© Libro No. 740. Psicopatología de la vida cotidiana. Freud,
Sigmund. Colección E.O. Abril 26 de 2014.
Título original: © Sigmund
Freud. PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA.
Versión Original: © Sigmund Freud. PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sigmund
Freud
PSICOPATOLOGÍA
DE LA VIDA COTIDIANA (*)
1900-1901 [1901]
Nun ist die Luft von solchem Spuk so voll, Daß
niemand weiß, wie er ihn meiden soll.
I. -OLVIDO DE NOMBRES PROPIOS
En el año 1898 publiqué en Monatsschrift für
Psychiatrie und Neurologie un pequeño trabajo, titulado «Sobre el mecanismo
psíquico del olvido», que quiero reproducir aquí, utilizándolo como punto de
partida para más amplias investigaciones. Examinaba en dicho ensayo, sometido
al análisis psicológico, un ejemplo observado directamente por mí mismo, el
frecuente caso de olvido temporal de un nombre propio, y llegaba a la
conclusión de que estos casos de falla de una función psíquica -de la memoria-,
nada gratos ni importantes en la práctica, admitían una explicación que iba más
allá de la usual valoración atribuida a tales fenómenos.
Si no estoy muy equivocado, un psicólogo a quien se
pregunta cómo es que con mucha frecuencia no conseguimos recordar un nombre
propio que, sin embargo, estamos ciertos de conocer, se contentaría con
responder que los nombres propios son más susceptibles de ser olvidados que
otro cualquier contenido de la memoria, y expondría luego plausibles razones
para fundamentar esta preferencia del olvido; pero no sospecharía más amplia
determinación de tal hecho.
Por mi parte he tenido ocasión de observar, en
minuciosas investigaciones sobre el fenómeno del olvido temporal de los
nombres, determinadas particularidades que no en todos, pero sí en muchos de
los casos, se manifiestan con claridad suficiente. En tales casos sucede que no
sólo se olvida, sino que, además, se recuerda erróneamente. A la consciencia
del sujeto que se esfuerza en recordar el nombre olvidado acuden otros -nombres
sustitutivos- que son rechazados en el acto como falsos, pero que, sin embargo,
continúan presentándose en la memoria con gran tenacidad. El proceso que os
había de conducir a la reproducción del nombre buscado se ha desplazado, por
decirlo así, y nos ha llevado hacia un sustitutivo erróneo. Mi opinión es que
tal desplazamiento no se halla a merced de un mero capricho psíquico
cualquiera, sino que sigue determinadas trayectorias regulares y perfectamente
calculables, o, por decirlo de otro modo, presumo que los nombres sustitutivos
están en visible conexión con el buscado, y si consigo demostrar la existencia
de esta conexión, espero quedará hecha la luz sobre el proceso y origen del
olvido de nombres.
En el ejemplo que en 1898 elegí para someterlo al
análisis, el nombre que inútilmente me había esforzado en recordar era el del
artista que en la catedral de Orvieto pintó los grandiosos frescos de `Las
cuatro últimas cosas'. En vez del nombre que buscaba - Signorelli- acudieron a
mi memoria los de otros dos pintores -Botticelli y Boltraffio-, que rechacé en
seguida como erróneos. Cuando el verdadero nombre me fue comunicado por un
testigo de mi olvido, lo reconocí en el acto y sin vacilación alguna. La investigación
de por qué influencias y qué caminos asociativos se había desplazado en tal
forma la reproducción
-desde Signorelli hasta Botticelli y Boltraffio- me
dio los resultados siguientes:
a) La razón del olvido del nombre Signorelli no
debe buscarse en una particularidad del mismo ni tampoco en un especial
carácter psicológico del contexto en que se hallaba incluido. El nombre
olvidado me era tan familiar como uno de los sustitutivos -Botticelli- y mucho
más que el otro -Boltraffio-, de cuyo poseedor apenas podría dar más indicación
que la de su pertenencia a la escuela milanesa. La serie de ideas de la que
formaba parte el nombre Signorelli en el momento en que el olvido se produjo me
parece absolutamente inocente e inapropiada para aclarar en nada el fenómeno
producido. Fue en el curso de un viaje en coche desde Ragusa (Dalmacia) a una
estación de la Herzegovina. Iba yo en el coche con un desconocido; trabé
conversación con él y, cuando llegamos a hablar de un viaje que había hecho por
Italia, le pregunté si había estado en Orvieto y visto los famosos frescos de…
b) El olvido del nombre queda aclarado al pensar en
el tema de nuestra conversación, que precedió inmediatamente a aquel otro en
que el fenómeno se produjo, y se explica como una perturbación del nuevo tema
por el anterior. Poco antes de preguntar a mi compañero de viaje si había
estado en Orvieto, habíamos hablado de las costumbres de los turcos residentes
en Bosnia y en la Herzegovina. Yo conté haber oído a uno de mis colegas, que
ejercía la Medicina en aquellos lugares y tenía muchos clientes turcos, que
éstos suelen mostrarse llenos de confianza en el médico y de resignación ante
el destino. Cuando se les anuncia que la muerte de uno de sus deudos es
inevitable y que todo auxilio es inútil, contestan:«¡Señor (Herr), qué le vamos
a hacer! ¡Sabemos que si hubiera sido posible salvarle, le hubierais salvado!»
En estas frases se hallan contenidos los siguientes nombres: Bosnia,
Herzegovina y Señor (Herr), que pueden incluirse en una serie de asociaciones
entre Signorelli, Botticelli y Boltraffio.
c) La serie de ideas sobre las costumbres de los
turcos en Bosnia, etc., recibió la facultad de perturbar una idea
inmediatamente posterior, por el hecho de haber yo apartado de ella mi atención
sin haberla agotado. Recuerdo, en efecto, que antes de mudar de tema quise
relatar una segunda anécdota que reposaba en mi memoria al lado de la ya
referida. Los turcos de que hablábamos estiman el placer sexual sobre todas las
cosas, y cuando sufren un trastorno de este orden caen en una desesperación que
contrasta extrañamente con su conformidad en el momento de la muerte. Uno de
los pacientes que visitaba mi colega le dijo un día: «Tú sabes muy bien, señor
(Herr), que cuando eso no es ya posible pierde la vida todo su valor.»
Por no tocar un tema tan escabroso en una
conversación con un desconocido reprimí mi intención de relatar este rasgo
característico. Pero no fue esto sólo lo que hice, sino que también desvié mi
atención de la continuación de aquella serie de pensamientos que me hubiera
podido llevar al tema «muerte y sexualidad». Me hallaba entonces bajo los
efectos de una noticia que pocas semanas antes había recibido durante una corta
estancia en Trafoi. Un paciente en cuyo tratamiento había yo trabajado mucho y
con gran interés se había suicidado a causa de una incurable perturbación
sexual. Estoy seguro de que en todo mi viaje por la Herzegovina no acudió a mi
memoria consciente el recuerdo de este triste suceso ni de nada que tuviera
conexión con él. Mas la consonancia Trafoi-Boltraffio me obliga a admitir que
en aquellos momentos, y a pesar de la voluntaria desviación de mi atención, fue
dicha reminiscencia puesta en actividad en mí.
d) No puedo ya, por tanto, considerar el olvido del
nombre Signorelli como un acontecimiento casual, y tengo que reconocer la
influencia de un motivo en este suceso. Existían motivos que me indujeron no
sólo a interrumpirme en la comunicación de mis pensamientos sobre las
costumbres de los turcos, etc., sino también a impedir que se hiciesen
conscientes en mí aquellos otros que, asociándose a los anteriores, me hubieran
conducido hasta la noticia recibida en Trafoi. Quería yo, por tanto, olvidar
algo, y había reprimido determinados pensamientos. Claro es que lo que deseaba
olvidar era algo muy distinto del nombre del pintor de los frescos de Orvieto;
pero aquello que quería olvidar resultó hallarse en conexión asociativa con
dicho nombre, de manera que mi volición erró su blanco y olvidé lo uno contra
mi voluntad, mientras quería con toda intención olvidar lo otro. La repugnancia
a recordar se refería a un objeto, y la incapacidad de recordar surgió con
respecto a otro. El caso sería más sencillo si ambas cosas, rechazo e
incapacidad, se hubieran referido a un solo dato. Los nombres sustitutivos no
aparecen ya tan injustificados como antes de estas aclaraciones y aluden (como
en una especie de transacción) tanto a lo
que quería olvidar como a lo que quería recordar,
mostrándome que mi intención de olvidar algo no ha triunfado por completo ni
tampoco fracasado en absoluto.
e) La naturaleza de la asociación establecida entre
el nombre buscado y el tema reprimido (muerte y sexualidad, etc., en el que
aparecen las palabras Bosnia, Herzegovina y Trafoi) es especialmente singular.
El siguiente esquema, que publiqué con mi referido artículo, trata de
representar dicha asociación.
En este proceso asociativo el nombre Signorelli
quedó dividido en dos trozos. Uno de ellos (elli) reapareció sin modificación
alguna en uno de los nombres sustitutivos, y el otro entró -por su traducción
Signor-Herr (Señor)- en numerosas y diversas relaciones con los nombres
contenidos en el tema reprimido; pero precisamente por haber sido traducido no
pudo prestar ayuda ninguna para llegar a la reproducción buscada. Su
sustitución se llevó a cabo como si se hubiera ejecutado un desplazamiento a lo
largo de la asociación de los nombres Herzegovina y Bosnia, sin tener en cuenta
para nada el sentido ni la limitación acústica de las sílabas. Así, pues, los
nombres fueron manejados en este proceso de un modo análogo a como se manejan
las imágenes gráficas representativas de trozos de una frase con la que ha de
formarse un jeroglífico.
La coincidencia no advirtió nada de todo el proceso
que por tales caminos produjo los nombres sustitutivos en lugar del nombre
Signorelli. Tampoco parece hallarse a primera vista una relación distinta de
esta reaparición de las mismas sílabas o, mejor dicho, series de letras entre
el tema en el que aparece el nombre Signorelli y el que le precedió y fue
reprimido.
Quizá no sea ocioso hacer constar que las
condiciones de la reproducción y del olvido aceptadas por los psicólogos, y que
éstos creen hallar en determinadas relaciones y disposiciones, no son
contradichas por la explicación precedente. Lo que hemos hecho es tan sólo
añadir, en ciertos casos, un motivo más a los factores hace ya tiempo
reconocidos como capaces de producir el olvido de un nombre y además aclarar el
mecanismo del recuerdo erróneo. Aquellas disposiciones son también, en nuestro
caso, de absoluta necesidad para hacer posible que el elemento reprimido se
apodere asociativamente del nombre buscado y lo lleve consigo a la represión.
En otro nombre de más favorables condiciones para la reproducción quizá no
hubiera sucedido esto. Es muy probable que un elemento reprimido esté siempre
dispuesto a manifestarse en cualquier otro lugar; pero no lo logrará sino en
aquellos en los que su emergencia pueda ser favorecida por condiciones
apropiadas. Otras veces la represión se verifica sin que la función sufra
trastorno alguno o, como podríamos decir justificadamente, sin síntomas.
El resumen de las condicionantes del olvido de
nombres, acompañado del recuerdo erróneo, será, pues, el siguiente:
1º. Una determinada disposición para el olvido del
nombre de que se trate.
2º. Un proceso represivo llevado a cabo poco tiempo
antes.
3º. La posibilidad de una asociación externa entre
el nombre que se olvida y el elemento anteriormente reprimido.
Esta última condición no debe considerarse muy
importante, pues la asociación externa referida se establece con gran facilidad
y puede considerarse existente en la mayoría de los casos. Otra cuestión de más
profundo alcance es la de si tal asociación externa puede ser condición
suficiente para que el elemento reprimido perturbe la reproducción del nombre
buscado o si no será además necesario que exista más íntima conexión entre los
temas respectivos. Una observación superficial haría rechazar el último postulado
y considerar suficiente la contigüidad temporal, aun siendo los contenidos
totalmente distintos; pero si se profundiza más se hallará que los elementos
unidos por una asociación externa (el reprimido y el nuevo) poseen con mayor
frecuencia una conexión de contenido. El ejemplo Signorelli es una prueba de
ello.
El valor de lo deducido de este ejemplo depende,
naturalmente, de que lo consideremos como un caso típico o como un fenómeno
aislado. Por mi parte debo hacer constar que el olvido de un nombre, acompañado
de recuerdo erróneo, se presenta con extrema frecuencia en forma igual a la que
nos ha revelado nuestro análisis. Casi todas las veces que he tenido ocasión de
observar en mí mismo tal fenómeno he podido explicarlo
del mismo modo, esto es, como motivado por
represión. Existe aún otro argumento en favor de la naturaleza típica de
nuestro análisis, y es el que, a mi juicio, no pueden separarse en principio
los casos de olvido de nombres con recuerdo erróneo de aqueIlos otros en que no
aparecen nombres sustitutivos equivocados. Estos surgen espontáneamente
en muchos casos, y en los que no, puede forzárselos
a emerger por medio de un esfuerzo de atención, y entonces muestran, con el
elemento reprimido y el nombre buscado, iguales conexiones que si su aparición
hubiera sido espontánea. La percepción del nombre sustitutivo por la
consciencia parece estar regulada por dos factores: el esfuerzo de atención y
una determinante interna inherente al material psíquico. Esta última pudiera
buscarse en
la mayor o menor facilidad con la que se constituye
la necesaria asociación externa entre los dos elementos. Gran parte de los
casos de olvido de nombres sin recuerdo erróneo se unen de este modo a los
casos con formación de nombres sustitutivos en los cuales rige el mecanismo
descubierto en el ejemplo Signorelli.
Sin embargo, no me atreveré a afirmar rotundamente
que todos los casos de olvido de nombres puedan ser incluidos en dicho grupo,
pues, sin duda, existen algunos que presentan un proceso más sencillo. Así,
pues, creemos obrar con prudencia exponiendo el estado de cosas en la siguiente
forma: Junto a los sencillos olvidos de nombres propios aparecen otros
motivados por represión.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) II. -OLVIDO DE PALABRAS EXTRANJERAS
El léxico usual de nuestro idioma propio parece
hallarse protegido del olvido dentro de los límites de la función normal. No
sucede lo mismo con los vocablos de un idioma extranjero. En éste todas las
partes de la oración están igualmente predispuestas a ser olvidadas. Un primer
grado de perturbación funcional se revela ya en la desigualdad de nuestro
dominio sobre una lengua extranjera, según nuestro estado general y el grado de
nuestra fatiga. Este olvido se manifiesta en una serie de casos siguiendo el mecanismo
que el análisis nos ha descubierto en el ejemplo Signorelli. Para demostrarlo
expondremos un solo análisis de un caso de olvido de un vocablo no sustantivo
en una cita latina, análisis al que valiosas particularidades dan un
extraordinario interés. Séanos permitido exponer con toda amplitud y claridad
el pequeño suceso.
En el pasado verano reanudé, durante mi viaje de
vacaciones, mi trato con un joven de extensa cultura y que, según pude
observar, conocía algunas de mis publicaciones psicológicas. No sé por qué
derroteros llegamos en nuestra conversación a tratar de la situación social del
pueblo a que ambos pertenecemos, y mi interlocutor, que mostraba ser un tanto
ambicioso, comenzó a lamentarse de que su generación estaba, a su juicio,
destinada a la atrofia, no pudiendo ni desarrollar sus talentos ni satisfacer
sus necesidades. Al acabar su exaltado y apasionado discurso quiso cerrarlo con
el conocido verso virgiliano en el cual la desdichada Dido encomienda a la
posteridad su venganza sobre Eneas: Exoriare…; pero le fue imposible recordar
con exactitud la cita, e intentó llenar una notoria laguna que se presentaba en
su recuerdo cambiando de lugar las palabras del verso: Exoriar(e) ex nostris
ossibus ultor! (Virgilio). Por último, exclamó con enfado: «No ponga usted esa
cara de burla, como si estuviera gozándose en mi confusión, y ayúdeme un poco.
Algo falta en el verso que deseo citar. ¿Puede usted decírmelo completo?»
En el acto accedí con gusto a ello y dije el verso
tal y como es:
-Exoriar(e) aliquis nostris ex ossibus ultor!
(`Deja que alguien surja de mis huesos como vengador'.)
-¡Qué estupidez olvidar una palabra así! Por cierto
que usted sostiene que nada se olvida sin una razón determinante. Me gustaría
conocer por qué he olvidado ahora el pronombre indefinido aliquis.
Esperando obtener una contribución a mi colección
de observaciones, acepté en seguida el reto y respondí:
-Eso lo podemos averiguar en seguida, y para ello
le ruego a usted que me vaya comunicando sinceramente y absteniéndose de toda
crítica todo lo que se le ocurre cuando dirige usted sin intención particular
su atención sobre la palabra olvidada.
-Está bien. Lo primero que se me ocurre es la ridiculez
de considerar la palabra dividida en dos partes: a y liquis.
-¿Por qué?
-No lo sé.
-¿Qué más se le ocurre?
-La cosa continúa así: reliquias-licuefacción-
fluido-líquido. ¿Averiguó usted algo?
-No; ni mucho menos. Pero siga usted.
-Pienso -prosiguió, riendo con burla- en Simón de
Trento, cuyas reliquias vi hace dos años en una iglesia de aquella ciudad, y
luego en la acusación que de nuevo se hace a los judíos de asesinar a un
cristiano cuando llega la Pascua para utilizar su sangre en sus ceremonias
religiosas. Recuerdo después el escrito de Kleinpaul en el que se consideran
estas supuestas víctimas de los judíos como
reencarnaciones o nuevas ediciones, por decirlo así, del Redentor.
-Observará usted que estos pensamientos no carecen
de conexión con el tema de que tratábamos momentos antes de no poder usted
recordar la palabra latina aliquis.
-En efecto, ahora pienso en un artículo que leí
hace poco en un periódico italiano. Creo que se titulaba «Lo que dice San
Agustín de las mujeres». ¿Qué hace usted con este dato?
-Por ahora, esperar.
-Ahora aparece algo que seguramente no tiene
conexión alguna con nuestro tema…
-Le ruego prescinda de toda crítica y…
-Lo sé, lo sé. Me acuerdo de un arrogante anciano
que encontré la semana pasada en el curso de mi viaje. Un verdadero original.
Su aspecto es el de una gran ave de rapiña. Si le interesa a usted su nombre,
le diré que se llama Benedicto.
-Hasta ahora tenemos por lo menos una serie de
santos y padres de la Iglesia: San Simón, San Agustín, San Benedicto y
Orígenes. Además, tres de estos nombres son nombres propios, como también Pablo
(Paul), que aparece en Kleinpaul.
-Luego se me viene a las mientes San Jenaro y el
milagro de su sangre… creo que esto sigue ya mecánicamente.
-Déjese usted de observaciones. San Jenaro y San
Agustín tienen una relación en el calendario. ¿Quiere usted recordarme en qué
consiste el milagro de la sangre de San Jenaro?
-Lo conocerá usted seguramente. En una iglesia de
Nápoles se conserva en una ampolla de cristal la sangre de San Jenaro. Esta
sangre se licua milagrosamente todos los años en determinado día festivo. El
pueblo se interesa mucho por este milagro y experimenta gran agitación cuando
se retrasa, como sucedió una vez durante una ocupación francesa. Entonces, el
general que mandaba las tropas, o no sé si estoy equivocado y fue
Garibaldi, llamó aparte a los sacerdotes, y
mostrándoles con gesto significativo los soldados que ante la iglesia había
apostado, dijo que esperaba que el milagro se produciría en
seguida, y, en efecto, se produ…
-Siga usted. ¿Por qué se detiene?
-Es que en este instante recuerdo algo que… Pero es
una cosa demasiado íntima para comunicársela a nadie. Además, no veo que tenga
conexión ninguna con nuestro asunto ni que haya necesidad de contarla…
-El buscar la conexión es cosa mía. Claro que no
puedo obligarle a contarme lo que a usted le sea penoso comunicar a otra
persona; pero entonces no me pida usted que le explique por qué ha olvidado la
palabra aliquis.
-¿De verdad? Le diré, pues, que de pronto he
pensado en una señora de la cual podría fácilmente recibir una noticia
sumamente desagradable para ella y para mí.
-¿Que le ha faltado este mes la menstruación?
-¿Cómo ha podido usted adivinarlo?
-No era difícil. Usted mismo me preparó muy bien el
camino. Piense usted en los santos del calendario, la licuefacción de la sangre
en un día determinado, la inquietud cuando el suceso no se produce, la
expresiva amenaza de que el milagro tiene que realizarse o que si no… Ha
transformado usted el milagro de San Jenaro en un magnífico símbolo del período
de la mujer.
-Pero sin darme en absoluto cuenta de ello. ¿Y cree
usted que realmente mi temerosa expectación ha sido la causa de no haber
logrado reproducir la palabra aliquis?
-Me parece indudable. Recuerde usted la división
que de ella hizo en a y liquis y luego las asociaciones: reliquias,
licuefacción, líquido. ¿Debo también entretejer en estas asociaciones el
recuerdo de Simón de Trento, sacrificado en su primera infancia?
-Más vale que no lo haga usted. Espero que no tome
usted en serio esos pensamientos, si es que realmente los he tenido. En cambio,
le confesaré que la señora en cuestión es italiana y que visité Nápoles en su
compañía. Pero ¿no puede ser todo ello una pura casualidad?
-Dejo a su juicio el determinar si toda esa serie
de asociaciones puede explicarse por la intervención de la casualidad. Mas lo
que sí le advierto es que todos y cada uno de los casos semejantes que quiera
usted someter al análisis le conducirán siempre al descubrimiento de
«casualidades» igualmente extrañas.
Estamos muy agradecidos a nuestro compañero de
viaje por su autorización para hacer público uso de este pequeño análisis, que
estimamos en mucho, dado que en él pudimos utilizar una fuente de observación
cuyo acceso nos está vedado de ordinario. En la mayoría de los casos nos vemos
obligados a poner como ejemplos de aquellas perturbaciones psicológicas de las
funciones en el curso de la vida cotidiana que aquí reunimos, observaciones
verificadas en nuestra propia persona, pues evitamos servirnos del rico material
que nos ofrecen los enfermos neuróticos que a nosotros acuden, por temor a que
se nos objete que los fenómenos que expusiéramos eran consecuencias y
manifestaciones de la neurosis. Es, por tanto, de gran valor para nuestros
fines el que se ofrezca como objeto de tal investigación una persona fuera de
nosotros y mentalmente sana. El análisis que acabamos de exponer es, además, de
gran importancia, considerado desde otro punto de vista. Aclara, en efecto, un
caso de olvido de una palabra sin recuerdos sustitutivos y confirma nuestra
anterior afirmación de que la emergencia o la falta de recuerdos sustitutivos
equivocados no puede servir de base para establecer una diferenciación
esencial.
El principal valor del ejemplo aliquis reside, sin
embargo, en algo distinto de su diferencia con el caso Signorelli. En este
último la reproducción del nombre se vio perturbada por los efectos de una
serie de pensamientos que había comenzado a desarrollarse poco tiempo antes y
que fue interrumpida de repente, pero cuyo contenido no estaba en conexión con
el nuevo tema, en el cual estaba incluido el nombre Signorelli. Entre el tema
reprimido y el del nombre olvidado existía tan sólo una relación de contigüidad
temporal, y ésta era suficiente para que ambos temas pudieran ponerse en
contacto por medio de una asociación externa. En cambio, en el ejemplo aliquis
no se observa huella ninguna de tal tema, independiente y reprimido, que,
habiendo ocupado el pensamiento consciente inmediatamente antes, resonara
después, produciendo una perturbación. El trastorno de la reproducción surge
aquí del interior del tema tratado y a causa de una contradicción inconsciente,
que se alza frente al deseo expresado en la cita latina. El orador, después de
lamentarse de que la actual generación de su patria sufriera, a su juicio, una
disminución de sus derechos, profetizó, imitando a Dido, que la generación
siguiente llevaría a cabo la venganza de los oprimidos. Por tanto, había
expresado su deseo de tener descendencia. Pero en el mismo momento se interpuso
un pensamiento contradictorio: «En realidad, ¿deseas tan vivamente tener
descendencia? Eso no es cierto.
¡Cuál no sería tu confusión si recibieras la
noticia de que estabas en camino de obtenerla en la persona que tú sabes! No,
no; nada de descendencia, aunque sea necesario para nuestra venganza.» Esta
contradicción muestra su influencia haciendo posible, exactamente como en el
ejemplo Signorelli, una asociación externa entre uno de sus elementos de
representación y un elemento del deseo contradicho, lográndolo en este caso de
un modo altamente violento y por medio de un rodeo asociativo, aparentemente
artificioso. Una segunda coincidencia esencial con el ejemplo Signorelli
resulta del hecho de provenir la contradicción de fuentes reprimidas y partir
de pensamientos que motivarían una
desviación de la atención. Hasta aquí hemos tratado
de la diferencia e interno parentesco de los dos paradigmas del olvido de
nombres. Hemos aprendido a conocer un segundo mecanismo del olvido: la
perturbación de un pensamiento por una contradicción interna proveniente de lo
reprimido. En el curso de estas investigaciones volveremos a hallar repetidas
veces este hecho, que nos parece el más fácilmente comprensible.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) III. -OLVIDO DE NOMBRES Y DE SERlES DE PALABRAS (*)
Experiencias como la anteriormente relatada sobre
el proceso del olvido de un trozo de una frase en idioma extranjero excitan la
curiosidad de comprobar si el olvido de frases del idioma propio demanda o no
una explicación esencialmente distinta. No suele causar asombro el no poder
reproducir sino con lagunas e infidelidades una fórmula o una poesía aprendidas
de memoria tiempo atrás. Mas como este olvido no alcanza por igual a la
totalidad de lo aprendido, sino que parece asimismo desglosar de ello trozos aislados,
pudiera ser de interés investigar analíticamente algunos ejemplos de tal
reproducción defectuosa.
Uno de mis colegas, más joven que yo, expresó, en
el curso de una conversación conmigo, la presunción de que el olvido de poesías
escritas en la lengua materna pudiera obedecer a motivos análogos a los que
produce el olvido de elementos aislados de una frase de un idioma extranjero, y
se ofreció en el acto como objeto de una experiencia que
aclarase su suposición. Preguntado con qué poesía
deseaba que hiciéramos la prueba, eligió La prometida de Corinto (Goethe),
composición muy de su agrado, y de la que creía poder recitar de memoria por lo
menos algunas estrofas. Ya al comienzo de la reproducción
surgió una dificultad realmente singular: «¿Es -me
preguntó mi colega- `de Corinto a Atenas' o `de Atenas a Corinto'?» También yo
vacilé por un momento, hasta que, echándome a reír, observé que el título de la
poesía, La prometida de Corinto, no dejaba lugar a dudas sobre el itinerario
seguido por el novio para llegar al lado de ella. La reproducción de la primera
estrofa se verificó luego sin tropiezo alguno o, por lo menos, sin que
notásemos ninguna infidelidad. Después de la primera línea de la segunda estrofa
se detuvo el recitador, y pareció buscar la continuación durante unos
instantes; pero en
seguida prosiguió, diciendo:
Mas ¿será bien recibido por sus huéspedes ahora que
cada día trae consigo algo nuevo? Él es aún pagano, como todos los suyos,
y aquéllos son ya cristianos y están bautizados.
Desde la segunda línea había yo ya sentido cierta
extrañeza, y al terminar la cuarta convinimos ambos en que el verso había
sufrido una deformación; pero no siéndonos posible corregirla de memoria, nos
trasladamos a mi biblioteca para consultar el original de Goethe, y hallamos
con sorpresa que el texto de la segunda línea de la estrofa era en absoluto
diferente del producido por la memoria de mi colega y había sido sustituido por
algo que, al parecer, no tenía la menor relación con él.
El texto verdadero es como sigue:
Mas ¿será bien recibido por sus huéspedes
si no compra muy caro su favor?
Con «compra» (erkauft) rima «bautizados» (getauft),
y además, me pareció muy extraño que la constelación paganos, cristianos y
bautizados hubiese ayudado tan poco al recitador a reconstruir con acierto el
texto.
«¿Puede usted explicarse -pregunté a mi compañero-
cómo ha podido usted borrar tan por completo todo un verso de una poesía que le
es perfectamente conocida? ¿Sospecha usted de qué contexto ha podido usted
sacar la frase sustitutiva?»
Podía, en efecto, explicar lo que creía motivo del
olvido sufrido y de la sustitución efectuada, y, forzándose visiblemente por
tener que hablar de cosas poco agradables para él, dijo lo que sigue:
-La frase «ahora que cada día trae consigo algo
nuevo» no me suena como totalmente desconocida; he debido de pronunciarla hace
poco refiriéndome a mi situación profesional, pues ya sabe usted que mi
clientela ha aumentado mucho en estos últimos tiempos, cosa que, como es
natural, me tiene satisfecho. Vamos ahora a la cuestión de cómo ha podido
introducirse esta frase en sustitución de la verdadera. También aquí creo
poder hallar una conexión. La frase «si no compra
muy caro su favor» era, sin duda alguna, desagradable para mí, por poderse
relacionar con el siguiente hecho: Tiempo atrás pretendí la mano de una mujer y
fui rechazado. Ahora que mi situación económica ha mejorado mucho proyecto
renovar mi petición. No puedo hablar más sobre este asunto; pero con lo dicho
comprenderá que no ha de ser muy agradable para mí, si ahora soy aceptado, el
pensar que tanto la negativa anterior como el actual consentimiento han podido
obedecer a una especie de cálculo.
Esta explicación me pareció aclarar lo sucedido sin
necesidad de conocer más minuciosos detalles. Pero, sin embargo, pregunté: «¿Y
qué razón le lleva a usted a inmiscuir su propia persona y sus asuntos privados
en el texto de La prometida de Corinto?
¿Existe quizá también en su caso aquella diferencia
de creencias religiosas que constituyen uno de los temas de la poesía?»
(Cuando surge una nueva fe,
el amor y la fidelidad son, con frecuencia,
arrancados como perversa cizaña.)
Esta vez no había yo acertado; pero fue curioso
observar cómo una de mis preguntas, yendo bien dirigida, iluminó el espíritu de
mi colega de tal manera, que le permitió contestarme con una explicación que
seguramente había permanecido hasta entonces oculta para él. Mirándome con
expresión atormentada y en la que se notaba algún despecho, murmuró como para
sí mismo los siguientes versos, que aparecen algo más adelante en la poesía
goethiana:
Mírala bien.
Mañana habrá ella encanecido.
Y añadió a poco: «Ella es algo mayor que yo.»
Para no penarle más desistí de proseguir la
investigación. Además, el caso me pareció suficientemente aclarado. Lo más
sorprendente de él era ver cómo el esfuerzo efectuado para hallar la causa de
un inocente fallo de la memoria había llegado a herir cuestiones particulares
del sujeto de la experiencia, tan lejanas al contenido de ésta y tan íntimas y
penosas.
C. G. Jung expone otro caso de olvido de varias
palabras consecutivas de una poesía conocida, que quiero copiar aquí tal y como
él lo relata.
«Un señor quiere recitar la conocida poesía `Un
pino se alza solitario…' etcétera. Al llegar a la línea que comienza `Dormita…'
se queda atascado, sin poder continuar. Ha olvidado por completo las palabras
siguientes: `envuelto en blanco manto'. Este olvido de un verso tan vulgarizado
me pareció extraño e hice que la persona que lo había sufrido me comunicase
todo aquello que se le fuese ocurriendo al fijar su atención en las palabras
olvidadas, las cuales le recordé, obteniendo la serie siguiente: Ante las
palabras `envuelto
en blanco manto', en lo primero que pienso es en un
sudario -un lienzo blanco en el que se envuelve a los muertos-. (Pausa.) Luego,
en un íntimo amigo mío. Su hermano ha muerto hace poco de repente; dicen que de
una apoplejía. Era también muy corpulento. Mi amigo
lo es también, y varias veces he pensado que podía
sucederle lo mismo. Hace una vida muy sedentaria. Cuando me enteré de la muerte
de su hermano, me entró el temor de que algún día pudiera yo sufrir igual
muerte, pues en mi familia tenemos tendencia a la obesidad, y mi abuelo murió
asimismo de una aplopejía. También yo me encuentro demasiado grueso y he
emprendido en estos días una cura para adelgazar.»
Vemos, pues -comenta Jung-, que el sujeto se había
identificado en el acto inconscientemente con el pino envuelto en un blanco
sudario.
El ejemplo que a continuación exponemos, y que
debemos a nuestro amigo S. Ferenczi, de Budapest, se refiere, a diferencia de
los anteriores, a una frase no tomada de la obra de un poeta, sino pronunciada
por el propio sujeto, que luego no logra recordarla. Además, nos presenta el
caso, no muy común, en que el olvido se pone al servicio de nuestra discreción
en momentos en que ésta se ve amenazada del peligro de sucumbir a una
caprichosa veleidad. De este modo, la falla se convierte en una función útil, y
cuando
nuestro ánimo se serena hacemos justicia a aquella
corriente interna, que anteriormente sólo podía exteriorizarse por una falla,
un olvido, o sea una impotencia psíquica.
«En una reunión se mencionó la frase Tout
comprendre c'est tout pardonner. Al oírla hice la observación de que con la
primera parte bastaba, siendo un acto de soberbia el meterse a perdonar; misión
que se debía dejar a Dios y a los sacerdotes. Uno de los presentes halló muy
acertada mi observación, lo cual me animó a seguir hablando, y probablemente
para asegurarme la buena opinión del benévolo crítico, le comuniqué que poco
tiempo antes había tenido una ocurrencia aún más ingeniosa. Pero cuando quise comenzar
a relatarla no conseguí recordar nada de ella. En el acto me retiré un poco de
la reunión y anoté las asociaciones encubridoras. Primero acudió el nombre del
amigo y el de la calle de Budapest, que fueron testigos del nacimiento de la
ocurrencia buscada, y después, el nombre de otro amigo, Max, al que solemos
llamar familiarmente Maxi. Este nombre me condujo luego a la palabra máxima y
al recuerdo de que en aquella ocasión se trataba también, como en la frase
inicial de este caso, de la transformación de una máxima muy conocida. Por un
extraño proceso, en vez de ocurrírseme a continuación una máxima cualquiera,
recordé la frase siguiente: `Dios creó al hombre a su imagen', y su
transformación: `El hombre creó a Dios a la suya'. Acto seguido surgió el recuerdo
buscado, que se refería a lo siguiente:
»Un amigo mío me dijo, paseando conmigo por la
calle de Andrassy: `Nada humano me es ajeno', a lo cual respondí yo, aludiendo
a las experiencias psicoanalíticas:
`Debías continuar y reconocer que tampoco nada
animal te es ajeno.'
»Después de haber logrado de este modo hacerme con
el recuerdo buscado, me fue imposible relatarlo en la reunión en que me
hallaba. La joven esposa del amigo, a quien yo había llamado la atención sobre
la animalidad de lo inconsciente, estaba también entre los presentes, y yo
sabía que se hallaba poco preparada para el conocimiento de tales poco
halagadoras opiniones. El olvido sufrido me ahorró una serie de preguntas
desagradables que no hubiera dejado de dirigirme y quizá una inútil discusión,
lo cual fue, sin duda, el motivo de mi amnesia temporal.
»Es muy interesante el que se presentase como idea
encubridora una frase que rebaja la divinidad hasta considerarla como una
invención humana, al par que en la frase buscada se alude a lo que de animal
hay en el hombre. Ambas frases tienen, por tanto, común una idea de capitis
diminutio (privar a uno del status), y todo el proceso es, sin duda, la
continuación de la serie de ideas sobre el comprender y el perdonar, sugeridas
por la conversación.
»El que en este caso surgiese tan rápidamente lo
buscado débese, quizá, a que en el acto de ocurrir el olvido abandoné
momentáneamente la reunión, en la que se ejercía una censura sobre ello, para
retirarme a un cuarto solitario.»
He analizado numerosos casos de olvido o
reproducción incorrecta de varias palabras de una frase, y la conformidad de
los resultados de estas investigaciones me
inclina a admitir que el mecanismo del olvido,
descubierto al analizar los casos de aliquis y de La prometida de Corinto,
posee validez casi universal. No es fácil publicar con frecuencia tales
ejemplos de análisis, dado que, como se habrá visto por los anteriores,
conducen casi siempre a asuntos íntimos del analizado, y a veces hasta
desagradables y penosos para él; razón por la cual no añadiré ningún otro a los
ya expuestos. Lo que de común tienen todos estos casos, sin distinción del
material, es que lo olvidado o deformado entra en conexión, por un camino
asociativo cualquiera, con un contenido psíquico inconsciente, del que parte
aquella influencia que se manifiesta en forma de olvido.
Volveré, pues al olvido de nombres, cuya casuística
y motivos no han quedado aún agotados por completo, y como esta clase de
rendimientos fallidos (Fehlleistungen) los puedo observar con bastante
frecuencia en mí mismo, no he de hallarme escaso de ejemplos que exponer a mis
lectores. Las leves jaquecas que padezco suelen anunciarse unas horas antes de
atacarme por el olvido de nombres, y cuando llegan a su punto cumbre, si bien
no son lo suficientemente intensas para obligarme a abandonar el trabajo, me
privan con frecuencia de la facultad de recordar todos los nombres propios.
Casos como este mío pudieran hacer surgir una vigorosa objeción a nuestros
esfuerzos analíticos. ¿No habrá, acaso, que deducir de él que la causa de los
olvidos, y en especial del olvido de nombres, está en una perturbación
circulatoria o funcional del cerebro y que, por tanto, no hay que molestarse en
buscar explicaciones psicológicas a tales fenómenos? Mi opinión es en absoluto
negativa, y creo que ello equivaldría a confundir el mecanismo de un proceso,
igual en todos los casos, con las condiciones variables, y no evitablemente
necesarias, que puedan favorecer su desarrollo. En vez de discutir con
detención la objeción expuesta, voy a exponer una comparación, con la que creo
quedará más claramente anulada.
Supongamos que he cometido la imprudencia de ir a
pasear de noche por los desiertos arrabales de una gran ciudad y que, atacado
por unos ladrones, me veo despojado de mi dinero y mi reloj. En el puesto de
policía más próximo hago luego la denuncia con
las palabras siguientes: «En tal o cual calle, la
soledad y la oscuridad me han robado el reloj y el dinero.» Aunque con esto no
diga nada inexacto, correría el peligro de ser considerado
-juzgándome por la manera de hacer la denuncia-
como un completo chiflado. La correcta expresión de lo sucedido sería decir
que, favorecidos por la soledad del lugar y al amparo de la oscuridad que en él
reinaba, me habían despojado de mi dinero y mi reloj unos desconocidos
malhechores. Ahora bien: la cuestión del olvido de los nombres es algo
totalmente idéntico. Un poder psíquico desconocido, favorecido por la fatiga,
la perturbación circulatoria y la intoxicación, me despoja de mi dominio sobre
los nombres propios pertenecientes a mi memoria, y este poder es el mismo que
en otros casos puede producir igual falla de la memoria, gozando el sujeto de
perfecta salud y completa capacidad mental.
Al analizar los casos de olvido de nombres propios
observados en mí mismo, encuentro casi regularmente que el nombre retenido
muestra hallarse en relación con un tema concerniente a mi propia persona y que
con frecuencia puede despertar en mí intensas y a veces penosas emociones.
Conforme a la acertada y recomendable práctica de la
Escuela de Zurich (Bleuler, Jung, Riklin), puedo
expresar esta opinión en la forma siguiente: El nombre perdido ha rozado en mí
un «complejo personal». La relación del nombre con mi persona es una relación
inesperada y facilitada en la mayoría de los casos por una asociación
superficial (doble sentido de la palabra o similicadencia) y puede reconocerse
casi siempre como una asociación lateral. Unos cuantos sencillos ejemplos
bastarán para aclarar su naturaleza.
1) Un paciente me pidió que le recomendase un
sanatorio situado en la Riviera. Yo conocía uno cerca de Génova y recordaba muy
bien el nombre del médico alemán que se hallaba al frente de él; pero por el momento
me fue imposible recordar el nombre del lugar en que se hallaba emplazado,
aunque sabía que lo conocía perfectamente. No tuve más remedio que rogar al
paciente que esperase un momento y recurrir en seguida a las mujeres de mi
familia para que me dijesen el nombre olvidado. ¿Cómo se llama la población
próxima a Génova donde tiene el doctor X su pequeño establecimiento en el que
tanto tiempo estuvieron en cura las señoras N. y R.? «¡Es muy natural que hayas
olvidado el nombre de esa población! -me respondieron-. Se llama Nervi.»
En efecto, los nervios y las cuestiones relativas a
ellos me dan ya de por sí quehacer suficiente.
2) Otro paciente me habló de una cercana estación
veraniega y manifestó que, además de las dos posadas más conocidas, existía una
tercera, cuyo nombre no podía decirme en aquel momento y a la que estaban
ligados para él determinados recuerdos. Yo le discutí la existencia de esta
tercera posada, alegando que había pasado siete veranos en la localidad
referida y debía conocerla, por tanto, mejor que él. Excitado por mi
contradicción, recordó el paciente el nombre de la posada. Se llama Der
Hochwartner. Al oír su nombre tuve que reconocer que mi interlocutor tenía
razón y confesar, además, que durante siete semanas había vivido en la más
próxima vecindad de dicha posada, cuya existencia negaba ahora con tanto
empeño. ¿Cuál es la razón de haber olvidado tanto la cosa misma como su nombre?
Opino que la de que el nombre Hochwartner suena muy parecidamente al apellido
de uno de mis colegas vieneses dedicado a mi misma especialidad. Es, pues, en
este caso, el
«complejo profesional» el que había sido rozado en
mí.
3) En otra ocasión, al ir a tomar un boleto en la
estación Reichenhall, me fue imposible recordar el nombre, muy familiar para
mí, de la más próxima estación importante, por la cual había pasado numerosas
veces anteriormente, y me vi obligado a buscarlo en un itinerario. El nombre
era Rosenheim (casa de rosas). Al verlo descubrí en seguida cuál era la
asociación que me lo había hecho olvidar. Una hora antes había estado en casa
de una hermana mía que vive cerca de Reichenhall. Mi hermana se llama Rosa y,
por tanto, venía de casa de Rosa «Rosenheim». Este nombre me había sido robado
por el
«complejo familiar».
4) Esta influencia depredadora del «complejo
familiar» puede demostrarse con una numerosa serie de ejemplos.
Un día acudió a mi consulta un joven, hermano menor
de una de mis clientes, al cual yo había visto innumerables veces y al que
acostumbraba llamar por su nombre de
pila. Al querer después hablar de su visita me fue
imposible recordar dicho nombre, que yo sabía no era nada raro, y no pude
reproducirlo por más intentos que hice. En vista de ello, al salir a la calle
fui fijándome en los nombres escritos en las muestras de las tiendas y en las
placas de anuncios hasta reconocer el nombre buscado en cuanto se presentó ante
mis ojos. El análisis me demostró que había yo trazado un paralelo entre el
visitante y mi propio hermano, paralelo que culminaba en la siguiente pregunta
reprimida: «En un caso
semejante, ¿se hubiera conducido mi hermano
igualmente o hubiera hecho más bien todo lo contrario?» La conexión exterior
entre los pensamientos concernientes a la familia extraña
y a la mía propia había sido facilitada por el
hecho de que en una y otra llevaba la madre igual nombre: el de Amalia.
Subsiguientemente comprendí los nombres sustitutivos, Daniel y Francisco, que
se habían presentado sin explicación ninguna. Son éstos, así como Amalia,
nombres de personajes de Los bandidos, de Schiller, y todos ellos están en
conexión con
una chanza del popular tipo vienés Daniel Spitzer.
5) En otra ocasión me fue imposible hallar el
nombre de un paciente que pertenecía a asociaciones de juventud. El análisis no
me condujo hasta el nombre buscado sino después de un largo rodeo. El paciente
me había manifestado su temor de perder la vista. Esto hizo surgir en mí el
recuerdo de un joven que se había quedado ciego a consecuencia
de un disparo, y a este recuerdo se agregó el de
otro joven que se había suicidado de un tiro. Este último individuo se llamaba
de igual modo que el primer paciente, aunque no tenía con él parentesco
ninguno. Pero hasta después de haberme dado cuenta de que en aquellos días
abrigaba el temor de que algo análogo a estos dos casos ocurriera a una persona
de mi
propia familia no me fue posible hallar el nombre
buscado.
Así, pues, a través de mi pensamiento circula una
incesante corriente de
«autorreferencia» (Eigenbeziehung), de la cual no
tengo noticia alguna generalmente, pero que se manifiesta en tales ocasiones de
olvido de nombres. Parece como si hubiera algo que me obligase a comparar con
mi propia persona todo lo que sobre personas ajenas oigo y como si mis
complejos personales fueran puestos en movimiento al percatarse de la
existencia de otros. Esto no puede ser una cualidad individual mía, sino que,
por el contrario, debe de constituir una muestra de la manera que todos tenemos
de comprender lo que nos es ajeno. Tengo motivos para suponer que a otros
individuos les sucede en esta cuestión lo mismo que a mí.
El mejor ejemplo de esta clase me lo ha relatado,
como una experiencia personal suya, un cierto señor Lederer. En el curso de su
viaje de novios encontró en Venecia a un caballero a quien conocía, aunque muy
superficialmente, y tuvo que presentarle a su mujer. No recordando el nombre de
dicho sujeto, salió del paso con un murmullo ininteligible.
Mas al encontrarle por segunda vez y no pudiendo
esquivarle, le llamó aparte y le rogó le sacase del apuro diciéndole su nombre,
que sentía mucho haber olvidado. La respuesta del desconocido demostró que
poseía un superior conocimiento de los hombres: «No me extraña nada que no haya
podido usted retener mi nombre. Me llamo igual que usted:
¡Lederer!»
No podemos reprimir una impresión ligeramente
desagradable cuando encontramos que un extraño lleva nuestro propio nombre. Yo
sentí claramente esta impresión al presentárseme un día en mi consulta un señor
S. Freud. (De todos modos, hago constar aquí la afirmación de uno de mis
críticos, que asegura comportarse en este punto de un modo opuesto al mío.)
6) El efecto de la referencia personal aparece
también en el siguiente ejemplo, comunicado por Jung.
«Un cierto señor Y. se enamoró, sin ser
correspondido, de una señorita, la cual se casó poco después con el señor X. A
pesar de que el señor Y. conoce al señor X. hace ya mucho tiempo y hasta tiene
relaciones comerciales con él, olvida de continuo su nombre, y cuando quiere
escribirle tiene que acudir a alguien que se lo recuerde.»
La motivación del olvido es, en este caso, más
visible que en los anteriores, situados bajo la constelación de la referencia
personal. El olvido parece ser aquí la consecuencia directa de la animosidad
del señor Y. contra su feliz rival. No quiere saber nada de él.
7) El motivo del olvido de un nombre puede ser
también algo más sutil; puede ser, por decirlo así, un rencor «sublimado»
contra su portador. La señorita I. von K. relata el siguiente caso:
«Yo me he construido para mi uso particular la
pequeña teoría siguiente: Los hombres que poseen aptitudes o talentos
pictóricos no suelen comprender la música, y al contrario. Hace algún tiempo
hablaba sobre esta cuestión con una persona, y le dije: «Mi observación se ha
demostrado siempre como cierta, excepto en un caso.» Pero al querer citar al
individuo que constituía esta excepción no me fue posible recordar su nombre,
no obstante saber que se trataba de uno de mis más íntimos conocidos. Pocos
días después oí casualmente el nombre olvidado y lo reconocí en el acto como el
del destructor de mi teoría. El rencor que inconscientemente abrigaba contra él
se manifestó por el olvido de su nombre, en extremo familiar para mí.»
8) El siguiente caso, comunicado por Ferenczi, y
cuyo análisis es especialmente instructivo, por la explicación de los
pensamientos sustitutivos (como Botticelli y Boltraffio en sustitución de
Signorelli), muestra cómo por caminos algo diferentes de los seguidos en los
casos anteriores conduce la autorreferencia al olvido de un nombre.
«Una señora que ha oído hablar algo de
psicoanálisis no puede recordar en un momento dado el nombre del psiquiatra
Jung.»
En vez de este nombre se presentan los siguientes
sustitutivos: Kl (un nombre)- Wilde-Nietzsche-Hauptmann.
No le comunico el nombre que busca y le ruego me
vaya relatando las asociaciones libres que se presenten al fijar su atención en
cada uno de los nombres sustitutivos.
Con Kl, piensa en seguida en la señora de R. y en
que es un tanto cursi y afectada, pero que se conserva muy bien para su edad.
«No envejece.» Como concepto general y principal sobre Wilde y Nietzsche, habla
de «perturbación mental». Después dice irónicamente: «Ustedes, los freudianos,
investigarán tanto las causas de las enfermedades mentales, que acabarán por
volverse también locos.» Y luego: «No puedo resistir a Wilde ni a Nietzsche. No
los comprendo. He oído que ambos eran homosexuales. Wilde se rodeaba siempre de
muchachos jóvenes (junge Leute). Aunque al final de la frase ha pronunciado la
palabra buscada (aunque en húngaro), no se ha dado cuenta y no le ha servido
para recordarla.
Al fijar la atención en el nombre de Hauptmann
asocia a él las palabras mitad (Halbe) y juventud (Jugend), y entonces, después
de dirigir yo su atención sobre la palabra juventud (Jugend), cae en que Jung
era el nombre que buscaba.
Realmente, esta señora, que perdió a su marido a
los treinta y nueve años y no tiene probabilidades de casarse otra vez, posee
motivos suficientes para evitar el recuerdo de todo aquello que se refiera a la
juventud o a la vejez. Lo interesante del caso es que las asociaciones de los
pensamientos sustitutivos del nombre buscado son puramente de contenido, no
presentándose ninguna asociación por similicadencia.
9) Otra distinta y muy sutil motivación aparece en
el siguiente ejemplo de olvido de nombre, aclarado y explicado por el mismo
sujeto que lo padeció.
«Al presentarme a un examen de Filosofía, examen
que consideraba como algo secundario y al margen de mi verdadera actividad, fui
preguntado sobre las doctrinas de Epicuro, y después sobre si sabía quién había
resucitado sus teorías en siglos posteriores. Respondí que Pierre Gassendi,
nombre que había oído citar dos días antes en el café como el de un discípulo
de Epicuro. El examinador me preguntó, un tanto asombrado, que de dónde sabía
eso, y yo le contesté, lleno de audacia, que hacía ya mucho tiempo que me
interesaba Gassendi y estudiaba sus obras. Todo esto dio como resultado que la
nota obtenida en el examen fuera un magna cum laude; pero más tarde me produjo,
desgraciadamente, una tenaz inclinación a olvidar el nombre de Gassendi,
motivada, sin duda, por mis remordimientos. Tampoco hubiera debido conocer
anteriormente dicho nombre.»
Para poder apreciar la intensidad de la repugnancia
que el narrador experimenta al recordar este episodio de examen, hay que
reconocer lo mucho en que estima ahora su título de doctor y que por muchas
otras cosas le sirve de sustituto.
10) Añadiré aquí un ejemplo de olvido del nombre de
una ciudad, ejemplo que no es quizá tan sencillo como los anteriormente
expuestos, pero que parecerá verosímil y valioso
a las personas familiarizadas con esta clase de
investigaciones. Trátase en este caso del nombre de una ciudad italiana, que se
sustrajo al recuerdo a consecuencia de su gran semejanza con un nombre propio
femenino, al que se hallaban ligadas varias reminiscencias saturadas de afecto
y no exteriorizadas seguramente hasta su agotamiento.
El doctor S. Ferenczi, de Budapest, que observó en
mí mismo este caso de olvido, lo trató - y muy acertadamente- como un análisis
de un sueño o de una idea neurótica.
«Hallándome de visita en casa de una familia de mi
amistad, recayó la conversación sobre las ciudades del norte de Italia. Uno de
los presentes observó que en ellas se echa de ver aún la influencia austríaca.
A continuación se citaron los nombres de algunas de estas ciudades, y al querer
yo citar también el de una de ellas, no logré evocarlo, aunque sí recordaba
haber pasado en tal ciudad dos días muy agradables, lo cual no parece muy
conforme con la teoría freudiana del olvido. En lugar del buscado nombre de la
ciudad se presentaron las siguientes ideas: Capua-Brescia-El león de Brescia.
Este león lo veía objetivamente ante mí bajo la
forma de una estatua de mármol; pero observé en seguida que semejaba mucho
menos al león del monumento a la Libertad existente en Brescia (monumento que
sólo conozco por fotografía) que a otro marmóreo león visto por mí en el
panteón erigido en el cementerio de Lucerna a la memoria de los soldados de la
Guardia Suiza muertos en las Tullerías, monumento del que poseo una
reproducción en miniatura. Por último, acudió a mi memoria el nombre buscado:
Verona.
Inmediatamente me di cuenta de la causa de la
amnesia sufrida, causa que no era otra sino una antigua criada de la familia en
cuya casa me hallaba en aquel momento. Esta criada se llamaba Verónica, en
húngaro Verona, y me era extraordinariamente antipática por su repulsiva
fisonomía, su voz ronca y destemplada y la inaguantable familiaridad a la que
se creía con derecho por los muchos años que llevaba en la casa. También me
había parecido insoportable la tiranía con que trataba a los hijos pequeños de
sus amos. Descubierta esta causa de mi olvido, hallé en el acto la
significación de los pensamientos sustitutivos.
Al nombre de Capua había asociado en seguida caput
mortuum, pues con frecuencia había comparado la cabeza de Verónica a una
calavera. La palabra húngara kapzsi (codicioso) había constituido seguramente
una determinante del desplazamiento. Como es natural, hallé también aquellos
otros caminos de asociación, mucho más directos, que unen Capua y Verona como
conceptos geográficos y palabras italianas de un mismo ritmo.
Esto último sucede asimismo con respecto a Brescia.
Pero también aquí hallamos ocultos caminos laterales de las asociaciones de
ideas.
Mi antipatía por Verónica llegó a ser tan intensa,
que la vista de la infeliz criada me causaba verdadera repugnancia,
pareciéndome imposible que su persona pudiese inspirar alguna vez sentimientos
afectuosos. Besarla -dije en una ocasión- tiene que provocar náuseas
(Brechreiz). Sin embargo, esto no explica en nada su relación con los muertos
de la Guardia Suiza.
Brescia, por lo menos en Hungría, suele unirse no
con el león, sino con otra fiera. El hombre más odiado en esta tierra, como
también en toda la Italia septentrional, es el del general Haynau, al cual se
le ha dado el sobrenombre de la hiena de Brescia. Del odiado tirano Haynau nos
lleva, pues, una de las rutas mentales, pasando sobre Brescia, hasta la ciudad
de Verona, y la otra, pasando por la idea del animal sepulturero de ronca voz
(que coadyuva a determinar la emergencia de la representación monumento
funerario), a la calavera y a la desagradable voz de Verónica, tan atropellada
por mi inconsciente.
Verónica, en su tiempo, reinaba tan tiránicamente
en la casa como el general austríaco sobre los libertarios húngaros e
italianos.
A Lucerna se asocia la idea de un verano que
Verónica pasó con sus amos a orillas del lago de los Cuatro Cantones, en las
proximidades de dicha ciudad. La Guardia Suiza, a la reminiscencia de que sabía
tiranizar no sólo a los niños de la casa, sino también a las personas mayores,
complaciéndose en el papel de garde-dame.
Haré constar especialmente que esta mi antipatía
hacia Verónica pertenecía conscientemente a cosas ya pasadas y dominadas. Con
el tiempo había cambiado Verónica extraordinariamente y modificado sus maneras
de tal modo, que al encontrarla (cosa que de todos modos sucedía raras veces),
podía yo hablarle con sincera amabilidad. Mi inconsciente conservaba, sin
embargo, como generalmente sucede, las impresiones con una mayor tenacidad. Lo
inconsciente es rencoroso.
Las Tullerías constituyen una alusión a una segunda
personalidad, a una anciana señora francesa que realmente había «guardado» a
las señoras de la casa en distintas ocasiones y a la que todas mostraban
grandes consideraciones y hasta quizá temían un poco. Yo fui durante algún
tiempo alumno (élève) suyo de conversación francesa. Ante la palabra élève
recuerdo, además, que en una visita al cuñado del que en aquel momento era
mi huésped, residente en la Bohemia septentrional,
me hizo reír mucho el que entre la gente del pueblo de aquella comarca se
llamara «leones» (Löwen) a los alumnos (élèves) de la escuela forestal allí
existente. Este divertido recuerdo debió de participar en el desplazamiento de
hiena a león.»
11) El ejemplo que va a continuación muestra cómo
un complejo personal que domina al sujeto en un momento determinado puede
producir en dicho momento y en cuestiones apartadas de su naturaleza propia el
olvido de un nombre.
Dos individuos, mayor el uno y joven el otro, se
hallaban conversando sobre sus recuerdos de los bellos e interesantes días que
habían vivido durante un viaje que hacía seis meses habían hecho por Sicilia.
-¿Cómo se llama el lugar -preguntó el joven- donde
pernoctamos al emprender nuestra excursión a Selinonte? No era Catalafimi?
El mayor rechazó este nombre:
-Estoy seguro -dijo- de que no se llamaba así; pero
también yo he olvidado cómo, aunque recuerdo perfectamente todos los detalles
de nuestra estancia en aquel sitio. Basta que me dé cuenta de que otra persona
ha olvidado un nombre para incurrir en igual olvido. Vamos a tratar de buscar
éste. El primero que se me ocurre es Caltanisetta, que desde luego no es el
verdadero.
-No -respondió el joven-; el nombre que buscamos
comienza con w; por lo menos hay alguna w en él.
-No hay ninguna palabra italiana que tenga una w
-objetó el mayor.
-Es que me he equivocado. Quería decir una v en vez
de una w. Mi lengua materna me hace confundirlas fácilmente.
El mayor presentó nuevas objeciones contra la
existencia de una v en el nombre olvidado, y dijo luego:
-Creo que ya se me habrán olvidado muchos nombres
sicilianos. Vamos a ver.
¿Cómo se llama, por ejemplo, aquel lugar situado
sobre una altura y que los antiguos denominaban Enna? iAh, ya lo sé:
Castrogiovanni!
En el mismo momento en que acabó de pronunciar este
nombre descubrió el joven el que ambos habían olvidado antes, y exclamó:
¡Castelvetrano!, indicando gozosamente a su interlocutor el hecho de que, en
efecto, existía en este nombre la letra v, como él había afirmado. El mayor
dudó aún algunos momentos antes de reconocer el nombre; pero una vez que aceptó
su exactitud, pudo también explicar la razón de haberlo olvidado.
-Seguramente -dijo- el olvido se debe a que la
parte final del nombre, o sea vetrano, me recuerda la palabra veterano, pues sé
que no me gusta pensar en la vejez y reacciono con extraña intensidad cuando se
me hace recordar. Así, hace poco que dije, un tanto inconvenientemente, a un
muy querido amigo mío «que hacía ya mucho tiempo que había pasado de los años
juveniles», como en venganza de que dicho amigo, en medio de múltiples
alabanzas a mi persona, había dicho un día que «yo no era ya precisamente
joven». La prueba de que mi resistencia surgía tan
sólo contra la segunda mitad del nombre Castelvetrano es que su primera mitad
aparece, aunque algo desfigurada, en el nombre sustitutivo Caltanisetta.
-¿Y qué le sugiere a usted este nombre sustitutivo
por sí mismo? -preguntó el joven.
-Caltanisetta me pareció siempre un apelativo
cariñoso aplicable a una muchacha joven -confesó el interlocutor de más edad.
Algún tiempo después añadió éste:
-El nombre moderno de Enna era también un nombre
sustitutivo. Se me ocurre ahora que el nombre Castrogiovanni, que surgió con
ayuda de un raciocinio, alude tan expresivamente a giovane = joven, como el
olvidado nombre Castelvetrano = viejo.
De este modo supuso el mayor haber explicado
suficientemente su olvido del nombre. Lo que no fue sometido a investigación
fue el motivo de que también el joven sufriera igual olvido.
Debemos interesarnos no sólo por los motivos del
olvido de nombres, sino por el mecanismo de su proceso. En un gran número de
casos se olvida un nombre, no porque haga surgir por sí mismo tales motivos,
sino porque roza por similicadencia otro nombre contra el cual se dirigen
aquéllos. Se comprende que tal debilitación de las condiciones favorezca
extraordinariamente la aparición del fenómeno. Así sucede en los siguientes
ejemplos:
12) Ed. Hitschmann («Dos casos de olvido de
nombres», en lnternat. Zeitsch. für
Psychoanalyse, I, 1913).
«El señor N. quiso indicar a una persona el título
de la sociedad Gilhofer y Ranschburg, libreros; pero por más esfuerzos que hizo
no logró acordarse más que del segundo nombre, Ranschburg, a pesar de serle muy
familiar y conocida la firma completa. Ligeramente molesto por tal olvido, le
concedió importancia suficiente para despertar a su hermano, que se había
acostado ya, y preguntarle por la primera parte de la firma. El hermano se la
dijo en seguida, y al oír la palabra Gilhofer recordó N. en el acto la palabra
Gallhof, nombre de un lugar donde meses antes había estado de paseo con una
atractiva muchacha, paseo lleno de recuerdos para él. La muchacha le había
regalado aquel día un objeto sobre el que se hallaban escritas las siguientes
palabras: «En recuerdo de las bellas horas pasadas en Gallhof.» Pocos días
antes del olvido que aquí relatamos había N. estropeado considerablemente, al
parecer por casualidad, este objeto al cerrar el cajón en que lo guardaba, cosa
de la que N., conocedor del sentido de los actos sintomáticos
(Symtomhandlungen), se reconocía en cierto modo culpable. Se hallaba en estos
días en una situación espiritual un tanto ambivalente con respecto a la
señorita de referencia, pues, aunque la quería, no compartía su deseo de
contraer matrimonio.»
13) Doctor Hans Sachs:
«En una conversación sobre Génova y sus alrededores
quiso un joven citar el lugar llamado Pegli; mas no pudo recordar su nombre
sino después de un rato de intenso esfuerzo mental. Al volver a su casa,
pensando en aquel enfadoso olvido de un nombre que le era muy familiar, recordó
de repente la palabra Peli, de sonido semejante a la olvidada. Sabía que Peli
era el nombre de una isla del mar del Sur cuyos habitantes han conservado hasta
nuestros días algunas extrañas costumbres. Poco tiempo antes había leído una
obra de Etnología que trataba de esta cuestión, y pensaba utilizar los datos en
ella contenidos para
la construcción de una hipótesis original. Recordó
asimismo que Peli era el lugar en que se desarrollaba la acción de una novela
de Lauridos Bruun titulada Los tiempos más felices de Van Zanten, novela que le
había gustado e interesado grandemente. Los pensamientos que casi sin
interrupción le habían ocupado durante todo aquel día se hallaban ligados a una
carta que había recibido por la mañana de una señora a la que amaba, carta cuyo
contenido le hacía temer que tuviera que renunciar a una entrevista acordada
con anterioridad. Después de haber pasado todo el día de perverso humor, salió
al anochecer con el propósito de no atormentarse por más tiempo con tan penosos
pensamientos y procurar distraerse agradablemente en la reunión en la que luego
surgió su olvido del nombre Pegli, reunión que se componía de personas a las
que estimaba y cuya compañía le era grata. Puede verse claramente que este
propósito de distraer sus desagradables pensamientos quedaba amenazado por la
palabra Pegli, que por similicadencia había de sugerir en el acto el nombre
Peli, el cual, habiendo adquirido por su interés etnológico un valor de
autorreferencia, encarnaba no sólo `los tiempos más felices de Van Zanten',
sino asimismo los de igual condición del joven y, por tanto, también los
temores y cuidados que este
último había abrigado durante todo el día. Es muy
característico el hecho de que esta sencilla interpretación del olvido no fuera
alcanzada por el sujeto hasta que una segunda carta convirtió sus dudas y
temores en alegre certeza de una próxima entrevista con la señora de sus
pensamientos.»
Recordando ante este ejemplo el anteriormente
citado, en el que lo olvidado por el sujeto era el nombre del lugar italiano
Nervi, se ve cómo el doble sentido de una palabra puede ser sustituido por
similicadencia de dos palabras diferentes.
14) Al estallar en 1915 la guerra con Italia pude
observar cómo se sustraía de repente a mi memoria una gran cantidad de nombres
de poblaciones italianas que de ordinario había podido citar sin esfuerzo
alguno. Como otras muchas personas de nacionalidad germánica, acostumbraba yo
pasar una parte de las vacaciones en Italia, y no podía dudar de que tal olvido
general de nombres italianos fuera la expresión de la comprensible enemistad
hacia Italia, en la que se transformaba, por mandato de las circunstancias, mi
anterior predilección por dicho país. Al lado de este olvido de nombres
directamente motivados, podía observarse también otro, motivado indirectamente
y que podía ser referido a la misma influencia. Durante esta época advertí, en
efecto, que también me hallaba inclinado a olvidar nombres de poblaciones no
italianas, e investigando estos últimos olvidos hallé que tales nombres se
ligaban siempre, por próximas o lejanas semejanzas de sonido, a aquellos otros
italianos que mis sentimientos circunstanciales me prohibían recordar. De este
modo estuve esforzándome un día en recordar el nombre de la ciudad de Bisenz,
situada en Moravia, y cuando, por fin, logré recordarlo vi en seguida que el
olvido debía ponerse a cargo del Palazzo Bisenzi, de Orvieto. En este Palazzo
se encuentra instalado el hotel Belle Arti, en el cual me había hospedado
siempre en todos mis viajes a dicha población. Como es natural, los recuerdos
preferidos y más agradables
habían sido los más fuertemente perjudicados por la
transformación de mis sentimientos.
El rendimiento fallido del olvido de nombres puede
ponerse al servicio de diferentes intenciones, como nos lo demuestran los
ejemplos que siguen:
15) A. J. Storfer (Zur Psychopathologie des
Alltags, en Internationale Zeitschrift für ärztliche Psychoanalyse, II, 1914).
OLVIDO DE UN NOMBRE COMO GARANTÍA DEL OLVIDO DE UN
PROPÓSITO
«Una señora de Basilea recibió una mañana la
noticia de que una amiga suya de juventud, Selma X., de Berlín, acababa de
llegar a Basilea en el curso de su viaje de novios, pero que no permanecería en
esta ciudad más que un solo día. Por tanto, fue en seguida a visitarla al
hotel. Al despedirse por la mañana, quedaron de acuerdo en verse de nuevo por
la tarde para pasar juntas las horas restantes hasta la partida de la recién
casada berlinesa.
»Mas la señora de Basilea olvidó por completo la
cita. Las determinantes de este olvido no me son conocidas; pero en la
situación en que la señora se hallaba (encuentro con una amiga de juventud
recién casada), se hacen posibles multitud de constelaciones típicas, que
pueden producir una represión encaminada a evitar la repetición de dicho
encuentro. Lo interesante en este caso es un segundo rendimiento fallido que
surgió como inconsciente garantía del primero. A la hora en que debía
encontrarse con su amiga berlinesa se hallaba
la señora de Basilea en una reunión, en la cual se
llegó a hablar de la reciente boda de una cantante de ópera vienesa llamada
Kurtz. La señora comenzó a criticar (¡!) dicha boda, y al querer citar el
nombre de la cantante vio con sorpresa que sólo recordaba el apellido Kurtz,
pero que le era imposible recordar el nombre, cosa que le desagradó y extrañó
en extremo, dado que sabía le era muy conocido por haber oído cantar
frecuentemente a la referida artista y haber hablado de ella citándola por su
nombre y apellido, pues es cosa corriente, cuando un apellido es monosilábico,
agregar a él el nombre propio para nombrar a la persona a quien pertenece. La
conversación tomó en seguida otro rumbo antes que nadie subsanase el olvido
pronunciando el nombre de la cantante.
»Al anochecer del mismo día se hallaba la señora en
otra reunión, compuesta, en parte, por las mismas personas que integraban la de
por la tarde. La conversación recayó casualmente de nuevo sobre la boda de la
artista vienesa. La señora citó entonces sin ninguna dificultad su nombre
completo: Selma Kurtz, y en el acto exclamó: `¡Caramba! Ahora me acuerdo que he
olvidado en absoluto que estaba citada esta tarde con mi amiga Selma'. Una
mirada al reloj le demostró que su amiga debía de haber continuado ya su viaje.»
Quizá no estemos aún suficientemente preparados
para hallar todas las importantísimas relaciones que puede encerrar este
interesantísimo ejemplo. En el que a continuación transcribimos, menos
complicado, no es un nombre, sino una palabra de un idioma extranjero lo que
cae en el olvido por un motivo implícito en la situación del sujeto en el
momento de no poder recordarla. (Vemos, pues, que podemos considerar como un
solo caso estos olvidos, aunque se refieran a objeto diferente: nombre
sustantivo, nombre propio, palabra extranjera o serie de palabras.)
En el siguiente ejemplo olvida un joven la palabra
inglesa correspondiente a oro (gold), que es precisamente idéntica en ambos
idiomas, alemán e inglés, y la olvida con el fin inconsciente de dar ocasión a
una acción deseada.
16) Hans Sachs:
«Un joven que vivía en una pensión conoció en ella
a una muchacha inglesa que fue muy de su agrado. Conversando con ella en
inglés, idioma que domina bastante bien, la misma noche del día en que la había
conocido quiso utilizar en el diálogo la palabra inglesa correspondiente a oro
(gold), y a pesar de múltiples esfuerzos, no le fue posible hallarla. En
cambio, acudieron a su memoria, como palabras sustitutivas, la francesa or, la
latina aurum y la griega chrysos, agolpándose en su pensamiento con tal fuerza,
que le costaba trabajo rechazarlas, a pesar de saber con toda seguridad que no
tenían parentesco alguno con la palabra buscada. Por último, no halló otro
camino para hacerse comprender que el de tocar un anillo que la joven inglesa
llevaba en una de sus manos, y quedó todo avergonzado al oírle que la tan
buscada traducción de la palabra oro (gold en alemán) era en inglés la idéntica
palabra gold. El alto valor de tal contacto, proporcionado por el olvido, no
reposa tan sólo en la decorosa satisfacción del instinto de aprehensión o de
contacto, satisfacción que puede conseguirse en muchas otras ocasiones
ardientemente aprovechadas por los enamorados, sino mucho más en la
circunstancia de hacer posible una aclaración de las intenciones del galanteo.
El inconsciente de la dama adivinará, sobre todo si está predispuesta en favor
de su interlocutor, el objeto erótico del olvido, oculto detrás de un inocente
disfraz, y la forma en que la interesada acoja el contacto y dé por válida su
motivación puede constituir un signo muy significativo, aunque sea inconsciente
en ambos, de su acuerdo sobre el porvenir del recién iniciado flirt.»
