© Libro No. 739. Los Cuentos Cortos de Gabriel García
Márquez. Gmm. Colección E.O. Abril 26 de 2014.
Título original: © Los Cuentos Cortos de Gabriel García Márquez. Antologista Guillermo Molina Miranda
Versión Original: © Los Cuentos Cortos de Gabriel García Márquez. Gmm
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LOS
CUENTOS CORTOS DE
Gabriel García Márquez
1927-2014
GMM
CONTENIDO
El rastro de tu sangre en la nieve
Algo muy grave va a suceder en este
pueblo
Sólo
vine a hablar por teléfono
La
mujer que llegaba a las seis
El
coronel no tiene quien le escriba
Imagen: http://www.taller54.com/005.ht10.jpg
Una
cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada
Gabriel García Márquez
...el
drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a
medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus
vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves
instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la
escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de
la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a
la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta
falsa valía la pena de ser vivida.
FIN
Los
que querían dormir, no por cansancio sino por nostalgia de los sueños,
recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin
tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta
los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego
infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del
gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido
que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido
que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido
que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del
gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había
pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches
enteras.
Gabriel
García Márquez (Adaptación)
FIN
El rastro de tu sangre en la nieve
Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena
Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía
sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de
charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un
grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de
los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia
levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras.
Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de
melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de
enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no
podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy
Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella,
y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de
pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas
de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de
ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia
viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos
posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de
regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido
la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor
contrariado de su tierno pandillero de balneario.
Cuando el guardia le devolvió los pasaportes
sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para
hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento
que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya
estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían
pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien
alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por
señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la
bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de
ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento:
-Merde! Allez-vous-en!
Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta
con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto
dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena
de pan que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la
ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el
dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió
confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante
cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en
pleno invierno y con aquel viento de lobos, tal vez no hubiera una farmacia
abierta hasta Bayona, un poco más adelante.
-¿Es algo grave? -preguntó.
-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con
la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la
rosa-. Es sólo un pinchazo.
Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las
siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia
de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia
decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una
pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados
sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había
conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta
su embriaguez en el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía.
Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite
nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en
el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo
por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras
azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el
anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió
a fondo. BillEl rastro de tu sangre en la nievey Sánchez no lo advirtió sino al
borde de la media noche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de
pronto entre los pinos, y el cielo de las landas se llenó de estrellas
glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se
detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera pues aún le
quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su
juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo
sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular
empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba
atravesado por ráfagas de incertidumbre.
Se habían casado tres días antes, a 10.000
kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él
y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado.
Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de
ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo
de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de
mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho
años, acababa de regresar del internado de la Châtellenie, en Saint-Blaise,
Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón
tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había
desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida
de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo
que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado
frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo único que
llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el
cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño
derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba
enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada
del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del
corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas
piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe
provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los
tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se
reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin
hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con
su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable
animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.
-Los he visto más grandes y más firmes -dijo,
dominando el terror-, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque
conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.
En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino
que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le
resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un
puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se
astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a
sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de
la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior
de la casa donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de
Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano
escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La
casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de
podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de
la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde
Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba
a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los
cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la
memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el
sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. "Suena
como un buque", había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por
primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no
como ella lo hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las
rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la
música. "No me importa qué instrumento toques" -le decía- "con
tal de que lo toques con las piernas cerradas". Pero fueron esos aires de
adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena
Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste
reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de dos
apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a
conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se
asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de
doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los
días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada
atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los
habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del
amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de
escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el silencio del
saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas
de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida
que antes no habían tenido tiempo de conocer.
Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la
casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo
para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de
inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor
podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar
sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado
fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el
destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados
durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio
de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos
meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena
Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que
antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado
terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que
comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con
el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las
azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos
de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24
horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos
meses.
De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy
lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para
comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto
todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de
primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con
franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy
Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno,
y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el
aeropuerto.
La misión diplomática de su país los recibió en el
salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la
familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de
Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que
hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con
besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y
luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del
tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.
-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi
anillo.
En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el
esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la
clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie
advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después
hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al
aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado.
Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche
que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley
convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un
manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se
estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del
frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo,
inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de
reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su
lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un
almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la
ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.
Era la primera vez que salía de su tierra. Había
pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo
curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de
una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces
encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba
aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen
del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera
trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y silenciosa,
la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después
del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad
cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y
en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de
nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.
Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el
dedo estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había
vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado
con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de
ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la
molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas
más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada
vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar
una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y
cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba
por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el
dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus
cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por
Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique de
Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de
la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos
de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que
estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en
el volante.
-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas
manejando sin comer nada.
Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez
del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía
despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.
-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-.
Y agregó sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo
apenas del cine. Deben ser como las diez.
Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera
conduciendo. Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en
Madrid y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la
esquivó.
-Los machos no comen dulces -dijo.
Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una
luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más
difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de
vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido
en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había
advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación
más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida
después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber
parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en
numerosos viajes con sus padres. "No hay paisajes más bellos en el
mundo", decía, "pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie
que le dé gratis un vaso de agua." Tan convencida estaba, que a última
hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano,
porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes
eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y colgados de
un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una
noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.
-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo
tirar en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.
Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la
carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a
medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y
había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no
haber sido invierno, estarían ya en pleno día.
-Ya será mejor esperar hasta París -dijo Nena
Daconte-. Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente
casada.
-Es la primera vez que me fallas -dijo él.
-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos
casados.
Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron
en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el
mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto. Nena Daconte se
había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la
falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se
cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo
herido con agua y jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan
pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó
el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las
sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se
alarmó. "Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su
encanto natural. "Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la
nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro floreció en
las primeras luces del amanecer.
-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve
desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?
No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los
suburbios de París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de
veras que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el
flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más
tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel
ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche,
se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó
en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que
aquello no era asunto de boticarios.
-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo-. Sigue
de por la avenida del general Leclerc, que es la más ancha y con muchos
árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.
Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La
avenida del General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y
bicicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que
trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso
con el estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de
cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para
pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran
la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más
de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo
esfuerzos para no perder la conciencia.
Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort
necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si
fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París,
encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en
nieve. Pero la avenida DenferRochereau estaba más despejada, y al cabo de unas
pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y
estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.
Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió
la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la
camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su
identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le
apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió
lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado,
con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen
rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del
cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que
dirigió a su marido una sonrisa lívida.
-No te asustes -le dijo, con su humor invencible-.
Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.
El médico concluyó el examen, y entonces los
sorprendió con un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.
-No, muchachos -dijo-. Este caníbal prefiere morirse
de hambre antes que cortar una mano tan bella.
Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó
con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez
quiso seguir con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el
brazo.
-Usted no -le dijo-. Va para cuidados intensivos.
Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le
siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo
del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había
escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.
-Doctor -le dijo-. Ella está encinta.
-¿Cuánto tiempo?
-Dos meses.
El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez
esperaba. "Hizo bien en decírmelo," dijo, y se fue detrás de la
camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de
enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se
habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde
había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando
decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él
seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del
mundo.
Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de
enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital.
Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la
puerta de urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos
cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca,
pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala
de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse
a la entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio
que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena
Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas
los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al
médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza
pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.
Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte
estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente
de tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy
estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un
edificio restaurado con un letrero: "Hotel Nicole". Tenía una sola
estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un
viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con
los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar.
Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único
cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se
llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores
hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única
ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una
cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un
aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro
del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero
también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.
A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para
descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca
entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él
llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó
media mañana para aprender que en el rellano de cada piso habla un cuartito con
un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando
descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro,
para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el
extremo del corredor y que él se empeñaba en usar des veces al día como en su
tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la
administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo
bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del
suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan
ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo
de Nena Daconte.
Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del
miércoles, se tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la
criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y
muy pronto sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco
en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer,
ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y
la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta
que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la
misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las
luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que
permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal,
por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la
esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No
lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de
la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche
y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de
cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando
volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los
demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el
parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los
días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al
día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban
incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados que apenas dos
años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del
alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos.
Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la
multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que
cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez,
no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder
dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas
del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado
frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas
de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde
serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una pijama de
seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.
Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde
estaba a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo
y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo
de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado
de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con
uno de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado,
estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el
amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de
su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en
la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su
infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las
ganas de llorar.
Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó
estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por
fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves
de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y
la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún
conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había
aprendido a saludar en francés y a pedir sanduiches de jamón y café con leche. También
sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna
forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían
siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se
cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se
habla familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes
al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete
de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien
que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la
resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde
encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial
del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta
principal sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero
no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho
adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo
al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre
la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza
que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de
cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el
brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en
su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo
tiró como un bulto de papas en la mitad de la calle.
Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy
Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte,
acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña
era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y
la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una
tarjeta. Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo
reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse
con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos,
pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección de memoria
de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina, que no lo
esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo
sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió
entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la
información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un
taxi y se fue a la embajada.
Estaba en el número 22 de la calle Elíseo, dentro de
uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a
Billy Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años
después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez
desde su llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en
un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía
apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño
negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de
sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez,
pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas
normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al
contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para
entrar en los hospitales. "No, mi querido joven," le dijo. No había
más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.
-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días
-concluyó-. Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.
Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué
hacer en la Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los
tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por
los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que
parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se
puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio
pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino
casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el
alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló
durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo
inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que
empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo
entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no
tenía la menor idea del sector de París en donde estaba el hospital.
Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que
encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras
pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos
numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez
desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa
se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la
tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en
el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal
impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a
salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera
correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de
la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro
completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero
los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos
del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los
pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo
instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando
en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió
que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo
con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró
dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.
El martes amaneció turbio y helado, pero sin la
llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del
hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de
paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el
brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía
estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar
al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres,
a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la
derecha, y los hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el
pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con
el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las
ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía
imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió
de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas
era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la
ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que
buscaba.
Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias
enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó
a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que
estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos
desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.
-¡Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo.
Billy Sánchez se quedó perplejo.
-En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.
Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto
desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta
horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia.
Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para
que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación
reservada, y dio los datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La
embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería,
cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en
persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y
permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a
Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido
desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la
televisión, y durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su
retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas
partes. Tres Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados,
pero ninguno era el suyo.
Los
padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al mediodía, y velaron el
cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a
Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron
listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de
telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a
sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez
agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había
atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el
telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su
oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St.
Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió,
porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de
París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen
tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de
llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se
llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes
alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto
nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy
Sánchez entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había
consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de
la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El
médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso
darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se
fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que
necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a
cadenazos para desquitarse de su desgracia. Cuando salió del hospital, ni
siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de
sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en
las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada
grande en diez años.
Algo
muy grave va a suceder en este pueblo
Nota:
En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un
cuento o escribirlo, García Márquez contó lo que sigue, "Para que vean
después cómo cambia cuando lo escriba".
Imagínese
usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno
de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de
preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No
sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a
sucederle a este pueblo.
Ellos
se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que
pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una
carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te
apuesto un peso a que no la haces.
Todos
se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le
preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es
cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre
esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos
se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con
su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le
gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y
por qué es un tonto?
-Hombre,
porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su
mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este
pueblo.
Entonces
le dice su madre:
-No
te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La
pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame
una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor
véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es
estar preparado.
El
carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de
carne, le dice:
-Lleve
dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y
se están preparando y comprando cosas.
Entonces
la vieja responde:
-Tengo
varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se
lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero
en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo
el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando
que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde,
hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se
ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero
si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto
calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y
tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin
embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero
a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí,
pero no tanto calor como ahora.
Al
pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la
voz:
-Hay
un pajarito en la plaza.
Y
viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero
señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí,
pero nunca a esta hora.
Llega
un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están
desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo
sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra
sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la
calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que
dicen:
-Si
este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y
empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los
animales, todo.
Y
uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que
no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la
incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen
en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de
ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo
dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
FIN
Llegamos
a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el
castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había
comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de
principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien
que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas
tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero
de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó
con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si
pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo
íbamos a almorzar.
-Menos
mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi
esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su
credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron
dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel
Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un
comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos
había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes
de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso,
y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la
terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella
colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran
nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos
dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
-El
más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así,
sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había
construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante
todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su
muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón
había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó
contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a
dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el
espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir
el sosiego en su purgatorio de amor.
El
castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago
lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una
broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y
dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido
toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por
completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con
suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de
flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la
más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún
carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la
última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había
olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue
un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro,
y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre
seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el
último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el
retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno
de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su
tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes
que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los
días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se
mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer
el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los
frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos
tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando
regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que
nos quedamos a cenar.
Mientras
lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron
unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos
altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras,
los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los
cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de
quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no
tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al
contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un
dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían
sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir
el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me
acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan
cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté
después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana.
A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué
tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos
tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y
vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y
el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el
marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos
habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la
cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía
caliente de su cama maldita.
En
Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De
acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó,
de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres
creían.
-No
-dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para
empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la
ducha.
Tanto
ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un
patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En
cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del
Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque
les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se
ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el
papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar
deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la
línea de flotación.
-El
bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no
hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay
más espacio disponible.
Sin
embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos
para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de
servicio.
-Felicitaciones
-les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora
nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el
cuarto, y ya está.
La
noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine.
Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y
rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz
dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron
correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la
corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la
casa.
Esta
aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un
seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo
era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de
pensarlo dos veces.
-La
luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De
modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo
del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los
encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de
ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras,
aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está
mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para
nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y
si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No
-dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El
padre le reprochó su intransigencia.
-Es
que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-,
pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los
padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido
los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias
de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que
hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos
en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres
veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos
brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y
rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en
la oscuridad.
En
la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela,
y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada,
porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que
sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El
papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es
una prueba de madurez -dijo.
-Dios
te oiga -dijo la madre.
El
miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente
que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio
escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales
por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que
iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados
de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la
casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de
leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y
el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una
mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía,
volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la
banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los
peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que
flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño
flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos
de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba
principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la
película de media noche prohibida para niños.
Al
final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa
del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del
puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa
buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por
toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el
instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la
escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse
a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto
tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto
año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en
el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España,
una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y
cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar
en la luz.
El
criado llega aterrorizado a casa de su amo.
-Señor
-dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.
El
amo le da un caballo y dinero, y le dice:
-Huye
a Samarra.
El
criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el
mercado.
-Esta
mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.
-No
era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan
lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.
FIN
Veintidós
años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las
callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera
vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el
cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre y las
ropas funerarias de letrado andino con que había venido a Roma por primera vez,
pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las
perfidias de sus años y volvía a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de
una tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de
nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me
carcomía por dentro.
-¿Qué
pasó con la santa?
-Ahí
está la santa -me contestó-. Esperando.
Sólo
el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de
su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pensé que Margarito
Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante
toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su
historia me parecía inimaginable.
Había
venido a Roma en aquella primavera radiante en que Pío XII padecía una crisis
de hipo que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechiceros habían
logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea de Tolima, en los
Andes colombianos, y se le notaba hasta en el modo de dormir. Se presentó una
mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y
el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el
motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor
Rafael Ribero Silva, su compatriota, para que le consiguiera un cuarto en la
pensión donde ambos vivíamos. Así lo conocí.
Margarito
Duarte no había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas
letras le había permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de
cuanto material impreso encontraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo
el escribano del municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco
después en el parto de la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, murió
de fiebre esencial a los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito
Duarte había empezado seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo de
mudar el cementerio de su pueblo para construir una represa. Como todos los
habitantes de la región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para
llevarlos al cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por
el contrario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando
destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían
enterrado. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuerpo carecía de peso.
Centenares
de curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había
duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma inequívoco de la santidad,
y hasta el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio
debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta
pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que
ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la
nación.
