© Libro N°. 3016. Miles Vorkosigan 3 - Hermanos De
Armas. Mcmaster
Bujold, Lois. Colección E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Brothers in Arms
Versión Original: © Miles Vorkosigan 3 - Hermanos De Armas. Lois Mcmaster Bujold
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MILES VORKOSIGAN 3 HERMANOS DE ARMAS
Lois Mcmaster Bujold
A Martha y Andy
PRESENTACIÓN
Lo siento pero yo ya no sé qué decir. Lo cierto es que he tenido
que escribir con ésta, diez presentaciones de novelas de Lois McMaster Bujold.
La mayoría, como ocurre también en este caso, pertenece a la serie de aventuras
de Miles Vorkosigan y, la verdad, no se me ocurre qué contarles que pueda
parecer nuevo. Yo no soy Lois...
Habrá en esta presentación alguna que otra repetición (más de
una en realidad) de lo dicho al presentar otros libros de la serie. Si usted se
acerca por primera vez al mundo de Miles Vorkosigan, bienvenido, esta
presentación le vendrá como anillo al dedo. Pero si usted es un veterano lector
de esta divertida e irónica serie de aventuras espaciales, tal vez no
encontrará demasiados elementos nuevos. Pero eso no es ningún problema: usted y
yo ya sabemos que posiblemente se habrá saltado esta presentación, ya que lo
que le interesa de verdad, evidentemente, es la nueva aventura de Miles...
Marchando, una de repetición...
La realidad es que la mujer que en diciembre de 1982 empezó a
escribir casi involuntariamente, ha acabado convirtiéndose, sin ninguna duda,
en la autora más popular de la ciencia ficción de la última década del siglo.
Las aventuras de Miles Vorkosigan son una diversión segura e indiscutible. Por
ello NOVA se enorgullece de haberla presentado al público español y de que sea,
junto con Orson Scott Card, la autora con más títulos en nuestra colección.
En sólo seis años, la serie de aventuras protagonizada por Miles
Vorkosigan ha obtenido cuatro premios Hugo, un Nebula y dos Locus. Los tres
premios Hugo de novela larga obtenidos por Lois McMaster Bujold en esta serie
se acercan al récord de Heinlein (cuatro Hugo de novela), y superan ya los dos
Hugo de novela conseguidos en toda una carrera por autores consagrados como
Asimov, Clarke, Le Guin, Zelazny o Leiber. Un hito indiscutible en la historia
del género.
Las narraciones de la mayor parte de estos libros de Lois
McMaster Bujold están ambientadas en un mismo universo coherente, en el que se
dan cita tanto los quadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE (premiada con el Nebula en
1988, y finalista del Hugo de 1989), como los planetas y los sistemas estelares
que presencian las aventuras de Miles Vorkosigan, su héroe más característico.
En el APÉNDICE de este volumen se incluye un esquema argumental del conjunto de
los libros de ciencia ficción de Bujold aparecidos hasta hoy, ordenados según
la cronología interna de la serie.
De hecho, tal como he indicado repetidas veces, el orden real de
su publicación en inglés ha sido el siguiente:
Shards of Honor (junio de 1986)
FRAGMENTOS DE HONOR, previsto en NOVA, año 2000
The Warrior's Apprentice (agosto de 1986)
EL APRENDIZ DE GUERRERO, NOVA ciencia ficción número 33
Ethan of Athos (diciembre de 1986)
ETHAN DE ATHOS, NOVA ciencia ficción número 106
Falling Free (abril de 1988), premio Nebula 1988
EN CAÍDA LIBRE, NOVA ciencia ficción número 24
Brothers in Arms (enero de 1989)
HERMANOS DE ARMAS, NOVA ciencia ficción número 126
Borders of Infinity (octubre de 1989), premios Nebula 1989 y
Hugo 1990 por «Las montañas de la aflicción» y premio Analog 1989 por
«Laberinto», ambas novelas cortas incluidas en el libro:
FRONTERAS DEL INFINITO, NOVA ciencia ficción número 44
The Vor Game (septiembre de 1990), premio Hugo 1991
EL JUEGO DE LOS VOR, NOVA ciencia ficción número 57
Barrayar (octubre de 1991), premios Hugo y Locus 1992
BARRAYAR, NOVA ciencia ficción número 60
Mirror Dance (marzo de 1994), premios Hugo y Locus 1995
DANZA DE ESPEJOS, NOVA ciencia ficción número 78
Cetaganda (enero de 1996)
CETAGANDA, NOVA ciencia ficción número 89
Memory (octubre de 1996)
RECUERDOS, NOVA ciencia ficción número 116
Komarr (agosto de 1998)
KOMARR, previsto en NOVA, año 1999
Como ya he dicho, todas esas novelas se empezaron a escribir en
diciembre de 1982. Según recuerda la misma Bujold: «Inspirada por el ejemplo de
una escritora novel amiga mía, y acuciada por la difícil situación económica de
la ciudad del Medio Oeste en donde vivía, me puse a escribir una novela.»
Ese primer trabajo dio lugar a tres libros, escritos entre 1982
y 1985, que se publicaron en edición de bolsillo en 1986. Es evidente que Lois
tanteó al principio diversos personajes posibles: los padres de Miles en SHARDS
OF HONOR, el mismo Miles en EL APRENDIZ DE GUERRERO y la comandante Elli Quinn
(o tal vez el mismo Ethan) en ETHAN DE ATHOS. El impresionante éxito de EL
APRENDIZ DE GUERRERO sumado al gran atractivo del personaje de Miles
Vorkosigan, han llevado a que sea éste quien se haya convertido en el
protagonista y personaje emblemático de una de las mejores y más amenas series
de la moderna space opera, un subgénero esencial en la ciencia ficción.
Sin embargo, Bujold ha continuado narrando, por ejemplo, las
aventuras de los padres de Miles en BARRAYAR (1991), obteniendo de nuevo el
reconocimiento y el favor del público lector. Posteriormente el editor
norteamericano ha unido las aventuras que afectan a los padres de Miles (SHARDS
OF HONOR y BARRAYAR) en un único macro volumen titulado CORDELIA'S HONOR
(publicado en inglés en noviembre de 1996).
Por otra parte, la aparición de Mark, el hermano-clon de Miles,
en HERMANOS DE ARMAS o DANZA DE ESPEJOS ha introducido nuevos elementos en la
serie, que parece tender a una mayor introspección psicológica sin olvidar el
trasfondo de aventuras de space opera que la han caracterizado hasta el
momento.
No me resisto a citar aquí (¡y van...!) el final del texto con
el que la propia Lois presentaba la edición en un solo volumen de las aventuras
de los padres de Miles Vorkosigan en ese libro, CORDELIA'S HONOR que, como
acabo de decir, simplemente, publica en un único volumen FRAGMENTOS DE HONOR y
BARRAYAR:
Con el tiempo he ido descubriendo que el proceso de crecimiento
es casi como el trabajo de la casa: nunca se termina. No es una meta que se
alcance de una vez por todas. Miles, su familia y amigos se han convertido en
mi vehículo para explorar la identidad, en lo que promete ser una continuada
fascinación. Todavía no he llegado al final de esta historia, ni lograré
hacerlo nunca, mientras siga aprendiendo cosas nuevas sobre lo que significa
ser humano.
Ya en la presentación de EL APRENDIZ DE GUERRERO (1989, NOVA
número 33), una novela que me divirtió y sorprendió gratamente, expuse las
razones que, a mi juicio, aseguraban el éxito de la saga de Vorkosigan:
«Grandes dosis de inteligencia, mucha ironía y, sobre todo, una gran habilidad
narrativa al servicio de un personaje llamado a convertirse en un clásico en la
historia de la ciencia ficción.»
Ahora me atrevería a añadir (¡una vez más!) algo que la propia
Lois cuenta, casi como si lo considerara un error de aprendizaje (aunque,
evidentemente, no lo es en absoluto), respecto del tratamiento narrativo de
FRAGMENTOS DE HONOR:
[en esas primeras novelas], el único plan que tenía para
estructurar el material era insertar un aparato de escucha en el cerebro del
protagonista y seguirlo sin cesar a través de las primeras semanas de acción.
La realidad es que ese aparato de escucha, o tal vez el cerebro
de sus personajes principales, tiene un algo especial que reclama y mantiene la
atención del lector de forma francamente poco usual. De ahí el éxito que, a
estas alturas, nadie puede discutir.
Para centrarnos ya en este HERMANOS DE ARMAS que hoy
presentamos, lo cierto es que es uno de esos títulos «antiguos» (de 1989, en
este caso) que repescamos ahora para disponer de la serie completa en
castellano y cumplir así con las peticiones de nuestro respetable público.
Cuando empecé a incluir libros de Lois en NOVA, imaginaba que podría llegar a
ser muy popular, pero tal vez no hasta el punto de tener que repescar esos
títulos, tal como venimos haciendo estos últimos años. Pero así son las cosas.
Reconozco que sería excesivamente cruel por mi parte haber disfrutado de la
lectura de la serie completa, y en cambio privar de este placer a los lectores
de NOVA. Ahora publicamos la obra en la que apareció por primera vez el
hermano-clon de Miles y, el próximo año, cerraremos el ciclo de esta
recuperación con la novela protagoniza por los padres de Miles.
El posible problema en el caso de HERMANOS DE ARMAS es que ya
hemos publicado DANZA DE ESPEJOS, donde Miles y su hermano-clon Mark incluso
colaboran cuando, aquí, Mark es una de las principales armas que piensan
utilizar los enemigos de Miles. Pero estoy seguro de que los lectores de la
serie se sentirán satisfechos y, para disfrutar mejor de HERMANOS DE ARMAS,
harán el ejercicio mental de «olvidar» momentáneamente DANZA DE ESPEJOS. (No me
riñan, sé que es imposible olvidarse de esa novela, pero como ejercicio mental
puede ser incluso saludable.)
Los problemas de un joven Miles Vorkosigan son complejos y
variados. A los veinticuatro años ha de ser muy difícil mantener dos
identidades: teniente de Barrayar y, casi por carambola, comandante en jefe de
los mercenarios dendarii. Pero ésa es la maldición secreta de nuestro
inolvidable personaje, quien deberá hacer verdaderos juegos malabares para
cumplir con esta imprevista e indeseada duplicidad de obligaciones.
En la aventura de esta novela, la Flota de los Mercenarios
Libres Dendarii debe llegar a la Tierra perseguida por los cetagandanos para
efectuar reparaciones. Éste no es el único problema (como siempre ocurre en las
aventuras de Miles...): no hay fondos para pagar esas imprescindibles
reparaciones y, sobre todo, existe un peligroso complot para reemplazar a Miles
por un doble, su clon Mark. Pero ¿en cuál de sus identidades piensan
sustituirle?
En manos de Lois McMaster Bujold, la diversión, como siempre,
está servida. Que ustedes lo disfruten.
Para la total recuperación de los antiguos títulos de la saga de
Vorkosigan quedará sólo ese FRAGMENTOS DE HONOR, escrito en 1983, con el cual
se inició la serie. Precisamente con ese título esperamos iniciar el año 2000
en nuestra colección NOVA. En esa novela no aparece Miles: el pobre no había
nacido, ni siquiera había sido concebido y lo más grave, incluso corría el
peligro de no llegar a nacer ya que sus padres eran, en ese momento,
encarnizados enemigos. Pero les aseguro que la novela, incluso sin Miles, es
amena, divertida y francamente sugerente. Lo es tanto que en Estados Unidos,
como les decía, ha sido reeditada conjuntamente con la «otra» aventura de la
madre de Miles: BARRAYAR. Pero de todo eso hablaremos el año que viene. Les
emplazo hasta entonces.
De momento les dejo con las tribulaciones de un jovencísimo
Miles que, mira por dónde, resulta ser el jefe de una flota de mercenarios.
¡Quién lo hubiera imaginado!...
MIQUEL BARCELÓ
1
La lanzadera de combate permanecía inmóvil y silenciosa en la
bodega de reparaciones; para los experimentados ojos de Miles, su aspecto
resultaba malévolo. La superficie de metal y plastifibra estaba arañada,
abollada y quemada. Una nave tan orgullosa, resplandeciente y eficaz cuando era
nueva... Tal vez hubiese sufrido algún cambio psicótico de personalidad a causa
de sus traumas. ¡Era tan nueva hacía sólo unos meses!
Cansado, Miles se frotó el rostro y resopló. Si había algún caso
de psicosis incipiente rondando por allí no estaba en la maquinaria, sino en
los ojos del observador. Retiró el pie del banco donde lo tenía apoyado y se
enderezó cuanto le permitía su espalda torcida. La comandante Quinn, atenta a
cada movimiento suyo, se situó tras él.
—Ése —Miles recorrió cojeando el fuselaje y señaló la compuerta
de babor de la lanzadera— es el defecto de diseño que más me preocupa.
Indicó al ingeniero de ventas de Astilleros Orbitales Kaymer que
se acercara.
—La rampa de esta compuerta se extiende y se retrae
automáticamente, con un sistema de anulación manual... hasta ahí bien. Pero el
hueco que la alberga está dentro de la escotilla, lo que significa que, si por
algún motivo la rampa se queda colgada, la puerta no puede sellarse. Supongo
que imagina las consecuencias.
El propio Miles no tenía que esforzarse: habían atormentado su
memoria durante los últimos tres meses. Repetición continua sin botón de
interrupción.
—¿Lo descubrió a las bravas en Dagoola IV, almirante Naismith?
—preguntó el ingeniero con verdadero interés.
—Sí. Perdimos... personal. Yo estuve a punto de ser una de las
bajas.
—Ya veo —dijo respetuosamente el ingeniero. Pero sus cejas se
alzaron.
«Cómo te atreves a burlarte...» Afortunadamente para su salud,
el ingeniero no sonrió. Era un hombre delgado de altura ligeramente superior a
la media. Extendió la mano para palpar el costado de la lanzadera a lo largo de
la hendidura en cuestión; se detuvo, alzó la barbilla, miró en derredor y
murmuró unas cuantas notas a su grabadora. Miles reprimió las ganas de dar
saltos arriba y abajo como una rana y trató de ver qué estaba mirando. Sin
resultado. Como sólo le llegaba al ingeniero a la altura del pecho, Miles
habría necesitado una escalerilla de un metro para alcanzar de puntillas la
rampa. Estaba demasiado cansado para hacer gimnasia y tampoco estaba dispuesto
a pedirle a Elli Quinn que lo aupara. Alzó la barbilla en el antiguo e
involuntario tic nervioso y esperó en la posición de descanso militar apropiada
a su uniforme, las manos unidas a la espalda.
El ingeniero saltó al suelo con un sonoro golpe.
—Sí, almirante, creo que Kaymer puede encargarse bastante bien
del asunto. ¿Cuántas de estas lanzaderas ha dicho que tienen?
—Doce.
Catorce menos dos eran igual a doce. Excepto según los cálculos
de la Flota de Mercenarios Libres Dendarii; catorce menos dos lanzaderas eran
igual a doscientos siete muertos. «Basta ya —Miles detuvo su calculadora
mental—. Ya no sirve de nada.»
—Doce —el ingeniero tomó nota—. ¿Qué más? —contempló la ajada
lanzadera.
—Mi propio departamento de ingeniería se encargará de las
reparaciones menores, ahora que parece que tendremos que quedarnos varados en
un sitio durante algún tiempo. Quería encargarme personalmente del problema de
esta rampa, pero mi segundo al mando, el comodoro Jesek, es jefe ingeniero de
mi flota y quiere hablar con sus técnicos de salto para recalibrar algunas de
nuestras varillas Necklin. Traemos un piloto de salto con la cabeza herida,
pero tengo entendido que la microcirugía de implantes no es una de las
especialidades de Kaymer. ¿Tampoco los sistemas de armamento?
—No, en efecto —respondió apresuradamente el ingeniero. Acarició
una quemadura de la superficie de la lanzadera, quizá fascinado por la
violencia que anunciaba en silencio, porque añadió—: Kaymer Orbital se ocupa
principalmente de naves mercantes. Una flota mercenaria es algo poco común en
esta parte del nexo de agujero de gusano. ¿Por qué han venido hasta aquí?
—Fueron el postor más bajo.
—Oh... no me refería a la Corporación Kaymer, sino a la Tierra.
Me preguntaba por qué han venido a la Tierra. Estamos bastante lejos de las
principales rutas comerciales, excepto para los historiadores y los turistas.
Er... pacíficos.
«Se pregunta si tenemos un contrato aquí —advirtió Miles—. Aquí,
en un planeta de nueve mil millones de almas cuyas fuerzas militares combinadas
convertían en calderilla a los cinco mil dendarii... bueno. ¿Supone que vengo a
crear problemas en la vieja madre Tierra? O que quebrantaría la seguridad y se
lo diría aunque así fuera...»
—Pacíficos, precisamente —dijo Miles con suavidad—. Los dendarii
necesitan descanso y aclimatación. Un planeta pacífico fuera de los principales
canales del nexo es justo lo que ordenó el doctor —se estremeció, pensando en
la factura médica pendiente.
No había sido Dagoola. La operación de rescate había resultado
un triunfo táctico, casi un milagro militar. Su propio Estado Mayor se lo había
asegurado una y otra vez, así que tal vez debiera empezar a creer que era
cierto.
La aventura de Dagoola IV había constituido la tercera mayor
fuga de prisioneros de guerra de la historia, según el comodoro Tung. Y puesto
que la historia militar era la afición obsesiva de Tung, tenía que saberlo. Los
dendarii habían liberado a diez mil soldados capturados, todo un campamento de
prisioneros, justo ante las narices del Imperio cetagandano, y los habían
convertido en el grueso de un nuevo ejército guerrillero en un planeta que los
cetagandanos consideraban una conquista fácil. Los costes habían sido pequeños,
comparados con los espectaculares resultados... excepto para los individuos que
habían pagado el triunfo con sus vidas, para quienes el precio era algo
infinito dividido por cero.
Fue la consecuencia de Dagoola, la furiosa persecución punitiva
de los cetagandanos, lo que había costado tanto a los dendarii. Los habían
seguido hasta que lograron llegar a jurisdicciones políticas que las naves
militares cetagandanas no pudieron atravesar; luego continuaron el acoso con
equipos secretos de asesinos y saboteadores. Miles confiaba en que hubieran
despistado por fin a los equipos de asesinos.
—¿Recibieron todo este fuego en Dagoola IV? —continuó el
ingeniero, aún intrigado por la lanzadera.
—Dagoola fue una operación encubierta —dijo Miles, envarado—. No
discutimos ese tema.
—Las noticias lo cubrieron ampliamente hace unos meses —le
aseguró el terrestre.
«Me duele la cabeza...» Miles se apretó la frente con la palma,
se cruzó de brazos y apoyó la barbilla en la mano, dirigiendo una sonrisa al
ingeniero.
—Maravilloso —murmuró.
La comandante Quinn dio un respingo.
—¿Es verdad que los cetagandanos han puesto precio a su cabeza?
—preguntó el ingeniero alegremente.
Miles suspiró.
—Sí.
—Oh. Ah. Pensaba que era sólo una patraña.
Se apartó un poco, como cohibido, o como si la mórbida violencia
que exudaba el mercenario fuera algo contagioso que de algún modo pudiera
pegársele. Tal vez tuviera razón. Se aclaró la garganta.
—Bien, en lo referente al pago por las modificaciones de
diseño... ¿qué tenía pensado usted?
—Dinero en efectivo a la entrega —respondió Miles—, después de
que la inspección de mi jefe de ingenieros haya aprobado el trabajo completo.
Ésos fueron los términos de su oferta, creo.
—Ah... sí. Mm.
El terrestre desvió su atención del aparato. Miles notó cómo
pasaba del modo técnico al comercial.
—Ésas son las condiciones que normalmente ofrecemos a nuestros
clientes corporativos establecidos.
—La Flota de Mercenarios Libres Dendarii es una corporación
establecida. Registrada en Jackson's Whole.
—Mm, sí, pero... cómo se lo diría... el riesgo más extremo que
nuestros clientes normales corren habitualmente es la bancarrota, para la cual
tenemos protecciones legales. Su flota mercenaria es, um...
«Se está preguntando cómo se le cobra a un cadáver», pensó
Miles.
—... algo mucho más arriesgado —finalizó el ingeniero con
candor. Se encogió de hombros para pedir disculpas.
«Un hombre sincero, al menos...»
—No subiremos el precio de nuestra oferta. Pero me temo que
tendremos que pedir el pago por adelantado.
«Mientras que nos ciñamos a intercambiar insultos...»
—Pero eso no nos proporciona ninguna garantía contra las
chapuzas en el trabajo —dijo Miles.
—Pueden demandarnos —repuso el ingeniero—, igual que todo el
mundo.
—Puedo volar su...
Los dedos de Miles tamborilearon contra la costura de su
pantalón donde no había ninguna cartuchera atada. La Tierra, la vieja Tierra,
la vieja y civilizada Tierra. La comandante Quinn le tocó el codo en un fugaz
gesto de contención. Él le dirigió una breve sonrisa tranquilizadora... no, no
iba a dejarse llevar por las exóticas posibilidades del almirante Miles
Naismith, comandante en jefe de la Flota de Mercenarios Libres Dendarii. Estaba
simplemente cansado, dijo su sonrisa. Un leve ensanchamiento de los luminosos
ojos castaños de ella respondió: «Chorradas, señor.» Pero ésa era otra
discusión que no continuarían allí, en voz alta, en público.
—Busque una oferta mejor si quiere —dijo el ingeniero.
—Hemos buscado —repuso Miles. «Como bien sabes.»—. Bueno. Um...
¿Qué tal... la mitad ahora y la mitad a la entrega?
El terrestre frunció el ceño, sacudió la cabeza.
—Kaymer no hincha los presupuestos, almirante Naismith. Y
nuestros costes añadidos se cuentan entre los más bajos del negocio. Es algo
que nos enorgullece.
El término costes añadidos hizo que a Miles le dolieran los
dientes, a la luz de lo de Dagoola. ¿Cuánto sabían estos tipos realmente de
Dagoola?
—Si realmente le preocupa nuestra profesionalidad, el dinero
puede ser depositado en una cuenta bloqueada bajo control de un tercer grupo
neutral, como un banco, hasta que acepten ustedes la entrega. Desde el punto de
vista de Kaymer no es un compromiso muy satisfactorio, pero... es lo máximo a
lo que estamos dispuestos.
Un tercer grupo neutral terrestre, pensó Miles. Si no hubiera
comprobado ya la eficacia de Kaymer, no estaría allí. Era en su propio dinero
en lo que pensaba Miles. Lo cual, por cierto, no era asunto de Kaymer.
—¿Tiene problemas de liquidez, almirante? —preguntó el terrestre
con interés. A Miles se le antojó que era capaz de ver en sus ojos cómo
aumentaba el precio.
—En absoluto —respondió tímidamente. Los rumores sobre las
dificultades económicas de los dendarii sabotearían muchas más cosas que aquel
acuerdo de reparación—. Muy bien. Dinero por adelantado a ingresar en una
cuenta bloqueada.
Si no iba a disponer de sus fondos, tampoco lo haría Kaymer. A
su lado, Elli Quinn sorbió aire entre dientes. El ingeniero terrestre y el
líder mercenario se estrecharon las manos con solemnidad.
Mientras seguía al ingeniero de ventas de vuelta a su propio
despacho. Miles se detuvo un instante junto a una portilla que ofrecía una
bella panorámica de la Tierra desde la órbita. El ingeniero sonrió y señaló con
amabilidad, incluso con orgullo, al ver su expresión.
La Tierra. La vieja, romántica, histórica Tierra; la gran canica
azul. Miles siempre había soñado con viajar hasta allí algún día, aunque no,
sin duda, en aquellas circunstancias.
La Tierra seguía siendo el planeta más grande, más rico, más
variado y poblado de todo el nexo de agujero de gusano del espacio explorado.
Su escasez de buenos puntos de salida en el espacio local solar y su desunión
gubernamental hacían que fuera militar y estratégicamente menor a escala
galáctica. Pero la Tierra seguía reinando, aunque no gobernando, con su
supremacía cultural. Más lastrada por las guerras que Barrayar, tan avanzada
tecnológicamente como la Colonia Beta, el punto final de todas las peregrinaciones
religiosas y seglares... Gracias a esto, las embajadas de todos los mundos que
podían permitírselo se congregaban aquí. Incluidos, reflexionó Miles mientras
mordisqueaba su dedo índice, los cetagandanos. El almirante Naismith debería
usar todos los medios a su alcance para evitarlos.
—¿Señor? —Elli Quinn interrumpió sus meditaciones. Él sonrió
levemente ante su rostro esculpido, el más hermoso que su dinero había podido
comprar después de la quemadura de plasma y, sin embargo, gracias al genio de
los cirujanos, todavía inconfundiblemente el propio de Elli. Ojalá todas las
bajas de combate a su servicio pudieran ser redimidas de la misma forma—. El
comodoro Tung a la espera en la comuconsola.
La sonrisa se desvaneció de sus labios. ¿Y ahora qué? Abandonó
la portilla y la siguió para apoderarse del despacho del ingeniero de ventas
con un amable e implacable:
—¿Nos disculpa, por favor?
El blando y ancho rostro eurasiático de su tercer oficial se
formó sobre la placa vid.
—¿Sí, Ky?
Ky Tung, sin uniforme ya y vestido de civil, le dirigió un breve
ademán a guisa de saludo.
—Acabo de terminar los acuerdos en el centro de rehabilitación
para nuestros nueve heridos graves. Las perspectivas son buenas en el caso de
la mayoría. Son recuperables cuatro de los ocho muertos congelados, tal vez
cinco si tienen suerte. Los cirujanos incluso piensan que lograrán reparar el
casco de salto de Demmi, una vez que el tejido neuronal haya sanado. Por un
precio, naturalmente...
Tung mencionó el precio en créditos federales. Miles los tradujo
mentalmente a marcos imperiales barrayareses, y rechinó un poquito por dentro.
Tung sonrió secamente.
—Sí. A menos que quieras renunciar a esa reparación. Es igual a
todo lo demás junto.
Miles sacudió la cabeza, hizo una mueca.
—Hay un montón de personas en el universo a quienes me gustaría
traicionar, pero mis heridos no se cuentan entre ellas.
—Gracias —dijo Tung—. Estoy de acuerdo. Me dispongo a abandonar
este lugar. Lo último que tengo que hacer es firmar un documento aceptando la
responsabilidad personal por la tarifa. ¿Estás seguro de que podremos cobrar
aquí lo que nos deben por la operación de Dagoola?
—De eso voy a ocuparme a continuación —prometió Miles—. Ve y
firma, yo me encargaré.
—Muy bien, señor —dijo Tung—. ¿Podré disfrutar de mi permiso
después?
Tung el terrestre, el único terrestre que Miles había
conocido... lo cual probablemente explicaba los inconscientes sentimientos
favorables que tenía sobre ese lugar, reflexionó.
—¿Cuánto tiempo te debemos ya, Ky, un año y medio?
«Paga incluida, ay», añadió una vocecita interior, que reprimió
por considerarla indigna.
—Puedes disfrutar de todo lo que quieras.
—Gracias —el rostro de Tung se suavizó—. Acabo de hablar con mi
hija. ¡Tengo un nieto!
—Enhorabuena—lo felicitó Miles—. ¿El primero?
—Sí.
—Adelante, pues. Si sucede algo, nosotros nos encargaremos. Sólo
eres indispensable en combate, ¿eh? Uh... ¿Dónde estarás?
—En casa de mi hermana. En Brasil. Tengo cuatrocientos primos
allí.
—Brasil, bien. De acuerdo —¿dónde demonios estaba Brasil?—. Que
lo pases bien.
—Lo haré.
El semisaludo de despedida de Tung fue decididamente etéreo. Su
rostro desapareció del vid.
—Maldición —suspiró Miles—. Lamento perderlo incluso para un
permiso. Bueno, se lo merece.
Elli se inclinó sobre el respaldo de la silla de su comuconsola,
con un suspiro que apenas sacudió el pelo oscuro y los oscuros pensamientos de
Miles.
—¿Puedo sugerir que no es el único oficial veterano a quien le
vendría bien un poco de tiempo libre? Incluso tú necesitas aliviar el estrés de
vez en cuando. Y también te hirieron.
—¿Me hirieron? —la tensión le atenazó la mandíbula—. Oh, los
huesos. Los huesos rotos no cuentan. He tenido los huesos quebradizos toda la
vida. Sólo he de resistir la tentación de jugar a oficial de campo. El lugar
adecuado para mi culo es una bonita silla acolchada en una sala de tácticas, no
en primera línea. Si hubiera sabido con antelación que Dagoola iba a ser tan...
físico, habría enviado a otro como prisionero de guerra falso. De todas formas,
ahí lo tienes. He tenido mi permiso en la enfermería.
—Y luego te pasaste un mes deambulando como un criocadáver
calentado en un microondas. Cuando entraste en la sala fue como si la visitara
un muerto viviente.
—Dirigí el asunto de Dagoola por pura histeria. No puedes estar
despierto tanto tiempo y no pagarlo después con un poco de cansancio. Al menos,
yo no puedo.
—Mi impresión fue que había algo más.
Él se giró en la silla para dirigirle una mueca.
—¿Quieres dejarlo? Sí, perdimos a unos cuantos buenos hombres.
No me gusta perder a la buena gente. Lloro lágrimas de verdad... ¡en privado,
si no te importa!
Ella retrocedió, el gesto cambiado. Miles suavizó el tono de
voz, profundamente avergonzado por su estallido.
—Lo siento, Elli. Sé que he estado muy irascible. La muerte de
ese pobre prisionero que cayó de la lanzadera me afectó más de lo que... más de
lo que tendría que haber permitido. Parece que no puedo...
—Me he pasado de la raya, señor.
El «señor» fue como una aguja que atravesara un muñeco vudú de
sí mismo. Miles dio un respingo.
—En absoluto.
Bueno, bueno, bueno, de todas las idioteces que había hecho como
almirante Naismith, ¿había establecido jamás una política explícita de no
buscar intimidad física con nadie de su propia organización? Le pareció una
buena idea en su momento. Tung la había aprobado. Tung era un abuelo, por el
amor de Dios, probablemente las gónadas se le habían secado hacía años. Miles
recordó cómo había esquivado el primer paso que Elli dio en su dirección. «Un
buen oficial no va de compras al economato de la compañía», había explicado con
amabilidad. ¿Por qué no le había dado ella un puñetazo en la boca por ser tan
fatuo? Había soportado el insulto inintencionado sin comentarios, y nunca lo
volvió a intentar. ¿Comprendió que Miles se refería a sí mismo, no a ella?
Cuando estaba con la flota durante periodos prolongados, solía
enviarla en misiones especiales, de las cuales invariablemente regresaba con
soberbios resultados. Ella había encabezado la avanzadilla a la Tierra, y había
preparado a Kaymer y la mayoría de los otros suministradores para cuando la
Flota Dendarii llegó a la órbita. Una buena oficial; después de Tung,
probablemente la mejor. ¿Qué no daría él por zambullirse en ese esbelto cuerpo
y perderse ahora? Demasiado tarde, había dejado pasar la ocasión.
Su boca de terciopelo se arrugó, burlona. Se encogió de hombros;
como una hermana, quizás.
—No te daré más la lata. Pero al menos piénsatelo. Creo que
nunca he visto a un ser humano que necesite relajarse más que tú ahora.
Oh, Dios, vaya frase... ¿qué significaban exactamente esas
palabras? Su pecho se tensó. ¿El comentario de un camarada, o una invitación?
Si era un mero comentario, y él lo confundía con lo segundo, ¿pensaría que
contaba con sus favores sexuales? En caso contrario, ¿se sentiría insultada de
nuevo y no le dirigiría la palabra en los años venideros? Miles sonrió, lleno
de pánico.
—Cobrar —estalló—. Lo que necesito ahora mismo es cobrar, no
descansar. Después de eso, después de eso... um, tal vez podemos ver algunos
paisajes. Parece un auténtico crimen venir hasta aquí y no ver nada de la vieja
Tierra, aunque sea por accidente. Se supone que he de tener a un guardaespaldas
en todo momento mientras esté allá abajo, así que podríamos doblarlo.
Ella suspiró y se enderezó.
—Sí, el deber primero, por supuesto.
Sí, el deber primero. Y su siguiente deber era informar a los
jefes del almirante Naismith. Después de eso, todos sus problemas se
simplificarían enormemente.
Miles hubiese deseado haberse podido vestir de civil antes de
embarcarse en aquella expedición. Su uniforme de almirante dendarii, gris y
blanco, destacaba como una bengala en el centro comercial. Si al menos hubiese
hecho que Elli se cambiara, habrían podido pasar por un soldado de permiso y su
novia. Pero su ropa civil se había quedado olvidada varios planetas atrás...
¿la recuperaría alguna vez? Era cara y a medida, no como muestra de su
condición social sino por necesidad.
Normalmente no tenía en cuenta las peculiaridades de su cuerpo:
una cabeza enorme exagerada para un cuello corto que coronaba una espalda
retorcida; todo reducido a una altura de menos de metro y medio, el legado de
un accidente congénito. Pero nada resaltaba más sus defectos, según su opinión,
que tratar de llevar ropa de alguien de estatura y hechura normales. «¿Estás
seguro de que es el uniforme lo que destaca, muchacho? —pensó para sí—. ¿O
estás jugando al escondite con tu cabeza otra vez? Déjalo.»
Volvió a prestar atención a su entorno. La ciudad espaciopuerto
de Londres, un rompecabezas de casi dos milenios de estilos arquitectónicos
contrapuestos, resultaba fascinante. La luz del sol de la tarde a través de las
vidrieras de la arcada era de un color rico y sorprendente, sobrecogedor. Con
eso le habría bastado para deducir que había regresado a su planeta ancestral.
Tal vez más adelante tuviera la posibilidad de visitar más emplazamientos
históricos, en una visita submarina al lago Los Ángeles o a Nueva York tras los
grandes diques, por ejemplo.
Elli dio otra nerviosa ronda, observando a la multitud. Parecía
improbable que los comandos de asalto cetagandanos escogieran ese lugar para
aparecer, pero de todas formas Miles se alegraba de que ella estuviera alerta,
pues le permitía sentirse cansado. «Puedes venir a buscar asesinos debajo de mi
cama cuando quieras, encanto...»
—En cierto modo, me alegro de que acabáramos aquí —le comentó a
la mujer—. Podría ser una oportunidad excelente para que el almirante Naismith
desaparezca del mapa durante una temporada. Para calmar los ánimos de los
dendarii. Los cetagandanos se parecen mucho a los de Barrayar, de veras, tienen
una visión muy personal del mando.
—Pareces muy confiado.
—Puro condicionamiento. Que unos auténticos desconocidos
intenten matarme me hace sentirme como en casa —una idea le llenó de macabra
alegría—. ¿Sabes que es la primera vez que alguien trata de matarme por mí
mismo, y no por mis parientes? ¿He llegado a contarte lo que hizo mi abuelo
cuando me...?
Ella cortó su cháchara con una indicación de barbilla.
—Creo que esto es...
Él siguió su mirada. Sí que estaba cansado. Elli había
localizado a su contacto antes que él. El hombre que se les acercaba con una
expresión dubitativa en los ojos llevaba ropa terrestre, pero el pelo trenzado
al estilo militar barrayarés. Un suboficial, tal vez. Los oficiales preferían
un estilo patricio algo menos severo. «Necesito un corte de pelo», pensó Miles,
sintiendo de pronto pegajoso el cuello.
—¿Milord? —dijo el hombre.
—¿Sargento Barth?
El hombre asintió, miró a Elli.
—¿Quién es ésta?
—Mi guardaespaldas.
—Ah.
Un levísimo fruncimiento de labios. Abrió un tanto los ojos para
demostrar a la vez diversión y desdén. Miles notó los músculos de su cuello
retorcerse.
—Es excelente en su trabajo.
—Estoy seguro, señor. Venga por aquí, por favor.
Se dio la vuelta y abrió la marcha.
Se estaba riendo de él, con mirarle la nuca podía sentirlo.
Elli, consciente sólo de la repentina tensión que flotaba en el aire, le
dirigió una mirada de preocupación. «No pasa nada», pensó él, colgando la mano
de su brazo.
Caminaron tras su guía: atravesaron una tienda, bajaron por un
tubo elevador y luego por unas escaleras; después avivaron el paso. El nivel de
servicios subterráneo era un laberinto de túneles, conductos y fibra óptica.
Miles dedujo que habían recorrido un par de manzanas. Su guía abrió una puerta
con una llave de palma. Otro breve túnel conducía a otra puerta. Ante ésta
había un guardia humano, extremadamente elegante con su uniforme verde del
Imperio barrayarés. Se apartó de su comuconsola, desde donde atendía las
pantallas, y apenas pudo evitar saludar al guía vestido de civil.
—Dejaremos nuestras armas aquí —le dijo Miles a Elli—. Todas
ellas. Y quiero decir todas.
Elli alzó las cejas por el súbito cambio de acento de Miles, que
pasó del sencillo betano del almirante Naismith a los cálidos tonos guturales
de su nativo barrayarés. Rara vez lo oía hablar así, por cierto. ¿Qué voz le
parecería falsa? Sin embargo, no había duda de cuál le parecería fingida al
personal de la embajada, y Miles se aclaró la garganta para asegurarse de que
ajustaba completamente su voz al nuevo orden de cosas.
Las contribuciones que Miles hizo al montoncito situado sobre la
comuconsola del guardia fueron un aturdidor de bolsillo y un largo cuchillo de
acero con vaina de piel de serpiente. El guardia pasó el cuchillo por el
escáner, quitó el remate de plata de su empuñadura enjoyada y descubrió un
sello; luego se lo devolvió cuidadosamente a Miles. Su guía alzó las cejas al
ver el miniaturizado arsenal técnico que descargó Elli. «Chúpate ésa —pensó
Miles—. Métete las reglas por la nariz.» A partir de entonces se sintió
bastante más sereno.
Subieron por un tubo elevador y, de repente, el ambiente cambió
y adquirió un tono de silenciosa y cómoda dignidad.
—La Embajada Imperial de Barrayar —le susurró Miles a Elli.
La esposa del embajador debía de tener buen gusto, pensó Miles.
Pero el edificio olía extrañamente a cierre hermético, que al experimentado
Miles se le antojó como seguridad paranoica en acción. Ah, sí, la embajada de
un planeta es suelo de ese planeta. Uno se siente como en casa.
Su guía los condujo por otro tubo abajo hasta lo que era
evidentemente un pasillo de oficinas (Miles divisó al pasar los sensores
escáner en un arco tallado), luego atravesaron dos conjuntos de puertas
automáticas hasta entrar en una oficina pequeña y silenciosa.
—Teniente lord Miles Vorkosigan, señor —anunció su guía,
poniéndose firmes—. Y... su guardaespaldas.
Las manos de Miles se crisparon. Sólo un barrayarés podía
deslizar un insulto tan delicado en una pausa de medio segundo entre tres
palabras. Otra vez en casa.
—Gracias, sargento, retírese —dijo el capitán tras la
comuconsola. Uniforme verde imperial otra vez: la embajada debía mantener las
formalidades.
Miles miró con curiosidad al hombre que iba a ser, le gustara o
no, su nuevo comandante en jefe. El capitán le devolvió la mirada con la misma
intensidad.
Un hombre de aspecto impresionante, aunque estuviera lejos de
ser guapo: pelo oscuro; ojos almendrados, sombríos; una boca dura y protegida;
una gran nariz para su perfil romano a tono con el corte de pelo de oficial.
Tenía las manos, gruesas y limpias, unidas en un gesto tenso. Poco más de
treinta años, calculó Miles.
«¿Pero por qué me está mirando este tipo como si yo fuera un
cachorrito que se le acaba de mear en la alfombra? —se preguntó—. Acabo de
llegar, no he tenido tiempo de ofenderlo todavía. Oh. Dios, espero que no sea
uno de esos paletos campesinos barrayareses que me ven como un mutante, un
refugiado de un aborto lastrado...»
—Así que es usted el hijo del Gran Hombre, ¿eh? —dijo el
capitán, reclinándose en su asiento con un suspiro.
A Miles se le heló la sonrisa en el rostro. Una bruma roja nubló
su visión. Pudo oír su sangre batiéndole en los oídos como una marcha fúnebre.
Elli, al verlo, se quedó inmóvil, sin apenas respirar. Los labios de Miles se
movieron; tragó saliva. Lo intentó de nuevo.
—Sí, señor —se oyó decir, como desde una gran distancia—. ¿Y
quién es usted?
Consiguió, por los pelos, no preguntar: «¿Y usted de quién es
hijo?» Debía disimular la furia que retorcía su estómago; iba a tener que
trabajar con ese hombre. Puede que el insulto ni siquiera fuese intencionado.
No podía haberlo sido, ¿cómo iba a saber aquel desconocido cuánta sangre había
derramado Miles rechazando acusaciones de privilegio, insultos a su
competencia? «El mutante sólo está aquí porque su padre lo enchufó...» Le
pareció oír la voz de su padre, replicando: «¡Por el amor de Dios, saca la cabeza
de tu culo, muchacho!» Dejó escapar la ira con un largo y tranquilizante
suspiro y ladeó la cabeza, animado.
—Oh —dijo el capitán—, sí, sólo ha hablado usted con mi
ayudante, ¿verdad? Soy el capitán Duv Galeni. Agregado militar de la Embajada
y, por defecto, jefe de Seguridad Imperial y del Servicio de Seguridad. Y, lo
confieso, me encuentro bastante sorprendido de verle aparecer en mi cadena de
mando. No tengo completamente claro qué se supone que he de hacer con usted.
No era un acento rural; la voz del capitán resultaba fría,
educada, neutralmente urbana. Miles no logró situarla en la geografía
barrayaresa.
—No me sorprende, señor —dijo Miles—. Yo mismo no esperaba
presentarme en la Tierra, no tan tarde. Debía haberme presentado en el mando de
Seguridad Imperial del Sector Dos, en Tau Ceti, hace más de un mes. Pero la
Flota de Mercenarios Libres Dendarii fue expulsada del espacio local de Mahata
Solaris por un ataque sorpresa cetagandano. Como no nos pagaban para que
hiciéramos directamente la guerra a los cetagandanos, huimos, y acabamos sin
poder regresar por otra ruta más corta. Ésta es literalmente mi primera
oportunidad para informar desde que entregamos a los refugiados a su nueva
base.
—No era... —El capitán hizo una pausa, su boca se retorció, y
empezó otra vez—. No era consciente de que la extraordinaria huida de Dagoola
fuese una operación encubierta de la Inteligencia Barrayaresa. ¿No estuvo eso
peligrosamente cerca de ser un acto de guerra declarada contra el Imperio
cetagandano?
—Precisamente por eso se empleó a los mercenarios dendarii,
señor. Se suponía que iba a ser una operación pequeña, pero las cosas se nos
fueron un poco de la mano... Bastante, en realidad.
A su lado, Elli mantuvo la mirada al frente, y ni siquiera se
atragantó.
—Yo, uh... tengo un informe completo.
El capitán parecía librar una lucha interna.
—¿Cuál es exactamente la relación entre la Flota de Mercenarios
Libres Dendarii y Seguridad Imperial, teniente? —dijo por fin. Había una cierta
queja en su tono.
—Er... ¿qué sabe usted ya, señor?
El capitán Galeni se encogió de hombros.
—No había oído hablar de ellos más que por encima hasta que
usted contactó por vid ayer. Mis archivos... ¡mis archivos de Seguridad!, dicen
exactamente tres cosas sobre la organización. No debe ser atacada, cualquier
petición de ayuda de emergencia debe ser satisfecha a la mayor velocidad y,
para más información, debo dirigirme al cuartel general de Seguridad del Sector
Dos.
—Oh, sí —dijo Miles—, así es. Esto es una embajada sólo de clase
III, ¿verdad? Um, bien, la relación es bastante simple. Los dendarii son un
remanente para operaciones encubiertas fuera del alcance de Seguridad Imperial
o que supondrían una molestia política si se demostrara alguna conexión directa
con Barrayar. Dagoola fue ambas cosas. Las órdenes del Alto Estado Mayor se
trasmiten, con el conocimiento y aprobación del Emperador, a través del jefe de
Seguridad Imperial, Illyan, hasta llegar a mí. Es una cadena de mando muy
corta. Soy el intermediario, supuestamente la única conexión. Salgo del cuartel
general imperial como teniente Vorkosigan y aparezco, donde sea, como almirante
Naismith, agitando un nuevo contrato. Hacemos aquello que nos ordenan, y luego,
desde el punto de vista dendarii, desaparezco tan misteriosamente como vine.
Dios sabe qué piensan que hago en mi tiempo libre.
—¿Quieres saberlo realmente? —preguntó Elli, los ojos
encendidos.
—Más tarde —murmuró él con la comisura de los labios.
El capitán hizo tamborilear sus dedos sobre la comuconsola y
estudió una pantalla.
—Nada de esto aparece en su expediente oficial. Veinticuatro
años... ¿no es usted un poco joven para su rango, ah... almirante? —fue seco,
sus ojos recorrieron burlones el uniforme dendarii.
Miles trató de ignorar el tono.
—Es una larga historia. El comodoro Tung, un oficial dendarii
veterano, es el verdadero cerebro del asunto. Yo sólo interpreto un papel.
Elli, escandalizada, abrió mucho los ojos. Una severa mirada de
Miles trató de obligarla a guardar silencio.
—Puedes hacer mucho más que eso —objetó ella.
—Si es usted el único contacto —Galeni frunció el ceño—, ¿quién
demonios es esta mujer?
Sus palabras dejaban claro que la consideraba una no-persona, o
al menos una no-soldado.
—Sí, señor. Bueno, para casos de emergencia, hay tres dendarii
que conocen mi verdadera identidad. La comandante Quinn, que estuvo en el ajo
desde el principio, es una de ellas. Tengo órdenes estrictas de Illyan de
llevar guardaespaldas en todo momento, así que la comandante Quinn ocupa mi
puesto cada vez que tengo que cambiar de identidades. Confío en ella de manera
tácita.
«Respetarás a los míos, malditos sean tus ojos burlones, pienses
lo que pienses de mí...»
—¿Cuánto tiempo lleva esto en marcha, teniente?
—Ah —Miles miró a Elli—, siete años, ¿no es así?
Los brillantes ojos de Elli chispearon.
—Parece que fue ayer —dijo, en tono neutro. Al parecer también a
ella le costaba trabajo ignorar el retintín. Miles confiaba en que lograra
mantener bajo control su agudo sentido del humor.
El capitán se estudió las uñas y, bruscamente, miró a Miles.
—Bueno, voy a tener que recurrir a Seguridad del Sector Dos,
teniente. Y si descubro que esto es otra idea de los lores Vor de una broma
pesada, haré todo lo que esté en mi mano para llevarlo a juicio. No me importa
quién sea su padre.
—Todo es cierto, señor. Tiene mi palabra de Vorkosigan.
—Por eso mismo —dijo el capitán Galeni entre dientes.
Miles, furioso, tomó aliento... y entonces situó por fin el
acento regional de Galeni.
Alzó la barbilla.
—¿Es usted... komarrés, señor?
Galeni asintió, en guardia. Miles le devolvió la mirada
gravemente, inmóvil. Elli le dio un codazo y susurró:
—¿Qué demonios...?
—Más tarde —replicó Miles, también en un susurro—. Política
interna de Barrayar.
—¿Tendré que tomar notas?
—Probablemente —alzó la voz—. Debo ponerme en contacto con mis
auténticos superiores, capitán Galeni. Ni siquiera sé cuáles son mis órdenes.
Galeni arrugó los labios.
—Yo soy su superior, teniente Vorkosigan —observó con suavidad.
Y debía de estar bastante molesto, juzgó Miles, por haber sido
apartado de su propia cadena de mando. ¿Quién podía echárselo en cara? Le
respondió con amabilidad.
—Por supuesto, señor. ¿Cuáles son mis órdenes?
Las manos de Galeni se crisparon brevemente en un gesto de
frustración, su boca se curvó en una mueca irónica.
—Tendré que asignarlo a mi personal, supongo, mientras todos
esperamos una aclaración. Tercer agregado militar.
—Ideal, señor, gracias —dijo Miles—. El almirante Naismith
necesita imperiosamente desaparecer, ahora mismo. Los cetagandanos pusieron
precio a su... mi cabeza después de Dagoola. He sido afortunado dos veces.
Ahora le tocó a Galeni el turno de quedarse inmóvil.
—¿Está bromeando?
—Obtuve un saldo de cuatro dendarii muertos y catorce heridos
por ello —dijo Miles, envarado—. No lo encuentro nada divertido.
—En ese caso —repuso Galeni, sombrío—, considérese confinado en
el complejo de la embajada.
«¿Y perderme la Tierra?» Miles suspiró, reacio.
—Sí, señor —accedió sombrío—. Siempre que la comandante Quinn,
aquí presente, pueda hacer de intermediaria con los dendarii.
—¿Por qué necesita continuar sus contactos con los dendarii?
—Son mi gente, señor.
—Me ha parecido entender que el comodoro Tung dirigía el
espectáculo.
—Ahora mismo está de permiso. Cuanto necesito, antes de que el
almirante Naismith desaparezca por el foro, es pagar algunas facturas. Si me
adelantara algo para los gastos inmediatos, podría poner fin a esta misión.
Galeni suspiró; sus dedos bailotearon sobre la comuconsola, y se
detuvo.
—Ayuda a toda velocidad. Bien. ¿Cuánto necesitan?
—Unos dieciocho millones de marcos, señor.
Los dedos de Galeni quedaron paralizados en el aire.
—Teniente —dijo despacio—, eso es más de diez veces el
presupuesto de toda esta embajada para un año. ¡Varios cientos de veces el
presupuesto de este departamento!
Miles extendió las manos.
—Gastos de explotación para cinco mil soldados y técnicos, y
once naves durante más de seis meses, más pérdidas de equipo (perdimos un
montón de cosas en Dagoola), nóminas, comida, ropa, combustible, gastos
médicos, munición, reparaciones... tengo las facturas, señor.
Galeni se sentó.
—Sin duda. Pero el cuartel general de Seguridad del Sector
tendrá que encargarse de esto. Aquí ni siquiera existen fondos para cubrir esas
cantidades.
Miles se mordió el lado del dedo índice.
—Oh.
Ciertamente, oh. No tenía que dejarse llevar por el pánico...
—En ese caso, señor, ¿puedo pedirle que se ponga en contacto con
el cuartel general del Sector cuanto antes?
—Créame, teniente, considero que transferirle a usted a la
responsabilidad de otro es un asunto de la máxima prioridad. —Se levantó—.
Discúlpeme. Espere aquí.
Salió del despacho sacudiendo la cabeza.
—¿Qué demonios? —preguntó Elli—. Creía que estabas a punto de
destrozar a ese tipo, capitán o no... y luego te paraste. ¿Cuál es la magia de
ser komarrés, y dónde puedo encontrar un poco?
—No es magia. Decididamente no es magia —dijo Miles—. Pero es muy
importante.
—¿Más importante que ser un lord Vor?
—En cierto sentido, sí, en estos momentos. Mira, sabes que el
planeta Komarr fue la primera conquista imperial interestelar de Barrayar, ¿no?
—Creía que lo considerabais una anexión.
—Otra forma de llamar las cosas. Lo ocupamos por sus agujeros de
gusano, porque se encuentra ante nuestra única conexión con el nexo, porque
estaba estrangulando nuestro comercio y, sobre todo, porque aceptó un soborno
para dejar pasar a la flota cetagandana cuando los cetagandanos trataron de
anexionarnos a nosotros. Tal vez recuerdes también quién fue el principal
conquistador.
—Tu padre. Cuando sólo era el almirante lord Vorkosigan, antes
de que se convirtiera en regente. Eso le valió su reputación.
—Sí, bueno, se labró más de una. Si alguna vez quieres que le
salga humo de las orejas susúrrale al oído: «Carnicero de Komarr.» Lo llamaban
así.
—Han pasado treinta años. Miles. —Ella hizo una pausa—. ¿Hay
algo de verdad en eso?
Miles suspiró.
—Algo hubo. Nunca he podido sonsacarle toda la historia, pero
estoy seguro de que no es lo que dicen los libros. De todas maneras, la
conquista de Komarr fue un poco oscura. Como resultado, durante los cuatro años
de su regencia tuvo lugar la revuelta komarresa, y eso sí que fue un jaleo. Los
terroristas komarreses han sido la pesadilla de Seguridad desde ese momento.
Supongo que hubo mucha represión entonces.
»De todas formas, ha pasado el tiempo, las cosas se han calmado
un poco, cualquiera de cualquier planeta con energía que gastar se marcha al
recién colonizado Sergyar. Ha habido movimientos entre los liberales
(acicateados por mi padre) para integrar plenamente Komarr en el Imperio. No es
una idea muy popular entre la derecha barrayaresa. Para el viejo es una especie
de obsesión: "Entre justicia y genocidio no hay, a la larga, término
medio" —entonó Miles—. Se pone muy elocuente al respecto. Así que la ruta
hacia la cima en la vieja y militarista Barrayar, con su sistema de castas, fue
y ha sido siempre el servicio militar imperial. Se permitió que los komarreses
se alistaran por primera vez hace sólo ocho años.
»Eso significa que todos los komarreses que cumplen ahora el
servicio están en el punto de mira. Tienen que demostrar su lealtad del mismo
modo que yo demostré mi... —se detuvo— que yo demostré mi valor. Si resulta que
estoy trabajando con o bajo las órdenes de un komarrés y me encuentran muerto
un día, ese komarrés lo tendrá crudo. Porque mi padre fue el Carnicero, y nadie
creerá que no se ha tratado de algún tipo de venganza por su parte.
»Y no sólo será sospechoso ese komarrés: todos los komarreses
del servicio imperial quedarán ensombrecidos por la misma nube. La política
barrayaresa retrocederá años. Si me asesinaran ahora —se encogió de hombros,
indefenso—, mi padre me mataría.
—Confío en que no estés planeándolo —rió ella.
—Y ahora llegamos a Galeni —continuó Miles rápidamente—. Está en
el servicio, es oficial, tiene un puesto en la misma Seguridad. Tiene que
haberlas pasado canutas para llegar hasta aquí. Un hombre muy digno de
confianza... para ser un komarrés. Pero el suyo no es un puesto importante o
estratégico: ciertas informaciones estratégicas de Seguridad se le ocultan
deliberadamente. Y ahora aparezco yo y se lo restriego por la cara. Y si tuvo
algún pariente en la revuelta komarresa... bueno, estamos en las mismas. No
creo que me ame, pero tendrá que cuidarme como a la niña de sus ojos. Y yo.
Dios me ayude, voy a tener que dejar que lo haga. Es una situación bastante
peliaguda.
Ella le dio una palmadita en el brazo.
—Podrás manejarlo.
—Mm —gruñó él, sombrío—. Oh, Dios, Elli —gimió de pronto,
apoyando la frente contra el hombro de ella—, no he conseguido el dinero para
los dendarii... no lo obtendré hasta Dios sabe cuándo... ¿qué le diré a Ky? ¡Le
di mi palabra...!
Ella le palmeó la cabeza esta vez. Pero no dijo nada.
2
Mantuvo la cabeza apoyada contra el terso tejido de la
chaquetilla de su uniforme un instante más. Ella cambió de postura, extendió
los brazos hacia él. ¿Iba a abrazarlo? Si lo hacía, decidió Miles, iba a
agarrarla y besarla allí mismo. Y luego ya se vería qué pasaba...
Tras él, las puertas del despacho de Galeni se abrieron. Elli y
él se separaron de un salto. Ella adoptó la postura de descanso militar con una
sacudida de sus cortos rizos oscuros, y Miles se quedó de pie maldiciendo
interiormente la interrupción.
Oyó y reconoció la voz familiar antes de darse la vuelta.
—... brillante, seguro y activo como el infierno. Uno cree que
va a volcar su volador en cualquier instante. Cuidado cuando empieza a hablar
demasiado rápido. Oh, sí, claro que es él...
—Ivan —suspiró Miles, cerrando los ojos—. ¿Cómo, Dios, he pecado
contra Ti, para que me envíes a Ivan... aquí?
Como Dios no se dignó contestar, Miles sonrió forzadamente y se
dio la vuelta. Elli tenía la cabeza ladeada, el ceño fruncido, y escuchaba con
repentina atención.
Galeni había regresado seguido de un teniente alto y joven. Por
indolente que fuera, Ivan Vorpatril se había mantenido obviamente en forma,
pues con su atlético físico el uniforme verde le quedaba a la perfección. El
rostro despejado y afable tenía rasgos armónicos, enmarcados por un cabello
oscuro y rizado con un bonito corte estilo patricio. Miles no pudo dejar de
mirar a Elli, esperando su reacción. Dados su rostro y su figura, Elli tendía a
hacer que todos los que se colocaban a su lado parecieran unos patosos; pero
Ivan bien podría ponerse junto a ella y no quedar ensombrecido.
—Hola, Miles —dijo Ivan—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
—Soy segundo agregado militar. Me destinaron aquí para que
adquiera cultura, supongo. La Tierra, ya sabes.
—Oh —dijo Galeni, torciendo hacia arriba una comisura de los
labios—, para eso estás aquí. Me lo andaba preguntando.
Ivan sonrió mansamente.
—¿Cómo va la vida con los irregulares últimamente? —le preguntó
a Miles—. ¿Sigues saliéndote con la tuya con el truquito del almirante
Naismith?
—A duras penas —dijo Miles—. Los dendarii me acompañan. Están en
órbita —apuntó con el dedo hacia arriba—, comiéndose las uñas mientras
hablamos.
Galeni puso cara de haber mordido un limón.
—¿Conoce todo el mundo esta operación encubierta menos yo?
Usted, Vorpatril... ¡sé que su acceso de Seguridad no es más alto que el mío!
Ivan se encogió de hombros.
—Un encuentro previo. Es de la familia.
—Maldita red de poder Vor —murmuró Galeni.
—Oh —dijo Elli Quinn cayendo en la cuenta de repente—, ¡éste es
tu primo Ivan! Siempre me había preguntado qué aspecto tendría.
Ivan, que le había estado lanzando miraditas desde que entrara
en la habitación, le prestó toda su atención con la temblorosa tensión de un
perro perdiguero. Sonrió encantador y se inclinó sobre la mano de Elli.
—Encantado de conocerla, milady. Los dendarii deben de estar
mejorando, si es usted una muestra de ellos. La más hermosa, sin duda.
Elli recuperó su mano.
—Nos conocemos.
—Seguro que no. No podría olvidar ese rostro.
—No tenía esta cara. «Una cabeza como una cebolla», fue la forma
en que lo definió usted, que yo recuerde —sus ojos chispearon—. Como estaba
ciega en ese momento, no tenía ni idea de qué aspecto tenía la prótesis de
plastipiel. Hasta que usted me lo dijo. Miles nunca lo mencionó.
La sonrisa de Ivan se había vuelto fláccida.
—Ah. La dama con las quemaduras de plasma.
Miles sonrió y se acercó un poquito a Elli, que colocó
posesivamente la mano sobre el brazo que le ofrecía y le dirigió a Ivan una
fría sonrisa de samurai. Ivan, tratando de morir con dignidad, miró al capitán
Galeni.
—Ya que se conocen mutuamente, teniente Vorkosigan, he asignado
al teniente Vorpatril para que le oriente sobre la embajada y sobre sus deberes
aquí —dijo Galeni—. Vor o no Vor, mientras esté en la nómina del Emperador,
bien podría serle de alguna utilidad. Confío en que llegue pronto la
clarificación de su estatus.
—Confío en que la nómina de los dendarii llegue igualmente
pronto —dijo Miles.
—Su mercenaria... guardaespaldas, puede regresar a su puesto. Si
por algún motivo necesita abandonar el complejo de la embajada, le asignaré a
uno de mis hombres.
—Sí, señor —suspiró Miles—. Pero sigo necesitando contactar con
los dendarii, por si se produce una emergencia.
—Me encargaré de que la comandante Quinn reciba un enlace
comunicador seguro cuando se marche. De hecho —tocó su comuconsola—, ¿sargento
Barth?
—¿Sí, señor? —respondió una voz.
—¿Tiene preparado ya ese comunicador?
—Acabo de terminar de codificarlo, señor.
—Bien, tráigalo a mi despacho.
Barth, todavía de civil, apareció en cuestión de segundos.
Galeni acompañó a Elli a la salida.
—El sargento Barth la escoltará fuera de la embajada, comandante
Quinn.
Ella miró por encima del hombro a Miles, que le esbozó un saludo
tranquilizador.
—¿Qué les digo a los dendarii? —preguntó.
—Diles... diles que sus fondos vienen de camino —respondió
Miles. Las puertas se cerraron con un susurro, eclipsándola.
Galeni regresó a la comuconsola, que parpadeaba para llamar su
atención.
—Vorpatril, por favor, encárguese de que su primo se libre de
ese... disfraz, y de que llevar un uniforme adecuado sea la principal
prioridad.
«¿Le asusta el almirante Naismith... sólo un poco, señor?», se
preguntó Miles, irritado.
—El uniforme dendarii es tan auténtico como el suyo propio,
señor.
Galeni se lo quedó mirando desde el otro lado de su mesa
destellante.
—No puedo saberlo, teniente. Mi padre sólo pudo comprarme
soldaditos de juguete cuando yo era niño. Pueden retirarse.
Miles, ardiendo, esperó a que las puertas se hubieran cerrado
tras ellos antes de quitarse la chaqueta gris y blanca y arrojarla al suelo del
pasillo.
—¡Disfraz! ¡Soldaditos de juguete! ¡Creo que voy a matar a ese
komarrés hijo de puta!
—Oh —dijo Ivan—. Sí que estamos quisquillosos hoy.
—¡Has oído lo que ha dicho!
—Sí, claro... Galeni tiene razón. Un poco de regulación nunca
viene mal. Hay una docena de pequeños puestos de mercenarios dispersos por
todos los rincones del nexo de agujero de gusano. Algunos de ellos hacen
equilibrios entre lo legal y lo ilegal. ¿Cómo puede saber que tus dendarii no
están a un paso de convertirse en secuestradores?
Miles recogió la chaquetilla del uniforme, la sacudió y la dobló
cuidadosamente sobre su brazo.
—Ja.
—Vamos —dijo Ivan—. Te llevaré a intendencia y te buscaré un
traje más de tu gusto.
—¿Tienen algo de mi tamaño?
—Hacen un mapa-láser de tu cuerpo y confeccionan las prendas una
a una, todo controlado por ordenador, igual que ese pirata carero al que acudes
en Vorbarr Sultana. Esto es la Tierra, hijo.
—Mi hombre en Barrayar lleva diez años confeccionándome la ropa.
Tiene algunos trucos que no están en el ordenador... Bueno, supongo que
sobreviviré. ¿Puede fabricar la embajada ropa civil?
Ivan hizo una mueca.
—Si tus gustos son conservadores. Pero si quieres algo de moda
para asombrar a las chicas locales, debes ir a otro sitio.
—Con Galeni como carabina, tengo la impresión de que no voy a
poder ir muy lejos —suspiró Miles—. Tendrá que valer.
Miles contempló la manga verde bosque de su uniforme de gala
barrayarés, alisó el puño y alzó la barbilla para acomodar mejor la cabeza al
cuello alto. Casi había olvidado lo incómodo que era aquel maldito cuello. Por
delante, los rectángulos rojos de su rango de teniente se le clavaban en la
mandíbula; por detrás, se le enganchaba en el pelo, aún sin cortar. Y las botas
le daban calor. El hueso del pie izquierdo que se había roto en Dagoola aún le
dolía, incluso después de que lo hubieran vuelto a romper, enderezado y tratado
con estimulación eléctrica.
Con todo, el uniforme verde era su hogar. Su auténtico yo. Tal
vez fuera el momento de tomarse unas vacaciones del almirante Naismith y sus
intratables responsabilidades, hora de recordar los problemas más razonables
del teniente Vorkosigan cuya única tarea era ahora aprender los procedimientos
de una pequeña oficina y soportar a Ivan Vorpatril. Los dendarii no le
necesitaban para dirigir su descanso y el rutinario avituallamiento, ni podría
haber preparado una desaparición más segura y concienzuda para el almirante
Naismith.
El destino de Ivan era una diminuta habitación sin ventanas
situada en las entrañas de la embajada; su tarea: suministrar cientos de discos
de datos a un ordenador seguro que los concentraba en resúmenes semanales de la
situación de la Tierra para enviarlos al jefe Illyan y al personal general de
Barrayar. Allí, supuso Miles, eran filtrados por ordenador con cientos de otros
informes similares para crear la visión del universo que tenía Barrayar. Miles
esperaba fervientemente que Ivan no estuviera anotando kilovatios y megavatios
en la misma columna.
—Con diferencia, el grueso de este material consiste en
estadísticas públicas —explicaba Ivan, sentado ante su consola y con aspecto
complacido—. Variaciones de población, cifras de producción agrícola e
industrial, los presupuestos militares publicados de las diversas facciones
políticas. El ordenador los calibra de dieciséis formas distintas y llama la
atención cuando no encajan. Como en su origen también hay ordenadores, esto no
sucede demasiado a menudo... todas las mentiras son coladas antes de que lleguen
a nosotros, dice Galeni. Más importante para Barrayar son los informes de
movimiento de las naves que entran y salen del espacio local terrestre.
»Luego tenemos material más interesante, auténtico trabajo de
espías. Hay varios centenares de personas en la Tierra a quienes esta embajada
intenta seguir la pista, por una razón de seguridad u otra. Uno de los grupos
mayores es el de los expatriados komarreses rebeldes.
Un gesto con la mano, y docenas de rostros se sucedieron sobre
la placa vid.
—¿Ah, sí? —dijo Miles, interesado a su pesar—. ¿Tiene Galeni
contactos secretos con ellos y cosas así? ¿Por eso lo han destinado aquí? Doble
agente... triple agente.
—Qué más quisiera Illyan —respondió Ivan—. Por lo que sé,
consideran a Galeni un apestado. Un colaborador maligno con los opresores
imperialistas y todo eso.
—Sin duda no supondrán una gran amenaza para Barrayar a estas
alturas y esta distancia. Refugiados...
—Algunos fueron los refugiados listos, te lo advierto, los que
sacaron su dinero antes de que la cosa estallara. Algunos tuvieron relación con
la financiación de la revuelta komarresa durante la Regencia... la mayoría son
ahora mucho más pobres. Viejos además. Otra media generación, si la política de
integración de tu padre funciona, y habrán perdido por completo el impulso; eso
dice el capitán Galeni.
Ivan cogió otro disco de datos.
—Y finalmente llegamos a la auténtica patata caliente, que es
seguir la pista de lo que hacen las otras embajadas. Como la cetagandana.
—Espero que estén en el otro lado del planeta —dijo Miles con
toda sinceridad.
—No, la mayoría de las embajadas y los consulados galácticos
están concentrados aquí, en Londres. Eso hace que vigilarnos unos a otros
resulte mucho más cómodo.
—Dioses —gimió Miles—, no me digas que están al otro lado de la
calle o algo por el estilo.
Ivan sonrió.
—Casi. Están a unos dos kilómetros de distancia. Asistimos mucho
a las recepciones mutuas, para practicar nuestras habilidades sinuosas, y jugar
al sé-que-sabes-que-sé.
Miles se sentó, hiperventilando un poco.
—Oh, mierda.
—¿Qué te pasa, primito?
—Esa gente está intentando matarme.
—No, hombre, no. Empezarían una guerra. Ahora mismo estamos en
paz, más o menos, ¿recuerdas?
—Bueno, intentan matar al almirante Naismith, al menos.
—Que desapareció ayer.
—Sí, pero... uno de los motivos por los que toda la cortina de
humo de los dendarii ha aguantado tanto tiempo es la distancia. El almirante
Naismith y el teniente Vorkosigan nunca aparecen a menos de cientos de años luz
el uno del otro. Nunca hemos sido atrapados en el mismo planeta juntos, mucho
menos en la misma ciudad.
—Mientras dejes tu uniforme dendarii en mi armario, ¿quién va a
hacer la conexión?
—Ivan, ¿cuántos jorobados de metro y medio, morenos y de ojos
grises puede haber en este maldito planeta? ¿Crees que aquí se tropieza uno con
enanos deformes a cada esquina?
—En un planeta de nueve mil millones de habitantes tiene que
haber al menos seis. ¡Cálmate! —Ivan hizo una pausa—. Sabes, es la primera vez
que te oigo emplear esa palabra.
—¿Qué palabra?
—Jorobado. En realidad no lo eres.
Ivan lo miró con amistosa preocupación.
Miles cerró el puño, lo abrió con gesto de desdén.
—Volvamos a los cetagandanos. Si tienen a alguien haciendo lo
mismo que haces tú...
Ivan asintió.
—Lo conozco. Se llama ghem-teniente Tabor.
—Entonces saben que los dendarii están aquí, y saben que el
almirante Naismith ha sido visto. Probablemente tienen una lista de todas las
órdenes de compra que hemos introducido en la red de comunicación... o la
tendrán pronto, cuando le presten atención. Están en guardia.
—Quizá lo estén, pero no pueden recibir órdenes de arriba más
rápido que nosotros —razonó Ivan—. Y en cualquier caso, van faltos de gente.
Nuestro personal de seguridad es cuatro veces superior al suyo, gracias a los
komarreses. Quiero decir que esto puede ser la Tierra, pero sigue siendo una
embajada menor, aún más para ellos que para nosotros. No temas —adoptó una pose
en su asiento, la mano sobre el pecho—, el primo Ivan te protegerá.
—Eso no es ninguna garantía —murmuró Miles.
Ivan sonrió por el sarcasmo y volvió a su trabajo.
El día se arrastró interminablemente en la habitación tranquila
e inamovible. Su claustrofobia, descubrió Miles, estaba mucho más desarrollada
de lo que solía. Asimiló las lecciones de Ivan y caminó de pared a pared entre
tanto.
—Podrías hacer eso el doble de rápido, ¿sabes? —observó Miles,
señalando su análisis de datos.
—Pero entonces habría acabado justo después de almorzar y no
tendría nada más que hacer.
—Sin duda Galeni te encontraría algo.
—Eso es lo que me temo —dijo Ivan—. El cambio de turno llegará
pronto. Luego nos vamos de parranda.
—No, luego tú te vas de parranda. Yo me voy a mi habitación,
como me han ordenado. Tal vez pueda recuperar el sueño, por fin.
—Eso es, piensa en positivo —dijo Ivan—. Entrenaré contigo en el
gimnasio de la embajada, si quieres. No tienes buen aspecto, ¿sabes? Pálido y,
um... pálido.
«Viejo —se dijo Miles—, es la palabra que acabas de evitar.»
Contempló la imagen distorsionada de su rostro en el cromado de la consola.
¿Tan mal?
Ivan se golpeó el pecho.
—El ejercicio te sentará bien.
—Sin duda —murmuró Miles.
Los días adoptaron rápidamente una pauta monótona. Ivan lo
despertaba en la habitación que compartían. Miles hacía un poco de ejercicio en
el gimnasio, se duchaba, desayunaba y acudía a trabajar a la sala de datos.
Empezaba a preguntarse si le permitirían volver a ver la maravillosa luz solar
de la Tierra. Al cabo de tres días, Miles le quitó a Ivan el trabajo del
ordenador y empezó a terminarlo a mediodía con el fin de disponer al menos de
las horas de tarde para leer y estudiar. Devoró los procedimientos de la
embajada y de seguridad, historia terrestre, noticias galácticas. Más tarde, se
agotaban en el gimnasio otra vez. Las noches en que Ivan no salía, Miles veía
dramas de vid con él; las noches en que salía, leía guías de viaje de todos los
lugares de interés que no le permitían visitar.
Elli informaba diariamente por el enlace seguro de la situación
de la Flota Dendarii, todavía en órbita. Miles, a solas con el enlace, se
sentía cada vez más ansioso de aquella voz externa. Los informes de ella eran
sucintos. Pero después pasaban a charlas sin importancia, ya que a Miles le
resultaba cada vez más difícil cortar la comunicación, y Elli nunca le colgó.
Miles fantaseó con cortejarla en su propia personalidad: ¿aceptaría una
comandante una cita de un simple teniente? ¿Le gustaría siquiera lord Vorkosigan?
¿Le dejaría Galeni alguna vez abandonar el complejo de la embajada para
averiguarlo?
Miles decidió que diez días de vida ordenada, ejercicio y
horarios regulares habían sido malos para él. Su nivel de energía estaba a
tope. A tope y embotellado en la inmovilizada personalidad de lord Vorkosigan,
mientras la lista de deberes a los que se enfrentaba el almirante Naismith
aumentaba y aumentaba y aumentaba...
—¿Quieres dejar de moverte, Miles? —se quejó Ivan—. Siéntate.
Inspira. Quédate quietecito durante cinco minutos. Puedes hacerlo si lo
intentas.
Miles recorrió una vez más la sala del ordenador, luego se
arrojó sobre una silla.
—¿Por qué no me ha llamado Galeni todavía? ¡El correo del
cuartel general del Sector llegó hace una hora!
—Chico, dale tiempo para ir al cuarto de baño y tomarse una taza
de café. Dale tiempo para leer sus informes. Estamos en época de paz, todo el
mundo tiene tiempo de sobra para sentarse a escribir informes. Les molestaría
si nadie los leyera.
—Ése es el problema de las tropas mantenidas por el Gobierno
—dijo Miles—, estáis mal acostumbrados. Os pagan para no hacer la guerra.
—¿No hubo una flota mercenaria que hizo eso una vez? Aparecía en
la órbita de cualquier parte y cobraba... para no hacer la guerra. Funcionaba,
¿no? No eres un comandante mercenario suficientemente creativo, Miles.
—Sí, la flota de LaVarr. Funcionó bastante bien hasta que la
Armada de Tau Ceti los alcanzó, y entonces lo enviaron a la cámara de
desintegración.
—No tienen sentido del humor, los taucetanos.
—Ninguno —reconoció Miles—. Ni mi padre tampoco.
—Muy cierto. Bien...
La comuconsola trinó. Ivan tuvo que hacerse a un lado mientras
Miles se abalanzaba hacia ella.
—¿Sí, señor? —dijo Miles, sin aliento.
—Venga a mi despacho, teniente Vorkosigan —ordenó Galeni. Su
cara, tan saturnina como siempre, nada dejaba entrever.
—Sí, señor; gracias, señor —Miles cortó la comunicación y corrió
hacia la puerta—. ¡Mis dieciocho millones de marcos, por fin!
—O bien eso —bromeó Ivan—, o te ha encontrado un trabajito para
que hagas inventario. Tal vez te ponga a contar los peces de colores de la
fuente del patio principal.
—Seguro, Ivan.
—¡Eh, es un auténtico desafío! No paran de dar vueltas, ¿sabes?
—¿Y tú cómo lo sabes? —Miles hizo una pausa, los ojos
encendidos—. Ivan, ¿te ordenó hacer eso?
—Tuvo que ver con un fallo de seguridad —dijo Ivan—. Es una
larga historia.
—Apuesto a que sí. —Miles dio un pequeño redoble en la mesa, y
la rodeó—. Más tarde. Me voy.
Miles encontró al capitán Galeni contemplando dubitativo la
pantalla de su comuconsola, como si estuviera aún en código.
—¿Señor?
—Mm. —Galeni se arrellanó en su asiento—. Bien, han llegado sus
órdenes del cuartel general del Sector, teniente Vorkosigan.
—¿Y?
La boca de Galeni se tensó.
—Y confirman su asignación temporal a mi personal. Oficial y
públicamente. Ahora podrá obtener su paga de teniente en mi departamento con
fecha de hace diez días. Respecto a sus órdenes, son las mismas que las de
Vorpatril, con el nombre cambiado. Me ayudará en lo que se le pida, se
mantendrá a disposición del embajador y su esposa para servicios de escolta y,
cuando el tiempo se lo permita, se aprovechará de las ventajas educativas que
son únicas en la Tierra y apropiadas para su condición de oficial imperial y
lord de los Vor.
—¿Qué? ¡No puede ser! ¿Qué demonios son servicios de escolta?
«Suena a chica de alterne.»
Una leve sonrisa torció la boca de Galeni.
—Principalmente, permanecer en posición de descanso en los
acontecimientos sociales de la embajada y hacer de Vor para los nativos. Hay un
sorprendente número de gente que encuentra a los aristócratas, incluso a los de
fuera del planeta, particularmente fascinantes.
El tono de Galeni dejaba claro que encontraba esa fascinación
verdaderamente peculiar.
—Comerá usted, beberá, bailará quizá... —su tono se volvió
dubitativo durante un segundo—, y en líneas generales será exquisitamente
amable con todo aquel a quien el embajador quiera, ah, impresionar. A veces, se
le pedirá que recuerde conversaciones e informe de ellas. Vorpatril lo hace
bastante bien, para mi sorpresa. Podrá explicarle los detalles.
«No necesito que Ivan me dicte notas sociales —pensó Miles—. Y
los Vor son una casta militar, no la aristocracia.» ¿En qué demonios estaba
pensando el cuartel general? Parecía algo extraordinariamente obtuso incluso
para ellos.