17) Daré también un ejemplo tomado de J. Stärcke
que constituye una interesante observación de un caso de olvido y recuerdo
posterior de un nombre propio, caracterizado por ligarse en él el olvido del
nombre a la alteración de varias palabras de una poesía, como pasaba en el
ejemplo de La prometida de Corinto, citada al principio de este capítulo. (Este
ejemplo se halla incluido en la edición holandesa del presente libro, titulada
De invloed vans ons onbewuste in ons dajelijksche leven, Amsterdam, 1916. En
alemán apareció en la revista lnternationale Zeitschrift für ärztliche
Psychoanalyse, IV, 1916.)
UN CASO DE OLVIDO DE NOMBRE Y RECUERDO ERRÓNEO
«Un anciano jurisconsulto y filólogo, el señor Z.,
contaba en una reunión que durante sus años de estudio en Alemania había
conocido a un estudiante extraordinariamente tonto y del que podía relatar
algunas divertidas anécdotas. De su nombre no se acordaba en aquel momento, y
aunque al principio creyó recordar que empezaba con W, retiró después tal
suposición, juzgándola equivocada. Lo que sí podía afirmar era que tal
estudiante se había hecho después comerciante en vinos (Weinhändler). A
continuación contó una de las anécdotas a que antes había aludido, y al
terminarla expresó de nuevo su extrañeza por no recordar el nombre del
protagonista, añadiendo: `Era tan burro, que aún me maravilla haber conseguido
meterle en la cabeza el latín a fuerza de explicarle y repasarle una y otra vez
las lecciones.' Momentos después recordó que el nombre que buscaba terminaba
en… man, y al preguntarle yo que si se le ocurría en aquel instante otro nombre
que tuviera igual terminación, me contestó: `Sí, Erdmann.' `¿Quién lleva ese
nombre?', seguí interrogando. `También un estudiante de aquellos tiempos',
repuso Z. Pero su hija, que estaba presente,
observó que en la actualidad existía un profesor Erdmann, a quien conocían, y
en el curso de la conversación se averiguó que dicho profesor había mutilado y
abreviado un trabajo de Z., al publicarlo en una revista por él dirigida,
mostrando además su disconformidad con parte de las doctrinas sustentadas por
el autor, cosas ambas que habían desagradado bastante a Z. (Aparte de esto,
supe después que años atrás había tenido éste la intención de desempeñar una cátedra
de la misma disciplina que actualmente enseñaba el profesor Erdmann, y que, por
tanto, también a causa de esto podía herir en Z. el nombre de Erdmann una
cuerda sensible.)
»De repente recordó Z. el nombre del estudiante
tonto: ¡Lindeman! El haber recordado primeramente que el nombre buscado
terminaba en… man había hecho que su principio, Linde (tilo), permaneciera
reprimido aún por más tiempo. Siguiendo mi deseo de averiguar todo el mecanismo
del olvido, pregunté a Z. qué era lo que se le ocurría ante la palabra Linde
(tilo), contestándome en un principio que no se le ocurría nada. Apremiado por
mi afirmación de que no podía dejar de ocurrírsele algo ante dicha palabra, miró
hacia lo alto, y haciendo en el aire un gesto con la mano, dijo: `Bueno, sí. Un
tilo (Linde) es un bello árbol', sin que se le ocurriera nada más. La
conversación calló aquí, y cada uno prosiguió su lectura o la ocupación a que
se hallaba dedicado, hasta que momentos después comenzó Z. a recitar
distraídamente y como ensimismado los siguientes versos:
Si con fuertes y flexibles huesos permanece en pie
sobre la tierra (Erde)
no llega tampoco
ni siquiera a igualarse al tilo (Linde)
o a la vid.
»Al oír estos versos lancé una exclamación de
triunfo: ¡Ahí tenemos a Erdmann - dije-. Ese hombre (Mann) `que permanece en
pie sobre la tierra' (Erde) y que, por tanto, es el `hombre de la tierra'
(Erdmann), no puede llegar a compararse con el tilo (Linde- Lindeman) o con la
vid (comerciante en vinos). O sea, con otras palabras: aquel Lindeman, el
estudiante estúpido, que además se hizo comerciante en vinos, era un burro;
pero Erdmann es un burro mucho mayor que no puede compararse con Lindeman.
»Es muy general que lo inconsciente se permita en
sí mismo tales expresiones de burla o de desprecio, y, por tanto, me pareció
haber hallado ya la causa fundamental del olvido del nombre.
»Pregunté a Z. de qué poesía provenían las líneas
por él citadas, y me dijo que creía eran de una de Goethe, que comenzaba:
¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso!
y que después seguía:
…y si se eleva hacia los cielos
se convierte en juguete de los vientos.»
Al día siguiente busqué esta poesía de Goethe y vi
que el caso era todavía más interesante, aunque también más complicado de lo
que al principio parecía.
a) Las primeras líneas citadas decían así
(compárese con la versión de Z.):
Si con fuertes y vigorosos huesos permanece en pie…
Huesos flexibles era, en efecto, una rara
combinación. Pero sobre este punto no queremos ahondar más.
b) Los versos siguientes de esta estrofa son como
sigue (compárese con la versión
de Z.):
sobre la tierra estable y permanente, no llega
tampoco ni siquiera
a igualarse a la encina o a la vid.
¡Así, pues, en toda la poesía no aparece para nada
ningún tilo! (Linde). La sustitución de la encina (Eiche) por el tilo (Linde)
no se ha verificado más que para hacer posible el juego de palabras.
c) Esta poesía se llama Los límites del género
humano y contiene una comparación entre la omnipotencia de los dioses y el
escaso poder de los hombres. La poesía cuyo principio es:
¡Sea noble el hombre benéfico y bondadoso!
es otra poesía distinta, que se halla unas páginas
más adelante. Se titula Lo divino, y contiene asimismo pensamientos sobre los
dioses y los hombres. Por no haber continuado las investigaciones sobre estos
puntos no puedo sino suponer que en la génesis de este olvido desempeñaron
también un papel diverso pensamientos sobre la vida y la muerte, lo temporal y
lo eterno, la débil vida propia y la muerte futura.»
En alguno de estos ejemplos son necesarias todas
las sutilezas de la técnica psicoanalítica para aclarar el olvido. Para
aquellos que deseen conocer algo más sobre tal labor indicaremos aquí una
comunicación de E. Jones (Londres) publicada en la Zentralblatt für
Psychoanalyse (año II, núm. 2, 1921) con el título «Análisis de un caso de
olvido de un nombre».
18) Ferenczi ha observado que el olvido de nombres
puede manifestarse también como síntoma histérico, y entonces muestra un
mecanismo que se aparta mucho del de los rendimientos fallidos. En el siguiente
ejemplo puede verse en qué consiste esta diferencia:
«Tengo actualmente en tratamiento, entre mis
pacientes, a una señorita ya madura que no logra jamás recordar ni siquiera
aquellos nombres propios más vulgares o que le son más conocidos, a pesar de
poseer en general una buena memoria. En el análisis se demostró que lo que
quería era hacer notar su ignorancia por medio de este síntoma. Esta
demostrativa exhibición de su ignorancia era, en
realidad, un reproche contra sus padres, que no le dejaron seguir una enseñanza
superior. Su atormentadora obsesión de limpiar y fregarlo todo (psicosis del
ama de casa) procede también, en parte, del mismo origen. Con ella quiere
expresar aproximadamente: «Habéis hecho de mí una criada.»
Podría multiplicar aquí los ejemplos de olvido de
nombres y llevar mucho más adelante su decisión si no quisiera evitar que
quedasen ya agotados en este primer tema todos los puntos de vista que han de
seguir en otros subsiguientes. Mas lo que sí conviene hacer es resumir
concretamente en algunas frases los resultados de los análisis expuestos hasta
aquí.
El mecanismo del olvido de nombres, o más bien de
su desaparición temporal de la memoria, consiste en la perturbación de la
reproducción deseada del nombre por una serie de ideas ajenas a él e
inconscientes por el momento. Entre el nombre perturbado y el complejo
perturbador, o existe desde un principio una conexión, o se ha formado ésta
siguiendo con frecuencia caminos aparentemente artificiosos y alambicados por
medio de asociaciones superficiales (exteriores).
Entre los complejos perturbadores se distinguen por
su mayor eficacia los pertenecientes a la autorreferencia (complejos
familiares, personales y profesionales).
Un nombre que por su pluralidad de sentidos
pertenece a varios círculos de pensamientos (complejos) es perturbado en su
conexión con una de las series de ideas por su pertenencia a otro complejo más
vigoroso.
Entre los motivos de esta perturbación resalta la
intención de evitar que el recuerdo despierte una sensación penosa o
desagradable.
En general, pueden distinguirse dos casos
principales de olvido de nombres: cuando el nombre mismo hiere algo
desagradable o cuando se halla en contacto con otro capaz de producir tal
efecto, de manera que los nombres pueden ser perturbados en su reproducción,
tanto a causa de sus propias cualidades como por sus próximas o lejanas
relaciones de asociación.
Un vistazo a estos principios generales nos permite
comprender que el olvido temporal de nombres sea el más frecuente de nuestros
rendimientos fallidos.
19) Estamos, sin embargo, aún muy lejos de haber
señalado todas las particularidades de este fenómeno. Quiero hacer constar
todavía que el olvido de nombres es altamente contagioso. En un diálogo bastará
que uno de los interlocutores exprese haber olvidado tal o cual nombre, para
hacerlo desaparecer de la memoria del otro. Mas la persona en que el olvido ha
sido inducido encontrará el nombre con mayor facilidad que la que lo ha
olvidado espontáneamente. Este olvido colectivo, que si se considera con precisión
es, en realidad, un fenómeno de la psicología de las masas, no ha sido todavía
objeto de la investigación analítica. En un caso único, pero sobre manera
interesante, ha podido dar Th. Reik excelente explicación de este curioso
fenómeno.
«En una pequeña reunión en la que se hallaban dos
estudiantes de Filosofía se hablaba de los numerosos problemas que el origen
del cristianismo plantea a la historia de la civilización y a la ciencia de las
religiones. Una de las señoritas que tomaban parte en la conversación recordó
haber hallado en una novela inglesa que había leído recientemente un
atractivo cuadro de las numerosas corrientes
religiosas que agitaban aquella época. Añadió que en la novela se describía
toda la vida de Cristo desde su nacimiento hasta su muerte, pero que no podía
recordar el título de la obra. (En cambio, el recuerdo visual de la cubierta
del libro y hasta la composición tipográfica del título se presentaban en ella
con una precisión más intensa de lo normal.) Tres de los señores presentes
declararon conocer también la novela; mas, por una curiosa coincidencia,
tampoco pudieron recordar su título.»
Sólo la señorita estudiante se sometió al análisis
encaminado a hallar la explicación de tal olvido de nombre. El título del libro
era Ben Hur, y su autor, Lewis Wallace. Los recuerdos sustitutivos fueron: Ecce
homo-homo sum-Quo vadis? La joven comprendía que había olvidado el nombre Ben
Hur «porque contenía una expresión que ni ella ni ninguna otra muchacha usarían
nunca, sobre todo en presencia de hombres jóvenes. Esta explicación se hizo más
completa y profunda por medio de un interesante análisis. En el contexto antes
revelado posee también la traducción de homo -hombre- una significación
sospechosa.
Reik deduce que la joven estudiante consideraba que
el pronunciar dicho título sospechoso ante hombres jóvenes constituía algo
semejante a una confesión de deseos que condenaba como impropios de su
personalidad y penosos para ella. En resumen: la joven consideraba
inconscientemente el pronunciar el título Ben Hur como una proposición sexual,
y su olvido correspondía, por tanto, a su defensa contra una tentación de dicha
clase. Tenemos fundamentos para admitir que el olvido sufrido por los jóvenes
se hallaba condicionado por un análogo proceso inconsciente. Su subconsciente
dio al olvido de la muchacha su verdadera significación y lo interpretó de
igual manera. El olvido del título Ben Hur en los hombres representó una
consideración ante la defensa de la muchacha. Es como si ésta, con su repentina
debilidad de memoria, les hubiera hecho una clara señal que ellos hubieran
entendido muy bien inconscientemente.
Existe también un continuado olvido de nombres en
el cual desaparecen de la memoria series enteras de ellos, y cuando para hallar
un nombre olvidado se quiere hacer presa en otros con los que aquél se halla
íntimamente enlazado, suelen también huir tales nombres buscados como puntos de
apoyo. El olvido salta así de unos nombres a otros como para demostrar la
existencia de un obstáculo nada fácil de dominar.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) IV. -RECUERDOS INFANTILES Y RECUERDOS ENCUBRlDORES
En un artículo publicado en 1899 en Monatsschrift
für Psychiatrie und Neurologie pudimos demostrar el carácter tendencioso de
nuestros recuerdos, carácter que se nos reveló en aquellos pertenecientes a un
insospechado campo. Partimos entonces del hecho singular de que en los más
tempranos recuerdos infantiles de una persona parece haberse conservado, en
muchos casos, lo más indiferente y secundario, mientras que
frecuentemente, aunque no siempre, se halla que de
la memoria del adulto han desaparecido sin dejar huella los recuerdos de otras
impresiones importantes, intensas y llenas de afecto, pertenecientes a dicha
época infantil. Sabiendo que la memoria realiza una selección entre las
impresiones que a ella se ofrecen, podría suponerse que dicha selección se
verifica en la infancia conforme a principios totalmente distintos de aquellos
otros a los que obedece en la edad de la madurez intelectual. Pero una más penetrante
investigación nos evidencia en seguida la inutilidad de tal hipótesis. Los
recuerdos infantiles indiferentes deben su existencia a un proceso de
desplazamiento y constituyen en la reproducción un sustitutivo de otras
impresiones verdaderamente importantes, cuyo recuerdo puede extraerse de ellos
por medio del análisis psíquico, pero cuya reproducción directa se halla
estorbada por una resistencia. Dado que estos recuerdos infantiles indiferentes
deben su conservación no al propio contenido, sino a una relación asociativa
del mismo con otro contenido reprimido, creemos que está justificado el nombre
de recuerdos encubridores (Deckerinnerungen) con que los designamos.
En el mencionado artículo no hicimos más que rozar,
sin agotarlo, el estudio de las numerosas clases de relaciones y
significaciones de los recuerdos encubridores. En el ejemplo que allí
analizábamos minuciosamente hicimos resaltar en particular una peculiaridad de
la relación temporal entre el recuerdo encubridor y el contenido que bajo él
queda oculto. El contenido del recuerdo encubridor pertenecía en el caso
analizado a los primeros años de la niñez, mientras que las experiencias
mentales por él reemplazadas en la memoria (y que permanecían casi
inconscientes) correspondían a años muy posteriores de
la vida del sujeto. Esta clase de desplazamiento
fue denominada por mí retroactivo o regresivo. Quizá con mayor frecuencia se
encuentra la relación inversa, siendo una impresión indiferente de la primera
infancia la que se fija en la memoria en calidad de recuerdo encubridor, a
causa de su asociación con una experiencia anterior, contra cuya reproducción
directa se alza una resistencia. En este caso los recuerdos encubridores son
progresivos o avanzados. Lo más importante para la memoria se halla aquí cronológicamente
detrás del recuerdo encubridor. Por último, puede presentarse también una
tercera variedad: la de que el recuerdo encubridor esté asociado a la impresión
por él ocultada, no solamente por su contenido, sino también por su contigüidad
en el tiempo. Estos serán recuerdos encubridores simultáneos o contiguos.
El determinar qué parte del contenido de nuestra
memoria pertenece a la categoría de recuerdos encubridores y qué papel
desempeñan éstos en los diversos procesos mentales neuróticos son problemas de
los que no traté en mi artículo ni habré de tratar ahora. Por el momento me
limitaré a hacer resaltar la analogía entre el olvido de nombres con recuerdo
erróneo y la formación de los recuerdos encubridores.
Al principio las diferencias entre ambos fenómenos
aparecen mucho más visibles que sus presuntas analogías. Trátase, en efecto, en
uno de ellos de nombres aislados, y en el otro de impresiones completas de
sucesos vividos en la realidad exterior o en el pensamiento. En un lado existe
una falla manifiesta de la función del recuerdo, y en el otro, un acto positivo
de esta función, cuyos caracteres juzgamos singulares. El olvido de nombres no
constituye más que una perturbación momentánea -pues el nombre que se
acaba de olvidar ha sido reproducido cien veces con
exactitud anteriormente y puede volver a serlo poco tiempo después-; en cambio,
los recuerdos encubridores son algo que
poseemos durante largo tiempo sin que sufran
perturbación alguna, dado que los recuerdos infantiles indiferentes parecen
poder acompañarnos, sin perderse, a través de un amplio período de nuestra
vida. Así, pues, el problema se presenta a primera vista muy diferentemente
orientado en ambos casos. En uno es el haber olvidado, y en el otro, el haber
retenido lo que excita nuestra curiosidad científica. Mas en cuanto se
profundiza un poco en la cuestión se observa que, a pesar de las diferencias
que respecto a material psíquico y duración muestran ambos fenómenos, dominan
en ellos las coincidencias. Tanto en uno como en otro se trata de una falla del
recuerdo; no se reproduce por la memoria lo que de un modo correcto debía
reproducirse, sino algo distinto, un sustitutivo. En el olvido de nombres la
memoria no deja de suministrarnos un determinado rendimiento, que surge en
forma de nombre sustitutivo. La formación del recuerdo encubridor se basa en el
olvido y otras impresiones más importantes, y en ambos fenómenos experimentamos
una sensación intelectual que nos indica la intervención de una perturbación,
siendo este aviso lo que se presenta bajo una forma diferente, según se trate
del fenómeno del olvido de nombres o del recuerdo encubridor. En el olvido de
nombres, sabemos que los nombres sustitutivos son falsos, y en los recuerdos
encubridores nos maravillamos de retenerlos todavía. Cuando el análisis
psicológico nos demuestra después que la formación de sustitutivos se ha
realizado en ambos casos de la misma manera, o sea por un desplazamiento a lo
largo de una asociación superficial, creemos poder decir justificadamente que
las diferencias que ambos fenómenos presentan en material, duración y objetivo
son circunstancias que hacen más intensa nuestra esperanza de haber hallado
algo importante y de un valor general. Esta ley general podría enunciarse
diciendo que la falla o la desviación de la función reproductora indica más
frecuentemente de lo que se supone la intervención de un factor tendencioso, de
un propósito que favorece a uno de los recuerdos mientras se esfuerza en
laborar en contra del otro.
El tema de los recuerdos infantiles me parece tan
interesante y de tal importancia, que quiero dedicarle aún algunas
observaciones que van más allá de los puntos de vista examinados hasta ahora.
¿Hasta qué estadio de la niñez alcanzan los
recuerdos? Me son conocidos algunos de los trabajos realizados sobre esta
cuestión, entre ellos los de V. y C. Henri y los de Potwin, en los cuales
resulta que han aparecido grandes diferencias individuales en los sujetos
sometidos a investigación, pues mientras que en algunos el primer recuerdo
infantil corresponde a la edad de seis meses, otros no recuerdan nada de su
vida anterior a los seis y a veces los ocho años cumplidos. Mas ¿de qué
dependen esas diferencias en la conducta de los recuerdos infantiles y cuál es
su significado? Para resolver esta cuestión no basta limitarse a reunir el
material necesario a la investigación; hay, además, que hacer un estudio
minucioso de este material, estudio en el cual tendrá que tomar parte la
persona que directamente lo suministre.
Mi opinión es que miramos con demasiada
indiferencia el hecho de la amnesia infantil, o sea la pérdida de los recuerdos
correspondientes a los primeros años de nuestra vida, y que no nos cuidamos lo
bastante de desentrañar el singular problema que dicha amnesia constituye.
Olvidamos de cuán altos rendimientos intelectuales y cuán complicadas emociones
es capaz un niño de cuatro años, y no nos asombramos como debiéramos de que la
memoria de los años posteriores haya conservado generalmente tan poca cosa de
estos procesos psíquicos, pues no tenemos en cuenta que existen vigorosas
razones para admitir que estas mismas actividades
infantiles olvidadas no han desaparecido sin dejar huella en eI desarrollo de
la persona, sino que han ejercido una influencia determinante sobre su futura
vida. Y, sin embargo, se han olvidado, a pesar de su incomparable eficacia.
Este hecho indica la existencia de condiciones especialísimas del recuerdo
(referentes a la reproducción consciente) que se han sustraído hasta ahora a
nuestro conocimiento. Es muy posible que este olvido de nuestra niñez nos pueda
dar la clave para la comprensión de aquellas amnesias que, según nuestros
nuevos conocimientos, se encuentran en la base de la formación de todos los
síntomas neuróticos.
Entre los recuerdos infantiles que conservamos
existen unos que comprendemos con facilidad y otros que nos parecen extraños e
ininteligibles. No es difícil corregir en ambas clases de recuerdos algunos
errores. Si se someten a un examen analítico los recuerdos que de su infancia
ha conservado una persona, puede sentarse fácilmente la conclusión de que
no existe ninguna garantía de la exactitud de los
mismos. Algunas de las imágenes del recuerdo aparecerán seguramente falseadas,
incompletas o desplazadas temporal y espacialmente. Ciertas afirmaciones de las
personas sometidas a investigación, como la de que sus primeros recuerdos
infantiles corresponden a la época en que ya habían cumplido los dos años, son
inaceptables. En el examen analítico se hallan en seguida motivos que explican
la desfiguración y el desplazamiento sufridos por los sucesos objeto del recuerdo,
pero que demuestran también que estos errores de la memoria no pueden ser
atribuidos a una sencilla infidelidad de la misma. Poderosas fuerzas
correspondientes a una época posterior de la vida del sujeto han moldeado la
capacidad de ser evocadas de nuestras experiencias infantiles, y estas fuerzas
son probablemente las mismas que hacen que la comprensión de nuestros años de
niñez sea tan difícil para nosotros.
La facultad de recordar de los adultos opera, como
es sabido, con un material psíquico muy vario. Unos recuerdan por medio de
imágenes visuales, teniendo, por tanto, sus recuerdos un carácter visual, y, en
cambio, otros son casi incapaces de reproducir en su memoria el más simple
esquema de sus recuerdos. Siguiendo las calificaciones propuestas por Charcot,
se denomina a estos últimos sujetos «auditivos» y «motores», en contraposición
a los primeros o «visuales». En los sueños desaparecen estas diferencias; todos
nuestros sueños son predominantemente visuales. Algo análogo sucede en los
recuerdos infantiles, los cuales poseen también carácter plástico visual hasta
en aquellas personas cuya memoria carece después de este carácter. La memoria
visual conserva, pues, el tipo del recuerdo infantil. Mis más tempranos
recuerdos infantiles son en mí los únicos de carácter visual, y se me presentan
además como escenas de una gran plasticidad, sólo
comparable a la de aquellas que se presentan sobre
un escenario. En estas escenas de niñez, demuéstrense luego como verdaderas o
falseadas, aparece regularmente la imagen de la propia persona infantil con sus
bien definidos contornos y sus vestidos. Esta circunstancia tiene que
sorprendernos, pues los adultos «visuales» no ven ya la imagen de su persona en
sus recuerdos de sucesos posteriores. Además, es contrario a toda nuestra
experiencia el aceptar que la atención del niño esté en sí mismo, en lugar de dirigirse
exclusivamente sobre las impresiones exteriores. Diferentes datos nos fuerzan,
pues, a suponer que en los
denominados primeros recuerdos infantiles no
poseemos la verdadera huella mnémica, sino una ulterior elaboración de la
misma, elaboración que ha sufrido las influencias de diversas fuerzas psíquicas
posteriores. De este modo, los «recuerdos infantiles» del individuo van tomando
la significación de «recuerdos encubridores» y adquieren una analogía digna de
mención con los recuerdos de la infancia de los pueblos, depositados por éstos
en sagas y mitos.
Aquel que haya sometido a numerosas personas a una
exploración psíquica por el método psicoanalítico, habrá reunido en esta labor
gran cantidad de ejemplos de recuerdos encubridores de todas clases. Mas la
publicación de estos ejemplos queda extraordinariamente dificultada por la
naturaleza antes expuesta de las relaciones de los recuerdos infantiles con la
vida posterior del individuo. Para estimar una reminiscencia infantil como
recuerdo encubridor habría que relacionar muchas veces por entero la historia
de la persona correspondiente. Sólo contadas veces es posible, como en el
ejemplo que transcribimos a continuación, aislar de una totalidad, para
publicarlo, un delimitado recuerdo infantil.
Un hombre de veinticuatro años conserva en su
memoria la siguiente imagen de una escena correspondiente a sus cinco años. Se
recuerda sentado en una sillita, en el jardín de una residencia veraniega y al
lado de su tía, que se esfuerza en hacerle aprender las letras.
El distinguir la m de la n constituía para él una
gran dificultad, y pidió a su tía que le dijese cómo podía conocer cuándo se
trataba de una y cuándo de la otra. La tía le hizo observar que la m tenía todo
un trazo más que la n, un tercer palito. En este caso no se halló motivo alguno
para dudar de la autenticidad del recuerdo infantil. Mas su significación no
fue descubierta hasta después, cuando se demostró que podía adjudicársele la
categoría de representación simbólica de otra curiosidad inquisitiva del niño.
En efecto, así como primeramente deseaba saber la diferencia existente entre la
m y la n, se esforzó después en averiguar la que había entre los niños y las
niñas, y hubiera deseado que la misma persona que le hizo comprender lo
primero, esto es, su tía, fuera también la que satisficiera su nueva
curiosidad. Al fin acabó por descubrir que la diferencia era en ambos casos
análoga, puesto que los niños poseían también todo un trozo más que las niñas,
y en la época de este descubrimiento despertó en su memoria el recuerdo de la
anterior curiosidad infantil correspondiente.
He aquí otro ejemplo perteneciente a posteriores
años infantiles. Un hombre de algo más de cuarenta años y cuya vida erótica
había sido muy inhibida, era el mayor de nueve hermanos. En la época del
nacimiento de la menor de sus hermanas tenía él ya quince años, y, sin embargo,
afirmaba después, con absoluta convicción, que nunca observó en su madre
deformación alguna. Ante mi incredulidad, surgió en él el recuerdo de haber
visto una vez, teniendo once o doce años, cómo su madre se desceñía
apresuradamente el vestido ante un espejo. A esto añadió espontáneamente que su
madre acababa de regresar de la calle y se había visto atacada por inesperados
dolores. El desceñimiento (Aufbinden) del vestido es
un recuerdo encubridor sustitutivo del parto
(Entbindung). En otros varios casos volveremos a hallar tales «puentes de
palabras».
Quisiera mostrar ahora, con un único ejemplo, cómo
por medio del procedimiento analítico puede adquirir sentido un recuerdo
infantil que anteriormente parecía no poseer ninguno. Cuando habiendo cumplido
ya cuarenta y tres años, comencé a dirigir mi interés hacia los restos de
recuerdos de mi infancia que aún conservaba, recordé una escena que desde largo
tiempo atrás -yo creía que desde siempre- venía acudiendo a mi consciencia de
cuando en cuando, escena que, según fuertes indicios, debía situarse cronológicamente
antes de haber cumplido yo los tres años. En mi recuerdo me veía yo, rogando y
llorando, ante un cajón cuya tapa mantenía abierta mi hermanastro, que era unos
veinte años mayor
que yo. Hallándonos así, entraba en el cuarto,
aparentemente de regreso de la calle, mi madre, a la que yo hallaba bella y
esbelta de un modo extraordinario.
Con estas palabras había yo resumido la escena que
tan plásticamente veía en mi recuerdo, pero con la que no me era posible
construir nada. Si mi hermanastro quería abrir o cerrar el cajón -en la primera
traducción de la imagen era éste un armario-, por qué lloraba yo y qué relación
tenía con todo ello la llegada de mi madre, eran cosas que se me
presentaban con gran oscuridad. Estuve, pues,
tentado de contenerme con la explicación de que, sin duda, se trataba del
recuerdo de una burla de mi hermanastro para hacerme rabiar, interrumpida por
la llegada de mi madre. Esta errónea interpretación de una escena infantil
conservada en nuestra memoria es algo muy frecuente. Se recuerda una situación,
pero no se logra centrarla; no se sabe sobre qué elemento de la misma debe
colocarse el acento psíquico. Un esfuerzo analítico me condujo a una inesperada
solución interpretativa de la imagen evocada. Yo había notado la ausencia de mi
madre y había entrado en sospechas de que estaba encerrada en aquel cajón o
armario. Por tanto, exigí a mi hermanastro que lo abriese, y cuando me
complació, complaciéndome de que mamá no se hallaba dentro, comencé a gritar y
llorar. Este es el instante retenido por el recuerdo, instante al que siguió,
calmando mi cuidado o mi ansiedad, la aparición de mi madre. Mas ¿cómo se le
ocurrió al niño la idea de buscar dentro de un cajón a la madre ausente? Varios
sueños que tuve por esta época aludían oscuramente a una niñera, sobre la cual
conservaba algunas otras reminiscencias; por ejemplo, la de que me obligaba
concienzudamente a entregarle las pequeñas monedas que yo recibía como regalo,
detalle que también puede aspirar por sí mismo a adquirir el valor de un
recuerdo encubridor sustitutivo de algo posterior. Ante
estas indicaciones de mis sueños, decidí hacerme
más sencillo el trabajo interpretativo interrogando a mi ya anciana madre sobre
tal niñera, y, entre otras muchas cosas, averigüé que la astuta y poco honrada
mujer había cometido, durante el tiempo que mi madre hubo de guardar cama a
raíz de un parto, importantes sustracciones domésticas y había sido después
entregada a la justicia por mi hermanastro. Estas noticias me llevaron a la
comprensión de la escena infantil, como si de repente se hubiera hecho luz sobre
ella. La repentina desaparición de la niñera no me había sido indiferente, y
había preguntado su paradero, precisamente a mi hermanastro, porque, según
todas las probabilidades, me había dado cuenta de que él había desempeñado un
papel en tal desaparición. Mi hermanastro, indirectamente y entre burlas, como
era su costumbre, me había contestado que la niñera
«estaba encajonada». Yo comprendí infantilmente
esta respuesta y dejé de preguntar, pues realmente ya no quedaba nada por
averiguar. Mas cuando poco tiempo después noté un día la ausencia de mi madre,
sospeché que el pícaro hermano le había hecho correr igual suerte que a la
niñera, y le obligué a abrir el cajón. Ahora comprendo también por qué en la
traducción de la visual escena infantil aparece acentuada la esbeltez de mi
madre, la cual me debió de aparecer entonces como nueva y restaurada después de
un peligro. Yo soy dos años y medio mayor que aquella de mis hermanas que nació
entonces, y al cumplir yo tres años cesó mi hermanastro de vivir con nosotros.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) V. -EQUIVOCACIONES ORALES (`Lapsus linguae')
El material corriente de nuestra expresión oral en
nuestra lengua materna parece hallarse protegido del olvido; pero, en cambio,
sucumbe con extraordinaria frecuencia a otra perturbación que conocemos con el
nombre de equivocaciones orales o lapsus linguae.
Estos lapsus, observados en el hombre normal, dan
la misma impresión que los primeros síntomas de aquellas «parafasías» que se
manifiestan bajo condiciones patológicas.
Por excepción puedo aquí referirme a una obra
anterior a mis trabajos sobre esta materia. En 1895 publicaron Meringer y C.
Mayer un estudio sobre las Equivocaciones en la expresión oral y en la lectura,
cuyos puntos de vista se apartan mucho de los míos. Uno de los autores de este
estudio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo cuyo interés por las
cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas que rigen tales
equivocaciones,
esperando poder deducir de estas reglas la
existencia de «determinado mecanismo psíquico, en el cual estuvieran asociados
y ligados de un modo especial los sonidos de una palabra o de una frase y
también las palabras entre sí» (pág. 10).
Los autores de este estudio agrupan en principio
los ejemplos de «equivocaciones orales» por ellos coleccionados, conforme a un
punto de vista puramente descriptivo, clasificándolos en intercambios (por ej.:
«la Milo de Venus», en lugar de «la Venus de Milo»); anticipaciones (por ej.:
«…sentí un pech…, digo, un peso en el pecho»); ecos y posposiciones (por ej.:
«Tráiganos tres tres…, por tres tés»); contaminaciones (por ej.:
«Cierra el armave», por «Cierra el armario y tráeme
la llave»), y sustituciones (por ej.: «El escultor perdió su pincel…, digo, su
cincel»), categorías principales a las cuales añaden algunas otras menos
importantes (o de menor significación para nuestros propósitos). En esta
clasificación no se hace diferencia entre que la transposición, desfiguración,
fusión, etcétera, afecte a sonidos aislados de la palabra o a sílabas o
palabras enteras de la frase.
Para explicar las diversas clases de equivocaciones
orales observadas atribuye Meringer un diverso valor psíquico a los sonidos
fonéticos. Cuando una inervación afecta a la primera sílaba de una palabra o a
la primera palabra de una frase, el proceso estimulante se propaga a los
sonidos posteriores o a las palabras siguientes, y en tanto en cuanto estas
inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente, motivando
transformaciones unas en otras. La excitación o estímulo del sonido de mayor
intensidad psíquica resuena anticipadamente o queda como un eco y perturba de
este modo los procesos de inervación menos importantes. Se trata, por tanto, de
determinar cuáles son los sonidos más importantes de una palabra. Meringer dice
que «cuando se desea saber qué sonidos de una palabra poseen mayor intensidad,
debe uno observarse a sí mismo en ocasión de estar buscando una palabra que ha
olvidado; por ejemplo, un nombre».
«Aquella parte de él que primero acude a la
consciencia es invariablemente la que poseía mayor intensidad antes del olvido»
(pág. 106). «Así, pues, los sonidos más importantes son el inicial de la sílaba
radical o de la misma palabra y la vocal o las vocales acentuadas» (pág. 162).
No puedo por menos de contradecir estas
apreciaciones. Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a los más
importantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es que sea lo primero
que acude a la consciencia en los casos de olvido, y, por tanto, la regla
expuesta es inaceptable. Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando un
nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que se está convencido
de que la palabra
buscada comienza con una determinada letra. Esta
convicción resulta luego igual número de veces infundada que verdadera, y hasta
me atrevo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa nuestra hipotética
reproducción del sonido inicial. Así sucede en el ejemplo que expusimos de
olvido del nombre Signorelli. En él se perdieron, en los nombres sustitutivos,
el sonido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par de sílabas
menos importantes: elli es lo que, en el nombre sustitutivo Boticelli, volvió
primero a la consciencia. El caso que va a continuación nos enseña lo poco que
los nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nombre olvidado:
En una ocasión me fue imposible recordar el nombre
de la pequeña nación cuya principal ciudad es Monte Carlo. Los nombres que en
sustitución se presentaron fueron: Piamonte, Albania, Montevideo, Cólico.
En lugar de Albania apareció en seguida otro
nombre: Montenegro, y me llamó la atención ver que la sílaba Mont (pronunciada
Mon) apareciera en todos los nombres sustitutivos, excepto en el último. De
este modo me fue más fácil hallar el olvidado nombre: Mónaco, tomando como
punto de partida el de su soberano: el príncipe Alberto. Cólico imita
aproximadamente la sucesión de sílabas y el ritmo del nombre olvidado.
Si se acepta la conjetura de que un mecanismo
similar al señalado en el olvido de nombres intervenga también en los fenómenos
de equivocaciones orales, se llegará a un juicio más fundamentado sobre estos
últimos. La perturbación del discurso que se manifiesta en forma de
equivocación oral puede, en principio, ser causada por la influencia de otros
componentes del mismo discurso; esto es, por un sonido anticipado, por un eco o
por tener la frase o su contexto un segundo sentido diferente de aquel en que se
desea emplear. A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer antes
transcritos. Pero,
en segundo lugar, puede también producirse dicha
perturbación, como en el caso Signorelli, por influencias exteriores a la
palabra, frase o contexto, ejercidas por elementos que no se tiene intención de
expresar y de cuyo estímulo sólo por la perturbación producida nos
damos cuenta.
La simultaneidad del estímulo constituye la
cualidad común a las dos clases de equivocación oral, y la situación interior o
exterior del elemento perturbador respecto a la frase o contexto serán su
cualidad diferenciadora. Esta diferencia no parece a primera vista tan
importante como luego, cuando se la tome en consideración para relacionarla con
determinadas conclusiones deducidas de la sintomatología de las equivocaciones
orales. Es, sin embargo, evidente que sólo en el primer caso existe una
posibilidad de deducir de los fenómenos de equivocación oral conclusiones
favorables a la existencia de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y
palabras, haciendo posible una recíproca influencia sobre su articulación; esto
es, conclusiones como las que el filólogo esperaba poder deducir del estudio de
las equivocaciones orales. En el caso de perturbación ejercida por influencias
exteriores a la misma frase o al contenido del discurso, se trataría, ante
todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbadores, y entonces
surgirá la cuestión de si también
el mecanismo de esta perturbación podía o no
sugerir las probables reglas de la formación del discurso.
No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan
visto la posibilidad de perturbaciones del discurso motivadas por «complicadas
influencias psíquicas» o elementos
exteriores a la palabra, la frase o el discurso. En
efecto, tenían que observar que la teoría del diferente valor psíquico de los
sonidos no alcanzaba estrictamente más que para explicar la perturbación de los
sonidos, las anticipaciones y los ecos. En aquellos casos en que la
perturbación de las palabras no puede ser reducida a la de los sonidos, como
sucede en las sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto, sin
vacilar, la causa de las equivocaciones orales fuera del contexto del discurso
y han demostrado este punto por medio de preciosos ejemplos.
Entre ellos citaré los que siguen:
(Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión ciertos
hechos que interiormente calificaba de `cochinerías' (Schweinereien); pero no
queriendo pronunciar esta palabra, dijo:
`Entonces se descubrieron determinados hechos…' Mas
al pronunciar la palabra Vorschein, que aparece en esta frase, se equivocó, y
pronunció Vorschwein. Mayer y yo nos hallábamos presentes, y Ru. nos confesó
que al principio había pensado decir: Schweinereien. La analogía de ambas
palabras explica suficientemente el que la pensada se introdujese en la
pronunciada, revelándose.»
(Pág. 73.) «También en las sustituciones
desempeñan, como en las contaminaciones, y acaso en un grado mucho más elevado,
un importantísimo papel las imágenes verbales `flotantes'. Aunque éstas se
hallan fuera de la consciencia, están, sin embargo, lo bastante cercanas a ella
para poder ser atraídas por una analogía del complejo al que la oración se
refiere, y entonces producen una desviación en la serie de palabras del
discurso o se cruzan con ella. Las imágenes verbales `flotantes' son con
frecuencia, como antes hemos dicho, elementos retrasados de un proceso oral
recientemente terminado (ecos).»
(Pág. 97.) «La desviación puede producirse asimismo
por analogía cuando una palabra semejante a aquella en que la equivocación se
manifiesta yace en el umbral de la consciencia y muy cerca de ésta, sin que el
sujeto tenga intención de pronunciarla. Esto es lo que sucede en las
sustituciones. Confío en que estas reglas por mí expuestas habrán de ser
confirmadas por todo aquel que las someta a una comprobación práctica; pero es
necesario que al realizar tal examen, observando una equivocación oral cometida
por una tercera persona, se procure llegar a ver con claridad los pensamientos
que ocupaban al sujeto. He aquí un ejemplo muy instructivo. El señor L. dijo un
día ante nosotros: `Esa mujer me inspiraría miedo' (einjagen), y en la palabra
einjagen cambió la j en l, pronunciando einlagen. Tal equivocación motivó mi
extrañeza, pues me parecía
incomprensible aquella sustitución de letras, y me
permitió hacer notar a L. que había dicho einlagen, en vez de einjagen, a lo
cual me respondió en el acto: `Sí, sí, eso ha sido, sin
duda, porque estaba pensando: no estoy en situación
(Lage).'»
Otro ejemplo. En una ocasión pregunté a R. v.
Schid. por el estado de su caballo, que se hallaba enfermo. R. me respondió:
«Sí, esto `drurará' (`draut') quizá todavía un mes.» La sobrante de `drurará'
me pareció incomprensible, dado que la r de `durará' (dauert) no podía haber
actuado en tal forma, y llamé la atención de V. Schid. sobre su lapsus,
respondiéndome aquél que al oír mi pregunta había pensado: «Es una triste
(traurige) historia.» Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos
respuestas a mi pregunta y las había mezclado al pronunciar una de ellas.
Es innegable que la toma en consideración de las
imágenes verbales «flotantes» que se hallan próximas al umbral de la
consciencia y no están destinadas a ser pronunciadas, y la recomendación de
procurar enterarse de todo lo que el sujeto ha pensado constituye algo muy
próximo a las cualidades de nuestros «análisis». También nosotros partimos por
el mismo camino en busca del material inconsciente; pero, en cambio,
recorremos, desde las ocurrencias espontáneas del interrogado hasta el
descubrimiento del elemento perturbador, un camino más largo a través de una
compleja serie de asociaciones.
Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy
interesante también. Según la opinión del propio autor, es una analogía
cualquiera de una palabra de la frase que se tiene intención de expresar con
otra palabra que no se propone uno pronunciar, lo que permite emerger a esta
última por la constitución de una deformación, una formación mixta o una
formación transaccional (contaminación):
lagen, traurig,…schwein. jagen, dauert, Vorschein
En mi obra La interpretación de los sueños he
expuesto el papel que desempeña el proceso de condensación (Verdichtungsarbeit)
en la formación del llamado contenido manifiesto del sueño a expensas de las
ideas latentes del mismo. Una semejanza cualquiera de los objetos o de las
representaciones verbales entre dos elementos del material inconsciente es
tomada como causa creadora de un tercer elemento que es una formación compuesta
o transaccional. Este elemento representa a ambos componentes en el contenido del
sueño, y a consecuencia de tal origen se halla frecuentemente recargado de
determinantes individuales contradictorias. La formación de sustituciones y
contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un principio de aquel proceso
de condensación que encontramos toma parte activísima en la construcción del
sueño.
En un pequeño artículo de vulgarización, publicado
en la Neue Freie Presse, el 23 de agosto de 1900, y titulado «Cómo puede uno
equivocarse», inició Meringer una interpretación práctica en extremo de ciertos
casos de intercambio de palabras, especialmente de aquellos en los cuales se
sustituye una palabra por otra de opuesto sentido. Recordamos aún cómo declaró
abierta una sesión el presidente de la Cámara de Diputados austríaca: «Señores
diputados -dijo-. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes,
se levanta la sesión.» La general hilaridad le hizo darse cuenta de su error y
enmendarlo en el acto. La explicación de este caso es que el presidente deseaba
ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y
-cosa que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo
menos parcialmente, y el resultado fue la sustitución de «se abre» por se
«levanta»; esto es, lo contrario de lo que tenía la intención de decir.
Numerosas observaciones me han demostrado que esta
sustitución de una palabra por otra de sentido
opuesto es algo muy corriente. Tales palabras de sentido contrario se hallan ya
asociadas en nuestra consciencia del idioma. Yacen inmediatamente vecinas unas
de otras y se evocan con facilidad erróneamente.
No en todos los casos de intercambio de palabras de
sentido contrario resulta tan fácil como en el ejemplo anterior hacer admisible
la explicación de que el error cometido
esté motivado por una contradicción surgida en el
fuero interno del orador contra la frase expresada. El análisis del ejemplo
aliquis nos descubre un mecanismo análogo. En dicho ejemplo la interior
contradicción se exteriorizó por el olvido de una palabra en lugar de su
sustitución por la de sentido contrario. Mas para compensar esta diferencia
haremos constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un contraste
como el existente entre «abrir» y
«cerrar» o «levantar» una sesión, y además que
«abrir», como parte usual del discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.
Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de
Meringer y Mayer que la perturbación del discurso puede surgir tanto por una
influencia de los sonidos anticipados o retrasados, o de las palabras de la
misma frase destinadas a ser expresadas, como por el efecto de palabras
exteriores a la frase que se intenta pronunciar, y cuyo estímulo no se hubiera
sospechado sin la emergencia de la perturbación, tócanos ahora averiguar cómo
se pueden separar definitivamente, una de otra, ambas clases de equivocaciones
orales y cómo puede distinguirse un ejemplo de una de ellas de un caso de la
otra. En este punto de la discusión hay que recordar las afirmaciones de Wundt,
el cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el desarrollo del
lenguaje (Völkerpsychologie, tomo I, parte primera, págs.
371 y sigs., 1900), trata también de los fenómenos
de la equivocación oral. Opina Wundt que en estos fenómenos y otros análogos no
faltan jamás determinadas influencias psíquicas. «A ellas pertenece, ante todo,
como una determinante positiva, la corriente no inhibida de las asociaciones de
sonidos y de palabras, estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta
corriente aparece, como factor negativo, la desaparición o el relajamiento de
las influencias de la voluntad que deben inhibir dicha corriente, y de la
atención, que también actúa aquí como una función de la voluntad. El que dicho
juego de la asociación se manifieste en que un sonido se anticipe o reproduzca
los anteriormente pronunciados, en que un sonido familiar intercale entre otros
o, por último, en que palabras totalmente distintas a las que se hallan en
relación asociativa con los sonidos pronunciados actúen sobre éstos, todo ello
no indica más que diferencias en la dirección y a lo sumo en el campo de acción
de las asociaciones que se establecen, pero no en la naturaleza general de las
mismas. También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué forma se ha de
atribuir a una determinada perturbación, o si no sería más justo referirla,
conforme al principio de la complicación de las causas, a la concurrencia de
varios motivos.» (Páginas
380 y 381. Las itálicas son mías.)
Considero absolutamente justificadas y en extremo
instructivas estas observaciones de Wundt. Quizá se pudiera acentuar con mayor
firmeza el hecho de que el factor positivo favorecedor de las equivocaciones
orales -la corriente no inhibida de las asociaciones- y el negativo -el
relajamiento de la atención inhibitoria- ejercen regularmente una acción
sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser sino diferentes
determinantes del mismo proceso. Con el relajamiento o, más precisamente, por
el relajamiento de la atención inhibitoria entra en actividad la corriente no
inhibida de las asociaciones.
Entre los ejemplos de equivocaciones orales
reunidos por mí mismo apenas encuentro uno en el que la perturbación del
discurso pueda atribuirse sola y únicamente a lo que Wundt llama «efecto de
contacto de los sonidos». Casi siempre descubro, además, una influencia
perturbadora procedente de algo exterior a aquello que se tiene intención de
expresar, y este elemento perturbador es o un pensamiento inconsciente aislado,
que se
manifiesta por medio de la equivocación y no puede
muchas veces ser atraído a la consciencia más que por medio de un penetrante
análisis, o un motivo psíquico general, que se dirige contra todo el discurso.
Ejemplos:
1) Viendo el gesto de desagrado que ponía mi hija
al morder una manzana agria, quise, bromeando, decirle la siguiente aleluya:
El mono pone cara ridícula
al comer, de manzana, una partícula.
Pero comencé diciendo: El man… Esto parece ser una
contaminación de «mono» y
«manzana» (formación transaccional), y puede
interpretarse también como una anticipación de la palabra «manzana», preparada
ya para ser pronunciada. Sin embargo, la verdadera interpretación es la
siguiente: Antes de equivocarme había recitado ya una vez la aleluya,
sin incurrir en error alguno, y cuando me equivoqué
fue al verme obligado a repetirla, por estar mi hija distraída y no haberme
oído la primera vez. Esta repetición, unida a mi impaciencia por desembarazarme
de la frase, debe ser incluida en la motivación del error, el cual se presenta
como resultante de un proceso de condensación.
2) Mi hija dijo un día: «Estoy escribiendo a la
señora de Schresinger.» El apellido verdadero era Schlesinger. Esta
equivocación se debió, probablemente, a una tendencia a facilitar la
articulación, pues después de varias r es difícil pronunciar la l: «Ich
schreibe der Frau Schlesinger.» Debo añadir, además, que esta equivocación de
mi hija tuvo efecto pocos minutos después de la mía entre «mono» y «manzana» y
que las equivocaciones orales son en alto grado contagiosas, a semejanza del
olvido de nombres, en el cual han observado Meringer y Mayer este carácter. No
conozco la razón de tal contagiosidad psíquica.
3) Una paciente, al comienzo de la sesión de
tratamiento y al querer decir que las molestias que experimentaba le hacían
«doblarse como una navaja de bolsillo» (Taschenmesser), cambió las consonantes
de esta palabra, y dijo: Tassenmescher, equivocación explicable por la
dificultad de articulación de tal palabra. Habiéndole llamado la atención sobre
su error, replicó prontamente: «Sí, eso me ha sucedido porque antes ha dicho
usted también Ernscht, en vez de Ernst.» En efecto, al recibirla había yo
dicho: «Hoy ya va la cosa en serio (Ernst)» -pues era aquélla la última sesión
antes de vacaciones-, y, bromeando, había aprovechado el doble sentido de la
palabra Ernst (serio y Ernesto) para decir Ernscht (apelativo familiar de
Ernesto), en vez de Ernst (serio). En el transcurso de la sesión siguió
equivocándose la paciente repetidas veces, haciéndome por fin observar que no
se limitaba a imitarme, sino que tenía, además, una razón particular en su
inconsciente para continuar considerando la palabra Ernst, no como el adjetivo
serio, sino como nombre propio: Ernesto.
4) La misma paciente, queriendo decir en otra
ocasión: «Estoy tan resfriada que no puedo aspirar (atmen) por la nariz
(Nase)», dijo: «Estoy tan constipada que no puedo naspirar (natmen) por la ariz
(Ase)», y en el acto se dio cuenta de la causa de su equivocación, explicándola
en la siguiente forma: «Todos los días tomo el tranvía en la
calle Hasenauer. Esta mañana, mientras lo estaba
esperando, se me ocurrió pensar que si yo fuese francesa diría Asenauer, pues
los franceses no pronuncian la h aspirándola, como lo hacemos nosotros.»
Después de esto habló de varios franceses que había conocido, y al cabo de
amplios rodeos y divagaciones recordó que teniendo catorce años había
representado en una piececilla titulada El Valaco y la Picarda el papel de esta
última, habiendo tenido que hablar entonces el alemán como una francesa. La
casualidad de
haberse alojado por aquellos días en la casa de
viajeros en que ella habitaba un huésped procedente de París había despertado
en ella toda esta serie de recuerdos. El intercambio de sonidos (Nase atmen =
Ase natmen) es, pues, consecuencia de una perturbación producida por un
pensamiento inconsciente, perteneciente a un contenido ajeno en absoluto al de
la frase expresada.
5) Análogo mecanismo se observa en la equivocación
de otra paciente, cuya facultad de recordar desapareció de pronto a la mitad de
la reproducción de un recuerdo infantil, que volvía a emerger en la memoria
después de haber permanecido olvidado durante mucho tiempo. Lo que su memoria
se negaba a comunicar era en qué parte de su cuerpo le había tocado la
indiscreta y desvergonzada mano de cierto sujeto. Inmediatamente después de
haber sufrido este olvido visitó la paciente a una amiga suya y habló con ella
de sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada por el lugar en que se
hallaba situada la casita que poseía en M., dijo
que en las nalgas de la montaña (Berglende), en vez de en la vertiente de la
misma (Berglehne).
6) Otra paciente, a la que después de la sesión de
tratamiento pregunté por un tío suyo, me respondió: «No lo sé. Ahora no le veo
más que in fraganti.» Al siguiente día, en cuanto entró, me dijo: «Estoy
avergonzada de mi tonta respuesta de ayer. Ha debido usted de pensar que soy
una de esas personas ignorantes que usan siempre equivocadamente las locuciones
extranjeras. Lo que quise decir es que ahora ya no veía a mi tío más que en
passant.» Por el momento no sabíamos de dónde podía haber tomado la paciente
las palabras extranjeras equivocadamente empleadas; mas en la misma sesión,
continuando el tema de la anterior, apareció una reminiscencia en la que
desempeñaba el papel principal el hecho de haber sido sorprendida in fraganti.
Así, pues, la equivocación del día anterior había anticipado este recuerdo,
entonces todavía inconsciente.
7) Estando sometiendo a un análisis a otra
paciente, le expresé mi sospecha de que en la época de su vida de que entonces
tratábamos se hallaba ella avergonzada de su familia y hubiese hecho a su padre
un reproche sobre algo que hasta aquel momento nos era aún desconocido. La
paciente no recordaba nada de ello, y además dijo que mi suposición le parecía
improbable. Mas luego continuó la conversación, haciendo varias observaciones
sobre su familia, y al decir: «Lo que hay que concederles es que no son
personas vulgares. Todos ellos tienen inteligencia (Geist)», se equivocó y
dijo: «Todos ellos tienen avaricia (Geiz).» Este era el reproche que por
represión había ella expulsado de su memoria. Es un fenómeno muy frecuente el
de que en la equivocación se abra paso precisamente aquella idea que se quiere
retener (compárese con el caso de Meringer: Vorschein = Vorschwein). La
diferencia entre ambos está tan sólo en que en el caso de Meringer el sujeto
quiere
inhibir una cosa de la que posee perfecta
consciencia, mientras que mi paciente no sabía lo que inhibía, ni siquiera si
inhibía alguna cosa.
8) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere
también, como el de Meringer, a un caso de inhibición intencionada. Durante una
excursión por las Dolomitas encontré a dos señoras que vestían trajes de
turismo. Fui acompañándolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y
molestias de las excursiones a pie. Una de las señoras concedió que este
deporte tenía su lado incómodo. «Es cierto -dijo- que no resulta nada agradable
sentir sobre el cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la blusa
y
la camisa empapadas en sudor.» En medio de esta
frase tuvo una pequeña vacilación que venció en el acto. Luego continuó, y
quiso decir: «Pero cuando se llega a casa (nach Hause) y puede uno cambiarse de
ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa) se equivocó y pronunció la
palabra Hose (calzones).
Opino que no hace falta examen ninguno para
explicar esta equivocación. La señora había tenido claramente el propósito de
hacer una más completa enumeración de las
prendas interiores, diciendo: «Blusa, camisa y
calzones», y por razones de conveniencia social había retenido el último
nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a continuación
pronunció se abrió paso, contra su voluntad, la palabra inhibida (Hose),
surgiendo en forma de desfiguración de la palabra Hause (casa). [Ejemplo
agregado en
1917.]
9) «Si quiere usted comprar algún tapiz, vaya a
casa de Kauffmann (apellido alemán que significa, además [con una f]
comerciante), en Matthäusgasse», me dijo un día una señora. Yo repetí: «A
Matthäus…, digo, de Kauffmann.» Esta equivocación de repetir un nombre en lugar
de otro parecía ser simplemente motivada por una distracción mía. En efecto,
las palabras de la señora me habían distraído, pues habían dirigido Ia atención
hacia cosas más importantes que los tapices de que me hablaba. En Matthäusgasse
se halla la casa donde mi mujer vivía de soltera. La entrada de esta casa daba
a otra calle, y en aquel momento me di cuenta de que había olvidado el nombre
de esta última, siéndome preciso dar un rodeo mental para llegar a recordarlo.
El nombre Matthäus, que fijó mi atención, era, pues, un nombre sustitutivo del
olvidado nombre de la calle, siendo más apto para ella que
el nombre de Kauffmann, por ser exclusivamente un
nombre propio, cosa que no sucede a este último, y llevar la calle olvidada
también un nombre propio: Radetzky.
10) El caso siguiente podría incluirse, asimismo,
entre los «errores», de los que trataré más adelante, pero lo expongo ahora por
aparecer en él con especial claridad la relación de sonidos que motiva la
equivocación.
Una paciente me relató un sueño que había tenido y
que era el siguiente: Un niño había decidido matarse dejándose morder por una
serpiente, y, en efecto, llevaba a cabo su propósito. La paciente lo vio en su
sueño retorcerse convulsionado bajo los efectos del veneno, etc. Hice que
buscase el enlace que su sueño pudiera tener con sus impresiones de la vigilia,
y en el acto recordó que la tarde anterior había asistido a una conferencia de
vulgarización sobre el modo de prestar los primeros auxilios a las personas
mordidas por reptiles venenosos. En ella oyó que cuando han sido mordidos al
mismo tiempo un adulto y un niño se debe atender primero a este último.
Recordaba también las prescripciones aconsejadas para el tratamiento de estos
casos por el conferenciante, el cual había insistido sobre la importancia de
saber, ante todo, por qué clase de serpiente había sido atacado el herido. Al
llegar aquí interrumpí a mi paciente y le pregunté: «¿Y no dijo el
conferenciante que en nuestro país hay muy pocas serpientes venenosas ni
tampoco cuáles de las que de
esta clase hay son las más temibles?» «Sí
-respondió-; habló de la serpiente de cascabel (Klapperschlange).» Mi risa le
hizo darse cuenta de que había dicho algo equivocado, pero no rectificó el
nombre de la serpiente, sustituyéndolo por otro, sino que se limitó a
retirarlo, diciendo: «Es verdad; la serpiente de cascabel no existe en nuestro
país, y de lo que el conferenciante habló fue de las víboras. No sé cómo he
podido referirme a ese reptil.» Yo supuse que la aparición de la serpiente de
cascabel en la respuesta de mi paciente había obedecido a la intervención de
los pensamientos que se hallaban ocultos detrás de su sueño. El suicidio por
mordedura de una serpiente no puede apenas ser otra cosa que una alusión a la
bella Cleopatra (Kleopatra). La amplia analogía de los sonidos de ambas
palabras, la común posesión de las letras Kl… p… r… en igual orden de sucesión
y la acentuación en ambas de la letra a deben tenerse muy en cuenta. La
favorable relación existente entre los nombres serpiente de cascabel (Klapperschlange)
y Cleopatra (Kleopatra) motivó en la paciente una momentánea inhibición del
juicio, a consecuencia de la cual, y a pesar de
saber tan bien como yo que la serpiente de cascabel
no pertenecía a la fauna de nuestro país, no halló nada extraña su afirmación
de que el conferenciante había expuesto a un público vienés el tratamiento de
las mordeduras de dicho reptil. No queremos, en cambio, reprocharle que
admitiese con igual ligereza su existencia en Egipto, pues estamos
acostumbrados a confundir en un solo montón todo lo exótico, y yo mismo tuve
que pararme a meditar un momento, antes de sentar la afirmación de que la
serpiente de cascabel pertenece únicamente a la fauna del Nuevo Mundo.
En la continuación del análisis fueron apareciendo
diversas confirmaciones de mi hipótesis. La paciente había fijado por vez
primera su atención, la tarde anterior al sueño relatado, en el grupo
escultórico de Straßer, que representaba a Antonio y Cleopatra, situado en las
proximidades de su casa. Este había sido, pues, el segundo motivo del sueño (el
primero fue la conferencia sobre las mordeduras de las serpientes). En la
continuación del mismo se vio meciendo a un niño en sus brazos, escena a la
cual asoció después la figura de la Margarita goethiana. Posteriores ideas
espontáneas que surgieron en el análisis fueron reminiscencias referentes a
Arria y Mesalina. La aparición de tantos nombres de obras teatrales en los
pensamientos del sueño hace sospechar que en la sujeto existió en años
anteriores una viva afición, secretamente mantenida, a la profesión de actriz.
El principio del sueño: «Un niño había decidido suicidarse dejándose morder por
una serpiente», puede traducirse en estas palabras: «La sujeto se había
propuesto en su infancia llegar a ser una actriz famosa.» Del nombre Mesalina
parte, por fin, el camino mental que conduce al contenido esencial de este
sueño. Determinados sucesos recientes habían despertado en mi paciente la
preocupación de que su único hermano llegase a contraer un matrimonio desigual,
una mésalliance, con una mujer de raza distinta, una no aria.
11) He aquí un ejemplo por completo inocente, o que
lo creemos así, por no haber sido aclarados totalmente sus motivos. En él se
transparenta con gran claridad el mecanismo interior.
Un alemán que viajaba por Italia tuvo necesidad de
comprar una correa para sujetar su baúl, que se le había estropeado. En el
diccionario encontró la palabra italiana coreggia, como correspondiente a la
alemana Riemen (correa). «No me será difícil recordar esta palabra -se dijo-.
Bastará con que piense en el nombre del pintor Correggio.» Después de esto se
dirigió a una tienda y pidió una ribera. [Ribera, el pintor español del siglo
diecisiete.]
Se ve, pues, que el sujeto no había conseguido
sustituir en su memoria la palabra alemana por la italiana equivalente, pero
que su esfuerzo no había sido totalmente vano. Sabía que tenía que apoyarse en
el nombre de un pintor, y obrando de este modo tropezó no con aquel cuyo sonido
semejaba a la palabra italiana, sino con otro de sonido aproximado a la palabra
alemana Riemen (correa). Este ejemplo podría colocarse entre los olvidos de
nombres lo mismo que aquí, entre las equivocaciones.
Cuando me dedicaba a coleccionar casos de
equivocaciones orales para la primera edición de este libro efectuaba yo solo
esta tarea, y para reunir material suficiente sometía al análisis todos los
casos que me era dado observar, aun aquellos de escasa importancia. Mas de
entonces acá se han dedicado varias otras personas a la entretenida labor de
coleccionar y analizar equivocaciones, permitiéndome hacer una selección de
casos y ejemplos, extrayendo los más significativos del rico material
acumulado.
12) Un joven dijo a su hermana: «He roto toda
relación con D… Ahora ya ni siquiera la saludo.» La hermana quiso responderle:
«Haces bien. Es una familia poco recomendable (Sippschaft)»; pero cambió la
letra inicial de la palabra Sippschaft, y dijo Lippschaft. En esta equivocación
acumuló dos cosas: que su hermano comenzó tiempo atrás un galanteo con una hija
de dicha familia, y que de esta muchacha se dice que poco tiempo antes se había
comprometido gravemente entregándose a un amor (Liebschaft) prohibido.
13) Un joven abordó a una muchacha en la calle con
las palabras: «Si usted me lo permite, señorita, desearía acompañarla
(begleiten)»; pero en vez de este verbo begleiten (acompañar) formó un nuevo
(begleitdigen), compuesto del primero y beleidigen (ofender). Se ve claramente
que pensaba en el placer de acompañarla, pero que temía ofenderla con la
proposición. El que estos dos sentimientos encontrados llegasen a ser
expresados en una palabra -en la equivocación- indica que las verdaderas
intenciones del joven no eran precisamente las más puras, ya que a él mismo le
parecían poder ofender a la señorita. Pero su inconsciente le jugó una mala
pasada, delatando sus verdaderos propósitos, con lo cual obtuvo, como es
natural, la respuesta obligada en estos casos: «¡Qué se ha figurado usted
de mí! ¡Cómo puede ofenderme de ese modo!»
(Comunicado por O. Rank.)
Varios de los ejemplos que van a continuación están
tomados por mí de un artículo de W. Stekel, titulado «Confesiones
inconscientes», publicado en el Berliner Tageblatt de 4 de enero de 1904.
[Incluidos en 1907 los ejemplos 14 al 20.]
14) «El caso que sigue me reveló una parte, para mí
poco grata, de mis pensamientos inconscientes. Antes de exponerlo quiero hacer
constar que en mi profesión de médico no pienso nunca, como es justo, en las
ganancias que mis pacientes puedan proporcionarme, sino tan sólo en su propio
interés; sin embargo, una vez me sucedió lo siguiente: Me hallaba en casa de un
enfermo, convaleciente ya de una grave dolencia. Durante el período de máxima
gravedad, ambos, médico y enfermo, habíamos pasado días y noches muy penosos.
Iniciada la convalecencia, me sentía muy contento de verle en vías de franca
curación y le hablé de los placeres de una estancia en Abazia, que había de
reponerle por completo, «si, como yo esperaba, no le era posible abandonar
pronto el lecho». Seguramente, este no había surgido de un motivo egoísta de mi
inconsciente: el de
poder continuar visitando un cliente adinerado,
deseo completamente extraño a mi consciencia y que si hubiera apuntado en ella
hubiera yo rechazado con indignación.»
15) Otro ejemplo de W. Stekel: «Mi mujer tomó una
institutriz francesa para por las tardes. Después de ponerse de acuerdo con
nosotros sobre las condiciones reclamó sus certificados, que nos había
entregado, y justificó su petición diciendo: Je cherche encore pour les
après-midis, pardon, pour les avant-midis. Claramente se veía la intención de
buscar otra casa en la que quizá fuese admitida en mejores condiciones,
intención que llevó a cabo.»
16) A petición de su marido, tuve un día que
reprender enérgicamente a una señora, hallándose aquél escuchando detrás de una
puerta para observar el efecto producido por la reprimenda. Esta causó,
realmente, una gran impresión en la señora. Al despedirme de ella lo hice con
las palabras: «Beso a usted la mano, caballero», con lo cual si la interesada
hubiera sido persona experimentada en estas cuestiones hubiese podido descubrir
que mi despedida se dirigía en realidad a aquel por encargo del cual la había yo
sermoneado.
17) El doctor Stekel nos refiere de sí mismo que,
teniendo una vez en tratamiento a dos pacientes procedentes de Trieste,
confundía siempre entre sí sus respectivos nombres, y al saludarlos decía:
«Buenos días, señor Peloni», al que se llamaba Askoli, y «Buenos días, señor
Askoli», a Peloni. Al principio se inclinó a no atribuir ninguna profunda
motivación a este cambio y a explicarlo sencillamente por las varias
coincidencias existentes entre ambos sujetos, pero más tarde le fue fácil
convencerse de que tan continuada equivocación obedecía al vanidoso deseo de
hacer saber de aquel modo a sus dos clientes italianos que no era ninguno de
ellos el único habitante de Trieste que había hecho el viaje hasta Viena para
acudir a su consulta.
18) El mismo doctor Stekel cuenta que en una
tormentosa junta general, queriendo decir: «Pasamos (wir schreiten) ahora al
punto cuarto de la orden del día», dijo: «Peleamos (wir streiten)», etc.
19) Un profesor, en un discurso de toma de posesión
de una cátedra, dijo: «No estoy inclinado (ich bin nicht geneigt) a hacer el
elogio de mi estimado predecesor», queriendo decir: «No soy el llamado (Ich bin
nicht geeignet).»
20) El doctor Stekel dijo a una señora a la que
suponía atacada de la enfermedad de Basedow: «Le lleva usted un bocio (Kropf)…
a su hermana», queriendo decir: «Le lleva usted una cabeza (Kopf) de alto.»
21) Stekel informa: «Alguien quiso describir las
relaciones de dos amigos destacando el hecho que uno de ellos era judío.
Diciendo: `vivían juntos como Castor y Pollak' (en vez de Pollux, los dos
mellizos divinos en la mitología griega). Esto por cierto no fue dicho con
intención chistosa, mi interlocutor no se dio cuenta de su error hasta que yo
se lo hice ver.»
22) A veces la equivocación descubre algo
característico del que la sufre. Una casada joven, que ordenaba y mandaba en su
casa como jefe supremo, me relataba un día que su marido había ido a consultar
al médico sobre el régimen alimenticio más conveniente para su salud, opinando
el doctor que no necesitaba seguir ningún régimen especial. «Así, pues
-continuó la mujer-, puede comer y beber lo que yo quiera.»
Los dos ejemplos siguientes, publicados por Th.
Reik en la Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, III, 1915, proceden de
situaciones en las que se producen con gran facilidad las equivocaciones, pues
en ellas se inhibe mucho más de lo que se expresa.
23) Un caballero hablaba con una joven señora, cuyo
marido había fallecido poco tiempo antes. Después de darle el pésame, añadió:
«Encontrará usted un consuelo dedicándose (widmen) ahora por completo a sus
hijos.» Pero, abrigando un pensamiento reprimido referente a otro distinto
consuelo existente para su interlocutora, esto es, que, siendo una joven y
bella viuda (Witwe), no tardaría en gozar de nuevas alegrías sexuales,
confundió los sonidos de las palabras widmen (dedicar) y Witwe (viuda) y dijo
widwen en su frase de consuelo.
24) El mismo señor, conversando una noche en una
reunión con la misma joven viuda sobre los grandes preparativos que a la sazón
se hacían en Berlín para la celebración de las fiestas de Pascua, preguntó a su
interlocutora: «¿Ha visto usted hoy el escaparate de Wertheim? Está muy bien
descotado.» No habiendo podido expresar en voz alta su admiración ante el
descote de la bella señora, su pensamiento retenido se había abierto paso
aprovechando la semejanza de las palabras descotado y decorado y transformando la
decoración del escaparate de una tienda en un descote. La palabra escaparate
fue también empleada en la frase con un inconsciente doble sentido.
Igual motivo se descubre en una observación de Hans
Sachs, minuciosamente explicada y analizada por él mismo.
25) Una señora me hablaba de un conocido de ambos,
y dijo que la última vez que le había visto había observado que iba, como
siempre, elegantísimamente vestido y llevaba unos preciosísimos zapatos
(Halbschuhe) negros. Yo le pregunté que dónde le había encontrado, y ella
respondió: «Llamó a la puerta de mi casa y le vi por las rendijas de la
mirilla, pero ni le abrí ni di señales de vida, pues no quería que se enterase
de mi regreso a la ciudad.» Al oír esto pensé que me ocultaba, probablemente,
que no le había abierto porque no estaba sola en la casa y, además, porque su
toilette no era en aquellos momentos la más apropiada para recibir visitas. Con
estos pensamientos, le pregunté algo irónicamente: «De manera que a través de
la mirilla le fue a usted posible admirar las zapatillas (Hausschuhe), digo,
los zapatos (Halbschuhe) de nuestro amigo?» En la palabra zapatillas
(Hausschuhe) había surgido el inhibido pensamiento de que la señora se hallaba
en traje de casa (Hauskleid). Por otro lado, la partícula Halb (medio) de
Halbschuhe (zapatos) poseía una tendencia a desaparecer, por constituir el
elemento principal la frase que, de no haber sido reprimida, hubiera expresado
mi pensamiento, o sea: «No me dice usted más que media verdad, pues me oculta
que en aquel momento se hallaba usted a medio vestir.» Mi equivocación fue
también facilitada por el hecho de haber estado hablando inmediatamente antes
de la vida matrimonial del amigo de referencia y de su
«felicidad doméstica», lo cual contribuyó a
determinar el desplazamiento sobre su persona. Por último, debo confesar que
quizá interviniera también mi envidia en el hecho de hacer andar en zapatillas
por la calle al elegante caballero, pues yo había comprado hacía poco unos
zapatos negros, que no podían, bajo ningún concepto, ser calificados de
«preciosísimos».
Tiempos de guerra como los actuales hacen surgir
una gran cantidad de equivocaciones fácilmente explicables y comprensibles:
26) «¿En qué arma sirve su hijo?», preguntaron a
una señora. «En los asesinos del
42», respondió. (Mörsern = morteros; Mördern =
asesinos.)
