado mi palabra, mi palabra, como Vorkosigan, de que los miembros del
Senado iban a ser respetados. Mi oficial político contravino mi orden y los
hizo matar a mis espaldas. Lo ejecuté por eso.
—Santo Dios.
—Le rompí el cuello con mis propias manos, en el puente de mi
nave. Era un asunto personal, ¿sabe?, que afectaba a mi honor. No podía
ordenárselo a un pelotón de fusilamiento: todos tenían miedo del ministro de
Educación Política.
Eso era el eufemismo oficial para la policía secreta, recordó
Cordelia, de la cual los oficiales políticos eran la rama militar.
—¿Y usted no lo tiene?
—Ellos me tienen miedo a mí —añadió él agriamente—. Como esos
carroñeros de anoche, atacan cuando tienen la ocasión. Por eso no hay que
darles la espalda.
—Me sorprende que no lo hicieran ahorcar.
—Hubo un gran clamor, a puerta cerrada —admitió él, al
recordarlo, y se acarició las insignias del cuello—. Pero no se puede hacer
desaparecer a un Vorkosigan en la noche, todavía no. Me creé algunos enemigos
poderosos.
—Apuesto a que sí.
Esta historia pelada, contada sin adornos ni excusas, sonaba a
verdad, aunque ella no tenía ningún motivo lógico para confiar en él.
—¿Le dio, uh, la espalda a uno de esos enemigos ayer?
Él la miró bruscamente.
—Es posible —dijo muy despacio—. Pero hay algunos problemas con
esa teoría.
—¿Como qué?
—Todavía sigo vivo. No creía que fueran a arriesgarse a iniciar
el trabajo sin terminarlo. Para asegurarse, les tentaría la oportunidad de
achacarles mi muerte a ustedes, los betanos.
—Vaya. Y yo que creía que tenía problemas al mando de un puñado
de prima donnas intelectuales que colaboraban en el trabajo meses seguidos.
Dios me mantenga al margen de la política.
Vorkosigan sonrió levemente.
—Por lo que he oído de los betanos, eso no es tarea fácil. Creo
que no me cambiaría por usted. Me molestaría tener que discutir cada orden.
—No discuten cada orden. —Ella hizo una mueca, porque su puya
despertó algún recuerdo—. Además, se acaba por aprender a convencerlos.
—¿Dónde supone que estará ahora su nave?
La alerta cortó su diversión como un telón.
—Supongo que eso depende de dónde esté la suya.
Vorkosigan se encogió de hombros y se levantó; aseguró la
mochila a sus hombros.
—Entonces tal vez no deberíamos perder más tiempo para
averiguarlo.
Le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, la máscara de
soldado cubriendo de nuevo sus rasgos.
Tardaron todo el día en descender desde la gran montaña hasta
las llanuras de tierra roja. Estaban marcadas por canales de agua, turbia por
las lluvias recientes, salpicadas por macizos rocosos. Atisbaron grupos de
hexápodos herbívoros. Cordelia dedujo de su conducta en manada que cerca tenían
que acechar depredadores.
Vorkosigan habría continuado, pero Dubauer sufrió una seria y
prolongada convulsión a la que siguió un estado de letargo antes de quedarse
dormido. Cordelia insistió inflexible en que acamparan para pasar la noche. Y
eso hicieron, si podía llamarse campamento al hecho de detenerse y sentarse en
un claro entre los árboles, a unos trescientos metros sobre el terreno liso.
Compartieron su cena de gachas y salsa de queso azul en abatido silencio.
Vorkosigan encendió otra luz cuando los últimos colores del atardecer se
borraron del cielo, y se sentó en una gran piedra plana. Cordelia se tendió y
observó al barrayarés de guardia hasta que el sueño la alivió del dolor que
sentía en las piernas y la cabeza.
Él la despertó pasada la medianoche. Los músculos de Cordelia
parecieron chirriar y crujir por la acumulación de ácido láctico cuando se
incorporó envarada para encargarse de su guardia. Esta vez Vorkosigan le dio el
aturdidor.
—No he visto nada cerca, pero algo hace un ruido infernal de vez
en cuando —comentó; parecía una explicación adecuada para aquel gesto de
confianza.
Cordelia comprobó el estado de Dubauer, y luego ocupó su puesto
en el peñasco, se acomodó y contempló la negra masa de la montaña. Allí arriba
estaba Rosemont en su profunda tumba, pero todavía condenado a descomponerse
lentamente. Desvió sus pensamientos hacia Vorkosigan, que yacía cerca, casi
invisible con su uniforme de camuflaje en la penumbra de luz verdiazul.
Un acertijo dentro de otro acertijo, pensó. Sin duda, debía ser
uno de los guerreros aristócratas barrayareses de la vieja escuela, enfrentado
a la nueva burocracia. Los militaristas de ambas partes mantenían una alianza
incómoda y bastarda que controlaba la política gubernamental y las Fuerzas
Armadas, pero en el fondo eran enemigos naturales. El emperador establecía
sutilmente el equilibrio de poder entre ellos, pero no había duda de que, a la
muerte del astuto anciano, a Barrayar le esperaba un periodo de canibalismo
político, cuando no una guerra civil abierta, a menos que su sucesor mostrara
más fuerza de lo que cabía esperar. Cordelia deseó saber más sobre la matriz de
relaciones sanguíneas y poder en Barrayar. Sabía que el apellido del emperador,
Vorbarra, estaba asociado con el nombre del planeta pero, aparte de eso, poca
cosa más.
Acarició ausente el pequeño aturdidor y fantaseó: ¿quién era
ahora el cautivo, y quién el captor? Pero sería casi imposible cuidar de
Dubauer ella sola. Tenía que alimentarlo y ya que Vorkosigan se había cuidado
mucho de no decir dónde estaba su escondrijo, necesitaba al barrayarés para
llegar hasta allí. Además, le había dado su palabra. Era curioso que Vorkosigan
hubiera aceptado automáticamente su palabra como si fuera un lazo:
evidentemente pensaba igual de sí mismo.
El Este empezó por fin a iluminarse de gris, luego de
albaricoque, verde y dorado en una repetición pastel de la espectacular puesta
de sol de la noche anterior. Vorkosigan se agitó y se sentó, y la ayudó a
llevar a Dubauer a lavarse al arroyo. Desayunaron otra vez gachas y queso azul.
Vorkosigan trató de mezclarlas esta vez, para variar. Cordelia
intentó alternar bocados, para ver si servía de algo. Ninguno hizo comentario
alguno sobre el menú.
Vorkosigan la condujo hacia el noroeste a través del terreno
arenoso, color ladrillo. En la estación seca sería casi un desierto. Ahora
estaba brillantemente decorado con hierbas verdes y amarillas, y docenas de
variedades de pequeñas flores silvestres. Cordelia vio con tristeza que Dubauer
no parecía advertirlas.
Después de unas tres horas a paso rápido llegaron a su primer
obstáculo del día, un empinado valle rocoso surcado por un río de color café
con leche. Caminaron por el borde de la pendiente buscando un vado.
—Esa roca de allí se ha movido —observó Cordelia de repente.
Vorkosigan se sacó del cinturón su visor de campo y echó un
vistazo.
—Tiene usted razón.
Media docena de bultos de color café con leche que parecían
rocas resultaron ser hexápodos encogidos y de gruesos miembros que pastaban al
sol de la mañana.
—Parece que son anfibios. Me pregunto si serán carnívoros —dijo
Vorkosigan.
—Ojalá no hubieran interrumpido mi investigación tan pronto —se
quejó Cordelia—. Entonces tendría respuestas para todas esas preguntas. Allí
hay más cosas de esas que parecen pompas de jabón. Dios, nunca habría imaginado
que pudieran crecer tanto y ser capaces de volar.
Una bandada de una docena de grandes radiales, transparentes
como vasos de vino y de más de un palmo de diámetro, vinieron volando sobre el
río como una bandada de globos perdidos. Unos cuantos flotaron sobre los
hexápodos, aplastándose sobre sus pieles como boinas extrañas. Cordelia tomó el
visor para echar un vistazo más atento.
—¿Cree que serán como esos pájaros de la Tierra, que le quitan
los parásitos al ganado? ¡Oh! No, supongo que no.
Los hexápodos se agitaron con susurros y silbidos, meneando los
cuerpos con una especie de bamboleo obeso, y se deslizaron hacia el río.
Los radiales, ahora del color de vaso de vino lleno de burdeos,
se inflaron y se retiraron al aire.
—¿Globos vampiros? —preguntó Vorkosigan.
—Eso parece.
—Qué criaturas más sorprendentes.
Cordelia casi se echó a reír al ver su expresión de asco.
—Como carnívoro, no los puede condenar.
—Condenarlos, no; evitarlos, sí.
—En eso le doy la razón.
Continuaron corriente arriba y dejaron atrás una rebullente
cascada de color pardo. Después de un kilómetro y medio, llegaron a un lugar
donde se unían dos afluentes, y cruzaron por la parte menos profunda que
pudieron encontrar. Al cruzar el segundo afluente, Dubauer perdió pie cuando
una roca cedió bajo él, y se desplomó sin un grito.
Cordelia tensó su presa sobre su brazo, compulsivamente, y cayó
con él, resbalando hacia una zona más profunda. El terror se apoderó de ella,
por miedo a perderlo corriente abajo más allá de su alcance, a merced de
aquellos hexápodos anfibios, las afiladas rocas, la cascada. Sin hacer caso al
agua que le llenaba la boca, se agarró a él con ambas manos. Allá iban... no.
Algo tiró de ella con una fuerza tremenda para contrarrestar la
embestida de las aguas. Vorkosigan la había agarrado por el cinturón, y los
aupaba a ambos hacia los bajíos con la fuerza y el estilo de un estibador.
Sintiéndose indigna, pero agradecida, ella se puso en pie y
arrastró a Dubauer, que tosía, hasta la orilla.
—Gracias —le dijo a Vorkosigan, jadeando.
—¿Qué esperaba, que dejara que se ahogasen? —inquirió él
secamente, vaciando sus botas.
Cordelia se encogió de hombros, cortada.
—Bueno... al menos dejaríamos de retrasarlo.
—Mm.
Él se aclaró la garganta, pero no dijo nada más. Encontraron un
lugar rocoso donde sentarse, comieron sus cereales y su salsa de queso, y se
secaron un rato antes de continuar.
Fueron recorriendo kilómetros y kilómetros, pero su visión de la
gran montaña a su derecha apenas parecía variar. En un momento determinado
Vorkosigan pareció tomar una decisión que no compartió, y los condujo hacia el
oeste, dejando la montaña a sus espaldas y al sol de lado.
Cruzaron otro río. Al rebasar esa parte del valle, Cordelia casi
se topó con un hexápodo de piel roja que yacía tranquilo en una depresión,
completamente confundido con el paisaje. Era un ser de formas delicadas, del
tamaño de un perro mediano, y recorría las llanuras rojas con graciosos
brincos.
Cordelia despertó bruscamente.
—¡Esa cosa es comestible!
—¡El aturdidor! ¡El aturdidor! —exclamó Vorkosigan. Ella se lo
entregó rápidamente.
Vorkosigan se hincó de rodillas, apuntó, y abatió a la criatura
de un disparo.
—¡Oh, buen tiro! —chilló Cordelia, extasiada.
Vorkosigan sonrió como un crío por encima del hombro y echó a
correr hacia su presa.
—Oh —murmuró ella, aturdida por el efecto de la sonrisa. Había
iluminado su cara como el sol durante un breve instante. Oh, hazlo otra vez,
pensó; luego se sacudió del pensamiento. El deber. Cíñete al deber.
Ella lo siguió hasta donde yacía el animal. Vorkosigan había
sacado el cuchillo, sin saber por dónde empezar. No podía cortarle la garganta,
pues no tenía cuello.
—El cerebro está localizado justo detrás de los ojos. Tal vez
podría matarlo clavándoselo entre el primer conjunto de omóplatos —sugirió
Cordelia.
—Eso debe ser bastante rápido —reconoció Vorkosigan, y así lo
hizo. La criatura se estremeció, suspiró y murió—. Es temprano para acampar,
pero aquí hay agua, y la madera que el río arrastra nos servirá como leña para
encender un fuego. Pero eso significa que mañana tendremos que caminar más
kilómetros —advirtió.
Cordelia contempló el cadáver, pensando en la carne asada.
—No importa.
Vorkosigan se echó el animal al hombro y se puso en pie.
—¿Dónde está su alférez?
Cordelia miró alrededor. No se veía a Dubauer por ninguna parte.
—Oh, señor —resopló, y corrió hacia el lugar donde se encontraba
cuando Vorkosigan disparó. Dubauer no estaba allí tampoco. Cordelia se acercó
al borde del riachuelo.
Dubauer estaba allí de pie, los brazos colgando a sus costados,
mirando hacia arriba, como en trance. Flotando suavemente sobre su rostro
vuelto había un gran radial transparente.
—¡Dubauer, no! —chilló Cordelia, y corrió hacia él. Vorkosigan
la adelantó de un salto y ambos corrieron hacia la orilla.
El radial se posó sobre la cara de Dubauer y empezó a aplanarse,
y él alzó las manos con un grito.
Vorkosigan llegó primero. Agarró la cosa semiflácida con su mano
desnuda y la apartó de la cara de Dubauer. Una docena de oscuros apéndices
parecidos a tentáculos estaban enganchados en la piel del alférez, y se
estiraron y chasquearon cuando la criatura fue arrancada de su presa.
Vorkosigan la arrojó a la arena y la pisoteó mientras Dubauer caía al suelo y
se enroscaba de costado. Cordelia intentó quitarle las manos de la cara. Estaba
haciendo ruidos extraños y roncos, y su cuerpo se estremecía. Otro ataque,
pensó. Pero luego advirtió con horror que estaba llorando.
Sostuvo su cabeza sobre su regazo para detener los salvajes
movimientos. Los lugares donde los tentáculos habían penetrado su piel eran
negros en el centro, rodeados por círculos de carne roja que empezaban a
hincharse alarmantemente. Había uno particularmente desagradable en la comisura
de un ojo. Cordelia le quitó los tentáculos restantes de la piel y descubrió
que le quemaban los dedos, como ácido. Al parecer la criatura estaba toda
cubierta de un veneno similar, pues Vorkosigan estaba arrodillado, con la mano
metida en el arroyo. Cordelia quitó rápidamente los demás tentáculos y llamó al
barrayarés.
—¿Tiene algo en su botiquín que nos ayude con esto?
—Sólo el antibiótico.
Le tendió un tubo y ella roció un poco sobre el rostro de
Dubauer. En realidad no era un ungüento adecuado para las quemaduras, pero
tendría que valer. Vorkosigan contempló a Dubauer un momento y luego sacó
reacio una pequeña píldora blanca.
—Esto es un potente analgésico. Sólo tengo cuatro. Deberá
durarle hasta la noche.
Cordelia se lo colocó a Dubauer en la lengua. Evidentemente
sabía amargo, pues él trató de escupirlo, pero ella lo recuperó y lo obligó a
tragárselo. En unos pocos minutos pudo ponerlo en pie y llevarlo al campamento
que Vorkosigan había elegido, dominando el canal arenoso.
Vorkosigan, mientras tanto, había recogido leña para el fuego.
—¿Cómo va a encenderlo? —inquirió Cordelia.
—Cuando era un niño pequeño, tuve que aprender a encender fuego
por fricción —recordó Vorkosigan—. Campamento de verano de la escuela militar.
No era fácil. Llevaba toda la tarde. Ahora que lo pienso, nunca llegué a
conseguirlo. Lo encendí diseccionando un comunicador de la mochila.
Rebuscó en su cinturón y sus bolsillos.
—El instructor se puso furioso. Creo que el comunicador era
suyo.
—¿No hay prendedores químicos? —preguntó Cordelia, haciendo un
gesto con la cabeza hacia su actual inventario del cinturón.
—Se supone que si quieres calor, puedes encender tu arco de
plasma. —Él palpó con los dedos la cartuchera vacía—. Tengo otra idea. Un poco
drástica, pero creo que será efectiva. Será mejor que vaya con su botánico.
Esto va a sonar fuerte.
Sacó un cartucho de energía del inútil arco de plasma de su
cinturón.
—Oh-oh —dijo Cordelia, apartándose—. ¿No será un poco exagerado?
¿Y qué va a hacer con el cráter? Será visible desde el aire desde kilómetros de
distancia.
—¿Quiere sentarse aquí y frotar dos palitos? Pero supongo que
será mejor que haga algo respecto al cráter.
Pensó un instante y luego se acercó al borde del vallecillo.
Cordelia se sentó junto a Dubauer, rodeó sus hombros con un brazo y se encogió,
esperando la explosión.
Vorkosigan llegó corriendo desde el borde del valle y alcanzó el
suelo rodando. Hubo un brillante destello blanquiazul, y una explosión que
estremeció el terreno. Una gran columna de humo, polvo y vapor se alzó al aire,
y guijarros, tierra y trozos de arena fundida empezaron a caer como lluvia
alrededor. Vorkosigan desapareció de nuevo tras el risco y regresó poco después
con una antorcha encendida.
Cordelia fue a echar un vistazo a los daños. Vorkosigan había
colocado el cartucho cortocircuitado corriente arriba, a unos doscientos
metros, en el borde exterior de un recodo donde el arroyo se curvaba corriente
arriba. La explosión había dejado un espectacular cráter cristalino de unos
quince metros de ancho y cinco de profundidad que todavía humeaba. Pero
mientras ella miraba el arroyo erosionó el borde y entró en el hueco,
provocando una columna de vapor. Dentro de una hora sería un agujero de aspecto
natural.
—No está mal —murmuró, aprobando la acción.
Para cuando el fuego se redujo a un lecho de brasas, tenían
trozos de oscura carne roja preparados ya en las espetas.
—¿Cómo le gusta la carne? —preguntó Vorkosigan—. ¿Poco hecha?
¿En su punto?
—Creo que será mejor que esté bien pasadita —sugirió Cordelia—.
Todavía no habíamos completado la investigación sobre parásitos.
Vorkosigan miró su carne con gesto dubitativo.
—Ah. Vaya —dijo débilmente.
La cocinaron a conciencia y luego se sentaron junto al fuego y
se lanzaron a la humeante carne con feliz salvajismo. Incluso Dubauer consiguió
alimentarse solo, con pequeños bocados. La carne era dura y correosa, quemada
por fuera y con un saborcillo amargo, pero nadie sugirió un acompañamiento de
gachas o salsa de queso azul.
Cordelia se sintió de buen humor. Las ropas de Vorkosigan
estaban sucias, húmedas y salpicadas de sangre seca por haber arrastrado la
cena, igual que las suyas. Él tenía barba de tres días, su rostro brillaba a la
luz de la hoguera con grasa de hexápodo y apestaba a sudor seco.
A excepción de la barba, ella no tenía mejor aspecto y sabía que
tampoco olía mejor. Se sintió inquietantemente consciente del cuerpo de él,
musculoso, compacto, completamente masculino, agitando sentidos que ella creía
haber suprimido. Sería mejor que pensara en otra cosa...
—De hombre del espacio a cavernícola en tres días —meditó en voz
alta—. Imaginamos que la civilización está en nosotros mismos, cuando en
realidad está en nuestras cosas.
Vorkosigan miró con una sonrisa torcida a Dubauer, tan
cuidadosamente atendido.
—Parece que usted lleva la civilización por dentro.
Cordelia se ruborizó, incómoda, y se alegró del camuflaje que le
prestaba la hoguera.
—Sólo cumplo con mi deber.
—Algunas personas consideran que su deber es más elástico. O...
¿estaba usted enamorada de él?
—¿De Dubauer? ¡Cielos, no! No soy una cazadora de bebés. Pero
era un buen chico. Y me gustaría devolvérselo a su familia.
—¿Tiene usted familia?
—Claro. Mi madre y mi hermano, allá en la Colonia Beta. Mi padre
también se dedicaba a la Exploración.
—¿Fue uno de esos de los que nunca volvieron?
—No, murió en un accidente con una lanzadera, a unos diez
kilómetros de casa. Había estado en casa de permiso, y regresaba.
—Mis condolencias.
—Oh, eso fue hace muchísimos años.
Se pone un poco personal, ¿no?, pensó ella. Pero era mejor que
intentar esquivar un interrogatorio militar. Cordelia esperó fervientemente que
el tema, digamos, del último equipamiento betano no saliera a colación.
—¿Y usted? ¿Tiene familia?
De repente, a ella se le ocurrió que la frase era también una
forma amable de preguntar: «¿Está casado?»
—Mi padre vive. Es el conde Vorkosigan. Mi madre era medio
betana, ¿sabe? —preguntó él, vacilante.
Cordelia decidió que si Vorkosigan, lleno de frialdad militar,
era formidable, Vorkosigan intentando parecer amable era verdaderamente
aterrador. Pero la curiosidad superó la urgencia por interrumpir la
conversación.
—Eso es poco habitual. ¿Cómo sucedió?
—Mi abuelo materno fue el príncipe Xav Vorbarra, el diplomático.
Fue embajador en la Colonia Beta durante un tiempo, en su juventud, antes de la
Primera Guerra Cetagandiana. Creo que mi abuela estaba en su Oficina de
Comercio Interestelar.
—¿La conoció usted bien?
—Después de que mi madre... muriera, y la Guerra Civil de Yuri
Vorbarra terminara, pasaba a veces las vacaciones escolares en la casa del
príncipe en la capital. No se llevaba bien con mi padre, antes y después de la
guerra, porque eran de distintos partidos políticos. Xav era el jefe de los
liberales, y por supuesto mi padre era, es, parte del último reducto de la
antigua aristocracia militar.
—¿Fue feliz su abuela en Barrayar? —Cordelia calculó los días
escolares de Vorkosigan en unos treinta años atrás.
—No creo que llegara a ajustarse por completo a nuestra
sociedad. Y, naturalmente, la Guerra de Yuri... —Se calló, y luego empezó de
nuevo—. Los extranjeros, los betanos en particular, tienen esa extraña visión
de Barrayar como si fuera una especie de monolito, pero somos una sociedad
fundamentalmente dividida. Mi Gobierno siempre está combatiendo esas tendencias
centrífugas.
Vorkosigan se inclinó hacia delante y lanzó otro trozo de madera
al fuego. Las chispas revolotearon como una bandada de pequeñas estrellas
anaranjadas que saltaran al cielo. Cordelia sintió un fuerte anhelo de volar
con ellas.
—¿A qué partido pertenece usted? —preguntó, esperando llevar la
conversación a un plano que resultara menos enervante en lo personal—. ¿Al de
su padre?
—Mientras él viva. Siempre quise ser soldado y evitar todos los
partidos. Tengo aversión a la política; ha sido la muerte de mi familia. Pero
ya es hora de que alguien se encargue de esos malditos burócratas y de sus
espías. Se imaginan que son la avanzadilla del futuro, pero sólo son detritos
que caen cuesta abajo por la pendiente.
—Si expresa esas opiniones con tanto ardor en casa, no me
extraña que se la tengan jurada. —Ella atizó el fuego con un palo, liberando
más chispas para su viaje.
Dubauer, sedado por el analgésico, se quedó dormido rápidamente,
pero Cordelia permaneció despierta largo rato, repasando mentalmente la
perturbadora conversación. Pero, al fin y al cabo, ¿qué le importaba si a este
barrayarés le gustaba darse cabezazos contra los demás? No había motivos para
implicarse. Ninguno. Seguro que no. Aunque la hechura de sus fuertes manos
cuadradas fuera un sueño de poder en forma de...
Despertó en mitad de la noche con un sobresalto. Pero sólo era
el fuego restallando cuando Vorkosigan añadió una inusitada cantidad de leña.
Ella se sentó, y él se le acercó.
—Me alegro de que esté despierta. La necesito. —Le colocó en la
mano el cuchillo de combate—. Ese cadáver parece estar atrayendo algo. Voy a
lanzarlo al río. ¿Quiere sujetar la antorcha?
—Claro.
Ella se desperezó, se levantó y seleccionó una rama adecuada. Lo
siguió hasta el arroyo, frotándose los ojos. Las fluctuantes luces anaranjadas
provocaban saltarinas sombras negras con las que era casi más difícil ver que
con la simple luz de las estrellas. Cuando llegaron al borde del agua Cordelia
vio movimiento por el rabillo del ojo, y oyó un roce entre las rocas y un siseo
familiar.
—Oh-oh. Hay un grupo de carroñeros corriente arriba, a la
izquierda.
—En efecto.
Vorkosigan lanzó los restos de la cena en mitad del río, donde
se desvanecieron con un borboteo sordo. Hubo un sonido de chapuzón, fuerte, no
un eco.
¡Ajá! pensó Cordelia, también te he visto dar un respingo,
barrayarés. Pero fuera lo que fuese lo que había saltado al agua no salió a la
superficie, y sus ondas se perdieron en la corriente. Oyeron algunos siseos más
y un alarido aterrador, corriente abajo. Vorkosigan desenfundó el aturdidor.
—Hay una camada entera ahí delante —comentó Cordelia, nerviosa.
Unieron espalda con espalda, tratando de penetrar la negrura. Vorkosigan se
apoyó el aturdidor en una muñeca y lanzó un disparo tras apuntar
cuidadosamente. Hubo un zumbido, y una de las oscuras formas se desplomó en el
suelo. Sus camaradas lo olisquearon con curiosidad y siguieron acercándose.
—Me gustaría que su pistola tuviera más de un disparo.
Él apuntó de nuevo y abatió dos más, sin ningún efecto sobre el
resto. Se aclaró la garganta.
—¿Sabe? Su aturdidor casi no tiene carga.
—¿No hay suficiente para eliminar al resto, entonces?
—No.
Uno de los carroñeros, más atrevido que el resto, se abalanzó
hacia delante. Vorkosigan lo recibió con un grito y avanzando a su vez. La
bestia se retiró temporalmente. Los carroñeros que ocupaban las llanuras eran
ligeramente más grandes que sus primos de las montañas, e incluso más feos, si
eso era posible. Obviamente, también viajaban en grupos mayores. El círculo de
bestias se tensó cuando ellos intentaron retirarse hacia el borde del valle.
—Oh, demonios —dijo Vorkosigan—. Lo que faltaba.
Una docena de silenciosos y espectrales globos flotaba en las
alturas.
—Qué forma tan asquerosa de morir. Bueno, llevémonos por delante
tantos como sea posible.
La miró, pareció a punto de decir algo más, pero luego sacudió
la cabeza y se dispuso a correr.
Cordelia, con el corazón desbocado, contempló los radiales que
descendían, y entonces tuvo una idea luminosa.
—Oh, no —jadeó—. No es el último cartucho. Es la caballería al
rescate. Venid, pequeñines —llamó—. Venid con mamá.
—¿Se ha vuelto loca? —preguntó Vorkosigan.
—¿Quería una explosión? Yo le daré una explosión. ¿Qué cree que
mantiene a esas cosas en el aire?
—No lo había pensado. Pero naturalmente tiene que ser...
—¡Hidrógeno! Le apuesto lo que quiera a que si analizáramos esos
pequeños conjuntos químicos descubrimos agua electrolizada. ¿Se ha fijado en
que siempre están cerca de ríos y arroyos? Ojalá tuviera unos guantes.
—Permítame.
La sonrisa de Vorkosigan brilló en la oscuridad veteada de
fuego. Saltó, agarró un radial en el aire, tomándolo por los tentáculos
marrones, y lo lanzó al suelo ante los carroñeros que se acercaban. Cordelia,
empuñando la antorcha como si fuera el florete de un espadachín, estiró la mano
hacia delante. Las chispas revolotearon cuando golpeó dos, tres veces.
El radial explotó en una bola de llamas cegadoras que le
chamuscó las cejas, con un gran retumbar y un hedor sorprendente. Fogonazos
naranjas y verdes bailaron ante sus retinas. Cordelia repitió el truco con la
siguiente presa de Vorkosigan. La piel de uno de los carroñeros ardió, y eso
provocó la retirada general, entre chirridos y siseos. Cordelia pinchó de nuevo
un radial en el aire. Estalló con un destello que iluminó toda la extensión del
valle fluvial y las espaldas jorobadas de la camada de carroñeros en fuga.
Vorkosigan la palmeó frenéticamente en la espalda; no fue hasta
que notó el olor, que ella advirtió que su pelo estaba ardiendo. Él lo apagó.
El resto de los radiales se perdió en las alturas, excepto uno que Vorkosigan
capturó y mantuvo sujeto por los tentáculos.
—¡Ja! —Cordelia bailó a su alrededor una danza de la guerra. La
subida de adrenalina provocaba en ella unas tontas ganas de reír. Inspiró
profundamente—. ¿Está bien su mano?
—Un poco quemada —admitió él. Se quitó la camisa y metió dentro
el radial. El bicho latía y apestaba—. Tal vez nos haga falta más tarde.
Se lavó la mano brevemente en el arroyo y volvieron corriendo al
campamento. Dubauer dormía tan tranquilo, aunque unos pocos minutos más tarde
un carroñero perdido apareció en el borde del círculo de luz, olisqueando y
siseando. Vorkosigan lo puso en fuga con la antorcha, el cuchillo y algunas
maldiciones... susurradas, para no despertar al alférez.
—Creo que será mejor que nos mantengamos con las raciones de
campaña el resto del viaje —dijo al regresar.
Cordelia asintió de todo corazón.
Despertó a los hombres con las primeras luces grises del
amanecer, tan ansiosa ahora como Vorkosigan por completar el viaje hasta la
seguridad del escondite de suministros lo más rápido posible. El radial que
Vorkosigan tenía cautivo en la camisa había muerto y se había desinflado
durante la noche, convirtiéndose en una horrible masa gélida. Vorkosigan
invirtió unos minutos en lavar la camisa en el arroyo, pero los hedores y
manchas que el bicho había dejado lo convirtieron en el indiscutible campeón en
la competición de suciedad que a Cordelia le parecía que estaban manteniendo.
Tomaron un rápido refrigerio de sus sosas pero seguras gachas y su salsa de
queso azul, y se pusieron en marcha en cuanto salió el sol.
Cerca de su descanso de mediodía Vorkosigan desapareció detrás
de unos matorrales para atender sus necesidades biológicas. Unos momentos
después se oyó una sarta de maldiciones, y Vorkosigan salió saltando de un pie
a otro y sacudiendo las perneras de sus pantalones. Cordelia le dirigió una
mirada de inocente curiosidad.
—¿Sabe esos conos amarillos de arena que hemos visto...? —dijo
Vorkosigan, desabrochándose los pantalones.
—Sí.
—No pise ninguno para hacer pis.
Cordelia no pudo sofocar una risita.
—¿Qué ha encontrado? ¿O debo decir qué lo ha encontrado a usted?
Vorkosigan dio vuelta a los pantalones y empezó a quitar las
pequeñas criaturas redondas y blancas que corrían entre sus pliegues. Cordelia
agarró una y la sostuvo en la palma de la mano para mirarla con atención. Era
otro modelo de radial, con cilios por patas, una forma subterránea.
—¡Ay! —Se libró rápidamente del bicho.
—Pica, ¿eh? —rugió Vorkosigan.
Un borbotón de risa se acumuló en su interior. Pero evitó perder
el control cuando advirtió un rasgo más preocupante en el aspecto de él.
—Eh, ese arañazo no tiene buen aspecto, ¿no?
La marca de la garra del carroñero en el muslo derecho que
Vorkosigan había recibido la noche en que enterraron a Rosemont estaba hinchada
y azulina, con feas vetas rojas que llegaban hasta la rodilla.
—No pasa nada —dijo él con firmeza, y empezó a ponerse los
pantalones libres de radiales.
—No tiene buena pinta. Déjeme ver.
—No hay nada que pueda hacer —protestó él, pero se sometió a un
breve reconocimiento—. ¿Satisfecha? —inquirió sarcástico, y terminó de
vestirse.
—Ojalá sus microespecialistas hubieran sido un poco más
concienzudos cuando crearon ese apósito. —Cordelia se encogió de hombros—. Pero
tiene usted razón. No podemos hacer nada.
Continuaron el camino. Cordelia lo observó con más atención a
partir de entonces. De vez en cuando él empezaba a cojear, luego advertía que
ella lo estaba mirando y avanzaba con paso aún más decidido. Pero al final del
día abandonó las pretensiones y cojeó sin disimulo. A pesar de eso, continuaron
andando hasta la puesta de sol y también después, hasta que la montaña hacia la
que se dirigían se convirtió en una masa negra en el horizonte. Por fin, dando
tumbos en la oscuridad, él cedió y detuvo la marcha. Cordelia se alegró, pues
Dubauer no podía más, y se apoyaba en ella pesadamente y trataba de tumbarse.
Durmieron en el lugar donde se detuvieron, en el suelo de arena rojiza.
Vorkosigan rompió una bengala y se encargó de la guardia, mientras Cordelia
yacía en tierra y observaba las inalcanzables estrellas girar en el cielo.
Vorkosigan había pedido que lo despertaran antes del amanecer,
pero ella lo dejó dormir hasta pasado un buen rato. No le gustaba el aspecto
que tenía, alternativamente pálido y enrojecido, ni la forma entrecortada de su
respiración.
—¿No cree que sería mejor que se tomara uno de sus analgésicos?
—le preguntó ella cuando se despertó, pues él apenas podía apoyar el peso en la
pierna, que estaba mucho más hinchada.
—Todavía no. Tengo que guardar un poco para el final.
Cortó en cambio una larga vara, y los tres comenzaron la tarea
del día caminando hacia el sol.
—¿Cuánto falta? —preguntó Cordelia.
—Calculo que un día, día y medio, depende del ritmo que podamos
seguir. —Hizo una mueca—. No se preocupe. No va a tener que llevarme en brazos.
Soy uno de los hombres más en forma de mi regimiento. —Continuó cojeando—. De
los de más de cuarenta años.
—¿Cuántos hombres de más de cuarenta hay en su regimiento?
—Cuatro.
Cordelia hizo una mueca.
—De todas formas, si es necesario, tengo un estimulante en mi
equipo médico que animaría a un cadáver. Pero quiero guardarlo también para el
final.
—¿Qué clase de problemas espera?
—Depende de quién atienda a mi llamada. Sé que Radnov, mi
oficial político, tiene al menos a dos agentes en mi sección de comunicaciones.
—Frunció los labios, midiéndola de nuevo— Verá, no creo que hubiera un motín
general. Creo que fue un intento de asesinato improvisado en el acto por parte
de Radnov y unos cuantos. Usaron a los betanos, pensando que podrían deshacerse
de mí sin implicarse. Si tengo razón, todo el mundo a bordo de la nave cree que
estoy muerto. Todos menos uno.
—¿Quién?
—Bien que me gustaría saberlo. El que me golpeó en la cabeza y
me ocultó entre los helechos, en vez de cortarme la garganta y arrojarme al
agujero más cercano. El teniente Radnov parece tener un topo en su grupo. Y sin
embargo... si ese topo me fuera leal, lo único que tendría que hacer es
decírselo a Gottyan, mi primer oficial, y éste haría que una patrulla leal
bajara a recogerme en un santiamén. ¿Quién de mis hombres está tan confuso como
para traicionar a ambos bandos a la vez? ¿O me estoy pasando por alto algún
detalle?
—Tal vez todavía están persiguiendo mi nave —sugirió Cordelia.
—¿Dónde está su nave?
Cordelia calculó que la sinceridad debería ser ya segura.
—Camino de la Colonia Beta.
—A menos que los hayan capturado.
—No. Estaban fuera de su alcance cuando hablé con ellos. Puede
que no estén armados, pero son más veloces que su crucero de batalla.
—Mmm. Bueno, es posible.
No parece sorprendido, advirtió Cordelia. Apuesto a que sus
informes de inteligencia sobre nuestro material producirían espasmos a nuestros
agentes de contrainteligencia.
—¿Hasta dónde los perseguirán?
—Eso es cosa de Gottyan. Si considera que no puede alcanzarlos,
regresará a la estación de contacto. Si piensa que sí, hará todos los
esfuerzos.
—¿Porqué?
Él la miró de reojo.
—No puedo hablar de eso.
—No veo por qué no. No voy a ir a ninguna parte que no sea una
prisión barrayaresa, durante una temporada. Es curioso cómo cambian los
parámetros. Después de este viaje, me parecerá el súmmum del lujo.
—Intentaré que no se llegue a eso —sonrió él.
Sus ojos la molestaban, y su sonrisa. Podía enfrentarse a su
rudeza y equipararla con su propio orgullo, protegiéndose como si fuera el
florete de un espadachín. Pero su amabilidad era como luchar contra el mar, y
los golpes de ella se volvían suaves y perdían toda voluntad. Cordelia no
respondió a la sonrisa, y el rostro de él se ensombreció y se volvió de nuevo
hosco y grave.
3
Después de desayunar, caminaron un rato en silencio. Vorkosigan
fue el primero en romperlo. La fiebre parecía estar disolviendo su natural
humor taciturno.
—Charle conmigo. Me distraerá de la pierna.
—¿Sobre qué?
—Sobre cualquier cosa.
Ella reflexionó, sin dejar de caminar.
—¿Encuentra muy distinto comandar una nave de guerra que una
nave corriente?
Él se lo pensó.
—No es la nave lo que es distinto. Son los hombres. El liderazgo
es sobre todo un poder sobre la imaginación, especialmente en combate. El
hombre más valiente, solo, puede ser tan sólo un lunático armado. La verdadera
fuerza yace en la habilidad de conseguir que otros hagan tu trabajo. ¿No es así
incluso en las flotas de la Colonia Beta?
Cordelia sonrió.
—Más bien. Si alguna vez tuviera que ejercer el poder por la
fuerza, eso significaría que ya lo he perdido. Prefiero ser suave. Así tengo la
ventaja, porque siempre puedo mantener mi temperamento, o lo que sea, un poco
más que cualquier hijo de vecino. —Contempló el desierto—. Creo que la
civilización debe de haberse inventado para el beneficio de las mujeres, sobre
todo de las madres. No puedo imaginar cómo mis antepasadas cavernícolas
cuidaban de sus familias en condiciones primitivas.
—Sospecho que trabajaban juntas, en grupos —dijo Vorkosigan—.
Apuesto a que usted podría habérselas apañado, si hubiera nacido en esos
tiempos. Tiene la competencia que se suele buscar en una madre de guerreros.
Cordelia se preguntó si Vorkosigan le estaba tomando el pelo.
Parecía tener tendencia al humor seco.
—¡Dios me libre de eso! Dedicar tu vida a tus hijos durante
dieciocho o veinte años, y luego permitir que el Gobierno te los quite y los
despilfarre para arreglar algún fallo de la política... no, gracias.
—Yo nunca lo he considerado así —concedió Vorkosigan. Guardó
silencio unos instantes, mientras continuaba cojeando apoyado en su palo—. ¿Y
si son voluntarios? ¿No tiene su gente ningún ideal de servicio?
—¿Nobleza obliga? —Pero ahora le tocó a ella el turno de guardar
silencio, un poco cortada—. Supongo que si se ofrecieran voluntarios sería
distinto. Sin embargo, no tengo hijos, así que por fortuna no tendré que
enfrentarme a esas decisiones.
—¿Se alegra, o lo siente?
—¿Lo de los hijos? —Ella lo miró a la cara. Vorkosigan no
parecía ser consciente de haber golpeado un punto flaco—. Supongo que no se han
cruzado en mi camino.
El hilo de la conversación se rompió cuando tuvieron que
enfrentarse a un tramo rocoso, lleno de súbitos barrancos que se abrían a sus
pies. Escalar algunos puntos peligrosos y cuidar de Dubauer requirió toda la
atención de Cordelia. Cuando llegaron al otro lado hicieron un descanso de
mutuo acuerdo, sin consultarlo siquiera, y se sentaron agotados contra una
roca. Vorkosigan se subió la pernera del pantalón y se aflojó la bota para
mirar la herida infectada que amenazaba con detenerlo.
—Parece que es buena enfermera. ¿Cree que ayudaría abrirla y
drenarla? —le preguntó a Cordelia.
—No lo sé. Temo que si toqueteo acabe por tener peor aspecto.
Dedujo que la herida debía ser mucho peor de lo que él daba a
entender, cosa que quedó confirmada cuando Vorkosigan tomó medio analgésico de
su precioso y limitado depósito.
Continuaron caminando y Vorkosigan empezó a hablar de nuevo.
Contó algunas anécdotas sardónicas de sus días de cadete y describió a su
padre, que había sido general en jefe de las fuerzas de infantería en su
tiempo, y amigo y contemporáneo del voluntarioso anciano que ahora era
emperador. Cordelia captó una leve y distante impresión de un padre frío a
quien su joven hijo no podía complacer del todo jamás, ni siquiera con sus
mejores esfuerzos, y con quien sin embargo compartía un lazo de subyacente lealtad.
Ella describió a su madre, una dura profesional médica que se
resistía a la jubilación, y a su hermano, que acababa de conseguir el permiso
para tener un segundo hijo.
—¿Recuerda bien a su madre? —preguntó Cordelia—. Murió cuando
era usted muy joven, supongo. ¿Un accidente, como mi padre?
—No, un accidente no. Política. —Su rostro se volvió sombrío y
distante—. ¿No ha oído hablar de la Masacre de Yuri Vorbarra?
—Yo... no sé gran cosa sobre Barrayar.
—Ah. Bueno, el emperador Yuri, en los últimos días de su locura,
se volvió extremadamente paranoico con sus parientes. Al final se convirtió en
una profecía que se cumplió a sí misma. Envió a todos sus pelotones de la
muerte una noche. El escuadrón que iba a por el príncipe Xav nunca llegó a
pasar de sus lacayos. Y por algún oscuro motivo, no envió a nadie contra mi
padre, al parecer porque no era descendiente del emperador Dorca Vorbarra. No
puedo imaginar en qué pensaba el viejo Yuri, matar a mi madre y dejar vivo a mi
padre. Fue entonces cuando mi padre lanzó a sus comandos contra Ezar Vorbarra,
en la guerra civil que siguió.
—Oh.
La garganta de Cordelia parecía seca y pastosa con el polvo de
la tarde. Había provocado una reacción de frialdad en él, de modo que la
película de sudor que bañaba su frente pareció de pronto condensación.
—He estado pensando... Hablaba usted antes de las cosas que hace
la gente cuando se deja llevar por el pánico, y lo recordé. No pensaba en ello
desde hacía años. Cuando los hombres de Yuri volaron la puerta...
—Dios mío, ¿no estaría usted presente?
—Oh, sí. Yo también estaba en la lista, por supuesto. Cada
asesino tenía asignado un blanco concreto. El asignado a mi madre... agarré un
cuchillo, un cuchillo de mesa que tenía junto al plato, y lo golpeé con él.
Pero justo delante de mí, en la mesa, había un buen cuchillo para trinchar. Si
lo hubiera tomado en cambio... bien podría haberlo golpeado con una cuchara. Él
me agarró y me lanzó al otro lado de la habitación...
—¿Qué edad tenía usted?
—Once años. Pequeño para mi edad. Siempre fui pequeño para mi
edad. Me acorraló contra la pared. Disparó un... —Se mordió el labio inferior y
a punto estuvo de hacerse sangre—. Es curioso cuántos detalles vuelven cuando
uno habla de algo. Creí que había olvidado más cosas.
La miró, con la cara blanca, y de repente se entristeció.
—La he molestado, con toda esta cháchara. Lo siento. Fue hace
mucho tiempo. No sé por qué estoy hablando tanto.
Yo sí, pensó Cordelia. Estaba pálido y ya no sudaba, a pesar del
calor. Medio inconscientemente, se abrochó la parte superior de la camisa.
Tiene frío, pensó ella; le está subiendo la fiebre. ¿Cuánto más le subirá?
Aparte del efecto que tengan esas píldoras. Esto podría ponerse muy feo.
Un oscuro impulso la hizo decir:
—Sé lo que quiere decir, cuando habla de recuerdos. Primero
estaba la lanzadera subiendo, como una bala, igual que de costumbre, y mi
hermano saludando, lo cual era una tontería, porque él no podía vernos... y
entonces esa mancha de luz en el cielo, como un segundo sol, y una lluvia de
fuego. Y esa estúpida sensación de absoluta comprensión. Esperas a que llegue
la conmoción y te alivie... y nunca lo hace. Entonces la visión en blanco. No
en negro, sino ese brillo púrpura y plateado, durante días. Casi había olvidado
lo que es quedarte cegada, hasta ahora.
Él la miró.
—Eso es exactamente... iba a decirle que él le disparó una
granada sónica al estómago. No pude oír nada durante algún tiempo. Como si todo
el sonido hubiera rebasado la escala de la percepción humana. Ruido total, más
vacío de significado que el silencio.
—Sí...
Qué extraño, que él supiera exactamente lo que sentí. Sin
embargo, lo dice mejor...
—Supongo que mi decisión de ser soldado deriva de esa fecha. Me
refiero a la de verdad, no a los desfiles y los uniformes y el glamour. A la
logística, la ventaja ofensiva, la velocidad y la sorpresa... el poder.
Convertirme en un hijo de puta mejor preparado, más fuerte, más duro, más
rápido que nadie que pudiera atravesar mi puerta. Mi primera experiencia de
combate. No tuve mucho éxito.
Estaba temblando. Pero ella también. Siguieron caminando, y
Cordelia intentó cambiar de tema.
—Nunca he estado en combate. ¿Cómo es?
Él hizo una pausa, reflexivo. Midiéndome otra vez, pensó
Cordelia. Y sudando; la fiebre debe estar remitiendo, por el momento, gracias
al cielo.
—A distancia, en el espacio, existe la ilusión de una lucha
limpia y gloriosa. Casi abstracta. Podría ser una simulación, o un juego. La
realidad no hace mella hasta que alcanzan tu nave.
Contempló el terreno que tenía delante, como si fuera a elegir
su camino, pero era llano y sin problemas.
—El asesinato... El asesinato es diferente. Aquel día en Komarr,
cuando maté a mi oficial político... Estaba más furioso que el día en que...
que la otra vez. Pero de cerca, al ver que la vida se apaga entre tus manos, al
ver ese cadáver vacío, ves tu propia muerte en la cara de tu enemigo. Sin
embargo, había traicionado mi honor.
—No estoy segura de comprender eso.
—Sí. La furia parece hacerla más fuerte, no más débil como a mí.
Ojalá comprendiera cómo lo hace.
Era otro de sus extraños cumplidos incomprensibles. Ella guardó
silencio, mirándose los pies, mirando la montaña que tenían delante, el cielo,
a cualquier parte menos a su ilegible rostro. Por eso ella fue la primera en
advertir el brillo a poniente.
—Eh, ¿no parece eso una lanzadera?
—En efecto. Observemos desde la sombra de esos grandes
matorrales —indicó Vorkosigan.
—¿No quiere intentar atraer su atención?
—No. —Alzó la palma de la mano en respuesta a su mirada
interrogatoria—. Mis mejores amigos y mis enemigos más letales llevan todos el
mismo uniforme. Prefiero hacer conocer mi presencia de la manera más selectiva
posible.
Pudieron oír el distante rugir de los motores de la lanzadera
cuando se perdió tras la gran montaña al oeste.
—Parece que se dirigen al escondrijo —comentó Vorkosigan—. Eso
complica las cosas. —Apretó los labios—. Me pregunto qué estarán haciendo de
vuelta. ¿Es posible que Gottyan haya encontrado las órdenes selladas?
—Sin duda habrá heredado todas sus órdenes.
—Sí, pero no tengo mis archivos en los lugares de rigor, porque
no deseo compartir todos mis asuntos con el Consejo de Ministros. No creo que
Korabik Gottyan pudiera encontrar lo que se le escapa a Radnov. Radnov es un
espía listo.
—¿Radnov es un tipo alto, ancho de hombros, con una cara que
parece una hoja de hacha?
—No, ése es el sargento Bothari. ¿Dónde lo ha visto?
—Era el hombre que le disparó a Dubauer en el bosque, junto al
barranco.
—¿Oh, de veras? —Los ojos de Vorkosigan se iluminaron, y sonrió
como un lobo—. Ahora se aclaran muchas cosas.
—Para mí no —instó Cordelia.
—El sargento Bothari es un hombre muy extraño. Tuve que
castigarlo de manera muy severa el mes pasado.
—¿Tanto como para convertirlo en candidato para la conspiración
de Radnov?
—Apuesto a que es lo que pensó Radnov. No estoy muy seguro de
que pueda hacerla comprender cómo es Bothari. Nadie más parece comprenderlo. Es
un combatiente de infantería soberbio. También odia mis tripas con todas sus
fuerzas, como dicen ustedes los betanos. Disfruta odiándome. De algún modo,
parece necesario para su ego.
—¿Sería capaz de dispararle por la espalda?
—Nunca. Golpearme en la cara, sí. De hecho, fue por eso por lo
que tuve que castigarlo la última vez. —Vorkosigan se frotó la mandíbula,
pensativo—. Pero armarlo hasta los dientes y guiarlo a la batalla a mi espalda
es perfectamente seguro.
—Parece un completo pirado.
—Curioso, mucha gente dice eso. Yo lo aprecio.
—Y ustedes nos acusan a los betanos de ser un circo.
Vorkosigan se encogió de hombros, divertido.
—Bueno, me resulta útil tener a alguien con quien practicar que
no contenga los golpes. Sobrevivir a las prácticas de combate mano a mano con
Bothari me estimula. Pero prefiero mantener esa fase de nuestra relación en el
ring de prácticas. Puedo imaginar que Radnov se equivocara al incluir a Bothari
sin examinar con atención su forma de ser. Actúa como el tipo de hombre capaz
de encargarse del trabajo sucio... ¡Por Dios, apuesto a que eso es lo que hizo
Radnov! El bueno de Bothari.
Cordelia miró a Dubauer, que estaba de pie tras ella, aturdido.
—Me temo que no puedo compartir su entusiasmo. Estuvo a punto de
matarme.
—No puedo decir que sea un gigante moral o intelectual. Es un
hombre muy complejo con una gama muy limitada de expresiones, que ha tenido
algunas experiencias muy malas. Pero, a su modo retorcido, es honorable.
El terreno se alzó casi imperceptiblemente a medida que se
fueron acercando a la base de la montaña. El cambio quedó marcado por la
gradual reducción de la vegetación, arbolillos regados por una multitud de
arroyuelos de las fuentes secretas de la montaña. Llegaron a la base del sucio
cono verde que se alzaba unos mil quinientos metros sobre la pendiente.
Mientras tiraba de Dubauer, que no paraba de dar tumbos,
Cordelia maldijo mentalmente, por enésima vez según le parecía, la elección de
armas de Vorkosigan. Cuando el alférez cayó, cortándose la frente, su pena e
irritación estallaron en palabras.
—¿Por qué no pueden ustedes usar armas civilizadas? Antes le
daría un disruptor a un chimpancé que a uno de Barrayar. Atontados de gatillo
fácil.
Dubauer estaba sentado en el suelo, aturdido, y ella le limpió
la sangre con el pañuelo sucio. Luego se sentó también.
Vorkosigan se sentó torpemente en el suelo junto a ellos,
estirando la pierna mala, concediendo en silencio la pausa. Contempló el rostro
tenso y triste de ella, y le ofreció una respuesta seria.
—En ese tipo de situación, siento aversión hacia los aturdidores
—dijo lentamente—. Nadie vacila en disparar uno, y si hay suficientes enemigos
siempre pueden acabar quitándotelo. He visto morir a hombres, por confiar en
sus aturdidores, que podrían haberse librado con un disruptor o un arco de
plasma. Un disruptor tiene auténtica autoridad.
—Por otro lado, nadie vacila en disparar un aturdidor —dijo
Cordelia de modo sugerente—. Y te da cierto margen de error.
—¿Vacilaría usted en disparar un disruptor?
—Sí. Preferiría no hacerlo.
—Ah.
La curiosidad hizo mella en ella.
—¿Cómo demonios mataron con un aturdidor al hombre que vio?
—No lo mataron con el aturdidor. Después de quitárselo, lo
mataron a patadas.
—Oh. —El estómago de Cordelia se tensó—. No... no sería amigo
suyo, espero.
—Da la casualidad de que sí. Compartía su actitud hacia las
armas. Blando. —Frunció el ceño, contemplando la distancia.
Se incorporaron y se internaron en el bosque. El barrayarés
trató de ayudarla un poco más con Dubauer, al cabo de un rato. Pero Dubauer
retrocedió ante él, y entre la resistencia del alférez y su pierna mala, el
intento fracasó embarazosamente.
Después de eso Vorkosigan se encerró en sí mismo y se volvió
menos charlatán. Toda su concentración parecía volcada en avanzar un paso más,
pero murmuraba para sí de modo alarmante. Cordelia tuvo la desagradable visión
de un colapso y delirios febriles, y no sintió ninguna fe en su habilidad para
sustituirlo en su función de identificar y contactar con un miembro leal de su
tripulación. Estaba claro que un error de juicio podría ser letal, y aunque no
podía decir que todos los barrayareses le parecieran iguales, se vio obligada a
recordar el viejo dicho que empieza: «Todos los cretenses son mentirosos.»
Al atardecer, cuando se abrían paso por entre un macizo boscoso
más denso, se encontraron de pronto ante un pequeño claro de sorprendente
belleza. Una cascada caía sobre un lecho de rocas negras que brillaban como
obsidiana, una cascada viva de luz. La hierba que bordeaba el lecho del arroyo
quedaba iluminada por el sol con un fulgor dorado translúcido. Los árboles
adyacentes, altos, verde oscuro, con buena sombra, hacían que pareciera una
gema.
Vorkosigan se apoyó en su bastón y lo contempló durante un rato.
Cordelia pensó que nunca había visto a un ser humano más cansado, pero claro,
no tenía ningún espejo a mano.
—Todavía nos faltan unos quince kilómetros —dijo él—. No quiero
acercarme al escondrijo en la oscuridad. Nos detendremos aquí esta noche,
descansaremos, y continuaremos por la mañana.
Se desplomaron en la suave hierba y observaron en silencio la
gloriosa puesta de sol, como un viejo matrimonio demasiado cansado para
levantarse y apagarlo. Por fin la falta de luz los obligó a ponerse en marcha.
Se lavaron la cara y las manos en el arroyo, y Vorkosigan compartió por fin sus
raciones de campo barrayaresas. Incluso después de cuatro días de gachas y
salsa de queso azul, fueron una decepción.
—¿Seguro que esto no son botas instantáneas? —preguntó Cordelia
compungida, pues en color, sabor y olor se parecían mucho a cuero pulverizado
para zapatos convertido en obleas.
Vorkosigan sonrió sardónico.
—Son orgánicas, nutritivas y se conservan durante años...
Probablemente, es lo que han hecho.
Cordelia sonrió y masticó un reseco bocado. Le dio de comer a
Dubauer el suyo (él tenía tendencia a escupirlo), y luego se lavaron y se
dispusieron a pasar la noche. Dubauer no había tenido ningún ataque en todo el
día, cosa que ella esperaba que fuese un signo de mejora parcial en su estado.
De la tierra todavía emanaba un cómodo calorcillo, y el arroyo
ronroneaba suavemente en el silencio. Cordelia deseó poder dormir cien años
seguidos, como una princesa encantada. En cambio, se levantó y se ofreció
voluntaria para la primera guardia.
—Será mejor que duerma bien esta noche —le dijo a Vorkosigan—.
He hecho la guardia más corta dos noches de tres. Ahora es su turno.
—No hay necesidad... —empezó a decir él.
—Si usted no lo consigue, yo no lo conseguiré tampoco —comentó
ella bruscamente—. Ni él. —Indicó con el pulgar al tranquilo Dubauer—. Tengo la
intención de que lo consiga mañana.
Vorkosigan se tomó otro medio analgésico y se tumbó donde
estaba, admitiendo el razonamiento. Con todo, estuvo inquieto, sin poder
dormir, observándola en la oscuridad. Sus ojos parecían brillar de fiebre.
Finalmente se apoyó en un codo, cuando ella terminaba de patrullar el borde del
claro, y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, a su lado.
—Yo... —empezó a decir, y guardó silencio—. No es usted lo que
se espera de una oficial femenina.
—¿No? Bueno, usted tampoco es lo que esperaba de un oficial de
Barrayar, así que ya somos dos. ¿Qué esperaba exactamente? —añadió con
curiosidad.
—Yo... no estoy seguro. Es usted tan profesional como cualquier
oficial con el que haya servido jamás, y ni una sola vez ha intentado imitar a
un hombre. Es extraordinario.
—No hay nada extraordinario en mí —negó ella.
—Entonces la Colonia Beta debe de ser un lugar muy curioso.
—Es sólo mi hogar. Nada especial. Un clima terrible.
—Eso he oído. —Él tomó una rama y marcó con ella rayas en el
suelo, hasta que se quebró—. No tienen matrimonios concertados en la Colonia
Beta, ¿verdad?
Ella se lo quedó mirando.
—¡Por supuesto que no! Qué idea tan extraña. Casi parece una
violación de los derechos civiles. Cielos... no querrá decir que hacen eso en
Barrayar.
—En mi casta, casi siempre.
—¿No se opone nadie?
—No son obligados. Los concertan los padres, normalmente. Parece
que funciona. Para mucha gente.
—Bueno, supongo que es posible.
—¿Cómo, ah... cómo se las apañan ustedes? Sin intermediarios
debe ser muy embarazoso. Quiero decir, rechazar a alguien en su cara.
—No lo sé. Es algo que consiguen los amantes después de
conocerse mutuamente durante algún tiempo, cuando desean solicitar el permiso
de tener un hijo. Ese contrato que usted describe debe de ser como casarse con
un auténtico extraño. Claro que debe de ser embarazoso.
—Mm. —Él encontró otra ramita—. En la Era del Aislamiento, en
Barrayar, el hecho de que un hombre tomara a una mujer de la casta guerrera
como amante se consideraba como un robo de su honor, y él tenía que morir como
un ladrón por eso. Una costumbre poco habitual, estoy seguro, aunque es un tema
que aparece mucho en los dramas. Hoy estamos mezclados. Las viejas costumbres
han muerto, y seguimos probando cosas nuevas, como ropas mal ajustadas. Es
difícil saber lo que está bien.
Tras un momento, añadió:
—¿Qué se esperaba usted?
—¿De un barrayarés? No sé. Algo criminal, supongo. No me
entusiasmó que me hicieran prisionera.
Él bajó los ojos.
—Yo... comprendo eso de lo que habla, claro. No puedo negar que
exista. Es una infección de la imaginación, que se extiende de hombre a hombre.
Es peor cuando llega de arriba abajo. Malo para la disciplina, malo para la
moral... Odio sobre todo cuando afecta a los oficiales más jóvenes, cuando lo
encuentran en los hombres en quienes deberían estar moldeándose. No tienen el
peso de la experiencia para combatirlo mentalmente, ni distinguen cuando un
hombre roba la autoridad del emperador para ocultar sus propios apetitos. Y por
eso están corrompidos casi antes de darse cuenta de lo que está sucediendo. —En
la oscuridad, su voz sonaba intensamente.
—Sólo lo pensaba desde el punto de vista de prisionera. Supongo
que he tenido suerte con mi captor.
—Son la hez del servicio. Pero debe creerme, constituyen una
pequeña minoría. Aunque tampoco me agradan los que fingen no ver esas cosas, y
no son una minoría como... Pero no se equivoque. No es fácil luchar contra esa
infección. Aunque no tiene nada que temer de mí. Se lo prometo.
—Yo... ya me había dado cuenta.
Permanecieron un rato en silencio, hasta que la noche cayó para
arrancar del cielo los últimos tonos turquesa, y la cascada se dibujó con
brillo de perla en el cielo estrellado. A Cordelia le pareció que él se había
quedado dormido, pero Vorkosigan se agitó y volvió a hablar. Apenas podía verle
la cara, excepto el destello del blanco de sus ojos y sus dientes.