Sin embargo, si no tenían ningún nuevo proyecto preparado para
los dendarii, ¿por qué no aprovechar la oportunidad para que el hijo del conde
Vorkosigan adquiriera un poco más de lustre diplomático? Nadie dudaba de que
estaba destinado a los niveles más complicados del servicio, difícilmente podía
quedar expuesto a experiencias menos variadas que Ivan. No era el contenido de
las órdenes, era sólo la falta de separación de su otra personalidad lo que era
tan... insospechado.
Sin embargo... informe de conversaciones. ¿Podía ser el inicio
de algún tipo de trabajo especial de espionaje? Quizá venían de camino nuevos
detalles clarificadores.
Ni siquiera quiso plantearse la posibilidad de que el cuartel
general hubiera decidido que era por fin el momento de acabar por completo con
las operaciones encubiertas de los dendarii.
—Bueno... —dijo Miles a regañadientes—, muy bien...
—Me alegro de que encuentre las órdenes de su gusto, teniente
—murmuró Galeni.
Miles se ruborizó y apretó la mandíbula. Si podía encargarse de
los dendarii, todo lo demás no importaba.
—¿Y mis dieciocho millones de marcos, señor? —preguntó, cuidando
esta vez de expresarse en un tono humilde.
Galeni tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—No ha llegado ninguna orden de crédito con este correo,
teniente. Ni mención alguna.
—¡Qué! —exclamó Miles—. ¡Tiene que haberla!
Casi se abalanzó sobre la mesa de Galeni para examinar el vid en
persona, pero se contuvo justo a tiempo.
—Calculé diez días para todo el...
Su cerebro desechó los datos no deseados, repasando mentalmente:
combustible, tarifas de atraque orbital, reavituallamiento, atenciones
quirúrgicas-dentales-médicas, el agotado inventario de suministros, pagas, nóminas,
liquidez, margen...
—¡Maldición, derramamos nuestra sangre por Barrayar! No
pueden... ¡tiene que haber algún error!
Galeni abrió las manos, indefenso.
—Sin duda. Pero no está en mi poder repararlo.
—¡Solicítelo otra vez..., señor!
—Oh, lo haré.
—Aún mejor... déjeme ir como correo. Si hablara con el cuartel
general en persona...
—Mm —Galeni se frotó los labios—. Una idea tentadora... no,
mejor que no. Sus órdenes, al menos, fueron claras. Sus dendarii tendrán
simplemente que esperar el siguiente correo. Estoy seguro de que todo se
arreglará si las cosas son como usted dice.
A Miles no le pasó por alto el retintín.
Esperó un momento interminable, pero Galeni no añadió nada.
—Sí, señor —saludó y se marchó. Diez días... diez días más...
diez días más como mínimo... Podrían esperar otros diez días. Pero confiaba en
que, para entonces, en el cuartel general hubieran recuperado la razón de su
cerebro colectivo.
La invitada femenina de más alto rango de la recepción de la
tarde era la embajadora de Tau Ceti. Era una mujer esbelta de edad
indeterminada, fascinante estructura ósea facial y ojos penetrantes. Miles
sospechaba que su conversación sería educativa en sí misma, política, sutil y
chispeante. Lástima, ya que el embajador barrayarés la había monopolizado.
Miles dudaba que fuera a tener oportunidad de averiguarlo.
La matrona a cuya escolta le habían asignado mantenía su rango
gracias a su marido, el lord alcalde de Londres, y ahora se entretenía con la
esposa del embajador. La señora alcaldesa parecía capaz de charlar
interminablemente, sobre todo de la ropa que llevaban los otros invitados. Un
criado ataviado de militar (todos los criados humanos de la embajada eran
miembros del departamento de Galeni) ofreció de pasada a Miles un vaso de vino
lleno de un líquido pajizo que Miles aceptó con voracidad. Sí, dos o tres
copas, con su baja tolerancia al alcohol, y estaría lo suficientemente aturdido
para soportar incluso aquello. ¿No era exactamente el constreñido escenario
social del que había escapado, a pesar de sus defectos físicos, para abrirse
paso en el servicio imperial? Naturalmente, más de tres vasos y se quedaría
tumbado dormido en el suelo con una sonrisita tonta en la cara, y estaría
metido en graves problemas cuando despertara.
Miles tomó un buen trago y casi se atragantó. Zumo de manzana...
Maldito Galeni, era concienzudo. Una rápida mirada alrededor le confirmó que no
era la misma bebida que se servía a los invitados. Miles se pasó el pulgar por
el alto cuello de la chaquetilla de su uniforme y sonrió tenso.
—¿Sucede algo con su vino, lord Vorkosigan? —inquirió la matrona
con preocupación.
—La cosecha es un poco, ah... joven —murmuró Miles—. Quizá deba
sugerir al embajador que la conserve en la bodega un poco más de tiempo.
«Hasta que yo me marche de este planeta, por ejemplo...»
El salón principal de recepciones era una cámara alta y elegante
con claraboyas que debería haber resonado cavernosamente, pero estaba
extrañamente silenciosa para la gran multitud que sus niveles y recovecos
podían albergar. Absorbedores de sonido ocultos en alguna parte, supuso
Miles... y, apostó, si sabías dónde situarte, conos de seguridad para impedir
la escucha ya fuese humana o electrónica.
Tomó nota de dónde se encontraban los embajadores barrayarés y
taucetano para referencias futuras; sí, incluso el movimiento de sus labios
parecía algo oscurecido y difuso. Ciertos tratados de derecho de paso por el
espacio local de Tau Ceti tendrían que ser renegociados pronto.
Miles y su matrona se dirigieron hacia el centro arquitectónico
de la sala: la fuente y su estanque. Era una escultura graciosa y borboteante,
con helechos y musgo de colores a juego. Formas doradas se movían
misteriosamente en las aguas oscuras.
Miles se envaró, luego se obligó a relajarse. Un joven con el
negro uniforme de gala cetagandano y las marcas de pintura amarilla y roja en
la cara de un ghem-teniente se acercaba, sonriente y alerta. Intercambiaron un
saludo cauteloso.
—Bienvenido a la Tierra, lord Vorkosigan —murmuró el
cetagandano—. ¿Es una visita oficial, o está haciendo turismo?
Miles se encogió de hombros.
—Un poco de cada. Me han destinado a la embajada para
complementar mi, ah, educación. Pero creo que tiene usted ventaja sobre mí,
señor.
No era así, por supuesto. Los dos cetagandanos de uniforme y los
dos que iban de paisano, más tres individuos sospechosos de ser chacales
encubiertos, eran los primeros sobre quienes le habían puesto en guardia.
—Ghem-teniente Tabor, agregado militar, embajada cetagandana
—recitó Tabor amablemente. Volvieron a intercambiar saludos—. ¿Estará aquí
mucho tiempo, milord?
—Espero que no. ¿Y usted?
—Mi hobby es el arte del bonsái. Se dice que los antiguos
japoneses trabajaban en un solo árbol hasta cien años. Aunque tal vez sólo lo
parecía.
Miles desconfió del humor de Tabor, pero el teniente mantuvo el
rostro tan impasible que era difícil de saber. Quizá temiera estropear la
pintura de su cara.
Un cascabeleo de risas, suave como campanillas, atrajo su
atención hacia el otro extremo de la fuente. Ivan Vorpatril estaba apoyado en
la barandilla cromada con la cabeza inclinada hacia una melena rubia. Ella iba
vestida con un traje rosa salmón y plata que parecía ondular incluso mientras
estaba quieta, como ahora. Una artística trenza de cabello dorado le caía sobre
un hombro blanco. Sus uñas destellaron en rosa plateado cuando gesticuló
animadamente.
Tabor susurró algo, se inclinó con exquisitez sobre la mano de
la matrona y siguió de largo. Miles lo vio a continuación al otro lado de la
fuente, situándose cerca de Ivan... pero sospechó que no eran secretos
militares lo que buscaba. No era extraño que hubiera parecido interesado en
Miles sólo de refilón. Pero el acecho a la rubia fue interrumpido por una señal
de su embajador, y Tabor tuvo que acompañar a los dignatarios a la salida.
—Es un joven tan agradable, lord Vorpatril —canturreó la matrona
de Miles—. Lo apreciamos mucho por aquí. La esposa del embajador me ha dicho
que son ustedes parientes, ¿no es así? —ladeó la cabeza, animada y expectante.
—Primos, más o menos —explicó Miles—. Ah... ¿quién es la joven
dama que le acompaña?
La matrona sonrió orgullosa.
—Es mi hija, Sylveth.
Hija, por supuesto. El embajador y su esposa tenían una aguda
apreciación barrayaresa de los matices del rango social. Miles, al ser el mayor
del linaje familiar y por ende hijo del primer ministro conde Vorkosigan,
superaba a Ivan social aunque no militarmente. Lo que significaba, oh Dios, que
estaba condenado. Quedaría atrapado con todas las matronas VIP eternamente
mientras que Ivan... Ivan se llevaría a todas las hijas.
—Una pareja encantadora —dijo, haciendo un esfuerzo.
—¿Verdad que sí? ¿Qué tipo de primos, lord Vorkosigan?
—¿Uh? Oh, Ivan y yo, sí. Nuestras abuelas eran hermanas. Mi
abuela fue la hija mayor del príncipe Xav Vorbarra, la de Ivan la más joven.
—¿Princesas? Qué romántico.
Miles pensó en describir con detalle cómo su abuela, su hermano
y la mayoría de sus hijos habían sido convertidos en carne picada durante el
reino de terror del loco emperador Yuri. No, la esposa del alcalde podría
considerarlo un relato de miedo pasado de moda, o aún peor, una historia
romántica. Miles dudaba de que pudiera comprender la violenta estupidez de los
asuntos de Yuri, con sus consiguientes huidas en todas direcciones para
complicar la historia de Barrayar hasta la fecha.
—¿Posee un castillo lord Vorpatril? —inquirió ella, con
segundas.
—Ah, no. Su madre, mi tía Vorpatril —«que es una barracuda
social que te comería viva»—, tiene un apartamento muy bonito en la capital de
Vorbarr Sultana. —Miles hizo una pausa—. Nosotros solíamos tener un castillo.
Pero acabó ardiendo al final de la Era del Aislamiento.
—Un castillo en ruinas. Es casi mejor.
—Pintoresco como el infierno —le aseguró Miles.
Alguien había dejado un platito con los restos de los aperitivos
apoyado en la barandilla, junto a la fuente. Miles cogió el bollito de pan y
empezó a lanzar migas para los peces de colores, que se acercaron a devorarlas
de un breve bocado.
Uno se negó a morder el anzuelo y permaneció acechando en el
fondo. Qué interesante, un pez de colores que no comía... bueno, era una
solución a los problemas de inventario de peces de Ivan. Quizás el pez
testarudo era una maligna construcción cetagandana, cuyas frías escamas
brillaban como si fueran de oro porque lo eran.
Miles podría sacarlo del agua de un salto felino, aplastarlo con
el pie en medio de un chasquido mecánico y un chisporroteo metálico, y luego
alzarlo con un grito triunfal:
—¡Ah! ¡Gracias a mi inteligencia y mis rápidos reflejos, he
descubierto al espía!
Pero si sus suposiciones eran equivocadas, ah. El chirrido
viscoso bajo sus botas, la matrona retrocediendo, y el hijo del primer ministro
de Barrayar habría adquirido una instantánea reputación de tener serias
dificultades emocionales...
—¡Ajá! —se imaginó riéndose ante la vieja horrorizada mientras
las vísceras del pez se rebullían bajo sus pies—. ¡Tendría que ver lo que hago
con los gatitos!
El gran pez de colores se alzó perezosamente por fin y cogió la
miga con una salpicadura que ensució las pulcras botas de Miles. «Gracias, pez.
Me acabas de salvar de una tremenda vergüenza social.» Naturalmente, si los
artificieros cetagandanos eran realmente listos, habrían diseñado un pez
mecánico que comiera de verdad y excretara un poco...
La esposa del alcalde acababa de hacer otra interesante pregunta
sobre Ivan, que Miles, entretenido, no había acabado de pillar.
—Sí, es una lástima lo de su enfermedad —murmuró, y se preparaba
para enzarzarse en un monólogo sobre los malignos genes de Ivan, debidos a la
consanguinidad aristocrática, las zonas de radiación tras la primera guerra
cetagandana y el loco emperador Yuri, cuando el comunicador que llevaba en el
bolsillo trinó.
—Discúlpeme, señora. Me llaman.
«Bendita seas, Elli», pensó mientras abandonaba a la matrona
para encontrar un rincón tranquilo desde donde contestar. No había cetagandanos
a la vista. Encontró un hueco libre en el segundo piso e inició la
comunicación.
—¿Sí, comandante Quinn?
—Miles, gracias a Dios —su voz era apremiante—. Parece que
tenemos una Situación aquí, y eres el oficial dendarii más cercano.
—¿Qué tipo de situación? —no le importaban las situaciones en
mayúsculas. Elli no solía dejarse llevar por el pánico ni era dada a las
exageraciones. Su estómago se tensó, nervioso.
—No he podido conseguir detalles fiables, pero parece que cuatro
o cinco de nuestros soldados de permiso en Londres se han encerrado en una
especie de tienda con un rehén, y se enfrentan a la policía. Van armados.
—¿Nuestros chicos o la policía?
—Por desgracia, ambos. El comandante de la policía con el que
hablé parecía dispuesto a manchar las paredes de sangre. Muy pronto.
—Tanto peor. ¿Qué demonios piensan que están haciendo?
—Que me aspen si lo sé. Estoy en órbita ahora mismo,
preparándome para partir, pero pasarán entre cuarenta y cinco minutos y una
hora antes de que consiga llegar. Tung está en una posición aún peor, ya que el
vuelo suborbital desde Brasil dura dos horas. Pero creo que tú podrías estar
allí en diez minutos. Ten, introduciré la dirección en tu comunicador.
—¿Cómo se ha permitido que nuestros chicos lleven armas dendarii
a tierra?
—Buena pregunta, pero me temo que tendremos que reservarla para
el post mortem. Es una forma de hablar —dijo, sombría—. ¿Encontrarás el lugar?
Miles miró la dirección en su lector.
—Creo que sí. Te veré allí.
De algún modo...
—Bien. Corto y cierro.
La comunicación se cortó con un chasquido.
3
Miles se metió el comunicador en el bolsillo y echó un vistazo
al salón principal. La recepción iba en declive. Tal vez un centenar de
asistentes constituían todavía un deslumbrante despliegue de modas terrestres y
galácticas, y había un buen montón de uniformes además de los de Barrayar. Unos
cuantos de los primeros en llegar se marchaban ya, franqueando las medidas de
seguridad acompañados por sus escoltas barrayareses. Al parecer los
cetagandanos se habían ido con sus amigos. Su escapada debía de ser oportuna
más que astuta.
Ivan estaba aún charlando con su bella acompañante al otro lado
de la fuente. Miles lo asaltó, implacable.
—Ivan. Reúnete conmigo en la puerta principal dentro de cinco
minutos.
—¿Qué?
—Es una emergencia. Ya te lo explicaré más tarde.
—¿Qué tipo de...? —empezó a decir Ivan, pero Miles salió de la
sala y se encaminó hacia los tubos ascensores del fondo. Tuvo que hacer un
esfuerzo para no echar a correr.
Cuando la puerta de la habitación que compartía con Ivan se
cerró tras él, se quitó el uniforme verde y las botas y se lanzó hacia el
armario. Cogió la camiseta negra y los pantalones grises de su uniforme
dendarii. Las botas barrayaresas eran una tradición de caballería; las de los
dendarii de infantería. Para ir a caballo las barrayaresas eran más prácticas,
aunque Miles nunca había podido explicárselo a Elli. Habría hecho falta una
cabalgada de dos horas a campo traviesa y que sus pantorrillas sangraran llenas
de ampollas para convencerla de que el diseño tenía otro propósito que el
aspecto. Allí no había caballos.
Selló las botas de combate dendarii y se ajustó la chaquetilla
blanca y gris en el aire, mientras bajaba por el tubo a máxima velocidad. Se
detuvo abajo para alisarse la chaqueta, alzar la barbilla y tomar aire. Uno
llamaba forzosamente la atención si jadeaba. Cogió por un pasillo alternativo y
rodeó el patio principal hasta la entrada. Seguía sin haber ningún cetagandano,
gracias a Dios.
Los ojos de Ivan se abrieron de par en par cuando vio acercarse
a Miles. Le dirigió una sonrisa a la rubia, excusándose, y siguió a Miles hasta
una de las plantas como para ocultarlo de la vista.
—¿Qué demonios...? —susurró.
—Tienes que sacarme de aquí. Hay guardias.
—¡Oh, no, no puedo! Galeni convertirá tu pellejo en alfombra si
te ve con ese atuendo.
—Ivan, no tengo tiempo para discutir ni para dar explicaciones,
y por eso precisamente estoy esquivando a Galeni. Quinn no me habría llamado si
no me necesitara. Tengo que salir ahora.
—¡Estarás abandonando tu puesto sin permiso!
—No, si no me echan en falta. Diles... diles que me retiré a
nuestra habitación debido a un terrible dolor en los huesos.
—¿Te vuelve a molestar esa osteo-como-se-llame tuya? Apuesto a
que el médico de la embajada podría conseguirte ese fármaco antiinflamatorio
para...
—No, no... no más que de costumbre... pero al menos es algo
real. Es posible que se lo crean. Vamos. Tráela —Miles señaló con la barbilla a
Sylveth, que esperaba un poco apartada mirando a Ivan con expresión intrigada
en su rostro de pétalo.
—¿Para qué?
—Camuflaje.
Sonriendo entre dientes. Miles empujó a Ivan con el codo hacia
la puerta.
—¿Cómo está usted? —saludó Miles a Sylveth, mientras capturaba
su mano y se la colgaba del brazo—. Encantado de conocerla. ¿Está disfrutando
de la fiesta? Maravillosa ciudad, Londres...
Miles decidió que Sylveth y él hacían también una bonita pareja.
Miró a los guardias por el rabillo del ojo mientras pasaban. Se fijaron en
ella. Con suerte, él sería un borrón gris bajito en sus recuerdos.
Sylveth miró asombrada a Ivan, pero ya se encontraban en el
exterior.
—No tienes guardaespaldas —objetó Ivan.
—Me reuniré con Quinn dentro de poco.
—¿Cómo vas a volver a la embajada?
Miles se detuvo.
—Tendrás que esperar a que se me ocurra cómo hacerlo.
—¡Buf! ¿Y cuándo será?
—No lo sé.
La atención de los guardias exteriores se centró en un vehículo
de tierra que se detenía en la entrada de la embajada. Miles abandonó a Ivan y
cruzó corriendo la calle y se zambulló en la entrada del sistema de
tubotransporte.
Diez minutos y dos conexiones más tarde, emergió para
encontrarse en una sección mucho más antigua de la ciudad: arquitectura
restaurada del siglo XXII. No tuvo que comprobar los números de la calle para
localizar su destino. La multitud, las barricadas, las luces destellantes, los
hovercoches de la policía, los bomberos, las ambulancias...
—Maldición —murmuró Miles, y echó a andar calle abajo. Paladeó
las palabras en la boca, cambiando de registro, para conseguir el plano acento
betano del almirante Naismith. «Oh, mierda...»
Miles supuso que el policía al mando era el que sostenía el
altavoz, y no alguno de la media docena con armaduras y rifles de plasma. Se
abrió paso entre la multitud y saltó la barricada.
—¿Es usted el oficial al mando?
El comisario volvió la cabeza, desconcertado, y luego la bajó.
Al principio se quedó mirando, luego frunció el ceño al observar el uniforme de
Miles.
—¿Es usted uno de esos psicópatas? —exigió saber.
Miles se meció sobre los talones, preguntándose cómo responder a
eso. Reprimió las tres primeras respuestas que se le ocurrieron y escogió en
cambio:
—Soy el almirante Miles Naismith, comandante en jefe de la Flota
de Mercenarios Libres Dendarii. ¿Qué ha pasado aquí?
Se interrumpió para extender lenta y deliberadamente un dedo
índice y empujar hacia el cielo la boca del rifle de plasma con el que le
apuntaba una mujer acorazada.
—Por favor, querida, estoy de su parte.
Los ojos de ella destellaron desconfiados a través del visor,
pero el comandante de la policía sacudió la cabeza y la mujer retrocedió unos
pasos.
—Intento de robo —dijo el comisario—. Cuando la empleada trató
de impedirlo, la atacaron.
—¿Robo? —inquirió Miles—. Discúlpeme, pero eso no tiene sentido.
Creía que aquí todas las transacciones se hacen por créditos de ordenador. No
hay dinero en metálico que robar. Debe de tratarse de algún error.
—Dinero no —dijo el comisario—. Mercancía.
La tienda, advirtió Miles por el rabillo del ojo, era una
licorería. Un escaparate estaba resquebrajado. Reprimió un inoportuno temblor y
continuó con voz despreocupada.
—En ese caso, no comprendo esta vigilancia con armas letales por
un simple caso de hurto. ¿No se están sobrepasando un poco? ¿Dónde están sus
aturdidores?
—Tienen a la mujer como rehén —dijo el comisario, sombrío.
—¿Y qué? Atúrdalos a todos, Dios reconocerá a los suyos.
El comisario le dirigió una mirada peculiar. Miles supuso que no
leía su propia historia; la fuente de la cita estaba justo al otro lado del
charco, por el amor de Dios.
—Dicen que han preparado un dispositivo. Dicen que toda la
manzana volará por los aires. —El comisario hizo una pausa—. ¿Es posible?
Miles hizo una pausa también.
—¿Han identificado ya a alguno de esos tipos?
—No.
—¿Cómo se comunican con ellos?
—A través de la comuconsola. Al menos, hasta hace poco... parece
que la han destruido hace unos minutos.
—Naturalmente, pagaremos los daños —se atragantó Miles.
—Eso no es todo lo que pagarán —gruñó el comisario.
—Bueno...
Por el rabillo del ojo, Miles vio un hovercoche con el cartel
EURONEWS NETWORK que aparcaba sobre la acera.
—Creo que es hora de acabar con esto.
Se dirigió hacia la licorería.
—¿Qué va a hacer? —preguntó el comisario.
—Arrestarlos. Se enfrentarán a cargos dendarii por sacar
material de la nave.
—¿Usted solo? Le dispararán. Están locos y borrachos.
—No lo creo. Si fueran a matarme mis propios soldados, tendrían
oportunidades mucho mejores que ésta.
El comisario frunció el ceño, pero no lo detuvo.
Las autopuertas no funcionaban. Miles se detuvo ante el cristal
un instante, indeciso, luego las aporreó. Hubo un tenue movimiento tras el
vidrio iridiscente. Una pausa muy larga y las puertas se abrieron unos treinta
centímetros. Miles entró de lado. Desde dentro, un hombre volvió a cerrar las
puertas a mano y las atrancó con una barra de metal.
El interior de la licorería era un desastre. Miles jadeó debido
a los vapores del aire, surgidos de las botellas rotas. «Podrías emborracharte
sólo con respirar...» Chapoteaba al pisar la alfombra.
Miles miró a su alrededor para decidir a quién asesinar primero.
El que había abierto la puerta destacaba, ya que sólo llevaba puesta la ropa
interior.
—Es el almirante Naismith —siseó el portero. Se puso firmes, más
o menos, y saludó.
—¿A qué cuerpo pertenece usted, soldado? —rugió Miles.
Las manos del hombre hicieron pequeños movimientos, como para
ofrecer una explicación por medio de mímica. Miles no pudo sacarle su nombre.
Otro dendarii, éste de uniforme, permanecía sentado en el suelo
con la espalda apoyada en una columna. Miles se agachó. Pensó en obligarlo a
ponerse en pie, o al menos de rodillas, cogiéndolo por la chaqueta. Lo miró a
la cara. Unos ojillos rojos como carbones encendidos en las cavernas de sus
cuencas lo miraron sin reconocerlo.
—¡Uf! —murmuró Miles, y se levantó sin intentar comunicarse. La
conciencia de aquel soldado estaba en algún lugar en el espacio del agujero de
gusano.
—¿A quién le importa? —dijo una voz ronca desde el suelo, tras
uno de los pocos estantes que no habían sido volcados con violencia—. ¿A quién
demonios le importa?
«Oh, aquí tenemos hoy a la flor y nata, ¿no?», pensó Miles con
amargura. Una persona erecta surgió de detrás del estante.
—No puede ser. Había desaparecido otra vez... —dijo.
Al fin alguien a quien Miles conocía por su nombre. Demasiado
bien. Más explicaciones para el caso eran casi innecesarias.
—Ah, soldado Danio. Me alegra verle aquí.
Danio consiguió ponerse firmes, alzándose sobre Miles. Una
antigua pistola, las cachas llenas de muescas, colgaba amenazante de su gruesa
mano. Miles la señaló.
—¿Es ésta el arma mortal que me han dicho que venga a recoger?
Hablaban como si hubieran bajado aquí la mitad de nuestro maldito arsenal.
—¡No, señor! —dijo Danio—. Eso iría contra las ordenanzas.
Acarició afectuosamente la pistola.
—Es de mi propiedad. Porque nunca se sabe. Hay locos por todas
partes.
—¿Llevan ustedes otras armas?
—Yalen tiene su cuchillo de monte.
Miles logró controlar un retortijón de alivio prematuro. Al fin
y al cabo, si aquellos subnormales actuaban por su cuenta, la Flota Dendarii
tal vez no se viera involucrada oficialmente en aquel asunto.
—¿Sabían que llevar armas es un delito criminal en esta
jurisdicción?
Danio lo meditó.
—Mariquitas —comentó por fin.
—En cualquier caso —dijo Miles con firmeza—, voy a tener que
recogerlas y llevarlas a la nave insignia.
Miles se asomó detrás del estante. El hombre que estaba en el
suelo (Yalen, presumiblemente) tenía en las manos un enorme pedazo de acero
adecuado para abrir a un ciervo entero, si llegaba a encontrar uno bramando por
las calles metálicas y las aeropistas de Londres. Miles, tras pensárselo, se lo
pidió.
—Entrégueme ese cuchillo, soldado Danio.
Danio soltó el arma de la tenaza de su camarada.
—Nooo... —dijo el que estaba en posición horizontal.
Miles respiró más tranquilo cuando tuvo las dos armas en las
manos.
—Ahora, Danio... rápido, porque se están poniendo nerviosos ahí
fuera... ¿Qué ha pasado aquí exactamente?
—Bueno, señor, estábamos celebrando una fiesta. Habíamos
alquilado una habitación —señaló con la cabeza al portero medio desnudo que
escuchaba cerca—. Nos quedamos sin suministros y vinimos aquí a comprar más,
porque estaba cerquita. ¡Lo teníamos todo preparado y empaquetado, y entonces
la zorra no quiso aceptar nuestro crédito! ¡Buen crédito dendarii!
—¿La zorra...? —Miles miró en derredor y más allá del desarmado
Yalen. «Oh, dioses...» La empleada de la tienda, una mujer regordeta de mediana
edad, yacía de costado en el suelo al otro lado del estante, amordazada, atada
con la chaqueta del soldado desnudo y sus pantalones.
Miles desenfundó el cuchillo de monte y se acercó. La mujer
emitió histéricos sonidos guturales.
—Yo de usted no la soltaría —advirtió el soldado desnudo—. Hace
un montón de ruido.
Miles se detuvo y estudió a la mujer. Su pelo gris destacaba
salvajemente, excepto allí donde lo tenía pegado al cuello y la frente por el
sudor. Sus ojos aterrorizados giraron enloquecidos; se debatió contra las
ligaduras.
—Mm.
Miles se guardó el cuchillo en el cinturón temporalmente. Leyó
por fin el nombre del soldado desnudo en su uniforme, e hizo una desagradable
conexión mental.
—Xaviera. Sí, ahora lo recuerdo. Se portó usted bien en Dagoola.
Xaviera se enderezó aún más.
Maldición. Se acabó su incipiente plan de entregar a todo el
grupo a las autoridades locales y rezar para que estuvieran aún en la cárcel
cuando la flota abandonara la órbita. ¿Podría separar de algún modo a Xaviera
de sus indignos camaradas? Ay, parecía que todos estaban en aquello juntos.
—Así que ella no quiso aceptar sus tarjetas de crédito. Usted,
Xaviera... ¿qué pasó a continuación?
—Er... se intercambiaron insultos, señor.
—¿Y?
—Los nervios se desbocaron un tanto. Se lanzaron botellas y
cayeron al suelo. La mujer llamó a la policía. Recibió un puñetazo —Xaviera
miró con cautela a Danio.
Miles captó la falta de protagonistas de toda la acción en la
sintaxis de Xaviera.
—¿Y?
—Y la policía llegó. Y les dijimos que volaríamos el lugar en
pedazos si trataban de entrar.
—¿Y tienen ustedes los medios para llevar a cabo esa amenaza,
soldado Xaviera?
—No, señor. Fue todo un farol. Intentaba pensar... bueno, qué
haría usted en esta situación, señor.
«Éste es demasiado observador. Aunque esté como una cuba», pensó
Miles con amargura. Suspiró y se pasó las manos por el pelo.
—¿Por qué no quiso aceptar sus tarjetas de crédito? ¿No son las
Universales Terrestres que les asignaron en el espaciopuerto? No intentarían
colarle las que quedaron de Mahata Solaris, ¿no?
—No, señor —dijo Xaviera. Sacó su tarjeta para probarlo. Parecía
en orden. Miles se volvió con intención de pasarla por la comuconsola del
mostrador, sólo para descubrir que había sido hecha pedazos de un disparo. El
agujero de bala de la placa estaba centrado con precisión y debía de haber sido
considerado el tiro de gracia, aunque la comuconsola aún emitía leves ruiditos
de vez en cuando. Miles añadió su precio a la factura que llevaba ya en mente,
y dio un respingo.
—De hecho —Xaviera se aclaró la garganta—, fue la máquina la que
la escupió, señor.
—No tendría que haber hecho eso —empezó a decir Miles—, a
menos...
«A menos que suceda algo en la central de cuentas», pensó.
Sintió la boca del estómago súbitamente helada.
—Lo comprobaré —prometió—. Mientras tanto, tenemos que acabar
con este asunto y sacarlos de aquí sin que los policías locales los frían a
tiros.
Danio señaló excitado la pistola que Miles empuñaba.
—Podríamos abrirnos paso por detrás. Echar a correr hacia el
tubo más cercano.
Miles, momentáneamente sin habla, pensó en cargarse a Danio con
su propia pistola. El hombre se salvó solamente porque Miles tuvo en cuenta que
el retroceso podría romperle el brazo. Se había roto la mano derecha en Dagoola
y el recuerdo del dolor estaba aún fresco.
—No, Danio —dijo Miles cuando pudo controlar su voz—. Vamos a
salir tranquilamente... muy tranquilamente, por la puerta principal. Y nos
vamos a rendir.
—Pero los dendarii no se rinden nunca —dijo Xaviera.
—Esto no es una base de instrucción —dijo Miles con paciencia—.
Es una licorería. O al menos lo era. Aún más, ni siquiera es nuestra licorería.
—«Aunque sin duda me veré obligado a comprarla.»—. Piensen en los policías de
Londres no como en sus enemigos, sino como en sus mejores amigos. Lo son,
¿saben? Porque —miró fríamente a Xaviera—, hasta que ellos acaben con ustedes,
yo no podré empezar.
—Ah —dijo Xaviera, sometido por fin. Tocó a Danio en el brazo—.
Sí. Tal vez... tal vez será mejor que dejemos que el almirante nos lleve a
casa, ¿eh, Danio?
Xaviera puso en pie al ex propietario del cuchillo de monte.
Tras pensarlo un momento, Miles se situó silenciosamente detrás del de los ojos
rojos, sacó su aturdidor de bolsillo y le disparó una ligera descarga en la
base del cráneo. El de los ojos rojos se desplomó de lado. Miles rezó para que
aquel estímulo final no le provocara un shock traumático. Sólo Dios sabía qué
cóctel químico llevaba encima, pero seguro que no era de alcohol solamente.
—Cójalo por la cabeza —ordenó Miles a Danio—, y usted, Yalen,
por los pies.
De esa forma, los tres quedaban inmovilizados de forma muy
efectiva.
—Xaviera, abra la puerta, ponga las manos sobre la cabeza y
camine, sin correr, hasta el lugar donde se entregará para que lo arresten.
Danio, sígalo. Es una orden.
—Ojalá tuviéramos al resto de la tropa —murmuró Danio.
—La única tropa que necesitan es una tropa de expertos legales
—dijo Miles. Miró a Xaviera y suspiró—. Les enviaré una.
—Gracias, señor —contestó Xaviera, y avanzó con solemnidad.
Miles cubrió la retaguardia, apretando la mandíbula.
Parpadeó ante la luz de la calle. Su pequeña patrulla cayó en
los brazos de los policías que esperaban. Danio no luchó cuando empezaron a
esposarlo, aunque Miles sólo se relajó cuando vio que conectaban por fin el
campo de maraña. El comisario de policía se acercó, tomando aire para hablar.
Un suave ¡foomp! surgió de la puerta de la licorería. Llamas
azules lamieron la acera.
Miles gritó, se dio la vuelta y corrió como un loco tomando una
gran bocanada de aire. Atravesó las puertas de la licorería, se zambulló en la
oscuridad y sorteó el mostrador. La alfombra empapada de alcohol estaba
ardiendo; las llamas, como cortinas de trigo dorado, corrían alocadamente tras
el humo. El fuego avanzaba hacia la mujer atada en el suelo. Al cabo de un
instante su pelo sería un terrible halo...
Miles se abalanzó hacia ella, se la cargó al hombro, luchó por
ponerse en pie. Habría jurado que notaba sus huesos combarse. La mujer pataleó,
sin colaborar para nada. Miles caminó dando tumbos hacia la salida, brillante
como la boca de un túnel, como la puerta de la vida. Sus pulmones latían,
buscando oxígeno contra sus labios cerrados. Tiempo total, once segundos.
Al duodécimo segundo, la habitación que dejaban atrás se
iluminó, rugiendo. Miles y su carga cayeron a la acera; mientras las llamas les
lamían las ropas, ellos rodaban una y otra vez. La gente chillaba y gritaba
desde una distancia indeterminada. El tejido del uniforme dendarii, preparado
para el combate, ni se derretiría ni ardería, pero seguía siendo una mecha
apetecible para los líquidos volátiles que lo manchaban. El efecto era
terriblemente espectacular. Pero la ropa de la pobre empleada no constituía la
misma protección...
Miles se atragantó con la andanada de espuma con la que los
roció el bombero que había saltado dispuesto a intervenir. Debía de haber
estado esperando este momento. La policía de aspecto asustado aferraba ansiosa
su rifle de plasma, completamente sobrante ahora. La espuma del extintor era
como la de la cerveza, aunque no sabía tan bien. Miles escupió los asquerosos
productos químicos y permaneció tendido un instante, jadeando. Dios, qué bueno
era el aire. Nadie lo alababa lo suficiente.
—¡Una bomba! —gritó el comandante de policía.
Miles se tumbó de espaldas, apreciando la rendija de cielo azul
que le mostraban sus ojos, milagrosamente nítidos, ilesos, sin quemaduras.
—No —jadeó tristemente—, coñac. Montones de botellas de coñac
carísimo. Y alcohol barato. Probablemente prendido por un cortocircuito de la
comuconsola.
Se apartó para dejar paso a los bomberos ataviados de blanco.
Uno de ellos lo ayudó a ponerse en pie y lo alejó del edificio en llamas. Se
quedó mirando a una persona que le apuntaba con una pieza de equipo que le
pareció, durante un confuso momento, un cañón de microondas. El arrebato de
adrenalina lo barrió sin efecto, no le quedaba capacidad de respuesta. La
persona le farfullaba. Miles parpadeó, aturdido, y el cañón de microondas se
convirtió en una cámara de holovid.
Deseó que hubiera sido un cañón de verdad...
La empleada de la licorería, liberada por fin, le señalaba y
gritaba y chillaba. Para ser alguien a quien acababan de salvar de una muerte
horrible, no parecía muy agradecida. El holovid la enfocó un instante, hasta
que el personal de la ambulancia se la llevó. Miles supuso que le
suministrarían un sedante. Se la imaginó llegando a casa esa noche, con su
marido y sus hijos... «¿Y cómo te ha ido el trabajo en la tienda hoy,
querida...?» Se preguntó si aceptaría dinero por su silencio y, si era así,
cuánto.
Dinero, oh, Dios...
—¡Miles! —la voz de Elli Quinn por encima de su hombro le hizo
dar un salto—. ¿Lo tienes todo bajo control?
En el tubo que los conducía al espaciopuerto de Londres, la
gente se los quedaba mirando. Miles, al verse en una pared de espejo mientras
Elli compraba los billetes, no se sorprendió. El elegante y atildado lord
Vorkosigan que había visto por última vez mirándolo antes de la recepción de la
embajada se había transmutado, como un hombre lobo, en un monstruito degradado.
Su uniforme mojado, chamuscado y arrugado estaba salpicado de pequeños trocitos
de espuma seca. La pechera blanca de su chaquetilla estaba sucia. Tenía la cara
tiznada, la voz cascada, los ojos rojos y fieros por la irritación causada por
el humo. Apestaba a humo y sudor y licor, sobre todo a licor. Se había
revolcado en él, después de todo. La gente que se les acercaba en la cola
captaba una vaharada y se apartaba. Los policías, gracias a Dios, se habían
quedado con la pistola y el cuchillo, requisados como pruebas. Con todo, Elli y
él tenían el vagón burbuja para ellos solos.
Miles se hundió en su asiento con un gruñido.
—Vaya guardaespaldas que eres —le dijo a Elli—. ¿Por qué no me
protegiste de esa entrevistadora?
—No intentaba dispararte. Además, acababa de llegar. No podía
decirle lo que había sucedido.
—Pero eres mucho más fotogénica. Habría mejorado la imagen de la
Flota Dendarii.
—Los holovids me dejan muda. Pero tú parecías bastante
tranquilo.
—Intentaba restarle importancia. «Los muchachos siempre serán
muchachos», ríe el almirante Naismith, mientras al fondo sus soldados queman
Londres...
Elli sonrió.
—Además, no estaban interesados en mí. No fui yo el héroe que se
abalanzó hacia un edificio en llamas... por los dioses, cuando saliste rodando
de ese incendio...
—¿Lo viste? —Miles se animó un poquitín—. ¿Salió bien en las
tomas largas? Tal vez compense lo de Danio y su alegre pandilla en la mente de
nuestra ciudad anfitriona.
—Resultaba aterrador —ella se estremeció—. Me sorprende que no
tengas quemaduras graves.
Miles alzó las cejas chamuscadas y se metió la mano izquierda
quemada bajo el brazo derecho.
—No ha sido nada. Ropa protectora. Me alegro de que no todo
nuestro equipo tenga defectos de diseño.
—No sé. Si he de serte sincera, me da miedo el fuego desde...
—se tocó la cara con la mano.
—Es lógico. Se encargaron de todo el asunto mis reflejos
espinales. Cuando mi cerebro por fin controló el cuerpo, todo se había acabado,
y empecé a temblar. He visto unos cuantos incendios, en combate. No pensé más
que en correr, porque cuando los incendios alcanzan cierto punto se extienden
rápido.
Miles se abstuvo de confesar sus otras preocupaciones sobre los
aspectos de seguridad de aquella maldita entrevista. Ya era demasiado tarde,
aunque su imaginación jugueteaba con la idea de una incursión dendarii secreta
a Euronews Network para destruir el disco vid. Tal vez estallara la guerra, o
se estrellara una lanzadera, o en el Gobierno hubiera un grave escándalo sexual
y todo el incidente de la licorería fuera archivado en las prisas por cubrir
las otras noticias. Además, los cetagandanos sin duda sabían ya que el
almirante Naismith había sido visto en la Tierra. Desaparecía muy pronto para
volver a ser lord Vorkosigan, quizá permanentemente esta vez.
Miles salió del tubo agarrándose la espalda.
—¿Los huesos? —preguntó Elli, preocupada—. ¿Le ha pasado algo a
tu columna?
—No estoy seguro —él avanzó junto a ella, bastante encorvado—.
Espasmos musculares... esa pobre mujer debía de ser más gorda de lo que me
pareció. La adrenalina te engaña...
No se sentía mejor cuando su pequeña lanzadera de personal
amarró en la Triumph, la nave insignia dendarii en órbita. Elli insistió en
visitar la enfermería.
—Tirón muscular —dijo fríamente la cirujana después de
examinarlo—. Guarde cama una semana.
Miles hizo falsas promesas y salió aferrando un frasco de
píldoras con la mano vendada. Estaba bastante seguro de que el diagnóstico de
la cirujana era correcto, pues el dolor remitía ahora que se hallaba a bordo de
su propia nave. Podía sentir la tensión de su cuello ceder por fin, y esperaba
que continuara menguando. Empezaba a librarse de la subida de adrenalina
también. Era mejor zanjar aquel asunto allí, mientras aún podía caminar y
hablar al mismo tiempo.
Se puso bien la chaqueta, frotó inútilmente las manchas blancas
y alzó la barbilla antes de entrar en el santuario de la contable de la flota.
Era por la tarde, hora de la nave (sólo una hora de diferencia
con Londres), pero la contable de los mercenarios continuaba aún en su puesto.
Vicki Bone era una mujer precisa, de edad mediana, fornida, decididamente una
técnica, no una soldado; su voz normal era un tranquilo canturreo. Se giró en
su asiento y le preguntó:
—¡Oh, señor! ¿Tiene ya la transferencia de crédi...? —advirtió
su aspecto y su voz recuperó el timbre habitual—. Santo Dios, ¿qué le ha
sucedido?
Tras un segundo de indecisión, saludó.
—Eso es lo que vengo a averiguar, teniente Bone.
Miles enganchó un segundo asiento en las abrazaderas del suelo y
le dio la vuelta para sentarse a horcajadas con los brazos apoyados en el
respaldo. Tras dudar también él un segundo, le devolvió el saludo.
—Tenía entendido que informó usted ayer de que todos nuestros
pedidos de suministros no esenciales para el mantenimiento de la vida a bordo
estaban en suspenso y nuestro crédito en Tierra bajo control.
—Temporalmente bajo control —replicó ella—. Hace catorce días me
dijo usted que tendríamos una transferencia de créditos al cabo de diez días.
Traté de reducir los gastos al mínimo. Hace cuatro días me dijo usted que
pasarían otros diez días...
—Como mínimo —confirmó Miles, sombrío.
—He vuelto a reducir los gastos cuanto he podido, pero ha habido
que pagar algunas cosas para conseguir que se prolongara el crédito otra
semana. Nos hemos estado quedando peligrosamente sin fondos de reserva desde
Mahata Solaris.
Miles pasó cansinamente un dedo por el respaldo del asiento.
—Sí, tal vez tendríamos que haber seguido directamente hasta Tau
Ceti.
Demasiado tarde ya. Si al menos estuvieran tratando con el
cuartel general de Seguridad del Sector Dos...
—Tendríamos que haber dejado dos tercios de la flota en la
Tierra de todas formas, señor.
—Y no quise dividir el convoy, lo sé. Pero si nos quedamos aquí
mucho más, ninguno de nosotros podrá marcharse... un agujero negro financiero.
Mire, active sus programas y dígame qué ha pasado con la cuenta de crédito de
personal a eso de las 16.00, hora de Londres.
—¿Mm?
Sus dedos conjuraron arcanos y pintorescos bancos de datos en la
consola de su holovid.
—Oh, cielos. No tendría que haber hecho eso. ¿Dónde ha ido el
dinero...? Ah, anulación directa. Eso lo explica.
—Explíquemelo a mí —instó Miles.
Ella se volvió.
—Bueno, naturalmente, cuando la flota se halla estacionada
durante cierto tiempo en algún lugar que tenga una red financiera, no dejamos
nuestros activos paralizados.
—¿No?
—No, no. Todo lo que no haga falta de modo inmediato se mantiene
el máximo tiempo posible en algún tipo de inversión a corto plazo que genere
intereses. Así, todas nuestras cuentas de crédito se encuentran bajo el mínimo
legal; cuando hay que pagar una factura la paso al ordenador y saco lo
suficiente de la cuenta de inversión para cubrir la deuda de la cuenta de
crédito.
—¿Y, er, merece la pena correr el riesgo?
—¿Riesgo? ¡Es una buena práctica básica! Ganamos más de cuatro
mil créditos federales GSA en intereses y dividendos la semana pasada, hasta
que nos pasamos del mínimo establecido.
—Oh.
Miles tuvo una momentánea visión: se vio renunciando a la guerra
para jugar a la bolsa. ¿La Compañía de Acciones de los Mercenarios Dendarii
Libres? Por desgracia, el Emperador tal vez tuviera un par de palabritas que
decir al respecto...
—Pero esos idiotas —la teniente Bone indicó el esquema que
representaba su versión de las aventuras de Danio esa tarde— intentaron
contactar directamente con la cuenta a través de su número, en vez de a través
de la cuenta central de la flota, como se le ha dicho que haga a todo el mundo.
Y estamos tan cortos de fondos ahora mismo que rebotó. A veces me parece estar
hablando con sordos.
Más extrañas gráficas de barras florecieron bajo sus dedos.
—¡Pero sólo puedo desviar y desviar por un tiempo limitado,
señor! La cuenta de inversión ya está a cero, así que no genera ningún dinero
extra. No estoy segura de que podamos aguantar diez días más. Y si la
transferencia de crédito no llega, entonces... —alzó las manos— ¡toda la Flota
Dendarii podría empezar a caer en manos de los acreedores!
—Oh.
Miles se frotó el cuello. Se había equivocado, su dolor de
cabeza no mejoraba.
—¿No hay nada que pueda hacer pasando de cuenta en cuenta para
crear, er... dinero virtual? ¿Temporalmente?
—¿Dinero virtual? —los labios de la teniente se arrugaron en
gesto de repulsa.
—Para salvar la flota. Igual que en combate. Contabilidad
mercenaria... —unió las manos, entre las rodillas, y le sonrió esperanzado—.
Naturalmente, si está más allá de sus habilidades...
Las aletas de la nariz de la teniente Bone se hincharon.
—Por supuesto que no. Pero eso que usted pide se basa
principalmente en lapsos de tiempo. La red financiera de la Tierra está
plenamente integrada; no hay lapsos de tiempo a menos que quieras empezar a
convertirla en interestelar. Pero le diré qué podría funcionar... —Su voz se
apagó—. Bueno, tal vez no...
—¿Qué?
—Vaya a un banco importante y pida un préstamo a largo plazo
sobre, digamos, un bien de valor considerable.
Sus ojos, al mirar en derredor, se referían a la Triumph y
revelaban qué clase de bien de valor tenía en mente.
—Puede que tengamos que ocultarles otros gravámenes destacados y
el grado de depreciación, por no mencionar ciertas ambigüedades sobre lo que
pertenece o no pertenece a la corporación de la flota o a los capitanes... pero
al menos sería dinero de verdad.
¿Y qué diría el comodoro Tung cuando descubriera que Miles había
hipotecado su nave? Pero Tung no estaba allí. Estaba de permiso. Todo podría
estar resuelto para cuando regresara.
—Tendremos que pedir dos o tres veces la cantidad que realmente
necesitamos, para asegurarnos de recibir suficiente —continuó la teniente
Bone—. Usted tendría que firmar, como oficial al mando.
El almirante Naismith tendría que firmar, reflexionó Miles. Un
hombre cuya existencia legal era estrictamente... virtual, aunque no se podía
esperar que un banco terrestre lo descubriera. Los dendarii apoyaban
convincentemente su identidad. Quizás aquél fuese uno de los movimientos más
seguros que había hecho jamás.
—Adelante, teniente Bone. Hágalo. Um... use la Triumph, es lo
más grande que tenemos.
Ella asintió y enderezó los hombros recuperando parte de su
habitual serenidad.
—Sí, señor. Gracias, señor.
Miles suspiró y se puso en pie. Sentarse había sido un error;
sus cansados músculos le pasaron factura. La teniente arrugó la nariz cuando lo
olió al pasar. Quizá debiera invertir unos minutos en lavarse. Ya sería
bastante difícil explicar su desaparición, cuando regresara a la embajada, para
tener que dar explicaciones sobre su aspecto.
—Dinero virtual —oyó murmurar con desaprobación a la teniente
Bone mientras salía—. Santo Dios.
4
Para cuando Miles terminó de ducharse y acicalarse y se puso un
uniforme limpio y un brillante par de botas, las píldoras habían hecho su
efecto y no sentía ningún dolor. Cuando se dio cuenta de que silbaba mientras
se rociaba de loción para el afeitado y se ajustaba un pañuelo de seda negra
bastante llamativo y solamente semi-reglamentario, y se colocó la chaquetilla
blanca y gris, decidió que sería mejor reducir la dosis para la próxima vez. Se
sentía demasiado bien.
Lástima que el uniforme dendarii no incluyera una boina que uno
pudiera colocar en ángulo atrevidamente ladeado. Podría ordenar que añadieran
una. Probablemente Tung lo aprobaría: tenía la teoría de que los uniformes
llamativos ayudaban a captar reclutas y subir la moral.
Miles no estaba completamente seguro de que así no acabarían
adquiriendo un montón de reclutas que quisieran jugar a los disfraces. Al
soldado Danio tal vez le gustara una boina... Miles descartó la idea.
Elli Quinn le esperaba pacientemente en el pasillo de la
compuerta de la lanzadera número seis. Se puso en pie con gracilidad y se le
adelantó, diciendo:
—Será mejor que nos demos prisa. ¿Cuánto tiempo piensas que
podrá cubrirte tu primo en la embajada?
—Sospecho que ya es una causa perdida —dijo Miles, atándose
junto a ella. Como el prospecto de las píldoras advertía de los riesgos de
manejar equipo, dejó que la comandante pilotara de nuevo. La pequeña lanzadera
se apartó suavemente del costado de la nave insignia y empezó a caer en su
pauta orbital.
Miles meditó morosamente sobre la recepción que le esperaba
cuando apareciera de vuelta en la embajada. Confinado a sus habitaciones era lo
menos que cabía esperar, aunque podría alegar circunstancias atenuantes por si
acaso. No le apetecía nada tener que cargar con esa pena. Aquí estaba, en la
Tierra, en una cálida noche de verano, con una amiga hermosa y brillante. Sólo
eran (miró su cronómetro) las 23.00. La vida nocturna estaría comenzando.
Londres, con su enorme población, era una ciudad que nunca descansaba. Se le
aceleró el corazón inexplicablemente.
Sin embargo, ¿qué podían hacer? Beber quedaba descartado; Dios
sabía qué iba a sucederle si añadía alcohol a su actual carga farmacológica; no
mejoraría su coordinación, sin duda. ¿Un espectáculo? Los mantendría
inmovilizados un buen rato, algo que no era demasiado seguro. Mejor hacer
alguna cosa que los mantuviera en marcha.
Al diablo con los cetagandanos. Estaba perdido si se convertía
en rehén del simple miedo hacia ellos. Que el almirante Naismith disfrutara de
una última correría antes de que volvieran a guardarlo en el cajón. Las luces
del espaciopuerto parpadearon bajo ellos, se alzaron para atraerlos. Mientras
rodaban por su pista alquilada (ciento cuarenta GSA federales por día) con su
guardia dendarii a la espera. Miles estalló:
—Ey, Elli. Vamos... vámonos a ver escaparates.
Y así se encontraron paseando por un centro comercial de moda a
medianoche. Allí, para el visitante con dinero, se exponían mercancías no sólo
de la Tierra, sino de toda la galaxia. Los transeúntes eran un desfile que
merecía ser contemplado por derecho propio, para el estudiante de modas y
tendencias. Se llevaban las plumas aquel año, y la seda sintética, el cuero y
la piel, en un revival de tejidos primitivos naturales del pasado. Y la Tierra
tenía un montón de pasado que revivir. La joven dama del... atuendo
vikingo-azteca, supuso Miles, que paseaba del brazo de un joven con botas del
siglo XXIV y plumas le llamó particularmente la atención. Quizás una boina
dendarii no fuera algo demasiado arcaico y poco profesional después de todo.
Elli, observó Miles tristemente, no se relajaba ni disfrutaba de
aquello. Su atención hacia los peatones estaba más en la línea de la caza de
armas ocultas y movimientos bruscos. Pero se detuvo por fin realmente intrigada
ante una tienda que anunciaba discretamente: PIELES CULTIVADAS, UNA DIVISIÓN DE
BIOINGENIERÍAS GALATECH. Miles la condujo al interior.
La zona de exposiciones era espaciosa, un claro indicativo de la
gama de precios en la que operaban. Abrigos de zorro rojo, alfombras de tigre
blanco, chaquetas de leopardo extinto, chillones bolsos de lagarto perlado de
Tau Ceti, y botas y cinturones, chalecos de macaco blancos y negros... una
pantalla holovid pasaba un programa continuo explicando que la mercancía no
procedía de la matanza de animales vivos, sino de los tubos de ensayo y las
tinas de la división de ocio de GalaTech. Se ofrecían diecinueve especies
extinguidas en colores naturales. Para la línea de otoño, aseguraba el vid,
venían el cuero de rinoceronte arco iris y el zorro blanco en tonos pastel.
Elli hundió las manos hasta las muñecas en algo que parecía una explosión de
gato persa albaricoque.
—¿Pierde pelo? —preguntó Miles, divertido.
—En absoluto —les aseguró el vendedor—. Las pieles cultivadas de
GalaTech están garantizadas para no gastarse, pelarse ni desteñir. También son
resistentes a las manchas.
Una enorme piel satinada negra ronroneó entre los brazos de
Elli.
—¿Qué es esto? No es un abrigo...
—Ah, es un nuevo artículo muy popular—dijo el vendedor—. Lo
último en sistemas de realimentación biomecánica. La mayoría de los artículos
de piel que ven ustedes aquí son cueros corrientes teñidos... pero ésta es una
piel viva. Este modelo es adecuado para una manta, una colcha o una alfombra.
Se están confeccionando varios tipos de vestidos para el año que viene con
ella.
—¿Una piel viva? —ella alzó las cejas, encantada.
El vendedor se puso de puntillas en un eco inconsciente: el
rostro de Elli producía su efecto habitual sobre los no iniciados.
—Una piel viva —asintió el vendedor—, pero sin ninguno de los
defectos del animal vivo. No pierde pelo, ni come ni —tosió discretamente—
necesita un cajón de arena.
—Espere —dijo Miles—. ¿Cómo lo anuncian como vivo, entonces? ¿De
dónde saca la energía, si no es por la descomposición química de los alimentos?
—Una red electromagnética en el nivel celular capta pasivamente
la energía del entorno: ondas de holovid y similares. Y cada mes o así, si
parece estar gastándose, pueden darle una ayudita metiéndola en el microondas
unos minutos a baja potencia. Pieles Cultivadas, sin embargo, no se
responsabiliza del mal uso por parte de los propietarios.
—Eso sigue sin hacer que esté viva —objetó Miles.
—Le aseguro que esta manta fue compuesta con los mejores genes
de felix domesticus. También tenemos en stock el persa blanco y las franjas
color chocolate de los siameses, en los colores naturales. Tengo muestras de
otros tonos decorativos que pueden ser ordenados en cualquier tamaño.
—¿Le hicieron eso a un gato? —Miles se atragantó mientras Elli
cogía en brazos la gran piel sin huesos.
—Acaríciela —instruyó el vendedor, ansioso.
Ella así lo hizo, y se echó a reír.
—¡Ronronea!
—Sí. También tiene una orientación termotáxica programable... en
otras palabras, se enrosca.
Elli se la puso al cuello. La piel negra cayó en cascada sobre
sus pies como la cola del vestido de una reina; se frotó la mejilla con el
sedoso pelaje.
—¿Qué inventarán luego? Oh, cielos. Dan ganas de frotártela por
toda la piel.
—¿Sí? —murmuró Miles, dubitativo. Luego se le dilataron las
pupilas cuando imaginó a Elli, con su maravillosa piel, acariciándose con
aquella cosa peluda—. ¿Sí? —dijo en un tono completamente distinto. Sus labios
dibujaron una ansiosa sonrisa. Se volvió hacia el vendedor—. Nos la llevamos.
Se encontró en un apuro cuando sacó la tarjeta de crédito, la
miró y cayó en la cuenta de que no podía emplearla. Era la del teniente
Vorkosigan, completamente dependiente de su paga de la embajada y plenamente
comprometido en su actual misión. Quinn, a su lado, le miró por encima del
hombro al ver su vacilación. Miles ladeó la tarjeta para que pudiera verla,
oculta en su palma, y sus ojos se encontraron.
—Ah... no —reaccionó ella—. No, no —sacó su cartera.
«Tendría que haber preguntado el precio primero», pensó Miles
mientras salían de la tienda llevando el molesto bulto en su elegante
envoltorio de plástico plateado. El paquete, los había convencido por fin el
vendedor, no requería agujeros de ventilación. Bueno, la piel le había
encantado a Elli, y una oportunidad para encantar a Elli no era algo que perder
por mera imprudencia (u orgullo) por su parte. Se la pagaría más tarde.
Pero ahora, ¿adónde ir para probarla? Miles trató de pensar
mientras salían del centro comercial y se dirigían al acceso de tubo más
cercano. No quería que la noche terminara. No sabía qué quería. No, sabía
perfectamente bien lo que quería, sólo que no sabía si lograría obtenerlo.
Elli, sospechó, no sabía hasta dónde lo habían llevado sus
pensamientos. Un poco de romance colateral era una cosa; el cambio de carrera
que pensaba proponerle (bonita expresión, por cierto) daría un vuelco a su
existencia. Elli, nacida en el espacio, que llamaba comedores de polvo a los
que vivían en la superficie; Elli, que tenía planes propios para su carrera;
Elli, que caminaba por tierra con el dudoso desdén de una sirena salida del
agua. Elli era un país independiente. Una isla. Y él era un idiota y aquello no
podía continuar sin ser resuelto mucho más tiempo o estallaría.
Una vista de la famosa luna de la Tierra, calculó Miles, era lo
que necesitaban, preferiblemente brillando sobre el agua. El viejo río de la
ciudad, por desgracia, era subterráneo en aquel sector. Había sido canalizado
en tuberías arteriales por la explosión arquitectónica del siglo XXIII que
había cubierto con una cúpula la mitad del paisaje no ocupado por torres
deslumbrantes y arquitectura histórica preservada. Quietud, un lugar tranquilo
y privado, no era algo fácil de encontrar en una ciudad de tantos millones de
habitantes.
«La tumba es un lugar bonito y privado, pero nadie, creo, quiere
allí abrazarse...» Los letales flashbacks de Dagoola habían remitido en las
últimas semanas, pero éste lo cogió de improviso en un tubo elevador corriente
que bajaba hasta el sistema de coches burbuja. Elli caía, arrancada de su torpe
asidero por un sañudo vórtice (defecto de diseño en el sistema antigravedad),
engullida por la oscuridad...
—¡Miles, ay! —se quejó Elli—. ¡Suéltame el brazo! ¿Qué pasa?
—Caemos —jadeó Miles.
—Claro que caemos, éste es el tubo de descenso. ¿Te encuentras
bien? Deja que te mire las pupilas.
Se agarró a un asidero y se acercó a la pared del tubo,
alejándose de la zona central de tráfico rápido. Los londinenses noctámbulos
continuaban pasando ante ellos. El infierno se había modernizado, decidió Miles
descabelladamente, y aquello era un río de almas perdidas que borboteaba hacia
algún desagüe cósmico, más y más rápido.
Las pupilas de los ojos de ella eran grandes y oscuras...
—¿Se te dilatan o se te contraen cuando tienes esas extrañas
reacciones a los medicamentos? —le preguntó ella, preocupada, el rostro a
centímetros del suyo.
—¿Qué están haciendo ahora?
—Laten.
—Estoy bien —Miles tragó saliva—. La cirujana comprueba dos
veces todo lo que me administra. Puede que me maree un poco, eso me dijo —no
había soltado su asidero.
En el tubo de descenso, advirtió Miles de pronto, su diferencia
de altura se anulaba. Flotaban cara a cara, sus botas colgando por encima de
los talones de ella... ni siquiera necesitaba un cajón en el que subirse, ni
tenía que arriesgarse a lastimarse el cuello. Por impulso, hundió los labios en
los de ella. En su mente aulló durante una milésima de segundo un gemido de
terror, como en el momento después de lanzarse desde las rocas a treinta metros
de aguas claras que sabía heladas, después de haberse rendido a la gravedad
pero antes de que las consecuencias lo envolvieran.
El agua era cálida, cálida... Ella abrió mucho los ojos,
sorprendida. Miles vaciló, perdiendo su valioso ímpetu, y empezó a apartarse.
Los labios de Elli se abrieron y enroscó un brazo en su nuca. Era una mujer
atlética; la tenaza fue una inmovilización efectiva, no sujeta a las
ordenanzas. Sin duda la primera vez que lo clavaban al suelo quería decir que
había ganado. Devoró sus labios ansiosamente, besó sus mejillas, párpados,
cejas, nariz, barbilla... ¿dónde estaba el dulce pozo de su boca? Ah, sí, allí...
El grueso paquete que contenía la piel viva empezó a caer, rebotando tubo
abajo. Una mujer que descendía los miró con mala cara, un adolescente que
bajaba por el centro del tubo aplaudió e hizo gestos groseros y explícitos. El
busca que Elli llevaba en el bolsillo sonó.
Torpemente, atraparon la piel y escaparon por la primera salida
que encontraron. Pasaron a un andén de coches burbuja. Salieron tambaleándose
al descubierto y se miraron, aturdidos. En un lunático instante, advirtió
Miles, habían dado la vuelta a su relación de trabajo tan cuidadosamente
mantenida. ¿Qué eran ahora? ¿Oficial y subordinada? ¿Hombre y mujer? ¿Amigos
amantes? Tal vez fuese un error fatal.
Quizá fuese fatal de necesidad. Dagoola les había dado esa
lección. La persona dentro del uniforme era más grande que el soldado, el
hombre, más complejo que su papel. La muerte podía llevárselos a ambos al día
siguiente y un universo de posibilidades, no sólo un oficial militar, se
extinguiría. La habría besado de nuevo... maldición, si esa garganta de marfil
hubiese seguido a su alcance...
La garganta de marfil emitió un gruñido de preocupación. Elli
pulsó la tecla para abrir el canal del enlace seguro.
—¿Qué demonios...? No puedes ser tú, estás aquí. ¡Quinn al
habla!
—¿Comandante Quinn? —la voz de Ivan Vorpatril sonaba débil pero
clara—. ¿Está Miles con usted?
Miles frunció los labios en una mueca de frustración. El don de
la oportunidad de Ivan era sobrenatural.
—Sí, ¿por qué? —preguntó Quinn al comunicador.
—Bueno, dígale que vuelva aquí inmediatamente. Tengo abierto un
agujero en Seguridad para él, pero no podré mantenerlo así mucho más. Demonios,
no conseguiré permanecer despierto más tiempo.
Una larga pausa que Miles interpretó como un bostezo surgió del
enlace comunicador.
—Dios mío, no creí que fuera a conseguirlo —murmuró Miles.
Agarró el comunicador—. ¿Ivan? ¿De verdad puedes colarme dentro sin que me
vean?
—Durante unos quince minutos. Y he tenido que mandar todas las
ordenanzas al infierno para hacerlo. Estoy reteniendo el puesto de guardia del
tercer subnivel, donde se encuentran la energía municipal y las conexiones del
alcantarillado. Puedo interrumpir la grabación vid y cortar la toma de tu
entrada, pero sólo si vuelves antes que el cabo Veli. No me importa jugarme el
cuello por ti, pero sí jugármelo por nada, ¿captas?
Elli estaba estudiando el pintoresco mapa holovid del sistema de
tubotransporte.
—Puedes conseguirlo, creo.
—No servirá de nada...
Ella lo agarró por el codo y lo empujó hacia los coches burbuja.
El firme brillo del deber nublaba la suave luz de sus ojos.
—Estaremos diez minutos más juntos por el camino.
Miles se frotó la cara mientras ella iba a comprar los billetes,
tratando de obligarse a recuperar la racionalidad perdida. Vio su tenue reflejo
mirándole desde la pared de espejo, ensombrecido por una columna, la cara
enrojecida por la frustración y el terror. Cerró los ojos y luego volvió a mirar
tras colocarse delante de la columna. De lo más desagradable: durante un
segundo se había visto de nuevo llevando su uniforme verde barrayarés. Malditas
fueran las píldoras. ¿Estaba su subconsciente tratando de decirle algo? Bueno,
suponía que no estaría metido en verdaderos problemas hasta que un escáner
cerebral tomado con sus dos uniformes distintos revelara dos pautas diferentes.
Al verse reflejado, la idea de pronto dejó de parecer graciosa.
Cuando regresó, abrazó a Quinn con sentimientos más complicados
que el simple deseo sexual. Se robaron besos en el coche burbuja; más dolor que
placer. Para cuando llegaron a su destino, Miles se encontraba en el estado
físico de excitación más incómodo que recordaba. Seguro que toda la sangre
había abandonado su cerebro para bajarle a la entrepierna, volviéndolo idiota
de hipoxia y lujuria.
Ella lo dejó en el andén del distrito de las embajadas con un
angustiado susurro de «¡Más tarde!». Sólo después de que el tubo se la hubiera
tragado Miles se dio cuenta de que se había quedado la bolsa, que vibraba con
un rítmico ronroneo.
—Lindo gatito.
Miles se la echó al hombro con un suspiro y empezó a caminar,
cojeando, de vuelta a casa.
Despertó a la mañana siguiente sofocado por la ronroneante piel
negra.
—Amistosa, ¿eh? —comentó Ivan.
Miles se liberó, escupiendo pelos. El vendedor había mentido:
estaba claro que la bestia se nutría de personas, no de radiación. Las envolvía
en secreto durante la noche y se las tragaba como una ameba: la había dejado a
los pies de la cama, maldición. A millares de niños pequeños, que se escondían
bajo las mantas para protegerse de los monstruos del armario, les esperaba una
desagradable sorpresa.
Seguro que el vendedor de pieles cultivadas era un agente
provocador asesino cetagandano...
Ivan, en ropa interior y con el cepillo de dientes asomando
entre sus brillantes incisivos, se detuvo a pasar las manos por la seda negra,
que onduló intentando arquearse con la caricia.
—Es sorprendente —la barbilla sin afeitar de Ivan se movió y el
cepillo cambió de lado—. Dan ganas de frotártela por toda la piel.
Miles se imaginó a Ivan acariciando...
—¡Uf! —se estremeció—. Dios, ¿dónde hay café?
—Abajo. En cuanto te hayas vestido según las ordenanzas. Trata
de que parezca al menos que has estado en cama desde ayer por la tarde.
Miles olió problemas al instante cuando Galeni lo llamó para que
se presentara a solas en su despacho media hora después de empezado su turno de
trabajo.
—Buenos días, teniente Vorkosigan —sonrió Galeni, con fingida
amabilidad. La sonrisa falsa de Galeni era tan horrenda como encantadora la
verdadera.
—Buenos días, señor —asintió Miles, cansado.
—Ya veo que se ha recuperado de su agudo ataque
osteoinflamatorio.
—Sí, señor.
—Siéntese.
—Gracias, señor.
Miles se sentó, torpemente: no había tomado píldoras para el
dolor esa mañana. Después de la aventura de la noche anterior, rematada por
aquella inquietante alucinación en el metro, Miles las había tirado a la basura
y anotado mentalmente que debía decirle a su cirujana que había otro
medicamento más que podía tachar de su lista. Galeni bajó las cejas en un
destello de duda. Luego sus ojos repararon en la mano vendada de Miles. Éste se
rebulló en su asiento, y trató de esconderla disimuladamente a su espalda.
Galeni sonrió con acritud y conectó el holovid.
—Esta mañana he encontrado un reportaje fascinante en las
noticias locales —dijo Galeni—. Me ha parecido que le gustaría verlo también.
«Creo que preferiría caerme muerto en su alfombra, señor.» Miles
no tenía ninguna duda de lo que se le avecinaba. Maldición, y sólo se había
preocupado de que la embajada cetagandana lo encontrara.
La periodista de Euronews Network comenzó su introducción.
Evidentemente, aquel fragmento había sido filmado un poco después, pues el
incendio de la licorería moría al fondo. Cuando la imagen cambió al rostro
chamuscado y dolorido del almirante Naismith, aún ardía alegremente.
—... desafortunado error. —Miles oyó toser su propia voz
betana—. Prometo una completa investigación...
La toma de sí mismo y la desgraciada empleada rodando por la
puerta en llamas fue sólo moderadamente espectacular. Lástima que no hubiera
sido de noche, para aprovechar todo el esplendor de la pirotecnia. La asustada
furia del rostro de Naismith en el holovid tuvo un leve eco en el de Galeni.
Miles sintió cierta conmiseración. No era ningún placer mandar a subordinados
que no seguían tus órdenes y se metían en peligrosas estupideces por su cuenta.
Galeni no iba a alegrarse de aquel asunto.
La cuña de noticias terminó por fin, y Galeni pulsó el
interruptor de apagado. Se arrellanó en el asiento y miró firmemente a Miles.
—¿Bien?
Los instintos de Miles le advirtieron de que aquél no era
momento para hacerse el gracioso.
—Señor, la comandante Quinn me llamó a la embajada ayer por la
tarde para que manejara esta situación porque yo era el oficial dendarii más
cercano. Sus temores resultaron justificados. Mi rápida intervención impidió
daños innecesarios, quizá muertes. Debo pedir disculpas por ausentarme sin
permiso. Sin embargo, no lo lamento.
—¿Disculpas? —ronroneó Galeni, reprimiendo la ira—. Se marchó
usted sin permiso, sin protección y desafiando directamente las órdenes
recibidas. Me perdí el placer, evidentemente por cuestión de segundos, de que
mi próximo informe al cuartel general de Seguridad fuera para preguntar adónde
enviar su cuerpo calcinado. Lo más interesante de todo es que se las apañó
usted, según parece, para entrar y salir de la embajada sin dejar ninguna
huella en mis registros de seguridad. ¿Y piensa resolverlo todo con una disculpa?
Creo que no, teniente.
Miles defendió lo único que podía.
—No iba sin guardaespaldas, señor. La comandante Quinn estuvo
presente. No pretendo resolver nada.
—Entonces puede empezar explicando exactamente cómo salió, y
entró, a través de mi red de seguridad sin que nadie lo advirtiera —Galeni se
echó atrás en su asiento con los brazos cruzados, frunciendo ferozmente el
ceño.
—Yo...
Aquí estaba el meollo del asunto. Quizá confesar fuese bueno
para su alma, ¿pero debía delatar a Ivan?
—Salí con un grupo de invitados que se marchaba de la recepción,
por la puerta pública principal. Como llevaba el uniforme dendarii, los
guardias supusieron que era uno de ellos.
—¿Y el regreso?
Miles guardó silencio. Galeni necesitaba recabar todos los datos
para reparar su red, pero entre otras cosas Miles no sabía exactamente cómo
había manipulado Ivan los escáneres vid, por no mencionar al cabo de guardia.
Se había tendido en la cama sin preguntar los detalles.
—No puede usted proteger a Vorpatril, teniente —puntualizó
Galeni—. Iré por él a continuación.
—¿Qué le hace pensar que Ivan está implicado? —continuó la boca
de Miles, ganando tiempo para pensar. No, tendría que haber pensado primero.
Galeni parecía disgustado.
—Seamos serios, Vorkosigan.
Miles tomó aire.
—Todo lo que Ivan hizo, lo hizo siguiendo mis órdenes. La
responsabilidad es completamente mía. Si accede usted a que no haya ningún
cargo contra él, le pediré que le entregue un informe completo de cómo creó el
agujero temporal en la red.
—Eso hará, ¿eh? —los labios de Galeni se torcieron—. ¿Se ha dado
cuenta ya de que el teniente Vorpatril está por encima de usted en la cadena de
mando?
—No, señor —deglutió Miles—. Esto, er... se me pasó por alto.
—Y a él también, parece.
—Señor, en un principio había planeado ausentarme durante un
corto espacio de tiempo, y preparar mi regreso era la menor de mis
preocupaciones. Como la situación se prolongó, me quedó claro que tendría que
volver al descubierto, pero cuando lo hice eran las dos de la madrugada y él se
había tomado un montón de molestias... No quise ser desagradecido...
—Y además —interrumpió Galeni sotto voce—, parecía que podría
funcionar...
Miles reprimió una sonrisa involuntaria.
—Ivan es parte inocente. Acúseme de lo que quiera, señor.
—Gracias, teniente, por su amable permiso.
Picado, Miles replicó:
—Maldición, señor, ¿qué quería que hiciera? Los dendarii son tan
soldados de Barrayar como cualquiera que lleve el uniforme del Emperador,
aunque ellos no lo sepan. Están bajo mi mando. No puedo desatender sus
necesidades urgentes, ni siquiera para representar el papel del teniente
Vorkosigan.
Galeni se meció en su asiento, sus cejas se alzaron.
—¿Representar el papel del teniente Vorkosigan? ¿Quién cree que
es usted?
—Yo soy...
Miles guardó silencio, atenazado por una súbita sensación de
vértigo, como al caer por un tubo defectuoso. Durante un cegador momento, ni
siquiera entendió la pregunta. El silencio se prolongó.
Galeni cruzó las manos sobre la mesa, el ceño fruncido. Su voz
se suavizó.
—Ha perdido la pista, ¿no?
—Yo... —Miles abrió las manos, indefenso—. Es mi deber, cuando
soy el almirante Naismith, ser el almirante Naismith lo mejor que pueda. No
suelo tener que cambiar de uno a otro de esta forma.
Galeni ladeó la cabeza.
—Pero Naismith no es real. Eso mismo ha dicho usted.
—Uh... cierto, señor. Naismith no es real. —Miles tomó aire—.
Pero sus deberes sí lo son. Debemos establecer algún acuerdo más racional para
que yo pueda cumplirlos.
Galeni no parecía darse cuenta de que, al entrar Miles
inadvertidamente en su cadena de mando, la había aumentado no en una persona,
sino en cinco mil. Sin embargo, de haber sido consciente del hecho, ¿habría
empezado a mediar con los dendarii? Miles apretó la mandíbula, siguiendo el
impulso de descartar esta posibilidad en todos los sentidos. Un caluroso
arrebato de... ¿celos? lo atravesó. Que Galeni continúe, por favor, Dios,
considerando a los dendarii como asunto personal de Miles...
—Mm —Galeni se frotó la frente—. Sí, bien... mientras tanto,
cuando llamen los deberes del almirante Naismith, acuda a mí primero, teniente
Vorkosigan —suspiró—. Considérese a prueba. Le ordenaría quedar confinado en
sus habitaciones, pero el embajador solicitó específicamente su presencia como
escolta esta tarde. Pero sea consciente de que podría haber presentado cargos
serios contra usted. El de desobedecer una orden directa, por ejemplo.
Yo... soy plenamente consciente de eso, señor. Uh... ¿e Ivan?
—Ya veremos —Galeni sacudió la cabeza, aparentemente
reflexionando sobre Ivan. Miles no podía reprochárselo.
—Sí, señor —dijo Miles, decidiendo que había presionado todo lo
posible, de momento.
—Puede retirarse.
«Magnífico —pensó Miles sardónicamente, y salió del despacho—.
Primero me tomó por un insubordinado. Ahora sólo por un loco. Sea quien sea
yo.»
El acontecimiento político-social de la tarde era una recepción
con cena para celebrar la visita a la Tierra del Baba de Lairouba. El Baba,
jefe de Estado hereditario de su planeta, combinaba deberes políticos y
religiosos. Tras completar su peregrinaje a La Meca, había viajado a Londres
para participar en las conversaciones sobre derechos de paso por el grupo de
planetas del Brazo de Orión Occidental. Tau Ceti era el centro de ese nexo, y
Komarr conectaba con él a través de dos rutas: de ahí el interés de Barrayar.
Los deberes de Miles eran los de costumbre. En este caso, se
encontró escoltando a una de las cuatro esposas del Baba. No estaba seguro de
si clasificarla de matrona aburrida o no: sus brillantes ojos castaños y sus
suaves manos de chocolate eran bastante hermosos, pero el resto de su persona
estaba envuelto en capas de seda cremosa con bordados de oro que sugerían una
pulcritud puntillosa, como un colchón tentador.
No era capaz de calibrar su inteligencia, ya que ella no hablaba
inglés, francés, ruso ni griego, en sus dialectos barrayareses ni en ningún
otro, y él no hablaba ni lairoubano ni árabe. La caja de aparatitos
traductores, por desgracia, había sido entregada a una dirección desconocida al
otro lado de Londres, dejando a la mitad de los diplomáticos presentes con la
única posibilidad de mirar a sus homólogos y sonreír. Miles y la dama se
comunicaban las necesidades básicas mediante mímica (¿sal, señora?) con buena
voluntad durante la cena, y él consiguió hacerla reír dos veces. Ojalá hubiese
sabido a santo de qué.