27) El teniente Henrik Haiman escribe desde el
campo de batalla: «Estando leyendo un libro de apasionante interés tuve que
abandonar la lectura para sustituir por un momento al encargado del teléfono de
campaña. Al efectuar la prueba de la línea telefónica de una batería contesté
diciendo: «Línea en orden. Silencio», en lugar de las palabras reglamentarias:
«Línea en orden. Final.» Mi equivocación se explica por el enfado que me
produjo el verme arrancado de la lectura.»
28) Un sargento recomendó a sus hombres que dieran
con precisión sus señas a sus casas respectivas para que no se extraviaran los
paquetes (Gepäckstücke) que de ellas les mandaran; pero pensando en deseadas
vituallas mezcló con la palabra paquetes (Gepäckstücke) la palabra tocino
(Speck), mezcla que produjo Gespeckstücke, que fue la palabra que pronunció en
su recomendación a los soldados.
29) El ejemplo que a continuación va, ejemplo de
extraordinaria belleza y muy importante por su triste significado, me ha sido
comunicado por el doctor L. Czeszer, que observó el caso en su estancia,
durante la guerra, en la neutral Suiza y lo ha analizado sin dejar vacío
alguno. Doy aquí su comunicación casi completa, sin más modificación que
algunos cortes que no afectan a nada esencial:
«Me voy a permitir comunicarle un caso de
`equivocación oral' sufrida por el profesor M. N. en la ciudad de O., durante
una de las conferencias que compusieron su curso de verano sobre la psicología
de los sentimientos. Debo anticiparle que estas conferencias se celebraban en
un aula de la Universidad, ante un público compuesto en su mayoría de
estudiantes de la Suiza francesa, partidarios decididos de la Entente y en el
que abundaban también los prisioneros de guerra franceses internados en Suiza.
En la ciudad de O. se emplea ahora siempre, como en Francia, la palabra boche
para designar a los alemanes. Claro es que en los actos públicos, conferencias,
etc., los altos empleados, los profesores y demás personas responsables se
esfuerzan en evitar, por razón de la
neutralidad de su país, el pronunciar la ominosa
palabra.
»El profesor N. trataba a la sazón de la
significación práctica de los afectos, y en
una de sus conferencias pensaba citar un ejemplo de
intencionada explotación de un afecto, encaminada a convertir en un placer la
ejecución de un trabajo muscular interesante por sí mismo y hacerlo con ello
más intenso. A este efecto, relató en francés, naturalmente, una historia,
reproducida en un periódico pangermanista por los de la localidad y en la que
se relataba cómo un maestro de escuela alemán, que hacía trabajar a sus alumnos
en un jardín, les invitó, para hacer más intenso su trabajo, a representarse
que en cada terrón que machacasen en su labor deshacían el cráneo de un
francés. Naturalmente, el profesor N., cada vez que en su relato tropezaba con
la palabra `alemán', decía con toda corrección allemand y no boche. Pero al
llegar al final de la historia reprodujo las palabras del maestro en la
siguiente forma: Imaginez-vous qu'en chaque moche vous écrasez le crâne d'un
Français! Así, pues, en vez de motte dijo moche.
»¿No se ve aquí perfectamente cómo el correcto
hombre de ciencias toma desde el principio de su narración todas las
precauciones para resistir el impulso de la costumbre o quizá de una tentación
y no dejar escapar desde la altura de una cátedra universitaria una palabra de
uso expresamente prohibido por decreto de la Confederación? Mas en el preciso
momento en que ha pronunciado por última vez con toda felicidad y corrección
las palabras instituteur allemand y avanza con un interior suspiro de alivio hacia
el ya inmediato final de su historia, el vocablo temido y tan trabajosamente
evitado se engancha en su similicadente motte y la desgracia sucede
irreparablemente. El temor de cometer una falta de tacto
político y quizá un reprimido capricho o deseo de
usar, a pesar de todo, la palabra habitual
y esperada por su auditorio, así como el enfado del
republicano y democrático profesor ante toda coacción ejercida contra la libre
expresión de sus opiniones, se interpusieron ante su intención principal de
relatar correctamente el ejemplo. El orador conoce esta tendencia
interferencial y no puede admitir que no haya pensado en ella momentos antes de
sufrir su equivocación.
»Esta no fue advertida por el profesor N. o, por lo
menos, no fue corregida por él, cosa que en la mayoría de los casos se suele
hacer automáticamente. En cambio, el auditorio, compuesto en su mayor parte de
franceses, acogió con verdadera satisfacción el lapsus, el cual hizo el efecto
de un chiste intencionado. Por mi parte, seguí este suceso, inocente en
apariencia, con apasionado interés, pues aunque por razones fácilmente
comprensibles tenía que renunciar a hacer al profesor N. las preguntas que el método
psicoanalítico prescribe para aclarar la equivocación, ésta constituía para mí
una prueba palpable de la verdad de la teoría freudiana de la determinación de
los actos fallidos (Fehlhandlungen) y de las profundas analogías y conexiones
entre la equivocación y el chiste.»
30) Bajo las melancólicas impresiones de la época
de guerra, surgió también el siguiente caso de equivocación, que nos comunica
un oficial austríaco (Teniente T.) al regresar de su cautiverio en Italia:
«Durante algunos de los meses que estuve prisionero
en Italia nos hallábamos alojados doscientos oficiales en una estrecha villa.
En este tiempo murió de la gripe uno de nuestros compañeros. La impresión que
este suceso nos produjo fue, como es natural, muy profunda, por las condiciones
en que estábamos, dado que la falta de asistencia médica y el desamparo en que
se nos tenía hacían más que probable el desarrollo de la epidemia. El cadáver
de nuestro compañero había sido colocado, en espera de recibir sepultura, en
los sótanos de la casa. Por la noche, dando un paseo alrededor de nuestra villa
con un amigo mío, coincidimos ambos en el deseo de ver el cadáver. Siendo yo el
que primero entró en el sótano, me hallé ante un espectáculo que me sobrecogió,
pues no esperaba encontrar el ataúd tan inmediato a la entrada ni ver de
repente, tan cercano a mí, el rostro del difunto, cuya inmovilidad parecía
alterada por los cambiantes reflejos que las llamas de los cirios arrojaban
sobre él al ser movidas por el aire. Todavía bajo la impresión de aquel cuadro,
continuamos nuestro paseo. Al llegar a un sitio desde el cual se ofrecía a
nuestros ojos el parque entero nadando en la luz de la luna, la pradera surcada
por los blancos rayos y al fondo un ligero manto de niebla, comuniqué a mi
compañero mi impresión de ver danzar
un círculo de duendes bajo la línea de pinos que
cerraba el horizonte.
»A la tarde siguiente enterramos a nuestro
camarada. El camino desde nuestra prisión hasta el cementerio de una localidad
vecina fue para nosotros amargo y humillante. Una multitud de muchachos,
mujeres y ancianos del pueblo, aprovechó la ocasión para desahogar ruidosamente
sus sentimientos de curiosidad y de odio hacia sus enemigos prisioneros. La
sensación de no poder permanecer libre de insultos ni aun en nuestra inerme
situación y el asco ante aquella grosería me dominaron hasta la noche,
llenándome de amargura. A la misma hora de la noche anterior, y acompañado por
el mismo camarada, comencé a pasear por el enarenado camino que daba vuelta a
nuestro alojamiento. Al pasar frente a la puerta del sótano donde estuvo
depositado el cadáver acudió a mi memoria el recuerdo de la impresión que a su
vista hubo de sobrecogerme. Cuando llegamos al lugar desde el cual se descubría
el parque entero, nuevamente iluminado por la luna, me detuve y dije a mi
acompañante: `Podíamos sentarnos aquí en la tumba (Grab) -digo, en la hierba
(Gras)- y enterrar (sinken) -por entonar (singen)- una serenata.' Al sufrir la
segunda equivocación se fijó mi atención en lo ocurrido pues la primera la
había rectificado sin haberme dado cuenta de su significación. Mas entonces
medité sobre ambas y las uní del siguiente modo: `enterrar -en la tumba'.
Rápidamente se me presentaron las siguientes imágenes: los duendes bailando y
flotando en el resplandor lunar, el compañero
amortajado, la impresión que me causó su vista y
determinadas escenas del entierro. Al mismo tiempo recordé la sensación de
repugnancia sentida durante el perturbado duelo, así como ciertas
conversaciones sobre la epidemia y los temores expresados por varios oficiales.
Más tarde recordé también que aquel día era el aniversario de la muerte de mi
padre, cosa que me extrañó, dada mi pésima memoria sobre las fechas.
»Sucesivas meditaciones me hicieron darme cuenta de
las coincidencias que presentaban las condiciones exteriores de ambas noches:
igual luz de luna, igual hora, igual lugar y la misma persona a mi lado.
Recordé el disgusto que había experimentado al conocer el peligro de un
desarrollo de la epidemia gripal y, al mismo tiempo también, mi decisión
interior de no dejarme dominar por el temor. Entonces me di cuenta del
significado de la equivocación: `Podríamos enterrar
(nos) en la tumba', y llegué al convencimiento de que la primera rectificación
del error tumba-hierba, verificada por mí sin darme cuenta de su sentido, había
tenido como consecuencia el segundo error de enterrar por entonar, encaminado a
asegurar al complejo reprimido una efectividad final.
»Añadiré que en aquella época padecía yo de sueños
aterradores, en los cuales vi repetidas veces a una muy próxima pariente mía
enferma en su lecho, y una vez, muerta. Inmediatamente antes de ser hecho
prisionero había recibido la noticia de que en la región en que dicha persona
se hallaba había estallado con gran fuerza la epidemia gripal, y le había
expresado mis temores. Desde entonces cesé de saber de ella. Meses después
recibí la noticia de que dos semanas antes del suceso anteriormente descrito había
sido víctima de la epidemia.»
31) El siguiente ejemplo de equivocación oral
arroja vivísima luz sobre uno de los dolorosos conflictos que se presentan a
los médicos. Un individuo, presuntamente atacado de una mortal dolencia, cuyo
diagnóstico no se había fijado todavía con absoluta seguridad, acudió a Viena
para tratar de resolver allí su problema, y pidió a un antiguo amigo suyo,
médico muy conocido, que se encargase de asistirle, cosa que éste aceptó, no
sin alguna resistencia. El enfermo debía ingresar en una casa de salud, y el médico
propuso a este fin
el Sanatorio Hera. «Pero ese sanatorio no es más
que para una especialidad (para partos)», repuso el enfermo. «Nada de eso
-replicó vivamente el médico-; en el Sanatorio Hera puede matarse (umbringen)
-digo, alojarse (unterbringen)- a cualquier paciente.» Al darse cuenta de lo
que había dicho, luchó el médico violentamente contra la significación de su
lapsus.
«Supongo -dijo- que no creerás que tengo impulsos
hostiles contra ti.» Pero un cuarto de hora después confesó a la enfermera que
había tomado a su cargo el cuidado del paciente y que le acompañaba hasta la
puerta del establecimiento: «No he encontrado nada, y no creo aún que tenga esa
enfermedad. Pero si la tuviera, le daría una buena dosis de morfina y todo
habría terminado.» Resulta que su amigo le había puesto la condición de que
acortara sus sufrimientos con un medicamento cualquiera en cuanto se viera que
su enfermedad era irremediable. Así, pues, el médico había realmente aceptado
la misión de matar
(umbringen) a su amigo.
32) No quisiera prescindir del siguiente caso,
altamente instructivo, a pesar de haber sucedido hace ya unos veinte años.
Hablando una señora en una reunión de un tema que,
por el apasionamiento de sus palabras, se advertía que despertaba en ella
intensas emociones secretas, dijo lo siguiente:
«Sí; una mujer necesita ser bella para gustar a los
hombres. El hombre tiene menos dificultad para gustar a las mujeres. Basta con
que tenga sus cinco miembros bien derechos.» Este ejemplo nos permite penetrar
en el íntimo mecanismo de un lapsus oral, producido por condensación o
contaminación. Podemos admitir que nos hallamos ante la fusión de dos frases de
análogo sentido:
«Basta con que tenga sus cuatro miembros bien
derechos.»
«Basta con que tenga sus cinco sentidos bien
cabales.»
O también que el elemento derechos (gerade) fuera
común a dos intenciones de expresión que hubieran sido las siguientes:
«Basta con que tenga sus miembros bien derechos
(gerade).»
«Por lo demás, podrá dejar que todos los cinco sean
pares (gerade)».
Puede, por tanto, admitirse que ambas formas de
expresión, la de los cinco sentidos y la de «dejar que todos los cinco sean
pares», han cooperado a introducir primero un número y después el misterioso
cinco en lugar del sencillo cuatro en la frase de «los miembros bien derechos».
Esta fusión no se hubiera verificado seguramente si la frase resultante de la
equivocación no hubiera tenido un sentido propio: el de una cínica verdad, que
no podía ser descaradamente reconocida por una señora. Por último, no queremos
dejar de hacer observar que las palabras de la sujeto, según su sentido
literal, podían ser igualmente un excelente chiste que una divertida
equivocación. Esto depende tan sólo de que fueran o no pronunciadas
intencionadamente. La conducta de la sujeto hacía imposible en este caso la
intención y, por tanto, el chiste.
La afinidad entre una equivocación oral y un chiste
puede llegar a ser tan grande, que la persona misma que la sufre ría de ella
como si de un chiste se tratase. Este es el caso
que se presenta en el siguiente ejemplo, comunicado
por O. Rank (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913):
33) Un joven recién casado, cuya mujer, deseosa de
no perder su aspecto juvenil, se resistía a concederle con demasiada frecuencia
el comercio sexual, me contó la siguiente historia, que había divertido
extraordinariamente al matrimonio: «Después de una noche en la que él había
quebrantado de nuevo la abstinencia deseada por su mujer, se puso por la mañana
a afeitarse en la alcoba común y, como ya lo había hecho otras veces por
razones
de comodidad, usó para empolvarse la cara una borla
de polvos que su mujer tenía encima de la mesa de noche. La esposa, muy
cuidadosa de su cutis, le había dicho varias veces que no usara dicha borla, y,
enfadada por la nueva desobediencia, exclamó desde el lecho, en que aún se
hallaba reposando: «¡Ya estás otra vez echándome polvos con tu borla!» La risa
de su marido le hizo darse cuenta de su equivocación. Había querido decir: «¡Ya
estás otra vez echándote polvos con mi borla!», y sus carcajadas acompañaron a
las del marido. («Empolvar o echar polvos» es una expresión conocida por todo
vienés como equivalente a
«realizar el coito», y la borla constituye
indudablemente en este caso un símbolo fálico.)
34) También en el ejemplo siguiente, proporcionado
por Storfer, pudiera ser creído que se intentaba hacer un chiste: «La Sra. B.,
que sufría una afección de indudable origen psicogénico, se le había
recomendado consultar a un psicoanalista, el Dr. X. Ella se resistía
persistentemente, alegando que un tratamiento así no podría nunca ser de algún
valor, ya que el médico equivocadamente señalaría todo lo anterior a cosas
sexuales. Llegó finalmente el día en el que estando pronta a seguir el consejo
preguntó: Nun gut, wann ordinärt also dieser Dr. X.? («Está bien, ¿cuándo este
Dr. X, tiene sus horas de consulta?», era lo que quería en verdad preguntar;
pero en vez de ordiniert preguntó por las «ordinarias o vulgares»).
35) El parentesco entre el chiste y la equivocación
oral se manifiesta también en el hecho de que la equivocación no es a veces más
que una contracción. Al terminar los estudios secundarios una muchacha
siguiendo la moda de la época se decidió estudiar Medicina. Después de un
tiempo decidió cambiarse de Medicina a Química. Años más tarde describió este
cambio en los siguientes términos: «No estaba del todo asqueada con las
disecciones, pero una vez que tuve que extraer una uña del dedo de un cadáver,
perdí totalmente mi agrado por la química».
36) Añadiré otro caso, cuya interpretación requiere
escasa ciencia:
Un profesor de Anatomía se ocupaba en cátedra de la
explicación de la cavidad nasal, que, como es sabido, es uno de los temas más
difíciles de la Esplacnología. Habiendo preguntado a su auditorio si había
comprendido sus explicaciones, recibió una general respuesta afirmativa, a la
que el profesor, del cual se sabía que tenía un alto concepto de sí mismo,
repuso: «No me es fácil creer que me hayan entendido todos, pues las personas
que conocen estas cuestiones, referentes a la cavidad nasal, pueden, aun en una
ciudad de más
de un millón de habitantes, como Viena, contarse
con un dedo, perdón, con los dedos de una mano.»
37) El mismo catedrático dijo otra vez: «Por lo que
respecta a los órganos genitales femeninos, no se ha podido, a pesar de muchas
tentaciones (Versuchungen), perdón, tentativas (Versuche)…»
38) Al doctor Alfred Robitsek, de Viena, debo el
relato de dos casos de equivocación oral, observados y publicados por un
antiguo escritor francés, y que transcribiré aquí sin traducirlos:
Brantôme (1527-1614).,Vies des Dames galantes,
Discours second: «Si ay-je cogneu une très belle et honneste dame de par le
monde, qui, devisant avec un honneste gentilhomme de la cour des affaires de la
guerre durant ces civiles, elle luy dit: `J'ay ouy dire que le roy a faiet
rompre tous les c… de ce pays là.' Elle vouloit dire les ponts. Pensez que,
venant de coucher d'avec son mary, ou songeant à son amant, elle avoit encor ce
nom frais en la bouche; et le gentilhomme s'en eschauffer en amours d'elle pour
ce mot.»
«Une autre dame que j'ai congneue, entretenant une
autre grand dame plus qu'elle, et luy louant et exaltant ses beautez, elle luy
dit après: `Non, madame, ce que je vous en dis: ce n'est point pour vous
adultérer; voulant dire adulater, comme elle le rhabilla ainsi: pensez qu'elle
songeoit à adultérer'.»
39) Hay por supuesto ejemplos más modernos tales
como aquellos términos de doble sentido, uno de ellos sexual (doubles
entendres) que originan equivocaciones orales. La Sra. F. describía su primera
hora de un curso de idiomas: «Es muy interesante, el profesor es un apuesto
joven inglés. Ya en la primera hora me dio a comprender durch die Bluse (`a
través de la camisa'); quiero decir, durch die Blume (`a través de las flores')
que él quisiera tomarme bajo su tutela personal.» (Citado por Storfer.)
En el método psicoterápico que empleo para la
solución y remoción de los síntomas neuróticos se encuentra uno con frecuencia
ante Ia labor de descubrir, extrayéndolo de discursos y ocurrencias, en
apariencia casuales, de los pacientes, un contenido psíquico que, aunque se
esfuerza en ocultarse, no puede dejar de traicionarse a sí mismo, revelándose
involuntariamente de muchas maneras diferentes. En estos casos, las
equivocaciones suelen prestar los más valiosos servicios, cosa que podríamos
demostrar por medio de
convincentes y singulares ejemplos. En determinadas
ocasiones, los pacientes confunden a los miembros de su familia y, queriendo
referirse a una tía suya, dicen «mi madre», o designan a su marido como su
«hermano». De este modo me descubren que «identifican» a estas personas una con
otra; esto es, que las han colocado en una única categoría sentimental. He aquí
otro caso: un joven de veinte años se presentó a mí en mi consulta con las
palabras: «Soy el padre de N. N., a quien usted ha asistido. Perdón, quería
decir el hermano. El es cuatro años mayor que yo.» Esta equivocación me dio a
entender que el joven había querido decir que tanto él como su hermano estaban
enfermos por la culpa de
su padre y que acudía a mí, como su hermano, con el
deseo de curarse; pero que en realidad era el padre el que más necesitaba ser
sometido a un tratamiento. Otras veces es suficiente una disposición poco usual
de las palabras o una expresión forzada para descubrir la participación de un
pensamiento reprimido en el discurso del paciente, diferentemente motivado.
Tanto en aquellas perturbaciones del discurso que
presentan una burda trama como en aquellas otras más sutiles, pero que pueden
también sumarse a las «equivocaciones orales», encuentro que no es la
influencia del contacto de los sonidos, sino la de los pensamientos exteriores
a la oración que se tiene propósito de pronunciar, lo que determina el origen
de la equivocación oral y basta para explicar las faltas orales cometidas. Las
leyes según las cuales actúan los sonidos entre sí transformándose unos a otros,
me parecen
ciertas; pero no, en cambio, lo suficientemente
eficaces para perturbar por sí solas la correcta emisión del discurso. En los
casos que he estudiado e investigado más detenidamente no representan estas
leyes más que un mecanismo preexistente, del cual se sirve un motivo psíquico
más remoto que no forma parte de la esfera de influencia de tales relaciones de
sonidos. En un gran número de sustituciones, aparecidas en equivocaciones
orales, no se siguen para nada tales leyes fonéticas. En este punto me hallo de
completo acuerdo con Wundt, que afirma igualmente que las condiciones de la
equivocación oral son muy complejas y van más allá de los efectos de contacto
de los sonidos.
Dando por seguras estas «remotas influencias
psíquicas», según la expresión de Wundt, no veo tampoco inconveniente alguno en
admitir que en el discurso emitido rápidamente, y con la atención desviada de
él hasta cierto punto, pueden quedar limitadas las causas de la equivocación a
las leyes expuestas por Meringer y Mayer. Pero lo más probable es que muchos de
los ejemplos coleccionados por estos autores posean más complicada solución.
Tomad, por ejemplo, algunos de los ya mencionados:
Es war mir auf der Schwest… Brust so schwer (pág. 788). ¿Sucedió aquí
simplemente que el sonido schwe retrotrajo el sonido igualmente equivalente bru
anticipándolo? Escasamente podría descartarse la idea que el sonido que forma
schwe se le permitió posteriormente obstruir de esta manera dada una relación
especial. Esto pudiera ser únicamente la asociación entre Schwester
(hermana)-Bruder (hermano); quizá también Brust der
Schwester (el seno de la hermana), que lleva a uno a diferentes grupos de
pensamientos. Es este invisible ayudante detrás de las escenas que presta al
schwe, por demás inocente, la fuerza para producir una equivocación oral.
En otros casos de equivocaciones orales puede
aceptarse que la similicadencia con palabras obscenas o la alusión a un sentido
de este género constituyen por sí solas el elemento perturbador. El
intencionado retorcimiento o desfiguración de palabras y frases, a que tan
aficionados son determinados individuos ordinarios, no responde sino al deseo
de aludir a lo prohibido con un motivo por completo inocente, y este juego es
tan frecuente, que no sería nada extraño que apareciera también no
intencionadamente contra la voluntad del sujeto. Sin lugar a dudas que
pertenecen a esta categoría los ejemplos de Eischeißweibchen en vez de
Eiweißscheibchen (`huevo-cagar-mujer', en vez de tajaditas de clara de huevo);
Apopos Fritz (en vez de à propos, siendo popo un apelativo corriente de
las nalgas); Lokuskapitäl (en vez de Lotuskapitäl,
W. C. en vez de Capital); y tal vez el Alabüsterbachse de Santa María Magdalena
(en vez del Alabasterbüchse). El hacer equivocaciones orales era un síntoma de
una paciente mía, que persistió hasta retrotraerlo a un chiste infantil de
cambiar ruinieren (ruina) por urinieren (urinario).
La tentación de usar el artificio de la
equivocación oral permitiendo el libre uso de palabras prohibidas e impropias,
es la base de las observaciones de Abraham sobre las parapraxias «con propósito
de sobrecompensación» (1922). Una paciente tenía la característica de duplicar
la primera sílaba de los nombres propios tartamudeando. Cambió Protágoras por
Protragoras, poco después de haber dicho A-alexander en vez de Alexander.
Interrogada reveló que en su niñez tenía especial agrado en el chiste vulgar de
repetir las sílabas a y po si estaban al comienzo de las palabras, forma de
entretención que lleva corrientemente a la tartamudez en los niños. (A-a y
Popo, significan heces y nalgas para los
niños.) Al pensar en Protágoras se dio cuenta del
riesgo de omitir la r y llegar a decir Popotágoras. A manera de protección de
la r le añadió una segunda r. En otra ocasión le ocurrió algo semejante al
distorsionar las palabras Parterre (planta baja) y Kondolenz (condolencia) a
objeto de evitar decir Pater (padre) y Kondom (condón), ambas muy unidas en sus
asociaciones. Otro de los pacientes de Abraham confesó una inclinación a decir
`Angora' todo el tiempo en vez de Angina -muy
probablemente por el temor de sentirse tentado a reemplazar vagina por angina.
Estas equivocaciones orales deben su existencia, por consiguiente, a que un
impulso defensivo retuvo la ventaja en vez del distorsionado; y justamente
llama la atención Abraham a la analogía entre este proceso y la formación de
síntomas en la neurosis obsesiva. (Nota agregada en 1924.)
Ich fordere Sie auf, auf das Wohl unseres Chefs
aufzustoßen [`aufzustoßen' en lugar de `anzustoßen': `eructar' en vez de
`brindar', `chocar' (los vasos), es decir: «Lo(s) exhorto a eructar a la salud
de nuestro jefe» -Nota del E.-] , difícilmente sería otra cosa que una parodia
inintencionada que resulta ser una perseveración de una con intención. Si yo
fuese
el Principal (Presidente o Director) honrado en la
ceremonia en la que el orador cometió
esta equivocación, yo seguramente reflexionaría en
la sabiduría de los romanos al permitir a los soldados de un general celebrando
un triunfo expresar abiertamente, en forma de canciones satíricas, su crítica
interna hacia el hombre a quien se le honraba.
Meringer relata que él mismo una vez le dijo a
alguien, a quien, por ser el mayor del grupo se le llamaba familiarmente con el
honorífico título de Senexl o bien Altes Senexl: Prost (a su salud), Senex
altesl. El mismo se impresionó por su equivocación. Podemos, tal vez,
interpretar su emoción; si pensamos en lo cerca que Altesl está de la frase
insultante alter Esel (viejo asno). Hay poderosos castigos internos para
aquellas contravenciones del respeto que merece la edad (es decir, en términos
infantiles, del respeto al padre).
Espero que mis lectores apreciarán la diferencia de
valor existente entre las interpretaciones de Meringer y Mayer, no demostradas
con nada, y los ejemplos coleccionados por mí mismo y explicados por medio del
análisis. Precisamente es una observación del mismo Meringer, muy digna de
tenerse en cuenta, lo que mantiene viva mi esperanza de demostrar que también
los casos aparentemente simples de equivocación pueden ser explicados por la
existencia de una perturbación causada por una idea semirreprimida exterior al
contexto que se tiene intención de expresar. Dice Meringer que es curioso el
hecho de que a nadie le guste reconocer que ha cometido una equivocación
oral. Existen muchos individuos, inteligentes y
sinceros, que se sienten ofendidos cuando se les dice que han cometido un
lapsus. Por mi parte, no me arriesgaría a afirmar esto con la generalidad que
lo hace Meringer al emplear la palabra «nadie». Sin embargo, la huella de
emoción que se manifiesta en el sujeto al serle demostrado su lapsus, emoción
que es de la naturaleza de la vergüenza, tiene su significación y puede
colocarse al lado del enfado que experimentamos al no recordar un nombre
olvidado, o de nuestra admiración ante la tenacidad de un recuerdo
aparentemente indiferente, e indica siempre la participación de un motivo en la
formación de la perturbación.
La desfiguración de los nombres propios equivale
siempre a un insulto cuando se hace intencionadamente, y podría tener igual
significado en toda aquella serie de casos en que aparece como lapsus
involuntario. Aquella persona que, según la comunicación de
Mayer, dijo una vez Freuder en vez de Freud, por
tener intención de decirlo poco después de oírme el nombre Breuer, y habló otra
vez del método de Freuer-Breud, queriendo decir el de Breuer-Freud (pág. 28),
era un colega de facultad y, ciertamente, no un entusiasta de dicho método. Más
adelante, al ocuparme de las equivocaciones gráficas, comunicaré un caso de
desfiguración de un nombre que no puede explicarse de otra manera.
En estos casos interviene como elemento perturbador
una crítica que no debe tenerse en cuenta, por no corresponder en el momento a
la intención del orador.
Inversamente, la sustitución de un nombre por otro,
la adopción de un nombre que no es el propio o la identificación llevada a cabo
por equivocación de nombres, tiene que significar una apreciación o
reconocimiento que momentáneamente y por determinadas razones debe permanecer
en segundo término. S. Ferenczi relata una experiencia de este género, que
procede de sus años escolares.
«En mis primeros años de colegio tuve que recitar
una vez, ante mis condiscípulos, una poesía. Habiéndola preparado y estudiado a
consciencia, me quedé muy sorprendido al ver que apenas había comenzado a
recitar estallaba en la clase una general carcajada. El profesor me explicó
después este singular recibimiento. Había dicho yo el título de la
poesía -`Desde la lejanía'- con toda corrección;
mas después, en vez del nombre de su autor había pronunciado el mío propio. El
poeta se llamaba Alejandro (Sándor) Petöfi, y el llevar yo el mismo nombre de
pila favoreció sin duda el intercambio; mas la verdadera causa de éste fue,
seguramente, mi secreto deseo de identificarme en aquellos momentos con el
héroe-poeta. Conscientemente también, sentía yo
entonces por Petöfi un amor y un respeto rayanos en la adoración. Como es
natural, todo mi complejo de ambición se ocultaba detrás de esta función
fallida.»
Una parecida identificación por medio de un cambio
de nombres me fue comunicada por un joven médico, que tímida y reverentemente
se presentó al famoso Virchow con las palabras: «Soy el doctor Virchow.» El
renombrado profesor se volvió lleno de asombro hacia él y le preguntó: «¡Ah!,
¿se llama usted también Virchow?» No sé cómo justificaría el ambicioso joven su
equivocación, ni si imaginaría la cortés excusa de decir que se sentía tan
pequeño ante el grande hombre, que hasta su propio nombre había olvidado, o
tendría el valor de confesar que esperaba llegar a ser un día tan grande como
Virchow y que, por tanto, el señor consejero áulico debía tratarle con toda
consideración.
Desde luego, uno de estos dos pensamientos, o quizá
ambos a la vez, tuvieron que causar el embarazo del joven al hacer su
presentación.
Por razones altamente personales debo dejar
indeciso si una parecida interpretación puede ser o no aplicable al siguiente
caso: En el Congreso Internacional (de Psiquiatría y Neurología) de Amsterdam,
en 1907, fue mi teoría de la histeria objeto de una viva discusión. Uno de mis
más enérgicos contradictores cometió, al pronunciar su impugnación de mis
teorías, repetidas equivocaciones orales, consistentes en ponerse en mi lugar y
hablar en mi nombre. Decía, por ejemplo: «Breuer y
yo hemos demostrado, como todos saben…», cuando lo que se proponía decir era:
«Breuer y Freud han…», etc. El nombre de este adversario de mis teorías no
presenta la más pequeña semejanza ni similicadencia con el mío. Tanto este
ejemplo como muchos otros de intercambio de nombres, aparecidos en
equivocaciones orales, nos indican que la equivocación puede prescindir por
completo de
aquellas facilidades que le ofrece la
similicadencia y realizarse apoyada tan sólo por ocultas relaciones de
contenido.
En otros casos más significativos es una
autocrítica, una contradicción que en nuestro fuero interno se eleva contra
nuestras propias manifestaciones la que causa la equivocación, llegando hasta
forzarnos a sustituir lo que nos proponemos expresar por algo contrario a ella.
Entonces se observa con asombro cómo la forma de emitir una afirmación subraya
el propósito de la misma y cómo el lapsus revela la interior insinceridad: La
equivocación se convierte aquí en un medio de expresión y, con frecuencia, en
la expresión misma de lo que no quería uno decir. Con ella nos traicionamos a
nosotros mismos. Así, un individuo que en sus relaciones con la mujer no
gustaría del llamado «coito normal», exclamó, hablando de una muchacha a la que
se reprochaba su coquetería: «Conmigo se le quitaría pronto esa costumbre de
coitear.» Aquí no cabe duda de que sólo a la influencia de la palabra coito es
a lo que se puede atribuir la modificación introducida en la palabra coquetear,
que es la que el individuo tenía intención de pronunciar. Lo mismo sucede en
este otro caso: «Un tío nuestro -nos relató un matrimonio- estaba hace algunos
meses muy ofendido con nosotros porque no le visitábamos nunca. Por fin, el
ofrecerle nuestra nueva casa nos dio motivo para ir a verlo después de mucho
tiempo. En apariencia se alegró
mucho de vernos, pero al despedirnos nos dijo con
gran afabilidad: «Espero que en adelante os veré más raramente que hasta
ahora.»
Los casuales caprichos del material oral hacen
surgir, a veces, equivocaciones que tienen, en unos casos, todo el abrumador
efecto de una indiscreta revelación, y en otros, el completamente cómico de un
chiste.
Así sucede en el ejemplo siguiente, comunicado y
observado por el doctor Reitler:
«Una señora quiso alabar el sombrero de otra y le
preguntó en tono admirativo: `¿Y ha sido usted misma quien ha adornado ese
sombrero?' Mas al pronunciar la palabra adornado (aufgeputzt), cambió la u de
la última sílaba en a, formando un verbo que por su analogía con la palabra
Patzerei (facha) revelaba la crítica ejercida en el interior de la señora sobre
el sombrero de su amiga. Claro es que la azarante y clara equivocación no podía
ya ser rectificada, por muchas alabanzas que a continuación se pronunciasen.»
Igual cosa se reporta en un caso citado por el
Doctor Ferenczi: Come geschminkt (pintada) le dijo una de mis pacientes
(húngara) a su suegra, en vez de decirle geschwind (rápido). Con esta
equivocación ella le dio salida justamente a aquello que quería esconderle, su
irritación por la vanidad de una señora de edad.
No es nada de raro que alguien que no esté hablando
su lengua materna explote su falta de destreza con el propósito de hacer
equivocaciones orales significativas en el idioma que le es extraño.
Menos comprometedora, pero también inequívoca, es
la crítica expresada en el lapsus siguiente (Adición de 1920):
Una señora visita a una conocida suya, y la
inagotable y poco interesante charla de esta última le causó pronto fatiga e
impaciencia por marcharse. Por fin, consiguió interrumpirla y despedirse; pero
al llegar a la antesala, su amiga, que la acompañaba, la detuvo con un nuevo
torrente de palabras, y estando ya dispuesta a salir, tuvo que permanecer en
pie ante la puerta, escuchándola. Por fin, la interrumpió diciendo: «¿Recibe
usted en la antesala?» (Vorzimmer), y se dio en
seguida cuenta de su equivocación al ver la cara de asombro de su
interlocutora. Lo que había querido decir, cansada por la larga permanencia en
pie en la antesala y para intentar cortar la charla de su amiga, era: «¿Recibe
usted por las mañanas?» (Vormittag), pero la equivocación reveló su
impaciencia.
El siguiente es un caso de autorreferencia
presenciado por el doctor Max Graf
(adición de 1907):
«En una junta general de la Sociedad de Periodistas
Concordia pronunció un joven socio, que sufría de constantes apuros económicos,
un violento discurso de oposición, y en su arrebato interpeló a los miembros de
la Comisión de Gobierno interior de la Sociedad (Ausschußmitglieder) con el
nombre de miembros de adelantos (Vorschußmitglieder). En efecto, los miembros
de la Comisión de Gobierno interior tenían a su cargo el conceder o
no los préstamos solicitados por los socios, y el
joven orador acababa de hacer una petición en tal sentido.»
En el ejemplo Vorschwein hemos visto que la
equivocación se produce con
facilidad cuando el sujeto procura reprimir alguna
palabra insultante, constituyendo el error una especie de desahogo. Adiciones
de 1920:
«Un fotógrafo que se había propuesto rehuir todo
apelativo zoológico en su trato con sus torpes ayudantes quiso decir un día a
un aprendiz que había derramado por el suelo la mitad del líquido contenido en
una cubeta al querer trasvasarlo a otro recipiente: `Pero, hombre, ¿por qué no
ha sacado (schöpfen Sie) antes un poco de líquido con cualquier
cosa?' Pero cambió la f por una s, resultando la
palabra Schöps (carnero = bobo), apelativo que el fotógrafo evitó pronunciar,
pero que surgió en el lapsus. Otra vez, viendo a una ayudante poner
imprudentemente en peligro una docena de valiosas placas, comenzó a dirigirle
una larga y airada reprimenda, en la que quiso decir: `¿Es que está usted mala
de la cabeza? (hirnverbrannt).' Mas al pronunciar esta palabra cambió la i
primera en una o, resultando hornverbrannt (mala de los cuernos).»
El ejemplo que va a continuación constituye un
serio caso de confesión involuntaria, llevado a cabo por medio de un lapsus
linguae. Algunos detalles de interés que en él aparecen justifican que se
transcriba aquí íntegra la comunicación que de él publicó A. A. Brill en la
Zentralbblat für Psychoanalyse, II, 1.
«Paseaba yo una noche con el doctor Frink, hablando
de cuestiones referentes a la Sociedad psicoanalítica de Nueva York, cuando
encontramos a un colega, el doctor R., al cual no había visto yo hacía años y
de cuya vida privada no conocía nada. Ambos nos alegramos de volver a vernos, y
a propuesta mía entramos en un café, en el que permanecimos dos horas
conversando animadamente. El doctor R. parecía conocer mis asuntos particulares
mejor que yo los suyos, pues tras los saludos de costumbre me
preguntó por la salud de mi hijo, declarándome que
de tiempo en tiempo tenía noticias mías por conducto de un amigo de ambos y que
se interesaba mucho por mi actividad
profesional, habiendo leído mis publicaciones en
las revistas de Medicina. A mi vez le pregunté si se había casado, contestando
él negativamente y añadiendo: `Para qué habría de casarse un hombre como yo.'
»Al abandonar el café se dirigió a mí de repente y
me dijo: `Quisiera saber lo que haría usted en el caso siguiente: Conozco a una
enfermera que ha sido declarada cómplice
en un proceso de divorcio. La esposa ofendida
entabló éste contra su marido, acusándole de adulterio con la susodicha
enfermera, y el divorcio se falló a favor de él…'. Al llegar aquí le
interrumpí, diciendo: `Querrá usted decir a favor de ella, de la esposa.' R.
rectificó en seguida: `Claro es; se falló a favor de ella'; y siguió su relato,
contando que el escándalo producido había impresionado de tal modo a la
enfermera, que había comenzado a darse a
la bebida y contraído un grave desarreglo nervioso.
Al final de su relato me pidió consejo sobre el tratamiento a que debía
someterla.
»Al rectificar su equivocación le rogué me la
explicara; pero, como sucede habitualmente en estos casos, recibí la asombrada
respuesta de que el error había sido por completo casual, que no había motivo
para suponer que se ocultase algo detrás de él y que, en fin de cuentas, todo
el mundo tenía derecho a equivocarse. A esto repliqué que todas las
equivocaciones orales tienen siempre un fundamento, y que si no me hubiera
dicho poco antes que era soltero, hubiese estado tentado de considerarle como
el protagonista del suceso relatado, porque siendo así quedaría explicada su
equivocación por su deseo de no haber sido él, sino su mujer, quien hubiera
perdido el pleito, con lo cual hubiese él quedado libre de tenerle que pasar
alimentos y con el derecho de volver a casarse en Nueva York. El doctor
rechazó, obstinadamente, mi sospecha, fortificándola al mismo tiempo por una
exagerada reacción emocional y señales inequívocas de gran excitación, seguidas
de ruidosas risotadas. A mi invitación a decir la verdad en interés de la
ciencia, contestó diciendo: `Si no quiere usted que le mienta, debe seguir
creyendo en mi soltería y, por
tanto, en que su interpretación psicoanalítica es
falsa en absoluto.' Luego añadió que el trato con un hombre como yo, que se
fijaba en tales pequeñeces, era en extremo peligroso, y recordando de repente
que tenía que acudir a una cita, se despidió de nosotros.
»Sin embargo, tanto el doctor Frink como yo
estábamos convencidos de la exactitud de mi interpretación del lapsus, y por mi
parte decidí comenzar a informarme para obtener una prueba favorable o adversa.
Días después visité a un vecino mío, antiguo amigo del doctor R., el cual
confirmó mi hipótesis en todos sus puntos. El pleito se había sentenciado unas
semanas antes, y la enfermera había sido declarada cómplice del adulterio. El
doctor
R. está ahora firmemente convencido de la exactitud
de los mecanismos freudianos.»
En el siguiente caso, comunicado por O. Rank,
aparece también como indudable eI hecho de traicionar la equivocación los sufrimientos
íntimos del sujeto que la sufre (Adición de 1912):
«Un individuo, carente en absoluto de sentimientos
patrióticos y que deseaba educar a sus hijos en esta misma ausencia de ideales,
en su opinión superfluos, reprochaba a aquéllos el haber tomado parte en una
manifestación patriótica y achacaba su conducta en este caso al ejemplo de un
tío de los muchachos: `Precisamente es a vuestro tío al que no debéis imitar
-les dijo-. Es un idiota.' La cara de asombro de sus hijos, no acostumbrados a
oír a su padre tratar al tío de aquel modo, le hizo darse cuenta de su
equivocación, y disculparse rectificando: `Como supondréis, no quería decir
idiota, sino patriota.'»
Como una involuntaria confesión en la que el sujeto
se traiciona a sí propio es interpretada por aquella persona misma a la que se
dirige la frase en la que aparece el error.
La equivocación siguiente, comunicada por J.
Stärcke (1917), el cual añade a su relato una observación acertada, pero que va
más allá de los límites en que debe mantenerse la interpretación.
«Una dentista había convenido con su hermana que la
reconocería un día para ver si existía o no contacto entre dos de sus muelas;
esto es, si las paredes laterales de dichas muelas estaban o no suficientemente
juntas para no permitir que quedasen entre ellas partículas de comida. Pasado
algún tiempo, la hermana se quejaba de que le hiciera esperar tanto para llevar
a cabo el reconocimiento prometido, y dijo, bromeando: `Ahora está curando con
todo interés a una colega suya. En cambio, yo, su hermana, tengo que esperar
días y días.' Por fin, cumplió la dentista su promesa, y al reconocer a su
hermana halló, en efecto, una caries en una de las muelas y dijo: `No creí que
hubiera caries; sólo pensaba que no tendrías contante…, digo contacto, entre
las dos muelas.' ¿Lo ves? -exclamó, riendo, la hermana-. ¿Ves cómo es por
avaricia por lo que me has hecho esperar mucho más tiempo que a las pacientes
que te pagan?'
»No debo -añade Stärcke- agregar mis propias
observaciones a las de la hermana de la dentista ni sacar de ellas conclusión
alguna; pero al serme conocido este lapsus no pude por menos de pensar que las
dos amables e inteligentes mujeres permanecen aún solteras y, además, tratan
poco con jóvenes del sexo contrario, y me pregunté a mí mismo si no tendrían
más contacto con éstos teniendo más contante.»
Igual valor de confesión involuntaria tiene la
siguiente equivocación comunicada por Th. Reik (1915):
«Una muchacha iba a ponerse en relaciones con un
individuo por motivo de conveniencia familiar. Para aproximar a ambos jóvenes,
sus respectivos padres organizaron una reunión a la que asistieron los futuros
novios. La joven supo dominarse lo bastante para no dejar ver su antipatía a su
pretendiente, que se mostró muy galante con ella. Mas
después, cuando su madre le preguntó cómo le había
parecido, queriendo contestar cortésmente: `Muy amable (liebenswürdig)', dijo:
`Muy desagradable (liebenswidrig)'.»
También constituye una confesión no menos
importante el siguiente lapsus, calificado por O. Rank de «chistosa
equivocación». (Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse) (1913):
«Una mujer casada, que gusta de oír contar
anécdotas y de la que se dice no rechaza pretensiones amorosas
extramatrimoniales cuando éstas se apoyan en presentes de alguna consideración,
escuchaba cómo un joven que le hacía la corte relataba no sin intención la
siguiente conocida historia: `Dos amigos estaban asociados en un negocio, y uno
de ellos hacía el amor a la mujer del otro, la cual no se mostraba muy
inclinada a concederle sus favores. Por fin le participó que accedería a sus
pretensiones a cambio de un regalo de mil duros. En una ocasión en que el
marido iba a partir de viaje, su consocio le pidió prestados mil duros,
prometiendo entregárselos a su mujer al siguiente día. Naturalmente, esta
cantidad quedó en seguida, como supuesto pago de sus favores, en manos de la
mujer, la cual, al regresar su marido, pasó por la angustia de creerse
descubierta y tuvo que entregar los mil duros y soportar encima silenciosamente
su despecho por haber sido burlada.' Al llegar el joven, en el relato de esta
historia, al punto en que el seductor dice a su consocio:
`Yo le devolveré mañana el dinero a tu mujer', su
interlocutora le interrumpió con las significativas palabras siguientes: `Diga
usted, ¿no me ha devuelto usted ya eso otra vez?…¡Ay, perdón!, quería decir
contado.' Sólo haciendo directamente la proposición hubiera podido indicar
mejor la señora su aquiescencia a entregarse bajo las mismas condiciones.»
Un bello caso de confesión, voluntaria, con
inocentes resultados, es el que V. Tausk publica en la Internationale
Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 1916, bajo el siguiente título:
«LA FE DE LOS PADRES»
»Como mi novia era cristiana -cuenta el señor A.- y
no quería adoptar la fe judía, tuve yo que pasar del judaísmo al cristianismo
para poderme casar con ella. Este cambio de confesión lo realicé no sin
resistencia interior; pero el fin que con él me proponía conseguir parecía
justificarlo, tanto más cuanto que contra él no podía alegar más que mi
exterior pertenencia al culto hebreo, pues carecía de arraigadas convicciones
religiosas. Sin embargo, siempre he confesado después pertenecer al judaísmo, y
pocos de mis conocidos saben que estoy bautizado.
»De mi matrimonio me han nacido dos hijos, que han
sido bautizados cristianamente. Cuando llegaron a edad de comprender las cosas,
les revelé su ascendencia judía, con el fin de que las opiniones antisemitas
que pudieran actuar sobre ellos en el colegio no influyeran,
injustificadamente, en su posición ante mí.
»Hace algunos años pasaba yo el verano con mis
hijos, que por entonces iban al colegio de primera enseñanza, en casa de la
familia de un profesor de dicho colegio. Hallándonos un día merendando con
nuestros huéspedes, que en general eran personas amables, la señora de la casa,
ignorante de la ascendencia semita de sus inquilinos veraniegos, lanzó algunas
duras palabras contra los judíos. Yo debía haber declarado la verdad para dar a
mis hijos un ejemplo del `valor de las propias convicciones'; pero temía las
inagotables explicaciones que habían de seguir a mi declaración. Además, me
cohibía el temor de tener que abandonar quizá el buen hospedaje que habíamos
hallado y abreviar así las cortas vacaciones de que podíamos gozar mis hijos y
yo en el caso de que nuestros huéspedes, al averiguar nuestro origen judío,
cambiaran de conducta para con nosotros.
»Por tanto, callé, y suponiendo que mis hijos, si
asistían por más tiempo a la conversación, acabarían por revelar franca y
decididamente la verdad, quise alejarlos, enviándolos al jardín.
»Con esta intención me dirigí a ellos y les dije:
`Id al jardín, judíos (Juden)' y advirtiendo en seguida mi equivocación,
rectifiqué: `muchachos (Jungen)'. Así, pues, mi equivocación fue la puerta por
donde halló salida la verdad y la expresión del reprimido
`valor de las propias convicciones'. Los que me
oyeron no sacaron consecuencia ninguna de mi equivocación, pues no le dieron
importancia alguna; pero yo, por mi parte, saqué de ella la enseñanza de que
`la fe de los padres' no se deja negar sin castigarnos cuando somos
hijos y padres a un mismo tiempo.»
De consecuencias más graves es la siguiente
equivocación, que no publicaría si el mismo juez que tomó la declaración en que
se produjo no me la hubiera indicado como propia para ser incluida en mi
colección (Adición de 1920):
«Un reservista acusado de robo se refería en su
declaración a su servicio militar (Dienststellung), y al pronunciar esta
palabra se equivocó y dijo: Diebstellung (Dieb = Diebstahl = ladrón, robo).»
En los trabajos de psicoanálisis las equivocaciones
del paciente sirven muchas veces para aclarar los casos y confirmar aquellas
hipótesis expuestas por el médico en el mismo momento en que el paciente las
niega con obstinación. Con uno de mis clientes se trataba
un día de interpretar un sueño que había tenido y
en el que había aparecido el nombre Jauner. El cliente conocía, en efecto, a
una persona de este nombre; pero no podíamos descubrir por qué tal persona
había sido incluida en el contenido del sueño. Por último, expuse la hipótesis
de que ello había sucedido tan sólo por la similicadencia del nombre Jauner con
el injurioso calificativo Gauner = rufián. El paciente rechazó rápida y
enérgicamente mi suposición; pero al hacerlo sufrió una equivocación que confirmó
mi sospecha, por consistir en el mismo cambio de la letra g por una j. En
efecto, al Ilamarle yo la atención sobre el lapsus cometido reconoció como
cierta mi interpretación de su sueño (dijo `jewagt' en vez de `gewagt').
Cuando en una discusión seria sufre uno de los
interlocutores uno de estos errores que convierten la intención de la frase en
la completamente contraria, queda en posición desventajosa frente a su
adversario, el cual raras veces deja de utilizar en provecho suyo tal ventaja.
Esto muestra claramente que en general todo el
mundo da a las equivocaciones orales y demás clases de actos fallidos la misma
interpretación que se les da en este libro, aunque luego los individuos
aislados se nieguen a reconocerlo en teoría y no estén propicios a prescindir,
cuando se trata de la propia persona, de la comodidad que supone la indiferente
tolerancia con la que se miran tales funciones fallidas. La hilaridad y la
burla que estos errores no dejan nunca de provocar cuando aparecen en momentos
graves o
decisivos son un testimonio contrario a la
convención generalmente aceptada de que no son sino meros lapsus linguae, sin
significación ni importancia psicológica alguna. Nada menos que el canciller
alemán príncipe de Bülow tuvo que recordar en una ocasión esta teoría de
la falta de significación de las equivocaciones
orales para salvar su situación cuando, pronunciando un discurso en defensa de
su emperador (noviembre de 1907), sufrió un error que le hizo decir lo
contrario de lo que se proponía.
«Por lo que respecta al presente, a la nueva época
del emperador Guillermo II -dijo-, he de repetir lo que ya dije hace un año:
que es inicuo e injusto hablar de la existencia de una camarilla de consejeros
responsables en torno a nuestro emperador… (Vivas exclamaciones:
`¡Irresponsables!'), de consejeros irresponsables en torno de nuestro
emperador. Perdonen sus señorías el lapsus linguae. (Hilaridad.)»
En este caso la frase del príncipe de Bülow perdió
importancia ante su auditorio por la acumulación de negaciones entre las que se
hallaba la equivocación. Además, la simpatía hacia el orador y la consideración
de la difícil situación en que se hallaba hicieron que su error no se
aprovechase para combatirle. Peores consecuencias tuvo el error de otro
diputado que un año después y en la misma Cámara,
queriendo invitar a sus oyentes a
enviar un mensaje sin consideraciones (rückhaltlos)
al emperador, descubrió con una desgraciada equivocación sentimientos distintos
que ocultaba en su pecho leal:
LATTMANN: -«Examinemos esta cuestión del mensaje
desde el punto de vista reglamentario. Según las leyes, el Reichstag tiene el
derecho de dirigir mensajes al emperador, y creemos que el pensamiento y el
deseo general del pueblo alemán están en dirigir al emperador en esta ocasión
un manfiesto armónico, y si podemos hacerlo sin herir los sentimientos
monárquicos, también debemos hacerlo doblando el espinazo (rückgratlos,
invertebradamente). (Hilaridad tempestuosa, que dura varios minutos.) Señores,
no he querido decir sin consideraciones (rückhaltlos) y sino doblando el
espinazo (rückgratlos) - hilaridad-, y una manifestación así, sin reserva
alguna del pueblo, ha de ser aceptada en estos graves momentos por nuestro
emperador.»
El periódico Vorwärts, en su número del 12 de
noviembre de 1908, no dejaba de señalar el significado de esta equivocación:
«DOBLANDO EL ESPINAZO ANTE EL TRONO IMPERIAL»
»Nunca se ha demostrado tan claramente en un Parlamento,
y por la involuntaria confesión de un diputado, la actitud de éste y de la
mayoría de los miembros de la Cámara como lo consiguió el antisemita Lattmann
en el segundo día de su interpelación cuando, con festivo pathos, dejó escapar
la confesión de que él y sus amigos querían decir al emperador su opinión
`doblando el espinazo'.
»Una tempestuosa hilaridad general ahogó las
siguientes palabras del infeliz, que todavía consideró necesario disculparse,
tartamudeando que lo que había querido decir era
`sin consideraciones'.»
Agregaré otro ejemplo (adición de 1924) en el que
la equivocación oral tomó la forma de una siniestra profecía. Comenzando 1923
hubo una gran conmoción en el mundo financiero cuando el joven banquero X.
(probablemente uno de los más recientes nouveuax riches en W., y con seguridad
el más rico y el más joven) al tomar posesión, después de una corta lucha, de
la mayoría de las acciones de un Banco. Como consecuencia posterior hubo lugar
una Asamblea General donde los viejos directores del Banco, financistas al
estilo antiguo, no fueron elegidos y el joven X. llegó a presidente del Banco.
En el discurso de despedida con que el Director
General Dr. Y. quiso honrar al presidente anterior, que no había sido
reelegido, muchos notaron una molesta equivocación oral que se repitió una y
otra vez. Reiteradamente habló de dahinscheiden (expirar), en vez de
ausscheidend (saliente) presidente. Después de esto, el antiguo presidente que
no fue reelecto murió pocos días después de esa asamblea. (Relatado por
Storfer.)
Otro bello ejemplo (Adición de 1907) de
equivocación, encaminada no tanto a traicionar los sentimientos del personaje
como a orientar al auditorio colocado fuera de la escena, se encuentra en el
drama de Schiller Wallenstein, Los Piccolomini (acto I, escena V), y nos
muestra que el poeta que utilizó este medio conocía la significación y el
mecanismo de la equivocación oral. En la escena precedente, Max Piccolomini,
lleno de entusiasmo, se ha declarado decidido partidario del duque, anhelando
la llegada de la
bendita paz, cuyos encantos le fueron descubiertos
en su viaje acompañando al campamento a la hija de Wallenstein. A continuación
comienza la escena V:
«QUESTENBERG: -¡Ay de nosotros! ¿A esto hemos
llegado? ¿Vamos, amigo mío, a dejarle marchar en ese error sin llamarle de
nuevo y abrirle los ojos en el acto?
OCTAVIO: -(Saliendo de profunda meditación.)j Ahora
acaba él de abrírmelos a mí, y veo más de lo que quisiera ver.
QUESTENBERG: -¿Qué es ello, amigo mío? OCTAVIO:
-¡Maldito sea el tal viaje! QUESTENBERG: -¿Por qué? ¿Qué sucede?
OCTAVIO: -Venid. Tengo que perseguir inmediatamente
la desdichada pista. Tengo que observarla con mis propios ojos. Venid. (Quiere
hacerle salir.)
QUESTENBERG: -¿Por qué? ¿Dónde? OCTAVIO:
-(Apresurado.) Hacia «ella». QUESTENBERG: -Hacia…
OCTAVIO: -(Corrigiéndose.) Hacia el duque. Vamos.»
Esta pequeña equivocación -hacia ella en vez de
hacia él- tiene por objeto revelarnos que el padre ha adivinado el motivo de la
decisión de su hijo de ponerse al lado de Wallenstein, mientras que
Questenberg, el cortesano, no comprendiendo nada, le dice
«que le está hablando en adivinanza».
Otto Rank (1910) ha descubierto en Shakespeare otro
ejemplo de empleo poético de la equivocación. Transcribo aquí la comunicación
de Rank, publicada en la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 3:
«Otro ejemplo de equivocación oral, delicadamente
motivado, utilizado con gran maestría técnica por un poeta y similar al
señalado por Freud en el Wallenstein, de Schiller, nos enseña que los poetas
conocen muy bien la significación y el mecanismo de esta función fallida y
suponen que también lo conoce o comprenderá el público. Este ejemplo lo
hallamos en El mercader de Venecia (acto III, escena II), de Shakespeare.
Porcia, obligada por la voluntad de su padre a tomar por marido a aquel de sus
pretendientes que acierte a escoger una de las tres cajas que le son
presentadas, ha tenido hasta el momento la fortuna de que ninguno de aquellos
amadores que no le eran gratos acertase en su elección. Por fin encuentra en
Bassano al hombre a quien entregaría gustosa su amor, y entonces teme que salga
también vencido en la prueba. Quisiera decirle que aun sucediendo así puede
estar seguro de que ella le seguirá amando; pero su juramento se lo impide. En
este conflicto interior le hace decir el poeta a su afortunado pretendiente:
»`Quisiera reteneros aquí un mes o dos aún antes
que aventurarais la elección de que dependo. Podría indicaros cómo escoger con
acierto; pero, si así lo hiciera, sería
perjura, y no lo seré jamás. Por otra parte, podéis
no obtenerme, y si esto sucede, me haríais arrepentir, lo cual sería un pecado,
de no haber faltado a mi juramento. ¡Mal hayan vuestros ojos! Se han hecho
dueños de mi ser y lo han dividido en dos partes, de las cuales la una es
vuestra y la otra vuestra, digo mía; mas siendo mía es vuestra, y así toda soy
vuestra.'»
Así, pues, aquello que Porcia quería tan sólo
indicar ligeramente a Bassano, por ser algo que en realidad debía callarle en
absoluto, esto es, que ya antes de la prueba le amaba y era toda suya, deja el
poeta, con admirable sensibilidad psicológica, que aparezca claramente en la
equivocación, y por medio de este artificio consigue calmar tanto la
insoportable incertidumbre del amante como la similar tensión del público sobre
el resultado de la elección.
Dado el interés que merece tal confirmación por
parte de los grandes poetas de nuestra concepción de las equivocaciones orales,
creo justificado agregar aún a los anteriores un tercer ejemplo de esta clase,
comunicado por E. Jones («Un ejemplo de uso literario de la equivocación oral»,
en la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 10) (1911):
»Otto Rank llama la atención, en un artículo
recientemente publicado, sobre un bello ejemplo en el cual Shakespeare hace
cometer a una de sus figuras femeninas, a Porcia, una equivocación oral, por
medio de la cual quedan revelados sus secretos pensamientos. Por mi parte
quiero también señalar un ejemplo análogo existente en El egoísta, la obra
maestra del gran novelista inglés George Meredith. El argumento de esta novela
es el siguiente: Un aristócrata, muy admirado en su círculo mundano, sir
Willaughby Patterne, se desposa con una tal miss Constancia Durham, la cual,
habiendo descubierto en su prometido un desenfrenado egoísmo, que él oculta con
habilidad a los ojos de la gente, se escapa, para huir de un matrimonio que le
repugna, con un capitán, Oxford. Años después Patterne y otra mujer, miss Clara
Middleton, se dan mutua palabra de casamiento. La mayor parte del libro está
destinada a describir minuciosamente el conflicto que surge en el alma de Clara
Middleton al descubrir, como antes lo descubrió Constancia Durham, el egoísmo
de su prometido. Determinadas circunstancias externas y su propia concepción del
honor continúan manteniendo a Clara ligada a su promesa de matrimonio, mientras
que cada vez va sintiendo mayor desprecio hacia sir Willaughby.
Estos sentimientos los confía en parte al
secretario y primo de aquél, Vernon Whitford, con el cual se casa al final de
la novela. Pero éste, por su lealtad hacia Patterne y varios
motivos, guarda en un principio una actitud de
reserva.
En un monólogo en el que Clara da rienda suelta a
su dolor dice lo que sigue: «¡Si un hombre noble viera la situación en que me
hallo y no desdeñara prestarme su ayuda!
¡Oh, ser libertada de esta prisión donde gimo entre
espinas! Por mí sola no puedo abrirme camino. Soy demasiado cobarde. Sólo una
señal que con un dedo se me hiciera creo que me transformaría. Desgarrada y
sangrante podría huir entre el desprecio y el griterío de la gente a refugiarme
en los brazos de un camarada… Constancia halló un soldado. Quizá rezó y fue
escuchada su plegaria. Hizo mal. Pero ¡cómo la amo por haber osado! El nombre
de él era Harry Oxford… Ella no dudó, rompió sus cadenas y marchó franca y
decididamente. Osada muchacha, ¿qué pensarás de mí? Pero yo no tengo ningún
Harry Whitford; yo estoy
sola…»
»La rápida percepción de que había sustituido por
otro nombre el de Oxford la anonadó como un mazazo, haciendo cubrirse su rostro
de llameante púrpura.»
El hecho de que los nombres de los dos sujetos
terminasen en «ford» facilita la confusión de la protagonista, y para muchos
constituiría una justificación suficiente del error; pero el novelista indica
claramente la verdadera causa profunda.
En otra parte del libro aparece de nuevo la misma
equivocación, seguida de aquella vacilación y aquel repentino cambio de tema
con los que nos familiarizan el psicoanálisis y la obra de Jung sobre las
asociaciones, y que no aparecen más que cuando ha sido herido un complejo
semiconsciente. Patterne dice en tono de superioridad, refiriéndose a Whitford:
«¡Falsa alarma! El bueno de Vernon es incapaz de
hacer nada extraordinario.» Clara responde: «Pero si, míster Oxford…, digo
míster Whitford… Mirad vuestros cisnes cómo acuden atravesando el lago. ¡Qué
bellos están cuando se hallan irritados!» Pero vamos a lo que iba a
preguntaros: «Aquellos hombres que son testigos de una visible admiración que a
otros se profesa, ¿no se desanimarán ante ello?» Sir Willaughby se irguió
rígidamente. Una repentina luz había iluminado su pensamiento.
Todavía en otro lugar revela Clara con un nuevo
lapsus su interior deseo de una íntima unión con Vernon Whitford. Dando un
recado a un muchacho le dice: «Di esta noche a míster Vernon…, a míster
Whitford…»
La concepción de las equivocaciones orales que se
sostiene en este libro ha sido verificada y comprobada hasta en sus más
pequeños detalles. Repetidas veces he conseguido demostrar que los más
insignificantes y naturales casos de errores verbales tienen su sentido y
pueden ser interpretados de igual modo que los casos más extraordinarios. Una
paciente que contra toda mi voluntad, pero con firme decisión, emprendía una
corta excursión a Budapest justificaba ante mí su desobediencia alegando que no
pasaría en dicha ciudad nada más que tres días; pero se equivocó, y en vez de
tres días, dijo tres semanas. Con esto reveló que por su gusto, a pesar mío,
pasaría mejor tres semanas que tres días con aquellas personas de Budapest cuya
sociedad juzgaba yo perjudicial para ella.
Una noche, queriendo excusarme de no haber ido a
buscar a mi mujer a la salida de un teatro, dije: «He estado en el teatro a las
diez y diez minutos.» «¿Querrás decir a las diez menos diez?», me repusieron,
rectificándome. Naturalmente, era esto lo que había querido decir, pues lo que
había realmente dicho no constituía excusa ninguna. Había quedado con mi mujer
en irla a buscar a la salida del teatro, y en el programa se decía que la
función acabaría antes de las diez. Cuando llegué, el vestíbulo estaba ya a
oscuras y el teatro vacío. Indudablemente, la representación había terminado
antes de mi llegada, y mi mujer no me había esperado. Saqué el reloj y vi que
eran las diez menos cinco minutos; pero me propuse presentar la cuestión en mi
casa aún más favorablemente para mí diciendo que eran las diez menos diez. Por
desgracia, mi equivocación echó a perder mi propósito y reveló mi insinceridad,
haciéndome además confesar un retraso más grave del verdadero.
Partiendo de este punto llegamos a aquellas
perturbaciones del discurso que no pueden considerarse ya como equivocaciones
orales, porque no afectan sólo a una palabra aislada, sino al ritmo y a la
total exteriorización de la oración, como por ejemplo, las repeticiones y el
tartamudeo causados por la confusión o el embarazo. Pero tanto en unos casos
como en otros, lo que en las perturbaciones del discurso se revela es el
conflicto interior. No creo, en verdad, que haya nadie que se equivoque durante
una audiencia con el rey, en una seria y sincera declaración de amor o en una
defensa del propio honor ante los jurados; esto es, en aquellos casos en que,
según nuestra justa expresión corriente, pone uno toda su alma. Hasta al
criticar el estilo de un escritor acostumbramos seguir aquel principio
explicativo del que no podemos prescindir en la
investigación de las equivocaciones aisladas.
Un estilo límpido e inequívoco nos demuestra que el
autor está de acuerdo consigo mismo, y, en cambio, una forma de expresión
forzada o retorcida nos indica la existencia de una idea no desarrollada
totalmente y nos hace percibir la ahogada voz de la autocrítica del autor.
Desde la aparición de la primera edición de este
libro han comenzado varios amigos y colegas míos extranjeros a dedicar su
atención a las equivocaciones cometidas en la lengua de sus respectivos países.
Como era de esperar, han hallado que las leyes de las funciones fallidas son
independientes del material oral y han adoptado igual método interpretativo que
el empleado por nosotros en las equivocaciones cometidas en lengua alemana.
Siendo incontables los ejemplos, no transcribiré aquí más que uno:
El doctor A. A. Brill (Nueva York) comunica la
siguiente observación propia: A friend described to me a nervous patient and
wished to know whether I could benefit him. I remarked, I believe that in time
I could remove all his symptoms by psycho-analysis because it is a durable case
wishing to say curable! («A contribution to The Psychopathology of Everyday
Life», en Psychotherapy, III… I, 1909.
Quiero, por último, añadir aquí (Adición 1917),
para aquellos lectores que no se asustan ante un esfuerzo de atención y para
aquellos otros familiarizados ya con el psicoanálisis, un ejemplo que demuestra
a qué profundidades psíquicas puede llegarse en la persecución de los motivos
de una equivocación oral.
L. Jekels (Internationale Zeitschrift für
Psychoanalyse, I, 1913):
«El día 11 de diciembre, hablando con una dama
polaca, me dirigió ésta en su idioma y con cierto tonillo de desafío la
pregunta siguiente: «¿Por qué he dicho yo hoy que tenía doce dedos?»
A mi ruego reprodujo la escena en la que surgió su
ocurrencia. Aquel día se había propuesto salir a hacer una visita con su hija,
la cual padecía de dementia praecox en estado de remisión, y la había mandado a
cambiarse de blusa a una habitación contigua. Al volver la hija ya vestida,
encontró a su madre limpiándose las uñas, y entre ambas se desarrolló el
siguiente diálogo:
LA HIJA: -Mira, yo ya estoy arreglada, y tú, no.
LA MADRE: -Es verdad; pero también tú no tenías más
que hacer que ponerte una blusa, y yo, en cambio, tengo que arreglarme doce
uñas.
LA HIJA: -¿Cómo?
LA MADRE: -(Impaciente.) Naturalmente. ¿No ves que
tengo doce dedos? Preguntada por un colega mío que asistía a su relato sobre lo
que se le ocurría
fijando su atención en el número doce, respondió
pronta y resueltamente: Doce no es para mí ninguna fecha (de importancia).
Pasando a la palabra dedos, nos comunicó, después
de la ligera vacilación, la asociación siguiente: «En la familia de mi marido
tenían todos seis dedos en cada pie. Cuando nacieron mis hijos, lo primero que
hicimos fue ver si también tenían seis dedos.»
Por causas exteriores al análisis no pudo éste ser
continuado aquella noche; pero a la mañana siguiente, día 12 de diciembre,
recibí la visita de la señora, que me dijo, visiblemente excitada: «Mire usted
lo que me ha sucedido. Desde hace veinte años no he dejado nunca de felicitar a
un anciano tío de mi marido en el día de su cumpleaños, que es hoy
precisamente. Siempre acostumbro escribirle una carta el día anterior; pero
esta vez se me ha olvidado y he tenido que ponerle un telegrama.»
Al oír esto recordé e hice recordar a la señora la
seguridad con que la noche anterior había contestado a la pregunta de mi colega
sobre el número doce, pregunta muy apropiada para haberle recordado el
cumpleaños de su tío y a la que ella había respondido que el día
12 no significaba para ella ninguna fecha
importante.
Entonces declaró la señora que el tío de su marido
era hombre de fortuna y que ella había contado siempre con que le heredaría,
pero que ahora pensaba en ello más que nunca, pues su situación económica era
un tanto apurada.
Así, pues, cuando una conocida suya le había
profetizado días antes, echándole las cartas, que iba a recibir mucho dinero,
había pensado en el acto en el tío; es decir, en su fallecimiento. Le había
pasado inmediatamente por el cerebro la idea de que dicho pariente era el único
de quien podía ella, heredándole sus hijos, recibir dinero. También recordó de
repente en aquella ocasión que ya la mujer del tío había prometido legar algo
en su testamento a sus hijos, pero que luego había muerto sin testar y quizá
hubiese dejado encargo a su marido de hacerlo a su muerte.
Vese claramente que el deseo de la muerte del tío
debió de surgir en ella con gran intensidad, pues la señora que le echaba las
cartas le dijo después: «Es usted capaz de incitar a la gente al asesinato.»
En los cuatro o cinco días que transcurrieron entre
la profecía y el cumpleaños del tío, la señora buscó de continuo en los
periódicos de la localidad en que éste vivía su obituario de defunción.
No es, por tanto, ninguna maravilla que con tan
intenso deseo de su muerte quedasen el hecho y la fecha del próximo cumpleaños
tan vigorosamente reprimidos, que llegara no sólo a poderse producir el olvido
de una intención cumplida sin falta tantos años seguidos, sino que tampoco
fuese ésta recordada por la pregunta de mi colega.
En el lapsus «doce dedos» se abrió camino el
reprimido «doce», contribuyendo también al fallo de la función.
Digo contribuyendo, porque la asociación que surgió
en el análisis ante la palabra
«dedos» nos hace sospechar la existencia de otras
motivaciones, explicándonos al mismo tiempo por qué razón el «doce» llegó a
falsear la inocente frase de los diez dedos.
La asociación era: «En la familia de mi marido
tenían todos seis dedos en cada pie.»…
Seis dedos en cada pie constituyen una anormalidad.
Seis dedos significan un niño anormal, y doce
dedos, dos niños anormales. Efectivamente, ésta era la realidad, pues tal
señora se había casado muy joven con un hombre reconocidamente excéntrico y
anormal, que al poco tiempo acabó por suicidarse, dejándole como única herencia
dos hijas, declaradas anormales por varios médicos, que habían señalado en
ellas graves taras hereditarias.
La mayor de las hijas había vuelto a su casa hacía
poco tiempo, después de grave ataque catatónico y la menor, que se hallaba en
la pubertad, enfermó también meses después de una grave neurosis.
El hecho de que la anormalidad de las hijas se
agregue aquí al deseo de la muerte del tío y se condense con este elemento,
reprimido con fuerza distinta y de mayor valencia psíquica, nos obliga a
aceptar, como segunda determinación de la equivocación, el deseo de la muerte
de las dos hijas anormales.