—Sus costumbres me parecen tan libres, tan tranquilas... Tan
inocentes como la luz del sol. Ninguna pena, ningún dolor, ningún error
irrevocable. Ningún niño convertido en criminal por puro miedo. Ningún celo
estúpido. Ningún honor perdido.
—Eso es una ilusión. Sí que se puede perder el honor. Sólo que
no es algo que pase de noche a la mañana. Puede tardar años perderse, poco a
poco. —Hizo una pausa en la amistosa oscuridad—. Conocí a una mujer... una
buena amiga mía. En Exploración. Era bastante... inepta socialmente. Todo el
mundo parecía encontrar su Pareja, y cuanto mayor se hacía, más pánico sentía
de quedarse colgada. Patéticamente ansiosa.
»Finalmente se enamoró de un hombre con un sorprendente talento
para convertir el oro en plomo. Ella no podía usar en su presencia una palabra
como amor, o confianza, u honor, sin provocar sus burlas. La pornografía estaba
permitida; la poesía, nunca.
»Daba la casualidad de que tenían el mismo rango cuando el cargo
de capitán de su nave quedó libre. Ella se había partido los cuernos por ese
mando, esforzándose al máximo... bueno, estoy segura de que ya sabe cómo es.
Hay pocos puestos de mando y todo el mundo quiere uno. Su amante la persuadió,
en parte con promesas que más tarde resultaron mentiras (tener hijos) de que le
dejara el campo libre, y él obtuvo el puesto. Un gran estratega. Todo terminó
poco después. En malos términos.
»Después de eso ella ya no tuvo estómago para otro amante. Así
que ya ve, creo que ustedes los barrayareses no andan tan descaminados después
de todo. Los ineptos necesitan reglas, por su propia protección.
La cascada continuó susurrando en medio del silencio.
—Yo... conocí a un hombre —dijo él—. Se casó, a los veinte años,
con una chica de alto rango que tenía dieciocho. Un matrimonio pactado, por
supuesto, pero él estaba contento con eso.
»Estaba fuera casi todo el tiempo, de servicio. Ella descubrió
que era libre, rica y que estaba sola en la capital rodeada de gente... no
viciosa en sí, pero mayor que ella. Ricos parásitos, sus parásitos, abusadores.
Le doraron la píldora y se le subió a la cabeza. Creo que no al corazón. Se
echó amantes, como hacían todos a su alrededor. Pensándolo bien, creo que no
sentía hacia ellos otra emoción que la vanidad y el orgullo de la conquista,
pero en ese momento... Él se había construido una falsa imagen de ella, y ver
que de pronto se venía abajo... El muchacho tenía muy mal carácter. Era su
maldición particular. Decidió retar a duelo a los amantes.
»Ella tenía a dos pretendientes, o era al revés. No estoy
seguro. A él no le importaba quién sobreviviera, ni si lo arrestaban. Creyó que
estaba deshonrado, ¿sabe? Consiguió que se reunieran con él en un lugar
desierto, con media hora de diferencia.
Hizo una pausa durante largo rato. Cordelia esperó, sin apenas
respirar, insegura de si debía animarlo a continuar o no. Él continuó al cabo
de un rato, pero su voz se volvió átona y habló atropelladamente.
—El primero era otro joven aristócrata testarudo como él mismo,
y jugó según las reglas. Conocía el uso de las dos espadas, luchó con estilo y
estuvo a punto de matarm... de matar a mi amigo. Lo último que dijo fue que
siempre había querido morir a manos de un marido celoso, pero a los ochenta
años.
A estas alturas, el pequeño gazapo no resultó ninguna sorpresa
para Cordelia, y se preguntó si su propia historia había sido tan transparente
para él. Desde luego, lo parecía.
—El segundo era un alto ministro del Gobierno, un hombre mayor.
No quiso pelear, aunque lo derribó y lo hizo levantarse varias veces.
Después... después del otro, que había muerto con un chiste en los labios,
apenas pudo soportarlo. Finalmente lo mató en medio de sus súplicas, y lo dejó
allí.
»Se pasó por el apartamento de su esposa, para decirle lo que
había hecho, y regresó a su nave para esperar su arresto. Todo esto sucedió en
una sola tarde. Ella se enfureció, llena de orgullo herido; se habría batido
con él, de haber podido... y se suicidó. Se disparó en la cabeza, con su arco
de plasma de servicio. No era lo típico en una mujer. Veneno, o cortarse las
venas, o algo parecido, sí. Pero ella era una auténtica Vor. La cara le voló
por completo. Tenía el rostro más bello que se pueda imaginar...
»Las cosas resultaron muy extrañas. Se asumió que los dos
amantes se habían matado entre sí (juro que él nunca lo planeó de esa forma), y
que ella se había suicidado en consecuencia. Jamás nadie le preguntó a él.
Su voz se hizo más lenta, más intensa.
—Él vivió toda aquella noche como un sonámbulo, como un actor,
diciendo las frases esperadas, realizando los movimientos esperados, y al final
su honor no se sintió mejor. No se había logrado nada, no se había demostrado
ningún argumento. Todo fue tan falso como los romances de ella, excepto por las
muertes. Esas fueron reales. —Hizo una pausa—. Así que ya ve, ustedes los
betanos tienen una ventaja. Al menos se permiten aprender de sus errores.
—Yo... lo siento por su amigo. ¿Fue hace mucho tiempo?
—A veces lo parece. Hace más de veinte años. Dicen que las
personas seniles recuerdan cosas de su juventud con más claridad que las de la
semana pasada. Tal vez se está volviendo senil.
—Ya veo.
Ella consideró la historia como una especie de extraño regalo
con púas, demasiado frágil para dejarlo caer, demasiado doloroso para
sujetarlo. Él se tendió, silencioso de nuevo, y ella volvió a recorrer el
claro, escuchando en el borde del bosquecillo un silencio tan profundo que el
rugir de la sangre en sus oídos parecía ahogarlo todo. Cuando completó la
ronda, Vorkosigan estaba dormido, inquieto y agitándose de fiebre. Cordelia
tomó una de las mantas medio quemadas de Dubauer y lo tapó con ella.
4
Vorkosigan despertó unas tres horas antes del amanecer e hizo
que ella se acostara para arañar unas cuantas horas de sueño. Cordelia volvió a
despertar con la luz gris que precede al amanecer. Era evidente que él se había
bañado en el arroyo y había usado el paquetito depilatorio de una sola
aplicación que guardaba en el cinturón para eliminar de su rostro la barba de
cuatro días.
—Necesito ayuda con esta pierna. Quiero abrirla y drenarla y
volver a vendarla. Así aguantará hasta la tarde, y después de eso no importará.
—Bien.
Vorkosigan se quitó la bota y el calcetín, y Cordelia le hizo
sujetar la pierna bajo una raíz, al borde de la cascada. Lavó el cuchillo de
combate, y luego abrió la hinchada herida con un tajo profundo y rápido. Los
labios de Vorkosigan empalidecieron, pero no dijo nada. Fue Cordelia quien dio
un respingo. Del corte manó sangre y pus y una sustancia viscosa y maloliente
que el arroyo aclaró. Ella trató de no pensar en qué nuevos microbios podrían
estar introduciendo en el procedimiento. Sólo necesitaban un paliativo
temporal.
Roció la herida con lo que quedaba del ineficaz antibiótico y
gastó el tubo de vendaje plástico para cubrirla.
—Me siento mejor.
Pero Vorkosigan se tambaleó y estuvo a punto de caer cuando
intentó caminar con normalidad.
—Bien —murmuró—. Ha llegado el momento.
Ceremoniosamente, sacó el último analgésico y una pequeña
píldora azul de su botiquín de primeros auxilios, los tragó y tiró el
envoltorio vacío. De manera inconsciente, Cordelia lo recogió, descubrió que no
tenía sitio donde ponerlo y, subrepticiamente, volvió a dejarlo caer.
—Estas cosas funcionan maravillosamente —le dijo él—, hasta que
se agotan, y entonces te caes como una marioneta con las cuerdas cortadas.
Ahora estaré bien unas dieciséis horas.
En efecto, para cuando acabaron las raciones de campaña y
prepararon a Dubauer para la marcha del día, él no sólo parecía normal, sino
fresco y descansado y lleno de energía, Ninguno hizo el menor comentario sobre
la conversación de la noche anterior.
Él los condujo en un amplio arco alrededor de la base de la
montaña, de modo que a mediodía se acercaban al lado lleno de cráteres desde el
oeste.
Se abrieron camino a través de bosques y claros hasta un
promontorio situado frente al gran montículo que era todo lo que quedaba de la
parte inferior de la montaña de los días anteriores al cataclismo volcánico.
Vorkosigan se arrastró hacia un promontorio sin árboles, cuidando de no dejarse
ver entre las altas hierbas. Dubauer, pálido y exhausto, se acurrucó de costado
en su escondite y se quedó dormido. Cordelia lo observó hasta que su
respiración se volvió lenta y firme, y luego siguió a Vorkosigan. El capitán de
Barrayar había sacado su catalejo de campaña y estaba escrutando el verde
anfiteatro.
—Allí está la lanzadera. Han acampado en las cuevas donde está
oculto el material. ¿Ve esa veta oscura junto a la cascada grande? Ésa es la
entrada.
Le prestó el catalejo para que pudiera ver mejor.
—Oh, está saliendo alguien. Se les puede ver la cara con este
magnífico aumento.
Vorkosigan recuperó el catalejo.
—Koudelka. No hay problema. Pero el tipo delgado que lo acompaña
es Darobey, uno de los espías de Radnov en mi sección de comunicaciones.
Recuerde su cara: necesitará saber cuándo mantener la cabeza gacha.
Cordelia se preguntó si el aire de diversión de Vorkosigan era
producido por el estimulante o si era una especie de expectación primitiva del
inminente enfrentamiento. Sus ojos parecían chispear mientras observaba,
contaba y calculaba.
Siseó entre dientes y, por un momento, pareció uno de los
carnívoros locales.
—¡Allí está Radnov, por Dios! Cuánto me gustaría ponerle las
manos encima. Pero esta vez puedo llevar a juicio a los hombres del Ministerio.
Me gustaría ver cómo intentan sacar a uno de sus lacayos de una acusación de
motín. El Alto Mando y el Consejo de Condes estarán conmigo esta vez. No,
Radnov, vas a vivir... y a lamentarlo.
Se apoyó en el suelo con el estómago y los codos y devoró la
escena con la mirada.
De repente se enderezó y sonrió con una mueca.
—Es hora de que cambie mi suerte. Allí está Gottyan, armado, así
que debe estar al mando. Casi estamos ya en casa. Vamos.
Se arrastraron de vuelta al refugio entre los árboles. Dubauer
no estaba donde lo habían dejado.
—Oh, señor —suspiró Cordelia, dándose la vuelta y escrutando el
bosque en todas direcciones—. ¿Por dónde se ha ido?
—No puede haber llegado muy lejos —la tranquilizó Vorkosigan,
aunque también él parecía preocupado.
Cada uno trazó un círculo de un centenar de metros en el bosque.
¡Idiota!, se castigó furiosamente Cordelia, llena de pánico. Tuviste que ir a
mirar... Se reunieron en el punto original sin ver ninguna marca que hubiera
dejado el alférez errante.
—Mire, ahora no tenemos tiempo para buscarlo —dijo Vorkosigan—.
En cuanto haya recuperado el mando, enviaré a una patrulla en su busca. Con
rastreadores adecuados, darán con él más rápido que nosotros.
Cordelia pensó en carnívoros, acantilados, lagos profundos,
patrullas barrayaresas de gatillo fácil.
—Hemos llegado tan lejos... —empezó a decir.
—Y si no recupero el mando pronto, ninguno de ustedes
sobrevivirá de todas formas.
Dolorida, pero obedeciendo a la razón, Cordelia permitió que
Vorkosigan la tomara del brazo. Tras apoyarse levemente en ella, se abrió
camino por el bosque. Cuando se acercaron al campamento barrayarés, se llevó un
grueso dedo a los labios.
—Avance lo más silenciosamente que pueda. No he llegado hasta
aquí para que me dispare uno de mis propios hombres. Ah. Tiéndase aquí.
La depositó en un lugar tras unos troncos caídos y vegetación
alta, desde donde podían dominar un sendero entre los matorrales.
—¿No va a ir a llamar a la puerta?
—No.
—¿Por qué no, si su Gottyan le es fiel?
—Porque sucede algo raro. No sé por qué esta partida de
desembarco está aquí.
Vorkosigan meditó un instante, luego le entregó el aturdidor.
—Si tiene que usar un arma, será mejor que sea una que pueda
manejar. Todavía le queda un poco de carga: uno o dos disparos. Este sendero
corre entre los puestos de los centinelas y, tarde o temprano, por aquí vendrá
alguien. Mantenga la cabeza baja hasta que yo la llame.
Aflojó el cuchillo en su vaina y se ocultó al otro lado del
sendero. Esperaron un cuarto de hora, luego otro. El bosquecillo dormitaba bajo
el aire cálido, suave y blanco.
Entonces oyeron en el sendero el sonido de botas pisando la capa
de hojas. Cordelia se quedó inmóvil, tratando de ver por entre los matorrales
sin alzar la cabeza. Una forma alta, vestida con el maravilloso y efectivo
uniforme de camuflaje de Barrayar se convirtió en un oficial de pelo gris.
Cuando pasaba, Vorkosigan se levantó de su escondite, como si hubiera
resucitado.
—Korabik —dijo en voz baja, pero con sincero afecto. Permaneció
de pie, sonriente, cruzado de brazos, esperando.
Gottyan se giró, desenfundando con una mano el disruptor neural
de su cadera. Un segundo después, una expresión de sorpresa asomó a su rostro.
—¡Aral! La partida de aterrizaje informó de que los betanos le
habían matado.
Y dio un paso, no adelante, como Cordelia había esperado por el
tono de voz de Vorkosigan, sino atrás. Todavía sostenía en la mano el
disruptor, como si se hubiera olvidado de guardarlo, pero lo empuñaba con
fuerza. El estómago de Cordelia se encogió.
Vorkosigan parecía levemente aturdido, como decepcionado por la
fría y controlada recepción.
—Me alegro de saber que no eres supersticioso —bromeó.
—Sé bien que no lo podía dar por muerto hasta que lo hubiera
visto enterrado con una estaca en el corazón —dijo Gottyan, tristemente
irónico.
—¿Qué ocurre, Korabik? —preguntó Vorkosigan suavemente—. No eres
ningún lameculos del Ministerio.
Al oír estas palabras, Gottyan alzó el disruptor, apuntando
claramente. Vorkosigan se quedó muy quieto.
—No —respondió con sinceridad—. Me pareció que la historia que
Radnov contó sobre usted y los betanos apestaba. E iba a asegurarme de que
llegara a un tribunal de investigación cuando regresáramos a casa. —Hizo una
pausa—. Pero claro... yo habría tenido el mando. Después de actuar como capitán
en funciones durante seis meses, sin duda que me confirmarían en el puesto.
¿Cuáles cree que son mis posibilidades de conseguir un puesto de mando a mi
edad? ¿El cinco por ciento? ¿El dos? ¿Cero?
—No son tan pocas como crees —dijo Vorkosigan, todavía
suavemente—. Se preparan algunas cosas de las que poca gente ha oído hablar.
Más naves, más puestos.
—Los rumores de costumbre —despreció Gottyan.
—¿Así que no creíste que estuviera muerto? —sondeó Vorkosigan.
—Estaba seguro de que sí. Me hice cargo... ¿dónde dejó las
órdenes selladas, por cierto? Revolvimos su camarote de cabo a rabo para
encontrarlas.
Vorkosigan sonrió secamente y sacudió la cabeza.
—No voy a aumentar tus tentaciones.
—No importa. —El pulso de Gottyan no tembló—. Anteayer ese
idiota psicópata de Bothari vino a verme a mi camarote. Me contó la historia de
lo que había sucedido en el campamento betano. Me sorprendió de muerte... creí
que le habría encantado tener una oportunidad de cortarle la garganta. Así que
volvimos aquí para hacer prácticas sobre el terreno. Estaba seguro de que
volvería usted a aparecer tarde o temprano... Esperaba que llegase antes.
—Me he retrasado un poco. —Vorkosigan cambió levemente de
posición, apartándose de la línea de tiro de Cordelia hacia Gottyan—. ¿Dónde
está Bothari ahora?
—En confinamiento solitario.
Vorkosigan dio un respingo.
—Lo siento por él. ¿He de suponer que no difundiste la noticia
de mi huida?
—Ni siquiera Radnov lo sabe. Todavía piensa que Bothari lo
eliminó.
—Es sibilino, ¿eh?
—Como un gato. Me habría encantado restregarle la cara contra el
Consejo; si al menos hubiera tenido usted el detalle de tener un accidente en
el camino...
Vorkosigan hizo una mueca amarga.
—Parece que todavía no has decidido lo que quieres hacer. ¿Puedo
sugerir que no es demasiado tarde, ni siquiera ahora, para cambiar de rumbo?
—Nunca me perdonaría esto —declaró Gottyan, inseguro.
—En mis días más jóvenes y más estirados, tal vez no. Pero si te
digo la verdad, me estoy cansando un poco de matar a mis enemigos para darles
una lección. —Vorkosigan alzó la barbilla y miró a Gottyan a los ojos—. Si
quieres, te doy mi palabra. Ya sabes lo que vale.
El disruptor tembló levemente en la mano de Gottyan, mientras él
se tambaleaba al borde de la decisión. Cordelia, sin apenas respirar, vio que
sus ojos se humedecían. No se llora por los vivos, pensó, sino por los muertos;
en ese momento, mientras Vorkosigan todavía dudaba, supo que Gottyan pretendía
disparar.
Alzó su aturdidor, apuntó con cuidado, y descargó una andanada.
Zumbó débilmente, pero fue suficiente para que Gottyan, que volvió la cabeza
ante el súbito movimiento, cayera de rodillas. Vorkosigan se abalanzó hacia el
disruptor, y luego lo despojó del arco de plasma y lo derribó al suelo.
—Maldito sea —croó Gottyan, semiparalizado—. ¿Es que no se le
puede vencer nunca?
—Si se pudiera no estaría aquí. —Vorkosigan se encogió de
hombros. Sometió a Gottyan a un rápido registro y confiscó su cuchillo y varios
objetos—. ¿A quién han apostado de guardia?
—A Sens al norte, y a Koudelka al sur.
Vorkosigan le quitó el cinturón y le ató las manos a la espalda.
—Te costó trabajo decidirte, ¿eh?
En un aparte, le explicó a Cordelia:
—Sens es uno de los hombres de Radnov. Koudelka es de los míos.
Como si lanzáramos una moneda al aire.
—¿Y éste era su amigo? —Cordelia alzó una ceja—. Me parece que
la única diferencia entre sus amigos y sus enemigos es cuánto tiempo se dedican
a charlar antes de dispararle.
—Sí —reconoció Vorkosigan—. Podría enfrentarme al universo con
este ejército si pudiera conseguir que todas sus armas apuntaran en la misma
dirección. Ya que sus pantalones aguantarán sin ayuda, comandante Naismith,
¿puede prestarme su cinturón?
Terminó de asegurar con él las piernas de Gottyan, lo amordazó,
y luego permaneció un momento pensativo antes de echar a andar sendero abajo.
—Todos los cretenses son mentirosos —murmuró Cordelia, y luego
preguntó en voz alta—: ¿Al norte o hacia el sur?
—Una pregunta interesante. ¿Cómo la respondería usted?
—Tuve un profesor que me devolvía las preguntas de esa forma. Yo
creía que era el método socrático y me impresionaba muchísimo, hasta que
descubrí que lo usaba cada vez que no sabía la respuesta.
Cordelia miró a Gottyan, a quien habían dejado en el lugar donde
ella se había ocultado de manera tan efectiva, preguntándose si sus
indicaciones eran un regreso a la lealtad o un último esfuerzo por completar el
intento de asesinato de Vorkosigan. Él le devolvió la mirada, lleno de
resentimiento y hostilidad.
—Al norte —dijo Cordelia por fin, reacia. Vorkosigan y ella
intercambiaron una mirada de comprensión, y él asintió brevemente.
—Vamos pues.
Emprendieron silenciosamente el camino, rebasaron un promontorio
y atravesaron un pequeño valle cubierto de arbustos.
—¿Hace mucho tiempo que conoce a Gottyan?
—Hemos servido juntos los cuatro últimos años, desde mi
degradación. Me parecía un buen oficial de carrera. Apolítico siempre. Tiene
familia.
—¿Cree que podría... recuperarlo, más tarde?
—¿Olvidar y perdonar? Le di su oportunidad. Me rechazó. Dos
veces, si tiene usted razón con lo de las indicaciones.
Subieron otra pendiente.
—El centinela está en la cima. Sea quien sea, podrá vernos de un
momento a otro. Quédese aquí y cúbrame. Si oye disparos... —Hizo una pausa—.
Siga su iniciativa.
Cordelia reprimió una carcajada. Vorkosigan aflojó el disruptor
en su canana y caminó abiertamente por el sendero, haciendo ruido.
—Centinela, informe —le oyó decir Cordelia, firmemente.
—Nada nuevo desde... ¡Santo Dios, es el capitán!
Una risa de sincero deleite siguió a estas palabras. Cordelia se
apoyó contra el árbol, sintiéndose súbitamente débil. ¿Cuándo fue, se preguntó
a sí misma, que dejaste de sentir miedo de él y empezaste a sentir miedo por
él? ¿Y por qué este nuevo temor es más atenazante que el primero? No parece que
hayas ganado mucho con el cambio, ¿no?
—Puede salir ya, comandante Naismith —llamó la voz de
Vorkosigan. Ella se abrió paso entre los matorrales y escaló la pendiente. En
lo alto había dos jóvenes muy apuestos y marciales con sus uniformes de faena.
Reconoció a uno de ellos, más alto que Vorkosigan por una cabeza, con cara de
niño y cuerpo de hombre, porque lo había visto con el catalejo: Koudelka.
Estaba estrechando la mano de su capitán con verdadero entusiasmo, asegurándose
de que no era un fantasma irreal. La mano del otro hombre se dirigió al
disruptor en cuanto vio el uniforme de ella.
—Nos dijeron que los betanos lo habían matado, señor —dijo,
receloso.
—Sí, es un rumor que he tenido dificultades para acallar
—respondió Vorkosigan—. Como puede ver, no es cierto.
—Su funeral fue espléndido —dijo Koudelka—. Tendría que haber
estado allí.
—La próxima vez, tal vez. —Vorkosigan hizo una mueca.
—Oh. Ya sabe que no lo he dicho con esa intención, señor. El
teniente Radnov hizo un discurso buenísimo.
—Estoy seguro. Quizá llevaba meses preparándolo.
Koudelka, un poco más rápido de reflejos que su compañero, dijo:
«Oh.» El otro hombre simplemente pareció desconcertado.
—Permítanme que les presente a la comandante Cordelia Naismith
—continuó Vorkosigan—, del cuerpo de Exploración Astronómica Betana. Es...
—Hizo una pausa y Cordelia esperó interesada a ver cuál era su condición—.
Ah...
—¿Lo que parece? —murmuró.
Vorkosigan apretó los labios con fuerza, forzando una sonrisa.
—Mi prisionera —escogió por fin—. Bajo palabra. A excepción de
libre acceso a zonas clasificadas, hay que tratarla con la máxima cortesía.
Los dos jóvenes parecían impresionados, y enormemente curiosos.
—Está armada —señaló el acompañante de Koudelka.
—Y menos mal. —Vorkosigan no amplió el tema, sino que pasó a
asuntos más urgentes—. ¿Quién forma parte del grupo de aterrizaje?
Koudelka dio una lista de nombres. Su compañero refrescó su
memoria de vez en cuando.
—Muy bien —suspiró Vorkosigan—. Radnov, Darobey, Sens y Tafas
tienen que ser desarmados, de la manera más calmada y limpia posible, y
arrestados bajo el cargo de amotinamiento. Habrá otros más tarde. No quiero
ninguna comunicación con la General Vorkraft hasta que todos estén bajo llave.
¿Saben dónde está el teniente Buffa?
—En las cavernas. ¿Señor? —Koudelka parecía un poco triste, ya
que había empezado a deducir lo sucedido.
—¿Sí?
—¿Está seguro respecto a Tafas?
—Casi. —Vorkosigan suavizó el tono—. Serán juzgados. Para eso
sirven los juicios, para separar a los culpables de los inocentes.
—Sí, señor. —Koudelka asintió, aceptando esta limitada garantía
de la seguridad de un hombre al que Cordelia supuso un amigo.
—¿Empieza a comprender por qué dije que las estadísticas sobre
la guerra civil ocultan la principal realidad? —dijo Vorkosigan.
—Sí, señor. —Koudelka lo miró directamente a los ojos, y
Vorkosigan asintió, seguro de su hombre.
—Muy bien. Vengan conmigo los dos.
Se pusieron en marcha. Vorkosigan volvió a tomarla del brazo sin
apenas cojear, ocultando perfectamente cuánto se apoyaba en ella. Siguieron
otro sendero a través del bosque, por terreno escabroso, y salieron a la vista
de la puerta camuflada de las cavernas.
La cascada que caía junto a ella terminaba en una pequeña laguna
que acababa por convertirse en un arroyuelo que se perdía entre los árboles.
Había un extraño grupo junto a él. Al principio Cordelia no distinguió qué
estaban haciendo. Dos barrayareses montaban guardia al tiempo que otros dos
permanecían arrodillados junto al agua. Mientras se acercaban, los dos que
estaban arrodillados se levantaron, sosteniendo para que se pusiera en pie a
una figura chorreante vestida de pardo, con las manos atadas a la espalda. El
hombre tosió, esforzándose por respirar entre jadeos entrecortados.
—¡Es Dubauer! —chilló Cordelia—. ¿Qué le están haciendo?
Vorkosigan, que pareció saber al instante qué le estaban
haciendo, murmuró:
—Oh, mierda.
Y echó a correr como pudo.
—¡Ése es mi prisionero! —rugió mientras se acercaban al grupo—.
¡Quitadle las manos de encima!
Los barrayareses se pusieron firmes tan rápido que pareció un
reflejo espinal. Dubauer, al ser liberado, cayó de rodillas, todavía intentando
recuperar el aire con largos jadeos. Cordelia, mientras corría a atender a
Dubauer, pensó que nunca había visto un grupo de hombres de aspecto más
aburrido. El pelo de Dubauer, la cara hinchada, la barba sin afeitar y el
cuello de su camisa estaban empapados, los ojos enrojecidos, y continuaba
tosiendo y jadeando. Horrorizada, ella finalmente advirtió que los barrayareses
le habían estado torturando metiéndole la cabeza bajo el agua.
—¿Qué es esto, teniente Buffa? —Vorkosigan dirigió al jefe del
grupo una mirada terrible.
—¡Creí que los betanos le habían matado, señor! —dijo Buffa.
—No lo hicieron —replicó Vorkosigan, cortante—. ¿Qué le están
haciendo a este betano?
—Tafas lo capturó en el bosque, señor. Estábamos intentando
interrogarlo para descubrir si había más betanos cerca... —Miró a Cordelia—.
Pero se niega a hablar. No ha dicho ni una palabra. Y yo que pensaba que los
betanos eran blandos.
Vorkosigan se frotó la cara un instante, como rezando en busca
de fuerzas.
—Buffa —dijo pacientemente—, este hombre fue alcanzado por un
disruptor hace cinco días. No puede hablar y, si pudiera, no sabría nada de
todas formas.
—¡Bárbaros! —exclamó Cordelia, arrodillada en el suelo. Dubauer
la había reconocido y se aferraba a ella—. ¡Los de Barrayar no son más que
bárbaros, villanos y asesinos!
—E idiotas. No se olvide de lo de idiotas. —Vorkosigan asesinó a
Buffa con la mirada. Un par de hombres tuvieron el detalle de parecer
inquietos, además de incómodos. Vorkosigan dejó escapar un suspiro—. ¿Está
bien?
—Eso parece —admitió ella, reacia—. Pero está bastante aturdido.
Cordelia temblaba de furia.
—Comandante Naismith, le pido disculpas por el comportamiento de
mis hombres —dijo Vorkosigan formalmente, y en voz alta, para que nadie pudiera
confundirse y creer que su capitán se humillaba ante su prisionera por su
causa.
—No se me vaya a cuadrar ahora —murmuró Cordelia furiosa, para
que sólo la oyera él. Al ver su expresión ceñuda, ella se aplacó un poco y
dijo, en voz más alta—: Fue un error de interpretación. —Miró al teniente
Buffa, que intentaba que la tierra se tragara su considerable altura—. Un ciego
se habría dado cuenta. Oh, demonios —añadió, porque el terror y la desazón de
Dubauer estaban provocando otra convulsión. La mayoría de los barrayareses
desviaron la mirada, con diversos grados de embarazo. Vorkosigan, que estaba
ganando práctica, se arrodilló para ayudarla. Cuando el ataque remitió, se
levantó.
—Tafas, entregue sus armas a Koudelka —ordenó.
Tafas vaciló, miró alrededor y luego obedeció lentamente.
—No quise participar, señor —dijo a la desesperada—. Pero el
teniente Radnov dijo que era demasiado tarde.
—Tendrá una oportunidad de hablar más adelante —le advirtió
Vorkosigan.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó el asombrado Buffa—. ¿Ha visto al
comandante Gottyan, señor?
—Le he dado al comandante Gottyan... órdenes particulares.
Buffa, ahora está usted al mando de la partida de desembarco.
Vorkosigan repitió las órdenes de arresto de su corta lista, y
envió un grupo para cumplir la misión.
—Alférez Koudelka, lleve a mis prisioneros a la cueva, y
encárguese de que les den comida adecuada, y todo lo que la comandante Naismith
requiera. Luego asegúrese de que la lanzadera está preparada para despegar.
Regresaremos a la nave en cuanto los... los otros prisioneros hayan sido
capturados.
Evitó la palabra «amotinados», como si fuera demasiado fuerte,
una blasfemia.
—¿Adónde va usted? —preguntó Cordelia.
—Voy a tener una conversación con el comandante Gottyan. A
solas.
—Mm. Bueno, no me haga lamentar mi propio consejo. —Lo cual era
lo más cercano a «tenga cuidado» que podía decir en aquel momento.
Vorkosigan reconoció sus intenciones con un gesto, y se volvió
hacia el bosque. Ahora cojeaba de manera más ostensible.
Cordelia ayudó a Dubauer a ponerse en pie, y Koudelka los
condujo a la boca de la cueva. El joven parecía tanto el complementario del
propio Dubauer que a ella le resultaba difícil mantener su hostilidad.
—¿Qué le pasa al viejo en la pierna? —le preguntó Koudelka,
mirando por encima del hombro.
—Tiene un arañazo infectado —respondió ella, quitándole
importancia al hecho y tratando de apoyar la evidente política de Vorkosigan de
poner buena cara ante su tripulación, tan poco de fiar—. Debería recibir
atención médica especializada en cuando puedan hacer que frene el ritmo.
—Así es el viejo. Nunca he visto a nadie de esa edad que tenga
tanta energía.
—¿Esa edad? —Cordelia alzó una ceja.
—Bueno, claro que a usted no le parecerá tan viejo —concedió
Koudelka, y pareció sorprendido cuando ella se echó a reír—. No quería decir
energía exactamente.
—¿Qué tal, potencia? —sugirió ella, curiosamente alegre de que
Vorkosigan tuviera al menos un admirador—. Energía aplicada al trabajo.
—Eso está muy bien —aplaudió él, gratificado. Cordelia decidió
no mencionar tampoco la píldora azul.
—Parece una persona interesante —dijo, deseando obtener otro
punto de vista de Vorkosigan—. ¿Cómo se metió en este lío?
—¿Se refiere a Radnov?
Ella asintió.
—Bueno, no es que quiera criticar al viejo, pero... no conozco a
nadie más que le haya dicho a un oficial político cuando subió a bordo que se
mantuviera apartado de su vista si quería vivir hasta el final del viaje.
—Koudelka bajó la voz expresando su asombro.
Cordelia, al girar por segunda vez en las entrañas de la cueva,
se puso en guardia al ver lo que la rodeaba. Qué peculiar, pensó. Vorkosigan me
engañó. El dédalo de cavernas era en parte natural, pero sobre todo tallado en
la roca con arcos de plasma, fresco, húmedo y tenuemente iluminado. Los enormes
espacios estaban repletos de suministros. No era un escondrijo: era un depósito
capaz de abastecer a toda una flota. Silbó para sus adentros, mirando en
derredor, súbitamente despierta a toda una nueva gama de desagradables
posibilidades.
En un rincón de las cavernas había un refugio de campaña
estándar, una cápsula semicircular cubierta con una tela parecida a las tiendas
de los betanos. Lo habían convertido en cocina de campaña y comedor, rudo y
pelado. Un guardia solitario estaba limpiando después del almuerzo.
—¡El viejo acaba de aparecer, vivito y coleando! —le saludó
Koudelka.
—¡Vaya! Creí que los betanos le habían cortado la garganta —dijo
el guardia, sorprendido—. Y mira que hicimos una cena buena para el funeral.
—Estos dos son los prisioneros personales del viejo. —Koudelka
los presentó al cocinero, aunque Cordelia sospechaba que era más soldado de
asalto que chef de gourmants—. Y ya sabes cómo es para esas cosas. El tipo
sufre daños causados por un disruptor. Hay que darle la comida adecuada, así
que no intentes envenenarlos con la bazofia de costumbre.
—Todo el mundo me critica —murmuró el guardia-cocinero, mientras
Koudelka se marchaba para cumplir sus otras tareas—. ¿Qué va a tomar?
—Lo que sea. Cualquier cosa menos gachas de avena y queso azul
—se corrigió ella rápidamente.
El guardia desapareció en la habitación trasera y regresó unos
minutos más tarde con dos humeantes cuencos de una sustancia parecida a un
guiso y pan de verdad rociado con auténtico aceite vegetal. Cordelia lo atacó
con hambre de lobo.
—¿Cómo está? —preguntó el guardia sin interés, encogido de
hombros.
—Delichioso —dijo ella sin dejar de masticar—. Maravichoso.
—¿De verdad? —El hombre se enderezó—. ¿Le gusta de verdad?
—De verdad.
Ella se detuvo para darle unas cuantas cucharadas al aturdido
Dubauer.
El sabor de la comida caliente se abrió paso a través de su
modorra, y el alférez masticó con algo parecido al entusiasmo de Cordelia.
—Traiga... ¿puedo ayudarla a darle de comer? —se ofreció el
guardia.
Cordelia le sonrió cálidamente.
—Desde luego.
En menos de una hora ella se enteró de que el guardia se llamaba
Nilesa, de casi toda la historia de su vida, y recibió la completa, aunque
limitada, gama de exquisiteces que una cocina de campaña barrayaresa podía
ofrecer. El guardia tenía evidentemente tantos deseos de ser halagado como sus
compañeros de comer como en casa, pues siguió devanándose los sesos para
ofrecerle pequeños detalles y servicios.
Vorkosigan entró solo y se sentó cansinamente junto a Cordelia.
—Bienvenido, señor —le saludó el guardia—. Creíamos que los
betanos lo habían matado.
—Sí, lo sé. —Vorkosigan descartó esta bienvenida que ya empezaba
a hacerse familiar—. ¿Hay algo de comer?
—¿Qué quiere, señor?
—Cualquier cosa menos gachas de avena.
También a él le sirvieron el guiso y el pan, que comió sin el
apetito de Cordelia, pues la fiebre y el estimulante se combinaban para
apagarlo.
—¿Cómo han ido las cosas con el comandante Gottyan? —le preguntó
Cordelia en voz baja.
—No mal del todo. Ha vuelto al trabajo.
—¿Cómo lo ha conseguido?
—Lo desaté y le entregué mi arco de plasma. Le dije que no podía
trabajar con un hombre que hacía que se me erizaran los pelos de la nuca, y que
ésta era la última oportunidad que iba a darle para ascender instantáneamente.
Luego me senté dándole la espalda. Me quedé allí sentado durante al menos diez
minutos. No dijimos una palabra. Luego él me devolvió el arco y regresamos al
campamento.
—Me preguntaba si algo así podría funcionar. Aunque no estoy
segura de que hubiera podido hacerlo, si fuera usted.
—Creo que yo tampoco hubiera podido hacerlo si no hubiera estado
tan agotado. Me apetecía sentarme. —Su tono se animó ligeramente—. En cuanto
terminen de hacer los arrestos, despegaremos hacia la General. Es una buena
nave. Voy a asignarle el camarote de los oficiales de visita... La sala del
almirante, la llaman, aunque no es diferente de las demás. —Vorkosigan no
terminó de comer los últimos restos del plato—. ¿Cómo estaba su comida?
—Maravillosa.
—No es lo que dice la mayoría de la gente.
—El soldado Nilesa ha sido muy amable y atento.
—¿Estamos hablando del mismo hombre?
—Creo que necesita que aprecien un poco su trabajo. Podría usted
intentarlo.
Vorkosigan, con los codos sobre la mesa, apoyó la barbilla sobre
sus manos y sonrió.
—Lo tendré en cuenta de ahora en adelante.
Los dos permanecieron sentados en silencio ante la sencilla mesa
de metal, cansados y haciendo la digestión. Vorkosigan se echó hacia atrás en
la silla, los ojos cerrados. Cordelia se apoyó sobre la mesa usando el brazo
como almohada. Media hora después, llegó Koudelka.
—Tenemos a Sens, señor —informó—. Pero tuvimos... estamos
teniendo algunos problemas con Radnov y Darobey. Se dieron cuenta, de algún
modo, y escaparon hacia el bosque. He destacado a una patrulla para que los
localice.
Vorkosigan pareció a punto de maldecir.
—Tendría que haber ido en persona —murmuró—. ¿Tenían armas
consigo?
—Ambos llevaban sus disruptores. Conseguimos sus arcos de
plasma.
—Muy bien. No quiero malgastar más tiempo aquí. Retire a la
patrulla y selle todas las entradas a la caverna. Les vendrá bien descubrir
cómo es pasar unas cuantas noches a la intemperie. —Sus ojos chispearon al
imaginarlo—. Podemos recogerlos más tarde. No tienen ningún sitio adonde ir.
Cordelia empujó a Dubauer ante sí y ambos entraron en la
lanzadera, un pelado y bastante decrépito transporte de tropas. Lo hizo
sentarse en un asiento libre. Con la llegada de la última patrulla la lanzadera
parecía repleta de barrayareses, incluidos a los sometidos y silenciosos
prisioneros, subordinados inútiles de los cabecillas huidos, atados espalda
contra espalda. Todos parecían jóvenes grandotes y musculosos. De hecho,
Vorkosigan era el más bajito que había visto hasta ahora.
La miraban con curiosidad, y captó fragmentos de conversación en
dos o tres idiomas. No era difícil adivinar su contenido, y ella sonrió algo
sombría. La juventud, parecía, estaba repleta de fantasías respecto a cuánta
energía sexual podían tener dos personas que se pasaban caminando cuarenta o
más kilómetros al día, llenos de contusiones, aturdidos, enfermos, comiendo
poco y durmiendo aún menos, alternando los cuidados a un hombre herido con
evitar convertirse en la cena de todos los carnívoros cercanos... y con un plan
para dar un golpe de mano como remate. Y además eran viejos, treinta y tres
años y cuarenta y tantos. Se rió para sí, y cerró los ojos, ignorándolos.
Vorkosigan regresó del compartimento del piloto y se sentó junto
a ella.
—¿Se encuentra bien?
Cordelia asintió.
—Sí. Un poco abrumada por todo este rebaño de chicarrones. Creo
que los de Barrayar son los únicos que no emplean tripulaciones mixtas. ¿Cómo
es eso?
—En parte por tradición, en parte por mantener un aspecto
externo agresivo. No la habrán estado molestando...
—No, divirtiéndome solamente. Me pregunto si se dan cuenta de
cómo se les utiliza.
—En absoluto. Creen que son los emperadores de la creación.
—Pobres corderillos.
—Yo no los describiría así.
—Estaba pensando en sacrificios animales.
—Ah. Eso se acerca más a mi idea.
Los motores de la lanzadera empezaron a zumbar, y por fin
despegaron. Trazaron un círculo sobre el cráter de la montaña y luego viraron
hacia el este y ascendieron. Cordelia contempló por la ventanilla cómo la
tierra que tan dolorosamente habían atravesado a pie se perdía de vista en
tantos minutos como días habían tardado ellos en recorrerla. Surcaron la gran
montaña donde se pudría el pobre Rosemont, lo bastante cerca para ver los picos
nevados y los glaciares brillando anaranjados al sol poniente. Cruzaron la
línea que separaba el día de la noche, el horizonte se perdió y se internaron
en el perpetuo día del espacio.
Cuando se aproximaron a la órbita de la General Vorkraft
Vorkosigan volvió a dejarla para ir a proa a supervisar. Parecía estar
apartándose de ella, absorto de nuevo en la matriz de hombres y deber de la que
había sido arrancado. Bueno, sin duda tendrían algunos momentos de tranquilidad
juntos en los meses por venir. Bastantes meses, por lo que había dicho Gottyan.
Finge que eres antropóloga, se dijo Cordelia, estudiando a los salvajes
barrayareses. Considéralo unas vacaciones: de todas formas, querías tomarte
unas vacaciones largas después de este viaje de exploración, ¿no? Bueno, pues
ya las tienes. Sus dedos soltaban hilos del tapizado del asiento, y se obligó a
estarse quieta frunciendo ligeramente el ceño.
Atracaron limpiamente, y el grupo de fornidos soldados se
levantó, recogió su equipo y salió. Koudelka apareció a su lado y le comunicó
que le habían nombrado su guía. Su guardián, más bien. O su niñera: ella no
parecía muy peligrosa en aquel momento. Recogió a Dubauer y lo siguió a la nave
de Vorkosigan.
Olía de manera distinta a su nave de exploración. Era más fría,
llena de metal pelado y sin pintar, y habían sacrificado la comodidad y la
decoración hasta el punto de que costaba diferenciar una sala de estar de un
armario trastero. Su primer destino fue la enfermería, para dejar allí a
Dubauer.
Era una serie de habitaciones limpias y austeras, mucho más
grandes en proporción que las de su nave de exploración, preparadas para
atender a mucha gente. Ahora estaba casi desierta, a excepción del cirujano
jefe y un par de soldados que mataban las horas de servicio haciendo
inventario, y de un soldado solitario con un brazo roto que se aburría. El
doctor examinó a Dubauer. Cordelia sospechó que era más experto en heridas de
disruptor que su propio cirujano. Tras examinar al alférez, lo entregó a los soldados
para que lo lavaran y lo acostaran.
—Va a tener otro cliente dentro de poco —le dijo Cordelia al
cirujano, que era uno de los cuatro hombres de Vorkosigan que tenían más de
cuarenta años—. Su capitán tiene una infección bastante fea en la espinilla. Se
ha extendido a su sistema. Además, no sé qué tienen esas pildoritas azules que
llevan en sus cinturones, pero por lo que él dijo, la que se tomó esta mañana
debe de estar a punto de agotarse ya.
—Ese maldito veneno —rezongó el médico—. Claro que es efectivo,
pero podrían encontrar algo menos agotador. Por no mencionar el problema que
tenemos de que se enganchen a esas cápsulas.
Cordelia sospechó que esto último era el quid de la cuestión. El
doctor se puso a preparar el sintetizador antibiótico. Cordelia vio cómo
llevaban a la cama al aturdido Dubauer, el principio de una serie de días en el
hospital que serían el preludio del resto de su vida. La fría duda de si le
había hecho un favor se añadiría para siempre a su inventario de pensamientos
nocturnos. Lo atendió un rato, esperando con disimulo la llegada de su otro ex
acompañante.
Vorkosigan llegó por fin, acompañado (en realidad sostenido) por
un par de oficiales que ella aún no conocía, y dando órdenes. Obviamente había
medido el tiempo con acierto, pues tenía un aspecto aterradoramente malo.
Estaba blanco, sudoroso y tembloroso, y a Cordelia le pareció ver cómo serían
las arrugas de su cara cuando tuviera setenta años.
—¿No se han encargado de usted todavía? —preguntó en cuanto la
vio—. ¿Dónde está Koudelka? Creí que le había dicho... oh, está ahí. Hay que
llevarla al camarote del almirante. ¿Lo dije ya? Y pásese por intendencia y que
le den ropa nueva. Y de cenar. Y una nueva carga para su aturdidor.
—Estoy bien. ¿No sería mejor que se acostara? —dijo Cordelia
ansiosamente.
Vorkosigan, todavía de pie, vagaba en círculos como un muñeco de
cuerda con el muelle roto.
—Vayan a sacar de allí a Bothari —murmuró—. A estas horas estará
alucinando.
—Acaba de hacerlo usted ya, señor —le recordó uno de los
oficiales.
El cirujano lo miró a los ojos e hizo un significativo gesto con
la cabeza hacia la mesa de reconocimiento. Juntos interceptaron a Vorkosigan en
su órbita, lo impulsaron casi a la fuerza hacia ella y lo obligaron a tenderse.
—Son esas malditas píldoras —le explicó el cirujano a Cordelia,
apiadándose de su expresión alarmada—. Estará bien por la mañana, a excepción
de la sensación de letargo y un dolor de cabeza infernal.
El cirujano volvió a su tarea, cortar el estrecho pantalón y
retirarlo de la pierna hinchada. Maldijo entre dientes al ver lo que había
debajo. Koudelka miró por encima del hombro del médico, y se volvió hacia
Cordelia con una sonrisa forzada en el rostro verde.
Cordelia asintió y, reacia, se retiró, dejando a Vorkosigan en
manos de los profesionales. Koudelka, que al parecer disfrutaba de su papel
como correo, aunque esto había causado que se perdiera el espectáculo del
regreso de su capitán a bordo, la condujo hasta intendencia para que
consiguiera ropa, desapareció con el aturdidor de ella y, diligente, regresó
con el arma cargada a tope. Parecía ir contra las normas.
—No hay mucho que pueda hacer con el aturdidor de todas formas
—dijo ella, viendo su expresión vacilante.
—No, no, el viejo dijo que lo tuviera usted. No voy a discutir
con él por los prisioneros. Es un tema que le afecta.
—Eso tengo entendido. He de señalar, por si le ayuda en algo,
que nuestros dos gobiernos no están en guerra que yo sepa, y que estoy siendo
retenida de manera ilegal.
Koudelka reflexionó sobre este intento de reajustar su punto de
vista, y luego decidió ignorarlo. La condujo a sus nuevas habitaciones y se
hizo cargo de sus cosas.
5
Cuando salió de su camarote a la mañana siguiente, Cordelia
encontró a un guardia apostado en la puerta. Ella le llegaba a los hombros,
anchos, y su rostro le recordó a un borzoi demasiado crecido, estrecho, con
nariz aguileña y los ojos demasiado juntos. Advirtió de inmediato dónde lo
había visto antes, de lejos en el bosque, y sintió un momento de miedo
residual.
—¿Sargento Bothari? —aventuró.
Él la saludó, el primer barrayarés que lo hacía.
—Señora —dijo, y guardó silencio.
—Quiero ir a la enfermería —dijo ella, insegura.
—Sí, señora. —Su voz era grave, de cadencia monótona. Ejecutó un
giro perfecto y la guió. Suponiendo que había relevado a Koudelka como su guía
y cuidador, ella lo siguió. No estaba preparada para intentar conversar de
nimiedades con él, así que no le hizo ninguna pregunta por el camino. Él sólo
le ofreció silencio. Al observarlo, se le ocurrió que un guardia en su puerta
podía ser tanto para impedir que entraran como para que saliera ella misma. El
aturdidor pareció de pronto más pesado en su cadera.
En la enfermería encontró a Dubauer, sentado y vestido con un
uniforme negro sin insignias, igual que el que le habían suministrado a ella.
Le habían cortado el pelo y lo habían afeitado. Desde luego no había ninguna
queja sobre los cuidados físicos que estaba recibiendo. Ella le habló durante
un rato, hasta que su propia voz empezó a sonarle tonta. Él la miraba, pero no
mostraba ninguna otra reacción.
Divisó a Vorkosigan en una sala privada apartada del pabellón
principal, y él le indicó que entrara. Iba vestido con un sencillo pijama verde
de diseño estándar, y estaba sentado en la cama dando golpes con un lápiz
óptico a una interfaz informática abierta ante sí. Curiosamente, aunque iba
vestido casi al estilo civil, sin botas y sin armas, la impresión que de él
tenía no varió. Parecía un hombre que podía ir por la vida completamente
desnudo y hacer que los que lo rodeaban se sintieran vestidos en exceso. Ella
sonrió con esta imagen mental y lo saludó con el esbozo de un gesto. Uno de los
oficiales que la había escoltado a la enfermería la noche anterior estaba de
pie junto a la mesa.
—Comandante Naismith, éste es el teniente coronel Vorkalloner,
mi segundo oficial. Discúlpeme un momento: los capitanes vienen y van, pero las
administraciones viven eternamente.
—Amén.
Vorkalloner era el típico soldado barrayarés profesional;
parecía sacado de un cartel de reclutamiento. Sin embargo había cierto humor
subyacente en su expresión que hizo que ella pensara en un aceptable avance del
alférez Koudelka al cabo de diez o doce años.
—El capitán Vorkosigan habla muy bien de usted —dijo
Vorkalloner, iniciando una conversación intrascendente. No llegó a advertir el
leve ceño fruncido de su capitán—. Supongo que si sólo podíamos capturar a un
betano, usted era la mejor elección.
Vorkosigan dio un respingo. Cordelia sacudió brevemente la
cabeza, indicándole que ignorara el requiebro. Vorkosigan se encogió de hombros
y empezó a escribir algo en su teclado.
—Mientras toda mi gente esté a salvo camino de casa, lo acepto
como un buen negocio. Casi todos ellos, al menos. —El fantasma de Rosemont
respiró fríamente en su oído, y Vorkalloner pareció de pronto menos divertido—.
Por cierto, ¿por qué estaban tan ansiosos de echarnos el cepo?
—Bueno, órdenes —dijo Vorkalloner sencillamente, como un antiguo
fundamentalista que responde a todas las preguntas con la sentencia «Porque
Dios lo quiso así». Luego, una pequeña duda agnóstica asomó en su rostro—. De
hecho, pensé que nos enviaban aquí de guardia como una especie de castigo
—bromeó.
La observación encontró eco en Vorkosigan.
—¿Por tus pecados? Tu cosmología es demasiado egocéntrica,
Aristede.
Dejó que Aristede reflexionara sobre eso y se dirigió a
Cordelia.
—La intención era que su detención se produjera sin
derramamiento de sangre. Habría sido así de no ser por ese otro asunto que se
interpuso. Es una disculpa que no tiene valor para algunos... —Ella supo que
compartía el recuerdo del entierro de Rosemont en la fría niebla negra—. Pero
es la única verdad que puedo ofrecerle. Mi responsabilidad no es menor por eso.
Como estoy seguro que alguien del Alto Mando recalcará cuando llegue este
informe.
Sonrió agriamente y continuó tecleando.
—Bueno, no puedo decir que lamente haber estropeado sus planes
de invasión —dijo ella, atrevida. Ahí tienes, a ver cómo te lo tomas...
—¿Qué invasión? —preguntó Vorkalloner, alerta.
—Temía que se daría cuenta en cuanto viera las cavernas con los
suministros —dijo Vorkosigan—. Todavía era objeto de acalorados debates cuando
partimos, y los expansionistas agitaban la ventaja de la sorpresa corno cebo
para derrotar al partido pacifista. Lo digo de manera extraoficial... bueno, no
tengo ese derecho cuando voy de uniforme. Dejémoslo correr.
—¿Qué invasión? —sondeó Vorkalloner, esperanzado.
—Con suerte, ninguna —respondió Vorkosigan, permitiéndose un
poco de sinceridad—. Una fue suficiente para toda la vida. —Pareció replegarse
en recuerdos privados y desagradables.
Estaba claro que Vorkalloner encontraba sorprendente esta
actitud del Héroe de Komarr.
—Fue una gran victoria, señor. Con muy pocas pérdidas de vidas.
—En nuestro bando.
Vorkosigan terminó de escribir su informe y lo envió, luego
introdujo una solicitud para otro impreso y empezó a juguetear con el lápiz
óptico.
—Ésa es la idea, ¿no?
—Depende de si pretendes quedarte o sólo estás de paso. En
Komarr dejamos un legado político muy incómodo. No son las cosas que me gusta
dejar a cargo de la próxima generación. ¿Cómo hemos llegado a hablar de este
tema? —Terminó el último impreso.
—¿A quién estaban pensando invadir? —preguntó Cordelia,
obstinadamente.
—¿Por qué no me he enterado yo de eso? —preguntó Vorkalloner.
—Por orden: es información clasificada, y no se discute por
debajo del nivel del Alto Estado Mayor, el comité central de los dos Consejos y
el emperador. Eso significa que esta conversación no puede seguir adelante,
Aristede.
Vorkalloner miró a Cordelia significativamente.
—Ella no pertenece al Estado Mayor. Ahora que lo pienso...
—Ni yo tampoco, ya no —concedió Vorkosigan—. En cuanto a nuestra
invitada, no le he dicho nada que no pudiera deducir ella sola. En cuanto a mí,
se solicitó mi opinión... en ciertos aspectos. No les gustó, pero ellos la
pidieron. —Su sonrisa no era nada agradable.
—¿Por eso lo enviaron fuera de la ciudad? —preguntó Cordelia,
muy perspicaz, pensando que empezaba a pillarle el tranquillo a cómo se hacían
las cosas en Barrayar—. De modo que el teniente coronel Vorkalloner tenía razón
en eso de que estaba aquí de guardia. ¿Solicitó su opinión, hum, cierto viejo
amigo de su padre?
—Desde luego no me la solicitó el Consejo de Ministros —dijo
Vorkosigan, pero se negó a seguir hablando y cambió de tema—. ¿La han estado
tratando mis hombres adecuadamente?
—Bastante bien, sí.
—Mi cirujano jura que me dará el alta esta tarde, si soy bueno y
me quedo en la cama esta mañana. ¿Puedo pasarme más tarde por su camarote para
hablar con usted en privado? Hay algunas cosas que necesito dejar claras.
—Claro —respondió ella, pensando que la petición parecía
bastante ominosa.
El cirujano entró entonces, molesto.
—Se supone que debe usted descansar, señor. —Miró con decisión a
Cordelia y Vorkalloner.
—Oh, muy bien. Envía estos informes con el siguiente correo,
Aristede —señaló la pantalla—, junto con las acusaciones verbales y formales.
El doctor los acompañó a la salida, y Vorkosigan empezó a
escribir otra vez.
Cordelia deambuló por la nave el resto de la mañana, explorando
los límites de su libertad condicional. La nave de Vorkosigan era un confuso
cubil de pasillos, niveles sellables, tubos y puertas estrechas diseñadas,
advirtió por fin, para poder ser defendidas en combate mano a mano en caso de
abordaje. El sargento Bothari mantenía el ritmo con lentas zancadas, acechando
en silencio como la sombra de la muerte a su lado, excepto cuando ella empezaba
a girar hacia alguna puerta o pasillo prohibidos. Entonces se detenía
bruscamente y decía:
—No, señora.
Pero no se le permitía tocar nada, como descubrió cuando pasó
casualmente una mano por un panel de control, provocando otro monótono «No,
señora» por parte de Bothari. Eso hizo que se sintiera como una niña de dos
años a quien toman por un bebé.
Hizo un intento por sacarle las palabras de la boca.
—¿Lleva mucho tiempo a las órdenes del capitán Vorkosigan?
—preguntó animosamente.
—Sí, señora.
Silencio.
Ella lo intentó otra vez.
—¿Lo aprecia usted?
—No, señora.
Silencio.
—¿Por qué no?
Esto al menos no podría tener una respuesta sí/no. Durante un
rato pensó que no iba a responderle, pero finalmente dijo:
—Es un Vor.
—¿Conflicto de clases? —aventuró ella.
—No me gustan los Vor.
—Yo no soy una Vor —sugirió Cordelia.
Él se la quedó mirando, sombrío.
—Es usted como un Vor, señora.
Cordelia arrojó la toalla.
Esa tarde se acomodó en su estrecho camastro y empezó a explorar
el menú que le ofrecía la biblioteca computerizada. Escogió un vid con el
inofensivo título de Pueblos y Lugares de Barrayar y lo abrió.
La narración era tan banal como prometía el título, pero las
imágenes le resultaron completamente fascinantes. A sus ojos betanos le pareció
un mundo verde, delicioso, iluminado por el sol. La gente caminaba sin filtros
antirruido ni respiradores, ni escudos caloríficos en verano. El clima y el
terreno eran inmensamente variados, y tenía océanos de verdad, con mareas
lunares, en contraste con los planos charcos salinos que se hacían pasar por
lagos en casa.
Llamaron a la puerta.
—Pase.
Vorkosigan apareció en el umbral y la saludó con un gesto de
cabeza. Era una hora extraña para que acudiera vestido con uniforme de gala,
pero desde luego le sentaba bien. Muy bien. El sargento Bothari lo acompañaba;
permaneció firmes ante la puerta entreabierta. Vorkosigan entró en la
habitación como si buscara algo. Finalmente vació la bandeja del almuerzo de
Cordelia y la usó para mantener la puerta abierta una rendija. Cordelia alzó
las cejas.
—¿Es necesario todo esto?
—Eso creo. Con la de cotilleos que van circulando me temo que
pronto me encontraré con algún chiste sobre los privilegios de rango que no
podré fingir no oír, y tendré que aplastar al desafortunado, uh, bromista. De
todas formas, siento aversión por las puertas cerradas. Nunca se sabe lo que
hay al otro lado.
Cordelia soltó una carcajada.
—Me recuerda un viejo chiste; ése en que la chica dice: «No lo
hagamos, pero digámosle a todo el mundo que lo hemos hecho.»
Vorkosigan sonrió, se sentó en la silla atornillada junto a la
mesa metálica insertada en la pared y se volvió para mirarla. Se echó hacia
atrás, con las piernas extendidas hacia delante, y su rostro se volvió serio.
Cordelia ladeó la cabeza, medio sonriendo. Él empezó con rodeos, haciendo un
gesto hacia la pantalla que flotaba sobre la cabeza de ella.
—¿Qué ha estado viendo?
—Geografía barrayaresa. Es un lugar precioso. ¿Ha visto alguna
vez los océanos?
—Cuando era pequeño, mi madre solía llevarme a Bonsanklar todos
los veranos. Era una especie de centro de vacaciones para la clase alta, con un
montón de bosques vírgenes que se extendían hasta las montañas. Mi padre casi
siempre estaba fuera, en la capital o con sus soldados. El Día del Solsticio de
Verano era el cumpleaños del viejo emperador, y tenían los fuegos artificiales
más fantásticos sobre el océano... o al menos a mí me lo parecían en aquella
época. Toda la ciudad salía a la explanada y nadie iba armado. No se permitían
duelos el día del cumpleaños del emperador y yo podía correr por todo el lugar
con total libertad.
Miró al suelo, más allá de la punta de sus botas.
—Hace años que no vuelvo por allí. Me gustaría llevarla algún
día, para el festival del Solsticio de Verano, si se presenta la oportunidad.
—Me gustaría mucho. ¿Regresará pronto su nave a Barrayar?
—Me temo que muy pronto no. Tiene usted por delante un largo
periodo como prisionera. Pero cuando regresemos, dado que su nave escapó, no
debería haber ningún motivo para continuar con su internamiento. Deberían
soltarla para que se presente ante la embajada betana y volver a casa. Si lo
desea.