Todavía más lamentable: antes de que los discursos de sobremesa
pudieran ser cancelados, apareció un lacayo sudoroso con una caja de micros de
repuesto. Se sucedieron varios discursos en diversas lenguas para beneficio de
la prensa. Las cosas se dispersaron, la dama acolchada fue rescatada de las
manos de Miles por otras dos coesposas, y él empezó a cruzar la sala de vuelta
a la fiesta del embajador barrayarés. Al rodear una chillona columna de alabastro
que sostenía el techo abovedado, se encontró de cara con la periodista de
Euronews Network.
—Mon Dieu, es el pequeño almirante —dijo ella alegremente—. ¿Qué
está haciendo usted aquí?
Ignorando el grito de angustia que resonaba en su cerebro. Miles
consiguió manipular sus rasgos para componer una expresión de exquisito y
amable vacío.
—¿Perdone usted, señora?
—Almirante Naismith, o... —Ella advirtió su uniforme y los ojos
se le iluminaron de interés—. ¿Se trata de algún tipo de operación mercenaria
encubierta, almirante?
Pasó un segundo. Miles abrió unos ojos como platos y se llevó
una mano crispada al cinturón sin armas.
—Dios mío —se atragantó, con voz de espanto, algo que no le
resultó difícil—. ¿Quiere usted decir que han visto al almirante Naismith en la
Tierra?
Ella alzó la barbilla y abrió los labios en una sonrisita de
incredulidad.
—En su espejo, naturalmente.
¿Tenía las cejas visiblemente chamuscadas? Todavía llevaba la
mano derecha vendada. «No es una quemadura, señora —pensó Miles a la
desesperada—. Me corté al afeitarme...»
Miles se puso firmes con un fuerte taconazo y le dirigió un
saludo formal. Con voz orgullosa, grave y cargada de acento barrayarés, dijo:
—Se confunde usted, señora. Soy lord Miles Vorkosigan de
Barrayar. Teniente del servicio imperial. No es que no aspire al rango que
menciona, pero es un poquitín prematuro.
Ella sonrió con dulzura.
—¿Se ha recuperado por completo de las quemaduras, señor?
Miles alzó las cejas... No, no tendría que haber llamado la
atención sobre ellas.
—¿Naismith se ha quemado? ¿Le ha visto usted? ¿Cuándo? ¿Podemos
hablar de esto? El hombre que menciona es del mayor interés para Seguridad
Imperial de Barrayar.
Ella lo miró de arriba abajo.
—Eso diría yo, ya que son ustedes iguales.
—Venga, venga aquí.
¿Y cómo iba a salir de ésta? La cogió por el codo y la empujó
hacia un rincón privado.
—Claro que somos iguales. El almirante Naismith de los dendarii
es mi...
¿Hermano ilegítimo? No, eso no colaría. La luz no se encendió,
estalló como una explosión nuclear.
—...mi clon —concluyó Miles tranquilamente.
—¿Qué? —el aplomo de ella se resquebrajó; su atención osciló.
—Mi clon —repitió Miles con voz más firme—. Es una creación
extraordinaria. Pensamos, aunque nunca hemos podido confirmarlo, que fue el
resultado de una presunta operación encubierta cetagandana que salió mal. Los
cetagandanos, sin duda, son capaces de esas proezas médicas. Los resultados de
sus experimentos genéticos militares la horrorizarían. —Miles hizo una pausa.
Eso último era cierto—. ¿Quién es usted, por cierto?
—Lise Vallerie —ella le mostró su cubo de prensa—. Euronews
Network.
El hecho mismo de que estuviera dispuesta a volver a presentarse
confirmaba que Miles había escogido el camino adecuado.
—Ah —se apartó un poco de ella—, los servicios de noticias. No
me había dado cuenta. Discúlpeme, señora. No debería estar hablando con usted
sin permiso de mis superiores.
Hizo un amago de marcharse.
—No, espere... ah... lord Vorkosigan. Oh... no estará usted
relacionado con ese Vorkosigan, ¿verdad?
Él alzó la barbilla y trató de parecer severo.
—Mi padre.
—Oh —ella suspiró en tono de comprensión—, eso lo explica todo.
«Eso pensaba», reflexionó Miles, orgulloso.
Hizo unos cuantos intentos de escapar. Ella se aferró a él como
una lapa.
—No, por favor... si no me lo dice, sin duda que investigaré por
mi cuenta.
—Bueno... —Miles hizo una pausa—. Son datos bastante antiguos,
desde nuestro punto de vista. Puedo decirle unas cuantas cosas, supongo, ya que
está relacionado personalmente conmigo. Pero no es para hacerlo público. Debe
darme su palabra primero.
—La palabra de un lord Vor de Barrayar es sagrada, ¿no? —dijo
ella—. Nunca revelo mis fuentes.
—Muy bien —asintió Miles fingiendo tener la impresión de que
ella le había hecho una promesa, aunque nada en sus palabras lo indicaba.
Acercó un par de sillas y se sentaron lejos de los roboservidores que retiraban
los restos del banquete.
Miles se aclaró la garganta, y se lanzó.
—La construcción biológica que se llama a sí mismo almirante
Naismith es... quizás el hombre más peligroso de la galaxia. Astuto, resuelto.
Los equipos de Seguridad barrayaresa y cetagandana han intentado, en el pasado,
asesinarlo. Sin éxito. Ha empezado a construirse una base de poder, con sus
dendarii. Aún no sabemos cuáles son sus planes a largo plazo para este ejército
privado, excepto que debe de tener alguno.
Vallerie se acercó un dedo a los labios, dubitativa.
—Parecía... bastante agradable cuando hablé con él. Dadas las
circunstancias. Un hombre valiente, sin duda.
—Sí, ahí está el genio y la maravilla del hombre —gimió Miles,
luego decidió que sería mejor que no se pasara—. Tiene carisma. Sin duda los
cetagandanos, si fueron los cetagandanos, pretendían algo extraordinario con
él. Es un genio militar, ¿sabe?
—Espere un momento. ¿Es un clon auténtico, dice usted... no sólo
una copia exterior? Entonces debe de ser aún más joven que usted.
—Sí. Su crecimiento, su educación, fueron acelerados
artificialmente, aparentemente hasta los límites del proceso. ¿Pero dónde lo ha
visto usted?
—Aquí, en Londres —respondió ella; iba a añadir algo y se
detuvo—. Pero ¿no dice que Barrayar trata de matarlo? —Se apartó un poco de
él—. Creo que será mejor que yo deje que lo localicen ustedes mismos.
—Oh, ya no —rió Miles—. Ahora nos limitamos a seguirle la pista.
Lo perdimos de vista recientemente, lo que hace que mis servicios de seguridad
se pongan extremadamente nerviosos. Claramente fue creado para algún tipo de
plan de sustitución cuyo objetivo último era mi padre. Pero hace siete años se
volvió un renegado, escapó de sus captores-creadores y empezó a actuar por su
cuenta. Nosotros, Barrayar, sabemos demasiadas cosas de él ahora, y él y yo nos
hemos diferenciado demasiado para que intente sustituirme a estas alturas.
Ella lo miró.
—Podría hacerlo. De verdad que podría.
—Casi —Miles sonrió, sombrío—. Pero si nos tuviera a ambos en la
misma habitación, vería que soy casi dos centímetros más alto. Crecimiento
tardío por mi parte. Tratamientos de hormonas...
Debía terminar pronto con aquella invención. Siguió farfullando.
—Los cetagandanos, sin embargo, todavía tratan de matarlo. Hasta
ahora, ésa constituye la mejor prueba que tenemos de que es creación suya. Es
evidente que sabe demasiado sobre algo. Nos encantaría saber qué.
Le dirigió una sonrisa encantadora, perruna, horriblemente
falsa. Ella se apartó un poco más.
Miles cerró los puños, enfadado.
—Lo más ofensivo de ese tipo es su valor. Al menos, debería
haber escogido otro nombre, pero ensucia el mío. Tal vez se acostumbró a él
cuando se entrenaba para ser yo. Habla con acento betano y usa el apellido de
soltera de mi madre, al estilo betano. ¿Y sabe usted por qué?
«Sí, ¿por qué, por qué...?»
Ella sacudió la cabeza, muda, mirándole con involuntaria
fascinación.
—¡Porque según la ley betana referida a los clones, sería mi
hermano legal, por eso! Intenta conseguir una identidad falsa para sí. No estoy
seguro de por qué. Quizá sea la clave de su debilidad. Debe de tener algún
punto flaco, alguna grieta en la coraza... además de padecer de locura
hereditaria, por supuesto...
Se interrumpió, jadeando levemente. Que ella pensara que se
debía a la ira reprimida y no al terror.
El embajador, gracias a Dios, le hacía señas desde el otro lado
de la sala. Su grupo se disponía a marcharse.
—Discúlpeme, señora —Miles se puso en pie—. Debo dejarla. Pero,
ah... en caso de que encuentre al falso Naismith de nuevo, consideraría un gran
favor que contactara usted conmigo en la embajada de Barrayar.
Pourquoi?, silabearon los labios de ella. Con cuidado, se
levantó también. Miles se inclinó sobre su mano, ejecutó un elegante saludo y
se marchó.
Tuvo que contenerse para no bajar dando saltitos los escalones
del Palais de Londres tras el embajador. Un genio. Un puñetero genio. ¿Por qué
no se le había ocurrido aquella tapadera antes? A Illyan, el jefe de Seguridad
Imperial, iba a encantarle. Quizás incluso Galeni se alegrara un poco.
5
Miles acampó en el pasillo, ante la puerta del despacho de
Galeni, el día en que el correo regresó por segunda vez del Sector. Haciendo
gala de gran contención, Miles no asaltó al hombre en la puerta al salir y le
dejó despejar el marco antes de zambullirse en la entrada.
Miles se cuadró ante la mesa de Galeni.
—¿Señor?
—Sí, sí, teniente, lo sé —dijo Galeni, irritado, haciéndole
señas para que esperara. Se hizo el silencio mientras, pantalla tras pantalla,
los datos surcaban la placa vid. Al final, Galeni se arrellanó, las arrugas
cada vez más profundas entre sus ojos.
—¿Señor? —insistió Miles con impaciencia.
Galeni, con el ceño aún fruncido, se levantó y señaló la
comuconsola a Miles.
—Véalo usted mismo.
Miles la repasó dos veces.
—Señor, aquí no hay nada.
—Ya me he dado cuenta.
Miles se volvió para encararse a él.
—Ninguna transferencia de crédito... ninguna orden... ninguna
explicación... nada de nada. Ninguna referencia a mis asuntos. Hemos esperado
aquí veinte malditos días para nada. Podríamos haber ido y regresado a Tau Ceti
en ese tiempo. Es una locura. Es imposible.
Galeni se apoyó pensativo en su mesa y contempló la silenciosa
placa vid.
—¿Imposible? No. He visto órdenes perdidas antes. Fallos
burocráticos. Datos importantes mal dirigidos. Peticiones urgentes descartadas
mientras se espera a que alguien de permiso regrese. Ese tipo de cosas suelen
pasar.
—A mí no me pasan —siseó Miles entre dientes.
Galeni alzó una ceja.
—Es usted un pequeño Vor arrogante —se enderezó—. Pero sospecho
que dice la verdad. Ese tipo de cosas no le pasarían a usted. A cualquier otro,
sí. A usted, no. Naturalmente —casi sonrió—, siempre hay una primera vez para
todo.
—Ésta es la segunda vez —puntualizó Miles. Miró receloso a
Galeni mientras en sus labios ardían salvajes acusaciones. ¿Era ésta la idea de
una broma pesada que tenían los burgueses de Komarr? Si las órdenes y la
transferencia de crédito no estaban allí, tenían que haber sido interceptadas.
A menos que las solicitudes no se hubieran enviado. A ese respecto, sólo
contaba con la palabra de Galeni. Pero era inconcebible que el oficial
arriesgara su carrera simplemente por molestar a un subordinado irritante. Y no
era que la paga de un capitán de Barrayar supusiera una gran pérdida, como bien
sabía Miles.
No como dieciocho millones de marcos.
Las pupilas de Miles se dilataron y apretó la mandíbula. Un
hombre pobre, un hombre cuya familia había perdido todas sus riquezas en,
digamos, la conquista de Komarr, podría considerar realmente tentadores
dieciocho millones de marcos. Merecía la pena correr el riesgo... desde luego.
No era así como habría juzgado a Galeni, pero, después de todo, ¿qué sabía
realmente de aquel tipo? Galeni no había dicho una palabra sobre su vida
personal en los veinte días que llevaban de relación.
—¿Qué va a hacer usted ahora, señor? —preguntó Miles, envarado.
Galeni se encogió de hombros.
—Solicitarlo otra vez.
—Solicitarlo otra vez. ¿Eso es todo?
—No puedo sacarme dieciocho millones de marcos de la manga,
teniente.
«¿Ah, no? Habrá que verlo...» Tenía que salir de allí, y de la
embajada, regresar con los dendarii. Había dejado a sus propios expertos en la
recogida de información mientras desperdiciaba veinte días inmovilizado... Si
Galeni se había burlado de él hasta ese punto, juró Miles en silencio, no iba a
haber un agujero lo bastante profundo para que se escondiera con sus dieciocho
millones de marcos robados.
Galeni se enderezó y ladeó la cabeza, los ojos entornados y
ausentes.
—Para mí es un misterio... —añadió en voz baja, casi para sí
mismo— y no me gustan los misterios.
Valeroso... frío... Miles sintió admiración por una capacidad de
fingimiento casi igual a la suya propia. Sin embargo, si Galeni se había
apropiado de su dinero, ¿por qué no se había largado hacía tiempo? ¿A qué
esperaba? ¿Alguna señal de la que Miles no tenía noticia? Pero lo averiguaría,
vaya que sí.
—Diez días más —dijo Miles—. Otra vez.
—Lo siento, teniente —contestó Galeni, todavía abstraído.
«Lo sentirás...»
—Señor, debo pasar un día con los dendarii. Los deberes del
almirante Naismith se acumulan. Para empezar, gracias a este retraso, ahora nos
vemos absolutamente obligados a pedir un préstamo temporal a fuentes
comerciales para estar al día en nuestros gastos. Tengo que encargarme de eso.
—Considero su seguridad personal con los dendarii totalmente
insuficiente, Vorkosigan.
—Entonces asigne algún miembro de la embajada si considera que
es su deber. La historia del clon sin duda ha aliviado parte de la presión.
—La historia del clon fue una idiotez —replicó Galeni, saliendo
de su ensimismamiento.
—Fue brillante —dijo Miles, ofendido por esa crítica a su
creación—. Separa por completo a Naismith y a Vorkosigan por fin. Elimina la
más peligrosa debilidad de todo el plan, mi... único y memorable aspecto. Los
agentes secretos no deberían ser memorables.
—¿Qué le hace pensar que esa reportera vid compartirá sus
descubrimientos con los cetagandanos?
—Nos vieron juntos. Millones de personas en el holovid, por el
amor de Dios. Oh, aparecerán para hacerle preguntas, desde luego, de un modo u
otro.
Un leve estertor de miedo... sin duda los cetagandanos enviarían
a alguien para sonsacar información sutilmente a la mujer. No sólo agarrar,
escurrir y eliminar; no a una ciudadana terrestre tan prominente y allí mismo,
en su propio planeta.
—En ese caso, ¿por qué demonios señaló a los cetagandanos como
los creadores putativos del almirante Naismith? Lo único que saben con
seguridad es que ellos no fueron.
—Verosimilitud —explicó Miles—. Aunque nosotros no sepamos de
dónde procede realmente el clon, puede que a ellos no les sorprenda tanto no
haber oído hablar de él hasta ahora.
—Su lógica tiene unos cuantos puntos débiles —sonrió Galeni—.
Puede que ayude a cubrirlo a largo plazo, posiblemente. Pero no me ayuda a mí.
Tener en mis manos el cadáver del almirante Naismith sería tan embarazoso como
tener el de lord Vorkosigan. Esquizofrénico o no, ni siquiera usted puede
dividirse hasta ese punto.
—No soy un esquizofrénico —replicó Miles—. Un poco maníaco
depresivo, tal vez —admitió tras pensárselo mejor.
Galeni torció los labios.
—Conócete a ti mismo.
—Lo intentamos, señor.
Galeni se quedó parado y luego decidió, quizá sabiamente, la
respuesta.
Con una mueca, continuó:
—Muy bien, teniente Vorkosigan. Ordenaré al sargento Barth que
le prepare un perímetro de seguridad. Pero quiero que me informe como máximo
cada ocho horas a través de un enlace seguro. Le concedo veinticuatro horas de
permiso.
Miles, que tomaba aire para expresar su próximo argumento, se
quedó sin habla.
—Oh —consiguió decir—. Gracias, señor.
¿Y por qué demonios cambiaba de opinión Galeni de esa forma?
Miles habría dado sangre y huesos por saber qué ocultaba aquel perfil romano en
ese preciso momento.
Miles se retiró en buen orden antes de que Galeni pudiera volver
a cambiar de opinión.
Los dendarii habían elegido la pista más lejana de todas las
disponibles en alquiler del espaciopuerto de Londres por motivos de seguridad,
no por economía. El hecho de que la distancia también la hiciera la más barata
era simplemente una ventaja añadida y que se agradecería. La pista se
encontraba al aire libre, al otro lado del campo de aterrizaje, rodeada de
montones de asfalto pelado y desnudo. Nada podía acercarse sin ser visto. Y si
alguna actividad no prevista tenía lugar a su alrededor, reflexionó Miles, era
mucho menos probable que se implicara de modo fatal a ningún civil inocente. La
elección había sido lógica.
También era una caminata condenadamente larga. Miles trató de
andar a paso vivo sin escurrirse como una araña por el suelo de la cocina. ¿Se
estaba volviendo un poquitín paranoico, además de esquizofrénico y maníaco
depresivo? El sargento Barth, que marchaba a su lado incómodamente vestido de
civil, había querido llevarlo hasta la compuerta de la lanzadera en el coche
blindado de la embajada. Con cierta dificultad, Miles había logrado convencerlo
de que siete años de cuidadosos subterfugios se irían al garete si se veía
salir alguna vez al almirante Naismith de un vehículo oficial barrayarés. La
buena vista de la pista de la lanzadera era algo que funcionaba en dos
direcciones, ay. De todas formas, nada podía echárseles encima.
A menos que estuviera psicológicamente disfrazado, por supuesto.
Pongamos por caso aquel enorme camión flotante de mantenimiento del
espaciopuerto que avanzaba a toda velocidad sobre el terreno. Los había por
todas partes; los ojos se acostumbraban rápidamente a su paso irregular. Si
fueran a lanzar un ataque, decidió Miles, sin duda elegirían uno de aquellos
vehículos. Era maravillosamente engañoso. Hasta que disparara primero, ningún
defensor dendarii tendría la seguridad de no estar asesinando al azar a algún
estibador despistado. Criminalmente embarazoso, algo así; el tipo de error que
echaba a perder carreras.
El camión flotante cambió de ruta. Barth se giró y Miles se
envaró. Parecía un curso de intercepción. Pero maldición, no se abría ninguna
puerta o ventanilla, ningún hombre armado se asomaba para apuntar ni siquiera
con una honda. De todas formas, Miles y Barth desenfundaron sus aturdidores
legales. Miles trató de separarse del sargento y Barth intentó colocarse ante
él: otro precioso momento de confusión.
Y entonces el camión flotante, ya lanzado, se alzó sobre ellos
en el aire, cubriendo el luminoso cielo de la mañana. Su lisa superficie
sellada no ofrecía ningún blanco al que un aturdidor pudiera afectar. Al menos
a Miles le quedó claro el método de aquel asesinato: iba a morir por
aplastamiento.
Miles chilló y se volvió y echó a correr, tratando de ganar
velocidad. El camión flotante cayó como un ladrillo monstruoso cuando su
antigrav fue desconectada bruscamente. En cierto sentido, era una exageración:
¿no sabían que sus huesos se quebrarían con una sencilla plataforma de reparto
demasiado cargada? No quedaría de él más que una repulsiva mancha húmeda sobre
el asfalto.
Se tiró al suelo, rodó... sólo el impacto del aire desplazado
cuando el camión cayó sobre el pavimento lo salvó. Abrió los ojos para
encontrarse con el borde de la máquina a escasos centímetros de su nariz, y se
puso en pie mientras el vehículo de mantenimiento volvía a elevarse. ¿Dónde
estaba Barth? Miles todavía llevaba en la mano el aturdidor inútil; tenía los
nudillos despellejados y sangrientos.
En el reluciente costado del camión se veían los huecos de los
asideros de una escalerilla. Si estuviera sobre el camión no podría estar
debajo... Miles soltó el aturdidor y saltó, casi demasiado tarde, para
agarrarse a los asideros. El camión se alzó de lado y volvió a caer, aplastando
el lugar donde Miles se encontraba un segundo antes. Se alzó y cayó de nuevo
con furioso estrépito, como un gigante histérico tratando de aplastar una araña
con una zapatilla. El impacto arrancó a Miles de su precario asidero y cayó al
suelo rodando, tratando de salvar sus huesos. No había una grieta en el terreno
donde esconderse.
Una línea de luz se ensanchó bajo el camión mientras volvía a
alzarse. Miles buscó un bulto enrojecido en la pista. No vio ninguno. ¿Barth?
No, allí, acurrucado a lo lejos y gritándole a su comunicador de muñeca. Miles
se puso en pie de un salto, zigzagueó. Su corazón latía con tanta fuerza que le
parecía que la sangre iba a brotarle por las orejas por sobredosis de
adrenalina; casi no respiraba a pesar del esfuerzo de sus pulmones. Cielo y
asfalto giraron a su alrededor. Había perdido la lanzadera... no, allí estaba.
Empezó a correr en esa dirección. Correr nunca había sido su mejor habilidad.
Tenían razón aquellos tipos que querían apartarlo del entrenamiento como
oficial debido a su aspecto físico. Con un profundo y vil gemido, el camión de
mantenimiento se abrió camino en el aire tras él.
El violento estallido blanco lo hizo caer de bruces, resbalando
sobre la pista. Fragmentos de metal, vidrio y plástico hirviendo llovieron a su
alrededor. Algo pasó brillando tras su nuca. Miles se echó las manos a la
cabeza y trató de fundir un agujero en el pavimento sólo con el calor del
miedo. Le zumbaban los oídos y oyó solamente una especie de rugiente ruido
blanco.
Otro milisegundo y se dio cuenta de que era un blanco inmóvil.
Se volvió de lado, miró hacia arriba y esperó la caída del camión. No había
ningún camión.
Un reluciente coche aéreo negro, sin embargo, bajaba suave e
ilegalmente a través del espacio de control de tráfico del espaciopuerto, sin
duda iluminando consolas y disparando alarmas en los ordenadores de control de
los londinenses. Bueno, ya era causa perdida tratar de no llamar la atención.
Miles lo catalogó como refuerzo barrayarés antes incluso de atisbar los
uniformes verdes de su interior porque Barth corría hacia él afanoso. Sin
embargo, no había ninguna garantía de que los tres dendarii que se les
acercaban a la carrera desde su lanzadera hubieran llegado a la misma
conclusión. Miles trató de levantarse y apenas se puso a cuatro patas. El
movimiento, brusco e interrumpido, lo dejó mareado. Al segundo intento, logró
ponerse en pie.
Barth trataba de arrastrarlo por el codo hacia el coche aéreo,
ya posado en tierra.
—¡Volvamos a la embajada, señor! —urgió.
Un dendarii uniformado de gris se detuvo maldiciendo a unos
cuantos metros de distancia y apuntó con su arco de plasma directamente a
Barth.
—¡Tú, atrás! —rugió.
Miles se interpuso rápidamente entre los dos mientras Barth
dirigía la mano a su chaqueta.
—¡Amigos, amigos! —gritó, las manos extendidas hacia ambos
combatientes. El dendarii se detuvo, dubitativo y receloso, y Barth bajó los
puños con esfuerzo.
Elli Quinn se acercó balanceando un lanzacohetes en una mano, la
caja apoyada en el sobaco, el humo aún surgiendo de los cinco centímetros de su
cañón. Debía haber disparado casi sin apuntar. Tenía el rostro enrojecido y
aterrorizado.
El sargento Barth miró el lanzacohetes con furia reprimida.
—Ha estado un poco cerca, ¿no le parece? —le espetó a Elli—.
Casi lo vuela junto con su blanco.
Celoso, advirtió Miles, porque él no tenía un lanzacohetes.
Los ojos de Elli se ensancharon de furia.
—Ha sido mejor que nada. ¡Que es aparentemente con lo que
ustedes han venido!
Miles alzó la mano derecha (sufrió un espasmo en el hombro
izquierdo cuando trató de levantar el otro brazo) y se tocó con torpeza la
nuca. Retiró la mano, roja y húmeda. Una herida en el cuero cabelludo; sangraba
como un cerdo, pero no era peligrosa. Otro uniforme limpio echado a perder.
—Es molesto llevar armas grandes en el metro, Elli —intervino
Miles amablemente—, y no podríamos haberlas hecho pasar a través de la
seguridad del espaciopuerto.
Se detuvo y miró los restos humeantes del camión flotante.
—Ni siquiera ellos pudieron pasarlas, parece. Fueran quienes
fuesen.
Hizo un gesto significativo al segundo dendarii, que, siguiendo
la insinuación, se acercó a investigar.
—¡Vámonos, señor! —instó Barth de nuevo—. Está usted herido. La
policía llegará pronto. No debe mezclarse en esto.
El teniente lord Vorkosigan no tenía que mezclarse en aquello,
quería decir, y tenía toda la razón.
—Dios, sí, sargento. Váyase. Dé un rodeo para regresar a la
embajada. No deje que nadie le siga.
—Pero señor...
—Mi propia gente... que acaba de demostrar su efectividad, creo,
se encargará de la seguridad ahora. Váyase.
—El capitán Galeni se servirá mi cabeza en un plato si...
—Sargento, Simon Illyan tendrá la mía en un plato si se descubre
mi tapadera. Es una orden. ¡Váyase!
El temido jefe de Seguridad Imperial era un nombre a tener en
cuenta. Abatido y preocupado, Barth permitió que Miles lo acompañara al coche
aéreo. Miles suspiró aliviado cuando se marchó. Galeni lo encerraría para
siempre en el sótano si regresaba ahora.
El guardia dendarii regresó, sombrío y un poco verde, tras
inspeccionar los restos del camión flotante.
—Dos hombres, señor —informó—. Creo que eran varones, y había al
menos dos, a juzgar por el número de, um, partes que quedan.
Miles miró a Elli y suspiró.
—No queda nada para interrogar, ¿eh?
Ella se encogió de hombros, expresando disculpas poco sinceras.
—Oh, estás sangrando... —se puso a atenderlo, inquieta.
Maldición. Si hubiera quedado algo que interrogar, Miles habría
estado dispuesto a subirlo a la lanzadera y despegar, con permiso o sin
permiso, para continuar su investigación en la enfermería de la Triumph sin las
restricciones legales que sin duda plantearían las autoridades locales. La
policía de Londres difícilmente podría estar más insatisfecha con él de todas
formas. Por tal como se desarrollaban las cosas, pronto tendría que tratar con
ella. Vehículos de bomberos y de mantenimiento del espaciopuerto convergían
hacia el lugar donde se encontraban.
La policía de Londres empleaba a unos sesenta mil individuos: un
ejército mucho más grande, aunque bastante peor equipado, que el suyo propio.
Tal vez lograra lanzarlos contra los cetagandanos, o contra quien demonios
estuviera detrás de aquello.
—¿Quiénes eran esos tipos? —preguntó el guardia dendarii,
mirando en la dirección por la que se había marchado el coche aéreo.
—No importa —dijo Miles—. No han estado aquí, usted no los ha
visto nunca.
—Sí, señor.
Amaba a los dendarii: nunca discutían con él. Se sometió a los
primeros auxilios de Elli y empezó a preparar mentalmente su historia para la
policía. Sin duda, la policía y él iban a cansarse mutuamente antes de que su
estancia en la Tierra terminara.
Antes incluso de que el equipo del laboratorio forense llegara a
la pista, Miles se volvió y se encontró con Lise Vallerie a su lado. Tendría
que haberla esperado. Como lord Vorkosigan había decidido rechazarla, el
almirante Naismith desplegó ahora sus encantos, esforzándose por recordar cuál
de sus personalidades le había contado qué cosas.
—Almirante Naismith. ¡Desde luego, los problemas parecen
seguirle! —empezó a decir ella.
—Éstos sí —dijo amablemente, sonriéndole con toda la calma que
pudo dadas las circunstancias. El encargado del holovid estaba grabando en otra
parte: ella trataba de preparar algo más que una entrevista en el lugar de los
hechos.
—¿Quiénes eran esos hombres?
—Muy buena pregunta, ahora en el terreno de la policía
londinense. Mi teoría personal es que eran cetagandanos en busca de venganza
por ciertas operaciones dendarii dirigidas, ah, no contra ellos, sino en apoyo
de una de sus víctimas. Pero será mejor que no cite eso. No hay pruebas.
Podrían demandarla por difamación o algo por el estilo.
—No si es una cita. ¿No cree que fueran barrayareses?
—¡Barrayareses! ¿Qué sabe usted de Barrayar? —Miles dejó que la
sorpresa se convirtiera en diversión.
—He estado investigando en su pasado —sonrió ella.
—¿Preguntando a los barrayareses? Confío en que no crea todo lo
que dicen de mí.
—No lo hice. Ellos creen que fue creado usted por los
cetagandanos. He estado buscando una confirmación independiente; tengo mis
propias fuentes privadas. Encontré a un inmigrante que trabajaba en un
laboratorio de clonación. Por desgracia su memoria fallaba, no recordaba los
detalles: lo desprogramaron a la fuerza cuando lo despidieron. Pero lo que
podía recordar era sorprendente. La Flota de Mercenarios Libre Dendarii está
registrada oficialmente en Jackson's Whole, ¿no?
—Por conveniencia legal, solamente. No existe ninguna otra
conexión, si es eso lo que está preguntando. Se ha aplicado, ¿eh?
Miles volvió la cabeza. Elli Quinn gesticulaba vigorosamente a
un capitán junto a un vehículo de tierra de la policía.
—Naturalmente —dijo Vallerie—. Me gustaría, con su colaboración,
realizar un reportaje en profundidad sobre ustedes. Creo que sería enormemente
interesante para nuestros espectadores.
—Ah... Los dendarii no buscan publicidad. Más bien al contrario.
Eso podría poner en peligro nuestras operaciones y agentes.
—Sobre usted personalmente, entonces. Nada de actualidad. Cómo
se metió en esto, quién lo clonó y por qué... ya sé a partir de quién. Sus
primeros recuerdos. Tengo entendido que se sometió a crecimiento acelerado y
entrenamiento hipnótico. ¿Cómo fue? Ese tipo de cosas.
—Fue desagradable —dijo él secamente. El ofrecimiento del
reportaje en profundidad era una idea tentadora, en efecto, si se obviaba el
hecho de que Galeni lo haría despellejar e Illyan haría que lo disecaran y lo
volvieran a montar. Y le caía bien Vallerie. Estaba muy bien dejar que
circularan unas cuantas ficciones útiles a través de ella, pero una asociación
demasiado íntima con él ahora por ahora... miró al equipo de la policía forense
que llegaba y hurgaba entre los restos del camión flotante... sí, asociarse con
él podía ser malo para su salud.
—Tengo una idea mejor. ¿Por qué no destapa el negocio de
clonaciones civiles ilegales?
—Ya se ha hecho.
—Sin embargo, las prácticas continúan. Por lo visto no se ha
hecho suficiente.
Ella no parecía muy entusiasmada.
—Si trabaja en estrecha cooperación conmigo, almirante Naismith,
tendrá crédito en el reportaje. Si no... bueno, será noticia. Juego limpio.
Él sacudió la cabeza, reluctante.
—Lo siento. Es cosa suya.
La escena que se desarrollaba junto al vehículo de la policía
llamó su atención.
—Discúlpeme —dijo, distraído. Ella se encogió de hombros y fue a
reunirse con su cámara mientras Miles se marchaba.
La policía iba a llevarse a Elli.
—No te preocupes, Miles. Me han arrestado otras veces —trató de
tranquilizarlo—. No es gran cosa.
—La comandante Quinn es mi guardaespaldas personal —Miles
dirigió sus protestas al capitán de policía— y estaba de servicio. Es evidente.
Aún lo está. ¡La necesito!
—Miles, cálmate —le susurró Elli—, o acabarán llevándote a ti
también.
—¡A mí! ¡Soy la maldita víctima! Son esos dos payasos que
trataron de aplastarme quienes tendrían que ser arrestados.
—Bueno, van a llevárselos también en cuanto los forenses
terminen de llenar las bolsas. No puedes esperar que las autoridades acepten
nuestra palabra en todo. Comprobarán los hechos, corroborarán nuestra historia
y me soltarán —le dirigió una sonrisa al capitán, que se derritió
visiblemente—. Los policías son humanos.
—¿No te dijo nunca tu madre que no te subieras a un coche con
desconocidos? —murmuró Miles. Pero ella tenía razón. Si creaba mucho alboroto,
a los policías se les podría ocurrir ordenar que su lanzadera fuera retenida en
tierra o algo peor. Se preguntó si los dendarii recuperarían alguna vez el
lanzacohetes, requisado ahora como arma asesina. Se preguntó si arrestar a su
principal guardaespaldas era el primer paso de un retorcido plan contra él. Se
preguntó si la cirujana de su flota dispondría de alguna droga psicoactiva para
tratar la paranoia galopante. Si así era, probablemente resultara alérgico a
ella. Apretó los dientes e inspiró profundamente para tranquilizarse.
Una minilanzadera dendarii de dos plazas rodaba por la pista.
¿Qué era aquello? Miles miró su crono de muñeca para descubrir que casi había
perdido cinco horas de su precioso permiso de veinticuatro tonteando allí, en
el espaciopuerto. Al enterarse de qué hora era, supo quién había llegado y
maldijo frustrado entre dientes. Elli aprovechó la nueva distracción para poner
en movimiento al capitán de policía y dedicó a Miles un saludo tranquilizador a
guisa de despedida. La periodista, gracias a Dios, se había ido a entrevistar a
las autoridades del espaciopuerto.
La teniente Bone, atildada, elegante y sorprendente con su mejor
uniforme de terciopelo gris, salió de la lanzadera y se acercó a los hombres
que quedaban al pie de la rampa de la otra lanzadera mayor.
—Almirante Naismith, señor. ¿Está preparado para nuestra
cita...? Oh, cielos...
Él le dirigió una sonrisa de oreja a oreja, consciente de que
llevaba la cara sucia y magullada, el pelo revuelto y pegajoso por la sangre
seca, el cuello empapado de sangre, la chaqueta manchada y las rodilleras de
los pantalones rotas.
—¿Le compraría una fortaleza ambulante a este hombre?
—No saldrá bien —suspiró ella—. El banco con el que tratamos es
muy conservador.
—¿No tienen sentido del humor?
—No cuando hay dinero de por medio.
—Bien.
Se abstuvo de gastar más bromas. Estaban demasiado cerca del
ataque de nervios. Iba a pasarse las manos por el pelo, pero gimió y cambió el
gesto a un suave roce alrededor de la venda temporal.
—Todos mis uniformes de repuesto se encuentran en órbita... y no
estoy demasiado dispuesto a deambular por Londres sin Quinn a mi espalda. Ahora
no, por lo menos. Y necesito que la cirujana me vea este hombro, hay algo que
no va bien... —una terrible agonía para ser más precisos—, y tengo algunas
nuevas y serias dudas sobre adónde fue a parar nuestra transferencia de
crédito.
—¿Cómo? —dijo ella, atenta al punto esencial.
—Dudas desagradables que necesito comprobar. Muy bien —suspiró,
rindiéndose a lo inevitable—, cancele nuestra cita con el banco por hoy.
Prepare otra para mañana, si puede.
—Sí, señor —ella saludó y se marchó.
—Ah —la llamó Miles—, no necesita mencionar por qué me ha sido
imposible acudir a la cita, ¿eh?
Una esquina de su boca se torció hacia arriba.
—Ni se me ocurriría —le aseguró fervientemente.
De vuelta a la órbita a bordo de la Triumph, una visita a la
cirujana de la flota reveló una fina grieta en el omóplato izquierdo de Miles,
un diagnóstico que no le sorprendió en absoluto. La cirujana lo trató con
electroestim y le metió el brazo izquierdo en un inmovilizador plástico
excesivamente molesto. Miles protestó hasta que la mujer amenazó con meter todo
su cuerpo en otro. Salió de la enfermería en cuanto ella terminó de curarle la
herida de la nuca, antes de que se dejara seducir por las obvias ventajas
médicas de la idea.
Después de lavarse, Miles localizó a la capitana Elena
Bothari-Jesek, miembro, junto con su marido e ingeniero de la flota el comodoro
Baz Jesek, del triunvirato que conocía su verdadera identidad. De hecho, Elena
sabía tanto sobre Miles como él mismo. Era hija de su difunto guardaespaldas,
habían crecido juntos. Se había convertido en oficial de los dendarii a las
órdenes de Miles cuando éste los creó o se los encontró vagando o comoquiera
que uno quisiera describir los caóticos comienzos de toda aquella larguísima y
complicada operación encubierta. Lejos de ser oficial sólo de nombre, se había
ganado el puesto a base de sudor y agallas y feroz estudio. Su concentración
era intensa y su fidelidad absoluta. Miles estaba tan orgulloso de ella como si
la hubiera creado personalmente. Sus otros sentimientos hacia ella no eran de
la incumbencia de nadie.
Cuando entraba en la sala de recreo, Elena le dirigió un gesto
que estaba a medio camino entre el saludo militar y el amistoso, y le ofreció
una sombría sonrisa. Miles le devolvió un movimiento de cabeza y se sentó a su
mesa.
—Hola, Elena. Tengo una misión de seguridad para ti.
Su cuerpo largo y flexible se adelantó, los ojos oscuros
iluminados por la curiosidad. Un corto casquete de pelo negro y suave enmarcaba
su rostro; piel pálida, rasgos no hermosos pero sí elegantes, esculpidos como
los de un sabueso. Miles se miró las manos, las cruzó sobre la mesa para no
distraerse en los sutiles planos de aquel rostro. Todavía. Siempre.
—Ah... —Miles miró en derredor y atisbó a un par de interesados
técnicos en una mesa cercana—. Lo siento, amigos, es privado.
Un gesto con el pulgar y sonrieron; captaron la insinuación,
recogieron su café y se largaron.
—¿Qué tipo de misión de seguridad? —preguntó ella, mordiendo su
bocadillo.
—Esto hay que sellarlo por ambos extremos, tanto desde el punto
de vista de los dendarii como del de la embajada barrayaresa en la Tierra.
Sobre todo desde la embajada. Un trabajo de correo. Quiero que consigas un
billete en el transporte comercial más rápido disponible a Tau Ceti y lleves un
mensaje del teniente Vorkosigan al cuartel general de Seguridad Imperial del
Sector y a la embajada que hay allí. Mi oficial al mando barrayarés aquí, en la
Tierra, no sabe que te envío, y me gustaría mantenerlo así.
—No me siento... ansiosa por tratar con la estructura de mando
barrayaresa —dijo ella suavemente tras un instante. Se miró las manos.
—Lo sé. Pero como esto está relacionado con mis dos identidades,
tenéis que ser tú, Baz o Elli Quinn. La policía de Londres ha detenido a Elli,
y no puedo enviar a tu marido; algún idiota confundido de Tau Ceti podría
tratar de arrestarlo.
Elena dejó de mirarse las manos.
—¿Por qué Barrayar nunca retiró los cargos de deserción contra
Baz?
—Lo intenté. Creí que casi los había convencido. Pero entonces
Simon Illyan tuvo un ataque de remilgos y decidió dejar vigente la orden de
arresto, aunque no fuera a cumplirse, para que le diera una ventaja extra sobre
Baz en caso de, eh, emergencia. También proporciona un toque artístico a la
tapadera de los dendarii como empresa verdaderamente independiente. Pensé que
Illyan se equivocaba... de hecho, así se lo dije, hasta que me ordenó
tajantemente que cerrara el pico sobre ese tema. Algún día, cuando yo dé las
órdenes, me encargaré de que eso cambie.
Ella alzó las cejas.
—Podría ser una larga espera, a tu ritmo actual de ascensos...
teniente.
—Mi padre es muy sensible a las acusaciones de nepotismo,
capitana.
Cogió el disco sellado de datos con el que había estado
jugueteando sobre la mesa.
—Quiero que entregues esto al agregado militar de Tau Ceti, el
comodoro Destang. No lo envíes a través de nadie más, porque entre mis recelos
está el de que podría haber una filtración en el canal correo barrayarés entre
allí y aquí. Creo que el problema está en esta parte, pero si me equivoco...
Dios, espero que no sea el propio Destang.
—¿Paranoico? —preguntó ella, solícita.
—Y aumenta por minutos. Tener al loco emperador Yuri en mi árbol
genealógico no me ayuda ni pizca. Siempre me estoy preguntando si ya he
empezado a desarrollar su enfermedad. ¿Se puede ser paranoico respecto a ser
paranoico?
Ella sonrió con dulzura:
—Si alguien puede, ése eres tú.
—Mm. Bien, esta paranoia en concreto es un clásico. Suavicé el
lenguaje en el mensaje para Destang... será mejor que lo leas antes de
embarcar. Después de todo, ¿qué pensarías de un joven oficial que está
convencido de que sus superiores se lo quieren cargar?
Ella ladeó la cabeza, las cejas levantadas.
—Eso es —asintió Miles. Golpeó el disco con un dedo—. El
propósito de tu viaje es comprobar una hipótesis... sólo una hipótesis, te lo
advierto, de que el motivo por el que nuestros dieciocho millones de marcos no
están aquí es porque han desaparecido en el camino. Posiblemente para acabar en
los bolsillos del querido capitán Galeni. No hay ninguna prueba fehaciente
todavía, como la súbita y permanente desaparición de Galeni, y no es el tipo de
acusación que un oficial joven y ambicioso pueda hacer por error. He incluido
otras cuatro teorías en el informe, pero ésa es la que más me escama. Debes
averiguar si el cuartel general ha enviado nuestro dinero.
—No pareces escamado. Pareces desgraciado.
—Sí, bueno, desde luego es la posibilidad más incómoda. Tiene
mucha lógica.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—Galeni es komarrés.
—¿A quién le importa? Tanto más probable que tengas razón,
entonces.
«A mí me importa.» Miles sacudió la cabeza. Después de todo,
¿qué representaba la política interna de Barrayar para Elena, que había jurado
apasionadamente no volver a poner un pie en su odiado mundo natal?
Ella se encogió de hombros y se puso en pie, guardándose el
disco en el bolsillo.
Miles no intentó cogerle las manos. No hizo ni un solo
movimiento que pudiera avergonzarlos a ambos. Los viejos amigos eran más
difíciles de encontrar que los nuevos amores.
«Oh, mi amiga más antigua.»
Todavía. Siempre.
6
Comió un bocadillo y tomó café para cenar en su camarote
mientras repasaba los informes de situación de la Flota Dendarii. Las
reparaciones de las lanzaderas de combate supervivientes de la Triumph habían
sido terminadas y aprobadas. Y pagadas, ay, por una cantidad astronómica. Las
tareas de reacondicionamiento se habían terminado en toda la flota, los
permisos se habían acabado, los trabajos de limpieza también. El aburrimiento
imperaba. Y la bancarrota.
Los cetagandanos lo habían entendido todo al revés, decidió
Miles amargamente. No era la guerra lo que destruiría a los dendarii, sino la
paz. Si sus enemigos se cruzaran de brazos y esperaran con paciencia, los
dendarii, su creación, se derrumbarían por su cuenta sin ninguna ayuda
exterior.
El timbre del camarote sonó: una bienvenida interrupción a la
oscura y serpenteante cadena de sus pensamientos. Pulsó el comunicador de la
mesa.
—¿Sí?
—Soy Elli.
Su mano saltó ansiosa hacia el control de la cerradura.
—¡Entra! Has vuelto antes de lo que esperaba. Temía que te
quedaras atrapada allí como Danio. O peor, con Danio.
Giró en su silla. La habitación se le antojó de pronto más
brillante cuando la puerta se abrió, aunque un fotómetro no habría detectado el
cambio. Elli le dirigió un saludo y acomodó una cadera sobre el borde de la
mesa. Sonrió, pero tenía una mirada cansada.
—Te lo dije —comentó—. De hecho, hablaron de convertirme en
huésped permanente. Fui dulce, cooperativa, casi tonta tratando de convencerlos
de que no era en realidad una amenaza homicida para la sociedad y de que podían
dejarme suelta por las calles, pero no hice ningún progreso hasta que sus
ordenadores de pronto dieron en el clavo. El laboratorio reveló la identidad de
esos dos hombres que... maté en el espaciopuerto.
Miles captó la breve vacilación en su elección de los términos.
Otra persona habría escogido un eufemismo («eliminé» o «quité de en medio»)
para distanciarse de las consecuencias de su acción. Quinn no.
—Interesante, supongo —la animó. Procuró que su voz sonara
tranquila, sin ninguna carga de presunción. Ojalá los fantasmas de tus enemigos
sólo te escoltaran al infierno. Pero no, los llevabas a hombros constantemente,
esperando su oportunidad. Tal vez las muescas que Danio grababa en las cachas
de sus armas no eran una idea de tan mal gusto, a fin de cuentas. Sin duda era
un pecado mayor olvidar a uno solo de los hombres que matas—. Háblame de ellos.
—Resultaron ser conocidos y buscados por la Red Euroley. Eran,
cómo diría yo, soldados de la subeconomía. Asesinos profesionales. Locales.
Miles dio un respingo.
—Santo cielo, ¿qué les he hecho yo?
—Dudo que fueran por ti de motu proprio. Eran casi con toda
seguridad gente contratada por un grupo desconocido de terceros, aunque ambos
podemos imaginar de quién se trata.
—Oh, no. ¿La embajada cetagandana está subcontratando mi
asesinato? Supongo que tiene sentido. Galeni dijo que andaban cortos de
personal. ¿Pero te das cuenta... —se puso en pie y empezó a caminar de un lado
a otro en su agitación— de que esto significa que podrían volver a atacarme
desde cualquier parte? En cualquier sitio, en cualquier momento. Desconocidos
totalmente carentes de motivaciones personales.
—Una pesadilla para seguridad —reconoció ella.
—Supongo que la policía no ha podido localizar a quien los
empleó.
—No ha habido tanta suerte. De momento, al menos. Dirigí su
atención hacia los cetagandanos como candidatos de una de las tres patas del
triángulo método-motivo-oportunidad: el motivo.
—Bien. ¿Podemos sacar por nuestra cuenta algo del método y la
oportunidad? —se preguntó Miles en voz alta—. Los resultados finales del
atentado parecen indicar que estaban un pelín mal preparados para su tarea.
—Desde mi punto de vista, el método estuvo horriblemente a punto
de funcionar —observó ella—. Sin embargo, sugiere que la oportunidad ha sido un
factor limitador. Quiero decir que el almirante Naismith no se esconde cuando
tú vas abajo, por difícil que sea encontrar a un hombre entre nueve mil
millones de habitantes. ¡Literalmente deja de existir en todas partes, zas!
Había pruebas de que esos tipos llevaban varios días deambulando por el
espaciopuerto, esperándote.
—¡Uf!
Su visita a la Tierra echada a perder. Al parecer el almirante
Naismith era un peligro para sí mismo y para los demás. La Tierra estaba
demasiado congestionada. ¿Y si sus atacantes intentaban la próxima vez hacer
volar un vagón de metro o un restaurante para alcanzar su objetivo? Una escolta
para espantar de muerte a sus enemigos era una cosa, pero ¿y si se encontraban
junto a una clase de niños de enseñanza primaria la próxima vez?
—Oh, por cierto, vi al soldado Danio cuando estuve abajo —añadió
Elli, examinándose una uña rota—. Su caso se verá en los tribunales dentro de
un par de días, y me pidió que te pidiera que vayas.
Miles rezongó entre dientes.
—Oh, claro. Hay un número potencialmente ilimitado de completos
desconocidos que intentan liquidarme y quiere que haga una aparición pública.
Para que me convierta en el blanco de sus prácticas de tiro, sin duda.
Elli sonrió y se mordisqueó la uña.
—Quiere un testigo de carácter, alguien que le conozca.
—¡Testigo de carácter! Ojalá supiera dónde esconde su colección
de cabelleras, se la llevaría al juez. La terapia de sociópatas fue inventada
para gente como él. No, no. La última persona que necesita como testigo de
carácter es alguien que le conozca. —Miles suspiró, claudicando—. Envía al
capitán Thorne. Betano, tiene un montón de savoir faire cosmopolita, debería
poder mentir bien en el estrado.
—Buena elección —aplaudió Elli—. Ya era hora de que empezaras a
delegar parte de tu trabajo.
—Delego constantemente —objetó él—. Estoy contentísimo, por
ejemplo, de haber delegado en ti mi seguridad personal.
Ella agitó una mano, sonriendo, como para descartar el cumplido
implícito. ¿Le molestaron sus palabras?
—Fui lenta.
—Fuiste lo suficientemente rápida. —Miles se giró para encararse
a ella, o en cualquier caso para enfrentarse a su garganta. Ella se había
echado atrás la chaqueta por comodidad y el arco de su camiseta negra, en la
intersección con la clavícula, formaba una especie de escultura abstracta y
estética. Su olor (ningún perfume, sólo a mujer) emanaba cálido de la piel.
—Creo que tenías razón —dijo ella—. Los oficiales no deberían
comprar en las tiendas de la compañía...
«Maldición —pensó Miles—. Sólo lo dije porque estaba enamorado
de la esposa de Baz Jesek y no quería admitirlo; mejor no decir nunca que
no...»
—... realmente te distrae de tu deber. Te observé, caminando
hacia nosotros a través del espaciopuerto y, durante un par de minutos, minutos
críticos, la seguridad fue lo último que tuve en cuenta.
—¿Qué fue lo primero? —preguntó Miles, esperanzado, antes de que
el buen sentido lo detuviera. «Despierta, hombre, podrías destrozar todo tu
futuro en los próximos treinta segundos.»
Elli le ofreció una sonrisa dolida.
—Me preguntaba qué habrías hecho con la estúpida manta gato, de
hecho —dijo con frivolidad.
—La dejé en la embajada. Iba a traértela —y qué no daría por
tenderla ahora e invitarla a sentarse en el borde de su cama—, pero tenía otras
cosas en la cabeza. No te he contado lo de la última pega en nuestras revueltas
finanzas. Sospecho...
Maldición, otra vez los negocios inmiscuyéndose en aquel momento
de intimidad, en aquel posible momento de intimidad.
—Te lo contaré más tarde. Ahora quiero hablar de nosotros. Tengo
que hablar de nosotros.
Ella se apartó un poco. Miles se corrigió rápidamente.
—Y sobre el deber.
Ella dejó de retirarse. La mano derecha de Miles tocó el cuello
de su uniforme, lo volvió, acarició la lisa y fría superficie de su insignia de
rango. Nervioso como un pollito. Retiró la mano, la cerró sobre su pecho para
controlarla.
—Yo... tengo un montón de deberes, ¿sabes? Casi una doble dosis.
Están los deberes del almirante Naismith y los del teniente Vorkosigan. Y luego
están los deberes de lord Vorkosigan. Una triple dosis.
Ella arqueó las cejas, arrugó los labios, preguntando con los
ojos; paciencia suprema, sí, había esperado a que quedara como un idiota por su
cuenta. Y estaba consiguiéndolo a marchas forzadas.
—Estás familiarizada con los deberes del almirante Naismith.
Pero son el menor de mis problemas, en realidad. El almirante Naismith es un
subordinado del teniente Vorkosigan, que existe solamente para servir a
Seguridad del Imperio de Barrayar, para la cual ha sido destinado por la
sabiduría y piedad de su Emperador. Bueno, por los consejeros de su Emperador,
al menos. En resumen, mi padre. Ya conoces esa historia.
Ella asintió.
—Ese asunto de no implicarse personalmente con nadie del
personal es de cumplimiento para el almirante Naismith...
—Me pregunté, más tarde, si ese... incidente en el tubo de
descenso no había sido algún tipo de prueba —dijo ella, reflexiva.
Tardó un momento en captar las implicaciones de sus palabras.
—¡Ah! ¡No! —aulló Miles—. Qué truco tan sucio y sibilino habría
sido... no. Ninguna prueba. Bastante real.
—Ah —dijo ella, pero no consiguió tranquilizarlo con, digamos,
un abrazo sentido. Un abrazo sentido habría sido muy tranquilizador en aquellos
momentos. Pero ella permaneció allí de pie, observándolo, con una pose que se
parecía incómodamente a la de descanso militar.
—Pero tienes que recordar que el almirante Naismith no es un
hombre real. Es un artificio. Yo lo inventé. Y le faltan algunas partes
importantes, visto en retrospectiva.
—Oh, tonterías, Miles —ella le tocó ligeramente la mejilla—.
¿Qué es esto, ectoplasma?
—Volvamos atrás, a lord Vorkosigan —consiguió decir Miles,
desesperado. Se aclaró la garganta y con esfuerzo bajó la voz para recuperar su
acento barrayarés—. Apenas has conocido a lord Vorkosigan.
Ella sonrió al oír su cambio de voz.
—Te he oído imitar su acento. Es agradable aunque, um, un poco
incongruente.
—Yo no imito su acento, él imita el mío. Es decir... eso creo
—se detuvo, confundido—. Llevo Barrayar marcado en los huesos.
Ella alzó las cejas, la ironía olvidada por pura fuerza de
voluntad.
—Literalmente, según tengo entendido. No pensaba que fueras a
agradecerles que te envenenaran antes incluso de que hubieras conseguido nacer.
—No iban por mí, sino por mi padre. Mi madre...
Considerando hacia dónde intentaba desviar aquella conversación,
quizá fuese mejor evitar explicar los infructuosos intentos de asesinato de los
últimos veinticinco años.
—De todas formas, ese tipo de cosas apenas suceden ya.
—¿Qué ha sido eso del espaciopuerto de hoy, ballet callejero?
—No un asesinato barrayarés.
—Eso no lo sabes —recalcó ella alegremente.
Miles abrió la boca y se quedó así, aturdido por una nueva y aún
más horrible paranoia. El capitán Galeni era un hombre sutil, si Miles lo había
calado bien. Podía estar muy por delante de cualquier cadena lógica de interés
por él. Suponiendo que fuera en efecto culpable de desfalco. Y suponiendo que
se hubiera anticipado a las sospechas de Miles. Y suponiendo que hubiera
encontrado un modo de conservar dinero y carrera, eliminando a su acusador.
Galeni, después de todo, sabía el momento exacto en que Miles estaría en el
espaciopuerto. Cualquier asesino a sueldo que la embajada cetagandana pudiera
contratar, podía estar igualmente al servicio de la barrayaresa.
—Hablaremos de eso... más tarde —tosió.
—¿Por qué no ahora?
—PORQUE ESTOY... —se detuvo, tomó aire— tratando de decir otra
cosa —continuó con vocecita contenida.
Hubo una pausa.
—Dila —lo instó Elli.
—Um, deberes. Bueno, igual que el teniente Vorkosigan asume
todos los deberes del almirante Naismith, más otros propios, lord Vorkosigan
tiene todos los del teniente Vorkosigan, más los propios. Deberes políticos
separados y superiores a los deberes militares de un teniente. Y, um... deberes
familiares.
Tenía húmeda la palma de la mano; se la frotó con disimulo en
los pantalones. Aquello era aún más difícil de lo que esperaba. Pero no más,
sin duda, de lo que sería para alguien que había visto una vez cómo le volaban
la cara con fuego de plasma tener que enfrentarse otra vez a lo mismo.
—Hablas como un diagrama de Venn. «El conjunto de todos los
conjuntos que se pertenecen», o algo parecido.
—Así me siento —admitió él—. Pero tengo que evitar perderme.
—¿Qué contiene a lord Vorkosigan? —preguntó ella con
curiosidad—. Cuando te miras en el espejo al salir de la ducha, ¿quién te mira
desde allí? ¿Te dices a ti mismo «Hola, lord Vorkosigan»?
«Evito mirarme en los espejos...»
—Miles, supongo. Sólo Miles.
—¿Y qué contiene a Miles?
Con el índice derecho se acarició el dorso de su inmovilizada
mano izquierda.
—Esta piel.
—¿Y ése es el último perímetro externo?
—Supongo.
—Dioses —murmuró ella—, me he enamorado de un hombre que se
considera una cebolla.
Miles hizo una mueca; no pudo evitarlo. Pero... ¿«enamorado»? Su
corazón se animó enormemente.
—Mejor que mi antepasada, que pensaba que era...
No, sería mejor no mencionar ese caso tampoco.
Pero la curiosidad de Elli era insaciable. Por eso la había
asignado en primer lugar a la inteligencia dendarii, para la que había obtenido
éxitos tan espectaculares.
—¿Qué?
Miles se aclaró la garganta.
—Se decía que la quinta condesa Vorkosigan sufría delirios
periódicos y creía que estaba hecha de cristal.
—¿Y qué le pasó? —preguntó Elli, fascinada.
—Una de sus irritadas relaciones acabó por tirarla al suelo y
romperla.
—¿Tan intenso era el delirio?
—Fue desde una torre de veinte metros. No sé —dijo él,
impaciente—. No soy responsable de mis extraños antepasados. Todo lo contrario.
Exactamente al contrario —tragó saliva—. Verás, uno de los deberes no militares
de lord Vorkosigan es acabar por encontrar, en algún momento, en algún lugar, a
una lady Vorkosigan. La undécima condesa Vorkosigan. Es algo que se espera de
un hombre de una cultura estrictamente patriarcal. Ya sabes...
Parecía como si tuviera la garganta llena de algodón, su acento
oscilaba de una personalidad a otra.
—... que estos, uh, problemas físicos míos —pasó la mano por
toda la longitud, o carencia de longitud, de su cuerpo— fueron teratogénicos,
no genéticos. Mis hijos deberían ser normales. Un hecho que tal vez me haya
salvado la vida, en vista de la tradicional actitud implacable de Barrayar
hacia las mutaciones. Creo que mi abuelo nunca estuvo totalmente convencido de
ello. Siempre he deseado que hubiese vivido para ver a mis hijos, sólo para
demostrárselo.
—Miles —lo interrumpió Elli amablemente.
—¿Sí? —dijo él, sin aliento.
—Estás farfullando. ¿Por qué? Podría escucharte una hora entera,
pero es preocupante cuando te atascas.
—Estoy nervioso —confesó. Sonrió, cegado.
—¿Reacción retrasada por lo de esta tarde? —Elli se acercó,
tranquilizándolo—. Lo comprendo.
Él acomodó el brazo derecho alrededor de su cintura.
—No. Sí, bueno, tal vez un poco. ¿Te gustaría ser la condesa
Vorkosigan?
Ella sonrió.
—¿Hecha de cristal? No es mi estilo, gracias. La verdad es que
el título sugiere a alguien vestido de cuero negro con tachuelas de cromo.
La imagen mental de Elli vestida de esa manera fue tan
arrebatadora que Miles tardó medio minuto en volver al tema.
—Déjame que lo exprese de otra forma —dijo por fin—. ¿Quieres
casarte conmigo?
El silencio fue esta vez mucho más largo.
—Creía que tratabas de pedirme que me fuera a la cama contigo, y
me reía. Por tus nervios.
No se reía ahora.
—No —dijo Miles—. Eso habría sido fácil.
—No quieres mucho, ¿no? Sólo cambiar por completo el resto de mi
vida.
—Es bueno que comprendas eso. No se trata sólo de un matrimonio.
Lleva unido un trabajo muy concreto.
—En Barrayar. Abajo.
—Sí. Bueno, habría algunos viajes.
Ella permaneció en silencio durante demasiado rato, y luego
dijo:
—Nací en el espacio. Crecí en una estación de tránsito en el
espacio profundo. He trabajado la mayor parte de mi vida adulta a bordo de
naves. El tiempo que he pasado con los pies pisando tierra auténtica no pasa de
meses.
—Sería un cambio —admitió Miles, incómodo.
—¿Y qué le sucedería a la futura almirante Quinn, mercenaria
libre?
—Presumiblemente... es de esperar que encuentre el trabajo de
lady Vorkosigan igualmente interesante.
—Déjame adivinar. El trabajo de lady Vorkosigan no incluiría el
mando de naves.
—Los riesgos de seguridad por permitir una carrera así me
sorprenderían incluso a mí. Mi madre renunció al mando de una nave
(Investigación Astronómica Betana) por ir a Barrayar.
—¿Me estás diciendo que buscas a una chica que sea como mamá?
—Tiene que ser lista, tiene que ser rápida, tiene que ser una
superviviente decidida —explicó Miles tristemente—. Cualquier otra cosa
supondría una masacre de inocentes. Tal vez la suya, tal vez la de nuestros
hijos. Los guardaespaldas, como bien sabes, no lo resuelven todo.
Ella dejó escapar un largo y silencioso silbido mientras
observaba cómo la observaba él. El contraste entre la incomodidad de sus ojos y
la sonrisa de sus labios hería a Miles. «No quería hacerte daño... lo mejor que
puedo ofrecerte no debería resultarte doloroso... Es demasiado, demasiado
poco... ¿demasiado horrible?»
—Oh, querido —suspiró ella apenada—, piensa.
—Quiero lo mejor para ti.
—Y por eso quieres encadenarme el resto de mi vida a una, lo
siento, pelota de polvo de segunda clase que apenas ha salido del feudalismo,
que trata a las mujeres como muebles o ganado... y que me negaría la práctica
de todas las habilidades militares que he aprendido en los últimos doce años,
desde el amarre de lanzaderas a la química de interrogatorios... lo siento. No
soy antropóloga. No soy una santa, y no estoy loca.
—No tienes que decir que no ahora mismo —dijo Miles con un hilo
de voz.
—Oh, claro que sí. Antes de que mirarte haga que se me debiliten
los tobillos. O la cabeza.
«¿Y qué decir a eso? —se preguntó Miles—. Si realmente me
amaras, ¿querrías renunciar a toda tu historia personal por mí? Oh, claro. No
le va la inmolación. Esto la hace fuerte, su fuerza me hace quererla, y así
completamos el círculo.»
—El problema entonces es Barrayar.
—Por supuesto. ¿Qué mujer humana en su sano juicio se
trasladaría voluntariamente a ese planeta? Con la excepción de tu madre, al
parecer.
—Ella es excepcional. Pero... cuando ella y Barrayar chocan, es
Barrayar el que cambia. Lo he visto. Tú podrías ser una fuerza de cambio
similar.
Elli sacudió la cabeza.
—Conozco mis límites.
—Nadie conoce sus límites hasta que los ha superado.
Ella lo miró.
—Tú sí que tendrías que saberlo bien. ¿Qué pasa contigo y
Barrayar, por cierto? Los dejas que te manejen como... Nunca he comprendido por
qué nunca has cogido a los dendarii y te has largado. Conseguirías que
funcionara, mejor de lo que lo hizo funcionar el almirante Oser, mejor incluso
que Tung. Podrías acabar siendo emperador de tu propia roca.
—¿Contigo a mi lado? —Miles sonrió enigmáticamente—. ¿Sugieres
en serio que me embarque en un plan de conquista galáctica con cinco mil tipos?
Ella se echó a reír.
—Al menos yo no tendría que renunciar al mando de la flota. No,
en serio. Si estás tan obsesionado con ser soldado profesional, ¿para qué
necesitas a Barrayar? Una flota mercenaria ve diez veces más acción que una
planetaria. Una bola de tierra entra en guerra una vez por generación, si tiene
suerte...
—O no la tiene —concluyó Miles.
—Una flota mercenaria la sigue.
—Ese hecho estadístico ha sido advertido por el alto mando
barrayarés. Es una de las principales razones por las que estoy aquí. He tenido
más experiencia de combate real, aunque a pequeña escala, en los últimos cuatro
años, que la mayoría de los otros oficiales imperiales en los últimos catorce.
El nepotismo funciona de formas extrañas. —Se pasó un dedo por la limpia línea
de su mandíbula—. Ahora comprendo. Estás enamorada del almirante Naismith.
—Por supuesto.
—No de lord Vorkosigan.
—Estoy molesta con lord Vorkosigan. Te tiene en poca estima,
amor.
Él dejó pasar el doble sentido. Así que el abismo que se había
abierto entre ellos era más profundo de lo que pensaba. Para ella, quien no era
real era lord Vorkosigan. Enlazó los dedos tras su nuca y respiró su aliento
mientras ella preguntaba:
—¿Por qué dejas que Barrayar te fastidie la vida?
—Es la mano que me han servido.
—¿Quién? No lo entiendo.
—No importa. Da la casualidad de que para mí es muy importante
ganar con esa mano. Así sea.
—Tu funeral —hundió los labios en su boca.
—Mmm.
Ella se apartó un instante.
—¿Puedo seguir abrazándote? Con cuidado, por supuesto. No te
marcharás cabreado porque te he rechazado, ¿no? Rechazado a Barrayar, quiero
decir. No a ti, nunca a ti...
«Me estoy acostumbrando a esto. Casi aturdido...»
—¿Que si voy a marcharme? —preguntó suavemente—. ¿Porque no
puedo tenerlo todo, no tomo nada, y me marcho enfurruñado? Espero que me
arrastres de cabeza por el pasillo si me comporto de forma tan obtusa.
Ella se echó a reír. No pasaba nada, si todavía conseguía
hacerla reír. Si Naismith era todo lo que ella quería, sin duda lo tendría. La
mitad de hombre a la mitad de precio. Se acercaron a la cama, las bocas
hambrientas de besos. Fue fácil, con Quinn. Ella así lo permitió.
Hablar en la cama con Quinn fue hablar de trabajo. Miles no se
sorprendió. Junto con un masaje con el que a punto estuvo de fundirse y
derramarse por el borde de la cama para formar un charquito en el suelo, Miles
asimiló el resto de su completo informe sobre las actividades y los
descubrimientos de la policía londinense. Él a cambio la puso al día sobre los
acontecimientos en la embajada y la misión que había encomendado a Elena
Bothari-Jesek. Y durante todos aquellos años él había pensado que necesitaba una
sala de conferencias para intercambiar información. Claramente, se había topado
con un insospechado universo de estilo de mando alternativo. Lo sibarítico se
había impuesto a lo cibernético.
—Pasarán diez días —se quejó Miles a su colchón—, antes de que
Elena pueda regresar de Tau Ceti. Y no hay ninguna garantía de que traiga
consigo el dinero que falta. Sobre todo si ya lo habían enviado. Mientras, la
Flota Dendarii permanece mano sobre mano en órbita. ¿Sabes lo que nos hace
falta?
—Un contrato.
—Exactamente. Hemos aceptado antes contratos en el ínterin. A
pesar de que Seguridad Imperial de Barrayar es un cliente permanente, incluso
le gusta: da un respiro a su presupuesto. Después de todo, cuantos menos
impuestos tengan que exprimir a los ciudadanos, más tranquila se vuelve
Seguridad en casa. Es curioso que nunca hayan intentado convertir a la Flota
Dendarii en un proyecto generador de ingresos. Habría enviado a nuestros
encargados a buscar un contrato hace semanas si no estuviéramos atascados en la
órbita de la Tierra hasta que se resuelva este lío de la embajada.
—Lástima que no podamos poner la flota a trabajar aquí mismo, en
la Tierra —dijo Elli—. La paz se ha impuesto en todo el planeta,
desgraciadamente.
Con las manos aflojó los nudos de los músculos de sus
pantorrillas, fibra a fibra. Miles se preguntó si la convencería para que a
continuación le trabajara los pies. Él lo había hecho con los suyos hacía un
ratito, después de todo, aunque con vistas a objetivos más elevados. Oh,
cielos, no iba a tener siquiera que convencerla... agitó los dedos, deleitado.
Nunca había sospechado que los dedos de sus pies fueran sexis hasta que Elli se
lo dijo. De hecho, su satisfacción con todo el cuerpo henchido de placer era
siempre alta.
—Estoy mentalmente bloqueado —decidió—. Me equivoco en algo.
Vamos a ver. La Flota Dendarii no está atada a la embajada, aunque yo sí.
Podría despediros a todos...
Elli gimió. Fue un sonido tan inesperado, viniendo de ella, que
se arriesgó a sufrir un espasmo muscular para doblar el cuello y mirarla por
encima del hombro.
—Ideas tumultuosas —se disculpó.
—Bien, adelante.
—Y además, por culpa del lío de la embajada, no estoy demasiado
ansioso por desprenderme de mis refuerzos. Hay... hay algo que no va bien. Lo
que significa que si nos quedamos quietos esperando a que la embajada lo
resuelva será aún peor. Bien. Un problema cada vez. Los dendarii. Dinero.
Trabajitos dispersos... ¡eh!
—¿Eh?
—¿Quién dice que tengo que contratar toda la flota a la vez?
Trabajo. Chapucillas aquí y allá. Dinero contante y sonante. ¡Divide y
vencerás! Guardias de seguridad, técnicos de ordenador, todo lo que se nos
ocurra que pueda constituir una fuente de ingresos...
—¿Robo de bancos? —dijo Elli con creciente interés.
—¿Y dices que la policía te soltó? No te entusiasmes. Pero
dispongo de una mano de obra de cinco mil personas de formaciones diversas y
altamente especializadas. Seguro que eso es una fuente de recursos de valor
superior a la Triumph. ¡Delega! ¡Que ellos se disgreguen y vayan a ganar unas
malditas monedas!
Elli, sentada cruzada de piernas al pie de la cama, observó,
molesta:
—¡He trabajado una hora para relajarte y mira ahora! ¿De qué
eres, de plástico? Todo tu cuerpo se enrosca ante mis ojos... ¿Adónde vas?
—A poner la idea en marcha, ¿adónde si no?
—La mayoría de la gente se pone a dormir, llegados a este
punto...
Bostezando, le ayudó a rebuscar entre los uniformes apilados en
el suelo. Las camisetas negras resultaron ser casi iguales. La de Elli se
distinguía por el leve olor corporal que la impregnaba. Miles casi no quiso
devolvérsela, pero comprendió que quedarse la ropa interior de su novia no le
iba a ayudar a ganar puntos en el apartado de savoir faire. El acuerdo fue
tácito pero claro: esa fase de su relación debía cesar discretamente en la
puerta del dormitorio, si no querían desacreditar la fatua consigna del
almirante Naismith.
La conferencia inicial del personal dendarii, al principio de
una misión, cuando Miles llegaba con un nuevo contrato en la mano, siempre le
producía la sensación de ver doble. Era un interfaz, consciente de ambas
mitades, intentando ser un espejo unidireccional entre los dendarii y su
auténtico jefe, el Emperador. Esta desagradable sensación solía difuminarse
rápidamente, mientras concentraba sus facultades en la misión concreta,
recentrando su personalidad. El almirante Naismith casi ocupaba entonces toda su
piel. «Relajarse» no era el término adecuado para este estado alfa, dada la
fuerte personalidad de Naismith. «Sin constricciones» se acercaba más.
Había pasado con los dendarii cinco meses seguidos, algo sin
precedentes, y la súbita reaparición del teniente Vorkosigan en su vida había
sido desusadamente molesta esta vez. Por supuesto, no era normalmente el lado
barrayarés del asunto lo que se fastidiaba. Siempre había contado con que la
estructura de mando fuera sólida, el axioma del cual fluía toda la acción, el
estándar por el que se medía el subsiguiente éxito o fracaso.
Esta vez, no.
Esta noche se encontraba en la sala de reuniones de la Triumph
con sus jefes de departamento y sus capitanes, todos congregados rápidamente, y
se vio asaltado por una súbita y esquizofrénica parálisis: ¿qué iba a decirles?
«Tendréis que arreglároslas por vuestra cuenta, capullos...»
—Tendremos que arreglárnoslas por nuestra cuenta durante algún
tiempo —empezó a decir el almirante Naismith, saliendo de la cueva situada en
el interior del cerebro de Miles en la que habitaba, y se lanzó de lleno al
tema. La noticia, hecha pública por fin, de que había un problema en su paga
levantó la esperada preocupación; más sorprendente fue su aparente tranquilidad
cuando les dijo, la voz cargada de énfasis amenazador, que estaba investigando
el asunto personalmente. Bueno, al menos explicaba desde el punto de vista
dendarii todo el tiempo que había pasado atiborrando los ordenadores en las
entrañas de la embajada barrayaresa. «Dios —pensó Miles—, juro que podría
venderles a todos granjas radiactivas.»
Pero cuando se vieron ante el desafío, lanzaron un impresionante
montón de ideas para conseguir dinero a corto plazo. Miles se sintió
enormemente aliviado, y los dejó seguir. Después de todo, nadie llegaba al
Estado Mayor dendarii siendo idiota. Su propio cerebro parecía agotado.
Esperaba que fuera porque sus circuitos estuvieran trabajando a nivel
subconsciente en la mitad barrayaresa del problema, y que no fuera un síntoma
de deterioro senil prematuro.
Durmió solo y mal, y se despertó cansado y dolorido. Atendió
algunos aspectos rutinarios internos y aprobó los siete planes menos
descabellados para conseguir dinero que su gente había desarrollado durante la
noche. Un oficial había conseguido un contrato como guardias de seguridad para
un escuadrón de veinte, no importaba que fuera para la inauguración de un
centro comercial en... ¿dónde demonios estaba Xian?
Se vistió cuidadosamente con su mejor túnica de paseo de
terciopelo gris —botones plateados en los hombros, pantalones de deslumbrante
costura blanca, las botas más relucientes— y acompañó a la teniente Bone al
banco de Londres. Elli Quinn lo escoltó con dos de sus más corpulentos dendarii
uniformados y un círculo invisible, delante y detrás, de guardias vestidos de
civil y provistos de escáneres.
En el banco, el almirante Naismith, acicalado y muy educado para
tratarse de un hombre que no existía, cedió cuestionables derechos de una nave
de guerra que no poseía a una organización financiera que no la necesitaba ni
la quería. Como señaló la teniente Bone, al menos el dinero era real. En vez de
un colapso progresivo a partir de esa tarde (la hora en la que la teniente Bone
calculaba que las primeras nóminas de los dendarii empezarían a rebotar), sería
un gran colapso en una fecha futura indefinida. Hurra.
Miles despidió a los guardias mientras se acercaba a la embajada
de Barrayar; sólo quedó Elli. Se detuvieron ante una puerta en los túneles
subterráneos que anunciaba: PELIGRO. TÓXICO. PERSONAL AUTORIZADO SOLAMENTE.
—Ahora estamos bajo los escáneres —le advirtió Miles.
Elli se llevó un dedo a los labios, reflexionando.
—Por otro lado, si entras ahí y te encuentras con que han
llegado órdenes para enviarte a Barrayar, quizá no te vea hasta dentro de un
año. O nunca.
—Me resistiría a eso... —empezó a decir él, pero Elli le cubrió
los labios con el dedo, acallando la estupidez que estuviera a punto de decir
al transferirle el beso—. Bien —sonrió Miles levemente—. Estaré en contacto,
comandante Quinn.
Ella enderezó la espalda, hizo un gesto irónico, un
impresionante saludo militar y se marchó. Miles suspiró y colocó la palma
abierta sobre la intimidante cerradura de la entrada.
Al otro lado de la segunda puerta, más allá del guardia
uniformado sentado ante la consola del escáner, le esperaba Ivan Vorpatril.
Descargó su peso de un pie a otro con una sonrisa forzada. Oh, Dios, ¿ahora
qué? Sin duda era esperar demasiado que el hombre tuviera simplemente ganas de
hacer un pis.
—Me alegro de que vuelvas, Miles —dijo Ivan—. Justo a tiempo.
—No quería abusar del privilegio. Puede que quiera marcharme
otra vez. No es que sea probable que lo consiga... Me sorprendió que Galeni no
me arrastrara de vuelta a la embajada permanentemente después de ese pequeño
episodio en el espaciopuerto de ayer.
—Sí, bueno, hay un motivo para eso.
—¿Sí? —dijo Miles, forzando la voz para que su tono fuese
neutro.
—El capitán Galeni salió ayer de la embajada una media hora
después que tú. No lo hemos vuelto a ver desde entonces.
7
El embajador los condujo al despacho cerrado de Galeni. Ocultaba
sus nervios bastante mejor que Ivan. Se limitó a comentar tranquilamente:
—Comuníqueme lo que descubra, teniente Vorpatril. Sería
particularmente deseable obtener alguna indicación segura de si es hora o no de
notificarlo a las autoridades locales.
Así que el embajador, que conocía a Duv Galeni desde hacía unos
dos años, pensaba también en términos de múltiples posibilidades. Un hombre
complejo, su perdido capitán.
Ivan se sentó ante la consola y repasó los archivos de rutina
buscando memorandos recientes, mientras que Miles deambulaba por la habitación
buscando... ¿qué? ¿Un mensaje garabateado en sangre en la pared a la altura de
las rodillas? ¿Fibra vegetal alienígena en la alfombra? ¿Una nota de dimisión
en papel perfumado? Cualquiera de esas cosas, o todas ellas, habrían sido
deseables a la neutra nada que encontró.