La significación prevaleciente del doce como deseo
de muerte se aclara por el hecho de hallarse muy íntimamente asociada al
concepto de muerte en la representación del
sujeto, pues el marido se había suicidado en un día
13 de diciembre; esto es, un día después del cumpleaños deI tío, cuya mujer
dijo en esta ocasión a la joven viuda: «Ayer nos felicitó aún tan cariñosa y
amablemente…, ¡y hoy…!»
Quiero añadir además que la señora tenía, en
realidad, razones más que suficientes para desear la muerte de sus hijas, las
cuales no le proporcionaban ninguna alegría, sino sólo preocupaciones,
imponiéndole penosas limitaciones de su propia vida y habiéndole obligado a
renunciar, por cariño a ellas, a toda posible felicidad sentimental y amorosa.
También aquel día se había esforzado en evitar toda
ocasión de irritar a la hija con la que iba a la visita, y es fácil hacerse una
idea del gasto de paciencia y abnegación que esto supone tratándose de una
enferma de dementia praecox, y cuántos sentimientos e impulsos de cólera es
necesario dominar.
Conforme a todo lo anterior, el sentido de la
equivocación sería el siguiente:
El tío debe morir; estas hijas anormales deben
morir (en general, toda esta familia anormal), y yo debo heredar su dinero.
La equivocación posee, a mi juicio, varios signos
de una estructura inhabitual, que
son:
1º. La existencia de dos determinantes condensadas
en un elemento.
2º. La existencia de las dos determinantes se
refleja en la duplicación de la
equivocación (doce uñas, doce dedos).
3º. Es singular el que una de las significaciones
del «doce», los doce dedos representativos de la anormalidad de las hijas,
constituya una representación indirecta. La anormalidad psíquica está aquí
representada por la física; la superior, por la inferior.»
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) VI. -EQUIVOCACIONES EN LA LECTURA Y EN LA ESCRITURA
El hecho de que a las equivocaciones en la lectura
y en la escritura puedan aplicarse las mismas consideraciones y observaciones
que a los lapsus orales no resulta nada sorprendente conociendo el íntimo
parentesco que existe entre todas estas funciones. Así, pues, me limitaré a
exponer algunos ejemplos cuidadosamente analizados, sin intentar incluir aquí
la totalidad de los fenómenos.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) VI. -EQUIVOCACIONES EN LA LECTURA Y EN LA ESCRITURA
El hecho de que a las equivocaciones en la lectura
y en la escritura puedan aplicarse las mismas consideraciones y observaciones
que a los lapsus orales no resulta nada sorprendente conociendo el íntimo
parentesco que existe entre todas estas funciones. Así, pues, me limitaré a
exponer algunos ejemplos cuidadosamente analizados, sin intentar incluir aquí
la totalidad de los fenómenos.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) I. Equivocaciones en la lectura.
I) Hojeando en el café un ejemplar del Leipziger
Illustrierten, que mantenía un tanto oblicuamente ante mis ojos, leí al pie de
una ilustración que ocupaba toda una página las siguientes palabras: «Una boda
en la Odisea.» Asombrado por aquel extraño título, rectifiqué la posición del
periódico y leí de nuevo, corrigiéndome: «Una boda en el Ostsee (mar Báltico).»
¿Cómo había podido cometer tan absurdo error? Mis pensamientos se dirigieron en
seguida hacia un libro de Ruth titulado Investigaciones experimentales sobre
las imágenes musicales, etc., que recientemente había leído con gran
detenimiento por
tratar de cuestiones muy cercanas a los problemas
psicológicos objeto de mi actividad. El autor anunciaba en este libro la
próxima publicación de otro, que había de titularse Análisis y leyes
fundamentales de los fenómenos oníricos, y habiendo yo publicado poco tiempo
antes una lnterpretación de los sueños, no es extraño que esperara con gran
interés la aparición de tal obra. En el libro de Ruth sobre las imágenes
musicales hallé, al recorrer el índice, el anuncio de una detallada
demostración inductiva de que los antiguos mitos y tradiciones helénicos poseen
sus principales raíces en las imágenes musicales, en los fenómenos oníricos y
en los delirios. Al ver esto abrí inmediatamente el libro por la página
correspondiente para ver si el autor conocía la hipótesis que interpreta la
escena de la aparición de Ulises ante Nausicaa, basándola en el vulgar sueño de
desnudez. Uno de mis amigos me había llamado la atención sobre el bello pasaje
de la obra de G. Keller Enrique
el Verde, en el que este episodio de la Odisea se
interpreta como una objetivación de los sueños del navegante, al que los
elementos hacen vagar por mares lejanos a su patria. A esta interpretación
había añadido yo la referencia al sueño exhibicionista de la propia desnudez.
Nada de esto descubrí en el libro de Ruth. Resulta, pues, que lo que en este
caso me preocupaba era un pensamiento de prioridad.
2) Veamos cómo pude cometer un día el error de leer
en un periódico: «En tonel
(Im Faß), por Europa», en vez de «A pie (Zu Fuß)
por Europa.» La solución de este error
me llevó mucho tiempo y estuvo llena de
dificultades. Las primeras asociaciones que se presentaron fueron que En tonel…
tenía que referirse al tonel de Diógenes, y luego, que en una Historia del arte
había leído hacía poco tiempo algo sobre el arte en la época de Alejandro. De
aquí no había más que un paso hasta el recuerdo de la conocida frase de este
rey: «Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes.» Recordé asimismo, muy
vagamente, algo relativo a cierto Hermann Zeitung que había hecho un viaje encerrado
en un cajón. Aquí cesaron de presentarse nuevas asociaciones, y no fue tampoco
posible hallar la página de la Historia del arte en la que había leído la
observación a que antes me he referido. Meses después me volví a ocupar de este
problema de interpretación, que había
abandonado antes de llegar a resolverlo, y esta vez
se presentó acompañado ya de su solución. Recordé haber leído en un periódico
(Zeitung) un artículo sobre los múltiples y a veces extravagantes medios de
transporte (Beförderung) utilizados en aquellos días por las gentes para
trasladarse a París, donde se celebraba la Exposición Universal, artículo en el
que, según creo, se comentaba humorísticamente el propósito de cierto individuo
de hacer el camino hasta París metido dentro de un tonel que otro sujeto haría
rodar. Como es natural, estos excéntricos no se proponían con estas locuras más
que llamar la atención sobre sus personas. Hermann Zeitung era, en realidad, el
nombre del individuo que había dado el primer ejemplo de tales desacostumbrados
medios de transporte (Beförderung).
Después recordé que en una ocasión había asistido a
un paciente cuyo morboso miedo a los periódicos reveló ser una reacción contra
la ambición patológica de ver su nombre impreso en ellos como el de un
personaje de renombre. Alejandro Magno fue seguramente uno de los hombres más
ambiciosos que han existido. Se lamentaba de que no le fuera dado encontrar un
Homero que cantase sus hazañas. Mas ¿cómo no se me había ocurrido antes pensar
en otro Alejandro muy próximo a mí, en mi propio hermano menor, así llamado? Al
llegar a este punto hallé en el acto tanto el pensamiento que refiriéndose a
este Alejandro había sufrido una represión por su naturaleza desagradable como
las circunstancias que ahora le habían permitido acudir a mi memoria. Mi
hermano estaba muy versado en las cuestiones de tarifas y transportes, y en una
determinada época estuvo a punto de obtener el título de profesor de una
Escuela Superior de Comercio. También yo estaba propuesto
desde hacía varios años para una promoción
(Beförderung) al título de profesor de la Universidad. Nuestra madre manifestó
por entonces su extrañeza de que su hijo menor alcanzara antes que el mayor el
título por ambos deseado. Esta era la situación en la época en la que me fue
imposible hallar la solución de mi error en la lectura. Después tropezó también
mi hermano con graves inconvenientes. Sus probabilidades de alcanzar el título
de profesor quedaron por bajo de las mías, y entonces, como si esta disminución
de las probabilidades de mi hermano de obtener el deseado título hubiera
apartado un obstáculo, fue cuando de repente se me apareció con toda claridad
el sentido de mi equivocación en la lectura. Lo sucedido era que me había
conducido como si leyera en el periódico el nombramiento de mi hermano, y me
dije a mí mismo: «Es curioso que por tales tonterías (las ocupaciones
profesionales de mi hermano) pueda salir en un periódico (esto es, pueda uno
ser nombrado profesor).» En el acto me fue posible hallar sin dificultad
ninguna en la Historia del arte el párrafo sobre el arte helénico en tiempo de
Alejandro, viendo con asombro que en mis pasadas investigaciones había leído
varias veces la página de referencia y todas ellas había saltado, como poseído
por una alucinación negativa, la tan buscada frase. Por otra parte, ésta no
contenía nada que hubiese podido iluminarme ni tampoco nada que por
desagradable hubiera tenido que ser olvidado. A mi juicio, el
síntoma de no encontrar en el libro la frase
buscada no apareció más que para inducirme a
error, haciéndome buscar la continuación de la
asociación de ideas precisamente allí donde se hallaba colocado un obstáculo en
el camino de mi investigación; esto es, en cualquier idea sobre Alejandro
Magno, con lo cual había de quedar desviado mi pensamiento de mi hermano del
mismo nombre. Esto se produjo, en efecto, pues yo dirigí toda mi actividad a
encontrar en la Historia del arte la perdida página.
El doble sentido de la palabra Beförderung
(transporte-promoción) constituye en este caso el puente asociativo entre los
dos complejos: uno, de escasa importancia, excitado por la noticia leída en el
periódico, y otro, más interesante, pero desagradable, que se manifestó como
perturbación de lo que se trataba de leer. Este ejemplo nos muestra que no son
siempre fáciles de esclarecer fenómenos de la especie de esta equivocación. En
ocasiones llega a ser preciso aplazar para una época más favorable la solución
del
problema. Pero cuanto más difícil se presenta la
labor de interpretación, con más seguridad se puede esperar que la idea
perturbadora, una vez descubierta, sea juzgada por nuestro pensamiento
consciente como extraña y contradictoria.
3) Un día recibí una carta en la que se me
comunicaba una mala noticia. Inmediatamente llamé a mi mujer para
transmitírsela, informándola de que la pobre señora de Wilhelm M. había sido
desahuciada por los médicos. En las palabras con que expresé mi sentimiento
debió de haber, sin embargo, algo que, sonando a falso, hizo concebir a mi
mujer alguna sospecha, pues me pidió la carta para verla, haciéndome observar
que estaba segura de que en ella no constaba la noticia en la misma forma en
que yo se la había comunicado, porque, en primer lugar, nadie acostumbra aquí
designar a la mujer sólo por el apellido del marido, y además la persona que
nos escribía conocía perfectamente el nombre de pila de la citada señora. Yo
defendí tenazmente mi afirmación, alegando como argumento la redacción usual de
las tarjetas de visita, en las cuales la mujer suele
designarse a sí misma por el apellido del marido.
Por último, tuve que mostrar la carta, y, efectivamente, leímos en ella no sólo
«el pobre W. M.», sino «el pobre doctor W. M.», cosa que me había escapado
antes por completo. Mi equivocación en la lectura había significado un esfuerzo
espasmódico, por decirlo así, encaminado a transportar del marido a la mujer la
triste noticia. El título incluido entre el adjetivo y el apellido no se
adaptaba a mi pretensión de que la noticia se refiriese a la mujer, y, por
tanto, fue omitido en la lectura. El motivo de esta falsificación no fue, sin
embargo, el de que la mujer me fuese menos simpática que el marido, sino la
preocupación que la desgracia de éste despertó en mí con respecto a una persona
allegada que padecía igual enfermedad.
4) Más irritante y ridícula es otra equivocación en
la lectura a la que sucumbo con gran frecuencia cuando en épocas de vacaciones
me hallo en alguna ciudad extranjera y paseo por sus calles. En otras ocasiones
leo la palabra «Antigüedades» en todas las muestras de las tiendas en las que
consta algún término parecido, equivocación en la que surge al exterior el
deseo de hallazgos interesantes que siempre abriga el coleccionista.
5) Bleuler relata en su importante obra titulada
Afectividad, sugestibilidad, paranoia (1906, pág. 121) el siguiente caso:
«Estando leyendo, tuve una vez la sensación intelectual de ver escrito mi
nombre dos líneas más abajo. Para mi sorpresa, no hallé, al buscarlo, más que
la palabra corpúsculos de la sangre (Blutkörperchen). De los muchos millares de
casos analizados por mí de equivocaciones en la lectura, surgidas en palabras
situadas tanto en el campo visual periférico como en el central, era éste el más
interesante. Siempre que antes
había imaginado ver mi nombre, la palabra que
motivaba la equivocación había sido mucho más semejante a él, y en la mayoría
de los casos tenían que existir en los lugares inmediatos todas las letras que
lo componen para que yo llegara a cometer el error. Sin embargo, en
este caso no fue difícil hallar los fundamentos de
la ilusión sufrida, pues lo que estaba leyendo era precisamente el final de una
crítica en la que se calificaban de equivocados determinados trabajos
científicos, entre los cuales sospechaba yo pudieran incluirse los míos.»
6) (Adición de 1919.) Hanns Sachs contó haber
leído: «Las cosas que impresionan a los demás son sobrepasadas por él en su
Steifleinenheit (erudición pedante). Esta palabra
me sorprendió, continuaba diciendo Sachs, y
observándole con detención descubrí que era Stilfeinheit (estilo elegante)».
Este pasaje sucedió en el curso de unas observaciones por un autor al que
admiraba, que alababa exageradamente a un historiador al que yo no tenía
simpatía por exhibir el «modo magistral germano» en forma muy marcada.
7) El doctor Marcell Eibenschütz comunica el
siguiente caso de equivocación en la lectura, cometida en una investigación
filológica (Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 5-6) (1911).
«Trabajo actualmente en la traducción del Libro de
los mártires, conjunto de leyendas escritas en alemán arcaico. Mi traducción
está destinada a aparecer en la serie de
`Textos alemanes de la Edad Media' que publica la
Academia de Ciencias prusiana. Las referencias sobre este ciclo de leyendas,
inédito aún, son muy escasas; el único escrito conocido sobre él es un estudio
de J. Haupt titulado Sobre el «Libro de los mártires», obra de la Edad Media
alemana. Haupt no utilizó para su trabajo un manuscrito antiguo, sino una copia
moderna (del siglo XIX) del Códice principal C (Klosterneuburg), copia que se
conserva en la Biblioteca Real. Al final de esta copia existe la siguiente
inscripción:
ANNO DOMINI MDCCCL IN VIGILIA EXALTATIONIS SANCTE
CRUCIS CEPTUS EST ISTE LlBER ET IN VIGILIA PASCE ANNI SUBSEQUENTIS FINITUS CUM
AUDITORIO OMNIPOTENTIS PER ME HARTMANUM DE KRASNA TUNC TEMPORIS ECCLESIE
NIWENBURGENSIS CUSTODEM.
Haupt incluye en su estudio esta inscripción,
creyéndola de mano del mismo autor del manuscrito C, y, sin embargo, no
modifica su afirmación de que éste fue escrito en el año 1350, lo cual supone
haber leído equivocadamente la fecha de 1850 que consta con toda claridad en
números romanos, e incurre en este error, a pesar de haber tenido que copiar la
inscripción entera, en la cual aparece la citada fecha de MDCCCL.
El trabajo de Haupt ha constituido para mí un
manantial de confusiones. Al
principio, hallándome por completo como novicio en
la ciencia filológica, bajo la influencia de la autoridad de Haupt, cometí
durante mucho tiempo igual error que él y leí en la citada inscripción 1350 en
vez de 1850; mas luego vi que en el manuscrito principal C, por mí utilizado,
no existía la menor huella de tal inscripción, y descubrí además que en todo el
siglo XIV no había habido en Klosterneuburg ningún
monje llamado Hartmann. Cuando por fin cayó el velo que oscurecía mi vista,
adiviné todo lo sucedido, y subsiguientes investigaciones confirmaron mi
hipótesis en todos sus puntos. La tan repetida inscripción no existe más que en
la copia utilizada por Haupt y proviene de mano del copista, el padre Hartman
Zeibig, natural de Krasna (Moravia), fraile agustino y canónigo de
Klosterneuburg, el cual copió en 1850, siendo tesorero de la Orden, el
manuscrito principal C, y se citó a sí mismo, según costumbre antigua, al final
de la copia. El estilo medieval y
la arcaica fotografía de la inscripción, unidos al
deseo de Haupt de dar el mayor número posible de datos sobre la obra objeto de
su estudio y, por tanto, de precisar la fecha del manuscrito C, contribuyeron a
hacerle leer siempre 1350 en vez de 1850. (Motivo del acto fallido.)»
8) Entre las Ocurrencias chistosas y satíricas, de
Lichtenberg, se encuentra una que seguramente ha sido tomada de la realidad y
encierra en sí casi toda la teoría de las equivocaciones en la lectura. Es la
que sigue: «Había leído tanto a Homero, que siempre que aparecía ante su vista
la palabra angenommen (admitido) leía Agamemnon (Agamenón).»
En una numerosísima cantidad de ejemplos es la
predisposición del lector la que transforma el texto a sus ojos, haciéndole
leer algo relativo a los pensamientos que en aquel momento le ocupan. El texto
mismo no necesita coadyuvar a la equivocación más que presentando alguna
semejanza en la imagen de las palabras, semejanza que pueda servir de base al
lector para verificar la transformación que su tendencia momentánea le sugiere.
El que la lectura sea rápida y, sobre todo, el que el sujeto padezca algún defecto,
no corregido, de la visión son factores que coadyuvan a la aparición de tales
ilusiones, pero que no constituyen en ningún modo condiciones necesarias.
9) La pasada época de guerra, haciendo surgir en
toda persona intensas y duraderas preocupaciones, favoreció la comisión de
equivocaciones en la lectura más que en la de ningún otro rendimiento fallido.
Durante dichos años pude hacer una gran cantidad de observaciones, de las que,
por desgracia, sólo he anotado algunas. Un día cogí un periódico y hallé en él
impresa en grandes letras la frase siguiente: «La paz de Görz» (Der Friede von
Görz). Mas en seguida vi que me había equivocado y que lo que realmente constaba
allí era
«El enemigo ante Görz» (Die Feinde von Görz). No es
extraño que quien tenía dos hijos combatiendo en dicho punto cometiese tal
error. Otra persona halló en un determinado contexto una referencia a «antiguos
bonos de pan» (alte Brotkarte), bonos que, al fijar su atención en la lectura,
tuvo que cambiar por «brocados antiguos» (alte Brokate). Vale la pena de hacer
constar que el individuo que sufrió este error era frecuentemente invitado a
comer por una familia amiga y solía corresponder a tal amabilidad y hacerse
grato a la señora de la casa cediéndole los bonos de pan que podía procurarse.
Un ingeniero, preocupado porque su equipo de faena no había podido nunca
resistir sin destrozarse en poco tiempo la humedad que reinaba en el túnel en
cuya construcción trabajaba, leyó un día, quedándose asombrado, un anuncio de
«objetos de piel malísima» (Schundleder - textualmente: piel indecente-). Pero
los comerciantes rara vez son tan sinceros. Lo que el anuncio recomendaba eran
objetos de «piel de foca» (Seehundleder).
La profesión o situación actual del lector
determinan también el resultado de sus equivocaciones. Un filólogo que, a causa
de sus últimos y excelentes trabajos, se halla en
controversia con sus colegas, leyó en una ocasión
«estrategia del idioma» (Sprachstrategie), en vez de «estrategia del ajedrez»
(Schachstrategie). Un sujeto que paseaba por las calles de una ciudad
extranjera, al llegar la hora en que el médico que le curaba de una enfermedad
intestinal le había prescrito la diaria y regular realización de un acto
necesario, leyó en una gran muestra colocada en el primer piso de un alto
almacén la palabra Closet; mas a su satisfacción de haber hallado lo que le
permitía no infringir su plan curativo se mezcló
cierta extrañeza por la inhabitual instalación de
aquellas necesarias habitaciones. Al mirar de nuevo la muestra desapareció su
satisfacción, pues lo que realmente había escrito en ella era Corset-House.
10) Existe un segundo grupo de casos en el que la
participación del texto en el error que se comete en su lectura es más
considerable. En tales casos, el contenido del texto es algo que provoca una
resistencia en el lector o constituye una exigencia o noticia dolorosa para él,
y la equivocación altera dicho texto y lo convierte en algo expresivo de la
defensa del sujeto contra lo que le desagrada o en una realización de sus
deseos. Hemos de admitir, por tanto, que en esta clase de equivocaciones se
percibe y se juzga el texto antes de corregirlo, aunque la consciencia no se
percate en absoluto de esta primera lectura.
Un ejemplo de este género es el señalado
anteriormente con el número (3), y otro, el que a continuación transcribimos,
observado por el doctor Eitingon durante su permanencia en el hospital militar
de Igló (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1915):
«El teniente X., que se encuentra en nuestro
hospital enfermo de una neurosis traumática de guerra, me leía una tarde la
estrofa final de una poesía del malogrado Walter Heymann, caído en la lucha. Al
llegar a los últimos versos, X., visiblemente emocionado, los leyó en la
siguiente forma:
»-Mas ¿dónde está escrito, me pregunto, que sea yo
el que entre todos permanezca en vida y sea otro el que en mi lugar caiga? Todo
aquel que de vosotros muere, muere seguramente por mí. ¿Y he de ser yo el que
quede con vida? ¿Por qué no?
»Mi extrañeza llamó la atención del lector, que, un
poco confuso, rectificó:
»-¿Y he de ser yo el que quede con vida? ¿Por qué
yo?»
Este caso me permitió penetrar analíticamente en la
naturaleza del material psíquico de las «neurosis traumáticas de guerra» y
avanzar en la investigación de sus causas un poco más allá de las explosiones
de las granadas, a las que tanta importancia se ha concedido en este punto.
En el caso expuesto se presentaban también a la
menor excitación los graves temblores que caracterizan a estas neurosis, así
como la angustia y la propensión al llanto, a los ataques de furor, con
manifestaciones motoras convulsivas de tipo infantil, y a los vómitos.
El origen psíquico de estos síntomas, sobre todo
del último, hubiera debido ser percibido por todo el mundo, pues la aparición
del médico mayor que visitaba de cuando en cuando a los convalecientes o la
frase de un conocido que al encontrar a uno en la calle le dijese: «Tiene usted
muy buen aspecto. Seguramente está usted ya curado», bastaban para provocar en
el acto un vómito.
«Curado…, volver al frente…, ¿por qué yo?»
El doctor Hans Sachs ha reunido y comunicado
algunos otros casos de equivocaciones en la lectura motivadas por las
circunstancias especiales de la época de guerra (lnternationale Zeitschrift für
Psychoanalyse, IV, 1916-17):
11) «Un conocido mío me había dicho repetidas veces
que cuando fuera llamado a filas no haría uso del derecho que su título
facultativo le concedía de prestar sus servicios
en el interior y, por tanto, iría al frente de
batalla. Poco tiempo antes de llegarle su turno me comunicó un día, con seca
concisión, que había presentado su título para hacer valer sus derechos y que,
en consecuencia, había sido destinado a una actividad industrial. Al día
siguiente nos encontramos en una oficina. Yo me hallaba escribiendo ante un
pupitre, y mi amigo se situó detrás de mí y estuvo mirando un momento lo que yo
escribía. Luego dijo:
`La palabra esa de ahí arriba es Druckbogen
(pliego), ¿no? Antes había leído Drückeberger
(cobarde)'.»
12) «Yendo sentado en un tranvía iba pensando en
que algunos de mis amigos de juventud que siempre habían sido tenidos por
delicados y débiles se hallaban ahora en estado de resistir penosas marchas, a
las que yo seguramente sucumbiría. En medio de estos pocos agradables
pensamientos leí a la ligera y de pasada en la muestra de una tienda las
palabras `Constituciones de hierro', escritas en grandes letras negras. Un
segundo después caí en que estas palabras no eran apropiadas para constar en el
rótulo de ningún comercio y, volviéndome, conseguí echar aún una rápida ojeada
sobre el letrero. Lo que realmente se leía en él era: `Construcciones de
hierro'.»
13) «En los periódicos vi un día un despacho de la
agencia Reuter con la noticia, desmentida más tarde, de que Hughes había sido
elegido presidente de la República de los Estados Unidos. Al pie de esta
noticia venía una corta biografía del supuesto elegido, y en ella leí que
Hughes había cursado sus estudios en la Universidad de Bonn, extrañando no
haber encontrado este dato en ninguno de los artículos periodísticos que, con
motivo de la elección presidencial en Norteamérica, venían publicándose hacía ya
algunas semanas. Una nueva lectura me demostró que la Universidad citada era la
de Brown. Este rotundo caso,
en el cual hubo de ser necesaria una fuerte
violencia para la producción del error, se explica por la ligereza con la que
suelo leer los periódicos; pero, sobre todo, por el hecho de que la simpatía
del nuevo presidente hacia las potencias centrales me parecía deseable como
fundamento de futuras buenas relaciones y no sólo por motivos políticos, sino
también de índole personal.»
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) II. Equivocaciones en la escritura.
1) En una hoja de papel que contenía principalmente
notas diarias de interés profesional encontré con sorpresa la fecha equivocada,
«Jueves, 20 octubre», escrita en vez de la verdadera, que correspondía al mismo
día del mes de septiembre. No es difícil explicar esta anticipación como
expresión de un deseo. En efecto, días antes había regresado con nuevas fuerzas
de mi viaje de vacaciones y me sentía dispuesto a reanudar
mi actividad médica, pero el número de pacientes
era aún pequeño. A mi llegada había hallado una carta, en la que un enfermo
anunciaba su visita para el día 20 de octubre. Al
escribir la fecha del mismo día del mes de
septiembre debí de pensar: «Ya podía estar aquí X. ¡Qué lástima tener que
perder un mes entero!», y con esta idea anticipé la fecha. Como el pensamiento
perturbador no podía calificarse en este caso de desagradable, hallé sin
dificultad la explicación de mi error en cuanto me di cuenta de él. Al otoño
siguiente cometí de nuevo un error análogo y similarmente motivado. E. Jones ha
estudiado estos casos de equivocación en la escritura de las fechas,
hallándolos, en su mayoría, dependientes de un motivo.
2) Habiendo recibido las pruebas de mi contribución
a la Memoria anual sobre Neurología y Psiquiatría, me dediqué con especial
cuidado a revisar los nombres de los autores extranjeros citados en mi trabajo,
nombres que por pertenecer a personas de diversas nacionalidades presentan
siempre alguna dificultad para los cajistas. En efecto, hallé varias erratas de
esta clase, que tuve que corregir; pero lo curioso fue que el cajista había
rectificado, en cambio, en las pruebas un nombre que yo había escrito erróneamente
en las cuartillas. En mi artículo alababa yo el trabajo del tocólogo Burckhard
sobre la influencia del nacimiento en el origen de la parálisis infantil, y al
escribir dicho nombre me había equivocado y había escrito Buckrhard, error que
el cajista corrigió, componiendo el nombre correctamente. Mi equivocación no
provenía de que yo abrigase contra el tocólogo una enemistad que me hubiera
hecho desfigurar su nombre al escribirlo; pero era el caso que su mismo
apellido lo llevaba también un escritor vienés que me había irritado con una
crítica poco comprensiva de mi Interpretación de los sueños, y de este modo, lo
sucedido
fue como si al escribir el apellido Burckhard con
el que quería designar al tocólogo, hubiera pensado algo desagradable del otro
escritor de igual apellido, cometiendo entonces el error que desfiguró aquél,
acto que, como ya indicamos antes, significa desprecio hacia la
persona correspondiente.
3) Esta afirmación aparece confirmada y robustecida
por una autoobservación, en la que A. J. Storfer expone con franqueza digna de
encomio los motivos que le hicieron recordar inexactamente primero y escribir
luego, desfigurándolo, el nombre de un supuesto émulo científico
(Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1914):
«UNA OBSTINADA DESFIGURACIÓN DE UN NOMBRE»:
«En diciembre de 1910 vi en el escaparate de una
librería de Zurich el entonces reciente libro del doctor Eduard Hitschmann
sobre la teoría freudiana de las neurosis. Por aquellos días trabajaba yo
precisamente en una conferencia, que debía pronunciar en una sociedad
científica, sobre la Psicología de Freud. En la ya escrita introducción a mi
conferencia hablaba yo del desarrollo histórico de la Psicología freudiana,
observando que por tener ésta su punto de partida en investigaciones de
carácter práctico, se hacía muy difícil exponer en un breve resumen sus líneas
fundamentales, no habiendo hasta el momento nadie que hubiese emprendido tal
tarea. Al ver aquel libro, de autor hasta entonces desconocido para mí, no
pensé al principio comprarlo, y cuando días después decidí lo contrario, el
libro no estaba ya en el escaparate. Al dar en la tienda el título de la obra
recién publicada nombré como autor al doctor Eduard Hartmann. El librero me
corrigió, diciendo: `Querrá usted decir Hitschmann', y me trajo el libro
deseado.
»El motivo inconsciente del rendimiento fallido era
fácil de descubrir: Yo contaba ya, en cierto modo, con hacerme un mérito de
haber resumido antes que nadie las líneas fundamentales de la teoría
psicoanalítica, y, por tanto, había visto con enfado y envidia la aparición del
libro de Hitschmann, que disminuía mis merecimientos. La deformación del nombre
de su autor constituía, pues, conforme a las teorías sustentadas en la
Psicopatología de la vida cotidiana, un acto de hostilidad inconsciente. Con
esta explicación me di
entonces por satisfecho.
»Semanas después anoté por escrito las
circunstancias del rendimiento fallido relatado, y al hacerlo se me ocurrió
pensar en cuál sería la razón de haber transformado el nombre de Eduard
Hitschmann precisamente en Eduard Hartmann. ¿Habría sido tan sólo la semejanza
entre ambos nombres la que me había hecho escoger como sustitutivo el del
renombrado filósofo? Mi primera asociación fue el recuerdo de que el profesor
Hugo Meltzl, apasionado admirador de Schopenhauer, había dicho un día lo
siguiente: `Eduard von Hartmann es Schopenhauer desfigurado, Schopenhauer,
vuelto hacia la izquierda'. Así, pues, la tendencia afectiva que había
determinado la imagen sustitutiva del nombre olvidado era ésta: `El tal
Hitschmann y su exposición compendiada de las teorías de Freud no deben de ser
nada que valga la pena. Hitschmann debe de ser, con respecto a Freud, lo que
Hartmann con respecto a Schopenhauer.''
»Al cabo de seis meses cayó ante mi vista la hoja
en que había anotado este caso de olvido determinado y acompañado de recuerdo
sustitutivo, y al leerla observé que nuevamente había desfigurado en mi relato
el nombre de Hitschmann, escribiendo Hintschmann.»
4) He aquí otro caso de equivocación en la
escritura, aparentemente grave, y que pudiera ser también incluido entre los
casos de «actos de término erróneo» (Vergreifen):
«En una ocasión me proponía sacar de la Caja Postal
de Ahorros la cantidad de 300 coronas, que deseaba enviar a un pariente mío,
residente fuera de Viena, para hacer posible emprender una cura de aguas
prescrita por su médico. Al ocuparme de este asunto vi que
mi cuenta corriente ascendía a 4.380 coronas, y
decidí dejarla reducida a 4.000, cantidad redonda que debía permanecer intacta
en calidad de reserva para futuras contingencias. Después de extender el cheque
en forma regular y haber cortado en la libreta los cupones correspondientes a
la cantidad deseada, me di cuenta de que había solicitado extraer de la Caja de
Ahorros no 380 coronas, como quería sino exactamente 438, y quedé asustado de
la poca seguridad con que ejecutaba mis propios actos. En seguida reconocí lo
injustificado de mi miedo pues mi error no me hubiera hecho más pobre de lo que
era antes de él. Pero hube de reflexionar un rato con objeto de descubrir la
influencia que había modificado mi
primera intención, sin advertir antes de ello a mi
consciencia. Al principio me dirigí por caminos equivocados. Sustraje 380
coronas de 438 y me quedé sin saber qué hacer de la diferencia obtenida. Mas al
fin caí en la verdadera conexión: ¡438 era el diez por ciento de
4.380, total de mi cuenta corriente! ¡Y el diez por
ciento es el descuento que hacen los libreros! Recordé que días antes había
buscado en mi biblioteca, y reunido aparte, una cantidad de obras de Medicina
que habían perdido su interés para mí con objeto de ofrecérselas al librero,
precisamente por 300 coronas. El librero encontró demasiado elevado el precio y
quedó en darme algunos días después su definitiva respuesta. En caso de aceptar
el precio pedido, me habría reembolsado la suma que yo tenía que enviar a mi
enfermo pariente. No cabía, pues, dudar de que en
el fondo lamentaba tener que disponer de
aquella suma en favor de otro. La emoción que
experimenté al darme cuenta de mi error queda mejor explicada ahora,
interpretándola como un temor de arruinarme con tales gastos. Pero ambas cosas,
el disgusto de tener que enviar la cantidad y el miedo a arruinarme con él
ligado, eran completamente extrañas a mi consciencia. No sentí la menor
huella de disgusto al prometer enviar dicha suma y
hubiera encontrado risible la motivación del mismo. Nunca me hubiera creído
capaz de abrigar tales sentimientos si mi costumbre de someter a los pacientes
al análisis psíquico no me hubiera familiarizado hasta cierto punto con los
elementos reprimidos de la vida anímica, y si, además, no hubiera tenido días
antes un sueño que reclamaba igual interpretación».
5) El caso que va a continuación y cuya
autenticidad puedo garantizar, está tomado de una comunicación de W. Stekel:
«En la redacción de un difundido semanario ocurrió
recientemente un increíble caso de equivocación en la escritura y en la
lectura. La dirección de dicho semanario había sido tachada de `vendida', y se
trataba de contestar en un artículo rechazando con indignación el insultante
calificativo. El redactor jefe y el autor de dicho artículo leyeron éste
repetidas veces, tanto en las cuartillas como en las pruebas, y ambos quedaron
satisfechos. De
repente llegó a su presencia el corrector,
haciéndoles notar una pequeña errata que se les había escapado a todos. En el
artículo se leía con toda claridad lo siguiente: `Nuestros lectores
testimoniarán que nosotros hemos defendido siempre interesadamente el bien
general.' Como es lógico, lo que allí se había querido decir era
desinteresadamente. Pero los verdaderos pensamientos se abrieron camino a
través del patético discurso.»
6) Una lectora del Pester Lloyd, la señora Kata
Levy, de Budapest, observó un caso similar de sinceridad involuntaria en una
afirmación de un telegrama de Viena publicado por dicho periódico el 11 de
octubre de 1918.
Decía así: «A causa de la absoluta confianza que
durante toda la guerra ha reinado entre nosotros y nuestros aliados alemanes,
debe suponerse como cosa indudable que ambas potencias obrarán conjuntamente en
todas las ocasiones y, por tanto, es ocioso añadir que también en esta fase de
la guerra laboran de imperfecto acuerdo los Cuerpos diplomáticos de ambos
países.»
Pocas semanas después se pudo hablar con más
libertad de dicha «absoluta confianza», sin tener que recurrir a las
equivocaciones en la escritura o en la composición.
7) Un americano que había venido a Europa, dejando
en su país a su mujer, después de algunos disgustos conyugales, creyó llegada,
en un determinado momento, la ocasión de reconciliarse con ella y la invitó a
atravesar el Océano y venir a su lado. «Estaría muy bien
-le escribió- que pudieras hacer la travesía en el
Mauritania, como yo la hice.» Al releer la carta rompió el pliego en que iba la
frase anterior y lo escribió de nuevo, no queriendo que su mujer viera la
corrección que le había sido necesario efectuar en el nombre del barco. La
primera vez había escrito Lusitania.
Este lapsus calami no necesita explicación y puede
interpretarse en el acto. Pero cabe añadir lo siguiente: la mujer del americano
había ido a Europa por primera vez a raíz de la muerte de su única hermana, y
si no me equivoco, el Mauritania es el buque gemelo del Lusitania, perdido
durante la guerra. (Agregado en 1920.)
8) Un médico examinó a un niño y puso una receta en
cuya composición entraba alcohol. Mientras redactaba su prescripción, la madre
del niño hubo de fatigarle con preguntas ociosas. El médico se propuso
interiormente no molestarse por tal inoportunidad, consiguiéndolo, en efecto,
pero se equivocó al escribir, y puso, en lugar de alcohol, achol
(aproximadamente, «nada de cólera»). (Agregado en 1910.)
9) A causa de la semejanza en el contenido, añadiré
aquí un caso observado por E. Jones en su colega A. A. Brill. Este último, que
es abstemio, bebió un día un poco de vino, obligado por las obstinadas
instancias de un amigo. A la mañana siguiente un violento
dolor de cabeza le dio motivo para lamentar el
haber cedido. En aquellos instantes tuvo que escribir el nombre de una paciente
llamada Ethel, y en lugar de esto escribió Ethyl (Etil- alcohol). A ello
coadyuvó el hecho de que la aludida paciente acostumbraba beber más de
lo que le hubiera convenido.
10) Dado que una equivocación de un médico al
escribir una receta posee una importancia que sobrepasa el general valor
práctico de los funcionamientos fallidos, transcribiré aquí con todo detalle el
único análisis publicado hasta el día de tal error en la escritura
(Internationale Zeitschrift f. Psychoanalyse, I, 1913):
UN CASO REPETIDO DE EQUIVOCACIÓN EN LA ESCRITURA DE
UNA RECETA DOCTOR EDUARD HITSCHMANN
«Un colega me contó un día que en el transcurso de
varios años le había sucedido repetidas veces equivocarse al prescribir un
determinado medicamento a pacientes femeninas de edad ya madura. En dos casos
recetó una dosis diez veces mayor de la que se proponía, y después, al darse
repentina cuenta de su error, tuvo que regresar (lleno de temor de haber
perjudicado a las pacientes y de atraer sobre sí mismo graves complicaciones)
al lugar donde había dejado las recetas, para pedir que se las devolvieran. Este
raro acto sintomático (Symptomhandlung) merece ser detenidamente observado,
exponiendo por separado y con todo detalle las diversas ocasiones en que se
manifestó.
Primer caso. El referido médico recetó a una mujer,
situada ya en el umbral de la ancianidad, supositorios de belladona diez veces
más fuertes de lo que se proponía. Después abandonó la clínica, y cerca de una
hora más tarde, cuando estaba ya en su casa almorzando y leyendo el periódico,
se dio de repente cuenta de su error. Sobrecogido, corrió a la clínica para
preguntar las señas de la paciente, y luego a casa de ésta, situada en un
barrio apartado. Por fin encontró a la mujer, que aún no había hecho uso de la
receta, y logró que se la devolviera, regresando a su casa tranquilo y
satisfecho. Como disculpa ante sí mismo alegó, no sin razón, que mientras
estaba escribiendo la receta, el jefe de la ambulancia, persona muy habladora,
estuvo detrás de él mirando lo que escribía, por encima de su hombro, y
molestándole.
Segundo caso. El mismo médico tuvo un día que dejar
su consulta, arrancándose del lado de una bella y coqueta paciente, para ir a
visitar a una solterona vieja, a cuya casa se dirigió en automóvil, pues le
urgía terminar pronto su visita para reunirse luego secretamente, a una hora
determinada, con una muchacha joven, a la que amaba. También
en esta visita a la anciana paciente recetó
belladona contra igual padecimiento que el del caso anterior, y también cometió
el error de prescribir una composición diez veces más fuerte. La enferma le
habló durante la visita de algunas cosas interesantes sin relación con
su enfermedad; pero el médico dejó advertir su
impaciencia, aunque negándola con corteses palabras, y se retiró con tiempo más
que sobrado para acudir a su amorosa cita. Cerca de doce horas después, hacia
las siete de la mañana, se dio cuenta, al despertar, del error cometido y,
lleno de sobresalto, envió un recado a casa de la paciente, con la esperanza de
que no hubiera aún enviado la receta al farmacéutico y se la devolviera para
revisarla. En efecto, recibió la receta, pero ésta había sido ya servida. Con
cierta resignación estoica y el optimismo que da la experiencia fue entonces a
la farmacia, donde el encargado le tranquilizó, diciendo que, naturalmente
(¿quizá también por un descuido?), había
aminorado mucho la dosis prescrita en la receta al
servir el medicamento.
Tercer caso. El mismo médico quiso recetar a una
anciana tía suya, hermana de su madre, una mezcla de Tinct. belladonnae y
Tinct. Opii, en dosis inofensivas. La criada llevó en seguida la receta a la
botica. Poco tiempo después recordó el médico que había
escrito «extract» en vez de «tinctura», y a los
pocos momentos le telefoneó el farmacéutico interpelándole sobre este error. El
médico se disculpó con la mentida excusa de que no había acabado de escribir la
receta y, habiéndola dejado sobre la mesa, la había cogido la criada sin estar
terminada.
Las singulares coincidencias que presentan estos
tres casos de error en la escritura de una receta consisten en que, hasta hoy,
no le ha sucedido esto al referido médico más que con un único medicamento,
tratándose de pacientes femeninas de edad avanzada y siendo siempre demasiado
fuerte la dosis prescrita. Un corto análisis reveló que el carácter de las
relaciones familiares entre el médico y su madre tenía que ser de una
importancia decisiva en este caso. Uno de sus recuerdos durante el análisis fue
el de haber prescrito - probablemente antes de estos actos sintomáticos- a su
también anciana madre la misma receta, y, por cierto, en una dosis de 0,03, a
pesar de que la usual de 0,02 era la que él acostumbraba prescribir, pensando
con tal aumento curarla más radicalmente. El enérgico medicamento produjo en la
enferma, cuyo estado era delicado, una fuerte reacción, acompañada de
manifestaciones congestivas y desagradable sequedad de garganta. La enferma se
quejó de ello, aludiendo, medio en serio, medio en broma, al peligro de los
remedios prescritos por su hijo. Ya en otras ocasiones había rechazado la
madre, hija también de un médico, los medicamentos recetados por su hijo,
haciendo semihumorísticas observaciones sobre una posibilidad de
envenenamiento.
De lo que por el análisis se pudo deducir sobre las
relaciones familiares entre el médico y su madre resulta que el amor filial del
primero era puramente instintivo y que la estimación espiritual en que tenía a
su madre y su respeto hacia ella no eran ciertamente exagerados. El tener que
habitar en la misma casa con su madre y su hermano, un año menor que él,
constituía para el médico una coacción de su libertad erótica, y nuestra
experiencia psicoanalítica nos ha demostrado la influencia de este sentimiento de
coacción en la vida íntima del individuo.
El médico aceptó el análisis, regularmente
satisfecho de la explicación que daba a sus errores, y añadió sonriendo que la
palabra «belladona» (bella mujer) podía tener también un inconsciente
significado erótico. También él había usado en alguna ocasión anterior dicho
medicamento.»
No creo nada aventurado afirmar que tales graves
rendimientos fallidos siguen idénticos caminos que los otros, más inofensivos,
antes analizados.
11) El siguiente lapsus calami, comunicado por S.
Ferenczi, puede incluirse entre los más inocentes e interpretarse simplemente
como un rendimiento fallido producido por condensación motivada por impaciencia
(compárese con la equivocación oral «el man…», capítulo 5), mientras un
análisis más profundo no demuestre la existencia de un elemento perturbador más
vigoroso.
«Queriendo escribir: Aquí viene bien la anécdota
(Anekdote)…, escribí esta última palabra en la siguiente forma: Anektode. En
efecto, la anécdota a que yo me refería era la de un gitano condenado a muerte
(zu Tode verurteilt), que solicitó como última gracia el
escoger por sí mismo el árbol del que habían de
ahorcarle y, como es natural, no encontró, a pesar de buscarlo con afán,
ninguno que le pareciera bien.»
12) Otras veces, contrastando con el inofensivo
caso anterior, puede una insignificante errata revelar un peligroso sentido que
se quiere mantener secreto. Así, en el siguiente ejemplo, que se nos comunica
anónimamente:
«Al final de una carta escribí las palabras:
`Salude usted cordialmente a su esposa y a su hijo (ihren Sohn).' En el momento
de cerrar el sobre noté haber cometido el error de escribir la palabra `ihren'
con minúscula, con lo cual el sentido de la frase era el siguiente:
`Salude usted a su esposa y a su hijo (de ella).'
Claro es que corregí la errata antes de enviar la carta. Al regresar de mi
última visita a esta familia, la señora que me acompañaba me hizo notar que el
hijo se parecía muchísimo a un íntimo amigo de la casa, el cual debía ser, sin
duda, su verdadero padre.»
13) Una señora escribía a su hermana dándole la
enhorabuena por su instalación en una nueva casa, más cómoda y espaciosa que la
que antes ocupaba. Una amiga que se hallaba presente observó que la señora
había puesto a su carta una dirección equivocada, y ni siquiera la de la casa
que la hermana acababa de abandonar, sino la otra en la que había
vivido a raíz de casarse y había dejado hacía ya
mucho tiempo. Advirtió a su amiga el error, y ésta tuvo que confesarlo,
diciendo: «Tiene usted razón; pero ¿cómo es posible que me haya equivocado de
tal modo? ¿Y por qué?» La amiga opinó: «Seguramente es que le envidia usted la
casa cómoda y amplia a que ahora se traslada ella, mientras que usted tiene que
seguir viviendo en una menos espaciosa. Ese sentimiento es el que le hace a
usted mudar a su hermana a su primera casa, en la que también carecía de comodidades.»
«Sí que la envidio», confesó sinceramente la señora, y añadió: «¡Qué fastidio
que en estas cosas tenga una siempre tan vulgares sentimientos, a pesar de una
misma!» (Agregado en 1910).
14) E. Jones comunica el siguiente ejemplo de
equivocaciones en la escritura, observado por A. A. Brill: Un paciente dirigió
al doctor Brill una carta, en la que se esforzaba en achacar su nerviosidad a
los cuidados y a la tensión espiritual que le producía la marcha de sus
negocios ante la crisis por la que atravesaba el mercado algodonero. En dicha
carta se leía lo siguiente: …my trouble is all due to that damned frigid «wave»
(literalmente: «… toda mi perturbación es debida a esta maldita ola frígida.» La
expresión
«ola frígida» designa la «ola de baja» que había
invadido el mercado del algodón). Pero el
paciente, al escribir la frase citada, escribió
wife (mujer), en vez de wave (ola). En realidad, abrigaba en su corazón amargos
reproches contra su mujer, motivados por su frigidez conyugal y su esterilidad,
y no se hallaba muy lejos de reconocer que la privación que este estado de
cosas le imponía era culpable en mucha parte de la enfermedad que le aquejaba.
15) El doctor R. Wagner comunica la siguiente
autoobservación en la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 12 (1911):
«Al releer un antiguo cuaderno de apuntes
universitarios hallé que la rapidez que es necesario desarrollar para tomar las
notas siguiendo la explicación del profesor me había hecho cometer un pequeño
lapsus. En vez de Epithel (epitelio), había escrito Edithel, diminutivo de un
nombre femenino. El análisis retrospectivo de este caso es en extremo sencillo.
Por la época en que cometí la equivocación mi amistad con la muchacha que
llevaba dicho nombre era muy superficial y hasta mucho tiempo después no se convirtió
en íntima. Mi error constituye, pues, una excelente prueba de la emergencia de
una amorosa inclinación inconsciente en una época en la que yo mismo no tenía
aún la menor idea de ella. Los sentimientos que acompañaban a mi error se
manifiestan en la forma de diminutivo que cogió para exteriorizarse.»
16) La señora del doctor Von Hug-Hellmuth relata en
su contribución al capítulo
«Equivocaciones en la escritura y en la lectura»
(Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 5 (1912), el siguiente caso:
«Un médico prescribió a una paciente `agua de
levítico', en vez de `agua de Levico'. Este error, que dio pie al farmacéutico
para hacer algunas observaciones impertinentes, puede ser interpretado más
benignamente, investigando sus determinantes inconscientes y no negando a
éstos, a priori, una cierta verosimilitud, aunque no sean más que hipótesis
subjetivas de una persona lejana a dicho médico. Este poseía una numerosa
clientela, a pesar de la rudeza con que solía sermonear (leer los Levitas) a
sus pacientes,
reprochándoles su irracional régimen de
alimentación, y su casa se llenaba durante las horas de consulta. Esta
aglomeración justificaba el deseo de que sus clientes, una vez terminado
el examen, se vistiesen lo más rápidamente posible;
vite, vite (francés; de prisa, de prisa). Si no recuerdo mal, la mujer del
médico era de origen francés, circunstancia que justifica mi atrevida hipótesis
de que para expresar el deseo antedicho usara aquél palabras pertenecientes a
tal idioma. Aparte de esto, es costumbre de muchas personas el usar locuciones
extranjeras en algunos casos. Mi padre solía invitarnos a andar de prisa,
cuando de niños nos sacaba a paseo, con las frases: Avanti, gioventù, o Marchez
au pas, y un médico, ya entrado en años, que me asistió en una enfermedad de
garganta, exclamaba siempre: «Piano, piano», para tratar de refrenar mis
rápidos movimientos. Así, pues, me parece muy probable que el médico citado
tuviera esta costumbre de decir vite, vite para
dar prisa a sus clientes, y de este modo se
equivocase al poner la receta, escribiendo levítico en vez de levico.»
En este mismo trabajo publica su autora algunas
equivocaciones más, cometidas en su juventud (fracés por francés). Errónea
escritura del nombre «Karl».
17) A la amable comunicación del señor J. G., de
quien ya hemos citado algunos ejemplos por él observados, debo el siguiente
relato de un caso que coincide con un conocido chiste, pero en el que hay que
rechazar toda intención preconcebida de burla:
«Hallándome en un sanatorio, en curación de una
enfermedad pulmonar, recibí la sensible noticia de que un próximo pariente mío
había contraído el mismo mal de que yo padecía.
En una carta le aconsejé que fuera a consultar con
un especialista, un conocido médico, que era el mismo que a mí me asistía y de
cuya autoridad científica me hallaba plenamente convencido, teniendo, por otra
parte, alguna queja de su escasa amabilidad, pues poco tiempo antes me había
negado un certificado que era para mí de la mayor importancia.
En su respuesta me llamó la atención mi pariente
sobre una errata contenida en mi carta; errata que, siéndome conocida su causa,
me divirtió extraordinariamente.
El párrafo de mi carta era como sigue: «… además,
te aconsejo que, sin más tardar, vayas a insultar al doctor X.» Como es
natural, lo que yo había querido decir era consultar.»
18) Es evidente que las omisiones en la escritura
deben ser juzgadas de la misma manera que las equivocaciones en la misma. En la
Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 12 (1911), comunicó el doctor en Derecho, B.
Dattner, un curioso ejemplo de «error histórico». En uno de los artículos de la
ley sobre obligaciones financieras de Austria y Hungría, modificadas en 1867,
con motivo del acuerdo entre ambos países sobre esta cuestión, fue omitida en
la traducción húngara la palabra efectivo. Dattner cree verosímil que el deseo
de los miembros húngaros que tomaron parte en la redacción de ley, de conceder
a Austria la menor cantidad de ventajas posible, no dejó de influir en la
omisión cometida.
Existen también poderosas razones para admitir que
las repeticiones de una misma palabra, tan frecuentes al escribir y al copiar,
perseveraciones, tienen también su significación. Cuando el que escribe repite
una palabra, demuestra con ello que le ha sido difícil continuar después de
haberla escrito la primera vez, por pensar que en aquel punto hubiera podido
agregar cosas que determinadas razones le hacen omitir o por otra causa
análoga. La «perseveración» en la copia parece sustituir a la expresión de un «también
yo» del copista. En largos informes de médicos forenses que he tenido que leer
he hallado, en determinados párrafos, repetidas «perseveraciones» del copista,
susceptibles de interpretarse como un desahogo de éste, que, cansado de su
papel impersonal, hubiera querido añadir al informe una glosa particular,
diciendo: «Exactamente el caso mío» o
«Esto es precisamente lo que me sucede».
19) No existe tampoco inconveniente en considerar
las erratas de imprenta como
«equivocaciones en la escritura» cometidas por el
cajista y aceptar también su dependencia de un motivo. No he intentado nunca
hacer una reunión sistemática de tales errores, colección que hubiera sido muy
instructiva y divertida. Jones ha dedicado en su ya citada obra un capítulo a
estas erratas de imprenta. Las desfiguraciones de los telegramas pueden ser
interpretadas asimismo algunas veces como errores en la escritura cometidos por
los telegrafistas. Durante las vacaciones veraniegas recibí un telegrama de mi
casa editorial, cuyo texto me fue al principio ininteligible. Decía así:
«Recibido provisiones (Vorräte), urge invitación
(Einladung). -X.»
La solución de esta adivinanza me fue dada por el
nombre X., incluido en ella; X. es el autor de una obra a la que yo debía poner
una introducción (Einleitung), la cual se convirtió en invitación (Einladung)
en el telegrama. Por otra parte, recordé que días antes había enviado a la casa
editorial un prólogo (Vorrede) para otro libro, prólogo que el telegrafista
había transformado en provisiones (Vorräte). Así, pues, el texto real del
telegrama debía ser el siguiente:
«Recibido prólogo, urge introducción. -X.»
Debemos admitir que la transformación fue causada
por el «complejo de hambre» del telegrafista, bajo cuya influencia quedó
establecida, además, entre los dos trozos de la frase, una conexión más íntima
de lo que el expedidor del telegrama se proponía. H. Silberer señala la
posibilidad de erratas tendenciosas (1922).
20) Otros varios autores han señalado erratas de
imprenta a las que nos se puede negar una tendencia determinada. Así, la
comunicación por J. Storfer en la Zentralblatt für Psychoanalyse (II, 1914, y
III, 1915), y que transcribimos a continuación:
«UNA ERRATA POLÍTICA. -En el periódico März del 25
de abril de este año encontramos una errata de esta clase. En una carta
dirigida al periódico desde Argyrokastron se consignan ciertas manifestaciones
de Zographos, jefe de los epirotas rebeldes de Albania (o, si se quiere,
presidente de la Regencia independiente del Epiro). Entre otras cosas, dice
dicha carta: `Créame usted: un Epiro autónomo sería algo de gran importancia
para los intereses del príncipe de Wied. Sobre él podría el príncipe caerse
(errata: sich stürzen = caerse, por sich stützen =
apoyarse).' Que el aceptar el apoyo (Stütze) que los epirotas ofrecen traería
consigo su caída (Sturz), es cosa que de sobra sabe el príncipe de Albania, sin
que se lo indiquen con tan fatales erratas.»
21) Hace poco leí yo mismo, en uno de nuestros
periódicos vieneses, un artículo cuyo título, «La Bucovina bajo el dominio
rumano», era, por lo menos, muy prematuro, pues en aquella fecha aún no habían
declarado los rumanos su hostilidad hacia nosotros. El contenido del artículo
demostraba, indudablemente, que en el título se había puesto, por
equivocación, rumano en vez de ruso; pero lo
anunciado en él no debió parecer a nadie muy inverosímil, cuando ni en la censura
misma fue advertida la errata.
Wundt da una interesante razón para el hecho,
fácilmente comprobable, de que nos equivocamos con mucha mayor facilidad al
escribir que al hablar (l.c., página 374): En el curso de la oración normal la función
inhibitoria de la voluntad se halla constantemente ocupada en manejar la
armonía entre el curso de las representaciones y los movimientos de
articulación. En cambio, cuando, como sucede en la escritura, el movimiento de
expresión subsiguiente a las representaciones se retrasa por causas mecánicas,
se producen con gran facilidad tales anticipaciones.
La observación de las condiciones que determinan la
producción de las equivocaciones en la lectura da lugar a una duda que no
quiero dejar de mencionar, pues, a mi juicio, puede constituir el punto de
partida de fructuosas investigaciones. Todo el mundo sabe que en la lectura en
voz alta la atención del lector queda frecuentemente desviada del texto y
orientada hacia cuestiones personales. Consecuencia de esta fuga de la atención
es que el lector no sabe dar cuenta de
lo que ha leído cuando se le pregunta por ello, interrumpiéndole en la lectura.
Ha leído automáticamente, y, sin embargo, ha leído, casi siempre, sin
equivocarse. No creo que en estas condiciones se multipliquen los errores de
una manera notable. Estamos acostumbrados a admitir el hecho de que toda una
serie de funciones se realizan con mayor exactitud cuando las llevamos a cabo
automáticamente; esto es, cuando van acompañadas de una atención apenas
consciente. De esto parece deducirse que las condiciones de la atención en las
equivocaciones al hablar, leer y escribir deben determinarse de manera distinta
de la de Wundt (ausencia o negligencia de la atención). Los ejemplos que hemos
sometido al análisis no nos han dado realmente el derecho de aceptar una
disminución cuantitativa de dicha facultad. En ellos encontramos, lo que quizá
no es lo mismo, una perturbación de la misma, producida por un pensamiento
extraño.
(Adición de 1919): Entre las equivocaciones de la
escritura y los olvidos debe incluirse el caso de que alguien omita el colocar
su firma en cualquier carta o documento. Un cheque no firmado supone lo mismo
que un cheque olvidado. Para exponer la interpretación de un olvido similar,
quiero transcribir aquí un análisis, verificado por el doctor H. Sachs, de una
situación de esta clase, incluida en una novela:
La novela The Island Pharisees, de John Galsworthy,
nos ofrece un ejemplo muy instructivo y transparente de la seguridad con que
los poetas saben utilizar el mecanismo de los actos fallidos y sintomáticos
según su sentido psicoanalítico. La acción principal de la novela está
constituida por las vacilaciones de un joven de la clase media acaudalada,
entre un profundo sentimiento de comunidad social y las conveniencias sociales
de su clase.
En el capítulo XXVII se describe la manera de
reaccionar del protagonista ante una carta de un joven vagabundo al que,
atraído por su original concepción de la vida, ha prestado ya auxilio alguna
vez. La carta no contiene una petición directa de dinero, pero sí el relato de
una apuradísima situación, que no puede ser interpretado en otra forma. El
destinatario rechaza primero la idea de arrojar su dinero al incorregible en
vez de reservarlo a establecimientos benéficos: «Extender una mano auxiliadora,
un trozo de uno mismo; hacer un signo de camaradería a nuestro prójimo sin
propósito ni fin alguno y tan sólo porque le vemos en mala situación, ¡qué
locura sentimental! Alguna vez se ha de poner un término.» Pero mientras
murmuraba estas conclusiones sintió cómo su sinceridad se alzaba contra él,
diciéndole: «¡Farsante! Quieres conservar tu dinero. Eso es todo.»
Después de estas dudas, escribe una amable carta al
vagabundo, y termina con las palabras: «Le incluyo un cheque. Sinceramente
suyo, Richard Shelton.»
«Antes de extender el cheque, distrajo su atención
una polilla que revoloteaba alrededor de la llama de la vela. Se levantó para
atraparla y soltarla fuera, y al hacerlo olvidó que no había metido el cheque
con la carta.» Esta va, tal como estaba, al correo.
Pero el olvido está aún más sutilmente motivado que
por la victoria final de la tendencia egoísta de ahorrarse el dinero, que al
principio parecía vencida.
Shelton se siente aislado en la residencia
campestre de sus futuros suegros y entre su novia, la familia de ésta y sus
invitados. Por medio de su acto fallido se indica que el joven desea la
presencia de su protegido, que, por su pasado y su concepción de la vida,
constituye el extremo contrario a las personas que
le rodean, cortadas todas ellas por el mismo irreprochable patrón de las
conveniencias sociales. En efecto, el vagabundo, que sin auxilio no puede
mantenerse en el puesto en que se hallaba, llega unos días después, solicitando
la explicación de la ausencia del anunciado cheque.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) VII. -OLVIDO DE IMPRESIONES Y PROPÓSITOS
Si alguien mostrase inclinación a valorar
exageradamente nuestro conocimiento actual de la vida psíquica, bastaría para
obligarle a recobrar la humildad hacerle fijarse en la función de la memoria.
Hasta el día, ninguna teoría psicológica ha logrado explicar conjuntamente los
fenómenos fundamentales del olvido y del recuerdo, y ni siquiera se ha llevado
a cabo el análisis completo de aquello que nos es dado observar en la realidad
más inmediata. El olvido ha llegado a ser hoy, para nosotros, quizá más misterioso
que el recuerdo, sobre todo desde que el estudio de los sueños y de los
fenómenos patológicos nos ha enseñado que aquello que creíamos haber olvidado
para mucho tiempo puede volver de repente a a surgir en la consciencia.
Poseemos, sin embargo, algunos datos cuya exactitud
esperamos será generalmente reconocida. Aceptamos que el olvido es un proceso
espontáneo al que se puede atribuir un determinado curso temporal; hacemos
resaltar el hecho de que en el olvido se verifica cierta selección entre las
impresiones existentes, así como entre las particularidades de cada impresión o
suceso, y conocemos algunas de las condiciones necesarias para la
conservación y emergencia en la memoria de aquello
que sin su cumplimiento sería olvidado. Pero, no obstante, en innumerables
ocasiones de la vida cotidiana podemos observar cuán incompleto y poco
satisfactorio es nuestro conocimiento. Escuchando a dos personas cambiar sus
recuerdos de impresiones recibidas conjuntamente del exterior, por ejemplo, de
las correspondientes a un viaje hecho en compañía, se verá siempre que mucho de
aquello que ha permanecido fijo en la memoria de una de ellas ha sido olvidado por
la otra, a pesar de no existir razón alguna para afirmar que la impresión haya
sido más importante, psíquicamente, para una que para la otra. Es indudable que
una gran cantidad
de los factores que determinan la selección
verificada por la memoria escapa a nuestro conocimiento.
Con el propósito de aportar al conocimiento de las
condiciones del olvido una pequeña contribución, acostumbro someter a un
análisis psicológico mis propios olvidos. Regularmente no me ocupo más que de
un cierto grupo de tales fenómenos; esto es, de aquellos en los cuales el
olvido me causa sorpresa, por creer que debía recordar por entero aquello que
ha desaparecido de mi memoria. Quiero asimismo hacer constar que, en general,
no soy propenso a olvidar (las cosas vividas, no las aprendidas), y que durante
un corto período de juventud me fue posible dar algunas poco ordinarias pruebas
de memoria. En mis años de colegial no hallaba dificultad alguna en recitar de
memoria la página que acababa de leer, y poco antes de ingresar en la
Universidad me era dado transcribir casi a la letra, inmediatamente después de
oírlas, conferencias enteras de vulgarización de un asunto científico. En mi
tensión de espíritu ante el examen final de la carrera de Medicina debí de
hacer uso de un resto de esta facultad, pues en algunos temas di a los
examinadores respuestas que parecían automáticas y que demostraron coincidir
exactamente con las explicaciones del libro de texto, el cual no había sino
hojeado a toda prisa.
Desde entonces ha ido disminuyendo cada vez más mi
dominio sobre mi memoria, pero en los últimos tiempos me he convencido de que
con ayuda de un determinado artificio puedo conseguir recordar más de lo que al
principio creo posible. Cuando, por
ejemplo, me hace observar en la consulta algún
paciente que ya le he visto con anterioridad y no puedo recordar ni el hecho ni
la fecha, me pongo a adivinar; esto es, dejo acudir rápidamente a mi
consciencia un número arbitrario de años y lo resto de aquel en que me hallo.
En aquellos casos en los que mi adivinación ha podido ser confrontada con
indicaciones o seguras afirmaciones de los pacientes, se ha demostrado que en
lapsus superiores a diez años no me había equivocado, al adivinar, en más de
seis meses. Análogamente procedo cuando me encuentro a algún lejano conocido y
quiero preguntarle cortésmente por sus hijos. Si me habla de ellos,
refiriéndome sus progresos, trato de adivinar qué edad tendrán en la
actualidad, y comparada mi espontánea ocurrencia con los datos que el padre me
proporciona en el curso de la conversación, compruebo siempre que, cuando más,
me he equivocado en tres meses, a pesar de que no podría decir en qué he
apoyado mi afirmación. Por último, he llegado a confiar tanto en mi acierto,
que ya exteriorizo siempre osadamente mis hipótesis, sin correr el peligro de
equivocarme y herir al padre con mi desconocimiento de lo referente a sus
retoños. De este modo, amplío mi memoria consciente invocando la ayuda de mi
memoria inconsciente, mucho más rica en contenido.
Relataré aquí varios interesantes casos de olvido,
observados en su mayor parte en mí propio. Distingo entre casos de olvido de
impresiones y de sucesos vividos; esto es, de conocimientos y casos de olvido
de intenciones y propósitos, o sea omisiones. El resultado uniforme de toda
esta serie de observaciones puede formularse como sigue: En todos los casos
queda probado que el olvido está fundado en un motivo de displacer.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) I. Olvido de impresiones y conocimientos.
1) Hallándome veraneando con mi mujer, me causó su
conducta, en una determinada ocasión, un violento enfado, aunque el motivo era
en sí harto nimio. Estábamos sentados a la mesa redonda de un restaurante, y
frente a nosotros se hallaba un caballero de Viena, al que conocía, y tenía
también que reconocerme a primera vista, pero con el que no quería trabar
conversación, pues tenía mis razones para rehuir su trato. Mi mujer, que no le
conocía más que de oídas y sabía que era persona distinguida, demostró con su
actitud estar escuchando la conversación que dicho señor mantenía con sus
vecinos de mesa, y de cuando en cuando se dirigía a mí con preguntas que
recogían el hilo del diálogo que aquéllos mantenían. Esta conducta me
impacientó y acabó por irritarme. Pocas
semanas después quise hablar, en casa de un
pariente mío, del enfado que me había causado la inoportunidad de mi mujer, y
al hacerlo me fue imposible recordar ni una sola palabra de lo que el caballero
citado había dicho en la mesa. Como soy más bien rencoroso y de costumbre
incapaz de olvidar los menores detalles de un suceso que me haya irritado, mi
amnesia tenía en este caso que estar motivada por un sentimiento de respeto
hacia mi mujer.
Algo análogo me sucedió de nuevo hace poco tiempo.
Hablando con un íntimo amigo, quise divertirme a costa de mi mujer relatando
una cosa que ésta había dicho hacía pocas horas; pero me encontré detenido en
mi intención por haber olvidado de lo que se trataba, y tuve que pedir a mi
misma mujer que me lo recordase. Es fácil comprender que mi olvido debe ser
considerado en este caso análogo a la típica perturbación del juicio a la que
sucumbimos cuando se trata de nuestros próximos familiares.
2) En una ocasión me había comprometido, por
cortesía, con una señora extranjera, recién llegada a Viena, a proporcionarle
una pequeña caja de fondos en la que pudiera guardar sus documentos y su
dinero. Al ofrecerme a ello, flotaba ante mí, con extraordinaria intensidad
visual, la imagen de un escaparate situado en el centro de la ciudad, en el que
estaba convencido de haber visto unas cajas del modelo deseado. En cambio, no
me era dado recordar el nombre de la calle en que se hallaba la tienda a que el
tal escaparate pertenecía; pero estaba seguro de encontrarlo dando un paseo por
las calles centrales, pues mi memoria me decía que había pasado innumerables
veces ante ella. Para desesperación mía, me fue imposible hallar el escaparate
en que antes había visto tales cajas, a pesar de haber cruzado el centro de
todas direcciones. Entonces pensé que no me
quedaba más recurso que consultar en una guía
comercial las señas de todos los fabricantes del objeto deseado y comenzar de
nuevo, con estos datos, mis pasos en busca del dicho escaparate.
Afortunadamente, pude ahorrarme este trabajo, pues entre las señas contenidas
en la guía había unas que se me revelaron en seguida como las olvidadas. En
efecto, había pasado innumerables veces ante la tienda a que correspondían, y
precisamente siempre que había ido a visitar a la familia M. que vivía en la
misma casa. Pero más tarde, cuando a mi íntimo trato con dicha familia sucedió
un total apartamiento, tomé, sin darme cuenta, la costumbre de evitar el paso
por aquellos lugares y ante aquella casa. En mi paseo por la ciudad en busca
del escaparate en el que recordaba haber visto las cajas que deseaba, había
visitado todas las calles de los alrededores; pero no había entrado en aquella
otra, como si ello me estuviera prohibido. El motivo de disgusto responsable de
mi orientación aparece aquí con gran claridad. En cambio, el mecanismo del
olvido no es tan sencillo como en el ejemplo anterior. Mi aversión no iba
dirigida, como es natural, hacia el fabricante de cajas de caudales, sino hacia
otra persona de la que no quería tener noticia; pero se trasladó de ésta al
incidente en el cual produjo el olvido. Análogamente, en el caso Burckhard mi
rencor contra una persona motivó la comisión de un error al escribir el nombre
de otra. Lo que entonces llevó a cabo la semejanza de los nombres estableciendo
una conexión entre dos grupos de ideas esencialmente diferentes, fue ejecutado
en el ejemplo presente por la contigüidad en el espacio y la inseparable
vecindad. Además, en este último caso existía aún una segunda conexión de los
contenidos, pues entre las razones que motivaron mi apartamiento de la familia
que vivía en la misma casa en que se hallaba la tienda olvidada había
desempeñado el dinero un papel `principal' [palabra omitida después de 1907].
3) De las oficinas de B. R. y Compañía me avisaron
un día para que fuera a prestar asistencia médica a uno de sus empleados. En mi
camino hacia la casa donde éste vivía se me ocurrió la idea de que ya había
estado repetidas veces en el edificio donde se hallaban
instaladas las oficinas de la citada firma. Me
parecía haber visto en un piso bajo la muestra con el título de la Compañía en
ocasión de haber ido a hacer una visita profesional en otro más alto de la
misma casa. Mas no conseguí recordar la casa de que se trataba ni a quién había
visitado en ella. Aunque toda esta cuestión era indiferente y carecía de
importancia, no desprecié seguir ocupándome de ella, y llegué a averiguar por
el usual método indirecto, esto es, reuniendo todas las ideas que en conexión
con el asunto se me ocurrían, que en el
piso inmediato superior a las oficinas de B. R. y
Compañía se hallaba la pensión Fischer, en la que había tenido con frecuencia
pacientes que visitar. Al recordar esto, recordé también cuál era la casa donde
se hallaban instaladas la pensión y las oficinas. Pero lo que seguía para mí en
el misterio era el motivo que había intervenido en el olvido. Ni en la Compañía
B. R. ni en la pensión Fischer o en los pacientes que en ella habían habitado
encontraba
nada desagradable para mí que pudiera haber
dificultado el recuerdo de la casa y del paciente en ella visitado. De todos
modos, supuse que no se podía tratar de nada muy penoso, pues, de ser así, no
me hubiera sido factible apoderarme de nuevo de lo olvidado por un medio
indirecto y sin recurrir, como en el ejemplo anterior, a ayudas exteriores. Por
último, se me ocurrió que inmediatamente antes, al emprender el camino hacia la
casa del enfermo en cuyo auxilio había sido llamado, había encontrado y saludado
a un señor al que me costó trabajo reconocer. Se trataba de una persona a la
que había visitado meses antes, hallándola en un estado aparentemente grave y
diagnosticando su enfermedad de parálisis progresiva. Tiempo después llegó a mí
la noticia de su restablecimiento y, por tanto, de mi equivocación en el
diagnóstico, a menos que se tratase de una de aquellas remisiones que suelen
aparecer en la dementia paralytica. De este encuentro emanó la influencia que
me hizo olvidar cuál era la vecindad de B. R. y Compañía. Mi interés en hallar
lo olvidado se había trasladado a ello desde el discutido diagnóstico. La
conexión asociativa entre ambos alejados sistemas quedó establecida por una
semejanza en los nombres de los dos pacientes y además por el hecho de que el
individuo restablecido contra mi esperanza era asimismo empleado en unas
grandes oficinas que también acostumbraban hacer que yo visitase a sus
empleados enfermos. El doctor que reconoció conmigo al supuesto atacado de
parálisis progresiva se llamaba Fischer, igual que la pensión olvidada.