—¡Si lo deseo! —Ella soltó una risita, insegura, y se apoyó en
la dura almohada.
Él observaba su rostro intensamente. Con su postura fingía
bastante bien estar tranquilo, pero daba golpecitos inconscientemente con una
bota. La miró, frunció el ceño, se detuvo.
—¿Por qué no debería desearlo?
—Pensaba que quizá, cuando lleguemos a Barrayar, y si la dejan
libre, podría considerar quedarse.
—Para visitar... ¿cómo ha dicho, Bonsanklar y todo eso? No sé
cuánto tiempo de permiso tendré, pero... claro, me gustaría ver lugares nuevos.
Me gustaría ver su planeta.
—No me refiero a una visita. Permanentemente. Como... como lady
Vorkosigan. —Su cara se iluminó con una sonrisa triste—. Estoy metiendo la
pata, Prometo que nunca volveré a considerar que los betanos son unos cobardes.
Juro que sus costumbres requieren más valentía que las competiciones más
suicidas de nuestros muchachos.
Ella dejó que su aliento escapara lentamente a través de sus
labios.
—No se... anda con chiquitas, ¿verdad?
Cordelia se preguntó de dónde vendría la frase aquella que decía
que el corazón daba brincos. Más bien parecía que el suyo se le había hundido
hasta el estómago. Su consciencia de su propio cuerpo se disparó; ya era
abrumadoramente consciente del cuerpo de él.
Vorkosigan sacudió la cabeza.
—No es eso lo que quiero para usted, con usted. Debería tener lo
mejor. Difícilmente lo soy, pero ya debe saberlo. Pero al menos puedo ofrecerle
lo mejor que tengo. Querida Co... comandante, ¿es demasiado pronto, según los
baremos betanos? Llevo días esperando la oportunidad adecuada, pero nunca
parecía presentarse.
—¡Días! ¿Cuánto tiempo lleva pensando en esto?
—Se me ocurrió por primera vez cuando la vi en el barranco.
—¿Cuando estaba vomitando en el barro?
Él sonrió al recordar.
—Con gran compostura. Para cuando terminamos de enterrar a su
oficial, lo supe.
Ella se frotó los labios.
—¿Alguien le ha dicho alguna vez que está majareta?
—No en este contexto.
—Yo... me confunde usted.
—¿No la he ofendido?
—No, por supuesto que no.
Él se relajó un poquito.
—No tiene que decir sí o no ahora mismo, por supuesto. Pasarán
meses antes de que lleguemos a casa. Pero no quería que pensara... el hecho de
que sea usted prisionera entorpece las cosas. No quería que pensase que la
estaba insultando.
—En absoluto —dijo ella débilmente.
—Hay algunas otras cosas que debería decirle —continuó él
mientras su atención volvía a centrarse de nuevo en sus botas—. No sería una
vida fácil. He estado pensando, desde que la conocí, que una carrera limpiando
los fracasos de los políticos, como usted dijo, podría no ser un alto honor
después de todo. Tal vez debería de intentar impedir esos fracasos en su
origen. Sería más peligroso que ser soldado... oportunidades de traición,
acusaciones falsas, asesinatos, tal vez exilio, pobreza, muerte. El mal se compromete
con los hombres malvados para obtener unos pocos resultados, y eso ni siquiera
está garantizado. No será una buena vida, pero si uno quiere tener hijos...
mejor ellos que yo.
—Desde luego, sabe cómo hacer que una chica se lo pase bien
—dijo ella, indefensa, frotándose la barbilla y sonriendo.
Vorkosigan alzó la cabeza, inseguro.
—¿Cómo se dispone uno a emprender una carrera política en
Barrayar? —preguntó ella, tanteando el camino—. Supongo que estará pensando en
seguir los pasos de su abuelo el príncipe Xav, pero sin la ventaja de ser
príncipe imperial. ¿Cómo se obtiene un cargo?
—De tres maneras. Nombramiento imperial, herencia y ascensos en
el Ejército. El Consejo de Ministros consigue a sus mejores hombres a través de
este último método. Es su mayor fuerza, pero me está vedado. El Consejo de
Condes, por herencia. Es mi ruta más segura, pero hay que esperar a la muerte
de mi padre. Puede seguir esperando. Es un Consejo moribundo, de todas formas,
aquejado del más estrecho conservadurismo y repleto de viejas reliquias que
sólo se preocupan de proteger sus privilegios. No estoy seguro de que pueda
hacerse nada a la larga con los condes. Quizá debería dejarse que continúen
avanzando temblequeantes hasta el borde de la extinción. No vaya a citar eso
—añadió, pensándoselo mejor.
—Es un diseño de gobierno rarísimo.
—No fue diseñado. Creció.
—Tal vez lo que necesitan es una convención constitucional.
—Habla como una verdadera betana. Bueno, tal vez lo hagamos,
aunque en nuestro contexto parece una receta segura para ir a la guerra civil.
Eso deja el nombramiento imperial. Es rápido, pero mi caída podría ser tan
súbita y espectacular como mi ascenso, si ofendiera al viejo, o si se muere.
—Mientras hablaba y planeaba, la luz de la batalla asomó a sus ojos—. Mi única
ventaja con él es que le gusta que le hablen a las claras. No sé cómo adquirió
el gusto, porque no lo consigue mucho.
»Sabe, creo que le gustaría a usted la política, al menos en
Barrayar. Tal vez porque es muy parecida a lo que llamamos guerra en todas las
demás partes.
»Sin embargo, hay un problema político más inmediato, con
respecto a su nave, y algunas otras cosas... —Hizo una pausa, perdiendo
impulso—. Tal vez... tal vez algo irresoluble. Desde luego puede que sea
prematuro por mi parte estar hablando de matrimonio hasta que no sepa qué va a
pasar. Pero no podía dejar que siguiera pensando... ¿qué pensaba, por cierto?
Ella sacudió la cabeza.
—Creo que no quiero decirlo ahora mismo. Se lo diré algún día.
No es nada que no vaya a gustarle, creo.
Él aceptó esto con un pequeño gesto esperanzado y continuó.
—Su nave...
Ella frunció el ceño, incómoda.
—No tendrá ningún problema porque mi nave logró escapar,
¿verdad?
—Ésa era justamente la situación que habíamos venido a impedir.
El hecho de que yo estuviera inconsciente en ese momento podría ser un factor
atenuante. En contra están los puntos de vista que expresé ante el consejo del
emperador. Habrá recelos de que la dejé escapar a propósito, para sabotear una
aventura que desapruebo profundamente.
—¿Otra degradación?
Él se echó a reír.
—Fui el almirante más joven de la historia de nuestra flota...
Podría acabar siendo el alférez más viejo también. Pero no. —Se puso serio—.
Sin duda presentarán contra mí cargos por traición. Los partidarios de la
guerra, en los ministerios. Hasta que eso se resuelva, de un modo u otro —la
miró a los ojos—, puede que sea difícil zanjar también cualquier asunto
personal.
—¿La traición es un crimen capital en Barrayar? —preguntó ella,
morbosamente curiosa.
—Oh, sí. Escarnio público y muerte de inanición. —Él alzó una
ceja, burlón, viendo su expresión escandalizada—. Si le sirve de consuelo, los
traidores de alta cuna siempre parecen conseguir de algún modo suicidarse de
manera limpia y en privado, antes de que llegue el acontecimiento. Eso evita
que despierten alguna simpatía pública innecesaria. Creo que yo no debería
darles la satisfacción, de todas formas. Que sea público, y sanguinolento, y
tedioso, tan incómodo como el infierno. —Parecía alarmantemente feroz.
—¿Sabotearía usted la invasión, si pudiera?
Vorkosigan sacudió la cabeza, la mirada distante.
—No. Soy un hombre que se debe a la autoridad. Eso es lo que
significa el prefijo de mi apellido. Mientras la cuestión siga debatiéndose,
continuaré defendiendo mi postura. Pero si el emperador da la orden, la acataré
sin vacilar. La alternativa es el caos civil, y ya hemos tenido suficiente de
eso.
—¿Qué tiene esta invasión de diferente? Debió usted estar a
favor de invadir Komarr, o no le habrían puesto al mando entonces.
—Komarr era una oportunidad única, casi un caso de manual.
Cuando estaba diseñando la estrategia para su conquista, utilicé al máximo esas
posibilidades. —Fue marcando los puntos con sus gruesos dedos—. Una población
pequeña, toda concentrada en ciudades de clima controlado. Ningún lugar para
que las guerrillas se retiraran y reagruparan. Ningún aliado: nosotros no
éramos los únicos cuyo comercio estaba siendo estrangulado por sus elevadas
tarifas. Lo único que tuve que hacer fue dejar caer que íbamos a reducir el
veinticinco por ciento de todo lo que pasara por sus puntos de nexo hasta el
quince, y así nos metimos en el bolsillo a los vecinos que deberían haberlos
apoyado. Ninguna industria pesada. Gordos y perezosos de vivir a costa de
ingresos sin esfuerzo... Ni siquiera querían pelear por sí mismos hasta que
esos mercenarios de tres al cuarto que contrataron se dieron cuenta de contra
quién se enfrentaban y pusieron pies en polvorosa. Si hubiera tenido las manos
libres y un poco más de tiempo, creo que podría haber tomado Komarr sin
disparar un solo tiro. Tendría que haber sido una guerra perfecta, si el
Consejo de Ministros no hubiera sido tan impaciente.
Frustraciones recordadas asomaron a sus ojos y frunció el ceño
contemplando el pasado.
—Este otro plan... Bueno, creo que lo entenderá si le digo que
se trata de Escobar.
Cordelia se enderezó, sorprendida.
—¿Han encontrado un punto de salto de aquí a Escobar?
No era extraño, entonces, que los barrayareses no hubieran
anunciado su descubrimiento de este lugar. De todas las posibilidades que ella
había repasado mentalmente, ésta era la última. Escobar era uno de los
principales ejes planetarios en la red de salidas de agujeros de gusano que
mantenían unidos a la dispersa humanidad. Grande, antiguo, rico, templado,
contaba entre sus muchos vecinos con la propia Colonia Beta.
—¡Están locos!
—Sabe, es casi exactamente lo que yo dije, antes de que el
ministro del Oeste empezara a gritar, y el conde Vortala amenazara... bueno, se
puso muy rudo con él. Vortala puede ser más desagradable diciendo imprecaciones
que ningún otro hombre que yo conozca.
—La Colonia Beta quedaría implicada con toda seguridad. La mitad
de nuestro comercio interestelar pasa por Escobar. Y el de Tau Ceti Cinco. Y el
de Jackson's Whole.
—Como mínimo. —Vorkosigan asintió, mostrando su acuerdo—. La
idea era hacer que fuera una operación rápida, y presentar a los aliados
potenciales un fait accompli. Como sé mejor que nadie lo que salió mal en mi
plan «perfecto» para Komarr, les dije que estaban soñando, o palabras
parecidas. —Sacudió la cabeza—. Ojalá no hubiera dado rienda suelta a mi
temperamento. Podría estar allí todavía, argumentando en contra. En cambio, por
lo que sé, ahora mismo la flota ya se está preparando. Y cuanto más avancen los
preparativos, más difícil será detenerlos —suspiró.
—Guerra —murmuró Cordelia, inmensamente perturbada—. ¿Se da
usted cuenta? Si su flota se dirige... si Barrayar va a la guerra contra
Escobar, querrán navegantes en casa. Aunque la Colonia Beta no se implique
directamente en la lucha, sin duda que les venderemos armas, asistencia
técnica, cargamentos de suministros...
Vorkosigan iba a decir algo, pero se contuvo.
—Supongo que eso harían —dijo, sombrío—. Y nosotros
intentaríamos bloquearlos.
Ella notó la sangre latiendo en sus oídos en el silencio que
siguió. Los ruiditos y vibraciones de la nave de Vorkosigan todavía se colaban
por las paredes, Bothari se agitó en el pasillo y oyeron pasos.
Cordelia sacudió la cabeza.
—Voy a tener que pensar en esto. No es tan fácil como parecía,
al principio.
—No, no lo es. —Él extendió la mano con la palma hacia afuera,
un gesto que daba por finalizada la conversación, y se levantó torpemente,
porque la pierna aún le molestaba—. Es todo lo que quería decir. No tiene usted
que responder nada.
Ella asintió, agradeciendo el quedarse a solas, y Vorkosigan se
marchó, recogió a Bothari y cerró la puerta firmemente tras él. Cordelia
suspiró, sintiéndose inquieta y profundamente insegura, y se tumbó mirando al
techo hasta que el soldado Nilesa le trajo la cena.
6
A la mañana siguiente, hora de la nave, Cordelia se quedó en su
camarote leyendo. Quería tiempo para asimilar la conversación del día anterior
antes de volver a ver a Vorkosigan. Estaba tan inquieta como si todos sus mapas
estelares se hubieran mezclado, dejándola perdida; pero al menos sabía que
estaba perdida. Unos cuantos pasos para atrás en pos de la verdad, suponía, era
mejor que certezas erróneas. Ansiaba tozudamente esas certidumbres, aunque se
le escaparan de las manos.
La biblioteca de la nave ofrecía una amplia gama de material
barrayarés. Un caballero llamado Abel había producido una copiosa historia
general, llena de nombres, fechas y detalladas descripciones de batallas
olvidadas cuyos participantes estaban ya todos irrelevantemente muertos. Un
erudito llamado Acztih lo había hecho mejor, con una vívida biografía del
emperador Dorca Vorbarra el Justo, la ambigua figura que Cordelia suponía que
era el tatarabuelo de Vorkosigan, y cuyo reinado había marcado el final de la
Era del Aislamiento. Profundamente absorta en la multitud de personalidades y
políticas retorcidas de su época, ni siquiera alzó la cabeza cuando llamaron a
la puerta.
—Adelante.
Un par de soldados con uniforme de camuflaje planetario verde y
gris atravesaron la puerta y la cerraron presurosamente tras de sí. Qué pareja
más extraña, pensó ella; por fin, un soldado de Barrayar más bajo que
Vorkosigan. Sólo un instante después le pareció reconocerlos, y entonces en el
pasillo exterior, ahogado por la puerta, empezó a sonar rítmicamente una sirena
de alarma.
—¡Capitana! —exclamó el teniente Stuben—. ¿Se encuentra bien?
Todo el aplastante peso de la antigua responsabilidad cayó sobre
ella al verle la cara. Su pelo castaño, que antes llevaba a la altura de los
hombros, había sido sacrificado por una imitación del corte militar barrayarés,
ese que parecía haber sido mordisqueado por algún herbívoro, y su cabeza
parecía pequeña, desnuda y extraña sin él. El teniente Lai, a su lado, liviano
y delgado y algo encorvado como buen erudito, parecía todavía menos un
guerrero, porque el uniforme le quedaba demasiado grande en las muñecas y los
tobillos, y una de las perneras se le había desdoblado y se la pisaba con el
talón de la bota.
Ella abrió la boca como para hablar, la cerró, y finalmente
exclamó:
—¿Por qué no van ustedes camino de casa? ¡Le di una orden,
teniente!
Stuben, que esperaba un recibimiento más caluroso, se quedó
momentáneamente fuera de onda.
—Votamos —dijo simplemente, como si eso lo explicara todo.
Cordelia sacudió la cabeza.
—Qué bien. Una votación. Perfecto. —Enterró la cara en las manos
un instante y sofocó una carcajada—. ¿Por qué? —preguntó sin apartar las manos.
—Identificamos la nave de Barrayar como la General Vorkraft...
investigamos y descubrimos quién estaba al mando. No podíamos dejarla en manos
del Carnicero de Komarr. Fue un voto unánime.
Ella se sintió divertida durante un momento.
—¿Cómo demonios pudieron tener un voto unánime para...? No, no
importa. —Lo interrumpió cuando él se disponía a responder, con un brillo de
satisfacción en los ojos.
Me daré con la cabeza contra la pared... No. Necesito más
información. Y él también.
—¿Se dan cuenta —dijo cuidadosamente—, de que los barrayareses
planeaban llevar hasta allí una flota invasora, para atacar Escobar por
sorpresa? Si hubierais llegado a casa e informado de la existencia de ese
planeta, el efecto sorpresa habría quedado destruido. Ahora todo está perdido.
¿Dónde está la René Magritte en este momento y cómo llegaron ustedes aquí?
El teniente Stuben parecía perplejo.
—¿Cómo ha descubierto todo eso?
—Tiempo, tiempo —le recordó ansiosamente el teniente Lai,
indicando su cronómetro de muñeca.
Stuben continuó.
—Déjeme contárselo camino de la lanzadera. ¿Sabe dónde está
Dubauer? No estaba en el calabozo.
—Sí, ¿qué lanzadera? No... empiece por el principio. Tengo que
saberlo todo antes de poner un pie en el pasillo. Doy por supuesto que saben
que están ustedes a bordo. —El sonido de la sirena seguía ululando en el
exterior, y ella esperaba que la puerta se abriera de golpe de un momento a
otro.
—No, no lo saben. Eso es lo bueno —dijo Stuben orgullosamente—.
Tuvimos una suerte enorme.
»Nos persiguieron durante dos días cuando escapamos por primera
vez. No lo hicimos a plena potencia... sólo lo suficiente para permanecer fuera
de su alcance y mantenerlos en nuestra persecución.
»Pensé que podríamos tener una oportunidad de dar media vuelta y
recogerla, de algún modo. Entonces ellos se pararon de repente, se dieron media
vuelta, y regresaron aquí.
»Esperamos hasta que estuvieron bien lejos, y luego dimos media
vuelta nosotros también. Esperábamos que estuviera usted todavía oculta en los
bosques.
—No, me capturaron la primera noche. Continúe.
—Lo preparamos todo, dimos impulso máximo, y luego desconectamos
todo lo que consideramos que pudiera tener impulso electromagnético. El
proyector funcionó bien como embozamiento, por cierto, igual que la simulación
de Ross del mes pasado. Pasamos junto a ellos y ni parpadearon...
—Por el amor de Dios, Stu, vaya al grano —murmuró Lai,
impaciente—. No tenemos todo el día.
—Si el proyector cae en manos barrayaresas... —empezó a decir
Cordelia, subiendo la voz.
—No caerá, se lo aseguro. De todas formas, la René Magritte está
describiendo una parábola alrededor del sol... En cuanto estén lo bastante
cerca para quedar enmascarados por su ruido, frenarán y usarán el impulsor, y
luego volverán a recogernos. Tenemos un margen de dos horas para sincronizar
velocidades empezando... bueno, empezando hace unos diez minutos.
—Demasiado arriesgado —criticó Cordelia, mientras todos los
desastres posibles derivados de aquel panorama desfilaban ante sus ojos.
—Funcionó —se defendió Stuben—. Al menos, va a funcionar. Luego
tuvimos suerte. Encontramos a esos dos barrayareses deambulando por el bosque
mientras estábamos buscándola a usted y a Dubauer.
Cordelia sintió un nudo en el estómago.
—¿Radnov y Darobey, por casualidad?
Stuben se la quedó mirando.
—¿Cómo lo sabe?
—Continúe, continúe.
—Eran los cabecillas de una conspiración para derrocar al
maníaco homicida Vorkosigan. Vorkosigan iba tras ellos, así que se alegraron de
vernos.
—Apuesto a que sí. Como maná caído del cielo.
—Una patrulla de barrayareses fue a buscarlos. Preparamos una
emboscada... los aturdimos a todos, excepto a uno a quien Radnov alcanzó con un
disruptor neural. Esos tíos juegan en serio.
—No sabrá por casualidad quién... no, no importa. Continúe.
—Tenía el estómago revuelto.
—Nos hicimos con sus uniformes, con la lanzadera y abordamos la
General así de fácil. Entre Radnov y Darobey sabían todas las contraseñas.
Llegamos a los calabozos: fue fácil, porque allí era donde esperaban que la
patrulla fuera de todas formas. Pensábamos que Dubauer y usted estarían allí.
Radnov y Darobey soltaron a todos sus amigos y fueron a apoderarse de la sala
de máquinas. Desde allí pueden interrumpir todos los sistemas, armas, soporte
vital, lo que sea. Se supone que se harán con las armas cuando escapemos con la
lanzadera.
—Yo no contaría con eso —le advirtió Cordelia.
—No importa —dijo Stuben alegremente—. Los barrayareses estarán
tan ocupados luchando entre sí que podremos marcharnos sin problemas. ¡Piense
en la espléndida ironía! ¡El Carnicero de Komarr muerto a manos de sus propios
hombres! Ahora comprendo cómo funciona el judo.
—Espléndido —repitió ella, ausente. Su cabeza, pensó. Es su
cabeza la que voy a estampar contra la pared, no la mía—. ¿Cuántos de los
nuestros hay a bordo?
—Seis. Dos en la lanzadera, dos buscando a Dubauer y nosotros
dos.
—¿No se quedó nadie en el planeta?
—No.
—Muy bien. —Se frotó la cara, tensa, ansiando una inspiración
que no llegaba—. Qué lío. Dubauer está en la enfermería, por cierto. Con daños
causados por un disruptor. —Decidió no dar más detalles sobre su estado en
aquel momento preciso.
—Asesinos repugnantes —dijo Lai—. Espero que se maten unos a
otros.
Ella se volvió hacia la conexión con la biblioteca y recuperó el
burdo esquema de la General Vorkraft sin los datos técnicos, al que podía
acceder.
—Estudien esto, y localicen la ruta hacia la enfermería y la
escotilla de la lanzadera. Voy a averiguar algo. Quédense aquí y no respondan a
la puerta. ¿Quiénes son los otros dos que están deambulando por la nave?
—McIntyre y Big Pete.
—Bien, al menos tendrán más posibilidades de hacerse pasar por
barrayareses que ustedes dos.
—Capitana, ¿qué va a hacer? ¿Por qué no podemos marcharnos sin
más?
—Lo explicaré cuando tenga una semana de sobra. Esta vez,
cumplan mis malditas órdenes. ¡Quédense aquí!
Salió por la puerta y correteó de puntillas hacia el puente. Sus
nervios le gritaban que corriera, pero eso llamaría demasiado la atención. Pasó
ante un grupo de cuatro barrayareses que corrían hacia alguna parte: apenas la
miraron. Nunca se había sentido más feliz de ser un florero.
Encontró a Vorkosigan en el puente con sus oficiales, todos
concentrados alrededor del intercomunicador con la sala de máquinas. Bothari
estaba también allí, acechando como si fuera la triste sombra de Vorkosigan.
—¿Quién es ese tipo que está en el comunicador? —le susurró ella
a Vorkalloner—. ¿Radnov?
—Sí. Sss.
La cara de la pantalla hablaba.
—Vorkosigan, Gottyan, y Vorkalloner, uno a uno, a intervalos de
dos minutos. Desarmados, o todos los sistemas de apoyo vital serán
desconectados en toda la nave. Tienen quince minutos antes de que empecemos a
dejar entrar el vacío. Ah. ¿Lo han comprendido? Bien. Será mejor no perder el
tiempo, capitán. —La inflexión convirtió el rango en un insulto letal.
La cara desapareció, pero la voz regresó como un fantasma por
los altavoces.
—Soldados de Barrayar —tronó—. Vuestro capitán ha traicionado al
emperador y al Consejo de Ministros. No dejéis que os traicione también a
vosotros. Entregadlo a la autoridad adecuada, vuestro oficial político, o nos
veremos obligados a matar a los inocentes junto con los culpables. Dentro de
quince minutos desconectaremos...
—Apaguen eso —dijo Vorkosigan, irritado.
—No podemos, señor —dijo un técnico.
Bothari, más directo, desenfundó su arco de plasma y con gesto
de hastío disparó desde la cadera. El altavoz explotó en la pared y varios
hombres se apartaron para esquivar los fragmentos fundidos.
—Eh, puede que lo necesitemos nosotros —dijo Vorkalloner,
indignado.
—No importa —atemperó Vorkosigan—. Gracias, sargento.
Un lejano eco de la voz seguía sonando en los altavoces
repartidos por toda la nave.
—Me temo que no hay tiempo para nada más elaborado —dijo
Vorkosigan, al parecer poniendo fin a una sesión de planificación—. Continúe
con su idea, teniente Saint Simon: si puede llevarla a la práctica a tiempo,
tanto mejor. Estoy seguro de que todos preferiríamos ser listos antes que
valientes.
El teniente asintió y salió rápidamente.
—Si no lo consigue, me temo que tendremos que enfrentarnos a
ellos —continuó Vorkosigan—. Son perfectamente capaces de matar a todos a bordo
y regrabar el diario de navegación para demostrar lo que se les antoje. Entre
Darobey y Tafas tienen los conocimientos técnicos necesarios para hacerlo.
Quiero voluntarios. Yo mismo y Bothari, por supuesto.
Un coro unánime se presentó también.
—Gottyan y Vorkalloner quedan descartados. Necesito a alguien
que pueda explicar las cosas después. Ahora el orden de batalla. Primero yo,
luego Bothari, luego la patrulla de Siegel, después la de Kush. Aturdidores
solamente, no quiero que ningún disparo perdido dañe los motores.
Varios hombres miraron el agujero en la pared donde antes estaba
el altavoz.
—Señor —dijo Vorkalloner, desesperado—. Cuestiono el orden de
batalla. Ellos usarán disruptores con toda seguridad. Los primeros hombres que
atraviesen la puerta no tendrán ninguna oportunidad.
Vorkosigan se tomó unos segundos y lo miró a la cara.
Vorkalloner bajó apenado la cabeza.
—Sí, señor.
—El teniente coronel Vorkalloner tiene razón, señor —intervino
una inesperada voz de bajo. Cordelia advirtió con sobresalto que pertenecía a
Bothari—. El primer lugar es el mío, por derecho. Me lo he ganado.
Se encaró a su capitán, la barbilla firme.
—Es mío.
Sus ojos se encontraron en extraña comprensión mutua.
—Muy bien, sargento —concedió Vorkosigan—. Usted primero, luego
yo, después el resto tal como se ha ordenado. Vamos.
Vorkosigan se detuvo ante ella mientras salían.
—Me temo que no voy a llevarla a ese paseo por la explanada este
verano, después de todo.
Cordelia sacudió la cabeza, indefensa, el brillo de una idea
aterradora empezaba a tomar forma en su cerebro.
—Y-yo... tengo que violar mi libertad condicional ahora.
Vorkosigan pareció desconcertado y, luego, la preocupación
sustituyó esa expresión.
—Si por casualidad acabo como su alférez Dubauer, recuerde mis
preferencias. Si es usted capaz de hacerlo, me gustaría que fuera por su mano.
Se lo diré a Vorkalloner. ¿Me da su palabra?
—Sí.
—Será mejor que se quede en su camarote hasta que esto haya
terminado.
Él extendió una mano hacia su hombro, para tocar un rizo de pelo
rojo que había allí posado, y luego se dio la vuelta. Cordelia corrió pasillo
abajo, la propaganda de Radnov resonando insensatamente en sus oídos. Su plan
florecía furiosamente en su mente. Su razón protestaba, como un jinete en un
caballo desbocado: no tienes ningún deber hacia los barrayareses, tu deber es
hacia la Colonia Beta, hacia Stuben, hacia la René Magritte... tu deber es
escapar, y advertir...
Entró en su camarote. Maravilla de maravillas, Stuben y Lai
estaban todavía allí. Alzaron la cabeza, alarmados por su salvaje aparición.
—Vayan a la enfermería ahora. Recojan a Dubauer y llévenlo a la
lanzadera. ¿Cuándo tenían Pete y Mac que volver aquí si no podían encontrarlos?
—Dentro de... —Lai comprobó la hora—, diez minutos.
—Gracias a Dios. Cuando lleguen a la enfermería, díganle al
cirujano que el capitán Vorkosigan les ha ordenado que me traigan a Dubauer.
Lai, espere en el pasillo. Nunca engañaría al médico. Dubauer no puede hablar.
No se sorprendan por su estado. Cuando lleguen a la lanzadera, esperen...
déjeme ver su crono, Lai. Esperen hasta las 0620, tiempo de nuestra nave, y
luego despeguen. Si no he llegado para entonces es que no llegaré. A plena
potencia y no miren atrás. ¿Exactamente cuántos hombres tienen con ellos Radnov
y Darobey?
—Diez u once, supongo —dijo Stuben.
—Muy bien. Déme su aturdidor. Vamos. Vamos. Vamos.
—¡Capitana, hemos venido a rescatarla! —exclamó Stuben,
asombrado.
Ella se quedó completamente sin palabras. Colocó en cambio una
mano sobre el hombro de Stuben.
—Lo sé. Gracias.
Echó a correr.
Al acercarse a la sala de máquinas desde una cubierta superior,
llegó a una intersección de dos pasillos. Al fondo del más grande había un
grupo de hombres reunidos, comprobando sus armas. Al fondo del más pequeño
había dos hombres que cubrían una portilla de entrada a la siguiente cubierta,
un último punto de comprobación antes del territorio cubierto por el fuego de
Radnov. Uno de ellos era el soldado Nilesa. Se dirigió a él.
—Me envía el capitán Vorkosigan —mintió—. Quiere que intente un
último esfuerzo en la negociación, ya que soy neutral en el asunto.
—Eso será una pérdida de tiempo —observó Nilesa.
—Es lo que espera —improvisó ella—. Los mantendrá entretenidos
mientras él se prepara. ¿Puede hacerme entrar sin alarmar a nadie?
—Puedo intentarlo, supongo.
Nilesa avanzó y liberó una compuerta circular en el suelo, al
fondo del pasillo.
—¿Cuántos guardias hay en esta entrada? —susurró ella.
—Dos o tres, creo.
La compuerta se abrió, revelando un acceso de la anchura de un
hombre con una escalera a un lado y una barra en el centro.
—¡Eh, Wentz! —gritó Nilesa. .
—¿Quién es? —preguntó una voz.
—Yo, Nilesa. El capitán Vorkosigan quiere enviar a esa tía
betana a hablar con Radnov.
—¿Para qué?
—¿Y cómo demonios quieres que yo lo sepa? Sois vosotros los que
se supone que tenéis receptores en las camas de todo el mundo. Tal vez no tiene
un polvo tan bueno después de todo. —Nilesa se encogió de hombros hacia ella,
pidiendo disculpas por la expresión, y ella las aceptó con un gesto.
Abajo oyeron un debate entre susurros.
—¿Está armada?
Cordelia, preparando sus dos aturdidores, negó con la cabeza.
—¿Le darías un arma a una tía betana? —preguntó Nilesa
retóricamente, observando asombrado sus preparativos.
—Muy bien. Métela, cierra la escotilla y déjala caer. Si no
cierras la escotilla antes de que caiga, le dispararemos. ¿Entendido?
—Sí.
—¿Qué veré cuando llegue al fondo? —le preguntó Cordelia a
Nilesa.
—Es un sitio feo. Estará en una especie de hueco en el almacén
de la sala principal de control. Sólo puede pasar un hombre cada vez, y estará
atrapada allí como un blanco de tiro, rodeada por la pared por tres lados. Fue
diseñado así a propósito.
—¿No se puede entrar a la fuerza por ahí? ¿No planea hacerlo?
—Ni de coña.
—Bien. Gracias.
Cordelia se encaramó a la barra, y Nilesa cerró la escotilla con
un sonido que hizo que pareciera la tapa de un ataúd.
—Muy bien —dijo la voz de abajo—, déjese caer.
—Está muy lejos —dijo ella, sin ningún problema para parecer
asustada—. Tengo miedo.
—Jódase. Yo la agarraré.
—Muy bien.
Pasó las piernas y un brazo por la barra. Su mano tembló al
meter el segundo aturdidor en su funda. El estómago le bombeaba bilis agria a
la garganta. Deglutió, inspiró profundamente para mantenerla allí, preparó el
aturdidor, y se dejó caer.
Aterrizó cara a cara ante el hombre de abajo, que sujetaba
desenfadadamente el disruptor neural a la altura de la cintura. Los ojos del
hombre se abrieron como platos al ver el aturdidor. La costumbre barrayaresa de
tener tripulaciones exclusivamente masculinas jugó a favor de Cordelia, pues el
hombre vaciló antes de disparar contra una mujer. En esa fracción de segundo,
ella disparó primero. Cayó pesadamente sobre ella, la cabeza posada sobre su
hombro. Ella lo sujetó como escudo y siguió avanzando.
Su segundo disparo alcanzó al siguiente guardia cuando éste
alzaba su disruptor para apuntar. El tercer guardia lanzó una rápida descarga
que fue absorbida por la espalda del hombre que Cordelia sujetaba, aunque la
aureola le chamuscó el borde exterior del muslo izquierdo. El dolor hizo que
quisiera gritar, pero de sus dientes apretados no escapó ningún sonido. Con
salvaje precisión que no parecía formar parte de ella, le disparó también, y
luego buscó frenéticamente un lugar donde ocultarse.
Por encima se extendían varios conductos; la gente al entrar en
una habitación normalmente mira hacia abajo y alrededor antes de pensar en
mirar hacia arriba. Se guardó el aturdidor en el cinturón, y de un salto que
nunca podría haber duplicado a sangre fría se encaramó entre los conductos y el
techo blindado. Respirando silenciosamente a través de la boca abierta,
desenfundó de nuevo el aturdidor y se preparó para lo que pudiera venir por la
puerta oval que daba a la sala principal de máquinas.
—¿Qué ha sido ese ruido? ¿Qué está pasando ahí?
—Lanza una granada y sella la puerta.
—No puedo, nuestros hombres están ahí dentro.
—¡Wentz, informa!
Silencio.
—Entra tú, Tafas.
—¿Por qué yo?
—Porque yo te lo ordeno.
Tafas se arrastró cuidadosamente por la puerta, pasando el
umbral casi de puntillas. Se dio la vuelta dos veces, observando. Temeroso de
que pudiera cerrar la puerta y sellarla al oír otro disparo, ella esperó a que
por fin mirara hacia arriba.
Le sonrió y le hizo un gesto con los dedos.
—Cierra la puerta —silabeó en silencio, apuntando.
Él se la quedó mirando con una expresión muy extraña en la cara:
aturdimiento, esperanza y furia a la vez. La boca de su disruptor parecía tan
grande como una linterna, y apuntaba con bastante precisión a su cabeza. Era
como mirar a los ojos del juicio final. Una especie de tablas. Vorkosigan tiene
razón, pensó ella, un disruptor tiene auténtica autoridad.
Entonces Tafas exclamó:
—Parece que hay una fuga de gas o algo parecido. Será mejor que
cierre la puerta mientras lo compruebo.
La puerta se cerró obediente tras él.
Cordelia sonrió desde el techo, los ojos entornados.
—Hola. ¿Quieres salir de este lío?
—¿Qué está haciendo aquí... betana?
Excelente pregunta, pensó ella con tristeza.
—Intentar salvar algunas vidas. No se preocupe: sus amigos están
aturdidos nada más.
No mencionó el que había sido alcanzado por fuego amigo y que
quizás estaba muerto, por haberle servido de escudo.
—Pásese a nuestro bando —lo coaccionó, repitiendo locamente un
juego infantil—. El capitán Vorkosigan le perdonará, limpiará su historial. Le
dará una medalla —prometió sin cortarse un pelo.
—¿Qué medalla?
—¿Cómo quiere que lo sepa? La medalla que usted quiera. Ni
siquiera tendrá que matar a nadie. Tengo otro aturdidor.
—¿Qué garantía tengo?
La desesperación la volvió arrojada.
—La palabra de Vorkosigan. Dígale que yo se la ofrecí.
—¿Quién es usted para ofrecerla por él?
—Lady Vorkosigan, si los dos vivimos.
¿Una mentira? ¿La verdad? ¿Una fantasía desesperada?
Tafas soltó un silbido, mirándola. La credulidad empezó a
iluminar su rostro.
—¿De verdad quiere ser responsable de dejar que ciento cincuenta
amigos suyos respiren vacío sólo por salvar la carrera de ese espía
ministerial? —añadió ella, persuasiva.
—No —respondió él firmemente por fin—. Déme el aturdidor.
Ahora había que poner a prueba la confianza... Le lanzó uno.
—He eliminado a tres, faltan siete. ¿Cuál es el mejor plan?
—Puedo atraer a un par más de ellos. Los otros están en la
entrada principal. Podemos sorprenderlos desde atrás, si tenemos suerte.
—Adelante.
Tafas abrió la puerta.
—Era un escape de gas —rió convincente—. Ayúdame a sacar a estos
tíos y sellaremos la puerta.
—Me pareció oír un aturdidor hace un rato —dijo su compañero
mientras entraba.
—Tal vez intentaban llamar la atención.
El rostro del amotinado se llenó de recelo cuando advirtió la
estupidez de la sugerencia.
—No tenían aturdidores —empezó a decir. Por fortuna, el segundo
hombre entró en ese momento. Cordelia y Tafas dispararon al unísono.
—Cinco abatidos, faltan otros cinco —dijo Cordelia, saltando al
suelo. La pierna derecha le falló; no la movía bien—. Las probabilidades van
mejorando.
—Será mejor que lo hagamos rápido, si queremos que funcione
—advirtió Tafas.
—Me parece bien.
Salieron por la puerta y corrieron sin hacer ruido hacia la sala
de máquinas, que continuaba con sus tareas automáticas, indiferente a la
identidad de sus amos. A un lado había apilados algunos cuerpos uniformados de
negro. Tafas alzó una mano pidiendo cautela mientras doblaban la esquina,
señalando de manera significativa con un dedo. Cordelia asintió. Tafas dobló la
esquina en silencio y Cordelia se apretujó contra la pared, esperando. Cuando
Tafas alzó su aturdidor, ella se asomó buscando un blanco. La cámara se
estrechaba en L y terminaba en la entrada principal de la cubierta superior.
Había cinco hombres concentrados en los chasquidos y silbidos que penetraban
tenuemente a través de la escotilla en lo alto de una escalera metálica.
—Se están preparando para el asalto —dijo uno—. Es hora de
dejarlos sin aire.
Famosas últimas palabras, pensó Cordelia, y disparó, una vez y
luego dos veces más. Tafas disparó también, alcanzando rápidamente al grupo, y
todo se acabó. Y yo nunca volveré a considerar estúpida una de las maniobras de
Stuben, se prometió ella en silencio. Quiso soltar su aturdidor y aullar y
bailar como reacción, pero su trabajo no había terminado todavía.
—Tafas, tengo que hacer una cosa más.
Él se le acercó, también tembloroso.
—Le he sacado de esto, y necesito un favor a cambio. ¿Cómo puedo
cortar el control de las armas de plasma de largo alcance para que no vuelvan a
funcionar hasta dentro de una hora y media?
—¿Por qué quiere hacer eso? ¿Lo ha ordenado el capitán?
—No —dijo ella sinceramente—. El capitán no ha ordenado nada de
esto, pero le gustará cuando lo vea, ¿no cree?
Tafas, confundido, asintió.
—Si cortocircuita este panel —sugirió—, retardaría un poco las
cosas.
—Déme su arco de plasma.
¿Tengo que hacerlo?, se pregunto Cordelia, contemplando la
sección. Sí. Él nos dispararía, igual que yo me marcho a casa. Confianza es una
cosa, traición otra. No tengo ningún deseo de ponerlo a prueba y que me
destruya.
Si Tafas no me engaña y estos son los controles de los lavabos o
algo parecido... Disparó contra el panel, y se quedó contemplando un instante,
llena de primitiva fascinación, cómo chasqueaba y chispeaba.
—Ahora —dijo, devolviéndole el arco de plasma—, quiero un par de
minutos de ventaja. Luego abra la puerta y sea un héroe. Le sugiero que llame
primero y se lo advierta: el sargento Bothari va delante.
—Bien. Gracias.
Ella miró la escotilla principal de entrada. Él está ahora a
unos tres metros de distancia, pensó. Una barrera infranqueable. En la física
del corazón, la distancia es relativa; es el tiempo lo que es absoluto. Los
segundos correteaban como arañas por su espalda.
Se mordió el labio, devorando con los ojos a Tafas. La última
oportunidad para dejarle un mensaje a Vorkosigan... no. El absurdo de
transmitir las palabras «Te quiero» por boca de Tafas la sacudió con una
dolorosa risa interior. «Mi felicitación» parecía demasiado pomposo, dadas las
circunstancias; «Mis saludos», demasiado frío, y lo más simple de todo, «Sí»...
Sacudió la cabeza en silencio y sonrió al aturdido soldado,
luego corrió hacia la sala de almacenamiento y bajó por la escalera. Golpeó
rítmicamente la escotilla. Al cabo de un momento, se abrió. Se encontró cara a
cara con un arco de plasma empuñado por el soldado Nilesa.
—Tengo que llevarle los nuevos términos a su capitán —dijo ella
rápidamente—. Son un poco retorcidos, pero creo que le gustarán.
Nilesa, sorprendido, la dejó salir y volvió a sellar la
escotilla. Ella se apartó de él, contemplando el pasillo principal, donde había
reunidas varias docenas de hombres. Un equipo técnico había retirado la mitad
de los paneles de las paredes; de una herramienta saltaban chispas. Pudo ver la
cabeza del sargento Bothari al otro lado de la multitud, y supo que estaba
junto a Vorkosigan. Llegó a la escalera situada al fondo del pasillo, la subió,
y empezó a correr, abriéndose paso nivel a nivel a través del laberinto que era
la nave.
Riendo, llorando, sin aliento y temblando violentamente, llegó
al pasillo de la compuerta de la lanzadera. El doctor McIntyre estaba haciendo
guardia, tratando de parecer sombrío y barrayarés.
—¿Está todo el mundo aquí?
Él asintió, mirándola con deleite.
—Entre y vámonos.
Sellaron las puertas tras ellos y ocuparon sus asientos mientras
la lanzadera se separaba a máxima aceleración con un crujido y una sacudida.
Pete Lightner pilotaba manualmente, pues su implante neural betano no podía
conectar con el sistema de control barrayarés sin una interfaz traductora.
Cordelia se preparó para un viaje terrible.
Se acomodó en su asiento, todavía jadeando por la loca carrera.
Stuben se reunió con ella, se volvió, y contempló preocupado sus incontrolables
temblores.
—Es un crimen lo que le hicieron a Dubauer —dijo—. Ojalá
pudiéramos volar su maldita nave. ¿Sabe si Radnov nos sigue cubriendo?
—Sus armas de largo alcance no estarán operativas durante un
rato —contestó ella, sin entrar en detalles. ¿Podría hacerlo comprender alguna
vez?—. Oh. Quería preguntar... ¿quién fue el barrayarés alcanzado por fuego de
disruptor en el planeta?
—No lo sé. Doc Mac recogió su uniforme. Eh, Mac... ¿qué nombre
llevas en el bolsillo?
—Uh, déjame ver si puedo descifrar su alfabeto. —Sus labios se
movieron silenciosamente—. Kou... Koudelka.
Cordelia inclinó la cabeza.
—¿Murió?
—No estaba muerto cuando nos marchamos, pero desde luego no
parecía muy sano.
—¿Qué estuvo usted haciendo todo el tiempo a bordo de la
General? —preguntó Stuben.
—Pagando una deuda. De honor.
—Muy bien, como quiera. Ya me enteraré de la historia más tarde.
—Guardó silencio, y luego añadió con un breve gesto de cabeza—: Espero que se
la hiciera pagar al bastardo, fuera quien fuese.
—Mire, Stu... aprecio lo que han hecho todos. Pero quisiera
estar sola unos minutos.
—Claro, capitana. —Él le dirigió una mirada de preocupación y se
marchó murmurando «malditos monstruos» entre dientes.
Cordelia apoyó la cabeza contra la fría ventana y lloró en silencio
por sus enemigos.
7
La capitana Cordelia Naismith, de la Fuerza Expedicionaria
Betana, suministró al ordenador de su nave las últimas observaciones de
navegación del espacio normal. Junto a ella, el oficial piloto Parnell ajustó
los cables y cánulas de su casco y se acomodó en su silla acolchada, preparado
para el control neurológico del inminente salto.
Su nueva nave era un lento carguero, desarmado, un recio caballo
de tiro que hacía la ruta de comercio entre Escobar y la Colonia Beta. Pero no
había habido ninguna comunicación directa con Escobar desde hacía más de
sesenta días ya, desde que la flota invasora de Barrayar bloqueó el lado
escobariano de la salida con la misma efectividad que un corcho en una botella.
Según las últimas noticias las flotas de Barrayar y Escobar estaban todavía
maniobrando en un baile letal buscando posiciones tácticas, con pocos
enfrentamientos todavía. No se esperaba que los barrayareses desplegaran sus
fuerzas de tierra hasta que su control sobre el espacio escobariano fuera
seguro.
Cordelia llamó a la sala de máquinas.
—Aquí Naismith. ¿Todo preparado ahí abajo?
El rostro de su ingeniero, un hombre al que había conocido hacía
dos días, apareció en la pantalla. Era joven, y procedente de Exploración como
ella misma. No tenía sentido malgastar personal militar experimentado en esta
excursión. Como Cordelia, llevaba el uniforme de explorador. Se rumoreaba que
estaban trabajando en los uniformes para la Fuerza Expedicionaria, pero nadie
los había visto todavía.
—Todo preparado, capitana.
No había miedo en su voz. Bien, reflexionó ella, tal vez no era
lo bastante mayor para haber llegado a creer en la vida después de la muerte.
Cordelia echó un último vistazo alrededor, se acomodó, y tomó aliento.
—Piloto, la nave es suya.
—Nave aceptada, señora —replicó él marcial.
Pasaron unos cuantos segundos. Una desagradable oleada de
náuseas barrió a Cordelia, y tuvo la pegajosa e inquietante sensación de que
acababa de despertar de un mal sueño que no podía recordar. El salto terminó.
—La nave es suya, señora —murmuró el piloto, cansado. Los pocos
segundos que ella había experimentado se traducían en horas subjetivas para él.
—Nave aceptada, piloto.
Extendió la mano hacia la consola de comunicación y empezó a
teclear para captar la posición táctica donde habían aparecido. Nadie había
atravesado aquel pasadizo desde hacía un mes; ella esperaba fervientemente que
las tripulaciones barrayaresas estuvieran aburridas y fueran lentas de
reflejos.
Allí estaban. Seis naves, dos de ellas moviéndose ya. Se acabó
la lentitud de reflejos.
—Justo entre ellas, piloto —ordenó Cordelia, suministrándole los
datos—. Será mejor si podemos apartarlas a todas de sus puestos.
Las dos naves se acercaban rápidamente, y empezaron a disparar
con mortífera precisión. Se tomaban su tiempo, y hacían que cada disparo
contara. Sólo una pequeña práctica de tiro, eso es lo que somos, pensó
Cordelia. Yo os daré prácticas. Todos los sistemas de energía noescudo se
oscurecieron, y la nave pareció gruñir cuando el fuego de plasma la envolvió.
Luego atravesaron el chispeante límite del radio de alcance barrayarés.
Llamó a la sala de máquinas.
—¿Proyección preparada?
—Preparada y firme..
—Adelante.
Doce mil kilómetros tras ellos, como si acabara de emerger del
agujero de gusano, un acorazado betano cobró vida. Aceleró de manera
sorprendente para tratarse de una nave tan grande: de hecho, su velocidad era
comparable a la de ellos. Los siguió como una flecha.
—¡Ajá! —Ella dio una palmada llena de placer, y exclamó por el
intercomunicador—: ¡Los hemos atraído! Ahora todos se mueven. ¡Oh, tanto mejor!
Las naves perseguidoras redujeron el ritmo, preparándose para
virar y atacar a esta presa mucho mayor. Las cuatro naves que habían
permanecido anteriormente en su puesto empezaron a virar también. Pasaron los
minutos mientras maniobraban. Las últimas naves barrayaresas desperdiciaron
pocos disparos en ellos, apenas algo más que un saludo, su atención atraída por
el hermano mayor que les seguía. Sin duda, los comandantes de Barrayar
consideraban que estaban en una buena posición táctica; se desplegaron en
abanico y empezaron a disparar. La nave pequeña que precedía al navío de guerra
estaba al otro lado de Escobar, sin ningún sitio al que ir. Podían abatirla a
placer.
Ahora tenían los escudos bajados, y la aceleración caía a medida
que la espantosa absorción de energía del proyector se cobraba su precio. Pero,
minuto a minuto, el bloqueo barrayarés se alejaba más de su ratonera.
—Podemos continuar así unos diez minutos más —informó el
ingeniero.
—Muy bien. Ahorre suficiente energía para convertirnos en
chatarra cuando acabe. Si nos capturan, el Alto Mando no quiere que quede ni
una molécula conectada a otra para que los barrayareses recompongan el
rompecabezas.
—Qué crimen. Es una máquina muy hermosa. Me muero por echarle un
vistazo por dentro.
Y es posible que mueras, si los barrayareses nos capturan, pensó
ella. Así que dirigió todos los ojos de su nave hacia la ruta que dejaban
atrás. Lejos, muy lejos en la salida del agujero de gusano, el primer carguero
betano auténtico cobraba vida y empezaba a dirigirse hacia Escobar, sin
encontrar ninguna oposición. Era la más moderna incorporación a la flota
mercante, carente de armas y escudos, reconstruida para hacer solamente dos
cosas: llevar una carga pesada y correr como alma que lleva el diablo. Luego
aparecieron la segunda y la tercera. Eso fue todo. Se perdieron en la
distancia, con la suficiente ventaja para que los barrayareses no pudieran
alcanzarlos.
El acorazado betano estalló con un espectacular juego de luces
radiactivo. Por desgracia, era imposible disimular que se trataba de un
cascarón. ¿Cuánto tiempo tardarán los barrayareses en darse cuenta de que les
hemos tomado el pelo?, se preguntó Cordelia. Desde luego, espero que tengan
sentido del humor...
Su nave quedó quieta en el espacio, su energía casi agotada. Se
sintió mareada, y advirtió que no era algo psicosomático. La gravedad
artificial estaba fallando.
Se reunieron con el ingeniero jefe y sus dos ayudantes en la
escotilla de la lanzadera, viajando con brincos de gacela que se fueron
convirtiendo en saltitos de pájaro a medida que la gravedad rindió el alma. La
lanzadera que iba a ser su vía de escape era un modelo simple, abarrotado e
incómodo. Flotaron hasta su interior y sellaron la escotilla. El piloto se
deslizó hasta la silla de control y se colocó el casco, y la lanzadera se
apartó del costado de la nave moribunda.
El ingeniero flotó hasta Cordelia y le tendió una pequeña caja
negra.
—Pensé que debería hacer usted los honores, capitana.
—Ja. Apuesto a que no mataría usted su propia cena tampoco
—replicó ella, tratando de animar el ambiente. Habían servido juntos en su nave
durante apenas cinco horas, pero dolía de todas formas—. ¿Estamos fuera de su
alcance, Parnell?
—Sí, capitana.
—Caballeros —dijo ella, e hizo una pausa, mirándolos a los ojos
uno a uno—. Gracias a todos. Aparten la mirada de la portilla izquierda, por
favor.
Tiró de la palanca de la caja. Hubo un destello mudo de
brillante luz azul, y una carrera general hacia la diminuta portilla
inmediatamente después para ver el último resplandor rojo mientras la nave se
plegaba sobre sí misma, llevándose a la tumba sus secretos militares.
Se estrecharon solemnemente las manos, algunos boca arriba,
otros boca abajo, algunos flotando en otros ángulos, y luego se amarraron.
Cordelia se colocó en el puesto de navegación junto a Parnell, se amarró, e
hizo un rápido repaso de sus sistemas.
—Ahora viene lo difícil —murmuró Parnell—. Me sentiría más feliz
con un impulsor máximo para intentar dejarlos atrás.
—Podríamos escapar de esos gordos acorazados de batalla, tal vez
—concedió Cordelia—. Pero sus correos rápidos nos comerían vivos. Al menos
parecemos una roca —añadió, pensando en el artístico camuflaje a prueba de
sondas que rodeaba la cápsula salvavidas como si fuera una concha.
Siguieron varios minutos de silencio, mientras ella se
concentraba en su trabajo.
—Muy bien —dijo por fin—, salgamos de aquí. Esta zona va a estar
superpoblada muy pronto.
No combatió la aceleración, sino que dejó que la apretujara
contra el asiento. Cansada. No hubiese creído posible sentirse más cansada que
asustada. Esta guerra insensata proporcionaba una gran educación psicológica.
Aquel cronómetro tenía que estar equivocado. Sin duda había pasado un año, y no
una hora...
Una lucecita parpadeó en el panel de control. El miedo barrió de
golpe su cansancio.
—Apáguenlo todo —ordenó, pulsando ella misma los controles, y se
sumió al instante en la oscuridad ingrávida—. Parnell, efectúe un giro
realista.
Su oído interno y una sensación incómoda en el vientre le
dijeron que el piloto había obedecido su orden.
Ahora su sentido del tiempo empezó a estar verdaderamente
desorientado. Reinaban la oscuridad y el silencio, a excepción de algún susurro
ocasional de movimiento, tela sobre plástico, cuando alguien se agitaba en su
asiento. En su imaginación, Cordelia sintió las sondas barrayaresas tocando su
nave, tocándola a ella con dedos helados que le recorrían la espalda. Soy una
roca. Soy el vacío. Soy el silencio... Al fondo el silencio fue roto por el
ruido de alguien vomitando, y alguien más maldiciendo entre dientes. Maldición.
Espero que tuviera tiempo de agarrar una bolsa...
Luego se produjo una sacudida y una presión de peso en un ángulo
extraño. Parnell escupió un juramento como si fuera un sollozo.
—¡Rayo tractor! Se acabó.
Ella suspiró sin alivio, y extendió la mano para que la
lanzadera volviera a cobrar vida, parpadeando ante el brillo cegador de las
pequeñas luces.
—Bueno, vamos a ver qué nos ha capturado.
Sus manos corretearon sobre los paneles. Echó una ojeada a los
monitores exteriores, y rápidamente pulsó el botón rojo que anulaba la memoria
y los códigos de reconocimiento de la nave salvavidas.
—¿Q-qué demonios tenemos ahí fuera? —preguntó ansiosamente el
ingeniero, advirtiendo el gesto que ella había hecho mientras se le acercaba.
—Dos cruceros y un correo rápido —le informó ella—. Parece que
nos superan ligeramente en número.
Él bufó tristemente.
Una voz sin cuerpo tronó a través del comunicador, a un volumen
demasiado alto. Ella lo redujo rápidamente.
—... no se rinden, los destruiremos.
—Ésta es la Lanzadera Salvavidas 45A —respondió ella, modulando
cuidadosamente la voz—. Capitana Cordelia Naismith, Fuerza Expedicionaria
Betana. Somos un salvavidas desarmado.
El comunicador emitió un sorprendido «¡Vaya!», y la voz añadió:
—¡Otra maldita mujer! Son ustedes lentos aprendiendo.
Hubo un murmullo ininteligible al fondo, y la voz recuperó su
original tono oficial.
—Serán remolcados. A la primera señal de resistencia, serán
destruidos. ¿Comprendido?
—Comprendido —respondió Cordelia—. Nos rendimos.
Parnell sacudió la cabeza, furioso. Ella apagó el
intercomunicador y alzó una ceja.
—Creo que deberíamos intentar huir —dijo él.
—No. Estos tipos son paranoicos profesionales. Al más cuerdo que
he conocido no le gustaba estar en una habitación con la puerta cerrada: decía
que nunca se sabe qué hay al otro lado. Si dicen que dispararán, será mejor que
los crea.
Parnell y el ingeniero intercambiaron una mirada.
—Adelante, Nell —dijo el ingeniero—. Díselo.
Parnell se aclaró la garganta y se humedeció los labios resecos.
—Queríamos que supiera, capitana... que si cree que, uh, volar
la nave salvavidas es lo mejor para todos, estamos con usted. Nadie quiere ser
hecho prisionero.
Cordelia parpadeó al escuchar esta oferta.
—Eso es... muy valiente por su parte, oficial piloto, pero
completamente innecesario. No se vanaglorie. Nos escogieron personalmente por
nuestra ignorancia, no por nuestros conocimientos. Todos tienen únicamente
suposiciones sobre lo que había a bordo de ese convoy, y ni siquiera yo conozco
ningún detalle técnico. Si aparentemente cooperamos, al menos tendremos alguna
oportunidad de salir de esto con vida.
—No... no estábamos pensando en datos de inteligencia, señora.
Son sus otras costumbres.
Se produjo un denso silencio. Cordelia suspiró, girando en un
vórtice de duda y pesar.
—No pasará nada —dijo por fin—. Su reputación está demasiado
hinchada. Algunos de ellos son tipos bastante decentes.
Sobre todo uno, se burló mentalmente. E incluso asumiendo que
esté todavía vivo, ¿de verdad crees que podrías encontrarlo en todo este lío?
¿O encontrarlo y salvarlo de los regalitos que tú misma has traído del almacén
del infierno sin traicionar tu deber? ¿O esto es un pacto suicida secreto? ¿Te
conoces a ti misma?
Parnell, observando su cara, sacudió sombríamente la cabeza.
—¿Está segura?
—No he matado a nadie en mi vida, ¡No voy a empezar con gente de
mi propio bando, por todos los demonios!
Parnell reconoció la justicia de este razonamiento encogiéndose
levemente de hombros, pero no pudo ocultar su alivio.
—De todas formas, tengo cosas por las que vivir. Esta guerra no
puede durar eternamente.
—¿Hay alguien allá en casa? —preguntó él, y cuando los ojos de
ella se volvieron hacia los indicadores, añadió sabiamente—: ¿O ahí fuera?
—Oh, sí. Ahí fuera, en alguna parte.
Él sacudió la cabeza, comprensivo.
—Eso es duro.
Estudió su perfil inmóvil, y añadió, para darle ánimos:
—Pero tiene usted razón. Los chicos grandes borrarán a estos
hijos de puta del cielo tarde o temprano.
Ella dejó escapar un pequeño y mecánico «Ja», y se frotó la cara
con la yema de los dedos, tratando de aliviar la tensión. Tuvo una súbita
visión de una gran nave de guerra que se abría y lanzaba sus tripas vivientes
como una especie de monstruoso semillero. Las semillas congeladas y estériles,
a la deriva sin viento, se hinchaban por la descompresión y se perdían para
siempre. ¿Se podía reconocer un rostro, después de eso?, se preguntó. Giró el
asiento apartándose de Parnell, dando por terminada la conversación.
Un correo rápido de Barrayar los remolcó una hora después.
Lo que primero la golpeó fue el olor familiar, el aceite de
metal y máquinas, apestando a ozono, el olor a armario de las naves de guerra
de Barrayar. Los dos altos soldados vestidos de negro que la escoltaron, cada
uno sujetando firmemente con una mano uno de sus codos, la hicieron pasar por
una estrecha puerta oval para conducirla a lo que ella supuso que era la
principal zona de prisiones de la gran nave. Cordelia y sus cuatro hombres
fueron desnudados implacablemente, registrados con minucioso y paranoico
detalle, examinados médicamente, holografiados, retinascaneados, identificados.
Luego les suministraron pijamas de color naranja. Se llevaron a sus hombres por
separado. A pesar de sus palabras a Parnell, a ella le asustaba de muerte la
posibilidad de que los pelaran, capa a capa, en busca de una información que no
tenían. Tranquila, argumentó la razón: sin duda los barrayareses los
propondrían para un intercambio de prisioneros.
Los guardias se pusieron firmes. Al girarse, ella vio entrar a
un oficial de alto rango. El amarillo brillante de los galones del cuello de su
uniforme verde oscuro indicaban un rango que ella no había visto nunca, y con
sorpresa lo identificó como el color de los vicealmirantes. Al saber lo que
era, supo de inmediato quién era, y lo estudió con grave interés.