Ivan alzó las manos.
—Nada aparte de lo habitual.
—Déjame a mí. —Miles giró el respaldo de la silla de Galeni para
arrancar de allí a su primo y ocupar su lugar—. Siento una ardiente curiosidad
por las finanzas personales del capitán Galeni. Ésta es una oportunidad dorada
para comprobarlas.
—Miles —dijo Ivan, algo nervioso—, ¿no es esto un poco, um,
agresivo?
—Tienes los principios de un caballero, Ivan —dijo Miles,
absorto en acceder a los archivos codificados—. ¿Cómo lograste entrar en
Seguridad?
—No lo sé —dijo Ivan—. Yo quería servir en una nave.
—¿No queremos todos? Ah —comentó Miles mientras la holopantalla
empezaba a escupir datos—. Me encantan estas tarjetas de crédito universales
terrestres. Qué reveladoras son.
—¿Qué esperas encontrar en las cuentas corrientes de Galeni, por
el amor de Dios?
—Bueno, antes que nada —murmuró Miles, pulsando teclas—,
comprobemos los totales de los últimos meses y averigüemos si sus gastos
superan sus ingresos.
Fue cuestión de un momento responder a esa pregunta. Miles
frunció el ceño, levemente decepcionado. Las dos cuentas estaban equilibradas;
había incluso un pequeño superávit a final de mes, fácilmente explicable por la
existencia de una modesta cartilla de ahorros. No demostraba nada en un sentido
ni en otro, ay. Si Galeni tenía algún problema financiero serio, había tenido
la inteligencia y la experiencia de no dejar pruebas en su contra. Miles empezó
a repasar la lista de compras.
Ivan se agitó, impaciente.
—¿Qué estás buscando ahora?
—Vicios secretos.
—¿Cómo?
—Fácil. O lo sería si... comparamos, por ejemplo, los registros
de las cuentas de Galeni con las tuyas durante el mismo período de tres meses.
—Miles dividió la pantalla y cargó los datos de su primo.
—¿Por qué no lo comparas con las tuyas? —dijo Ivan, picado.
Miles sonrió, lleno de científica virtud.
—No llevo aquí el tiempo suficiente para ser una base
comparable. Tú eres un controlador mucho mejor. Por ejemplo... vaya, vaya. Mira
esto. ¿Un picardías de encaje, Ivan? Qué clase. Va totalmente contra las
normas, ya sabes.
—Eso no es asunto tuyo —refunfuñó Ivan.
—Vaya. Y no tienes una hermana, y no es el estilo de tu madre.
De esta compra se desprende que hay una chica en tu vida o eres un travestido.
—Advertirás que no es de mi talla —dijo Ivan con dignidad.
—Sí, te quedaría muy cortito. Una chica con aspecto de sílfide,
entonces. A quien conoces lo bastante bien para hacerle regalos íntimos. Mira
cuánto sé ya de ti, sólo con una compra. ¿Fue Sylveth, por casualidad?
—Se supone que es a Galeni a quien estás investigando —le
recordó Ivan.
—Sí. ¿Y qué tipo de regalos compra Galeni?
Pasó la pantalla. No hizo falta mucho tiempo: no había tanto.
—Vino —recalcó Ivan—. Cerveza.
Miles hizo una comprobación.
—Una tercera parte de lo que tú te bebiste en el mismo período.
Pero compra librodiscos en una proporción de treinta y cinco a... ¿sólo dos,
Ivan?
Ivan se aclaró la garganta, incómodo.
Miles suspiró.
—Aquí no hay ninguna chica. Ningún chico tampoco, no creo...
¿eh? Llevas un año trabajando con él.
—Mm —dijo Ivan—. Me he topado con un par en el servicio, pero...
tienen formas de hacértelo saber. No, yo tampoco creo que Galeni...
Miles contempló el regular perfil de su primo. Sí, Ivan
probablemente había recogido insinuaciones de ambos sexos. Otra pista
descartada.
—¿Ese tipo es un monje? —murmuró Miles—. No es un androide, a
juzgar por la música, los libros y la cerveza, pero... es terriblemente
elusivo.
Cerró el archivo con un irritado golpe a los controles. Tras
pensárselo un instante, abrió el expediente de Galeni.
—Ja. Eso sí que es raro. ¿Sabías que el capitán Galeni se
doctoró en historia antes de unirse al servicio imperial?
—¿Qué? No, nunca lo mencionó... —Ivan se inclinó por encima del
hombro de su primo, los principios caballerescos superados al fin por la
curiosidad.
—Doctorado con honores en historia moderna y ciencias políticas
por la Universidad Imperial de Vorbarr Sultana. Dios mío, mira las fechas. A la
edad de veintiséis años Duv Galeni renunció a un flamante puesto en la Facultad
de Belgravia, en Barrayar, para volver a la Academia del Servicio Imperial con
un puñado de chavales de dieciocho. Con sueldo de cadete.
No era la conducta de un hombre el centro de cuya existencia
fuera el dinero.
—Uh —dijo Ivan—. Debió de ser todo un empollón en los cursos
superiores cuando nosotros llegamos. Salió dos años antes que nosotros. ¡Y ya
es capitán!
—Debe de haber sido uno de los primeros komarreses a quienes se
ha permitido el acceso al Ejército. Semanas después de la promulgación de la
ley. Y va a toda máquina desde entonces. Formación extraordinaria... lenguajes,
análisis de información, un puesto en el cuartel general imperial... y luego la
guinda, este destino en la Tierra. Duvie es un fenómeno, claramente.
Miles veía el porqué. Un oficial brillante, educado, liberal...
Galeni era un anuncio ambulante del éxito del Nuevo Orden. Un ejemplo. Miles
sabía bien lo que era ser un ejemplo. Inspiró largamente, y el aire siseó entre
sus dientes.
—¿Qué? —lo acució Ivan.
—Estoy empezando a asustarme.
—¿Por qué?
—Porque todo este asunto está cobrando un sutil tinte político.
Y todo aquel que no se alarma cuando las cosas barrayaresas empiezan a oler a
política no ha estudiado... historia —murmuró la última palabra con sibilante
ironía. Al cabo de un momento volvió a entrar en el archivo y prosiguió la
búsqueda.
—Bingo.
—¿Eh?
Miles señaló.
—Archivo sellado. Nadie por debajo del rango de oficial del Alto
Mando Imperial puede acceder a esta parte.
—Eso nos deja fuera.
—No necesariamente.
—Miles... —gimió Ivan.
—No me propongo nada ilegal —lo tranquilizó Miles—. Todavía.
Llama al embajador.
El embajador, nada más llegar, se sentó junto a Miles.
—Sí, tengo un código de acceso de emergencia que anulará ese otro
—admitió cuando Miles lo presionó—. Pero la emergencia prevista era algo que
estuviera en la línea de una guerra a punto de estallar.
Miles se mordisqueó el dedo índice.
—El capitán Galeni lleva con usted dos años ya. ¿Qué impresión
tiene de él?
—¿Como oficial, o como hombre?
—Ambas cosas, señor.
—Es muy consciente de sus deberes. Su inusitada educación...
—Oh, ¿lo sabía usted?
—Por supuesto. Pero eso lo convierte en una elección
extraordinariamente buena para la Tierra. Es muy bueno, muy tranquilo en el
aspecto social, un brillante conversador. El oficial que lo precedió en el
puesto era un hombre de Seguridad de la vieja escuela. Competente, pero soso.
Casi... ejem... aburrido. Galeni cumple los mismos deberes, pero más
suavemente. Una seguridad suave es una seguridad invisible; la seguridad
invisible no molesta a mis invitados diplomáticos y así mi trabajo resulta
mucho más fácil. Tanto más en las, er, actividades de recopilación de
información. Como oficial, estoy enormemente satisfecho con él.
—¿Cuál es su defecto como hombre?
—«Defecto» es quizás un término demasiado fuerte, teniente
Vorkosigan. Es bastante... frío. Suelo encontrar eso tranquilizador. Pero he
advertido que en cualquier conversación termina sabiendo mucho más sobre ti que
tú sobre él.
—Ja.
Vaya forma tan diplomática de expresarlo. Y, reflexionó Miles,
pensando en sus propios roces con el oficial desaparecido, qué certera.
El embajador frunció el ceño.
—¿Cree que hay alguna clave que explique su desaparición en ese
archivo, teniente Vorkosigan?
Miles se encogió de hombros apenado.
—No está en ninguna otra parte.
—Soy reacio... —el embajador se calló al ver la cadena de
poderosas restricciones del vid.
—Podríamos esperar un poco más —dijo Ivan—. Supongamos que ha
encontrado a una amiguita. Si te preocupaba eso tanto como para hacer esa otra
sugerencia, Miles, tendrías que alegrarte por él. No va a sentirse demasiado
feliz si vuelve de su primera noche fuera en años y descubre que han puesto
patas arriba sus archivos.
Miles reconoció la cantinela de Ivan haciéndose el tonto,
jugando al abogado del diablo: el subterfugio de una mente aguda pero perezosa
que deja que otros hagan su trabajo. Bien, Ivan.
—Cuando tú pasas las noches fuera, ¿no dejas una nota diciendo
dónde estás y cuándo regresarás? —preguntó Miles.
—Bueno, sí.
—¿Y no regresas a tiempo?
—Es sabido que me he quedado dormido un par de veces —admitió
Ivan.
—¿Qué pasa entonces?
—Me localizan. «Buenos días, teniente Vorpatril, son las ocho.»
El preciso y sardónico acento de Galeni asomó claramente en la
parodia de Ivan. Tenía que ser una cita literal.
—¿Crees que Galeni es el tipo de hombre que crea una regla para
sus subordinados y otra para sí?
—No —dijeron al unísono Ivan y el embajador, y se miraron de
reojo.
Miles inspiró profundamente, alzó la barbilla y señaló el
holovid.
—Ábralo.
El embajador frunció los labios y así lo hizo.
—Que me zurzan —susurró Ivan después de unos minutos de pasar
pantallas. Miles se situó a codazos en la posición central y empezó a leer
rápidamente. El archivo era enorme: la historia de la perdida familia de Galeni
por fin.
David Galen era el nombre con el que había nacido. Esos Galen,
dueños del Cartel de Trasbordos Orbitales Galen, destacados entre la oligarquía
de poderosas familias que habían gobernado Komarr explotando sus importantes
conexiones en el agujero de gusano como los antiguos barones ladrones del Rin.
Komarr se había hecho rica gracias a sus agujeros de gusano; del poder y las
riquezas que manaban de ellos brotaron sus ciudades en forma de cúpula
enjoyada, no del suelo estéril del planeta y el sudor.
Miles creyó oír la voz de su padre señalando los puntos que
habían formado la guía de la conquista de Komarr para el almirante Vorkosigan.
«Una pequeña población concentrada en ciudades de clima controlado; ningún
sitio para que las guerrillas se replieguen y se reagrupen. Ningún aliado; sólo
tuvimos que hacerles saber que íbamos a reducir al quince por ciento el
veinticinco que se llevaban de todo lo que atravesaba su nexo y los vecinos que
los habrían apoyado cayeron en nuestros bolsillos. Ni siquiera quisieron librar
su propia guerra, hasta que los mercenarios que contrataron vieron contra qué
se enfrentaban y dieron media vuelta...»
Naturalmente, lo que no se mencionaba del asunto eran los
pecados de los padres komarreses una generación antes: habían aceptado el
soborno para dejar que la flota invasora cetagandana atravesara el nexo y
conquistara rápida y fácilmente la pobre, recién descubierta y semifeudal
Barrayar. Lo cual no había resultado rápido, ni fácil, ni una conquista
tampoco. Veinte años y un río de sangre más tarde, las últimas naves de guerra
cetagandanas se retiraban por donde habían venido, a través de la «neutral» Komarr.
Los barrayareses tal vez estuvieran atrasados, pero nadie podía
acusarlos de ser lentos aprendiendo. Entre la generación del abuelo de Miles,
que llegó al poder en la dura escuela de la ocupación cetagandana, creció la
obsesiva determinación de que nunca debería volver a permitirse una invasión
semejante. Sobre la generación del padre de Miles cayó la responsabilidad de
convertir esa obsesión en hecho tomando el absoluto y total control del portal
komarrés de Barrayar.
El objetivo jurado de la flota invasora barrayaresa, su
concienzuda estrategia, era dejar intacta la rica economía de Komarr con daños
mínimos. Conquista, no venganza, sería el lema del Emperador. El almirante lord
Aral Vorkosigan, comandante de la Flota Imperial, dejaría eso abundante y
explícitamente claro.
Se permitió que los miembros de la oligarquía komarresa, dóciles
negociantes como eran, se alineara con ese objetivo, facilitando su rendición
en todos los sentidos posibles. Se hicieron promesas, se dieron garantías; una
vida subordinada y unas propiedades reducidas seguían siendo vida y
propiedades, calculadamente sopesadas con esperanza de recuperación futura.
Vivir bien iba a ser la mejor venganza de todas.
Entonces se produjo la masacre de Solsticio.
Un subordinado demasiado ansioso, gruñó el almirante lord
Vorkosigan. Órdenes secretas, clamaron las familias supervivientes de los
doscientos consejeros komarreses fusilados en un gimnasio de las Fuerzas de
Seguridad de Barrayar. La verdad, o en cualquier caso la certeza, se encontraba
entre las víctimas. El propio Miles no estaba seguro de que ningún historiador
pudiera resucitarla. Sólo el almirante Vorkosigan y el jefe de Seguridad sabían
la verdad, y era la palabra del almirante la que estaba en entredicho. El jefe
de Seguridad murió sin juicio a manos del furioso almirante. Justamente
ejecutado, o asesinado para que no hablara, uno decidía según sus prejuicios.
En términos absolutos, Miles no solía perder los papeles con la
masacre de Solsticio. Después de todo, las armas atómicas cetagandanas habían
aniquilado la ciudad entera de Vorkosigan Vashnoi, matando no a cientos sino a
miles de personas, y nadie levantaba barricadas en las calles por eso. Sin
embargo, era la masacre de Solsticio la que centraba la atención y atraía la
ansiosa imaginación del público. Fue el apellido Vorkosigan el que se ganó el
apodo de Carnicero con mayúscula, y la palabra de un Vorkosigan la que quedaba
manchada. Y todo ello constituía un episodio de historia antigua muy personal.
Hacía treinta años. Miles ni siquiera había nacido. David Galen
tenía cuatro años el día en que su tía, la consejera komarresa Rebecca Galen,
murió en el gimnasio de la ciudad de Solsticio.
El Alto Mando de Barrayar había discutido la admisión de Duv
Galeni, de veintiséis años, en el servicio imperial en los términos personales
más sinceros.
«No puedo recomendar la elección —escribía el jefe de Seguridad
Imperial, Illyan, en un memorando privado al primer ministro, el conde Aral
Vorkosigan—. Sospecho que actúa usted quijotescamente impulsado por la culpa. Y
la culpa es un lujo que no se puede permitir. Si tiene el deseo secreto de
recibir un tiro por la espalda, por favor hágamelo saber por lo menos con
veinticuatro horas de antelación, para poder poner en marcha mi retiro. Simon.»
El memorando de respuesta estaba escrito a mano, con la
enmarañada letra de un hombre de dedos gruesos para quien todas las plumas eran
demasiado pequeñas, una letra que a Miles le resultaba dolorosamente familiar.
«¿Culpa? Tal vez. Hice una pequeña visita a ese maldito
gimnasio, poco después, antes de que lo más espeso de la sangre se hubiera
secado. Parecía gelatina. Algunos detalles arden permanentemente en la memoria.
Pero recuerdo especialmente a Rebecca Galen por la forma en que le dispararon.
Fue una de los pocos que murieron de cara a sus asesinos. Dudo mucho que sea mi
espalda lo que corra peligro por causa de Duv Galeni.
»La relación de su padre con la Resistencia posterior me
preocupa bastante menos. No fue sólo por nosotros por lo que el muchacho adaptó
su nombre a la forma barrayaresa.
»Pero si podemos hacernos con esta auténtica alianza, será algo
parecido a lo que yo tenía pensado para Komarr en primer lugar. Una generación
más tarde, cierto, y después de un desvío largo y sangriento, pero (ya que
sacas a colación esos términos teológicos) una especie de redención. Claro que
Galeni tiene ambiciones políticas, pero me atrevo a sugerir que son más
complejas y más constructivas que el mero asesinato.
»Vuelve a ponerlo en la lista, Simon, y déjalo allí. Este asunto
me cansa y no quiero volver a él una y otra vez. Deja correr al muchacho, y que
demuestre lo que vale... si puede.»
La firma de despedida era el habitual garabato apresurado.
Después de eso, el cadete Galeni se convirtió en preocupación de
oficiales de rango mucho más bajo en la jerarquía imperial, su historial en el
público y accesible que Miles había visto antes.
—El problema de todo esto —dijo Miles en voz alta en medio del
denso silencio que había invadido la habitación durante los últimos treinta
minutos—, fascinante como puede ser, es que no reduce las posibilidades. Las
multiplica. Maldición.
Incluyendo, reflexionó Miles, su propia teoría del hurto y la
deserción. Allí no había nada que la rebatiera, sólo la volvía más dolorosa si
era cierta. Y la idea del asesinato en el espaciopuerto adquirió tonos nuevos y
siniestros.
—También podría ser la víctima de un accidente perfectamente
corriente —intervino Ivan Vorpatril.
El embajador gruñó y se puso en pie, sacudiendo la cabeza.
—Demasiado ambiguo. Tuvieron razón en encriptarlo. Podría ser
perjudicial para la carrera de ese hombre. Creo, teniente Vorpatril, que le
daré permiso para continuar y cursar una denuncia de desaparición ante las
autoridades locales. Vuelva a encriptarlo, Vorkosigan.
Ivan siguió al embajador a la salida.
Antes de cerrar la consola, Miles repasó los documentos
referidos a la tormentosa referencia al padre de Galeni. Después de que su
hermana fuera asesinada en la masacre de Solsticio, al parecer se había
convertido en un líder activo de la resistencia komarresa. La fortuna que la
conquista barrayaresa había dejado a la antiguamente orgullosa familia se
evaporó por completo en la época de la violenta Revuelta, seis años más tarde.
Los viejos archivos de Seguridad de Barrayar seguían claramente la pista de una
parte, transformada en armas de contrabando, nóminas y gastos del ejército
terrorista; más tarde, en sobornos para visados de salida y transporte fuera
del planeta para los supervivientes. Sin embargo, no había habido ningún
transporte de salida para el padre de Galeni: voló con una de sus propias
bombas durante el último, inútil y débil ataque al cuartel general de Seguridad
de Barrayar. Junto con el hermano mayor de Galeni, por cierto.
Reflexivo, Miles hizo una doble comprobación. Para su alivio, en
los archivos de Seguridad de la embajada no encontró ningún otro pariente de
los Galeni suelto entre los refugiados de la Tierra.
Naturalmente, Galeni había tenido oportunidades de sobra para
corregir esos archivos en los últimos dos años.
Miles se frotó la cabeza dolorida. Galeni tenía quince años
cuando se produjo el último espasmo de la Revuelta y fue aniquilada. Demasiado
joven, esperó Miles, para haber estado implicado activamente. Y fuera cual
fuese su participación, parecía que Simon Illyan la conocía y estuvo dispuesto
a dejar que pasara a la historia. Un libro cerrado. Miles cerró el archivo.
Miles permitió que Ivan hiciera todos los tratos con la policía
local. Cierto, con la historia del clon de boca en boca estaba protegido en
parte de la posibilidad de encontrarse a la misma gente en sus dos
personalidades, pero no tenía sentido cargar las tintas. Era de esperar que la
policía fuera más suspicaz que la mayoría de la gente, y no había contado con
provocar una oleada doble de crímenes.
Al menos la policía pareció tomarse la desaparición del agregado
militar con la adecuada seriedad. Prometió cooperación incluso hasta el punto
de satisfacer la petición del embajador de que el asunto no se hiciera público.
La policía, dotada y equipada para esas cosas, podía hacer el trabajo rutinario
como comprobar las identidades de todas las partes humanas que pudieran
hallarse en receptáculos de basura, etc. Miles se nombró a sí mismo detective
de todos los asuntos que tuvieran lugar dentro de las paredes de la embajada. A
Ivan, como nuevo oficial al mando, se le vino encima todo el trabajo de Galeni.
Miles lo dejó allí.
Pasaron veinticuatro horas, en las que Miles estuvo
principalmente ante la consola comprobando los archivos de la embajada
relativos a refugiados de Komarr. Por desgracia, la embajada había recabado
enormes cantidades de información. Si había algo significativo, estaba bien
camuflado entre toneladas de cosas irrelevantes. No era un trabajo para un solo
hombre.
A las dos de la madrugada, bizco, Miles se rindió, llamó a Elli
Quinn y arrojó todo el problema al Departamento de Inteligencia de los
Mercenarios Dendarii.
«Arrojó» era la palabra adecuada: transferencia de datos en masa
vía enlace comunicador desde los ordenadores seguros de la embajada a la
Triumph en órbita. A Galeni le habría dado una convulsión; que se fastidiara
Galeni, todo aquello era culpa suya, por desaparecer. La postura legal de
Miles, llegados al caso, sería que los dendarii eran de facto soldados
barrayareses y que la transferencia de datos constituía un asunto interno de
los militares del Imperio. Técnicamente. Miles incluyó también todos los archivos
personales de Galeni, sin encriptar. La postura legal de Miles en eso era que
la contraseña se usaba solamente para proteger a Galeni de los prejuicios de
los patriotas barrayareses, cosa que los dendarii, claramente, no eran. Un
argumento o el otro tenía que funcionar.
—Comunica a los cazadores que encontrar a Galeni es un contrato
—le dijo Miles a Elli—, parte de la operación para conseguir fondos para la
flota. Sólo nos pagarán si encontramos al hombre. Eso podría acabar siendo
cierto, ahora que lo pienso.
Cayó en la cama esperando que su subconsciente elaborara algo
durante lo que quedaba de noche, pero se despertó en blanco y tan agotado como
antes. Envió a Barth y un par de suboficiales a comprobar de nuevo los
movimientos del oficial correo, el otro posible eslabón débil de la cadena.
Permaneció sentado, tenso, esperando que la policía llamara, imaginando
escenarios explicativos cada vez más rebuscados y extraños. Sentado inmóvil
como una piedra en una habitación a oscuras, dando golpecitos incontrolablemente
con un pie, sentía como si su cabeza fuera a estallar de un momento a otro.
Al tercer día llamó Elli Quinn.
Plantó el comunicador en el holovid, ansioso del placer de ver
su rostro. Ella sonreía de forma peculiar.
—Pensé que esto podría interesarte —ronroneó—. El capitán Thorne
acaba de encontrar una fascinante oferta de trabajo para los dendarii.
—¿Tiene un precio fascinante? —inquirió Miles. Las marchas de su
cabeza parecieron rechinar mientras trataba de regresar a los problemas del
almirante Naismith, olvidados con las tensiones e incertidumbres de los dos
últimos días.
—Cien mil dólares betanos. En dinero imposible de rastrear.
—Ah... —eso se acercaba al medio millón de marcos imperiales—.
Pensé que había dejado claro que no íbamos a hacer nada ilegal esta vez. Ya
tenemos suficientes problemas.
—¿Qué te parece un secuestro? —rió ella, inexplicablemente.
—¡Absolutamente no!
—Oh, vas a hacer una excepción en este caso —predijo ella con
confianza, incluso con entusiasmo.
—Elli... —gruñó él.
Ella se controló con un profundo suspiro, aunque sus ojos
siguieron sonriendo.
—Pero Miles... nuestros misteriosos y acaudalados desconocidos
quieren contratar al almirante Naismith para que secuestre a lord Miles
Vorkosigan, de la embajada de Barrayar.
—Tiene que ser una trampa —comentó Ivan, nervioso, mientras
conducía a través de los niveles de la ciudad el vehículo de tierra que Elli
había alquilado. La medianoche estaba escasamente menos iluminada que el día,
aunque las sombras de sus caras cambiaban a medida que las fuentes de
iluminación se relevaban ante la burbuja.
El uniforme gris de sargento dendarii que Ivan llevaba no le
sentaba peor que su verde uniforme barrayarés, advirtió Miles, sombrío. El
hombre siempre estaba guapo de uniforme, con cualquier uniforme. Elli, sentada
al otro lado de Miles, parecía la hermana gemela de Ivan. Simulaba
tranquilidad: el esbelto cuerpo estirado, un brazo extendido cuidadosa y
protectoramente sobre el respaldo del asiento y la cabeza de Miles. Pero había
vuelto a morderse las uñas. Miles iba sentado entre ellos, vestido con el uniforme
barrayarés de lord Vorkosigan y sintiéndose como un pedazo de jamón entre dos
rebanadas de pan de molde. Estaba demasiado cansado para estas fiestecitas
nocturnas.
—Claro que es una trampa —dijo Miles—. Quién la tendió, y por
qué, es lo que queremos averiguar. Y cuánto saben. ¿Lo han preparado porque
creen que el almirante Naismith y lord Vorkosigan son dos personas distintas...
o porque no lo creen? Si es lo segundo, ¿comprometerá la conexión encubierta de
Barrayar con los dendarii en operaciones futuras?
Elli y Miles se miraron de reojo. En efecto. Y si el juego de
Naismith se acababa, ¿qué futuro tenían?
—O tal vez —propuso Ivan— es algo que no tiene ninguna relación,
como criminales locales que pretenden pedir rescate. O algo realmente tortuoso,
como los cetagandanos tratando de que el almirante Naismith se meta en un lío
gordo con Barrayar, con la esperanza de que nosotros tengamos más suerte que
ellos matando al pequeño fantoche. O tal vez...
—Tal vez tú seas el genio malvado que hay detrás de todo esto,
Ivan —sugirió Miles afable—. Eliminas la competencia de la cadena de mando para
tener la embajada para ti solito.
Elli lo miró bruscamente, para asegurarse de que estaba
bromeando. Ivan se limitó a sonreír.
—Oh, me gusta ésa.
—Lo único de lo que podemos estar seguros es de que no es un
intento de asesinato cetagandano —suspiró Miles.
—Ojalá estuviera tan segura como tú —murmuró Elli. Habían pasado
cuatro días desde la desaparición de Galeni. Las treinta y seis horas
transcurridas desde que los dendarii recibieran su peculiar contrato habían
dado a Elli tiempo para reflexionar; el encanto inicial se había esfumado para
ella, aunque Miles se sentía cada vez más atraído por las posibilidades.
—Mira a la lógica del asunto —argumentó Miles—. Los cetagandanos
piensan que soy dos personas distintas, o no. Es al almirante Naismith a quien
quieren matar, no al hijo del primer ministro de Barrayar. Asesinar a lord
Vorkosigan podría volver a iniciar una guerra sangrienta. De hecho, sabremos
que mi tapadera ha sido descubierta el día en que dejen de intentar asesinar a
Naismith... e inicien un gran escándalo público sobre las operaciones dendarii
contra ellos. No perderían esa oportunidad diplomática. Sobre todo ahora, con
el tratado de derechos de paso a través de Tau Ceti en el aire. Podrían
aplastar nuestro comercio galáctico de un golpe.
—Quizás intentan demostrar tu conexión como primer paso de ese
plan —comentó Ivan, pensativo.
—No he dicho que no sean los cetagandanos —dijo Miles
suavemente—. Sólo que si lo fueran, esto no es un asesinato.
Elli gruñó.
Miles miró su crono.
—Hora de la última comprobación.
Miles activó su comunicador de muñeca.
—¿Sigues ahí, Bel?
La aguda voz del capitán Thorne contestó, transmitiendo desde el
coche aéreo que los seguía con su tropa de soldados dendarii.
—Os tengo a la vista.
—Muy bien, no nos pierdas. Vigila la retaguardia desde arriba,
nosotros vigilaremos el frente. Éste será el último contacto de voz hasta que
os invitemos a intervenir.
—Estaremos esperando. Cierro.
Miles se frotó la nuca, nervioso. Quinn, al ver el gesto,
observó:
—La verdad es que no me entusiasma poner la trampa en
funcionamiento dejando que te capturen.
—No tengo ninguna intención de dejar que me capturen. En el
momento en que muestren su mano, Bel aparece y los apresamos a ellos. Pero si
no parecen dispuestos a matarme en el acto, aprenderíamos mucho dejando que su
operación avanzara unos cuantos pasos más. A la vista de la, ah, situación de
la embajada, tal vez merezca la pena correr un pequeño riesgo.
Ella sacudió la cabeza, en mudo gesto de desaprobación.
Los siguientes minutos transcurrieron en silencio. Miles
repasaba mentalmente todas las posibilidades que había previsto para la acción
de esa noche cuando se detuvieron delante de una fila de antiguas casas de tres
plantas apiñadas en torno a una calle en forma de media luna. Estaban muy
oscuras y silenciosas, deshabitadas, aparentemente en proceso de derribo o
renovación.
Elli miró los números de las puertas y abrió la burbuja del
coche. Miles salió y se colocó junto a ella. Desde el vehículo, Ivan puso en
marcha los escáneres.
—No hay nadie en casa —informó, esforzándose por ver las
lecturas.
—¿Qué? No es posible —dijo Elli.
—Quizá llegamos pronto.
—Ratas —dijo Elli—. Como tanto le gusta decir a Miles, mira la
lógica. La gente que quiere comprar a lord Vorkosigan no nos dio este punto de
encuentro hasta el último segundo. ¿Por qué? Para que no tuviéramos ocasión de
llegar aquí primero y comprobarlo. Tienen que estar cerca y esperando.
Se apoyó en la cabina del coche, pasando la mano por encima del
hombro de Ivan. Él se encogió de hombros mientras volvía a manejar el escáner.
—Tienes razón —admitió ella—, pero sigue pareciéndome extraño.
¿Se debía a vandalismo casual que un par de farolas estuvieran
rotas, justo allí? Miles escrutó la noche.
—No me gusta —murmuró Elli—. Será mejor que no te atemos las
manos.
—¿Podrás conmigo, tú sola?
—Estás drogado hasta las cejas.
Miles se encogió de hombros y dejó la mandíbula colgando y los
ojos moviéndose errática y desacompasadamente.
Caminó tras ella, que lo agarraba por el antebrazo guiándolo
escalones arriba. Elli probó la puerta, una anticuada, que colgaba de sus
goznes.
—Está abierta.
Se abrió con un crujido, revelando negrura.
Elli, reluctante, enfundó el aturdidor y se sacó una linterna
del cinturón. Apuntó a la oscuridad. Un recibidor, escaleras de aspecto
desvencijado que subían a la izquierda, unos arcos gemelos a cada lado
conducían a las sucias y vacías habitaciones frontales. Suspiró y atravesó
cautelosa el umbral.
—¿Hay alguien ahí? —llamó en voz baja.
Silencio. Entraron en la habitación de la izquierda; el rayo de
la linterna danzaba de esquina en esquina.
—No llegamos temprano ni tarde —murmuró ella—. La dirección es
correcta... ¿dónde están?
Miles no podía responder y seguir en su papel. Elli lo soltó, se
pasó la linterna a la mano izquierda y volvió a desenfundar el aturdidor.
—Estás demasiado drogado para ir muy lejos —decidió, como si
hablara consigo misma—. Voy a echar un vistazo.
Uno de los párpados de Miles tembló en señal de acuerdo. Hasta
que ella terminara de comprobar si había micros remotos y rayos escáner, sería
mejor que siguiera interpretando a lord Vorkosigan en un convincente estado de
secuestrado.
Tras un momento de vacilación, Elli se acercó a las escaleras.
Llevándose el aturdidor, maldición.
Él estaba escuchando el suave y débil crujido de sus pasos
arriba cuando una mano se cerró sobre su boca y recibió en la nuca el beso de
un aturdidor a potencia muy baja, alcance cero.
Se revolvió, pataleando, tratando de gritar, intentando morder.
Su atacante bufó de dolor y lo sujetó con más fuerza. Eran dos: le colocaron a
la fuerza las manos a la espalda y le metieron una mordaza en la boca antes de
que sus dientes acertaran a cerrarse sobre la mano que la alimentaba. La
mordaza había sido rociada con algún tipo de droga dulce y penetrante; las
aletas de su nariz se agitaron salvajemente, pero sus cuerdas vocales quedaron
involuntariamente flojas. Se sentía como si estuviera fuera del cuerpo, como si
se hubiera movido hacia no se sabía dónde. Entonces se encendió una pálida luz.
Dos hombres grandes, uno más joven, otro mayor, vestidos con
ropa terrestre, se movieron en las sombras, levemente difuminados. ¡Escudos de
escáneres, maldición! Y muy, muy buenos para burlar al equipo dendarii. Miles
vio las cajas que llevaban sujetas a la cintura: abultaban la décima parte de
las últimas que tenían los suyos. Unas baterías muy pequeñas... de aspecto
nuevo. La embajada de Barrayar iba a tener que poner al día sus zonas
aseguradas. Bizqueó durante un enloquecido instante al tratar de leer la marca
del fabricante, hasta que vio al tercer hombre.
Oh, el tercero. «Ya está —la mente de Miles giró, llena de
pánico—. Me he vuelto majareta.» El tercer hombre era él mismo.
El álter Miles, elegantemente ataviado con el uniforme verde
barrayarés, dio un paso adelante para mirarlo a la cara larga y extrañamente,
con ansiedad, mientras los otros dos hombres lo sujetaban. Empezó a vaciar el
contenido de los bolsillos de Miles y a pasárselos a los suyos propios.
Aturdidor, carnés de identidad, medio paquete de caramelitos de menta...
Frunció el ceño al ver los caramelitos, como si estuviera momentáneamente
sorprendido, y luego se los guardó mientras se encogía de hombros. Señaló la
cintura de Miles.
La daga del abuelo le había sido legada explícitamente. La hoja
de trescientos años era aún flexible como la goma, afilada como el cristal. Su
empuñadura enjoyada ocultaba el sello Vorkosigan. Se la quitaron de detrás de
la chaqueta. El álter Miles se pasó las correíllas por encima del hombro y
volvió a abrocharse la túnica. Por último se quitó de la cintura el
escudo-escáner y se lo colocó rápidamente a Miles.
Los ojos del álter-Miles brillaron de jubiloso terror mientras
se detenía a echarle una última ojeada. Miles había visto aquella mirada una
vez antes, en su propio rostro reflejado en la pared de espejo de una estación
de metro.
No.
La había visto en la cara de este hombre reflejada en la pared
de espejo de una estación de metro.
Debía de hallarse a un palmo de distancia aquella noche, detrás
de Miles. Vestido con el uniforme equivocado. El verde, en un momento en que
Miles llevaba el atuendo gris dendarii.
«Pero parece ser que esta vez han conseguido hacerlo bien...»
—Perfecto —gruñó el álter Miles, liberado del silencio producido
por el escudo-escáner—. Ni siquiera hemos tenido que aturdir a la mujer. No
sospechará nada. Os dije que esto funcionaría.
Tomó aire, alzó la barbilla y le sonrió sardónicamente a Miles.
«Pequeño ordenanza afeminado —Miles rezumaba veneno—. Me las
pagarás por esto.
»Bueno, siempre he sido mi peor enemigo.»
El intercambio sólo había durado segundos. Sacaron a Miles por
la puerta situada en el fondo de la habitación.
Revolviéndose con heroicidad, consiguió golpearse la cabeza con
el marco al pasar.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó al instante la voz de Elli desde
arriba.
—Yo —respondió enseguida el álter Miles—. He terminado de
comprobarlo. No hay nadie aquí tampoco. Esto es una pérdida de tiempo.
—¿Eso crees? —Miles la oyó bajar las escaleras—. Podríamos
esperar un poco.
El comunicador de muñeca de Elli trinó.
—¿Elli? —dijo débilmente la voz de Ivan—. He captado un blip
curioso en los escáneres hace un minuto.
El corazón de Miles se inundó de esperanza.
—Compruébalo otra vez —la voz del álter Miles sonó fría.
—Ahora nada.
—Nada aquí tampoco. Me temo que algo los ha asustado y han
abortado el contacto. Aparca por los alrededores y llévame de vuelta a la
embajada, comandante Quinn.
—¿Tan pronto? ¿Estás seguro?
—Ahora sí. Es una orden.
—Tú eres el jefe. Maldición —se lamentó Elli. Tenía la mirada
puesta en esos cien mil dólares betanos.
Sus pasos resonaron al unísono en el pasillo y fueron acallados
por la puerta al cerrarse. El zumbido de un vehículo de tierra se perdió en la
distancia. Oscuridad, silencio resaltado por la respiración.
Pusieron a Miles otra vez en marcha: lo sacaron por una puerta
trasera, lo condujeron por un estrecho callejón y lo arrojaron en el asiento
trasero de un vehículo. Lo enderezaron como a un maniquí entre ambos; un tercer
secuestrador conducía. Los pensamientos de Miles giraban aturdidos al borde de
la consciencia. Malditos escáneres... tecnología de hacía cinco años en la zona
fronteriza, lo cual quizá significaba diez años de retraso respecto a la
terrestre... Ahora tendrían que apretarse el cinturón y renovar el sistema de
escáneres de toda la Flota Dendarii... si vivía para ordenarlo. Escáneres,
demonios. El fallo no estaba en los escáneres. ¿No era al mitológico unicornio
al que se cazaba con espejos, para fascinar a la presumida bestia mientras sus
asesinos se preparaban para asestar el golpe? Debía haber alguna virgen
cerca...
Era un barrio antiguo. La tortuosa ruta que el vehículo de
tierra seguía quizá fuese para confundirlo o simplemente para tomar el mejor
atajo conocido. Al cabo de un cuarto de hora entraron en un aparcamiento
subterráneo y se detuvieron. El aparcamiento era pequeño, privado
evidentemente, con espacio para unos cuantos vehículos.
Lo arrastraron hasta un tubo ascensor y subieron un piso hasta
un pequeño salón. Uno de los tipos le quitó a Miles las botas y el cinturón. El
efecto del aturdidor empezaba a disiparse. Se notaba las piernas de goma,
acuchilladas por agujas, pero al menos lo sostenían. Le soltaron las muñecas;
torpemente, trató de frotarse los doloridos brazos. Le quitaron la mordaza de
la boca. Miles emitió un gruñido sordo.
Abrieron una puerta ante él y lo arrojaron a una habitación sin
ventanas. La puerta se cerró con un chasquido parecido al de unas fauces. Miles
se tambaleó pero permaneció de pie, las piernas un poco separadas, jadeando.
Un plafón fijo en el techo iluminaba una habitación estrecha
amueblada solamente con dos duros camastros junto a las paredes. A la
izquierda, un marco al que habían quitado la puerta conducía a un diminuto
lavabo sin ventanas.
Un hombre, vestido solamente con pantalones verdes, camisa crema
y calcetines, yacía encogido en uno de los camastros, de cara a la pared.
Entumecido, con torpeza, se dio la vuelta y se sentó. Alzó una mano
instintivamente para protegerse los enrojecidos ojos de alguna luz demasiado
brillante; con la otra se agarró al camastro para no caer. Pelo oscuro
revuelto, una barba de cuatro días. Llevaba abierto el cuello de la camisa en
forma de uve, que dejaba al descubierto una garganta extrañamente vulnerable, en
contraste con el habitual efecto de tortuga acorazada propio del cuello alto y
cerrado de la túnica barrayaresa. Su cara estaba demacrada.
El impecable capitán Galeni. Mal momento para encontrarlo.
8
Galeni miró a Miles.
—Demonios del infierno —lo dijo sin entonación.
—Eso mismo digo yo —respondió Miles.
Galeni se enderezó aún más, los ojos entornándose de recelo.
—O... ¿es usted?
—No lo sé —Miles reflexionó—. ¿A cuál estabas esperando?
Fue dando trompicones hasta el camastro de enfrente antes de que
las rodillas le cedieran y se sentó, la espalda contra la pared, los pies sin
llegar a tocar el suelo. Ambos guardaron silencio un momento, observando con
detalle al otro.
—Carecería de sentido arrojarnos a los dos a la misma habitación
a menos que estuviera vigilada —dijo Miles por fin.
Como respuesta, Galeni señaló con el índice el plafón de la luz.
—Ah. ¿Visual también?
—Sí.
Miles enseñó los dientes y miró hacia arriba.
Galeni seguía mirándolo con cautelosa inseguridad, casi con
dolor.
Miles se aclaró la garganta. En la boca le quedó un regusto
amargo.
—¿He de suponer que ha conocido a mi álter ego?
—Ayer. Creo que fue ayer —Galeni miró la luz.
Los secuestradores le habían quitado también a Miles su crono.
—Ahora es aproximadamente la una de la madrugada del principio
del quinto día desde su desaparición de la embajada —informó Miles,
respondiendo a la silenciosa pregunta de Galeni—. ¿Dejan esa luz encendida todo
el tiempo?
—Sí.
—Ah.
Miles combatió una incómoda asociación de ideas. La iluminación
continuada era una técnica carcelaria cetagandana para provocar desorientación
temporal. El almirante Naismith la conocía bien.
—Lo vi sólo unos segundos —continuó Miles—, cuando hicieron el
cambio. —Tocó la ausencia de la daga y se frotó la nuca—. ¿Tengo... tengo
realmente ese aspecto?
—Pensé que era usted. Hasta el final. Me dijo que estaba
practicando. Examinándose.
—¿Aprobó?
—Estuvo aquí durante cuatro o cinco horas.
Miles dio un respingo.
—Eso es malo. Muy malo.
—Eso pensé.
—Ya veo —un silencio pesado llenó la habitación—. Bien,
historiador. ¿Y cómo se distingue a una falsificación de la persona real?
Galeni sacudió la cabeza, luego se llevó la mano a la sien como
si deseara no haberlo hecho; sufría un dolor de cabeza cegador, aparentemente.
Miles también.
—Creo que ya no lo sé —añadió Galeni, reflexivo—. Él saludó.
Una amarga mueca torció la boca de Miles.
—Naturalmente, podría haber sólo uno y todo esto ser un plan
para volverle loco...
—¡Basta! —Galeni estuvo a punto de gritar. Una sonrisa fantasmal
le iluminó el rostro fugazmente.
Miles miró hacia la luz.
—Bueno, sea quien sea yo, todavía puede decirme quiénes son
ellos. Ah... espero que no sean los cetagandanos. Me resultaría un poco
demasiado raro para servirme de consuelo, si tenemos en cuenta a mi...
duplicado. Es una creación quirúrgica, espero.
«No un clon, por favor... que no sea mi clon...»
—Dijo que era un clon —explicó Galeni—. Naturalmente, al menos
la mitad de las cosas que dijo eran mentira, fuera quien fuese.
—Oh —exclamaciones más fuertes hubiesen estado completamente
fuera de lugar.
—Sí. Eso hizo que me preguntara por usted. El usted original,
quiero decir.
—Ah... ejem. Sí. Ahora sé por qué se me ocurrió esa... historia
cuando la periodista me arrinconó. Lo había visto una vez con anterioridad. En
el metro, cuando estaba con la comandante Quinn. Hace ocho, diez días ya.
Estarían haciendo una maniobra para efectuar el cambio. Pensé que me veía a mí
mismo en el espejo. Pero él llevaba el uniforme equivocado, y debieron de
abortar el intento.
Galeni se miró la manga.
—¿No se dio usted cuenta?
—Tenía un montón de cosas en la cabeza.
—¡Nunca me informó de eso!
—Estaba tomando analgésicos. Lo tomé por una pequeña
alucinación. Estaba un poco estresado. Cuando regresé a la embajada me había
olvidado del tema. Y además —sonrió débilmente—, no creo que nuestra relación
de trabajo se hubiera beneficiado de haberle planteado serias dudas sobre mi
cordura.
Galeni apretó los labios, exasperado, luego se dejó llevar por
algo parecido a la desesperación.
—Tal vez no.
A Miles le alarmó ver la desesperación en el rostro de Galeni.
Siguió farfullando.
—De todas formas, me he sentido aliviado al darme cuenta de que
no me había vuelto clarividente de pronto. Temo que mi subconsciente sea más
listo que el resto de mi cerebro. Simplemente, no pillé su mensaje. —Señaló de
nuevo hacia arriba—. ¿No son cetagandanos?
—No —Galeni se apoyó contra la pared, el rostro de piedra—.
Komarreses.
—Ah —exclamó Miles—. Un plan komarrés. Qué... apropiado.
Galeni torció la boca.
—Bastante.
—Bueno —dijo Miles débilmente—, no nos han matado todavía. Debe
de haber algún motivo para mantenernos con vida.
Los labios de Galeni se curvaron en una mueca letal, los ojos
encogidos.
—Ninguno en absoluto.
Las palabras surgieron acompañadas de una risita sibilante que
se cortó bruscamente. Un chiste privado entre Galeni y el plafón de la luz, al
parecer.
—Él cree que tiene un motivo, pero está muy equivocado.
La amarga carga de esas palabras también estaba dirigida hacia
arriba.
—Bueno, pues que no se enteren —dijo Miles entre dientes. Tomó
aliento—. Vamos, Galeni, escúpalo. ¿Qué sucedió la mañana en que desapareció
usted de la embajada?
Galeni suspiró, y pareció recuperarse.
—Recibí una llamada esa mañana. De un viejo... conocido
komarrés. Me pedía que me reuniera con él.
—No había ningún registro de ninguna llamada. Ivan comprobó su
comuconsola.
—Lo borré. Eso fue un error, aunque no me di cuenta en ese
momento. Pero algo que dijo me hizo pensar que podría ser una pista para
resolver el misterio de sus peculiares órdenes.
—Así que le convencí de que mis órdenes habían sido alteradas.
—Oh, sí. Pero estaba claro que si había sido así, la seguridad
de la embajada había sido penetrada, comprometida desde dentro. Probablemente
fue a través del correo. Pero no me atreví a hacer esa acusación sin aportar
pruebas objetivas.
—El correo, sí —dijo Miles—. Ésa era mi segunda opción.
Galeni alzó las cejas.
—¿Cuál era la primera?
—Usted, me temo.
La amarga sonrisa de Galeni lo dijo todo.
Miles se encogió de hombros, cortado.
—Pensé que usted se había quedado con mis dieciocho millones de
marcos. Pero si lo había hecho, ¿por qué no se había largado? Y entonces se
largó.
—Oh —dijo Galeni a su vez.
—Todos los hechos encajaron entonces —explicó Miles—. Le tenía
catalogado: desfalcador, desertor, ladrón e hijo de puta komarrés.
—¿Y qué le impidió presentar acusaciones a ese respecto?
—Nada, desgraciadamente. —Miles se aclaró la garganta—. Lo
siento.
La cara de Galeni se puso ligeramente verde. Estaba demasiado
angustiado para mirarlo con determinación, aunque lo intentó.
—Cierto —dijo Miles—. Si no salimos de aquí, su nombre acabará
en el lodo.
—Todo para nada... —Galeni apretó la espalda contra la pared y
apoyó la cabeza, los ojos cerrados como si sintiera un gran dolor.
Miles dedujo las probables consecuencias políticas que se
producirían si Galeni y él desaparecían sin dejar huella. Los investigadores
encontrarían la teoría del desfalco aún más atractiva que él, aumentada ahora
con secuestro, asesinato, evasión, Dios sabía qué. Sin duda el escándalo
sacudiría los esfuerzos de integración komarreses hasta los cimientos, quizá
los destruiría por completo. Miles contempló al hombre a quien su padre había
elegido para darle una oportunidad. «Una especie de redención...»
Ese solo motivo sería más que suficiente para que la resistencia
komarresa los asesinara a ambos. Pero la existencia (¡oh, Dios, un clon no!)
del álter Miles sugería que aquella mancha sobre la personalidad de Galeni,
cortesía de Miles, era simplemente un feliz añadido desde el punto de vista
komarrés. Se preguntó si estarían adecuadamente agradecidos.
—Así que fue usted a ver a ese hombre —lo instó Miles—. Sin
llevarse un busca ni una escolta.
—Sí.
—Y fue secuestrado. ¡Y critica mis técnicas de seguridad!
—Sí —Galeni abrió los ojos—. Bueno, no. Primero almorzamos.
—¿Se sentó a almorzar con ese tipo? ¿O... era bonita? —Miles
recordó el género elegido por Galeni cuando se estaba dirigiendo a la luz. No,
no era una chica.
—Difícilmente. Pero intentó sobornarme.
—¿Lo consiguió?
Ante la dura mirada de Galeni, Miles se explicó:
—Que toda esta conversación sea una representación en beneficio
mío, ¿de acuerdo?
Galeni hizo una mueca, medio irritado, medio conforme.
Falsificaciones y originales, verdad y mentiras, ¿cómo iban a probarlas aquí?
—Le dije que se fuera a hacer gárgaras —Galeni dijo esto último
tan fuerte que la luz sin duda no pudo ignorarlo—. Tendría que haber advertido,
en el curso de nuestra discusión, que me había dicho demasiado de lo que
sucedía para atreverse a dejarme marchar. Pero intercambiamos garantías, le di
la espalda... dejé que los sentimientos nublaran mi juicio. Él no. Y por eso
acabé aquí —Galeni echó una ojeada a la estrecha celda—. Por algún tiempo al
menos. Hasta que él supere su arrebato sentimental. Y lo hará, tarde o
temprano.
Miró desafiante el plafón de la luz. Miles inspiró, sintiendo el
aire frío a través de los dientes.
—Debe de haber sido un viejo conocido muy importante.
—Oh, sí. —Galeni volvió a cerrar los ojos, como si pensara en
escapar de Miles, y de todo aquel lío, echándose a dormir.
¿Eran los movimientos envarados y entrecortados de Galeni
debidos a la tortura?
—¿Le han estado forzando para que cambie de opinión? ¿Le han
interrogado a las duras?
Galeni abrió un poquito los ojos, se tocó el moretón que tenía
bajo el izquierdo.
—No, usaron pentarrápida para el interrogatorio. No hubo ninguna
necesidad de ponerse duros. Me han tratado tres, cuatro veces. Ahora ya no hay
mucho que no sepan de la seguridad de la embajada.
—¿A qué se deben las contusiones, entonces?
—Hice un intento de escapar... ayer, creo. Los tres tipos que me
detuvieron tienen peor aspecto, se lo aseguro. Todavía esperan que cambie de
opinión.
—¿No podría haber fingido cooperar al menos lo suficiente para
escapar? —dijo Miles, exasperado.
Galeni abrió los ojos truculento.
—Nunca —susurró. El espasmo de ira se evaporó con un suspiro de
cansancio—. Supongo que debería haberlo hecho. Ya es demasiado tarde.
¿Habían afectado las drogas el cerebro del capitán? Si el viejo
y frío Galeni había dejado que la emoción embotara su razón hasta ese punto...
tenía que ser una emoción enormemente fuerte. Los sentimientos profundos que
ninguna capacidad intelectual explicaba.
—Supongo que no se tragarían una oferta de cooperación por mi
parte —dijo Miles, sombrío.
La voz de Galeni volvió a su tono habitual.
—Difícilmente.
—Vaya.
Unos minutos después, Miles observó:
—No puede ser un clon mío, ¿sabe?
—¿Por qué no?
—Cualquier clon mío, desarrollado a partir de las células de mi
cuerpo, tendría que parecerse... oh, a Ivan. Metro ochenta o más y no...
deforme de cara y espalda. Con buenos huesos, no estos palillos de tiza. A
menos... —horrible pensamiento—, que los médicos me hayan estado mintiendo toda
la vida respecto a mis genes.
—Debe de haber sido deformado para que se parezca —comentó
Galeni, reflexivo—. Por medios químicos, o quirúrgicos o ambos. No es más
difícil hacerle eso a un clon que a un ser quirúrgico. Tal vez sea más fácil.
—Pero lo que me sucedió a mí fue un accidente casual... incluso
las reparaciones fueron experimentales. Mis propios médicos no sabían lo que
saldría hasta el final.
—Hacer bien el duplicado habrá sido complicado, pero está claro
que no imposible. Quizás el... individuo que vimos es el último de una serie de
pruebas.
—En ese caso, ¿qué han hecho con los descartes? —preguntó Miles
con rabia. Un desfile de clones pasó ante su imaginación como un gráfico de la
evolución en sentido inverso: erectos Cro-Magnon al estilo de Ivan
involucionando a través de eslabones perdidos hasta Miles chimpancescos.
—Imagino que fueron eliminados —la voz de Galeni era alta y
suave, no tanto negando como desafiando el horror.
El vientre de Miles tiritó.
—Despiadados.
—Oh, sí —coincidió Galeni con el mismo suave tono.
Miles buscó una lógica.
—En ese caso, el... el clon —«mi hermano gemelo», ya está, ya
había resuelto el término—, debe ser significativamente más joven que yo.
—Varios años —reconoció Galeni—. Supongo que unos seis.
—¿Por qué seis?
—Aritmética. Tenía usted unos seis años cuando terminó la
Revuelta de Komarr. Ése debió de ser el momento en que este grupo se vio
forzado a volver su atención hacia otro plan de ataque menos directo a
Barrayar. La idea no les habría interesado antes. Pero de haber empezado mucho
más tarde, el clon sería demasiado joven para sustituirle, incluso con
crecimiento acelerado. Demasiado joven para encargarse de la representación.
Parece que debe actuar además de ser igual a usted, durante un tiempo.
—¿Pero por qué un clon? ¿Por qué un clon mío?
—Creo que está previsto un sabotaje que coincida con un
levantamiento en Komarr.
—Barrayar nunca dejará ir a Komarr. Nunca. Son ustedes nuestra
puerta de entrada.
—Lo sé —dijo Galeni, cansado—. Pero alguna gente prefiere ahogar
nuestras cúpulas en sangre antes que aprender de la historia. O que aprender
nada —miró involuntariamente hacia la luz.
Miles tragó saliva, hizo acopio de voluntad, y habló en medio
del silencio.
—¿Cuánto tiempo hace que sabe que su padre no voló en pedazos
con aquella bomba?
Los ojos de Galeni lo miraron rápidamente; su cuerpo se envaró y
luego se relajó, si un movimiento tan tenso podía ser considerado relajación.
Pero dijo simplemente:
—Cinco días.
Tras un momento, añadió:
—¿Cómo lo sabía?
—Abrimos sus archivos personales. Era su único pariente cercano
sin registro en el depósito de cadáveres.
—Creímos que estaba muerto —la voz de Galeni era distante,
átona—. Mi hermano desde luego murió. Seguridad Barrayaresa vino y nos llevó a
mi madre y a mí para que identificáramos lo que quedaba. No era mucho. No
supuso mucho esfuerzo creer que no quedaba literalmente nada de mi padre, que
había sido visto muy cerca del centro de la explosión.
El hombre estaba agarrotado, quebrándose ante sus ojos. Miles
decidió que no le gustaba la idea de ver cómo lo barrían del mapa. Desde el
punto de vista del Imperio, era un desperdicio que algo así le sucediera a un
oficial. Algo parecido a un asesinato. O un aborto.
—Mi padre hablaba constantemente de la libertad de Komarr
—continuó Galeni suavemente. ¿Para Miles, para la luz, para sí mismo?—. De los
sacrificios que todos debemos hacer por la libertad de Komarr. Insistía mucho
en los sacrificios. Humanos o de lo que fuera. Pero nunca pareció importarle
mucho la libertad de la gente de Komarr. Hasta el día en que murió no me
convertí en un hombre libre. El día en que murió. Libre para mirar con mis
propios ojos, hacer mis propias valoraciones, elegir mi propia vida. O eso
pensaba. La vida está llena de sorpresas —la voz de Galeni era infinitamente
sarcástica. Dirigió a la luz una sonrisa lobuna.
Miles cerró los ojos, tratando de pensar. No era fácil, con
Galeni sentado a dos metros emanando tensión asesina al límite. Miles tenía la
desagradable sensación de que su superior había perdido de vista toda
estrategia, enzarzado como estaba en una guerra privada con viejos fantasmas. O
viejos no-fantasmas. Dependía todo de Miles.
Dependía de Miles hacer... ¿qué? Se levantó y recorrió la
habitación con piernas temblorosas. Galeni lo observó, con los ojos
entrecerrados, sin hacer ningún comentario. No había más que una salida. Rascó
las paredes con las uñas: eran impenetrables. Las grietas del suelo y techo (se
aupó en el camastro y estiró los brazos, mareado) no cedieron. Entró en el
diminuto cuarto de aseo, orinó, se lavó las manos y la cara y la boca agria en
el fregadero (agua fría solamente), y bebió ayudándose de las manos. No había
vasos, ni siquiera de plástico. El agua se revolvió nauseabunda en su estómago,
las manos se le retorcían por los efectos secundarios del aturdidor. Se
preguntó cuál sería el resultado de atascar el desagüe con la camisa y dejar
correr el agua. Ése parecía ser el máximo acto de vandalismo posible. Regresó
al camastro secándose las manos en los pantalones y se sentó antes de caerse.
—¿Le han dado de comer? —preguntó.
—Dos o tres veces al día —dijo Galeni—. Un poco de lo que
demonios cocinen arriba. Al parecer viven varias personas en la casa.
—Entonces ése es el único momento en que se puede intentar la
fuga.
—Lo fue —reconoció Galeni.
Lo fue, claro. Después del intento de Galeni, habrían doblado la
guardia. No era algo que Miles se atreviera a imitar; una paliza como la que
había recibido su compañero lo incapacitaría por completo.
Galeni contemplaba la puerta cerrada.
—Proporciona cierta diversión. Uno nunca sabe, cuando la puerta
se abre, si va a ser la cena o la muerte.
Miles tuvo la impresión de que Galeni esperaba morir. Maldito
kamikaze. Conocía perfectamente esa sensación. Podías enamorarte de la estrecha
opción de la tumba, era la enemiga del pensamiento estratégico creativo. Era el
enemigo, punto.
Pero no consiguió materializar su resolución, aunque no dejó de
darle vueltas. Sin duda Ivan reconocería inmediatamente al impostor. ¿O
achacaría cualquier error que cometiera el clon a que Miles tenía un mal día?
Desde luego, existían precedentes. Y si los komarreses se habían pasado cuatro
días sonsacando a Galeni los procedimientos de la embajada, era bastante
posible que el clon siguiera la rutina de Miles sin cometer fallos. Después de
todo, si la criatura era verdaderamente un clon, sería tan lista como Miles.
O tan estúpida... Miles se aferró a ese reconfortante
pensamiento. Si él cometía errores, en su desesperado baile a través de la
vida, el clon cometería los mismos. El problema era, ¿distinguiría alguien los
errores?
¿Pero y los dendarii? Su dendarii, en manos de un... ¿un qué?
¿Cuáles eran los planes de los komarreses? ¿Cuánto sabían de los dendarii? ¿Y
cómo demonios iba el clon a dividirse entre lord Vorkosigan y al almirante
Naismith cuando el propio Miles tenía que ir improvisando sobre la marcha?
Y Elli... si Elli no había sido capaz de distinguir la
diferencia en la casa abandonada, ¿notaría la diferencia en la cama? ¿Se
atrevería aquel sucio y diminuto impostor a tirarse a Quinn? ¿Pero qué ser
humano de cualquiera de los tres sexos se resistiría a una invitación a retozar
entre las sábanas con la brillante y hermosa...? La imaginación de Miles se
llenó de detalladas imágenes del clon, allí fuera, haciendo cositas con su
Quinn, la mayoría de las cuales él mismo no había tenido tiempo de poner en práctica.
Descubrió que sus manos se aferraban al borde del camastro, los nudillos
blancos, y que corría peligro de romperse los huesos de los dedos.
Lo dejó correr. Sin duda el clon trataría de evitar situaciones
íntimas con gente que conocía bien a Miles, momentos en los que correría más
peligro de ser descubierto. A menos que fuera un mierdecilla valeroso con
tendencias experimentales compulsivas como el que Miles afeitaba diariamente en
su espejo. Miles y Elli acababan de empezar a intimar... ¿no notaría ella la
diferencia? Si no... Miles tragó saliva y trató de que su mente volviera al
escenario político. El clon no había sido creado simplemente para que se
volviera loco; eso no era más que una ventaja añadida. El clon había sido
forjado como un arma dirigida contra Barrayar. A través del primer ministro, el
conde Aral Vorkosigan, contra Barrayar, como si los dos fueran uno. Miles no se
hizo ilusiones; no habían preparado todo esto por él. Se le ocurrían una docena
de formas de usar a un falso Miles contra su padre: iban desde lo relativamente
benigno hasta lo horriblemente cruel. Miró a Galeni, tendido tan tranquilo al
otro lado de la celda, esperando que su propio padre lo matara. O usando esa
misma frialdad para forzar a su padre a matarlo y demostrar... ¿qué? Miles
borró lo relativamente benigno de su lista de posibilidades.
Al final el cansancio pudo con él y se quedó dormido en el duro
camastro.
Durmió mal. Revivió repetidas veces un sueño desagradable sólo
para encontrarse de nuevo al despertar con la realidad, aún más desagradable:
el frío camastro, los músculos doloridos, Galeni tendido al otro lado
retorciéndose con igual incomodidad, los ojos brillando a través del parapeto
de sus pestañas sin revelar si estaba dormido o despierto. Volvía al país de
los sueños como autodefensa. Miles perdió totalmente la noción del tiempo,
aunque, cuando finalmente se sentó, los músculos agarrotados y el reloj líquido
de su vejiga le indicaron que había dormido mucho. Después de un viaje al
cuartito de baño, echarse agua fría en la cara ahora sucia de barba y beber, su
mente se puso de nuevo en marcha y ya no consiguió volver a dormir. Deseó tener
su manta-gato.
La puerta chasqueó. Galeni salió de su aparente modorra y se
incorporó, los pies bajo su centro de gravedad, la cara inescrutable. Pero, por
esta vez, era la cena. O el desayuno, a juzgar por los ingredientes: huevos
revueltos tibios, pan dulce de pasas, bendito café en una taza blanda, una
cuchara cada uno. Lo sirvió uno de los jóvenes con cara de póquer que Miles
había visto la noche anterior. Otro esperaba en la puerta, con el aturdidor
preparado. Sin quitarle ojo a Galeni, el hombre depositó la comida en el
extremo de uno de los camastros y salió rápidamente.
Miles observó la comida, cauto. Pero Galeni recogió los dos
platos y comió sin vacilación. ¿Sabía que no estaba drogada ni envenenada, o
simplemente ya no le importaba un pimiento? Miles se encogió de hombros y comió
también.
Apuró las últimas preciosas gotas de café y preguntó:
—¿Tiene alguna idea de cuál es el propósito de toda esta
mascarada? Deben haberse esforzado muchísimo para producir a este... duplicado
mío. No puede ser un plan de poca monta.
Galeni, que parecía un poco menos pálido gracias a la comida
decente, hizo rodar cuidadosamente la taza entre sus manos.
—Sé lo que me han dicho. No sé si lo que me han dicho es la
verdad.
—Bien, continúe.
—Tiene que comprender que el grupo de mi padre es una facción
radical de la resistencia komarresa. Esos grupos no han hablado entre sí desde
hace años, y ésa es una de las razones por las que nosotros... Seguridad de
Barrayar —una sonrisita irónica asomó a sus labios— los pasamos por alto. El
grupo principal ha estado perdiendo impulso a lo largo de la última década. Los
hijos de los expatriados, sin ningún recuerdo de Komarr, han crecido como
ciudadanos de otros planetas. Y los más viejos han... bueno, han envejecido.
Han muerto. Y como las cosas no están tan mal en casa, no consiguen nuevos
conversos. Su base de poder se reduce drásticamente.
—Comprendo que los radicales se mueran por hacer algún
movimiento. Mientras aún haya una posibilidad —observó Miles.
—Sí. Están en un aprieto. —Galeni aplastó lentamente la taza con
la mano—. Obligados a movimientos desesperados.
—Este parece bastante exótico. Esperar... ¿dieciséis, dieciocho
años? ¿Cómo demonios consiguieron los recursos médicos? ¿Su padre era médico?
Galeni hizo una mueca.
—Ni hablar. La parte médica fue sencilla, aparentemente, una vez
que se apoderaron de las muestras de tejidos robadas en Barrayar. Aunque cómo
lo lograron...
—Me pasé los primeros seis años de mi vida siendo sondado,
examinado, cortado en trocitos, escaneado y convertido en pasto de biopsias
para los médicos. Debe de haber kilos de mí flotando en diversos laboratorios
médicos para elegir, un banquete de tejidos. Eso era sencillo. Pero la
clonación real...
—Fue contratada. A algún oscuro laboratorio médico de Jackson's
Whole, según tengo entendido, dispuesto a hacer cualquier cosa por un precio.
Miles se quedó con la boca abierta.
—Oh. Ellos.
—¿Conoce usted Jackson's Whole?
—He... tenido contacto con su trabajo en otro contexto. Que me
aspen si no puedo nombrar el laboratorio más indicado para hacer algo así. Son
expertos en clonación. Entre otras cosas, realizan intervenciones ilegales de
transplante de cerebro... ilegales en todas partes menos en Jackson's Whole,
claro, donde el joven clon es cultivado en una tina y el viejo cerebro
transferido... el viejo cerebro rico, no hace falta decirlo. Además, um, han
hecho algún trabajito de bioingeniería del que no puedo hablar... sí. Y todo el
tiempo tenían una copia mía en el cuarto trasero. ¡Hijos de puta, esta vez van
a descubrir que no son tan intocables como se creen!
Miles controló su incipiente hiperventilación. La venganza
personal contra Jackson's Whole debía esperar una ocasión mejor.
—Bien. La resistencia komarresa no invirtió más que dinero en el
proyecto durante los primeros diez o quince años. No me extraña que nunca fuera
localizado.
—Sí —dijo Galeni—. Y hace unos años tomaron la decisión de sacar
ese as de la manga. Sacaron de Jackson's Whole al clon terminado, ahora un
joven adolescente, y empezaron a entrenarlo para que fuera usted.
—¿Por qué?
—Parece que quieren hacerse con el Imperio.
—¡¿Qué?! —exclamó Miles—. ¡No! ¡No conmigo!
—Ese... individuo... se plantó aquí mismo —Galeni señaló un
punto cerca de la puerta— hace dos días, y me dijo que estaba mirando al
próximo emperador de Barrayar.
—Tendrían que matar al emperador Gregor y a mi padre para
conseguir una cosa de ese calibre... —empezó a decir Miles frenético.
—Me imagino que es justo lo que van a hacer —contestó Galeni
secamente. Se sentó en su camastro, los ojos brillantes, las manos tras el
cuello para hacer de almohada, y susurró—: Por encima de mi cadáver, por
supuesto.
—De nuestros cadáveres. No se atreverán a dejarnos con vida...
—Creo que mencioné eso ayer.
—Con todo, si algo sale mal —la mirada de Miles se dirigió a la
luz—, les sería de utilidad tener rehenes.
Enunció esta idea con claridad, poniendo énfasis en el plural.
Aunque temía que desde el punto de vista komarrés sólo uno de ellos tuviera
valor como rehén. Galeni no era tonto; también él sabía quién era el chivo
expiatorio.
Maldición, maldición, maldición. Miles se había metido en
aquella trampa, sabiendo que lo era, con la esperanza de conseguir la clase de
información que ahora poseía. Pero no pretendía quedar atrapado. Se frotó la
nuca, completamente frustrado... Qué bueno sería poder llamar a una fuerza de
choque dendarii para que cayera sobre ese... ese nido de rebeldes ahora mismo.
La puerta chasqueó. Era demasiado pronto para almorzar. Miles se
dio la vuelta, esperando durante un descabellado instante encontrarse a la
comandante Quinn que dirigía una patrulla de rescate... no. Eran sólo los dos
payasos otra vez, y había un tercero en la puerta, con un aturdidor.
Uno señaló a Miles.
—Tú. Ven.
—¿Adónde? —preguntó Miles, receloso. ¿Sería ya el fin? ¿Lo
llevarían al subnivel del aparcamiento y le pegarían un tiro o le romperían el
cuello? No estaba dispuesto a caminar voluntariamente hacia su propia
ejecución.
Algo así debió de pensar también Galeni, pues mientras la pareja
agarraba sin miramientos a Miles por los brazos, el capitán saltó hacia ellos.
El del aturdidor lo derribó antes de que hubiera dado dos pasos. Galeni se
revolvió, mostrando los dientes en desesperada resistencia, y luego se quedó
quieto.
Aturdido, Miles dejó que lo sacaran por la puerta. Si le
sobrevenía la muerte, quería al menos estar consciente para escupirle en el ojo
una última vez mientras se cernía sobre él.
9
Para alivio momentáneo de Miles, lo llevaron arriba, no tubo
abajo. No es que no pudieran matarlo perfectamente en cualquier otra parte que
no fuera el subnivel del aparcamiento. A Galeni sí que tendrían que asesinarlo
en el garaje para evitar arrastrar el cuerpo, pero el peso muerto de Miles, por
así decirlo, no representaba la misma carga logística.
La habitación a la que lo empujaron los dos hombres era una
especie de estudio o despacho privado, luminoso a pesar de la ventana
polarizada. Archivos de datos de biblioteca llenaban un estante transparente en
la pared; una comuconsola corriente ocupaba un rincón. El vid de la comuconsola
mostraba una panorámica de la celda de Miles. Galeni todavía yacía aturdido en
el suelo.
El más mayor de los hombres, que parecía a cargo del secuestro
de Miles la noche anterior, estaba sentado en un sofá beige y cromo ante la
ventana oscurecida; examinaba un hipospray que acababa de sacar de una maleta,
abierta a su lado. Bien. Interrogatorio, no ejecución, era el plan. O, en
cualquier caso, interrogatorio previo a la ejecución. A menos que simplemente
pretendieran envenenarlo.
Miles apartó la mirada del deslumbrante hipo mientras el hombre
se movía, volviendo la cabeza para estudiar a Miles con los ojos entornados.
Comprobó la comuconsola un breve instante. Fue una postura inconsciente, una
mano aferrada al borde del asiento, lo que hizo que Miles cayera en la cuenta,
porque el hombre no se parecía gran cosa al capitán Galeni, excepto quizás en
la palidez de su piel. Tendría unos sesenta años. Pelo gris recortado, cara
arrugada; el cuerpo, grueso por la edad, claramente no pertenecía a un
deportista o un atleta. Llevaba ropa terrestre conservadora distanciada una
generación de la de los adolescentes que Miles había visto en los centros
comerciales. Podría haber sido un hombre de negocios o un maestro, cualquier
cosa menos un encallecido terrorista.
Excepto por la terrible tensión. En eso, en el agarrotamiento de
sus manos, la distensión de las aletas de la nariz, el hierro de su boca y el
envaramiento del cuello. Ser Galen y Duv Galeni eran una misma persona.
Galen se levantó y caminó lentamente alrededor de Miles con el
aire de un hombre que estudia la escultura de un artista menor. Miles
permaneció muy quieto, sintiéndose más pequeño que de costumbre con sus
calcetines, la barba de un día y la ropa arrugada. Había llegado por fin al
centro, a la fuente última de la que manaban todos sus problemas de las últimas
semanas. Y el centro era aquel hombre que orbitaba a su alrededor mirándolo con
odio ansioso. O quizá Galen y él eran dos centros, como los extremos de una
elipse, unidos y superpuestos por fin para formar un diabólico círculo
perfecto.
Miles se sintió muy pequeño y muy frágil. Galen podría muy bien
empezar a romperle los brazos con el mismo aire nervioso y ausente con el que
Elli Quinn se mordía las uñas, sólo para liberar la tensión. «¿Me ve acaso? ¿O
soy un objeto, un símbolo que representa al enemigo? ¿Me asesinará por ser una
alegoría?»
—Bien —dijo Ser Galen—. Éste es el verdadero, por fin. No muy
impresionante, para haberse ganado la lealtad de mi hijo. ¿Qué ve en usted? Con
todo, representa muy bien a Barrayar. El hijo monstruoso de un padre
monstruoso, el genotipo moral secreto de Aral Vorkosigan hecho carne para que
todos puedan verlo. Quizás existe algo de justicia en el universo después de
todo.
—Muy poético —susurró Miles—, pero biológicamente inadecuado,
como debe de saber, después de haberme clonado.
Galen sonrió con acritud.
—No insistiré en ello —completó su circuito y se encaró a
Miles—. Supongo que no pudo evitar nacer. ¿Pero por qué no se ha rebelado nunca
contra el monstruo? Lo convirtió en lo que es... —un expansivo gesto con la
mano abierta resumió la hechura retorcida de Miles—. ¿Qué carisma de dictador
posee ese hombre, que es capaz de hipnotizar no sólo a su propio hijo, sino al
de otro? —La figura tendida en la consola vid pareció reflejarse en los ojos de
Galen—. ¿Por qué lo sigue usted? ¿Por qué lo sigue David? ¿Qué corrupto placer
obtiene mi hijo al ponerse un uniforme barrayarés y marchar detrás de
Vorkosigan? —A Galen se le daba muy mal la fingida socarronería; los tonos
subyacentes se retorcieron con angustia.
—Para empezar, mi padre no me ha abandonado nunca en presencia
del enemigo —replicó Miles.
Galen echó la cabeza atrás, extinguida toda pretensión de farsa.
Se giró bruscamente y fue a recoger el hipospray.
Miles maldijo en silencio su propia lengua. En vez de aquel
estúpido impulso de decir la última palabra, de devolver el golpe, bien podría
haber hecho que el hombre siguiera hablando, para descubrir algo. Ahora la
charla, y el descubrimiento, se producirían en sentido inverso.
Los dos guardias lo cogieron por los brazos. El de la izquierda
le subió la manga de la camisa. Aquí venía. Galen presionó el hipospray contra
la vena, en la sangría de Miles: un siseo, un mordisco picante.
—¿Qué es esto? —apenas tuvo tiempo de preguntar Miles. Su propia
voz le sonó desafortunadamente débil y nerviosa.
—Pentarrápida, por supuesto —respondió Galen con tranquilidad.
Miles no se sorprendió, aunque se revolvió interiormente,
sabiendo lo que le esperaba. Había estudiado efectos, farmacología y uso
adecuado de la pentarrápida en el curso de seguridad de la Academia Imperial de
Barrayar. Era la droga preferida para realizar interrogatorios, no sólo en el
servicio imperial, sino en toda la galaxia. El suero de la verdad casi
perfecto, irresistible, inofensivo para el sujeto incluso en dosis repetidas,
excepto para los pocos desafortunados que tenían alergia natural o inducida a
la droga. Miles nunca había sido considerado candidato para esta última
condición, ya que su persona se consideraba más valiosa que ninguna información
secreta que contuviera. Otros agentes de espionaje no tenían tanta suerte. El
shock anafiláctico era una muerte aún menos heroica que la cámara de
desintegración normalmente reservada para los espías convictos.
Desesperado, Miles esperó a que la droga actuase. El almirante
Naismith había sido sometido a más de un interrogatorio con pentarrápida. La
droga arrastraba toda sensatez al mar en una riada de benigna buena voluntad y
risitas caritativas. Como un gato en su cesta. Era muy divertido de ver... si
se trataba de otra persona. En unos instantes se vería reducido a la completa
idiotez.
Era inquietante que el resuelto capitán Galeni hubiera sido
reducido tan vergonzosamente. Cuatro veces, había dicho. No era extraño que
estuviera nervioso.
Miles se notaba el corazón desbocado, como por una sobredosis de
cafeína. Su visión se agudizó hasta un extremo casi doloroso. Los bordes de
cada objeto de la habitación se destacaron, se volvieron palpables para sus
sentidos exacerbados. Galen, de pie junto a la ventana, era un diagrama
viviente, eléctrico y peligroso, cargado de letal voltaje, a la espera de una
descarga liberadora.
No, no era agradable.
Había entrado en estado de shock.. Miles inspiró por última vez.
Sí que se sorprendería su interrogador...
Pero para su propia sorpresa, siguió jadeando. No se trataba de
un shock anafiláctico, entonces. Sólo otra de sus malditas reacciones a las
drogas. Deseó que la pentarrápida no le provocara alucinaciones espectrales
como aquel maldito sedante que le habían dado una vez. Quiso gritar. Sus ojos
se esforzaron para seguir el más mínimo movimiento de Galen.
Uno de los guardias empujó una silla y lo obligó a sentarse.
Miles cayó sobre ella agradecido, temblando de un modo incontrolado. Sus
pensamientos parecieron explotar en fragmentos y reconstruirse, como fuegos
artificiales que avanzaran y retrocedieran en un vid. Galen le miró con el ceño
fruncido.
—Describa los procedimientos de seguridad para entrar y salir de
la Embajada barrayaresa.
Sin duda ya habrían arrancado esa información básica al capitán
Galeni. Debía de ser una simple pregunta para comprobar los efectos de la
pentarrápida.
—... de la pentarrápida —se oyó Miles decir, haciéndose eco de
sus pensamientos. Oh, demonios. Esperaba que su extraña reacción a la droga
incluyera la habilidad de resistirse a expulsar los sesos por la boca.
—... qué imagen tan repulsiva...
Bajó la cabeza y miró el suelo ante sus pies, como si viera una
pila de sesos ensangrentados vomitados allí.