4) Extraviar un objeto no significa en muchas
ocasiones más que olvidar dónde se ha colocado. Como la mayoría de las personas
que escriben mucho y utilizan gran número de libros, sé orientarme muy bien en
mi mesa de trabajo y encontrar en seguida en ella lo que deseo. Lo que a los
demás les parece desorden es para mí un orden conocido e histórico. ¿Por qué,
pues, extravié hace poco un catálogo de librería, y lo extravié de tal modo que
no me ha sido posible hallarlo, a pesar de haber tenido el propósito de encargar
un libro en él anunciado? Era tal libro, titulado Sobre el idioma, obra de un
autor cuyo ingenioso y vivo estilo es muy de mi gusto y cuyas opiniones sobre
psicología e historia de la civilización estimo altamente. Tengo la costumbre
de prestar a mis amigos obras de este autor para su provecho intelectual, y en
una ocasión me dijo uno de ellos al devolverme el libro prestado: «El estilo me
recuerda mucho el de usted, y también la manera de pensar es
la misma en ambos.» El que me dijo esto no sabía la
cuerda sensible que hería en mí con su observación. Años antes, siendo aún
joven y estando necesitado de apoyo moral, uno de
mis colegas, de más edad que yo, me había dicho
idénticas palabras al oírme alabar las obras de un conocido escritor sobre
cuestiones de Medicina: «Su estilo y su manera de pensar son idénticos a los de
usted.» Influido por esta observación, escribí a dicho autor una carta en la
que solicitaba entrar en relación más íntima con él; pero una fría contestación
me
hizo volver a mi puesto. Quizá detrás de esta
experiencia se escondiesen otras anteriores igualmente desalentadoras, pues no
he podido llegar a encontrar el catálogo extraviado, y ello me ha hecho no
encargar el libro anunciado, a pesar de que con el extravío no ha surgido
ningún obstáculo real, dado que he conservado en la memoria el nombre del libro
y del autor.
5) Otro caso de extravío que merece nuestro interés
por las condiciones en las que se volvió a encontrar lo perdido es el
siguiente: Un joven me contaba un día: «Hace varios años tuve algún disgusto
con mi mujer, a la que encontraba demasiado indiferente, y
aunque reconocía sus otras excelentes cualidades,
vivíamos sin recíproca ternura. Un día, al volver de paseo, me trajo un libro
que había comprado por creer debía interesarme. Le di
las gracias por esta muestra de atención,
prometiendo leerlo, y lo guardé, siéndome después imposible encontrarlo. Así
pasaron varios meses, durante los cuales recordé de cuando en cuando el perdido
libro y lo busqué inútilmente. Cerca de medio año después enfermó mi madre, a
la que yo quería muchísimo y que vivía en una casa aparte de la nuestra. Mi
mujer fue a su domicilio a cuidarla. El estado de la enferma se agravó y dio
ocasión a que mi mujer demostrase lo mejor de sí misma. Agradecido y entusiasmado
por su conducta, regresé una noche a mi casa, y sin intención determinada, pero
con seguridad de
sonámbulo, fui a mi mesa de trabajo y abrí uno de
sus cajones, encontrando encima de todo lo que contenía el extraviado y tan
buscado libro.»
6) J. Stärcke relata (1916) un caso de extravío que
coincide con el anterior en su carácter final: esto es, en la maravillosa
seguridad del hallazgo una vez desaparecido el motivo de la pérdida. (Adición
de 1917):
«Una muchachita había echado a perder un trozo de
tela al querer cortarlo para hacerse un cuello, y tuvo que llamar a una
costurera que intentase arreglar el entuerto. Cuando aquélla hubo llegado y
quiso la muchacha sacar el estropeado cuello de la cómoda en la que creía
haberlo metido, no consiguió encontrarlo. En vano lo revolvió de arriba abajo.
Al renunciar, encolerizada, a buscarlo por más tiempo, se preguntó a sí misma
por qué había desaparecido aquello tan de repente y si sería que en realidad no
quería ella encontrarlo. Meditando sobre ello, cayó en la cuenta de que lo que
le sucedía era que se avergonzaba de que la costurera viera que no había sabido
hacer una cosa tan sencilla como cortar un cuello, y en cuanto hubo pensado
esto fue derecha a otro armario y al primer intento sacó el cuello extraviado.»
7) El siguiente ejemplo de extravío corresponde a
un tipo que ha llegado a ser familiar a todo psicoanalítico. Debo hacer constar
que el sujeto que fue víctima de él halló por sí mismo su explicación. (Adición
de 1910):
«Un paciente sometido a tratamiento psicoanalítico
y que durante la interrupción veraniega de la cura cayó en un período de
resistencia y malestar, dejó, o creyó dejar, al desnudarse, sus llaves en el
sitio de costumbre. Después recordó que para el día siguiente, último del
tratamiento y en el que antes de partir debía satisfacer los honorarios
devengados, tenía que sacar algunas cosas de una mesa de escritorio en la que
guardaba también su dinero; mas al ir a efectuarlo halló que las llaves habían
desaparecido. Entonces comenzó a registrar sistemáticamente, pero con creciente
irritación, su pequeña vivienda. Todo fue inútil. Reconociendo el extravío de
las llaves como un acto sintomático, esto es, intencionado, despertó a su
criado para seguir buscando con la ayuda de una persona libre
de prejuicios. Al cabo de una hora abandonó la
busca, temiendo ya haber perdido las llaves, y al siguiente día encargó unas
nuevas que debían serle entregadas a toda prisa. Dos amigos suyos que el día
anterior le habían acompañado en coche hasta su casa quisieron recordar haber
oído sonar algo contra el suelo cuando bajó del coche, y con todo esto quedó
nuestro individuo convencido de que las llaves se le habían caído del bolsillo.
Mas por la noche, al llegar a su casa, se las presentó el criado con aire de
triunfo. Las había hallado entre un grueso libro y un delgado folleto (un
trabajo de uno de mis discípulos) que el paciente había apartado para leerlos
durante las vacaciones de verano, y habían sido tan hábilmente disimuladas en
aquel lugar, que nadie hubiera sospechado estuvieran en él. Después fue
imposible volver a colocarlas en el mismo sitio de manera que permanecieran tan
invisibles como antes. La inconsciente habilidad con la que se extravía un
objeto bajo la influencia de motivos secretos, pero vigorosos, recuerda por
completo la seguridad del sonámbulo. En
este caso el motivo era, naturalmente, el disgusto
por la interrupción del tratamiento y la secreta cólera por tener que pagar,
hallándose aún en mal estado, honorarios considerables.»
8) «Un individuo (relata A. A. Brill, 1912) fue un
día apremiado por su mujer para asistir a una reunión que no le ofrecía ningún
atractivo. Por último, se rindió a sus ruegos y comenzó a sacar de un baúl, que
no necesitaba llave para quedar cerrado, pero sí para ser abierto, su traje de
etiqueta; mas se interrumpió en esta operación, decidiendo afeitarse antes.
Cuando hubo terminado de hacerlo volvió a dirigirse al baúl, encontrándolo
cerrado y no logrando hallar la llave. Siendo domingo y ya de noche, no era
posible hacer venir a
un cerrajero, y tuvo el matrimonio que renunciar a
asistir a la fiesta. A la mañana siguiente, abierto el baúl, se encontró dentro
la llave. El marido, distraído, la había arrojado en él, dejando caer después
la tapa. Al relatarme el caso me aseguró haberlo hecho sin darse cuenta y sin
intención ninguna; pero sabemos que no quería ir a la fiesta y que, por tanto,
el extravío de la llave no careció de motivo.»
E. Jones observó que acostumbraba extraviar su pipa
siempre que por haber fumado ya mucho sentía algún malestar. En estos casos la
pipa se encontraba luego en los sitios
más inverosímiles.
9) Dora Müller relata un caso inofensivo con
motivos confesados (Internationale
Zeitschrift für Psychoanalyse, III, 1915). (Adición
de 1917):
«La señorita Erna A. me contó dos días antes de
Nochebuena lo que sigue:
»`Anoche, al sacar un paquete de galletas para
comer unas cuantas, pensé que cuando viniese a darme las buenas noches la
señorita S. tendría que ofrecerle algunas, y me propuse no dejar de hacerlo, a
pesar de que hubiera preferido guardar las galletas para mí sola. Cuando llegó
el momento extendí la mano hacia mi mesita para coger el paquete, que creía
haber dejado allí; pero me encontré con que había desaparecido. Me puse a
buscarlo y lo hallé dentro de mi armario, donde, sin darme cuenta, lo había encerrado.'
No había necesidad de someter este caso al análisis, pues la sujeto se daba
perfecta cuenta de su significación. El deseo recién reprimido de conservar las
galletas para ella sola se había abierto paso en un acto automático, aunque
para frustrarse de nuevo por la acción consciente que vino a continuación.»
10) H. Sachs describe cómo escapó en una ocasión,
por uno de estos extravíos, a la obligación de trabajar:
»El domingo pasado por la tarde estuve dudando un
rato entre ponerme a trabajar o salir de paseo y hacer después algunas visitas,
decidiéndome por lo primero después de luchar un poco conmigo mismo. Mas al
cabo de una hora observé que se me había acabado el papel. Sabía que en un
cajón tenía guardado hacía ya años un fajo de cuartillas; pero fue en vano que
lo buscara en mi mesa de trabajo y en otros lugares en los que esperaba
hallarlo, tomándome mucho trabajo y revolviendo una gran cantidad de libros,
folletos y documentos antiguos. De este modo tuve que abandonar el trabajo y
salir a la calle. Cuando
a la noche regresé a casa me senté en un sofá,
mirando distraídamente la biblioteca que ante mí tenía. Mis ojos se fijaron en
uno de sus cajones, y recordé que hacía mucho tiempo que no había revisado su
contenido. Me levanté, y dirigiéndome a él, lo abrí. Encima de todo había una
cartera de cuero y en ella papel blanco intacto. Pero hasta que lo hube sacado
de
la cartera y estaba a punto de guardarlo en la mesa
de trabajo no recordé que aquél era el papel que había buscado inútilmente por
la tarde. Debo añadir que, aunque para otras cosas no soy ahorrativo,
acostumbro aprovechar el papel lo más que puedo y guardo todo trozo de él que
me parezca utilizable. Esta costumbre, alimentada por una inclinación
instintiva, es
la que, sin duda, me llevó en seguida a la
rectificación de mi olvido en cuanto desapareció la actualidad de su motivo.»
Un ligero examen de los casos de extravío nos
fuerza a aceptar su general dependencia de una intención inconsciente:
11) En el verano de 1901 dije en una ocasión a un
amigo mío, con el que mantenía entonces un activo cambio de ideas sobre
cuestiones científicas, las siguientes palabras:
«Estos problemas neuróticos no tienen solución
posible sino aceptando ante todo y por completo una bisexualidad original en
todo individuo.» Mi amigo me respondió: «Eso ya te lo dije yo hace dos años y
medio en Br. una noche que paseamos juntos. Entonces no me quisiste hacer el
menor caso.» Es muy desagradable verse invitado de esta manera a renunciar a lo
que uno se figura una originalidad propia, y, por tanto, me fue imposible
recordar la conversación que mi amigo me citaba ni lo que en ella afirmaba haber
dicho. Uno de nosotros tenía que engañarse, y, según el principio de Quid
prodest?, debía ser yo el equivocado. En efecto, durante el curso de la semana
siguiente recordé toda la cuestión tal
y como mi interlocutor había querido despertarla en
mi memoria, y hasta la respuesta que di a sus palabras, y que era: «No he
llegado a eso aún y no quiero meterme a discutirlo por ahora.» Desde entonces
me he hecho algo más tolerante cuando en algún trozo de literatura médica hallo
alguna de las pocas ideas a las que puede ir unido mi nombre y veo que éste
no ha sido citado al lado de ellas.
Censuras a la propia mujer, amistad que se
transforma en todo lo contrario, error en un diagnóstico, repulsas de colegas
interesados en iguales cuestiones científicas que uno, apropiación de ideas
ajenas; no puede considerarse como meramente accidental el que una serie de
casos de olvido, expuestos sin verificar la menor selección, necesiten todos,
para ser explicados, su referencia a tales temas, penosos para la víctima del
olvido. A mi juicio, toda persona que quiera someter los olvidos en que incurre
a un examen encaminado a descubrir los motivos de los mismos reunirá siempre un
parecido muestrario de
contrariedades o vejaciones. La propensión a
olvidar lo desagradable me parece ser general, siendo la capacidad para
olvidarlo lo que está diferentemente desarrollada en las diversas personas.
Determinadas falsas negativas que solemos encontrar en nuestra actividad médica
deben ser atribuidas a olvidos.
Nuestra concepción de tales olvidos limita su
diferencia de las falsas negativas a relaciones puramente psicológicas y nos
permite ver en ambas formas de reacción la expresión de los mismos motivos. De
todos los numerosos ejemplos de negativa a recordar temas desagradables que he
observado en los allegados de los enfermos ha quedado uno impreso en mi memoria
como especialmente singular.
Una madre me informa sobre los años infantiles de
su hijo, ya púber y enfermo de los nervios, y me decía que tanto él como sus
hermanas habían padecido hasta muy mayores incontinencia nocturna de la orina,
cosa que para el historial de un neurótico no carece de importancia. Semanas
después, queriendo enterarse la madre de la marcha del tratamiento, tuve
ocasión de hacerle notar los signos de predisposición morbosa constitucional
que presentaba el muchacho, y al hacerlo me referí a la incontinencia de que
ella me había hablado. Para mi sorpresa, negó
entonces la madre tal hecho, tanto respecto al hijo enfermo como a los demás
hermanos, preguntándome de dónde había sacado aquello, hasta que, por último,
tuve que decirle que había sido ella misma quien me lo había
referido, olvidándolo después.
Así, pues, también en individuos sanos, no
neuróticos, hallamos indicios abundantes de una resistencia que se opone al
recuerdo de impresiones penosas y a la representación de pensamientos
desagradables. Mas para estimar cumplidamente la significación de este fenómeno
es necesario penetrar en la psicología de los neuróticos. Por poco que en ella
nos adentremos, se nos impondrá, en efecto, el indicado impulso defensivo
elemental contra las representaciones susceptibles de despertar sensaciones
desagradables, impulso sólo comparable al reflejo de fuga ante los estímulos
dolorosos, como una de las principales bases de sustentación de los síntomas
histéricos. Contra la hipótesis de tal tendencia defensiva, no se puede objetar
que, por el contrario, nos es imposible muchas veces escapar a recuerdos
penosos que nos persiguen y espantan, afectos dolorosos, tales como los
remordimientos y los reproches de nuestra consciencia, pues no afirmamos que
dicha tendencia venza siempre y que no pueda tropezar, en el juego de las
fuerzas psíquicas, con factores que persigan para fines distintos lo contrario
que ella y lo consigan a su pesar. El principio arquitectónico del aparato
psíquico parece ser la estratificación, esto es, la composición por instancias
superpuestas unas a otras, y es muy posible que el impulso defensivo a que nos
venimos refiriendo pertenezca a una instancia psíquica inferior, coartada por
otras superiores. De todos modos, el que podamos referir a esta tendencia a la
defensa procesos como los que encontramos en nuestros ejemplos de olvido es
algo que testimonia en favor de su existencia y poderío. Sabemos que algunas
cosas se olvidan por sí
mismas; en aquellas otras en que esto no es
posible, la tendencia defensiva desplaza su fin y lleva al olvido algo
diferente y de menor importancia que ha llegado a ponerse en conexión
asociativa con el material efectivamente penoso.
El punto de vista aquí desarrollado de que los
recuerdos penosos sucumben con especial facilidad al olvido motivado merecía
ser aplicado en varias esferas en las cuales no ha sido aún tomado
suficientemente en consideración. Así, me parece que no se tiene en cuenta la
importancia que podía tener aplicado a las declaraciones de los testigos ante
los tribunales, en los cuales se concede al juramento una excesiva influencia
purificadora sobre el juego de fuerzas psíquicas del individuo. Universalmente
se admite que en el origen de las tradiciones y de la historia legendaria de un
pueblo hay que tener en cuenta la existencia
de tal motivo, que arranca del recuerdo colectivo,
lo que resulta penoso para el sentimiento nacional. Quizá continuando
cuidadosamente estas investigaciones llegaría a poderse establecer una perfecta
analogía entre la formación de las tradiciones nacionales y la de los recuerdos
infantiles del individuo aislado. El gran Darwin observó este motivo de
desagrado en el olvido y formuló una regla dorada para uso de los trabajadores
científicos.
Al igual de lo que sucede en el olvido de nombres,
pueden también aparecer en el de impresiones recuerdos equivocados, los cuales,
si son aceptados como verdaderos, habrán
de ser designados como ilusiones de la memoria. La
observación de tales ilusiones de la memoria en los casos patológicos (en las
paranoias, por ejemplo, desempeñan precisamente el papel de un factor de la
formación de delirios) han dado lugar a una extensa literatura, en la cual echo
de menos una indicación sobre sus motivos. Pero este tema pertenece ya a la
psicología de la neurosis y traspasa los límites dentro de los cuales nos hemos
propuesto mantenernos en el presente libro. En cambio, referiré aquí un
extraordinario caso de ilusión mnémica sufrida por mí mismo, en el cual la
motivación por material inconsciente y reprimido y la forma de la conexión con
el mismo pueden verse muy claramente.
Cuando estaba escribiendo los últimos capítulos de
mi libro sobre la interpretación de los sueños me hallaba veraneando en un
lugar lejano a toda biblioteca y en el que me era imposible consultar los
libros de los cuales deseaba extraer alguna cita. Tuve, pues, que escribir
tales citas y referencias de memoria, reservando para más tarde rectificarlas y
corregirlas con los correspondientes textos a la vista. En el capítulo de los
sueños diurnos o en estado de vigilia pensé incluir el interesante tipo del pobre
tenedor de libros que aparece en El Nabab, de Alfonso Daudet, tipo al que el
poeta quiso, sin duda, atribuir sus propios ensueños. Me parecía recordar con
toda precisión una de las fantasías que este personaje -al cual atribuía el
nombre de M. Jocelyn- construye en sus paseos por las calles de París, y
comencé a reproducirla de memoria. En este ensueño se figura el pobre tenedor
de libros que viendo un coche cuyo caballo se ha desbocado se arroja
valerosamente a detenerlo, y cuando lo ha logrado ve abrirse la portezuela del
coche y descender de él una alta personalidad que le estrecha la mano,
diciendo: «Me ha salvado usted la vida. ¿Qué podría yo hacer en cambio por
usted.?»
Al transcribir de memoria esta fantasía pensaba que
si en mi versión existía alguna inexactitud me sería fácil corregirla luego, al
regresar a mi casa, con el texto de El Nabab a la vista. Mas cuando comencé a
hojear El Nabab para comparar el pasaje citado con mis cuartillas y poder
mandar éstas a la imprenta quedé avergonzado y consternado al ver que en la
novela no existía tal fantasía de M. Jocelyn y, además, que el desdichado
tenedor de libros ni siquiera llevaba este nombre, sino el de M. Joyeuse. Este
segundo error me dio pronto la clave del primero, o sea de mi engaño en el
recuerdo. El adjetivo joyeux (alegre), del cual constituye joyeuse (el
verdadero nombre del personaje de Daudet) la forma femenina, es la traducción
exacta al francés de mi propio nombre: Freud. ¿De dónde, pues, procedía la
fantasía falsamente recordada y atribuida por mí a Daudet? No podía ser más que
un producto personal, un ensueño construido por mí mismo y que no había llegado
a ser consciente, o que, si lo fue alguna vez, había sido olvidado después en
absoluto.
Quizá esta fantasía proviniese del tiempo en que me
hallaba en París, donde con harta frecuencia paseé solitario por las calles,
muy necesitado de alguien que me ayudase y
protegiese, hasta que Charcot me admitió a su
trato, introduciéndome en su círculo. Luego, en casa de Charcot, vi repetidas
veces al autor de El Nabab.
Otro ejemplo de recuerdo erróneo del que fue
posible hallar una explicación satisfactoria se aproxima a la fausse
reconnaissance, de la que después trataré. Había yo dicho a uno de mis
pacientes, hombre ambicioso y de gran capacidad, que un joven estudiante se
había agregado recientemente al grupo de mis discípulos con la presentación de
un interesante trabajo titulado El artista. Intento de una psicología sexual.
Cuando,
quince meses después, vio impreso dicho trabajo
afirmó mi paciente recordar con seguridad haber leído en alguna parte, quizá en
una librería, el anuncio de su publicación algún
tiempo antes (un mes o medio año) de que yo le
hablase de él. Recordaba también que ya cuando le hablé había pensado haber
visto tal anuncio, y además hizo la observación de que el autor había cambiado
el título, pues no lo llamaba como antes, Intento de, sino Aportación a una
psicología sexual. Una cuidadosa investigación con el autor y la comparación de
fechas demostraron que nunca había aparecido en ningún lado anuncio alguno de
la obra de referencia, y mucho menos quince meses antes de su impresión. Al emprender
la busca de la solución de este recuerdo erróneo expresó el sujeto una
renovación de la equivocación, diciéndome que
recordaba haber visto hacía poco tiempo en el escaparate de una librería un
escrito sobre la agorafobia y que en la actualidad lo estaba buscando, para
adquirirlo, en todos los catálogos editoriales. Al llegar a este punto me fue
ya posible explicarle por qué razón este trabajo tenía que ser completamente
vano. El
escrito sobre agorafobia no existía más que en su
fantasía como una resolución inconsciente de escribir él mismo una obra sobre
tal materia. Su ambición de emular al joven estudiante autor de otro trabajo e
ingresar entre mis discípulos por medio de un escrito científico le había
llevado a ambos recuerdos erróneos. Meditando sobre esto, recordó luego que el
anuncio visto en la librería y que le había servido para su falso
reconocimiento se refería a una obra titulada Génesis. La ley de la
reproducción. La modificación que había indicado
en el título de la obra del joven estudiante había
sido producida por mí, pues recordé que al citarle el título había cometido la
inexactitud de decir Intento de…, en lugar de Aportaciones a…
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) II. Olvido de propósitos e intenciones.
Ningún otro grupo de fenómenos es más apropiado que
el olvido de propósitos para la demostración de la tesis de que la escasez de
atención no basta por sí sola a explicar los rendimientos fallidos. Un
propósito es un impulso a la acción, que ha sido ya aprobado, pero cuya
ejecución ha quedado aplazada hasta el momento propicio para llevarla a cabo.
Ahora bien: en el intervalo creado de este modo
pueden sufrir los motivos del propósito una modificación que traiga consigo la
inejecución del mismo; pero entonces no puede decirse que olvidamos el
propósito formado, pues lo que hacemos es revisarlo y omitirlo por el momento.
El olvido de propósitos al cual sucumbimos cotidianamente y en las más
diversas situaciones no acostumbramos explicárnoslo
por una modificación inmediata de los motivos, sino que lo dejamos, en general,
sin explicar o le buscamos una explicación psicológica consistente en admitir
que al tiempo de ejecutar el propósito ha fallado la atención requerida por el
acto correspondiente, la cual era condición indispensable para dicha ejecución
del propósito y existía a nuestra disposición cuando formamos aquél. Pero
la observación de nuestra conducta normal ante
nuestros propósitos nos hace rechazar como arbitraria esta tentativa de
explicación. Cuando por la mañana formo un propósito que debe ser llevado a
cabo por la noche, puedo recordarlo algunas veces durante el día, pero no es
necesario que permanezca consciente a través de todo él. Luego, al acercarse el
momento
de su ejecución, surgirá de repente en mí y me
inducirá a llevar a cabo la preparación necesaria a la acción propuesta. Si al
salir a paseo cojo una carta para echarla al correo, no necesito, siendo un
individuo normal y no nervioso, llevarla todo el tiempo en la mano e ir mirando
continuamente para descubrir un buzón, sino que meteré la carta en un bolsillo
y seguiré con toda libertad mi camino, dejando vagar mi pensamiento y contando
con que uno de los buzones que encuentre al paso excitará mi atención, induciéndome
a sacar la carta y depositarla en él. La conducta normal ante un propósito ya
formado coincide con la producida experimentalmente en las personas sometidas a
la llamada «sugestión posthipnótica a largo plazo». Este fenómeno se describe
de costumbre en la forma siguiente: el propósito sugerido dormita en las
personas referidas hasta que se aproxima el tiempo de su ejecución. Al llegar
éste, despierta en ellas dicho propósito y las induce a la acción.
En dos situaciones de la vida se da también el
profano en estas cuestiones perfecta cuenta de que el olvido de propósitos no
puede considerarse como un fenómeno elemental que queda reducido a sí mismo,
sino que en definitiva depende de motivos inconfesados. Estas dos situaciones
son las relaciones amorosas y el servicio militar. Un enamorado que haya dejado
de acudir a una cita se disculpará en vano diciendo haberla olvidado. A estas
palabras contestará ella siempre: «Hace un año no lo hubieras olvidado. Ya no
soy para ti lo que antes.» Aun cuando hiciera uso de la explicación psicológica
antes citada, queriendo disculpar su olvido por la acumulación de ocupaciones,
sólo conseguiría que la dama -con una penetración análoga a la del médico en el
psicoanálisis- le respondiera: «Es curioso que antes no te perturbaran de esa
manera tus asuntos.» Seguramente la dama no quiere con
esto rechazar la posibilidad de un olvido; pero sí
cree, y no sin razón, que del olvido inintencionado hay que deducir, lo mismo
que si se tratase de un subterfugio consciente, una cierta desgana.
Asimismo se niega, y muy fundadamente, en el
servicio militar la distinción entre las omisiones por olvido y las
intencionadas. El soldado no debe olvidar nada de lo que de él exige el
servicio. Si, a pesar de esto, olvida algo de lo que sabe tiene que hacer, ello
es debido a que a los motivos que urgen el cumplimiento de los deberes
militares se oponen otros motivos contrarios. El soldado que al pasar revista
se disculpa diciendo que ha olvidado limpiar los botones de su uniforme, puede
estar seguro de no escapar al castigo. Pero este castigo puede considerarse
insignificante en comparación de aquel otro a que se expondría si se confesara
a sí mismo y confesara a sus superiores el motivo de su omisión:
«Estoy harto del maldito servicio.» En razón a este
ahorro de castigo se sirve el soldado del olvido como excusa o se manifiesta
aquél espontáneamente como una transacción.
Tanto el servicio de las damas como el servicio
militar tiene el privilegio de que todo lo que a ellos se refiere debe
sustraerse al olvido, y de este modo sugieren la opinión de que el olvido es
permisible en las cosas triviales, al paso que en las importantes es signo de
que se las quisiera tratar como si no lo fuesen y, por tanto, de que se discute
toda su importancia.
En efecto, en esta cuestión no se puede negar el
punto de vista de la valoración psíquica. Ningún hombre olvida ejecutar actos
que le parecen importantes sin exponerse a que lo crean un perturbado mental.
Nuestra investigación no puede, por tanto, extenderse más que a propósitos más
o menos secundarios, no considerando ninguno como por completo indiferente,
pues en este caso no se hubiera formado.
Como lo hice con las anteriores perturbaciones
funcionales, he reunido e intentado explicar también los casos de omisión por
olvido observados en mí mismo, y he hallado que podían ser atribuidos siempre a
una intervención de motivos desconocidos e inadmitidos por el sujeto mismo o,
como podríamos decir, a un deseo contrario. En una serie de casos de este
género me hallaba yo en una situación similar al servicio, esto es, bajo una
coacción contra la cual no había dejado por completo de resistirme, manifestando
aún mi protesta por medio de olvidos. A estos casos corresponde el hecho de que
olvido con especial facilidad el felicitar a las personas en sus días,
cumpleaños, bodas o ascensos.
Continuamente me propongo no dejar de hacerlo; pero
cada vez me convezo más de que no conseguiré nunca verificarlo con exactitud.
En la actualidad estoy a punto de renunciar ya por
completo y dar la razón a los motivos que a ello se resisten. Una vez predije a
un amigo mío, que me rogó enviase en su nombre un telegrama de felicitación en
una determinada fecha en que yo debía mandar otro, que con seguridad se me
olvidarían ambos, y, en efecto, se cumplió la profecía, sin que ello me
extrañara en modo alguno. Dolorosas experiencias de mi vida hacen que me sea
imposible expresar interés o simpatía en ocasiones en que obligadamente tengo que
exagerar mis sentimientos al expresarlos, dado que no podría emplear la
expresión correspondiente a su poca intensidad. Desde que he visto que muchas
veces me he equivocado tomando como verdadera la pretendida simpatía que hacia
mí mostraban otras
personas, me he rebelado contra estas convenciones
de expresión de simpatía, cuya utilidad social, por otra parte, reconozco. De
esta conducta debo excluir los pésames en caso de muerte; cuando he resuelto
expresar a alguien mi condolencia por uno de estos casos no omito nunca el
hacerlo. En aquellas ocasiones en que mi participación emocional no tiene nada
que ver con los deberes sociales, su expresión no es jamás inhibida por el
olvido.
El teniente T. nos relata el siguiente caso de un
olvido en el que un primer propósito reprimido se abrió camino en calidad de
«deseo contrario», dando origen a una situación desagradable (Ejemplo agregado
en 1920):
«UN CASO DE OMISIÓN. -El más antiguo de los
oficiales internados en un campamento de prisioneros fue ofendido por uno de
sus camaradas. Para evitarse posibles consecuencias quiso hacer uso del único
medio coercitivo que en su poder estaba, esto es, alejar al ofensor, haciéndole
trasladar a otro campamento, y fueron necesarios los consejos de varios amigos
suyos para hacerle desistir de su propósito y emprender en el acto el camino
que el honor le marcaba, decisión que había de traer consigo una multitud de consecuencias
desagradables.
»En la misma mañana que esto sucedió tenía el
comandante que pasar lista bajo la comprobación de uno de nuestros vigilantes.
Conociendo ya a todos sus compañeros de cautiverio por el largo tiempo que con
ellos llevaba, no había cometido hasta entonces error
ninguno en la lectura de la lista. Pero aquella
mañana omitió el nombre del ofensor, haciendo que, mientras que los demás
oficiales se retiraban una vez comprobada su presencia, tuviese aquél que
permanecer allí solo hasta que se deshizo el error. El nombre omitido constaba
claramente en una página de la lista.
»Este incidente fue considerado de un lado como
molestia intencionadamente infligida, y de otro como una desgraciada casualidad
que podía ser erróneamente interpretada. El comandante que cometió la omisión
llegó a poder juzgar con acierto lo sucedido después de leer la Psicopatología,
de Freud.»
Análogamente se explican, por el antagonismo entre
un deber convencional y una desfavorable opinión interior no confesada,
aquellos casos en los que se olvida ejecutar determinados actos que se han
prometido llevar a cabo en favor de otras personas. En estos casos se demuestra
siempre que es sólo el favorecedor el que cree en el poder eximente del olvido,
mientras que el pretendiente se da a sí mismo, sin duda, la respuesta justa:
«No se ha tomado interés ninguno; si no, no lo hubiera olvidado.» Existen individuos
a los que
todo el mundo califica de olvidadizos y a quienes,
por ser así, se les disculpan generalmente sus faltas como se disculpa al corto
de vista que no nos ha saludado en la calle. Estas personas olvidan todas las
pequeñas promesas que han hecho, dejan incumplidos todos los encargos que
reciben y demuestran de este modo ser indignos de confianza en las cosas
pequeñas; pero al mismo tiempo exigen que no se les tomen a mal tales pequeñas
faltas,
esto es, que no se les explique por su carácter
personal, sino que se les atribuya a una peculiaridad orgánica. Personalmente
no pertenezco a esta clase de individuos ni tampoco he tenido ocasión de
analizar los actos de ninguno de ellos para descubrir en la selección
verificada por el olvido los motivos del mismo. Sin embargo, no puedo dejar de
formar, per analogiam, la hipótesis de que en estos casos es una gran cantidad
de desprecio hacia los demás el motivo que el factor constitucional explota
para sus fines.
En otros casos los motivos del olvido son menos
fáciles de descubrir, y cuando se descubren causan una mayor extrañeza. Así
observé años atrás que, de una gran cantidad de visitas profesionales que debía
efectuar, no olvidaba nunca sino aquellas en que el enfermo era algún colega
mío o alguna otra persona a quien tenía que asistir gratuitamente. La vergüenza
que me causó este descubrimiento hizo que me acostumbrase a anotar por la
mañana las visitas que me proponía llevar a cabo en el transcurso del día. No
sé si otros médicos han llegado a hacer lo mismo por iguales razones. Pero con
esto se forma uno una idea de lo que induce a los llamados neurasténicos,
cuando van a consultar a un médico, a llevar escritos en una nota todos
aquellos datos que desean comunicarle, desconfiando de la capacidad
reproductiva de su memoria. Esto no es desacertado; pero la escena de la
consulta se desarrolla casi siempre en la siguiente
forma: el enfermo ha relatado ya con gran amplitud sus diversas molestias y ha
hecho infinidad de preguntas. Al terminar hace una pequeña pausa y extrae su
nota, diciendo en son de disculpa: «He apuntado algunas cosas, porque, si no,
no me acordaría de nada.» Con la nota en la mano repite cada uno de los puntos
ya expuestos, y va respondiéndose a sí mismo: «Esto ya lo he consultado.» Así,
pues, con su memorándum no demuestra probablemente más que uno de sus síntomas:
la frecuencia con que sus propósitos son perturbados por la interferencia de
oscuros motivos.
Llego ahora a tratar de un trastorno al que está
sujeta la mayoría de las personas sanas que yo conozco y al que tampoco he
escapado yo mismo. Me refiero al olvido,
sufrido con gran facilidad y por largo tiempo, de
devolver los libros que a uno le han prestado y al hecho de diferir, también
por olvido, el pago de cuentas pendientes. Ambas cosas me han sucedido
repetidas veces. Hace poco tiempo abandoné una mañana el estanco en que a
diario me proveo de tabaco sin haber satisfecho el importe de la compra
efectuada. Fue ésta una omisión por completo inocente, puesto que en dicho
estanco me conocían y podían recordarme mi deuda a la mañana siguiente; pero
tal pequeña negligencia, el intento de contraer deudas, no dejaba de hallarse
en conexión con ciertas reflexiones concernientes a mi presupuesto que me
habían ocupado todo el día anterior. En relación con los temas referentes al
dinero y a la posesión puede descubrirse con facilidad, en la mayoría de las
personas llamadas honorables, una conducta equívoca. La primitiva ansia del
niño de pecho que le hace intentar apoderarse de todos los objetos (para
llevárselos a la boca) aparece en general incompletamente vencida por el
crecimiento y la educación.
Con los ejemplos anteriores temo haber entrado un tanto
en la vulgaridad. Pero es un placer para mí encontrar materias que todo el
mundo conoce y comprende del mismo modo, puesto que lo que me propongo es
reunir lo cotidiano y utilizarlo científicamente. No concibo por qué la
sabiduría, que es, por decirlo así, el sedimento de las experiencias
cotidianas, ha de ver negada su admisión entre las adquisiciones de la ciencia.
No es la diversidad de los objetos, sino el más estricto método de establecer
hechos y la tendencia a más amplias conexiones, lo que constituye el carácter
esencial de la labor científica.
Hemos hallado, en general, que los propósitos de
alguna importancia caen en el olvido cuando se alzan contra ellos oscuros
motivos. En los propósitos menos importantes hallamos como segundo mecanismo
del olvido el hecho de que un deseo contradictorio se transfiere al propósito
desde otro lugar después de haberse establecido entre éste último y el
contenido del propósito una asociación exterior. A este orden pertenece el
siguiente
ejemplo: una tarde me propuse comprar papel secante
a mi paso por el centro de la ciudad, y tanto aquél día como los cuatro
siguientes olvidé tal propósito, preguntándome, al darme cuenta de la repetida
omisión, qué causas podrían haberla motivado. Con facilidad encontré, después
de meditar un poco, que el artículo deseado podía designarse con dos nombres
sinónimos: Löschpapier y Fließpapier, y que, si bien usaba yo el primer término
en la escritura, acostumbraba, en cambio, utilizar el segundo de palabra. Fließ
era el
nombre de un amigo mío residente en Berlín, el cual
me había ocasionado por aquellos días dolorosas preocupaciones. No me era
posible escapar a dichos penosos pensamientos; pero la tendencia defensiva se
exteriorizaba trasladándose por medio de la identidad de las palabras al
propósito indiferente, que por ser así presentaba escasa resistencia.
Voluntad contraria directa y motivación lejana se
manifiestan unidas en el siguiente caso de aplazamiento: en la colección
«Cuestiones de la vida nerviosa y psíquica» había yo escrito un corto tratado
que resumía el contenido de mi Interpretación de los sueños. Bergmann, el
editor de Wiesbaden, me había mandado las pruebas, rogándome se las devolviese
en seguida corregidas, pues quería publicar el folleto antes de Navidad. En
aquella misma noche hice la corrección, y dejé las pruebas sobre mi mesa de trabajo
para cogerlas a la mañana siguiente. Al llegar la mañana me olvidé de ellas y
no volví a acordarme hasta cuando por la tarde las vi de nuevo en el sitio en
que las había dejado. Sin embargo, allí volvieron a quedar olvidadas aquella
tarde, a la noche y a la mañana siguiente, hasta que, por fin, en la tarde del
segundo día las cogí al verlas y fui en el acto a
depositarlas en un buzón, asombrado de tan repetido
aplazamiento y pensando cuál sería su causa. Veía que no quería remitir las
pruebas al editor; pero no podía adivinar por qué. Después de depositar las
pruebas en el correo entré en casa del editor de mis obras en Viena, el cual
había publicado también el libro sobre los sueños, le hice algunas
recomendaciones y, después, como llevado por una
súbita ocurrencia, le dije: «¿Sabe usted que he escrito de nuevo mi libro de
los sueños?» «¡Ah, sí! Entonces
-exclamó- tengo que rogarle a usted que...» «Tranquilícese -repuse-. No es el
libro completo, sino tan sólo un pequeño resumen para la colección
Löwenfeld-Kurella.» De todos modos aún no estaba muy satisfecho el editor, pues
temía que el folleto perjudicase la venta del libro.
Discutimos, y, por último, le pregunté: «Si se lo
hubiera dicho a usted antes, ¿hubiera
usted opuesto alguna objeción a la publicación del
folleto?» «No; eso de ningún modo», me respondió. Personalmente creía haber
obrado con completo derecho y no haber hecho nada desacostumbrado; pero, sin
embargo, me parecía seguro que un pensamiento similar al expresado por el
editor era el motivo de mi vacilación en enviar las pruebas corregidas.
Este pensamiento se apoyaba en una ocasión
anterior, en la que otro editor puso dificultades a mi obligada resolución de
tomar algunas páginas de una obra mía sobre la parálisis cerebral infantil para
incluirlas sin modificación alguna en un folleto sobre el mismo tema publicado
en los «Manuales Nothnagel». Tampoco en este caso podía hacérseme ningún
reproche, pues también había advertido lealmente mi intención al primer editor,
como lo hice en el caso de La interpretación de los sueños. Persiguiendo aún más
atrás esta serie de recuerdos, encontré otra ocasión análoga anterior en la
que, al traducir una obra del francés, lesioné realmente los derechos de
propiedad del autor, pues añadí al texto, sin su permiso, varias notas, y
algunos años después pude ver que mi acción
arbitraria le había disgustado.
Existe un proverbio que revela el conocimiento
popular de que el olvido de propósitos no es accidental: «Lo que se olvida
hacer una vez se volverá a olvidar con frecuencia.»
En realidad, no puede uno sustraerse a la sensación
de que cuanto se pueda decir sobre los olvidos y los actos fallidos es ya cosa
conocida y admitida por todos como algo evidente y natural. Lo extraño es que
sea necesario todavía colocar a los hombres ante la consciencia cosas tan
conocidas. Cuántas veces he oído decir: «No me encargues eso. Seguramente lo
olvidaré.» La verificación de esta profecía no tiene nada de místico. El que
así habló percibía en sí mismo el propósito de no cumplir el encargo y rehusaba
confesárselo.
El olvido de propósitos recibe mucha luz de algo
que pudiéramos designar con el nombre de «formación de falsos propósitos.»
Una vez había yo prometido a un joven autor
escribir una revisión de su pequeña obra, pero a causa de resistencias
interiores que no me eran desconocidas iba aplazando el cumplimiento de mi
promesa de un día para otro, hasta que, vencido por el insistente apremio del
interesado, me comprometí de nuevo un día a dejarle complacido aquella misma
noche. Tenía reales intenciones de hacerlo así, pero después recordé que
aquella noche debía ocuparme imprescindiblemente en la redacción de un informe
de medicina legal. Al reconocer entonces mi propósito como falso cesé en mi
lucha contra mis resistencias interiores y rehusé en firme la crítica pedida.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) VIII. -TORPEZAS O ACTOS DE TÉRMINO ERRÓNEO
De la obra de Meringer y Mayer, anteriormente
citada, transcribo aún las siguientes líneas (1895, página 98):
«Las equivocaciones orales no son algo que se
manifieste aislado dentro de su género, sino que va unido a los demás errores
que los hombres cometen con frecuencia en sus diversas actividades, errores a
los que solemos dar un tanto arbitrariamente el nombre de distracciones.»
Así, pues, no soy yo el primero que sospecha la
existencia de un sentido y una intención detrás de las pequeñas perturbaciones
funcionales de la vida cotidiana de los individuos sanos.
Si las equivocaciones en el discurso, el cual es,
sin duda alguna, una función
motora, admiten una concepción como la que hemos
expuesto, es de esperar que ésta pueda aplicarse a nuestras demás funciones
motoras. He formado en este punto dos grupos. Todos los casos en los cuales el
efecto fallido, esto es, el extravío de la intención, parece ser lo principal
los designo con el nombre de actos de término erróneo (Vergreifen), y los
otros,
en los que la acción total aparece inadecuada a su
fin, los denomino actos sintomáticos y casuales (Symptom und
Zufallshandlungen). Pero entre ambos géneros no puede trazarse un límite
preciso, y debo hacer constar que todas las clasificaciones y divisiones usadas
en el presente libro no tienen más que una significación puramente descriptiva
y en el fondo contradicen la unidad interior de su campo de manifestación.
La inclusión de los actos de término erróneo entre
las manifestaciones de la
«ataxia», o, especialmente, de la «ataxia
cortical», no nos facilita en manera alguna su comprensión psicológica. Mejor
es intentar reducir los ejemplos individuales a sus propias determinantes. Para
ello utilizaré también observaciones personales, aunque en mí mismo no he
hallado sino muy escasas ocasiones de verificarlas.
(a) Años atrás, cuando hacía más visitas
profesionales que en la actualidad, me sucedió muchas veces que al llegar ante
la puerta de una casa, en vez de tocar el timbre o golpear con el llamador,
sacaba del bolsillo el llavero de mi propio domicilio para, como es natural,
volver en seguida a guardarlo un tanto avergonzado. Fijándome en qué casas me
ocurría esto, tuve que admitir que mi error de sacar mi llavero en vez de
llamar significaba un homenaje a la casa ante cuya puerta lo cometía, siendo
equivalente al pensamiento:
«Aquí estoy como en mi casa», pues sólo me sucedía
en los domicilios de aquellos pacientes a los que había tomado cariño. El error
inverso, o sea llamar a la puerta de mi propia casa, no me ocurrió jamás.
Por tanto, tal acto fallido era una representación
simbólica de un pensamiento definido, pero no aceptado aún conscientemente como
serio, dado que el neurólogo sabe siempre muy bien que, en realidad, el enfermo
no le conserva unido sino mientras espera de él algún beneficio, y que él mismo
no demuestra un interés excesivamente caluroso por sus enfermos más que en
razón a la vida psíquica que en la curación pueda esto prestarle.
Numerosas autoobservaciones de otras personas
demuestran que la significativa maniobra descrita, con el propio llavero, no
es, en ningún modo, una particularidad mía.
A. Maeder relata una repetición casi idéntica de mi
experiencia (Contributions à la psychopathologie de la vie quotidienne, en
Arch. de Psychol., VI, 1906): «A todos nos ha sucedido sacar nuestro llavero al
llegar ante la puerta de un amigo particularmente querido y sorprendernos
intentando abrir con nuestra llave, como si estuviéramos en nuestra casa. Esta
maniobra supone un retraso -puesto que al fin y al cabo hay que llamar-, pero
es una prueba de que al lado del amigo que allí habita nos sentimos -o quisiéramos
sentirnos- como en nuestra casa».
De E. Jones (1911, pág. 509) transcribo lo que
sigue: «El uso de las llaves es un fértil manantial de incidentes de este
género, de los cuales vamos a referir dos ejemplos. Cuando estando en mi casa
dedicado a algún trabajo interesante tengo que interrumpirlo para ir al
hospital y emprender en él alguna labor rutinaria, me sorprendo con mucha
frecuencia intentando abrir la puerta del laboratorio con la llave del despacho
de mi domicilio, a pesar de ser completamente diferentes una de otra. Mi error
demuestra inconscientemente dónde preferiría hallarme en aquel momento. Hace
años ocupaba una posición subordinada en una cierta institución cuya puerta
principal se hallaba siempre cerrada y, por tanto, había que llamar al timbre
para que le franqueasen a uno la entrada. en varias ocasiones me sorprendí
intentando abrir dicha puerta con la llave de mi casa. Cada uno de los médicos
permanentes de la institución, cargo al que yo aspiraba, poseía una llave de la
referida entrada para evitarse la molestia de esperar a que le abriesen. Mi
error expresaba, pues, mi deseo de igualarme a ellos y estar allí como `at
home'».
El doctor Hans Sachs, de Viena, relata algo
análogo: «Acostumbro llevar siempre conmigo dos llaves, de las cuales
corresponde una a la puerta de mi oficina y otra a la de mi casa. Siendo la
primera, por lo menos, tres veces mayor que la segunda, no son, desde
luego, nada fáciles de confundir, y, además, llevo
siempre la una en el bolsillo del pantalón y la otra en el chaleco. A pesar de
todo esto, me sucedió con frecuencia el darme cuenta, al llegar ante una de las
dos puertas, de que mientras subía la escalera había sacado del bolsillo la
llave correspondiente a la otra. Decidí hacer un experimento estadístico, pues
dado que diariamente llegaba ante las dos mismas puertas en un casi idéntico
estado emocional, el intercambio de las llaves tenía que demostrar una
tendencia regular, aunque psíquicamente estuviera determinado de manera
distinta. Observando los casos siguientes, resultó que ante la puerta de la
oficina extraía regularmente la llave de mi casa, y sólo una vez se presentó el
caso contrario en la siguiente forma: regresaba yo fatigado a mi
domicilio, en el cual sabía que me esperaba una
persona a la que había invitado. Al llegar a la puerta intenté abrir con la
llave de la oficina, que, naturalmente, era demasiado grande para entrar en la
cerradura.»
(b) En una casa a la que durante seis años seguidos
iba yo dos veces diarias me sucedió dos veces, con un corto intervalo, subir un
piso más arriba de aquel al que me dirigía. La primera vez me hallaba perdido
en una fantasía ambiciosa que me hacía
«elevarme cada día más», y ni siquiera me di cuenta
de que la puerta ante la que debía haber esperado se abrió cuando comenzaba yo
a subir el tramo que conducía al tercer piso.
La segunda vez también fui demasiado lejos,
«abstraído en mis pensamientos». Cuando me di cuenta y bajé lo que de más había
subido, quise adivinar la fantasía que me había dominado, hallando que en
aquellos momentos me irritaba contra una crítica (fantaseada)
de mis obras, en la cual se me hacía el reproche de
«ir demasiado lejos», reproche que yo sustituía por el no menos respetuoso «de
haber trepado demasiado arriba.»
(c) Sobre mi mesa de trabajo yacen juntos hace
muchos años un martillo para buscar reflejos y un diapasón. Un día tuve que
salir precipitadamente después de la consulta para alcanzar un tren, y a pesar
de estar dichos objetos a la plena luz del día, cogí e introduje en
el bolsillo de la americana el diapasón en lugar
del martillo, que es lo que deseaba llevar conmigo. El peso del diapasón en mi
bolsillo fue lo que me hizo notar mi error. Aquel que no esté acostumbrado a
reflexionar ante ocurrencias tan pequeñas explicaría o disculparía mi acto
erróneo por la precipitación del momento. Yo, sin embargo, preferí preguntarme
por qué razón había cogido el diapasón en lugar del martillo. La prisa hubiera
podido ser igualmente un motivo de ejecutar el acto con acierto, para no perder
tiempo luego teniendo que corregirlo.
La primera pregunta que acudió a mi mente fue:
«¿Quién cogió últimamente el diapasón?» El último que lo había cogido había
sido, pocos días antes, un niño idiota cuya atención a las impresiones
sensoriales estaba yo examinando y al que había fascinado de tal manera el
diapasón, que me fue difícil quitárselo luego de las manos. ¿Querría decir esto
que soy un idiota? Realmente parecería ser así,
pues la primera idea que se asoció a martillo
(Hammer) fue Chamer (en hebreo, burro).
Mas ¿por qué tales conceptos insultantes? Sobre
este punto había que interrogar la situación del momento. Yo me dirigía
entonces a celebrar una consulta en un lugar situado en la línea del
ferrocarril del Este, en el que residía un enfermo que, conforme a las
informaciones que me habían escrito, se había caído por un balcón meses antes,
quedando desde entonces imposibilitado para andar. El médico que me llamaba a
consulta me escribía que no sabía si se trataba de una lesión medular o de una
neurosis traumática (histeria).
Esto era lo que yo tenía que decidir. En el error
examinado debía de existir una advertencia sobre la necesidad de mostrarme muy
prudente en el espinoso diagnóstico diferencial. Aun así y todo, mis colegas
opinan que se diagnostica con ligereza una histeria en casos en que se trata de
cosas más graves. Mas todo esto no era suficiente para justificar los insultos.
La asociación siguiente fue el recuerdo de que la pequeña estación a que me
dirigía era la del mismo lugar en que años antes había visitado a un hombre
joven que desde cierto trauma emocional había perdido la facultad de andar.
Diagnostiqué una histeria y sometí después al enfermo al tratamiento psíquico,
demostrándose posteriormente que si mi diagnóstico no había sido del todo
equivocado, tampoco había habido en él un total acierto. Gran cantidad de los
síntomas del enfermo habían sido histéricos y desaparecieron con rapidez en el
curso del tratamiento, mas detrás de ellos quedaba visible un remanente que
permanecería inatacable por la terapia y que pudo ser atribuido a una
esclerosis múltiple. Los que tras de mí reconocieron al enfermo pudieron
apreciar con facilidad la afección orgánica, pero yo
no podía antes haber juzgado ni procedido de otro
modo. No obstante, la impresión era la de un grave error, y la promesa que de
una completa curación había dado al enfermo era imposible de mantener. El error
de coger el diapasón en lugar del martillo podía traducirse
en las siguientes palabras: «¡Imbécil! ¡Asno! ¡Ten
cuidado esta vez y no vayas a diagnosticar de nuevo una histeria en un caso de
enfermedad incurable, como lo hiciste en este mismo lugar, hace años, con aquel
pobre hombre!» Para suerte de este pequeño análisis, mas para mi mal humor,
dicho individuo, atacado en la actualidad de una grave parálisis espasmódica,
había estado dos veces en mi consulta pocos días antes y uno después del niño
idiota.
Obsérvese que en este caso es la voz de la
autocrítica la que se hace oír por medio del acto de aprehensión errónea. Este
es especialmente apto para expresar autorreproches. El error actual intenta
representar el que en otro lugar y tiempo cometimos.
(d) Claro es que el coger un objeto por otro o
cogerlo mal es un acto erróneo que puede obedecer a toda una serie de oscuros
propósitos. He aquí un ejemplo. Raras veces rompo algo. No soy
extraordinariamente diestro; pero, dada la integridad anatómica de mis sistemas
nervioso y muscular, no hay razones que provoquen en mí movimientos torpes de
resultado no deseado. Así, pues, no recuerdo haber roto nunca ningún objeto de
los existentes en mi casa. La poca amplitud de mi cuarto de estudio me obliga
en ocasiones a trabajar con escasa libertad de movimientos y entre gran
cantidad de objetos antiguos de greda y piedra, de los que tengo una pequeña
colección. Los que me ven moverme entre tanta cosa me han expresado siempre su
temor de que tirase algo al suelo, rompiéndolo, pero esto no ha sucedido nunca.
¿Por qué, pues, tiré un día al suelo y rompí la tapa de mármol de un sencillo
tintero que tenía sobre mi mesa?
Dicho tintero estaba constituido por una placa de
mármol con un orificio, en el que quedaba metido el recipiente de cristal
destinado a la tinta. Este recipiente tenía una tapadera también de mármol con
un saliente para cogerla. Detrás del tintero había, colocadas en semicírculo,
varias estatuillas de bronce y terracota. Escribiendo sentado y
ante la mesa hice con la mano en la que tenía la
pluma un movimiento extrañamente torpe y tiré al suelo la tapa del tintero. La
explicación de mi torpeza no fue difícil de hallar. Unas horas antes había
entrado mi hermana en el cuarto para ver algunas nuevas adquisiciones mías,
encontrándolas muy bonitas, diciendo: «Ahora presenta tu mesa de trabajo un
aspecto precioso. Lo único que se despega un poco es el tintero. Tienes que
poner otro más bonito.» Salí luego del cuarto acompañando a mi hermana y no regresé
hasta pasadas algunas horas, siendo entonces cuando llevé a cabo la ejecución
del tintero, juzgado ya y condenado.
¿Deduje acaso de las palabras de mi hermana su
propósito de regalarme un tintero más bonito en la primera ocasión festiva y me
apresuré, por tanto, a romper el otro, antiguo y feo, para forzarla a realizar
el propósito que había indicado? Si así fuera, mi movimiento que arrojó al
suelo la tapadera no habría sido torpe más que en apariencia, pues en realidad
había sido muy hábil, poseyendo completa consciencia de su fin y habiendo
sabido respetar, además, todos los valiosos objetos que se hallaban próximos.
Mi opinión es que hay que aceptar esta explicación
para toda una serie de movimientos casualmente torpes en apariencia. Es cierto
que tales movimientos parecen mostrar algo violento, impulsivo y como
espasmodicoatáxico; pero, sometidos a un examen, se demuestran como dominados
por una intención y consiguen su fin con una
seguridad que no puede atribuirse, en general, a
los movimientos voluntarios y conscientes. Ambos caracteres, violencia y
seguridad, les son comunes con las manifestaciones motoras
de la neurosis histérica y, en parte, con los
rendimientos motores del sonambulismo, indicando una misma desconocida
modificación del proceso de inervación.
La siguiente autoobservación de la señora Lou
Andreas-Salomé nos muestra de un modo convincente cómo una «torpeza» tenazmente
repetida sirve con extrema habilidad a intenciones inconfesadas [Ejemplo de
1919]:
«Precisamente en los días de guerra, en los que la
leche comenzó a ser materia rara y preciosa, me sucedió, para mi sorpresa y
enfado, el dejarla cocer siempre con exceso y salirse, por tanto, del
recipiente que la contenía. Aunque de costumbre no suelo comportarme tan
descuidada o distraídamente, en esta ocasión fue inútil que tratara de
corregirme. Tal conducta me hubiera parecido quizá explicable en los días que
siguieron a la muerte de mi querido terrier blanco, al que con igual
justificación que a cualquier hombre llamaba yo Drujok (en ruso, `amigo'). Pero
en aquellos días y después no volví a dejar salir ni una sola gota de leche al
cocerla. Cuando noté esto, mi primer pensamiento
fue: `Me alegro, porque ahora la leche vertida no
tendría ni siquiera quien la aprovechara', y en el mismo momento recordé que mi
`amigo' solía ponerse a mi lado durante la cocción de la leche, vigilando con
ansia el resultado, inclinando la cabeza y moviendo la cola lleno de esperanza,
con la consoladora seguridad de que había de suceder la maravillosa desgracia.
Con esto quedó explicado todo para mí y vi también que quería a mi perro más de
lo que yo misma me daba cuenta.»
En los últimos años y desde que vengo reuniendo
esta clase de observaciones he vuelto a romper algún objeto de valor; mas el
examen de estos casos me ha demostrado que nunca fueron resultados de la
casualidad o de una torpeza inintencionada. Así, una mañana, atravesando una
habitación al salir del baño, en bata y zapatillas de paja, arrojé pronto una
de éstas, con un rápido movimiento del pie y como obedeciendo a un repentino
impulso, contra la pared, donde fue a chocar con una pequeña Venus de mármol que
había encima de una consola, tirándola al suelo. Mientras veía hacerse pedazos
la bella estatuilla cité inconmovible los siguientes versos de Busch: Ach! die
Venus ist perdü / Klickeradoms! / von Medici!.
Esta loca acción y mi tranquilidad ante el daño
producido tienen su explicación en las circunstancias del momento. Teníamos
entonces gravemente enferma a una persona de la familia, de cuya curación había
yo desesperado. Aquella misma mañana se recibió la noticia de una notable
mejoría, ante la cual recordaba yo haber exclamado: «Aún va a escapar con
vida.» Por tanto, mi ataque de furor destructivo había servido de medio de
expresión a un sentimiento agradecido al Destino y me había permitido llevar a
cabo un acto de sacrificio, como si hubiera prometido que si el enfermo
recobraba la salud sacrificaría en acción de gracias tal o cual cosa. El haber
escogido la Venus de Médicis como víctima no podía ser más que un galante
homenaje a la convaleciente. Lo que de este
caso ha permanecido incomprensible para mí ha sido
cómo decidí tan rápidamente y apunté con tal precisión que di al objeto deseado
sin tocar ninguno de los que junto a él se
hallaban.
Otro caso de rotura de un objeto, en el cual me
serví de nuevo de la pluma escapada de mi mano, tuvo también la significación
de un sacrificio; pero esta vez de ofrenda petitoria para evitar un mal. En
esta ocasión me había complacido en hacer un reproche a
un fiel y servicial amigo mío, reproche únicamente
fundado en la interpretación de algunos signos de su inconsciente. Mi amigo lo
tomó a mal y me escribió una carta en la que me rogaba que no sometiese a mis
amigos al psicoanálisis. Tuve que confesarme que tenía razón y le aplaqué con
mi respuesta. Mientras la estaba escribiendo tenía delante de mí mi última
adquisición de coleccionista, una figurita egipcia preciosamente vidriada. La
rompí en la forma mencionada y me di cuenta en seguida de que había provocado
aquella desgracia en evitación de otra mayor. Por fortuna, ambas cosas -la
amistad y la figurita- pudieron componerse con tal perfección que no se notaron
las roturas.
Una tercera rotura tuvo menos seria conexión. Fue,
para usar el término de Theodor Vischer en Auch Einer, una «ejecución»
disfrazada de un objeto que no era ya de mi gusto. Durante algún tiempo había
usado un bastón con puño de plata. La delgada lámina de este material que
formaba el puño sufrió, sin culpa por mi parte, un desperfecto y fue muy mal
reparada. Poco tiempo después, jugando alegremente con uno de mis hijos, me
serví del bastón para agarrarle por una pierna con el curvado puño. Al hacerlo
se partió, como era de esperar, y me vi libre de él.
La indiferencia con que se acepta en estos casos el
daño resultante debe ser considerada como demostración de la existencia de un
propósito inconsciente.
Investigando los fundamentos de actos fallidos tan
nimios como la rotura de objetos, descubrimos a veces que dichos actos se
hallan íntimamente enlazados al pasado del sujeto, apareciendo al mismo tiempo
en estrecha conexión con su situación presente. El siguiente análisis de L.
Jekels (International Zeitschrift f.Psychoanalyse, I, 1913) es un ejemplo de
este género de casos:
«Un médico poseía un jarrón de loza nada valioso,
pero sí muy bonito, que en unión de otros muchos objetos, algunos de ellos de
alto precio, le había sido regalado por una paciente (casada). Cuando se
manifestó claramente que dicha señora padecía una psicosis,
el médico devolvió todos aquellos regalos a los
allegados de la enferma, conservando tan sólo un modesto jarrón, del que, sin
duda por su belleza, no acertó a separarse.
Esta ocultación no dejó, sin embargo, de promover
en el médico, hombre muy escrupuloso, una cierta lucha interior. Comprendía la
incorrección de su conducta, y para defenderse contra sus remordimientos, se
daba a sí mismo la excusa de que el tal jarrón carecía de todo valor material,
era difícil de empaquetar para mandarlo a su destino, etc.
Cuando meses después se le discutió el pago de un
resto de sus honorarios por la asistencia a dicha paciente y se propuso
encargar a un abogado el reclamarlo y hacerlos efectivos por la vía legal,
volvió a reprocharse su ocultación. De repente le sobrecogió el miedo de que
fuera descubierto por los parientes de la enferma y éstos opusieran por ello
una reconvención a su demanda.
En los primeros momentos, sobre todo, fue tan
fuerte este miedo que llegó a pensar en renunciar a sus honorarios, de un valor
cien veces mayor al del objeto referido. Sin embargo, logró dominar este
pensamiento, dándolo de lado como absurdo.
Durante esta situación le sucedió, a pesar de que
raras veces rompía algo y de dominar muy bien su sistema muscular, que, estando
renovando el agua del jarrón para poner en él unas flores, y por un movimiento
no relacionado orgánicamente con dicho acto
y extrañamente torpe, lo tiró al suelo, donde se
rompió en cinco o seis grandes pedazos. Y esto después de haberse decidido la
noche anterior, al cabo de grandes vacilaciones, a colocar precisamente este
jarrón lleno de flores en la mesa, ante sus convidados, y después de haber
pensado en él poco antes de romperlo, haberlo echado de menos en su cuarto y
haberlo traído desde otra habitación por su propia mano.
Después de la primera sorpresa comenzó a recoger
del suelo los pedazos, y en el momento en que, viendo que éstos calzaban
perfectamente, se dio cuenta de que el jarrón podía reconstruirse sin defecto
alguno, volvieron a escapársele de las manos dos de los pedazos más grandes,
haciéndose añicos y quedando perdida toda esperanza de reconstitución.
Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía
la tendencia actual de hacer posible al médico la prosecución de su derecho,
libertándole de aquello que le retenía y le impedía en cierto modo reclamar lo
que le era debido.
Pero, además de esta determinación directa, posee
este rendimiento fallido, para todo psicoanalítico, una determinación simbólica
más amplia, profunda e importante, pues el jarrón es un indudable símbolo de la
mujer.
El héroe de esta historia había perdido de un modo
trágico a su joven y bella mujer, a la que amaba ardientemente. Después de su
desgracia contrajo una neurosis, cuya nota predominante era creerse culpable de
aquélla. («Haber roto un bello jarrón.»)
Asimismo le era imposible entrar en relaciones con
ninguna mujer y repugnaba casarse de nuevo o emprender amores duraderos, que en
su inconsciente eran valorados como una infidelidad a su difunta mujer; pero
que su consciencia racionalizaba, acusándole de atraer la desdicha sobre las
mujeres y causarles la muerte, etc. («Siendo así, no podía conservar
duraderamente el jarrón.»)
Dada su fuerte libido, no es de extrañar que se
presentaran ante él, como las más adecuadas, las relaciones pasajeras con
mujeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el jarrón a otro perteneciente.)
A consecuencia de su neurosis se sometió a
tratamiento psicoanalítico, y los datos siguientes nos proporcionan una
preciosa confirmación del simbolismo antes apuntado.
En el curso de la sesión en la que relató la rotura
del jarrón «de tierra» volvió a hablar de sus relaciones con las mujeres y
expresó que era en ellas de una exigencia casi insensata, exigiendo, por
ejemplo, que la amada fuera de una «beIleza extraterrena». Esto constituye una
clara acentuación de que aún se hallaba ligado a su mujer (muerta; esto es,
extraterrena) y que no quería saber nada de «bellezas terrenales». De aquí la
rotura del jarrón «de tierra».
Precisamente por los días en los que, según
demostró el análisis, forjaba la fantasía de pedir en matrimonio a la hija de
su médico regaló a éste un jarrón, indicando así cuál era la correspondencia
que deseaba.
A priori se dejó cambiar de varias maneras la
significación simbólica del acto erróneo; por ejemplo, no querer llenar el
vaso, etc. Mas lo que me parece interesante es la consideración de que la
existencia de varios, por lo menos de dos motivos actuales, desde
lo preconsciente a lo inconsciente y probablemente
separados, se refleje en la duplicación de acto erróneo: tirar al suelo el
jarrón y luego los pedazos.»
(e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo
parece ser utilizado con gran frecuencia para la expresión de series de
pensamientos inconscientes, cosa que se puede demostrar por medio del análisis,
pero que también podría adivinarse casi siempre por las interpretaciones que a
tales accidentes da, por burla o por superstición, el sentido popular. Conocida
es la interpretación que se da a los actos de derramar la sal o el vino o de
que un cuchillo que caiga al suelo quede clavado de punta en él, etc. Más
adelante expondré el derecho que a ser tomadas en consideración tienen tales
interpretaciones supersticiosas. Por ahora sólo haré observar que tales
torpezas no tienen, de ningún modo, un sentido
constante, sino que, según las circunstancias, se
ofrecen como medio de representaciones de intenciones en absoluto indiferentes.
Hace poco hubo en mi casa una temporada durante la
cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad de objetos de cristal y
porcelana. Yo mismo contribuí a tal destrozo repetidas veces. Esta pequeña
epidemia psíquica fue fácil de explicar. Eran aquéllos los
días que precedieron al matrimonio de mi hija
mayor. En tales fiestas se suele romper intencionadamente un utensilio,
haciendo al mismo tiempo un voto de felicidad. Esta costumbre debe significar
un sacrificio y expresar algún otro sentido simbólico.
Cuando los criados destruyen objetos frágiles
dejándolos caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo, en una explicación psicológica
de ello, y, sin embargo, no es improbable la existencia de oscuros motivos que
coadyuvan a tales actos. Nada más lejano a las personas ineducadas que la
apreciación del arte y de las obras de arte. Una sorda hostilidad contra estos
productos domina a nuestros criados, sobre todo cuando tales objetos, cuyo
valor no aprecian, constituyen un motivo de trabajo para ellos. En cambio,
personas de igual origen que se hallan empleadas en alguna institución
científica se distinguen por la gran destreza y seguridad con que manejan los
más delicados objetos en cuanto comienzan a identificarse con sus amos y a
contarse entre el personal esencial del establecimiento.
Incluso aquí la comunicación de un joven técnico,
que nos permite penetrar en el mecanismo del desperfecto de objetos [Ejemplo de
1912]:
«Hace algún tiempo trabajaba con varios colegas en
el laboratorio de la Escuela Superior, en una serie de complicados experimentos
de elasticidad, labor emprendida voluntariamente, pero que comenzaba a
ocuparnos más tiempo de lo que hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el
laboratorio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste lo desagradable
que era para él verse obligado a perder aquel día tanto tiempo, pues tenía
mucho trabajo en su casa. Yo asentí a sus palabras y añadí, medio en broma, aludiendo
a un incidente de la pasada semana: `Por fortuna, es de esperar que la máquina
falle otra vez y tengamos que interrumpir el experimento. Así podremos
marcharnos pronto.'
En la distribución del trabajo tocó a F. regular la
válvula de la prensa; esto es, iría abriendo con prudencia para dejar pasar
poco a poco el líquido presionador desde los
acumuladores al cilindro de la prensa hidráulica.
El director del experimento se hallaba observando el manómetro, y cuando éste
marcó la presión deseada, gritó: `¡Alto!' Al oír esta voz de mando cogió F. la
válvula y le dio vuelta con toda su fuerza hacia la izquierda. (Todas las
válvulas, sin excepción, se cierran hacia la derecha.) Esta falsa maniobra hizo
que la presión del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa para la
cual no estaba preparada la tubería, y que hizo estallar una unión de ésta,
accidente nada grave para la máquina, pero que nos obligó a abandonar el
trabajo por aquel día y regresar a nuestras casas.
Aparte de esto, es muy característico el hecho de
que algún tiempo después, hablando de este incidente, no pudo F. recordar las
palabras que le dije al dirigirnos juntos al laboratorio, palabras que yo
recordaba con toda seguridad.»
Caerse, tropezar o resbalar son actos que no deben
ser interpretados siempre como una falla puramente casual de una función
motora. El doble sentido lingüístico de estas expresiones indica ya las ocultas
fantasías que puede hallar una representación en tales perturbaciones del
equilibrio corporal. Recuerdo gran número de ligeras enfermedades nerviosas
surgidas en sujetos femeninos después de una caída en la que no sufrieron
herida alguna y diagnosticadas como histerias traumáticas subsiguientes al
susto. Ya estos casos me dieron la impresión de que la relación de causa a
efecto era distinta de la que se suponía y de que la caída era un anuncio de la
neurosis y una expresión de las fantasías inconscientes de contenido sexual de
la misma, fantasías que deben considerarse como fuerzas actuantes detrás de los
síntomas. ¿Acaso no expresa esta misma idea el proverbio que dice: «Cuando una
muchacha cae, cae siempre de espaldas»?
Entre los actos de término erróneo puede incluirse
el de dar a un mendigo una moneda de oro por una de cobre o de plata. La
explicación de tales errores es muy sencilla. Son actos de sacrificio
destinados a apaciguar al Destino, desviar una desgracia, etc. Si antes de
salir a paseo se ha oído hablar a una madre o parienta amorosa de su
preocupación por la salud de un hijo o allegado, y luego se las ve proceder con
la involuntaria generosidad citada, no se podrá dudar del sentido del
aparentemente indeseado incidente. De esta manera, nuestros actos erróneos
hacen posible el ejercicio de aquellas piadosas y supersticiosas costumbres,
que a causa de la resistencia de nuestra razón, que se ha hecho descreída,
tienen que rehuir la luz de la consciencia.