Vorrutyer, ese era su nombre. Comandante de la flota barrayaresa
junto con el príncipe heredero Serg Vorbarra. Cordelia supuso que él era quien
hacía el verdadero trabajo: había oído que estaba destinado a ser el próximo
ministro de la Guerra de Barrayar. Así que éste era el aspecto que tenía una
estrella en alza.
En cierto modo se parecía un poco a Vorkosigan, un poco más
alto, aproximadamente del mismo peso pero debido menos a huesos y músculos y
más a la grasa. También tenía el pelo oscuro, más rizado que el de Vorkosigan y
con menos canas, y era de la misma edad, bastante más guapo. Sus ojos eran muy
distintos, un profundo marrón aterciopelado enmarcado en unas largas pestañas,
con diferencia los ojos más hermosos que ella había visto jamás en un hombre.
Dispararon un pequeño gemido subliminal de alarma en su mente que le dijo que
creía haberse enfrentado ya al miedo ese día, pero se equivocaba: esto era el
miedo de verdad, miedo sin vía de escape ni esperanza; lo cual era extraño,
pues deberían haberla atraído. Cordelia rompió el contacto ocular, diciéndose
firmemente que la inquietud y el rechazo instantáneo eran simples nervios, y
esperó.
—Identifíquese, betana —gruñó él. Eso le produjo una deslavazada
sensación de déjà vu.
Cordelia luchó por encontrar el equilibrio; le dirigió un saludo
cortante y dijo:
—Capitana Cordelia Naismith, Fuerza Expedicionaria Betana. Somos
un grupo militar. Combatientes. —Él, naturalmente, no entendió el chiste.
—Ja. Desnúdenla y denle la vuelta.
Dio un paso atrás, observando. Los dos sonrientes soldados que
la custodiaban obedecieron. No me gusta cómo está empezando esto... Se obligó a
mostrar indiferencia, aferrándose a todas sus fuentes secretas de serenidad.
Calma. Calma. Quiere ponerte nerviosa. Lo puedes ver en sus ojos, sus ojos
ansiosos. Calma.
—Un poco mayor, pero valdrá. La mandaré llamar más tarde.
El guardia le arrojó el pijama. Ella se vistió despacio, para
molestarlos, como un striptease inverso, con precisos movimientos adecuados
para una ceremonia del té japonesa. Uno gruñó, el otro la empujó por la espalda
hacia la celda. Ella sonrió agriamente ante este éxito, pensando bueno, al
menos tengo este grado de control sobre mi destino. ¿Debo concederme puntos si
puedo molestarlos lo suficiente para que me golpeen?
La empujaron hasta una habitación de metal pelado y la dejaron
allí. Ella continuó el juego, para su propia diversión, y se arrodilló con
gracia en el suelo con el mismo tipo de movimientos, el pie derecho cruzado
correctamente sobre el izquierdo, las manos inmóviles sobre los muslos. El
contacto le recordó la parte de su pierna izquierda que carecía de toda
sensación, calor, frío, dolor, presión, legado de su último encuentro con los
ejércitos de Barrayar. Entornó los ojos y dejó que su mente vagara, esperando
dar a sus captores la inquietante impresión de profundas meditaciones psíquicas
de aspecto peligroso. Fingir agresión era mejor que nada.
Después de dos horas de inmovilidad, sus músculos
desacostumbrados protestaron por la posición de la forma más dolorosa. Entonces
el guardia regresó.
—El almirante la llama —dijo lacónicamente—. Venga.
Ella volvió a tener un guardia a cada lado para el trayecto por
la nave. Uno sonrió y la desnudó con los ojos. El otro la miró con piedad, algo
mucho más preocupante. Ella empezó a preguntarse si el tiempo que había pasado
con Vorkosigan no la había hecho pasar por alto los riesgos de ser capturada.
Llegaron a la zona de oficiales, y se detuvieron ante una puerta metálica
ovalada, idéntica a una hilera de otras puertas. El guardia que sonreía llamó,
y recibió permiso para entrar.
Las habitaciones del almirante eran muy distintas del austero
camarote que Cordelia había tenido a bordo de la General Vorkraft. Para
empezar, habían quitado los tabiques de las dos salas adyacentes, consiguiendo
el triple de espacio. La habitación estaba llena de muebles personales de
aspecto lujoso. El almirante Vorrutyer se levantó de un asiento tapizado de
terciopelo cuando ella entraba, pero Cordelia no lo confundió con un gesto de
cortesía.
La rodeó sibilinamente mientras ella permanecía en silencio,
observando la sala.
—Un paso adelante respecto a esa celda, ¿eh? —sondeó él.
Para beneficio de los guardias, ella replicó:
—Parece un burdel.
El guardia sonriente se atragantó, y el otro soltó una carcajada
que cortó rápidamente una mirada de Vorrutyer. No creí que eso fuera gracioso,
pensó ella. Algunos de los detalles del decorado empezaron a calar, y advirtió
que había dicho la verdad en más de un aspecto. Por ejemplo, aquella extraña
estatuilla del fondo. Aunque supuso que tenía cierto mérito artístico que la
redimía.
—Un burdel con clientes muy especiales —añadió.
—Átenla —ordenó Vorrutyer—, y vuelvan a sus puestos. Los llamaré
cuando termine.
La colocaron de espaldas sobre la ancha cama no reglamentaria,
los brazos y piernas en cruz, firmemente sujetos por brazaletes atados a su vez
al armazón de la cama por cortas cadenas. Sencillos, helados, imposibles de
romper.
El guardia que se había apiadado de ella le susurró entre
dientes mientras le sujetaba las muñecas, con un suspiro casi inaudible:
—Lo siento.
—No importa —susurró ella. Se miraron a los ojos, ocultando el
secreto intercambio a Vorrutyer, que observaba.
—Ja. Eso es lo que cree ahora —murmuró el otro entre dientes,
mientras aseguraba la otra correa.
—Cállate —murmuró el primero, y le dirigió una mirada feroz. Un
silencio sucio llenó la habitación hasta que los guardias se marcharon.
—Parece una instalación permanente —le comentó ella a Vorrutyer,
horriblemente fascinada. Era como una broma enfermiza que cobrara vida—. ¿Qué
hace cuando no puede capturar betanos? ¿Pide voluntarios?
Él frunció levemente el ceño, pero luego suavizó su expresión.
—Siga así —la animó—. Me divierte. Eso hará que las últimas
palabras sean aún más interesantes.
Se aflojó el cuello del uniforme, se sirvió un vaso de vino de
un bar portátil situado en un rincón, algo que tampoco casaba con las normas, y
se sentó en la cama junto a ella con el aire coloquial del hombre que visita a
un amigo enfermo. La observó minuciosamente, sus hermosos ojos marrones estaban
húmedos de expectación.
Ella trató de consolarse: tal vez sea sólo un violador. Tal vez
fuera posible manejar a un simple violador. Eran almas directas e infantiles,
apenas ofensivas. Incluso la vileza tiene una gama relativa...
—No conozco ningún secreto militar que valga nada —dijo—. No
merezco su atención ni su tiempo.
—No lo esperaba —respondió él tranquilamente—. Aunque sin duda
insistirá en decirme todo lo que sabe en las próximas semanas. Bastante
tedioso, y nada interesante. Si quisiera información, mi médico personal se la
extraería en un santiamén. —Sorbió su vino— Aunque es curioso que saque usted
el tema... quizás la envíe a la enfermería, después.
Ella sintió un nudo en el estómago. Tonta, se reprimió por
dentro ¿acabas de cargarte una oportunidad para evitar ser interrogada? Pero
no, tenía que ser el procedimiento estándar. Te está confundiendo. Sutil.
Tranquilo...
Él volvió a beber.
—¿Sabe? Creo que disfrutaré teniendo una mujer mayor para
variar. Las jóvenes puede que sean bonitas, pero son demasiado fáciles. No hay
diversión. Ya veo que usted sí que va a ser una gran diversión. Una caída muy
grande requiere una altura muy grande, ¿verdad?
Ella suspiró y miró al techo.
—Bueno, estoy segura de que será educativo.
Trató de recordar cómo había ocupado su mente durante las
sesiones de sexo con su antiguo amante en las malas épocas antes de que
finalmente lo dejara. Tal vez esto no fuera peor...
Vorrutyer, sonriendo, depositó la copa de vino sobre una mesilla
de noche y sacó del cajón un cuchillo pequeño, afilado como un anticuado
escalpelo, con un mango enjoyado que chispeó antes de que su mano lo eclipsara.
De manera caprichosa, empezó a rasgar el pijama naranja, apartándolo de ella
como si fuera la piel de una fruta.
—¿No es eso propiedad del Gobierno? —preguntó ella, pero lamentó
haber hablado, pues el temblor hizo que la palabra «Gobierno» sonara vacilante.
Era como lanzar una minucia a un perro hambriento, con lo que sólo conseguiría
que saltara más alto.
Él se echó a reír, complacido.
—Oops.
Deliberadamente, dejó que el cuchillo resbalara. Se clavó un
centímetro en su muslo. Observó el rostro de Cordelia, ávido de reacción. Fue
en la zona insensible: ella ni siquiera notó el húmedo hilillo de sangre que
manó de la herida. Los ojos de Vorrutyer se entornaron, llenos de decepción.
Ella ni siquiera miró hacia abajo. Deseó haber estudiado más sobre los estados
de trance.
—No voy a violarla hoy —dijo él, desenfadadamente—, si eso es lo
que ha estado pensando.
—Se me había pasado por la cabeza. No imagino en qué se nota.
—Apenas hay tiempo —sugirió—. Hoy es, como si dijéramos, el
entremés del banquete, o una sopita sencilla, clarita. Todas las cosas
complicadas las reservo para el postre, dentro de unas pocas semanas.
—Nunca tomo postre. Los kilos, ya sabe.
Él se volvió a reír.
—Es usted un encanto. —Soltó el cuchillo y tomó otro sorbo de
vino—. Sabe, los oficiales siempre delegan su trabajo. Yo soy aficionado a la
historia terrestre. Mi siglo favorito es el dieciocho.
—Yo habría supuesto que el catorce. O el veinte.
—Dentro de un día o dos, le enseñaré a no interrumpir. ¿Por
dónde iba? Ah, sí. Bueno, en mis lecturas me he encontrado con una escena
encantadora en la que cierta gran dama —alzó la copa de vino en un brindis
hacia ella— fue violada por un sirviente enfermo, a las órdenes de su amo. Muy
picante. Las enfermedades venéreas son, ay, cosa del pasado. Pero tengo a mis
órdenes a un sirviente enfermo, aunque su enfermedad es mental y no física. Un
auténtico esquizofrénico paranoico.
—De tal amo, tal criado —dijo ella, al azar. No podré soportar
esto mucho más tiempo: el corazón me fallará pronto...
Esto provocó una sonrisa amarga.
—Oye voces, sabe, como Juana de Arco, excepto que él me dice que
son demonios, no santos. También tiene alucinaciones visuales, en ocasiones. Y
es un hombre muy grande. Lo he utilizado antes, muchas veces. No es el tipo de
persona a quien resulta fácil, eh, atraer a las mujeres.
En ese momento llamaron a la puerta y Vorrutyer fue a atenderla.
—Ah, pase, sargento. Estaba hablando de usted.
—Bothari —jadeó ella.
La alta figura y el familiar rostro de borsoi del soldado de
Vorkosigan agachó la cabeza para poder pasar por la puerta. ¿Cómo, cómo podía
él haber detectado su pesadilla personal? Un caleidoscopio de imágenes atravesó
su memoria: un bosque oscuro, el chasquido de los disruptores, los rostros de
los muertos y los medio muertos, una forma acechante como la sombra de la
muerte.
Se concentró en su realidad actual. ¿La reconocería él? Sus ojos
no la habían tocado todavía: estaban fijos en Vorrutyer. Demasiado juntos,
aquellos ojos, y ni siquiera al mismo nivel. Daban a su rostro un inusitado
grado de asimetría que aumentaba su notable fealdad.
La imaginación desbocada de Cordelia se fijó en su cuerpo. Era
de algún modo un error, encogido en su uniforme negro, no como la recta figura
que había visto por última vez exigiéndole un puesto de honor a Vorkosigan.
Algo iba mal, terriblemente mal. Una cabeza más alto que Vorrutyer, sin embargo
parecía casi arrastrarse ante su amo. Tenía la espalda torcida de tensión
mientras miraba a su... ¿su torturador? ¿Qué haría un violador mental como
Vorrutyer con el material presentado por Bothari?, se preguntó ella. Dios,
Vorrutyer, ¿te imaginas, en tu retorcimiento amoral, en tu monstruosa vanidad,
que controlas a este elemental? ¿Y te atreves a jugar con esa locura que acecha
en sus ojos? Los pensamientos de Cordelia iban al compás de su pulso desbocado.
Hay dos víctimas en esta habitación. Hay dos víctimas en esta habitación. Hay
dos...
—Aquí tiene, sargento. —Vorrutyer señaló por encima de su hombro
a Cordelia, tendida sobre la cama—. Vióleme a esta mujer.
Acercó una silla y se dispuso a observar, de cerca y con
alegría.
—Vamos, vamos.
Bothari, el rostro tan ilegible como siempre, se desabrochó los
pantalones y se acercó al pie de la cama. La miró por primera vez.
—¿Alguna palabra más, «capitana» Naismith? —preguntó Vorrutyer
sarcástico—. ¿O por fin se ha quedado sin habla?
Ella miró a Bothari, sacudida por una piedad casi amorosa. Él
parecía casi en trance, lujuria sin placer, expectación sin esperanza. Pobre
diablo, pensó Cordelia, qué han hecho contigo. Sin deseos de continuar la pugna
verbal, rebuscó en su corazón palabras no para Vorrutyer, sino para Bothari.
Algunas palabras de consuelo, no aumentaré su locura... El aire de la
habitación parecía frío y pegajoso, y ella tiritó, sintiéndose completamente
agotada, sin resistencia, triste. Él se tumbó sobre ella, pesado y oscuro como
el plomo, haciendo que la cama crujiera.
—Creo —dijo ella lentamente por fin—, que los atormentados están
muy cerca de Dios. Lo siento, sargento.
Él la miró, su cara a un palmo de la suya, durante tanto tiempo
que ella se preguntó si la había oído. Su aliento no era bueno, pero ella no
apartó la cara. Entonces, para su sorpresa, se levantó y se volvió a poner los
pantalones, temblando levemente.
—No, señor —dijo con voz grave y monocorde.
—¿Qué? —Vorrutyer se incorporó en su asiento, sorprendido—. ¿Por
qué no? —exigió.
El sargento buscó las palabras.
—Es la prisionera del comodoro Vorkosigan. Señor.
Vorrutyer se quedó mirando, primero aturdido, luego iluminado.
—¡Así que es la betana de Vorkosigan! —Su fría diversión se
evaporó con el nombre, con un siseo como el de una gota de agua al caer sobre
una parrilla al rojo.
¿La betana de Vorkosigan? Una breve esperanza destelló en su
interior, ante la posibilidad de que el nombre de Vorkosigan pudiera ser una
clave para su seguridad, pero murió. La probabilidad de que esa criatura fuera
una especie de amigo de él era sin duda bajo cero. Ahora la estaba mirando,
pero la atravesaba con la mirada, como si fuera una ventana a un paisaje aún
más maravilloso. ¿La betana de Vorkosigan?
—Ahora tengo a ese hijo de puta puritano estirado agarrado por
las pelotas —jadeó ferozmente—. Esto podría ser aún mejor que el día que le
conté lo de su esposa.
La expresión de su cara era extraña y preocupante, la máscara de
suavidad parecía derretirse y caerse a pedazos. Era como tropezar de pronto en
el centro de una caldera. Él pareció recordar la máscara y recompuso las
piezas, sólo a medias.
—Sabe, me ha abrumado. Las posibilidades que ofrece... dieciocho
años no fueron demasiada espera para una venganza tan ideal. Una mujer soldado.
¡Ja! Él probablemente consideró que era la solución ideal para nuestra mutua...
dificultad. Mi guerrero perfecto, mi querido hipócrita, Aral. Apuesto a que
tiene usted mucho que aprender de él. Pero sabe, de algún modo estoy seguro de
que no le ha hablado de mí.
—Por su nombre no —reconoció ella—. Posiblemente por categoría.
—¿Y qué categoría era ésa?
—Creo que el término que empleó fue «la escoria del servicio».
Él sonrió agriamente.
—Yo no recomendaría hablar así a una mujer en su posición.
—Oh, ¿entonces encaja en la categoría? —Su respuesta fue
automática, pero su corazón se encogía dentro de ella, dejando un hueco
resonante. ¿Qué está haciendo Vorkosigan en el centro de la locura de este
tipo? Sus ojos se parecen a los de Bothari ahora...
La sonrisa de él se tensó.
—He encajado en muchas cosas en mi vida. Junto con su puritano
amante. Deje que su imaginación reflexione un poco sobre eso, querida mía, mi
dulzura, mi mascota. No lo creerá viéndolo ahora, pero fue todo un viudo
alegre, antes de entregarse de manera tan irritante a esos estallidos de
caballerosidad.
Se echó a reír.
—Su piel es muy blanca. ¿La tocó él... así?
Pasó una uña por el interior del brazo, y ella se estremeció.
—Y su pelo. Estoy seguro de que debió quedar fascinado por ese
pelo salvaje. Tan bonito, y de un color tan poco habitual.
Retorció un mechón suavemente entre sus dedos.
—Tengo que pensar qué puede hacerse con ese pelo. Se podría
arrancar el cuero cabelludo por completo, desde luego, pero debe ser algo aún
más creativo. Tal vez me llevaré un trocito, y jugaré con él, de manera casual,
en la reunión de Estado Mayor. Lo dejaré deslizarse entre mis dedos... para ver
cuánto tiempo tarda en llamarle la atención. Alimentaré la duda, y el creciente
temor con, oh, una o dos observaciones casuales. Me pregunto cuánto tiempo
tardará en confundir esos informes suyos, tan molestamente perfectos... ¡ja!
Luego lo enviaré durante una semana a cumplir alguna misión lejana, todavía
preguntándose, todavía en la duda...
Tomó el cuchillo enjoyado y cortó un grueso mechón, que enroscó
y guardó cuidadosamente en el bolsillo de su pecho, sin dejar de sonreír en
ningún momento.
—Hay que tener cuidado, naturalmente, para no hacer que recurra
a la violencia... se vuelve entonces tediosamente inmanejable.
Pasó un dedo con un movimiento en forma de L por el lado
izquierdo de su barbilla, siguiendo la posición exacta de la cicatriz de
Vorkosigan.
—Es mucho más fácil de empezar que de detener. Aunque
últimamente está muy comedido. ¿Su influencia, cachorrillo mío? ¿O es que
simplemente se nos está haciendo viejo?
Arrojó el cuchillo sobre la mesilla de noche, descuidadamente, y
luego se frotó las manos, soltó una carcajada y se acercó a ella para
susurrarle amorosamente al oído:
—Y después de Escobar, cuando ya no necesitemos al perro
guardián del emperador, no habrá límite a lo que yo pueda hacer. Tantas
posibilidades...
Empezó a dar rienda suelta a un montón de planes para torturar a
Vorkosigan a través de ella, repletos de detalles obscenos. Estaba extasiado
ante esta visión, con la cara pálida y húmeda.
—No podrá salirse con la suya —dijo ella débilmente. Ahora había
miedo en su cara, y lágrimas que corrían de las comisuras de sus ojos en
rastros incandescentes para mojar los mechones de pelo alrededor de sus oídos,
pero él apenas se sintió interesado. Cordelia había pensado que había caído en
el pozo de miedo más profundo posible, pero ahora ese suelo se abría bajo ella
y volvía a caer, interminablemente, girando en el aire.
Él pareció recuperar alguna medida de control y rodeó el pie de
la cama, mirándola.
—Bien. Qué refrescante. Sabe, me siento pletórico. Creo que lo
haré yo mismo, después de todo. Se alegrará. Soy mucho más agraciado que
Bothari.
—No para mí.
Él se quitó los pantalones y se preparó para subírsele encima.
—¿Me perdona también, querida?
Ella se sintió helada, y agotada, y enormemente pequeña.
—Me temo que tendré que dejar eso a la misericordia infinita,
Excede usted mi capacidad.
—Eso lo dejaremos para más adelante —prometió él, confundiendo
su derrota por arrogancia, y claramente excitado por lo que consideraba una
nueva muestra de resistencia.
El sargento Bothari había estado deambulando por la habitación,
moviendo la cabeza de un lado a otro y meneando la estrecha mandíbula, como
Cordelia lo había visto hacer antes, un signo de agitación.
Vorrutyer, concentrado en ella, no prestó ninguna atención a los
movimientos a su espalda. Por eso su momento de absoluta sorpresa fue muy breve
cuando el sargento lo agarró por el pelo rizado, tiró hacia atrás de su cabeza
y pasó el cuchillo enjoyado con gran maestría por su cuello, cortando las
cuatro venas mayores en un rápido movimiento doble. La sangre borboteó sobre
Cordelia como un surtidor, horriblemente caliente y viscosa.
Vorrutyer dio una sacudida convulsiva y perdió la conciencia
cuando la presión de la sangre en su cerebro se redujo a la nada. El sargento
Bothari le soltó el pelo, y Vorrutyer cayó entre las piernas de Cordelia y se
deslizó hasta perderse de vista por el extremo de la cama.
El sargento permaneció de pie, acechante, respirando de manera
entrecortada. Cordelia no podía recordar si había gritado. No importaba, en
cualquier caso era más que probable que nadie prestara atención a los gritos
que salían de aquella habitación. Sentía las manos, la cara y los pies
congelados y sin sangre; el corazón le martilleaba.
Se aclaró la garganta.
—Uh, gracias, sargento Bothari. Ha sido un gesto, uh, muy
caballeroso. ¿Cree que podría desatarme también? —Su voz temblaba de manera
incontrolable, y tragó saliva, irritada por ello.
Observó a Bothari con aterrada fascinación. No había
absolutamente forma alguna de predecir qué podría hacer a continuación.
Murmurando para sí, con expresión de asombro en el rostro, él desató su muñeca
izquierda. Rápidamente, envarada, ella se giró y soltó la muñeca derecha, y
luego se sentó y se liberó los tobillos. Se sentó un instante en el centro de
la cama, completamente desnuda y cubierta de sangre, frotándose tobillos y
muñecas y tratando de poner en marcha su paralizado cerebro.
—Ropa. Ropa —murmuró para sí. Se asomó al borde de la cama y vio
la forma desmoronada del almirante Vorrutyer, los pantalones en los talones y
su última expresión de sorpresa congelada en el rostro. Los grandes ojos
marrones habían perdido su brillo líquido y empezaban a vidriarse.
Cordelia bajó de la cama por el lado de Bothari y empezó a
buscar frenéticamente por los cajones de metal y los armarios de la habitación.
Un par de cajones contenían su colección de juguetitos, y los cerró
rápidamente, asqueada, comprendiendo por fin lo que quiso decir él con sus
últimas palabras. El gusto de aquel hombre en perversiones tenía desde luego
una variedad notable. Algunos uniformes, todos con demasiadas insignias
amarillas. Se limpió la sangre del cuerpo con una suave bata, y la tiró.
Mientras tanto, el sargento Bothari se había sentado en el
suelo, enroscado y con la cabeza apoyada en las rodillas, hablando entre
dientes. Ella se arrodilló a su lado. ¿Estaba empezando a alucinar? Tenía que
ponerlo en pie y salir de allí. No podían contar con que no fueran a
descubrirlos de un momento a otro. Sin embargo, ¿dónde podrían esconderse? ¿O
era la adrenalina, y no la razón, la que exigía huir? ¿Había una opción mejor?
Mientras ella vacilaba, la puerta se abrió de golpe. Dejó
escapar un grito por primera vez. Pero el hombre que había en el umbral, la
cara blanca y el arco de plasma en la mano, era Vorkosigan.
8
Cordelia suspiró temblorosa al verlo, y el pánico paralizador
pareció escapar de ella con aquella explosión de aliento.
—Dios mío, casi me da un ataque al corazón —consiguió decir con
voz tensa—. Pase y cierre la puerta.
Los labios de él formaron en silencio su nombre, y entró, el
súbito pánico de su rostro casi igual que el de ella. Entonces Cordelia vio que
lo seguía otro oficial, un teniente de pelo castaño y rostro blando y
regordete. Así que no se abalanzó sobre Vorkosigan y le lloriqueó al hombro,
como apasionadamente deseaba, sino que dijo en cambio, con cautela:
—Ha habido un accidente.
—Cierra la puerta, Illyan —le dijo Vorkosigan al teniente. Sus
rasgos se volvieron tensos y controlados mientras el joven le obedecía—. Vas a
tener que ser testigo de esto con la mayor atención.
Con los labios convertidos en una rendija blanca, Vorkosigan
recorrió lentamente la habitación, anotando los detalles, algunos de los cuales
señaló en silencio a su compañero. El teniente dijo «Er, ah» al primer gesto,
que fue con el arco de plasma. Vorkosigan se detuvo ante el cadáver, miró el
arma que tenía en la mano como si la viera por primera vez y la guardó en su
funda.
—Leyendo otra vez al Marqués, ¿eh? —le dijo al cadáver con un
suspiro. Le dio la vuelta con la puntera de la bota, y un poco más de sangre
brotó del corte carnoso de su cuello—. Aprender ciertas cosas es peligroso.
—Miró a Cordelia—. ¿A quién debo felicitar?
Ella se humedeció los labios.
—No estoy segura. ¿Cuánto se va a molestar la gente al respecto?
El teniente estaba examinando los cajones y armarios de
Vorrutyer, usando un pañuelo para abrirlos, y por su expresión al hallar
aquello quedó claro que su educación cosmopolita no era tan completa como había
supuesto.
Se quedó mirando largo rato el cajón que Cordelia había cerrado
tan presurosamente.
—El emperador, para empezar, estará encantado —dijo Vorkosigan—.
Pero estrictamente en privado.
—De hecho, yo estuve atada todo el tiempo. El sargento Bothari,
ejem, hizo los honores.
Vorkosigan miró a Bothari, todavía sentado en el suelo, hecho un
ovillo.
—Mm.
Contempló la habitación una vez más.
—Hay algo en esto que me recuerda cierta escena notable cuando
irrumpimos en mi sala de máquinas. Tiene su firma personal. Mi abuela tenía una
frase para ello... algo referido a llegar tarde y un dólar...
—¿Un día tarde y un dólar menos? —sugirió Cordelia
involuntariamente.
—Sí, eso era. —Él controló un gesto irónico—. Una observación
muy betana... Empiezo a ver por qué.
Su rostro seguía siendo una máscara de neutralidad, pero sus
ojos la escrutaron llenos de secreta agonía.
—¿Llegué, uh, tarde?
—En absoluto —lo tranquilizó ella—. Llegó, hum, muy a tiempo.
Estaba intentando controlar el pánico, preguntándome qué hacer a continuación.
Él tenía la cara vuelta, de modo que Illyan no podía verla, y
una sonrisa rápidamente reprimida iluminó sus ojos un instante.
—Entonces parece que estoy rescatando a mi flota de usted
—murmuró entre dientes—. No es exactamente lo que tenía en mente cuando venía,
pero me alegro de rescatar algo. —Alzó la voz—. En cuanto acabes, Illyan,
sugiero que nos reunamos en mi camarote para seguir la discusión.
Vorkosigan se arrodilló junto a Bothari, estudiándolo.
—Ese maldito hijo de puta ha estado a punto de volverlo a
estropear —gruñó—. Estaba casi bien, después del tiempo que paso conmigo.
Sargento Bothari —dijo con amabilidad—, ¿puede acompañarme caminando?
Bothari le murmuró algo ininteligible a sus rodillas.
—Venga aquí, Cordelia —dijo Vorkosigan. Era la primera vez que
ella le oía pronunciar su nombre—. Mire a ver si puede hacer que se levante.
Creo que será mejor que yo no lo toque, por ahora.
Ella se agachó ante el sargento.
—Bothari. Bothari, míreme. Tiene que levantarse y caminar un
poco.
Le tomó la mano empapada de sangre y trató de dar con un
argumento racional, o más bien irracional, capaz de alcanzarlo. Ensayó una
sonrisa.
—Mire. ¿Ve? Está lleno de sangre. La sangre lava el pecado,
¿verdad? Ahora va a ponerse bien. Uh, el hombre malo se ha ido y, dentro de
poco, las voces malas se irán también. Así que venga conmigo y yo le llevaré a
donde pueda descansar.
Mientras Cordelia hablaba, él se concentró gradualmente en ella,
y al final asintió y se incorporó. Todavía sujetándole la mano, Cordelia siguió
a Vorkosigan a la salida, con Illyan detrás. Esperaba que su cura de urgencia
psicológica aguantara; una alarma de cualquier tipo podría hacerlo estallar
como una bomba.
Se sorprendió al descubrir que el camarote de Vorkosigan estaba
enfrente, una puerta pasillo abajo.
—¿Es usted el capitán de esta nave? —preguntó. Las insignias de
su cuello, ahora que las veía mejor, indicaban que su rango era el de
comodoro—. ¿Estaba aquí todo el tiempo?
—No, ahora pertenezco al Estado Mayor. Mi correo llegó del
frente hace unas horas. He estado reunido con el almirante Vorhalas y el
príncipe hasta ahora. Acabamos de terminar. Venía hacia aquí cuando el guardia
me habló de la nueva prisionera de Vorrutyer. Usted... ni en mis más alocadas
pesadillas habría soñado que pudiera ser usted.
El camarote de Vorkosigan parecía tranquilo como la celda de un
monje en comparación con la carnicería que habían dejado enfrente. Todo según
las reglas, la habitación adecuada para un soldado. Vorkosigan cerró la puerta
tras ellos. Se frotó la cara y suspiró, comiéndosela con la mirada.
—¿Seguro que se encuentra bien?
—Sólo aturdida. Sabía que corría riesgos cuando me
seleccionaron, pero no esperaba nada parecido a ese hombre. Inenarrable. Me
sorprende que haya estado usted a sus órdenes.
El rostro de él se volvió hosco.
—Yo estoy a las órdenes del emperador.
Ella advirtió a Illyan, que permanecía de pie y en silencio.
¿Qué diría si Vorkosigan le preguntaba por el convoy? Suponía un peligro más
grande para su misión que la tortura. Había empezado a pensar, en los últimos
meses, que su separación acabaría por reducir el ansia que sentía de él, pero
verlo vivo e intenso ante ella la hizo sentirse hambrienta. No podía saber qué
sentía él, sin embargo. En aquel momento parecía cansado, inseguro y bajo
tensión. Mal, todo mal...
—Ah, permítame presentarle al teniente Simon Illyan, del equipo
de seguridad personal del emperador. Es mi espía. Teniente Illyan, la
comandante Naismith.
—Ahora soy capitana —intervino ella automáticamente. El teniente
le estrechó la mano con una inocencia tranquila y neutra, completamente
contraria a la extraña escena que acababan de dejar atrás. Podría haber estado
igualmente en una recepción en cualquier embajada. El contacto con ella dejó
una mancha de sangre en su palma—. ¿Y a quién espía?
—Prefiero el término «vigilancia» —dijo él.
—Cháchara burocrática —intervino Vorkosigan—. El teniente me
espía a mí. Representa un compromiso entre el emperador, el ministro de
Educación Política y yo mismo.
—La frase que empleó el emperador —dijo Illyan, distante—, fue
«alto el fuego».
—Sí. El teniente Illyan también tiene un biochip de memoria
eidética. Puede considerarlo un aparato grabador con piernas, que el emperador
reproduce a voluntad.
Cordelia lo miró de reojo.
—Es una lástima que no pudiéramos volver a encontrarnos en
circunstancias más auspiciosas —le dijo cuidadosamente a Vorkosigan.
—Aquí no hay ninguna circunstancia auspiciosa.
El teniente Illyan se aclaró la garganta, mirando a Bothari,
quien cruzaba y descruzaba los dedos y miraba a la pared.
—¿Y ahora qué, señor?
—Mm. Hay demasiadas pruebas físicas en esa habitación, por no
mencionar testigos que saben quién entró y cuándo, para intentar alterar el
escenario. Personalmente, preferiría que Bothari no hubiera estado allí. El
hecho de que sea claramente non compos mentis no influirá en el príncipe cuando
se entere de esto.
Se puso en pie, pensando furiosamente.
—Simplemente habrá tenido que escapar, antes de que Illyan y yo
llegáramos a la escena. No sé cuánto tiempo será posible esconder a Bothari
aquí dentro... tal vez pueda conseguir algunos sedantes para él. —Miró a
Illyan—. ¿Qué tal el agente del personal del emperador que está en la sección
médica?
Illyan pareció no inmutarse.
—Es posible que pueda lograrse algo.
—Bien. —Se volvió hacia Cordelia—. Va a tener que quedarse aquí
y mantener a Bothari bajo control. Illyan y yo debemos ir juntos, o habrá
demasiados minutos sin explicación entre el momento en que dejamos a Vorhalas y
el momento en que hagamos sonar la alarma. Los hombres de seguridad del
príncipe estudiarán esa habitación a conciencia, al igual que los movimientos
de todo el mundo.
—¿Eran Vorrutyer y el príncipe del mismo partido? —preguntó
ella, buscando pie en las mareas de la política barrayaresa.
Vorkosigan sonrió amargamente.
—Eran sólo buenos amigos.
Y se marchó, dejándola a solas con Bothari y llena de confusión.
Hizo que Bothari se sentara ante el escritorio de Vorkosigan,
donde continuó agitando los dedos de manera silenciosa e incesante. Ella se
sentó con las piernas cruzadas sobre la cama, tratando de irradiar un aire de
calma y buen humor. No era fácil, para un espíritu lleno de pánico como el
suyo.
Bothari se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la
habitación, hablando solo. No, solo no, advirtió. Y desde luego tampoco con
ella. El entrecortado fluir de sus palabras no tenía ningún sentido. El tiempo
pasó lentamente, denso de miedo.
Tanto ella como Bothari dieron un respingo cuando la puerta se
abrió, pero era solamente Illyan. Bothari adoptó una postura de luchador cuando
entró.
—Los sirvientes de la bestia son las manos de la bestia —dijo—.
Les da de comer la sangre de la esposa. Malos sirvientes.
Illyan lo miró nervioso y le entregó a Cordelia unas ampollas.
—Tome. Déselas usted. Una de estas podría derribar a un elefante
a la carga. No puedo quedarme.
Y se marchó de nuevo.
—Cobarde —murmuró ella. Pero probablemente tenía razón. Tal vez
ella tuviera más posibilidades de dárselas al sargento. La agitación de Bothari
se acercaba a un nivel explosivo.
Hizo a un lado las ampollas y se acercó a él con una sonrisa
radiante, cuyo efecto se veía algo mermado por el espanto de sus ojos. Los de
Bothari eran rendijas fluctuantes.
—El comodoro Vorkosigan quiere que descanse usted ahora. Envía
unas medicinas para ayudarlo.
Él retrocedió, alertado, y ella se detuvo, cuidando de no
arrinconarlo.
—Es sólo un sedante, ¿ve?
—Las drogas de la bestia emborracharon a los borrachos. Cantaban
y gritaban. Mala medicina.
—No, no. Esto es buena medicina. Hará que los demonios se vayan
a dormir —prometió ella. Aquello era como andar sobre una cuerda floja en la
oscuridad. Probó con otra táctica.
—Firmes, soldado —dijo bruscamente—. Inspección.
Fue un error. Él le arrebató la ampolla cuando Cordelia intentó
aplicársela en el brazo y cerró la mano en torno a su garganta como si fuera
una cinta de hierro candente. Ella contuvo el aliento, dolorida, pero a duras
penas consiguió liberar los dedos y presionar el espray de la ampolla sedante
contra el interior de su muñeca antes de que él la alzara y la arrojara al otro
lado de la habitación.
Cordelia aterrizó de espaldas con estrépito, o eso le pareció, y
acabó chocando contra la puerta. Bothari se abalanzó sobre ella. ¿Puede matarme
antes de que le haga efecto el sedante?, se preguntó salvajemente, y se obligó
a quedarse flácida, como si estuviera inconsciente. Sin duda las personas
inconscientes no resultaban muy amenazadoras.
Evidentemente, no era el caso de Bothari, pues sus manos se
cerraron en torno a su cuello. Una rodilla se hundió en su caja torácica y ella
sintió que algo iba dolorosamente mal en esa región. Abrió los ojos a tiempo de
ver que él ponía en blanco los suyos. Sus manos aflojaron la tenaza y rodó a
cuatro patas, agitando la cabeza mareado, hasta quedar desplomado en el suelo.
Ella se sentó, apoyada contra la pared.
—Quiero irme a casa —murmuró—. Esto no entraba en la descripción
de mi trabajo.
El débil chiste no hizo nada para disolver el nudo de histeria
que se formaba en su garganta, así que recurrió a una disciplina más antigua y
más seria, y susurró las palabras en voz alta. Para cuando terminó, había
recuperado el autocontrol.
No podía arrastrar a Bothari hasta la cama. Alzó su pesada
cabeza y le colocó una almohada debajo, y luego puso sus manos y piernas en
posición más cómoda. Cuando Vorkosigan y su sombra regresaran, podrían
encargarse de él.
La puerta se abrió por fin, y Vorkosigan e Illyan entraron, la
cerraron rápidamente y caminaron con cuidado alrededor de Bothari.
—¿Bien? —preguntó Cordelia—. ¿Cómo fue?
—Con precisión mecánica, como un salto de agujero de gusano al
infierno —replicó Vorkosigan. Volvió la palma de la mano hacia arriba con un
gesto familiar que atrapó su corazón como un garfio.
Ella lo miró, asombrada.
—Es usted tan desconcertante como Bothari. ¿Cómo se han tomado
lo del asesinato?
—Salió bien. Estoy bajo arresto y confinado a mis habitaciones,
por sospecha de conspiración. El príncipe piensa que envié a Bothari a hacerlo
—explicó—. Dios sabe cómo.
—Uh, sé que estoy muy cansada y no pienso con claridad. ¿Pero ha
dicho que salió bien?
—Comodoro Vorkosigan, señor —interrumpió Illyan—. Recuerde que
voy a tener que informar de esta conversación.
—¿Qué conversación? —dijo Vorkosigan—. Tú y yo estamos solos
aquí, ¿recuerdas? No se requiere que me observes cuando estoy solo, como todo
el mundo sabe. Empezarán a preguntarse por qué te retrasas aquí dentro antes de
que pase mucho rato.
El teniente Illyan frunció el ceño al oír estas palabras.
—La intención del emperador...
—¿Sí? Háblame de la intención del emperador. —Vorkosigan lo miró
de manera salvaje.
—La intención del emperador, tal como me la comunicó a mí, era
impedir que se incriminara usted. Ya sabe que no puedo alterar mi informe.
—Ése fue tu razonamiento hace cuatro semanas. Ya viste el
resultado.
Illyan pareció perturbado.
Vorkosigan habló en voz baja y controlada.
—Todo lo que el emperador requiere de mí se cumplirá. Es un gran
coreógrafo, y tendrá su danza de soñadores hasta el último paso. —La mano de
Vorkosigan se cerró en un puño, y luego se abrió de nuevo—. No he retirado nada
que sea mío de su servicio. Ni mi vida. Ni mi honor. Reconóceme eso. —Señaló a
Cordelia—. Me diste tu palabra entonces. ¿Pretendes retirarla?
—¿Quiere alguien explicarme de qué están ustedes hablando?
—interrumpió Cordelia.
—El teniente Illyan tiene un pequeño conflicto entre su deber y
su conciencia —dijo Vorkosigan, cruzándose de brazos y mirando a la pared del
fondo—. No es algo que pueda resolverse sin redefinir una cosa o la otra, y
debe elegir ahora.
—Verá, hubo otro incidente como ése. —Illyan señaló con el
pulgar en dirección a las habitaciones de Vorrutyer—. Con una prisionera, hace
unas cuantas semanas. El comodoro Vorkosigan quiso, eh, hacer algo al respecto
ya entonces. Yo le convencí de lo contrario. Después... después accedí a no
inmiscuirme con ninguna acción que quisiera emprender, si la situación volvía a
plantearse.
—¿La mató Vorrutyer? —preguntó Cordelia morbosamente.
—No —respondió Illyan. Se miró las botas.
—Vamos, Illyan —dijo Vorkosigan, cansado—. Si no los descubren,
podrás darle al emperador el informe completo, y que él lo altere si quiere. Si
los encuentran aquí, la integridad pública de tus informes no va a ser tu mayor
preocupación, créeme.
—¡Maldición! El capitán Negri tenía razón —dijo Illyan.
—Suele tenerla... ¿Qué es lo que dijo?
—Dijo que permitir que los juicios personales influyeran en mi
deber acerca de los asuntos más nimios sería igual que quedarse un poquito
embarazado... que las consecuencias me sobrepasarían muy pronto.
Vorkosigan se echó a reír.
—El capitán Negri es un hombre con mucha experiencia. Pero puedo
decirte que, muy raramente, incluso él ha hecho algún juicio personal.
—Pero Seguridad está poniéndolo todo patas arriba ahí fuera.
Llegarán aquí tarde o temprano por un simple proceso de eliminación. En el
momento en que a alguien se le ocurra dudar de mi integridad, se acabó.
—Con el tiempo —reconoció Vorkosigan—. ¿Cuánto tiempo calculas?
—Completarán el registro de la nave dentro de unas pocas horas.
—Entonces tendrás que redirigir sus esfuerzos. Ampliar su área
de búsqueda... ¿no partió ninguna nave de aquí entre la muerte de Vorrutyer y
el momento en que se instaló el cordón de Seguridad?
—Sí, dos, pero...
—Bien. Usa tu influencia imperial. Pide toda la ayuda que, como
ayudante de más confianza del capitán Negri, puedas conseguir. Menciona a Negri
frecuentemente. Sugiere. Recomienda. Duda. Mejor no sobornar ni amenazar, eso
es demasiado obvio, aunque puede que haya que llegar a eso. Torpedea sus
procesos de inspección, haz que los registros se evaporen... todo lo que sea
necesario para enturbiar las aguas. Consígueme cuarenta y ocho horas, Illyan.
Es todo lo que pido.
—¿Todo? —se atragantó Illyan.
—Ah. Intenta asegurarte de que seas tú y nadie más quien traiga
las comidas y todo eso. E intenta traer algunas raciones de más cuando lo
hagas.
Vorkosigan se relajó visiblemente cuando Illyan se marchó, y se
volvió hacia ella con una sonrisa triste y torpe que fue tan buena como una
caricia.
—Bienvenida, señora.
Ella le hizo un esbozo de saludo militar y le devolvió la
sonrisa.
—Espero no haberle complicado demasiado las cosas.
Personalmente, quiero decir.
—En absoluto. De hecho, las ha simplificado enormemente.
—El Este es el Oeste, arriba es abajo, y ser falsamente
arrestado por haberle cortado la garganta a su oficial en jefe es una
simplificación. Debo estar en Barrayar. Supongo que no se molestará en
explicarme qué esta pasando aquí.
—No. Pero por fin comprendo por qué ha habido tantos locos en la
historia de Barrayar. No son su causa, sino su efecto. —Suspiró, y habló tan
bajo que fue casi un susurro—. Oh, Cordelia. No tiene ni idea de cuánto
necesito a una persona cuerda cerca de mí. Es usted agua en el desierto.
»Tiene usted buen aspecto... parece que ha perdido peso.
Él parecía diez años más viejo que hacía seis meses.
—Oh, vaya. —Se pasó una mano por la cara—. ¿En qué estaré yo
pensando? Debe de estar agotada. ¿Quiere dormir, o algo?
—No estoy segura de que pueda, todavía. Pero me gustaría
lavarme. Pensé que sería mejor no usar la ducha mientras no estuviera usted
aquí, por si la tienen controlada.
—Bien pensado. Adelante.
Ella se frotó el muslo inerte, la tela negra pegajosa de sangre.
—Esto... ¿tiene una buena muda de ropa para mí? Ésta está hecha
una porquería. Además, era de Vorrutyer. Tiene hedor psíquico.
—Cierto. —Su rostro se ensombreció—. ¿Esa sangre es suya?
—Sí, Vorrutyer jugó a los médicos. No duele. No tengo nervios
aquí.
—Mm. —Vorkosigan se acarició su propia cicatriz y sonrió un
poco—. Sí, creo que tengo lo adecuado para usted.
Abrió uno de sus cajones con un código de ocho dígitos y, para
asombro de Cordelia, sacó del fondo la ropa de faena de Exploración que ella
había dejado en la General Vorkraft, ahora limpia, zurcida, planchada y
perfectamente doblada.
—No tengo las botas, y las insignias están obsoletas, pero
imagino que le vendrán bien —observó Vorkosigan tímidamente, entregándoselas.
—Usted... ¿guardó mi ropa?
—Ya lo ve.
—Santo cielo. Pero... ¿por qué?
Él hizo una mueca triste.
—Bueno... fue todo lo que dejó usted. Aparte de la lanzadera que
abandonaron ustedes en tierra, que sería un recuerdo bastante embarazoso.
Ella pasó la mano por la ropa parda, sintiéndose tímida de
pronto. Pero justo antes de desaparecer en el cuarto de baño con las ropas y un
botiquín de primeros auxilios, dijo bruscamente:
—Todavía tengo en casa mi uniforme barrayarés. Envuelto en
papel, en un cajón. —Hizo un gesto firme con la cabeza; los ojos de él se
iluminaron.
Cuando Cordelia salió de la ducha, la habitación estaba
tenuemente iluminada y tranquila, a excepción de una luz sobre el escritorio
donde Vorkosigan estaba estudiando un disco en su interfaz informática.
Cordelia saltó a la cama y se sentó de nuevo con las piernas
cruzadas, meneando los dedos descalzos.
—¿Qué es todo eso?
—Trabajo. Es mi función oficial como miembro del personal de
Vorrutyer... del difunto almirante Vorrutyer. —Sonrió un poco mientras se
corregía, como el famoso tigre del poemita cuando regresaba de cabalgar con la
damisela en la panza—. Tengo que planificar y mantener al día las órdenes de
contingencia, por si nos vemos obligados a replegarnos. Como dijo el emperador
en la reunión del Consejo, ya que yo estaba tan convencido de que iba a ser un
desastre, bien podía encargarme de los planes de contingencia. En este momento
soy considerado una especie de quinta rueda.
—Las cosas van bien para su bando, ¿no? —preguntó ella,
deprimida.
—Nos estamos extendiendo demasiado. Algunos consideran eso un
progreso. —Introdujo nuevos datos, y luego desconectó el ordenador.
Ella intentó apartar el tema de conversación del peligroso
presente.
—¿Deduzco que entonces no le acusaron de traición? —preguntó,
pensando en su última conversación, tan lejos en el tiempo ya, en otro mundo.
—Ah, en eso quedamos en tablas. Me mandaron regresar a Barrayar
después de que usted escapara. El ministro Grishnov (el jefe de Educación
Política, y el tercero en el poder después del emperador y el capitán Negri)
estaba prácticamente babeando, tan convencido se hallaba de que por fin me
tenía. Pero mi caso contra Radnov era intachable.
»El emperador intervino antes de que llegáramos a las manos, y
forzó a un compromiso, o más concretamente a una suspensión. No me han llegado
a declarar inocente, los cargos están todavía pendientes en algún limbo legal.
—¿Cómo lo logró?
—Juegos malabares. Dio a Grishnov y a todo el partido de la
guerra cuanto pedían, todo el plan de Escobar en bandeja y más. Les dio al
príncipe. Y todo el crédito. Después de la conquista de Escobar, Grishnov y el
príncipe piensan que serán cada uno de ellos el gobernante de facto de
Barrayar.
»Incluso hizo que Vorrutyer se tragara mi ascenso. Recalcó que
me tendría directamente a sus órdenes. Vorrutyer vio la luz de inmediato. —Los
dientes de Vorkosigan destellaron ante algún recuerdo doloroso, y su mano se
abrió y se cerró una vez, inconscientemente.
—¿Cuánto tiempo hace que le conoce? —preguntó ella con cautela,
pensando en el insondable pozo de odio en el que había caído.
Él apartó la mirada.
—Fuimos a la academia, y nos graduamos juntos como tenientes,
cuando él no era más que un voyeur corriente. Empeoró, según tengo entendido,
en los últimos años, desde que empezó a asociarse con el príncipe Serg, y llegó
a pensar que podría salir de rositas con todo. Dios nos ayude, casi tenía
razón. Bothari ha hecho un gran servicio público.
Lo conocías mejor que eso, pensó Cordelia. ¿Era ésa tu infección
de la imaginación, tan dura de combatir? Bothari ha hecho un gran servicio
privado, también, según parece...
—Hablando de Bothari. La próxima vez, sédelo usted. Se puso como
loco cuando me acerqué con la ampolla.
—Ah. Sí. Creo que comprendo por qué. Estaba en uno de los
informes del capitán Negri. Vorrutyer tenía la costumbre de drogar a sus, uh,
jugadores, con diversos productos, porque quería tener un espectáculo mejor.
Estoy seguro de que Bothari fue una de sus víctimas.
—Repugnante. —Cordelia se sintió enferma. Sus músculos se
agarrotaron en el costado dolorido—. ¿Quién es ese capitán Negri del que no
para de hablar?
—¿Negri? No le gusta llamar la atención, pero no es ningún
secreto. Es el jefe del equipo de seguridad personal del emperador. El jefe de
Illyan. Lo llaman el familiar de Ezar Vorbarra.
»Si consideramos que el Ministerio de Educación Política es la
mano derecha del emperador, entonces Negri es la izquierda, la que no se
permite que conozca la derecha. Se encarga de la seguridad interna en los más
altos niveles... los jefes de ministerios, los condes, la familia del
emperador, el príncipe... —Vorkosigan frunció el ceño, introspectivo—. Llegué a
conocerlo bastante bien durante los preparativos de esta pesadilla estratégica.
Un tipo curioso. Podría tener el rango que quisiera. Pero las formalidades no
le importan. Sólo le interesa la sustancia.
—¿Es un buen tipo o un mal tipo?
—¡Qué pregunta tan absurda!
—Pensé que podría ser el poder detrás del trono.
—Difícilmente. Si Ezar Vorbarra dijera «Eres una rana», él
saltaría y croaría. No. Sólo hay un emperador en Barrayar, y no permite que
haya nadie tras él. Todavía recuerda cómo llegó al poder.
Ella se desperezó y dio un respingo al notar el dolor de su
costado.
—¿Algo va mal? —preguntó él, preocupado al instante.
—Oh, Bothari me golpeó con la rodilla, cuando le apliqué el
sedante. Pensé que iban a oírnos. Me asusté de muerte.
—¿Puedo echarle un vistazo?
Sus dedos recorrieron lentamente sus costillas. Sólo en la
imaginación de Cordelia dejaron un rastro de luz de arco iris.
—Ay.
—Sí. Tiene dos costillas rotas.
—Eso pensaba. Tengo suerte de que no fuera el cuello.
Cordelia se tendió, y él se las vendó con tiras de ropa, y luego
se sentó junto a ella en la cama.
—¿Ha pensado alguna vez en mandarlo todo a paseo y marcharse a
algún sitio donde nadie lo moleste? —preguntó Cordelia—. A la Tierra, por
ejemplo.
Él sonrió.
—A menudo. Incluso tuve la pequeña fantasía de emigrar a la
Colonia Beta y plantarme ante el umbral de su puerta. ¿Tiene usted umbral en la
puerta?
—No exactamente, pero continúe.
—No puedo imaginar con qué me ganaría allí la vida. Soy
estratega, no técnico ni navegante ni piloto, así que no podría entrar en su
flota mercante. Difícilmente me aceptarían en el Ejército, y no me veo
presentándome a ningún cargo político.
Cordelia soltó una risita.
—¿No sorprendería eso a Freddy el Firme?
—¿Así es como llama a su presidente?
—Yo no voté por él.
—El único empleo que se me ocurre sería como maestro de artes
marciales, como deporte. ¿Se casaría usted con un instructor de judo, querida
capitana? Pero no —suspiró—. Llevo Barrayar en la sangre. No puedo
desprendérmelo, no importa lo lejos que viaje. Esta lucha, Dios lo sabe, no
tiene ningún honor. Pero el exilio, por ningún otro motivo que la
tranquilidad... eso sería renunciar a toda esperanza de honor. La última
derrota, sin ninguna semilla de victoria futura.
Ella pensó en el letal cargamento que había conseguido hacer
llegar a Escobar. Comparadas con todas las vidas que colgaban en la balanza, la
suya y la de Vorkosigan pesaban menos que una pluma. Él no interpretó bien el
pesar de su rostro, creyendo que era miedo.
—Ver su cara no es exactamente como despertar de una pesadilla.
—Él la acarició suavemente, las yemas de los dedos en la curva de su barbilla,
posando el pulgar un instante sobre sus labios, más liviano que un beso—. Más
bien es saber, mientras aún sueño, que más allá del sueño hay un mundo
despierto. Pretendo unirme a usted en ese mundo algún día. Ya lo verá. Ya lo
verá. —Le apretó la mano y sonrió, tranquilizador.
En el suelo, Bothari se agitó y gruñó.
—Yo me encargo de él —dijo Vorkosigan—. Duerma un poco, mientras
pueda.
9
El movimiento y las voces la despertaron. Vorkosigan se estaba
levantando de su asiento e Illyan se encontraba de pie ante él, tenso como una
cuerda de arco.
—¡Vorhalas y el príncipe! —decía—. ¡Aquí! ¡Ahora!
—Hijo de... —Vorkosigan giró sobre sus talones, abarcando con la
mirada la pequeña habitación—. Tendrá que ser en el cuarto de baño. Mételo en
la ducha.
Rápidamente, Vorkosigan agarró a Bothari por los hombros
mientras Illyan lo hacía por los pies, atravesaron dando tumbos la estrecha
puerta y lo metieron en la ducha.
—¿No habría que darle más sedantes? —preguntó Illyan.
—Tal vez sea lo mejor. Cordelia, déle otra ampolla. Es demasiado
pronto, pero será la muerte de ustedes dos si hace ahora el menor ruido.
La empujó hasta una habitación del tamaño de un armario,
colocándole la droga en la mano y apagando la luz al mismo tiempo.
—Nada de ruidos, nada de movimientos.
—¿La puerta cerrada? —preguntó Illyan.
—En parte. Apóyate en el marco, con aspecto desenfadado, y no
dejes que el guardaespaldas del príncipe se acerque a tu espacio psicológico.
Cordelia, palpando en la oscuridad, se arrodilló y aplicó otra
dosis del sedante en el brazo del sargento inconsciente. Tras sentarse en el
lugar lógico, descubrió que podía ver una rendija del camarote de Vorkosigan en
el espejo, de manera inversa y desorientadora. Oyó abrirse la puerta del
camarote, y nuevas voces.
—... a menos que pretenda relevarle oficialmente también de sus
deberes, yo continuaré siguiendo el procedimiento estándar. Vi esa habitación.
Su acusación es absurda.
—Ya veremos —replicó la segunda voz, tensa y furiosa.
—Hola, Aral. —El propietario de la primera voz, un oficial de
unos cincuenta años, vestido de verde, estrechó la mano de Vorkosigan y le
presentó un paquete de discos de datos—. Nos marchamos a Escobar dentro de una
hora. El correo acaba de traer esto... las últimas puestas al día. He ordenado
que se te informe de los acontecimientos. Los escobarienses se están replegando
en todos los frentes. Incluso han abandonado esa lenta batalla y corren hacia
el agujero de salto de Tau Ceti. Los hemos puesto en fuga.
El propietario de la segunda voz también iba vestido con
uniforme verde, más densamente repujado de dorado que nada que ella hubiera
visto antes. Las condecoraciones enjoyadas de su pecho destellaban y
parpadeaban como ojos de lagarto a la luz de la lámpara del escritorio de
Vorkosigan. Tenía unos treinta años, el pelo negro, el rostro tenso y
rectangular, los ojos entornados y unos labios finos cargados de arrogancia.
—No van a ir los dos, ¿no? —dijo Vorkosigan—. El oficial más
veterano debería quedarse en la nave insignia. Ahora que Vorrutyer ha muerto,
sus deberes recaen en el príncipe. La estrategia diseñada se basaba en la
suposición de que él todavía estaría en su puesto.
El príncipe Serg se envaró, lleno de ira.
—¡Lideraré mis tropas hacia Escobar! ¡No vaya a ser que mi padre
y sus vejestorios digan que no soy un soldado!
—Lo harás —dijo Vorkosigan, cansado—, sentado en ese palacio
fortificado en cuya construcción se entretendrán la mitad de los ingenieros, y
te acomodarás en él, y dejarás que tus hombres mueran por ti, hasta que hayas
conseguido el terreno por el puro peso de los cadáveres apilados en él, porque
ése es el tipo de soldado que tu mentor te ha enseñado a ser. Y luego enviarás
a casa boletines hablando de tu gran victoria. Tal vez puedas hacer que
declaren alto secreto la lista de bajas.
—Aral, cuidado —advirtió Vorhalas, sorprendido.
—Vas demasiado lejos —rugió el príncipe—. Sobre todo para
tratarse de un hombre que no se acercará a la lucha de la salida del agujero de
gusano. Si quieres hablar de... cautela indebida. —Su tono convertía claramente
la frase en un eufemismo para un término más feo.
—Difícilmente podrás confinarme en mis habitaciones y luego
acusarme de cobardía por no estar en el frente. Señor. Incluso la propaganda
del ministro Grishnov tiene que simular la lógica mejor que eso.
—¿Te encantaría, verdad, Vorkosigan? —siseó el príncipe—.
Dejarme aquí, y quedarte con toda la gloria para ti y ese payaso arrugado de
Vortala y sus falsos liberales. ¡Por encima de mi cadáver! Vas a tener que
quedarte aquí sentado hasta que te salga moho.
Vorkosigan tenía los dientes apretados, los ojos entornados e
ilegibles. Sus labios se abrieron para mostrar una sonrisa blanca, pero se
cerraron al instante.
—Debo protestar formalmente. Al desembarcar en Escobar con las
tropas de tierra estarás abandonando tu puesto.
—Protesta denegada. —El príncipe se acercó a él, lo miró a la
cara y bajó el tono de voz—. Pero ni siquiera mi padre puede vivir eternamente.
Y cuando llegue ese día, tu padre ya no podrá seguir protegiéndote. Tú, y
Vortala, y todos sus vejestorios seréis los primeros en ser puestos contra el
paredón, te lo prometo. —Alzó la cabeza, recordando que Illyan estaba apoyado
en silencio contra el marco de la puerta—. O tal vez te encuentres de vuelta en
la Colonia de Leprosos, para cumplir otros cinco años de servicio de patrulla.
En el cuarto de baño, Bothari se agitó incómodo en su semicoma
y, para horror de Cordelia, empezó a roncar.
Un ataque de tos espasmódica asaltó al teniente Illyan.
—Discúlpenme —jadeó, y se retiró al cuarto de baño, cerrando la
puerta firmemente.
Encendió la luz e intercambió una silenciosa mirada de pánico
con Cordelia y una mueca igualmente silenciosa de desesperación. Con
dificultad, volvieron el peso muerto de Bothari hasta un lado del constreñido
espacio, hasta que volvió a respirar en silencio. Cordelia le hizo a Illyan un
gesto afirmativo con los pulgares, y él asintió y volvió a salir por la puerta.
El príncipe se había marchado. El almirante Vorhalas se quedó un
momento, para intercambiar unas últimas palabras con su subordinado.
—... ponlo por escrito. Lo firmaré antes de que nos vayamos.
—Al menos no viajéis en la misma nave —suplicó Vorkosigan, con
seriedad.
Vorhalas suspiró.