Mientras
nos contaba su historia en la pensión del apacible barrio de Parioli, Margarito
Duarte quitó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el
tenor Ribero Silva y yo participamos del milagro. No parecía una momia marchita
como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia
que siguiera dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era
tersa y tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión
insoportable de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de
la corona no habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la
piel, pero las rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El
peso del estuche de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el
cuerpo.
Margarito
Duarte empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con
una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas
se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue
siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e
inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones
humanitarias encontraba a su paso, donde lo escuchaban con atención pero sin
asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La verdad es
que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa
Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo,
resistente no sólo a los más refinados recursos de la medicina académica, sino
a toda clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo entero.
Por
fin, en el mes de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en
Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia semanal con la
esperanza de mostrársela. El Papa apareció en el patio interior, en un balcón
tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su
hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo
el mundo para verlo, como Margarito esperaba, sino que pronunció el mismo
discurso en seis idiomas y terminó con la bendición general.
Al
cabo de tantos aplazamientos, Margarito decidió afrontar las cosas en persona,
y llevó a la Secretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios,
de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que
la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó darle una mirada
oficial a la niña muerta, y los empleados que pasaban cerca la miraban sin
ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior había recibido más de
ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en
distintos lugares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la
ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.
-Debe
ser un caso de sugestión colectiva -dijo.
En
sus escasas horas libres y en los áridos domingos de verano, Margarito
permanecía en su cuarto, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le
pareciera de interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia,
escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con su
caligrafía preciosista de amanuense mayor, para rendir cuentas estrictas y
oportunas a los contribuyentes de su pueblo. Antes de terminar el año conocía
los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil
y de tan pocas palabras como su castellano andino, y sabía tanto como el que
más sobre procesos de canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que
cambiara su vestido fúnebre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la
Roma de la época eran propios de algunas sociedades secretas con fines
inconfesables. Salía desde muy temprano con el estuche de la santa, y a veces
regresaba tarde en la noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de
luz que le infundía alientos nuevos para el día siguiente.
-Los
santos viven en su tiempo propio -decía.
Yo
estaba en Roma por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y
viví su calvario con una intensidad inolvidable. La pensión donde dormíamos era
en realidad un apartamento moderno a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya
dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuartos a estudiantes extranjeros. La
llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño,
y siempre fiel a la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de
su cuarto. En realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su
hermana mayor, la tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas
durante el día, y andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga
lustrando más allá de lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos
enseñó a comer los pajaritos cantores que cazaba Bartolino, su esposo, por el
mal hábito que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a
Margarito a vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los
precios de María Bella.
Nada
menos adecuado para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada
hora nos reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuando nos despertaba el
rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero
Silva se había ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con
sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de
agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando
ya estaba listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su
agua de colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de
canto. Abría de par en par la ventana del cuarto, aún con las estrellas del
invierno, y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes
arias de amor, hasta que se soltaba a cantar a plena voz. La expectativa diaria
era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la villa Borghese
con un rugido de temblor de tierra.
-Eres
San Marcos reencarnado, figlio mio -exclamaba la tía Antonieta asombrada de
veras-. Sólo él podía hablar con los leones.
Una
mañana no fue el león el que dio la réplica. El tenor inició el dueto de amor
del Otello: Già nella notte densa s’estingue ogni clamor. De pronto, desde el
fondo del patio, nos llegó la respuesta en una hermosa voz de soprano. El tenor
prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo completo, para solaz del
vecindario que abrió las ventanas para santificar sus casas con el torrente de
aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desmayarse cuando supo que
su Desdémona invisible era nada menos que la gran María Caniglia.
Tengo
la impresión de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a
Margarito Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se
sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la
tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos
cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos del día para
acostumbrarnos a la fonética italiana, y completaba las noticias con una
arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno de esos días contó, a
propósito de la santa, que en la ciudad de Palermo había un enorme museo con
los cadáveres incorruptos de hombres, mujeres y niños, e inclusive varios
obispos, desenterrados de un mismo cementerio de padres capuchinos. La noticia
inquietó tanto a Margarito, que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a
Palermo. Pero le bastó una mirada de paso por las abrumadoras galerías de
momias sin gloria para formularse un juicio de consolación.
-No
son el mismo caso -dijo-. A estos se les nota enseguida que están muertos.
Después
del almuerzo Roma sucumbía en el sopor de agosto. El sol de medio día se
quedaba inmóvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde
sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las
siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco
que empezaba a moverse, y una muchedumbre jubilosa se echaba a las calles sin
ningún propósito distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las
motocicletas, los gritos de los vendedores de sandía y las canciones de amor
entre las flores de las terrazas.
El
tenor y yo no hacíamos la siesta. Íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la
parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de verano que
mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de
turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres, cariñosas, como la
mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organiza azul, de
popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las sombrillas
apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un placer humano estar
con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del oficio y se daban el
lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un café bien
conservado en el bar de la esquina, o a pasear en las carrozas de alquiler por
los senderos del parque, o a dolernos de los reyes destronados y sus amantes
trágicas que cabalgaban al atardecer en el galoppatorio. Más de una vez les
servíamos de intérpretes con algún gringo descarriado.
No
fue por ellas que llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para
que conociera el león. Vivía en libertad en un islote desértico circundado por
un foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir
con un desasosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque
acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su do de pecho
matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros
sin distinción, pero el vigilante se dio cuenta al instante de que sólo rugía
por Margarito. Así fue: para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto
como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en letras
clásicas de la universidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día
con otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa
explicación, que era inválida, no se le ocurrió otra.
-En
todo caso -dijo- no son rugidos de guerra sino de compasión.
Sin
embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio
sobrenatural, sino la conmoción de Margarito cuando se detuvieron a conversar
con las muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y
otros por comprensión, estuvimos de acuerdo en que sería una buena obra ayudar
a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros
corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos
empedradas de anillos de fantasía.
-Yo
lo haría por caridad -dijo-, si no fuera porque nunca he podido con los hombres
que usan chaleco.
Fue
así como el tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó
en ancas de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para darle una
hora de buena compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la
bañó con jabón de olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y
la empolvó de cuerpo entero con su talco alcanforado para después de afeitarse.
Por último le pagó el tiempo que ya llevaban y una hora más, y le indicó letra
por letra lo que debía hacer.
La
bella desnuda atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la
siesta, y dio dos golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte,
descalzo y sin camisa, abrió la puerta.
-Buona
sera giovanotto -le dijo ella, con voz y modos de colegiala-. Mi manda il
tenore.
Margarito
asimiló el golpe con una gran dignidad. Acabó de abrir la puerta para darle
paso, y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y
los zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en
una silla, e inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se
diera prisa, pues sólo disponían de una hora. Él no se dio por enterado.
La
muchacha dijo después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera
querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre
mejor comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con
la mirada, y descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era
un saxofón. Margarito no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que
entrara un poco de luz, llevó el estuche a la cama y levantó la tapa. La
muchacha trató de decir algo, pero se le desencajó la mandíbula. O como nos
dijo después: Mi si gelò il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de
sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una
bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la
muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche.
La
tía Antonieta no supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no
conseguía atornillar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le
pregunté qué le sucedía. "Es que en esta casa espantan", me dijo.
"Y ahora a pleno día". Me contó con una gran convicción que, durante
la guerra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuarto que ocupaba el
tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus oficios, la tía Antonieta había
visto la aparición de la bella asesinada recogiendo sus pasos por los
corredores.
-Acabo
de verla caminando en pelota por el corredor -dijo-. Era idéntica.
La
ciudad recobró su rutina de otoño. Las terrazas floridas del verano se cerraron
con los primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la tractoría del
Trastévere donde solíamos cenar con los alumnos de canto del conde Carlo
Calcagni, y algunos compañeros míos de la escuela de cine. Entre estos últimos,
el más asiduo era Lakis, un griego inteligente y simpático, cuyo único tropiezo
eran sus discursos adormecedores sobre la injusticia social. Por fortuna, los
tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo con trozos de ópera
cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun después de la
media noche. Al contrario, algunos trasnochadores de paso se sumaban al coro, y
en el vecindario se abrían ventanas para aplaudir.
Una
noche, mientras cantábamos, Margarito entró en puntillas para no
interrumpirnos. Llevaba el estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar
en la pensión después de mostrarle la santa al párroco de San Juan de Letrán,
cuya influencia ante la Sagrada Congregación del Rito era de dominio público.