(f) El campo de acción de la actividad sexual,
dentro del cual parece borrarse por completo la delimitación entre lo casual y
lo intencionado, nos ofrece una prueba evidente de la intencionalidad real de
estos actos, aparentemente casuales.
Yo mismo he vivido hace algunos años un ejemplo de
cómo un movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado para un fin sexual
de la más refinada de las maneras. En una casa amiga hallé en una ocasión a una
muchacha que despertó en mí un placer creído extinto, haciéndome mostrarme
jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó en esta ocasión el
descubrimiento de los motivos de aquella impresión, pues la misma muchacha me
había dejado completamente frío un año antes. Al entrar el tío de la muchacha,
persona muy anciana, en la habitación en que nos hallábamos, nos levantamos
ella y yo para acercarle una silla que en un rincón había. Más ágil ella y
también más cercana a la silla, la cogió antes que yo y la trajo ante sí,
teniéndola con él respaldo hacia
atrás y ambas manos en los lados del asiento. Al
llegar yo a su lado y no renunciar a mi propósito de coger la silla, me hallé
de repente pegado por detrás de la muchacha, abrazándola con ambos brazos, y
mis manos se encontraron un momento sobre su pecho. Como es natural, puse
término a esta situación con la misma rapidez con que se había producido, y
nadie pareció darse cuenta de lo hábilmente que yo había aprovechado mi torpe
movimiento.
Debe admitirse asimismo que nuestros torpes y
enfadosos regates cuando, al encontrarnos ante una persona en la calle,
empezamos a dar pasos a uno y otro lado, pero siempre en igual dirección que el
otro o la otra, hasta quedar ambos inmóviles frente a frente, acto que resulta
como «cerrar el camino a alguien», renueva una incorrecta y provocativa
costumbre de los años juveniles y persigue intenciones sexuales bajo el disfraz
de una torpeza. Mis psicoanálisis de neuróticos me han enseñado que lo que
consideramos como ingenuidad en los adolescentes y en los niños no es, con
frecuencia, más que un disfraz bajo el cual les es posible hacer o decir, sin
avergonzarse, algo indecoroso.
W. Stekel ha comunicado varias autoobservaciones
análogas: «Al entrar en una casa alargué mi mano a la señora de ella y desaté
al hacerlo el lazo que sujetaba su suelta bata matinal. No abrigaba yo,
inconscientemente, ningún poco honrado propósito y, sin
embargo, llevé a cabo dicho torpe movimiento con la
habilidad de un prestidigitador.» Repetidas veces he incluido aquí pruebas de
que los poetas juzgan los movimientos
fallidos igual que nosotros en este libro, esto es,
como significativos y motivados. No nos admirará, por tanto, ver en un nuevo
ejemplo cómo un poeta da una intensa significación a un movimiento equivocado y
le hace ser un presagio de ulteriores acontecimientos.
En la novela de Theodor Fontane La adúltera
hallamos las siguientes líneas (tomo
II, pág. 64, de la edición de las obras completas
de Th. Fontane.-S. Fischer):
«...y Melania se levantó y arrojó a su marido, a
manera de saludo, uno de los grandes balones. Pero apuntó mal, y la pelota,
volando hacia un lado, fue a parar a manos de Rubén. Al regreso de la excursión
en que esto sucede se desarrolla un diálogo entre Melania y Rubén, en el cual
comienza ya a surgir el trote de un naciente amor. Este amor crece luego hasta
el apasionamiento, y Melania abandona, por último, a su marido para pertenecer
por entero al hombre amado.» (Comunicado por H. Sachs.)
(g) Los efectos que producen los actos de
aprehensión errónea de las personas normales son, regularmente, inofensivos.
Por ello mismo es de gran interés el investigar si otros errores de mayor
importancia (por ejemplo, los de un médico o un farmacéutico) pueden ser
también interpretados conforme a nuestro punto de vista.
Personalmente me hallo muy escasas veces en
situación de observar actos correspondientes a una actividad médica general, y
de este modo no puedo comunicar aquí más que un solo caso de error médico
observado en mí mismo. Desde hace algunos años vengo visitando dos veces al día
a una señora anciana, y mi labor de la visita matinal se reduce a dos actos:
echarle en los ojos un par de gotas de un colirio y ponerle una inyección de
morfina. A estos efectos hay siempre preparadas dos botellitas, una azul para
el colirio y otra blanca para la morfina. Mientras llevo a cabo los dos actos
acostumbrados, mis pensamientos suelen estar ocupados en otra cosa, pues he
repetido tantas veces la misma
faena que la atención necesaria para efectuarla se
comporta ya como libre e independiente. Sin embargo, en una ocasión trabajó el
autómata equivocadamente. Introduje el cuentagotas en la botellita blanca en
lugar de en la azul, y lo que eché en los ojos de la enferma fue morfina y no
colirio. Al darme cuenta quedé sobrecogido, tranquilizándome después con la
reflexión de que unas gotas de una solución de morfina al dos por ciento no
podía causar ningún daño a la conjuntiva. Así, pues, la causa del miedo sentido
debía de ser distinta.
En mi intento de analizar mi pequeño error, la
primera cosa que acudió a mi pensamiento fue la frase «atentar contra la
anciana», la cual podía indicarme un rápido camino hacia la solución. Me
hallaba yo bajo la impresión de un sueño que me había sido relatado la noche
anterior por un joven, sueño, cuyo contenido no podía interpretarse más que
como el comercio sexual del sujeto con su propia madre. La extraña
circunstancia de que la leyenda no tenga en cuenta la ancianidad de la reina
Yocasta me pareció confirmar la afirmación de que en el enamoramiento de la
propia madre no se trata nunca de la persona actual, sino de su recuerdo
juvenil, procedente de los años infantiles.
Tales incongruencias aparecen siempre cuando una
fantasía vacilante entre dos épocas se hace consciente y queda así ligada a una
época definida. Abstraído en estos pensamientos llegué a casa de mi paciente,
que frisaba en los noventa años, y debía de hallarme en camino de considerar el
general carácter humano de la fábula de Edipo como la correlación de la fatal
profecía expresada por el oráculo, pues «me equivoqué con» o
«atenté contra la anciana». Mi acto erróneo fue
también en este caso inofensivo. De los dos errores posibles: usar la morfina
para echarla en los ojos o el colirio para la inyección,
había escogido el más inocente. Queda aún la
cuestión de si en errores susceptibles de ocasionar graves daños puede
suponerse la existencia de una intención inconsciente, como sucede en los hasta
aquí examinados.
Aquí se agota, como era de esperar, el material de
que podía disponer y quedo reducido a exponer aproximaciones e hipótesis.
Conocido es que en los casos graves de psiconeurosis aparecen a veces
automutilaciones como síntomas de la enfermedad y que no se puede considerar en
tales casos excluido el suicidio como final del conflicto psíquico. Sé por
experiencia, y lo expondré algún día con ejemplos convincentes, que muchos
daños
que, aparentemente por casualidad, suceden a tales
enfermos son, en realidad, maltratos que los pacientes se infligen a sí mismos.
Estos accidentes son producidos por una tendencia constantemente vigilante al
autocastigo; tendencia que de ordinario se manifiesta como autorreproche, o
coadyuva á la formación de síntomas y utiliza diestramente una situación
exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda hasta conducirla a la
consecución del efecto dañoso deseado. Tales sucesos no son tampoco raros en
los casos de moderada gravedad y revelan la participación de la intención
inconsciente por una serie de signos especiales; por ejemplo, por la extraña
presencia de espíritus que manifiestan los enfermos durante los pretendidos
accidentes.
En vez de muchos ejemplos relataré con todo detalle
uno solo, observado en el ejercicio de mi actividad médica: una joven casada se
rompió una pierna en un accidente de coche, teniendo que guardar cama durante
varias semanas, y al asistirla me extrañó la falta de manifestaciones de dolor
y la tranquilidad con que llevaba su desgracia. EI accidente hizo aparecer una
larga y grave neurosis que, por último, se curó por el tratamiento
psicoanalítico. En el curso de este último averigüé
las circunstancias que rodearon el accidente, así como determinadas impresiones
que le precedieron. La joven mujer se hallaba con su marido, hombre muy celoso,
pasando una temporada en la finca de una hermana suya, en compañía de sus
numerosos hermanos y hermanas y sus respectivos cónyuges. Una noche dio en este
íntimo círculo una representación de una de sus habilidades, bailando un cancán
conforme a todas las reglas del arte y obteniendo gran éxito con todos los
parientes; pero descontentando a su marido, que le murmuró después al oído: «Te
has vuelto a conducir como una prostituta.» La palabra hizo su efecto, y
queremos dejar indeciso si precisamente por el baile. Aquella noche durmió mal,
y a la mañana quiso dar un paseo en coche. Por sí misma escogió los caballos,
rehusando una pareja y eligiendo otra. La más joven de sus hermanas quiso que
fuera en el coche un hijo suyo de pecho con el ama, pero ella se opuso
enérgicamente. Durante el paseo se mostró nerviosa, advirtió al cochero que los
caballos iban a espantarse, y cuando los inquietos animales tuvieron en
realidad un momento de indisciplina, se Ievantó sobrecogida y se arrojó del
coche, rompiéndose una pierna, mientras que los que permanecieron dentro no
sufrieron daño alguno. Después de descubrir estos detalles no se puede dudar de
que el accidente estaba preparado y no debemos dejar de admirar la habilidad
que obligó a la casualidad a distribuir un castigo tan correlativo a la falta
cometida, pues, en efecto, ya no podría bailar el cancán en mucho tiempo.
No me es posible relatar casos en que me haya
infligido daños a mí mismo en épocas de tranquilidad, pero no me creo incapaz
de cometer tales actos bajo condiciones extraordinarias. Cuando un miembro de
mi familia se queja de haberse mordido la lengua, aplastado un dedo, etc., lo
primero que hago, en lugar de compadecerle, es preguntarle:
«¿Por qué has hecho eso?» Yo mismo me cogí un dedo
muy dolorosamente después de haber oído a un joven paciente expresar en la
consulta su deseo (que, como es natural, no había de tomar en serio) de
contraer matrimonio con mi hija mayor, la cual se hallaba a la sazón en un
sanatorio y en peligro de muerte.
Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento
dificultaba mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo, tuvo una
mañana un fuerte acceso de cólera porque se le ordenó que permaneciera en el
lecho durante toda la tarde y amenazó con suicidarse, amenaza que le había sido
sugerida por la lectura de los periódicos. Aquella misma tarde me enseñó un
cardenal que se había hecho en un lado de la caja torácica al chocar contra una
puerta y darse un fuerte golpe con el saliente del picaporte. Le pregunté irónicamente
por qué había hecho aquello, y el niño, que no tenía más que once años, me
contestó como ilusionado:
«Eso ha sido el intento de suicidio con que os
amenacé esta mañana.» No creo que mis opiniones sobre los daños infligidos por
una persona a sí misma fueran por entonces accesibles a mis hijos.
Aquellos que crean en la existencia de estos
automaltratos semiintencionados -si se me permite emplear esta poco diestra
expresión-, se hallarán preparados a admitir también el hecho de que, además
del suicidio conscientemente intencionado, hay otra clase de suicidio, con
intención inconsciente, la cual es capaz de utilizar con destreza un peligro de
muerte y disfrazarlo de desgracia casual. En efecto, la tendencia a la
autodestrucción existe con cierta intensidad en un número de individuos mucho
mayor del de aquellos en que
Ilega a manifestarse victoriosa. Los daños
autoinfligidos son regularmente una transacción
entre este impulso y las fuerzas que aún actúan
contra él. También en los casos en que se llega al suicidio ha existido
anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclinación, con menor fuerza o como
tendencia inconsciente y reprimida.
También la intención consciente de suicidarse
escoge su tiempo, sus medios y su ocasión. Paralelamente obra la intención
inconsciente al esperar la aparición de un motivo que pueda tomar sobre sí una
parte de la responsabilidad y, acaparando las fuerzas defensivas de la persona,
la libertad de la presión que sobre ella ejercen. Estas discusiones no son
ociosas bajo ningún concepto. He conocido más de un caso de desgracia
aparentemente casual (accidentes de caballo o de coche) cuyas circunstancias
justifican una sospecha de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso
de un oficial que durante una carrera de caballos cayó del que montaba,
hiriéndose tan gravemente que murió varios días después. Su conducta al volver
en sí después del accidente fue un tanto singular. Pero aún lo había sido más
la que venía observando desde algún tiempo antes. Entristecido por la muerte de
su madre, a la que quería mucho, se echaba a llorar estando con sus camaradas,
y expresó varias veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo de
abandonar el servicio para ir a África a tomar parte en una campaña que allí se
desarrollaba y que no debía ofrecer ningún interés para él. Siendo un valiente
jinete, evitaba en aquellos días montar a caballo. Por último, antes de la carrera,
en la que no podía excusarse de tomar parte, expresó un triste presentimiento.
Nuestra concepción de estos casos hace que no
podamos extrañarnos de que el presentimiento se realizara. Se me opondrá que en
tal estado de depresión nerviosa no le es posible a un hombre dominar al
caballo con igual maestría que en época de plena salud. Convengo en ello; pero
creo más acertado buscar el mecanismo de tal inhibición motora por
«nerviosidad» en la intención autodestructora aquí acentuada.
S. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a
publicar el siguiente análisis, verificado por él, un caso de herida por arma
de fuego, pretendidamente casual, y que él explica como un intento inconsciente
de suicidio, explicación con la que estoy en un todo conforme. [Ejemplo
agregado en 1910.]
«J. Ad., de veintidós años de edad, oficial de
carpintero, vino a mi consulta el 18 de enero de 1908. Quería que le dijese si
le debía y podía ser extraída una bala que tenía alojada en la sien izquierda
desde el 20 de marzo de 1907. Aparte de algunos dolores de cabeza, no demasiado
violentos, que le atacan de cuando en cuando, se siente completamente sano. El
reconocimiento objetivo no descubrió nada importante fuera de la cicatriz
característica del disparo y ennegrecida por la pólvora en la sien izquierda.
En vista de ello me mostré contrario a toda operación. Preguntado por las
circunstancias del caso, contestó haberse herido casualmente. Jugaba con un
revólver de su hermano; creyendo que no estaba cargado, se lo apoyó con la mano
izquierda en la sien izquierda (no es zurdo), colocó el dedo en el gatillo y el
tiro salió. En el arma, que era de seis tiros, había tres cartuchos. Le
pregunté luego cómo había llegado a la idea de coger el revólver, y me contestó
que por entonces era el tiempo de su entrada en quintas, y que la noche antes
había cogido el revólver para ir a una taberna, temiendo que en ella se
promoviera alguna pelea. En el reconocimiento médico-militar fue declarado
inútil por padecer várices, cosa que le avergonzó sobre manera. Al regresar a
su casa se puso a jugar con el revólver, no teniendo intención de causarse
ningún daño, y entonces fue cuando surgió el accidente. Interrogado
sobre si, en general, estaba contento con su
suerte, me relató, suspirando, su historia amorosa con una muchacha que le
quería; pero que, sin embargo, le abandonó para emigrar a América, empujada por
el deseo de hacer fortuna. El quiso seguirla pero se lo impidieron sus padres.
Su amada había partido el 20 de enero de 1907; esto es, dos meses antes del suceso.
A pesar de todos estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente que el
disparo había sido un `accidente desgraciado'. Sin embargo, estoy firmemente
convencido de que la negligencia de no haber comprobado si el revólver estaba o
no cargado antes de ponerse a jugar con él, así como el daño autoinfligido, se
hallaban determinados psíquicamente. El individuo de referencia se encontraba
aún bajo los afectos depresivos de su desdichado
amor y quería `olvidar' en el servicio de las
armas. Cuando también le fue arrancada esta esperanza fue cuando llegó a jugar
con el revólver; esto es, a un inconsciente intento de suicidio. El hecho de
tomar el arma con la mano izquierda y no con la derecha es una prueba decisiva
de que, en realidad, no hacía más que jugar, o sea de que no quería,
conscientemente, suicidarse.»
Otro caso de daño autoinfligido, de apariencia
casual, cuya publicación me ha sido autorizada por la persona que lo observó
directamente (Van Emden, 1911), nos recuerda el proverbio que dice: «Aquel que
cava una fosa para otro cae él mismo en ella»..
«La señora de X., perteneciente a una familia de la
clase media, está casada y tiene tres hijos. Es algo nerviosa, mas nunca
necesitó someterse a un tratamiento enérgico, pues posee firmeza suficiente
para adaptarse a la vida. Un día se produjo una considerable pero pasajera
desfiguración de su rostro en la siguiente forma:
Al atravesar una calle en la que estaban arreglando
el pavimento tropezó con un montón de piedras y fue a dar de cara contra el
muro de una casa, quedando con el rostro todo arañado y magullado. Los párpados
se le pusieron azules y edematosos, y llamó al médico, temiendo que también
hubieran sufrido sus ojos algún daño. Después de tranquilizarla respecto a esta
cuestión, le pregunté: `Pero ¿cómo se ha caído usted de ese modo…?' La señora
repuso que precisamente antes del accidente había recomendado a su marido, el
cual padecía desde hacía algunos meses una afección articular que le
dificultaba la deambulación, que tuviese cuidado al pasar por dicha calle, y
que sabía por repetidas experiencias que en casos como éste le ocurría sufrir
aquellos mismos accidentes contra los que prevenía a los demás.
Yo no me contenté con esta determinación del suceso
y le pregunté si no tenía alguna cosa más que relatarme. En efecto, me dijo que
en el momento que precedió a la caída había visto en una tienda de la acera
opuesta un lindo cuadrito y que, de repente, le entraron deseos de comprarlo
para adorno del cuarto de sus hijos. Entonces se dirigió derechamente hacia la
tienda, sin cuidarse del estado de la calle, tropezó con el montón de piedras y
fue a dar de cara contra el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor
intento de librarse del golpe con las manos. EI propósito de comprar el cuadro
quedó olvidado en el acto, y la señora regresó a toda prisa a su domicilio.
usted.
-Pero ¿cómo no miró usted con más cuidado dónde
pisaba? -seguí preguntándole.
-iAy! -me respondió-. Ha sido, quizá, un castigo
por la historia que ya confié a
-¿La sigue atormentando esa historia?
-Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que
hice. Me he encontrado perversa, criminal e inmoral. Pero en aquellos días mis
nervios me tenían casi loca.
Se trataba de un aborto que, de acuerdo con su
marido, y queriendo ambos evitar por razones económicas el nacimiento de más
hijos, había hecho provocar por una curandera, y en cuyo desenlace fue asistida
por un especialista.
-Con frecuencia me he reprochado haber dejado matar
a mi hijo -siguió diciendo- y he tenido miedo de que tal crimen no podía quedar
impune. Ahora, que me ha asegurado usted que no me pasará nada en los ojos, me
quedo ya tranquila. Así como así, estoy ya suficientemente castigada.
Salta, pues a la vista que el accidente había sido
un autocastigo infligido no sólo en penitencia de la mala acción cometida, sino
también para escapar a otro mayor castigo desconocido, cuyo advenimiento venía
la señora temiendo hacía ya varios meses.
En el momento en que se dirigió apresuradamente
hacia la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de su falta -ya bastante
activo en su inconsciente cuando recomendó cuidado a su esposo- había Ilegado a
ser dominante y se hubiera podido expresar con las siguientes palabras:
¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el
cuarto de tus hijos, si has dejado matar a uno de ellos? iCriminal! iEl gran
castigo está ya próximo!'
Este pensamiento no llegó a hacerse consciente;
pero, no obstante, la señora utilizó
la situación dada en aquel momento psicológico para
aprovechar el montón de piedras en su autocastigo. Por esta razón no extendió
siquiera las manos al caer ni experimentó tampoco un susto violento. La segunda
determinación, probablemente menor, del accidente fue otro autocastigo por su
inconsciente deseo de librarse de su marido, cómplice en todo el penoso asunto
del aborto. Este deseo se revela en la recomendación, totalmente superflua, de
que tuviera cuidado al atravesar la calle en reforma, ya que el marido,
precisamente por su enfermedad, había de andar con gran prudencia».
Considerando las circunstancias que rodean el caso
siguiente de daño autoinfligido de apariencia casual, hay que dar la razón a J.
Stärcke (l. c.), el cual lo interpreta como un
«acto de sacrificio» [Agregado en 1917):
«Una señora, cuyo yerno tenía que partir para
Alemania con el fin de cumplir allí sus deberes militares, se quemó un pie,
vertiéndose sobre él un hirviente líquido, en las circunstancias siguientes: su
hija estaba próxima a alumbrar, y el pensamiento de los peligros que en la
guerra iba a correr el marido no era, como es natural, para que el estado de
ánimo de toda la familia fuese muy alegre. El día antes de la partida de su
yerno, la señora había convidado a comer al matrimonio. Por sí misma preparaba
la comida en la cocina, después de haber sustituido, contra su costumbre, sus
botas, altas y sin tacones, con las que andaba muy cómodamente, por unas
zapatillas de su marido, muy grandes y
abiertas por arriba. Al coger del fuego una gran
cazuela llena de sopa hirviente la dejó caer y se escaldó gravemente un pie,
sobre todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro es que el accidente
se puso a cuenta de la 'nerviosidad', comprensible dada la situación de la
familia. En los días siguientes a tal 'acto de sacrificio' se condujo muy
prudentemente en el manejo de objetos calientes; pero ello no impidió que días
después se volviese a escaldar una muñeca».
Si tal furor contra la propia integridad y la
propia vida puede ocultarse así detrás de una torpeza, aparentemente casual, y
de una insuficiencia motora, no ha de resultarnos ya difícil aceptar la
transferencia de igual concepción a aquellos actos erróneos que ponen en grave
peligro la vida y la salud de otras personas. Los documentos que puedo alegar
en
favor de la exactitud de esta afirmación están
tomados de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos y, por tanto, no se
adaptan por completo a lo que no se trata de demostrar. De todos modos,
expondré aquí un caso, en el que no precisamente un acto erróneo, sino lo que
más bien puede denominarse un acto sintomático o casual, me puso sobre una
pista que me llevó a conseguir la solución del conflicto en que el paciente se
hallaba. En una ocasión me propuse mejorar las relaciones matrimoniales de un
individuo muy inteligente, cuyas diferencias con su joven mujer, la cual le
amaba con ternura, podían basarse en
fundamentos reales; pero que, como él mismo
confesaba, no quedaba, ni aun así, totalmente explicadas. Sin cesar se
atormentaba el marido con el pensamiento de una separación; pensamiento que
siempre rechazaba por su amor hacia sus dos tiernos hijos. A pesar de
esto, volvía siempre a la misma idea y no intentaba
ningún medio de hacerse tolerable la situación. Este no resolver nunca el
coflicto me pareció una prueba de la existencia de motivos inconscientes y
reprimidos que reforzaban los motivos conscientes que mantenían la lucha. En
estos casos, mi intervención consiste en dar fin al conflicto por medio del
análisis psíquico. El marido me relató un día un pequeño incidente que le había
asustado sobre manera. Jugaba con su hijo mayor, que era su preferido, subiéndole
y bajándole en sus brazos, y una de las veces le alzó tan alto y en tal lugar
de la habitación, que la cabeza del niño estuvo a punto de chocar con la pesada
araña de gas que pendía del techo. Le faltó muy poco, pero no Ilegó. Aunque el
niño no sufrió daño alguno, medio se desmayó del susto. El padre permaneció
quieto y espantado con él en brazos, y la madre fue presa de un ataque
histérico. La especial destreza de tal movimiento imprudente y la violencia de
la reacción de los padres me hicieron buscar en esta casualidad un acto
sintomático que debía de expresar una perversa intención contra tan querido
hijo. La contradicción entre el acto sintomático y la ternura actual del padre
hacia su niño podía salvarse retrotrayendo el
impulso damnificante a la época en que este niño
había sido hijo único y tan pequeño que el padre no había llegado aún a
interesarse tiernamente por él. Siendo así, podía admitirse que el marido, poco
satisfecho de su mujer, hubiera tenido por entonces el pensamiento siguiente:
«Si este pequeño ser, que nada me importa, muere, quedo libre y podré
separarme de mi mujer.» Por tanto, debía de seguir
existiendo inconscientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan querido
niño. Desde este punto era fácil encontrar el camino hacia la fijación
inconsciente de este deseo. Una poderosa determinante del acto realizado estaba
constituida por un recuerdo infantil del paciente, relativo a la muerte de un
hermano pequeño, que la madre achacaba al abandono de su marido, y que había
dado
lugar a violentas explicaciones entre los cónyuges,
en las que había sonado una amenaza de separación. Mi hipótesis quedó
confirmada por el éxito terapéutico del análisis y la modificación que
sobrevino en las relaciones conyugales de mi paciente.
J. Stärcke (1916) nos da cuenta en un ejemplo de
cómo los poetas no vacilan en colocar un acto erróneo en lugar de otro
intencionado, haciendo al primero causa de las más graves consecuencias.
«En uno de los Apuntes., de Heyermans, aparece un
ejemplo de acto erróneo, utilizado por el autor como motivo dramático.
El apunte se titula Tom y Teddie. En un teatro de
variedades trabaja una pareja de buceadores, hombre y mujer, que permanecen
bajo el agua largo tiempo, dentro de una piscina de paredes de cristal, y
realizan, sumergidos, diferentes habilidades. La mujer es, desde hace poco
tiempo antes, la amante de un domador que trabaja en el mismo teatro, y el
buceador los ha sorprendido en el vestuario minutos antes de tener que salir a
escena, limitándose, por esta causa, a dirigirles una amenazadora mirada y
murmurar: «Luego veremos.» La representación comienza. El buzo va aquella noche
a presentar su número
más difícil, consistente en permanecer «bajo el
agua, y encerrado herméticamente en un cajón, dos minutos y medio». Este número
lo habían hecho ya varias veces. La caja quedaba cerrada, y Teddie enseñaba la
llave, mientras el público comprobaba, reloj en mano, el tiempo que
transcurría. Luego dejaba caer un par de veces la llave en la piscina y se
tiraba al agua tras ella para no retrasarse cuando llegaba el momento de abrir
el cajón.
En esta noche, la del 31 de enero, fue Tom
encerrado, como de costumbre, por los pequeños dedos de la alegre y vivaracha
mujercita. Tom sonreía detrás de la mirilla del cajón. Ella jugaba con la llave
y esperaba la señal para abrir. Entre bastidores se hallaba el domador, con su
frac impecable, su corbata blanca y su látigo de montar. Para llamarle la
atención dio un breve silbido. Ella miró hacia él, sonrió y, con el gesto torpe
de alguien cuya atención se ve distraída, arrojó la llave hacia lo alto con tal
fuerza, que cuando terminaban los dos minutos y veinte segundos, bien contados,
cayó al lado de la piscina, entre los pliegues de una bandera que disimulaba
los pies de la misma. Nadie vio dónde había caído. Desde la sala, la ilusión
óptica fue tal, que todos los espectadores vieron caer la llave a través del
agua.
Tampoco ninguno de los empleados del teatro se dio
cuenta de la verdad, pues el paño de la bandera mitigó el sonido.
Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las
paredes de la piscina. Sonriendo -Tom aguantaba bien-, volvió a bajar.
Sonriendo ella desapareció bajo los pies de la piscina para buscar allí la
llave, y al no encontrarla en seguida se inclinó hacia la parte anterior de la
bandera con un gesto cansado, como si quisiera decir: «iAy, Dios mío! ¡Cuánta
molestia!»
Entre tanto, Tom seguía haciendo sus cómicos gestos
detrás de la mirilla, como si también él se intranquilizase. Se veía blanquear
su dentadura postiza y moverse sus labios bajo el bigote recortado y
aparecieron las mismas cómicas burbujillas de aire que antes, cuando comió una
manzana bajo el agua. Se vio retorcerse y engarabitarse sus pálidos dedos,
huesudos, y el público rió, como ya había reído con frecuencia aquella noche.
Dos minutos y cincuenta y ocho segundos...
Tres minutos y siete segundos..., y doce
segundos... i Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!
En esto surgió cierta intranquilidad en la sala, y
el público comenzó a patear al ver que también los criados del domador
comenzaban a buscar la llave y que el telón caía antes que la tapa de la caja
fuese levantada.
En el escenario aparecieron luego seis bailarinas
inglesas. Después, el hombre de los caballitos, los monos y los perros, y así
sucesivamente.
Hasta la mañana siguiente no se enteró el público
de que había sucedido una desgracia, y que Teddie quedaba viuda y sola en el
mundo...
Por lo citado se ve cuán excelentemente ha tenido
que comprender eI artista la naturaleza de la acción sintomática para
presentarnos con tal acierto la profunda causa de la mortal torpeza.»
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) IX. -ACTOS SINTOMÁTICOS Y CASUALES
Los actos que hasta ahora hemos descrito y
reconocido como ejecuciones de intenciones inconscientes se manifestaban como
perturbaciones de otros actos intencionados y se ocultaban bajo la excusa de la
torpeza. Los actos casuales de los cuales vamos a tratar ahora no se
diferencian de los actos de término erróneo más que en que desprecian apoyarse
en una intención consciente y, por tanto, no necesitan excusa ni
pretexto alguno para manifestarse. Surgen con una
absoluta independencia y son aceptados, naturalmente, porque no se sospecha de
ellos finalidad ni intención alguna. Se ejecutan
estos actos «sin idea ninguna», por «pura
casualidad» o por «entretener en algo las manos», y se confía en que tales
explicaciones bastarán a aquel que quiera investigar su significación. Para
poder gozar de esta situación excepcional tienen que llenar estos actos, que no
requieren ya la torpeza como excusa, determinadas condiciones. Deben, pues,
pasar inadvertidos; esto es, no despertar extrañeza ninguna y producir efectos
insignificantes.
Tanto en mí mismo como en otras personas he
observado un buen número de estos actos casuales, y después de examinar con
todo cuidado cada una de las observaciones por mí reunidas, opino que pueden
denominarse más propiamente actos sintomáticos, pues expresan algo que ni el
mismo actor sospecha que exista en ellos, y que regularmente no habría de
comunicar a los demás, sino, por el contrario, reservaría para sí mismo. Así,
pues, estos actos, al igual que todos los otros fenómenos de que hasta ahora
hemos tratado, desempeñan eI papel de síntomas.
En el tratamiento psicoanalítico de los neuróticos
es donde se puede observar mayor número de tales actos, sintomáticos o
casuales. Expondré aquí dos ejemplos de dicha procedencia, en los cuales se ve
cuán lejana y sutilmente es regida por pensamientos inconscientes la
determinación de estos actos tan poco llamativos. La línea de demarcación entre
los actos sintomáticos y los de término erróneo es tan indefinida, que los
ejemplos que siguen podrían lo mismo haber sido incluidos en el capítulo
anterior.
1) Una casada joven me relató durante una sesión
del tratamiento psicoanalítico, en la cual debía ir diciendo con libertad todo
lo que fuera acudiendo a su mente, que el día anterior, al arreglarse las uñas,
«se había herido en la carne al querer empujar la cutícula de una uña para
hacerla desaparecer en la raíz de la misma». Este hecho es tan poco
interesante, que asombra que la sujeto lo recuerde y lo mencione, induciendo
por lo mismo
a sospechar se trate de un acto sintomático. El
dedo que sufrió el pequeñísimo accidente fue el anular, dedo en el cual se
acostumbraba llevar el anillo del matrimonio, y, además, ello sucedió en el día
aniversario de la boda de mi cliente, lo cual da la herida de la fina cutícula
una significación bien definida y fácil de adivinar. Al mismo tiempo me relató
también la
paciente un sueño que había tenido y que aludía a
la torpeza de su marido y a su propia anestesia como mujer. Mas ¿por qué fue en
el anular de la mano izquierda en el que se hirió, siendo en el de la derecha
donde se lleva el anillo de matrimonio? Su marido era doctor en Derecho, y
siendo ella muchacha había sentido un secreto amor hacia un médico al que se
sobrenombraba en broma «Doctor en Izquierdo». También el término
«matrimonio de la mano izquierda» tiene una
determinada significación.
2) Una joven soltera me dijo en una ocasión lo
siguiente: «Ayer he roto, sin querer, en dos pedazos un billete de cien
florines y he dado una de las dos mitades a una señora que había venido a
visitarme. ¿Será esto también un acto sintomático?» Examinando el caso
aparecieron los siguientes detalles: la interesada dedicaba una parte de su
tiempo y de su fortuna a obras benéficas. Una de éstas era que, en unión de
otra señora, sufragaba los
gastos de la educación de un huérfano. Los cien
florines eran la cantidad que dicha otra señora le había enviado para tal
objeto, y que ella había metido en un sobre y dejado provisionalmente encima
del escritorio.
La visitante, una distinguida dama que colaboraba
con ella en otras obras caritativas, había ido a pedirle una lista de nombres
de personas de las que se podían solicitar apoyo para tales asuntos. No
teniendo otro papel a mano, cogió mi paciente el sobre que estaba encima del
escritorio y, sin reflexionar en lo que contenía, lo rompió en dos pedazos, de
los cuales dio uno a su amiga con la lista de nombres pedida y conservó el otro
con un duplicado de dicha lista. Obsérvese la absoluta inocencia de este inútil
manejo. Sabido es que un billete no sufre ninguna minoración en su valor cuando
se rompe, siempre que pueda reconstituirse por entero con los pedazos, y no
cabía duda de que la señora no tiraría el trozo de sobre, dada la importancia
que para ella tenían los nombres en él consignados, ni tampoco cuando
descubriera el medio billete se apresuraría a devolverlo.
Pero entonces, ¿qué pensamientos inconscientes
habían sido los que habían encontrado su expresión en este acto casual, hecho
posible por un olvido? La dama
visitante estaba en una bien definida relación con
la cura que yo realizaba de la enfermedad que su joven amiga padecía, pues
había sido la que me había recomendado como médico a la paciente, la cual, si
no me equivoco, se halla muy agradecida a la señora por tal indicación.
¿Debería acaso representar aquel medio billete un pago por su mediación? Esto
seguiría siendo aún muy extraño.
Mas a lo anterior se añadió nuevo material. Un día
antes había preguntado una mediadora de un género completamente distinto, a un
pariente de la joven, si ésta quería conocer a cierto caballero, y a la mañana
siguiente, pocas horas antes de la visita de la señora, había llegado una carta
de declaración del referido pretendiente, carta que había producido gran
regocijo. Cuando la visitante comenzó después la conversación, preguntando por
su estado de salud a mi paciente, pudo ésta muy bien haber pensado: «Tú me
recomendaste el médico que me convenía; pero si ahora, y con igual acierto, me
ayudases a hallar un marido (y un hijo), te estaría aún más reconocida.» Este
pensamiento reprimido hizo que se confundieran, en una sola, las dos
mediadoras, y la joven alargó a la visitante los honorarios que en su fantasía
estaba dispuesta a dar a la otra. Teniendo en cuenta que la tarde anterior
había yo hablado a mi paciente de los actos casuales o sintomáticos, se nos
mostrará la solución antedicha como la única posible pues habremos
de suponer que la joven aprovechó la primera
ocasión que hubo de presentársele para cometer uno de tales actos.
Puede intentarse formar una agrupación de estos
actos casuales y sintomáticos, tan extraordinariamente frecuentes, atendiendo a
su manera de manifestarse y según sean habituales, regulares en determinadas
circunstancias o aislados. Los primeros (como el juguetear con la cadena del
reloj, mesarse la barba, etc.), que pueden considerarse como una característica
de las personas que lo llevan a cabo, están próximos a los numerosos
movimientos llamados «tics», y deben ser tratados en unión de ellos. En el segundo
grupo coloco el juguetear con el bastón, trazar garabatos con un lápiz que se
tiene en la mano, hacer resonar Ias monedas en los bolsillos, fabricar bolitas
de miga de pan u otras materias plásticas y los mil y un arreglos del propio
vestido. Tales jugueteos, cuando se manifiestan durante el tratamiento
psíquico, ocultan, por lo regular, un sentido y una significación a los que
todo otro medio de expresión ha sido negado. En general, la persona que ejecuta
estos actos no se da la menor cuenta de ellos, ni de cuándo continúa
ejecutándolos en la misma forma que siempre y cuándo introduce en ellos alguna
modificación. Tampoco ve ni oye sus efectos (por ejemplo, el ruido que producen
las monedas al ser revueltas por su mano dentro del bolsillo), y se asombra
cuando se le llama la atención sobre ellos. Igualmente significativos y dignos
de la atención del médico son todos aquellos arreglos o modificaciones que, sin
causa que los justifiquen, suelen hacer en los vestidos. Todo cambio en la
acostumbrada manera de vestir, toda pequeña negligencia (por ejemplo, un botón
sin abrochar) y todo principio de desnudez quieren expresar algo que el
propietario del traje no desea decir directamente y de lo que, siendo
inconsciente de ello, no sabría, en la mayoría de los casos, decir nada. Las
circunstancias que rodean la aparición de estos
actos casuales, los temas recientemente tratados en
la conversación y las ideas que emergen en la mente del sujeto cuando se dirige
su atención sobre ellos, proporcionan siempre datos suficientes, tanto para
interpretarlos como para comprobar si la interpretación ha sido o no acertada.
Por esta razón no apoyaré aquí, como de costumbre, mis afirmaciones con la
exposición de ejemplos y de sus análisis correspondientes. Menciono, de todos
modos,
estos actos, porque opino que en los individuos
sanos poseen igual significación que en mis pacientes neuróticos.
No puedo, sin embargo, renunciar a mostrar, por lo
menos con un solo ejemplo, cuán estrechamente ligado puede estar un acto
simbólico habitual con lo más íntimo e importante de la vida de un individuo
sano.
«Como nos ha enseñado el profesor Freud, el
simbolismo desempeña en la vida infantil del individuo normal un papel más
importante de lo que anteriores experiencias psicoanalíticas nos habían hecho
esperar. A este respecto, posee el corto análisis siguiente un cierto interés,
sobre todo por sus caracteres médicos:
Un médico encontró, al arreglar sus muebles y
objetos en una nueva casa a la que se había trasladado, un estetoscopio recto
de madera. Después de reflexionar un momento sobre dónde habría de colocarlo,
se vio impelido a dejarlo a un lado de su mesa de trabajo y precisamente de
manera que quedase entre su silla y aquella en la que acostumbraba hacer
sentarse a sus pacientes. Este acto era ya en sí algo extraño, por dos razones:
primeramente, dicho médico no necesitaba para nada un estetoscopio (era un neurólogo),
y las pocas veces
que tenía que emplear tal aparato no utilizaba
aquel que había dejado sobre la mesa, sino otro doble; esto es, para ambos
oídos. En segundo lugar, tenía todos sus instrumentos profesionales metidos en
armarios ex profeso y aquél era el único que había dejado fuera. No pensaba ya
en esta cuestión cuando un día una paciente que no había visto jamás un
estetoscopio recto le preguntó qué era aquello. El se lo dijo, y entonces ella
preguntó de nuevo por qué razón lo había colocado precisamente en aquel sitio,
a lo cual contestó el médico en el acto que lo mismo le daba que el
estetoscopio estuviese allí o en cualquier otro lado. Sin embargo, esto le hizo
pensar si en el fondo de su acto no existiría un motivo inconsciente, y
siéndole conocido el método psicoanalítico, decidió investigar la cuestión.
EI primer recuerdo que acudió a su memoria fue el
de que siendo estudiante de Medicina le había chocado la costumbre observada
por un médico del hospital de llevar siempre en la mano su estetoscopio recto,
que jamás utilizaba, mientras hacía la visita a los enfermos de su sala. En
aquella época había admirado mucho a dicho médico y le había profesado gran
afecto. Más tarde, cuando llegó a ser interno en el hospital, adoptó también
igual costumbre, y se hubiera sentido a disgusto si por olvido hubiera salido
de su cuarto, para pasar la visita, sin llevar en la mano eI preciado
instrumento. La inutilidad de tal costumbre se mostraba no sólo en el hecho de
que el único estetoscopio de que se servía siempre era otro doble, que llevaba
en el bolsillo, sino también en que no la interrumpió cuando estuvo practicando
en la sala de Cirugía, en la que para nada tenía que usar dicho aparato. La
importancia de estas observaciones queda fijada y explicada en cuanto se
descubre la naturaleza fálica de este acto simbólico.
El recuerdo siguiente fue el de que siendo niño le
había llamado la atención la costumbre del médico de su familia de Ilevar un
estetoscopio recto en el interior de su sombrero. Encontraba entonces
interesante que el doctor tuviera siempre a mano su instrumento principal
cuando iba a visitar a sus pacientes y que no necesitara más que despojarse del
sombrero (esto es, de una parte de su vestimenta) y «sacarlo». Durante su niñez
había cobrado extraordinario afecto a este médico y por medio de un corto autoanálisis
descubrió que teniendo tres años y medio había construido una fantasía relativa
al nacimiento de una hermanita y consistente en imaginar, primero, que la niña
era suya y
de su madre, y después, del médico y suya. Así,
pues, en esta fantasía desempeñaba él, indistintamente, el papel masculino o el
femenino. Recordó también que teniendo seis años había sido examinado por el
referido médico y había experimentado una sensación de voluptuosidad al sentir
próxima la cabeza del doctor, que le apretaba el estetoscopio contra el pecho
mientras él respiraba con un rítmico movimiento de vaivén. A los tres años
había padecido una enfermedad crónica del pecho, y tuvo que ser examinado repetidas
veces, aunque esto ya no lo recordaba con precisión.
Posteriormente, teniendo ya ocho años, le
impresionó mucho la confidencia que le hizo otro muchacho de más edad de que el
médico tenía la costumbre de acostarse con sus pacientes del sexo femenino.
Realmente, existía fundamento para este rumor, y lo cierto es que todas las
señoras de la vecindad, incluso su propia madre, veían con gran simpatía al
joven y elegante doctor. También el médico del ejemplo presente había deseado
sexualmente en varias ocasiones a enfermas a las que prestaba su asistencia, se
había enamorado de clientes suyas y, por último, había contraído matrimonio con
una de éstas. Es apenas dudoso que su identificación inconsciente con el tal
doctor fuese la razón principal
que le inclinó a dedicarse a la Medicina. Por otros
análisis cabe afirmar que éste es, con seguridad, el motivo más frecuente de
las vocaciones (aunque es difícil determinar con qué frecuencia). En el caso
actual está condicionado doblemente. Primero, por la superioridad en varias
ocasiones demostrada del médico sobre el padre del sujeto, del que éste sentía
grandes celos, y en segundo lugar, por el conocimiento que el médico poseía de
cosas prohibidas y las ocasiones de satisfacción sexual que se le presentaban.
Después apareció en el análisis el recuerdo de un
sueño del que ya hemos tratado por extenso en otro lado, sueño de clara
naturaleza homosexual-masoquista, en el cual un hombre, figura sustitutiva del
médico, atacaba al soñador con una «espada». Esta le recordó una parte de la
saga nibelúngica en la que Sigurd coloca su espada desnuda entre él y la
dormida Brunilda. Igual situación aparece en la saga de Arthus, también
conocida por el sujeto de este ejemplo.
Aquí se aclara ya el sentido del acto sintomático.
El médico había colocado el estetoscopio sencillo entre él y sus pacientes
femeninas, al igual que Sigurd su espada entre él y la mujer a la que no debía
tocar. El acto era una formación transaccional; esto es, obedecía a dos
impulsos: ceder en su imaginación al deseo reprimido de entrar en relación
sexual con alguna bella paciente y recordarle, al mismo tiempo, que este deseo
no podía realizarse. Era, para decirlo así, un escudo mágico contra los ataques
de la tentación.
Añadiremos que en nuestro médico, siendo niño, hizo
gran impresión el pasaje del
Richelieu, de lord Lytton, que dice así:
Beneath the rule of men entirely great
The pen is mightier than the sword
y que ha llegado a ser un fecundo escritor y usa
para escribir una gran pluma estilográfica. Al preguntarle yo un día para qué
necesitaba una pluma de tal tamaño, me respondió de un modo muy característico:
'iTengo tantas cosas que expresar!...'
Este análisis nos indica de nuevo lo mucho que los
actos 'inocentes' y «sin sentido alguno» nos permiten adentrarnos en los
dominios de la vida psíquica y cuán tempranamente se desarrolla en esa vida
psíquica la tendencia a la simbolización».
Puedo también relatar, tomándolo de mi experiencia
psicoterápica, un caso en el que una mano que jugaba con un migote de pan tuvo
toda la elocuencia de una declaración oral. Mi paciente era un muchacho que no
había cumplido aún los trece años y hacía ya dos que padecía una grave
histeria. Después de una larga e infructuosa estancia en un establecimiento
hidroterápico, decidí someterle al tratamiento psicoanalítico. Suponía yo que
el muchacho había hecho descubrimientos sexuales y que, como correspondía a su
edad, se hallaba atormentado por interrogaciones de
dicho orden; pero me guardé muy bien de acudir en su ayuda con aclaraciones o
explicaciones hasta haber puesto a prueba mi hipótesis. Tenía, pues, gran
curiosidad por ver cómo y por que manifestaciones se revelaba en él lo que yo
buscaba. En esto me llamó un día la atención ver que amasaba algo entre los
dedos de su mano derecha, la metía luego con ello en el bolsillo y seguía
dentro de él su
manejo, para volver luego a sacarla, etcétera. No
le pregunté qué era aquello con que jugaba; pero él mismo me lo mostró abriendo
de repente la mano, y vi que era un migote de pan todo sobado y aplastado. A la
sesión siguiente volvió a traer su migote; pero entonces
se dedicó, mientras conversábamos, a formar con
trozos de él unas figuritas que despertaron mi curiosidad y que iba haciendo
con increíble rapidez y teniendo cerrados los ojos. Tales figuritas eran,
indudablemente, hombrecillos con su cabeza, dos brazos y dos piernas, como los
groseros ídolos primitivos; pero tenían además entre las piernas, un apéndice,
al que el muchachito le hacía una larga punta. Apenas había terminado ésta,
volvía a amasar el hombrecillo entre sus dedos. Luego, lo dejó subsistir; mas para
ocultar la significación del primer apéndice agregó otro igual en la espalda, y
después otro más en diversos sitios. Yo quise demostrarle que le había
comprendido, haciéndole imposible al
mismo tiempo la excusa de decir que en su actividad
creadora no llevaba idea ninguna. Con esta intención le pregunté de repente si
se acordaba de la historia de aquel rey romano que dio en su jardín a un
enviado de su hijo una respuesta mímica a la consulta que éste le formulaba. El
muchachito no quería acordarse de tal anécdota, a pesar de que tenía que
haberla leído hacía poco tiempo y, desde luego, mucho más recientemente que yo.
Me preguntó si era ésta la historia de aquel esclavo emisario al que se le escribió
la respuesta sobre el afeitado cráneo. Le dije que no, que ésa era otra
anécdota perteneciente a la historia griega, y le relaté aquella a que yo me
refería. El rey Tarquino el Soberbio había inducido a su hijo Sexto a entrar
subrepticiamente en una ciudad latina enemiga. Ya en ella, se había Sexto
atraído algunos partidarios, y en este punto mandó a su padre un emisario para
que le preguntase qué más debía hacer. El rey no dio al principio respuesta
alguna, y llevando al emisario a su jardín, hizo que le repitiese su pregunta y
cortó ante él, en silencio, las más altas y bellas flores de adormidera. El
enviado no pudo hacer más que contar a Sexto la escena que había presenciado, y
Sexto, comprendiendo a su padre, hizo asesinar a los ciudadanos más
distinguidos de la plaza enemiga.
Durante mi relato suspendió el muchachito su manejo
con la miga de pan, y cuando, al llegar el momento en que el rey lleva al
jardín al emisario de su hijo, pronuncié las palabras «cortó en silencio»,
arrancó con rapidísimo movimiento la cabeza del hombrecillo que conservaba en
la mano, demostrando haberme comprendido y darse cuenta de que también yo le
había comprendido a él. Podía, pues, interrogarle directamente, y así lo hice,
dándole luego las informaciones que deseaba y consiguiendo con ello poner pronto
término a su neurosis.
Los actos sintomáticos, que pueden observarse en
una casi inagotable abundancia tanto en los individuos sanos como en los
enfermos, merecen nuestro interés por más de una razón. Para el médico
constituyen inapreciables indicaciones que le marcan su orientación en
circunstancias nuevas o desconocidas, y el hombre observador verá reveladas por
ellos todas las cosas y a veces muchas más de las que deseaba saber. Aquel
que se halle familiarizado con su interpretación se
sentirá en muchas ocasiones semejante al rey Salomón, que, según la leyenda
oriental, comprendía el lenguaje de los animales. Un
día tuve yo que visitar en casa de una señora a un
joven, hijo suyo, al que yo desconocía totalmente. AI encontrarme frente a él
me chocó ver en sus pantalones una gran mancha que por sus bordes rígidos y
como almidonados reconocí en seguida ser de clara de huevo.
El joven se disculpó, después de un momento de
embarazo, diciéndome que por hallarse un
poco ronco acababa de tomarse un huevo crudo, cuya
resbaladiza albúmina se había vertido sobre su ropa. Para justificar tal
afirmación me mostró un plato que había sobre un mueble
y que contenía aún una cáscara de huevo. Con esto
quedaba explicada la sospechosa mancha; pero cuando la madre nos dejó solos
comencé a hablar al joven, dándole las gracias por haber facilitado de tal modo
mi diagnóstico, y sin dilación ninguna tomé como materia de nuestro diálogo su
confesión de que sufría bajo los efectos perturbadores de la masturbación.
Otra vez fui a visitar a una señora, tan rica como
avariciosa y extravagante, que acostumbraba dar al médico el trabajo de buscar
su camino a través de un embrollado cúmulo de lamentaciones antes de poder
llegar a darse cuenta de los más sencillos fundamentos de su estado. Al entrar
en su casa la hallé sentada delante de una mesita y dedicada a hacer pequeñas
pilas de monedas de plata. Cuando me vio, se levantó y tiró al suelo algunas
monedas. La ayudé a recogerlas, y luego corté sus acostumbradas lamentaciones
con la pregunta: «¿Le cuesta a usted ahora mucho dinero su hijo político?» La
señora me respondió con una irritada negativa; pero poco después se contradijo,
relatándome la lamentable historia de la continua excitación en que la tenían
las prodigalidades de su yerno. Después no ha vuelto a llamarme. No puedo
afirmar que siempre se gane uno amistades entre aquellas personas a las que se
comunica la significación de sus actos sintomáticos.
El doctor J. E. G. van Emden (La Haya) comunica el
siguiente caso de «confesión involuntaria por medio de un acto fallido»
[Adición de 1919]:
«Al pagar mi cuenta en un pequeño restaurante de
Berlín me afirmó el camarero que el precio de determinado plato había subido
diez céntimos a causa de la guerra, a lo cual objeté que dicha elevación no
constaba en la lista de precios. El camarero me contestó que ello se debía, sin
duda, a una omisión, pero que estaba seguro de que lo que había dicho era
cierto. Inmediatamente, y al hacerse cargo del importe de la cuenta, dejó caer
por descuido ante mí, y sobre la mesa, una moneda de diez céntimos.
-Ahora es cuando estoy seguro -le dije- que me ha
cobrado usted de más. ¿Quiere usted que vaya a comprobarlo a la caja?
-Permítame... Un momento. Y desapareció presuroso.
Como es natural, no le impedí aquella retirada, y
cuando, dos minutos después, volvió, disculpándose con que había confundido
aquel plato con otro, le di los diez céntimos discutidos en pago de su
contribución a la psicopatología de la vida cotidiana.»
Aquel que se dedique a fijar su atención en la
conducta de sus congéneres durante las comidas descubrirá en ellos los más
interesantes e instructivos actos sintomáticos. [Este párrafo y los cuatro
ejemplos siguientes son de 1412.]
El doctor Hans Sachs relata lo siguiente:
«En una ocasión me hallé durante la comida en casa
de unos parientes míos que llevaban muchos años de matrimonio. La mujer padecía
del estómago y tenía que observar
un régimen muy severo. El marido se acababa de
servir el asado, y pidió a su mujer, la cual no podía comer de dicho plato, que
le alcanzara la mostaza. La señora se dirigió al aparador, lo abrió, y
volviendo a la mesa, puso ante su marido la botellita de las gotas medicinales
que ella tomaba. Entre el bote en forma de tonel que contenía la mostaza y la
pequeña botellita del medicamento no existía la menor semejanza que pudiera
explicar el error. Sin embargo, la mujer no notó su equivocación hasta que su
marido, riendo, le llamó la atención sobre ella.
El sentido de este acto sintomático no necesita
explicación.»
El doctor Bernh. Dattner (Viena) comunica un
precioso ejemplo de este género, muy hábilmente investigado por el observador:
«Un día me hallaba almorzando en un restaurante con
mi colega H., doctor en Filosofía. Hablándome éste de las injusticias que se
cometían en los exámenes, indicó de pasada que en la época en que estaba
finalizando su carrera había desempeñado el cargo de secretario del embajador y
ministro plenipotenciario de Chile. Después -prosiguió- fue trasladado aquel
ministro, y yo no me presenté al que vino a sustituirle. Mientras pronunciaba
esta última frase se Ilevó a la boca un pedazo de pastel con la punta del cuchillo;
pero con un movimiento desmañado hizo caer el pedazo al suelo. Yo advertí en
seguida el oculto sentido de aquel acto sintomático, y exclamé, dirigiéndome a
mi colega, nada familiarizado con las cuestiones psicoanalíticas: 'Ahí ha
dejado usted perderse un
buen bocado.' Mas él no cayó en que mis palabras
podían aplicarse a su acto sintomático, y repitió con vivacidad sorprendente
las mismas palabras que yo acababa de pronunciar: 'Sí; era realmente un buen
bocado el que he dejado perderse.' A continuación se desahogó, relatándome con
todo detalle las circunstancias de la torpe conducta, que le había hecho perder
un puesto tan bien retribuido.
El sentido de este simbólico acto sintomático queda
aclarado teniendo en cuenta que, no siendo yo persona de su intimidad, sentía
mi colega cierto escrúpulo en ponerme al corriente de su precaria situación
económica, y entonces el pensamiento que le ocupaba, pero que no quería
expresar, se disfrazó en un acto sintomático, que expresaba simbólicamente lo
que tenía que ser ocultado, desahogando así el sujeto su inconsciente.»
Los ejemplos que siguen muestran cuán significativo
puede ser el acto de llevarnos sin intención aparente pequeños objetos que no
nos pertenecen.
1. Doctor B. Dattner:
«Uno de mis colegas fue a hacer su primera visita,
después de su matrimonio, a una amiga de su juventud, a la que profesaba gran
afecto. Relatándome las circunstancias de esta visita, me expresó su sorpresa
por no haber podido cumplir su deliberado propósito de
emplear en ella muy pocos momentos. A continuación
me contó un extraño acto fallido que en tal ocasión había ejecutado.
El marido de su amiga, que se hallaba presente,
buscó en un momento determinado una caja de cerillas que estaba seguro de haber
dejado poco antes sobre la mesa. Mi colega había también registrado sus
bolsillos para ver si por casualidad 'la había guardado' en ellos.
Por el momento no la encontró; pero algún tiempo
después halló, en efecto, que se la había 'metido' en un bolsillo, y al sacarla
le chocó la circunstancia de que no contenía más que una sola cerilla.
Un sueño que tuvo dos días después, y en cuyo
contenido aparecía el simbolismo de la caja en relación con la referida amiga,
confirmó mi explicación de que mi colega reclamaba con su acto sintomático sus
derechos de prioridad, y quería representar la exclusividad de su posesión (una
sola cerilla dentro).»
2. Doctor Hans Sachs:
«A nuestra criada le gusta muchísimo un pastel que
solemos comer de postre. Esta referencia es indudable, pues es el único plato
que le sale bien, sin excepción alguna, todas las veces que lo prepara. Un
domingo, al servírnoslo a la mesa, lo dejó sobre el trinchero, retiró luego los
platos y cubiertos del servicio anterior, colocándolos para llevárselos en la
bandeja en que había traído el pastel, y a continuación, en vez de poner éste
sobre la mesa, lo colocó encima de la pila de platos que en la bandeja Ilevaba,
y salió con todo ello hacia
la cocina. Al principio creímos que había
encontrado algo que rectificar en el postre; mas al ver que no volvía, la llamó
mi mujer y le pregunto: 'Betty, ¿qué pasa con el pastel?' La muchacha contestó
sin comprender: '¿Cómo?' Y tuvimos que explicarle que se había Ilevado el
postre sin servirlo. Lo había puesto en la bandeja, trasladado a la cocina y
dejado en ella 'sin darse cuenta'.
Al día siguiente, cuando nos disponíamos a comer lo
que del pastel había sobrado la víspera, observó mi mujer que la muchacha había
despreciado la parte que de su manjar preferido le correspondía.
Preguntada por qué razón no había probado el
pastel, respondió con algún embarazo que no había tenido gana.
La actitud infantil de la criada es muy clara en
ambas ocasiones. Primero, la pueril glotonería, que no quiere compartir con
nadie el objeto de sus deseos, y luego la reacción despechada igualmente
pueril: 'Si no me lo dais, podéis guardarlo todo para vosotros. Ahora ya no lo
quiero'.»
Los actos casuales o sintomáticos que aparecen en
la vida conyugal tienen con frecuencia grave significación y podrían inducir a
aquellos que no quieren ocuparse de la psicología de lo inconsciente a creer en
los presagios. [Ad. 1907.]
El que una recién casada pierda, aunque sea para
volver a encontrarlo en seguida, su anillo de bodas, será siempre un mal
augurio para el porvenir del matrimonio. Conozco a una señora, hoy separada de
su marido, que en varias ocasiones firmó documentos relativos a la
administración de su fortuna con su nombre de soltera, y esto muchos años antes
que la separación le hiciera volver a tener que adoptarlo de nuevo. Una vez me
hallaba yo en casa de un matrimonio recién casado, y la mujer me contó riendo
que al día siguiente a su regreso del viaje de novios había ido a buscar a su
hermana soltera para salir con ella de compras, como antes de casarse
acostumbraba hacerlo, mientras su marido se hallaba ocupado en sus negocios. De
repente había visto venir a un señor por la acera opuesta, y llamando la
atención a su hermana, le había dicho: «Mira, ahí va el señor L.», olvidando
que tal señor era desde hacía algunas semanas su
marido. Al oír esto sentí un escalofrío;
pero por entonces no sospeché que pudiera
constituir un dato sobre el porvenir de los
cónyuges. Años después recordé esta pequeña
historia cuando supe que el tal matrimonio había tenido un desdichadísimo fin.
3. A. Maeder [Adición de 1910]:
De los notables trabajos de Alphonse Maeder
(Zurich), publicados en lengua francesa, transcribo la siguiente observación,
que también hubiera podido ser incluida entre los «olvidos»:
«Una señora nos contaba recientemente que cuando se
fue a casar había olvidado probarse el traje de novia y que no se acordó de que
tenía que hacerlo hasta las ocho de la noche anterior a la ceremonia nupcial,
cuando la costurera desesperaba ya de que fuera a la prueba. Este detalle
muestra suficientemente que la novia no cifraba mucha felicidad en ponerse el
traje de boda y que trataba de olvidar una representación que le resultaba
penosa. Hoy en día se halla divorciada».
Un amigo mío que ha aprendido a atender a los
pequeños signos, me contó que la gran actriz Eleonora Duse introducía en la
interpretación de uno de los tipos por ella creados un acto sintomático, lo
cual prueba lo por entero que se entregaba a su papel. Se trataba de un drama
de adulterio. La mujer, después de una violenta escena con su marido, se halla
sola, abstraída en sus pensamientos, y el seductor no ha llegado todavía. En
este corto intervalo jugaba la Duse con el anillo nupcial que llevaba al dedo,
quitándoselo y poniéndoselo. Con este acto revelaba estar pronta a caer en los
brazos del otro. [Ad. 1907.]
4. Theodor Reik [Agregado en 1917]:
Aquí viene bien lo que Th. Reik comunica sobre
otros actos sintomáticos en los que el anillo desempeña un principal papel
(Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1915):
«Conocemos los actos sintomáticos que llevan a cabo
las personas casadas quitándose y poniéndose el anillo de matrimonio. Mi colega
M. ejecutó en una ocasión una serie de actos sintomáticos análogos. Una
muchacha a quien él quería le había regalado un anillo, diciéndole que no lo
perdiera, pues si así sucedía lo consideraría ella como signo de que ya no la
amaba. En la época que siguió a este regalo padeció M. una constante
preocupación de no perderlo. Si, por ejemplo, se lo quitaba para lavarse las
manos, lo dejaba casi siempre olvidado, y a veces necesitaba estar buscándolo
mucho tiempo para volver a encontrarlo. Cuando echaba alguna carta en un buzón
no podía nunca reprimir un ligero miedo de que sus dedos tropezasen contra los
bordes de aquél y se cayera dentro la
sortija. Una de estas veces obró, en efecto, tan
desmañadamente, que el anillo cayó al fondo del buzón. La carta que echaba
cuando esto le ocurrió contenía una despedida a una anterior amada suya, hacia
la que se sentía culpable. Al mismo tiempo despertó en él una añoranza de esta
mujer, que fue a ponerse en conflicto con su inclinación por el actual objeto
de su amor.»
En este tema del «anillo» se ve de nuevo cuán
difícil es para el psicoanalítico hallar algo nuevo, algo que un poeta no haya
sabido antes que él. En la novela Ante la tormenta, de Fontane, dice el
consejero de Justicia Turgany, presenciando un juego de prendas:
«¿Querrán ustedes creer, señoras mías, que en este
juego se revelan, al entregar las prendas, los más profundos secretos de la
Naturaleza?» Entre los ejemplos con que ratifica su afirmación hay uno que
merece especialmente nuestro interés. «Recuerdo -dice- que una señora, ya
jamona, mujer de un profesor, se quitó varias veces el anillo de boda para
darlo
como prenda. Háganme ustedes el favor de figurarse
la felicidad conyugal que debía de reinar en aquella casa.» Más adelante
continúa diciendo: «En la misma reunión se hallaba un señor que no se cansaba
de depositar su cortaplumas inglesa -diez hojas, sacacorchos y eslabón- en el
regazo de la señora encargada de recoger las prendas, hasta que el tal monstruo
de diez hojas, después de haber enganchado y desgarrado varios vestidos de
seda, tuvo que desaparecer ante un clamor de indignación general.»
5. No ha de extrañarnos que un objeto de tan rica
significación simbólica como el anillo sea utilizado en significativos actos
fallidos también cuando no tiene el carácter de anillo nupcial o esponsalicio y
no representa, por tanto, un lazo erótico. El doctor M. Kardos ha puesto a mi
disposición el siguiente ejemplo de un incidente de esta clase:
«Hace varios años que mantengo un ininterrumpido
trato con un individuo mucho más joven que yo, el cual participa de mis empeños
espirituales y se halla con respecto a mí en relación de discípulo a maestro.
Un día le regalé un anillo, que le ha dado ya ocasión de ejecutar varios actos
sintomáticos, los cuales han surgido cada vez que en nuestras relaciones ha
aparecido alguna circunstancias que ha despertado su disconformidad. Hace poco
me comunicó el siguiente caso, especialmente transparente. Había dejado de
venir a verme el día que semanalmente teníamos señalado para ello, excusándose
con un pretexto cualquiera y siendo la verdadera causa una cita que le había
dado una muchacha para aquel mismo día. A la mañana siguiente se dio cuenta,
estando ya lejos de su casa, de que no llevaba el anillo que yo le había
regalado; pero no se inquietó por ello, suponiendo que lo habría dejado
olvidado sobre la mesilla de noche, donde acostumbraba colocarlo al acostarse,
y que lo encontraría a su regreso. Mas al volver a casa vio que tampoco se
hallaba el anillo en el sitio indicado, y empezó
entonces a buscarlo por todas partes, con igual resultado negativo. Por último,
se le ocurrió que como solía dejar todas las noches, desde hacía más de un año,
el anillo y una navajita en el mismo lugar, podía haber cogido ambas cosas
juntas por la mañana y haberse metido también 'por distracción' la sortija en
el mismo bolsillo que la navaja. En efecto, esto era lo que había sucedido.
»El anillo en el bolsillo del chaleco es el
proverbial manejo de todo hombre que se propone engañar a la mujer que se lo
regaló. EI sentido de culpabilidad que surgió en mi discípulo le indujo primero
a un autocastigo ('No eres ya digno de Ilevar esa sortija'), y en segundo
lugar, a la confesión de la pequeña infidelidad cometida, confesión que surgió
al relatarme su acto fallido, o sea la pérdida temporal del objeto por mí
regalado.»
Conozco también el caso de un señor ya de edad
madura que se casó con una muchacha muy joven y decidió no salir de viaje en el
mismo día, sino pasar la noche de bodas en un hotel de la ciudad. Apenas llegó
a éste, advirtió asustado que no llevaba la billetera, en la que había metido
el dinero destinado al viaje de bodas, y que, por tanto, la debía haber perdido
o dejado olvidada en algún sitio. Por fortuna, pudo aún telefonear a su criado,
el cual halló la billetera en su bolsillo del traje que había llevado el novio
en la ceremonia y cambiado luego por uno de viaje, y fue en seguida al hotel,
entregándosela al recién casado que tan «desprovisto de medios» entraba en la
vida matrimonial. En la noche de bodas permaneció también, como él ya lo temía,
«desprovisto de medios» (impotente).
Es consolador el pensar que la «pérdida de objetos»
constituye una insospechada exención de un acto sintomático y que, por tanto,
tiene que resultar, en último término, vista con agrado por una secreta
intención del perdidoso. Con frecuencia la pérdida no es
más que una expresión de lo poco que se aprecia el
objeto perdido o de una secreta repugnancia hacia el mismo o hacia la persona
de quien proviene. Sucede también que la tendencia a la pérdida se transfiere
al objeto perdido desde otros objetos de mayor importancia y por medio de una
asociación simbólica. La pérdida de objetos valiosos sirve de expresión a muy
diversas sensaciones y puede representar simbólicamente un pensamiento
reprimido -esto es, recordarnos algo que preferiríamos quedase olvidado- o, y esto
ante todo, representar un sacrificio a las oscuras potencias del Destino, cuyo
culto no se ha extinguido todavía entre nosotros.
Los siguientes ejemplos ilustrarán estas
consideraciones sobre la «pérdida de objetos»:
Doctor B. Dattner. [Adición de 1912]:
«Un colega me comunicó que había perdido de un modo
especial un lapicero metálico que poseía hacía ya dos años y al que por su
cómodo uso y excelente calidad había tomado cariño. Sometido el caso al
análisis, se revelaron los hechos siguientes: el día anterior había recibido
una carta extraordinariamente desagradable de su cuñado, carta que terminaba
con esta frase: 'Por ahora no tengo ganas ni tiempo de apoyar tu ligereza y tu
holgazanería.' La poderosa reacción emotiva que esta carta produjo en mi colega
le hizo apresurarse a sacrificar al día siguiente el cómodo lapicero -regalo de
su cuñado- para no tener que deber favor ninguno.»
Una señora, conocida mía, se abstuvo, como es
comprensible, de ir al teatro durante su luto por la muerte de su anciana
madre. Al faltar ya muy pocos días para el término del año de luto riguroso, se
dejó convencer por las reiteradas instancias de sus amigos y adquirió una
localidad para una representación de extraordinario interés; pero luego, al
llegar al teatro, descubrió que había perdido su billete. Después supuso que lo
había tirado en unión del billete del tranvía al bajar de éste. Esta señora se
precia, de ordinario, de no perder nunca nada por descuido o distracción, y,
por tanto, debe aceptarse la existencia de un motivo en otro caso de «pérdida»
que le sucedió, y es el siguiente:
Habiendo llegado a un balneario, decidió hospedarse
en una pensión en la que ya había estado otra vez. Recibida como antigua
conocida de la casa, fue bien hospedada y cuando quiso satisfacer el importe de
su estancia se le dijo que debía considerarse como invitada, no teniendo, por
tanto, nada que pagar, cosa que no lo encontró propio. Sólo se le consintió que
dejase una propina destinada a la camarera que le había servido. Para hacerlo
así abrió su bolso y extrajo de él un billete, que dejó sobre la mesa de su
cuarto. Por la noche el criado de la pensión fue a Ilevarle otro billete de
cinco marcos que había hallado debajo de la mesa y que, según creía la dueña de
la pensión, debía de pertenecerle. Este billete tuvo que caer al suelo al sacar
del bolso el otro para la camarera. La señora no quería, pues, dejar de pagar
su cuenta.
En un largo estudio (La «pérdida de objetos» como
acto sintomático, en Zentralblatt f. Psychoanalyse, I, 10-11) ha declarado Otto
Rank, con ayuda de análisis de sueños, la profunda motivación de estos actos y
la tendencia sacrificadora que constituye su fundamento. Es muy interesante, en
el referido trabajo de Rank, su afirmación de que no sólo el perder objetos
aparece determinado, sino también el encontrarlos. La observación de Rank, que
a continuación transcribo, nos da el sentido en que su hipótesis debe
comprenderse. Es claro que en los casos de
«pérdidas» se conoce el objeto, y, por el contrario, en los de «hallazgos» es
aquél el que tiene que ser buscado (Internat. Zeitschrift. für Psychoanalyse,
III, 1915).
«Una muchacha que dependía económicamente de sus
padres deseaba comprarse un objeto de adorno. Al preguntar en una tienda por el
precio del objeto deseado se enteró con desilusión de que sobrepasaba la
cantidad a que ascendían sus ahorros. Tan sólo dos
coronas eran las que le faltaban, privándola de
aquella pequeña alegría. Melancólicamente regresó a su casa a través de las
calles de la ciudad, llenas de animación en aquella hora crepuscular. En una de
las plazas más frecuentadas fijó de pronto su atención -a pesar de que, según
decía al relatar el suceso, iba abstraída en sus pensamientos- en un pequeño
papel que había en el suelo y sobre el cual acababa de pasar sin haberlo visto
antes. Se volvió y lo recogió, viendo con sorpresa que era un billete de dos
coronas doblado por la mitad. Su primer pensamiento fue el de que aquel billete
se lo había deparado el Destino para que pudiese comprarse el ansiado adorno, y
emprendió de nuevo el camino hacia la tienda para seguir aquella indicación de
la fortuna. Mas en el mismo momento cambió de intención, pensando que el dinero
encontrado es un dinero de buena suerte que no debe gastarse.