—Aprecio que intentes quitármelo de encima. Pero alguien tiene
que limpiar la jaula para el emperador, ahora que Vorrutyer no está, gracias a
Dios. No quiere que seas tú, así que parece que el elegido soy yo. ¿Por qué no
puedes perder los nervios con tus subordinados, como la gente normal, en vez de
con tus superiores, como un lunático? Creí que ya estarías curado de espantos,
después de lo que te vi tragar con Vorrutyer.
—Eso está ya muerto y enterrado.
—Sí. —Vorhalas hizo un gesto supersticioso, automáticamente, un
evidente gesto heredado de la infancia, vacío de creencias pero lleno de
costumbre.
—Por cierto... ¿qué es la Colonia de Leprosos? —preguntó
Vorkosigan con curiosidad.
—¿Nunca lo has oído? Bueno... ya comprendo por qué no. ¿Nunca te
has preguntado por qué tienes un porcentaje tan alto de meteduras de pata,
soldados incorregibles y gente a punto de ser dada de baja entre tu
tripulación?
—No me esperaba a la flor y nata del servicio.
—En el cuartel general lo llamaban la Colonia de Leprosos de
Vorkosigan.
—Y yo era el leproso jefe, ¿eh? —Vorkosigan parecía más
divertido que ofendido—. Bueno, si eran lo peor que puede ofrecer el servicio,
tal vez no lo haremos tan mal después de todo. Cuídate. No me apetece ser el
segundo al mando.
Vorhalas se echó a reír, y los dos se estrecharon la mano. Se
acercó a la puerta y se detuvo.
—¿Crees que contraatacarán?
—Por Dios, claro que contraatacarán. No se trata de una
avanzadilla de comercio. Esa gente va a luchar por sus hogares.
—¿Cuándo?
Vorkosigan vaciló.
—Poco después de que empecéis a desembarcar tropas de asalto,
pero antes de que la maniobra haya terminado. ¿No lo harías tú? El peor momento
para tener que iniciar una retirada. Lanzaderas que no saben si subir o bajar,
sus naves nodriza dispersándose y destruyéndose, suministros necesarios que no
desembarcan, suministros que desembarcan y no son necesarios, la cadena de
mando rota... un comandante sin experiencia al control absoluto...
—Me pones la carne de gallina.
—Sí, bueno... intenta retrasar el principio cuanto sea posible.
Y asegúrate de que tus comandantes entienden al dedillo las órdenes de
contingencia.
—El príncipe no lo ve así.
—Sí, se muere por dirigir un desfile.
—¿Qué aconsejas?
—No soy tu comandante esta vez, Rulf.
—No es culpa mía. Te recomendé al emperador.
—Lo sé. No quise aceptarlo. Yo te recomendé a ti.
—Y acabamos con ese sodomita hijo de puta de Vorrutyer.
—Vorhalas sacudió la cabeza tristemente—. Aquí hay algo que va mal...
Vorkosigan lo condujo amablemente hasta la puerta, dejó escapar
un suspiro y se quedó de pie, capturado en su visión del futuro. Alzó la cabeza
y miró a Cordelia a los ojos con triste ironía.
—¿No había alguien, cuando los antiguos romanos celebraban sus
triunfos, que iba detrás susurrando al oído del homenajeado que era mortal y
que la muerte lo esperaba? Los antiguos romanos probablemente también pensaban
que era un coñazo.
Ella no dijo nada.
Vorkosigan e Illyan entraron a sacar al sargento Bothari de su
improvisado e incómodo escondite. Casi habían atravesado la puerta cuando
Vorkosigan soltó una imprecación.
—Ha dejado de respirar.
Illyan resopló, y colocaron rápidamente a Bothari de espaldas
sobre la alfombra. Vorkosigan le acercó la oreja al pecho y le palpó el cuello
buscándole el pulso.
—Hijo de puta. —Cerró los puños, y los descargó bruscamente
contra el esternón del sargento; luego volvió a escuchar—. Nada.
Se dio media vuelta, con aspecto fiero.
—Illyan. Quienquiera que te proporcionó ese pis de lagarto,
búscalo y que te dé un antídoto. Rápido. Y sin llamar la atención. Sobre todo
sin llamar la atención.
—¿Cómo... y si... no debería... merece la pena...? —empezó a
decir Illyan. Alzó las manos, indefenso, y salió corriendo por la puerta.
Vorkosigan miró a Cordelia.
—¿Quiere empujar o soplar?
—Empujar, supongo.
Ella se arrodilló junto a Bothari, y Vorkosigan le tomó la
cabeza, la echó atrás y le insufló una bocanada de aire. Cordelia le apretó el
esternón con las manos y empujó con todas sus fuerzas, marcando el ritmo.
Empujar, empujar, empujar, soplar, una y otra vez, sin parar. Al cabo de un
rato los brazos le temblaban y el sudor le perlaba la frente. Podía sentir sus
propias costillas rechinando con cada empujón, dolorosamente, y los músculos de
su pecho se retorcían de forma espasmódica.
—Tenemos que cambiar.
—Bien. Estoy hiperventilando.
Cambiaron de sitio, Vorkosigan se hizo cargo del masaje
cardíaco, Cordelia hizo una pinza en la nariz de Bothari y le cubrió la boca
con la suya. Tenía la boca mojada por la saliva de Vorkosigan. La parodia de
beso fue horrible, pero evitarla era despreciable. Continuaron, una y otra vez.
El teniente Illyan regresó por fin, sin aliento. Se arrodilló y
presionó la nueva ampolla contra el cuello agarrotado de Bothari, junto a la
arteria carótida. No sucedió nada. Vorkosigan siguió bombeando.
De repente, Bothari se estremeció y luego se estiró, arqueando
la espalda. Tomó una irregular y temblorosa bocanada de aire, y luego se detuvo
de nuevo.
—Vamos —instó Cordelia, casi para sí.
Con una brusca y espasmódica toma de aire empezó a respirar de
nuevo, entrecortada pero persistentemente. Cordelia se sentó en el suelo y lo
miró, sin disfrutar del triunfo.
—Hijo de puta.
—Creía que veía usted significado en este tipo de cosas —dijo Vorkosigan.
—En abstracto. La mayoría de los días es sólo dar tumbos en la
oscuridad con el resto de la creación, chocando con cosas y preguntándose por
qué duele.
Vorkosigan miró a Bothari también, con el sudor corriéndole por
la cara. Luego se puso en pie y corrió a su mesa.
—La protesta. Tengo que escribirla y cursarla antes de que
Vorhalas se marche, o no servirá de nada.
Se sentó en su silla y empezó a teclear rápidamente en su
consola.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó Cordelia.
—Sssh. Más tarde.
Tecleó con furia durante diez minutos, y luego la envió
electrónicamente en busca de su comandante.
Mientras tanto, Bothari continuó respirando, aunque su cara
conservó un mortal tono verdoso.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Cordelia.
—Esperar. Recemos para que la dosis sea adecuada —Vorkosigan
miró irritado a Illyan—, y que no le provoque ninguna especie de estado
maníaco.
—¿No tendríamos que pensar en alguna forma de sacarlos a ambos
de aquí? —protestó Illyan.
—Idea descartada. —Vorkosigan empezó a insertar los nuevos
discos de datos y a repasar los informes tácticos—. Como escondite tiene dos
ventajas que no comparte ningún otro lugar de la nave. Si eres tan bueno como
dices, no está vigilado por ninguno de los hombres del oficial político jefe ni
del príncipe...
—Estoy bastante seguro de que es así. Me jugaría mi reputación.
—Ahora mismo te estás jugando la vida, así que será mejor que
tengas razón. Segundo: hay dos guardias armados en el pasillo para impedir que
nadie entre. No se puede pedir más. Admito que estamos un poquito estrechos.
Illyan, exasperado, puso los ojos en blanco.
—He reducido la seguridad hasta el límite que me atrevo. No
puedo hacer más sin atraer la atención.
—¿Aguantará veinticuatro horas más?
—Tal vez. —Illyan frunció el ceño, intrigado y molesto—. Tiene
algo planeado, ¿verdad, señor?
No era una pregunta.
—¿Yo? —Vorkosigan tecleó en la consola y los reflejos de las
luces de colores se dibujaron sobre su rostro impasible—. Estoy simplemente
esperando a que llegue una oportunidad razonable. Cuando el príncipe parta para
Escobar, la mayoría de sus hombres de seguridad irán con él. Paciencia, Illyan.
Tecleó de nuevo.
—Vorkosigan a Sala de Tácticas.
—Al habla el comandante Venne, señor.
—Oh, bien. Venne, me gustaría recibir actualizaciones cada hora
desde el momento en que partan el príncipe y el almirante Vorhalas. Y hágame
saber de inmediato, no importa la hora, si empieza a recibir algo fuera de lo
corriente, algo que no esté en los planes.
—Sí, señor. El príncipe y el almirante Vorhalas parten ya,
señor.
—Muy bien. Adelante. Vorkosigan, corto.
Se acomodó en su asiento y tamborileó con los dedos sobre la
mesa.
—Ahora, a esperar. Pasarán unas doce horas antes de que el
príncipe llegue a la órbita de Escobar. Empezarán a desembarcar poco después.
Una hora para que las señales nos lleguen desde Escobar. Una hora para que las
señales regresen. Mucho tiempo. Una batalla puede terminar en dos horas.
Podríamos reducir ese tiempo en tres cuartos si el príncipe nos permitiera
movernos.
Su tono desenfadado enmascaraba su tensión, a pesar de su
consejo a Illyan. La habitación en la que se hallaba apenas parecía existir
para él. Su mente se movía con la flota, girando en una tensa constelación
alrededor de Escobar, rápidos correos chispeantes, sombríos cruceros, lentos
transportes de tropas, los vientres repletos de hombres. En sus dedos,
olvidado, un lápiz óptico giraba una y otra vez.
—¿No sería mejor que comiera algo, señor? —sugirió Illyan.
—¿Qué? Oh, sí, supongo. Y usted, Cordelia... debe tener hambre.
Adelante, Illyan.
Illyan se marchó a buscar comida. Vorkosigan trabajó ante su
consola unos cuantos minutos más antes de apagarla con un suspiro.
—Supongo que será mejor pensar también en dormir. La última vez
que dormí fue a bordo de la General Vorhartung, cerca de Escobar... hace día y
medio, supongo. Más o menos cuando la capturaron a usted.
—Nos capturaron un poco antes. Nos remolcaron durante casi un
día.
—Sí. Enhorabuena, por cierto, por una maniobra de éxito. No era
un verdadero crucero de batalla, ¿no?
—La verdad es que no puedo decirlo.
—Alguien quiere considerarlo una victoria.
Cordelia reprimió una sonrisa.
—Por mí, bien. —Se preparó para soportar más preguntas pero,
curiosamente, él cambió de tema.
—Pobre Bothari. Desearía que el emperador le concediera una
medalla. Me temo que lo mejor que podré hacer por él es hospitalizarlo
adecuadamente.
—Si al emperador le desagradaba tanto Vorrutyer, ¿por qué lo
puso al mando?
—Porque era el hombre de Grishnov, y bien famoso como tal, y el
favorito del príncipe. Por poner todos los huevos en una sola cesta, como si
dijéramos. —Se interrumpió, cerrando el puño.
—Me hizo sentir que había encontrado el mal definitivo. Creo que
después de él no habrá nada que me asuste de verdad.
—¿Ges Vorrutyer? No era más que un villano pequeño. Un artesano
anticuado cometiendo crímenes uno a uno. Los actos verdaderamente imperdonables
los cometen hombres tranquilos en preciosas habitaciones de seda verde; esos
tratan con la muerte al por mayor, a toneladas, sin lujuria, ni ansia, ni
deseo, ni ninguna emoción redentora que los excuse, sólo el frío temor a algún
supuesto futuro. Pero los crímenes que esperan impedir en ese futuro son
imaginarios. Los que ellos cometen en el presente... ésos son reales. —Su voz
se fue apagando mientras hablaba, de modo que al final casi lo hacía en
susurros.
—Comodoro Vorkosigan... Aral... ¿qué le está reconcomiendo? Está
tan tenso que parece que se vaya a poner a andar por el techo de un momento a
otro.
Él se echó a reír.
—Me apetece. Es la espera, supongo. Soy malo esperando. No es
buena cosa en un soldado. Envidio su habilidad de esperar pacientemente. Parece
tan calmada como la luz de la luna sobre el agua.
—¿Es bonito eso?
—Mucho.
—Parece bonito. No tenemos ninguna de esas dos cosas en casa.
—Ella parecía absurdamente complacida por el cumplido implícito.
Illyan regresó con una bandeja, y Cordelia no consiguió sacarle
nada más a Vorkosigan. Comieron, y le tocó el turno a Vorkosigan de dormir, o
al menos de tumbarse en la cama con los ojos cerrados, porque se levantaba cada
hora para ver el desarrollo de las nuevas tácticas.
El teniente Illyan lo observaba por encima de su hombro, y
Vorkosigan le señalaba rasgos característicos de la estrategia a medida que se
iban produciendo.
—Me parece bien —comentó Illyan una vez—. No comprendo por qué
está tan ansioso. Podríamos conseguirlo, a pesar de los recursos superiores de
los escobarianos a la larga. No les servirán de nada si los agotan a la corta.
Temerosos de volver a sumergir a Bothari en un coma profundo, lo
dejaron regresar a la semiconsciencia. El sargento permaneció sentado en un
rincón, encogido en un nudo miserable, despertando y dormitando con malos
sueños en ambos estados.
Al final Illyan se fue a dormir a su propio camarote, y Cordelia
echó otra cabezada. Durmió largo rato, y no despertó hasta que Illyan regresó
con otra bandeja de comida. Encerrada en aquella habitación, Cordelia empezaba
a perder la noción del tiempo. Vorkosigan, sin embargo, lo vivía minuto a
minuto. Después de comer, se metió en el cuarto de baño para lavarse y
afeitarse, y regresó con un nuevo uniforme verde, tan acicalado como si
estuviera preparado para celebrar un encuentro con el emperador.
Comprobó las últimas actualizaciones tácticas por segunda vez.
—¿Han empezado a desembarcar tropas ya? —preguntó Cordelia.
Él miró su cronómetro.
—Hace casi una hora. Deberíamos recibir los primeros informes de
un momento a otro. —Se sentó y permaneció quieto, como un hombre sumido en
profunda meditación, el rostro como de piedra.
El informe táctico de esa hora llegó, y Vorkosigan empezó a
estudiarlo, al parecer comprobando detalles. A la mitad, en la pantalla
apareció la cara del comandante Venne.
—¿Comodoro Vorkosigan? Recibimos algo muy extraño. ¿Quiere que
le envíe una copia de los datos tal como llegan?
—Sí, por favor. Inmediatamente.
Vorkosigan fue sorteando un puñado de conversaciones de todo
tipo, y encontró la señal de un comandante, un hombre moreno y fornido que
hablaba a su cuaderno de bitácora con acento gutural teñido de miedo.
—... nos atacan con lanzaderas! Devuelven nuestro fuego disparo
a disparo. Los escudos de plasma están ahora al máximo... no podemos darles más
potencia y seguir intentando disparar. Debemos bajar los escudos y tratar de
incrementar nuestra potencia de fuego o renunciar al ataque...
La estática interrumpió la transmisión.
—... no sé cómo lo hacen. No pueden haber creado motores lo
bastante grandes en esas lanzaderas para generar esto...
Más estática. La transmisión se cortó bruscamente.
Vorkosigan seleccionó otra. Illyan se inclinó sobre su hombro,
ansioso. Cordelia permaneció sentada sobre la cama, en silencio, la cabeza
gacha, escuchando. La copa de la victoria: amarga en la lengua, pesada en el
estómago, triste como la derrota...
—... la nave insignia está siendo atacada ferozmente —informó
otro comandante. Cordelia reconoció la voz con un respingo y dobló el cuello
para verle la cara. Era Gottyan: evidentemente había conseguido por fin su
rango de capitán—. Voy a bajar todos los escudos y tratar de destruir una a
impulso máximo.
—¡No lo hagas, Korabik! —gritó Vorkosigan sin esperanza. La
decisión, fuera cual fuese, ya había sido tomada hacía una hora, y sus
consecuencias estaban inevitablemente fijas en el tiempo.
Gottyan volvió la cabeza hacia un lado.
—¿Preparado, comandante Vorkalloner? Vamos a intentar... empezó
a decir, y fue ahogado por la estática, luego por el silencio.
Vorkosigan dio un fuerte puñetazo contra la mesa.
—¡Maldición! ¿Cuánto van a tardar en darse cuenta...? —Miró la
señal de nieve, y luego volvió a pasar la transmisión, observándola con una
expresión aterradora, pesar y furia y náuseas mezcladas. Luego seleccionó otra
banda, esta vez un gráfico informático del espacio alrededor de Escobar, donde
las naves aparecían como pequeñas luces de colores que chispeaban y se perdían.
Parecía algo diminuto, y brillante, y simple, como un juego de niños. Sacudió
la cabeza, tenía los labios tensos y blanquecinos.
El rostro de Venne volvió a interrumpir. Estaba pálido, con
peculiares arrugas de tensión en la comisura de su boca.
—Señor, creo que será mejor que venga a la Sala de Tácticas.
—No puedo, Venne, sin violar el arresto. ¿Dónde está el comodoro
Helski, o el comodoro Couer?
—Helski fue con el príncipe y el almirante Vorhalas, señor. El
comodoro Couer está aquí. Es usted el oficial de más rango a bordo.
—El príncipe fue bastante explícito.
—El príncipe... creo que el príncipe está muerto, señor.
Vorkosigan cerró los ojos y exhaló un suspiro, sin alegría. Los
volvió a abrir y se inclinó hacia delante.
—¿Está confirmado? ¿Tiene alguna nueva orden del almirante
Vorhalas?
—Está... el almirante Vorhalas estaba con el príncipe, señor. Su
nave fue alcanzada. —Venne se volvió para ver algo por encima de su hombro,
luego se giró de nuevo—. Está... —Tuvo que aclararse la garganta—. Está
confirmado. La nave del príncipe ha sido... aniquilada. No quedan más que
residuos. Está usted al mando ahora, señor.
El rostro de Vorkosigan se volvió frío y triste.
—Entonces transmita de inmediato las órdenes de Contingencia
Azul. Que todas las naves cesen el fuego inmediatamente. Pongan toda la energía
en los escudos. Y que esta nave se dirija a Escobar a máxima velocidad. Tenemos
que recortar el lapso temporal de nuestras transmisiones.
—¿Contingencia Azul, señor? ¡Eso es retirada total!
—Lo sé, comandante. Lo escribí yo.
—Pero retirada total...
—Comandante Venne, los escobarianos tienen un nuevo sistema de
armas. Se llama campo de espejo de plasma. Es un nuevo prototipo betano. Vuelve
la potencia del atacante contra sí mismo. Nuestras naves se están destruyendo a
sí mismas con su propia potencia de fuego.
—¡Dios mío! ¿Qué podemos hacer?
—Nada, a menos que queramos empezar a abordar sus naves y
estrangular a esos hijos de puta uno a uno. Es atractivo, pero poco práctico.
¡Transmita esas órdenes! Y ordene al comandante de ingenieros y al oficial en
jefe de los pilotos que vayan a la Sala de Tácticas. Y que el comandante de la
guardia baje aquí para relevar a sus hombres. No quiero que me hagan pedacitos
cuando salga por la puerta.
—¡Sí, señor! —Venne cortó la comunicación.
—Primero tenemos que conseguir que esos soldados den la vuelta
—murmuró Vorkosigan, levantándose de la silla. Se giró y vio que Cordelia e
Illyan lo estaban mirando.
—¿Cómo sabía...? —empezó a decir Illyan.
—¿... lo de los espejos de plasma? —terminó Cordelia.
Vorkosigan continuó impasible.
—Usted me lo dijo, Cordelia, cuando dormía, mientras Illyan
estaba fuera. Bajo la influencia de una de las pociones del cirujano, por
supuesto. No sufrirá ningún efecto secundario.
Ella se enderezó, anonadada.
—¡Qué... miserable... la tortura habría sido más honrosa!
—¡Oh, qué limpieza, señor! —lo felicitó Illyan—. ¡Sabía que
tenía usted razón!
Vorkosigan le dirigió una mirada de disgusto.
—No importa. Confirmamos la información demasiado tarde para que
sirviera de nada.
Llamaron a la puerta.
—Vamos, Illyan. Es hora de llevar a mis soldados a casa.
10
Apenas una hora después, Illyan regresó por Bothari. Cordelia
permaneció doce horas sola. Pensó en escapar de la habitación, como era su
deber de soldado, y preparar algún tipo de sabotaje. Pero si Vorkosigan estaba
llevando a cabo una completa retirada, apenas serviría de nada.
Permaneció tendida en la cama, sumida en un negro cansancio. Él
la había traicionado: no era mejor que el resto. «Mi guerrero perfecto, mi
querido hipócrita», y parecía que Vorrutyer lo conocía mejor que ella, después
de todo. No. Eso era injusto. Había cumplido con su deber al extraer aquella
información; ella había hecho lo mismo al ocultarla el máximo tiempo posible. Y
de soldado a soldado, aunque novato (cinco horas de servicio, ¿no?), tenía que
darle la razón a Illyan: había sido elegante. No podía detectar ningún efecto
secundario después de lo que fuera que él había utilizado para la invasión
secreta de su mente.
Lo que fuera que había utilizado... ¿Qué podía haber sido? ¿De
dónde lo había sacado, y cuándo? Illyan no se lo había traído: se había
mostrado tan sorprendido como ella cuando Vorkosigan dejó caer esa información.
Había que creer que él guardaba un arsenal secreto de drogas interrogatorias
oculto en sus habitaciones, o...
—Santo Dios —susurró, no una imprecación, sino una plegaria—.
¿Con qué me he topado ahora?
Recorrió la habitación, las conexiones encajando
incontrolablemente en su sitio.
Se sintió absolutamente segura. Vorkosigan nunca la había
interrogado: sabía de antemano lo de los espejos de plasma.
Aún más, parecía que era el único hombre del mando barrayarés
que lo sabía. Vorhalas no tenía ni idea. Y el príncipe tampoco. Ni Illyan.
—Poner todos los huevos en una sola cesta —murmuró—. ¿Y... tirar
la cesta? ¡Oh, no puede haber sido un plan suyo! Desde luego que no...
Tuvo una súbita visión del plan, completo: el plan para asesinar
en masa más grande de la historia de Barrayar, y el más sutil, los cadáveres
ocultos en montañas de cadáveres, irrecuperables para siempre.
Pero él debía de haber obtenido la información de alguna parte.
Entre el momento en que ella lo dejó sin más preocupaciones que una sala de
máquinas llena de amotinados, y ahora, que se esforzaba por rescatar a una
flota a la desbandada hasta un lugar seguro antes de que la destrucción que
habían desatado les rebotara. En algún lugar en una habitación tranquila y de
seda verde, donde un gran coreógrafo diseñaba una danza de muerte, y el honor
de un hombre de honor quedaba roto en la rueda de su servicio.
Vorrutyer, el de la vanidad demoníaca, se fue encogiendo más y
más ante aquella visión que crecía por momentos, convirtiéndose en un ratón, en
una pulga, en una mota.
—Dios mío, ya me pareció que Aral estaba nervioso. Debía estar
medio loco. Y el emperador... el príncipe era su hijo. ¿Puede ser verdad? ¿O me
he vuelto tan loca como Bothari?
Se obligó a sentarse, luego a tenderse, pero los planes y
contraplanes todavía giraban en su cerebro, un amasijo de traiciones dentro de
traiciones alineándose bruscamente en un punto del espacio y el tiempo para
conseguir su fin. La sangre le latía en el cerebro, densa y mareante.
—Tal vez no sea cierto —se consoló por fin—. Se lo preguntaré, y
eso es lo que dirá. Sólo me interrogó en sueños. Les dimos una paliza, y yo soy
la heroína que salvó a Escobar. Él no es más que un soldado que realiza su
trabajo.
Se volvió de lado y contempló la penumbra.
—Los cerdos tienen alas y podré volver a casa volando montada en
uno.
Illyan la rescató por fin, y la llevó al puente.
La atmósfera había cambiado un poco. Los guardias no la miraban
de la misma manera; de hecho, parecían evitar mirarla. Los procedimientos
seguían siendo claros y eficaces, pero apagados, muy apagados. Cordelia
reconoció un rostro: el guardia que la había escoltado hasta las habitaciones
de Vorrutyer, el que se había apiadado de ella, parecía estar ahora al mando,
con un par de nuevas insignias rojas de teniente abrochadas en el cuello del
uniforme, algo torcidas. Cordelia se había vuelto a poner la ropa de Vorrutyer.
Esta vez le permitieron cambiarse en la intimidad el pijama naranja. Luego la
escoltaron a una celda permanente, no a una zona de retención.
La celda tenía otra ocupante, una joven escobariana de
extraordinaria belleza que yacía en su camastro mirando a la pared. No miró a
Cordelia cuando entró, ni respondió a su saludo. Al cabo de un rato, un equipo
médico barrayarés entró a llevársela. Ella los siguió sin decir palabra, pero
en la puerta empezó a pugnar con ellos. A un gesto del doctor, un guardia la
sedó con una ampolla que Cordelia creyó reconocer, y un momento después se la
llevaron inconsciente.
El doctor, que por su edad y rango Cordelia supuso que podía ser
el cirujano jefe, se quedó un ratito a atenderle las costillas. Después de eso
se quedó sola, sin nada más que la entrega periódica de raciones alimenticias
para marcar el tiempo, y ocasionales cambios en los leves ruidos y vibraciones
en las paredes que le permitían suponer qué estaba sucediendo fuera.
Unas ocho raciones de comida más tarde, cuando estaba tumbada en
el camastro aburrida y deprimida, las luces se oscurecieron. Volvieron, pero se
oscurecieron de nuevo casi inmediatamente.
—Agh —murmuró, mientras el estómago le daba un vuelco y empezaba
a flotar hacia arriba. Se agarró rápidamente al camastro. Su previsión fue
recompensada un momento más tarde cuando se vio aplastada contra la cama a unas
tres ges. Las luces se encendieron y apagaron, y quedó ingrávida una vez más.
—Ataques de plasma —murmuró para sí—. Los escudos deben de estar
sobrecargados.
Una sacudida tremenda hizo estremecer la nave. Cordelia fue
lanzada del camastro al techo en medio de una completa negrura, ingravidez,
silencio. ¡Un impacto directo! Rebotó en la pared del fondo, no consiguió
hallar asidero, se golpeó dolorosamente un codo contra... ¿una pared?, ¿el
suelo, el techo? Giró en el aire, gimiendo. Fuego amigo, pensó histérica: voy a
morir por fuego amigo. El final perfecto para mi carrera militar... Apretó los
dientes y escuchó con feroz concentración.
Demasiado silencio. ¿Habían perdido aire? Tuvo una desagradable
visión de sí misma como la única superviviente, atrapada en aquella caja negra
y condenada a flotar hasta que la lenta asfixia o el lento congelamiento le
robaran la vida. La celda sería su ataúd, y meses más tarde sería abierta por
alguna tripulación de salvajes.
Y un pensamiento más horrible: ¿podía haber sido el impacto en
el puente? El centro neural donde sin duda estaría Vorkosigan, donde los
escobarianos sin duda concentrarían su fuego. ¿Había muerto él aplastado por
los escombros flotantes, medio congelado en el vacío, quemado por el fuego de
plasma, aplastado entre las cubiertas destrozadas?
Sus dedos encontraron una superficie por fin, y buscaron
frenéticamente asidero. Una esquina; bien. Se agarró, se enroscó en el suelo,
respirando entrecortadamente.
Pasó una eternidad sumergida en aquella oscuridad estigia. Los
brazos y las piernas le temblaban por el esfuerzo de sujetarse. Luego la nave
gimió a su alrededor y las luces regresaron.
Oh, demonios, pensó, esto es el techo.
La gravedad regresó y la derribó al suelo. El dolor le recorrió
el brazo izquierdo, y luego el aturdimiento. Regresó al camastro, agarrándose
como pudo a los rígidos barrotes con la mano derecha, y haciendo palanca
también con un pie, preparándose de nuevo para echar a volar.
Nada. Esperó. Algo húmedo empapaba su camisa naranja. Vio que un
fragmento de hueso amarillo rosáceo asomaba a través de la piel de su antebrazo
izquierdo, y que la sangre se acumulaba a su alrededor. Se quitó torpemente la
parte superior del pijama, se envolvió el brazo con ella y trató de detener la
hemorragia. La presión despertó el dolor. Intentó, de manera experimental,
pedir ayuda. Sin duda estarían vigilando su celda.
No vino nadie. A lo largo de las tres horas siguientes Cordelia
varió el experimento de gritar, hablando razonablemente, dando golpes a la
puerta y las paredes con la mano buena, o simplemente sentándose en el camastro
y gimiendo de dolor. La gravedad y las luces fluctuaron varias veces más. Por
fin tuvo la sensación familiar de que la volvían del revés a través de un bote
de pegamento, lo cual indicaba un salto a través de un agujero de gusano, y el
entorno se consolidó.
Cuando la puerta de la celda se abrió por fin, la sorprendió
tanto que retrocedió contra la pared y se golpeó la cabeza. Pero era el
teniente a cargo de los calabozos, con un guardia médico. El teniente tenía una
interesante magulladura del tamaño de un huevo en la frente; el guardia parecía
dolorido.
—Ésta es la siguiente —le dijo el teniente al guardia—. Después
de eso, puedes seguir con la lista.
Con el rostro blanco, agotada y silenciosa, ella mostró el brazo
para que lo inspeccionara y atendiera. El guardia era competente, pero carecía
de la delicadeza del cirujano jefe. Cordelia casi se desmayó antes de que por
fin le aplicaran la escayola plástica.
No hubo más signos de ataque. A través de una rendija en la
pared le entregaron un nuevo uniforme de prisionera. Dos raciones alimenticias
después, sintió otro salto de agujero de gusano. Sus pensamientos giraban una y
otra vez sobre la rueda de sus temores: cuando dormía sólo soñaba y sus sueños
eran todos pesadillas.
Fue el teniente Illyan quien vino a escoltarla por fin, junto
con un guardia corriente. Ella estuvo a punto de besarlo, llena de alegría por
ver una cara conocida. En cambio, se aclaró la garganta y preguntó, esperando
parecer indiferente:
—¿Está el comandante Vorkosigan bien, después de ese ataque?
Él alzó las cejas, y le dirigió una mirada de divertido
análisis.
—Por supuesto.
Por supuesto. Por supuesto. Ese «por supuesto» incluso sugería
que estaba ileso. Sus ojos se humedecieron de alivio, cosa que intentó
enmascarar con una expresión de frío interés profesional.
—¿Adónde me lleva? —le preguntó mientras salían del calabozo y
empezaban a recorrer el pasillo.
—A la lanzadera. Será usted trasladada al campamento de
prisioneros de guerra planetario, hasta que se terminen los acuerdos de
intercambio y los envíen a todos a casa.
—¡A casa! ¿Y qué pasa con la guerra?
—Se ha terminado.
—¡Terminado! —Ella asimiló la idea—. Terminado. Sí que ha sido
rápida. ¿Por qué no nos persiguen los escobarianos aprovechando la ventaja?
—No pueden. Hemos cerrado la salida del agujero de gusano.
—¿Cerrado? ¿No bloqueado?
Él asintió.
—¿Cómo demonios se cierra un agujero de gusano?
—En cierto modo, es una idea muy antigua. Naves de combate.
—¿Eh?
—Se envía una nave dentro, se prepara una gran explosión
materia-antimateria en un punto intermedio entre los nódulos. Eso produce una
resonancia... nada más puede pasar durante semanas, hasta que se agota.
Cordelia silbó.
—Astuto... ¿por qué no se nos ocurrió eso? ¿Cómo sacan de allí
al piloto?
—Tal vez por eso no se les ocurrió. No lo sacamos.
—Dios, vaya muerte. —Su visión del caso fue clara.
—Eran voluntarios.
Ella sacudió la cabeza, aturdida.
—Sólo un barrayarés... —Buscó un tema menos espeluznante—.
¿Hicieron muchos prisioneros?
—No muchos. Tal vez un millar en total. Dejamos unos once mil
soldados en Escobar. Eso hace que sean ustedes muy valiosos, si queremos
intentar canjearlos diez a uno.
La lanzadera de prisioneros era un aparato sin ventanillas, y
ella la compartió con sólo dos personas más, uno de sus ayudantes de ingeniero
y la escobariana de pelo oscuro que estaba en su celda. Su técnico estaba
ansioso por intercambiar historias, aunque no tenía mucho que contar. Se había
pasado todo el tiempo encerrado en una celda con sus otros tres compañeros de
nave, que habían sido trasladados el día anterior.
La hermosa escobariana, una joven alférez que había sido
capturada cuando su nave quedó dañada durante la lucha por el punto de salto a
la Colonia Beta hacía más de dos meses, tenía aún menos que contar.
—He debido perder el sentido del tiempo —dijo, incómoda—. No es
difícil en esa celda, sin ver a nadie. Pero me desperté en la enfermería, ayer,
y no pude recordar cómo había llegado allí.
Y si el cirujano era tan bueno como parecía, nunca lo
recordarás, pensó Cordelia.
—¿Recuerda al almirante Vorrutyer?
—¿Quién?
—No importa.
La lanzadera aterrizó por fin, y la compuerta se abrió. Una
punzada de luz y una brisa de aire veraniego la recorrieron, aire dulce y verde
que los hizo advertir de pronto que habían estado respirando fetidez durante
días.
—Guau, ¿dónde estamos? —dijo el técnico, asombrado, y atravesó
la compuerta, empujado por los guardias—. Es precioso.
Cordelia lo siguió, y se rió con fuerza, aunque no con alegría,
al reconocerlo inmediatamente.
El campamento de prisioneros era una triple fila de refugios
barrayareses, feos semicilindros grises rodeados de una pantalla de fuerza,
emplazado en el fondo de un anfiteatro de un kilómetro de ancho formado por
bosques secos y una cascada, bajo un cielo turquesa. La tarde cálida y
tranquila hizo que Cordelia se sintiera como si nunca se hubiera marchado de
allí.
Sí, ahí estaba incluso la entrada al depósito subterráneo, sin
camuflar ya, ampliado con una gran zona pavimentada para aterrizaje y descarga
situada delante, repleta de lanzaderas y actividad. La cascada y la laguna
habían desaparecido. Cordelia se giró, mientras caminaban, contemplando su
planeta. Ahora que lo pensaba, parecía inevitable que acabaran aquí, bastante
lógico en realidad. Sacudió la cabeza con tristeza.
Ella y su joven acompañante escobariana fueron registradas y las
condujeron a un refugio situado a medio camino en la fila, junto a un guardia
bien vestido y sin expresión. Entraron en el refugio y lo encontraron ocupado
por once mujeres, aunque en el lugar cabían cincuenta. Eligieron cama.
Las prisioneras veteranas, ansiosas de noticias, se les echaron
encima. Una mujer regordeta de unos cuarenta años restauró el orden y se presentó.
—Soy la teniente Marsha Alfredi. Soy la oficial de más alto
rango en este refugio. Mientras haya orden. ¿Saben qué demonios está pasando?
—Soy la capitana Cordelia Naismith. Fuerza Expedicionaria
Betana.
—Gracias a Dios. Puedo pasarle el muerto a usted.
—Oh, vaya. —Cordelia suspiró—. Infórmeme.
—Ha sido un infierno. Los guardias son unos cerdos. De pronto,
ayer por la tarde llegó un grupo de oficiales barrayareses de alto rango. Al
principio pensamos que buscaban mujeres para violar, como los últimos que
vinieron. Pero esta mañana aproximadamente la mitad de los guardias habían
desaparecido, los peores de todos, y fueron sustituidos por una tripulación que
parecía salida de un desfile. Y al jefe del campamento... no podía creerlo. ¡Lo
llevaron a la pista de aterrizaje para lanzaderas esta mañana y lo fusilaron!
¡Delante de todo el mundo!
—Ya veo —dijo Cordelia, casi en voz baja. Se aclaró la
garganta—. Esto... ¿no se han enterado todavía? Los barrayareses han sido
expulsados por completo del espacio local escobariano. Probablemente ahora
mismo estarán buscando una tregua formal y algún tipo de acuerdo.
Se produjo un silencio aturdido, y luego una explosión de
júbilo. Algunas rieron, otras lloraron, otras se abrazaron, y otras se sentaron
a solas. Algunas se marcharon a difundir la noticia a los refugios vecinos y de
allí a todo el campamento. Pidieron a Cordelia más detalles. Ella ofreció un
breve resumen de la lucha, dejando aparte sus hazañas y la fuente de su
información. La alegría de las demás la hizo sentirse un poco más feliz, por
primera vez en días.
—Bueno, eso explica por qué los barrayareses han cambiado de
repente —dijo la teniente Alfredi—. Supongo que antes no esperaban tener que
dar la cara.
—Tienen un nuevo comandante —explicó Cordelia—. Le preocupan los
prisioneros. Ganen o pierdan, habría habido cambios con él al mando.
Alfredi no parecía convencida.
—¿Sí? ¿Y quién es?
—Un tal comodoro Vorkosigan —dijo Cordelia, sin ningún énfasis.
—¿Vorkosigan, el Carnicero de Komarr? Dios mío, ahora sí que
estamos perdidas. —Alfredi parecía realmente preocupada.
—Yo diría que ha tenido una adecuada muestra de buena fe en la
pista de aterrizaje esta mañana.
—Yo diría que eso sólo demuestra que es un lunático —dijo
Alfredi—. El comandante ni siquiera participó en los abusos. No era el peor ni
con diferencia.
—Era el hombre al mando. Si estaba al tanto de los abusos,
tendría que haberlos detenido. Si no lo sabía, era un incompetente. Fuera como
fuese, era responsable. —Cordelia, al oírse defender una ejecución barrayaresa,
se detuvo bruscamente—. No sé. —Sacudió la cabeza—. No soy la guardiana de
Vorkosigan.
El ruido de algo que parecía un motín llegó desde el exterior, y
su refugio fue invadido por una representación de prisioneros, todos ansiosos
por oír la confirmación de los rumores de paz. Los guardias se retiraron al
perímetro y dejaron que el nerviosismo se agotara solo. Cordelia tuvo que
repetir su narración, dos veces. Los miembros de su propia tripulación,
liderados por Parnell, llegaron desde la zona de los hombres.
Parnell se subió a un camastro para dirigirse a la multitud,
gritando por encima de la alegre algarabía.
—Esta señora no lo está contando todo. Uno de los guardias
barrayareses me contó toda la historia. Después de que nos llevaran a bordo de
la nave insignia, se escapó y asesinó personalmente al comandante barrayarés,
el almirante Vorrutyer. Por eso su avance se desplomó. ¡Que la propia capitana
Naismith nos lo cuente!
—Esa no es la verdadera historia —objetó ella, pero los gritos y
vítores ahogaron sus palabras—. Yo no maté a Vorrutyer. ¡Eh! ¡Bájenme!
Su tripulación, dirigida por Parnell, la había aupado a hombros
para pasearla por todo el campamento.
—¡No es verdad! ¡Basta! ¡Agh!
Fue como intentar detener la marea con una cucharilla. La
historia tenía demasiado atractivo para los deprimidos prisioneros, demasiados
deseos hechos realidad. Se la tomaron como un bálsamo para sus espíritus
heridos y la convirtieron en su venganza. La historia fue transmitida,
elaborada, ampliada, cambiada, hasta que veinticuatro horas después fue tan
rica e imparable como una leyenda. Al cabo de unos cuantos días, Cordelia se
dio por vencida.
La verdad era demasiado complicada y ambigua para resultar
atractiva, y ella misma, al suprimir todo lo que tenía relación con Vorkosigan,
no podía conseguir que pareciera convincente. Su deber parecía vacío de
significado, aburrido y descolorido. Ansiaba volver a casa, con su sensata
madre y su hermano, a la tranquilidad, y a un pensamiento que la conectara con
otro sin establecer una cadena de horrores secretos.
11
El campamento volvió pronto a la rutina, o a lo que siempre
debería haber sido la rutina. Siguieron semanas de esperar a que las lentas
negociaciones para el intercambio de prisioneros se completaran, mientras todos
elaboraban planes sobre lo que harían cuando llegaran a casa. Cordelia poco a
poco llegó a una relación casi normal con sus compañeras de refugio, aunque
ellas todavía intentaban concederle privilegios y servicios especiales. No tuvo
noticias de Vorkosigan.
Estaba tendida en su camastro una tarde, fingiendo dormir,
cuando la teniente Alfredi vino a despertarla.
—Hay un oficial barrayarés ahí fuera que dice que quiere hablar
contigo. —Alfredi la siguió hasta la puerta, con el rostro lleno de recelo y
hostilidad—. Creo que no deberías ir sola. Nos falta muy poco para ir a casa.
Sin duda te la tienen jurada.
—Oh. No pasa nada, Marsha.
Vorkosigan estaba ante el refugio, con el uniforme verde de
diario del Estado Mayor, acompañado como de costumbre por Illyan. Parecía
tenso, respetuoso, cansado y encerrado en sí mismo.
—Capitana Naismith —dijo formalmente—, ¿puedo hablar con usted?
—Sí, pero... no aquí. —Ella era plenamente consciente de las
miradas de sus compañeras—. ¿Podemos dar un paseo o algo?
Él asintió, y echaron a andar en silencio compartido. Él cruzó
las manos a la espalda. Ella se las metió en los bolsillos de su chaquetilla
naranja. Illyan los siguió, como un perrillo imposible de espantar. Dejaron el
complejo de los prisioneros y se encaminaron hacia el bosque.
—Me alegro de que viniera —dijo Cordelia—. Hay algunas cosas que
quería preguntarle.
—Sí. Quise venir antes, pero poner fin a todo esto de manera
adecuada me ha mantenido muy ocupado.
Ella asintió, indicando las insignias amarillas de su cuello.
—Enhorabuena por el ascenso.
—Oh, esto. —Tocó una insignia brevemente—. No significa nada. Es
sólo una formalidad, para facilitar el trabajo que estoy haciendo ahora.
—¿Y cuál es?
—Desmantelar la flota de guerra, guardar el espacio local en
torno a este planeta, trasladar a los políticos de Barrayar y Escobar. Limpieza
general, ahora que la fiesta ha terminado. Supervisar el intercambio de
prisioneros.
Seguían un amplio sendero a través del verde bosque y la
empinada cuesta de la falda del cráter.
—Quería pedirle disculpas por interrogarla con drogas. Sé que la
he ofendido enormemente. La necesidad me impulsó. Fue una necesidad militar.
—No tiene que disculparse de nada. —Cordelia miró a Illyan.
Debía saberlo...—. De nada, literalmente. Me he dado cuenta.
Él guardó silencio.
—Ya veo —dijo por fin—. Es usted muy aguda.
—Al contrario, estoy muy confundida.
Él se volvió para encarar a Illyan.
—Teniente, le pido un favor. Deseo estar unos minutos a solas
con esta dama para discutir un asunto muy personal.
—No debería, señor. Lo sabe.
—Una vez le pedí que se casara conmigo. Nunca me dio su
respuesta. Si le doy mi palabra de que no discutiremos de otra cosa, ¿podríamos
tener unos momentos de intimidad?
—Oh... —Illyan frunció el ceño—. ¿Su palabra, señor?
—Mi palabra. Como Vorkosigan.
—Bueno... supongo que entonces está bien.
Illyan se sentó en un tronco caído y ellos continuaron sendero
arriba.
Una vez en lo alto, se encontraron en un promontorio familiar
que asomaba al cráter, el mismo lugar donde Vorkosigan había planeado la
recuperación de su nave, hacía tanto tiempo. Se sentaron en el suelo,
observando la actividad del campamento, silenciada por la distancia.
—En otro momento nunca habría hecho usted eso —observó
Cordelia—. Dar su palabra en falso.
—Los tiempos cambian.
—Ni me habría mentido.
—Es verdad.
—Ni habría fusilado a un hombre por crímenes en los que no había
participado.
—No fue una decisión espontánea. Primero se le sometió a un
consejo de guerra. Y las cosas se resolvieron con un poco de prisa. De todas
formas, eso contentará a la Comisión Judicial Interestelar. Los tendré encima
mañana. Investigando los abusos a las prisioneras.
—Creo que va a acabar con las manos manchadas de sangre. Las
vidas individuales están perdiendo su significado para usted.
—Sí. Ha habido tantas... Casi es hora de renunciar. —Sus
palabras y su rostro parecían carentes de toda expresión.
—¿Cómo lo reclutó el emperador para ese... extraordinario
asesinato? Usted, nada menos. ¿Fue idea suya? ¿O de él?
Él no eludió la respuesta, ni negó nada.
—Fue idea suya, y de Negri. Yo no soy más que su agente.
Sus dedos tiraron suavemente de los tallos de hierba,
rompiéndolos delicadamente uno a uno.
—No me abordó directamente. Primero me pidió que tomara el mando
de la invasión a Escobar. Empezó con un soborno: el virreinato de este planeta,
de hecho, cuando sea colonizado. Lo rechacé. Luego lo intentó con amenazas,
dijo que me entregaría a Grishnov, para que me acusara de traición, y que no
habría perdón real. Le dije que se fuera al infierno, aunque no en esas
palabras. Ése fue un mal momento entre nosotros. Luego se disculpó. Me llamó
«lord Vorkosigan». Me llamaba «capitán» cuando quería ser ofensivo. Luego mandó
llamar al capitán Negri, con un archivo que ni siquiera tenía nombre, y los
jueguecitos se terminaron.
»Razón. Lógica. Argumentación. Pruebas. Estuvimos sentados en la
sala verde de la Residencia Imperial de Vorbarr Sultana una semana entera, el
emperador, Negri y yo, repasándolo, mientras Illyan daba vueltas por los
pasillos, estudiando la colección de arte del emperador. Tiene usted razón en
su deducción respecto a Illyan por cierto. No sabe nada del verdadero propósito
de la invasión.
»Ya vio al príncipe, brevemente. He de añadir que lo vio en su
mejor faceta. Vorrutyer tal vez fuera su maestro, pero el príncipe lo superó
con creces hace tiempo. Pero si hubiera tenido la más leve idea de lo que es el
servicio político, creo que su padre le habría perdonado incluso sus costumbres
más repulsivas.
»No era un hombre equilibrado, y se rodeaba de gente cuyos
intereses eran desequilibrarlo aún más. Auténtico sobrino de su tío Yuri.
Grishnov pretendía gobernar Barrayar a través de él, cuando llegara al trono.
Por su cuenta (Grishnov habría estado dispuesto a esperar, creo), el príncipe
había orquestado dos intentos de asesinato en la persona de su padre en los
últimos dieciocho meses.
Cordelia silbó sin sonido.
—Casi empiezo a comprenderlo. ¿Pero por qué no eliminarlo sin
llamar la atención? Sin duda que el emperador y su capitán Negri podrían
haberlo conseguido, mejor que nadie.
—Se discutió la idea. Dios me ayude, incluso me ofrecí
voluntario para hacerlo yo, como alternativa a este... baño de sangre.
Hizo una pausa.
—El emperador se está muriendo. Se ha quedado sin tiempo para
esperar a que el problema se resuelva solo. Para él, intentar dejar la casa en
orden se ha convertido en una obsesión.
»El problema es el hijo del príncipe. Sólo tiene cuatro años.
Dieciséis años es mucho tiempo para un gobierno regente. Con el príncipe
muerto, Grishnov y todo el partido ministerial se aprovecharían del vacío de
poder.
»No era suficiente matar al príncipe. El emperador consideró que
tenía que destruir a todo el partido de la guerra, de manera tan efectiva que
no volviera a alzarse durante otra generación. Y allí estaba yo, sopesando los
problemas estratégicos con Escobar. Luego la información sobre los espejos de
plasma llegó a través de la red de inteligencia de Negri. La inteligencia
militar no tenía ese dato. Luego otra vez yo de por medio, con la noticia de
que se había perdido la sorpresa. ¿Sabe que suprimió también parte de eso? Sólo
podía ser un desastre. Y allí estaban Grishnov, y el partido de la guerra, y el
príncipe, todos en busca de gloria. Él sólo tuvo que hacerse a un lado y
dejarlos que corrieran a su perdición. —Vorkosigan arrancaba ahora la hierba a
puñados.
—Todo encajó tan bien que resultaba hipnotizante de pura
fascinación. Pero difícil. Incluso existía la posibilidad, dejando que los
acontecimientos se desarrollaran por su cuenta, de que murieran todos menos el
príncipe. Me colocaron donde el guión decía que debía estar. Para retar al
príncipe y asegurarme de que estuviera en primera línea en el momento adecuado.
De ahí esa escena que vio usted en mi camarote. Nunca perdí los nervios.
Simplemente, estaba clavando otro clavo en el ataúd.
—Supongo que el otro agente era... el cirujano jefe.
—En efecto.
—Qué encantador.
—Pero no lo fue. —Él se tendió en la hierba, contemplando el
cielo turquesa—. Ni siquiera pude ser un asesino honrado. ¿Recuerda cuando dije
que quería entrar en política? Creo que estoy curado de esa ambición.
—¿Qué hay de Vorrutyer? ¿Tenía que matarlo también?
—No. En el guión original era el chivo expiatorio. Después del
desastre, a él le habría tocado pedir disculpas al emperador por el fracaso, en
el pleno sentido japonés antiguo del término, como parte del desplome general
del partido de la guerra. A fin de cuentas era el consejero espiritual del
príncipe, así que no le envidié su futuro. Mientras me ponía la zancadilla, yo
podía ver que el suelo se derrumbaba bajo sus pies. Eso lo sacaba de quicio.
Siempre conseguía que perdiera los nervios. Cuando éramos jóvenes, eso era un
gran deporte para él. No podía comprender por qué había perdido la habilidad.
—Sus ojos permanecieron enfocados en algún lugar del cielo azul, sin mirar a
los de ella.
—En cualquier caso, su muerte salvó muchas vidas. Habría
intentado continuar la lucha, para salvar su pellejo político. Eso fue lo que
me convenció al final. Pensé que si estaba en el lugar adecuado en el momento
oportuno, podría dirigir mejor la retirada que ningún otro miembro del Alto
Mando.
—Así que todos nosotros no somos más que herramientas de Ezar
Vorbarra —dijo Cordelia lentamente, asqueada—. Mi convoy y yo, usted, los
escobarianos... incluso el viejo Vorrutyer. Y luego hablan de fervor patriótico
y de ira justa. Todo una charada.
—Así es.
—Me deja helada. ¿Tan malo era el príncipe?
—De eso no había duda. No abundaré en los detalles de los
informes de Negri... Pero el emperador dijo que si no se hacía ahora, todos
intentaríamos hacerlo nosotros mismos, dentro de cinco o diez años, y
probablemente meteríamos la pata y haríamos que mataran a nuestros amigos, todo
en medio de una guerra civil a escala planetaria. Él ha vivido ya dos. Ésa es
la pesadilla que le acecha. Un Calígula, o un Yuri Vorbarra, puede gobernar
durante mucho tiempo, mientras los hombres buenos vacilan en hacer lo que es
necesario para detenerlo, y los malvados se aprovechan.
»El emperador no escatima nada. Lee los informes una y otra
vez... se los sabía casi al pie de la letra. Esto no era algo que tomarse a la
ligera, ni desenfadadamente. No quería que muriera rodeado de vergüenza, ¿sabe?
Fue el último regalo que pudo hacerle.
Ella permaneció sentada, abrazada a sus rodillas, memorizando su
perfil, mientras las suaves brisas de la tarde se arremolinaban en el bosque y
agitaban la hierba dorada.
Vorkosigan volvió la cara hacia ella.
—¿Me equivoqué, Cordelia, al entregarme a esto? Si no hubiera
ido, el emperador habría utilizado a otro. Siempre he intentado recorrer el
camino del honor. ¿Pero qué se hace cuando todas las opciones son malas? Acción
vergonzante, inacción vergonzante, todos los caminos conducen a un bosque de
muerte.
—¿Me está pidiendo que lo juzgue?
—Alguien debe hacerlo.
—Lo siento. Puedo amarlo. Puedo sentir pena por usted, o con
usted. Puedo compartir su dolor. Pero no puedo juzgarlo.
—Ah. —Él se tumbó boca abajo y contempló el campamento—. Hablo
demasiado con usted. Si mi cerebro me librara alguna vez de la realidad, creo
que sería un loco de los que charlan sin parar.
—No habla así con nadie más, ¿verdad? —preguntó ella, alarmada.
—¡Santo Dios, no! Usted es... usted es... no sé lo que es. Pero
lo necesito. ¿Se casará conmigo?
Ella suspiró y apoyó la cabeza en sus rodillas, retorciendo un
tallo de hierba entre los dedos.
—Te quiero. Supongo que lo sabes. Pero no puedo aceptar a
Barrayar. Barrayar devora a sus hijos.
—No todos son esos malditos políticos. Algunas personas viven
sus vidas prácticamente ignorándolos.
—Sí, pero tú no eres una de esas personas.
Él se sentó.
—No sé si podría conseguir un visado para la Colonia Beta.
—Me temo que este año no. Ni el siguiente. Todos los
barrayareses son considerados criminales de guerra en este momento.
Políticamente hablando, no hemos tenido tanto revuelo en años. Todos están un
poco embriagados ahora mismo. Y luego está lo de Komarr.
—Ya veo. Tendría problemas para conseguir trabajo como
instructor de judo, entonces. Y difícilmente podría escribir mis memorias,
considerando cómo están las cosas.
—Ahora mismo creo que tendrías problemas para evitar que te
lincharan. —Ella le miró a la cara. Un error: se le encogió el corazón—.
Tengo... tengo que ir a casa, durante algún tiempo. Ver a mi familia, y pensar
en paz y con tranquilidad. Tal vez podamos llegar a alguna solución
alternativa. Podemos escribirnos, de todas formas.
—Sí, supongo que sí.
Él se incorporó y la ayudó a levantarse.
—¿Dónde estarás, después de esto? Has recuperado tu rango.
—Bueno, voy a terminar de hacer todo este trabajo sucio. —Indicó
el campamento de prisioneros con un gesto de la mano, y por implicación toda la
aventura de Escobar—. Luego, creo que también me iré a casa. Y me emborracharé.
Ya no puedo seguir sirviéndolo. Me ha usado hasta el fondo con esta historia.
La muerte de su hijo, y de los cinco mil hombres que lo escoltaron hasta el
infierno, ya siempre se interpondrá entre nosotros. Vorhalas, Gottyan...
—No te olvides de los escobarianos. Y de unos pocos betanos
también.
—Los recordaré.
Caminaron juntos sendero abajo.
—¿Hay algo que necesites en el campamento? He intentado
encargarme de que se proporcionara de todo, dentro de nuestro límite de
suministros, pero puede que se me haya pasado algo por alto.
—El campamento parece estar bien ahora. No necesito nada
especial. Lo único que nos hace falta de verdad es irnos a casa. No, ahora que
lo pienso, quiero un favor.
—Pídelo —dijo él ansiosamente.
—La tumba del teniente Rosemont. No tiene lápida. Puede que yo
nunca regrese allí. Mientras aún sea posible encontrar los restos de nuestro
campamento, ¿podrías hacer que tu gente marcara la tumba? Tengo todos sus
números y fechas. Manejé sus impresos de personal con bastante frecuencia, y me
los sé de memoria.
—Me encargaré personalmente.
—Espera. —Él hizo una pausa y ella extendió una mano. Sus
gruesos dedos abarcaron los de ella; su piel era cálida y seca, y la quemó—.
Antes de ir a recoger al pobre teniente Illyan...
La tomó en sus brazos y se besaron, por primera vez, durante
largo rato.
—Oh —murmuró ella después—. Tal vez eso haya sido un error.
Duele mucho cuando te paras.
—Bueno, déjame...
Su mano le acarició amablemente el pelo, y luego
desesperadamente se enredó en un mechón. Se besaron de nuevo.
—Esto... ¿señor? —El teniente Illyan, que subía por el sendero,
se aclaró ruidosamente la garganta—. ¿Ha olvidado la conferencia de Estado
Mayor?
Vorkosigan se separó de ella con un suspiro.
—No, teniente. No la he olvidado.
—¿Puedo felicitarlo, señor? —sonrió.
—No, teniente.
Illyan dejó de sonreír.
—Yo... no comprendo, señor.
—No importa, teniente.
Continuaron caminando, Cordelia con las manos en los bolsillos,
Vorkosigan con las suyas cruzadas a la espalda.
La mayoría de las mujeres de Escobar ya se habían marchado en
lanzadera hacia la nave que llegó para transportarlas a casa, a última hora de
la tarde anterior, cuando un delgado guardia barrayarés apareció en la puerta
del refugio preguntando por la capitana Naismith.
—Con los saludos del almirante, señora. Desea saber si le
importaría comprobar los datos de la tumba que ha mandado hacer para su
oficial. Está en su despacho.
—Sí, por supuesto.
—Cordelia, por el amor de Dios —susurró la teniente Alfredi—, no
vayas sola.
—No pasa nada —respondió ella, impaciente—. Vorkosigan no es un
problema.
—¿No? ¿Y qué quería ayer?
—Ya te lo he dicho, hablar de la tumba.
—Eso no requiere dos horas enteras. ¿Te das cuenta del tiempo
que estuviste fuera? Vi cómo te miraba. Y tú... tú volviste con cara de muerta.
Cordelia ignoró sus preocupadas protestas, irritada, y siguió al
amabilísimo guardia hasta las cavernas depósito. Las oficinas administrativas
de las fuerzas de Barrayar en el planeta se encontraban en una de las cámaras
laterales. Tenían un cuidadoso aire de trabajo que sugería la cercana presencia
de oficiales del Alto Mando, y de hecho, cuando entraron en el despacho de
Vorkosigan, con su nombre y rango brillando sobre la mugre que había
pertenecido a su predecesor, lo encontraron dentro.
Illyan, un capitán y un comodoro se agrupaban con él en torno a
un terminal de ordenador, evidentemente enfrascados en alguna especie de
reunión informativa. Él se interrumpió para saludarla con un cuidadoso gesto de
cabeza, al que ella respondió de igual manera.
Me pregunto si mis ojos parecen tan ansiosos como los suyos,
pensó Cordelia. El minueto de modales que ensayamos para ocultar nuestra
intimidad a la muchedumbre no servirá para nada si no ocultamos mejor nuestras
miradas.
—Está en la mesa del secretario, Cor... capitana Naismith. —Él
la dirigió con un gesto de la mano—. Examínelo. —Devolvió su atención a sus
oficiales.
Era una sencilla tableta de acero, un artículo militar
barrayarés estándar, y la ortografía, los números y las fechas estaban en
orden. Ella la acarició un instante. Desde luego, parecía duradera. Vorkosigan
terminó su reunión y se le acercó.
—¿Está bien?
—Bien. —Ella le dirigió una sonrisa—. ¿Pudiste encontrar la
tumba?
—Sí, tu campamento es todavía visible desde el aire a baja
altura, aunque otra estación de lluvias lo destruirá y...
La voz del oficial de guardia llegó desde la puerta, donde había
una conmoción.
—Eso es lo que usted dice. Por lo que sé, podrían ser bombas. No
puede entrar ahí.
Otra voz respondió:
—Tiene que firmarlo personalmente. Ésas son mis órdenes. Actúan
ustedes como si hubieran ganado la maldita guerra.
El segundo hablante, un hombre con el uniforme rojo oscuro de
los técnicos médicos de Escobar, retrocedió en la puerta, seguido de una
plataforma flotante de control que parecía una especie de extraño globo. Estaba
cargada con grandes recipientes, cada uno de medio metro de altura, repletos de
paneles de control y aperturas de acceso. Cordelia los reconoció de inmediato y
se envaró, sintiéndose asqueada. Vorkosigan parecía inexpresivo.