Alcancé a ver de soslayo que lo puso debajo de una mesa apartada, y se sentó
mientras terminábamos de cantar. Como siempre ocurría al filo de la media
noche, reunimos varias mesas cuando la tractoría empezó a desocuparse, y
quedamos juntos los que cantaban, los que hablábamos de cine, y los amigos de
todos. Y entre ellos, Margarito Duarte, que ya era conocido allí como el
colombiano silencioso y triste del cual nadie sabía nada. Lakis, intrigado, le
preguntó si tocaba el violonchelo. Yo me sobrecogí con lo que me pareció una
indiscreción difícil de sortear. El tenor, tan incómodo como yo, no logró
remendar la situación. Margarito fue el único que tomó la pregunta con toda
naturalidad.
-No
es un violonchelo -dijo-. Es la santa.
Puso
la caja sobre la mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de
estupor estremeció el restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por
último la gente de la cocina con sus delantales ensangrentados, se congregaron
atónitos a contemplar el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las cocineras
se arrodilló con las manos juntas, presa de un temblor de fiebre, y rezó en
silencio.
Sin
embargo, pasada la conmoción inicial, nos enredamos en una discusión sobre la
insuficiencia de la santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue el
más radical. Lo único que quedó claro al final fue su idea de hacer una
película crítica con el tema de la santa.
-Estoy
seguro -dijo- que el viejo Cesare no dejaría escapar este tema.
Se
refería a Cesare Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los
grandes de la historia del cine y el único que mantenía con nosotros una
relación personal al margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el
oficio, sino una manera distinta de ver la vida. Era una máquina de pensar
argumentos. Le salían a borbotones, casi contra su voluntad. Y con tanta prisa,
que siempre le hacía falta la ayuda de alguien para pensarlos en voz alta y
atraparlos al vuelo. Sólo que al terminarlos se le caían los ánimos.
"Lástima que haya que filmarlo", decía. Pues pensaba que en la
pantalla perdería mucho de su magia original. Conservaba las ideas en tarjetas
ordenadas por temas y prendidas con alfileres en los muros, y tenía tantas que
ocupaban una alcoba de su casa.
El
sábado siguiente fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la
vida, que lo encontramos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici,
ardiendo de ansiedad por la idea que le habíamos anunciado por teléfono. Ni
siquiera nos saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito
a una mesa preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo que
menos imaginábamos. En vez de enloquecerse, como era previsible, sufrió una
especie de parálisis mental.
-Ammazza!
-murmuró espantado.
Miró
a la santa en silencio por dos o tres minutos, cerró la caja él mismo, y sin
decir nada condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus
primeros pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. "Gracias,
hijo, muchas gracias", le dijo. "Y que Dios te acompañe en tu
lucha". Cuando cerró la puerta se volvió hacia nosotros, y nos dio su
veredicto.
-No
sirve para el cine -dijo-. Nadie lo creería.
Esa
lección sorprendente nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía, no
había ni que pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María Bella nos
recibió con el recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa misma noche,
pero sin Margarito.
Lo
encontramos en uno de sus momentos estelares. Lakis había llevado a dos o tres
condiscípulos, pero él ni siquiera pareció verlos cuando abrió la puerta.
-Ya
lo tengo -gritó-. La película será un cañonazo si Margarito hace el milagro de
resucitar a la niña.
-¿En
la película o en la vida? -le pregunté.
Él
reprimió la contrariedad. "No seas tonto", me dijo. Pero enseguida le
vimos en los ojos el destello de una idea irresistible. "A no ser que sea
capaz de resucitarla en la vida real", dijo, y reflexionó en serio:
-Debería
probar.
Fue
sólo una tentación instantánea, antes de retomar el hilo. Empezó a pasearse por
la casa, como un loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la película a
grandes voces. Lo escuchábamos deslumbrados, con la impresión de estar viendo
las imágenes como pájaros fosforescentes que se le escapaban en tropel y
volaban enloquecidos por toda la casa.
-Una
noche -dijo- cuando ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron,
Margarito entra en su casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara
a la muertecita, y le dice con toda la ternura del mundo: "Por el amor de
tu padre, hijita: levántate y anda".
Nos
miró a todos, y remató con un gesto triunfal:
-¡Y
la niña se levanta!
Algo
esperaba de nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué
decir. Salvo Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para
pedir la palabra.
-Mi
problema es que no lo creo -dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a
Zavattini-: Perdóneme, maestro, pero no lo creo.
Entonces
fue Zavattini el que se quedó atónito.
-¿Y
por qué no?
-Qué
sé yo -dijo Lakis, angustiado-. Es que no puede ser.
-Ammazza!
-gritó entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el barrio
entero-. Eso es lo que más me jode de los estalinistas: que no creen en la
realidad.
En
los quince años siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a
Castelgandolfo por si se daba la ocasión de mostrarla. En una audiencia de unos
doscientos peregrinos de América Latina alcanzó a contar la historia, entre
empujones y codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo mostrarle la niña
porque debió dejarla a la entrada, junto con los morrales de otros peregrinos,
en previsión de un atentado. El Papa lo escuchó con tanta atención como le fue
posible entre la muchedumbre, y le dio en la mejilla una palmadita de aliento.
-Bravo,
figlio mio -le dijo-. Dios premiará tu perseverancia.
Sin
embargo, cuando de veras se sintió en vísperas de realizar su sueño fue durante
el reinado fugaz del sonriente Albino Luciani. Un pariente de éste,
impresionado por la historia de Margarito, le prometió su mediación. Nadie le
hizo caso. Pero dos días después, mientras almorzaban, alguien llamó a la
pensión con un mensaje rápido y simple para Margarito: no debía moverse de
Roma, pues antes del jueves sería llamado del Vaticano para una audiencia
privada.
Nunca
se supo si fue una broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. Nadie
salió de la casa. Si tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: "Voy
al baño". María Bella, siempre graciosa en los primeros albores de la
vejez, soltaba su carcajada de mujer libre.
-Ya
lo sabemos, Margarito -gritaba-, por si te llama el Papa.
La
semana siguiente, dos días antes del telefonema anunciado, Margarito se
derrumbó ante el titular del periódico que deslizaron por debajo de la puerta:
Morto il Papa. Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un
periódico atrasado que habían llevado por equivocación, pues no era fácil creer
que muriera un Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente Albino Luciani,
elegido treinta y tres días antes, había amanecido muerto en su cama.
Volví
a Roma veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera
pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo estaba demasiado
oprimido por los estragos del tiempo para pensar en nadie. Caía sin cesar una
llovizna boba como el caldo tibio, la luz de diamante de otros tiempos se había
vuelto turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias
eran otros y ajenos. La casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma,
pero nadie dio razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de
teléfono que el tenor Ribero Silva me había mandado a través de los años. En un
almuerzo con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maestro, y un
silencio súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien se
atrevió a decir:
-Zavattini?
Mai sentito.
Así
era: nadie había oído hablar de él. Los árboles de la Villa Borghese estaban
desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido
devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido
sustituidas por atletas andróginos travestidos de manolas. El único
sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado,
en su isla de aguas marchitas. Nadie cantaba ni se moría de amor en las
tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras
nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares.
De pronto, una voz que podía venir del más allá me paró en seco en una
callecita del Trastévere:
-Hola,
poeta.
Era
él, viejo y cansado. Habían muerto cinco Papas, la Roma eterna mostraba los
primeros síntomas de la decrepitud, y él seguía esperando. "He esperado
tanto que ya no puede faltar mucho más", me dijo al despedirse, después de
casi cuatro horas de añoranzas. "Puede ser cosa de meses". Se fue
arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su
gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia
donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que
alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del
cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años luchando en vida por la
causa legítima de su propia canonización.
Hugo,
un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la
noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre
in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y
cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin
embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo
piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse
todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe
porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en
la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la
casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que
ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A
Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para
sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los
cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar.
Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena,
el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la
conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que
oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan
al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos.
Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene
intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero
ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha
habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana
se queda dormida en un dos por tres.
A
la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con
una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han
terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan.
Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante
atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En
esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero
Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se
quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el
teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que
él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede
practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal
manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y,
finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la
sala.