El pequeño análisis necesario para la comprensión
de este 'acto casual' puede llevarse a cabo sin la declaración personal de la
interesada y deducirse directamente de los hechos. Entre los pensamientos que
ocupaban a la muchacha al regresar a su casa tuvo que figurar en primer término
el de su pobreza y estrechez material, pensamiento al que nos es lícito suponer
que acompañaría el deseo de ver llegado algo que pusiese término a dicha
situación. Por otro lado, la idea de cómo podía Ilegar con mayor facilidad a la
obtención de la suma que le hacía falta para satisfacer su pequeño capricho
tuvo que sugerirle la solución más sencilla, o sea la del 'hallazgo'. De este
modo quedó sin inconsciente (o preconsciente) dispuesto a 'hallar', aun cuando
tal pensamiento no se hizo por completo consciente en ella, por estar ocupada
su atención en otras cosas ('iba abstraída en sus pensamientos'). Podemos,
pues, afirmar, fundándonos en análisis de otros casos semejantes, que la
'disposición a buscar' inconsciente puede conducirnos hasta un resultado
positivo mucho antes que una atención conscientemente dirigida. Si no, sería
casi inexplicable el que sólo esta persona, entre cientos de transeúntes y
yendo además en condiciones desfavorables por la escasa luz crepuscular y la
aglomeración, pudiese hacer un hallazgo del que ella misma fue la primera en
quedar sorprendida. El extraño hecho de que después del hallazgo del billete, y
cuando, por tanto, su disposición había Ilegado a ser superflua y había ya
escapado con toda seguridad a la atención consciente, hiciese la muchacha un
nuevo hallazgo, consistente en
un pañuelo, antes de llegar a su casa y en una
oscura y solitaria calle de las afueras de la ciudad, nos muestra en qué alta
medida existía en ella esta inconsciente o preconsciente disposición a
encontrar.»
Hay que convenir en que precisamente estos actos
sintomáticos nos dan a veces el mejor acceso al conocimiento de la íntima vida
psíquica del hombre.
Expondré ahora un ejemplo de acto casual que sin
necesidad de someterlo al análisis mostró una profunda significación, ejemplo
que aclara maravillosamente las condiciones bajo las cuales pueden aparecer
tales síntomas sin llamar la atención y del que puede deducirse una observación
de gran importancia práctica.
En el curso de un viaje veraniego tuve que pasar
unos cuantos días en cierta localidad en espera de que vinieran a reunírseme en
ella determinadas personas con las que pensaba proseguir mi viaje. En tales
días hice conocimiento con un hombre joven que, como yo, parecía sentirse allí
solitario y que se me agregó gustoso. Hallándonos en el mismo hotel, se nos
hizo fácil comer juntos y salir juntos a paseo. Al tercer día, después de
almorzar, me comunicó de repente que aquella tarde esperaba a su mujer, que llegaría
en el expreso. Esto despertó mi interés psicológico, pues me había ya chocado
aquella mañana que mi compañero rehusase emprender una excursión algo larga y
se negase luego, durante el breve paseo que dimos, a subir por un camino,
alegando que era demasiado pendiente y algo peligroso. Paseando luego por la
tarde afirmó de pronto que yo tenía que sentir ya apetito y que no debía
aplazar mi cena por causa suya, pues él iba a esperar a su mujer y cenaría
luego con ella. Yo comprendí la indirecta, y me senté a la mesa, mientras él se
dirigía a la estación.
A la mañana siguiente nos volvimos a encontrar en
el hall del hotel. Me presentó a su mujer y añadió: «Almorzará usted con
nosotros, ¿no?» Yo tenía que hacer aún una pequeña comisión en una calle
cercana al hotel; pero aseguré que regresaría en seguida. Al entrar luego en el
comedor vi que la pareja se había sentado al mismo lado de una pequeña mesa
colocada junto a una ventana. Frente a ellos quedaba una única silla, sobre
cuyo respaldo y cubriendo el asiento se hallaba un grande y pesado abrigo
perteneciente al marido. Yo comprendí en seguida el sentido de esta colocación,
inconsciente, pero, por lo mismo, más expresiva. Quería decir: «Aquí no hay
sitio para ti. Ya no me haces falta.» El marido no se dio cuenta de que yo
permanecía en pie ante la mesa sin poder sentarme. La mujer, en cambio, sí lo
notó, y dándole con el codo murmuró: «Has ocupado con tu abrigo el sitio del
señor.»
En este y otros casos análogos me he dicho siempre
que los actos inintencionados tienen que ser de continuo un manantial de malas
inteligencias en el trato entre los hombres. El que los ejecuta ignora en
absoluto la intención a ellos ligada, y no teniéndola, por tanto, en cuenta, no
se considera responsable de los mismos. En cambio, el que los observa utiliza,
igual que los demás de su interlocutor, para deducir sus intenciones y
propósitos, y de este modo llegar a averiguar de
sus procesos psíquicos más de lo que aquél está dispuesto a comunicarle o cree
haberle comunicado. EI adivinado se indigna cuando se le muestran tales
conclusiones deducidas de sus actos sintomáticos, y las declara infundadas,
puesto que al ejecutar dichos actos le ha faltado la consciencia de la
intención, quejándose de mala comprensión por parte de los demás. Observada con
detenimiento tal incomprensión, se ve que reposa en el hecho de comprender
demasiado bien y demasiado sutilmente.
Cuanto más «nerviosos» son dos hombres, tanto más
pronto se darán motivos uno a otro para diferencias que los separan y cuyo
fundamento negará cada cual con respecto a sí mismo con la misma seguridad con
que lo afirmará para el otro. Este es el castigo de la insinceridad interior a
la que permiten los hombres manifestarse bajo el disfraz de olvidos, actos de
término erróneo y actos inintencionados, que sería mejor que se confesasen a sí
mismos y confesasen a los demás cuando no pudieran ya dominarlos. Se puede
afirmar, en general, que todos practicamos constantemente análisis psíquicos de
nuestros semejantes y que a consecuencia de ello aprendemos a conocerlos mejor
que cada uno de ellos a sí
mismo. El estudio de las propias acciones y
omisiones aparentemente casuales es el mejor camino para Ilegar a conocerse a
sí mismo.
De todos los poetas que han escrito algo sobre los
pequeños actos sintomáticos y los rendimientos fallidos o los han utilizado en
sus obras, ninguno ha reconocido con tanta claridad su secreta naturaleza ni
les ha infundido una vida tan inquietante como Strindberg, cuyo genio fue
ciertamente auxiliado en esta cuestión por su profunda anormalidad psíquica
[Ad. de 1917].
El doctor Karl Weiß (Viena) ha llamado la atención
sobre el siguiente trozo de una de las obras de Strindberg (Internat.
Zeitschrift für Psychoanalyse, I, 1913, pág. 268):
«Al cabo de algún tiempo Ilegó realmente el conde y
se acercó con serenidad a
Esther, como si le hubiera dado cita.
-¿Has esperado mucho tiempo? -le preguntó con su
voz velada.
-Seis meses; ya lo sabes -respondió Esther-. ¿Me
has visto hoy?
-Sí. En el tranvía. Y te miré a los ojos de tal
manera, que creía estar hablando contigo.
-Han pasado muchas cosas desde la última vez.
-Sí. Creí que todo había terminado entre nosotros.
-¿Cómo ?
-Todos los pequeños regalos que de ti había
recibido se fueron rompiendo, y todos ellos de un modo misterioso. Pero esto es
una antigua advertencia.
-¿Qué dices? Ahora recuerdo un gran número de casos
de esta clase que yo creí casualidad. Una vez me regaló mi abuela unos lentes
cuando aún estábamos en buenas relaciones. Eran de cristal de roca y se veía
con ellos divinamente: una verdadera maravilla que yo trataba con todo cuidado.
Un día rompí con la anciana, y ésta me tomó odio... La primera vez que después
de esto me puse los lentes se cayeron los cristales sin causa ninguna. Creí en
un simple desperfecto, y los mandé arreglar. Pero no; siguieron rehusando
prestar su servicio, y tuve que relegarlos a un cajón, del que luego
desaparecieron.
-Es extraño que todo aquello que a los ojos se
refiere sea lo que muestra una más sensible naturaleza. Un amigo me regaló una
vez unos gemelos de teatro. Se adaptaban tan bien a mi vista, que era un placer
para mí el usarlos. Mi amigo y yo nos convertimos en enemigos. Ya sabes tú que
a esto se llega sin causa visible, como si le pareciese a uno que ya no se debe
seguir unidos. Al querer utilizar después los gemelos me fue imposible ver
claramente con ellos. El eje transversal resultaba corto, y ante mis ojos
aparecían dos imágenes. No necesito decirte que ni el eje se había acortado ni
tampoco había crecido la distancia entre mis ojos. Es un milagro que sucede
todos los días y que los malos observadores no notan. ¿Explicación? La fuerza
psíquica del odio es mayor de lo que creemos. La sortija que me diste ha
perdido su piedra y no se deja reparar, no se deja.
¿Quieres ahora separarte de mí?...» (Las
habitaciones góticas, pág. 258.)
También en el campo de los actos sintomáticos tiene
que ceder la observación psíquica la prioridad a los poetas y no puede hacer
más que repetir lo que éstos han dicho ya hace mucho tiempo. El señor Wilhelm
Stroß me Ilamó la atención sobre el siguiente trozo del Tristram Shandy, la
conocida novela humorística de Lawrence Sterne (IV parte, cap. V):
«Y no me extraña nada que Gregorio Nacianceno, al
observar los gestos rápidos y fugitivos de Juliano, predijese su apostasía. Ni
que San Ambrosio despidiese a su amanuense por los incorrectos movimientos de
su cabeza, que iba y venía como un látigo de trillar. Ni que Demócrito notase
en seguida que Protágoras era un sabio por el hecho de
ver cómo al hacer un haz de leña ponía los
sarmientos más finos en medio. Hay mil rendijas que pasan así inadvertidas
-continuó mi padre-, a través de las cuales una mirada penetrante puede
descubrir de una vez el alma, y yo afirmo -añadió- que un hombre razonable no
puede dejar su sombrero al entrar en una habitación
o cogerlo para marcharse sin que se le escape algo que nos revele su íntimo
ser.»
[Adición de 1907.] He aquí aún una pequeña
colección de diversos actos sintomáticos observados tanto en individuos sanos
como neuróticos: un colega mío, ya de edad avanzada y al que disgusta mucho
perder en los juegos de naipes, perdió una noche una crecida suma, que pagó sin
lamentarse, pero dejando transparentar un particular estado de ánimo. Después
de su marcha se descubrió que había dejado sobre la mesa casi todo lo que
llevaba en los bolsillos: los lentes, la petaca y el pañuelo. Este olvido debe ser
traducido en la forma siguiente: «iBandidos! iMe habéis saqueado!»
Un sujeto que padecía de impotencia sexual en
algunas ocasiones, pero no crónicamente, impotencia que tenía su origen en la
intimidad de sus relaciones infantiles con su madre, me comunicó que tenía la
costumbre de ornar algunos escritos y notas con una S, letra inicial del nombre
de aquélla, y que no podía tolerar que las cartas que recibía de su casa
anduviesen revueltas sobre su mesa con otra clase de correspondencia non
sancta, sintiéndose forzado a conservar las primeras en sitio aparte.
Una señora joven abrió de repente un día la puerta
del cuarto en el que recibo a mis pacientes antes que saliera de él la enferma
que la precedía. En el acto se excusó diciendo lo había hecho «sin pensar»,
pero pronto se descubrió que le había impulsado a ello la misma curiosidad que
en su infancia la llevaba a penetrar repentinamente en la alcoba de sus padres.
Aquellas muchachas que están orgullosas de su bella cabellera saben siempre
enredar tan hábilmente con sus horquillas y peinetas, que consiguen que en
medio de la conversación se les suelte el pelo.
Muchos individuos que durante un reconocimiento o
tratamiento médicos tienen que permanecer echados suelen desparramar por el
suelo una cantidad mayor o menor de dinero que llevan en el bolsillo del
pantalón, pagando así, según en lo que estiman, el trabajo del médico. Aquel
que olvida en casa del médico algún objeto: lentes, guantes, bolsillo, etc.,
manifiesta con ello un sentimiento de gratitud o simpatía y su deseo de volver
nuevamente. E. Jones dice: «Se puede medir el éxito con que un médico practica
la
psicoterapia por la colección que en un mes pueda
hacer de sombrillas y paraguas, pañuelos y carteras olvidados en su casa por
los clientes.» Los más pequeños actos habituales
llevados a cabo con un mínimo de atención, tales
como dar cuerda al reloj antes de acostarse, apagar la luz al salir de una
habitación, etc., están sometidos ocasionalmente a perturbaciones que
demuestran la influencia de los complejos inconscientes sobre aquellas
«costumbres» que se tienen por más arraigadas.
Maeder relata en la revista Coenobium el caso de un médico interno de un
hospital, que, estando de guardia y no debiendo abandonar su puesto, tuvo que
hacerlo, sin embargo, por reclamarle en otro lado un asunto de importancia.
Cuando volvió notó con sorpresa que había luz en su cuarto. Al salir se le
había olvidado apagarla, cosa que jamás le había ocurrido antes. Reflexionando
sobre el caso, halló en seguida el motivo a que obedecía su olvido. El director
del hospital, que residía en él, debía deducir de la iluminación del cuarto de
su interno la presencia de éste.
Un individuo, abrumado de preocupaciones y sujeto a
temporales depresiones de ánimo, me aseguró que cuando por la noche se acostaba
cansado de lo duro y penoso de su vida
hallaba siempre, al despertarse por la mañana, que
se le había parado el reloj por haberse olvidado de darle cuerda. Con tal
olvido simbolizaba su indiferencia de vivir o no al día siguiente. Otro sujeto
[Ad. de 1912] al que no conozco personalmente, me escribió:
«Habiéndome ocurrido una dolorosa desgracia, se me
pareció la vida tan penosa y desagradable que me imaginaba no hallar fuerza
suficiente para mantenerme vivo al siguiente día, y en esta época me di cuenta
de que casi a diario me olvidaba de dar cuerda al reloj, cosa que nunca había
omitido y que Ilevaba a cabo mecánicamente al acostarme. Sólo me acordaba de
hacerlo cuando al siguiente día tenía alguna ocupación importante o de
gran interés para mí. ¿Será esto también un acto
sintomático? No podría, si no, explicármelo.» Aquel que, como Jung (Sobre la
psicología de la «dementia praecox», 1902, pág. 62), o como Maeder (Une voie
nouvelle en psychologie: Freud et son école, en Coenobium, Lugano, 1909),
quiera tomarse el trabajo de prestar atención a las melodías
que se tararean al descuido y sin intención hallará
regularmente la relación existente entre el texto de la melodía y un tema que
ocupa el pensamiento de la persona que la canta.
También la sutil determinación de la expresión del
pensamiento en el discurso o en la escritura merece una observación cuidadosa.
En general, se cree poder elegir las palabras con que revestir nuestro
pensamiento o la imagen que ha de representarlo. Una más cuidadosa observación
muestra tanto la existencia de otras consideraciones que deciden tal elección
como también que en la forma en que se traduce el pensamiento se transparenta a
veces un sentido más profundo y que el orador y escritor no se ha propuesto
expresar. Las imágenes y modos de expresión de que una persona hace uso
preferente no son, en la mayoría de los casos, indiferentes para la formación
de un juicio sobre ella, y en ocasiones se muestran como alusiones a un tema
que por el momento se retiene en último término,
por que ha impresionado honradamente al orador. En
una determinada época oí usar varias veces a un sujeto, en el curso de
conversaciones teóricas, la expresión «Cuando le pasa a uno algo de repente por
la cabeza». No me extrañó ver esta locución repetidas veces en boca del
referido sujeto, pues sabía que poco tiempo antes había recibido la noticia de
que un proyectil ruso había atravesado de parte a parte el gorro de campaña de
su hijo.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) X.-ERRORES
Los errores de la memoria no se distinguen de los
olvidos acompañados de recuerdo erróneo más que en un solo rasgo, esto es, en
que el error (el recuerdo erróneo) no es reconocido como tal, sino aceptado
como cierto. EI uso del término «error» parece, sin embargo, depender todavía
de otra condición. Hablamos de «errar» y no de «recordar erróneamente» en
aquellos casos en que el material psíquico que se trata de reproducir posee el
carácter de realidad objetiva, esto es, cuando lo que se quiere recordar es algo
distinto de un hecho de nuestra vida psíquica propia, algo más bien que puede
ser sometido a una confirmación o una refutación por la memoria de otras
personas. Lo contrario a un error de memoria está constituido, en este sentido,
por la ignorancia.
En mi libro La interpretación de los sueños. me
hice responsable de una serie de errores en citas históricas y, sobre todo, en
la exposición de algunos hechos, errores de los que con gran sorpresa me di
cuenta una vez ya publicada la obra. Después de examinarlos hallé que no eran
imputables a ignorancia mía, sino que constituían errores de memoria
explicables por medio del análisis.
1) En una de sus páginas señalé como lugar natal de
Schiller la ciudad alemana de Marburg, nombre que lleva también una ciudad de
Estiria. El error se encuentra en el análisis de un sueño que tuve durante una
noche de viaje, y del cual me despertó la voz del empleado, que gritaba:
iMarburg!, al llegar el tren a dicha estación. En el contenido de este sueño se
preguntaba por un libro de Schiller. Este no nació en la ciudad universitaria
de Marburg, sino en una ciudad de Suabia llamada Marbach, cosa que jamás he
ignorado.
2) En otro lugar se dice que Asdrúbal era el padre
de Aníbal. Este error me irritó especialmente; pero, en cambio, fue el que más
me confirmó en mi concepción de tales equivocaciones. Pocos lectores de mi
libro estarán tan familiarizados como yo con la historia de los Barquidas, y,
sin embargo, cometí ese error al escribir mi obra y no lo rectifiqué en las
pruebas que por tres veces repasé con todo cuidado. El nombre del padre de
Aníbal era Amílcar Barcar. Asdrúbal era el de su hermano y también el de su cuñado
y predecesor en el mando de los ejércitos.
3) También afirmé por error que Zeus había castrado
y arrojado del trono a su padre, Cronos. Por error retrasé ese crimen en una
generación, pues, según la mitología griega, fue Cronos quien lo cometió en la
persona de su padre, Urano.
¿Cómo se explica que mi memoria me suministrara
sobre estos puntos datos erróneos, cuando como pueden comprobar los lectores de
mi libro, puso acertadamente a mi disposición en todo lo demás los materiales
más remotos y poco comunes? ¿Y cómo pudieron escapárseme tales errores, como si
estuviera ciego, en las tres cuidadosas correcciones de pruebas que llevé a
cabo?
Goethe dijo de Lichtenberg: «Allí donde dice una
chanza, yace oculto un problema.» Algo análogo podría afirmarse de los trozos
de mi libro antes transcritos: «Allí donde aparece un error, yace detrás una
represión», o, mejor dicho, una insinceridad, una desfiguración de la verdad,
basada, en último término, en un material reprimido. En efecto, en los análisis
de los sueños que en dicha obra se exponen me había visto obligado, por la
desnuda naturaleza de los temas a los que se referían los pensamientos del sueño,
a interrumpir algunos análisis antes de llegar a su término verdadero, y otras
veces a mitigar
la osadía de un detalle indiscreto, desfigurándolo
ligeramente. No podía obrar de otra manera ni cabía llevar a cabo selección
ninguna si quería exponer ejemplos e ilustraciones. Esta mi forzada situación
provenía necesariamente de la particularidad de los sueños de dar expresión a
lo reprimido, esto es, a lo incapaz de devenir consciente. A pesar de todo,
quedó en mi libro lo suficiente para que espíritus
más delicados se sintiesen ofendidos. La desfiguración u ocultación de los
pensamientos que quedaban sin exponer y que yo conocía no pudo ser ejecutada
sin dejar alguna huella. Lo que yo no quería decir consiguió con frecuencia
abrirse camino, contra mi voluntad, hasta lo que había admitido como
comunicable y se manifestó en ello en forma de errores que pasaron inadvertidos
para mí. Los tres casos citados se refieren al mismo tema fundamental, y los
errores son resultantes de pensamientos reprimidos relacionados con mi difunto
padre.
1) Aquel que lea en uno de los sueños analizados
encontrará francamente expuesto en parte, y podrá en parte adivinarlo por las
indicaciones que allí constan, que interrumpí el análisis al llegar a
pensamientos que hubieran contenido una poco favorable crítica de la persona de
mi padre. En la continuación de esta cadena de pensamientos y recuerdos yace
una enfadosa historia, en la cual desempeñan principal papel unos libros y un
compañero de negocios de mi padre llamado Marburg, nombre igual al de la estación
de la línea de Ferrocarriles del Sur, con el que me despertó el empleado del
tren. En el análisis expuesto
en mi libro quise suprimir, tanto para mí mismo
como para mis lectores, al tal señor Marburg, el cual se vengó introduciéndose
luego en donde nada tenía que hacer y transformando Marbach, nombre de la
ciudad natal de Schiller, en Marburg.
2) El error de escribir Asdrúbal en vez de Aníbal,
esto es, el nombre del hermano en lugar del del padre, se produjo por una
asociación con determinadas fantasías relacionadas con Aníbal, construidas por
mi imaginación en mis sueños de colegial, y con mi disgusto por la conducta de
mi padre ante los «enemigos de nuestro pueblo». Podía haber
proseguido y haber contado la transformación
acaecida en mis relaciones con mi padre a causa de un viaje que hice a
lnglaterra y en el que conocí a mi hermanastro, nacido de un anterior
matrimonio de mi padre. Mi hermanastro tenía un hijo de mi misma edad, y mis
fantasías imaginativas sobre cuán distinta sería mi situación si en vez de hijo
de mi padre lo fuese de mi hermanastro no encontraron, por tanto, obstáculo
ninguno referente a la
cuestión de la edad. Estas fantasías reprimidas
fueron las que falsearon, en el lugar en que interrumpí el análisis, el texto
de mi libro, obligándome a escribir el nombre del hermano en lugar del del
padre.
3) Atribuyo asimismo a la influencia de recuerdos
referentes a mi hermanastro el haber retrasado en una generación el mitológico
crimen de las deidades griegas. De las advertencias que mi hermanastro me hizo
hubo una que retuve durante mucho tiempo en mi memoria. «No olvides -me dijo-,
para regir tu conducta en la vida, que perteneces no a la generación siguiente
a tu padre, sino a la otra inmediata posterior.» Nuestro padre se había vuelto
a casar ya en edad avanzada y llevaba, por tanto, muchos años a los hijos que
tuvo
en este segundo matrimonio. El error mencionado fue
cometido por mí en un lugar de mi libro en que hablo precisamente del amor
entre padres e hijos.
Me ha sucedido también algunas veces que amigos o
pacientes, cuyos sueños había yo relatado o a los que aludía en análisis de
otros sueños, me han advertido que en la
exposición de mis investigaciones habían hallado
algunas inexactitudes. Estas consistían también siempre en errores históricos.
Al examinar y rectificar estos casos me he convencido de que mi recuerdo de los
hechos no se mostraba infiel más que en aquellas ocasiones en las que en la
exposición del análisis había desfigurado u ocultado algo intencionadamente.
Así, pues, también hallamos aquí un error inadvertido como sustitutivo de una
ocultación o represión intencionadas.
De estos errores originados por una represión hay
que distinguir otros debidos a ignorancia real. Así, fue debido a ignorancia el
que durante una excursión por Wachau creyera, al Ilegar a una localidad, que se
trataba de la residencia del revolucionario Fischhof: En efecto, el lugar donde
residía Fischhof se llamaba también Emmersdorf, pero no estaba situado en
Wachau, sino en Carintia. Pero esto no lo sabía yo.
4) He aquí otro error vergonzoso, pero muy
instructivo y que puede considerarse como un ejemplo de ignorancia temporal. Un
paciente me recordó un día mi promesa de darle dos libros que yo poseía sobre
Venecia, ciudad que iba a visitar en un viaje que pensaba hacer durante las
vacaciones de Pascua. Yo le respondí que ya los tenía separados para
entregárselos y fui a mi biblioteca para cogerlos. La verdad era que se me
había olvidado buscarlos, pues no estaba muy conforme con el viaje de mi
paciente, que me parecía una innecesaria interrupción del tratamiento y una
pérdida económica para el médico. Al llegar a mi biblioteca eché un rápido
vistazo sobre los libros para tratar de hallar los dos que había prometido
prestar a mi cliente. Encontré uno titulado Venecia, ciudad de arte, y luego,
queriendo buscar otra obra histórica, cogí un libro titulado Los Médicis y salí
con ambos de la biblioteca para regresar a ella inmediatamente, avergonzado de
mi error al haber creído por un momento que los Médicis tenían algo que ver con
Venecia, a pesar de saber perfectamente lo contrario. Dado que había hecho ver
a mi paciente sus propios actos sintomáticos, no tuve más remedio que salvar mi
autoridad, que obrar con justicia y confesarle honradamente los ocultos motivos
del disgusto que su viaje me causaba.
Puede admirarse, en general, el hecho de que el
impulso de decir la verdad es en los hombres mucho más fuerte de lo que se
acostumbra creer. Quizá sea una consecuencia de mi ocupación con el
psicoanálisis la dificultad que experimento para mentir. En cuanto
trato de desfigurar algo, sucumbo a un error o a
otro funcionamiento fallido cualquiera, por medio del que se revela mi
insinceridad, como en los ejemplos anteriores ha podido verse.
El mecanismo del error parece ser el más
superficial de todos los de los funcionamientos fallidos, pues la emergencia
del error muestra, en general, que la actividad psíquica correspondiente ha
tenido que luchar con una influencia perturbadora, pero sin que haya quedado
determinada la naturaleza del error por la de la idea perturbadora, que
permanece oculta en la oscuridad. Añadiremos aquí que en muchos casos sencillos
de equivocaciones orales o gráficas debe admitirse el mismo estado de cosas.
Cada vez que al hablar o al escribir nos equivocamos, debemos deducir la
existencia de una perturbación causada por procesos psíquicos exteriores a la
intención; pero hay también que admitir que la equivocación oral o gráfica
sigue con frecuencia las leyes de la analogía, de la
comodidad o de una tendencia a la aceleración, sin
que el elemento perturbador consiga imprimir su carácter propio a las
equivocaciones resultantes. El apoyo del material lingüístico es lo que hace
posible la determinación de la falla, al mismo tiempo que le señala un límite.
Para que consten aquí algunos ejemplos de errores
que no sean exclusivamente los míos personales, citaré todavía unos cuantos,
que hubiera podido incluir igualmente entre las equivocaciones orales o los
actos de término erróneo, pero que, dada la equivalencia de todas estas clases
de rendimientos fallidos, no importa que sean incluidos en cualquiera de ellas.
5) En una ocasión prohibí a un paciente mío que
hablara por teléfono con su amante, con la que él mismo deseaba romper, para
evitar que cada nueva conversación hiciera más difícil la lucha interior que
sostenía. Estaba ya decidido a comunicarle por escrito su irrevocable decisión,
pero encontraba dificultades para hacer llegar la carta a sus manos. En esta
situación, me visitó un día a la una de la tarde para comunicarme que había
encontrado un medio de salvar dichas dificultades y preguntarme, entre otras cosas,
si le permitía referirse a mi actividad médica. A las dos, hallándose
escribiendo la carta de ruptura, se interrumpió de repente y dijo a su madre:
«Se me ha olvidado preguntar al doctor si debo dar su nombre en la carta.» A
continuación fue al teléfono, pidió un número y, cuando le pusieron en
comunicación, preguntó: «¿Podría decirme si el señor doctor recibe en consulta
después del almuerzo?» La respuesta fue un asombrado «¿Te has vuelto loco,
Adolfo?», pronunciado con aquella voz que yo le había prohibido volver a oír.
Se había «equivocado» al pedir la comunicación y había dado el número de su
amante en vez del número del médico.
6) Una señora joven tenía que visitar a una amiga
suya, recién casada, que vivía en la calle Habsburgo (Habsburgergasse). Al
referirse a esto durante la comida se equivocó y dijo que tenía que ir a la
calle de Babenberg (Babenbergergasse). Sus familiares se echaron a reír al
oírla, haciéndole notar su error, o, si se quiere, su equivocación oral. Dos
días antes se había proclamado la República de Viena; los colores nacionales,
amarillo y negro,
habían sido sustituidos por los antiguos, rojo,
blanco, rojo, y los Habsburgos habían sido destronados. La señora introdujo
esta modificación en las señas de su amiga. En efecto, existe en Viena, y es
muy conocida, una avenida de Babenberg (Babenbergerstraße), pero ningún vienés
la denominaría calle (Gasse).
7) En un lugar de veraneo, el maestro de escuela,
un joven pobre como las ratas, pero de apuesta figura, hizo la corte a la hija
de un propietario de la ciudad, que poseía allí una villa, consiguiendo
enamorar a la muchacha de tal modo que logró arrancar a sus padres el
consentimiento para la boda, a pesar de la diferencia de posición y raza
existente
entre los novios. Así las cosas, el maestro
escribió a su hermano una carta en la que le decía lo siguiente: «La tal
muchacha no es nada bonita, pero sí muy amable, y con ello me basta. Lo que no
te puedo decir aún es si me decidiré o no a casarme con una judía.» Esta carta
llegó a manos de la novia al mismo tiempo que el hermano se quedaba asombrado
ante las ternezas amorosas que contenía la carta por él recibida. El que me
relató este caso me aseguró que se trataba realmente de un error y no de una astucia
encaminada a provocar la ruptura. También he conocido otro caso similar, en el
que una anciana señora, descontenta de su médico y no queriendo decírselo
francamente, utilizó este medio de cambiar las cartas para alcanzar su objeto,
y esta vez sí puedo testimoniar que fue el error y no una astucia consciente lo
que se sirvió de la conocida estratagema de comedia.
8) Brill relata el caso de una señora que, al
preguntar a otra por la salud de una amiga común, la designó por su nombre de
soltera. Al llamarle la atención sobre su error
tuvo que confesar que no le era simpático el marido
de su amiga y que el matrimonio de ésta le había disgustado.
9) Un caso de error que puede ser también
considerado como de equivocación oral: Un hombre joven fue a inscribir en el
Registro el nacimiento de su segunda hija. Preguntado por el nombre que le iba
a poner, respondió que Ana, a lo cual repuso el empleado que cómo le ponía el
mismo que a su primera hija. Como puede comprenderse, no era ésta su intención
y rectificó el nombre en el acto debiendo deducirse de tal error que la segunda
hija no había sido tan bien recibida como la primera.
10) Añado aquí algunas otras observaciones de
cambio de nombres, que pudieran también haber sido incluidas en otros capítulos
de este libro.
Una señora tenía tres hijas, de las cuales dos se
hallaban casadas hacía ya largo tiempo mientras que la tercera esperaba aún la
llegada del marido que el Destino le designase. Una amiga suya había hecho a
las hijas casadas, en ocasión de su matrimonio, un igual regalo, consistente en
un valioso servicio de plata para té. Siempre que la madre hablaba de este
utensilio nombraba equivocadamente como dueña de él a la hija soltera. Se ve
con toda claridad que este error expresa el deseo de la madre de ver casada a
la hija que le queda. Supone, además, que también había de recibir el mismo
regalo de boda.
Análogamente fáciles de interpretar son los
frecuentes casos en que una madre confunde los nombres de sus hijas, hijos,
yernos y nueras.
11) De una autoobservación del señor J. G.,
verificada durante su estancia en un sanatorio, tomo el siguiente precioso
ejemplo de tenaz confusión de nombres:
«Mientras cenaba en el sanatorio dirigí, en el
curso de una conversación que me interesaba poco y que era llevada en un tono
por completo superficial, una frase especialmente amable a mi vecina de mesa.
Esta, una soltera ya algo madura, no pudo por menos de observar que aquella
frase mía era una excepción, pues no solía mostrarme de costumbre tan amable y
galante con ella; observación que era, por un lado, muestra de sentimiento y,
por otro, un alfilerazo dirigido a otra muchacha que ambos conocíamos y a la
que yo solía mostrar más atención.
Como es natural, comprendió en seguida la alusión.
En el transcurso de la conversación que después se desarrolló tuve que hacerme
llamar varias veces la atención por mi interlocutora, cosa que me fue harto
penosa, por haber confundido su nombre con el de la otra muchacha, a la que no
sin razón consideraba ella como su feliz rival.»
12) Como un caso de «error» expondré aquí un
suceso, grave en el fondo, que me fue relatado por un testigo presencial. Una
señora había estado paseando por la noche con su marido y dos amigos de éste.
Uno de estos últimos era su amante, circunstancia que los otros dos personajes
ignoraban y no debían descubrir jamás. Los dos amigos acompañaron
al matrimonio hasta la puerta de su casa y
comenzaron a despedirse mientras esperaban que vinieran a abrir la puerta. La
señora saludó a uno de los amigos dándole la mano y dirigiéndole unas palabras
de cortesía. Luego se cogió del brazo de su amante y, volviéndose a su marido,
quiso despedirse de él en la misma forma. El marido entró en la situación y,
quitándose el sombrero, dijo con exquisita cortesía: «A los pies de usted,
señora.» La mujer, asustada, se desprendió del brazo del amante y, antes que se
abriera la puerta de su casa, tuvo aún tiempo de decir: «¡Parece mentira que
pueda pasarle a uno una
cosa así!» El marido era de aquellos que tienen por
imposible una infidelidad de su mujer. Repetidas veces había jurado que en un
caso tal peligraría más de una vida. Así, pues, poseía los más fuertes obstáculos
internos para llegar a darse cuenta del desafío que el error de su mujer
constituía.
13) He aquí un error cometido por un paciente mío y
que, por repetirse después en sentido inverso, resulta especialmente
instructivo: Tras una larga lucha interior se había decidido el joven a
contraer matrimonio con una muchacha que le quería y a la que también él amaba.
El día en que le comunicó su resolución la acompañó hasta su casa, se despidió
de ella y tomó un tranvía, en el cual pidió al
cobrador dos boletos. Medio año después, ya casado, siente que no puede
acostumbrarse a la vida conyugal, duda de si ha hecho bien en casarse, echa de
menos sus amistades de soltero y tiene mil cosas que reprochar a sus suegros.
Una tarde fue a casa de éstos a recoger a su mujer, subió con ella en un
tranvía y al acercarse al cobrador le pidió un solo boleto.
14) Maeder nos relata un precioso ejemplo de cómo
por medio de un error puede satisfacerse un deseo reprimido a disgusto
(«Nouvelles contributions», etcétera, en Arch. de Psych., VI, 1908): «Un colega
deseaba gozar por entero, y sin tener que ocuparse de nada, de un día de
vacaciones, pero tenía precisamente que hacer una visita poco agradable en
Lucerna, y después de largas vacilaciones se decidió ir a dicha ciudad. Para
distraerse durante el viaje de Zurich a Goldau se puso a leer los periódicos.
Al llegar a Goldau cambió de tren y prosiguió su lectura. Ya en marcha el tren,
el revisor le advirtió que se había equivocado en el transbordo y, en vez de tomar
el tren que iba a Lucerna, había subido en otro que regresaba a Zurich.»
15) EI doctor V. Tausk comunica, bajo el título
Rutas falsas, un intento análogo, pero fracasado, de realización de un deseo
reprimido por medio de un error (Internat. Zeitschrift f. ärztl. Psychoanalyse,
IV, 1916-17):
«Durante la campaña vine una vez desde el frente a
Viena con permiso, y un antiguo cliente mío que se enteró de mi estancia en la
capital me avisó para que fuese a visitarle, pues se hallaba enfermo en cama.
Accedí a su petición y fui a verle, permaneciendo dos horas en su casa. Al
despedirme me preguntó el enfermo cuánto me debía por mi visita.
-Estoy aquí sólo por unos días, hasta que acabe mi
permiso -le contesté-, y no visito ni ejerzo mi profesión durante ellos.
Considere usted mi visita como un servicio amistoso.
EI enfermo vaciló en aceptar mi oferta, sintiendo
que no tenía derecho a considerar un servicio profesional como un favor
gratuito; pero, por último, se decidió a hacerlo así, expresando, con una
cortesía que le dictó su satisfacción ante el ahorro de su dinero, que, siendo
yo perito en psicoanálisis, debía obrar siempre con acierto.
A mí mismo me entraron también pocos momentos
después ciertas sospechas sobre la sinceridad de mi generosa conducta, y
asaltado de dudas -que apenas admitían una solución equívoca-, tomé el tranvía
eléctrico de la línea X. Después de un corto viaje en este tranvía debía
apearme de él para tomar el de la línea Y. Mientras esperaba que llegase este
último olvidé la cuestión de mis honorarios y comencé a pensar en los síntomas
que el paciente presentaba. Entre tanto llegó el tranvía que yo esperaba y
monté en él. Mas en la
primera parada tuve que apearme, pues por error y
sin darme cuenta, había tomado, en vez de un tranvía de la línea Y, uno de la
línea X, que pasaba en dirección contraria y me hacía regresar, por tanto,
hacia la casa del paciente al que no había querido cobrar honorarios ningunos.
Mi inconsciente, en cambio, quería ir a buscar tales honorarios.»
16) En una ocasión llevé yo también a cabo una
habilidad semejante a la del sujeto del ejemplo 14. Había prometido a mi
hermano mayor irle a visitar durante el verano a una playa de la costa inglesa
en la que él se hallaba, y dado el poco tiempo de que podía disponer, me había
obligado a hacer el viaje por el camino más corto y a no detenerme en ningún
punto. Pedí a mi hermano que me concediera quedarme un día en Holanda, pero me
lo negó, diciendo que después, al regresar, podía hacer lo que me pareciese. Así,
pues, emprendí mi viaje desde Munich, pasando por Colonia, hasta Rotterdam y
Hoek, de donde, a medianoche, salía un barco para Harwich. En Colonia tenía que
cambiar de tren, para tomar el rápido de Rotterdam. Descendí de mi vagón y me
puse a buscar dicho rápido, sin lograr descubrirlo en parte alguna. Pregunté a
varios empleados, fui enviado de un andén para otro, caí en una exagerada
desesperación y, al cabo de todo esto, pude suponer que durante mis vanas
investigaciones debía ya de haber salido el tren buscado. Cuando ello me fue
confirmado reflexioné si debía quedarme aquella noche en Colonia, cosa a la
que, entre otros motivos, me inducía un sentimiento familiar, pues, según una
vieja tradición nuestra, unos antepasados míos se habían refugiado en esta
ciudad huyendo de una persecución contra los judíos. Sin embargo, resolví tomar
un tren posterior para Rotterdam, adonde llegué muy entrada la noche, y, por
tanto, tuve que pasar todo el día siguiente en Holanda. Esta estancia me
permitió realizar un deseo que abrigaba hacía ya mucho tiempo: el de admirar
los magníficos cuadros de Rembrandt existentes en La Haya y en el Museo Real de
Amsterdam. Hasta la mañana siguiente, cuando, durante el viaje en un tren
inglés, pude resumir mis impresiones, no surgió en mí el indudable recuerdo de
haber visto en la
estación de Colonia, a pocos pasos del sitio donde
me apeé del tren y en el mismo andén, un gran cartel con la indicación
«Rotterdam-Hoek de Holanda». Allí esperaba con seguridad el tren en el que
había debido continuar mi viaje. Si no se quiere admitir que,
contra las órdenes de mi hermano, quería a toda
costa admirar los cuadros de Rembrandt en mi viaje de ida, habrá que considerar
el incidente como una inexplicable «ceguera» mía. Todo lo restante, mi bien
fingida perplejidad y la emergencia de la pía intención familiar de quedarme
aquella noche en Colonia, fue tan sólo un dispositivo destinado a encubrir mi
propósito hasta que hubiera sido ejecutado por completo.
17) J. Stärcke expone (l. c.) otro caso observado
en sí propio y en el que una
«distracción» facilita la realización de un deseo
al que el sujeto cree haber renunciado:
«En una ocasión tenía que dar en un pueblo una
conferencia con proyecciones de diapositivas. Tal conferencia había sido fijada
para un día determinado y después aplazada por ocho días. Este aplazamiento me
fue comunicado en una carta, a la que contesté, anotando después en un
memorándum la nueva fecha fijada. Debiendo ser la conferencia por la noche, me
propuse llegar por la tarde a la localidad indicada para tener tiempo de hacer
una visita a un escritor conocido mío que allí residía. Por desgracia, el día
de la conferencia tuve por la tarde ocupaciones inexcusables y me fue preciso
renunciar con gran sentimiento a la visita deseada. Al Ilegar la noche cogí un
maletín lleno de placas fotográficas para las proyecciones y salí a toda prisa
hacia la estación. Para poder alcanzar
el tren tuve que tomar un taxi. (Es cosa que me
sucede con gran frecuencia; mi innata indecisión a veces me ha obligado a tomar
un automóvil para alcanzar el tren.) Al llegar a la localidad a que me dirigía
me asombró no encontrar a nadie esperándome en la estación, según es costumbre
cuando se va a dar una conferencia en tales pequeñas poblaciones. De pronto
recordé que la fecha de la conferencia se había retrasado en una semana y que,
siendo aquel día el primeramente fijado, había hecho un viaje inútil. Después
de maldecir de todo corazón mis `distracciones' pensé en tomar el primer tren
para regresar a mi casa; pero, reflexionando, hallé que tenía una gran ocasión
para hacer la visita deseada. En el camino hacia la casa de mi amigo el
escritor caí en que mi deseo de tener tiempo suficiente para visitarle era sin
duda lo que había tramado toda aquella conspiración, haciéndome olvidar el
aplazamiento de la conferencia. Mi apresuramiento para alcanzar el tren y el ir
cargado con el pesado maletín lleno de placas eran
cosas que sirvieron para que la intención inconsciente quedase mejor oculta
detrás de ellas.»
No se estará quizá muy propicio a considerar esta
clase de errores aquí explicados como muy numerosos e importantes. Pero he de
invitar a los lectores a reflexionar si no se tiene razón para extender estas
mismas consideraciones a la concepción de los más importantes errores de juicio
que los hombres cometen en la vida y en la ciencia. Sólo los espíritus más
selectos y equilibrados parecen poder preservar la imagen de la realidad
externa por ellos percibida de la desfiguración que sufre en su tránsito a través
de la individualidad psíquica del perceptor.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) XI. -ACTOS FALLIDOS COMBINADOS (*)
Dos de los ejemplos últimamente expuestos, mi error
al transportar los Médicis a Venecia y el del joven paciente mío que supo
transgredir mi prohibición de hablar con su amante por teléfono, no han sido,
en realidad, descritos con toda precisión, y un examen más detenido nos lo
muestra como una unión de un olvido con un error. Esta misma unión puede
señalarse con mayor claridad en otros ejemplos.
1) Un amigo mío me relató el siguiente suceso:
«Hace algunos años me presté a ser elegido miembro del Comité de una cierta
Sociedad literaria, creyendo que ésta me ayudaría a lograr fuese representado
un drama del que yo era autor, y aunque no me interesaba gran cosa, asistía con
regularidad a las sesiones que dicha Sociedad celebraba todos los viernes. Hace
algunos meses quedó asegurada la representación de uno de mis dramas en el
teatro F., y desde entonces olvidé siempre acudir a Ias referidas sesiones. Cuando
leí su libro de usted sobre estas cuestiones me avergoncé de mi olvido,
reprochándome haber abandonado a mis consocios ahora que ya no necesitaba de
ellos, y resolví no dejar de asistir a la reunión del viernes siguiente.
Recordé de continuo este
propósito hasta que llegó el momento de realizarlo
y me dirigí al domicilio social. Al llegar ante la puerta del salón de actos me
sorprendió verla cerrada. La reunión había celebrado ya y nada menos que dos
días antes.
Me había equivocado de día y había ido en domingo.»
2) El ejemplo siguiente es una combinación de un
acto sintomático, con una pérdida temporal de un objeto, y ha llegado a mi
conocimiento muy indirectamente, pero por conducto fidedigno.
Una señora hizo un viaje a Roma con su cuñado,
artista de gran fama. Este fue muy festejado por los alemanes residentes en
dicha ciudad, y, entre otros regalos, recibió el de una antigua medalla de oro.
La señora vio con disgusto que su cuñado no sabía apreciar el valor del
artístico presente. Días después llegó a Roma su hermana y ella retornó a su
casa. Al deshacer el equipaje vio con sorpresa que -sin saber cómo- había
metido en él la preciada medalla, e inmediatamente escribió a su cuñado
comunicándoselo y anunciándole a su día siguiente se la restituiría,
enviándosela a Roma. Pero cuando quiso hacerlo halló que había «perdido» u
«ocultado» la medalla con tanta habilidad que por más que hizo no
le fue posible encontrarla. Entonces sospechó la señora
lo que su «distracción» significaba;
esto es, su deseo de conservar el objeto para sí.
3) He aquí unos cuantos casos en que el acto
fallido se repite tenazmente, cambiando cada vez de medios:
Jones (l. c., pág. 483): Por motivos desconocidos
para él, había Jones dejado sobre su mesa durante varios días, una carta, sin
acordarse de echarla. Por último, se decidió a hacerlo pero al poco tiempo le
fue devuelta por las oficinas de Correos a causa de habérsele olvidado
consignar las señas. Corregida esta omisión, echó la carta, olvidándose esta
vez de ponerle el sello. Después de esto no pudo dejar ya de ver su repugnancia
a mandar dicha carta.
4) En una pequeña comunicación del doctor Karl Weiß
(Viena) sobre un caso de olvido se describen muy precisamente los inútiles
esfuerzos que se llevan a cabo para ejecutar un acto al que se opone una íntima
resistencia (Zentralblatt für Psychoanalyse, II,
9): «EI caso siguiente constituye una prueba de la
persistencia con que lo inconsciente sabe llegar a conseguir su propósito
cuando tiene algún motivo para impedir llegue a ejecución una intención
determinada y de lo difícil que es asegurarse contra tales tendencias. Un
conocido mío me rogó que le prestase un libro y que se lo llevase al siguiente
día. Accedí
en el acto a su petición, sintiendo, sin embargo,
un vivo disgusto cuya causa no pude explicarme al principio, pero que después
se me apareció claramente. El tal sujeto me debía hacía muchos años una
cantidad que, por lo visto, no pensaba devolverme. Recordando
esto, dejé de pensar en la cuestión para no
volverla a recordar, por cierto con igual sentimiento de disgusto, hasta la
mañana siguiente. Entonces me dije: `Tu inconsciente ha de laborar para que
olvides el libro. Pero tú no querrás parecer poco amable y, por tanto, harás
todo lo posible para no olvidarlo.' Al llegar a casa envolví el libro en un
papel y lo dejé junto a mí, sobre la mesa, mientras escribía unas cartas.
Pasado un rato me levanté y me marché. A poco
recordé que había dejado sobre la mesa las cartas que pensaba llevar al correo.
(Advertiré de paso que en una de éstas me había visto obligado a decir algo
desagradable a una persona de la que en una futura ocasión había de necesitar.)
Di la vuelta, recogí las cartas y volví a salir. Yendo ya en un tranvía,
recordé que había prometido a mi mujer hacer una compra para ella y me
satisfizo el pensar que no me causaría molestia ninguna complacerla, por ser
poco voluminoso el paquete del que tenía que hacerme cargo. Al llegar a este
punto surgió de repente la
asociación `paquete-libro', y eché de ver que no
llevaba este último. Así, pues, no sólo lo había olvidado la primera vez que
salí de casa, sino que tampoco lo había visto al recoger las cartas que se
hallaban junto a él.»
5) Iguales elementos hallamos en la siguiente
observación de Otto Rank, penetrantemente analizada (Zentralblatt für
Psychoanalyse, II, 5, 1912):
«Un individuo ordenado hasta la exageración y
ridículamente metódico me relató la siguiente aventura que, dada su manera de
ser, consideraba en absoluto extraordinaria. Una tarde, yendo por la calle,
quiso saber la hora, y al echar mano al reloj vio que se lo había dejado en su
casa, olvido en el que no recordaba haber incurrido nunca. Teniendo aquella
tarde misma una cita, a la que deseaba acudir con toda puntualidad, y no
quedándole ya tiempo para regresar a su casa en busca del reloj, aprovechó una
visita que hizo a una señora amiga suya para rogarle le prestase uno, cosa
tanto más hacedera cuanto que habían
quedado en verse a la mañana siguiente a este día
y, por tanto, podía entonces devolverle su reloj, como así lo prometió al
tomarlo. Cuando, en efecto, a la siguiente mañana, fue a casa de la señora para
efectuar la devolución prometida, vio con sorpresa que se había dejado en casa
el reloj de la señora y, en cambio, había cogido el suyo propio. Entonces se
propuso firmemente no dejar de llevárselo aquella misma tarde y cumplió su
propósito; pero al salir de casa de la señora y querer mirar la hora vio, ya con
infinito asombro y enfado, que si se había acordado de traer el reloj prestado,
había, en cambio, olvidado coger el suyo. Esta repetición de actos fallidos
pareció al metódico y ordenado sujeto de un carácter tan patológico que me
expresó su deseo de conocer su motivación psíquica. Estos motivos se
encontraron en seguida, en cuanto en el interrogatorio psicoanalítico se llegó
a la pregunta de si en el día crítico del primer olvido le había sucedido algo
desagradable. A esta
pregunta contestó el sujeto relatando que después
de almorzar, y pocos momentos antes que saliera a la calle dejándose olvidado
el reloj, había tenido una conversación con su madre
en la que ésta le había contado que un pariente
suyo, persona un tanto ligera y que ya le había costado muchas preocupaciones y
desembolsos, había empeñado el reloj y luego había venido a solicitar dinero
para sacarlo, diciendo que lo necesitaban en su casa. Esta
manera, un tanto forzada, de sacarle el dinero
había disgustado mucho a nuestro individuo y le había recordado, además, todas
las contrariedades que desde muchos años atrás venía causándole el citado
pariente. Su acto sintomático muestra, por tanto múltiples determinantes. En
primer lugar, constituye la expresión de una serie de pensamientos que viene a
decir: `No me dejo yo sacar el dinero por tales medios, y si para ello es
necesaria la intervención de un reloj, llegaré hasta dejar en casa el mío propio.'
Mas como necesitaba su reloj para llegar con puntualidad a la cita que tenía
aquella misma tarde, la intención expresada por dichos pensamientos no podía
lograrse sino de una manera inconsciente, o
sea por medio de un acto sintomático. En segundo
lugar, el olvido expresa algo como: `Los continuos desembolsos que tengo que
hacer por causa de ese inútil acabarán por arruinarme y hacerme dar todo lo que
tengo.' Aunque, según la declaración del interesado, su enfado ante el
incidente fue tan sólo momentáneo, la repetición del acto sintomático muestra
que dicho sentimiento continuó actuando con intensidad en lo inconsciente, de
un modo
análogo a cuando con completa consciencia se dice:
`Esto o aquello no se me quita de la cabeza.' Después de conocer esta actitud
de lo inconsciente no puede extrañarnos que el reloj de la señora corriera
luego igual suerte, aunque quizá esta transferencia sobre el
`inocente' reloj femenino fuera también favorecida
por motivos especiales, de los cuales el
más próximo es el de que al sujeto le hubiera
probablemente gustado conservarlo en sustitución del suyo, que ya consideraba
haber sacrificado, siendo ésta la causa de que olvidara devolverlo a la mañana
siguiente. Quizá también hubiera deseado quedarse con el reloj como un recuerdo
de la señora. Aparte de todo esto, el olvido del reloj femenino le
proporcionaba ocasión de hacer una segunda visita a su dueña, por la que sentía
cierta inclinación. Teniendo de todas maneras que verla por la mañana, por haberlo
acordado así con anterioridad, y para asunto en el que nada tenía que ver la
devolución del reloj, le parecía rebajar la importancia que él concedía a dicha
visita, utilizándola para entregar el objeto prestado. El doble olvido del
propio reloj y la devolución del ajeno hecha posible por el segundo olvido del
otro, parecen revelar que nuestro hombre evitaba inconscientemente llevar ambos
relojes a la vez, cosa que consideraba como una ostentación superflua que había
de contrastar con la estrechez económica de su pariente. Por otro lado, ello
constituía una autoadmonición ante su aparente deseo de contraer matrimonio con
la referida señora, admonición que había de recordarle los inexcusables deberes
que le ligaban a su familia (a su madre). Otra razón más para el olvido del
reloj femenino puede buscarse en el hecho de que la noche anterior había temido
que sus conocidas, que le sabían soltero, le vieran sacar un reloj de señora,
y, por tanto, se había visto obligado a mirar la hora a hurtadillas, situación
embarazosa en la que no quería volver a encontrarse y que evitaba dejándose el
reloj en casa. Pero como tenía que cogerlo para devolverlo, resulta también
aquí un acto sintomático, inconsciente ejecutado, que demuestra ser una
formación transaccional entre sentimientos emocionales en conflicto, y una
victoria, caramente pagada, de la instancia inconsciente.»
He aquí algunas observaciones de J. Stärcke (1916)
[Ejemplos 6, 7 y 8, agregados en 1917]:
(6) Pérdida temporal, rotura y olvido como
expresión de una repugnancia reprimida.
«EN una ocasión me pidió mi hermano que le prestara
unas cuantas fotografías de una colección que yo había reunido para ilustrar un
trabajo científico: fotografías que él pensaba utilizar como proyecciones en
una conferencia. Aunque por un momento tuve el pensamiento de que preferiría
que nadie utilizase o publicase aquellas reproducciones, que tanto trabajo me
había costado reunir, hasta que yo hubiera podido hacerlo por mí mismo, le
prometí, sin embargo, buscar las negativas de las fotografías que necesitaba y
sacar de ellas positivas para la linterna de proyección. Pero cuando me dediqué
a buscar las negativas me fue imposible dar con ninguna de las que me había
pedido. Revisé todo el montón de cajas de placas que contenían asuntos
referentes a la materia de que iba a tratar
mi hermano y tuve en la mano más de doscientas
negativas, sin encontrar las deseadas, cosa que me hizo suponer que no me
hallaba, en realidad, nada dispuesto a acceder a lo que de
mí se había solicitado. Después de adquirir
consciencia de este pensamiento y luchar con él, observé que había puesto a un
lado, sin revisar su contenido, la primera caja de las que formaban el montón,
y precisamente esta caja era la que contenía las negativas tan
buscadas. Sobre la tapa tenía una corta
inscripción, que señalaba su contenido; inscripción que yo debía,
probablemente, haber visto con una rápida mirada antes de apartar la caja a un
lado.
Sin embargo, la idea contradictoria no pareció
quedar vencida, pues sucedieron todavía mil y un accidentes antes de enviar las
positivas a mi hermano. Una de ellas la rompí, apretándola entre los dedos,
mientras la limpiaba por la parte del cristal (jamás antes había yo roto de
esta manera ninguna placa). Luego, cuando hube hecho un nuevo ejemplar de esta
misma placa, se me cayó de las manos y no se rompió porque extendí un pie y la
recibí en él. Al montar las positivas en el depósito de la linterna de proyecciones
se cayó aquél al suelo con todo su contenido, aunque, por fortuna, no se rompió
nada. Por último, pasaron muchos días antes que lograra embalar todos los
diapositivos y expedirlos definitivamente, pues, aunque todos los días hacía el
firme propósito de verificarlo, todos los días se me volvía a olvidar.»
(7) Olvido repetido y acto fallido en la ejecución
definitiva del acto olvidado.
«En una ocasión tenía que enviar una postal a un
conocido mío y lo fui olvidando durante varias fechas consecutivas. La causa de
tales olvidos sospechaba yo fuese la siguiente: EI referido sujeto me había
comunicado en una carta que en el transcurso de aquella semana vendría a
visitarme una persona a la que yo no tenía muchos deseos de ver. Una vez pasada
dicha semana, y cuando ya se había alejado la perspectiva de tal visita,
escribí, por fin, la postal debida, en la cual fijaba la hora en que se me podía
ver. Al escribirla quise comenzar diciendo que no había contestado antes por
pesar sobre mí una gran cantidad de trabajo acumulado y urgente (Druckwerk);
pero, por último, no dije nada de esto, pensando que nadie presta ya fe a tan
vulgar excusa. Ignoro si esta pequeña mentira que por un momento me propuse
decir tenía o no forzosamente que surgir a la luz; pero el caso es que cuando
eché la postal en el buzón, la introduje, por error, en la abertura destinada a
los impresos (Druckwerk-Drucksachen).»
(8) Olvido y error.
UNA muchacha fue una mañana que hacía un tiempo
hermoso al «Ryksmuseum», con el fin de dibujar en él. Aunque le hubiera gustado
más salir a pasear y gozar de la hermosa mañana, se había decidido a ser
aplicada y dibujar afanosamente. Ante todo, tenía que comprar el papel
necesario. Fue a la tienda, situada a unos diez minutos del Museo, y compró
lápices y otros útiles de dibujo, pero se le olvidó el papel. Luego se dirigió
al Museo, y cuando ya lo había preparado todo y se sentó ante el tablero,
dispuesta a empezar, se dio cuenta de su olvido, teniendo que volver a la
tienda para subsanarlo. Una vez hecho esto se puso por fin a dibujar avanzando
con rapidez en su trabajo hasta que oyó dar al reloj de la torre del Museo una
gran cantidad de campanadas, y pensó: «Deben de ser ya las doce.» Luego
continuó trabajando hasta que el reloj dio otras campanadas, que la muchacha
pensó ser las correspondientes a las doce y cuarto. Entonces recogió sus
bártulos y decidió
ir paseando a través de un parque hacia casa de su
hermana y tomar allí el café. Al llegar frente al Museo Suasso vio con asombro
que, en vez de las doce y media, no eran todavía más que las doce. Lo hermoso y
atractivo de la mañana habían engañado a su deseo de trabajar y le habían hecho
creer, al dar las once y media, que la hora que daba eran las doce, sin dejarla
caer en la cuenta de que los relojes de torre dan también, al señalar los
cuartos
de hora, la hora que a éstos corresponde.»
9) Como ya lo demuestran algunas de las
observaciones antes expuestas, la tendencia inconscientemente perturbadora
puede también conseguir su propósito, repitiendo con tenacidad la misma clase
de funcionamiento fallido. Como ejemplo de este
caso transcribiré una divertida historia, contenida
en un librito titulado Frank Wedekind y el teatro, publicado por la casa
editorial Drei Masken, de Munich, advirtiendo que dejo al
autor de tal libro toda la responsabilidad de la
historieta, contada a la manera de Mark
Twain.
En la escena más importante de la pieza en un acto
La censura, de Wedekind, aparece la frase «El miedo a la muerte es un error
intelectual» (Denkfehler). El autor, que sentía especial predilección por esta
escena, rogó en el ensayo al actor a quien correspondía decir esa frase que
antes de las palabras «error intelectual» (Denkfehler) hiciera una pequeña
pausa. En la representación, el actor entró por completo en su papel y observó
la
pausa prescrita, pero pronunció la frase en un tono
festivo y dijo erróneamente: «El miedo a la muerte es una errata»
(Druckfehler). Cuando al finalizar la obra preguntó el actor a Wedekind si
estaba satisfecho de su interpretación del personaje, le contestó que no tenía
nada que objetarle, pero que la frase referida era «El miedo a la muerte es un
error intelectual (Denkfehler), y no una errata (Druckfehler).»
A la siguiente representación de La censura dijo el
actor en el mismo tono festivo:
«El miedo a la muerte es un memorándum
(Denkzettel). Wedekind colmó de elogios a su intérprete; pero, de pasada y como
cosa secundaria, le advirtió que la frase no decía que el miedo a la muerte era
un memorándum, sino un error intelectual.
A la noche siguiente volvió a representarse La
censura, y el actor, que ya había trabado amistad con Wedekind y había estado
hablando con él sobre cuestiones de arte, volvió a decir con su gesto más
festivo: «El miedo a la muerte es un impreso» (Druckzettel).
El cómico volvió a obtener la más calurosa
aprobación del autor, y la obra se representó muchas veces más, pero Wedekind
tuvo que renunciar a oír la palabra Denkfehler.
Rank (1912-1915) ha dedicado también su atención a
las interesantísimas relaciones entre el acto erróneo y el sueño (Zentralblatt
für Psychoanalyse e Internat. Zeitschrift für Psychoanal., III, 1915),
relaciones que no pueden descubrirse sin un penetrante y detenido análisis del
sueño, que se agrega al acto fallido.
En una ocasión soñé, dentro de un más largo
contexto, que había perdido mi portamonedas. A la mañana siguiente lo eché, en
efecto, de menos al vestirme. La noche anterior, al desnudarme, se me había
olvidado sacarlo del bolsillo del pantalón y colocarlo en el sitio en que
acostumbraba hacerlo.
Así, pues, este olvido no me había pasado
inadvertido, y probablemente estaba destinado a dar expresión a un pensamiento
inconsciente, que se hallaba dispuesto para emerger en el sueño.
No quiero afirmar que estos casos de actos fallidos
combinados puedan enseñarnos algo nuevo que no pudiéramos ver ya en los actos
fallidos simples; pero de todos modos, esta metamorfosis del acto fallido da,
alcanzando igual resultado, la impresión plástica de una voluntad que tiende
hacia un fin determinado y contradice aún más enérgicamente la concepción de
que el acto fallido sea puramente casual y no necesitado de explicación alguna.
No es menos notable el hecho de que en los ejemplos expuestos sea imposible,
para el propósito consciente, impedir el éxito del acto fallido. Mi amigo no
consiguió asistir a la sesión de la sociedad literaria y la señora no pudo
separarse de la medalla. Aquello desconocido que se opone a estos propósitos
encuentra siempre una salida cuando se le obstruye el primer camino. Para
dominar el motivo desconocido es necesario algo más que la contrarresolución
consciente; es necesaria una labor psíquica que convierta lo desconocido en
conocido a la consciencia.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica) XII. -DETERMINISMO, CREENCIA EN LA CASUALIDAD Y EN LA
SUPERSTICIÓN. CONSIDERACIONES
Como resultado general de todo lo expuesto puede
enunciarse el siguiente principio: Ciertas insuficiencias de nuestros
funcionamientos psíquicos -cuyo carácter común determinaremos a continuación
más precisamente- y ciertos actos aparentemente inintencionados se demuestran
motivados y determinados por motivos desconocidos de la consciencia cuando se
los somete a la investigación psicoanalítica.
Para ser incluido en el orden de fenómenos a los
que puede aplicarse esta explicación, un funcionamiento psíquico fallido tiene
que llenar las condiciones siguientes:
a) No exceder de cierta medida fijamente
establecida por nuestra estimación y que designamos con los términos «dentro de
los límites de lo normal».
b) Poseer el carácter de perturbación momentánea y
temporal. Debemos haber ejecutado antes el mismo acto correctamente o sabernos
capaces de ejecutarlo así en toda ocasión. Si otras personas nos rectifican al
presenciar nuestro acto fallido, debemos admitir la rectificación y reconocer
en seguida la incorrección de nuestro propio acto psíquico.
c) Si nos damos cuenta del funcionamiento fallido,
no debemos percibir la menor huella de una motivación del mismo, sino que
debemos inclinarnos a explicarlo por
«inatención» o como «casualidades».
Quedan, pues, incluidos en este grupo los casos de
olvido, los errores cometidos en la exposición de materias que nos son
perfectamente conocidas, las equivocaciones en la lectura y las orales y
gráficas, los actos de término erróneo y los llamados actos casuales, fenómenos
todos de una gran analogía interior. La explicación de todos estos procesos
psíquicos tan definidos está ligada con una serie de observaciones que poseen
en parte un interés propio.
A. -No admitir la existencia de representaciones de
propósito definido como explicación de una parte de nuestros funcionamientos
psíquicos supone desconocer totalmente la amplitud de la determinación en la
vida psíquica. El determinismo alcanza aquí, y también en otros sectores, mucho
más allá de lo que sospechamos. En 1900 leí un ensayo, publicado por el
historiador de literatura R. M. Meyer en el Zeit, en el que se mantenía,
ilustrándola con ejemplos, la opinión de que era completamente imposible componer
intencionada y arbitrariamente algo falto en absoluto de sentido. Desde hace
mucho tiempo sé que no es posible pensar un número ni un nombre con absoluta y
total libertad voluntaria. Si se examina una cantidad cualquiera y de cualquier
número de cifras, pronunciada con una aparente arbitrariedad y sin relacionarla
con nada, se demostrará su estricta determinación, cuya existencia no se creía
posible. Explicaré primero un ejemplo de nombre propio «arbitrariamente
escogido» y luego otro análogo de una cifra «lanzada al azar».
1) Hallándome ocupado en redactar el historial de
una paciente para publicarlo, me detuve a pensar qué nombre le daría a mi
relato. La elección parecía fácil, dado el gran campo que para ella se me
presentaba. Algunos nombres quedaban desde luego excluidos, entre ellos el
verdadero, los pertenecientes a personas de mi familia, Ios cuales no me
hubiera agradado usar, y, por último, algunos otros nombres femeninos poco o
nada usuales. Era, pues, de esperar, y así lo esperaba yo, que se presentara a
mi disposición toda una legión de nombres de mujer. Mas, en vez de esto, no
emergió en mi pensamiento más
que uno solo: Dora, sin que ningún otro lo
acompañase. Entonces me pregunté cuál sería su determinación. ¿Quién se llamaba
Dora? Mi primera ocurrencia fue la de que así se llamaba la niñera que estaba
al servicio de mi hermana, ocurrencia que en un principio estuve a punto de
rechazar como falsa. Pero poseo tanto dominio de mí mismo en estas cuestiones,
o tanta práctica en analizar; que conservé con firmeza dicha idea y seguí
dándole vueltas.
En seguida recordé un pequeño incidente ocurrido la
noche anterior y que me reveló la determinación buscada. Sobre la mesa del
comedor de casa de mi hermana había visto una carta dirigida a la señorita Rosa
W. Extrañado, pregunté quién de la casa se llamaba
así, y se me dijo que el verdadero nombre de la
niñera, a la que Ilamaban Dora, era Rosa, pero que al entrar al servicio de mi
hermana había tenido que cambiárselo para evitar confusiones, pues mi hermana
se Ilamaba también Rosa. Al oír esto había dicho yo compasivamente: «¡Pobre
gente! Ni siquiera pueden conservar su nombre.» Como ahora recordaba, permanecí
luego un rato en silencio y me abstraje en graves reflexiones, cuyo contenido
se sumió después en la oscuridad, pero fácilmente pude luego hacer volver a la
consciencia. Cuando al día siguiente comencé a buscar un nombre para una
persona que no debía conservar el suyo propio, no se me ocurrió otro que Dora.
Esta exclusividad reposaba en una firme conexión del contenido, pues en la
historia de mi paciente intervenía con una influencia decisiva la persona de
una sirvienta, un ama de llaves.
Este pequeño incidente tuvo años después una
inesperada continuación. Al exponer en cátedra la ya publicada historia
patológica de la muchacha a quien yo había dado el nombre de Dora, se me
ocurrió que una de las dos señoras que acudían a mis conferencias llevaba este
mismo nombre, que tantas veces había yo de pronunciar en mis lecciones,
ligándolo a las cosas más diversas, y me dirigí a mi joven colega, a la que
conocía personalmente, con la excusa de que no había pensado en que se llamaba
así, pero que
estaba dispuesto a sustituir en mi conferencia
dicho nombre por otro. Tenía, pues, que escoger rápidamente otro nombre, y al
hacerlo pensé que debía evitar elegir el de la otra oyente y dar de este modo a
mis colegas, ya versados en psicoanálisis, un mal ejemplo. Así, pues, me quedé
muy satisfecho cuando, como sustitutivo de Dora, se me ocurrió el nombre de
Erna, del cual hice uso en la conferencia. Después de ésta me pregunté de dónde
provendría tal nombre, y tuve que echarme a reír cuando vi que la posibilidad
temida había vencido, por lo menos parcialmente, al escoger el nombre
sustitutivo. La otra oyente se llamaba de apellido Lucerna, del cual es Erna
una parte.
2) En una carta a un amigo mío le comunicaba que
había dado fin a la corrección de mi obra La interpretación de los sueños y que
ya no cambiaría nada en ella, «aunque luego resultase que contenía 2.467
erratas». En cuanto escribí esta frase intenté aclarar la aparición de la cifra
en ella contenida y añadí a mi carta en calidad de posdata, el pequeño análisis
realizado. Lo mejor será copiar aquí dicha posdata, tal y como fue escrita
recién verificado el análisis:
«Añadiré brevemente una contribución más a la
psicopatología de la vida cotidiana. Habrás encontrado en mi carta la cifra
2.467, como representativa de una jocosa estimación arbitraria de las erratas
que podrán aparecer en la edición de mi Interpretación de los
sueños. Quería indicar una gran cantidad cualquiera
y se presentó aquélla espontáneamente. Pero en lo psíquico no existe nada
arbitrario ni indeterminado. Por tanto, esperarás, y con todo derecho, que lo
inconsciente se haya apresurado en este caso a determinar la cifra que la
consciencia había dejado libre. En efecto, pero antes había leído en el
periódico que el general E. M., persona que me inspira un determinado interés,
había pasado a la reserva con el empleo de inspector general de Artillería.
En la época en que, siendo estudiante de Medicina,
cumplía mi servicio militar en calidad de sanitario vino una vez E. M.,
entonces coronel, al hospital y dijo al médico:
`Tiene usted que curarme en ocho días. Estoy
encargado de una misión cuyo resultado espera el emperador.' Desde aquel día me
propuse seguir el curso de la carrera de aquel hombre, y he aquí que hoy (1899)
ha Ilegado al fin de la misma y pasa a la reserva con el grado antes dicho. Al
leer la noticia quise calcular en cuánto tiempo había recorrido este camino y
acepté como punto de partida el dato de que cuando le conocí en el hospital era
el año 1882. Habían, pues, pasado diecisiete años. Relaté todo esto a mi mujer,
la cual
observó: `Entonces tú también debías estar ya en el
retiro', ante lo que protesté exclamando:
`¡Dios me libre!' Después de esta conversación me
puse a escribirte. La anterior cadena de pensamientos continuó, sin embargo, su
camino, muy justificadamente por cierto, pues mi cálculo había sido erróneo. Mi
memoria me proporciona ahora un firmísimo punto de referencia, consistente en
el prerrecuerdo de que celebré, estando arrestado por haberme ausentado sin
permiso, mi mayoría de edad; esto es, el día en que cumplí los 24 años. Por
tanto, el año de mi servicio militar fue el de 1880, y desde entonces han
transcurrido diecinueve años y no diecisiete, como creí primero. Ya tienes aquí
el número 24, que forma parte de 2.467. Toma ahora el número de años que tengo
hoy: 43; añade 24, y tendrás 67, la segunda parte de la cifra arbitraria. Esto
quiere decir que, al oír la pregunta de mi mujer sobre si desearía retirarme yo
de la vida activa, me deseé en mi fuero interno veintitrés años de trabajo.