El técnico se quedó mirando.
—Tengo una factura que requiere la firma personal del almirante
Vorkosigan. ¿Está aquí?
Vorkosigan dio un paso al frente.
—Yo soy Vorkosigan. ¿Qué es esto, un...?
—Tecnomed —susurró Cordelia.
—¿Tecnomed? —Vorkosigan terminó la frase, aunque la exasperada
mirada que le dirigió sugería que aquélla no era la pista que quería.
El tecnomed sonrió agriamente.
—Los devolvemos al remitente.
Vorkosigan caminó alrededor de la plataforma.
—Sí, ¿pero qué son?
—Todos sus bastardos —dijo el tecnomed.
Cordelia, al captar la auténtica perplejidad en la voz de
Vorkosigan, añadió:
—Son replicadores uterinos, hum, almirante. Contenidos en sí
mismos, con energía independiente... aunque necesitan ser observados...
—Todas las semanas —coincidió el tecnomed, viciosamente cordial.
Mostró un disco de datos—. Les enviaron instrucciones con ellos.
Vorkosigan parecía anonadado.
—¿Y qué demonios voy a hacer con ellos?
—Creí que iba a hacer que nuestras mujeres respondieran a esa
pregunta —replicó el tecnomed, tenso y sarcástico—. Personalmente, sugeriría
que los colgaran del cuello de sus padres. Los complementos genéticos paternos
están marcados en cada uno, así que no debería tener problemas para identificar
a quién pertenecen. Firme aquí.
Vorkosigan tomó el clasificador de la factura, y lo leyó dos
veces. Caminó de nuevo despacio alrededor de la plataforma flotante, contando,
con aspecto profundamente preocupado. Llegó junto a Cordelia tras completar el
circuito y murmuró:
—No sabía que se pueden hacer esas cosas.
—En casa las usan constantemente, para emergencias médicas.
—Deben de ser extraordinariamente complejas.
—Y caras también. Me sorprende... Tal vez no querían discutir si
llevárselos o no a casa con algunas de las madres. Un par de ellas tenían sus
dudas respecto a abortar. Esto os carga la culpa a vosotros. —Sus palabras
parecían entrar en él como balas, y ella deseó haberlo expresado de otra
manera.
—¿Están vivos ahí dentro?
—Claro. ¿Ves todas las luces verdes? Placentas y demás. Flotan
en el líquido amniótico, como en casa.
—¿Se mueven?
—Supongo que sí.
Él se frotó la cara, contemplando aturdido los contenedores.
—Diecisiete. Dios, Cordelia, ¿qué hago con ellos? El cirujano,
claro, pero... —Se volvió hacia el fascinado secretario—. Trae al cirujano
jefe, rápido. —Se giró hacia Cordelia, bajando la voz—. ¿Cuánto tiempo
funcionarán estas cosas?
—Los nueve meses enteros, si hace falta.
—¿Puede devolverme la factura, almirante? —dijo el tecnomed en
voz alta—. Tengo otros deberes que cumplir. —Miró con curiosidad a Cordelia,
enfundada en su pijama naranja.
Ausente, Vorkosigan garabateó su nombre al pie de la factura con
un lápiz óptico, la marcó con el pulgar y se la entregó, todavía ligeramente
hipnotizado por la plataforma llena de contenedores. Cordelia, morbosamente
curiosa, caminó alrededor de ellos también, inspeccionando los indicadores.
—El más joven parece tener unas ocho semanas. El mayor tiene más
de cuatro meses. Debe de haber sido justo después de que empezara la guerra.
—¿Pero qué hago con ellos? —murmuró él de nuevo. Cordelia nunca
lo había visto tan perdido.
—¿Qué se suele hacer con los bastardos de los soldados? Sin duda
que la situación se habrá planteado antes, aunque tal vez no a esta escala.
—Normalmente abortamos a los bastardos. En este caso, parece que
ya se ha hecho, en cierto modo. Tantos problemas... ¿Esperan que los
mantengamos con vida? ¿Fetos flotantes, bebés en lata...?
—No sé. —Cordelia suspiró, pensativa—. Qué grupito tan triste de
seres humanos rechazados son. Excepto que... si no hubiera sido por la gracia
de Dios y el sargento Bothari, uno de esos niños en lata podría haber sido mío
y de Vorrutyer. O mío y de Bothari, en todo caso.
A él pareció enfermarlo la idea. Redujo la voz a un susurro y
empezó de nuevo:
—¿Pero qué hago... qué quieres que haga con ellos?
—¿Me estás pidiendo que dé las órdenes?
—Yo nunca... Cordelia, por favor... qué modo honorable...
Debe de ser toda una conmoción descubrir de repente que estás
embarazado, diecisiete veces, y a tu edad, pensó ella. Reprimió el humor negro
(él estaba claramente desorientado), y se apiadó de su confusión.
—Cuida de ellos, supongo. No tengo ni idea de qué implicará eso,
pero... bueno, has firmado por ellos.
Él suspiró.
—Cierto. Di mi palabra, en cierto modo. —Trató de analizar el
problema en términos familiares y encontró el equilibrio—. Mi palabra como
Vorkosigan, de hecho. Cierto. Bien. Objetivo definido, plan de ataque
propuesto... ahora podemos actuar.
Llegó el cirujano, y se quedó de una pieza al ver la plataforma
flotante.
—Qué demonios... Oh, ya sé lo que son. Nunca creí que iba a ver
uno... —Pasó los dedos por un contenedor, con una especie de ansia técnica—.
¿Son nuestros?
—Todos nuestros, según parece —replicó Vorkosigan—. Los
escobarianos los enviaron.
El cirujano se echó a reír.
—Qué gesto tan obsceno. Aunque supongo que es comprensible.
¿Pero por qué no eliminarlos?
—Por alguna idea civil sobre el valor de la vida humana, tal vez
—dijo Cordelia acaloradamente—. Algunas culturas la tienen.
El cirujano alzó una ceja, pero no dijo nada, tanto por la total
falta de diversión en el rostro de su comandante como por las palabras de ella.
—Aquí están las instrucciones. —Vorkosigan le entregó el disco.
—Oh, bien. ¿Puedo vaciar uno y analizarlo?
—No, no puede —dijo Vorkosigan fríamente—. Di mi palabra, como
Vorkosigan, de que se cuidaría de ellos. De todos ellos.
—¿Cómo demonios han conseguido meterlo en esto? Oh, bien, ya
conseguiré uno más tarde, tal vez... —Continuó examinando la chispeante
maquinaria.
—¿Tiene las instalaciones necesarias para solventar cualquier
problema que pueda plantearse? —preguntó Vorkosigan.
—Demonios, no. Mil Imp sería el único lugar. Y ni siquiera
tienen departamento de obstetricia. Pero apuesto a que en Exploración les
encantará echar mano a estos bebés...
Cordelia tardó un confuso instante en darse cuenta de que se
refería a los replicadores uterinos y no a su contenido.
—Tienen que ser atendidos dentro de una semana. ¿Puede hacerlo
aquí?
—No creo... —El cirujano introdujo el disco en el monitor de la
mesa del secretario y empezó a repasarlo—. Debe de haber diez kilómetros de
instrucciones escritas... ah. No. No tenemos... no. Lástima, almirante. Me temo
que esta vez tendrá que tragarse su palabra.
Vorkosigan hizo una mueca, lobuna y sin humor.
—¿Recuerda lo que le pasó al último hombre que dudó de mi
palabra?
La sonrisa del cirujano se difuminó, insegura.
—Ésas son sus órdenes, entonces —continuó Vorkosigan, tenso—.
Dentro de treinta minutos usted, personalmente, se marchará con estas... estas
cosas en el correo rápido. Y llegará a Vorbarr Sultana en menos de una semana.
Irá al Hospital Militar Imperial y requisará, por todos los medios que sean
precisos, a los hombres y el equipo necesarios para... para completar el
proyecto. Consiga una orden imperial si hace falta. Estoy seguro de que nuestro
amigo Negri lo pondrá en contacto. Encárguese de que los instalan, los
atienden, e infórmeme.
—¡No podremos llegar en menos de una semana! ¡Ni siquiera en el
correo!
—Lo hará en cinco días, con impulso de seis puntos sobre la
emergencia máxima. Si el ingeniero ha estado haciendo su trabajo, los motores
no estallarán hasta llegar al nivel ocho. Es seguro. —Vorkosigan miró por
encima del hombro—. Couer, reúna a la tripulación del correo, por favor. Y que
se ponga su capitán: quiero darle las órdenes personalmente.
El comodoro Couer alzó las cejas, pero se dispuso a obedecer.
El cirujano bajó la voz, sin dejar de mirar a Cordelia.
—¿Es sentimentalismo betano en acción, señor? Un poco raro al
servicio del emperador, ¿no cree?
Vorkosigan sonrió, los ojos entornados, y contestó en el mismo
tono.
—¿Insubordinación betana, doctor? Será mejor que dedique sus
energías a cumplir las órdenes en vez de idear excusas de por qué no puede.
—Será mucho más fácil abrir los contenedores. ¿Y qué va a hacer
con ellos una vez estén... completados, o hayan nacido, o como quiera
llamarlos? ¡Puedo entender su deseo de impresionar a su novia, pero piense con
previsión, señor!
Vorkosigan frunció el ceño y gruñó. El cirujano retrocedió.
Vorkosigan enterró el gruñido en un ruido para aclararse la garganta, y tomó
aliento.
—Ése será mi problema. Palabra. Su responsabilidad terminará
ahí. Veinticinco minutos, doctor. Si llega a tiempo puede que le deje viajar en
el interior de la lanzadera. —Esbozó una sonrisita blanca, elocuentemente
agresiva—. Puede disfrutar de tres días de permiso después de que los instalen
en Mil Imp, si quiere.
El cirujano se encogió de hombros, derrotado, y desapareció para
recoger sus cosas.
Cordelia lo miró, vacilante.
—¿Lo hará bien?
—Oh, sí, siempre tarda un poco en darle la vuelta a sus
pensamientos. Para cuando lleguen a Vorbarr Sultana actuará como si él hubiera
inventado el proyecto y los... replicadores uterinos. —La mirada de Vorkosigan
regresó a la plataforma flotante—. Son las cosas más extrañas...
Entró un guardia.
—Perdóneme, señor, pero el piloto de la lanzadera escobariana
pregunta por la capitana Naismith. Están listos para despegar.
Couer habló desde el monitor de comunicaciones.
—Señor, tengo en línea al capitán del correo.
Cordelia dirigió a Vorkosigan una mirada de indefensa
frustración, a la que él respondió con una pequeña sacudida de cabeza, y ambos
se volvieron sin decir nada para cumplir las exigencias del deber. Ella se
marchó meditando acerca del comentario del cirujano al marcharse. Y nosotros
que pensábamos que estábamos siendo cuidadosos... Tenemos que hacer algo con
nuestras miradas.
12
Viajó a casa con doscientas personas más, casi todos
escobarianos, en un crucero de pasajeros de Tau Ceti rápidamente preparado para
la ocasión. Los exprisioneros pasaron mucho tiempo intercambiando historias y
compartiendo recuerdos; sesiones sutilmente guiadas, advirtió Cordelia poco
después, por el puñado de oficiales psíquicos que los escobarianos habían
enviado junto con la nave. Después de algún tiempo su silencio sobre sus
propias experiencias empezó a destacar, y aprendió a captar las técnicas informales
para la terapia de grupo, supuestamente improvisada, y las evitó como pudo.
No fue suficiente. Cada dos por tres se encontró perseguida,
silenciosa pero implacablemente, por una joven de rostro sonriente llamada
Irene; dedujo había sido asignada a su caso. Aparecía en las comidas, en los
pasillos, en los salones, siempre con una nueva excusa para iniciar una
conversación. Cordelia la evitaba cuando podía, y le daba la vuelta a la
conversación hábilmente, o a veces con brusquedad cuando no podía.
Pasada otra semana la chica desapareció, pero Cordelia regresó a
su camarote un día y descubrió que su compañera había sido sustituida por una
mujer mayor de aspecto tranquilo y ojos firmes, vestida de civil. No era una de
las exprisioneras. Cordelia se tendió en la cama y la observó mientras deshacía
sus maletas.
—Hola, soy Joan Sprague —se presentó alegremente la mujer.
Hora de dejar las cosas claras.
—Buenas tardes, doctora Sprague. ¿Me equivoco si la identifico
como la jefa de Irene?
Sprague se detuvo.
—Tiene usted razón. Pero prefiero mantener las cosas en un plano
informal.
—No, no es verdad. Prefiere que las cosas «parezcan» informales.
Yo aprecio la diferencia.
—Es usted una persona muy interesante, capitana Naismith.
—Sí, bueno, hay más riqueza en usted que en mí. Suponga que
accedo a hablar con usted. ¿Retirará al resto de sus perros?
—Estoy aquí para que hable usted... pero cuando esté preparada.
—Entonces pregúnteme lo que quiera saber. Acabemos de una vez
para que podamos relajarnos.
Me vendría bien un poco de terapia al respecto, pensó Cordelia
tristemente. Me siento tan mal...
Sprague se sentó sobre la cama, con una sonrisita en el rostro y
una expresión de completa atención en los ojos.
—Quiero intentar ayudarla a recordar qué ocurrió cuando fue
prisionera a bordo de la nave insignia barrayaresa. Llegar a su inconsciente,
por horrible que fuera, es el primer paso para su curación.
—Hum, creo que tal vez nos estamos precipitando. Recuerdo todo
lo que pasó durante ese periodo con absoluta claridad. No tengo ningún problema
con eso. Lo que me gustaría es olvidarlo, o al menos lo suficiente para dormir
de vez en cuando.
—Ya veo. Continúe. ¿Por qué no describe lo que sucedió?
Cordelia le resumió los hechos, desde el momento del salto en la
Colonia Beta hasta después del asesinato de Vorrutyer, pero acabó antes de la
entrada de Vorkosigan, diciendo vagamente:
—Me fui moviendo por distintos escondites en la nave durante un
par de días, pero al final me atraparon y me devolvieron a los calabozos.
—Bien. No recuerda haber sido torturada o violada por el
almirante Vorrutyer, ni recuerda haberlo matado.
—No me violó. Y no lo maté. Creí que lo había dejado claro.
La doctora sacudió la cabeza, apenada.
—Los informes dicen que los barrayareses la sacaron dos veces
del campamento. ¿Recuerda lo que sucedió en esas ocasiones?
—Sí, por supuesto.
—¿Puede describirlo?
Cordelia vaciló.
—No.
El secreto del asesinato del príncipe no significaría nada para
los escobarianos (no podían sentir más antipatía hacia los barrayareses que la
que ya sentían), pero el mero rumor de la verdad podía ser devastador para el
orden civil de Barrayar. Disturbios callejeros, amotinamientos militares, la
caída del emperador de Vorkosigan... eso era el principio de las posibles
consecuencias. Si había una guerra civil en Barrayar, ¿podría morir Vorkosigan
en ella? Dios, por favor, pensó Cordelia, cansada, que no haya más muertes...
Sprague parecía enormemente interesada. Cordelia se sintió
presionada. Se recuperó.
—Había un oficial mío que murió durante la exploración betana
del planeta... Está usted enterada de eso, supongo. —La doctora asintió—. Ellos
hicieron los preparativos para poner una lápida en su tumba, como yo había
pedido. Es todo.
—Comprendo —suspiró Sprague—. Tuvimos otro caso como el suyo. La
chica también fue violada por Vorrutyer, o por alguno de sus hombres, y los
médicos de Barrayar lo encubrieron. Supongo que intentaban proteger su
reputación.
—Oh, creo que la conocí a bordo de la nave insignia. Estaba
también en mi refugio, ¿verdad?
La expresión de sorpresa de Sprague lo confirmó, aunque hizo un
vago gesto indicando confidencialidad profesional.
—Tiene razón respecto a ella —continuó Cordelia—. Me alegro de
que la estén atendiendo. Pero se equivoca conmigo. Se equivoca con la
reputación de Vorrutyer también. El motivo de que inventaran esta estúpida
historia respecto a mí es porque consideraron que parecería peor para él que lo
matara una mujer débil que uno de sus propios soldados.
—Las pruebas físicas de su reconocimiento médico son suficientes
para que ponga en duda eso —dijo Sprague.
—¿Qué pruebas físicas? —preguntó Cordelia, momentáneamente
despistada.
—La evidencia de torturas —replicó la doctora, con expresión
sombría, incluso airada. Pero la ira no iba dirigida contra ella, advirtió
Cordelia.
—¿Qué? ¡No me torturaron!
—Sí. Una tapadera excelente. Espectacular... Pero no pudieron
ocultar las huellas físicas. ¿Es consciente de que tenía un brazo roto, dos
costillas rotas, numerosas contusiones en el cuello, cabeza, manos, brazos...
en todo su cuerpo, de hecho? Y su bioquímica: pruebas de estrés extremo,
privación sensorial, considerable pérdida de peso, desórdenes de sueño, exceso
de adrenalina... ¿continúo?
—Oh —dijo Cordelia—. Eso.
—¿Oh, qué? —repitió la doctora, alzando una ceja.
—Puedo explicarlo —dijo Cordelia ansiosamente. Soltó una
risita—. En cierto modo, supongo que puedo echarles la culpa a ustedes, los
escobarianos. Estaba en una celda de la nave insignia durante la retirada. La
alcanzaron... y todo se estremeció como un guijarro en una lata, incluyéndome a
mí. Ahí fue donde me rompí los huesos y eso.
La doctora tomó nota.
—Muy bueno. Muy bueno, sí. Sutil. Pero no lo suficiente... Sus
huesos se rompieron en dos ocasiones diferentes.
—Oh —dijo Cordelia. ¿Y ahora cómo voy a explicar lo de Bothari,
sin mencionar el camarote de Vorkosigan? «Un amigo trató de estrangularme...»
—Me gustaría que pensara en la posibilidad de aplicarle terapia
con drogas —dijo la doctora Sprague cuidadosamente—. Los barrayareses han
aplicado una tapadera excelente con usted, aún mejor que la otra, que requirió
que sondeáramos profundamente. Creo que va a ser aún más necesario en su caso.
Pero hemos de tener su cooperación voluntaria.
—Menos mal.
Cordelia se tumbó en la cama y se cubrió la cara con la
almohada, pensando en la terapia con drogas. Era algo que le helaba la sangre
en las venas.
Se preguntó cuánto podría soportar el sondeo en busca de
recuerdos que no existían antes de que empezara a crearlos para satisfacer la
demanda. Y aún peor; el mismo efecto del sondeo podía sacar a la luz aquellos
agónicos secretos que tenía en la cabeza: las heridas secretas de Vorkosigan.
Suspiró, se quitó la almohada de la cara y la abrazó contra su
pecho. Alzó la cabeza y vio que Sprague la observaba con preocupación.
—¿Todavía está aquí?
—Siempre estaré aquí, Cordelia.
—Eso es lo que me temía.
Sprague no le sacó nada más después de eso. Ahora Cordelia tenía
miedo de dormir, por miedo a hablar o a que la interrogaran en sueños. Daba
pequeñas cabezadas, y despertaba sobresaltada cada vez que había movimiento en
el camarote, como cuando su compañera de habitación se levantaba para ir al
cuarto de baño todas las noches. Cordelia no admiraba los propósitos secretos
de Ezar Vorbarra en la última guerra, pero al menos se habían cumplido. La idea
de que todo aquel dolor y toda aquella muerte hubieran sido en vano la
atormentaba, y decidió que todos los soldados de Vorkosigan, sí, incluso
Vorrutyer y el comandante del campamento, no habrían muerto inútilmente por
culpa de ella.
Terminó el viaje mucho peor de como lo había empezado, flotando
al borde de un verdadero colapso, acosada por penetrantes dolores de cabeza,
insomnio, un misterioso temblor en la mano izquierda y los principios de un
tartamudeo.
El viaje desde Escobar a la Colonia Beta fue mucho más fácil.
Sólo duró cuatro días, en un correo rápido betano enviado especialmente para
ella, cosa que le sorprendió. Contempló los noticiarios en el holovid de su
camarote. Estaba mortalmente agotada de la guerra, pero encontró por casualidad
una mención a Vorkosigan, y no pudo resistir prestar atención para ver qué
consideración tenía de él la opinión pública.
Horrorizada, descubrió que su trabajo con la comisión de
investigación judicial había hecho que la prensa betana y escobariana lo
acusaran por la manera en que habían sido tratadas las prisioneras, como si él
hubiera estado al mando desde el principio. La vieja historia falsa sobre
Komarr salió de nuevo a la luz, y su nombre fue vilipendiado por todas partes.
La injusticia de todo aquello la puso furiosa, y dejó de ver las noticias,
disgustada.
Por fin orbitaron la Colonia Beta, y ella se acercó a la cabina
para echarle un vistazo a casa.
—Ahí está por fin la vieja caja de arena —saludó el capitán
alegremente—. Van a enviar una lanzadera a recogerla, pero hay una tormenta
sobre la capital y trae un poco de retraso, hasta que remita un poco y puedan
bajar las pantallas del puerto.
—Puedo esperar a llegar para llamar a mi madre —comentó
Cordelia—. Probablemente estará en el trabajo. No tiene sentido molestarla
allí. El hospital no está lejos del espaciopuerto. Puedo tomarme una buena
bebida relajante mientras espero a que termine el turno y venga a recogerme.
El capitán le dirigió una mirada peculiar.
—Oh, bueno.
La lanzadera llegó por fin. Cordelia estrechó las manos de todo
el mundo, agradeciendo a la tripulación del correo sus atenciones, y subió a
bordo. La azafata de la lanzadera la recibió con un montón de ropa nueva.
—¿Qué es todo esto? ¡Santo cielo, uniformes de la Fuerza
Expedicionaria por fin! Más vale tarde que nunca, supongo.
—¿Por qué no se lo pone? —la instó la azafata, sonriendo de
oreja a oreja.
—¿Por qué no?
Hacía tiempo que llevaba el mismo uniforme escobariano prestado,
y estaba harta de él. Tomó la ropa celeste y las brillantes botas negras,
divertida.
—¿Por qué botas de montar, por el amor de Dios? Casi no hay
caballos en la Colonia Beta, excepto en los zoos. Lo admito, tienen un aspecto
espléndido.
Al descubrir que era la única pasajera de la lanzadera, se
cambió al momento. La azafata tuvo que ayudarla con las botas.
—Quien las diseñó tendría que estar obligado a llevarlas en la
cama —murmuró Cordelia—. O tal vez lo hace.
La lanzadera descendió, y Cordelia se acercó a la ventana,
ansiosa por ver su ciudad natal. La neblina ocre se abrió por fin, y bajaron
trazando espirales hasta el espaciopuerto y el muelle de atraque.
—Parece que hay un montón de gente hoy.
—Sí, el presidente va a dar un discurso —dijo la azafata—. Es
muy excitante. Aunque yo no le voté.
—¿Freddy el Firme tiene tanto público en uno de sus discursos.
Tanto mejor. Así podré mezclarme entre la multitud. Esta nave es demasiado
llamativa. Creo que hoy preferiría ser invisible.
Podía sentir el comienzo del agotamiento, y se preguntó cuánto
tiempo pasaría hasta que estuviera extenuada por completo. La doctora
escobariana tenía razón en sus principios, si no en sus deducciones: todavía
había un precio emocional que pagar, hecho un nudo en algún lugar bajo su
estómago.
Los motores de la lanzadera se apagaron, y ella se levantó para
dar las gracias a la sonriente azafata, incómoda.
—N-no habrá un co-comité de re-recepción para mí ahí fuera,
¿verdad? Creo que no podría soportarlo.
—Tendrá ayuda —le aseguró la azafata—. Aquí viene.
Un hombre con un sarong civil entró en la lanzadera, sonriendo
de oreja a oreja.
—¿Cómo se encuentra, capitana Naismith? Soy Philip Gould,
secretario de prensa del presidente.
Cordelia se quedó de una pieza. Secretario de prensa era un
cargo a nivel ministerial.
—Es un honor conocerla.
Ella vaciló.
—N-no pla-planearán algún ti-tipo de espectáculo ahí fuera, ¿no?
Qui-quiero irme a casa.
—Bueno, el presidente ha planeado un discurso. Y tiene algo para
usted —dijo él, tranquilizador—. De hecho, esperaba poder hacer varios
discursos con usted, pero podremos discutir eso más tarde. La verdad es que no
esperábamos que la Heroína de Escobar sufriera miedo escénico, pero hemos
preparado unas palabras para usted. La acompañaré en todo momento y la ayudaré
con las entradas, y con la prensa. —Le pasó un visor manual—. Intente parecer
sorprendida cuando salga de la lanzadera.
—Estoy sorprendida. —Cordelia ojeó rápidamente el guión—.
¡E-esto es una sa-sarta de mentiras!
Él pareció preocupado.
—¿Siempre ha tenido ese pequeño defecto en el habla? —preguntó
con cautela.
—N-no, es mi souvenir del servicio psíquico escobariano, y la
úl-última guerra. ¿A qu-quién se le ha o-ocurrido esta basura, por cierto?
La línea que le había llamado particularmente la atención se
refería al «cobarde almirante Vorkosigan y su grupo de rufianes».
—Vorkosigan es el hombre más valiente que he conocido en mi
vida.
Gould la agarró con firmeza por el brazo y la guió hasta la
compuerta de la lanzadera.
—Tenemos que salir ya, para entrar a tiempo en el holovid. Tal
vez pueda saltarse esa línea, ¿de acuerdo? Ahora, sonría.
—Quiero ver a mi madre.
—Está con el presidente. Allá vamos.
Salieron del tubo de la compuerta a una turba de hombres,
mujeres y equipo. Todos empezaron a hacer preguntas a gritos al unísono.
Cordelia empezó a temblar, de arriba abajo, en oleadas que comenzaban en la
boca del estómago y se extendían.
—No conozco a nadie —le susurró a Gould.
—Siga caminando —respondió él, con la sonrisa clavada en la
cara. Subieron a una tribuna montada en la grada que asomaba al gran salón del
espaciopuerto. El salón estaba repleto de gente pintoresca en un ambiente
festivo. Se nublaron ante los ojos de Cordelia. Vio por fin un rostro familiar,
su madre, sonriendo y llorando, y cayó en sus brazos, para deleite de la prensa
que grabó la escena a placer.
—Sácame de aquí lo más rápido que puedas —susurró Cordelia
desesperada al oído de su madre—. Estoy a punto de perder los estribos.
Su madre la miró, sin comprender, todavía sonriendo. Su lugar
fue ocupado por el hermano de Cordelia, su familia se encontraba apiñada
nerviosa y orgullosamente tras él, mirándola con ojos que, según le pareció, la
devoraban.
Divisó a su tripulación, todos vestidos con los nuevos
uniformes, de pie junto a algunos miembros del Gobierno. Parnell le hizo un
gesto positivo con los pulgares, sonriendo como un demente. La arrastraron a un
podio con el presidente de la Colonia Beta.
Freddy el Firme le pareció más grande que la vida a sus ojos
confusos, alto y sonriente. Tal vez por eso daba tan bien en el holovid. Le
agarró la mano y la sostuvo, para alegría de la multitud. Ella se sintió como
una idiota.
El presidente dio bien su discurso, sin usar ni una sola vez el
chivato. Estaba lleno de la jerga patriótica que tanto había intoxicado el
lugar cuando ella partió, y ni una sola palabra entre una docena tocaba la
verdad ni siquiera desde el punto de vista betano. Se dirigió gradualmente y
con perfecta teatralidad hacia la medalla. El corazón de Cordelia empezó a
latir con fuerza al darse cuenta. Trató desesperadamente de no enterarse y se
volvió hacia el secretario de prensa.
—¿Todo esto es por mi tri-tripulación, por los espejos de
plasma?
—Ellos ya tienen las suyas. —¿Iba a dejar de sonreír alguna
vez?— Ésta es para usted.
—Y-ya veo.
Por lo que parecía, la medalla era para recompensar su valiente
asesinato del almirante Vorrutyer. Freddy el Firme evitó la palabra asesinato,
así como términos más burdos como «matanza» y «muerte», y optó por frases más
correctas como «librar al universo de una víbora de iniquidad».
El discurso se fue acercando a su fin, y el presidente, con su
propia mano, le pasó sobre la cabeza la chispeante medalla con su pintoresco
lazo, el más alto honor de la Colonia Beta. Gould la situó delante de la
tribuna y le indicó las brillantes letras verdes del chivato que flotaban
veloces en el aire ante sus ojos.
—Empiece a leer —susurró.
—¿Estoy en el aire? Oh. Uh... Pueblo de la Colonia Beta, mi
amado hogar. —Eso era cierto, hasta ahí—. Cuando os dejé para enfrentarme a la
a-amenaza de la tiranía de Barrayar que asolaba a nuestra amiga y aliada
Escobar, fue sin saber que el destino me llevaría a enfrentarme a un de-destino
más no-noble.
Fue aquí donde se desvió del guión, y se notó irse sin remedio,
como un barco condenado que se hunde bajo las olas.
—No veo qué tiene de no-noble ma-matar a ese gilipollas sádico
de Vorrutyer. Y no aceptaría una medalla por a-asesinar a un hombre
de-desarmado ni aunque lo hubiera hecho.
Se sacó la medalla por encima de la cabeza. El lazo se le quedó
enganchado en el pelo, y lo soltó de un tirón, airada, dolorosamente.
—Por última vez, yo no maté a Vorrutyer. Uno de sus propios
hombres lo hizo. Lo agarró por detrás y le cortó la garganta de oreja a oreja.
Yo estaba allí, maldición. Se desangró encima de mí. La prensa de ambas partes
os está contando mentiras sobre esa es-estúpida guerra. ¡Mal-malditos voyeurs!
Vorkosigan no estaba a cargo del campamento de prisioneras cuando tuvieron
lugar las atrocidades. En cu-cuanto estuvo al mando las detuvo. Fu-fusiló a uno
de sus propios oficiales sólo para alimentar vuestra se-sed de venganza, y le
costó su honor, puedo asegurarlo.
El sonido de la tribuna se cortó bruscamente. Cordelia se volvió
hacia Freddy el Firme, con la visión nublada por lágrimas de furia, y le lanzó
la medalla con la fuerza de su brazo.
No llegó a alcanzarlo en la cabeza y cayó chispeando hacia la
multitud.
Le agarraron los brazos por detrás. Eso disparó en ella algún
reflejo enterrado, y pataleó frenéticamente.
Si el presidente no hubiera intentado esquivarla, no habría
pasado nada. Pero la punta de su bota lo alcanzó en la entrepierna con perfecta
precisión no planificada. La boca de Freddy el Firme dibujó una O muda y cayó
detrás de la tribuna.
Cordelia, hiperventilando incontrolablemente, empezó a gritar
cuando una docena de guardias más la agarraron por los brazos, la cintura, las
piernas.
—¡P-por favor, no me vuelvan a encerrar! No podría soportarlo.
¡Sólo quería ir a casa! ¡Aparte esa maldita ampolla! ¡No! ¡No! ¡Nada de drogas,
por favor! ¡Lo siento!
La sacaron a rastras, y el acontecimiento mediático del año se
vino abajo igual que Freddy el Firme.
Inmediatamente después, la llevaron a una habitación tranquila:
uno de los despachos administrativos del espaciopuerto. El médico personal del
presidente llegó al cabo de un rato y se hizo cargo de la situación.
Ordenó salir a todo el mundo excepto a la madre de Cordelia, y
le permitió que recuperara el autocontrol manteniéndose apartado. Cordelia
tardó casi una hora en dejar de llorar. La vergüenza y la furia dejaron de
alternarse por fin, y pudo sentarse y hablar con voz ronca, como si tuviera un
resfriado.
—Por favor, pídale disculpas al presidente en mi nombre. Si me
hubieran advertido, o me hubieran preguntado primero. N-no estoy en muy
bu-buena forma ahora mismo.
—Tendríamos que habernos dado cuenta —dijo el médico con
tristeza—. Su experiencia, después de todo, ha sido mucho más personal que la
experiencia habitual de los soldados. Somos nosotros quienes tenemos que pedir
disculpas por someterla a una tensión innecesaria.
—Creíamos que sería una sorpresa agradable —añadió su madre.
—Fue una sorpresa, sí. Sólo que espero que no acabe conmigo
encerrada en una celda acolchada. Estoy un poco harta de celdas en este
momento.
Esa idea le tensó la garganta, y respiró con cuidado para volver
a calmarse.
Se preguntó dónde estaría Vorkosigan en aquel momento, qué
estaría haciendo.
Emborracharse era algo que le parecía cada vez más atractivo, y
deseó estar con él, haciéndolo. Se frotó el puente de la nariz con dos dedos,
masajeando la tensión.
—¿Se me permite irme a casa ya?
—¿Sigue habiendo una multitud ahí fuera? —preguntó su madre.
—Me temo que sí. Trataremos de hacer que se marchen.
Con el médico a un lado y su madre al otro, Cordelia recordó el
beso de Vorkosigan durante el largo trayecto hasta el vehículo de tierra
familiar. La multitud todavía los acosaba, pero de manera respetuosa,
silenciosa, casi asustada, un gran contraste con su anterior ambiente festivo.
Cordelia lamentó haberles estropeado la fiesta.
También había una multitud cerca del apartamento de su madre, en
el vestíbulo junto a los tubos elevadores, e incluso en el pasillo ante su
puerta. Cordelia sonrió y saludó un poco, con cautela, pero se negó con la
cabeza a responder las preguntas, pues no confiaba en hablar coherentemente.
Lograron abrirse paso y cerraron la puerta por fin.
—¡Fiuuuu! Supongo que sus intenciones eran buenas, pero ¡Dios
mío... siento como si me quisieran comer viva!
—Hay mucha excitación por causa de la guerra, y la Fuerza
Expedicionaria... cualquiera que lleve el uniforme azul recibe tratamiento de
estrella. Y cuando los prisioneros llegaron a casa, y tu historia se hizo
pública... menos mal que ya sabía que estabas a salvo. ¡Mi pobrecita niña!
Cordelia recibió otro abrazo, y lo agradeció.
—Bueno, eso explica de dónde salen tantas tonterías. Es un rumor
descabellado. Los barrayareses lo iniciaron y todo el mundo se lo tragó. No
pude detenerlo.
—¿Qué te hicieron?
—Me siguieron a todas partes, molestándome con ofertas de
terapia... pensaban que los barrayareses habían estado manipulando mi
memoria... Oh, ya veo. Te refieres a lo que me hicieron los barrayareses. Poca
cosa. A Vo-Vorrutyer le habría gustado, pero tuvo ese accidente antes de
empezar. —Decidió no preocupar a su madre con los detalles—. Pero pasó algo
importante —vaciló—. Me encontré otra vez con Aral Vorkosigan.
—¿Ese hombre horrible? Me pregunté, cuando oí su nombre en las
noticias, si era el mismo tipo que mató a tu teniente Rosemont el año pasado.
—No. Sí. Quiero decir que él no mató a Rosemont, lo hizo uno de
sus hombres. Pero es el mismo.
—No comprendo por qué le tienes tanta simpatía.
—Deberías estarle agradecida. Me salvó la vida. Me escondió en
su camarote durante los dos días siguientes a la muerte de Vorrutyer. Si me
hubieran capturado antes del cambio en el mando, me habrían ejecutado por ello.
Su madre parecía más preocupada que apreciativa.
—¿Te... te hizo algo?
La pregunta estaba llena de una ironía imposible de responder.
Cordelia no se atrevió a hablarle siquiera a su madre de la intolerable carga
de verdad que él había depositado sobre ella. Su madre malinterpretó la
expresión atormentada de su rostro.
—Oh, querida. Lo siento muchísimo.
—¿Eh? No, maldición. Vorkosigan no es ningún violador. Tiene esa
cosa con respecto a los prisioneros... No los tocaría ni con un palo. Me
pidió... —Se calló y contempló la amable, preocupada y amorosa muralla del
rostro de su madre—. Hablamos mucho. Es buena gente.
—No tiene muy buena reputación.
—Sí, ya lo he visto. Son todo mentiras.
—¿Entonces... no es un asesino?
—Bueno... —Cordelia vaciló—. Ha ma-matado gente, supongo. Es
soldado, ya sabes. Es su oficio. No se puede evitar. Sólo tres de sus víctimas
no fueron por deber.
—¿Sólo tres? —repitió su madre débilmente. Hubo una pausa—.
¿Entonces no es un, ejem, criminal sexual?
—¡Desde luego que no! Aunque supongo que pasó por una fase
bastante extraña, después de que su esposa se suicidara... No creo que sepa
cuánto sé del asunto, y no es que ese maniaco de Vorrutyer sea fiable como
fuente de información, aunque estuviera allí. Sospecho que en parte es verdad,
al menos lo de su relación. Vorrutyer estaba claramente obsesionado con él. Y
Aral fue muy poco explícito cuando le pregunté al respecto.
Al ver el rostro asombrado de su madre, Cordelia pensó que era
una suerte que no hubiera querido ser abogada defensora. Todos mis clientes
estarían en terapia eternamente.
—Tiene mucho más sentido si lo conoces en persona —dijo,
esperanzada.
La madre de Cordelia se rió, insegura.
—Desde luego, parece que te ha hechizado. ¿Qué tiene entonces?
¿Conversación? ¿Buen físico?
—No estoy segura. Casi siempre habla de los políticos de
Barrayar. Dice que les tiene aversión, pero más bien me parece una obsesión.
»No puede dejarlos en paz ni cinco minutos. Es como si los
llevara dentro.
—¿Es un... tema muy interesante?
—Es horrible —dijo Cordelia sinceramente—. Sus historias te
pueden mantener despierta durante semanas.
—No puede ser por su físico —suspiró su madre—. He visto un
holovid suyo en las noticias.
—Oh, ¿lo grabaste? —preguntó Cordelia, interesada al instante—.
¿Dónde está?
—Estoy segura de que hay algo en los archivos vid —concedió su
madre, mirándola de hito en hito—. Pero de verdad, Cordelia... tu Reg Rosemont
era diez veces más guapo.
—Supongo que sí —reconoció Cordelia—, según cualquier valoración
objetiva.
—¿Entonces qué tiene ese hombre?
—No lo sé. Las virtudes de sus vicios, tal vez. Valor. Fuerza.
Energía. Tiene poder sobre la gente. No liderazgo exactamente aunque eso
también. O lo adoran o lo odian a muerte. El hombre más extraño que he conocido
jamás sentía por él las dos cosas a la vez. Pero nadie se queda dormido cuando
él está cerca.
—¿Y tú en qué categoría entras, Cordelia? —preguntó su madre,
divertida.
—Bueno, no lo odio. No puedo decir tampoco que lo adore.
Hizo una larga pausa y alzó la cabeza para mirar a su madre a
los ojos.
—Pero cuando él se corta, yo sangro.
—Oh —dijo su madre, poniéndose pálida. Su boca sonrió, sus ojos
parpadearon, y se dedicó con vigor innecesario a arreglar las escasas pertenencias
de Cordelia.
La cuarta tarde de su permiso, el comandante en jefe de Cordelia
trajo consigo una visita preocupante.
—Capitana Naismith, ésta es la doctora Mehta, del Servicio
Médico de la Fuerza Expedicionaria —presentó el comodoro Tailor.
La doctora Mehta era una mujer delgada y de piel bronceada
aproximadamente de la misma edad que Cordelia, con el pelo negro peinado hacia
atrás, fría y aséptica con su uniforme azul.
—Otra psiquiatra no —suspiró Cordelia. Los músculos de la nuca
se le agarrotaron. Más interrogatorios, más retorcimientos, más evasivas,
telarañas de mentiras cada vez más temblorosas para cubrir los agujeros en su
historia en donde habitaban las amargas verdades de Vorkosigan...
—Los informes de la comodoro Sprague finalmente han llegado para
engrosar su archivo, aunque parece que un poco tarde. —Tailor apretó los
labios—. Horrible. Lo siento. Si los hubiéramos recibido antes, habríamos
podido ahorrarle lo de la semana pasada. A usted y a todo el mundo.
Cordelia se ruborizó.
—No quería darle una patada. Tropezó conmigo. No volverá a
suceder.
El comodoro Tailor reprimió una sonrisa.
—Bueno, yo no voté por él. Freddy el Firme no es mi principal
preocupación. Aunque —se aclaró la garganta—, se ha tomado un interés personal
en su caso. Ahora es usted una figura pública, le guste o no.
—Oh, tonterías.
—No es ninguna tontería. Tiene usted una obligación.
¿Por boca de quién hablas, Bill?, pensó Cordelia. Esto no es
cosa tuya. Se frotó la nuca.
—Creí que me habían relevado de todas mis obligaciones. ¿Qué más
quieren de mí?
Tailor se encogió de hombros.
—Se pensó... me dieron a entender... que podría tener usted
futuro como portavoz del... del Gobierno. Debido a su experiencia de guerra.
Una vez que se recupere.
Cordelia esbozó una mueca.
—Se hacen extrañas ilusiones sobre mi carrera como soldado.
Mire... en lo que a mí respecta, Freddy el Firme puede ponerse medias e ir a
pedir el voto hermafrodita en Quartz. Pero yo no vo-voy a representar el papel
de... de una vaca propagandística, para que me ordeñe cualquier partido. Tengo
aversión a la política, por citar a un amigo.
—Bueno... —Él se encogió de hombros, como si también hubiera
rechazado un deber, y continuó con más firmeza—: Sea como sea, hacer que se
recupere para cumplir con su deber una vez más es preocupación mía.
—Estoy... estaré bien, después de mi-mi mes de permiso. Sólo
necesito un descanso. Quiero volver a Exploración.
—Y podrá hacerlo. En cuanto reciba el alta médica.
—Oh. —Cordelia tardó unos instantes en captar las implicaciones
de aquello—. Oh, no... espere un minuto. Tuve un pequeño pro-problema con la
doctora Sprague. Una mujer muy agradable, su razonamiento era sensato, pero sus
premisas eran equivocadas.
El comodoro Tailor la miró apenado.
—Creo que lo mejor será que la deje en manos de la doctora
Mehta. Ella se lo explicará todo. Cooperará con ella, ¿verdad, Cordelia?
Cordelia hizo una mueca, helada.
—Permítame que lo deje claro. Lo que me están diciendo es que,
si no puedo contentar a mi loquero, nunca volveré a poner un pie en una nave de
Exploración. Ni puesto de ma-mando... ni trabajo.
—Es... una forma muy brusca de expresarlo. Pero ya sabe que para
trabajar en Exploración, con pequeños grupos de personas aisladas juntas
durante largos periodos de tiempo, los perfiles psíquicos son de absoluta
importancia.
—Sí, lo sé... —Forzó sus labios a ofrecer una sonrisa—.
Co-cooperaré. Cla-claro.
13
—Bien —dijo la doctora Mehta, colocando su caja sobre una mesa
del apartamento de los Naismith—, esto es un método de monitorización en
absoluto molesto. No sentirá usted nada, no le hará nada, excepto darme a mí
las pistas sobre qué temas son de importancia subconsciente para usted. —Hizo
una pausa para tragar una cápsula, y añadió—: Alergia. Discúlpeme. Considérelo
como un zahorí emocional en busca de las corrientes enterradas de la
experiencia.
—Para decirle dónde tiene que cavar el pozo, ¿eh?
—Exactamente. ¿Le importa si fumo?
—Adelante.
Mehta encendió un cigarrillo aromático y lo depositó con
desenfado en un cenicero que había traído consigo. El humo revoloteó hacia
Cordelia; ella entornó los ojos al percibir su olor acre. Una extraña
perversión para una doctora, pensó; bueno, todos tenemos nuestras debilidades.
Miró la caja, conteniendo su irritación.
—Empecemos por una base de datos —dijo Mehta—. Julio.
—¿Se supone que tengo que decir agosto o algo?
—No, no es un test de asociación libre: la máquina hará el
trabajo. Pero puede hacerlo, si lo desea.
—Está bien.
—Doce.
Apóstoles, pensó Cordelia. Huevos. Días de navidad.
—Muerte.
Nacimiento, pensó Cordelia. Esos barrayareses de clase alta lo
depositan todo en sus hijos. Nombre, propiedades, cultura, incluso su
continuidad en el Gobierno. Una gran carga, no era extraño que los niños se
encogieran y retorcieran bajo su peso.
—Nacimiento.
Muerte, pensó Cordelia. Un hombre sin hijos es allí un fantasma
ambulante, sin ninguna participación en su futuro. Y cuando el Gobierno falla,
pagan el precio con las vidas de sus hijos. Cinco mil.
Mehta movió el cenicero un poco a la izquierda. No sirvió de
nada: el malestar empeoró, de hecho.
—Sexo.
Poco probable, estando yo aquí y él allí...
—Diecisiete.
Contenedores, pensó Cordelia. Me pregunto cómo les irá a esos
pobres y desesperados fragmentos de vida.
La doctora Mehta frunció el ceño ante sus indicadores,
dubitativa.
—¿Diecisiete? —repitió.
Dieciocho, pensó Cordelia firmemente. La doctora Mehta tomó
nota.
—Almirante Vorrutyer.
Pobre sapo sacrificado. Sabes, creo que dijiste la verdad: debió
de amar a Aral una vez, para odiarlo tanto. Me pregunto qué te hizo. Te
rechazó, probablemente. Yo podría comprender ese dolor. Tenemos algo en común
después de todo, tal vez...
Mehta ajustó otro dial, frunció de nuevo el ceño, lo volvió.
—Almirante Vorkosigan.
Ah, amor, seamos sinceros el uno con el otro... Cordelia se
concentró en el uniforme azul de Mehta. Obtendría un géiser si excavaba allí.
Probablemente ya lo sabe, está tomando otra nota...
Mehta miró su cronómetro, y se inclinó hacia delante con gran
atención.
—Hablemos del almirante Vorkosigan.
Mejor no, pensó Cordelia. Dijo:
—¿Qué pasa con él?
—Trabaja mucho en su sección de Inteligencia, ¿lo sabe?
—No lo creo. Su especialidad principal parece ser la de táctico
de Estado Mayor... cuando no está en patrulla de servicio.
—El Carnicero de Komarr.
—Eso es una maldita mentira —dijo Cordelia automáticamente, y
deseó de inmediato no haber hablado.
—¿Quién le ha dicho eso? —preguntó Mehta.
—Él.
—Él. Ah.
Ya te daré yo a ti por ese «Ah». No. Cooperación. Calma. Me
siento tranquila... Desearía que esta mujer dejara de fumar o apagara esa cosa.
Me pican los ojos.
—¿Qué prueba le ofreció?
Ninguna, advirtió Cordelia.
—Su palabra, supongo. Su honor.
—Bastante intangible. —Tomó nota otra vez—. ¿Y le creyó usted?
—Sí.
—¿Por qué?
—Parecía... coherente con lo que vi de su carácter.
—Fue usted prisionera suya durante seis días en aquella misión
de Exploración, ¿verdad?
—Eso es.
Mehta dio un golpecito con su lápiz óptico y dijo «mm», de modo
ausente, mirando a través de ella.
—Parece bastante convencida de la sinceridad de ese Vorkosigan.
¿No cree que le haya mentido nunca, entonces?
—Bueno... sí, pero después de todo, yo era una oficial enemiga.
—Sin embargo, parece aceptar sus palabras sin cuestionar nada.
Cordelia trató de explicarse.
—La palabra de un hombre es en Barrayar algo más que una vaga
promesa, al menos para los tipos a la antigua usanza. Cielos, es incluso la
base de su gobierno, juramentos de fidelidad y todo eso.
Mehta silbó sin sonido.
—¿Aprueba usted su forma de gobierno ahora?
Cordelia se agitó, incómoda.
—No exactamente. Estoy empezando a comprenderla un poco, eso es
todo. Podría funcionar, supongo.
—Así que ese asunto de la palabra de honor... ¿cree que él nunca
la rompe?
—Bueno...
—La rompe, entonces.
—Lo he visto hacerlo. Pero el coste fue enorme.
—La rompe por un precio, entonces.
—Por un precio no. A un coste.
—No soy capaz de ver la diferencia.
—Un precio es por algo que obtienes. Un coste es algo que
pierdes. Él perdió... mucho, en Escobar.
La conversación derivaba hacia terreno peligroso. Tengo que
cambiar de tema, pensó Cordelia, adormilada. O echar una siestecita... Mehta
volvió a mirar la hora, y estudió intensamente el rostro de Cordelia.
—Escobar —dijo Mehta.
—Aral perdió su honor en Escobar, ¿sabe? Dijo que iba a irse a
casa y a emborracharse después. Escobar le rompió el corazón, creo.
—Aral... ¿lo llama usted por ese nombre?
—Él me llama «querida capitana». Siempre me pareció gracioso.
Muy revelador, en cierto modo. Me considera una mujer soldado. Vorrutyer tenía
razón otra vez: creo que soy la solución a una dificultad que tiene. Me
alegro...
La habitación empezaba a caldearse. Cordelia bostezó. Los
anillos de humo se enroscaban como tentáculos a su alrededor.
—Soldado.
—Él quiere a sus soldados, ¿sabe? De verdad. Está lleno de ese peculiar
patriotismo barrayarés. Todo el honor para el emperador. El emperador apenas
parece merecedor de ello...
—Emperador.
—Pobre cretino. Atormentado como Bothari. Tal vez igual de loco.
—¿Bothari? ¿Quién es Bothari?
—Habla con demonios. Los demonios le responden. Le gustaría
Bothari. A Aral le gusta. Y a mí. Es un buen tipo para tenerlo al lado en el
próximo viaje al infierno. Habla su idioma.
Mehta frunció el ceño, volvió a tocar los diales, y dio un
golpecito a su pantalla de lectura con una larga uña. Retrocedió.
—Emperador.
Cordelia apenas podía mantener los ojos abiertos. Mehta encendió
otro cigarrillo y lo colocó junto a la colilla del primero.
—El príncipe... —dijo Cordelia. No podía hablar del príncipe...
—El príncipe —repitió Mehta.
—No puedo hablar del príncipe. Esa montaña de cadáveres...
—Cordelia entornó los ojos ante el humo. El humo... el extraño y acre humo de
los cigarrillos, encendidos y nunca llevados a la boca...
—Me está usted... drogando... —Su voz se apagó en un extraño
aullido, y se tambaleó hasta ponerse en pie. El aire era como pegamento. Mehta
se inclinó hacia delante, los labios entreabiertos en un gesto de
concentración. Luego saltó de la silla y retrocedió sorprendida mientras la
otra mujer se abalanzaba hacia ella.
Cordelia barrió la grabadora de la mesa y le cayó encima cuando
chocó con el suelo, golpeándola con la mano derecha, la mano buena.
—¡No hablaré! ¡No más muertes! ¡No puede obligarme! A la
mierda... no podrá conseguirlo, lo siento, perro guardián, recuerda cada
palabra, lo siento, lo fusiló, por favor, hábleme, por favor, déjeme salir, por
favor déjeme salir, porfavordejemesalir...
Mehta intentaba levantarla del suelo, hablando
tranquilizadoramente. Cordelia captó retazos mezclados con su propia cháchara.
—... no puede hacer eso... reacción idiosincrática... muy
habitual. Por favor, capitana Naismith, tiéndase...
Algo destelló en la mano de Mehta. Una ampolla.
—¡No! —gritó Cordelia, tendiéndose de espaldas y pataleando. La
alcanzó. La ampolla salió volando hasta perderse bajo una mesa—. Nada de
drogas, nada de drogas, no no no...
Mehta estaba verdosa.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! Pero tiéndase... eso es, así...
Salió corriendo para poner el aire acondicionado a máxima
potencia, y apagó el segundo cigarrillo. El ambiente se despejó rápidamente.
Cordelia se tumbó en el sofá, recuperando el aliento y
temblando. Tan cerca, había estado tan cerca de traicionarlo... y ésta era sólo
la primera sesión. Gradualmente empezó a sentirse más refrescada y más
despejada.
Se sentó, la cara enterrada en las manos.
—Ha sido un truco sucio —dijo con voz átona.
Mehta sonrió, una sonrisa de plástico que enmascaraba su
excitación.
—Bueno, sí, un poco. Pero ha sido una sesión enormemente
productiva. Mucho más de lo que esperaba.
Apuesto a que sí, pensó Cordelia. Disfrutaste de mi actuación,
¿verdad? Mehta estaba arrodillada en el suelo, recogiendo piezas de la
grabadora.
—Lamento lo de su máquina. No sé qué me ha pasado. ¿He... he
destruido los resultados?
—Sí, debería haberse quedado dormida. Extraño. Y no. —Triunfal,
sacó un cartucho de datos del destrozo y lo colocó con cuidado sobre la mesa—.
No tendrá que pasar otra vez por esto. Todo está aquí. Muy bien.
—¿Y qué ha encontrado? —preguntó Cordelia secamente, controlando
su tensión.
Mehta la observó con fascinación profesional.
—Es usted sin duda el caso más fascinante que he tratado jamás.
Pero esto debería despejar su mente de cualquier duda sobre si los barrayareses
han, ah, reorganizado violentamente su pensamiento. Sus indicadores
prácticamente se han salido de la escala. —Asintió con conocimiento.
—¿Sabe? No es que me entusiasmen sus métodos. Tengo una aversión
particular a que me droguen contra mi voluntad. Creía que esas cosas eran
ilegales.
—Pero necesarias, a veces. Los datos son mucho más puros si el
sujeto no es consciente de la observación, Se considera suficientemente ético
si se obtiene un permiso a posteriori.
—Permiso a posteriori, ¿eh? —rezongó Cordelia. El miedo y la
furia se enroscaron en una doble hélice por su columna dorsal, apretando cada
vez más. Con esfuerzo, mantuvo la sonrisa, sin dejar que se convirtiera en una
mueca—. Es un concepto legal en el que nunca había pensado. Parece... casi
propio de Barrayar. No la quiero en mi caso —añadió bruscamente.
Mehta tomó nota y alzó la cabeza, sonriente.
—No es una declaración emocional —recalcó Cordelia—. Es una
exigencia legal. Rehúso cualquier nuevo tratamiento por su parte.
Mehta asintió, comprensiva. ¿Era sorda esa mujer?
—Enormes progresos —dijo feliz—. No esperaba descubrir la
defensa de aversión hasta dentro de una semana.
—¿Qué?
—No esperaba que los barrayareses hubieran trabajado tanto con
usted y por tanto no plantó defensas alrededor, ¿no? Claro que se siente
hostil. Pero recuerde, ésos no son sus sentimientos. Mañana trabajaremos en
ello.
—¡Ah, no, nada de eso! —Los músculos de su cuero cabelludo
estaban tensos como alambres. Le dolía ferozmente la cabeza—. ¡Está despedida!
Mehta parecía ansiosa.
—¡Oh, excelente!
—¿No me ha oído? —vociferó Cordelia. ¿De dónde salía aquel
alarido quejumbroso en su voz? Calma, calma...
—Capitana Naismith, le recuerdo que no somos civiles. Ésta no es
la típica relación legal médico-paciente; ambas nos debemos a una disciplina
militar, y perseguimos, según tengo motivos para creer, un fin militar... No
importa. Basta con decir que usted no me ha contratado y que no puede
despedirme. Hasta mañana, entonces.
Cordelia permaneció sentada durante horas después de que se
marchara, contemplando la pared y haciendo oscilar las piernas con golpes
ausentes contra el costado del sofá, hasta que su madre llegó a casa con la
cena. Al día siguiente dejó el apartamento temprano y dio un paseo al azar por
la ciudad, y no regresó hasta por la noche, muy tarde.
Esa noche, en su cansancio y soledad, se sentó a escribir su
primera carta a Vorkosigan. Rompió a la mitad el primer borrador, cuando se dio
cuenta de que su correo probablemente sería leído por otros ojos, quizá los de
Illyan. El segundo borrador fue más neutral. Lo escribió a mano, en papel, y
como estaba sola lo besó antes de sellarlo, y luego sonrió sin alegría por
haberlo hecho. Enviar una carta en papel a Barrayar costaba mucho más que una
electrónica, pero él la apreciaría, como ella. Era lo más cercano a una caricia
que podían conseguir.
A la mañana siguiente Mehta la llamó temprano a la comconsola
para decirle a Cordelia alegremente que podía relajarse; había ocurrido algo y
su sesión de la tarde quedaba cancelada. No hizo ninguna referencia a la
escapada de Cordelia de la tarde anterior.
Cordelia se sintió aliviada al principio, hasta que empezó a
pensar al respecto. Sólo para asegurarse, volvió a ausentarse de casa. El día
podría haber sido agradable, a excepción de un encontronazo con algunos
periodistas que acechaban en torno al apartamento, y el descubrimiento a media
tarde de que la seguían dos hombres con sarong civil muy sospechosos. Los
sarongs eran la última moda del año anterior; aquel año era la pintura corporal
exótica y caprichosa. Cordelia, vestida con su viejo uniforme pardo de
Exploración los perdió colándose en un sensoespectáculo porno. Pero volvieron a
aparecer más tarde cuando visitaba el Zoo de Silicio.
A la hora que Mehta señaló, la tarde siguiente, llamaron a la
puerta. Cordelia se levantó a abrirla, reacia. ¿Cómo voy a enfrentarme a ella
hoy?, se preguntó. Me estoy quedando sin inspiración. Estoy tan cansada...
El estómago se le vino a los pies. ¿Y ahora qué? En la puerta
estaban Mehta, el comodoro Tailor y un fornido tecnomed. Este tipo, pensó
Cordelia, observándolo, sí que parece capaz de manejar a Bothari. Retrocediendo
un poco, los dejó entrar en el saloncito de su madre, quien se retiró a la
cocina a preparar café.
El comodoro Tailor se sentó y se aclaró nervioso la garganta.
—Cordelia, tengo que decirle algo que me temo será un poco
doloroso.
Cordelia se sentó sobre el brazo de un sillón e hizo oscilar la
pierna de un lado a otro, mostrando los dientes con lo que esperaba que fuera
una sonrisa apacible.
—Si-sigue con el trabajo sucio, ¿eh? Una de las alegrías del
mando. Adelante.
—Vamos a tener que pedirle que acceda a ser hospitalizada para
ser sometida a nueva terapia.
¡Santo Dios, allá vamos! Los músculos de su vientre temblaron
bajo la camisa; era una camisa suelta, tal vez no se dieran cuenta.
—¿Sí? ¿Por qué? —preguntó con indiferencia.
—Nos tememos... nos tememos muy mucho que la programación mental
a la que la sometieron los barrayareses fue mucho mas extensa de lo que nadie
esperaba. Nosotros creemos, de hecho... —Hizo una pausa y tomó aliento—. Han
intentado convertirla en su agente.
¿Era un «nosotros» editorial o imperial, Bill?
—¿Lo intentaron o tuvieron éxito?
—Nuestra opinión está dividida en ese...
Advertid, niños, cómo evita capciosamente el uso del «yo» de la
responsabilidad personal; sugiere el peor «nosotros» de todos, el «nosotros»
culpable... ¿Qué demonios están planeando?
—... pero esa carta que envió usted anteayer al almirante
barrayarés, Vorkosigan... Pensamos que debería tener una oportunidad para
explicarse, primero.
—Y-ya veo.
¡Se han atrevido!
—No es una ca-carta oficial. ¿Cómo podría serlo? Saben que
Vorkosigan está retirado ahora. Pero tal vez —su mirada taladró a Tailor—,
puedan explicarme con qué derecho están interceptando y leyendo mi correo
privado.
—Emergencia de seguridad. Por la guerra.
—La guerra ha terminado.
Él pareció incómodo por eso.
—Pero el espionaje continúa.
Probablemente era cierto. Ella se había preguntado a menudo cómo
llegó a enterarse Ezar Vorbarra de la existencia de los espejos de plasma, que
hasta la guerra era el secreto armamentístico mejor guardado del arsenal
betano. Su pie daba golpecitos nerviosamente. Lo detuvo.