Ser Galen avanzó, lo cogió por el pelo y repitió entre dientes:
—¡Describa los procedimientos de seguridad para entrar y salir
de la embajada barrayaresa!
—El sargento Barth está al cargo —empezó Miles impulsivamente—.
Matón molesto. Ningún savoir faire en absoluto, y un coñazo además...
Incapaz de detenerse, Miles escupió no sólo códigos, claves y
perímetros de escáneres, sino también esquemas de personal, sus opiniones
privadas acerca de todos y cada uno de los individuos y una enconada crítica a
los defectos de la red de seguridad. Una idea disparaba la otra y luego la
siguiente en una explosiva cadena, como una traca de fuegos artificiales. No
podía pararse. Farfullaba.
No sólo él no conseguía parar, tampoco Galen. Los prisioneros
tratados con pentarrápida tendían a desviarse del tema con asociaciones libres
a menos que sus interrogadores los mantuvieran controlados con pistas
frecuentes. Miles se encontró haciendo lo mismo a toda velocidad. Las víctimas
normales se detenían en seco con una palabra, pero Miles sólo se detuvo cuando
Galen lo golpeó con fuerza y repetidamente en la cara, gritándole que se
callara; se quedó sentado, jadeando.
La tortura no formaba parte de los interrogatorios con
pentarrápida porque los sujetos eran felizmente inmunes a ella. Para Miles el
dolor latía dentro y fuera, apartado y distante un momento, inundando a
continuación su cuerpo y rebulléndose en su mente como un estallido de
estática. Para su propio horror, empezó a llorar. Entonces se detuvo con un
súbito hipido.
Galen se quedó mirándolo con desagrado y fascinación.
—No va bien —murmuró uno de los guardias—. No debería ser así.
¿Está resistiéndose a la pentarrápida con algún tipo de condicionamiento nuevo?
—No se resiste a ella —puntualizó Galen. Comprobó su crono de
muñeca—. No retiene ninguna información. Está dando más de la cuenta.
Demasiada.
La comuconsola empezó a trinar insistentemente.
—Yo la atenderé —se ofreció Miles—. Probablemente es para mí.
Se levantó del asiento, se le doblaron las rodillas y cayó de
bruces sobre la alfombra, que le hizo cosquillas en la mejilla hinchada. Los
dos guardias lo levantaron y volvieron a colocarlo en la silla. La habitación
trazó un lento círculo a su alrededor. Galen atendió la comuconsola.
—Informando —la propia voz de Miles en su encarnación
barrayaresa sonó desde el vid.
La cara del clon no le resultaba tan familiar a Miles como la
que se afeitaba diariamente ante el espejo.
—Tiene que hacerse la raya en el otro lado si quiere ser yo
—comentó Miles a nadie en particular—. No, no es...
Nadie le estaba escuchando, de todas formas. Miles reflexionó
sobre ángulos de incidencia y ángulos de reflejo, sus pensamientos rebotando a
la velocidad de la luz entre las paredes de espejo de su cráneo vacío.
—¿Cómo va? —Galen se asomó ansioso a la comuconsola.
—Casi lo fastidió todo en los primeros cinco minutos, anoche. El
dendarii conductor del coche resultó ser el maldito primo —la voz del clon era
baja e intensa—. Por suerte, conseguí que mi primer error fuera considerado una
broma. Pero me tienen en la misma habitación que el hijo de puta. Y ronca.
—Cierto —comentó Miles, sin que se lo preguntara nadie—. Para
diversión de verdad, espera a que empiece a hacer el amor en sueños. Maldición,
ojalá tuviera yo sueños como los de Ivan. Lo único que sufro son pesadillas...
jugar al polo desnudo contra un montón de cetagandanos con la cabeza cortada
del teniente Murka como balón. Gritaba cada vez que marcaba gol. Rebotaba y se
enganchaba... —las palabras de Miles se perdieron, puesto que continuaron
ignorándolo.
—Tendrás que tratar con todo tipo de personas que lo conocieron,
antes de que esto se acabe —dijo Galen ásperamente—. Pero si logras engañar a
Vorpatril, engañarás a cualquiera...
—Podrás engañar a todo el mundo alguna vez —canturreó Miles—, y
a algunas personas todas las veces, y podrás engañar a Ivan siempre que
quieras. No presta atención.
Galen lo miró, irritado.
—La embajada es un microcosmos perfectamente aislado —continuó,
dirigiéndose al vid—. Antes de que salgas al ruedo mayor de Barrayar, la
presencia de Vorpatril nos proporciona una oportunidad de prácticas única. Si
te descubre, encontraremos algún medio de eliminarlo.
—Mm —el clon no parecía muy satisfecho—. Antes de que
empezáramos, creí que habíais conseguido atiborrarme la cabeza de todo
conocimiento posible sobre Miles Vorkosigan. En el último minuto descubren que
ha estado llevando una doble vida todo este tiempo... ¿qué más se les ha pasado
por alto?
—Miles, hemos hablado de eso...
Miles advirtió con un sobresalto que Galen llamaba al clon por
su nombre. ¿Tan concienzudamente había sido acondicionado para aquel papel que
no tenía un nombre propio? Qué extraño...
—Sabíamos que habría lagunas en las que tendrías que improvisar.
Pero nunca tendremos una oportunidad mejor que esta visita suya a la Tierra.
Mejor que esperar otros seis meses y tratar de actuar en Barrayar. No. Es ahora
o nunca.
Galen tomó aliento. Se tranquilizó.
—Bien. Superaste esta noche.
El clon hizo una mueca.
—Sí, si no contamos que a punto estuve de ser estrangulado por
un maldito abrigo de piel animado.
—¿Qué? Oh, la piel viviente. ¿No se la dio a la mujer?
—Evidentemente, no. Casi me meé encima antes de darme cuenta de
lo que era. Desperté al primo.
—¿Sospechó algo? —preguntó Galen, nervioso.
—Lo tomó por una pesadilla. Parece que Vorkosigan las tiene muy
a menudo.
Miles asintió sabiamente.
—Es lo que les decía. Cabezas cortadas... huesos rotos...
parientes mutilados... alteraciones inusitadas en partes importantes de mi
cuerpo...
La droga parecía estar surtiendo algún tipo de extraño efecto
memorístico, lo cual hacía en parte que la pentarrápida fuera tan efectiva en
los interrogatorios, sin duda. Sus sueños recientes acudían a él con mucha más
claridad de lo que los recordaba conscientemente. En el fondo, se alegraba de
tender a olvidarlos.
—¿Dijo algo Vorpatril sobre el tema por la mañana?
—No. Yo no hablo mucho.
—Eso no es propio de mí —observó Miles, solícito.
—Finjo estar pasando por un episodio leve de una de esas
depresiones de las que habla su informe psíquico... ¿quién habla, por cierto?
—El clon giró la cabeza.
—El propio Vorkosigan. Le hemos dado pentarrápida.
—Ah, bien. Llevo toda la mañana recibiendo llamadas por un
enlace seguro. Sus mercenarios piden órdenes.
—Acordamos que evitarías a los mercenarios.
—Bien, díselo a ellos.
—¿Cuánto tardarás en tener las órdenes que te saquen de la
embajada y te envíen de vuelta a Barrayar?
—No lo suficientemente pronto para evitar a los dendarii por
completo. Se lo comenté al embajador, pero parece que Vorkosigan está encargado
de la búsqueda del capitán Galeni. Creo que le sorprendió que yo quisiera
marcharme, así que me eché atrás. ¿Ha cambiado ya el capitán de opinión?
¿Colaborará? Si no, tendrás que generar mis órdenes de regreso a casa desde
allí y deslizarlas con el correo o algo por el estilo.
Galen vaciló visiblemente.
—Veré qué puedo hacer. Mientras tanto, sigue intentándolo.
«¿No sabe Galen que sabemos que el correo está implicado?»,
pensó Miles con un destello de lucidez casi normal. Consiguió mantener la
vocalización en un murmullo.
—De acuerdo. Bueno, me prometiste que lo mantendrías con vida
para hacerle preguntas hasta que me marchara, así que ahí va una. ¿Quién es la
teniente Bone, y qué se supone que tiene que hacer con el superávit de la
Triumph? No dijo de qué había sobrantes.
Uno de los guardias pinchó a Miles.
—Contesta a la pregunta.
Miles luchó por conseguir claridad de pensamiento y expresión.
—Es la contable de mi flota. Supongo que debería invertirlo en
su cuenta y jugar como de costumbre. Es un superávit de dinero —se vio obligado
a explicar, entonces chasqueó la lengua con pesar—. Temporal, estoy seguro.
—¿Valdrá eso? —preguntó Galen.
—Creo que sí. Le dije que era una oficial experimentada y que
actuara a su discreción, y pareció marcharse satisfecha, pero me preguntaba qué
le había ordenado. Muy bien, la siguiente. ¿Quién es Rosalie Crew, y por qué
demanda al almirante Naismith por medio millón de créditos federales de la GSA?
—¿Quién? —boqueó Miles, con sincero asombro, cuando el guardia
volvió a pincharlo—. ¿Qué?
Miles era incapaz de traducir medio millón de créditos GSA a
marcos imperiales barrayareses en su cabeza confundida por la droga en otra
cosa que no fueran «montones y montones y montones». Durante un momento, la
asociación del nombre permaneció bloqueada. Luego cayó en la cuenta.
—Dioses, es esa pobre empleada de la licorería. La salvé del
incendio. ¿Pero por qué me demanda a mí? ¿Por qué no demanda a Danio, que le
quemó la tienda...? Claro, está sin blanca...
—¿Pero qué hago al respecto? —preguntó el clon.
—Querías ser yo —dijo Miles con voz áspera—, resuélvelo tú.
Sus procesos mentales actuaron de todas formas.
—Amenázala con una contrademanda por daños médicos. Creo que me
torcí la espalda al levantarla. Todavía me duele...
Galen no dio importancia al tema.
—Ignóralo —instruyó—. Estarás fuera de allí antes de que pase
nada.
—Muy bien —dijo el clon de Miles, dubitativo.
—¿Y cargarles el muerto a los dendarii? —protestó Miles,
furioso. Cerró los ojos, tratando desesperadamente de pensar mientras la
habitación se estremecía—. Pero, por supuesto, no te importan nada los
dendarii, ¿verdad? ¡Tienen que importarte! Ponen sus vidas en peligro por ti...
por mí... no está bien. Los traicionarás, como si nada, sin pensarlo siquiera,
apenas sabes lo que son...
—Cierto —suspiró el clon— y, hablando de lo que son, ¿cuál es su
relación con esa comandante Quinn? ¿Habéis decidido finalmente si se la estaba
tirando, o no?
—Sólo somos buenos amigos —canturreó Miles, y se echó a reír
histérico. Saltó hacia la comuconsola (los guardias intentaron agarrarlo y
fallaron) y, tras subirse a la mesa, se asomó al vid—. ¡Apártate de ella,
pequeño mierda! Ella es mía, lo oyes, mía, toda mía... Quinn, Quinn, hermosa
Quinn, Quinn de la noche, hermosa Quinn —cantó desafinando mientras los
guardias lo arrastraban. Los golpes le hicieron guardar silencio.
—Creía que le habíais administrado pentarrápida —le dijo el clon
a Galen.
—Así es.
—¡Pues no lo parece!
—Sí. Pasa algo raro. Sin embargo, se supone que no ha sido
condicionado... Empiezo a dudar seriamente de la utilidad de mantenerlo con
vida como fuente de información si no podemos confiar en sus respuestas.
—Magnífico —rezongó el clon. Miró por encima del hombro—. Tengo
que irme. Informaré de nuevo esta noche. Si todavía estoy vivo.
Se desvaneció con un pitido irritado.
Galen acosó a Miles con una lista de preguntas: sobre el cuartel
general imperial de Barrayar; sobre el emperador Gregor; sobre las actividades
habituales de Miles cuando estaba destinado en la capital de Barrayar, Vorbarr
Sultana; y, con insistencia, sobre los mercenarios dendarii. Miles,
rebulléndose, contestó y contestó y contestó, incapaz de detener su rápido
parloteo. Pero a la mitad se topó con un verso y acabó recitando todo el
soneto. Los bofetones de Galen no pudieron desviarlo; las cadenas de asociación
eran demasiado fuertes para romperlas. Después de eso consiguió esquivar el
interrogatorio repetidamente. Las obras de metro y rima fuertes funcionaban
mejor; los malos versos, las canciones obscenas de farra dendarii, todo lo que
pudiera disparar una palabra o frase casual de sus captores. Su memoria parecía
fenomenal. El rostro de Galen se ensombreció de frustración.
—A este paso estaremos aquí hasta el próximo invierno —dijo
disgustado uno de los guardias.
Los labios ensangrentados de Miles esbozaron una sonrisa
maniática.
—«Ahora es el invierno de nuestro descontento —gimió—, vuelto
glorioso verano por este sol de York...»
Habían pasado años desde que memorizara la antigua obra, pero
los sugestivos pentámetros yámbicos lo llevaron implacables de la mano. Aparte
de golpearlo hasta dejarlo inconsciente, no parecía que Galen pudiera hacer
nada por desconectarlo. Miles ni siquiera había llegado al final del Acto I
cuando los dos guardias lo arrastraron de vuelta al tubo elevador y lo
arrojaron a su prisión.
Una vez allí, sus aceleradas neuronas lo impulsaron de pared a
pared, caminando y recitando, dando saltos arriba y abajo en el camastro en los
momentos adecuados, adoptando todos los papeles femeninos con un agudo falsete.
Llegó hasta el último amén antes de desplomarse en el suelo y quedarse allí
jadeando.
El capitán Galeni, que llevaba una hora acurrucado en un rincón
de su camastro protegiéndose los oídos con las manos, alzó la cabeza con
cautela.
—¿Ha terminado ya? —preguntó suavemente.
Miles se tendió de espaldas y miró aturdido la luz del techo.
—Tres hurras por la cultura... estoy mareado.
—No me extraña —el propio Galeni, pálido, parecía enfermo;
seguía tembloroso por los efectos del aturdidor—. ¿Qué ha sido eso?
—¿La obra, o la droga?
—Reconozco la obra, gracias. ¿Qué droga ha sido?
—Pentarrápida.
—Está bromeando.
—Para nada. Tengo varias reacciones extrañas a los medicamentos.
Hay toda una gama de sedantes que no puedo tocar. Al parecer, la pentarrápida
está relacionada.
—¡Qué buena suerte!
«Dudo seriamente de la utilidad de mantenerlo con vida...»
—No lo creo —dijo Miles, distante. Se puso en pie, se abalanzó
hacia el cuarto de baño, vomitó y se desmayó.
Despertó con la fija mirada de la luz acuchillando sus ojos, y
se pasó un brazo por la cara para anularla. Alguien (¿Galeni?) le había
arrastrado de vuelta al camastro. Galeni estaba ahora dormido al otro lado de
la habitación, respirando pesadamente. Una comida, fría y olvidada, esperaba en
un plato situado en el extremo del camastro de Miles. Debía ser de madrugada.
Contempló inquieto la comida, luego la apartó de su vista, bajo la cama. El
tiempo se estiró inexorable mientras se agitaba, se volvía, se sentaba, se
tumbaba, dolorido y mareado. Imposible escapar ni siquiera en sueños.
A la mañana siguiente, después del desayuno, vinieron y se
llevaron no a Miles, sino a Galeni. El capitán salió con una expresión de
sombrío disgusto en los ojos. Desde el pasillo llegaron los sonidos de un
violento altercado: Galeni intentando que lo aturdieran; una manera draconiana
pero sin duda efectiva de evitar el interrogatorio. No tuvo éxito. Sus captores
lo devolvieron a la celda, riendo como un loco, después de una sesión
maratoniana.
Yació fláccido en la cama durante aproximadamente otra hora
antes de sumirse en un sueño inquieto. Miles resistió amablemente la
oportunidad de aprovecharse de los efectos residuales de la droga para
plantearle unas cuantas preguntas propias. Lástima, los sujetos sometidos a la
pentarrápida recordaban sus experiencias. Miles estaba bastante seguro de que
una de las motivaciones personales de Galeni se hallaba en la palabra clave
traición.
Galeni regresó por fin a una pastosa pero fría consciencia,
sintiéndose enfermo. La resaca de la pentarrápida era una experiencia
enormemente desagradable. En eso, la respuesta de Miles a la droga era la
habitual. Se estremeció cuando Galeni hizo su viaje al cuarto de baño.
Regresó y se sentó pesadamente en el camastro. Sus ojos se
posaron en el plato frío de la cena; lo apartó dubitativo con un dedo.
—¿Quiere usted esto? —le preguntó a Miles.
—No, gracias.
—Mm —Galeni quitó el plato de la vista, colocándolo bajo la
cama, y se sentó, agotado.
—¿Qué buscaban en su interrogatorio? —Miles volvió la cabeza
hacia la puerta.
—Esta vez, historia personal, principalmente.
Galeni se miró los calcetines, que se estaban quedando tiesos de
tan sucios. Sin embargo, Miles no estaba seguro de que viera lo que estaba
mirando.
—Parece tener dificultades para comprender que yo hablaba en
serio. Al parecer estaba verdaderamente convencido de que sólo tenía que
aparecer, silbar y tenerme corriendo a sus talones como lo hacía a mis catorce
años. Como si el peso de toda mi vida adulta no contara para nada. Como si me
hubiera puesto este uniforme de broma, o por desesperación o confusión... todo
menos por una decisión razonada y de principios.
No había necesidad de preguntar a quién se refería. Miles sonrió
con amargura.
—¿Qué, no fue por las botas de caña?
—Me dejé deslumbrar por los oropeles del neofascismo —le informó
Galeni suavemente.
—¿Así es como lo definió? Es feudalismo, por cierto, no fascismo
(aparte de algunos experimentos en centralización del difunto emperador Ezar
Vorbarra). El deslumbrante oropel del neo-feudalismo, se lo aseguro.
—Conozco perfectamente los principios del Gobierno barrayarés,
gracias —observó Galeni.
—Da igual —murmuró Miles—. Todo se ha ido consiguiendo sobre la
marcha, ya sabe.
—Sí, lo sé. Me alegra saber que no es un analfabeto histórico
como el oficial medio de hoy en día.
—Bueno... —dijo Miles—, si no fue por los galones dorados y las
botas brillantes, ¿por qué está usted con nosotros?
—Oh, claro. —Galeni dirigió la mirada hacia la luz—. Siento un
sádico placer psicosexual siendo un matón, un hampón y un gallito. Es una
búsqueda de poder.
—Hola —le saludó Miles desde el otro lado de la habitación—,
hable conmigo, no con él, ¿vale? Ya ha tenido su turno.
—Mm —Galeni se cruzó de brazos, sombrío—. En cierto modo,
supongo que es verdad. Busco el poder. O lo buscaba.
—Por si sirve de algo, eso no es ningún secreto para el Alto
Mando de Barrayar.
—Ni para ningún barrayarés, aunque por lo visto la gente de
fuera de su sociedad lo pasa siempre por alto. ¿Cómo imaginan que una sociedad
de castas aparentemente tan rígida ha soportado sin desintegrarse las
increíbles tensiones de este siglo desde el final de la Era del Aislamiento? En
cierto modo, el servicio imperial ha sido algo que tiene la misma función
social que la Iglesia medieval aquí en la Tierra: una válvula de seguridad. A
través del servicio, todo aquel que tenga talento puede superar sus orígenes de
casta. Veinte años de servicio imperial, y salen siendo a todos los efectos Vor
honorarios. Los nombres puede que no hayan cambiado desde la época de Dorca
Vorbarra, cuando los Vor eran una casta cerrada de matones a caballo...
Miles sonrió al oír la descripción de la generación de su
abuelo.
—... pero la sustancia se ha alterado hasta lo irreconocible. Y
sin embargo, durante todo este tiempo los Vor han conseguido, de forma
desesperada, aferrarse a ciertos principios vitales de servicio y sacrificio.
Al conocimiento de que es posible, para un hombre que no quiere detenerse y
agacharse, correr calle abajo con la oportunidad de dar... —Se detuvo en seco y
se aclaró la garganta, ruborizado—. Mi tesis doctoral, ¿sabe? El servicio
imperial barrayarés, un siglo de cambio.
—Ya veo.
—Quería servir a Komarr...
—Como su padre antes que usted —terminó Miles.
Galeni alzó bruscamente la mirada, sospechando sarcasmo, pero
sólo encontró en sus ojos, confió Miles, ironía compasiva.
Galeni abrió la mano en un breve gesto de acuerdo y de
comprensión.
—Sí. Y no. Ninguno de los cadetes que entraron en el servicio
cuando lo hice yo han visto todavía una guerra. Yo la vi desde la calle...
—Sospechaba que estaba usted más íntimamente relacionado con la
Revuelta komarresa de lo que revelan los informes de seguridad —observó Miles.
—Como aprendiz reclutado por mi padre —confirmó Galeni—. Algunas
incursiones nocturnas, misiones de sabotaje... era bajo para mi edad. Hay
lugares en los que un niño puede meterse como si jugara, mientras que un adulto
es detenido. Antes de cumplir catorce años había ayudado a matar hombres... No
abrigo ninguna ilusión sobre las gloriosas tropas imperiales durante la
Revuelta de Komarr. Vi a hombres que llevaban este uniforme —se pasó un dedo
por los pantalones verdes— hacer cosas vergonzosas. Por furia o miedo, por
frustración o desesperación, a veces sólo por mala fe. Pero no vi que hubiera
ninguna diferencia palpable para los cadáveres, para la gente corriente pillada
en el fuego cruzado, ya resultaran quemados con el fuego de plasma de los
malvados invasores o volados en pedazos por las implosiones gravitatorias de
los buenos patriotas. ¿Libertad? Difícilmente podemos pretender que Komarr
fuera una democracia antes de que llegaran los barrayareses. Mi padre decía que
Barrayar había destruido Komarr, pero cuando yo miraba alrededor, Komarr seguía
allí.
—No se pueden cobrar impuestos a una tierra yerma —murmuró
Miles.
—Una vez vi a una niña pequeña... —se detuvo, se mordió los
labios, continuó—: Lo que sí constituye una diferencia palpable es que no haya
guerra. Yo pretendo, pretendía, crear esa diferencia palpable. Una carrera en
el servicio, un retiro honorable, subir hasta ocupar un cargo ministerial...
luego pasar a las filas del lado civil, luego...
—¿El virreinato de Komarr? —sugirió Miles.
—Esa pretensión sería un poco megalomaníaca —dijo Galeni—. Un
nombramiento en el personal, desde luego —su mirada se apagó de manera visible
mientras contemplaba la celda y arrugó los labios en una risa silenciosa,
autodespectiva—. Mi padre, por otro lado, quiere venganza. La dominación
extranjera de Komarr no es sólo un abuso, sino intrínsecamente maligna por
principio. Tratar de convertirla en no extranjera por integración no es un
compromiso, es colaboración, capitulación. Los revolucionarios komarreses murieron
por mis pecados. Y así una y otra vez. Una y otra vez.
—Entonces, sigue intentando persuadirle para que se pase a su
bando.
—Oh, sí. Creo que seguirá hablando hasta que apriete el gatillo.
—No es que le esté pidiendo, um, que sacrifique sus principios
ni nada por el estilo, pero la verdad es que no creo que cometiera ningún
pecado extra si usted, digamos, suplica por su vida. «El que lucha y huye vive
para luchar otro día», y todo eso.
Galeni sacudió la cabeza.
—Precisamente por esa lógica no puedo rendirme. No voy a hacerlo
porque no puedo. Si diera marcha atrás, él lo haría también, y se vería
obligado a razonar que habría que matarme igual que ahora finge razonar lo
contrario. Ya ha sacrificado a mi hermano. En cierto sentido, la muerte de mi
madre fue consecuencia de esa pérdida, y de otras que le infligió en nombre de
la causa. Supongo que eso hace que todo parezca muy edípico —añadió, en un
destello de reflexión—, pero... la angustia de tomar las decisiones difíciles
siempre ha atraído su alma romántica.
Miles sacudió la cabeza.
—Admito que conoce usted al hombre mejor que yo. Y sin
embargo... bueno, la gente siente fascinación por las elecciones difíciles, y
deja de buscar alternativas. La voluntad de ser estúpido es una fuerza muy
poderosa...
Esto provocó una risita de Galeni, y una mirada pensativa.
—... pero siempre hay alternativas. Sin duda es más importante
ser leal a una persona que a un principio.
Galeni alzó las cejas.
—Supongo que eso no debería sorprenderme, viniendo de un
barrayarés. De una sociedad que tradicionalmente se organiza por juramentos
internos de lealtad en vez de un marco externo de ley abstracta... ¿es debido a
la política de su padre?
Miles se aclaró la garganta.
—A la teología de mi madre, en realidad. Desde dos puntos de
partida completamente distintos llegan a esta extraña intersección en sus
puntos de vista. La teoría de ella es que los principios vienen y van, pero que
las almas humanas son inmortales, y que por tanto hay que decantarse hacia lo
importante. Mi madre tiende a ser enormemente lógica. Es betana, ya sabe.
Galeni se adelantó con interés, las manos relajadas sobre las
rodillas.
—Me sorprende que su madre haya tenido algo que ver con su
educación. La sociedad barrayaresa tiende a ser tan, er, radicalmente
patriarcal... Y la condesa Vorkosigan tiene fama de ser la más invisible de las
esposas políticas.
—Sí, invisible —reconoció Miles alegremente—, como el aire. Si
desapareciera uno apenas se daría cuenta. Hasta la próxima vez en que hubiera
que respirar.
Reprimió un arrebato de añoranza de casa y un temor atroz... «si
no regreso esta vez...».
Galeni sonrió, amablemente incrédulo.
—Es difícil imaginarse al gran almirante claudicando ante, ah,
presiones matrimoniales.
Miles se encogió de hombros.
—Cede ante la lógica. Mi madre es una de las pocas personas que
conozco que casi ha conquistado por completo la voluntad de ser estúpido
—frunció el ceño, introspectivo—. Su padre es un hombre bastante inteligente,
¿no? Quiero decir, dadas sus premisas. Ha eludido a Seguridad, ha podido
preparar al menos unos cuantos planes de acción temporalmente efectivos, tiene
seguidores, es sin duda persistente...
—Sí, supongo que sí.
—Mm.
—¿Qué?
—Bueno... hay algo en todo este asunto que me molesta.
—¡Yo diría que mucho!
—No personalmente. Lógicamente. En abstracto. Como plan, hay
algo que no encaja desde mi punto de vista. Claro que es un lío: hay que correr
riesgos, siempre pasa cuando tienes que convertir un plan en acción. Pero por
encima de todo están los problemas prácticos. Algo intrínsecamente retorcido.
—Es atrevido. Pero si tiene éxito, lo conseguirá todo. Si su
clon toma el imperio, se plantará en el centro de la estructura de poder
barrayaresa. Lo controlará todo. Poder absoluto.
—Chorradas —dijo Miles.
Galeni alzó las cejas.
—El hecho de que el sistema de comprobaciones y equilibrios de
Barrayar no esté escrito no significa que no exista. Debe usted saber que el
poder del Emperador no consiste más que en la cooperación de los militares, los
condes, los ministros, el pueblo en general. A los emperadores que no cumplen
su función al gusto de todos estos grupos les suceden cosas terribles. El
desmembramiento del loco emperador Yuri no fue hace mucho tiempo. Mi padre
estuvo presente en aquella sangrienta ejecución, cuando era niño. ¡Y la gente
se pregunta todavía por qué nunca ha intentado tomar el Imperio para sí!
»Así he aquí que tenemos el cuadro de esa imitación mía,
pretendiendo hacerse con el trono de un sangriento golpe, y eso seguido por una
rápida transferencia de poder y privilegios a Komarr, digamos que incluso con
la concesión de su independencia. ¿Resultados?
—Continúe —dijo Galeni, fascinado.
—Los militares se sentirán ofendidos, porque estaré tirando por
la borda sus victorias tan duramente conseguidas. Los condes se ofenderán,
porque me habré alzado por encima de ellos. Los ministros se ofenderán, porque
la pérdida de Komarr como fuente de impuestos y nexo comercial reducirá su
poder. El pueblo se ofenderá por todos estos motivos más el hecho de que a sus
ojos soy un mutante físicamente sucio según la tradición de Barrayar. El
infanticidio por defectos de nacimiento obvios sigue realizándose en secreto en
el campo, a pesar de que hace cuatro décadas de su prohibición, ¿lo sabía? Si
se le ocurre algo más desagradable que ser desmembrado vivo, bueno, ese pobre
clon va de cabeza a ello. Ni siquiera estoy seguro de que yo pudiera asaltar el
Imperio y sobrevivir, incluso sin las complicaciones komarresas. Y ese chico
sólo tiene... ¿cuántos, diecisiete, dieciocho años? Es un plan estúpido. O...
—¿O?
—O es algún otro plan.
—Mm.
—Además —dijo Miles más despacio—, ¿por qué Ser Galen, que si no
he interpretado mal odia a mi padre más que ama a nadie... por qué iba a
tomarse todas estas molestias para poner sangre Vorkosigan en el trono imperial
de Barrayar? Es una venganza de lo más oscuro. ¿Y cómo, si por algún milagro
logra que el muchacho consiga el poder, se propone entonces controlarlo?
—¿Condicionamiento? —sugirió Galeni—. ¿La amenaza de
descubrirlo?
—Mm, tal vez.
Llegados a esta situación, Miles guardó silencio. Pasado un buen
rato, volvió a hablar.
—Creo que el auténtico plan es mucho más sencillo e inteligente.
Pretende soltar al clon en medio de la pugna de poder sólo para crear el caos
en Barrayar. Los resultados de esa pugna son irrelevantes. El clon no es más
que un peón. Hay prevista una revuelta en Komarr para que coincida con el
momento de máximo clamor en Barrayar, cuanto más sangrienta mejor. Debe de
tener un aliado en el entramado preparado para intervenir con suficientes
fuerzas militares y bloquear la salida del agujero de gusano de Barrayar. Dios,
espero que no haya hecho un pacto diabólico con los cetagandanos.
—Intercambiar una ocupación barrayaresa por una cetagandana me
parece un movimiento demasiado tonto... sin duda no está tan loco. ¿Pero qué le
ocurrirá a su carísimo clon? —dijo Galeni, siguiendo los hilos.
Miles sonrió, maligno.
—A Ser Galen no le importa. Es sólo un medio para lograr un fin
—abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir—. Excepto que... no paro de oír
mentalmente la voz de mi madre. De ahí es de donde saqué ese perfecto acento
betano, ¿sabe?, el que uso para el almirante Naismith. La oigo ahora mismo.
—¿Y qué es lo que dice? —las cejas de Galeni se alzaron,
divertidas.
—«Miles —dice—, ¿qué has hecho con tu hermano pequeño?»
—¡Pero el clon no lo es! —rió Galeni.
—Al contrario, según la ley betana mi clon es exactamente eso.
—Una locura —Galeni se detuvo—. Su madre no esperaría que
cuidara de esa criatura.
—Oh, sí, claro que lo haría —suspiró Miles, sombrío. Un nudo de
silencioso pánico se convirtió en un bulto en su pecho. Complejo, demasiado
complejo...
—¿Y ésa es la mujer que, según usted, está detrás del hombre que
está detrás del Imperio barrayarés? No lo comprendo. El conde Vorkosigan es el
más pragmático de los políticos. Mire todo el esquema de integración komarrés.
—Sí —dijo Miles cordialmente—. Mírelo.
Galeni le dirigió una mirada recelosa.
—Personas antes que principios, ¿eh? —dijo lentamente por fin.
—Ajá.
Galeni se sentó cansinamente en su camastro. Poco después,
murmuró:
—Mi padre fue siempre un hombre de grandes... principios.
10
A cada minuto que pasaba las posibilidades de ser rescatados
parecían más remotas. Pasado un tiempo, les entregaron otra comida con aspecto
de desayuno, lo cual indicaba, si semejante reloj era digno de confianza, que
para Miles era el tercer día de encierro. Al parecer el clon no había cometido
ningún error inmediato y obvio que revelara su verdadera naturaleza a Ivan o
Elli. Y si era capaz de engañar a Ivan y Elli, podría engañar a cualquiera.
Miles se estremeció.
Inhaló profundamente, se levantó del camastro y se puso a
realizar una serie de ejercicios con intención de expulsar de su cerebro los residuos
de la droga. Galeni, hundido esa mañana en una desagradable mezcla de resaca,
depresión y furia impotente, se quedó acostado y lo observó sin hacer ningún
comentario.
Resoplando, sudoroso y mareado, Miles recorrió la celda para
refrescarse. El lugar empezaba a apestar, y eso lo empeoraba. Sin demasiadas
esperanzas, entró en el cuarto de baño y trató de atascar el desagüe. Como
sospechaba, el mismo sistema sensor que conectaba el agua al pasar la mano la
desconectaba antes de que hubiera una inundación. El inodoro funcionaba de la
misma forma. Y aunque por algún milagro consiguiera que sus captores abrieran
la puerta, Galeni había demostrado las pocas posibilidades que tenían de luchar
contra sus aturdidores.
No. Su único punto de contacto con el enemigo se hallaba en el
caudal de información que esperaban sacarle. Después de todo, era la única
razón por la que seguía con vida. Tal como estaban las cosas, era algo
potencialmente muy poderoso. Sabotaje informativo. Si el clon no iba a cometer
errores por su cuenta, quizá necesitara un pequeño empujoncito. ¿Pero cómo lo
conseguiría Miles, atiborrado de pentarrápida? Podría plantarse en el centro de
la celda y hacer confidencias falsas al plafón de la luz, como si hablara con
el capitán Galeni, pero no esperaba que se las tomaran en serio.
Estaba sentado en el camastro mirándose los pies helados (se
había quitado los calcetines húmedos para ponerlos a secar) cuando se abrió la
puerta. Dos guardias con aturdidores. Uno apuntó a Galeni, que lo miró sin
moverse. El dedo del guardia permanecía tenso sobre el gatillo; ninguna
vacilación por su parte. Hoy no necesitaban a Galeni consciente. El otro hizo
un gesto a Miles. Si el capitán iba a ser aturdido instantáneamente, no tenía
mucho sentido que Miles atacara unilateralmente a los guardias; suspiró,
obedeció y salió al pasillo.
Miles resopló, sorprendido. El clon le esperaba, mirándolo con
ojos devoradores.
El álter Miles iba vestido con su uniforme de almirante
dendarii. Le sentaba perfectamente, hasta las botas de combate.
Sin perder ni un segundo, el clon ordenó a los guardias que
escoltaran a Miles hasta el estudio. Esta vez lo ataron firmemente a una silla
en el centro de la habitación. Interesante, Galen no estaba allí.
—Esperad fuera —dijo el clon a los guardias.
Éstos se miraron, se encogieron de hombros y obedecieron
llevándose un par de sillas acolchadas para estar cómodos.
El silencio que se hizo al cerrarse la puerta fue profundo. El
duplicado caminó lentamente alrededor de Miles a la distancia segura de un
metro, como si Miles fuera una serpiente que pudiera golpear de pronto. Se
retiró para encararse a él desde un metro y medio de distancia, apoyado en la
comuconsola, agitando un pie. Miles reconoció la postura como propia. Nunca
volvería a utilizarla sin ser dolorosamente consciente de ello: un pequeño
trocito de sí mismo que el clon le había robado. Uno de muchos trocitos
diminutos. Se sintió súbitamente perforado, desgastado, harapiento. Y temeroso.
—¿Cómo, ah...? —empezó a decir Miles, y tuvo que detenerse para
aclararse la garganta reseca—. ¿Cómo conseguiste escapar de la embajada?
—Acabo de pasar la mañana atendiendo los deberes del almirante
Naismith —le dijo el clon. A regañadientes, Miles hizo un gesto con la cabeza—.
Tu guardaespaldas creyó que me entregaba a la seguridad de la embajada
barrayaresa. Los barrayareses creerán que mi guardia komarrés es un dendarii. Y
yo gano un poco de tiempo sin tener que dar explicaciones. Bonito, ¿no?
—Arriesgado —observó Miles—. ¿Qué esperas conseguir que merezca
la pena? La pentarrápida no funciona demasiado bien conmigo, ya sabes.
De hecho, Miles advirtió que el hipospray no estaba a la vista.
Desaparecido, como Ser Galen. Curioso.
—No importa —el clon hizo un brusco gesto de desdén, otro
trocito arrancado de Miles, twang—. No me importa si dices la verdad o mientes.
Sólo quería oírte hablar. Verte, sólo una vez. Tú, tú, tú... —la voz del clon
se redujo a un susurro, twang—, cómo he llegado a odiarte.
Miles se aclaró de nuevo la garganta.
—Quisiera señalar que, de hecho, nos conocimos por primera vez
hace tres noches. Lo que te hayan hecho, no lo he hecho yo.
—Tú —dijo el clon—, me jodiste sólo con existir. Me duele que
respires —se cruzó las manos sobre el pecho—. Sin embargo, eso se curará muy
pronto. Pero Galen me prometió una entrevista primero. —Se levantó de la mesa y
empezó a caminar; Miles se agitó—. Me lo prometió.
—¿Y dónde está Ser Galen esta mañana, por cierto?
—Fuera —el clon le dirigió una sonrisa agria—. Durante un
ratito.
Miles alzó las cejas.
—¿Esta conversación no está autorizada?
—Me lo prometió. Pero luego se echó atrás. No quiso decir por
qué.
—Ah... mm. ¿Desde ayer?
—Sí —el clon dejó de caminar para mirar a Miles con los ojos
entornados—. ¿Por qué?
—Creo que tal vez por algo que yo haya dicho. Pensando en voz
alta. Me temo que descubrí demasiadas cosas sobre su plan. Algo que ni siquiera
tú puedes saber. Tenía miedo de que lo escupiera bajo los efectos de la
pentarrápida. Eso me venía bien. Cuanto menos consiguieras sacar de mí, más
probable era que cometieras un error.
Miles esperó, sin apenas respirar, para ver cómo mordía el
anzuelo. Un eco de la jubilosa hiperconsciencia del combate resonó en sus
nervios.
—Picaré —accedió el clon. Sus ojos brillaron, sardónicos—.
Escúpelo, entonces.
Cuando tenía diecisiete años, la edad de este clon, había
inventado a los mercenarios dendarii, recordó Miles. Quizá fuese mejor no
subestimarlo. ¿Cómo sería ser un clon? ¿Hasta qué punto bajo la piel terminaba
su similitud?
—Eres un sacrificio —dijo Miles bruscamente—. No pretende que
llegues vivo al Imperio de Barrayar.
—¿Crees que no lo he pensado? —se burló el clon—. Sé que no me
cree capaz de conseguirlo. Nadie me considera capaz...
Miles contuvo la respiración, como si le hubieran dado un golpe.
Este twang caló hasta el hueso.
—Pero les daré una lección —los ojos del clon chispearon—. Ser
Galen se llevará una gran sorpresa cuando vea lo que pasa cuando yo llegue al
poder.
—Y tú también —predijo Miles morosamente.
—¿Crees que soy estúpido? —preguntó el clon.
Miles sacudió la cabeza.
—Me temo que sé exactamente lo estúpido que eres.
El clon sonrió, tenso.
—Galen y sus amigos pasaron un mes recorriendo Londres,
persiguiéndote, intentando hacer el cambio. Fui yo quien les dijo que tenías
que secuestrarte a ti mismo. Te he estudiado más tiempo, más intensamente que
todos ellos. Sabía que no podrías resistirlo. Te supero.
Demostrablemente cierto, ay, al menos en ese momento. Miles
combatió una oleada de desesperación. El chico era bueno, demasiado bueno... lo
tenía todo, hasta la tensión que irradiaba a gritos de cada músculo de su
cuerpo. Twang. ¿O era inducido? ¿Producían tensiones distintas los mismos
gestos? ¿Cómo sería, tras aquellos ojos...?
Miles observó el uniforme dendarii. Su propia insignia le hizo
un guiño malévolo mientras el clon caminaba.
—¿Pero superas al almirante Naismith?
El clon sonrió, orgulloso.
—He sacado a tus soldados de la cárcel esta mañana. Algo que tú
no habías logrado hacer, evidentemente.
—¿Danio? —croó Miles, fascinado. «No, no, di que no es así...»
—Ha vuelto al servicio —asintió incisivamente el clon.
Miles reprimió un gemido.
El clon se detuvo, miró a Miles con intensidad, perdida parte de
su determinación.
—Hablando del almirante Naismith... ¿te acuestas con esa mujer?
«¿Qué clase de vida había llevado aquel chico? —se preguntó de
nuevo Miles—. Secreta, siempre vigilado, constantemente educado a la fuerza,
contacto permitido sólo con unas cuantas personas seleccionadas... casi
enclaustrado. ¿Habían pensado los komarreses en incluir eso en su
entrenamiento, o era un muchacho virgen de diecisiete años? En ese caso, debía
de estar obsesionado por el sexo...»
—Quinn —dijo Miles— es seis años mayor que yo. Enormemente
experimentada. Y exigente. Acostumbrada a un alto grado de exquisitez en los
compañeros que elige. ¿Estás iniciado en las prácticas de los cultos amorosos
Deeva Tau tal como se practican en la Estación Kline? —era una apuesta segura,
pensó Miles, ya que se lo acababa de inventar—. ¿Estás familiarizado con los
Siete Caminos Secretos del Placer Femenino? Después de haber llegado al clímax
cuatro o cinco veces, ella suele dejarte tranquilo...
El clon dio una vuelta a su alrededor, con aspecto claramente
inquieto.
—Estás mintiendo. Creo.
—Tal vez —Miles sonrió mostrándole los dientes, deseando que su
improvisada fantasía fuera real—. Piensa a qué te arriesgarías para
averiguarlo.
El clon lo miró con mala cara. Él le devolvió la mirada.
—¿Se parten tus huesos como los míos? —preguntó Miles de pronto.
Horrible idea. Supongamos que, por cada golpe que hubiera sufrido, le hubieran
roto los huesos a ese muchacho. Supongamos que por cada error de cálculo de
Miles, el clon lo hubiera pagado con creces... razones de sobra para odiar...
—No.
Miles ocultó su suspiro de alivio. Así que las lecturas de los
sensores médicos no encajarían exactamente.
—Debe ser un plan a corto plazo, ¿no?
—Tengo que estar en la cima dentro de seis meses.
—Eso había entendido. ¿Y qué flota espacial sembrará el caos en
Barrayar, tras su salida del agujero de gusano, cuando Komarr vuelva a
levantarse? —Miles habló con ligereza, tratando de parecer sólo casualmente
interesado en este fragmento vital de información.
—Íbamos a llamar a los cetagandanos. Eso se ha anulado.
Sus peores temores...
—¿Anulado? Me encanta, ¿pero por qué, en un plan singularmente
insensato, habéis recobrado el sentido en esa parte?
—Encontramos algo mejor, más a la mano. —El clon sonrió
extrañamente—. Una fuerza militar independiente, altamente experimentada en el
bloqueo espacial, sin ningún desafortunado lazo con otros vecinos planetarios
que pudieran sentirse tentados de añadir sus fuerzas a la acción. Y parece que
personal y ferozmente leales a mi más pequeño capricho. Los mercenarios
dendarii.
Miles trató de abalanzarse hacia la garganta del clon. Éste
retrocedió. Como estaba firmemente atado, Miles cayó hacia delante con silla y
todo, aplastándose dolorosamente la cara contra la alfombra.
—¡No, no, no! —farfulló, pataleando, tratando de soltarse—.
¡Imbécil! ¡Sería una masacre...!
Los dos guardias komarreses entraron corriendo por la puerta.
—¿Qué, qué ha pasado?
—Nada. —El clon, pálido, se asomó desde detrás de la comuconsola
donde se había refugiado—. Se cayó. Ponedlo derecho, ¿queréis?
—Se cayó o fue empujado —murmuró uno de los komarreses mientras
enderezaban la silla entre los dos. Miles la acompañó a la fuerza. El guardia
se quedó mirando su cara con interés. Una cálida humedad, que se enfriaba
rápidamente, manaba haciéndole cosquillas en el labio superior y el bigote de
tres días. ¿Hemorragia nasal? Miró, bizco, y la lamió. Tranquilo. Tranquilo. El
clon nunca llegaría tan lejos con los dendarii. Sin embargo, su futuro fracaso
sería de poco consuelo para un Miles muerto.
—¿Necesitas, ah, alguna ayuda? —preguntó al clon el mayor de los
dos komarreses—. Hay una especie de técnica de la tortura, ya sabes. Para
conseguir el máximo dolor con el mínimo daño. Yo tenía un tío que me contó lo
que solían hacer los matones de Seguridad de Barrayar... siempre que la
pentarrápida fuera inútil.
—No necesita ayuda —replicó Miles, en el mismo momento en que el
clon empezaba a decir:
—No necesito ayuda.
Entonces los dos se detuvieron y se miraron mutuamente. Miles
recuperó cierta seguridad junto con su respiración, el clon estaba ligeramente
sorprendido.
De no ser por la clara marca de la maldita barba de días, aquél
sería el momento ideal para empezar a gritar que Vorkosigan lo había asaltado y
se había cambiado de ropa con él, que era el clon ¿o acaso no podían notar la
diferencia y desatarlo, cretinos? Una oportunidad perdida, lástima.
El clon se enderezó, tratando de recuperar algo de dignidad.
—Dejadnos, por favor. Cuando os necesite, os llamaré.
—O tal vez lo haga yo —observó alegremente Miles.
El clon se lo quedó mirando. Los dos komarreses salieron sin
dejar de mirar atrás, dubitativos.
—Es una idea estúpida —empezó a decir Miles inmediatamente
después de que se quedaran solos—. Tienes que comprender que los dendarii son
un grupo de elite, grande, pero según los baremos planetarios una fuerza
pequeña. «Pequeña», ¿entiendes lo que es «pequeña»? Lo pequeño se utiliza para
operaciones encubiertas, golpear y huir, sustraer información. No para
enfrentamientos abiertos en un campo espacial determinado con todos los
recursos y voluntad de un planeta desarrollado apoyando al enemigo. ¡No tienes
ningún sentido de la economía de la guerra! Juro por Dios que no estás pensando
más allá de los seis primeros meses. Aunque no es que lo necesites... morirás
antes de que acabe el año, espero.
La sonrisa del clon fue fina como una cuchilla.
—Los dendarii, como yo mismo, están previstos como un
sacrificio. Después de todo, los mercenarios muertos no tienen que cobrar.
—Hizo una pausa y miró dubitativo a Miles—. ¿Hasta dónde piensas tú por
adelantado?
—Últimamente, unos veinte años —admitió Miles, sombrío. Y mucho
bien que le hacía. Mira al capitán Galeni. En su mente Miles lo veía ya como el
mejor virrey que Komarr iba a tener... su muerte no significaría la pérdida de
un oficial imperial menor de dudosos orígenes, sino la del primer eslabón de
una cadena de millares de vidas que luchaban por un futuro menos atormentado.
Un futuro en el que el teniente Miles Vorkosigan se habría convertido en el
conde Miles Vorkosigan y necesitaría amigos de pro en puestos de poder. Si
lograba que Galeni saliera de todo aquel lío con vida, y cuerdo...
—Admito —añadió Miles— que cuando tenía tu edad no miraba nunca
más allá de un cuarto de hora.
El clon hizo una mueca.
—Hace un siglo, ¿no?
—Eso parece. Siempre he pensado que es mejor vivir rápido, si
quiero hacerlo todo.
—Muy previsor por tu parte. A ver cuántas cosas consigues hacer
en las próximas veinticuatro horas. Tengo orden de embarcar para entonces. Y
llegados a ese punto te volverás... redundante.
Tan pronto... No quedaba tiempo para experimentos. No quedaba
tiempo más que para acertar, una vez.
Miles tragó saliva.
—La muerte del primer ministro debe entrar en los planes, o la
desestabilización del Gobierno barrayarés no se producirá, aunque el emperador
Gregor sea asesinado. Así que dime —añadió cuidadosamente—, ¿qué destino habéis
planeado Galen y tú para nuestro padre?
El clon echó la cabeza hacia atrás.
—Oh, no, eso sí que no. Tú no eres mi hermano, y el Carnicero de
Komarr nunca ha sido un padre para mí.
—¿Qué hay de nuestra madre?
—No tengo ninguna. Salí de un replicador.
—Y yo también —observó Miles—, antes de que los médicos
acabaran. Que yo sepa, para ella nunca significó ninguna diferencia. Siendo
betana, está libre de los prejuicios contra los nacimientos tecnológicos. A
ella no le importa cómo llegas, sino sólo lo que haces después de llegar. Me
temo que tener una madre es un destino que no puedes evitar, desde el momento
en que descubra tu existencia.
El clon espantó el fantasma de la condesa Vorkosigan.
—Un factor nulo. Ella no es nada en la política de Barrayar.
—¿Ah, sí? —murmuró Miles, luego controló su lengua. No había
tiempo—. ¿Y sin embargo continúas, sabiendo que Ser Galen pretende traicionarte
y matarte?
—Cuando sea emperador de Barrayar... nos encargaremos de Ser
Galen.
—Si pretendes traicionarlo de todas formas, ¿por qué esperar?
El clon ladeó la cabeza.
—¿Eh?
—Hay otra alternativa para ti —Miles habló con voz calmada,
persuasiva—. Déjame ir ahora. Y ven conmigo. De vuelta a Barrayar. Eres mi hermano...
te guste o no. Es un hecho biológico y nunca desaparecerá. De todas formas,
nadie elige a sus parientes, sean clones o no. Quiero decir, si tuvieras la
oportunidad, ¿escogerías a Ivan Vorpatril por primo?
El clon soltó una risita, pero no interrumpió. Empezaba a
parecer levemente fascinado.
—Pero lo es. Y es exactamente tan primo tuyo como mío. ¿Te has
dado cuenta de que tienes un nombre? —le preguntó Miles de pronto—. Ésa es otra
cosa que no eliges en Barrayar. Hijo segundo... eso es lo que tú eres, mi
gemelo retrasado seis años. El hijo segundo recibe los segundos nombres de sus
abuelos paternos y maternos, igual que al primer hijo le tocan los primeros.
Eso te convierte en Mark Pierre. Lo siento por lo de Pierre. El abuelo siempre
lo odió. En Barrayar eres lord Mark Pierre Vorkosigan, por derecho propio.
Habló cada vez más rápido, inspirado por los ojos sorprendidos
del clon.
—¿Qué has soñado alguna vez ser? Mamá se encargará de que
recibas toda la educación que quieras. Los betanos le dan mucha importancia a
la educación. ¿Has soñado con escapar... qué tal ser el piloto estelar Mark
Vorkosigan? ¿Comercio? ¿Agricultura? Tenemos un negocio vinícola en la familia,
desde las uvas a la exportación... ¿te interesa la ciencia? Podrías ir a vivir
con tu abuela Naismith a la Colonia Beta, estudiar en las mejores academias de
investigación. También tienes unos tíos, ¿te das cuenta? Dos primos y un primo
segundo. Si la atrasada Barrayar no te atrae, hay toda una vida nueva esperando
en la Colonia Beta, para la cual Barrayar y todos sus problemas no son más que
una arruga en el horizonte de sucesos. Tu origen clónico no será novedad suficiente
para que merezca la pena mencionarlo allí. La vida que quieras. La galaxia al
alcance de tus dedos. Elección... libertad... pide, y es tuyo.
Tuvo que detenerse para respirar. El clon estaba lívido.
—Mientes —siseó—. La Seguridad de Barrayar nunca me dejaría
vivir.
No era, ay, un miedo irracional.
—Pero imagínate por un minuto que es, que pudiera ser real.
Sería tuyo. Mi palabra como Vorkosigan. Mi protección como lord Vorkosigan
contra todo el que se oponga, incluida Seguridad Imperial —Miles tragó saliva
mientras hacía esta promesa—. Galen te ofrece la muerte en bandeja de plata. Yo
puedo conseguirte vida. Puedo conseguirla por tu propio bien...
¿Era esto sabotaje informativo? Su idea era preparar la caída
del clon, si podía... «¿Qué le has hecho a tu hermano pequeño?»
El clon echó atrás la cabeza y se echó a reír, un brusco ladrido
histérico.
—¡Dios mío, mírate! Prisionero, atado a una silla, a horas
escasas de la muerte... —hizo ante Miles una amplia, irónica reverencia—. Oh,
noble señor, me siento abrumado por tu generosidad. Pero no creo que tu
protección valga un pimiento ahora mismo.
Avanzó hacia Miles, situándose más cerca de lo que se había
aventurado hasta entonces.
—Megalómano engreído. Ni siquiera eres capaz de protegerte a ti
mismo —impulsivamente, abofeteó a Miles sobre las magulladuras del día
anterior—, ¿puedes?
Dio un paso atrás, sorprendido por la fuerza de su propio
experimento, e inconscientemente se llevó la mano a la boca. Los labios
sangrantes de Miles revelaron una sonrisa, y el clon bajó rápidamente la mano
dolorida.
«Bien. Nunca habías golpeado de verdad a un hombre. Ni matado
tampoco, seguro. Oh, pequeño virgen, sí que te espera una desfloración
sangrienta.»
—¿Eres capaz? —insistió el clon.
«¡Bah! Toma mi verdad por mentiras, cuando pretendía que tomara
mis mentiras por verdad... vaya saboteador estoy hecho. ¿Por qué me siento
obligado a decirle la verdad?
»Porque es mi hermano y le hemos fallado. No fuimos capaces de
descubrirlo antes, no fuimos capaces de preparar un rescate...»
—¿Soñaste alguna vez con ser rescatado? —preguntó Miles de
pronto—. ¿Después de descubrir quién eras... o incluso antes? ¿Qué tipo de
infancia tuviste, por cierto? Se piensa que los huérfanos sueñan con padres
principescos, cabalgando al rescate... en tu caso, podría haber sido cierto.
El clon hizo una mueca de amargo desdén.
—Difícilmente. Siempre conocí la situación. Supe lo que era
desde el principio. Verás, los clones de Jackson's Whole son entregados a
padres adoptivos pagados para que los críen hasta la madurez. Los clones
criados en depósitos tienden a tener desagradables problemas de salud: son
propensos a infecciones, a un mal funcionamiento cardiovascular... la gente que
paga para que le trasplanten el cerebro espera despertar en un cuerpo sano.
»Tuve una especie de hermano adoptivo una vez... un poco mayor
que yo —el clon hizo una pausa, inspiró profundamente—. Se crió conmigo. Pero
no se educó a mi lado. Le enseñé a leer, un poco... Poco antes de que los
komarreses vinieran por mí, la gente del laboratorio se lo llevó.
»Por pura casualidad, lo vi después. Me habían enviado a recoger
un encargo en el espaciopuerto, aunque se suponía que no iría a la ciudad. Lo
vi al otro lado de la pista, entrando en el vestíbulo de pasajeros de primera
clase. Corrí hacia él. Sólo que ya no era él. Era un horrible viejo rico
sentado en su cabeza. Su guardaespaldas me empujó...
El clon se volvió y miró a Miles con odio.
—Oh, conocía la situación. Pero una vez, una vez, sólo esta vez,
un clon de Jackson's Whole le va a dar la vuelta. En vez de que tú canibalices
mi vida, yo tendré la tuya.
—¿Entonces dónde estará tu vida? —preguntó Miles, a la
desesperada—. Enterrado en una imitación de Miles, ¿dónde estará entonces Mark?
¿Estás seguro de que en mi tumba estaré sólo yo?
El clon dio un respingo.
—Cuando sea emperador de Barrayar —dijo entre dientes—, nadie
podrá alcanzarme. El poder es seguridad.
—Déjame que te diga una cosa. No hay ninguna seguridad. Sólo
estados diversos de riesgo. Y fracaso.
¿Y por qué dejaba que su antigua soledad de hijo único lo
traicionara, a estas alturas? ¿Había algo tras aquellos familiares ojos grises
que le miraban con tanta fiereza? ¿Qué trampa lo atraparía? Comienzos, el clon
comprendía claramente los comienzos. Era en los finales donde carecía de
experiencia...
—Siempre supe —dijo Miles en voz baja; el clon se acercó— por
qué mis padres nunca tuvieron otro hijo. Aparte del daño a los tejidos
producido por el gas soltoxin. Pero podrían haber tenido otro hijo, con la
tecnología entonces disponible en la Colonia Beta. Mi padre siempre puso la
excusa de que no se atrevía a dejar Barrayar, pero mi madre podría haber tomado
su muestra genética y marchado sola.
»El motivo era yo. Estas deformidades. Si hubiera existido un
hijo completo, habría habido una horrible presión social para que me
desheredaran y lo pusieran en mi lugar como heredero. ¿Crees que exagero el
horror que sienten en Barrayar por las mutaciones? Mi propio abuelo trató de
zanjar el asunto eliminándome en la cuna, cuando era niño, después de haber
perdido la discusión sobre el aborto. El sargento Bothari... tuve un
guardaespaldas desde que nací, que medía unos dos metros, no se atrevió a apuntar
con su arma al gran general. Así que el sargento lo agarró y lo alzó sobre su
cabeza, pidiéndole disculpas... estaban en el balcón de un segundo piso, hasta
que el general Piotr pidió, con la misma educación, que lo soltara. Después de
eso, llegaron a un acuerdo. Mi abuelo me contó esta historia, mucho más tarde;
el sargento no hablaba mucho.
»Más tarde, mi abuelo me enseñó a cabalgar. Y me dio esa daga
que llevas prendida en la camisa. Y me legó la mitad de sus tierras, la mayoría
de las cuales aún brillan en la oscuridad por culpa de las armas nucleares
cetagandanas. Y se colocó detrás de mí en un centenar de situaciones sociales
tormentosas, peculiarmente barrayaresas, y no me dejó escapar, hasta que me vi
forzado a aprender a manejarme en ellas o morir. Lo consideraba la muerte.
»Mis padres, por otro lado, fueron tan amables y cuidadosos...
su absoluta falta de sugerencias hablaba más fuerte que los gritos. Me
sobreprotegían incluso cuando me dejaban que arriesgara los huesos en cada
deporte, en la carrera militar... porque me dejaron superar a mis hermanos
antes de que nacieran. No fuera a ser que pensara, por un momento, que no era
lo bastante bueno para complacerlos...
Miles guardó bruscamente silencio. Luego, añadió:
—Tal vez eres afortunado por no tener una familia. Después de
todo, sólo te vuelven loco.
«¿Y cómo voy a rescatar a este hermano que nunca he tenido? Por
no mencionar sobrevivir, escapar, desbaratar el plan komarrés, rescatar al
capitán Galeni de su padre, salvar al Emperador y a mi padre de ser asesinados
e impedir que los mercenarios dendarii sean metidos en una máquina de picar
carne...
»No. Si puedo salvar a mi hermano, todo lo demás vendrá detrás.
Eso es. Aquí, ahora, es el lugar donde empujar, donde luchar, antes de que se
desenfunde la primera arma. Rompe el primer eslabón y toda la cadena se
suelta.»
—Sé exactamente lo que soy —dijo el clon—. No me tomes por
tonto.
—Eres lo que haces. Elige otra vez y cambia.
El clon vaciló, mirando directamente a Miles a los ojos casi por
primera vez.
—¿Qué garantía ibas a darme en la que yo pudiera confiar?
—¿Mi palabra como Vorkosigan?
—¡Bah!
Miles consideró seriamente aquel problema desde el punto de
vista del clon... de Mark.
—Toda tu vida hasta ahora ha estado centrada en la traición, a
un nivel u otro. Como no has tenido ninguna experiencia con la confianza,
naturalmente, no puedes juzgar con ella. Supongamos que tú me dices en qué
garantía estarías dispuesto a creer.
El clon abrió la boca, la cerró, y permaneció en silencio,
ruborizándose levemente.
Miles casi sonrió.
—Ves el pequeño dilema, ¿eh? —dijo suavemente—. ¿El fallo
lógico? El hombre que asume que todo es mentira está al menos tan equivocado
como el que asume que todo es verdad. Si no te complace ninguna garantía, tal
vez el fallo no esté en la garantía, sino en ti. Y tú eres el único que puede
hacer algo al respecto.
—¿Qué puedo hacer? —murmuró el clon.
Por un instante, la angustia aleteó en sus ojos.
—Inténtalo —jadeó Miles.
El clon permaneció inmóvil. Miles tembló. Estaba tan cerca, tan
cerca... casi lo tenía.
La puerta se abrió de golpe. Galen, hecho una furia, entró
flanqueado por los sorprendidos guardias komarreses.
—¡Maldición, el momento...! —susurró el clon. Se enderezó,
culpable, elevando la barbilla.
«¡Maldito momento!», gritó Miles mentalmente. De haber tenido
unos minutos más...
—¿Qué demonios te crees que estás haciendo? —exigió saber Galen,
la voz pastosa por la furia, como un trineo sobre grava.
—Mejorando mis posibilidades de sobrevivir más allá de los cinco
primeros minutos después de que ponga los pies en Barrayar, confío —dijo el
clon fríamente—. Necesitas que sobreviva un poco, incluso para servir a tus
propósitos, ¿no?
—¡Te dije que era demasiado peligroso! —Galen estaba casi
gritando, pero sólo casi—. Tengo la experiencia de toda una vida combatiendo a
los Vorkosigan. Son los propagandistas más insidiosos que puedas imaginar,
capaces de recubrir su egoísta codicia con pseudopatriotismo. Y éste está
sacado del mismo molde. Sus mentiras te engañarán, te atraparán... es un
bastardo sutil y nunca aparta los ojos del objetivo principal.
—Pero su elección de mentiras ha sido muy interesante. —El clon
se movió como un caballo nervioso, pateando la alfombra, medio desafiante,
medio conciliador—. Me has hecho estudiar cómo se mueve, cómo habla, cómo
escribe. Pero nunca he tenido realmente claro cómo piensa.
—¿Y ahora? —rezongó Galen peligrosamente.
El clon se encogió de hombros.
—Está chiflado. Me parece que se cree de verdad su propia
propaganda.
—La pregunta es, ¿te la crees tú?
«¿Te la crees, te la crees?», pensó Miles frenético.
—Por supuesto que no —el clon hizo una mueca, alzó la barbilla,
twang.
Galen volvió la cabeza hacia Miles y dirigió una mirada a los
guardias.
—Cogedlo y encerradlo.
Los siguió con cautela mientras desataban a Miles y lo llevaban
fuera. Miles vio que su clon, detrás de Galen, miraba al suelo, todavía rozando
con el pie la alfombra.
—¡Te llamas Mark! —le gritó mientras la puerta se cerraba—.
¡Mark!
Galen apretó los dientes y descargó sobre Miles un sincero,
devastador y anticientífico puñetazo. Miles, sujeto por los guardias, no logró
esquivarlo, pero sí apartarse lo suficiente para que el puño de Galen no le
destrozara la mandíbula. Por fortuna, Galen retiró la mano, recuperando una
fina corteza de control, y no volvió a golpearlo.
—¿Era para mí, o para él? —inquirió Miles con dulzura a través
de una creciente burbuja de dolor.
—Encerradlo —gruñó Galen a los guardias—, y no lo dejéis salir
hasta que yo, personalmente, os lo ordene.
Se dio la vuelta y regresó a su estudio.
«Dos a dos —pensó Miles mientras los guardias lo llevaban por el
tubo elevador hasta el siguiente nivel—. O al menos dos a uno y medio. Las
probabilidades nunca serán mejores, y el margen de tiempo sólo va a empeorar.»
Cuando la puerta de la celda se abrió, Miles vio a Galeni
dormido en su camastro: el único desesperado plan de un hombre para eludir el
dolor. Se había pasado casi toda la noche recorriendo en silencio la celda,
inquieto hasta el frenesí... el sueño que se le había escapado había sido
capturado ahora. Maravilloso. Ahora, justo cuando Miles lo necesitaba de pie y
a punto de saltar como un resorte.
«Inténtalo de todas formas.»
—¡Galeni! —aulló Miles—. ¡Ahora, Galeni! ¡Vamos!
Simultáneamente, se abalanzó contra el guardia más cercano y
aplicó una tenaza capaz de paralizar los nervios sobre la mano que sujetaba el
aturdidor. La articulación de uno de los dedos de Miles chasqueó, pero hizo
caer el aturdidor y lo alejó de una patada hacia Galeni, que saltaba
desconcertado de su camastro como un cerdo de la charca. A pesar de estar
semiconsciente, actuó de manera rápida y precisa; se abalanzó hacia el
aturdidor, lo cogió y, rodando por el suelo, se apartó de la línea de fuego de
la puerta.
Un guardia pasó un brazo por el cuello de Miles, lo levantó del
suelo y le dio la vuelta para encararlo al otro. El pequeño rectángulo gris de
la boca del arma del segundo guardia estaba tan cerca que Miles casi tuvo que
ponerse bizco para enfocarlo. Cuando el dedo del komarrés se tensó sobre el
gatillo, el zumbido del aturdidor se fragmentó y la cabeza de Miles pareció
explotar en una cascada de dolor y luces de colores.
11
Despertó en una cama de hospital, un entorno desagradable pero
familiar. En la distancia, a través de la ventana, las torres de Vorbarr
Sultana, la capital de Barrayar, brillaban extrañamente verdes en la oscuridad.
MilImp, entonces, el Hospital Militar Imperial. La habitación no estaba
decorada con el mismo estilo severo que había conocido de niño, cuando entraba
y salía tan a menudo de laboratorios clínicos y operaciones para luego
someterse a dolorosas terapias que consideraba MilImp su casa fuera de casa.
Entró un doctor. Tenía aproximadamente sesenta años: pelo gris
corto, rostro pálido y arrugado, el cuerpo abotargado por la edad. DR. GALEN
decía su placa. Los hiposprays resonaban en sus bolsillos. Copulando y
reproduciéndose, tal vez. Miles siempre se había preguntado de dónde venían los
hiposprays.
—Ah, está usted despierto —dijo el doctor alegremente—. No
intentará escapar de nosotros otra vez, ¿no?
—¿Escapar? —estaba atado con tubos y cables sensores, sondas y
correas de control. No parecía que fuera a ir a ninguna parte.
—Catatonia. La tierra del nunca jamás. Gagá. En resumen, loco.
Supongo que es la única manera de escapar, ¿no? La sangre lo dirá.
A Miles le pareció oír el susurro de los glóbulos rojos en sus
oídos, confiándose miles de secretos militares unos a otros, sacudiéndose
ebrios en una danza campestre con moléculas de pentarrápida que agitaban sus
grupos hidróxilos como enaguas. Parpadeó para espantar la imagen.
Galen rebuscó en el bolsillo; entonces su rostro cambió.
—¡Oh! —sacó la mano, sacudió un hipospray y se chupó el pulgar
ensangrentado—. ¡El pequeño hijo de puta me ha mordido!
Miró hacia abajo, donde el joven hipospray se tambaleaba
inseguro sobre sus patitas de metal, y lo aplastó con el pie. Murió con un
chirrido diminuto.
—Este tipo de fallo mental no es inusitado en un criocadáver
redivivo, por supuesto. Lo superará usted —le aseguró Galen.
—¿Estuve muerto?
—Muerto en el acto, en la Tierra. Se pasó un año en suspensión
criogénica.
Extrañamente, Miles recordaba esa parte. Tendido en un ataúd de
vidrio como una princesa de cuento de hadas bajo un cruel hechizo, mientras
unas siluetas se asomaban silenciosas y espectrales a los paneles de escarcha.
—¿Y usted me revivió?
—Oh, no. Salió mal. El peor caso de quemaduras por congelamiento
que se haya visto.
—Oh. —Miles hizo una pausa, aturdido, y añadió con tenue
vocecita—: ¿Sigo muerto entonces? ¿Podré tener caballos en mi funeral, como el
abuelo?
—No, no, no, por supuesto que no —el doctor Galen rió como una
gallina clueca—. Usted no se puede morir, sus padres nunca lo permitirían.
Trasplantamos su cerebro a un cuerpo de repuesto. Afortunadamente, había uno
disponible. De segunda mano, pero apenas usado. Enhorabuena, es usted virgen
otra vez. ¿No fue previsor por mi parte tener a su clon ya preparado?
—¿Mi cl... mi hermano? ¿Mark?
Miles se enderezó, desparramando tubos a su alrededor.
Temblando, agarró la bandeja de su mesa y miró en el espejo de su pulida
superficie de metal. Una línea irregular de grandes puntadas rojas le recorría
la frente. Se miró las manos, las volvió horrorizado.
Miró a Galen.
—Si yo estoy aquí dentro, ¿qué ha hecho con Mark? ¿Dónde ha
puesto el cerebro que estaba en esta cabeza?
Galen señaló.
En la mesa situada junto a la cama de Miles había un gran frasco
de cristal. Dentro, un cerebro entero, como un champiñón sobre su tallo,
flotaba esponjoso, muerto y malévolo. El líquido que lo envolvía era denso y
verdoso.
—¡No, no, no! —chilló Miles—. ¡No, no, no!
Se levantó de la cama y agarró el frasco. El líquido se
desparramó, frío, sobre sus manos. Corrió hacia el pasillo, descalzo, la bata
ondeando abierta detrás. Allí tenía que haber cuerpos de repuesto: aquello era
MilImp. De repente, recordó dónde había dejado uno.
Atravesó otra puerta y se encontró en la lanzadera de combate
sobre Dagoola IV. La compuerta de la lanzadera estaba abierta, atascada; nubes
negras salpicadas de denditras amarillas de luz se agitaban más allá. La
lanzadera osciló, y hombres y mujeres sucios y heridos con chamuscados
uniformes de combate dendarii entraron gritando y maldiciendo. Miles se deslizó
hasta la compuerta abierta, aún sujetando el frasco, y salió.
Parte del tiempo flotó, parte cayó. Una mujer que gritaba pasó
ante él, estirando los brazos para que la ayudara, pero Miles no podía soltar
el frasco. Su cuerpo reventó al impactar contra el suelo.
Miles aterrizó de pie, sobre piernas de goma, y casi soltó el
frasco. El lodo era denso y negro y tiraba de sus rodillas.
El cuerpo del teniente Murka, y su cabeza, yacían justo donde
los había dejado en el campo de batalla. Con manos frías y temblorosas, Miles
sacó el cerebro del frasco y trató de introducirlo por la herida ya cauterizada
del disparo de plasma en el cuello. Testarudo, el cerebro se negó a cooperar.
—Ya no tiene cara de todas formas —criticó la cabeza del
teniente Murka desde donde yacía, a varios metros de distancia—. Será feo como
el pecado, caminando con mi cuerpo con esa cosa asomando.
—Cállate, no tienes derecho a voto, estás muerto —le replicó
Miles. El resbaladizo cerebro se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo.
Lo recogió y trató de limpiarle la suciedad con la manga de su uniforme de
almirante dendarii, pero el áspero tejido rayó la retorcida superficie del
cerebro de Mark, dañándolo. Miles colocó disimuladamente el tejido en su lugar,
esperando que nadie lo advirtiera, y siguió intentando meter el cerebro por el
cuello.
Miles abrió los ojos y se quedó mirando. Contuvo la respiración.
Temblaba, húmedo de sudor. El plafón de la luz ardía firmemente en el hosco
techo de la celda, el camastro era duro y frío.
—Dios. Gracias a Dios —jadeó.
Galeni se acercó, preocupado, apoyando un brazo contra la pared.
—¿Está bien?
Miles tragó saliva, respiró profundamente.
—Uno sabe que se trata de un mal sueño cuando despertar aquí es
una mejora.
Con una mano acarició la fría, reconfortante solidez del
camastro. La otra no encontró ninguna puntada en su frente, aunque sentía la
cabeza como si algún aficionado hubiera estado practicando la cirugía con ella.
Parpadeó, cerró los ojos, los volvió a abrir, y con esfuerzo se apoyó en el
codo derecho. Tenía la mano izquierda hinchada y pulsante.
—¿Qué sucedió?
—Fue un empate. Uno de los guardias y yo nos aturdimos
mutuamente. Por desgracia, eso siguió dejando a un guardia en pie. Me desperté
hará cosa de una hora. Fue a máxima potencia. No sé cuánto tiempo hemos
perdido.
—Demasiado. Pero fue un buen intento. Maldición —se detuvo justo
antes de golpear con su mano mala el borde del camastro—. Estuve tan cerca.
Casi lo tenía.
—¿Al guardia? Parecía que él lo tenía a usted.
—No, a mi clon. Mi hermano. Sea lo que fuere —destellos del
sueño acudieron a él, y se estremeció—. Un tipo nervioso. Creo que tiene miedo
de acabar en un frasco.
—¿Eh?
—¡Uf! —Miles intentó sentarse. El aturdidor le había dejado una
sensación nauseabunda. Tenía espasmos en brazos y piernas. Galeni, que no se
encontraba en mejor forma, regresó a su propio camastro y se sentó.
Poco después la puerta se abrió. «La cena», pensó Miles.
El guardia los apuntó con su aturdidor.
—Vosotros dos. Fuera.
El segundo guardia lo cubría desde atrás, a varios metros de
distancia, con otro aturdidor preparado. A Miles no le gustó la expresión de
sus rostros, uno solemne y pálido, el otro sonriendo nervioso.
—Capitán Galeni —sugirió Miles con voz algo más aguda de lo que
pretendía—. Creo que ahora sería un buen momento para que hablara con su padre.
Diversas expresiones cruzaron por el rostro de Galeni: furia,
tozudez, reflexión, duda.
—Por ahí —el guardia les indicó el tubo elevador.
Bajaron hacia el nivel del garaje.
—Usted puede hacerlo, yo no —murmuró Miles en un canturreo sotto
voce.
Galeni siseó entre dientes: frustración, conformidad,
resolución. Cuando entraron en el aparcamiento, se volvió bruscamente hacia el
guardia más cercano y rezongó:
—Quiero hablar con mi padre.
—No puede.
—Creo que será mejor que me deje —la voz de Galeni era
peligrosa, cargada, por fin, de miedo.
—No es cosa mía. Nos dio órdenes y se marchó. No está aquí.
—Llámelo.
—No me dijo dónde estaría —la voz del guardia era tensa e
irritada—. Y si lo supiera, no lo llamaría de todas formas. Póngase ahí, junto
a ese volador.
—¿Cómo vais a hacerlo? —preguntó Miles de pronto—. Siento
auténtica curiosidad. Consideradlo mi última voluntad.
Se acercó al volador, buscando con la mirada un escondite,
cualquier escondite. Si conseguía agacharse o pasar al otro lado del vehículo
antes de que dispararan...
—Os aturdiremos, volaremos hasta la costa sur, os dejaremos caer
al agua —recitó el guardia—. Si aparecéis flotando en la costa, la autopsia
sólo revelará que os habéis ahogado.
—No es exactamente un crimen sangriento —observó Miles—. Más
fácil para vosotros de esa forma, espero.
Si Miles los juzgaba bien, aquellos hombres no eran asesinos
profesionales. De todas maneras, siempre había una primera vez para todo. Esa
columna de allí no era lo bastante ancha para detener una descarga aturdidora.
Las herramientas de la pared opuesta ofrecían algunas posibilidades... sufría
furiosos calambres en las piernas...
—Y así el Carnicero de Komarr recibe por fin su merecido
—comentó el guardia solemne, con desapego—. Indirectamente.
Alzó el aturdidor.
—¡Esperad! —chilló Miles.
—¿A qué?
Miles todavía buscaba una respuesta cuando las puertas del
garaje se abrieron.
—¡Soy yo! —gritó Elli Quinn—. ¡Quietos!
Una patrulla dendarii pasó corriendo ante ella. En el instante
que el guardia komarrés tardó en apuntar, un tirador dendarii lo abatió. El
segundo guardia se dejó llevar por el pánico y corrió hacia el tubo elevador.
Un dendarii lo detuvo a la carrera, y en cuestión de segundos lo tuvo boca
abajo en el suelo con las manos a la espalda.
Elli se acercó a Miles y Galeni, sacando un sensor sónico de su
oído.
—Dioses, Miles, no podía creer que fuera tu voz. ¿Cómo has hecho
eso? —al ver su aspecto, una expresión de extremo disgusto asomó a su cara.
Miles capturó sus manos y las besó. Un saludo militar habría
sido más adecuado, pero su adrenalina estaba aún bombeando y esto era más
sentido. Además, no iba de uniforme.
—¡Elli, eres un genio! ¡Tendría que haber sabido que el clon no
te engañaría!
Ella se lo quedó mirando, casi retrocediendo, la voz agudizada
hasta el punto de ruptura.
—¿Qué clon?
—¿Cómo que qué clon? Por eso estás aquí, ¿no? Metió la pata... y
has venido a rescatarme, ¿no?
—¿Rescatarte de qué? Miles, me ordenaste hace una semana que
encontrara al capitán Galeni, ¿recuerdas?
—Oh —dijo Miles—. Sí. Eso hice.
—Y eso hicimos. Llevamos toda la noche vigilando esta zona de
edificios, esperando captar un análisis positivo de voz suyo, para poder
notificarlo a las autoridades locales. No les gustan las falsas alarmas. Pero
cuando finalmente apareció en los sensores, pareció que sería mejor no esperar
a las autoridades, así que corrimos el riesgo... no creas que no se me pasaron
por la cabeza visiones de dendarii arrestados en masa por irrupción ilegal...