Seguramente me irritaba el pensamiento de que en el intervalo durante el cual
había seguido el curso de la carrera del coronel M.
no había hecho yo, por mi parte, toda la labor que hubiera deseado y, por otro
lado, experimentaba una sensación como de triunfo al ver que para él había
terminado todo, mientras que yo lo tenía aún ante mí. Podemos, pues, decir con
absoluto derecho que ni uno solo de los elementos de la cifra 2.467 carecía de
su determinación inconsciente.»
Después de este primer ejemplo de interpretación de
una cantidad arbitrariamente elegida en apariencia, he repetido muchas veces
igual experimento con idéntico resultado; pero la mayoría de tales casos son de
un contenido tan íntimo, que no es posible publicarlo.
3) Por esta misma razón no quiero dejar de exponer
aquí un interesantísimo análisis de «cantidad arbitraria», comunicado al doctor
Alfred Adler (Viena) por un individuo conocido suyo y perfectamente sano: A. me
escribe:
«Anoche me dediqué a leer la Psicopatología de la
vida cotidiana, y la hubiera terminado si no me lo hubiera impedido una curiosa
incidencia. Al llegar a la parte en que se dice que todo número que con
aparente arbitrariedad hacemos surgir de nuestra consciencia tiene una
significación bien definida, resolví hacer una prueba de ello. Se me ocurrió el
número 1.734. Rápidamente aparecieron las siguientes asociaciones: 1.734 : 17 =
102; 102 : 17 = 6. Después separé el número en 17 y
34. Tengo 34 años y, como ya creo haberle dicho a usted, considero esta edad
como el último año de la juventud, lo cual hizo que el día de mi pasado
cumpleaños me sintiera grandemente melancólico. Al final de mis
17 años comenzó para mí un bello e interesante
período de mi desarrollo espiritual. Tengo el principio de dividir mi vida en
períodos de 17 años. ¿Qué significan, pues, las divisiones efectuadas? Mi
asociación al número 102 fue el volumen 102 de la Biblioteca Universal Reclam,
volumen que contiene la obra de Kotzebue titulada Misantropía y remordimientos.
Mi actual estado psíquico es en realidad de
misantropía y remordimiento. El volumen número 6 de la Biblioteca (sé de
memoria las obras que corresponden al número de orden de muchos volúmenes)
contiene la Culpa, de Müllner. El pensamiento de que por mi `culpa' no he
llegado a ser todo lo que conforme a mis aptitudes hubiera podido es algo
que me atormenta de continuo. La asociación
siguiente fue que el volumen número 34 de la Biblioteca Universal contenía una
narración del mismo Müllner titulada Der Kaliber. Dividí esta palabra en
Ka-liber, y mi primera asociación fue el pensamiento de que en ella se
contenían otras dos, `Ali' y `Kali' (potasa). Esto me recordó que una vez
estaba jugando con mi hijo Ali, niño de seis años, a componer aleluyas y le
dije que buscase una palabra que rimase con Ali. No se le ocurrió ninguna, y al
pedirme que se la dijese yo, le hice la frase siguiente: «Ali se lava la boca
con hipermanganato de potasa (Kali).' Nos reímos los dos mucho de esta
ocurrencia, y Ali fue muy bueno aquel día. En estos últimos días me ha
disgustado averiguar que mi hijo no ha sido un buen Ali (ka [kein] lieber Ali).
Al llegar a este número me pregunté: `¿Qué obra es
la contenida en el número 17 de la Biblioteca Universal?', y no pude
recordarla. Sin embargo, estoy seguro de que antes lo sabía perfectamente y,
por tanto, tuve que admitir que lo había querido olvidar por algún motivo. Todo
esfuerzo para recordarlo fue inútil. Quise seguir leyendo, pero no pude hacerlo
más que mecánicamente y sin conseguir enterarme de una sola palabra, pues el
tal número 17 continuaba atormentándome. Apagué la luz y seguí buscando. Por fin
se me ocurrió que el volumen 17 tenía que contener una obra de Shakespeare.
Pero ¿cuál? Se me
vino a las mientes Hero y Landro, mas vi en seguida
claramente que esta idea era tan sólo un insensato intento de mi voluntad de
apartarme del camino. Resolví levantarme de la cama para consultar el catálogo
de la B. U. y hallé en él que el volumen 17 contenía el Macbeth. Para mi
sorpresa descubrí que, a pesar de haber leído esta obra con igual detenimiento
e interés que las demás tragedias shakespearianas, no recordaba casi nada de
ella. Las asociaciones fueron tan sólo: asesino, lady Macbeth, hechiceras, `lo
bello es feo' y el recuerdo de haber hallado muy bella la traducción que de
esta obra hizo Schiller. Sin duda he querido olvidar el Macbeth. Después se me
ocurrió aún que 17 y 34 divididos por
17 dan como cocientes 1 y 2, respectivamente. Los
números 1 y 2 de la B. U. corresponden al Fausto, de Goethe. Siempre he hallado
en mí algo semejante a este personaje.»
Debemos lamentar que la discreción del médico no
nos haya permitido penetrar en la profunda significación de esta serie de
asociaciones. Adler observa que el sujeto no consiguió realizar la síntesis de
su análisis. No nos habrían parecido éstas dignas de comunicarse si en su
continuación no surgiese algo que nos da la clave para la comprensión del
número 1.734 y de toda la serie de asociaciones:
«Esta mañana me sucedió algo que habla muy en favor
de la verdad de la teoría freudiana. Mi mujer, a la que había despertado por la
noche cuando me levanté a consultar el catálogo de la Biblioteca Universal, me
preguntó qué es lo que había tenido que buscar en aquél a tales horas. Yo le
relaté toda la historia, y ella encontró que todo aquello era un
embrollo, menos -cosa muy interesante- lo referente
a mi aversión hacia el Macbeth. Luego añadió que a ella no se le ocurría nada
cuando pensaba en un número, y yo le respondí:
`Vamos a hacer la prueba'. Mi mujer nombró el
número 117, y en cuanto lo oí repuse: `17 está en relación con lo que te acabo
de contar y, además, recuerda que ayer te dije: Cuando una mujer tiene 82 años
y su marido 35, el matrimonio resulta una equivocación irritante.' Desde días
atrás venía yo haciendo rabiar a mi mujer con la broma de que parecía una
viejecita de 82 años. 82 + 35 = 117.»
El marido, que no había conseguido determinar su
propio número, encontró, en cambio, inmediatamente la solución cuando su mujer
le expresó otro, arbitrariamente elegido en apariencia. En realidad, la mujer
había hallado con gran acierto de qué complejo provenía el número de su marido
y escogió el número propio tomándolo del mismo complejo, que con seguridad era
común a ambos, dado que se trataba de la proporción de sus edades respectivas.
Ahora nos es ya fácil interpretar el número escogido por el marido. Como Adler
indica, desarrollado, diría lo siguiente: «Para un hombre de treinta y cuatro
años, como yo, lo que le conviene es una mujer de diecisiete.»
Con el fin de que no se piense demasiado
despectivamente de estos
«entretenimientos», añadiré aquí que, según me ha
comunicado hace poco el doctor Adler, el individuo referido se separó de su
mujer un año después de la publicación del anterior análisis.
Análogas explicaciones da Adler para el origen de
números obsesivos.
4) La elección de los llamados «números favoritos»
no deja tampoco de estar en relación con la vida del sujeto y presenta un
cierto interés psicológico.
Un señor que reconocía su especial predilección por
los números 17 y 19 pudo explicarla después de corta meditación, diciendo que a
los diecisiete años fue cuando
comenzó su independiente vida universitaria,
durante largo tiempo deseada, y que a los diecinueve emprendió su primer viaje
importante e hizo poco después de éste su primer descubrimiento científico. La
fijación de su predilección por dichos números no se verificó, sin embargo,
hasta dos lustros después, cuando aquéllos adquirieron asimismo una relación
importante con su vida erótica. También a aquellos números que con aparente
arbitrariedad se pronuncian frecuentemente en relación con determinados
contextos puede hallárseles,
por medio del análisis, un sentido inesperado. Así
sucedió a uno de mis clientes, que solía exclamar cuando se hallaba impaciente
o disgustado: «Esto te lo he dicho ya diecisiete o treinta y seis veces», y
quiso saber si para la aparición constante de dichas cifras de la misma clase
existía alguna motivación. En cuanto reflexionó sobre ello se le ocurrió que
había nacido el día 27 de un mes y su hermano menor el 26 de otro, y que podía
quejarse de que el Destino le había robado muchos bienes vitales para concedérselos
a su hermano pequeño. Así, pues, representaba esta parcialidad del Destino
restando diez de la fecha de
su nacimiento y agregándolos a la de su hermano.
«Soy el mayor y, sin embargo, he sido disminuido.»
5) Insisto en estos análisis de ocurrencias de
números porque no conozco otra clase de observaciones individuales que
demuestren tan claramente la existencia de procesos mentales de tan gran
coherencia y que, sin embargo, permanezcan desconocidos para la consciencia, ni
ejemplo mejor de análisis en los que no pueda intervenir para nada la
cooperación del médico (sugestión), a la que con tanta frecuencia se atribuyen
los resultados de otros experimentos psicoanalíticos. Por tanto, comunicaré
aquí, con la
autorización del interesado, el análisis de una
ocurrencia de número de un paciente mío, del cual no tengo necesidad de dar más
datos que los de que era el menor de una serie de hermanos y que su padre, al
que él quería y admiraba mucho, había muerto siendo él aún un niño. Hallándose
en un sereno y alegre estado de ánimo, dejó que se le ocurriese el número
426718 y se preguntó: «Vamos a ver, ¿qué es lo que
se me ocurre ante este número? En primer lugar, el siguiente chiste que oí una
vez: Cuando se tiene un constipado y se llama al médico, le dura a uno 42 días,
y si no se llama al médico ni se ocupa uno de la enfermedad,
6 semanas.» Esto corresponde a las primeras cifras
del número 42 = 6 7. Después de esta primera solución no pudo ya mi paciente
seguir adelante, y yo le ayudé llamándole la atención sobre el hecho de que en
el número de seis cifras por él escogido existían los ocho primeros números, a
excepción del 3 y del 5. Entonces halló en seguida la continuación del
análisis. «Somos -dijo- 7 hermanos, yo el más pequeño de todos. El número 3
corresponde en esta serie a mi hermana A., y el 5 a mi hermano L. Ambos se gozaban
en hacerme rabiar cuando todos éramos niños, y por entonces acostumbraba yo
rogar a Dios, todas las noches, que quitase la vida a mis dos atormentadores.
En el caso actual me parece haber realizado este deseo por mí mismo. En efecto,
3 y 5, el perverso hermano y la odiada hermana, han desaparecido.» «Entonces
-observé yo-, si el número por usted expresado quiere significar
la serie de hermanos, ¿a qué viene el 18 que
aparece al final? Ustedes no son más que 7.»
«He pensado muchas veces -me replicó mi paciente-
que si mi padre hubiera vivido más tiempo, no hubiera sido yo el menor de mis
hermanos. Si hubiese nacido uno más, hubiéramos sido 8, y yo hubiera tenido
detrás de mí un hermanito con quien poder hacer de hermano mayor.»
Con esto quedó explicado el número que se le había
ocurrido; pero nos quedaba todavía que reconstituir la conexión entre la
primera y la segunda parte del análisis, cosa
que nos fue fácil partiendo de la condición
necesaria a las últimas cifras; esto es, que el padre hubiera vivido más
tiempo; 42 = 67 significaba la burla contra los médicos que no habían podido
impedir la muerte del padre, y, por tanto, expresaba de esta forma el deseo
de que el padre hubiese continuado viviendo. El
número total correspondía, en realidad, a la realización de sus dos deseos
infantiles relativos a sus círculo familiar: la muerte de los dos perversos
hermanos y el nacimiento de un hermanito, deseos que pueden concretarse en la
frase siguiente: «¡Cuánto mejor sería que hubieran muerto mis dos hermanos en
lugar de mi querido padre!».
6) Un pequeño ejemplo que me ha sido comunicado por
uno de mis corresponsales. El jefe de Telégrafos de L. me escribió que su hijo,
un muchacho de dieciocho años y medio, que deseaba estudiar Medicina, se ocupa
ya de la Psicopatología de la vida cotidiana, e intentaba convencer a sus
padres de la verdad de mis teorías. Doy aquí uno de sus intentos, sin juzgar la
discusión que hace del caso:
«Mi hijo hablaba con mi mujer de lo denominado
casual y le explicaba que le sería imposible citar una sola poesía o un solo
número que puediese considerarse que se le había ocurrido por completo
casualmente. Sobre esto se desarrolló la conversación que sigue:
El hijo. -Dime un número cualquiera. La madre. -79.
-¿Qué se te ocurre en relación con él?
-Pienso en un precioso sombrero que vi ayer.
-¿Cuánto costaba?
-158 marcos.
-Ahí lo tenemos: 158 : 2 = 79. Te pareció muy caro
el sombrero y pensaste seguramente: `Si costase la mitad, me lo compraría.'
Con esta opinión de mi hijo alegué, en primer
lugar, la objeción de que las señoras no suelen estar muy fuertes en
matemáticas y que lo más seguro era que su madre no había visto claramente que
79 era la mitad de 158, deduciéndose de esto que su teoría suponía que lo
subconsciente calculaba mejor que la consciencia normal. Mi hijo me respondió:
`Nada de eso. Aun concediendo que mamá no haya
hecho el cálculo de 158 : 2 = 79, puede muy bien haber visto en algún lado esta
igualdad o también haberse ocupado en sueños del sombrero y haberse dicho:
`¡Cuán caro sería, aunque no costase más que la mitad!'»
7) De la obra de Jones, tantas veces citada (pág.
478), tomo el siguiente análisis de un número: Un conocido del autor dijo al
azar el número 986 y le desafió a que lo refiriera a un pensamiento suyo. «La
primera asociación del sujeto fue el recuerdo de un chiste que hacía ya mucho
tiempo había olvidado. Seis años antes, en el día más caluroso del verano,
había dado un periódico la noticia de que el termómetro había alcanzado 986º
Fahrenheit, grotesca exageración de la cifra real de 98º 6. Durante esta conversación
nos hallábamos sentados ante una chimenea en la que ardía gran fuego, del que
el sujeto se había retirado,
expresando luego, no sin razón, que el calor que
sentía era lo que le había hecho recordar la anécdota referida. Sin embargo, yo
no me di por satisfecho tan fácilmente y pedí que me explicase cómo aquel
recuerdo había quedado tan fuertemente impreso en él. Entonces me dijo que la
chistosa errata le había hecho reír de tal manera, que no podía dejar de
divertirle aún cada vez que la recordaba. Mas como yo no encontraba que el
error fuese en realidad tan gracioso, me confirmé cada vez más en mi sospecha de
que detrás de todo aquello había
algún sentido oculto. Su siguiente pensamiento fue
el de que la representación del calor había sido siempre muy importante para
él. El calor era lo más importante del mundo, la fuente de toda la vida, etc.
Tal entusiasmo en un joven tímido en general no dejó de parecerme sospechoso, y
le rogué que continuase sus asociaciones. La primera de éstas se refirió a la
chimenea de una fábrica que él veía desde la ventana de su alcoba. Por las
noches acostumbraba fijar su vista en ella, meditando en la lamentable pérdida
de energía que suponía el no haber medio de utilizar el calor que con el humo y
las chispas que por ella salían se desperdiciaba. Calor, fuego, fuente de vida,
energía perdida al salir por un tubo: no era difícil adivinar por estas
asociaciones que la representación `calor y fuego' estaba ligada en él con la
representación del amor, como sucede habitualmente en el pensamiento simbólico,
y que su ocurrencia numérica había sido motivada por un fuerte complejo de
masturbación.»
Aquellos que quieran adquirir un conocimiento
preciso de cómo se elabora en el pensamiento inconsciente el material numérico,
pueden consultar el trabajo de C. G. Jung titulado Contribuciones al
conocimiento de los sueños de números (Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 1912)
y otro de E. Jones: Unconscious manipulations of numbers (Íbid., II, 5, 1912).
En análisis de este género personales me han
llamado especialmente la atención dos hechos: primero, la seguridad de
sonámbulo, con lo cual voy derecho siempre al fin desconocido para mí,
sumiéndome en una reflexión matemática que llega de repente al número buscado,
y la rapidez con la que se verifica toda la labor subsiguiente; y segundo, el
hecho de que los números se presenten con tan gran facilidad a la disposición
de mi pensamiento inconsciente, siendo como soy un desastroso matemático y
costándome las mayores dificultades poder recordar conscientemente fechas,
números de casas y datos análogos. Además en estas operaciones mentales
inconscientes con cifras encuentro en mí una tendencia a la superstición, cuyo
origen ha permanecido durante largo tiempo desconocido para mí.
No ha de sorprendernos hallar que no sólo las
ocurrencias espontáneas de números, sino también las de palabras de otro orden,
se demuestran al ser sometidas al análisis como perfectamente determinadas.
8) Jung nos presenta un precioso ejemplo de
derivación de una palabra obsesiva (Diagnost. Assoziationsstudien, IV, página
215, 1906: «Una señora me relató que desde hacía algunos días se le venía
constantemente a la boca la palabra Taganrog, sin que tuviese la menor idea de
cuál podría ser la causa de esta obsesión. A mi pregunta sobre qué sucesos
importantes le habían acaecido y qué deseos reprimidos había tenido en los días
anteriores, respondió, después de vacilar un poco, que le hubiera gustado mucho
comprarse una bata
de levantarse (Morgenrock), pero que su marido no
parecía muy inclinado a satisfacerla. Morgenrock (bata de levantarse) y
Taganrog tienen no sólo una semejanza de sonido, sino también, en parte, de
sentido. (Morgen-mañana, Tag-día, Rock-traje.) La determinación de la forma
rusa Taganrog provenía de que la señora había conocido por aquellos días a una
persona residente en dicha ciudad eslava.»
9) Al doctor E. Hitschmann debo la solución de otro
caso, en el cual un verso se presenta espontáneamente en la memoria del sujeto
siempre que éste pasaba por determinado lugar geográfico y sin que apareciesen
visibles su origen y sus relaciones.
Relato del señor E., doctor en Derecho: «Hace seis
años iba yo desde Biarritz a San Sebastián. La línea férrea pasa sobre el
Bidasoa, que en aquel sitio constituye la frontera entre Francia y España.
Desde el puente que atraviesa dicho río se goza de una preciosa vista. A un
lado, un amplio valle que termina en los Pirineos, y al otro, el mar. Era un
bello y claro día estival todo lleno de luz y de sol, y yo me hallaba en viaje
de vacaciones, muy contento de ir a visitar España. En este lugar y esta situación
se me ocurrieron de repente los siguientes versos: Pero el alma está ya libre,
-flotando en un mar de luz.
Recuerdo que pensé entonces de dónde procederían
tales versos, sin serme posible averiguarlo. Dado su ritmo, tenían aquellas
frases que tomar parte de una poesía, pero el resto de ésta y hasta el título y
autor habían desaparecido por completo de mi memoria. También creo que después,
habiendo vuelto a recordarlos repetidas veces, pregunté sobre ellos a diversas
personas, sin que nadie me sacase de dudas.
El año pasado volví a recorrer igual camino a mi
regreso de otro viaje por España. Era noche cerrada y oscura y estaba
lloviendo. Miré por la ventanilla para ver si estábamos ya cerca de la frontera
y me di cuenta de que nos hallábamos en el puente sobre el Bidasoa.
Inmediatamente volvieron a emerger en mi memoria los versos mencionados, sin
que tampoco pudiera acordarme de su origen.
Varios meses después cogí en casa un tomo de
poesías de Uhland, y al abrirlo se presentaron ante mi vista los versos Pero mi
alma está ya libre, -flotando en un mar de luz, que constituyen el final de una
composición titulada El peregrino. Leí ésta y recordé muy oscuramente haberla
conocido muchos años atrás. El lugar de la acción es España, y ésta me pareció
ser la única que el verso recordado tenía con el lugar en que había emergido en
mi memoria. No me quedé muy satisfecho con tal
descubrimiento y seguí hojeando el libro. Los versos Pero el alma está ya
libre, etc., eran los últimos de una página, y al dar la vuelta
a la hoja encontré que la poesía que comenzaba en
la página siguiente se titulaba El puente del Bidasoa.
Quiero observar aún que el contenido de esta poesía
me pareció todavía más desconocido que el de la primera, y que las palabras con
que comienza son las siguientes: Sobre el puente del Bidasoa está en pie un
anciano santo, bendiciendo a su derecha las montañas españolas y a su izquierda
los valles franceses.»
B. -Esta comprensión de la determinación de nombres
y números elegidos arbitrariamente en apariencia puede, quizá, contribuir al
esclarecimiento de otro problema. Conocido es que gran número de personas
alega, en contra de la afirmación de un absoluto determinismo psíquico, su
intenso sentimiento de convicción de la existencia de la voluntad libre. Esta
convicción sentimental no es incompatible con la creencia en el determinismo.
Como todos los sentimientos normales, tiene que estar justificada por algo. Pero,
por lo que yo he podido observar, no se manifiesta en las grandes e importantes
decisiones, en las cuales se tiene más bien la sensación de una coacción
psíquica y se justifica uno con ella. («Me es imposible hacer otra cosa.») En
cambio, en las resoluciones triviales e indiferentes se siente uno seguro de
haber podido obrar lo mismo de otra manera; esto es, de haber
obrado con libre voluntad no motivada. Después de
nuestros análisis no hace falta discutir el derecho al sentimiento de
convicción de la existencia del libre albedrío. Si distinguimos la motivación
consciente de la motivación inconsciente, este sentimiento de convicción
consciente no se extiende a todas nuestras decisiones motoras. De minimis non
curat lex.
Pero lo que por este lado queda libre recibe su
motivación por el otro, por lo inconsciente, y de este modo queda conseguida,
sin solución alguna de continuidad, la determinación en el reino psíquico.
C. -Aunque el conocimiento de la motivación de los
rendimientos fallidos antes descritos debe escapar por completo al pensamiento
consciente, sería, sin embargo, de desear que se descubriese una prueba
psíquica de la existencia de la misma, y, en realidad, por razones que se nos
revelan conforme vamos penetrando en el conocimiento de lo inconsciente, parece
probable que tales pruebas puedan hallarse en algún lado. En dos lugares pueden
señalarse, en efecto, determinados fenómenos que parecen corresponder a un
conocimiento inconsciente y, por tanto, desplazado de dicha motivación.
a) Un rasgo singular y generalmente observado de la
conducta de los paranoicos es el de interpretar y utilizar como base de
subsiguientes deducciones, dándoles gran importancia, los pequeños y triviales
detalles que observan en la conducta de los demás, detalles a los que los
normales ni siquiera prestamos atención. El último paranoico que he tratado
dedujo que existía determinada confabulación entre todos los que le rodeaban
por haber visto al salir de viaje que toda la gente que quedaba en la estación
al partir el tren hacía un mismo o parecido gesto con la mano. Otro observó la
manera que la gente tiene de andar por la calle, llevar el bastón, etc.
La categoría de lo accidental, de lo necesitado de
motivaciones, en la que el individuo normal incluye parte de sus propias
actividades psíquicas y de sus rendimientos fallidos, es rechazada por el
paranoico con relación a las manifestaciones psíquicas de los demás. Todo lo
que en los demás observa es significativo e interpretable. Mas ¿cómo llega a
considerarlo así? Probablemente aquí, como en otros muchos casos análogos,
proyecta en la vida psíquica de los demás lo que en la suya existe
inconscientemente. En la paranoia se hacen conscientes muchas cosas que en los
individuos normales o en los neuróticos permanecen en lo inconsciente, y cuya
existencia en este sistema sólo por medio de psicoanálisis llega a revelarse.
Así, pues, el paranoico tiene aquí razón en cierto sentido. Percibe algo que
escapa al individuo normal, ve más claramente que un hombre de capacidad
intelectual normal, pero el desplazamiento de lo así percibido en otros anula
el valor del conocimiento adquirido. Confío en que no se esperará de mí que
justifique aquí
todas y cada una de las interpretaciones
paranoicas. Pero sí haré observar que este principio de justificación que
concedemos a las paranoicas en nuestra concepción de los actos casuales nos
facilitará la comprensión psicológica de la convicción que en el paranoico se
liga a estas sus interpretaciones. En ellas hay realmente algo de verdad,
nuestros errores de juicio, que no son calificados de patológicos, adquieren de
igual manera su sentimiento de convicción. Este sentimiento aparece justificado
con respecto a determinado trozo del proceso mental erróneo o a la fuente de
que proviene, y lo extendemos nosotros luego al contexto restante.
b) Los fenómenos de la superstición nos dan otras
indicaciones sobre el conocimiento desplazado e inconsciente de la motivación
de los funcionamientos casuales y fallidos. Trataré de exponer claramente mi
opinión sobre estas cuestiones relatando un sencillo suceso que constituye para
mí el punto de partida de estas reflexiones.
Al volver de mis vacaciones veraniegas, mis
pensamientos se dirigieron en seguida hacia los pacientes que habían de ocupar
mi actividad durante el año de trabajo que para mí empezaba. Mi primera visita
fue a una anciana señora, a la cual venía viendo dos veces al día desde años
atrás, para prestarle cada una de ellas iguales atenciones profesionales. Esta
monotonía de mi labor había sido aprovechada con gran frecuencia por mis
pensamientos inconscientes para hallar un medio de exteriorizarse, tanto durante
el camino hacia casa de la anciana paciente como estando prestándole mi
asistencia. Como la referida señora había llegado a los noventa años, podía yo
preguntarme al principio de cada temporada si llegaría aún con vida al final de
ella. El día en que me sucedió lo que aquí quiero relatar me hallaba falto de
tiempo y tomé un coche para dirigirme a casa de mi cliente. Todos los cocheros
de la parada que hay frente a mi casa conocen ya las señas de la anciana señora
por haberme llevado a su domicilio repetidas veces, mas aquel día sucedió que
el que me llevó se equivocó y detuvo su coche en una casa del mismo número,
pero situada en una próxima calle, paralela a la verdadera. Advertí el error y
reproché su descuido al cochero, el cual se disculpó un tanto confuso. ¿Debería
tener alguna significación aquel hecho de conducirme el coche a una casa en la
cual no vivía la anciana paciente? Para mí, ninguna; pero si yo fuese
supersticioso hubiera visto en este suceso un aviso del Destino de que aquel
año iba a ser el último de la señora. Gran número de presagios conservados en
la Historia no se muestran fundados en un mejor simbolismo. Sin embargo, yo
considero este incidente
como una simple casualidad, sin más significado.
El caso sería muy distinto si hubiera hecho el
camino a pie y «sumido en mis pensamientos» o, «distraído», hubiera ido a parar
a una calle distinta de la verdadera. Esto no lo denominaría yo de ninguna
manera «casualidad», sino que lo consideraría como un acto llevado a cabo con
intención inconsciente y necesitado de interpretación. Mi explicación de este
error de dirección sería la de que esperaba no encontrar ya próximamente en su
casa a la anciana señora.
Así, pues, me diferencio de un supersticioso en lo
siguiente:
No creo que un suceso en el que toma parte mi vida
psíquica me pueda revelar la futura conformación de la realidad, pero sí que
una manifestación inintencional de mi propia vida psíquica me descubre algo
oculto que pertenece también exclusivamente a ella. Creo en accidentes casuales
exteriores (reales), pero no en una casualidad interior (psíquica). Por lo
contrario, el supersticioso ignora en absoluto la motivación de sus actos
casuales y funcionamientos fallidos y cree en la existencia de casualidades psíquicas,
estando, por tanto, inclinado a atribuir al accidente exterior una
significación que se manifestará más tarde en una realidad y a ver en lo casual
un medio de exteriorización de
algo exterior a él, pero que permanece oculto a sus
ojos. La diferencia entre el supersticioso y yo se manifiesta en dos cosas.
Primeramente, el supersticioso proyecta hacia el exterior una motivación que yo
busco en el interior, y en segundo lugar, interpreta el accidente por un suceso
real que yo reduzco a un pensamiento. Pero en el supersticioso el elemento
oculto corresponde a lo que en mí es lo
inconsciente, y a ambos nos es común el impulso a no dejar pasar lo casual como
tal, sino a interpretarlo.
Admito, pues, que de este desconocimiento
consciente y conocimiento inconsciente de la motivación de las casualidades
psíquicas sea una de las raíces psíquicas de la superstición. El supersticioso,
por ignorar la motivación de los propios actos casuales y porque el hecho de
esta motivación lucha por ocupar un lugar en su reconocimiento, se ve obligado
a transportarla, por medio de un desplazamiento, al mundo exterior. Si esta
conexión existe, no estará seguramente limitada a ese caso aislado. Creo, en efecto,
que
gran parte de aquella concepción mitológica del
mundo que perdura aún en la entraña de las religiones más modernas no es otra
cosa que psicología proyectada en el mundo exterior.
La oscura percepción (podríamos decir percepción
endopsíquica) de los factores psíquicos y relaciones de lo inconsciente se
refleja -es difícil expresarlo de otro modo y tenemos que apoyarnos para
hacerlo en las analogías que esta cuestión presenta con la paranoia-, se
refleja, decíamos, en la construcción de una realidad sobrenatural que debe ser
vuelta a transformar por la ciencia en psicología de lo inconsciente.
Podríamos, pues, atrevernos de este modo, o sea transformando la metafísica en
metapsicología, a solucionar los mitos del Paraíso, del Pecado original, de
Dios, del Bien y del Mal, de la inmortalidad, etc. La diferencia existente
entre el desplazamiento del supersticioso y el del paranoico es menor de lo que
a primera vista parece. Cuando los hombres comenzaron a pensar se hallaron,
indudablemente, compelidos a interpretar antropomórficamente el mundo exterior
como
una pluralidad de personalidades de su propia
imagen. Por tanto, las casualidades, a las que daban una interpretación
supersticiosa, eran para ellos actos y manifestaciones de personas, y, en
consecuencia, se conducían como los paranoicos, que sacan deducciones y
conclusiones de los signos insignificantes que observan en los demás, y como
los
individuos sanos, que utilizan muy
justificadamente, como fundamento de su estimación del carácter de sus
semejantes, los actos casuales e inintencionados que en ellos observan. Nuestra
moderna concepción del mundo, científica pero aún no definitivamente fijada ni
mucho menos, es lo que hace que la superstición nos parezca tan fuera de lugar
en la actualidad. En la concepción del mundo que se tenía en tiempos y por
pueblos precientíficos, la superstición estaba justificada y era lógica.
El romano que al observar en su camino un vuelo de
pájaros, que constituía mal presagio, abandonaba una importante empresa, tenía
una relativa razón de hacerlo así, pues obraba conforme a sus principios. Pero
cuando abandonaba la empresa por haber tropezado en el umbral de su casa (Un
romain retournerait) se mostraba muy superior a nosotros los descreídos y mucho
mejor psicólogo de lo que nos esforzamos en llegar a ser, pues dicho tropezón
debía revelarle la existencia de una duda, de una contracorriente interior cuya
fuerza era suficiente para burlar el poder de su propósito consciente en el
momento de iniciar su ejecución. No se puede estar seguro de un éxito completo
más que cuando todas las fuerzas psíquicas tienden de consumo hacia el fin
propuesto. ¿Qué es lo que responde el Guillermo Tell, de Schiller, que tanto
tiempo ha dudado antes de tirar a la manzana
colocada sobre la cabeza de su hijo, cuando el
bailío le pregunta para qué ha guardado en el seno otra flecha?
-«Con esta flecha os hubiera traspasado si con la
otra hubiera herido a mi hijo. Y a vos, creedme, no os habría errado.»
D. -[Capítulo agregado en 1907.] Todo aquel que
haya tenido ocasión de investigar por los medios psicoanalíticos los ocultos
movimientos psíquicos de los hombres, podrá exponer muchas cosas nuevas sobre
la calidad de los motivos inconscientes que se manifiestan en la superstición.
En los individuos nerviosos que padecen ideas y estados obsesivos, y que son
con mucha frecuencia personas de claro entendimiento, es en los que con mayor
claridad se ve que la superstición es originada por impulsos hostiles y crueles
reprimidos. La superstición es en gran parte un temor de desgracias futuras, y
aquellas personas que frecuentemente desean mal a otras, pero que a
consecuencia de una educación orientada hacia la bondad han reprimido tales
deseos, rechazándolos hasta lo inconsciente, están especialmente próximas al
temor de que como castigo a dicha maldad inconsciente
les acaezca alguna desgracia que caiga sobre ellos
viniendo de la realidad exterior.
Convenimos en que con estas consideraciones no
hemos agotado, ni mucho menos, la psicología de la superstición; pero, por otro
lado, no queremos dejar de examinar la cuestión de si ha de negarse siempre que
la superstición tenga raíces reales y que existan presentimientos, sueños
proféticos, experiencias telepáticas, manifestaciones de fuerzas
sobrenaturales, etc. Nada más lejos de mí que rechazar, desde luego, y sin
formación de causa, estos fenómenos, sobre los cuales existen tantas y tan
penetrantes observaciones de hombres de alta intelectualidad y que deben, desde
luego, seguir siendo objeto de investigación. Es de esperar que algunas de
estas observaciones lleguen a ser totalmente aclaradas por medio de nuestro
paciente conocimiento de los procesos psíquicos inconscientes y sin obligarnos
a una transformación fundamental de nuestras concepciones actuales. Si llegaran
a demostrarse otros fenómenos (por ejemplo, los afirmados por los
espiritistas), emprenderíamos las modificaciones de nuestras «leyes» exigidas
por las nuevas experiencias, sin que ello trajera consigo para nosotros una
confusión en las relaciones de los objetos en el mundo.
Dentro de los límites de estas consideraciones no
me es posible contestar a todas las interrogaciones que sobre esta materia se
acumulan más que subjetivamente, esto es, conforme a mi experiencia personal.
He de confesar que, por desgracia, pertenezco a aquellos indignos individuos a
cuyos ojos ocultan los espíritus su actividad y de los cuales se aparta lo
sobrenatural, de manera que jamás me ha sucedido nada que haya hecho surgir en
mí la fe en lo maravilloso. Como todos los hombres, he tenido presentimientos y
me han sucedido desgracias; pero nunca han correspondido éstas a aquéllos. Mis
presentimientos
no se han realizado, y las desgracias han llegado a
mí sin anunciarse. En la época en que, siendo muy joven, vivía en una ciudad
extranjera, me sucedió oír varias veces mi nombre pronunciado por una querida
voz inconfundible, y siempre apunté el momento en que sufría tal alucinación
para preguntar a mis familiares ausentes lo que en dicho momento les había
ocurrido. Nunca coincidió mi alucinación con ningún suceso. En cambio,
posteriormente estuve en una ocasión prestando asistencia a mis pacientes con absoluta
tranquilidad y sin sospecha alguna, mientras mi hijo se hallaba en peligro de
muerte a causa de una hemorragia. Tampoco ninguno de los presentimientos que me
han sido relatados por mis pacientes ha podido nunca llegar a conseguir mi
reconocimiento como fenómeno real.
La creencia en los sueños proféticos cuenta con
gran número de adeptos por el hecho de que encuentra un fundamento en que
determinadas cosas suceden en la realidad futura tal y como el deseo las ha
construido en el sueño. Mas esto tiene poco de
maravilloso, y siempre entre el sueño y su
realización aparecen grandes diferencias que la credulidad del sujeto suele no
tomar en consideración. Una paciente mía, persona muy inteligente y sincera, me
procuró una vez ocasión de analizar con toda precisión un sueño suyo que
justificadamente podía calificarse de profético. Había soñado encontrar en
determinada calle y frente a determinada tienda a su médico de cabecera y
antiguo amigo de su casa, y a la mañana siguiente, yendo por el centro de la
ciudad, le encontró realmente en el sitio preciso en el que le había visto en
sueños. Debo hacer constar que este maravilloso encuentro no revistió luego
significación importante ninguna, pues no resultaron de él consecuencias
apreciables, y que, por tanto, no puede quedar justificado como una señal de
acontecimientos futuros.
Un cuidadoso examen demostró que no existía prueba
alguna de que la señora hubiese recordado dicho sueño durante la mañana
siguiente a la noche en la que afirmaba haberlo tenido, esto es, antes de salir
a la calle y verificarse el encuentro real. Tampoco puedo alegar nada contrario
a mi concepción del suceso, que quitaba a éste todo aspecto maravilloso y lo
dejaba reducido a un interesantísimo problema psicológico. Para mí lo sucedido
era que, habiendo salido la señora por la mañana y encontrado en una calle y
ante una tienda a su antiguo médico y amigo, había adquirido en el momento de
verle la convicción de haber tenido la noche anterior un sueño en el que se
encontraba a la misma persona y en aquel mismo sitio. El análisis pudo después
indicar con gran verosimilitud cómo la señora había podido llegar a adquirir
tal convicción. Un encuentro en un sitio determinado y después de una espera
más o menos larga constituye una cita. El antiguo médico de la casa hizo surgir
en la señora el recuerdo de tiempos pasados, en los que sus encuentros con una
tercera persona, amiga también del médico, eran algo muy importante para ella.
Sus relaciones con dicha persona no se habían interrumpido todavía, y el día
anterior al pretendido sueño la había estado esperando sin que acudiera. Si me
fuera posible comunicar aquí más detalladamente todo lo que a este caso se
refiere, me sería muy fácil demostrar que la ilusión del sueño profético que
surgió en la señora al ver a su médico y amigo de los pasados tiempos era
equivalente a la siguiente exclamación: «¡Ay doctor! Me recuerda usted ahora
aquellos tiempos en que nunca esperaba en vano la llegada de N. cuando nos
habíamos dado una cita.»
En mí mismo he observado un sencillo ejemplo
fácilmente interpretable de aquellos
«singulares encuentros» en los que nos hallamos de
pronto ante la persona que precisamente ocupaba nuestros pensamientos, ejemplo
que constituye un buen modelo de esos y análogos casos. Pocos días después de
serme otorgado el título de profesor, el cual da gran autoridad aun en los
países de régimen monárquico, se entregaron mis pensamientos, mientras iba
dando un paseo por las calles de la ciudad, a una infantil fantasía vengativa
dirigida contra determinado matrimonio que meses antes me había llamado para
asistir a una hija suya en la que se había presentado una curiosa obsesión
después de un sueño que había tenido. Yo me tomé gran interés por aquel caso,
cuya curación creía posible llegar a obtener; pero los padres rechazaron el
tratamiento que propuse, dándome a entender su propósito de dirigirse a una
autoridad médica extranjera que aplicaba un procedimiento curativo basado en el
hipnotismo. Mi fantasía suponía que los padres, después del completo fracaso de
este método, me rogaban volviese a asistir a su hija, manifestándome que tenían
absoluta confianza en mí, etc. Yo les respondí: «Sí; ahora que me han nombrado
profesor, tienen ustedes confianza en mí. Pero el título no puede
haber cambiado mis aptitudes, y si antes no les
servía a ustedes, también pueden pasarse sin mí ahora.» Al llegar a este punto
quedó mi fantasía interrumpida por el saludo: «Adiós, señor profesor», que en
voz alta me fue dirigido, y al alzar la vista vi que se cruzaba conmigo el
matrimonio del cual acababa de tomar ideal venganza rechazando su ruego de
volver a encargarme de la curación de su hija. La apariencia sobrenatural de
este encuentro desapareció en cuanto comencé a reflexionar sobre él.
Iba yo por una calle muy ancha, recta y casi
desierta, y había visto con una rápida ojeada al corpulento matrimonio cuando
aún me hallaba a veinte pasos de él; pero por aquellos motivos afectivos, que
luego desarrollaron su influencia en mi fantasía vengativa, aparentemente
espontánea, había rechazado -según sucede con las alucinaciones negativas-
dicha percepción.
Otto Rank publicó en la Zentralblatt für
Psychoanalyse, II, 5, 1912, la siguiente
«Solución de un supuesto presentimiento»:
«Hace algún tiempo viví una extraña variante de
aquellas `coincidencias singulares' en las que se encuentra uno a la persona en
la que en aquel preciso momento iba pensando. Días antes de Navidad me dirigía
al Banco Austro-Húngaro para obtener en él diez monedas de plata de nuevo cuño,
destinadas a determinados regalos que pensaba hacer con motivo de las próximas
fiestas. Sumido en ambiciosas fantasías, en las que comparaba mis escasos
medios económicos con las enormes sumas acumuladas en el Banco, entré en la
estrecha calle en que aquél se halla situado. Ante la puerta del edificio
bancario, por la que entraba y salía mucha gente, se hallaba parado un
automóvil. Lo que yo vengo a hacer aquí
-pensé- no dará mucho trabajo a los empleados. No
tengo más que sacar el billete y decir:
`Háganme el favor de darme oro.' En el acto me di
cuenta de mi error -lo que yo quería obtener era plata- y desperté a mi
fantasía. Me encontraba a pocos pasos de la entrada, y de repente vi venir
hacia mí a un joven, al que me pareció reconocer, pero cuya personalidad no
pude fijar al pronto a causa de la miopía. Cuando llegó a mi lado vi que era un
condiscípulo de mi hermano, apellidado Gold, que a su vez tenía un hermano,
conocido escritor, con cuya ayuda había yo contado al principio de mi carrera literaria.
Estas esperanzas no se habían realizado, y con ellas había desaparecido también
el éxito económico que ocupaba mi fantasía durante mi camino hacia el Banco.
Debía, pues,
abstraído en mis fantasías, haber percibido la
proximidad del señor Gold, percepción que en mi consciencia, ocupada en un
sueño referente al éxito económico, se transformó en mi resolución de demandar
al cajero oro en vez de plata, metal menos valioso. Por otro lado, el hecho
paradójico de que mi inconsciente pudiera recibir un objeto antes que éste
fuera reconocido por mis ojos queda explicado en parte por la `disposición al
complejo' (Komplexbereitschaft), de que habla Bleuler, la cual se hallaba dirigida
hacia la cuestión económica y guió desde un principio mis pasos, a pesar de mi
mejor conocimiento, a aquel edificio, en donde únicamente se cambia oro y papel
moneda.»
(*) A la categoría de lo maravilloso y siniestro
pertenece también la peculiar sensación que se experimenta en algunos momentos
y situaciones de haber vivido ya aquello mismo otra vez, de haberse encontrado
antes en idéntica situación, pero sin que consigamos, por mucho que en ello nos
esforcemos, recordar claramente tales experiencias y situaciones anteriores. Sé
que al designar con el nombre de «sensación» aquello que se
manifiesta en nosotros en tales momentos no hago
más que emplear el impreciso lenguaje vulgar, pues de lo que se trata es de un
juicio, y, en realidad, de un juicio de reconocimiento; pero estos casos
tienen, no obstante, un carácter peculiarísimo, y no debemos olvidar que en
ellos nunca logramos recordar lo que queremos. No sé si este fenómeno de
déjà-vu ha sido considerado seriamente como una prueba de una anterior
existencia psíquica del individuo; lo cierto es que los psicólogos le han
dedicado su interés y han intentado llegar a la solución del problema que
plantea por los más diversos caminos especulativos. Ninguna de las hipótesis
explicativas expuestas hasta el día me parece acertada, pues en ninguna de
ellas se toma en cuenta algo más que las manifestaciones que acompañan al
fenómeno y las condiciones que lo favorecen. Aquellos procesos psíquicos que,
según mis observaciones, deben considerarse como los únicos responsables para
una
explicación de lo déjà-vu, esto es, las fantasías
inconscientes, han sido y son aún hoy en día descuidadas por los psicólogos.
En mi opinión, es un error calificar de ilusión la
sensación de «haber vivido ya una cosa». Por lo contrario, nos hallamos en
tales momentos ante algo que en realidad se ha vivido ya, pero que no puede ser
recordado conscientemente, porque no fue jamás consciente. En concreto: la
sensación de déjà-vu corresponde al recuerdo de una fantasía inconsciente.
Existen fantasías inconscientes (o sueños diurnos), lo mismo que análogas
creaciones conscientes que todos conocemos por experiencia propia.
Reconozco que esta cuestión sería digna de un
estudio detenidísimo; pero no quiero exponer aquí más que el análisis de un
caso de déjà-vu, en el cual la sensación correspondiente se significó por una
especial intensidad y duración. Una señora de treinta y siete años afirmaba
recordar clarísimamente que cuando tenía doce hizo una primera visita
a unas condiscípulas suyas que vivían en el campo,
y al entrar en el jardín de la casa en la que aquéllas habitaban experimentó en
el acto la sensación de haber estado allí otra vez. Esta sensación se repitió
al entrar en las habitaciones de la casa, y de tal manera, que le parecía saber
de antemano qué cuarto era el contiguo a aquel en que se hallaba, qué panorama
se divisaba desde sus ventanas, etc. Sin embargo, podía rechazarse con absoluta
seguridad, y así lo confirmaron sus padres cuando les preguntó sobre ello, la
sospecha de
que esta sensación de reconocimiento estuviese
justificada por otra visita que hubiese hecho a dicha casa en su primera
infancia. La señora que me comunicaba este caso no le había buscado una
explicación psicológica, sino que había visto en dicha sensación una señal
profética de la importancia que aquellas amigas suyas habían de adquirir en lo
futuro para
su vida sentimental. La apreciación de las
circunstancias en las cuales surgió en ella el fenómeno referido nos indica el
camino hacia otra distinta concepción del mismo. Cuando decidió visitar a sus
condiscípulas sabía ya que el único hermano de éstas se hallaba gravemente
enfermo. Durante su visita tuvo ocasión de verle, y al comprobar su mal aspecto
pensó que no tardaría mucho en morir. Esto coincidía con el hecho de que meses
antes había sufrido su propio hermano una grave
infección diftérica, durante la cual fue ella alejada de la casa de sus padres
para evitar el contagio y estuvo viviendo en la de un cercano pariente. Creía
recordar que su hermano, ya curado, la había acompañado en su visita a sus
condiscípulas, y hasta que aquélla era la primera salida duradera que el
convaleciente había hecho después de su enfermedad; mas este recuerdo se
presentaba en ella singularmente impreciso, mientras que todos los demás
detalles del suceso, y en especial del traje que ella llevaba aquel día,
aparecían con la mayor claridad ante sus ojos.
Para el perito en estas cuestiones no resulta nada
difícil deducir de estos signos que en la muchacha desempeñaba por entonces un
importantísimo papel la esperanza de que su hermano muriera, sentimiento que o
no llegó jamás a hacerse consciente o fue enérgicamente reprimido después de la
curación de aquél. Si el hermano no hubiese curado, la muchacha hubiera tenido
que llevar otro vestido, esto es, un vestido de luto. En casa de sus amigas se
halló con una análoga situación, o sea que el único hermano estaba en peligro
de morir en breve, cosa que en efecto sucedió. La muchacha debió de recordar
conscientemente que hacía pocos meses se había ella encontrado en situación
análoga; pero en vez de recordar esto, que se hallaba inhibido por la represión
llevada a cabo, transportó
la sensación de recordar sobre la localidad, el
jardín y la casa, y cayó en fausse reconnaissance de haber ya visto todo
aquello otra vez. Del hecho de la represión podemos deducir que la esperanza
que había abrigado de que su hermano muriera no estaba muy lejos de poseer el
carácter de una fantasía-deseo. Muerto su hermano, quedaría ella como hija
única. En la neurosis que padeció más tarde sufrió intensamente bajo el miedo
de perder a sus padres, detrás del cual el análisis pudo descubrir, como de costumbre,
el deseo inconsciente de igual contenido.
Siempre me ha sido posible derivar en análoga forma
mis pasajeras experiencias personales de déjà-vu de la constelación emocional
del momento. Estos casos de déjà-vu podían definirse como: «una ocasión más
para tener fantasías de la vida despierta (inconscientes e ignoradas) formadas
dentro de mí en la actualidad o en el pasado y que respondían al deseo de ver
mejorar la situación».
Esta explicación del fenómeno de déjà-vu no ha sido
apreciada hasta ahora más que por un solo observador, el doctor Ferenczi, a
quien tantas y tan valiosas aportaciones debe la tercera edición de este libro,
y que me escribe lo siguiente: «Las observaciones que tanto en mí mismo como en
otras personas he verificado me han llevado a la convicción de que
el inexplicable sentimiento de «haber vivido o
visto ya una cosa» puede referirse a fantasías inconscientes que nos son
recordadas conscientemente en una situación actual. En una de mis pacientes
parecía a primera vista que este fenómeno seguía un proceso diferente; pero en
realidad era el mismo. Dicho sentimiento surgía en ella con gran frecuencia,
mas demostrando proceder siempre de un trozo olvidado (reprimido) de un sueño
de la noche anterior. Parece, por tanto, que el fenómeno de déjà-vu puede proceder
no sólo de sueños diurnos, sino también de sueños nocturnos.» (Posteriormente
he sabido que Grasset dio en
1904 una explicación de este fenómeno muy cercana a
la mía.)
En breve ensayo publicado en 1913 he descrito otro
fenómeno muy análogo al de déjà-vu. Es el de déjà raconté, la ilusión de haber
relatado ya algo, ilusión particularmente interesante cuando surge durante el
tratamiento psicoanalítico. El paciente afirma entonces, dando muestras de la
mayor seguridad subjetiva, haber relatado ya un determinado recuerdo. Pero el
médico está seguro de lo contrario, y por lo general logra convencer al
paciente de su error. La explicación de esta interesante falla funcional es probablemente
la de que el sujeto ha tenido el propósito de comunicar el recuerdo de que se
trata, pero no lo ha realizado, y sustituye luego el recuerdo de dicho
propósito por el de su realización.
Análoga forma y probablemente igual mecanismo
muestran los «actos fallidos supuestos» de que nos habla Ferenczi. El sujeto
cree haber olvidado, extraviado o perdido algo -un objeto-; pero comprueba al
punto que nada de ello ha sucedido. Por ejemplo, una
paciente que acaba de salir del gabinete de
consultas vuelve a entrar en seguida, alegando haberse dejado el paraguas…, que
en realidad trae en la mano. Existía, pues, en la sujeto el impulso a cometer
tal acto fallido, y este impulso bastó para sustituir la realización del mismo,
siendo este último detalle lo único en que tales «actos fallidos supuestos» se
diferencia de los verdaderos.
E. -Uno de mis colegas, persona de amplia cultura
filosófica, al que recientemente tuve ocasión de exponer algunos ejemplos de
olvido de nombres con sus análisis correspondientes, se apresuró a responderme:
«Sí; todo eso es muy bonito; pero en mí el olvido de nombres se manifiesta de
otra manera.» Estas cuestiones no pueden nunca juzgarse con tal ligereza. No
creo que mi colega hubiera pensado jamás en someter a un análisis cualquier
olvido de nombre y, por tanto, no podía decir en qué difería en él el proceso
de tales olvidos del que mostraban los ejemplos por mí expuestos. Pero su
observación toca, sin embargo, un problema que muchos estarán inclinados a
colocar en primer término. La solución de los actos fallidos y actos casuales
que aquí damos, ¿puede aplicarse en general o sólo en casos particulares? Y si
lo que sucede es esto último, ¿cuáles son las condiciones en las cuales puede
aplicarse a la explicación de los otros fenómenos? Mi experiencia no es
suficiente para permitirme contestar a esta pregunta. Mas lo que sí puedo hacer
es advertir que no se deben creer escasas las ocasiones en que aparece en
dichos fenómenos las conexiones por nosotros señaladas, pues siempre que he
hecho la prueba en mí mismo o en mis pacientes se han manifestado aquéllas con
toda evidencia, como puede verse en los ejemplos expuestos, o, por lo menos,
han aparecido vigorosas razones para sospechar su existencia. No es de admirar
que no todas las veces se consiga hallar el oculto sentido de los actos
sintomáticos, pues hay que tener en cuenta que la magnitud de las resistencias
interiores que se oponen a la solución debe considerarse como un factor
decisivo. Tampoco es siempre posible interpretar todos y cada uno de los sueños
propios o de los pacientes; mas para confirmar la validez general de la teoría
es suficiente que nos permita penetrar algo en las asociaciones ocultas. El
sueño que se muestra refractario a un intento de solución, realizado al día
siguiente de su aparición, se deja con frecuencia arrancar su secreto una semana
o un mes después, cuando una transformación real, surgida en el intervalo, ha
debilitado los factores psíquicos, que luchan unos contra otros. Esto mismo
debe también tenerse en cuenta en la solución de los actos fallidos y
sintomáticos. El ejemplo de equivocación en la lectura En tonel por Europa,
expuesto en el capítulo VI, me permitió demostrar cómo un síntoma, al principio
ininterpretable, llega a ser accesible al análisis cuando nuestro interés real
respecto a los pensamientos reprimidos se ha debilitado. Mientras existió la
posibilidad de que mi hermano alcanzase antes que yo el envidiable título, se
resistió la referida equivocación en la lectura a todos los esfuerzos
analíticos; mas en cuanto se demostró lo improbable de la temida preferencia, se
iluminó ante mí el camino que había de conducirme hasta la solución del error.
Sería, por tanto, desacertado afirmar que todos
aquellos casos que se resisten al análisis son efectos de mecanismos diferentes
al mecanismo psíquico aquí demostrado. Para admitir tal afirmación harían falta
otras pruebas y no solamente las puramente negativas. La general disposición de
los individuos de salud normal a creer en otra distinta explicación de los
actos fallidos y sintomáticos carece también de toda fuerza probatoria, y no
es, naturalmente, más que una manifestación de las mismas fuerzas psíquicas,
que han
establecido el misterio y que se cuidan asimismo de
mantenerlo, resistiéndose a su revelación.
Por otra parte, no debemos dejar de tener en cuenta
que los pensamientos y sentimientos reprimidos no crean por sí mismos su
exteriorización en forma de actos sintomáticos y fallidos. La posibilidad
técnica de tal desliz de las inervaciones tiene que darse independientemente de
ellos, y entonces es aprovechada por la intención de lo reprimido de llegar a
una exteriorización consciente. En el caso de los rendimientos fallidos
lingüísticos se ha intentado en penetrantes investigaciones, llevadas a cabo por
filósofos y filólogos, fijar las relaciones estructurales y funcionales que se
ponen al servicio de la referida intención. Si en las condiciones determinantes
de los actos fallidos y sintomáticos consideramos separadamente el motivo
inconsciente y las relaciones fisiológicas y psicofísicas que en su auxilio
acuden, quedará en pie la cuestión de si dentro de los límites de la salud
normal pueden o no existir otros factores que, al igual y en sustitución del
motivo inconsciente, sean susceptibles de originar, valiéndose de estas
relaciones, los actos sintomáticos y fallidos. Pero no es a mí a quien compete
resolver este problema. No es tampoco mi intención exagerar las diferencias, ya
de por sí harto grandes, entre la concepción vulgar de los rendimientos fallidos
y su concepción psicoanalítica. Por el contrario, quisiera señalar algunos
casos en los que dichas diferencias aparecen muy reducidas. La interpretación
de los ejemplos más sencillos y menos singulares de equivocaciones orales y
gráficas, que no pasan de ser una confusión de dos palabras en una o una
omisión de letras o palabras, carece de toda complicación. Desde el punto de
vista psicoanalítico hay que afirmar que en estos casos se ha anunciado una
perturbación de la intención; pero no se puede señalar de dónde procede dicha
perturbación ni cuáles fueran sus intenciones. Lo único que logró fue dar
cuenta de su existencia. En estos mismo casos
se ve también actuar, cosa que nunca hemos
discutido, la ayuda prestada al rendimiento fallido por relaciones de valores
fonéticos y asociaciones psicológicas próximas. Pero, de todos modos, es una
natural conducta científica el juzgar tales casos rudimentarios de
equivocaciones orales o gráficas conforme a otros más importantes y
significativos, cuya investigación nos ha dado tan inequívocas conclusiones
sobre la causa de los rendimientos fallidos.
F. -Desde la discusión de las equivocaciones orales
nos hemos contentado con demostrar que los rendimientos fallidos poseen una
motivación oculta y con abrirnos camino, por medio del psicoanálisis, hasta el
conocimiento de dicha motivación. La naturaleza general y las peculiaridades de
los factores psíquicos que se exteriorizan en los rendimientos fallidos no han
sido hasta aquí objeto de nuestras consideraciones o, por lo menos, no hemos
tratado de definirlas ni de investigar sus leyes. Tampoco intentaremos ahora
llevar a cabo una elucidación fundamental de esta cuestión, pues los primeros
pasos que por este camino diéramos nos demostrarían que atacando el asunto por
otro lado nos sería más fácil penetrar en este campo. Sobre este punto podemos
plantear varias cuestiones que quiero citar aquí en el orden en que se
presentan: 1ª ¿Cuál es el contenido y origen de los pensamientos y sentimientos
que se revelan por medio de los actos fallidos y casuales?
2ª ¿Cuáles son las condiciones que fuerzan a un
pensamiento o un sentimiento a servirse de tales ocurrencias como medio de
expresión y los ponen en situación de hacerlo así? 3ª
¿Puede demostrarse la existencia de asociaciones
constantes y definidas entre el carácter de los rendimientos fallidos y las
cualidades de lo que por medio de ellos se exterioriza?
Comenzaré por reunir y aportar algún material para
la respuesta a la última de las anteriores interrogaciones. En la discusión de
los ejemplos de equivocación oral hemos encontrado que era necesario ir más
allá del contenido del discurso que se tenía intención de expresar y hemos
tenido que buscar la causa de la perturbación del discurso fuera de la
intención. Esta causa aparecía claramente en una serie de datos y era conocida
de la consciencia del orador. En los ejemplos aparentemente más sencillos y transparentes
era una segunda concepción del pensamiento que se tenía intención de expresar
la que perturbaba la expresión de éste, sin que fuera posible decir por qué
había sucumbido la una y emergido victoriosamente la otra (contaminación, según
Meringer y Mayer). En el segundo grupo de casos sucumbía una de las
concepciones a un motivo que, sin embargo, no tenía fuerza suficiente para
hacerla desaparecer por completo (ejemplo Vorschwein). También en este caso era
claramente consciente la concepción retenida. Únicamente del tercer grupo es
del que puede afirmarse sin reserva alguna que en él era diferente el
pensamiento perturbador del que se tenía intención de expresar, y,
naturalmente, puede establecerse una distinción esencial. El pensamiento
perturbador, o está ligado con el perturbado por asociaciones de ideas
(perturbación por contradicción interior), o es sustancialmente extraño a él, y
la palabra perturbada se halla ligada al pensamiento perturbador, con
frecuencia inconsciente, por una sorprendente y singular asociación externa. En
los ejemplos expuestos de psicoanálisis verificados por mí se halla el discurso
entero bajo la influencia de pensamientos entrados simultáneamente en
actividad, pero
totalmente inconscientes, que o se revelan por la
misma perturbación (ejemplo: serpiente de cascabel -Cleopatra-), o exteriorizan
una influencia indirecta, haciendo posible que los trozos aislados del discurso
que conscientemente se tiene intención de expresar se perturben unos a otros,
como sucede con el ejemplo naspirar por la ariz, en el cual se ocultaba detrás
de la equivocación el nombre de la calle de Hasenauer y reminiscencias
referentes a una francesa. Los pensamientos retenidos o inconscientes de los
que parte la perturbación del discurso son de muy diverso origen. Así, pues,
por este lado no se descubre ninguna posible generalización.
El examen comparativo de las equivocaciones en la
lectura y escritura nos conduce a los mismos resultados. Casos aislados
parecen, como en las equivocaciones orales, no deber su origen más que a un
proceso de condensación carente de amplios motivos (ejemplo: «el man… pone cara
ridícula», etc.). Sin embargo, nos satisfaría saber si no es indispensable el
cumplimiento de condiciones especiales para que tenga lugar tal condensación,
que es un funcionamiento regular en el proceso del sueño y fallido en el del pensamiento
despierto. Mas de los ejemplos no puede deducirse nada de esto. No obstante,
tampoco deduciría yo de ella la no existencia de condiciones distintas del
relajamiento de la atención consciente, pues sé, por otras cuestiones, que
precisamente los actos automáticos
se distinguen por su corrección y seguridad.
Prefiero hacer resaltar el hecho de que aquí, como frecuentemente sucede en la
biología, son las relaciones normales o aproximadas a lo normal objeto menos
favorable a la investigación que las patológicas. Aquello que en la explicación
de estas sencillas perturbaciones permanece aún oscuro, espero quedará aclarado
por la de perturbaciones más graves.
Tampoco en las equivocaciones en la lectura y la
escritura faltan ejemplos que dejan observar una lejana y complicada
motivación. En tonel por Europa es una perturbación de
la lectura que se explica por la influencia de un
pensamiento remoto y sustancialmente extraño, originado por un sentimiento
reprimido de celos y ambición, sentimiento que utiliza el «cambio» de la
palabra «transporte» (Beförderung) para su asociación con el tema indiferente e
inocente que había de ser leído. En el caso Burckhardt es en sí una `palabra-
conmutador'.
Es indudable que las perturbaciones de las
funciones orales se producen con mayor facilidad y exigen un menor esfuerzo de
las fuerzas perturbadoras que las de los demás rendimientos psíquicos.
A otro terreno diferente nos lleva el examen del
olvido propiamente dicho; esto es, del olvido de sucesos pasados, que debemos
distinguir del olvido temporal de nombres propios, palabras extranjeras, series
de palabras y propósitos expuestos en los primeros capítulos de este libro. Las
condiciones fundamentales del proceso normal del olvido nos son desconocidas.
En él notamos que no hemos olvidado todo lo que creíamos. Nuestra explicación
se refiere únicamente a aquellos casos en los cuales el olvido nos produce
asombro por infringir la regla de que lo que se olvida es lo indiferente y, en
cambio, lo importante es conservado por la memoria. El análisis de aquellos
olvidos que nos parecen exigir una especial explicación da siempre como motivo
del olvido una repugnancia a recordar lo que puede despertar en nosotros
sensaciones penosas. Llegamos a la sospecha de que este motivo lucha
universalmente por exteriorizarse en la vida psíquica, pero que su
manifestación regular es impedida por otras fuerzas que actúan en contra. La
amplitud y la significación de esta repugnancia a recordar parecen ser dignas
del más cuidadoso examen psicológico. El problema de qué condiciones especiales
son las que hacen posible el olvido en cada caso no encuentra tampoco su
solución en esta más amplia asociación.
En el olvido de propósitos aparece en primer
término otro factor. Aquel conflicto que en la represión de lo penoso de
recordar no hacemos más que sospechar se hace aquí tangible, y en los análisis
se descubre regularmente una repugnancia que se opone al propósito sin hacerlo
cesar. Como en rendimientos fallidos, anteriormente discutidos, se observan
aquí dos tipos del proceso psíquico: en uno la repugnancia se dirige
directamente contra el propósito (en intenciones de alguna consecuencia), y en
el otro es dicha repugnancia sustancialmente extraña al propósito y establece
su conexión con él por medio de una asociación externa (en propósitos casi
indiferentes).
El mismo conflicto rige los fenómenos de los actos
de término erróneo o torpezas. El impulso que se manifiesta en la perturbación
del acto es muchas veces un impulso contrario a éste; pero aún con mayor
frecuencia es un impulso totalmente extraño a él y que no hace más que
aprovechar la ocasión de llegar a manifestarse en la ejecución del acto por una
perturbación del mismo. Los casos en los que la perturbación resulta de una
contradicción interior son los más significativos y conciernen a las más importantes
actividades.
El conflicto interno pasa a segundo término en los
actos sintomáticos o casuales.
Estas manifestaciones motoras, poco estimadas o
totalmente despreciadas por la consciencia, sirven de expresión a numerosos y
diversos sentimientos inconscientes o retenidos. En su mayor parte representan
simbólicamente fantasías o deseos.
Podemos contestar a la primera de las
interrogaciones expuestas, o sea a la de cuál es el origen de los pensamientos
y sentimientos que se exteriorizan en los rendimientos fallidos, haciendo
observar que en una serie de casos puede verse inequívocamente el origen de los
pensamientos perturbadores en sentimientos reprimidos de la vida psíquica.
Sentimientos e impulsos egoístas, celosos y hostiles, sobre los cuales gravita
el peso de la educación moral, utilizan en las personas sanas el camino de los
rendimientos fallidos para manifestar de cualquier modo su poder innegable,
pero no reconocido por superiores instancias psíquicas. El dejar ocurrir estos
actos fallidos y casuales corresponde, en gran parte, a una cómoda tolerancia
de lo inmoral. Entre estos sentimientos reprimidos desempeñan un importante
papel las diversas corrientes sexuales.
El que estas corrientes sexuales aparezcan tan
raras veces entre los pensamientos revelados por el análisis en los ejemplos
expuestos en este libro débese tan sólo a que como los ejemplos que he sometido
aquí al análisis procedían, en su mayor parte, de mi propia vida psíquica, la
selección efectuada tenía que ser parcial desde el primer momento, dado que
tenía que existir en mí una tendencia a excluir todo material sexual.
Otras veces parecen ser inocentes objeciones y
consideraciones lo que constituye el origen de los pensamientos perturbadores.
Llegamos ahora a la respuesta a la segunda
interrogación: ¿cuáles son las condiciones psicológicas responsables de que un
pensamiento no pueda manifestarse en forma completa, sino que tenga que buscar
su exteriorización de un modo parasitario, como modificación y perturbación de
otro? De los más singulares casos de actos fallidos puede deducirse fácilmente
que tales condiciones deben buscarse en relación con el grado de capacidad de
devenir consciente del material «reprimido», esto es, con su más o menos firme
carácter de tal. Mas el examen de la serie de ejemplos expuestos no nos da más
que muy imprecisas indicaciones para la fijación de este carácter. La tendencia
a dejar de lado algo que nos roba tiempo y la creencia de que el referido
pensamiento no pertenece propiamente a la materia de que se tiene intención de
tratar parecen desempeñar, como motivos para la represión de un pensamiento
destinado después a manifestarse por medio
de la perturbación de otro, el mismo papel que la
condenación moral de un rebelde sentimiento emocional o que el origen de
cadenas de pensamientos totalmente inconscientes. Por este camino no es posible
llegar a una visión de la naturaleza general de la condicionalidad de los
rendimientos fallidos y casuales.
Un único hecho importante nos es dado por esta
investigación: cuanto más inocente es la motivación del rendimiento fallido y
cuanto menos desagradable y, por tanto, menos incapaz de devenir consciente es
el pensamiento que en aquél logra exteriorizarse, tanto más fácil se presenta
la solución del fenómeno cuando dirigimos nuestra atención sobre él. Los más
sencillos casos de olvido se notan en seguida y se corrigen en el acto. En los
casos en que se trata de una motivación por sentimientos realmente reprimidos,
la solución requiere un cuidadoso análisis que a veces puede tropezar también
con dificultades y hasta fracasar.
Está, pues, justificado el tomar el resultado de
esta última investigación como una señal de que la explicación satisfactoria de
las determinantes psicológicas de los actos fallidos y casuales debe buscarse
por otros caminos y en otros lados. El lector indulgente no habrá, pues, de ver
en esta discusión más que el examen de las superficies de fractura de
una parte de la cuestión, extraída un tanto
artificialmente de una más amplia totalidad.
G. -Con algunas palabras indicaremos, por lo menos,
la dirección en que debemos buscar esta más amplia totalidad. El mecanismo de
los actos fallidos y casuales, tal y como nos lo ha enseñado la aplicación del
análisis, muestra en los puntos más esenciales una coincidencia con el
mecanismo de la formación de los sueños, discutido por mí en el capítulo
titulado «La elaboración del sueño», de mi libro sobre la interpretación de los
fenómenos oníricos. En uno y otro lado pueden hallarse las condensaciones y las
formaciones transaccionales (contaminaciones), siendo, además, la situación
idéntica: pensamientos inconscientes que por desusados caminos y asociaciones
externas llegan a manifestarse como modificaciones de otros pensamientos. Las
incongruencias, absurdos y errores del contenido del sueño, a consecuencia de
las cuales apenas si se puede reconocer el fenómeno onírico como producto de un
funcionamiento psíquico, se originan del mismo modo -aunque con más libre
utilización de los medios existentes- que los comunes errores de nuestra vida
cotidiana. Aquí, como allí, se explica la apariencia de la función incorrecta
por la peculiar interferencia de dos o más funcionamientos correctos. De este
encuentro puede deducirse una importante conclusión: el peculiar modo de
laborar, cuyo rendimiento más singular reconocemos en el contenido del sueño,
no debe achacarse al estado durmiente de la vida psíquica, poseyendo como
poseemos en los actos fallidos tantas pruebas de su actividad durante la vida
despierta. La misma conexión nos prohíbe también considerar como determinantes
de estos procesos psíquicos que nos parecen anormales y extraños un profundo
relajamiento de la actividad psíquica o patológicos estados de la función.
Llegamos a un acertado juicio de la extraña labor
psíquica, que permite originarse tanto el funcionamiento fallido como las
imágenes oníricas cuando observamos que los síntomas neuróticos, especialmente
las formaciones psíquicas de la histeria y de la neurosis, repiten en su
mecanismo todos los rasgos esenciales de este modo de laborar. En este punto
deberá, pues, comenzar la continuación de nuestras investigaciones. Para
nosotros tiene, sin embargo, todavía un especial interés considerar los actos
fallidos, casuales y sintomáticos a la luz de esta última analogía. Si los
comparamos con los rendimientos de los psiconeuróticos y con los síntomas
neuróticos, aumentarán los fundamentos de dos afirmaciones que repetidas veces
se han expuesto, esto es, que el límite entre la normalidad y la anormalidad
nerviosa es indistinto y que todos somos un poco nerviosos.
Fuera de toda experiencia médica pueden señalarse
diversos tipos de tal nerviosidad simplemente indicada -de las formes frustes
de la neurosis-, casos en los cuales no aparecen sino muy pocos síntomas o
aparecen éstos muy raras veces y sin violencia ninguna, debiendo, por tanto,
atribuirse la atenuación a la cantidad, intensidad y extensión temporal de los
fenómenos patológicos. Puede así suceder que precisamente el tipo que
constituye la más frecuente transición entre salud y enfermedad sea el que no se
descubra nunca. El tipo que hemos examinado, y cuyas manifestaciones
patológicas son los actos fallidos y sintomáticos, se caracteriza por el hecho
de que los síntomas son trasladados a los funcionamientos psíquicos de menor
importancia, mientras que todo aquello que puede pretender un más alto valor
psíquico sigue su marcha regular, sin sufrir perturbación alguna. La inversa
disposición de los síntomas, esto es, su emergencia en los funcionamientos o
rendimientos individuales y sociales de importancia, perturbando la
alimentación, las relaciones sexuales, el trabajo profesional y la vida social,
corresponde a
los casos graves de neurosis y caracteriza a éstos
mejor que la multiformidad o violencia de las manifestaciones patológicas.
El carácter común a los casos benignos y a los
graves, carácter del cual participan también los actos fallidos y casuales,
yace en la posibilidad de referir los fenómenos a un material psíquico
incompletamente reprimido, que es rechazado por la consciencia, pero al que no
se ha despojado de toda capacidad de exteriorizarse.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica)


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