—Mi carta. —Mi corazón, en papel, el papel envuelve a la
piedra... Mantuvo la voz fría—. ¿Y qué descubrieron por mi carta, Bill?
—Bueno, ése es el problema. Hicimos que nuestros mejores
criptógrafos y nuestros más avanzados programas informáticos trabajaran durante
casi dos días enteros. Analizaron hasta la estructura molecular del papel.
Sinceramente —miró irritado a Mehta—, no estoy convencido de que encontraran
nada.
No, pensó Cordelia, no lo encontrarán. El secreto estaba en el
beso. Algo no sujeto al análisis molecular. Suspiró sombría.
—¿La enviaron, después de terminar?
—Bueno... me temo que no quedó gran cosa.
Las tijeras cortan el papel...
—No soy ninguna agente. Le do-doy mi palabra.
Mehta alzó la cabeza, alerta.
—A mí me cuesta trabajo creerlo —dijo Taylor.
Cordelia trató de sostener su mirada; él apartó la suya. Lo
crees, pensó ella.
—¿Qué pasa si me niego a ser ingresada?
—Entonces, como oficial en jefe, debo ordenarle que lo haga.
Te veré en el infierno primero... no. Debo permanecer tranquila,
seguir hablando, tal vez pueda salir de ésta.
—¿Aunque vaya en contra de mis consideraciones privadas?
—Se trata de un serio asunto de seguridad. Me temo que no admite
consideraciones privadas.
—¡Oh, venga ya! Incluso el capitán Negri ha admitido
consideraciones privadas, según dicen.
Había dicho algo equivocado. La temperatura de la habitación
bajó de golpe.
—¿Cómo conoce al capitán Negri? —dijo Tailor, con voz helada.
—Todo el mundo ha oído hablar del capitán Negri. —Ellos la
estaban mirando—. ¡Oh, ve-venga ya! Si yo fuera una agente de Negri, ustedes
nunca lo sabrían. ¡No es tan inepto!
—Al contrario —dijo Mehta con tono entrecortado—, creemos que es
tan bueno que usted nunca lo sabría.
—¡Chorradas! —dijo Cordelia, disgustada—. ¿Cómo ha llegado a esa
conclusión?
Mehta contestó literalmente.
—Mi hipótesis es que está usted siendo controlada,
inconscientemente, tal vez, por ese siniestro y enigmático almirante
Vorkosigan. Que su programación comenzó durante su primer cautiverio y fue
completada, probablemente, durante la última guerra. Estaba usted destinada a
ser la cabecilla de una nueva red de inteligencia barrayaresa aquí, para
sustituir a la que fue desmantelada. Un topo, tal vez, puesto en su sitio y que
permanecerá desactivado durante años, hasta que se presente una situación
crítica...
—¿Siniestro? —interrumpió Cordelia—, ¿Enigmático? Aral. Me dan
ganas de reír.
Me dan ganas de llorar...
—Obviamente es su control —dijo Mehta, complaciente—. Al parecer
ha sido programada para obedecerle sin discusión.
—No soy un ordenador. —Tump, tump, hizo su pie—. Y Aral es la
única persona que nunca me ha constreñido. Una cuestión de honor, creo.
—¿Ve? —dijo Mehta. A Tailor, no a Cordelia—. Todas las pruebas
señalan en una dirección.
—¡Sólo si se po-pone boca abajo! —chilló Cordelia, nerviosa.
Miró a Tailor—. No tengo que aceptar esa orden. Puedo dimitir de mi puesto.
—No necesitamos su permiso —dijo Mehta fríamente—. Ni siquiera
como civil. Si un pariente accede.
—¡Mi madre nunca permitiría que me hicieran eso!
—Ya lo hemos discutido con ella, en profundidad. Está muy
preocupada por usted.
—Ya ve-veo. —Cordelia se aplacó bruscamente, mirando hacia la
cocina—. Me preguntaba por qué ese café estaba tardando tanto. Conciencia
culpable, ¿eh? —Tarareó una musiquilla entre dientes, luego se detuvo—. Han
hecho ustedes su tarea. Han cubierto todas las salidas.
Tailor consiguió ofrecer una sonrisa tranquilizadora.
—No tiene nada que temer, Cordelia. Tendrá a los mejores
profesionales trabajando para... con...
En, pensó Cordelia.
—... usted. Y cuando acabe, podrá regresar a su antigua vida
como si nada de esto hubiera sucedido jamás.
Borrarme, ¿no? Borrarlo a él... Analizarme hasta la muerte, como
a mi pobre y tímida carta de amor. Le sonrió con tristeza.
—Lo siento, Bill. Tengo la horrible visión de ser pe-pelada como
una cebolla, en busca de las semillas.
Él sonrió.
—Las cebollas no tienen semillas, Cordelia.
—Por eso lo digo —respondió ella con sequedad.
—Y sinceramente —continuó él—, si tiene usted razón y, uh,
nosotros estamos equivocados, la manera más rápida de demostrarlo es
acompañándonos. —Sonrió con la sonrisa de la razón.
—Sí, cierto...
A excepción de aquel pequeño asunto de una guerra civil en
Barrayar... ese pequeño obstáculo, esa piedra, la piedra envuelve al papel...
—Lo siento, Cordelia.
Lo sentía de verdad.
—No importa.
—El plan de los barrayareses es notable —expuso Mehta,
reflexiva—. Ocultar una red de espionaje bajo la tapadera de una historia de
amor. Puede que incluso me la hubiera tragado, si los participantes hubieran
sido más creíbles.
—Sí —reconoció Cordelia cordialmente, rebulléndose por dentro—.
No es de esperar que una mujer de treinta y cuatro años se enamore como una
adolescente. Es un... regalo bastante inesperado a mi edad. Y aún más
inesperado a los cuarenta y cuatro, supongo.
—Exactamente —dijo Mehta, satisfecha con la rápida capacidad de
comprensión de Cordelia—. Un oficial de carrera maduro no es precisamente
materia de romances.
Tailor, tras ellas, abrió la boca como para decir algo, pero
luego la volvió a cerrar. Se miró las manos, meditabundo.
—¿Cree que puede curarme de eso? —preguntó Cordelia.
—Oh, sí.
—Ah.
Sargento Bothari, ¿dónde estás ahora? Demasiado tarde.
—No me deja ninguna opción. Curioso.
Retrásalo, susurró su mente. Busca una oportunidad. Si no puedes
encontrarla, créala. Finge que esto es Barrayar, donde todo es posible.
—¿Hay algún problema si me do-doy una ducha... me cambio de
ropa, hago las maletas? Supongo que será un asunto que irá para largo.
—Por supuesto. —Tailor y Mehta intercambiaron una mirada de
alivio. Cordelia sonrió agradablemente.
La doctora Mehta, sin el tecnomed, la acompañó a su dormitorio.
La oportunidad, pensó Cordelia, mareada.
—Ah, bien —dijo, cerrando la puerta tras la doctora—. Podremos
charlar mientras hago las maletas.
Sargento Bothari... hay un momento para las palabras, y hay un
momento en que incluso las mejores palabras fracasan. Usted era un hombre de
muy pocas palabras, pero no fracasaba. Ojalá lo hubiera entendido mejor.
Demasiado tarde...
Mehta se sentó en la cama, observando a su espécimen, tal vez,
mientras se rebullía bajo su pinza. Su triunfo de deducción lógica. ¿Tiene
planeado escribir un estudio sobre mí, Mehta?, se preguntó Cordelia agriamente.
El papel envuelve la piedra...
Revoloteó por la habitación, abriendo cajones, cerrando
armarios. Allí había un cinturón, dos cinturones, uno de ellos de cadena. Allí
estaban sus tarjetas de identidad, las tarjetas bancarias, el dinero. Fingió no
verlo. Mientras se movía, hablaba. Su cerebro ardía. La piedra aplasta las
tijeras...
—Sabe, me recuerda usted un poco al difunto almirante Vorrutyer.
Los dos quieren abrirme, ver qué me hace patalear. Pero Vorrutyer era más bien
un crío. No tenía ninguna intención de recoger los destrozos después.
»Usted, por otro lado, me abrirá y ni siquiera se divertirá.
Naturalmente, pretende unir las piezas después, pero desde su punto de vista
eso apenas importa. Aral tenía razón respecto a la gente de las habitaciones de
seda verde...
Mehta parecía sorprendida.
—Ha dejado de tartamudear —advirtió.
—Sí... —Cordelia se detuvo ante el acuario, considerándolo con
curiosidad—. Es verdad. Qué extraño.
La piedra aplasta las tijeras...
Quitó la tapa. La vieja náusea familiar de aturdimiento y miedo
le hizo un nudo en el estómago. Caminó hasta colocarse casualmente tras Mehta,
el cinturón de cadena y una camisa en las manos. Debo elegir ahora. Debo elegir
ahora. ¡Debo elegir... ahora!
Dio un salto, envolvió el cinturón en torno al cuello de la
doctora, levantándole los brazos tras la espalda, y asegurándolos dolorosamente
con el otro extremo del cinturón. Mehta emitió un chillido estrangulado.
Cordelia la sujetó por detrás y le susurró al oído:
—Dentro de un momento le permitiré recuperar el aire. Cuánto
tiempo, depende de usted. Está a punto de recibir un cursillo acelerado de las
auténticas técnicas de interrogación de Barrayar. No las aprobaba, pero
últimamente he llegado a comprender que tienen su utilidad... cuando tienes
prisa, por ejemplo.
No puedo dejar que se dé cuenta de que estoy fingiendo. Estoy
fingiendo.
—¿Cuántos hombres ha colocado Tailor alrededor de este edificio,
y cuáles son sus posiciones?
Aflojó un poco la cadena. Mehta, con los ojos espantados de
miedo, se atragantó.
—¡Ninguno!
—Todos los cretenses son unos mentirosos —murmuró Cordelia—.
Bill no es ningún inepto.
Arrastró a la doctora hasta el acuario y le metió la cabeza en
el agua. Se debatió salvajemente, pero Cordelia, más grande, más fuerte, mejor
entrenada, la sujetó con una fuerza furiosa que la sorprendió a ella misma.
Mehta mostró signos de ir a desmayarse. Cordelia la sacó del
agua y le permitió respirar un par de veces.
—¿Quiere revisar sus palabras ya?
Que Dios me ayude, ¿y si esto no funciona? Ahora nunca creerán
que no soy una agente.
—Oh, por favor —jadeó Mehta.
—Muy bien, allá va.
La metió en el acuario otra vez.
El agua se agitó, desbordándose por los lados del acuario,
Cordelia podía ver la cara de Mehta a través del cristal, extrañamente
ampliada, letalmente amarilla en la extraña luz reflejada del fondo. Burbujas
plateadas brotaban de su boca y revoloteaban por su cara. Cordelia se sintió
temporalmente fascinada por ellas. El aire fluye como el agua, bajo el agua,
pensó; ¿hay una estética de la muerte?
—Ahora. ¿Cuántos? ¿Dónde?
—¡No, de verdad!
—Beba un poco más.
En su siguiente inspiración, Mehta jadeó:
—¡No será capaz de matarme!
—Diagnostique, doctora —susurró Cordelia—. ¿Soy una mujer cuerda
haciéndose pasar por loca, o soy una loca fingiendo estar cuerda? ¡Desarrolle
agallas!
Su voz se alzó incontrolablemente. Empujó de nuevo a Mehta al
agua y descubrió que ella misma contenía la respiración. ¿Y si tiene razón y yo
estoy equivocada? ¿Y si soy una agente y no lo sé? ¿Cómo se distingue una copia
del original? La piedra aplasta las tijeras...
Tuvo una visión, los dedos temblando, en la que sujetaba la
cabeza de la mujer bajo el agua hasta que su resistencia se agotaba, hasta que
la inconsciencia se apoderaba de ella y era imposible rescatarla de la muerte
cerebral. Poder, oportunidad, voluntad... no carecía de nada. Así que esto es
lo que Aral sintió en Komarr, pensó. Ahora comprendo... no. Ahora sé.
—¿Cuántos? ¿Dónde?
—Cuatro —croó Mehta. Cordelia se derritió de alivio—. Dos ante
el vestíbulo. Dos en el garaje.
—Gracias —dijo Cordelia, automáticamente cortés; pero su
garganta era apenas una rendija y apretujaba sus palabras hasta convertirlas en
una mancha de sonido—. Lo siento...
No pudo decir si Mehta, lívida, oyó o comprendió. El papel
envuelve la piedra...
La ató y la amordazó como había visto a Vorkosigan hacerle a
Gottyan. La empujó detrás de la cama, donde no pudieran verla desde la puerta.
Se metió en los bolsillos tarjetas bancarias, carnets de identidad, dinero.
Abrió la ducha.
Se acercó de puntillas a la puerta del dormitorio, respirando
entrecortadamente por la boca. Vaciló un minuto, sólo un minuto, para recuperar
la compostura, pero Tailor y el tecnomed se habían ido. A la cocina a por café,
probablemente. No se atrevió a arriesgarse a asomarse para oír sus pasos.
¡No, Dios...! Tailor estaba de pie en la puerta de la cocina,
llevándose una taza de café a los labios. Ella se quedó inmóvil, él se detuvo y
se miraron mutuamente.
Cordelia advirtió que sus ojos debían de ser tan grandes como
los de un animal nocturno. Nunca podía controlar sus ojos.
La boca de Tailor se retorció extrañamente, observándola. Luego,
despacio, alzó la mano izquierda y la saludó. La mano incorrecta, pero con la
otra sujetaba el café. Tomó un sorbo, la mirada fija en el borde de la taza.
Cordelia se puso gravemente firmes, devolvió el saludo y salió
silenciosa del apartamento.
Encontró a un periodista y su vidman en el pasillo, uno de los
más persistentes y molestos, advirtió con terror, el mismo que había expulsado
el día anterior del edificio. Le sonrió, mareada por la ansiedad, como un
paracaidista que salta al aire.
—¿Todavía quiere hacer esa entrevista?
Él picó el anzuelo.
—Tranquilo. Aquí no. Me están vigilando. —Bajó la voz, en tono
conspirador—. El Gobierno ha preparado una tapadera. Lo que sé podría hacer
volar por los aires la Administración. Cosas sobre las prisioneras. Usted
podría... labrarse una reputación.
—¿Dónde, entonces? —Él estaba ansioso.
—¿Qué tal en el espaciopuerto? Tienen un bar tranquilo. Lo
invitaré a una copa, y podremos... planear nuestra campaña.
El tiempo se marcaba en su cerebro. Esperaba que la puerta del
apartamento de su madre se abriera de un momento a otro.
—Pero es peligroso. Hay dos agentes del Gobierno en el vestíbulo
y otros dos en el garaje. Tengo que salir sin que me vean. Si supieran que
estoy hablando con usted, tal vez no tenga una oportunidad para una segunda
entrevista. Nada espectacular: sólo una tranquila desaparición en la noche, y
un rumor sobre «pruebas médicas». ¿Sabe lo que quiero decir?
Estaba bastante segura de que no: sus noticias en los medios
trataban principalmente de fantasías sexuales, pero pudo ver la visión de la
gloria periodística creciendo en su rostro.
Él se volvió hacia el vidman.
—Jon, dale tu chaqueta, tu sombrero y tu holovid.
Ella se recogió el pelo por dentro del sombrero de ala ancha,
ocultó su uniforme bajo la chaqueta, y cargó con el vid. Subieron en el tubo
elevador hasta el garaje.
Había dos hombres con uniformes azules esperando junto a la
salida. Cordelia se colocó el vid al hombro, medio ocultando su rostro con el
brazo, cuando pasaron ante ellos camino del vehículo de tierra del periodista.
En el bar del espaciopuerto ella pidió las bebidas y le dio un
largo sorbo a la suya.
—Ahora mismo vuelvo —prometió, y lo dejó allí sentado con el
licor sin pagar delante.
La siguiente parada fue el ordenador de los billetes. Pulsó
solicitando el horario. No salían naves de pasajeros con destino a Escobar
durante al menos seis horas. Demasiado tiempo. El espaciopuerto sería sin duda
uno de los primeros sitios donde buscarían. Una mujer con el uniforme del
espaciopuerto pasó ante ella. Cordelia la abordó.
—Perdóneme. ¿Podría ayudarme a encontrar información sobre los
horarios de los cargueros privados, o alguna otra nave privada que vaya a
partir pronto?
La mujer frunció el ceño y luego sonrió al reconocerla de
repente.
—¡Usted es la capitana Naismith!
El corazón le dio un brinco y redobló con fuerza. No...
tranquila...
—Sí. Hum... La prensa me lo ha estado poniendo difícil. Estoy
segura de que me entiende. —Cordelia le dirigió a la mujer una mirada que la
ascendía a un círculo íntimo—. Quiero hacerlo sin llamar la atención. ¿Podemos
ir a una oficina? Sé que usted no es como ellos. Respeta la intimidad. Puedo
verlo en su cara.
—¿Puede? —La mujer estaba halagada y nerviosa, y guió a
Cordelia. En su oficina, tuvo acceso a los horarios de control de tráfico, y
Cordelia los estudió rápidamente.
—Mm. Ésta parece bien. Parte para Escobar dentro de una hora.
¿Sabe usted si el piloto ha subido ya a bordo?
—Ese carguero no puede llevar pasajeros.
—Eso es. Sólo quiero hablar con el piloto. Personalmente. Y en
privado. ¿Puede llamarlo por mí?
—Lo intentaré.
Y tuvo éxito.
—Se reunirá con usted en el Muelle de Atraque 21. Pero tendrá
que darse prisa.
—Gracias. Um... Sabe, los periodistas me han estado haciendo la
vida imposible. No se detienen ante nada. Incluso hay una pareja que ha llegado
a ponerse el uniforme de la Fuerza Expedicionaria para intentar abordarme. Se
hacen llamar capitana Mehta y comodoro Tailor. Una auténtica lata. Si alguno de
ellos viene husmeando, ¿cree que podría olvidar que me ha visto?
—Vaya, claro, capitana Naismith.
—Llámeme Cordelia. ¡Es usted de primera! ¡Gracias!
El piloto era muy joven, dedicado a adquirir experiencia con los
cargueros antes de pasar a las responsabilidades mayores de las naves de
pasajeros. También la reconoció, y enseguida le pidió un autógrafo.
—Supongo que se estará preguntando por qué ha sido elegido
—empezó a decir Cordelia mientras se lo firmaba, sin la menor idea de adónde
iba a parar, pero con la impresión de que parecía el tipo de persona que nunca
ha ganado un premio en la vida.
—¿Yo, señora?
—Créame, los de seguridad revisaron su vida de cabo a rabo. Es
usted digno de confianza. Eso es lo que es. Realmente digno de confianza.
—Oh... ¡No pueden haber descubierto lo de la cordolita! —El
sentido de la alarma luchó con la respuesta a los halagos.
—Y lleno de recursos también —repuso Cordelia, preguntándose qué
era la cordolita. Nunca había oído hablar del asunto—. Justo el hombre para
esta misión.
—¡Qué misión!
—Sssh. No tan fuerte. Estoy en una misión secreta para el
presidente. Es tan delicada que ni siquiera el departamento de Guerra está al
tanto. Habría profundas repercusiones políticas si se descubriera. Tengo que
entregar un ultimátum secreto al emperador de Barrayar. Pero nadie debe saber
que he salido de la Colonia Beta.
—¿Se supone que tengo que llevarla hasta allí? —preguntó él,
sorprendido—. La ruta de mi carguero...
Creo que podría convencer a este chaval para que me llevara
hasta Barrayar con el combustible de su jefe, pensó ella. Pero sería el fin de
su carrera. La conciencia controló la ambición desbocada.
—No, no. La ruta de su carguero debe parecer exactamente la
misma de siempre. Tengo que reunirme con un contacto secreto en Escobar. Usted
simplemente llevará un artículo de carga que no aparecerá en la consigna. Yo.
—No tengo permiso para llevar pasajeros, señora.
—Santo cielo, ¿cree que no lo sabemos? ¿Por qué supone que el
presidente en persona lo escogió entre todos los demás candidatos?
—Guau. Y ni siquiera voté por él.
La llevó a bordo de la lanzadera, y la hizo sentarse entre el
cargamento de última hora.
—Conoce usted a todos los grandes nombres en Exploración,
¿verdad, señora? Lightner, Parnell... ¿Cree que podría presentarme?
—No sé. Pero... conocerá a un montón de grandes nombres de la
Fuerza Expedicionaria, y de Seguridad, cuando vuelva de Escobar. Se lo prometo.
Si supieras...
—¿Puedo hacerle una pregunta personal, señora?
—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace.
—¿Por qué va en zapatillas?
Ella se miró los pies.
—Yo... lo siento, piloto Mayhew. Es información clasificada.
—Oh.
Él se dispuso a despegar la nave.
Sola por fin, Cordelia apoyó la frente contra el frío costado de
plástico de una caja, y lloró en silencio.
14
Era casi mediodía, hora local, cuando el volador que había
alquilado en Vorbarr Sultana sobrevoló el gran lago. La orilla estaba bordeaba
de pendientes cubiertas de viñedos y detrás se alzaban empinadas montañas
cubiertas de matorrales. La población aquí era escasa, excepto en los
alrededores del lago, que tenía una aldea al pie. Un acantilado al borde del
agua estaba coronado por las ruinas de una antigua fortificación. Lo sobrevoló,
comprobando de nuevo su mapa, donde aparecía de forma destacada. Tres grandes
propiedades más al norte, posó el volador en un camino de acceso que
serpenteaba hasta una cuarta.
Una casa antigua construida en piedra nativa se mezclaba con la
vegetación de la falda de la montaña. Cordelia contrajo las alas, apagó el
motor, se metió las llaves en el bolsillo y se sentó contemplando insegura su
soleada fachada.
Una alta figura con un extraño uniforme marrón y plata
deambulaba por la esquina. Llevaba un arma a la cintura, y su mano se posaba
sobre ella descuidadamente. Ella supo que Vorkosigan debía de estar cerca, pues
se trataba del sargento Bothari. Parecía en buena forma, al menos físicamente.
Salió del volador.
—Ejem, buenas tardes, sargento. ¿Está en casa el almirante
Vorkosigan?
Él se la quedó mirando con los ojos entornados, luego su cara
pareció despejarse y la saludó.
—Capitana Naismith. Señora. Sí.
—Tiene mucho mejor aspecto que la última vez que nos vimos.
—¿Señora?
—En la nave insignia. En Escobar.
Él pareció preocupado.
—Yo... no me acuerdo de Escobar. El almirante Vorkosigan dice
que estuve allí.
—Ya veo.
Te borraron la memoria, ¿eh? ¿O fuiste tú mismo? No podía
saberlo ahora.
—Lamento oír eso. Sirvió usted con valentía.
—¿Sí? Me dieron de baja, después.
—Oh. ¿Qué es ese uniforme?
—Las armas del conde Vorkosigan, señora. Me tomó como guardia
personal suyo.
—Estoy segura de que le servirá bien. ¿Puedo ver al almirante
Vorkosigan?
—Está en la parte de atrás, señora. Puede usted subir. —Él
continuó su camino, evidentemente haciendo alguna especie de ronda.
Ella rodeó la casa, sintiendo el calor del sol en la espalda,
tropezando con la desacostumbrada falda que vestía y reacomodándola sobre sus
rodillas. Había comprado la ropa ayer en Vorbarr Sultana, en parte por
diversión, en parte porque su viejo uniforme pardo de Exploración con las
insignias llamaba la atención por la calle. Su oscuro diseño floral le gustó.
Llevaba el pelo suelto, con la raya en medio y apartado de la cara por dos
peinetas, también compradas ese día.
Un poco más arriba había un jardín, rodeado por un bajo muro de
piedra gris. No, no era un jardín, advirtió al acercarse: un cementerio. Un
anciano vestido con un viejo mono trabajaba en el, arrodillado en la tierra,
plantando florecillas. Alzó la vista para mirarla cuando Cordelia empujó la
pequeña cancela. Ella no confundió su identidad. Era un poco más alto que su
hijo, y su musculatura se había vuelto fina y nudosa con la edad, pero vio a
Vorkosigan en los huesos de su cara.
—¿General conde Vorkosigan, señor? —lo saludó automáticamente, y
entonces advirtió lo peculiar que debía parecer el saludo militar con aquel
vestido. Él se puso trabajosamente en pie— Soy la cap... Soy Cordelia Naismith.
Soy amiga de Aral. Yo... no sé si me habrá mencionado alguna vez. ¿Se encuentra
aquí?
—¿Cómo está usted, señora? —Él se puso más o menos firme, y le
dirigió un amable gesto con la cabeza que le resultó dolorosamente familiar—.
Dijo muy poco, y no me hizo pensar que pudiera llegar a conocerla. —Una sonrisa
agrietó su rostro, como si aquellos músculos estuvieran entumecidos por no
haber sido utilizados en mucho tiempo—. No tiene ni idea de cuánto me complace
ver que estaba equivocado. —Hizo un gesto por encima del hombro, indicando
colina arriba—. Hay un pequeño pabellón en lo alto de nuestra propiedad,
asomado al lago. Él, ah, se sienta allí casi todo el tiempo.
—Ya veo. —Cordelia divisó el sendero, que serpenteaba más allá
del cementerio—. Um. No estoy segura de cómo expresarlo... ¿Está sobrio?
El anciano miró el sol, y arrugó sus labios correosos.
—Probablemente no, a esta hora. Cuando llegó a casa, al
principio, sólo bebía después de cenar, pero gradualmente ha ido haciéndolo
antes. Muy preocupante, pero no hay mucho que yo pueda hacer al respecto.
Aunque si las tripas le vuelven a sangrar, tal vez... —Se interrumpió,
mirándola con intensa, insegura especulación—. Creo que se ha tomado el fracaso
de Escobar como algo innecesariamente personal. Ni siquiera le pidieron la
dimisión.
Ella dedujo que el anciano conde no contaba con la confianza del
emperador en este asunto, y pensó que no era el fracaso de Aral lo que amargaba
su espíritu, sino su éxito. En voz alta, dijo:
—La lealtad para con su emperador era un tema de honor muy
importante para él, lo sé.
Casi su último bastión, y su emperador escogió arrasarlo hasta
los cimientos al servicio de su gran necesidad...
—¿Por qué no sube? —sugirió el anciano—. Aunque hoy no tiene un
buen día... será mejor que se lo advierta.
—Gracias. Comprendo.
Él se la quedó mirando cuando salió del recinto amurallado y
empezó a ascender por el serpenteante camino. Estaba protegido por árboles, la
mayoría importados de la Tierra, y alguna otra vegetación que tenía que ser
local. El seto de arbustos con flores (ella supuso que eran flores, Dubauer lo
habría sabido) que parecían plumas rosa de avestruz era particularmente
llamativo.
El pabellón era una estructura de madera ajada y aspecto
vagamente oriental, que dominaba el chispeante lago. Estaba recubierto de
enredaderas que parecían reclamarlo al suelo de roca, abierto por cuatro lados
y amueblado con un par de sillas de mano, un gran sillón y un taburete, todo de
aspecto muy viejo, y una mesita con dos escanciadores, algunos vasos y una
botella de espeso líquido blanco.
Vorkosigan estaba tumbado en el sillón, los ojos cerrados, los
pies descalzos sobre el taburete, un par de sandalias caídas al lado. Cordelia
se detuvo para estudiarlo con una especie de delicada diversión. Llevaba unos
pantalones negros de uniforme, muy viejos, y una camisa civil, de estampado
floreado chillón e inesperado. Obviamente no se había afeitado esa mañana. Ella
advirtió que los dedos de sus pies tenían una pelusa de pelo negro, como el
dorso de sus manos. Decidió que le gustaban sus pies; de hecho, podía
aficionarse fácilmente a cualquier parte de él. Su aspecto, generalmente
imponente, era menos divertido. Parecía cansado, y más que cansado. Enfermo.
Él entreabrió los ojos y extendió la mano hacia un escanciador
de cristal lleno de un líquido ambarino, pero luego pareció cambiar de opinión
y tomó la botella blanca. Al lado había una tacita para medir, pero la ignoró,
y prefirió engullir un buen trago del líquido blanco directamente a morro.
Contempló un instante la botella, y luego la cambió por el escanciador de
cristal y dio un trago. Se volvió a acomodar en el sillón, un poco más recto
que antes.
—¿Desayuno líquido? —preguntó Cordelia—. ¿Es tan sabroso como
las gachas y la salsa de queso azul?
Él abrió los ojos de golpe.
—Tú —dijo roncamente después de un momento—. No eres una
alucinación.
Empezó a levantarse, y luego pareció pensárselo mejor y se
hundió en el pesimismo.
—No quería que vieras...
Ella subió los escalones hasta la sombra, acercó una silla y se
sentó. Rayos, pensó, lo he avergonzado al pillarlo desprevenido de esta forma.
¿Cómo tranquilizarlo? Lo prefiero tranquilo, siempre...
—Intenté llamar con antelación, cuando aterricé ayer, pero te
echaba de menos. Si lo que esperas son alucinaciones, eso que bebes debe de ser
bien fuerte. Sírveme una copa, por favor.
—Creo que preferirías lo otro. —Le sirvió del segundo
escanciador, con aspecto aturdido. Curiosa, ella dio un sorbito.
—¡Puaf! No es vino.
—Coñac.
—¿A esta hora?
—Si empiezo después del desayuno —explicó él—, normalmente puedo
conseguir estar totalmente inconsciente a la hora del almuerzo.
Ella advirtió que ya faltaba muy poco para esa hora. Su forma de
hablar la había confundido al principio, pues parecía perfectamente clara,
aunque algo más lenta y vacilante que de costumbre.
—Debe de haber anestésicos generales menos nocivos. —El licor
pajizo que le había servido era excelente, algo seco para su gusto—. ¿Haces
esto todos los días?
—Dios, no. —Él se estremeció—. Dos o tres veces a la semana como
mucho. Un día bebiendo, el día siguiente enfermando... una resaca es casi tan
buena como emborracharte para apartar tu mente de otras cosas... y el día
siguiente haciendo encarguitos para mi madre. Ha bajado mucho el ritmo en los
últimos años.
Él conseguía concentrarse gradualmente, a medida que su terror
inicial a resultarle repulsivo iba menguando. Se enderezó y se frotó la cara
con la mano en un gesto familiar, como para disolver el abotargamiento, y trató
de iniciar una conversación más ligera.
—¡Qué bonito vestido! Una gran mejora sobre esos monos naranja.
—Gracias —dijo ella, siguiéndole inmediatamente la corriente—.
Lamento no poder decir lo mismo de tu camisa... ¿representa por casualidad tu
nuevo gusto?
—No, fue un regalo.
—Menos mal.
—Una especie de broma. Algunos de mis oficiales se reunieron y
la compraron con motivo de mi primer ascenso a almirante, antes de Komarr.
Siempre pienso en ellos, cuando me la pongo.
—Bueno, eso está bien. En ese caso supongo que podré
acostumbrarme.
—Tres de los cuatro están ahora muertos. Dos cayeron en Escobar.
—Ya veo.
Se acabó la charla animada. Ella agitó el licor en el fondo de
su copa.
—Tienes un aspecto espantoso, ¿sabes? Hinchado.
—Sí, dejé de hacer ejercicio. Bothari está bastante ofendido.
—Me alegro de que Bothari no tuviera muchos problemas con lo de
Vorrutyer.
—Fue peliagudo, pero conseguí librarlo. El testimonio de Illyan
ayudó.
—Sin embargo, lo dieron de baja en el Ejército.
—Honorablemente. Por motivos de salud.
—¿Hiciste que tu padre lo contratara?
—Sí. Me pareció lo más adecuado. Nunca será normal, tal como
nosotros consideramos la normalidad, pero al menos tiene un uniforme, un arma y
una serie de reglas que seguir. Parece que eso le proporciona un asidero. —Pasó
lentamente un dedo por el borde de la copa de coñac—. Fue el conejillo de
indias de Vorrutyer durante cuatro años, ¿sabes? No estaba demasiado bien
cuando lo asignaron a la General Vorkraft. A punto de desarrollar doble
personalidad... separando memorias, todas esas cosas. Da miedo. Ser soldado
parece el único papel humano que es capaz de desempeñar, le permite una especie
de autorespeto. —Le sonrió—. Tú, por otro lado, tienes un aspecto magnífico.
¿Puedes, ah... quedarte una temporada?
Había una expresión ansiosa en su rostro, deseo nervioso
reprimido por la incertidumbre. Hemos vacilado demasiado tiempo, pensó ella, se
ha convertido en una costumbre. Entonces se dio cuenta de que él temía que sólo
estuviera de visita. Es un viaje demasiado largo para venir a charlar, mi amor.
Sí que estás borracho.
—Cuanto quieras. Descubrí, cuando regresé a casa... que había
cambiado. O que había cambiado yo. Nada encajaba ya. Ofendí a casi todo el
mundo, y me marché pitando antes de, ejem, causar más problemas. No puedo
volver. Dimití de mi cargo (lo envié desde Escobar) y todo lo que poseo está en
la parte trasera de ese volador de ahí fuera.
Cordelia saboreó el placer que encendió los ojos de Aral
mientras hablaba, cuando finalmente comprendió lo que quería decir. Se sintió
satisfecha.
—Me levantaría —dijo él, deslizándose hasta el lado de su
sillón—, pero por algún motivo mis piernas van primero y mi lengua después.
Preferiría caer a tus pies de manera más controlada. Mejoraré dentro de poco.
Mientras tanto, ¿quieres venir a sentarte aquí?
—Con mucho gusto. —Ella cambió de asiento—. ¿Pero no te
apretujaré? Soy más bien alta.
—Ni pizca. Aborrezco a las mujeres pequeñitas. Ah, eso está
mejor.
—Sí.
Ella se acurrucó a su lado, rodeando su pecho con los brazos, la
cabeza apoyada en su hombro, y enganchando también una pierna sobre él, para
completar su captura de manera más enfática. El cautivo emitió algo a caballo
entre el suspiro y la risa. Ella deseó que pudieran permanecer así sentados
eternamente.
—Tendrás que renunciar a este asunto del suicidio por el
alcohol, ya sabes.
Él ladeó la cabeza.
—Creí que estaba siendo sutil.
—No demasiado.
—Bueno, me parece bien. Es algo extraordinariamente incómodo.
—Sí, tienes preocupado a tu padre. Me dirigió una mirada muy
peculiar.
—Espero que no fuera su famosa mirada abrasadora, perfeccionada
a lo largo de toda una vida.
—En absoluto. Sonrió y todo.
—Santo Dios. —Una sonrisa arrugó las comisuras de sus ojos.
Ella se echó a reír y dobló el cuello para mirarlo a la cara.
Eso estaba mejor...
—También me afeitaré —prometió él en un arrebato de entusiasmo.
—No te pases por causa mía. También he venido a retirarme. Una
paz separada, como dicen.
—Paz, en efecto. —Él le acarició el pelo, saboreando su olor.
Sus músculos se disolvieron bajo ella como un arco demasiado tenso que se
afloja de golpe.
Unas semanas después de su matrimonio hicieron su primer viaje
juntos. Cordelia acompañó a Vorkosigan en su peregrinación periódica al
Hospital Militar Imperial de Vorbarr Sultana. Viajaron en un vehículo de tierra
proporcionado por el conde, con Bothari ejerciendo lo que era evidentemente su
función principal como combinación de conductor y guardaespaldas. A Cordelia,
que estaba empezando a conocerlo lo bastante bien como para ver a través de su
taciturna fachada, le pareció tenso. Sentado entre ella y Vorkosigan, miraba
inseguro por encima de su cabeza.
—¿Se lo ha dicho, señor?
—Sí, todo. No pasa nada, sargento.
Cordelia añadió, tranquilizadora:
—Creo que está haciendo usted lo adecuado, sargento. Yo, hum,
estoy muy satisfecha.
Él se relajó un poco, y casi sonrió.
—Gracias, milady.
Cordelia estudió su perfil con disimulo, recordando la gama de
dificultades que pasaría la aldeana contratada ese día en Vorkosigan Surleau,
dudando de su habilidad de enfrentarse a ellas. Se arriesgó a sondear un poco.
—¿Ha pensado usted en... lo que va a contarle sobre su madre,
cuando sea mayor? Tarde o temprano querrá saberlo.
Él asintió, guardó silencio y luego habló.
—Voy a decirle que está muerta. Le diré que estábamos casados.
No es buena cosa tener a una bastarda por aquí. —Su mano se tensó sobre los
controles—. Así que ella no lo será. Nadie debe llamarla así.
—Ya veo.
Buena suerte, pensó Cordelia. Pasó a una pregunta más ligera.
—¿Sabe qué nombre le va a poner?
—Elena.
—Qué bonito. Elena Bothari.
—Era el nombre de su madre.
Cordelia se sorprendió.
—¡Creí que no recordaba usted nada de Escobar!
Pasó un buen rato, y luego él dijo:
—Se puede derrotar a las drogas contra la memoria, a algunas, si
sabes cómo.
Vorkosigan alzó las cejas. Evidentemente, esto era nuevo también
para él.
—¿Cómo lo consigue, sargento? —preguntó, cuidadosamente neutral.
—Alguien a quien conocí una vez me dijo...: Se anota lo que
quieres recordar, y piensas en ello. Luego lo escondes, igual que solíamos
esconder sus archivos secretos a Radnov, señor... nunca los encuentran tampoco.
Entonces, lo primero que haces cuando vuelves, antes de que tu estómago deje de
dar vueltas siquiera, es sacarlo y mirarlo. Si puedes recordar una cosa de la
lista, normalmente puedes recordar el resto, antes de que vuelvan a por ti.
Entonces haces lo mismo una y otra vez. Y otra más. Ayuda también tener un
objeto.
—¿Tenía usted, ah, un objeto? —preguntó Vorkosigan, claramente
fascinado.
—Un mechón de pelo.
Guardó silencio durante largo rato, y luego confesó:
—Ella tenía el pelo largo y negro. Olía bien.
Cordelia, aturdida y divertida por lo que implicaba su historia,
se acomodó y contempló el dosel del vehículo. Vorkosigan parecía levemente
iluminado, como un hombre que encuentra una pieza clave en un rompecabezas.
Ella contempló el variado paisaje, disfrutando de la clara luz del sol, el aire
de verano tan fresco que no hacían falta artilugios protectores, y los pequeños
destellos de verde y agua en los huecos de las colinas. También advirtió algo
más. Vorkosigan vio la dirección de su mirada.
—Ah, los has visto, ¿no?
Bothari sonrió levemente.
—¿El volador que no nos adelanta? —dijo Cordelia—. ¿Sabes quién
es?
—Seguridad Imperial.
—¿Siempre te siguen a la capital?
—Siempre me siguen a todas partes. No ha sido fácil convencer a
esa gente de que me quería retirar en serio. Antes de que vinieras, me divertía
esquivándolos. Hacía cosas como emborracharme y conducir mi volador de noche
por esos cañones del sur. Es nuevo. Muy rápido. Eso hacía que condujeran con
cuidado.
—¡Cielos, eso parece letal! ¿De verdad que hacías eso?
Él pareció moderadamente avergonzado de sí mismo.
—Me temo que sí. No pensaba que fueras a venir, entonces. Era
muy excitante. No había buscado una descarga de adrenalina semejante desde que
era adolescente. El Servicio suministró ese tipo de necesidad.
—Me sorprende que no tuvieras un accidente.
—Lo tuve, una vez —admitió él—. Sólo un choque sin importancia.
Eso me recuerda que debo atender las reparaciones. Parece que tardan una
eternidad. El alcohol me dejaba flácido como un trapo, supongo, y nunca tuve
valor para conducir sin el arnés de seguridad. No hubo daños, excepto para el
volador y los nervios de los agentes del capitán Negri.
—Dos veces —comentó de pronto Bothari.
—¿Cómo dice, sargento?
—Tuvo usted dos accidentes. —Los labios del sargento se
retorcieron—. No se acuerda de la segunda vez. Su padre dijo que no le
sorprendía. Le ayudamos, hum, a sacarlo de la jaula de seguridad. Estuvo
inconsciente durante un día.
Vorkosigan pareció sobresaltado.
—¿Me está tomando el pelo, sargento?
—No, señor. Puede usted buscar las piezas del volador. Están
repartidas por un kilómetro y medio a la redonda en el Barranco Dendarii.
Vorkosigan se aclaró la garganta, y se hundió en su asiento.
—Ya veo. —Permaneció en silencio, y luego añadió—: Qué...
desagradable, tener un agujero así en la memoria.
—Sí, señor —coincidió Bothari.
Cordelia miró el volador a través de una abertura en las
montañas.
—¿Nos han estado vigilando todo el tiempo? ¿A mí también?
Vorkosigan sonrió ante la expresión de su rostro.
—Desde el momento en que pusiste los pies en el espaciopuerto de
Vorbarr Sultana, supongo. Después de lo de Escobar, soy materia importante
desde el punto de vista político. La prensa, que es la tercera mano de Ezar
Vorbarra en esto, me ha calificado como una especie de héroe en la retirada,
capaz de arrancar la victoria espontáneamente en las fauces de la derrota y
todo eso... absolutamente ridículo. Hace que me duela el estómago, incluso sin
el coñac. Sabiendo lo que sabía de antemano, tendría que haber podido hacer un
trabajo mejor. Sacrifiqué demasiados cruceros para cubrir a las tropas de
tierra... tuvo que ser así, porque la pura aritmética lo exigía, pero...
Ella supo por su cara que sus pensamientos se dirigían hacia un
laberinto muchas veces transitado de posibilidades militares que nunca fueron.
Maldito Escobar, pensó, y maldito sea tu emperador, malditos sean Serg Vorbarra
y Ges Vorrutyer, malditas sean todas las casualidades de tiempo y espacio que
se combinaron para aplastar los sueños de heroísmo de un muchacho en la
pesadilla de asesinatos, crímenes y engaños de un hombre. Su presencia había
sido un gran paliativo para él, pero no era suficiente: en su interior todavía
había algo mal, algo desafinado.
Mientras se aproximaban a Vorbarr Sultana desde el sur, el
terreno montañoso se convirtió en una fértil llanura, y la población se volvió
más concentrada. La ciudad se alzaba a ambas orillas de un ancho río plateado,
con los más viejos edificios gubernamentales, antiguas fortalezas reconvertidas
la mayoría de ellos, salpicando los acantilados y cumbres que dominaban el
curso del río. La ciudad moderna se extendía desde ellos hacia el norte y el
sur.
Las oficinas gubernamentales más nuevas, eficientes monolitos,
estaban concentradas en medio. Ellos atravesaron este complejo, dirigiéndose a
uno de los famosos puentes de la ciudad para cruzar el río, camino de la zona
norte.
—Dios mío, ¿qué ha pasado aquí? —preguntó Cordelia, cuando
pasaban una manzana de edificios calcinados, ennegrecidos y esqueléticos.
Vorkosigan sonrió amargamente.
—Eso era el Ministerio de Educación Política, antes de los
disturbios de hace dos meses.
—Leí algo al respecto, en Escobar, cuando venía de camino. No
tenía ni idea de que los disturbios hubieran sido tan grandes.
—En realidad no lo fueron. Cuidadosamente orquestados, eso sí.
Personalmente, me pareció que era una forma muy peligrosa de hacer el trabajo.
Aunque supongo que fue un avance respecto a la defenestración del Consejo
Privado de Yuri Vorbarra. Una generación de progreso, más o menos... No creía
que Ezar fuera capaz de volver a meter ese genio en la botella, pero parece
haberlo conseguido. En cuanto Grishnov murió, todas las tropas que había
congregado, y que por algún motivo parecían haber sido desviadas para proteger
la Residencia Imperial —hizo una mueca—, aparecieron y despejaron las calles, y
los disturbios cesaron, excepto las manifestaciones de unos cuantos fanáticos y
de algunos espíritus heridos que habían perdido familiares en Escobar. Eso sí
se puso feo, pero no apareció en las noticias.
Cruzaron el río y llegaron por fin al grande y famoso hospital,
casi una ciudad dentro de la ciudad, que se extendía dentro de su parque
amurallado. Encontraron al alférez Koudelka solo en su habitación, tendido en
la cama con el pijama de uniforme verde. Cordelia pensó al principio que los
había saludado al verlos, pero abandonó la idea cuando su brazo izquierdo
continuó subiendo y bajando desde el codo siguiendo un lento ritmo.
Koudelka se sentó y sonrió cuando entró su excomandante, e
intercambió un saludo con Bothari. La sonrisa se amplió cuando la vio a ella
detrás de Vorkosigan. Su cara estaba mucho más envejecida que antes.
—¡Capitana Naismith, señora! Lady Vorkosigan, debería decir. No
creí que volvería a verla.
—Yo pensaba lo mismo. Me alegro de haberme equivocado. —Ella le
devolvió la sonrisa.
—Y enhorabuena, señor. Gracias por enviar la nota. Le eché de
menos en las últimas semanas, pero... puedo ver que tenía usted mejores cosas
que hacer. —Su sonrisa hizo que el comentario no tuviera picardía.
—Gracias, alférez. Y... ¿qué le ha pasado en el brazo?
Koudelka hizo una mueca.
—Me caí esta mañana. Algo se ha torcido. El médico vendrá dentro
de unos minutos para arreglarlo. Podría haber sido peor.
La piel de sus brazos, advirtió Cordelia, estaba cubierta por
una red de finas cicatrices rojas que marcaban las líneas de los implantes
nerviosos prostéticos.
—Está caminando, entonces. Es bueno oír eso —lo animó
Vorkosigan.
—Sí, más o menos. —Koudelka sonrió—. Y al menos ahora tienen mis
tripas bajo control. No me importa no poder sentir nada en esa zona, ahora que
por fin me he librado de esa maldita colostomía.
—¿Siente mucho dolor? —preguntó Cordelia, atenta.
—No mucho —contestó Koudelka; ella pensó que estaba mintiendo—.
Pero lo peor, además de sentirme tan torpe y desequilibrado, son las
sensaciones. No dolor, sino cosas raras. Falsos informes de inteligencia. Como
saborear colores con el pie izquierdo, o sentir cosas que no están ahí, como
insectos reptando por todo tu cuerpo, o no sentir cosas que sí están, como el
calor... —Su mirada cayó sobre su vendado tobillo derecho.
Entró un médico y la conversación se interrumpió mientras
Koudelka se quitaba la camisa. El doctor conectó un aparato a su hombro y se
puso a buscar el circuito adecuado con un delicado tractor quirúrgico manual.
Koudelka se puso pálido y miró fijamente sus rodillas, pero por fin el brazo
detuvo su lenta oscilación y colgó flácido a su costado.
—Me temo que voy a tener que dejarlo así durante el resto del
día —se disculpó el doctor—. Nos dedicaremos a él mañana, cuando se ponga usted
a trabajar con esos abductores de la pierna derecha.
—Sí, sí. —Koudelka lo despidió con un gesto de su mano derecha,
y el médico se marchó con su material.
—Sé que debe parecerle una eternidad —dijo Vorkosigan, mirando
el rostro frustrado de Koudelka—, pero siempre que vengo me parece que ha hecho
progresos. Saldrá de aquí —lo animó.
—Sí, el cirujano dice que me dará la patada dentro de unos dos
meses —sonrió—. Pero dicen que nunca volveré a ser apto para el combate. —La
sonrisa desapareció, y su rostro se arrugó—. ¡Oh, señor! ¡Van a darme de baja!
¡Todo este interminable suplicio para nada!
Apartó el rostro, rígido y avergonzado, hasta que volvió a
controlar sus rasgos.
También Vorkosigan desvió la mirada, para no descubrir su
compasión, hasta que el alférez volvió a mirarlos, con la sonrisa
cuidadosamente pegada de nuevo a su rostro.
—Comprendo por qué —dijo Koudelka, señalando con la cabeza al
silencioso Bothari, que estaba apoyado en la pared y al parecer se contentaba
sólo con escuchar—. Unos cuantos golpes como los que solía usted propinarme en
el ring de prácticas, y empezaré a boquear como un pescado. No seré un buen
ejemplo para mis hombres. Supongo que tendré que buscar... algún tipo de
trabajo burocrático. —Miró a Cordelia—. ¿Qué fue de su alférez, el que resultó
golpeado en la cabeza?
—La última vez que lo vi, después de Escobar... lo visité dos
días antes de marcharme de casa. Está igual. Salió del hospital. Su madre
renunció a su trabajo y ahora se queda en casa para cuidar de él.
Koudelka bajó los ojos, y Cordelia se apiadó de la vergüenza que
asomó a su rostro.
—Y yo me quejo por unos cuantos puntos de sutura. Lo siento.
Ella sacudió la cabeza, incapaz de hablar.
Más tarde, a solas un momento con Vorkosigan en el pasillo,
Cordelia apoyó la cabeza contra su hombro, y él la rodeó con sus brazos.
—Comprendo por qué empezabas a beber después del desayuno. Ahora
mismo a mí también me vendría bien un trago.
—Te llevaré a almorzar después de la próxima parada, y todos
podremos tomar uno —prometió él.
El ala de investigación fue su siguiente destino. El doctor
militar al mando saludó cordialmente a Vorkosigan, y sólo se quedó un poco
aturdido cuando Cordelia fue presentada, sin más explicaciones, como lady
Vorkosigan.
—No sabía que estaba usted casado, señor.
—Desde hace poco.
—¿Sí? Enhorabuena. Me alegro de que haya venido a verlos, señor,
antes de que terminemos con todos. Es casi la parte más interesante. ¿Desea
milady esperar aquí mientras nos encargamos de este asuntito? —Parecía
cohibido.
—Lady Vorkosigan ha sido plenamente informada.
—Además —añadió Cordelia animosa—, tengo en ello un interés
personal.
El doctor parecía desconcertado, pero los condujo a la sala de
monitorización. Cordelia contempló dubitativa la media docena de contenedores
que quedaban, todos alineados. El técnico de servicio se acercó a ellos,
manejando un equipo obviamente prestado del departamento de obstetricia de
algún otro hospital.
—Buenos días, señor —dijo alegremente—. ¿Viene a ver cómo
sacamos al pollito del cascarón hoy?
—Me gustaría que empleara algún otro término para ello —dijo el
médico.
—Sí, pero no se puede decir que nazcan —recalcó razonablemente
el hombre—. Técnicamente, ya han nacido una vez. Dígame usted lo que es,
entonces.
—En casa lo llaman descorchar la botella —sugirió Cordelia,
observando con interés los preparativos.
El técnico, tras extender los aparatos medidores y colocar una
cunita bajo una luz cálida, le dirigió una mirada de curiosidad.
—Es usted betana, ¿verdad, milady? Mi esposa se enteró en las
noticias del matrimonio del almirante. Yo nunca leo la sección de estadísticas
vitales.
El doctor alzó la cabeza, sorprendido, pero luego se concentró
de nuevo en su lista. Bothari fingió apoyarse contra la pared, con los ojos
entrecerrados, ocultando su aguda atención. El doctor y el técnico terminaron
sus preparativos y los permitieron acercarse.
—¿Tiene preparada la sopa, señor? —murmuró el técnico.
—Aquí mismo —contestó el médico—. Inyecte en el administrador
C...
El técnico insertó la mezcla hormonal correcta en la apertura
adecuada, mientras el doctor comprobaba repetidas veces el disco de instrucción
en su monitor.
—Cinco minutos de espera, desde... ya. —El doctor se volvió
hacia Vorkosigan—. Una máquina fantástica, señor. ¿Sabe algo más sobre lo de
conseguir fondos y personal especializado para intentar duplicarlas?
—No —respondió Vorkosigan—. Estaré fuera de este proyecto
oficialmente en cuanto el último bebé vivo sea... liberado, terminado, o como
quiera llamarlo. Va a tener que trabajarse usted a sus superiores normales, y
tendrá que pensar en una aplicación militar para justificarlo, o al menos algo
que lo parezca, para camuflarlo.
El doctor sonrió, pensativo.
—Creo que merece la pena conseguirlo. Podría ser un buen cambio
tras pensar en tantas formas nuevas para matar a la gente.
—Tiempo, señor —dijo el técnico, y se volvió hacia el proyecto
actual.
—La separación de placenta parece ir bien... un poco más tensa
de lo habitual. Sabe, cuanto más lo estudio, más me impresionan los médicos que
hicieron las secciones en las madres. Tenemos que conseguir que más estudiantes
de medicina se formen fuera del planeta. Conseguir esas placentas sin daños
debe ser... ya. Aquí. Y aquí. Rompa el sello. —Completó los ajustes y alzó la
tapa—. Cortamos la membrana... y aquí sale. Succión, rápido, por favor.
Cordelia advirtió que Bothari, todavía pegado a la pared,
contenía la respiración.
El bebé, mojado y resbaladizo, tomó aliento y tosió cuando el
aire frío lo alcanzó. Bothari respiró también. Limpia de sangre, a Cordelia le
pareció una niña bastante bonita, y mucho menos roja y arrugada que los vids de
los recién nacidos corrientes que había visto. La niña lloró bien fuerte.
Vorkosigan dio un respingo, y Cordelia soltó una carcajada.
—Bueno, parece perfecta.
Cordelia miró por encima del hombro de los dos médicos, que
tomaban medidas y muestras de su diminuta, sorprendida, asombrada y parpadeante
carga.
—¿Por qué llora tan fuerte? —preguntó Vorkosigan, nervioso, sin
moverse del sitio, como Bothari.
Porque sabe que ha nacido en Barrayar, fue el comentario que
Cordelia reprimió. En cambio, dijo:
—Bueno, tú también llorarías si un puñado de gigantes te sacara
de un sueño calentito y te fueran agitando por ahí como si fueras un saco de
patatas.
Cordelia y el técnico intercambiaron una mirada medio divertida
medio seria.
—Muy bien, milady —reconoció el técnico, mientras el médico
volvía a su preciosa máquina.
—Mi cuñada dice que hay que abrazarlos así, con fuerza. No a un
brazo de distancia. Yo también protestaría si me dejaran suspendido sobre un
pozo y estuviera a punto de caer. Ya está, nena. Sonríe o algo para tu tía
Cordelia. Eso es, tranquilita. ¿Eras lo bastante mayor para recordar los
latidos de tu madre?
Le canturreó al bebé, quien chasqueó los labios y bostezó, y la
arropó con la manta.
—Qué viaje tan largo y extraño has realizado.
—¿Quiere mirar el interior, señor? —continuó el doctor—. Usted
también, sargento... Hizo usted tantas preguntas la última vez que estuvo
aquí...
Bothari negó con la cabeza, pero Vorkosigan se acercó a recibir
la exposición técnica que el doctor obviamente ansiaba proporcionar. Cordelia
le llevó el bebé al sargento.
—¿Quiere sostenerla?
—¿Estará bien, milady?
—Cielos, no tiene que pedirme permiso. En todo caso, al
contrario.
Bothari la sostuvo con torpeza. Sus grandes manos parecieron
absorberla. La miró a la cara.
—¿Seguro que es ésta? Creí que iba a tener la nariz más grande.
—Lo han comprobado una y otra vez —le aseguró Cordelia,
esperando que no le preguntara cómo lo sabía. Pero parecía una suposición
segura—. Todos los bebés tienen la nariz pequeña. No se sabe cómo van a ser los
niños hasta que tienen dieciocho años.
—Tal vez se parecerá a su madre —dijo él, esperanzado. Cordelia
secundó la esperanza, en silencio.
El doctor terminó de enseñar a Vorkosigan las tripas de su
máquina ideal. Vorkosigan consiguió amablemente parecer sólo un poco inquieto.
—¿Quieres sostenerla tú también, Aral? —invitó Cordelia.
—No sé si estaría bien —se excusó él rápidamente.
—Te vendrá bien la práctica. Tal vez la necesites algún día.
Intercambiaron una mirada de privada esperanza, y él cedió y se
dejó convencer.
—Mm. He sostenido gatos con más peso. No sirvo para estas cosas.
Pareció aliviado cuando los médicos volvieron a recogerla para
terminar su análisis técnico.
—Hum, veamos —dijo el doctor—. Ésta es la que no llevaremos al
Orfanato Imperial, ¿verdad? ¿Adónde la llevamos, después del periodo de
observación?
—Me han pedido que cuide de ella personalmente —dijo Vorkosigan
tranquilamente—. Por bien de la intimidad de su familia. Yo... Lady Vorkosigan
y yo la entregaremos a su tutor legal.
El doctor pareció extremadamente pensativo.
—Oh. Ya veo, señor —miró a Cordelia—. Es usted el hombre a cargo
del proyecto. Puede hacer lo que quiera con ellos. Nadie le hará preguntas,
se... se lo aseguro, señor.
—Bien, bien. ¿Cuánto tiempo es el periodo de observación?
—Cuatro horas, señor.
—Bien, podremos ir a almorzar. ¿Cordelia, sargento?
—Uh, ¿puedo quedarme aquí, señor? No... no tengo hambre.
Vorkosigan sonrió.
—Por supuesto, sargento. A los hombres del capitán Negri les
vendrá bien el ejercicio.
Camino del vehículo de tierra, Vorkosigan le preguntó a
Cordelia:
—¿De qué te ríes?
—No me estoy riendo.
—Tus ojos se están riendo. Brillan como locos, de hecho.
—Por el médico. Me temo que hemos acabado por confundirlo, sin
mala intención. ¿No te diste cuenta?
—Creo que no.
—Cree que ese bebé que descorchamos hoy es mío. O tal vez tuyo.
O quizá de ambos. Prácticamente pude ver los engranajes de su cerebro girando.
Cree que finalmente ha descubierto por qué no abriste los contenedores.
—¡Santo Dios! —Él casi se dio media vuelta.
—No, no, déjalo —dijo Cordelia—. Si lo niegas sólo servirá para
empeorarlo. Me han culpado antes de los pecados de Bothari. Deja que siga con
la duda.
Guardó silencio. Vorkosigan estudió su perfil.
—¿En qué piensas ahora? Ahora tus ojos no brillan.
—Me preguntaba qué habrá pasado con su madre. Estoy segura de
que la conocí. Pelo negro y largo, se llamaba Elena, la conocí en la nave
insignia... Sólo puede tratarse de ella. Increíblemente hermosa. Comprendo por
qué llamó la atención de Vorrutyer. Pero tan joven, y tratar con ese tipo de
horror...
—Las mujeres no deberían participar en el combate —dijo
Vorkosigan, sombrío.
—Ni los hombres tampoco, en mi opinión. ¿Por qué intentaron los
tuyos encubrir sus recuerdos? ¿Lo ordenaste tú?
—No, fue idea del cirujano. Sintió lástima por ella. —Su cara
era tensa y sus ojos distantes.
—Fue horrible. No lo comprendí en su momento. Creo que ahora sí.
Cuando Vorrutyer terminó con ella... y se esmeró, incluso para sus baremos,
estaba catatónica. Yo... era demasiado tarde para ella, pero fue entonces
cuando decidí matarlo, si volvía a suceder, y al infierno con las órdenes del
emperador. Primero Vorrutyer, luego el príncipe, después yo. Tendría que haber
dejado a salvo a Vorhalas...
»De todas formas, Bothari... le pidió el cadáver, como si
dijéramos. La llevó a su propio camarote. Vorrutyer supuso que para continuar
torturándola, presumiblemente imitando su dulce persona. Se sintió halagado y
los dejó a solas. Bothari, de algún modo, evitó sus monitores. Nadie tenía la
menor idea de lo que estaba haciendo allí dentro, cada minuto de su tiempo
libre. Pero acudió a mí con una lista de medicinas que quería que le
consiguiera. Anestésicos, algunas cosas para el tratamiento de choque, una lista
muy bien pensada. Su experiencia de combate lo había convertido en un buen
administrador de primeros auxilios. Entonces me di cuenta de que no la estaba
torturando, y de que sólo quería que Vorrutyer lo creyera. Estaba loco, pero no
era tonto. Estaba enamorado, de algún modo extraño, y tenía el instinto de no
permitir que Vorrutyer lo supiera.