Un sargento dendarii se acercó y saludó.
—Maldición, señor, ¿cómo lo hace? —continuó caminando mientras
consultaba un escáner, sin esperar respuesta.
—Sólo para descubrir que habías llegado antes que nosotros.
—Bueno, en cierto modo, sí...
Miles se frotó la frente dolorida. Galeni se rascó la barba sin
hacer ningún comentario. Galeni sabía callar a voces.
—¿Recuerdas hace tres o cuatro noches, cuando me llevaste para
que fuera secuestrado y así infiltrarme en la oposición y descubrir quiénes
eran y qué querían?
—Sí...
—Bueno —Miles inspiró profundamente—, funcionó. Enhorabuena.
Acabas de convertir un absoluto desastre en una importante acción de
inteligencia. Gracias, comandante Quinn. Por cierto, el tipo con el que saliste
de aquella casa vacía... no era yo.
Elli abrió los ojos de par en par. Se acercó una mano a la boca.
Entonces las oscuras pupilas se estrecharon en furiosa reflexión.
—Hijo de puta —jadeó—. ¡Pero Miles... creía que la historia del
clon era algo que te habías inventado!
—Eso hice. Espero que haya desarmado a todo el mundo.
—¿Había... hay un clon de verdad?
—Eso dice él. Las huellas dactilares, retinales y de voz son
iguales. Hay, gracias a Dios, una diferencia objetiva. Si radiografían mis
huesos encontrarán un enloquecido pespunte de roturas antiguas, a excepción de
en mis piernas sintéticas. Sus huesos no tienen ninguna. O eso dice él —Miles
se sujetó la mano izquierda, dolorida—. Creo que me dejaré la barba de momento,
por si acaso.
Miles se volvió hacia el capitán Galeni.
—¿Cómo nos encargaremos... se encargará Seguridad Imperial de
esto, señor? —dijo, deferente—. ¿Quiere que llamemos a las autoridades locales?
—Oh, así que soy otra vez «señor», ¿eh? —murmuró Galeni—. Claro
que llamaremos a la policía. No podemos extraditar a esa gente. Pero ahora que
son culpables de un crimen cometido aquí en la Tierra, las autoridades de
Euroley los detendrán por nosotros. Será el fin de todo este grupúsculo
radical.
Miles contuvo la impaciencia y procuró que su voz fuese fría y lógica.
—Pero un juicio público revelaría toda la historia del clon al
detalle. Atraería un montón de atención no deseada hacia mí, desde el punto de
vista de Seguridad. Incluyendo, puede estar seguro, la atención cetagandana.
—Es demasiado tarde para echar tierra a todo esto.
—No estoy tan seguro. Sí, los rumores vuelan, pero unos cuantos
rumores suficientemente confusos resultan muy útiles. Esos dos —Miles señaló a
los guardias capturados—, no son peces gordos. Mi clon sabe mucho más que
ellos, y ya ha regresado a la embajada. Que es, legalmente, suelo barrayarés.
¿Para qué los necesitamos? Ahora que le hemos recuperado a usted, y tenemos al
clon, el plan carece de validez. Mantenga vigilado a este grupo como al resto
de los expatriados komarreses aquí en la Tierra, y ya no supondrán ningún
peligro para nosotros.
Galeni lo miró a los ojos, luego apartó la vista, el pálido
perfil tenso por el significado tácito de aquello: «Y su carrera no se verá
comprometida por un escándalo público. Y no tendrá que enfrentarse a su padre.»
—Yo... no sé.
—Yo sí —dijo Miles, confiado. Hizo un gesto a un dendarii
cercano—. Sargento. Suba con un par de técnicos y vacíe los archivos de la
comuconsola de estos tipos. Haga un repaso rápido en busca de archivos
secretos. Y ya que está en ello, registre la casa a ver si hay un par de
artilugios antiescáner personal en forma de cinturón; deben de estar guardados
en alguna parte. Llévelos al comodoro Jesek y dígale que quiero encontrar al
fabricante. En cuanto indique usted que todo está despejado, nos marchamos.
—Vaya, eso sí que es ilegal —observó Elli.
—¿Qué van a hacer, ir a la policía y quejarse? Creo que no.
Ah... ¿quiere dejar algún mensaje en la comuconsola, capitán?
—No —dijo Galeni en voz baja después de un instante—. Nada de
mensajes.
—Bien.
Un dendarii aplicó primeros auxilios al dedo roto de Miles y le
anestesió la mano. El sargento regresó en menos de media hora, con los
cinturones antiscan colgando del hombro, y le entregó un disco de datos.
—Aquí tiene, señor.
—Gracias.
Galen no había regresado aún. Visto el panorama, Miles
consideraba eso un añadido.
Se arrodilló junto al komarrés que estaba aún consciente, y
acercó un aturdidor a su sien.
—¿Qué va a hacer? —croó el hombre.
Los labios resquebrajados de Miles se distendieron en una
sonrisa que empezó a sangrar.
—Vaya, aturdirte por supuesto, llevarte a la costa sur y
tirarte. ¿Qué si no? Buenas noches.
El aturdidor zumbó, y el komarrés pataleó y se derrumbó. El
soldado dendarii le soltó las ligaduras y Miles dejó a los dos guardias
tendidos uno al lado del otro en el suelo. Salieron y cerraron con cuidado las
puertas del garaje.
—De vuelta a la embajada, pues, y crucifiquemos al pequeño
bastardo —dijo Elli Quinn sombría, solicitando la ruta a su destino en la
consola del coche alquilado. El resto de la patrulla se retiró a ocupar
posiciones encubiertas.
Miles y Galeni se acomodaron. Galeni parecía tan agotado como se
sentía Miles.
—¿Bastardo? —suspiró—. No. Me temo que eso es lo que no es.
—Crucifiquémoslo primero —murmuró Galeni—. Definámoslo después.
—De acuerdo —dijo Miles.
—¿Cómo entraremos? —preguntó Galeni mientras se acercaban a la
embajada.
—Sólo hay una manera —dijo Miles—. Por la puerta principal.
Desfilando. Adelante, Elli.
Miles y Galeni se miraron e hicieron una mueca. La barba de
Miles iba por detrás de la de Galeni (después de todo, el capitán le llevaba
cuatro días de ventaja), pero los labios partidos, las magulladuras y la sangre
seca de su camisa lo compensaban, calculó Miles. Su sensación general de total
degradación aumentó. Además, Galeni había encontrado las botas y la chaquetilla
de su uniforme en la casa de los komarreses, y Miles no. El clon se las había
llevado, tal vez. Miles no estaba seguro de cuál de ellos olía peor (Galeni
llevaba más tiempo encarcelado, pero Miles opinaba que había sudado más), y no
iba a pedirle a Elli Quinn que olisqueara y los calificara. Por los labios
torcidos de Galeni y las arrugas de sus ojos, Miles supuso que debía de estar
experimentando la misma reacción retardada de enloquecido alivio que burbujeaba
en su propio pecho. Estaban vivos, y era un milagro y una maravilla.
Avanzaron marcando el paso y subieron la rampa. Elli se quedó
atrás, observando la actuación con interés.
El guardia de la entrada saludó por acto reflejo mientras el
asombro se extendía por su cara.
—¡Capitán Galeni! ¡Ha vuelto! Y, er... —miró a Miles, abrió y
cerró la boca—, usted. Señor.
Galeni le devolvió el saludo sin ganas.
—Llame al teniente Vorpatril y dígale que se presente aquí. A
Vorpatril solamente.
—Sí, señor.
El guardia de la embajada habló a través de su comunicador de
muñeca, sin apartar los ojos de ellos. No paraba de mirar de reojo a Miles, con
expresión sorprendida.
—Er... me alegro de que haya vuelto, capitán.
—Yo también, cabo.
Al cabo de un instante, Ivan salió de un tubo elevador y se
acercó corriendo por el vestíbulo de mármol.
—Dios mío, señor, ¿dónde ha estado? —exclamó, agarrando a Galeni
por los hombros. Recordó comportarse un poco tarde, y saludó.
—Mi ausencia no ha sido voluntaria, se lo aseguro.
Galeni se tiró del lóbulo de una oreja, parpadeando, y se pasó
la mano por la barba de días, un poco conmovido por el entusiasmo de Ivan.
—Lo explicaré con detalle, más tarde. Ahora mismo... ¿teniente
Vorkosigan? Quizá sea el momento de sorprender a su, er, otro pariente.
Ivan miró a Miles.
—¿Te dejaron salir, entonces? —miró con más atención y se puso
blanco—. Miles...
Miles le enseñó los dientes y se apartó del hipnotizado cabo.
—Todo quedará explicado cuando arrestemos al otro yo. ¿Dónde
estoy, por cierto?
Ivan arrugó los labios, cada vez más preocupado.
—Miles... ¿intentas jugar con mi cabeza? No tiene demasiada
gracia...
—Nada de juegos. Y no tiene ninguna gracia. El individuo que ha
estado durmiendo en tu cuarto los últimos cuatro días... no era yo. He estado
alojado con el capitán Galeni, aquí presente. Un grupo revolucionario komarrés
trató de colocarte un doble, Ivan. El cretino es mi clon, de verdad. ¡No me
digas que no has notado nada!
—Bueno... —dijo Ivan. El alivio, y un creciente embarazo,
empezaron a nublar sus rasgos—. Hiciste algo, um, poco propio de ti, estos dos
últimos días.
Elli asintió dubitativa; comprendía muy bien el azoramiento de
Ivan.
—¿Qué? —inquirió Miles.
—Bueno... te he visto maniático. Y te he visto depresivo. Pero
nunca te había visto... bueno, neutral.
—Eso me pasa por preguntar. ¿Y sin embargo nunca sospechaste
nada? ¿Tan bueno era?
—¡Oh, sospeché algo la primera noche!
—¿Y qué? —chilló Miles. Tenía ganas de tirarse de los pelos.
—Y decidí que no podía ser. Después de todo, tú mismo te
inventaste esta historia del clon hace unos cuantos días.
—Pues ahora demostraré mi sorprendente presciencia. ¿Dónde está?
—Bueno, por eso me ha sorprendido tanto verte.
Galeni se había cruzado de brazos y tenía una mano en la frente.
Miles no pudo leer sus labios, aunque se movían ligeramente... contando hasta
diez, tal vez.
—¿Por qué, Ivan? —dijo Galeni, y esperó.
—Dios mío, no se habrá marchado ya a Barrayar, ¿verdad? —dijo
Miles impaciente—. Tenemos que detenerlo...
—No, no —contestó Ivan—. Han sido los locales. Por eso tenemos
aquí este lío.
—¿Dónde está? —rugió Miles, agarrando la chaqueta verde del
uniforme de Ivan con la mano buena.
—¡Cálmate, eso es lo que estoy intentando decirte! —Ivan
contempló los blancos nudillos del puño de su primo—. Sí, eres tú, desde luego.
La policía local ha venido aquí hace un par de horas y te ha arrestado... lo
arrestó a él... lo que sea. Bueno, no exactamente, pero tenían una orden de
detención prohibiéndote dejar esta jurisdicción legal. Ibas a marcharte esta
noche. Traían una orden judicial para interrogarte ante el fiscal municipal y
asegurarse de que había pruebas suficientes para presentar cargos formales.
—¿Cargos de qué, qué estás farfullando, Ivan?
—Bueno, pues ahí está el lío. Tuvieron una especie de
cortocircuito en sus cerebros sobre las embajadas... vinieron y te arrestaron,
teniente Vorkosigan, por sospecha de conspiración para cometer asesinato. Como
remate, se sospecha que contrataste a esos dos matones que intentaron asesinar
al almirante Naismith en el espaciopuerto la semana pasada.
Miles dio una patada en el suelo.
—Ah. Ah. ¡Ah!
—El embajador está presentando protestas por todas partes.
Naturalmente, no podíamos decirles por qué están equivocados.
Miles agarró a Quinn por el codo.
—No te dejes llevar por el pánico.
—No me dejo llevar por nada —observó Quinn—. Estoy viendo cómo
tú te dejas llevar por el pánico. Es mucho más divertido.
Miles se frotó la frente.
—Bien. Bien. Empecemos por asumir que no todo está perdido.
Supongamos que el chico no se ha dejado llevar por el... que no se ha venido
abajo. Todavía. Supongamos que le ha dado la vena aristocrática y los mira a
todos con desdén sin decir palabra. Lo haría bien, si es así como supone que
actuamos los Vor. Pequeño capullo. Supongamos que está resistiendo.
—Supuesto —concedió Ivan—. ¿Y qué?
—Si nos apresuramos, conseguiremos salvar...
—¿Tu reputación? —dijo Ivan.
—¿A su... hermano? —aventuró Galeni.
—¿Nuestros culos? —dijo Elli.
—Al almirante Naismith —terminó de decir Miles—. Ahora quien
corre peligro es él. —La mirada de Miles se encontró con la de Elli; las cejas
de la comandante se alzaron preocupadas—. La palabra clave es «tapadera». Tanto
si se destapa... como si, sólo posiblemente, se asegura de modo permanente.
Se volvió hacia Galeni.
—Nosotros dos tenemos que lavarnos. Reúnase conmigo aquí dentro
de quince minutos. Ivan, trae un bocadillo. Dos bocadillos. Te llevaremos como
fuerza bruta —Ivan venía muy bien para esas cosas—. Elli, tú conduces.
—¿Conducir adónde?
—A los juzgados. Vamos al rescate del pobre e incomprendido
teniente Vorkosigan. Regresará con nosotros la mar de agradecido, lo quiera o
no. Ivan, será mejor que lleves un hipospray con dos centímetros cúbicos de
tolizona, además de esos bocadillos.
—Espera, Miles —dijo Ivan—. Si el embajador no consiguió sacarlo
de allí, ¿cómo esperas que lo hagamos nosotros?
Miles sonrió.
—Nosotros no. El almirante Naismith.
Los juzgados municipales de Londres eran un gran edificio negro
de cristal de unos dos siglos de antigüedad. Ejemplos de arquitectura similar
brotaban de vez en cuando en un distrito compuesto por estilos aún más
antiguos, resto de los bombardeos e incendios del Quinto Disturbio Civil. La
renovación urbana allí no llegaba hasta después de un desastre. Londres estaba
abarrotado, era un rompecabezas de épocas yuxtapuestas, y los londinenses se
aferraban obstinadamente a los pedazos de su pasado; había incluso un comité
para salvar los espantosos restos de finales del siglo XX. Miles se preguntó si
Vorbarr Sultana, actualmente en franco proceso de expansión, tendría aquel
aspecto al cabo de mil años, o si aniquilaría su historia en la prisa por
modernizarse.
Miles se detuvo en el vestíbulo para ajustarse el uniforme de
almirante dendarii.
—¿Se me ve respetable? —le preguntó a Quinn.
—La barba te hace parecer, um...
Miles se la había recortado apresuradamente.
—¿Distinguido? ¿Mayor?
—Desaliñado.
—Ja.
Los cuatro cogieron el tubo elevador hasta la planta noventa y
siete.
—Sala W —les indicó el panel de recepción después de que
accedieran a sus archivos—. Cubículo 19.
El cubículo 19 resultó contener un terminal asegurado de Euronet
JusticeComp y un ser humano vivo, un joven serio.
—Ah, investigador Reed —le sonrió cálidamente Elli cuando
entraron—. Volvemos a vernos.
Una breve mirada sirvió para comprobar que el investigador Reed
estaba solo. Miles aclaró un retortijón de pánico en su garganta.
—El investigador Reed se encarga de ese desagradable incidente
en el espaciopuerto, señor —explicó Elli, confundiendo su tos con una solicitud
de explicaciones y adoptando un tono profesional—. Investigador Reed, el
almirante Naismith. Tuvimos una larga charla en mi último viaje aquí.
—Ya veo —dijo Miles. Mantuvo una expresión amable y neutral.
Reed lo miraba de arriba abajo.
—Increíble. ¡Así que es usted de verdad el clon de Vorkosigan!
—Prefiero considerarlo mi hermano gemelo apartado. Por lo común,
procuramos mantenernos lo más lejos posible el uno del otro. Así que ha hablado
usted con él.
—Un poco. No me ha parecido muy cooperativo —Reed miraba con
incertidumbre a Miles y a Elli y a los dos barrayareses uniformados—. Cerrado.
Bastante desagradable, más bien.
—Sí, lo imagino. Le estaba usted pisando un callo. Es bastante
sensible en lo que a mí respecta. Prefiere que no le recuerden mi embarazosa
existencia.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Rivalidad de hermanos —improvisó Miles—. He llegado más lejos
que él en la carrera militar. Se lo toma como un reproche, un desmérito de sus
propios logros tan perfectamente razonables...
«Dios mío, que alguien me saque de este lío.» La mirada de Reed
se volvía penetrante.
—Al grano, por favor, almirante Naismith —gruñó el capitán
Galeni.
«Gracias.»
—Cierto. Investigador Reed, no pretenderé que Vorkosigan y yo
seamos amigos, ¿pero de dónde sacaron esa curiosa idea de que fue él quien
trató de orquestar mi muerte?
—Su caso no ha sido fácil. Los dos presuntos asesinos —Reed miró
a Elli—, eran un callejón sin salida. Así que seguimos otra pista.
—No sería la de Lise Vallerie, ¿verdad? Me temo que soy culpable
de haberla desviado un poco del camino. Tengo un curioso sentido del humor, me
temo. Es un defecto...
—... que todos debemos soportar —murmuró Elli.
—Consideré interesantes las sugerencias de Vallerie, no
concluyentes —dijo Reed—. En casos pasados he descubierto que es una
investigadora cuidadosa por propio derecho, que no se deja detener por ciertas
reglas de orden que entorpecen, digamos, mi trabajo. Y resulta muy valiosa a la
hora de transmitir asuntos de interés.
—¿Qué está investigando ahora? —inquirió Miles.
Reed le dirigió una mirada neutra.
—La clonación ilegal. Tal vez pueda usted darle algunas
indicaciones.
—Ah... me temo que mis experiencias llevan unas dos décadas
pasadas de moda para sus objetivos.
—Bueno, no se puede tener todo. En este caso la pista fue
bastante objetiva. Se vio a un coche aéreo salir del espaciopuerto a la hora
del atentado; pasó ilegalmente a través de un control de tráfico. Lo seguimos
hasta la embajada barrayaresa.
«El sargento Barth.» Galeni parecía a punto de escupir; Ivan
adoptó esa expresión agradable y ligeramente bobalicona que en el pasado había
descubierto tan útil para evadir cualquier acusación de responsabilidad.
—Oh, eso —dijo Miles tranquilamente—. Fue simplemente la tediosa
vigilancia que Barrayar me hace. Con toda sinceridad, la embajada de la que yo
sospecharía es la cetagandana. Recientes operaciones dendarii en su zona de
influencia, muy lejos de su jurisdicción, les molestaron enormemente. Pero no
es una acusación que pueda demostrar, y por eso me contenté con dejar el
trabajo a su gente.
—Ah, el famoso rescate de Dagoola. He oído hablar de ello. Un
motivo de peso.
—De bastante más peso que la vieja historia que le conté a Lise
Vallerie. ¿Resuelve eso los contratiempos?
—¿Y obtiene usted algo a cambio por este caritativo servicio a
la embajada de Barrayar, almirante?
—¿Mi buena acción del día? No, tiene usted razón. Ya le he
advertido sobre mi sentido del humor. Digamos que mi recompensa es suficiente.
—Nada que pudiera ser considerado como obstrucción a la
justicia, espero —Reed alzó las cejas.
—Yo soy la víctima, ¿recuerda? —Miles se mordió la lengua—. Mi
recompensa no tiene nada que ver con el código penal de Londres, se lo aseguro.
Mientras tanto, ¿puedo pedirle que entregue al pobre teniente Vorkosigan a la
custodia, digamos, de su oficial al mando, el capitán Galeni, aquí presente?
La cara de Reed era un retrato de la suspicacia, se había
redoblado su desconfianza. «¿Qué ocurre, maldición? —se preguntó Miles—. Se
supone que le estoy haciendo la rosca...»
Reed alzó las manos, se echó atrás e inclinó la cabeza.
—El teniente Vorkosigan se ha marchado con un hombre que se
presentó como capitán Galeni hace una hora.
—Aaah... —dijo Miles—. ¿Un hombre mayor vestido de civil? ¿Pelo
gris, grueso?
—Sí.
Miles tomó aire, sonriendo fijamente.
—Gracias, investigador Reed. No le haremos perder más su valioso
tiempo.
De vuelta en el vestíbulo, Ivan dijo:
—¿Y ahora qué?
—Creo que es hora de regresar a la embajada. Y de enviar un
informe completo al cuartel general —dijo el capitán Galeni.
«La urgencia por confesar, ¿eh?»
—No, no, nunca envíe informes en el ínterin —dijo Miles—. Sólo
informes finales. Los informes en el ínterin tienden a desencadenar órdenes. Y
entonces hay que obedecerlas o perder energías y un tiempo valiosísimo en
evitarlas, en vez de resolver el problema.
—Una interesante filosofía de mando. Debo recordarla. ¿La
comparte usted, comandante Quinn?
—Oh, sí.
—Los mercenarios dendarii deben de ser una organización
fascinante con la que trabajar.
—Así lo creo —dijo Quinn sonriendo.
12
Regresaron de todas formas a la embajada: Galeni decidido a
poner en marcha a su personal para que emprendiera una investigación a fondo
sobre el oficial correo, ahora altamente sospechoso; Miles para ponerse un
uniforme barrayarés y dejar que el médico le atendiera bien la mano. Si quedaba
un momento libre en su vida después de que se solucionara aquel lío, reflexionó
Miles, quizá sería mejor que se tomara algún tiempo para que sustituyeran por
sintéticos los huesos y articulaciones de sus brazos y manos, no sólo los de
las piernas. Operarse las piernas había resultado doloroso y tedioso, pero
demorar la operación de los brazos no iba a mejorar nada. Y desde luego no
podía pretender que todavía iba a seguir creciendo.
Algo alicaído por estos pensamientos, salió de la clínica de la
embajada y bajó al subnivel de seguridad. Encontró a Galeni sentado solo ante
su comuconsola tras haber cursado un hervidero de órdenes que enviaron a sus
subordinados en todas direcciones. Las luces del despacho eran tenues. Galeni
tenía los pies apoyados en la mesa, y Miles pensó que habría preferido sostener
en la mano una botella de alguna fuerte bebida alcohólica antes que el lápiz
óptico al que no paraba de dar vueltas y más vueltas.
Galeni sonrió débilmente, se sentó bien y dio un golpecito con
el lápiz sobre la mesa cuando Miles entró.
—He estado reflexionando, Vorkosigan. Me temo que tal vez no
podamos evitar llamar a las autoridades locales.
—Ojalá no hiciera eso, señor. —Miles acercó una silla y se sentó
a horcajadas, apoyando los brazos en el respaldo—. Implíquelos, y las
consecuencias escaparán a nuestro control.
—Ahora hará falta un pequeño ejército para encontrar a esos dos
en la Tierra.
—Yo tengo un pequeño ejército —le recordó Miles—, y acaba de
demostrar su efectividad para este tipo de cosas, creo.
—Ja. Cierto.
—Dejemos que la embajada contrate a los mercenarios dendarii
para encontrar a nuestras... personas desaparecidas.
—¿Contratar? ¡Creía que Barrayar les estaba pagando ya!
Miles sonrió con inocencia.
—Pero señor, parte de la tapadera es que esa relación es
desconocida incluso para los propios dendarii. Si la embajada los contrata
formalmente... eso tapará la tapadera, como si dijéramos.
Galeni alzó las cejas, sardónico.
—Ya veo. ¿Y cómo se propone explicarles lo de su clon?
—Si es necesario, como un clon... del almirante Naismith.
—¿Tres usted, ahora? —dijo Galeni, dudoso.
—Envíelos simplemente a buscar a su... a buscar a Ser Galen.
Donde él esté, estará también el clon. Funcionó una vez.
—Mm —dijo Galeni.
—Una cosa más —añadió Miles. Pasó pensativo un dedo por el
respaldo de la silla—. Si conseguimos capturarlos... ¿qué es lo que planeamos
hacer con ellos?
Galeni dio un golpecito con el lápiz óptico.
—Solamente hay dos o tres posibilidades. Una, serán arrestados,
juzgados y encarcelados por los crímenes cometidos aquí en la Tierra.
—Y durante el proceso —observó Miles seriamente—, la tapadera
del almirante Naismith como agente supuestamente independiente se verá
comprometida casi con toda certeza, y su verdadera identidad será pública. No
es que pretenda que el Imperio barrayarés aguante o caiga por los mercenarios
dendarii, pero Seguridad nos ha considerado útiles en el pasado. Espero que el
Mando... considere esta acción poco conveniente. Además, ¿ha cometido mi clon
algún crimen del que se le pueda hacer responsable? Creo que incluso es menor
de edad, según la Euroley.
—Segunda alternativa —recitó Galeni—. Secuestrarlos y
devolverlos en secreto a Barrayar para que sean juzgados, eludiendo el estatuto
de no extradición terrestre. Si tuviéramos una orden procedente de arriba,
supongo que ésa sería la respuesta menos paranoica de Seguridad.
—Serían juzgados o mantenidos indefinidamente a la espera —dijo
Miles—. Para mi... hermano, eso quizá no resultara tan malo como pensaba. Tiene
un amigo en un puesto muy alto. Si logra antes evitar ser asesinado en secreto
por algún... sicario sobreexcitado, claro. —Galeni y Miles intercambiaron una
mirada—. Pero nadie va a interceder por su padre. Barrayar siempre ha
considerado que las muertes de la Revuelta komarresa eran crímenes civiles, no
actos de guerra, y él nunca se sometió al juramento de lealtad y la amnistía.
Presentarán cargos capitales contra él. Su ejecución será inevitable.
—Inevitable —Galeni hizo una mueca, se contempló las puntas de
las botas—. La tercera posibilidad es... como usted ha dicho, que se les
asesine en secreto.
—A las órdenes de asesinar se puede uno resistir con bastante
éxito —observó Miles—, si tiene un estómago fuerte. El Alto Mando no está tan
libre para ordenar ese tipo de cosas como en los tiempos del Emperador Ezar,
afortunadamente. Propongo una cuarta posibilidad. Puede que sea mejor no
capturar a esos... molestos parientes.
—Francamente, Miles, si no entrego a Ser Galen mi carrera se
convertirá en humo. Ya debo de ser sospechoso por no haberlo hecho en estos dos
años. Su sugerencia bordea, no la insubordinación, que parece ser su modo
normal de comportarse, sino algo peor.
—¿Qué me dice de su predecesor, que no lo descubrió en cinco
años? Y si lo entrega usted ahora, ¿mejorará eso su carrera? Será sospechoso de
todas formas para todos aquellos cuya obligación es ser recelosos.
—Ojalá —el rostro de Galeni tenía una expresión reflexiva,
letalmente calmada, su voz era un murmullo—, ojalá hubiera muerto entonces. Su
primera muerte fue mucho mejor, gloriosa, en el calor de la batalla. Él tenía
un lugar en la historia y yo estaba solo, superado el dolor, sin padres que me
atormentaran. Qué suerte que la técnica no haya descubierto la inmortalidad
humana. Es una gran bendición que podamos vivir más que antiguas guerras. Y
antiguos guerreros.
Miles reflexionó sobre el tema. Encarcelado en la Tierra, Galen
destruía las carreras de Galeni y del almirante Naismith, pero vivía. Enviado a
Barrayar, moría; la carrera de Galeni mejoraría un poco, pero el hombre... no
quedaría del todo cuerdo. El parricidio no tendría la enraizada serenidad para
servir a las complejas necesidades futuras de Komarr, sin duda. «Pero Naismith
viviría», susurraron tentadores sus pensamientos. Si los dejaban sueltos, Galen
y Mark seguirían siendo una amenaza de proporciones desconocidas y, por tanto,
intolerables. Si Miles y Galeni no hacían nada, el alto mando decidiría por
ellos, cursando quién-sabía-qué órdenes para sellar el destino de sus enemigos.
Miles repudiaba la idea de sacrificar la prometedora carrera de
Galeni por aquel viejo revolucionario malhumorado que se negaba a rendirse. Sin
embargo, la destrucción de Galen perjudicaría también, sin ninguna duda, a
Galeni. Maldición, ¿por qué no podía el viejo haberse largado a algún paraíso
tropical, en vez de dedicarse a crear problemas para la generación más joven
con la idea, seguro, de que era bueno para ellos? Retiro obligatorio para los
revolucionarios, eso es lo que necesitaban ahora.
¿Qué se elige cuando todas las opciones son malas?
—La elección es mía —dijo Galeni—. Tenemos que ir por ellos.
Se miraron, ambos muy cansados.
—Lleguemos a un compromiso —sugirió Miles—. Envíe a los
mercenarios dendarii a localizarlos, seguirlos y espiarlos. No intente
detenerlos todavía. Eso le permitirá dedicar todos los recursos de la embajada
al caso del correo, un asunto puramente interno de Barrayar se mire como se
mire.
Hubo un momento de silencio.
—De acuerdo —dijo Galeni por fin—. Pero pase lo que pase al
final... quiero acabarlo rápido.
—De acuerdo —dijo Miles.
Miles encontró a Elli sentada sola en la cafetería de la
embajada, contemplando cansada y un poco aturdida los restos de su cena,
ignorando las miradas disimuladas y las sonrisas vacilantes de varios
trabajadores. Miles cogió un bocadillo y un té y se sentó frente a ella. Sus
manos se rozaron brevemente bajo la mesa, luego ella apoyó de nuevo la barbilla
sobre las palmas y alzó las cejas.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—¿Cuál es la recompensa tradicional para un trabajo bien hecho
en el ejército de este hombre?
Sus ojos oscuros chispearon.
—Otro trabajo.
—Ya lo tienes. Persuadí al capitán Galeni para que dejara que
los mercenarios dendarii encontraran a Galen, igual que tú nos encontraste a
nosotros. ¿Cómo lo hiciste, por cierto?
—Con un montón de esfuerzo, así lo hice. Empezamos revisando esa
montaña de datos sobre los komarreses que nos enviaste desde la embajada.
Eliminamos los bien documentados, los niños pequeños, y todo eso. Luego el
equipo informático de Inteligencia irrumpió en la red económica para sacar
archivos de crédito, y en la red de Euroley, eso sí que fue difícil, para sacar
archivos criminales, y empezamos a buscar anomalías. Ahí fue donde encontramos
la pista. Hace aproximadamente un año, cuando el hijo nacido en la Tierra de un
expatriado komarrés fue detenido por los polis de Euroley a causa de un
incidente menor, se descubrió que poseía un aturdidor sin registrar. Al no ser
un arma letal, simplemente le costó una multa y, en lo referente a Euroley, eso
fue todo. Pero el aturdidor no había sido fabricado en la Tierra. Era un viejo
artículo militar de Barrayar.
»Empezamos a seguirlo, físicamente y a través de la red
informática, y descubrimos quiénes eran sus amigos: gente que no figuraba en el
ordenador de la embajada. Al mismo tiempo, estuvimos siguiendo otras pistas que
no condujeron a nada. Pero con ésta tuve una corazonada. Uno de los frecuentes
contactos de ese muchacho, un hombre llamado Van der Poole, estaba registrado
como emigrante del planeta Escarcha IV. Ahora bien, durante esa investigación
que hice hace un par de años referida a los genes robados, estuve en Jackson's
Whole... —Miles asintió al recordarlo—. Así que sabía que allí se pueden
comprar pasados bien documentados, uno de los pequeños servicios con alto
margen de beneficios que proporcionan ciertos laboratorios para ir tirando
junto con las nuevas caras y voces y huellas retinales y dactilares que
ofrecen. Uno de los planetas que suelen utilizar para esto es Escarcha IV, ya
que el desastre tectónico destruyó su red de ordenadores... por no mencionar el
resto del lugar, hace veintiocho años. Un montón de gente perfectamente
legítima que abandonó entonces Escarcha IV tiene documentación imposible de
comprobar. Si tienes más de veintiocho años, Jackson's Whole puede
proporcionarte una. Así que cada vez que veo a alguien de cierta edad que dice
ser de Escarcha IV, desconfío automáticamente. Van der Poole era Galen, por
supuesto.
—Por supuesto. Mi clon fue otro lindo producto de Jackson's
Whole, por cierto.
—Ah. Todo encaja, qué bonito.
—Mis felicitaciones a ti y a todo el departamento de
Inteligencia. Recuérdame que cuando vuelva a la Triumph curse una enhorabuena
oficial.
—¿Y eso será cuándo? —Aplastó un trozo de hielo del fondo del
vaso e hizo girar el resto, tratando de parecer interesada sólo
profesionalmente.
«Su boca sabría fresca, y sabrosa...» Miles parpadeó centrándose
también en lo profesional, consciente de los ojos curiosos del personal de la
embajada sobre ellos.
—No sé. Desde luego, todavía no hemos acabado. Deberíamos
transmitir de vuelta a los archivos de la embajada todos los nuevos datos
recopilados por los dendarii. Ivan está trabajando ahora mismo en lo que
sacamos de la comuconsola de Galen. Va a ser más difícil esta vez. Galen... Van
der Poole, se ocultará. Y tiene un montón de experiencia a la hora de
desaparecer. Pero si lo encuentras, ah, infórmame directamente a mí. Yo
informaré a la embajada.
—¿Informar de qué a la embajada? —inquirió Elli, alerta a su
tono de voz.
Miles sacudió la cabeza.
—Todavía no estoy seguro. Puede que esté demasiado cansado para
pensar con claridad, ya veré si tiene más sentido por la mañana.
Elli asintió y se levantó.
—¿Adónde vas? —preguntó Miles, alarmado.
—De vuelta a la Triumph, a poner la masa en movimiento, desde
luego.
—Pero puedes transmitir por tensorrayo... ¿Quién está de
servicio ahora mismo?
—Bel Thorne.
—Bien, muy bien. Vamos a buscar a Ivan. Transmitiremos el
intercambio de datos desde aquí, y las órdenes también. —Estudió los círculos
oscuros bajo sus luminosos ojos—. ¿Y cuánto tiempo llevas sin dormir, por
cierto?
—Oh, aproximadamente las últimas, um —miró su crono—, treinta
horas.
—¿Quién tiene problemas para delegar el trabajo, comandante
Quinn? Envía las órdenes, no a ti misma. Y duerme un poco antes de que empieces
a cometer errores también. Te encontraré un lugar para que te acuestes, aquí
mismo, en la embajada...
Ella lo miró a los ojos, sonriendo de pronto.
—... si quieres —se apresuró a añadir Miles.
—¿Lo harás? —dijo ella en voz baja—. Me gustaría mucho.
Le hicieron una visita a Ivan, asaltaron su comuconsola, y
transmitieron los datos seguros a la Triumph. Ivan, advirtió Miles con júbilo,
tenía montones y montones de trabajo que hacer. Escoltó a Elli hasta los tubos
ascensores y sus habitaciones.
Elli se lanzó hacia el cuarto de baño nada más entrar. Mientras
colgaba el uniforme, Miles encontró la manta-gato arrugada en un oscuro rincón
del armario, sin duda donde su aterrorizado clon la había arrojado la primera
noche. La negra piel emitió un extasiado ronroneo cuando la recogió. La tendió
cuidadosamente sobre la cama, con una palmadita.
—Ahí.
Elli salió de la ducha en poquísimos minutos, ahuecándose los
cortos rizos oscuros con los dedos, una toalla sujeta atractivamente alrededor
de las caderas. Divisó la manta-gato, sonrió, y saltó y hundió los dedos
descalzos en ella. La manta se estremeció y ronroneó más fuerte.
—Ah —suspiró Miles contemplándolos a ambos, feliz. Entonces la
duda asaltó su jardín del edén. Elli observaba la habitación con interés. Tragó
saliva—. ¿Es ésta, ah, la primera vez que estás aquí? —preguntó con lo que
esperaba que fuera un tono casual.
—Ajá. No sé por qué, me esperaba algo medieval. Es más parecido
a una habitación corriente de hotel de lo que cabría esperar de Barrayar.
—Esto es la Tierra —puntualizó Miles—, y la Era del Aislamiento
terminó hace cien años. Tienes unas ideas muy raras respecto a Barrayar. Pero
me preguntaba si mi clon había, uh... ¿estás segura de que nunca notaste
ninguna diferencia en absoluto durante los cuatro días? ¿Tan bueno era?
Sonrió de lado, esperando su respuesta. ¿Y si ella había
advertido algo, qué? ¿Era él realmente tan transparente y simple que cualquiera
podía interpretarlo? Peor, ¿y si ella había notado alguna diferencia... y le
gustaba más el clon?
Elli pareció cohibida.
—Lo noté, sí. Pero de pensar que te pasaba algo raro, a darme
cuenta de que no eras tú... tal vez si hubiéramos pasado más tiempo juntos.
Sólo hablamos a través de enlace comunicador, menos durante el viaje de dos
horas al centro de la ciudad para rescatar a Danio y sus alegres muchachos de
la policía local. En esa ocasión pensé que te habías vuelto majareta. Luego
decidí que debías tener algún as en la manga, y que no me lo decías porque
yo... —su voz se apagó de pronto— había caído en desgracia, de algún modo.
Miles calculó y respiró aliviado. Así que el clon no había
tenido tiempo de... ejem. Sonrió con picardía.
—Verás, cuando me miras —explicó ella—, me siento... bueno,
bien. No una sensación cálida y mareante, aunque también está eso...
—Cálida y mareante —suspiró Miles feliz, apoyándose en ella.
—Basta, tonto, hablo en serio.
Pero lo rodeó con sus brazos. Firmemente, como si estuviera
preparada para plantar batalla inmediata a quien quisiera arrebatárselo de
nuevo.
—Bueno, verás... actúo de manera competente. Tú haces que no
tenga miedo. No tengo miedo de intentarlo, no tengo miedo de lo que los demás
puedan pensar. Tu... clon, santos dioses qué bueno es saberlo, hacía que
empezara a preguntarme qué había de malo en mí. Aunque cuando pienso en lo
fácilmente que te cogieron, aquella noche en la casa vacía, yo...
—Ssss —Miles silenció sus labios con un dedo—. No hay nada malo
en ti, Elli. Eres mi Quinn, mi reina perfecta.
Su Quinn...
—¿Ves a lo que me refiero? Supongo que te salvó la vida. Yo
pretendía mantenerte..., mantenerlo a él, informado sobre la búsqueda de
Galeni, aunque fuera sólo un informe de falta de progresos en el ínterin. Y eso
habría sido su primera noticia de que había una búsqueda en marcha.
—Y habría ordenado detenerla.
—Precisamente. Pero luego, cuando se produjo el avance en el
caso, yo... consideré que sería mejor asegurarme. Guardarlo para luego,
sorprenderte con el resultado final todo envuelto con un lazo grande... y
recuperar tu aprecio, para ser sincera. En cierto modo, él impidió que lo
mantuviera informado.
—Si te sirve de algún consuelo, no era por antipatía. Lo
aterrorizabas. Tu cara... por no mencionar el resto de tu persona, produce ese
efecto en algunos hombres.
—Sí, la cara... —casi inconscientemente se tocó una mejilla,
luego se revolvió el pelo—. Creo que has puesto el dedo en la llaga. Tú me
conociste cuando tenía mi antigua cara, y ninguna cara, y la cara nueva, y sólo
para ti fueron todas la misma cara.
Él acarició con la mano sin vendar el arco de sus cejas, la
nariz perfecta; se detuvo en los labios para recolectar un beso, luego bajó por
el ángulo ideal de su barbilla y la piel de terciopelo de su garganta.
—Sí, la cara... yo entonces era joven y tonto. Me pareció una
buena idea en su momento. Sólo más tarde me di cuenta de que podría ser un
inconveniente para ti.
—Yo también —suspiró Elli—. Durante los seis primeros meses,
estuve encantada. Pero la segunda vez que un soldado se me insinuó en vez de
acatar una orden, supe que, decididamente, tenía un problema. Tuve que
descubrir y aprender todo tipo de trucos para que la gente respondiera a lo que
hay dentro de mí, y no a la imagen externa.
—Comprendo.
—Por los dioses, más te vale —ella lo miró un instante como si
lo viera por primera vez, luego depositó un beso en su frente—. Acabo de darme
cuenta de cuántos de esos trucos he aprendido de ti. ¡Cuánto te amo!
Cuando se separaron en busca de aire tras el beso que siguió,
Elli se ofreció:
—¿Un masaje?
—Eres el sueño de un borracho, Quinn.
Miles se tumbó, hundió la cara en la piel y dejó que ella se
explayara a sus anchas. Cinco minutos en sus vigorosas manos le hicieron
olvidar todas las ambiciones, menos dos. Una vez satisfechas, ambos durmieron
como lirones, sin ser molestados por ningún mal sueño que Miles recordara más
tarde.
Miles despertó aturdido al oír que llamaban a la puerta.
—Lárgate, Ivan —gimió a la carne y la piel que abrazaba—. Vete a
dormir a alguna parte...
La carne lo sacudió con decisión. Elli encendió la luz, saltó de
la cama, se puso la camiseta negra y los pantalones grises, y caminó hasta la
puerta ignorando las súplicas de Miles.
—No, no, no le dejes entrar...
Los golpes se hicieron más fuertes e insistentes.
—¡Miles! —Ivan entró en tromba por la puerta—. Oh, hola, Elli.
¡Miles! —Ivan lo sacudió por el hombro.
Miles trató de enterrarse bajo la piel.
—Muy bien, puedes quedarte con tu cama —murmuró—. No hace falta
que me avasalles...
—¡Levántate, Miles!
Miles asomó la cabeza, cerrando los ojos para protegerse de la
luz.
—¿Por qué? ¿Qué hora es?
—Medianoche, más o menos.
—¡Oooh!
Volvió a taparse. Tres horas de sueño apenas contaban, después
de lo que había vivido los cuatro últimos días. Demostrando una vena cruel y
despiadada que Miles nunca hubiese imaginado, Ivan le arrancó la piel viva de
las manos y la arrojó lejos.
—Tienes que levantarte —insistió—. Vestirte. Lavarte los hongos
de la cara. Espero que tengas un uniforme limpio por alguna parte... —Ivan
rebuscó en su armario—. ¡Aquí está!
Miles agarró adormilado el uniforme verde que le arrojó.
—¿Está ardiendo la embajada? —preguntó.
—Casi. Elena Bothari-Jesek acaba de llegar de Tau Ceti. ¡Ni
siquiera sabía que la hubieses enviado allí!
—¡Oh! —Miles se despertó. Quinn estaba ya completamente vestida,
incluidas las botas, y comprobaba el aturdidor de su funda—. Sí. Tengo que
vestirme, cierto. A ella no le importará la barba.
—A ella no se la frotarás por la cara —murmuró Elli entre
dientes, rascándose un muslo, ausente. Miles reprimió una sonrisa; uno de los
párpados de ella tembló.
—Tal vez no —dijo Ivan, sombrío—, pero no creo que al comodoro
Destang le entusiasme demasiado.
—¿Destang está aquí? —Miles se despertó del todo. Al parecer,
todavía le quedaba un poco de adrenalina—. ¿Por qué?
Entonces se acordó de algunas de las sospechas que había
incluido en el informe que había enviado con Elena y cayó en la cuenta de por
qué el jefe de Seguridad del Sector Dos se había sentido tentado de investigar
en persona.
—Oh, Dios... tengo que informarlo de todo antes de que fusile al
pobre Galeni nada más verlo.
Se duchó con agua fría de chorro de aguja. Elli le puso una taza
de café en la mano mientras salía y le pasó revista cuando se hubo vestido.
—Todo está bien menos la cara —le informó—, y no puedes hacer
nada al respecto.
Él se pasó una mano por la barbilla, ahora desnuda.
—¿He pasado por alto una zona con el depilador?
—No, estaba admirando las magulladuras. Y los ojos. He visto
ojos más brillantes en un colgado de la juba tres días después de quedarse sin
droga.
—Gracias.
—Tú lo has preguntado.
Miles repasó lo que sabía de Destang mientras bajaban por los
tubos. Sus contactos previos con el comodoro habían sido breves, oficiales y,
por lo que sabía Miles, satisfactorios para ambas partes. El comandante de
Seguridad del Sector Dos era un oficial experimentado, acostumbrado a ocuparse
de sus diversos deberes (coordinación de recogida de datos, supervisar la
seguridad de las embajadas barrayaresas, consulados y VIPS de visita, rescatar
al ocasional súbdito barrayarés en problemas) con poca supervisión directa de
la lejana Barrayar.
Durante las dos o tres operaciones que los dendarii habían
realizado en zonas del Sector Dos, las órdenes y el dinero habían circulado
bien, y los informes finales de Miles, sin que hubiera impedimentos por su
parte.
El comodoro Destang estaba sentado en el centro del despacho de
Galeni, con la comuconsola encendida, cuando entraron Miles, Ivan y Elli. El
capitán Galeni estaba de pie, aunque había sillas disponibles junto a la pared;
tan envarado estaba que parecía que llevara una armadura, con los ojos oscuros
y la cara neutra como un visor. Elena Bothari-Jesek esperaba insegura al fondo,
con el aspecto preocupado de quien es testigo de una cadena de acontecimientos
que han empezado pero ya nadie controla. Los ojos se le iluminaron de alivio al
ver a Miles, y saludó... inadecuadamente, ya que él no iba de uniforme
dendarii; fue algo parecido a un tácito traspaso de la responsabilidad, como
alguien que se deshace de una bolsa de serpientes vivas. «Toma, es todo tuyo.» Él
le devolvió el saludo con un gesto de cabeza. «Muy bien.»
—Señor —dijo Miles.
Destang devolvió el saludo militar y se lo quedó mirando; en un
leve arrebato de nostalgia, Miles recordó al primer Galeni. Otro comandante
apurado. Destang era un hombre de unos sesenta años, delgado, con el pelo gris,
más bajo que la mayoría de los barrayareses. Sin duda nacido después del final
de la ocupación cetagandana, cuando la malnutrición generalizada privó a muchos
de aprovechar su pleno potencial de crecimiento. Habría sido un oficial joven
en la época de la Conquista de Komarr, de rango medio durante su última
revuelta; tendría experiencia de combate, como todos los que habían vivido ese
pasado sacudido por la guerra.
—¿Le ha informado alguien ya, señor? —empezó a decir Miles,
ansiosamente—. Mi memorando original está más que desfasado.
—Acabo de leer la versión del capitán Galeni —Destang indicó la
comuconsola.
Galeni insistía en escribir informes. Miles suspiró para sus
adentros. Era un viejo impulso académico, sin duda. Se esforzó por no ladear la
cabeza y tratar de echar un vistazo.
—No parece que usted haya redactado el suyo todavía —observó
Destang.
Miles hizo un vago gesto con la mano vendada.
—He estado en la enfermería, señor. ¿Pero ha advertido ya que
los komarreses deben de haber tenido algún control sobre el oficial correo de
la embajada?
—Arrestamos al correo hace seis días en Tau Ceti.
Miles suspiró aliviado.
—¿Y era...?
—Fue la habitual historia sórdida —Destang frunció el ceño—.
Cometió un pequeño pecado; eso les dio el punto de apoyo para hacerle cometer
otros cada vez mayores, hasta que no hubo vuelta atrás.
Un curioso judo mental, ese tipo de chantaje, reflexionó Miles.
En el análisis final, era el miedo a su propio bando, no a los komarreses, lo
que había entregado al correo a manos enemigas. Así que un sistema que
pretendía potenciar la lealtad acababa destruyéndola... ahí había un fallo.
—Llevaba en su poder al menos tres años —continuó Destang—. Todo
lo que ha entrado o salido de la embajada desde entonces puede haber pasado
ante sus ojos.
—Oh.
Miles reprimió una sonrisa, que sustituyó, esperaba, por una
expresión de adecuado horror. Así que la subversión del correo era claramente
anterior a la llegada de Galeni a la Tierra. Bien.
—Sí —dijo Ivan—. Acabo de encontrar copias de cosas nuestras
hace un rato en ese vaciado de datos en masa que sacaste de la comuconsola de
Ser Galen, Miles. Ha sido toda una sorpresa.
—Imaginé que estaría allí —dijo Miles—. No había muchas otras
posibilidades una vez sabido que nos estaban espiando. Confío en que el
interrogatorio del correo haya librado al capitán Galeni de toda sospecha.
—Si estaba implicado con los expatriados komarreses de la
Tierra, el correo no lo sabía —dijo Destang, neutral.
No era exactamente una declaración de apasionada confianza.
—Quedó bastante claro que el capitán Galeni era una carta que
Ser Galen mantenía en reserva. Pero la carta se negó a jugar —dijo Miles—. A
riesgo de su vida. Fue la casualidad, después de todo, lo que trajo al capitán
Galeni a la Tierra, ¿no?
Galeni sacudió la cabeza.
—No —dijo, todavía en posición de firmes—. Solicité la Tierra.
—Oh. Bueno, desde luego fue la casualidad lo que me trajo aquí
—Miles pasó por alto la metedura de pata—, la casualidad y mis heridos y
criocadáveres que necesitaban la atención de un centro médico importante en
cuanto fuera posible. Hablando de los mercenarios dendarii, comodoro, ¿se quedó
el correo con los dieciocho millones de marcos que les debe Barrayar?
—Nunca se enviaron —dijo Destang—. Hasta que la capitana
Bothari-Jesek llegó a mi despacho, nuestro último contacto con sus mercenarios
fue el informe que envió usted desde Mahata Solaris tras el asunto Dagoola.
Entonces desaparecieron. Desde el punto de vista del cuartel general del Sector
Dos, llevan ustedes desaparecidos más de dos meses. Para nuestra consternación.
Sobre todo porque las solicitudes semanales de informes de situación del jefe
Illyan se convirtieron en diarias.
—Ya... veo, señor. ¿Entonces no recibieron nunca nuestras
urgentes peticiones de fondos? ¡Entonces nunca me destinaron a la embajada!
Un ruidito muy pequeño, como de un dolor profundo y sofocado,
escapó del por lo demás impasible Galeni.
—Cosa de los komarreses. Al parecer fue una argucia para
mantenerlo inmovilizado hasta conseguir el cambio que pretendían.
—Eso pensaba yo. Ah... no habrá traído usted por casualidad mis
dieciocho millones de marcos, ¿verdad? Esa parte no ha cambiado. Lo mencionaba
en mi memorando.
—Varias veces —dijo Destang secamente—. Sí, teniente, pagaremos
a sus irregulares. Como de costumbre.
—Ah —Miles se derritió por dentro y sonrió cegadoramente—.
Gracias, señor. Es un gran alivio.
Destang ladeó la cabeza con curiosidad.
—¿De qué han estado viviendo este último mes?
—Ha sido... un poco complicado, señor.
Destang abrió la boca para preguntar algo más, pero al parecer
se lo pensó mejor.
—Ya veo. Bien, teniente, puede usted regresar a su puesto. Su
participación aquí ha terminado. En realidad, no tendría que haber aparecido en
la Tierra como lord Vorkosigan.
—¿A qué puesto se refiere, señor? ¿A los mercenarios dendarii?
—Dudo que Simon Illyan los buscara urgentemente porque se sentía
solo. No es aventurado suponer que se cursarán nuevas órdenes en cuanto el
cuartel general esté al corriente de su localización. Deben estar preparados
para ponerse en marcha.
Elli y Elena, que habían estado hablando en voz baja al fondo,
se alegraron de la noticia. Ivan pareció más agobiado.
—Sí, señor —dijo Miles—. ¿Qué va a pasar aquí?
—Ya que, gracias a Dios, no han implicado ustedes a las
autoridades terrestres, resolveremos nosotros mismos este intento abortado de
traición. He traído un equipo de Tau Ceti...
Miles supuso que el equipo era un grupo de limpieza: comandos de
Inteligencia dispuestos, a la orden de Destang, a restaurar el orden en una
embajada llena de traidores con la fuerza o las estratagemas que hicieran
falta.
—Ser Galen habría figurado antes en nuestra lista de los más
buscados si no lo hubiéramos creído muerto. ¡Galen! —Destang sacudió la cabeza
como si no pudiera creerlo—. Aquí en la Tierra, todo el tiempo. ¿Sabe?, serví
durante la Revuelta de Komarr... ahí es donde empecé en Seguridad. Estaba en el
equipo que excavó en los escombros de los barracones de Halomar después de que
los hijos de puta lo volaran en plena noche... buscando supervivientes y
pruebas, encontrando cadáveres y poquísimas pistas... Quedaron un montón de
plazas vacantes en Seguridad esa mañana. Maldición. Cómo vuelve todo. Si
encontramos a Galen otra vez, después de que se les escapara de las manos —los
ojos de Destang cayeron fríamente sobre Galeni—, accidentalmente o de otro
modo, lo llevaremos a Barrayar para que responda por esa sangrienta mañana por
lo menos. Ojalá se le pudiera hacer responder por todo, pero no hay suficiente
para repartir. Como con el loco emperador Yuri.
—Un plan loable, señor —dijo Miles cuidadosamente. Galeni tenía
la mandíbula apretada; no recibiría ninguna ayuda por esa parte—. Pero hay una
docena de ex rebeldes komarreses en la Tierra con pasados tan sangrientos como
el de Ser Galen. Ahora que ha sido descubierto, no supondrá más amenaza para
nosotros que ellos.
—Llevan años inactivos —dijo Destang—. Galen, claramente, es el
caso contrario.
—Si está usted pensando en un secuestro ilegal, eso podría dañar
nuestras relaciones diplomáticas con la Tierra. ¿Merece la pena?
—La justicia permanente bien merece una protesta temporal, se lo
aseguro, teniente.
Para Destang, Galen era carne muerta. Muy bien.
—¿En base a qué secuestrará entonces a mi... clon, señor? No ha
cometido ningún crimen en Barrayar. Ni siquiera ha estado allí nunca.
«¡Cállate, Miles! —silabeó en silencio Ivan desde detrás de
Destang, con una expresión de alarma cada vez mayor en el rostro—. ¡No se
discute con un comodoro!» Miles lo ignoró.
—El destino de mi clon me concierne de cerca, señor.
—Me lo imagino. Espero que eliminemos pronto el peligro de
nuevas confusiones entre ustedes.
Miles esperó que eso no significara lo que imaginaba. Si tenía
que torear a Destang...
—No hay ningún peligro de confusión, señor. Un simple escáner
médico revela la diferencia entre nosotros. Sus huesos son normales, los míos
no. ¿Con qué acusación o reclamación seguimos estando interesados en él?
—Traición, por supuesto. Conspiración contra el Imperio.
Como la segunda parte era demostrablemente cierta, Miles se
concentró en la primera.
—¿Traición? Nació en Jackson's Whole. No es súbdito imperial por
conquista ni lugar de nacimiento. Para acusarlo de traición —Miles tomó aire—
hay que permitir que sea súbdito imperial por sangre. Y si lo es, lo es del
todo, un lord de los Vor con todos los derechos de su rango... incluyendo el de
ser juzgado por sus pares, el Consejo de Condes, en sesión plenaria.
Destang alzó las cejas.
—¿Se le ocurriría a él intentar una defensa tan forzada?
«Si no lo hiciera, yo se lo señalaría.»
—¿Por qué no?
—Gracias, teniente. Es una complicación que no había considerado
—Destang parecía en efecto pensativo, y cada vez más decidido.
El plan de Miles para convencer a Destang de que dejar marchar
al clon era idea suya parecía volverse peligrosamente retrógrado. Tenía que
saber...
—¿Se plantea el asesinato como una opción, señor?
—Y apremiante —Destang enderezó resuelto la espalda.
—Ahí podría haber problemas legales, señor. O bien no es un
súbdito imperial, y no tendríamos de entrada ninguna autoridad sobre él, o lo
es, y entonces tendría derecho a toda la protección de la ley imperial. En
cualquier caso, su asesinato sería...
Miles se humedeció los labios. Galeni, el único que sabía adónde
quería ir a parar, cerró los ojos como el hombre que ve un accidente a punto de
ocurrir.
—... una orden criminal, señor.
Destang parecía impaciente.
—No había planeado darle a usted la orden, teniente.
«Piensa que no quiero mancharme las manos...» Si Miles empujaba
la confrontación con Destang hasta su conclusión lógica, habiendo dos oficiales
imperiales como testigos, existía la posibilidad de que el comodoro se echara
atrás; había al menos la misma posibilidad de que Miles se encontrara en
profundidades muy... profundas. Si la confrontación los llevaba a un consejo de
guerra, ninguno de ellos saldría ileso. Aunque Miles ganara, Barrayar no
quedaría bien parada, y los cuarenta años de servicio imperial de Destang no
merecían un final tan innoble. Y si lo confinaban en sus habitaciones, todos
los cursos alternativos de acción (¿y en qué estaba pensando, por el amor de
Dios?) estarían bloqueados para él. No quería verse encerrado en otra
habitación. Mientras tanto, el equipo de Destang ejecutaría sin vacilación
cualquier orden que se le diera...
Mostró los dientes con algo parecido a una sonrisa y dijo
solamente:
—Gracias, señor.
Ivan pareció aliviado.
Destang hizo una pausa.
—Los legalismos son una preocupación poco habitual para un
especialista en operaciones encubiertas, ¿no?
—Todos tenemos nuestros momentos ilógicos.
La atención de Quinn estaba ahora fija en él; con un leve
movimiento de ceja preguntó: «¿Qué demonios...?»
—Intente no tener demasiados, teniente Vorkosigan —dijo Destang
secamente—. Mi ayuda de cámara tiene la orden de crédito de sus dieciocho
millones de marcos de origen ilocalizable. Véalo al salir. Llévese a estas
mujeres —señaló a las dos dendarii uniformadas.
Ivan, al recordarlas, les sonrió. «Son mis oficiales, maldición,
no mi harén», se rebeló Miles en silencio. Pero ningún oficial barrayarés de la
edad de Destang lo vería de esa forma. Algunas actitudes no cambiaban nunca;
había que superarlas con la propia vida.
Las palabras de Destang eran una clara despedida. Miles corrió
el riesgo de ignorarlas, sin embargo. Destang no había mencionado...
—Sí, teniente, adelante —la voz del capitán Galeni era
absolutamente neutra—. No he terminado de escribir mi informe. Le daré un
Mark-o, contra los dieciocho millones del comodoro, si se lleva con usted a los
dendarii.
Los ojos de Miles se ensancharon levemente al oír al capitán.
«Galeni no le ha dicho todavía a Destang que los dendarii están en el caso. Por
tanto, no puede despedirlos, ¿no?» Una cabeza de ventaja... si encontraba a
Galen y Mark antes que el equipo de Destang.
—Trato hecho, capitán —oyó Miles decir a su propia voz—. Es
sorprendente lo mucho que pesa un Mark-o.
Galeni asintió una vez y se volvió hacia Destang.
Miles huyó.
13
Ivan siguió a Miles cuando éste regresó a sus habitaciones para
ponerse por última vez el uniforme de almirante dendarii con el que había
llegado, hacía ya una vida y media.
—Creo que no quiero quedarme abajo a mirar —le explicó Ivan—.
Destang va lanzado al cuello. Apuesto a que mantendrá a Galeni en vela toda la
noche, tratando de romperlo si puede.
—¡Maldición! —Miles hizo un gurruño con la chaquetilla verde
barrayaresa y la arrojó contra la pared, pero no tuvo el impulso necesario para
ventilar su frustración. Se tumbó en la cama, se quitó una bota, la sopesó,
pero luego sacudió la cabeza y la dejó caer, disgustado—. Me fastidia. Galeni
se merece una medalla, no una carga de culpa. Bueno... si Ser Galen no logró
romperlo, supongo que tampoco podrá Destang. Pero no es justo, no es justo...
—rezongó—. Y yo contribuí a que le cayera eso encima. Maldición, maldición,
maldición...
Elli le tendió el uniforme gris sin hacer ningún comentario.
Ivan no fue tan sabio.
—Sí, muy bonito, Miles. Pensaré en ti, a salvo en la órbita,
mientras los hombres de Destang limpian la casa aquí abajo. Recelosos como el
infierno... no confiarán ni en sus propias abuelas. Todos seremos responsables.
Nos frotarán, enjuagarán y tenderán a secar al frío viento. —Se acercó a su
propia cama y la contempló con añoranza—. No tiene sentido entregarme; vendrán
a por mí antes de mañana o algo por el estilo —se sentó, cabizbajo.
Miles miró a Ivan, sorprendido.
—Mm. Sí, te encontrarás en medio de todo el fregado durante unos
cuantos días, ¿no?
Ivan, apreciando su cambio de tono, lo miró suspicaz.
—Cierto. ¿Y qué?
Miles se quitó los pantalones. Su mitad del enlace comunicador
seguro cayó sobre la cama. Se puso el uniforme dendarii.
—Supongamos que me acuerdo de entregar mi enlace comunicador
antes de marcharme. Y supongamos que Elli se olvida de entregar el suyo. —Miles
alzó un dedo, y Elli dejó de rebuscar en su chaqueta—. Y supongamos que tú te
lo guardas en el bolsillo, con la intención de entregárselo al sargento Barth
en cuanto recibas la otra mitad.
Le lanzó el enlace comunicador a Ivan, que lo atrapó
instintivamente, pero luego lo mantuvo apartado sujetándolo con dos dedos, como
si fuera algo que hubiera encontrado rebulléndose bajo una roca.
—Y supongamos que me acuerdo de lo que me sucedió la última vez
que te ayudé a salir de uno de tus líos —dijo Ivan truculento—. El truquito que
empleé para ayudarte a volver a la embajada la noche en que trataste de
incendiar Londres figura ahora en mi historial. Los perros de caza de Destang
tendrán espasmos en cuanto lo descubran, a la luz de las actuales
circunstancias. Supongamos que te lo meto en el... —sus ojos cayeron sobre
Elli— el oído, ¿vale?
Miles se puso la camiseta negra y sonrió un poco. Empezó a
introducir los pies en las botas de combate dendarii.
—Sólo es una precaución. Tal vez no lo utilizaremos nunca.
Únicamente en el caso de que necesite una línea privada con la embajada en una
emergencia.
—No se me ocurre ninguna emergencia que un oficial de rango
inferior no pueda confiar a su comandante de seguridad del sector —dijo Ivan.
Su voz se volvió más grave—. Ni tampoco lo haría Destang. ¿Qué estás incubando
en el fondo de esa mente retorcida tuya, primito?
Miles selló sus botas e hizo una pausa.
—No estoy seguro. Pero todavía puede que haya una oportunidad de
salvar... algo, de todo este lío.
Elli, que escuchaba atentamente, observó:
—Creía que habíamos salvado algo. Descubrimos a un traidor,
cerramos una grieta en seguridad, chafamos un secuestro y deshicimos un plan de
importancia contra el Imperio de Barrayar. Y nos pagaron. ¿Qué más quieres para
una semana?
—Bueno, habría estado bien si hubiéramos hecho algo de todo eso
a propósito, en vez de por accidente —musitó Miles.
Ivan y Elli se miraron por encima de la cabeza de Miles; sus
rostros empezaban a reflejar una intranquilidad similar.
—¿Qué más quieres salvar, Miles? —preguntó Ivan.
Miles frunció el ceño, se miró las botas, reflexionó.
—Algo. Un futuro. Una segunda oportunidad. Una... posibilidad.
—Es el clon, ¿verdad? —dijo Ivan, la boca agria—. Has empezado a
obsesionarte con ese maldito clon.
—Carne de mi carne, Ivan —Miles se miró las palmas de las
manos—. En algunos planetas, sería considerado mi hermano. En otros, puede que
incluso lo consideraran hijo mío, dependiendo de las leyes sobre la clonación.
—¡Una célula! —dijo Ivan—. En Barrayar lo consideran tu enemigo
cuando te dispara. ¿Tienes problemas de memoria? ¡Esa gente intentó matarte!
Esta ma... ¡ayer por la mañana!
Miles sonrió débilmente a Ivan, sin replicar.
—¿Sabes? —dijo Elli con cautela—, si decidieras que realmente
quieres un clon, podrías hacerte uno. Sin los, ah, problemas del actual. Tienes
millones de células...
—No quiero un clon —dijo Miles. «Quiero un hermano.»—. Pero
parece que me han... endosado a éste.
—Tenía entendido que Ser Galen lo compró y lo pagó —se quejó
Elli—. Lo único que ese komarrés pretendía era matarte. Según la ley de
Jackson's Whole, su planeta de origen, el clon pertenece claramente a Galen.
«Jockey de Norfolk, no seas atrevido —susurró la antigua cita en
la memoria de Miles—, pues Dickson tu amo fue comprado y vendido...»
—Ni siquiera en Barrayar —dijo suavemente— un ser humano puede
poseer a otro. Galen cayó muy bajo, en la búsqueda de su... principio de
libertad.
—En cualquier caso, ahora estás fuera de escena —le recordó
Ivan—. El alto mando se ha hecho cargo. He oído que te daban la orden de
marcharte.
—¿También has oído a Destang decir que pretendía matar a mi...
clon, si puede?
—Sí, ¿y qué? —Ivan parecía obstinado, una testarudez casi
dominada por el pánico—. No me gustaba de todas formas. Es una pequeña
comadreja insidiosa.
—Destang domina también el arte del informe final —dijo Miles—.
Aunque abandonara mi puesto ahora mismo, me resultaría físicamente imposible
regresar a Barrayar, suplicarle a mi padre por la vida del clon, hacer que
recurra a Simon Illyan para dar una contraorden, y que esa orden llegue aquí a
la Tierra antes de que se ejecute la acción.
Ivan parecía sorprendido.
—Miles... siempre me pareció embarazoso pedirle un favor al tío
Aral, pero pensaba que tú preferías que te despellejaran y cocieran vivo antes
de suplicarle nada a tu padre. ¿Y quieres empezar incordiando a un comodoro?
¡Nadie del servicio te querría después de eso!
—Preferiría morir —reconoció Miles—, pero no puedo pedir que
otro muera por mí. Pero eso es irrelevante. No tendría éxito.
—Gracias a Dios.
Ivan se lo quedó mirando, completamente inquieto.
«Si no consigo convencer a dos de mis mejores amigos de que
tengo razón, tal vez esté equivocado —pensó Miles—. O tal vez tenga que hacer
esto solo.»
—Sólo quiero mantener una puerta abierta, Ivan. No te estoy
pidiendo que hagas nada...
—Todavía —replicó Ivan taciturno.
—Le entregaría el enlace comunicador al capitán Galeni, pero sin
duda a él lo vigilarán de cerca. Se lo quitarían y parecería... ambiguo.
—¿Y a mí me sentaría bien? —se quejó Ivan.
—Hazlo. —Miles terminó de abrocharse la chaqueta, se levantó, y
tendió la mano a Ivan para que le devolviera el comunicador—. O no lo hagas.
—Aah —Ivan desvió la mirada y se metió desconsolado el
comunicador en el bolsillo—. Me lo pensaré.
Miles ladeó la cabeza, agradecido.
Cogieron una lanzadera dendarii que estaba a punto de salir del
espaciopuerto de Londres, con personal que volvía de permiso. En realidad, Elli
llamó e hizo que los esperaran. Miles agradeció la sensación de no tener que ir
a toda prisa y hasta la habría disfrutado si las presiones de los deberes del
almirante Naismith, que ahora hervían en su cabeza, no hubieran avivado
automáticamente sus pasos.
Su retraso se convirtió en una ventaja para otros. Un último
dendarii con el petate al hombro corrió por la pista cuando los motores se
ponían ya en marcha, y llegó por los pelos a la rampa que se contraía. El
guardia de la puerta alzó el arma cuando reconoció al recién llegado y le echó
una mano mientras la lanzadera empezaba a rodar.
Miles, Elli Quinn y Elena Bothari-Jesek estaban sentados al
fondo. El soldado recién llegado, al detenerse para recuperar el aliento,
divisó a Miles. Sonrió y saludó.
Miles respondió a ambas acciones.
—Ah, sargento Siembieda. —Ryann Siembieda era un eficaz sargento
técnico de Ingeniería, encargado del mantenimiento y reparación de las
armaduras de batalla y demás equipo ligero—. Le han descongelado.
—Sí, señor.
—Me dijeron que su diagnóstico era bueno.
—Me descongelaron en el hospital hace dos semanas. He estado de
permiso. ¿Usted también, señor? —Siembieda indicó la bolsa de la compra
plateada a los pies de Miles, que contenía la piel viva.
Miles la guardó disimuladamente bajo el asiento empujándola con
el talón de la bota.
—Sí y no. De hecho, mientras usted estuvo jugando, yo trabajaba.
Como resultado, todos tendremos trabajo pronto. Menos mal que disfrutó de su
permiso cuando pudo.
—La Tierra es magnífica —suspiró Siembieda—. Fue toda una
sorpresa despertar aquí. ¿Ha visto el Parque de Unicornios? Está en esta misma
isla. Estuve allí ayer.
—Me temo que no he visto gran cosa —se lamentó Miles.
Siembieda se sacó un holocubo del bolsillo y se lo tendió.
El Parque de Unicornios y Animales Salvajes (una división de
Bioingenierías GalaTech) ocupaba los terrenos del grande e histórico estado de
Wooton, Surrey, según le informó el cubo guía. En la pantalla vid, una
brillante bestia blanca que parecía un cruce entre un caballo y un ciervo, y
que probablemente lo era, saltaba entre el follaje.
—Te dejan dar de comer a los leones mansos —le contó Siembieda.
Miles parpadeó ante la imagen mental de Ivan con toga siendo
arrojado por un camión flotante para alimentar a un montón de gatos hambrientos
que galopaban excitados tras él. Había estado leyendo demasiada historia
terrestre.
—¿Qué comen?
—Cubos de proteínas, igual que nosotros.
—Ah —dijo Miles, tratando de no parecer decepcionado. Devolvió
el cubo.
Sin embargo, el sargento no se marchó.
—Señor... —empezó a decir, vacilante.
—¿Sí? —Miles procuró que su tono fuera tranquilizador.
—He revisado mis procedimientos, me han dado el alta para
realizar servicios ligeros, pero... no recuerdo nada del día en que me mataron.
Y los médicos no quisieron contármelo. Me... incomoda un poco, señor.
Los ojos almendrados de Siembieda eran extraños y cautelosos;
Miles opinaba que le incomodaba un montón.
—Ya veo. Bueno, los médicos no podían contarle gran cosa de
todas formas. No estuvieron allí.
—Pero usted sí, señor —sugirió Siembieda.
«Por supuesto —pensó Miles—. Y si no hubiera estado, no habrías
muerto en mi lugar.»
—¿Recuerda nuestra llegada a Mahata Solaris?
—Sí, señor. Algunas cosas, hasta la noche anterior. Pero todo
ese día entero ha desaparecido, no sólo la batalla.
—Ah. Bueno, eso no es ningún misterio. El comodoro Jesek, yo
mismo, usted y su equipo técnico hicimos una visita a un almacén para efectuar
una comprobación del control de calidad de nuestros suministros... Hubo un
problema con el primer envío...
—Recuerdo eso —asintió Siembieda—. Células de energía agrietadas
que filtraban radiación.
—Cierto, eso es. Usted localizó el defecto, por cierto, al
descargarlas para hacer inventario. Hay gente que simplemente las habría
almacenado.
—No en mi equipo —murmuró Siembieda.
—Un escuadrón de asalto cetagandano nos atacó en el almacén.
Nunca averiguamos si hubo alguna filtración, aunque sospechamos de alguien en
puestos destacados cuando nuestros permisos orbitales fueron revocados y las
autoridades nos invitaron a abandonar el espacio local de Mahata Solaris. O tal
vez no les gustó la excitación que llevábamos con nosotros. Sea como fuere, una
granada gravítica estalló al fondo del almacén. Usted fue alcanzado en el
cuello por un fragmento de metal que rebotó por la explosión. Murió desangrado
en cuestión de segundos.
Era increíble la cantidad de sangre que tenía un hombre delgado;
esparcida durante la refriega... Su olor, y la sensación de quemado volvieron a
Miles mientras hablaba, pero mantuvo la voz firme y tranquila.
—Lo llevamos de vuelta a la Triumph y lo congelamos una hora
después. La cirujano fue muy optimista, ya que no había daños de importancia en
los tejidos.
No como en el caso de uno de los técnicos, que había volado en
trocitos casi en el mismo momento.
—Yo... me preguntaba qué había hecho. O dejado de hacer.
—Apenas tuvo tiempo de hacer nada. Fue prácticamente la primera
baja.
Siembieda pareció levemente aliviado. «¿Y qué pasa por la cabeza
de un muerto ambulante? —se preguntó Miles—. ¿Qué fallo personal podía temer
más que la muerte misma?»
—Si le sirve de consuelo —intervino Elli—, esa pérdida de
memoria es común en las víctimas de todo tipo de traumas, no sólo en las
criorresurreciones. Pregunte y verá que no es el único.
—Será mejor que se ate —dijo Miles, mientras la lanzadera se
preparaba para despegar.
Siembieda asintió, un poco más alegre, y se volvió en busca de
un asiento.
—¿Recuerdas tu quemadura? —le preguntó Miles a Elli con
curiosidad—. ¿O está todo piadosamente en blanco?
Elli se pasó una mano por la mejilla.
—Nunca perdí del todo la consciencia.
La lanzadera se abalanzó hacia delante y despegó. El teniente
Ptarmigan está a los mandos, juzgó Miles secamente. Algunos comentarios
procaces de los pasajeros de delante confirmaron su suposición. Miles vaciló y
terminó por apartar la mano del control situado en el brazo de su asiento que
comunicaba con el piloto: no molestaría a Ptarmigan a menos que empezara a
volar boca abajo. Afortunadamente para Ptarmigan, la lanzadera se estabilizó.
Miles volvió la cabeza para echar un vistazo por la ventanilla
mientras las brillantes luces de la Gran Londres y su isla se perdían bajo
ellos. Un momento después vio la desembocadura del río; los grandes diques y
los muelles se extendían a lo largo de cuarenta kilómetros, definiendo la costa
por diseño humano, derrotando al mar y protegiendo los tesoros históricos y a
varios millones de almas del lecho del Támesis inferior. Uno de los grandes
puentes que cruzaban el canal brillaba contra las aguas plomizas del amanecer.
Y así los hombres se organizaban por bien de su tecnología como nunca lo hacían
por sus principios. La política del mar era indiscutible.
La lanzadera viró, ganando altitud rápidamente, proporcionando a
Miles un último atisbo del resplandeciente laberinto de Londres. En alguna
parte de aquella monstruosa ciudad se escondían Galen y Mark, o corrían, o
planeaban, mientras el equipo de espías de Destang revisaba y volvía a revisar
la antigua morada de Galen y la red de comuconsolas buscando pistas, en un
mortal juego del escondite. Sin duda Galen tendría el suficiente sentido para
evitar a sus amigos y mantenerse alejado de la red a toda costa. Si reducía sus
pérdidas y huía ahora, tendría la oportunidad de eludir la venganza de Barrayar
durante otra media vida.
Pero si Galen estaba huyendo, ¿por qué había vuelto para recoger
a Mark? ¿De qué le servía ya el clon? ¿Tenía Galen algún oscuro sentido de
responsabilidad paterna hacia su creación? De algún modo, Miles dudaba que
fuera el amor lo que unía a aquellos dos. ¿Podría el clon ser utilizado... como
criado, como esclavo, como soldado? ¿Podía el clon ser vendido... a los
cetagandanos, a un laboratorio médico, a un circo?
¿Podía el clon ser vendido al propio Miles?
Vaya, ésa era una propuesta que incluso el hiperreceloso Galen
se tragaría. Que creyera que Miles quería un cuerpo nuevo, sin las
anormalidades óseas que le habían mortificado desde el nacimiento... que
creyera que Miles pagaría un alto precio por conseguir el clon para aquel vil
propósito... y Miles conseguiría a Mark y fondos y cobertura suficientes para
que Galen pudiera escapar sin darse cuenta de que era objeto de caridad por el
bien de su hijo. La idea sólo tenía dos fallos: uno, hasta que entablara contacto
con Galen no tendría la posibilidad de hacer ningún trato; dos, si Galen estaba
dispuesto a colaborar en un plan tan diabólico Miles no estaba tan seguro de
que le importara verle eludir la venganza de Barrayar. Un curioso dilema.
Subir de nuevo a bordo de la Triumph fue como regresar a casa.
Nudos de los que Miles no había sido consciente se deshicieron en su cuello
mientras inhalaba el familiar aire reciclado y absorbía los pequeños sonidos y
vibraciones subliminales del adecuado funcionamiento de la nave. Las cosas
tenían el aspecto de haber sido reparadas bastante bien desde lo de Dagoola, y
Miles anotó mentalmente averiguar a qué agresivos sargentos de ingenieros tenía
que dar las gracias. Sería agradable volver a ser Naismith, sin ningún problema
más complejo que los que planteaba el cuartel general en sencillo lenguaje
militar, definido y sin ambigüedades.