Para
entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido
regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado,
le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se
despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo
está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole
muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir
de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio,
mientras anochece.
FIN
Sólo
vine a hablar por teléfono
Una
tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo
un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto
de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años
antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada
con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de
visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas
a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el
conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso
sí, que no iba muy lejos.
-No
importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.
Era
cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes
de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de
estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el
percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba
junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una
toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias,
María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo,
pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le
pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María
cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo
del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
-Están
dormidas -murmuró.
María
miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de
edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas
iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y
se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el
aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de
cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina
de asiento tenía una actitud de alerta.
-¿Dónde
estamos? -le preguntó María.
-Hemos
llegado -contestó la mujer.
El
autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío
que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras,
alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la
mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes
primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal
parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender,
pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme
que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las
mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin
hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su
vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se
cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
-¿Habrá
un teléfono? -le preguntó María.
-Por
supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le
pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado.
"En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adiós con la
mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús
arrancó sin darle tiempo de más.
María
empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla
con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso:
"¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos
de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el
zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un
teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la
espalda, mientras le decía con modos dulces:
-Por
aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María
siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un
dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a
repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de
jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que
las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando
llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.
-Es
que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.
Le
explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El
marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir
tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a
tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro
de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana
pareció escucharla con atención.
-¿Cómo
te llamas? -le preguntó.
María
le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró
después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una
guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
-Es
que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.
-De
acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura
demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por
teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo
sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres
del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban
apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de
cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales.
Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una
guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la
inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través
paralizada por el terror.
-Por
el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por
teléfono.
Le
bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella
energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era
la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas
con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El
primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos
claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería
investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de
una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos
en varios manicomios de España.
Para
que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero.
Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada
por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus
gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna
pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la
encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No
supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era
un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una
andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le
devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes
de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo
dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el
llanto.
-Aprovecha
ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No
hay mejor remedio que las lágrimas.
María
se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los
tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los
dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el
laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había
soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida
por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de
acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió
autorización para hablarle por teléfono a su marido.
El
médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no,
reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había
sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta
una bendición episcopal, y desapareció para siempre.
-Confía
en mi -le dijo.
Esa
misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un
comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su
identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del
director: agitada.
Tal
como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del
barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos.
Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión
libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias
que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje
clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En
la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del
truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de
ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años,
en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos
treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la
demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer
compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas,
donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron
creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada
representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María
le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo
había ocurrido.
De
regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el
esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció
el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última
esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la
puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.
Sólo
ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en
realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional:
Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social
irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a
María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes
misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono
después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho
de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con
llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que
María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al
amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia
en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de
que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin
ella.
Lo
había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos
cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de
conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de
servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después
de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el
anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz
de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había
vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien
se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo
de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue
Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio
mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una
determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le
dijo ella. Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se
rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver
a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida
en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de
las novias vírgenes.
María
le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la
disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado
vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos
modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos,
y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a
buscar a Saturno.
No
estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor,
donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin
condiciones. "¿Y ahora hasta cuando?", le preguntó él. Ella le
contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras
dura". Dos años después, seguía siendo eterno.
María
pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en
el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un
congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó
tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un
apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con
espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el
fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus
parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del
lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.
El
lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado
llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada",
dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un
policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil
en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del
lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más
detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro
para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había
fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción,
que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso
se declaró cerrado.
El
recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua
Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela.
Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el
crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con
sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos
veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada,
María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una
esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio
fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un
adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy
negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la
furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de
piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
No
volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La
Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en
vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el
modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo
fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después
encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por
María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le
reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo:
veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una
fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler
de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no
volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero
cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada
siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de
que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al
cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El
señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo.
Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí
la señorita María.
-Aquí
no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.
-Ya
lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La
mujer se encabritó.
-¿Pero
quién coño habla ahí?
Saturno
colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no
era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En
los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de
Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque
sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de
la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir.
Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa,
lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después
de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la
determinación de olvidar a María.
A
los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio.
Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados
al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general
Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se
resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes,
vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se
negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de
flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia
frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a
la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban
todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.
La
falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se
los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco
dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico
que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues
la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las
pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le
permitieron un alivio efímero.
Lo
más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas
en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana
nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin
embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que
le oyera su vecina de cama:
-¿Dónde
estamos?
La
voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
-En
los profundos infiernos.
-Dicen
que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del
dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los
perros ladrándole a la mar.
Se
oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La
cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a
pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella
sabía por qué.
Desde
su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin
rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de
negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que
fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina".
Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de
amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos
pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las
piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en
que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando
estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a
la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas,
mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las
piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no
era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó
entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina.
La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas
alborotadas.
-Hija
de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas
loca por mí.
El
verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar
medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse
durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al
espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las
naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de
los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina
abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica.
María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía
imitando el servicio telefónico de la hora:
-Son
las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos
-¡Maricón!
-dijo María.
Colgó
divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar
una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta
prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el
corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin
la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
-¿Bueno?
Tuvo
que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la
garganta.
-Conejo,
vida mía -suspiró.
Las
lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de
espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
-¡Puta!
Y colgó en seco.
Esa
noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía
del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín,
y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes
con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a
Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola.
Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas,
la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en
las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio
cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar
de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se
levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
El
precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su
marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto
absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
-Si
alguna vez se sabe, te mueres.
Así
que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la
camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en
persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de
guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie
sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era
en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación
iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más
intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno
protegió a la guardiana.
-Me
lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.
El
director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo
todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio
de asceta, y concluyó:
-Lo
único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba
dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el
Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le
indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno
de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
-Es
raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El
medico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes
durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una
suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que
requieren mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión
de María por el teléfono.
-Sígale
la corriente -dijo.
-Tranquilo,
doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.
La
sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del
convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos
hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a
una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba
lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos
que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina
con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó
emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se
dieron un beso de rutina.
-¿Cómo
te sientes? -le preguntó él.
-Feliz
de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.
No
tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las
miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las
noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
-Ya
no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido
peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la
misma.
-Ahora
todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices
recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el
director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella
fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón.
Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de
los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aún te
faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la
verdad.
-¡Por
Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!
-¡Cómo
se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más
conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por
supuesto.
-¡Pero
si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.
Él
no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta
aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de
terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a
Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de
su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto
amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda.
Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le
pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el
Mago:
-¡Váyase!
Saturno
huyo despavorido.
Sin
embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al
sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran
leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para
volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo
una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los
balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos
María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde
los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es
una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero
no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno
hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces
la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en
la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si
llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca
más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de
irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita
casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María.
Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte
Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de
alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había
seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en
que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de
aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la
vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le
llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para
darle de comer.
FIN
El
lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y
buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una
dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un
puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición.
Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y
los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una
mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los
sordos.
Cuando
tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de
resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que
hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no
se servía de ella.
Después
de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos
gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina.
Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La
voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá.
-Qué.
-Dice
el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile
que no estoy aquí.
Estaba
puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con
los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice
que sí estás porque te está oyendo.
El
dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los
trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió
a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer,
sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún
no había cambiado de expresión.
-Dice
que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin
apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la
fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa.
Allí estaba el revólver.
-Bueno
-dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo
girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde
de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla
izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días.
El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la
gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos
días -dijo el alcalde.
-Buenos
-dijo el dentista.
Mientras
hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla
y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja
silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a
la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre.
Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y
abrió la boca.
Don
Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela
dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene
que ser sin anestesia -dijo.
-¿Por
qué?
-Porque
tiene un absceso.
El
alcalde lo miró en los ojos.
-Está
bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa
de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con
unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la
punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar
al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era
una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el
gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda
su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un
suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga
ternura, dijo:
-Aquí
nos paga veinte muertos, teniente.
El
alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de
lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a
través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender
la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera,
sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en
el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese
las lágrimas -dijo.