—Dadas las circunstancias, no parece muy alocado —comentó ella,
recordando los planes que Vorrutyer tenía para Vorkosigan.
—No, pero la manera en que lo llevaba a cabo... Vi un par de
casos. —Vorkosigan resopló—. Bothari cuidó de ella en su camarote: le dio de
comer, la vistió, la lavó... mientras seguía actuando para Vorrutyer. Hacía
ambas cosas. Al parecer había elaborado una fantasía donde ella estaba
enamorada de él, casada incluso: una pareja normal, cuerda y feliz. ¿Por qué no
puede un loco soñar con estar cuerdo? Ella debió de sentirse aterrada durante
sus periodos de conciencia.
—Señor. Casi lo siento tanto por él como por ella.
—No del todo. Bothari también se acostó con ella, y tengo
motivos para creer que no limitó ese matrimonio de fantasía a sólo palabras.
Comprendo por qué, supongo. ¿Puedes imaginar a Bothari acercándose a cien
kilómetros de una chica semejante en cualquier circunstancia normal?
—Mm, a duras penas. Los escobarianos protegieron a las mejores
de vosotros.
—Pero eso, creo, es lo que decidió intentar recordar de Escobar.
Debió requerir una increíble fuerza de voluntad. Recibió terapia durante meses.
—Fiuuu —jadeó Cordelia, atormentada por las visiones que
conjuraban sus palabras. Se alegró de tener unas cuantas horas por delante
antes de volver a ver a Bothari—. Vamos a tomar esa copa ahora, ¿quieres?
15
El verano se acababa cuando Vorkosigan propuso hacer un viaje a
Bonsanklar. Casi habían hecho las maletas la mañana prevista cuando Cordelia se
asomó a la ventana principal de su dormitorio, y dijo, con voz apagada:
—¿Aral? Un volador acaba de aterrizar y están bajando seis
hombres armados. Se están desplegando por toda la propiedad.
Vorkosigan, instantáneamente en guardia, se acercó a mirar, y
entonces se relajó.
—No pasa nada. Son los hombres del conde Vortala. Debe de venir
a visitar a mi padre. Me sorprende que encuentre tiempo para salir de la
capital ahora mismo. He oído decir que el emperador lo mantiene muy ocupado.
Unos pocos minutos después un segundo volador aterrizó junto al
primero, y Cordelia vio por primera vez al nuevo primer ministro de Barrayar.
La descripción que de él había hecho el príncipe Serg, diciendo que era un
payaso arrugado, era una exageración, pero justa: era un hombre delgado,
encogido por la edad, que aún se movía con viveza. Llevaba bastón, pero por la
forma en que lo blandía Cordelia supuso que era por pura afectación. El pelo
blanco rodeaba una cabeza calva y manchada que brillaba al sol mientras él y un
par de ayudantes, o guardaespaldas, Cordelia no estaba segura de qué, pasaban
bajo su línea de visión y llegaban a la puerta principal.
Los dos condes estaban charlando en el salón cuando Cordelia y
Vorkosigan bajaron las escaleras.
—Ah, aquí viene —dijo el general.
Vortala los miró con ojos brillantes y penetrantes.
—Aral, muchacho. Me alegro de ver que estás tan bien. ¿Y ésta es
tu joven Pentasilea betana? Mis felicitaciones por una captura notable. Milady.
Se inclinó sobre su mano y la besó con una especie de savoir
faire maníaco.
Cordelia parpadeó al oír la descripción que hacía de ella, pero
consiguió decir «¿Cómo está usted, señor?». Vortala la miró a los ojos,
calculador.
—Me alegro de que pudiera venir de visita, señor —dijo
Vorkosigan—. Mi esposa y yo —la frase se amplificó en su boca, como un sorbo de
vino de bouquet superior—, casi hemos estado a punto de no verlo. Hice la
promesa de llevarla a ver el océano hoy.
—Muy bien... Da la casualidad de que no se trata de una visita
social. Traigo un mensaje de mi amo y señor. Y mi tiempo es por desgracia
escaso.
Vorkosigan asintió.
—Entonces les dejo, caballeros.
—Ja. No trates de escabullirte, muchacho. El mensaje es para ti.
Vorkosigan pareció cansado.
—Me parece que el emperador y yo no tenemos nada más que
decirnos. Creí haberlo dejado bien claro cuando dimití.
—Sí, bueno, él aceptó que estuvieras fuera de la capital
mientras se llevaba a cabo el trabajo sucio con el Ministerio de Educación
Política. Pero tengo la misión de informarte —hizo una pequeña reverencia—, de
que se te ordena y requiere que vayas a verlo. Esta tarde. Y tu esposa también
—añadió, como si se lo pensara mejor.
—¿Por qué? —preguntó Vorkosigan bruscamente—. Ezar Vorbarra no
estaba en mis planes para hoy... ni para ningún otro día.
Vortala se puso serio.
—No puede esperar a que te aburras del campo. Se está muriendo,
Aral.
Vorkosigan resopló.
—Lleva once meses muriéndose. ¿No se puede seguir muriendo un
poco más?
Vortala se echó a reír.
—Cinco meses —corrigió, ausente, y luego miró a Vorkosigan con
el ceño fruncido—. Mm. Bueno, ha sido muy conveniente para él. Ha tirado más
ratas por el desagüe estos últimos cinco meses que en los pasados veinte años.
Prácticamente se podía ver la limpieza en los ministerios por sus boletines
médicos. Una semana, estado muy grave. A la semana siguiente, otro
subsecretario acusado de malversación, o de lo que fuera. —Volvió a ponerse
serio—. Pero esta vez es de verdad. Tienes que verlo hoy. Mañana podría ser
demasiado tarde. Dentro de dos semanas será definitivamente demasiado tarde.
Vorkosigan apretó los labios.
—¿Para qué me quiere? ¿Lo ha dicho?
—Ah... Creo que tiene en mente un puesto para ti en el inminente
gobierno regente. Ése del que no quisiste oír hablar durante vuestro último
encuentro.
Vorkosigan sacudió la cabeza.
—No creo que haya un puesto en el Gobierno que pudiera tentarme
para volver a ese circo. Bueno, tal vez... no. Ni siquiera el Ministerio de la
Guerra. Es demasiado peligroso. Aquí llevo una vida muy tranquila y agradable.
—Rodeó protectoramente la cintura de Cordelia—. Vamos a tener familia. No la
arriesgaré en la arena de la política y sus gladiadores.
—Sí, ya te imagino, disfrutando de la vejez... a los cuarenta y
cuatro años. ¡Ja! Vendimiando uvas, navegando en tu barco... tu padre me ha
hablado de tu barquito velero. He oído que van a cambiarle el nombre a la aldea
de Vorkosigan Surleau en tu honor, por cierto...
Vorkosigan hizo una mueca, y ambos intercambiaron un gesto
irónico.
—De cualquier forma, tendrás que decírselo tú mismo.
—Siento... curiosidad por conocerlo —murmuró Cordelia—. Si es
realmente la última oportunidad.
Vortala le sonrió, y Vorkosigan claudicó, reluctante. Regresaron
al dormitorio para vestirse, Cordelia con su más formal vestido de noche,
Vorkosigan con el uniforme verde de gala que no se ponía desde la boda.
—¿Por qué tantos nervios? —preguntó Cordelia—. Tal vez sólo
quiere despedirse de ti o algo por el estilo.
—Estamos hablando de un hombre que puede hacer que incluso su
propia muerte sirva a sus propósitos políticos, ¿recuerdas? Y si hay algún modo
de gobernar Barrayar desde más allá de la tumba, puedes apostar a que ya lo ha
descubierto. Nunca he salido beneficiado de ningún trato que haya tenido con
él.
Con esa nota ambigua, se reunieron con el primer ministro para
regresar con él a Vorbarr Sultana.
La Residencia Imperial era un edificio antiguo, casi una pieza
de museo, pensó Cordelia mientras subían los gastados peldaños de granito hasta
el pórtico que daba al este. La larga fachada mostraba multitud de tallas en
piedra, cada figura era una obra de arte individual, el opuesto estético de los
modernos y anodinos edificios ministeriales que se alzaban a un kilómetro o dos
al este.
Los condujeron a una sala que era medio hospital medio
exposición de antigüedades. Altos ventanales asomaban a los jardines y paseos
situados al norte de la Residencia. El habitante principal de la habitación
yacía tendido en una enorme cama tallada, heredada de algún esplendoroso
antepasado, su cuerpo taladrado en una docena de lugares por los tubos de
plástico que lo mantenían con vida.
Ezar Vorbarra era el hombre más blanco que Cordelia había visto
jamás, tan blanco como sus sábanas, tan blanco como su propio pelo. Su piel era
blanca y arrugada sobre sus mejillas hundidas. Sus párpados eran blancos,
densos y encapuchados sobre unos ojos almendrados que ella había visto una vez
antes, tenuemente en un espejo. Sus manos eran blancas, con venas azules en el
dorso. Sus dientes, cuando habló, eran de un amarillo marfileño contra un fondo
sin sangre.
Vortala y Vorkosigan, y Cordelia después de un segundo de
incertidumbre, se arrodillaron junto a la cama. El emperador despidió a su
médico con un pequeño gesto con un dedo que le costó un gran esfuerzo. El
hombre hizo una reverencia y se marchó. Todos se pusieron de pie, Vortala con
problemas.
—Bien, Aral —dijo el emperador—. Dime qué aspecto tengo.
—Muy enfermo, señor.
Vorbarra se echó a reír, y tosió.
—Eres un alivio. La primera opinión sincera que oigo desde hace
semanas. Incluso Vortala capea el temporal. —Su voz se quebró, y se aclaró de
flema la garganta—. Me quedé sin melanina la semana pasada. Ese maldito doctor
no me deja salir al jardín durante el día. —Hizo una mueca, por desaprobación o
para respirar—. Así que ésta es tu betana, ¿eh? Ven aquí, muchacha.
Cordelia se acercó a la cama, y el blanco anciano la miró a la
cara, con aquellos ojos almendrados e intensos.
—El comandante Illyan me ha hablado de ti. El capitán Negri
también. He visto todos tus archivos de Exploración, sabes. Y esa sorprendente
elucubración de tu psiquiatra. Negri quería contratarla, sólo para que generase
ideas para su sección. Vorkosigan, siendo Vorkosigan, me ha dicho mucho menos.
—Hizo una pausa para respirar—. Dime la verdad, ¿qué ves en él... cómo era la
frase, un asesino contratado?
—Parece que Aral le ha contado algo —dijo ella, sorprendida al
oír sus propias palabras en su boca. Lo contempló con igual curiosidad. La
pregunta parecía exigir una respuesta sincera, y se esforzó por satisfacerla.
—Supongo... que me veo a mí misma. O a alguien como yo. Ambos
buscamos la misma cosa. La llamamos por nombres distintos, y la buscamos en
lugares diferentes. Creo que se llama honor. Supongo que yo la llamaría la
gracia de Dios. Ambos salimos casi siempre de vacío.
—Ah, sí. Recuerdo por tu archivo que eres una especie de teísta
—dijo el emperador—. Yo soy ateo. Es una fe sencilla, pero resulta de gran
consuelo, estos últimos días.
—Sí, a menudo he sentido esa atracción.
—Mm. —Él sonrió—. Una respuesta muy interesante, a la luz de lo
que dijo Vorkosigan de ti.
—¿Y qué dijo, señor? —preguntó Cordelia, picada en su
curiosidad.
—Que te lo diga él. Fue una confidencia. Muy poética, por
cierto. Me sorprendió. —La despidió con un gesto, como satisfecho, e indicó a
Vorkosigan que se acercara. Vorkosigan se plantó ante él en una especie de
agresiva posición de firmes. Su boca era sardónica, pero sus ojos, advirtió
Cordelia, estaban conmovidos.
—¿Cuánto tiempo me has servido, Aral? —preguntó el emperador.
—Desde mi graduación, veintiséis años. ¿O quiere usted decir en
cuerpo y alma?
—En cuerpo y alma. Siempre cuento desde el día en que el pelotón
del viejo Yuri mató a tu madre y tu tío. La noche en que tu padre y el príncipe
Xav acudieron a mí en el Cuartel General del Ejército Verde con su peculiar
propuesta. El Día Uno de la Guerra Civil de Yuri Vorbarra. ¿Por qué nunca se
llama la Guerra Civil de Piotr Vorkosigan? Ah, bien. ¿Qué edad tenías?
—Once años, señor.
—Once años. Yo tenía la edad que tú tienes ahora. Extraño. Así
que me has servido en cuerpo y alma... maldición, sabes que esto está empezando
a afectar mi cerebro...
—Treinta y tres años, señor.
—Dios. Gracias. No queda mucho tiempo.
Por la expresión cínica de su rostro Cordelia supuso que
Vorkosigan no estaba convencido en lo más mínimo de la supuesta senilidad del
emperador.
El anciano volvió a aclararse la garganta.
—Siempre he querido preguntarte qué os dijisteis el viejo Yuri y
tú, ese día, dos años después, cuando por fin lo eliminamos en ese viejo
castillo. Últimamente me ha dado por desarrollar cierto interés por las últimas
palabras de los emperadores. El conde Vorhalas pensó que estabas jugando con
él.
Vorkosigan cerró los ojos un instante, dolido por los recuerdos.
—Difícilmente. Oh, creía que estaba ansioso por descargar el
primer golpe, hasta que lo tuve desnudo y sujeto delante de mí. Entonces...
tuve el impulso de golpearle súbitamente la garganta, y acabar limpiamente de
una vez.
El emperador sonrió amargamente, los ojos cerrados.
—Qué tumulto habría causado.
—Mm. Creo que él supo por mi expresión lo que estaba pensando.
Se burló de mí. «Golpea, niño. Si te atreves mientras llevas mi uniforme. Mi
uniforme en un niño.» Eso fue todo lo que dijo. Yo respondí: «Mataste a todos
los niños de aquella habitación», lo cual fue una tontería, pero fue lo mejor
que se me ocurrió en ese momento, y luego le hundí la espada en el estómago. A
menudo he deseado haber dicho... otra cosa. Pero sobre todo he deseado haber
tenido agallas para seguir mi primer impulso.
—Tenías muy mal aspecto, en las almenas, bajo la lluvia.
—Él había empezado a gritar ya. Lamenté haber vuelto a oír.
El emperador suspiró.
—Sí, lo recuerdo.
—Lo preparó usted.
—Alguien tenía que hacerlo. —Hizo una pausa para descansar, y
luego añadió—: Bueno, no te he llamado para charlar de los viejos tiempos. ¿Te
habló el primer ministro de mi propósito?
—Algo sobre un puesto. Le dije que no estaba interesado, pero se
negó a transmitir mi mensaje.
Vorbarra cerró los ojos, cansado, y se dirigió, aparentemente,
al techo.
—Dime... lord Vorkosigan... ¿quién debería ser regente de
Barrayar?
Vorkosigan puso una cara como si hubiera mordido algo repugnante
pero fuera demasiado educado para escupirlo.
—Vortala.
—Demasiado viejo. No duraría dieciséis años.
—Entonces la princesa.
—El Alto Estado Mayor se la comería viva.
—¿Vordarian?
El emperador abrió los ojos.
—¡Oh, por el amor de Dios! ¡Un poco más de sesera, muchacho!
—Tiene un poco de formación militar.
—Discutiremos sus pegas en profundidad... si los médicos me dan
otra semana de vida. ¿Tienes algún otro chiste, antes de volver al asunto?
—Quintillian de Interior. Y no es un chiste.
El emperador esbozó una sonrisa amarilla.
—Así que tienes algo bueno que decir de mis ministros después de
todo. Ya puedo morirme: lo he oído todo.
—Nunca conseguiría un voto de aprobación de los condes a favor
de nadie que no tenga el prefijo Vor delante de su apellido —dijo Vortala—. Ni
siquiera aunque fuera capaz de caminar sobre el agua.
—Pues entonces ponedle uno. Dadle un rango que acompañe a su
trabajo.
—Vorkosigan —dijo Vortala, escandalizado—, ¡no pertenece a la
casta guerrera!
—Ni muchos de nuestros mejores soldados. Sólo somos Vor porque
un emperador muerto declaró que uno de nuestros antepasados muertos lo fuera.
¿Por qué no iniciar otra vez la costumbre, como recompensa al mérito? Mejor
todavía, declarad Vor a todo el mundo y acabemos con la maldita tontería de una
vez.
El emperador se echó a reír, luego se atragantó y tosió.
—¿No sería tirar de la alfombra de debajo de la Liga de la
Defensa del Pueblo? ¡Qué contrapropuesta más atractiva para asesinar a la
aristocracia! No creo que los más locos de todos ellos pudieran presentar una
propuesta más radical. Eres un hombre peligroso, lord Vorkosigan.
—Ha pedido usted mi opinión.
—Sí, en efecto. Y siempre me la das. Extraño. —El emperador
suspiró—. Puedes dejar de escabullirte, Aral. No te librarás esta vez.
»Permíteme que lo deje bien claro. Lo que la Regencia necesita
es un hombre de impecable rango, de mediana edad y no más, con una educación
militar consistente. Debe ser popular con sus oficiales y hombres, bien
conocido por el pueblo y, sobre todo, respetado por el Alto Estado Mayor. Lo
suficientemente implacable para mantener un poder casi absoluto en este
manicomio durante dieciséis años, y lo bastante honrado para entregar ese poder
al final de esos dieciséis años a un muchacho que sin duda será un idiota... Yo
lo era, a esa edad, y según recuerdo, tú también. Y, oh, sí, que esté
felizmente casado. Eso reduce la tentación de convertirse en emperador consorte
a través de la princesa. En resumen, tú mismo.
Vortala sonrió. Vorkosigan frunció el ceño. Cordelia sintió que
el estómago se le caía a los talones.
—Oh, no —dijo Vorkosigan, pálido—. No vais a dejarme caer ese
muerto encima. Es grotesco. Yo, nada menos, para calzar los zapatos de su
padre, para hablarle con la voz de su padre, para convertirme en el consejero
de su madre... es más que grotesco. Es obsceno. No.
Vortala pareció sorprendido de su vehemencia.
—Un poco de reticencia decente es una cosa, Aral, pero no nos
pasemos. Si te preocupan los votos, ya están decididos. Todo el mundo comprende
que eres el hombre idóneo.
—Todo el mundo no. Vordarian se convertirá en mi enemigo
instantáneo, y también el ministro del Oeste. Y en cuanto a poder absoluto,
usted mejor que nadie, señor, sabe qué falsa quimera es esa idea. Una ilusión
temblequeante, basada en... Dios sabe qué. Magia. Arte de birlibirloque. Creer
en tu propia propaganda.
El emperador se encogió de hombros, con cuidado, para no soltar
sus tubos.
—Bueno, no será mi problema. Será del príncipe Gregor, y de su
madre. Y del individuo que pueda dejarse convencer para estar a su lado, en los
momentos de necesidad. ¿Cuánto tiempo crees que durarán, sin ayuda? ¿Un año?
¿Dos?
—Seis meses —murmuró Vortala.
Vorkosigan sacudió la cabeza.
—Ya me planteasteis ese argumento antes de Escobar. Era falso
entonces, aunque tardé algún tiempo en advertirlo, y es falso ahora.
—Falso no —negó el emperador—. Ni entonces ni ahora. Eso debo
creer.
Vorkosigan cedió un poco.
—Sí. Puedo ver que debe usted creerlo. —Su rostro se tensó,
lleno de frustración, mientras contemplaba al hombre postrado—. ¿Por qué tengo
que ser yo? Vortala tiene más sentido político. La princesa tiene más derecho.
Quintillian comprende mejor los asuntos internos. Incluso hay mejores
estrategas militares. Vorlakial. O Kanzian.
—Pero no puedes nombrar a un tercero —murmuró el emperador.
—Bueno... tal vez no. Pero tenéis que comprender mis razones. No
soy el hombre irreemplazable que por algún motivo todo el mundo imagina que
soy.
—Al contrario. Tienes dos ventajas únicas, desde mi punto de
vista. Las he tenido en cuenta desde el día en que matamos al viejo Yuri.
Siempre he sabido que no viviría para siempre: demasiados venenos latentes en
mis cromosomas, absorbidos cuando luchaba contra los cetagandanos como aprendiz
militar de tu padre, y descuidado con mis técnicas de limpieza, pues no
esperaba llegar a viejo. —El emperador volvió a sonreír, y se concentró en el
rostro intenso e inseguro de Cordelia—. De los cinco hombres con mejor derecho
de sangre y ley que yo para gobernar el Imperio de Barrayar, tu nombre encabeza
la lista. Ja —añadió—. Tenía razón. Sabía que no se lo habías dicho. Qué
pícaro, Aral.
Cordelia, angustiada, volvió los ojos hacia Vorkosigan. Él
sacudió la cabeza, irritado.
—No es cierto. Descendencia sálica.
—No entablaremos un debate aquí. Sea como sea, todo aquel que
desee deponer al príncipe Gregor usando argumentos basados en la sangre y la
ley deberá primero deshacerse de ti, o tendrá que ofrecerte el Imperio. Todos
sabemos lo difícil que es matarte. Y eres el único hombre de esa lista, el
único, estoy absolutamente seguro, por los restos dispersos de Yuri Vorbarra,
que no desea ser emperador. Otros pueden creer que eres tímido. Yo sé bien que
no.
—Gracias por eso, señor. —Vorkosigan parecía enormemente triste.
—Como aliciente, señalo que no puedes estar mejor situado para
impedir esa eventualidad que siendo regente. Gregor es tu vida, muchacho.
Gregor es todo lo que impide que seas propuesto. Tu esperanza del cielo.
El conde Vortala se volvió hacia Cordelia.
—Lady Vorkosigan. ¿No nos comunicas tu voto? Parece que lo
conoces muy bien. Dile que es el hombre adecuado para el puesto.
—Cuando vinimos aquí —dijo Cordelia lentamente—, con esa vaga
idea de que le ofreceríais un puesto, pensé que tal vez debería instarlo a que
lo aceptara. Necesita trabajar. Está hecho para ello. Confieso que no esperaba
esta oferta. —Contempló la colcha bordada del emperador, absorta en sus
intrincados diseños y colores—. Pero siempre he pensado que las pruebas son
regalos. Y las pruebas mayores son el mayor de los regalos. Fallar la prueba es
una desgracia. Pero rechazar la prueba es rechazar el regalo, y algo peor, aún
más irrevocable, que la desgracia. ¿Comprenden lo que quiero decir?
—No —dijo Vortala.
—Sí —dijo Vorkosigan.
—Siempre he pensado que los creyentes eran más implacables que
los ateos —dijo Ezar Vorbarra.
—Si piensas que es un error es una cosa —le dijo Cordelia a
Vorkosigan—. Tal vez esa es la prueba. Pero si sólo es miedo al fracaso... no
tienes derecho a rechazar el regalo.
—Es un trabajo imposible.
—Eso pasa, a veces.
Él la llevó, en silencio hasta los ventanales.
—Cordelia... no tienes ni idea de qué tipo de vida será. ¿Crees
que nuestros hombres públicos se rodean de hombres de armas por gusto? Si
tienen un momento de tranquilidad, es al coste de la vigilancia de veinte
hombres. No tienen ningún tipo de paz privada. Tres generaciones de emperadores
se han desgastado intentando desenmarañar la violencia que es nuestra forma de
ser, y aún no hemos terminado. No tengo el orgullo desmedido de pensar que
puedo tener éxito donde él ha fracasado. —Sus ojos fluctuaron en la dirección
de la gran cama.
Cordelia sacudió la cabeza.
—El fracaso no me asusta tanto como antes. Pero voy a citarte
una cosa: «El exilio, por ningún otro motivo que la tranquilidad, sería la
última derrota, sin ninguna semilla de victoria futura.» Creo que el hombre que
dijo esas palabras entendía algo.
Vorkosigan volvió la cabeza y contempló la nada.
—No es del deseo de tranquilidad de lo que hablo ahora. Es del
miedo. Terror puro y duro. —Le sonrió con tristeza—. Sabes, antes me
consideraba un hombre intrépido, hasta que te conocí y redescubrí las
preocupaciones. Había olvidado lo que significa tener tu corazón puesto en el
futuro.
—Sí, yo también.
—No tengo que aceptarlo. Lo puedo rechazar.
—¿Puedes?
Se miraron a los ojos.
—No es la vida que esperabas cuando saliste de la Colonia Beta.
—No vine por una vida. Vine por ti, ¿Lo quieres?
Él se rió, tembloroso.
—Dios, qué pregunta. Es la oportunidad de toda una vida. Sí. Lo
quiero. Pero es veneno, Cordelia. El poder es una droga mala. Mira lo que le ha
hecho a él. Una vez estuvo cuerdo, y fue feliz. Creo que podría rechazar casi
cualquier otra oferta sin pestañear.
Vortala se apoyó ostentosamente en su bastón, y llamó desde el
otro lado de la habitación.
—Decídete, Aral. Están empezando a dolerme las piernas. No
entiendo a qué viene tanta delicadeza... es un trabajo por el que un montón de
hombres estarían dispuestos a matar, Y a ti te lo ofrecen gratis.
Sólo Cordelia y el emperador supieron por qué Vorkosigan soltó
una carcajada. Suspiró, miró a su señor, y asintió.
—Bien, viejo. Sabía que encontrarías un modo de gobernar desde
la tumba.
—Sí. Tengo pensado atormentarte continuamente. —Se produjo un
breve silencio mientras el emperador digería su victoria—. Tendrás que empezar
agrupando a tu personal inmediatamente. Voy a encargar al capitán Negri la
seguridad de mi nieto y de la princesa. Pero pensé que tal vez te gustaría
tener al comandante Illyan para ti.
—Sí. Creo que nos llevamos muy bien. —Una idea agradable pareció
iluminar de pronto el oscuro rostro de Vorkosigan—. Y conozco al hombre
adecuado para el trabajo de secretario personal. Necesitará ser ascendido... a
teniente.
—Vortala se encargará en tu nombre. —El emperador se tumbó,
cansado, y volvió a aclararse la garganta de flema otra vez, los labios
plomizos—. Encargaos de todo. Creo que será mejor que llaméis al doctor.
Los despidió con el gesto cansado de una mano.
Vorkosigan y Cordelia salieron de la Residencia Imperial al aire
cálido de la tarde de verano, suave y gris por la humedad del río cercano. Los
seguían sus nuevos guardaespaldas, esbeltos en sus uniformes negros. Habían
mantenido una larga reunión con Vortala, Negri e Illyan. A Cordelia la cabeza
le daba vueltas por el número y detalle de los temas tratados. Vorkosigan,
advirtió con envidia, parecía no tener ningún problema para adaptarse; de
hecho, él marcó el ritmo.
Su rostro parecía concentrado, más enérgico de lo que Cordelia
lo había visto desde que llegó a Barrayar, lleno de una tensión ansiosa. Está
vivo otra vez, pensó ella. Mira hacia fuera, no hacia dentro; hacia delante, no
atrás. Como la primera vez que lo vi. Me alegro. Sean cuales sean los riesgos.
Vorkosigan chasqueó los dedos y dijo, críptico:
—Los galones. Primera parada, la Casa Vorkosigan.
Habían pasado ante la residencia oficial del conde en su último
viaje a Vorbarr Sultana, pero era la primera vez que Cordelia entraba en ella.
Vorkosigan subió de dos en dos los escalones de las amplias escaleras
circulares hasta llegar a su habitación. Era una gran sala, sencillamente
amueblada, que daba al jardín trasero. A Cordelia le recordó su propia
habitación en el apartamento de su madre, por su frecuente y prolongada falta
de ocupación, y las capas arqueológicas de pasiones pasadas guardadas en armarios
y cajones.
Como era de esperar, había pruebas de su interés por todo tipo
de juegos de estrategia, y de historia civil y militar. Lo más sorprendente fue
un portafolios de dibujos a plumilla que apareció mientras rebuscaba en un
cajón lleno de medallas, recuerdos y pura basura.
—¿Los hiciste tú? —preguntó Cordelia con curiosidad—. Son
bastante buenos.
—Cuando era un chaval —explicó él, todavía buscando—. Y algo más
tarde. Lo dejé cuando tenía veintitantos años. Demasiado ocupado.
Su colección de medallas de campaña mostraba una historia
peculiar. Las primeras estaban cuidadosamente colocadas y exhibidas sobre
terciopelo verde, con notas adjuntas. Las posteriores y más grandes estaban
apiladas en una jarra. Una, que Cordelia reconoció como una alta condecoración
barrayaresa al valor, estaba suelta en el fondo de un cajón, con el lazo
arrugado y enmarañado.
Se sentó en la cama y repasó el portafolios. Eran estudios
arquitectónicos meticulosos, pero también había algunos estudios de figuras y
retratos realizados con un estilo menos afianzado. Había varios dibujos de una
joven de belleza sorprendente, pelo corto y rizado, vestida y desnuda, y
Cordelia vio con sorpresa, por las notas que había en ellos, que se trataba de
la primera esposa de Vorkosigan. También había tres estudios de un joven
sonriente llamado «Ges» que le resultó dolorosamente familiar. Le añadió
mentalmente veinte kilos y veinte años, y la habitación pareció tambalearse
cuando reconoció al almirante Vorrutyer. Cerró el portafolios en silencio.
Vorkosigan encontró por fin lo que estaba buscando: un par de
viejos galones rojos de teniente.
—Bien. Era más rápido que ir al cuartel general.
En el Hospital Militar Imperial los detuvo un enfermero.
—¿Señor? La hora de visita ha terminado, señor.
—¿No ha llamado nadie del cuartel general? ¿Dónde está ese
cirujano?
El cirujano de Koudelka, el hombre que lo había atendido con el
tractor manual durante la primera visita de Cordelia, fue localizado por fin.
—Almirante Vorkosigan, señor. No, naturalmente que las horas de
visita no se aplican a él. Gracias, cabo, puede retirarse.
—No vengo a hacer ninguna visita esta vez, doctor. Asunto
oficial. Pretendo relevarle de su paciente esta noche, si es físicamente
posible. Koudelka ha sido reasignado.
—¿Reasignado? ¡Pero si le van a dar la baja dentro de una
semana! ¿Reasignado a qué? ¿No ha leído nadie mis informes? Apenas puede
caminar.
—No lo necesitará. Su nueva misión es trabajo de despacho.
Confío en que sus manos funcionen.
—Bastante bien.
—¿Queda por hacerle algún trabajo médico?
—Nada importante. Unas últimas pruebas. Lo estaba reteniendo
hasta final de mes, para que pudiera completar su cuarto año. Pensé que eso le
ayudaría un poco con su pensión.
Vorkosigan rebuscó entre papeles y discos, y le tendió al doctor
los pertinentes.
—Tome. Meta esto en su ordenador y firme el alta. Venga,
Cordelia, vamos a darle una sorpresa. —Parecía más feliz de lo que había estado
en todo el día.
Entraron en la habitación de Koudelka y lo encontraron vestido
con un uniforme negro de diario, debatiéndose con un ejercicio de coordinación
terapéutica manual y maldiciendo entre dientes.
—Hola, señor —saludó a Vorkosigan, ausente—. El problema con
este maldito sistema nervioso de papel de aluminio es que no se le puede
enseñar nada. La práctica sólo ayuda a las partes orgánicas. Juro que algunos
días me dan ganas de darme cabezazos contra la pared. —Renunció al ejercicio
con un suspiro.
—No lo hagas. Te hará falta la cabeza en los días por venir.
—Supongo. De todas formas, nunca fue mi mejor parte. —Contempló,
abstraído y abatido, el tablero, y luego se acordó de estar alegre ante su
comandante. Al alzar la cabeza, advirtió la hora que era—. ¿Qué está haciendo
aquí a esta hora, señor?
—Asuntos. ¿Cuáles son tus planes para las próximas semanas,
alférez?
—Bueno, van a darme de baja la semana que viene, ya sabe. Me iré
a casa una temporada. Luego empezaré a buscar trabajo, supongo. No sé de qué
clase.
—Lástima —dijo Vorkosigan, manteniendo la cara seria—. Odio
tener que alterar tus planes, teniente Koudelka, pero has sido reasignado.
Y colocó sobre la mesilla de noche, en orden, como si fuera una
mano de cartas, las órdenes recién emitidas para Koudelka, su ascenso, un par
de galones rojos.
Cordelia nunca había disfrutado más de la alegría del rostro de
Koudelka. Era un estudio de asombro y esperanza. Tomó las órdenes con cuidado y
las leyó.
—¡Oh, señor! ¡Sé que no es una broma, pero tiene que tratarse de
un error! Secretario personal del regente electo... no sé nada de ese trabajo.
Es un trabajo imposible.
—Sabe, eso es exactamente lo que el regente electo dijo sobre su
trabajo, cuando se lo ofrecieron por primera vez —dijo Cordelia—. Supongo que
los dos tendrán que aprenderlo juntos.
—¿Cómo me ha elegido a mí? ¿Me recomendó usted, señor? Ahora que
lo pienso... —repasó las órdenes, leyéndolas una y otra vez—, ¿quién va a ser
el regente?
Alzó los ojos hacia Vorkosigan e hizo la conexión por fin.
—Dios mío —susurró. No sonrió y le felicitó, como Cordelia pensó
que iba a hacer, sino que pareció bastante serio—. Es... es un trabajo
infernal, señor. Pero creo que el Gobierno ha hecho por fin algo bien. Me
sentiré orgulloso de servir de nuevo a sus órdenes. Gracias.
Vorkosigan asintió, mostrando su acuerdo y aceptación.
Koudelka sonrió al recibir la orden de ascenso.
—Gracias también por esto, señor.
—No me des las gracias tan pronto. Pienso hacer que sudes sangre
a cambio.
La sonrisa de Koudelka se hizo más amplia.
—Nada nuevo en eso. —Luchó torpemente con las insignias.
—¿Puedo hacerlo yo, teniente? —preguntó Cordelia. Él alzó la
cabeza, a la defensiva—. Será un placer para mí —añadió.
—Sería un honor, milady.
Cordelia se las colocó en el cuello, con mucho cuidado, y dio un
paso atrás para admirar su trabajo.
—Enhorabuena, teniente.
—Mañana podrás conseguir unas nuevas —dijo Vorkosigan—. Pero
pensé que éstas valdrían por hoy. Voy a sacarte de aquí ahora mismo. Te
llevaremos a la residencia del conde, mi padre, porque el trabajo empieza
mañana al amanecer.
Koudelka acarició los rectángulos rojos.
—¿Eran sus galones, señor?
—Lo fueron. Espero que no te den mi suerte, que siempre fue
mala, pero... llévalos con buena salud.
Koudelka asintió, y sonrió. Estaba claro que consideraba el
gesto de Vorkosigan profundamente significativo, y que excedía su capacidad de
hablar. Pero los dos hombres se entendían perfectamente bien sin palabras.
—Creo que no quiero unos galones nuevos, señor. La gente
pensaría que fui alférez hasta ayer.
Más tarde, acostada en la oscuridad de la habitación de
Vorkosigan, en la casa del conde, Cordelia recordó algo.
—¿Qué le dijiste de mí al emperador?
Él se agitó junto a ella, y le cubrió tiernamente el hombro
desnudo con la sábana.
—¿Mm? Oh, eso —vaciló—. Ezar me estuvo preguntando por ti, en
nuestra discusión acerca de Escobar. Dio a entender que habías influido en mi
valor, para mal. Entonces no sabía si volvería a verte o no. Él quiso saber qué
vi en ti. Le dije... —hizo una pausa, y luego continuó, casi tímidamente—, que
vertías honor a tu alrededor, como una fuente.
—Qué extraño. No me siento llena de honor, ni de nada más,
excepto tal vez confusión.
—Por supuesto que no. Las fuentes no se quedan con nada para sí
mismas.
DESPUÉS DE LA BATALLA
La nave destrozada flotaba en el espacio, una masa negra en la
oscuridad. Todavía giraba, lenta e imperceptiblemente; un borde eclipsaba y
engullía el brillante punto de una estrella. Las luces del grupo de salvamento
corrían sobre el esqueleto. Hormigas, saqueando una polilla muerta, pensó
Ferrell. Carroñeros...
Suspiró desazonado ante su pantalla de observación, y recordó la
nave tal como era hacía unas pocas semanas. El naufragio se desplegó en su
mente: un crucero, lleno de esas luces brillantes que le hacían pensar
invariablemente en una fiesta vista a través de aguas nocturnas. Respondiendo
siempre como una seda a la mente bajo el casco de su piloto, donde hombre y
máquina penetraban la interconexión para convertirse en una sola cosa. Rápida,
resplandeciente, funcional... Ya no. Miró a su derecha y se aclaró la garganta.
—Bien, tecnomed —le dijo a la mujer que estaba a su lado,
contemplando la pantalla con la misma intensidad sobrecogida que él—. Ése es
nuestro punto de partida. Supongo que bien podríamos empezar ya.
—Sí, por favor, oficial piloto. —Ella tenía una voz grave,
adecuada para su edad, que Ferrell calculaba en unos cuarenta y cuatro años.
Los cinco finos galones de plata de su manga izquierda resplandecían de manera
impresionante contra el oscuro uniforme rojo del servicio médico militar de
Escobar. Pelo oscuro veteado de gris, muy corto por necesidades del servicio,
no por estilo; una amplitud propia de matrona en sus caderas. Una veterana,
parecía. La manga de Ferrell todavía tenía que desarrollar incluso su sardineta
de primer año, y el resto de su cuerpo aún mantenía cierta falta de desarrollo
adolescente.
Pero ella no era más que una tecno, se recordó, ni siquiera
médico. Él era un oficial piloto de pleno derecho. Sus implantes neurológicos y
su formación de biofeedback eran completos. Se había licenciado y graduado...
tres días demasiado tarde para participar en lo que ahora era conocido como la
Guerra de los 120 Días. Aunque de hecho habían pasado 118 días y casi una hora
entre el tiempo en que la punta de lanza de la flota invasora de Barrayar
penetró el espacio local escobariano y el momento en que los últimos
supervivientes huyeron del contraataque, corriendo hacia la salida del agujero
de gusano para volver a casa como si buscaran una madriguera.
—¿Desea que permanezcamos a la espera? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza.
—No. La zona interior ha sido bien trabajada en las tres últimas
semanas. No espero encontrar nada en las primeras cuatro vueltas, aunque no
está de más que seamos concienzudos. Tengo unas cuantas cosas que preparar en
el departamento, y luego creo que daré una cabezada. Mi departamento ha estado
terriblemente ocupado en los últimos meses —añadió, a modo de disculpa—. Falta
de personal, ya sabe. Pero, por favor, llámeme si divisa algo. Prefiero manejar
el tractor yo misma, cuando es posible.
—Por mí, bien. —Se giró en la silla hacia la comconsola—. ¿Con
qué masa mínima quiere que la ayude? ¿Unos cuarenta kilos?
—Un kilo es el estándar que prefiero.
—¡Un kilo! —Él se la quedó mirando—. ¿Está bromeando?
—¿Bromear? —Ella le devolvió la mirada, y luego cayó en la
cuenta—. Oh, ya veo. Estaba usted pensando en términos generales... Verá, puedo
hacer una identificación positiva con piezas muy pequeñas. Ni siquiera me
importaría detectar trocitos más pequeños que eso, pero con menos de un kilo se
pasa demasiado tiempo con falsas alarmas como micrometeoros y otra basura. Un
kilo parecer ser el mejor compromiso práctico.
—Puaf.
Pero él colocó obedientemente sus sondas para una masa de un
kilo, mínimo, y terminó de programar el rastreador.
Ella hizo un gesto con la cabeza; se retiró de la diminuta sala
de navegación y control. La obsoleta nave correo había sido rescatada de la
órbita basura y dotada rápidamente para convertirla en un transporte de
personal para oficiales de rango medio (los jefazos con prisa tenían el
monopolio de las naves nuevas), pero, como el propio Ferrell, se había graduado
demasiado tarde para participar. Así que ambos se habían dedicado juntos a los
aburridos deberes que él consideraba similares a la colocación de sanitarios, o
cosas peores.
Contempló un último momento la reliquia de la batalla en la
pantalla de proa, su andamiaje sobresaliendo como si fueran huesos a través de
la piel, y sacudió la cabeza por semejante desperdicio. Luego, con un pequeño
suspiro de placer, conectó su casco a los círculos plateados de sus sienes y su
frente, cerró los ojos y tomó el control de la nave.
El espacio pareció extenderse a su alrededor, animado como el
mar. Él era la nave, un pez, un tritón; sin respiración, sin límites, sin
dolor. Conectó los motores como si una llama brotara de sus dedos, y empezó la
lenta rotación en espiral de la pauta de búsqueda.
—¿Tecnomed Boni? —Pulsó el intercomunicador de su cabina—. Creo
que tengo algo para usted.
Ella se frotó la cara para espantar el sueño.
—¿Ya? Qué hora... oh. Debía estar más cansada de lo que creía.
Ahora mismo voy, oficial piloto.
Ferrell se desperezó y comenzó una serie automática de
ejercicios en su asiento. Había sido una guardia larga y aburrida. Debería
tener hambre, pero lo que contemplaba ahora a través de los visores le había
quitado el apetito.
Boni apareció al momento y se sentó a su lado.
—Oh, muy bien, oficial piloto. —Descolgó los controles del rayo
tractor exterior y flexionó los dedos antes de asirlos con delicadeza.
—Sí, no había mucha duda en eso —reconoció él, echándose hacia
atrás y viéndola trabajar—. ¿Por qué tanto cuidado con los tractores? —preguntó
con curiosidad, advirtiendo el bajo nivel de energía que estaba utilizando.
—Bueno, ahora mismo están congelados, ya sabe —contestó ella,
sin apartar los ojos de los indicadores—. Son quebradizos. Si no se va con
cuidado, pueden romperse. Detengamos esa rotación, primero —añadió, casi para
sí misma—. Un giro lento está mejor. Eso parece. Pero si giran rápido, a
veces... debe ser muy incómodo para ellos, ¿no cree?
Él desvió su atención de la pantalla y se la quedó mirando.
—¡Pero si están muertos, señora!
Ella sonrió lentamente mientras el cadáver, hinchado por la
descompresión, los miembros retorcidos como congelados en un gesto de
convulsión, era atraído lentamente hacia la bodega de carga.
—Bueno, no es culpa suya, ¿no? Uno de nuestros camaradas, lo veo
por el uniforme.
—¡Puaf! —repitió él, y luego dejó escapar una risa nerviosa—.
Actúa usted como si le gustara.
—¿Gustarme? No... Pero llevo ya nueve años en Recuperación e
Identificación de Personal. No me importa. Y, naturalmente, trabajar en el
vacío es siempre un poco más agradable que el trabajo planetario.
—¿Más agradable? ¿Con esa maldita y horrible descompresión?
—Sí, pero hay que considerar también los efectos de la
temperatura. No hay descomposición.
Él tomó aire y lo dejó escapar lentamente.
—Ya veo. Supongo que uno se vuelve... duro, con el tiempo. ¿Es
cierto que los llaman ustedes témpanos?
—Algunos sí —admitió ella—. Yo no.
Ella maniobró el cuerpo cuidadosamente a través de las puertas
de la bodega de carga y las cerró.
—Temperatura dispuesta para descongelación lenta. Lo podremos
manejar dentro de unas pocas horas —murmuró.
—¿Cómo los llama usted? —preguntó él mientras ella se levantaba.
—Personas.
Ella recompensó su asombro con una sonrisita, como un saludo, y
se retiró al mortuorio temporal situado junto a la bodega de carga.
En su siguiente descanso, él bajó en persona, atraído por una
curiosidad morbosa. Asomó la nariz en la puerta. Ella estaba sentada ante su
escritorio. La mesa del centro de la habitación todavía no estaba ocupada.
—Uh... hola.
Ella lo miró y sonrió rápidamente.
—Hola, oficial piloto. Pase.
—Uh, gracias. Sabe, no tiene por qué ser tan formal. Llámeme
Falco, si quiere —dijo él mientras entraba.
—Desde luego, sí así lo quieres. Yo me llamo Tersa.
—¿Ah, sí? Tengo una prima llamada Tersa.
—Es un nombre popular. En el colegio siempre había al menos tres
en mi clase. —Se levantó y comprobó el medidor situado junto a la puerta de la
bodega de carga—. Ya debe faltar poco para que cuidemos de él. Está a punto de
ser arrastrado hasta la orilla, como si dijéramos.
Ferrell olisqueó, y se aclaró la garganta, preguntándose si
debía quedarse o marcharse.
—Una pesca algo grotesca.
Mejor marcharme, creo.
Ella tomó la correa de control de la plataforma flotante y se la
llevó a la bodega de carga. Hubo unos cuantos sonidos de golpes, y regresó con
la plataforma flotando tras ella. El cadáver con el uniforme azul oscuro era de
un oficial de cubierta, cubierto de escarcha que se fundía y goteaba en el
suelo mientras la tecnomed lo colocaba sobre la camilla de reconocimiento.
Ferrell se estremeció de repulsión.
Decididamente, mejor me marcho. Pero se quedó, apoyado contra el
marco de la puerta a distancia segura.
Ella tomó un instrumento conectado a los ordenadores. Tenía el
tamaño de un lápiz, y emitió un fino rayo de luz azul cuando lo alineó con los
ojos del cadáver.
—Identificación retinal —explicó Tersa. Sacó un objeto parecido
a una almohadilla, también conectado, y lo colocó bajo cada una de las manos de
la monstruosidad.
—Y de las huellas —continuó—. Siempre hago ambas cosas, y las
cotejo. Los ojos se pueden distorsionar mucho. Los errores de identificación
pueden ser brutales para las familias. Mm. Mm. —Comprobó su pantalla
indicadora—. Teniente Marco Deleo. Veintinueve años. Bien, teniente, veamos qué
podemos hacer por ti.
Aplicó un instrumento a sus articulaciones, que se aflojaron, y
empezó a quitarle la ropa.
—¿Sueles hablar con... ellos? —preguntó Ferrell, nervioso.
—Siempre. Es una cortesía. Algunas de las cosas que tengo que
hacer por ellos son bastante indignas, pero se pueden hacer con cortesía.
Ferrell sacudió la cabeza.
—Creo que es obsceno.
—¿Obsceno?
—Todo esto de manipular cadáveres. Tantos problemas y gastos
para recuperarlos. Quiero decir, ¿qué les importa a ellos? Cincuenta o cien
kilos de carne podrida. Sería más limpio dejarlos en el espacio.
Ella se encogió de hombros, sin distraerse de su tarea. Dobló
las ropas e hizo inventario del contenido de los bolsillos, que fue colocando
en fila.
—Me gusta revisar los bolsillos —comentó—. Me recuerda cuando
era una niña pequeña y visitaba una casa extraña. Cuando subía sola al piso de
arriba, para ir al cuarto de baño o algo así, siempre me gustaba asomarme a las
otras habitaciones, y ver qué tipo de cosas tenían, y cómo las conservaban. Si
estaban muy ordenadas, siempre me impresionaba: nunca he podido ordenar mis
cosas. Si era un desorden, consideraba que había encontrado un alma gemela. Las
cosas de una persona pueden ser una especie de morfología exterior de su mente:
como la concha de un caracol, o algo así. Me gusta imaginar qué clase de
personas eran, por lo que tienen en los bolsillos. Ordenadas, o desordenadas.
Obediente a las reglas, o llenos de cosas personales... Pongamos por ejemplo al
teniente Deleo, aquí presente. Debió ser muy ordenado. Todo según las reglas,
excepto este pequeño disco vid de casa. De su esposa, imagino. Creo que debió
ser una persona muy agradable.
Colocó la colección de objetos cuidadosamente en una bolsa
etiquetada.
—¿No vas a escucharlo? —preguntó Ferrell.
—Oh, no. Eso sería entrometerme.
Él soltó una carcajada.
—No veo la diferencia..
—Ah. —Ella completó el reconocimiento médico, preparó la bolsa
de plástico, y empezó a lavar el cadáver. Cuando llegó a la zona genital cuya
limpieza era necesaria por la relajación de los esfínteres, Ferrell huyó por
fin.
Esa mujer está loca, pensó. Me pregunto cuál será la causa de
que haya elegido ese trabajo, o el efecto.
Pasó otro día entero antes de que pescaran un nuevo pez. Ferrell
tuvo un sueño, durante su ciclo de descanso, donde estaba en un barco en el
mar, e izaba redes llenas de cadáveres que vertía, mojados y brillantes como si
tuvieran escamas iridiscentes, en una gran pila en la bodega. Despertó sudando,
pero con los pies fríos. Regresó con profundo alivio a su puesto, y se deslizó
en la piel de su nave. La nave era limpia, mecánica y pura, inmortal como un
dios; uno podía olvidar que alguna vez había poseído esfínteres.
—Qué extraña trayectoria —observó, mientras la tecnomed ocupaba
de nuevo su puesto en los controles de tracción.
—Sí... Oh, ya veo. Es barrayarés. Está muy lejos de casa.
—Oh, vaya. Tirémoslo.
—Oh, no. Tenemos archivos de identificación de todos sus
desaparecidos. Parte del tratado de paz, ya sabe, junto con el intercambio de
prisioneros.
—Considerando lo que hicieron a nuestras prisioneras, creo que
no les debemos nada.
Ella se encogió de hombros.
El oficial de Barrayar había sido un hombre alto, ancho de
hombros, comandante según indicaban los galones de su cuello. La tecnomed lo
trató con el mismo cuidado que había dedicado al teniente Deleo, y más. Se tomó
considerables molestias para ponerlo a punto y convertir con un masaje de las
yemas de sus dedos el rostro abotargado en algo parecido a la humanidad.
Ferrell la observó con asco creciente.
—Ojalá sus labios no se replegaran tanto —observó ella, mientras
continuaba con su tarea—. Le dan una mueca que no me parece correcta. Creo que
debió ser bastante guapo.
Uno de los objetos de sus bolsillos era un pequeño relicario.
Contenía una diminuta burbuja de cristal llena de un líquido claro. El interior
de su cubierta de oro estaba grabado con los elaborados signos del alfabeto
barrayarés.
—¿Qué es eso? —preguntó Ferrell con curiosidad.
Ella lo alzó a la luz, pensativa.
—Una especie de relicario, o un recordatorio. He aprendido un
montón de cosas sobre los barrayareses estos últimos meses. Nueve de cada diez
de ellos llevan amuletos de buena suerte o medallones o algo por el estilo. Los
oficiales de alto rango son iguales que los reclutas.
—Tonta superstición.
—No estoy segura de que sea superstición o sólo costumbre. Una
vez tratamos a un prisionero herido... Dijo que era sólo una costumbre, que la
gente se los daba a los soldados como regalo, pero que nadie cree realmente en
ellos. Pero cuando se lo quitamos, cuando lo estábamos desnudando para
operarlo, trató de luchar con nosotros para conseguirlo. Tuvimos que sujetarlo
entre tres para administrarle la anestesia. Me pareció algo especialmente
notable para tratarse de un hombre al que le habían volado las piernas.
Lloró... Naturalmente, se hallaba en estado de conmoción.
Ferrell contempló el relicario que colgaba del extremo de su
cadenita, intrigado a su pesar. Colgaba con otra pieza más, un rizo de pelo
dentro de un pendiente de plástico.
—Una especie de agua bendita, ¿no? —inquirió.
—Casi. Es un diseño muy corriente. Se llama «relicario de las
lágrimas de la madre». Vamos a ver si podemos... Parece que hace tiempo que lo
tenía. Por la inscripción, creo que dice «alférez», y la fecha... debieron
dárselo cuando se graduó.
—No son de verdad las lágrimas de su madre, ¿no?
—Oh, sí. Eso es lo que se supone que hace que funcione como
protección.
—No parece muy efectivo.
—No, bueno... No.
Ferrell hizo una mueca irónica.
—Odio a esos tipos... pero supongo que lo lamento por su madre.
Boni retiró la cadena y su pendiente, alzando el rizo en el
plástico a la luz y leyendo su inscripción.
—No, para nada. Es una mujer afortunada.
—¿Cómo es eso?
—Este rizo indica que está muerta. Murió hace tres años, por eso
está aquí el rizo.
—¿También se supone que da buena suerte?
—No, no necesariamente. Es sólo un recuerdo, por lo que sé.
Bastante agradable, por cierto. El amuleto más desagradable que he visto jamás,
y el más único, era una bolsita de cuero que colgaba del cuello de un tipo.
Estaba lleno de tierra y hojas, y otra cosa que me pareció el esqueleto de un
animal parecido a un sapo, de unos diez centímetros de largo. Pero cuando lo
miré con más atención, resultó ser el esqueleto de un feto humano. Muy extraño.
Supongo que era algo relacionado con la magia negra. Parecía algo extraño para
tratarse de un oficial ingeniero.
—No parece que ninguno de ellos funcione, ¿no?
Ella sonrió amargamente.
—Bueno, si hubiera alguno que funcionara, no los veríamos, ¿no?
Continuó con su trabajo, lavando la ropa del barrayarés y
vistiéndolo de nuevo con cuidado, antes de meterlo en la bolsa y devolverlo al
congelador.
—Esos barrayareses están tan picados con el Ejército —explicó—,
que me gusta guardarlos con sus uniformes. Significan mucho para ellos. Estoy
seguro de que están más cómodos con ellos.
Ferrell frunció el ceño, incómodo.
—Sigo pensando que deberíamos tirarlo con el resto de la basura.
—De ningún modo —dijo la tecnomed—. Piensa en todo el trabajo
que significa a cargo de alguien. Nueve meses de embarazo, el parto, dos años
de pañales, y eso es sólo el principio. Decenas de miles de comidas, miles de
historias para dormir, años de colegio. Docenas de maestros. Y toda esa
formación militar también. Un montón de gente trabajó para crearlo.
Alisó un rizo de pelo del cadáver y lo puso en su sitio.
—Esa cabeza contuvo el universo, una vez. Tenía un buen rango
para su edad —añadió, comprobando de nuevo su monitor—. Treinta y dos años.
Comandante Aristede Vorkalloner. Tiene una especie de sonoridad étnica. Un
nombre muy barrayarés. Vor, además, uno de esos tipos perteneciente a la casta
de los guerreros.
—Chalados de clase homicida. O peor —dijo Ferrell
automáticamente. Pero su vehemencia, de algún modo, había perdido impulso.
Boni se encogió de hombros.
—Bueno, ahora se ha unido a la gran democracia. Y tenía unos
bolsillos interesantes.
Pasaron tres días más sin otra nueva alarma que una rara
dispersión de residuos mecánicos. Ferrell empezó a esperar que el barrayarés
fuera la última captura que tuvieran que hacer. Se acercaban al final de su
perímetro de búsqueda. Además, pensó resentido, este trabajo estaba saboteando
la eficacia de su ciclo de sueño. Pero la tecnomed hizo una petición.
—Si no te importa, Falco —dijo—, agradecería si pudiéramos
continuar unas cuantas órbitas más. Las órdenes originales se basan en la
estimación media de la velocidad de la trayectoria, y si alguien recibió un
poco de impulso extra cuando la nave se partió, bien podría estar más allá.
Ferrell no se mostró demasiado entusiasmado, pero la perspectiva
de un día más de pilotaje tenía sus atractivos, y accedió a regañadientes. El
razonamiento de ella dio sus frutos: antes de que hubiera terminado el día,
encontraron otra horrible reliquia.
—Oh —murmuró Ferrell cuando se acercaron a mirar. Era una
oficial femenina. Boni la recuperó con enorme ternura. Él no quiso ir a mirar
esta vez, pero la tecnomed parecía esperar que lo acompañara.
—Yo... la verdad es que no quiero ver a una mujer reventada
—trató de excusarse.
—Mm —dijo Tersa—. ¿Es justo entonces rechazar a una persona sólo
porque está muerta? No te habría importado nada ver su cuerpo cuando estaba
viva.
Él se rió un poco, macabramente.
—¿Igualdad de derechos para los muertos?
La sonrisa de ella se torció.
—¿Por qué no? Algunos de mis mejores amigos son cadáveres.
Él hizo una mueca.
Ella se puso seria.
—Me... me gustaría tener compañía, con ésta. —Ocupó su puesto de
costumbre junto a la puerta.
La tecnomed depositó la cosa que había sido una mujer sobre la
mesa, la desnudó, la examinó, la lavó y la preparó. Cuando terminó, besó los
labios muertos.
—Oh, Dios —exclamó Ferrell, horrorizado y asqueado—. ¡Estás
loca! ¡Eres una maldita, maldita necrófila! ¡Y una necrófila lesbiana, además!
Se dio la vuelta para marcharse.
—¿Es eso lo que te parece? —La voz de ella era suave, sin
expresar ofensa alguna. Eso hizo que él se detuviera y mirara por encima del
hombro. Ella lo miraba tan amablemente como si fuera uno de sus preciosos
cadáveres—. En qué mundo tan extraño debes de vivir, dentro de tu cabeza.
Abrió un maletín y sacó un vestido, delicada ropa interior y un
par de zapatillas blancas bordadas. Un vestido de novia, advirtió Ferrell. Esta
mujer es una psicópata de primera...
Vistió el cadáver y arregló con delicadeza su suave pelo oscuro
antes de guardarlo en la bolsa.
—Creo que la colocaré con ese guapo barrayarés —dijo—. Me parece
que se habrían gustado, si se hubieran podido conocer en otro tiempo y lugar.
Después de todo, el teniente Deleo estaba casado.
Completó los datos de la etiqueta identificativa. La agotada
mente de Ferrell le enviaba pequeños mensajes subliminales; se esforzó por
superar la conmoción y el asombro, y prestó atención. Su conciencia se despejó
con un sobresalto.
No ha hecho una comprobación de identificación con ésta.
Sal por la puerta, se dijo, es lo que tienes que hacer. En
cambio, tímidamente, se acercó al cadáver y comprobó la etiqueta.
Alférez Sylva Boni, decía. Veinte años. La misma edad que él...
Estaba temblando, como si tuviera frío. Hacía frío en aquella
sala. Tersa Boni terminó de preparar el paquete, y volvió con la plataforma
flotante.
—¿Tu hija? —preguntó. Fue todo lo que pudo decir.
Ella frunció los labios y asintió.
—Es... una maldita coincidencia.
—En absoluto. Solicité este sector.
—Oh. —Él tragó saliva, se dio la vuelta, volvió, el rostro
enrojecido—. Siento haber dicho...
Ella sonrió con tristeza.
—No importa.
Encontraron un poco más de residuos mecánicos, así que
accedieron a trazar otro círculo, para asegurarse de que todas las trayectorias
quedaban cubiertas. Y, sí, encontraron otro cadáver: desagradable, girando
salvajemente, las tripas abiertas por un gran golpe y colgando en una cascada
congelada.
La acólita de la muerte hizo su sucio trabajo sin arrugar
siquiera la nariz. Cuando empezó a lavarlo, la menos técnica de las tareas,
Ferrell dijo de repente:
—¿Puedo ayudarte?
—Desde luego —respondió la tecnomed, haciéndose a un lado—. Un
honor no disminuye por compartirlo.
Y eso hizo, con la timidez de un aprendiz de santo que lava a su
primer leproso.
—No tengas miedo —dijo ella—. Los muertos no pueden hacerte
daño. No te causan dolor, excepto el de ver tu propia muerte en sus rostros. Y
he descubierto que podemos enfrentarnos a eso.
Sí, pensó él, los buenos se enfrentan al dolor. Pero los
grandes... los grandes lo abrazan.
FIN DEL LIBRO 2


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