Cursó órdenes. Canceló nuevos contratos de trabajo para dendarii
individuales o sus grupos. Todo el personal repartido por el planeta por
motivos de trabajo o descanso debía presentarse al cabo de seis horas. Todas
las naves iniciarían sus comprobaciones de veinticuatro horas previas a la
partida. Mandó llamar a la teniente Bone. Eso le produjo la agradable sensación
megalomaníaca de atraer todas las cosas hacia un centro, él mismo, aunque ese
buen humor se enfrió cuando contempló el problema no resuelto que le esperaba
en su división de Inteligencia.
Seguido por Quinn, Miles les hizo una visita. Encontró a Bel
Thorne manejando la comuconsola de seguridad. Thorne pertenecía a la minoría
hermafrodita de la Colonia Beta; los desventurados herederos de un proyecto
genético de dudoso mérito. En opinión de Miles, aquello había sido uno de los
experimentos más descabellados de todos los tiempos. La mayoría de los
hombres/mujeres se quedaban en su propia y cómoda subcultura, en la tolerante
Colonia Beta; el que Thorne se hubiera aventurado en el ancho mundo galáctico
indicaba valentía, aburrimiento mortal, o más probablemente, si conocías a
Thorne, mala uva de incomodar a la gente. El capitán Thorne llevaba el suave
pelo castaño cortado en un estilo deliberadamente ambiguo, pero lucía su
uniforme y rango dendarii, tan duramente ganados, con clara definición.
—Hola, Bel —Miles acercó una silla y la enganchó a sus
abrazaderas. Thorne le respondió con un amistoso saludo a medias—. Pon todo lo
que el equipo de vigilancia encontró en casa de Galen después de que Quinn y yo
rescatáramos al agregado militar barrayarés y lo devolviéramos a su embajada.
Quinn se mantuvo impasible ante esta dosis de revisionismo
histórico.
Thorne pasó la grabación obedientemente durante media hora de
silencio hasta detenerse en la conversación deslabazada de dos de los infelices
guardias komarreses que despertaban de su aturdimiento.
Luego el trino de la comuconsola; una imagen algo degradada,
resintetizada a partir del rayo vid; la lenta voz átona y la cara del propio
Galen, solicitando un informe sobre la misión asesina de los guardias; la
brusca subida del tono cuando se enteró en cambio del dramático rescate.
—¡Idiotas! —Una pausa—. No intentéis contactar conmigo de nuevo.
Corte.
—Localizamos la fuente de la llamada, espero —dijo Miles.
—Una comuconsola pública en una estación tubo —respondió
Thorne—. Para cuando enviamos a alguien allí, el radio potencial se había
ampliado a unos cien kilómetros. Buen sistema tubo, ése.
—Cierto. ¿Y nunca regresó a la casa después?
—Parece que lo abandonó todo. Supongo que tiene experiencia
previa a la hora de evadir la seguridad.
—Era ya experto antes de que yo naciera —suspiró Miles—. ¿Qué
hay de los dos guardias?
—Todavía estaban en la casa cuando los tipos de vigilancia de la
embajada barrayaresa llegaron y se hicieron cargo. Recogimos nuestras cosas y
volvimos a casa. Por cierto, ¿nos han pagado ya los barrayareses este
trabajito?
—Espléndidamente.
—Oh, bien. Temía que lo retuvieran hasta que les entregáramos
también a Van der Poole.
—Sobre Van der Poole... Galen —dijo Miles—. Ah... ya no
trabajamos para los barrayareses en ese caso. Han traído su propio equipo desde
el cuartel general del Sector en Tau Ceti.
Thorne frunció el ceño, aturdido.
—¿Y todavía estamos trabajando?
—Por el momento. Pero será mejor que corras la voz a nuestra
gente de abajo. A partir de este momento, hay que evitar todo contacto con los
barrayareses.
Thorne alzó las cejas.
—¿Para quién trabajamos, entonces?
—Para mí.
Thorne hizo una pausa.
—¿No se está tomando esto muy a pecho, señor?
—Demasiado a pecho, si mi gente de Inteligencia tiene que
continuar siendo efectiva —suspiró Miles—. Muy bien. Un extraño e inesperado
contratiempo personal ha aparecido en mitad de este caso. ¿Te has preguntado
alguna vez por qué nunca hablo de mi entorno familiar, o de mi pasado?
—Bueno... hay un montón de dendarii que no lo hacen, señor.
—Cierto. Yo nací siendo un clon, Bel.
Thorne sólo pareció ligeramente compasivo.
—Algunos de mis mejores amigos son clones.
—Tal vez debería decir que fui creado como clon. En el
laboratorio militar de una potencia galáctica de cuyo nombre no quiero
acordarme. Fui creado para sustituir en un plan secreto al hijo de cierto
hombre importante, clave de otra potencia galáctica... ya puedes imaginar a
quién con un poco de investigación, estoy seguro... pero hace unos siete años
decliné el honor. Escapé, huí y me establecí por mi cuenta, creando a los
mercenarios dendarii a partir de, er, lo que encontré a mano.
Thorne sonrió.
—Un acontecimiento memorable.
—Aquí es donde entra Galen. La potencia galáctica abandonó su
plan y me creí libre de mi desgraciado pasado. Pero varios clones habían sido
eliminados, como si dijéramos, en el intento de generar un duplicado físico
exacto, con ciertos refinamientos mentales, antes de que el laboratorio diera
finalmente conmigo. Pensé que habían muerto hacía tiempo, vilmente asesinados,
aniquilados. Pero al parecer uno de los primeros prototipos fue puesto en
criosuspensión. Y, de algún modo, ha caído en manos de Ser Galen. Mi único
hermano-clon superviviente. —Miles cerró el puño—. Esclavizado por un fanático.
Quiero rescatarlo —abrió la mano, suplicante—. ¿Comprendes por qué?
Thorne parpadeó.
—Conociéndolo... supongo que sí. ¿Es muy importante para usted,
señor?
—Mucho.
Thorne se enderezó un poco.
—Entonces se hará.
—Gracias —Miles vaciló—. Mejor que se suministre a todos los
líderes de patrulla que están abajo un pequeño escáner médico. Que lo lleven en
todo momento. Como sabes, me reemplazaron los huesos de las piernas por otros
sintéticos hace un año. Los suyos son normales. Es la forma más fácil de
detectar la diferencia entre nosotros.
—¿Tan similar es su apariencia? —dijo Thorne.
—Nuestras apariencias son idénticas.
—Lo son —confirmó Quinn—. Yo lo he visto.
—Ya... veo. Interesantes posibilidades de confusión por esa
parte, señor. —Thorne miró a Quinn, que asintió triste.
—Cierto. Confío en que la distribución de escáneres médicos
ayude a resolver las cosas. Adelante... llámame de inmediato si consigues algún
avance en el caso.
—Bien, señor.
En el pasillo, Quinn observó:
—Buen movimiento, señor.
Miles suspiró.
—Tenía que encontrar algún modo de advertir a los dendarii sobre
Mark. No puedo dejar que vaya otra vez por ahí tan campante haciendo de
almirante Naismith.
—¿Mark? —dijo Elli—. ¿Quién es Mark, o me atrevo a imaginarlo?
¿Miles Mark Dos?
—Lord Mark Pierre Vorkosigan —dijo Miles tranquilamente. Al
menos, eso esperaba parecer—. Mi hermano.
Elli, consciente de los significados de los juramentos de los
clanes de Barrayar, frunció el ceño.
—¿Entonces Ivan tiene razón? ¿Te ha hipnotizado el pequeño
cabroncete?
—No lo sé —dijo Miles despacio—. Si soy el único que lo ve así,
entonces tal vez, tal vez...
Elli hizo un ruido tranquilizador.
Una ligera sonrisa asomó a la boca de Miles.
—Puede que todo el mundo esté equivocado menos yo.
Elli hizo una mueca.
Miles volvió a ponerse serio.
—La verdad es que no lo sé. En siete años, nunca he abusado de
los poderes del almirante Naismith por motivos personales. No es un récord que
tenga muchas ganas de malograr. Bueno, quizá no consigamos encontrarlos, y la
cuestión dejará de tener importancia.
—Mala cosa —le reprochó Elli—. Si no quieres encontrarlos, tal
vez será mejor que no los busques.
—Lógica aplastante.
—¿Entonces por qué no la sigues? ¿Y qué planeas hacer con ellos
si los capturas?
—No es demasiado complicado. Quiero encontrar a Galen y a mi
clon antes que Destang, y separarlos. Y luego asegurarme de que Destang no los
encuentra hasta que yo pueda enviar a casa un informe privado. Al final, si
intercedo por él, creo que llegará una contraorden que impida el asesinato de
mi clon sin que yo aparezca directamente conectado con ella.
—¿Y qué hay de Galen? —preguntó Elli, escéptica—. De ningún modo
lograrás una contraorden para él.
—Probablemente no. Galen es... un problema que no he resuelto.
Miles regresó a su camarote, donde la contable de la flota se
reunió con él.
La teniente Bone cayó sobre la orden de crédito de dieciocho
millones de marcos con apasionamiento y alegría muy poco comerciales.
—¡Salvados!
—Inviértalos como haga falta —dijo Miles—. Y saque a la Triumph
de la casa de empeños. Necesitamos poder marcharnos en cualquier momento sin
tener que discutir con la Armada Solar si se trata o no de un robo. Ejem...
¿sería capaz de crear una orden de crédito, en dinero contante o como sea, en
fondos galácticos, que no pueda ser relacionada en modo alguno con nosotros?
Los ojos de ella se iluminaron.
—Un desafío interesante, señor. ¿Tiene algo que ver con nuestro
inminente contrato?
—Seguridad, teniente —respondió Miles suavemente—. No puedo
discutirlo ni siquiera con usted.
—Seguridad —ella hizo una mueca— no oculta tanto a Contabilidad
como cree.
—Quizá debería unir ambos departamentos. ¿No? —sonrió ante su
aterrorizada mirada—. Bueno, tal vez no.
—¿A nombre de quién debe ir la orden?
—Al portador.
Ella alzó las cejas.
—Muy bien, señor. ¿Cuánto?
Miles vaciló.
—Medio millón de marcos. Sea cuanto fuere eso en créditos
locales.
—Medio millón de marcos —advirtió ella cortante— no es poca
cosa.
—Siempre que sea en efectivo.
—Haré lo que pueda, señor.
Permaneció a solas en su camarote cuando ella se marchó, con el
ceño profundamente fruncido. La situación estaba clara. No cabía esperar que
Galen iniciara el contacto a menos que tuviera alguna forma, por no mencionar
algún motivo, para controlar la situación o darles una sorpresa. Dejar que
Galen planificara sus movimientos parecía fatal, y a Miles no le molestaba la
idea de esperar hasta que escogiera el momento de sorprenderlo. Con todo,
lanzar una finta para crear una figura quizá fuese mejor que no hacer ningún
movimiento en absoluto, a la vista del poco tiempo disponible. Líbrate de la
maldita desventaja defensiva, actúa en lugar de reaccionar... Una gran
decisión, pero con el pequeño defecto de que, hasta que localizaran a Galen,
Miles no tenía ningún objeto sobre el que actuar. Gruñó lleno de frustración y
se fue agotado a la cama.
Despertó por su cuenta en la oscuridad del camarote unas doce
horas más tarde, según comprobó por los brillantes dígitos del reloj de pared,
y permaneció acostado un rato regocijándose en la notable sensación de haber
conseguido dormir por fin lo suficiente. El cuerpo le sugería, con la pesada
lentitud de sus miembros, que dormir más no habría estado mal, cuando sonó la
comuconsola de la cabina. Salvado del pecado de la pereza, se levantó de la
cama y la atendió.
Apareció la cara de uno de los oficiales de comunicaciones de la
Triumph.
—Señor. Una llamada por tensorrayo de la embajada de Barrayar,
allá en Londres. Preguntan personalmente por usted, codificado.
Miles confió en que aquello no fuera literalmente cierto. No
podía ser Ivan. Habría llamado por el comunicador privado. Tenía que ser un
comunicado oficial.
—Descodifíquelo y páselo aquí, entonces.
—¿Debo grabarlo?
—Ah... no.
¿Habrían llegado ya las nuevas órdenes del cuartel general para
los dendarii? Miles maldijo en silencio. Si se veían forzados a salir de la
órbita antes de que su gente encontrara a Galen y Mark...
Sobre la placa vid apareció el rostro de Destang.
—«Almirante Naismith.» —Miles captó las comillas alrededor de su
nombre—. ¿Estamos solos?
—Por completo, señor.
La cara de Destang se relajó un poco.
—Muy bien. Tengo una orden para usted... teniente Vorkosigan.
Debe permanecer a bordo de su nave en órbita hasta que yo, personalmente, le
llame de nuevo y le notifique lo contrario.
—¿Por qué, señor? —dijo Miles, aunque lo suponía demasiado bien.
—Para mi tranquilidad. Cuando una sencilla precaución puede
impedir la más leve posibilidad de accidente, es una tontería no tomarla.
¿Comprende?
—Por completo, señor.
—Muy bien. Eso es todo. Destang fuera.
La cara del comodoro se disolvió en el aire.
Miles maldijo en voz alta, con sentimiento. La «precaución» de
Destang sólo podía significar que sus matones habían localizado ya a Mark,
antes que los dendarii... y se disponían a matarlo. ¿Con qué rapidez? ¿Quedaba
aún alguna oportunidad?
Miles se puso los pantalones grises, colgados cerca, y sacó del
bolsillo el comunicador. Lo pulsó.
—¿Ivan? —dijo en voz baja—. ¿Estás ahí?
—¿Miles? —no era la voz de Ivan, sino de Galeni.
—¿Capitán Galeni? Encontré la otra mitad del comunicador... ah,
¿está usted solo?
—De momento —la voz de Galeni era seca; daba a entender con el
tono su opinión sobre la historia del comunicador perdido y quienes la
inventaron—. ¿Por qué?
—¿Cómo ha encontrado el comunicador?
—Su primo me lo entregó justo antes de marcharse a cumplir con
sus deberes.
—¿Se marchó adónde? ¿Qué deberes?
¿Habían reclutado a Ivan para la caza del hombre? Si así era,
Miles le retorcería el cuello por no informarle sobre los procedimientos justo
cuando le habría venido mejor. ¡Idiota fanfarrón! Si al menos...
—Está escoltando a la señora del embajador en la Exposición
Botánica Mundial y Muestra de Flores Ornamentales del Salón Horticultor de la
Universidad de Londres. Va todos los años, para contentar a la jet-set local.
Hay que admitir que también le interesa el tema.
Miles alzó un poco la voz.
—¿En mitad de una crisis de seguridad envió usted a Ivan a un
espectáculo floral?
—Yo no. El comodoro Destang. Creo que... consideró que Ivan era
el más prescindible. No le cae bien Ivan.
—¿Y usted?
—Yo tampoco le caigo bien.
—No, quiero decir que qué va a hacer usted. ¿Está relacionado
directamente con... la actual operación?
—Lo dudo.
—Ah. Me alegro. Tenía un poco de miedo de que a alguien se le
hubieran cruzado los cables y le hubiera requerido a usted como prueba de
lealtad o alguna tontería por el estilo.
—El comodoro Destang no es un sádico ni un loco. —Galeni hizo
una pausa—. Sin embargo, es cuidadoso. Estoy confinado en mis habitaciones.
—No tiene acceso directo a la operación, entonces. No sabe dónde
están, ni a qué distancia, ni cuándo planean... actuar.
La voz de Galeni fue cuidadosamente neutral, no ofrecía ni
negaba ayuda.
—Más bien no.
—Mm. Acaba de confinarme también en mis habitaciones. Creo que
ha conseguido algún avance y las cosas están en marcha.
Hubo un breve silencio. Las palabras de Galeni surgieron en un
suspiro.
—Lamento oír eso... —su voz se quebró—. ¡Es tan condenadamente
inútil! La mano muerta del pasado sigue sacudiendo los hilos galvanizados y
nosotros, pobres marionetas, bailamos... Nadie sale beneficiado: ni nosotros,
ni él, ni Komarr...
—Si contactara con su padre... —empezó a decir Miles.
—Sería inútil. Luchará, y seguirá luchando.
—Pero ahora no tiene nada. Destruirá su última oportunidad. Es
un viejo, está cansado... quizás esté dispuesto a cambiar, a rendirse por fin
—argumentó Miles.
—Ojalá... no. No va a renunciar. Por encima de su propia vida
debe demostrar que tiene razón. Tener razón lo redime de todos sus crímenes.
Haber hecho todo lo que él ha hecho y estar equivocado... ¡insoportable!
—Ya veo. Bien, me pondré en contacto de nuevo con usted si...
tengo algo útil que decir. No tiene sentido entregar el enlace comunicador
hasta que reúna las dos mitades, ¿eh?
—Como desee —el tono de voz de Galeni no estaba precisamente
cargado de esperanza.
Miles cortó la comunicación.
Llamó a Thorne, que no informó de ningún progreso visible.
—Mientras tanto —dijo Miles—, aquí tienes otra indicación. Es
una lástima. El equipo de Barrayar, evidentemente, ha localizado a nuestro
objetivo hace una hora o cosa así.
—¡Ja! Tal vez si los seguimos nos guíen hasta Galen.
—Me temo que no. Tenemos que adelantarlos, no pisarles los
talones. Su caza es letal.
—Armados y peligrosos, ¿eh? Transmitiré la noticia. —Thorne
silbó, pensativo—. Su compañero de cuna es bastante popular.
Miles se lavó, se vistió, comió, se preparó: el cuchillo en la
bota, escáneres, aturdidores en la canana y ocultos, enlaces de comunicación,
una amplia gama de herramientas y juguetes que pasaban por los puestos de
seguridad del espaciopuerto de Londres. Distaba mucho de ser equipo de combate,
ay, aunque su chaqueta casi tintineaba cuando caminaba. Llamó al oficial de
guardia, se aseguró de que cargaran combustible en una lanzadera personal con
el piloto preparado. Esperó impaciente.
¿Qué pretendía Galen? Si no estaba huyendo... El hecho de que el
equipo de seguridad barrayarés casi lo hubiera localizado sugería que aún
estaba cerca por algún motivo. ¿Por qué? ¿Mera venganza? ¿Algo más arcano? ¿Era
el análisis que Miles había hecho de él demasiado simple, demasiado sutil? ¿Qué
se le había pasado por alto? ¿Qué quedaba en la vida para el hombre que tenía
que tener razón?
La comuconsola trinó.
Miles recitó una pequeña plegaria silenciosa: «Que sea algún
avance, alguna pista, algo...»
Apareció la cara del oficial de comunicaciones.
—Señor, tengo una llamada desde la red comercial de comuconsolas
de abajo. Un hombre que se niega a identificarse dice que quiere usted hablar
con él.
Miles se enderezó de un salto.
—Localice la llamada y pase una copia al capitán Thorne de
Inteligencia. Pásemela.
—¿Quiere visual o sólo audio?
—Ambas cosas.
La cara del oficial se desvaneció y apareció la de otro hombre,
lo que produjo una inquietante ilusión de transmutación.
—¿Vorkosigan? —dijo Galen.
—¿Sí?
—No me repetiré —Galen hablaba bajo y rápido—. Me importa un
comino si están grabando o localizando la llamada. Es irrelevante. Se reunirá
usted conmigo dentro de setenta minutos exactamente. Vendrá a la Barrera del
Támesis, entre la Torre Seis y la Siete. Caminará por el paseo hasta el
farallón más bajo. Solo. Entonces hablaremos. Si incumple alguna condición,
simplemente no estaremos allí cuando llegue. E Ivan Vorpatril morirá a las
02.07.
—Ustedes son dos. Debo ir acompañado —empezó a decir Miles.
«¿Ivan?»
—¿Su bonita guardaespaldas? Muy bien. Dos.
El vid se quedó en blanco.
—No...
Silencio.
Miles llamó a Thorne.
—¿Lo has localizado, Bel?
—Claro que sí. Qué amenazador. ¿Quién es Ivan?
—Una persona muy importante. ¿Desde dónde se efectuó la llamada?
—Desde un nexo-tubo, comuconsola pública. Tengo a un hombre de
camino, tardará sólo seis minutos en llegar allí. Desgraciadamente...
—Lo sé. Seis minutos producen un radio de búsqueda de varios
millones de personas. Creo que le seguiremos el juego. Hasta cierto punto. Pon
una patrulla aérea sobre la Barrera, suministra un plan de vuelo para mi
lanzadera, que un coche aéreo y un conductor dendarii y un guardia la esperen.
Dile a Bone que quiero ahora ese crédito. Dile a Quinn que se reúna conmigo
ante la compuerta de la lanzadera, y que traiga un par de escáneres médicos. Y
permanece a la espera. Quiero comprobar algo.
Inspiró profundamente y abrió el enlace comunicador.
—¿Galeni?
Una pausa.
—¿Sí?
—¿Sigue aún confinado en sus habitaciones?
—Sí.
—Necesito una información urgente. ¿Dónde está de verdad Ivan?
—Por lo que sé, sigue aún en...
—Compruébelo. Compruébelo rápido.
Hubo una larga, larguísima pausa, que Miles aprovechó para
comprobar meramente el armamento, encontrar a la teniente Bone y dirigirse
hacia la lanzadera. Quinn estaba ya esperando, muerta de curiosidad.
—¿Qué pasa ahora?
—Hemos descubierto algo. Más o menos. Galen quiere una reunión,
pero...
—¿Miles? —dijo por fin la voz de Galeni. Sonaba bastante
forzada.
—Hola.
—El soldado que enviamos como conductor y guardia ha llamado
hace unos diez minutos. Sustituyó a Ivan, que escoltaba a milady, mientras éste
iba a hacer un pis. Cuando transcurrieron veinte minutos sin que volviera, el
conductor fue a buscarlo. Se pasó treinta minutos... el Salón de Horticultura
es enorme, y esta noche estaba repleto de gente... Luego nos informó. ¿Cómo lo
sabía usted?
—Creo que lo pillé por el otro extremo. ¿Reconoce el estilo de
alguien?
Galeni maldijo.
—Cierto. Mire. No me importa cómo lo haga, pero quiero que se
reúna conmigo dentro de cincuenta minutos en la Barrera del Támesis, Sección
Seis. Lleve al menos un aturdidor, y lárguese preferiblemente sin alertar a
Destang. Tenemos una cita con su padre y mi hermano.
—Si Ivan está en su poder...
—Si no tuviera alguna carta, no vendría a jugar. Nos queda una
última oportunidad de que salga bien. No es gran cosa, pero es lo que nos
queda. ¿Está conmigo?
Una leve pausa.
—Sí —el tono era decidido.
—Nos veremos allí.
Tras guardarse el comunicador en el bolsillo, Miles se volvió
hacia Elli.
—Ahora, en marcha.
Entraron en la lanzadera. Por una vez, Miles no puso ninguna
pega a la costumbre de Ptarmigan de hacer todos los descensos a velocidad de
combate.
14
La Gran Barrera Contra las Mareas del Támesis, conocida por los
graciosos locales como el «Monumento al rey Canuto», era una estructura mucho
más impresionante vista desde cien metros de altura que desde la panorámica de
kilómetros que ofrecía la lanzadera. El vehículo aéreo trazó una vuelta. La
montaña de sintarmigón se extendía en ambas direcciones hasta mucho más allá de
lo que alcanzaba el ojo de Miles, convertida en una ilusión de mármol por los
reflectores que acuchillaban la negra neblina de la noche.
En las torres de vigilancia emplazadas a cada kilómetro no había
soldados que protegieran la muralla, sino los ingenieros y técnicos del turno
de noche que atendían las compuertas y estaciones de bombeo. Con toda
seguridad, si el mar se abría paso alguna vez arrasaría la ciudad más
implacablemente que ningún ejército.
Pero el mar estaba tranquilo aquella noche de verano, salpicado
de luces de navegación de colores, rojas, verdes, blancas, y por el distante
chispear móvil de las luces de los barcos. Al este, el horizonte brillaba
débilmente: un falso amanecer producido por las radiantes luces de Europa, más
allá de las aguas. Al otro lado de la barrera blanca, hacia el viejo Londres,
la noche se tragaba toda la suciedad y la porquería y los lugares derruidos,
dejando sólo la enjoyada ilusión de algo mágico, perfecto e inmortal.
Miles apretó el rostro contra la burbuja del auto aéreo para
echar una última ojeada estratégica al ruedo en el que estaba a punto de lidiar
antes de que el vehículo se lanzara hacia la zona de aparcamientos, casi vacía,
situada detrás de la Barrera. La Sección Seis no era una de las principales
secciones del canal, con sus enormes compuertas ocupadas a todas horas; estaba
formada por un dique y varias estaciones de bombeo auxiliares, casi desiertas a
esa hora. Eso le convenía. Si la situación degeneraba en tiroteo, cuantos menos
curiosos civiles hubiera cerca, mejor. Pasarelas elevadas y escaleras
conectaban con portillas de acceso a la estructura, negros acentos geométricos
sobre la blancura; barandillas arañiles marcaban los pasillos, algunos anchos y
públicos, otros estrechos, reservados sin duda al personal autorizado. En aquel
momento todos estaban desiertos; ni rastro de Galen o Mark. Ni rastro de Ivan.
—¿Qué tiene de significativo las 02.07? —se preguntó Miles en
voz alta—. Tengo la sensación de que debería ser obvio. Es una hora tan
exacta...
Elli, nacida en el espacio, sacudió la cabeza, pero el soldado
dendarii que pilotaba el vehículo aéreo apuntó:
—Es la marea alta, señor.
—¡Ah! —dijo Miles. Se acomodó en su asiento, pensando
furiosamente—. Qué interesante. Sugiere dos cosas. Han escondido a Ivan por
alguna parte... y será mejor que concentremos nuestra búsqueda bajo la línea de
la marea alta. ¿Lo habrán encadenado a una barandilla junto a las rocas o algo
por el estilo?
—La patrulla aérea podría hacer una pasada y comprobarlo —dijo
Quinn.
—Sí, que lo haga.
El vehículo aéreo se posó en un círculo pintado sobre el
pavimento.
Quinn y el segundo soldado salieron primero, con cautela, e
hicieron una rápida comprobación de la zona.
—Alguien se acerca a pie —informó el soldado.
—Recemos para que sea el capitán Galeni —murmuró Miles, echando
una ojeada a su crono. Faltaban siete minutos para su tiempo límite.
Era un hombre que corría con su perro. La pareja miró a los
cuatro dendarii uniformados y los evitó nerviosamente dando un rodeo para
llegar al otro extremo del aparcamiento antes de desaparecer en los matorrales
que adornaban la zona norte. Todos apartaron las manos de los aturdidores. «Una
ciudad civilizada —pensó Miles—. No harías eso a tales horas en algunas partes
de Vorbarr Sultana, a menos que tuvieras un perro mucho más grande.»
El soldado comprobó sus infrarrojos.
—Ahí viene otro.
Esta vez no era el suave roce de unas zapatillas de deporte,
sino el rápido resonar de unas botas. Miles reconoció el sonido antes de
distinguir la cara en el baile de luces y sombras. El uniforme de Galeni pasó
de gris oscuro a verde cuando entró en la zona más iluminada del aparcamiento,
caminando rápidamente.
—Muy bien —le dijo Miles a Elli—, aquí nos separamos. Permanece
fuera de la vista a toda costa, pero si puedes encontrar un punto de
observación, adelante. ¿Está abierto el comunicador?
Elli pulsó su comunicador de muñeca. Miles se sacó el cuchillo
de la bota y utilizó la punta para desmontar y apagar la diminuta luz de
transmisión del suyo propio, luego sopló. El siseo se repitió en la muñeca de
Elli.
—Transmite bien —confirmó ella.
—¿Tienes tu escáner médico?
Elli lo mostró.
—Haz una comprobación.
Le apuntó con él, lo agitó arriba y abajo.
—Grabado y listo para una autocomparación.
—¿Se te ocurre alguna otra cosa?
Ella negó con la cabeza, pero seguía sin parecer satisfecha.
—¿Qué hago si él vuelve y tú no?
—Agárralo, llénalo de pentarrápida... ¿llevas el equipo de
interrogatorios?
Ella se abrió la chaqueta para destapar una bolsita marrón
cosida a un bolsillo interior.
—Rescata a Ivan si eres capaz. Luego —Miles inspiró
profundamente—, puedes volarle al clon la cabeza o lo que se te antoje.
—¿Qué pasó con aquello de «es mi hermano me equivoque o
no»?—dijo Elli.
Galeni, que llegó en medio de la conversación, ladeó con interés
la cabeza para escuchar la respuesta, pero Miles no contestó. No se le ocurría
una respuesta sencilla.
—Quedan tres minutos —le dijo a Galeni—. Será mejor que nos
movamos.
Se encaminaron por una vereda que conducía a unas escaleras y
rebasaron la cadena que anunciaba a los ciudadanos respetuosos de la ley que
estaban cerradas durante la noche. Las escaleras conducían por la parte trasera
de la barrera hasta un paseo público que se extendía por toda la parte superior
para permitir a los ciudadanos ver el océano a la luz del día. Galeni, que
evidentemente había venido corriendo, respiraba entrecortadamente ya al
comienzo de la subida.
—¿Tuvo algún problema para salir de la embajada? —preguntó
Miles.
—En realidad no. Como bien sabe, lo difícil es volver a entrar.
Creo que demostró usted que lo más sencillo es lo mejor. Salí por la puerta
lateral y cogí el tubo más cercano. Afortunadamente, el guardia de servicio no
tenía orden de dispararme.
—¿Lo sabía de antemano?
—No.
—Entonces Destang sabe que se ha marchado.
—Lo sabrá, desde luego.
—¿Cree que le habrán seguido? —Miles miró involuntariamente por
encima de su hombro. Vio el aparcamiento y el vehículo aéreo abajo; Elli y los
dos soldados habían desaparecido de la vista, buscando sin duda un puesto de
observación.
—No inmediatamente. La Seguridad de la embajada —los dientes de
Galeni brillaron en la oscuridad— anda corta de personal en estos momentos.
Dejé mi comunicador de muñeca, y traje dinero para el tubo en vez de usar mi
tarjeta, así que no tienen modo de rastrearme.
Llegaron jadeando a la cima; el aire húmedo se volvió frío
contra la cara de Miles; olía a limo de río y sal marina, un leve hedor a
estuario podrido. Miles cruzó el amplio paseo y se asomó a echar un vistazo a
la cara exterior del dique de sintarmigón. Una estrecha cornisa corría unos
veinte metros por debajo, perdiéndose de vista a la derecha en una curva de la
Barrera. Al no ser parte de la zona pública, se alcanzaba por escaleras
extensibles que asomaban a intervalos en la balaustrada; naturalmente, estaban
todas plegadas de noche. Era una tontería tratar de romper y descodificar uno
de los controles sellados: llevaría tiempo, y era probable que encendiera las
luces de alarma de algún supervisor nocturno en una de las lejanas torres... o
que bajaran de golpe.
Miles suspiró entre dientes. Deslizarse sobre duras superficies
de roca era una de las actividades que menos le entusiasmaban. Sacó un carrete
de cable del bolsillo de su chaquetilla dendarii, ató el arpeo gravítico
cuidadosa y firmemente a la balaustrada; lo comprobó dos veces. Al contacto,
unos asideros surgieron de los lados del carrete y liberaron el amplio arnés
que siempre parecía tremendamente endeble a pesar de su fenomenal fuerza
tensora. Miles se envolvió en él, lo tensó, saltó por encima de la balaustrada
y bajó por la pared de espaldas, sin mirar hacia abajo. Cuando llegó al fondo
era un torrente de adrenalina.
Envió el carrete de vuelta a Galeni, quien imitó la maniobra.
Éste no hizo ningún comentario acerca de sus sentimientos sobre la altura
cuando le devolvió el aparato. Miles tampoco lo hizo; pulsó el control que
liberaba el arpeo, rebobinó el carrete y se lo guardó.
—Vamos bien —comentó Miles. Desenfundó el aturdidor—. ¿Qué ha
traído?
—Sólo he conseguido un aturdidor —Galeni se lo sacó del
bolsillo, comprobó su carga y alcance—. ¿Y usted?
—Dos. Y unos cuantos juguetitos más. Hay severos límites a lo
que uno puede pasar a través de la seguridad de un espaciopuerto.
—Considerando lo abarrotado que está este sitio, creo que hacen
bien —observó Galeni.
Aturdidores en mano, caminaron en fila india por el saliente,
Miles el primero. El mar se agitaba bajo sus pies: una transparencia marrón
verdosa veteada de espuma dentro de los círculos de luz y aterciopelado negro
más allá. A juzgar por la decoloración, aquel pasillo se inundaba con la marea
alta.
Miles indicó a Galeni que se detuviera y avanzó poco a poco.
Pasada la curva, el pasillo se ensanchaba hasta formar un círculo de cuatro
metros sin salida; la barandilla lo bordeaba hasta el muro del fondo, donde
había una puerta: una sólida escotilla oval.
De pie delante de la escotilla estaban Galen y Mark, con los
aturdidores en la mano. Mark llevaba una camiseta negra, pantalones grises y
botas dendarii; iba sin chaquetilla... Miles se preguntó si era su propia ropa
robada, o un duplicado. Las aletas de la nariz se le distendieron cuando vio la
daga de su abuelo en la vaina de piel de lagarto colgando de la cintura del
clon.
—Un empate —comentó tranquilamente Galen cuando Miles se detuvo,
mirando el aturdidor de Miles y el suyo propio—. Si todos disparamos a la vez,
mi Miles o yo quedaremos en pie, y el juego será mío. Pero si por algún milagro
consiguiera abatirnos a ambos, no estaríamos en condiciones de decirle dónde
está su fornido primo. Moriría antes de que pudiera usted encontrarlo. Su
muerte ha sido programada. No necesito volver junto a él para ejecutarlo. Más
bien lo contrario. Su bonita guardaespaldas bien podría reunirse con nosotros.
Galeni salió de la curva.
—Algunos empates son más curiosos que otros —dijo.
La cara de Galen olvidó su dura ironía, los labios abiertos en
un profundo suspiro de desazón, y luego se volvió a tensar al mismo tiempo que
su mano se cerraba sobre el arma.
—Tenía que traer a la mujer —susurró.
Miles sonrió apenas.
—Por ahí andará. Pero usted dijo dos, y somos dos. Todas las
partes interesadas están presentes. ¿Ahora qué?
La mirada de Galen contó armas, calculó distancias, músculos,
probabilidades. Miles hacía lo mismo.
—El empate continúa —dijo Galen—. Si los dos son aturdidos,
pierden; si somos aturdidos nosotros, pierden también. Es absurdo.
—¿Qué sugiere usted?
—Propongo que todos dejemos las armas en el centro del círculo.
Luego podremos hablar sin distracciones.
«Tiene otra arma oculta —pensó Miles—. Igual que yo.»
—Una proposición interesante. ¿Quién suelta su arma el último?
La cara de Galen era un retrato de tristes cálculos. Abrió la
boca, la volvió a cerrar y sacudió levemente la cabeza.
—Yo también preferiría hablar sin distracciones —dijo Miles con
cuidado—. Propongo lo siguiente. Yo soltaré el arma primero. Luego mi... el
clon. Luego usted. El capitán Galeni el último.
—¿Qué garantía...? —Galen miró bruscamente a su hijo. La tensión
entre ellos era casi enfermiza, un extraño y silencioso compendio de ira,
desesperación y angustia.
—Él le dará su palabra —dijo Miles. Miró a Galeni en busca de
confirmación, y el capitán asintió despacio.
Se hizo el silencio durante tres segundos.
—Muy bien —convino Galen por fin.
Miles avanzó, se arrodilló, dejó el aturdidor en el centro de la
cubierta, retrocedió. Mark repitió su actuación, mirándolo mientras tanto.
Galen vaciló un largo, agónico momento, los ojos aún llenos de recelo; luego
depositó su arma junto a las otras. Galeni lo siguió sin vacilación, con una
sonrisa como el tajo de una espada y la mirada insondable excepto por el
transfondo de dolor que acechaba en ella desde que su padre había decidido
resucitar.
—Su propuesta primero —le dijo Galen a Miles—. Si tiene una.
—Vida —dijo Miles—. He ocultado... en un lugar que sólo yo
conozco, y que si me hubiera aturdido nunca habría descubierto a tiempo, una
orden de crédito de cien mil dólares betanos... eso son medio millón de marcos
imperiales, amigos... pagaderos al portador. Puedo dárselos, más una ventaja:
información útil sobre cómo eludir la Seguridad barrayaresa... que por cierto
anda muy cerca de usted...
El clon parecía enormemente interesado; sus ojos se habían
ensanchado al mencionar Miles la suma y todavía más ante la mención de la
Seguridad barrayaresa.
—A cambio de mi primo —Miles tomó aliento—, mi hermano y su
promesa de... retirarse y abstenerse de forjar nuevos planes contra el Imperio
de Barrayar. Tales planes sólo provocarían inútiles derramamientos de sangre y
un dolor innecesario a sus pocos parientes vivos. La guerra ha terminado, Ser
Galen. Es hora de que otros intenten otra cosa. Un camino distinto, tal vez un
camino mejor... Después de todo, difícilmente sería peor.
—La revolución no puede acabar —susurró Galen, casi para sí.
—¿Aunque todo el mundo muera? ¿«No funcionó, sigamos un poco
más»? En mi trabajo a eso lo llaman estupidez militar. No sé cómo lo llaman en
la vida civil.
—Mi hermana mayor se rindió porque aceptó la palabra de un
barrayarés —observó Galen. Su rostro era muy frío—. También el almirante
Vorkosigan estaba lleno de suave y lógica persuasión, y de promesas de paz.
—La palabra de mi padre fue traicionada por un subordinado que
no supo reconocer cuándo se acabó la guerra —dijo Miles—. Pagó el error con su
vida; fue ejecutado por su crimen. Mi padre le dio su venganza entonces. Fue
todo lo que pudo darle: no pudo devolver aquellos muertos a la vida. Ni yo
tampoco. Sólo puedo intentar impedir más muertes.
Galen sonrió con amargura.
—Y tú, David. ¿Qué soborno me ofrecerías por traicionar a
Komarr, por aceptar el dinero de tu amo barrayarés?
Galeni se estaba mirando las uñas. Una sonrisa peculiar asomó a
sus labios mientras escuchaba. Se frotó levemente los dedos en la costura de
los pantalones, se cruzó de brazos, parpadeó.
—¿Nietos?
Galen tuvo un instante de sorpresa.
—¡Ni siquiera estás prometido!
—Quizá lo esté algún día. Si vivo, claro.
—Y todos serían buenos súbditos imperiales —Galen escupió su
desprecio, recuperando con esfuerzo el equilibrio inicial.
Galeni se encogió de hombros.
—Parece encajar con la oferta de vida de Vorkosigan. No puedo
darte nada más que quieras de mí.
—Creo que son ustedes dos más parecidos de lo que piensan
—murmuró Miles—. ¿Entonces cuál es su propuesta, Ser Galen? ¿Por qué nos ha
hecho venir aquí?
Galen dirigió la mano derecha a su chaqueta. Luego se detuvo,
sonrió, ladeó la cabeza como si pidiera permiso. «Aquí viene el segundo
aturdidor —pensó Miles—. Tímidamente, pretendiendo hasta el último minuto que
no es un arma.» Miles no parpadeó, pero por su mente pasó un cálculo
involuntario de cómo saltar la balaustrada y hasta dónde nadar bajo el agua
conteniendo la respiración con la fuerte marea. Y con las botas puestas.
Galeni, frío como siempre, no se movió tampoco.
Ni siquiera cuando el arma que Ser Galen reveló bruscamente
resultó ser un letal disruptor neural.
—Algunos empates son más igualados que otros —dijo Galen. Su
sonrisa se convirtió en una parodia—. Recoge esos aturdidores —le ordenó al
clon, que se inclinó, los recogió y se los guardó en el cinto.
—¿Qué va a hacer con eso? —preguntó Miles, tratando de no dejar
que sus ojos y su mente se paralizaran hipnotizados por la boca plateada del
arma.
—Matarlos —explicó Galeni. Sus ojos volaron hacia su hijo, se
desviaron. Se concentró en Miles como si tratara de afianzar su resolución.
«Entonces ¿por qué hablas en vez de disparar?» Miles no expresó
ese pensamiento en voz alta, no fuera a ser que Galen se dejara llevar por el
buen sentido.
«Haz que siga hablando, quiere decir más, está deseando decir
más.»
—¿Por qué? No veo cómo servirá eso a Komarr a estas alturas,
excepto tal vez para aliviar sus sentimientos. ¿Simple venganza?
—Nada de simple. Completa. Mi Miles saldrá de aquí siendo el
único.
—¡Oh, venga ya! —Miles no tuvo que recurrir a su habilidad como
actor para prestar ira a su tono; le salió de forma bastante natural—. ¡No
seguirá todavía con el dichoso plan de sustitución! Toda la Seguridad
barrayaresa está advertida, lo identificarán de inmediato ahora. No es factible
—miró al clon—. ¿Vas a dejar que te meta de cabeza en un eliminador? Serás
carne muerta en el momento en que asomes la cabeza. Es inútil. Y no es
necesario.
El clon parecía claramente incómodo, pero alzó la barbilla y
consiguió mantener una postura orgullosa.
—No voy a ser lord Vorkosigan. Voy a ser el almirante Naismith.
Ya lo hice una vez, así que sabes que puedo. Tus dendarii nos ofrecerán la
salida de aquí... y una nueva base de operaciones.
—¡Bah! —Miles hizo ademán de tirarse de los pelos—. ¿Crees que
habría venido hasta aquí si eso fuera remotamente posible? Los dendarii están
también advertidos. Todos los líderes de las patrullas de ahí fuera (y será
mejor que creas que tengo patrullas por ahí) llevan un escáner médico. A la
primera orden que des, te escanearán. Si encuentran hueso en las piernas donde
debería haber prótesis sintéticas, te volarán la cabeza. Fin del plan.
—Pero si los huesos de mis piernas son sintéticos —dijo el clon,
sorprendido.
Miles se quedó inmóvil.
—¿Qué? Me dijiste que los huesos no se te rompían...
Galen volvió la cabeza hacia el clon.
—¿Cuándo le dijiste que...?
—No se rompen —le respondió el clon a Miles—. Pero después de
que reemplazaran los tuyos, también reemplazaron los míos. De lo contrario, el
primer escáner médico lo habría descubierto todo.
—¿Pero sigues sin tener las viejas fracturas en los otros
huesos...?
—No, eso requeriría un análisis mucho más detallado. Y cuando
los tres sean eliminados, podré evitarlo. Estudiaré tus archivos...
—¿Los tres?
—Los tres dendarii que saben que tú eres Vorkosigan.
—Su bonita guardaespaldas, y la otra pareja —explicó vengativo
Galen ante la mirada horrorizada de Miles—. Lamento que no la haya traído.
Ahora tendremos que darle caza.
¿Era aquello que asomó al rostro de Mark una expresión de fugaz
desazón? Galen también se dio cuenta y frunció el ceño.
—No saldrá bien —argumentó Miles—. Hay cinco mil dendarii.
Conozco a centenares de ellos por su nombre, o de vista. Hemos combatido
juntos. Sé cosas sobre ellos que sus madres no saben, cosas que no están en
ningún archivo. Y me han visto bajo todo tipo de tensiones. Ni siquiera sabrías
qué chiste es adecuado contar. Y aunque tuvieras éxito durante un tiempo y te
convirtieras en el almirante Naismith como antes quisiste convertirte en el
Emperador... ¿dónde está entonces Mark? Tal vez Mark no quiera ser un mercenario
del espacio. Tal vez quiera ser un... un diseñador textil. O médico.
—Oh —suspiró el clon, dirigiendo una mirada a su cuerpo
retorcido—, médico no...
—O programador de holovid o piloto estelar o ingeniero. O estar
muy lejos de él. —Miles indicó a Galen con la cabeza; por un instante los ojos
del clon se llenaron de apasionada ansia que rápidamente disimuló—. ¿Cómo lo
descubrirás?
—Es verdad —dijo Galen, mirando al clon con los ojos
entornados—, debes hacerte pasar por un soldado experimentado. Y no has matado
nunca.
El clon se agitó incómodo, mirando de reojo a su mentor.
La voz de Galen se había suavizado.
—Debes aprender a matar si esperas sobrevivir.
—No, no es así —intervino Miles—. La mayoría de la gente no mata
a nadie en toda la vida. Es un argumento falso.
El disruptor neural apuntó firmemente a Miles.
—Habla demasiado —los ojos de Galen se posaron una última vez en
su silencioso hijo, que alzó la barbilla desafiante y luego desvió la mirada
como si la visión le quemase—. Es hora de irnos.
Galen, el rostro endurecido, se volvió hacia el clon.
—Toma —le tendió el disruptor neural—. Es hora de completar tu
educación. Dispárales y vámonos.
—¿Qué hay de Ivan? —preguntó en voz baja el capitán Galeni.
—El sobrino de Vorkosigan tiene para mí tan poca utilidad como
su hijo —dijo Galen—. Pueden irse al infierno de la mano. —Volvió la cabeza
hacia el clon y añadió—: ¡Empieza!
Mark tragó saliva y alzó el arma con ambas manos.
—Pero... ¿qué hay de la orden de crédito?
—No hay ninguna orden de crédito. ¿No distingues una mentira en
cuanto la oyes, idiota?
Miles alzó el comunicador de muñeca y le habló claramente.
—Elli, ¿tienes todo esto?
—Grabado y transmitido al capitán Thorne —respondió con regocijo
la voz de Quinn, fina en el aire húmedo—. ¿Quieres compañía ya?
—Todavía no. —Miles bajó la mano, se enderezó, miró los ojos
enfurecidos de Galen y sus dientes apretados—. Lo que decía. Fin del plan.
Discutamos las alternativas.
Mark había bajado el disruptor neural, el rostro preocupado.
—¿Alternativas? ¡Venganza! —susurró Galen—. ¡Fuego!
—Pero... —dijo el clon, agitado.
—En este momento, eres un hombre libre —Miles habló en voz baja
y deprisa—. Él pagó por ti, sin embargo no te posee. Pero si matas por él, te
poseerá para siempre. Para siempre jamás.
«No necesariamente», silabeó Galeni, pero no interrumpió el
discurso de Miles.
—Tienes que matar a tus enemigos —rugió Galen.
La mano de Mark tembló, la boca abierta en protesta.
—¡Ahora, maldición! —aulló Galen, e hizo un intento de recuperar
el disruptor neural.
Galeni se colocó delante de Miles, que rebuscó en su chaqueta el
segundo aturdidor. El disruptor neural chisporroteó. Miles desenfundó,
demasiado tarde, demasiado tarde, el capitán Galeni jadeó —«ha muerto por mi
lentitud, mi estupidez de último momento»—, el rostro encogido, la boca abierta
en un alarido silencioso. Miles saltó de detrás de él, apuntó el aturdidor...
Y vio a Galen desmoronarse entre convulsiones, la espalda
arqueada en un movimiento que le rompió los huesos, la cara retorcida... y
entonces se desplomó muerto.
—Mata a tus enemigos —jadeó Mark, la cara blanca como el papel—.
Bien. ¡Ah! —añadió, alzando de nuevo el arma mientras Miles avanzaba—. ¡Quédate
quieto ahí mismo!
Un siseo a los pies de Miles. Miró hacia abajo para ver una fina
capa de espuma barrer sus botas, perder impulso, retroceder. Al cabo de un
instante, otra. La marea rebasaba el saliente. La marea subía...
—¿Dónde está Ivan? —exigió Miles, la mano cerrada sobre el
aturdidor.
—Si disparas, nunca lo sabrás —dijo Mark.
Su mirada oscilaba nerviosa de Miles a Galeni, del cadáver de
Galen a sus pies al arma que tenía en la mano, como si todo formara una suma
imposiblemente incorrecta. Respiraba de manera entrecortada, dominado por el
pánico; los nudillos con los que sujetaba el disruptor neutral estaban pálidos
como el hueso. Galeni permanecía muy, muy quieto, con la cabeza ladeada,
contemplando a quien allí yacía o mirando hacia dentro; no parecía ser
consciente del arma ni de su portador.
—Bien —dijo Miles—. Tú nos ayudas y nosotros te ayudaremos.
Llévanos con Ivan.
Mark retrocedió hacia la pared, sin bajar el arma.
—No te creo.
—¿Adónde vas a ir? No puedes volver con los komarreses. Hay un
escuadrón de choque barrayarés pensando en asesinarte y te pisa ya los talones.
No puedes acudir a las autoridades locales buscando protección; tienes un
cadáver que explicar. Soy tu única oportunidad.
Mark miró el cadáver, el disruptor neural, a Miles.
El suave chirrido de un carrete de rappel al desenrollarse
apenas fue audible por encima del siseo del mar. Miles miró hacia arriba. Quinn
volaba en un largo arco, como un halcón, el arma en una mano y el carrete de
control en la otra.
Mark abrió de una patada la compuerta y entró por ella.
—Busca tú a Ivan. No está lejos. No tengo ningún cadáver que
explicar... tú sí. ¡El arma del crimen lleva tus huellas!
Arrojó el disruptor neural y cerró la escotilla.
Miles saltó hacia la puerta con la mano extendida pero ya estaba
sellada: a punto estuvo de romperse algunos huesos más. El chasquido de un
mecanismo de cierre diseñado para desafiar la fuerza del mar sonó apagado a
través de la compuerta. Miles siseó entre dientes.
—¿La vuelo de un tiro? —preguntó Quinn mientras aterrizaba.
—¡Santo Dios, no! —la decoloración de la pared producida por la
marca del agua estaba a más de dos metros por encima de la compuerta—.
Inundaríamos Londres. Intenta abrirla sin dañarla. ¡Capitán Galeni!
Miles se volvió. Galeni no se había movido.
—¿Se encuentra en estado de shock?
—¿Mm? No... no, no creo. —Galeni se recuperó con esfuerzo.
Añadió, en un tono extraño y reflexivo—: Más tarde, tal vez.
Quinn estaba agachada junto a la compuerta; se sacaba artilugios
de los bolsillos y los colocaba sobre la superficie vertical, comprobando
lecturas.
—Electromecánica con anulación manual... si uso un imán...
Miles se acercó y le quitó a Quinn el arnés deslizante.
—Suba —le dijo a Galeni—, a ver si encuentra una entrada por el
otro lado. ¡Tenemos que capturar al pequeño cabrito!
Galeni asintió y se enganchó el arnés.
Miles empuñó el aturdidor y el cuchillo de su bota.
—¿Quiere un arma? —Mark se había marchado con todos los
aturdidores en el cinturón.
—El aturdidor es inútil —advirtió Galeni—. Será mejor que se
quede con el cuchillo. Si lo alcanzo, usaré las manos desnudas.
«Con placer», añadió Miles en silencio. Asintió. Los dos habían
recibido entrenamiento básico barrayarés para la lucha sin armas. Tres cuartas
partes de los movimientos le habían sido prohibidos a Miles en una lucha real
debido a la secreta debilidad de sus huesos; eso no iba con Galeni. El capitán
ascendió, rebotando en la pared colgado del hilo invisible con la precisión de
una araña.
—¡Lo tengo! —exclamó Quinn. La gruesa compuerta se abrió,
revelando un profundo y oscuro agujero.
Miles se sacó la linterna del cinturón y entró. Miró el cadáver
ceniciento de Galen, envuelto por la espuma, liberado de la obsesión y el
dolor. No se podía confundir la tranquilidad de la muerte con la tranquilidad
del sueño ni de ninguna otra cosa; era el absoluto. El rayo del disruptor
neural debía de haberle alcanzado directamente en la cabeza. Quinn cerró la
compuerta tras ellos y se detuvo para guardarse el equipo en los bolsillos
mientras el mecanismo de la puerta trinaba y parpadeaba, se deslizaba y
chasqueaba, manteniendo a raya de nuevo al Támesis.
Los dos recorrieron el pasillo. Apenas cinco metros más adelante
llegaron a una intersección en forma de T. El pasillo principal estaba
iluminado y se perdía de vista en ambas direcciones.
—Tú ve por la izquierda, yo iré por la derecha —dijo Miles.
—No deberías ir solo —objetó Quinn.
—Tal vez debería duplicarme, ¿eh? ¡Ve, maldición!
Quinn alzó las manos, exasperada, y echó a correr.
Miles corrió en la dirección contraria. Sus pasos resonaban
extrañamente en el pasillo, en las profundidades de la montaña de sintarmigón.
Se detuvo un momento, escuchó; sólo oyó los leves pasos de Quinn perdiéndose en
la distancia. Siguió corriendo, dejando atrás cientos de metros de sintarmigón
liso, oscuras y silenciosas estaciones de bombeo y otras iluminadas que
zumbaban levemente. Se estaba preguntando si habría pasado por alto una salida
(¿una portilla en el techo?) cuando divisó un objeto en el suelo. Uno de los
aturdidores se había caído del cinturón de Mark. Miles lo recogió con un rápido
¡ajá! y se lo guardó sin dejar de correr.
Activó el comunicador de muñeca.
—¿Quinn?
El pasillo se transformó de pronto en una especie de vestíbulo
con tubo elevador. Debía de estar debajo de una de las torres de vigilancia.
Personal autorizado solamente.
—¿Quinn?
Se introdujo en el tubo y se elevó. Oh, Dios, ¿en qué nivel se
había bajado Mark? La tercera planta ante la que pasó daba a una zona de
paredes de cristal, con aspecto de recibidor, con puertas y la noche más allá.
Claramente, una salida. Miles salió del tubo.
Un auténtico desconocido, vestido de civil con una chaqueta y
pantalones, se volvió al oír el sonido de sus pasos y se apoyó en una rodilla.
El destello plateado de un espejo parabólico parpadeó en sus manos: la boca de
un disruptor neural.
—¡Allí está! —exclamó el hombre, y disparó.
Miles retrocedió hacia el tubo elevador tan rápido que rebotó en
la otra pared. Extendió las manos hacia la escalerilla de seguridad en el
costado del tubo y empezó a asir peldaños más rápido de lo que el campo
antigrav podía elevarlo. Contrajo los músculos faciales, lleno de picotazos por
el nimbo del rayo disruptor. Los zapatos del hombre, advirtió Miles, eran botas
del servicio barrayarés.
—¡Quinn! —aulló de nuevo por el comunicador de muñeca.
El siguiente nivel daba a un pasillo sin pistoleros. Las tres
primeras puertas que probó estaban cerradas. La cuarta cedió; daba a una
oficina profusamente iluminada, al parecer desierta. Al echarle un rápido
vistazo Miles captó un ligero movimiento en las sombras, bajo una consola. Se
agachó para encontrarse con dos mujeres vestidas con el mono azul de técnicos
de la Autoridad de Mareas. Una chilló y se cubrió los ojos; la segunda la
abrazó y miró desafiante a Miles, que trató de sonreír amistosamente.
—Ah... hola.
—¿Quiénes son ustedes? —dijo la segunda mujer con mala cara.
—Oh, no estoy con ellos. Son, um... asesinos contratados —una
descripción justa, después de todo—. No se preocupen, no van por ustedes. ¿Han
llamado ya a la policía?
Ella negó con la cabeza, muda.
—Les sugiero que lo hagan inmediatamente. Ah... ¿me han visto
antes?
Ella asintió.
—¿Por qué camino tomé?
Ella retrocedió, aterrorizada, creyéndose acorralada por un
psicópata. Miles se encogió de hombros y se acercó a la puerta.
—¡Llame a la policía! —ordenó. El leve pitido de las teclas de
una comuconsola al ser pulsadas le siguió pasillo abajo.
Mark no estaba en aquel nivel. El campo gravitatorio del tubo
elevador había sido desconectado; la barra de seguridad automática estaba
extendida sobre la abertura y el brillo rojo de la luz de advertencia inundaba
el pasillo. Miles asomó con cuidado la cabeza, para encontrarse con otra cabeza
que le miraba desde en el nivel inferior; se retiró cuando un disruptor neural
chispeó.
Un balcón corría por la parte exterior de la torre. Miles
atravesó la puerta y miró en derredor, y hacia arriba. Sólo había un piso más.
Su balcón era fácilmente alcanzable con un garfio. Sonrió, sacó el carrete y lo
lanzó; consiguió enganchar firmemente el garfio en la balaustrada al primer
intento. Tragó saliva. Un breve oscilar sobre la torre, el dique y el rugiente
mar cuarenta metros más abajo, y se encontró en el siguiente balcón.
Se acercó de puntillas a la puerta de cristal y comprobó el
pasillo. Mark estaba agachado, recortado por la luz roja, cerca de la entrada
del tubo ascensor, con el aturdidor en la mano. La forma (inconsciente,
esperaba Miles) de un hombre con mono de técnico yacía tendida en el suelo.
—¿Mark? —llamó Miles en voz baja, y retrocedió. Mark se dio la
vuelta y lanzó una descarga en su dirección. Miles se apretujó contra la
pared—. Coopera conmigo y te sacaré vivo de ésta. ¿Dónde está Ivan?
El recordatorio de que Mark aún tenía un as en la manga tuvo el
esperado efecto tranquilizador. No volvió a disparar.
—Sácame de ésta y te diré dónde está —replicó.
Miles sonrió en la oscuridad.
—Muy bien. Voy a acercarme.
Atravesó la puerta y se reunió con su imagen, deteniéndose sólo
para comprobar el pulso en el cuello del hombre tendido. Estaba vivo, menos
mal.
—¿Cómo vas a sacarme de ésta? —exigió Mark.
—Bueno, ésa es la parte difícil —admitió Miles. Se detuvo a
escuchar. Alguien trataba de subir por la escalerilla del tubo elevador;
todavía no estaba cerca de su nivel—. La policía viene de camino y, cuando
llegue, espero que los barrayareses se marchen a toda prisa. No querrán ser
capturados en un embarazoso incidente interplanetario que el embajador tendría
que explicar a las autoridades locales. La operación de esta noche ya está
fuera de control porque la gente los ha visto. Destang hará que rueden sus
cabezas por la mañana.
—¿La policía? —Mark apretó con más fuerza su aturdidor; el miedo
luchó por abrirse paso en su rostro.
—Sí. Podríamos intentar jugar al escondite en esta torre hasta
que la policía llegue. O podríamos subir al tejado y hacer que el vehículo
aéreo dendarii nos recoja ahora mismo. Sé lo que prefiero yo. ¿Y tú?
—Entonces sería tu prisionero —susurró Mark, lleno de furia y
miedo—. Muerto ahora, muerto después, ¿cuál es la diferencia? Sé qué utilidad
le darías a un clon tuyo.
Miles advirtió que Mark volvía a verse a sí mismo como un banco
de partes corporales ambulante. Suspiró. Miró su crono.
—Según el horario de Galen, me quedan once minutos para
encontrar a Ivan.
Una mirada astuta se apoderó del rostro de Mark.
—Ivan no está arriba. Está abajo. Por donde hemos venido.
—¿Sí? —Miles se arriesgó a echar una ojeada al tubo elevador. El
escalador había salido por otra planta. Los cazadores eran concienzudos en su
búsqueda. Para cuando llegaran allí, estarían bastante seguros de su presa.
Miles aún llevaba el arnés deslizador. Muy tranquilamente,
cuidando de que no sonara, extendió la mano, enganchó el garfio a la barra de
seguridad y lo probó.
—Así que quieres bajar, ¿no? Puedo arreglarlo. Pero será mejor
que tengas razón en lo de Ivan. Porque si muere te diseccionaré personalmente.
Corazón e hígado, filetes y chuletas.
Miles se agachó, comprobó el arnés, fijó las coordenadas de giro
y parada del carrete y se situó bajo la barra, dispuesto a lanzarse.
—Sube.
—¿Para mí no hay correa de seguridad?
Miles miró por encima del hombre y sonrió.
—Rebotas mejor que yo.
Con aspecto dubitativo, Mark se guardó el aturdidor en el
cinturón, se acercó a Miles y, torpemente, rodeó con brazos y piernas su
cuerpo.
—Será mejor que te agarres con más fuerza. La deceleración al
fondo va a ser grande. Y no grites al bajar. Llamaría la atención.
La presa de Mark se tensó convulsivamente. Miles comprobó una
vez más que no había compañía no deseada (el tubo seguía vacío), y se lanzó.
El doble peso ganó impulso de forma aterradora. Cayeron a plomo
en silencio cuatro pisos; Miles se notaba el estómago flotando cerca de las
muelas y los costados del tubo elevador eran una mancha de color... Entonces el
carrete comenzó a gemir, resistiendo su giro. Las correas mordieron y Mark
empezó a soltarse. Miles extendió la mano para sujetarlo por la muñeca. Se
detuvieron un centímetro o dos por encima del suelo del tubo, de vuelta al
vientre de la montaña de sintarmigón. A Miles le zumbaban los oídos.
El ruido del descenso le había parecido estentóreo, pero ninguna
cabeza sorprendida asomó por las aberturas de arriba, ningún arma chisporroteó.
Miles y Mark salieron de la línea de visión del tubo al pequeño vestíbulo
situado detrás del pasillo interno. Miles pulsó el control para liberar el
garfio y dejar que el carrete se rebobinara; el hilo no hizo ningún ruido al
caer, pero el garfio chasqueó al golpear el suelo y Miles dio un respingo.
—Por allí —Mark señaló a la derecha. Corrieron pasillo abajo,
uno al lado del otro. Una profunda vibración empezó a ahogar otros sonidos más
ligeros. La estación de bombeo que parpadeaba y zumbaba cuando Miles pasó por
primera vez por allí estaba ahora en pleno funcionamiento para elevar el agua
del Támesis hasta el nivel de la marea alta a través de tuberías ocultas. La
siguiente estación, anteriormente oscura y silenciosa, estaba ahora iluminada,
preparada para entrar en acción.
Mark se detuvo.
—Aquí.
—¿Dónde?
Mark señaló.
—Cada cámara de bombeo tiene una compuerta de acceso, para
limpieza y reparaciones. Lo pusimos ahí dentro.
Miles maldijo.
La cámara de bombeo tenía el tamaño de un armario grande.
Sellada, sería oscura, fría, viscosa, apestosa y completamente silenciosa.
Hasta que el impulso del agua, tamborileando con inmensa fuerza, la inundara
para convertirla en una cámara de muerte. La inundara para llenar los oídos, la
nariz, los ojos oscuros; la inundara para llenar la cámara hasta arriba,
arriba, ni un pequeño bolsillo de aire para una boca frenética; la inundara
para retorcer y golpear el cuerpo incesantemente, haciéndolo chocar contra las
gruesas paredes hasta que la cara quedara aplastada sin posibilidad de
reconocimiento, hasta que, con la marea, las hediondas aguas se retiraran,
dejando... nada de valor. Un obstáculo en la línea.
—Tú... —jadeó Miles, mirando a Mark—. ¿Te prestaste a este...?
Mark se frotó las palmas, nervioso, y retrocedió.
—Estás aquí... te he traído —empezó a decir, quejumbroso—. Dije
que lo haría...
—¿No es un castigo demasiado severo para un hombre que nunca te
ha hecho otro daño que roncar y no dejarte dormir? ¡Ah!
Miles se volvió, la espalda rígida de disgusto, y empezó a
golpear los controles de cierre de la compuerta.
El último paso era manual, girar la barra que la liberaba.
Cuando Miles empujó la pesada puerta hacia dentro, una alarma empezó a sonar.
—¿Ivan?
—¡Ah! —el grito que surgió del interior era casi mudo.
Miles se introdujo hasta los hombros, la linterna en la mano. La
compuerta estaba cerca de la parte superior de la cámara; se encontró mirando
la mancha blanca del rostro de Ivan, medio metro por debajo de él.
—¡Tú! —exclamó Ivan con voz asqueada mientras resbalaba en el
fango.
—No, él no —corrigió Miles—. Yo.
—¿Eh? —la cara de Ivan estaba arrugada, agotada, casi más allá
de cualquier pensamiento coherente. Miles había visto esa misma expresión en
hombres que habían pasado demasiado tiempo en combate.
Miles lanzó su oportuno arnés (se estremeció, recordando que
casi había decidido no incluirlo cuando preparaba las cosas a bordo de la
Triumph) y agarró el carrete.
—¿Listo para subir?
Los labios de Ivan se movieron en un murmullo, pero se pasó el
arnés por los brazos. Miles golpeó el control del carrete e Ivan voló. Lo ayudó
a salir por la compuerta. Ivan se incorporó, las piernas separadas, las manos
en las rodillas, jadeando pesadamente. Llevaba el uniforme verde empapado,
arrugado y sucio. Sus manos parecían carne de perro. Debía de haber golpeado y
arañado, escarbado y gritado en la oscuridad, ahogado y sin que lo oyera
nadie...
Miles volvió a cerrar la compuerta. Chasqueó con sonoridad. Giró
la barra manual de cierre. La alarma dejó de sonar. Los circuitos de seguridad
volvieron a conectarse, la bomba inmediatamente empezó a trabajar. Ningún ruido
penetraba desde la cámara de bombeo, aparte de un monstruoso siseo subliminal.
Ivan se sentó pesadamente y hundió la cara entre las rodillas.
Miles se arrodilló junto a él, preocupado. Su primo alzó la
cabeza y consiguió esbozar una sonrisa enferma.
—Creo que voy a hacer de la claustrofobia una afición a partir
de ahora...
Miles le devolvió la sonrisa y le dio una palmada en el hombro.
Se levantó y se volvió. Mark no estaba por ninguna parte.
Escupió y se llevó el comunicador de muñeca a los labios.
—¿Quinn? ¡Quinn!
Salió al corredor, miró arriba y abajo, escuchó con atención. El
levísimo eco de unos pasos se perdía en la distancia, en la dirección opuesta a
la torre de vigilancia repleta de barrayareses.
—Pequeño mierda —murmuró Miles—. Al diablo con él —llamó a la
patrulla aérea—. ¿Sargento Nim? Aquí Naismith.
—Sí, señor.
—He perdido contacto con la comandante Quinn. Mire a ver si logra
recogerla. Si no, empiece a buscarla. La vi por última vez yendo a pie dentro
de la barrera, a medio camino entre la Torre Seis y la Siete, en dirección sur.
—Sí, señor.
Miles se volvió y ayudó a Ivan a ponerse en pie.
—¿Puedes andar? —preguntó ansioso.
—Sí... claro —Ivan parpadeó—. Sólo estoy un poco...
Echaron a andar pasillo abajo. Ivan se tambaleó un tanto,
apoyado en Miles; luego caminó con paso más firme.
—No sabía que mi cuerpo pudiera bombear tanta adrenalina. O
durante tanto tiempo. Horas y horas... ¿Cuánto tiempo he estado ahí dentro?
Miles miró su crono.
—Menos de dos horas.
—Mm. Me ha parecido mucho más —Ivan recuperaba el equilibrio—.
¿Adónde vamos? ¿Por qué llevas tu traje de Naismith? ¿Está bien milady? No la
cogieron a ella, ¿no?
—No, Galen sólo te cogió a ti. Esto es una operación dendarii
independiente. Destang me ordenó quedarme a bordo de la Triumph mientras sus
matones trataban de eliminar a mi doble. Para que no hubiera confusiones.
—Sí, bueno, tiene sentido. De esa forma, sabrán que pueden
disparar a cualquier tipo bajito que vean. —Ivan volvió a parpadear—. Miles...
—Eso es —dijo Miles—. Por eso vamos hacia allí y no hacia allá.
—¿Debería caminar más rápido?
—Estaría bien, si eres capaz.
Avivaron el paso.
—¿Por qué has bajado a tierra? —preguntó Ivan después de un
minuto o dos—. No me digas que aún intentas salvarle el pellejo a esa
desgraciada copia tuya.
—Galen me mandó una invitación grabada en tu pellejo. No tengo
demasiados parientes, Ivan. Para mí son de un valor incalculable. Aunque sólo
sea por su rareza, ¿eh?
Intercambiaron una mirada. Ivan se aclaró la garganta.
—Bien. Vale. Pero te puedes buscar un lío, tratando de desafiar
a Destang. Dime... si ese escuadrón de asalto está tan cerca, ¿dónde está
Galen? —la alarma nubló su rostro.
—Galen ha muerto —informó Miles brevemente. De hecho pasaban
ante la oscura intersección que conducía al saliente donde se encontraba el
cadáver.
—¿Sí? Me alegra oírlo. ¿Quién hizo los honores? Quiero besarle
la mano.
—Creo que tendrás la oportunidad dentro de un instante.
El rápido tableteo de unas pisadas, como de una persona con las
piernas cortas, era apenas audible al otro lado de la curva del pasillo. Miles
desenfundó el aturdidor.
—Y esta vez no tengo que discutir con él. Tal vez Quinn lo haya
hecho correr en esta dirección —añadió esperanzado. Estaba muy preocupado por
Quinn.
Mark dobló la curva y se detuvo ante ellos con un grito agónico.
Se volvió, dio un paso, se detuvo, se volvió de nuevo como un animal enjaulado.
La parte derecha de su cara era una veta roja, tenía la oreja llena de ampollas
blancuzcas y el hedor de pelo quemado flotaba levemente en el aire.
—¿Y ahora qué? —preguntó Miles.
La voz de Mark era aguda y forzada.
—¡Hay unos lunáticos pintados que me persiguen con pistolas de
plasma! Se han apoderado de la siguiente torre de vigilancia...
—¿Has visto a Quinn por alguna parte?
—No.
—Miles —dijo Ivan, aturdido—, los nuestros no llevarían arcos de
plasma en una misión antipersonal de estas características, ¿no? No en una
instalación vital como ésta... no querrían arriesgarse a dañar la maquinaria...
—¿Pintados? ¿De qué manera? —instó Miles—. No será por
casualidad como una máscara de ópera china, ¿verdad?
—No sé cómo es una máscara de ópera china —jadeó Mark—. Pero
ellos... bueno, uno va pintado de oreja a oreja.
—El ghem-comandante, sin duda —suspiró Miles—. De caza formal.
Parece que han subido la apuesta.
—¿Cetagandanos? —dijo Ivan bruscamente.
—Sus refuerzos habrán llegado por fin. Habrán seguido mi pista
en el espaciopuerto. ¡Oh, Dios... y Quinn fue por allí!
También Miles dio una vuelta sobre sí mismo y se tragó el pánico
para devolverlo a donde pertenecía, a la boca del estómago. No debía permitir
que le alcanzara el cerebro.
—Relájate, Mark. No quieren matarte a ti.
—¡Y un cuerno que no! ¡Gritó «Ahí está», y trató de volarme la
cabeza!
Miles sonrió malicioso.
—No, no —canturreó tranquilizador—. Es un simple caso de
confusión de identidades. Esa gente quiere matarme a mí... al almirante
Naismith. Son los que están al otro lado del túnel los que quieren matarte a
ti. Naturalmente —añadió jovial—, ninguno de ellos nos distingue.
Ivan farfulló entre dientes.
—Por aquí —indicó Miles, y echó a correr. Giró en la
intersección y se detuvo ante la compuerta de acceso. Ivan y Mark galopaban
detrás.
Miles se puso de puntillas y apretó los dientes. Según el
indicador, la marea se había alzado ya por encima de la escotilla. Esa salida
estaba sellada por el mar.
15
Miles abrió el canal de su comunicador de muñeca.
—¡Nim! —llamó.
—¡Señor!
—Hay un escuadrón encubierto cetagandano en la Torre Siete.
Fuerza desconocida, pero tienen arcos de plasma.
—Sí, señor —respondió sin aliento Nim—. Acabamos de
encontrarlos.
—¿Dónde están y qué ven?
—Tengo a un par de soldados ante cada una de las tres entradas a
las torres, con un refuerzo en los matorrales de la zona de aparcamiento.
Los... ¿cetagandanos dice usted, señor?, dispararon algunos arcos de plasma en
el corredor principal cuando tratábamos de entrar.
—¿Algún herido?
—Todavía no. Estamos en el suelo.
—¿Algún rastro de la comandante Quinn?
—No, señor.
—¿Puede localizar su comunicador de muñeca?
—Está en alguna parte de los niveles inferiores de esta torre.
No responde y no se mueve.
¿Aturdida? ¿Muerta? ¿Llevaba todavía puesto el comunicador? No
había forma de saberlo.
—Muy bien —Miles tomó aliento—, haga una llamada anónima a la
policía local. Dígales que hay hombres armados en la Torre Siete... tal vez
saboteadores tratando de volar la Barrera. Sea convincente, trate de parecer
asustado.
—No habrá problema, señor —respondió Nim.
Miles se preguntó cómo habría peinado a Nim el rayo de plasma.
—Hasta que lleguen los polis, mantenga a los cetagandanos dentro
de la torre. Aturda a todo el que intente salir. Los locales ya los
distinguirán más tarde. Ponga a un par de oteadores en la Torre Ocho para
bloquear esa salida; que avancen hacia el norte y hagan retroceder a los
cetagandanos si tratan de salir por el sur. Pero creo que se dirigirán al norte
—cubrió el comunicador con la mano y le comentó a Mark—: persiguiéndote.
Retiró la mano y continuó hablando con Nim.
—En cuanto llegue la policía, repliéguense. Evite contacto con
ellos. Pero si son acorralados, ríndanse. Somos los buenos. Es a esos
desagradables extranjeros de la torre con los arcos de plasma ilegales a
quienes deberían perseguir. Nosotros sólo somos turistas que advirtieron algo
raro mientras daban un paseo nocturno. ¿Entendido?
La voz de Nim era un poco forzada.
—Entendido, señor.
—Mantenga un observador a la vista en la Torre Seis. Informe
cuando llegue la policía. Naismith fuera.
—Comprendido, señor. Nim fuera.
Mark soltó un gemido ahogado y se abalanzó adelante para agarrar
a Miles por la chaqueta.
—Idiota, ¿qué estás haciendo? Llama otra vez a los dendarii...
¡ordénales que limpien de cetagandanos la Torre Seis! O lo haré yo.
Hizo ademán de agarrar a Miles por la muñeca, pero éste lo
mantuvo a raya y le puso la mano izquierda a la espalda.
—¡Eh! Cálmate ya. Nada me gustaría más que jugar al tiro al
blanco con los cetagandanos, sobre todo cuando los superamos en número... pero
llevan arcos de plasma. Los arcos de plasma tienen un alcance tres veces
superior al de los aturdidores. No le pido a mi gente que afronte una
desventaja práctica como ésa si no es imperioso.
—Si esos hijos de puta te pillan, te matarán. ¿Tiene que ser
mucho más imperioso?
—Pero Miles —dijo Ivan, mirando pasillo arriba y abajo,
dubitativo—, ¿no nos has atrapado en el centro de un movimiento de pinza?
—No —sonrió Miles, alborozado—. No mientras tengamos un manto de
invisibilidad. ¡Vamos!
Volvió corriendo hasta la intersección en forma de T y giró a la
derecha, hacia la Torre Seis en poder de los barrayareses.
—¡No! —ladró Mark—. ¡Los barrayareses quizá te maten a ti por
accidente, pero me matarán a mí a propósito!
Miles miró por encima del hombro.
—Los de ahí atrás nos matarán a ambos sólo para asegurarse. La
operación de Dagoola dejó a los cetagandanos más fastidiados con el almirante
Naismith de lo que pareces comprender. Vamos.
Reacio, Mark lo siguió. Ivan protegía la retaguardia.
El corazón de Miles redoblaba. Deseaba sentirse la mitad de
confiado de lo que sugería su sonrisa. Pero no podía permitir que Mark notara
sus dudas. Un par de cientos de metros de sintarmigón pelado quedaron atrás
mientras corría de puntillas, tratando de hacer el menor ruido posible. Si los
barrayareses ya habían llegado hasta esa parte del túnel...
Llegaron a la última estación de bombeo, y seguía sin haber
rastro del problema letal que les esperaba delante. O detrás.
Aquella estación se encontraba otra vez tranquila. Faltaban doce
horas para la siguiente marea alta. Si ninguna avalancha insospechada llegaba
corriente abajo, debería permanecer desconectada hasta entonces. Con todo,
Miles no quería dejar las cosas al azar, y por la forma en que Ivan se movía de
un lado a otro, observándolo con creciente alarma, sería mejor que ofreciera
alguna garantía.
Empezó a examinar los paneles de control; destapó uno para echar
un vistazo a su interior. Por fortuna, era mucho más sencillo que, por ejemplo,
el nexo de control de la cámara de propulsión de una nave de salto. Un
cortecito aquí, otro allá, desmontaría esta bomba sin encender nada en la torre
de vigilancia. Esperaba. Nadie de la torre presta demasiada atención a las
pantallas en aquellos momentos. Miles miró a Mark.
—Necesito mi cuchillo, por favor.
A regañadientes, Mark le tendió la antigua daga y, a una mirada
de Miles, también la vaina. Miles usó la punta para pelar los alambres finos
como cabellos. Su suposición sobre cuáles eran resultó acertada; trató de
fingir que lo sabía de antemano. No devolvió el cuchillo cuando terminó.
Se acercó a la compuerta de la cámara de bombeo y la abrió. Esta
vez no sonó ninguna alarma. Su garfio gravítico se aferró al instante a la lisa
superficie interna. El último problema era aquella maldita barra de cierre
manual. Si algún inocente, o no tan inocente, pasaba por delante y le daba un
tiento... ah, no. El mismo modelo de palanca tensora de campo, aliada del
garfio gravítico, que Quinn había utilizado antes funcionó aquí. Miles suspiró
aliviado. Regresó al panel de control del pasillo y dio un golpecito a la
microcámara tras situarla al final de una fila de diales. No se notaba nada.