El
alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos,
vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e
insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y
haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un
displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin
abotonarse la guerrera.
-Me
pasa la cuenta -dijo.
-¿A
usted o al municipio?
El
alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
-Es
la misma vaina.
FIN
La
mujer que llegaba a las seis
La puerta oscilante se abrió. A esa hora no
había nadie en el restaurante de José.
Acababan
de dar las seis y el hombre sabia que sólo a las seis y media empezarían a
llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su
clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una
mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la
alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los
labios. Hola reina dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro
extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada.
Siempre que entraba alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la
mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y
rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló
desde el otro extremo del mostrador. ¿Qué quieres hoy?-dijo. Primero que todo
quiero enseñarte a ser caballero dijo la mujer. Estaba sentada al final de la
hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo
apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el
cigarrillo sin encender. --No me había dado cuenta--dijo José.
Todavía
no te has dado cuenta de nada--dijo la mujer. El hombre dejó el trapo en el
mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera
polvorienta, y regresó luego con las cerillas. La mujer se inclinó para
alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre.
José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y
barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el
nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la
brasa en los labios.
Estás
hermosa hoy, reina dijo José. Déjate de tonterías dijo la mujer. No creas que
eso me va a servir para pagarte. No quise decir eso, reina--dijo José. Apuesto
a que hoy te hizo daño el almuerzo. La mujer tragó la primera bocanada de humo
denso, se cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se
quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante.
Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.
Te
voy a preparar un buen bistec dijo José. Todavía no tengo plata dijo la mujer.
Hace
tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno dijo José.
Hoy
es distinto dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando hacia la calle.
Todos
los días son iguales dijo José. Todos los días el reloj marca las seis,
entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo
algo bueno. La única diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de
perro, sino que el día es distinto.
Y
es verdad dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que estaba del otro lado
del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.
Luego
miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad,
José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras
cortas, apasionadas: “Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José”.
El
hombre miró el reloj. Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto dijo.
No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis dijo la mujer. Vine un cuarto
para las seis. Acaban de dar las seis, reina dijo José. Cuando tú entraste
acababan de darlas.
Tengo
un cuarto de hora de estar aquí dijo la mujer. José se dirigió hacia donde ella
estaba.
Acercó
a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno
de sus párpados.
Sóplame
aquí dijo. La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa,
blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio. Déjate de tonterías,
José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo. Eso se lo vas a decir a
otro dijo. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre
dos.
Me
tomé dos tragos con un amigo dijo la mujer. Ah; entonces ahora me explico dijo
José.
Nada
tienes que explicarte dijo la mujer. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.
El
hombre se encogió de hombros. Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de
hora de estar aquí. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o
diez minutos menos.
Sí
importan, José dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador,
sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono. Dijo: “Y no
es que yo lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a
mirar el reloj y rectificó: Qué digo; ya tengo veinte minutos.
Está
bien, reina dijo el hombre. Un día entero con su noche te regalaría yo para
verte contenta. Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás
del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla
en otro. Estaba en su papel.
Quiero
verte contenta repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba
la mujer.
¿Tú
sabes que te quiero mucho?-dijo. La mujer lo miró con frialdad.
¿Siii...?
¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de
pesos?
No
he querido decir eso, reina dijo José. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el
almuerzo.
No
te lo digo por eso dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente. Es que
ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni por un millón de pesos.
José
se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las
botellas del armario. Habló sin volver la cara. Estás insoportable hoy, reina.
Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.
No
tengo hambre dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los
transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un
silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el
trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle
y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
¿Es
verdad que me quieres, Pepillo?. Es verdad dijo José, en seco sin mirarla.
¿A
pesar de lo que te dije?--dijo la mujer.
¿Qué
me dijiste? dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla.
Lo del millón de pesos dijo la mujer. Ya lo había olvidado dijo José.
Entonces,
¿me quieres? dijo la mujer. Sí dijo José. Hubo una pausa. José siguió
moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la
mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el
mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de
decirlo, como si hablara en puntillas: ¿Aunque no me acueste contigo? dijo.
Y
sólo entonces José volvió a mirarla: Te quiero tanto que no me acostaría
contigo dijo.
Luego
caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos
brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos.
Dijo:
Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo. En el
primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención,
con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve
silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
Estás
celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso! José volvió a sonrojarse con una timidez
franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le
hubieran revelado de golpe todos los secretos.
Dijo:
Esta tarde no entiendes nada, reina. Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo:
La mala vida te está embruteciendo. Pero ahora la mujer había cambiado de
expresión. “Entonces no, dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño
esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.
Entonces,
no estás celoso. En cierto modo, sí dijo José. Pero no es como tú dices. Se
aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.
¿Entonces?--dijo
la mujer. Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso dijo
José.
¿Qué?
dijo la mujer. Eso de irte con un hombre distinto todos los días dijo José. ¿Es
verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? dijo la mujer.
Para
que no se fuera, no dijo José. Lo mataría porque se fuera contigo.
Es
lo mismo dijo la mujer. La conversación había llegado a densidad excitante. La
mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi al rostro
saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el
vapor de las palabras.
Todo
eso es verdad dijo José. Entonces dijo la mujer, y extendió la mano para
acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó la colilla.
Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre? Por lo que te dije, sí dijo
José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.
La
mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.
¡Qué
horror!, José. ¡Qué horror! dijo, todavía riendo. José matando a un hombre.
¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón, que nunca me
cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando
conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José!
¡Me das miedo!
José
estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la
mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
Estás
borracha, tonta dijo. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer nada.
Pero la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa,
apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y
cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el
extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al
principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave
de cuando dijo: ¿Es verdad que me quieres, Pepillo? José dijo. El hombre no la
miró.
¡José!
Vete a dormir dijo José. Y métete un baño antes de acostarte para que se te
serene la borrachera.
En
serio, José dijo la mujer. No estoy borracha. Entonces te has vuelto bruta dijo
José.
Ven
acá, tengo que hablar contigo dijo la mujer.
El
hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.
¡Acércate!
El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante,
lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
Repíteme
lo que me dijiste al principio dijo. ¿Qué? dijo José. Trataba de mirarla con la
cabeza agachada asido por el cabello. Que matarías a un hombre que se acostara
conmigo dijo la mujer.
Mataría
a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad dijo José.
La
mujer lo soltó. ¿Entonces me defenderías si yo lo matara? dijo,
afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme
cabeza de cerdo de José. El hombre no respondió nada; sonrió. Contéstame, José
dijo la mujer. ¿Me defenderías si yo lo matara?
Eso
depende dijo José. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo. A nadie le
cree más la policía que a ti dijo la mujer.
José
sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima
del mostrador. Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una
mentira dijo.
No
se saca nada con eso dijo José. Por lo mismo dijo la mujer. La policía lo sabe
y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces. José se puso a dar
golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró
nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz,
como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los
primeros parroquianos.
¿Por
mí dirías una mentira, José? dijo. En serio. Y entonces José se volvió a
mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado
dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga,
confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
¿En
qué lío te has metido, reina? dijo José. Se inclinó hacia adelante, los brazos
otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco
amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el
mostrador contra el estómago del hombre.
Esto
sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? dijo. La mujer hizo girar la
cabeza hacia el otro lado. En nada dijo. Sólo estaba hablando por entretenerme.
Luego
volvió a mirarlo.
¿Sabes
que quizás no tengas que matar a nadie?. Nunca he pensado matar a nadie dijo
José desconcertado. No, hombre dijo la mujer. Digo que a nadie que se acueste
conmigo.
¡Ah!
dijo José. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes
necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el
bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.
Gracias,
José dijo la mujer. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.
Ya
vuelves a enredar las cosas--dijo José. Empezaba a parecer impaciente.
No
enredo nada--dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José vio sus senos
aplanados y tristes debajo del corpiño. Mañana me voy y te prometo que no
volveré a molestarte nunca.
Te
prometo que no volveré a acostarme con nadie.
¿Y
de dónde te salió esa fiebre? dijo José. Lo resolví hace un rato dijo la mujer.
Sólo hace un momento me di cuenta de que eso es una porquería. José agarró otra
vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla.
Dijo: Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste
darte cuenta.