Señaló la compuerta abierta de la cámara de bombeo, como
invitándolos a meterse en un ataúd.
—Muy bien. Todo el mundo adentro.
Ivan se puso blanco.
—Oh, Dios. Temía que fuera eso lo que tenías en mente —Mark no
parecía mucho más entusiasmado que Ivan.
Miles bajó la voz, suavemente persuasivo.
—Mira, Ivan, no puedo obligarte. Sigue pasillo arriba y corre el
riesgo de que tu uniforme impida que alguien te fría el cerebro por reflejo
nervioso, si quieres. En caso de que sobrevivas al encuentro con la escuadra de
asalto de Destang, te arrestará la policía local, aunque probablemente no será
fatal. Pero preferiría que te quedaras conmigo —bajó la voz aún más— y no me
dejaras a solas con él.
Ivan parpadeó.
—Oh.
Como Miles esperaba, esta petición de ayuda fue más efectiva que
la lógica, las demandas o las exigencias.
—Mira, es como estar en una sala de tácticas —añadió.
—¡Es como estar en una trampa!
—¿No has estado nunca en una sala de tácticas cuando se va la
luz? Son trampas. Toda sensación de mando y control es una ilusión. Preferiría
encontrarme en el campo de batalla —sonrió, e indicó a su doble con la cabeza—.
Además, ¿no crees que Mark merece la oportunidad de compartir tu experiencia?
—Dicho así, tiene cierto atractivo —gruñó Ivan.
Miles bajó el primero a la cámara de bombeo. Creyó oír pasos
lejanos en el pasillo. Mark parecía querer salir disparado, pero con Ivan
jadeándole al oído tenía pocas posibilidades. Finalmente Ivan, tras tragar
saliva, bajó junto a ellos. Miles encendió la linterna. Ivan, el único que era
lo bastante alto, cerró la pesada compuerta. El silencio fue sepulcral durante
un instante, a excepción de su respiración, mientras permanecían agachados
rodilla contra rodilla.
Las manos hinchadas y enrojecidas de Ivan se abrían y se
cerraban, pegajosas por el sudor y la sangre.
—Al menos sabemos que no nos oyen.
—Es acogedor —gruñó Miles—. Reza para que nuestros perseguidores
sean tan estúpidos como lo fui yo. Pasé por aquí delante dos veces.
Abrió la caja del escáner y colocó el receptor para proyectar la
visión norte-sur del pasillo aún vacío. Advirtió que había una leve corriente
en la cámara. Cualquier otra cosa anunciaría una riada de agua a través de las
tuberías, y sería hora de salir corriendo, con cetagandanos o sin cetagandanos.
—¿Y ahora qué? —dijo Mark con un hilo de voz. Parecía sentirse
realmente atrapado, emparedado entre los dos barrayareses.
Con falso aire de tranquilidad, Miles se apoyó contra la pared
húmeda y resbaladiza.
—Ahora esperamos. Igual que en una sala de tácticas. Pasas mucho
tiempo esperando en una sala de tácticas. Si tienes imaginación, es... un puro
infierno —pulsó el comunicador de muñeca—. ¿Nim?
—Sí, señor. Estaba a punto de llamarlo —la voz entrecortada de
Nim indicaba que estaba corriendo, o tal vez reptando—. Un vehículo aéreo de la
policía acaba de aterrizar en la Torre Siete. Nos retiramos a través del paseo
del parque tras la Barrera. El observador informa que los policías acaban de
entrar también en la Torre Seis.
—¿Hay alguna novedad sobre el comunicador de muñeca de Quinn?
—Todavía no se ha movido, señor.
—¿Ha establecido alguien ya contacto con el capitán Galeni?
—No, señor. ¿No estaba con usted?
—Se marchó aproximadamente al mismo tiempo en que perdí a Quinn.
Lo vi por última vez fuera de la Barrera, aproximadamente en la zona central.
Lo envié a buscar otra entrada. Ah... informe inmediatamente si alguien lo
localiza.
—Sí, señor.
Maldición, otra preocupación más. ¿Había tenido Galeni problemas
con los cetagandanos, los barrayareses o los policías locales? ¿Lo había
traicionado su propio estado mental? Miles deseó haber retenido a Galeni a su
lado tan apasionadamente como deseaba haber retenido a Quinn. Pero entonces aún
no habían encontrado a Ivan: difícilmente podría haber hecho otra cosa. Se
sentía como un hombre que intentaba montar un rompecabezas de piezas vivas que
se movía y mudaba de forma a intervalos aleatorios con risitas maliciosas.
Cambió de expresión. Mark le miraba nervioso; Ivan estaba acurrucado, sin
prestar demasiada atención a nada, enzarzado por la forma en que se mordía los
labios en una lucha interna con su recién adquirida claustrofobia.
Hubo un movimiento en la distorsionada visión de ciento ochenta
grados que el escáner ofrecía del pasillo: un hombre avanzaba en silencio por
la curvatura desde el extremo sur. Un oteador cetagandano, supuso Miles, aunque
civil. Sostenía en la mano un aturdidor, no un arco de plasma... aparentemente
los cetagandanos estaban al corriente de que la policía había entrado en escena
con fuerzas demasiado numerosas para ser silenciadas con un conveniente
asesinato, y se proponían minimizar la situación o, al menos, quitarle
importancia. El cetagandano escrutó el pasillo unos cuantos metros más, luego
desapareció por donde había venido.
Un minuto más tarde, movimiento desde el norte: un par de
hombres avanzaban de puntillas, tan silenciosamente como podía hacerlo una
pareja de gorilas de ese tamaño. Uno de ellos era el atontado que había
conseguido participar en una operación encubierta llevando las botas
reglamentarias de servicio. También había cambiado el arma por un aturdidor más
comedido, aunque su compañero seguía empuñando un mortífero disruptor neural.
Parecía que realmente tendrían ocasión de jugar al tiro al
blanco. Ah, el aturdidor, el arma elegida para todo tipo de situaciones
inciertas, la única arma con la que te permitías disparar primero y preguntar
después.
—¡Enfunda el disruptor neural, eso es, buen chico! —murmuró
Miles, mientras el segundo hombre cambiaba también de arma—. Levanta la cabeza,
Ivan. Esto quizá sea el mejor espectáculo que veremos en todo el año.
Ivan obedeció, su sonrisa absorta e insegura transmutada en algo
genuinamente sardónico, más parecido al Ivan de siempre.
—Oh, mierda, Miles. Destang te cortará las pelotas por orquestar
esto.
—De momento, Destang ni siquiera sabe que estoy implicado. Sss.
Allá vamos.
El oteador cetagandano había regresado. Hizo un gesto de avance,
y un segundo cetagandano se reunió con él. Al otro extremo del pasillo, más
allá de su visión debido a la curvatura, los tres barrayareses restantes
vinieron corriendo. Eran todos los barrayareses que había en la torre;
cualquier vigilancia del perímetro exterior había sido aislada ahora por el
cordón policial. Los barrayareses, al parecer, habían renunciado a su presa,
misteriosamente desaparecida, y andaban en retirada, esperando salir a través
de la Torre Seis lo más rápidamente posible sin tener que dar explicaciones a
un puñado de antipáticos terrestres. Los cetagandanos, que habían visto en
efecto al supuesto almirante Naismith correr en esta dirección, iban todavía de
caza, aunque su retaguardia presumiblemente se cerraba con la presión de los
policías que venían detrás.
No había ningún rastro de la retaguardia todavía; ningún indicio
de que Quinn estuviera prisionera. Miles no sabía si desear que así fuera o no.
Sería agradable saber que estaba aún viva, pero enormemente difícil librarla de
las garras cetagandanas antes de que la policía cerrara el cerco. La previsión
de bajas mínimas posibles exigía dejarla aturdida o hacerla arrestar, y
reclamarla a la policía más tarde... pero ¿y si algún matón cetagandano decidía
en el calor de la batalla que las mujeres muertas no hablan? Miles se
estremeció como una cafetera hirviendo con la idea.
Tal vez tendría que haber convencido a Mark e Ivan y atacado. Lo
rompible dirigiendo a lo discapacitado y lo indigno de confianza en un asalto a
lo desconocido... no. ¿Pero habría hecho más, o hecho menos, por cualquier otro
oficial bajo su mando? ¿Tanto le preocupaba que su lógica militar estuviera
siendo emboscada por sus emociones que ahora fallaba en la dirección opuesta?
Eso sería una traición tanto a Quinn como a los dendarii...
El oteador cetagandano apareció en la línea de visión del
oteador barrayarés. Los dos dispararon de inmediato y cayeron convertidos en un
fardo.
—Reflejos de aturdidor —murmuró Miles—. Es maravilloso.
—Dios mío —dijo Ivan, embobado hasta el punto de olvidar su
hermético encierro—, es como el protón aniquilando al antiprotón. Poof.
Los barrayareses restantes, distribuidos a lo largo del pasillo,
se aplastaron contra la pared. El cetagandano se tiró al suelo y se arrastró
hasta su camarada caído. Un barrayarés se asomó al pasillo y le disparó; el
tiro de respuesta del cetagandano se perdió en el aire. Dos de los cuatro
barrayareses corrieron hasta los cuerpos inconscientes de sus misteriosos
oponentes. Uno se preparó para ofrecer cobertura de fuego, el otro empezó a
revisar armas, bolsillos, ropa. Naturalmente, no encontró ninguna identificación.
El aturdido barrayarés estaba sacando un zapato para examinarlo (Miles supuso
que seguiría con el cuerpo mismo en un momento) cuando una voz ampliada y
distorsionada empezó a resonar por todo el pasillo, desde su espalda. Miles no
distinguía las palabras, deformadas por el eco, pero su sentido estaba claro.
—¡Aquí! ¡Alto! ¿Qué es todo esto?
Uno de los barrayareses ayudó a levantar al que había resultado
aturdido para llevarlo en hombros; tenía que ser el hombre más grande, el
propio Boots. Estaban tan cerca de la cámara que Miles apreció el temblor de
piernas mientras se enderezaba y empezaba a tambalearse bajo su carga; dos
hombres ocupaban el puesto del oteador y el último cubría la retaguardia.
El pequeño ejército condenado había avanzado unos cuatro pasos
cuando otra pareja de cetagandanos apareció en la curva sur. Uno disparaba el
aturdidor por encima del hombro mientras corría. Su atención estaba tan
dividida que no vio caer a su compañero cuando el oteador barrayarés lo abatió
hasta que tropezó con su cuerpo tendido y cayó de bruces. No soltó el
aturdidor, convirtió la caída en una voltereta controlada y disparó a su vez.
Uno de los oteadores barrayareses cayó.
El barrayarés que cubría la retaguardia saltó adelante y ayudó a
su compañero a abatir al cetagandano; luego corrió con él, apretado contra la
pared. Por desgracia, rebasaron la curva que los protegía en el mismo momento
en que una andanada de fuego de aturdidores despejaba el pasillo: un equipo de
combate de la policía, dedujo Miles tanto por la táctica como por el hecho de
que el cetagandano había estado disparando en esa dirección. Los hombres se
enfrentaron a la oleada de energía con resultados predecibles.
El barrayarés restante permaneció en el pasillo, lastrado por el
peso de su camarada inconsciente y maldiciendo, los ojos cerrados como si con
ello evitara la abrumadora vergüenza de toda la situación. Cuando la policía
apareció tras él se dio la vuelta y alzó las manos para rendirse lo mejor que
pudo, mostrando las palmas vacías y dejando que su aturdidor castañeteara por
el suelo.
Ivan comentó con voz apagada:
—Me imagino la llamada vid al comodoro Destang. «Esto... ¿señor?
Nos hemos topado con un pequeño problema. ¿Quiere venir a recogerme?»
—Quizá prefiera desertar —comentó Miles.
Los dos escuadrones de policía convergentes estuvieron a un pelo
de repetir la aniquilación mutua de sus sospechosos en fuga, pero consiguieron
comunicarse a tiempo sus verdaderas identidades. Miles se sintió casi
decepcionado. Con todo, nada duraba eternamente; en algún momento el pasillo
habría quedado intransitable debido al montón de cuerpos caídos y al caos
subsiguiente relativo a la típica curva de senectud de un sistema biológico
ahogado en sus propios desperdicios. Probablemente era mucho pedir que la
policía se quitara de enmedio, llevándose a los nueve asesinos, para así poder
escapar. Se avecinaba claramente otra larga espera. Maldición.
Con los huesos crujiéndole, Miles se levantó, se desperezó y se
apoyó contra la pared, cruzado de brazos. Sería mejor que la espera no fuera
demasiado larga. En cuanto la policía declarara que todo estaba despejado, el
equipo de técnicos de la Autoridad de Mareas y los encargados de mantenimiento
de las bombas aparecerían y empezarían a examinar cada centímetro del lugar. El
descubrimiento de la pequeña compañía de Miles era inevitable, pero no letal.
Mientras que... Miles miró a Mark, agachado a sus pies... mientras que nadie se
dejara llevar por el pánico.
Miles siguió la mirada de Mark hasta la pantalla del escáner,
donde los policías comprobaban los cuerpos aturdidos y se rascaban la cabeza.
El barrayarés capturado se mostraba adecuadamente hosco y poco comunicativo.
Como agente de operaciones encubiertas estaba entrenado para soportar la
tortura y también la pentarrápida; los policías londinenses le sacarían poca
cosa con los métodos a su disposición, y obviamente él lo sabía.
Mark sacudió la cabeza contemplando el caos del pasillo.
—¿De qué lado estás tú, por cierto?
—¿Es que no has prestado atención? —preguntó Miles—. Todo esto
es por ti.
Mark lo miró bruscamente, el ceño fruncido.
—¿Por qué?
Por qué, claro. Miles miró al objeto de su fascinación.
Comprendía que un clon se convirtiera en una obsesión, y viceversa. Alzó la
barbilla en su tic habitual; al parecer de forma inconsciente, Mark hizo lo
mismo. Miles había oído chismes sobre extrañas relaciones entre la gente y sus
clones. Pero claro, todo aquel que deliberadamente encargara un clon debía de
ser ya raro para empezar. Era mucho más interesante tener un hijo, a ser
posible con una mujer más lista, más rápida y más guapa que uno; en ese caso
habría al menos una posibilidad de evolución en el clan. Miles se rascó la
muñeca. Mark, un momento después, se rascó el brazo. Miles se abstuvo de
bostezar deliberadamente. Sería mejor no empezar nada que no pudiera parar.
Bien. Sabía lo que era Mark. Tal vez fuera más importante
comprender lo que no era. Y no era un duplicado del propio Miles, a pesar de
los esfuerzos de Galen. Ni siquiera era el hermano soñado de un hijo único.
Ivan, con quien Miles compartía clan, amigos, Barrayar, recuerdos privados del
pasado cada vez más lejano, era cien veces más hermano suyo de lo que Mark
sería jamás. Era posible que hubiera subestimado los méritos de Ivan. No era
posible volver a empezar de cero, pero sí enmendar un mal comienzo (Miles se
miró las piernas, viendo mentalmente los huesos artificiales de su interior). A
veces.
—Sí, ¿por qué? —intervino Ivan, ante el prolongado silencio de
Miles.
—¿Qué? ¿No te gusta tu nuevo primo? —dijo Miles—. ¿Dónde están
tus sentimientos familiares?
—Uno de vosotros es más que suficiente, gracias. Tu Gemelo
Malvado aquí presente —Ivan hizo cuernos con los dedos para espantar el mal de
ojo— es más de lo que puedo soportar. Además, los dos me encerráis en sitios
estrechos.
—Ah, pero yo al menos pedí voluntarios.
—Sí, ese chiste ya me lo sé. «Quiero tres voluntarios. Tú, tú y
tú.» Solías mangonearme a mí y a la hija de tu guardaespaldas de esa forma
incluso antes de entrar en el ejército, cuando éramos críos. Lo recuerdo.
—Nacido para mandar —sonrió Miles brevemente.
Mark arrugó el entrecejo, mientras trataba aparentemente de
imaginar a Miles como un matón de recreo para el grande y saludable Ivan.
—Es un truco mental —le informó Miles.
Estudió a Mark. Estaba agachado incómodamente con la cabeza
entre los hombros, como una tortuga protegiéndose de su mirada. ¿Era malvado?
Estaba confundido, sin duda. Distorsión de espíritu además de corporal...
aunque Galen no podía haber sido mucho más horrible como mentor infantil que el
propio abuelo de Miles. Pero para ser un sociópata adecuado hay que estar
centrado en uno mismo hasta un grado extremo, cosa que no parecía describir a
Mark; apenas le habían permitido tener un yo. Tal vez no estaba lo suficientemente
centrado en sí mismo.
—¿Eres malvado? —le preguntó alegremente.
—Soy un asesino, ¿no? —replicó Mark—. ¿Qué más quieres?
—¿Eso ha sido asesinato? Me ha parecido detectar una cierta
confusión.
—Él agarró el disruptor neural. Yo no quise soltarlo. Se disparó
—el rostro de Mark estaba pálido, blanco y ensombrecido por la brusca
iluminación lateral producida por la linterna de Miles al reflejarse en la
pared—. En serio.
Ivan alzó las cejas, pero Miles no se entretuvo en darle
detalles.
—No premeditado, tal vez —sugirió.
Mark se encogió de hombros.
—Si fueras libre... —empezó a decir Miles lentamente.
Mark arrugó los labios.
—¿Libre? ¿Yo? ¿Qué posibilidad tengo? La policía habrá
encontrado ya el cadáver.
—No. La marea rebasó la barandilla. El mar se lo ha llevado.
Pasarán tres, cuatro días antes de que vuelva a salir a la superficie. Si sale
alguna vez.
Y entonces sería un objeto repelente. ¿Desearía reclamarlo el
capitán Galeni, para enterrarlo adecuadamente? ¿Dónde estaba Galeni?
—Supongamos que fueras libre. Libre de Barrayar y Komarr, libre
también de mí. Libre de Galen y la policía. Libre de la obsesión. ¿Qué
elegirías? ¿Quién eres? ¿O sólo eres reacción, nunca acción?
Mark se retorció visiblemente.
—Vete a la mierda.
Miles torció la boca. Frotó el suelo con la bota y se detuvo
antes de empezar a marcar dibujitos con el pie.
—Supongo que nunca lo sabrás mientras yo me imponga sobre ti.
Mark escupió las heces de su odio.
—¡Tú eres libre!
—¿Yo? —Miles casi se sorprendió de verdad—. Nunca seré tan libre
como lo eres tú ahora mismo. Estabas atado a Galen por el miedo. Su control
sólo era igual a su alcance, y ambas cosas se rompieron juntas. Yo estoy
atado... a otras cosas. Dormido o despierto, cerca o lejos, no hay ninguna
diferencia. Sin embargo... Barrayar puede ser un lugar interesante, visto a
través de otros ojos que no sean los de Galen. Su propio hijo vio las
posibilidades.
Mark sonrió con acritud contemplando la pared.
—¿Tienes otra utilidad para mi cuerpo?
—¿Para qué? No se puede decir que tengas la altura que mis...
nuestros genes pretendían ni nada de eso. Y mis huesos van camino de
convertirse en plástico de todas formas. No hay ninguna ventaja en eso.
—Estaré en la reserva, entonces. Un repuesto para caso de
accidente.
Miles alzó las manos.
—Ya ni siquiera crees eso. Pero mi oferta original sigue en pie.
Vuelve conmigo, con los dendarii, y te esconderé. Te llevaré a casa. Allí
podrás tomarte tu tiempo y decidir cómo ser el auténtico Mark y no una
imitación de nadie.
—No quiero conocer a esa gente —declaró Mark llanamente.
Con eso se refería a sus padres. Miles lo entendió con
dificultad, aunque Ivan había perdido claramente el hilo.
—No creo que vayan a reaccionar mal. Después de todo, ya están
en ti, a nivel fundamental. Tú, ah, no puedes huir de ti mismo. —Hizo una
pausa, lo intentó de nuevo—. Si tuvieras la oportunidad de hacer algo, ¿qué
sería?
Mark frunció profundamente el ceño.
—Cargarme el negocio de clones de Jackson's Whole.
—Mm —consideró Miles—. Está bastante protegido. De todas formas,
¿qué esperabas de los descendientes de una colonia que empezó siendo una base
de secuestradores? Naturalmente, se convirtieron en una aristocracia. Tendré
que contarte un par de historias sobre tus antepasados que no aparecen en las
crónicas oficiales...
Así que Mark había adquirido una cosa buena de su asociación con
Galen: una sed de justicia que iba más allá de su propia piel aunque la
incluyera.
—Tal como es la vida, te mantendría ciertamente ocupado. ¿Cómo
lo harías?
—No lo sé —Mark pareció sorprendido por este súbito cambio—.
Volaría los laboratorios. Rescataría a los niños.
—Buena táctica, mala estrategia. Simplemente, reconstruirían.
Necesitas más de un nivel de ataque. Si imaginaras alguna forma de hacer que el
negocio no diera beneficios, se moriría solo.
—¿Cómo?
—Déjame ver... Están los clientes. Gente rica y sin ética.
Supongo que difícilmente se los podría persuadir para que elijan la muerte
sobre la vida. Un logro médico que ofreciera alguna otra forma de extensión
personal de vida quizá los dividiera.
—Matarlos los dividiría también —gruñó Mark.
—Cierto, pero sería poco práctico a la larga. La gente de esa
clase suele tener guardaespaldas. Tarde o temprano uno te pillaría y todo se
acabaría. Mira, debe de haber cuarenta puntos de ataque. No te atasques con el
primero que te venga a la cabeza. Por ejemplo, supongamos que regresas conmigo
a Barrayar. Como lord Mark Vorkosigan, podrías esperar amasar con el tiempo una
base de poder financiero y personal. Completar tu educación... adecuarte para
atacar el problema estratégicamente, no sólo, ah, abalanzarte contra la primera
pared con la que te encuentres y, zas.
—Nunca iré a Barrayar —dijo Mark entre dientes.
«Sí, y parece que todas las mujeres con un coeficiente superior
de la galaxia están en completo acuerdo contigo... puede que seas más listo de
lo que crees.» Miles suspiró entre dientes. «Quinn, Quinn, Quinn, ¿dónde
estás?» En el pasillo, la policía cargaba a los últimos asesinos inconscientes
en una plataforma flotante. La posibilidad de salir de allí se presentaría
pronto, o nunca.
Miles se dio cuenta de que Ivan lo estaba mirando.
—Estás completamente chiflado —dijo, con total convicción.
—¿Qué, no piensas que ya es hora de que alguien se las haga
pagar a esos bastardos de Jackson's Whole?
—Claro, pero...
—Yo no puedo estar en todas partes. Pero sí apoyar el proyecto
—Miles miró a Mark—, si has acabado de intentar ser yo, claro está.
Mark vio cómo se llevaban a los últimos asesinos.
—Puedes quedártelo. Me extraña que no seas tú quien intenta
cambiar de identidad conmigo —miró a Miles con la cabeza ladeada, lleno de
renovado recelo.
Miles se echó a reír, dolorosamente. Qué tentación. Tirar su
uniforme, meterse en un tubo y desaparecer con una nota de crédito por valor de
medio millón de marcos en el bolsillo. Ser un hombre libre... Posó la mirada
sobre el sucio uniforme verde imperial de Ivan, símbolo de su servicio. «Eres
lo que decides ser... elige otra vez.» No. El hijo más feo de Barrayar elegiría
seguir siendo su campeón. No se arrastraría a un agujero para no ser nadie.
Hablando de agujeros, era hora de salir de aquél. Los últimos
miembros del comando policial desaparecieron tras la curva del pasillo, tras la
plataforma flotante. Los técnicos llegarían de un momento a otro. Sería mejor
actuar rápido.
—Es hora de irnos —dijo Miles, desconectando el escáner y
recuperando la linterna.
Ivan gruñó aliviado y alargó los brazos para abrir la compuerta.
Empujó a Miles para ayudarlo a salir. Miles a su vez le lanzó la cuerda del
equipo de rappel, como antes. El pánico inundó el rostro de Mark durante un
instante cuando vio a Miles enmarcado en la salida y advirtió por qué él podía
ser el último; su expresión se cerró de nuevo cuando Miles hizo bajar la
cuerda. Miles recogió la pequeña cámara, la devolvió a su caja y pulsó el
comunicador de muñeca.
—Nim, informe de situación —susurró.
—Tenemos ambos vehículos de vuelta en el aire, señor, a un
kilómetro tierra adentro. La policía ha acordonado su zona. El lugar está
repleto de ellos.
—Muy bien. ¿Alguna noticia de Quinn?
—Ningún cambio.
—Déme sus coordenadas exactas dentro de la torre.
Nim así lo hizo.
—Muy bien. Estoy dentro de la Barrera, cerca de la Torre Seis,
con el teniente Vorpatril de la embajada barrayaresa y mi clon. Vamos a
intentar salir por la Torre Siete y recoger a Quinn de paso. O al menos —Miles
tragó saliva, sintiendo estúpidamente que la garganta se le había agarrotado—,
vamos a averiguar qué le ha pasado. Mantenga su actual situación. Naismith
fuera.
Se quitaron las botas y tomaron pasillo abajo en dirección sur,
pegados a la pared. Miles oyó voces, pero estaban detrás de ellos. La
intersección en forma de T estaba ahora iluminada. Miles alzó las manos
mientras se acercaban, se arrastró hasta la esquina y se asomó. Un hombre
ataviado con un mono de la Autoridad de Mareas y un policía uniformado
examinaban la compuerta. Les daban la espalda. Miles indicó a Mark e Ivan que
avanzaran. Todos se introdujeron en silencio en la boca del túnel.
Había un policía estacionado en el vestíbulo del tubo elevador
en la base de la Torre Siete. Miles, con las botas en una mano y el aturdidor
en la otra, hizo una mueca de frustración. Se acabaron sus esperanzas de salir
sin dejar rastro.
No podía evitarlo. Tal vez compensaran con velocidad la falta de
sigilo. Además, el hombre se interponía entre Miles y Quinn y, por tanto, se
merecía su destino. Apuntó con el aturdidor y disparó. El policía se desplomó.
Flotaron tubo arriba. «Este nivel», señaló Miles en silencio. El
corredor estaba muy iluminado, pero no había ningún sutil sonido que indicara
la presencia de gente cerca. Miles siguió las indicaciones que Nim le había
dado y se detuvo ante una puerta cerrada con el rótulo: MATERIALES. Tenía el
estómago revuelto. Supongamos que los cetagandanos hubieran preparado una
muerte lenta para ella, supongamos que los minutos que Miles había pasado
escondido lo significaran todo...
La puerta estaba cerrada. Habían atascado el control. Miles lo
rompió, provocó un cortocircuito y abrió la puerta manualmente. Casi estuvo a
punto de romperse los dedos.
Ella yacía en el suelo, demasiado pálida y quieta. Miles se
arrodilló a su lado. El pulso en la garganta, el pulso en la garganta... lo
había. La piel estaba caliente, el pecho subía y bajaba. Aturdida, sólo
aturdida. Miró a Ivan que se acercaba ansioso, tragó saliva y controló su
respiración entrecortada. Aquélla era, después de todo, la posibilidad más
lógica.
16
Se detuvieron en la entrada lateral de la Torre Siete para
volver a ponerse las botas. El parque se extendía entre ellos y la ciudad,
salpicado de chispas blancas y zonas verdes a lo largo de los paseos
iluminados, oscuro y misterioso en la zona intermedia. Miles calculó la carrera
hasta los matorrales más cercanos y supuso la situación de los vehículos
policiales dispersos por los aparcamientos.
—Supongo que no llevarás tu petaca encima —le susurró a Ivan.
—Si la tuviera la habría vaciado hace horas. ¿Por qué?
—Me preguntaba cómo dar veracidad a tres tipos que arrastran a
una mujer inconsciente por un parque a estas horas de la noche. Si rociáramos a
Quinn con un poco de coñac, al menos podríamos simular que la llevábamos a casa
después de una fiesta o algo así. La resaca provocada por los aturdidores se
parece bastante a la de verdad, sería convincente aunque ella se despertara un
poco grogui.
—Confío en que tenga sentido del humor. Bueno, ¿qué significa un
pequeño desprestigio entre amigos?
—Es mejor que un tiro.
—Uh. De todas formas, no tengo mi petaca. ¿Estamos listos?
—Supongo. No, espera...
Otro coche aéreo se estaba posando en tierra. Civil, pero el
policía de guardia en la entrada principal de la torre fue a recibirlo. Un
hombre mayor salió del vehículo y corrieron juntos a la torre.
—Ahora.
Ivan cogió a Quinn por los hombros y Mark por los pies. Miles
pasó cuidadosamente por encima del cuerpo aturdido del policía que protegía
aquella salida y todos cruzaron la acera en busca de cobijo.
—Dios, Miles —jadeó Ivan mientras se detenían en el césped para
observar el siguiente tramo—, ¿por qué no te lías con mujeres pequeñitas?
Tendría más sentido...
—Vamos, vamos. Sólo pesa lo que una mochila de combate llena.
Puedes conseguirlo.
No hubo gritos desde detrás, ningún perseguidor a la carrera. La
zona más cercana a la torre era probablemente la más segura. Habría sido
examinada y barrida antes, y declarada libre de intrusos. La atención policial
estaría concentrada en las inmediaciones del parque. Y tendrían que cruzarlo
para alcanzar la ciudad y escapar.
Miles escrutó las sombras. Con tanta luz artificial, sus ojos no
se adaptaban tan bien a la oscuridad como hubiese querido.
Ivan le imitó.
—No se ve a ningún poli en los matorrales —murmuró.
—No estoy buscando a la policía.
—¿Entonces qué?
—Mark dijo que un hombre con la cara pintada le disparó. ¿Has
visto a alguien con pintura en la cara?
—Ah... tal vez la policía lo cogió antes de que viéramos a los
otros.
Pero Ivan miró por encima de su hombro.
—Tal vez. Mark... ¿de qué color era la cara? ¿Qué dibujo
llevaba?
—Casi toda azul, con una especie de manchas blancas, amarillas y
negras. Un ghem-lord de rango medio, ¿no?
—Un capitán de centuria. Si pretendías hacerte pasar por mí,
tendrías que ser capaz de leer las ghem-marcas al dedillo.
—Había tanto que aprender...
—De todas formas, Ivan... ¿de verdad crees que un capitán de
centuria, altamente entrenado, enviado desde su cuartel general con un
juramento de caza, dejó que un pobre poli de Londres lo sorprendiera y lo
aturdiera? Los otros no eran más que soldados corrientes. Los cetagandanos los
sacarán más tarde. Un ghem-lord moriría antes que pasar esa vergüenza. Será
también un cabroncete persistente.
Ivan puso los ojos en blanco.
—Maravilloso.
Avanzaron un centenar de metros entre árboles, matorrales y
sombras. El siseo y el zumbido del tráfico de la principal carretera costera
llegaba ahora débilmente. Los pasos subterráneos de peatones estaban sin duda
vigilados. La autopista de alta velocidad, protegida por una valla, quedaba
estrictamente prohibida al tráfico a pie.
Una caseta de sintarmigón cubierta de lianas y matorrales con la
esperanza de ocultar su tosca función, se alzaba cerca del sendero principal
que conducía al paso subterráneo. Al principio Miles la consideró una letrina
pública, pero una segunda mirada reveló que tenía una única puerta cerrada. Los
reflectores que deberían haber iluminado ese lado estaban apagados. Mientras
Miles observaba, la puerta empezó a abrirse lentamente. Un arma sostenida por
una mano pálida brilló débilmente en la oscuridad. Miles apuntó con su
aturdidor y contuvo la respiración. La oscura forma de un hombre se asomó.
Miles resopló.
—¡Capitán Galeni!
Galeni se sacudió como si le hubieran disparado, se agachó, y
corrió hacia ellos a cuatro patas. Maldijo entre dientes al descubrir, como
había hecho Miles, que los matorrales de adorno tenían espinas. Sus ojos
hicieron un rápido inventario del grupito: Miles y Mark, Ivan y Elli.
—Que me zurzan. Todavía están vivos.
—Me estaba preguntando lo mismo acerca de usted —admitió Miles.
Galeni parecía... parecía extraño. Había desaparecido de él la
fría tranquilidad que había absorbido sin comentarios la muerte de Ser Galen.
Casi sonreía, electrizado por una sensación de júbilo algo desequilibrada, como
si se hubiera pasado con alguna droga estimulante. Respiraba de manera
entrecortada; tenía la cara magullada, la boca le sangraba. Su mano hinchada
sujetaba un arma... la última vez iba desarmado y ahora llevaba un arco de
plasma cetagandano. El mango de un cuchillo le asomaba de la bota.
—¿Se ha topado, ah, con un tipo con la cara pintada de azul?
—inquirió Miles.
—Oh, sí —dijo Galeni, con cierta satisfacción.
—¿Qué demonios le ha pasado, señor?
Galeni habló en un rápido susurro.
—No encontré una entrada a la Barrera cerca de donde le dejé.
Divisé eso de allí —indicó la caseta—, y supuse que tal vez habría algún túnel
de tuberías de fibra óptica o de agua que condujese hasta la Barrera. Casi
acerté. Hay túneles por todo el parque. Pero me confundí bajo tierra y, en vez
de salir en la Barrera, acabé en una portilla del paso de peatones bajo la
autopista del canal. ¿Y adivina a quién encontré allí?
Miles sacudió la cabeza.
—¿A la policía? ¿Los cetagandanos? ¿Barrayareses?
—Caliente, caliente. Era mi viejo amigo y homólogo en la
embajada cetagandana, el ghem-teniente Tabor. La verdad es que tardé un par de
minutos en darme cuenta de qué hacía allí. Actuaba como refuerzo en el
perímetro exterior para los expertos enviados por el cuartel general. Lo mismo
que habría hecho yo de no estar —Galeni hizo una mueca— confinado en mis
habitaciones.
»No se alegró de verme —continuó—. No imaginaba qué hacía yo
allí. Ambos fingimos contemplar la luna, mientras yo miraba el equipo que había
metido en su vehículo de tierra. Puede que me creyera; creo que pensó que
estaba borracho o drogado. —Miles se abstuvo amablemente de observar:
«Comprendo por qué.»—. Pero entonces empezó a recibir señales de su equipo y
tuvo que deshacerse rápidamente de mí. Me disparó con un aturdidor, lo
esquivé... no me dio de lleno, pero me tumbé fingiendo estar más tocado de lo que
estaba y escuché su conversación con el escuadrón de la torre mientras esperaba
una oportunidad de invertir la situación.
»Recuperaba la sensibilidad de la parte izquierda del cuerpo
cuando apareció su amigo azul. Su llegada distrajo a Tabor, y salté sobre
ambos.
Miles alzó las cejas.
—¿Cómo demonios consiguió hacer eso?
Galeni flexionó las manos mientras hablaba.
—No lo sé del todo —admitió—. Recuerdo haberlos golpeado...
—miró a Mark—. Fue agradable tener un enemigo claramente definido para variar.
Miles supuso que había descargado sobre ellos todas las
tensiones acumuladas durante la última semana y en esa enloquecida noche. Miles
ya había sido testigo de arrebatos de salvajismo.
—¿Siguen vivos?
—Oh, sí.
Miles decidió que lo creería cuando tuviera la oportunidad de
comprobarlo con sus propios ojos. La sonrisa de Galeni era alarmante, con
aquellos dientes enormes brillando en la oscuridad.
—Su coche —dijo Ivan impaciente.
—Su coche —coincidió Miles—. ¿Sigue allí? ¿Podemos llegar a él?
—Tal vez —respondió Galeni—. Ahora hay al menos una patrulla de
la policía en los túneles. Los he oído.
—Tendremos que correr el riesgo.
—Para ti es fácil decirlo —se quejó Mark rencoroso—. Tienes
inmunidad diplomática.
Miles lo miró, resistiendo una inspiración salvaje. Con un dedo
acarició el bolsillo interno de su chaqueta gris.
—Mark —susurró—, ¿qué te parecería ganar esa nota de crédito de
cien mil dólares betanos?
—No hay ninguna nota de crédito.
—Eso es lo que dijo Ser Galen. Podrías reflexionar sobre en qué
otras cosas se ha equivocado esta noche —Miles alzó la cabeza para comprobar
qué efecto tenía sobre Galeni la mención del nombre de su padre. Un efecto
tranquilizador, al parecer; parte de la expresión reservada y abstraída regresó
a sus ojos—. Capitán Galeni. ¿Están conscientes esos dos cetagandanos, o se les
puede hacer recuperar el sentido?
—Al menos uno lo está. Tal vez ambos. ¿Por qué?
—Testigos. Dos testigos. Ideal.
—Pensaba que toda la gracia de escapar en vez de rendirnos era
evitar los testigos —se quejó Ivan.
—Creo que será mejor que yo sea el almirante Naismith —le ignoró
Miles—. No es por ofender, Mark, pero no se te da bien el acento betano. No
rematas las erres finales con la suficiente dureza. Además, has practicado más
a lord Vorkosigan.
Galeni alzó las cejas cuando captó la idea. Asintió pensativo,
aunque su rostro, cuando se volvió a mirar a Mark, fue lo suficientemente
críptico para que el clon diera un respingo.
—Muy bien. Nos debe esa cooperación, creo. —Y añadió, en voz aún
más baja—: Me la debe.
Aquél no era el momento para señalar cuánto le debía Galeni a
Mark a cambio, aunque una breve mirada a los ojos convenció a Miles de que
Galeni, al menos, era perfectamente consciente del flujo biunívoco de esa
sombría deuda. Pero Galeni no desperdiciaría esta oportunidad.
Seguro de su alianza, el almirante Naismith dijo:
—Al túnel, pues. Guíenos, capitán.
Cuando salieron del tubo elevador del paso de peatones
subterráneo vieron el vehículo de tierra cetagandano aparcado en una zona de
sombras, bajo un árbol, a unos cuantos metros a su izquierda. Seguía sin haber
vigilancia policial en esta zona; Galeni les había informado de la presencia de
una pareja en la zona del parque, aunque no se habían arriesgado a volver a
comprobar ese hecho. Deslizarse por los túneles ya había sido bastante
peligroso, y habían esquivado por los pelos a unos artificieros de la policía.
El gran platanar ocultaba el vehículo de la mayoría de las
tiendas (cerradas a esta hora) y apartamentos que ocupaban el otro lado de la
estrecha calle. Miles esperaba que ningún insomne asomado a una ventana hubiera
sido testigo del encuentro de Galeni. La autopista que se alzaba por encima y
por detrás de ellos estaba protegida por un muro. Miles seguía sintiéndose al
descubierto.
El vehículo de tierra no llevaba ninguna identificación de la
embajada, ni tenía otros rasgos característicos que llamaran la atención;
neutro, ni viejo ni nuevo, un poco sucio. Decididamente, operaciones
encubiertas. Miles alzó las cejas y silbó débilmente al ver las muescas
recientes del costado, aproximadamente del tamaño de un hombre, y la sangre que
manchaba el pavimento. Con la oscuridad, afortunadamente, el color rojo no
destacaba demasiado.
—¿No fue un poco ruidoso? —le preguntó a Galeni, señalando los
golpes.
—¿Mm? En realidad no. Golpes secos. Ninguno gritó.
Galeni, tras echar una rápida ojeada arriba y abajo de la calle
y hacer una pausa para que un coche solitario pasara de largo, alzó la burbuja
de espejo.
Había dos formas acurrucadas en el asiento trasero, atadas con
su propio equipo. El teniente Tabor, de civil, parpadeó amordazado. El hombre
con la cara pintada de azul estaba desplomado junto a él. Miles comprobó su
estado alzándole un párpado y descubrió que seguía inconsciente. Rebuscó en la
guantera un equipo médico. Mark se sentó junto a Tabor y Galeni emparedó a sus
prisioneros desde el otro lado. A un toque de Ivan, la burbuja se cerró con un
suspiro, cubriéndolos a todos. Siete eran multitud.
Miles se estiró desde el asiento trasero y descargó un
hispospray de sinergina, primeros auxilios para el trauma, contra el cuello del
capitán de centuria. Le haría recuperar el sentido y, desde luego, no le
causaría ningún daño. En ese peculiarísimo instante, la vida y salud de los
presuntos asesinos de Miles eran un tesoro precioso. Tras pensárselo bien,
Miles le administró a Elli una dosis también. Ella emitió un gemido alentador.
El vehículo de tierra se alzó y avanzó. Miles suspiró aliviado
cuando dejaron la costa atrás y se internaron en el laberinto de la ciudad.
Pulsó su comunicador de muñeca y dijo con su más claro acento betano:
—¿Nim?
—Sí, señor.
—Localice mi comunicador. Síganos. Aquí hemos acabado.
—Le tenemos, señor.
—Naismith fuera.
Apoyó la cabeza de Elli en su regazo y se volvió para observar a
Tabor en el asiento trasero. El cetagandano no paraba de mirar a Miles y a
Mark, sentado a su lado.
—Hola, Tabor —dijo Mark, cuidadosamente aleccionado, con su
mejor acento de Vor barrayarés. ¿De verdad sonaba tan remilgado?—. ¿Cómo está
su bonsái?
Tabor retrocedió un poco. El capitán de centuria se agitó y
trató de enfocar la vista. Lo intentó un poco más, descubrió sus ligaduras y se
quedó quieto... no se relajaba, pero tampoco malgastaba energías en un esfuerzo
fútil.
Galeni soltó la mordaza de Tabor.
—Lo siento, Tabor. Pero no podrá tener al almirante Naismith. No
aquí en la Tierra, por lo menos. Haga correr la voz por su cadena de mando.
Está bajo nuestra protección hasta que su flota abandone la órbita. Parte del
precio acordado por su ayuda a la embajada de Barrayar para encontrar a los
komarreses que secuestraron a algunos miembros de nuestro personal. Así que
retírense.
Tabor miró de un lado a otro mientras escupía su mordaza, movía
la mandíbula y tragaba saliva.
—¿Están trabajando juntos? —croó.
—Desgraciadamente —gruñó Mark.
—Un mercenario vive de lo que puede —canturreó Miles.
—Cometió un error cuando aceptó un contrato contra nosotros en
Dagoola —siseó el capitán de centuria, concentrándose en el almirante.
—Y que lo diga —reconoció Miles alegremente—. Después de que
rescatáramos a su maldito ejército, la Resistencia nos la jugó. Nos pagó la
mitad de lo prometido. Supongo que a Cetaganda no le gustaría contratarnos para
ir a por ellos, ¿eh? ¿No? Por desgracia, no puedo permitirme venganzas
personales. En este momento, al menos. O no habría aceptado ser empleado por
—mostró los dientes en una sonrisa poco amistosa hacia Mark, que imitó el
gesto— estos viejos amigos.
—Así que es usted realmente un clon —jadeó Tabor, contemplando
al legendario comandante mercenario—. Pensábamos... —guardó silencio.
—Nosotros lo consideramos suyo, durante años —dijo Mark, en su
papel de lord Vorkosigan.
—¡Nuestro! —profirió Tabor en el colmo de su asombro.
—Pero la actual operación ha confirmado su origen komarrés
—acabó de decir Mark.
—Hemos llegado a un acuerdo —Miles habló como si le molestara el
tono de Mark. Miró a Galeni—. Me cubren hasta que me marche de la Tierra.
—Tenemos un acuerdo —dijo Mark—, mientras nunca vuelvas a
acercarte a Barrayar.
—Puedes quedarte con el maldito Barrayar. Yo me quedaré con el
resto de la galaxia, gracias.
El capitán de centuria estaba a punto de volver a perder el
sentido, pero luchaba por impedirlo cerrando los ojos y respirando de forma
controlada. Conmoción cerebral, juzgó Miles. En su regazo, Elli abrió los ojos.
Él le acarició los rizos y a Elli se le escapó un femenino eructo. Salvada por
la sinergina del habitual vómito posaturdimiento. Se sentó, miró alrededor, vio
a Mark, a los cetagandanos, a Ivan, y cerró de golpe la mandíbula para
disimular su desorientación. Miles le apretó la mano. «Te lo explicaré más
tarde —prometió su sonrisa. Ella lo miró exasperada—. Será mejor.» Alzó la
barbilla, dispuesta ante el enemigo incluso en las fauces de su propio asombro.
Ivan volvió la cabeza y preguntó a Galeni:
—¿Qué hacemos con estos cetagandanos, señor? ¿Los tiramos a
alguna parte? ¿Desde qué altura?
—Creo que no hay ninguna necesidad de provocar un incidente
interplanetario —Galeni hablaba con placer lobuno, como Miles—. ¿La hay,
teniente Tabor? ¿O desea que comuniquemos a las autoridades lo que el
ghem-camarada intentaba realmente hacerle a la Barrera? ¿No? Eso pensaba. Muy
bien. Los dos necesitan tratamiento médico, Ivan. El teniente Tabor se rompió
desgraciadamente el brazo, y creo que su, ah, amigo tiene conmoción... entre
otras cosas. Usted decide, Tabor. ¿Los dejamos en un hospital o preferiría ser
atendido en su propia embajada?
—La embajada —croó Tabor, claramente consciente de las posibles
complicaciones legales—. A menos que quiera ser acusado de intento de asesinato
—amenazó a su vez.
—Sólo de asalto, sin duda —los ojos de Galeni chispearon.
Tabor sonrió incómodo. Parecía dispuesto a echar a correr de
haber espacio.
—Lo que sea. Ninguno de nuestros embajadores se sentirá muy
satisfecho.
—Cierto.
Amanecía. El tráfico iba en aumento. Ivan sobrevoló un par de
calles antes de divisar una parada desierta de autotaxis en la que no había
cola de gente esperando. Aquel barrio estaba lejos del distrito de las
embajadas. Galeni, muy solícito, ayudó a bajar a sus pasajeros... pero no lanzó
la llave de las esposas del capitán de centuria y Tabor hasta que Ivan empezó a
acelerar de nuevo.
—Uno de mis hombres les devolverá el vehículo esta tarde —dijo
Galeni mientras se marchaban. Se acomodó en su asiento con una mueca mientras
Ivan sellaba la burbuja y añadió, entre dientes—: Después de que lo examinemos.
—¿Creéis que esta charada funcionará? —preguntó Ivan.
—A corto plazo... Convencer a los cetagandanos de que Barrayar
no tuvo nada que ver con Dagoola, tal vez sí, tal vez no —suspiró Miles—. Pero
en cuanto al principal tema de seguridad... ahí tenéis a dos oficiales leales
que jurarán bajo quimiohipnosis que el almirante Naismith y lord Vorkosigan
son, sin ninguna duda, dos hombres distintos. Eso valdrá mucho para nosotros.
—¿Opinará igual Destang? —preguntó Ivan.
—Creo que no me importa un maldito comino lo que piense Destang
—dijo Galeni, distante, mirando a través de la burbuja.
Miles compartía ese sentimiento. Aunque, claro, todos estaban
muy cansados. Pero todos estaban allí. Miró a su alrededor saboreando los
rostros: Elli e Ivan, Galeni y Mark; todos vivos, todos habían sobrevivido a la
noche.
Casi todos.
—¿Dónde quieres que te deje, Mark? —preguntó Miles. Miró a
Galeni con los ojos entornados, esperando una objeción, pero el capitán no puso
ninguna. Con la liberación de los cetagandanos, Galeni había perdido el impulso
de la subida de adrenalina; parecía seco. Parecía viejo. Miles no le pidió su
opinión. «Ten cuidado con lo que pides, tal vez lo consigas.»
—En una estación de tubo —respondió Mark—. Cualquiera.
—Muy bien.
Miles solicitó un mapa a la consola del coche.
—Sube tres calles y avanza dos, Ivan.
Se bajó con Mark cuando el coche se posó sobre la acera, en una
zona de descarga.
—Vuelvo dentro de un momento.
Caminaron juntos hasta la entrada del tubo de descenso.
Aquel distrito estaba todavía tranquilo, sólo había unas cuantas
personas caminando por la calle, pero no tardaría en ser la hora punta de la
mañana.
Miles se desabrochó la chaqueta y sacó la tarjeta codificada.
Por la tensa expresión de su rostro, Mark esperaba un disruptor neural, al
estilo de Ser Galen, hasta el final. Mark cogió la tarjeta y le dio la vuelta,
maravillado y receloso.
—Ahí tienes —dijo Miles—. Si no logras desaparecer de la Tierra
con tu pasado y esta fortuna, no podrá hacerlo nadie. Buena suerte.
—Pero... ¿qué quieres de mí?
—Nada. Nada en absoluto. Eres un hombre libre mientras puedas.
Desde luego, no informaremos de la, ah, muerte semiaccidental de Galen.
Mark se guardó la nota en el bolsillo de los pantalones.
—Querías más.
—Cuando no puedes conseguir lo que quieres, te quedas con lo que
puedes conseguir. Como has descubierto —señaló el bolsillo de Mark. La mano de
éste se cerró protectoramente sobre él.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué me tienes preparado? ¿De verdad te
tomaste en serio lo de Jackson's Whole? ¿Qué esperas que haga?
—Puedes cogerlo y retirarte a las cúpulas de placer de Marte
mientras dure. O pagarte una educación, o dos o tres. O tirarlo en la primera
recicladora de desperdicios que encuentres. No soy tu dueño. No soy tu mentor.
No soy tus padres. No tengo ninguna expectativa. No tengo ningún deseo.
«Rebélate contra eso... si eres capaz, hermanito...» Miles se
encogió de hombros y dio un paso atrás.
Mark entró en el tubo, sin darle la espalda.
—¿POR QUÉ NO? —aulló de pronto, aturdido y furioso.
Miles echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.
—¡Descúbrelo! —gritó.
El campo del tubo lo envolvió y desapareció, tragado por la
tierra.
Miles regresó junto a sus amigos.
—¿Ha sido un acto inteligente? —Elli, informada rápidamente por
Ivan, parecía preocupada—. ¿Dejarlo ir sin más?
—No sé —suspiró Miles—. «Si no puedes ayudar, no molestes.» No
está en mi mano ayudarlo. Galen lo volvió demasiado loco. Soy su obsesión.
Sospecho que siempre lo seré. Lo sé todo sobre las obsesiones. Lo mejor que
puedo hacer es apartarme de su camino. Con el tiempo, quizá se calme si no
tiene que reaccionar contra mí. Con el tiempo tal vez... se salve.
Su propio cansancio le pasó factura. Sintió a Elli cálida a su
lado y se alegró mucho, mucho de su presencia. Entonces se acordó, pulsó el
comunicador de muñeca y despidió a Nim y su patrulla, enviándolos de vuelta al
espaciopuerto.
—Bueno —parpadeó Ivan después de un minuto entero de agotado
silencio por parte de todos los presentes—, ¿y ahora adónde? ¿Queréis volver
vosotros dos al espaciopuerto también?
—Sí —suspiró Miles—, y huir del planeta... Me temo que la
deserción no es práctica. Destang me pillaría tarde o temprano. Será mejor que
regresemos a la embajada y presentemos un informe. Verdadero. No hay nada por
lo que mentir, ¿no?
—Por lo que a mí respecta, no lo hay —murmuró Galeni—. Pero ya
me dan igual los informes falsos. Al final se convierten en historia. Pecado
absuelto.
—Sabe que no pretendía que las cosas salieran así —le dijo Miles
después de un instante de silencio—. Me refiero a la confrontación de anoche.
Parecía una disculpa enormemente pobre por haber hecho volar al
padre del capitán...
—¿Cree que lo controlaba? ¿Que es omnisciente y omnipotente?
Nadie le nombró Dios, Vorkosigan —débilmente, una comisura de su boca se curvó
hacia arriba—. Estoy seguro de que se le pasó por alto —se echó hacia atrás y
cerró los ojos.
Miles se aclaró la garganta.
—De vuelta a la embajada, Ivan. Ah... sin prisas. Conduce
despacio. No me importaría ver un poco de Londres, ¿eh?
Se apoyó en Elli y contempló las primeras luces del verano
cubrir la ciudad, el tiempo y todos los tiempos unidos y yuxtapuestos como la
luz y la sombra entre una calle y la siguiente.
Cuando todos se pusieron en fila en el despacho de Seguridad de
Galeni en la embajada, Miles recordó el juego de monos chinos que Tung, su jefe
de personal dendarii, guardaba en un estante en sus habitaciones. Ivan era sin
duda No-Ver. Por la tensión de la mandíbula de Galeni mientras devolvía la
mirada al comodoro Destang, era un magnífico candidato a No-Hablar. Eso le
dejaba a Miles No-Oír, pero cubrirse las orejas con las manos no le ayudaría
mucho.
Miles esperaba que Destang estuviera furioso, pero más bien
parecía disgustado. El comodoro les devolvió el saludo y se apoyó en la silla
de Galeni. Cuando su mirada cayó sobre Miles frunció los labios en una línea
particularmente morbosa.
—Vorkosigan —el apellido de Miles gravitó en el aire ante ellos
como algo palpable. Destang lo contempló sin favoritismos y continuó—. Cuando
terminé de tratar con un tal investigador Reed del juzgado municipal de
Londres, a las 07.00 de esta mañana, estaba convencido de que sólo la
intervención divina podría salvarle de mi furia. La intervención divina llegó a
las 09.00 en la persona de un correo especial del cuartel general imperial
—Destang alzó entre su pulgar y su índice un disco de datos marcado con el
sello imperial—. Aquí están las nuevas y urgentes órdenes para sus irregulares
dendarii.
Ya que Miles había visto al correo en la cafetería, la cosa no
le pilló totalmente desprevenido. Reprimió los deseos de abalanzarse hacia
adelante.
—¿Sí, señor? —animó.
—Parece que cierta flota de mercenarios libres que opera en la
lejana zona del Sector Cuatro, supuestamente contratada por un gobierno
subplanetario, ha pasado de la guerrilla a la piratería descarada. Su bloqueo
del agujero de gusano ha degenerado desde la detención y el registro de naves a
la confiscación. Hace tres semanas secuestraron a una nave de pasajeros de Tau
Ceti para convertirla en transporte de tropas. Hasta ahí muy bien, pero
entonces a algún listillo entre ellos se le ocurrió la brillante idea de
aumentar sus beneficios pidiendo rescate por los pasajeros. Varios gobiernos
planetarios cuyos ciudadanos están retenidos han dispuesto un equipo
negociador, dirigido por los taucetanos.
—¿Y nuestra participación, señor?
El Sector Cuatro estaba muy lejos de Barrayar, pero Miles
imaginaba lo que vendría a continuación. Ivan parecía tremendamente curioso.
—Entre los pasajeros había once súbditos barrayareses... entre
ellos la esposa del ministro de Industrias Pesadas, lord Vorvane, y sus tres
hijos. Como los barrayareses son minoría entre las doscientas dieciséis
personas secuestradas, se nos negó el control del equipo negociador,
naturalmente. Y se ha negado a nuestra flota el permiso para atravesar tres de
los nexos de agujero necesarios para tomar por la ruta más corta entre Barrayar
y el Sector Cuatro. La ruta alternativa más corta requeriría dieciocho semanas
de viaje. Desde la Tierra, sus dendarii tardarán en llegar menos de dos semanas
a esa zona.
Destang frunció el ceño, pensativo. Ivan parecía fascinado.
—Sus órdenes, naturalmente, son rescatar con vida a los súbditos
del Emperador, y a tantos otros ciudadanos planetarios como sea posible, y
aplicar todas las medidas punitivas compatibles con el primer objetivo, las
suficientes en todo caso para impedir que los perpetradores repitan su
actuación. Ya que nosotros nos encontramos inmersos en críticas negociaciones
con los taucetanos, no queremos que sean conscientes de la fuente de esta
unilateral fuerza de rescate si, ah, algo sale mal. El método de conseguir esos
logros queda totalmente a su discreción. Aquí encontrará todos los detalles de
Inteligencia que el cuartel general tenía hace ocho días.
Entregó por fin el disco de datos. La mano de Miles se cerró
sobre él, impaciente. Ivan parecía ahora envidioso. Destang sacó otro objeto,
que tendió a Miles con el aire de un hombre al que le arrancan el hígado.
—El correo también entregó otra nota de crédito por valor de
dieciocho millones de marcos. Para los gastos de los próximos seis meses de
operación.
—¡Gracias, señor!
—Ja. Cuando termine, debe informar al comodoro Rivik del cuartel
general del Sector Cuatro, en Estación Oriente. Con suerte, cuando sus
irregulares regresen al Sector Dos yo me habré jubilado.
—Sí, señor. Gracias, señor.
Destang se volvió hacia Ivan.
—Teniente Vorpatril.
—¿Señor?
Ivan se puso firmes con su mejor aire de ansioso entusiasmo.
Miles se dispuso a protestar por la total inocencia e ignorancia de Ivan, una
mera víctima, pero resultó innecesario. Destang contempló a su primo un buen
rato y suspiró.
—No importa.
El comodoro se volvió hacia Galeni, que permanecía estirado y
tieso. Tras regresar a la embajada esa mañana antes que Destang, todos se
habían lavado. Los dos oficiales de la embajada se habían puesto un uniforme
limpio, y cada cual había redactado un lacónico informe que Destang acababa de
ver. Pero ninguno había dormido todavía. ¿Cuánta basura más tragaría Destang
sin explotar?
—Capitán Galeni. Por la parte militar, se le acusa de
desobedecer la orden de permanecer confinado en sus habitaciones. Ya que la
acusación es idéntica a la que Vorkosigan acaba de eludir tan afortunadamente,
eso me presenta ciertos problemas de justicia. También está el factor atenuante
del secuestro de Vorpatril. Su rescate, y la muerte de un enemigo de Barrayar,
son los dos únicos resultados tangibles de las... actividades de anoche. Todo
lo demás es especulación, afirmaciones indemostrables sobre sus intenciones y
estado mental. A menos que quiera someterse a un interrogatorio con
pentarrápida para despejar cualquier duda.
Galeni parecía asqueado.
—¿Es una orden, señor?
Miles advirtió que al capitán le faltaban un par de segundos
para presentar su dimisión... ahora, cuando se había sacrificado tanto. Quiso
darle una patada. «¡No, no!» Salvajes defensas inundaron la mente de Miles: «La
pentarrápida es degradante para la dignidad de un oficial, señor.» O incluso:
«Si lo droga debe drogarme a mí también. No importa, Galeni, perdí la dignidad
hace años.» Pero la curiosa reacción de Miles a la pentarrápida convertía la
oferta en inútil. Se mordió la lengua y esperó.
Destang parecía preocupado.
—No —dijo después de un momento de silencio. Alzó la cabeza y
añadió—: Pero significa que mis informes, y los suyos, y los de Vorkosigan, y
los de Vorpatril, serán enviados todos juntos a Simon Illyan para que los
revise.
»Me negaré a cerrar el caso. No he alcanzado mi rango
absteniéndome de tomar decisiones militares, ni por implicarme gratuitamente en
las decisiones políticas. Su... lealtad, como el destino del clon de
Vorkosigan, se ha convertido en una cuestión política demasiado ambigua. No
estoy convencido de la viabilidad a largo plazo del plan de integración
komarrés... pero no querría pasar a la historia como su saboteador.
»Mientras el caso esté pendiente, y a falta de pruebas de
traición, continuará con sus deberes en la embajada. No me dé las gracias
—añadió sombrío, mientras Miles sonreía, Ivan reprimía una risotada y Galeni
parecía un poquitín menos envarado—, ha sido a petición del embajador. Pueden
retirarse todos.
Miles contuvo las ganas de echar a correr antes de que Destang
cambiara de opinión; le devolvió el saludo y caminó con normalidad hacia la
puerta. Cuando la alcanzaron, Destang añadió:
—¿Capitán Galeni?
Galeni se detuvo.
—¿Señor?
—Mi más sentido pésame —las palabras podrían haberle sido
sacadas con tenazas, pero su incomodidad era quizás una medida de su
sinceridad.
—Gracias, señor.
La voz de Galeni carecía por completo de emoción, pero consiguió
hacer un ligero gesto de reconocimiento con la cabeza.
Las compuertas y los pasillos de la Triumph resonaban
ruidosamente con el regreso del personal, la colocación definitiva del equipo,
las reparaciones de los técnicos y la carga de los últimos suministros. Ruido,
pero no caos; energía y propósito, pero no frenesí. La ausencia de frenesí era
buena señal, considerando cuánto tiempo llevaban amarrados. Los duros
suboficiales de Tung no habían permitido que los preparativos de rutina
aguardaran hasta el último minuto.
Miles, con Elli a su espalda, fue el centro de un huracán de
curiosidad desde el momento en que subió a bordo. «¿Cuál es el nuevo contrato,
señor?» La velocidad con que los rumores esparcían especulaciones a la vez
absurdas y temerarias era sorprendente. Despidió a los especuladores con un
repetido: «Sí, tenemos un contrato... Sí, salimos de la órbita. En cuanto estén
preparados. ¿Está preparado, amigo? ¿Está preparado el resto de su escuadrón?
Entonces tal vez será mejor que vaya a echarles una mano...»
—¡Tung! —Miles saludó a su jefe de personal. El grueso
eurasiático iba vestido de civil y cargado de equipaje—. ¿Recién llegado?
—Me marcho. ¿No te localizó Auson, almirante? Llevo una semana
intentando ponerme en contacto contigo.
—¿Qué? —Miles lo llevó aparte.
—He entregado mi dimisión. Voy a aprovecharme de mi opción de
retiro.
—¿Qué? ¿Por qué?
Tung sonrió.
—Felicítame. Voy a casarme.
—Enhorabuena —croó Miles, aturdido—. Ah... ¿cuándo ha sido eso?
—Durante el permiso, claro. Ella es mi prima segunda política.
Viuda. Lleva dirigiendo un barco de turistas en el Amazonas ella sola desde que
murió su marido. Es la capitana y la cocinera también. Prepara un cerdo moo shu
frito para chuparse los dedos. Pero se está haciendo un poco mayor... necesita
algo de músculos —Tung, macizo como una bala de cañón, sin duda podría
proporcionárselos—. Vamos a ser socios. Demonios, cuando acabes de pagarme la
Triumph, hasta podríamos pasarnos sin turistas. Si alguna vez quieres hacer
esquí acuático en el Amazonas detrás de un hoverbarco de cincuenta metros,
hijo, pásate por allí.
Y las pirañas mutantes podrían comerse lo que quedara, sin duda.
El encanto de la visión de Tung pasando sus años de ocaso contemplando...
ocasos, desde la cubierta de un barco fluvial, con una gruesa (Miles estaba
seguro de que era gruesa) dama eurasiática en su regazo, una bebida en una mano
y engullendo cerdo moo shu con la otra, quedó en segundo plano mientras Miles
reflexionaba sobre: a) lo que iba a costarle a la flota comprarle a Tung su
parte de la Triumph; b) el enorme agujero en forma de Tung que iba a quedar en
su estructura de mando.
Sollozar, sudar o correr a saltitos no eran respuestas válidas,
así que Miles preguntó con cautela:
—Ah... ¿seguro que no te aburrirás?
Tung, malditos fueran sus agudos ojos, bajó la voz y respondió a
la auténtica pregunta.
—No me marcharía si no pensara que eres capaz de manejarte solo.
Has mejorado mucho, hijo. Sigue como hasta ahora —sonrió de nuevo e hizo crujir
sus nudillos—. Además, tienes una ventaja que no comparte ningún otro
comandante mercenario de la galaxia.
—¿Cuál? —picó Miles.
Tung bajó aún más la voz.
—No tienes que obtener beneficios.
Y eso, y su sardónica sonrisa, fue lo más cerca que el avispado
Tung estuvo jamás de admitir que hacía tiempo que había adivinado quién era su
auténtico jefe. Saludó al marcharse.
Miles tragó saliva y se volvió hacia Elli.
—Bueno... convoca una reunión de Inteligencia para dentro de
media hora. Querremos que todas nuestras naves exploradoras se pongan en ruta
lo más pronto posible. Lo ideal sería infiltrar a un equipo en la organización
enemiga antes de llegar.
Miles hizo una pausa, al darse cuenta de que estaba mirando a la
cara a la exploradora más dispuesta de toda su flota para las situaciones
humanas, así como las situaciones sobre el terreno requerían el talento de
cierto teniente Christof. Enviarla a ella por delante, fuera de su alcance, al
peligro... «No, no», era lo más lógico. Los mejores talentos ofensivos de Quinn
se malgastaban con su trabajo como guardaespaldas; era por puro accidente que
realizaba ese trabajo protector tan a menudo. Miles se obligó a mover los
labios como si nunca lo tentara nada ilógico.
—Son mercenarios; algunos de los nuestros podrían unirse a ellos
sin problemas. Si encontramos a alguien capaz de imitar de modo convincente la
mente de psicópata criminal de esos piratas...
El soldado Danio, que caminaba por el pasillo, se detuvo a
saludarlo.
—Gracias por sacarnos de la cárcel, señor. Yo... realmente no me
lo esperaba. No lo lamentará, lo juro.
Miles y Elli se miraron mientras el soldado se marchaba.
—Es todo tuyo —dijo Miles.
—Bien. ¿Y luego?
—Que Thorne busque en la red de comunicaciones de la Tierra todo
sobre este secuestro antes de que nos larguemos del espacio local. Quizás el
cuartel general imperial haya pasado por alto un par de cosas.
Palpó el disco de seguridad de su bolsillo y suspiró,
concentrándose para la tarea que se avecinaba.
—Al menos esto debería ser más sencillo que nuestras vacaciones
en la Tierra —dijo esperanzado—. Una operación puramente militar, sin
parientes, ni política, ni altas finanzas. Sólo los buenos contra los malos.
—Magnífico —dijo Quinn—. ¿Y nosotros cuáles somos?
Miles todavía estaba pensando en la respuesta cuando la flota
salió de la órbita.
APÉNDICE
Miles Vorkosigan/Naismith: su universo y su época
Lois McMaster Bujold ambienta prácticamente todas sus novelas y
narraciones en un mismo universo coherente, en el que se dan cita tanto los
quadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE como los planetas y los sistemas estelares que
presencian las aventuras de Miles Vorkosigan, su héroe más característico.
A continuación se ofrece un breve esquema argumental del
conjunto de los temas que tratan los libros de ciencia ficción de Bujold
aparecidos hasta hoy en Estados Unidos. La CRONOLOGÍA se refiere a la edad de
Miles Vorkosigan, protagonista central de la serie, y los HECHOS incluyen un
brevísimo resumen de parte de lo sucedido, con la única intención de situar el
conjunto de las narraciones en un esquema general. Cada uno de los libros puede
ser leído independientemente. La mayor parte de la información procede de datos
aparecidos en las ediciones norteamericanas de las aventuras de Miles
Vorkosigan, que no he dudado en modificar y completar por mi cuenta.
El apartado CRÓNICA hace referencia a las narraciones en las
cuales se detallan las diversas aventuras. Se indica, en cada caso, el título
original en inglés, la fecha de publicación de dicho original y una traducción
del título que, muy posiblemente, coincida con la que utilizaremos en su
edición española.
CRONOLOGÍA: Aproximadamente 200 años antes del nacimiento de
Miles.
HECHOS: Se crean los quadrúmanos por medio de la ingeniería
genética. La gran corporación espacial Galac-Tech los explota, en condiciones
de esclavitud, en el Hábitat Cay. Los quadrúmanos luchan por su libertad con la
ayuda del ingeniero Leo Graf.
CRÓNICA: Falling Free (abril de 1988)
EN CAÍDA LIBRE (NOVA, número 24)
CRONOLOGÍA: Durante la guerra entre Cetaganda y Barrayar, pocos
años antes del nacimiento de Miles.
HECHOS: Cordelia Naismith, comandante de la fuerza
expedicionaria de Beta, encuentra a Lord Aral Vorkosigan como capitán de un
crucero de la flota Imperial de Barrayar. Ambos militan en bandos opuestos de
la guerra entre Cetaganda y Barrayar. A pesar de los peligros, aventuras y
dificultades, se enamoran y se casan.
CRÓNICA: Shards of Honor (junio de 1986)
FRAGMENTOS DE HONOR (prevista en NOVA, año 2000)
CRONOLOGÍA: Poco antes del nacimiento de Miles, durante la
guerra de sucesión de Vordarian.
HECHOS: Ezar, el anciano emperador de Barrayar, fallece dejando
a Aral Vorkosigan como regente hasta la mayoría de edad de Gregor, entonces un
niño de cuatro años. Aral debe superar diversos complots contra el emperador y
contra su misma regencia. Cuando su esposa Cordelia está embarazada, fracasa un
intento de asesinar a Aral con gas venenoso, pero Cordelia resulta afectada:
Miles Vorkosigan nace con diversos defectos físicos, entre ellos unos huesos
frágiles y quebradizos. Su estatura será, finalmente, la de un enano.
CRÓNICA: Barrayar (octubre de 1991)
BARRAYAR (NOVA, número 60)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 17 años.
HECHOS: Miles fracasa al pasar las pruebas físicas del examen de
ingreso en la Academia Militar. En un viaje posterior, la necesidad le lleva a
improvisar y acaba creando la flota de los Mercenarios Libres Dendarii. Durante
cuatro meses pasará por diversas aventuras, todas ellas en cierta forma
involuntarias pero inevitables. Finalmente, deja a los Dendarii en las
competentes manos de Ky Tung y viaja a Beta para reconstruir la cara destrozada
de la comandante Elli Quinn. Debe volver a Barrayar para desbaratar un complot
contra su padre, el regente del imperio. El emperador en persona interviene
para hacer que Miles ingrese en la Academia Militar.
CRÓNICA: The Warrior's Apprentice (agosto de 1986)
EL APRENDIZ DE GUERRERO (NOVA, número 33)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 20 años.
HECHOS: Tras obtener la graduación de alférez, Miles debe
encargarse de una de las muchas responsabilidades que recaen en los nobles de
Barrayar y actuar como detective y juez en un caso de asesinato.
CRÓNICA: «The Mountains of Mourning» (1989), incluida en Borders
of Infinity (octubre de 1989)
«Las montañas de la aflicción» en FRONTERAS DEL INFINITO (NOVA,
número 44)
CRONOLOGÍA: Miles sigue teniendo 20 años.
HECHOS: El primer destino militar de Miles finaliza con su
arresto. Miles tiene que reunirse de nuevo con los Dendarii para rescatar al
joven emperador de Barrayar. Finalmente, tras no pocas aventuras, el emperador
acepta a los Dendarii como ejército secreto personal.
CRÓNICA: The Vor Game (septiembre de 1990)
EL JUEGO DE LOS VOR (NOVA, número 57)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 22 años.
HECHOS: Miles y su primo Ivan, en representación del imperio de
Barrayar, acuden al funeral de la emperatriz del imperio de Cetaganda. En un
entorno social ajeno y extraño, Miles se involucra casi involuntariamente en la
política interna de Cetaganda, y debe desempeñar un crucial papel de detective
y espía para resolver un asesinato y sofocar un complot que amenaza a Cetaganda
y con perjudicar a Barrayar.
CRÓNICA: Cetaganda (enero de 1996)
CETAGANDA (NOVA, número 89)
CRONOLOGÍA: Miles sigue teniendo 22 años.
HECHOS: Miles envía a la comandante Elli Quinn (quien posee un
nuevo rostro gracias a la cirugía betana) a una misión individual en la
Estación Kline. La misión la llevará a encontrarse con Ethan Urquhart, biólogo
procedente de Athos, un planeta prohibido a las mujeres y habitado sólo por
hombres en peligro de extinción a causa de una misteriosa crisis de origen
genético.
CRÓNICA: Ethan of Athos (diciembre de 1986)
ETHAN DE ATHOS (NOVA, número 106)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 23 años.
HECHOS: Convertido ya en teniente, Miles viaja con los Dendarii
para rescatar y pasar de contrabando a un científico de Jackson's Whole. Los
frágiles huesos de las piernas de Miles ya han sido reemplazados por materiales
sintéticos.
CRÓNICA: «Labyrinth» (1989), incluida en Borders of Infinity
(octubre de 1989)
«Laberinto» en FRONTERAS DEL INFINITO (NOVA, número 44)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 24 años.
HECHOS: Miles y los Dendarii tienen la misión de rescatar al
coronel Tremont de un campo de prisioneros de los cetagandanos en el planeta
Dagoola IV.
CRÓNICA: «The Borders of Infinity» (1987), incluida en Borders
of Infinity (octubre de 1989)
«Las fronteras del infinito» en FRONTERAS DEL INFINITO (NOVA,
número 44).
CRONOLOGÍA: Miles sigue teniendo 24 años
HECHOS: Los cetagandanos persiguen a la flota de los Dendarii
que, finalmente, logra llegar a la Tierra para efectuar reparaciones. Miles,
que tiene que hacer juegos malabares con sus dos identidades (teniente de
Barrayar y comandante en jefe de los Mercenarios Dendarii), deberá obtener
fondos para reparar la flota y también desbaratar un complot que intenta
reemplazarle por un doble, su clon Mark. Ky Tung sigue en la Tierra. La
comandante Elli Quinn es ahora el brazo derecho de Miles. Miles y los Dendarii parten
para el Sector IV en una misión de rescate.
CRÓNICA: Brothers in Arms (enero de 1989)
HERMANOS DE ARMAS (prevista en NOVA, año 1999)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 25 años.
HECHOS: Hospitalizado después de una misión, Miles verá
sustituidos los rotos huesos de sus brazos por nuevos huesos de material
sintético. Con Simon Illyan, jefe del Servicio de Seguridad Imperial de
Barrayar, Miles desbarata un nuevo complot contra su padre mientras yace en su
cama del hospital.
CRÓNICA: Borders of Infinity (octubre de 1989)
FRONTERAS DEL INFINITO (NOVA, número 44)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 28 años.
HECHOS: Miles se encuentra de nuevo con Mark, su hermano clon,
en Jackson's Whole.
CRÓNICA: Mirror Dance (marzo de 1994)
DANZA DE ESPEJOS (NOVA, número 78)
CRONOLOGÍA: Miles tiene 29 años.
HECHOS: Miles se acerca a la treintena y los recuerdos acechan.
CRÓNICA: Memory (octubre de 1996)
RECUERDOS (NOVA, número 116)
MIQUEL BARCELÓ
Lois McMaster Bujold nació en Columbus (Ohio) en 1949. Confiesa
leer ciencia ficción desde los nueve años, afición que heredó de su padre,
Robert McMaster, ingeniero de soldadura y profesor de la Universidad Estatal de
Ohio. Bujold estudió en dicha universidad y ha trabajado como auxiliar de
laboratorio en una empresa farmacéutica y como técnica de hospital. Está casada
desde 1971 con John Bujold y tiene dos hijos: Anne y Paul. Sus aficiones
favoritas son los caballos, la fotografía y la guitarra clásica, aunque
reconoce haberlas abandonado un poco a causa de su actividad como escritora y
de sus obligaciones como madre.
La crítica y el público la reconocen, unánimemente, como una de
las mejores narradoras de la ciencia ficción de aventuras de los últimos años.
Su obra se ha centrado hasta ahora en la serie de Vorkosigan, una saga de
aventuras espaciales tratadas con ironía y humor que incluye EL APRENDIZ DE
GUERRERO (1986) ya publicado en NOVA. A la misma serie pertenecen: SHARDS OF
HONOR (1986), ETHAN DE ATHOS (1986), HERMANOS DE ARMAS (1989), FRONTERAS DEL
INFINITO (1989), EL JUEGO DE LOS VOR (1990), BARRAYAR (1991), DANZA DE ESPEJOS
(1994), CETAGANDA (1996), RECUERDOS (1996) y KOMARR (1998). Todas han aparecido
o aparecerán en NOVA.
La serie ha obtenido gran éxito popular como atestiguan las
impresionantes cifras de ventas y los siguientes galardones: premios Hugo 1990
y Nebula 1989 de novela corta a «The Mountains of Mourning» incluida en
FRONTERAS DEL INFINITO; premio Analog 1989 de novela corta a «Labyrinth»
(incluida también en FRONTERAS DEL INFINITO), premio Hugo 1991 de novela a El
JUEGO DE LOS VOR (1990), premio Hugo y Locus 1992 de novela a BARRAYAR (1991) y
premio Hugo y Locus 1995 de novela a DANZA DE ESPEJOS. RECUERDOS ha sido
también finalista del premio Hugo.
Un tanto al margen de la serie, pero en el mismo universo en que
se ambientan las aventuras de Vorkosigan, destaca la novela EN CAÍDA LIBRE
(1988) también publicada en NOVA y que fue premio Nebula 1988 y finalista del
Hugo de 1989.
En noviembre de 1992 apareció su primera novela de fantasía, THE
SPIRIT RING (1992), ambientada en la Italia renacentista y que ha sido muy bien
acogida tanto por la crítica especializada como por sus lectores.
Bujold también ha escrito relatos para las revistas Twilight
Zone, Far Frontiers y American Fantasy. Uno de ellos ha sido llevado a la
televisión en la serie Tales from the Darkside. A menudo publica algunas de las
narraciones protagonizadas por Miles Vorkosigan en la revista Analog, antes de
su aparición en forma de libro.
FIN DEL LIBRO 3


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