Hace
tiempo me estaba dando cuenta dijo la mujer. Pero sólo hace un rato acabé de
convencerme. Les tengo asco a los hombres. José sonrió. Levantó la cabeza para
mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con
los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión
taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.
¿No
te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque
después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado
con ella?
No
hay para qué ir tan lejos dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la
voz. ¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve
vistiéndose, por qué se acuerda que ha estado revolcándose con él toda la tarde
y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
Eso
pasa, reina dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador. No hay
necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya. Pero la mujer seguía
hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.
¿Y
si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y
corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a...? Eso no lo hace ningún
hombre decente dijo José.
¿Pero,
y si lo hace? dijo la mujer, con exasperante ansiedad. ¿ Si el hombre no es
decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se
puede morir, y sabe que la única manera de acabar con toda eso es dándole una
cuchillada por debajo?
Esto
es una barbaridad dijo José. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú
dices.
Bueno
dijo la mujer, ahora completamente exasperada. ¿Y si lo hace? Suponte que lo
hace.
De
todos modos no es para tanto--dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin
cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.
La
mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática. Eres
un salvaje, José dijo. No entiendes nada. Lo agarró con fuerza por la manga.
Anda, di que sí debía matarlo la mujer. Está bien dijo José, con un sesgo
conciliatorio. Todo será como tú dices.
¿Eso
no es defensa propia? dijo la mujer, sacudiéndole por la manga. José le echó
entonces una mirada tibia y complaciente. “Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un
ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso
compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
¿Echarías
una mentira para defender a una mujer que haga eso? dijo.
Depende
dijo José. ¿Depende de qué? dijo la mujer. Depende de la mujer dijo José.
Suponte
que es una mujer que quieres mucho dijo la mujer. No para estar con ella,
¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho. Bueno, como tú quieras, reina
dijo José, laxo, fastidiado.
Otra
vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y
media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a
llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor
fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer
permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de
declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver un
hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló
de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
¡José!
El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la
miró para escucharla, apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando
una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una
mirada de juguete. Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada dijo la
mujer.
Si
dijo José. Lo que no me has dicho es para donde. Por ahí dijo la mujer. Para
donde no haya hombres que quieran acostarse con una. José volvió a sonreír.
¿En
serio te vas? preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando
repentinamente la expresión del rostro. Eso depende de ti dijo la mujer. Si
sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas
cosas. ¿Te gusta eso? José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y
concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
Si
algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer
hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla. Si vuelves por aquí debes
traerme algo dijo José.
Te
prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo dijo la
mujer.
José
sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como
si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con
un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el
vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
¿Qué?
dijo José, sin mirarla. ¿Verdad que a cualquiera que te pregunta a qué hora
vine le dirás que a un cuarto para las seis? dijo la mujer. ¿Para qué? dijo
José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.
Eso
no importa dijo la mujer. La cosa es que lo hagas. José vio entonces al primer
parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del
rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punta.
Está
bien, reina dijo distraídamente. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como
tú quieras.
Bueno
dijo la mujer. Entonces, prepárame el bistec. El hombre se dirigió a la nevera,
sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
Te
voy a preparar un buen bistec de despedida, reina dijo. Gracias, Pepillo dijo
la mujer.
Se
quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño,
poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del
mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente.
No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al
lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a
espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada,
reconcentrada hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si
regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a
la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.
Pepillo.
Ah. ¿En qué piensas? dijo la mujer. Estaba pensando si podrás encontrar en
alguna parte el osito de cuerda dijo José.
Claro
que sí dijo la mujer. Pero lo que quiero que me digas es si me darás toda lo
que te pidiera de despedida.
José
la miró desde la estufa. ¿Hasta cuándo te lo voy a decir? dijo. ¿Quieres algo
más que el mejor bistec? Sí dijo la mujer.¿Qué? dijo José.
Quiero
otro cuarto de hora. José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró
luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y
finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
En
serio que no entiendo, reina dijo. No seas tonto, José dijo la mujer. Acuérdate
que estoy aquí desde las cinco y media.
El
coronel no tiene quien le escriba
El
coronel... volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por los aplausos
y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo el brazo.
Todo
el pueblo -la gente de abajo- salió a verlo pasar seguido por los niños de la
escuela.
Un
negro gigantesco trepado en una mesa y con una culebra enrollada en el cuello
vendía medicinas sin licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto
un grupo numeroso se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó el
coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él. Nunca había sido tan
largo el camino de su casa.
No
se arrepintió. Desde hacía mucho tiempo el pueblo yacía en una especie de
sopor, estragado por diez años de historia. Esa tarde -otro viernes sin carta-
la gente había despertado. El coronel se acordó de otra época. Se vio a sí
mismo con su mujer y su hijo asistiendo bajo el paraguas a un espectáculo que
no fue interrumpido a pesar de la lluvia. Se acordó de los dirigentes de su
partido, escrupulosamente peinados, abanicándose en el patio de su casa al
compás de la música. Revivió casi la dolorosa resonancia del bombo en sus
intestinos.
Cruzó
por la calle paralela al río, y también allí encontró la tumultuosa muchedumbre
de los remotos domingos electorales. Observaban el descargue del circo. Desde
el interior de una tienda una mujer gritó algo relacionado con el gallo. Él
siguió absorto hasta su casa, todavía oyendo voces dispersas, como si lo
persiguieran los desperdicios de la ovación de la gallera.
En
la puerta se dirigió a los niños.
-Todos
para su casa -dijo-. Al que entre lo saco a correazos.
Puso
la tranca y se dirigió directamente a la cocina. Su mujer salió asfixiándose
del dormitorio.
-Se
lo llevaron a la fuerza -gritó-. Les dije que el gallo no saldría de esta casa
mientras yo estuviera viva.
El
coronel amarró el gallo al soporte de la hornilla. Cambió el agua al tarro,
perseguido por la voz frenética de la mujer.
-Dijeron
que se lo llevarían por encima de nuestros cadáveres -dijo-. Dijeron que el
gallo no era nuestro, sino de todo el pueblo.
Sólo
cuando terminó con el gallo el coronel se enfrentó al rostro trastornado de su
mujer.
Descubrió
sin asombro que no le producía remordimiento ni compasión.
-Hicieron
bien -dijo calmadamente. Y luego, registrándose los bolsillos, agregó, con una
especie de insondable dulzura-: El gallo no se vende.
Ella
lo siguió hasta el dormitorio. Lo sintió completamente humano, pero inasible,
como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine. El coronel extrajo del
ropero un rollo de billetes, lo juntó al que tenía en los bolsillos, contó el
total y lo guardó en el ropero.
-Ahí
hay veintinueve pesos para devolvérselos a mi compadre Sabas -dijo-. El resto
se le paga cuando venga la pensión.
-Y
si no viene... -preguntó la mujer.
-Vendrá.
-Pero
si no viene...
-Pues
entonces no se le paga.
Encontró
los zapatos nuevos debajo de la cama. Volvió al armario por la caja de cartón,
limpió la suela con un trapo y metió los zapatos en la caja, como los llevó su
esposa el domingo en la noche. Ella no se movió.
-Los
zapatos se devuelven -dijo el coronel-. Son trece pesos más para mi compadre.
-No
los reciben -dijo ella.
Tienen
que recibirlos -replicó el coronel-. Sólo me los he puesto dos veces.
-Los
turcos no entienden de esas cosas -dijo la mujer.
-Tienen
que entender.
-Y
si no entienden...
-Pues
entonces que no entiendan.
Se
acostaron sin comer. El coronel esperó a que su mujer terminara el rosario para
apagar la lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas de la censura
cinematográfica, y casi enseguida -tres horas después- el toque de queda. La
pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la
madrugada. El coronel tenía aún los ojos abiertos cuando ella habló con una voz
reposada, conciliatoria.
-Estás
despierto.
-Sí.
-Trata
de entrar en razón -dijo la mujer-. Habla mañana con mi compadre Sabas.
-No
viene hasta el lunes.
-Mejor
-dijo la mujer-. Así tendrás tres días para recapacitar.
-No
hay nada que recapacitar -dijo el coronel.
El
viscoso aire de octubre había sido sustituido por una frescura apacible. El
coronel volvió a reconocer a diciembre en el horario de los alcaravanes. Cuando
dieron las dos, todavía no había podido dormir. Pero sabía que su mujer también
estaba despierta. Trató de cambiar de posición en la hamaca.
-Estás
desvelado -dijo la mujer.
-Sí.
Ella
pensó un momento.
-No
estamos en condiciones de hacer esto -dijo-. Ponte a pensar cuántos son
cuatrocientos pesos juntos.
-Ya
falta poco para que venga la pensión -dijo el coronel-.
-Estás
diciendo lo mismo desde hace quince años.
-Por
eso -dijo el coronel-. Ya no puede demorar mucho más.
Ella
hizo un silencio. Pero cuando volvió a hablar, al coronel le pareció que el
tiempo no había transcurrido.
-Tengo
la impresión de que esa plata no llegará nunca -dijo la mujer.
-Llegará.
-Y
si no llega...
Él
no encontró la voz para responder. Al primer canto del gallo tropezó con la
realidad, pero volvió a hundirse en un sueño denso, seguro, sin remordimientos.
Cuando despertó, ya el sol estaba alto. Su mujer dormía. El coronel repitió
metódicamente, con dos horas de retraso, sus movimientos matinales, y esperó a
su esposa para desayunar.
Ella
se levantó impenetrable. Se dieron los buenos días y se sentaron a desayunar en
silencio. El coronel sorbió una taza de café negro acompañada con un pedazo de
queso y un pan de dulce. Pasó toda la mañana en la sastrería. A la una volvió a
la casa y encontró a su mujer remendando entre las begonias.
-Es
hora del almuerzo -dijo.
-No
hay almuerzo -dijo la mujer.
Él
se encogió de hombros. Trató de tapar los portillos de la cerca del patio para
evitar que los niños entraran a la cocina. Cuando regresó al corredor, la mesa
estaba servida.
En
el curso del almuerzo el coronel comprendió que su esposa se estaba forzando
para no llorar. Esa certidumbre lo alarmó. Conocía el carácter de su mujer,
naturalmente duro, y endurecido todavía más por cuarenta años de amargura. La
muerte de su hijo no le arrancó una lágrima.
Fijó
directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió los labios,
se secó los párpados con la manga y siguió almorzando.
-Eres
un desconsiderado -dijo.
El
coronel no habló.
-Eres
caprichoso, terco y desconsiderado -repitió ella. Cruzó los cubiertos sobre el
plato, pero enseguida rectificó supersticiosamente la posición-. Toda una vida
comiendo tierra, para que ahora resulte que merezco menos consideración que un
gallo.
-Es
distinto -dijo el coronel.
-Es
lo mismo -replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que
esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía.
El
coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar.
-Si
el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo
enseguida -dijo-. Pero si no, no.
Esa
tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde de
la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda,
los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones.
Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido.
Masticó
oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces el coronel se
dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso.
-No
quiero morirme en tinieblas -dijo.
El
coronel dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado. Tenía deseos
de olvidarse de todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar
el veinte de enero a las tres de la tarde, en la gallera y en el momento exacto
de soltar el gallo. pero se sabía amenazado por la vigilia de la mujer.
-Es
la misma historia de siempre - comenzó ella un momento después-. Nosotros
ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace
cuarenta años.
El
coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle
si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso,
fluyente, implacable.
-Todo
el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos
ni un centavo para apostar.
-El
dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.
-También
tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la
guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de
hambre, completamente solo.
-No
estoy solo -dijo el coronel.
Trató
de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente
hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del
mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas. Allí siguió hablando. El
coronel la llamó en la madrugada.
Ella
apareció en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi
extinguida.
La
apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando.
-Vamos
a hacer una cosa -la interrumpió el coronel.
-Lo
único que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer.
-También
se puede vender el reloj.
-No
lo compran.
-Mañana
trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos.
-No
te los da.
-Entonces
se vende el cuadro.
Cuando
la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel
percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.
-No
lo compran -dijo.
-Ya
veremos -dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-.
Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.
Trató
de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de
una sustancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían
un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el
hombro.
-Contéstame.
El
coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba
amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó
que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para
recobrar la lucidez.
-Qué
se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces
ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte
por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si
el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el
gallo puede perder.
-Es
un gallo que no puede perder.
-Pero
suponte que pierda.
-Todavía
faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La
mujer se desesperó.
-Y
mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la
franela.
Lo
sacudió con energía-. Dime, qué comemos.
El
coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto
a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en
el momento de responder.
Cuando
éramos niños esperábamos ilusionados la Nochebuena.
Redactábamos
una ingenua carta con una enorme lista de "Quiero que me traigas", y
pasábamos contando los días con un aparato que llamábamos "Ya solo
faltan".
Y
cada mañana nos asomábamos a ver cuantos días faltaban para Navidad.
Pero
a medida que se acercaba el día, las horas se nos hacían eternas y pasaban
llenas de advertencias de "Si no te portas bien".
Gozábamos
las posadas, visitábamos a la familia, íbamos de compras, llenábamos de focos
nuestro pino hasta que, por fin, llegaba la anhelada Nochebuena.
La
casa se llenaba de alegría y, con la mágica aparición de los regalos, las
ilusiones se volvían realidad y, por un momento, olvidábamos el verdadero
significado de la Navidad.
Hoy
nuevamente llega la Nochebuena y la historia se repite con los hijos, que pasan
los días redactando borradores de tiernas cartas con una imaginación sin
límites. Piden, piden y piden: juguetes, pelotas, muñecas, "O lo que me
quieras traer".
Y
mientras a los niños la Navidad los llena de ilusión, a los adultos nos llena
de esperanza y nos permite convivir con la familia regalándonos unos a otros
cariño y buenos deseos, brindando por nuestros éxitos, apoyándonos unos a otros,
apoyándonos en nuestras derrotas y tratando de entendernos.
¡Porque
la mejor forma de festejar el nacimiento de Jesús es llamando al que está
lejos, olvidando rencores tontos y resentimientos necios... amando y
perdonando!
Si por un
instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un
trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva,
pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino
por lo que significan.
Dormiría
poco y soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos perdemos
sesenta segundo de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría
cuando los demás se duermen, escucharía mientras los demás hablan, y cómo
disfrutaría de un buen helado de chocolate…
Si Dios
me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol,
dejando al descubierto no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
Dios mío,
si yo tuviera un corazón… Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que
saliera el sol.
Pintaría
con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una
canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna.
Regaría
con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado
beso de sus pétalos…
Dios mío
si yo tuviera un trozo de vida… No dejaría pasar un solo día sin decirle a la
gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi
favorita y viviría enamorado del amor.
A los
hombres, les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse
cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño
le daría alas, pero dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos, a mis
viejos, les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas
cosas he aprendido de ustedes los hombres… He aprendido que todo el mundo
quiere vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada.
He
aprendido que un hombre únicamente tiene derecho a mirar a otro hombre hacia
abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.
Son
tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente mucho no
habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente
me estaré muriendo...
Uno de
los personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer bellísima y
extraña, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Su belleza
enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan consumarlo mueren
de forma inesperada. Veamos el poético final de la historia de tan insólita
mujer.
La
suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces
sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de
palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche
de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos
por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino también para conjurar sus
peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el
amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió a
ocuparse de ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de
salvarla para el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales
de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees", le decía
enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que
sufrir por pequeñeces, además de lo que crees." En el fondo se engañaba a
sí misma tratando de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba
convencida de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre sobre la
tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia que estaba más
allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su
inquebrantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir
de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que
tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había de todo
hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella. Ya desde
mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de convertirla en una
mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas
se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la
conclusión simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le
decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. Más tarde,
cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara
cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso
resultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante
intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero
cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos
motivos era más apetecible que un príncipe, renunció a toda esperanza. Fernanda
no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella,
vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura
extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una
respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que
los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel
Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en
realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada
momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la
buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad,
sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños
interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados
silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar
en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa.
Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba
transparentada por una palidez intensa.
-¿Te
sientes mal? -le preguntó.
Remedios,
la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de
lástima.
-Al
contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó de
decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las
sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un
temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la
sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a
elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para
identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a
merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano,
entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que
abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con
ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron
con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más
altos pájaros de la memoria.


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